© Libro No. 639. Los Siete Ahorcados y otros relatos. Andreiev,
Leónidas. Colección E.O. Marzo 8 de 2014.
Título original: © Leónidas Andreiev. Cuentos
Versión Original: © Leónidas Andreiev. Cuentos
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Portada E.O. de
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Andreiev Leonidas
Cuentos
Indice
I ¡A la una, precisamente, Excelencia...!
VIII Existe la muerte, pero también la vida
Nota
preliminar
Leonid
Andréiev (1871-1919) puede considerarse el puente de enlace entre los grandes
narradores decimonónicos rusos y las vanguardias surgidas tras el advenimiento
del comunismo, en ese espacio de tiempo crucial donde Rusia era un verdadero
hervidero cultural antes de que se impusieran los primeras represiones, de las
que el mismo Andréiev sería víctima, motivo que le llevó a exiliarse los último
años de su vida en Finlandia, a pesar de la estrecha amistad que durante largos
años le había ligado a Maxim Gorki, la cual se vio truncada con la llegada al
poder de los bolcheviques. Fue el cronista de una generación entregada a la
desesperación y en sus escritos se puede vislumbrar ya los claroscuros de
aquellos días que, como titulase John Red, “sacudieron al mundo”.
Sus
primeros cuentos (recopilados en El angelito, 1916) aparecieron en los
periódicos de Moscú al comienzo del siglo y muy pronto su nombre adquirió
prestigio entre los intelectuales rusos. Persona afable y de trato cordial, muy
alejada de su carácter resulta ser toda su obra, presidida en todo instante por
un hondo pesimismo, lo que le lleva a abarcar temáticas siempre ligadas al
dolor humano, como la muerte, la enfermedad, la guerra, la traición o la
locura. Muestra de ello es su primer relato, El abismo (1904), que le
granjeó el aplauso unánime de crítica y público pese a abordar un asunto tan
escabroso como el de una muchacha que, después de ser violada por una banda de
golfos en un bosque, sufre el mismo ultraje a manos de su propio novio. Tampoco
su Vida de Basilio Fiveiskii, también del mismo año, pudo pasar
desapercibida para el lector ruso, ya que en la ferviente rusa zarista
presentaba a un pope incrédulo que, bajo amenazas e increpaciones, recrimina a
Dios su inexistencia. En fin, como el mismo Chejov apuntase: «Después de
haber leído dos de sus páginas hay que darse un paseo y respirar dos horas aire
fresco».
Alejado
de todo esta morbosidad que subyace en toda su obra, se halla su novela corta,
y quizá lo mejor de su producción, Los siete ahorcados (1905), donde se
narra las últimas horas en prisión de unos condenados a muerte (cinco
terroristas anarquistas, un letón criminal y un campesino matón), a quienes
liga el destino sus vidas por breves instantes junto al patíbulo.
Quizá,
embriagado por el súbito y estruendoso éxito de sus primeras obras, la calidad
de su producción se resintió con el tiempo y finalmente ofreció menos de lo que
en un principio prometía su carrera literaria. Abarcó el campo de la novela con
obras como En la bruma, El pensamiento, La risa roja y Sashka
Zheguliov, esta última, quizá, su obra más ambiciosa, donde cuenta la
historia, ubicada en la antesala de la revolución rusa, del hijo de un general
fallecido que padece una lucha interna librada por fuerzas heredadas de sus
progenitores. Asimismo, también se incursiona en el teatro y compone piezas de
la calidad de Hacia las estrellas, La vida del hombre, Judas
Iscariote o Quien reparte las bofetadas.
Conocido
como «el apóstol de las tinieblas», Andréiev es uno de los más grandes
escritores de la Rusia prerrevolucionaria, y, lejos de inscribirse en los
rangos de la nueva literatura que surge con la Revolución de Octubre, es un
típico novelista y dramaturgo fin de síècle que se siente atraído por
los tonos sombríos del decadentismo y hace gala de una morbosidad que tiene
algo en común con las cavilaciones de Fiódor Dostoievski sobre el sentido del
mal. En sus inicios, Andréiev se muestra rebelde y misántropo e incluso es
encarcelado por sus actividades políticas, pero después se transforma en un
conservador que apoya la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial,
ataca a la Revolución de Octubre y cruza la frontera con Finlandia para, desde
allí, escribir apasionadas denuncias contra Lenin y los bolcheviques. En marzo
de 1919 lanza un desesperado llamamiento para que los aliados intervengan en
Rusia y acaben de una vez con los Soviets. Fallece al poco tiempo, a raíz de un
ataque al corazón.
Los
siete ahorcados
I
¡A la una,
precisamente, Excelencia...!
El
ministro era un tipo extraordinariamente obeso y propenso a los ataques
apopléticos, por lo cual, y para prevenir los peligros de una emoción fuerte,
hubieron de emplearse toda clase de precauciones para comunicarle que se iba a
atentar contra su vida. Al ver que recibía la noticia con serenidad y hasta
sonriente, se le comunicaron los detalles. El crimen se cometería a la
siguiente mañana, cuando la víctima se encaminase al Consejo. La policía había
descubierto el complot por una delación, y vigilaba noche y día a los
conjurados, quienes serían detenidos a la una, hora en que, armados de bombas y
pistolas, esperarían al ministro.
—Pero
—exclamó éste, sorprendido—, ¿cómo diablos sabían ellos la hora a que yo he de
acudir al Consejo, cuando yo mismo la ignoraba hace tres días?
El
jefe de la guardia se encogió de hombros.
—Pues
ellos, Excelencia, sabían que será a la una, precisamente.
Parecióle
bien a Su Excelencia el diligente celo de la policía; luego hizo un gesto de
duda, frunció el ceño, y sus labios, carnosos y encendidos, se contrajeron en
una mueca que pretendía ser una sonrisa; sin abandonarla, se despidió de los
agentes, y para que éstos trabajasen con mayor libertad y desembarazo, decidió
pasar la noche fuera de su casa, en otra casa amiga, donde le brindaban
hospitalidad. También su esposa y sus hijos fuéronse lejos de aquella mansión
en que acechaba el peligro y en donde al día siguiente habían de reunirse los
conjurados.
Mientras
ardían las lámparas en la morada ajena y los amigos saludaban y sonreían, el
ministro experimentaba cierta excitación agradable, como si le hubieran dado ya
o le fuesen a otorgar un galardón inesperado.
Mas
luego aquellas habitaciones quedaron obscuras y solitarias. Al través de los
cristales, el alumbrado público fingía luminosas y movedizas manchas en los
muros y en los techos de aquellos vastos aposentos, hundidos ahora en el
silencio más completo.
Solo
ya en la ajena alcoba, sintióse el personaje asaltado de súbitos temores.
Padecía
de accesos nefríticos, y así, cuando algo le impresionaba hondamente,
reflejábase esta impresión en rostro, piernas y brazos, que se cubrían de
edemas y se hinchaban, con lo que cada vez se ponía más gordo y fofo. Con
angustia de enfermo, empezó a notar cómo su rostro se iba abotagando más y más,
y comenzó a preocuparle obstinadamente el trágico fin que le anunciaran.
Sucesivamente fueron desfilando por su memoria los últimos atentados que contra
ilustres personajes se habían cometido; evocó la trágica visión de sus cuerpos
despedazados por las bombas, los trozos de masa encefálica que salpicaban
pavimento y paredes, así como los dientes arrancados de las deshechas
mandíbulas. Influido por tales recuerdos, parecióle que su cuerpo, tendido en
el lecho, no era ya suyo, y creyó sentir la tremenda fuerza de la explosión;
experimentó la sensación de que sus brazos se desprendían del tronco, y los
dientes se caían, y se le pulverizaba el cerebro, y pies y piernas se le
paralizaban, y agarrotábansele los dedos, hasta adquirir rigidez cadavérica. Se
agitó en el lecho, suspiró fuertemente y tosió para cerciorarse de que no
estaba muerto; el frufrutante rumor de la sedeña colcha y el crujido del sommier
aliviaron su acongojado ánimo; mas para acabar de tranquilizarse y alejar
de sí toda idea de muerte, exclamó en alta voz, que rasgó el silencio nocturno:
—¡Bravo,
muchachos! ¡Muy bien, muy bien!
Quería
dirigirse a sus polizontes y a sus soldados, a todos los que, al hacerle
aquella confidencia y advertirle tan oportunamente el proyectado crimen,
salváranle la vida. Sin embargo, aun cuando aprobaba la acción de la policía y
trataba con sonrisa forzada de expresar el desprecio por el fracaso de sus
torpes enemigos, no creía poder salvarse, ni que la muerte no le sobreviniese
súbita y rápidamente. La muerte con que los conjurados le amenazaban se erguía
ante él y se apoderaba de su pensamiento y paralizaba sus intenciones, como si
estuviese agazapada allí, en un rincón de la alcoba, y dispuesta a no moverse
de allí en tanto que los criminales no fuesen detenidos y desarmados y
encarcelados tras seguras rejas y fuertes cerrojos. Recordó las palabras del
policía:
—¡A
la una, precisamente a la una, Excelencia!
Esta
frase le perseguía, le obsesionaba, como un estribillo repetido en todos los
tonos: jocoso y burlón unas veces, fiero otras, frío y monótono en ocasiones.
Dijérase que una mano misteriosa había instalado en la alcoba multitud de
altavoces que, sucesiva e incansablemente, anunciaban con mecánica estupidez:
—¡A
la una, precisamente a la una, Excelencia!
De
pronto, aquella hora del día siguiente separóse, como arrancada del indistinto
conjunto de las otras, y aquel fragmento de tiempo, que apenas era sino un mudo
avance de la manecilla en la esfera del áureo reloj, cobró un gesto de amenaza,
de aciago presagio; con ágil brinco separóse del círculo, comenzó a vivir por
sí misma y se irguió como altísimo y sombrío poste que partía en dos la vida.
Era como si se hubiesen borrado todas las demás horas y únicamente aquélla se
alzase con insolente gesto, como si ella tuviese derecho a una existencia
especial.
Encaróse
con ella el ministro, y «¿Qué quieres?», la preguntó con cólera.
El
coro de altavoces continuaba:
—¡A
la una, precisamente a la una, Excelencia!
Y
el poste negro se inclinaba en irónica reverencia.
El
ministro no podía conciliar el sueño; apretó los dientes, incorporóse en el
lecho y sepultó el hinchado rostro entre las manos.
Con
igual intensidad que si los estuviese viviendo, imaginó los momentos de la
siguiente mañana. ¡Cómo, a no haber sabido lo que se preparaba, se hubiese
levantado al igual que todos los días! ¡Cómo hubiera tomado café, ignorante y
despreocupado! ¡Cómo, en fin, se hubiera vestido en su tocador, sin que ni su
ayuda de cámara ni el criado que le sirvió el desayuno comprendieran lo inútil
que es servir el desayuno y ayudar a poner el gabán a quien a los pocos
momentos ha de desaparecer, con el gabán que cubre su cuerpo y el café que
dentro de su estómago llevaba, despedazado por una explosión!...
Separó
del rostro las manos y lanzó un ¡ay! en voz alta.
Luego
buscó a tientas la llave de la luz y la encendió. Después se levantó y se puso
a dar paseos, descalzo, por la alfombra de aquella alcoba que no era la suya.
Tropezaron sus ojos con otra llave, y encendió la lámpara a que correspondía. Y
dio la nueva luz tan jubilosa animación a la habitación, que del ministerial
terror, aún no desaparecido del todo, apenas quedaba otra señal que las
revueltas ropas del lecho, cuya colcha yacía por el suelo.
Con
la barba despeinada por los bruscos movimientos, desorbitados los ojos y la
respiración jadeante, el ministro, que se hallaba en ropas menores, parecía un
anciano agitado por el insomnio. Obsesionábale siempre la idea de la muerte que
le preparaban, y junto a este pensamiento borrábase el fausto de que estaba
rodeado. Con todo, hacíasele difícil creer que aquel cuerpo suyo, tan presente
y tangible, pudiera ser devorado por el fuego y sus miembros despedazados por
la explosión.
Sentóse,
rendido, en una butaca, y apoyó la barba en la mano. Luego fijó en el techo los
extraviados ojos.
Y
comprendió que allí mismo, en aquella habitación, estaba la causa de sus
terrores, allí se hallaba el origen de su susto y de su agitación. ¡Y él,
quieto allí, en aquel rincón, no se marchaba, no podía marcharse!
—¡Imbéciles!
—pensó, haciendo un mohín despectivo. —¡Imbéciles! —repitió luego en alta voz.
Y
para que pudiesen oírlo aquellos a quienes se dirigía la invectiva, volvióse
hacia la puerta. Eran los mismos mozos que poco antes elogiara y el propio
agente que con tanta diligencia le había prevenido contra el atentado que se
fraguaba.
—Es
natural —se dijo— que tenga miedo ahora que me lo han contado. Pero si no lo
supiera, habría tomado tranquilamente el café. ¿Es que yo tengo miedo a la
muerte? ¡Bah! Los riñones me hacen sufrir mucho, y, después de todo, algún día
he de morir. ¡Algún día! Mas como no sé cuál, no lo temo. Y esos idiotas me
salen ahora con que va a ser mañana, «a la una, precisamente a la una,
Excelencia», y los muy estúpidos creen que me han hecho un favor, y lo que han
conseguido es traerme aquí la muerte, que está aquí, que no quiere irse de
aquí. No puede irse, porque está dentro de mí. No es tan terrible la muerte
como el saber cuándo se va a morir. La vida sería imposible si se conociese con
exactitud la hora de la muerte. ¡Y los muy imbéciles me lo avisan y me dicen:
«Mañana a la una, precisamente a la una, Excelencia»!
Animóse
súbitamente, como si alguien le hubiese anunciado que era inmortal, que no
moriría nunca, nunca. Parecióle recobrar todas sus facultades intelectuales,
todo su vigor físico, su superioridad, en fin, sobre aquella reata de imbéciles
que con tan necia osadía querían revelar el futuro. Y pensó que el mejor don
que puede alcanzar un hombre anciano y achacoso es la ignorancia.
¡Bendita
ignorancia ésta de la hora del fin, que ningún ser vivo, hombre o bestia, puede
adivinar! Poco antes había estado el ministro enfermo; desahuciáronle los
médicos y le invitaron a dictar sus últimas disposiciones. Él no les había
hecho caso, y, en efecto, al poco tiempo estaba como si tal cosa, sano y libre
de las amenazas de los facultativos.
En
cierta ocasión, en su juventud, acosado por la vida, pensó abandonarla; tenía
ya escrita la consabida carta, cargado el revólver y hasta designada la hora
fatal; pero al sonar ésta se volvió atrás. Es que siempre, en el supremo
instante, puede ocurrir algo, puede presentarse alguna circunstancia
imprevista. Y así, nadie, ni aun el que ha determinado su propia muerte, puede
decir cuándo va a morir. ¡Y aquellos amables burros venían a decirle: «A la
una, precisamente a la una, Excelencia»! Y no obstante estar ya, cuando le
llegó el aviso, conjurado el peligro y la muerte evitada, el solo anuncio de la
hora empavoreció su ánimo. Tal vez le matasen cualquier día, pero ya no sería
«mañana», y como no sería «mañana», podía echarse a dormir con la tranquilidad
del justo que ha conquistado ya la inmortalidad. ¡Qué estúpidos aquéllos y cuán
ajenos estaban de pensar qué terrible secreto habían violado, qué hondos
abismos habían abierto al anunciar con su enfadosa amabilidad:
—¡A
la una, precisamente a la una, Excelencia!
Una
voz, la voz del silencio, dijo:
—No,
señor ministro; no será a la una; no se sabe cuándo será.
—¡Eh!
¿Quién habla ahí? ¿Qué dices?
—Nada
—prosiguió la voz del silencio—. Nada.
—Sí,
algo decías.
—No,
nada de importancia. Digo que mañana a la una...
Sintió
el ministro el corazón atenazado por la angustia; no dormiría, no, aquella
noche; no gozaría de sosiego ni de alegría en tanto que no transcurriese y se
perdiese en el pasado aquella hora fatal, que aún se agazapaba en un rincón y
lo obscurecía con su sombra...
Ya
no temía a los asesinos de mañana. Habían sido apresados por la turbamulta de
fieles que le rodeaban y defendían su vida.
Pero
sobre él pesaba la amenaza de algo imprevisto e ineluctable: tal vez la
apoplejía, el corazón que se rompía, la aorta que, henchida de sangre, saltaba
en mil pedazos, como un tubo que no puede resistir la presión del agua, como un
guante que estalla por hinchazón de la mano que lo calza...
Advertía
que su corto y grueso cuello de apoplético estaba insensible, y contemplaba
despavorido sus dedos rígidos y amoratados, en los que ya se presentara el
edema.
Y
sí antes, en las tinieblas, habíase agitado para convencerse a sí mismo de que
no estaba muerto, ahora, bajo aquella luz de fría blancura, no podía ni
extender el brazo para coger un cigarro u oprimir el botón del timbre. Sus
nervios estaban tensos y rígidos como alambres. Apenas podía respirar.
De
repente, un sonido agudo y vibrante, el repiqueteo de un timbre eléctrico,
rasgó desde el techo el silencio y la obscuridad de la noche, taladró las capas
de polvo, atravesó las telas de araña: Su Excelencia llamaba.
Encendiéronse
todas las lámparas de la casa, y empezaron los criados a correr de un lado para
otro.
Oíase
una voz grave y entrecortada. Alguien fue al teléfono para avisar al médico: el
ministro se había puesto muy malo. Fue preciso prevenir a su esposa para que
acudiese al lado del enfermo.
II
La pena de la horca
Las
cosas ocurrieron según las había previsto la policía. Cuatro terroristas, bien
pertrechados de armas y explosivos, entre los que se hallaba una mujer, fueron
detenidos cuando aguardaban al ministro, a la misma entrada de su casa. También
prendieron, en su propio domicilio, a la dueña del local en que los conjurados
celebraban sus reuniones, y allí, asimismo, se encontró dinamita en abundancia,
bombas y armas diversas.
Todos
los detenidos eran jóvenes: el de más edad tenía veintiocho años; el de menos,
una mujer, diecinueve. El juicio se celebró en el mismo lugar donde fueron
encarcelados, y la vista fue brevísima y a puerta cerrada, como de costumbre al
tratarse de tales delitos.
Cuando
comparecieron ante sus jueces, mostráronse los cinco serenos, pero serios y
pensativos. Tal era el desprecio que hacia aquellas gentes sentían, que ni
siquiera se les ocurrió fingir alegría o alardear de valor. Hubo preguntas a
las que ninguno quiso contestar; otras veces, sus respuestas eran lacónicas y
sencillas, como si, en vez de hallarse ante un tribunal que había de decidir su
suerte, estuviesen proporcionando datos a una oficina de estadística. Tres de
ellos, dos hombres y una mujer, dieron sus verdaderos nombres, otros dos se
negaron, permaneciendo desconocidos para los jueces. Si algo lograba despertar
en algún modo su curiosidad, amortiguada y casi extinta, como suele ocurrir a
los enfermos muy graves o a las personas obsesionadas por una idea fija, no
era, ciertamente, lo que decían los jueces, sino lo que acontecía en la sala.
Dirigían en torno furtivas miradas, cazaban al vuelo alguna frase que les
interesaba, y en seguida volvían a caer en su pensativo mutismo.
El
que se hallaba más cerca de los jueces era un tal Serguéi Golovin, oficial del
ejército e hijo de un coronel retirado. Era un muchacho fuerte como un roble,
rubio y muy joven. Ni las privaciones de la prisión ni la amenaza de una muerte
próxima habían sido parte a empalidecer sus encendidas mejillas ni amortiguar
el juvenil brillo de sus ojos, en que aún se reflejaba una expresión de
candorosa felicidad. Miraba el paisaje a través de una ventana, y a cada
momento se pasaba la mano por la incipiente barba, que, sin duda por serlo, le
causaba desazón en el rostro.
Eran
los últimos días de invierno, cuando un sol rubio y cálido, mensajero de la ya
muy próxima primavera, suele atravesar los remolinos de nieve y hender los
cendales de bruma; acaso la visita del astro durase tan sólo un día, tal vez
una hora no más, pero su luminosidad radiante bastaba para que los gorriones se
volviesen locos de alegría y las gentes se emborrachasen de júbilo.
Por
la ventana —que aún conservaba, como reliquias del último verano, una capa de
polvo y cortinas de telarañas— vislumbrábase el cielo, hermoso y límpido como
muy pocas veces se viera; tal vez, al mirarlo en los primeros instantes, los
ojos, empañados aún por las nieblas invernales, no advirtiesen toda su
inmaculada pureza; pero a medida que lo contemplaban se les aparecía más terso
y más azul.
Miraba
Serguéi Golovin el cielo, siempre rascándose la barba, entornaba
voluptuosamente los ojos, que largas pestañas embellecían, y volvía luego a
sumirse en sus pensamientos. Una vez hizo una especie de castañeta con los
dedos, y su rostro se dilató con expresión de gozo; pero de pronto miró en
torno suyo y el júbilo se le extinguió, como se apaga un fósforo que se pisa.
Se puso pálido como un muerto. Sin embargo, la alegría de la vida y el sol de
primavera vencieron una vez más, y al poco tiempo el juvenil e ingenuo rostro
elevábase nuevamente hacia el cielo.
Pero
no estaba solo en su admiración: también lo contemplaba la muchacha que no
había querido dar su nombre, y que se llamaba Musia. Era aún más joven que
Golovin, pero su precoz seriedad y la profunda mirada de sus ojos negros
hacíanle aparentar más años. Que éstos eran muy pocos se veía, con todo, en la
graciosa morbidez de su cuello, en las finas y transparentes manos, en algo, en
fin, inefable y fragante. Estaba muy pálida, pero no era la suya la palidez de
la muerte, sino la transparente blancura que una intensa llama interior da a
muchos rostros hasta hacerles tomar apariencia de porcelana.
Sin
moverse apenas en su silla, sólo alguna que otra vez se miraba el dedo del
corazón de la mano derecha, donde una sortija que poco antes le quitaran había
dejado visible señal. Serena, indiferente a cuanto la rodeaba, miraba al cielo,
único vestigio de pura belleza que en el sórdido conjunto de aquella sala se
ofrecía a sus ojos.
Los
jueces sentían compasión por Serguéi Golovin, pero en cambio odiaban a Musia.
Había
otro personaje, que, según propia declaración, se llamaba Verner, y que
permanecía inmóvil, con las manos en las rodillas. Contemplaba el sucio
entarimado, y nadie hubiera podido decir si su pensamiento estaba allí o si,
desasiéndose de cuanto le rodeaba, habíase ausentado de aquel lugar. Tratábase
de un hombre de mediana estatura. Su rostro, de singular hermosura y nobleza,
era tan blanco y pálido, que recordaba las noches de luna a orillas del mar.
Parecía reunir a una fuerza extraordinaria una fría seguridad en sí mismo.
Contestaba breve y cortésmente a las preguntas que se le hacían; pero aun
entonces había en él no sé qué de peligrosa superioridad, que se advertía hasta
en sus más ligeros movimientos. Se envolvía en el capote que usan los carcelarios,
pero esta prenda parecía despegársele del cuerpo. Cuando fue detenido se le
encontró únicamente un revólver, en tanto que a sus compañeros se les halló un
verdadero arsenal de armas y materias explosivas. Los jueces, sin embargo, le
suponían el jefe de los conspiradores y, a pesar suyo, le manifestaban alguna
deferencia.
Muy
próximo a él hallábase un individuo de aspecto cadavérico, llamado Vasili
Kashirin, que luchaba denodadamente por ocultar el terror que le dominaba.
Desde la hora de la mañana en que los habían conducido ante el tribunal, el
descompasado ritmo de su corazón amenazaba con ahogarle; tenía la frente bañada
en sudor y helados los pies y las manos. Pudo, con sobrehumano esfuerzo, evitar
que los miembros le temblasen y hacer que su voz pareciese firme y segura, así
como serena su mirada. No veía lo que le rodeaba, y las palabras y las frases
que allí se pronunciaban, llegaban a él como a través de la niebla, casi
apagadas por espesas y acolchadas paredes; para replicar a las preguntas que se
le hacían había de poner toda su voluntad en despertar de aquella especie de
ensueño entre nieblas. Luego no volvía a acordarse de preguntas ni respuestas y
volvía a sumirse en sus meditaciones y a empeñarse en su lucha interior. La
muerte parecía rondarle ya, y esta circunstancia desviaba de su rostro las
miradas del tribunal. Lo mismo podía ser joven que viejo: tan difícil era
calcular su edad como si se tratase de un cadáver que comienza a descomponerse.
Sus documentos, sin embargo, atestiguaban que tenía veintitrés años. Verner le
daba de vez en cuando una palmadita en las rodillas, y él le replicaba:
—No
es nada.
Algunas
veces experimentaba irresistible deseo de gritar, de aullar, como un animal
desesperado; cuando esto le ocurría, pasaba un rato cruel. Arrimábase
silenciosamente a Verner, y éste le decía, sin mirarle:
—Paciencia,
Vasia[1]. Pronto dejaremos de
sufrir.
La
quinta terrorista, Tania[2] Kovalchuk, preocupada e
inquieta, miraba a sus compañeros con expresión maternal y solícita. Y parecía,
en efecto, madre de todos ellos, pese a su extremada juventud y a la lozanía de
sus mejillas, tan encendidas como las de Serguéi Golovin; pero sus ojos tenían
una expresión de ternura inefable, de infinito amor.
Apenas
si se dignaba mirar al tribunal. Estaba pendiente de las declaraciones de los
demás, preocupada de que no les temblase la voz, de que no tuviesen miedo.
A
Vasili, Tania ni siquiera se atrevía a mirarlo. A Musia y a Verner los
contemplaba con mezcla de orgullo y respeto, y su rostro adquiría entonces
expresión de patética gravedad. En cambio, cuando miraba a Serguéi sonreía y se
decía:
—¡Eleva
tus ojos al cielo, amigo mío! Pero ¿qué va a ser de Vasia? ¡Ay, Señor, Señor!
¿Qué podría hacer por él? ¿Decirle algo? Acaso fuera peor. A lo mejor se echa a
llorar.
Así
como las nubes viajeras se reflejan a la hora del crepúsculo en las serenas
aguas de un lago, del mismo modo en aquel semblante todo bondad se reflejaban
todos los sentimientos, todas las ideas, aun las más leves, aun las más
fugaces, de los cuatro amigos de Tania. Ni siquiera se le ocurría pensar que
también ella estaba acusada, que asimismo habían de juzgarla y que igualmente
la ahorcarían. No le preocupaba gran cosa. En su domicilio fue precisamente
donde habían sido hallados las armas y los explosivos, y, aunque parezca raro,
ella misma fue quien recibió a tiros a la policía e hirió a un agente en la
cabeza.
A
las ocho de la noche terminó la sesión. Musia y Serguéi seguían mirando al
cielo, que poco a poco iba obscureciéndose. No tenía ese tinte rosado, esa
luminosidad sonriente, de los atardeceres estivales; habíase tornado de repente
hosco y ceñudo, nuboso y lóbrego, como cielo de invierno. Golovin lanzó un
suspiro y miró de nuevo a través de la ventana. Mas ya nada se veía; era noche
cerrada, una noche negra y helada. Entonces, el joven, sin dejar de acariciarse
la incipiente barba, volvió los ojos, curiosos como los de un niño, hacia los
jueces, y los fijó luego en los guardias que estaban allí custodiándolos,
rígidos, con sus fusiles prevenidos. Miró, finalmente, a Tania y sus labios
insinuaron una sonrisa. También Musia apartó la mirada del cielo cuando éste se
obscureció, y la fijó en una telaraña. Así permaneció durante la lectura de la
sentencia.
Cuando
se hubo cumplido este requisito, los defensores de los condenados se
despidieron de éstos, que no quisieron mirar los ojos, entre avergonzados y
tristes, de los abogados. Al salir cambiaron algunas palabras.
—No
es nada, Vasia —dijo Verner—; todo acabará pronto.
—Sí,
amigo, todo —replicó Kashirin, sereno, casi alegre.
Había
perdido su aspecto cadavérico, y su semblante se había coloreado levemente.
—¡Ah,
diablos! ¡Al fin han conseguido hacernos ahorcar! —exclamó el candoroso
Golovin.
—¡Bah!
—contestó Verner—. Eso estaba descontado.
Tania
quiso consolarlos, y les dijo:
—Mañana
se ratificará la sentencia y nos encerrarán a todos juntos, y ya no nos
separaremos hasta la hora de morir.
Musia
callaba. Al fin echó a andar con decisión.
III
¡No tienen que ahorcarme!
Por
el mismo tribunal que sentenció a los terroristas había sido condenado dos
semanas antes un tal Iván Yanson a la última pena.
Prestaba
sus servicios este hombre como peón en casa de un rico labrador, y era uno de
tantos jornaleros, sin nada que le distinguiese de los demás. Era estonio, de
Vesenberg, y había pasado su vida de hacienda en hacienda, pero acercándose
cada vez más a Petrogrado. Apenas conocía el ruso, y como quiera que en casa de
Lásarev —que así se apellidaba su amo— no había ningún otro estonio, Yanson
pasó los dos años que estuvo en aquella casa casi sin hablar.
Yanson,
por lo demás, no era muy parlanchín. Tan callado con los animales como con los
hombres, nada decía a los caballos cuando los llevaba al abrevadero ni cuando
los enjaezaba y enganchaba; cuando algún jaco se desmandaba, la emprendía con
él a latigazos, con cruel ensañamiento, pero sin proferir palabra. Si tenía
algunas copas de más, golpeaba a los animales con tal furia, que el restallar
del látigo llegaba hasta la misma casa. Su amo le castigaba a menudo por su
brutalidad, pero, en vista de que todo era inútil, le dejó por imposible.
El
estonio se emborrachaba todos los meses invariablemente, y algunos más de una
vez, sobre todo cuando llevaba a su amo a la estación. Luego que éste bajaba
del trineo, Yanson se alejaba como cosa de medio kilómetro, y allí, junto a la
carretera, enterrados en la nieve el vehículo y el caballo, esperaba, medio
dormido, que el tren se marchase. Entonces volvía a todo correr a la estación y
echaba unos tragos en la cantina; al poco tiempo estaba como una cuba.
Regresaba
a la finca a galope tendido, golpeando sin piedad al caballo. El pobre animal
daba desesperados botes, y el trineo chocaba con los postes del telégrafo;
Yanson, entre tanto, sin cuidarse de más, cantaba y gritaba algo a voz en
cuello en su idioma, y no era raro que se cayese del pescante. A veces, en vez
de cantar, apretaba los labios con sorda cólera y avanzaba con vertiginosa
rapidez, que ni en las curvas ni revueltas del camino moderaba. Parecía
no ver siquiera a los viandantes. Cómo no atropellaba a ninguno, cómo no se
mataba él mismo, es lo que no se explicaba nadie.
Muchas
veces estuvo su amo a punto de despedirle, como habían hecho ya otros muchos.
Pero como trabajaba barato y, después de todo, sus compañeros no eran mucho
mejores, permaneció dos años en casa de Lásarev, sin que ningún suceso notable
viniese a turbar el monótono curso de su vida. Tan sólo cierto día recibió una
carta escrita en su idioma; pero como él no sabía leer, y allí nadie conocía el
estonio, la rompió, la tiró a la basura y se quedó tan fresco.
En
una ocasión quiso cortejar a la cocinera, mas ésta le desdeñó y se mofó de su
pequeña estatura, su cara pecosa y sus ojos verdes y apagados. Yanson, sin
apurarse por el mal éxito de su pretensión, no volvió a ocuparse de la
cocinera.
Como
queda dicho, apenas hablaba; pero, en cambio, siempre parecía estar escuchando
algo. Escuchaba los rumores del campo, al que los montones de estiércol,
enterrados bajo la nieve, daban apariencia de cementerio; el zumbido de los
hilos del telégrafo; las conversaciones de la gente; hasta el aire azul parecía
decirle algo. ¿Qué? Esto sólo él lo sabía.
Un
día que se hablaba de crímenes y robos, supo que en uno de los pueblos
inmediatos unos desconocidos habían saqueado una finca, asesinando al dueño y a
su mujer, e incendiando la casa.
Este
suceso llevó el pánico a la granja donde Yanson servía. Soltáronse los perros,
incluso durante el día, y el dueño no se separaba de su escopeta. A Yanson le
dio otra muy parecida, aunque un poco más vieja y de un cañón; pero el estonio
hizo un gesto negativo y rechazó el arma. El labrador, que no acertaba a
explicarse la causa de la negativa, le reprendió agriamente, pero Yanson
confiaba más en su cuchillo finlandés que en aquel chisme mohoso.
—A
lo mejor me mato yo mismo —decía, fijando en su amo los turbios y apagados
ojos.
—¡Qué
idiota eres, Iván! ¡Vaya usted a vivir con esta gente!
Y
he aquí que aquel mismo Iván Yanson, que no confiaba en la escopeta, una noche
de invierno en que, por haber ido el otro cochero a la estación, se quedó en
casa, cometió, como quien no hace nada, un asesinato, con los aditamentos de
robo e intento de violación. Lo había hecho de una manera extraordinariamente
sencilla: encerró a la criada en la cocina; luego, fingiéndose rendido por el
sueño y andando como quien no puede tenerse en pie, se acercó sigilosamente a
su amo y le hundió el cuchillo en la espalda. La víctima cayó sin lanzar un
¡ay!; su mujer, enloquecida por el terror, empezó a pedir socorro, y Yanson,
rechinando los dientes y esgrimiendo el cuchillo, registró muebles y cajones y
se apoderó de cuanto dinero halló en ellos. Después de esto miró a su ama como
si la hubiese visto por primera vez, y se arrojó sobre ella con propósito de
violarla. Mas se le cayó el cuchillo, y como la señora era más fuerte que el
estonio, éste no logró su intento, y, lo que es más, a poco muere estrangulado.
En aquel momento el labrador se agitó en el suelo; la cocinera empezó a gritar
y a derribar la puerta, y el criminal huyó. No tardaron, sin embargo, en
detenerle; queriendo añadir al asesinato el incendio, se dirigió a la cuadra, y
allí le hallaron, cuando trataba de llevar a cabo su propósito encendiendo las
cerillas que llevaba.
Pocos
días después el amo murió de la infección a la sangre y Yanson fue condenado a
muerte. Pequeño, delgaducho, con su cara llena de pecas y sus ojos turbios y
apagados, mostró al comparecer ante sus jueces tal indiferencia, que no parecía
comprender la importancia de su delito. Miraba a la sala con curiosidad y se
pellizcaba las narices con sus rudos y achatados dedos. Sólo los que le habían
visto los domingos en la iglesia protestante podían notar que estaba un poco
mejor vestido. Llevaba al cuello una bufanda de un rojo sucio; habíase
humedecido los cabellos, que así parecían más obscuros y brillantes a trechos,
en tanto que en otros se mostraban ralos y rígidos, como espigas que han
sobrevivido a una tormenta.
Cuando
Yanson conoció la sentencia que le condenaba a morir ahorcado se estremeció, se
encendieron sus mejillas y se puso a anudar y desanudar la bufanda, que, al
parecer, le sofocaba. Luego empezó a agitar los brazos, y dirigiéndose a uno de
los magistrados, que no era el que había leído el fallo, señaló a éste con el
dedo y dijo:
—«Ésa»[3] dice que me
ahorquen.
—¿Quién
es «ésa»? —preguntó con severo tono el presidente del tribunal, que había leído
la sentencia.
Apenas
si los jueces podían disimular su sonrisa; para lograrlo mejor, escondían los
rostros tras los papelotes de la causa. Yanson extendió un dedo rígido hacia el
presidente y replicó malhumorado y mirándole de reojo:
—¡Tú!
—¿Yo?
Volvió
Yanson a mirar al otro magistrado, que no hablaba, y en el que el estonio creía
ver un amigo, por suponer que no había tenido arte ni parte en la sentencia, y
de nuevo dijo:
—«Ésa»
dice que me ahorquen, y a mí no tienen que ahorcarme.
El
presidente ordenó:
—Llévense
al acusado fuera de la sala.
Antes
de que se cumpliera la orden, Yanson tuvo tiempo de repetir con tono
persuasivo:
—¡No
tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!
Al
verle tan grotesco, con un dedo extendido, su diminuta carucha contraída, a la
que inútilmente trataba de dar una expresión conmovedora, uno de los guardias
que le custodiaban no pudo por menos de decirle, aun faltando a la consigna:
—¡Mira
que eres imbécil, compañero!
Yanson
repetía insistentemente:
—¡No
tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!
—¡Quiá,
hombre, qué te van a ahorcar! Y encima te darán un jamón.
El
otro guardia ordenó, enojado:
—¡Ea,
basta de charla! —Y añadió en voz baja—: ¡Bandido! ¡Salvaje! Ahí tienes lo que
has conseguido con matar a tu amo.
Su
compañero, más compasivo, dijo:
—Aún
puede que le indulten.
—¿Qué
estás ahí diciendo? ¡Indultar a este asesino! Bueno, ya hemos hablado más de la
cuenta.
Yanson
había callado. Volvieron a encerrarle en el mismo calabozo que durante un mes
ocupara, y al que ya se había ido acostumbrando, como a todo se acostumbraba,
lo mismo a las palizas que al vodka[4]
y a los áridos campos nevados. Hasta se alegró cuando vio nuevamente los
barrotes de la reja, la cama, y su contento subió de punto cuando le dieron de
comer, pues estaba aún en ayunas. Le había impresionado desagradablemente lo
ocurrido en el tribunal, pero no sabía ni podía pensar en ello. Ni siquiera era
capaz de imaginar lo que pudiera ser la pena de horca.
Había
en la cárcel otros condenados a la última pena, y, por consiguiente, era el
suyo un caso como otro cualquiera, sin importancia alguna. Sus carceleros le
hablaban tranquilamente, como si no fuese a morir pronto o como si fuese a
morir de mentirijillas.
Al
enterarse de la sentencia el inspector le dijo:
—¿Qué
es eso, amigo? ¿Conque al palo, eh?
—¿Cuándo
me van a ahorcar? —preguntó Yanson, receloso.
El
inspector permaneció unos instantes pensativo.
—Tendrás
que esperar un poco. No pretenderás que por ti solo vayamos a molestarnos. Hay
que esperar a que haya número.
—Bueno,
pero ¿cuánto tiempo tardarán?
No
le habían molestado en lo más mínimo las despectivas palabras del inspector, o
acaso había creído que eran el pretexto que se daba para aplazar la ejecución e
indultarle luego, y alegrábale ver cómo el minuto terrible y fatal, en que no
podía pensar sin estremecerse de horror, íbase alejando, hasta parecer remoto,
inverosímil.
El
inspector, que era un viejo gruñón, replicó enojado:
—¡Cuándo,
cuándo...! ¡Vaya una pregunta! ¡No es como ahorcar a un perro en una cuadra!
Pero eres tan bruto, que puede que eso te pareciera preferible.
—¡No
quiero que me ahorquen! —dijo Yanson con mimo infantil—. Eso han dicho, pero
¡yo no quiero!
Y,
acaso por primera vez en su vida, rompió a reír, con una risa estúpida, de una
alegría absurda. Parecía el graznido de un pato: ¡Cuá-cuá! ¡Cuá-cuá!
El
otro le miró sorprendido y luego frunció el ceño; le parecía que aquella risa
era una ofensa cruel para la cárcel, que amenguaba la ejemplaridad del castigo,
y que a los mismos carceleros les desprestigiaba en algún modo, y por un
momento, aquel hombre, que se había pasado la vida en la cárcel, cuyo
reglamento celular consideraba tan preciso e infalible como las leyes de la
naturaleza, creyó hallarse en un manicomio, y que él mismo se había vuelto
loco.
—¡Qué
bruto! —dijo, escupiendo—. ¿De qué diablos te ríes? ¿Te has creído que estamos
en una taberna?
—¡No
quiero que me ahorquen! ¡Cuá-cuá! ¡Cuá-cuá! —continuaba Yanson, riendo siempre.
—¡Es
el diablo en persona! —exclamó el vigilante, y en poco estuvo que hiciese la
señal de la cruz.
No
era precisamente al diablo a quien más se parecía aquel hombrecillo de cara
minúscula y ajada; pero su risa de ganso sí tenía algo de diabólica, pues
profanaba la santidad y la solidez de la cárcel.
Parecía
que, de continuar riéndose un poco más, aquellas carcajadas acabarían por
derrumbar muros y rejas, y él mismo tendría que poner en libertad a los presos
y decirles: «¡Ea, señores, márchense adonde quieran, a paseo o a su casa!
¡Satanás!»
Yanson
había dejado ya de reírse, y hacía extraños guiños.
—¡Qué
tipo! —pensó el vigilante, y luego de lanzarle una mirada amenazadora se alejó
de allí.
Durante
el resto de la tarde, Yanson estuvo muy tranquilo, hasta jovial, sin cesar de
repetir: «¡No tienen que ahorcarme, no quiero que me ahorquen!», con lo que se
persuadía a sí mismo de que, con pronunciar tales palabras, no era preciso más.
Ya
apenas se acordaba de su crimen, y si algo lamentaba, era no haber podido
violar a su ama. Pero bien pronto ni de esto se volvió a acordar.
No
pasaba mañana sin que preguntase al vigilante que cuándo lo iban a ahorcar, a
lo que el funcionario le contestaba:
—¡Tiempo
habrá! ¡No tengas prisa, condenado! —y se marchaba en cuanto le era posible,
antes de que Yanson empezase a reírse.
Viendo
que los días se sucedían iguales unos a otros, Yanson llegó a creer que la
ejecución no se verificaría nunca. Casi olvidado ya del tribunal, pasábase las
horas muertas tumbado en la tarima y soñando con los campos cubiertos de nieve
y salpicados de montoncitos de estiércol, con la cantina del ferrocarril y con
otras cosas que le parecían remotas y gratas. En la cárcel le daban bien de
comer, y en poco tiempo había engordado bastante. Parecía un personaje.
—Si
ahora me viese mi ama, sí que se enamoraría de mí —se dijo un día—. Estoy tan
gordo como su marido.
Sus
únicos deseos eran beber vodka y montar a caballo.
La
detención de los terroristas se supo muy pronto en la cárcel. Aquel día, cuando
Yanson le hizo su pregunta de costumbre, el inspector le respondió:
—Ahora,
pronto.
Miróle
tranquila y solemnemente, y repitió:
—Ahora
sí que va a ser pronto. Al cabo de una semana, según creo.
Yanson
palideció; parecía como dormido, tan turbia era la mirada de sus ojos
vidriosos.
—¿Estás
bromeando? —preguntó.
—Tanto
que lo esperabas y ahora no lo crees. No estamos aquí para bromas. Sois
vosotros a quienes os gustan las chanzas, nosotros no tenemos tiempo para ello
—dijo el inspector con dignidad, y se alejó.
Al
anochecer del mismo día, Yanson ya aparecía más delgado. Su piel, alisada
durante el último tiempo, se contrajo nuevamente en numerosas arruguitas. Tenía
los ojos completamente adormecidos y sus movimientos tornáronse lentos y
pesados, como si cada inclinación de la cabeza, cada movimiento de los dedos,
cada paso que daba, fuera una empresa difícil y complicada que hubiera de
meditarse antes de ser efectuada. Por la noche se acostó en su camilla, pero no
cerró los ojos, y así permanecieron abiertos hasta la mañana siguiente.
—¡Ahá!
—dijo el inspector con satisfacción, al verle el día siguiente—. Ahora
comprendes que no estás en una taberna, amigo.
Sintiendo
un gran placer, como el sabio a quien hubiese resultado bien por segunda vez el
experimento, examinó al condenado de pies a cabeza: ahora todo iría como era
debido. Satanás quedaba avergonzado y se restablecía la santidad de la cárcel y
de la ejecución. Preguntó a Yanson con indulgencia y hasta con compasión:
—¿Querrás
ver a alguien o no?
—¿Para
qué ver?
—Para
despedirte. De tu madre, por ejemplo, o de tu hermana.
—Que
no me ahorquen —dijo Yanson en voz baja, mirando al inspector de reojo—. No
quiero que me ahorquen.
El
inspector se limitó a mirarle y se alejó nuevamente.
Por
la tarde Yanson se tranquilizó. El día no se distinguía en nada de los demás,
como siempre brillaba el sol en el cielo invernal, familiarmente sonaban los
pasos y las conversaciones en el pasillo, y como todos los días llegaba el olor
agrio de col, y Yanson dejó de creer en la ejecución.
Pero
por la noche de nuevo el terror se apoderó de él. Antes la noche no significaba
para él más que la obscuridad, un espacio de tiempo tenebroso, durante el cual
había que dormir; pero ahora sentía su significado misterioso y amenazador.
Para no creer en la muerte tenía que ver y percibir en su alrededor lo
familiar: pasos en el pasillo, voces, luz, olor de coles; pero ahora, por la
noche, todo era extraordinario y aquel silencio y aquellas tinieblas ya por sí
mismas eran trasuntos de la muerte.
Y
a medida que pasaba la noche, más terror experimentaba. Con ingenuidad de
salvaje o de niño, que todo lo creen posible, Yanson sentía deseos de gritar al
sol: ¡brilla! Pero no había fuerza capaz de detener las negras horas de la
noche, que se arrastraban lentamente. Y aquella imposibilidad, que por primera
vez se presentaba al débil cerebro de Yanson, le llenó de terror: aun no
atreviéndose a sentirla claramente, reconocía ya lo inevitable de la muerte
cercana y su pie entumecido diríase que pisara el primer escalón del patíbulo.
Durante
el día se tranquilizó de nuevo, pero la noche fue nuevamente espantosa; y así
continuó hasta que llegó una noche en la que reconoció que la muerte era
inevitable y que llegaría al cabo de tres días, al amanecer.
Nunca
había pensado en lo que era la muerte, ni tenía ésta para él imagen alguna. Mas
ahora la sentía claramente, había Percibido su entrada en la celda, en donde le
buscaba para arrebatarle. Y huyendo de ella, comenzó a correr por la celda.
Pero era tan pequeña que sus rincones no parecían ángulos agudos, sino obtusos,
que le empujaban hacia el centro. No había nada detrás de lo cual poder
esconderse y la puerta estaba cerrada. Varias veces se echó con el cuerpo
contra las paredes y la puerta, produciendo un ruido sordo y vacío. Después
tropezó con algo y cayó de bruces. Y aquí en el suelo, tocando con el rostro el
asfalto negro y sucio, sintió que la muerte le atrapaba y empezó a gritar presa
de terror, hasta que acudió gente. Aun cuando le hubieron levantado del suelo y
le echaron en la cabeza agua fría, no se decidía a abrir los ojos, fuertemente
cerrados. Entreabría uno, veía un rincón alumbrado, o la bota del guardián y de
nuevo empezaba a gritar.
Por
fin el agua fría hizo su efecto y además contribuyeron a calmarlo unos golpes
en la cabeza, suministrados a guisa de remedio por el inspector. Y aquella
sensación de la vida ahuyentó la muerte. Yanson abrió los ojos, y el resto de
la noche la pasó profundamente dormido, aunque con el cerebro turbado.
Estaba
tumbado en la camilla, de espaldas, con la boca abierta, roncando con
estrépito. Por entre los párpados entornados blanqueaban los ojos sin pupila.
Desde
entonces todo, el día, la noche, los pasos, las voces, el olor a coles,
constituía para él un horror continuo y le llenaba de asombro. Su débil
pensamiento no era capaz de asociar aquellas ideas tan monstruosamente
contradictorias: el día familiar y claro, el gusto y el olor de las coles, y
que al cabo de dos días él iba a morir. No pensaba en nada, no contaba las
horas, sino que permanecía en un mudo terror ante aquella contradicción que
desgarró su cerebro en dos partes.
Volvióse
pálido, pero su aspecto era tranquilo. Sólo que no comía nada y dejó de dormir.
Toda la noche permanecía sentado en su taburete con las piernas cruzadas bajo
el asiento, o paseaba furtivamente por el calabozo. Tenía siempre la boca medio
abierta, como en un asombro continuo, y, antes de tomar cualquier objeto, lo
contemplaba con aire estúpido durante mucho tiempo y luego lo asía en la mano
con desconfianza.
Cuando
llegó a este estado, los inspectores y los soldados dejaron de preocuparse por
él. Aquel estado era natural en los condenados a muerte, y se asemejaba,
según aseveración del inspector, a pesar de que éste nunca le había
experimentado, al que suele presentar el animal en el matadero, después
que le dan con el mazo en la frente.
—Ahora
ya está ensordecido y no sentirá nada, ni aun la muerte misma —decía,
examinándole con la mirada de hombre experto—. Iván, ¿oyes? ¿Eh, Iván?
—Que
no me ahorquen —replicó Yanson con la voz monótona, sin ninguna expresión, y de
nuevo dejó caer su mandíbula inferior.
—Si
no hubieras matado, no te ahorcarían —dijóle el inspector mayor con tono
reprobatorio, hombre joven todavía, pero de aspecto serio y con el pecho
cubierto de medallas—. ¿Cómo puedes pretender que no te ahorquen, después de
haber matado a tu semejante?
—¡Qué
astuto! ¡Quiere matar impunemente! —agregó otro.
—No
quiero que me ahorquen —dijo Yanson.
—Quieras
o no quieras, lo mismo da —expuso el mayor con indiferencia—. Mejor que hablar
tonterías, tendrías que disponer tus cosas. Supongo que tendrás algo.
—Nada
tiene. Una camisa, un par de calzones y una gorra de piel. ¡El muy elegante!
Así
transcurrió el tiempo hasta el jueves. A las doce de la noche de este día
entraron varias personas en el calabozo de Yanson, y un señor con charreteras
le dijo:
—Prepárese...
Hay que marchar.
Yanson,
moviéndose lenta y dificultosamente, vistió todo lo que tenía, y encima puso la
bufanda roja y sucia. Mirando cómo Yanson se preparaba, el señor con las
charreteras dijo a otro señor que estaba junto a él:
—¡Qué
calor hace hoy! Ya llegó la primavera.
Los
ojillos de Yanson se le cerraban, movíase con tal lentitud y se encontraba tan
adormilado que el inspector le gritó:
—¡Vamos,
más de prisa! Parece que estás durmiendo.
De
repente Yanson se detuvo.
—¡No
quiero! —dijo con su voz monótona de siempre.
Le
tomaron de los brazos y él se dejó conducir sumisamente. Afuera le envolvió el
aire fresco primaveral y sintió que se le humedecía la nariz. A pesar de la
noche la nieve seguía derritiéndose y se oían caer sobre la acera las alegres
gotas.
Mientras
los guardias subían al coche obscuro, sin ningún farol, agachándose y haciendo
sonar sus sables, Yanson se pasaba el dedo por debajo de la nariz mojada y
arreglaba la bufanda, que había atado mal.
IV
Somos de Orel
Ante
el mismo tribunal de guerra que había sentenciado a Yanson compareció, y
también fue condenado a la horca, un aldeano de la gobernación de Orel,
distrito de Eletsk, llamado Mijaíl Golubets, conocido por el apodo de «Mishka[5] el Gitano». Sus
últimos crímenes, absolutamente probados, habían sido un robo a mano armada y
asesinato de tres hombres. Pero aunque su pasado se perdía en la obscuridad,
existían vagos indicios de que había tomado parte en toda una serie de
homicidios y robos.
Presentíase
tras él un rastro de borracheras y de sangre. Con plena franqueza, con absoluta
sinceridad, llamábase a sí mismo bandido, y se mofaba irónicamente de la otra
casta de ladrones, los urbanos, que por moda se adulaban, calificándose de
«expropiadores». Del último crimen, en que hubiera sido inútil el negar, había
hecho el relato voluntaria y detalladamente; en cambio, a las preguntas sobre
su pasado sólo había respondido, enseñando los dientes, con esta frase:
—¡Buscad
el viento en el campo!
Al
verse estrechado por los jueces, «el Gitano» había adoptado un aire digno y
serio, contestando:
—Todos
los de Orel somos hombres despiertos. —Y había añadido, grave y juiciosamente—:
Los de Orel y Kroma son los primeros ladrones. Los de Karachev y Livni lo son
más, y más todavía los de Eletsk, porque los de Eletsk son los padres de todos.
¿Para qué, pues, seguir hablando?
Mijaíl
había merecido el apodo de «el Gitano» por su aspecto exterior y también por
sus mañas excepcionales de ladrón. Era muy moreno, flaco; tenía manchas
amarillentas en sus pómulos abultados de tártaro y revolvía los ojos de un modo
extraño, como un caballo. Su mirar era rápido, pero penetrante e inquisitivo.
Las cosas en que ponía la vista parecía como si perdiesen algo de su tamaño,
como si le entregasen una parte de sí mismas y adoptasen otra forma. El
cigarrillo en que posase la mirada sería difícil que lo cogiese nadie, como si
ya lo hubiese consumido otra boca. Bebía el agua en cantidades enormes, y la
movilidad de su temperamento le hacía aparecer tan pronto reconcentrado como
expansivo, a manera de un haz de chispas.
A
todas las preguntas del tribunal había contestado en forma categórica, firme y
hasta como con satisfacción:
—¡Es
cierto!
A
veces recalcaba:
—¡Es ci-er-to!
Y
de un modo inesperado, cuando los señores del tribunal empezaron a tratar de
otro asunto, habíase levantado de un salto y rogado al presidente:
—¿Me
permite usted dar un silbido?
—¿Para
qué? —inquirió aquél con asombro.
—Como
dicen los testigos que yo hacía señales a mis compañeros, pensé que les
interesará a ustedes saber cómo lo había hecho.
El
presidente, algo perplejo, se lo permitió. Entonces, «el Gitano» metió en la
boca dos dedos de cada mano, revolvió los ojos como una fiera y rasgó el aire
inerte de la sala con un silbido, un silbido verdaderamente salvaje, de esos
que a veces aturden a los caballos y les hacen caer sobre las patas traseras.
En aquel penetrante sonido, ni humano ni de fiera, había de todo: la angustia
mortal del que perece asesinado, la alegría salvaje del asesino, la amenazadora
advertencia, la llamada a rebato, la obscuridad de las noches lluviosas de
otoño y la soledad imponente de la llanura.
El
presidente dijo algo, hizo después una señal con la mano y «el Gitano» calló
sumiso. Y como un artista que acabase de cantar con éxito un aria difícil, pero
siempre aplaudida, sentóse, secó en el capote los dedos mojados y miró con
petulancia a los concurrentes.
—¡Vaya
un bandido! —dijo uno de los magistrados, rascándose una oreja.
Pero
su vecino, que tenía barba ancha a la rusa, y ojos de tártaro como los de «el
Gitano», contempló pensativamente al bandido, sonrió y exclamó:
—En
realidad, no deja de ser interesante.
Y
con el corazón tranquilo, sin compasión y sin el menor remordimiento, los
jueces condenaron a muerte al criminal.
—¡Es
justo! —dijo éste cuando hubieron terminado de leer la sentencia—. ¡Una horca
en campo raso! ¡Pues es lo que merezco!
Y
volviéndose hacia un soldado del convoy añadió, por bravuconería:
—¡Bueno,
vamos, atontado! ¡Y ten cuidado con el fusil! ¡A ver si te lo quito!
El
soldado le miró severamente, lanzó una ojeada a su compañero y examinó el
gatillo del arma. El otro hizo lo mismo. Y todo el camino hasta la cárcel
parecióles a ambos, absortos ante la actitud del condenado, que no iban a pie,
sino que volaban.
Hasta
la ejecución, «Mishka el Gitano», lo mismo que Yanson, tuvo que estar
diecisiete días en la cárcel. Y aquellos diecisiete días pasaron para él
volando, como uno solo, alentando un pensamiento inextinguible: el de la fuga,
el de la libertad y la vida. Las paredes que le cercaban, las rejas, la ventana
mortal, por donde no se veía absolutamente nada, redoblaban la inquietud,
siempre violenta, de su pensamiento, y se lo abrasaban como carbones encendidos
abrasarían una tabla. Por su mente pasaban cual torbellinos imágenes claras,
aunque imperfectas, que se encaminaban todas a un fin: la fuga, la libertad, la
vida. Con las ventanas de la nariz dilatadas, venteaba horas enteras el aire,
que le parecía oler a cáñamo y a incendio, o recorría de un lado a otro el
calabozo, tentando las paredes, dando en ellas golpecitos con los dedos,
atravesando con la mirada el techo o aserrando mentalmente las rejas. Con su
agitación turbulenta atormentaba al soldado que le vigilaba por la
mirilla, y que más de una vez, desesperado, le amenazó con pegarle un
tiro. «El Gitano» le contestó con una sarta de burlas y groserías, y el asunto
terminó con bien sólo porque la disputa se fue convirtiendo en un diálogo
vulgar e inofensivo, de muyik[6],
con motivo del que habría resultado absurdo e imposible disparar el fusil.
De
noche dormía profundamente, con una inmovilidad en que, no obstante, latía la
vida, a la manera de un resorte temporalmente inactivo. Pero al levantarse se
ponía en seguida a recorrer la habitación, a imaginar nuevos planes de evasión,
a palpar las paredes ansiosamente. Tenía siempre las manos secas y calientes,
pero alguna vez se le enfriaba de súbito el corazón, como si le metieran dentro
del pecho un pedazo de hielo que hiciese temblar su cuerpo. En tales instantes
se acentuaba el color moreno de su tez, tomando un matiz azulado de hierro
fundido. Había adquirido una costumbre extraña: como si hubiese comido una cosa
demasiado dulce, insoportablemente dulce, chasqueaba continuamente la lengua
contra los dientes con una especie de silbido. No terminaba las palabras,
porque sus pensamientos fluían con tal rapidez, que la lengua no acertaba a
servirlos.
En
una ocasión vino de día a su calabozo, en compañía de un soldado, el inspector
mayor, y al mirar el suelo cubierto de saliva, dijo malhumorado:
—¡Cómo
has ensuciado esto!...
«El
Gitano» le replicó con rapidez:
—Tú,
en cambio, cara de perro, has ensuciado toda la tierra y no te digo nada. ¿A
qué has venido aquí?
El
inspector, con la misma rudeza, le dijo que había una plaza vacante de verdugo,
y le propuso desempeñarla. «El Gitano» se echó a reír a carcajadas, enseñando
sus dientes:
—¿Conque
no hay aspirantes? ¡Pues sí que es gracioso! ¡Que manden, que manden ahorcar
ahora! Ja, ja! Tienen todo: tienen un pescuezo y tienen una cuerda, pero se
fastidian, que no tienen quien ahorque. ¡Realmente, es gracioso!
—Quedarás
vivo si aceptas.
—¡Hombre,
claro! ¡Después de muerto no iba a ahorcar!
—Bueno,
¿en qué quedamos? ¿Aceptas el cargo o no lo aceptas?
—¿Y
cómo ahorcan ustedes?... ¿Será ocultamente, en silencio, o en público?
—Sí,
con música —replicó groseramente el inspector.
—¡Qué
tonto eres! Claro que se necesitará música. Algo así —y se puso a cantar una
cosa alegre.
—Estás
loco, amigo —dijo el inspector—. Bueno, ¿qué decides? Habla con formalidad.
«El
Gitano» volvió a enseñar los dientes, exclamando:
—¡No
te precipites! ¡Vuelve otro día y hablaremos!
Y
en el caos de imágenes vivas, pero incompletas, que abrumaba al «Gitano» con su
vértigo loco, hízose lugar otra nueva: ¡Qué bien estaría él de verdugo, con
blusa roja! Sin que faltara detalle, se representó la plaza, llena de gente; el
patíbulo, asomando en alto, y él, con su blusa roja, paseando por la plataforma
con el hacha en la mano diestra. El sol lo iluminaba todo y centelleaba en el
arma, y era el cuadro tan alegre y animado, que el mismo condenado, a quien
iban a decapitar, sonreía también. Detrás del público se veían los carros y los
caballos de los muyik que habían acudido de las aldeas, y más allá, el
campo, verde y dilatado.
Pensando
todo esto, chasqueó los labios, pasó por ellos la lengua y escupió.
Pero
de improviso, como si le hubieran encasquetado el gorro de piel hasta la boca,
obscureciósele todo; sintió un nudo en la garganta, y el corazón se le
convirtió en un pedazo de hielo, que heló todo su cuerpo.
Dos
veces más volvió a pasar el inspector por su calabozo, y las dos le dijo «el
Gitano», enseñando los dientes:
—¡Qué
impaciente eres! Vuelve más tarde.
Por
fin, un día, al pasar por delante del calabozo, el inspector le gritó por la
mirilla:
—¡Has
perdido tu oportunidad! ¡Ya está cubierta la plaza!
—¡Bueno,
vete al diablo y ahórcate! —replicó malhumorado «el Gitano», y dejó de pensar
en ser verdugo.
A
medida que se aproximaba el día de la ejecución, el tumulto de sus fragmentadas
visiones se le hizo atrozmente insoportable. Habría querido detenerse, hincar
los pies y pararse; pero un torrente circular le arrastraba y giraba en torno
suyo. Tornóse inquieto su sueño; asaltábanle pesadillas horrendas, todavía más
agobiadoramente impetuosas que sus pensamientos diurnos. Ya no era aquello un
torrente, sino una caída sin fin desde una montaña también sin fin, un vuelo
vertiginoso por el mundo entero. Cuando estaba libre usaba sólo un bigote
bastante elegante; pero en la cárcel le había salido una barba corta, negra y
de pelos tiesos, que le daba aspecto de loco. A veces conseguía apartar todo
pensamiento y daba vueltas por el calabozo sin ton ni son; empero, aun en
aquellos momentos, seguía palpando las paredes como si buscase salida. Y
siempre bebía agua en cantidades enormes.
Cierto
día, al anochecer, cuando encendieron la luz, el bandido se puso a gatas en
medio del calabozo y empezó a aullar como un lobo, con voz trémula. Tenía en
aquel instante una gravedad particular, y aullaba como si estuviese haciendo
una cosa importante e imprescindible. Llenaba el pecho de aire, lo dejaba salir
lentamente, con un sonido prolongado y vibrante, cerrando ¿1 propio tiempo los
ojos, escuchando con atención.
El
temblor de la voz parecía hecho adrede, como todo aquel grito de fiera, lleno
de indescriptible horror y tristeza, en cada una de cuyas notas percibíase un
cuidado especial de artista concienzudo.
De
pronto dejó de aullar, permaneció callado unos cuantos segundos, sin abandonar
la postura, y quedito, con la cara pegada al suelo, profirió:
—¡Hermanitos
míos, queridos!... ¡Hermanitas, tened compasión!... ¡Hermanitas!...
¡Queridos!...
Y
como si esperase la respuesta, dicha una frase, se quedaba escuchando.
Luego
se levantó de un salto, y durante una hora entera estuvo vomitando insultos:
—¡Tales
y cuales!... —gritaba, revolviendo los ojos, inyectados en sangre—. ¡Si queréis
ahorcarme, hacedlo de una vez! ¡Hijos de...!
El
soldado, blanco como la cera, llorando de angustia y de horror, le apuntaba con
el fusil por la ventanilla y le gritaba desesperadamente:
—¡Te
voy a pegar un tiro, como hay Dios! ¡Te voy a dejar seco!
Pero
no se atrevía a disparar. Contra los condenados a muerte, a no ser que se
rebelasen, nunca se disparaba. «El Gitano» rechinaba los dientes, blasfemaba y
lanzaba escupitajos. Su cerebro humano colocado en la divisoria entre la vida y
la muerte se descomponía y desmenuzaba como una partícula seca de barro al
soplo del viento.
Cuando
aparecieron por la noche en la celda para llevárselo al patíbulo, «el Gitano»
se animó, como si le invadiese un torrente nuevo de vida, asomó a su boca la
saliva espumajosa incontenida y sus ojos chispearon con la luz salvaje de otras
veces. Mientras se vestía preguntó a uno de los carceleros:
—¿Quién
me va a ahorcar? ¿El nuevo? A lo mejor no sabrá hacerlo todavía.
—De
eso no tienes que preocuparte tú —contestó secamente el funcionario.
—¿Cómo
no? Es a mí a quien van a despachar, y no a ti.
—¡Bueno,
a callar!
—¿A
callar? ¡Vaya cara! Pero, hombre, ¡si vas a reventar!...
—¡A
callar he dicho!
—¡Bien,
hombre; no te incomodes!
Lanzó
una carcajada; mas de pronto empezaron a flaquearle las piernas... Sin embargo,
al salir al patio, haciendo un gesto de irónica solemnidad, pudo gritar
todavía:
—¡El
coche del señor conde!
V
¡Bésalo y calla!
La
sentencia de los cinco terroristas fue notificada en forma definitiva y
confirmada el mismo día. A los condenados no se les dijo cuándo se les iba a
ejecutar; pero no ignoraban que, como se hacía de ordinario, serían colgados la
misma noche o, lo más tarde, a la siguiente, y cuando al otro día, es decir, el
jueves, les autorizaron para recibir la visita de sus padres, comprendieron,
sin quedarles duda, que la ejecución habría de verificarse el viernes al
amanecer.
Tania
Kovalchuk no tenía parientes próximos, y los que le quedaban vivían en un
remoto lugar de la Pequeña Rusia, y ni siquiera tenían noticia de lo que
ocurría; a Musia y a Verner, como desconocidos que eran, ni se les suponían
parientes, y solamente Serguéi Golovin y Vasili Kashirin eran los que habían de
recibir la visita de despedida de sus padres. Los dos pensaban con terror y
tristeza en tal entrevista, pero no se decidieron a negar a los ancianos padres
las últimas palabras y los últimos besos.
Serguéi
Golovin era el que más sufría ante la idea de la próxima entrevista. Quería
mucho a su padre y a su madre; hacía poco que los había visto, y le estremecía
la idea de lo que iba a pasar.
La
misma ejecución, con toda su monstruosidad, aparecía en su cerebro trastornado
como algo menos terrible que aquellos minutos cortos y absurdos, que parecían
estar fuera del tiempo y hasta de la vida misma. ¿Cómo iba a mirarlos? ¿Qué iba
a decirles? Su cerebro renunciaba a comprenderlo. Lo más sencillo y natural,
que sería cogerles las manos, besárselas y decirles: «¡Adiós, padres!», le
parecía absurdo y horrible en su monstruosa, inhumana y estúpida falsedad.
Después
de dictada la sentencia, no volvieron a colocar juntos a los condenados, como
suponía Tania Kovalchuk, sino que pusieron a cada uno en un calabozo distinto,
y toda la mañana, hasta las once, hora en que llegaron los padres, Serguéi
Golovin anduvo paseando frenéticamente por la celda, pellizcándose la barbilla,
encogido lastimeramente y murmurando palabras ininteligibles. De cuando en
cuando se detenía bruscamente, llenaba el pecho de aire y lo exhalaba como un
nadador que hubiese estado demasiado tiempo debajo del agua.
Pero
era tan robusto y tan lleno de vida y juventud, que hasta en aquellos momentos
de cruel sufrimiento la sangre le bullía debajo de la piel y enrojecía sus
mejillas. Sus ojos azules tenían un fulgor inocente.
La
entrevista transcurrió mejor de lo que Serguéi esperaba. El primero que penetró
en la habitación destinada a las visitas fue su padre, el coronel retirado
Nikolái Serguéevich Golovin, todo blanco, el rostro, la barba, los cabellos y
las manos, como una estatua de nieve vestida con ropas humanas. Traía su
guerrera vieja, pero cuidadosamente limpia y oliendo a bencina, con las
charreteras nuevas, colocadas en sentido transversal, a diferencia de los
militares en servicio activo. Entró erguido y con paso firme, tendió la mano
blanca y huesuda y profirió en voz alta:
—Hola,
Serguéi.
Detrás
de él entró, con una extraña sonrisa, la madre, que también le estrechó la mano
y repitió en alta voz:
—Buenas
tardes, Sereyenka[7].
Después
le besó en los labios y se sentó callada, sin gesticular, ni gritar, ni llorar.
No hizo nada de aquello tan terrible que esperaba Serguéi, sino que se contentó
con darle el beso y sentarse, y hasta arregló con las manos temblorosas su
falda de seda negra.
Serguéi
ignoraba que toda la noche anterior, encerrado en su despacho, el coronel,
concentrando todas sus fuerzas, había estado imaginando los trámites de aquella
escena. «Tenemos que evitar a nuestro hijo el amargarle los últimos momentos;
antes al contrario, debemos aliviárselos», decidió el coronel, pesando y
midiendo escrupulosamente cada una de las frases que había posibilidad de
emplear en la entrevista del día siguiente. Pero de cuando en cuando se
embarullaba, olvidaba lo que había preparado y lloraba amargamente en el rincón
de su diván de hule. Llegada la mañana, explicó a su mujer la actitud que
habría de observar en la entrevista.
—¡Lo
principal es que lo beses y calles! —le dijo—. Después puedes hablarle, pero al
besarlo no profieras una palabra. No le hables en seguida de besarlo,
¿comprendes?, porque te expones a decir lo que no debas.
—Comprendo,
Nikolái Serguéevich —contestó la madre, llorando.
—¡No
llores! ¡Dios te libre de ello, porque si lloras vas a matarle!
—¿Y
por qué estás llorando tú?
—¿Quién
no llorará con vosotros? Pero tú, tú no tienes que llorar, ¿estamos?
—Está
bien, Nikolái Serguéevich.
En
el coche quiso volver a repetir sus instrucciones, pero se halló con que ya las
había olvidado. Y así, los dos viejos fueron callados, encogidos, absortos en
sus pensamientos.
La
ciudad bullía alegremente; era la semana que precede a la cuaresma, y todas las
calles se encontraban llenas de gente y de ruido.
Llegaron,
por fin, a la sala de visita. El coronel se puso en pie, en actitud de espera,
colocando la mano derecha sobre el pecho, en la abertura de la guerrera.
Serguéi permaneció un momento sentado, con el rostro arrugado de su madre muy
próximo al suyo, y en seguida se levantó de un salto.
—Siéntate,
Sereyenka —rogóle la madre.
—Siéntate,
Serguéi —confirmó el padre.
Quedaron
un instante silenciosos. La madre sonreía extrañamente.
—Hemos
hecho todo lo imaginable para salvarte, Sereyenka.
—Es
en vano, madre...
El
coronel dijo con resolución:
—Debíamos
preocuparnos, Serguéi, para que no pensases que tus padres te habían
abandonado.
Quedaron
de nuevo silenciosos.
Sentían
miedo de hablar, como si cada palabra que pronunciasen fuera a perder su
sentido y a significar una cosa: la muerte. Serguéi miró la guerrera de su
padre, aún oliente a bencina, y pensó: «Ahora no tiene asistente; entonces, él
mismo la ha limpiado. ¿Cómo no observaba yo antes que era él quien la limpiaba?
Sin duda, lo hacía por la mañana.» Y de repente preguntó:
—¿Y
cómo está mi hermana? ¿Está bien?
—Nínochka[8] no sabe nada —contestó
precipitadamente la madre.
Pero
el coronel, con acento severo, interrumpió diciendo:
—¿Para
qué mentir? La chica lo ha leído ya en los periódicos. Serguéi debe saber que
todos... los suyos..., que todos nosotros... en este momento...
No
pudo proseguir, y se detuvo. El rostro de la madre se contrajo súbitamente, se
arrugó y se agitó en medio de un llanto convulsivo. Sus ojos apagados le
saltaban de las órbitas; su respiración se hizo más entrecortada y más ruidosa.
—Ser...
Ser... Ser... Serg... —repetía sin mover los labios—. Ser...
—¡Madre!
¡Mamaíta!
El
coronel dio un paso adelante, y todo convulso, terrible en su lividez mortal,
haciendo esfuerzos desesperados para conservar un resto de serenidad, dijo a su
mujer:
—¡Calla!
¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes, porque va a morir! ¡No
lo atormentes!
Aterrada,
la madre calló. Pero él, apretando todavía sus puños contra el pecho para
contener su agitación, insistía:
—¡No
lo atormentes!
Dio
después un paso atrás, escondió su diestra temblorosa bajo la guerrera, y con
una expresión de forzada tranquilidad preguntó moviendo con dificultad sus
labios descoloridos:
—¿Cuándo?
—Mañana
por la mañana —contestó Serguéi, con los labios igualmente exangües.
La
madre tenía los ojos bajos y se mordía los labios, como si no oyera nada. Y en
tal actitud dejó casi caer estas sencillas y extrañas palabras:
—Nínochka
nos ha dado para ti un beso, Sereyenka.
—Devuélveselo
de mi parte —contestó éste.
—Los
Jvostov también... también te mandan recuerdos suyos.
—¿Qué
Jvostov? ¡Ah, sí!
El
coronel interrumpió diciendo:
—Bueno,
vámonos. Levántate, madre. Tenemos que irnos.
Entre
los dos hombres la ayudaron a ponerse de pie. Apenas si podía sostenerse.
—¡Despídete!
—ordenó el coronel—. ¡Dale la bendición!
Cumplió
lo que le mandaron. Abrazó a su hijo, hizo sobre su frente la señal de la
cruz... Pero después de un beso breve empezó a mover la cabeza negativamente,
repitiendo como enajenada:
—¡No,
esto no puede ser! ¡No, no es posible! ¡No, no! ¿Qué va a ser de mí? ¡No, no es
posible!
—¡Adiós,
Serguéi! —dijo el padre.
Se
estrecharon las manos y se dieron un beso fuerte, rápido.
—Tú...
—empezó a decir Serguéi.
—¿Qué...?
—preguntó casi sin aliento el padre.
—¡No,
no es posible! ¡No, no! ¿Qué será de mí? —insistía la madre, meneando siempre
la cabeza. Se sentó otra vez, y un temblor profundo recorrió su cuerpo.
—Tú...
—empezó de nuevo Serguéi.
Mas
de pronto se contrajo su rostro e hizo pucheros como un niño; sus ojos se
llenaron de lágrimas, y vio a través de ellas la cara exangüe de su padre, cuya
mirada velaba también el llanto.
—Tú,
padre, eres persona noble...
—¿Qué
dices? ¿Qué dices? —dijo el coronel casi asustado.
Y
en el mismo instante, como si se derrumbase, dejó caer la cabeza sobre el pecho
de su hijo. En otro tiempo había sido más alto que éste, pero ahora aparecía
empequeñecido, y su cabeza, seca y enmarañada, no llegaba más que hasta el
pecho de Serguéi. Ambos besaban ávidamente: el uno, los cabellos blancos del
padre; el otro, el capote del hijo preso.
—¿Y
yo? —exclamó de repente una voz desgarrada.
Miraron:
era que la madre se había puesto en pie, y con la cabeza echada hacia atrás los
miraba iracunda.
—¿Y
yo? —repitió con acento de loca moviendo la cabeza—. Vosotros, hombres, os
besáis; pero ¿y yo?
—¡Mamaíta!
—exclamó Serguéi lanzándose hacia ella.
Y entonces ocurrió lo que no se puede describir
con palabras, y que por tanto mejor es callar...
Las
últimas palabras del coronel fueron éstas: —Te bendigo a la hora de la muerte,
Serguéi. Muere valientemente, como corresponde a un oficial.
Y
se fueron. Hacía un momento se encontraban aquí de pie conversando, y ya no
están.
De
vuelta al calabozo, Serguéi se echó en su camastro con el rostro hacia la
pared, para ocultarlo de los soldados, y estuvo llorando largo rato. Mas, al
fin, cansado de llorar, quedó sumido en un sueño profundo.
A
ver a Vasili acudió solamente su madre. El padre, comerciante rico, no había
querido hacerlo. Al entrar en la sala de visitas le encontró la anciana
paseando arriba y abajo y temblando de frío, no obstante el calor que hacía. Su
conversación fue corta y angustiosa.
—¿Para
qué ha venido usted, madre? Va usted a atormentarse a sí misma y a mí también.
—¿Por
qué has hecho eso, hijo mío? ¿Por qué? ¡Señor!
La
anciana comenzó a llorar, enjugándose las lágrimas con las puntas de su pañuelo
negro de lana.
Vasili,
según costumbre que tanto él como sus hermanos tenían de responder con gritos a
la eterna incomprensión de su madre, se detuvo, y, tiritando, empezó a decir
furioso:
—¡Vaya!
¡Ya lo sabía yo...! ¡No lo comprende usted, madre! ¡No comprende usted nada,
nada!
—¡Bueno,
bueno, hijo mío! ¿Tienes frío?
—Sí,
tengo frío —contestó Vasili brevemente, y de nuevo se puso a pasear por la
sala, mirando de reojo a su madre.
—Has
cogido frío, sí...
—¡Madre,
por Dios! ¿Qué significa el frío cuando...?
E
hizo un signo significativo y desesperado con la mano.
La
anciana quiso decirle: «Tu padre se preocupa tan poco de esto, que el lunes
mandó que le hiciesen ese plato que le gusta.» Pero, asustada, empezó a
balbucear:
—Ya
le dije: mira que es tu hijo; ve a despedirte de él. Pero se entercó en que no;
ya sabes, como es así...
—¡Que
se vaya al infierno! ¡Ése no es un padre! ¡Toda su vida ha sido un canalla, y
sigue siéndolo!
—¡Hijo
mío! ¡Dices eso de tu padre! —y la anciana se irguió con aire de reproche.
—¡De
mi padre!
—¡Sí,
de tu padre, del que te dio el ser!
—¡Qué
padre ha sido para mí!
Todo
aquello era absurdo. La muerte acechaba cerca de aquel lugar, y su proximidad
daba carácter de mayor desvarío a la escena, en la cual crujían las palabras
como las cáscaras de las nueces bajo los pies. Llorando casi de angustia ante
aquella incomprensión, que durante toda la vida habíale separado de los suyos,
y que ahora, en vísperas de la ejecución, volvía a asomar su faz estúpida e
inexpresiva, Vasili gritó:
—Pero
¿no comprende usted que me van a ahorcar? ¡A ahorcar! ¿Lo comprende usted? ¡A
ahorcar!
—Si
no te hubieras metido con nadie, no te... —gritó la madre.
—¡Señor!
¿Es posible esto? ¿Es posible, ni aun entre fieras? ¿Soy hijo de usted o no lo
soy?
Echóse
a llorar y se sentó en un rincón. En otro, la anciana se puso a llorar también.
Incapaces de fundir sus almas, ni por un instante, en un sentimiento común de
amor para hacer frente al horror de la muerte que se acercaba, lloraban ambos
con lágrimas de soledad, con lágrimas que no aliviaban el corazón. La madre
prosiguió:
—¡Preguntas
si soy o no soy tu madre, y lo preguntas cuando en cuatro días mi pelo se ha
vuelto blanco y he envejecido como si hubiesen pasado años!
—Bueno,
madre... Bueno. Perdóneme. Ya es la hora. Tiene usted que marcharse... Dé usted
un beso a mis hermanos.
—¿Es
que no soy tu madre? ¿Es que no ves mi pena?
Al
fin se fue. Salió sin ver por dónde iba, vertiendo amargas lágrimas, que se
enjugaba con las puntas de su pañuelo. Cuanto más se alejaba de la cárcel, más
ardiente era su llanto. Volvióse de nuevo hacia la prisión, se alejó otra vez y
acabó por perderse estúpidamente en aquella ciudad donde había nacido, donde
había crecido y donde había envejecido. Se metió por un jardín desierto en el
que había unos árboles viejos y carcomidos y se sentó en un banco húmedo por la
nieve derretida. De pronto, comprendió claramente: ¡Mañana, mañana mismo lo
iban a ahorcar!
Levantóse
de un salto y quiso correr, pero se le fue la cabeza y cayó.
El
sendero helado estaba resbaladizo, y la pobre no conseguía levantarse; se
volvía a un lado y a otro, se erguía apoyándose sobre los codos y las rodillas
y tornaba a caer de costado. El pañuelo negro se le fue de la cabeza, dejando
al descubierto sobre la nuca una calva entre los cabellos de un blanco sucio.
Perdió la noción de lo que le pasaba y dónde se encontraba: creyó hallarse en
una boda; la boda de su hijo; que había bebido vino y que se había
emborrachado.
—¡No
puedo! ¡Como hay Dios que no puedo! —decía la anciana meneando la cabeza y
arrastrándose sobre la tierra helada. Y seguían escanciándole vino sin
interrupción.
Empezaban
a oprimirle el corazón las risas de la embriaguez; la insistencia de las
invitaciones, el baile vertiginoso de los convidados, en tanto que seguían
echándole más vino. No hacían otra cosa sino darle vino, mucho vino...
VI
Las horas pasan
La
fortaleza donde estaban presos los terroristas tenía una torre con un reloj
antiguo. Cada hora, cada media hora, cada cuarto de hora, sonaban lentas,
dolorosas, prolongadas y tristes unas campanadas que se desvanecían en la
altura, como un lejano y lastimero clamor de aves de paso. De día, aquella
música extraña y desolada se perdía en el bullicio de la ciudad, en la calle
amplia y atestada de gente que pasaba por delante del edificio. Tintineaban los
tranvías, golpeaban el suelo los cascos de los caballos, los automóviles hacían
sonar a distancia sus bocinas; llegaban para la maslienitsa[9],
desde los pueblos vecinos, los aldeanos con sus carretas, y las campanillas
en las colleras de sus caballejos llenaban de rumor el aire, en donde flotaban
las conversaciones, pletóricas de bulla y alegría.
A
todos estos ruidos se unía el del deshielo de la primavera temprana, que
hinchaba los arroyos, en cuyas aguas turbias apenas lograba reflejarse la
imagen negra de los árboles de la orilla. Desde el mar llegaba a intervalos, en
amplias oleadas húmedas, el soplo del viento tibio, que llevaba unidos, en un
vuelo hacia la lejanía, las partículas de frescura y el vaho primaveral.
Por
la noche quedaba la calle desierta en silencio, iluminada por la luz de los
grandes focos eléctricos, y entonces, la inmensa fortaleza de paredes lisas, en
las que no brillaba una sola luz, se perdía en la quietud y en la obscuridad,
destacando su inmovilidad en la eterna animación de la ciudad bulliciosa.
Entonces se oían las campanadas de las horas, y, ajena a las cosas terrestres,
surgía lenta y dolorosamente su melodía extraña, para desvanecerse luego en lo
alto. Más tarde volvían a surgir, plañideras y humildes; se deshacían en el
viento y repetían su tañido, cayendo desde ignorada altura, como grandes gotas
cristalinas en la copa de metal de las horas y de los minutos, o volando
clamorosas como las aves emigrantes.
A
los calabozos en que se hallaban solitarios los reos llegaba siempre aquel
mismo tañido. A través del tejado, a través de los muros de ciclópeas piedras,
penetraba, conmoviendo el silencio, desaparecía sin ser notado y de nuevo
volvía a presentarse en la misma forma imprevista. A veces los presos lo
olvidaban, y no paraban en él la atención; a veces lo aguardaban con íntima
desesperanza, viviendo entre unas campanadas y otras, no confiando en el
silencio. Aquella prisión, destinada únicamente a los grandes criminales, tenía
un reglamento especial, tan severo, cruel y duro como las aristas de los muros
de la fortaleza misma, y si en la crueldad puede haber nobleza, ésta consistía
en el bienhechor silencio, hondo, denso y solemne, en el cual se perdía todo
desconocido rumor.
En
aquella quietud solemne, tan sólo interrumpida por los doloridos sones de los
minutos que transcurrían, cinco personas, dos mujeres y tres hombres, separados
de todo lo viviente, esperaban la llegada de la noche, seguida del amanecer y
la ejecución, preparándose cada una para ella a su modo.
VII
La muerte no existe
Así
como durante toda su vida Tania Kovalchuk había pensado sólo en los demás y
nunca en sí misma, también ahora se atormentaba y angustiaba sólo por los
otros. La muerte se le aparecía, en cuanto es posible imaginarla, como algo
doloroso para Serguéi Golovin, para Musia y para los demás; mas para ella, como
si fuese algo con lo que no tuviese nada que ver.
Y
para desquitarse de la obligada entereza de que había hecho gala en el juicio,
lloraba horas enteras, como saben llorar las mujeres que han sufrido muchas
desgracias, o las jóvenes muy compasivas y de buen corazón. El suponer que a
Serguéi podía faltarle el tabaco y que quizá Verner se viera privado de su té
bien cargado, como de costumbre, y por añadidura el pensar que iban a morir, la
atormentaba tal vez no menos que la idea de la ejecución. Ésta era algo
inevitable en que no valía la pena pensar; pero que pudiera faltarle tabaco a
un hombre que iba a ser ajusticiado era una idea realmente insufrible.
Recordando y repasando las íntimas menudencias de la vida común, el terror la
hacía desvanecerse, particularmente al imaginarse la entrevista de Serguéi con
sus padres. Por Musia sentía una pena especial. Hacía ya tiempo venía
pareciéndole que Musia amaba a Verner, y aunque esto no era verdad, Tania
forjaba para entrambos sueños magníficos y luminosos. Cuando aún se hallaba
libre, llevaba Musia un anillo de plata con la figura de un cráneo y un fémur,
rodeados por una corona de espinas; con frecuencia había mirado Tania Kovalchuk
aquel anillo como un símbolo, y había rogado a Musia, unas veces en broma y
otras en serio, que se lo diese.
—No,
Taniechka[10],
no te lo doy. Pronto tendrás tú otro en el dedo.
Por
alguna razón pensaban de ella a su vez sus compañeros que iba a casarse pronto,
lo cual la ofendía. Ella no quería marido. Y recordando tales conversaciones,
sostenidas medio en broma con Musia, y pensando que ésta iba a ser ejecutada,
se sentía ahogar por las lágrimas, llena de maternal ternura. Cada vez que
sonaba la hora levantaba el rostro inundado de llanto y escuchaba. ¿Cómo
recibirían los pobrecitos en sus calabozos aquel insistente y desolador
llamamiento de la muerte?
Sin
embargo, Musia, en el fondo, era feliz.
Cruzadas
las manos atrás, vestida con el blusón de la cárcel, que le venía grande y le
daba un aire varonil, como de adolescente que llevase ropa ajena, caminaba por
su calabozo con paso igual y sin cansarse. Como las mangas del
blusón le estaban largas, las había levantado, dejando salir por sus
amplias aberturas sus finos brazos flacos, casi infantiles, semejantes a tallos
de flores que surgieran de un tiesto tosco y sucio. La dureza de la tela rozaba
ásperamente su cuello blanco, y de cuando en cuando, con un movimiento de ambas
manos, lo aislaba del blusón y palpábase el sitio en que la piel se había
enrojecido e irritado.
Musia
paseaba, y se disculpaba con rubor y emoción de verse ella, jovencita
insignificante, que había hecho tan poco y tan fuera de lo heroico,
sometida a la misma muerte hermosa y dignificante que habían sufrido antes que
ella tantos verdaderos héroes y mártires. Con inconmovible fe en la bondad
humana, en la conciencia y en el amor, imaginaba cómo iba a emocionarse la
gente por su causa y a sentir por ella pena y compasión, y esto le producía
vergüenza. Le parecía que al morir en el patíbulo cometía una enorme
mixtificación.
Ya
en la última entrevista con su defensor habíale pedido que le proporcionase un
veneno; pero en el acto había renunciado a la idea, por temor a que los demás
pensasen que obraba así por ostentación o por miedo, y que en lugar de morir de
manera modesta e inadvertida pretendía que el ruido fuese todavía mayor. Y
había añadido, presurosa:
—No,
no es necesario.
Ahora
sólo deseaba una cosa: explicar a las gentes, demostrarles que no era una
heroína, que el morir no era una cosa extraordinaria y que no había por qué
compadecerla ni preocuparse de ella. Explicarles bien que no tenía la culpa de
que, siendo tan joven e insignificante, le diesen aquella muerte e hiciesen a
su alrededor tanto estrépito.
Como
si en realidad se la acusase, Musia buscaba algo que magnificase su sacrificio
y le diese verdadera importancia, y pensaba para sí:
—Claro
está que soy todavía joven y podría vivir aún mucho tiempo. Pero...
Y
como la luz de un cirio que se desvanece ante el resplandor del sol naciente,
su juventud y su vida le parecían obscuras y sin brillo ante la aureola grande
y refulgente que iba a rodear su humilde cabeza. «No había disculpa.»
Mas,
¿acaso podían justificarlo aquello especial que lleva siempre en su espíritu,
su amor infinito, su inclinación sin reservas a la acción y la despreocupación
ilimitada respecto de su propia persona? En realidad, ella no tenía la culpa de
que no la hubieran dejado hacer lo que deseaba y podía; la habían matado en el
pórtico del templo, al pie del ara del sacrificio.
Pero
si es cierto que el valor de una persona se aprecia no por lo que haya hecho,
sino por lo que quiso hacer, entonces... entonces ella merecía la corona del
martirio.
—¿Es
posible? —pensaba confusa—. ¿Soy de veras digna de que me lloren y compadezcan,
tan pequeña e insignificante como soy?
Y
una indecible alegría se apoderó de ella. Ya no dudaba: había sido admitida y
entraba con justicia en la fila de los iluminados que desde hace siglos van
derechos al cielo por medio de la pira, el tormento y el suplicio. ¡Mundo
luminoso de paz y venturosa dicha! Le pareció que se alejaba de la tierra y se
acercaba al desconocido sol de la verdad y de la vida y se evaporaba y tornaba
etérea a su luz.
—Y
¿esto es la muerte? ¿Qué muerte es ésta? —pensaba Musia en éxtasis.
Si
se hubieran juntado en su calabozo todos los sabios, todos los filósofos y
todos los verdugos del mundo y hubiesen desplegado ante ella libros,
escalpelos, hachas y nudos corredizos y tratado de demostrar que existe la
muerte, que el hombre perece y puede ser privado de la vida, y que no hay
inmortalidad, sólo hubieran conseguido llenarla de admiración. ¿Cómo puede no
existir la inmortalidad, cuando ella misma era ya inmortal? ¿De qué
inmortalidad y de qué muerte podía hablarse, cuando ella misma se sentía ya
muerta e inmortal, viva en la muerte, como viva se había sentido en la vida?
Y
si le hubiesen traído al calabozo, llenándolo de hedor, un sarcófago que
contuviera su propio cuerpo putrefacto y le hubieran dicho:
—¡Mira,
ésa eres tú!
Habríalo
ella contemplado y respondido:
—¡No,
ésa no soy yo!
Y
si hubiesen tratado de convencerla, asustándola con el siniestro aspecto de la
descomposición, de que aquélla era ella —¡ella!—, Musia habría contestado con
una sonrisa:
—No;
ustedes creen que «ésa» soy yo, pero «ésa» no soy yo. Yo soy ésta con quien
ustedes hablan. ¿Cómo, pues, puedo ser la otra?
—Pero
morirás y lo serás.
—No,
yo no moriré.
—Te
matarán. Aquí está el patíbulo.
—Me
ejecutarán, pero yo no moriré. ¿Cómo puedo morir, cuando ahora mismo soy ya
inmortal?
Y
los sabios, los filósofos y los verdugos habrían retrocedido, diciendo
temblorosos:
—No
se atreva nadie venir a este lugar. Este lugar es sagrado.
¿En
qué más pensaba Musia? En muchas cosas —porque el hilo de la vida no se rompía
para ella con la muerte, sino que seguía desarrollándose tranquila y
regularmente. Pensaba en los camaradas, en aquellos que desde lejos sufrirían
con angustia y dolor por su ejecución, y en los cercanos que junto con ella
irían a la horca. Le asombraba que Vasili se hubiese atemorizado tanto, él, que
siempre había sido valiente, y que hasta había bromeado con la muerte. El mismo
martes por la mañana, cuando todos se habían colgado de los cinturones las
bombas que dentro de unas horas debían estallar y matarlos a ellos mismos, a
Tania Kovalchuk le habían empezado a temblar las manos, y había sido menester
alejarla un poco; en cambio, Vasili había bromeado y reído, moviéndose con tan
poca precaución, que Verner le había dicho en tono severo:
—No
hay que tomarse confianzas con la muerte.
¿Por
qué, pues, habíase asustado ahora? Pero de tal modo era extraño tal pavor al
alma de Musia, que inmediatamente dejó de pensar en él y de pretender averiguar
su origen. De pronto le entraron unos desesperados deseos de ver a Serguéi
Golovin y de chancear con él. Y aún más sentía deseos de ver a Verner y hacerle
creer algo. Se imaginaba a Verner caminando al lado de ella con su paso firme y
seguro, y le decía en su imaginación:
—No,
Verner, querido, todo esto no tiene importancia; no importa si habías logrado o
no matar a N. N. Eres inteligente, pero actúas como si estuvieses jugando al
ajedrez: tomar una y otra figura y la partida está ganada. Aquí lo que importa
es que nosotros mismos estamos dispuestos a morir. ¿Entiendes? ¿Qué es lo que
piensan esos señores? Que no hay nada más horrible que la muerte. Ellos mismos
han inventado la muerte y ahora la temen y tratan de atemorizarnos. Yo quisiera
que sucediese así: salir sola al encuentro de un ejército y empezar a disparar
sobre los soldados con un revólver. No importa que yo sea sola y haya miles de
soldados; no importa que no mate a nadie. Mejor aún que haya miles de soldados.
Cuando miles matan a uno, ese uno vence. Ésta es la verdad, Verner.
Pero
veía tan claramente que él se daba cuenta de ello, que no quería seguir
convenciéndole. Además, Verner sin duda ya habría comprendido.
Su
pensamiento no deseaba insistir en el mismo tema, tal un ave audaz que vuela en
espacios infinitos, para la cual es accesible todo el horizonte y todo el cielo
acariciador y tierno. Sonaban las horas. Las ideas se confundían en una armonía
lejana y las imágenes fugitivas se convertían en una música. Musia imaginó
entonces que viajaba en una noche plácida por un sendero amplio, oyendo repicar
las campanillas de las colleras de los caballos, mecida suavemente por los
resortes del coche. Todas sus preocupaciones habían desaparecido, y su cuerpo
fatigado se había como disuelto en la obscuridad; el pensamiento creaba
apaciblemente imágenes luminosas, con cuyos colores y con cuya serenidad se
embriagaba. Recordó Musia a tres compañeros ahorcados no hacía mucho, cuyos
rostros aparecían iluminados, alegres y próximos, más próximos que en la vida,
y esta visión la confortaba, como la de la casa de los amigos donde sabe uno
que ha de ser recibido a la tarde con risueña amabilidad.
Sintiéndose
fatigada de tanto andar, Musia se tendió en su camastro y continuó soñando con
los ojos abiertos. Sonaban las horas continuamente, conmoviendo el hondo
silencio de la noche, y ella reflexionaba:
—¿Es,
acaso, esto la muerte? ¡Dios mío, qué hermosa es! ¿O será esto la vida? No sé,
no sé. Miraré y escucharé.
Hacía
tiempo, desde los primeros días de su encierro, su oído venía experimentando
alucinaciones. Muy músico por naturaleza, y afinado más todavía por el
silencio, sorprendía los rumores más leves de la vida, el caminar de los
centinelas por el rastrillo, la maquinaria del reloj, el gemido del viento
sobre el tejado de cinc, el chirrido de un farol que se balanceaba, todo lo
cual, al fundirse, componía un poema musical vago, pero completo. Pareciéndole
morbosas, alarmaban a Musia al principio aquellas alucinaciones; mas
comprendiendo después que se hallaba completamente sana y que no había en ello
nada de enfermizo, logró tranquilizarse.
Pero
he aquí que de pronto oyó con toda claridad y precisión los ecos de una banda
militar. Abrió los ojos, asombrada, levantó la cabeza y pensó resignada,
volviéndolos a cerrar:
—Todavía
entra por la ventana la noche y sigue sonando el reloj. ¡Todavía!
Y
en cuanto cerró los párpados volvió a resonar la música. Oye claramente cómo
marchan los soldados, dando la vuelta a la esquina del edificio. Es un
regimiento entero que pasa por debajo de su reja. Los pies golpean rítmicamente
sobre la tierra helada: ¡Un, dos! ¡Un, dos! Hasta se oye el crujir de alguna
bota y el resbalar y afianzarse en el suelo de algunos pies. La música se
acerca, tocando una marcha brillante y animada completamente desconocida. Por
lo visto, hay alguna fiesta en la fortaleza.
La
banda debe encontrarse ya debajo de la ventana, y llena todo el calabozo con
sus sonidos marciales, llenos de cadencia y armonía. Una trompeta grande
desafina estridente y pierde el compás, tan pronto adelantándose como
retrasándose. Musia, imaginando ver todo apurado al soldadito que la toca,
sonríe.
El
regimiento se aleja por fin, y el ruido de los pasos se desvanece: ¡Un, dos!
¡Un, dos! De lejos, la música parece todavía más bonita y alegre. Aún se oye
una o dos veces la estridente desafinación de la trompeta, que sigue perdiendo
el compás, y al fin todo se extingue. Vuelven a sonar en la torre, lentas y
dolorosas, las horas, que perturban el silencio.
—¡Se
han ido! —piensa Musia con cierto pesar, lamentando no oír ya aquellos sonidos
tan graciosos y alegres. También lo siente por aquellos soldaditos que tocan
afanosamente las metálicas trompetas y por los que llevan las botas crujientes,
todos distintos, muy distintos de aquellos otros contra quienes deseaba
disparar su revólver.
—¡Que
vuelvan! —suplica lastimera. Y aparecen nuevas imágenes, que se inclinan sobre
ella y la envuelven en una nube transparente y la elevan a lo alto, allí donde
vuelan las aves de paso y donde gritan a derecha y a izquierda, voceando, como
heraldos, y llaman, anuncian, van y vuelven en su vuelo, batiendo sus anchas
alas. La obscuridad las sostiene, lo mismo que las sostiene la luz, y en sus
pechos inflados, que hienden el aire, se refleja el resplandor azulado de la
ciudad iluminada. El corazón de Musia continúa palpitando cada vez con mayor
igualdad, y su respiración se hace más tranquila y silenciosa. Se ha quedado
dormida. Su rostro está cansado y pálido, rodea sus ojos un círculo obscuro,
sus manos finas y delgadas de virgen blanquean sobre la ropa y en sus labios
florece una sonrisa. Cuando mañana salga el sol, aquel rostro delicadamente
humano se habrá desfigurado con una mueca que no tendrá nada de humana; habrá
invadido el cerebro una sangre espesa y habrán salido de sus órbitas los ojos
vidriosos; pero hoy está Musia tranquilamente dormida en plena inmortalidad.
Prosigue
entre tanto la vida de la fortaleza, sorda y atenta, ciega y vigilante como una
eterna alarma. Se oyen pasos. Se oyen cuchicheos. Hacia un extremo golpea el
suelo un fusil. Parece haberse oído un grito. Quizá no ha gritado nadie; quizá
haya sido una fantasía creada por el silencio.
Sigilosamente
se abre la mirilla de la puerta y aparece en la negra abertura un sombrío
rostro bigotudo. Durante largo rato sus ojos se clavan admirados en el rostro
de Musia, y luego desaparece silenciosamente.
Suenan
las campanas del reloj, lentas y dolorosas. Dijérase que las horas ascienden
cansadas, en la noche, por una alta montaña, con movimiento cada vez más
penoso, resbalando, retrocediendo y volviendo a trepar cada vez más
trabajosamente hacia la cumbre tenebrosa.
Óyense
pasos. Óyese cuchichear. Ya han enganchado los caballos al coche lúgubre que no
tiene farol.
VIII
Existe la muerte,
pero también la vida
Jamás
había pensado Serguéi Golovin en la muerte sino como en una cosa secundaria y
completamente extraña a él. Era fuerte, joven y sano, y hallábase dotado de
aquella alegría de vivir, serena y luminosa, en virtud de la cual todos los
malos pensamientos o los sentimientos enfermizos se desvanecen sin dejar huella
en el organismo. De igual modo que cicatrizaban en seguida todas las heridas y
rasguños de su cuerpo, así los dolores que hieren el alma desaparecían de la
suya inmediatamente. Sus ocupaciones y diversiones: la fotografía, la bicicleta
o la preparación de un atentado terrorista, todo lo hacía con la misma
tranquilidad y alegre seriedad; todo en la vida era alegre, todo era importante
y todo era preciso hacerlo bien.
Y,
en efecto, todo le salía bien. Gobernaba admirablemente una embarcación a la
vela, tiraba de un modo notable con el revólver, era tan fiel en la amistad
como en el amor y tenía una confianza fanática en la «palabra de honor». Los
suyos se burlaban de él y decían que si un espía convicto y confeso le diese
«palabra de honor» de no ser tal espía, Serguéi lo creería y le tendería la
mano cordialmente. Sólo tenía un defecto: estaba convencido de que cantaba muy
bien, cuando en realidad carecía de oído, desafinaba y su voz era desagradable
hasta cuando cantaba las mismas estrofas revolucionarias. Cuando se reían de él
por ese motivo, se incomodaba.
—O
sois todos unos burros, o lo soy yo —decía, muy serio y ofendido.
Y con la misma seriedad, después de pensarlo un
rato, respondíanle sus compañeros:
—El
burro lo eres tú; se te conoce en la voz.
Y
por ese defecto, como acontece a menudo entre las personas buenas, se le quería
quizá más que por sus méritos.
Pensaba
tan poco en la muerte y era tan poco lo que la temía, que la mañana fatal,
antes de salir de casa de Tania Kovalchuk, él había sido el único que había
desayunado con apetito, como de costumbre: había bebido dos vasos de té con
leche y se había comido un panecillo entero de cinco kopeikas[11].
Después, mirando con pena el pan intacto de Verner, había dicho:
—¿Por
qué no comes, tú? Come, hombre, que hay que acopiar fuerza.
—No
tengo ganas.
—Bueno,
me lo comeré yo. ¿Te parece?
—¡Qué
apetito tienes, Serguéi!
En
lugar de responder, se puso a cantar con voz sorda e inarmónica, sin tragar el
bocado:
Los
torbellinos hostiles
que soplan contra nosotros...
Cuando
los detuvieron se entristeció un poco; el plan no estaba bien combinado y les
había resultado mal; pero entonces pensó: «Ahora hay otra cosa que es preciso
hacer bien: morir.» Y tornóse alegre y tranquilo. Ya desde la mañana siguiente
púsose a hacer gimnasia por el método extraordinariamente racional de un tal
Müller, alemán, que le atraía mucho. Completamente desnudo, y con asombro del
centinela, realizaba minuciosamente los dieciocho ejercicios en que consistía
el sistema. El que el centinela lo contemplase y, según creía, lo admirase, le
agradaba como propagandista del sistema de Müller, y aunque sabía que no había
de recibir respuesta, decía siempre a los ojos que desde la mirilla lo
contemplaban alarmados:
—Esto
es muy bueno, amigo; fortifica. Debíais emplear este procedimiento vosotros en
el cuartel —añadía con voz persuasiva y amable, para no asustar al soldado, sin
sospechar que éste lo tomaba por loco.
El
miedo a la muerte empezó a manifestarse en él de una manera gradual y como por
choques sucesivos: parecíale que alguien, con todas sus fuerzas, le daba por
debajo puñetazos en el corazón. Era más bien dolor que miedo. Después, la
sensación desaparecía, y algunas horas más tarde surgía de nuevo, haciéndose
cada vez más intensa y duradera, para adquirir al fin los confusos rasgos del
miedo.
—¿Acaso
tengo miedo? —se preguntó Serguéi, admirado—. ¡Tonterías!
No
era él quien tenía miedo; era su cuerpo joven, recio y vigoroso, al que no
lograban engañar ni la gimnasia del alemán Müller ni las abluciones frías. Y
cuanto más fuerte y más fresco quedaba después del agua, más agudo e
insoportable se le hacía el sentimiento de temor. Precisamente en aquellos
instantes en que, cuando se hallaba en libertad, percibía los impulsos de la
alegría de vivir y de la fuerza, por la mañana, después del sueño profundo y
del ejercicio físico, presentábasele ahora aquel miedo agudo y extraño.
Notándolo, pensó:
—Haces
una tontería, amigo Serguéi. Para que muera con menos dificultad, lo que
necesitas es debilitar tu cuerpo, no fortalecerlo. ¡Eres un tonto!
Y
abandonó la gimnasia y las abluciones, para explicar lo cual al soldado, y
justificarse, gritóle:
—No
te fijes en que he abandonado el método y vayas a creer por eso que deja de ser
bueno. Lo que hay es que para los que van a ser ahorcados no vale; pero para
todos los demás es magnífico.
Y,
efectivamente, empezó como a sentirse mejor. También probó a comer menos, para
debilitarse más; sin embargo, la falta de aire puro y de ejercicio no lograban
quitarle el apetito, que seguía siendo muy grande, y no pudiendo resistir,
comía todo cuanto le traían. Entonces comenzó a proceder de otro modo: antes de
ponerse a comer vertía la mitad del rancho en el cubo, lo cual fue de gran
eficacia, porque de pronto se sintió invadido por la somnolencia y el
embotamiento de la debilidad.
—¡Ya
te enseñaré! —decía, dirigiéndose a su cuerpo, a tiempo que pasaba con tristeza
la mano sobre sus músculos blandos y flojos.
Pronto,
no obstante, se acostumbró el cuerpo a aquel régimen, y volvió a aparecer el
miedo a la muerte, aunque no bajo una forma tan aguda, sino como una vaga
sensación de náusea, todavía más penosa.
—Esto
se debe a que la cosa se va prolongando mucho —pensó Serguéi—. ¡Si pudiera
dormirme todo este tiempo hasta la ejecución!
Y
trató de dormir lo más posible. Al principio le dio buen resultado, pero luego,
sea porque dormía demasiado o por otra causa, sobrevino el insomnio, y con él
las obsesiones e ideas fijas y el pesar de perder la vida.
—¿Acaso
le tengo miedo? —pensaba, aludiendo a la muerte—. No. Lo que lamento es dejar
la vida, que por mucho que digan los pesimistas, es algo maravilloso. ¿Qué
diría, si le ahorcasen, un pesimista? En realidad, siento mucho perder la vida.
Me ha crecido tanto la barba, que parece no que me ha ido creciendo, sino que
ha brotado instantáneamente.
Alzó
tristemente la cabeza y exhaló unos suspiros hondos y prolongados. Hízose luego
un silencio, volvió a suspirar como antes, repitióse el silencio y otra vez su
respiración se tornó angustiosa y lenta.
Lo
mismo le había ocurrido antes del juicio y antes de la despedida con sus
padres. Cuando despertóse en el calabozo, con la clara conciencia de que con la
vida se concluía todo y de que tenía delante de sí tan sólo muy pocas horas de
espera para caer en el vacío de la muerte, experimentó una impresión extraña.
Parecióle como si lo hubiesen desnudado, y lo hubiesen hecho de un modo raro;
no sólo le habían quitado la ropa, sino que le habían privado del sol, del
aire, del ruido, de la luz, de la acción y de la palabra. No era todavía la
muerte, pero ya no era la vida, sino algo nuevo, extraño, incomprensible, o del
todo carente de sentido o lleno de un sentido tan profundo, misterioso y fuera
de lo humano, que no era posible comprenderlo.
—¡Uf,
diablo! —díjose penosamente extrañado, Serguéi—. Pero ¿qué me ocurre? Y ¿dónde
estoy? Y... ¿qué soy yo?
Examinóse
de arriba abajo con toda atención e interés, empezando por sus grandes botas de
preso y concluyendo por fijar los ojos en el vientre, sobre el que se
abullonaba el capote. Dio unos paseos por la celda con los brazos separados y
sin dejar de mirarse, como haría una mujer que se probara una falda demasiado
larga. Quiso volver la cabeza, y al hacerlo se dio cuenta de que lo que le
parecía espantoso era que él mismo, Serguéi Golovin, bien pronto no existiría
ya.
Todo
se le hizo extraño.
Probó
a andar por el calabozo, y le parecía extraño el andar. Probó a sentarse, y le
pareció extraño estar sentado. Trató de beber agua, y le pareció extraño beber,
tragar, sostener el jarrito en la mano, ver que los dedos le temblaban, y
acometido de pronto de un golpe de tos, pensó:
—¡Qué
cosa tan rara: toso! Pero ¿qué es lo que me pasa? ¿Me vuelvo loco? —pensó
estremeciéndose—. ¡No me faltaba otra cosa!
Se
pasó la mano por la frente, y también aquello le pareció extraño. Entonces
detúvose en una postura inmóvil, durante horas enteras, apagado el pensamiento,
conteniendo con esfuerzo la respiración y evitando todo movimiento, porque el
menor pensamiento y el más insignificante gesto parecíanle una locura. El
tiempo desapareció para él, como si se hubiese convertido en espacio
transparente y sin aire, en una playa inmensa, en la cual estuviese todo: la
tierra, la vida y la gente, y todo pudiese abarcarlo de una sola mirada, todo,
hasta el mismo fin, hasta el enigmático abismo de la muerte. Su tormento no
consistía en ver la muerte, sino en ver la muerte y la vida al mismo tiempo.
Una mano sacrílega había descorrido la cortina que por toda la eternidad venía
ocultando el misterio de la vida y de la muerte, que habían dejado de ser un
misterio, aunque no por eso resultaran más comprensibles que la verdad escrita
en una lengua desconocida. No había ideas en su cerebro humano, ni palabras en
su lengua humana que pudieran abarcar lo visto, pues las palabras «Estoy
aterrado» que sonaban en su interior acudían sólo porque no había otras, ni
existía, ni podía existir idea adecuada a aquella nueva situación extrahumana.
Así ocurriría con un hombre que, colocado en los límites de la razón, de la
conciencia y de los sentidos, viese de repente al propio Dios, lo viese y no lo
comprendiese, aun sabiendo que se llamaba Dios, atormentado por la tremenda
angustia de tan inaudita incomprensión.
—¡Esto
es cosa de Müller! —exclamó de pronto con tono de íntima persuasión, meneando
la cabeza. Y con esta inesperada facilidad de transición tan propia del
espíritu humano, lanzó una alegre y cordial carcajada—. ¡Ah, Müller! ¡Ah, mi
querido Müller! ¡Ah, simpático alemán! ¡Efectivamente, tenías razón, amigo mío!
¡Yo, en cambio, soy un burro!
Dio
unos paseos rápidos por el calabozo, y con enorme estupefacción del centinela,
que lo estaba observando por la mirilla, se desnudó precipitadamente e hizo los
dieciocho ejercicios con exagerada minuciosidad, encogiendo y estirando su
cuerpo joven y enjuto, agachándose, aspirando y espirando el aire, poniéndose
de puntillas y moviendo brazos y piernas. Después de cada ejercicio decía con
placer:
—¡Esto
va bien! ¡Esto es lo que hacía falta, amigo Müller!
Sus
mejillas se tiñeron de rosa, resbalaron por su cuerpo gotitas calientes de
sudor, experimentó una sensación agradable y su corazón latió con vigor y
regularidad.
—La
cuestión es, Müller —razonó Serguéi, abombando el pecho de tal modo que las
costillas se dibujaron claramente bajo la piel fina y tirante—; la cuestión es,
Müller, que hay, además, un decimonono ejercicio: colgarse por el cuello en una
posición fija. Ese ejercicio se llama la ejecución. ¿Comprendes, Müller? Se
coge a un hombre vivo, diremos a Serguéi Golovin, se le ata como un muñeco y se
le cuelga por el pescuezo, hasta que venga la muerte. Es una cosa estúpida,
Müller, pero ¿qué se le va a hacer? Hay que resignarse.
E
inclinándose sobre el costado derecho repitió:
—Hay
que resignarse, amigo Müller.
IX
Horrible soledad
Bajo
el mismo sonido del reloj, separado de Serguéi y de Musia por unas cuantas
celdas vacías, pero tan aisladas como si él solo hubiera existido en el mundo,
el desdichado Vasili Kashirin terminaba su vida en la mayor angustia y en el
mayor horror.
Empapado
en sudor, con la camisa pegada al cuerpo, despeinados los cabellos, en otro
tiempo rizosos, paseaba por la celda tembloroso y desesperado, como persona que
sufre un insoportable dolor de muelas. Se sentaba un instante, volvía de nuevo
a correr, apoyaba con fuerza la frente contra la pared, se paraba e inquiría
con los ojos a uno y otro lado, como si buscase un remedio. Había cambiado
tanto, como si su rostro anterior, fresco y juvenil, hubiese desaparecido no se
sabe dónde para dejar el puesto a otro nuevo, horrible, salido de las
tinieblas.
El
miedo se apoderó de él de golpe, como dueño único y poderoso. Todavía, por la
mañana, cuando iba a encontrar la muerte, bromeaba y no la temía; pero al
anochecer, en el aislamiento del calabozo, le acometió una ola de terrible
pavor. Mientras había ido por su voluntad al peligro y a la muerte, mientras la
había tenido en sus propias manos, aunque le pareciese atroz, habíase sentido,
sin embargo, alegre y ligero, al amparo de un sentimiento de libertad sin
límites y asido a la afirmación audaz y firme de su voluntad intrépida. Con el
cuerpo ceñido por una máquina infernal, él mismo se había transformado en algo
de la misma sustancia, en dueño de la razón cruel de la dinamita y de su poder
fulgurante y mortal. Y yendo por la calle entre las gentes agitadas,
preocupadas con sus negocios, que se libraban ágilmente de los coches y
tranvías, parecíale venir de otro mundo desconocido, donde nada se sabía de la
muerte ni del miedo.
Pero
súbitamente sobrevino un cambio brutal. Ya no va adonde quiere, sino que le
obligan a entrar en una jaula de piedra y le encierran con llave como un objeto
inanimado. Ya no puede elegir libremente la vida o la muerte, como las demás
gentes, sino que, infalible e inevitablemente, le van a matar. Él, que por un
instante fue la encarnación de la voluntad, de la vida y de la fuerza, se
transforma en la imagen lamentable de la impotencia, en animal al que le espera
el matadero, en un objeto insensible al que puede moverse de un lado a otro,
quemarlo o romperlo. Sean cuales fueren las palabras que pronunciase, ya no le
escucharían, y si se pusiese a gritar, le taparían la boca con una mordaza. Si
intentase resistir, forcejear, tirarse al suelo, le levantarían, le atarían, y
de este modo le llevarían al patíbulo. Y ese trabajo maquinal, que ejecutarían
hombres como él, da a éstos el aspecto nuevo, extraordinario y terrorífico de
autómatas que le cogen a uno, le cuelgan y le tiran de los pies, cortan después
la cuerda, meten el cadáver en un ataúd, se lo llevan y lo entierran.
Desde
el primer día que entró en la cárcel, la gente y la vida habíanse convertido
para él en un mundo inconcebible de horror, poblado de muñecos mecánicos.
Enloquecido casi por el terror, trataba de representarse que aquella gente que
no podía hablar y parecía muda, tenía, sin embargo, lengua, y trataba de
recordar sus discursos, el sentido de las palabras que usaban en sus
relaciones, y no lo lograba. Abrían la boca, sonaba una cosa, después se
separaban, moviendo las piernas, y se acababa todo.
Así
hubiera sentido la criatura que, hallándose sola en casa, viese que todos los
objetos se animaban de repente, se movían, adquirían sobre él un poder sin
límites y de pronto empezaban a formarle juicio el armario, la silla, la mesa
de escritorio y el diván. Hubiese comenzado a gritar, a suplicar, a pedir
auxilio, mientras aquellas cosas hablaban algo entre ellas en su lenguaje y
después ordenaban que lo colgasen.
Para
Vasili Kashirin, todo acabó por adquirir un aspecto jocoso: el calabozo, la
puerta con su mirilla, el sonido del reloj, la fortaleza esmeradamente
construida y especialmente aquel muñeco mecánico que tenía un fusil y que hacía
resonar sus pisadas en el corredor, a semejanza de todos aquellos otros que,
con cara de susto, le contemplaban por la mirilla y le entregaban silenciosos
la comida. Lo que él experimentaba no era el espanto de la muerte; la muerte,
más bien la deseaba: con lo que tenía de misteriosa e inconcebible, era más
comprensible que aquel mundo tan fantásticamente revuelto. Por encima de todo,
la muerte parecía evaporarse en aquel cónclave absurdo de fantasmas y muñecos,
perder su enorme sentido misterioso y convertirse en algo mecánico, y sólo por
eso horrible: llegar, cogerle a uno, llevárselo, colgarlo y tirarle de las
piernas. Después, cortar la cuerda, meterlo en un ataúd y enterrarlo.
Y
así desaparecía un hombre de este mundo.
Ante
el tribunal, la proximidad de los compañeros había hecho reaccionar a Kashirin,
que otra vez había vuelto, por unos instantes, a ver a las gentes como seres
vivos; allí estaban unos individuos sentados, juzgándole y hablando en una
lengua humana, escuchando y como si comprendiesen. Pero luego, durante la
visita de su madre, con el terror de un hombre que empieza a perder la razón y
lo comprende, había tenido la impresión clara de que aquella anciana, con su
pañuelo negro, era sencillamente una muñeca mecánica artificial de la misma
clase que las que dicen «pa-pá», «ma-má», pero mejor hecha. Había tratado de
hablar con ella, y, estremecido, había pensado:
—¡Señor!
Pero ¡si es una muñeca! ¡Una muñeca que representa a una madre! ¡Y aquella otra
muñeca que está allí, es de soldado, y allá, en casa, está la muñeca padre! ¡Y
yo soy la muñeca Vasili Kashirin!
Hasta
le pareció oír por allí cerca el chirrido del mecanismo, el crujir de las
ruedas sin engrasar. Cuando la madre se echó a llorar, por un momento fulguró
algo humano en su figura; pero a las primeras palabras, el destello de vida se
desvaneció, y le pareció ver que por los ojos de la muñeca salía agua.
Más
tarde, en el calabozo, cuando su espanto llegó al límite máximo, Vasili
Kashirin había intentado rezar. De todo lo que con carácter religioso había
rodeado su infancia en la casa de comercio de su padre, quedábale sólo un
recuerdo amargo e irritante, y ninguna fe. Sin embargo, ciertas palabras que
había oído, quizás en los albores de su vida, habían persistido en su mente
para siempre, nimbadas de una suave poesía. Aquellas palabras eran: «Consuelo
de todos los afligidos».
A
veces, en los instantes dolorosos, sin rezar, y aun sin perfecta conciencia de
lo que hacía, solía murmurar para sus adentros: «Consuelo de todos los
afligidos», y entonces se sentía más aliviado y con deseos de acercarse a
alguien que le recibiera cariñoso, para quejarse, diciendo dulcemente:
—¡Nuestra
vida!... Pero ¿esto es vida? Di, amada mía, ¿acaso es esto vida?
A
nadie, ni siquiera a sus compañeros íntimos, había hablado nunca de su
«Consuelo de todos los afligidos», y hasta parecía no saber nada de ello: tan
profundamente lo ocultaba en su alma. Solo alguna vez, y no con mucha
frecuencia, lo recordaba con particular precaución.
Ahora,
cuando el miedo al impenetrable misterio se presentaba ante él, envolviéndole y
cubriéndole como cubre el agua las plantas de la ribera durante la crecida,
quería rezar. Quiso ponerse de rodillas; pero le dio vergüenza delante de los
soldados, y cruzando las manos sobre el pecho murmuraba bajito:
«¡Consuelo
de todos los afligidos!», repitiendo con ansiedad y en tono humilde: «¡Consuelo
de todos los afligidos, ven a mí y sostén a Vaska[12] Kashirin!»
Hacía
muchos años, cuando todavía estaba en el primer curso de la Universidad y ya
empezaba a divertirse, antes de trabar amistad con Verner y de ingresar en el
partido, acostumbraba llamarse a sí mismo, por broma y jactancia, Vaska
Kashirin, y ahora, sin saber por qué, le dieron ganas de volverse a llamar así.
Pero habían sonado como muertas las palabras «¡Consuelo de todos los
afligidos!»
Se
agitó ligeramente, porque le pareció que a lo lejos estaba una imagen suave y
triste que se apagaba dulcemente sin haber iluminado por completo su agonía. El
reloj de la torre seguía andando. El soldado que estaba en el corredor dio un
golpe seco, acaso con el fusil o con el sable, y se oyeron luego unos cuantos
bostezos.
—«¡Consuelo
de todos los afligidos!» ¿Por qué callas? ¿Por qué no quieres decir nada a
Vaska Kashirin?
Sonrió
dulcemente y aguardó. Pero así en su alma como en su derredor reinaba el vacío.
Y no volvió aquella imagen dulce y triste. Vino a su mente la visión inútil y
atormentadora de unas velas de cera encendidas, del pope revestido con la capa,
del icono pintado en la pared, y vio a su padre que, encorvándose y
enderezándose, oraba y espiaba a Vaska para saber si también oraba o se
distraía. Y Vasili sintió mayor angustia que antes de haber rezado.
La
escena se borró. Su conciencia pareció apagarse como una hoguera de esparcidos
tizones; helábase como el cadáver de un hombre que acaba de morir y cuyo
corazón está caliente todavía cuando ya están fríos los pies y las manos. Una
vez más volvió a encenderse su pensamiento, para decirle que él, Vasili
Kashirin, podía volverse loco en su celda, experimentar tormentos
indescriptibles, llegar hasta tal punto de dolor y sufrimiento como nunca un
ser vivo los hubiese experimentado; que podía golpear su cabeza contra la
pared, sacarse los ojos con los dedos, gemir y gritar lo que le pareciese y
asegurar con lágrimas que no podía soportar nada más. Y, sin embargo, todo
sería en vano.
Aquel
anonadamiento llegó para su cuerpo tembloroso, abatido, inundado de frío sudor.
Pero le faltaba todavía un momento de horror terrible. Fue cuando vio entrar
gente en su celda. Ni siquiera se le ocurrió que aquello significaba la hora de
ir a la ejecución; sencillamente, al ver gentes extrañas, se asustó como un
niño a quien sorprenden cometiendo una acción vituperable.
—¡No
lo haré más! ¡No lo haré más! —murmuraron bajito sus labios muertos, y
retrocedió silenciosamente hacia adentro, como en su infancia, cuando su padre
le levantaba la mano.
—Es
preciso ir.
Hablaron,
anduvieron alrededor de él, le dieron algo. Cerró los ojos, se tambaleó y
empezó a prepararse trabajosamente. De pronto empezó a recobrar la conciencia
de sus actos, y pidió un cigarrillo a un funcionario. Éste le alargó
amablemente la petaca de plata con un dibujo en una de las tapas.
X
Las columnas se derrumban
El
desconocido, a quien llamaban Verner, era un hombre cansado de la vida y de la
lucha. En otro tiempo había amado con pasión la vida, la literatura, el teatro
y la sociedad. Dotado de admirable memoria y de gran fuerza de voluntad, había
aprendido a la perfección varias lenguas europeas, y podía pasar fácilmente por
alemán, por francés o por inglés. El alemán lo hablaba con acento bávaro, pero
podía, si quería, hablar como un verdadero berlinés. Le gustaba vestir bien;
tenía excelentes modales, y era el único de todos los compañeros que se atrevía
a concurrir a los bailes y veladas del gran mundo, sin miedo a ser descubierto.
Pero
hacía tiempo ya que, sin que lo notasen sus compañeros en el fondo de su alma
crecía un vago menosprecio por los hombres, y había también en ella un tedio y
una desesperación casi mortal. Como por naturaleza era matemático antes que
poeta, no conocía ni inspiración ni éxito, y había instantes en que se sentía
como un loco que buscase la cuadratura del círculo en charcos de sangre humana.
El enemigo con quien luchaba a diario no podía infundirle respeto; era sólo una
red espesa de imbecilidades, traiciones y mentiras, repugnantes mentiras y
sucios escupitajos. Lo último que parecía haber destruido en él el deseo de
vivir era la muerte de un delator, cometida por él de orden de su partido. Lo
había matado serenamente, pero al ver aquel rostro humano, de expresión
traicionera, mas ya tranquilo y sereno por la muerte, dejó de estimarse a sí
mismo y a su obra. No porque le entrasen remordimientos, sino sencillamente
porque empezó a considerarse a sí mismo como la cosa menos interesante y más
despreciable del mundo. Pero al partido no lo dejó, a fuer de hombre de
voluntad como era, y aparentemente continuó siendo el mismo, si bien en sus
ojos quedó desde entonces algo frío y severo.
Poseía
también una rara cualidad: así como hay gentes que no conocen el dolor de
cabeza, ignoraba él lo que era el miedo, y cuando los demás lo sentían, no lo
censuraba ni lamentaba, sino lo tomaba en cuenta, como si se tratase de una
enfermedad muy extendida que, sin embargo, no le hubiese atacado a él nunca.
Sus compañeros, especialmente Vasili Kashirin, le inspiraban compasión; pero
era una compasión fría y casi oficial, como la que experimentarán,
probablemente, también algunos jueces.
Verner
comprendía que la ejecución no era sencillamente la muerte, sino algo más;
pero, en todo caso, había decidido recibirla tranquilamente, como algo de poca
importancia; vivir hasta el fin, como si nada hubiese ocurrido ni hubiese de
ocurrir. Sólo así le era dable manifestar su enorme desprecio por el castigo y
conservar la última e intangible libertad de su espíritu. Durante el juicio, y
esto ni siquiera lo hubieran creído sus compañeros, conocedores como eran de su
frío y altivo valor, no había pensado ni en la muerte ni en la vida;
reconcentrado, con profunda y tranquila atención, había estado jugando
mentalmente una partida de ajedrez. Excelente jugador de ajedrez, desde el
primer día de su encierro había comenzado dicha partida, y la continuaba sin
interrupción. La sentencia que lo condenaba a morir en la horca no había
logrado mover ninguna pieza en el invisible tablero.
Ni
siquiera le detenía el considerar que probablemente no habría de terminar la
partida, y la mañana del último día que le quedaba por vivir sobre la tierra la
había reanudado, corrigiendo una jugada de la víspera que le había salido mal.
Con las manos apretadas sobre las rodillas, estuvo sentado largo rato; después
se irguió y se puso a pasear cavilando. Su manera de andar era muy particular:
inclinaba hacia adelante la parte superior del cuerpo y pisaba fuerte y recio
en el suelo con los talones, de modo que, aun estando la tierra seca, sus pasos
dejaban visible y profunda huella. Al mismo tiempo que paseaba, silbaba un aria
italiana de estilo sencillo y ligero que le ayudaba a reflexionar.
La
jugada, sin saber por qué, le había salido mal. Con la impresión desagradable
de que había cometido alguna falta grosera y de bulto, se volvió varias veces
atrás y repitió el juego casi desde el comienzo. No encontró el error; sin
embargo, lejos de desvanecerse en su ánimo la impresión de haberlo cometido,
permanecía en él más arraigada y molesta. De pronto le acometió un pensamiento
inesperado y ofensivo: ¿No consistiría el error en que, con el juego de
ajedrez, lo que quería era hurtar su atención a la idea del suplicio, y
defenderse así contra el horror a la muerte inevitable, según se dice, a todo
condenado?
—¡No!
¿Para qué? —se contestó fríamente, cerrando el invisible tablero.
Y
con la misma reconcentrada atención que había puesto en el juego, como si
estuviese sufriendo un severo examen, se esforzó por darse cuenta de lo
terrible y lo desesperado de su situación; miró detenidamente la celda,
procurando que nada escapase a su observación; calculó las horas que le
faltaban para la ejecución y se complació en componer con bastante semejanza y
precisión el cuadro del suplicio, después de lo cual se encogió de hombros.
—¡Bueno!
—exclamó, como si contestase a la pregunta de alguien—. ¡Eso es todo! ¿En dónde
está el temor?
Efectivamente,
no existía el temor. Y no sólo no existía, sino que hasta parecía surgir algo
opuesto a él: un sentimiento vago, pero intenso, de audaz alegría, hasta el
punto de que aquel error que todavía continuaba sin aclararse acabó por no
provocar en él fastidio ni irritación, sino que le habló de algo bueno e
inesperado, como si habiendo dado por muerto a un íntimo amigo, este amigo se
le hubiese aparecido vivo, ileso y sonriente.
Verner
se encogió nuevamente de hombros y se tomó el pulso: el ritmo del corazón era
frecuente, pero recio e igual, y tenía una especial fuerza sonora. Otra vez
volvió a examinar atentamente, como el novato que ingresa en la cárcel, los
muros, los cerrojos, la silla, atornillada al suelo, y pensó:
—¿Por
qué me siento tan alegre y tan libre? Sí, tan libre. Pienso en el suplicio de
mañana, y me parece como si no existiese. Miro a las paredes, y tampoco me
parece que existen. Mi sensación de libertad es tal, como si en lugar de
encontrarme en la cárcel acabase de salir de otra cárcel en la cual hubiese
estado toda mi vida. ¿Qué es esto?
Empezaron
a temblarle las manos, fenómeno hasta entonces desconocido para Verner. Su
pensamiento palpitó con más furia. Parecía como si unas lenguas de fuego
inflamadas en su cerebro quisieran salirse de él y alumbrar la lejanía, todavía
envuelta en las sombras de la noche. Al fin consiguieron salir e iluminaron el
horizonte como una imprevista aurora.
Desvanecióse
el vago cansancio que había invadido a Verner durante los últimos años;
desprendióse de su corazón la serpiente muerta y fría que en él llevaba;
surgió, en fin, su juventud triunfante ante la proximidad de la muerte. Más
aún: con esa admirable claridad que a veces suele iluminar el espíritu y
elevarlo a las más altas cumbres de la percepción, Verner vio de pronto el
panorama completo de la vida y la muerte, y se asombró de la grandeza del
inusitado espectáculo. Parecióle caminar por la cresta de montañas altísimas
que formaban un sendero estrecho, como el filo de un cuchillo, viendo a un lado
la vida y al otro la muerte, como dos mares profundos y resplandecientes, que
se confundían en el horizonte ilimitado.
—¿Qué
es esto? ¡Qué divino espectáculo es éste! —exclamó pausadamente, levantándose
con los ojos fijos, como si se hallase en presencia del Ser Supremo. Y haciendo
desaparecer los muros, el espacio y el tiempo con su mirada, contempló allá en
lo profundo la vida que iba a perder.
Ni
siquiera intentó, como en otras ocasiones, reducir a palabras lo que veía;
además, tampoco las había adecuadas en el lenguaje humano, todavía tan pobre e
inexpresivo. Todo lo pequeño, deleznable y ruin que solía encontrarse al
contemplar los rostros humanos, había desaparecido completamente, así como una
persona, elevándose en un globo, ve desvanecerse la suciedad y el fango de las
calles angostas de la ciudad y halla que todo lo feo y repugnante se trueca en
hermoso.
Con
un movimiento inconsciente se acercó Verner a la mesa y apoyó en ella la mano
derecha. Soberbio e imperioso por naturaleza, nunca, sin embargo, había
adoptado una postura de mayor orgullo ni más autoritaria, rígido el busto,
erguida la cabeza; porque nunca se había sentido tan libre y poderoso como
allí, en aquella cárcel, separado del suplicio y de la muerte sólo por unas
cuantas horas.
Con
nuevo aspecto volvieron a aparecerse ante su mirada iluminada, dotados de un
encanto y un atractivo desconocidos, los seres humanos. Elevándose sobre los
tiempos, vio claramente cuán joven era la humanidad, y cómo todavía ayer
aullaba en los bosques cual una fiera; y lo que siempre le había parecido en
las gentes terrible, imperdonable y repugnante, se tomaba de pronto atrayente,
como es atrayente en el niño la audacia torpe, el balbuceo deshilvanado en que
pone una chispa la inteligencia, sus desaciertos, sus equivocaciones ridículas
y sus golpes crueles.
—¡Queridos
míos! —exclamó Verner con una sonrisa inesperada, perdiendo de pronto toda su
anterior actitud imponente, convirtiéndose otra vez en el preso a quien agobia
el encierro y atormenta la inquisitiva mirada que le observa detrás de la
puerta. Por un fenómeno extraño, olvidó casi de repente todo cuanto acababa de
ver con tanta claridad, siendo todavía más extraño el que ni siquiera intentase
volver a recordarlo.
Sentóse,
sin que su cuerpo adquiriese la tiesa actitud que le era habitual, y con una
sonrisa desusada, impropia de él por lo débil y tierna, se detuvo a contemplar
las paredes y las rejas. Y ocurrió algo más raro todavía, algo que nunca le
había sucedido: de pronto se echó a llorar.
—¡Mis
queridos compañeros! —murmuró, vertiendo amargas lágrimas—. ¡Pobres amigos
míos!
¿Por
qué misteriosa senda había pasado desde el sentimiento de altanería y de
independencia salvaje, ilimitada, hasta aquella compasión tierna y ardiente? Ni
lo sabía ni quería pensar en ella. ¿Es que le daban lástima sus amigos, o tras
sus lágrimas había otro sentimiento aún más alto y apasionado? Su corazón,
renaciendo florido, no lo sabía. Continuaba llorando y exclamando:
—¡Queridos
amigos míos! ¡Mis buenos compañeros!
Nadie,
en aquel hombre que lloraba copiosamente y que sonreía a través de sus
lágrimas, hubiera reconocido al impasible y altivo Verner: ni sus
jueces, ni sus compañeros, ni él mismo.
XI
Camino de la muerte
Antes
de meterlos en los coches habían juntado a los cinco condenados en una sala de
vastas proporciones y muy fría, donde les permitieron hablar entre sí.
Tania
Kovalchuk fue la única que aprovechó la autorización en seguida. Los demás, sin
proferir una palabra, se apretaron fuertemente las manos, frías como el hielo
en unos, y ardientes como el fuego en otros; y callados, formaron un extraño
grupo, en que cada cual procuraba no mirar a los demás. Acaso temían que sus
ojos revelasen la crisis que acababan de pasar.
No
pudieron, con todo, evitar que una o dos veces se cruzasen sus miradas, y
acabaron por tranquilizarse y hasta sonreír. Ninguno se alteró lo más mínimo,
o, por lo menos, a ninguno se le notó alteración. Hablaban y se movían de un
modo singular, como autómatas. A veces se les atragantaban las palabras, o las
repetían, o dejaban truncada una frase, creyendo que la habían dicho entera.
Miraban las cosas sin verlas, como miopes que de repente pierden los lentes. A
veces volvían bruscamente la cabeza, como si alguien los llamase; pero lo
hacían sin siquiera darse cuenta. Musia y Tania tenían las mejillas y las
orejas ardiendo; Serguéi, que al principio se hallaba algo pálido, recobró su
aspecto normal.
El
que más atraía la atención de todos era Vasili. Aun allí había en él algo
extraordinario e inquietante. Verner, muy emocionado, murmuró al oído de Musia:
—¿Acaso
él, Musia, acaso él...? Habrá que hablarle.
Vasili,
que tenía los ojos fijos en Verner, los bajó al suelo.
—¿Qué
hay, Vasia? ¿Qué te ocurre? Pronto acabará todo, hombre; no te apures. Hay que
tomarlo con filosofía, ¡que diablo!
No
replicó Vasili por el momento, mas al cabo de algunos segundos repuso con voz
tan sorda y remota que, más que humana, parecía de ultratumba:
—No
es nada. Estoy tranquilo.
Y
a poco repitió: —Estoy tranquilo.
Verner,
muy satisfecho, exclamó: —¡Bien, chico, bien! ¡Así me gusta!
Pero
tropezó con la mirada de Vasili, que parecía hundida en honda contemplación
interior, y se preguntó con angustia: —¿Dónde está? ¿Desde dónde me mira?
Y
exclamó con ternura: —Vasia, ¡cuánto te quiero!
—También
yo a ti —replicó Vasili trabajosamente.
De
pronto, Musia tomó la mano de Verner, y con un gesto de admiración casi teatral
dijo:
—¿Qué
te ocurre, Verner? ¡Tú, que nunca has dicho a nadie que le quieres! ¿Por qué
estás tan radiante y tan amable?
Con
tono y ademán teatrales asimismo contestó Verner, apretando la mano a Musia:
—Sí,
a todos os quiero. No se lo digas a nadie, porque me da vergüenza; pero os
quiero mucho.
Encontráronse
sus miradas, y eran tan radiantes, que todo en torno suyo parecía obscurecerse,
como junto al fulgor del relámpago todo se hunde en tinieblas.
—¿Sí?
—preguntó Musia—. ¿De veras, Verner?
—Sí,
Musia, sí. De veras.
Luego,
Verner, con los ojos aún brillantes, trémulo de emoción, se dirigió a Serguéi
Golovin.
—¡Serguéi!
—llamó.
Pero
quien le contestó fue Tania Kovalchuk. En pleno éxtasis, casi llorando de
orgullo maternal, díjole, al tiempo que tiraba de un brazo de Serguéi:
—Pero
¿tú ves esto, Verner? Yo, atormentándome por él, llorando por su causa, y él
entretenido en hacer gimnasia.
—¿Sistema
Müller?
Serguéi
frunció el ceño y replicó, algo azorado:
—No
sé de qué te ríes, Verner. Tengo la seguridad de que...
Sin
dejarle acabar, rompieron todos a reír. Poco a poco, cobrando ánimos y fuerzas
en la mutua comunicación, volvieron a ser lo de siempre. Tanto, que ellos
mismos creían no haber cambiado nunca.
De
pronto, Verner dejó de reír y dijo gravemente:
—Tienes
razón, Serguéi; tienes razón de sobra.
—¡Ah!
¿Comprendes? —replicó Golovin, satisfecho—. Claro está que nosotros...
Tampoco
esta vez pudo terminar la frase, pues en aquel momento fueron a buscarlos para
conducirlos a los coches; tan amables fueron con ellos, que les permitieron ir
por parejas. En general, los empleados de la cárcel solían tratarlos con mucha
benevolencia, alguna vez exagerada; acaso fuese para probar que, a pesar de
todo, tenían sentimientos humanitarios; quizá para demostrar que en aquello no
tenían ellos arte ni parte y que sólo obedecían a una necesidad inexcusable.
Todos estaban muy pálidos.
—Musia,
tú con Vasili —ordenó Verner, señalando a éste, que permanecía inmóvil.
—Muy
bien —asintió Musia—. ¿Y tú?
—¿Yo?
Ya veremos. Tú, con Vasili; Tania, con Serguéi... Bueno, yo iré solo; ya sabes
que yo puedo ir solo.
El
aire tibio y húmedo del patio les acarició el rostro y les penetró suavemente,
con lo que sus ideas se hicieron más claras.
Las
gotas del deshielo que de los canalones se desprendían, chocaban sonoramente en
las baldosas. De vez en cuando, alguna más gruesa que las demás se destacaba
del conjunto, como la voz de un «divo» en un concertante; mas luego volvía la
cantilena a su tono uniforme.
Las
luces eléctricas expandían un halo sobre la ciudad e iluminaban tenuemente los
tejados de la fortaleza.
Del
pecho de Serguéi Golovin se escapó un hondo suspiro.
—¡Ah!
—exclamó; y como si sintiese derrochar aquel aire tan puro, contuvo luego la
respiración.
—¡Qué
noche más hermosa! —dijo Verner—. ¿Hace mucho que reina tan buen tiempo?
—Ayer
y hoy nada más —le contestaron los guardianes con amable solicitud—. Hasta ayer
ha hecho mucho frío.
Fueron
llegando uno tras otro, silenciosos y siniestros, los fatales carruajes, en
cada uno de los cuales subieron dos condenados. Luego iniciaron la marcha, y en
la obscuridad de la noche dirigiéronse hacia el farol que se balanceaba ante la
poterna. Escoltaban a cada coche varios jinetes, cuyas siluetas grises iban y
venían sobre los caballos, que con sus herraduras arrancaban chispas al
empedrado y resbalaban alguna vez sobre la nieve.
Cuando
Verner se inclinaba para entrar en el coche díjole el centinela:
—Aquí
hay otro que va con ustedes.
—¿Dónde?
¿Dónde está? ¡Ah, ya le veo! ¿Quién es?
El
guardián no contestó. En un obscuro ángulo del carruaje veíase, en efecto, a un
hombre menudo, que aún lo parecía más por lo agazapado que estaba. Al sentarse,
Verner le tropezó una rodilla.
—Usted
dispense, amigo —se disculpó.
El
otro no dijo nada. Únicamente cuando partió el coche preguntó con trémula voz y
en mal ruso:
—¿Quién
es usted?
—Me
llamo Verner, y he sido condenado a la horca por haber atentado contra la vida
de un ministro. ¿Y usted?
—Yo
me llamo Yanson. Pero a mí no hay que ahorcarme.
Faltábales
apenas un par de horas para franquear la puerta del misterio indescifrable, y,
con todo, aun en los más nimios y vulgares detalles la vida seguía siendo la
vida.
—Y
¿tú qué es lo que has hecho, amigo Yanson?
—¿Yo?
Acuchillar a mi amo y robarle los cuartos.
A
juzgar por la voz, Yanson estaba medio dormido. En las tinieblas tropezó Verner
con su mano fláccida y se la estrechó. Yanson la retiró lentamente.
—¿Tienes
miedo? —le preguntó Verner.
—¡Yo
no quiero que me ahorquen!
Callaron
los dos, y Verner volvió a oprimir fuertemente entre sus febriles manos las del
asesino. Esta vez Yanson permaneció inmóvil.
Apenas
podían respirar en el estrecho carruaje, que olía a estiércol, a paño húmedo, a
cuero mojado.
Frente
a Verner iba un joven soldado, que echaba sobre él su cálido aliento, unas
vaharadas impregnadas de olor a ajos y a tabaco. El aire penetraba tan sólo por
algunas rendijas, y era como un mensaje de la primavera, que la hacía sentir
con mayor intensidad aún que en el exterior. El coche andaba tan pronto hacia
la derecha, como hacia la izquierda; dijérase que se entretenía en retroceder y
girar alrededor del mismo punto horas enteras. A través de las tupidas
cortinillas vislumbrábase al principio el azulado fulgor de los focos
eléctricos, pero al cabo de algún rato de camino quedó todo a obscuras, por
donde pudieron los viajeros adivinar que se hallaban en las míseras y desiertas
callejas de los arrabales, y muy próximos, pues, a la estación del ferrocarril
S... En alguna brusca revuelta, la rodilla de Verner tropezaba familiarmente
con la del guardia, y era difícil creer en la proximidad de la ejecución.
—¿A
dónde nos conducen? —preguntó Yanson, mareado por el traqueteo del coche y
cansado de aquella obscuridad.
Verner
volvió a estrecharle fuertemente la mano. Hubiera querido hablar las palabras
más afables, más afectuosas, para decírselas a aquel hombrecillo soñoliento, a
quien quería ya más que a nadie en el mundo.
—Ven
acá, amigo mío; ahí debes de estar incómodo.
Al
cabo de unos instantes de silencio repuso Yanson:
—Gracias,
voy bien aquí. ¿De modo que también a ti te van a ahorcar?
—Sí,
hombre, ¡también! —contestó Verner con tono jovial y con gesto y ademán tan
despreocupados como si estuviesen hablando de una broma trivial que quisiesen
darle unos amigos amables y terriblemente divertidos.
—¿Eres
casado? —preguntó Yanson.
—¿Casado
yo? ¡Ca, hombre! Soltero del todo.
—También
yo.
Poco
después el coche se detuvo.
—¡Ya
estamos! —exclamó Verner, y saltó a tierra con curiosidad no exenta de extraña
alegría.
Yanson
se apeó tras él. Estaba silencioso, y su paso era lento y torpe. Al bajar
asióse a la falleba de la portezuela y luego a la portezuela misma; siguió
luego agarrándose a cuanto podía. Uno de los guardias le iba apartando
suavemente.
La
estación estaba obscura y desierta. Debido a la hora avanzada ya no se esperaba
ningún tren de pasajeros, y para el que debía llevar a esos viajeros no se
necesitaban luces ni estrépitos.
De
pronto un profundo tedio envolvió a Verner; tedio, sí, no miedo ni impaciencia;
tedio, un tedio inmenso, abrumador; de buena gana hubiera huido para escapar de
él o se hubiera echado, cerrando los ojos con fuerza. También Yanson se
desperezó y bostezó varias veces.
—¡Si
fuésemos más de prisa! —exclamó Verner.
Yanson
se estremeció de pies a cabeza.
Cruzaron
los reos, custodiados por los soldados, el solitario andén, y subieron a los
vagones, que macilentas lámparas iluminaban apenas. Verner se acercó a Serguéi
Golovin; éste, indicando con la mano extendida un lugar próximo, pronunció
varias palabras, entre las que la única que se oyó distintamente fue «farol»;
las demás se perdieron en un largo bostezo.
—¿Qué
estás ahí diciendo? —preguntó Verner, bostezando asimismo.
—Digo
que el farol echa mucho tufo.
Miró
Verner, y vio que, en efecto, la luz echaba tufo, y el cristal estaba casi
negro.
—Es
verdad —replicó.
Luego
pensó: «¡Bah! ¿Qué me importa que el farol eche tufo o deje de echarlo, si...?»
Serguéi, sin duda, pensó algo parecido, pues miró a Verner y luego le volvió la
espalda. Ya no bostezaban.
Dirigiéronse
a pie hasta los vagones; tan sólo a Yanson hubo que sostenerle. Al principio
puso rígidas las piernas y permaneció con los pies pegados al andén, como si
clavase las suelas en los tablones del andén; luego dobló las rodillas, y los
soldados hubieron de cogerle por debajo de los brazos. Marchaba arrastrando los
pies y haciendo resonar las botas, como si estuviese borracho. A costa de mucho
trabajo pudieron meterle en su departamento.
Kashirin
imitaba al andar los movimientos de sus compañeros. Pero al llegar junto al
vagón, un soldado tuvo que cogerle por el codo para que no se cayese. Vasili se
echó a temblar, y rechazando la mano del guardián lanzó un grito agudo:
—¡Ay!
—¿Qué
te pasa, Vasia? —preguntó Verner, precipitándose hacia él.
Vasili
no contestó, pero seguía temblando como un azogado. El soldado, confuso y
pesaroso, explicó:
—Quería
sostenerle, pero...
Verner
intentó entonces cogerle de la mano, y le dijo:
—Vamos,
Vasia, ven acá. Yo te sostendré.
Pero
también a él lo rechazó Vasili, y volvió a gritar aún con más fuerza:
—¡Ay!
¡Ay!
—Calla,
tonto. Soy yo, Verner.
—Sí,
ya lo sé. No me toques. ¡Iré solo!
Siempre
temblando, subió solo, en efecto, al coche y se sentó. Verner se acercó a Musia
y le preguntó, señalando a Vasili:
—¿Qué
tal?
—Mal
—repuso la joven—. Va ya muerto.
Y
añadió con extraño tono:
—Dime,
Verner, ¿existe en verdad la muerte?
—No
lo sé, Musia, no lo sé. Pero yo creo que no —contestó Verner grave y pensativo.
—Así
creo yo también. Pero ¿y Vasili? ¡Oh, cuánto he sufrido junto a él, en el
coche! Entonces sí que me parecía ir con un muerto.
—¡Qué
sé yo, Musia! Tal vez la muerte exista para unos y no para otros; pero en tal
caso, ya no podrá afirmarse que existe en absoluto. Para mí, por ejemplo, ha
existido, pero ahora ya no existe.
Musia,
que estaba muy pálida, sintió que sus mejillas se encendían.
—¿Qué
dices, Verner? ¿Que ha existido la muerte para ti?
—Sí,
y para ti también. Pero ahora ya no.
A
la puerta del vagón se oyó un ruido: era «Mishka el Gitano», que entró dando
fuertes pisadas, resoplando y escupiendo. Luego miró en torno y se detuvo de
pronto.
—¡Guardias!
—gritó, dirigiéndose al soldado, que le miraba con enojo—. Aquí no hay sitio.
Yo, si no voy cómodo, no voy. Para eso, que me cuelguen del farol. ¡Hijos de
tal, vaya un coche indecente! ¡Esto no es coche, es una pocilga!
Bajó
la cabeza y estiró el pescuezo. Entre la maraña de cabeza y barbas brillaban
los ojos negros con expresión de locura.
—¡Heme
aquí, señores! —exclamó—. ¡Buenas noches!
Acercóse
a Verner, le tocó un brazo y, guiñándole un ojo, llevóse con brusco movimiento
la mano al cuello.
—¿Con
que a usted también, eh?
—También
a mí —contestó Verner sonriendo.
—¿A
todos?
—¡A
todos!
—¡Ah,
muy bien! —exclamó, mostrando sus blancos dientes y paseando en derredor una
mirada, que detuvo especialmente en Musia y Yanson. Con un nuevo guiño,
preguntó a Verner:
—¿Por
aquello del ministro?
—Sí,
por aquello. Y tú, ¿qué has hecho?
—¿Yo?
No pico tan alto. No soy más que un simple bandido. ¡Eh, amigo! Córrete un
poco; como comprenderás, no os quito sitio por gusto. En el otro mundo lo habrá
para todos.
Volvió
a mirar con recelo a sus compañeros, que le miraban graves, silenciosos y aun
con cierta compasión. Enseñó de nuevo los dientes y dio a Verner unos
golpecitos en la rodilla.
—Así
es, señor. Como dice la canción:
Verdes
encinas del bosque,
cesad en vuestro rumor...
—¿Por
qué me llamas «señor» —preguntó Verner—, si dentro de nada estaremos los dos
iguales?
—Verdaderamente
—dijo el otro con visible satisfacción—. ¡Valiente señor estarás tú, cuando van
a ahorcarte conmigo!
Y
señalando al nuevo centinela prosiguió:
—¡Ése
sí que es un señor de veras! En cambio ése...
Indicó
con la vista a Vasili, y continuó:
—¡Qué,
señor! ¿Tenemos miedo?
—¡No!
—repuso, moviendo trabajosamente la lengua.
—¿Que
no, eh? No te dé vergüenza decirlo, hombre. ¡Ni que fueras un perro, para que
movieses el rabito cuando te llevan al palo!
Miraba
a todas partes, escupía a cada momento.
—¿Y
ése? —preguntó, por Yanson—. ¿También viene con nosotros?
Yanson,
hecho un ovillo en un rincón del coche, se agitó un momento, pero no contestó.
Verner lo hizo por él.
—Ése
dio de cuchilladas a su amo.
—¡Dios
mío! —exclamó «el Gitano», sorprendido—. Pero ¿es que semejante tipo tiene
derecho a acuchillar a nadie?
Desde
hacía ya un rato, «el Gitano» miraba a Musia de reojo; al cabo se volvió hacia
ella y la contempló fija y francamente.
—¡Señorita!
—dijo—. Pero ¡si es una niña! Y tiene buen color, y se ríe. ¡Mira, se ríe de
veras! —agregó, clavando sus dedos con ganas en una rodilla de Verner—.
¡Mírala, mírala!
Musia
sonreía, en efecto. Un poco avergonzada, clavó su mirada en los ojos salvajes y
llameantes que la contemplaban.
Todos
callaban.
El
tren saltaba sobre los carriles con estrépito de ruedas, hierros y cristales.
El pito de la locomotora hendió el aire, como si el maquinista quisiera
prevenir a alguien de algún peligro. Y era absurda la idea de que para colgar
de un palo a otros infelices fuera preciso emplear tan escrupulosas
precauciones, tan prolijos preparativos, y que el hecho más cruel que puede
realizarse en la tierra se consumase luego con la mayor sencillez, como si
fuese la cosa más natural.
Los
vagones corrían, corrían. Quienes los ocupaban viajaban como todo el mundo
viaja, en las mismas actitudes que se ven todos los días. Luego pararían como
siempre:
—¡Cinco
minutos de parada!
Y allí aparecería la muerte, la eternidad, el
gran misterio...
XII
La llegada
Corría
el tren, corría sin descanso.
Por
aquellos mismos carriles se iba a una casa de campo en la que durante
algunos años había vivido Serguéi Golovin con sus padres. El joven
hubiera podido imaginar que volvía en el último tren, por
habérsele hecho tarde, entretenido con unos amigos.
—Ya
falta poco —dijo, abriendo los ojos y volviéndolos hacia la ventanilla.
Nadie
le contestó, nadie se movió siquiera. «El Gitano» seguía escupiendo y mirando
todo como si quisiera tocarlo con los ojos.
—Tengo
frío —dijo Vasili Kashirin, moviendo con tanta dificultad los helados labios,
que lo que en realidad dijo fue:
—«Teño
fío».
Tania
se volvió presurosa hacia él y le alargó su pañuelo.
—Ten
—le dijo—; abrígate el cuello.
—¿El
cuello? —preguntó Serguéi con sobresalto, y se asustó de la pregunta.
Aunque
todos tuvieron el mismo pensamiento, tal vez por ello mismo ninguno
pareció oír; parecía que nadie había dicho nada, o que todos habían
dicho lo mismo.
—Póntelo,
Vasili; póntelo, que te abrigará —le aconsejó Verner.
Y
volviéndose a Yanson:
—Y
tú, querido, ¿no tienes frío? —le preguntó.
Musía
dijo:
—Lo
que quizá quiera es fumar. ¿Quieres fumar, verdad? Pues dilo; tenemos tabaco.
—Sí,
sí, quiero.
—Tú,
Serguéi, dale un cigarrillo —indicó Verner satisfecho.
Pero
Serguéi se había adelantado ya a ofrecérselo. Y todos se pusieron a observar,
cual si se tratase de algo extraordinario, cómo Yanson cogía el cigarrillo,
cómo ardía la cerilla y cómo de la boca del fumador salía el humo azulado.
Hizo
Yanson un gesto de satisfacción y dijo:
—Gracias.
Está muy bueno este tabaco.
—¡Qué
cosa más rara! —dijo Serguéi.
—¿Raro?
¿El qué? —preguntó Verner.
—El
cigarrillo.
Sostenía
nerviosamente el cigarrillo entre los dedos y lo miraba con admiración. Todos
contemplaban aquel tubito, de cuyo extremo surgía una cinta azulada que se
agitaba y se deshacía en otras muchas. Al fin, el cigarrillo se apagó.
—Se
ha apagado —exclamó Tania.
—Sí,
se ha apagado.
Verner
frunció el ceño, y mirando con inquietud a Yanson, cuya mano colgaba exánime,
exclamó:
—¡Demonio!
—¡Eh,
señor! —díjole a esta sazón «el Gitano» en voz baja, acercándosele y
revolviendo los ojos con la fiera expresión en él habitual—. Y ¿si atacásemos a
los soldados? ¿Quiere que probemos?
—No
—le repuso Verner, en el mismo tono—. Hay que apurar el trago.
—Pero
ya que hemos de morir, muramos luchando. Por lo menos, sería más divertido. ¿No
te parece? Así sentiríamos menos cómo nos mataban a nosotros.
—No,
no; de ningún modo —repitió Verner.
Y
volviéndose a Yanson le preguntó:
—Y
tú, amigo mío, ¿por qué no fumas?
El
rostro de Yanson se contrajo dolorosamente, como si alguien hubiese tirado al
mismo tiempo de los hilos que ponían en movimiento sus arrugas. Y con voz tan
extraña que parecía fingida comenzó a llorar:
—¡No
quiero fumar! ¡No hay que ahorcarme! ¡Ah, ah...!
Todos
le rodearon solícitos. Tania, llorando también, le acarició una mano y le
arregló la gorra, al tiempo que le decía:
—¡Pobrecito
mío! ¡No llores, no llores!
Los
vagones moderaron su marcha. Todos, excepto Yanson y Kashirin, se pusieron en
pie; pero en seguida volvieron a sentarse.
—¡Ya
hemos llegado! —dijo Serguéi.
Todos
respiraban con tanta dificultad como si se hubiese hecho el vacío en el coche.
El corazón dilatado atravesaba la garganta, brincaba de espanto, gritaba
enloquecido, con su voz de sangre. Tenían los ojos fijos en el trepidante
suelo; el girar de las ruedas era cada vez más lento. Luego, después de una
brusca sacudida, cesaron al fin de moverse. Paró el tren.
Y entonces comenzó para todos aquellos
desgraciados un sueño, una verdadera existencia irreal, inconsciente, como
ajena. El ser corpóreo cedía su puesto al inmaterial, y éste era el que se
movía y hablaba sin voz y padecía sin dolor. En sueños salieron del vagón, por
parejas, y aspiraron voluptuosamente el aire primaveral. En sueños, inerte y
aturdido, resistióse Yanson, siendo arrastrado silenciosamente fuera del vagón
y arrojado a tierra desde el estribo.
—¿Vamos
a pie? —preguntó uno de los reos casi con alegría.
—Estamos
cerca —contestó otro en el mismo tono.
A
través del bosque echó a andar un cortejo sombrío y silencioso. El aire era
fresco y fragante. De vez en cuando, algún caminante resbalaba en la nieve y se
agarraba instintivamente a los cuerpos de sus compañeros. A su lado,
chapoteando en el lodo, jadeantes, caminaban los soldados de la escolta.
Se
oyó una voz colérica:
—¡Podían
haber arreglado el camino!
Y
otra voz contestó, como excusándose:
—Ya
lo han arreglado. Pero estamos en época de deshielo, y no puede evitarse el
barro.
Y
cada cual pensó que, en efecto, no era posible dejar mejor el camino.
A
veces el pensamiento se apagaba por completo, y únicamente persistía sensible
el olfato, al que impresionaban los olores finos y penetrantes del bosque, la
fragancia del aire, la humedad de la nieve... Otras lo percibían todo con gran
claridad: el bosque, la noche, el camino y, sobre todo, la idea de que pronto
los iban a ahorcar. De vez en cuando surgía el rumor de los diálogos y los
cuchicheos.
—Van
a dar las cuatro.
—Ya
decía yo que habíamos salido muy temprano.
—No
amanece antes de las cinco.
—Sí;
tendremos que esperar.
Llegaron
a un descampado, donde se detuvieron. Entre los árboles, que la descarnada mano
del invierno desnudara, movíanse silenciosamente dos farolillos. Aquél era el
punto en que se alzaba el patíbulo.
—Se
me ha perdido un chanclo —dijo de pronto Serguéi.
—¿Qué
dices? —le preguntó Verner.
—Que
he perdido un chanclo. Tengo frío.
—¿Y
Vasili? ¿Dónde está?
—No
lo sé. ¡Ah! Ahí le tienes.
En
efecto, Vasili, silencioso y sombrío, se hallaba junto a ellos.
—¿Dónde
está Musia?
—Aquí
estoy. ¿Eres tú, Verner?
Miráronse
unos a otros, sin atreverse a alzar los ojos hacia el lugar donde se movían, en
terrible silencio, las lucecitas. A la izquierda se abrían en el bosque algunos
claros, que se prolongaban hasta una llanura iluminada y blanquecina, de la que
llegaba un viento húmedo.
—¡El
mar! —dijo Serguéi Golovin aspirando voluptuosamente el aire—. ¡El mar!
Musia
contestó con la canción:
Mi amor,
inmenso cual el mar...
—¿Qué
estás ahí diciendo, Musia?
—«Mi
amor, inmenso cual el mar, no pueden encerrar las riberas de la vida.»
—«Mi
amor, inmenso cual el mar...» —repitió Serguéi, marcando con el gesto el ritmo
del verso.
—«Mi
amor inmenso cual el mar...» —repitió asimismo Verner. Pero, de súbito, se
interrumpió, y dijo asombrado: —Pero, Musia, ¡qué joven eres aún!
De
pronto, Verner sintió en su oído la voz suplicante y anhelante del «Gitano»:
—¡Señor,
señor! Dígame: ¿qué es eso que se ve entre los árboles? Allí, allí donde se
mueven los farolitos. ¡Oh! Es la horca, ¿no?
Miróle
Verner, y le vio lívido, desencajado, con las angustias de la agonía.
—Llegó
la hora de decirnos adiós —dijo Tania.
—Espera
un poco —replicó Verner—. Aún tienen que leer la sentencia. Y Yanson, ¿dónde
está?
Yanson
estaba tumbado en la nieve, y junto a él había alguien que le atendía. El aire
se llenó súbitamente de olor a éter.
Alguien
preguntó con impaciencia:
—¿Qué
sucede, doctor? ¿Pasará pronto?
—No
es nada. Un desmayo nada más. Frotadle las orejas con nieve. ¡Ajajá! Ya
vuelve en sí. Ya pueden leer eso.
A
la luz de la linterna se vio el papel, sostenido por una mano sin guante
y agitada por un visible temblor. También la voz que luego habló
temblaba:
—Señores,
puesto que conocen ustedes la sentencia, quizá fuera preferible no leerla. ¿Qué
les parece?
Verner
respondió en nombre de todos:
—Que
no se lea.
En
el acto se apagó la linterna.
No
aceptaron tampoco los auxilios del sacerdote, cuya silueta alta y
sombría se alejó rápidamente y se perdió en la espesura.
Despuntaba
el día. Sobre la nieve, cada vez más blanca, destacábase con mayor intensidad
la obscura mancha de la gente, y el bosque parecía aún más triste y árido.
—Señores,
pónganse de dos en dos; pueden formar las parejas como gusten, pero les ruego
que se den la mayor prisa posible.
Yanson
estaba ya en pie, sostenido por dos soldados. Verner dijo, señalándole:
—Yo
iré con él. Tú, Serguéi, con Vasili. Id delante.
—Bien.
—Musia,
¿quieres que vayamos juntas? —preguntó Tania—. Démonos un beso.
Abrazáronse
con rapidez. «El Gitano» apretó la boca con tal fuerza, que le rechinaron los
dientes. Yanson, que apenas podía tenerse, entreabría la suya; ni siquiera
parecía darse cuenta de lo que en torno suyo pasaba. Cuando ya Serguéi y
Vasili habían avanzado algunos pasos, éste se detuvo bruscamente y dijo con
clara y vibrante voz, que, sin embargo, a sus compañeros les pareció
desconocida:
—¡Adiós,
amigos míos!
—¡Adiós!
—respondieron los demás.
Se
fueron, y todo quedó en silencio. Los farolillos que entre los árboles se
movían quedaron quietos. No se oía ni un grito, ni un rumor.
Uno
de los del grupo exclamó con desesperado acento:
—¡Ay,
Dios mío!
Era
«el Gitano», que agitaba los brazos como un poseído y gritaba:
—¡Ya
veo la horca! Pero ¿voy a ir yo solo? ¡Yo quiero que me acompañen! Señor, ¿será
posible?...
Con
las manos convulsas se aferró a Verner e imploró:
—¡Señor,
mi querido señor! ¿Quieres que vaya contigo? No me niegues ese favor...
Verner,
a quien aquella escena hacía sufrir intensamente, repuso:
—No
puedo; voy con ése.
—¡Ay,
Dios mío, Dios mío! ¡Solo...! ¡Solo...!
Musia
avanzó hacia el desventurado y le dijo:
—Ven
conmigo.
Retrocedió
«el Gitano», asombrado, perplejo, vacilante. Sus ojos giraban en sus órbitas,
con más rapidez que nunca, como espantados de lo que veían.
—¿Contigo?
—Sí.
—¡Tú!
¡Tan jovencita, tan niña! Pero di: ¿no tienes miedo? Porque en ese caso, iré yo
solo.
—No,
no tengo miedo.
«El
Gitano» contrajo de nuevo la boca y luego enseñó los dientes.
—Pero
¡tú, tú! ¿No te repugna mi compañía? ¿No sabes que soy un bandido? ¿De veras no
te doy asco? Si te lo doy, dímelo. Te juro que no me enfadaré.
Musia
calló. Su rostro parecía más pálido y enigmático a la lívida luz del alba. De
súbito acercóse al «Gitano», le rodeó el cuello con un brazo y le dio un fuerte
beso en los labios. Entonces él le puso ambas manos en los hombros, la apartó
un poco de sí, la sacudió luego y la besó apasionadamente en los labios, en la
nariz, en los ojos.
—¡Ea!
¡Vamos!
De
repente, el soldado que se hallaba más próximo a ellos abrió los brazos y dejó
caer el fusil. Pero en vez de bajarse a cogerlo permaneció unos momentos
inmóvil, dio rápidamente media vuelta y echó a correr bosque adentro, sobre la
nieve que aún no había hollado nadie.
Otro
soldado le gritó, asustado:
—¡Eh,
tú! ¿A dónde vas? ¡Alto!
El
soldado, sin responder, continuó su marcha. Al cabo agitó nuevamente los
brazos, y como si hubiera tropezado con alguien, cayó de bruces y así quedó.
—¡Eh,
tú, soldadito! —gritó «el Gitano» severamente—. Coge tu fusil, si no quieres
que lo coja yo. Hay que cumplir la ordenanza.
Volvieron
los farolillos a moverse. Habíales llegado el turno a Verner y a Yanson.
—¡Adiós,
señor! —exclamó «el Gitano»—. Ya nos encontraremos en el otro mundo. Cuando me
veas, no mires para otro lado. Y como tendré mucho calor, no me niegues agua
cuando tenga sed.
—¡Adiós!
—repuso Verner.
—¡No
tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen! —decía Yanson, medio
desmayado.
Verner
le cogió de la mano, y así pudo el infeliz avanzar algunos pasos. Luego se
detuvo y se desplomó sobre la nieve. Le levantaron y se lo llevaron, mientras
él se defendía en vano; ya no gritaba: acaso se le había olvidado que tenía
voz.
Otra
vez quedaron inmóviles las amarillentas lucecitas.
—Entonces,
he de ir sola, Musía. Tantos años viviendo juntas, y ahora... —exclamó
tristemente Tania Kovalchuk.
—¡Tania, Tania de mi alma!
Ambas
mujeres se abrazaron, pero «el Gitano» se interpuso entre ellas y asió a Musia
violentamente de un brazo, como si temiese que se la fuesen a arrebatar.
—¡Ah,
señorita! —gritó—. Tú, que tienes un alma pura, puedes ir sola. Pero yo no. ¿A
dónde vas, asesino?, me dirían. Pero con ésta, su inocencia me amparará. ¿No lo
comprendes?
—Sí,
sí. Lo comprendo. Id juntos. Otro abrazo, Musia.
Esta
vez no se opuso «el Gitano».
—Abrazaos,
abrazaos —dijo—. Eso está bien. Hay que despedirse como Dios manda.
Musia
y «el Gitano» echaron a andar. La muchacha avanzaba despacio, con precaución, e
instintivamente se recogía la falda. Su compañero, sosteniéndola vigorosamente
por un brazo y tanteando el terreno con el pie, la conducía a la muerte.
Las
lucecitas volvieron a quedar inmóviles. En derredor de Tania Kovalchuk no había
nadie, no se oía nada; ni siquiera hablaban los soldados, cuyas grises siluetas
surgían débilmente iluminadas por la indecisa luz del amanecer.
Dio
Tania un hondo suspiro y dijo:
—Me
he quedado sola. Ha muerto Serguéi, ha muerto Verner, ha muerto Vasia... Me han
dejado sola. Ya lo veis, soldaditos, ¡estoy sola! ¡Sola...!
El
sol se elevaba sobre el mar. Los cadáveres fueron metidos en cajas. En seguida
se los llevaron de allí. Con los cuellos alargados y los ojos fuera de las
órbitas; las azuladas lenguas, colgando como monstruosas flores de un mundo de
pesadilla, surgían entre la espuma sanguinolenta de los labios, recorrían
nuevamente aquellos cuerpos el camino que poco antes anduvieron vivos.
La
nieve seguía tan blanca, el aire seguía tan aromoso, tan fresco, tan puro.
Sobre la blancura de la nieve se destacaba, en fúnebre contraste, la nota negra
del chanclo que perdiera Serguéi.
De
este modo saludaban los hombres al sol naciente.
Había
una vez...
Son
los sentimientos y no las ideas los que impulsan al hombre.
Schopenhauer
I
Un
rico comerciante que no tenía familia, Lorenzo Petrovich Koscheverov, llegó a
Moscú para consultar con los médicos. Dado que su enfermedad presentaba cierto
interés clínico, se le admitió en la Clínica de la Facultad. Dejó su maleta en
el vestíbulo. En la sala de enfermos le recogieron su traje negro y su ropa
interior, dándole en cambio una larga blusa gris, ropa interior limpia, que
llevaba marcada "Sala 8", y unas zapatillas. La camisa era pequeña y
la enfermera fue a buscar otra.
—¡Es
que sois tan grandes! —exclamó al salir del cuarto de baño donde los enfermos
cambiaban de ropa.
Lorenzo
Petrovich, medio desnudo, aguardó con paciencia su regreso. Bajando su cabezota
calva, contempló su alto pecho atentamente, colgante como el de una vieja, y su
vientre, algo inflado, que caía hasta las rodillas. Todos los sábados tomaba un
baño y examinaba su cuerpo, pero ahora le parecía muy distinto: débil,
enfermizo, a pesar de su vigor aparente. Desde el instante que le quitaron la
ropa, llegó a creer que no se pertenecía ya y estaba dispuesto a hacer todo
cuanto se le dijera.
La
enfermera volvió con otra camisa y, aunque Lorenzo Petrovich era lo bastante
fuerte aún para aplastar a la buena mujer con sólo un dedo, la permitió
dócilmente que le vistiera y pasó, torpemente, la cabeza por la camisa. Con
igual obediencia y torpeza esperó a que le anudara las cintas de la camisa
alrededor del cuello y la siguió a la sala. Andaba muy suavemente, con sus pies
de oso, como suelen andar los niños cuando las personas mayores les llevan a
donde no saben, tal vez a castigarles. La nueva camisa también era estrecha y
le molestaba, pero no tenía valor para decírselo a la enfermera, a pesar de
que, en su casa de Saratov, muchos hombres temblaban ante su mirada.
—¡Esta,
ésta es su cama! —díjole la enfermera, indicando un lecho alto y limpio.
No
era más que un rincón de la sala, pero precisamente por eso le agradó a aquel
hombre, agotado por la vida. Como si se librara de alguien, quitóse la blusa y
las zapatillas, y se acostó. Desde ese instante, todo cuanto le habla irritado
y torturado aquella mañana, perdió su importancia para él. Por su mente, como
un relámpago, pasó toda su vida anterior: la enfermedad, traidora, que día tras
día devoraba su vigor y sus fuerzas, la triste soledad en medio de gentes
ávidas y egoístas, el ambiente de mentira y falsedad, de odio y terror, la
huida hasta allí, hasta Moscú. Luego se borró todo, no dejando en su alma más
que un dolor sordo. Y, sin que ningún pensamiento le atormentase, Lorenzo
Petrovich durmióse con un sueño pesado y profundo. Lo último que vieron sus
ojos antes de dormirse, fue un rayo de sol contra la pared. Luego llegó el
olvido largo y absoluto.
Al
día siguiente, pusieron en su cama, sobre su cabeza, una placa negra con la
inscripción: "Lorenzo Koscheverov, comerciante, 52 años, ingresado el 25
de febrero". Placas semejantes había sobre las camas de los otros enfermos
de la misma sala. En una se leía: "Felipe Speransky, chantre, 50
años". En la otra: "Constantino, estudiante, 23 años". Sobre las
placas negras destacábanse inscripciones hechas con tiza, que recordaban las
que se hacen sobre las tumbas: "Aquí, en esta tierra húmeda y helada, yace
un hombre".
El
mismo día pesaron a Lorenzo Petrovich. Pesó 102 kilos.
—¡Es
usted el hombre más pesado de todas las clínicas! —bromeó el practicante.
Era
un joven que hablaba y obraba como el médico mismo, porque el azar tuvo la
culpa de que no recibiera instrucción universitaria. Esperó a que Lorenzo
Petrovich respondiera con una sonrisa, como hacían todos los enfermos cuando el
medico les gastaba una broma. Pero aquel enfermo estaba, visiblemente, de mal
humor; sus ojos miraban al suelo y sus labios estaban apretados. Ello fue una
desagradable sorpresa para el practicante; creía ser un gran fisonomista, y el
nuevo enfermo, al ver su cráneo calvo, fue clasificado por el entre las
personas de buen humor. Ahora había que clasificarle entre los misántropos.
Ivan Ivanovich —este era el nombre del practicante—, pensó que, así y todo,
habría que pedirle algún día su autógrafo para juzgar su carácter.
Después
de haber sido pesado, los médicos examinaron por vez primera a Lorenzo
Petrovich. Llevaban largas blusas blancas, lo cual les daba un aire de mayor
importancia aún. A partir de aquel día, le examinaban diariamente una o dos
veces, solos o seguidos de estudiantes. Obediente, a su demanda, se quitaba la
camisa y tendía en el lecho su enorme humanidad. Los médicos le auscultaban el
pecho con una maza de madera y un aparato especial, cambiando observaciones e
indicando a los estudiantes tal o cual particularidad. Le preguntaban con
frecuencia sobre su vida anterior, y el contestaba dócilmente, por más que
aquello le enojara. De sus respuestas se deducía que comía mucho, bebía mucho,
le gustaban mucho las mujeres y trabajaba mucho. A cada uno de estos "muchos",
el mismo, asombrado, se preguntaba cómo podía haber llevado una vida tan
antihigiénica y tan irracional.
Los
estudiantes también le auscultaban. Venían con frecuencia, en ausencia de los
doctores, y le pedían que se desnudara, unos con resolución y otros
tímidamente. Y de nuevo examinaban su cuerpo con interés. Graves y serios,
anotaban todos los detalles de su enfermedad en un cuaderno especial. Diríase
que él no se pertenecía ya, y durante todo el santo día era accesible objeto de
estudio para todos. Obedeciendo a los enfermeros, arrastra pesadamente su
cuerpo a la sala de baño, desde donde le dirigían a la mesa en que comían o
tomaban e té los enfermos que podían andar,
Le
palpaban, le examinaban por todos lados, como jamás habían hecho antes y, a
pesar de todo, durante todo el día sentíase profundamente solitario. Parecíale
que iba de viaje, que todo aquello era pasajero, como en el vagón del
ferrocarril. Las paredes blancas, sin una mancha, los altos techos, no eran
como los de una casa donde las personas se instalan por mucho tiempo. El suelo
estaba demasiado limpio y brillante, el aire mismo estaba demasiado regulado y
no se percibía ninguno de esos olores que se perciben en las casas
particulares. Se diría que aquí el aire era indiferente. Los médicos y los
estudiantes bromeaban, dándole palmaditas en los hombros, procurando
consolarle. Pero después que se marchaban, le parecía que eran empleados de un
tren que le llevaba a un destino desconocido. Habían transportado ya millones
de hombres y continuaban transportándolos diariamente, y todas sus
conversaciones y preguntas se referían solamente a los billetes del tren.
Cuanto
más se interesaban por su cuerpo, en mayor soledad se encontraba.
—¿Qué
días son de visita? —preguntó una vez a la enfermera, sin mirarla.
—Los
domingos y los jueves. Pero el doctor puede autorizarlas también otros días.
—¿Y
qué hay que hacer para que no admitan a nadie que venga a verme?
La
enfermera, sorprendida, respondió que ello era posible, y él quedó contento.
Todo el día estuvo de buen humor; aunque casi no hablaba, escuchaba más
benévolo la charla alegre e interminable del chantre enfermo.
El
chantre había venido del distrito de Tambov, un día antes que Lorenzo
Petrovich; pero ya conocía a los pacientes de las cinco salas que había en
aquel piso. Era pequeño y tan delgado que, cuando se quitaba la camisa, se le
veían todas las costillas; su cuerpo, blanco y limpio, semejaba el de un
muchacho de diez años. Tenía largos y espesos cabellos, medio grises, que
formaban un marco demasiado grande para su cara pequeña, de trazos regulares y
minúsculos. Al observar que guardaba cierta semejanza con los santos de los
íconos, Ivan Ivanovich, el practicante, le clasificó al principio entre los
individuos severos e intolerante; pero luego de la primera conversación con él,
mudó de opinión y su fe en la ciencia fisonómica quedó quebrantada por algún
tiempo.
El
padre chantre, como se le llamaba, hablaba con placer, sin ocultar nada, de sí mismo,
de su familia y de sus conocimientos; preguntaba sobre los mismos asuntos a los
otros, con tan ingenua curiosidad que nadie se ofendía, y le respondían
gustosamente. Si alguien estornudaba, gritaba alegremente:
—¡Cúmplanse
tus deseos!
Nadie
venía a verle. Su enfermedad era grave, pero él no se sentía desgraciado. Trabó
conocimiento no sólo con los enfermos, sino con los que visitaban la clínica, y
no se aburría. A los enfermos les deseaba, varias veces al día, una curación
rápida; y a los sanos, que pasaran el tiempo divertidos. Decía a todo el mundo
algo agradable. Felicitaba, todas las mañanas, a sus vecinos por la llegada del
nuevo día. Siempre afirmaba que hacía buen tiempo, aunque lloviera o nevara. Al
decirlo, reía dulcemente y palmoteaba, entusiasmado, sus rodillas. Daba las
gracias a todo el mundo, con frecuencia, sin saber por qué. Habiendo tomado el
té al mismo tiempo que Lorenzo Petrovich, le dio las gracias calurosamente.
—¡Qué
bueno estaba! —exclamó entusiasmado—. Un verdadero paraíso, ¿no es cierto,
padrecito? ¡Gracias por haberme hecho compañía!
Mostrábase
muy orgulloso de su título de chantre, que llevaba desde hacía tres años.
Preguntaba a todos los enfermos, y a los sanos, de qué talla eran sus mujeres.
—La
mía es muy alta —decía con orgullo—. Y los niños también. Verdaderos
granaderos, palabra de honor.
Todo
cuanto veía en torno suyo —la limpieza, la amabilidad de los médicos, las
flores en el pasillo— le parecía delicioso. Tan pronto riendo como haciendo la
señal de la cruz, exteriorizaba su entusiasmo a Lorenzo Petrovich:
—¡Dios
mío, qué hermoso es esto! ¡Un verdadero paraíso!
El
tercer enfermo de la sala era el estudiante Torbetsky. Casi nunca abandonaba la
cama. Todos los días venía a verle una joven, de elevada estatura, con los ojos
bajos, modestamente y de paso ligero y seguro. Esbelta y graciosa, atravesaba
el pasillo con paso rápido, se sentaba a la cabecera del enfermo y permanecía
allí desde las dos hasta las cuatro, hora en que las visitas debían irse y las
criadas servían el té a los enfermos. A veces, hablaba con animación, sonriendo
y bajando la voz. Pero se les oían algunas frases, precisamente las que ellos
no hubieran querido que se oyeran: "¡Te amo!" "¡Mi dicha!",
etcétera. A veces, callaban largo rato, contentándose con cambiar miradas
veladas. Entonces el chantre, tosiendo, salía de la sala con aire de hombre muy
ocupado, y Lorenzo Petrovich, que fingía dormir en su lecho, veía, con los ojos
entreabiertos, cómo se besaban los des. Su corazón entonces latía
aceleradamente y se sentía extrañamente turbado. Y le parecía que las blancas
paredes sonreían tristemente.
II
La
jornada en la sala principiaba temprano: cuando los primeros resplandores del
alba la inundaban de una luz grisácea. A las seis servían el té a los enfermos,
y lo bebían lentamente. Luego les tomaban la temperatura. Algunos enfermos,
entre ellos el chantre, se enteraron, allí, por vez primera, de que tenían
temperatura. Esto les parecía algo misterioso, y cuando se les ponía el
termómetro ponían aire grave. El tubito de vidrio, con sus líneas negras y
rojas, se convertía en objeto providencial; y, según marcara una décima más o
menos, se ponían alegres o tristes. Hasta el chantre, a pesar de su habitual
buen humor, se ensombrecía cuando la temperatura de su cuerpo era más baja que
la que les decían que era normal.
—¡Esto
es una gaita! —dijo a Lorenzo Petrovich con el termómetro en la mano y
examinándole con expresión de reproche.
—Prueba
el termómetro otra vez y tal vez te dé una temperatura más alta —instóle el
comerciante, burlándose.
El
chantre seguía el consejo, y si conseguía una décima más, se ponía alegre como
unas castañuelas y le daba las gracias calurosamente por el excelente consejo.
Durante
todo el día, todos y cada uno de los enfermos se preocupaba de su salud, y
obedecían con exactitud cuanto los médicos les recomendaban. El chantre era el
más grave: cuando cogía el termómetro o tomaba una medicina, ponía rostro
severo. Cuando le daban, para analizarlos, varios vasitos, los colocaba en
perfecto orden sobre su mesita de noche, cuidadosamente numerados; y como tenía
mala letra, rogaba al estudiante que le escribiera los números. Reprendía
paternalmente a los que descuidaban las prescripciones de los médicos, sobre
todo al obeso Minayev, que estaba en la sala número 10; los médicos habían
prohibido a Minayev que comiera carne, pero se la sustraía a sus vecinos de
mesa y se la engullía sin masticarla.
A
eso de las siete; una luz clara, que penetraba por las inmensas ventanas
inundaba la sala. Había tanta claridad como en el exterior, todo brillaba: las
blancas paredes, las camas, el suelo, la vasija de cobre. Rara vez se acercaba
alguien a las ventanas: la calle y cuanto pasaba fuera de la clínica no existía
para los enfermos.
Allí,
la vida segura, su curso en toda su plenitud: el tranvía lleno de pasajeros,
compañías de soldados grises, bomberos de cascos relucientes, las tiendas
abrían y cerraban. Aquí, no había más que enfermos, que guardaban cama, a
menudo sin fuerzas ni para volver la cabeza o paseaban con sus blusas grises,
sobre el suelo encerado; aquí se sufría y se moría. El estudiante recibía todas
las mañanas un periódico, pero ni él ni los demás apenas lo leían. La más
pequeña irregularidad en las funciones del estómago de uno de ellos, producía
más efecto que la guerra y los acontecimientos de importancia mundial.
A
eso de las once venían los doctores y los estudiantes, y dedicaban horas
enteras al examen minucioso de los pacientes. Lorenzo Petrovich se quedaba
acostado tranquilamente, la mirada clavada en el techo, y respondía a las
preguntas con tono descontento. El chantre, emocionado, charlaba por los codos,
de manera incomprensible, queriendo animar a todo el mundo. De sí mismo solía
decir:
—Cuando
tuve el alto honor de llegar a la clínica...
De
la enfermera decía:
—Cuando
tuvo la bondad de purgarme...
Sabía
siempre, al minuto, a qué hora se levantaba, se acostaba, se sentía mal. Cuando
se marchaban los médicos, se ponía más alegre, daba las gracias, y estaba más
contento si había tenido la suerte de saludar separadamente a uno de los
doctores.
—¡Esto
está tan bien, tan bien! —exclamaba exultante.
Y
contaba, de nuevo, a Lorenzo Petrovich, que callaba, y al estudiante, que
sonreía, cómo saludó primero al doctor Alejandro Ivanovivh, luego al doctor
Semenio Nicolayevich.
Sus
días estaban contados; su enfermedad era incurable. Pero no lo sabía y hablaba
con entusiasmo del viaje que tenía proyectado a un monasterio, después de
curado, y del manzano de su huerto: aquel año debía dar mucha fruta. Cuando
hacía buen tiempo, y las paredes y el suelo inundados de rayos de sol,
incomparable de vigor y belleza; cuando las sombras, en los lechos blancos como
la nieve, eran de un azul opaco, cantaba plegarias con voz conmovida. Su voz de
tenor, débil y tierna, temblaba de emoción; procuraba no le vieran los vecinos
cuando se enjugaba las lágrimas que arrasaban sus ojos. Luego, aproximándose a
la ventana, admiraba la gloriosa bóveda celeste, tan alejada de la tierra, tan
serena en su belleza, que parecía, ella misma, un cántico divino.
—¡Sé
clemente conmigo, Dios omnipotente! —rezaba el chantre—. ¡Perdóname mis pecados
y dirígeme por tus senderos¡...
A
horas fijas servían las comidas. A las nueve cubrían la lámpara eléctrica con
una pantalla de tela azul, y en la gran sala empezaba la larga noche
silenciosa.
La
clínica se sumía en un sueño profundo. Solamente en el pasillo, iluminado, ante
el cual quedaba la puerta abierta de la sala, velaban las enfermeras, haciendo
media y hablando en voz baja, A veces, haciendo ruido con su andar pesado,
cruzaba el pasillo un enfermero. Alrededor de las once morían los últimos
ruidos del día, y un silencio de cripta, sensible a los más leves rumores,
comienza a reinar. Este silencio captaba ávidamente todo ruido ligero,
transmitiendo de una a otra sala el ronquido de los pacientes, sus toses y sus
gemidos. A menudo eran ruidos engañosos, llenos de misterio, y no se sabía si
era un ronquido apacible o la agonía de la muerte.
Salvo
la primera noche, cuando, sumido en profundo sueño, lo olvidó todo, Lorenzo
Petrovich no dormía ninguna noche, asaltado por un enjambre de pensamientos
conturbadores. Con las manos cruzadas bajo la nuca, inmóvil, clavaba la mirada
en la lámpara eléctrica, cubierta con una pantalla. No creía en Dios, no tenía
apego a la vida y no temía la muerte. Había derrochado todas sus fuerzas
vitales estúpidamente, inútilmente, sin ningún placer. Cuando todavía era joven
y tenía hermosos cabellos, robaba a su amo; le pegaban cruelmente con
frecuencia y odiaba a quienes le pegaban. Convertido en amo, aplastaba con su
dinero a la gente baja, pobre y humilde, a la que despreciaba y a quien
inspiraba odio y terror. Cuando llegaron la vejez y la enfermedad, comenzaron a
robarle a su vez, y si atrapaba a alguien, le pegaba cruelmente, sin compasión.
Tal era toda su vida. Estaba llena de odios y de injurias. Las chispas de amor
se extinguían en aquel ambiente, dejando tras sí frías cenizas en el corazón.
Ahora quisiera aislarse de la vida, encontrar el olvido. Despreciaba su propia
estupidez y la de los demás. No admitía que hubiera gentes que amasen la vida,
y en sus noches sin sueño volvía con frecuencia la cabeza hacia el lecho donde
dormía el chantre. Examinaba largo rato los contornos de su vecino, que
roncaba, y se decía, con los labios apretados:
¡Qué
idiota!
Luego
miraba al estudiante, que también dormía, y rectificaba:
¡Dos
idiotas!
Al
rayar el día, su alma se sumía en el silencio y su cuerpo hacía, dócilmente,
cuanto se le ordenaba. Pero este cuerpo era cada día más débil, y se quedaba
como una masa inerte sobre el lecho.
El
chantre se debilitaba también. Ya no se paseaba por las salas, rara vez reía;
pero cuando el sol inundaba con sus rayos la clínica, empezaba a charlar
alegremente, a dar gracias al sol y a los médicos y a hablar de su manzano.
Después, entonaba un cántico religioso y su rostro, enflaquecido, se tornaba
más sereno y adquiría una grave expresión. Cuando acababa de cantar, se
aproximaba a la cama de Lorenzo Petrovich y le contaba, otra vez, los detalles
de la ceremonia de su promoción al grado de chantre.
—Me
dieron un certificado enorme, así de grande —y extendía los brazos—. Y todo
lleno de letras. ¡Había hasta letras doradas!
Alzaba
los ojos hacia el icono, se santiguaba y añadía, con respeto para su propia
persona:
—Al
pie del certificado estaba el sello del mismo obispo. ¡Un sello enorme! ¡Ah,
qué hermoso era todo aquello!
Reía
contento y feliz, Pero cuando el sol se iba de la sala, ocultándose tras una
nube gris, y todo se tornaba triste y sombrío en torno suyo, suspiraba y se
metía en la cama.
III
En
los campos y los jardines habla nieve todavía, pero las calles estaban
despejadas. A lo largo de las casas corrían arroyuelos, formando charcos en el
asfalto. El sol inundaba la sala con torrentes de luz y calentaba tanto, que
obligaba a esquivar sus rayos ardientes, como en el verano. Y era difícil creer
que, tras las ventanas, el aire fuera todavía húmedo y frío. A la luz solar, la
sala, con su alto techo, semejaba un angosto rincón, pesado el aire, oprimido
por las paredes. El ruido de la calle no penetraba por las dobles vidrieras;
pero cuando se abrían las ventanas, por la mañana, la sala se llenaba de
repente con los gorjeos alborotados de los gorriones. Ahogaban todos los demás
sonidos; se apoderaban de los pasillos, subían las escaleras, entraban
impertinentes en el laboratorio. Los enfermos, a quienes se hacía salir al
pasillo, sonreían al oír los gritos de los gorriones, y el chantre murmuraba,
con alegre extrañeza:
—¡Cómo
alborotan los gorriones!
Pero
se volvían a cerrar las ventanas, y el ruido moría tan de súbito como naciera.
Los enfermos volvían presurosos a la sala, como si aun esperasen oír el eco de
aquel ruido, y respiraban ávidamente el aire fresco.
Ahora
se acercaban más a menudo a las ventanas, enjugando los cristales con los
dedos, aunque estaban limpios. Refunfuñaban cuando les tomaban la temperatura,
y no hablaban más que del porvenir. Todos se imaginaban ese porvenir tranquilo
y óptimo, hasta el muchachito de la sala 11, al que llevaron a una habitación
particular y había desaparecido también. Algunos enfermos le vieron cuando le
transportaban sobre su cama, la cabeza hacia adelante; estaba inmóvil, y
solamente sus ojos profundos miraban en torno suyo; había tanta tristeza y
desespero en sus miradas, que los enfermos volvían la cabeza. Adivinaban que el
muchacho había muerto; pero nadie estaba turbado ni asustado, por aquella
muerte: allí, como en la guerra, la muerte era un fenómeno trivial y simple.
La
muerte se llevó, casi por el mismo tiempo, a otro enfermo de la sala número 11,
un viejecito vivaracho, atacado de parálisis. Se paseaba con aire despierto por
la clínica, con un hombro hacia adelante, y contaba a todos siempre lo mismo:
la historia de la conversión al cristianismo bajo el rey Woldemar el Santo. No
se podía comprender por qué esta historia le había conmovido tan profundamente;
hablaba muy bajito, de manera incomprensible, entusiasmado, agitando la mano
derecha y moviendo el ojo derecho, pues tenía paralizado todo el lado izquierdo
del cuerpo. Si se hallaba de buen humor, terminaba su relato con una
exclamación triunfal: "¡Dios está con nosotros!" Después se iba
presuroso, con una risita confusa, tapándose la cara con la mano derecha. Pero
con mayor frecuencia estaba triste y melancólico, y se lamentaba de que no le
pusieran un baño caliente, que le hubiera curado por completo; estaba seguro de
ello. Unos días antes de su muerte, le dijeron que por la noche le prepararían
un baño caliente. Durante todo el día estuvo excitado, y repetía: "¡Dios
está con nosotros!" Cuando estaba en el baño, los enfermos que pasaban por
allí cerca, le oyeron su voz, eufórica: contaba por última vez al vigilante la
historia de la conversión de Rusia al cristianismo bajo el reinado de Woldemar
el Santo.
No
había grandes cambios en la salud de los enfermos de la sala S. El estudiante
Torbetsky mejoraba, mientras Lorenzo Petrovich y el chantre estaban más débiles
cada día. La vida y las fuerzas les abandonaban de un modo imperceptible, y no
lo advertían, como si fuera cosa natural que no se pasearan ya por la sala y
que estuvieran acostados todo el día.
Los
doctores venían con regularidad, con sus blusas blancas, y los estudiantes
examinaban a los enfermos y cambiaban impresione
Un
día llevaron al chantre a la sala de conferencias; cuando regresó, estaba
agitadísimo y charlaba sin cesar. Reía nerviosamente, se santiguaba, daba
gracias y, de vez en cuando, se: enjugaba los ojos, que los tenía enrojecidos
con un pañuelo.
—¿Por
qué llora, padrecito? —inquirió el estudiante.
—¡Ah,
querido, si usted hubiera visto aquello! ¡Es tan emocionante! Semenio
Nicolayevich me hizo sentar en un sillón, se puso a mi lado y dijo a los
estudiantes: "¡He aquí al chantre!"
En
su rostro se dibujó una expresión grave; pero las lágrimas asomaron de nuevo a
sus ojos y, volviendo pudorosamente la cabeza, prosiguió, diciendo:
—¡Tiene
una manera de decir las cosas ese Semenio Nicolayevich! Es tan conmovedor, que
le parte a uno el corazón.
Sollozó
levemente y continuó:
—Había
una vez —dijo Semenio Nicolayevich—, había una vez un chantre... Había una
vez...
Las
lágrimas le cortaron la palabra. Luego de haberse acostado, susurró con voz
ahogada:
—Ese
buen Semenio Nicolayevich ha contado toda mi vida. Cómo viva en la miseria
mientras no era más que ayudante del chantre... todo... No ha olvidado tampoco
a mi mujer... Que el buen Dios se lo recompense... ¡Era tan emocionante, tan
emocionante! Como si yo estuviera ya muerto y se me hiciera la despedida...
Había una vez un chantre... Había una vez...
Al
oírle hablar de esta manera, todos comprendieron que no tardaría en morir. Era
tan evidente como si la muerte estuviera ya allí, a su cabecera, Parecía que su
cama estuviera ya envuelta en un frío de tumba. Y cuando calló, tapándose la
cabeza con la sábana, el estudiante se frotó nerviosamente las manos, que se le
habían quedado heladas. Lorenzo Petrovich soltó una risa brutal y comenzó a
toser.
Los
últimos días, Lorenzo Petrovich estaba muy turbado y volvía la cabeza sin cesar
hacia el cielo azul, que se vislumbraba por la ventana. Ya no permanecía
inmóvil, como antes: agitábase en el lecho y se enojaba con los compañeros
enfermos. Manifestaba su mal humor hasta con el doctor. Este era un hombre
bueno, de gran corazón, y una vez le preguntó con afecto:
—¿Qué
tiene usted?
—¡Me
aburro! —contesto Lorenzo Petrovich, con el tono de un niño enfermo, cerrando
los ojos para disimular sus lágrimas.
Aquel
día anotaron en el diario donde se inscribía la temperatura, así como todo el
curso de la enfermedad: "El enfermo se aburre".
El
estudiante seguía recibiendo las visitas de la joven a quien amaba las mejillas
de la bien amada estaban teñidas de un color vivo cuando llegaba de la calle, y
era agradable, y también un poco triste, el mirarla.
—¡Mira
qué calor tengo en las mejillas! —decía acercando el rostro a los ojos de
Torbetsky.
Este
miraba, mas no con los ojos: miraba con los labios, larga y fuertemente, pues
se encontraba mucho mejor e iba recuperando fuerzas. Ya no se preocupaba de la
presencia le los otros enfermos, y se besaban sin recato. El chantre volvía
delicadamente la cabeza; pero Lorenzo Petrovich no fingía ya que dormía, y
miraba a los amantes con provocación y burlonamente. Y ellos querían al
chantre, y no querían a Lorenzo Petrovich.
El
sábado, el chantre recibió una carta de su familia. Hacía una semana que la
esperaba. Todos sabían que la esperaba, y participaban de su inquietud. Alegre
y activo ya, recorría las salas mostrando la carta, recibiendo felicitaciones y
dando las gracias. Todos sabían, desde hacía mucho tiempo, que su mujer era muy
alta: pero aquella vez contó un nuevo detalle, inédito hasta entonces:
—¡Cómo
ronca mi mujer! Cuando duerme, se le puede pegar con una maza, que no
despertará: ¡Sigue roncando! ¡Lo mismo que un granadero!
Frunciendo
maliciosamente las cejas, añadió con orgullo:
—Y
esto, ¿a que no la habéis visto? ¿Eh?...
Enseñaba
un extremo del papel sobre el cual se veían los contornos irregulares de una
mano de niño, en medio de la cual había una inscripción: "Tosia te envía
sus saludos". La manita, antes de ponerse sobre el papel, estaba,
probablemente, muy sucia; por lo menos había dejado manchas en la carta.
—¡Es
mi hijo! ¡Es la mar de travieso! No tiene más que cuatro años; pero ¡es tan
inteligente, tan inteligente! ¡Ha puesto su manita el picarillo!...
Retorciéndose
de risa, se golpeaba las rodillas con las manos. Su cara tomaba por un instante
el aire de un hombre sano; al mirarle no se diría que sus días estaban
contados. Hasta su voz se volvía robusta y sonora cuando se ponía a cantar su
cántico religioso favorito.
Aquel
mismo día llevaron a la sala de conferencias a Lorenzo Petrovich. Se puso
agitadísimo, temblorosas las manos y con una sonrisa aviesa en los labios.
Rechazó coléricamente al enfermero, que le quería ayudar a desnudarse, se
acostó y cerró los ojos. Pero el chantre esperaba, impaciente, a que los
volviera a abrir y, al llegar este momento comenzó a asaetear con preguntas a
su vecino sobre lo que había ocurrido en la sala de conferencias.
—Es
emocionante, ¿verdad? Probablemente han dicho: "Había una vez un
comerciante..."
Lorenzo
Petrovich, enfurecido, lanzó al chantre una mirada de desprecio, volvióle la
espalda y de nuevo cerró los ojos.
—No
te envenenes la sangre —prosiguió el chantre—. Pronto curaras, y todo irá bien.
Echado
de espaldas, contempló pensativo el techo, donde se veía un rayo de sal venido
no se sabe de dónde. El estudiante había salido a fumar. En la sala reinaba
silencio, roto de vez en cuando por la respiración lenta de Lorenzo Petrovich.
—Sí,
padrecito —decía rebosante de alegría el chantre—. Si por casualidad te
encontraras en nuestro pueblo, ven a verme. No está a más de cinco kilómetros
de la estación. Cualquiera a quien preguntes, te llevará a mi casa. Ven a
verme: te recibiré como a un rey. Tengo allí una, sidra deliciosa, de una
dulzura incomparable.
Suspiró
y, tras breve pausa, siguió:
—Antes
de entrar en mi casa, visitaré el monasterio, la catedral. Luego me llevaré
bien en los famosos baños de vapor... ¿Cómo se llaman?...
Lorenzo
Petrovich seguía callado, y. era el mismo chantre quien se respondía:
—Baños
del Comercio... Luego iré a mi casa...
Se
calló, contentísimo. Durante unos instantes no se oyó más que la respiración
irregular de Lorenzo Petrovich, que parecía la de una locomotora en una vía de
reserva. Y antes de que el cuadro de felicidad próxima imaginada por el chantre
desapareciera de sus ojos, oyó palabras terribles; terribles, no sólo por su
sentido, sino también por la maldad y rudeza con que fueron pronunciadas,
—Dio
es a tu casa sino al cementerio adonde irás —dijo Lorenzo Petrovich.
—¿Como,
padrecito? —preguntó el chantre, sin comprender.
—¡Digo
que es el cementerio lo que te espera!
Volvióse
hacia el chantre para que le oyera mejor, para que ni una sola de aquellas
palabras crueles se perdiera, y agregó;
—O
puede ser que te descuarticen aquí mismo, para mayor gloria de la ciencia, y
para instruir a los estudiantes...
Y
soltó una risa larga y siniestra, malévola.
—Pero
vamos, padrecito, ¿qué es lo que dices? —balbució el chantre.
—Digo
que aquí tienen una manera chusca de enterrar a los muertos: primero, cortan al
desgraciado un brazo, y le entierran; luego una pierna, y la entierran
igualmente, y así sucesivamente. Si el difunto no tiene suerte, su entierro
puede prolongarse todo un año.
El
chantre miró con horror a su interlocutor, que siguió diciendo palabras
horribles y repugnantes por su cinismo:
—En
verdad, pobre chantre, me sorprendes: a pesar de tu edad avanzada, eres ingenuo
como un santo. Trazas proyectos para el futuro. Tienes intención de visitar el
monasterio, la catedral; hablas de tu manzano y, sin embargo..., no tienes más
que una semana de vida...
—¿Una
semana?
—Sí,
mi viejo; nada más. No soy yo quien te lo dice: son los médicos mismos quienes
lo afirman. Ayer, cuando tú no estabas aquí, les oí hablar entre ellos...
Creían que yo dormía. "Nuestro chantre es cosa acabada —dijeron no tiene
más que una semana de vida..."
—¿Nada
más que una semana? —balbució el desventurado chantre, con voz apenas
comprensible.
—Nada
más, mi viejo. La muerte no esperará: no. tiene piedad.
Y,
alzando su enorme puño, agregó, después de mirarle un instante:
—¡Mírale!
Es forzudo, ¿eh? Podría matar a un hombre y, sin embargo...
Yo
también... ¡Sí, yo también! ¡Ah, mi pobre chantre, qué tonto eres!
"¡Visitaré el monasterio, la catedral!" No, viejo; ya no visitarás
nada...
El
rostro del chantre se había tornado amarillo. No podía ni hablar, ni llorar, ni
gemir. Silencioso, dejó caer la cabeza sobre la almohada y, esquivando la luz
del día, tapóse la cara con la sábana.
Pero
Lorenzo Petrovich no tenía ganas de callarse, como si aquellas palabras crueles
le hicieran un bien. Y con hipócrita bondad, continuó:
—Sí,
padrecito; una semana nada más. No tendrás tiempo de ir a los baños del
Comercio. Quizá te pongan un baño caliente en el infierno... Es lo más
probable...
En
este momento entró el estudiante, y Lorenzo Petrovich calló. Tapóse también la
cabeza con la sábana, pero se la quitó en seguida y, mirando irónicamente al
estudiante, le preguntó, con la misma hipocresía de hombre de bien y con
sonrisa aviesa:
—¿Y
la señorita? ¿Tampoco hoy vendrá?
—No...
no se encuentra bien —respondió fríamente el estudiante.
Es
una lástima. Pero, ¿qué es lo que tiene?
El
estudiante no respondió. Acaso ni siquiera había oído la pregunta. Hacía tres
días que no veía a la joven. El estudiante hacía como que miraba por la ventana
sólo por distraerse; en efecto, espiaba la entrada del hospital con la
esperanza de ver llegar a su amada. Así, pegado el rostro a los vidrios,
nervioso, tan pronto desesperado como abrigando una esperanza, pasaba las
horas. Cansado, pálido, tomó un vaso de té y se acostó, sin reparar en el
silencio inusitado del chantre, ni en la locuacidad, inusitada también, de
Lorenzo Petrovich.
—¿No
ha venido hoy la señorita? —inquiría el último con sonrisa siniestra.
IV
Aquella
noche fue desmesuradamente larga. La lámpara eléctrica, cubierta con una
pantalla, alumbraba débilmente la sala. El silencio era turbado, a veces, por
los ronquidos o los gemidos de los enfermos. Una cachara cayó al suelo, y el
estrépito producido fue como el de una campanilla, y vibró largo tiempo en el
aire tranquilo e inmóvil.
Nadie
durmió aquella noche en la sala 8; pero todos estaban quietos en sus camas y
parecían dormir. Sólo el estudiante Torbetsky, no haciendo caso de los demás,
se volvía de todos lados, suspirando. Por dos veces hasta salió al pasillo a
fumar un cigarrillo. Al fin, durmióse con un sueño profundo, y su pecho se
levantaba con plácida regularidad. Probablemente tenía sueños de dicha, pues en
sus labios afloraba una sonrisa de contento. Aquella sonrisa parecía muy
extraña, casi misteriosa, en el rostro de un hombre dormido.
El
reloj, que estaba en el compartimiento vecino, anunciaba las tres, cuando
Lorenzo Petrovich, que comenzaba a dormitar, oyó un leve sonido, tembloroso y
tierno, como una canción lejana y triste. Prestó oído: el sonido se prolongó,
hízose más fuerte y parecía, ahora; el llanto de un niño, encerrado en un
cuarto oscuro, (pie, teniendo miedo a las tinieblas, y a la vez a los que le
han encerrado, trata de reprimir sus sollozos. Lorenzo Petrovich, completamente
despierto, al instante comprendió lo que pasaba: era una persona mayor, un
hombre, que lloraba, sofocado, tragándose las lágrimas.
—¿Qué
es eso? —inquirió asustado. Nadie le respondió.
Los
sollozos cesaron. La sala se había vuelto más triste aun. Las paredes blancas
estaban impasibles y frías. No había nadie a quien poderse quejar de la soledad
y del miedo, y pedirle protección.
—¿Quién
llora? —insistió Lorenzo Petrovich—. ¿Eres tú, chantre?
Los
sollozos, que por un instante se habían como escondido muy cerca de Lorenzo
Petrovich, tornaron a empezar de nuevo. Llenaron ahora la sala. La sábana que
cubría el cuerpo del chantre se bajó, y la plaquita metálica adosada a la cama,
tembló.
El
chantre lloraba cada vez más fuerte.
Lorenzo
Petrovich se sentó en la cama y, después de reflexionar un momento, bajó al
suelo. Acometióle un vértigo, y le costó trabajo sostenerse sobre las piernas;
parecíale que alguien hacía girar en su cerebro pesadas bolas de piedra. Su
corazón latía tan fuerte como si le golpearan con un martillo desde dentro del
pecho.
Acercóse,
respirando con dificultad, al lecho del chantre, que estaba a un metro de
distancia del suyo. Agotado por este esfuerzo, palpó con su mano el cuerpo del
chantre, quien, sin pronunciar una sola palabra, le cedió un pequeño sitio para
que se pudiera sentar.
—¡No
llores! ¡Eso no vale la pena! —dijo Lorenzo Petrovich—. ¿Tanto temes a la
muerte?
El
otro se estremeció en su cama y exclamó, con voz lastimera:
—¡Ah,
eso es tan!...
—¿Qué?
¿Tienes miedo?
—No,
no tengo miedo... no tengo miedo... —balbució, sollozando con más fuerza aún.
—No
te tienes que enfadar conmigo por habértelo dicho... Sería tonto enojarse...
—Pero
si no estoy enojado. ¿Por qué había de enojarme? No eres tú quien ha llamado a
mi muerte... Viene ella sola.
—Entonces,
¿por qué lloras?
Esto
no era piedad: Lorenzo Petrovich quería tan sólo comprender, mirando con
atención el rostro del chantre y su perilla gris, que se veían apenas en la
semioscuridad
—¿Por
qué lloras, pues? —insistió.
El
chantre se cubrió el rostro con las manos y, balanceando la cabeza, respondió
con voz lastimera:
—¡Ah,
padrecito!... Es el sol lo que siento... ¡Si supieras como brilla en nuestra
casa... en nuestro país!... Es algo maravilloso...
¿De
qué sol hablaba? Lorenzo Petrovich no comprendía, y se irritó. Pero un instante
después recordó el torrente de luz que inundara la sala aquella mañana, recordó
cómo brillaba el sol en si: país, sobre el Volga, en el bosque, en los senderos
campestres, y, dejando caer con desesperación sus brazos a lo largo del cuerpo,
cayo sollozando sobre la almohada, al lado del chantre.
Así
lloraron los dos.
Lloraron
el sol, que no verían más; el magnifico manzano, que daría frutos cuando ellos
no estuvieran ya en este mundo; las tinieblas, que les envolverían pronto; la
vida, tan ardientemente deseada; y la muerte, tan cruel. El silencio de la
noche agarraba sus sollozos y los repartía por las salas, mezclándolos con los
ronquidos de los enfermos, cansados del trabajo del día; con los gemidos de los
enfermos graves y la respiración de los convalecientes,
El
estudiante dormía; pero la sonrisa había desaparecido de sus labios, y sombras
azules se posaron en su rostro inmóvil y triste. La lámpara eléctrica iluminaba
la sala con su luz imperturbable, y las blancas paredes seguían impasibles.
***
La
muerte se llevó a Lorenzo Petrovich a la noche siguiente, al amanecer. Se había
dormido con un sueño profundo; luego despertó de repente, comprendió que se iba
a morir en seguida y que había que gritar, pedir socorro, hacer la señal de la
cruz. No tuvo tiempo; perdió la conciencia. Su pecho se alzó y se bajó de
nuevo, sus piernas se entumecieron, su cabeza resbaló de la almohada.
El
chantre, al oír un leve ruido en el lecho de su vecino, preguntó sin abrir los
ojos:
—¿Qué
tienes, padrecito?
Nadie
le respondió, y se volvió a dormir.
Cuando
vinieron los médicos, le aseguraron que no tenía que temer a la muerte, y que
viviría aún mucho tiempo, y él tuvo en aquello plena confianza. Desde la cama,
saludaba con la cabeza, y daba las gracias, muy dichoso.
El
estudiante también era feliz, y durmió con un sueño tranquilo; reci
bió
la visita de su amada, que le besó muy fuerte, y estuvo a su lado veinte
minutos más que de costumbre.
El
sol había salido.
El
silencio
I
Una
noche clara de mayo en la que cantaban los ruiseñores, en el estudio del pope Ignacio
penetró su mujer. En su rostro se dibujaba un aire de pena, y la lamparita
temblaba en su mano. Acercóse a su marido y, tocándole con la mano, díjole, con
lágrimas en los ojos:
—¡Pope,
vamos a ver a nuestra hijita Vera!
Sin
volver siquiera la cabeza, el pope miró fija y largamente a su mujer par encima
de sus lentes, y no dijo nada. Ella hizo un gesto de desesperación y se sentó
sobre una otomana.
—¡Los
dos sois tan... impiadosos! —exclamó y su cara de buena mujer, algo inflada,
contrájose en una mueca de dolor, como si con aquella mueca quisiera dar a
entender el grado de crueldad de su esposo y de su hija.
El
sonrió y se levanto. Cerró su libro, se quitó los lentes, los metió en un
estuche y se sumió en profundas reflexiones. Su larga barba, de hilillos de
plata, cubríale el pecho.
—Bueno;
vamos allá —dijo al fin.
Olga
Stepanevna se incorporó presurosa y le suplicó con voz tímida:
—Pero
no hay que reñirla... Sabes que es muy sensible...
La
habitación de Vera se hallaba arriba. La angoste escalera de madera se
cimbreaba bajo los pasos del pope Ignacio, alto y grueso. Estaba de mal humor.
Sabía que su conversación con Vera no conduciría a nada.
—¿Qué
pasa? —preguntó Vera, sorprendida, al verlos entrar.
Estaba
en la cama. Con una mano cubríase la frente; la otra reposaba sobre el lecho, y
era tan blanca y transparente, que apenas si se la distinguía sobre la blanca
sábana.
—¡Vera,
niña mía! —murmuró el padre, tratando de dar a su voz dura y severa notas más
dulces—. Dinos, ¿qué tienes?
Vera
guardó silencio.
—Pero,
veamos, Vera. ¿Es que tu madre y yo no somos dignes de tu confianza? ¿Es que no
te amamos? No hay en el mundo quien te ame más que nosotros. Dinos por qué
sufres, y se desahogará tu corazón, lo cual te hará bien. Créeme, pues conozco
la vida y tengo experiencia. También a nosotros nos hará bien eso. Mira cómo
sufre tu madre...
—¡Verita!
—suplicó la madre.
—Y
yo también —continuó el padre, con voz temblorosa, como si algo se hubiera roto
en él—. ¿Crees que soy dichoso viéndote así? Sé que te sufres, pero, ¿por qué?
Yo, tu padre, no sé nada. ¿Crees que eso es justo?...
Vera
seguía sin decir nada. Dominando la furia que le subía a la garganta, prosiguió
él:
—Te
fuiste a Petersburgo contra mi voluntad; pero, así y todo, no rechacé a la hija
desobediente; te mandé dinero. He sido siempre un buen padre para ti. ¡Habla!
¿Por qué no dices nada? ¡He aquí tu Petersburgo!...
Imaginábase
enormes masas de piedras, llenas de peligros desconocidos, y gentes
indiferentes, frías, sin corazón. Esa ciudad inhospitalaria de granito es la
que ha hecho sufrir tanto a Vera, débil, aislada, solitaria, sin defensa. Es
esa ciudad la que la había perdido. El pope Ignacio sentía un odio mortal a
Petersburgo y una tremenda cólera contra su hija, que no quería decir nada.
—Petersburgo
no tiene nada que ver aquí —dijo al fin Vera cerrando los ojos—. Además, no
tengo nada. Es mejor que os acostéis; es tarde.
—¡Verita
mía, mi niña querida! —gemía la madre—. ¡Ábreme tu corazón!
—Dejemos
eso, mamá —replicó Vera, con impaciencia.
El
pope Ignacio sentóse en una silla y soltó una risa áspera y seca.
—¿Nada,
pues? —preguntó, con ironía.
—Escucha,
padre —dijo con firmeza Vera, incorporándose un poco sobre el lecho —. Sabes
que os amo, a ti y a mamaíta. Pero... no hay nada, os lo aseguro. Me aburro,
eso es todo. Ya pasará. De verdad; idos a acostar. También yo tengo sueño. Ya
hablaremos... mañana o un día de estos...
El
pope Ignacio se levantó de manera tan brusca que la silla chocó contra la
pared; cogió a su mujer por la mano.
—¡Vámonos!
—¡Verita
mía!
—¡Vámonos,
te digo! —gritó el pope—. Si ha olvidado al Dios bueno, no somos nada para
ella.
Condujo
a Olga Stepanovna casi a la fuerza. Cuando estaban en la escalera, ella le
gritó, iracunda:
—¡La
culpa es tuya! Tiene tu carácter. ¡Tú responderás de ella ante Dios! ¡Qué
desgraciada soy!
Lloraba.
Las lágrimas la impedían ver los peldaños de la escalera y andaba como si ante
sus pies se hubiera abierto un abismo.
A
partir de aquel día, el pope Ignacio no dirigió la palabra a su hija. Diríase
que ésta no lo veía; seguía guardando cama o paseándose por su cuarto,
frotándose a cada instante los ojos, como si hubiera algo que se tos tapara. Y
la madre, que gustaba de reír de bromear, perdía la cabeza desesperada, entre
el marido y la hija, siempre taciturnos.
Vera,
a veces, salía. Una semana después de la conversación que hemos referido,
salió, como de costumbre, por la noche. Y ya no se la volvió a ver viva:
aquella noche se arrojó bajo el tren, que la cortó en dos pedazos.
El
mismo pope Ignacio presidió la ceremonia de los funerales. Su mujer no asistió
porque, al recibir la noticia de la muerte de Vera, fue acometida de una
parálisis. Sus brazos, sus piernas y su lengua quedaron paralizados, y
permaneció inmóvil en su cuarto, medio a oscuras, mientras, muy cerca, en el
campanario, las campanas tocaban a muerto.
Oía
a la gente salir de la iglesia, oía cantar a los sochantres ante el ataúd, e
intentaba levantar la mano para hacer la señal de la cruz. Pero la mano no le
obedecía. Quería decir: "¡Adiós, Vera!" Pero tenía la lengua pesada
como una masa inerte. Seguía sin moverse, tan quieta, que se diría estaba
reposando. Solamente sus ojos estaban abiertos.
Durante
la ceremonia fúnebre, la iglesia estaba llena de gente. Todo, hasta los que no
conocían a Vera, se compadecían de la suerte de aquella muchacha que había
tenido muerte tan trágica. Miraban al pope Ignacio buscando en su rostro la
expresión del sufrimiento y el dolor. No la amaban porque era severo y altivo,
aborrecía a los pecadores y no les perdonaba, y, porque ávida y amante del
dinero, se hacía pagar caro los servicios religiosos. Y querían verle sufrir,
abatido, comprendiendo su doble responsabilidad en la muerte de su hija: como
padre cruel, y como pope, que no supo conducir a su hija por los senderos del
bien. Todos le espiaban con la mirada, y él, advirtiendo esta curiosidad
hostil, trataba de mantener erguida su ancha espalda y no mostrarse demasiado
abatido. Pensaba más en esto que en la muerte de su hija. Así, erguido, con
aire altivo, acompañó a Vera al cementerio y volvió a su casa. Al llegar a la
puerta, su espalda se curvó un poco; pero era porque tenía la talla demasiado
elevada, y la., puertas eran demasiado bajas para él.
Entró
en el cuarto de su esposa, y no pudo ver bien su rostro; pero, después de
examinarlo más de cerca, quedó sorprendido al verla completamente tranquila,
Sin lágrimas. Sus ojos no tenían ninguna expresión: estaban mudos, mamones,
como todo el Cuerpo inerte.
—¿Cómo
te encuentras?
Ella
no se movió. El pope Ignacio le puso la mano en la frente: estaba helada y
húmeda. Los ojos de la vieja, profundos y grises, no expresaban ni dolor ni
cólera.
—Me
voy a mi cuarto —dijo el pope Ignacio, que sentía algún malestar.
Pasó
al salón, donde todo cataba muy limpio, como siempre, y donde los sillones,
cubiertos con tundas blancas, parecían muertos envueltos en sudarios. En una
ventana había colgada una jaula, pero su puertecita estaba vacía y abierta.
—¡Nastasia!
—gritó, y con voz fuerte, y al oírla, se asustó—. Anastasia —llamó más bajo—.
¿Dónde .está el canario?
La
cocinera que, de tanto llorar, tenia la nariz roja e hinchada, contestó
gravemente:
—¡El
canario ha volado!
—¿Por
qué has abierto la jaula? —interrogó el pope, frunciendo las cejas.
Ella
se echó a llorar de nuevo, y respondió, enjugándose las lágrimas con la punta
del delantal:
—Era
el alma de la pobre señorita... No me atreví a detenerla.
Al
pope Ignacio le pareció que el pequeño canario amarillo, que cantaba tan
maravillosamente, era en verdad el alma de Vera, y que, si no hubiera volado,
no podría estar seguro de la muerte de su hija.
—¡Vete!
—exclamó iracundo— ¡Qué bestia eres!...
II
En
la casita reinaba el silencio. No la tranquilidad, que sólo es la ausencia de
cuidados y preocupaciones, sino el silencio; los que podrían hablar, no quieren
decir nada.
Al
entrar en el cuarto de su mujer, el pope Ignacio encontró en ella una mirada
tan densa como si la atmósfera fuese de plomo y pesara enormemente sobre la
cabeza y sobre los hombres. Examinó largo tiempo los cuadernos de Música de
Vera, sus libros y su retrato en color, que trajo ella de Petersburgo.
Recordaba el arañazo que vio en la mejilla de su hija cuando la hallaron
muerta, y cuyo origen no podía comprender: el tren que la mató, dejó intacta su
cabeza; de otro modo, la hubiera destrozado por completo.
¿De
dónde procedía aquel arañazo? Pero hacía un esfuerzo para no pensar en la
muerte de Vera, y en el retrato escrutaba sus ojos. Eran bellos, negros, con
grandes párpados que los envolvían en la sombra, como si estuvieran encerrados
en un marco negro. El pintor desconocido, pero de talento, le había dado una
expresión extraña: diríase que entre los ojos y los objetos hacia los cuales
miraban, había un velo opaco. Aquellos ojos le seguían con la mirada por todas
partes, pero también guardaban silencio. Se diría que hasta podría oírse aquel
silencio. Por lo menos, al pope Ignacio le parecía oírlo.
Todas
las mañanas, después de la misa, se dirigía al salón y examinaba rápidamente la
jaula vacía y toda la habitación, sentábase en una silla, cerraba los ojos y
escuchaba el silencio de la casa. La jaula guardaba un silencio dulce y tierno,
lleno de dolor, de lágrimas y de una como lejana risa extinguida.
El
silencio de su mujer era terco, pesado, como el plomo, y tan terrible que el
pope Ignacio, a pesar del calor, sintió frío. El silencio de Vera fue
interminable, glacial y misterioso como la tumba. Aguzaba los oídos con la
esperanza de captar un ruido cualquiera; luego, avergonzado de su debilidad, se
incorporaba bruscamente y murmuraba:
—¡Esas
son tonterías!
Miraba
por la ventana la plaza inundada de sol y el muro de piedra de un cobertizo sin
ventanas. En un rincón estaba parado un cochero; parecía una estatua de barro,
y no se comprendía por qué se estaba allí todo el santo día, en un sitio donde
nunca había nadie.
III
Fuera
de la casa, el pope Ignacio hablaba mucho con el clero y los feligreses; en
ocasiones, con conocidos, en cuyas casas solía jugar a las cartas. Mas cuando
volvía a casa, le parecía que no había pronunciado una sola palabra en todo el
día. Esto era porque no podía hablar con nadie de lo que más le importaba, de
lo que era objeto de sus pensamientos: ¿por qué se suicidó Vera?
No
podía, ni quería, comprender que ya era tarde para conocer los motivos de
aquella muerte. Todas las noches recordaba el momento en que él y su mujer,
junto al lecho de Vera, le suplicaban les dijera lo que tenía y cerraba los
ojos y se le representaba a Vera incorporada en su cama, diciendo: Pero no dijo
la única palabra que aclarase el misterio de su suicidio. Parecíale al pope
Ignacio que, aguzando los oídos, conteniendo los latidos de su corazón, podría
tal v vez oír aquella palabra misteriosa. Y saltando de la cama, tendía las
manos suplicante:
—¡Vera!
El
silencio respondía.
Una
noche entró en el cuarto de su mujer, a la que hacía una semana que no veía; se
sentó a su cabecera y, evitando su densa mirada, díjole:
—Escucha,
quiero hablarte de Vera. ¿Me oyes?
Ella
callaba. Entonces, levantando la voz, le habló con tono severo, como a los que
venían a su casa a confesarse:
—Ya
sé que tú no eres culpable de la muerte de Vera. Pero reflexiona: ¿es que yo no
la quería tanto como tú? Razonas extrañamente. Sí, yo era severo; pero eso no
le impedía hacer su antojo. Sacrifique mi amor propio de padre y accedí a que
se marchara a Petersburgo. Pero ¿es que tú no le habías suplicado que se
quedara, que renunciara a aquel viaje? No he sido yo quien la hizo tan impía.
Siempre le inspiré el amor de Dios y las virtudes cristianas...
Miró
a los ojos de su mujer y volvió la cabeza.
—¿Qué
podía yo hacer cuando ella no nos quería decir lo que tenía? He ordenado, he
suplicado, he implorado. ¿O acaso debí arrodillarme ante aquella chicuela y
llorar como una vieja? ¿Sabía yo lo que ella tenía en la cabeza? ¡Hija cruel,
sin corazón!
Se
golpeó una rodilla con el puño.
—Era
el amor lo que le faltaba. Confesemos que no me podía querer, porque yo era un
tirano. Pero, ¿a ti? Ella te quería. Tú, que te humillabas ante ella, la
implorabas...
Rió
nerviosamente.
—¡Bien
claro se ve cómo te quería! Fue por ti por lo que buscó una muerte tan atroz y
vergonzosa... la muerte en el lodo, como un perro.
Su
voz temblaba colérica.
—¡Me
da vergüenza! —continuó—. Me da vergüenza dejarme ver en la calle. Me
avergüenzo ante Dios y ante los hombres. ¡Hija cruel, indigna! Mereces ser
maldita en tu tumbal...
Cuando
el pope Ignacio miró a su mujer, ésta yacía desvanecida sobre el lecho. Tardó
unas horas en recobrar el conocimiento, y no se sabía si recordaba las palabras
de su marido.
Aquella
misma noche, una noche clara y serena de julio, el pope Ignacio subió, de
puntillas, al cuarto de Vera. No habían abierto la ventana desde su muerte, y
el ambiente era allí cálido y seco. La luna iluminaba el suelo, los rincones y
la cama blanca, con sus dos almohadas, una grande y otra pequeña.
El
pope Ignacio abrió la ventana, y en la habitación entró el aire fresco, con el
olor del polvo, del río próximo y del tilo en flor. Oíase una canción;
probablemente cantaban en alguna barca.
Procurando
no hacer ruido, acerarse al lecho, se arrodilló y dejó caer la cabeza sobre las
almohadas, apoyando los labios en el sitio donde reposaba la cabeza de Vera.
Permaneció largo tiempo así. Allá, en el río, la canción se había hecho más vigorosa
y sonora; luego se extinguió. Siguió arrodillado, esparcidos sus cabellos por
los hombros, y por el lecho.
La
luna se había ocultado y el cuarto quedó sumido en oscuridad completa, El pope
Ignacio levantó la cabeza y comenzó a murmurar entre dientas, con voz conmovida
por amor largo tiempo contenido como si Vera pudiera oírle:
—¡Hija
mía querida! ¿Comprendes el significado de esta palabra: "¡hija
mía!"? Tú eres mi corazón, mi sangre, mi vida. Es tu viejo padre quien te
lo dice...
Sacudían
sus hombros los sollozos, y prosiguió hablando, como a un niño:
—Es
tu viejo padre quien te suplica, te implora, Varita mía. El, que jamás conoció
las lágrimas, llora ahora. Tu dolor es el mío, tus sufrimientos son más que
míos. No son ni los sufrimientos ni la muerte lo que me asusta. Pero tú, que
eras tan tierna, tan frágil, tan débil, tan mansa, tan tímida... ¿Te acuerdas,
una vez, que te pinchaste tu dedito cómo llorabas a lágrima viva? ¡Nena mía
querida! Bien sé que me quieres. Todas las mañanas me besas la mano. Dime por
qué sufres, y yo aplastaré tu dolor con mis manos. Todavía son fuertes mis
manos...
Levantó
los ojos implorantes.
—¡Dilo!
Tendió
los brazos como en plegaria
—¡Dilo!
Pero
en la habitación reinaba un silencio profundo. Oíase, a lo lejos, el silbido
prolongado de una locomotora.
El
pope Ignacio se incorporó y, retrocediendo hasta la puerta, repitió, una vez
más:
—¡Dilo!
Y
la respuesta fue un silencio de muerte.
IV
Al
día siguiente, después del solitario desayuno, fue al cementerio, por primera
vez después de la muerte de Vera. Hacía calor. El cementerio estaba desierto y
tranquilo, como si no fuera de día, sino de noche. El pope Ignacio caminaba
erguido, y miraba serenamente en torno suyo, no queriendo comprender que no era
ya el mismo, que sus piernas se hablan vuelto más débiles, que su larga barba
era ya completamente blanca; como nevada.
La
tumba de Vera estaba en el extremo del cementerio, donde ya no había senderos
de arena. El pope Ignacio se perdía casi entre las colinas verdes, que eran
tumbas abandonadas, olvidadas. De vez en cuando, veía monumentos descuidados,
rejas abismadas y grandes lápidas sepulcrales, hundidas hasta la mitad en la
tierra.
Una
de aquellas lápidas cubría la tumba de Vera. Estaba oculta por un montecillo
amarillento; pero, en torno suyo, todo verdeaba. Dos árboles mezclaban su
follaje en lo alto de la tumba.
Sentado
sobre una tumba vecina, el pope Ignacio miró al cielo, donde, inmóvil, estaba
suspenso el disco solar, y sintió el silencio profundo, incomparable, que reina
en los cementerios cuando no sopla el viento. Este silencio lo inundaba todo,
traspasaba los muros e invadía la ciudad.
El
pope Ignacio miró la tumba de Vera, la hierba que había crecido allí, y su
imaginación se negaba a creer que allí, bajo aquella hierba, a dos pasos de él,
estaba su hija. Aquella proximidad parecíale inconcebible; le turbaba
profundamente. La que creía desaparecida para siempre, en las profundidades
misteriosas del infinito, estaba allí, muy cerca. A pesar de eso, no existía ya
ni existiría nunca. Creía que si hallara la palabra mágica, ella saldría de su
tumba, bella, grande, como él la había conocido. No sólo ella, sino todos los
muertos saldrían de sus tumbas.
Quitóse
el sombrero negro, de anchas alas, se alzó los cabellos y susurró:
—¡Vera!
Tuvo
miedo de que le hubiese oído alguien y, poniéndose de pie sobre la tumba, miró
en torno suyo. No había nadie. Entonces, repitió más alto:
—¡Vera!
Su
voz era dura, autoritaria y parecíale extraño que no le respondiera nadie.
—¡Vera!
Llamaba
cada vez con mayor insistencia y, cuando callaba, por instantes parecía que
alguien, muy bajito, le contestaba. Echóse sobre la tumba, aplicando el oído a
la tierra.
—¡Vera,
habla!
Y
notó, con pavor, que su oído se llenaba de un frío de sepulcro que le helaba el
cerebro, y que Vera hablaba con su silencio mismo. Este silencio hízose cada
vez más espantoso, y, cuando el pope Ignacio alzó la cabeza, parecíale que,
conturbada, vibraba toda la atmósfera, como si por encima del camposanto
hubiera pasado una tempestad. El silencio le sofocaba, le hacía temblar, le
erizaba los cabellos. Estremeciéndose, levantóse lentamente haciendo un
esfuerzo penoso para mantenerse erecto. Sacudió el polvo de las rodillas, se
puso el sombrero, hizo la señal de la cruz tres veces sobre la tumba y se
marchó con paso firme. Pero no conocía el camino en los estrechos senderos.
—¡Me
he perdido! —murmuro con triste sonrisa.
Detúvose
un instante y, sin saber por qué, tomó la izquierda. No se atrevió a quedarse
mucho tiempo allí. El silencio le empujaba; el silencio que surgía de las
tumbas verdes, de las cruces grises, de los poros de la tierra llena de
cadáveres.
El
pope Ignacio alargó el paso. No sabía ya adónde iba, volvía por los mismos
senderos, saltaba por encima de las tumbas, tropezaba con las rejas y las
coronas metálicas, desgarrándose las vestiduras. No tenia, ahora, más que un
solo pensamiento: salir de allí. En desorden el traje y los cabellos, huyó a
todo correr. Si alguien le hubiera visto en aquel momento, se hubiera asustado
más que si topara con un muerto salido de su tumba; tan crispado por el terror
estaba el rostro del pope Ignacio.
Sofocado,
ahogándose, ganó al fin el calvero donde estaba la iglesia del cementerio.
Cerca de la puerta dormitaba un viejecito sobre un banco, v dos mendigos
disputaban.
Cuando
el pope Ignacio entró en su casa, en el cuarto de su mujer había luz. Vestido
como estaba, cubierto de polvo, desgarradas las ropas, entró en el cuarto de su
mujer y cayó de rodillas.
—Olga,
Olguita... Querida mía... ¡Ten piedad de mí! ¡Me vuelvo loco!...
Y
comenzó a golpearse la cabeza contra la cama y a llorar violenta mente, como
hombre que llora por vez primera en su vida. Después, alzó la cabeza, con la
certidumbre de que esta vez el milagro iba por fin a cumplirse, y su mujer,
llena de compasión, le iba a decir algo.
—¡Mi
querida esposa!...
Lleno
de esperanza, inclinóse sobre ella... y se encontró con la mirada de sus ojos
grises. No expresaban ni cólera ni dolor. Tal vez se apiadaba de él, tal vez le
perdonaba; pero sus ojos no decían nada: guardaban silencio.
···················································································································
Y
el silencio reinaba en toda la casa, triste y desierta.
El
gigante
Ha
venido el gigante, el gigante grande, grande. ¡Tan grande, tan grande! ¡Y tan
bobo ese gigante! Tiene manazas enormes, con dedos muy gruesos, y pies tan
enormes y gruesos como árboles. Muy gordos, muy gordos. ¡Ha venido y... se ha
caldo. ¿Sabes? ¡Se cayó! ¡Tropezó con un peldaño y se cayó! Es tan bruto el
gigante, tan bobo... De repente, va y se cayó.
Abrió
la bocaza... y se quedó en el suelo, bobo como un deshollinador. ¿A qué has
venido, gigante? ¡Vete, vete, gigante! ¡Mi Pepín es tan dulce y gentil! ¡Se
abraza tan cariñosamente a su mamá, contra el corazón de su mamaíta! ¡Es tan
bueno y tan cariñoso! Sus ojos son tan dulces y tan claros, que todo el mundo
le quiere. Tiene una naricita monísima y no hace tonterías. Antes corría,
gritaba, montaba a caballo. Has de saber, gigante, que Pepín tenía un caballo,
un lindo caballo grande, con su cola. Pepín monta a caballo y se va lejos,
lejos, al bosque, al río. Y en el río, ¿no lo sabes, gigante? hay pececitos.
No, tú no lo sabes porque eres un bruto, pero Pepín sí que lo sabe. ¡ Pececitos
lindos! El sol ilumina el agua y los pececitos juegan, ¡tan lindos, tan lindos
y ligeros! ¡Si, gigante, bruto, que no sabes nada!...
—¡Qué
bobo de gigante! Vino y... se cayó. ¡Qué bobo es! Subía la escalera y de
pronto, ¡para!, se cayó. ¡Ah, qué bruto es! No tiene por qué venir aquí el
gigante; no le hemos invitado. Antes Pepín hacía travesuras, pero ahora es tan
juicioso, tan dulce, tan bueno, y mamá le quiere tan tiernamente. Le quiere
tanto... más que al mundo entero, más a sí misma, más que a la vida. Pepín es
para su mamá el sol, la dicha, la alegría. Ahora es muy pequeñín y su vida es
pequeñita, pero después se hará grande como un gigante. Tendrá una larga barba
y unos largos bigotes, y su vida será grande, clara y bella. Será bueno,
inteligente y fuerte, como un gigante, ¡tan fuerte y tan inteligente! Y todo el
mundo le querrá, le admirará. Tendrá en su vida penas, porque todo el mundo
tiene penas, pero conocerá también grandes alegrías, claras como el sol.
Entrará en la vida bello e inteligente, y el cielo azul estará suspendido por
encima de su cabeza y los pájaros le cantarán sus más bonitas canciones y el
agua le murmurará cariñosa. Y mi Pepín mirará en torno suyo y dirá: "¡Qué
bella es la vida!"
—¡Ya...
ya!... No; es imposible; te tengo fuerte, querido chiquitín mío. ¿No te asusta
la oscuridad? Mira, se ve luz por la ventana: es el farol de la calle, que nos
alumbra. ¡Es tan bobo ese farol! ¡Se está derecho y alumbra! También a nosotros
nos da un poco de luz. El dice: "¡Vaya, no hay luz en esa casa, les voy a
alumbrar un poco!" ¡Es tan bobo ese alto farol! ¡Mañana nos alumbrará
también! Mañana... ¡Dios mío, Dios mío!
—Sí,
sí... El gigante... Desde luego... ¡Es tan grande! Más alto que el farol y que
el campanario. Y vino y... ¡se cayó! ¡Ah, qué bobo eres, gigante! ¿Es que no
veías el escalón? "¡Yo miraba a lo alto y no vi el escalón!",
responde el gigante con voz de bajo profundo. "¡Yo miraba a lo alto!"
¡Ah, qué bruto eres, gigante! Es mejor mirar abajo; así, hubieras visto el
escalón. Mira mi Pepín, gigante; ¡es tan guapo, tan inteligente! Será todavía
más grande que tú. Dará unos pasos enormes. Caminará a través de la ciudad,
sobre los bosques y las montañas.
Será
fuerte y valiente; no temerá nada, absolutamente nada. Caminará a través de los
ríos. Todos le mirarán con la boca abierta, tan bobos, y él atravesará los
ríos. Su vida será tan grande, tan bella y clara, y el sol brillará sobre su
cabeza, el dulce sol, tan lindo. Desde la mañana brillará el dulce sol... ¡Dios
mío, Dios mío!...
Ya...
Vino el gigante y... ¡se cayó! ¡Qué bobo es el gigante, Dios mío, qué bobo
es!...
Así,
en la noche profunda, hablaba la madre, estrechando contra su corazón a su
hijito moribundo. Paseaba con él, por la habitación débilmente iluminada por el
farol, y hablaba sin cesar.
Y
en la habitación contigua, oíase llorar al padre del niño.
Ladrón
I
Fiodor
Iurasov, el ladrón tres veces condenado por robo, se dirigía a visitar a su
antigua amante, una prostituta que vivía a unas ochenta verstas de Moscú.
Mientras esperaba la salida del tren, entró en la cantina de primera y se
atracó de pasteles y vino, que le sirvió un camarero de frac. Luego, cuando
todos los pasajeros subieron a los vagones, se confundió con ellos y,
disimuladamente, aprovechándose del general barullo, le quitó el portamonedas a
un señor de edad que era su vecino.
Iurasov
estaba bastante bien de dinero, incluso más que bien, y aquel robo casual
improvisado no podía redundar sino en perjuicio suyo. Así sucedió. Al parecer,
el caballero advirtió el hurto y se quedó mirando a Iurasov con unos ojos
escrutadores y extraños. No se detuvo, pero se volvió varias veces para
mirarlo. Más tarde, Iurasov vio al caballero en la ventanilla de uno de los
vagones, muy emocionado y descompuesto, con el sombrero en la mano. Le vio
saltar de un brinco a la plataforma, pasar una rápida revista a todos los
presentes y mirar adelante y atrás como si buscara a alguien. Por suerte para
el ratero, sonó el tercer toque de llamada y el tren se puso en movimiento.
Iurasov siguió observando con cautela. El caballero, aun con el sombrero en la
mano, seguía parado al extremo de la plataforma y miraba atentamente a todos
los que pasaban, como si los estuviese contando. Seguía parado, pero
seguramente producía la ilusión de que andaba; tan ridículo y raro era el modo
que tenía de abrir las piernas.
Iurasov
se incorporó y echó hacia atrás las rodillas. Entonces se sintió más alto,
erguido y joven. Luego, con gran aplomo, se atusó con ambas manos las guías de
sus bigotes. Eran unos bigotazos magníficos, enormes y rubios como dos haces de
oro arqueados en los extremos. Mientras sus dedos se complacían en el grato
roce de sus suaves y sedosos cabellos, sus ojos grises, con una gravedad
ingenua y desinteresada, observaban los entrecruzados carriles de las próximas
vías, cuyos destellos metálicos y silenciosas curvas parecían serpientes
huyendo a toda prisa.
Después
de contar en el retrete el dinero robado —unos veinticinco rublos con alguna
calderilla—, Iurasov empezó a dar vueltas en sus manos al portamonedas. Éste
era viejo, mugriento y cerraba mal. Además olía horriblemente a esencia, como
si hubiera andado mucho tiempo en manos de mujeres. Aquel olor, impuro y
sugestivo a un tiempo, le recordó gratamente a la persona a la que iba a ver.
Por lo que, sonriendo alegre y sin sombra de pesar, volvió a su coche.
Desde
que salió por última vez de la cárcel y mejoró de fortuna, se esforzaba en ser
como todo el mundo, cortés, decoroso y modesto; vestía paletó de auténtico paño
inglés y calzaba botines pajizos. Estaba muy ufano y muy convencido de que
todos le tomaban por un joven alemán, acaso un tenedor de libros de alguna
importante casa de comercio. Leía siempre la sección de Bolsa de los
periódicos, estaba al corriente del alza y baja de todos los valores y sabía
sostener una conversación sobre asuntos mercantiles; a veces, a él mismo le
parecía que efectivamente no era el campesino Fiodor Iurasov, ladrón tres veces
condenado por robo y ex presidiario, sino un joven alemán perfectamente
honorable llamado por ejemplo Walter Heinrich, como solía hacerlo aquélla a quien
iba a ver. Además, incluso los comerciantes le llamaban el alemán.
En
los divancillos del compartimiento sólo había dos personas; un oficial
retirado, ya viejo, y una señora que, a juzgar por su aspecto, parecía vivir en
una dachta[13]
y haber ido a la ciudad de compras. Sin embargo, y a pesar de que se veía a la
legua, Iurasov preguntó con mucha fineza si había algún asiento libre.
No
le contestó nadie y entonces se dejó caer con afectada circunspección en los
muelles cojines del diván, estiró con cuidado sus largos pies, calzados con los
botines amarillos, y se quitó el sombrero. Miró afablemente al oficial anciano
y a la señora y descansó en la rodilla su ancha y blanca mano con la deliberada
intención de que se fijasen en la sortija de brillantes que lucía en el dedo
meñique. Los brillantes eran falsos y relucían de un modo escandaloso, por lo
que todos lo notaron, aunque nadie dijo nada. El viejo volvió la hoja del
periódico y la señora, que era joven y guapa, se puso a mirar por la
ventanilla. En vista de ello Iurasov sospechó que habían descubierto su
personalidad y que, por una u otra razón, no le tomaban por un joven alemán. Así
pues, escondió despacito la mano, que ahora le parecía demasiado grande y
demasiado blanca, y con un tono de voz perfectamente correcto preguntó a la
señora:
—¿Se
dirige usted a la dachta?
La
interpelada aparentó estar muy ensimismada y no haberle oído. Iurasov conocía
de sobra esa antipática expresión que asoma al rostro del hombre cuando
pretende mostrarse ajeno a los demás. Luego se volvió hacia el oficial y le
preguntó:
—¿Tendría
usted la amabilidad de ver en el periódico cómo van las Pesqueras? Yo no lo
recuerdo.
El
anciano dejó a un lado el periódico y, frunciendo secamente los labios, se
quedó mirándole con ojos escrutadores, casi ofendido.
—¿Cómo?
¡No he oído bien!
Iurasov
repitió la pregunta recalcando cuidadosamente las palabras. El oficial le miró
de un modo nada alentador y pareció a punto de enfadarse. La piel de su mollera
enrojecía entre los pocos pelos grises que aún le quedaban y la barba le
temblaba.
—No
lo sé —contestó de mal talante—. No lo sé. Aquí no dice nada. No comprendo por
qué la gente es tan preguntona.
Y
volvió a coger el periódico, que luego dejó varias veces para mirar malhumorado
a aquel impertinente. A partir de aquel momento todos los viajeros del coche le
parecieron malos y extraños a Iurasov. No le parecía hallarse en un coche de
primera, en un blando diván de ballestas. Con una pena y una rabia sordas
recordó que, siempre y en todas partes, entre las gentes de orden había
encontrado aquella expresión de hostilidad. Ciertamente, vestía un paletó de
paño inglés legítimo, calzaba botines amarillos y lucía una sortija de precio,
pero no obstante parecía como si los demás no se diesen cuenta. Visto en el
espejo él era como todo el mundo y hasta mejor; no llevaba escrito en la cara
que fuese el campesino Fiodor Iurasov, el ladrón, ni tampoco el joven alemán
Heinrich Walter. Había en el ambiente algo inaprehensible, incomprensible y
traicionero: todos le veían y él era el único que no se veía. Aquello le
infundía inquietud y temor. Sentía deseos de huir. Miró en torno suyo con ojos
suspicaces y agudos y salió del departamento con grandes y recias zancadas.
II
Corrían
los primeros días de junio y todo verdeaba con aire juvenil y fuerte: la
hierba, las plantas, los huertos, los árboles... Iurasov, pálido y melancólico,
sólo en la inestable plataforma del coche, sentía inquieta su alma silenciosa e
inaprehensible, mientras que los bellísimos campos enigmáticamente silenciosos,
llevaban hasta él algo que le recordaba la misma fría extrañeza de los viajeros
del coche.
En
la ciudad, donde Iurasov había nacido y crecido, las casas y las calles tienen
ojos y con ellos miran a la gente: a algunos con hostilidad y odio, a otros con
cariño; pero aquí nadie le miraba. También los coches parecían ensimismados.
Aquel en que se encontraba Iurasov corría renqueando y tambaleándose con mal
humor; el de detrás se deslizaba ni de prisa ni despacio, como si fuese
independiente y también parecía mirar a la tierra y aguzar el oído. Por debajo
de los coches, sonaba un fragor de distintas voces, algo así como una canción,
como una música, cual el parloteo de alguien extraño e incomprensible. Todo era
raro y lejano.
Iurasov
recordaba que el día anterior, a la misma hora, estaba sentado en el
restaurante El Progreso sin pensar para nada en aquellos campos y, sin embargo,
ellos estaban allí, igual que hoy, igual de plácidos y de lindos.
La
noche anterior, en tanto Iurasov estaba sentado en El Progreso —bebiendo vodka
y mirando el acuario en que nadaban unos pececillos desvelados— seguían allí
con la misma profunda serenidad aquellos abedules, cubiertos por la bruma que
los envolvía por todos lados.
Con
la extraña idea de que sólo la ciudad era real y todo aquello era una
fantasmagoría y pensando que si cerraba los ojos y luego los abría ya todo
habría desaparecido, Iurasov frunció el entrecejo y se sosegó. Se sintió luego
tan a gusto y en una disposición de ánimo tan insólita, que ya no sintió deseos
de abrir los ojos. Sus pensamientos se borraron y con ellos sus dudas y su
sorda y cortante inquietud. Su cuerpo, de modo maquinal y grato, se mecía al
compás del vaivén del coche. Iurasov soñaba vagamente y se imaginaba que de sus
mismos pies y de su cabeza inclinada, que sentía con inquietud la fofa vacuidad
del espacio, arrancaba un verde y hondo abismo, henchido de dulces palabras y
de tímidas y discretas caricias. Y, cosa rara, le parecía como si allá lejos
estuviese cayendo una lluvia mansa y tibia.
El
tren aflojó su marcha y se detuvo un momento, un minuto. De repente, por todos
lados, Iurasov se sintió envuelto en una paz inmensa, inabarcable, fabulosa
cual sino fuera un minuto el tiempo de aquella parada, sino años, diez años,
una eternidad. Por fin, todo se volvió silencioso.
Cual
avergonzado él mismo de su fragor, el tren se puso de nuevo en marcha, ahora
silenciosamente, y sólo a una versta del tranquilo andén, cuando sin dejar
huella se metió por el verde bosque y los campos, volvió a dejar oír libremente
su estruendo. Iurasov, emocionado, contempló la explanada, se atusó
maquinalmente los bigotes, miró al cielo con los ojos brillantes y, ávidamente,
se apretó contra la baranda del coche, por el lado en que el sol, rojo y
enorme, daba de plano sobre el horizonte. Encontraba algo, comprendía algo que
siempre se le había escapado haciendo que la vida le resultase absurda y
pesada.
—Sí,
sí —afirmó, serio y preocupado, moviendo con energía la cabeza—, no hay duda
que así es. ¡Sí..., sí!
Mientras,
las ruedas del tren confirmaban con múltiples voces: «Desde luego, así es. ¡Sí,
sí!». Y como si así fuere y se impusiese no hablar, sino cantar, Iurasov se
puso a canturrear; primero bajito; luego cada vez más alto, hasta fundir su voz
con el fragor y el traqueteo del tren. El compás de aquel canto lo marcaba el
vaivén de las ruedas; pero la melodía era una ondulante y diáfana onda de
sonidos.
Iurasov
cantaba mientras el purpúreo matiz del sol poniente le ardía en la cara, en su
paletó de paño inglés y en sus botines amarillos. Cantaba, despidiéndose del
sol, y su canción era cada vez más triste, como si el pájaro sintiera la sonora
amplitud del celestial espacio, se estremeciera a impulsos de una tristeza
ignorada y llamase a alguien.
Cuando
el sol acabó de ponerse, una gris telaraña cayó sobre la tierra y el cielo.
También cayó sobre su rostro, proyectó en él los últimos destellos de poniente
y murió.
III
Llegó
el revisor y, groseramente, le dijo a Iurasov:
—No
se puede estar en la plataforma. Pase adentro, al coche.
Luego
se fue malhumorado, dando un portazo. Con el mismo mal humor, Iurasov le lanzó
a la espalda un «¡Estúpido!».
Le
pareció entonces que todo aquello venía de allí, de las personas decentes. Y de
nuevo se sintió el alemán Heinrich Walter ofendido e irritado. Se encogió
altivamente de hombros y le dijo a un imaginario y grave caballero: «¡Oh, qué
soez! Todo el mundo se sale a la plataforma y ahora el revisor dice que no se
puede estar aquí. ¡El diablo que lo entienda!»
Llegó
luego otra parada rodeada de un súbito y poderoso silencio. Ahora, de noche, la
hierba y el bosque despedían un olor aún más intenso y la gente que pasaba no
parecía ya grotesca y pesada como antes; una diáfana penumbra los cubría.
Incluso dos mujeres, que aparecieron con unos trajes claros, daban la impresión
que volaban como cisnes en vez de andar. De nuevo surgieron aquel bienestar y
aquella tristeza y otra vez le entraron a Iurasov ganas de cantar, pero no oía
su propia voz y en su lengua se revolvían palabras superfluas y desabridas.
Tenía ganas de meditar y de llorar un llanto grato y sin consuelo. Al mismo
tiempo imaginaba estar en compañía de un caballero respetable, con el que
hablaba con claridad y precisión.
Los
oscuros campos pensaban de nuevo en algo suyo y se volvían incomprensibles,
fríos y extraños. Las ruedas se movían sin sentido y parecía como si se
enredasen unas con otras. Algo se atravesaba entre ellas y rechinaba con recio
estridor, algo chapoteaba a intervalos; era una cosa semejante al andar de una
tropa de individuos borrachos, estúpidos, que no atinasen con el camino. Luego,
aquellos individuos empezaban a reunirse en grupos, se reorganizaban y se
ponían brillantes trajes de café cantante. Después avanzaban y, todos al mismo
tiempo, cantaban a coro con sus voces de borrachos:
Melanya
mía la de los ojazos...
Tan
abominablemente viva recordaba Iurasov aquella copla que había oído en todos
los parques públicos y que cantaban sus compañeros, que quiso librarse de ella
como si se tratase de algo vivo o de una piedra lanzada desde una esquina. Tan
feroz poder tenía aquella letra absurda, bárbara y procaz, que todo el largo
tren con su centenar de girantes ruedas, parecía ponerse a corearla:
Melanya
mía, la de los o... ja... zos...
Algo
informe y monstruoso, vago y pegajoso, con miles de gruesos labios, se le
echaba encima, le besuqueaba con besos húmedos y sucios y reía. Rugía con miles
de gargantas, silbaba, golpeaba y se plantaba en la tierra como rabioso.
Iurasov se imaginaba las ruedas como unas varas anchas y redondas que, por
entre risas interminables, fundidas en el torbellino de la embriaguez,
golpeteaban:
Melanya
mía, la de los o... ja... zos...
Sólo
los campos callaban. Fríos y serenos, hondamente sumidos en su alma pura y
solemne, no sabían nada de la remota ciudad de piedra de los hombres y
permanecían ajenos a sus almas, desasosegadas y turbadas por penosos recuerdos.
El tren llevaba a Iurasov hacia delante mientras aquella procaz y absurda copla
le llevaba atrás, a la ciudad, tirando de él grosera y feroz, como de un
presidiario que intenta fugarse y al que detienen en los umbrales del penal.
Todavía forcejea, todavía tiende los brazos al amplio y dichoso espacio; pero
ya en su cabeza se levantan, como una fatalidad ineludible, los crueles cuadros
del cautiverio entre los pétreos muros y los férreos cerrojos.
Si
hubiera estado durmiendo mil años y luego se hubiese despertado en un nuevo
mundo y entre gente nueva, no se habría sentido tan sólo, tan extraño a todo,
como ahora. Hacía por evocar en su memoria algo próximo y amable, pero no
podía, y la insolente copla seguía rebulléndose en su esclavizado cerebro y
levantaba en él tristes y dolorosos recuerdos, que proyectaban sombra sobre
toda su vida.
Se
preguntaba las razones que le habían inspirado a hacer aquel viaje. Ahora,
estaría sentado en El Progreso, bebiendo, charlando y riendo. Sintió
odio contra aquélla a la que iba a ver, miserable y sucia compañera de su sucia
vida. Era rica y traficaba con muchachas; le quería y le daba dinero, todo
cuanto deseaba; pero él iba y le pegaba hasta hacerla sangrar, hasta hacerla
chillar como un marranillo. Después se emborrachaba y se echaba a llorar, se
apretaba el gañote y cantaba entre sollozos:
Melanya
mía...
Pero
ya las ruedas no cantaban. Cansadas, como niños enfermos, giraban quejumbrosas
y se diría que se apretaban unas contra otras, buscando mimo y paz. A lo lejos,
brillaba el resplandor de las luces de la estación y, desde allí, juntamente
con el tibio y fresco aire de la noche, llegaban volando los suaves y tiernos
ecos de una música. Pasó la pesadilla y, con la habitual ligereza del hombre
que no tiene lugar en la tierra, Iurasov se olvidó de ella, emocionado, y aguzó
el oído percibiendo una conocida melodía.
—¡Están
bailando! —dijo y sonrió animado.
Luego,
con ojos placenteros miró en torno suyo y se restregó las manos.
—¡Están
bailando! ¡El diablo me lleve! ¡Están bailando!
Enarcó
los hombros e, instintivamente, se puso a marcar el compás de aquel baile
sintiendo el ritmo. Era muy amigo del baile y cuando bailaba se volvía bueno,
cariñoso y tierno. Ya no era ni el alemán Heinrich Walter ni Fiodor Iurasov,
sino un tercer personaje que nadie conocía.
—¡Están
bailando! ¡Ay, así el diablo me lleve! —repitió.
IV
El
baile se celebraba junto a la misma estación. Lo habían organizado los vecinos
de las datchas; habían traído músicos y habían encendido farolillos
rojos alrededor de la plaza, ahuyentando las sombras de la noche hasta las
copas de los árboles. Estudiantes, señoritas con trajes claros y algunos
oficialillos jóvenes con espuelas —si no eran muchachos disfrazados de tales—
daban vueltas por la amplia explanada, levantando la arena con los pies y
dejando flotar faldas al aire. A la luz vacilante de los farolillos, todas
aquellas figuras parecían hermosas.
El
tren se detuvo cinco minutos y Iurasov se metió en el corro de los curiosos que
formaban un oscuro y opaco anillo rodeando la plaza y apretándose tras la
alambrada. Algunos sonreían en forma extraña y cautelosa; otros se mostraban
mohínos y tristes, con esa especial y pálida tristeza que suele inspirar a la
gente el espectáculo de la alegría ajena. Pero Iurasov estaba alegre; miraba a
los danzantes con ojos inspirados, de entendido, y los animaba dando pataditas
suaves en el suelo. De pronto, decidió:
—No
sigo adelante. ¡Me quedo a bailar!
Dos
personas se destacaron del corro, empujando indolentemente al gentío, eran una
señorita vestida de blanco, y un joven corpulento, casi tan alto como Iurasov.
A
éste le pareció, sin género de duda, que la muchacha irradiaba claridad: tan
blanco era su traje y tan negras sus cejas sobre su blanco rostro. Con la
convicción del hombre que baila bien, Iurasov siguió a la pareja y preguntó:
—¿Quieren
decirme, por favor, dónde se despachan los billetes para el baile?
El
jovencito se volvió, examinó a Iurasov con una severa mirada y respondió:
—Es
un baile particular.
—Yo
voy de viaje. Me llamo Heinrich Walter.
—Bien,
ya le he dicho que es un baile sólo para nosotros.
—Yo me llamo Heinrich Walter; Heinrich Walter.
—¡Y
yo le he dicho...!
El
joven se detuvo, amenazante; pero la señorita del traje blanco se lo llevó.
¡Si
se hubiese detenido a mirar a Heinrich Walter! Pero ni siquiera le miró. Blanca
y luminosa, como una nube ante la luna, brilló largo rato en la sombra y, sin
ruido, se sumió en ella.
—¡No
me hace falta! —murmuró tras de ellos Iurasov con altivez.
Pero
su alma se quedó tan blanca y fría como si sobre ella hubiese nevado.
El
tren seguía todavía parado por alguna razón y Iurasov se puso a ir y venir a lo
largo de los coches, guapo, serio y estirado en su glacial desesperación. Ahora
nadie le hubiera tomado por un ratero tres veces procesado por robo y con
varios meses de presidio cumplidos.
Volvió
a sonar la música y, en medio de sus triviales sones Iurasov pudo escuchar a
ráfagas, un extraño e inquietante diálogo que le hizo aflojar el paso y aguzar
el oído:
Un
pasajero preguntó:
—Oiga
usted, conductor: ¿por qué no sigue el tren?
El
conductor, indiferente, respondió:
—Cuando
se detiene, por algo será. A lo mejor el fogonero se ha ido al baile.
El
pasajero se echó a reír y Iurasov siguió paseando. Pero al volver de su paseo,
oyó decir al conductor:
—Parece
que viene en este tren.
—Pero
¿quién lo ha visto?
—Verlo,
nadie lo ha visto. Pero lo ha dicho el gendarme...
—El
gendarme, ¿qué sabe? Todos ellos son unos estúpidos...
Sonó
la campanilla y Iurasov tuvo un minuto de indecisión. Por aquella parte del
baile pasó la señorita de blanco colgada del brazo de alguien. Iurasov cruzó la
plaza y subió al tren.
V
Empujando
con la portezuela a Iurasov y sin reparar en él, el conductor bajó rápidamente
al andén con un farolillo, y subió al siguiente vagón. Ni sus pasos ni los
portazos que daba se oían en medio del fragor del tren, pero toda su vaga y
escurridiza figura, con sus bruscos movimientos, daba la impresión de un
alarido momentáneo, secamente cortado. Iurasov sintió frío, y algo surgió
rápidamente en su imaginación. Como un fuego, prendió en su corazón y en todo
su cuerpo una terrible idea: le habían cazado. Le habían visto, le habían
reconocido, habían telegrafiado y ahora andaban buscándole por los coches.
Aquel individuo de que tan enigmáticamente hablaba el conductor era él,
Iurasov. ¡Y qué cosa tan horrible reconocerse a sí mismo en aquel impersonal
«él» del que hablaban gentes subalternas, desconocidas!
Y
ahora seguían hablando de él y le buscaban. Parecían venir del
último coche; lo adivinaba con el husmeo de la fiera experta. Tres o cuatro
individuos, con sendos faroles, estaban examinando a los viajeros, mirando por
los rincones oscuros, despertando a los dormidos, cuchicheando entre sí y, paso
tras paso, con gradación fatal, con inexorable ineluctabilidad, acercándose a
él, a Iurasov, a él, que estaba parado en el estribo y aguzaba el oído,
alargando el cuello. Mientras, el tren seguía corriendo con feroz velocidad.
Las ruedas no cantaban ni hablaban. Gritaban con voces de hierro, cuchicheaban
furtiva y secamente y chillaban con el bárbaro ímpetu de la ira como si
azuzasen a una jauría de perros desvelados.
Iurasov
rechinaba los dientes y, forzado a la inmovilidad, meditaba. ¿Qué debía hacer?
Tirarse de un salto, yendo el tren a aquella velocidad, era imposible; por otra
parte, hasta la primera estación faltaba un buen trecho; había pues que seguir
adelante y aguardar. Mientras los sabuesos registraban todos los coches, podía
ocurrir algo. Si entretanto llegasen a aquella estación y aflojase la
marcha, podría tirarse. Cabía también entrar por la primera puerta
tranquilamente, sonriendo para no parecer sospechoso, teniendo a mano un cortés
y persuasivo «Perdón»; pero en el semioscuro coche de tercera había tanta gente
y tan confundida en aquel caos de sacos, baúles y piernas estiradas, que perdía
las esperanzas de llegar hasta la salida, y le asaltaba un nuevo e inesperado
sentimiento de miedo. ¿Cómo abrirse paso por entre aquella muralla? Los
viajeros dormían, pero sus piernas extendidas le obstruían el paso. Aquellas
piernas salían, no se sabía de dónde colgaban sobre el suelo, cruzándose de un
banco al otro, abriéndose cual si fuesen plegables y terriblemente hostiles en
su afán por volver al sitio anterior y a su postura primitiva. Se aflojaban y
se estiraban como resortes, empujando brutalmente a Iurasov e infundiéndole
espanto con su absurda y amenazante oposición. Por fin llegó a la puerta: se la
cerraban como dos barras de hierro dos pies calzados con botas descomunales,
malignamente extendidos, apuntando a la puerta, apoyándose en ella, plegándose
cual si no tuvieran huesos. Apenas si dejaban un angosto resquicio para que
pasase Iurasov. Además aquella no era la plataforma sino otro compartimiento
del mismo coche, atestado de objetos apilados y de miembros humanos, como
desarticulados. Cuando, agachándose como un toro, logró llegar por fin a la
plataforma, sus ojos miraron estúpidamente, con el oscuro terror del animal
acosado, que no comprende por qué lo persiguen. Respiraba afanoso, aguzando el
oído y percibiendo entre el ruido de las ruedas el de sus perseguidores que se
acercaban. Venciendo su terror, empezó a correr hacia la oscura y silenciosa
puerta. De nuevo, allí, la misma lucha de antes, la misma absurda y amenazante
oposición de los malignos pies humanos. En el coche de primera, en el angosto
corredorcillo, se agolpaban en las ventanillas abiertas una pandilla de
viajeros que sin duda alguna no tenían sueño. Una señorita joven, con los
cabellos rizados, miraba por una ventanilla. El aire agitaba los visillos y
echaba hacia atrás los bucles de la señorita. Iurasov pensó que el aire olía a
pesados perfumes ciudadanos, artificiales.
—Pardon!
—decía con finura—. Pardon!
Los
caballeros, lentamente y de mala gana, se encogían, mirando con malos ojos a
Iurasov; la señorita de la ventanilla ni le oía, mientras que otra señora,
burlona, le daba golpecitos en el hombro. Finalmente, se volvió y, antes de
dejar paso, se quedó mirándole largo rato con unos ojos terribles. En sus ojos
había una noche oscura y su fruncido ceño parecía poner en duda si dejaría
pasar o no a aquel caballero.
—Pardon!
—repetía Iurasov con tono implorante.
Por
fin la señorita vestida de crujiente traje de seda se replegó de mala gana
contra la pared.
Luego,
otra vez aquellos terribles coches de tercera; diez, ciento, le parecía a
Iurasov que había recorrido; por fin, llegó a la plataforma. Más allá nuevas
puertas inflexibles y piernas apretadas, malignas y bestiales. Y al final, ¡la
última plataforma! y ante él la oscura y sorda muralla del coche de equipajes.
Por un momento Iurasov desfallece. Siente como la pared fría y dura contra la
cual se apoya lo repele con suavidad e insistencia. Lo repele y empuja, cual si
estuviese viva, cual un astuto y cauto enemigo que no se atreve a atacar
abiertamente. Todo cuanto ha sentido y visto Iurasov, se entreteje en su
cerebro formando un solo y bárbaro cuadro de enorme e implacable acoso. Le
parece como si todo aquel mundo que él tenía por indiferente y ajeno se
levantase ahora y le persiguiese, resoplando de rabia. Todo lo que un momento
antes parecía soñoliento y bostezante se alza ahora con todo su obstruyente
volumen y se alarga tras él, saltando, galopando y atropellando todo cuanto
encuentra en su camino. Él solo... y ellos miles, millones, todo el mundo;
todos tras él y delante de él o por todas partes. No hay salvación contra
ellos.
Los
coches corren, traquetean furiosamente, empujan y semejan monstruos rabiosos de
hierro, con piernecillas cortas, que avanzan y se posan cautamente en la
tierra. En la plataforma reina la oscuridad y por ninguna parte asoma un
destello de luz. Todo cuanto pasa ante los ojos es informe, confuso e
incomprensible. Allí, detrás de unos cuantos coches, parece que rebullen tres
hombres, quizá uno solo con el mismo sigilo. Tres o cuatro, con un farol,
inspeccionan escrupulosamente a los viajeros. Y, con una parsimonia bárbara,
grotesca y engorrosa, se dirigen finalmente hacia él. Ya abren la puerta..., ya
llegan...
Con
un supremo esfuerzo de voluntad, Iurasov se impone a sí mismo calma y, girando
la vista lentamente, se encarama al techo del coche. Trepa por la estrecha
pasarela de hierro que cierra la entrada y, encogiéndose, tiende los brazos
hacia arriba; por un momento queda colgando sobre el vagón, vivo y maligno
vacío, con las piernas zarandeadas por el frío viento. Resbalan sus manos en el
férreo techo, se agarran al borde, y éste se dobla cual si fuera de papel; sus
pies buscan cuidadosamente un sostén y sus botines amarillos, firmes como de
madera, pugnan desesperados en torno al liso e igualmente firme poste. Por un
momento, Iurasov tiene la sensación de que se va a caer a la vía. Pero ya en el
aire, arqueando el cuerpo como un gato, cambia la dirección y consigue caer
sobre la plataforma. Siente un fuerte dolor en las rodillas, cual si le
hubieran dado un golpe con algo, y percibe el chasquido de la tela que se
rasga. Se le ha enganchado y roto el paleto. Sin preocuparse del dolor, Iurasov
se palpa el desgarrón, como si fuese lo más importante, mueve tristemente la
cabeza y se muerde los labios...
Tras
su infructuosa tentativa, desfallece y le entran ganas de tirarse al suelo, de
llorar, de decir: «Cójanme si quieren». Ya está escogiendo el sitio donde ha de
tenderse, cuando vuelven a su memoria aquellos coches y aquellos pies
entrelazados y oye claramente los pasos de los hombres de los farolillos. Otra
vez hace presa en su ánimo aquel absurdo y bestial pánico y se lanza a la otra
plataforma como una pelota, de un extremo al otro.
Otra
vez pugna, repitiendo inconscientemente su intento, por encaramarse al techo
del vagón, cuando un clamor bronco, un ancho bostezo, entre silbido y grito,
hiere sus oídos y apaga su conciencia. Es el silbido de la locomotora saludando
a otro tren que pasa; pero Iurasov siente algo infinitamente espantoso, supremo
en su terror, irrevocable. Como si el mundo lo rechazase y con todas sus voces
lanzase un bronco clamor de: «¡Bravo!».
Y
cuando de la sombra que se acerca, surge el fragor creciente de la réplica,
cada vez más próximo, y sobre los carriles de la lustrosa vía se extiende el
insinuante silbido del tren correo, Iurasov suelta la barra de hierro en que se
apoya y de un salto se lanza al vacío, allí donde al alcance de la mano
serpentean los iluminados carriles. Se lastima dolorosamente los dientes, se
revuelca varias veces y, cuando alza la cara, con los bigotes encrespados y la
boca desdentada, ve cernirse sobre él tres farolillos, tres vagas lucecillas
tras cristales convexos.
No
llega a comprender lo que significan.
Un
hombre original
Un
corto silencio entre los comensales, y en medio del murmullo de las
conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado de los pasos
de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien declaró con voz dulce
y tranquila:
—¡A
mí me encantan las negras¡
Antón
Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa de
"vodka" que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había
pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la cabeza
para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo vio la carita
con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita cuidadosamente peinada de
Semen Vasilevich Kotelnikov.
Durante
cinco años habían trabajado con él en la oficina, todos los días le daban la
mano al llegar y al marcharse, todos los días le hablaban, todos los meses
después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un restaurante, y, no
obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por primera vez. Lo vieron y
se llenaron de extrañeza. Observaron que no era feo del todo, a pesar de su
absurdo bigote y sus pecas, semejantes a las salpicaduras de barro lanzadas por
un automóvil. Observaron también que no vestía mal y que llevaba un cuello muy
limpio.
El
subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en Kotelnikov, dijo:
—Pero
Semen…
—¡Semen
Vasilievich! —pronunció, con cierta dignidad, Kotelnikov.
—Pero
Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?
—Sí,
me gustan mucho.
El
subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la mesa, y
soltó la carcajada:
—¡Ja,ja,ja!
¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!
Y
todos se echaron a reír. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y
enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el de que
aquello le causase disgustos.
—¿Lo
dice usted seriamente? —preguntó el subjefe cuando acabó de reírse.
—¡Y
tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo…exótico.
—¿Exótico?
Se
echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que Kotelnikov era
seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía una palabra tan
extraña: "exótico". Luego empezaron a discutir, asegurando que no era
posible que gustasen las negras, además de ser negras, tenían la piel como
cubierta de barniz, y los labios, gruesos, y olían mal.
—¡Y,
sin embargo, me gustan! —insitió modestamente Kotelnikov.
—¡Allá
usted! —dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esas bestias color de
betún.
Todos
sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre ellos un hombre
tan original, que se pirraba por las negras. Con este motivo, los comensales de
Kotelnikov pidieron seis botellas más de cerveza. Miraban con cierto desprecio
a las otras mesas, en las que no habían un hombre de tanta originalidad.
Las
conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su papel. Ya no
encendía él sus cigarrillos sino que esperaba a que el criado se los
encendiese.
Cuando
las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras seis. El grueso
Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:
—¿Por
qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tanto años trabajamos juntos…
—¡No
tendría inconveniente! ¡Con mucho gusto! —aceptó Kotelnikov.
Tan
pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, comprendido y
admirado, como sentía el vago temor de que le pagasen.
—Después
de ver "Bruderschaft"[14] con Polsikov, bebió con
Troitzky, Novoselov y otros camaradas, cambiaba besos con todos y los miraba
con ojos amorosos y tiernos.
El
subjefe no bebió "Bruderschaft" con él, pero le dijo amistosamente:
—Venga
usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un hombre a quien
le gustan las negras.
Kotelnikov
saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, todos convinieron
en que era muy "chic".
Después
de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la calle,
tropezando con los transeúntes.
Kotelnikov
marchaba en medio de sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.
—No,
muchachos —decía—; no pueden comprenderlo. En las negras hay algo exótico.
—Tonterías
—contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puede encontrarse en ellas. Del
color del betún…
—No
amigo, careces de gusto. La negra es una cosa…
Hasta
entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar con la
definición justa.
—¡Tienen
temperamento!
Pero
Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.
—¡Haces
mal en discutir! —le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikov tendrá sus
razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.
Y
dirigiéndose Kotelnikov, añadió:
—¡No
hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan contento, que
tengo ganas de armar un escándalo.
—A
pesar de todo, no lo comprendo —insistía Polsikov—. Del color de betún… Para
mí, ni siquiera son mujeres.
—¡No,
amigo, te engañas! —insistía a su vez Kotelnikov—. Porque mira, hay algo en las
negras…
Iban
tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, tropezando
con la gente y muy satisfechos de sí mismos.
Una
semana después, todo el departamento sabía que al empleado público Kotelnikov
le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más tarde, este hecho era ya
conocido por los porteros de todo el barrio, por los solicitantes que acudían a
la oficina, hasta por el agente de policía de servicio en la esquina de la
calle. Las señoritas mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un
instante a la puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las
negras. Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.
Un
día se decidió a hacer una visita a su jefe; mientras tomaba té con confitura
de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que había en ellas, Las
muchachas menores parecían un poco confusas; pero la mayor, Nastenka, que
gustaba de leer novelas, estaba visiblemente intrigada e insistía en que
Kotelnikov le explicase las verdaderas razones de su afición a las negras.
—¿Por
qué justamente las negras? —preguntábale. Todos estaban contentos, y cuando
Kotelnikov se fue hablaron de él con afecto. Nastenka llegó a declarar que era
víctima de una pasión enfermiza. Lo cierto era que ella le había caído en
gracia. Nastenka también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como
hombre a quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su
inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestóse con
ellas un poco reservado.
Al
volver a casa a por la noche, se puso a pensar en las negras, en su cuerpo
color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al imaginarse que
abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de llorar y de escribirle a su
madre residente en provincia, que acudiera inmediatamente, como si un grave
peligro le amenazase. Al cabo logró dominarse. Cuando, a la mañana siguiente,
llegó a la oficina, bien peinado y vestido, con una corbata encarnada y cierta
cara de misterio, no cabía duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.
Poco
tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por Kotelnikov, le
presentó a un revistero de teatros.
Este,
a su vez, lo condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor
Jacobo Duclot.
—Este
señor —dijo el revistero al director, haciendo avanzar a Kotelnikov— adora a
las negras. Nada más que a las negras; las demás mujeres le repugnan. ¡Un
original de primer orden! Me alegraría mucho si usted, Jacobo Ivanich, pudiera
serle útil: es muy interesante, y tales tendencias… ¿comprende usted?… hay que
alentarlas.
Dio
unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El director, un
francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como buscando una solución, y
con un gesto decidido exclamó:
—¿Perfectamente?
Ya que le gustan a usted las negras, quedará satisfecho: tengo precisamente en
mi "troupe" tres hermosas negras.
Kotelnikov
palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, absorto en sus
cavilaciones sobre el café cantante.
Tiene
usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.
El
director consistió.
A
partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a una
negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de un plato, y
la pupila, no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal máquina en
movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería Kotelnikov sentía recorrer su
cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En aquellos momentos
experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e irse a ver a su pobre
madre.
Miss
Korrayt no sabía palabra de ruso; pero por fortuna, no faltaron intérpretes
voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada misión de traducir
los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía a Kotelnikov.
—Dice
que no ha visto en su vida a un "gentleman" tan guapo y simpático.
¿No es eso, mis Korrayt?
Ella
agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida al teclado
de un piano y volvía a todos lados los platos de sus ojos. Kotelnikov movía
también la cabeza, saludaba, y balbuceaba:
—Hagan
el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.
Y
Todos estaban tan contentos.
Cuando
Kotelnikov besó por primera vez la mano mis Korrayt, la emocionante escena tuvo
por testigos a todos los artistas y a no pocos espectadores. Un viejo
comerciante, incluso lloró de entusiasmos en un acceso de sentimientos
patrióticos. Después se bebió champaña. Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó
cama durante dos días y muchas veces empezó a escribirle a su madre:
"Querida
mamá", escribía, y su debilidad le impedía siempre terminar la carta.
A
los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia el
director quería verle.
Se
arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró en el
gabinete de su excelencia.
—¿Es
verdad que a usted… que a usted…?
El
director buscaba palabras.
—…¿Qué
a usted le gustan las negras?
—¡Sí
excelentísimo señor!
El
director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:
—Pero,
vamos.. ¿Por qué le gustan a usted?
—¡Ni
yo mismo lo sé, excelentísimo señor!
Kotelnikov
sintió de pronto que el valor le abandonaba.
—¿Cómo?
¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe usted, joven.
Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto espíritu de independencia…
naturalmente, si no traspasa ciertos límites definidos por la ley. Bueno,
dígame francamente, como si hablase con su padre, por qué le gustan las negras.
—¡Hay
en ellas algo exótico, excelentísimo señor!
Aquella
noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas importantes,
su excelencia dijo entre dos bazas:
—Tengo
en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras: Pásmese ustedes.
¡Un simple escribiente!
Sus
compañeros de juego eran también excelencias, directores de departamento, y
experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de ellos tenía también a
sus órdenes un ejército de empleados; pero eran todos hombres grises, opacos,
sin ninguna originalidad, vulgares.
—Y
yo, pásmense ustedes —dijo una de las excelencias—, tengo un empleado con un
lado de la barba negro y el otro rojo.
Esperaba
así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no ya como aquélla,
sino policroma, no tenía importancia comparada con una pasión extravulgar por
las negras.
—¡Afirma
ese hombre original que hay en las negras algo exótico! —añadió su excelencia.
Poco
a poco la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos de la capital
llegó a ser muy grande. Sucede siempre, quisieron imitarle; mas sus imitadores
sufrieron fracasos lamentables. Uno de ellos, un viejo escribiente que contaba
veintiocho años de servicio y sostenía una numerosa familia, declaró de repente
que sabía ladrar como un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy
joven aun, simuló estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino;
durante algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero
la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino una
imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos volvieron con
desprecio la espalda.
Hubo
otras muchas tentativas de la misma índole.
En
general, notábase entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que
se traducía en esfuerzos por ser original.
Un
joven de buena familia, no logrado encontrar medio de ser original, acabó por
decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, tuvo que abandonar
al punto su empleo.
Kotelnikov
se creó muchos enemigos. Afirmaba insidiosamente que estaba en ayunas en lo
atañadero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una
interviú con él, en la Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las
negras porque había en ellas algo exótico.
A
partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor. A la sazón
visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los
brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino
reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa,
sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar
a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban
muy satisfechos de que un hombre original frecuentara la casa, en calidad de
buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.
El
hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a
Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.
Hacia
las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la
cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café
cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director
había consentido en ser el padrino del joven esposo.
Los
compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les
daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.
La
velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un
héroe, y todos parecían muy contentos excepto Nastenka, que se iba a su cuarto
de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del
llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia
como la harina de una piedra de molino.
Durante
la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio
subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta
algo turbadora:
—¿Podría
usted decirme de qué color serán los niños?
—¡Serán
a rayas! —observó Polsikov.
—¿Cómo
a rayas? —exclamaron, asombrados, lo asistentes.
—Muy
sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra… Como las
cabras —explicó Polsikov, a quien inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.
—¡No
es posible! —exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.
Nastenka
no podía contener las lágrimas, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de
emoción a los asistentes.
Durante
dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto
verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando
llegó a ser padre de un hijo se le dio a modo de subsidio, una suma bastante
crecida, y se le ascendió.
El
hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien de color de
oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su
hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa y, cuando volvía, se detenía
largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su
dentadura, semejante al teclado de un piano, lo blanco de sus ojos, grande como
un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión
invencible y pensaba, con un dolor cure, en los seres dichosos que tenían
mujeres blancas y niños blancos.
Y
a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No
podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía
en brazos y procuraba simular que se la caía la baba, combatiendo con gran
trabajo la tentación de tirarlo al suelo.
Tras
no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con
gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de
que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera
sido su padrino.
A
los dos años de su boda Kotelnikov murió de tifus. Momentos antes de morir hizo
llamar al sacerdote. El cual, a ver a su mujer, acarició su espesa barba y
lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta admiración por Kotelnikov,
con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste,
haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó.
—¡Aborrezco
a ese diablo negro!
Sin
embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que
le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió,
con dulce:
—Me
encantan las negras… Hay en ellas algo exótico.
Procuró
iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y, con una sonrisa en los labios, se
fue al otro mundo.
La
tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban
las negras, y mezcló sus huesos con los otros muertos. Pero en los círculos
burocráticos se habló todavía mucho de aquel hombre original, a quien volvían
loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.
Un
sueño
Hablamos
luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me
contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.
—No
se que pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de
leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la
realidad.
No
me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien
abiertos. Lo que soñé —si es que lo soñé— quedó grabado en mi memoria como si
en efecto hubiese sucedido.
Llevaba
dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y,
como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se
iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba
en contar los días que iban transcurriendo.
Leía
muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de
aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme,
y recordaba muchas cosas... Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban
borrando de mi memoria.
Sólo
una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e
inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo
único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía
sana y salva.
En
aquel triste atardecer de otoño, su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi
lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico
silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los
muros... De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los
que se deslizaban.
¿Estaba
en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente..., pero ya no era por la
celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes
bulevares.
Era
una hermosa tarde de invierno, hacía un sol espléndido y todo era animación y
ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba las tres y media. «A esta hora
—pensé— en Petersburgo empieza a anochecer...». Sentí una súbita inquietud.
Había llegado aquella mañana a Moscú con María Nicolayevna, llevado por motivos
políticos y nos habíamos inscrito en el hotel como marido y mujer. Ella se
había quedado sola y, pese que le había indicado que cerrase con llave y no
abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran tenderla una trampa. ¡No
había tiempo que perder!
Tomé
un coche de punto. Al llegar, subí la escalera a toda prisa y en seguida me vi
ante la puerta de nuestra habitación. No habiendo visto la llave en el
vestíbulo, pensé que María no había salido. Llamé del modo que habíamos
convenido y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr
abrir... ¡Nada!
Sin
duda había salido o de lo contrario algo le había ocurrido. Entonces vi a
Vasili, el camarero de nuestro piso.
—Vasili
—le pregunté—. ¿Ha visto usted salir a mi mujer? ¿Ha venido alguien a
visitarla?
El
camarero titubeó... ¡Había tanto movimiento en el Hotel!
—¡Ah,
sí, ya recuerdo! —dijo, al fin—. La señora ha salido. La he visto guardarse la
llave en el bolsillo.
—¿Iba
sola?
—No.
Acompañada por un señor alto con gorro de pieles.
—¿Ha
dejado algún recado?
—No,
Sergio Sergueyevich.
—No
es posible, Vasili, no se debe acordar usted...
—No.
No me ha dicho nada. Tal vez el portero…
Bajé
a la portería seguido por el camarero que se había apercibido de mi inquietud
que, por lo demás, no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú y aquel
caballero alto del gorro de piel me inspiraba angustiosos recelos.
Tampoco
al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego iba en aumento.
—¿No
recuerda usted en que dirección se han ido?
—Se
han ido en un coche de punto de la parada de enfrente... ¡Mire usted, ese que
llega ahora!
Estábamos
en la misma puerta y el portero llamó al cochero.
—¿A
dónde has llevado a los señores?
—No
recuerdo el nombre de la calle... Es una calle muy apartada en la que nunca
había estado. El caballero me ha guiado.
—No
te será difícil volver a encontrarla —insistió el portero—, tú no eres un
novato.
—¡Claro
que la encontraría! Pero el caballo está tan cansado...
—Te
daré una buena propina —dije para animarle. Logré convencerle. El portero abrió
la portezuela y subí al carruaje.
Estaba
ya más tranquilo. Dentro de media hora o una hora, a lo más, estaría en la casa
a la que el misterioso caballero había conducido a María. En las calles reinaba
gran animación y, aunque no se habían encendido todavía los faroles, las
tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito era tan compacto que, de vez en
cuando, teníamos que detenernos y entonces sentía yo en la nuca el cálido
aliento del caballo del carruaje de atrás.
De
pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me había podido olvidar!... En la
plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un verdadero bosque de pinos
jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos hombres, envueltos en
abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a selva.
No
tardaron en encender los faroles y mi corazón se sintió cada vez más tranquilo.
Luego de recorrer varias calles, algunas de las cuales me parecieron muy
largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no conocía.
Al
principio, el cochero me iba diciendo los nombres de las calles por las que
pasábamos —unos nombres raros que nunca había oído—, pero luego empezamos a
zigzagear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como
para mí.
Resulta
muy desagradable recorrer de noche una ciudad o un barrio que no se conoce.
Cada vez que se dobla una esquina se teme haber penetrado en un callejón sin
salida. Debido a que ello me ocurría en Moscú, ciudad que yo creía conocer
palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me parecía que, en cada callejuela, me
acechaban traiciones y emboscadas.
Al
pensar en María y en el individuo del gorro de pieles me entraban impulsos de
echar a correr en su búsqueda. El caballo marchaba muy despacio y, de vez en
cuando, volvía sobre sus pasos. Yo contemplaba la espalda inmóvil del cochero y
me parecía como si siempre la hubiese estado viendo, como si se tratase de algo
inmutable y fatal.
Los
faroles eran cada vez más escasos. Casi no se veían tiendas ni ventanas
iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.
Al
doblar una esquina el coche se detuvo.
—¿Por
qué paras? —pregunté al cochero lleno de angustia.
No
contestó. De pronto, hizo volver grupas al caballo de modo tan brusco que por
poco no me lanza al arroyo.
—¿Te
has perdido?
—Ya
hemos pasado por aquí —repuso tras unos instantes de silencio—. Fíjese usted.
Me
fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel farol junto al montón de nieve,
aquella casa de dos pisos... ¡Ya habíamos pasado por allí!
Aquello
fue el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: comenzamos a pasar por
calles y callejuelas en las que ya habíamos estado, sin poder salir de aquel
laberinto. Luego atravesamos una amplia avenida, alumbradísima y muy animada,
por la que ya habíamos pasado. Poco después, volvimos a atravesarla.
—Deberíamos
preguntar a alguien...
—¿Qué
vamos a preguntarles? —contestó secamente el cochero—. Si no sabemos a donde
vamos...
—Pero
tú decías...
—¡Yo
no he dicho nada!
—Haz
por orientarte. Se trata de algo muy importante para mí.
No
contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien metros más en zigzag, dijo:
—Ya
ve usted que hago todo lo posible...
Por
fin alcanzamos una calleja en la que no habíamos estado. El cochero, sin
volverse, dijo:
—¡Ya
empiezo a orientarme!
—¿Llegaremos
pronto?
—No
sé.
Mi
suplicio no había concluido. Nos envolvía una densa oscuridad y sólo veíamos
interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas
casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna
iluminada. En una de ellas debía estar María Nicolayevna. Sin duda había caído
en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había
llevado allí?
Las
tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche. Ya empezaba a sospechar
que estábamos pasando otra vez por las mismas calles, cuando, de pronto, el
cochero exclamó:
—¡Ahí
es!
—¿Dónde?
—¿Ve
usted esa puertecita en la tapia?
Vi
la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos y bajé del coche. Me acerqué a
la puerta y estaba cerrada. No había aldaba. Reinaba un profundo silencio.
Se
me doblaron las piernas al preguntarme para qué habrían llevado allí a María.
Di
unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas
cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.
A
través de una rendija pude ver un largo sendero que conducía a la escalera de
una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí había alguien. Algo ocurría.
Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus ventanas.
Enloquecido
empecé a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar.
—¡Abrid!
Los
golpes se fundían en un ruido sordo y continuo que resonaba en toda la calle y
me impedía oír mi propia voz.
Las
manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez con más fuerza. La puerta, la
tapia, la calle entera trepidaban como un viejo puente al paso de un escuadrón.
Por
fin, una luz débil y amarillenta brilló en una rendija. Temblaron algunas
ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se oían voces ahogadas.
Un
profundo temor me embargó. Había algo terrible en aquellas voces, en la luz
trémula y débil.
Los
faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de unos instantes, que se me
hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de una cerradura y
una luz cegadora hirió mis ojos.
En
la puerta estaban... mi carcelero y otro funcionario.
—¿Qué
es esto? —grité—. ¿Qué hace aquí mi carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he
llamado?
Los
dos empleados, inmóviles en el umbral, me miraban asombrados.
—¿Por
qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich? —me dijo el carcelero—. Tome
el quinqué, ahora le traeré el samovar.
Tomé
el quinqué. Estaba en mi celda.
El amor
al prójimo
Un lugar selvático entre las
montañas. En un pequeño saliente de una alta roca casi vertical está un hombre
de pie, en una situación, al parecer, desesperada. No se comprende cómo ha
podido llegar hasta allí; el acceso al pequeño saliente parece imposible. Las
escalas, las cuerdas y demás utensilios de salvamento parecen ineficaces.
El desgraciado lleva, por lo
visto, mucho rato en la crítica situación. Abajo, al pie de la roca, se ha
congregado una abigarrada muchedumbre; pregonan sus mercancías algunos
vendedores de refrescos, de tarjetas postales y de baratijas, y hasta se ha montado
un bar, cuyo único mozo casi no puede dar abasto a la numerosa clientela; un
individuo intenta vender un peine, que afirma, faltando descaradamente a la
verdad, que es de caparazón de tortuga.
Afluyen incesantemente nuevos
turistas: ingleses, alemanes, rusos, franceses, italianos, etc.
La mayoría llevan alpenstocks,
gemelos y máquinas fotográficas. Se oye hablar en todos los idiomas.
Junto a la roca, en el lugar
donde debe caer el desconocido, dos guardias ahuyentan a la chiquillería y les
impiden el paso, con un cordel, a las gentes.
Gran animación.
el
primer guardia.—¡Fuera, renacuajo! Si te cayera encima, ¿qué dirían tus papas?
El
niño.—¿Es que caerá aquí?
el
primer guardia.—Sí.
El
niño.—¿Y si cae más allá?
el
segundo guardia.—Tiene razón el pequeño; en su desesperación, podría dar un
salto y caer al otro lado del cordel, lo que resultaría bastante molesto para
el público, ya que, por lo menos, pesará ochenta kilos.
el
primer guardia.—¡Largo, renacuajo! ¡Atrás!... ¿Es su hija, señora? Le ruego que
no la deje acercarse. Ese muchacho caerá de un momento a otro.
la
señora.—¿De veras? ¡Y mi marido no va a verlo!
la
niña.—Está en el bar, mamá.
la
señora. (Con tono de desesperación.)—¡Siempre en el bar! ¡Ve a llamarle,
Nelli! Dile que ese joven va a caer en seguida. ¡Corre, corre!
voces.—¡Mozo!...
¡Mozo!... ¿Cómo? ¿Que no hay cerveza? ¡Vaya un bar!... ¡Mozo!... ¿Me despachan
o no? ¡Jesús, qué calma!
el
primer guardia.—¿Otra vez, renacuajo?
el
niño.—Es que quería quitar de aquí esta piedra.
el
primer guardia.—¿Para qué?
el
niño.—Para que el pobrecito se haga menos daño al caer.
el
segundo guardia.—Tiene razón el chiquillo. Deberíamos quitar las piedras, y si
hubiera arena o serrín...
Dos turistas ingleses se están
acercando. Contemplan con los gemelos al desconocido y cambian impresiones
entre sí.
el
primer inglés.—Es joven.
el
segundo inglés.—¿Qué edad le daría usted?
el
primer inglés.—Veintiocho años.
el
segundo inglés.—No tendrá arriba de veintiséis. El miedo lo avejenta.
el
primer inglés.—¿Qué se apuesta usted a que tiene veintiocho años?
el
segundo inglés.—Lo que usted quiera. Me apuesto diez contra cien. Apúntelo.
el
primer inglés. (Dirigiéndose al guardia, luego de anotar en su bloc la
apuesta.)—¿Cómo diablos ha subido allí? ¿No hay manera de bajarlo?
el
primer guardia.—Se le han echado cuerdas y escalas, pero no han llegado.
el
segundo inglés.—¿Lleva ahí mucho tiempo?
el
primer guardia.—Cuarenta y ocho horas.
el
primer inglés.—¿De verdad? Entonces caerá esta noche.
el
segundo inglés.—Caerá dentro de dos horas. Me apuesto cien contra cien.
el
primer inglés.—Aceptado. (Anota la apuesta en su bloc.) ¿Cómo se
encuentra usted? (Pregunta al desconocido. )
el
desconocido. (Con voz casi imperceptible.)—Muy mal.
la
señora.—Y mi marido sin venir.
la
niña. (Que llega corriendo.)—Papá dice que tiene tiempo de terminar.
la
señora.—¿De terminar qué?
la
niña.—Una partida de ajedrez que está jugando con un señor.
la
señora.—¡Dile que si tarda le quitarán el sitio!
Una señora alta y delgada, de
aire resuelto y agresivo, le disputa el sitio a un turista. Este es hombre
bajito y apocado y se defiende débilmente. La señora, sin embargo, le acomete
con verdadera furia.
el
turista.—Pero señora, éste es mi sitio; hace dos horas que lo ocupo.
la
señora agresiva.—Y a mí qué me cuenta usted. Yo quiero ponerme ahí porque así
veré mejor. ¡Y no hay más que hablar!
el
turista. (Con timidez.)—Yo también quiero estar aquí para ver mejor...
la
señora agresiva. (Con tono despectivo.)—¡Usted qué entiende de eso!
el
turista.—¿De qué? ¿De caídas?
la
señora agresiva. (Con burla.)—Sí, señor; de caídas. ¿Ha presenciado
usted muchas? Yo he visto caer a tres hombres; a dos acróbatas, a un funámbulo
y a tres aviadores.
el
turista.—Esos son seis hombres; no tres.
la
señora agresiva. (Remedando, con sarcasmo, a su interlocutor.)—¡Esos son
seis hombres; no tres! ¡Adiós, Pitágoras!... ¿Ha visto usted a un tigre
descuartizar a una mujer?
el
turista. (Con tono humilde.)—No, señora...
la
señora agresiva.—Me lo figuraba. Pues yo sí. ¡Con mis propios ojos!... Déjeme
el sitio; se lo ruego.
El turista, avergonzado, se
levanta, encogiéndose de hombros. La señora, radiante de alegría, se acomoda en
la peña tan audazmente conquistada y deja a sus pies la redecilla, el pañuelo,
las pastillas de menta y el frasco de sales. Después se quita los guantes y
limpia los cristales de los prismáticos, mirando benévolamente a sus vecinos.
la
señora agresiva. (Dirigiéndose a la señora cuyo esposo se encuentra en el
bar.)—Debería sentarse, señora. Le dolerán a usted las piernas...
la
señora.—¡Las tengo deshechas, señora!
la
señora agresiva.—Los hombres son en la actualidad tan mal educados que nunca le
dejan el sitio a una mujer... Habrá usted traído pastillas de menta...
la
señora. (Preocupada.)—No. ¿Es que debía haberlas traído?
la
señora agresiva.—¡Claro! El mirar mucho rato hacia lo alto marea... Amoníaco sí
habrá traído usted... ¿Tampoco? ¡Qué descuido, Dios mío! Cuando caiga ese
joven, se desmayará usted, como es natural, y se necesitará amoníaco para
hacerla recobrar el conocimiento. ¿No ha traído, al menos, un poco de éter?...
No, ¿eh?... Y puesto que usted es... así, su esposo... ¿Dónde está su esposo?
la
señora.—En el bar.
la
señora agresiva.—¡Qué sinvergüenza!
el
primer guardia.—¿De quién es esta marinera? ¿Quién la ha dejado aquí?
el
niño.—Yo.
el
primer guardia.—¿Para qué?
el
niño.—Para que el pobrecito se haga menos daño cuando caiga.
el
primer guardia.—¡Llévatela!
Muchísimos turistas, provistos de
kodaks, se disputan los sitios que son fotográficamente estratégicos.
el
primer portakodak.—Necesito este lugar.
el
segundo portakodak.—Usted lo necesita, pero yo lo ocupo.
el
primer portakodak.—Usted lo ocupa desde hace un momento, pero yo hacía dos días
que lo ocupaba.
el
segundo portakodak.—Si no lo hubiera abandonado o, por lo menos, al marcharse,
hubiese usted dejado su sombra...
el
primer portakodak.—¡Llevaba dos días sin comer, caballero!
el
vendedor del peine. (Con tono misterioso.)—¡Un auténtico peine de
tortuga!
el
primer portakodak. (Encolerizado.)—¡Váyase usted a hacer gárgaras!
el
tercer portakodak.—¡Señora, por Dios! ¡Que se ha sentado sobre mi máquina
fotográfica!
una
señora pequeñita.—¿De veras? ¿Dónde está?
el
tercer portakodak.—¡Debajo de usted, señora!
la
señora pequeñita.—¿Ah, sí? ¡Estaba tan cansada! Ya notaba algo raro... Ahora lo
comprendo.
el
tercer portakodak. (Con acento desesperado.)— ¡Señora!...
la
señora pequeñita.—¡Qué dura es su máquina! Yo pensaba que era una peña. ¡Tiene
gracia!
el
tercer portakodak. (Angustiado.)—¡Señora, le suplico!...
la
señora pequeñita.—¡Es una máquina tan grande! ¿Cómo iba yo a imaginar?...
Retráteme usted, ¿quiere?... Me agradaría retratarme en la montaña.
el
tercer portakodak.—Pero, ¿cómo quiere que la fotografíe si continúa usted
sentada en la máquina?
la
señora pequeñita. (Levantándose, asustada.)—¿Por qué no me lo dijo
usted?... ¿Retrata sola?
voces.—¡Mozo,
cerveza!... ¡Llevo una hora aguardando a que me sirvan!... ¡Mozo! ¡Mozo! ¡Un
palillo de dientes!
Llega, jadeante, un turista gordo
rodeado de numerosa familia.
el
turista gordo. (Gritando.)—¡Macha! ¡Sacha! ¡Porc¡a! ¿Dónde está Macha?
¿Dónde demonios se ha metido Macha?
un
colegial. (Con tono de enfado.)—Está aquí, papá.
el
turista gordo.—¿Dónde?
una
muchacha.—¡Aquí, papá, aquí!
el
turista gordo. (Volviéndose.)—¡Ah!... ¡Qué manía de ir siempre detrás de
mí! Míralo, míralo... Allí arriba, en la roca. Pero, ¿a dónde miras?
la
muchacha. (Melancólica.)—¡No sé, papá!
el
turista gordo.—¡Todo le da miedo! En cuanto el tiempo es tempestuoso, cierra
los ojos y no los abre hasta que pasa la tormenta. ¡Jamás ha visto un
relámpago, señores! ¡Como lo oyen ustedes!... ¿Ves a ese desdichado joven? ¿Lo
ves?
el
colegial.—Sí, papá; lo veo.
el
turista gordo. (Al colegial.)—Ocúpate de ella. (Con tono de profunda
piedad.) ¡Pobre joven! ¡Tal vez caiga de un momento a otro! ¡Mirad, hijos
míos, lo pálido que está! ¿Veis qué peligroso es trepar por las rocas?
el
colegial. (Con triste escepticismo.)—¡No caerá hoy, papá!
el
turista gordo.—¡Qué bobada! ¿Quién te lo ha dicho?
la
segunda muchacha.—Papá: Macha cierra los ojos.
el
colegial.—Déjame sentarme un rato, papá; te aseguro que no caerá hoy. Me lo ha
dicho el portero del hotel... Estoy cansadísimo; nos pasamos todo el día
visitando museos, armerías...
el
turista gordo.—¡Lo hago por vosotros, majadero! ¿Piensas que a mí me divierte
eso?
la
segunda muchacha.—¡Papá: Macha cierra los ojos!
el
segundo colegial.—¡Yo también estoy hecho polvo! Ni por la noche descanso ya;
me la paso soñando que soy el Judío Errante.
el
turista gordo.—¡A callar, Petka!
el
primer colegial.—¡Me he quedado en los huesos! ¡No puedo más, papá! Antes
prefiero ser zapatero o porquero que turista.
el
turista gordo.—¡A callar, Sacha!
el
primer colegial.—¡No caerá hoy, papá, no caerá hoy! ¡No te hagas ilusiones!
la
primera muchacha. (Melancólica.)—¡Ya
va a caer, papá!
El desconocido dice algo, a
gritos, que no se entiende.
Expectación general.
voces.—¡Mirad!
¡Ya va a caer!
Los espectadores miran con los
prismáticos al desconocido.
Los portakodaks preparan sus
máquinas.
un
fotógrafo.—¡Diablo! ¿Qué es esto?
otro
fotógrafo.—Compañero, tiene usted cerrado el objetivo...
el
primer fotógrafo.—¡Ah, sí! Con las prisas se me había olvidado...
voces.—¡Silencio!...
¡Va a caer!... ¿Qué dice?... ¡Silencio!
el
desconocido.—¡Socorro!
el
turista gordo.—¡Pobre joven! ¡Qué terrible tragedia, hijos míos! Brilla el sol
en el límpido cielo; susurra el viento entre los pinos y el desventurado, de un
momento a otro, caerá y se matará. ¡Es horrible! ¿Verdad, Sacha?
el
primer colegial.—¡Es horrible! ¿Verdad, Macha?... ¿Habéis comprendido? Brilla
el sol, la gente come y bebe, cantan los pajarillos y el desventurado... Katia,
¿recuerdas Hamlet?
la
segunda muchacha.—Sí; Hamlet, el príncipe de Dinamarca, en Frankfurt...
el
turista gordo.—¿En Frankfurt?
el
segundo colegial. (Enojado.)—En Helsingfors. ¡Déjanos en paz, papá!
el
primer colegial.—¡Mejor sería que nos comprases unos emparedados!
el
vendedor del peine. (Con tono misterioso.)—Un peine de tortuga. ¡Es
auténtico!
el
turista gordo. (En voz baja y con expresión de conspirador.)—¿Es robado?
el
vendedor del peine.—¡No, Señor!
el
turista gordo.—Si no ha sido robado, no puede ser de tortuga. ¡Fuera!
la
señora agresiva. (Con entonación benévola.)—¿Los cinco son hijos de
usted?
el
turista gordo.—Sí, señora... Los deberes paternales... Pero, como habrá
comprobado, no se dejan educar. ¡Es el eterno conflicto entre los padres y los
hijos! Macha, ¡no cierres los ojos! ¡Qué terrible tragedia, señora!
la
señora agresiva.—Tiene usted razón; hay que educar a los hijos. Mas, ¿por qué
dice que esto es una terrible tragedia? Los albañiles se caen, a veces, de
enormes alturas. El saliente donde se halla ese joven estará a poco más de cien
metros del suelo. Yo he visto caer del cielo a un hombre.
el
turista gordo. (Muy complacido.)—¿Del cielo?... ¿Oís eso, hijos míos?
¡Del cielo!
la
señora agresiva.—Sí; era un aviador. Cayó, desde las nubes, sobre un tejado de
cinc.
el
turista gordo.—¡Qué horror!
la
señora agresiva.—¡Eso sí que es una tragedia! Tuvieron que echarme agua durante
dos horas, con una bomba, para hacerme recobrar el conocimiento. Desde entonces
jamás se me olvida el amoníaco.
Se presenta un grupo de músicos y
cantantes italianos trotamundos. El tenor —un hombrecillo grueso, de perilla
roja y ojos de expresión estúpida y lánguida— canta con voz dulzona. El
barítono, flaco y corcovado, de voz aguardentosa, tiene la gorra de jockey
echada hacia atrás. El bajo, con aspecto de bandido, toca la mandolina. Y la
tiple —muchacha delgada y de grandes y movedizos ojos— el violín.
Los
italianos.—Sul mare lucido, L’astro d’argento, Placida é Tonda, Prospero é il
vento, Venite all’agite... Barchetta mia... Santa Lucia...
macha.
(Melancólica.)—¡Mueve los brazos!
el
turista gordo.—Acaso los mueva influenciado por la música.
la
señora agresiva.—Es muy posible. Pero esto quizá le haga caer antes de tiempo.
¡En, músicos, váyanse!
Haciendo enérgicos gestos, llega
un turista alto y bigotudo, acompañado de algunos curiosos.
el
turista alto.—¡Esto clama al cielo! ¿Por qué no se le salva? Ha pedido socorro;
lo habrán oído ustedes, señores.
Los
curiosos. (A coro.)—¡Sí, lo hemos oído!
el
turista alto.—Yo también le he oído gritar, con todas sus letras:
"¡Socorro!" Así, pues, ¿por qué no se le salva? ¿Qué hacen ustedes
aquí?
el
primer guardia.—Vigilar el sitio donde se calcula que va a caer.
el
turista alto.—Perfectamente. Pero, ¿por qué no le salvan ustedes? ¿Dónde está
su amor al prójimo? Si un hombre pide socorro, hay que socorrerle, ¿no es
cierto, señores?
Los
curiosos. (A coro.)—¿Qué duda cabe? ¡Hay que socorrerle!
el
turista alto. (Con énfasis.)—No somos paganos; somos cristianos y
nuestro deber es amar al prójimo. Pide socorro y, para salvarle, hay que tomar
todas las medidas al alcance de la Administración. Guardias: ¿se han tomado
todas las medidas?
el
primer guardia.—Sí, Señor.
el
turista alto.—¿Todas? ¿Completamente todas? Muy bien. Señores, se han tomado
todas las medidas. Joven (dirigiéndose al desconocido), todas las
medidas conducentes a su salvamento han sido tomadas. ¿Oye usted?
el
desconocido. (Con voz apenas audible.)—¡Socorro!
el
turista alto. (Conmovido.)—¿Oyen ustedes, señores? Otra vez pide
socorro. ¿Lo han oído ustedes, guardias?
uno
de los curiosos. (Con timidez.)—En mi opinión, hay que salvarle.
el
turista alto.—Hace dos horas que lo estoy diciendo. Guardias: ¡esto clama al
cielo!
el
mismo curioso. (Con un poco más de atrevimiento.)—A mi parecer, lo
oportuno es dirigirse a la Administración superior.
Los
demás curiosos. (A coro.)—¡Sí, hay que elevar una queja! ¡Esto es
intolerable! ¡El Estado no debe abandonar a los ciudadanos en los momentos de
peligro! ¡Todos pagamos contribuciones! ¡Hay que salvarle!
el
turista alto.—No dejo de decirlo. Sin duda, hay que elevar una queja. Diga,
joven: ¿paga usted las contribuciones?... ¿Qué? ¡No le entiendo!
el
turista gordo.—Sacha, Petka, ¿oís? ¡Qué terrible tragedia! ¡Pobre muchacho!
Está a punto de morir y le reclaman las contribuciones.
macha.
(Melancólica.)—¡Y va a caer,
papá!
Gritos. Agitación entre los
portakodaks.
el
turista alto.—Hay que apresurarse. Señores: ¡hay que salvarle sea como sea!
¿Quién me sigue?
Los
curiosos. (A coro.)—¡Nosotros!
el
turista alto.—¿Han oído ustedes, guardias? ¡Vamos entonces, señores!
Se marchan con aire resuelto.
Aumenta la animación en el bar. Se oye entrechocar de vasos y alguien entona
una canción alemana. El mozo, agotado, se aparta algo de las mesas y se seca el
sudor de la frente.
voces.—¡Mozo!...
¡Mozo!
el
desconocido. (En voz bastante alta.)—¡Mozo!
¿Me podría dar un vaso de soda?
El mozo siente un
estremecimiento; mira, espantado, hacia arriba, finge no haber oído bien y se
aleja.
voces
impacientes.—¡Mozo!... ¡Mozo! ¡Cerveza!
el
mozo.—¡Al momento! ¡Al momento!
Abandonan el bar dos caballeros
beodos y se dirigen a la roca.
la
señora cuyo esposo estaba jugando al ajedrez.—¡Mi marido! ¡Ven, ven!
la
señora agresiva.—¿No decía yo que era un sinvergüenza?
el
primer beodo.—¿Y ni siquiera puede beberse usted un vaso de vino?
el
desconocido.—Por desgracia, no.
el
segundo beodo.—¿Por qué le dices tales cosas? ¡No amargues sus últimos
momentos! Llevamos toda la tarde bebiendo a su salud. Con esto no le
perjudicamos en nada, ¿verdad?
el
primer beodo.—¡Claro que no! Por el contrario, lo que hará es animarle. ¡Adiós,
joven! Lamentamos mucho su desgracia y, con su permiso, volveremos al bar.
el
segundo beodo.—¡Cuánta gente!
el
primer beodo.—¡Vamos, vamos! Aprovechemos el tiempo, que, apenas caiga,
cerrarán el establecimiento.
Aparece un señor muy elegante,
rodeado de nuevos curiosos. Es el corresponsal de los más importantes
periódicos europeos. La gente, a su paso, murmura su nombre y le contempla con
admiración. Algunos bebedores salen del bar para verle; incluso el mozo se
asoma y le mira boquiabierto.
voces.—¡El
corresponsal! ¡El corresponsal!
la
señora.—¡A que no le ve mi marido!
el
turista gordo.—¡Petka, Macha, Sacha, Katia, Vasia, mirad! ¡Es el rey de los
corresponsales! Lo que él escriba ocurrirá.
la
segunda muchacha.—Pero, ¿a dónde miras, Macha?
el
primer colegial.—Papá, ¡no puedo más! ¡Que nos traigan unos emparedados!
el
turista gordo. (Entusiasmado.)—¡Qué tragedia, Katia! ¿Te has dado
cuenta? Brilla el sol, el corresponsal nos honra con su presencia y el
desventurado...
el
corresponsal.—¿Dónde está?
voces
solícitas.—¡Allí, en lo alto de la roca!... ¡Un poco más arriba!... ¡Un poco
más abajo!
el
corresponsal.—Déjenme, señores; yo le encontraré.. ¡Ya lo veo! ¡Su situación no
es nada envidiable!
un
turista. (Ofreciéndole un taburete.)—¿Quiere sentarse?
el
corresponsal.—Gracias. (Toma asiento.) ¡Muy interesante! ¡Muy
interesante! (Saca papel y lápiz.) ¿Han impresionado ustedes ya algunos
clisés, señores fotógrafos?
el
primer fotógrafo.—Hemos fotografiado la roca con el infortunado joven esperando
su trágico fin.
el
corresponsal.—¡Muy interesante, muy interesante!
el
turista gordo.—¿Oyes, Sacha? Un hombre tan inteligente y culto como el
corresponsal considera esto muy interesante y tú sólo piensas en los
emparedados. ¡Majadero!
el
primer colegial.—El corresponsal, seguramente, habrá almorzado ya.
el
corresponsal.—Señores: si fueran tan amables... Un poco de silencio...
una
voz solícita.—¡Que se callen los del bar!
el
corresponsal. (Dirigiéndose al desconocido a voz un cuello.)—¡Permítame presentarme. Soy el más
importante corresponsal de la Prensa europea. Quisiera hacerle a usted algunas
preguntas sobre su situación! En primer lugar, ¿quiere decirme su nombre,
profesión y estado?
El desconocido balbucea algo
ininteligible.
el
corresponsal.—No se oye nada. ¿Habla siempre así?
voces.—Sí;
no se oye nada.
el
corresponsal. (Escribiendo.)—De
modo que soltero, ¿eh?
El desconocido balbucea algo
ininteligible.
El
corresponsal.—No le oigo bien. ¿Qué ha dicho?
un
turista.—Que sí; que es soltero.
otro
turista.—No; ha dicho que es casado.
el
corresponsal.—Entonces pondremos que es casado. ¿Cuántos hijos tiene? ¿Tres?...
Me parece que ha dicho tres, pero no estoy seguro. En la duda, pondremos cinco.
el
turista gordo.—¡Qué tragedia! ¡Cinco hijos!
la
señora agresiva.—¡Ya será alguno menos!
el
corresponsal. (A voz en cuello.)—¿Cómo ha ido usted a parar a ese sitio
tan peligroso? ¿Paseándose?... ¿Cómo?... ¡Hable más fuerte!... ¡Nada! No se le
oye.
el
primer turista. (Intérprete.)—Creo que dice que se extravió.
el
segundo turista. (Intérprete.)—Creo que dice que no lo sabe.
voces.—Iba
de caza... Es un alpinista temerario... Es un sonámbulo.
el
corresponsal.—Todo puede ser, menos que haya caído del cielo... Pondremos que
es sonámbulo. El desdichado joven (escribiendo) padece desde su infancia
de sonambulismo... Salió del hotel a medianoche, sin que nadie le viese... La
luz de la luna...
el
primer turista. (Interpreta en voz baja.)—Ahora no hay luna.
el
segundo turista. (Intérprete.)—No importa; el público no sabe
astronomía.
el
turista gordo.—¿Oyes, Macha? Aquí tienes un ejemplo sorprendente de la
influencia de la luna sobre los seres vivos de la Creación. ¡Qué horrible
tragedia! Brilla la luna, el desventurado sube a lo alto de una inaccesible
roca...
el
corresponsal. (A voz en cuello.)—¿Qué siente usted?... ¿Qué?... ¡No le
oigo!... ¡Ah, ah! ¡Sí, sí!... Efectivamente: su situación no es envidiable.
voces.—¡Escuchen!
¡Escuchen!
el
corresponsal. (Escribiendo.)—El horror paraliza sus miembros y hiela la
sangre en sus venas... Ha perdido toda esperanza... Piensa en el dulce hogar,
en su mujer haciendo empanadas, en sus angelicales hijos jugando a la gallina
ciega, en su anciana madre sentada ante la chimenea, con la pipa en la boca...
una
voz.—Será su anciano padre.
el
corresponsal.—Su anciano padre. Ha sido un lapsus... La compasión del público
le emociona... Quiere que su último pensamiento aparezca en este periódico.
la
señora agresiva.—¡Cómo miente ese señor!
macha.
(En tono melancólico.)—¡Ya va a caer, papá!
el
turista gordo.—¡Déjame tranquilo!
el
corresponsal. (A voz en cuello.)—Una última pregunta: ¿Qué desea usted
decirles, antes de morir, a sus conciudadanos ?
el
desconocido. (Con voz débil.)—¡Que se vayan al infierno!
el
corresponsal.—¿Qué?... ¡Ah, ya! ¡Sí, sí!... (Escribiendo.) Afectuoso
saludo de despedida... Decidido adversario de las leyes en favor de los
negros... Su último deseo es que estos animales...
un
pastor protestante. (Abriéndose paso entre la muchedumbre.)—¿Dónde está?
¡Ah, ya lo veo! ¡Pobre muchacho!... Señores: ¿no hay aquí ningún otro miembro
del clero? ¿No? ¡Gracias! ¡Yo he llegado el primero!
el
corresponsal. (Escribiendo.)—Momento solemne... Llega el confesor...
Impresionante silencio... Muchos espectadores lloran...
el
pastor.—Permítanme, señores... Esa alma descarriada quiere reconciliarse con
Dios. ¿Verdad, hijo mío (dice, dirigiéndose a gritos al desconocido), que
quiere usted reconciliarse con Dios? Confiéseme sus pecados y le daré la
absolución... ¿Qué? ¡No le oigo!
el
corresponsal. (Escribiendo.)—Se oyen sollozos por todas partes... En
términos conmovedores, el sacerdote le habla del más allá al criminal, digo al
desdichado, que le escucha con lágrimas en los ojos...
el
desconocido. (Con voz débil.)—Si
no se aparta usted de ahí, le caeré encima. Peso noventa kilos.
Los espectadores que están cerca
de la roca retroceden espantados.
voces.—¡Ya
cae! ¡Ya cae!
el
turista gordo. (Emocionado.)—¡Macha! ¡Sacha! ¡Petka!
el
primer guardia.—Señores, por favor. ¡Apártense, se lo ruego!
la
señora.—Nelli: ¡corre a llamar a papá! ¡Dile que va a caer ya!
el
primer fotógrafo. (Con desesperación.)—¿Qué hago yo ahora, Dios mío? No
he cambiado las placas y las nuevas me las he dejado en el bolsillo del
gabán... ¡Y ese hombre es capaz de caer apenas yo vuelva la espalda! ¡Qué
horrible situación!
el
pastor. (Al desconocido.)—Apresúrese, joven. Haga un esfuerzo y
confiéseme sus pecados... Por lo menos los principales; los menudos puede
callárselos.
el
turista gordo.—¡Qué tragedia!
el
corresponsal. (Escribiendo.)—El criminal, digo el desdichado, se
confiesa públicamente... Horribles secretos se descubren...
el
pastor. (A grandes voces.)—¿No ha matado usted a nadie? ¿No ha robado?
¿No ha cometido ningún adulterio?
el
turista gordo.—Macha, Petka, Katia, Sacha, Vasia: ¡Escuchad!
el
corresponsal. (Escribiendo.)—La multitud se escandaliza.
el
pastor. (Apresuradamente.)—¿No ha cometido ningún sacrilegio? ¿No ha
codiciado el asno, el buey, la esclava o la mujer de su prójimo?
el
turista gordo.—¡Qué tragedia!
el
pastor.—Mi enhorabuena, hijo mío. Se ha reconciliado usted con Dios. Ahora ya
puede caer tranquilo... Pero, ¿qué veo? ¡Miembros del Ejército de Salvación!
Guardias: ¡échenlos!
Muchos miembros del Ejército de
Salvación, de ambos sexos, llegan a los acordes de un tambor, un violín y una
trompeta ensordecedora.
el
primer miembro del ejercito de salvacion (Tocando frenéticamente el tambor.)—¡Hermanas
y hermanos míos!
el
pastor. (Desgargantándose.)—¡Ya se ha confesado, hermanos! Estos señores
pueden atestiguarlo. ¡Se ha reconciliado ya con Dios!
el
segundo miembro, que es una señora (Subiéndose a una roca.)—Al igual que
ese pecador, yo me hallaba sumida en las tinieblas. Mi vicio era el
alcoholismo. Y un día la luz deslumbrante de la verdad...
una
voz.—¡De poco le sirvió la luz! ¡Está borracha como una cuba!
el
pastor.—Guardias, ¿verdad que ya se ha reconciliado con Dios?
El primer ministro del Ejército
de Salvación continúa tocando el tambor y sus compañeros de armas comienzan a
cantar. La clientela del bar canta también y llama al mozo en todos los
idiomas. El pastor pretende llevarse, a la fuerza, a los guardias, que se
resisten desesperadamente a dejar su puesto. Aparece, jinete sobre un asno, un
turista de nacionalidad inglesa. El cuadrúpedo se abre de patas y se niega, en
su sonoro idioma, a seguir avanzando.
Los miembros del Ejército de
Salvación no tardan en marcharse, tocando y cantando. El pastor los sigue,
agitando los brazos.
el
jinete inglés. (Volviéndose a un compatriota, que también cabalga en un asno
y acaba de detenerse junto a él.)—¡Qué gente más incivilizada!
el
otro jinete inglés.—¡Vámonos!
el
primer jinete inglés.—Aguarde un momento. Caballero (dirigiéndose al
desconocido): ¿por qué retrasa usted tanto su caída?
el
segundo jinete inglés.—¡Mister William!...
el
primer jinete inglés. (Al desconocido.)—¿No ve que esta gente lleva dos
días esperando? Dejándose caer la complacería usted y, además, las angustias de
un gentleman no seguirían sirviendo de diversión a toda esta gentuza.
el
segundo jinete inglés.—¡Mister William!...
el
turista gordo.—¡Tiene razón! ¿Habéis oído, hijos míos? ¡Qué tragedia!
un
turista de mal carácter. (Avanzando, con gesto amenazador, hacia el primer
inglés.)—¿Qué significa eso de gentuza?
el
primer jinete inglés. (Sin prestarle atención y fijando los ojos en el
desconocido.)—Si le falta a usted valor para dejarse caer, le dispararé un
tiro y se acabó. ¿Qué le parece a usted?
el
primer guardia. (Aferrando la mano del expeditivo gentleman, que apunta ya
el cañón de un revólver hacia el desconocido.)—¡No tiene derecho a hacer
eso! ¡Queda usted detenido!
el
desconocido.—¡Guardias! ¡Guardias!
Emoción general.
voces.—¿Qué
le ocurre?... ¿Qué quiere?
el
desconocido. (Con voz nada débil.)—¡Llévense a ese bárbaro que es capaz
de pegarme un tiro! Y díganle al fondista que no puedo resistir más.
voces.—¿Qué
dice?... ¿A qué fondista se refiere?... ¡El desgraciado se ha vuelto loco!
el
turista gordo.—¡Hijos míos, qué tragedia! El desventurado ha perdido el juicio.
¿Os acordáis de Hamlet?
el
desconocido. (En tono desabrido.)—Díganle que me duelen los riñones.
macha.
(Melancólicamente.)—Papá: ¡le tiemblan las piernas!
katia.—Son
convulsiones, ¿verdad, papá?
el
turista gordo. (Entusiasmado.)—No sé. Me parece que sí. Pero, ¡qué
tragedia!
sacha.
(Malhumorado.)—Son las convulsiones de la agonía... ¡Papá, yo no puedo
más!
el
turista gordo.—¡Qué caso más extraño, hijos míos! Un hombre que de un momento a
otro se va a romper la cabeza se queja de dolor de riñones.
Unos cuantos turistas,
enfurecidos, aparecen empujando a un señor de chaquetilla blanca, en extremo
amedrentado, que sonríe y hace reverencias a todas las gentes y, de vez en
cuando, pretende huir.
voces.—¡Es
una broma intolerable! ¡Guardias! ¡Guardias!
otras
voces.—¿De qué broma hablan?... ¿Quién es ese hombre?... ¡Debe ser un ladrón!
el
señor de la chaquetilla blanca. (Sonriendo y haciendo reverencias.)—¡Ha
sido una broma, respetables señores! El público se aburría...
el
desconocido. (Colérico.)—¡Señor fondista!
el
señor de la chaquetilla blanca.—¡Enseguida, enseguida!
el
desconocido.—¡Yo no puedo estar aquí indefinidamente! Habíamos acordado que
estaría aquí hasta las doce y ya es mucho más tarde.
el
turista alto. (Iracundo.)—¿Oyen ustedes, señores? Este sinvergüenza de
la chaquetilla blanca ha contratado a ese otro sinvergüenza y le ha amarrado a
la roca.
voces.—¡Cómo!
¿Está atado?
el
turista alto.—¡Claro! ¡Está atado y no puede caer! ¡Y nosotros aguardando,
llenos de angustia!
el
desconocido.—¿Pretendían ustedes que me rompiese la cabeza por veinticinco
rublos?... Señor fondista: ¡no aguanto más! Por si no era suficiente el dolor
de riñones que tengo, un pastor se ha empeñado en ayudarme a bien morir y un
turista inglés ha tenido la generosa idea de obsequiarme con un balazo. ¡Eso no
estaba incluido en el contrato!
sacha.—¿Ves,
papá? ¿No te da vergüenza tenernos todo el día de pie y sin comer para esto?
el
señor de la chaquetilla blanca.—Los clientes se aburrían... Mi única intención
era entretenerles un poco.
la
señora agresiva.—Pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no cae?
el
turista gordo.—¡Caerá, señora! ¿No va a caer?
petka.—Pero,
¿es que no has oído que está atado?
sacha.—¡Cualquiera
convence a papá cuando se le mete una cosa en la cabeza!
el
turista gordo.—¡Callad!
la
señora agresiva.—¡Claro que caerá! ¡Pues no faltaba más!
el
turista alto.—¡No se puede engañar de este modo a la gente!
el
señor de la chaquetilla blanca.—El público se aburría... y yo, para
proporcionarle unas horas de excitación..., pensando en sus sentimientos
altruistas.
el
corresponsal. (Escribiendo.)—El dueño del hotel, aprovechándose de los
mejores sentimientos humanos...
el
desconocido. (Colérico.)—Pero, ¿hasta cuándo piensa tenerme usted aquí,
señor fondista?
el
señor de la chaquetilla blanca.— ¡Tenga un poco de paciencia, joven! ¡No sé de
qué se queja usted! Veinticinco rublos; las noches libres...
el
desconocido.—¿Es que pretendía que durmiera yo aquí?
el
turista alto.—¡Son ustedes unos granujas! ¡Se han aprovechado de un modo
indigno de nuestro amor al prójimo! Nos han hecho sentir terror y lástima, y
ahora resulta que el desventurado —¡el supuesto desventurado!—, cuya caída
esperábamos todos, está atado a la roca y no puede caer...
la
señora agresiva.—¡Cómo! ¡Pues no faltaba más! ¡Es necesario que caiga!
Llega, jadeando, el pastor.
el
pastor.—¡Es una pandilla de impostores ese Ejército de Salvación!... ¿Todavía
vive ese joven? ¡Qué fuerte!
una
voz.—¡Lo fuerte son las ligaduras!
el
pastor.—¿Qué ligaduras? ¿Las que le atan a la vida? ¡Oh, la muerte las rompe
con suma facilidad! Por fortuna, su alma está ya purificada gracias a la
confesión.
el
turista gordo.—¡Guardias, guardias! ¡Es preciso un juicio oral!
la
señora agresiva. (Avanzando, amenazadora, hacia el señor de la chaquetilla
blanca.)—¡No puedo permitir que se me engañe! He visto a un aviador
estrellarse contra un tejado, he visto a un tigre despedazar a una mujer...
un
fotógrafo.—¡Las placas que he gastado fotografiando a ese sinvergüenza tendrá
que pagármelas usted, señor!
el
turista gordo.—¡Un juicio oral! ¡Es preciso un juicio oral! ¡Qué desvergüenza!
el
señor de la chaquetilla blanca. (Retrocediendo.)— Pero, ¿cómo quieren
ustedes que le obligue a caer? Se negaría por completo.
el
desconocido.—¡Claro que me negaría! Yo no me estrello por veinticinco rublos.
el
pastor.—¡Qué bribón! ¿Para eso he arriesgado yo mi vida confesándole? Y es que,
señores, he arriesgado mi vida, exponiéndome a que cumpliera su amenaza de
dejarse caer encima de mí.
macha.
(Melancólica.)—Papá: ¡un
policía!
Enorme confusión: Unos rodean
tumultuosamente al policía y otros al señor de la chaquetilla blanca. Ambos
exclaman: "¡Señores, por Dios!"
el
turista gordo.—Señor policía: ¡hemos sido víctimas de un engaño, de una
bribonada!
el
pastor.—¡El joven de la roca es un infame, un criminal!
el
policía.—¡Calma, señores, calma!... ¡Eh, amigo! (dirigiéndose al
desconocido): ¿está usted dispuesto a caer o no?
el
desconocido. (Con tono resuelto.)—¡No, señor!
voces.—¿Lo
ve usted? ¡Es un cínico!
el
turista alto.—Escriba usted, señor policía: "Explotando el santo amor al
prójimo..., ese sentimiento sagrado que..."
el
turista gordo.—¿Oís, hijos míos? ¡Qué estilo!
el
turista alto.—"Ese sentimiento sagrado que..."
macha.
(Melancólicamente.)—Papá: ¡mira qué anuncio! Lleva en lo alto de un palo
un cartel con la efigie de un hombre de largos cabellos a cuyo pie se lee este
letrero: "Yo era calvo."
el
individuo del cartel. (Deteniéndose y anunciando a grito pelado.)—Nací calvo y seguí siéndolo durante
mucho tiempo. Me casé con la cabeza completamente monda y mi mujer...
Todos, incluso el policía,
escuchan con suma atención.
el
turista gordo.—¡Qué tragedia! ¡Recién casado y calvo!
el
individuo del cartel. (En tono enfático.)—Mi dicha conyugal, señores,
llegó a estar en peligro. Todos los supuestos remedios contra la calvicie que
industriales sin escrúpulos...
el
turista gordo.—¡Toma nota, Petka!
la
señora agresiva.—Pero, ¿cae ese joven o no?
el
señor de la chaquetilla blanca.—Otro día
caerá, señora. Le prometo a usted que, cuando vuelva a contratarle, no le ataré tan fuerte.
[1] Diminutivo
de Vasili (N de la t )
[2] Diminutivo
de Tatiana (N de la t)
[3] Los estonios,
cuando hablan ruso suelen confundir los géneros gramaticales (N de la t )
[4] Aguardiente
[5] Diminutivo
de Mijail (N de la t)
[6] Campesino
ruso (N de la t)
[7] Diminutivo
cariñoso de Serguéi. (N. de la t.)
[8] Diminutivo
cariñoso de Nina. (N. de la t.)
[9] «Maslienitsa»
se llama la semana que precede a la cuaresma, es como nuestro carnaval, pero
sin mascaras (N de la t)
[10] Diminutivo
cariñoso de Tatiana (N de la t)
[11] Moneda
rusa
[12] Diminutivo
de Vasili (N de la t)
[13] Residencia campestre.
[14] Hermandad

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