© Libro No. 638. Violencia Y Metafísica. Ensayo sobre el
pensamiento de Emmanuel Levinas. Derrida, Jacques. Colección E.O. Marzo 8 de
2014.
Título original: © Jacques Derrida. Violencia Y
Metafísica. Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas
Versión Original: © Jacques Derrida. Violencia Y Metafísica. Ensayo
sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Jacques Derrida
Violencia Y Metafísica
Ensayo
sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas
Jacques
Derrida
Violencia Y Metafísica
Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas
Que la filosofía
haya muerto ayer, después de Hegel o Marx,
Nietzsche o Heidegger -y aun así la filosofía tendría que
errar hacia el sentido de su muerte- o que haya vivido siempre de saberse
moribunda, lo que se confiesa silenciosamente en la sombra que produce la
expresión misma que declaró la philosophia perennis; que haya muerto
un día, en
la historia, o que haya vivido siempre de agonía y de abrir violentamente
la historia arrancándole su posibilidad contra la no-filosofía, su fondo
adverso, su pasado o su facticidad, su muerte y su recurso; que más allá de
esta muerte o de esta mortalidad de la filosofía, quizás incluso gracias a
ellas, el pensamiento tenga un porvenir o incluso, se dice hoy, esté todo él
por venir a partir de lo que se reservaba todavía en la filosofía; más
extrañamente todavía, que el porvenir tenga él mismo así un porvenir: todas
estas cuestiones no son capaces de respuesta. Son, por nacimiento y por una vez
al menos, problemas que se plantean a la filosofía como problemas que ella no
puede resolver.
Quizás, incluso,
estas cuestiones no son filosóficas, no son ya de la filosofía. Deberían ser
sin embargo las únicas que pueden fundar hoy la comunidad de lo que, en el
mundo, se llama todavía los filósofos por un recuerdo, al menos, que habría que
interrogar sin cesar, y a pesar de la diáspora de los institutos o de las
lenguas, de las publicaciones y de las técnicas que se ponen en movimiento, se
engendran por sí mismas y se acrecientan como el capital o la miseria.
Comunidad de la cuestión, pues, en esta frágil instancia en que la cuestión no
está todavía suficientemente determinada como para que la hipocresía de una
respuesta se haya inducido ya bajo la máscara de la cuestión, como para que su
voz se haya dejado ya articular fraudulentamente en la sintaxis misma de la
cuestión. Comunidad de la decisión, de la iniciativa, de la inicialidad
absoluta, pero amenazada, en que la cuestión no ha encontrado todavía el
lenguaje que ha decidido buscar, no se ha asegurado en éste todavía acerca de
su propia posibilidad. Comunidad de la cuestión acerca de la posibilidad de la
cuestión. Es poco -no es casi nada-, pero ahí se refugian y se resumen hoy una
dignidad y un deber intangibles de decisión. Una intangible responsabilidad.
¿Por qué
intangible? Porque lo imposible ha tenido lugar ya. Lo imposible según la
totalidad de lo cuestionado, según la totalidad de lo ente, de los objetos y de
las determinaciones, lo imposible según la historia de los hechos ha tenido
lugar: hay una historia de la cuestión, una memoria pura de la cuestión pura
que autoriza quizás en su posibilidad toda herencia y toda memoria pura en
general y como tal. La cuestión ha comenzado ya, lo sabemos, y al concernir
esta extraña certeza a otro origen absoluto, a otra decisión absoluta, al
asegurarse del pasado de la cuestión, libera una enseñanza inconmensurable: la
disciplina de la cuestión. A través (a través, es decir, que hace falta ya saber
leer) de esta disciplina que no es todavía, incluso, la tradición ya
inconcebible de lo negativo (de la determinación negativa), y que es muy
anterior a la ironía, a la mayéutica, a la epoché y a la duda, se anuncia
una orden: la cuestión debe ser guardada. Como cuestión. La libertad de la cuestión
(genitivo doble) debe ser dicha y resguardada. Morada fundada, tradición
realizada de la cuestión que se mantiene como cuestión. Si este mandato tiene
una significación ética, no es por pertenecer al dominio de la ética, sino por
autorizar -ulteriormente- toda ley ética en general. No hay ley que no se diga,
no hay mandato que no se dirija a una libertad de palabra. No hay, pues, ni ley
ni mandato que no confirme y no encierre -es decir, que no disimule
presuponiéndola- la posibilidad de la cuestión. La cuestión está así siempre encerrada,
no aparece jamás inmediatamente como tal, sino solamente a través del
hermetismo de una proposición en que la respuesta ha empezado ya a
determinarla. Su pureza no hace nunca otra cosa que anunciarse o recordarse a
través de la diferencia de un trabajo hermenéutico.
Así, los que se
cuestionan acerca de la posibilidad, la vida y la muerte de la filosofía están
ya prendidos, sorprendidos en el diálogo de la cuestión acerca de sí misma y
consigo, están ya en memoria de filosofía, inscritos en la correspondencia de
la cuestión con ella misma. Pertenece, pues, esencialmente al destino de esta
correspondencia el que llegue a especular, a reflexionarse, a cuestionar acerca
de sí en sí. Entonces comienza la objetivación, la interpretación segunda y la
determinación de su propia historia en el mundo; entonces comienza un combate
que se sostiene en la diferencia entre la cuestión en general y la «filosofía»
como momento y modo determinados -finitos o mortales- de la cuestión misma.
Diferencia entre la filosofía como poder o aventura de la cuestión misma y la
filosofía como acontecimiento o giro determinados en la aventura.
Esta diferencia se
piensa mejor hoy. Que llegue a la claridad y se piense como tal es sin duda el rasgo
más inaparente al historiador de los hechos, de las técnicas o de las ideas, el
más inesencial a sus ojos. Pero es quizás, comprendido con todas sus
implicaciones, el carácter más profundamente inscrito de nuestra época. Pensar
mejor esta diferencia, ¿no sería, en particular, saber que si algo debe ocurrir
todavía a partir de la tradición en la que los filósofos se saben siempre
sorprendidos, eso será a condición de un incesante requerir su origen, y de
esforzarse rigurosamente por mantenerse en la mayor proximidad con éste? Lo que
no es balbucear y acurrucarse perezosamente en el fondo de la infancia. Sino
precisamente lo contrario.
Cerca nuestro, y
después de Hegel, en su inmensa sombra, las dos grandes
voces por las que nos ha sido dictada esta repetición total, que nos han
despertado, en las que ha sido reconocida dicha repetición de la mejor manera
como la primera urgencia filosófica, son, sin duda, las de Husserl y de Heidegger. Ahora bien, a pesar de las más
profundas desemejanzas, este recurso a la tradición -que no tiene nada de
tradicionalismo- está orientado por una intención común a la fenomenología
husserliana y a lo que llamaremos provisionalmente, por aproximación y
comodidad, la «ontología» heideggeriana.
Así, muy
sumariamente:
1. la totalidad de
la historia de la filosofía se piensa a partir de su fuente griega. No
se trata, se sabe, de occidentalismo o de historicismo. Simplemente, los
conceptos fundadores de la filosofía son en primer lugar griegos, y no sería
posible filosofar o pronunciar la filosofía fuera de su elemento. Que Platón
sea a los ojos de Husserl
el instituidor de
una razón y de una tarea filosóficas cuyo telos dormía todavía en la sombra;
que marque, por el contrario, para Heidegger, el
momento en que el pensamiento del ser se olvida y se determina en filosofía,
esta diferencia sólo es decisiva al final de una raíz común que es griega. La
diferencia es fraternal en la descendencia, sometida por entero a la misma
dominación. Dominación de lo mismo, también, que no se borrará ni en la
fenomenología ni en la «ontología».
2. la arqueología a
la que nos conducen, por vías diferentes, Husserl y Heidegger prescribe, cada vez; una subordinación
o una transgresión, en todo caso una reducción de la metafísica. Incluso
si ese gesto tiene, en cada caso, al menos en apariencia, un sentido muy
diferente.
3. en fin, la categoría
de lo ético
no está ahí solamente disociada de la metafísica, sino ordenada a otra cosa
que ella misma, a una instancia anterior y más radical. Cuando no lo está,
cuando la ley, el poder de resolución y la relación con el otro alcanzan la arché, pierden con ello su especificidad
ética.
Estos tres motivos,
en cuanto que se ordenan a la única fuente de la única filosofía, indicarían la
única dirección posible para todo recurso filosófico en general. Si hay abierto
un diálogo entre la fenomenología husserliana y la «ontología» heideggeriana,
dondequiera que se encuentren éstas más o menos directamente implicadas, sólo
en el interior de la tradicionalidad griega parece poder entenderse. En el
momento en que la conceptualidad fundamental salida de la aventura
greco-europea está en curso de apoderarse de la humanidad entera, estos tres
motivos pre-determinarían, pues, la totalidad del logos y de la situación
histórico-filosófica mundial. Ninguna filosofía podría conmoverlos sin comenzar
por someterse a ellos o sin acabar por destruirse ella misma como lenguaje
filosófico. En una profundidad histórica que la ciencia y las filosofías de la
historia no pueden más que presuponer, nos sabemos, pues, confiados a la
seguridad del elemento griego, en un saber y en una confianza que no serían ni
costumbres ni comodidades, sino que nos permitirían, por el contrario, pensar
todo peligro y vivir toda inquietud o todo infortunio. Por ejemplo, la
consciencia de crisis no expresa para Husserl más que el recubrimiento provisional, casi necesario, de un motivo
trascendental que a su vez, en Descartes y Kant, comenzaba a cumplir el designio
griego: la filosofía como ciencia. Cuando Heidegger dice, por ejemplo, que «desde hace
tiempo, demasiado tiempo ya, el pensamiento está en seco», como pez en tierra,
el elemento al que quiere hacerlo volver es todavía -ya- el elemento griego, el
pensamiento griego del ser, el pensamiento del ser cuya irrupción o llamada
habrían dado lugar a Grecia. El saber y la seguridad, pues, de la que hablamos
no están en el mundo: son más bien la posibilidad de nuestro lenguaje y el
asiento de nuestro mundo.
En esta profundidad
es donde nos haría temblar el pensamiento de Emmanuel Levinas.
En el fondo de la
sequedad, en el desierto que crece, este pensamiento que no quiere ser ya, en
su fundamento, pensamiento del ser y de la fenomenalidad, nos hace barruntar
una desmotivación y una desposesión inauditas:
1. En griego, en
nuestra lengua, en una lengua enriquecida con todos los aluviones de su
historia -y ya se anuncia nuestra cuestión-, en una lengua que se acusa a sí
misma de un poder de seducción, del que disfruta sin cesar, este pensamiento
nos aboca a la dislocación del logos griego; a la dislocación de nuestra
identidad, y quizás de la identidad en general; nos aboca a abandonar el lugar
griego, y quizás el lugar en general, hacia lo que no es ya siquiera una fuente
ni un lugar (demasiado acogedores de los dioses), hacia una respiración,
hacia una palabra profética que ha soplado ya no solamente antes de Platón,
no solamente antes de los presocráticos, sino más acá de todo origen griego,
hacia lo otro de lo Griego (pero lo otro de lo Griego, ¿será lo no-Griego?
Sobre todo: ¿podrá nombrarse como lo no-Griego? Y nos aproximamos a nuestra
cuestión). Pensamiento para el que la totalidad del logos griego ha sobrevenido
ya, humus apaciguado no sobre un suelo, sino alrededor de un volcán más
antiguo. Pensamiento que quiere, sin filología, por la mera fidelidad a la
desnudez inmediata pero enterrada de la experiencia misma, liberarse de la
dominación griega de lo Mismo y de lo Uno (otros nombres para la luz del ser y
del fenómeno) como de una opresión, cierto que no parecida a ninguna otra en el
mundo, opresión ontológica o trascendental, pero también origen y coartada de
toda opresión en el mundo. Pensamiento, en fin, que quiere liberarse de una
filosofía fascinada por «la faz del ser que aparece en la guerra» y «se decanta
en el concepto de totalidad que domina la filosofía occidental» (TI, X).
2. Este pensamiento
quiere, no obstante, definirse en su posibilidad primera como metafísica
(noción griega, sin embargo, si seguimos la vena de nuestra cuestión).
Metafísica que Levinas quiere liberar de su subordinación, y cuyo concepto
quiere restaurar contra la totalidad de la tradición salida de Aristóteles.
3. Este pensamiento
apela a la relación ética -relación no violenta con lo infinito como
infinitamente-otro, con el otro- que podría, y sólo ella, abrir el espacio de
la trascendencia y liberar la metafísica. Ello sin apoyar la ética y la
metafísica sobre otra cosa que ellas mismas y sin mezclarlas con otras aguas en
su surgimiento.
Se trata, pues, de
una potente voluntad de explicación con la historia de la palabra griega.
Potente puesto que, si esta tentativa no es la primera de su género, el caso es
que alcanza en el diálogo una altura y una penetración en que los griegos -y en
primer lugar esos dos griegos que son todavía Husserl y Heidegger- son intimados a responder. La
escatología mesiánica en la que se inspira Levinas, si no quiere ni asimilarse
a lo que se llama una evidencia filosófica, ni siquiera «completar» (TI, X) la
evidencia filosófica, no se desarrolla, sin embargo, en su discurso ni como una
teología ni como una mística judías (incluso se puede entender como el proceso
de la teología y de la mística), ni como una dogmática, ni como una religión,
ni siquiera como una moral. Esta tentativa no se apoya nunca en última
instancia en la autoridad de tesis o textos hebreos. Quiere hacerse entender en
un recurso a
la experiencia misma. La experiencia misma, y lo que hay de más
irreductible en la experiencia: paso y salida hacia lo otro, lo otro mismo en
lo que tiene de más irreductiblemente otro: el otro. Recurso que no se confunde
con lo que se ha llamado siempre un procedimiento filosófico, pero que llega a
un punto en que la filosofía excedida no puede no estar concernida. A decir
verdad, la escatología mesiánica no llega a proferirse literalmente jamás: se
trata solamente de designar en la experiencia desnuda un espacio, un hueco
donde aquélla pueda oírse y donde deba resonar. Este hueco no es una abertura
entre otras. Es la abertura misma, la abertura de la abertura, lo que no se
deja encerrar en ninguna categoría o totalidad, es decir, todo lo que, en la
experiencia, no se deja ya describir en la conceptualidad tradicional y
resiste, incluso, a todo filosofema.
¿Qué significan
esta explicación y este desbordamiento recíprocos de dos orígenes y de dos
palabras históricas, el hebraísmo y el helenismo? ¿Se anuncian ahí un impulso
nuevo, alguna extraña comunidad que no sea el retorno en espiral de la
promiscuidad alejandrina? Si se piensa que también Heidegger quiere abrir el paso a una palabra
antigua que, apoyándose en la filosofía, lleve más allá o más acá de la
filosofía, ¿qué significan aquí este otro paso y esta otra palabra? Y sobre
todo, ¿qué significa este requerido apoyarse en la filosofía en el que aquéllas
siguen dialogando? Este espacio de interrogación es el que hemos elegido para
una lectura -muy parcial- de la
obra de Levinas.
Desde luego, no
tenemos la ambición de explorar ese espacio, ni siquiera a título de un tímido
comienzo. Apenas vamos a intentar indicarlo, y de lejos. Querríamos en primer
lugar, en el estilo del comentario (y a pesar de algunos paréntesis y notas en
que se contendrá nuestra perplejidad), ser fieles a los temas y a las audacias
de un pensamiento. También en su historia, cuya paciencia y cuya inquietud
resumen ya, y soportan, la interrogación recíproca de la que queremos hablar.
Después intentaremos plantear algunas cuestiones. Si consiguiesen aproximarse
al alma de esta explicación, en ningún caso serán objeciones: sino más bien las
cuestiones que nos
plantea Levinas.
Acabamos de decir
«temas» e «historia de un pensamiento». La dificultad es clásica, y no es sólo
de método. La brevedad de estas páginas la agravará. No escogeremos. Nos
negaremos a sacrificar la historia del pensamiento y de las obras de Levinas al
orden y al haz de temas -no hay que decir sistema- que se reúnen y se
enriquecen en el gran libro: Totalidad e infinito. Pues si hay que creer, por una vez,
al mayor acusado del proceso instruido en este libro, el resultado no es nada
sin el devenir. Pero no sacrificaremos tampoco la unidad fiel a sí misma de la
intención, al devenir que no sería entonces más que un puro desorden. No
escogeremos entre la abertura y la totalidad. Seremos, pues, incoherentes, pero
sin resolvernos sistemáticamente a la incoherencia. Estará en el horizonte la
posibilidad del sistema imposible para resguardarnos del empirismo. Sin
reflexionar aquí en la filosofía de esta vacilación, anotemos entre paréntesis
que, por su simple enunciación, hemos abordado ya la problemática propia de Levinas.
I. Violencia de la luz
La salida de Grecia
estaba discretamente premeditada en la Teoría de la intuición en la fenomenología de Husserl. Era en 1930, en Francia, el primer
gran trabajo consagrado al conjunto del pensamiento husserliano. A través de
una notable exposición de los desarrollos de la fenomenología, tales como eran
entonces accesibles a partir de las obras publicadas y de la enseñanza del
maestro, a través de precauciones que hacían un lugar ya a las «sorpresas» que
podrían «reservar» la meditación y los inéditos de Husserl, la reticencia era manifiesta. El
imperialismo de la theoría inquietaba ya a Levinas. Más que cualquier otra
filosofía, la fenomenología,
en la huella de Platón, debía estar afectada de luz. Al no haber sabido
reducir la última ingenuidad, la de la mirada, ésta pre-determinaba el ser como
objeto.
La acusación es
todavía tímida y no forma un bloque.
a) En primer término, es difícil elevar
un discurso filosófico contra la luz. Y treinta años más tarde, cuando las
acusaciones contra el teoreticismo y la fenomenología -husserliana- lleguen a
ser los motivos esenciales de la ruptura con la tradición, será necesario
todavía que se dé en una cierta iluminación la desnudez del rostro, esta
«epifanía» de una cierta no-luz ante la que deberán callar y desarmarse todas
las violencias. En particular la que está vinculada a la fenomenología.
b) Luego, es
difícil pasarlo por alto, Husserl pre-determina
tan escasamente el ser como objeto que, en Ideas I, la existencia absoluta
sólo se le reconoce a la consciencia pura. Con frecuencia se ha pretendido, es
cierto, que la diferencia no contaba apenas, y que una filosofía de la
consciencia seguía siendo filosofía del objeto. La lectura de Husserl por Levinas ha sido siempre, en
relación con este punto, matizada, flexible; contrastada. Ya en la Teoría de la
intuición..., la teoría se distingue justamente de la objetividad
en general. Lo veremos más adelante: la consciencia práctica, axiológica, etc.,
es también, para Husserl, una consciencia de objeto. Levinas lo
reconoce netamente. La acusación apuntaría, entonces, en realidad, al primado
irreductible de la correlación sujeto-objeto. Pero más tarde Levinas insistirá
cada vez más en aquello que, en la fenomenología husserliana, nos lleva más
allá o más acá de «la correlación sujeto-objeto». Es, por ejemplo, «la
intencionalidad en tanto relación con la alteridad», como «exterioridad que no
es objetiva», es la sensibilidad, la génesis pasiva, el movimiento de la
temporalización, etcétera. c) Después, el sol del epékeina tes ousías iluminará
siempre para Levinas el despertar puro y la fuente inagotable del pensamiento.
No es solamente el ancestro griego del Infinito que trasciende la totalidad
(totalidad del ser o del nóema, de lo mismo o del yo), sino el instrumento de
una destrucción de la ontología y de la fenomenología sometidas a la totalidad
neutra de lo Mismo como Ser o como Yo. Todos los ensayos agrupados en 1947 bajo
el título: De
la existencia al existente se situarán bajo el signo de «la fórmula platónica
que sitúa el Bien más allá del Ser» (en Totalidad e infinito, la
«Fenomenología del Eros» describe el movimiento del epékeina tes
ousías en la experiencia misma de la caricia). En 1947, a este
movimiento que no es teológico, que no es trascendencia hacia una «existencia
superior», Levinas lo llama «ex-cendencia». Apoyándose en el ser, la ex-cendencia
es una «salida del ser y de las categorías que lo describen». Esta ex-cendencia
ética dibuja ya el lugar-más bien el no-lugar- de la metafísica como
meta-teología, meta-ontología, meta-fenomenología. Tendremos que volver a esta
lectura del epékeina
tes ousías y a sus relaciones con la ontología. Anotemos
de momento, puesto que se trata de luz, que el movimiento platónico se
interpreta de tal manera que no conduce ya al sol, sino al más allá mismo de la
luz y del ser, de la luz del ser: «A nuestra manera nos encontramos con la
idea platónica del Bien más allá del Ser», se leerá al final de Totalidad e
infinito a propósito de creación y fecundidad (el subrayado es
nuestro). A nuestra
manera, es decir, que la ex-cendencia ética no se proyecta hacia
la neutralidad del bien, sino hacia el otro, y que lo que (es) epékeina tes
ousías no es esencialmente luz, sino fecundidad o generosidad. La
creación no es creación más que de lo otro, no es posible sino como
paternidad, y las relaciones del padre con el hijo escapan a todas las
categorías de la lógica, de la ontología y de la fenomenología en las que lo
absoluto de lo otro es necesariamente lo mismo. (Pero el sol platónico, ya, ¿no
venía a iluminar el sol visible?, y la ex-cendencia ¿no se ventilaba en la
metá-fora de estos dos soles? ¿No era el Bien la fuente -necesariamente
nocturna- de toda luz? Se ha hecho notar con frecuencia: el corazón de la luz
es negro. Además el sol de Platón no ilumina solamente: engendra. El bien es el
padre del sol visible que da a los seres la «generación, el crecimiento y la
alimentación». República,
508a-509b.)
d) En fin, sin duda Levinas está muy
atento a todo lo que en los análisis de Husserl modera o complica la primordialidad de la consciencia teórica. En un
parágrafo consagrado a La consciencia no-teórica, se reconoce que el primado de
la objetividad en general no se confunde necesariamente, en Ideas I,
con el de la actitud teórica. Hay actos y objetos no teóricos «de una
estructura ontológica nueva e irreductible». «Por ejemplo -dice Husserl- el acto de valorar constituye un objeto (Gegenständlichkeit) axiológico, específico
en relación con el mundo de las cosas, constituye un ser de una nueva
región...» Levinas admite además repetidas veces que la importancia atribuida a
la objetividad teorética depende de la guía trascendental escogida casi siempre
en Ideas I:
la percepción de la cosa extensa. (Se sabía sin embargo ya que este hilo
conductor podía no ser más que un ejemplo provisional.)
A pesar de todas
estas precauciones, a pesar de una oscilación constante entre la letra y el
espíritu del husserlianismo (discutiendo casi siempre aquélla en nombre de
éste), a pesar de la insistencia en lo que se llama «fluctuación en el
pensamiento de Husserl», queda significada una ruptura a la que
ya no se volverá. La reducción fenomenológica, cuyo «papel histórico [...] no
es siquiera un problema» para Husserl, queda
prisionera de la actitud natural, posible por ella «en la medida en que ésta es
teórica». «Husserl se da la libertad de la teoría, como
se da la teoría misma.» El capítulo IV del trabajo, La consciencia teórica, señala,
en medio de un análisis ceñido y lleno de matices, el lugar de la separación:
no se puede mantener a la vez el primado del acto objetivador y la originalidad
irreductible de la consciencia no-teórica. Y si «la concepción de la
consciencia en la 5ª Untersuchung nos parece no solamente que afirma un primado de la consciencia
teórica, sino que sólo en ella ve el acceso a lo que constituye el ser del
objeto», si «el mundo existente, que se nos revela, tiene el modo de existencia
del objeto que se da a la mirada teórica», si «el mundo real es el mundo del
conocimiento», si «en su filosofía [la de Husserl] [...], el conocimiento, la
representación, no es un modo de vida del mismo grado que los otros, ni un modo
secundario», entonces «tendremos que separarnos de él».
Se prevé ya a qué
incomodidad se verá condenado más tarde un pensamiento que, aun rehusando la
excelencia de la racionalidad teorética, no dejará, sin embargo, jamás de
apelar al racionalismo y al universalismo más desarraigados contra las
violencias de la mística y de la historia, contra el rapto del entusiasmo y del
éxtasis. Se prevén también las dificultades de un camino que lleva a una
metafísica de la separación a través de una reducción del teoreticismo. Pues es
a la separación, la distancia o la impasibilidad, a lo que apuntaban hasta
ahora las objeciones clásicas contra el teoreticismo y el objetivismo. Tendrá
más fuerza -y más peligro- denunciar, por el contrario, la ceguera del
teoreticismo, su incapacidad para salir de sí hacia la exterioridad absoluta,
hacia lo completamente-otro, hacia lo infinitamente-otro, «más objetivo que la
objetividad» (TI). Este será el verdadero blanco de Levinas: la complicidad de
la objetividad teórica y de la comunión mística. Unidad premetafísica de una
sola e idéntica violencia. Alternancia que modifica el encierro, siempre el
mismo, de lo otro.
En 1930, Levinas se
vuelve hacia Heidegger contra Husserl. Se ha publicado entonces Sein und Zeit, y comienza
a irradiar la enseñanza de Heidegger. Todo
lo que desborda el comentario y la «letra» del texto husserliano se orienta
hacia la «ontología», «en el sentido muy especial que Heidegger da a este término» (THI). En su
crítica a Husserl Levinas retiene aquí dos temas
heideggerianos: 1. a pesar de «la idea tan profunda de que en el orden
ontológico, el mundo de la ciencia es posterior al mundo concreto y vago de la
percepción, y depende de él» Husserl «se ha
equivocado quizás al ver, en este mundo concreto, un mundo de objetos
percibidos ante todo» (THI). Más lejos va Heidegger, para quien este mundo no está en
primer lugar dado a una mirada, sino (formulación ante la que cabe preguntarse
si Heidegger la hubiera aceptado) «en su ser mismo,
como un centro de acción, como un campo de actividad o de solicitud»
(ibíd.).
2. si bien ha tenido razón contra el historicismo y la historia
naturalista, Husserl ha descuidado «la situación histórica
del hombre... tomada en otro sentido». Hay una historicidad y una temporalidad
del hombre que no son solamente sus predicados, sino «la sustancialidad misma
de su sustancia». Eso es «esta estructura... que ocupa un lugar tan importante
en el pensamiento de un Heidegger» (ibíd.).
Se prevé ya a qué
incomodidad se verá condenado más tarde un pensamiento que, aun rehusando la
excelencia de una «filosofía» que «parece... tan independiente de la situación
histórica del hombre como la teoría que aspira a considerar todo sub specie
aeternitatis» (THI), no cesará más tarde de recurrir, como a la
experiencia, a lo «escatológico» que «en tanto que el “más allá” de la historia
arranca los seres a la jurisdicción de la historia...» (TI). No hay aquí
contradicción, sino un desplazamiento de conceptos -aquí del concepto de
historia- que debemos seguir. Quizás entonces la apariencia de contradicción se
desvanecerá como el fantasma de una filosofía atrapada en su conceptualidad
elemental. Contradicción según lo que Levinas llamará a menudo «lógica formal».
Sigamos este
desplazamiento. Lo que se le reprocha a Husserl respetuosamente, moderadamente, en un estilo heideggeriano, no tardará
apenas en convertirse en base de acusación en una requisitoria vuelta esta vez
contra Heidegger, y cuya violencia no cesará de crecer.
No se trata ciertamente de denunciar como un teoreticismo militante un
pensamiento que, desde su primer acto, rehusó tratar la evidencia del objeto
como su último recurso; y para el que la historicidad del sentido, según los
propios términos de Levinas, «arruina la claridad y la constitución en tanto
que modos de existencia auténticos del espíritu» (EDE); para el que, en fin,
«la evidencia no es ya el modo fundamental de la intelección», «la existencia
es irreductible a la luz de la evidencia» y «el drama de la existencia» se
representa «antes de la luz» (ibíd.). Sin embargo, en una singular
profundidad -pero el hecho y la acusación son así aún más significativos- Heidegger habría, todavía, puesto en cuestión y
reducido el teoreticismo en nombre de -y desde su interior- una tradición
grecoplatónica vigilada por la instancia de la mirada y la metáfora de la luz.
Es decir, por la pareja espacial del adentro-afuera (pero ¿es esta, de parte a
parte, una pareja espacial?), de la que vive la oposición sujeto-objeto. Al
pretender reducir este último esquema, Heidegger habría retenido lo que lo hacía posible y necesario:
la luz, el desvelamiento, la comprensión o la pre-comprensión. Es lo que se nos
dice en textos que fueron escritos después de Descubriendo la existencia. «El
cuidado heideggeriano, completamente iluminado por la comprensión (incluso si
la comprensión misma se da como cuidado), está ya determinado por la estructura
“adentro-afuera” que caracteriza a la luz.» Al conmover la estructura
«adentro-afuera» en ese punto en que habría resistido a Heidegger, Levinas no pretende en lo más mínimo
borrarla o negar su sentido y su existencia. Ni tampoco, por otra parte, cuando
se trata de la oposición sujeto-objeto o cogito-cogitatum. En un estilo en el
que se reconoce aquí el pensamiento fuerte y fiel (es también el estilo de Heidegger), Levinas respeta la zona o la capa de
verdad tradicional; y las filosofías cuyos presupuestos describe no son, en
general, ni refutadas ni criticadas. Aquí, por ejemplo, se trata simplemente de
hacer aparecer bajo esta verdad, fundándola y disimulándose en ella, «una
situación que precede a la escisión del ser en un adentro y un afuera». Y sin
embargo instaurar, en un sentido que deberá ser nuevo, tan nuevo, una
metafísica de la separación y de la exterioridad radicales. Se presiente que
esta metafísica tendrá dificultades para encontrar su lenguaje en el elemento
de un logos tradicional controlado enteramente por la estructura
«adentro-afuera», «interioridad-exterioridad».
Así, «sin ser
conocimiento, la temporalidad de Heidegger es
un éxtasis, el “ser fuera de sí”. No trascendencia de la teoría, pero sí, ya,
salida de una interioridad hacia una exterioridad». La estructura del Mitsein será a su vez interpretada como
herencia platónica y pertenencia al mundo de la luz. En efecto, a través de la
experiencia del eros y de la paternidad, a través de la espera de la muerte,
debería surgir una relación con lo otro que no se deja comprender ya como
modificación de «la noción eleática del Ser» (TA). Ésta exigiría que la
multiplicidad sea comprendida y sometida al imperio de la unidad. Esa noción
regiría todavía la filosofía de Platón, según Levinas, hasta en su concepto de
la feminidad (pensada como materia en las categorías de la actividad y la
pasividad) y hasta en su concepto de la ciudad que «debe imitar el mundo de las
ideas» (TA).
«Querríamos
ponernos en camino hacia un pluralismo que no se fusione en unidad; y, si es
que esto puede osarse, romper con Parménides» (TA). Levinas nos exhorta, pues,
a un segundo parricidio. Hay que matar al padre griego que nos mantiene todavía
bajo su ley: a lo que un Griego -Platón- no pudo nunca resolverse sinceramente,
difiriéndolo en un asesinato alucinatorio. Pero lo que un Griego, en este caso,
no pudo hacer, un no-Griego ¿podrá conseguirlo de otro modo que disfrazándose
de griego, hablando
griego, fingiendo hablar griego para acercarse al rey? Y como se trata de
matar una palabra, ¿se sabrá alguna vez quién es la última víctima de esta
ficción? ¿Se puede fingir hablar un lenguaje? El extranjero de Elea y discípulo
de Parménides había tenido que darle la razón a éste para llegar a dar cuenta
de él: plegando el no-ser a ser, había necesitado «despedir a no sé qué
contrario del ser» y confinar el no-ser en su relatividad al ser, es decir, en
el movimiento de la alteridad.
¿Por qué era
necesaria la repetición del asesinato según Levinas? Porque el gesto platónico
será ineficaz mientras la multiplicidad y la alteridad no sean entendidos como soledad absoluta
del existente
en su existir.
Es entonces la traducción escogida por Levinas, «por razones de eufonía»
(TA) para Seiendes y Sein. Esta elección no dejará de mantener un
cierto equívoco; por existente Levinas entiende, en efecto, casi siempre, si
es que no siempre, el ente-hombre, el ente en la forma del Dasein. Ahora bien, el existente comprendido
así no es el ente (Seiendes) en general, sino que remite -y en
primer término porque es la misma raíz- a lo que llama Heidegger Existenz, «modo de ser y, justamente, el ser de
aquel ente que se mantiene abierto a la apertura del ser y en ella». Was bedeutet «Existenz» in Sein und Zeit? Das Wort nennt eine Weise des Seins, und zwar das Sein desjenigen Seienden, das offen steht für die Offenheit des Seins, in der es steht, indem es sie aussteht (Introd. a Was ist Metaphysik).
Ahora bien, esta
soledad del «existente» en su «existir» sería primera, no podría pensarse a
partir de la unidad neutra del existir, que Levinas describe con
frecuencia, y tan profundamente, bajo el título de Hay. Pero el «hay» ¿no es la
totalidad de lo ente indeterminado, neutro, anónimo, etc., más bien que el ser
mismo? Habría que confrontar sistemáticamente este tema del «hay» con las
alusiones que hace Heidegger
al «es gibt» (Sein und Zeit, Carta sobre el humanismo). Confrontar también el horror o el terror, que
Levinas opone a la angustia heideggeriana, con la experiencia del pavor (Scheu), de la que dice Heidegger, en el Nachwort a Was ist Metaphysik, que
«habita cerca de la angustia esencial».
Del fondo de esta
soledad surge la relación con lo otro. Sin ella, sin este secreto primero, el
parricidio es una ficción teatral de la filosofía. Partir de la unidad del
«existir» para comprender el secreto, bajo el pretexto de que éste existe o
de que es
el secreto del existente, «sería encerrarse en la unidad y dejar escapar a
Parménides de todo parricidio» (TA). Desde entonces, pues, Levinas se orienta
hacia un pensamiento de la diferencia originaria. ¿Está este pensamiento en
contradicción con las intenciones de Heidegger? ¿Hay una diferencia entre esta diferencia y la
diferencia de que habla este último? ¿Es más que verbal su proximidad? ¿Y cuál
es la diferencia más originaria? Son cuestiones que abordaremos más
adelante.
Mundo de luz y de
unidad, «filosofía de un mundo de la luz, de un mundo sin tiempo». En esta
heliopolítica, «el ideal social se buscará en un ideal de fusión... el
sujeto... hundiéndose en una representación colectiva, en un ideal común. Es la
colectividad que dice “nosotros” la que, vuelta hacia el sol inteligible, hacia
la verdad, siente al otro a su lado, y no frente a sí... El Miteinandersein
sigue siendo también la colectividad del con, y como se revela en su forma
auténtica es en torno a la verdad». Ahora bien, «por nuestra parte, esperamos
mostrar que no es la preposición mit la que debe describir la relación
original con el otro». Bajo la solidaridad, bajo el compañerismo, antes del Mitsein que sólo sería una forma derivada y
modificada de la relación originaria con el otro, Levinas apunta ya al cara a
cara y al encuentro del rostro. «Cara a cara sin intermediario» ni «comunión».
Sin intermediario y sin comunión, ni mediatez ni inmediatez, tal es la verdad
de nuestra relación con el otro, la verdad ante la que el logos tradicional es
para siempre inhospitalario. Verdad impensable de la experiencia viva a la que
incesantemente vuelve Levinas, y que la palabra filosófica no puede intentar
abrigar sin mostrar enseguida, en su propia luz, grietas lamentables, y su
rigidez, en lo que se había tomado por solidez. Se podría mostrar, sin duda,
que la escritura de Levinas tiene esta propiedad, la de moverse siempre, en sus
momentos decisivos, a lo largo de esas grietas, progresando con maestría
mediante negaciones y negación contra negación. Su vía propia no es la de un «o
bien... o bien», sino de un «ni... ni tampoco». La fuerza poética de la
metáfora es muchas veces la huella de esta alternativa rehusada y de esta
herida en el lenguaje. A través de ella, en su abertura, la experiencia misma
se muestra en silencio.
Sin intermediario y
sin comunión, proximidad y distancia absolutas: «... eros donde, en la
proximidad del otro, la distancia se mantiene íntegramente, y cuya patética
viene a la vez de esta proximidad y de esta dualidad». Comunidad de la
no-presencia, en consecuencia, de la no-fenomenalidad. No comunidad sin luz, no
sinagoga con los ojos vendados, sino comunidad anterior a la luz platónica. Luz
antes de la luz neutra, antes de la verdad que se presenta como tercera, «hacia
la que se mira juntos», verdad de juicio y de arbitrio. Lo otro, lo
completamente otro, sólo puede manifestarse como lo que es, antes de la verdad
común, en una cierta no-manifestación y en una cierta ausencia. Sólo de él
puede decirse que su fenómeno es una cierta no-fenomenalidad, que su presencia
(es) una cierta ausencia. No ausencia pura y simple, pues la lógica acabaría
así volviendo a arreglar sus cuentas, sino una cierta ausencia. Lo muestra bien
esta formulación: en esa experiencia de lo otro la lógica de la
no-contradicción, todo lo que Levinas designará bajo el nombre de «lógica
formal», se ve discutida en su raíz. Esta raíz no sería sólo la de nuestro
lenguaje, sino la del conjunto de la filosofía occidental, en particular de la
fenomenología y la ontología. Esta ingenuidad les impediría pensar lo otro (es
decir, pensar; y la razón sería así, pero no es Levinas el que lo ha dicho, «la
enemiga del pensamiento») y ordenar su discurso a él. La consecuencia sería
doble. a)
Al no pensar lo otro, no tienen el tiempo. Al no tener el tiempo, no tienen
la historia. La alteridad absoluta de los instantes, sin la que no habría
tiempo, no puede producirse -constituirse- en la identidad del sujeto o del
existente. Aquélla viene al tiempo por el otro. Bergson y Heidegger lo habrían ignorado (EE). Husserl, todavía más. b) Más grave, privarse de
lo otro (no por una especie de destete, separándose de él, lo cual es
justamente relacionarse con él, respetarlo, sino ignorándolo, es decir,
conociéndolo, identificándolo, asimilándolo), privarse de lo otro es encerrarse
en una soledad (mala soledad de solidez y de identidad consigo) y reprimir la
trascendencia ética. En efecto, si la tradición parmenídea -y sabemos ahora lo
que esto significa para Levinas- ignora la irreductible soledad del
«existente», ignora, por ello mismo, la relación con lo otro. Aquélla no piensa
la soledad, no se aparece como soledad porque es soledad en totalidad y
opacidad. «El solipsismo no es ni una aberración ni un sofisma; es la
estructura de la razón misma. » Hay, pues, un soliloquio de la razón y una
soledad de la luz. Incapaces de responder a lo otro en su ser y en su sentido,
fenomenología y ontología serían, pues, filosofías de la violencia. A través de
ellas, toda la tradición filosófica en su sentido profundo estaría ligada a la
opresión y el totalitarismo de lo mismo. Vieja amistad oculta entre la luz y el
poder, vieja complicidad entre la objetividad teórica y la posesión
técnico-política. «Si se pudiese poseer, captar y conocer lo otro, no sería lo
otro. Poseer, conocer, captar son sinónimos del poder» (TA). Ver y saber, tener
y poder, sólo se despliegan en la identidad opresiva y luminosa de lo mismo, y
siguen siendo, a los ojos de Levinas, las categorías fundamentales de la
fenomenología y la ontología. Todo lo que me está dado en la luz parece estarme
dado a mí mismo por mí mismo. Desde ese momento, la metáfora heliológica simplemente
aparta nuestra vista y proporciona una excusa a la violencia histórica de la
luz: desplazamiento de la opresión técnico-política hacia la falsa inocencia
del discurso filosófico. Pues se ha creído siempre que las metáforas
quitaban gravedad a las cosas y a los
actos, los hacían inocentes. Si no hay historia más que por el lenguaje, y si
el lenguaje (salvo cuando nombra el ser mismo o la nada: casi nunca) es
elementalmente metafórico, Borges tiene razón: «Quizás la historia universal no
es más que la historia de algunas metáforas». De esas pocas metáforas
fundamentales, la luz no es más que un ejemplo, pero ¡qué ejemplo! ¿Quién podrá
dominarla, quién dirá jamás su sentido sin dejarse primero decir por éste? ¿Qué
lenguaje escapará jamás de ella? ¿Cómo se liberará de ella, por ejemplo, la
metafísica del rostro como epifanía del otro? La luz no tiene quizás contrario, no
lo es, sobre todo, la noche. Si todos los lenguajes se debaten en ella, simplemente
modificando la misma metáfora y escogiendo la mejor luz, Borges,
unas páginas más adelante, vuelve a tener razón: «Quizás la historia universal
no es más que la historia de las diversas entonaciones de algunas
metáforas» (La esfera de Pascal. La cursiva es nuestra).
II. Fenomenología, ontología,
metafísica
Estos caminos eran
de carácter crítico, pero obedecían a la voz de certezas plenas. Sólo que éstas
apenas llegaban a aparecer, a través de ensayos, análisis concretos y sutiles
que exponían el exotismo, la caricia, el insomnio, la fecundidad, el trabajo,
el instante, el cansancio hasta el punto, hasta la punta de lo indescriptible
indestructible que encenta la conceptualidad clásica, y que buscaban, en medio
de rechazos, su propia conceptualidad. Totalidad e infinito, la gran obra,
no sólo enriquece esos análisis concretos, los organiza dentro de una potente
arquitectura.
Al movimiento
positivo que lleva más allá del menosprecio o del desconocimiento de lo otro,
es decir, más allá de la apreciación o de la toma, de la comprensión y del
conocimiento del otro, Levinas lo llama metafísica o ética. La trascendencia
metafísica es deseo.
Este concepto de
deseo es lo más anti-hegeliano posible. No designa el movimiento de negociación
y de asimilación, la negación de la alteridad necesaria en primer término para
llegar a ser «consciencia de sí», «cierta de sí» (Fenomenología del
espíritu y Enciclopedia). El deseo es por
el contrario, para Levinas, el respeto y el conocimiento del otro como otro,
momento ético-metafísico que la consciencia debe prohibirse transgredir.
Este gesto de transgresión y de asimilación sería, por el contrario, según Hegel, una necesidad esencial. Levinas ve ahí
una necesidad natural, pre-metafísica, y separa, en bellos análisis, el deseo
del goce; lo que no parece hacer Hegel. El goce
está simplemente diferido en el trabajo: el deseo hegeliano no sería, pues, más
que la necesidad en el sentido de Levinas. Pero las cosas llegarían a parecer
más complicadas, cabe plantear la duda, en caso de seguir minuciosamente el
movimiento de la certeza y de la verdad del deseo en la Fenomenología del espíritu. A
pesar de sus protestas antikierkegaardianas, Levinas se encuentra aquí con
los temas de Temor
y temblor: el movimiento del deseo no puede ser lo que es más que
como paradoja, como renuncia a lo deseado.
Ni la
intencionalidad teórica ni la afectividad de la necesidad agotan el movimiento
del deseo: aquéllas tienen como sentido y como fin cumplirse, colmarse,
satisfacerse en la totalidad y la identidad de lo mismo. El deseo, por el
contrario, se deja apelar por la exterioridad absolutamente irreductible de lo
otro, ante lo que debe mantenerse infinitamente inadecuado. Sólo se iguala a la
desmesura. Ninguna totalidad se cerrará jamás sobre él. La metafísica del deseo
es, pues, metafísica de la separación infinita, pero no consciencia de la
separación como consciencia judía, como consciencia desgraciada: en la Odisea
hegeliana la desgracia de Abraham queda
determinada como provisión, como necesidad provisional de una figura y de un
paso en el horizonte de la reconciliación, del retorno a sí y del saber
absoluto. Además, el deseo no es desgraciado. Es apertura y libertad. Y lo
infinito deseado puede dirigirlo, pero jamás saciarlo con su presencia. «Y si
el deseo tuviese que cesar con Dios, / ¡Ay!, envidiaría tu infierno.»
(¿Se nos permitirá citar a Claudel para comentar a Levinas, a pesar de que éste
polemiza también con ese «espíritu admirado desde [nuestra] juventud»? [DL].)
Lo infinitamente
otro es lo invisible puesto que la visión sólo se abre a la exterioridad
ilusoria y relativa de la teoría y la necesidad. Exterioridad provisional que
se da uno con
vistas a consumirla, a consumarla. Inaccesible, lo invisible es
lo altísimo. Esta expresión -afectada quizás por las resonancias platónicas
evocadas por Levinas, pero sobre todo por otras que se reconocerán más
rápidamente- desgarra, por el exceso superlativo, la letra espacial de la
metáfora. Por alta que sea, la altura es siempre accesible; lo altísimo, en
cambio, es más alto que la altura. Ningún aumento de altura podría medirlo. No
pertenece al espacio, no es del mundo. Pero ¿de qué tipo es la necesidad de
esta inscripción del lenguaje en el espacio en el momento de excederlo? Y si el
polo de la transcendencia metafísica es no-altura espacial, ¿qué legitima en
última instancia la expresión trans-ascendencia tomada de J. Wahl? El tema del rostro nos ayudará a
comprenderlo quizás.
El yo es lo mismo.
La alteridad o la negatividad interna al yo, la diferencia interior no es más
que una apariencia: una ilusión, un «juego de lo Mismo», el «modo de
identificación» de un yo cuyos momentos esenciales se llaman el cuerpo, la
posesión, la casa, la economía, etc. Levinas les consagra bellas descripciones.
Pero este juego de lo mismo no es monótono, no se repite en el monólogo y la
tautología formal. Comporta, en tanto trabajo de identificación y producción
concreta del egoísmo, una cierta negatividad. Negatividad finita, modificación
interna y relativa por la que el yo se afecta a sí mismo en su movimiento de
identificación. Se altera, así, hacia sí en sí. La resistencia ofrecida al
trabajo, provocando éste, sigue siendo un momento de lo mismo, momento finito
que conforma sistema y totalidad con el agente. Ni que decir tiene, Levinas
describe así la historia como ceguera a lo otro y laboriosa procesión de
lo mismo. Podrá preguntarse si la historia puede ser la historia, si hay historia
cuando la negatividad queda encerrada en el círculo de lo mismo y cuando el
trabajo no se tropieza verdaderamente con la alteridad, cuando se da a sí mismo
su resistencia. Cabrá preguntarse si la historia misma no comienza con esa
relación con lo otro que Levinas sitúa más allá de la historia. El esquema de
esta cuestión podría dominar toda la lectura de Totalidad e infinito. Se asiste
así, en cualquier caso, a ese desplazamiento del concepto de historicidad del
que hablábamos más arriba. Hay que reconocer que sin este desplazamiento,
ningún anti-hegelianismo podría ser consecuente de principio a fin. Se ha
cumplido, pues, la condición necesaria de este anti-hegelianismo.
Hay que tener
cuidado con esto: este tema de la tautología concreta (no-formal) o de la falsa
heterología (finita), este tema difícil se propone bastante discretamente al
comienzo de Totalidad
e infinito; pero condiciona todas las afirmaciones de este libro.
Si la negatividad (trabajo, historia, etc.) no contiene jamás relación con lo
otro, si lo otro no es la simple negación de lo mismo, entonces ni la
separación ni la trascendencia metafísica se piensan bajo la categoría de la
negatividad. De la misma manera que -lo veíamos más arriba- la simple
consciencia interna no podría, sin la irrupción de lo totalmente otro, darse el
tiempo y la alteridad absoluta de los instantes, así también el yo no puede
engendrar en sí la alteridad sin el encuentro del otro.
Si estas
proposiciones iniciales que autorizan la ecuación del yo con lo mismo no nos
convencen, nada lo hará ya. Si no se sigue a Levinas cuando afirma que lo que
se ofrece al trabajo o al deseo -en el sentido hegeliano (por ejemplo, la
objetividad natural)- pertenece al yo, a su economía (a lo mismo), no le ofrece
la resistencia absoluta reservada a lo otro (el otro), si se está tentado por
pensar que esta última resistencia supone, en su sentido más propio, pero sin
confundirse con ella, la posibilidad de la resistencia de las cosas (la
existencia del mundo que no es yo, y en el que estoy, de forma tan original
como se quiera, por ejemplo como origen del mundo en el mundo...), si no se
sigue a Levinas cuando afirma que la verdadera resistencia a lo mismo no es la
de las cosas, no es real, sino inteligible, si se está en
contra de la noción de resistencia puramente inteligible, ya no podrá seguirse
a Levinas. Y no podrán seguirse sin un malestar indefinible las operaciones
conceptuales a las que da lugar la disimetría clásica de lo mismo y lo otro al
dejarse invertir; o (diría una mentalidad clásica), al fingir prestarse a tal
inversión, manteniéndose sin embargo como la misma, impasible bajo una
sustitución algebraica.
¿De qué clase es,
pues, este encuentro con lo absolutamente-otro? Ni representación, ni
limitación, ni relación conceptual con lo mismo. El yo y lo otro no se dejan
dominar, no se dejan totalizar por un concepto de relación. Y en primer lugar
porque el concepto (materia del lenguaje), siempre dado a lo otro, no puede
cerrarse sobre lo otro, comprenderlo. La dimensión dativa o vocativa, en la
medida en que abre la dirección originaria del lenguaje, no podría dejarse
comprender y modificar en la dimensión acusativa o atributiva del objeto sin
violencia. El lenguaje, pues, no puede totalizar su propia posibilidad y comprender
en sí su propio origen o su propio fin.
A decir verdad, no
hay que preguntarse de qué clase es este encuentro: es el encuentro,
la única salida, la única aventura fuera de sí, hacia lo
imprevisiblemente-otro. Sin esperanza de retorno. En todos los sentidos de esta
expresión, y por eso esta escatología que no espera nada parece a veces
infinitamente desesperada. A decir verdad, en La huella de lo otro, la
escatología no sólo «parece» desesperada. Se da como tal y la renuncia forma
parte de su significación esencial. Al describir la liturgia, el deseo y la
obra como rupturas de la Economía y de la Odisea, como imposibilidad de retorno
a lo mismo, Levinas habla de una «escatología sin esperanza para sí o
liberación respecto a mi tiempo».
No hay pues
conceptualidad del encuentro: éste se hace posible por lo otro, por lo
imprevisible, «refractario a la categoría». El concepto supone una
anticipación, un horizonte en que la alteridad se amortigua al enunciarse, y
dejarse prever. Lo infinitamente-otro no se enlaza en un concepto, no se piensa
a partir de un horizonte que es siempre horizonte de lo mismo, la unidad
elemental en la que los surgimientos y las sorpresas vienen a ser acogidos
siempre por una comprensión, son reconocidos. Se debe pensar, así, contra una
evidencia de la que se podría creer -de lo que todavía no se puede no creer-
que es el éter mismo de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje. Intentar
pensar lo contrario corta el aliento. No se trata sólo de pensar lo contrario,
que es todavía su cómplice, sino de liberar su pensamiento y su lenguaje
para el encuentro más allá de la alternativa clásica. Sin duda este encuentro
que, por primera vez, no tiene la forma del contacto intuitivo (en la ética, en
el sentido que le da Levinas, la prohibición principal, central, es la del
contacto), sino la de la separación (el encuentro como separación, otra rotura
de la «lógica formal»), sin duda este encuentro con lo imprevisible mismo es
la única abertura posible del tiempo, el único porvenir puro, el único gasto
puro más
allá de la historia como economía. Pero este porvenir no es otro
tiempo, un mañana de la historia. Está presente en el corazón de la
experiencia. Presente no de una presencia total sino de la huella. La
experiencia misma es, pues, escatológica, por su origen y de parte a parte,
antes de todo dogma, toda conversión, todo artículo de fe o de filosofía.
Cara a cara con el
otro en una mirada y una palabra que mantienen la distancia e interrumpen todas
las totalidades, este estar-juntos como separación precede o desborda la
sociedad, la colectividad, la comunidad. Levinas lo llama religión.
Y ésta abre la ética. La relación ética es una relación religiosa (DL). No una religión,
sino la
religión, la religiosidad de lo religioso. Esta trascendencia más allá de
la negatividad no se efectúa en la intuición de una presencia positiva,
«instaura, simplemente, el lenguaje en que ni el no ni el sí son la primera
palabra» (TI), sino la interrogación. Interrogación no teórica, sin embargo,
cuestión total, desamparo e indigencia, súplica, ruego exigente dirigido a una
libertad, es decir, mandato: el único imperativo ético posible, la única
no-violencia encarnada puesto que es respeto del otro. Respeto inmediato del
otro mismo puesto que no pasa, podría quizás decirse sin seguir ninguna
indicación literal de Levinas, por el elemento neutro de lo universal y por el
respeto -en el sentido kantiano- de la Ley.
Esta restauración
de la metafísica permite entonces radicalizar y sistematizar las reducciones
anteriores de la fenomenología y la ontología. La visión es, sin duda, en primera
instancia, un conocimiento respetuoso y la luz pasa por ser el elemento que más
fielmente, de la manera más neutra, en tercera persona, deja ser lo conocido.
La relación teórica no ha sido el esquema preferido de la relación metafísica
por azar (cf. TI). Cuando el tercer término es, en su más neutra
indeterminación, luz del ser -que no es ni un ente ni un no-ente, mientras que
lo mismo y lo otro son- la relación teórica es ontología. Ésta, según Levinas,
devuelve siempre lo otro al seno de lo mismo gracias a la unidad del ser. Y la
libertad teorética que accede al pensamiento del ser no es más que la
identificación de lo mismo, luz en que yo me doy lo que digo encontrar,
libertad económica
en el sentido particular que Levinas da a esta palabra. Libertad en la
inmanencia, libertad pre-metafísica, podría casi decirse física, libertad
empírica incluso si en la historia se llama razón. La razón sería naturaleza.
La metafísica se abre cuando la teoría se critica como ontología, como
dogmatismo y espontaneidad de lo mismo, cuando, saliendo de sí, se deja someter
a cuestión por lo otro en el movimiento ético. La metafísica, posterior de
hecho, como crítica de la ontología, es por derecho y filosóficamente, primera.
Si es verdad que «la filosofía occidental ha sido las más de las veces una
ontología» dominada desde Sócrates por una Razón que no recibe más que lo que
ella se da a sí misma, que no hace jamás sino acordarse de sí misma, si la
ontología es una tautología y una egología, es que ha neutralizado siempre, en todos
los sentidos de la palabra, lo otro. La neutralización fenomenológica, cabría
la tentación de decirlo, da su forma más sutil y más moderna a esta
neutralización histórica, política y policial. Sólo la metafísica podría
liberar a lo otro de esa luz del ser o del fenómeno que «quita al ser su
resistencia».
La «ontología»
heideggeriana, a pesar de seductoras apariencias, no escaparía a este esquema.
Seguiría siendo todavía «egología» e incluso «egoísmo»: «Sein
und Zeit no ha sostenido quizás más que una
sola tesis: el ser es inseparable de la comprensión del ser (que se desarrolla
como tiempo), el ser es ya apelación a la subjetividad. El primado de la
ontología heideggeriana no reposa sobre el truismo: “Para comprender el ente,
hay que haber comprendido el ser del ente”. Afirmar la prioridad del ser en
relación al ente
es pronunciarse ya sobre la esencia de la filosofía, subordinar la relación
con alguien,
que es un ente (la relación ética), a una relación con el ser del ente
que, impersonal, permite la aprehensión, la dominación del ente (en una
relación de saber), subordina la justicia a la libertad... modo de permanecer
lo Mismo en el seno de lo Otro». A pesar de todos los malentendidos que pueden
entrar en este tratamiento del pensamiento heideggeriano -lo estudiaremos por
sí mismo más adelante-, en todo caso la intención de Levinas parece clara. El
pensamiento neutro del ser neutraliza al otro como ente: «La ontología como
filosofía primera es una filosofía del poder», filosofía de lo neutro, tiranía
del estado como universalidad anónima e inhumana. Aquí se sostienen las
premisas de una crítica de la alienación estatal cuyo anti-hegelianismo no
sería ni subjetivista ni marxista; ni anarquista, pues es una filosofía del
«principio, que sólo es posible como mandato». Las «posibilidades»
heideggerianas siguen siendo poderes. No por ser pre-técnicos y pre-objetivos
oprimen y poseen menos. Por otra paradoja, la filosofía de lo neutro comunica
con una filosofía del lugar, del enraizamiento, de las violencias paganas, del
rapto, del entusiasmo, filosofía expuesta a lo sagrado, es decir, a lo divino
anónimo, a lo divino sin Dios (DL). Para ser completo, «materialismo
vergonzoso», pues en su fondo el materialismo no es en primer lugar un
sensualismo, sino la primacía reconocida a lo neutro (TI). La noción de primacía
que tan frecuentemente usa Levinas, traduce bien todo el gesto de su
crítica. Según la indicación presente en la noción de arché, el comienzo filosófico es
inmediatamente traspuesto a mandato ético o político. El primado es
de entrada principio y jefe. Todos los pensamientos clásicos interrogados por
Levinas son arrastrados al ágora, y conminados a explicarse en un
lenguaje ético-político que no siempre han querido o creído querer hablar,
conminados a trasponerse confesando su designio violento; y un lenguaje que
hablaban ya en la ciudad, que decían claramente, a través de giros y a pesar
del desinterés aparente de la filosofía, a quién debía corresponder el poder.
Aquí se sostienen las premisas de una lectura no-marxista de la filosofía como
ideología. Las vías de Levinas son decididamente difíciles: aun rehusando el
idealismo y las filosofías de la subjetividad, debe denunciar también la
neutralidad de un «Logos que no es verbo de nadie» (ibíd.). (Sin duda se podría
mostrar que Levinas, incómodamente instalado -y ya por la historia de su
pensamiento- en la diferencia entre Husserl y Heidegger, critica siempre al uno en un estilo y
según un esquema tomados del otro, acabando por mandarlos juntos entre
bastidores como compadres en el «juego de lo Mismo» y cómplices en el mismo
golpe de fuerza histórico-filosófico.) El verbo debe no solamente ser verbo de
alguien; debe desbordar hacia el otro lo que se llama el sujeto hablante. Ni
las filosofías de lo neutro ni las filosofías de la subjetividad pueden
reconocer este trayecto de la palabra que ninguna palabra puede totalizar. Por
definición, si el otro es el otro, y si toda palabra es para el otro, ningún
logos como saber absoluto puede comprender el diálogo y el trayecto
hacia el otro. Esta incomprensibilidad, esta ruptura del logos no es el
comienzo del irracionalismo, sino herida o inspiración que abre la palabra y
hace luego posible todo logos o todo racionalismo. Un logos total debería
todavía, para ser logos, dejarse exponer a lo otro más allá de su propia
totalidad. Si hay, por ejemplo, una ontología o un logos de la comprensión del
ser (del ente), «ésta se dice ya al ente que resurge detrás del tema en que se
expone. Este “decir a Otro” -esta relación con Otro como interlocutor, esta
relación con un ente- precede a toda ontología. Es la relación última en
el ser. La ontología supone la metafísica» (TI). «Al desvelamiento del ser en
general, como base del conocimiento y como sentido del ser, preexiste la
relación con el ente que se expresa; al plano de la ontología, el plano ético.»
Así pues, la ética es la metafísica. «La moral no es una rama de la filosofía, sino la filosofía primera.»
El desbordamiento
absoluto de la ontología -como totalidad y unidad de lo mismo: el ser- por lo
otro se produce como infinito puesto que ninguna totalidad puede abrazarlo. Lo
infinito irreductible a la representación de lo infinito, que excede el ideatum en
el que es pensado, pensado como más de lo que puedo pensar, como lo que no
puede ser objeto o simple «realidad objetiva» de la idea, tal es el polo de la
trascendencia metafísica. La idea cartesiana del infinito, tras el epékeina tes
ousías, haría aflorar una segunda vez la metafísica en la
ontología occidental. Pero lo que ni Platón ni Descartes han reconocido (con
algunos otros, si se nos permite no creer tanto como Levinas en su soledad en
medio de una multitud filosófica que no entiende ni la verdadera trascendencia
ni la extraña idea de Infinito) es que la expresión de este infinito es el rostro.
El rostro no es
sólo la cara que puede ser superficie de las cosas o facies animal, aspecto o
especie. No es solamente, como quiere el origen de la palabra, lo que es visto, visto
porque desnudo. Es también lo que ve. No tanto lo que ve las cosas -relación
teórica- sino lo que intercambia su mirada. La cara no es rostro más que en el
cara a cara. Como decía Scheler (pero nuestra cita no debe hacernos olvidar que
Levinas no es nada scheleriano): «Yo no veo sólo los ojos de otro, veo también
que me mira».
¿No lo decía ya Hegel? «Pero si nos preguntamos en cuál de
estos órganos aparece toda el alma en tanto que alma, pensamos enseguida en el
ojo, pues es en el ojo donde se concentra el alma; ésta no sólo ve a través del
ojo,
sino que se deja ver ahí a su vez. De la misma manera que al hablar del
exterior del cuerpo humano hemos dicho que toda su superficie, en oposición a
la del animal, revela la presencia y las pulsaciones del corazón, diremos del
arte que tiene como tarea hacer que en todos los puntos de su superficie lo
fenoménico devenga el ojo, sede del alma que hace visible el espíritu» (Estética).
(Sobre el ojo
y la interioridad del alma, ver también extensas y bellas páginas
que no podemos citar aquí, t. III, 1. ª parte.)
Esta es quizás la
ocasión de subrayar, en relación con un punto preciso, un tema que ampliaremos
más adelante: Levinas está muy próximo a Hegel, mucho más próximo de lo que querría él mismo, y esto en el momento en
que se opone a él de la manera aparentemente más radical. Se da ahí una
situación que debe compartir con todos los pensadores anti-hegelianos, y cuya
significación última habría que meditar. Aquí, en particular, a propósito de la
relación entre el deseo y el ojo, el sonido y la teoría, la convergencia es tan
profunda como la diferencia, y no se añade ni se yuxtapone simplemente a ésta.
En efecto, como Levinas, Hegel pensaba
que el ojo,
en tanto no pretende «consumir», suspende el deseo. Es el limite mismo del
deseo (y quizás por eso su recurso) y el primer sentido teórico. No es a partir
de algún género de fisiología, sino de la relación entre muerte y deseo, como
hay que pensar la luz y la abertura del ojo. Tras haber hablado del gusto,
del tacto y del olfato, Hegel escribe
de nuevo en la Estética:
«La vista,
por el contrario, se encuentra con los objetos en una relación puramente
teórica, por intermedio de la luz, esta materia inmaterial que deja a los
objetos su libertad, aclarándolos e iluminándolos, pero sin consumirlos, como
lo hacen el aire y el fuego, de una manera imperceptible o manifiesta. La vista
exenta de deseo se dirige, pues, a todo lo que existe materialmente en el espacio,
pero que, conservando su integridad, no se manifiesta más que por la forma y el
color».
Esta neutralización
del deseo es la excelencia de la vista según Hegel. Pero es además, para Levinas, y por
las mismas razones, la primera violencia, aunque el rostro no sea lo que es
cuando la mirada esté ausente. La violencia sería, pues, la soledad de una
mirada muda, de un rostro sin palabra, la abstracción del ver. Según
Levinas, la mirada, por sí sola, contrariamente a lo que se podría creer, no respeta al
otro. El respeto, más allá de la toma y del contacto, del tocar, del olfato y
del gusto, no es posible más que como deseo, y el deseo metafísico no busca,
como el deseo hegeliano o como la necesidad, consumir. Por eso Levinas
considera el sonido por encima de la luz. (« El pensamiento es lenguaje y se
piensa en un elemento análogo al sonido y no a la luz.» ¿Qué quiere decir aquí
esta analogía,
diferencia y semejanza, relación entre el sonido sensible y el sonido del
pensamiento como palabra inteligible, entre la sensibilidad y la significación,
los sentidos y el sentido? Es una cuestión que se plantea también Hegel cuando admira la palabra Sinn.)
En Totalidad e
infinito, el movimiento de la metafísica es, pues, también la
trascendencia del oír con respecto al ver. Pero en la Estética de Hegel también: «El oído es el otro sentido
teórico. Aquí se produce lo contrario de lo que ocurre con la vista. El oído
tiene que ver no con el color, con la forma, etc., sino con los sonidos,
con las vibraciones del cuerpo, vibraciones que no son un proceso de
disociación o de evaporación, como en los objetos percibidos por el olfato,
sino un simple temblor del objeto que se mantiene él mismo intacto. Este
movimiento ideal por el que, diríamos, se manifiesta la simple subjetividad, al
resonar el alma del cuerpo, la oreja lo percibe de la misma manera teórica que
aquélla con la que el ojo percibe el color o la forma, convirtiéndose así la interioridad
del objeto en la del sujeto mismo». Pero: «... El oído que, como la vista,
forma parte no de los sentidos prácticos sino de los sentidos teóricos..., es
incluso más ideal que la vista. Pues dado que la contemplación en calma,
desinteresada de las obras de arte, lejos de intentar suprimir los objetos, los
deja por el contrario subsistir tal como son y allí donde están, lo que es
captado por la vista no es lo ideal en sí, sino que persevera por el contrario
en su existencia sensible. La oreja, en cambio, sin volverse prácticamente a
los objetos, percibe el resultado de este temblor interior del cuerpo por el
que se manifiesta y se revela, no la figura material, sino una primera
idealidad que viene del alma».
La cuestión de la analogía
nos reconduciría así a esta noción de temblor, que nos parece decisivo
en la Estética
de Hegel, en tanto que abre el paso a la
idealidad. Por otra parte, para confrontar sistemáticamente los pensamientos de
Levinas y de Hegel, sobre el tema del rostro, habría que consultar no solamente
las páginas que la Fenomenología del espíritu consagra a la fisiognomonía,
sino el parágrafo 411 de la Enciclopedia sobre el espíritu, el rostro y el lenguaje.
Por motivos que nos
son ahora familiares, el cara a cara escapa, pues, a toda categoría. Pues el
rostro se da ahí simultáneamente como expresión y palabra. No solamente mirada,
sino unidad original de la mirada y de la palabra, de los ojos y de la boca -que
habla, pero que dice también su hambre-. Es, pues, también lo que oye lo
invisible, pues «el pensamiento es lenguaje» y «se piensa en un elemento
análogo al sonido y no a la luz». Esta unidad del rostro precede, en su
significación, a la dispersión de los sentidos y de los órganos de la
sensibilidad. Su significación es, pues, irreductible. Por lo demás el rostro
no significa.
No encarna, no reviste, no señala a otra cosa que él mismo, alma,
subjetividad, etc. El pensamiento es palabra, así pues es inmediatamente
rostro. En esto, la temática del rostro pertenece a la filosofía más moderna
del lenguaje y del cuerpo propio. El otro no se señala a través de su rostro,
es ese rostro: «... absolutamente presente, en su rostro, el Otro -sin ninguna
metáfora- me hace frente». El otro no se da, pues, «en persona» y sin alegoría
más que en el rostro. Recordemos lo que decía a este respecto Feuerbach, que también ponía en comunicación los
temas de la altura, la sustancia y el rostro: «Lo que está situado más alto en
el espacio es también en la cualidad lo más alto del hombre, lo que le es más
próximo, lo que no puede separar ya de él -y es la cabeza. Si veo la cabeza de un
hombre, es a él mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo nada
más que su tronco». Aquello que no se puede separar de... es la sustancia en
sus predicados esenciales y «en sí». Levinas dice también a menudo kath’autó y
«sustancia» hablando del otro como rostro. El rostro es presencia, ousía.
El rostro no es una
metáfora, el rostro no es una figura. El discurso sobre el rostro no es una
alegoría ni, como se estaría tentado de creer, una prosopopeya. De ahí que la
altura del rostro (en relación con el resto del cuerpo) determine quizás en parte
(en parte solamente, lo veremos más adelante) la expresión altísimo,
sobre la que nos interrogábamos anteriormente. Si la altura de lo altísimo,
estaríamos tentados de decir, no pertenece al espacio (y por eso el
superlativo debe destruir el espacio construyendo su metáfora), no es por ser
extraño al espacio, sino por ser (en) el espacio, el origen del espacio, por
orientar el espacio a partir del habla y de la mirada, del rostro, de la cabeza
que gobierna desde arriba el cuerpo y el espacio. (Aristóteles compara
ciertamente el principio trascendente del bien con el jefe de los ejércitos;
ignora sin embargo el rostro, y que el dios de los ejércitos es La Faz.) El
rostro no significa, no se presenta como un signo, sino que se expresa,
dándose en
persona, en sí, kath’autó: «La cosa en sí se
expresa». Expresarse es estar detrás del signo. Estar detrás del
signo, ¿no es en
primer término estar en condiciones de asistir (a) su palabra,
prestarle su ayuda, según la expresión del Fedro pleiteando contra Thot (o
Hermes) y que Levinas hace suya muchas veces? Sólo la palabra viva, en su
dominio y su magistralidad, puede prestarse ayuda, sólo ella es expresión y no
signo sirviente. Con tal que sea verdaderamente palabra, «la voz creadora, no la voz cómplice que es una voz sirviente» (E. Jabés).
Y sabemos que todos los dioses de la escritura (Grecia, Egipto, Asiría,
Babilonia) tienen el status de dioses auxiliares, secretarios serviles del
gran dios, pasadores lunares y astutos que destronan a veces al rey por
procedimientos deshonrosos. Lo escrito y la obra no son expresiones, sino
signos, para Levinas.
Con la referencia
al epékeina
tes ousías, ese es al menos el segundo tema platónico de Totalidad e
infinito. Se lo reencuentra también en Nicolás de Cusa. «Mientras
que el obrero abandona su obra, que en adelante prosigue su destino
independiente, el verbo del profesor es inseparable de la persona misma que lo
profiere.» La crítica de la obra implicada de esta manera separa, por una vez
al menos, a Hegel de Nicolás de Cusa.
Habría que abordar
esta problemática separadamente y por sí misma. ¿Es «el discurso oral» «la
plenitud del discurso»? ¿Es lo escrito solamente «lenguaje que vuelve a ser
signo»? ¿O, en otro sentido, «palabra actividad» en la que «me ausento y falto
a mis productos» que me traicionan más bien que me expresan? La «franqueza» de
la expresión ¿está esencialmente del lado de la palabra viva para quien no es
Dios? Esta cuestión no tiene sentido, sin duda, para Levinas, que piensa el
rostro en la «semejanza» del hombre y de Dios. La altura y el magisterio de la
enseñanza ¿no están del lado de la escritura? ¿No pueden invertirse todas las
proposiciones de Levinas en relación con este punto? ¿Mostrando, por ejemplo,
que la escritura puede prestarse ayuda, pues tiene el tiempo y la
libertad, al escapar mejor que la palabra a la urgencia empírica? ¿Que, al
neutralizar las demandas de la «economía» empírica, su esencia es más
«metafísica» (en el sentido de Levinas) que el habla? ¿Que el escritor se
ausenta mejor, es decir, se expresa mejor como otro, y se dirige mejor al otro,
que el hombre de la palabra? ¿Y que, al privarse de los goces y de los efectos de sus
signos, renuncia mejor a la violencia? ¿Es verdad que aquél no pretende quizás
sino multiplicarlos hasta el infinito, olvidando así -al menos- lo otro, lo
infinitamente otro en tanto muerte, practicando así la escritura como diferancia y
economía de la muerte? El límite entre la violencia y la
no-violencia no pasa, pues, quizás, entre la palabra y la escritura, sino por
dentro de cada una de ellas. La temática de la huella (distinguida por Levinas
del efecto, de la pista o del signo que no se relacionan con el otro como
invisible absoluto) debería conducir a una cierta rehabilitación de la
escritura. El «Él» cuya trascendencia y ausencia generosa se anuncian sin
retorno en la huella ¿no es más fácilmente el autor de la escritura que el de
la palabra? La obra, la trans-economía, el gasto puro tal como Levinas lo
determina, no es ni el juego, ni la muerte. No se confunde simplemente ni con
la letra ni con la palabra. No es un signo, y su concepto no podría, en
consecuencia, recubrir el concepto de obra que se encuentra en Totalidad e
infinito. Levinas está, pues, a la vez muy cerca y muy lejos de
Nietzsche y de Bataille.
M. Blanchot expresa
su desacuerdo a propósito de esta preeminencia del discurso oral que se asemeja
a «la tranquila palabra humanista y socrática que nos hace próximo al que
habla» ¿Cómo, por otra parte, podría el
hebraísmo rebajar la letra, cuyo elogio sabe escribir tan bien Levinas? Por
ejemplo: «Admitir la acción de la literatura sobre los hombres, esta es quizás
la última sabiduría de Occidente, en que se reconocerá el pueblo de la Biblia»
(DL), y «El espíritu es libre en la letra y está encadenado en la raíz»; además
«Amar la Thora más que a Dios» es «protección contra
la locura de un contacto directo con lo Sagrado... » (DL). Se ve bien lo que
Levinas quiere salvar de la palabra viva y originaria misma. Sin su posibilidad, fuera
de su horizonte, la escritura no es nada. En ese sentido, ésta será siempre
segunda. Liberarla de esta posibilidad y de este horizonte, de esta
secundariedad esencial, es negarla como escritura y dejar paso a la gramática o
al léxico sin lenguaje, a la cibernética o a la electrónica. Pero sólo en Dios
se cumple sin desfallecimiento la palabra como presencia, como origen y
horizonte de la escritura. Habría que poder mostrar que sólo esta referencia a
la palabra de Dios distingue la intención de Levinas de la de Sócrates en el Fedro; que
para un pensamiento de la finitud originaria esta distinción no es ya posible.
Y que si la escritura es segunda entonces, nada, sin embargo, tiene lugar antes
de ella.
Por lo que
concierne a sus relaciones con Blanchot, nos parece que, a pesar de las
aproximaciones frecuentes que propone Levinas, las afinidades, profundas e
indiscutibles, pertenecen todas ellas al momento de la crítica y la
negatividad, en ese vacío de la finitud donde la escatología mesiánica llega a
resonar, en esa espera de la espera en la que Levinas ha empezado a oír una
respuesta. Esta respuesta se llama todavía espera, desde luego, pero esta
espera no se hace esperar ya para Levinas. La afinidad cesa, nos parece, en el
momento en que la positividad escatológica llega a aclarar retrospectivamente
el camino común, a levantar la finitud y la negatividad pura de la cuestión,
cuando se determina lo neutro. Blanchot podría extender sin duda a todas las proposiciones
de Levinas lo que dice de la disimetría en el espacio de la comunicación: «He
aquí lo decisivo en la afirmación de que debemos oír, y que habrá que mantener
independientemente del contexto teológico en el que esta afirmación se
presenta». Pero, ¿es eso posible? Si se lo independiza de su «contexto
teológico» (expresión que Levinas rehusaría sin duda), ¿no se vendría abajo
todo este discurso?
Estar detrás del
signo que está en el mundo es, seguidamente, permanecer invisible al
mundo en la epifanía. En el rostro, el otro se entrega en persona como otro,
es decir, como lo que no se revela, como lo que no se deja tematizar. No
podré hablar de otro, convertirlo en tema, decirlo como objeto, en acusativo.
Solamente puedo, solamente debo hablar a otro, llamarle en vocativo, que no es una
categoría, un caso
de la palabra, sino el surgimiento, la elevación misma de la palabra. Es
necesario que falten las categorías para que no se falte al otro; pero para que
no se falte al otro, es necesario que éste se presente como ausencia y aparezca
como no-fenomenalidad. Siempre detrás de sus signos y de sus obras, en su
interioridad secreta y discreta por siempre, interrumpiendo por su libertad de
palabra todas las totalidades de la historia, el rostro no es «del mundo». Es
su origen. No puedo hablar de él más que hablándole; y no puedo alcanzarle más que como debo alcanzarle.
Pero no debo alcanzarle
más que como lo inaccesible, lo invisible, lo intangible. El secreto, la
separación, la invisibilidad de Gyges («condición misma del hombre») son el
estado mismo, el status de lo que se llama la psyque. Esta separación
absoluta, este ateísmo natural, esta libertad de mentira en donde radican la
verdad y el discurso, todo eso es «una gran gloria para el creador». Afirmación
que, por una vez al menos, apenas podrá desconcertar.
Para que el rostro
presente al otro sin metáfora, la palabra no debe simplemente traducir el
pensamiento. Sin duda es necesario que el pensamiento sea ya palabra, pero es
necesario sobre todo que el cuerpo se mantenga siendo también lenguaje. Es
necesario que el conocimiento racional no sea la primera palabra de las
palabras. De creer a Levinas, la subordinación clásica del lenguaje al
pensamiento y del cuerpo al lenguaje, Husserl y Heidegger la habrían aceptado en el fondo. En
cambio, Merleau-Ponty, «mejor que otros», habría mostrado «que el pensamiento
desencarnado, que piensa la palabra antes de hablarla, el pensamiento que
constituye el mundo de la palabra, era un mito». Pero por la fuerza de un
movimiento genuino suyo, Levinas sólo asume tal extrema audacia «moderna» para
replegarla hacia un infinitismo que, en su parecer, aquélla debe suponer, y
cuya forma es muchas veces muy clásica, prekantiana más que hegeliana. Así, los
temas del cuerpo propio como lenguaje e intencionalidad no pueden eludir los
escollos clásicos, y el pensamiento no puede ser de entrada lenguaje si no se
reconoce que es de entrada e irreductiblemente relación con el otro (lo
que, nos parece, no había escapado a Merleau-Ponty), pero un otro irreductible
que me convoca sin retorno hacia afuera, pues en él se presenta el infinito
sobre el que ningún pensamiento puede cerrarse, que prohíbe el monólogo «aunque
tenga “la intencionalidad corporal” de Merleau-Ponty». Contra todas las
apariencias y contra todo lo acostumbrado, se debería reconocer, pues, aquí,
que la disociación entre pensamiento y lenguaje y la subordinación de éste a
aquél constituyen lo típico de una filosofía de la finitud. Y esta demostración
nos remitiría de nuevo al Cogito cartesiano de la tercera de las Meditaciones,
más allá de Merleau-Ponty, Heidegger y Husserl. Y ello según un esquema que nos parece
sostener el conjunto de este pensamiento; lo otro no es lo otro más que si su
alteridad es absolutamente irreductible, es decir, infinitamente irreductible;
y lo infinitamente Otro sólo puede ser lo Infinito.
Palabra y mirada,
el rostro no está, pues, en el mundo, puesto que abre y excede la totalidad.
Por eso marca el límite de todo poder, de toda violencia, y el origen de la
ética. En un sentido, el asesinato se dirige siempre al rostro, pero para
fallar siempre el intento. «El asesinato ejerce un poder sobre lo que escapa al
poder. Todavía poder, pues el rostro se expresa en lo sensible; pero ya
impotencia, puesto que el rostro desgarra lo sensible.». «El Otro es el único
ser al que puedo querer matar», pero el único también que me manda: «no
matarás», y que limita absolutamente mi poder. No oponiéndome otra fuerza en el
mundo, sino hablándome y mirándome desde otro origen del mundo, desde lo
que ningún poder finito podría oprimir. Extraña, impensable noción de
resistencia no real. Desde su artículo de 1953 (ya citado) no dice ya, que
sepamos, «resistencia inteligible» -expresión cuyo sentido pertenece todavía,
al menos por su literalidad, a la esfera de lo Mismo, y que sólo había sido
utilizada, al parecer, para significar una resistencia no-real- En Totalidad e
infinito, Levinas habla de «resistencia ética».
Lo que escapa al
concepto como poder no es, pues, la existencia en general, sino la existencia
del otro. Y en primer término porque no hay, a pesar de las apariencias,
concepto del otro. Habría que reflexionar de forma artesanal, en la dirección
en que filosofía y filología vienen a controlarse, y a unir su cuidado y su
rigor, con esta palabra «Otro» (Autrui), apuntada en silencio por la mayúscula que aumenta la neutralidad de lo
otro
(l’autre), y de la que nos servimos con tanta
familiaridad, siendo así que es el desorden mismo de la conceptualidad. ¿Es
sólo un nombre común sin concepto? Pero, en primer lugar, ¿es un nombre? No es
un adjetivo, ni un pronombre, es, pues, un sustantivo -y así lo clasifican los
diccionarios- pero un sustantivo que no es, como de costumbre, una especie de
nombre: ni nombre común, pues no soporta, como en la categoría de lo otro en general,
del héteron,
el artículo definido. Ni el plural. «En la expresión de cancillería
“l’autrui” no hay que tomar le por el artículo de autrui; se sobreentiende bien, derecho;
el bien,
el
derecho d’autrui» nota Littré, que había empezado así: «Autrui, de alter-huic, este otro, en
régimen gramatical de caso: de ahí por qué autrui está siempre en régimen y por qué autrui es menos general que los otros». Así pues, y sin hacer de la
lengua el accidente del pensamiento, habría que dar cuenta de esto: que lo que
está, en la lengua, siempre «en régimen», y en la menor generalidad, sea, por
su sentido, indeclinable y allende el género. ¿Cuál es el origen de este caso del
sentido en la lengua, de este régimen en que la lengua introduce el
sentido? «El otro» (autrui) no es, por lo demás, un nombre propio, aunque su anonimato no
signifique sino el recurso innombrable de todo nombre propio. Habría que
reflexionar pacientemente sobre lo que sucede en la lengua cuando el
pensamiento griego del héteron parece perder el aliento ante el alter-huic,
parece hacerse impotente para dominar lo que sólo él, sin embargo, permite
pre-comprender disimulando como alteridad (otro en general) aquello
que de vuelta le revelará el centro irreductible de su sentido (lo otro como el
otro). Habría que reflexionar en la complicidad de esta disimulación y de esta
pre-comprensión que no se produce dentro de un movimiento conceptual, pues la
palabra francesa autrui no designa una especie del género otro. Habría
que reflejar este pensamiento de lo otro en general (que no es un
género), pensamiento griego dentro del que esta diferencia no específica (se)
produce (en) nuestra historia. Antes todavía: ¿qué significa otro antes
de la determinación griega del héteron y la determinación
judeo-cristiana de el otro? Es el tipo de cuestión que Levinas parece
recusar en el fondo: según él sólo la irrupción del otro permite acceder a la
alteridad absoluta e irreductible de lo otro. Habría que reflexionar, pues, en
ese Huic
del otro, cuya trascendencia no es todavía la de un tú. Aquí cobra sentido
la oposición de Levinas a Buber o a G. Marcel. Tras haber opuesto la altura magistral
del Usted
a la reciprocidad íntima del Yo-Tú (TI), Levinas parece orientarse en su
meditación de la Huella hacia una filosofía del Ille, del Él (del prójimo como
extranjero lejano, según la ambigüedad original de la palabra que se traduce
como «prójimo» al que amar). De un Él que no sería el objeto impersonal opuesto
al tú, sino la trascendencia invisible del otro. Si en el rostro la expresión
no es revelación, lo no-revelable se expresa más allá de toda tematización, de
todo análisis constitutivo, de toda fenomenología. En sus diversas etapas, la
constitución trascendental del alter ego, tal como Husserl intenta ordenar su descripción en la
quinta de las Meditaciones
cartesianas, presupondría aquello cuya génesis pretende (según
Levinas) seguir. El otro no sería constituido como un alter ego, fenómeno del ego, por y para un
ego monádico que procede por una analogía apresentativa. Todas las dificultades
que encuentra Husserl serían «superadas», si se reconociera
la relación ética como cara a cara originaria, como surgimiento de la alteridad
absoluta, de una exterioridad que no se deja ni derivar, ni engendrar, ni
constituir a partir de otra instancia que ella misma. «Fuera» absoluto,
exterioridad que desborda infinitamente la mónada del ego cogito. Otra vez aquí,
Descartes contra Husserl, el Descartes de la tercera de las Meditaciones
que Husserl habría ignorado. Mientras que en la
reflexión sobre el cogito, Descartes toma consciencia de que el infinito no
sólo no puede constituirse en objeto (dudoso), sino que lo ha hecho ya posible
como cogito al desbordarlo (desbordamiento no espacial contra el que se rompe
la metáfora), Husserl, por su parte, «ve en el cogito una
subjetividad sin ningún apoyo fuera de ella, constituye la idea misma de
infinito, y se la da como objeto» (TI). Pero lo infinito (infinitamente otro)
no puede ser objeto puesto que es palabra, origen del sentido y del mundo.
Ninguna fenomenología puede, pues, dar cuenta de la ética, de la palabra y de
la justicia.
Pero si toda
justicia comienza con la palabra, no toda palabra es justa. La retórica puede
volver a la violencia de la teoría que reduce al otro cuando lo conduce,
en la psicagogia, la demagogia, incluso la pedagogía que no es enseñanza.
Ésta desciende de la altura del maestro cuya exterioridad absoluta no hiere la
libertad del discípulo. Más allá de la retórica, la palabra descubre la
desnudez del rostro sin la que ninguna desnudez tendría sentido. Todas las
desnudeces, «incluso la desnudez del cuerpo experimentada en el pudor», son
«figuras» para la desnudez sin metáfora del rostro. El tema está ya muy
explícito en ¿Es
fundamental la ontología?. «La desnudez del rostro no es una
figura de estilo.» Y siempre en la forma de la teología negativa, se muestra
que esta desnudez ni siquiera es abertura, pues la abertura es relativa a «una
plenitud circundante». La palabra «desnudez» se destruye, pues, tras haber
servido para indicar más allá de ella misma. Toda una lectura y toda una
interrogación de Totalidad e infinito podrían desarrollarse en torno a
esta afirmación. Nos parece que ésta sostiene muy -quizás demasiado-
implícitamente la partición decisiva entre lo que Levinas llama el rostro y el más allá del
rostro, sección que trata, allende la Fenomenología del eros, del
Amor, de la Fecundidad, del Tiempo. Esta desnudez del rostro, palabra y mirada,
que no es ni teoría ni teorema, se ofrece y se expone como indigencia, súplica
exigente, impensable unidad de una palabra que puede prestarse ayuda y de una
mirada que requiere ayuda.
La asimetría, la
no-luz, el mandato serían la violencia y la injusticia mismas -y es así como se
las entiende normalmente- si pusieran en relación seres finitos, o si lo otro
no fuera más que una determinación negativa de lo mismo (finito o infinito). Pero
hemos visto que no hay nada de eso. Lo infinito (como infinitamente otro) no
puede ser violento como la totalidad (que es siempre definida, pues, por Levinas,
siempre determinada por una opción, una decisión inicial del discurso, como totalidad finita:
totalidad quiere decir, para Levinas, totalidad finita. Esta determinación
es un axioma silencioso). Por eso, sólo Dios impide al mundo de Levinas ser el
de la peor y la pura violencia, el mundo de la inmoralidad misma. Las
estructuras de la experiencia viva y desnuda que describe Levinas son las
mismas de un mundo donde la guerra haría furor -extraño condicional- si lo
infinitamente otro no fuera lo infinito, si por ventura fuera un hombre
desnudo, finito y solo. Pero en ese caso, diría Levinas sin duda, ni siquiera
habría guerra, pues no habría ni rostro, ni verdadera asimetría. No se
trataría, pues, entonces, de la experiencia desnuda y viva en que Dios ya ha
comenzado a hablar. Dicho de otra manera, en un mundo en el que el rostro fuera
plenamente respetado (como lo que no es del mundo), no habría más guerra. En un
mundo en el que el rostro no fuera ya en absoluto respetado, ya no habría
rostro, ya no habría lugar para la guerra. Dios está, pues, mezclado en la
guerra. Su nombre es también, como nombre de la paz, una función en el sistema
de la guerra, el único a partir del cual podríamos hablar, el único del que el
lenguaje podría hablar siempre. Sin Dios o con Dios, no habría la guerra. Ésta
supone y excluye a Dios. Sólo podemos tener relación con Dios dentro de un
sistema tal. La guerra pues hay la guerra- es, pues, la diferencia entre el
rostro y el mundo finito sin rostro. Pero esta diferencia ¿no es lo que siempre
se ha llamado el Mundo, en el que juega la ausencia-presencia de Dios?
Sólo el juego del mundo permite pensar la esencia de Dios. En un
sentido que nuestra lengua acogería mal -y Levinas también- el juego del mundo
precede a Dios.
El cara a cara no
está, pues, determinado originalmente por Levinas como frente a frente de dos
hombres iguales y en pie. Esto supone el cara a cara del hombre con la nuca
rota y con los ojos elevados hacia la altura de Dios. El lenguaje es, sí, la
posibilidad del cara a cara y del estar-de-pie, pero no excluye la
inferioridad, la humildad de la mirada hacia el padre, como la mirada del niño
que recuerda haber sido expulsado antes de saber andar, de haber sido
entregado, confiado, tendido e infante, a las manos de los maestros adultos. El
hombre, se podría decir, es un Dios venido demasiado pronto, es decir, un Dios
que se sabe para siempre en retraso respecto al ya-ahí del Ser. Pero cabe dudar
que estas últimas observaciones pertenezcan, es lo menos que se puede decir, al
género del comentario. Y no hacemos referencia aquí a los temas conocidos bajo
el nombre de psicoanálisis ni a hipótesis de la embriología o de la
antropología sobre el nacimiento estructuralmente prematuro del niño. Nos baste
saber que el hombre nace.
Se ha pronunciado
con frecuencia el nombre de Dios, pero este retorno a la experiencia y o «a las
cosas mismas» como relación con lo infinitamente otro no es teológico, por más
que sólo él puede fundar seguidamente el discurso teológico que hasta ahora ha
«tratado imprudentemente en términos de ontología la idea de la relación entre
Dios y la criatura» (TI). En el retorno a las cosas mismas se encontraría el
fundamento de la metafísica -en el sentido de Levinas-, raíz común del
humanismo y de la teología: la semejanza entre el hombre y Dios, el rostro del
hombre y la Faz de Dios. «... El Otro se asemeja a Dios» (ibíd.). A
través del pasaje de esta semejanza, la palabra del hombre puede re-montar
hacia Dios, analogía
casi inaudita que es el movimiento mismo del discurso de Levinas sobre el
discurso. Analogía como diálogo con Dios: «El Discurso es discurso con Dios...
La metafísica es la esencia de este lenguaje con Dios». Discurso con Dios y no
en Dios como participación.
Discurso con Dios y no sobre Dios y sus atributos como teología. Y la
disimetría de mi relación con el otro, esta «curvatura del espacio
inter-subjetivo significa la intención divina de toda verdad». Aquélla «es,
quizás, la presencia misma de Dios». Presencia como separación, presencia-ausencia,
ruptura una vez más con Parménides, Espinosa y Hegel, la única que puede
consumar «la idea de creación ex nihilo». Presencia como separación,
presencia-ausencia como semejanza, pero semejanza que no es la «marca
ontológica» del obrero imprimida en su obra (Descartes) o en «seres creados a
su imagen y semejanza» (Malebranche), semejanza que no se deja comprender ni en
términos de comunión o de conocimiento, ni en términos de participación o de
encarnación. Semejanza que no es ni el signo ni el efecto de Dios. Ni el signo
ni el efecto exceden lo Mismo. Estamos «en la Huella de Dios». Proposición que
corre el riesgo de ser incompatible con toda alusión a «la presencia misma de
Dios». Proposición ya dispuesta a convertirse en ateísmo: ¿y si Dios fuera un efecto de huella?
¿Si la idea de la presencia divina (vida, existencia, parousía, etc.), si
el nombre de Dios no fuera más que el movimiento de borrarse la huella en la
presencia? Se trata de saber si la huella permite pensar la presencia en su
sistema o si es el orden inverso el verdadero. Y es, sin duda, el orden verdadero.
Pero es precisamente el orden de la verdad lo que está en cuestión aquí.
El pensamiento de Levinas se contiene entre estos dos postulados.
La Faz de Dios se
sustrae para siempre al mostrarse. Así se ven reunidas en la unidad de su
significación metafísica, en el corazón de la experiencia puesta al desnudo por
Levinas, las diversas evocaciones de la Faz de Yahvéh, al que no se nombra
nunca, desde luego, en Totalidad e infinito. La cara de Yahvéh es la persona total y
la presencia total de «el Eterno hablando cara a cara con Moisés»,
pero que le dice también: «No podrás ver mi cara, pues el hombre no puede verme
y seguir viviendo... te tenderás en la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré
en una hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Y
cuando retire mi mano, me verás por la espalda, pero mi cara no se podrá ver»
(Éxodo). La cara de Dios, que ordena ocultándose, es a la vez más y menos
rostro que los rostros. De ahí, quizás, a pesar de las precauciones, esta
complicidad equívoca entre teología y metafísica en Totalidad e infinito. ¿Suscribiría
Levinas esta frase infinitamente ambigua de El libro de las preguntas de E.
Jabés:
«Todos los rostros
son el Suyo; por eso ÉL no tiene rostro»?
El rostro no es ni
la cara de Dios ni la figura del hombre: es su semejanza. Una semejanza, sin
embargo, que tendremos que pensar antes de, o sin, la ayuda de lo Mismo.
III. Diferencia y escatología
Las cuestiones cuyo
principio vamos a intentar indicar ahora son todas ellas, en sentidos diversos,
cuestiones de lenguaje: cuestiones de lenguaje y la cuestión del lenguaje. Pero
si nuestro comentario no ha sido demasiado infiel, se debe estar convencido ya
de que no hay nada en el pensamiento de Levinas que no se encuentre por si
mismo implicado en tales cuestiones.
De la polémica originaria
Digámoslo en primer
lugar para asegurarnos: el camino de pensamiento de Levinas es de tal índole
que todas nuestras cuestiones pertenecen ya a su diálogo interno, se desplazan
dentro de su discurso, y se limitan a escucharlo, a distancias y en sentidos múltiples.
A. Así,
por ejemplo, De
la existencia al existente y El tiempo y lo otro habían
proscrito, al parecer, la «lógica del género» y las categorías de lo Mismo y de
lo Otro. Éstas carecían de la originalidad de la experiencia a la que Levinas
quería reconducirnos: «Al cosmos que es el mundo de Platón se opone el mundo
del espíritu donde las implicaciones del eros no se reducen a la lógica del
género en que el yo se sustituye por lo mismo y el otro por lo otro». Ahora
bien, en Totalidad
e infinito, donde vuelven a estar en vigor las categorías de lo
Mismo y de lo Otro, la vis demostrandi y la energía de ruptura con la tradición
es precisamente la adecuación del Yo a lo Mismo, y de El Otro a lo Otro. Aun
sin servirse de estos mismos términos, Levinas nos había puesto en guardia a
menudo contra la confusión de la identidad y de la ipseidad, del Mismo y del Yo: idem e ipse.
Esta confusión, que de alguna manera está inmediatamente ejercida por los
conceptos griego de autós y alemán de selbst, no puede producirse tan
espontáneamente en francés, y vuelve a ser no obstante, a pesar de las
advertencias anteriores, una especie de axioma silencioso en Totalidad e
infinito. Lo hemos visto: según Levinas no habría diferencia
interior, alteridad fundamental y autóctona en el yo. Si la interioridad, el
secreto, la separación originaria habían permitido, un poco antes, romper con
el uso clásico de las categorías griegas de lo Mismo y de lo Otro, la amalgama
de lo Mismo y del Yo (vuelto homogéneo, y homogéneo al concepto como a la
totalidad finita) permite ahora envolver en la misma condena a las filosofías
griegas y a las filosofías más modernas de la subjetividad, las más preocupadas
en distinguir, como Levinas en otro tiempo, el Yo de lo mismo, y el Otro de lo
otro. Si no se estuviera atento a este doble movimiento, a este progreso que
parece impugnar su propia condición y su primera etapa, se dejaría escapar la
originalidad de esta protesta contra el concepto, el estado y la totalidad:
esta protesta no se eleva, como es el caso generalmente, en nombre de la
existencia subjetiva, sino contra ella. A la vez contra Hegel y contra Kierkegaard.
Levinas nos pone en
guardia con frecuencia contra la confusión -tan tentadora- de su
antihegelianismo con un subjetivismo o un existencialismo de estilo
kierkegaardiano que seguirían siendo, según él, egoísmos violentos y
pre-metafísicos: «No soy yo el que me niego al sistema, como pensaba Kierkegaard, es el Otro» (TI). Pero ¿no puede
apostarse que Kierkegaard habría sido sordo a esa distinción? ¿Y
que habría protestado a su vez contra esta conceptualidad? Habría hecho notar
quizás que es en tanto que existencia subjetiva como el Otro se niega al
sistema. El Otro no es yo, sin duda -¿y quién lo ha sostenido alguna vez?-,
pero es un
Yo, cosa que Levinas tiene que suponer para sostener su propósito.
Este paso de Mí al Otro como a un Yo es el paso a la egoidad esencial,
no empírica, de la existencia subjetiva en general. El filósofo Kierkegaard no aboga solamente en favor de Sören Kierkegaard («grito egoísta de la subjetividad
preocupada todavía de la felicidad o de la salud de Kierkegaard»), sino en favor de la existencia
subjetiva en general (expresión no contradictoria), y por eso su discurso es
filosófico y no depende del egoísmo empírico. El nombre de un sujeto
filosófico, cuando dice Yo, es siempre, de una cierta manera, un pseudónimo.
Esto es una verdad que Kierkegaard
ha asumido de
manera sistemática, aun protestando contra la «posibilitación» de la existencia
individual por la esencia. Es la esencia de la existencia subjetiva lo que
rechaza el concepto. Esta esencia de la existencia subjetiva ¿no está presupuesta
por el respeto del Otro, que no puede ser lo que es -el Otro- más que en tanto
que existencia subjetiva? Para rechazar la noción kierkegaardiana de existencia
subjetiva, Levinas tendría, pues, que desechar incluso la noción de esencia y
de verdad
de la existencia subjetiva (de Mí, y en primer término del Yo del Otro). Lo
que estaría, por otra parte, en la lógica de la ruptura con la fenomenología y
la ontología. Lo menos que se puede decir es que Levinas no lo hace, y no puede
hacerlo sin renunciar al discurso filosófico. Y si se quiere intentar, a través
del discurso filosófico del que es imposible desprenderse totalmente, una
penetración hacia su más allá, no hay oportunidad de conseguirlo dentro del
lenguaje (Levinas reconoce que no hay pensamiento antes del
lenguaje y fuera de él) más que planteando formalmente y temáticamente el problema de las
relaciones entre la pertenencia y la abertura (percée), el problema de la clausura. Formalmente,
es decir, lo más actualmente posible y de la manera más formal, la más
formalizada: no en una lógica, dicho de otro modo en una filosofía, sino en una
descripción inscrita, en una inscripción de las relaciones entre lo filosófico
y lo no-filosófico, en una especie de gráfica inaudita, dentro de la cual
la conceptualidad filosófica no tendría ya más que una función.
Añadamos, para
hacerle justicia,
que Kierkegaard tenía alguna idea de la
irreductibilidad de lo Completamente-Otro, no en el más acá egoísta y estético,
sino en el más allá religioso del concepto, por el lado de un cierto Abraham. A su vez, puesto que hay que ceder la
palabra al Otro, ¿no habría visto en la Ética, momento de la Categoría y de la
Ley, el olvido, en el anonimato, de la subjetividad y de la religión? El
momento ético es a sus ojos el hegelianismo mismo, y lo dice expresamente. Lo
que no le impide reafirmar la ética en la ética, y reprochar a Hegel no haber constituido una moral. Es
verdad que la Ética en el sentido de Levinas es una Ética sin ley, sin
concepto, que sólo guarda su pureza no-violenta antes de su determinación en
conceptos y leyes. Esto no es una objeción: no olvidemos que Levinas no quiere
proponernos leyes o reglas morales, no quiere determinar una moral,
sino la esencia de la relación ética en general. Pero en la medida en que esta
determinación no se da como teoría de la Ética, se trata de una Ética de la Ética. En
ese caso, es, quizás, grave, que no pueda dar lugar a una ética determinada, a
leyes determinadas, sin negarse y olvidarse a sí misma. Por otra parte, esta
Ética de la Ética ¿está más allá de toda ley? ¿No es una Ley de las leves?
Coherencia que rompe la coherencia del discurso sostenido contra la coherencia.
Concepto infinito, oculto en la protesta contra el concepto.
Si bien la
proximidad con Kierkegaard se nos ha impuesto con frecuencia, a
pesar de las advertencias del autor, lo cierto es que sentimos que, en lo
esencial, y según su inspiración primera, la protesta de Levinas contra el
hegelianismo es extraña a la de Kierkegaard. En
cambio, una confrontación del pensamiento de Levinas con el anti-hegelianismo
de Feuerbach y sobre todo de Jaspers, con el
anti-husserlianismo, además, de este último debería encontrar, nos parece,
convergencias y afinidades más profundas, que la meditación de la huella
confirmaría de nuevo. Hablamos aquí de convergencias, y no de influencia;
primero, porque no es claro para nosotros el sentido filosófico de esa noción;
y luego, porque Levinas no hace en ningún lugar, que sepamos, alusión alguna a Feuerbach y a Jaspers.
Pero ¿por qué, al
intentar este paso tan difícil más allá del debate -que es también una
complicidad- entre el hegelianismo y el anti-hegelianismo, recurre Levinas a
categorías que parecía haber rehusado previamente?
No estamos
denunciando aquí una incoherencia de lenguaje o una contradicción de sistema.
Nos preguntamos acerca del sentido de una necesidad: la de instalarse en la
conceptualidad tradicional para destruirla. ¿Por qué se le ha impuesto
finalmente a Levinas esta necesidad? ¿Es extrínseca? ¿Afecta sólo a un
instrumento, a una «expresión» que podría ponerse entre comillas? ¿O bien
oculta, esa necesidad, algún recurso indestructible e imprevisible del logos
griego? ¿Una especie de potencia ilimitada de envolvimiento en la que quien
quisiera rechazarlo quedaría siempre ya sorprendido?
B. Por la
misma época, Levinas había abandonado el concepto de exterioridad. Éste hacía una
referencia a la unidad clarificada del espacio que neutralizaba la alteridad
radical: relación con lo otro, relación de los Instantes unos con otros,
relación con la muerte, etc., que no son relaciones de un Dentro con un Fuera.
«La relación con lo otro es una relación con un Misterio. Es su exterioridad, o
más bien su alteridad, pues la exterioridad es una propiedad del espacio y hace
volver al sujeto a sí mismo a través de la luz, lo que constituye enteramente
su ser» (TA). Ahora bien, Totalidad e infinito, subtitulado Ensayo sobre la exterioridad, no
sólo usa con abundancia la noción de exterioridad. Levinas pretende además
mostrar así que la verdadera exterioridad no es espacial, que hay una
exterioridad absoluta, infinita -la de lo Otro- que no es espacial, pues el
espacio es el lugar de lo Mismo. Lo que quiere decir que el Lugar es siempre
lugar de lo Mismo. ¿Por qué hay que seguir sirviéndose de la palabra
«exterioridad» (que, si tiene un sentido, si no es una x algebraica, hace
referencia obstinadamente hacia el espacio y la luz) para significar una
relación no-espacial? Y si toda «relación» es espacial, ¿por qué hay que
designar de nuevo como «relación» (no-espacial) el respeto que absuelve lo
Otro? ¿Por qué hay que anular esta noción de exterioridad sin borrarla, sin
dejarla ilegible, diciendo que su verdad es su no-verdad, que la verdadera
exterioridad no es espacial, es decir, no es exterioridad? Que haya que
decir en
el lenguaje de la totalidad el exceso de lo infinito sobre la
totalidad, que haya que decir lo Otro en el lenguaje de lo Mismo, que haya que
pensar la verdadera
exterioridad como no-exterioridad, es decir, de nuevo a través de la estructura
Dentro-Fuera y la metáfora espacial, que haya que habitar todavía la metáfora
en ruina, vestirse con los jirones de la tradición y los harapos del diablo:
todo esto significa, quizás, que no hay logos filosóficos que no deba en primer término dejarse
expatriar en la estructura Dentro-Fuera. Esta deportación fuera de su lugar
hacia el Lugar, hacia la localidad espacial, esta metáfora sería congénita de tal
logos. Antes de ser un procedimiento retórico en el lenguaje, la metáfora sería
el surgimiento del lenguaje mismo. Y la filosofía no es más que ese lenguaje;
no puede otra cosa, en el mejor de los casos, y en un sentido insólito de la
expresión, que hablarlo,
decir la metáfora misma, y esto consiste en pensarla en el horizonte
silencioso de la no-metáfora: el Ser. Espacio como herida y finitud de
nacimiento (del nacimiento), sin el que ni siquiera podría
inaugurarse el lenguaje, ni tendría que hablarse de exterioridad, verdadera o
falsa. Se puede, pues, al usarlo, usar las palabras de la tradición, frotarlas
como una vieja moneda gastada y devaluada, se puede decir que la verdadera
exterioridad es la no-exterioridad sin ser la interioridad, se puede escribir
con tachaduras y tachaduras de tachaduras: la tachadura escribe, sigue
dibujando en el espacio. No se borra la sintaxis del Lugar, cuya inscripción
arcaica no es legible sobre el metal del lenguaje: es ese metal mismo, su
dureza demasiado sombría, y su brillo demasiado luminoso. Lenguaje, hijo de la
tierra y el sol: escritura. Para separarlo de la exterioridad y de la
interioridad, para separarlo de la separación, sería un vano intento olvidar
las palabras «dentro», «fuera», «exterior», «interior», etc., ponerlas fuera de
juego por decreto: no se reencontraría un lenguaje sin ruptura de espacio, lenguaje
aéreo o acuático en el que la alteridad, por otra parte, con todavía mayor
seguridad, quedaría perdida. Pues las significaciones que irradian a partir del
Dentro-Fuera, de la Luz-Noche, etc., no solamente habitan las palabras
proscritas: están alojadas, en persona o por poderes, en el corazón de la
conceptualidad misma. Esto obedece a que aquéllas no significan una inmersión en el
espacio. La estructura Dentro-Fuera o Día-Noche no tiene ningún sentido en un
espacio puro abandonado a sí mismo y desorientado. Aquélla surge a partir de un
origen comprendido,
de un oriente inscrito, que no están ni en ni fuera del espacio. Este
texto de la mirada es también el de la palabra. Se le puede llamar, pues,
Rostro. Pero entonces no cabe ya esperar separar el lenguaje y el espacio,
hacer el vacío del espacio en el lenguaje o sustraer la palabra a la luz,
hablar mientras que una Mano oculta la Gloria. Por más que se exile tal o cual
palabra («dentro», «fuera», «exterior», «interior», etc.), por más que se
quemen o se encierren las letras de luz, el lenguaje, todo el lenguaje se ha
despertado ya como caída en la luz. Es decir, si se prefiere, que se levanta
con el sol. Incluso si «no se nombra el sol, [...] su potencia está entre
nosotros» (Saint-John Perse). Decir que la exterioridad infinita de
lo Otro no
es espacial, es no-exterioridad y no-interioridad, no poderla designar de
otra manera que por vía negativa, ¿no es eso reconocer que lo infinito (también
él designado en su positividad actual por vía negativa: in-finito) no se dice?
¿No viene a ser esto reconocer que la estructura «dentro-fuera», que es el
lenguaje mismo, marca la finitud originaria de la palabra y de lo que
sobreviene a la palabra? Ninguna lengua filosófica podrá jamás reducir esta
naturalidad de la praxis espacial en el lenguaje; y habría que meditar la
unidad de lo que Leibniz distinguía bajo los nombres de
«lenguaje civil» y «lenguaje científico» o filosófico. Habría que meditar aquí
con más paciencia esta complicidad irreductible, a pesar de todos los esfuerzos
retóricos del filósofo, entre el lenguaje de la vida cotidiana y el lenguaje
filosófico; mejor, entre ciertas lenguas históricas y el lenguaje filosófico.
Una cierta naturalidad que no se puede desarraigar, una cierta ingenuidad originaria
del lenguaje filosófico podría llegar a verificarse a propósito de cada
concepto especulativo (salvo, sin duda, a propósito de esos no-conceptos que
son el nombre de Dios y el verbo Ser). El lenguaje filosófico
pertenece a un sistema de lengua(s). Lo que viene a ser así importado en la
especulación a través de esa ascendencia no-especulativa es siempre una cierta
equivocidad. En la medida en que ésta es originaria e irreductible, es necesario
quizás que la filosofía asuma esta equivocidad, la piense y se piense en ella,
que acoja la duplicidad y la diferencia en la especulación, en la pureza misma
del sentido filosófico. Nadie lo ha intentado más profundamente, nos parece,
que Hegel. Habría que rehacer para cada concepto,
sin usar ingenuamente la categoría de la suerte, la predestinación feliz o el
reencuentro fortuito, lo que Hegel hace
para la noción alemana de la Aufhebung, cuya equivocidad y presencia en la
lengua alemana juzga regocijantes: «Aufheben tiene en la lengua alemana un doble
sentido; el de conservar, guardar, y el de hacer cesar, poner término. Conservar tiene
por otro lado una significación negativa... Lexicológicamente, estas dos
determinaciones del Aufheben pueden considerarse como dos significaciones
de la palabra. Pero es algo sorprendente que una lengua haya llegado hasta
el punto de utilizar una sola y misma palabra para dos determinaciones
contrapuestas. Para el pensamiento especulativo es regocijante encontrar [la
cursiva es nuestra] en la lengua palabras que tienen en sí mismas un sentido
especulativo, y la lengua alemana posee muchas de tales palabras» (Ciencia de la
lógica, I, 93 y 94). En las Lecciones sobre la filosofía de la historia,
Hegel nota, así, que, «en nuestra lengua»,
la unión de dos significaciones (historia rerum gestarum y res gestae)
en la palabra Geschichte no es una «simple contingencia
exterior».
Así pues, si no
puedo designar la alteridad irreductible (infinita) del otro más que a través
de la negación de la exterioridad espacial (finita), es quizás que su sentido
es finito, no es positivamente infinito. Lo infinitamente otro, la infinitud de
lo Otro no es lo Otro como infinitud positiva, Dios o semejanza con Dios. Lo
infinitamente otro no sería lo que es, otro, si fuera infinitud positiva y si
no guardase en él la negatividad de lo in-definido, del ápeiron. ¿No significa
«infinitamente otro» en primer lugar aquello cuyo final no puedo alcanzar, a
pesar de un trabajo y una experiencia interminables? ¿Se puede respetar al Otro
como Otro, y expulsar fuera de la trascendencia, como quisiera Levinas, la
negatividad, el trabajo? Lo infinitamente positivo (Dios), si estas palabras
tienen un sentido, no puede ser infinitamente Otro. Si se piensa, como Levinas,
que lo Infinito positivo tolera o incluso exige la alteridad infinita, hay que
renunciar, entonces, a todo lenguaje, y en primer lugar a la palabra infinito
y a la palabra otro. Lo infinito no se entiende como Otro más que bajo
la forma de lo in-finito. Desde el momento en que se quiera pensar lo Infinito
como plenitud positiva (polo de la trascendencia no-negativa de Levinas), lo
Otro se hace impensable, imposible, indecible. Es quizás hacia ese impensable-imposible-indecible
hacia lo que nos llama Levinas más allá del Ser y del Logos (de la tradición).
Pero esta llamada no debe poder ni pensarse ni decirse. En todo caso, el
que la plenitud positiva del infinito clásico no pueda traducirse en el
lenguaje más que traicionándose mediante una palabra negativa (in-finito) sitúa
quizás el punto en que con mayor profundidad el pensamiento rompe con el
lenguaje. Ruptura que, en adelante, resonará a través de todo el lenguaje. Por
eso los pensamientos modernos que no quieren distinguir ni jerarquizar el
pensamiento y el lenguaje son esencialmente, por cierto, pensamientos de la
finitud originaria. Pero entonces deberían abandonar la palabra «finitud»,
prisionera para siempre del esquema clásico. ¿Es eso posible? Y ¿qué significa abandonar
una noción clásica?
Lo otro no puede
ser lo que es, infinitamente otro, más que en la finitud y la mortalidad (la
mía y la suya). Desde que accede al lenguaje, sin duda, y sólo entonces, y sólo
si la palabra otro
tiene un sentido, pero ¿no nos ha enseñado Levinas que no se piensa antes
del lenguaje? Por eso nuestras cuestiones inquietarían ciertamente menos a un
infinitismo clásico, de tipo cartesiano, por ejemplo, que disociaba el
pensamiento y el lenguaje, para el que éste no iría nunca tan deprisa y tan
lejos como aquél. No sólo le inquietarían menos estas cuestiones, éstas podrían
ser las suyas. De otro modo: querer neutralizar el espacio en la descripción de
lo Otro, para liberar así la infinitud positiva, ¿no es neutralizar la finitud
esencial de un rostro (mirada-palabra) que es cuerpo y no, en ello insiste
Levinas bastante, metáfora corporal de un pensamiento etéreo? Cuerpo, es decir,
también
exterioridad, localidad en el sentido plenamente espacial, literalmente
espacial de esta palabra; punto cero, origen del espacio, ciertamente, pero
origen que no tiene ningún sentido antes del de, que no puede ser separado de
la genitividad y del espacio que engendra y orienta: origen inscrito.
La inscripción
es el origen inscrito: trazado, y desde entonces inscrito en
un sistema, en una figura que no domina ya. Sin lo que no habría ya cuerpo
propio. Si el rostro del Otro no fuera también, irreductiblemente, exterioridad
espacial, habría que seguir distinguiendo el alma y el cuerpo, el pensamiento y
la palabra; o, en todo caso, entre un verdadero rostro, no espacial, y su
máscara o su metáfora, su figura espacial. Se vendría abajo así toda la
Metafísica del Rostro. Una vez más, esta cuestión puede proceder tanto de un
infinitismo clásico (dualismo del pensamiento y del lenguaje, pero también del
pensamiento y del cuerpo) como del pensamiento más moderno de la finitud. Esta
extraña alianza dentro de la cuestión significa quizás que, en la filosofía y
en el lenguaje, en el discurso filosófico (suponiendo que haya otros), no se
podría salvar a
la vez el tema de la infinitud positiva y el tema del rostro
(unidad no metafórica del cuerpo, de la mirada, de la palabra y del
pensamiento). No nos parece que pueda pensarse esta última unidad más que en el
horizonte de la alteridad infinita (indefinida) como horizonte
irreductiblemente común de la Muerte y del Otro. Horizonte de la finitud
o finitud del horizonte.
Pero esto sucede,
lo repetimos, en
el discurso filosófico, en el que el pensamiento de la Muerte misma (sin
metáfora) y el pensamiento de lo Infinito positivo no han podido entenderse
jamás. Si el rostro es cuerpo, es mortal. La alteridad infinita como muerte
no puede conciliarse con la alteridad infinita como positividad y presencia
(Dios). La trascendencia metafísica no puede ser a la vez trascendencia hacia
lo Otro como Muerte y hacia lo Otro como Dios. A menos que Dios quiera decir
Muerte, lo cual, después de todo, no ha sido nunca excluido sino por el conjunto de
la filosofía clásica, en cuyo interior lo entendemos como Vida y Verdad de lo
Infinito, de la Presencia positiva. Pero ¿qué significa esta exclusión
sino la exclusión de toda determinación particular? ¿Y que Dios
no
es nada
(determinado), no es ninguna vida porque es todo?; que es, pues, a la vez el
Todo y la Nada, la Vida y la Muerte. Lo que significa que Dios es o aparece, es nombrado
en la diferencia entre el Todo y la Nada, la Vida y la Muerte, etc. En la
diferencia y en el fondo como la Diferencia misma. Esta diferencia es lo que se
llama la Historia. Dios está inscrito en ella.
Se dirá que es
contra ese discurso filosófico contra lo que se levanta precisamente Levinas.
Pero en ese combate, está ya privado de la mejor arma: el menosprecio del
discurso. En efecto, ante las clásicas dificultades de lenguaje que evocamos,
Levinas no puede disponer de los recursos clásicos. Al enfrentarse con
problemas que habían sido ya tanto los de la teología negativa como los del
bergsonismo, no se arroga el derecho de hablar como ellos en un lenguaje
resignado a su propia decadencia. La teología negativa se pronunciaba en una
palabra que se sabía caída, finita, inferior al logos como entendimiento de
Dios. Sobre todo no era posible un Discurso con Dios en el cara a cara y el
aliento con aliento de dos palabras, libres, a pesar de la humildad y la
altura, romper o emprender el intercambio. De manera análoga, Bergson tenía
derecho a anunciar la intuición de la duración y a denunciar la espacialización
intelectual en un lenguaje entregado al espacio. No se trataba de salvar sino
de destruir el discurso en la «metafísica», «ciencia que pretende prescindir de
los símbolos» (Bergson). La multiplicación de las metáforas antagonistas se
empleaba metódicamente en esta autodestrucción del lenguaje e invitaba a la
intuición metafísica silenciosa. Al haberse definido el lenguaje como residuo
histórico, no había ninguna incoherencia en utilizarlo, mal que bien, para
denunciar su propia traición, y abandonarlo luego a su insuficiencia, desecho
retórico, palabra
perdida para la metafísica. Como la teología negativa, una
filosofía de la comunión intuitiva se arrogaba (con razón o sin ella, eso es
otro problema) el derecho de atravesar el discurso filosófico como un elemento
extraño. Pero ¿qué sucede cuando va no se dispone de ese derecho, cuando la
posibilidad de la metafísica es posibilidad de la palabra? ¿Cuando la
responsabilidad metafísica es responsabilidad del lenguaje porque «el
pensamiento consiste en hablar» (TI) y la metafísica es un lenguaje con Dios?
¿Cómo pensar lo Otro si esto no se dice más que como exterioridad y a través de
la exterioridad, es decir, la no-alteridad? ¿Y si la palabra que debe instaurar
y mantener la separación absoluta está por esencia enraizada en el espacio que
ignora la separación y la alteridad absolutas? Si, como dice Levinas, sólo el
discurso puede ser justo (y no el contacto intuitivo) y si, por otra parte,
todo discurso retiene esencialmente el espacio y lo Mismo en él, ¿no significa
eso que el discurso es originalmente violento? ¿Y que la guerra habita el logos
filosófico, únicamente dentro del cual, sin embargo, puede declararse la paz?
La distinción entre discurso y violencia sería siempre un horizonte
inaccesible. La no-violencia sería el telos y no la esencia del discurso. Se
dirá quizás que algo así como el discurso tiene su esencia en su telos y la
presencia de su presente en su porvenir. Cierto, pero con la condición de que
su porvenir y su telos sean no-discurso: la paz como un cierto silencio, un cierto más
allá de la palabra, una cierta posibilidad, un cierto horizonte silencioso de
la palabra. Y el telos ha tenido siempre la forma de la presencia, aunque fuese
de una presencia futura. Sólo hay guerra después de la abertura del discurso, y
la guerra sólo se extingue con el final del discurso. La paz, como el silencio,
es la vocación extraña de un lenguaje llamado fuera de sí por sí. Pero como el
silencio finito
es también el elemento de la violencia, el lenguaje no puede jamás sino
tender indefinidamente hacia la justicia reconociendo y practicando la guerra
en sí mismo. Violencia contra la violencia. Economía de violencia. Economía
que no puede reducirse a lo que Levinas apunta bajo esta palabra. Si la luz es
el elemento de la violencia, hay que batirse contra la luz con otra cierta luz
para evitar la peor violencia, la del silencio y la de la noche que precede o
reprime el discurso. Esta vigilancia es una violencia escogida como la violencia
menor por una filosofía que se toma en serio la historia, es decir, la finitud;
filosofía que se sabe histórica de parte a parte (en un sentido que no tolera
ni la totalidad finita, ni la infinitud positiva) y que se sabe, como lo dice,
en otro sentido, Levinas, economía. Pero, una vez más, una economía que para ser
historia no puede estar en su terreno ni en la totalidad finita, que Levinas
llama lo Mismo, ni en la presencia positiva de lo Infinito. La palabra es sin
duda la primera derrota de la violencia, pero, paradójicamente, ésta no existía
antes de la posibilidad de la palabra. El filósofo (el hombre) debe hablar
y escribir en esta guerra de la luz en la que se sabe ya desde siempre
involucrado, y de la que sabe que no podría escapar más que renegando del
discurso, es decir, arriesgando la peor violencia. Por eso este reconocimiento
de la guerra en el discurso, reconocimiento que no es todavía la paz, significa
lo contrario de un belicismo; del que es bien sabido -¿y quién lo ha mostrado
mejor que Hegel?- que su mejor cómplice dentro de la historia es el irenismo.
Dentro de la
historia, de la que el filósofo no puede escapar porque no es la
historia en el sentido que le da Levinas (totalidad), sino la historia de las
salidas fuera de la totalidad, historia como el movimiento mismo de la
trascendencia, del exceso sobre la totalidad sin el que ninguna totalidad
podría aparecer. La historia no es la totalidad trascendida por la escatología,
la metafísica o la palabra. Es la trascendencia misma. Si la palabra es un
movimiento de trascendencia metafísica, ella es la historia, y no el más allá
de la historia. Es difícil pensar el origen de la historia en una totalidad
perfectamente finita (lo Mismo), tanto como, por otra parte, en un infinito
perfectamente positivo. Si, en este sentido, el movimiento de trascendencia
metafísica es historia, es, todavía, violento, pues, ésta es la evidencia
legítima en la que se inspira siempre Levinas, la historia es violencia. La
metafísica es economía:
violencia contra violencia, luz contra luz: la filosofía (en general). De
la que se puede decir, trasponiendo la intención de Claudel, que en ella todo
«está pintado en la luz como con luz condensada, como el aire que deviene escarcha».
Este devenir es la guerra. Esta polémica es el lenguaje mismo. Su inscripción.
De la violencia trascendental
Además, al no poder
escapar a la ascendencia de la luz, la metafísica supone siempre una
fenomenología, en su crítica misma de la fenomenología, y sobre todo si quiere
ser, como la de Levinas, discurso y enseñanza.
A. Esta
fenomenología ¿se limita a suponerla como método, como técnica, en el sentido
limitado de estas palabras? Sin duda, en el rechazo de la mayor parte de los
resultados literales de la investigación husserliana, Levinas se atiene a la
herencia del método: «... La presentación -y el desarrollo de las nociones
empleadas se lo deben todo al método fenomenológico» (TI, DL). Pero la
presentación y el desarrollo de las nociones ¿no son más que un vestido del
pensamiento? ¿Y puede el método tomarse prestado como un instrumento? ¿No
sostenía Levinas, treinta años antes, en la huella de Heidegger, que es imposible aislar el método?
Éste alberga siempre, y sobre todo en el caso de Husserl, «una vista anticipada del “sentido”
del ser que se aborda» (THI). Levinas escribía entonces: «... No podremos, en
consecuencia, separar en nuestra exposición, la teoría de la intuición, como
método filosófico, de lo que se podría llamar la ontología de Husserl» (THI).
Ahora bien, a lo
que remite explícitamente y en última instancia este método fenomenológico es,
sería demasiado fácil mostrarlo, a la decisión misma de la filosofía occidental
al escogerse, desde Platón, como teoría, como ciencia, es decir, precisamente lo
que Levinas querría poner en cuestión mediante los caminos y el método de la
fenomenología.
B. Más
allá del método, lo que Levinas pretende retener de la «enseñanza esencial de Husserl» (TI) no es sólo la flexibilidad y la
exigencia descriptivas, la fidelidad al sentido de la experiencia: es el
concepto de intencionalidad. De una intencionalidad ampliada más allá de su
dimensión representativa y teorética, más allá de la estructura noético-noemática
que Husserl habría reconocido, equivocadamente,
como estructura primordial. La represión de lo infinito habría impedido a Husserl acceder a la verdadera profundidad de
la intencionalidad como deseo y trascendencia metafísica hacia lo otro más allá
del fenómeno o del ser. Esta represión se produciría de dos maneras.
Por una parte,
en el valor de adecuación. En tanto visión e intuición teorética, la
intencionalidad husserliana sería adecuación. Ésta agotaría e interiorizaría
toda distancia y toda alteridad verdaderas. «La visión es, en efecto,
esencialmente una adecuación de la exterioridad a la interioridad: la
exterioridad se reabsorbe así en el alma que contempla y, como idea adecuada,
se revela a
priori resultante de la Sinngebung» (TI). Ahora bien, «la
intencionalidad, en la que el pensamiento se mantiene como adecuación
al objeto, no define [...] la consciencia en su nivel fundamental». Sin
duda, a Husserl no se le nombra aquí en el momento
preciso en que Levinas habla de la intencionalidad como adecuación, y siempre
cabe pensar que mediante la expresión «la intencionalidad, en la que el
pensamiento se mantiene como adecuación...» lo que quiere decir es: «Una
intencionalidad tal que, etc., una intencionalidad al menos en la que, etc.».
Pero el contexto, otros numerosos pasajes, la alusión a la Sinngebung dejan entender claramente que Husserl, en la literalidad de sus textos, no
habría sabido reconocer que «todo saber en tanto intencionalidad supone ya la
idea de lo infinito, la inadecuación por excelencia» (TI). Así, aun suponiendo
que Husserl haya presentido los horizontes
infinitos que desbordan la objetividad y la intuición adecuada, los habría
interpretado, al
pie de la letra, como «pensamientos que enfocan objetos»: «¡Qué
importa si en la fenomenología husserliana, tomada al pie de la letra, estos
horizontes insospechados se interpretan, a su vez, como pensamientos que
enfocan objetos!» (ya citado).
Por otra parte,
aun suponiendo que el Cogito husserliano esté abierto a lo infinito, lo
estaría, según Levinas, a un infinito-objeto, infinito sin alteridad,
falso-infinito: «Si Husserl
ve en el cogito una
subjetividad sin ningún apoyo fuera de ella, constituye así la idea misma de
infinito, y se la da como objeto». El «falso-infinito», sin embargo, expresión
hegeliana que Levinas no emplea jamás, nos parece, quizás porque es hegeliana,
obsesiona numerosos gestos de denuncia en Totalidad e infinito. Como para Hegel, el «falso-infinito» sería para Levinas
lo indefinido, la forma negativa de lo infinito. Pero como Levinas piensa la
alteridad verdadera
como no-negatividad (trascendencia no-negativa), puede hacer de lo otro el
verdadero infinito, y de lo mismo (extrañamente cómplice de la negatividad) el
falso-infinito. Lo que habría parecido absolutamente insensato a Hegel (y a
toda la metafísica que se expande y se repiensa en él): ¿cómo separar la
alteridad de la negatividad, cómo separar la alteridad del «falso-infinito»?
¿Cómo no va a ser el verdadero infinito lo mismo? O a la inversa, ¿cómo no va a
ser lo mismo absoluto infinito? Si lo mismo fuera, como lo dice Levinas,
totalidad violenta, eso significaría que es totalidad finita, en consecuencia,
abstracta, en consecuencia, de nuevo otra que lo otro (que otra totalidad),
etc. Lo mismo como totalidad finita no sería lo mismo, sino todavía lo otro.
Levinas hablaría de lo otro bajo el nombre de lo mismo, y de lo mismo bajo el
nombre de lo otro, etc. Si la totalidad finita fuera lo mismo, no podría
pensarse ni exponerse como tal a sí misma sin volverse otra que sí (esto es la
guerra). Si no lo hiciese, no podría entrar en guerra con los otros (con las
otras totalidades finitas), ni ser violenta. Desde ese momento, al no ser
violenta, no sería lo mismo en el sentido de Levinas (totalidad finita). Al
entrar en guerra -y hay guerra- aquélla se piensa, por cierto, como lo otro de
lo otro, es decir, que accede a lo otro como otro (sí). Pero, todavía una vez
más, ya no es entonces totalidad en el sentido de Levinas. En este lenguaje,
que es el único lenguaje de la filosofía occidental, ¿es posible no repetir el
hegelianismo, que no es más que ese lenguaje mismo tomando posesión
absolutamente de sí?
En estas
condiciones, la única posición eficaz para no dejarse envolver por Hegel podría parecer, por el momento, la
siguiente: sostener como irreductible el falso-infinito (es decir, en un
sentido profundo, la finitud originaria). Es quizás lo que en el fondo hace Husserl al mostrar la irreductibilidad del
inacabamiento intencional, en consecuencia, de la alteridad, y que en la medida
en que la consciencia-de es irreductible, no podría jamás, por esencia,
volverse consciencia-sí mismo, ni concentrarse absolutamente junto a sí en la
parousía de un saber absoluto. Pero ¿puede esto decirse, se puede pensar el
«falso-infinito» como tal (en una palabra, el tiempo), fijarse en él como en la
verdad de la experiencia, sin haber dejado ya (¡un ya que permite pensar el
tiempo!) anunciarse, presentarse, pensarse y decirse el verdadero infinito, que hay que
reconocer, entonces, como tal? Lo que se llama filosofía, que no constituye
quizás la totalidad del pensamiento, no puede pensar lo falso, ni siquiera
escoger lo falso, sin rendir homenaje a la anterioridad y superioridad de lo
verdadero (la relación misma entre lo otro y lo mismo). Esta última cuestión,
que bien podría ser la de Levinas a Husserl, demostraría
que desde que habla
contra Hegel, Levinas no puede sino confirmar a Hegel, lo ha confirmado ya.
Pero ¿hay un tema
más rigurosamente y sobre todo más literalmente husserliano que el de la
inadecuación? ¿Y que el del desbordamiento infinito de los horizontes? ¿Quién
más que Husserl se ha aplicado obstinadamente en
mostrar que la visión era originalmente y esencialmente inadecuación de la
interioridad y la exterioridad? ¿Que la percepción de la cosa trascendente y
extensa era por esencia y para siempre inacabada? ¿Que la percepción inmanente
se producía en el horizonte infinito del flujo de las vivencias (cf. por
ejemplo, Ideas
I, par. 83 y passim)? Y sobre todo, ¿quién mejor que
Levinas nos ha hecho comprender en primer lugar estos temas husserlianos? No se
trata, pues, de recordar que existen, sino de preguntarse si finalmente Husserl ha resumido la inadecuación y
reducido a la condición de objetos disponibles los horizontes infinitos de la
experiencia. Dicho sea esto en razón de la interpretación segunda por la que le
acusa Levinas.
Nos cuesta trabajo
creerlo. En las dos direcciones intencionales de las que acabamos de hablar, la
Idea en el
sentido kantiano designa el desbordamiento infinito de un
horizonte, por razón de una necesidad de esencia absoluta, absolutamente
principal e irreductible, no podrá jamás convertirse él mismo en objeto,
o dejarse colmar, igualar por una intuición de objeto. Ni siquiera la de un
Dios. El horizonte no puede ser él mismo objeto, pues es el recurso
inobjetivable de todo objeto en general. La imposibilidad de la adecuación es
tan radical que ni la originariedad ni la apodicticidad de las evidencias
son necesariamente adecuaciones (cf. por ejemplo, Ideas I, par. 3, Meditaciones
cartesianas, par. 9, y passim). (Esto no implica, claro está, que Husserl ignore ciertas posibilidades de
evidencias adecuadas -particulares y fundadas-.) La importancia del concepto de
horizonte es precisamente la de no poder ser objeto de ninguna
constitución, y la de abrir al infinito el trabajo de la objetivación. El
cogito husserliano, nos parece, no constituye la idea de infinito. En la
fenomenología no hay jamás constitución de horizontes, sino horizontes de
constitución. Que la infinitud del horizonte husserliano tenga la forma de la
abertura in-definida, que se ofrezca, sin término posible, a la negatividad de
la constitución (del trabajo de objetivación), ¿no es eso lo que lo resguarda
más seguramente frente a toda totalización, frente a la ilusión de la presencia
inmediata de un infinito de plenitud, donde lo otro, de repente, se hace
inencontrable? Si la consciencia de la inadecuación infinita con lo infinito
(¡e incluso con lo finito!) es lo propio de un pensamiento preocupado por
respetar la exterioridad, se ve mal, al menos en este punto, cómo puede
separarse Levinas de Husserl.
¿No es la
intencionalidad el respeto mismo? ¿La irreductibilidad para siempre de lo otro
a lo mismo, pero de lo otro que aparece como otro a lo mismo? Pues sin este fenómeno
de lo otro como otro no habría respeto posible. El fenómeno del respeto supone
el respeto de la fenomenalidad. Y la ética supone la fenomenología.
En este sentido, la
fenomenología es el respeto mismo, el desarrollo, el hacerse-lenguaje del
respeto mismo. A eso apuntaba Husserl al
decir que a la razón no se la puede distinguir en teórica, práctica, etc.
(citado más arriba). Esto no significa que el respeto como ética sea derivado
de la fenomenología, que suponga a ésta como sus premisas o como un valor
anterior o superior. La presuposición de la fenomenología es de un género
único. No «manda» sobre nada, en el sentido mundano (real, político, etc.) del
mando. Es la neutralización misma de este tipo de mando. Pero no lo neutraliza
para sustituirlo por otro. Es profundamente ajena a toda jerarquía. Es decir,
que la ética no solamente no se disuelve en la fenomenología, ni se somete a
ella; es que encuentra en ella su propio sentido, su libertad y su radicalidad.
En cuanto a que los temas de la no-presencia (temporalización y alteridad) son
contradictorios con lo que hace de la fenomenología una metafísica de la
presencia, que la trabajan sin cesar, eso nos parece por otra parte
indiscutible, y en ello insistimos en otro lugar.
C. ¿Puede
Levinas separarse más legítimamente de Husserl a propósito del teoreticismo y del primado de la consciencia de
objeto? No olvidemos que el «primado» que debe considerarse aquí es el del
objeto o de la objetividad en general. Pero la fenomenología no habría aportado
nada, si no hubiese renovado infinitamente, ampliado, flexibilizado esta noción
de objeto en general. La jurisdicción última de la evidencia está abierta al
infinito, a todos los tipos de objetos posibles, es decir, a todo sentido pensable, es decir, presente a una consciencia en general. Ningún tema (por
ejemplo, el que en Totalidad e infinito pretende despertar las evidencias
éticas a su independencia absoluta, etc.) tendría sentido, ni podría pensarse
ni entenderse, si no recurriese a esa capa de la evidencia fenomenológica en
general. Basta que el sentido ético sea pensado para que Husserl tenga razón. No solamente las
definiciones nominales, sino, antes que éstas, las posibilidades de esencia que
orientan los conceptos están ya presupuestas cuando se habla de ética, de
trascendencia, de infinito, etc. Estas expresiones deben tener un sentido para
una consciencia concreta en general, sin lo cual ningún discurso y ningún
pensamiento serían posibles. Ese dominio de evidencias absolutamente «previas»
es el de la fenomenología trascendental, en la que
se enraíza una fenomenología de la ética. Este enraizamiento no es real, no
significa una dependencia real, y sería vano reprocharle a la fenomenología
trascendental el ser de hecho impotente para engendrar valores o
comportamientos éticos (o, lo que viene a ser lo mismo, el poder más o menos
directamente reprimirlos). En tanto que todo sentido determinado, todo sentido
pensado, todo nóema (por ejemplo, el sentido de la ética) supone la posibilidad
de un nóema
en general, conviene comenzar de derecho por la fenomenología
trascendental. Comenzar de derecho por la posibilidad en general de un nóema,
que, recordemos este punto decisivo, no es un momento real (reell) para Husserl, no tiene ninguna relación real
(jerárquica o de otro tipo) con cualquier otra cosa sea cual sea: es
que cualquier otra cosa sea cual sea no puede pensarse más que en la
noematicidad. Esto significa en particular que, a los ojos de Husserl, la ética no podría de hecho,
en la existencia y en la historia, estar subordinada a la neutralización
trascendental ni estar de hecho sometida a ésta de ninguna manera. Ni la ética
ni, por otra parte, ninguna otra cosa en el mundo. La neutralización
trascendental es por principio y según su sentido, extraña a toda facticidad, a
toda existencia en general. No es de hecho ni anterior ni posterior a la ética.
Ni anterior ni posterior a sea lo que sea.
Se puede hablar,
pues, de objetividad ética, de valores o de imperativos éticos como objetos
(nóemas) con toda su originalidad ética, sin reducir esta objetividad a ninguna
de aquellas que proporcionan por error (pero no es error de Husserl) su modelo a lo que se entiende
comúnmente por objetividad (objetividad teorética, política, técnica, natural,
etc.). A decir verdad, hay dos sentidos de lo teorético: el sentido corriente,
apuntado en particular por la protesta de Levinas; y el sentido más oculto, en
el que se contiene el aparecer en general, el aparecer de lo no-teorético (en
el primer sentido) en particular. En este segundo sentido la fenomenología es
por cierto un teoreticismo, pero lo es en la medida en que todo pensamiento y
todo lenguaje, de hecho y de derecho, están ligados al teoreticismo. La
fenomenología mide esa medida. Sé por un saber teorético (en general) cuál es
el sentido de lo no-teorético (por ejemplo, la ética, lo metafísico en el
sentido de Levinas) como tal, y lo respeto como tal, como aquello que es, en su
sentido. Sostengo una mirada para reconocer lo que no se mira como una cosa,
como una fachada, como un teorema. Sostengo una mirada sobre el rostro mismo.
D. Pero
es sabido que el desacuerdo fundamental entre Levinas y Husserl no está ahí. Tampoco recae en la
ahistoricidad del sentido, que se le reprochaba a Husserl en otro tiempo, y a propósito de lo
cual éste «reservaba sorpresas» (como la escatología de Levinas había de
sorprendernos al hablarnos, treinta años más tarde, «más allá de la
totalidad o la historia» [TI]). Lo que supone, una vez
más, que la totalidad sea finita (cosa que no está de ningún modo inscrita en
su concepto), que la historia como tal pueda ser totalidad finita y que no haya
historia más allá de la totalidad finita. Habría que mostrar quizás, como lo
sugeríamos más arriba, que la historia es imposible, que no tiene sentido en la
totalidad finita, y que es imposible y no tiene sentido en la infinitud
positiva y actual; y que se sostiene en la diferencia entre la totalidad y lo
infinito, que es precisamente lo que Levinas llama trascendencia y escatología.
Un sistema
no es ni finito ni infinito. Una totalidad estructural, en su propio juego,
escapa a esa alternativa. Escapa a la arqueología y a la escatología, y las
inscribe en ella misma.
Es a propósito del
otro donde el desacuerdo parece definitivo. Lo hemos visto: según Levinas, al
hacer del otro, especialmente en las Meditaciones cartesianas, un fenómeno
del ego, constituido por apresentación analógica a partir de la esfera de
pertenencia propia del ego, Husserl habría
dejado perder la alteridad infinita del otro y lo habría reducido a lo mismo.
Hacer del otro un alter ego, dice con frecuencia Levinas, es
neutralizar su alteridad absoluta.
a) Ahora bien, sería fácil mostrar hasta
qué punto, en particular en las Meditaciones cartesianas, Husserl se muestra cuidadoso en respetar en su
significación la alteridad del otro. Para él, se trata de describir cómo el
otro en
tanto que otro, en su alteridad irreductible, se me presenta a
mí. Se me presenta a mí, lo veremos más adelante, como no-presencia originaria.
Es el otro en tanto que otro lo que es fenómeno del ego: fenómeno de una cierta
fenomenalidad irreductible para el ego como ego en general (el eidos ego). Pues
es imposible tener un encuentro con el alter ego (incluso en la forma del encuentro que describe Levinas), es
imposible respetarlo en la experiencia y en el lenguaje sin que este otro, en
su alteridad, aparezca
a un ego (en general). No se podría ni hablar, ni tendría sentido alguno
cualquiera que fuese, de lo completamente-otro, si no hubiese un fenómeno de lo
completamente-otro, una evidencia de lo completamente-otro como tal. Nadie ha
sido más sensible que Husserl
a que el estilo de esa
evidencia y de ese fenómeno es irreductible y singular, a que lo que se muestra
ahí es una no-fenomenalización originaria. Incluso si no se quiere ni se puede
tematizar al otro, del que no se habla, sino al que se habla, esa
imposibilidad y ese imperativo no pueden ser a su vez tematizados ellos mismos
(como lo hace Levinas) si no es a partir de un cierto aparecer del otro como
otro a un ego. Es de ese sistema, de ese aparecer y de esa imposibilidad de
tematizar al otro en persona, de lo que nos habla Husserl. Ese es su problema: «Aquellos (los
otros ego)
no son, sin embargo, simples representaciones y objetos representados en
mí, unidades sintéticas de un proceso de verificación que se desarrolla “en
mí”, sino precisamente “otros”... sujetos ante este mismo mundo... sujetos que
perciben el mundo... y que tienen por eso experiencia de mí, como yo, por mi
parte, tengo experiencia del mundo, y en él, de los “otros”» (MC, trad.
Levinas). Es ese aparecer del otro como lo que no puedo ser jamás, es esa
no-fenomenalidad originaria lo que viene a ser interrogado como fenómeno
intencional del ego.
b) Pues -y nos atenemos aquí al sentido
más manifiesto y más masivamente indiscutible de esta quinta de las Meditaciones cartesianas, cuyo curso es tan laberíntico- la afirmación
más central de Husserl concierne al carácter irreductiblemente
mediato de la intencionalidad que apunta al otro como otro. Es
evidente, según una evidencia esencial, absoluta y definitiva, que el otro como
otro trascendental (otro origen absoluto y otro punto cero en la orientación
del mundo) no puede estarme dado jamás de manera originaria y en persona, sino
sólo por apresentación analógica. La necesidad de recurrir a la apresentación
analógica, lejos de significar una reducción analógica y asimiladora de lo otro
a lo mismo, confirma y respeta la separación, la necesidad insuperable de la
mediación (no-objetiva). Si yo no fuese hacia el otro por vía de apresentación
analógica, si lo alcanzase inmediata y originariamente, en silencio y por
comunión con su propia vivencia, el otro dejaría de ser el otro. En contra de
las apariencias, el tema de la trasposición apresentativa traduce el
reconocimiento de la separación radical de los orígenes absolutos, la relación
de los absolutos absueltos y el respeto no-violento del secreto: lo contrario
de la asimilación victoriosa.
Los cuerpos, las
cosas trascendentes y naturales, son otras en general para mi consciencia.
Están fuera y su trascendencia es el signo de una alteridad ya irreductible.
Levinas no lo cree, Husserl
sí lo cree y cree
que «otro» quiere decir ya algo cuando se trata de cosas. Lo cual es tomarse en
serio la realidad del mundo exterior. Otro signo de esta alteridad en general,
que las cosas comparten en este caso con el otro, es que algo de ellas se oculta
también siempre, y no se indica más que por anticipación, analogía y
apresentación. Husserl lo dice en la quinta de las Meditaciones
cartesianas: la apresentación analógica es propia, por una parte,
de toda
percepción. Pero en el caso de lo otro como cosa trascendente, la
posibilidad por principio de una presentación originaria y original de la cara
oculta está siempre abierta por principio y a priori. Esta posibilidad está
absolutamente excluida en el caso del otro. La alteridad de la cosa
trascendente, aunque sea irreductible ya, no lo es más que por el inacabamiento
indefinido de mis percepciones originarias. No tiene, pues, medida común con la
alteridad también irreductible del otro, que añade a la dimensión del
inacabamiento (el cuerpo del otro en el espacio, la historia de nuestras
relaciones, etc.) una dimensión de no-originariedad más profunda, la
imposibilidad radical de dar la vuelta para ver las cosas desde el otro lado.
Pero sin la primera alteridad, la de los cuerpos (y el otro es también desde un
principio un cuerpo), no podría surgir la segunda. Hay que pensar en su
conjunción el sistema de estas dos alteridades, la una inscrita en la otra. La
alteridad del otro es, pues, irreductible, por una doble potencia de
indefinición. El extraño es infinitamente otro porque por esencia ningún
aumento de perspectivas puede ofrecerme la cara subjetiva de su vivencia, por su lado,
tal como él la vive. Jamás me será dada esa vivencia en su forma original,
como sí lo está todo aquello que es mir eigenes, aquello que me es propio. Esta
trascendencia de lo no-propio no es ya la trascendencia del «todo», inaccesible
a partir de bosquejos siempre parciales: trascendencia del Infinito,
no de la Totalidad.
Levinas y Husserl están aquí muy próximos. Pero al
reconocerle a éste infinitamente otro como tal (que aparece como tal) el
estatuto de una modificación intencional del ego en general, Husserl se concede el derecho a hablar de lo
infinitamente otro como tal, da cuenta del origen y de la legitimidad de su
lenguaje. Describe el sistema de la fenomenalidad de la no-fenomenalidad.
Levinas habla de
hecho de lo infinitamente otro, pero, al rehusarse a reconocer en
ello una modificación intencional del ego -lo que sería para él un acto
totalitario y violento- se priva del fundamento mismo y de la posibilidad de su
propio lenguaje. ¿Qué le autoriza a decir «infinitamente otro» si lo
infinitamente otro no aparece como tal en esa zona a la que llama lo mismo y
que es el nivel neutro de la descripción trascendental? Retornar, como al único
punto de partida posible, al fenómeno intencional en que el otro aparece como
otro y se presta al lenguaje, a todo lenguaje posible, es quizás
entregarse a la violencia, al menos hacerse cómplice de ella y dar derecho
-en el sentido crítico- a la violencia del hecho, pero se trata entonces de
una zona irreductible de la facticidad, de una violencia originaria,
trascendental, anterior a toda elección ética, supuesta, incluso, por la
no-violencia ética. ¿Tiene algún sentido hablar de una violencia pre-ética? La
«violencia» trascendental a la que estamos aludiendo, en cuanto que esté ligada
a la fenomenalidad misma y a la posibilidad del lenguaje, estaría alojada así
en la raíz del sentido y del logos, antes incluso de que éste tenga que
determinarse como retórica, psicagogia, demagogia, etc.
c) Levinas escribe: «El otro, en tanto que el otro, no
es solamente un alter ego. Él es lo que yo no soy» (EE y
TA). La «decencia» y la «vida corriente» nos hacen creer equivocadamente que
«al otro se le conoce por medio de la simpatía, como otro yo-mismo, como el alter ego» (TA). Eso es exactamente lo que
no hace Husserl. Éste pretende solamente reconocerlo
como otro en su forma de ego, en su forma de alteridad que no puede ser la de
las cosas en el mundo. Si el otro no fuera reconocido como alter ego trascendental, estaría todo él dentro
del mundo, y no sería, como yo, origen del mundo. Rehusarse a ver en él un ego
en ese sentido es, en el orden ético, el mismo gesto de toda violencia. Si el
otro no fuese reconocido como ego, toda su alteridad se vendría abajo. No se
puede, pues, parece, sin maltratar sus más permanentes y abiertas intenciones,
suponer que Husserl hace del otro yo-mismo (en el sentido
fáctico de la palabra), una modificación real de mi vida. Si el otro fuera
un momento real de mi vida egológica, si «la inclusión de otra mónada en la
mía» (MC) fuera real, yo la percibiría originaliter. Husserl no deja de subrayar que eso es una
imposibilidad absoluta. El otro como alter ego significa el otro como otro, irreductible a mi ego,
precisamente porque es ego, porque tiene la forma del ego. La egoidad del otro
le permite decir, como a mí, «ego», y por eso es el otro, y no una piedra o un
ser sin palabra en mi economía real. Por eso, si se quiere, es rostro,
puede hablarme, oírme, y eventualmente mandarme. No sería posible ninguna
disimetría sin esta simetría que no forma parte del mundo, y que, al no ser
nada real, no impone ningún límite a la alteridad, a la disimetría, por el
contrario, la hace posible. Esta disimetría es una economía en un sentido nuevo,
que sin duda sería también intolerable para Levinas.
Es, a pesar del
absurdo lógico de esta formulación, la simetría trascendental de dos asimetrías
empíricas. El otro es para mí un ego, del que sé que se relaciona conmigo como
con otro. ¿Dónde están mejor descritos estos movimientos que en la Fenomenología del
espíritu? El movimiento de trascendencia hacia el otro, tal como
lo evoca Levinas, no tendría sentido si no comportase, como una de sus
significaciones esenciales, que yo me sepa, en mi ipseidad, otro para el otro.
Sin lo cual, «Yo» (en general: la egoidad), al no poder ser el otro del otro,
no sería nunca víctima de violencia. La violencia de la que habla Levinas sería
una violencia sin víctima. Pero como, en la disimetría que aquél describe, el
autor de la violencia no podría ser jamás el otro mismo, sino siempre el mismo
(ego), y como todos los egos son otros para los otros, la violencia sin víctima
sería también una violencia sin autor. Y todas estas proposiciones se pueden
invertir sin dificultad. Se advertirá enseguida que, si el Parménides del Poema nos
permite creer que, por medio de fantasmas históricos interpuestos, se ha
prestado varias veces al parricidio, la gran sombra blanca y temible que
hablaba al joven Sócrates sigue sonriendo cuando emprendemos grandes discursos
sobre los seres separados, la unidad, la diferencia, lo mismo y lo otro. ¡A qué
ejercicios se dedicaría Parménides en los márgenes de Totalidad e infinito si intentásemos
hacerle entender que ego es igual a mismo y que lo Otro no es lo que es más
que como absoluto, infinitamente otro absuelto de su relación con lo Mismo! Por
ejemplo: 1. Lo infinitamente otro, diría quizás, no puede ser lo que es más que
si es otro, es decir otro que. Otro que debe ser otro que yo. Desde ese momento, ya no
está absuelto de la relación a un ego. No es ya, pues, infinitamente,
absolutamente otro. Ya no es lo que es. Si estuviera absuelto, no sería más lo
Otro, sino lo Mismo. 2. Lo infinitamente otro no puede ser lo que es -infinitamente
otro- más que no siendo absolutamente lo mismo. Es decir, en particular, siendo
otro que sí (no ego). Al ser otro que sí, no es lo que es. No es, pues,
infinitamente otro, etc.
Este ejercicio,
creemos, no sería en el fondo verbosidad o virtuosidad dialéctica en el «juego
de lo Mismo». Significaría que la expresión «infinitamente otro» o
«absolutamente otro» no puede decirse y pensarse a la vez. Que lo Otro no puede
ser absolutamente exterior a lo mismo sin dejar de ser otro, y que, por
consiguiente, lo mismo no es una totalidad cerrada sobre sí, una identidad que
juega consigo, con la mera apariencia de la alteridad, dentro de lo que llama
Levinas la economía, el trabajo, la historia. ¿Cómo podría haber un «juego de
lo Mismo» si la alteridad misma no estuviera ya dentro de lo Mismo, en un
sentido de la inclusión que la expresión dentro de sin duda traiciona?
Sin la alteridad dentro de lo mismo, ¿cómo podría producirse el «juego de
lo Mismo», en el sentido de la actividad lúdica o en el sentido de la
dislocación, dentro de una máquina o una totalidad orgánica que juega o que trabaja?
Y podría mostrarse que para Levinas el trabajo, encerrado siempre en la
totalidad y la historia, sigue consistiendo fundamentalmente en un juego.
Proposición que aceptaremos, con ciertas precauciones, más fácilmente que él.
Reconozcamos, en
fin, que somos totalmente sordos ante proposiciones de este tipo: «El ser se
produce como múltiple y como escindido en Mismo y en Otro. Esa es su estructura
última» (TI). ¿Qué es la escisión del ser entre lo mismo y lo otro, una
escisión entre
lo mismo y lo otro, y tal que no suponga, al menos, que lo mismo sea lo
otro de lo otro, y lo otro lo mismo que sí? No pensamos sólo en el
ejercicio de Parménides jugando con el joven Sócrates. El extranjero de El sofista,
que parece romper con el eleatismo, como Levinas, en nombre de la
alteridad, sabe que la alteridad no se piensa más que como negatividad, no se dice, sobre
todo, más que como negatividad -lo que Levinas empieza por rechazar- y que, a
diferencia del ser, lo otro es siempre relativo, se dice pros eteron,
lo que no le impide ser un eidos (o un género, en
un sentido no conceptual), es decir, ser lo mismo que sí (suponiendo ya «mismo
que sí», como advierte Heidegger
en Identität und Differenz, precisamente
a propósito de El
sofista, mediación, relación y diferencia: hékaston heauto
tautón). Por su parte, Levinas se rehusaría a asimilar el otro al
eteron
del que se trata aquí. ¿Pero cómo pensar o decir «el otro» sin la
referencia -no decimos la reducción- a la alteridad del eteron en general? Desde ese
momento esta última noción no tiene ya el sentido restringido que permite oponerla
simplemente a la de el otro, como si aquélla estuviese confinada a la región
de la objetividad real o lógica. El eteron pertenece aquí a una zona más
profunda y más originaria que aquella en la que se despliega esa filosofía de
la subjetividad (es decir, de la objetividad) implicada todavía en la noción
del otro.
El otro no sería,
pues, lo que es (mi prójimo como extraño), si no fuera alter ego. Esa es una evidencia muy anterior
a la «decencia» y a los disimulos de la «vida corriente». ¿No trata Levinas la
expresión alter ego como si alter fuera ahí el epíteto de un sujeto real
(en un nivel pre-eidético)? ¿Como la modificación accidental, epitética, de mi
identidad real (empírica)? Pero la sintaxis trascendental de la expresión alter ego no tolera ninguna relación de
sustantivo a adjetivo, de absoluto a epíteto, ni en un sentido ni en otro. Ahí
está lo que tiene de extraño. Una necesidad que se sostiene en la finitud del
sentido: el otro no es absolutamente otro más que en tanto que es un ego, es
decir, en cierto modo, lo mismo que yo. A la inversa, lo otro como res es
a la vez menos otro (no absolutamente otro) y menos «lo mismo» que yo. A la vez
más otro y menos otro, lo que significa de nuevo que lo absoluto de la
alteridad es lo mismo. Y esta contradicción (en los términos de una lógica
formal que Levinas sigue al menos por una vez, puesto que se niega a llamar al
Otro alter ego),
esta
imposibilidad de traducir en la coherencia racional del lenguaje mi relación
con el otro, esta contradicción y esta imposibilidad no son signos de
«irracionalidad»: son más bien el signo de que no se respira ya más aquí dentro de
la coherencia del Logos, sino que el pensamiento se corta el aliento en la
región del origen del lenguaje como diálogo y diferencia. Este origen, como
condición concreta de la racionalidad, es cualquier cosa antes que
«irracional», pero no podría quedar «comprendida» en el lenguaje. Este origen
es una inscripción inscrita.
Además toda
reducción del otro a un momento real de mi vida, su reducción al estado
de alter ego-empírico es una posibilidad, o más
bien una eventualidad empírica, que se llama violencia, y que presupone las
relaciones eidéticas necesarias enfocadas por la descripción husserliana. Por
el contrario, acceder a la egoidad del alter ego como a su alteridad misma es el gesto más pacífico que hay.
No decimos absolutamente pacífico. Decimos económico. Hay una violencia
trascendental y pre-ética, una disimetría (en general), cuya arquía es lo
mismo, y que permite ulteriormente la disimetría inversa, la no-violencia ética
de la que habla Levinas. En efecto, o bien no hay más que lo mismo, y éste ni
siquiera puede aparecer ya, ni ser dicho, ni siquiera ejercer violencia
(infinitud o finitud puras); o bien hay lo mismo y lo otro, y entonces lo otro
no puede ser lo otro -de lo mismo- más que siendo lo mismo (que sí: ego), y lo
mismo no puede ser lo mismo (que sí: ego) más que siendo el otro del otro: alter ego. Que yo sea también esencialmente
el otro del otro, que lo sepa, he aquí la evidencia de una extraña simetría,
cuya huella no aparece por ninguna parte en las descripciones de Levinas. Sin
esta evidencia, yo no podría desear (o) respetar al otro en la disimetría
ética. Esta violencia trascendental, que no procede de una resolución o de una
libertad éticas, de una manera determinada de abordar o desbordar al otro, instaura
originariamente la relación entre dos ipseidades finitas. En efecto, la
necesidad de acceder al sentido del otro (en su alteridad irreductible) a
partir de su «rostro», es decir, del fenómeno de su no-fenomenalidad, del tema
de lo no-tematizable, dicho de otra manera, a partir de una modificación
intencional de mi ego (en general) (modificación intencional de la que Levinas
tiene que extraer el sentido de su discurso), la necesidad de hablar del otro
como otro o al otro como otro a partir de su aparecer-para-mí-como-lo-que-es:
el otro (aparecer que simula su simulación esencial, que lo saca a la luz, lo
desnuda y oculta lo que en el otro es lo oculto), esa necesidad a la que ningún
discurso podría escapar desde su más temprano origen, esa necesidad es la
violencia misma, o más bien el origen trascendental de una violencia
irreductible, suponiendo, como decíamos más arriba, que tenga algún sentido
hablar de violencia pre-ética. Pues este origen trascendental, como violencia
irreductible de la relación con el otro, es al mismo tiempo no-violencia,
puesto que abre la relación con el otro. Es una economía. Y es ésta la
que, por medio de esta abertura, permitirá que ese acceso al otro se determine,
en la libertad ética, como violencia o no violencia morales. No se ve cómo la
noción de violencia (por ejemplo, como simulación u opresión del otro por lo
mismo, noción que Levinas utiliza como cosa obvia, y que significa, sin
embargo, ya alteración de lo mismo, del otro en tanto que es lo que es) podría
estar determinada con rigor en un nivel puramente ético, sin análisis
eidético-trascendental previo de las relaciones entre ego y alter ego en general, entre diversos
orígenes del mundo en general. Que lo otro no aparezca como tal más que en su
relación con lo mismo, esta evidencia los griegos no tuvieron necesidad de
reconocerla en la egología trascendental, que la confirmará más tarde, y es la
violencia como origen del sentido y del discurso en el reino de la finitud. La
diferencia entre lo mismo y lo otro, que no es una diferencia o una relación
entre otras, no tiene ningún sentido en el infinito, salvo si se habla, como Hegel y frente a Levinas, de la inquietud
del infinito que se determina y se niega él mismo. La violencia, ciertamente,
aparece en el horizonte de una idea del infinito. Pero este horizonte no es el
de lo infinitamente otro, sino el de un reino en que la diferencia entre lo
mismo y lo otro, la diferencia, no seguiría ya su curso, es decir, de un reino
en que la paz no tendría ya sentido. Y en primer lugar porque no habría ya
fenomenalidad y sentido en general. Lo infinitamente otro y lo infinitamente
mismo, si es que estas palabras tienen un sentido para un ser finito, es lo
mismo. Hegel mismo reconocía la negatividad, la
inquietud o la guerra en lo infinito absoluto sólo como el movimiento de su
propia historia y a la vista de un apaciguamiento final en el que la
alteridad estaría absolutamente resumida si no elevada en la
parousía. ¿Cómo interpretar la necesidad de pensar el
hecho
de lo que existe en primer término a la vista, en este caso, de lo que
se llama, en general, el fin de la historia? Lo que viene a ser preguntarse qué
significa el pensamiento
de lo otro como otro, y si, en este único caso, la luz del «como tal» no es
la simulación misma. ¿Único caso? No, hay que invertir los términos: «otro» es
el nombre, «otro» es el sentido de esa unidad impensable de la luz y de la
noche. Lo que quiere decir «otro» es la fenomenalidad como desaparición. ¿Se
trata aquí de una «tercera vía excluida por esas contradictorias» (revelación y
simulación, La
huella del otro)? Pero aquélla no puede aparecer y decirse
sino como tercera. Si se la llama «huella», esta palabra no puede surgir sino
como una metáfora, cuya elucidación filosófica apelará sin cesar a las
«contradictorias». Sin lo cual no aparecería su originalidad -lo que la
distingue del Signo (palabra escogida convencionalmente por Levinas)-, Ahora
bien, hay,
que hacerla aparecer. Y el fenómeno supone su contaminación
originaria por el signo.
La guerra es, pues,
congénita a la fenomenalidad, es el surgimiento mismo de la palabra y del
aparecer. Hegel no se abstiene por azar de pronunciar
la palabra «hombre» en la Fenomenología del espíritu y describe la guerra (por
ejemplo, la dialéctica del Amo y el Esclavo) sin referencia antropológica, en
el campo de una ciencia de la consciencia, es decir, de la
fenomenalidad misma, en la estructura necesaria de su movimiento: ciencia de la
experiencia de la consciencia.
Así pues, el
discurso, si es originariamente violento, no puede otra cosa que hacerse violencia,
negarse para afirmarse, hacer la guerra a la guerra que lo instituye sin poder jamás,
en tanto que discurso, volverse a apropiar de esa negatividad. Sin deber volvérsela
a apropiar, pues si lo hiciese, desaparecería el horizonte de la paz en la
noche (la peor violencia, en tanto pre-violencia). Esta guerra segunda, en
cuanto declarada, es la violencia menor posible, la única forma de reprimir la
peor violencia, la del silencio primitivo y pre-lógico de una noche
inimaginable que ni siquiera sería lo contrario del día, la de una violencia
absoluta que ni siquiera sería lo contrario de la no-violencia: la nada o el
sin-sentido puros. Así pues, el discurso se elige violentamente contra la nada
o el sin-sentido puros y, en la filosofía, contra el nihilismo. Para que la
cosa no fuese así, haría falta que la escatología que anima el discurso de
Levinas hubiese cumplido ya su promesa, hasta ya no poder siquiera producirse
en el discurso como escatología e idea de la paz «más allá de la historia».
Haría falta que se hubiese instaurado el «triunfo mesiánico» «pertrechado
contra el desquite del mal». Ese triunfo mesiánico, que es el horizonte del
libro de Levinas, pero que «desborda su marco» (TI), sólo podría abolir la
violencia poniendo en suspenso la diferencia (conjunción u oposición) entre lo
mismo y lo otro, es decir, poniendo en suspenso la idea de la paz. Pero ese
horizonte mismo no puede decirse aquí y ahora (en un presente en general), el
fin no puede decirse, la escatología no es posible más que a través de la
violencia. Esta travesía infinita es lo que se llama la historia.
Ignorar la irreductibilidad de esta última violencia es retornar, en el orden
del discurso filosófico que no se puede querer rechazar sino bajo el riesgo
de la peor
violencia, al dogmatismo infinitista de estilo pre-kantiano que
no plantea la cuestión de la responsabilidad de su propio discurso filosófico
finito. Es verdad que la delegación de esta responsabilidad en Dios no es una
abdicación, pues Dios no es un tercero finito: pensada así, la responsabilidad
divina ni excluye ni disminuye la integridad de la mía, la del filósofo finito.
Ésta la exige y apela a ella, por el contrario, como su telos o su origen. Pero
el hecho
de la inadecuación de las dos responsabilidades o de esta única
responsabilidad con ella misma -la historia o inquietud del infinito- no es
todavía un tema
para los racionalistas pre-kantianos, habría que decir incluso para los
pre-hegelianos.
Así serán las cosas
mientras no se despeje la evidencia absolutamente principal que es, según los
propios términos de Levinas, «esta imposibilidad para el yo de no ser él
(mismo)» incluso cuando sale hacia el otro, y sin la que por otra parte no
podría salir de sí; «imposibilidad» de la que Levinas afirma con fuerza que
«marca lo trágico congénito del yo, el hecho de que esté clavado a su ser»
(EE). El hecho, sobre todo, de que lo sabe. Este saber es el primer discurso y
la primera palabra de la escatología; lo que permite la separación, y hablar al
otro. No es su saber entre otros, es el saber mismo. «Es ese
“ser-siempre-uno-y-sin-embargo-siempre-otro” que es la característica
fundamental del saber, etc.» (Schelling). Ninguna filosofía responsable de su lenguaje
puede renunciar a la ipseidad en general, y menos que cualquier otra, la
filosofía o la escatología de la separación. Entre la tragedia originaria y el
triunfo mesiánico, está la filosofía, en que la violencia se vuelve contra sí
en el saber, en que la finitud originaria se muestra y en que lo otro es
respetado en y por lo mismo. Esta finitud se muestra en el ámbito de una
cuestión abierta irreductiblemente como cuestión filosófica en general: ¿por qué la
forma esencial, irreductible, absolutamente general e incondicionada de la
experiencia como salida hacia lo otro sigue siendo todavía la egoidad? ¿Por qué es
imposible, impensable, una experiencia que no sea vivida como la mía (para
un ego en general, en el sentido eidético-trascendental de estas palabras)?
Este impensable, este imposible, son los límites de la razón en general. Dicho
de otra manera: ¿por qué la finitud? si, como lo había dicho
Schelling, «la egoidad es el principio general de la finitud». ¿Por qué la Razón?,
si es verdad que «la Razón y la Egoidad, en su verdadero carácter de
Absoluto, son una sola y la misma cosa... » (Schelling) y que «la razón... es
una forma de estructura universal y esencial de la subjetividad trascendental
en general» (Husserl). La filosofía, que es el discurso de
esta razón como fenomenología, no puede por esencia responder a una cuestión de
esa índole, pues ninguna respuesta puede darse sino en un lenguaje, y el
lenguaje se abre mediante la cuestión. La filosofía (en general) simplemente
puede abrirse a la cuestión, en ella y mediante ella. Puede solamente dejarse cuestionar.
Husserl lo sabía. Y lo llamaba
archi-facticidad (Urtatsache), facticidad no-empírica, facticidad
trascendental (noción a la que quizás no se ha prestado atención jamás), la
esencia irreductiblemente egoica de la experiencia. «Este yo soy es, para mí
que lo digo y lo digo comprendiéndolo como hay que hacerlo, el fundamento
primitivo intencional para mi mundo (der intentionale Urgrund für meine Welt)...» Mi mundo es la abertura en la
que se produce toda experiencia, comprendiendo en ella aquella que, experiencia
por excelencia, es trascendencia hacia el otro como tal. Nada puede aparecer
fuera del ámbito de pertenencia a «mi mundo» para un «yo soy». «Sea o no
conveniente, pueda o no parecerme monstruoso (por los prejuicios que sean), ese
es el hecho
primitivo al que debo hacer frente [die Urtatsache, der ich standhalten muss],
el
hecho que en tanto filósofo no puedo perder de vista un solo instante. Para
infantes en filosofía éste puede ser el oscuro paraje en que merodean los
fantasmas del solipsismo, o aun del psicologismo, del relativismo. El verdadero
filósofo preferirá, en lugar de huir ante ellos, iluminar ese oscuro paraje.»
Comprendida en este sentido, la relación intencional de «ego a mi mundo» no
puede abrirse a partir de un infinito-otro radicalmente extraño a «mi mundo»,
no me puede ser «impuesta por un Dios que determine esa relación... puesto que
el a priori
subjetivo es lo que precede al ser de Dios y de todas y cada una de las
cosas que son para mí el sujeto pensante. Aun Dios es para mí lo que es, a
partir de mi propia operación de consciencia; ni siquiera este punto puedo
pasar por alto por miedo a una pretendida blasfemia: tengo que ver el problema.
Aunque tampoco en este caso, como en el del alter ego, quiera decir la operación de
consciencia que yo invente y haga esa suprema trascendencia» Dios no
depende realmente
más de mí que el alter ego. Pero sólo tiene sentido para
un ego en general. Lo cual significa que antes de todo ateísmo o de toda fe,
antes de toda teología, antes de todo lenguaje sobre Dios o con Dios, la
divinidad de Dios (la alteridad infinita de lo otro infinito, por ejemplo) debe
tener un sentido para un ego en general. Anotemos de paso que este «a priori
subjetivo» reconocido por la fenomenología trascendental es la única
posibilidad de hacer fracasar al totalitarismo de lo neutro, a una «Lógica
absoluta» sin nadie, a una escatología sin diálogo, y a todo lo que se
clasifica bajo el título convencional, muy convencional, de hegelianismo.
La cuestión sobre
la egoidad como archi-facticidad trascendental puede repetirse, más
profundamente, en dirección a la archi-facticidad del «presente viviente». Pues
la vida egológica (la experiencia en general) tiene como forma irreductible y
absolutamente universal el presente viviente. No hay experiencia que pueda
vivirse de otra manera que en el presente. Esta imposibilidad absoluta de vivir
de otra manera que en el presente, esta imposibilidad eterna define lo
impensable como límite de la razón. La noción de un pasado cuyo sentido no
podría ser pensado en la forma de un presente (pasado) marca lo
imposible-impensable-indecible no sólo para una filosofía en
general, sino incluso para un pensamiento del ser que quisiera dar un paso
fuera de la filosofía. Sin embargo, esa noción se convierte en un tema dentro
de esa meditación de la huella que se anuncia en los últimos escritos de
Levinas. En el presente viviente, cuya noción es a la vez la más simple y la
más difícil, puede constituirse y aparecer como tal toda alteridad temporal:
otro presente pasado, otro presente futuro, otros orígenes absolutos re-vividos
en la modificación intencional, en la unidad y la actualidad de mi presente
viviente. Sólo la unidad actual de mi presente viviente permite a otros presentes
(a otros orígenes absolutos) aparecer como tales en lo que se llama la memoria
o la anticipación (por ejemplo, pero en verdad en el movimiento constante de la
temporalización). Pero sólo la alteridad de los presentes pasados y futuros
permite la identidad absoluta del presente viviente como identidad a sí (mismo)
de la no-identidad a sí (mismo). Habría que mostrar, a partir de las Meditaciones
cartesianas, cómo, una vez reducido todo problema de génesis
fáctica, la cuestión de la anterioridad en la relación entre la constitución del
otro como otro
presente y del otro como el otro es una cuestión falsa, que
debe remitir a una raíz estructural común. Aunque en las Meditaciones
cartesianas Husserl solamente
evoca la analogía de los dos movimientos (par. 52), en muchos inéditos
parece tenerlos por inseparables.
Si en última
instancia se quiere determinar la violencia como la necesidad que tiene el otro
de no aparecer como lo que es, de no ser respetado más que en, para y por lo
mismo, de ser disimulado por lo mismo en la misma liberación de su fenómeno, en
ese caso el tiempo es violencia. Este movimiento de liberación de la alteridad
absoluta en lo mismo absoluto es el movimiento de la temporalización en su
forma universal más absolutamente incondicionada: el presente viviente. Si el
presente viviente, forma absoluta de la abertura del tiempo a lo otro en sí, es
la forma absoluta de la vida egológica, y si la egoidad es la forma absoluta de
la experiencia, entonces el presente, la presencia del presente y el presente
de la presencia son originariamente y para siempre violencia. El presente
viviente está sometido originariamente al trabajo de la muerte. La presencia
como violencia es el sentido de la finitud, el sentido del sentido como
historia.
Pero, ¿por qué?
¿Por qué la finitud? ¿Por qué la historia? ¿Y por qué podemos, a partir de qué
podemos preguntarnos por esa violencia como finitud e historia? ¿Por qué el
porqué? ¿Y desde dónde se deja éste comprender en su determinación filosófica?
La metafísica de
Levinas presupone en un sentido -al menos hemos intentado mostrarlo- la
fenomenología trascendental que pretende poner en cuestión. Y sin embargo no
nos parece menos radical la legitimidad de esa puesta en cuestión. ¿Cuál es el
origen de la cuestión sobre la archi-facticidad trascendental como violencia?
¿A partir de qué se somete a cuestión la finitud como violencia? ¿A partir de
qué la violencia original del discurso se deja dar la orden de volverse contra
sí mismo, la orden de ser siempre, en tanto lenguaje, un retroceder contra sí
mismo en el reconocimiento del otro como otro? Sin duda, sólo cabe responder
a estas cuestiones (por ejemplo, diciendo que la cuestión de la violencia
de la finitud no puede plantearse más que a partir de lo otro de la finitud y
de la idea del infinito) sobre la base de empezar un nuevo discurso, que de
nuevo justificará la fenomenología trascendental. Pero la nuda abertura de la
cuestión, su abertura silenciosa escapa a la fenomenología, como el origen y el
fin de su logos. Esta abertura silenciosa de la cuestión de la historia como
finitud y violencia permite la aparición de la historia como tal; es la
apelación (a) (de) una escatología que disimula su propia abertura, la recubre
por su ruido desde el momento en que se profiere y se determina. Esta abertura
es la de una cuestión que se plantea a la filosofía, como logos, finitud,
historia, violencia, al invertir la disimetría trascendental. Interpelación de
lo Griego por lo no-Griego desde el fondo de un silencio, de una conmoción
ultra-lógica de la palabra, de una cuestión que sólo puede decirse dentro de la
lengua de los griegos, olvidándose de ella; que sólo se puede decir,
olvidándose de ella, dentro de la lengua de los griegos. Extraño diálogo entre
la palabra y el silencio. Extraña comunidad de la cuestión silenciosa, de la
que hablábamos más arriba. Es el punto en que, nos parece, más allá de todos
los malentendidos sobre la literalidad de la ambición husserliana, la
fenomenología y la escatología pueden, interminablemente, entablar
diálogo, entablarse
en él, apelarse el uno al otro al silencio.
De la violencia ontológica
El silencio
es una
palabra que no es una palabra,
y el
aliento un objeto
que no es un objeto.
G. BATAILLE
¿No dominará acaso
el movimiento de ese diálogo también la explicación con Heidegger? No sería nada extraño. Para
persuadirse de lo cual bastaría con advertir esto, y de la manera más
esquemática del mundo; para hablar, como acabamos de hacerlo, del presente como
forma absoluta de la experiencia, hay que entender ya lo que es el tiempo, lo
que es el ens
del praes-ens, y lo que es la proximidad del ser de este ens.
El presente de la presencia y la presencia del presente suponen el
horizonte, la anticipación pre-comprensiva del ser como tiempo. Si el sentido
del ser ha sido determinado siempre por la filosofía como presencia, la cuestión del
ser, planteada a partir del horizonte trascendental del tiempo
(primera etapa, en Sein und Zeit), es el primer estremecimiento de la
seguridad filosófica, como así mismo de la presencia asegurada.
Ahora bien, Husserl no ha desplegado jamás la cuestión del
ser. Aun si la fenomenología trae consigo esa cuestión cada vez que aborda los
temas de la temporalización y de la relación con el alter ego, no es menos cierto por ello que
sigue dominada por una metafísica de la presencia. La cuestión del ser no
gobierna su discurso.
La fenomenología en
general, como paso a la esencialidad, presupone la anticipación del esse de la esencia, de la unidad del esse anterior a su distribución en esencia
y existencia. Por otra vía, podría mostrarse sin duda que Husserl presupone silenciosamente una
anticipación o una decisión metafísica cuando afirma, por ejemplo, el ser (Sein) como no-realidad (Realität) de lo ideal (Ideal). La
idealidad es irreal, pero es -como objeto o ser- pensado. Sin el presupuesto acceso
a un sentido del ser que no se agota con la realidad, se vendría abajo toda la
teoría husserliana de la idealidad, y con ella toda la fenomenología
trascendental. Husserl no podría ya escribir, por ejemplo: Offenbar muss überhaupt jeder Versuch, das Sein des Idealen in ein mögliches Sein von Realem umzudeuten,
daran scheitern, dass Möglichkeiten selbst wieder ideale Gegenstände sind. So wenig in der realen Welt Zahlen im allgemeinen,
Dreiecke im allgemeinen zu finden sind, so wenig auch Möglichkeiten. «Es notorio que todo intento de
transmutar en la interpretación el ser de lo ideal en un ser posible de lo real
tiene que fracasar, por el hecho de que las posibilidades mismas son también
objetos ideales. En el mundo real no se encuentran números en general,
triángulos en general, pero tampoco se encuentran posibilidades.» El
sentido del ser -antes de toda determinación regional- debe ser pensado, en
primer lugar, para que pueda distinguirse lo ideal que es, de lo real que éste no es, pero
también de lo ficticio que pertenece al dominio de lo posible real.
(«Naturalmente no es nuestro propósito poner en un mismo plano el ser de lo ideal
y el ser pensado de lo ficticio o contra sentido.» Se podrían
citar otros cien textos análogos.) Pero si Husserl puede escribir eso, si, en
consecuencia, presupone el acceso a un sentido del ser en general, ¿cómo puede
distinguir su idealismo como teoría del conocimiento del idealismo metafísico?
También éste proponía el ser no-real de lo ideal. Husserl respondería, sin duda, pensando en
Platón, que lo ideal estaba en ese caso realizado, sustantificado,
hipostasiado, en la medida en que no era comprendido, esencialmente y de parte
a parte, como nóema, en la medida en que se lo imaginaba como pudiendo ser sin
ser pensado o enfocado de alguna manera. Una situación esta que no se habría
modificado totalmente cuando, más tarde, el eidos sólo se volvía
originariamente y esencialmente nóema dentro del Entendimiento o Logos de un
sujeto infinito: Dios. Pero ¿en qué medida el idealismo trascendental, cuya vía
se abría así, escapa al horizonte, al menos, de esa subjetividad infinita? Es
algo que no se puede debatir aquí.
Y sin embargo, si
en un tiempo Levinas contrapuso Heidegger a Husserl, ahora discute lo que llama la
«ontología heideggeriana»: «El primado de la ontología heideggeriana no reposa
sobre el truismo: “para conocer el ente es necesario haber comprendido
el ser del ente”. Afirmar la prioridad del ser con respecto al ente es
ya pronunciarse sobre la esencia de la filosofía, subordinar la relación con alguno que
es un ente (relación ética) a una relación con el ser del ente que, impersonal,
permite la aprehensión, la dominación del ente (en una relación de saber),
subordina la justicia a la libertad» (ya citado). Esta ontología valdría para
todo ente, «salvo para el otro».
La frase de Levinas
es aplastante para la «ontología»: el pensamiento del ser del ente no sólo
tendría la pobreza lógica del truismo, encima no escapa a su miseria más que
mediante el apresamiento y el asesinato del Otro. Es una perogrullada criminal
que pone a la ética bajo la bota de la ontología. ¿Qué pasa, pues, con la
«ontología» y el «truismo» («para conocer el ente hay que haber comprendido el
ser del ente»)? Levinas dice que «el primado de la ontología no repasa» sobre
un «truismo». ¿Es seguro eso? Si el truismo (truism, true, truth) es fidelidad a la verdad,
es decir, el ser de lo que es en tanto que es y tal como es, no es seguro que
el pensamiento (de Heidegger,
si se quiere) haya
debido intentar jamás guardarse de él. «Lo que tiene de extraño este
pensamiento del ser es su simplicidad», dice Heidegger en el momento de mostrar, por otra
parte, que este pensamiento no mantiene ningún designio ni teórico ni práctico.
«La operación de este pensamiento no es ni teórica ni práctica; y no consiste
tampoco en la unión de estos dos modos de comportamiento.» Este
gesto de remontarse hasta más acá de la disociación teoría-práctica ¿no es
también el de Levinas, que deberá definir así la trascendencia metafísica como
ética (todavía) no práctica? Nos las habemos con truismos realmente extraños.
Es «por la simplicidad de su esencia» por lo que «el pensamiento del ser se
hace incognoscible para nosotros».
Si por truismo se
entiende, por el contrario, en el orden del juicio, la afirmación analítica y
pobre de la tautología, entonces la proposición incriminada es quizás la menos
analítica que haya en el mundo; si no debiese haber en el mundo más que un solo
pensamiento que escapara a la forma del truismo, ése sería aquella proposición.
En primer lugar, a lo que apunta Levinas bajo la palabra «truismo» no es a una
proposición judicativa, sino a una verdad anterior al juicio y fundadora de
todo juicio posible. El truismo banal es la repetición del sujeto en el
predicado. Pero el ser no es un simple predicado del ente, ni es tampoco el
sujeto. Se lo tome como esencia o como existencia (como ser-tal o como
ser-ahí), se lo tome como cópula o como posición de existencia, o se lo tome,
más profundamente y más originalmente, como el foco originario de todas esas
posibilidades, el ser del ente no pertenece al dominio de la predicación porque
está implicado ya en toda predicación en general y la hace posible. Hace posible
todo juicio sintético o analítico. Está más allá del género y de las
categorías, es trascendental en el sentido de la escolástica antes de que la
escolástica haya hecho del trascendental un ente supremo e infinito, Dios
mismo. ¡Singular truismo este por el que se busca lo más profundamente, lo más
concretamente pensado de todo pensamiento, la raíz común de la esencia y la
existencia, sin la que ningún juicio, ningún lenguaje serían posibles, y que
todo concepto tiene que presuponer disimulándolo!
Pero si la
«ontología» no es un truismo, o al menos un truismo entre otros, si la extraña
diferencia entre el ser y el ente tiene un sentido, es el sentido, ¿puede
hablarse de «prioridad» del ser respecto al ente? Cuestión importante esta,
puesto que es esa pretendida «prioridad» la que sometería, a los ojos de
Levinas, la ética a la «ontología».
Sólo puede haber un
orden de prioridad entre dos cosas determinadas, dos entes. No siendo nada
el ser fuera del ente, tema que Levinas había tan bien comentado en un
tiempo, no podrá precederlo de ninguna manera, ni en el tiempo, ni en
dignidad, etc. A este respecto nada está más claro en el pensamiento de Heidegger. Desde este momento, ya no se podría
hablar legítimamente de «subordinación» del ente al ser, de la relación ética,
por ejemplo, a la relación ontológica. Pre-comprender o explicitar la relación
implícita con el ser del ente no es someter violentamente el ente (por ejemplo,
alguien) al ser. El ser no es más que el ser de este ente, y no existe
fuera de él como una potencia extraña, un elemento impersonal, hostil o neutro.
La neutralidad, tan frecuentemente acusada por Levinas, sólo puede ser el
carácter de un ente indeterminado, de una potencia óntica anónima, de una generalidad
conceptual o de un principio. Pero el ser no es un principio, no es un ente
principal, una arquía
que permita a Levinas hacer deslizar bajo su nombre el rostro de un tirano
sin rostro. El pensamiento del ser (del ente) es radicalmente extraño a la
búsqueda de un principio o incluso de una raíz (por más que ciertas imágenes
permitan a veces pensarlo), o de un «árbol del conocimiento»: está, como hemos
visto, más allá de la teoría, no es la primera palabra de la teoría. Está más
allá incluso de toda jerarquía. Si toda «filosofía», toda «metafísica» ha
intentado siempre determinar el primer ente, el ente excelente y verdaderamente
ente, el pensamiento del ser del ente no es esa metafísica o esa filosofía
primera. No es, incluso, ontología (cf. más arriba), si la ontología es otro
nombre para la filosofía primera. En tanto que no es filosofía primera,
concerniente al archi-ente, a la primera cosa y a la primera causa, que
dominan, el pensamiento del ser no concierne a, ni ejerce, ninguna potencia.
Pues la potencia es una relación entre entes. «Un pensamiento así no tiene
resultado. No produce ningún efecto» (Humanismo). Levinas escribe: «La
ontología, como filosofía primera, es una filosofía de la potencia» (TI).
Quizás sea verdad. Pero, acabamos de verlo: el pensamiento del ser no es ni una
ontología, ni una filosofía primera, ni una filosofía de la potencia. Extraño a
toda filosofía primera, no se opone a ninguna especie de filosofía primera. Ni
siquiera a la moral, si, como dice Levinas, «la moral no es una rama de la
filosofía, sino la filosofía primera» (TI). Extraño a la búsqueda de una
arquía óntica en general, de una arquía ética o política en particular, no le
es extraño
en el sentido en que lo entiende Levinas, que precisamente le acusa de eso,
como la violencia a la no-violencia o el mal al bien. De él podría decirse lo
que Alain decía de la filosofía: que «no es más una política» (o una ética)...
«que una agricultura». Lo que no quiere decir que sea una industria.
Radicalmente extraño a la ética, no es una contra-ética, ni una subordinación
de la ética a una instancia ya violenta secretamente en el dominio de la ética:
lo neutro. Levinas reconstruye siempre, y no sólo en el caso de Heidegger, la ciudad o el tipo de socialidad que
cree ver dibujarse en filigrana a través de un discurso que no se ofrece ni
como sociológico, ni como político, ni como ético. Es paradójico ver así la
ciudad heideggeriana regida por una potencia neutra, por un discurso anónimo,
es decir, por el «se» (man), cuya inautenticidad Heidegger ha
sido el primero en describir. Y si es verdad, en un sentido difícil, que el
Logos, según Heidegger, «no es el Logos de nadie», eso no
significa ciertamente que sea el anonimato de la opresión, la impersonalidad
del Estado o la neutralidad del «se dice». No es anónimo más que como la posibilidad
del nombre y de la responsabilidad. «Pero si un día el hombre ha de
alcanzar la vecindad del ser, tiene primero que aprender a existir en lo que no
tiene nombre» (Humanismo). ¿No hablaba también la Cábala de la innombrable posibilidad del Nombre?
El pensamiento del
ser no puede, pues, tener ningún designio humano, secreto o no. Es, tomado
en sí mismo, el único pensamiento sobre el que sin duda no puede cerrarse
ninguna antropología, ninguna ética, ningún psicoanálisis ético-antropológico
sobre todo.
Todo lo contrario.
No sólo el pensamiento del ser no es violencia ética, sino que ninguna ética
-en el sentido de Levinas- parece poder abrirse sin él. El pensamiento -o al
menos la pre-comprensión del ser- condiciona (a su manera, que excluye
toda condicionalidad óntica: principios, causas, premisas, etc.) el reconocimiento
de la esencia del ente (por ejemplo alguien, existente como otro,
como otro sí [mismo], etc.). Aquél condiciona el respeto del otro como lo que es:
otro. Sin ese reconocimiento que no es un conocimiento, digamos sin este
«dejar-ser» de un ente (el otro) como existiendo fuera de mí en la esencia de
lo que es (en primer lugar en su alteridad), no sería posible ninguna ética.
«Dejar-ser» es una expresión de Heidegger que
no significa, como parece pensar Levinas, dejar-ser como «objeto de
comprensión, en primer lugar» y, en el caso del otro, como «interlocutor, a
continuación». El «dejar-ser» concierne a todas las formas posibles del ente e
incluso a aquellas que, por esencia, no se dejan transformar en «objetos de
comprensión» . Si a la esencia del otro pertenece el ser, en primer lugar e
irreductiblemente, «interlocutor» e «interpelado» (ibíd.), el
«dejar-ser» le dejará ser lo que es, le respetará como
interlocutor-interpelado. El «dejar-ser» no concierne solamente o de forma
privilegiada a las cosas impersonales. Dejar ser al otro en su existencia y en
su esencia de otro significa que accede al pensamiento o (y) que el pensamiento
accede a lo que es esencia y lo que es existencia; y a lo que es el ser que
presuponen las dos. Sin lo cual, ningún dejar-ser sería posible, y en primer
lugar el del respeto y del mandamiento ético destinado a la libertad. La
violencia reinaría hasta un punto tal que ni siquiera podría ya mostrarse y
nombrarse.
No hay, pues,
ninguna «dominación» posible de la «relación con el ente» por la «relación con
el ser del ente». Heidegger
criticaría no
solamente la noción de relación con el ser como Levinas critica la de relación
con el otro,
sino también la de dominación: el ser no es la altura, no es el señor del
ente, pues la altura es una determinación del ente. Hay pocos temas que hayan
requerido tanto la insistencia de Heidegger: el
ser no es un ente excelente.
Que el ser no esté por encima
del ente no implica que esté a su lado. Entonces sería otro ente.
Difícilmente, pues, puede hablarse de «la significación ontológica del ente en
la economía general del ser -que Heidegger pone
simplemente al lado del ser mediante una distinción... »
(EE). Es verdad que Levinas reconoce en otro lugar que «si bien hay distinción,
no hay separación» (TA), lo que es ya reconocer que cualquier relación de
dominación óntica es imposible entre el ser y el ente. En realidad, ni siquiera
hay distinción,
en el sentido habitual de esta palabra, entre el ser y el ente. Por razones
esenciales, y en primer lugar porque el ser no es nada fuera del ente y porque
la abertura viene a ser la diferencia óntico-ontológica, es imposible evitar la
metáfora óntica para articular el ser en el lenguaje, para dejarlo circular en
él. Por eso dice Heidegger del lenguaje que es «lichtend-verbergende
Ankunft des Seins selbst» (Humanismo...). El lenguaje ilumina y oculta a la vez y al mismo tiempo el ser
mismo. No obstante el ser mismo es lo único que resiste absolutamente a toda metáfora.
Toda filología que pretenda reducir el sentido del ser al origen
metafórico de la palabra «ser», cualquiera que sea el valor histórico
(científico) de sus hipótesis, deja perder la historia del sentido del ser.
Esta historia es la de una liberación del ser respecto del ente determinado, de
tal forma que pueda llegarse a pensar como un ente entre otros al ente epónimo
del ser, por ejemplo la respiración. Y en efecto, a la respiración se refieren,
como origen etimológico de la palabra ser, por ejemplo, Renan o Nietzsche,
cuando pretenden reducir el sentido de lo que creen que es un concepto, la generalidad
indeterminada del ser, a su modesto origen metafórico. (Renan: Del origen del
lenguaje. Nietzsche: El nacimiento de la filosofía.) Se explica
así el conjunto de la historia empírica, salvo precisamente lo esencial, a
saber, el pensamiento de que, por ejemplo, la respiración y la no-respiración son.
Y son de manera determinada, entre otras determinaciones ónticas. El
empirismo metafórico, raíz oculta de todo empirismo, explica todo salvo que la
metáfora, en un momento dado, haya sido pensada como metáfora, es decir, haya
sido desgarrada como velo del ser. Este es el momento de la abertura del
pensamiento del ser mismo, el movimiento mismo de la metaforicidad. Pues esa
penetración se produce de nuevo y siempre bajo otra metáfora. Como dice en
algún lugar Hegel, el empirismo olvida siempre al menos
esto: que se sirve de la palabra ser. El empirismo es el pensamiento mediante
metáfora que no piensa la metáfora como tal.
A propósito de
«ser» y de «respiración», nos permitimos una comparación, cuyo valor no es sólo
de curiosidad histórica. En una carta a X... de marzo de 1638, Descartes
explica que la proposición «“respiro, luego existo” no concluye nada, si no se
ha probado previamente que se existe o si no se sobreentiende: pienso que
respiro (incluso si me equivoco en eso), luego existo; y en ese sentido, respiro, luego
existo no viene a decir otra cosa sino pienso luego existo». Lo que
significa, para lo que nos importa aquí, que la significación de la respiración
no es nunca más que una determinación dependiente y particular de mi
pensamiento y de mi existencia, y a fortiori del pensamiento y del ser en general.
Aun suponiendo que la palabra «ser» derive de una palabra que signifique
«respiración» (o cualquier otra cosa determinada), ninguna etimología, ninguna
filología -en tanto tales y como ciencias determinadas- podrán dar cuenta del
pensamiento por el que la «respiración» (o cualquier otra cosa) se vuelve
determinación del ser entre otras. Aquí, por ejemplo, ninguna filología podrá
dar cuenta del gesto de pensamiento de Descartes. Hay que pasar por otras vías
-o por otra lectura de Nietzsche- para trazar la genealogía inaudita del
sentido del ser.
Es esta una primera
razón para que la «relación con un ente», con alguien (relación ética), no
pueda ser «dominada» por «una relación con el ser del ente (relación de
saber)».
Segunda razón: la
«relación con el ser del ente», que no tiene nada de relación, sobre todo no es
una «relación de saber». No es una teoría, lo hemos visto va, y no nos enseña
nada acerca de lo que es. Es porque no es ciencia por lo que Heidegger le niega a veces hasta el nombre de
ontología, tras haberla distinguido de la metafísica e incluso de la ontología
fundamental. Al no ser un saber, el pensamiento del ser no se confunde con el
concepto del ser puro como generalidad indeterminada. Levinas nos lo había
hecho comprender en otro tiempo: «Precisamente porque el ser no es un ente, no
hay que aprehenderlo per genus et differentiam specificam» (EDE). Pero toda violencia es, según Levinas,
violencia del concepto; y ¿Es fundamental la ontología?, Totalidad e
infinito después, interpretan el pensamiento del ser como
concepto del ser. Oponiéndose a Heidegger, Levinas
escribe, entre muchos otros pasajes semejantes: «En nuestra relación con el
otro, éste no nos afecta a partir de un concepto...» (La ontología...).
Según él, es el concepto absolutamente indeterminado del ser lo que
finalmente ofrece al otro a nuestra comprensión, es decir, a nuestro poder y a
nuestra violencia. Pero Heidegger insiste
lo bastante en esto: el ser, de cuya cuestión se trata, no es el
concepto al que el ente (por ejemplo alguien) estaría sometido (subsumido). El
ser no es el concepto de ese predicado lo bastante indeterminado, lo bastante
abstracto, en su extrema universalidad, como para cubrir la totalidad de los entes:
1. porque no es un
predicado, y autoriza toda predicación;
2. porque es más
«viejo» que la presencia
concreta del ens;
3. porque la
pertenencia al ser no anula ninguna diferencia predicativa, sino que, por el
contrario, deja surgir toda diferencia posible. El ser es, pues,
trans-categorial, y Heidegger
diría de él lo que
Levinas dice de lo otro: que es «refractario a la categoría» (TI). «La cuestión
del ser, como cuestión de la posibilidad del concepto de ser, surge de la
comprensión pre-conceptual del ser», escribe Heidegger esbozando a propósito del concepto
hegeliano del ser puro como nada, un diálogo y una repetición, que seguirán
profundizándose, y que, según el estilo habitual del diálogo de Heidegger con los pensadores de la tradición,
harán aumentar y hablar la palabra de Hegel, la palabra de toda metafísica (incluido Hegel, o más bien, incluyéndose,
comprendiéndose toda ella en Hegel).
Así, el
pensamiento, o la pre-comprensión del ser, significa cualquier cosa antes que
un comprender conceptual y totalitario. Lo que acabamos de decir del ser podría
decirse de lo mismo. Tratar el ser (y lo mismo) como categorías, o la «relación
con el ser» como relación con una categoría que podría ser a su vez (mediante
«inversión de los términos», [TI]) pospuesta o subordinada a una relación
determinada (relación ética, por ejemplo), ¿no equivale a impedir así, de
entrada, toda determinación (ética, por ejemplo)? Toda determinación pre-supone
en efecto el pensamiento del ser. Sin este pensamiento; ¿cómo dar un sentido al
ser como otro, como otro sí (mismo), a la irreductibilidad de la existencia y
de la esencia del otro, a la responsabilidad que se sigue de ello?, etc. «El
privilegio de ser responsable de sí mismo, como ente, en una palabra, el
privilegio de existir implica a su vez la necesidad de comprender el ser.» Si
comprender el ser es poder dejar ser (respetar el ser en la esencia y la
existencia, y ser responsable de su respeto), la comprensión del ser concierne
siempre a la alteridad, y por excelencia a la alteridad del otro con toda su
originalidad: sólo se puede tener que dejar ser aquello que no se es. Si al ser
le queda siempre por dejar ser y si pensar es dejar ser al ser, el ser es
ciertamente lo otro del pensamiento. Pero como no es lo que es más que por el
dejar-lo-ser del pensamiento, y como éste no piensa más que por la presencia
del ser que aquél deja ser, el pensamiento y el ser, el pensamiento y lo otro,
son lo mismo; lo cual, recordemos, no quiere decir lo idéntico, o lo uno, o lo
igual.
Todo esto viene a
querer decir que el pensamiento del ser no hace del otro una especie del género
ser. No sólo porque el otro es «refractario a la categoría», sino porque el ser
no es tampoco una categoría. Como el otro, el ser no tiene complicidad alguna
con la totalidad, ni con la totalidad finita, totalidad violenta de la que
habla Levinas, ni con una totalidad infinita. La noción de totalidad está
siempre en relación con el ente. Es siempre «metafísica» o «teológica», y es en
conexión con ella cómo las nociones de finito y de infinito adquieren sentido.
Extraño a la totalidad finita o infinita de los entes, extraño en el sentido que hemos
precisado más arriba, extraño sin ser otro ente u otra totalidad de entes, el
Ser no podría oprimir o encerrar al ente y sus diferencias. Mientras la mirada
del otro me mande, como dice Levinas, y me mande que mande, es necesario que yo
pueda dejar ser al Otro en su libertad de Otro y recíprocamente. Pero el ser
mismo no manda nada ni a nadie. Como el ser no es el señor del ente, su
pre-cedencia (metáfora óntica) no es una arquía. La mejor liberación respecto
de la violencia es una cierta puesta en cuestión que solicita la búsqueda de la
arché.
Sólo puede hacerlo el pensamiento del ser, y no la «filosofía» o la
«metafísica» tradicionales. Estas son, pues, «políticas» que sólo pueden
escapar a la violencia por medio de la economía: luchando violentamente contra
las violencias de la an-arquía, cuya posibilidad en la historia es, todavía,
cómplice del arquismo.
De la misma manera
que tuvo que apelar a evidencias fenomenológicas en contra de la fenomenología,
Levinas debe, pues, suponer y poner en práctica continuamente el pensamiento o
la pre-comprensión del ser en su discurso, incluso cuando lo dirige contra la
«ontología». ¿Qué significaría, de otra manera, «la exterioridad como esencia
del ser» (TI)? ¿Y «sostener el pluralismo como estructura del ser» (DL)? ¿Y que
«el encuentro con el rostro es, absolutamente, una relación con lo que es.
Quizás sólo el hombre es sustancia, y es por eso por lo que es rostro »?
La trascendencia
ético-metafísica supone, pues, ya la trascendencia ontológica. El epékeina tes
ousías (en la interpretación de Levinas) no llevaría más allá del
Ser mismo, sino más allá de la totalidad del ente o de la onticidad del ente
(el ser ente del ente) o incluso de la historia óntico. Heidegger se refiere también al epékeina tes
ousías para anunciar la trascendencia ontológica, pero muestra
también que se ha determinado demasiado deprisa la indeterminación del agathón hacia
el que se abre paso la trascendencia.
Así, el pensamiento
del ser no podría producirse como violencia ética. Por el contrario, es sin ese
pensamiento como se estaría imposibilitado para dejar ser al ente, y como se
encerraría la trascendencia en la identificación y la economía empírica. Al negarse,
en Totalidad
e infinito, a prestar dignidad alguna a la diferencia
óntico-ontológica, al no ver en ésta más que una astucia de la guerra, y al
llamar metafísica
al movimiento intra-óntico de la trascendencia ética (movimiento respetuoso
de un ente hacia el otro), Levinas confirma el planteamiento de Heidegger: ¿no ve éste en la metafísica (en la
ontología metafísica) el olvido del ser y la simulación de la diferencia
óntico-ontológica? «La Metafísica no plantea la cuestión de la verdad del Ser
mismo.» Aquélla piensa el ser de manera implícita, como es inevitable en todo
lenguaje. Por eso el pensamiento del ser debe emprender su vuelo en la
metafísica, y producirse, en primer lugar, como metafísica de la metafísica en
la cuestión: «¿Qué es la metafísica?». Pero en el pensamiento, lo esencial está
en la diferencia entre lo implícito y lo explícito, y ésta, determinada de
forma conveniente, conforma las rupturas y las cuestiones más radicales. «Es
verdad, sigue diciendo Heidegger,
que la Metafísica
representa al ente en su ser y piensa así el ser del ente. Pero no piensa la
diferencia del Ser y el ente.»
Para Heidegger es, pues, la metafísica (o la
ontología metafísica) lo que sigue siendo clausura de la totalidad, y lo que no
trasciende el ente más que hacia el ente (superior) o hacia la totalidad
(finita o infinita) del ente. Esta metafísica estaría esencialmente ligada a un
humanismo que no se pregunta jamás «en qué forma pertenece la esencia del
hombre a la verdad del Ser». «Lo propio de toda metafísica se revela en que es
“humanista”.» Pero lo que nos propone Levinas es a la vez
un humanismo y una metafísica. Se trata de acceder, por la vía real de la
ética, al ente supremo, a lo verdaderamente ente («sustancia» y «en sí» son
expresiones de Levinas) como otro. Y este ente es el hombre, determinado en su
esencia de hombre, como rostro, a partir de su semejanza con Dios. ¿No es a eso
a lo que apunta Heidegger cuando habla de la unidad de la
metafísica, del humanismo y de la onto-teología? «El encuentro con el rostro no
es simplemente un hecho antropológico. Es, hablando en términos absolutos, una
relación con lo que es. Quizás sólo el hombre es sustancia, y es por eso por lo
que es rostro.» Ciertamente. Pero es la analogía del rostro con la cara de Dios
lo que, de la forma más clásica, distingue al hombre del animal y determina su
sustancialidad: «El Otro se asemeja a Dios». La sustancialidad del hombre, que
le permite ser rostro, está así fundada en la semejanza con Dios, que es pues
El Rostro y la sustancialidad absoluta. El tema del rostro requiere, pues, una
segunda referencia a Descartes. Levinas no la formula jamás: se trata, y está
reconocido por la Escuela, de la equivocidad de la noción de sustancia con
respecto a Dios y a las criaturas (cf. por ejemplo, Principios, 1, 51). A través de
más de una mediación, nos vemos así remitidos a la problemática escolástica de
la analogía. No tenemos la intención de entrar en ello aquí. Anotemos
simplemente que, pensada a partir de una doctrina de la analogía, de la
«semejanza», la expresión rostro humano no es ya, en el fondo, tan extraña a la
metáfora
como Levinas parece creer. «... El Otro se asemeja a Dios...»: ¿no es esa
la metáfora originaria?
La cuestión del ser
es cualquier cosa antes que una discusión de la verdad metafísica de este esquema, del
que, anotémoslo de paso, se sirve precisamente el llamado «humanismo ateo» para
denunciar en él el proceso mismo de la alienación. La cuestión del ser
retrocede más acá de este esquema, de esta oposición de los humanismos, hacia
el pensamiento del ser que presupone esta determinación del ente-hombre, del
ente-Dios, de su relación analógica, cuya posibilidad sólo puede abrirla la
unidad pre-conceptual y pre-analógica el ser. No se trata de sustituir a Dios
por el ser, ni de fundar a Dios sobre el ser. El ser del ente (por ejemplo de
Dios) no es el ente absoluto, ni el ente infinito, ni siquiera el fundamento
del ente en general. Por eso la cuestión del ser no puede ni siquiera encentar
el edificio metafísico de Totalidad e infinito (por ejemplo). Simplemente, se
mantiene para siempre fuera de alcance para «la inversión de los términos» ontología
y metafísica
propuesta por Levinas. El tema de esta inversión no juega, pues, un papel
indispensable, sólo tiene sentido y necesidad, en la economía y la coherencia
del libro de Levinas en su totalidad.
¿Qué significaría,
para la metafísica y para el humanismo, preguntarse «de qué manera pertenece a
la verdad del Ser la esencia del hombre» (Humanismo)? Quizás
esto: ¿sería posible la experiencia del rostro, podría expresarse, si no
estuviese implicado ahí ya el pensamiento del ser? El rostro es, en efecto, la
unidad inaugural de una mirada desnuda y de un derecho a la palabra. Pero los
ojos y la boca no conforman un rostro a no ser que, más allá de la necesidad,
puedan «dejar ser», vean y digan lo que es tal como es, accedan al ser de lo
que es. Pero como el ser es, no puede ser simplemente producido sino
precisamente respetado por una mirada y una palabra, aquél debe provocar a
éstas, debe interpelarlas. No hay palabras sin un pensar y decir del ser.
Pero como el ser no es nada fuera del ente determinado, no aparecería como tal
sin la posibilidad de la palabra. El ser, él mismo, únicamente puede ser
pensado y ser dicho. Es contemporáneo del Logos, que a su vez no puede ser más
que como Logos del
ser, que
dice el ser. Sin esta doble genitividad, la palabra, separada del
ser, encerrada en el ente determinado, no sería, según la terminología de
Levinas, más que el grito de la necesidad antes del deseo, gesto del yo dentro
de la esfera de lo homogéneo. Es sólo entonces cuando en la reducción o la
subordinación del pensamiento del ser «el discurso filosófico mismo» no sería
«sino un acto fallido, pretexto para un psicoanálisis o para una filología o
para una sociología ininterrumpidas, en que la apariencia de un discurso se
evapora en el Todo» (TI). Es sólo entonces cuando la relación con la
exterioridad no encontraría ya su respiración. La metafísica del rostro encierra,
pues, el pensamiento del ser, presupone la diferencia entre el ser y el
ente al mismo tiempo que la silencia.
Si esta diferencia
es originaria, si pensar el ser fuera del ente es no pensar nada, si
no es, tampoco, pensar nada el abordar al ente de otra manera que en su
ser, sin duda se tendrá algún derecho a decir, con Levinas (con reservas frente
a la expresión ambigua «ser en general») que «al desvelamiento del ser en
general... preexiste
la relación con el ente que se expresa; al plano de la ontología, el plano
ético» (TI. El subrayado es nuestro). Si la preexistencia tiene el sentido
óntico que debe tener, está fuera de discusión. De hecho, en la existencia, la
relación con el ente que se expresa precede al desvelamiento, al pensamiento
explícito del ser mismo. Sólo que no hay expresión, en el sentido de
palabra y no de necesidad, a no ser que haya ya implícitamente pensamiento del
ser. Del mismo modo que, de hecho, la actitud natural precede a la reducción
trascendental. Pero es sabido que la «pre-cedencia» ontológica o trascendental
no es de ese orden, y nadie lo ha pretendido jamás. Esta «pre-cedencia» no
contradice, como tampoco confirma, la precesión óntica o factual. De lo que se
sigue que el ser, por estar siempre de hecho ya determinado como ente y
por no ser nada fuera de él, está siempre ya disimulado. La frase de Levinas
-preexistencia de la relación con el ente- es la fórmula misma de esa
ocultación inicial. Como el ser no existe antes del Ente -y por eso es Historia-
empieza por ocultarse bajo su determinación. Esta determinación como
revelación del ente (Metafísica) es el velamiento mismo del ser. No hay en eso
nada accidental ni lamentable. «La eclosión del ente, el resplandor que le
corresponde, oscurece la claridad del ser. El ser se retira en la medida en que
se desencierra en el ente» (Sendas perdidas). ¿No es, pues,
arriesgado hablar del pensamiento del ser como de un pensamiento dominado por
el tema del desvelamiento (TI)? Sin esta simulación del ser bajo el ente, no
habría nada, y no habría historia. Que el ser se produzca de parte a parte como
historia y mundo significa que no puede ser sino en un retirarse bajo las
determinaciones ónticas en la historia de la metafísica. Pues las «épocas»
históricas son las determinaciones metafísicas (ontoteológicas) del ser, que se
pone así él mismo entre paréntesis, se reserva bajo los conceptos metafísicos.
Es bajo esa extraña luz del ser-historia cómo Heidegger deja resurgir la noción de
«escatología», tal como aparece, por ejemplo, en Sendas perdidas: «El ser mismo
[...] es en sí mismo escatológico». Habría que meditar desde más cerca la
relación de esta escatología con la escatología mesiánica. La primera supone
que la guerra no es un accidente que le sobreviene al ser sino el ser mismo. Das Sein selber das Strittige ist (Humanismo). Proposición
que no hay que entender en consonancia con Hegel: aquí la negatividad no tiene su origen
ni en la negación ni en la inquietud de un ente infinito y primero. La guerra
no es, quizás, incluso, pensable ya como negatividad.
A la simulación
original del ser bajo el ente, que es anterior al error del juicio, y a la que
nada precede en el orden óntico, le llama Heidegger, es sabido, errancia. «Toda época de la
historia mundial es una época de la errancia» (Sendas perdidas). Si el ser es
tiempo e historia, es que la errancia y la esencia epocal del ser son
irreductibles. ¿Cómo, entonces, acusar a este pensamiento de la errancia
interminable, de ser un nuevo paganismo del Lugar, un culto complaciente de lo
Sedentario (TI, DL)? El requerimiento del Lugar y de la Tierra -hay que
subrayarlo- no tiene aquí nada del apego apasionado al territorio, a la
localidad, no tiene nada de provincialismo o de particularismo. Está al menos
tan escasamente ligado al «nacionalismo» empírico como lo está o debería estar
la nostalgia hebrea de la Tierra, nostalgia provocada no por la pasión
empírica sino por la irrupción de una palabra y de una promesa. Interpretar el
tema heideggeriano de la Tierra o de la Habitación como el tema de un
nacionalismo o de un barresismo ¿no es de entrada expresar una alergia -esta
palabra, esta acusación que tan frecuentemente emplea Levinas- al «clima» de la
filosofía de Heidegger? Por otra parte Levinas reconoce que
sus «reflexiones», tras haberse dejado inspirar por «la filosofía de Martin Heidegger», «están dominadas por una necesidad
profunda de abandonar el clima de esta filosofía» (EE). Se trata de una
necesidad, cuya legitimidad natural seríamos los últimos en discutirla, y
además creemos que el clima no es nunca totalmente exterior al pensamiento
mismo. Pero, ¿no es más allá de la «necesidad», del «clima» y de una cierta
«historia» como aparece la verdad desnuda de lo otro? ¿Y quién nos lo enseña
mejor que Levinas?
El Lugar no es,
pues, un Aquí empírico, sino siempre un Illic; para Heidegger, como para el Judío y el Poeta. La
proximidad del Lugar está siempre reservada, dice Hölderlin comentado por
Heidegger. El pensamiento del ser no es pues un culto pagano del Lugar puesto
que el Lugar no es la proximidad dada, sino la proximidad prometida. Después,
además, porque no es un culto pagano. Lo Sagrado de lo que habla no
pertenece
ni a la religión en general, ni a ninguna teología, y no se deja
determinar, en consecuencia, por ninguna historia de la religión. Es,
primeramente, la experiencia esencial de la divinidad o de la deidad. En cuanto
que ésta no es ni un concepto ni una realidad, debe dar acceso a sí misma
dentro de una proximidad extraña a la teoría o a la afectividad mística, a la
teología y al entusiasmo. En un sentido que no es, una vez más, ni un concepto
ni una realidad, aquélla precede a toda relación con Dios o con los Dioses. Esta
última relación, cualquiera que sea su tipo, supone, para ser vivida y para ser
dicha, alguna pre-comprensión de la deidad, del ser-dios de Dios, de la
«dimensión de lo divino» de la que habla también Levinas al decir que ésta «se
abre a partir del rostro humano» (TI). Eso es todo, y es, como de costumbre,
simple y difícil. Lo sagrado es «el único espacio esencial de la divinidad que,
a su vez, abre, y únicamente ella, una dimensión para los dioses y el dios... »
(Humanismo...).
Este espacio (en el que Heidegger dice
también lo Alto) está más acá de la fe y del ateísmo. Ambas cosas lo
presuponen. «Sólo a partir de la verdad del Ser se puede pensar la esencia de
lo Sagrado. Es sólo a partir de la esencia de lo Sagrado como hay que pensar la
esencia de la Divinidad. Es sólo a la luz de la esencia de la Divinidad como se
puede pensar y decir lo que debe designar la palabra “Dios”» (Humanismo).
Esta precomprensión de lo Divino no puede dejar de estar presupuesta por el
discurso de Levinas en el momento mismo en que pretende oponer Dios a lo divino
sagrado. Que los dioses o Dios sólo puedan anunciarse en el espacio de lo
Sagrado y en la luz de la deidad es a la vez el límite y el recurso del
ser-finito como historia. Límite, puesto que la divinidad no es
Dios. En un sentido, no es nada. «Lo sagrado, es verdad, aparece. Pero el dios
se mantiene lejos.» Recurso, puesto que esta anticipación como pensamiento del
ser (del ente Dios) ve venir siempre a Dios, abre la posibilidad (la
eventualidad) de un encuentro de Dios y de un diálogo con Dios.
El que la deidad de
Dios, que permite pensar y nombrar a Dios, no sea nada, sobre todo, no sea Dios
mismo, es lo que particularmente Meister Eckhart decía de esta manera: «Dios y la deidad son tan diferentes el uno del
otro como el cielo y la tierra... Dios actúa, la deidad no actúa, no tiene nada
que producir, no hay en ella producción alguna, jamás ha tenido a la vista
ninguna producción...» (Sermón Nolite timere eos). Pero esta deidad
está aquí todavía determinada como esencia-del-Dios-trinitario. Y cuando Meister Eckhart quiere ir más allá de las
determinaciones, el movimiento que bosqueja sigue estando, parece, encerrado en
la trascendencia óntica: «Al decir que Dios no es un ser y que está por encima
del ser, no le he negado por eso el ser, al contrario, le he atribuido un ser más elevado»
(Quasi stella matutina...). Esta teología negativa sigue siendo
una teología y, al menos en su letra, para ella se trata de liberar y de
reconocer la trascendencia inefable de un ente infinito, «ser por encima del
ser y negación superesencial». Al menos en su letra, pero la
diferencia entre la onto-teología metafísica, por una parte, y el pensamiento
del ser (de la diferencia) por otra parte, significa la importancia esencial de
la letra.
La diferencia literal, aun produciéndose a través de movimientos de
explicitación, coincide, casi, con la diferencia de pensamiento. Por eso, aquí,
el pensamiento del ser, cuando va más allá de las determinaciones ónticas, no
es una teología negativa ni incluso una ontología negativa.
La anticipación
«ontológica», la trascendencia hacia el ser permite, pues, entenderse, por
ejemplo acerca de la palabra Dios, e incluso si este entendimiento no es más
que el éter donde puede resonar la disonancia. Esta trascendencia habita y
funda el lenguaje y con él la posibilidad de todo estar-junto; de un Mitsein mucho más original que alguna de sus
formas eventuales, con la que se ha querido confundir: la solidaridad, el
equipo, la camaradería. Implicado por el discurso de Totalidad e infinito, siendo el
único que permite dejar ser a los otros en su verdad, liberando el diálogo
y el cara a cara, el pensamiento del ser está, pues, tan próximo de la
no-violencia como es posible.
No la llamamos no-violencia pura. Como la violencia pura, la
no-violencia pura es un concepto contradictorio. Contradictorio más allá de lo
que Levinas llama «lógica formal». La violencia pura, relación entre seres sin
rostro, no es todavía violencia, es no-violencia pura. Y recíprocamente: la
no-violencia pura, no-relación de lo mismo con lo otro (en el sentido en que lo
entiende Levinas) es violencia pura. Sólo un rostro puede detener la violencia,
pero en primer término porque sólo él puede provocarla. Levinas lo dice muy
bien: «La violencia sólo puede apuntar a un
rostro» (TI). Además, sin el pensamiento del ser que abre el rostro, no habría
más que no-violencia o violencia puras. El pensamiento del ser no es, pues,
jamás extraño a una cierta violencia. Que este pensamiento aparezca siempre en
la diferencia, que lo mismo (el pensamiento [y] [de] el ser) no sea jamás lo
idéntico, significa de entrada que el ser es historia, se disimula a sí mismo
en su producción y se hace originariamente violencia en el pensamiento para
decirse y mostrarse. Un ser sin violencia sería un ser que se produjera fuera
del ente: nada; no-historia; no-producción; no-fenomenalidad. Una palabra que
se produjera sin la menor violencia no de-terminaría nada, no diría nada, no
ofrecería nada al otro; no sería historia y no mostraría nada; en todos los
sentidos de esta palabra, y en primer lugar en su sentido griego, sería una
palabra sin frase.
En el límite, el
lenguaje no-violento, según Levinas, sería un lenguaje que se privase del verbo
ser,
es decir, de toda predicación. La predicación es la primera violencia. Como
el verbo ser
y el acto predicativo están implicados en cualquier otro verbo y en todo
nombre común, el lenguaje no-violento sería en el límite un lenguaje de pura
invocación, de pura adoración, que no profiere más que nombres propios para
llamar al otro a lo lejos. Un lenguaje así estaría, en efecto, como lo desea
expresamente Levinas, purificado de toda retórica, es decir, en el
sentido primero de esta palabra que se evocará aquí sin artificialidad, de todo
verbo.
Un lenguaje así ¿seguiría mereciendo su nombre? ¿Es posible un lenguaje
puro de toda retórica? Los griegos, que nos han enseñado lo que quería decir Logos, no
lo habrían admitido nunca. Platón nos lo dice en el Crátilo (425a), en El sofista (262 ad) y en la Carta VII
(342b): no hay Logos que no suponga el
entrelazamiento de nombres y verbos.
En fin, si se
mantiene uno dentro del proyecto de Levinas, ¿qué ofrecería al otro un lenguaje
sin frase, un lenguaje que no dijera nada? El lenguaje debe dar el mundo al
otro, nos dice Totalidad
e infinito. Un maestro que se prohibiese la frase no
daría nada; no tendría discípulos, sino sólo esclavos. Le estaría prohibida la
obra -o la liturgia-, este gasto que rompe la economía, y que no hay que
pensar, según Levinas, como un Juego.
Así, en su más alta
exigencia no-violenta, denunciando el paso por el ser y el momento del
concepto, el pensamiento de Levinas no nos propondría solamente, como decíamos
más arriba, una ética sin ley, sino también un lenguaje sin frase. Eso sería
completamente coherente, si el rostro no fuese más que mirada, pero es también
palabra; y en la palabra, es la frase lo que hace acceder el grito de la
necesidad a la expresión del deseo. Ahora bien no hay frase que no determine,
es decir, que no pase por la violencia del concepto. La violencia aparece con
la articulación.
Y ésta no llega a establecerse más que mediante la circulación
(primeramente pre-conceptual) del ser. La misma elocución de la metafísica
no-violenta es su primer desmentido. Sin duda Levinas no negaría que todo
lenguaje histórico comporta un momento conceptual irreductible, y en
consecuencia una cierta violencia. Sólo que, a sus ojos, el origen y la posibilidad
del concepto no son el pensamiento del ser sino la donación del mundo al otro
como completamente otro (cf. por ejemplo, TI, p. 192). En esa posibilidad
originaria del ofrecimiento,
en su intención aún silenciosa, el lenguaje es no-violento (pero, ¿es
entonces lenguaje, en esa pura intención?). No se haría violento más que en su
historia, en lo que hemos llamado la frase, que le obliga a articularse
en una sintaxis conceptual que abre la circulación a lo mismo, dejándose
controlar por la «ontología» y por lo que se mantiene para Levinas como el
concepto de los conceptos: el ser. Ahora bien, el concepto de ser no sería a
sus ojos más que un medio abstracto producido para la donación del mundo
al otro, que está por encima del ser. Así pues, es solamente en su
origen silencioso cómo el lenguaje, antes del ser, sería no-violento. Pero ¿por
qué la historia? ¿Por qué se impone la frase? Porque, si no se arranca
violentamente el origen silencioso a él mismo, si se decide no hablar, la peor
violencia cohabitará en silencio con la idea de la paz. La paz sólo se hace
en un cierto
silencio, determinado y protegido por la violencia de la palabra.
Como no dice ninguna otra cosa que el horizonte de esta paz silenciosa por la
que se hace invocar, y que tiene como misión proteger y preparar, la palabra
guarda indefinidamente
el silencio. Nunca escapamos a la economía de guerra.
Se ve: separar la
posibilidad originaria del lenguaje -como no-violencia y don- de la violencia
necesaria en la efectividad histórica, es apoyar el pensamiento en una
transhistoricidad. Cosa que hace explícitamente Levinas a pesar de su crítica
inicial del «ahistoricismo» husserliano. El origen del sentido es para él
no-historia, «más allá de la historia». Habría que preguntarse entonces si, en
ese caso, es posible, como pretende Levinas, identificar pensamiento y
lenguaje; si esta trans-historicidad del sentido es auténticamente hebraica en
su inspiración; si, en fin, esta no-historia se separa de la historicidad en
general, o solamente de una cierta dimensión empírica u óntica de la historia.
Y si la escatología invocada puede separarse de toda referencia a la historia. Pues nuestra
propia referencia es aquí simplemente conceptual. La economía de la que
hablamos no se conforma mejor al concepto de historia tal como ha funcionado
siempre, y que es difícil, si no imposible, sustraer a su horizonte teleológico
o escatológico.
Esta a-historicidad
del sentido en su origen es, pues, lo que separa en el fondo a Levinas de Heidegger. Como para este último el ser es
historia, éste no
es fuera de la diferencia y se produce, en consecuencia,
originariamente como violencia (no-ética), como simulación de sí en su propio
desvelamiento. Que el lenguaje oculte así siempre su propio origen: en eso no
hay contradicción alguna, sino la historia misma. En la violencia
ontológico-histórica, que permite pensar la violencia ética, en la economía como
pensamiento del ser, el ser está necesariamente disimulado. La primera
violencia es esta simulación, pero es también la primera derrota de la
violencia nihilista y la primera epifanía del ser. El ser es, pues, menos el primum cognitum,
como se decía, que lo primero disimulado, y estas dos proposiciones no se
contradicen. Por el contrario, para Levinas, el ser (entendido como concepto)
es lo primero
disimulante, y la diferencia óntico-ontológico neutralizaría así
la diferencia, la alteridad infinita de lo completamente otro. La diferencia
óntico-ontológica no sería, por otra parte, pensable más que a partir de la idea del
Infinito, de la irrupción inanticipable del ente completamente otro. Éste
sería, pues, anterior a la diferencia entre el ser y el ente y a la alteridad
histórica que aquélla puede abrir. Para Levinas como para Heidegger, el lenguaje sería a la vez eclosión y
reserva, iluminación y ocultamiento; para los dos, la disimulación sería un
gesto conceptual. Pero para Levinas, el concepto está del lado del ser, para Heidegger, del lado de la determinación óntica.
Este esquema acusa
la oposición, pero, como se da el caso con frecuencia, deja también adivinar la
proximidad. Proximidad de dos «escatologías» que por vías opuestas repiten y
someten a cuestión la aventura «filosófica» en su totalidad salida del platonismo.
La interrogan a la vez desde dentro y desde fuera bajo la forma de una cuestión
a Hegel, en quien se resume y se piensa esta
aventura. Tal proximidad se anunciaría en cuestiones de este tipo: por un lado,
Dios (ente-infinito-otro) ¿es todavía un ente pensado que se deja
pre-comprender a partir de un pensamiento del ser (singularmente de la
divinidad)? Dicho de otra forma, ¿se le puede llamar al infinito determinación
óntica? ¿No se ha pensado siempre Dios como el nombre de lo que no es ente
supremo pre-comprendido a partir de un pensamiento del ser? ¿No es Dios el
nombre de lo que no puede dejarse anticipar a partir de la dimensión de lo
divino? ¿No es Dios el otro nombre del ser (nombre, puesto que no-concepto)
cuyo pensamiento abriría la diferencia y el horizonte ontológico en lugar de
simplemente anunciarse ahí? Abertura del horizonte y no en el
horizonte. Mediante el pensamiento de lo infinito, el cierre óntico habría sido
ya roto, en un sentido de lo impensado, que habría que interrogar desde más
cerca, por aquello que Heidegger
llama la metafísica
y la onto-teología. Por el otro lado: ¿no es el pensamiento del ser el
pensamiento de
lo otro antes de ser la identidad homogénea del concepto y la
asfixia de lo mismo? ¿No es la ultra-historia de la escatología el otro nombre
del paso a una historia más profunda, a la Historia misma? Pero a una historia
que, en tanto que no puede estar ella misma en alguna presencia,
originaria o final, debería cambiar de nombre.
En otros términos,
se podría quizás decir que la ontología no precede a la teología más que poniendo
entre paréntesis el contenido de la determinación óntica de lo que, en el
pensamiento filosófico post-helénico, se llama Dios: a saber, la infinitud
positiva. La infinitud positiva tendría sólo la apariencia -nominal- de lo que se llama una determinación
óntica. Aquélla sería en verdad lo que se rehúsa a ser determinación óntica
comprendida como tal a partir de y a la luz de un pensamiento del ser. Es la
infinitud, por el contrario -en tanto que no-determinación y operación
concreta- lo que permitiría pensar la diferencia entre el ser y la
determinación óntica. El contenido óntico de la infinitud destruiría el cierre
óntico. Implícitamente o no, el pensamiento de la infinitud abriría la cuestión
y la diferencia óntico-ontológica. Sería paradójicamente este pensamiento de la
infinitud (lo que se llama el pensamiento de Dios) lo que permitiría afirmar la
precedencia de la ontología sobre la teología, y que el pensamiento del ser
está presupuesto por el pensamiento de Dios. Sin duda por esta razón es por lo
que, respetuosos de la presencia del ser unívoco o del ser en general
en todo pensamiento, Duns Scoto o Malebranche no han creído tener que
distinguir los niveles de la ontología (o metafísica) y de la teología. Heidegger nos recuerda a menudo «la extraña
simplicidad» del pensamiento del ser: ahí está su dificultad, y lo que afecta
propiamente a lo «incognoscible». La infinitud no sería para Heidegger más que una determinación ulterior de
esta simplicidad. Para Malebranche es la forma misma de ésta: «La idea de lo infinito en extensión
encierra, pues, más realidad que la de los cielos; y la idea de lo infinito en
todos los géneros de ser, la que corresponde a esta palabra, el ser, el
ser infinitamente perfecto, contiene infinitamente más realidad, aunque la
percepción con la que nos afecta esta idea sea la más ligera de todas; tanto
más ligera cuanto que más vasta, y en consecuencia infinitamente ligera porque
es infinita» (Conversación de un filósofo cristiano con un filósofo chino).
Como el Ser no es nada (determinado), se produce necesariamente en la
diferencia (como diferencia). Decir, por una parte, que es infinito,
o decir, por otra parte, que no se revela o no se produce más que «de una sola
vez junto con» (in eins mit) la Nada (¿Qué es metafísica?) -lo cual
significa que es «finito en su esencia» (ibíd.)- ¿es eso decir, en el
fondo, una cosa distinta? Pero habría que mostrar que Heidegger no ha querido decir jamás «otra cosa»
que la metafísica clásica y que la transgresión de la metafísica no es una
nueva tesis metafísica u onto-teológica. Así, la cuestión acerca del ser del
ente no introduciría
solamente -y entre otras cosas- a la cuestión acerca del ente-Dios; aquella
cuestión supondría
ya a Dios como posibilidad misma de su cuestión, y la respuesta en su
cuestión. Dios estaría implicado en toda cuestión acerca de Dios y precedería a
todo «método». El contenido mismo del pensamiento de Dios es el de un ser acerca del
cual no puede plantearse ninguna cuestión (salvo que sea planteada por él)
y que no puede dejarse determinar como un ente. En El profano (Idiota),
una meditación admirable de Nicolás de Cusa desarrolla esta implicación de
Dios en toda cuestión, y primeramente en la cuestión de Dios. Por ejemplo, El profano:
«Mira qué fácil es la dificultad teológica, puesto que la respuesta se
ofrece siempre al que busca de acuerdo con el modo mismo de la cuestión
planteada. El
orador: Cierto, nada es más sorprendente. Pr: Toda búsqueda que concierne a Dios presupone el objeto mismo de esta
búsqueda. A toda cuestión que se plantee acerca de Dios, lo que hay que
responder es precisamente eso que supone primeramente la cuestión. Pues aunque
sobrepasa toda significación, Dios se significa a través de toda significación
cualquiera que sea la palabra que lo exprese. Or: Explícate... Pr: ¿No supone la cuestión de la
existencia de Dios por anticipado la noción misma de existencia? Or: Por cierto que sí. Pr: Desde el momento que has planteado la
cuestión: ¿Existe Dios?, puedes responder lo que está precisamente
en cuestión, a saber, que existe, puesto que es el Ser mismo presupuesto en la
cuestión. Lo mismo vale para la cuestión ¿Quién es Dios?, porque esta cuestión
supone la quididad; podrás, pues, responder que Dios es la Quididad absoluta en
sí misma. Y así para toda cuestión. Y sobre este punto no hay duda posible.
Pues Dios es la presuposición universal en sí misma, que está presupuesta de
todas formas, como la causa está presupuesta en todo efecto. Mira, pues,
Orador, qué fácil es la dificultad teológica... Si justo todo aquello que está
supuesto por anticipado en toda cuestión teológica da respuesta así a la
cuestión, no existe, en consecuencia, ninguna cuestión que concierna propiamente
a Dios, puesto que en la cuestión planteada la respuesta coincide con la
interrogación»
Al convertir la
relación con lo infinitamente otro en el origen del lenguaje, del sentido y de
la diferencia, sin relación con lo mismo, Levinas se resuelve, pues, a
traicionar su intención en su discurso filosófico. Éste no se entiende y no
enseña más que si deja primero circular en él lo mismo y el ser. Esquema
clásico, complicado aquí por una metafísica del diálogo y de la enseñanza, de
una demostración que contradice lo demostrado por el rigor y la verdad misma de
su encadenamiento. Círculo mil veces denunciado del escepticismo, del
historicismo, del psicologismo, del relativismo, etc. Pero el verdadero nombre
de esta inclinación del pensamiento ante lo Otro, de esta aceptación resuelta
de la incoherencia incoherente inspirada por una verdad más profunda que la
«lógica» del discurso filosófico, el verdadero nombre de esta resignación del
concepto, de los a priori y de los horizontes trascendentales, es el empirismo.
En el fondo éste sólo ha cometido una falta: la falta filosófica de presentarse
como una filosofía. Y hay que reconocer la profundidad de la intención
empirista bajo la ingenuidad de algunas de sus expresiones históricas. Es el
sueño de un pensamiento puramente heterológico en su fuente. Pensamiento puro
de la diferencia pura. El empirismo es su nombre filosófico, su pretensión o su
modestia metafísicas. Decimos sueño porque se desvanece con el día
y desde que se alza el lenguaje. Pero se objetará quizás que el que duerme es
el lenguaje. Sin duda, pero entonces, hay que volver a hacerse clásico, de una
cierta manera, y reencontrar otros motivos de divorcio entre la palabra y el
pensamiento. Es un camino muy, quizás, demasiado abandonado hoy. Entre otros
por Levinas.
Al radicalizar el
tema de la exterioridad infinita del otro, Levinas asume así el designio que ha
animado más o menos secretamente todos los gestos filosóficos que se han
llamado empirismos en la historia de la filosofía. Lo hace con una audacia, una
profundidad y una resolución que no se habían alcanzado nunca. Llegando hasta
el término de este proyecto, renueva totalmente el empirismo y lo invierte
revelándose a él mismo como metafísica. A pesar de las etapas husserliana y
heideggeriana de su pensamiento, Levinas no quiere retroceder ante la palabra
empirismo. Al menos por dos veces, apela al «empirismo radical que confía en la
enseñanza de la exterioridad» (TI). La experiencia del otro (del infinito) es
irreductible, es, pues, «la experiencia por excelencia» (ibíd.). Y
a propósito de la muerte, que es su irreductible recurso, Levinas habla de un
«empirismo que no tiene nada de positivista» Pero ¿puede hablarse de una
experiencia de lo otro o de la diferencia? ¿No ha sido siempre el concepto de
experiencia determinado por la metafísica de la presencia? ¿No es siempre la
experiencia encuentro de una presencia irreductible, percepción de una
fenomenalidad?
Esta complicidad
entre el empirismo y la metafísica no tiene nada de sorprendente. Al
criticarlos, o más bien al «limitarlos» en un único y mismo gesto, Kant y Husserl habían reconocido bien su solidaridad.
Habría que meditar ésta desde más cerca. En esta meditación Schelling había ido
muy lejos.
Pero el empirismo
ha sido determinado siempre por la filosofía, desde Platón a Husserl, como no-filosofía: pretensión
filosófica de la no-filosofía, incapacidad de justificarse, de darse auxilio
como palabra. Pero esta incapacidad, cuando se asume con resolución, discute la
resolución y la coherencia del logos (la filosofía) en su raíz en lugar de
dejarse cuestionar por él. Nada puede, pues, solicitar tan profundamente el
logos griego -la filosofía- como esta irrupción de lo completamente otro, nada
puede despertarlo tanto a su origen como también a su mortalidad, a su otro.
Pero si (para
nosotros esto es sólo una hipótesis) se llama judaísmo a esta experiencia de lo
infinitamente otro, hay que reflexionar sobre esta necesidad en la que aquél se
encuentra, sobre esta orden que se le da de producirse como logos y de
despertar al Griego en la sintaxis autística de su propio sueño. Necesidad de
evitar la peor violencia que amenaza cuando se entrega uno silenciosamente a lo
otro en la noche. Necesidad de adoptar las vías del único logos filosófico que
no puede sino invertir la «curvatura del espacio» en provecho de lo mismo. De
un mismo que no es lo idéntico y que no encierra al otro. Es un Griego quien ha
dicho: «Si hay que filosofar, hay que filosofar; si no hay que filosofar, hay
todavía que filosofar (para decirlo y pensarlo). Hay que filosofar siempre».
Levinas lo sabe mejor que otros. «No se podría rehusar las Escrituras sin
saberlas leer, ni amordazar la filología sin filosofía, ni detener, si fuera
necesario, el discurso filosófico, sin de nuevo filosofar» (DL). «Hay que recurrir-estoy
convencido de esto- al medium de toda comprensión y de todo entendimiento, en
el que toda verdad se refleja-precisamente a la civilización griega, a lo que
ésta engendró; al logos, al discurso coherente de la razón, a la vida en un
Estado razonable. Ese es el verdadero terreno de todo entendimiento» (DL). Un
lugar así de encuentro no puede ofrecer solamente una hospitalidad de encuentro
con un pensamiento que se mantendría extraño a él. Todavía menos puede
ausentarse el Griego, que ha prestado su morada y su lenguaje, mientras que el
Judío y el Cristiano se encuentran en la casa de aquél (puesto que es de este
encuentro de lo que se trata en el texto que acabamos de citar). Grecia no es
un territorio neutro, provisional, fuera de la frontera. La historia en la que
se produce el logos griego no puede ser el accidente feliz que entrega un
terreno de entendimiento a aquellos que oyen la profecía escatológica y a los
que no la oyen en absoluto. No puede ser exterior y accidente
para ningún pensamiento. El milagro griego no es esto o aquello, tal o cual
acierto asombroso; es la imposibilidad por siempre, para cualquier pensamiento,
de tratar a sus sabios, según la expresión de san Juan Crisóstomo, como «sabios
de fuera». Al haber proferido el epékeina tes ousías, al haber
reconocido desde su segunda palabra (por ejemplo en El sofista) que la alteridad
debía circular en el origen del sentido, al acoger la alteridad en el corazón
del logos, el pensamiento griego del ser se ha protegido para siempre contra toda
convocación absolutamente sorprendente.
¿Somos Judíos?
¿Somos Griegos? Vivimos en la diferencia entre el Judío y el Griego, que es
quizás la unidad de lo que se llama la historia. Vivimos en y de la diferencia,
es decir, en la hipocresía, de la que tan profundamente dice Levinas que
es «no sólo un despreciable defecto contingente del hombre, sino el
desgarramiento profundo de un mundo ligado a la vez a los filósofos y a los
profetas» (TI).
¿Somos Griegos?
¿Somos Judíos? Pero, ¿quiénes, nosotros? ¿Somos (cuestión no cronológica,
cuestión pre-lógica) primeramente Judíos o primeramente Griegos? Y el
extraño diálogo entre el Judío y el Griego, la paz misma, ¿tiene la forma de la
lógica especulativa absoluta de Hegel, lógica
viviente que
reconcilia la tautología formal y la heterología empírica tras
haber pensado
el discurso profético en el Prefacio de la Fenomenología del espíritu? ¿Tiene,
por el contrario, esta paz la forma de la separación infinita y de la
trascendencia impensable, indecible, del otro? ¿Al horizonte de qué paz
pertenece el lenguaje que plantea esta cuestión? ¿De dónde saca la energía de
su cuestión? ¿Puede dar cuenta del acoplamiento histórico del judaísmo y
del helenismo? ¿Qué legitimidad tiene, cuál es el sentido de la cópula en
esta proposición del más hegeliano, quizás, de los novelistas modernos: «Jewgreek is
greekiew. Extremes meet»?
Jacques Derrida

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