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© Libro No. 639. Los Siete Ahorcados y otros relatos. Andreiev, Leónidas. Colección E.O. Marzo 8 de 2014.

 

Título original: ©  Leónidas Andreiev. Cuentos

 

Versión Original: ©   Leónidas Andreiev. Cuentos

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de Imagen original:

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Andreiev Leonidas

Cuentos

 

 

 

 

 

 

Indice

Nota preliminar 6

Los siete ahorcados. 8

I ¡A la una, precisamente, Excelencia...! 8

II La pena de la horca. 14

III ¡No tienen que ahorcarme! 19

IV Somos de Orel 30

V ¡Bésalo y calla! 37

VI Las horas pasan. 46

VII La muerte no existe. 47

VIII Existe la muerte, pero también la vida. 55

IX Horrible soledad. 61

X Las columnas se derrumban. 65

XI Camino de la muerte. 70

XII La llegada. 81

Había una vez... 91

I 91

II 95

III 100

IV.. 107

El silencio. 111

I 111

II 115

III 116

IV.. 119

El gigante. 123

Ladrón. 125

I 125

II 128

III 130

IV.. 132

V.. 134

Un hombre original 139

Un sueño. 150

El amor al prójimo. 157

 


Nota preliminar

Leonid Andréiev (1871-1919) puede considerarse el puente de enlace entre los grandes narradores decimonónicos rusos y las vanguardias surgidas tras el advenimiento del comunismo, en ese espacio de tiempo crucial donde Rusia era un verdadero hervidero cultural antes de que se impusieran los primeras represiones, de las que el mismo Andréiev sería víctima, motivo que le llevó a exiliarse los último años de su vida en Finlandia, a pesar de la estrecha amistad que durante largos años le había ligado a Maxim Gorki, la cual se vio truncada con la llegada al poder de los bolcheviques. Fue el cronista de una generación entregada a la desesperación y en sus escritos se puede vislumbrar ya los claroscuros de aquellos días que, como titulase John Red, “sacudieron al mundo”.

Sus primeros cuentos (recopilados en El angelito, 1916) aparecieron en los periódicos de Moscú al comienzo del siglo y muy pronto su nombre adquirió prestigio entre los intelectuales rusos. Persona afable y de trato cordial, muy alejada de su carácter resulta ser toda su obra, presidida en todo instante por un hondo pesimismo, lo que le lleva a abarcar temáticas siempre ligadas al dolor humano, como la muerte, la enfermedad, la guerra, la traición o la locura. Muestra de ello es su primer relato, El abismo (1904), que le granjeó el aplauso unánime de crítica y público pese a abordar un asunto tan escabroso como el de una muchacha que, después de ser violada por una banda de golfos en un bosque, sufre el mismo ultraje a manos de su propio novio. Tampoco su Vida de Basilio Fiveiskii, también del mismo año, pudo pasar desapercibida para el lector ruso, ya que en la ferviente rusa zarista presentaba a un pope incrédulo que, bajo amenazas e increpaciones, recrimina a Dios su inexistencia. En fin, como el mismo Chejov apuntase: «Después de haber leído dos de sus páginas hay que darse un paseo y respirar dos horas aire fresco».

Alejado de todo esta morbosidad que subyace en toda su obra, se halla su novela corta, y quizá lo mejor de su producción, Los siete ahorcados (1905), donde se narra las últimas horas en prisión de unos condenados a muerte (cinco terroristas anarquistas, un letón criminal y un campesino matón), a quienes liga el destino sus vidas por breves instantes junto al patíbulo.

Quizá, embriagado por el súbito y estruendoso éxito de sus primeras obras, la calidad de su producción se resintió con el tiempo y finalmente ofreció menos de lo que en un principio prometía su carrera literaria. Abarcó el campo de la novela con obras como En la bruma, El pensamiento, La risa roja y Sashka Zheguliov, esta última, quizá, su obra más ambiciosa, donde cuenta la historia, ubicada en la antesala de la revolución rusa, del hijo de un general fallecido que padece una lucha interna librada por fuerzas heredadas de sus progenitores. Asimismo, también se incursiona en el teatro y compone piezas de la calidad de Hacia las estrellas, La vida del hombre, Judas Iscariote o Quien reparte las bofetadas.

Conocido como «el apóstol de las tinieblas», Andréiev es uno de los más grandes escritores de la Rusia prerrevolucionaria, y, lejos de inscribirse en los rangos de la nueva literatura que surge con la Revolución de Octubre, es un típico novelista y dramaturgo fin de síècle que se siente atraído por los tonos sombríos del decadentismo y hace gala de una morbosidad que tiene algo en común con las cavilaciones de Fiódor Dostoievski sobre el sentido del mal. En sus inicios, Andréiev se muestra rebelde y misántropo e incluso es encarcelado por sus actividades políticas, pero después se transforma en un conservador que apoya la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial, ataca a la Revolución de Octubre y cruza la frontera con Finlandia para, desde allí, escribir apasionadas denuncias contra Lenin y los bolcheviques. En marzo de 1919 lanza un desesperado llamamiento para que los aliados intervengan en Rusia y acaben de una vez con los Soviets. Fallece al poco tiempo, a raíz de un ataque al corazón.


Los siete ahorcados

I

¡A la una, precisamente, Excelencia...!

El ministro era un tipo extraordinariamente obeso y propenso a los ataques apopléticos, por lo cual, y para prevenir los peligros de una emoción fuerte, hubieron de emplearse toda clase de precauciones para comunicarle que se iba a atentar contra su vida. Al ver que recibía la noticia con serenidad y hasta sonriente, se le comunicaron los detalles. El crimen se cometería a la siguiente mañana, cuando la víctima se encaminase al Consejo. La policía había descubierto el complot por una delación, y vigilaba noche y día a los conjurados, quienes serían detenidos a la una, hora en que, armados de bombas y pistolas, esperarían al ministro.

—Pero —exclamó éste, sorprendido—, ¿cómo diablos sabían ellos la hora a que yo he de acudir al Consejo, cuando yo mismo la ignoraba hace tres días?

El jefe de la guardia se encogió de hombros.

—Pues ellos, Excelencia, sabían que será a la una, precisamente.

Parecióle bien a Su Excelencia el diligente celo de la policía; luego hizo un gesto de duda, frunció el ceño, y sus labios, carnosos y encendidos, se contrajeron en una mueca que pretendía ser una sonrisa; sin abandonarla, se despidió de los agentes, y para que éstos trabajasen con mayor libertad y desembarazo, decidió pasar la noche fuera de su casa, en otra casa amiga, donde le brindaban hospitalidad. También su esposa y sus hijos fuéronse lejos de aquella mansión en que acechaba el peligro y en donde al día siguiente habían de reunirse los conjurados.

Mientras ardían las lámparas en la morada ajena y los amigos saludaban y sonreían, el ministro experimentaba cierta excitación agradable, como si le hubieran dado ya o le fuesen a otorgar un galardón inesperado.

Mas luego aquellas habitaciones quedaron obscuras y solitarias. Al través de los cristales, el alumbrado público fingía luminosas y movedizas manchas en los muros y en los techos de aquellos vastos aposentos, hundidos ahora en el silencio más completo.

Solo ya en la ajena alcoba, sintióse el personaje asaltado de súbitos temores.

Padecía de accesos nefríticos, y así, cuando algo le impresionaba hondamente, reflejábase esta impresión en rostro, piernas y brazos, que se cubrían de edemas y se hinchaban, con lo que cada vez se ponía más gordo y fofo. Con angustia de enfermo, empezó a notar cómo su rostro se iba abotagando más y más, y comenzó a preocuparle obstinadamente el trágico fin que le anunciaran. Sucesivamente fueron desfilando por su memoria los últimos atentados que contra ilustres personajes se habían cometido; evocó la trágica visión de sus cuerpos despedazados por las bombas, los trozos de masa encefálica que salpicaban pavimento y paredes, así como los dientes arrancados de las deshechas mandíbulas. Influido por tales recuerdos, parecióle que su cuerpo, tendido en el lecho, no era ya suyo, y creyó sentir la tremenda fuerza de la explosión; experimentó la sensación de que sus brazos se desprendían del tronco, y los dientes se caían, y se le pulverizaba el cerebro, y pies y piernas se le paralizaban, y agarrotábansele los dedos, hasta adquirir rigidez cadavérica. Se agitó en el lecho, suspiró fuertemente y tosió para cerciorarse de que no estaba muerto; el frufrutante rumor de la sedeña colcha y el crujido del sommier aliviaron su acongojado ánimo; mas para acabar de tranquilizarse y alejar de sí toda idea de muerte, exclamó en alta voz, que rasgó el silencio nocturno:

—¡Bravo, muchachos! ¡Muy bien, muy bien!

Quería dirigirse a sus polizontes y a sus soldados, a todos los que, al hacerle aquella confidencia y advertirle tan oportunamente el proyectado crimen, salváranle la vida. Sin embargo, aun cuando aprobaba la acción de la policía y trataba con sonrisa forzada de expresar el desprecio por el fracaso de sus torpes enemigos, no creía poder salvarse, ni que la muerte no le sobreviniese súbita y rápidamente. La muerte con que los conjurados le amenazaban se erguía ante él y se apoderaba de su pensamiento y paralizaba sus intenciones, como si estuviese agazapada allí, en un rincón de la alcoba, y dispuesta a no moverse de allí en tanto que los criminales no fuesen detenidos y desarmados y encarcelados tras seguras rejas y fuertes cerrojos. Recordó las palabras del policía:

—¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Esta frase le perseguía, le obsesionaba, como un estribillo repetido en todos los tonos: jocoso y burlón unas veces, fiero otras, frío y monótono en ocasiones. Dijérase que una mano misteriosa había instalado en la alcoba multitud de altavoces que, sucesiva e incansablemente, anunciaban con mecánica estupidez:

—¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

De pronto, aquella hora del día siguiente separóse, como arrancada del indistinto conjunto de las otras, y aquel fragmento de tiempo, que apenas era sino un mudo avance de la manecilla en la esfera del áureo reloj, cobró un gesto de amenaza, de aciago presagio; con ágil brinco separóse del círculo, comenzó a vivir por sí misma y se irguió como altísimo y sombrío poste que partía en dos la vida. Era como si se hubiesen borrado todas las demás horas y únicamente aquélla se alzase con insolente gesto, como si ella tuviese derecho a una existencia especial.

Encaróse con ella el ministro, y «¿Qué quieres?», la preguntó con cólera.

El coro de altavoces continuaba:

—¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Y el poste negro se inclinaba en irónica reverencia.

El ministro no podía conciliar el sueño; apretó los dientes, incorporóse en el lecho y sepultó el hinchado rostro entre las manos.

Con igual intensidad que si los estuviese viviendo, imaginó los momentos de la siguiente mañana. ¡Cómo, a no haber sabido lo que se preparaba, se hubiese levantado al igual que todos los días! ¡Cómo hubiera tomado café, ignorante y despreocupado! ¡Cómo, en fin, se hubiera vestido en su tocador, sin que ni su ayuda de cámara ni el criado que le sirvió el desayuno comprendieran lo inútil que es servir el desayuno y ayudar a poner el gabán a quien a los pocos momentos ha de desaparecer, con el gabán que cubre su cuerpo y el café que dentro de su estómago llevaba, despedazado por una explosión!...

Separó del rostro las manos y lanzó un ¡ay! en voz alta.

Luego buscó a tientas la llave de la luz y la encendió. Después se levantó y se puso a dar paseos, descalzo, por la alfombra de aquella alcoba que no era la suya. Tropezaron sus ojos con otra llave, y encendió la lámpara a que correspondía. Y dio la nueva luz tan jubilosa animación a la habitación, que del ministerial terror, aún no desaparecido del todo, apenas quedaba otra señal que las revueltas ropas del lecho, cuya colcha yacía por el suelo.

Con la barba despeinada por los bruscos movimientos, desorbitados los ojos y la respiración jadeante, el ministro, que se hallaba en ropas menores, parecía un anciano agitado por el insomnio. Obsesionábale siempre la idea de la muerte que le preparaban, y junto a este pensamiento borrábase el fausto de que estaba rodeado. Con todo, hacíasele difícil creer que aquel cuerpo suyo, tan presente y tangible, pudiera ser devorado por el fuego y sus miembros despedazados por la explosión.

Sentóse, rendido, en una butaca, y apoyó la barba en la mano. Luego fijó en el techo los extraviados ojos.

Y comprendió que allí mismo, en aquella habitación, estaba la causa de sus terrores, allí se hallaba el origen de su susto y de su agitación. ¡Y él, quieto allí, en aquel rincón, no se marchaba, no podía marcharse!

—¡Imbéciles! —pensó, haciendo un mohín despectivo. —¡Imbéciles! —repitió luego en alta voz.

Y para que pudiesen oírlo aquellos a quienes se dirigía la invectiva, volvióse hacia la puerta. Eran los mismos mozos que poco antes elogiara y el propio agente que con tanta diligencia le había prevenido contra el atentado que se fraguaba.

—Es natural —se dijo— que tenga miedo ahora que me lo han contado. Pero si no lo supiera, habría tomado tranquilamente el café. ¿Es que yo tengo miedo a la muerte? ¡Bah! Los riñones me hacen sufrir mucho, y, después de todo, algún día he de morir. ¡Algún día! Mas como no sé cuál, no lo temo. Y esos idiotas me salen ahora con que va a ser mañana, «a la una, precisamente a la una, Excelencia», y los muy estúpidos creen que me han hecho un favor, y lo que han conseguido es traerme aquí la muerte, que está aquí, que no quiere irse de aquí. No puede irse, porque está dentro de mí. No es tan terrible la muerte como el saber cuándo se va a morir. La vida sería imposible si se conociese con exactitud la hora de la muerte. ¡Y los muy imbéciles me lo avisan y me dicen: «Mañana a la una, precisamente a la una, Excelencia»!

Animóse súbitamente, como si alguien le hubiese anunciado que era inmortal, que no moriría nunca, nunca. Parecióle recobrar todas sus facultades intelectuales, todo su vigor físico, su superioridad, en fin, sobre aquella reata de imbéciles que con tan necia osadía querían revelar el futuro. Y pensó que el mejor don que puede alcanzar un hombre anciano y achacoso es la ignorancia.

¡Bendita ignorancia ésta de la hora del fin, que ningún ser vivo, hombre o bestia, puede adivinar! Poco antes había estado el ministro enfermo; desahuciáronle los médicos y le invitaron a dictar sus últimas disposiciones. Él no les había hecho caso, y, en efecto, al poco tiempo estaba como si tal cosa, sano y libre de las amenazas de los facultativos.

En cierta ocasión, en su juventud, acosado por la vida, pensó abandonarla; tenía ya escrita la consabida carta, cargado el revólver y hasta designada la hora fatal; pero al sonar ésta se volvió atrás. Es que siempre, en el supremo instante, puede ocurrir algo, puede presentarse alguna circunstancia imprevista. Y así, nadie, ni aun el que ha determinado su propia muerte, puede decir cuándo va a morir. ¡Y aquellos amables burros venían a decirle: «A la una, precisamente a la una, Excelencia»! Y no obstante estar ya, cuando le llegó el aviso, conjurado el peligro y la muerte evitada, el solo anuncio de la hora empavoreció su ánimo. Tal vez le matasen cualquier día, pero ya no sería «mañana», y como no sería «mañana», podía echarse a dormir con la tranquilidad del justo que ha conquistado ya la inmortalidad. ¡Qué estúpidos aquéllos y cuán ajenos estaban de pensar qué terrible secreto habían violado, qué hondos abismos habían abierto al anunciar con su enfadosa amabilidad:

—¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Una voz, la voz del silencio, dijo:

—No, señor ministro; no será a la una; no se sabe cuándo será.

—¡Eh! ¿Quién habla ahí? ¿Qué dices?

—Nada —prosiguió la voz del silencio—. Nada.

—Sí, algo decías.

—No, nada de importancia. Digo que mañana a la una...

Sintió el ministro el corazón atenazado por la angustia; no dormiría, no, aquella noche; no gozaría de sosiego ni de alegría en tanto que no transcurriese y se perdiese en el pasado aquella hora fatal, que aún se agazapaba en un rincón y lo obscurecía con su sombra...

Ya no temía a los asesinos de mañana. Habían sido apresados por la turbamulta de fieles que le rodeaban y defendían su vida.

Pero sobre él pesaba la amenaza de algo imprevisto e ineluctable: tal vez la apoplejía, el corazón que se rompía, la aorta que, henchida de sangre, saltaba en mil pedazos, como un tubo que no puede resistir la presión del agua, como un guante que estalla por hinchazón de la mano que lo calza...

Advertía que su corto y grueso cuello de apoplético estaba insensible, y contemplaba despavorido sus dedos rígidos y amoratados, en los que ya se presentara el edema.

Y sí antes, en las tinieblas, habíase agitado para convencerse a sí mismo de que no estaba muerto, ahora, bajo aquella luz de fría blancura, no podía ni extender el brazo para coger un cigarro u oprimir el botón del timbre. Sus nervios estaban tensos y rígidos como alambres. Apenas podía respirar.

De repente, un sonido agudo y vibrante, el repiqueteo de un timbre eléctrico, rasgó desde el techo el silencio y la obscuridad de la noche, taladró las capas de polvo, atravesó las telas de araña: Su Excelencia llamaba.

Encendiéronse todas las lámparas de la casa, y empezaron los criados a correr de un lado para otro.

Oíase una voz grave y entrecortada. Alguien fue al teléfono para avisar al médico: el ministro se había puesto muy malo. Fue preciso prevenir a su esposa para que acudiese al lado del enfermo.

II
La pena de la horca

Las cosas ocurrieron según las había previsto la policía. Cuatro terroristas, bien pertrechados de armas y explosivos, entre los que se hallaba una mujer, fueron detenidos cuando aguardaban al ministro, a la misma entrada de su casa. También prendieron, en su propio domicilio, a la dueña del local en que los conjurados celebraban sus reuniones, y allí, asimismo, se encontró dinamita en abundancia, bombas y armas diversas.

Todos los detenidos eran jóvenes: el de más edad tenía veintiocho años; el de menos, una mujer, diecinueve. El juicio se celebró en el mismo lugar donde fueron encarcelados, y la vista fue brevísima y a puerta cerrada, como de costumbre al tratarse de tales delitos.

Cuando comparecieron ante sus jueces, mostráronse los cinco serenos, pero serios y pensativos. Tal era el desprecio que hacia aquellas gentes sentían, que ni siquiera se les ocurrió fingir alegría o alardear de valor. Hubo preguntas a las que ninguno quiso contestar; otras veces, sus respuestas eran lacónicas y sencillas, como si, en vez de hallarse ante un tribunal que había de decidir su suerte, estuviesen proporcionando datos a una oficina de estadística. Tres de ellos, dos hombres y una mujer, dieron sus verdaderos nombres, otros dos se negaron, permaneciendo desconocidos para los jueces. Si algo lograba despertar en algún modo su curiosidad, amortiguada y casi extinta, como suele ocurrir a los enfermos muy graves o a las personas obsesionadas por una idea fija, no era, ciertamente, lo que decían los jueces, sino lo que acontecía en la sala. Dirigían en torno furtivas miradas, cazaban al vuelo alguna frase que les interesaba, y en seguida volvían a caer en su pensativo mutismo.

El que se hallaba más cerca de los jueces era un tal Serguéi Golovin, oficial del ejército e hijo de un coronel retirado. Era un muchacho fuerte como un roble, rubio y muy joven. Ni las privaciones de la prisión ni la amenaza de una muerte próxima habían sido parte a empalidecer sus encendidas mejillas ni amortiguar el juvenil brillo de sus ojos, en que aún se reflejaba una expresión de candorosa felicidad. Miraba el paisaje a través de una ventana, y a cada momento se pasaba la mano por la incipiente barba, que, sin duda por serlo, le causaba desazón en el rostro.

Eran los últimos días de invierno, cuando un sol rubio y cálido, mensajero de la ya muy próxima primavera, suele atravesar los remolinos de nieve y hender los cendales de bruma; acaso la visita del astro durase tan sólo un día, tal vez una hora no más, pero su luminosidad radiante bastaba para que los gorriones se volviesen locos de alegría y las gentes se emborrachasen de júbilo.

Por la ventana —que aún conservaba, como reliquias del último verano, una capa de polvo y cortinas de telarañas— vislumbrábase el cielo, hermoso y límpido como muy pocas veces se viera; tal vez, al mirarlo en los primeros instantes, los ojos, empañados aún por las nieblas invernales, no advirtiesen toda su inmaculada pureza; pero a medida que lo contemplaban se les aparecía más terso y más azul.

Miraba Serguéi Golovin el cielo, siempre rascándose la barba, entornaba voluptuosamente los ojos, que largas pestañas embellecían, y volvía luego a sumirse en sus pensamientos. Una vez hizo una especie de castañeta con los dedos, y su rostro se dilató con expresión de gozo; pero de pronto miró en torno suyo y el júbilo se le extinguió, como se apaga un fósforo que se pisa. Se puso pálido como un muerto. Sin embargo, la alegría de la vida y el sol de primavera vencieron una vez más, y al poco tiempo el juvenil e ingenuo rostro elevábase nuevamente hacia el cielo.

Pero no estaba solo en su admiración: también lo contemplaba la muchacha que no había querido dar su nombre, y que se llamaba Musia. Era aún más joven que Golovin, pero su precoz seriedad y la profunda mirada de sus ojos negros hacíanle aparentar más años. Que éstos eran muy pocos se veía, con todo, en la graciosa morbidez de su cuello, en las finas y transparentes manos, en algo, en fin, inefable y fragante. Estaba muy pálida, pero no era la suya la palidez de la muerte, sino la transparente blancura que una intensa llama interior da a muchos rostros hasta hacerles tomar apariencia de porcelana.

Sin moverse apenas en su silla, sólo alguna que otra vez se miraba el dedo del corazón de la mano derecha, donde una sortija que poco antes le quitaran había dejado visible señal. Serena, indiferente a cuanto la rodeaba, miraba al cielo, único vestigio de pura belleza que en el sórdido conjunto de aquella sala se ofrecía a sus ojos.

Los jueces sentían compasión por Serguéi Golovin, pero en cambio odiaban a Musia.

Había otro personaje, que, según propia declaración, se llamaba Verner, y que permanecía inmóvil, con las manos en las rodillas. Contemplaba el sucio entarimado, y nadie hubiera podido decir si su pensamiento estaba allí o si, desasiéndose de cuanto le rodeaba, habíase ausentado de aquel lugar. Tratábase de un hombre de mediana estatura. Su rostro, de singular hermosura y nobleza, era tan blanco y pálido, que recordaba las noches de luna a orillas del mar. Parecía reunir a una fuerza extraordinaria una fría seguridad en sí mismo. Contestaba breve y cortésmente a las preguntas que se le hacían; pero aun entonces había en él no sé qué de peligrosa superioridad, que se advertía hasta en sus más ligeros movimientos. Se envolvía en el capote que usan los carcelarios, pero esta prenda parecía despegársele del cuerpo. Cuando fue detenido se le encontró únicamente un revólver, en tanto que a sus compañeros se les halló un verdadero arsenal de armas y materias explosivas. Los jueces, sin embargo, le suponían el jefe de los conspiradores y, a pesar suyo, le manifestaban alguna deferencia.

Muy próximo a él hallábase un individuo de aspecto cadavérico, llamado Vasili Kashirin, que luchaba denodadamente por ocultar el terror que le dominaba. Desde la hora de la mañana en que los habían conducido ante el tribunal, el descompasado ritmo de su corazón amenazaba con ahogarle; tenía la frente bañada en sudor y helados los pies y las manos. Pudo, con sobrehumano esfuerzo, evitar que los miembros le temblasen y hacer que su voz pareciese firme y segura, así como serena su mirada. No veía lo que le rodeaba, y las palabras y las frases que allí se pronunciaban, llegaban a él como a través de la niebla, casi apagadas por espesas y acolchadas paredes; para replicar a las preguntas que se le hacían había de poner toda su voluntad en despertar de aquella especie de ensueño entre nieblas. Luego no volvía a acordarse de preguntas ni respuestas y volvía a sumirse en sus meditaciones y a empeñarse en su lucha interior. La muerte parecía rondarle ya, y esta circunstancia desviaba de su rostro las miradas del tribunal. Lo mismo podía ser joven que viejo: tan difícil era calcular su edad como si se tratase de un cadáver que comienza a descomponerse. Sus documentos, sin embargo, atestiguaban que tenía veintitrés años. Verner le daba de vez en cuando una palmadita en las rodillas, y él le replicaba:

—No es nada.

Algunas veces experimentaba irresistible deseo de gritar, de aullar, como un animal desesperado; cuando esto le ocurría, pasaba un rato cruel. Arrimábase silenciosamente a Verner, y éste le decía, sin mirarle:

—Paciencia, Vasia[1]. Pronto dejaremos de sufrir.

La quinta terrorista, Tania[2] Kovalchuk, preocupada e inquieta, miraba a sus compañeros con expresión maternal y solícita. Y parecía, en efecto, madre de todos ellos, pese a su extremada juventud y a la lozanía de sus mejillas, tan encendidas como las de Serguéi Golovin; pero sus ojos tenían una expresión de ternura inefable, de infinito amor.

Apenas si se dignaba mirar al tribunal. Estaba pendiente de las declaraciones de los demás, preocupada de que no les temblase la voz, de que no tuviesen miedo.

A Vasili, Tania ni siquiera se atrevía a mirarlo. A Musia y a Verner los contemplaba con mezcla de orgullo y respeto, y su rostro adquiría entonces expresión de patética gravedad. En cambio, cuando miraba a Serguéi sonreía y se decía:

—¡Eleva tus ojos al cielo, amigo mío! Pero ¿qué va a ser de Vasia? ¡Ay, Señor, Señor! ¿Qué podría hacer por él? ¿Decirle algo? Acaso fuera peor. A lo mejor se echa a llorar.

Así como las nubes viajeras se reflejan a la hora del crepúsculo en las serenas aguas de un lago, del mismo modo en aquel semblante todo bondad se reflejaban todos los sentimientos, todas las ideas, aun las más leves, aun las más fugaces, de los cuatro amigos de Tania. Ni siquiera se le ocurría pensar que también ella estaba acusada, que asimismo habían de juzgarla y que igualmente la ahorcarían. No le preocupaba gran cosa. En su domicilio fue precisamente donde habían sido hallados las armas y los explosivos, y, aunque parezca raro, ella misma fue quien recibió a tiros a la policía e hirió a un agente en la cabeza.

A las ocho de la noche terminó la sesión. Musia y Serguéi seguían mirando al cielo, que poco a poco iba obscureciéndose. No tenía ese tinte rosado, esa luminosidad sonriente, de los atardeceres estivales; habíase tornado de repente hosco y ceñudo, nuboso y lóbrego, como cielo de invierno. Golovin lanzó un suspiro y miró de nuevo a través de la ventana. Mas ya nada se veía; era noche cerrada, una noche negra y helada. Entonces, el joven, sin dejar de acariciarse la incipiente barba, volvió los ojos, curiosos como los de un niño, hacia los jueces, y los fijó luego en los guardias que estaban allí custodiándolos, rígidos, con sus fusiles prevenidos. Miró, finalmente, a Tania y sus labios insinuaron una sonrisa. También Musia apartó la mirada del cielo cuando éste se obscureció, y la fijó en una telaraña. Así permaneció durante la lectura de la sentencia.

Cuando se hubo cumplido este requisito, los defensores de los condenados se despidieron de éstos, que no quisieron mirar los ojos, entre avergonzados y tristes, de los abogados. Al salir cambiaron algunas palabras.

—No es nada, Vasia —dijo Verner—; todo acabará pronto.

—Sí, amigo, todo —replicó Kashirin, sereno, casi alegre.

Había perdido su aspecto cadavérico, y su semblante se había coloreado levemente.

—¡Ah, diablos! ¡Al fin han conseguido hacernos ahorcar! —exclamó el candoroso Golovin.

—¡Bah! —contestó Verner—. Eso estaba descontado.

Tania quiso consolarlos, y les dijo:

—Mañana se ratificará la sentencia y nos encerrarán a todos juntos, y ya no nos separaremos hasta la hora de morir.

Musia callaba. Al fin echó a andar con decisión.

III
¡No tienen que ahorcarme!

Por el mismo tribunal que sentenció a los terroristas había sido condenado dos semanas antes un tal Iván Yanson a la última pena.

Prestaba sus servicios este hombre como peón en casa de un rico labrador, y era uno de tantos jornaleros, sin nada que le distinguiese de los demás. Era estonio, de Vesenberg, y había pasado su vida de hacienda en hacienda, pero acercándose cada vez más a Petrogrado. Apenas conocía el ruso, y como quiera que en casa de Lásarev —que así se apellidaba su amo— no había ningún otro estonio, Yanson pasó los dos años que estuvo en aquella casa casi sin hablar.

Yanson, por lo demás, no era muy parlanchín. Tan callado con los animales como con los hombres, nada decía a los caballos cuando los llevaba al abrevadero ni cuando los enjaezaba y enganchaba; cuando algún jaco se desmandaba, la emprendía con él a latigazos, con cruel ensañamiento, pero sin proferir palabra. Si tenía algunas copas de más, golpeaba a los animales con tal furia, que el restallar del látigo llegaba hasta la misma casa. Su amo le castigaba a menudo por su brutalidad, pero, en vista de que todo era inútil, le dejó por imposible.

El estonio se emborrachaba todos los meses invariablemente, y algunos más de una vez, sobre todo cuando llevaba a su amo a la estación. Luego que éste bajaba del trineo, Yanson se alejaba como cosa de medio kilómetro, y allí, junto a la carretera, enterrados en la nieve el vehículo y el caballo, esperaba, medio dormido, que el tren se marchase. Entonces volvía a todo correr a la estación y echaba unos tragos en la cantina; al poco tiempo estaba como una cuba.

Regresaba a la finca a galope tendido, golpeando sin piedad al caballo. El pobre animal daba desesperados botes, y el trineo chocaba con los postes del telégrafo; Yanson, entre tanto, sin cuidarse de más, cantaba y gritaba algo a voz en cuello en su idioma, y no era raro que se cayese del pescante. A veces, en vez de cantar, apretaba los labios con sorda cólera y avanzaba con vertiginosa rapidez, que ni en las curvas ni revueltas del camino moderaba. Parecía no ver siquiera a los viandantes. Cómo no atropellaba a ninguno, cómo no se mataba él mismo, es lo que no se explicaba nadie.

Muchas veces estuvo su amo a punto de despedirle, como habían hecho ya otros muchos. Pero como trabajaba barato y, después de todo, sus compañeros no eran mucho mejores, permaneció dos años en casa de Lásarev, sin que ningún suceso notable viniese a turbar el monótono curso de su vida. Tan sólo cierto día recibió una carta escrita en su idioma; pero como él no sabía leer, y allí nadie conocía el estonio, la rompió, la tiró a la basura y se quedó tan fresco.

En una ocasión quiso cortejar a la cocinera, mas ésta le desdeñó y se mofó de su pequeña estatura, su cara pecosa y sus ojos verdes y apagados. Yanson, sin apurarse por el mal éxito de su pretensión, no volvió a ocuparse de la cocinera.

Como queda dicho, apenas hablaba; pero, en cambio, siempre parecía estar escuchando algo. Escuchaba los rumores del campo, al que los montones de estiércol, enterrados bajo la nieve, daban apariencia de cementerio; el zumbido de los hilos del telégrafo; las conversaciones de la gente; hasta el aire azul parecía decirle algo. ¿Qué? Esto sólo él lo sabía.

Un día que se hablaba de crímenes y robos, supo que en uno de los pueblos inmediatos unos desconocidos habían saqueado una finca, asesinando al dueño y a su mujer, e incendiando la casa.

Este suceso llevó el pánico a la granja donde Yanson servía. Soltáronse los perros, incluso durante el día, y el dueño no se separaba de su escopeta. A Yanson le dio otra muy parecida, aunque un poco más vieja y de un cañón; pero el estonio hizo un gesto negativo y rechazó el arma. El labrador, que no acertaba a explicarse la causa de la negativa, le reprendió agriamente, pero Yanson confiaba más en su cuchillo finlandés que en aquel chisme mohoso.

—A lo mejor me mato yo mismo —decía, fijando en su amo los turbios y apagados ojos.

—¡Qué idiota eres, Iván! ¡Vaya usted a vivir con esta gente!

Y he aquí que aquel mismo Iván Yanson, que no confiaba en la escopeta, una noche de invierno en que, por haber ido el otro cochero a la estación, se quedó en casa, cometió, como quien no hace nada, un asesinato, con los aditamentos de robo e intento de violación. Lo había hecho de una manera extraordinariamente sencilla: encerró a la criada en la cocina; luego, fingiéndose rendido por el sueño y andando como quien no puede tenerse en pie, se acercó sigilosamente a su amo y le hundió el cuchillo en la espalda. La víctima cayó sin lanzar un ¡ay!; su mujer, enloquecida por el terror, empezó a pedir socorro, y Yanson, rechinando los dientes y esgrimiendo el cuchillo, registró muebles y cajones y se apoderó de cuanto dinero halló en ellos. Después de esto miró a su ama como si la hubiese visto por primera vez, y se arrojó sobre ella con propósito de violarla. Mas se le cayó el cuchillo, y como la señora era más fuerte que el estonio, éste no logró su intento, y, lo que es más, a poco muere estrangulado. En aquel momento el labrador se agitó en el suelo; la cocinera empezó a gritar y a derribar la puerta, y el criminal huyó. No tardaron, sin embargo, en detenerle; queriendo añadir al asesinato el incendio, se dirigió a la cuadra, y allí le hallaron, cuando trataba de llevar a cabo su propósito encendiendo las cerillas que llevaba.

Pocos días después el amo murió de la infección a la sangre y Yanson fue condenado a muerte. Pequeño, delgaducho, con su cara llena de pecas y sus ojos turbios y apagados, mostró al comparecer ante sus jueces tal indiferencia, que no parecía comprender la importancia de su delito. Miraba a la sala con curiosidad y se pellizcaba las narices con sus rudos y achatados dedos. Sólo los que le habían visto los domingos en la iglesia protestante podían notar que estaba un poco mejor vestido. Llevaba al cuello una bufanda de un rojo sucio; habíase humedecido los cabellos, que así parecían más obscuros y brillantes a trechos, en tanto que en otros se mostraban ralos y rígidos, como espigas que han sobrevivido a una tormenta.

Cuando Yanson conoció la sentencia que le condenaba a morir ahorcado se estremeció, se encendieron sus mejillas y se puso a anudar y desanudar la bufanda, que, al parecer, le sofocaba. Luego empezó a agitar los brazos, y dirigiéndose a uno de los magistrados, que no era el que había leído el fallo, señaló a éste con el dedo y dijo:

—«Ésa»[3] dice que me ahorquen.

—¿Quién es «ésa»? —preguntó con severo tono el presidente del tribunal, que había leído la sentencia.

Apenas si los jueces podían disimular su sonrisa; para lograrlo mejor, escondían los rostros tras los papelotes de la causa. Yanson extendió un dedo rígido hacia el presidente y replicó malhumorado y mirándole de reojo:

—¡Tú!

—¿Yo?

Volvió Yanson a mirar al otro magistrado, que no hablaba, y en el que el estonio creía ver un amigo, por suponer que no había tenido arte ni parte en la sentencia, y de nuevo dijo:

—«Ésa» dice que me ahorquen, y a mí no tienen que ahorcarme.

El presidente ordenó:

—Llévense al acusado fuera de la sala.

Antes de que se cumpliera la orden, Yanson tuvo tiempo de repetir con tono persuasivo:

—¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!

Al verle tan grotesco, con un dedo extendido, su diminuta carucha contraída, a la que inútilmente trataba de dar una expresión conmovedora, uno de los guardias que le custodiaban no pudo por menos de decirle, aun faltando a la consigna:

—¡Mira que eres imbécil, compañero!

Yanson repetía insistentemente:

—¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!

—¡Quiá, hombre, qué te van a ahorcar! Y encima te darán un jamón.

El otro guardia ordenó, enojado:

—¡Ea, basta de charla! —Y añadió en voz baja—: ¡Bandido! ¡Salvaje! Ahí tienes lo que has conseguido con matar a tu amo.

Su compañero, más compasivo, dijo:

—Aún puede que le indulten.

—¿Qué estás ahí diciendo? ¡Indultar a este asesino! Bueno, ya hemos hablado más de la cuenta.

Yanson había callado. Volvieron a encerrarle en el mismo calabozo que durante un mes ocupara, y al que ya se había ido acostumbrando, como a todo se acostumbraba, lo mismo a las palizas que al vodka[4] y a los áridos campos nevados. Hasta se alegró cuando vio nuevamente los barrotes de la reja, la cama, y su contento subió de punto cuando le dieron de comer, pues estaba aún en ayunas. Le había impresionado desagradablemente lo ocurrido en el tribunal, pero no sabía ni podía pensar en ello. Ni siquiera era capaz de imaginar lo que pudiera ser la pena de horca.

Había en la cárcel otros condenados a la última pena, y, por consiguiente, era el suyo un caso como otro cualquiera, sin importancia alguna. Sus carceleros le hablaban tranquilamente, como si no fuese a morir pronto o como si fuese a morir de mentirijillas.

Al enterarse de la sentencia el inspector le dijo:

—¿Qué es eso, amigo? ¿Conque al palo, eh?

—¿Cuándo me van a ahorcar? —preguntó Yanson, receloso.

El inspector permaneció unos instantes pensativo.

—Tendrás que esperar un poco. No pretenderás que por ti solo vayamos a molestarnos. Hay que esperar a que haya número.

—Bueno, pero ¿cuánto tiempo tardarán?

No le habían molestado en lo más mínimo las despectivas palabras del inspector, o acaso había creído que eran el pretexto que se daba para aplazar la ejecución e indultarle luego, y alegrábale ver cómo el minuto terrible y fatal, en que no podía pensar sin estremecerse de horror, íbase alejando, hasta parecer remoto, inverosímil.

El inspector, que era un viejo gruñón, replicó enojado:

—¡Cuándo, cuándo...! ¡Vaya una pregunta! ¡No es como ahorcar a un perro en una cuadra! Pero eres tan bruto, que puede que eso te pareciera preferible.

—¡No quiero que me ahorquen! —dijo Yanson con mimo infantil—. Eso han dicho, pero ¡yo no quiero!

Y, acaso por primera vez en su vida, rompió a reír, con una risa estúpida, de una alegría absurda. Parecía el graznido de un pato: ¡Cuá-cuá! ¡Cuá-cuá!

El otro le miró sorprendido y luego frunció el ceño; le parecía que aquella risa era una ofensa cruel para la cárcel, que amenguaba la ejemplaridad del castigo, y que a los mismos carceleros les desprestigiaba en algún modo, y por un momento, aquel hombre, que se había pasado la vida en la cárcel, cuyo reglamento celular consideraba tan preciso e infalible como las leyes de la naturaleza, creyó hallarse en un manicomio, y que él mismo se había vuelto loco.

—¡Qué bruto! —dijo, escupiendo—. ¿De qué diablos te ríes? ¿Te has creído que estamos en una taberna?

—¡No quiero que me ahorquen! ¡Cuá-cuá! ¡Cuá-cuá! —continuaba Yanson, riendo siempre.

—¡Es el diablo en persona! —exclamó el vigilante, y en poco estuvo que hiciese la señal de la cruz.

No era precisamente al diablo a quien más se parecía aquel hombrecillo de cara minúscula y ajada; pero su risa de ganso sí tenía algo de diabólica, pues profanaba la santidad y la solidez de la cárcel.

Parecía que, de continuar riéndose un poco más, aquellas carcajadas acabarían por derrumbar muros y rejas, y él mismo tendría que poner en libertad a los presos y decirles: «¡Ea, señores, márchense adonde quieran, a paseo o a su casa! ¡Satanás!»

Yanson había dejado ya de reírse, y hacía extraños guiños.

—¡Qué tipo! —pensó el vigilante, y luego de lanzarle una mirada amenazadora se alejó de allí.

Durante el resto de la tarde, Yanson estuvo muy tranquilo, hasta jovial, sin cesar de repetir: «¡No tienen que ahorcarme, no quiero que me ahorquen!», con lo que se persuadía a sí mismo de que, con pronunciar tales palabras, no era preciso más.

Ya apenas se acordaba de su crimen, y si algo lamentaba, era no haber podido violar a su ama. Pero bien pronto ni de esto se volvió a acordar.

No pasaba mañana sin que preguntase al vigilante que cuándo lo iban a ahorcar, a lo que el funcionario le contestaba:

—¡Tiempo habrá! ¡No tengas prisa, condenado! —y se marchaba en cuanto le era posible, antes de que Yanson empezase a reírse.

Viendo que los días se sucedían iguales unos a otros, Yanson llegó a creer que la ejecución no se verificaría nunca. Casi olvidado ya del tribunal, pasábase las horas muertas tumbado en la tarima y soñando con los campos cubiertos de nieve y salpicados de montoncitos de estiércol, con la cantina del ferrocarril y con otras cosas que le parecían remotas y gratas. En la cárcel le daban bien de comer, y en poco tiempo había engordado bastante. Parecía un personaje.

—Si ahora me viese mi ama, sí que se enamoraría de mí —se dijo un día—. Estoy tan gordo como su marido.

Sus únicos deseos eran beber vodka y montar a caballo.

La detención de los terroristas se supo muy pronto en la cárcel. Aquel día, cuando Yanson le hizo su pregunta de costumbre, el inspector le respondió:

—Ahora, pronto.

Miróle tranquila y solemnemente, y repitió:

—Ahora sí que va a ser pronto. Al cabo de una semana, según creo.

Yanson palideció; parecía como dormido, tan turbia era la mirada de sus ojos vidriosos.

—¿Estás bromeando? —preguntó.

—Tanto que lo esperabas y ahora no lo crees. No estamos aquí para bromas. Sois vosotros a quienes os gustan las chanzas, nosotros no tenemos tiempo para ello —dijo el inspector con dignidad, y se alejó.

Al anochecer del mismo día, Yanson ya aparecía más delgado. Su piel, alisada durante el último tiempo, se contrajo nuevamente en numerosas arruguitas. Tenía los ojos completamente adormecidos y sus movimientos tornáronse lentos y pesados, como si cada inclinación de la cabeza, cada movimiento de los dedos, cada paso que daba, fuera una empresa difícil y complicada que hubiera de meditarse antes de ser efectuada. Por la noche se acostó en su camilla, pero no cerró los ojos, y así permanecieron abiertos hasta la mañana siguiente.

—¡Ahá! —dijo el inspector con satisfacción, al verle el día siguiente—. Ahora comprendes que no estás en una taberna, amigo.

Sintiendo un gran placer, como el sabio a quien hubiese resultado bien por segunda vez el experimento, examinó al condenado de pies a cabeza: ahora todo iría como era debido. Satanás quedaba avergonzado y se restablecía la santidad de la cárcel y de la ejecución. Preguntó a Yanson con indulgencia y hasta con compasión:

—¿Querrás ver a alguien o no?

—¿Para qué ver?

—Para despedirte. De tu madre, por ejemplo, o de tu hermana.

—Que no me ahorquen —dijo Yanson en voz baja, mirando al inspector de reojo—. No quiero que me ahorquen.

El inspector se limitó a mirarle y se alejó nuevamente.

Por la tarde Yanson se tranquilizó. El día no se distinguía en nada de los demás, como siempre brillaba el sol en el cielo invernal, familiarmente sonaban los pasos y las conversaciones en el pasillo, y como todos los días llegaba el olor agrio de col, y Yanson dejó de creer en la ejecución.

Pero por la noche de nuevo el terror se apoderó de él. Antes la noche no significaba para él más que la obscuridad, un espacio de tiempo tenebroso, durante el cual había que dormir; pero ahora sentía su significado misterioso y amenazador. Para no creer en la muerte tenía que ver y percibir en su alrededor lo familiar: pasos en el pasillo, voces, luz, olor de coles; pero ahora, por la noche, todo era extraordinario y aquel silencio y aquellas tinieblas ya por sí mismas eran trasuntos de la muerte.

Y a medida que pasaba la noche, más terror experimentaba. Con ingenuidad de salvaje o de niño, que todo lo creen posible, Yanson sentía deseos de gritar al sol: ¡brilla! Pero no había fuerza capaz de detener las negras horas de la noche, que se arrastraban lentamente. Y aquella imposibilidad, que por primera vez se presentaba al débil cerebro de Yanson, le llenó de terror: aun no atreviéndose a sentirla claramente, reconocía ya lo inevitable de la muerte cercana y su pie entumecido diríase que pisara el primer escalón del patíbulo.

Durante el día se tranquilizó de nuevo, pero la noche fue nuevamente espantosa; y así continuó hasta que llegó una noche en la que reconoció que la muerte era inevitable y que llegaría al cabo de tres días, al amanecer.

Nunca había pensado en lo que era la muerte, ni tenía ésta para él imagen alguna. Mas ahora la sentía claramente, había Percibido su entrada en la celda, en donde le buscaba para arrebatarle. Y huyendo de ella, comenzó a correr por la celda. Pero era tan pequeña que sus rincones no parecían ángulos agudos, sino obtusos, que le empujaban hacia el centro. No había nada detrás de lo cual poder esconderse y la puerta estaba cerrada. Varias veces se echó con el cuerpo contra las paredes y la puerta, produciendo un ruido sordo y vacío. Después tropezó con algo y cayó de bruces. Y aquí en el suelo, tocando con el rostro el asfalto negro y sucio, sintió que la muerte le atrapaba y empezó a gritar presa de terror, hasta que acudió gente. Aun cuando le hubieron levantado del suelo y le echaron en la cabeza agua fría, no se decidía a abrir los ojos, fuertemente cerrados. Entreabría uno, veía un rincón alumbrado, o la bota del guardián y de nuevo empezaba a gritar.

Por fin el agua fría hizo su efecto y además contribuyeron a calmarlo unos golpes en la cabeza, suministrados a guisa de remedio por el inspector. Y aquella sensación de la vida ahuyentó la muerte. Yanson abrió los ojos, y el resto de la noche la pasó profundamente dormido, aunque con el cerebro turbado.

Estaba tumbado en la camilla, de espaldas, con la boca abierta, roncando con estrépito. Por entre los párpados entornados blanqueaban los ojos sin pupila.

Desde entonces todo, el día, la noche, los pasos, las voces, el olor a coles, constituía para él un horror continuo y le llenaba de asombro. Su débil pensamiento no era capaz de asociar aquellas ideas tan monstruosamente contradictorias: el día familiar y claro, el gusto y el olor de las coles, y que al cabo de dos días él iba a morir. No pensaba en nada, no contaba las horas, sino que permanecía en un mudo terror ante aquella contradicción que desgarró su cerebro en dos partes.

Volvióse pálido, pero su aspecto era tranquilo. Sólo que no comía nada y dejó de dormir. Toda la noche permanecía sentado en su taburete con las piernas cruzadas bajo el asiento, o paseaba furtivamente por el calabozo. Tenía siempre la boca medio abierta, como en un asombro continuo, y, antes de tomar cualquier objeto, lo contemplaba con aire estúpido durante mucho tiempo y luego lo asía en la mano con desconfianza.

Cuando llegó a este estado, los inspectores y los soldados dejaron de preocuparse por él. Aquel estado era natural en los condenados a muerte, y se asemejaba, según aseveración del inspector, a pesar de que éste nunca le había experimentado, al que suele presentar el animal en el matadero, después que le dan con el mazo en la frente.

—Ahora ya está ensordecido y no sentirá nada, ni aun la muerte misma —decía, examinándole con la mirada de hombre experto—. Iván, ¿oyes? ¿Eh, Iván?

—Que no me ahorquen —replicó Yanson con la voz monótona, sin ninguna expresión, y de nuevo dejó caer su mandíbula inferior.

—Si no hubieras matado, no te ahorcarían —dijóle el inspector mayor con tono reprobatorio, hombre joven todavía, pero de aspecto serio y con el pecho cubierto de medallas—. ¿Cómo puedes pretender que no te ahorquen, después de haber matado a tu semejante?

—¡Qué astuto! ¡Quiere matar impunemente! —agregó otro.

—No quiero que me ahorquen —dijo Yanson.

—Quieras o no quieras, lo mismo da —expuso el mayor con indiferencia—. Mejor que hablar tonterías, tendrías que disponer tus cosas. Supongo que tendrás algo.

—Nada tiene. Una camisa, un par de calzones y una gorra de piel. ¡El muy elegante!

Así transcurrió el tiempo hasta el jueves. A las doce de la noche de este día entraron varias personas en el calabozo de Yanson, y un señor con charreteras le dijo:

—Prepárese... Hay que marchar.

Yanson, moviéndose lenta y dificultosamente, vistió todo lo que tenía, y encima puso la bufanda roja y sucia. Mirando cómo Yanson se preparaba, el señor con las charreteras dijo a otro señor que estaba junto a él:

—¡Qué calor hace hoy! Ya llegó la primavera.

Los ojillos de Yanson se le cerraban, movíase con tal lentitud y se encontraba tan adormilado que el inspector le gritó:

—¡Vamos, más de prisa! Parece que estás durmiendo.

De repente Yanson se detuvo.

—¡No quiero! —dijo con su voz monótona de siempre.

Le tomaron de los brazos y él se dejó conducir sumisamente. Afuera le envolvió el aire fresco primaveral y sintió que se le humedecía la nariz. A pesar de la noche la nieve seguía derritiéndose y se oían caer sobre la acera las alegres gotas.

Mientras los guardias subían al coche obscuro, sin ningún farol, agachándose y haciendo sonar sus sables, Yanson se pasaba el dedo por debajo de la nariz mojada y arreglaba la bufanda, que había atado mal.

IV
Somos de Orel

Ante el mismo tribunal de guerra que había sentenciado a Yanson compareció, y también fue condenado a la horca, un aldeano de la gobernación de Orel, distrito de Eletsk, llamado Mijaíl Golubets, conocido por el apodo de «Mishka[5] el Gitano». Sus últimos crímenes, absolutamente probados, habían sido un robo a mano armada y asesinato de tres hombres. Pero aunque su pasado se perdía en la obscuridad, existían vagos indicios de que había tomado parte en toda una serie de homicidios y robos.

Presentíase tras él un rastro de borracheras y de sangre. Con plena franqueza, con absoluta sinceridad, llamábase a sí mismo bandido, y se mofaba irónicamente de la otra casta de ladrones, los urbanos, que por moda se adulaban, calificándose de «expropiadores». Del último crimen, en que hubiera sido inútil el negar, había hecho el relato voluntaria y detalladamente; en cambio, a las preguntas sobre su pasado sólo había respondido, enseñando los dientes, con esta frase:

—¡Buscad el viento en el campo!

Al verse estrechado por los jueces, «el Gitano» había adoptado un aire digno y serio, contestando:

—Todos los de Orel somos hombres despiertos. —Y había añadido, grave y juiciosamente—: Los de Orel y Kroma son los primeros ladrones. Los de Karachev y Livni lo son más, y más todavía los de Eletsk, porque los de Eletsk son los padres de todos. ¿Para qué, pues, seguir hablando?

Mijaíl había merecido el apodo de «el Gitano» por su aspecto exterior y también por sus mañas excepcionales de ladrón. Era muy moreno, flaco; tenía manchas amarillentas en sus pómulos abultados de tártaro y revolvía los ojos de un modo extraño, como un caballo. Su mirar era rápido, pero penetrante e inquisitivo. Las cosas en que ponía la vista parecía como si perdiesen algo de su tamaño, como si le entregasen una parte de sí mismas y adoptasen otra forma. El cigarrillo en que posase la mirada sería difícil que lo cogiese nadie, como si ya lo hubiese consumido otra boca. Bebía el agua en cantidades enormes, y la movilidad de su temperamento le hacía aparecer tan pronto reconcentrado como expansivo, a manera de un haz de chispas.

A todas las preguntas del tribunal había contestado en forma categórica, firme y hasta como con satisfacción:

—¡Es cierto!

A veces recalcaba:

—¡Es ci-er-to!

Y de un modo inesperado, cuando los señores del tribunal empezaron a tratar de otro asunto, habíase levantado de un salto y rogado al presidente:

—¿Me permite usted dar un silbido?

—¿Para qué? —inquirió aquél con asombro.

—Como dicen los testigos que yo hacía señales a mis compañeros, pensé que les interesará a ustedes saber cómo lo había hecho.

El presidente, algo perplejo, se lo permitió. Entonces, «el Gitano» metió en la boca dos dedos de cada mano, revolvió los ojos como una fiera y rasgó el aire inerte de la sala con un silbido, un silbido verdaderamente salvaje, de esos que a veces aturden a los caballos y les hacen caer sobre las patas traseras. En aquel penetrante sonido, ni humano ni de fiera, había de todo: la angustia mortal del que perece asesinado, la alegría salvaje del asesino, la amenazadora advertencia, la llamada a rebato, la obscuridad de las noches lluviosas de otoño y la soledad imponente de la llanura.

El presidente dijo algo, hizo después una señal con la mano y «el Gitano» calló sumiso. Y como un artista que acabase de cantar con éxito un aria difícil, pero siempre aplaudida, sentóse, secó en el capote los dedos mojados y miró con petulancia a los concurrentes.

—¡Vaya un bandido! —dijo uno de los magistrados, rascándose una oreja.

Pero su vecino, que tenía barba ancha a la rusa, y ojos de tártaro como los de «el Gitano», contempló pensativamente al bandido, sonrió y exclamó:

—En realidad, no deja de ser interesante.

Y con el corazón tranquilo, sin compasión y sin el menor remordimiento, los jueces condenaron a muerte al criminal.

—¡Es justo! —dijo éste cuando hubieron terminado de leer la sentencia—. ¡Una horca en campo raso! ¡Pues es lo que merezco!

Y volviéndose hacia un soldado del convoy añadió, por bravuconería:

—¡Bueno, vamos, atontado! ¡Y ten cuidado con el fusil! ¡A ver si te lo quito!

El soldado le miró severamente, lanzó una ojeada a su compañero y examinó el gatillo del arma. El otro hizo lo mismo. Y todo el camino hasta la cárcel parecióles a ambos, absortos ante la actitud del condenado, que no iban a pie, sino que volaban.

Hasta la ejecución, «Mishka el Gitano», lo mismo que Yanson, tuvo que estar diecisiete días en la cárcel. Y aquellos diecisiete días pasaron para él volando, como uno solo, alentando un pensamiento inextinguible: el de la fuga, el de la libertad y la vida. Las paredes que le cercaban, las rejas, la ventana mortal, por donde no se veía absolutamente nada, redoblaban la inquietud, siempre violenta, de su pensamiento, y se lo abrasaban como carbones encendidos abrasarían una tabla. Por su mente pasaban cual torbellinos imágenes claras, aunque imperfectas, que se encaminaban todas a un fin: la fuga, la libertad, la vida. Con las ventanas de la nariz dilatadas, venteaba horas enteras el aire, que le parecía oler a cáñamo y a incendio, o recorría de un lado a otro el calabozo, tentando las paredes, dando en ellas golpecitos con los dedos, atravesando con la mirada el techo o aserrando mentalmente las rejas. Con su agitación turbulenta atormentaba al soldado que le vigilaba por la mirilla, y que más de una vez, desesperado, le amenazó con pegarle un tiro. «El Gitano» le contestó con una sarta de burlas y groserías, y el asunto terminó con bien sólo porque la disputa se fue convirtiendo en un diálogo vulgar e inofensivo, de muyik[6], con motivo del que habría resultado absurdo e imposible disparar el fusil.

De noche dormía profundamente, con una inmovilidad en que, no obstante, latía la vida, a la manera de un resorte temporalmente inactivo. Pero al levantarse se ponía en seguida a recorrer la habitación, a imaginar nuevos planes de evasión, a palpar las paredes ansiosamente. Tenía siempre las manos secas y calientes, pero alguna vez se le enfriaba de súbito el corazón, como si le metieran dentro del pecho un pedazo de hielo que hiciese temblar su cuerpo. En tales instantes se acentuaba el color moreno de su tez, tomando un matiz azulado de hierro fundido. Había adquirido una costumbre extraña: como si hubiese comido una cosa demasiado dulce, insoportablemente dulce, chasqueaba continuamente la lengua contra los dientes con una especie de silbido. No terminaba las palabras, porque sus pensamientos fluían con tal rapidez, que la lengua no acertaba a servirlos.

En una ocasión vino de día a su calabozo, en compañía de un soldado, el inspector mayor, y al mirar el suelo cubierto de saliva, dijo malhumorado:

—¡Cómo has ensuciado esto!...

«El Gitano» le replicó con rapidez:

—Tú, en cambio, cara de perro, has ensuciado toda la tierra y no te digo nada. ¿A qué has venido aquí?

El inspector, con la misma rudeza, le dijo que había una plaza vacante de verdugo, y le propuso desempeñarla. «El Gitano» se echó a reír a carcajadas, enseñando sus dientes:

—¿Conque no hay aspirantes? ¡Pues sí que es gracioso! ¡Que manden, que manden ahorcar ahora! Ja, ja! Tienen todo: tienen un pescuezo y tienen una cuerda, pero se fastidian, que no tienen quien ahorque. ¡Realmente, es gracioso!

—Quedarás vivo si aceptas.

—¡Hombre, claro! ¡Después de muerto no iba a ahorcar!

—Bueno, ¿en qué quedamos? ¿Aceptas el cargo o no lo aceptas?

—¿Y cómo ahorcan ustedes?... ¿Será ocultamente, en silencio, o en público?

—Sí, con música —replicó groseramente el inspector.

—¡Qué tonto eres! Claro que se necesitará música. Algo así —y se puso a cantar una cosa alegre.

—Estás loco, amigo —dijo el inspector—. Bueno, ¿qué decides? Habla con formalidad.

«El Gitano» volvió a enseñar los dientes, exclamando:

—¡No te precipites! ¡Vuelve otro día y hablaremos!

Y en el caos de imágenes vivas, pero incompletas, que abrumaba al «Gitano» con su vértigo loco, hízose lugar otra nueva: ¡Qué bien estaría él de verdugo, con blusa roja! Sin que faltara detalle, se representó la plaza, llena de gente; el patíbulo, asomando en alto, y él, con su blusa roja, paseando por la plataforma con el hacha en la mano diestra. El sol lo iluminaba todo y centelleaba en el arma, y era el cuadro tan alegre y animado, que el mismo condenado, a quien iban a decapitar, sonreía también. Detrás del público se veían los carros y los caballos de los muyik que habían acudido de las aldeas, y más allá, el campo, verde y dilatado.

Pensando todo esto, chasqueó los labios, pasó por ellos la lengua y escupió.

Pero de improviso, como si le hubieran encasquetado el gorro de piel hasta la boca, obscureciósele todo; sintió un nudo en la garganta, y el corazón se le convirtió en un pedazo de hielo, que heló todo su cuerpo.

Dos veces más volvió a pasar el inspector por su calabozo, y las dos le dijo «el Gitano», enseñando los dientes:

—¡Qué impaciente eres! Vuelve más tarde.

Por fin, un día, al pasar por delante del calabozo, el inspector le gritó por la mirilla:

—¡Has perdido tu oportunidad! ¡Ya está cubierta la plaza!

—¡Bueno, vete al diablo y ahórcate! —replicó malhumorado «el Gitano», y dejó de pensar en ser verdugo.

A medida que se aproximaba el día de la ejecución, el tumulto de sus fragmentadas visiones se le hizo atrozmente insoportable. Habría querido detenerse, hincar los pies y pararse; pero un torrente circular le arrastraba y giraba en torno suyo. Tornóse inquieto su sueño; asaltábanle pesadillas horrendas, todavía más agobiadoramente impetuosas que sus pensamientos diurnos. Ya no era aquello un torrente, sino una caída sin fin desde una montaña también sin fin, un vuelo vertiginoso por el mundo entero. Cuando estaba libre usaba sólo un bigote bastante elegante; pero en la cárcel le había salido una barba corta, negra y de pelos tiesos, que le daba aspecto de loco. A veces conseguía apartar todo pensamiento y daba vueltas por el calabozo sin ton ni son; empero, aun en aquellos momentos, seguía palpando las paredes como si buscase salida. Y siempre bebía agua en cantidades enormes.

Cierto día, al anochecer, cuando encendieron la luz, el bandido se puso a gatas en medio del calabozo y empezó a aullar como un lobo, con voz trémula. Tenía en aquel instante una gravedad particular, y aullaba como si estuviese haciendo una cosa importante e imprescindible. Llenaba el pecho de aire, lo dejaba salir lentamente, con un sonido prolongado y vibrante, cerrando ¿1 propio tiempo los ojos, escuchando con atención.

El temblor de la voz parecía hecho adrede, como todo aquel grito de fiera, lleno de indescriptible horror y tristeza, en cada una de cuyas notas percibíase un cuidado especial de artista concienzudo.

De pronto dejó de aullar, permaneció callado unos cuantos segundos, sin abandonar la postura, y quedito, con la cara pegada al suelo, profirió:

—¡Hermanitos míos, queridos!... ¡Hermanitas, tened compasión!... ¡Hermanitas!... ¡Queridos!...

Y como si esperase la respuesta, dicha una frase, se quedaba escuchando.

Luego se levantó de un salto, y durante una hora entera estuvo vomitando insultos:

—¡Tales y cuales!... —gritaba, revolviendo los ojos, inyectados en sangre—. ¡Si queréis ahorcarme, hacedlo de una vez! ¡Hijos de...!

El soldado, blanco como la cera, llorando de angustia y de horror, le apuntaba con el fusil por la ventanilla y le gritaba desesperadamente:

—¡Te voy a pegar un tiro, como hay Dios! ¡Te voy a dejar seco!

Pero no se atrevía a disparar. Contra los condenados a muerte, a no ser que se rebelasen, nunca se disparaba. «El Gitano» rechinaba los dientes, blasfemaba y lanzaba escupitajos. Su cerebro humano colocado en la divisoria entre la vida y la muerte se descomponía y desmenuzaba como una partícula seca de barro al soplo del viento.

Cuando aparecieron por la noche en la celda para llevárselo al patíbulo, «el Gitano» se animó, como si le invadiese un torrente nuevo de vida, asomó a su boca la saliva espumajosa incontenida y sus ojos chispearon con la luz salvaje de otras veces. Mientras se vestía preguntó a uno de los carceleros:

—¿Quién me va a ahorcar? ¿El nuevo? A lo mejor no sabrá hacerlo todavía.

—De eso no tienes que preocuparte tú —contestó secamente el funcionario.

—¿Cómo no? Es a mí a quien van a despachar, y no a ti.

—¡Bueno, a callar!

—¿A callar? ¡Vaya cara! Pero, hombre, ¡si vas a reventar!...

—¡A callar he dicho!

—¡Bien, hombre; no te incomodes!

Lanzó una carcajada; mas de pronto empezaron a flaquearle las piernas... Sin embargo, al salir al patio, haciendo un gesto de irónica solemnidad, pudo gritar todavía:

—¡El coche del señor conde!

V
¡Bésalo y calla!

La sentencia de los cinco terroristas fue notificada en forma definitiva y confirmada el mismo día. A los condenados no se les dijo cuándo se les iba a ejecutar; pero no ignoraban que, como se hacía de ordinario, serían colgados la misma noche o, lo más tarde, a la siguiente, y cuando al otro día, es decir, el jueves, les autorizaron para recibir la visita de sus padres, comprendieron, sin quedarles duda, que la ejecución habría de verificarse el viernes al amanecer.

Tania Kovalchuk no tenía parientes próximos, y los que le quedaban vivían en un remoto lugar de la Pequeña Rusia, y ni siquiera tenían noticia de lo que ocurría; a Musia y a Verner, como desconocidos que eran, ni se les suponían parientes, y solamente Serguéi Golovin y Vasili Kashirin eran los que habían de recibir la visita de despedida de sus padres. Los dos pensaban con terror y tristeza en tal entrevista, pero no se decidieron a negar a los ancianos padres las últimas palabras y los últimos besos.

Serguéi Golovin era el que más sufría ante la idea de la próxima entrevista. Quería mucho a su padre y a su madre; hacía poco que los había visto, y le estremecía la idea de lo que iba a pasar.

La misma ejecución, con toda su monstruosidad, aparecía en su cerebro trastornado como algo menos terrible que aquellos minutos cortos y absurdos, que parecían estar fuera del tiempo y hasta de la vida misma. ¿Cómo iba a mirarlos? ¿Qué iba a decirles? Su cerebro renunciaba a comprenderlo. Lo más sencillo y natural, que sería cogerles las manos, besárselas y decirles: «¡Adiós, padres!», le parecía absurdo y horrible en su monstruosa, inhumana y estúpida falsedad.

Después de dictada la sentencia, no volvieron a colocar juntos a los condenados, como suponía Tania Kovalchuk, sino que pusieron a cada uno en un calabozo distinto, y toda la mañana, hasta las once, hora en que llegaron los padres, Serguéi Golovin anduvo paseando frenéticamente por la celda, pellizcándose la barbilla, encogido lastimeramente y murmurando palabras ininteligibles. De cuando en cuando se detenía bruscamente, llenaba el pecho de aire y lo exhalaba como un nadador que hubiese estado demasiado tiempo debajo del agua.

Pero era tan robusto y tan lleno de vida y juventud, que hasta en aquellos momentos de cruel sufrimiento la sangre le bullía debajo de la piel y enrojecía sus mejillas. Sus ojos azules tenían un fulgor inocente.

La entrevista transcurrió mejor de lo que Serguéi esperaba. El primero que penetró en la habitación destinada a las visitas fue su padre, el coronel retirado Nikolái Serguéevich Golovin, todo blanco, el rostro, la barba, los cabellos y las manos, como una estatua de nieve vestida con ropas humanas. Traía su guerrera vieja, pero cuidadosamente limpia y oliendo a bencina, con las charreteras nuevas, colocadas en sentido transversal, a diferencia de los militares en servicio activo. Entró erguido y con paso firme, tendió la mano blanca y huesuda y profirió en voz alta:

—Hola, Serguéi.

Detrás de él entró, con una extraña sonrisa, la madre, que también le estrechó la mano y repitió en alta voz:

—Buenas tardes, Sereyenka[7].

Después le besó en los labios y se sentó callada, sin gesticular, ni gritar, ni llorar. No hizo nada de aquello tan terrible que esperaba Serguéi, sino que se contentó con darle el beso y sentarse, y hasta arregló con las manos temblorosas su falda de seda negra.

Serguéi ignoraba que toda la noche anterior, encerrado en su despacho, el coronel, concentrando todas sus fuerzas, había estado imaginando los trámites de aquella escena. «Tenemos que evitar a nuestro hijo el amargarle los últimos momentos; antes al contrario, debemos aliviárselos», decidió el coronel, pesando y midiendo escrupulosamente cada una de las frases que había posibilidad de emplear en la entrevista del día siguiente. Pero de cuando en cuando se embarullaba, olvidaba lo que había preparado y lloraba amargamente en el rincón de su diván de hule. Llegada la mañana, explicó a su mujer la actitud que habría de observar en la entrevista.

—¡Lo principal es que lo beses y calles! —le dijo—. Después puedes hablarle, pero al besarlo no profieras una palabra. No le hables en seguida de besarlo, ¿comprendes?, porque te expones a decir lo que no debas.

—Comprendo, Nikolái Serguéevich —contestó la madre, llorando.

—¡No llores! ¡Dios te libre de ello, porque si lloras vas a matarle!

—¿Y por qué estás llorando tú?

—¿Quién no llorará con vosotros? Pero tú, tú no tienes que llorar, ¿estamos?

—Está bien, Nikolái Serguéevich.

En el coche quiso volver a repetir sus instrucciones, pero se halló con que ya las había olvidado. Y así, los dos viejos fueron callados, encogidos, absortos en sus pensamientos.

La ciudad bullía alegremente; era la semana que precede a la cuaresma, y todas las calles se encontraban llenas de gente y de ruido.

Llegaron, por fin, a la sala de visita. El coronel se puso en pie, en actitud de espera, colocando la mano derecha sobre el pecho, en la abertura de la guerrera. Serguéi permaneció un momento sentado, con el rostro arrugado de su madre muy próximo al suyo, y en seguida se levantó de un salto.

—Siéntate, Sereyenka —rogóle la madre.

—Siéntate, Serguéi —confirmó el padre.

Quedaron un instante silenciosos. La madre sonreía extrañamente.

—Hemos hecho todo lo imaginable para salvarte, Sereyenka.

—Es en vano, madre...

El coronel dijo con resolución:

—Debíamos preocuparnos, Serguéi, para que no pensases que tus padres te habían abandonado.

Quedaron de nuevo silenciosos.

Sentían miedo de hablar, como si cada palabra que pronunciasen fuera a perder su sentido y a significar una cosa: la muerte. Serguéi miró la guerrera de su padre, aún oliente a bencina, y pensó: «Ahora no tiene asistente; entonces, él mismo la ha limpiado. ¿Cómo no observaba yo antes que era él quien la limpiaba? Sin duda, lo hacía por la mañana.» Y de repente preguntó:

—¿Y cómo está mi hermana? ¿Está bien?

—Nínochka[8] no sabe nada —contestó precipitadamente la madre.

Pero el coronel, con acento severo, interrumpió diciendo:

—¿Para qué mentir? La chica lo ha leído ya en los periódicos. Serguéi debe saber que todos... los suyos..., que todos nosotros... en este momento...

No pudo proseguir, y se detuvo. El rostro de la madre se contrajo súbitamente, se arrugó y se agitó en medio de un llanto convulsivo. Sus ojos apagados le saltaban de las órbitas; su respiración se hizo más entrecortada y más ruidosa.

—Ser... Ser... Ser... Serg... —repetía sin mover los labios—. Ser...

—¡Madre! ¡Mamaíta!

El coronel dio un paso adelante, y todo convulso, terrible en su lividez mortal, haciendo esfuerzos desesperados para conservar un resto de serenidad, dijo a su mujer:

—¡Calla! ¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes, porque va a morir! ¡No lo atormentes!

Aterrada, la madre calló. Pero él, apretando todavía sus puños contra el pecho para contener su agitación, insistía:

—¡No lo atormentes!

Dio después un paso atrás, escondió su diestra temblorosa bajo la guerrera, y con una expresión de forzada tranquilidad preguntó moviendo con dificultad sus labios descoloridos:

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana —contestó Serguéi, con los labios igualmente exangües.

La madre tenía los ojos bajos y se mordía los labios, como si no oyera nada. Y en tal actitud dejó casi caer estas sencillas y extrañas palabras:

—Nínochka nos ha dado para ti un beso, Sereyenka.

—Devuélveselo de mi parte —contestó éste.

—Los Jvostov también... también te mandan recuerdos suyos.

—¿Qué Jvostov? ¡Ah, sí!

El coronel interrumpió diciendo:

—Bueno, vámonos. Levántate, madre. Tenemos que irnos.

Entre los dos hombres la ayudaron a ponerse de pie. Apenas si podía sostenerse.

—¡Despídete! —ordenó el coronel—. ¡Dale la bendición!

Cumplió lo que le mandaron. Abrazó a su hijo, hizo sobre su frente la señal de la cruz... Pero después de un beso breve empezó a mover la cabeza negativamente, repitiendo como enajenada:

—¡No, esto no puede ser! ¡No, no es posible! ¡No, no! ¿Qué va a ser de mí? ¡No, no es posible!

—¡Adiós, Serguéi! —dijo el padre.

Se estrecharon las manos y se dieron un beso fuerte, rápido.

—Tú... —empezó a decir Serguéi.

—¿Qué...? —preguntó casi sin aliento el padre.

—¡No, no es posible! ¡No, no! ¿Qué será de mí? —insistía la madre, meneando siempre la cabeza. Se sentó otra vez, y un temblor profundo recorrió su cuerpo.

—Tú... —empezó de nuevo Serguéi.

Mas de pronto se contrajo su rostro e hizo pucheros como un niño; sus ojos se llenaron de lágrimas, y vio a través de ellas la cara exangüe de su padre, cuya mirada velaba también el llanto.

—Tú, padre, eres persona noble...

—¿Qué dices? ¿Qué dices? —dijo el coronel casi asustado.

Y en el mismo instante, como si se derrumbase, dejó caer la cabeza sobre el pecho de su hijo. En otro tiempo había sido más alto que éste, pero ahora aparecía empequeñecido, y su cabeza, seca y enmarañada, no llegaba más que hasta el pecho de Serguéi. Ambos besaban ávidamente: el uno, los cabellos blancos del padre; el otro, el capote del hijo preso.

—¿Y yo? —exclamó de repente una voz desgarrada.

Miraron: era que la madre se había puesto en pie, y con la cabeza echada hacia atrás los miraba iracunda.

—¿Y yo? —repitió con acento de loca moviendo la cabeza—. Vosotros, hombres, os besáis; pero ¿y yo?

—¡Mamaíta! —exclamó Serguéi lanzándose hacia ella.

Y  entonces ocurrió lo que no se puede describir con palabras, y que por tanto mejor es callar...

Las últimas palabras del coronel fueron éstas: —Te bendigo a la hora de la muerte, Serguéi. Muere valientemente, como corresponde a un oficial.

Y se fueron. Hacía un momento se encontraban aquí de pie conversando, y ya no están.

De vuelta al calabozo, Serguéi se echó en su camastro con el rostro hacia la pared, para ocultarlo de los soldados, y estuvo llorando largo rato. Mas, al fin, cansado de llorar, quedó sumido en un sueño profundo.

A ver a Vasili acudió solamente su madre. El padre, comerciante rico, no había querido hacerlo. Al entrar en la sala de visitas le encontró la anciana paseando arriba y abajo y temblando de frío, no obstante el calor que hacía. Su conversación fue corta y angustiosa.

—¿Para qué ha venido usted, madre? Va usted a atormentarse a sí misma y a mí también.

—¿Por qué has hecho eso, hijo mío? ¿Por qué? ¡Señor!

La anciana comenzó a llorar, enjugándose las lágrimas con las puntas de su pañuelo negro de lana.

Vasili, según costumbre que tanto él como sus hermanos tenían de responder con gritos a la eterna incomprensión de su madre, se detuvo, y, tiritando, empezó a decir furioso:

—¡Vaya! ¡Ya lo sabía yo...! ¡No lo comprende usted, madre! ¡No comprende usted nada, nada!

—¡Bueno, bueno, hijo mío! ¿Tienes frío?

—Sí, tengo frío —contestó Vasili brevemente, y de nuevo se puso a pasear por la sala, mirando de reojo a su madre.

—Has cogido frío, sí...

—¡Madre, por Dios! ¿Qué significa el frío cuando...?

E hizo un signo significativo y desesperado con la mano.

La anciana quiso decirle: «Tu padre se preocupa tan poco de esto, que el lunes mandó que le hiciesen ese plato que le gusta.» Pero, asustada, empezó a balbucear:

—Ya le dije: mira que es tu hijo; ve a despedirte de él. Pero se entercó en que no; ya sabes, como es así...

—¡Que se vaya al infierno! ¡Ése no es un padre! ¡Toda su vida ha sido un canalla, y sigue siéndolo!

—¡Hijo mío! ¡Dices eso de tu padre! —y la anciana se irguió con aire de reproche.

—¡De mi padre!

—¡Sí, de tu padre, del que te dio el ser!

—¡Qué padre ha sido para mí!

Todo aquello era absurdo. La muerte acechaba cerca de aquel lugar, y su proximidad daba carácter de mayor desvarío a la escena, en la cual crujían las palabras como las cáscaras de las nueces bajo los pies. Llorando casi de angustia ante aquella incomprensión, que durante toda la vida habíale separado de los suyos, y que ahora, en vísperas de la ejecución, volvía a asomar su faz estúpida e inexpresiva, Vasili gritó:

—Pero ¿no comprende usted que me van a ahorcar? ¡A ahorcar! ¿Lo comprende usted? ¡A ahorcar!

—Si no te hubieras metido con nadie, no te... —gritó la madre.

—¡Señor! ¿Es posible esto? ¿Es posible, ni aun entre fieras? ¿Soy hijo de usted o no lo soy?

Echóse a llorar y se sentó en un rincón. En otro, la anciana se puso a llorar también. Incapaces de fundir sus almas, ni por un instante, en un sentimiento común de amor para hacer frente al horror de la muerte que se acercaba, lloraban ambos con lágrimas de soledad, con lágrimas que no aliviaban el corazón. La madre prosiguió:

—¡Preguntas si soy o no soy tu madre, y lo preguntas cuando en cuatro días mi pelo se ha vuelto blanco y he envejecido como si hubiesen pasado años!

—Bueno, madre... Bueno. Perdóneme. Ya es la hora. Tiene usted que marcharse... Dé usted un beso a mis hermanos.

—¿Es que no soy tu madre? ¿Es que no ves mi pena?

Al fin se fue. Salió sin ver por dónde iba, vertiendo amargas lágrimas, que se enjugaba con las puntas de su pañuelo. Cuanto más se alejaba de la cárcel, más ardiente era su llanto. Volvióse de nuevo hacia la prisión, se alejó otra vez y acabó por perderse estúpidamente en aquella ciudad donde había nacido, donde había crecido y donde había envejecido. Se metió por un jardín desierto en el que había unos árboles viejos y carcomidos y se sentó en un banco húmedo por la nieve derretida. De pronto, comprendió claramente: ¡Mañana, mañana mismo lo iban a ahorcar!

Levantóse de un salto y quiso correr, pero se le fue la cabeza y cayó.

El sendero helado estaba resbaladizo, y la pobre no conseguía levantarse; se volvía a un lado y a otro, se erguía apoyándose sobre los codos y las rodillas y tornaba a caer de costado. El pañuelo negro se le fue de la cabeza, dejando al descubierto sobre la nuca una calva entre los cabellos de un blanco sucio. Perdió la noción de lo que le pasaba y dónde se encontraba: creyó hallarse en una boda; la boda de su hijo; que había bebido vino y que se había emborrachado.

—¡No puedo! ¡Como hay Dios que no puedo! —decía la anciana meneando la cabeza y arrastrándose sobre la tierra helada. Y seguían escanciándole vino sin interrupción.

Empezaban a oprimirle el corazón las risas de la embriaguez; la insistencia de las invitaciones, el baile vertiginoso de los convidados, en tanto que seguían echándole más vino. No hacían otra cosa sino darle vino, mucho vino...

VI
Las horas pasan

La fortaleza donde estaban presos los terroristas tenía una torre con un reloj antiguo. Cada hora, cada media hora, cada cuarto de hora, sonaban lentas, dolorosas, prolongadas y tristes unas campanadas que se desvanecían en la altura, como un lejano y lastimero clamor de aves de paso. De día, aquella música extraña y desolada se perdía en el bullicio de la ciudad, en la calle amplia y atestada de gente que pasaba por delante del edificio. Tintineaban los tranvías, golpeaban el suelo los cascos de los caballos, los automóviles hacían sonar a distancia sus bocinas; llegaban para la maslienitsa[9], desde los pueblos vecinos, los aldeanos con sus carretas, y las campanillas en las colleras de sus caballejos llenaban de rumor el aire, en donde flotaban las conversaciones, pletóricas de bulla y alegría.

A todos estos ruidos se unía el del deshielo de la primavera temprana, que hinchaba los arroyos, en cuyas aguas turbias apenas lograba reflejarse la imagen negra de los árboles de la orilla. Desde el mar llegaba a intervalos, en amplias oleadas húmedas, el soplo del viento tibio, que llevaba unidos, en un vuelo hacia la lejanía, las partículas de frescura y el vaho primaveral.

Por la noche quedaba la calle desierta en silencio, iluminada por la luz de los grandes focos eléctricos, y entonces, la inmensa fortaleza de paredes lisas, en las que no brillaba una sola luz, se perdía en la quietud y en la obscuridad, destacando su inmovilidad en la eterna animación de la ciudad bulliciosa. Entonces se oían las campanadas de las horas, y, ajena a las cosas terrestres, surgía lenta y dolorosamente su melodía extraña, para desvanecerse luego en lo alto. Más tarde volvían a surgir, plañideras y humildes; se deshacían en el viento y repetían su tañido, cayendo desde ignorada altura, como grandes gotas cristalinas en la copa de metal de las horas y de los minutos, o volando clamorosas como las aves emigrantes.

A los calabozos en que se hallaban solitarios los reos llegaba siempre aquel mismo tañido. A través del tejado, a través de los muros de ciclópeas piedras, penetraba, conmoviendo el silencio, desaparecía sin ser notado y de nuevo volvía a presentarse en la misma forma imprevista. A veces los presos lo olvidaban, y no paraban en él la atención; a veces lo aguardaban con íntima desesperanza, viviendo entre unas campanadas y otras, no confiando en el silencio. Aquella prisión, destinada únicamente a los grandes criminales, tenía un reglamento especial, tan severo, cruel y duro como las aristas de los muros de la fortaleza misma, y si en la crueldad puede haber nobleza, ésta consistía en el bienhechor silencio, hondo, denso y solemne, en el cual se perdía todo desconocido rumor.

En aquella quietud solemne, tan sólo interrumpida por los doloridos sones de los minutos que transcurrían, cinco personas, dos mujeres y tres hombres, separados de todo lo viviente, esperaban la llegada de la noche, seguida del amanecer y la ejecución, preparándose cada una para ella a su modo.

VII
La muerte no existe

Así como durante toda su vida Tania Kovalchuk había pensado sólo en los demás y nunca en sí misma, también ahora se atormentaba y angustiaba sólo por los otros. La muerte se le aparecía, en cuanto es posible imaginarla, como algo doloroso para Serguéi Golovin, para Musia y para los demás; mas para ella, como si fuese algo con lo que no tuviese nada que ver.

Y para desquitarse de la obligada entereza de que había hecho gala en el juicio, lloraba horas enteras, como saben llorar las mujeres que han sufrido muchas desgracias, o las jóvenes muy compasivas y de buen corazón. El suponer que a Serguéi podía faltarle el tabaco y que quizá Verner se viera privado de su té bien cargado, como de costumbre, y por añadidura el pensar que iban a morir, la atormentaba tal vez no menos que la idea de la ejecución. Ésta era algo inevitable en que no valía la pena pensar; pero que pudiera faltarle tabaco a un hombre que iba a ser ajusticiado era una idea realmente insufrible. Recordando y repasando las íntimas menudencias de la vida común, el terror la hacía desvanecerse, particularmente al imaginarse la entrevista de Serguéi con sus padres. Por Musia sentía una pena especial. Hacía ya tiempo venía pareciéndole que Musia amaba a Verner, y aunque esto no era verdad, Tania forjaba para entrambos sueños magníficos y luminosos. Cuando aún se hallaba libre, llevaba Musia un anillo de plata con la figura de un cráneo y un fémur, rodeados por una corona de espinas; con frecuencia había mirado Tania Kovalchuk aquel anillo como un símbolo, y había rogado a Musia, unas veces en broma y otras en serio, que se lo diese.

—No, Taniechka[10], no te lo doy. Pronto tendrás tú otro en el dedo.

Por alguna razón pensaban de ella a su vez sus compañeros que iba a casarse pronto, lo cual la ofendía. Ella no quería marido. Y recordando tales conversaciones, sostenidas medio en broma con Musia, y pensando que ésta iba a ser ejecutada, se sentía ahogar por las lágrimas, llena de maternal ternura. Cada vez que sonaba la hora levantaba el rostro inundado de llanto y escuchaba. ¿Cómo recibirían los pobrecitos en sus calabozos aquel insistente y desolador llamamiento de la muerte?

Sin embargo, Musia, en el fondo, era feliz.

Cruzadas las manos atrás, vestida con el blusón de la cárcel, que le venía grande y le daba un aire varonil, como de adolescente que llevase ropa ajena, caminaba por su calabozo con paso igual y sin cansarse. Como las mangas del blusón le estaban largas, las había levantado, dejando salir por sus amplias aberturas sus finos brazos flacos, casi infantiles, semejantes a tallos de flores que surgieran de un tiesto tosco y sucio. La dureza de la tela rozaba ásperamente su cuello blanco, y de cuando en cuando, con un movimiento de ambas manos, lo aislaba del blusón y palpábase el sitio en que la piel se había enrojecido e irritado.

Musia paseaba, y se disculpaba con rubor y emoción de verse ella, jovencita insignificante, que había hecho tan poco y tan fuera de lo heroico, sometida a la misma muerte hermosa y dignificante que habían sufrido antes que ella tantos verdaderos héroes y mártires. Con inconmovible fe en la bondad humana, en la conciencia y en el amor, imaginaba cómo iba a emocionarse la gente por su causa y a sentir por ella pena y compasión, y esto le producía vergüenza. Le parecía que al morir en el patíbulo cometía una enorme mixtificación.

Ya en la última entrevista con su defensor habíale pedido que le proporcionase un veneno; pero en el acto había renunciado a la idea, por temor a que los demás pensasen que obraba así por ostentación o por miedo, y que en lugar de morir de manera modesta e inadvertida pretendía que el ruido fuese todavía mayor. Y había añadido, presurosa:

—No, no es necesario.

Ahora sólo deseaba una cosa: explicar a las gentes, demostrarles que no era una heroína, que el morir no era una cosa extraordinaria y que no había por qué compadecerla ni preocuparse de ella. Explicarles bien que no tenía la culpa de que, siendo tan joven e insignificante, le diesen aquella muerte e hiciesen a su alrededor tanto estrépito.

Como si en realidad se la acusase, Musia buscaba algo que magnificase su sacrificio y le diese verdadera importancia, y pensaba para sí:

—Claro está que soy todavía joven y podría vivir aún mucho tiempo. Pero...

Y como la luz de un cirio que se desvanece ante el resplandor del sol naciente, su juventud y su vida le parecían obscuras y sin brillo ante la aureola grande y refulgente que iba a rodear su humilde cabeza. «No había disculpa.»

Mas, ¿acaso podían justificarlo aquello especial que lleva siempre en su espíritu, su amor infinito, su inclinación sin reservas a la acción y la despreocupación ilimitada respecto de su propia persona? En realidad, ella no tenía la culpa de que no la hubieran dejado hacer lo que deseaba y podía; la habían matado en el pórtico del templo, al pie del ara del sacrificio.

Pero si es cierto que el valor de una persona se aprecia no por lo que haya hecho, sino por lo que quiso hacer, entonces... entonces ella merecía la corona del martirio.

—¿Es posible? —pensaba confusa—. ¿Soy de veras digna de que me lloren y compadezcan, tan pequeña e insignificante como soy?

Y una indecible alegría se apoderó de ella. Ya no dudaba: había sido admitida y entraba con justicia en la fila de los iluminados que desde hace siglos van derechos al cielo por medio de la pira, el tormento y el suplicio. ¡Mundo luminoso de paz y venturosa dicha! Le pareció que se alejaba de la tierra y se acercaba al desconocido sol de la verdad y de la vida y se evaporaba y tornaba etérea a su luz.

—Y ¿esto es la muerte? ¿Qué muerte es ésta? —pensaba Musia en éxtasis.

Si se hubieran juntado en su calabozo todos los sabios, todos los filósofos y todos los verdugos del mundo y hubiesen desplegado ante ella libros, escalpelos, hachas y nudos corredizos y tratado de demostrar que existe la muerte, que el hombre perece y puede ser privado de la vida, y que no hay inmortalidad, sólo hubieran conseguido llenarla de admiración. ¿Cómo puede no existir la inmortalidad, cuando ella misma era ya inmortal? ¿De qué inmortalidad y de qué muerte podía hablarse, cuando ella misma se sentía ya muerta e inmortal, viva en la muerte, como viva se había sentido en la vida?

Y si le hubiesen traído al calabozo, llenándolo de hedor, un sarcófago que contuviera su propio cuerpo putrefacto y le hubieran dicho:

—¡Mira, ésa eres tú!

Habríalo ella contemplado y respondido:

—¡No, ésa no soy yo!

Y si hubiesen tratado de convencerla, asustándola con el siniestro aspecto de la descomposición, de que aquélla era ella —¡ella!—, Musia habría contestado con una sonrisa:

—No; ustedes creen que «ésa» soy yo, pero «ésa» no soy yo. Yo soy ésta con quien ustedes hablan. ¿Cómo, pues, puedo ser la otra?

—Pero morirás y lo serás.

—No, yo no moriré.

—Te matarán. Aquí está el patíbulo.

—Me ejecutarán, pero yo no moriré. ¿Cómo puedo morir, cuando ahora mismo soy ya inmortal?

Y los sabios, los filósofos y los verdugos habrían retrocedido, diciendo temblorosos:

—No se atreva nadie venir a este lugar. Este lugar es sagrado.

¿En qué más pensaba Musia? En muchas cosas —porque el hilo de la vida no se rompía para ella con la muerte, sino que seguía desarrollándose tranquila y regularmente. Pensaba en los camaradas, en aquellos que desde lejos sufrirían con angustia y dolor por su ejecución, y en los cercanos que junto con ella irían a la horca. Le asombraba que Vasili se hubiese atemorizado tanto, él, que siempre había sido valiente, y que hasta había bromeado con la muerte. El mismo martes por la mañana, cuando todos se habían colgado de los cinturones las bombas que dentro de unas horas debían estallar y matarlos a ellos mismos, a Tania Kovalchuk le habían empezado a temblar las manos, y había sido menester alejarla un poco; en cambio, Vasili había bromeado y reído, moviéndose con tan poca precaución, que Verner le había dicho en tono severo:

—No hay que tomarse confianzas con la muerte.

¿Por qué, pues, habíase asustado ahora? Pero de tal modo era extraño tal pavor al alma de Musia, que inmediatamente dejó de pensar en él y de pretender averiguar su origen. De pronto le entraron unos desesperados deseos de ver a Serguéi Golovin y de chancear con él. Y aún más sentía deseos de ver a Verner y hacerle creer algo. Se imaginaba a Verner caminando al lado de ella con su paso firme y seguro, y le decía en su imaginación:

—No, Verner, querido, todo esto no tiene importancia; no importa si habías logrado o no matar a N. N. Eres inteligente, pero actúas como si estuvieses jugando al ajedrez: tomar una y otra figura y la partida está ganada. Aquí lo que importa es que nosotros mismos estamos dispuestos a morir. ¿Entiendes? ¿Qué es lo que piensan esos señores? Que no hay nada más horrible que la muerte. Ellos mismos han inventado la muerte y ahora la temen y tratan de atemorizarnos. Yo quisiera que sucediese así: salir sola al encuentro de un ejército y empezar a disparar sobre los soldados con un revólver. No importa que yo sea sola y haya miles de soldados; no importa que no mate a nadie. Mejor aún que haya miles de soldados. Cuando miles matan a uno, ese uno vence. Ésta es la verdad, Verner.

Pero veía tan claramente que él se daba cuenta de ello, que no quería seguir convenciéndole. Además, Verner sin duda ya habría comprendido.

Su pensamiento no deseaba insistir en el mismo tema, tal un ave audaz que vuela en espacios infinitos, para la cual es accesible todo el horizonte y todo el cielo acariciador y tierno. Sonaban las horas. Las ideas se confundían en una armonía lejana y las imágenes fugitivas se convertían en una música. Musia imaginó entonces que viajaba en una noche plácida por un sendero amplio, oyendo repicar las campanillas de las colleras de los caballos, mecida suavemente por los resortes del coche. Todas sus preocupaciones habían desaparecido, y su cuerpo fatigado se había como disuelto en la obscuridad; el pensamiento creaba apaciblemente imágenes luminosas, con cuyos colores y con cuya serenidad se embriagaba. Recordó Musia a tres compañeros ahorcados no hacía mucho, cuyos rostros aparecían iluminados, alegres y próximos, más próximos que en la vida, y esta visión la confortaba, como la de la casa de los amigos donde sabe uno que ha de ser recibido a la tarde con risueña amabilidad.

Sintiéndose fatigada de tanto andar, Musia se tendió en su camastro y continuó soñando con los ojos abiertos. Sonaban las horas continuamente, conmoviendo el hondo silencio de la noche, y ella reflexionaba:

—¿Es, acaso, esto la muerte? ¡Dios mío, qué hermosa es! ¿O será esto la vida? No sé, no sé. Miraré y escucharé.

Hacía tiempo, desde los primeros días de su encierro, su oído venía experimentando alucinaciones. Muy músico por naturaleza, y afinado más todavía por el silencio, sorprendía los rumores más leves de la vida, el caminar de los centinelas por el rastrillo, la maquinaria del reloj, el gemido del viento sobre el tejado de cinc, el chirrido de un farol que se balanceaba, todo lo cual, al fundirse, componía un poema musical vago, pero completo. Pareciéndole morbosas, alarmaban a Musia al principio aquellas alucinaciones; mas comprendiendo después que se hallaba completamente sana y que no había en ello nada de enfermizo, logró tranquilizarse.

Pero he aquí que de pronto oyó con toda claridad y precisión los ecos de una banda militar. Abrió los ojos, asombrada, levantó la cabeza y pensó resignada, volviéndolos a cerrar:

—Todavía entra por la ventana la noche y sigue sonando el reloj. ¡Todavía!

Y en cuanto cerró los párpados volvió a resonar la música. Oye claramente cómo marchan los soldados, dando la vuelta a la esquina del edificio. Es un regimiento entero que pasa por debajo de su reja. Los pies golpean rítmicamente sobre la tierra helada: ¡Un, dos! ¡Un, dos! Hasta se oye el crujir de alguna bota y el resbalar y afianzarse en el suelo de algunos pies. La música se acerca, tocando una marcha brillante y animada completamente desconocida. Por lo visto, hay alguna fiesta en la fortaleza.

La banda debe encontrarse ya debajo de la ventana, y llena todo el calabozo con sus sonidos marciales, llenos de cadencia y armonía. Una trompeta grande desafina estridente y pierde el compás, tan pronto adelantándose como retrasándose. Musia, imaginando ver todo apurado al soldadito que la toca, sonríe.

El regimiento se aleja por fin, y el ruido de los pasos se desvanece: ¡Un, dos! ¡Un, dos! De lejos, la música parece todavía más bonita y alegre. Aún se oye una o dos veces la estridente desafinación de la trompeta, que sigue perdiendo el compás, y al fin todo se extingue. Vuelven a sonar en la torre, lentas y dolorosas, las horas, que perturban el silencio.

—¡Se han ido! —piensa Musia con cierto pesar, lamentando no oír ya aquellos sonidos tan graciosos y alegres. También lo siente por aquellos soldaditos que tocan afanosamente las metálicas trompetas y por los que llevan las botas crujientes, todos distintos, muy distintos de aquellos otros contra quienes deseaba disparar su revólver.

—¡Que vuelvan! —suplica lastimera. Y aparecen nuevas imágenes, que se inclinan sobre ella y la envuelven en una nube transparente y la elevan a lo alto, allí donde vuelan las aves de paso y donde gritan a derecha y a izquierda, voceando, como heraldos, y llaman, anuncian, van y vuelven en su vuelo, batiendo sus anchas alas. La obscuridad las sostiene, lo mismo que las sostiene la luz, y en sus pechos inflados, que hienden el aire, se refleja el resplandor azulado de la ciudad iluminada. El corazón de Musia continúa palpitando cada vez con mayor igualdad, y su respiración se hace más tranquila y silenciosa. Se ha quedado dormida. Su rostro está cansado y pálido, rodea sus ojos un círculo obscuro, sus manos finas y delgadas de virgen blanquean sobre la ropa y en sus labios florece una sonrisa. Cuando mañana salga el sol, aquel rostro delicadamente humano se habrá desfigurado con una mueca que no tendrá nada de humana; habrá invadido el cerebro una sangre espesa y habrán salido de sus órbitas los ojos vidriosos; pero hoy está Musia tranquilamente dormida en plena inmortalidad.

Prosigue entre tanto la vida de la fortaleza, sorda y atenta, ciega y vigilante como una eterna alarma. Se oyen pasos. Se oyen cuchicheos. Hacia un extremo golpea el suelo un fusil. Parece haberse oído un grito. Quizá no ha gritado nadie; quizá haya sido una fantasía creada por el silencio.

Sigilosamente se abre la mirilla de la puerta y aparece en la negra abertura un sombrío rostro bigotudo. Durante largo rato sus ojos se clavan admirados en el rostro de Musia, y luego desaparece silenciosamente.

Suenan las campanas del reloj, lentas y dolorosas. Dijérase que las horas ascienden cansadas, en la noche, por una alta montaña, con movimiento cada vez más penoso, resbalando, retrocediendo y volviendo a trepar cada vez más trabajosamente hacia la cumbre tenebrosa.

Óyense pasos. Óyese cuchichear. Ya han enganchado los caballos al coche lúgubre que no tiene farol.

VIII
Existe la muerte,
pero también la vida

Jamás había pensado Serguéi Golovin en la muerte sino como en una cosa secundaria y completamente extraña a él. Era fuerte, joven y sano, y hallábase dotado de aquella alegría de vivir, serena y luminosa, en virtud de la cual todos los malos pensamientos o los sentimientos enfermizos se desvanecen sin dejar huella en el organismo. De igual modo que cicatrizaban en seguida todas las heridas y rasguños de su cuerpo, así los dolores que hieren el alma desaparecían de la suya inmediatamente. Sus ocupaciones y diversiones: la fotografía, la bicicleta o la preparación de un atentado terrorista, todo lo hacía con la misma tranquilidad y alegre seriedad; todo en la vida era alegre, todo era importante y todo era preciso hacerlo bien.

Y, en efecto, todo le salía bien. Gobernaba admirablemente una embarcación a la vela, tiraba de un modo notable con el revólver, era tan fiel en la amistad como en el amor y tenía una confianza fanática en la «palabra de honor». Los suyos se burlaban de él y decían que si un espía convicto y confeso le diese «palabra de honor» de no ser tal espía, Serguéi lo creería y le tendería la mano cordialmente. Sólo tenía un defecto: estaba convencido de que cantaba muy bien, cuando en realidad carecía de oído, desafinaba y su voz era desagradable hasta cuando cantaba las mismas estrofas revolucionarias. Cuando se reían de él por ese motivo, se incomodaba.

—O sois todos unos burros, o lo soy yo —decía, muy serio y ofendido.

Y  con la misma seriedad, después de pensarlo un rato, respondíanle sus compañeros:

—El burro lo eres tú; se te conoce en la voz.

Y por ese defecto, como acontece a menudo entre las personas buenas, se le quería quizá más que por sus méritos.

Pensaba tan poco en la muerte y era tan poco lo que la temía, que la mañana fatal, antes de salir de casa de Tania Kovalchuk, él había sido el único que había desayunado con apetito, como de costumbre: había bebido dos vasos de té con leche y se había comido un panecillo entero de cinco kopeikas[11]. Después, mirando con pena el pan intacto de Verner, había dicho:

—¿Por qué no comes, tú? Come, hombre, que hay que acopiar fuerza.

—No tengo ganas.

—Bueno, me lo comeré yo. ¿Te parece?

—¡Qué apetito tienes, Serguéi!

En lugar de responder, se puso a cantar con voz sorda e inarmónica, sin tragar el bocado:

Los torbellinos hostiles
que soplan contra nosotros...

Cuando los detuvieron se entristeció un poco; el plan no estaba bien combinado y les había resultado mal; pero entonces pensó: «Ahora hay otra cosa que es preciso hacer bien: morir.» Y tornóse alegre y tranquilo. Ya desde la mañana siguiente púsose a hacer gimnasia por el método extraordinariamente racional de un tal Müller, alemán, que le atraía mucho. Completamente desnudo, y con asombro del centinela, realizaba minuciosamente los dieciocho ejercicios en que consistía el sistema. El que el centinela lo contemplase y, según creía, lo admirase, le agradaba como propagandista del sistema de Müller, y aunque sabía que no había de recibir respuesta, decía siempre a los ojos que desde la mirilla lo contemplaban alarmados:

—Esto es muy bueno, amigo; fortifica. Debíais emplear este procedimiento vosotros en el cuartel —añadía con voz persuasiva y amable, para no asustar al soldado, sin sospechar que éste lo tomaba por loco.

El miedo a la muerte empezó a manifestarse en él de una manera gradual y como por choques sucesivos: parecíale que alguien, con todas sus fuerzas, le daba por debajo puñetazos en el corazón. Era más bien dolor que miedo. Después, la sensación desaparecía, y algunas horas más tarde surgía de nuevo, haciéndose cada vez más intensa y duradera, para adquirir al fin los confusos rasgos del miedo.

—¿Acaso tengo miedo? —se preguntó Serguéi, admirado—. ¡Tonterías!

No era él quien tenía miedo; era su cuerpo joven, recio y vigoroso, al que no lograban engañar ni la gimnasia del alemán Müller ni las abluciones frías. Y cuanto más fuerte y más fresco quedaba después del agua, más agudo e insoportable se le hacía el sentimiento de temor. Precisamente en aquellos instantes en que, cuando se hallaba en libertad, percibía los impulsos de la alegría de vivir y de la fuerza, por la mañana, después del sueño profundo y del ejercicio físico, presentábasele ahora aquel miedo agudo y extraño. Notándolo, pensó:

—Haces una tontería, amigo Serguéi. Para que muera con menos dificultad, lo que necesitas es debilitar tu cuerpo, no fortalecerlo. ¡Eres un tonto!

Y abandonó la gimnasia y las abluciones, para explicar lo cual al soldado, y justificarse, gritóle:

—No te fijes en que he abandonado el método y vayas a creer por eso que deja de ser bueno. Lo que hay es que para los que van a ser ahorcados no vale; pero para todos los demás es magnífico.

Y, efectivamente, empezó como a sentirse mejor. También probó a comer menos, para debilitarse más; sin embargo, la falta de aire puro y de ejercicio no lograban quitarle el apetito, que seguía siendo muy grande, y no pudiendo resistir, comía todo cuanto le traían. Entonces comenzó a proceder de otro modo: antes de ponerse a comer vertía la mitad del rancho en el cubo, lo cual fue de gran eficacia, porque de pronto se sintió invadido por la somnolencia y el embotamiento de la debilidad.

—¡Ya te enseñaré! —decía, dirigiéndose a su cuerpo, a tiempo que pasaba con tristeza la mano sobre sus músculos blandos y flojos.

Pronto, no obstante, se acostumbró el cuerpo a aquel régimen, y volvió a aparecer el miedo a la muerte, aunque no bajo una forma tan aguda, sino como una vaga sensación de náusea, todavía más penosa.

—Esto se debe a que la cosa se va prolongando mucho —pensó Serguéi—. ¡Si pudiera dormirme todo este tiempo hasta la ejecución!

Y trató de dormir lo más posible. Al principio le dio buen resultado, pero luego, sea porque dormía demasiado o por otra causa, sobrevino el insomnio, y con él las obsesiones e ideas fijas y el pesar de perder la vida.

—¿Acaso le tengo miedo? —pensaba, aludiendo a la muerte—. No. Lo que lamento es dejar la vida, que por mucho que digan los pesimistas, es algo maravilloso. ¿Qué diría, si le ahorcasen, un pesimista? En realidad, siento mucho perder la vida. Me ha crecido tanto la barba, que parece no que me ha ido creciendo, sino que ha brotado instantáneamente.

Alzó tristemente la cabeza y exhaló unos suspiros hondos y prolongados. Hízose luego un silencio, volvió a suspirar como antes, repitióse el silencio y otra vez su respiración se tornó angustiosa y lenta.

Lo mismo le había ocurrido antes del juicio y antes de la despedida con sus padres. Cuando despertóse en el calabozo, con la clara conciencia de que con la vida se concluía todo y de que tenía delante de sí tan sólo muy pocas horas de espera para caer en el vacío de la muerte, experimentó una impresión extraña. Parecióle como si lo hubiesen desnudado, y lo hubiesen hecho de un modo raro; no sólo le habían quitado la ropa, sino que le habían privado del sol, del aire, del ruido, de la luz, de la acción y de la palabra. No era todavía la muerte, pero ya no era la vida, sino algo nuevo, extraño, incomprensible, o del todo carente de sentido o lleno de un sentido tan profundo, misterioso y fuera de lo humano, que no era posible comprenderlo.

—¡Uf, diablo! —díjose penosamente extrañado, Serguéi—. Pero ¿qué me ocurre? Y ¿dónde estoy? Y... ¿qué soy yo?

Examinóse de arriba abajo con toda atención e interés, empezando por sus grandes botas de preso y concluyendo por fijar los ojos en el vientre, sobre el que se abullonaba el capote. Dio unos paseos por la celda con los brazos separados y sin dejar de mirarse, como haría una mujer que se probara una falda demasiado larga. Quiso volver la cabeza, y al hacerlo se dio cuenta de que lo que le parecía espantoso era que él mismo, Serguéi Golovin, bien pronto no existiría ya.

Todo se le hizo extraño.

Probó a andar por el calabozo, y le parecía extraño el andar. Probó a sentarse, y le pareció extraño estar sentado. Trató de beber agua, y le pareció extraño beber, tragar, sostener el jarrito en la mano, ver que los dedos le temblaban, y acometido de pronto de un golpe de tos, pensó:

—¡Qué cosa tan rara: toso! Pero ¿qué es lo que me pasa? ¿Me vuelvo loco? —pensó estremeciéndose—. ¡No me faltaba otra cosa!

Se pasó la mano por la frente, y también aquello le pareció extraño. Entonces detúvose en una postura inmóvil, durante horas enteras, apagado el pensamiento, conteniendo con esfuerzo la respiración y evitando todo movimiento, porque el menor pensamiento y el más insignificante gesto parecíanle una locura. El tiempo desapareció para él, como si se hubiese convertido en espacio transparente y sin aire, en una playa inmensa, en la cual estuviese todo: la tierra, la vida y la gente, y todo pudiese abarcarlo de una sola mirada, todo, hasta el mismo fin, hasta el enigmático abismo de la muerte. Su tormento no consistía en ver la muerte, sino en ver la muerte y la vida al mismo tiempo. Una mano sacrílega había descorrido la cortina que por toda la eternidad venía ocultando el misterio de la vida y de la muerte, que habían dejado de ser un misterio, aunque no por eso resultaran más comprensibles que la verdad escrita en una lengua desconocida. No había ideas en su cerebro humano, ni palabras en su lengua humana que pudieran abarcar lo visto, pues las palabras «Estoy aterrado» que sonaban en su interior acudían sólo porque no había otras, ni existía, ni podía existir idea adecuada a aquella nueva situación extrahumana. Así ocurriría con un hombre que, colocado en los límites de la razón, de la conciencia y de los sentidos, viese de repente al propio Dios, lo viese y no lo comprendiese, aun sabiendo que se llamaba Dios, atormentado por la tremenda angustia de tan inaudita incomprensión.

—¡Esto es cosa de Müller! —exclamó de pronto con tono de íntima persuasión, meneando la cabeza. Y con esta inesperada facilidad de transición tan propia del espíritu humano, lanzó una alegre y cordial carcajada—. ¡Ah, Müller! ¡Ah, mi querido Müller! ¡Ah, simpático alemán! ¡Efectivamente, tenías razón, amigo mío! ¡Yo, en cambio, soy un burro!

Dio unos paseos rápidos por el calabozo, y con enorme estupefacción del centinela, que lo estaba observando por la mirilla, se desnudó precipitadamente e hizo los dieciocho ejercicios con exagerada minuciosidad, encogiendo y estirando su cuerpo joven y enjuto, agachándose, aspirando y espirando el aire, poniéndose de puntillas y moviendo brazos y piernas. Después de cada ejercicio decía con placer:

—¡Esto va bien! ¡Esto es lo que hacía falta, amigo Müller!

Sus mejillas se tiñeron de rosa, resbalaron por su cuerpo gotitas calientes de sudor, experimentó una sensación agradable y su corazón latió con vigor y regularidad.

—La cuestión es, Müller —razonó Serguéi, abombando el pecho de tal modo que las costillas se dibujaron claramente bajo la piel fina y tirante—; la cuestión es, Müller, que hay, además, un decimonono ejercicio: colgarse por el cuello en una posición fija. Ese ejercicio se llama la ejecución. ¿Comprendes, Müller? Se coge a un hombre vivo, diremos a Serguéi Golovin, se le ata como un muñeco y se le cuelga por el pescuezo, hasta que venga la muerte. Es una cosa estúpida, Müller, pero ¿qué se le va a hacer? Hay que resignarse.

E inclinándose sobre el costado derecho repitió:

—Hay que resignarse, amigo Müller.

IX
Horrible soledad

Bajo el mismo sonido del reloj, separado de Serguéi y de Musia por unas cuantas celdas vacías, pero tan aisladas como si él solo hubiera existido en el mundo, el desdichado Vasili Kashirin terminaba su vida en la mayor angustia y en el mayor horror.

Empapado en sudor, con la camisa pegada al cuerpo, despeinados los cabellos, en otro tiempo rizosos, paseaba por la celda tembloroso y desesperado, como persona que sufre un insoportable dolor de muelas. Se sentaba un instante, volvía de nuevo a correr, apoyaba con fuerza la frente contra la pared, se paraba e inquiría con los ojos a uno y otro lado, como si buscase un remedio. Había cambiado tanto, como si su rostro anterior, fresco y juvenil, hubiese desaparecido no se sabe dónde para dejar el puesto a otro nuevo, horrible, salido de las tinieblas.

El miedo se apoderó de él de golpe, como dueño único y poderoso. Todavía, por la mañana, cuando iba a encontrar la muerte, bromeaba y no la temía; pero al anochecer, en el aislamiento del calabozo, le acometió una ola de terrible pavor. Mientras había ido por su voluntad al peligro y a la muerte, mientras la había tenido en sus propias manos, aunque le pareciese atroz, habíase sentido, sin embargo, alegre y ligero, al amparo de un sentimiento de libertad sin límites y asido a la afirmación audaz y firme de su voluntad intrépida. Con el cuerpo ceñido por una máquina infernal, él mismo se había transformado en algo de la misma sustancia, en dueño de la razón cruel de la dinamita y de su poder fulgurante y mortal. Y yendo por la calle entre las gentes agitadas, preocupadas con sus negocios, que se libraban ágilmente de los coches y tranvías, parecíale venir de otro mundo desconocido, donde nada se sabía de la muerte ni del miedo.

Pero súbitamente sobrevino un cambio brutal. Ya no va adonde quiere, sino que le obligan a entrar en una jaula de piedra y le encierran con llave como un objeto inanimado. Ya no puede elegir libremente la vida o la muerte, como las demás gentes, sino que, infalible e inevitablemente, le van a matar. Él, que por un instante fue la encarnación de la voluntad, de la vida y de la fuerza, se transforma en la imagen lamentable de la impotencia, en animal al que le espera el matadero, en un objeto insensible al que puede moverse de un lado a otro, quemarlo o romperlo. Sean cuales fueren las palabras que pronunciase, ya no le escucharían, y si se pusiese a gritar, le taparían la boca con una mordaza. Si intentase resistir, forcejear, tirarse al suelo, le levantarían, le atarían, y de este modo le llevarían al patíbulo. Y ese trabajo maquinal, que ejecutarían hombres como él, da a éstos el aspecto nuevo, extraordinario y terrorífico de autómatas que le cogen a uno, le cuelgan y le tiran de los pies, cortan después la cuerda, meten el cadáver en un ataúd, se lo llevan y lo entierran.

Desde el primer día que entró en la cárcel, la gente y la vida habíanse convertido para él en un mundo inconcebible de horror, poblado de muñecos mecánicos. Enloquecido casi por el terror, trataba de representarse que aquella gente que no podía hablar y parecía muda, tenía, sin embargo, lengua, y trataba de recordar sus discursos, el sentido de las palabras que usaban en sus relaciones, y no lo lograba. Abrían la boca, sonaba una cosa, después se separaban, moviendo las piernas, y se acababa todo.

Así hubiera sentido la criatura que, hallándose sola en casa, viese que todos los objetos se animaban de repente, se movían, adquirían sobre él un poder sin límites y de pronto empezaban a formarle juicio el armario, la silla, la mesa de escritorio y el diván. Hubiese comenzado a gritar, a suplicar, a pedir auxilio, mientras aquellas cosas hablaban algo entre ellas en su lenguaje y después ordenaban que lo colgasen.

Para Vasili Kashirin, todo acabó por adquirir un aspecto jocoso: el calabozo, la puerta con su mirilla, el sonido del reloj, la fortaleza esmeradamente construida y especialmente aquel muñeco mecánico que tenía un fusil y que hacía resonar sus pisadas en el corredor, a semejanza de todos aquellos otros que, con cara de susto, le contemplaban por la mirilla y le entregaban silenciosos la comida. Lo que él experimentaba no era el espanto de la muerte; la muerte, más bien la deseaba: con lo que tenía de misteriosa e inconcebible, era más comprensible que aquel mundo tan fantásticamente revuelto. Por encima de todo, la muerte parecía evaporarse en aquel cónclave absurdo de fantasmas y muñecos, perder su enorme sentido misterioso y convertirse en algo mecánico, y sólo por eso horrible: llegar, cogerle a uno, llevárselo, colgarlo y tirarle de las piernas. Después, cortar la cuerda, meterlo en un ataúd y enterrarlo.

Y así desaparecía un hombre de este mundo.

Ante el tribunal, la proximidad de los compañeros había hecho reaccionar a Kashirin, que otra vez había vuelto, por unos instantes, a ver a las gentes como seres vivos; allí estaban unos individuos sentados, juzgándole y hablando en una lengua humana, escuchando y como si comprendiesen. Pero luego, durante la visita de su madre, con el terror de un hombre que empieza a perder la razón y lo comprende, había tenido la impresión clara de que aquella anciana, con su pañuelo negro, era sencillamente una muñeca mecánica artificial de la misma clase que las que dicen «pa-pá», «ma-má», pero mejor hecha. Había tratado de hablar con ella, y, estremecido, había pensado:

—¡Señor! Pero ¡si es una muñeca! ¡Una muñeca que representa a una madre! ¡Y aquella otra muñeca que está allí, es de soldado, y allá, en casa, está la muñeca padre! ¡Y yo soy la muñeca Vasili Kashirin!

Hasta le pareció oír por allí cerca el chirrido del mecanismo, el crujir de las ruedas sin engrasar. Cuando la madre se echó a llorar, por un momento fulguró algo humano en su figura; pero a las primeras palabras, el destello de vida se desvaneció, y le pareció ver que por los ojos de la muñeca salía agua.

Más tarde, en el calabozo, cuando su espanto llegó al límite máximo, Vasili Kashirin había intentado rezar. De todo lo que con carácter religioso había rodeado su infancia en la casa de comercio de su padre, quedábale sólo un recuerdo amargo e irritante, y ninguna fe. Sin embargo, ciertas palabras que había oído, quizás en los albores de su vida, habían persistido en su mente para siempre, nimbadas de una suave poesía. Aquellas palabras eran: «Consuelo de todos los afligidos».

A veces, en los instantes dolorosos, sin rezar, y aun sin perfecta conciencia de lo que hacía, solía murmurar para sus adentros: «Consuelo de todos los afligidos», y entonces se sentía más aliviado y con deseos de acercarse a alguien que le recibiera cariñoso, para quejarse, diciendo dulcemente:

—¡Nuestra vida!... Pero ¿esto es vida? Di, amada mía, ¿acaso es esto vida?

A nadie, ni siquiera a sus compañeros íntimos, había hablado nunca de su «Consuelo de todos los afligidos», y hasta parecía no saber nada de ello: tan profundamente lo ocultaba en su alma. Solo alguna vez, y no con mucha frecuencia, lo recordaba con particular precaución.

Ahora, cuando el miedo al impenetrable misterio se presentaba ante él, envolviéndole y cubriéndole como cubre el agua las plantas de la ribera durante la crecida, quería rezar. Quiso ponerse de rodillas; pero le dio vergüenza delante de los soldados, y cruzando las manos sobre el pecho murmuraba bajito:

«¡Consuelo de todos los afligidos!», repitiendo con ansiedad y en tono humilde: «¡Consuelo de todos los afligidos, ven a mí y sostén a Vaska[12] Kashirin!»

Hacía muchos años, cuando todavía estaba en el primer curso de la Universidad y ya empezaba a divertirse, antes de trabar amistad con Verner y de ingresar en el partido, acostumbraba llamarse a sí mismo, por broma y jactancia, Vaska Kashirin, y ahora, sin saber por qué, le dieron ganas de volverse a llamar así. Pero habían sonado como muertas las palabras «¡Consuelo de todos los afligidos!»

Se agitó ligeramente, porque le pareció que a lo lejos estaba una imagen suave y triste que se apagaba dulcemente sin haber iluminado por completo su agonía. El reloj de la torre seguía andando. El soldado que estaba en el corredor dio un golpe seco, acaso con el fusil o con el sable, y se oyeron luego unos cuantos bostezos.

—«¡Consuelo de todos los afligidos!» ¿Por qué callas? ¿Por qué no quieres decir nada a Vaska Kashirin?

Sonrió dulcemente y aguardó. Pero así en su alma como en su derredor reinaba el vacío. Y no volvió aquella imagen dulce y triste. Vino a su mente la visión inútil y atormentadora de unas velas de cera encendidas, del pope revestido con la capa, del icono pintado en la pared, y vio a su padre que, encorvándose y enderezándose, oraba y espiaba a Vaska para saber si también oraba o se distraía. Y Vasili sintió mayor angustia que antes de haber rezado.

La escena se borró. Su conciencia pareció apagarse como una hoguera de esparcidos tizones; helábase como el cadáver de un hombre que acaba de morir y cuyo corazón está caliente todavía cuando ya están fríos los pies y las manos. Una vez más volvió a encenderse su pensamiento, para decirle que él, Vasili Kashirin, podía volverse loco en su celda, experimentar tormentos indescriptibles, llegar hasta tal punto de dolor y sufrimiento como nunca un ser vivo los hubiese experimentado; que podía golpear su cabeza contra la pared, sacarse los ojos con los dedos, gemir y gritar lo que le pareciese y asegurar con lágrimas que no podía soportar nada más. Y, sin embargo, todo sería en vano.

Aquel anonadamiento llegó para su cuerpo tembloroso, abatido, inundado de frío sudor. Pero le faltaba todavía un momento de horror terrible. Fue cuando vio entrar gente en su celda. Ni siquiera se le ocurrió que aquello significaba la hora de ir a la ejecución; sencillamente, al ver gentes extrañas, se asustó como un niño a quien sorprenden cometiendo una acción vituperable.

—¡No lo haré más! ¡No lo haré más! —murmuraron bajito sus labios muertos, y retrocedió silenciosamente hacia adentro, como en su infancia, cuando su padre le levantaba la mano.

—Es preciso ir.

Hablaron, anduvieron alrededor de él, le dieron algo. Cerró los ojos, se tambaleó y empezó a prepararse trabajosamente. De pronto empezó a recobrar la conciencia de sus actos, y pidió un cigarrillo a un funcionario. Éste le alargó amablemente la petaca de plata con un dibujo en una de las tapas.

X
Las columnas se derrumban

El desconocido, a quien llamaban Verner, era un hombre cansado de la vida y de la lucha. En otro tiempo había amado con pasión la vida, la literatura, el teatro y la sociedad. Dotado de admirable memoria y de gran fuerza de voluntad, había aprendido a la perfección varias lenguas europeas, y podía pasar fácilmente por alemán, por francés o por inglés. El alemán lo hablaba con acento bávaro, pero podía, si quería, hablar como un verdadero berlinés. Le gustaba vestir bien; tenía excelentes modales, y era el único de todos los compañeros que se atrevía a concurrir a los bailes y veladas del gran mundo, sin miedo a ser descubierto.

Pero hacía tiempo ya que, sin que lo notasen sus compañeros en el fondo de su alma crecía un vago menosprecio por los hombres, y había también en ella un tedio y una desesperación casi mortal. Como por naturaleza era matemático antes que poeta, no conocía ni inspiración ni éxito, y había instantes en que se sentía como un loco que buscase la cuadratura del círculo en charcos de sangre humana. El enemigo con quien luchaba a diario no podía infundirle respeto; era sólo una red espesa de imbecilidades, traiciones y mentiras, repugnantes mentiras y sucios escupitajos. Lo último que parecía haber destruido en él el deseo de vivir era la muerte de un delator, cometida por él de orden de su partido. Lo había matado serenamente, pero al ver aquel rostro humano, de expresión traicionera, mas ya tranquilo y sereno por la muerte, dejó de estimarse a sí mismo y a su obra. No porque le entrasen remordimientos, sino sencillamente porque empezó a considerarse a sí mismo como la cosa menos interesante y más despreciable del mundo. Pero al partido no lo dejó, a fuer de hombre de voluntad como era, y aparentemente continuó siendo el mismo, si bien en sus ojos quedó desde entonces algo frío y severo.

Poseía también una rara cualidad: así como hay gentes que no conocen el dolor de cabeza, ignoraba él lo que era el miedo, y cuando los demás lo sentían, no lo censuraba ni lamentaba, sino lo tomaba en cuenta, como si se tratase de una enfermedad muy extendida que, sin embargo, no le hubiese atacado a él nunca. Sus compañeros, especialmente Vasili Kashirin, le inspiraban compasión; pero era una compasión fría y casi oficial, como la que experimentarán, probablemente, también algunos jueces.

Verner comprendía que la ejecución no era sencillamente la muerte, sino algo más; pero, en todo caso, había decidido recibirla tranquilamente, como algo de poca importancia; vivir hasta el fin, como si nada hubiese ocurrido ni hubiese de ocurrir. Sólo así le era dable manifestar su enorme desprecio por el castigo y conservar la última e intangible libertad de su espíritu. Durante el juicio, y esto ni siquiera lo hubieran creído sus compañeros, conocedores como eran de su frío y altivo valor, no había pensado ni en la muerte ni en la vida; reconcentrado, con profunda y tranquila atención, había estado jugando mentalmente una partida de ajedrez. Excelente jugador de ajedrez, desde el primer día de su encierro había comenzado dicha partida, y la continuaba sin interrupción. La sentencia que lo condenaba a morir en la horca no había logrado mover ninguna pieza en el invisible tablero.

Ni siquiera le detenía el considerar que probablemente no habría de terminar la partida, y la mañana del último día que le quedaba por vivir sobre la tierra la había reanudado, corrigiendo una jugada de la víspera que le había salido mal. Con las manos apretadas sobre las rodillas, estuvo sentado largo rato; después se irguió y se puso a pasear cavilando. Su manera de andar era muy particular: inclinaba hacia adelante la parte superior del cuerpo y pisaba fuerte y recio en el suelo con los talones, de modo que, aun estando la tierra seca, sus pasos dejaban visible y profunda huella. Al mismo tiempo que paseaba, silbaba un aria italiana de estilo sencillo y ligero que le ayudaba a reflexionar.

La jugada, sin saber por qué, le había salido mal. Con la impresión desagradable de que había cometido alguna falta grosera y de bulto, se volvió varias veces atrás y repitió el juego casi desde el comienzo. No encontró el error; sin embargo, lejos de desvanecerse en su ánimo la impresión de haberlo cometido, permanecía en él más arraigada y molesta. De pronto le acometió un pensamiento inesperado y ofensivo: ¿No consistiría el error en que, con el juego de ajedrez, lo que quería era hurtar su atención a la idea del suplicio, y defenderse así contra el horror a la muerte inevitable, según se dice, a todo condenado?

—¡No! ¿Para qué? —se contestó fríamente, cerrando el invisible tablero.

Y con la misma reconcentrada atención que había puesto en el juego, como si estuviese sufriendo un severo examen, se esforzó por darse cuenta de lo terrible y lo desesperado de su situación; miró detenidamente la celda, procurando que nada escapase a su observación; calculó las horas que le faltaban para la ejecución y se complació en componer con bastante semejanza y precisión el cuadro del suplicio, después de lo cual se encogió de hombros.

—¡Bueno! —exclamó, como si contestase a la pregunta de alguien—. ¡Eso es todo! ¿En dónde está el temor?

Efectivamente, no existía el temor. Y no sólo no existía, sino que hasta parecía surgir algo opuesto a él: un sentimiento vago, pero intenso, de audaz alegría, hasta el punto de que aquel error que todavía continuaba sin aclararse acabó por no provocar en él fastidio ni irritación, sino que le habló de algo bueno e inesperado, como si habiendo dado por muerto a un íntimo amigo, este amigo se le hubiese aparecido vivo, ileso y sonriente.

Verner se encogió nuevamente de hombros y se tomó el pulso: el ritmo del corazón era frecuente, pero recio e igual, y tenía una especial fuerza sonora. Otra vez volvió a examinar atentamente, como el novato que ingresa en la cárcel, los muros, los cerrojos, la silla, atornillada al suelo, y pensó:

—¿Por qué me siento tan alegre y tan libre? Sí, tan libre. Pienso en el suplicio de mañana, y me parece como si no existiese. Miro a las paredes, y tampoco me parece que existen. Mi sensación de libertad es tal, como si en lugar de encontrarme en la cárcel acabase de salir de otra cárcel en la cual hubiese estado toda mi vida. ¿Qué es esto?

Empezaron a temblarle las manos, fenómeno hasta entonces desconocido para Verner. Su pensamiento palpitó con más furia. Parecía como si unas lenguas de fuego inflamadas en su cerebro quisieran salirse de él y alumbrar la lejanía, todavía envuelta en las sombras de la noche. Al fin consiguieron salir e iluminaron el horizonte como una imprevista aurora.

Desvanecióse el vago cansancio que había invadido a Verner durante los últimos años; desprendióse de su corazón la serpiente muerta y fría que en él llevaba; surgió, en fin, su juventud triunfante ante la proximidad de la muerte. Más aún: con esa admirable claridad que a veces suele iluminar el espíritu y elevarlo a las más altas cumbres de la percepción, Verner vio de pronto el panorama completo de la vida y la muerte, y se asombró de la grandeza del inusitado espectáculo. Parecióle caminar por la cresta de montañas altísimas que formaban un sendero estrecho, como el filo de un cuchillo, viendo a un lado la vida y al otro la muerte, como dos mares profundos y resplandecientes, que se confundían en el horizonte ilimitado.

—¿Qué es esto? ¡Qué divino espectáculo es éste! —exclamó pausadamente, levantándose con los ojos fijos, como si se hallase en presencia del Ser Supremo. Y haciendo desaparecer los muros, el espacio y el tiempo con su mirada, contempló allá en lo profundo la vida que iba a perder.

Ni siquiera intentó, como en otras ocasiones, reducir a palabras lo que veía; además, tampoco las había adecuadas en el lenguaje humano, todavía tan pobre e inexpresivo. Todo lo pequeño, deleznable y ruin que solía encontrarse al contemplar los rostros humanos, había desaparecido completamente, así como una persona, elevándose en un globo, ve desvanecerse la suciedad y el fango de las calles angostas de la ciudad y halla que todo lo feo y repugnante se trueca en hermoso.

Con un movimiento inconsciente se acercó Verner a la mesa y apoyó en ella la mano derecha. Soberbio e imperioso por naturaleza, nunca, sin embargo, había adoptado una postura de mayor orgullo ni más autoritaria, rígido el busto, erguida la cabeza; porque nunca se había sentido tan libre y poderoso como allí, en aquella cárcel, separado del suplicio y de la muerte sólo por unas cuantas horas.

Con nuevo aspecto volvieron a aparecerse ante su mirada iluminada, dotados de un encanto y un atractivo desconocidos, los seres humanos. Elevándose sobre los tiempos, vio claramente cuán joven era la humanidad, y cómo todavía ayer aullaba en los bosques cual una fiera; y lo que siempre le había parecido en las gentes terrible, imperdonable y repugnante, se tomaba de pronto atrayente, como es atrayente en el niño la audacia torpe, el balbuceo deshilvanado en que pone una chispa la inteligencia, sus desaciertos, sus equivocaciones ridículas y sus golpes crueles.

—¡Queridos míos! —exclamó Verner con una sonrisa inesperada, perdiendo de pronto toda su anterior actitud imponente, convirtiéndose otra vez en el preso a quien agobia el encierro y atormenta la inquisitiva mirada que le observa detrás de la puerta. Por un fenómeno extraño, olvidó casi de repente todo cuanto acababa de ver con tanta claridad, siendo todavía más extraño el que ni siquiera intentase volver a recordarlo.

Sentóse, sin que su cuerpo adquiriese la tiesa actitud que le era habitual, y con una sonrisa desusada, impropia de él por lo débil y tierna, se detuvo a contemplar las paredes y las rejas. Y ocurrió algo más raro todavía, algo que nunca le había sucedido: de pronto se echó a llorar.

—¡Mis queridos compañeros! —murmuró, vertiendo amargas lágrimas—. ¡Pobres amigos míos!

¿Por qué misteriosa senda había pasado desde el sentimiento de altanería y de independencia salvaje, ilimitada, hasta aquella compasión tierna y ardiente? Ni lo sabía ni quería pensar en ella. ¿Es que le daban lástima sus amigos, o tras sus lágrimas había otro sentimiento aún más alto y apasionado? Su corazón, renaciendo florido, no lo sabía. Continuaba llorando y exclamando:

—¡Queridos amigos míos! ¡Mis buenos compañeros!

Nadie, en aquel hombre que lloraba copiosamente y que sonreía a través de sus lágrimas, hubiera reconocido al impasible y altivo Verner: ni sus jueces, ni sus compañeros, ni él mismo.

XI
Camino de la muerte

Antes de meterlos en los coches habían juntado a los cinco condenados en una sala de vastas proporciones y muy fría, donde les permitieron hablar entre sí.

Tania Kovalchuk fue la única que aprovechó la autorización en seguida. Los demás, sin proferir una palabra, se apretaron fuertemente las manos, frías como el hielo en unos, y ardientes como el fuego en otros; y callados, formaron un extraño grupo, en que cada cual procuraba no mirar a los demás. Acaso temían que sus ojos revelasen la crisis que acababan de pasar.

No pudieron, con todo, evitar que una o dos veces se cruzasen sus miradas, y acabaron por tranquilizarse y hasta sonreír. Ninguno se alteró lo más mínimo, o, por lo menos, a ninguno se le notó alteración. Hablaban y se movían de un modo singular, como autómatas. A veces se les atragantaban las palabras, o las repetían, o dejaban truncada una frase, creyendo que la habían dicho entera. Miraban las cosas sin verlas, como miopes que de repente pierden los lentes. A veces volvían bruscamente la cabeza, como si alguien los llamase; pero lo hacían sin siquiera darse cuenta. Musia y Tania tenían las mejillas y las orejas ardiendo; Serguéi, que al principio se hallaba algo pálido, recobró su aspecto normal.

El que más atraía la atención de todos era Vasili. Aun allí había en él algo extraordinario e inquietante. Verner, muy emocionado, murmuró al oído de Musia:

—¿Acaso él, Musia, acaso él...? Habrá que hablarle.

Vasili, que tenía los ojos fijos en Verner, los bajó al suelo.

—¿Qué hay, Vasia? ¿Qué te ocurre? Pronto acabará todo, hombre; no te apures. Hay que tomarlo con filosofía, ¡que diablo!

No replicó Vasili por el momento, mas al cabo de algunos segundos repuso con voz tan sorda y remota que, más que humana, parecía de ultratumba:

—No es nada. Estoy tranquilo.

Y a poco repitió: —Estoy tranquilo.

Verner, muy satisfecho, exclamó: —¡Bien, chico, bien! ¡Así me gusta!

Pero tropezó con la mirada de Vasili, que parecía hundida en honda contemplación interior, y se preguntó con angustia: —¿Dónde está? ¿Desde dónde me mira?

Y exclamó con ternura: —Vasia, ¡cuánto te quiero!

—También yo a ti —replicó Vasili trabajosamente.

De pronto, Musia tomó la mano de Verner, y con un gesto de admiración casi teatral dijo:

—¿Qué te ocurre, Verner? ¡Tú, que nunca has dicho a nadie que le quieres! ¿Por qué estás tan radiante y tan amable?

Con tono y ademán teatrales asimismo contestó Verner, apretando la mano a Musia:

—Sí, a todos os quiero. No se lo digas a nadie, porque me da vergüenza; pero os quiero mucho.

Encontráronse sus miradas, y eran tan radiantes, que todo en torno suyo parecía obscurecerse, como junto al fulgor del relámpago todo se hunde en tinieblas.

—¿Sí? —preguntó Musia—. ¿De veras, Verner?

—Sí, Musia, sí. De veras.

Luego, Verner, con los ojos aún brillantes, trémulo de emoción, se dirigió a Serguéi Golovin.

—¡Serguéi! —llamó.

Pero quien le contestó fue Tania Kovalchuk. En pleno éxtasis, casi llorando de orgullo maternal, díjole, al tiempo que tiraba de un brazo de Serguéi:

—Pero ¿tú ves esto, Verner? Yo, atormentándome por él, llorando por su causa, y él entretenido en hacer gimnasia.

—¿Sistema Müller?

Serguéi frunció el ceño y replicó, algo azorado:

—No sé de qué te ríes, Verner. Tengo la seguridad de que...

Sin dejarle acabar, rompieron todos a reír. Poco a poco, cobrando ánimos y fuerzas en la mutua comunicación, volvieron a ser lo de siempre. Tanto, que ellos mismos creían no haber cambiado nunca.

De pronto, Verner dejó de reír y dijo gravemente:

—Tienes razón, Serguéi; tienes razón de sobra.

—¡Ah! ¿Comprendes? —replicó Golovin, satisfecho—. Claro está que nosotros...

Tampoco esta vez pudo terminar la frase, pues en aquel momento fueron a buscarlos para conducirlos a los coches; tan amables fueron con ellos, que les permitieron ir por parejas. En general, los empleados de la cárcel solían tratarlos con mucha benevolencia, alguna vez exagerada; acaso fuese para probar que, a pesar de todo, tenían sentimientos humanitarios; quizá para demostrar que en aquello no tenían ellos arte ni parte y que sólo obedecían a una necesidad inexcusable. Todos estaban muy pálidos.

—Musia, tú con Vasili —ordenó Verner, señalando a éste, que permanecía inmóvil.

—Muy bien —asintió Musia—. ¿Y tú?

—¿Yo? Ya veremos. Tú, con Vasili; Tania, con Serguéi... Bueno, yo iré solo; ya sabes que yo puedo ir solo.

El aire tibio y húmedo del patio les acarició el rostro y les penetró suavemente, con lo que sus ideas se hicieron más claras.

Las gotas del deshielo que de los canalones se desprendían, chocaban sonoramente en las baldosas. De vez en cuando, alguna más gruesa que las demás se destacaba del conjunto, como la voz de un «divo» en un concertante; mas luego volvía la cantilena a su tono uniforme.

Las luces eléctricas expandían un halo sobre la ciudad e iluminaban tenuemente los tejados de la fortaleza.

Del pecho de Serguéi Golovin se escapó un hondo suspiro.

—¡Ah! —exclamó; y como si sintiese derrochar aquel aire tan puro, contuvo luego la respiración.

—¡Qué noche más hermosa! —dijo Verner—. ¿Hace mucho que reina tan buen tiempo?

—Ayer y hoy nada más —le contestaron los guardianes con amable solicitud—. Hasta ayer ha hecho mucho frío.

Fueron llegando uno tras otro, silenciosos y siniestros, los fatales carruajes, en cada uno de los cuales subieron dos condenados. Luego iniciaron la marcha, y en la obscuridad de la noche dirigiéronse hacia el farol que se balanceaba ante la poterna. Escoltaban a cada coche varios jinetes, cuyas siluetas grises iban y venían sobre los caballos, que con sus herraduras arrancaban chispas al empedrado y resbalaban alguna vez sobre la nieve.

Cuando Verner se inclinaba para entrar en el coche díjole el centinela:

—Aquí hay otro que va con ustedes.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¡Ah, ya le veo! ¿Quién es?

El guardián no contestó. En un obscuro ángulo del carruaje veíase, en efecto, a un hombre menudo, que aún lo parecía más por lo agazapado que estaba. Al sentarse, Verner le tropezó una rodilla.

—Usted dispense, amigo —se disculpó.

El otro no dijo nada. Únicamente cuando partió el coche preguntó con trémula voz y en mal ruso:

—¿Quién es usted?

—Me llamo Verner, y he sido condenado a la horca por haber atentado contra la vida de un ministro. ¿Y usted?

—Yo me llamo Yanson. Pero a mí no hay que ahorcarme.

Faltábales apenas un par de horas para franquear la puerta del misterio indescifrable, y, con todo, aun en los más nimios y vulgares detalles la vida seguía siendo la vida.

—Y ¿tú qué es lo que has hecho, amigo Yanson?

—¿Yo? Acuchillar a mi amo y robarle los cuartos.

A juzgar por la voz, Yanson estaba medio dormido. En las tinieblas tropezó Verner con su mano fláccida y se la estrechó. Yanson la retiró lentamente.

—¿Tienes miedo? —le preguntó Verner.

—¡Yo no quiero que me ahorquen!

Callaron los dos, y Verner volvió a oprimir fuertemente entre sus febriles manos las del asesino. Esta vez Yanson permaneció inmóvil.

Apenas podían respirar en el estrecho carruaje, que olía a estiércol, a paño húmedo, a cuero mojado.

Frente a Verner iba un joven soldado, que echaba sobre él su cálido aliento, unas vaharadas impregnadas de olor a ajos y a tabaco. El aire penetraba tan sólo por algunas rendijas, y era como un mensaje de la primavera, que la hacía sentir con mayor intensidad aún que en el exterior. El coche andaba tan pronto hacia la derecha, como hacia la izquierda; dijérase que se entretenía en retroceder y girar alrededor del mismo punto horas enteras. A través de las tupidas cortinillas vislumbrábase al principio el azulado fulgor de los focos eléctricos, pero al cabo de algún rato de camino quedó todo a obscuras, por donde pudieron los viajeros adivinar que se hallaban en las míseras y desiertas callejas de los arrabales, y muy próximos, pues, a la estación del ferrocarril S... En alguna brusca revuelta, la rodilla de Verner tropezaba familiarmente con la del guardia, y era difícil creer en la proximidad de la ejecución.

—¿A dónde nos conducen? —preguntó Yanson, mareado por el traqueteo del coche y cansado de aquella obscuridad.

Verner volvió a estrecharle fuertemente la mano. Hubiera querido hablar las palabras más afables, más afectuosas, para decírselas a aquel hombrecillo soñoliento, a quien quería ya más que a nadie en el mundo.

—Ven acá, amigo mío; ahí debes de estar incómodo.

Al cabo de unos instantes de silencio repuso Yanson:

—Gracias, voy bien aquí. ¿De modo que también a ti te van a ahorcar?

—Sí, hombre, ¡también! —contestó Verner con tono jovial y con gesto y ademán tan despreocupados como si estuviesen hablando de una broma trivial que quisiesen darle unos amigos amables y terriblemente divertidos.

—¿Eres casado? —preguntó Yanson.

—¿Casado yo? ¡Ca, hombre! Soltero del todo.

—También yo.

Poco después el coche se detuvo.

—¡Ya estamos! —exclamó Verner, y saltó a tierra con curiosidad no exenta de extraña alegría.

Yanson se apeó tras él. Estaba silencioso, y su paso era lento y torpe. Al bajar asióse a la falleba de la portezuela y luego a la portezuela misma; siguió luego agarrándose a cuanto podía. Uno de los guardias le iba apartando suavemente.

La estación estaba obscura y desierta. Debido a la hora avanzada ya no se esperaba ningún tren de pasajeros, y para el que debía llevar a esos viajeros no se necesitaban luces ni estrépitos.

De pronto un profundo tedio envolvió a Verner; tedio, sí, no miedo ni impaciencia; tedio, un tedio inmenso, abrumador; de buena gana hubiera huido para escapar de él o se hubiera echado, cerrando los ojos con fuerza. También Yanson se desperezó y bostezó varias veces.

—¡Si fuésemos más de prisa! —exclamó Verner.

Yanson se estremeció de pies a cabeza.

Cruzaron los reos, custodiados por los soldados, el solitario andén, y subieron a los vagones, que macilentas lámparas iluminaban apenas. Verner se acercó a Serguéi Golovin; éste, indicando con la mano extendida un lugar próximo, pronunció varias palabras, entre las que la única que se oyó distintamente fue «farol»; las demás se perdieron en un largo bostezo.

—¿Qué estás ahí diciendo? —preguntó Verner, bostezando asimismo.

—Digo que el farol echa mucho tufo.

Miró Verner, y vio que, en efecto, la luz echaba tufo, y el cristal estaba casi negro.

—Es verdad —replicó.

Luego pensó: «¡Bah! ¿Qué me importa que el farol eche tufo o deje de echarlo, si...?» Serguéi, sin duda, pensó algo parecido, pues miró a Verner y luego le volvió la espalda. Ya no bostezaban.

Dirigiéronse a pie hasta los vagones; tan sólo a Yanson hubo que sostenerle. Al principio puso rígidas las piernas y permaneció con los pies pegados al andén, como si clavase las suelas en los tablones del andén; luego dobló las rodillas, y los soldados hubieron de cogerle por debajo de los brazos. Marchaba arrastrando los pies y haciendo resonar las botas, como si estuviese borracho. A costa de mucho trabajo pudieron meterle en su departamento.

Kashirin imitaba al andar los movimientos de sus compañeros. Pero al llegar junto al vagón, un soldado tuvo que cogerle por el codo para que no se cayese. Vasili se echó a temblar, y rechazando la mano del guardián lanzó un grito agudo:

—¡Ay!

—¿Qué te pasa, Vasia? —preguntó Verner, precipitándose hacia él.

Vasili no contestó, pero seguía temblando como un azogado. El soldado, confuso y pesaroso, explicó:

—Quería sostenerle, pero...

Verner intentó entonces cogerle de la mano, y le dijo:

—Vamos, Vasia, ven acá. Yo te sostendré.

Pero también a él lo rechazó Vasili, y volvió a gritar aún con más fuerza:

—¡Ay! ¡Ay!

—Calla, tonto. Soy yo, Verner.

—Sí, ya lo sé. No me toques. ¡Iré solo!

Siempre temblando, subió solo, en efecto, al coche y se sentó. Verner se acercó a Musia y le preguntó, señalando a Vasili:

—¿Qué tal?

—Mal —repuso la joven—. Va ya muerto.

Y añadió con extraño tono:

—Dime, Verner, ¿existe en verdad la muerte?

—No lo sé, Musia, no lo sé. Pero yo creo que no —contestó Verner grave y pensativo.

—Así creo yo también. Pero ¿y Vasili? ¡Oh, cuánto he sufrido junto a él, en el coche! Entonces sí que me parecía ir con un muerto.

—¡Qué sé yo, Musia! Tal vez la muerte exista para unos y no para otros; pero en tal caso, ya no podrá afirmarse que existe en absoluto. Para mí, por ejemplo, ha existido, pero ahora ya no existe.

Musia, que estaba muy pálida, sintió que sus mejillas se encendían.

—¿Qué dices, Verner? ¿Que ha existido la muerte para ti?

—Sí, y para ti también. Pero ahora ya no.

A la puerta del vagón se oyó un ruido: era «Mishka el Gitano», que entró dando fuertes pisadas, resoplando y escupiendo. Luego miró en torno y se detuvo de pronto.

—¡Guardias! —gritó, dirigiéndose al soldado, que le miraba con enojo—. Aquí no hay sitio. Yo, si no voy cómodo, no voy. Para eso, que me cuelguen del farol. ¡Hijos de tal, vaya un coche indecente! ¡Esto no es coche, es una pocilga!

Bajó la cabeza y estiró el pescuezo. Entre la maraña de cabeza y barbas brillaban los ojos negros con expresión de locura.

—¡Heme aquí, señores! —exclamó—. ¡Buenas noches!

Acercóse a Verner, le tocó un brazo y, guiñándole un ojo, llevóse con brusco movimiento la mano al cuello.

—¿Con que a usted también, eh?

—También a mí —contestó Verner sonriendo.

—¿A todos?

—¡A todos!

—¡Ah, muy bien! —exclamó, mostrando sus blancos dientes y paseando en derredor una mirada, que detuvo especialmente en Musia y Yanson. Con un nuevo guiño, preguntó a Verner:

—¿Por aquello del ministro?

—Sí, por aquello. Y tú, ¿qué has hecho?

—¿Yo? No pico tan alto. No soy más que un simple bandido. ¡Eh, amigo! Córrete un poco; como comprenderás, no os quito sitio por gusto. En el otro mundo lo habrá para todos.

Volvió a mirar con recelo a sus compañeros, que le miraban graves, silenciosos y aun con cierta compasión. Enseñó de nuevo los dientes y dio a Verner unos golpecitos en la rodilla.

—Así es, señor. Como dice la canción:

Verdes encinas del bosque,
cesad en vuestro rumor...

—¿Por qué me llamas «señor» —preguntó Verner—, si dentro de nada estaremos los dos iguales?

—Verdaderamente —dijo el otro con visible satisfacción—. ¡Valiente señor estarás tú, cuando van a ahorcarte conmigo!

Y señalando al nuevo centinela prosiguió:

—¡Ése sí que es un señor de veras! En cambio ése...

Indicó con la vista a Vasili, y continuó:

—¡Qué, señor! ¿Tenemos miedo?

—¡No! —repuso, moviendo trabajosamente la lengua.

—¿Que no, eh? No te dé vergüenza decirlo, hombre. ¡Ni que fueras un perro, para que movieses el rabito cuando te llevan al palo!

Miraba a todas partes, escupía a cada momento.

—¿Y ése? —preguntó, por Yanson—. ¿También viene con nosotros?

Yanson, hecho un ovillo en un rincón del coche, se agitó un momento, pero no contestó. Verner lo hizo por él.

—Ése dio de cuchilladas a su amo.

—¡Dios mío! —exclamó «el Gitano», sorprendido—. Pero ¿es que semejante tipo tiene derecho a acuchillar a nadie?

Desde hacía ya un rato, «el Gitano» miraba a Musia de reojo; al cabo se volvió hacia ella y la contempló fija y francamente.

—¡Señorita! —dijo—. Pero ¡si es una niña! Y tiene buen color, y se ríe. ¡Mira, se ríe de veras! —agregó, clavando sus dedos con ganas en una rodilla de Verner—. ¡Mírala, mírala!

Musia sonreía, en efecto. Un poco avergonzada, clavó su mirada en los ojos salvajes y llameantes que la contemplaban.

Todos callaban.

El tren saltaba sobre los carriles con estrépito de ruedas, hierros y cristales. El pito de la locomotora hendió el aire, como si el maquinista quisiera prevenir a alguien de algún peligro. Y era absurda la idea de que para colgar de un palo a otros infelices fuera preciso emplear tan escrupulosas precauciones, tan prolijos preparativos, y que el hecho más cruel que puede realizarse en la tierra se consumase luego con la mayor sencillez, como si fuese la cosa más natural.

Los vagones corrían, corrían. Quienes los ocupaban viajaban como todo el mundo viaja, en las mismas actitudes que se ven todos los días. Luego pararían como siempre:

—¡Cinco minutos de parada!

Y  allí aparecería la muerte, la eternidad, el gran misterio...

XII
La llegada

Corría el tren, corría sin descanso.

Por aquellos mismos carriles se iba a una casa de campo en la que durante algunos años había vivido Serguéi Golovin con sus padres. El joven hubiera podido imaginar que volvía en el último tren, por habérsele hecho tarde, entretenido con unos amigos.

—Ya falta poco —dijo, abriendo los ojos y volviéndolos hacia la ventanilla.

Nadie le contestó, nadie se movió siquiera. «El Gitano» seguía escupiendo y mirando todo como si quisiera tocarlo con los ojos.

—Tengo frío —dijo Vasili Kashirin, moviendo con tanta dificultad los helados labios, que lo que en realidad dijo fue:

—«Teño fío».

Tania se volvió presurosa hacia él y le alargó su pañuelo.

—Ten —le dijo—; abrígate el cuello.

—¿El cuello? —preguntó Serguéi con sobresalto, y se asustó de la pregunta.

Aunque todos tuvieron el mismo pensamiento, tal vez por ello mismo ninguno pareció oír; parecía que nadie había dicho nada, o que todos habían dicho lo mismo.

—Póntelo, Vasili; póntelo, que te abrigará —le aconsejó Verner.

Y volviéndose a Yanson:

—Y tú, querido, ¿no tienes frío? —le preguntó.

Musía dijo:

—Lo que quizá quiera es fumar. ¿Quieres fumar, verdad? Pues dilo; tenemos tabaco.

—Sí, sí, quiero.

—Tú, Serguéi, dale un cigarrillo —indicó Verner satisfecho.

Pero Serguéi se había adelantado ya a ofrecérselo. Y todos se pusieron a observar, cual si se tratase de algo extraordinario, cómo Yanson cogía el cigarrillo, cómo ardía la cerilla y cómo de la boca del fumador salía el humo azulado.

Hizo Yanson un gesto de satisfacción y dijo:

—Gracias. Está muy bueno este tabaco.

—¡Qué cosa más rara! —dijo Serguéi.

—¿Raro? ¿El qué? —preguntó Verner.

—El cigarrillo.

Sostenía nerviosamente el cigarrillo entre los dedos y lo miraba con admiración. Todos contemplaban aquel tubito, de cuyo extremo surgía una cinta azulada que se agitaba y se deshacía en otras muchas. Al fin, el cigarrillo se apagó.

—Se ha apagado —exclamó Tania.

—Sí, se ha apagado.

Verner frunció el ceño, y mirando con inquietud a Yanson, cuya mano colgaba exánime, exclamó:

—¡Demonio!

—¡Eh, señor! —díjole a esta sazón «el Gitano» en voz baja, acercándosele y revolviendo los ojos con la fiera expresión en él habitual—. Y ¿si atacásemos a los soldados? ¿Quiere que probemos?

—No —le repuso Verner, en el mismo tono—. Hay que apurar el trago.

—Pero ya que hemos de morir, muramos luchando. Por lo menos, sería más divertido. ¿No te parece? Así sentiríamos menos cómo nos mataban a nosotros.

—No, no; de ningún modo —repitió Verner.

Y volviéndose a Yanson le preguntó:

—Y tú, amigo mío, ¿por qué no fumas?

El rostro de Yanson se contrajo dolorosamente, como si alguien hubiese tirado al mismo tiempo de los hilos que ponían en movimiento sus arrugas. Y con voz tan extraña que parecía fingida comenzó a llorar:

—¡No quiero fumar! ¡No hay que ahorcarme! ¡Ah, ah...!

Todos le rodearon solícitos. Tania, llorando también, le acarició una mano y le arregló la gorra, al tiempo que le decía:

—¡Pobrecito mío! ¡No llores, no llores!

Los vagones moderaron su marcha. Todos, excepto Yanson y Kashirin, se pusieron en pie; pero en seguida volvieron a sentarse.

—¡Ya hemos llegado! —dijo Serguéi.

Todos respiraban con tanta dificultad como si se hubiese hecho el vacío en el coche. El corazón dilatado atravesaba la garganta, brincaba de espanto, gritaba enloquecido, con su voz de sangre. Tenían los ojos fijos en el trepidante suelo; el girar de las ruedas era cada vez más lento. Luego, después de una brusca sacudida, cesaron al fin de moverse. Paró el tren.

Y  entonces comenzó para todos aquellos desgraciados un sueño, una verdadera existencia irreal, inconsciente, como ajena. El ser corpóreo cedía su puesto al inmaterial, y éste era el que se movía y hablaba sin voz y padecía sin dolor. En sueños salieron del vagón, por parejas, y aspiraron voluptuosamente el aire primaveral. En sueños, inerte y aturdido, resistióse Yanson, siendo arrastrado silenciosamente fuera del vagón y arrojado a tierra desde el estribo.

—¿Vamos a pie? —preguntó uno de los reos casi con alegría.

—Estamos cerca —contestó otro en el mismo tono.

A través del bosque echó a andar un cortejo sombrío y silencioso. El aire era fresco y fragante. De vez en cuando, algún caminante resbalaba en la nieve y se agarraba instintivamente a los cuerpos de sus compañeros. A su lado, chapoteando en el lodo, jadeantes, caminaban los soldados de la escolta.

Se oyó una voz colérica:

—¡Podían haber arreglado el camino!

Y otra voz contestó, como excusándose:

—Ya lo han arreglado. Pero estamos en época de deshielo, y no puede evitarse el barro.

Y cada cual pensó que, en efecto, no era posible dejar mejor el camino.

A veces el pensamiento se apagaba por completo, y únicamente persistía sensible el olfato, al que impresionaban los olores finos y penetrantes del bosque, la fragancia del aire, la humedad de la nieve... Otras lo percibían todo con gran claridad: el bosque, la noche, el camino y, sobre todo, la idea de que pronto los iban a ahorcar. De vez en cuando surgía el rumor de los diálogos y los cuchicheos.

—Van a dar las cuatro.

—Ya decía yo que habíamos salido muy temprano.

—No amanece antes de las cinco.

—Sí; tendremos que esperar.

Llegaron a un descampado, donde se detuvieron. Entre los árboles, que la descarnada mano del invierno desnudara, movíanse silenciosamente dos farolillos. Aquél era el punto en que se alzaba el patíbulo.

—Se me ha perdido un chanclo —dijo de pronto Serguéi.

—¿Qué dices? —le preguntó Verner.

—Que he perdido un chanclo. Tengo frío.

—¿Y Vasili? ¿Dónde está?

—No lo sé. ¡Ah! Ahí le tienes.

En efecto, Vasili, silencioso y sombrío, se hallaba junto a ellos.

—¿Dónde está Musia?

—Aquí estoy. ¿Eres tú, Verner?

Miráronse unos a otros, sin atreverse a alzar los ojos hacia el lugar donde se movían, en terrible silencio, las lucecitas. A la izquierda se abrían en el bosque algunos claros, que se prolongaban hasta una llanura iluminada y blanquecina, de la que llegaba un viento húmedo.

—¡El mar! —dijo Serguéi Golovin aspirando voluptuosamente el aire—. ¡El mar!

Musia contestó con la canción:

Mi amor, inmenso cual el mar...

—¿Qué estás ahí diciendo, Musia?

—«Mi amor, inmenso cual el mar, no pueden encerrar las riberas de la vida.»

—«Mi amor, inmenso cual el mar...» —repitió Serguéi, marcando con el gesto el ritmo del verso.

—«Mi amor inmenso cual el mar...» —repitió asimismo Verner. Pero, de súbito, se interrumpió, y dijo asombrado: —Pero, Musia, ¡qué joven eres aún!

De pronto, Verner sintió en su oído la voz suplicante y anhelante del «Gitano»:

—¡Señor, señor! Dígame: ¿qué es eso que se ve entre los árboles? Allí, allí donde se mueven los farolitos. ¡Oh! Es la horca, ¿no?

Miróle Verner, y le vio lívido, desencajado, con las angustias de la agonía.

—Llegó la hora de decirnos adiós —dijo Tania.

—Espera un poco —replicó Verner—. Aún tienen que leer la sentencia. Y Yanson, ¿dónde está?

Yanson estaba tumbado en la nieve, y junto a él había alguien que le atendía. El aire se llenó súbitamente de olor a éter.

Alguien preguntó con impaciencia:

—¿Qué sucede, doctor? ¿Pasará pronto?

—No es nada. Un desmayo nada más. Frotadle las orejas con nieve. ¡Ajajá! Ya vuelve en sí. Ya pueden leer eso.

A la luz de la linterna se vio el papel, sostenido por una mano sin guante y agitada por un visible temblor. También la voz que luego habló temblaba:

—Señores, puesto que conocen ustedes la sentencia, quizá fuera preferible no leerla. ¿Qué les parece?

Verner respondió en nombre de todos:

—Que no se lea.

En el acto se apagó la linterna.

No aceptaron tampoco los auxilios del sacerdote, cuya silueta alta y sombría se alejó rápidamente y se perdió en la espesura.

Despuntaba el día. Sobre la nieve, cada vez más blanca, destacábase con mayor intensidad la obscura mancha de la gente, y el bosque parecía aún más triste y árido.

—Señores, pónganse de dos en dos; pueden formar las parejas como gusten, pero les ruego que se den la mayor prisa posible.

Yanson estaba ya en pie, sostenido por dos soldados. Verner dijo, señalándole:

—Yo iré con él. Tú, Serguéi, con Vasili. Id delante.

—Bien.

—Musia, ¿quieres que vayamos juntas? —preguntó Tania—. Démonos un beso.

Abrazáronse con rapidez. «El Gitano» apretó la boca con tal fuerza, que le rechinaron los dientes. Yanson, que apenas podía tenerse, entreabría la suya; ni siquiera parecía darse cuenta de lo que en torno suyo pasaba. Cuando ya Serguéi y Vasili habían avanzado algunos pasos, éste se detuvo bruscamente y dijo con clara y vibrante voz, que, sin embargo, a sus compañeros les pareció desconocida:

—¡Adiós, amigos míos!

—¡Adiós! —respondieron los demás.

Se fueron, y todo quedó en silencio. Los farolillos que entre los árboles se movían quedaron quietos. No se oía ni un grito, ni un rumor.

Uno de los del grupo exclamó con desesperado acento:

—¡Ay, Dios mío!

Era «el Gitano», que agitaba los brazos como un poseído y gritaba:

—¡Ya veo la horca! Pero ¿voy a ir yo solo? ¡Yo quiero que me acompañen! Señor, ¿será posible?...

Con las manos convulsas se aferró a Verner e imploró:

—¡Señor, mi querido señor! ¿Quieres que vaya contigo? No me niegues ese favor...

Verner, a quien aquella escena hacía sufrir intensamente, repuso:

—No puedo; voy con ése.

—¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Solo...! ¡Solo...!

Musia avanzó hacia el desventurado y le dijo:

—Ven conmigo.

Retrocedió «el Gitano», asombrado, perplejo, vacilante. Sus ojos giraban en sus órbitas, con más rapidez que nunca, como espantados de lo que veían.

—¿Contigo?

—Sí.

—¡Tú! ¡Tan jovencita, tan niña! Pero di: ¿no tienes miedo? Porque en ese caso, iré yo solo.

—No, no tengo miedo.

«El Gitano» contrajo de nuevo la boca y luego enseñó los dientes.

—Pero ¡tú, tú! ¿No te repugna mi compañía? ¿No sabes que soy un bandido? ¿De veras no te doy asco? Si te lo doy, dímelo. Te juro que no me enfadaré.

Musia calló. Su rostro parecía más pálido y enigmático a la lívida luz del alba. De súbito acercóse al «Gitano», le rodeó el cuello con un brazo y le dio un fuerte beso en los labios. Entonces él le puso ambas manos en los hombros, la apartó un poco de sí, la sacudió luego y la besó apasionadamente en los labios, en la nariz, en los ojos.

—¡Ea! ¡Vamos!

De repente, el soldado que se hallaba más próximo a ellos abrió los brazos y dejó caer el fusil. Pero en vez de bajarse a cogerlo permaneció unos momentos inmóvil, dio rápidamente media vuelta y echó a correr bosque adentro, sobre la nieve que aún no había hollado nadie.

Otro soldado le gritó, asustado:

—¡Eh, tú! ¿A dónde vas? ¡Alto!

El soldado, sin responder, continuó su marcha. Al cabo agitó nuevamente los brazos, y como si hubiera tropezado con alguien, cayó de bruces y así quedó.

—¡Eh, tú, soldadito! —gritó «el Gitano» severamente—. Coge tu fusil, si no quieres que lo coja yo. Hay que cumplir la ordenanza.

Volvieron los farolillos a moverse. Habíales llegado el turno a Verner y a Yanson.

—¡Adiós, señor! —exclamó «el Gitano»—. Ya nos encontraremos en el otro mundo. Cuando me veas, no mires para otro lado. Y como tendré mucho calor, no me niegues agua cuando tenga sed.

—¡Adiós! —repuso Verner.

—¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen! —decía Yanson, medio desmayado.

Verner le cogió de la mano, y así pudo el infeliz avanzar algunos pasos. Luego se detuvo y se desplomó sobre la nieve. Le levantaron y se lo llevaron, mientras él se defendía en vano; ya no gritaba: acaso se le había olvidado que tenía voz.

Otra vez quedaron inmóviles las amarillentas lucecitas.

—Entonces, he de ir sola, Musía. Tantos años viviendo juntas, y ahora... —exclamó tristemente Tania Kovalchuk.

—¡Tania, Tania de mi alma!

Ambas mujeres se abrazaron, pero «el Gitano» se interpuso entre ellas y asió a Musia violentamente de un brazo, como si temiese que se la fuesen a arrebatar.

—¡Ah, señorita! —gritó—. Tú, que tienes un alma pura, puedes ir sola. Pero yo no. ¿A dónde vas, asesino?, me dirían. Pero con ésta, su inocencia me amparará. ¿No lo comprendes?

—Sí, sí. Lo comprendo. Id juntos. Otro abrazo, Musia.

Esta vez no se opuso «el Gitano».

—Abrazaos, abrazaos —dijo—. Eso está bien. Hay que despedirse como Dios manda.

Musia y «el Gitano» echaron a andar. La muchacha avanzaba despacio, con precaución, e instintivamente se recogía la falda. Su compañero, sosteniéndola vigorosamente por un brazo y tanteando el terreno con el pie, la conducía a la muerte.

Las lucecitas volvieron a quedar inmóviles. En derredor de Tania Kovalchuk no había nadie, no se oía nada; ni siquiera hablaban los soldados, cuyas grises siluetas surgían débilmente iluminadas por la indecisa luz del amanecer.

Dio Tania un hondo suspiro y dijo:

—Me he quedado sola. Ha muerto Serguéi, ha muerto Verner, ha muerto Vasia... Me han dejado sola. Ya lo veis, soldaditos, ¡estoy sola! ¡Sola...!

El sol se elevaba sobre el mar. Los cadáveres fueron metidos en cajas. En seguida se los llevaron de allí. Con los cuellos alargados y los ojos fuera de las órbitas; las azuladas lenguas, colgando como monstruosas flores de un mundo de pesadilla, surgían entre la espuma sanguinolenta de los labios, recorrían nuevamente aquellos cuerpos el camino que poco antes anduvieron vivos.

La nieve seguía tan blanca, el aire seguía tan aromoso, tan fresco, tan puro. Sobre la blancura de la nieve se destacaba, en fúnebre contraste, la nota negra del chanclo que perdiera Serguéi.

De este modo saludaban los hombres al sol naciente.


Había una vez...

Son los sentimientos y no las ideas los que impulsan al hombre.

Schopenhauer

I

Un rico comerciante que no tenía familia, Lorenzo Petrovich Koscheverov, llegó a Moscú para consultar con los médicos. Dado que su enfermedad presentaba cierto interés clínico, se le admitió en la Clínica de la Facultad. Dejó su maleta en el vestíbulo. En la sala de enfermos le recogieron su traje negro y su ropa interior, dándole en cambio una larga blusa gris, ropa interior limpia, que llevaba marcada "Sala 8", y unas zapatillas. La camisa era pequeña y la enfermera fue a buscar otra.

—¡Es que sois tan grandes! —exclamó al salir del cuarto de baño donde los enfermos cambiaban de ropa.

Lorenzo Petrovich, medio desnudo, aguardó con paciencia su regreso. Bajando su cabezota calva, contempló su alto pecho atentamente, colgante como el de una vieja, y su vientre, algo inflado, que caía hasta las rodillas. Todos los sábados tomaba un baño y examinaba su cuerpo, pero ahora le parecía muy distinto: débil, enfermizo, a pesar de su vigor aparente. Desde el instante que le quitaron la ropa, llegó a creer que no se pertenecía ya y estaba dispuesto a hacer todo cuanto se le dijera.

La enfermera volvió con otra camisa y, aunque Lorenzo Petrovich era lo bastante fuerte aún para aplastar a la buena mujer con sólo un dedo, la permitió dócilmente que le vistiera y pasó, torpemente, la cabeza por la camisa. Con igual obediencia y torpeza esperó a que le anudara las cintas de la camisa alrededor del cuello y la siguió a la sala. Andaba muy suavemente, con sus pies de oso, como suelen andar los niños cuando las personas mayores les llevan a donde no saben, tal vez a castigarles. La nueva camisa también era estrecha y le molestaba, pero no tenía valor para decírselo a la enfermera, a pesar de que, en su casa de Saratov, muchos hombres temblaban ante su mirada.

—¡Esta, ésta es su cama! —díjole la enfermera, indicando un lecho alto y limpio.

No era más que un rincón de la sala, pero precisamente por eso le agradó a aquel hombre, agotado por la vida. Como si se librara de alguien, quitóse la blusa y las zapatillas, y se acostó. Desde ese instante, todo cuanto le habla irritado y torturado aquella mañana, perdió su importancia para él. Por su mente, como un relámpago, pasó toda su vida anterior: la enfermedad, traidora, que día tras día devoraba su vigor y sus fuerzas, la triste soledad en medio de gentes ávidas y egoístas, el ambiente de mentira y falsedad, de odio y terror, la huida hasta allí, hasta Moscú. Luego se borró todo, no dejando en su alma más que un dolor sordo. Y, sin que ningún pensamiento le atormentase, Lorenzo Petrovich durmióse con un sueño pesado y profundo. Lo último que vieron sus ojos antes de dormirse, fue un rayo de sol contra la pared. Luego llegó el olvido largo y absoluto.

Al día siguiente, pusieron en su cama, sobre su cabeza, una placa negra con la inscripción: "Lorenzo Koscheverov, comerciante, 52 años, ingresado el 25 de febrero". Placas semejantes había sobre las camas de los otros enfermos de la misma sala. En una se leía: "Felipe Speransky, chantre, 50 años". En la otra: "Constantino, estudiante, 23 años". Sobre las placas negras destacábanse inscripciones hechas con tiza, que recordaban las que se hacen sobre las tumbas: "Aquí, en esta tierra húmeda y helada, yace un hombre".

El mismo día pesaron a Lorenzo Petrovich. Pesó 102 kilos.

—¡Es usted el hombre más pesado de todas las clínicas! —bromeó el practicante.

Era un joven que hablaba y obraba como el médico mismo, porque el azar tuvo la culpa de que no recibiera instrucción universitaria. Esperó a que Lorenzo Petrovich respondiera con una sonrisa, como hacían todos los enfermos cuando el medico les gastaba una broma. Pero aquel enfermo estaba, visiblemente, de mal humor; sus ojos miraban al suelo y sus labios estaban apretados. Ello fue una desagradable sorpresa para el practicante; creía ser un gran fisonomista, y el nuevo enfermo, al ver su cráneo calvo, fue clasificado por el entre las personas de buen humor. Ahora había que clasificarle entre los misántropos. Ivan Ivanovich —este era el nombre del practicante—, pensó que, así y todo, habría que pedirle algún día su autógrafo para juzgar su carácter.

Después de haber sido pesado, los médicos examinaron por vez primera a Lorenzo Petrovich. Llevaban largas blusas blancas, lo cual les daba un aire de mayor importancia aún. A partir de aquel día, le examinaban diariamente una o dos veces, solos o seguidos de estudiantes. Obediente, a su demanda, se quitaba la camisa y tendía en el lecho su enorme humanidad. Los médicos le auscultaban el pecho con una maza de madera y un aparato especial, cambiando observaciones e indicando a los estudiantes tal o cual particularidad. Le preguntaban con frecuencia sobre su vida anterior, y el contestaba dócilmente, por más que aquello le enojara. De sus respuestas se deducía que comía mucho, bebía mucho, le gustaban mucho las mujeres y trabajaba mucho. A cada uno de estos "muchos", el mismo, asombrado, se preguntaba cómo podía haber llevado una vida tan antihigiénica y tan irracional.

Los estudiantes también le auscultaban. Venían con frecuencia, en ausencia de los doctores, y le pedían que se desnudara, unos con resolución y otros tímidamente. Y de nuevo examinaban su cuerpo con interés. Graves y serios, anotaban todos los detalles de su enfermedad en un cuaderno especial. Diríase que él no se pertenecía ya, y durante todo el santo día era accesible objeto de estudio para todos. Obedeciendo a los enfermeros, arrastra pesadamente su cuerpo a la sala de baño, desde donde le dirigían a la mesa en que comían o tomaban e té los enfermos que podían andar,

Le palpaban, le examinaban por todos lados, como jamás habían hecho antes y, a pesar de todo, durante todo el día sentíase profundamente solitario. Parecíale que iba de viaje, que todo aquello era pasajero, como en el vagón del ferrocarril. Las paredes blancas, sin una mancha, los altos techos, no eran como los de una casa donde las personas se instalan por mucho tiempo. El suelo estaba demasiado limpio y brillante, el aire mismo estaba demasiado regulado y no se percibía ninguno de esos olores que se perciben en las casas particulares. Se diría que aquí el aire era indiferente. Los médicos y los estudiantes bromeaban, dándole palmaditas en los hombros, procurando consolarle. Pero después que se marchaban, le parecía que eran empleados de un tren que le llevaba a un destino desconocido. Habían transportado ya millones de hombres y continuaban transportándolos diariamente, y todas sus conversaciones y preguntas se referían solamente a los billetes del tren.

Cuanto más se interesaban por su cuerpo, en mayor soledad se encontraba.

—¿Qué días son de visita? —preguntó una vez a la enfermera, sin mirarla.

—Los domingos y los jueves. Pero el doctor puede autorizarlas también otros días.

—¿Y qué hay que hacer para que no admitan a nadie que venga a verme?

La enfermera, sorprendida, respondió que ello era posible, y él quedó contento. Todo el día estuvo de buen humor; aunque casi no hablaba, escuchaba más benévolo la charla alegre e interminable del chantre enfermo.

El chantre había venido del distrito de Tambov, un día antes que Lorenzo Petrovich; pero ya conocía a los pacientes de las cinco salas que había en aquel piso. Era pequeño y tan delgado que, cuando se quitaba la camisa, se le veían todas las costillas; su cuerpo, blanco y limpio, semejaba el de un muchacho de diez años. Tenía largos y espesos cabellos, medio grises, que formaban un marco demasiado grande para su cara pequeña, de trazos regulares y minúsculos. Al observar que guardaba cierta semejanza con los santos de los íconos, Ivan Ivanovich, el practicante, le clasificó al principio entre los individuos severos e intolerante; pero luego de la primera conversación con él, mudó de opinión y su fe en la ciencia fisonómica quedó quebrantada por algún tiempo.

El padre chantre, como se le llamaba, hablaba con placer, sin ocultar nada, de sí mismo, de su familia y de sus conocimientos; preguntaba sobre los mismos asuntos a los otros, con tan ingenua curiosidad que nadie se ofendía, y le respondían gustosamente. Si alguien estornudaba, gritaba alegremente:

—¡Cúmplanse tus deseos!

Nadie venía a verle. Su enfermedad era grave, pero él no se sentía desgraciado. Trabó conocimiento no sólo con los enfermos, sino con los que visitaban la clínica, y no se aburría. A los enfermos les deseaba, varias veces al día, una curación rápida; y a los sanos, que pasaran el tiempo divertidos. Decía a todo el mundo algo agradable. Felicitaba, todas las mañanas, a sus vecinos por la llegada del nuevo día. Siempre afirmaba que hacía buen tiempo, aunque lloviera o nevara. Al decirlo, reía dulcemente y palmoteaba, entusiasmado, sus rodillas. Daba las gracias a todo el mundo, con frecuencia, sin saber por qué. Habiendo tomado el té al mismo tiempo que Lorenzo Petrovich, le dio las gracias calurosamente.

—¡Qué bueno estaba! —exclamó entusiasmado—. Un verdadero paraíso, ¿no es cierto, padrecito? ¡Gracias por haberme hecho compañía!

Mostrábase muy orgulloso de su título de chantre, que llevaba desde hacía tres años. Preguntaba a todos los enfermos, y a los sanos, de qué talla eran sus mujeres.

—La mía es muy alta —decía con orgullo—. Y los niños también. Verdaderos granaderos, palabra de honor.

Todo cuanto veía en torno suyo —la limpieza, la amabilidad de los médicos, las flores en el pasillo— le parecía delicioso. Tan pronto riendo como haciendo la señal de la cruz, exteriorizaba su entusiasmo a Lorenzo Petrovich:

—¡Dios mío, qué hermoso es esto! ¡Un verdadero paraíso!

El tercer enfermo de la sala era el estudiante Torbetsky. Casi nunca abandonaba la cama. Todos los días venía a verle una joven, de elevada estatura, con los ojos bajos, modestamente y de paso ligero y seguro. Esbelta y graciosa, atravesaba el pasillo con paso rápido, se sentaba a la cabecera del enfermo y permanecía allí desde las dos hasta las cuatro, hora en que las visitas debían irse y las criadas servían el té a los enfermos. A veces, hablaba con animación, sonriendo y bajando la voz. Pero se les oían algunas frases, precisamente las que ellos no hubieran querido que se oyeran: "¡Te amo!" "¡Mi dicha!", etcétera. A veces, callaban largo rato, contentándose con cambiar miradas veladas. Entonces el chantre, tosiendo, salía de la sala con aire de hombre muy ocupado, y Lorenzo Petrovich, que fingía dormir en su lecho, veía, con los ojos entreabiertos, cómo se besaban los des. Su corazón entonces latía aceleradamente y se sentía extrañamente turbado. Y le parecía que las blancas paredes sonreían tristemente.

II

La jornada en la sala principiaba temprano: cuando los primeros resplandores del alba la inundaban de una luz grisácea. A las seis servían el té a los enfermos, y lo bebían lentamente. Luego les tomaban la temperatura. Algunos enfermos, entre ellos el chantre, se enteraron, allí, por vez primera, de que tenían temperatura. Esto les parecía algo misterioso, y cuando se les ponía el termómetro ponían aire grave. El tubito de vidrio, con sus líneas negras y rojas, se convertía en objeto providencial; y, según marcara una décima más o menos, se ponían alegres o tristes. Hasta el chantre, a pesar de su habitual buen humor, se ensombrecía cuando la temperatura de su cuerpo era más baja que la que les decían que era normal.

—¡Esto es una gaita! —dijo a Lorenzo Petrovich con el termómetro en la mano y examinándole con expresión de reproche.

—Prueba el termómetro otra vez y tal vez te dé una temperatura más alta —instóle el comerciante, burlándose.

El chantre seguía el consejo, y si conseguía una décima más, se ponía alegre como unas castañuelas y le daba las gracias calurosamente por el excelente consejo.

Durante todo el día, todos y cada uno de los enfermos se preocupaba de su salud, y obedecían con exactitud cuanto los médicos les recomendaban. El chantre era el más grave: cuando cogía el termómetro o tomaba una medicina, ponía rostro severo. Cuando le daban, para analizarlos, varios vasitos, los colocaba en perfecto orden sobre su mesita de noche, cuidadosamente numerados; y como tenía mala letra, rogaba al estudiante que le escribiera los números. Reprendía paternalmente a los que descuidaban las prescripciones de los médicos, sobre todo al obeso Minayev, que estaba en la sala número 10; los médicos habían prohibido a Minayev que comiera carne, pero se la sustraía a sus vecinos de mesa y se la engullía sin masticarla.

A eso de las siete; una luz clara, que penetraba por las inmensas ventanas inundaba la sala. Había tanta claridad como en el exterior, todo brillaba: las blancas paredes, las camas, el suelo, la vasija de cobre. Rara vez se acercaba alguien a las ventanas: la calle y cuanto pasaba fuera de la clínica no existía para los enfermos.

Allí, la vida segura, su curso en toda su plenitud: el tranvía lleno de pasajeros, compañías de soldados grises, bomberos de cascos relucientes, las tiendas abrían y cerraban. Aquí, no había más que enfermos, que guardaban cama, a menudo sin fuerzas ni para volver la cabeza o paseaban con sus blusas grises, sobre el suelo encerado; aquí se sufría y se moría. El estudiante recibía todas las mañanas un periódico, pero ni él ni los demás apenas lo leían. La más pequeña irregularidad en las funciones del estómago de uno de ellos, producía más efecto que la guerra y los acontecimientos de importancia mundial.

A eso de las once venían los doctores y los estudiantes, y dedicaban horas enteras al examen minucioso de los pacientes. Lorenzo Petrovich se quedaba acostado tranquilamente, la mirada clavada en el techo, y respondía a las preguntas con tono descontento. El chantre, emocionado, charlaba por los codos, de manera incomprensible, queriendo animar a todo el mundo. De sí mismo solía decir:

—Cuando tuve el alto honor de llegar a la clínica...

De la enfermera decía:

—Cuando tuvo la bondad de purgarme...

Sabía siempre, al minuto, a qué hora se levantaba, se acostaba, se sentía mal. Cuando se marchaban los médicos, se ponía más alegre, daba las gracias, y estaba más contento si había tenido la suerte de saludar separadamente a uno de los doctores.

—¡Esto está tan bien, tan bien! —exclamaba exultante.

Y contaba, de nuevo, a Lorenzo Petrovich, que callaba, y al estudiante, que sonreía, cómo saludó primero al doctor Alejandro Ivanovivh, luego al doctor Semenio Nicolayevich.

Sus días estaban contados; su enfermedad era incurable. Pero no lo sabía y hablaba con entusiasmo del viaje que tenía proyectado a un monasterio, después de curado, y del manzano de su huerto: aquel año debía dar mucha fruta. Cuando hacía buen tiempo, y las paredes y el suelo inundados de rayos de sol, incomparable de vigor y belleza; cuando las sombras, en los lechos blancos como la nieve, eran de un azul opaco, cantaba plegarias con voz conmovida. Su voz de tenor, débil y tierna, temblaba de emoción; procuraba no le vieran los vecinos cuando se enjugaba las lágrimas que arrasaban sus ojos. Luego, aproximándose a la ventana, admiraba la gloriosa bóveda celeste, tan alejada de la tierra, tan serena en su belleza, que parecía, ella misma, un cántico divino.

—¡Sé clemente conmigo, Dios omnipotente! —rezaba el chantre—. ¡Perdóname mis pecados y dirígeme por tus senderos¡...

A horas fijas servían las comidas. A las nueve cubrían la lámpara eléctrica con una pantalla de tela azul, y en la gran sala empezaba la larga noche silenciosa.

La clínica se sumía en un sueño profundo. Solamente en el pasillo, iluminado, ante el cual quedaba la puerta abierta de la sala, velaban las enfermeras, haciendo media y hablando en voz baja, A veces, haciendo ruido con su andar pesado, cruzaba el pasillo un enfermero. Alrededor de las once morían los últimos ruidos del día, y un silencio de cripta, sensible a los más leves rumores, comienza a reinar. Este silencio captaba ávidamente todo ruido ligero, transmitiendo de una a otra sala el ronquido de los pacientes, sus toses y sus gemidos. A menudo eran ruidos engañosos, llenos de misterio, y no se sabía si era un ronquido apacible o la agonía de la muerte.

Salvo la primera noche, cuando, sumido en profundo sueño, lo olvidó todo, Lorenzo Petrovich no dormía ninguna noche, asaltado por un enjambre de pensamientos conturbadores. Con las manos cruzadas bajo la nuca, inmóvil, clavaba la mirada en la lámpara eléctrica, cubierta con una pantalla. No creía en Dios, no tenía apego a la vida y no temía la muerte. Había derrochado todas sus fuerzas vitales estúpidamente, inútilmente, sin ningún placer. Cuando todavía era joven y tenía hermosos cabellos, robaba a su amo; le pegaban cruelmente con frecuencia y odiaba a quienes le pegaban. Convertido en amo, aplastaba con su dinero a la gente baja, pobre y humilde, a la que despreciaba y a quien inspiraba odio y terror. Cuando llegaron la vejez y la enfermedad, comenzaron a robarle a su vez, y si atrapaba a alguien, le pegaba cruelmente, sin compasión. Tal era toda su vida. Estaba llena de odios y de injurias. Las chispas de amor se extinguían en aquel ambiente, dejando tras sí frías cenizas en el corazón. Ahora quisiera aislarse de la vida, encontrar el olvido. Despreciaba su propia estupidez y la de los demás. No admitía que hubiera gentes que amasen la vida, y en sus noches sin sueño volvía con frecuencia la cabeza hacia el lecho donde dormía el chantre. Examinaba largo rato los contornos de su vecino, que roncaba, y se decía, con los labios apretados:

¡Qué idiota!

Luego miraba al estudiante, que también dormía, y rectificaba:

¡Dos idiotas!

Al rayar el día, su alma se sumía en el silencio y su cuerpo hacía, dócilmente, cuanto se le ordenaba. Pero este cuerpo era cada día más débil, y se quedaba como una masa inerte sobre el lecho.

El chantre se debilitaba también. Ya no se paseaba por las salas, rara vez reía; pero cuando el sol inundaba con sus rayos la clínica, empezaba a charlar alegremente, a dar gracias al sol y a los médicos y a hablar de su manzano. Después, entonaba un cántico religioso y su rostro, enflaquecido, se tornaba más sereno y adquiría una grave expresión. Cuando acababa de cantar, se aproximaba a la cama de Lorenzo Petrovich y le contaba, otra vez, los detalles de la ceremonia de su promoción al grado de chantre.

—Me dieron un certificado enorme, así de grande —y extendía los brazos—. Y todo lleno de letras. ¡Había hasta letras doradas!

Alzaba los ojos hacia el icono, se santiguaba y añadía, con respeto para su propia persona:

—Al pie del certificado estaba el sello del mismo obispo. ¡Un sello enorme! ¡Ah, qué hermoso era todo aquello!

Reía contento y feliz, Pero cuando el sol se iba de la sala, ocultándose tras una nube gris, y todo se tornaba triste y sombrío en torno suyo, suspiraba y se metía en la cama.

III

En los campos y los jardines habla nieve todavía, pero las calles estaban despejadas. A lo largo de las casas corrían arroyuelos, formando charcos en el asfalto. El sol inundaba la sala con torrentes de luz y calentaba tanto, que obligaba a esquivar sus rayos ardientes, como en el verano. Y era difícil creer que, tras las ventanas, el aire fuera todavía húmedo y frío. A la luz solar, la sala, con su alto techo, semejaba un angosto rincón, pesado el aire, oprimido por las paredes. El ruido de la calle no penetraba por las dobles vidrieras; pero cuando se abrían las ventanas, por la mañana, la sala se llenaba de repente con los gorjeos alborotados de los gorriones. Ahogaban todos los demás sonidos; se apoderaban de los pasillos, subían las escaleras, entraban impertinentes en el laboratorio. Los enfermos, a quienes se hacía salir al pasillo, sonreían al oír los gritos de los gorriones, y el chantre murmuraba, con alegre extrañeza:

—¡Cómo alborotan los gorriones!

Pero se volvían a cerrar las ventanas, y el ruido moría tan de súbito como naciera. Los enfermos volvían presurosos a la sala, como si aun esperasen oír el eco de aquel ruido, y respiraban ávidamente el aire fresco.

Ahora se acercaban más a menudo a las ventanas, enjugando los cristales con los dedos, aunque estaban limpios. Refunfuñaban cuando les tomaban la temperatura, y no hablaban más que del porvenir. Todos se imaginaban ese porvenir tranquilo y óptimo, hasta el muchachito de la sala 11, al que llevaron a una habitación particular y había desaparecido también. Algunos enfermos le vieron cuando le transportaban sobre su cama, la cabeza hacia adelante; estaba inmóvil, y solamente sus ojos profundos miraban en torno suyo; había tanta tristeza y desespero en sus miradas, que los enfermos volvían la cabeza. Adivinaban que el muchacho había muerto; pero nadie estaba turbado ni asustado, por aquella muerte: allí, como en la guerra, la muerte era un fenómeno trivial y simple.

La muerte se llevó, casi por el mismo tiempo, a otro enfermo de la sala número 11, un viejecito vivaracho, atacado de parálisis. Se paseaba con aire despierto por la clínica, con un hombro hacia adelante, y contaba a todos siempre lo mismo: la historia de la conversión al cristianismo bajo el rey Woldemar el Santo. No se podía comprender por qué esta historia le había conmovido tan profundamente; hablaba muy bajito, de manera incomprensible, entusiasmado, agitando la mano derecha y moviendo el ojo derecho, pues tenía paralizado todo el lado izquierdo del cuerpo. Si se hallaba de buen humor, terminaba su relato con una exclamación triunfal: "¡Dios está con nosotros!" Después se iba presuroso, con una risita confusa, tapándose la cara con la mano derecha. Pero con mayor frecuencia estaba triste y melancólico, y se lamentaba de que no le pusieran un baño caliente, que le hubiera curado por completo; estaba seguro de ello. Unos días antes de su muerte, le dijeron que por la noche le prepararían un baño caliente. Durante todo el día estuvo excitado, y repetía: "¡Dios está con nosotros!" Cuando estaba en el baño, los enfermos que pasaban por allí cerca, le oyeron su voz, eufórica: contaba por última vez al vigilante la historia de la conversión de Rusia al cristianismo bajo el reinado de Woldemar el Santo.

No había grandes cambios en la salud de los enfermos de la sala S. El estudiante Torbetsky mejoraba, mientras Lorenzo Petrovich y el chantre estaban más débiles cada día. La vida y las fuerzas les abandonaban de un modo imperceptible, y no lo advertían, como si fuera cosa natural que no se pasearan ya por la sala y que estuvieran acostados todo el día.

Los doctores venían con regularidad, con sus blusas blancas, y los estudiantes examinaban a los enfermos y cambiaban impresione

Un día llevaron al chantre a la sala de conferencias; cuando regresó, estaba agitadísimo y charlaba sin cesar. Reía nerviosamente, se santiguaba, daba gracias y, de vez en cuando, se: enjugaba los ojos, que los tenía enrojecidos con un pañuelo.

—¿Por qué llora, padrecito? —inquirió el estudiante.

—¡Ah, querido, si usted hubiera visto aquello! ¡Es tan emocionante! Semenio Nicolayevich me hizo sentar en un sillón, se puso a mi lado y dijo a los estudiantes: "¡He aquí al chantre!"

En su rostro se dibujó una expresión grave; pero las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos y, volviendo pudorosamente la cabeza, prosiguió, diciendo:

—¡Tiene una manera de decir las cosas ese Semenio Nicolayevich! Es tan conmovedor, que le parte a uno el corazón.

Sollozó levemente y continuó:

—Había una vez —dijo Semenio Nicolayevich—, había una vez un chantre... Había una vez...

Las lágrimas le cortaron la palabra. Luego de haberse acostado, susurró con voz ahogada:

—Ese buen Semenio Nicolayevich ha contado toda mi vida. Cómo viva en la miseria mientras no era más que ayudante del chantre... todo... No ha olvidado tampoco a mi mujer... Que el buen Dios se lo recompense... ¡Era tan emocionante, tan emocionante! Como si yo estuviera ya muerto y se me hiciera la despedida... Había una vez un chantre... Había una vez...

Al oírle hablar de esta manera, todos comprendieron que no tardaría en morir. Era tan evidente como si la muerte estuviera ya allí, a su cabecera, Parecía que su cama estuviera ya envuelta en un frío de tumba. Y cuando calló, tapándose la cabeza con la sábana, el estudiante se frotó nerviosamente las manos, que se le habían quedado heladas. Lorenzo Petrovich soltó una risa brutal y comenzó a toser.

Los últimos días, Lorenzo Petrovich estaba muy turbado y volvía la cabeza sin cesar hacia el cielo azul, que se vislumbraba por la ventana. Ya no permanecía inmóvil, como antes: agitábase en el lecho y se enojaba con los compañeros enfermos. Manifestaba su mal humor hasta con el doctor. Este era un hombre bueno, de gran corazón, y una vez le preguntó con afecto:

—¿Qué tiene usted?

—¡Me aburro! —contesto Lorenzo Petrovich, con el tono de un niño enfermo, cerrando los ojos para disimular sus lágrimas.

Aquel día anotaron en el diario donde se inscribía la temperatura, así como todo el curso de la enfermedad: "El enfermo se aburre".

El estudiante seguía recibiendo las visitas de la joven a quien amaba las mejillas de la bien amada estaban teñidas de un color vivo cuando llegaba de la calle, y era agradable, y también un poco triste, el mirarla.

—¡Mira qué calor tengo en las mejillas! —decía acercando el rostro a los ojos de Torbetsky.

Este miraba, mas no con los ojos: miraba con los labios, larga y fuertemente, pues se encontraba mucho mejor e iba recuperando fuerzas. Ya no se preocupaba de la presencia le los otros enfermos, y se besaban sin recato. El chantre volvía delicadamente la cabeza; pero Lorenzo Petrovich no fingía ya que dormía, y miraba a los amantes con provocación y burlonamente. Y ellos querían al chantre, y no querían a Lorenzo Petrovich.

El sábado, el chantre recibió una carta de su familia. Hacía una semana que la esperaba. Todos sabían que la esperaba, y participaban de su inquietud. Alegre y activo ya, recorría las salas mostrando la carta, recibiendo felicitaciones y dando las gracias. Todos sabían, desde hacía mucho tiempo, que su mujer era muy alta: pero aquella vez contó un nuevo detalle, inédito hasta entonces:

—¡Cómo ronca mi mujer! Cuando duerme, se le puede pegar con una maza, que no despertará: ¡Sigue roncando! ¡Lo mismo que un granadero!

Frunciendo maliciosamente las cejas, añadió con orgullo:

—Y esto, ¿a que no la habéis visto? ¿Eh?...

Enseñaba un extremo del papel sobre el cual se veían los contornos irregulares de una mano de niño, en medio de la cual había una inscripción: "Tosia te envía sus saludos". La manita, antes de ponerse sobre el papel, estaba, probablemente, muy sucia; por lo menos había dejado manchas en la carta.

—¡Es mi hijo! ¡Es la mar de travieso! No tiene más que cuatro años; pero ¡es tan inteligente, tan inteligente! ¡Ha puesto su manita el picarillo!...

Retorciéndose de risa, se golpeaba las rodillas con las manos. Su cara tomaba por un instante el aire de un hombre sano; al mirarle no se diría que sus días estaban contados. Hasta su voz se volvía robusta y sonora cuando se ponía a cantar su cántico religioso favorito.

Aquel mismo día llevaron a la sala de conferencias a Lorenzo Petrovich. Se puso agitadísimo, temblorosas las manos y con una sonrisa aviesa en los labios. Rechazó coléricamente al enfermero, que le quería ayudar a desnudarse, se acostó y cerró los ojos. Pero el chantre esperaba, impaciente, a que los volviera a abrir y, al llegar este momento comenzó a asaetear con preguntas a su vecino sobre lo que había ocurrido en la sala de conferencias.

—Es emocionante, ¿verdad? Probablemente han dicho: "Había una vez un comerciante..."

Lorenzo Petrovich, enfurecido, lanzó al chantre una mirada de desprecio, volvióle la espalda y de nuevo cerró los ojos.

—No te envenenes la sangre —prosiguió el chantre—. Pronto curaras, y todo irá bien.

Echado de espaldas, contempló pensativo el techo, donde se veía un rayo de sal venido no se sabe de dónde. El estudiante había salido a fumar. En la sala reinaba silencio, roto de vez en cuando por la respiración lenta de Lorenzo Petrovich.

—Sí, padrecito —decía rebosante de alegría el chantre—. Si por casualidad te encontraras en nuestro pueblo, ven a verme. No está a más de cinco kilómetros de la estación. Cualquiera a quien preguntes, te llevará a mi casa. Ven a verme: te recibiré como a un rey. Tengo allí una, sidra deliciosa, de una dulzura incomparable.

Suspiró y, tras breve pausa, siguió:

—Antes de entrar en mi casa, visitaré el monasterio, la catedral. Luego me llevaré bien en los famosos baños de vapor... ¿Cómo se llaman?...

Lorenzo Petrovich seguía callado, y. era el mismo chantre quien se respondía:

—Baños del Comercio... Luego iré a mi casa...

Se calló, contentísimo. Durante unos instantes no se oyó más que la respiración irregular de Lorenzo Petrovich, que parecía la de una locomotora en una vía de reserva. Y antes de que el cuadro de felicidad próxima imaginada por el chantre desapareciera de sus ojos, oyó palabras terribles; terribles, no sólo por su sentido, sino también por la maldad y rudeza con que fueron pronunciadas,

—Dio es a tu casa sino al cementerio adonde irás —dijo Lorenzo Petrovich.

—¿Como, padrecito? —preguntó el chantre, sin comprender.

—¡Digo que es el cementerio lo que te espera!

Volvióse hacia el chantre para que le oyera mejor, para que ni una sola de aquellas palabras crueles se perdiera, y agregó;

—O puede ser que te descuarticen aquí mismo, para mayor gloria de la ciencia, y para instruir a los estudiantes...

Y soltó una risa larga y siniestra, malévola.

—Pero vamos, padrecito, ¿qué es lo que dices? —balbució el chantre.

—Digo que aquí tienen una manera chusca de enterrar a los muertos: primero, cortan al desgraciado un brazo, y le entierran; luego una pierna, y la entierran igualmente, y así sucesivamente. Si el difunto no tiene suerte, su entierro puede prolongarse todo un año.

El chantre miró con horror a su interlocutor, que siguió diciendo palabras horribles y repugnantes por su cinismo:

—En verdad, pobre chantre, me sorprendes: a pesar de tu edad avanzada, eres ingenuo como un santo. Trazas proyectos para el futuro. Tienes intención de visitar el monasterio, la catedral; hablas de tu manzano y, sin embargo..., no tienes más que una semana de vida...

—¿Una semana?

—Sí, mi viejo; nada más. No soy yo quien te lo dice: son los médicos mismos quienes lo afirman. Ayer, cuando tú no estabas aquí, les oí hablar entre ellos... Creían que yo dormía. "Nuestro chantre es cosa acabada —dijeron no tiene más que una semana de vida..."

—¿Nada más que una semana? —balbució el desventurado chantre, con voz apenas comprensible.

—Nada más, mi viejo. La muerte no esperará: no. tiene piedad.

Y, alzando su enorme puño, agregó, después de mirarle un instante:

—¡Mírale! Es forzudo, ¿eh? Podría matar a un hombre y, sin embargo...

Yo también... ¡Sí, yo también! ¡Ah, mi pobre chantre, qué tonto eres! "¡Visitaré el monasterio, la catedral!" No, viejo; ya no visitarás nada...

El rostro del chantre se había tornado amarillo. No podía ni hablar, ni llorar, ni gemir. Silencioso, dejó caer la cabeza sobre la almohada y, esquivando la luz del día, tapóse la cara con la sábana.

Pero Lorenzo Petrovich no tenía ganas de callarse, como si aquellas palabras crueles le hicieran un bien. Y con hipócrita bondad, continuó:

—Sí, padrecito; una semana nada más. No tendrás tiempo de ir a los baños del Comercio. Quizá te pongan un baño caliente en el infierno... Es lo más probable...

En este momento entró el estudiante, y Lorenzo Petrovich calló. Tapóse también la cabeza con la sábana, pero se la quitó en seguida y, mirando irónicamente al estudiante, le preguntó, con la misma hipocresía de hombre de bien y con sonrisa aviesa:

—¿Y la señorita? ¿Tampoco hoy vendrá?

—No... no se encuentra bien —respondió fríamente el estudiante.

Es una lástima. Pero, ¿qué es lo que tiene?

El estudiante no respondió. Acaso ni siquiera había oído la pregunta. Hacía tres días que no veía a la joven. El estudiante hacía como que miraba por la ventana sólo por distraerse; en efecto, espiaba la entrada del hospital con la esperanza de ver llegar a su amada. Así, pegado el rostro a los vidrios, nervioso, tan pronto desesperado como abrigando una esperanza, pasaba las horas. Cansado, pálido, tomó un vaso de té y se acostó, sin reparar en el silencio inusitado del chantre, ni en la locuacidad, inusitada también, de Lorenzo Petrovich.

—¿No ha venido hoy la señorita? —inquiría el último con sonrisa siniestra.

IV

Aquella noche fue desmesuradamente larga. La lámpara eléctrica, cubierta con una pantalla, alumbraba débilmente la sala. El silencio era turbado, a veces, por los ronquidos o los gemidos de los enfermos. Una cachara cayó al suelo, y el estrépito producido fue como el de una campanilla, y vibró largo tiempo en el aire tranquilo e inmóvil.

Nadie durmió aquella noche en la sala 8; pero todos estaban quietos en sus camas y parecían dormir. Sólo el estudiante Torbetsky, no haciendo caso de los demás, se volvía de todos lados, suspirando. Por dos veces hasta salió al pasillo a fumar un cigarrillo. Al fin, durmióse con un sueño profundo, y su pecho se levantaba con plácida regularidad. Probablemente tenía sueños de dicha, pues en sus labios afloraba una sonrisa de contento. Aquella sonrisa parecía muy extraña, casi misteriosa, en el rostro de un hombre dormido.

El reloj, que estaba en el compartimiento vecino, anunciaba las tres, cuando Lorenzo Petrovich, que comenzaba a dormitar, oyó un leve sonido, tembloroso y tierno, como una canción lejana y triste. Prestó oído: el sonido se prolongó, hízose más fuerte y parecía, ahora; el llanto de un niño, encerrado en un cuarto oscuro, (pie, teniendo miedo a las tinieblas, y a la vez a los que le han encerrado, trata de reprimir sus sollozos. Lorenzo Petrovich, completamente despierto, al instante comprendió lo que pasaba: era una persona mayor, un hombre, que lloraba, sofocado, tragándose las lágrimas.

—¿Qué es eso? —inquirió asustado. Nadie le respondió.

Los sollozos cesaron. La sala se había vuelto más triste aun. Las paredes blancas estaban impasibles y frías. No había nadie a quien poderse quejar de la soledad y del miedo, y pedirle protección.

—¿Quién llora? —insistió Lorenzo Petrovich—. ¿Eres tú, chantre?

Los sollozos, que por un instante se habían como escondido muy cerca de Lorenzo Petrovich, tornaron a empezar de nuevo. Llenaron ahora la sala. La sábana que cubría el cuerpo del chantre se bajó, y la plaquita metálica adosada a la cama, tembló.

El chantre lloraba cada vez más fuerte.

Lorenzo Petrovich se sentó en la cama y, después de reflexionar un momento, bajó al suelo. Acometióle un vértigo, y le costó trabajo sostenerse sobre las piernas; parecíale que alguien hacía girar en su cerebro pesadas bolas de piedra. Su corazón latía tan fuerte como si le golpearan con un martillo desde dentro del pecho.

Acercóse, respirando con dificultad, al lecho del chantre, que estaba a un metro de distancia del suyo. Agotado por este esfuerzo, palpó con su mano el cuerpo del chantre, quien, sin pronunciar una sola palabra, le cedió un pequeño sitio para que se pudiera sentar.

—¡No llores! ¡Eso no vale la pena! —dijo Lorenzo Petrovich—. ¿Tanto temes a la muerte?

El otro se estremeció en su cama y exclamó, con voz lastimera:

—¡Ah, eso es tan!...

—¿Qué? ¿Tienes miedo?

—No, no tengo miedo... no tengo miedo... —balbució, sollozando con más fuerza aún.

—No te tienes que enfadar conmigo por habértelo dicho... Sería tonto enojarse...

—Pero si no estoy enojado. ¿Por qué había de enojarme? No eres tú quien ha llamado a mi muerte... Viene ella sola.

—Entonces, ¿por qué lloras?

Esto no era piedad: Lorenzo Petrovich quería tan sólo comprender, mirando con atención el rostro del chantre y su perilla gris, que se veían apenas en la semioscuridad

—¿Por qué lloras, pues? —insistió.

El chantre se cubrió el rostro con las manos y, balanceando la cabeza, respondió con voz lastimera:

—¡Ah, padrecito!... Es el sol lo que siento... ¡Si supieras como brilla en nuestra casa... en nuestro país!... Es algo maravilloso...

¿De qué sol hablaba? Lorenzo Petrovich no comprendía, y se irritó. Pero un instante después recordó el torrente de luz que inundara la sala aquella mañana, recordó cómo brillaba el sol en si: país, sobre el Volga, en el bosque, en los senderos campestres, y, dejando caer con desesperación sus brazos a lo largo del cuerpo, cayo sollozando sobre la almohada, al lado del chantre.

Así lloraron los dos.

Lloraron el sol, que no verían más; el magnifico manzano, que daría frutos cuando ellos no estuvieran ya en este mundo; las tinieblas, que les envolverían pronto; la vida, tan ardientemente deseada; y la muerte, tan cruel. El silencio de la noche agarraba sus sollozos y los repartía por las salas, mezclándolos con los ronquidos de los enfermos, cansados del trabajo del día; con los gemidos de los enfermos graves y la respiración de los convalecientes,

El estudiante dormía; pero la sonrisa había desaparecido de sus labios, y sombras azules se posaron en su rostro inmóvil y triste. La lámpara eléctrica iluminaba la sala con su luz imperturbable, y las blancas paredes seguían impasibles.

***

La muerte se llevó a Lorenzo Petrovich a la noche siguiente, al amanecer. Se había dormido con un sueño profundo; luego despertó de repente, comprendió que se iba a morir en seguida y que había que gritar, pedir socorro, hacer la señal de la cruz. No tuvo tiempo; perdió la conciencia. Su pecho se alzó y se bajó de nuevo, sus piernas se entumecieron, su cabeza resbaló de la almohada.

El chantre, al oír un leve ruido en el lecho de su vecino, preguntó sin abrir los ojos:

—¿Qué tienes, padrecito?

Nadie le respondió, y se volvió a dormir.

Cuando vinieron los médicos, le aseguraron que no tenía que temer a la muerte, y que viviría aún mucho tiempo, y él tuvo en aquello plena confianza. Desde la cama, saludaba con la cabeza, y daba las gracias, muy dichoso.

El estudiante también era feliz, y durmió con un sueño tranquilo; reciCuadro de texto: EL SILENCIObió la visita de su amada, que le besó muy fuerte, y estuvo a su lado veinte minutos más que de costumbre.

El sol había salido.


El silencio

I

Una noche clara de mayo en la que cantaban los ruiseñores, en el estudio del pope Ignacio penetró su mujer. En su rostro se dibujaba un aire de pena, y la lamparita temblaba en su mano. Acercóse a su marido y, tocándole con la mano, díjole, con lágrimas en los ojos:

—¡Pope, vamos a ver a nuestra hijita Vera!

Sin volver siquiera la cabeza, el pope miró fija y largamente a su mujer par encima de sus lentes, y no dijo nada. Ella hizo un gesto de desesperación y se sentó sobre una otomana.

—¡Los dos sois tan... impiadosos! —exclamó y su cara de buena mujer, algo inflada, contrájose en una mueca de dolor, como si con aquella mueca quisiera dar a entender el grado de crueldad de su esposo y de su hija.

El sonrió y se levanto. Cerró su libro, se quitó los lentes, los metió en un estuche y se sumió en profundas reflexiones. Su larga barba, de hilillos de plata, cubríale el pecho.

—Bueno; vamos allá —dijo al fin.

Olga Stepanevna se incorporó presurosa y le suplicó con voz tímida:

—Pero no hay que reñirla... Sabes que es muy sensible...

La habitación de Vera se hallaba arriba. La angoste escalera de madera se cimbreaba bajo los pasos del pope Ignacio, alto y grueso. Estaba de mal humor. Sabía que su conversación con Vera no conduciría a nada.

—¿Qué pasa? —preguntó Vera, sorprendida, al verlos entrar.

Estaba en la cama. Con una mano cubríase la frente; la otra reposaba sobre el lecho, y era tan blanca y transparente, que apenas si se la distinguía sobre la blanca sábana.

—¡Vera, niña mía! —murmuró el padre, tratando de dar a su voz dura y severa notas más dulces—. Dinos, ¿qué tienes?

Vera guardó silencio.

—Pero, veamos, Vera. ¿Es que tu madre y yo no somos dignes de tu confianza? ¿Es que no te amamos? No hay en el mundo quien te ame más que nosotros. Dinos por qué sufres, y se desahogará tu corazón, lo cual te hará bien. Créeme, pues conozco la vida y tengo experiencia. También a nosotros nos hará bien eso. Mira cómo sufre tu madre...

—¡Verita! —suplicó la madre.

—Y yo también —continuó el padre, con voz temblorosa, como si algo se hubiera roto en él—. ¿Crees que soy dichoso viéndote así? Sé que te sufres, pero, ¿por qué? Yo, tu padre, no sé nada. ¿Crees que eso es justo?...

Vera seguía sin decir nada. Dominando la furia que le subía a la garganta, prosiguió él:

—Te fuiste a Petersburgo contra mi voluntad; pero, así y todo, no rechacé a la hija desobediente; te mandé dinero. He sido siempre un buen padre para ti. ¡Habla! ¿Por qué no dices nada? ¡He aquí tu Petersburgo!...

Imaginábase enormes masas de piedras, llenas de peligros desconocidos, y gentes indiferentes, frías, sin corazón. Esa ciudad inhospitalaria de granito es la que ha hecho sufrir tanto a Vera, débil, aislada, solitaria, sin defensa. Es esa ciudad la que la había perdido. El pope Ignacio sentía un odio mortal a Petersburgo y una tremenda cólera contra su hija, que no quería decir nada.

—Petersburgo no tiene nada que ver aquí —dijo al fin Vera cerrando los ojos—. Además, no tengo nada. Es mejor que os acostéis; es tarde.

—¡Verita mía, mi niña querida! —gemía la madre—. ¡Ábreme tu corazón!

—Dejemos eso, mamá —replicó Vera, con impaciencia.

El pope Ignacio sentóse en una silla y soltó una risa áspera y seca.

—¿Nada, pues? —preguntó, con ironía.

—Escucha, padre —dijo con firmeza Vera, incorporándose un poco sobre el lecho —. Sabes que os amo, a ti y a mamaíta. Pero... no hay nada, os lo aseguro. Me aburro, eso es todo. Ya pasará. De verdad; idos a acostar. También yo tengo sueño. Ya hablaremos... mañana o un día de estos...

El pope Ignacio se levantó de manera tan brusca que la silla chocó contra la pared; cogió a su mujer por la mano.

—¡Vámonos!

—¡Verita mía!

—¡Vámonos, te digo! —gritó el pope—. Si ha olvidado al Dios bueno, no somos nada para ella.

Condujo a Olga Stepanovna casi a la fuerza. Cuando estaban en la escalera, ella le gritó, iracunda:

—¡La culpa es tuya! Tiene tu carácter. ¡Tú responderás de ella ante Dios! ¡Qué desgraciada soy!

Lloraba. Las lágrimas la impedían ver los peldaños de la escalera y andaba como si ante sus pies se hubiera abierto un abismo.

A partir de aquel día, el pope Ignacio no dirigió la palabra a su hija. Diríase que ésta no lo veía; seguía guardando cama o paseándose por su cuarto, frotándose a cada instante los ojos, como si hubiera algo que se tos tapara. Y la madre, que gustaba de reír de bromear, perdía la cabeza desesperada, entre el marido y la hija, siempre taciturnos.

Vera, a veces, salía. Una semana después de la conversación que hemos referido, salió, como de costumbre, por la noche. Y ya no se la volvió a ver viva: aquella noche se arrojó bajo el tren, que la cortó en dos pedazos.

El mismo pope Ignacio presidió la ceremonia de los funerales. Su mujer no asistió porque, al recibir la noticia de la muerte de Vera, fue acometida de una parálisis. Sus brazos, sus piernas y su lengua quedaron paralizados, y permaneció inmóvil en su cuarto, medio a oscuras, mientras, muy cerca, en el campanario, las campanas tocaban a muerto.

Oía a la gente salir de la iglesia, oía cantar a los sochantres ante el ataúd, e intentaba levantar la mano para hacer la señal de la cruz. Pero la mano no le obedecía. Quería decir: "¡Adiós, Vera!" Pero tenía la lengua pesada como una masa inerte. Seguía sin moverse, tan quieta, que se diría estaba reposando. Solamente sus ojos estaban abiertos.

Durante la ceremonia fúnebre, la iglesia estaba llena de gente. Todo, hasta los que no conocían a Vera, se compadecían de la suerte de aquella muchacha que había tenido muerte tan trágica. Miraban al pope Ignacio buscando en su rostro la expresión del sufrimiento y el dolor. No la amaban porque era severo y altivo, aborrecía a los pecadores y no les perdonaba, y, porque ávida y amante del dinero, se hacía pagar caro los servicios religiosos. Y querían verle sufrir, abatido, comprendiendo su doble responsabilidad en la muerte de su hija: como padre cruel, y como pope, que no supo conducir a su hija por los senderos del bien. Todos le espiaban con la mirada, y él, advirtiendo esta curiosidad hostil, trataba de mantener erguida su ancha espalda y no mostrarse demasiado abatido. Pensaba más en esto que en la muerte de su hija. Así, erguido, con aire altivo, acompañó a Vera al cementerio y volvió a su casa. Al llegar a la puerta, su espalda se curvó un poco; pero era porque tenía la talla demasiado elevada, y la., puertas eran demasiado bajas para él.

Entró en el cuarto de su esposa, y no pudo ver bien su rostro; pero, después de examinarlo más de cerca, quedó sorprendido al verla completamente tranquila, Sin lágrimas. Sus ojos no tenían ninguna expresión: estaban mudos, mamones, como todo el Cuerpo inerte.

—¿Cómo te encuentras?

Ella no se movió. El pope Ignacio le puso la mano en la frente: estaba helada y húmeda. Los ojos de la vieja, profundos y grises, no expresaban ni dolor ni cólera.

—Me voy a mi cuarto —dijo el pope Ignacio, que sentía algún malestar.

Pasó al salón, donde todo cataba muy limpio, como siempre, y donde los sillones, cubiertos con tundas blancas, parecían muertos envueltos en sudarios. En una ventana había colgada una jaula, pero su puertecita estaba vacía y abierta.

—¡Nastasia! —gritó, y con voz fuerte, y al oírla, se asustó—. Anastasia —llamó más bajo—. ¿Dónde .está el canario?

La cocinera que, de tanto llorar, tenia la nariz roja e hinchada, contestó gravemente:

—¡El canario ha volado!

—¿Por qué has abierto la jaula? —interrogó el pope, frunciendo las cejas.

Ella se echó a llorar de nuevo, y respondió, enjugándose las lágrimas con la punta del delantal:

—Era el alma de la pobre señorita... No me atreví a detenerla.

Al pope Ignacio le pareció que el pequeño canario amarillo, que cantaba tan maravillosamente, era en verdad el alma de Vera, y que, si no hubiera volado, no podría estar seguro de la muerte de su hija.

—¡Vete! —exclamó iracundo— ¡Qué bestia eres!...

II

En la casita reinaba el silencio. No la tranquilidad, que sólo es la ausencia de cuidados y preocupaciones, sino el silencio; los que podrían hablar, no quieren decir nada.

Al entrar en el cuarto de su mujer, el pope Ignacio encontró en ella una mirada tan densa como si la atmósfera fuese de plomo y pesara enormemente sobre la cabeza y sobre los hombres. Examinó largo tiempo los cuadernos de Música de Vera, sus libros y su retrato en color, que trajo ella de Petersburgo. Recordaba el arañazo que vio en la mejilla de su hija cuando la hallaron muerta, y cuyo origen no podía comprender: el tren que la mató, dejó intacta su cabeza; de otro modo, la hubiera destrozado por completo.

¿De dónde procedía aquel arañazo? Pero hacía un esfuerzo para no pensar en la muerte de Vera, y en el retrato escrutaba sus ojos. Eran bellos, negros, con grandes párpados que los envolvían en la sombra, como si estuvieran encerrados en un marco negro. El pintor desconocido, pero de talento, le había dado una expresión extraña: diríase que entre los ojos y los objetos hacia los cuales miraban, había un velo opaco. Aquellos ojos le seguían con la mirada por todas partes, pero también guardaban silencio. Se diría que hasta podría oírse aquel silencio. Por lo menos, al pope Ignacio le parecía oírlo.

Todas las mañanas, después de la misa, se dirigía al salón y examinaba rápidamente la jaula vacía y toda la habitación, sentábase en una silla, cerraba los ojos y escuchaba el silencio de la casa. La jaula guardaba un silencio dulce y tierno, lleno de dolor, de lágrimas y de una como lejana risa extinguida.

El silencio de su mujer era terco, pesado, como el plomo, y tan terrible que el pope Ignacio, a pesar del calor, sintió frío. El silencio de Vera fue interminable, glacial y misterioso como la tumba. Aguzaba los oídos con la esperanza de captar un ruido cualquiera; luego, avergonzado de su debilidad, se incorporaba bruscamente y murmuraba:

—¡Esas son tonterías!

Miraba por la ventana la plaza inundada de sol y el muro de piedra de un cobertizo sin ventanas. En un rincón estaba parado un cochero; parecía una estatua de barro, y no se comprendía por qué se estaba allí todo el santo día, en un sitio donde nunca había nadie.

III

Fuera de la casa, el pope Ignacio hablaba mucho con el clero y los feligreses; en ocasiones, con conocidos, en cuyas casas solía jugar a las cartas. Mas cuando volvía a casa, le parecía que no había pronunciado una sola palabra en todo el día. Esto era porque no podía hablar con nadie de lo que más le importaba, de lo que era objeto de sus pensamientos: ¿por qué se suicidó Vera?

No podía, ni quería, comprender que ya era tarde para conocer los motivos de aquella muerte. Todas las noches recordaba el momento en que él y su mujer, junto al lecho de Vera, le suplicaban les dijera lo que tenía y cerraba los ojos y se le representaba a Vera incorporada en su cama, diciendo: Pero no dijo la única palabra que aclarase el misterio de su suicidio. Parecíale al pope Ignacio que, aguzando los oídos, conteniendo los latidos de su corazón, podría tal v vez oír aquella palabra misteriosa. Y saltando de la cama, tendía las manos suplicante:

—¡Vera!

El silencio respondía.

Una noche entró en el cuarto de su mujer, a la que hacía una semana que no veía; se sentó a su cabecera y, evitando su densa mirada, díjole:

—Escucha, quiero hablarte de Vera. ¿Me oyes?

Ella callaba. Entonces, levantando la voz, le habló con tono severo, como a los que venían a su casa a confesarse:

—Ya sé que tú no eres culpable de la muerte de Vera. Pero reflexiona: ¿es que yo no la quería tanto como tú? Razonas extrañamente. Sí, yo era severo; pero eso no le impedía hacer su antojo. Sacrifique mi amor propio de padre y accedí a que se marchara a Petersburgo. Pero ¿es que tú no le habías suplicado que se quedara, que renunciara a aquel viaje? No he sido yo quien la hizo tan impía. Siempre le inspiré el amor de Dios y las virtudes cristianas...

Miró a los ojos de su mujer y volvió la cabeza.

—¿Qué podía yo hacer cuando ella no nos quería decir lo que tenía? He ordenado, he suplicado, he implorado. ¿O acaso debí arrodillarme ante aquella chicuela y llorar como una vieja? ¿Sabía yo lo que ella tenía en la cabeza? ¡Hija cruel, sin corazón!

Se golpeó una rodilla con el puño.

—Era el amor lo que le faltaba. Confesemos que no me podía querer, porque yo era un tirano. Pero, ¿a ti? Ella te quería. Tú, que te humillabas ante ella, la implorabas...

Rió nerviosamente.

—¡Bien claro se ve cómo te quería! Fue por ti por lo que buscó una muerte tan atroz y vergonzosa... la muerte en el lodo, como un perro.

Su voz temblaba colérica.

—¡Me da vergüenza! —continuó—. Me da vergüenza dejarme ver en la calle. Me avergüenzo ante Dios y ante los hombres. ¡Hija cruel, indigna! Mereces ser maldita en tu tumbal...

Cuando el pope Ignacio miró a su mujer, ésta yacía desvanecida sobre el lecho. Tardó unas horas en recobrar el conocimiento, y no se sabía si recordaba las palabras de su marido.

Aquella misma noche, una noche clara y serena de julio, el pope Ignacio subió, de puntillas, al cuarto de Vera. No habían abierto la ventana desde su muerte, y el ambiente era allí cálido y seco. La luna iluminaba el suelo, los rincones y la cama blanca, con sus dos almohadas, una grande y otra pequeña.

El pope Ignacio abrió la ventana, y en la habitación entró el aire fresco, con el olor del polvo, del río próximo y del tilo en flor. Oíase una canción; probablemente cantaban en alguna barca.

Procurando no hacer ruido, acerarse al lecho, se arrodilló y dejó caer la cabeza sobre las almohadas, apoyando los labios en el sitio donde reposaba la cabeza de Vera. Permaneció largo tiempo así. Allá, en el río, la canción se había hecho más vigorosa y sonora; luego se extinguió. Siguió arrodillado, esparcidos sus cabellos por los hombros, y por el lecho.

La luna se había ocultado y el cuarto quedó sumido en oscuridad completa, El pope Ignacio levantó la cabeza y comenzó a murmurar entre dientas, con voz conmovida por amor largo tiempo contenido como si Vera pudiera oírle:

—¡Hija mía querida! ¿Comprendes el significado de esta palabra: "¡hija mía!"? Tú eres mi corazón, mi sangre, mi vida. Es tu viejo padre quien te lo dice...

Sacudían sus hombros los sollozos, y prosiguió hablando, como a un niño:

—Es tu viejo padre quien te suplica, te implora, Varita mía. El, que jamás conoció las lágrimas, llora ahora. Tu dolor es el mío, tus sufrimientos son más que míos. No son ni los sufrimientos ni la muerte lo que me asusta. Pero tú, que eras tan tierna, tan frágil, tan débil, tan mansa, tan tímida... ¿Te acuerdas, una vez, que te pinchaste tu dedito cómo llorabas a lágrima viva? ¡Nena mía querida! Bien sé que me quieres. Todas las mañanas me besas la mano. Dime por qué sufres, y yo aplastaré tu dolor con mis manos. Todavía son fuertes mis manos...

Levantó los ojos implorantes.

—¡Dilo!

Tendió los brazos como en plegaria

—¡Dilo!

Pero en la habitación reinaba un silencio profundo. Oíase, a lo lejos, el silbido prolongado de una locomotora.

El pope Ignacio se incorporó y, retrocediendo hasta la puerta, repitió, una vez más:

—¡Dilo!

Y la respuesta fue un silencio de muerte.

IV

Al día siguiente, después del solitario desayuno, fue al cementerio, por primera vez después de la muerte de Vera. Hacía calor. El cementerio estaba desierto y tranquilo, como si no fuera de día, sino de noche. El pope Ignacio caminaba erguido, y miraba serenamente en torno suyo, no queriendo comprender que no era ya el mismo, que sus piernas se hablan vuelto más débiles, que su larga barba era ya completamente blanca; como nevada.

La tumba de Vera estaba en el extremo del cementerio, donde ya no había senderos de arena. El pope Ignacio se perdía casi entre las colinas verdes, que eran tumbas abandonadas, olvidadas. De vez en cuando, veía monumentos descuidados, rejas abismadas y grandes lápidas sepulcrales, hundidas hasta la mitad en la tierra.

Una de aquellas lápidas cubría la tumba de Vera. Estaba oculta por un montecillo amarillento; pero, en torno suyo, todo verdeaba. Dos árboles mezclaban su follaje en lo alto de la tumba.

Sentado sobre una tumba vecina, el pope Ignacio miró al cielo, donde, inmóvil, estaba suspenso el disco solar, y sintió el silencio profundo, incomparable, que reina en los cementerios cuando no sopla el viento. Este silencio lo inundaba todo, traspasaba los muros e invadía la ciudad.

El pope Ignacio miró la tumba de Vera, la hierba que había crecido allí, y su imaginación se negaba a creer que allí, bajo aquella hierba, a dos pasos de él, estaba su hija. Aquella proximidad parecíale inconcebible; le turbaba profundamente. La que creía desaparecida para siempre, en las profundidades misteriosas del infinito, estaba allí, muy cerca. A pesar de eso, no existía ya ni existiría nunca. Creía que si hallara la palabra mágica, ella saldría de su tumba, bella, grande, como él la había conocido. No sólo ella, sino todos los muertos saldrían de sus tumbas.

Quitóse el sombrero negro, de anchas alas, se alzó los cabellos y susurró:

—¡Vera!

Tuvo miedo de que le hubiese oído alguien y, poniéndose de pie sobre la tumba, miró en torno suyo. No había nadie. Entonces, repitió más alto:

—¡Vera!

Su voz era dura, autoritaria y parecíale extraño que no le respondiera nadie.

—¡Vera!

Llamaba cada vez con mayor insistencia y, cuando callaba, por instantes parecía que alguien, muy bajito, le contestaba. Echóse sobre la tumba, aplicando el oído a la tierra.

—¡Vera, habla!

Y notó, con pavor, que su oído se llenaba de un frío de sepulcro que le helaba el cerebro, y que Vera hablaba con su silencio mismo. Este silencio hízose cada vez más espantoso, y, cuando el pope Ignacio alzó la cabeza, parecíale que, conturbada, vibraba toda la atmósfera, como si por encima del camposanto hubiera pasado una tempestad. El silencio le sofocaba, le hacía temblar, le erizaba los cabellos. Estremeciéndose, levantóse lentamente haciendo un esfuerzo penoso para mantenerse erecto. Sacudió el polvo de las rodillas, se puso el sombrero, hizo la señal de la cruz tres veces sobre la tumba y se marchó con paso firme. Pero no conocía el camino en los estrechos senderos.

—¡Me he perdido! —murmuro con triste sonrisa.

Detúvose un instante y, sin saber por qué, tomó la izquierda. No se atrevió a quedarse mucho tiempo allí. El silencio le empujaba; el silencio que surgía de las tumbas verdes, de las cruces grises, de los poros de la tierra llena de cadáveres.

El pope Ignacio alargó el paso. No sabía ya adónde iba, volvía por los mismos senderos, saltaba por encima de las tumbas, tropezaba con las rejas y las coronas metálicas, desgarrándose las vestiduras. No tenia, ahora, más que un solo pensamiento: salir de allí. En desorden el traje y los cabellos, huyó a todo correr. Si alguien le hubiera visto en aquel momento, se hubiera asustado más que si topara con un muerto salido de su tumba; tan crispado por el terror estaba el rostro del pope Ignacio.

Sofocado, ahogándose, ganó al fin el calvero donde estaba la iglesia del cementerio. Cerca de la puerta dormitaba un viejecito sobre un banco, v dos mendigos disputaban.

Cuando el pope Ignacio entró en su casa, en el cuarto de su mujer había luz. Vestido como estaba, cubierto de polvo, desgarradas las ropas, entró en el cuarto de su mujer y cayó de rodillas.

—Olga, Olguita... Querida mía... ¡Ten piedad de mí! ¡Me vuelvo loco!...

Y comenzó a golpearse la cabeza contra la cama y a llorar violenta mente, como hombre que llora por vez primera en su vida. Después, alzó la cabeza, con la certidumbre de que esta vez el milagro iba por fin a cumplirse, y su mujer, llena de compasión, le iba a decir algo.

—¡Mi querida esposa!...

Lleno de esperanza, inclinóse sobre ella... y se encontró con la mirada de sus ojos grises. No expresaban ni cólera ni dolor. Tal vez se apiadaba de él, tal vez le perdonaba; pero sus ojos no decían nada: guardaban silencio.

···················································································································

Y el silencio reinaba en toda la casa, triste y desierta.


El gigante

Ha venido el gigante, el gigante grande, grande. ¡Tan grande, tan grande! ¡Y tan bobo ese gigante! Tiene manazas enormes, con dedos muy gruesos, y pies tan enormes y gruesos como árboles. Muy gordos, muy gordos. ¡Ha venido y... se ha caldo. ¿Sabes? ¡Se cayó! ¡Tropezó con un peldaño y se cayó! Es tan bruto el gigante, tan bobo... De repente, va y se cayó.

Abrió la bocaza... y se quedó en el suelo, bobo como un deshollinador. ¿A qué has venido, gigante? ¡Vete, vete, gigante! ¡Mi Pepín es tan dulce y gentil! ¡Se abraza tan cariñosamente a su mamá, contra el corazón de su mamaíta! ¡Es tan bueno y tan cariñoso! Sus ojos son tan dulces y tan claros, que todo el mundo le quiere. Tiene una naricita monísima y no hace tonterías. Antes corría, gritaba, montaba a caballo. Has de saber, gigante, que Pepín tenía un caballo, un lindo caballo grande, con su cola. Pepín monta a caballo y se va lejos, lejos, al bosque, al río. Y en el río, ¿no lo sabes, gigante? hay pececitos. No, tú no lo sabes porque eres un bruto, pero Pepín sí que lo sabe. ¡ Pececitos lindos! El sol ilumina el agua y los pececitos juegan, ¡tan lindos, tan lindos y ligeros! ¡Si, gigante, bruto, que no sabes nada!...

—¡Qué bobo de gigante! Vino y... se cayó. ¡Qué bobo es! Subía la escalera y de pronto, ¡para!, se cayó. ¡Ah, qué bruto es! No tiene por qué venir aquí el gigante; no le hemos invitado. Antes Pepín hacía travesuras, pero ahora es tan juicioso, tan dulce, tan bueno, y mamá le quiere tan tiernamente. Le quiere tanto... más que al mundo entero, más a sí misma, más que a la vida. Pepín es para su mamá el sol, la dicha, la alegría. Ahora es muy pequeñín y su vida es pequeñita, pero después se hará grande como un gigante. Tendrá una larga barba y unos largos bigotes, y su vida será grande, clara y bella. Será bueno, inteligente y fuerte, como un gigante, ¡tan fuerte y tan inteligente! Y todo el mundo le querrá, le admirará. Tendrá en su vida penas, porque todo el mundo tiene penas, pero conocerá también grandes alegrías, claras como el sol. Entrará en la vida bello e inteligente, y el cielo azul estará suspendido por encima de su cabeza y los pájaros le cantarán sus más bonitas canciones y el agua le murmurará cariñosa. Y mi Pepín mirará en torno suyo y dirá: "¡Qué bella es la vida!"

—¡Ya... ya!... No; es imposible; te tengo fuerte, querido chiquitín mío. ¿No te asusta la oscuridad? Mira, se ve luz por la ventana: es el farol de la calle, que nos alumbra. ¡Es tan bobo ese farol! ¡Se está derecho y alumbra! También a nosotros nos da un poco de luz. El dice: "¡Vaya, no hay luz en esa casa, les voy a alumbrar un poco!" ¡Es tan bobo ese alto farol! ¡Mañana nos alumbrará también! Mañana... ¡Dios mío, Dios mío!

—Sí, sí... El gigante... Desde luego... ¡Es tan grande! Más alto que el farol y que el campanario. Y vino y... ¡se cayó! ¡Ah, qué bobo eres, gigante! ¿Es que no veías el escalón? "¡Yo miraba a lo alto y no vi el escalón!", responde el gigante con voz de bajo profundo. "¡Yo miraba a lo alto!" ¡Ah, qué bruto eres, gigante! Es mejor mirar abajo; así, hubieras visto el escalón. Mira mi Pepín, gigante; ¡es tan guapo, tan inteligente! Será todavía más grande que tú. Dará unos pasos enormes. Caminará a través de la ciudad, sobre los bosques y las montañas.

Será fuerte y valiente; no temerá nada, absolutamente nada. Caminará a través de los ríos. Todos le mirarán con la boca abierta, tan bobos, y él atravesará los ríos. Su vida será tan grande, tan bella y clara, y el sol brillará sobre su cabeza, el dulce sol, tan lindo. Desde la mañana brillará el dulce sol... ¡Dios mío, Dios mío!...

Ya... Vino el gigante y... ¡se cayó! ¡Qué bobo es el gigante, Dios mío, qué bobo es!...

Así, en la noche profunda, hablaba la madre, estrechando contra su corazón a su hijito moribundo. Paseaba con él, por la habitación débilmente iluminada por el farol, y hablaba sin cesar.

Y en la habitación contigua, oíase llorar al padre del niño.


Ladrón

I

Fiodor Iurasov, el ladrón tres veces condenado por robo, se dirigía a visitar a su antigua amante, una prostituta que vivía a unas ochenta verstas de Moscú. Mientras esperaba la salida del tren, entró en la cantina de primera y se atracó de pasteles y vino, que le sirvió un camarero de frac. Luego, cuando todos los pasajeros subieron a los vagones, se confundió con ellos y, disimuladamente, aprovechándose del general barullo, le quitó el portamonedas a un señor de edad que era su vecino.

Iurasov estaba bastante bien de dinero, incluso más que bien, y aquel robo casual improvisado no podía redundar sino en perjuicio suyo. Así sucedió. Al parecer, el caballero advirtió el hurto y se quedó mirando a Iurasov con unos ojos escrutadores y extraños. No se detuvo, pero se volvió varias veces para mirarlo. Más tarde, Iurasov vio al caballero en la ventanilla de uno de los vagones, muy emocionado y descompuesto, con el sombrero en la mano. Le vio saltar de un brinco a la plataforma, pasar una rápida revista a todos los presentes y mirar adelante y atrás como si buscara a alguien. Por suerte para el ratero, sonó el tercer toque de llamada y el tren se puso en movimiento. Iurasov siguió observando con cautela. El caballero, aun con el sombrero en la mano, seguía parado al extremo de la plataforma y miraba atentamente a todos los que pasaban, como si los estuviese contando. Seguía parado, pero seguramente producía la ilusión de que andaba; tan ridículo y raro era el modo que tenía de abrir las piernas.

Iurasov se incorporó y echó hacia atrás las rodillas. Entonces se sintió más alto, erguido y joven. Luego, con gran aplomo, se atusó con ambas manos las guías de sus bigotes. Eran unos bigotazos magníficos, enormes y rubios como dos haces de oro arqueados en los extremos. Mientras sus dedos se complacían en el grato roce de sus suaves y sedosos cabellos, sus ojos grises, con una gravedad ingenua y desinteresada, observaban los entrecruzados carriles de las próximas vías, cuyos destellos metálicos y silenciosas curvas parecían serpientes huyendo a toda prisa.

Después de contar en el retrete el dinero robado —unos veinticinco rublos con alguna calderilla—, Iurasov empezó a dar vueltas en sus manos al portamonedas. Éste era viejo, mugriento y cerraba mal. Además olía horriblemente a esencia, como si hubiera andado mucho tiempo en manos de mujeres. Aquel olor, impuro y sugestivo a un tiempo, le recordó gratamente a la persona a la que iba a ver. Por lo que, sonriendo alegre y sin sombra de pesar, volvió a su coche.

Desde que salió por última vez de la cárcel y mejoró de fortuna, se esforzaba en ser como todo el mundo, cortés, decoroso y modesto; vestía paletó de auténtico paño inglés y calzaba botines pajizos. Estaba muy ufano y muy convencido de que todos le tomaban por un joven alemán, acaso un tenedor de libros de alguna importante casa de comercio. Leía siempre la sección de Bolsa de los periódicos, estaba al corriente del alza y baja de todos los valores y sabía sostener una conversación sobre asuntos mercantiles; a veces, a él mismo le parecía que efectivamente no era el campesino Fiodor Iurasov, ladrón tres veces condenado por robo y ex presidiario, sino un joven alemán perfectamente honorable llamado por ejemplo Walter Heinrich, como solía hacerlo aquélla a quien iba a ver. Además, incluso los comerciantes le llamaban el alemán.

En los divancillos del compartimiento sólo había dos personas; un oficial retirado, ya viejo, y una señora que, a juzgar por su aspecto, parecía vivir en una dachta[13] y haber ido a la ciudad de compras. Sin embargo, y a pesar de que se veía a la legua, Iurasov preguntó con mucha fineza si había algún asiento libre.

No le contestó nadie y entonces se dejó caer con afectada circunspección en los muelles cojines del diván, estiró con cuidado sus largos pies, calzados con los botines amarillos, y se quitó el sombrero. Miró afablemente al oficial anciano y a la señora y descansó en la rodilla su ancha y blanca mano con la deliberada intención de que se fijasen en la sortija de brillantes que lucía en el dedo meñique. Los brillantes eran falsos y relucían de un modo escandaloso, por lo que todos lo notaron, aunque nadie dijo nada. El viejo volvió la hoja del periódico y la señora, que era joven y guapa, se puso a mirar por la ventanilla. En vista de ello Iurasov sospechó que habían descubierto su personalidad y que, por una u otra razón, no le tomaban por un joven alemán. Así pues, escondió despacito la mano, que ahora le parecía demasiado grande y demasiado blanca, y con un tono de voz perfectamente correcto preguntó a la señora:

—¿Se dirige usted a la dachta?

La interpelada aparentó estar muy ensimismada y no haberle oído. Iurasov conocía de sobra esa antipática expresión que asoma al rostro del hombre cuando pretende mostrarse ajeno a los demás. Luego se volvió hacia el oficial y le preguntó:

—¿Tendría usted la amabilidad de ver en el periódico cómo van las Pesqueras? Yo no lo recuerdo.

El anciano dejó a un lado el periódico y, frunciendo secamente los labios, se quedó mirándole con ojos escrutadores, casi ofendido.

—¿Cómo? ¡No he oído bien!

Iurasov repitió la pregunta recalcando cuidadosamente las palabras. El oficial le miró de un modo nada alentador y pareció a punto de enfadarse. La piel de su mollera enrojecía entre los pocos pelos grises que aún le quedaban y la barba le temblaba.

—No lo sé —contestó de mal talante—. No lo sé. Aquí no dice nada. No comprendo por qué la gente es tan preguntona.

Y volvió a coger el periódico, que luego dejó varias veces para mirar malhumorado a aquel impertinente. A partir de aquel momento todos los viajeros del coche le parecieron malos y extraños a Iurasov. No le parecía hallarse en un coche de primera, en un blando diván de ballestas. Con una pena y una rabia sordas recordó que, siempre y en todas partes, entre las gentes de orden había encontrado aquella expresión de hostilidad. Ciertamente, vestía un paletó de paño inglés legítimo, calzaba botines amarillos y lucía una sortija de precio, pero no obstante parecía como si los demás no se diesen cuenta. Visto en el espejo él era como todo el mundo y hasta mejor; no llevaba escrito en la cara que fuese el campesino Fiodor Iurasov, el ladrón, ni tampoco el joven alemán Heinrich Walter. Había en el ambiente algo inaprehensible, incomprensible y traicionero: todos le veían y él era el único que no se veía. Aquello le infundía inquietud y temor. Sentía deseos de huir. Miró en torno suyo con ojos suspicaces y agudos y salió del departamento con grandes y recias zancadas.

II

Corrían los primeros días de junio y todo verdeaba con aire juvenil y fuerte: la hierba, las plantas, los huertos, los árboles... Iurasov, pálido y melancólico, sólo en la inestable plataforma del coche, sentía inquieta su alma silenciosa e inaprehensible, mientras que los bellísimos campos enigmáticamente silenciosos, llevaban hasta él algo que le recordaba la misma fría extrañeza de los viajeros del coche.

En la ciudad, donde Iurasov había nacido y crecido, las casas y las calles tienen ojos y con ellos miran a la gente: a algunos con hostilidad y odio, a otros con cariño; pero aquí nadie le miraba. También los coches parecían ensimismados. Aquel en que se encontraba Iurasov corría renqueando y tambaleándose con mal humor; el de detrás se deslizaba ni de prisa ni despacio, como si fuese independiente y también parecía mirar a la tierra y aguzar el oído. Por debajo de los coches, sonaba un fragor de distintas voces, algo así como una canción, como una música, cual el parloteo de alguien extraño e incomprensible. Todo era raro y lejano.

Iurasov recordaba que el día anterior, a la misma hora, estaba sentado en el restaurante El Progreso sin pensar para nada en aquellos campos y, sin embargo, ellos estaban allí, igual que hoy, igual de plácidos y de lindos.

La noche anterior, en tanto Iurasov estaba sentado en El Progreso —bebiendo vodka y mirando el acuario en que nadaban unos pececillos desvelados— seguían allí con la misma profunda serenidad aquellos abedules, cubiertos por la bruma que los envolvía por todos lados.

Con la extraña idea de que sólo la ciudad era real y todo aquello era una fantasmagoría y pensando que si cerraba los ojos y luego los abría ya todo habría desaparecido, Iurasov frunció el entrecejo y se sosegó. Se sintió luego tan a gusto y en una disposición de ánimo tan insólita, que ya no sintió deseos de abrir los ojos. Sus pensamientos se borraron y con ellos sus dudas y su sorda y cortante inquietud. Su cuerpo, de modo maquinal y grato, se mecía al compás del vaivén del coche. Iurasov soñaba vagamente y se imaginaba que de sus mismos pies y de su cabeza inclinada, que sentía con inquietud la fofa vacuidad del espacio, arrancaba un verde y hondo abismo, henchido de dulces palabras y de tímidas y discretas caricias. Y, cosa rara, le parecía como si allá lejos estuviese cayendo una lluvia mansa y tibia.

El tren aflojó su marcha y se detuvo un momento, un minuto. De repente, por todos lados, Iurasov se sintió envuelto en una paz inmensa, inabarcable, fabulosa cual sino fuera un minuto el tiempo de aquella parada, sino años, diez años, una eternidad. Por fin, todo se volvió silencioso.

Cual avergonzado él mismo de su fragor, el tren se puso de nuevo en marcha, ahora silenciosamente, y sólo a una versta del tranquilo andén, cuando sin dejar huella se metió por el verde bosque y los campos, volvió a dejar oír libremente su estruendo. Iurasov, emocionado, contempló la explanada, se atusó maquinalmente los bigotes, miró al cielo con los ojos brillantes y, ávidamente, se apretó contra la baranda del coche, por el lado en que el sol, rojo y enorme, daba de plano sobre el horizonte. Encontraba algo, comprendía algo que siempre se le había escapado haciendo que la vida le resultase absurda y pesada.

—Sí, sí —afirmó, serio y preocupado, moviendo con energía la cabeza—, no hay duda que así es. ¡Sí..., sí!

Mientras, las ruedas del tren confirmaban con múltiples voces: «Desde luego, así es. ¡Sí, sí!». Y como si así fuere y se impusiese no hablar, sino cantar, Iurasov se puso a canturrear; primero bajito; luego cada vez más alto, hasta fundir su voz con el fragor y el traqueteo del tren. El compás de aquel canto lo marcaba el vaivén de las ruedas; pero la melodía era una ondulante y diáfana onda de sonidos.

Iurasov cantaba mientras el purpúreo matiz del sol poniente le ardía en la cara, en su paletó de paño inglés y en sus botines amarillos. Cantaba, despidiéndose del sol, y su canción era cada vez más triste, como si el pájaro sintiera la sonora amplitud del celestial espacio, se estremeciera a impulsos de una tristeza ignorada y llamase a alguien.

Cuando el sol acabó de ponerse, una gris telaraña cayó sobre la tierra y el cielo. También cayó sobre su rostro, proyectó en él los últimos destellos de poniente y murió.

III

Llegó el revisor y, groseramente, le dijo a Iurasov:

—No se puede estar en la plataforma. Pase adentro, al coche.

Luego se fue malhumorado, dando un portazo. Con el mismo mal humor, Iurasov le lanzó a la espalda un «¡Estúpido!».

Le pareció entonces que todo aquello venía de allí, de las personas decentes. Y de nuevo se sintió el alemán Heinrich Walter ofendido e irritado. Se encogió altivamente de hombros y le dijo a un imaginario y grave caballero: «¡Oh, qué soez! Todo el mundo se sale a la plataforma y ahora el revisor dice que no se puede estar aquí. ¡El diablo que lo entienda!»

Llegó luego otra parada rodeada de un súbito y poderoso silencio. Ahora, de noche, la hierba y el bosque despedían un olor aún más intenso y la gente que pasaba no parecía ya grotesca y pesada como antes; una diáfana penumbra los cubría. Incluso dos mujeres, que aparecieron con unos trajes claros, daban la impresión que volaban como cisnes en vez de andar. De nuevo surgieron aquel bienestar y aquella tristeza y otra vez le entraron a Iurasov ganas de cantar, pero no oía su propia voz y en su lengua se revolvían palabras superfluas y desabridas. Tenía ganas de meditar y de llorar un llanto grato y sin consuelo. Al mismo tiempo imaginaba estar en compañía de un caballero respetable, con el que hablaba con claridad y precisión.

Los oscuros campos pensaban de nuevo en algo suyo y se volvían incomprensibles, fríos y extraños. Las ruedas se movían sin sentido y parecía como si se enredasen unas con otras. Algo se atravesaba entre ellas y rechinaba con recio estridor, algo chapoteaba a intervalos; era una cosa semejante al andar de una tropa de individuos borrachos, estúpidos, que no atinasen con el camino. Luego, aquellos individuos empezaban a reunirse en grupos, se reorganizaban y se ponían brillantes trajes de café cantante. Después avanzaban y, todos al mismo tiempo, cantaban a coro con sus voces de borrachos:

Melanya mía la de los ojazos...

Tan abominablemente viva recordaba Iurasov aquella copla que había oído en todos los parques públicos y que cantaban sus compañeros, que quiso librarse de ella como si se tratase de algo vivo o de una piedra lanzada desde una esquina. Tan feroz poder tenía aquella letra absurda, bárbara y procaz, que todo el largo tren con su centenar de girantes ruedas, parecía ponerse a corearla:

Melanya mía, la de los o... ja... zos...

Algo informe y monstruoso, vago y pegajoso, con miles de gruesos labios, se le echaba encima, le besuqueaba con besos húmedos y sucios y reía. Rugía con miles de gargantas, silbaba, golpeaba y se plantaba en la tierra como rabioso. Iurasov se imaginaba las ruedas como unas varas anchas y redondas que, por entre risas interminables, fundidas en el torbellino de la embriaguez, golpeteaban:

Melanya mía, la de los o... ja... zos...

Sólo los campos callaban. Fríos y serenos, hondamente sumidos en su alma pura y solemne, no sabían nada de la remota ciudad de piedra de los hombres y permanecían ajenos a sus almas, desasosegadas y turbadas por penosos recuerdos. El tren llevaba a Iurasov hacia delante mientras aquella procaz y absurda copla le llevaba atrás, a la ciudad, tirando de él grosera y feroz, como de un presidiario que intenta fugarse y al que detienen en los umbrales del penal. Todavía forcejea, todavía tiende los brazos al amplio y dichoso espacio; pero ya en su cabeza se levantan, como una fatalidad ineludible, los crueles cuadros del cautiverio entre los pétreos muros y los férreos cerrojos.

Si hubiera estado durmiendo mil años y luego se hubiese despertado en un nuevo mundo y entre gente nueva, no se habría sentido tan sólo, tan extraño a todo, como ahora. Hacía por evocar en su memoria algo próximo y amable, pero no podía, y la insolente copla seguía rebulléndose en su esclavizado cerebro y levantaba en él tristes y dolorosos recuerdos, que proyectaban sombra sobre toda su vida.

Se preguntaba las razones que le habían inspirado a hacer aquel viaje. Ahora, estaría sentado en El Progreso, bebiendo, charlando y riendo. Sintió odio contra aquélla a la que iba a ver, miserable y sucia compañera de su sucia vida. Era rica y traficaba con muchachas; le quería y le daba dinero, todo cuanto deseaba; pero él iba y le pegaba hasta hacerla sangrar, hasta hacerla chillar como un marranillo. Después se emborrachaba y se echaba a llorar, se apretaba el gañote y cantaba entre sollozos:

Melanya mía...

Pero ya las ruedas no cantaban. Cansadas, como niños enfermos, giraban quejumbrosas y se diría que se apretaban unas contra otras, buscando mimo y paz. A lo lejos, brillaba el resplandor de las luces de la estación y, desde allí, juntamente con el tibio y fresco aire de la noche, llegaban volando los suaves y tiernos ecos de una música. Pasó la pesadilla y, con la habitual ligereza del hombre que no tiene lugar en la tierra, Iurasov se olvidó de ella, emocionado, y aguzó el oído percibiendo una conocida melodía.

—¡Están bailando! —dijo y sonrió animado.

Luego, con ojos placenteros miró en torno suyo y se restregó las manos.

—¡Están bailando! ¡El diablo me lleve! ¡Están bailando!

Enarcó los hombros e, instintivamente, se puso a marcar el compás de aquel baile sintiendo el ritmo. Era muy amigo del baile y cuando bailaba se volvía bueno, cariñoso y tierno. Ya no era ni el alemán Heinrich Walter ni Fiodor Iurasov, sino un tercer personaje que nadie conocía.

—¡Están bailando! ¡Ay, así el diablo me lleve! —repitió.

IV

El baile se celebraba junto a la misma estación. Lo habían organizado los vecinos de las datchas; habían traído músicos y habían encendido farolillos rojos alrededor de la plaza, ahuyentando las sombras de la noche hasta las copas de los árboles. Estudiantes, señoritas con trajes claros y algunos oficialillos jóvenes con espuelas —si no eran muchachos disfrazados de tales— daban vueltas por la amplia explanada, levantando la arena con los pies y dejando flotar faldas al aire. A la luz vacilante de los farolillos, todas aquellas figuras parecían hermosas.

El tren se detuvo cinco minutos y Iurasov se metió en el corro de los curiosos que formaban un oscuro y opaco anillo rodeando la plaza y apretándose tras la alambrada. Algunos sonreían en forma extraña y cautelosa; otros se mostraban mohínos y tristes, con esa especial y pálida tristeza que suele inspirar a la gente el espectáculo de la alegría ajena. Pero Iurasov estaba alegre; miraba a los danzantes con ojos inspirados, de entendido, y los animaba dando pataditas suaves en el suelo. De pronto, decidió:

—No sigo adelante. ¡Me quedo a bailar!

Dos personas se destacaron del corro, empujando indolentemente al gentío, eran una señorita vestida de blanco, y un joven corpulento, casi tan alto como Iurasov.

A éste le pareció, sin género de duda, que la muchacha irradiaba claridad: tan blanco era su traje y tan negras sus cejas sobre su blanco rostro. Con la convicción del hombre que baila bien, Iurasov siguió a la pareja y preguntó:

—¿Quieren decirme, por favor, dónde se despachan los billetes para el baile?

El jovencito se volvió, examinó a Iurasov con una severa mirada y respondió:

—Es un baile particular.

—Yo voy de viaje. Me llamo Heinrich Walter.

—Bien, ya le he dicho que es un baile sólo para nosotros.

—Yo me llamo Heinrich Walter; Heinrich Walter.

—¡Y yo le he dicho...!

El joven se detuvo, amenazante; pero la señorita del traje blanco se lo llevó.

¡Si se hubiese detenido a mirar a Heinrich Walter! Pero ni siquiera le miró. Blanca y luminosa, como una nube ante la luna, brilló largo rato en la sombra y, sin ruido, se sumió en ella.

—¡No me hace falta! —murmuró tras de ellos Iurasov con altivez.

Pero su alma se quedó tan blanca y fría como si sobre ella hubiese nevado.

El tren seguía todavía parado por alguna razón y Iurasov se puso a ir y venir a lo largo de los coches, guapo, serio y estirado en su glacial desesperación. Ahora nadie le hubiera tomado por un ratero tres veces procesado por robo y con varios meses de presidio cumplidos.

Volvió a sonar la música y, en medio de sus triviales sones Iurasov pudo escuchar a ráfagas, un extraño e inquietante diálogo que le hizo aflojar el paso y aguzar el oído:

Un pasajero preguntó:

—Oiga usted, conductor: ¿por qué no sigue el tren?

El conductor, indiferente, respondió:

—Cuando se detiene, por algo será. A lo mejor el fogonero se ha ido al baile.

El pasajero se echó a reír y Iurasov siguió paseando. Pero al volver de su paseo, oyó decir al conductor:

—Parece que viene en este tren.

—Pero ¿quién lo ha visto?

—Verlo, nadie lo ha visto. Pero lo ha dicho el gendarme...

—El gendarme, ¿qué sabe? Todos ellos son unos estúpidos...

Sonó la campanilla y Iurasov tuvo un minuto de indecisión. Por aquella parte del baile pasó la señorita de blanco colgada del brazo de alguien. Iurasov cruzó la plaza y subió al tren.

V

Empujando con la portezuela a Iurasov y sin reparar en él, el conductor bajó rápidamente al andén con un farolillo, y subió al siguiente vagón. Ni sus pasos ni los portazos que daba se oían en medio del fragor del tren, pero toda su vaga y escurridiza figura, con sus bruscos movimientos, daba la impresión de un alarido momentáneo, secamente cortado. Iurasov sintió frío, y algo surgió rápidamente en su imaginación. Como un fuego, prendió en su corazón y en todo su cuerpo una terrible idea: le habían cazado. Le habían visto, le habían reconocido, habían telegrafiado y ahora andaban buscándole por los coches. Aquel individuo de que tan enigmáticamente hablaba el conductor era él, Iurasov. ¡Y qué cosa tan horrible reconocerse a sí mismo en aquel impersonal «él» del que hablaban gentes subalternas, desconocidas!

Y ahora seguían hablando de él y le buscaban. Parecían venir del último coche; lo adivinaba con el husmeo de la fiera experta. Tres o cuatro individuos, con sendos faroles, estaban examinando a los viajeros, mirando por los rincones oscuros, despertando a los dormidos, cuchicheando entre sí y, paso tras paso, con gradación fatal, con inexorable ineluctabilidad, acercándose a él, a Iurasov, a él, que estaba parado en el estribo y aguzaba el oído, alargando el cuello. Mientras, el tren seguía corriendo con feroz velocidad. Las ruedas no cantaban ni hablaban. Gritaban con voces de hierro, cuchicheaban furtiva y secamente y chillaban con el bárbaro ímpetu de la ira como si azuzasen a una jauría de perros desvelados.

Iurasov rechinaba los dientes y, forzado a la inmovilidad, meditaba. ¿Qué debía hacer? Tirarse de un salto, yendo el tren a aquella velocidad, era imposible; por otra parte, hasta la primera estación faltaba un buen trecho; había pues que seguir adelante y aguardar. Mientras los sabuesos registraban todos los coches, podía ocurrir algo. Si entretanto llegasen a aquella estación y aflojase la marcha, podría tirarse. Cabía también entrar por la primera puerta tranquilamente, sonriendo para no parecer sospechoso, teniendo a mano un cortés y persuasivo «Perdón»; pero en el semioscuro coche de tercera había tanta gente y tan confundida en aquel caos de sacos, baúles y piernas estiradas, que perdía las esperanzas de llegar hasta la salida, y le asaltaba un nuevo e inesperado sentimiento de miedo. ¿Cómo abrirse paso por entre aquella muralla? Los viajeros dormían, pero sus piernas extendidas le obstruían el paso. Aquellas piernas salían, no se sabía de dónde colgaban sobre el suelo, cruzándose de un banco al otro, abriéndose cual si fuesen plegables y terriblemente hostiles en su afán por volver al sitio anterior y a su postura primitiva. Se aflojaban y se estiraban como resortes, empujando brutalmente a Iurasov e infundiéndole espanto con su absurda y amenazante oposición. Por fin llegó a la puerta: se la cerraban como dos barras de hierro dos pies calzados con botas descomunales, malignamente extendidos, apuntando a la puerta, apoyándose en ella, plegándose cual si no tuvieran huesos. Apenas si dejaban un angosto resquicio para que pasase Iurasov. Además aquella no era la plataforma sino otro compartimiento del mismo coche, atestado de objetos apilados y de miembros humanos, como desarticulados. Cuando, agachándose como un toro, logró llegar por fin a la plataforma, sus ojos miraron estúpidamente, con el oscuro terror del animal acosado, que no comprende por qué lo persiguen. Respiraba afanoso, aguzando el oído y percibiendo entre el ruido de las ruedas el de sus perseguidores que se acercaban. Venciendo su terror, empezó a correr hacia la oscura y silenciosa puerta. De nuevo, allí, la misma lucha de antes, la misma absurda y amenazante oposición de los malignos pies humanos. En el coche de primera, en el angosto corredorcillo, se agolpaban en las ventanillas abiertas una pandilla de viajeros que sin duda alguna no tenían sueño. Una señorita joven, con los cabellos rizados, miraba por una ventanilla. El aire agitaba los visillos y echaba hacia atrás los bucles de la señorita. Iurasov pensó que el aire olía a pesados perfumes ciudadanos, artificiales.

Pardon! —decía con finura—. Pardon!

Los caballeros, lentamente y de mala gana, se encogían, mirando con malos ojos a Iurasov; la señorita de la ventanilla ni le oía, mientras que otra señora, burlona, le daba golpecitos en el hombro. Finalmente, se volvió y, antes de dejar paso, se quedó mirándole largo rato con unos ojos terribles. En sus ojos había una noche oscura y su fruncido ceño parecía poner en duda si dejaría pasar o no a aquel caballero.

Pardon! —repetía Iurasov con tono implorante.

Por fin la señorita vestida de crujiente traje de seda se replegó de mala gana contra la pared.

Luego, otra vez aquellos terribles coches de tercera; diez, ciento, le parecía a Iurasov que había recorrido; por fin, llegó a la plataforma. Más allá nuevas puertas inflexibles y piernas apretadas, malignas y bestiales. Y al final, ¡la última plataforma! y ante él la oscura y sorda muralla del coche de equipajes. Por un momento Iurasov desfallece. Siente como la pared fría y dura contra la cual se apoya lo repele con suavidad e insistencia. Lo repele y empuja, cual si estuviese viva, cual un astuto y cauto enemigo que no se atreve a atacar abiertamente. Todo cuanto ha sentido y visto Iurasov, se entreteje en su cerebro formando un solo y bárbaro cuadro de enorme e implacable acoso. Le parece como si todo aquel mundo que él tenía por indiferente y ajeno se levantase ahora y le persiguiese, resoplando de rabia. Todo lo que un momento antes parecía soñoliento y bostezante se alza ahora con todo su obstruyente volumen y se alarga tras él, saltando, galopando y atropellando todo cuanto encuentra en su camino. Él solo... y ellos miles, millones, todo el mundo; todos tras él y delante de él o por todas partes. No hay salvación contra ellos.

Los coches corren, traquetean furiosamente, empujan y semejan monstruos rabiosos de hierro, con piernecillas cortas, que avanzan y se posan cautamente en la tierra. En la plataforma reina la oscuridad y por ninguna parte asoma un destello de luz. Todo cuanto pasa ante los ojos es informe, confuso e incomprensible. Allí, detrás de unos cuantos coches, parece que rebullen tres hombres, quizá uno solo con el mismo sigilo. Tres o cuatro, con un farol, inspeccionan escrupulosamente a los viajeros. Y, con una parsimonia bárbara, grotesca y engorrosa, se dirigen finalmente hacia él. Ya abren la puerta..., ya llegan...

Con un supremo esfuerzo de voluntad, Iurasov se impone a sí mismo calma y, girando la vista lentamente, se encarama al techo del coche. Trepa por la estrecha pasarela de hierro que cierra la entrada y, encogiéndose, tiende los brazos hacia arriba; por un momento queda colgando sobre el vagón, vivo y maligno vacío, con las piernas zarandeadas por el frío viento. Resbalan sus manos en el férreo techo, se agarran al borde, y éste se dobla cual si fuera de papel; sus pies buscan cuidadosamente un sostén y sus botines amarillos, firmes como de madera, pugnan desesperados en torno al liso e igualmente firme poste. Por un momento, Iurasov tiene la sensación de que se va a caer a la vía. Pero ya en el aire, arqueando el cuerpo como un gato, cambia la dirección y consigue caer sobre la plataforma. Siente un fuerte dolor en las rodillas, cual si le hubieran dado un golpe con algo, y percibe el chasquido de la tela que se rasga. Se le ha enganchado y roto el paleto. Sin preocuparse del dolor, Iurasov se palpa el desgarrón, como si fuese lo más importante, mueve tristemente la cabeza y se muerde los labios...

Tras su infructuosa tentativa, desfallece y le entran ganas de tirarse al suelo, de llorar, de decir: «Cójanme si quieren». Ya está escogiendo el sitio donde ha de tenderse, cuando vuelven a su memoria aquellos coches y aquellos pies entrelazados y oye claramente los pasos de los hombres de los farolillos. Otra vez hace presa en su ánimo aquel absurdo y bestial pánico y se lanza a la otra plataforma como una pelota, de un extremo al otro.

Otra vez pugna, repitiendo inconscientemente su intento, por encaramarse al techo del vagón, cuando un clamor bronco, un ancho bostezo, entre silbido y grito, hiere sus oídos y apaga su conciencia. Es el silbido de la locomotora saludando a otro tren que pasa; pero Iurasov siente algo infinitamente espantoso, supremo en su terror, irrevocable. Como si el mundo lo rechazase y con todas sus voces lanzase un bronco clamor de: «¡Bravo!».

Y cuando de la sombra que se acerca, surge el fragor creciente de la réplica, cada vez más próximo, y sobre los carriles de la lustrosa vía se extiende el insinuante silbido del tren correo, Iurasov suelta la barra de hierro en que se apoya y de un salto se lanza al vacío, allí donde al alcance de la mano serpentean los iluminados carriles. Se lastima dolorosamente los dientes, se revuelca varias veces y, cuando alza la cara, con los bigotes encrespados y la boca desdentada, ve cernirse sobre él tres farolillos, tres vagas lucecillas tras cristales convexos.

No llega a comprender lo que significan.


Un hombre original

Un corto silencio entre los comensales, y en medio del murmullo de las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien declaró con voz dulce y tranquila:

—¡A mí me encantan las negras¡

Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa de "vodka" que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita cuidadosamente peinada de Semen Vasilevich Kotelnikov.

Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina, todos los días le daban la mano al llegar y al marcharse, todos los días le hablaban, todos los meses después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un restaurante, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.

El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en Kotelnikov, dijo:

—Pero Semen…

—¡Semen Vasilievich! —pronunció, con cierta dignidad, Kotelnikov.

—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?

—Sí, me gustan mucho.

El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la mesa, y soltó la carcajada:

—¡Ja,ja,ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!

Y todos se echaron a reír. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el de que aquello le causase disgustos.

—¿Lo dice usted seriamente? —preguntó el subjefe cuando acabó de reírse.

—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo…exótico.

—¿Exótico?

Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía una palabra tan extraña: "exótico". Luego empezaron a discutir, asegurando que no era posible que gustasen las negras, además de ser negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios, gruesos, y olían mal.

—¡Y, sin embargo, me gustan! —insitió modestamente Kotelnikov.

—¡Allá usted! —dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esas bestias color de betún.

Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre ellos un hombre tan original, que se pirraba por las negras. Con este motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no habían un hombre de tanta originalidad.

Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su papel. Ya no encendía él sus cigarrillos sino que esperaba a que el criado se los encendiese.

Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:

—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tanto años trabajamos juntos…

—¡No tendría inconveniente! ¡Con mucho gusto! —aceptó Kotelnikov.

Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pagasen.

—Después de ver "Bruderschaft"[14] con Polsikov, bebió con Troitzky, Novoselov y otros camaradas, cambiaba besos con todos y los miraba con ojos amorosos y tiernos.

El subjefe no bebió "Bruderschaft" con él, pero le dijo amistosamente:

—Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un hombre a quien le gustan las negras.

Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, todos convinieron en que era muy "chic".

Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la calle, tropezando con los transeúntes.

Kotelnikov marchaba en medio de sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.

—No, muchachos —decía—; no pueden comprenderlo. En las negras hay algo exótico.

—Tonterías —contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puede encontrarse en ellas. Del color del betún…

—No amigo, careces de gusto. La negra es una cosa…

Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar con la definición justa.

—¡Tienen temperamento!

Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.

—¡Haces mal en discutir! —le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikov tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.

Y dirigiéndose Kotelnikov, añadió:

—¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan contento, que tengo ganas de armar un escándalo.

—A pesar de todo, no lo comprendo —insistía Polsikov—. Del color de betún… Para mí, ni siquiera son mujeres.

—¡No, amigo, te engañas! —insistía a su vez Kotelnikov—. Porque mira, hay algo en las negras…

Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.

Una semana después, todo el departamento sabía que al empleado público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio, por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras. Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.

Un día se decidió a hacer una visita a su jefe; mientras tomaba té con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que había en ellas, Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas razones de su afición a las negras.

—¿Por qué justamente las negras? —preguntábale. Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue hablaron de él con afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión enfermiza. Lo cierto era que ella le había caído en gracia. Nastenka también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestóse con ellas un poco reservado.

Al volver a casa a por la noche, se puso a pensar en las negras, en su cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de llorar y de escribirle a su madre residente en provincia, que acudiera inmediatamente, como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró dominarse. Cuando, a la mañana siguiente, llegó a la oficina, bien peinado y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.

Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros.

Este, a su vez, lo condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo Duclot.

—Este señor —dijo el revistero al director, haciendo avanzar a Kotelnikov— adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil: es muy interesante, y tales tendencias… ¿comprende usted?… hay que alentarlas.

Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como buscando una solución, y con un gesto decidido exclamó:

—¿Perfectamente? Ya que le gustan a usted las negras, quedará satisfecho: tengo precisamente en mi "troupe" tres hermosas negras.

Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.

Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.

El director consistió.

A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de un plato, y la pupila, no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería Kotelnikov sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e irse a ver a su pobre madre.

Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero por fortuna, no faltaron intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía a Kotelnikov.

—Dice que no ha visto en su vida a un "gentleman" tan guapo y simpático. ¿No es eso, mis Korrayt?

Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida al teclado de un piano y volvía a todos lados los platos de sus ojos. Kotelnikov movía también la cabeza, saludaba, y balbuceaba:

—Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.

Y Todos estaban tan contentos.

Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano mis Korrayt, la emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmos en un acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas veces empezó a escribirle a su madre:

"Querida mamá", escribía, y su debilidad le impedía siempre terminar la carta.

A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia el director quería verle.

Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró en el gabinete de su excelencia.

—¿Es verdad que a usted… que a usted…?

El director buscaba palabras.

—…¿Qué a usted le gustan las negras?

—¡Sí excelentísimo señor!

El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:

—Pero, vamos.. ¿Por qué le gustan a usted?

—¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!

Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.

—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto espíritu de independencia… naturalmente, si no traspasa ciertos límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase con su padre, por qué le gustan las negras.

—¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!

Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:

—Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras: Pásmese ustedes. ¡Un simple escribiente!

Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

—Y yo, pásmense ustedes —dijo una de las excelencias—, tengo un empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una pasión extravulgar por las negras.

—¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo exótico! —añadió su excelencia.

Poco a poco la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos de la capital llegó a ser muy grande. Sucede siempre, quisieron imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aun, simuló estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos volvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole.

En general, notábase entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía en esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrado encontrar medio de ser original, acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaba insidiosamente que estaba en ayunas en lo atañadero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una interviú con él, en la Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo exótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor. A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven esposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un héroe, y todos parecían muy contentos excepto Nastenka, que se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra de molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta algo turbadora:

—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

—¡Serán a rayas! —observó Polsikov.

—¿Cómo a rayas? —exclamaron, asombrados, lo asistentes.

—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra… Como las cabras —explicó Polsikov, a quien inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.

—¡No es posible! —exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía contener las lágrimas, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio a modo de subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien de color de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa y, cuando volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un dolor cure, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños blancos.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se la caía la baba, combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda Kotelnikov murió de tifus. Momentos antes de morir hizo llamar al sacerdote. El cual, a ver a su mujer, acarició su espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó.

—¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió, con dulce:

—Me encantan las negras… Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y, con una sonrisa en los labios, se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los otros muertos. Pero en los círculos burocráticos se habló todavía mucho de aquel hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.


Un sueño

Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.

—No se que pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad.

No me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé —si es que lo soñé— quedó grabado en mi memoria como si en efecto hubiese sucedido.

Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban transcurriendo.

Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas... Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban borrando de mi memoria.

Sólo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.

En aquel triste atardecer de otoño, su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los muros... De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.

¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente..., pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes bulevares.

Era una hermosa tarde de invierno, hacía un sol espléndido y todo era animación y ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba las tres y media. «A esta hora —pensé— en Petersburgo empieza a anochecer...». Sentí una súbita inquietud. Había llegado aquella mañana a Moscú con María Nicolayevna, llevado por motivos políticos y nos habíamos inscrito en el hotel como marido y mujer. Ella se había quedado sola y, pese que le había indicado que cerrase con llave y no abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran tenderla una trampa. ¡No había tiempo que perder!

Tomé un coche de punto. Al llegar, subí la escalera a toda prisa y en seguida me vi ante la puerta de nuestra habitación. No habiendo visto la llave en el vestíbulo, pensé que María no había salido. Llamé del modo que habíamos convenido y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr abrir... ¡Nada!

Sin duda había salido o de lo contrario algo le había ocurrido. Entonces vi a Vasili, el camarero de nuestro piso.

—Vasili —le pregunté—. ¿Ha visto usted salir a mi mujer? ¿Ha venido alguien a visitarla?

El camarero titubeó... ¡Había tanto movimiento en el Hotel!

—¡Ah, sí, ya recuerdo! —dijo, al fin—. La señora ha salido. La he visto guardarse la llave en el bolsillo.

—¿Iba sola?

—No. Acompañada por un señor alto con gorro de pieles.

—¿Ha dejado algún recado?

—No, Sergio Sergueyevich.

—No es posible, Vasili, no se debe acordar usted...

—No. No me ha dicho nada. Tal vez el portero…

Bajé a la portería seguido por el camarero que se había apercibido de mi inquietud que, por lo demás, no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú y aquel caballero alto del gorro de piel me inspiraba angustiosos recelos.

Tampoco al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego iba en aumento.

—¿No recuerda usted en que dirección se han ido?

—Se han ido en un coche de punto de la parada de enfrente... ¡Mire usted, ese que llega ahora!

Estábamos en la misma puerta y el portero llamó al cochero.

—¿A dónde has llevado a los señores?

—No recuerdo el nombre de la calle... Es una calle muy apartada en la que nunca había estado. El caballero me ha guiado.

—No te será difícil volver a encontrarla —insistió el portero—, tú no eres un novato.

—¡Claro que la encontraría! Pero el caballo está tan cansado...

—Te daré una buena propina —dije para animarle. Logré convencerle. El portero abrió la portezuela y subí al carruaje.

Estaba ya más tranquilo. Dentro de media hora o una hora, a lo más, estaría en la casa a la que el misterioso caballero había conducido a María. En las calles reinaba gran animación y, aunque no se habían encendido todavía los faroles, las tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito era tan compacto que, de vez en cuando, teníamos que detenernos y entonces sentía yo en la nuca el cálido aliento del caballo del carruaje de atrás.

De pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me había podido olvidar!... En la plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un verdadero bosque de pinos jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos hombres, envueltos en abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a selva.

No tardaron en encender los faroles y mi corazón se sintió cada vez más tranquilo. Luego de recorrer varias calles, algunas de las cuales me parecieron muy largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no conocía.

Al principio, el cochero me iba diciendo los nombres de las calles por las que pasábamos —unos nombres raros que nunca había oído—, pero luego empezamos a zigzagear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

Resulta muy desagradable recorrer de noche una ciudad o un barrio que no se conoce. Cada vez que se dobla una esquina se teme haber penetrado en un callejón sin salida. Debido a que ello me ocurría en Moscú, ciudad que yo creía conocer palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me parecía que, en cada callejuela, me acechaban traiciones y emboscadas.

Al pensar en María y en el individuo del gorro de pieles me entraban impulsos de echar a correr en su búsqueda. El caballo marchaba muy despacio y, de vez en cuando, volvía sobre sus pasos. Yo contemplaba la espalda inmóvil del cochero y me parecía como si siempre la hubiese estado viendo, como si se tratase de algo inmutable y fatal.

Los faroles eran cada vez más escasos. Casi no se veían tiendas ni ventanas iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.

Al doblar una esquina el coche se detuvo.

—¿Por qué paras? —pregunté al cochero lleno de angustia.

No contestó. De pronto, hizo volver grupas al caballo de modo tan brusco que por poco no me lanza al arroyo.

—¿Te has perdido?

—Ya hemos pasado por aquí —repuso tras unos instantes de silencio—. Fíjese usted.

Me fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel farol junto al montón de nieve, aquella casa de dos pisos... ¡Ya habíamos pasado por allí!

Aquello fue el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: comenzamos a pasar por calles y callejuelas en las que ya habíamos estado, sin poder salir de aquel laberinto. Luego atravesamos una amplia avenida, alumbradísima y muy animada, por la que ya habíamos pasado. Poco después, volvimos a atravesarla.

—Deberíamos preguntar a alguien...

—¿Qué vamos a preguntarles? —contestó secamente el cochero—. Si no sabemos a donde vamos...

—Pero tú decías...

—¡Yo no he dicho nada!

—Haz por orientarte. Se trata de algo muy importante para mí.

No contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien metros más en zigzag, dijo:

—Ya ve usted que hago todo lo posible...

Por fin alcanzamos una calleja en la que no habíamos estado. El cochero, sin volverse, dijo:

—¡Ya empiezo a orientarme!

—¿Llegaremos pronto?

—No sé.

Mi suplicio no había concluido. Nos envolvía una densa oscuridad y sólo veíamos interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna iluminada. En una de ellas debía estar María Nicolayevna. Sin duda había caído en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había llevado allí?

Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche. Ya empezaba a sospechar que estábamos pasando otra vez por las mismas calles, cuando, de pronto, el cochero exclamó:

—¡Ahí es!

—¿Dónde?

—¿Ve usted esa puertecita en la tapia?

Vi la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos y bajé del coche. Me acerqué a la puerta y estaba cerrada. No había aldaba. Reinaba un profundo silencio.

Se me doblaron las piernas al preguntarme para qué habrían llevado allí a María.

Di unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.

A través de una rendija pude ver un largo sendero que conducía a la escalera de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí había alguien. Algo ocurría. Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus ventanas.

Enloquecido empecé a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar.

—¡Abrid!

Los golpes se fundían en un ruido sordo y continuo que resonaba en toda la calle y me impedía oír mi propia voz.

Las manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez con más fuerza. La puerta, la tapia, la calle entera trepidaban como un viejo puente al paso de un escuadrón.

Por fin, una luz débil y amarillenta brilló en una rendija. Temblaron algunas ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se oían voces ahogadas.

Un profundo temor me embargó. Había algo terrible en aquellas voces, en la luz trémula y débil.

Los faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de unos instantes, que se me hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de una cerradura y una luz cegadora hirió mis ojos.

En la puerta estaban... mi carcelero y otro funcionario.

—¿Qué es esto? —grité—. ¿Qué hace aquí mi carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he llamado?

Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me miraban asombrados.

—¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich? —me dijo el carcelero—. Tome el quinqué, ahora le traeré el samovar.

Tomé el quinqué. Estaba en mi celda.


El amor al prójimo

Un lugar selvático entre las montañas. En un pequeño saliente de una alta roca casi vertical está un hombre de pie, en una situación, al parecer, desesperada. No se comprende cómo ha podido llegar hasta allí; el acceso al pequeño saliente parece imposible. Las escalas, las cuerdas y demás utensilios de salvamento parecen ineficaces.

El desgraciado lleva, por lo visto, mucho rato en la crítica situación. Abajo, al pie de la roca, se ha congregado una abigarrada muchedumbre; pregonan sus mercancías algunos vendedores de refrescos, de tarjetas postales y de baratijas, y hasta se ha montado un bar, cuyo único mozo casi no puede dar abasto a la numerosa clientela; un individuo intenta vender un peine, que afirma, faltando descaradamente a la verdad, que es de caparazón de tortuga.

Afluyen incesantemente nuevos turistas: ingleses, alemanes, rusos, franceses, italianos, etc.

La mayoría llevan alpenstocks, gemelos y máquinas fotográficas. Se oye hablar en todos los idiomas.

Junto a la roca, en el lugar donde debe caer el desconocido, dos guardias ahuyentan a la chiquillería y les impiden el paso, con un cordel, a las gentes.

Gran animación.

el primer guardia.—¡Fuera, renacuajo! Si te cayera encima, ¿qué dirían tus papas?

El niño.—¿Es que caerá aquí?

el primer guardia.—Sí.

El niño.—¿Y si cae más allá?

el segundo guardia.—Tiene razón el pequeño; en su desesperación, podría dar un salto y caer al otro lado del cordel, lo que resultaría bastante molesto para el público, ya que, por lo menos, pesará ochenta kilos.

el primer guardia.—¡Largo, renacuajo! ¡Atrás!... ¿Es su hija, señora? Le ruego que no la deje acercarse. Ese muchacho caerá de un momento a otro.

la señora.—¿De veras? ¡Y mi marido no va a verlo!

la niña.—Está en el bar, mamá.

la señora. (Con tono de desesperación.)—¡Siempre en el bar! ¡Ve a llamarle, Nelli! Dile que ese joven va a caer en seguida. ¡Corre, corre!

voces.—¡Mozo!... ¡Mozo!... ¿Cómo? ¿Que no hay cerveza? ¡Vaya un bar!... ¡Mozo!... ¿Me despachan o no? ¡Jesús, qué calma!

el primer guardia.—¿Otra vez, renacuajo?

el niño.—Es que quería quitar de aquí esta piedra.

el primer guardia.—¿Para qué?

el niño.—Para que el pobrecito se haga menos daño al caer.

el segundo guardia.—Tiene razón el chiquillo. Deberíamos quitar las piedras, y si hubiera arena o serrín...

Dos turistas ingleses se están acercando. Contemplan con los gemelos al desconocido y cambian impresiones entre sí.

el primer inglés.—Es joven.

el segundo inglés.—¿Qué edad le daría usted?

el primer inglés.—Veintiocho años.

el segundo inglés.—No tendrá arriba de veintiséis. El miedo lo avejenta.

el primer inglés.—¿Qué se apuesta usted a que tiene veintiocho años?

el segundo inglés.—Lo que usted quiera. Me apuesto diez contra cien. Apúntelo.

el primer inglés. (Dirigiéndose al guardia, luego de anotar en su bloc la apuesta.)—¿Cómo diablos ha subido allí? ¿No hay manera de bajarlo?

el primer guardia.—Se le han echado cuerdas y escalas, pero no han llegado.

el segundo inglés.—¿Lleva ahí mucho tiempo?

el primer guardia.—Cuarenta y ocho horas.

el primer inglés.—¿De verdad? Entonces caerá esta noche.

el segundo inglés.—Caerá dentro de dos horas. Me apuesto cien contra cien.

el primer inglés.—Aceptado. (Anota la apuesta en su bloc.) ¿Cómo se encuentra usted? (Pregunta al desconocido. )

el desconocido. (Con voz casi imperceptible.)—Muy mal.

la señora.—Y mi marido sin venir.

la niña. (Que llega corriendo.)—Papá dice que tiene tiempo de terminar.

la señora.—¿De terminar qué?

la niña.—Una partida de ajedrez que está jugando con un señor.

la señora.—¡Dile que si tarda le quitarán el sitio!

Una señora alta y delgada, de aire resuelto y agresivo, le disputa el sitio a un turista. Este es hombre bajito y apocado y se defiende débilmente. La señora, sin embargo, le acomete con verdadera furia.

el turista.—Pero señora, éste es mi sitio; hace dos horas que lo ocupo.

la señora agresiva.—Y a mí qué me cuenta usted. Yo quiero ponerme ahí porque así veré mejor. ¡Y no hay más que hablar!

el turista. (Con timidez.)—Yo también quiero estar aquí para ver mejor...

la señora agresiva. (Con tono despectivo.)—¡Usted qué entiende de eso!

el turista.—¿De qué? ¿De caídas?

la señora agresiva. (Con burla.)—Sí, señor; de caídas. ¿Ha presenciado usted muchas? Yo he visto caer a tres hombres; a dos acróbatas, a un funámbulo y a tres aviadores.

el turista.—Esos son seis hombres; no tres.

la señora agresiva. (Remedando, con sarcasmo, a su interlocutor.)—¡Esos son seis hombres; no tres! ¡Adiós, Pitágoras!... ¿Ha visto usted a un tigre descuartizar a una mujer?

el turista. (Con tono humilde.)—No, señora...

la señora agresiva.—Me lo figuraba. Pues yo sí. ¡Con mis propios ojos!... Déjeme el sitio; se lo ruego.

El turista, avergonzado, se levanta, encogiéndose de hombros. La señora, radiante de alegría, se acomoda en la peña tan audazmente conquistada y deja a sus pies la redecilla, el pañuelo, las pastillas de menta y el frasco de sales. Después se quita los guantes y limpia los cristales de los prismáticos, mirando benévolamente a sus vecinos.

la señora agresiva. (Dirigiéndose a la señora cuyo esposo se encuentra en el bar.)—Debería sentarse, señora. Le dolerán a usted las piernas...

la señora.—¡Las tengo deshechas, señora!

la señora agresiva.—Los hombres son en la actualidad tan mal educados que nunca le dejan el sitio a una mujer... Habrá usted traído pastillas de menta...

la señora. (Preocupada.)—No. ¿Es que debía haberlas traído?

la señora agresiva.—¡Claro! El mirar mucho rato hacia lo alto marea... Amoníaco sí habrá traído usted... ¿Tampoco? ¡Qué descuido, Dios mío! Cuando caiga ese joven, se desmayará usted, como es natural, y se necesitará amoníaco para hacerla recobrar el conocimiento. ¿No ha traído, al menos, un poco de éter?... No, ¿eh?... Y puesto que usted es... así, su esposo... ¿Dónde está su esposo?

la señora.—En el bar.

la señora agresiva.—¡Qué sinvergüenza!

el primer guardia.—¿De quién es esta marinera? ¿Quién la ha dejado aquí?

el niño.—Yo.

el primer guardia.—¿Para qué?

el niño.—Para que el pobrecito se haga menos daño cuando caiga.

el primer guardia.—¡Llévatela!

Muchísimos turistas, provistos de kodaks, se disputan los sitios que son fotográficamente estratégicos.

el primer portakodak.—Necesito este lugar.

el segundo portakodak.—Usted lo necesita, pero yo lo ocupo.

el primer portakodak.—Usted lo ocupa desde hace un momento, pero yo hacía dos días que lo ocupaba.

el segundo portakodak.—Si no lo hubiera abandonado o, por lo menos, al marcharse, hubiese usted dejado su sombra...

el primer portakodak.—¡Llevaba dos días sin comer, caballero!

el vendedor del peine. (Con tono misterioso.)—¡Un auténtico peine de tortuga!

el primer portakodak. (Encolerizado.)—¡Váyase usted a hacer gárgaras!

el tercer portakodak.—¡Señora, por Dios! ¡Que se ha sentado sobre mi máquina fotográfica!

una señora pequeñita.—¿De veras? ¿Dónde está?

el tercer portakodak.—¡Debajo de usted, señora!

la señora pequeñita.—¿Ah, sí? ¡Estaba tan cansada! Ya notaba algo raro... Ahora lo comprendo.

el tercer portakodak. (Con acento desesperado.)— ¡Señora!...

la señora pequeñita.—¡Qué dura es su máquina! Yo pensaba que era una peña. ¡Tiene gracia!

el tercer portakodak. (Angustiado.)—¡Señora, le suplico!...

la señora pequeñita.—¡Es una máquina tan grande! ¿Cómo iba yo a imaginar?... Retráteme usted, ¿quiere?... Me agradaría retratarme en la montaña.

el tercer portakodak.—Pero, ¿cómo quiere que la fotografíe si continúa usted sentada en la máquina?

la señora pequeñita. (Levantándose, asustada.)—¿Por qué no me lo dijo usted?... ¿Retrata sola?

voces.—¡Mozo, cerveza!... ¡Llevo una hora aguardando a que me sirvan!... ¡Mozo! ¡Mozo! ¡Un palillo de dientes!

Llega, jadeante, un turista gordo rodeado de numerosa familia.

el turista gordo. (Gritando.)—¡Macha! ¡Sacha! ¡Porc¡a! ¿Dónde está Macha? ¿Dónde demonios se ha metido Macha?

un colegial. (Con tono de enfado.)—Está aquí, papá.

el turista gordo.—¿Dónde?

una muchacha.—¡Aquí, papá, aquí!

el turista gordo. (Volviéndose.)—¡Ah!... ¡Qué manía de ir siempre detrás de mí! Míralo, míralo... Allí arriba, en la roca. Pero, ¿a dónde miras?

la muchacha. (Melancólica.)—¡No sé, papá!

el turista gordo.—¡Todo le da miedo! En cuanto el tiempo es tempestuoso, cierra los ojos y no los abre hasta que pasa la tormenta. ¡Jamás ha visto un relámpago, señores! ¡Como lo oyen ustedes!... ¿Ves a ese desdichado joven? ¿Lo ves?

el colegial.—Sí, papá; lo veo.

el turista gordo. (Al colegial.)—Ocúpate de ella. (Con tono de profunda piedad.) ¡Pobre joven! ¡Tal vez caiga de un momento a otro! ¡Mirad, hijos míos, lo pálido que está! ¿Veis qué peligroso es trepar por las rocas?

el colegial. (Con triste escepticismo.)—¡No caerá hoy, papá!

el turista gordo.—¡Qué bobada! ¿Quién te lo ha dicho?

la segunda muchacha.—Papá: Macha cierra los ojos.

el colegial.—Déjame sentarme un rato, papá; te aseguro que no caerá hoy. Me lo ha dicho el portero del hotel... Estoy cansadísimo; nos pasamos todo el día visitando museos, armerías...

el turista gordo.—¡Lo hago por vosotros, majadero! ¿Piensas que a mí me divierte eso?

la segunda muchacha.—¡Papá: Macha cierra los ojos!

el segundo colegial.—¡Yo también estoy hecho polvo! Ni por la noche descanso ya; me la paso soñando que soy el Judío Errante.

el turista gordo.—¡A callar, Petka!

el primer colegial.—¡Me he quedado en los huesos! ¡No puedo más, papá! Antes prefiero ser zapatero o porquero que turista.

el turista gordo.—¡A callar, Sacha!

el primer colegial.—¡No caerá hoy, papá, no caerá hoy! ¡No te hagas ilusiones!

la primera muchacha. (Melancólica.)—¡Ya va a caer, papá!

El desconocido dice algo, a gritos, que no se entiende.

Expectación general.

voces.—¡Mirad! ¡Ya va a caer!

Los espectadores miran con los prismáticos al desconocido.

Los portakodaks preparan sus máquinas.

un fotógrafo.—¡Diablo! ¿Qué es esto?

otro fotógrafo.—Compañero, tiene usted cerrado el objetivo...

el primer fotógrafo.—¡Ah, sí! Con las prisas se me había olvidado...

voces.—¡Silencio!... ¡Va a caer!... ¿Qué dice?... ¡Silencio!

el desconocido.—¡Socorro!

el turista gordo.—¡Pobre joven! ¡Qué terrible tragedia, hijos míos! Brilla el sol en el límpido cielo; susurra el viento entre los pinos y el desventurado, de un momento a otro, caerá y se matará. ¡Es horrible! ¿Verdad, Sacha?

el primer colegial.—¡Es horrible! ¿Verdad, Macha?... ¿Habéis comprendido? Brilla el sol, la gente come y bebe, cantan los pajarillos y el desventurado... Katia, ¿recuerdas Hamlet?

la segunda muchacha.—Sí; Hamlet, el príncipe de Dinamarca, en Frankfurt...

el turista gordo.—¿En Frankfurt?

el segundo colegial. (Enojado.)—En Helsingfors. ¡Déjanos en paz, papá!

el primer colegial.—¡Mejor sería que nos comprases unos emparedados!

el vendedor del peine. (Con tono misterioso.)—Un peine de tortuga. ¡Es auténtico!

el turista gordo. (En voz baja y con expresión de conspirador.)—¿Es robado?

el vendedor del peine.—¡No, Señor!

el turista gordo.—Si no ha sido robado, no puede ser de tortuga. ¡Fuera!

la señora agresiva. (Con entonación benévola.)—¿Los cinco son hijos de usted?

el turista gordo.—Sí, señora... Los deberes paternales... Pero, como habrá comprobado, no se dejan educar. ¡Es el eterno conflicto entre los padres y los hijos! Macha, ¡no cierres los ojos! ¡Qué terrible tragedia, señora!

la señora agresiva.—Tiene usted razón; hay que educar a los hijos. Mas, ¿por qué dice que esto es una terrible tragedia? Los albañiles se caen, a veces, de enormes alturas. El saliente donde se halla ese joven estará a poco más de cien metros del suelo. Yo he visto caer del cielo a un hombre.

el turista gordo. (Muy complacido.)—¿Del cielo?... ¿Oís eso, hijos míos? ¡Del cielo!

la señora agresiva.—Sí; era un aviador. Cayó, desde las nubes, sobre un tejado de cinc.

el turista gordo.—¡Qué horror!

la señora agresiva.—¡Eso sí que es una tragedia! Tuvieron que echarme agua durante dos horas, con una bomba, para hacerme recobrar el conocimiento. Desde entonces jamás se me olvida el amoníaco.

Se presenta un grupo de músicos y cantantes italianos trotamundos. El tenor —un hombrecillo grueso, de perilla roja y ojos de expresión estúpida y lánguida— canta con voz dulzona. El barítono, flaco y corcovado, de voz aguardentosa, tiene la gorra de jockey echada hacia atrás. El bajo, con aspecto de bandido, toca la mandolina. Y la tiple —muchacha delgada y de grandes y movedizos ojos— el violín.

Los italianos.—Sul mare lucido, L’astro d’argento, Placida é Tonda, Prospero é il vento, Venite all’agite... Barchetta mia... Santa Lucia...

macha. (Melancólica.)—¡Mueve los brazos!

el turista gordo.—Acaso los mueva influenciado por la música.

la señora agresiva.—Es muy posible. Pero esto quizá le haga caer antes de tiempo. ¡En, músicos, váyanse!

Haciendo enérgicos gestos, llega un turista alto y bigotudo, acompañado de algunos curiosos.

el turista alto.—¡Esto clama al cielo! ¿Por qué no se le salva? Ha pedido socorro; lo habrán oído ustedes, señores.

Los curiosos. (A coro.)—¡Sí, lo hemos oído!

el turista alto.—Yo también le he oído gritar, con todas sus letras: "¡Socorro!" Así, pues, ¿por qué no se le salva? ¿Qué hacen ustedes aquí?

el primer guardia.—Vigilar el sitio donde se calcula que va a caer.

el turista alto.—Perfectamente. Pero, ¿por qué no le salvan ustedes? ¿Dónde está su amor al prójimo? Si un hombre pide socorro, hay que socorrerle, ¿no es cierto, señores?

Los curiosos. (A coro.)—¿Qué duda cabe? ¡Hay que socorrerle!

el turista alto. (Con énfasis.)—No somos paganos; somos cristianos y nuestro deber es amar al prójimo. Pide socorro y, para salvarle, hay que tomar todas las medidas al alcance de la Administración. Guardias: ¿se han tomado todas las medidas?

el primer guardia.—Sí, Señor.

el turista alto.—¿Todas? ¿Completamente todas? Muy bien. Señores, se han tomado todas las medidas. Joven (dirigiéndose al desconocido), todas las medidas conducentes a su salvamento han sido tomadas. ¿Oye usted?

el desconocido. (Con voz apenas audible.)—¡Socorro!

el turista alto. (Conmovido.)—¿Oyen ustedes, señores? Otra vez pide socorro. ¿Lo han oído ustedes, guardias?

uno de los curiosos. (Con timidez.)—En mi opinión, hay que salvarle.

el turista alto.—Hace dos horas que lo estoy diciendo. Guardias: ¡esto clama al cielo!

el mismo curioso. (Con un poco más de atrevimiento.)—A mi parecer, lo oportuno es dirigirse a la Administración superior.

Los demás curiosos. (A coro.)—¡Sí, hay que elevar una queja! ¡Esto es intolerable! ¡El Estado no debe abandonar a los ciudadanos en los momentos de peligro! ¡Todos pagamos contribuciones! ¡Hay que salvarle!

el turista alto.—No dejo de decirlo. Sin duda, hay que elevar una queja. Diga, joven: ¿paga usted las contribuciones?... ¿Qué? ¡No le entiendo!

el turista gordo.—Sacha, Petka, ¿oís? ¡Qué terrible tragedia! ¡Pobre muchacho! Está a punto de morir y le reclaman las contribuciones.

macha. (Melancólica.)—¡Y va a caer, papá!

Gritos. Agitación entre los portakodaks.

el turista alto.—Hay que apresurarse. Señores: ¡hay que salvarle sea como sea! ¿Quién me sigue?

Los curiosos. (A coro.)—¡Nosotros!

el turista alto.—¿Han oído ustedes, guardias? ¡Vamos entonces, señores!

Se marchan con aire resuelto. Aumenta la animación en el bar. Se oye entrechocar de vasos y alguien entona una canción alemana. El mozo, agotado, se aparta algo de las mesas y se seca el sudor de la frente.

voces.—¡Mozo!... ¡Mozo!

el desconocido. (En voz bastante alta.)—¡Mozo! ¿Me podría dar un vaso de soda?

El mozo siente un estremecimiento; mira, espantado, hacia arriba, finge no haber oído bien y se aleja.

voces impacientes.—¡Mozo!... ¡Mozo! ¡Cerveza!

el mozo.—¡Al momento! ¡Al momento!

Abandonan el bar dos caballeros beodos y se dirigen a la roca.

la señora cuyo esposo estaba jugando al ajedrez.—¡Mi marido! ¡Ven, ven!

la señora agresiva.—¿No decía yo que era un sinvergüenza?

el primer beodo.—¿Y ni siquiera puede beberse usted un vaso de vino?

el desconocido.—Por desgracia, no.

el segundo beodo.—¿Por qué le dices tales cosas? ¡No amargues sus últimos momentos! Llevamos toda la tarde bebiendo a su salud. Con esto no le perjudicamos en nada, ¿verdad?

el primer beodo.—¡Claro que no! Por el contrario, lo que hará es animarle. ¡Adiós, joven! Lamentamos mucho su desgracia y, con su permiso, volveremos al bar.

el segundo beodo.—¡Cuánta gente!

el primer beodo.—¡Vamos, vamos! Aprovechemos el tiempo, que, apenas caiga, cerrarán el establecimiento.

Aparece un señor muy elegante, rodeado de nuevos curiosos. Es el corresponsal de los más importantes periódicos europeos. La gente, a su paso, murmura su nombre y le contempla con admiración. Algunos bebedores salen del bar para verle; incluso el mozo se asoma y le mira boquiabierto.

voces.—¡El corresponsal! ¡El corresponsal!

la señora.—¡A que no le ve mi marido!

el turista gordo.—¡Petka, Macha, Sacha, Katia, Vasia, mirad! ¡Es el rey de los corresponsales! Lo que él escriba ocurrirá.

la segunda muchacha.—Pero, ¿a dónde miras, Macha?

el primer colegial.—Papá, ¡no puedo más! ¡Que nos traigan unos emparedados!

el turista gordo. (Entusiasmado.)—¡Qué tragedia, Katia! ¿Te has dado cuenta? Brilla el sol, el corresponsal nos honra con su presencia y el desventurado...

el corresponsal.—¿Dónde está?

voces solícitas.—¡Allí, en lo alto de la roca!... ¡Un poco más arriba!... ¡Un poco más abajo!

el corresponsal.—Déjenme, señores; yo le encontraré.. ¡Ya lo veo! ¡Su situación no es nada envidiable!

un turista. (Ofreciéndole un taburete.)—¿Quiere sentarse?

el corresponsal.—Gracias. (Toma asiento.) ¡Muy interesante! ¡Muy interesante! (Saca papel y lápiz.) ¿Han impresionado ustedes ya algunos clisés, señores fotógrafos?

el primer fotógrafo.—Hemos fotografiado la roca con el infortunado joven esperando su trágico fin.

el corresponsal.—¡Muy interesante, muy interesante!

el turista gordo.—¿Oyes, Sacha? Un hombre tan inteligente y culto como el corresponsal considera esto muy interesante y tú sólo piensas en los emparedados. ¡Majadero!

el primer colegial.—El corresponsal, seguramente, habrá almorzado ya.

el corresponsal.—Señores: si fueran tan amables... Un poco de silencio...

una voz solícita.—¡Que se callen los del bar!

el corresponsal. (Dirigiéndose al desconocido a voz un cuello.)—¡Permítame presentarme. Soy el más importante corresponsal de la Prensa europea. Quisiera hacerle a usted algunas preguntas sobre su situación! En primer lugar, ¿quiere decirme su nombre, profesión y estado?

El desconocido balbucea algo ininteligible.

el corresponsal.—No se oye nada. ¿Habla siempre así?

voces.—Sí; no se oye nada.

el corresponsal. (Escribiendo.)—De modo que soltero, ¿eh?

El desconocido balbucea algo ininteligible.

El corresponsal.—No le oigo bien. ¿Qué ha dicho?

un turista.—Que sí; que es soltero.

otro turista.—No; ha dicho que es casado.

el corresponsal.—Entonces pondremos que es casado. ¿Cuántos hijos tiene? ¿Tres?... Me parece que ha dicho tres, pero no estoy seguro. En la duda, pondremos cinco.

el turista gordo.—¡Qué tragedia! ¡Cinco hijos!

la señora agresiva.—¡Ya será alguno menos!

el corresponsal. (A voz en cuello.)—¿Cómo ha ido usted a parar a ese sitio tan peligroso? ¿Paseándose?... ¿Cómo?... ¡Hable más fuerte!... ¡Nada! No se le oye.

el primer turista. (Intérprete.)—Creo que dice que se extravió.

el segundo turista. (Intérprete.)—Creo que dice que no lo sabe.

voces.—Iba de caza... Es un alpinista temerario... Es un sonámbulo.

el corresponsal.—Todo puede ser, menos que haya caído del cielo... Pondremos que es sonámbulo. El desdichado joven (escribiendo) padece desde su infancia de sonambulismo... Salió del hotel a medianoche, sin que nadie le viese... La luz de la luna...

el primer turista. (Interpreta en voz baja.)—Ahora no hay luna.

el segundo turista. (Intérprete.)—No importa; el público no sabe astronomía.

el turista gordo.—¿Oyes, Macha? Aquí tienes un ejemplo sorprendente de la influencia de la luna sobre los seres vivos de la Creación. ¡Qué horrible tragedia! Brilla la luna, el desventurado sube a lo alto de una inaccesible roca...

el corresponsal. (A voz en cuello.)—¿Qué siente usted?... ¿Qué?... ¡No le oigo!... ¡Ah, ah! ¡Sí, sí!... Efectivamente: su situación no es envidiable.

voces.—¡Escuchen! ¡Escuchen!

el corresponsal. (Escribiendo.)—El horror paraliza sus miembros y hiela la sangre en sus venas... Ha perdido toda esperanza... Piensa en el dulce hogar, en su mujer haciendo empanadas, en sus angelicales hijos jugando a la gallina ciega, en su anciana madre sentada ante la chimenea, con la pipa en la boca...

una voz.—Será su anciano padre.

el corresponsal.—Su anciano padre. Ha sido un lapsus... La compasión del público le emociona... Quiere que su último pensamiento aparezca en este periódico.

la señora agresiva.—¡Cómo miente ese señor!

macha. (En tono melancólico.)—¡Ya va a caer, papá!

el turista gordo.—¡Déjame tranquilo!

el corresponsal. (A voz en cuello.)—Una última pregunta: ¿Qué desea usted decirles, antes de morir, a sus conciudadanos ?

el desconocido. (Con voz débil.)—¡Que se vayan al infierno!

el corresponsal.—¿Qué?... ¡Ah, ya! ¡Sí, sí!... (Escribiendo.) Afectuoso saludo de despedida... Decidido adversario de las leyes en favor de los negros... Su último deseo es que estos animales...

un pastor protestante. (Abriéndose paso entre la muchedumbre.)—¿Dónde está? ¡Ah, ya lo veo! ¡Pobre muchacho!... Señores: ¿no hay aquí ningún otro miembro del clero? ¿No? ¡Gracias! ¡Yo he llegado el primero!

el corresponsal. (Escribiendo.)—Momento solemne... Llega el confesor... Impresionante silencio... Muchos espectadores lloran...

el pastor.—Permítanme, señores... Esa alma descarriada quiere reconciliarse con Dios. ¿Verdad, hijo mío (dice, dirigiéndose a gritos al desconocido), que quiere usted reconciliarse con Dios? Confiéseme sus pecados y le daré la absolución... ¿Qué? ¡No le oigo!

el corresponsal. (Escribiendo.)—Se oyen sollozos por todas partes... En términos conmovedores, el sacerdote le habla del más allá al criminal, digo al desdichado, que le escucha con lágrimas en los ojos...

el desconocido. (Con voz débil.)—Si no se aparta usted de ahí, le caeré encima. Peso noventa kilos.

Los espectadores que están cerca de la roca retroceden espantados.

voces.—¡Ya cae! ¡Ya cae!

el turista gordo. (Emocionado.)—¡Macha! ¡Sacha! ¡Petka!

el primer guardia.—Señores, por favor. ¡Apártense, se lo ruego!

la señora.—Nelli: ¡corre a llamar a papá! ¡Dile que va a caer ya!

el primer fotógrafo. (Con desesperación.)—¿Qué hago yo ahora, Dios mío? No he cambiado las placas y las nuevas me las he dejado en el bolsillo del gabán... ¡Y ese hombre es capaz de caer apenas yo vuelva la espalda! ¡Qué horrible situación!

el pastor. (Al desconocido.)—Apresúrese, joven. Haga un esfuerzo y confiéseme sus pecados... Por lo menos los principales; los menudos puede callárselos.

el turista gordo.—¡Qué tragedia!

el corresponsal. (Escribiendo.)—El criminal, digo el desdichado, se confiesa públicamente... Horribles secretos se descubren...

el pastor. (A grandes voces.)—¿No ha matado usted a nadie? ¿No ha robado? ¿No ha cometido ningún adulterio?

el turista gordo.—Macha, Petka, Katia, Sacha, Vasia: ¡Escuchad!

el corresponsal. (Escribiendo.)—La multitud se escandaliza.

el pastor. (Apresuradamente.)—¿No ha cometido ningún sacrilegio? ¿No ha codiciado el asno, el buey, la esclava o la mujer de su prójimo?

el turista gordo.—¡Qué tragedia!

el pastor.—Mi enhorabuena, hijo mío. Se ha reconciliado usted con Dios. Ahora ya puede caer tranquilo... Pero, ¿qué veo? ¡Miembros del Ejército de Salvación! Guardias: ¡échenlos!

Muchos miembros del Ejército de Salvación, de ambos sexos, llegan a los acordes de un tambor, un violín y una trompeta ensordecedora.

el primer miembro del ejercito de salvacion (Tocando frenéticamente el tambor.)—¡Hermanas y hermanos míos!

el pastor. (Desgargantándose.)—¡Ya se ha confesado, hermanos! Estos señores pueden atestiguarlo. ¡Se ha reconciliado ya con Dios!

el segundo miembro, que es una señora (Subiéndose a una roca.)—Al igual que ese pecador, yo me hallaba sumida en las tinieblas. Mi vicio era el alcoholismo. Y un día la luz deslumbrante de la verdad...

una voz.—¡De poco le sirvió la luz! ¡Está borracha como una cuba!

el pastor.—Guardias, ¿verdad que ya se ha reconciliado con Dios?

El primer ministro del Ejército de Salvación continúa tocando el tambor y sus compañeros de armas comienzan a cantar. La clientela del bar canta también y llama al mozo en todos los idiomas. El pastor pretende llevarse, a la fuerza, a los guardias, que se resisten desesperadamente a dejar su puesto. Aparece, jinete sobre un asno, un turista de nacionalidad inglesa. El cuadrúpedo se abre de patas y se niega, en su sonoro idioma, a seguir avanzando.

Los miembros del Ejército de Salvación no tardan en marcharse, tocando y cantando. El pastor los sigue, agitando los brazos.

el jinete inglés. (Volviéndose a un compatriota, que también cabalga en un asno y acaba de detenerse junto a él.)—¡Qué gente más incivilizada!

el otro jinete inglés.—¡Vámonos!

el primer jinete inglés.—Aguarde un momento. Caballero (dirigiéndose al desconocido): ¿por qué retrasa usted tanto su caída?

el segundo jinete inglés.—¡Mister William!...

el primer jinete inglés. (Al desconocido.)—¿No ve que esta gente lleva dos días esperando? Dejándose caer la complacería usted y, además, las angustias de un gentleman no seguirían sirviendo de diversión a toda esta gentuza.

el segundo jinete inglés.—¡Mister William!...

el turista gordo.—¡Tiene razón! ¿Habéis oído, hijos míos? ¡Qué tragedia!

un turista de mal carácter. (Avanzando, con gesto amenazador, hacia el primer inglés.)—¿Qué significa eso de gentuza?

el primer jinete inglés. (Sin prestarle atención y fijando los ojos en el desconocido.)—Si le falta a usted valor para dejarse caer, le dispararé un tiro y se acabó. ¿Qué le parece a usted?

el primer guardia. (Aferrando la mano del expeditivo gentleman, que apunta ya el cañón de un revólver hacia el desconocido.)—¡No tiene derecho a hacer eso! ¡Queda usted detenido!

el desconocido.—¡Guardias! ¡Guardias!

Emoción general.

voces.—¿Qué le ocurre?... ¿Qué quiere?

el desconocido. (Con voz nada débil.)—¡Llévense a ese bárbaro que es capaz de pegarme un tiro! Y díganle al fondista que no puedo resistir más.

voces.—¿Qué dice?... ¿A qué fondista se refiere?... ¡El desgraciado se ha vuelto loco!

el turista gordo.—¡Hijos míos, qué tragedia! El desventurado ha perdido el juicio. ¿Os acordáis de Hamlet?

el desconocido. (En tono desabrido.)—Díganle que me duelen los riñones.

macha. (Melancólicamente.)—Papá: ¡le tiemblan las piernas!

katia.—Son convulsiones, ¿verdad, papá?

el turista gordo. (Entusiasmado.)—No sé. Me parece que sí. Pero, ¡qué tragedia!

sacha. (Malhumorado.)—Son las convulsiones de la agonía... ¡Papá, yo no puedo más!

el turista gordo.—¡Qué caso más extraño, hijos míos! Un hombre que de un momento a otro se va a romper la cabeza se queja de dolor de riñones.

Unos cuantos turistas, enfurecidos, aparecen empujando a un señor de chaquetilla blanca, en extremo amedrentado, que sonríe y hace reverencias a todas las gentes y, de vez en cuando, pretende huir.

voces.—¡Es una broma intolerable! ¡Guardias! ¡Guardias!

otras voces.—¿De qué broma hablan?... ¿Quién es ese hombre?... ¡Debe ser un ladrón!

el señor de la chaquetilla blanca. (Sonriendo y haciendo reverencias.)—¡Ha sido una broma, respetables señores! El público se aburría...

el desconocido. (Colérico.)—¡Señor fondista!

el señor de la chaquetilla blanca.—¡Enseguida, enseguida!

el desconocido.—¡Yo no puedo estar aquí indefinidamente! Habíamos acordado que estaría aquí hasta las doce y ya es mucho más tarde.

el turista alto. (Iracundo.)—¿Oyen ustedes, señores? Este sinvergüenza de la chaquetilla blanca ha contratado a ese otro sinvergüenza y le ha amarrado a la roca.

voces.—¡Cómo! ¿Está atado?

el turista alto.—¡Claro! ¡Está atado y no puede caer! ¡Y nosotros aguardando, llenos de angustia!

el desconocido.—¿Pretendían ustedes que me rompiese la cabeza por veinticinco rublos?... Señor fondista: ¡no aguanto más! Por si no era suficiente el dolor de riñones que tengo, un pastor se ha empeñado en ayudarme a bien morir y un turista inglés ha tenido la generosa idea de obsequiarme con un balazo. ¡Eso no estaba incluido en el contrato!

sacha.—¿Ves, papá? ¿No te da vergüenza tenernos todo el día de pie y sin comer para esto?

el señor de la chaquetilla blanca.—Los clientes se aburrían... Mi única intención era entretenerles un poco.

la señora agresiva.—Pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no cae?

el turista gordo.—¡Caerá, señora! ¿No va a caer?

petka.—Pero, ¿es que no has oído que está atado?

sacha.—¡Cualquiera convence a papá cuando se le mete una cosa en la cabeza!

el turista gordo.—¡Callad!

la señora agresiva.—¡Claro que caerá! ¡Pues no faltaba más!

el turista alto.—¡No se puede engañar de este modo a la gente!

el señor de la chaquetilla blanca.—El público se aburría... y yo, para proporcionarle unas horas de excitación..., pensando en sus sentimientos altruistas.

el corresponsal. (Escribiendo.)—El dueño del hotel, aprovechándose de los mejores sentimientos humanos...

el desconocido. (Colérico.)—Pero, ¿hasta cuándo piensa tenerme usted aquí, señor fondista?

el señor de la chaquetilla blanca.— ¡Tenga un poco de paciencia, joven! ¡No sé de qué se queja usted! Veinticinco rublos; las noches libres...

el desconocido.—¿Es que pretendía que durmiera yo aquí?

el turista alto.—¡Son ustedes unos granujas! ¡Se han aprovechado de un modo indigno de nuestro amor al prójimo! Nos han hecho sentir terror y lástima, y ahora resulta que el desventurado —¡el supuesto desventurado!—, cuya caída esperábamos todos, está atado a la roca y no puede caer...

la señora agresiva.—¡Cómo! ¡Pues no faltaba más! ¡Es necesario que caiga!

Llega, jadeando, el pastor.

el pastor.—¡Es una pandilla de impostores ese Ejército de Salvación!... ¿Todavía vive ese joven? ¡Qué fuerte!

una voz.—¡Lo fuerte son las ligaduras!

el pastor.—¿Qué ligaduras? ¿Las que le atan a la vida? ¡Oh, la muerte las rompe con suma facilidad! Por fortuna, su alma está ya purificada gracias a la confesión.

el turista gordo.—¡Guardias, guardias! ¡Es preciso un juicio oral!

la señora agresiva. (Avanzando, amenazadora, hacia el señor de la chaquetilla blanca.)—¡No puedo permitir que se me engañe! He visto a un aviador estrellarse contra un tejado, he visto a un tigre despedazar a una mujer...

un fotógrafo.—¡Las placas que he gastado fotografiando a ese sinvergüenza tendrá que pagármelas usted, señor!

el turista gordo.—¡Un juicio oral! ¡Es preciso un juicio oral! ¡Qué desvergüenza!

el señor de la chaquetilla blanca. (Retrocediendo.)— Pero, ¿cómo quieren ustedes que le obligue a caer? Se negaría por completo.

el desconocido.—¡Claro que me negaría! Yo no me estrello por veinticinco rublos.

el pastor.—¡Qué bribón! ¿Para eso he arriesgado yo mi vida confesándole? Y es que, señores, he arriesgado mi vida, exponiéndome a que cumpliera su amenaza de dejarse caer encima de mí.

macha. (Melancólica.)—Papá: ¡un policía!

Enorme confusión: Unos rodean tumultuosamente al policía y otros al señor de la chaquetilla blanca. Ambos exclaman: "¡Señores, por Dios!"

el turista gordo.—Señor policía: ¡hemos sido víctimas de un engaño, de una bribonada!

el pastor.—¡El joven de la roca es un infame, un criminal!

el policía.—¡Calma, señores, calma!... ¡Eh, amigo! (dirigiéndose al desconocido): ¿está usted dispuesto a caer o no?

el desconocido. (Con tono resuelto.)—¡No, señor!

voces.—¿Lo ve usted? ¡Es un cínico!

el turista alto.—Escriba usted, señor policía: "Explotando el santo amor al prójimo..., ese sentimiento sagrado que..."

el turista gordo.—¿Oís, hijos míos? ¡Qué estilo!

el turista alto.—"Ese sentimiento sagrado que..."

macha. (Melancólicamente.)—Papá: ¡mira qué anuncio! Lleva en lo alto de un palo un cartel con la efigie de un hombre de largos cabellos a cuyo pie se lee este letrero: "Yo era calvo."

el individuo del cartel. (Deteniéndose y anunciando a grito pelado.)—Nací calvo y seguí siéndolo durante mucho tiempo. Me casé con la cabeza completamente monda y mi mujer...

Todos, incluso el policía, escuchan con suma atención.

el turista gordo.—¡Qué tragedia! ¡Recién casado y calvo!

el individuo del cartel. (En tono enfático.)—Mi dicha conyugal, señores, llegó a estar en peligro. Todos los supuestos remedios contra la calvicie que industriales sin escrúpulos...

el turista gordo.—¡Toma nota, Petka!

la señora agresiva.—Pero, ¿cae ese joven o no?

el señor de la chaquetilla blanca.—Otro día caerá, señora. Le prometo a usted que, cuando vuelva a contratarle, no le ataré tan fuerte.

 



[1] Diminutivo de Vasili (N de la t )

[2] Diminutivo de Tatiana (N de la t)

[3] Los estonios, cuando hablan ruso suelen confundir los géneros gramaticales (N de la t )

[4] Aguardiente

[5] Diminutivo de Mijail (N de la t)

[6] Campesino ruso (N de la t)

[7] Diminutivo cariñoso de Serguéi. (N. de la t.)

[8] Diminutivo cariñoso de Nina. (N. de la t.)

[9] «Maslienitsa» se llama la semana que precede a la cuaresma, es como nuestro carnaval, pero sin mascaras (N de la t)

[10] Diminutivo cariñoso de Tatiana (N de la t)

[11] Moneda rusa

[12] Diminutivo de Vasili (N de la t)

[13] Residencia campestre.

[14] Hermandad

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