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Libro N° 14884. La Playa De Las Tortugas. Gold, Hannah.


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Título Original: © La Playa De Las Tortugas. Hannah Gold

 

Versión Original: © La Playa De Las Tortugas. Hannah Gold

 

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Portada E.O. de: 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA PLAYA DE LAS TORTUGAS

Hannah Gold


La Playa De Las Tortugas

Hannah Gold

Unas crías en peligro. Un viaje al corazón de la selva. Una misión que marcará sus vidas.

Cuando al padre de Silver lo invitan a un centro de conservación de tortugas en Costa Rica, toda la familia decide instalarse unos meses allí. Bajo el calor del sol tropical, Silver y su familia se adaptan a una nueva vida en el santuario de animales. Pero, después de avistar a una tortuga laúd anidando en la playa, Silver se da cuenta de que alguien ha robado los huevos, y los acontecimientos dan un giro peligroso. ¿Podrá Silver proteger a las tortugas y sanar las heridas de su propia familia? Para ello, no tendrá más remedio que adentrarse en el corazón de la selva…

Hannah Gold

La Playa De Las Tortugas

ePub r1.0

Titivillus 09.02.2026

Título original: Turtle Moon

Hannah Gold, 2024

Traducción: Marcelo E. Mazzanti

Ilustraciones: Levi Pinfold

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A todas las madres del mundo, os hayan llegado los hijos como os hayan llegado y hasta si no os llegan. Que vuestra luz siga brillando.

CAPÍTULO UNO

El roble

SILVER TREVELON se agarró con una mano y pasó de una rama a otra de

su árbol preferido, un roble de tamaño y edad medios que con el transcurso de los años había visto muchos cambios, vivía al fondo del jardín trasero de la familia y era especialmente idóneo para trepar.

Y eso mismo, trepar por los árboles, era lo que más le gustaba a Silver. Le encantaban el tacto rugoso, nudoso, de la resina en las yemas de los dedos, la brisa fresca en el rostro y las cosquillas que le provocaba en la nariz el olor fuerte y terroso de la madera. Pero lo que más le gustaba era estar en las alturas. Allí, acunada en las ramas más altas, era donde mejor podía pensar en las cosas más profundas.

En realidad, le habían prohibido volver a trepar el roble desde que se había caído y había tenido que llevar el brazo enyesado tres semanas. Pero esta vez, pensó mientras subía hasta la tercera rama más alta (segura y cómoda, ideal para posar un trasero de once años), se trataba nada más y nada menos que de una Emergencia, así, con E mayúscula.

Un rato antes había hecho un examen de arte en el cole y había fracasado. Y no solo había fracasado, sino que había fracasado miserablemente. Hasta Roger White lo había hecho mejor, y solo había pintado un insecto palo con ojos un poco sorprendidos.

Silver soltó un bufido al pensar en ello, y sacó su obra.

—¿Y esto qué se supone que es? —le había preguntado la profe, la señora Snootle, arrastrando las palabras, entre las risitas de toda la clase…

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toda menos Aziza, que era su mejor amiga y nunca se reía de ella, ni aquella vez que Silver se olvidó de cambiarse los pantalones y se presentó en el cole con los del pijama, que simulaban la piel con manchas de un leopardo.

—Esto —contestó Silver, un poco fastidiada por la pregunta— es lo que se llama «arte abstracto».

—Ah. —Snootle giró la hoja hacia un lado y hacia el otro, con gestos exagerados—. Veo, Silver, que aunque hayas aprendido algunas de las palabras de tu padre, en realidad no has heredado mucho de su talento.

Ahora, al recordarlo, Silver agitó con rabia las piernas que colgaban de la rama. No muy fuerte, para no herirle los sentimientos al árbol, pero sí lo suficiente como para asustar a las hojas y hacerlas temblar.

—¿Cómo voy a explicárselo a papá? —murmuró.

Desde las alturas tenía una vista perfecta del estudio donde él trabajaba. Aunque quizá llamarlo «estudio» era un poco atrevido; en realidad, no era más que una modesta terraza interior añadida a la casa, pero a su padre le encantaba porque era muy luminosa y, como no dejaba de repetir una y otra vez, los artistas respiran luz igual que los peces respiran agua.

Silver vio su silueta a través de las puertas de cristal, mientras caminaba arriba y abajo ante su último lienzo. Cuando ella se había ido al cole por la mañana, él la había abrazado poniéndola cabeza abajo (el abrazo preferido de la niña) y hasta le había prestado su pincel más caro, el de cerdas de pluma de águila que había comprado en una expedición a Mongolia.

Entornó los ojos y contempló de nuevo su obra. Estaba clarísimo que representaba un pulpo, pero era una interpretación personal de ella, así que ¿qué importaba que no tuviese tentáculos?

Su padre insistía en que no es necesario entender un cuadro la primera vez que lo ves. Que, a veces, el objetivo del arte es hacerte mirar bajo la superficie y encontrar el tesoro enterrado.

¿Quién podía saberlo mejor que él mismo?

Hacía años, cuando Silver era pequeña, él había escrito e ilustrado un libro para niños. Se llamaba Aventura en el bosque, y contaba, eso, las aventuras de un grupo de diferentes animales. Nadie esperaba que se vendiera bien, pero, a saber por qué, despertó la imaginación de la gente, y Jack Trevelon se hizo un poco famoso. No muy famoso: nadie lo paraba

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en la calle para pedirle un autógrafo (excepto la vecina de al lado, la señora Holland, que, curiosamente, le pidió que se lo dedicara a su perro salchicha, Harold), pero sí lo bastante famoso como para que algunos creyeran que Silver también tendría talento.

Pero no lo tenía.

En realidad era malísima.

Por costumbre, se llevó la mano a su collar con un corazón. Se lo habían regalado sus padres cuando cumplió siete años, como recordatorio de lo especial que era ella.

—¡Plata para nuestra Silver! —le dijeron a la vez.

Mientras ella desenvolvía el regalo, su madre le había contado de nuevo por qué le habían puesto un nombre tan poco habitual: la noche en que su madre la tuvo, había luna llena. Superllena. La luna puede ser de muchos colores: naranja, dorada… hasta del color de la sangre. Pero aquella noche de hacía poco más de once años era plateada.

El único problema era que la propia Silver no se sentía muy plateada. La plata era muy valiosa. Preciosa. Brillante. Despertaba emociones, ya fuese en una tiara, en fuegos artificiales o en la mejor cubertería de la abuela. Era algo que guardar en una caja de lujo forrada por dentro de terciopelo. En cambio, Silver a menudo tenía ramitas en el pelo, organizaba carreras de caracoles en sus brazos, sacaba las peores notas de la clase y era capaz de soltar eructos tan largos que podía recitar medio alfabeto.

Volvió a mirar su pintura.

Cierto: el trazo era un poco inseguro. Y los tres corazones del pulpo podían confundirse con bocas abiertas, hambrientas. O con tres culos. ¡Puaj!

¿A quién iba a engañar? Su padre tenía más talento en un meñique que ella en todo el cuerpo.

Dobló la hoja y se la metió en el bolsillo de la chaqueta, donde también había guardado el pincel.

Oh, oh.

La boca se le secó de repente. El pincel. ¿Dónde estaba?

Debía de habérsele caído mientras trepaba al árbol. Buscó por la rama, entre todos los recovecos, hasta metió un segundo la mano en un agujero grande, como de lechuza. Pero no había ninguna lechuza, solo bichos bola

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y arañas. Sintió un escalofrío. La mayoría de los animales le encantaban, pero había excepciones.

El caso es que el pincel no aparecía por ninguna parte.

—¡Mecachis en la tinta! —exclamó. Era la maldición que siempre soltaba su padre cuando se le caía pintura en la ropa, que era muy a menudo.

Frustrada, dio una patada en el aire. Y entonces vio algo brillante. ¡El pincel!

Estaba atrapado entre las hojas de una ramita de aspecto peleón. A solo un brazo de distancia. Lo estiró para llegar…

… y se cayó de cabeza del árbol.

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CAPÍTULO DOS

¡Mecachis en la tinta!

SILVER FUE AGARRÁNDOSE de rama en rama, como una acróbata, hasta

aterrizar sana y salva en un suave cojín de hojas y ramitas cerca del suelo.

Desde ahí saltó sonriente a la hierba.

—Gracias, amigo.

Le hizo una caricia al tronco, se quitó unas cuantas hojas del pelo y fue dando saltitos por entre las piedras del jardín, imaginándose que huía de cocodrilos que la perseguían de cerca. Al llegar a la puerta trasera de la casa, se detuvo.

Se limpió la tierra de las uñas y echó un vistazo al porche, en busca de la bata de trabajo de su madre. Siempre la dejaba en el mismo colgador al volver a casa. Ahora no estaba. Mientras se quitaba la gorra de béisbol y la lanzaba hacia uno de los ganchos (falló), su corazón pareció soltar un resoplido de alivio.

Solo en la última semana, su madre ya le había metido tres broncas: una por dejar los zapatos llenos de barro en mitad del pasillo, otra por salpicar leche en la mesa de la cocina mientras comía cereales, y otra más por poner la música demasiado alta mientras se daba una ducha. Silver llevaba un tiempo aplicándose en comportarse, pero era como si fuese incapaz de hacer nada bien.

—Silver, ¿eres tú? —la llamó su padre al oírla.

—¡Voy!

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El estudio de su padre era otro de los lugares preferidos de Silver además del roble, aunque el olor a aguarrás le provocaba picores en la garganta. El espacio estaba repleto de lienzos en blanco apoyados contra las paredes, había una mesa de trabajo de madera con un montón de frascos vacíos de mermelada y pinturas de todos los colores imaginables.

Como siempre, él llevaba sus pantalones caqui de camuflaje arremangados por encima de los talones y una camisa blanca llena de goterones de pintura. Le dedicó una sonrisa cariñosa a su hija, le cogió de la oreja el pincel de cerdas de pluma de águila y volvió a concentrarse en la enorme tela que tenía delante. Se produjo una larga pausa.

—Silver —le preguntó por fin—, ¿qué te parece? ¿Pinto esta parte del cielo de color obsidiana o gris ceniza?

Ella contempló la pintura y frunció el ceño.

Un par de años antes, su padre había hecho una exposición en una galería pija de Londres. Para la inauguración, se había puesto un traje que lo hacía sudar a chorros. A Silver le pareció como si hubiese alquilado un padre nuevo por una noche, uno que era como si se hubiese dejado toda su personalidad en una bolsa.

Ahora sintió algo parecido al examinar el cuadro. No había toques de colores brillantes, ni golpes de luz, ni nada llamativo; el lienzo estaba dominado por un cielo nublado y amenazador, y abajo una barquita parecía estar siendo golpeada de un lado a otro por olas muy fuertes y enfadadas.

A Silver le gustaba mucho más cuando pintaba cosas divertidas, como las ilustraciones de Aventura en el bosque o los dibujitos que le hacía a la hora de irse a dormir, historias de magos, dragones y unicornios con los que llenaba montones de hojas en blanco. Pero hacía mucho que no le veía nada de eso.

—Bueno, ¿qué? —le insistió él, que ahora se había puesto el pincel entre los dientes.

En la mesa había un tubo de pintura dorada, bonita, brillante, que podía hacer que el cielo fuese precioso, como los de California.

—Mejor el dor…

—Mejor el obsidiana, creo —la interrumpió él—. Un cristal que se forma al enfriarse la lava de un volcán. También la llaman «la piedra de la verdad». Y, hablando de la verdad, ¿qué hacías subida a ese árbol?

—¿Có… cómo lo sabes?

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Su padre no le contestó, al menos con palabras. Lo que hizo fue mover dramáticamente el pincel en el aire como si pintara una X.

—Tienes que prometerme que no vas a volver a hacerlo.

Silver soltó un suspiro.

—Te lo prometo.

—Podrías haberte roto el cuello, y tu madre ya tiene mucho trabajo como para, además, estar preocupándose todo el rato por ti.

Silver iba a replicarle que no se había roto el cuello, pero entonces vio que su padre había puesto cara de «No me discutas». Él dejó el pincel en un frasco lleno de aguarrás y la llevó a un sofá viejo y gastado que tenía en un rincón. La niña se le agarró al brazo; olía a pintura y acrílicos, un aroma familiar que la hacía sentirse segura. Se sentaron y apoyó la cabeza en el hombro de él.

—Bueno, tesoro, ¿el pincel de águila ha hecho su magia?

¡Mecachis en la tinta! Silver esperaba que se hubiese olvidado del examen. Nada convencida, se llevó la mano al bolsillo y sacó su obra.

Su padre alisó la hoja.

—¡Un pulpo! —Sonrió—. ¡Y mira, tiene los tres corazones como nosotros tres: tú, tu madre y yo! Supongo que te habrán puesto una de las mejores notas.

Ella pensó en recordarle que jamás había sacado una de las mejores notas en nada, pero lo vio tan ilusionado que solo se encogió de hombros.

—A la señora Snootle no le impresionó mucho.

—¿¡Y qué narices sabe esa señora Escupe!? —exclamó él. Siempre la llamaba así, y siempre conseguía que Silver soltara una risita—. ¡Este pulpo es magnífico!

El teléfono la salvó de más preguntas. Era un aparato tan antiguo que había que meter el dedo en cada número y hacerlo girar, uno por uno. Su padre no creía en «esas chorradas tecnológicas nuevas».

—Debería contestar.

Mientras él iba a la cocina a descolgar, Silver fue hasta la mesa a mirar más de cerca el tubo de pintura dorada. No estaría hecha de lava de volcán, pero era mucho más atractiva.

Más bien parecía hecha con trocitos del propio sol.

Lo cogió y lo agitó un poco. Entonces vio un sobre que había debajo. Estaba cubierto de sellos lejanos, matasellos y pegatinas de correo aéreo y unas cuantas gotas de pintura azul tormenta.

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A veces su padre recibía cartas de fans de otros países. Quizás esta fuese una de ellas. El sobre tenía un olor muy especial que no consiguió identificar, algo dulce y agrio a la vez. Le dio la vuelta. En el dorso, estampado en tinta verde, había un dibujo de una tortuga.

—Qué mono —murmuró.

No iba por ahí leyendo cartas ajenas (al menos no muy a menudo), pero la parte de arriba de la hoja que asomaba era demasiado tentadora: estaba decorada con figuras impresas de árboles de todas las formas y tamaños. Debajo decía bien grande:

CENTRO DE RESCATE DE PLAYA TORTUGA

Y, más abajo aún, el saludo: «Apreciado Sr. Trevelon». El noventa por ciento de la carta estaba dentro del sobre, así que no se leía nada más.

Silver volvió a pensar que debía de ser una carta de algún fan, uno amante de los animales, que era la clase de gente a la que su padre atraía. A él no le importaba que le leyese las cartas, pero prefería verlas él antes y darle permiso. Pero solo por esta vez…

—¡Jack! ¡Silver! —sonó la voz de su madre—. ¡Ya estoy en casa!

La niña la miró entrar. Tenía los rizos castaños recogidos en el moño de siempre y los hombros hundidos. Sin duda, estaba rendida después de una larga jornada en la consulta. Silver iba a devolver el saludo, pero entonces su madre se detuvo ante la foto de familia de los tres, la que se habían sacado el año anterior en la playa, y la tocó con las puntas de los dedos. El rostro se le cubrió de melancolía durante un instante tan breve que Silver creyó que quizá se lo había imaginado ella misma.

—¡Siento llegar tarde! —exclamó la mujer, estirándose para poner recta la espalda—. Una urgencia de última hora con una cobaya fugitiva… —No hace falta que te disculpes. —El padre de Silver salió de la

cocina—. Ya sé que las cobayas tienen preferencia sobre los maridos.

Los dos se sonrieron.

Entonces él se quedó inmóvil. Se le puso la cara roja y… —¡Achííís!

Estornudó tan fuerte que hizo temblar las paredes. Con la cara como una remolacha, señaló acusadoramente con el pincel la bata pálida de ella. Siempre se quitaba la ropa de trabajo al entrar. Bajó la vista y se miró, como sorprendida de llevarla puesta todavía.

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Él se tapó la nariz para evitar un segundo estornudo aún más fuerte.

Pero no pudo evitarlo, y fue como la erupción de un volcán.

—¡Aún… llevas… la… bata!

Siempre se reían de eso: el estudiante de arte alérgico al pelo de animal que se había enamorado de la ambiciosa veterinaria.

Estornudó una tercera vez, y sus manos —y por consiguiente el pincel

— parecieron adquirir vida propia. El pincel en cuestión salió volando y esparció pintura de color obsidiana por todas partes: las paredes, el suelo de madera y hasta en la punta de la nariz de su esposa.

Ella entornó los ojos marrones hasta que adquirieron el aspecto de picos de pájaro afilados.

—Jack Trevelon —le espetó mientras se borraba la mancha de la nariz —, hoy solo me faltaba esto. En serio.

A Silver se le encogió el corazón. En otros tiempos, su madre se habría echado a reír y después habría mirado al infinito, como cuando un cachorrillo ha hecho alguna trastada. Hasta podrían haber acabado besándose (¡puaj!). Aunque a veces sentía un poco de vergüenza al verlo, era muy preferible a la tensión horrible que ahora llenaba la casa entera, una tensión que la hacía sentirse como si siempre estuviese pisando cáscaras de huevo con los pies desnudos.

Bajó la vista y miró el sobre que tenía en las manos. La tortuga pareció devolverle la mirada. Silver se sintió culpable, volvió a dejarlo debajo del tubo de pintura dorada y se dirigió en silencio a las escaleras.

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CAPÍTULO TRES

La habitación del bebé

LOS DEBERES ERAN LO ÚLTIMO en el mundo de Silver, y tan agradables

como las arañas o un plátano pasado. Pero hasta eso era mejor que oír sin querer una discusión entre sus padres. No era habitual: preferían mantener conversaciones civilizadas, en vez de dar patadas en el suelo como ella.

Decidió que tenía que dedicar su atención a otra cosa. Acabó su trabajo sobre el tema de la conservación de la naturaleza, recogió su equipo sucio de fútbol del suelo de la habitación y hasta hizo una búsqueda rápida sobre el Centro de Rescate de Playa Tortuga, aunque no encontró nada: solo le salieron montones de imágenes de tortugas.

Lo único que sabía de esos animales era que el hermano mayor de Aziza, Malik, tenía dos de agua en una pecera. Y, aun así, estaba bastante segura de que las tortugas salvajes marinas eran otra especie que no tenía nada que ver.

Seguían llegándole murmullos de las voces de sus padres. Estaba siendo una conversación muy larga incluso para ellos. Demasiado larga. Estaba pasando algo raro.

Además, mamá nunca olvidaba quitarse la bata al entrar en casa. Y la forma en que había saltado con su marido tampoco era normal, acostumbraba a controlarse mucho.

A Silver le sonó la barriga. Ya debía de ser la hora del té. Se había comido tres de las bolsitas de chips con sabor a gambas que siempre escondía por si acaso, pero ahora, además de seguir con hambre, tenía sed. En la nevera había un brik entero de agua de coco. Desde que su madre

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había ganado un coco en la feria del pueblo y lo había abierto de un martillazo para que Silver probara el zumo, se había convertido en su bebida favorita.

Otro rugido de su barriga la hizo ponerse en acción. Fue en silencio hasta la cocina, cogió el brik y le echó un trago bien largo. Era la única de la casa a la que le gustaba, así que beber directamente del envase no era problema. Con otras cosas no lo hacía. Bueno, sí, a veces con el zumo de naranja, cuando nadie la veía.

Soltó un pequeño eructo. Y entonces se quedó de piedra.

La voz de su padre atravesó la fina pared que separaba la sala de estar y la cocina. Aunque Silver ya había fisgado bastante por un día, le fue imposible no oírlo.

—Y precisamente por eso he aceptado —dijo él—. ¿No crees que te mereces un descanso? La verdad, todos nos lo merecemos. Lo que necesitamos es un cambio.

Silver se limpió con una mano el bigote de agua de coco. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué cambio?

Su madre contestó algo, pero en voz demasiado baja como para distinguirlo.

—Va a ser una aventura. Una aventura para toda la familia —le contestó él.

—¡Pero has aceptado la invitación sin siquiera consultármelo! — replicó la madre, ahora con voz más aguda—. ¿No se te ocurrió que igual no es un buen momento para que me tome «un descanso»?

—Gerrie, no podemos seguir así. —Volvió a estornudar dos veces, y después bajó el volumen, aunque hasta así era imposible no notar la tristeza en sus palabras—. Sobre todo después de… bueno, ya sabes.

Mamá soltó una especie de gruñido grave, como cuando un animal siente dolor.

A Silver se le pasó la sed de repente. Devolvió el brik a la nevera y salió de puntillas. Sus padres no la vieron: se estaban abrazando muy fuerte… aunque ella seguía con la bata y a él le iban a llorar los ojos durante horas.

Silver tragó saliva para bajar el nudo que se le había formado en la garganta.

En las escaleras se detuvo un momento ante el árbol genealógico de la familia Trevelon que su padre había pintado en la pared para que los tres

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pudieran saludar a sus antepasados antes de irse a dormir. Después siguió, pero se detuvo de nuevo ante la puerta de la habitación del bebé.

Por dentro, la habitación era como una jungla. Árboles de un verde esmeralda brillante, monos que saltaban, loros de los colores del arcoíris y hasta un perezoso con ojos somnolientos. El mural, que cubría las cuatro paredes de arriba abajo, parecía tan real que a veces Silver quería dormir allí.

Pero no era su habitación. Era la que habían decorado sus padres hacía más de cinco años para el bebé que iba a llegar. Al principio, eso de tener a alguien nuevo en casa no le había hecho ninguna gracia, sobre todo si ese alguien olía a caca y se pasaba el día berreando. Poco a poco se fue haciendo a la idea. Igual que Aziza a menudo acunaba en sus brazos a su hermano pequeño, empezó a imaginarse haciendo lo mismo, mirando a los ojos inocentes de la criatura y sintiendo cómo se agarraba con los deditos a su pulgar. Y a lo mejor, cuando fuesen más mayores, hasta podría enseñarle la mejor forma de trepar los árboles (que consistía en no pensar demasiado en llegar arriba)… y hasta a tirar penaltis. Obviamente, su hermano o hermana haría de portero.

Solo hubo un problema: el bebé nunca llegó.

Su padre y su madre intentaron explicárselo lo mejor que pudieron. Cómo se hacían los niños (¡puaj!). Por qué a algunas parejas, aunque quisieran tener un hijo más que nada en el mundo, les costaba mucho conseguirlo. Y cómo funcionaba una cosa que se llamaba fecundación in vitro, y que por lo visto consistía en hacer el bebé en tubos de ensayo y placas de Petri, como en uno de esos experimentos raros de ciencia del cole.

Otras cosas no tuvieron explicación, como la forma en que su madre cambió. Silver sabía el momento exacto en el que había sucedido: cuando falló el primer proceso de fecundación.

Siempre había sido fuerte, algo necesario para enfrentarse a las muchas cosas tristes que tenía que ver cada día en su consulta de veterinaria. Era una clase de fuerza especial, como si se pusiese una armadura para que lo peor le rebotara.

Pero, con el paso de los años, fueron apareciendo telarañas en la habitación y fracturas en su armadura. Algunas de estas últimas eran tan

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profundas que Silver podía atisbar detrás a una madre que no sabía que existiera. Era como ver a un caracol sin el caparazón: minúsculo e indefenso.

También fue por entonces cuando su padre decidió que ya no iba a ilustrar más libros infantiles, como si hacerlo fuese a provocarle recuerdos demasiado dolorosos sobre algo que nunca llegó a hacerse realidad.

Y así, con el paso del tiempo, la casa de los Trevelon, antes llena de alegría, risas y color, se fue transformando en algo frágil, cansado y totalmente gris.

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CAPÍTULO CUATRO

Una decisión

AL DÍA SIGUIENTE, en cuanto Silver abrió la puerta de casa al volver del

cole, notó que había pasado algo serio. El ambiente estaba enrarecido, como antes de una tormenta.

Además, sus padres estaban sentados en la mesa del comedor, la de caoba oscura, que solo usaban en Navidad o para conversaciones importantes.

—Silver —la llamó su padre—, ven, por favor.

Ella hubiese preferido desaparecer en el jardín trasero, sentarse bajo el roble y comerse el paquete de cintas de fresa que había comprado por el camino. Por desgracia, no tenía más opción que hacer lo que le pedían, así que se abotonó la chaqueta para tapar una mancha de kétchup y se dirigió con calma al comedor.

Nunca le habían hecho una entrevista de trabajo, pero había visto unas cuantas en la tele y se imaginaba cómo eran. Aquello parecía justo lo mismo. Sus padres estaban sentados a un extremo de la mesa, con la mirada fija y seria. Ante ellos se encontraba el sobre. Su madre pasó los dedos distraídamente por la tortuga verde.

Silver colocó una silla enfrente, se sentó en el borde y se mordisqueó la uña del pulgar.

Su padre carraspeó. A continuación, volvió a carraspear. Ella pensó en ofrecerle una cinta de fresa, pero pensó que eso no iba a ayudar en nada.

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—Ya sabes que tu madre y yo últimamente hemos pasado por una mala época… —La niña asintió, cautelosa—. Siempre hemos intentado ser sinceros contigo. Como sabes, esperábamos que tuvieras una hermanita o hermanito. Pero las cosas no han ido según nuestros planes. Los médicos dicen… —Se aflojó el cuello de la camisa y tragó saliva—. Los médicos dicen que quizá no sea posible.

Era la primera vez en mucho tiempo que le hablaban claramente de ese tema. Por supuesto que ella ya lo sabía. Imposible no saberlo. Por ejemplo, hacía un mes la madre de Aziza había venido de visita con su bebé Asif, y la madre de Silver lo estuvo abrazando tanto tiempo que parecía no querer soltarlo nunca.

—¿Por qué no? —les preguntó—. La mamá de Aziza tenía cuarenta y dos años cuando nació Asif, así que… aún es posible tener un bebé… hum… con más de cuarenta.

Se calló de repente. Había estado a punto de decir «siendo vieja», pero se contuvo a tiempo.

—En nuestro caso, no lo saben —replicó ella.

—¿Cómo no van a saberlo? ¡Son médicos! Cuando a ti te traen un animal enfermo, siempre sabes qué hacer.

—No siempre. —Se tocó el estetoscopio que aún llevaba al cuello. Tenía la costumbre de no quitárselo casi nunca, ni para ir al supermercado

—. A veces, ni con todos los avances de la ciencia médica, pueden dar respuestas. O al menos respuestas concretas, que sirvan de verdad.

—La verdad —siguió el padre de Silver, apretándole la mano a su esposa— es que el tratamiento no es nada fácil. Resulta que a veces tener hijos le resulta muy difícil a una pareja, incluso aunque los hayan tenido antes.

—¡Entonces, suerte que me tenéis a mí! —dijo la niña, esforzándose en sonar alegre.

Su padre le dirigió una sonrisa forzada. Levantó el sobre y se lo mostró.

—Hace poco, inesperadamente, recibí una carta muy interesante de alguien a quien le gustó mucho Aventura en el bosque.

¡Ah! Así que, en efecto, era de un fan. Silver alzó las cejas, intentando que colara como muestra de sorpresa.

—Y es por eso —siguió él, mirando de lado a su esposa— por lo que me han invitado a pintar una serie de retratos de la fauna salvaje en un

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refugio para tortugas. Por lo visto, quieren usar el arte para atraer la atención hacia los animales que cuidan. Forma parte de una gran recaudación de fondos para proteger la vida salvaje.

—Oh. —Esta vez Silver se sorprendió de verdad—. ¿Y cómo lo harías?

—Nos tomaríamos un descanso. Los tres. Podríamos ir juntos al Centro de Rescate de Playa Tortuga.

—Va a ser más que un descanso —lo corrigió la madre—. Implicará que dejes de ir a la escuela por un tiempo. Pero no te preocupes: ya nos hemos puesto de acuerdo con tus profesores.

Silver intentó contestar, pero solo le salió un gritito. En circunstancias normales, dejar de ir al cole solo podía ser una buena noticia. Pero no eran circunstancias normales.

—¿Cuánto tiempo?

Ahora fue su madre la que carraspeó.

—Cuatro meses.

—¿¡CUATRO MESES!? —La niña se quedó boquiabierta.

—Al principio a mí también me… sorprendió. —Agarró tan fuerte el estetoscopio que los nudillos se le pusieron blancos.

—No tomaríamos una decisión tan importante —dijo su padre— si no creyésemos que a ti también te vendría bien. Piensa en ello. —Se le iluminaron los ojos como solo le pasaba ante un lienzo en blanco—. ¡Vas a ver tortugas salvajes en uno de los lugares más bonitos del planeta!

—¿Y dónde… dónde está ese lugar con las tortugas?

Él extendió un brazo y cogió de la estantería un globo terráqueo que había ganado en un concurso de dibujo cuando tenía doce años. Lo hizo girar con un gesto teatral. Fue como si por un momento el tiempo se ralentizara, mientras los tres lo miraban dar vueltas y vueltas. Por fin, se detuvo.

—Aquí —señaló él.

Pero Silver no vio nada: lo tapaba el dedo. Cuando por fin lo levantó, vio un trocito de tierra alargado que conectaba las dos mitades de América —Norteamérica y Sudamérica— como si fuese un puente. Su padre señaló ahora un minúsculo lugar en la parte sur de la franja de tierra.

—Playa Tortuga —dijo— está en Costa Rica.

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CAPÍTULO CINCO

El avión

A PARTIR DE ESE MOMENTO, todo fue muy rápido en casa de los Trevelon.

En menos tiempo del que le lleva a la luna orbitar la Tierra, Silver y sus padres estaban a más de once kilómetros de altura sobre el océano Atlántico.

Silver cambió de postura en su asiento. Estaba incómoda. Nunca había hecho un vuelo tan largo. Su padre, de joven, sí que había viajado mucho a lugares lejanos, a menudo para comprar o ver obras de arte, pero ahora él y su esposa preferían las excursiones e ir de camping los fines de semana. El año anterior los tres habían ido al Parque Nacional de los Cairngorms, en Escocia, para que la niña viera ciervos; hasta fue en trineo y tuvo ocasión de gritar a todo volumen desde las heladas alturas.

Su padre había dicho que siempre intentaban ser sinceros con ella. Y era cierto… en el pasado. También le pedían su opinión, para que no se sintiera excluida de las decisiones familiares. Pero últimamente ya no le preguntaban, y ella empezaba a sentirse como si no formase parte de la familia.

Y ahora esto.

Si alguien le hubiese preguntado (cosa que no habían hecho) si quería pasarse un cuarto de año en la otra punta del mundo, en un refugio para tortugas, lejos de todo, habría dicho que no. Era un cambio demasiado grande, demasiado repentino.

En el asiento de al lado, su padre soltó un resoplido.

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—Escucha esto —dijo, mientras destacaba con un marcador amarillo una frase en su guía de Costa Rica—: dice que en Costa Rica tienen más de una docena de palabras para referirse a la lluvia.

—Pues qué bien.

Cruzó los dedos. La lluvia no le gustaba nada. Y menos aún le gustaba pensar en doce clases de lluvia diferentes.

Su padre resopló de nuevo y siguió leyendo. Durante el vuelo no había parado de contarle anécdotas sobre su destino, que ella aprendió, lo quisiera o no:

1. El nombre «Costa Rica» se lo dio Colón, que al llegar pensó que allí habría mucho oro y, eso…, riquezas.

2. Su principal idioma es el español. Silver iba a tener que ponerse al día: apenas hablaba unas pocas palabras.

3. Aunque es un país muy pequeño, tiene más de 500 000 especies de animales, incluidas más de 900 aves diferentes, lo que lo convierte en uno de los lugares con mayor biodiversidad del planeta.

4. Y el dato preferido de su padre: Costa Rica es el segundo exportador de plátanos del mundo.

Ya que el Centro de Rescate de Playa Tortuga estaba a las afueras de la jungla (de ahí los árboles en el membrete de la carta), él le había hecho un dibujo rápido en una servilleta de papel sobre los diferentes animales con los que podían encontrarse: tortugas, claro, y también monos, ranas de un verde casi fosforescente, dos especies de perezosos y una gran variedad de periquitos, loros y tucanes de muchos colores. A ella, el dibujo le recordó el mural de la habitación del bebé, pero pensó que era mejor no mencionarlo.

—Te va a encantar, Silver, estoy seguro.

La niña deseó que no insistiera tanto en eso. ¿A quién quería convencer, a ella o a sí mismo? Además, las guías de países estaban muy bien, pero solo daban datos y números; no explicaban la verdadera esencia del lugar. Era como decir que el roble del jardín trasero de casa medía doce metros: mencionar la altura no daba una idea de lo que era sentarse en las ramas y sentir el viento en la cara, ni de que a veces, si pegaba la oreja al tronco, juraría que el árbol le hablaba.

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—Pues la verdad es que… —empezó a contestar, pero se detuvo: su padre ya estaba inmerso en el libro de nuevo y su madre dormía.

La miró de reojo mientras el avión seguía atravesando los cielos: se había abrochado el forro polar hasta arriba del todo y tenía el ceño fruncido, como si no estuviera soñando cosas bonitas precisamente.

Se había pasado el último mes organizándolo todo: comprando ropa para el clima tropical, reservando vuelos, averiguando qué vacunas eran necesarias y limpiando la casa para la familia de cuatro personas que la había alquilado mientras ellos no estaban.

Y, como en todo lo que hacía, se había dedicado a ello con la energía y decisión de una locomotora. Esa era una de las cosas que más le gustaban a Silver de ella: Gerrie Trevelon, superveterinaria, no paraba hasta encontrar soluciones, cuando otros ya se habrían rendido.

Volvió a pensar en lo que había dicho su padre antes del viaje: que iba a ser bueno para su madre. Y no solo bueno: necesario. Así lo había descrito, como si estar lejos un tiempo le fuera tan necesario como una bombona de oxígeno. Era por eso por lo que Silver no había querido contarle sus propias dudas y ansiedades: si en Costa Rica habría cientos de miles de insectos arrastrándose por todas partes, o que iba a perderse el campeonato de fútbol del trimestre, o hasta que le daba un poquito de miedo que Aziza se buscara otra mejor amiga mientras ella no estaba. Tragó saliva al recordar cómo se habían despedido, casi entre lágrimas.

En fin… En todo caso, ya era demasiado tarde. Ahora estaban los tres ahí, volando directos hacia una nueva vida.

Pegó la nariz a la ventanilla. Lo único que se veía era el cielo de color índigo, a punto para el crepúsculo. En el horizonte brillaba la luna llena, la misma luna que supuestamente les recordaba a sus padres lo especial que era Silver.

En sus pensamientos más privados, los que no compartía ni con Aziza, a veces se preguntaba por qué habían querido tener otro hijo, sobre todo cuando intentarlo les había traído tanta tristeza. ¿Por qué tendrían tantas ganas? ¿Quizá porque…? No, ahora no podía pensar en eso.

Se puso los cascos y le dio al play para ver la peli del avión. No importaba cuál fuera, mientras la ayudara a dejar de darle vueltas al viaje.

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Un millón de años después (o eso le pareció), el capitán anunció que ya estaban sobrevolando Costa Rica y que pronto tomarían tierra.

—Gracias a Dios —dijo la madre de Silver, desperezándose. No le gustaba ir en un asiento del medio, apretada.

La niña subió la ventanilla, y la repentina entrada de luz la hizo parpadear. El avión se inclinó y su padre se quedó boquiabierto, incapaz de describir la jungla que cubría por completo la tierra.

—Un tapiz de árboles —murmuró por fin, moviendo un brazo en el aire como si pintara con un pincel invisible—. El tapiz más bello que puede tejer el universo.

Aunque acostumbraba a exagerar, en ese caso ella tenía que admitir que era cierto. La jungla infinita se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era un mar verde ondulante, danzante, con muchos tonos diferentes: esmeralda, jade, lima, azulado… todos los verdes que una pudiera imaginarse juntos, hipnóticos. Hasta su madre sonrió.

Silver volvió a mirar por la ventanilla. Aunque no había querido ir a Costa Rica, su corazón la delató con un saltito de alegría.

Si algo la hacía feliz eran los árboles. Y, desde luego, allí había un montón.

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CAPÍTULO SEIS

Cocodrilos y volcanes

ERA CASI LA HORA DEL TÉ y el Centro de Rescate estaba en la punta más

alejada del país, así que el padre de Silver había reservado una habitación para los tres en un hotel de la capital, San José.

—Estará bien un poco de lujo antes de meternos en la jungla —dijo mientras desembarcaban del avión.

Silver intentó no alarmarse demasiado por el comentario. Hasta entonces había pensado tanto en no estar en su casa que ni se le había ocurrido preguntarse dónde iban a vivir en Playa Tortuga. No era que se esperara un resort de cinco estrellas, pero lo lejos que iban a estar de todo le dio un poco de miedo.

—Por supuesto, también habrá unas cuantas arañas —había bromeado antes su padre—, pero espero que no de las que se comen a la gente.

Y se rio de esa forma forzada habitual en él desde que habían decidido hacer el viaje.

Su madre, en cambio, no había sentido la menor alarma. Le gustaban las arañas. A Silver no tanto, sobre todo desde que su padre le había dicho que la araña bananera, casualmente la más venenosa del mundo entero, vivía en Costa Rica.

—Primero podríamos echar un vistazo en plan turistas. Hay un autobús que va al hotel y pasa por el centro de la ciudad —propuso él mientras iban hacia la salida del aeropuerto.

Pero en cuanto pasaron por las puertas y se quedaron sin aire acondicionado, la humedad de Costa Rica les azotó el rostro.

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Era un calor pegajoso, asfixiante. A los pocos minutos de salir de la terminal, Silver ya tenía toda la piel cubierta de sudor, la camiseta de fútbol pegada a la espalda y el pelo que le colgaba en mechones empapados por la humedad.

Los taxis daban bocinazos y los coches parecían eructar humo, y le llegaban de todas direcciones gritos en un nuevo idioma. Se volvió y, con los hombros hundidos, contempló de nuevo las puertas.

—¿Qué, investigamos lo del autobús?

Su padre empezó a tirar de las maletas hasta una larga hilera de paradas, todas iguales. Pero su esposa lo cogió del brazo antes de que se alejara demasiado.

—Podríamos hacer el recorrido turístico después, ¿no?

Él abrió la boca para protestar, pero entonces vio que Silver caminaba arrastrando los pies.

—Vale, pues taxi al hotel.

—¡Hora de levantarse!

El padre de Silver saltó como impulsado por un resorte a la mañana siguiente.

La niña se frotó los ojos. Él abrió las cortinas de la habitación familiar y la luz del sol entró a chorros. Este no era como el de casa, debilucho y como diluido; era un sol tropical, fuerte como el gusto que siempre le dejaba la piña en la boca.

—¿Qué hora es?

—Las seis de la mañana.

Ya estaba metiendo las cosas en su maleta.

En casa, las horas de luz del sol cambiaban según la estación. Allí, en cambio, salía y se ponía siempre a casi la misma hora, dado lo cerca que estaban del ecuador.

—Vuelve a recordarme por qué no aceptaste la oferta del Centro para venir a recogernos —dijo la madre con voz gruñona. Al contrario que a él, no le iba lo de levantarse temprano.

—¡Porque encontrar el camino nosotros solos va a ser una aventura! —Le lanzó las llaves del coche alquilado—. Y sé lo mucho que te fastidia ir de pasajera.

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Después de que ella se tomara tres tazas de café, él unos huevos fritos y Silver unas crepes con chocolate, se subieron al coche de alquiler y se pusieron en marcha. A pesar de lo cansada que estaba, a Silver se le encogieron las tripas de la emoción; no recordaba la última vez que los tres habían hecho un viaje por carretera juntos. Sin embargo, intentar encontrar la salida de aquella ciudad desconocida y caótica enseguida le resultó ser de todo menos divertido.

Todo era muy diferente. Las enormes vallas publicitarias en español, las motos que iban sorteando el tráfico, la forma en que salían nubes de vapor del asfalto a pesar de que estaban a mediados de febrero. Al pasar vieron puestos callejeros de venta de comida en las aceras y un par de mercados al aire libre con camiones que escupían de sus entrañas cajas de piñas, mangos, guayabas y otras frutas tropicales que Silver solo había visto en las estanterías del supermercado, en bandejitas envueltas en una película de plástico.

Después de un par de desvíos accidentales más y unos cuantos errores de su padre al leer el plano, por fin dejaron atrás el bullicio de San José. Silver soltó un suspiro de alivio al ver que enseguida el paisaje se volvió de color verde.

—Costa Rica tiene, de hecho, dos costas —leyó el padre mientras su esposa conducía por las tortuosas carreteras llenas de curvas y rodeadas por exuberantes arboledas—. La del Pacífico y la del Caribe. Este es un país muy pequeño, cruzarlo no debería de llevarnos más de unas tres horas.

Aunque tenían puesto el aire acondicionado, Silver bajó mínimamente la ventanilla. Era imposible no quedarse hipnotizada por el paisaje. Al contrario que los árboles en los inviernos de su país, los de Costa Rica eran muy frondosos. Pero tampoco sería correcto decir que allí era verano, y es que aquella era otra de las diferencias en esa parte del mundo: solo había dos estaciones, la seca y la húmeda. Por suerte, los Trevelon habían llegado durante la seca.

A mitad del camino, su padre señaló algo enorme y con forma de cono que parecía haber emergido de la tierra. De la boca salía una columna de humo, como si fuera un dragón.

—¿Eso es un volcán? —preguntó Silver.

Soltó un silbido. Él ya les había dicho que en Costa Rica había más de cien.

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—Sí, y activo. En la base hay arroyos de agua caliente, por si quieres darte un baño.

—Puaj —exclamó Silver. No le gustaba nada bañarse.

También cruzaron un río de agua dulce en el que un grupo de caimanes dormitaban al sol debajo del puente. Giró el cuello para mirarlos por la ventanilla.

—¡Cocodrilos de verdad!

—Los cocodrilos y los caimanes tienen tan poco que ver entre sí como los perros y los gatos. Aunque es cierto que se parecen mucho.

Cuando dejaron atrás las montañas, el paisaje volvió a cambiar. Empezaron a pasar entre campos interminables de bananos. Silver cerró la ventanilla.

—Papá…

—¿Sí, Silver?

—Las arañas bananeras no vuelan, ¿verdad?

Al cabo de un buen rato dejaron atrás la plantación y volvió la espectacular jungla, tan de repente como había desaparecido.

—Ya casi estamos —dijo el padre.

Al cabo de unos minutos más, la carretera se estrechó y los llevó hasta un pequeño pueblo con un puñado de tiendas y cafeterías a ambos lados. Había gente que vendía mangos en rodajas y algún gallo que otro cruzando. ¿Ese edificio pintado de rojo y azul era un colegio? Sí, Silver reconoció la palabra «escuela». No era tan grande como la suya, pero parecía acogedora. Al lado había un cartel de madera con unas olas pintadas de azul y una flecha que señalaba hacia la playa.

Su madre aparcó junto a un vendedor que ofrecía cocos verdes con pajitas de papel que asomaban.

—¡Coco! —exclamó Silver, pero enseguida controló su emoción para asegurarse de que no les había perforado los tímpanos a sus padres—. ¿Me compráis uno, por favor, por favor?

El sabor del zumo no tenía nada que ver con el envasado que tomaba en casa. Este parecía tener vida en la lengua de la niña. Era como si sus papilas gustativas se hubiesen puesto a bailar de repente. Se había acercado mucho el coco a la cara, y unas gotas se le metieron por la nariz.

—¿Señor Trevelon? —preguntó una voz con acento marcado.

—Ah —dijo él, dándose la vuelta—. Es usted el señor García Flores, ¿verdad? Ana dijo que nos encontráramos aquí.

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—Por favor, llámeme José.

Su padre le estrechó la mano con fuerza. El hombre era más o menos de su misma edad, con el pelo de color chocolate salpicado de blanco y unos ojos marrones de mirada amable.

—Es todo un placer conocerlo, señor Trevelon —siguió—. Soy un gran fan de su obra. Nos alegra mucho que haya podido venir.

El padre de Silver le dedicó una gran sonrisa, como siempre que alguien alababa su obra.

—José es el encargado del Centro —explicó—. Tenemos que agradecerle a él que nos hayan invitado. Ah, y, por favor, llámeme Jack. Esta es mi esposa, Gerrie, y nuestra hija, Silver.

—¡Bienvenidos a Costa Rica! —José también sonrió aún más—.

Confío en que aquí serán muy felices los tres.

Hizo eso que hacen los adultos de mirar a cada uno mientras hablaba. En algunas personas, como la señora Snootle, eso podía llegar a dar miedo, pero en aquel costarricense resultaba encantador. A Silver le cayó bien al instante, y no solo porque le compró otro coco. Una vez que se tragó el zumo a toda velocidad, José los llevó hasta una vieja camioneta que había vivido tiempos mejores. Fue todo un shock después del aire acondicionado del coche de alquiler: olía a pelo de animal. Su padre estornudó de inmediato.

—Lo siento —murmuró, y volvió a estornudar.

José se rio, con una de esas grandes carcajadas que a Silver le encantaban.

—Pura vida —dijo.

—Ah, sí, he leído en la guía que es una expresión de aquí.

—Sin prisas, sin agobios. —El hombre se encogió de hombros—.

«Pura vida» significa que demos las gracias por lo que tenemos.

Y entonces, con un fuerte ruido que sonó como si la camioneta se hubiese tirado un pedo, emprendieron el último tramo del viaje hasta Playa Tortuga.

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CAPÍTULO SIETE

La selva húmeda

EL CENTRO ESTABA A VEINTE MINUTOS del pueblo. Solo podía accederse

por un camino de tierra que discurría junto al mar y llevaba directo a la selva húmeda (a la que también se la llama «selva lluviosa» o «selva tropical», y es una clase de jungla). Como la camioneta no tenía aire, llevaban las ventanas abiertas, y entraban los ruidos.

Sonaba como si el lugar fuese un único ser con vida propia. Se oía el gotear del agua recogida en las hojas y los zumbidos de los insectos, y más cosas nuevas para Silver: aullidos, chillidos, rugidos, gritos, ululares, graznidos, trinos… Cuanto más se adentraban, más fuertes eran.

Se sintió casi mareada. Como cuando había comido demasiadas gominolas de cola en la fiesta de cumpleaños de Aziza y le había explotado el cerebro (¡no literalmente, claro!). El caso era que ahora, ante la avalancha de sonidos, de colores, de olores… era como si los sentidos le fuesen estallando uno a uno.

Siguieron avanzando por el camino serpenteante. Los árboles cubrían el cielo, la luz se filtraba entre sus copas. Al poco, el pueblo y sus pocas tiendecitas parecían una metrópolis lejana. Un poco más adelante, la luz se volvió aún más difusa.

—¿Sabías —susurró su padre— que hay lugares en los que la jungla es tan espesa que la lluvia puede tardar diez minutos en llegar al suelo?

—Mejor no perderse por aquí —añadió su madre.

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Aunque era la persona más valiente que Silver conocía (una vez hasta había tenido que sedar a un toro enfurecido), miraba inquieta a un lado y a otro mientras los árboles se cernían sobre ellos como celosos e iracundos guardianes.

—Sí. Sobre todo, por los jaguares —dijo José, al tiempo que encendía las luces de la camioneta.

—¿Aquí hay jaguares? —Silver tragó saliva, nerviosa, y volvió a mirar por la ventanilla, casi esperando ver un par de ojos amarillos amenazantes entre el follaje.

—Es improbable que llegues a ver uno —replicó su padre—. A menos, claro, que vayas de excursión por la jungla, cosa que no te recomiendo en absoluto.

—Cierto —confirmó José—. Si vas sola por la jungla, te perderás y seguramente acabes muerta.

El comentario no tranquilizó a Silver, que tragó saliva. En el cole habían estudiado la selva tropical, pero ir conduciendo por su salvaje y palpitante interior era muy diferente. Los profes no le habían dicho que el lugar parecía lleno de una energía similar a la electricidad, que hacía que todo el vello de los brazos se le pusiera de punta.

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El único que no parecía nada afectado era José. De hecho, estaba de lo más tranquilo. Para él, aquel ruido era tan normal como los ladridos del perro salchicha de la señora Holland para Silver. Mientras seguía conduciendo, no paró de charlar sobre el arte de Jack y de contarles que el refugio —como la mayoría de los del mundo— se mantenía casi por completo gracias a donaciones.

—No son buenos tiempos —admitió.

El objetivo era convertir las pinturas del padre de Silver en pósteres, postales e incluso camisetas, y vendérselos a tanta gente como fuese posible. Eso y la adopción de tortugas eran dos de las muchas iniciativas nuevas con las que el Centro buscaba recaudar dinero y dar a conocer los peligros a los que se enfrentaban los animales.

—No pueden hablar por sí mismos —dijo José—, así que esperamos que su arte consiga hacerlo por ellos.

—Lo intentaré con todas mis fuerzas —replicó él, mordisqueando un pincel, que es lo que acostumbraba a hacer cuando estaba nervioso.

—Óscar está muy contento de que haya venido usted. También es muy fan de Aventura en el bosque. Lo leíamos juntos cuando se iba a dormir, hasta que regresamos de Vancouver. Es una de las razones por las que quiere trabajar con los animales.

—¿Óscar es su hijo?

—Sí. El mayor. Tengo otro —miró a Silver por el retrovisor— más o menos de tu misma edad. Hablan inglés mucho mejor que yo.

—¿Lo ves? —dijo la madre de Silver con un tono exageradamente alegre—. ¡Ya te dije que aquí ibas a hacer amigos!

Silver se tuvo que contener. Sus padres hacían como si aquello fuera lo más normal del mundo. ¡Por favor! ¡Si estaban en mitad de la jungla, entre jaguares que se comían a la gente y arañas del tamaño de una cabeza humana!

Y además, ¿por qué iba a querer nadie que viviera allí hacerse amigo de ella? Estaba cubierta de sudor, olía peor que la jaula de los gorilas del zoo, y el pelo le caía en grandes mechones que ni la gorra de béisbol conseguía contener.

—¿Y ustedes? —preguntó José—. ¿Tienen más hijos?

La madre de Silver se quedó en silencio, como siempre que salía esa cuestión. El padre cambió rápidamente de tema y pidió saber más sobre el Centro.

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José les contó que lo había montado una costarricense llamada Ana hacía treinta años. Todo empezó cuando se encontró en la playa con una tortuga boba (¡así se llaman!) muy joven, que tenía el estómago lleno de bolsas de plástico, que había confundido con uno de sus principales alimentos: las medusas. Después de operarla con éxito, la devolvió al océano. A partir de ahí, Ana empezó a rescatar y rehabilitar miles de tortugas heridas. Ahora el Centro lo llevaban dos veterinarios a tiempo completo, un equipo de empleados y los voluntarios ocasionales que acudían del mundo entero a ayudar.

—Es la obra de su vida, su pasión —siguió José—. La gente de por aquí la llama la Madre de las Tortugas.

—¿Sigue trabajando en el refugio? —preguntó el padre de Silver.

José soltó una carcajada, tan fuerte que hasta le salió un poco de líquido de la nariz.

—Sí. Pronto verán que Ana es la jefa. Y el equipo también es muy bueno. Tenemos… muchos retos, sobre todo en esta época del año, la temporada de anidación.

No dio tiempo a especificar cuáles eran los retos: de repente apareció un claro natural, rodeado de árboles por todas partes; parecía como si la propia jungla hubiese creado el refugio. Había un edificio bajo de color pistacho con un anexo, y varias cabañas de madera.

—Bienvenidos al Centro de Rescate de Playa Tortuga —dijo José, a la vez que el pájaro más colorido que había visto Silver en su vida voló a toda velocidad por el claro, entró por la ventanilla de la camioneta y se le posó en el hombro con un fuerte graznido.

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CAPÍTULO OCHO

El tour

—DI HELLO, BONITO.

—Hello, Bonito —respondió el loro.

—¡No, a ti mismo no! —José soltó otra carcajada mientras se bajaba de la camioneta con el animal aún posado en el hombro—. Habla tanto en español como en inglés.

—Of course —dijo el ave, ladeando la cabeza en un gesto juguetón. —Un loro bilingüe en la jungla —comentó el padre de Silver, que

estornudó dos veces mientras sacaba sus largos brazos del asiento del acompañante—. Qué curioso.

Bonito era tan bello como su nombre implicaba. Sus impresionantes plumas verdes casi brillaban bajo el fuerte sol tropical, y tenía el pico del color de los plátanos maduros. Y, hablando de bananas, Silver se palpó rápidamente detrás de las rodillas para asegurarse de que no se hubiera acomodado allí ninguna araña.

—Hola, Bonito. —Su madre lo miró de cerca—. Lástima que no puedas ver lo bonito que eres.

Movió lentamente una mano ante la cara del animal, que no movió la cabeza. Entonces Silver se dio cuenta de que tenía los ojos lechosos y la vista como perdida.

—Es usted muy observadora —dijo José, con expresión aprobadora—.

Nació casi ciego. Por eso vive con nosotros en el Centro.

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—Gerrie es una veterinaria de primera. —Su marido le posó un brazo en el hombro, orgulloso—. La mejor.

—Pero no de tortugas. Ni siquiera de loros —se apresuró a aclarar ella, con la punta de la nariz enrojecida, como siempre que le daba un acceso de modestia—. Para mí, todo esto es un mundo nuevo. Por eso…, quiero decir, que no he venido a trabajar. —Y soltó una risita tímida, arrimándose a su esposo como para darse calor, aunque el termómetro de la camioneta había indicado que hacía casi treinta grados.

José les indicó que dejaran el equipaje, que más tarde ya uno de los voluntarios lo llevaría a su nuevo hogar.

—Bueno, ¿listos para el gran tour?

Bonito soltó un fuerte chillido.

—Suena bien —respondió el padre, con su esposa agarrada al brazo derecho y la niña a la pierna izquierda. Él aún llevaba la camisa de manga larga que se había puesto por la mañana y que estaba bañada en sudor.

José los guio el corto tramo hasta el edificio verde y bajo. De cerca, Silver vio que era de cemento.

La pintura estaba descascarillada en algunas partes.

—Aquí está el quirófano.

Les explicó que allí era donde Ana llevaba a cabo las operaciones rutinarias y de urgencia (por el momento era la única veterinaria fija del lugar: el otro se había ido a una clínica en que le pagaban más). También era donde etiquetaban a las tortugas para controlar su población, cada vez más reducida.

—¿Quieren echar un vistazo dentro?

Sin esperar a la respuesta, José abrió la puerta.

—¡Mira, mamá! —exclamó Silver en cuanto se le acostumbró la vista después del rato bajo el fuerte sol—. ¡Tienen una máquina de rayos X!

Ella sonrió ligeramente desde la puerta, pero no entró. Quizá mencionar el aparato no había sido muy buena idea: el año anterior, Silver se había hecho una radiografía del brazo a escondidas, ganándose que la castigaran durante un mes entero.

—Y estas son las «habitaciones» del hospital —siguió José, mientras abría el pestillo de la puerta del anexo.

El interior estaba oscuro y apestaba a pelos y paja seca. El padre de Silver estornudó dos veces. Había seis jaulas de tamaño medio, solo dos de ellas ocupadas: una por un mono ardilla que estaba tumbado y con una

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pata vendada, y la otra por un animal peludo y de morro largo que no paraba de dar vueltas y que Silver no reconoció.

—Es un tamanduá —dijo José—. Creo que vosotros los llamáis osos hormigueros. Normalmente viven en los árboles.

—Entonces —le dijo a la niña su padre, en broma—, vosotros dos os vais a llevar genial. —Y soltó otro estornudo.

Tras salir, José les señaló las cabañas, indicándoles qué contenían: en una, tras el quirófano, guardaban los medicamentos; otra hacía de escuela un poco desvencijada para los niños visitantes (Ana era muy partidaria de educarlos sobre la protección del medioambiente); en otra guardaban herramientas, y un par más estaban dedicadas a oficinas.

—¿Todo esto lo montó Ana? —preguntó el padre de Silver cuando acabaron el tour y volvieron al claro. Extendió los brazos, como abarcando no solo el quirófano, sino el conjunto entero—. Nunca había visto nada igual.

La niña pensaba lo mismo. Aquello no se parecía en nada a la clínica veterinaria de su madre, un edificio moderno rodeado de asfalto y con sus ordenadas plazas de aparcamiento. El refugio, en cambio, tenía un aire mucho más artesanal, improvisado: como si la propia jungla les hubiera prestado el espacio, y el edificio y las cabañas solo fueran para uso humano temporal. El suelo era blandito, en parte tierra y en parte arena, y estaba lleno de hojas y fragmentos de corteza de árbol. Pero su olor húmedo era el mismo que el de casa: si cerraba los ojos, Silver se sentía como si estuviera de vuelta en su roble.

Casi.

—Sí. —José le interrumpió los pensamientos—. Todo esto lo ha hecho Ana.

—Pues Ana parece muy capaz —replicó Jack, secándose la frente con la mano.

¿Cómo sería Ana? Silver se imaginó a alguien de ojos y sonrisa amables, una mujer bondadosa como una abuela, alguien que…

—¡Ah! —exclamó José—. Ahí viene.

Todos miraron. Una mujer costarricense bajita y regordeta, de pelo gris rizado recogido con una cinta azul, roja y blanca, salía de una de las cabañas en la otra punta del claro. Llevaba un abrigo negro casi hasta el suelo y botas verdes de estilo militar. Pero lo más destacable —y

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alarmante— era la serpiente de color amarillo brillante que sostenía con un brazo extendido.

La mujer los vio, se detuvo, frunció el ceño y fue hacia ellos. Al acercarse, la serpiente soltó un fuerte siseo; vista de cerca, tenía una especie de pequeña cresta, como una corona, sobre cada ojo.

—¡Atrás! —El padre de Silver también extendió los brazos y empezó a agitarlos frenéticamente en un intento de proteger a su clan.

La niña tragó saliva.

—¿Es… venenosa?

—Sí. Pero solo si la atacan primero —respondió Ana—. Cosa que no os recomiendo hacer. Es un crótalo cornudo. Me lo he encontrado en la silla del despacho.

El padre de Silver ofreció una mano a la mujer para saludarla, aunque la retiró enseguida cuando el animal volvió a sisear.

—Soy Jack Trevelon —se presentó—. Y estas son mi esposa y nuestra hija. Nos alegra mucho estar aquí por fin.

Ana le dirigió unas palabras de bienvenida y miró a Silver, que intentaba poner su mejor sonrisa de «qué contenta estoy de haber venido». Después, Ana miró a la madre de Silver, que se mantenía unos pasos atrás, cerrándose fuerte el forro polar sobre el pecho; se quedó mirándola un momento, como intentando descifrar algo en su rostro.

—¡Bueno, es un placer conoceros! —Ana sujetó más fuerte a la serpiente, que siseó de nuevo—. Pero, si me perdonáis, tengo que librarme de este crótalo peligroso.

A Silver le pareció detectar un cierto brillo irónico en los ojos de la mujer, que dio media vuelta y se dirigió a paso firme hacia la arboleda, más allá del claro. Desapareció en ella tan rápido que fue casi como si no hubiese estado con ellos unos segundos antes.

—Una mujer interesante… —murmuró el padre, rascándose la barbilla.

—Ana es… cómo decirlo… única —replicó José con una sonrisa cariñosa. Bonito soltó un chillido—. ¿Listos para ver a las tortugas?

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CAPÍTULO NUEVE

Tortugas y monos

TRAS ASEGURARSE de que los Trevelon lo seguían, José los condujo hasta

la parte trasera del quirófano, donde había dos enormes peceras que ocupaban casi todo el espacio.

Silver miró, parpadeó y volvió a mirar. Sí: era una tortuga.

Había asomado la cabeza por encima de la pecera. Sus ojos estrechos, entornados, parecían observarlos con curiosidad.

Era ENORME, mucho mayor de lo que había esperado la niña. Nada que ver con las que tenía Malik en su casa, que le cabían enteras en la palma de la mano. Esta era del tamaño de un puf. Bueno, un puf que tuviese un caparazón con forma de lágrima que parecía formado por piezas de puzle de diferentes colores: marrón castaño, amarillo manteca, y hasta motas negras como el carbón.

—Esta es Luna —dijo José—. Tiene unos sesenta años, así que la llamamos «la abuela».

—Es una tortuga verde, ¿no? Aunque, sorprendentemente, no muy verde. —El padre de Silver se acercó más a ella, y se quedó embobado mirándole el caparazón—. Es increíble; parece la paleta de un pintor.

José soltó una carcajada.

—Muy cierto. Es porque tienen una capa verde de grasa bajo el caparazón. —El hombre apoyó las manos en el cristal de la pecera—. Es la residente que más tiempo lleva en el refugio. Ana la rescató hace diez años.

Entonces la niña vio que Luna solo tenía dos aletas, las de la derecha.

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—¡Pobrecilla! ¿Qué le pasó?

—Por desgracia, lo mismo que a otras tantas. —José le acarició la cabeza a la tortuga con cuidado—. Quedó atrapada en una red de pescar.

Silver también quiso acariciarla.

—¿Puedo?

Siempre le habían insistido en que pidiese permiso antes de tocar a cualquier animal, sobre todo los salvajes.

José asintió, y ella le rozó el morro a Luna. Quizá fuese su imaginación, pero le pareció que asomaba la cabeza un poco más.

Tenía la parte delantera del cuello de un color blanco roto, y manchitas castañas alrededor de la cara, igual que en las dos aletas. Su piel era áspera, rugosa, como los bultos de resina de un árbol, pero no resultaba desagradable al tacto; tenía textura y varias capas que parecían enterrar décadas de sabiduría.

—Hola, Luna —le susurró.

Sintió como una chispa en el corazón; no un gran estallido, sino más bien como si se encendiese algo contenido hasta entonces. Quizá por su nombre, sintió una conexión entre ellas. Conectar con un animal salvaje tenía algo mágico.

—Y ahí están Van Gogh y Laura Miranda. —José señaló la otra pecera

—. Son más tímidas que Luna.

Resultaron ser de una especie llamada tortuga carey. Eran mucho más

pequeñas, aunque estaban en el refugio por razones parecidas. Laura Miranda se recuperaba de una herida en el caparazón provocada por las hélices de una motora, y Van Gogh se había tragado un anzuelo, lo que le había provocado una infección que requería de un largo tratamiento.

—Las tres son preciosas —murmuró el padre de Silver.

Su hija notó que tenía el ceño un poco fruncido, como si dudara. Quizá la jungla no fuera como se la había imaginado. O estaba pensando en sus nuevas pinturas. Silver cruzó los dedos, esperando que estas fuesen más coloridas que las últimas. Iban a tener que serlo.

—Bueno —dijo José, y dio una palmada—, creo que ha llegado el momento de que vea su estudio para pintar. Se lo he preparado especialmente para usted.

La niña echó una última mirada a las tortugas, como si hubiese preferido quedarse un rato más con ellas, y siguió a sus padres mientras José los conducía hasta la más grande de las cabañas, el centro educativo.

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—No es nada moderno, pero espero que sea suficiente para usted. José abrió la puerta de una pequeña habitación rectangular. Había unas

pocas filas de sillas plegables, cuadros polvorientos en las paredes y una gastada pizarra blanca. Todo era viejo y estaba oscuro; a Silver la hizo pensar en un mal día en el cole.

A su lado, su padre pareció titubear.

—No se preocupe, que no es aquí. —José se apresuró hasta una puerta en la otra punta, que abrió con gesto teatral—. Este es su estudio.

El nuevo espacio tenía forma de diamante y dos enormes ventanales por los que entraba un chorro de luz. Al contrario que en el resto del edificio, el techo era opaco, y la luz que descendía desde allí tenía un ligero tono verdoso. Era la clase de lugar donde un mago prepararía hechizos, un lugar que daba alas a la imaginación. Hasta habían dejado un caballete.

Eso último sería perfecto, excepto por el pequeño mono capuchino con cara de gamberrillo que estaba posado encima. Tenía la cola colgando, y algo de un color marrón de lo más sospechoso manchaba el papel en blanco. O Silver se equivocaba mucho o el mono estaba riéndose.

—¡Cosquilla! —exclamó Bonito con tono de bronca; hasta entonces se había mantenido en silencio sobre el hombro de José.

—Perdonen —se excusó él—. Cosquilla no debería estar aquí.

El animal no pareció muy de acuerdo: empezó a subir y bajar por el caballete entre chillidos de alegría. Entonces cogió uno de los pinceles que había sobre él y lo lanzó por los aires.

—Me temo que Cosquilla puede ser un poco… ¿cómo decirlo? Territorial —dijo José mientras recogía el pincel del suelo—. Vivía aquí. Pero seguro que no va a molestarle.

El padre de Silver había alzado tanto las cejas que casi llegaban al techo.

—Perfecto —murmuró con voz desfallecida, y soltó otro gran estornudo. Silver se tapó la boca para toser (una tos que sonó muy parecida a una risita) mientras él cambiaba rápidamente de tema—. Me he traído algunos de mis pinceles, incluido el de águila que tanto aprecio. ¿Qué otro equipamiento artístico tienen aquí?

Empezó a hacer una pregunta tras otra. Silver aprovechó para examinar el lugar, curiosa. ¡Había demasiado que ver como para quedarse parada escuchando a los adultos! Ni siquiera había echado un buen vistazo

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a las otras dos tortugas. Sí: decidió que eso era lo que iba a hacer a continuación. Mientras su padre cotorreaba sobre sus clases de cerdas de pincel preferidas, la niña salió sin hacer ruido del estudio y del centro educativo, hasta llegar al claro, donde la intensidad de la luz del sol la hizo parpadear de nuevo.

Justo entonces se le acercó corriendo un niño. Parecía de su misma edad, y tenía una mata de pelo ondulado y castaño y un montón de pecas alrededor de la nariz.

—¡Ah!

Se detuvo a pocos milímetros antes de chocar con ella. Lo acompañaba un terrier blanco y negro, enjuto y con los dientes afilados.

—Hola —lo saludó Silver, intentando ignorar que él la miraba como si le hubiese salido una segunda cabeza o algo parecido.

El niño se llevó un dedo a los labios.

—Chiiist —susurró.

Se dio la vuelta y desapareció por un caminito que iba en paralelo al centro educativo y llevaba hasta un grupo de palmeras. El terrier gruñó de nuevo y salió corriendo tras él.

En aquellas circunstancias, Silver solo podía hacer una cosa.

Seguirlo.

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CAPÍTULO DIEZ

Un nuevo hogar

EL NOMBRE PLAYA TORTUGA debería de haber sido una pista, pero a Silver

ni se le había pasado por la cabeza que allí hubiera… playa. Con lo espeso de la arboleda que rodeaba el refugio, era imposible verla u oírla desde allí. Pero aquel camino solo podía conducir a un destino, y no era la civilización. Se fue volviendo más y más arenoso hasta dar a una ancha costa que se curvaba en sus dos extremos, formando una especie de sonrisa.

En las playas a las que había ido con sus padres siempre había puestos de helados, bares que olían a patatas con vinagre y atracciones con la música a todo trapo.

Pero aquello no se parecía en nada. La arena estaba ardiente; sintió cómo el calor le atravesaba las suelas de las zapatillas. Una hilera de palmeras seguía el borde y daba la sensación de un espacio aislado y protegido.

Respiró hondo. Volvió a respirar hondo. Y una vez más, porque sí. Era la playa más natural y bella que había visto en su vida. Eso sí, del chico y el perro no había ni rastro, ni siquiera huellas en la arena. Miró una vez más a su alrededor, y de repente cayó en la cuenta de que estaba sola en un lugar desconocido y no les había dicho a sus padres adónde iba.

Se retiró el sudor de la frente y volvió por donde había llegado.

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Cuando regresó al interior del nuevo estudio de su padre, pareció que el único que había notado su desaparición era Cosquilla, que la saludó moviendo de un lado a otro la cola. José estaba contando que habían montado el refugio en Playa Tortuga por los miles de esos animales que acudían allí cada año a poner sus huevos.

—Aunque ahora ya no tanto —añadió—. Por eso necesitamos a los voluntarios, para soltar a las recién nacidas en el mar.

—Están ustedes muy implicados —observó el padre de Silver.

—Sí. —José frunció el ceño, algo raro en él—. Los humanos hemos interferido y causado demasiado mal. ¿Por qué no hacerlo para bien? Sin nuestra ayuda, es posible que algunas de las especies de tortugas se extingan.

—¡Eso sería horrible! —exclamó la niña, aún recuperando el aliento de la carrera de vuelta.

Apenas había estado dos minutos con las tortugas, pero era suficiente como para ver que el mundo sería un lugar mucho más triste sin ellas. Se agarró al codo de su padre con la esperanza de transmitirle ánimos. Vale, el trabajo de él en el Centro no iba a ser más que un pequeño engranaje dentro de un mecanismo mucho mayor, pero a la vez se daba cuenta de que iba a ser muy importante.

—Ha sido un día largo, ¿no? ¡Y yo hablo demasiado! —dijo José, mientras Bonito le daba golpecitos con el pico en la oreja—. ¿Quieren ver dónde van a dormir?

Los Trevelon asintieron, agradecidos. Silver estaba cansada por el viaje y por ver tantas cosas nuevas. Además, nada podía haberla preparado para lo sofocante y pegajoso de la jungla: era como estar nadando en agua caliente.

José los guio unos cincuenta metros fuera del claro, por un caminito artificial de resina que seguía la costa. Pasaron por delante del edificio de una planta que acomodaba a los voluntarios. Una pareja de mediana edad podaba un seto sobre suelo orgánico.

—Y aquí es donde viven nuestros residentes. —José se detuvo ante cuatro casitas sencillas rodeadas por un frondoso círculo de palmeras—. Esa es la suya.

Señaló la del final. No era lo que Silver hubiese llamado una casa típica. No era cuadrada, hecha de ladrillos, con chimenea y cuatro ventanas que daban al frente. Esta estaba hecha totalmente de madera y,

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aún más curioso, estaba elevada unos seis metros en el aire, sobre una especie de pilotes, con unas escaleras también de madera que conducían a la puerta principal.

—Ahora, por favor, discúlpenme: tengo que prepararlo todo para los nuevos voluntarios que llegarán mañana.

Una vez que José se fue, los Trevelon se cogieron de la mano y miraron arriba, a su nueva morada. El padre tragó saliva, y la madre se llevó instintivamente la mano hacia donde acostumbraba a tener el estetoscopio; al no encontrarlo, volvió a bajar el brazo.

—Vaya —dijo, insegura—. Esto es… —¡… alucinante! —suspiró Silver.

Sin esperarlos, subió las escaleras corriendo, de dos en dos peldaños, hasta la terraza que rodeaba la casa por los cuatro costados. Desde allí arriba casi era como estar subida a un árbol. Insectos que zumbaban, pájaros que piaban, el sonido de las hojas que se agitaban al viento. Era como formar parte de los pulmones de la jungla. En el árbol de al lado, un tucán extendió las alas, orgulloso, y una mariposa azul preciosa descansaba sobre el pasamanos de la barandilla. Y esta vez, por entre los movimientos de las copas de las palmeras, sí vio la franja plateada del mar.

Fue pasando de habitación en habitación, emocionada, absorbiendo de golpe la nueva vivienda en su alma.

Había dos dormitorios, uno doble delante y otro individual atrás. El más pequeño iba a ser el suyo, claro. Al lado había una minicocina como de barco, que tenía una encimera de gas, un armarito que crujía y una nevera lo bastante grande como para que cupiesen tres latas de refrescos y un Cornetto.

Aunque en tan poco tiempo ya vio dos cucarachas y el váter no era de esos con cadena, sino que estaba relleno de serrín, nada de eso le importó.

La casa era… perfecta.

Perfecta para gente con árboles en la sangre y pasión por la vida salvaje en el corazón.

Sus padres ya habían subido las escaleras y contemplaban el lugar, aprensivos. La madre se sentó en la mesa de la terraza, soltó un suspiro y se quitó unas cuantas hojas y una hormiga roja regordeta.

—La verdad —dijo—, esto no es como me lo esperaba.

Su padre se mantenía extrañamente en silencio. Entonces se quitó de la boca el pincel que había estado royendo y se puso a trazar pinceladas en el

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aire.

—Pero… podemos convertirlo en un hogar. Mira: podemos colgar la hamaca aquí fuera, entre estos dos postes. Encajará perfectamente. Y ahí podemos poner unas cuantas macetas. Yo hasta podría hacer una biblioteca con algunos de esos palés que había en el centro educativo. Y allá, un soporte para las tablas de surf.

—¿Y yo desde cuándo hago surf? —replicó su esposa—. ¡Si ni siquiera me gusta nadar! Sabes que odio mojarme el pelo.

—No hay momento como el presente, Gerrie.

Él miró alrededor y siguió dando pinceladas en el aire, hasta que los dos vieron lo que Silver había captado al instante. Pero su madre seguía sin estar convencida.

—Estoy de acuerdo en que esto tampoco es para nada lo que yo me esperaba —dijo el padre, bajando el pincel—. ¿Cómo iba a imaginarme que tendría a un mono como ayudante?

—No sé, no sé… —respondió Silver, notando un travieso cosquilleo en las tripas—. Puede que haga que tus pinturas sean más…

—¿Más qué? —Él se volvió hacia su hija—. ¿En qué puede ayudarme un mono?

—En hacerlas más… más… —Tragó saliva—. ¿Más divertidas?

Su padre frunció el ceño, como si esa palabra le resultara un concepto ajeno y desagradable.

—¿Divertidas? —gritó—. ¿DIVERTIDAS? ¡Voy a darte yo diversión! Corrió hacia Silver, la subió por la cintura y empezó a hacerle cosquillas de la cabeza a los pies. Cuando la niña acabó de reírse (¡sin haberse orinado encima de milagro!), él volvió a dejarla en el suelo. Parecía sorprendido, como hechizado. Silver no recordaba la última vez

que le había hecho eso.

Más tarde, y tras un valiente intento de deshacer su equipaje, Silver estaba tumbada en su cama, rodeada de maletas abiertas y apenas una pequeña pila de ropa en el suelo.

La habitación no tenía ventana, solo una claraboya desde la que veía las copas de los árboles. Mientras contemplaba aquel mar verde, fragmentos de las últimas veinticuatro horas empezaron a zigzaguearle por la cabeza. El volcán humeante, el olor demasiado dulzón de la jungla, las

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plumas casi fosforescentes de Bonito, la ágil cola de Cosquilla, Luna y las otras tortugas. Sonrió. Quizá pasar cuatro meses allí no estuviera tan mal.

Justo entonces, una cara la miró por la claraboya. O al menos le pareció una cara. Había sido tan fugaz que no vio más que un destello. La verdad, podía haber sido cualquier cosa.

Parpadeó. Cuando volvió a abrir los ojos, ya no volvió a aparecer.

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CAPÍTULO ONCE

La vida en la jungla

AQUELLA PRIMERA NOCHE, Silver durmió exactamente tres horas. Ni un minuto más. Hubo varias buenas razones para ello:

1. La cama era como una losa de cemento.

2. El jet lag.

3. Antes de irse a dormir, vio una gran telaraña en una esquina de la habitación.

4. El zumbido de los mosquitos (la cama tenía mosquitera, pero uno de ellos consiguió colarse igualmente).

5. La inquietante sensación de estar en un lugar nuevo y desconocido.

Aunque la razón más importante fue EL RUIDO.

No consistía en motores de coches y motos y bocinazos a todo volumen. El rugido de la jungla era muy diferente: mil criaturas vivas que no paraban de emitir sus sonidos.

Más de una vez, Silver tuvo que incorporarse sobresaltada, con el corazón a mil. ¿Eso había sido un aullido? José les había advertido sobre los muy apropiadamente llamados monos aulladores y sus gritos interminables. Pero ¿y si lo que había fuera era un jaguar? Cuando por fin se quedó dormida, al poco salió el sol de repente, con una explosión de luz y cantos de pájaros… y no como en casa, donde las aves esperaban con

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educación su turno para trinar: allí era como estar en mitad de un concierto en el que todos interpretaban sus cantos a la vez.

Silver se giró en la cama y miró la hora: las 6 de la mañana. Ah, claro, estaba en Costa Rica. Oyó a sus padres en la cocina: él, que carraspeaba mientras se preparaba para el trabajo, y ella, que hablaba titubeante.

—Es solo que no sé qué tengo que hacer hoy. Ya sabes que lo del relax nunca se me ha dado bien.

—¿Y si visitas el quirófano o las jaulas? No digo para trabajar —se apresuró a aclarar a él—; más que nada para estar con los animales.

—No.

Incluso a través de la pared, la contundencia de su negativa fue inconfundible.

A continuación, una pausa de lo más incómoda. Vale que Silver había estado rogando por un poco de silencio toda la noche, pero no como aquel. Habían ido hasta el otro lado del planeta; ¿por qué su madre seguía pareciendo tener tan poco interés por nada? La niña se puso su camiseta de fútbol preferida, de manga corta, unos shorts, y salió a la terraza, donde al momento tropezó con un saco de café.

—¡Aaah!

—Es un regalo de José —le dijo su padre, que fue a ayudarla a levantarse.

¿A qué venía tanta pasión por el café? ¡Si tenía gusto a tierra! ¡Peor que el gusto a tierra! Pero, si a su madre la hacía feliz, genial. En casa (la de verdad) tenía una de esas máquinas pijas de café, y cada mañana sin falta se hacía uno, que metía en un termo y se llevaba a la consulta veterinaria.

—Bueno —dijo su padre, poniendo cara de preocupación—. No quiero llegar tarde mi primer día.

Llevaba sus pantalones de combate enrollados hasta los tobillos, en los que ya habían aparecido un par de picaduras de mosquito. De su bolsillo de arriba asomaba un pincel, y tenía el de pluma de águila sobre la oreja. Tomó un trago de café, olvidando que se había metido un tercer pincel en la boca.

—Bueno —repitió tras escupir el pincel y el café—, me voy.

Le dio un beso a su esposa en la coronilla, le revolvió el pelo a Silver de esa forma que ella simulaba que no le gustaba nada, aunque en secreto

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sí, y empezó a bajar las escaleras a paso ligero… solo para subir de nuevo a coger su equipo de pintura.

—Silver, cuida de tu madre —le susurró; bajó de nuevo y emprendió el trote entre las palmeras, camino del claro.

La niña lo contempló hacerse más y más pequeño hasta desaparecer del todo. La curiosidad casi hizo que sus pies decidieran seguirlo por su cuenta. Le hubiese encantado quedarse en un rincón del estudio y jugar con Cosquilla mientras su padre pintaba. Después iría a ver a Luna y a las otras dos tortugas residentes, o hasta al oso hormiguero en la zona de las jaulas. ¿Cómo lo había llamado José? Tamanduá.

Pero se limitó a calarse la gorra de béisbol. Tenía trabajo que hacer, un trabajo muy adulto. Se sentó en el escalón superior y no apartó la vista de su madre, al menos entre que se rascaba la costra de la rodilla y contemplaba a una fila de hormigas podadoras en el suelo. Dejó que unas cuantas le pasaran por encima de las manos; le hicieron como cosquillas.

Su madre estaba ahora en la hamaca, leyendo uno de esos libros policíacos escandinavos con una cubierta desoladora.

Tardó un rato en darse cuenta de que no iba pasando las páginas; en realidad tenía la vista perdida en el infinito.

Silver carraspeó. Sonó como una de esas ranas punta de flecha costarricenses, esas a las que le habían avisado que no se acercara porque eran venenosas. Carraspeó de nuevo, esta vez más fuerte.

La madre agitó lentamente la cabeza y pareció sorprenderse al ver con ojos entornados a su hija, casi como si se hubiese olvidado de que estaba allí, perdida en sus pensamientos del hermano o hermana de Silver, el que aún no había nacido.

—¿Por qué tienes hormigas que te suben y bajan por los brazos? La niña se las quitó de encima enseguida.

—Pensaba que… igual querrías ir a dar un paseo… conmigo. ¿Por qué había dicho lo de «conmigo»? ¡Allí no había nadie más!

Su madre frunció el ceño. Miró el libro y algo pareció pasarle ante la vista. No era precisamente una expresión muy emocionada; más bien era como la de alguien que tiene que irse al trabajo o a hacer caca. Pero, en fin, mejor eso que nada.

—Sí, me encantaría —contestó por fin, y dejó el libro.

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En contraste con el día anterior, el Centro bullía de actividad. José guiaba a media docena de voluntarios de todas las edades y países. Lo ayudaban Bonito, el loro, que soltaba algún chillido de vez en cuando, y un muchacho alto, delgado y muy bien peinado, con cara de empollón. Debía de tener unos dieciséis o diecisiete años. Debía de ser Óscar, el hijo mayor de José, a juzgar por lo mucho que se parecían.

Silver se detuvo a la sombra de un árbol de zapote, apoyándose en un pie y en el otro y esperando a que su madre guiara el camino, como hacían en casa.

Esperó un poco más. Y más aún. Se impacientó y miró a su madre, que estaba con las manos hundidas en el forro polar y una expresión que no le había visto nunca y que le costó unos segundos reconocer.

No era aburrimiento. Cuando se aburría, abría más las aletas de la nariz. Tampoco era enfado; eso lo hubiese notado enseguida. Era…

—Oh.

Aunque era mucho mayor que Aziza, claro, tenía la misma cara de perdida que su amiga durante el primer día en el cole, quieta en un rincón del patio, a ver si alguien le ofrecía amistad. Esa fue Silver. Así que ahora hizo lo mismo que entonces: cogió a su madre de la mano y se la apretó fuerte. A cambio, sintió que ella le devolvía el gesto, aunque casi sin ninguna fuerza.

—Podríamos… —empezó a decir Silver, pero de repente se interrumpió.

Ana, con la cola del abrigo al aire, corría por el claro. La seguía la pareja de voluntarios que habían visto el día anterior con los vegetales.

—¿Adónde irán con esas prisas? —se preguntó.

—En la playa hay una tortuga desovando —le contestó una voz a su lado—. Tienen que supervisar la puesta.

Era una mujer de ojos amables y sonrisa amistosa. Silver estaba tan concentrada en Ana que ni había notado su presencia.

—Soy Mala —se presentó—. Llevo aquí tres semanas como voluntaria, aunque me voy mañana. Y aquí, Qing-Dai —añadió, señalándose el vientre.

La madre de Silver miró cómo se lo acariciaba suavemente con una mano. Le costó un instante, pero por fin sonrió.

Solo cuando Mala se fue, se le cayó la máscara. Su rostro pasó a mostrar un gran anhelo, tan profundo, casi como hambriento, que Silver se

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quedó desconcertada y se sintió mal, como si le hubiesen puesto las tripas a centrifugar en la lavadora. Al hablarle, la niña casi ni reconoció su propia voz.

—¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos a la playa?

—Me parece… me parece que me vuelvo a la casa. —Su hija abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y se calló—. Lo comprendes, ¿verdad?

En realidad no, no comprendía nada.

Pero, por supuesto, no le dijo eso. Tan solo asintió.

Mientras la madre se alejaba, ella notó como si un vacío se adueñara de su interior. Quizá fuese diferente si Aziza estuviera con ella, o al menos alguien de su misma edad. Pero no había nadie. Ni siquiera el niño del día anterior. Después de vagar un rato sin destino concreto, decidió ir a la playa de todas formas, a ver si encontraba algún signo de actividad, pero lo más emocionante fue una iguana tomando el sol.

Era pleno mediodía y hacía demasiado calor como para estar fuera, así que regresó a la casa. Su madre se mecía suavemente en la hamaca, con el libro sobre la barriga y los ojos cerrados. No le quedó claro si se había quedado dormida o no, aunque sospechó que estaba simulando. Sin nada que hacer, Silver se fue a su habitación, se tumbó en la cama y miró los árboles por la claraboya.

Ella sí que debió de quedarse dormida, porque de repente se sintió confusa, grogui. Aún había luz fuera. Entonces se dio cuenta de que la habían despertado unos golpecitos que llegaban del techo.

Una cara rodeada de pelo castaño rizado apareció en la claraboya, seguida de unas manos que la abrieron ágilmente.

—Necesito tu ayuda.

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CAPÍTULO DOCE

Rafael y Veloz

—POR CIERTO, ME LLAMO RAFI —dijo el niño, tras dejarse caer en la habitación—. Como la tortuga.

Llevaba una camiseta blanca llena de manchas de resina, unos shorts de color amarillo brillante con el dibujo de un rayo rojo a los lados, y chanclas negras con calcetines de deporte rosas.

Silver parpadeó y se frotó los ojos. El niño al que había visto el día anterior seguía allí.

—¿Como la tortuga?

—Las Tortugas Ninja —resopló como si fuese obvio.

—Ah. Raphael. Vale. Tú debes de ser el hijo de José. No Óscar, el otro. Te mencionó cuando nos trajo: dijo que los tres habíais vuelto de Canadá.

Algo en la mirada desafiante de él la puso nerviosa. Quizá no fuese el otro hijo de José. La verdad es que aquel chico descuidado que tenía delante era lo contrario del adolescente alto, serio y bien peinado que había visto ayudar a su padre con los voluntarios.

—Sí. Óscar es mi hermano. —Rafi hizo un gesto como si apartara una mosca, para cambiar de tema—. Lo que necesito es que me ayudes a encontrar a Veloz. Ha vuelto a desaparecer. La última vez acabó en la fosa séptica y estuvo días oliendo a caca.

Silver recordó al amenazante terrier blanco y negro que había visto la otra vez con Rafi. Por mucho que a ella le gustaran los animales, no estaba segura de querer encontrar a aquel en concreto.

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—No creo que yo pueda ayudarte.

Rafi ladeó la cabeza.

—¿Por qué no? Tienes ojos, ¿verdad?

—Sí. Es solo que…

Silver dudó, pensando en las instrucciones de cuidar de su madre. Aunque, por otro lado, su madre no parecía querer tenerla cerca, y aquella era una ocasión perfecta para hacer algo emocionante. Además, seguro que no tardarían mucho.

Se calzó las zapatillas y se puso la gorra.

—Esas deportivas molan.

La niña se sorprendió. Eran las plateadas brillantes, sus favoritas, aunque ya estuvieran un poco gastadas. Se las había regalado su madre en su último cumpleaños, y aún no se le habían quedado pequeñas, aunque le empezaban a ir justas.

Antes de que pudiese decirle «gracias», Rafi ya se había subido a la cama y había saltado hasta la claraboya.

—¿Vienes o qué? —le dijo, volviendo a asomar la cabeza. Sin esperar respuesta, le ofreció una mano para ayudarla a subir.

Silver salió. Aunque el suelo no tenía pendiente, nunca había estado en un tejado… y menos en mitad de la jungla. Pero no tuvo tiempo de admirar el paisaje: Rafi ya había saltado al de la siguiente casa, y la esperaba con los brazos en jarras. Era el edificio en el que vivía el veterinario que se había ido, así que no se estaban metiendo en casa de nadie. Tampoco era que hubiese una gran separación entre los dos tejados, pero estaban a bastante altura. Tenía un millón de razones para no dar el salto, y una de las principales estaba justo debajo de ella, meciéndose en la hamaca.

Pero entonces…

… recordó que su madre se había hecho la dormida al llegar ella. Y que últimamente parecía dedicarle más tiempo al hijo que ni había nacido aún que a la que ya tenía.

Saltó. El espacio entre las dos casas le pareció infinito. Al aterrizar en el tejado de al lado, no se cayó de morros gracias al agarre de las deportivas.

Rafi le dijo algo en español que no entendió. Apenas sabía unas palabras en el idioma, mientras que él era claramente bilingüe y podía pasar de uno a otro con la misma facilidad que respirar.

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—Digo que eres la primera persona que ha podido saltar como yo.

Y, sin darle tiempo a Silver de alegrarse por el cumplido, saltó al siguiente tejado. A ella le recordó a cuando jugaba a saltar de piedra en piedra en el jardín trasero, imaginándose que huía de cocodrilos salvajes.

Lo que estaban haciendo era peligroso. Pero también emocionante.

Hacía tiempo que no se divertía así.

Saltaron los dos últimos tejados, y después Rafi se descolgó por un canalón y saltó al suelo blando de la jungla.

Guio a Silver, corriendo al estilo comando, hasta el claro principal. Se escondieron tras el quirófano, en el que ella vio a Luna tomando el sol tan tranquila en su pecera. De repente, Rafi fue hacia la izquierda, siguiendo un caminito bordeado por unas plantas de hojas redondas y brillantes, y flores rosadas. Silver nunca había ido por allí.

Debían de estar acercándose al océano; lo oía cada vez más fuerte. Rafi pasó por debajo de una cadena metálica con un cartel de PRIVADO, y entraron en una zona rectangular vallada del tamaño de la pista de vóley del colegio de Silver en Inglaterra.

—¿Veloz? —Rafi miró arriba, hacia la copa de un árbol estrecho con grandes hojas circulares—. ¡Veloz!

La niña se rascó la cabeza. Estaba convencida de que los perros normalmente no trepaban a los árboles.

—¡Menos mal, ahí estás! —exclamó él por fin.

Silver le siguió la mirada. Ni forzando la vista vio rastro del terrier. Pero ¿qué era eso? Había algo pequeñito, peludo y marrón colgado de la rama más baja.

—¿Este es Veloz?

Rafi alzó el brazo y, con cuidado, le soltó las garras al perezoso, lo cogió y se lo puso al cuello como una bufanda.

—Ven aquí, chica. Ya sabes que no es nada seguro que vayas sola por aquí.

Y se volvió hacia Silver, como si fuese lo más normal del mundo a) llevar un perezoso al cuello, y b) hablarle.

—Creía… creía que Veloz era el perro blanco y negro.

Rafi frunció la nariz con disgusto.

—No. Mórder es de Ana. Esta es Veloz. Tiene unos pocos meses. Me la encontré sola en la jungla hace una semana. —Bajó la voz hasta que fue apenas un suspiro—. Es huérfana.

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—¡Oh, no! ¿Qué pasó?

Él se llevó un índice a los labios.

—¡Chist! Si te oye, se agobiará. Los perezosos también tienen sentimientos.

—Yo… yo… yo… —tartamudeó Silver, y pasó a otro tema menos delicado—. ¿Dónde estamos? No había visto esta parte del Centro.

—Es el vivero. —Rafi le acarició el morro a Veloz con cariño—. Lo tenemos un poco alejado para protegerlo.

—¿Para protegerlo de qué?

Volvió a mirar el lugar. La valla era alta como el padre de Silver, y la cadena estaba cerrada con un viejo candado herrumbroso.

Rafi puso cara de no creerse lo que acababa de oír.

—Mira lo que dice, Veloz.

El animal miró amenazante a Silver. Era imposible que entendiese a Rafi, pero, aun así, la hizo sentirse como cuando la señora Snootle le metía una bronca.

—¡Los huevos! —le contestó por fin, señalando el camino con el dedo

—. Cuando las tortugas ponen los huevos, nosotros los traemos aquí para que estén a salvo.

Silver iba a preguntarle de qué necesitaban tanta protección; a fin de cuentas, solo eran huevos. Pero Rafi tenía el entrecejo fruncido, y ella no quiso decir nada que hiciera peligrar su reciente amistad… Aunque quizá fuera demasiado pronto para considerar que eran amigos, y más viendo la cara que le seguía poniendo Veloz.

Aun así, Rafi debió de notar su confusión.

—Los huevos de las tortugas son lo más valioso del Centro —dijo, y se apretó más el perezoso al cuello—. Tenemos que hacer todo lo posible por protegerlos.

Silver tragó saliva. Rafi había hablado con un tono sombrío que casi daba miedo, y no estaba segura de qué contestarle. De todas formas, él había vuelto a dedicarle su atención a Veloz. Y, aún más raro, empezó a mantener una «conversación» con el animal.

—Hummm. —Rafi hizo una pausa, como si estuviese considerando algo que el perezoso le había dicho—. Vale, se lo pregunto.

—¿Estás… estás hablándole a Veloz? Rafi negó con la cabeza.

—No. Ella está hablándome a mí.

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—Ah —dijo Silver. No tenía nada que añadir.

—Veloz quiere saber cómo te llamas.

¡Uuuf! A ella no le gustaba decirlo; la gente siempre se reía. —Silver —murmuró, apoyando la punta del pie en el árbol. —¿Silver? ¿Plata, como la luna?

Señaló arriba. Una luna llena flotaba silenciosa en el cielo de última hora de la tarde.

La niña asintió. Notó dos miradas clavadas en ella. Pasó un momento. Y después otro. El tiempo no transcurría muy rápido en el mundo de los perezosos.

—A Veloz le gusta tu nombre. —Rafi hizo otra pausa más, como si estuviera meditando algo de una importancia enorme—. A mí también.

Antes de que pudiese contestar nada, él dio unos pasos atrás y empezó a susurrarle algo a su compañera.

—¡Qué dices, Veloz! ¡Pero si casi ni la conocemos! —dijo—. Bueno, vale. Pero primero tiene que pasar la Prueba. Son las reglas, ya lo sabes. —Se volvió hacia ella, carraspeó y puso cara solemne—. Veloz pregunta si vas a venir de patrulla con nosotros.

—¿De patrulla? ¿Qué patrulla?

—¡Juepucha! —exclamó él, levantando los brazos como horrorizado —. ¿Es que no sabes nada de nada de Playa Tortuga? Sígueme.

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CAPÍTULO TRECE

Playa Tortuga

RAFI GUIO A SILVER hasta la playa, que estaba cerca. Pero, en vez de ir

por el centro del camino, fue por el borde, sobre la vegetación. No era de extrañar que la niña no hubiese visto huellas el primer día. Mientras caminaban hablaron, o, más bien, él habló y ella escuchó.

—Hay cuatro clases de tortugas marinas que vienen a esta playa a poner sus huevos: la verde, como Luna, la carey, la que llaman tortuga boba… —Rafi fue enumerándolas con los dedos—, y mi preferida: la tortuga laúd.

—¿Tortuga laúd? —repitió Silver—. ¡Qué nombre más raro! Él se dio la vuelta y le dirigió una mirada amenazante. La niña se tragó sus risitas.

—Es la única que no tiene un caparazón duro, sino como de cuero, y por eso es más vulnerable a los depredadores que otras.

Mientras Rafi seguía hablando, ella se sintió mareada, o bien por lo mucho que apretaba el sol de la tarde o por la velocidad con la que su amigo iba soltando un dato tras otro: era como una enciclopedia con patas sobre las tortugas.

—¡Pero, atención, que eso no es lo único que la hace especial! — siguió él—. La tortuga laúd es la más grande del mundo, y existe desde hace cien millones de años. ¡O sea, desde la era de los dinosaurios!

Se detuvo de repente. Silver se dio de bruces con su espalda. Se frotó la nariz, que le quedó dolorida.

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—Ya deberían de haber empezado a llegar para poner los huevos — añadió Rafi, y entonces bajó la voz—. Pero hace casi dos años que no aparecen por aquí. —Giró el cuello y le dirigió una expresión de lástima

—. La verdad es que nunca he visto ninguna. Todas las tortugas están en peligro, pero la laúd es la que más.

Sonó triste de verdad, como cuando ella no había conseguido entradas para la final de la Copa. Miró a la luna. No sabría mucho de tortugas, pero sí entendía bien lo que era llevarse una decepción.

Rafi puso los hombros rectos y siguió caminando, ahora en silencio. Silver también, cuidando de no tropezar con las varias raíces retorcidas que iban apareciendo de repente en el suelo. No se acostumbraba a la humedad, y le caía el sudor por el centro de la espalda.

Continuaron así unos minutos, hasta que él se detuvo de nuevo. Por suerte, esta vez no chocaron. Rafi miró hacia la costa y se le dibujó una sonrisa en el rostro, parecida a las que ponía el padre de Silver de vez en cuando mientras leía la guía de Costa Rica. La niña intuyó que iba a soltarle algún otro dato sobre las tortugas. No se equivocó.

—¿Sabías que las tortugas vuelven a la misma playa en la que nacieron para poner sus huevos?

—¡Sí! —Le dedicó una sonrisa triunfal que dejaba todos los dientes a la vista. No pensaba admitir que eso era lo único que recordaba, y solo porque su padre se lo había explicado como si fuese un árbol genealógico. Una tortuga tras otra de la misma familia regresaban a la misma playa para poner sus huevos; un poco como el hecho de que todos los antepasados de él también habían sido artistas, y esperaba que ella siguiera con la tradición. Aunque no era necesario contarle todo eso a Rafi—. Pero ¿por qué lo hacen?

—Hay teorías científicas. —Él también entornó los ojos castaños para protegerse del sol—. Pero la verdad es que los humanos no lo sabemos.

Silver asintió. Su madre siempre decía que hay animales capaces de ir más rápido que un coche, volar más alto que un avión, saberse el camino de regreso a casa como por arte de magia… y la mitad de las veces los humanos no tenían ni idea de cómo lo conseguían.

Rafi se puso en cuclillas y cogió del suelo unos trocitos de cáscara de huevo, tan pequeños que ella ni los había visto. Se colocó a su lado.

—¿Son huevos de tortuga?

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—De tortuga verde. —Abrió la mano para que Silver pudiese examinarlos—. Se sabe por el tamaño y el color del cascarón.

—¿Y qué ha pasado?

—Jaguares —gruñó él—. Y si no son los jaguares, se los comen los buitres o las serpientes. A veces hasta los humanos.

—¿La gente come huevos de tortuga?

—Por todo el mundo, no solo aquí. Se consideran un manjar. —Apretó los labios con desaprobación—. Hay quienes ganan mucho dinero vendiéndoselos a restaurantes o en el mercado negro.

—No tenía ni idea.

Silver contempló espantada los fragmentos de huevo, que alguna vez habían tenido una vida dentro, igual que su madre con ella.

—Por eso, Ana puso el candado en el vivero, para posibles ladrones. Creíamos haberlos expulsado de esta parte de la costa, pero últimamente… han vuelto.

La niña había oído de esa gente que se dedicaba a cazar animales de forma ilegal, por dinero. Pero ¿allí en Playa Tortuga? Quiso preguntarle más a su amigo, pero vio que estaba casi tan abatido como Veloz, así que decidió pasar a otro tema un poco más alegre.

—Ya me has dicho que nunca has visto una tortuga laúd, pero ¿y otras especies?

A él se le dibujó una sonrisa en el rostro.

—¡Ay, sí! Miles de veces. Se arrastran hasta la playa y hacen un agujero en la arena con las aletas. —Imitó la postura de una—. Y ponen los huevos así.

Fue una gran imitación, sobre todo para un chico que llevaba un perezoso al cuello.

—¿Cómo es? —siguió preguntando ella.

Una vez había visto nacer a una camada de gatitos en el veterinario y, aunque ya hacía años de eso, aún recordaba que se había pasado casi todo el rato conteniendo el aliento.

Rafi estuvo un momento buscando la palabra precisa.

—Es magia. —Se volvió de nuevo hacia ella—. Y para eso tenemos la patrulla. Cuando vemos que una tortuga pone huevos, hacemos guardia para asegurarnos de que ningún animal o persona los robe. En cuanto acaba, los cogemos y los llevamos al vivero para que estén a salvo.

—¿Y quiénes exactamente forman la patrulla?

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—Yo. Y Veloz.

—¿Y ya está?

—Hay una patrulla oficial —admitió Rafi—, pero es solo para adultos. Papá dice que soy muy joven como para apuntarme. Bueno, muy joven y muy bajito, sobre todo desde que un jaguar mordió a un voluntario. ¡No pongas esa cara de miedo! Solo perdió un dedo. Pero para Óscar no hay problema: él sí es lo bastante mayor. —Le pegó una patada a un leño, frustrado—. ¿Tienes hermanos o hermanas?

Silver negó con la cabeza.

—No. Soy yo sola.

—Pues entonces tienes suerte.

No era el momento para que ella le explicase por qué ser hija única no era ningún chollo… al menos si no era lo que deseaban los padres.

—A ver si lo entiendo —resumió la niña—: hay una patrulla oficial, pero tú no formas parte de ella, aunque has mencionado otra patrulla más…

Rafi sonrió y señaló hacia arriba. Estaban bajo un árbol increíblemente alto; tanto, que Silver no alcanzaba a ver las ramas superiores.

—¿Qué se supone que tengo que ver?

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CAPÍTULO CATORCE

La casita del árbol

SILVER NO DISTINGUIÓ NADA, aparte de las hojas, las ramitas y un resquicio

de cielo azul que asomaba entre el denso follaje. Veloz, que ahora estaba sentada en el hombro de Rafi, soltó un par de chillidos. Era la primera vez que ella oía hablar a un perezoso, y le sonó inesperadamente alegre.

—¿Qué ha dicho?

—Dice que tienes que trepar hasta arriba para averiguarlo.

Sin esperar respuesta, Rafi dio un salto y se colgó con la pierna de una de las ramas de abajo. Antes de que Silver pudiera ni parpadear, él ya había ascendido dos ramas más. Veloz se había colgado a la espalda de su dueño, como si fuese una mochila peluda.

—¡Hasta ahora, nadie ha sido capaz de llegar arriba del todo! —gritó hacia el suelo, desafiante—. ¡Y mucho menos una niña!

Silver entornó los ojos. Dio una vuelta alrededor del tronco, dos, tres. Aunque era enorme, tenía una especie de red de lianas. Buscó el mejor punto al que agarrarse. Se decidió por un nudo a la altura de su cintura. Se metió la camiseta de fútbol por dentro, apoyó el pie y se dio impulso.

—¡Allá voy!

Aquello no era como trepar al árbol del jardín trasero de su casa. Al roble lo conocía perfectamente, como si fuese un viejo amigo. Sabía dónde poner los pies, en qué puntos podía agarrarse mejor, incluso cuándo tomarse pequeños descansos. En cambio, este árbol era como trepar un volcán.

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Parecía que no iba a acabar nunca… sobre todo cuando perdió el equilibrio, se quedó colgada por una rama y tuvo que impulsarse de nuevo para ponerse a salvo. Cuando empezaba a pensar que ya no podía subir más, llegó a una especie de plataforma, a unas tres cuartas partes de la altura total.

—¡Vaya! —murmuró, atónita—. ¡Una casita!

Hacía años que su padre le había prometido construirle una, pero, como tantas otras cosas, no había llegado a suceder. Ahora estaba en una, en un país tropical perdido al otro lado del mundo.

Tenía tres paredes hechas con tablas de madera, y venía a ser de un tamaño parecido al de su habitación en Inglaterra; aunque, claro, en aquella casita no había una cómoda cama con un edredón calentito ni pósteres de sus futbolistas preferidos. Lo que había era un par de troncos cortados que hacían de taburetes, una hilera de colgadores y varios caparazones de tortuga de diferentes tamaños, además de otros objetos cuidadosamente dispuestos sobre un viejo pupitre de cole.

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—¡Caramba, pues lo has conseguido! —dijo Rafi, con cara de estar impresionado pero no querer admitirlo. Estaba sentado en uno de los troncos-taburete. Veloz estaba en el otro, sacándose pulgas del pelaje, y le ofreció una a Silver.

—Seguro que son deliciosas, pero no, gracias.

Se volvió y el estómago le dio un vuelco: estaban a tanta altura que se veía el mar, extendiéndose como una mancha infinita de color turquesa.

—¿Dónde estamos? —preguntó. Se sentía un poco mareada—. ¿Qué es esto?

—Estás en el cuartel general de STOP.

—¿El cuartel general de qué?

En lo alto del árbol, el ruido de las cigarras era tan fuerte que Silver apenas oía a Rafi.

—¡STOP! ¡Salvamento de Tortugas Oceánicas en Peligro! —explicó el niño, alzando la voz—. Cuando papá me dijo que yo no podía ser de la patrulla oficial, me di cuenta de que solo podía hacer una cosa.

—¿Qué? —preguntó Silver, entrando un poco más en la cabaña con cuidado.

—¡Pues crear la mía! —respondió Rafi con gran orgullo—. La patrulla oficial depende de la cantidad de voluntarios, pero no pueden estar todo el rato en la playa, sobre todo durante los cambios de turno de día y de noche. ¡Y aquí es donde entro yo, Rafael, protector de tortugas extraordinario!

Silver frunció la nariz.

—¿No es un poco peligroso? —preguntó, y Rafi asintió, de nuevo con orgullo—. Tu padre no quiere que formes parte de la patrulla por una razón… y, creo, una muy buena razón. En la jungla hay jaguares hambrientos. —Miró a su alrededor y puso cara de preocupación. ¿Los jaguares sabrían trepar a los árboles?—. Y contrabandistas. Alguien que se dedica a robar huevos de tortuga no puede ser una gran persona.

—¡Silver! —exclamó Rafi, irritado—. ¡Los protectores de tortugas no pueden echarse atrás ante un mínimo de peligro!

—Yo no lo llamaría «mínimo»…

Él alzó los brazos. Se ve que lo hacía mucho.

—Solo sobrevive una de cada mil tortugas recién nacidas. ¿Lo has oído? ¡Una de cada mil! ¡Tienes que ayudarnos!

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La niña tragó saliva. La seriedad con la que Rafi la miraba le recordó a algo. Le costó un par de segundos saber qué era, porque en su momento no le había dado mucha importancia. Había ocurrido años atrás, cuando su padre pintó la habitación del bebé y, una vez acabada, su madre entró y la contempló llena de admiración. Y no solo con admiración: también con esperanza.

Carraspeó y cogió uno de los objetos de la mesa como para pensar en otra cosa. ¿Era un imán, una batería…? En todo caso, era algo electrónico del tamaño de una uña.

—¡No toques eso! —exclamó Rafi—. Es una cosa secreta en la que estoy trabajando.

La palabra «secreta» hizo que Silver sintiera aún más curiosidad, pero volvió a dejar el aparato y se puso a examinar la impresionante colección de caparazones en miniatura de Rafi. Al mirarlo de nuevo, parpadeó sorprendida: su amigo se había cambiado, ahora llevaba un chándal azul oscuro. En el pecho tenía una erre grande (y un poquito ridícula). También llevaba un cinturón lleno de bolsillitos con herramientas, ganchos… y un palo largo y puntiaguado hecho de la madera que de vez en cuando el mar arrastraba a la orilla.

No pudo evitarlo: soltó una carcajada. Enseguida intentó contenerla tapándose la boca, al ver la decepción que se había llevado Rafi.

—¿Eso es un traje de superhéroe?

—Para que lo sepas —respondió él, herido en su orgullo—, todos los voluntarios han de ir de oscuro, para no alterar a las tortugas ponedoras. Yo mismo le he añadido la R. —Pasó un dedo por la letra—. Y el cinturón tiene todo lo que puede necesitarse durante una patrulla.

Sacó una cinta métrica, unos pequeños banderines rojos, un martillo, una linterna de bolsillo y tres envoltorios vacíos de chicle de sabor a sandía.

—¿Para qué sirve el palo?

—No es un palo. —Lo alzó en el aire—. Es una lanza. Para asustar a los jaguares.

—Pues… —Silver tragó saliva e intentó elegir bien sus palabras para no ofenderlo—. Nunca había visto nada como eso… Es… es… increíble.

Rafi sonrió. Y entonces, de forma totalmente inesperada, escupió en la palma de la mano y se la ofreció.

—Yo, Rafael García Flores, te invito a ti, Silver… hum…

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—Silver Trevelon.

—… te invito a ti, Silver Trevelon, a ser miembro de STOP.

Ella tardó un instante en darse cuenta de que su amigo esperaba una respuesta. Pero, en vez de escupirse en la mano, lanzó el gargajo por la puerta con tanta fuerza que le dio a un coco en un árbol cercano, haciéndolo caer al suelo.

—¡Uau! —Esta vez Rafi sí pareció sinceramente impresionado—. ¡Tenías razón, Veloz! ¡Es perfecta para el grupo!

Veloz soltó un aullido al notar la emoción de Rafi.

—Entonces, ¿te unes a la patrulla? —le preguntó el niño a Silver, casi sin aliento—. ¿Nos ayudarás a salvar los huevos de las tortugas?

Silver tuvo que contenerse para no contestar que no. No es que no le apeteciera, pero sabía que a sus padres no iba a parecerles nada bien que se uniese a una patrulla secreta, aunque fuera para proteger a las tortugas. Le dirían que era demasiado arriesgado, demasiado peligroso. Y últimamente ella se estaba esforzando en no afectar el delicado equilibrio de la familia.

Entonces Rafi le dedicó una sonrisa tan tímida y esperanzada que fue como si un rayo de luz se le clavara en el corazón. Las palabras le salieron sin que ella misma fuese capaz de evitarlo.

—Sí. Encantada.

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CAPÍTULO QUINCE

La patrulla

UNA VEZ DECIDIDA A CONVERTIRSE en protectora secreta de las tortugas,

Silver estaba impaciente por participar en su primera patrulla. Pero, por desgracia, Rafi iba a estar ocupado los días siguientes con un proyecto extraescolar; iba a primaria en el pueblo de al lado, aquel en el que habían aparcado camino del Centro. La niña decidió aprovechar la ocasión para acabar de acostumbrarse a sus nuevas rutinas en Costa Rica.

Cada mañana se despertaba con los saludos de mil pájaros e insectos diferentes, el aullido ocasional de algún mono y hasta, un par de veces, el rugido lejano de un jaguar. Después de examinar a fondo la habitación en busca de arañas, tocaba desayunar, cosa que siempre hacían los tres juntos. A su padre le había dado por el plátano frito; por allí los había a montones. Silver prefería una rebanada de pan de maíz con crema de chocolate. Su madre, que con el sol tropical había perdido el apetito, se mantuvo fiel a sus dos tazas del fuerte café costarricense. Después, con el pincel de pluma de águila en la oreja, su padre emprendía el corto paseo hasta su estudio, quejándose de Cosquilla durante todo el camino.

—¡Un mono! —refunfuñaba mientras se rascaba la última picadura de mosquito—. ¿Cómo diablos voy a poder trabajar con un mono colgando de mí?

Mientras él no estaba, la madre de Silver casi siempre hacía una de dos cosas: leer en la terraza o pasear por la playa. Desde el primer día no había vuelto a la zona principal del Centro. Eso significaba que la niña podía hacer casi lo que le viniese en gana… dentro de lo razonable. No le

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permitían adentrarse sola en la jungla. De hecho, a todos los voluntarios se les recomendaba vivamente no hacerlo.

La verdad era que algún vistazo sí le había echado. Era imposible no sentir curiosidad por un lugar tan lleno de vida salvaje, y más cuando también había montones de especies de árboles de los que ni había oído hablar, algunos anchos como un elefante y altos como un rascacielos. ¡Hasta había árboles que crecían en otros árboles! Pero, a la vez, contemplar la densa vegetación más allá de los límites del refugio la hacía temblar. La oscuridad tenía algo de furtivo y misterioso, algo que le ponía los pelos de punta. Decidió no abandonar el perímetro.

Por suerte, en el Centro había cosas que hacer, más que suficientes. Sus padres habían decidido no apuntarla a la escuela; creían que implicarse en las actividades del refugio iba a ser la mejor forma de educación. ¿Qué mejor para aprender a proteger la vida salvaje que estar entre ella? Silver estaba totalmente de acuerdo.

Aparte del personal fijo (Ana, José, Óscar, un par de cocineros locales y el jardinero), el Centro dependía de la labor de los voluntarios. Acudían de todas partes del mundo y todos tenían dos cosas en común: una gran alma aventurera y un amor profundo por los animales. Además de las patrullas por la playa, se encargaban de mantener el censo de las tortugas a las que se veía desovando, de llevar los huevos al vivero, de soltar a las crías nacidas y de cuidar en el hospital de cualquier animal herido.

Aunque, como le explicó José, por muchos voluntarios que recibieran, nunca eran suficientes como para ayudar en todo. Así, la propia Silver estaba siempre ocupada. Entre sus trabajos estaban:

1. Ayudar en el huerto.

2. Limpiar las peceras de agua salada, incluida la tarea de rescatar a los insectos palo que caían en ellas.

3. Diversas funciones, como limpiar el quirófano con desinfectante.

4. Preparar la comida para los animales que ocupaban temporalmente el hospital. Al tamanduá y el mono ardilla se les habían sumado un pecarí, un coatí y —el preferido de Silver— un tapir.

Pero, con mucho, lo que más le gustaba era dar de comer a las tortugas. Al contrario que otras especies, Luna era herbívora, y resultaba de lo más

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satisfactorio ver cómo sus enormes mandíbulas cogían la hierba marina de la mano de Silver y se ponía a masticarla lentamente (¡la hierba, no la mano!). Era un poco como ella misma cuando se comía sus cintas de regaliz, a deliciosos mordisquitos.

Cuanto más tiempo pasaba con las tres tortugas, más distinguía sus personalidades. Van Gogh acostumbraba a pasar el día en soledad, excepto a la hora de comer; entonces era el mejor amigo de todos. La más joven, Laura Miranda, se mantenía a la sombra de Van Gogh y era mucho más tímida que sus camaradas. Pero era Luna con quien Silver sentía más afinidad.

Era imposible no enamorarse de ella. Los ruiditos que hacía a veces cuando la niña la acariciaba bajo la mandíbula (una mezcla entre el ronroneo de un gato y el cacareo de una gallina), la forma somnolienta en que parpadeaba mientras observaba al mundo, y hasta que escondiera la cabeza dentro del caparazón cada vez que oía un ruido repentino; no con los chillidos de Bonito —estaba acostumbrada a ellos—, sino ante una carcajada de alguno de los voluntarios italianos o una explosión del motor de la camioneta de José cuando él iba al pueblo a por provisiones o a recoger a Rafi del colegio.

Para ser un animal tan anciano y arrugado, la tortuga era preciosa. No solo por los colores del caparazón, sino porque toda ella tenía una gran presencia. Esa era la mejor forma de describir ese aire suyo de haber visto muchísimas cosas durante su larga vida y el saber que llevaba todos esos tesoros grabados en su ADN.

Pero, cuanto más tiempo pasaba Silver con Luna y las demás, más ansiosa estaba por ir a la playa a patrullar. ¡Se moría por ver a una tortuga anidar en la naturaleza!

Y entonces, por fin, tuvo la ocasión.

Había pasado poco más de una semana desde su llegada a Playa Tortuga. —Estate lista para cuando se haga de noche —le había dicho Rafi

antes.

Al contrario que en el país de Silver, en Costa Rica la noche caía de repente: era de día y un minuto después oscurecía. Como era habitual, su padre no regresó del estudio hasta tarde, quejándose de que no había

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podido avanzar nada porque Cosquilla le había tirado todas las pinturas al suelo. A Silver le fue fácil salir sin que la vieran, antes de la cena.

—Voy un rato a casa de Rafi —dijo. No era una mentira total. Y además, sus padres estaban tan contentos de que tuviera un amigo que ni se planteaban qué hacían por ahí.

Bajo la luz cada vez más escasa, les fue fácil ir a la playa sin que los vieran. Óscar estaba en el pueblo con unos amigos, y José tomaba una cena ligera con los voluntarios. Lo de comer juntos ayudaba a que se sintieran como una familia, que era lo que pretendía Ana. Al pasar ante su despacho, Rafi y Silver vieron que la luz estaba encendida.

—Normalmente pasa mucho más tiempo con todos —comentó él—. Pero hay otro refugio más arriba en la costa, y papá dice que la otra noche les robaron unos huevos.

Silver soltó un suspiro. Rafi asintió, muy serio, y aceleró el paso.

—Eso, claro, hace que lo nuestro sea aún más importante —dijo ella.

«Y más peligroso», pensó, pero se lo calló.

Al poco llegaron al cuartel general de STOP. La niña ya trepaba el árbol más rápido, pero aún no tanto como Rafi, sobre todo en la oscuridad. En todo caso, la escalada valió la pena. No solo por el paisaje, con la luna dejando un rastro de luz en el mar, sino también porque Rafi le regaló un cinturón como el suyo, lleno de bolsillos y tiras para herramientas.

—¿¡Es para mí!? —se emocionó.

Era sorprendentemente pesado, pero se le ajustaba bien a la cintura. Lo único que Rafi no le dio fue una de sus «lanzas».

—No me ha dado tiempo a hacértela. Pero no pasa nada: Veloz y yo cuidaremos de ti.

A esas alturas, Silver ya se había dado cuenta de que él siempre llevaba el perezoso al cuello, igual que la madre de ella con el estetoscopio. Y, por mucho que hiciera demasiado calor como para llevar una bufanda viviente, no podía evitar sentir un poco de celos por el vínculo que compartían el niño y el animal. Lo más parecido que ella había tenido era su relación con las babosas del jardín trasero de su casa en Inglaterra.

—¿Lista? —preguntó Rafi, tras ajustarse su propio cinturón.

La patrulla solo duró cuarenta y cinco minutos, el tiempo que tardaron los voluntarios en cenar y comenzar el turno de noche.

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Al igual que ellos, Silver y Rafi se dedicaron a ir de una punta a otra de la playa, fijándose bien en si veían alguna tortuga poniendo huevos, y limpiando la arena de restos como trozos de plástico o redes, anzuelos y otros instrumentos de pesca que la corriente hubiese llevado hasta la orilla.

No se alejaron el uno del otro. O, más bien, fue Silver la que intentó mantenerse pegada a Rafi. No ayudó que él saliera corriendo a menudo o se arrodillase en la arena en busca de huellas de aletas… o que un par de veces imitara el rugido de un jaguar para asustarla.

—¡GRRRRRR! —le gritaba al oído, y se partía de risa al verla dar un salto en el aire y soltar un aullido.

Además, ella tropezó media docena de veces. Rafi se negaba a usar la linterna porque las luces brillantes confundían a las tortugas al llegar a la orilla; esa era una de las principales razones que hacían fracasar las puestas en todo el mundo. Además, la luz de la luna ya iluminaba bastante: las tortugas seguían su estela para encontrar el camino a casa.

Aun así, el mar nocturno tenía una cosa inquietante: lo oías, pero no lo veías. Hacía que la oscuridad de la jungla pareciera aún más amenazadora: podía haber toda clase de animales y personas ocultos en ella. A pesar del calor y la humedad, a Silver se le pusieron los pelos de punta más de una vez. Con todo, lo que más le aceleraba el pulso era la emoción de patrullar.

Solo faltaba una cosa: tortugas.

La primera vez no encontraron ningún nido. Ni la segunda. Ni la tercera. Durante las siguientes semanas hicieron siete patrullas secretas, pero hasta el momento no habían visto ni un ejemplar de ninguna de las cuatro especies, y, menos aún, la que Rafi quería encontrar de verdad: la tortuga laúd.

—¿Y si… —se preguntó el chico, tragando saliva tras otra misión fallida— y si esta temporada tampoco aparece ninguna?

Silver le dio un toquecito (que esperó que fuese un gesto solidario y optimista) en un brazo. Al ver que no funcionaba, hizo unas cuantas piruetas graciosas, que siempre animaban a Aziza cuando tenía un mal día. Pero Rafi y Veloz le dirigieron sendas miradas tan penosas que resultaba difícil distinguir quién de los dos era más pesimista sobre la cuestión.

—Pues seguiremos intentándolo —contestó ella por fin, bajando la voz —. Te lo prometo.

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CAPÍTULO DIECISÉIS

Día de balneario

ERA DÍA DE BALNEARIO. Pero no para Silver, sino para las tres tortugas

residentes. Eso significaba sacarlas de las peceras y limpiarles el caparazón con cepillos de dientes reciclados.

—Vamos, Luna —dijo la niña.

Iba descalza: a veces acababa empapada. Eso la hizo fijarse en que, a pesar de la protección solar un millón con que la hacía embadurnarse su madre, empezaba a tener las piernas y los pies de lo más bronceados.

Luna llevaba tanto tiempo en el Centro que le encantaba que la limpiaran. Las otras dos no se sentían tan cómodas con el contacto humano. Como tantos otros animales heridos que acababan en refugios, habían visto su vida cambiada para siempre en un instante. La propia Luna no se fiaba mucho de gente a la que no conociera bien. En cierta forma era como la madre de Silver: fuerte por fuera y vulnerable por dentro.

—Aunque mamá no tiene la piel tan arrugada… ¡todavía! —Rio. Casi como si la hubiese entendido, Luna soltó uno de sus cacareos graves—. ¿Eso es que tú también te estás riendo?

Oyó un carraspeo desde el otro lado de la pecera. Alzó la vista y vio a Ana, que cargaba con una balanza enorme. Desde el primer día de Silver, hacía poco más de un mes, en que la había visto con la serpiente, apenas habían tenido contacto. Siempre estaba encerrada en su despacho, encargándose del sinfín de facturas y papeleo del Centro, o corriendo a la

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playa para proteger a alguna tortuga que estuviese desovando o para coger los huevos recién puestos.

—¿Te gusta estar aquí, Chispita?

No importaba si un voluntario tenía ocho u ochenta años, los llamaba a todos «Chispita». Según Rafi, porque era más fácil que intentar recordar el nombre de cada uno de los voluntarios que pasaban por allí. No era por mala educación, sino porque estaba demasiado absorta en su trabajo. Sí tenía totalmente presentes, en cambio, a cada una de las tortugas a las que había cuidado y devuelto a la naturaleza.

Silver asintió. Algo en aquella mujer le provocaba timidez. Quizá porque no se parecía a nadie que hubiese conocido.

—Nunca he tenido una mascota. Bueno, ya sé que las tortugas no son mascotas. Quería decir que nunca he cuidado a ningún animal. En fin, ningún animal mío. Por supuesto, Luna no es mía, obviamente…

¡Mecachis en la tinta! No podía haber quedado peor ni proponiéndoselo.

Se apartó un mechón de pelo húmedo de la frente. A Ana, en cambio, y a pesar de su abrigo largo de siempre, la humedad no parecía afectarla en absoluto.

—Entiendo —dijo, conteniendo la risa.

Dejó la balanza en el suelo e imitó a la perfección la especie de cacareo de Luna, que, a modo de respuesta, fue hacia ella y se subió al plato.

Este era muy grande, pero la tortuga también; le quedaron las aletas colgando.

—Tenemos que asegurarnos de que no engorde —dijo Ana, mientras tomaba nota del peso—. Es un problema común en las tortugas que viven en peceras.

—Entonces, ¿ha engordado?

—No. Está muy bien cuidada.

A Silver aquello le sonó muy parecido a un elogio. Hacía un par de semanas que era ella la que se encargaba de Luna, y la alivió oír que lo estaba haciendo bien.

—Ojalá también pudiésemos cuidar de las otras tortugas, las que están en la naturaleza. Así no tendrían que venir aquí.

—Cierto.

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Ana se frotó los ojos, cansada. Tenía ojeras y parecía preocupada. ¿Tendría que ver con los ladrones de huevos y sus ataques a otros centros?

—Está bien sentir que hace algo por ayudar, ¿no? Mamá siempre lo dice de los animales a los que cuida.

—Sí. Las tortugas dan sentido a mi vida. —Ana acarició a Luna bajo la barbilla—. Todos necesitamos tener un objetivo.

Eso de los objetivos y de dar sentido a las cosas era algo que les encantaba decir a los adultos. La señora Snootle lo mencionaba unas quince veces al día. Silver nunca había pensado en serio en eso; a fin de cuentas, solo tenía once años.

—Igual que tú con Rafi —añadió Ana. Silver se sobresaltó: ¿se refería a sus patrullas secretas? ¡Era imposible que lo supiera! Como si le leyese la mente, la mujer se apresuró a aclarar—: Me refiero a vuestra amistad.

La niña ladeó la cabeza. Era cierto: en cierta forma, su amistad con Rafi había dado sentido a su estancia allí. Sin él estaría muy sola.

—No tienes hermanos o hermanas, ¿verdad? —preguntó Ana.

—No. —A Silver le sorprendió el giro que estaba dando la conversación.

Ana volvió a cacarear, y Luna se bajó de la balanza. Volvió a coger el aparato y le dedicó una larga y tierna mirada a Silver.

—Sí, ya me parecía.

A Silver nunca la había preocupado no tener hermanos. Tenía amigos, una gran imaginación y unos padres que la querían mucho.

Pero ahora, al volver a casa después del «día de balneario» de las tortugas, no podía dejar de pensar en lo diferente que podría haber sido todo. Por ejemplo, con lo de la habitación del bebé: no sería un espacio vacío y fantasmal criando telarañas, sino que contendría un bebé lleno de vida, que igual lloraba mucho y no la dejaba dormir, pero al que podría acunar y susurrarle historias; alguien a quien querer.

Seguramente olería mal y haría cosas asquerosas como vomitarle encima, pero también serían parte el uno del otro, como todos los hermanos, de sangre o no. Ni siquiera le importaría que fuese niño o niña. Serían familia. Formarían parte de un mismo árbol. Para siempre.

Habría sido una buena hermana mayor. No, buena no: excelente.

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Pensar en ello la hizo detenerse. A los dos lados, los árboles parecían murmurar, comprensivos. Se dio cuenta de que, en lo más profundo de su corazón, se escondía un gran lamento. Nunca antes lo había notado. Era una sensación exasperante.

Miró hacia arriba, donde las ramas parecían unirse en una red resinosa tan liada como sus propios pensamientos. Y es que, de tener a ese hermano o hermana, ella y sus padres nunca habrían viajado hasta allí, hasta la jungla, y nunca habría conocido a Luna, a Rafi y a Veloz, ni se habría unido al Salvamento de Tortugas Oceánicas en Peligro.

Y, la verdad, estar allí era alucinante. Tal cual: alucinante. No había otra palabra para describir la jungla y cómo hacía que todos sus sentidos cobraran vida: las cosas tenían más sabor, uno más intenso, más eléctrico.

Era cierto que las razones que los habían llevado a Playa Tortuga no eran muy alegres, pero, mientras seguía mirando arriba, no pudo evitar sentir que, a pesar de la amenaza de las arañas y los jaguares, estaba contenta de encontrarse allí.

Aunque también se sentía culpable: era feliz, pero su madre no. Y, a fin de cuentas, ¿no habían ido a Costa Rica para que su madre adoptase una nueva vida? Hasta el momento era obvio que el resultado estaba siendo todo lo contrario. El ardiente sol tropical no había hecho más que dejar a la vista todas las fracturas en el caparazón de su madre.

Tampoco era que estuviese descuidando a Silver. Incluso no siendo ella misma, cumplía con todos sus deberes como madre, se aseguraba de que siempre llevara protector solar, de que bebiera suficiente agua y de que de vez en cuando se lavara la cara. Pero hacía todo eso de una forma casi distante, como si tuviese la cabeza en otro lugar.

Ella había intentado ayudarla tanto como le era posible. A menudo se sentaba con su madre en la terraza, después de almorzar, y le contaba todo lo que había hecho por la mañana en el Centro. Le hablaba del tamanduá del hospital, la última palabra que había soltado Bonito, incluso un chiste de uno de los «chispitas» italianos… aunque no los chistes verdes; esos se los guardó para sí misma.

Pero, aunque su madre la escuchaba y hasta le hacía alguna que otra pregunta, Silver le notaba un cierto desinterés. Quizá era que aún estaba «adaptándose»: los profes usaban mucho esa palabra, sobre todo a principios de curso. A lo mejor solo le estaba costando un poco acostumbrarse.

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—¡Ya sé! —dijo la niña en voz alta: una idea acababa de germinar en su mente—. ¡Voy a montarle una búsqueda del tesoro a mamá!

Antes las hacían a menudo: salían a buscar conchas, hojas con forma de corazón, plumas, castañas… cualquier clase de tesoro. Después corrían a casa, lo esparcían en la mesa de la cocina y se lo mostraban a su padre, que dibujaba una caricatura de la escena.

Ahora llevaban mucho tiempo, demasiado, sin hacer nada de eso.

Y, sin embargo, había un montón de material por la zona: pieles de serpiente, quizás hasta uñas de perezoso… ¡y una cantidad increíble de plumas! Como para enfatizar eso último, un tucán batió las alas y emprendió el vuelo.

Silver cogió una pluma negra suelta y se la puso sobre la oreja.

Fue dando saltitos el resto del camino, hasta donde su madre dormía en la hamaca.

No tenía una bolsa de tela en la que ir guardando los tesoros, como en casa, pero ¿y la funda de la almohada? La vació y se le cayó al suelo. ¡Mecachis en la tinta! La limpió rápidamente; total, solo se había manchado un poco de polvo. Y, modestia aparte, era una muy buena idea.

Además, como su madre siempre la pinchaba para que fuera un poco más elegante, hasta se cambió la camiseta de fútbol por un vestido de florecillas que le había regalado su abuela.

Salió a la terraza. Ahora su madre estaba despierta, con su último libro posado sobre la barriga.

—¡Mamá —exclamó—, he tenido una idea! ¿Y si hacemos una búsqueda del tesoro? ¡Seguro que la jungla está llena de cosas alucinantes! No nos hará falta ni adentrarnos, podemos ir por los caminos. —Empezó a dar saltitos, incapaz de quedarse quieta—. ¡Hasta podríamos hacer un pícnic! O llevar un termo con café —añadió, dispuesta a hacer ese sacrificio—. ¡Y mira, podemos usar esto para guardar los tesoros!

Le mostró la «bolsa», orgullosa.

—¿Eso es la funda de tu almohada? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Hum… sí.

Su madre puso una cara muy dramática.

—¿No ves lo sucia que está? ¡Ya sabes que aquí solo podemos lavar la ropa una vez por semana!

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Silver tiró de su vestido: hacía que le picaran las piernas. Se quedó hecha polvo. Todo estaba yendo mal. ¡Si solo era una funda de almohada! ¿Qué importaba si se había ensuciado un poco?

Pero no perdió la esperanza. Volvió a poner voz alegre.

—Es que quería que hiciéramos algo las dos juntas, como antes… Tragó saliva. A lo lejos cantó un tordo.

—Ay, Silver —contestó ella, mientras se apretaba aún más el moño—. Es una idea preciosa, y de verdad que te agradezco la intención…, pero creo que no. Hoy no. Estoy cansada.

La niña quiso replicarle que se había pasado la mañana durmiendo. Que levantarse de la hamaca y estar un rato en la naturaleza le haría bien. Es decir, lo mismo que normalmente le decía su madre a ella. Pero se contuvo.

—Vale. ¿Mañana?

Gerrie suspiró y cogió su libro. No fue un suspiro de fastidio, sino más bien de resignación, como cuando en casa llamaba alguien inesperado a la puerta.

—Ya veremos.

Y se concentró de nuevo en el libro. Silver se quedó ahí, parada, con el vestidito tonto en el que su madre ni se había fijado. Se quitó la pluma de detrás de la oreja. ¿Para qué insistir? Bajó los escalones y salió corriendo hacia lo único que seguro que iba a hacerla sentirse mejor.

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CAPÍTULO DIECISIETE

La tortuga laúd

SILVER NUNCA HABÍA TREPADO a un árbol tan rápido. No importaba que la

corteza le rascara los talones desnudos, o que una ramita casi le sacara un ojo, o que un lagarto casi la hiciera caerse. Estaba decidida a llegar arriba del todo, adonde nadie pudiese encontrarla.

Ya a salvo en la casita, se tiró al suelo de madera y se hizo una bola. A esa altura, la jungla estaba tan repleta de trinos que era como un coro de pájaros. Pero ni eso consiguió ahogar sus pensamientos sobre lo que acababa de vivir. ¿Por qué nada de lo que hacía era suficiente? ¿Por qué ella misma nunca era suficiente?

Se frotó los ojos para contener las lágrimas. No: no iba a echarse a llorar. Se negaba. Volvió a frotárselos. Y entonces se quedó inmóvil. Había oído un movimiento. No eran las hojas: aquel día no había ni rastro de brisa, el aire era húmedo y pegajoso como una sopa. El ruido en cuestión ni siquiera había venido del árbol, sino de abajo. ¿Sería Rafi? No, aún debía de estar en el cole.

Volvió a oír el ruido.

—¿Veloz?

Improbable. Rafi se la llevaba casi siempre al colegio, escondido en la mochila. Pero a saber: no sería la primera vez que el animal se escapaba.

Se arrastró por el suelo hasta llegar al borde de la casita. Las astillas de la madera basta se le clavaron en las rodillas. Aun así, no vio más que

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hojas y ramas y un molesto mechón que le caía sobre un ojo. Entonces notó algo. Algo extraordinario: una tortuga gigante.

Nunca había visto una de ese tamaño. Era mucho mayor que la propia Luna. Era grande como una roca.

Una roca que avanzaba directa por la arena hacia ella, arrastrando las aletas, que eran las que provocaban el ruido.

Su caparazón no era verde ni pardo. Era de un color azul tinta, con pequeñas motas blancas como estrellas por todo el cuerpo, incluidas las enormes aletas delanteras.

Silver se quedó sin aliento.

—¡Una tortuga laúd!

Según Rafi, hacía dos años que no aparecía ninguna en Playa Tortuga. Se frotó de nuevo los ojos para asegurarse de que no fuese alguna clase de visión. No lo era. Era una tortuga laúd, estaba claro. Era ENORME y tenía todas las señales características. Y, además, la parte superior de su cuerpo, donde normalmente estaría el caparazón, no era dura y casi de hueso como en las tortugas del Centro. Más bien parecía como de cuero curtido, tal como le había dicho su amigo.

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Se arrepintió de haberse reído del nombre «tortuga laúd». La criatura no tenía nada de divertido: era noble, majestuosa.

Y seguía acercándose…

… hasta que se detuvo, como si se hubiese dado cuenta de que Silver la estaba mirando. Asomó la cabeza y la movió a su alrededor, casi como si fuese una antena. La niña contuvo el aliento. Por fin, la tortuga siguió el camino, hasta detenerse de nuevo bajo el árbol.

Empezó a cavar un hoyo en el suelo con las aletas. Estuvo un buen rato, hasta que paró y se colocó encima del agujero. De no ser porque Rafi le había mostrado cómo ponen las tortugas, Silver no entendería qué estaba haciendo. Pero debía de ser eso, aunque no llegó a ver ningún huevo; difícil, con un animal del tamaño de una roca tapándole la vista. La niña cambió de postura —ya le dolían los codos y las rodillas— y siguió mirando.

Lástima que Rafi se lo estuviera perdiendo. ¿Por qué le había tocado a ella presenciar la escena? No parecía justo. Pero él no estaba. Ni nadie más. ¿Por dónde andaría Ana, con su sexto sentido para esas cosas, que siempre la hacía ser la primera en verlas? Silver sabía que José estaba en el pueblo comprando las provisiones para la semana. Y en cuanto a Óscar y los «chispitas», debían de estar trabajando en el Centro.

El caso es que la única allí era ella, e iba a hacer todo lo posible para no molestar a aquella tortuga, la más rara y en peligro de todas.

Se mordió el labio, ansiosa. Ver cómo comenzaba una vida, una vida de verdad, era una sensación extraña.

Ella misma lo había vivido una vez… aunque, obviamente, no había nacido tortuga, ni dentro de un huevo (¡tendría que haber sido un huevo muy grande!). Pero el proceso era el mismo, infinito, sagrado. En ese lugar de lo más profundo del alma donde viven las verdades, sabía que el animal le estaba concediendo el mayor de los honores al permitirle presenciarlo.

La puesta duró un buen rato, aunque no podría decir con exactitud cuánto: había salido de casa con tantas prisas que se había olvidado de coger el reloj. Daba igual: ahora estaba en el tiempo de la jungla. Después de quince aullidos de mono, de lo que tardó un ejército de hormigas podadoras en cruzar el suelo tres veces y de un cambio de color de un camaleón, pareció que la madre tortuga había acabado.

No es que resultara muy obvio. Al menos, no al principio. Pero se había estado fijando con tanta atención que notaba los movimientos más

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sutiles. Fue como si la tortuga se relajara por un momento. Como si hubiera abandonado el plano de la creación y hubiera vuelto al terrenal.

—Bien hecho —susurró—. Eres muy muy lista. Bien hecho.

Sí: para tener hijos había que ser inteligente. Aunque una tortuga fuese muy distinta a un ser humano, en ese momento Silver comprendió claramente por qué su madre deseaba tanto volver a hacerlo. No era solo por tener otro bebé; también se trataba de experimentar esa sensación, por inexplicable que fuese, de formar parte de la energía de la creación.

Como si hubiese oído sus pensamientos, la tortuga alzó la vista y miró por entre las ramas hacia la casita. Hacia donde una niña curiosa de pelo rizado, a su vez, la miraba a ella. La niña y la tortuga se miraron a los ojos. Era una mirada que volvía a los tiempos de los dinosaurios. En realidad era más que una mirada. Era una pregunta. De un ser vivo a otro.

—¿Quieres que te ayude?

La tortuga inclinó la cabeza muy levemente. Tanto que quizá solo hubiese sido producto de la imaginación de Silver. Fuera como fuese, había dicho que sí.

—Lo haré —susurró—. Prometo cuidar de tus huevos.

La extinción de cualquier animal era una gran pérdida para el delicado ecosistema del planeta. Ahora Silver sabía que la mayoría de las tortugas marinas se alimentaban de medusas. Sin las tortugas, la cantidad de medusas aumentaría. Desequilibrios sutiles como ese afectaban a toda la vida oceánica.

Pero la cuestión iba más allá de eso: perder a cualquier animal —en particular debido al impacto humano— era una injusticia enorme.

La tortuga siguió mirando hacia arriba un rato. Entonces parpadeó, giró la cabeza y empezó a alejarse lentamente por la playa, hacia la orilla. Silver no le quitó la vista de encima ni un momento. Cerca, en algún lugar, un mono aulló. Y el camaleón volvió a cambiar de color.

La tortuga se metió en el agua azul, que se la tragó. Aún se la veía, una sombra oscura bajo la superficie, nadando más y más lejos hasta desaparecer.

Pero Silver siguió mirando, con los ojos entornados por el fuerte brillo del sol. Tenía mechones de pelo pegados a la nuca. Se puso en pie poco a poco y se frotó las partes del cuerpo que habían estado tanto tiempo contra el suelo, inmóviles. Se limpió un poco de sangre de las rodillas con las manos, y bajó a toda prisa por el árbol para salir corriendo a buscar ayuda.

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CAPÍTULO DIECIOCHO

¡Socorro!

—¡RAFI! —SILVER CORRIÓ por el Centro, gritando el nombre de su amigo a pleno pulmón—. ¡RAFI!

Ya debía de haber vuelto del colegio. Miró en la zona de los voluntarios, pero solo vio a la pareja de mediana edad de Bombay que había conocido el primer día y al italiano Paolo, el aficionado a los chistes verdes. Pero Rafi tenía que ser el primero en saberlo. Hasta intentó mirar por la ventana del despacho de Ana, pero estaba demasiado sucia.

No creía que estuviese con el padre de Silver (no le gustaba que lo molestaran mientras pintaba), pero no se le ocurría dónde más buscarlo.

Entró de golpe en el estudio, sin aliento. Vio a su padre sentado en un taburete no muy firme. Tenía la cabeza entre las manos y en el caballete, frente a él, la obra en la que estaba trabajando. A pesar de las prisas, no pudo evitar detenerse y soltar un suspiro de sorpresa. La tela estaba llena de duras líneas verticales negras. Con tantos tonos de verde a su disposición, ¿por qué no pintaba al menos la jungla del color correcto?

Pero ahora no tenía tiempo para comentarios artísticos.

—¿Has visto a Rafi? —preguntó, sin resuello.

—No, cariño —respondió él, a la vez que le dirigía una mirada cansada a Cosquilla, que estaba encima del cuadro, moviendo la cola de forma casi amenazadora—. Y, la verdad, en este momento daría lo que fuese por ver a otro ser humano.

En respuesta, Cosquilla cogió un tarro de pintura negra y empezó a tirarla de un lado al otro del estudio.

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—¡No! —Su padre saltó del taburete e intentó arrancarle al mono el tarro de las manos. Volaron goterones de pintura por todas partes, que aterrizaron en su camisa blanca, en el suelo, en el techo—. ¡Cosquilla, suelta la pintura! ¡SUELTA LA PINTURA!

El animal empezó a chillar con ruidos sospechosamente parecidos a carcajadas. Al padre de Silver se le había puesto la cara del color de una cereza, y parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas.

—¡Mira en el quirófano! —gritó—. Hace poco he visto a Ana correr hacia allí. Igual está con ella.

Silver salió, dejando que siguieran con su pelea. Aunque era plena tarde, las luces del quirófano estaban encendidas y, desde más de diez metros de distancia, le llegó un pestazo a desinfectante tan fuerte que, más que olerlo, fue como chocar contra él.

La puerta estaba cerrada, así que se puso de puntillas y miró por la ventana. Ana estaba a un lado de la mesa de operaciones. Llevaba ropa y mascarilla quirúrgicas, y tenía un escalpelo en la mano izquierda. Del otro lado, mirando con atención —y un poco nervioso— estaba Óscar.

¿Y sobre la mesa? Era difícil distinguirlo. Desde luego, no era una tortuga. La criatura tenía extremidades largas y un pelaje marrón muy denso.

—Oh —soltó Silver—. Oh, no.

Encontró a Rafi sentado fuera, en el suelo. En una mano tenía una pelota de tenis que hacía rebotar una y otra vez en la tierra. Veloz estaba hecha una bola en su regazo. Había un biberón tirado a un lado. El perezoso tenía rastros de leche en la boca.

—¡Oh! Pensé que… que Veloz estaba ahí dentro.

Rafi se sorprendió al ver a Silver con un vestidito.

—Es otro perezoso. Mi padre lo ha encontrado en el pueblo. Se había electrocutado con un cable mientras intentaba rescatar a su bebé.

—¿Se… se va a poner bien?

—La cría no. La madre… —Hizo rebotar la pelota con fuerza—. Veloz está muy afectada. Le recuerda a lo que le pasó a la suya.

El rastro de lágrimas en el rostro de su amigo mostraba que Veloz no era la única afectada. Rafi no le había contado mucho a Silver sobre su propia madre. Solo sabía que era canadiense, que los había dejado y que era por eso por lo que el padre y los dos niños habían regresado a Costa Rica. Era un tema delicado.

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—Recuerdo… cuando me operaron de urgencia —dijo la niña, que se apoyó en la pared y se dejó caer hasta quedar sentada al lado de Rafi—. Me caí del roble que tenemos en casa, en Inglaterra, y me rompí el brazo por tres partes. Tenía tanto miedo que creía que se me iba a salir el corazón por la boca. —Hizo una pausa. El dolor había sido tan fuerte que había enterrado el recuerdo casi del todo, un poco como una tortuga enterrando sus huevos. Agitó el brazo ante su amigo—. Pero mira: quedó perfecto. Seguro que el perezoso de ahí dentro también. —Justo entonces le vino a la cabeza por qué estaba allí. Se levantó de un salto—. Rafi, tengo que mostrarte una cosa en la playa. Es Muy Importante.

—¿Ahora mismo?

—Sí, ahora mismo. Podemos llevarnos a Veloz. —Rafi no pareció muy convencido, así que ella bajó la voz—. Una tortuga laúd ha puesto huevos. Justo debajo del árbol.

—Eso es imposible. No se ha visto a ninguna tortuga laúd por aquí desde…

—¡Desde hace casi dos años, sí, sí, ya lo sé! —lo cortó impaciente—.

Pero hoy había una. La he visto.

—Sería una tortuga verde. Es fácil confundirlas.

—¡No era una tortuga verde! ¡Era una tortuga laúd, te lo juro! ¡Era enorme! La más grande que he visto en mi vida, con un caparazón como de cuero y con puntitos blancos por todas partes. Ha puesto los huevos debajo del árbol. De tu árbol. —Aún tenía impresa en las retinas la imagen de cómo había alzado la cabeza para mirarla—. Es lo más alucinante que… que… Tenías razón, Rafi: ha sido… mágico.

Algo en el tono de Silver hizo que él se quedara muy quieto. Se frotó la cara.

—¿Tú qué crees, Veloz? ¿Dice la verdad?

El perezoso ladeó la cabeza. El rastro de leche que le bajaba por el cuello hacía difícil tomárselo en serio, pero Rafi lo escuchó con gran atención.

—¿Estás segura? —Puso los ojos como platos—. ¿Segura del todo? Fuera lo que fuese lo que contestó Veloz (Silver no oyó nada), Rafi

también se levantó de un salto y se echó al perezoso al cuello. —¡Vamos!

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CAPÍTULO DIECINUEVE

Nueva vida

LOS DOS CORRIERON HASTA LA PLAYA. Por suerte, estaba desierta: el único movimiento era el de las olas acercándose a la orilla.

Rafi se quedó boquiabierto al ver la zona de arena removida. Tomó notas muy detalladas de las huellas que iban hacia el agua. Las midió cuidadosamente, junto a todo lo demás, con una cinta métrica que siempre llevaba en el bolsillo trasero por si acaso.

—¡Caramba! ¡Tenías razón, Silver! ¡Solo podía ser una tortuga laúd! —La niña soltó un suspiro de alivio grande como una tortuga. Él dio unas palmaditas de apreciación en la arena y susurró—: Aquí debajo hay unos cuantos de los animales más escasos del mundo.

Rascó suavemente con la punta de los dedos.

—¿Qué haces?

—Comprobarlo. No pasa nada —se apresuró a contestar su amigo al ver la cara de Silver, que quizá mostraba más horror del que pretendía—. Tenemos que contarlos.

—¿No sería mejor esperar a Ana o a tu padre? —preguntó la niña, mordiéndose el labio—. O aunque sea a tu hermano.

Rafi irguió los hombros, casi ofendido.

—Sé contar huevos perfectamente.

—Sí, claro —replicó Silver con tono tranquilizador—. Solo pensaba que quizá sería mejor esperar a que venga alguien más. Para hacer que todo sea más… oficial.

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—Tienes razón —gruñó él—. Pero tampoco va a pasar nada por echar un vistazo. Prometo ir con cuidado.

La niña se puso en cuclillas a su lado. Sí: la tentación de echar un vistazo era irresistible.

Como un arqueólogo excavando para desenterrar alguna piedra preciosa, Rafi apartó la arena hasta dejar al descubierto una sorprendente cantidad de huevos, del tamaño de pelotas de golf, todos juntos en el centro del hoyo.

—¡Son muchísimos! —exclamó Silver.

—Pues sí. Debe de haber unos ochenta. Pero no todos están fertilizados. ¿Ves esos de arriba, los de un color un poco diferente? Están vacíos. No sabemos por qué hacen eso las tortugas. Quizá para que, si aparece un depredador, no se lleve los de verdad.

Los apartó para dejar al descubierto los de abajo, que tenían una cáscara ligerísimamente más azulada, como si fuesen de porcelana. Parecían objetos dignos de un museo.

Los dos suspiraron profundamente a la vez. Sin decir nada, ella cogió a Rafi de la mano. Tenía la palma calurosa y sudada, pero, en fin, ella también.

—Pura vida —murmuró él, maravillado.

—¿Podemos tocar uno?

El chico dudó.

—Bueno. Pero solo uno. —Silver le dejó elegir. Era lo justo—. ¿Qué te parece, Veloz? ¿Cuál cogemos? —El perezoso ni se movió, pero él asintió igualmente—. Vale, de acuerdo.

Llevó la mano al centro del hoyo. Los dedos le temblaban un poco. Se mordió el labio, muy concentrado. Cogió uno muy despacio. Lo sostuvo haciendo un hueco con las dos palmas, como si fuese un objeto delicado y precioso. Puso cara de gran satisfacción. Un momento después se lo pasó a Silver con mucho cuidado.

—Ahora tú.

Era más ligero de lo que ella esperaba. La cáscara era como de goma.

Era menos ovalado que uno de gallina, pero también mucho más valioso.

Soltó un resoplido largo y entrecortado. La responsabilidad de tenerlo sin cometer una torpeza, como, por ejemplo, que se le cayese, le resultó demasiado. Lo devolvió con los otros.

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—Ha elegido un buen lugar. —Rafi carraspeó—. Lejos de la orilla y a la sombra.

Una de las primeras cosas que le había contado a Silver era que la temperatura de la arena influía a la hora de que las crías acabaran siendo macho o hembra. Si estaba muy caliente, serían machos. Por eso, el calentamiento del mundo era un gran problema para las tortugas: no nacían las suficientes hembras como para que pudiesen volver a reproducirse y mantener la especie.

—Esta tortuga sabía lo que hacía —dijo, orgulloso.

Dibujó una X en la arena con el dedo y anotó la localización exacta.

—¿Cuánto tardan en nacer? —le preguntó Silver a continuación.

—Unos sesenta días.

—¿Sesenta días? ¡Eso son dos lunas! —Miró horrorizada a Rafi—. ¡Una eternidad!

—Por eso los llevamos al vivero, para que puedan incubarse a salvo de depredadores y traficantes.

—¿Y si la madre regresa a ver cómo están los huevos? ¿No va a ponerse triste?

—No va a regresar.

—¿Nunca? —bufó Silver—. ¿Por qué?

—Porque son animales salvajes. No son como las madres humanas. En fin, como la mayoría de las madres humanas. —Por un momento se le ensombreció el rostro—. Pero mira: ha vuelto a esta playa, la misma en la que nació. Ha nadado un largo trecho para dar a sus crías las mejores posibilidades de supervivencia. Y cuando las crías crezcan harán lo mismo.

Silver contempló una vez más los huevos. Recordó el juramento que le había hecho a la madre sobre protegerlos. De repente sintió un deseo feroz, tan fuerte que ella misma se sorprendió.

—Por eso —añadió Rafi—, ahora nuestra misión es asegurarnos de que sobrevivan cuantos más mejor.

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CAPÍTULO VEINTE

Un milagro

—TE DEJO A VELOZ para que te proteja —dijo Rafi, poniendo al perezoso

alrededor del cuello de Silver—. Ah, y mejor que también tengas esto. — Le dio su lanza casera, que había cogido de la cabaña del árbol—. Por si acaso.

—¡No tardes! —gritó ella.

El niño ya había echado a correr hacia el Centro para avisar a los adultos.

Silver miró nerviosa a su alrededor, desde la orilla donde el mar rompía hasta la jungla que parecía acercársele poco a poco por la espalda y que se extendía impresionante hasta donde alcanzaba la vista. El Centro era minúsculo comparado con los kilómetros y kilómetros de naturaleza que lo rodeaban.

Tragó saliva. Rafi había vuelto a cubrir los huevos, pero había un montón de depredadores acechando en la jungla. No solo jaguares, también serpientes, buitres y hasta humanos.

¿Y si de repente aparecía alguien? ¿Cómo iba a defenderse? Solo tenía un palo y una cría de perezoso. Y solo se había metido en una pelea, que además no contaba, porque había sido durante la obra de Navidad del año anterior, cuando el burro le dio una coz y ella se la devolvió. Esto era muy diferente.

Al menos no estaba sola. Era la primera vez que tenía a Veloz. La calidez del animal en torno al cuello le daba seguridad. Su tacto era tal

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cual se lo había imaginado, como el de un gato. Se le apretó un poquito más. Sintió su suave respiración en la oreja y el cosquilleo de su aliento en la piel.

El tiempo pasaba ruidoso. Los chillidos repentinos que a saber de dónde venían, los aullidos de los monos, los gritos de los buitres… hacían que el corazón le diera un vuelco. Intentó mantener la calma concentrándose en el mar. Los voluntarios echaban el resto por proteger a las tortugas, pero era una misión imposible. Las olas no paraban de depositar objetos en la arena —trozos de madera, conchas, viejas redes de pesca, fragmentos de plástico— que podían suponer un peligro para los recién nacidos. Protegerlos de los depredadores era aún más difícil. Como prueba de ello, a pocos metros había unos cascarones rotos y los restos de una cría de tortuga verde.

Se le retorció el estómago. Era duro pensar que el inicio de la vida pudiese ser un campo de batalla. ¿Sentiría lo mismo su madre, sabiendo que cada uno de sus óvulos contenía las primeras y frágiles células de un nuevo ser humano, pero sin que ninguno de ellos, a saber por qué, llegara a desarrollarse?

Y es que no eran solo huevos. Y no eran solo óvulos. Eran vida.

Tocó la arena con suavidad. Qué raro: por primera vez era consciente de su propia existencia y de que era todo un milagro. No solo el estar sentada en aquella playa, sino en el propio planeta. Hasta entonces había sido algo que daba por supuesto, como encontrar leche en la nevera o los cereales en la despensa.

—Y, aun así, aquí estoy —le susurró a Veloz—. Lo conseguí.

Sintió como si algo se hubiese removido en su interior. A fin de cuentas, esas no eran cosas que se pensaban cada día. Eran cuestiones muy serias e importantes, tan enormes que apenas le cabían en la cabeza. La conclusión era que quizá, solo quizá, ella misma fuera más única y preciosa de lo que creía posible.

Habría seguido pensando un buen rato más en esas cuestiones, de no ser por el rugido que le llegó desde la jungla, justo tras ella. Un rugido muy siniestro y feroz. Un rugido que solo podía pertenecer a una criatura: un jaguar.

Silver tragó saliva y agarró más fuerte la lanza. En su cuello, Veloz sacó las uñas.

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El rugido volvió a sonar, esta vez aún más cerca. Tan cerca que hizo que las hojas temblaran.

—En fin, Veloz —dijo con voz no muy valiente—, ha sido un placer conocerte.

Y entonces, corriendo hacia la playa, apareció Ana, seguida por Rafi, José y Óscar.

—¿Qué… te pasa… en la cara? —le preguntó el niño jadeante, sin aliento, tras detenerse ante ella.

Silver señaló hacia la maleza.

—¡Ja… ja… jaguar!

Ana abrió la boca y soltó un chillido. Era un grito difícil de describir, una mezcla de bramido de elefante, rugido de oso polar hambriento y explosión volcánica… y tan alto que la niña pensó que le iba a reventar los oídos.

—Con esto será suficiente —dijo Ana, y se arrodilló junto a los huevos

—. Bueno, ¿qué tenemos aquí?

Óscar sacó una brocha muy pequeña del bolsillo y apartó la arena hasta

revelar el glorioso grupo de huevos. Aunque ya los había visto, Silver no pudo evitar respirar hondo. Los demás hicieron lo mismo.

Después de unos segundos de silencio, todas las miradas se posaron en Ana. Nadie dijo nada.

—Huevos de tortuga laúd —afirmó ella por fin, muy contenta—.

¡Santa María! Esto sí que es un milagro.

Fue cogiéndolos uno a uno mientras Óscar los contaba. Eran ochenta y cuatro en total, sin contar los no fertilizados de arriba. A primera vista parecían todos iguales, pero esta vez Silver notó pequeñas diferencias entre ellos, tan pequeñas que eran indetectables si una no se fijaba bien.

Una vez contados, los huevos se depositaban en una robusta caja de madera forrada de arpillera por dentro. Óscar fue el encargado de transportarla. Rafi miró a su hermano con envidia.

—No es justo —protestó—. ¡Siempre le toca a él hacer lo mejor!

Al llegar al vivero, Ana abrió la cerradura. Silver no había entrado nunca. Contó más de veinte estacas de madera, de aproximadamente medio metro de altura, que sobresalían del rectángulo de arena protegido por una valla.

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Sabía que las estacas señalaban dónde había huevos enterrados. Cada una tenía una etiqueta con información importante escrita:

1. La especie de la tortuga.

2. La cantidad de huevos en el agujero.

3. La fecha en que los huevos habían sido descubiertos en la playa y se habían vuelto a enterrar en el vivero para su cuidado.

Todo estaba colocado siguiendo un cierto orden. Casi un tercio del espacio del vivero estaba ocupado por huevos de tortuga verde, que era la más habitual en la región. También había una buena cantidad de huevos de tortuga carey, un puñado de huevos de tortuga boba, y, al fondo, una parte vacía, reservado para la clase de tortuga menos frecuente de todas.

Ana fue hasta esa parte.

La noticia del hallazgo había viajado rápido por la jungla; al poco, el vivero estaba lleno de voluntarios y empleados. Paolo hasta soltó unos «¡Viva!» cuando Óscar dejó en el suelo el contenedor.

Cogió una pala e iba a empezar a cavar cuando Ana alzó un brazo. —Chispita —dijo, mirando a Silver—, tú los has encontrado. Lo justo

es que tú caves el hoyo.

A su lado, Rafi abrió los ojos como platos, como si aquel fuese el mayor honor del universo.

—¡Qué chiva! ¡Uau!

Un poco sorprendido, Óscar le pasó la pala a la niña. Era mucho más pesada de lo que parecía; necesitó de casi todas sus fuerzas para que no se le cayera. Con la timidez de saberse mirada por todos, empezó a cavar. Por suerte, la arena no estaba muy apretada, y no le costó mucho hacer un buen hoyo.

Ana fue colocando los huevos dentro, uno por uno. Al acabar, Óscar volvió a cubrirlos con la arena. José clavó encima una estaca con una nota.

Tipo: tortuga laúd

Núm. de huevos: 84

Fecha: 28 de marzo

—Y ahora, a esperar —dijo Ana—. A esperar a que nazcan.

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CAPÍTULO VEINTIUNO

Esperar, esperar, esperar

DADOS LOS RECIENTES ROBOS de huevos de tortuga más arriba en la costa,

Ana consiguió sacar fondos del presupuesto como para contratar a un guarda para el vivero, un costarricense cuadrado que se llamaba Santiago y había venido del pueblo de al lado. Esa seguridad extra hizo que Silver se sintiera un poco aliviada.

Durante los días siguientes visitó el lugar tanto como pudo. Iba a primera hora de la mañana, cuando la jungla estallaba en sonidos. Iba a la hora del almuerzo, después de ayudar a José a limpiar las peceras. Hasta iba por la noche, cuando las estrellas parpadeaban en el cielo.

Aunque la verdad es que no podía ver gran cosa. No tenía visión de rayos X que le permitiera ver dentro de los huevos y comprobar cómo crecían las crías. Lo que veía en cada una de sus visitas era un puñado de arena.

A otros eso les podría parecer lo más aburrido del mundo, un poco como sentarse delante de la lavadora o quedarse mirando cómo se secaba uno de los cuadros de su padre.

Pero para ella era algo único. Cada día que pasaba era un día menos hasta que los huevos se abrieran, y aquel era el momento que más esperaba: el de soltar a las crías en el mar. Rafi le contó que eso siempre se hacía una noche de luna llena —de hecho, allí se la conocía como «noche de las tortugas»—, y que era el espectáculo más increíble de todo el universo.

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Silver no era la única que estaba impaciente. Más de una vez había visto a Ana contemplando el trozo de arena con una mirada de lo más intensa. Rafi también iba cada día, y José, Óscar, los empleados y los voluntarios acudían a menudo; todos estaban como hipnotizados. Los únicos que no parecían interesados eran las dos personas más importantes de la vida de Silver: sus padres.

Al principio los llevó. Pero él, tras echarle un vistazo rápido a la arena, miró el reloj, ansioso porque iba retrasado en su trabajo (decía que por culpa de Cosquilla, que lo fastidiaba tanto como podía). Y ella se quedó mirando un buen rato en silencio, hasta que por fin tuvo un escalofrío y dijo:

—Esto me recuerda a un cementerio.

Lo que más molestó a Silver fue que su padre estuvo de acuerdo.

—Te entiendo —le dijo, mordisqueando su pincel—. Es por las filas de estacas. Resulta un poco siniestro.

La niña volvió a mirar, incrédula. ¿Cómo podían decir eso? Seguramente porque él estaba tan obsesionado con sus pinturas oscuras y deprimentes que había olvidado reconocer el color cuando lo tenía delante de las narices. ¡Y en cuanto a ella, ser veterinaria tendría que haberla ayudado a comprender la santidad del lugar!

—No es un cementerio —murmuró Silver—. Es una maternidad. Sintió como si de alguna forma hubiese fastidiado a sus padres

llevándolos allí.

Casi había pasado un ciclo lunar entero desde que los huevos estaban a salvo en el vivero, y Silver estaba sentada a la sombra del árbol de zapote, rebosante de frutos marrones y peludos. Ponía todo su empeño en hacerse una pulsera de cuentas —una de las voluntarias le había enseñado— cuando de repente se sobresaltó.

¿Aquella mujer que estaba a un lado del hospital hablando con Ana era su madre? Sí. Seguía llevando el forro polar rojo muy apretado, aunque el sol era fuerte. Las dos mujeres parecían muy enfrascadas en su conversación, tanto que ni notaban a la gente que tenían cerca. De vez en cuando, Ana hacía como si cortara el aire con medio brazo, enfatizando algo que acababa de decir. Aunque era casi treinta centímetros más baja

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que la madre de Silver, aquella mujer mayor parecía tener tanta energía que hasta dejaba pequeña a la veterinaria.

Entonces Ana abrió la puerta del edificio de las jaulas. Silver pudo entrever en una de ellas al perezoso que se había electrocutado, y que ahora estaba tumbada de lado, con la espalda peluda hacia la puerta. La madre de Silver negó un par de veces con la cabeza, pero, tras una nueva conversación intensa —tanto que más bien parecía una batalla—, por fin asintió, resignada. Ana la hizo pasar y cerró la puerta.

Silver, a su vez, agitó la cabeza, intentando solucionar aquel misterio. ¿Por qué tenía Ana tantas ganas de que su madre viera al perezoso? Rafi le había contado que el animal estaba fuera de peligro, pero deprimida por haber perdido a su cría. Ella no sabía ni que los perezosos pudieran deprimirse, pero Rafi le había insistido mucho en que todos los animales tenían sentimientos. Pero ¿qué podía hacer la madre de Silver? Seguía insistiendo en que no había viajado hasta allí para trabajar.

A la niña no le dio tiempo de hacerse preguntas.

Cosquilla salió del estudio corriendo y gritando a pleno pulmón. Fue hasta el borde de la jungla y lanzó un tarro de pintura negra con una especie de risotada. Cinco segundos más tarde, su padre también salió corriendo y gritando a todo pulmón:

—¡COSQUILLA! ¡DEVUÉLVEME MI PINTURA!

Cuando Silver regresó a casa, tras hacer una parada para dar de comer a Luna y a las dos tortugas carey, su madre ya estaba allí, dormida en la hamaca.

La niña bostezó. Ser voluntaria era un trabajo duro, muy físico. Y, con la estación de lluvias que ya se acercaba, el aire estaba aún más pegajoso de lo habitual. Estaba acalorada, pringosa, y necesitaba un buen trago de zumo de coco.

Iba a entrar en la cocina cuando vio que a su madre se le había caído el libro al suelo. Mejor cogerlo, no le gustaban nada los lomos con arrugas. Había manchitas de agua por toda la página. No, no era agua. Las olisqueó. Eran lágrimas.

Intentó leer la hoja. Iba de una mujer perdida en un valle. No parecía haber nada demasiado deprimente. A ver: si uno se pierde, le pregunta a alguien cuál es el camino y listos, ¿no? Aunque, claro, a saber cómo

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funcionaba la mente de los adultos. Iba a cerrar el libro cuando una mariposa azul preciosa se posó en la página, sobre una de las manchitas.

Rafi le había contado que en algunos países de Sudamérica las mariposas bebían lágrimas de tortuga para alimentarse del sodio. Quizá esta estuviera haciendo lo mismo. Silver cruzó los dedos primero de las manos y después de los pies, como rogando. Se había resignado a la idea de que no podía hacer nada por mejorar los ánimos de su madre. Pero quizá, si la mariposa se bebía parte de su tristeza, podía quitársela un poco.

Fuera lo que fuese lo que hizo la mariposa, funcionó.

Al día siguiente, su madre se despertó antes que nadie y fue a preparar café. Hasta le hizo a Silver un batido con chocolate espolvoreado por encima para desayunar. Nunca hacía eso excepto en los cumpleaños.

—He decidido ayudar en el refugio —anunció, sorprendiendo a Silver y a su padre—. Solo un par de horas al día.

Así que de eso había tratado la conversación con Ana del día anterior…

—¡Vas a cuidar del perezoso! —dijo Silver con un gritito.

Su madre asintió. Tenía una luz en los ojos que no veía desde hacía muchísimo tiempo.

Iba a dedicarle su «danza de la felicidad» —que reservaba para las ocasiones más especiales— cuando Rafi subió ruidosamente los escalones de la entrada. Se había quedado sin resuello; apenas era capaz de hablar.

—¡Lo-lo-los huevos! —soltó—. ¡Han intentado robar los huevos!

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CAPÍTULO VEINTIDÓS

Empollando un plan

A RAFI LE LLEVÓ DIEZ MINUTOS contar la historia, y ni siquiera después de todo ese rato, Silver estuvo segura de haberla entendido bien.

—A ver si me aclaro. —Los dos estaban sentados frente a frente en la casita del árbol—. Dices que Santiago, el guarda, fue un momento al baño y, cuando volvió, se dio cuenta de que habían roto el candado.

Rafi estaba recostado en el pupitre y tragaba aire a grandes bocanadas.

Tenía a Veloz colgándole de forma precaria del cuello.

—¡Hace siglos que le digo a papá que tiene que poner una cámara de vigilancia en el vivero! —se lamentó—. Pero dice que eso es muy caro.

—Entonces, ¿Santiago no vio a la persona que intentó entrar? El chico negó con la cabeza.

Silver, frustrada, le pegó un puntapié a uno de los troncos-taburete. —¡Ay!

Estaba furiosa. No con Rafi, sino con quien fuese que había intentado robar los huevos. Pero, como no sabía quién era, concentraba esa furia en cualquier cosa.

Además, y aunque jamás lo admitiría, estaba asustada. ¿Y si Santiago no hubiese regresado a tiempo? Los huevos ya no estarían, y Silver habría roto la promesa que le había hecho a la tortuga madre. Por alguna razón que ni ella misma comprendía, cumplirla le parecía más importante que nunca.

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Veloz, que entendía que la rabia solo era otra forma de expresar tristeza, saltó a enrollarse al cuello de la niña y hacerle mimitos. Pero, por desgracia, lo único que consiguió fue hacerla sudar aún más de lo normal.

—Antes de sacar conclusiones, eliminemos a posibles sospechosos — dijo, pensando en los libros de detectives que le gustaban a su madre—. Hoy había un montón de gente en el Centro.

Además de los voluntarios, estaban el hombre que les traía cada mes el material de veterinaria, un pequeño grupo de profesores del pueblo de al lado que habían ido a debatir posibles programas educativos, y hasta un pescador local. Este último era el más sorprendente. Le había llevado a Ana cincuenta huevos de tortuga verde que había encontrado en una playa cercana. Le pagaban una cantidad por cada uno. Rafi le había contado a Silver que el pescador —y otros como él— antes hubiesen vendido los huevos en el mercado negro. Lo de pagarles había sido iniciativa de Ana, que decía que era imposible acabar con una costumbre de tantos años, sobre todo si obtenían beneficios; había que compensarlos por lo que dejaban de ganar.

—Sé que Gustavo antes robaba huevos. Pero de eso hace mucho. No… no creo que haya sido él.

—Entonces, ¿uno de los voluntarios? —Silver sabía que preguntaba por preguntar, pero no tenían pistas que seguir—. Alguien que, no sé, haya ido a trabajar al Centro con el objetivo oculto de hacerse con los huevos y venderlos.

Rafi puso cara de rabia.

—¡Juepucha! ¡Eso sí que sería tener mala intención!

—La gente es capaz de hacer las cosas más raras cuando hay dinero de por medio. Mi padre dice que todo lo escaso se considera automáticamente más valioso.

—O sea, que no podemos descartar a nadie. —Rafi miró a Silver con cara de sospecha.

—¿Qué pasa? ¿Crees que yo sería capaz de robarlos?

—Tú no, pero… quizás alguien cercano a ti…

—¿Mis padres? ¿Para qué iban a querer huevos de tortuga? —Me dijiste que no parecieron muy interesados por el vivero.

—¡Sí, pero esa no es ninguna razón! —le espetó ella—. ¡Ya puestos, puedes añadir a Ana a la lista! ¡O a tu padre y tu hermano!

—¡Eso es ridículo!

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—¡Y acusar a mis padres también!

Se miraron con rabia el uno al otro, hasta que Veloz soltó un aullido. Y, como no le hicieron caso, mordió a Silver en una oreja.

—¡AY!

—Ya vale, Veloz —dijo Rafi—. Suéltala.

La niña se frotó la oreja.

—¿Y a esta qué le pasa?

—Los perezosos son muy sensibles. Le duele ver que nos estamos peleando.

—Tiene razón. No tendríamos que pelearnos, sino averiguar quién es el ladrón. —Se rascó el punto de la mejilla donde le había picado un mosquito—. ¿Y si simplemente fue alguien que se coló en el Centro? Es lo que pasó en el otro refugio de la costa, ¿no? Igual alguien oyó algo sobre los huevos de tortuga laúd y vino especialmente para…

—¡Ana les pidió a todos que mantuvieran el secreto!

—Bueno, pues o alguien habló más de lo que debía, o fue casualidad —replicó Silver con tristeza, mientras su amigo caminaba arriba y abajo por el pequeño espacio.

Entonces se coló en su mente otra idea: ¿y si los ladrones volvían? Veloz soltó un gritito, se desenrolló del cuello de Silver y saltó al

escritorio, haciendo que algo cayera al suelo.

La niña lo recogió.

—¿Qué es esto?

—Nada —murmuró Rafi. Las mejillas se le pusieron rojas del todo—.

Una tontería en la que estaba trabajando.

—Algo será. —Miró el objeto de cerca—. ¿Es un huevo?

—No es de verdad. Es un huevo falso. Una de las voluntarias del año pasado era escultora. Los hacía para venderlos como recuerdos.

—¿Y?

—Lo vi en internet. Hay una chica en Estados Unidos. Se llama Marina. Tiene un canal en el que habla de ballenas y sus rutas de migración. Es muy interesante, y tiene un montón de datos sobre los animales. A veces está con ella su amigo Río, que, ¡alucina!: es capaz de oír a las ballenas grises.

Silver alzó una ceja, impaciente. Todo eso estaba muy bien, pero ¿qué tenía que ver con huevos falsos?

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—Vaaale. —Rafi se dio cuenta y decidió ir al grano—. Los dos tuvieron la idea de seguir a las ballenas grises mediante un rastreador submarino que se les pega a la piel. Es muy pequeño, como una pila plana, y no les hace ningún daño. Y se puede usar con cualquier otra cosa, hasta con algo del tamaño de…

—¡De un huevo de tortuga!

—¡Exacto! Escondes el rastreador dentro de uno de estos huevos falsos, y, si lo roban, ya tenemos la forma de encontrarlos.

Los dos se dieron una palmada en el aire.

—¡Eso no es ninguna tontería! ¡Es superingenioso!

—¿Tú crees? —Rafi volvió a ponerse colorado—. Óscar dijo que era una chorrada.

—Óscar será tu hermano mayor, pero eso no quiere decir que siempre tenga razón.

—In-intenté hacer un rastreador con partes de un viejo walkie-talkie y una pila… —Puso cara de carnero degollado—. Pero no funcionó.

¡Ajá! ¡Así que eso era lo que intentaba ocultar la primera vez que Silver estuvo en la casita!

—En fin —siguió él—. He encargado un rastreador, pero hay un problema. —Extendió una mano para acariciarle una patita a Veloz—. Todo el correo que llega al Centro se lo entregan directamente a Ana.

—¿Y por qué iba a ser eso un problema?

—Ya lo verás.

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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Ana

EXACTAMENTE CUATRO MINUTOS y treinta y tres segundos después, Rafi,

Silver y Veloz estaban junto a la puerta del despacho de Ana. Rafi llamó. —¡Adelante!

Silver respiró hondo para darse valor y abrió.

Al instante comprendió el problema. El lugar no era más grande que el estudio de su padre en la casa de Inglaterra, e, igual que el de él estaba repleto de cosas relacionadas con el arte, el de Ana estaba hasta los topes de toda clase de artefactos arqueológicos que claramente había conseguido en sus viajes. Todas las estanterías estaban abarrotadas de fotos enmarcadas, libros con signos de ser muy consultados, y un gran surtido de estatuillas de animales hechas con los restos de madera que iban apareciendo en la playa. El enorme escritorio de caoba casi parecía a punto de venirse abajo por la cantidad de sobres doblados, una caja de puros cubanos y un diario abierto en el que alguien había marcado un artículo que iba acompañado de una foto de tortugas recién nacidas.

De repente, Ana apareció detrás de la mesa, con el ceño fruncido. En la mano izquierda tenía una factura con pinta de último aviso. A su lado estaba Mórder, que soltó un ladrido y casi hizo que Silver diera un salto del susto.

Ana miró el diario con disgusto y lo tiró a la papelera, que ya estaba desbordada.

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—Ya son demasiados robos. —Rafi abrió la boca para decir algo, pero ella alzó una mano—. Ya sé a qué habéis venido.

—¿Ah, sí? —preguntó Silver. Era imposible: el plan se les acababa de ocurrir hacía unos pocos minutos.

—Déjame un momento a solas con la chica —le dijo Ana a Rafi. Él se encogió de hombros.

—¿Conmigo? —se extrañó ella.

—Sí, contigo, claro. —Miró a Silver con un brillo en sus ojos oscuros —. No soy como Rafi, no hablo con los monos. Aún.

Él carraspeó, se colocó bien a Veloz en el cuello y fue hacia la puerta.

Cuando la cerró desde fuera se hizo un silencio incómodo en el despacho.

Silver miró a su alrededor, nerviosa.

¡Juepucha! Casi se le salió el corazón por la boca. Por encima de la cabeza de Ana había una araña enorme, del tamaño de su mano. Estaba agarrada al techo, boca abajo, y parecía como si se limpiara los colmillos. A la niña le dio un escalofrío.

—Has venido por tu madre.

—¿Por mi madre? —Silver parpadeó, sorprendida—. Pero…

Ana cogió un puro de la caja, se lo metió en la boca y, sin encenderlo, hizo como si echara humo imaginario.

—Me calma los nervios —explicó, viendo la cara de extrañeza de Silver.

—Ah. Ya lo entiendo —dijo, aunque no entendía nada.

—Bueno. Voy a contarte una historia. Y no es una historia que le cuente a cualquiera, ¿entiendes? Pero tú encontraste los huevos de tortuga laúd y mereces oírla.

Silver iba a replicar algo, pero Mórder le mostró las fauces y decidió que mejor no.

—No tengo hijos. —Ana se sentó, posó los pies sobre la mesa, se reclinó en su silla y soltó un suspiro—. Quería tenerlos, pero no pudo ser.

La niña la miró con curiosidad. Aquella no era para nada la clase de historia que había estado esperando oír. Prestó atención, intrigada.

—Verás —siguió Ana—, las mujeres como yo… no acostumbramos a hablar de estas cosas. Apretamos los dientes y seguimos adelante, hacemos como si no pasara nada.

Silver asintió. A menudo se preguntaba por qué su madre no le había contado a nadie del trabajo sus problemas. Quizá prefería mostrarse fuerte,

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infalible, capaz de todo… de todo menos de tener otro hijo.

—Supe lo de tu madre en cuanto la vi. Por la expresión en sus ojos. Por encima del escritorio, la araña se había descolgado del techo y

pendía de un hilo invisible en el aire. Silver sintió cómo el sudor le bajaba por la espalda.

—La verdad, Chispita, es que no es fácil cuando la vida te da un empujón y te aparta de tu camino. ¿Sabes lo peor que se puede hacer cuando pasa algo así?

—Hum…

—Quedarse amargada. Mírame. —Hizo como si echara otra bocanada de humo de su puro apagado—. Podría haber seguido perdida, pasarme años y años viajando por todo el mundo. Pero ¿de qué hubiese servido? De nada. Así que ¿sabes qué hice? Cogí las piñas y me hice un zumo bien dulce.

—¿No tendrían que ser limones? —preguntó Silver, sin dejar de mirar ansiosa a la araña, que estaba cada vez más cerca de la cabeza de Ana—. Digo, por la frase esa de que «si la vida te da limones…».

—Sí, pero no funciona si ya te gustaban los limones desde antes. —Le guiñó un ojo—. Crees que si no tienes un hijo no vas a poder vivir tú misma. Falso. ¡Todo está lleno de vida! Solo tienes que ser un poco más imaginativa para encontrarla. Ah, ahí viene Ariadna. O Ari, como prefiere que la llamen.

La araña aterrizó sobre la mesa y se acomodó en un cenicero vacío.

Silver se quedó un momento contemplándola, admirada.

—La vida es creación. ¿Me oyes, Chispita? La vida ES creación. Y la creación se presenta de muchas formas diferentes. —Bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia delante, con expresión decidida—. La gente dice que he salvado a las tortugas, pero yo no lo veo así. Las tortugas me salvaron a mí. Hay gente que tiene niños y hay gente que tiene tortugas. Yo… bueno, yo estaba destinada a las tortugas.

Mientras Silver la miraba, Ana rebuscó en uno de los cajones del escritorio, hasta sacar un paquete pequeño envuelto en papel marrón. Sin molestarse en mirar la etiqueta, se lo lanzó con precisión a la niña, que tuvo buenos reflejos como para cogerlo al vuelo.

—Esto es para Rafi.

Silver se había quedado sin palabras. Solo pudo apretarse el paquete contra el pecho.

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—Ah, y un consejo —añadió Ana, mientras la araña volvía a subir hacia el techo—: tienes que tejerte exactamente la vida que quieras. ¿Me has oído? Exactamente la vida que quieras tú.

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CAPÍTULO VEINTICUATRO

El huevo falso

OCULTOS TRAS UN ARBUSTO con hojas a rayas como las de un tigre, que

era uno de los que había en el Centro que más le gustaban a Silver, le dio el paquete a Rafi. Él lo abrió a tirones, ansioso. Dentro había un objeto con forma de pila plana y tamaño como la punta de un dedo.

—¡Qué chiva! Es el rastreador, el que vamos a meter dentro del huevo falso. No es tan poderoso como el que usaron con las ballenas, pero el presupuesto no me daba para más. —A continuación sacó otro aparato más grande—. ¿Este es el controlador? No sé cómo funciona.

—Solo hay una forma de averiguarlo —replicó Silver, y le cogió el rastreador de la mano—. Probémoslo.

Rafi cerró los ojos y ella corrió a esconderlo. Pero ¿dónde? Para que la prueba fuese de verdad, no podía ser un lugar muy fácil.

¡Ah! Se le ocurrió la idea perfecta. Fue hasta el almacén de medicinas, en el que por suerte no había nadie, y se ocultó tras uno de los baúles de metal cerrados con llave en los que se guardaban las pastillas, pociones, cremas y lociones para el tratamiento de los animales. Esperó allí. Confió en que no fuese por mucho tiempo: sentía un poco de claustrofobia. Y además olía a caca de tortuga.

Allí escondida, siguió oyendo por todas partes los ruidos cotidianos y ya familiares del Centro. No solo los chillidos y los aullidos de los animales, sino también a las personas y seres habituales:

José soltando una carcajada.

Bonito gritando un taco.

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Las risas de Paolo, el voluntario italiano, que bromeaba con su mejor amigo.

Y entonces…

—¡ACHÍÍÍS!

Hubiese reconocido ese estornudo en cualquier parte. Su padre debía

de estar pasando cerca, camino del estudio.

—Vale, Cosquilla —lo oyó decir—. Tú ganas: usaré el verde cocodrilo. Admito que era uno de mis colores preferidos.

A pesar del olor a caca, Silver sonrió en la oscuridad. El verde cocodrilo era el color más bonito. Era uno de los que más había usado su padre en Aventura en el bosque, y también en las caricaturas que le dibujaba a ella. ¡A ver si ahora pintaba la jungla con sus colores de verdad!

Cuando la voz desapareció, Silver siguió esperando. Cruzó los dedos, rogando que el rastreador hiciera su magia. Ya casi había contado hasta cien, cuando de repente se abrió la puerta y, unos pasos después, Rafi asomó la cara tras el baúl.

—¡Funciona!

Con mucha maña, Rafi consiguió meter el rastreador dentro del huevo de tortuga falso. Por suerte, al cerrarlo solo quedó una línea casi invisible.

—Listo. Nadie va a notarlo, y menos en la oscuridad y con prisas.

La segunda parte del plan era más complicada: Ana había dejado instrucciones de que el vivero tenía que estar vigilado las veinticuatro horas del día. Tenían que encontrar la manera de esconder el huevo falso entre los de verdad.

—Mejor, ni intentar que no nos vean, y hacerlo a plena luz —propuso Silver después de que los dos discutieran otras opciones más complicadas —: vamos y le decimos a Santiago que queremos comprobar los huevos. Ni siquiera estaremos mintiendo.

Y eso fue exactamente lo que hicieron. Le pidieron al vigilante verlos para asegurarse de que seguían a buen recaudo después del último intento de robo. Él les abrió la puerta del vivero (habían cambiado la cerradura) y los dejó pasar.

Los huevos estaban igual que la última vez. Las cáscaras no habían cambiado en nada. Aunque por dentro seguro que se estaban produciendo

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muchos cambios. Las crías estaban creciendo. Pronto les saldría un bultito con forma de gancho en el morro, que les permitiría abrir el huevo desde dentro. Y, aún más importante, dentro de cada huevo ya había un corazón latiendo.

Mientras Rafi distraía a Santiago con una de sus anécdotas favoritas sobre las tortugas (los embriones sincronizan sus latidos para salir todos del huevo más o menos a la vez), Silver colocó el huevo falso entre los demás.

—Ya estáis a salvo, tortuguitas —susurró.

Les dedicó una última mirada y volvió a taparlos. Después, los dos amigos fueron a la playa.

Mientras el agua le tocaba suavemente los talones, se retiraba y volvía a tocárselos, la niña vio un cangrejo que salía de entre la arena mojada y miraba a su alrededor, curioso. Rafi le pasó a Silver un maracuyá y se limpió la barbilla con la mano.

—Espero que nadie robe los huevos. Pero, si lo hacen, al menos estaremos preparados.

—¡Pero mejor que nadie se atreva a intentarlo! —exclamó Silver, escupiendo unas cuantas pepitas.

Él asintió, pero entonces frunció el ceño y la miró, intrigado. Era una de esas miradas suyas que a ella la dejaban atónita.

—¿Qué quería Ana de ti?

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CAPÍTULO VEINTICINCO

Amigos para siempre

—NADA —MURMURÓ SILVER. Tenía las manos pegajosas por el maracuyá

y se las limpió en los shorts. Pero estaba claro que Rafi esperaba una respuesta más completa. Soltó un suspiro—. Bueno, nada que te pueda interesar.

—¿Por qué dices eso? —Él se limpió las manos en el pelo del perezoso—. Es nuestra amiga, ¿no, Veloz? No sé cómo será de donde vienes tú, pero en la jungla nos preocupamos por nuestros amigos.

Quizá fuese porque Rafi le había recordado su hogar, pero de repente Silver sintió como si tuviese un bulto del tamaño de un huevo en la garganta. Veloz, como si percibiera su tristeza, le saltó al regazo y le cogió un dedo entre los suyos. Sentir los suaves latidos de la criatura resultaba reconfortante.

—Puedes contárnoslo —insistió Rafi—. Lo de no revelar secretos se me da muy bien.

Silver pensó en cómo su amigo había creado STOP y sus patrullas. Era cierto lo de que mantener secretos se le daba muy bien.

—Tú tienes a Óscar —empezó a explicarle, mientras le acariciaba a Veloz la parte suave detrás de las orejas—. Bueno, pues yo no tengo hermanos ni hermanas. Pero… pero no porque mis padres lo hayan querido así.

Rafi la escuchó con la misma gran atención que cuando le hablaba Veloz, como si fuera capaz de oír palabras no pronunciadas.

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—Se pasaron años y años intentándolo —siguió ella—. Pero entre los humanos es diferente. Quiero decir, que mamá no es como una tortuga: no pone millones y millones de huevos.

Hizo una pausa. Recordó la alegría momentánea en casa de los Trevelon cuando su padre pintó la habitación del bebé; algo parecido a cuando el sol atravesaba las copas de los árboles y dejaba charquitos dorados brillantes en el suelo de la jungla.

—Me parece que tantos años esperando y llevándose chascos… al final han sido demasiado para ella.

—Igual que con la mamá perezosa. —Rafi asintió con expresión sabia, como si dentro de su cabeza fuesen encajando las piezas de un puzle.

Silver estaba teniendo una sensación parecida. ¿Por eso Ana había insistido en mostrarle el perezoso a Gerrie, porque las dos tenían algo en común? ¿Había algo que unía a quienes veían frustrada su maternidad?

Veloz se apretó más fuerte contra el vientre de Silver. Ella tenía ganas de seguir hablando del tema. Pero, por mucho que confiara en su amigo, ¿cómo explicarle el torrente de emociones que le provocaba el deseo de sus padres de tener otro hijo? ¿Cómo decirle que, a pesar de que sabía que la querían, a veces se sentía como segundona tras un bebé que ni siquiera había llegado a nacer? ¡Si, solo de pensarlo, hasta a ella misma le sonaba mal!

—Solo querría… solo querría ser suficiente para mis padres. Eso es todo.

Rafi no contestó. Seguro que estaba pensando en lo borde y egoísta que era ella. Silver miró al sol y parpadeó: sin duda era aquella luz tan brillante lo que estaba haciendo que se le llenaran los ojos de agua, nada más.

—Lo entiendo —dijo él por fin.

—¿Ah, sí? —Silver lo miró, sorprendida.

—¿Tú sabes lo difícil que es tener que ir siguiéndole siempre los pasos a Óscar? —Rafi frunció el ceño—. Eso de que siempre le toque a él hacer todas las cosas guapas en el Centro es superinjusto.

La niña se dio cuenta de que tenía a Veloz aferrada tan fuerte que sus garras le estaban dejando marcas en la piel.

—Sentir eso sobre un hermano mayor es normal. Pero yo no estoy celosa de mi hermano. ¿Cómo iba a estarlo, si ni siquiera existe?

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Soltó un bufido. Era como si tener esos pensamientos tan enredados solo sirviese para hacerla sentirse infeliz.

Pasaron unos momentos en los que los únicos ruidos fueron el ir y venir de las olas y el aullido ocasional de algún mono. Por fin, Rafi extendió un brazo, le cogió una de las garras a Veloz y se la acarició entre los dedos.

—De verdad, tendrías que haber visto a Veloz cuando la encontré. — Se mordisqueó el labio mientras buscaba las palabras adecuadas—. Estaba agarrada tan fuerte a una rama… Era como si le diera miedo soltarla. Tuve que hablarle horas, ¡horas!, con la voz más tranquila que pude hasta que confió en mí. Pero mírala ahora, mira cómo ha cambiado, lo feliz que está.

Como si el perezoso supiera que hablaban de ella, alzó la vista, con sus enormes ojos marrones llenos de amor y confianza. Era difícil distinguir si estaba sonriendo —los perezosos no son muy expresivos—, pero eso parecía.

—Y… y me recuerda a ti —añadió Rafi.

—¿Yo te recuerdo a un perezoso? —dijo Silver, que no pudo evitar reírse.

Eso puso nerviosa a una bandada de periquitos, que salieron de un árbol cercano como trocitos rotos de un arcoíris.

—Que te comparen con un perezoso no es nada malo. Son unos animales muy sabios y gráciles.

—¡Eso no suena a mí para nada! —Silver se cambió de posición la gorra, ahora con la visera al frente—. ¿Qué quieres decir?

—Cuando llegaste, estabas agarrada tan fuerte como Veloz. Aunque no a un árbol, claro —puntualizó antes de que su amiga lo interrumpiese—. Pero estabas conteniendo tu verdadera personalidad. ¿Lo ves? La jungla te ha cambiado, te ha liberado. ¡Pura vida! —Ella agitó la cabeza, confusa. Rafi extendió un brazo, como si quisiera abarcar los límites donde comenzaba la vegetación—. Lo que quiero decir es que tu lugar está aquí.

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CAPÍTULO VEINTISÉIS

La tormenta

DOS NOCHES MÁS TARDE, Silver estaba en la cama. Seguía dándole vueltas

a lo que le había dicho Rafi. Ya se había dado cuenta de que la jungla la había hecho soltarse un poco. Para empezar, ya no buscaba arañas escondidas por todas partes, y tampoco le importaba tener el pelo como un estropajo, peor que un espantapájaros.

Pero, al igual que la media luna de aquella noche en el cielo, Rafi solo tenía razón a medias. Seguía habiendo un montón de cosas que Silver se guardaba dentro. Por ejemplo, no le había contado nada a sus padres sobre lo de las patrullas secretas, ni que formaba parte del Salvamento de Tortugas Oceánicas en Peligro. Tampoco sabían lo de la casita del árbol, a la que ahora trepaba con tanta facilidad como al roble de su casa de Inglaterra (saber eso no les hubiese gustado nada). Y, sobre todo, después del chasco de la reacción de ellos cuando los llevó al vivero, ni les había mencionado lo de los huevos de tortuga laúd. A saber por qué, pero estaba muy claro que no tenían el mismo interés que ella por el tema.

A veces las palabras le acudían a la punta de la lengua, se morían por salir. Quizá podía volver a intentarlo. Esa noche las estrellas brillaban aún más de lo normal, y sus padres también parecían más contentos: Gerrie estaba satisfecha con los progresos que hacía el perezoso (se había comido un buen puñado de hojas), y por fin a Jack la pintura le estaba yendo bien.

Los dos estaban sentados en la terraza, después de una cena ligera de empanadas. Sí, Silver decidió que era el momento de contarles lo mucho

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que significaban los huevos para ella, lo preciosa que era la vida de todas las tortugas y, en particular, la de las nada habituales crías de tortuga laúd. Hasta podía explicarles el hábil plan que se les había ocurrido a Rafi y a ella para protegerlos. Igual hasta acababan sintiéndose orgullosos de ella. Sí, eso era lo que iba a hacer.

Saltó de la cama, abrió la puerta y se detuvo. Sus padres estaban tan cerca el uno del otro que sus narices casi se tocaban. Hacía mucho que no los veía tan juntos. El corazón le dio un vuelco en el pecho.

—¿Todo bien? —le preguntó su madre al alzar la vista y verla—. Esta noche hace mucho calor. Hasta los animales están inquietos.

Como respuesta, a Silver empezó a sudarle la frente. Había llegado por fin la estación de las lluvias, y el aire estaba extrahúmedo. Todo parecía cansado, lánguido… todo, claro, menos los mosquitos.

Ahora que sus padres la observaban, esperando a que dijera algo, era el momento. El de compartir con ellos lo maravilloso que era caminar por la playa al anochecer y ver a una tortuga salvaje dar a luz. La forma en que el aire de la jungla le llenaba los pulmones y la hacía sentir mejor que en mucho tiempo.

La hacía sentirse que era ella misma.

Pero entonces su padre soltó un gran estornudo.

—Ups. Debe de haberme quedado pelo de Cosquilla en la camisa.

Y la ocasión se desvaneció.

Se despertó con un tamborileo rítmico. No el habitual de su corazón, sino el de la lluvia sobre el tejado.

Le cayó una gota en toda la cara a través de una rendija en la claraboya. Y otra. Y después, un rayo como un tridente zigzagueó por el cielo. Unos segundos después, se oyó el estallido de un trueno y el sonido de voces en pánico. Miró el reloj. Era pasada la medianoche.

Más truenos. Y más fuertes. Se levantó somnolienta, se puso la ropa que encontró más cerca y metió los pies en las deportivas.

Sus padres habían sido más rápidos: ya estaban apoyados en la barandilla, con impermeables cerrados del todo, de forma que solo les asomaba la parte de arriba de la cabeza. La lluvia caía con tanta fuerza por los desagües del tejado que formaba una cortina inexpugnable que los mantenía a los tres aislados del mundo exterior.

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—¿¡Qué pasa!? —preguntó desesperada, desviando la vista del uno al otro.

—¡El hospital! —Su padre tuvo que gritar para hacerse oír por encima de la lluvia—. ¡Le ha caído un rayo y todos los animales se han escapado!

—¿¡Con esta tormenta!?

Pensó en los residentes actuales: un mono ardilla al que le habían arrancado media cola de un mordisco, el tamanduá, un par de monos aulladores que estaban debiluchos, un tapir y, por último, la mamá perezosa.

—También se ha ido la luz. José ha pedido que ayudemos todos a recuperar a los animales y a volver a poner en marcha el generador. —Su padre cogió una linterna y la encendió. Era una de las nuevas, más potentes, que les había dado Ana hacía poco para mayor seguridad—. Tú quédate aquí, Silver, no estés bajo la lluvia.

—¡Pero quiero ir con vosotros!

—No. —Su madre negó con la cabeza, muy firme—. Aquí estarás mucho más segura.

Le dieron un beso en la frente y desaparecieron tras la cortina de agua, en plena tormenta.

Silver se quedó caminando arriba y abajo por la terraza. Hacia allá, hacia aquí, hacia allá de nuevo… La barriga no dejaba de darle vueltas por dentro.

¡No! No podía quedarse ahí sin hacer nada. Otro rayo cruzó el cielo en zigzag, iluminando un instante el inicio de la jungla. Tenía que ayudar de alguna forma.

Se puso el impermeable, se caló la gorra de béisbol y, respirando hondo, fue directa hacia la tormenta.

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CAPÍTULO VEINTISIETE

Rayos

LA LLUVIA CAÍA DEL CIELO formando una gran cascada. A los pocos

segundos, Silver ya estaba empapada. No hacía frío, no era como la lluvia de Inglaterra; esta era cálida, tropical.

Atravesó como pudo, entre resbalones, el refugio. El suelo estaba cubierto de barro. De vez en cuando una zapatilla se le quedaba pegada y tenía que levantar la pierna con fuerza.

La lluvia era tan fuerte que apenas veía nada. Le caía en la cara y le bajaba a chorros por entre los omóplatos, limpiándole el sudor que le cubría toda la piel. ¡Y todo ese ruido! El agua se abría paso entre las copas de los árboles, rebotaba en las hojas y se estrellaba contra la tierra con un gran estruendo.

—¡MAMÁ! ¡PAPÁ! —gritó, pero su sonido parecía increíblemente bajo en comparación.

¿Dónde estarían? Con el generador apagado, todo estaba negro como el azabache. Apenas veía nada. Se tanteó en busca de la linterna.

—¡Mecachis en la tinta!

Se la había dejado en la casa.

El flash de un relámpago. Silver parpadeó ante el brillo repentino. Intentó recuperar el control con todas sus fuerzas.

Y sí: consiguió distinguir el centro educativo y unas siluetas que corrían. Los haces de luz de las linternas atravesaban la lluvia como si

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fuesen rayos láser. Gritos ahogados en español, que sonaban demasiado apresurados y distorsionados como para entenderlos.

—¿MAMÁ?

¿Era ella la que corría hacia el hospital? Todo estaba a oscuras de nuevo. Pero al menos ahora Silver sabía más o menos en qué dirección ir. Mientras corría, otro trueno hizo temblar el cielo. La niña se detuvo un momento y se forzó a continuar. Ya estaba cerca.

Abrió la puerta de golpe.

Pero dentro no había nadie. Solo jaulas vacías y olor a madera requemada.

Más truenos. Los más fuertes que había oído en su vida. Sonaba casi como si se estuviese cayendo el cielo. Dudó de si regresar a la casa. Pero ¿y las tortugas?

¿Y Luna? Tenía que comprobarlo.

Tenía lluvia en el pelo, las orejas, la nariz, los ojos. No podía ver ni a un paso delante de ella. Y, de repente, un estallido de luz. Todo brilló por un momento. Un golpe de suerte. Soltó un grito de alivio. Ahí estaba Luna, escondida bajo el agua en su pecera.

—No pasa nada, Luna —le susurró—. Estás a salvo.

Silver volvió dando tumbos hasta la entrada del quirófano. ¿Ese era José? Un destello de plumas verdes: debía de ser Bonito, en su hombro. Al menos el loro estaba a salvo. Unos ladridos por encima del ruido de la lluvia. Y entonces, la voz de Ana, soltando órdenes a toda prisa para organizar la búsqueda.

La explosión de un trueno. La luz de una linterna. Otro rayo láser que atravesaba el Centro.

¿Quién era esa otra silueta?

¿Santiago?

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Silver. Y es que, si Santiago estaba allí… ¿… quién estaba vigilando los huevos?

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CAPÍTULO VEINTIOCHO

El robo

SILVER SIGUIÓ AVANZANDO a tumbos.

La tormenta no amainaba. La lluvia golpeaba los árboles, el olor de la jungla era de un dulzón nauseabundo. Apenas veía nada.

Echó a correr, aunque ya tenía el corazón desbocado. Perdió el equilibrio una, dos, tres veces.

Hasta que por fin alcanzó el vivero.

Rayos. Líneas partidas en el cielo. Como puñales.

—¡NO! —El grito le salió de la parte más profunda y primitiva de su interior—. ¡Por favor, no!

El candado de la puerta estaba reventado en el suelo.

Silver contuvo un sollozo. Corrió a ciegas hasta la otra punta, donde estaban enterrados los huevos de tortuga laúd. El cartelito estaba caído a un lado. Alguien había rascado en la arena a toda prisa. En algún lugar aulló un mono. Otro trueno rugió en el cielo. Silver cayó de rodillas y hundió las manos en el agujero en la arena.

El hoyo estaba vacío.

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CAPÍTULO VEINTINUEVE

El rastreador

SILVER SE ECHÓ A LLORAR. Lágrimas cálidas que se mezclaban con la

lluvia tropical.

¿Cómo podían haber desaparecido los huevos?

Era como si alguien le hubiese arrancado el corazón, dentro del que conservaba todas sus esperanzas, como si fuese un tesoro enterrado. La esperanza que la tortuga madre había depositado en ella. La promesa de que iba a proteger sus preciosos huevos.

Se frotó los ojos. Una luz brilló en la arena. Un grito.

Alguien entró a toda prisa en el vivero y enfocó la linterna hacia todas partes. Cuando el haz de luz llegó a Silver, se le hizo un nudo en el estómago.

¿Y si eran los ladrones, que volvían a por más? No había comprobado el resto de los huevos, los de las otras especies de tortugas, pero también podían robarlos.

—¿Silver?

Fue como si el cuerpo se le derritiese del alivio.

—¡Rafi!

Su amigo corrió hacia ella, se detuvo y se arrodilló al otro lado del hoyo. Tenía el pelo pegado a la cabeza. Desde dentro de su anorak asomaron un par de ojillos.

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—¡Los… los han ro-ro-robado! —La niña apenas fue capaz de pronunciar las palabras.

Rafi iluminó el agujero con la linterna. Parte de ella tenía la esperanza de que al menos quedara uno de los huevos, que con las prisas los ladrones se lo hubieran dejado.

Pero la luz confirmó sus peores temores.

No había ni uno.

Su primera reacción fue intentar encontrar a alguien, a quien fuera. Pero en ninguna parte del Centro había ni rastro de Ana, de José o de sus padres. De ningún adulto.

—Todos se han ido a buscar a los animales. —En la voz de Rafi había miedo.

—¿Y ahora q-q-qué hacemos?

Rafi tragó saliva.

—El rastreador —susurró.

Con los dedos húmedos y temblorosos, Rafi encendió el receptor, es decir, el aparato que les indicaría dónde estaba el rastreador.

Pero solo soltó un ruido de estática y volvió a apagarse. Él lo agitó.

Más estática.

—¡Por favor, dime que funciona! —se desesperó Silver, mientras la lluvia golpeaba contra la claraboya. Habían ido a la habitación de Rafi.

Él volvió a agitar el aparato, esta vez más fuerte, hasta que la pantalla volvió a iluminarse.

—¡Ahora!

Al principio no se vio ni oyó nada. Silver tamborileó con los dedos, impaciente. Entonces oyeron un débil bip.

—¿Qué es? ¿Qué quiere decir? —Apoyó la barbilla en el hombro de Rafi para ver mejor—. ¿Adónde han ido?

—Un momento.

El niño puso la clase de expresión que menos deseaba ver ella en ese momento.

—¿Qué es? ¡Dímelo!

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Rafi comprobó las coordenadas del rastreador. Le llevó lo que pareció una eternidad. Antes de hablar, se mordió el labio:

—Están… en la jungla.

Silver tragó saliva. Había dado por supuesto que quien hubiese robado los huevos habría salido del Centro por la vía más fácil y directa: el camino de tierra que llevaba al pueblo.

—Pues tendremos que seguirlos. —Un escalofrío le descendió por la espalda—. Tenemos que recuperar los huevos antes de que sea demasiado tarde.

—¿Que los sigamos por la jungla? No… no podemos hacer eso. — Dijo Rafi, pálido.

—Todos están muy ocupados buscando a los animales huidos. Todos menos nosotros —replicó Silver, intentando mantener bajo control su propio pánico creciente—. Nadie más sabe que los huevos no están.

—¡Pero tenemos que decírselo a alguien! —El agua que caía del anorak empapado de Rafi estaba formando un charquito en el suelo—. ¡Tenemos que decirle a alguien que no están!

—¿A quién? ¡Aquí no hay nadie! —exclamó Silver, más fuerte de lo que pretendía—. Y puede que… que para cuando encontremos a alguien… ya sea demasiado tarde.

—No sé, no sé…

—¡Por favor, Rafi!

Él respiró hondo.

—¿A ti qué te parece, Veloz?

Silver era muy muy consciente de que se les acababa el tiempo. El rastreador que había comprado Rafi solo transmitía hasta una cierta distancia, así que, cuanto más terreno ganaran los ladrones, menos posibilidades tendrían ellos de encontrarlos. Pero, a la vez, sabía que aquel era un momento muy importante. Intuyó que era mejor no meter prisa.

Aunque el perezoso ni abrió la boca, Rafi parecía estar escuchándola con mucha atención.

Fuera, la lluvia paró tan de repente como había comenzado. La jungla siseó y se formaron nubes de vapor. Más allá de la claraboya, el cielo se abrió un momento y mostró la luna baja.

—Muy bien —dijo Rafi por fin, respirando hondo y ajustándose el cinturón—. Vamos a rescatar a las tortugas.

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CAPÍTULO TREINTA

Aventura

LA JUNGLA NO ERA UN LUGAR en el que adentrarse sin preparación.

Antes de salir, Rafi insistió en que cogieran un montón de equipamiento esencial. Por suerte, durante la estación de las lluvias lo tenía todo en su habitación y no en la casita del árbol. Consistía en:

1. Una linterna frontal para cada uno.

2. Una cantimplora para cada uno.

3. Barritas energéticas.

4. Un bote de repelente de insectos (ya habían vaciado uno entero entre los dos).

5. Un mapa. No porque les mostrara ninguna ruta: en la jungla no hay caminos. Pero los ayudaría a sentirse un poco más seguros.

6. La lanza que había hecho Rafi para mantener a raya a los jaguares.

—También necesitaremos algo en lo que traer los huevos de vuelta —dijo Silver, una vez lo metieron todo en los compartimentos de los cinturones.

Las alternativas eran demasiado horribles como para ni pensar en ellas: que las crías muriesen antes de salir de los huevos. Que esos mismos huevos acabaran en un restaurante, ofrecidos como plato de lujo.

Pero ¿cómo llevarlos? No podían ir con hueveras a la jungla, y cualquier tipo de contenedor los retrasaría. Necesitaban algo más ligero, más transportable. Ah. A Silver se le ocurrió la idea perfecta.

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Los dos fueron a casa de ella. La niña confiaba en que sus padres ya hubieran regresado, que hubiese algún adulto dispuesto a hacerse cargo de todo. Pero no había nadie. Sacó la funda de su almohada (la misma por la que su madre le había echado la bronca apenas unas semanas atrás, aunque parecía que hiciese siglos: era increíble que todos los días duraran más o menos lo mismo, pero en el recuerdo algunos parecían estirarse y alargarse).

En el último momento, Silver también cogió un tubo de la pintura dorada con brillibrilli de su padre.

—Es para marcar los árboles. No queremos perdernos, ¿verdad? Intentó no pensar en cuando José les dijo que si uno se perdía en la

jungla, podía no salir vivo. No; desde luego, ahora no tenía que pensar en eso. Si empezaba a darle vueltas a todas las razones por las que no deberían hacer aquello, mejor rendirse de entrada. Y no podían rendirse.

El receptor soltó otro bip.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Rafi—. Están cada vez más lejos.

—Un momento. Antes tengo que hacer otra cosa.

No había tiempo para buscar a sus padres e informarlos de lo que iban a hacer. Y, de haberlo, ni en sueños le permitirían poner en riesgo su vida solo por unos huevos. Era imposible que lo entendieran. Pero tampoco podía desaparecer sin ninguna explicación.

Decidió dejar una nota. Pero no con palabras. Con las prisas y lo nerviosa que estaba, le iba a salir una letra incomprensible. Así que hizo la nota en el lenguaje que mejor iba a reconocer su padre: dibujó un pulpo con tres corazones. Confiaba en que captara el mensaje.

Era hora de irse. Casi.

Miró fijamente a Rafi. El perezoso asomó su cabecita por el cuello del anorak y soltó un gritito indignado.

—No voy a dejarla —dijo el niño, con las mejillas coloradas—. Va a ayudarnos.

Silver asintió. No era el momento de discutir si era muy buena idea.

Según Rafi, tras el centro educativo había un camino muy corto que llevaba a la jungla, hecho hacía tiempo por unos voluntarios anteriores muy… voluntariosos.

—¿Es esto? —preguntó Silver cuando él se lo señaló.

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Apenas podía considerarse un camino. Desde luego, no era para nada como los otros senderos que entraban y salían del Centro, y que ya estaban muy usados y marcados. Este era poco más que unos cuantos matorrales apartados y hierbajos pisados.

Allí, en el borde, donde la luz de la luna aún era capaz de atravesar las copas de los árboles, Silver podía apreciar la composición tan peculiar y única de la jungla. La masa de árboles que se cruzaban unos con otros. Las plantas no crecían una por una, sino enlazadas como serpientes; hasta había plantas que crecían encima de otras plantas (eso tenía un nombre especial, pero en ese momento no tenía la cabeza para palabras técnicas).

Miró nerviosa a Rafi.

—Estamos haciendo lo correcto —murmuró, confiando en que no se notara mucho cómo le temblaba la voz.

Dio el primer paso. Y después otro.

Con mucho cuidado, fueron alejándose lentamente del Centro. Habían avanzado unos pocos metros y los matorrales ya les llegaban por la cintura. Bajo sus pies, la tierra estaba húmeda y a la vez crujía por las hojas y ramas caídas. De cerca, Silver vio el musgo aterciopelado que «forraba» los troncos de todos los árboles, las puntas de las lianas que caían sueltas, los delicados hongos que de día brillaban con un color rosa casi eléctrico.

Un par de pasos más adelante, el camino —que ya era poca cosa de entrada— desapareció del todo. Los dos niños se detuvieron.

Silver se volvió hacia Rafi, agarrándose fuerte el cinturón.

—¿Ya se ha acabado el camino?

Él señaló hacia delante con la lanza y adoptó una pose valiente.

—A partir de aquí, el camino nos lo hacemos nosotros.

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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Perdidos

SIN UN CAMINO QUE SEGUIR, avanzar resultaba mucho más complicado. Y

cuanto más se adentraban en la jungla, más le costaba a la luz de la luna abrirse camino entre las copas de los árboles. Con las linternas frontales encendidas, iban saltando entre raíces enormes que se elevaban del suelo como monstruos jorobados. Más de una vez tuvieron que liberarse después de quedar atrapados entre las largas y retorcidas lianas que caían de las ramas.

Aunque había dejado de llover, la humedad era increíble. Se levantaba vapor de la tierra mojada y una niebla como de otro mundo les llegaba hasta los talones, mientras el agua que había quedado atrapada en lo alto de los árboles seguía cayendo sin parar, metiéndosele a Silver por el cuello de la camiseta. De vez en cuando un matorral cedía y una ramita llena de hojas saltaba como un resorte y la abofeteaba en la cara, haciéndola gritar.

—¡Cuidado! —la avisó Rafi ante otro árbol caído que les impedía el paso.

Trepó por el tronco, arañándose los nudillos con la rugosa resina. Mientras seguía avanzando, se obligaba a no pensar en lo que podría estar acechándolos sin que ellos lo vieran. Rafi ya la había avisado de los millones de serpientes venenosas que se ocultaban entre la hierba.

Sonó un aullido que la hizo parar en seco. ¿Era un mono u otra cosa? Ni siquiera era fácil distinguir desde qué dirección llegaban los ruidos, pues la jungla los distorsionaba. Miró a su alrededor, nerviosa. Quizá aún

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no fuese demasiado tarde para dar media vuelta. Pensó en el pánico que sentirían sus padres al ver que no estaba. Pero no: acababan de empezar, y no podía permitir que los huevos desaparecieran. No podía.

«Venga ya, Silver», se reprendió a sí misma.

Cada diez árboles más o menos se detenía y pintaba una mancha dorada en un tronco, para marcar el camino. Al cabo de lo que le parecieron horas —pero no fueron más de veinte minutos—, paró una vez más. Tenía la chaqueta empapada, el pelo hecho un desastre, y las deportivas se le hundían en el barro a cada paso.

—¿Qué tal vamos? —preguntó con la voz entrecortada, y echó un trago de su cantimplora—. ¿Nos estamos acercando?

Rafi sacó el receptor de un bolsillo impermeable del cinturón. Se mordisqueó el labio, ansioso, y negó con la cabeza. No hacía falta repetirle que si los ladrones se alejaban mucho desaparecerían del todo.

Siguieron caminando. Dejaron de hablarse, tenían que dedicar todas sus energías a poner un pie delante del otro. Tragados como estaban por los árboles, les era imposible distinguir de dónde venían. Lo único que los guiaba era el receptor, que los hacía adentrarse más y más en la jungla. Y ni siquiera eso era fiable del todo: a menudo la señal desaparecía para volver un momento después.

Cuanto más se adentraban los tres, más oscuro se iba volviendo todo. Las linternas les servían de muy poco, la negrura los envolvía como una capa a los lados, por arriba, e incluso por debajo. Era como estar dentro de un capullo totalmente cerrado. Para entonces, el concepto de «mundo exterior» les parecía algo muy lejano. Los únicos que de verdad destacaban allí eran los árboles… y, al cabo de un rato, todos parecían exactamente iguales.

Rafi iba delante. Con una linterna en una mano y la lanza en la otra, a cada paso pinchaba cuidadosamente la vegetación. De repente dio un salto atrás, sobresaltado, cuando se les cruzó una serpiente de escamas rojas.

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—¡Casi! —exclamó Silver. El corazón le iba a mil.

El niño consultó el receptor con manos temblorosas.

—Van mucho más rápido que nosotros.

Por mucho que intentaban apretar el paso, no conseguían alcanzarlos. Silver tenía las manos y la cara llenas de arañazos, la linterna frontal empezaba a parpadear como amenazando con apagarse del todo y, aunque intentaba racionarse el agua, la cantimplora parecía preocupantemente ligera. Hasta los ojitos de Veloz parecían mortecinos al asomar del anorak de Rafi.

Para entonces, Silver había perdido todo sentido de la orientación. No podía más que concentrarse en la fosforescencia de sus deportivas mientras seguía avanzando. Pero cada paso era más pesado y más difícil que el anterior. Finalmente, Rafi se detuvo. Ella chocó contra su espalda.

—Oh, no —murmuró él.

—¿Qué pasa? —A Silver le dio miedo lo bajita que le sonaba la voz. Miró arriba, siguiendo el haz de la linterna de su amigo. Al principio

no distinguió qué era lo que estaba mirando. Estaban ante una hilera de árboles gigantescos; nada nuevo. Pero entonces algo brilló un momento: en uno de los troncos cubiertos de musgo había una mancha de pintura dorada.

—Hemos dado una vuelta en redondo. —Rafi, muy colorado, parecía a punto de echarse a llorar—. Es… es culpa mía.

A Silver se le encogió el corazón. Estaba tan exhausta que el cuerpo se le mecía de un lado a otro, ni siquiera era capaz de mantenerse erguida.

—No, no es culpa tuya. Yo soy la que iba demasiado lenta. Te he estado retrasando.

—Los vamos a perder. —Él se encogió de hombros—. Vamos a perder los huevos.

El muro de árboles ante ellos parecía impenetrable. Era como un ejército. Iba a ser imposible avanzar más. Al menos a pie. Y el receptor no paraba de mostrar que los huevos robados estaban cada vez más y más lejos.

De repente sonó un aullido. Silver soltó un grito. Rafi levantó la lanza en el aire.

Otro aullido resonó a su alrededor. Algo se estaba precipitando sobre sus cabezas desde el más alto de los árboles que los rodeaban. La niña no pudo contener otro grito, y se agarró fuerte al brazo de su amigo. Las

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ramas que tenían justo encima se agitaron. Empezaron a moverse. Y por fin se apartaron.

Una carita blanca y peluda que conocían bien asomó por entre ellas.

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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

De árbol en árbol

—¡COSQUILLA! —EXCLAMÓ RAFI, a la vez que Silver soltaba un gran resoplido de alivio.

El capuchino saltó a una rama inferior y formó con la cola una especie de signo de interrogación, mientras miraba a los niños con expresión interrogante.

—¿Crees que nos habrá seguido? —murmuró Rafi.

Con otro grito, Cosquilla volvió a la rama superior. Siguió mirándolos. Extendió un brazo al aire y cogió una de las lianas que colgaban. —Intenta decirnos algo —dijo Rafi, nervioso—. ¿Verdad, Cosquilla? Silver se contuvo de hacer un comentario irónico. Estaba muy cansada,

llena de picaduras de mosquito, y preocupada porque los huevos de tortuga laúd estaban a punto de desaparecer para siempre. No era el mejor momento para una de las conversaciones de Rafi con animales.

Y, sin embargo, eso era justo lo que él estaba haciendo.

—¿Qué pasa? —preguntó el niño, mirando al mono, que se puso a dar saltitos, impaciente. Al cabo de un minuto más o menos, volvió a dirigirse a Silver—. Quiere que trepemos al árbol.

—¿Lo dices en serio?

—¿Te parece que estoy de guasa?

Rafi agarró la liana y empezó a trepar. Arriba, Cosquilla gritaba cada vez más fuerte.

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Silver dudó: apenas tenía energías como para tenerse en pie, y mucho menos para trepar.

—¿Vienes o qué? —le preguntó su amigo desde arriba.

Ella se irguió. A fin de cuentas, aquello no era muy diferente a trepar al roble de su casa de Inglaterra, ¿no? Además, ¿qué otra alternativa tenía? No le apetecía precisamente quedarse sola en el suelo de la jungla. ¡Tenía que conseguirlo! Alzó los brazos y se agarró a una liana.

Necesitó de todas las fuerzas que le quedaban para poder seguir a Rafi, pero con las manos apretadas fuerte en torno a la liana y usando los pies para subir por el tronco, al final lo consiguió: cada vez más y más alto, y más alto aún, hasta la rama gruesa y robusta en la que su amigo se había sentado a esperarla.

Una vez que recuperó el aliento, Silver miró a su alrededor y alucinó. Desde allí podía ver cómo se extendía la jungla abajo. Era como un mar sin fin de color turquesa. En un extremo, una fina línea de tinta azul que marcaba el océano, y un camino serpenteante marrón que debía de ser un río.

—¡Increíble! —exclamó—. ¡Esto sí que es «la jungla a vista de pájaro»! O, mejor, «a vista de mono».

—Desde luego. —A Rafi le brillaban los ojos—. Cosquilla ha hecho lo correcto diciéndonos que subamos. —Sacó el receptor y le echó un vistazo. La emoción le puso la voz de pito—. ¡Silver, han parado de moverse!

La niña miró por encima del hombro de él, con mucho cuidado (a fin de cuentas, estaban a mucha altura), y se fijó en la pantalla: el punto parpadeante que habían estado siguiendo ahora se había quedado quieto.

—Vale, pero ¿dónde están? —Silver miró de nuevo a su alrededor—. ¡Podrían encontrarse en cualquier parte!

Rafi comparó el punto con el paisaje.

—Me parece que están… por ahí. —Y señaló un claro entre los árboles.

Aunque parecía estar muy lejos de allí, la niña sintió que una corriente de nuevas fuerzas le recorría las venas.

—Pero ¿cómo llegamos? Con tantos obstáculos, a pie no llegaríamos nunca.

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—Un momentito, que le pregunto.

Silver tuvo que contenerse de nuevo: Rafi se puso a consultarlo con el mono.

A ver, estaba segura de que no hablaban de verdad entre ellos (bueno…, bastante segura), pero lo de comunicarse con los animales parecía ayudar en cierta forma a su amigo; seguramente igual que a ella la ayudaba hablarle a su roble.

Tras un momento, Rafi le acarició la cabeza a Cosquilla. —¡Pues claro! ¡Eres un animalito de lo más listo! —¿Qué pasa? —preguntó Silver.

Y entonces vio cómo el mono agarraba una liana y se impulsaba aullando hasta otro árbol.

Rafi se cogió de otra liana, pasándosela fuerte varias veces por el brazo para mayor seguridad.

—¡Agárrate bien a mí, Veloz! —le dijo al perezoso, que ahora estaba de nuevo enroscada alrededor de su cuello.

—¡No, Rafi, no! —exclamó Silver, en un intento de detenerlo—. ¡Por favor, dime que no vas a hacer lo que creo!

—Es la única manera. O, en todo caso, la más rápida.

Y, con un grito, el niño saltó de la rama, se descolgó por los aires y aterrizó con un golpe en el árbol de al lado. Después de asegurarse de no haberse hecho ningún corte, lanzó la liana hacia Silver.

—¡Ahora tú!

Ella no las tenía todas consigo. Aquello daba mucho más miedo que ir saltando de tejado en tejado, ¡y eso ya había sido bastante terrorífico! Pero, de nuevo, ¿qué alternativa tenía?

Se obligó a no mirar abajo, y le dio un último tirón a la liana para asegurarse. Le rogó suerte a la luna y saltó de la rama.

Durante un segundo que le pareció eterno, quedó suspendida en el aire, entre los árboles. Parecía que la separación se hacía más y más larga, hasta que por fin tocó con los pies la otra rama.

Rafi tuvo que agarrarla fuerte para que no perdiera el equilibrio.

Asintió con aprobación.

—Sabía que lo conseguirías.

Antes de que ella recuperara el aliento, su amigo ya estaba agarrado a otra liana y descolgándose hasta el siguiente árbol.

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Ella no podía hacer otra cosa más que seguirlo. A pesar de que estuvieran en plena jungla en una misión de rescate muy peligrosa, tuvo que reconocer que era una de las cosas más guays y alucinantes que había hecho en toda su vida: volar por los cielos, como si ella misma formase parte del paisaje.

Gritó otra vez a pleno pulmón.

Cerró los ojos… y entonces…

¡CRASH!

La liana se rompió y ella se dio contra el tronco del árbol más grande que había visto nunca.

Se sintió como si no le quedase ni una gota de aire en los pulmones. Intentó agarrarse a la rama más cercana, pero las manos le fallaron. Se deslizó por la corteza, rebotó en un grupo de ramas entrelazadas y fue a parar al suelo con un gran golpe.

Respiró hondo. Miró a su alrededor y tragó saliva. De nuevo abajo, la niebla la envolvió una vez más como si fuese una capa. De repente sintió una soledad terrorífica.

—¿Estás bien? —le preguntó Rafi, que tomó tierra a su lado de forma tampoco muy grácil.

A Silver le había salido un bulto en una rodilla, un talón parecía incapaz de sostener su peso y tenía que apretar fuerte los dientes para no ceder al dolor. Mientras se soltaba la liana que se había atado a la cintura, decidió no decir nada: no estaba segura de poder hablar. Veloz, de nuevo dentro del anorak de Rafi, la contempló con preocupación.

—Sí, ahora ya estoy bien —respondió por fin.

Aceptó la mano que él le ofrecía para ponerse en pie.

El niño volvió a consultar el receptor.

—Ya no estamos lejos.

Por suerte, los árboles ahora estaban un poco más separados. Solo un poco, pero lo suficiente como para permitirles seguir avanzando. Pero, de repente, Rafi se detuvo. Se llevó un índice a los labios y señaló un hueco entre los árboles: era el claro.

—Mira —susurró.

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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

¡Ja-ja-jaguar!

RAFI LE INDICÓ CON UN GESTO que apagara la linterna frontal; Silver

supuso que para no alertar de su presencia a alguno de los posibles ladrones. Volver a la oscuridad le produjo un escalofrío, y su vista tardó un momento en adaptarse. Todo parecía tan gris y sombrío como en las pinturas de su padre, hasta que por fin empezó a ver un poco mejor. Lo único que había en el claro era un saco de arpillera.

—¡Oh, no, Rafi!

Corrió a abrirlo, seguida muy de cerca por su amigo. Dentro había un huevo roto y el pequeño cuerpo sin vida de una cría azul. A Silver le subió la bilis a la garganta. Volvió a rebuscar en el saco. Al fondo había otro huevo roto: el falso. Como se había partido en dos, lo habían dejado allí abandonado sin mirarlo dos veces.

—Pobre tortuguita —dijo Rafi, secándose una lágrima de la mejilla. Aunque los dos estaban tan agotados que apenas podían moverse,

cubrieron el cuerpo con un poco de tierra y hojas sueltas. Les pareció lo mínimo que podían hacer. Desde un árbol cercano, Cosquilla contemplaba la escena con tristeza.

—¿Y el resto de los huevos? —preguntó Silver, mientras se limpiaba las manos en la chaqueta.

Rafi señaló el aparatito en el huevo falso.

—Sin el rastreador no podemos saber dónde están. Si seguimos buscándolos, nos acabaremos perdiendo.

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—¿Más perdidos de lo que ya estamos?

La niña miró alrededor y tragó saliva, un poco asustada.

No era solo que hubieran perdido los huevos: apenas podía siquiera pensar en eso sin que le provocara una horrible sensación de derrota. El caso era que estaban los dos en mitad de la jungla, sin nadie más o menos cerca, aparte de los ladrones.

—Podríamos intentar volver siguiendo el mismo camino por el que hemos venido.

Alzó el bote de pintura dorada casi vacío. Y entonces sintió como si se le cayera el estómago al suelo.

—Oh, no.

Con lo de descolgarse por las lianas había olvidado marcar por dónde pasaban. No iban a poder seguir el mismo camino de vuelta ni aunque lo intentaran.

Se miraron el uno al otro, desesperados. Ya se lo habían comido todo, y en las cantimploras apenas les quedaban unos pocos tragos. Rafi volvió a encender su linterna frontal, que empezó a parpadear. Tenía la cara llena de golpes y cortes y el pelo totalmente cubierto de mugre. Silver pensó que ella misma debía de tener el mismo aspecto. Las manos le sangraban por los arañazos y el tobillo le palpitaba. Pero la peor herida era la que se le había abierto en el corazón.

No dejaba de pensar en cómo la había mirado la tortuga laúd al confiar los huevos a su cuidado, y en que aquella mirada era una muestra de confianza de una especie a otra.

Habían llegado tan lejos, se habían esforzado tanto… ¿y para qué? Si no encontraban los huevos, no iba a sobrevivir ni una sola cría.

—¿Y ahora qué hac…?

Pero se detuvo a media frase.

Oyeron un ruido grave, como rugoso. Aunque la jungla distorsionaba los sonidos, este era inconfundible.

—¡Ja-ja-jaguar!

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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Reunión

A SILVER SE LE ERIZÓ hasta el último de sus pelillos y la boca se le quedó

seca. Se llevó la mano al collar, pero no lo tenía. Se le debía de haber caído a saber dónde en la jungla.

Volvió a sonar aquella especie de rugido bajo, seguido por un movimiento en los arbustos y el crujido de una ramita al partirse. Y, entre las hojas y la niebla, asomaron un par de ojos amarillentos brillantes.

El corazón le latía tan rápido que pensó que se le iba a salir por la boca de un salto. Dio un paso atrás instintivamente, solo para chocar con Rafi, que estaba petrificado.

Una ligera sombra se les acercaba cada vez más.

Vieron destellos de pelaje marrón con manchas de obsidiana.

Destellos de colmillos afilados.

Rafi hizo el gesto de coger su lanza, pero hacía tiempo que la había perdido, así que cogió a su amiga de la mano, y se pusieron los dos espalda contra espalda, vigilantes. Difícil saber quién de los dos temblaba más.

Aquel ruido gutural era como el de un serrucho cortando el corazón de Silver. Cerró fuerte los ojos. Bajando la voz al máximo, Rafi empezó a susurrar una oración. Aquel era, sin duda, el final.

Pero, en vez de al jaguar, lo que oyeron a continuación fue un ladrido corto y fuerte.

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Silver abrió primero un ojo, después el otro, justo a tiempo de ver a un terrier blanco y negro entrar en el claro con las fauces abiertas.

—¿Mórder?

Al perro lo siguió Ana, que apareció por entre los árboles, agitando los brazos sobre la cabeza y gritando con todas sus fuerzas. Se oyó un último rugido. Vieron el destello de una cola que se alejaba.

—¡Santa María! —Ana corrió hacia ellos y de inmediato se puso a comprobar si estaban heridos—. ¡Gracias al cielo que estáis a salvo!

Silver soltó un sollozo involuntario. Antes de que pudiese decir nada, también apareció en el claro José, con Bonito al hombro, y al poco Óscar, con un aspecto infinitamente menos pulido que cuando ella lo conoció el primer día en el Centro: tenía la cara llena de manchas y el pelo le caía de lado sobre la frente.

—¡Papá! —gritó Rafi, que se le echó a los brazos.

—¡Mi niño! ¡Mi niño precioso! —dijo José, subiendo y bajando los hombros—. Creí… creí que te había perdido.

Mientras ellos dos se abrazaban, Silver sintió cómo parte de la tensión la iba abandonando.

Y entonces apareció alguien más. Alguien con la cara roja, a quien se le había deshecho el moño del todo y que, por una vez, no llevaba su forro polar. La seguía de cerca otra figura con un pincel de pluma de águila entre los dientes.

—¡Dios mío, aquí estás! —exclamó su madre—. ¡Oh, Silver!

La abrazó con todas sus fuerzas. Y después más fuerte aún, hasta que la niña empezó a toser, casi asfixiada de tanto apretón.

—¡MAMÁ! ¡Que no puedo respirar!

—Me da igual. —Gerrie le lloraba en el pelo—. No pienso soltarte nunca más.

—Lo que has hecho ha sido muy muy peligroso, por no decir que tonto e irresponsable —dijo el padre de Silver. Tenía la cara muy roja y llena de picaduras de insectos—. Ahora mismo podrías estar muerta.

La antigua Silver hubiese replicado que seguía viva, pero la verdad era que solo de milagro. Su padre le dio otro abrazo tan fuerte como el de su madre.

—Mi tesoro —siguió, ahora apenas en un murmullo, con la boca pegada al pelo de ella—. Nuestro tesoro más precioso.

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—Lo siento —susurró Silver, apabullada por lo intenso de la emoción de sus padres.

También ella apretó más el abrazo. Sintió la seguridad que le transmitía el olor de ambos.

Cuando por fin se soltaron, los miró a todos.

—¿Cómo… cómo nos habéis encontrado?

—Por el rastro dorado —contestó su padre, orgulloso—. ¡Sois nuestros Hansel y Gretel!

—Y cuando perdimos el rastro, Mórder nos ayudó —añadió su esposa, rascando tras las orejas al terrier—. Ana le dio a oler una de las camisetas viejas de Rafi.

Para sorpresa de Silver, el perro se echó panza arriba y permitió que su madre le diera unas buenas caricias.

—¿Esto qué es? —dijo Ana, que estaba en cuclillas ante el saco de arpillera, con expresión confusa.

—Venga, cuéntaselo tú —le pidió la niña a su amigo.

Rafi se puso colorado, pero lo contó todo brevemente: que durante la tormenta habían visto que los huevos de tortuga laúd no estaban, y que habían decidido seguir a los ladrones con el rastreador. Le dio un ataque de timidez al contarles lo de su invento, especialmente delante de su hermano.

—¡Un huevo falso! —exclamó Ana—. ¡Qué ingenioso!

—Lo has hecho genial, hermanito. —Óscar le pasó un brazo por el hombro—. Estoy orgulloso de ti.

—¡Qué listo! —añadió Bonito, haciendo sonreír a Rafi de oreja a oreja.

—Pero ahora nada de eso va a ayudarnos a encontrar a los ladrones — dijo Silver. La decepción le retorcía las entrañas.

Ana negó con la cabeza.

—No es cierto. Nos habéis mostrado el camino que han tomado.

—¿Qué camino? —preguntó el padre de la niña.

—Van hacia el río. En uno de los afluentes hay un muelle en el que los ladrones dejan sus barcas. Los contrabandistas usan los ríos navegables para pasar los huevos al otro lado de la frontera. Tenemos que ir ya.

—¿No sería mejor esperar a la policía? —preguntó Gerrie, posando una mano en el hombro de su hija con un gesto protector.

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—No hay tiempo. —Ana se incorporó—. O eso o perderemos los huevos para siempre. Puede que ya sea demasiado tarde.

La otra mujer empezó a replicar, pero su voz fue perdiendo gas ante la expresión totalmente decidida de Ana.

Silver le agarró la mano a su madre y apretó fuerte. No se le ocurrían las palabras adecuadas para expresar lo importante que le resultaba eso, pero debía intentarlo.

—¡No podemos quedarnos aquí sin hacer nada, tenemos que ir! — Gerrie se quedó un momento quieta, intentando decidir entre dos cosas ciertas, pero contrarias. Su hija le apretó más la mano y adoptó una expresión suplicante—. Por favor, mamá.

Después de lo que pareció una eternidad, su madre soltó un fuerte resoplido.

—Bueno, parece que tendremos que acompañaros.

Y empezó a arremangarse. Silver soltó un gritito, y Cosquilla la imitó. —Supongo que el río debe de estar cerca —dijo su padre, blandiendo el pincel como si fuese una brújula. Eso de estar en plena jungla parecía

haberlo entusiasmado más de lo habitual en él.

—Está a una hora a pie —le respondió Ana—. ¡Pero nada de descolgarse por las lianas! —Les dirigió a los dos niños una mirada de «lo sé todo»—. Vamos, Mórder, tú nos guías.

El perro olisqueó el saco en busca de un olor que seguir, y después apuntó el morro en dirección al otro extremo del claro.

Y así, con un ladrido, un aullido de mono y un chillido de loro, el extraño grupo, mezcla de humanos y animales, se puso en marcha.

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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

Un plan al amanecer

FUERON AL ESTE, HACIA EL RÍO. Aunque el terreno era igual de traicionero

que antes, estar con sus padres hacía que a Silver no le resultara tan dificultoso… sobre todo cuando Jack decidió llevarla a caballito para evitar las raíces que asomaban, mientras Gerrie iba apartando ramas y matorrales para que no le diesen en la cara.

Mientras Ana y Mórder guiaban, los otros adultos pusieron al día a Silver y a Rafi. José había conseguido volver a poner el generador en marcha y que el Centro tuviera electricidad; y, contra todo pronóstico, también habían recuperado a todos los animales. El tapir resultó ser el más escurridizo, pero ya estaban todos de nuevo en el minihospital.

Esas eran las buenas noticias. Las malas: que no solo habían robado los huevos de las tortugas laúd, sino casi la mitad de todos los del vivero.

—Ana estaba desesperada —explicó la madre de Silver, que aprovechaba cualquier ocasión de tocar a su hija, como para asegurarse de que seguía allí—. Y aún más cuando ha sabido que vosotros dos os habíais ido por vuestra cuenta.

—Aunque no tanto como nosotros —añadió su padre, apretándole el hombro.

—Cuidado —avisó Gerrie mientras apartaba otra rama, y siguió avanzando decidida por la jungla. Por primera vez parecía tan decidida como su hija a proteger los huevos. Quizá fuera el susto de haber estado a

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punto de perder a Silver lo que la había hecho ver que ella misma no era tan diferente de la mamá tortuga, al menos en el fondo.

Al poco dejaron de hablar. El único ruido era el de los adultos repasando su plan para cuando llegaran al muelle. Ya debían de estar cerca, y ¿era la imaginación de Silver o el aire olía diferente?

Siguieron caminando unos minutos, hasta que de repente los árboles empezaron a no estar tan pegados unos a otros. Los espacios entre los troncos dejaban paso a grandes columnas de luz que pintaban la jungla de colores. Estaba amaneciendo.

Ana les susurró que se mantuvieran ocultos. Silver se puso en cuclillas junto a Rafi y miraron por entre los gruesos ceibos, cuyas raíces eran tan altas que a ella le llegaban por las rodillas, cosa que facilitaba mucho la tarea de esconderse. Cosquilla se posó, silencioso, en una de las ramas superiores.

Frente a Silver estaba el río, marrón por el barro, con más corriente de lo normal debido a la lluvia de antes, y rodeado de cocoteros. A unos cincuenta metros a la derecha estaba el muelle de madera, con una barquita amarrada: era de un gris bastante feo y tenía la parte trasera cerrada. La niña soltó un suspiro y tuvo que taparse la boca: en el muelle también había un hombre, vestido todo de negro, junto a varias cajas de madera.

—Es el contrabandista —murmuró Rafi.

Ella estaba demasiado lejos como para distinguir sus facciones, aunque lo poco que veía daba bastante miedo. El hombre estaba cargando una de las cajas en la barca. Después dirigió su atención hacia las otras. En la cubierta había otra persona, seguramente la que conducía.

—Vamos. No tenemos mucho tiempo —dijo Ana, mientras rebuscaba algo dentro de su abrigo.

Silver se quedó boquiabierta: ¡por eso llevaba siempre aquel abrigo largo! Por dentro estaba lleno de bolsillitos con lociones, cremas, antídotos para diferentes venenos, jeringuillas de distintos tamaños, y hasta una lanza de madera de la playa.

—Vale. Sigamos el plan —dijo José, mientras Bonito abría las alas.

El plan era arriesgado, y dependía del efecto sorpresa. Pero es lo que había, no tenían otro. Ana y José iban a intentar meterse en la barca, mientras los padres de Silver vigilaban en las otras direcciones por si había

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más malvados. La parte más importante del plan era que los niños se mantuvieran ocultos durante toda la operación.

—Eso te incluye a ti, Óscar —le advirtió su padre.

Él intentó protestar, pero José se mantuvo inflexible: no había discusión posible. Al final el joven se encogió tras el árbol de al lado para ver mejor.

—Quién sabe de qué serán capaces esos ladrones. —La madre de Silver, preocupada, le dio otro abrazo—. Prométeme que no vas a moverte de aquí.

La niña asintió, decidida a cumplir por esta vez.

—Bueno, pues a la de tres —dijo José, mirando a los adultos.

—¡Uno, dos, TRES! —gritó Ana.

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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Rescate

A LA ORDEN DE ANA, Mórder salió corriendo de entre los árboles, fue

siguiendo la orilla y se metió en el muelle. Entre sus ladridos frenéticos y el taco a todo volumen que soltó el ladrón, parecía que la primera parte del plan iba bien.

A partir de ahí fue difícil distinguir qué pasaba. No ayudaba que la cabeza de Rafi le tapara la vista a Silver, ni tener que mantenerse ocultos tras las raíces del árbol.

—¿Qué pasa? —preguntó, ansiosa.

—No lo sé —le dijo su amigo—. Creo que Ana se ha subido a la barca, pero no veo un pimiento.

Pasaron unos segundos, durante los cuales Silver se temió que el suspense fuese a hacerla vomitar. Se oyeron más ladridos furiosos, un chillido estridente y un gruñido de dolor.

—Ay, ay, ay… —se lamentó Rafi, entornando los ojos.

Un grito furioso y, un momento después, un sonoro golpe.

—Oh, no. —Rafi se puso tenso.

—¿Qué pasa?

—¡Papá!

Sin esperar ni un instante para respirar, el niño saltó por las raíces y salió corriendo hacia la orilla.

Silver no tenía opción: debía ayudar. Lo siguió, resbalando en el barro y con el corazón desbocado de nuevo.

—¡RAFI!

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Él se detuvo a unos veinte metros de la barca y se encogió tras el tronco de un árbol caído. Silver hizo lo propio. A esa distancia sí distinguió que el ladrón era hombre, y que tenía atrapado a José entre el muelle y la barca, por lo que no podía escaparse. Por encima de la fuerte corriente del río, Bonito chilló, asustado.

—¡Tenemos que hacer algo! —susurró Rafi, y se llevó las manos instintivamente al cinturón… solo para darse cuenta de que se lo había dejado detrás del primer árbol.

El ruido de otro fuerte golpe hizo parpadear a Silver. En la barca, Ana estaba librando su propia batalla. La niña miró a su alrededor, frenética, hasta ver unos cocos caídos sobre los matorrales.

—Ten —dijo, al tiempo que cogía un par y se los pasaba a Rafi.

Él lo comprendió enseguida. Estiró bien el brazo, lanzó un coco… y este fue a parar al agua. Con el segundo no acertó mucho más.

—¡Me tiemblan demasiado las manos! —exclamó.

No había tiempo para grandes debates, así que Silver cogió otro coco y decidió encargarse ella misma. En cierta forma, no era muy diferente a escupir o a tirar un penalti. Respiró hondo, echó atrás el brazo y… ¡FIUUUUUU!

El coco voló por los aires y aterrizó en la nuca del ladrón con un golpe seco. El impacto le hizo perder el equilibrio por un momento, dándole tiempo a José para propinarle un empujón en el pecho. El hombre soltó una mezcla de bufido y gritito, y acabó en el río, con un sonoro (y muy agradable para los niños) salpicón.

Mientras él tragaba agua y al mismo tiempo intentaba gritar toda clase de insultos y palabrotas, Silver miró a Rafi, alucinada ella misma por lo que acababa de hacer. Su amigo le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Lo has conseguido! —exclamó, y le dio un abrazo.

—¡Lo HEMOS conseguido! —replicó ella, y le devolvió el abrazo.

Desde dentro del anorak de Rafi, Veloz protestó, apretujada.

Silver iba a hacer su bailecito de celebración, pero entonces Óscar apareció por un lado y, de un empujón, los hizo bajar hasta quedar de nuevo ocultos tras el tronco.

—¡Por Dios! ¿Es que queréis que os maten?

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Con José a salvo, la pelea acabó muy rápido. Gracias a su fuerza, a la valentía de Rafi y de Silver y al ingenio de Ana, los malos habían sido derrotados. Aunque José acabó con un ojo morado y un corte en el labio, la lanza casera de Ana (y la anestesia que llevaba) resultaron de lo más efectivas. Tras recoger a uno de ellos del agua y atarlos bien a los dos, Ana usó la radio de la barca para llamar a la policía. Entonces, la madre de Silver corrió hacia donde estaban escondidos los niños, entre los ceibos, y, con las mejillas coloradas, les contó lo que había pasado.

—Van a tardar bastante rato en poder ir a ninguna parte. ¡Tendríais que ver los nudos que ha hecho Ana!

—¿Y qué hay de los huevos? —preguntó Silver, que decidió, con gran acierto, no mencionar su lanzamiento improvisado de coco—. ¿Están bien?

Su madre negó con la cabeza.

—No… Eso no lo he visto.

El aire de primera hora era muy húmedo. Del río llegaba una ligera brisa. Silver tuvo un escalofrío, y su madre la cubrió con otra chaqueta; le dolían todos los huesos y estaba tan cansada que apenas podía mantener los ojos abiertos.

Al poco apareció su padre, con el pincel partido en dos en la mano.

—He tropezado —dijo, con cara de rabia.

A pesar de tener un nudo en el estómago, a Silver se le escapó una risita. Tenía tanta hambre que hasta acabó aceptando uno de los plátanos que le ofreció su padre, aunque apenas le dio un par de bocados: estaba demasiado verde para ella.

Mientras la vida despertaba en la jungla, se quedaron esperando un rato —¿qué otra cosa iban a hacer?—, hasta que Cosquilla recibió con un chillido el ruido de un motor que descendía por el río.

Ana esperó a que la policía se llevara a los dos criminales e indicó a los demás que fueran a la barca. Estaba revisando un montón de cajas de madera; en la parte cubierta de la barca, había una infinidad más.

—¿Todo eso son huevos de tortuga? —preguntó la madre de Silver, con los ojos como platos.

—Sí. La mayoría son de tortugas verdes, aunque también hay de carey y de boba —dijo José a la vez que se limpiaba con la mano el corte del labio.

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—Según la policía, estos deben de ser los autores de los robos que se han producido en toda la costa. —Ana entornó los ojos—. Esperemos que las autoridades nos escuchen y hagan más por proteger los huevos de tortuga, aunque quién sabe.

—¿Y los de la tortuga laúd?

A Silver el corazón le iba a mil por hora. Allí había muchos huevos, sí, pero ¿y si esos no estaban? Cogió fuerte a Rafi de la mano.

—Ahí. —Ana señaló una de las cajas a un lado—. Ahí están los huevos. Están a salvo, Silver, están a salvo.

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CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Agente de STOP

PASÓ UN CICLO ENTERO de la luna. Los huevos robados volvieron a la

tierra del vivero y, como habían recuperado tantos, habría un montón de nacimientos. Todo un éxito.

La persecución por la jungla atrajo a la prensa, con un artículo a doble página sobre Ana y José, y el trabajo que hacían en el refugio. Hasta salía una foto de Rafi mostrando el huevo falso. Le insistió a su padre para que comprara al menos diez ejemplares del diario, para poder empapelarse la habitación con ellos.

La prensa también consiguió despertar el interés del público por las amenazas a las que se enfrentaban las tortugas, lo que hizo que el Centro recibiera una avalancha de donaciones muy generosas de todas partes del mundo. Ana dedicó el dinero a comprar un sofisticado sistema de cámaras de vigilancia, para asegurar que desde entonces los huevos estuvieran siempre a salvo hasta que nacieran las crías.

Resultó que los ladrones formaban parte de una gran organización criminal que actuaba por toda Centroamérica. Los dos detenidos recibieron una multa y una condena de cárcel no muy severa, por mucho que Ana insistió en que lo que en realidad necesitaban era reeducación y la oportunidad de poder ganarse la vida de forma menos dañina. Precisamente por eso le parecía tan importante apostar por el centro educativo del refugio. De ello dependía su visión de un mundo en el que los niños crecieran respetando la santidad de la vida.

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—¿Qué te parece? —le preguntó su padre a Silver.

Estaban los dos en el estudio, él caminando arriba y abajo. La niña estaba acostumbrada a verlo así de nervioso siempre que mostraba una obra nueva por primera vez, aunque fuera a su hija. Había pegado el pincel roto con celo y ya le estaba mordisqueando de nuevo la punta, ansioso, sin darse cuenta de que eso le había manchado los labios de verde. Silver le apretó la mano para tranquilizarlo, respiró hondo y miró el primer cuadro.

Estaba lleno de color. Colores deslumbrantes, danzantes, entremezclados, que parecían saltar de la tela; todo tan lleno de vida que era como si el cuadro se hubiese convertido en el mundo exterior y el mundo exterior en el cuadro. El esmeralda de las palmeras, el destello dorado del pico de un tucán, el verde lima de una rana punta de flecha, el azul eléctrico del cielo… Había tanto color que Silver casi se mareó.

Dirigió la vista al siguiente cuadro, que mostraba a Luna. ¡Oh! ¡Qué bien había reflejado la belleza de su caparazón, con su sinfín de diferentes tonos! Hasta mostraba a la perfección su cara de curiosidad al asomar la cabeza por la pecera.

El tercer retrato era de Cosquilla, e hizo reír a Silver: los ojos del mono miraban traviesos al espectador. Era tan realista que casi parecía que se le moviera la cola.

—Creo que son los cuadros más bonitos que he visto en mi vida.

Al lado de su padre, Cosquilla soltó un gritito: a él también le gustaban. Jack sonrió.

—Es curioso que un mono me haya hecho recuperar el arte que había perdido.

—Lo seguías llevando dentro. Solo tenías que volver a encontrarlo — replicó Silver, acariciándole la cabeza a Cosquilla.

Su padre asintió, como si ella acabara de decir la frase más sabia del mundo, y se rascó la barbilla con el pincel reparado.

—La verdad es que me había cerrado a la felicidad de crear. ¡Pero ahora la puerta del color ha vuelto a abrirse para siempre!

Silver se emocionó ante la sonrisa cómplice de su padre.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó.

—He tenido una idea para un libro infantil —susurró él—. Irá de la vida en la jungla, y su protagonista será una niña intrépida llamada Silver,

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que con la ayuda de sus amigos se enfrenta a jaguares salvajes para salvar los huevos de una tortuga de una especie en peligro. Creo que va a ser un buen libro. E importante: tenemos que asegurarnos de que la historia de las tortugas sea conocida.

—¿¡En serio!? —exclamó la niña—. ¡Papá, en serio, sería alucinante! —Lo voy a titular Aventura en la jungla. Tendrá un montón de

personajes animales y una moraleja optimista. —Agarró a su hija y le dio uno de sus abrazos boca abajo—. No te preocupes, Cosquilla, tú también saldrás.

El mono se le subió a la cabeza y soltó un chillido.

Los nuevos cuadros del padre de Silver no eran lo único que había recuperado la vida. Desde el rescate de los huevos, el Centro parecía hervir de energía. José le había dado una nueva capa de pintura a la cabaña requemada del hospital, estaban adaptando el centro educativo para recibir a grupos más grandes de alumnos, y tenían planes de crear nuevas viviendas en los terrenos, para acomodar a más voluntarios que cuidasen de las tortugas.

En cuanto a los animales, Van Gogh se había recuperado lo suficiente como para regresar al océano, y la mamá perezosa fue devuelta a la jungla.

Y aún hubo otra cosa genial.

Después de que los niños confesaran lo de STOP y sus patrullas clandestinas, Ana les dijo a Silver y a Rafi que sería un honor que se apuntaran a las patrullas oficiales por la playa. Hasta dio un discurso durante la primera. El niño, orgulloso, se dedicó a fardar ante todos de su cinturón de herramientas y de la lanza nueva que se había hecho, y hasta se customizó un abrigo como el de Ana, que empezó a llevar en ocasiones especiales.

Pero había algo que aún quería mantener en secreto: la casita del árbol. —¡Juepucha, al menos tiene que quedarme un secreto! —dijo, al tiempo que los dos se escondían entre las ramas, montando carreras de lagartijas por sus brazos mientras Veloz dormía la siesta en un rincón—.

¡No vale, siempre ganas tú! —protestó.

Silver le sacó la lengua y calculó la hora por la posición del sol.

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—Tengo que irme. Le prometí a mamá que la ayudaría a limpiar a Luna.

—Espera un momento antes de esfumarte. —La niña miró a Rafi, que en vez de mirarla a ella se mordisqueó el labio. O se equivocaba mucho, o a su amigo le había dado un ataque de timidez—. Q-q-quería darte esto — tartamudeó él.

—¿Qué es?

A Silver se le hizo un nudo en el estómago. Intuyó que tendría que ver con el hecho de que al cabo de menos de tres semanas iba a irse de Playa Tortuga. Hasta entonces no habían hablado del tema, de que iban a acabarse las aventuras, las patrullas y las visitas a la casa del árbol.

Rafi cogió algo de debajo del escritorio y se lo dio: su uniforme oficial de Salvamento de Tortugas Oceánicas en Peligro.

—Yo mismo le he cosido la S.

Silver parpadeó para que no se le saltaran las lágrimas que llevaba conteniendo toda la semana.

—¡Es el mejor traje de superhéroe del mundo!

—Ya lo sé —dijo él.

Y sonrió.

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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Silver

DESPUÉS DE UNA TARDE agradable con Luna —a la que le había dado por

frotarse el morro en la mano de Silver como muestra de afecto—, madre e hija estaban en la playa, sentadas en un tronco caído. El mar se adentraba y se retiraba; las olas parecían chocar entre ellas al llegar a la orilla.

La niña agitó los dedos de los pies en la arena. Desde el rescate habían pasado tantas cosas que no habían tenido tiempo para hablar de verdad.

Pero su estancia en el refugio ya estaba muy cerca de acabar. Ya tenían hasta los billetes de vuelta. El tiempo en la jungla parecía haberse acelerado, justo cuando Silver hubiese preferido que pasara más lento.

Lo único bueno era que su padre le había prometido que iba a poder quedarse con la habitación del bebé al regreso.

—Así llevarás siempre la jungla en el corazón.

Aun así, no podían emprender el viaje de vuelta sin que Silver le hablara a su madre de lo que llevaba tanto tiempo callándose.

—Mamá… —empezó. Paró y carraspeó. Aquello iba a ser todavía más difícil de lo que creía. Por fin, siguió—: Lo siento. Por el susto cuando nos metimos en la jungla sin deciros nada. No quería preocuparos.

—Silver —dijo su madre, volviéndose hacia ella—, nunca tienes que disculparte por ser valiente… aunque sí, por favor, la próxima vez que vayas a meterte en una peligrosa misión de rescate en la selva, avísanos.

La niña sonrió tímidamente.

—No fui más valiente que tú misma.

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—¿Qué quieres decir? —preguntó Gerrie, y frunció el ceño.

—Me refiero —contestó Silver a toda velocidad para sacárselo de encima cuanto antes— a todo el tiempo en que papá y tú intentasteis tener otro hijo. Creo que en su momento no entendí lo horroroso que fue para ti.

Su madre parpadeó. Se frotó los ojos. Una mariposa se posó a su lado en el tronco y batió las alas.

—No sabía… no sabía que lo sabías —dijo, cautelosa—. Tu padre y yo… no queríamos que sufrieras por eso.

—Al principio no me di cuenta, pero entonces tú…

Quería decirle que se había escondido dentro de su caparazón, pero no estaba segura de cómo expresarlo. De todas formas, su madre pareció entenderlo perfectamente.

—Empecé a no estar pendiente de ti.

Silver se tragó el gran nudo que se le había formado en la garganta.

—Sí.

Gerrie miró a la distancia, donde la tierra se curvaba en el horizonte. ¡Qué diferente parecía de la persona sentada en el avión hacía tantos meses! Ahora estaba más tranquila, más en paz.

—Hay marineros que dicen que el océano canta. Y que por eso prefieren vivir en el agua y no en la tierra. La verdad es que yo nunca he oído ese canto.

Silver se llevó las manos a las orejas para oír mejor. No, ella tampoco oía cantar al mar. Pero se imaginó que las tortugas sí que lo oían. Las tortugas y todas las demás especies marinas. A pesar de todo, no entendía qué tenía que ver eso con el tema del que estaban hablando.

—El deseo de ser madre es un poco como eso —siguió Gerrie—. Es como un canto en tu corazón, ¿lo entiendes? No, claro que no. Al menos, aún no. Pero cuando te vi por primera vez, fue como si de repente entendiera de verdad qué es el amor. Lo tenía ahí mismo, en mis brazos. Eras tú. —Apartó la vista del océano y miró a Silver como si buscara algo en ella—. Estos últimos años solo he querido darte una hermanita o un hermanito. Y… no sé, al no conseguirlo me sentía como si en cierta forma te estuviese fallando.

Silver contuvo el aliento. Hacía mucho que no veía a su madre con una expresión tan sincera.

—Pero me tenías a mí —replicó en voz baja.

—Sí.

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Y entonces la niña se atrevió a decir lo que llevaba tanto tiempo ocultando. Las palabras manaron de lo más profundo de su interior, como una corriente oceánica.

—Creí que queríais otro hijo porque… porque yo no era suficiente. No era suficiente para vosotros.

Su madre la cogió de los hombros para mirarla a los ojos.

—¿Cómo se te puede haber ocurrido pensar que no eras suficiente? Eres divertida y valiente y lista y…

—… y torpe.

—¡Pues a mí me encanta tu supuesta torpeza! —Parpadeó, sorprendida

—. Amo todo lo que eres. Es gracias a ti que soy lo que soy: una madre. —¿No te importa que sea un desastre con el arte? ¿O que nunca

destaque en nada en clase?

—Oh, Silver, ¿de verdad crees que esas cosas importan? ¡No hace falta que seas la mejor en nada para que yo te quiera!

—¿Lo dices en serio?

—Sí. Te quiero porque lo eres todo para mí. Todo. —Se acercó más a Silver hacia su pecho—. Pero estando aquí, me he dado cuenta de que ser madre no puede ser mi único propósito en la vida. O, al menos, que no tengo que descartar todo lo demás.

—¿A qué te refieres?

—He hablado con Ana. Cuando volvamos voy a montar mi propia oenegé para animales. Seguiré en el consultorio dos días por semana, pero dedicaré el resto del tiempo a otros animales salvajes que también necesiten ayuda. Y eso me lo has enseñado tú, Silver. Tú.

Le brillaban los ojos. Estar allí con las tortugas la había hecho recordar algo aún más importante que sus sueños de maternidad: la había vuelto a conectar con la arteria de la vida. La había vuelto a conectar consigo misma.

Y quizá también la haría volver a conectar con Silver.

No con la de antes, la que siempre se creía una segundona, sino con la chica en la que se había convertido, la que hacía todo lo que podía — aunque a veces no lo pareciera—, y lo que podía era siempre más que suficiente.

—Por cierto, he encontrado esto —dijo su madre, y sacó del bolsillo el collar con el colgante en forma de corazón—. Es increíble, pero había ido a caer en el saco del café. Ven, déjame ponértelo.

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Silver lo miró con cara de sorpresa y agradecimiento. Gerrie le levantó el pelo de la nuca, le colocó con cuidado el collar y lo abrochó.

—¿Sabes por qué te llamamos Silver? —murmuró—. Por la forma en que tu brillo iluminó nuestras vidas cuando llegaste, igual que nos sigues iluminando a todos. Fíjate en todo lo que has hecho aquí. Es imposible que seas nunca una segundona, ¿me oyes? Eres luminosa. —Se quedaron un momento sumidas en un silencio tranquilo, hasta que la mujer soltó un pequeño suspiro—. Tanto tiempo aquí, ¿y sabes que nunca me he metido en el mar?

—Yo tampoco. Al menos bien —admitió Silver.

Madre e hija se miraron y, de un salto, se pusieron en pie a la vez y corrieron de la mano hasta la orilla.

—Pero ¿y tu pelo? —exclamó la niña mientras su madre se tiraba directa al agua, sin dudar ni un segundo. Al cabo de un momento asomó entre las olas, despeinada, pero riendo.

—Bueno, ¿vienes o qué?

No tuvo que pedírselo dos veces. Con una carcajada fuerte como un rugido, Silver saltó al agua junto con su madre.

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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

La salida del cascarón

AL DÍA SIGUIENTE, Silver y su madre habían vuelto de una de sus

búsquedas de tesoros y ahora estaban haciendo un collage en la terraza, cuando José subió las escaleras corriendo, casi sin aliento.

—¡Huevos! —gritó Bonito.

Las dos lo dejaron todo y corrieron al vivero. Ya había un círculo de voluntarios emocionados en la arena, además de Ana, muy orgullosa. Les indicó con un gesto que se acercaran.

Silver se puso en cuclillas a un lado de donde estaban enterrados los huevos de tortuga laúd. Su madre hizo lo propio y la cogió de la mano; estaba caliente y resbaladiza, pero también le transmitía seguridad.

—Está empezando —dijo Ana.

La niña no apartó la vista del suelo. Alguien había retirado cuidadosamente la arena para dejar los huevos a la vista.

Pasaron unos segundos. Silver se apartó un mechón de pelo de la cara. Notó que sentía el sabor salado del sudor en los labios y el batir del corazón contra las costillas. La había preocupado mucho la posibilidad de perderse aquel momento, por mucho que Rafi le hubiera jurado por la vida de Veloz que era imposible que los huevos se pasaran del período de gestación.

Y entonces, ¡llegó el momento que Silver había estado esperando los últimos y largos sesenta días!

—Mirad —susurró, emocionada—. Uno se mueve.

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La salida de la tortuga se fue produciendo con movimientos delicados, casi como de ballet. Primero el huevo tembló un poco, pero se mantuvo recto. Se hizo una pausa. Otro movimiento. Y entonces algo empujó la cáscara desde dentro, como un bebé empujando en el vientre de su madre.

Ana, Silver y su madre respiraron hondo a la vez.

El huevo volvió a agitarse, esta vez con más fuerza, mientras la tortuga intentaba liberarse de su prisión.

—¡Venga, tortuguita, tú puedes! —la animó la niña—. ¡Un empujón más!

Y entonces, ¡crac! Una cabecita atravesó la membrana con un gesto de libertad. Salieron dos aletas delanteras. A continuación, el caparazón y, por fin, las aletas traseras.

Ahí estaba por fin: una tortuga laúd minúscula. Del color del cielo nocturno de Costa Rica. Tan pequeña que habría cabido entera en la palma de Silver.

Aunque no quería perderse ni un milisegundo, la niña miró de reojo. Su madre tenía una cara como nunca antes le había visto, y se debía a las tortugas. No solo a los huevos, sino a todo el potencial y fuerza de vida que contenían. Al otro lado del hoyo, Ana tenía una expresión idéntica. Silver supuso que ella misma también.

La cría se quedó quieta un momento, como estudiando el nuevo paisaje. Antes de dar tiempo a la niña ni de respirar, el huevo de al lado también empezó a moverse.

—¡Otra! —exclamó, sin aliento.

Ansiosa por llegar al mundo, la segunda cría salió del cascarón con un único empujón, cayó boca abajo y se puso a agitar las aletas en el aire, desesperada. Silver soltó una risita y, con cuidado, le dio la vuelta. La cría fue a toda prisa con su hermana.

Y así, de repente, ya había dos… hasta que un tercer huevo se abrió y salió una más. Y después una cuarta, una quinta y una sexta, y todos los otros huevos empezaron a abrirse a la vez.

—¡Otra! —exclamó Silver de nuevo—. ¡Y mirad: otra más!

Intentó ir contándolas, pero le fue imposible ante la gran cantidad de crías de tortuga que se fueron apelotonando en la arena, subiéndose unas encima de otras. Algunas le pasaron por el pie (hacían cosquillas), mientras otras salían del huevo, se caían por el hoyo y volvían a levantarse.

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Por fin, estuvieron todas fuera, y la arena quedó atestada del ruido y la energía de ochenta y tres tortugas recién nacidas.

Fue un milagro.

Toda vida lo es.

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CAPÍTULO CUARENTA

La luna de las tortugas

LUNA LLENA. Un orbe luminoso en el cielo de obsidiana. Además de una

bella observadora y protectora, era el faro cuya brillante luz señalaba el camino a las crías, primero hasta el mar y después hasta la siguiente fase de su viaje.

Habían pasado el resto de su primer día en una de las peceras, para soltarlas por la noche. Casi todos los trabajadores del Centro estuvieron cuidándolas. A ellos se añadió Rafi, muy emocionado, en cuanto acabó las clases. Las crías hembra regresarían a la misma playa cuando les llegara el turno de poner huevos a ellas, así que era importante que pasasen cuanto menos tiempo mejor en la pecera y que tuvieran ocasión de familiarizarse con la costa.

No eran las únicas criaturas que deseaban recordar el lugar. Silver también fue a la playa y miró a su alrededor, maravillada por la jungla, el mar y el vasto cielo color pizarra que parecía envolverla como una caricia de terciopelo. Echó la cabeza atrás. Las estrellas iluminaban el universo entero, tan brillantes que casi le hirieron la vista.

Ella y Rafi llevaban los uniformes oficiales de STOP, y les habían concedido el honor de cargar el arcón con las crías. Lo sostenían cada uno por un asa (les resultó sorprendentemente ligero) e iban delante, seguidos por los padres de ella, José, Óscar, Ana, otros trabajadores, incluido Santiago, y una buena cantidad de voluntarios. También estaban Cosquilla, Bonito, Mórder —al que le habían insistido en que se comportara— y

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Veloz. El perezoso ya no era tan pequeño como al principio, pero lo que más le gustaba en el mundo seguía siendo colgarse del cuello de Rafi.

Como las tortuguitas eran tan pequeñas, había que limpiar la playa de obstáculos, para que su camino hasta la orilla quedara lo más despejado posible. Después de que los dos niños posaran el contenedor en la arena con suavidad, todo el grupo se dedicó a apartar las maderas y trozos de plástico traídos por la corriente, las piedras y conchas más grandes. Con todo ello hicieron una pila en un extremo de la playa, para recogerlo después. También aplanaron la arena, eliminando los montículos, hoyos y cráteres que se habían formado, hasta que por fin el camino quedó despejado del todo.

—¡Es la hora del discurso! —anunció Ana.

Le guiñó un ojo a Silver, sacó un puro de uno de los bolsillos y, sin encenderlo, le dio una calada.

—La verdad —comenzó— es que es un milagro que estas crías hayan llegado a nacer. De no ser por la valentía de dos niños, esta noche no estaríamos aquí.

Hizo una pausa para mirar a su alrededor, como valorando todo lo que había conseguido en los últimos treinta años. Por un instante se emocionó.

—Estas tortugas merecen nuestro respeto, al igual que todos los animales. Demos las gracias a la jungla porque hicisteis lo que os dictó vuestro corazón. No sois mis hijos, pero no hace falta para que esté orgullosa de vosotros.

—¡Por el amor a los animales! —exclamó el padre de Silver, al tiempo que alzaba el pincel en gesto de reconocimiento—. ¡Y por los niños, guardianes de un mañana mejor!

Rafi levantó su lanza. Veloz y los demás humanos alzaron un brazo.

—¡Por los guardianes de un mañana mejor! —gritaron todos.

Ana miró a los dos niños y asintió ligeramente. Ellos abrieron el arcón con cuidado. Dentro, ochenta y tres crías curiosas no paraban de agitarse.

—Adelante, Silver —dijo Rafi.

—¡Pura vida! Los dos a la vez —replicó ella.

Cogió una de las tortugas, que se agitó en su mano, y la dejó con cuidado en la arena. La criatura se quedó quieta un momento, como si estuviese sintonizando con alguna señal invisible, y entonces empezó a arrastrarse con las aletas hacia el agua.

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Rafi dejó otra en la arena, que fue a toda prisa tras su hermana. El padre y la madre de Silver cogieron una cada uno, al igual que Ana, José, Óscar y los voluntarios. Poco después ya estaban todas las crías fuera.

Parecían miniaturas bajo la inmensidad del cielo negro como la tinta. Habían sobrevivido a una aventura, e iban a enfrentarse a muchos más retos en sus vidas. No solo a los pájaros y otras criaturas marinas dispuestas a alimentarse de ellas, sino también a los daños cada vez mayores que le estaban causando los humanos a los océanos. Aun así, la esperanza se abrió camino en el corazón de Silver, igual que la luna trazaba un rastro en el agua.

Para entonces, quizá Silver también estaría allí, con su propia hija, al igual que ahora estaba con su madre. Y aunque eso no llegara a suceder — ¡quién sabe lo que nos depara el futuro!—, nunca nunca olvidaría aquel momento. Había quedado grabado en su corazón, igual que, a saber cómo, la playa quedaría grabada en la memoria interna de las tortugas.

Vio cómo la primera llegaba a la orilla y se la llevaba la corriente. Por un momento se mantuvo sobre el agua, flotando en una ola de luz de la luna. Silver abrazó a sus padres, que le proporcionaron una sensación de calidez y seguridad.

Mientras las demás crías también iban llegando, Silver siguió el rastro de la luna hasta donde le alcanzó la vista. Se imaginó a sí misma surfeándolo en el tiempo, hasta la era de los dinosaurios y más allá, hasta algún lugar donde todos sus antepasados formaban una larga fila y cada uno ocupaba su lugar perfecto en el cosmos.

Apretó fuerte la mano de sus padres, echó atrás la cabeza y soltó el alarido más fuerte del mundo.

Era Silver Trevelon, y estaba hecha de polvo lunar, la magia de los árboles y la llamada de la naturaleza. Estaba allí. Estaba viva. Lo era todo.

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Nota de la autora

Con veintitantos años tuve la suerte de pasar seis meses en Costa Rica, y fue una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Hoy, tantas lunas después, sigo recordando vívidamente la huella que dejó en mí. La abundancia de vida salvaje, la miríada de colores, la calidez de sus gentes. Es un lugar precioso. Y perfecto como escenario de una historia.

Playa Tortuga es un lugar ficticio, basado levemente en el Parque Nacional Tortuguero, al noreste de Costa Rica. Es una región muy reconocida (de nuevo) por su abundancia de vida salvaje, incluidas las tortugas marinas que acuden a poner sus huevos.

Dadas las necesidades de la historia, me he tomado algunas libertades en cuanto a las épocas de puesta. En la vida real, las tortugas salvajes las llevan a cabo en diferentes momentos del año. Las hembras de tortuga laúd sí llegan entre febrero y mayo, pero las verdes acostumbran a hacerlo entre julio y septiembre. En esa parte del país la arena sería de un color negro volcánico; decidí tomarme la licencia artística al ver la ilustración de la cubierta. Además, y aunque siempre tiendo a mostrar a los animales salvajes como supertiernos y amistosos, seguramente el tener a un perezoso como mascota no sea la mejor idea del mundo.

He contado esta historia desde la perspectiva de alguien de fuera, y pido perdón por adelantado por los errores que haya podido cometer.

El refugio dirigido por Ana no existe en el mundo real. ¡Si existiera, me aseguraría de visitarlo! (Cuando me preguntan qué haría de no ser escritora, mi respuesta siempre es que estaría ayudando en algún refugio). Las buenas noticias son que sí hay muchos santuarios de verdad por toda Costa Rica, y por todo el planeta. Son lugares que a menudo hacen una labor impresionante de vigilancia y protección de la fauna local, y ofrecen a los visitantes la oportunidad de trabajar como voluntarios. Pero antes de apuntarte, asegúrate de que sean lugares reputados.

Vale, y ¿por qué he elegido a las tortugas? Bueno, pues, porque son unas criaturas muy interesantes. En muchas culturas simbolizan la sabiduría y la paz. Pueden llegar a vivir muchos muchos años. ¡Y, además,

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pueden respirar por el trasero! (Técnicamente hablando, se llama «respiración cloacal», y en realidad no es respirar de verdad, sino echar oxígeno y dióxido de carbono, pero eso no quita que, cuando hibernan, la mayor cantidad de oxígeno entra a través de su trasero).

¿Qué mejor razón para escribir sobre ellas?

Pero en serio: es fascinante que sea una especie que existe desde los tiempos de los dinosaurios, a pesar de que, como tantos de nuestros amigos animales, hay múltiples amenazas para su supervivencia. Entre ellas, la contaminación por los plásticos, las hélices de las embarcaciones, las redes dispuestas para capturar a otras especies y en las que a menudo terminan atrapadas, la pérdida de hábitats en las playas, la polución sonora, las zonas costeras hiperdesarrolladas y llenas de luces que confunden… y, por supuesto, el aumento de la temperatura de las aguas. Como dice Rafi, hoy en día todas las especies de tortugas están en peligro, algunas en peligro extremo.

En cuanto a la amenaza que también supone el robo de huevos —y que es un problema en el mundo entero—, en esta historia he intentado no repartir culpas. Prefiero mostrar cómo Ana, al igual que tantos otros, usa la educación y la sustitución de ingresos como formas de enfrentarse al desafío.

Sé que muchos de mis lectores y lectoras son ENORMES amantes de los animales, y que a menudo sienten tristeza o preocupación por la disminución de la vida salvaje. Yo siento lo mismo. Esa es una de las razones por las que escribo libros, para poder mostrar a las magníficas criaturas que viven en nuestro precioso mundo. Puede que no sea capaz de salvar a todos los osos polares, ballenas grises o tortugas, pero confío en que mis obras ayuden, por poco que sea.

Y lo mismo con vosotros. En los pocos años pasados desde que se publicó El último oso, he oído un montón de historias inspiradoras por parte de lectores: osos polares adoptados, eventos para captar fondos, limpieza de playas y pequeños actos cotidianos de amabilidad. Todos ellos cuentan. Todos ellos contribuyen a marcar la diferencia.

Espero que esta nueva historia os anime a no perder la esperanza. Seguid creyendo en que vuestras acciones tienen impacto. Seguid hablando a otros de las cosas en las que creéis.

Y, sobre todo, seguid siendo vosotros mismos: sois muy especiales tal como sois.

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Con amor,

Hannah x

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Recursos y más lecturas

Estos son algunos de los recursos que he usado para la investigación de este libro y que creo que os pueden interesar. Tened en cuenta que casi todos están solo en inglés.

WWF:

Para saber más sobre las tortugas marinas y los peligros a los que se enfrentan. Hasta puedes adoptar una.

https://www.worldwildlife.org/species/sea-turtle

Refugio para tortugas:

Hay muchos en diferentes partes del mundo. He tomado como referencia este, incluyendo el «día de balneario».

https://oliveridleyproject.org

National Geographic Kids:

Descubre información muy interesante sobre las tortugas laúd. https://www.natgeokids.com/uk/discover/animalssealife/leatherbac

k-turtle-facts

Costa Rica:

Para ver fotos preciosas de la fauna de Costa Rica, mirad esta web de un viejo amigo y camarada del país.

https://www.adrianhepworth.com

Cómo ayudar:

Si sientes la inspiración de ayudar a las tortugas, aquí encontrarás muy buenos consejos, además de varias peticiones a las que puedes sumar tu

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voz.

https://www.seaturtles.org/save-the-turtles

Web de Hannah Gold:

Visítala de vez en cuando para leer noticias actualizadas, eventos a los que acudo, consejos ecológicos y mi divertida newsletter, Bear Club.

www.hannahgold.world

Whale and Dolphin Conservation:

Estoy orgullosa de ser embajadora de esta oenegé dedicada a proteger a las ballenas y los delfines.

https://uk.whales.org

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Agradecimientos

La playa de las tortugas es mi libro más personal hasta ahora. Me da hasta un poquito de miedo pensar que en este momento estarás sentada o sentado con mi historia en las manos.

A menudo la gente me pregunta (¡como a todos los autores!) de dónde saco mis ideas. Ojalá tuviese una respuesta mejor y más ingeniosa, porque la verdad es que no lo sé. Aparecen en mi cabeza como por arte de magia. En este caso, ni siquiera sé qué se me ocurrió primero, si escribir sobre una tortuga marina salvaje o basarme en cuestiones mías muy personales. Quizá fuesen las dos cosas a la vez.

Chris, mi encantador marido, y yo pasamos muchos años intentando concebir, y, como les pasa a muchas otras parejas, no lo conseguíamos. Fue duro. Fue un asco. Me causó mucho dolor y a veces aún me lo causa.

A finales de 2018, cuando estaba más hundida y me parecía como si el mundo hubiese perdido todo su color sin la perspectiva de niños en el horizonte, una amiga me recomendó dedicarme a la escritura como forma de alivio.

Y ¿sabéis qué? ¡Fue el mejor consejo que podía haber recibido! De lo que escribí nació mi primer libro, El último oso. Vertí en sus páginas todos mis deseos y todo mi amor. Sentí como si hubiera dado a luz (y uso esta expresión muy en serio) a algo especial. Y entonces sucedió algo milagroso y el libro ganó varios premios y conectó con niños y niñas del mundo entero.

Eso no era lo que me había imaginado con «tener hijos». Pero, en cierta forma, fue la forma perfecta de compensarlo.

Por eso, he creído importante reflejar algo de ello en este libro, y mostrar que, cuando la vida no se presenta en la forma que esperabas, sigue habiendo esperanza.

Pero La playa de las tortugas no me pertenece. Ningún libro es totalmente de quien lo escribe. No: esta historia le pertenece a Silver Trevelon. ¡Fue ella la que insistió en que tenía que ser divertido! No triste y desesperanzado, sino lleno de color y aventura. Una historia que mostrara las maravillas de la jungla y el milagro de la vida en todas sus

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formas. ¡Y sí, también una historia llena de animales cariñosos y adorables! (Creo que todos querríamos tener a una Veloz como mejor amiga. Desde luego, yo sí).

Posiblemente sea mi libro más ambicioso, y ha sido muy divertido escribirlo.

Y ahora, a por los agradecimientos…

Gracias a mi querida editora, Lucy Rogers, por tu paciencia, tu sensibilidad y tu atención al detalle, que valen por un millón de tortugas.

Gracias también al incomparable Nick Lake, esta vez por los rayos. Como siempre, agradecimientos enormes a todo el equipo de Harper

Collins Children’s Books, por el amor y cuidado que dedicáis a mis libros. A Cally Poplak, Laura Hutchison, Alex Cowan, Charlotte Winstone, Ellie Curtis, Elisa Offord, Jasmeet Fyfe, Kirsty Bradbury, Geraldine Stroud, Elorine Grant, Eve O’Brien, Val Brathwaite, Kate Clarke, Alexandra Officer, Juliette Clark, Jane Baldock y Charlotte Crawford.

A mi agente, Claire Wilson, por tu sabiduría, entusiasmo y nuestras tantas charlas motivadoras. Y a Safae El-Ouahabi por todo lo que haces.

A Levi Pinfold. Eres cada vez mejor. Eres un genio de verdad, y estoy más que agradecida de que mis libros cuenten con tu arte.

Gracias a Rebeca Guillén. Te conocí en Costa Rica cuando eras una niña y, para cerrar el círculo, de mayor has añadido muchos de los detalles locales que hacen que este libro resulte más auténtico, además de ayudarme con mi español. Y gracias a mi mejor amiga, Alison Bond, por ponernos de nuevo en contacto.

Gracias a mis editores internacionales, a los traductores que hacen su magia, y a los lectores y lectoras del mundo entero que descubrís mis historias: significa mucho para mí.

Sigo con mi rugido de gratitud a los geniales libreros y libreras que en todas partes siguen dando a conocer mi trabajo. Os estoy muy agradecida a todos. Mención especial a Helen, de Retford, en la esquina de al lado, y a Ben, Alison y Sandra en Tring, el pueblo en el que crecí.

A los increíbles profesores y profesoras que siguen maravillándome con las muchas formas que se os ocurren de usar mis libros en vuestras clases. De verdad, sois los mejores. Y lo mismo a educadores privados, clubs de lectura y librerías.

Gracias a Miranda McKearney, de Empathy Lab, por tu valoración sin límites del superpoder que es la empatía, y a todas las demás

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organizaciones maravillosas que luchan por la publicación de libros infantiles: BookTrust, World Book Day, BooksforTopics, y LoveReading4Kids, entre tantas otras.

A mis amigos autores y autoras. Vuestro apoyo a esta historia (¡y a mí!) ha significado mucho. Agradezco nuestros chats, nuestras reuniones, nuestras conversaciones robadas en presentaciones, los encuentros en tantas ferias y las carcajadas en tantas fiestas de las editoriales.

La fertilidad es un tema delicado, del que no acostumbra a hablarse abiertamente, por lo que quiero enviar mi amor a todos los que hayan seguido o estén siguiendo este camino. En especial, gracias a Sarah Holland, Gabriela Rosa y Marie Houlden por ayudarme cuando más lo necesitaba.

A mis amigos y amigas, que son alucinantes y que me han acompañado desde el principio. A mamá y a papá por su amor (¡siempre!), y a mi familia cercana y lejana por su apoyo: mis tías, mis tíos y todos mis primos, tanto por mi lado como por el de Chris. Con mención especial a Niamh y Arthur; nunca olvidaré nuestro paseo tan lleno de barro.

Y ahora a Connor, Charlotte, Oakley y Theodore, por ser la nueva generación. Es una bendición teneros a todos vosotros en mi vida.

A Chris. Hemos hecho un gran viaje juntos y, aunque no haya acabado como esperábamos, aquí seguimos, más fuertes que nunca. Y buen trabajo por tantas carreras: ¡corriste en la maratón, y estoy muy orgullosa de ti!

A mi tortuga, Arthur, por darme parte de la inspiración para Luna. Y a mi gata, Gremmie, compañera durante diecinueve largos años. Siempre he hablado de Gremmie en mis visitas a escuelas. Mientras escribo estos agradecimientos sé que está viviendo su último capítulo. Mi bolita de pelo… No puedo ni expresar cuánto voy a echarte de menos.

Y, por fin, a mis lectores y lectoras. De verdad, os estoy muy agradecida a cada uno de vosotros y vosotras. ¡No sabéis la alegría que me proporcionáis! Veros en escuelas, ferias y librerías, y leer vuestras cartas me hace muy feliz. A veces, cuando me siento triste por no haber llegado a ser madre, pienso en todos vosotros. Los miles de vosotros. Los cientos de miles. Y se me hincha el corazón.


HANNAH GOLD creció en una familia donde los libros, los animales y la belleza de nuestro entorno estaban siempre presentes. Su pasión es escribir historias donde compartir su amor por nuestro planeta.

Corrió una vez la Maratón de Londres, ha visto nacer una camada de gatitos debajo de su cama, y durante diez años ha sido profesora en distintos centros.

Hannah ahora vive en el Reino Unido con su tortuga, su gato y su marido. Cuando no está escribiendo, anda ocupada buscando cuál será el animal de su próxima historia o practicando su rugido.



FIN

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