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Libro N° 14883. Sombras De La Infancia. Lobo Y Delgado – 2. Zaragoza Gómez, Jorge.


© Libro N° 14883. Sombras De La Infancia.  Lobo Y Delgado – 2. Zaragoza Gómez, Jorge. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Sombras De La Infancia.  Lobo Y Delgado – 2. Jorge Zaragoza Gómez

 

Versión Original: © Sombras De La Infancia.  Lobo Y Delgado – 2. Jorge Zaragoza Gómez

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/sombras-de-la-infancia/


 

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Guillermo Molina Miranda




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SOMBRAS DE LA INFANCIA

 Lobo Y Delgado - 2

Jorge Zaragoza Gómez


Sombras De La Infancia

Lobo Y Delgado - 2

Jorge Zaragoza Gómez

Cuando Sergio Muñoz, un profesor de instituto y el hijo de Catalina, empresaria y la mejor amiga de Isabel Arnáez, desaparece sin dejar rastro, las sospechas empiezan a envolver a todos los que le rodean.

Isabel, propietaria de las bodegas Uriarte y ahora empleadora de Lobo y Delgado, les encomienda encontrarlo cuando la policía se muestra incapaz de avanzar.

La única pista: el testimonio borroso de un vagabundo que asegura haber visto cómo lo subían a la fuerza a una furgoneta.

Lobo, marcado por las cicatrices de su propia infancia, y Delgado, luchando contra las cenizas de su matrimonio, se adentran en un caso que los llevará al límite de sus fuerzas. A medida que la investigación avanza, descubrirán que algunas sombras del pasado no solo amenazan con destruir, sino con devorar todo a su paso.

¿Estarán dispuestos a cruzar las líneas morales que creían inquebrantables?

Jorge Zaragoza Gómez

Sombras De La Infancia

Lobo Y Delgado - 2

ePub r1.0

Titivillus 28.10.2025

Título original: Sombras de la infancia

Jorge Zaragoza Gómez, 2025

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

1

A Sergio le encanta. Hace casi una hora que curiosea entre las cajas de juguetes de diseños llamativos. Sus favoritas son las naves espaciales de Star Wars para montar. Toma en sus manos los modelos en exposición y los examina con detenimiento. Quita un par de piezas, las vuelve a colocar, ajusta el casco del piloto de caza estelar, lo sube a la nave y simula el vuelo. Podría pasarse horas enteras así.

Descubrió la tienda por casualidad hace apenas un par de meses. Es un local enorme, ubicado en una zona comercial de un polígono, entre una tienda de muebles y otra, de bricolaje. La primera vez entró movido por la curiosidad, pero al ver la cantidad de juguetes apilados en las estanterías, una emoción infantil lo embargó de golpe, como si por un instante volviera a su infancia.

Aquellos pocos metros cuadrados son el sueño de cualquier niño. Nunca imaginó que volver a jugar le haría disfrutar tanto. Ha sido un verdadero descubrimiento. Un juguete puede parecer algo trivial, pero, sin saber bien por qué, tiene la sensación de que algo ha cambiado en su vida.

De pequeño apenas recibía regalos, salvo en contadas ocasiones: Navidad, cumpleaños y poco más. Ahora, en cambio, ha comprado cuatro nuevos sets en el último mes, todos de marcas conocidas. Una vez intentó ahorrar con una imitación barata y, al montarla en casa, el avión parecía gritarle: ¡Soy de baja calidad, no juegues mucho conmigo! No lo tiró, pero lo relegó a un cajón. Cada vez que termina de montar una nueva adquisición, la saca para comparar las calidades.

Ahora mismo duda entre un caza estelar o un bombardero imperial, cuando, al levantar la vista, una punzada de incomodidad le recorre la espalda. ¿Alguien me está mirando? Un escalofrío fugaz le eriza la piel, pero cuando busca con la mirada, todo parece normal. Solo ve una familia con dos niños en la sección de juguetes de colección y un anciano revisando figuras de acción.

Suspira y sigue examinando las cajas, pero entonces sus ojos se encuentran con un rostro familiar. ¿Dónde lo ha visto antes? Le calcula unos treinta y muchos, quizá cuarenta. Atlético, piel morena, facciones angulosas, endurecidas por una barba incipiente y espesa. El pelo, casi al cero, refuerza su aire severo. Su ropa ajustada deja ver músculos bien definidos; sin duda, alguien que entrena con frecuencia. Una lástima no poder apreciar sus ojos, que a menudo son la mejor ventana al carácter de una persona.

Al notar su mirada, el desconocido baja la vista y toma entre sus manos una caja de colores llamativos. Sergio, por su parte, recoge un muñeco de la Guardia Imperial. Y entonces lo recuerda. Lo vio hace apenas un par de días, a la salida del instituto. Estaba apoyado en una farola, móvil en mano. En aquella ocasión, el hombre le dedicó una sonrisa cordial, como si ya se conocieran.

Sergio deja el muñeco. No hay razón para alarmarse, pero el corazón se le acelera. Menuda estupidez. Menea la cabeza, intentando despejarse y, cuando vuelve a mirar, el hombre ha desaparecido. Ladea la cabeza de un lado a otro. Nada. Ni rastro. No entiende bien por qué, pero siente alivio. No seas paranoico, se dice, ya con la respiración más calmada. Se ha hecho tarde y la tienda está a punto de cerrar.

No tiene prisa por llegar a casa. Orco, su caniche, está acostumbrado a salir a última hora, casi a medianoche. Piensa en lo que podría haber en la nevera y no está seguro de qué encontrará, salvo la certeza de que será poca cosa. Últimamente, su atención está demasiado centrada en el trabajo. Las clases requieren tiempo, si se quieren hacer bien. Además, cada año los adolescentes parecen tener las hormonas más revolucionadas. ¿Será por las redes sociales? ¿Por internet? ¿O tal vez porque él se vuelve un poco más cascarrabias con cada curso? Sea como sea, la docencia ya no le apasiona como antes.

Al menos, todavía mantiene sus proyectos, esos que le hacen sentirse vivo y sobrellevar mejor la soledad. Sergio trata de llevar una vida normal y, de vez en cuando, se concede pequeños caprichos, con todo el derecho del mundo a disfrutarlos, como los demás. Eso es todo.

Una voz suave lo saca de sus pensamientos.

—¿Te gustan los juguetes de “La guerra de las galaxias”? —pregunta un niño de unos diez años, que lo observa con una mezcla de curiosidad y admiración.

Sergio sonríe, sorprendido por la repentina compañía. El pequeño lleva una camiseta de superhéroes y sus ojos brillan de entusiasmo mientras señala las naves en sus manos.

—¡Sí, me encantan! —responde Sergio, en un tono amable—. Hay algo especial en estas naves, ¿verdad? Te hacen imaginar que estás en otra galaxia.

El niño asiente con vehemencia y toma una de las figuras de un estante cercano, un pequeño droide con detalles en plata y azul.

—Yo tengo uno como este en casa, y también un caza —cuenta con un tono de orgullo—. A veces, cuando mi mamá me deja, hago batallas en mi cuarto y… —baja la voz, como si revelara un secreto—. Siempre gano.

Sergio ríe, contagiado por la energía del niño y cuando se dispone a responder, una mujer se acerca con paso firme y la mandíbula apretada. Sin decir una palabra, le extiende la mano a su hijo.

—¡Llevo más de cinco minutos buscándote! —le recrimina.

Luego le coge con fuerza del abrigo y lo arrastra con ella.

—Adiós —se despide el niño, mientras su madre lo guía hacia la salida.

Sergio se decanta finalmente por el bombardero imperial y regresa a casa en su Seat Ibiza. Antes de subir, pasa por el bar de la esquina y se lleva envuelto en papel de aluminio un bocadillo de lomo con queso. Hace cuatro meses que vive en el barrio de Las Alquerías, en su Granada natal. Lleva años cambiando de casa por toda Andalucía, de instituto en instituto. Aunque sus compañeros lo detestan, para él mudarse es una necesidad. Le encanta. Le da la impresión de estar empezando una vida nueva cada vez. Ha pasado por Ronda, Aracena, Baena, Almonte… La lista es tan extensa que le cuesta recordar cada una de las poblaciones.

Al abrir la puerta del apartamento, un aire helado lo recibe. Orco, su caniche enano de abundante pelo rizado marrón, se pone a ladrar y a dar brincos a su alrededor. Esto sí es un recibimiento. Deja las llaves y la bolsa con el juguete sobre los folletos publicitarios que se acumulan en el mueble de la entrada.

Avanza hacia el salón, que comparte espacio con una pequeña cocina de azulejos deslucidos. Sobre la mesa, un par de revistas y papeles del instituto, junto con algunos sobres sin abrir, ocupan buena parte del espacio. Unos cuantos platos se apilan en el fregadero, a la espera de ser lavados, y junto al microondas, que muestra la hora parpadeando de manera errática, hay una taza de café a medio terminar que dejó por la mañana.

Enciende la televisión y se deja caer en el sofá. Orco da un salto y se acomoda a su lado, apoyando la cabeza entre sus piernas. Sergio da un mordisco al bocadillo y mientras mastica, se permite una sonrisa al recordar la tienda de juguetes, la breve conversación con el niño y la idea de que aún hay pequeñas cosas capaces de hacerle sentir vivo, aunque solo sea por un instante en medio del caos de su vida.

Tras acabar la cena, se queda mirando el portátil sobre la mesa, y aunque sabe que es tarde, no puede resistirse. Sin mucha ceremonia, empuja algunos papeles a un lado, abre el ordenador y enciende la pantalla. La luz azulada ilumina su rostro, y en cuanto ve lo que aparece en pantalla, sus ojos se agrandan levemente, como si hubiera encontrado algo que llevaba tiempo esperando. Su respiración se acelera casi imperceptiblemente y una ligera sonrisa nerviosa se dibuja en sus labios.

Durante varios minutos, Sergio permanece así, con los ojos fijos. Apenas parpadea, su cuerpo cada vez más alerta. Una risa contenida se le escapa y luego sacude la cabeza, como si intentara no emocionarse demasiado. Sin embargo, de repente Orco, que ha estado observando la escena desde el sofá, suelta varios ladridos agudos.

Sergio, sobresaltado, cierra el portátil y lanza un suspiro profundo, como si el sonido lo hubiera sacado de un trance.

—Está bien, Orco, ya es tu hora, ¿verdad? —dice, mientras el perro menea la cola con ansia.

El barrio todavía ofrece descampados a la espera de un promotor ávido de hacer dinero, pero que de momento sirven a Orco para corretear y hacer sus necesidades sin tener que recogerle los excrementos en una bolsa de plástico. A esas horas, nunca suele haber nadie y a Sergio le agrada esa sensación de soledad en el paseo. Una vez que se ha asegurado de que el perro ha hecho lo que tenía que hacer, lo llama con dos silbidos, lo ata y toma el camino de vuelta a casa. Está a solo un par de manzanas, cuando escucha el ruido de un motor que se acerca por detrás y se detiene a su lado.

Sergio no le da importancia hasta que el sonido de una puerta al cerrarse le sobresalta. Siente la presencia de alguien. No tiene tiempo de girarse antes de que un golpe brutal entre los omóplatos le deje sin respiración. Pierde el equilibrio y cae hacia delante. El impacto le sacude la mandíbula, y un regusto cálido y metálico le llena la boca antes de escupir sangre.

Orco ladra, pero un pisotón con unas botas hace que los huesos del animal crujan junto a un lamento ahogado. Después, el perro es levantado por una mano enguantada que se lo lleva. Sergio apenas puede moverse. Gira la cabeza y ve al hombre de la tienda de juguetes lanzando a Orco al interior de una furgoneta.

Intenta levantarse, pero antes de conseguirlo, una patada en el costado lo dobla como a un muñeco de trapo. Un espasmo de dolor le recorre el cuerpo y no puede evitar que se le escape algo de orina. Con la respiración entrecortada, suplica varias veces que no le haga daño, pero el otro lo ignora y, enfurecido, lo agarra del pelo y lo incorpora de un tirón, antes de hundirle un puñetazo en el estómago.

Sergio se pliega sobre sí mismo y vomita bilis junto con trozos del bocadillo. Un juramento ininteligible escapa de los labios de su agresor. Sin esfuerzo, lo coge por la espalda, lo alza y lo sienta en el borde de la furgoneta.

Sus miradas se cruzan. Ojos negros, duros, brillantes. Luego, otro golpe. Un puñetazo seco en la nariz. Sergio cae de espaldas, el cráneo choca con el suelo metálico. Un dolor punzante le atraviesa la cabeza. No quiero morir.

Antes de que pueda reaccionar, una bolsa le cubre el rostro. Un nuevo mazazo en el estómago le roba el aire. Sus muñecas quedan atrapadas en un lazo apretado, a la espalda.

Sergio está aturdido, pero consciente. El sabor agrío del vómito se le ha aferrado a la garganta. Sangra por la nariz y por la boca. Un miedo intenso atenaza todo su cuerpo. Unos segundos después la furgoneta arranca. No quiero morir, repite. ¿Por qué a mí?

2

Nora se mantenía despierta, los ojos cerrados, girada en su borde de la cama, con la espalda orientada al lugar que ocuparía Fernando, en breve. Habían cenado una contundente ración de chuletas de cordero lechal, patatas fritas y se habían ventilado la botella de vino entera. Bueno, más bien había sido él, que satisfecho por el avance del trato con los japoneses y su ascenso en la empresa, últimamente estaba eufórico y se animaba a darse atracones con más frecuencia de la que su médico le recomendaba.

Desde su lado de la cama, Nora escuchaba cada sonido: la cadena del inodoro, el flujo del agua del grifo, un breve silencio, y de nuevo el agua corriendo. Los movimientos ruidosos de Fernando dentro del baño se prolongaron durante un buen rato, hasta que finalmente irrumpió en la habitación. El perfume de la colonia que Nora le había regalado por Navidad llenó el aire en cuanto él cruzó la puerta. Al sentarse sobre el colchón, el somier crujió con toda su fuerza. Nora cerró los ojos y simuló una respiración profunda. Él acercó su rostro por detrás y empezó a besarla con suavidad en el cuello. El eucalipto de la crema dental le llegó con fuerza. Tras unos cuantos picotazos, él deslizó una de sus enormes manos por encima del brazo hasta agarrar con suavidad uno de sus pechos. Nora resopló.

—Mi niño, déjalo, estoy muy cansada.

Él obvió su comentario y acercó la boca a su oreja.

—Esta noche vas a ser mía y voy a hacerte todo lo que me pidas — susurró él mientras le acariciaba el pezón.

Delgado se revolvió con fuerza y le apartó el brazo con brusquedad. —¡Quillo, que no tengo ganas!

Fernando dejó caer su pesado brazo con fuerza sobre el colchón. —¿Se puede saber qué coño te pasa?

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—¿A mí? —respondió acompañada de una risa sarcástica—. Más bien que le pasa al señor D. Maxwell, flamante director comercial que llega de noche del trabajo, cansado, y cuando a él le apetece echar un polvo, su esposa sumisa tiene que estar dispuesta a darle placer. Pues no, mi niño, ahora no tengo ganas.

Fernando empezó a refunfuñar y se giró con fuerza. El somier gimió en protesta, primero con un crujido seco, luego con un quejido más profundo. A Delgado le recordó una vieja película de piratas que había visto en su adolescencia, una en la que una goleta crujía bajo el embate de las olas hasta que, incapaz de resistir más, se partía en dos y se hundía en la oscuridad del mar.

Ocurrió lo mismo. Literalmente.

Los soportes de la estructura de madera, obligados cada noche a sostener los kilogramos de ambos, cedieron con un último chasquido agónico. Un estruendo sacudió la habitación y, en un segundo, el colchón se desplomó y los arrastró con él hasta el suelo de mármol.

—¿Estás bien? —preguntó Fernando, con la respiración agitada.

Nora inspiró antes de responder.

—¿Bien? No, mi niño, no estoy bien —había elevado el tono de voz

—. Ahora mismo estoy igual que estas patas de madera: hecha polvo. Nora alargó el brazo para encender la luz. Fernando, desnudo, la

observaba tumbado a su lado. Tardó unos segundos en responder.

—El destino ha querido que lo hagamos en el suelo, como animales — dijo finalmente.

—Mi niño, tú no te quieres enterar, ¿cierto?

Nora se sentó. Miró los trozos astillados de las patas de la cama esparcidos a su alrededor. El frío del mármol le calaba en la piel, pero no era eso lo que la hacía temblar.

—No sé cuántas veces tengo que repetirlo para que me escuches — dijo ella finalmente, mientras se apartaba un mechón de pelo de la frente.

Fernando, todavía en el suelo, miró hacia el techo, como si no supiera qué responder. Tras unos segundos que parecieron horas se incorporó, con las piernas cruzadas y los codos sobre las rodillas.

—Mira, Nora, si no quieres, no quieres. Pero tampoco me montes este numerito —murmuró.

Ella soltó una risa breve y sin alegría, mirando los fragmentos de madera esparcidos por el suelo.

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—¿Numerito? Tú lo has dicho, Fernando. Lo nuestro es puro teatro, del barato, y ya no sé si me quedan ganas de seguir actuando.

El silencio que siguió fue tan espeso que el tumulto que había retumbado unos instantes antes parecía poca cosa. Fernando bajó la mirada primero hacia los trozos de madera y luego hacia ella.

—¿De qué coño estás hablando? —lanzó él las palabras con agresividad.

La pregunta quedó en el aire. Nora se levantó despacio, cogió el edredón y, sin mirarlo, dijo:

—Voy a dormir en el sofá. Buenas noches.

Pensar en la última llamada de Félix Lobo y la cita con él al día siguiente, la ayudó a relajarse y a conciliar el sueño.

Nora había reservado mesa en un mesón, un rincón discreto y acogedor en el barrio de Las Letras. Un lugar de techos bajos, vigas de madera añeja y un suelo de baldosas hidráulicas desgastadas por el paso del tiempo. Las paredes estaban adornadas con antiguas litografías madrileñas, y el aire olía a una mezcla de los jamones que colgaban de las vigas y los guisos de cocido que llevaban horas en el fuego. No estaba segura de qué le gustaba más, de modo que decidió que saciaría su estómago y el mal humor con ambas delicias. Aquel mesón se había convertido en un santuario cuando llegaron a Madrid, aunque hacía ya varios meses que no había conseguido volver a visitarlo junto a Fernando. El trabajo. Siempre el trabajo.

Llegó unos minutos antes, más por nerviosismo que por costumbre, y eligió una mesa al fondo, junto a una pequeña ventana desde la que se veía un patio interior con geranios en macetas. Se sentó y pidió un vino tinto de la casa, mientras se ajustaba la chaqueta holgada de punto y revisaba mentalmente lo que iba a decirle a Félix.

Apenas había consentido unas pocas llamadas a su vuelta de Logroño, tras el cierre del caso Uriarte, con el fallecimiento de Nacho Larrea. Desde entonces había evitado cualquier reencuentro. No estaba preparada. No mientras su matrimonio pendiera de un hilo. Pero ahora, tras semanas de darle vueltas, había decidido que no podía ignorar su llamada. Había llegado el momento de coger el toro por los cuernos y afrontar los desafíos de cara.

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A las dos de la tarde en punto la puerta del mesón se abrió y entró Félix Lobo. Ni un minuto antes, ni un minuto más tarde. Su figura espigada destacaba, incluso entre el gentío que se amontonaba alrededor de la barra. Vestía su habitual gabardina gris, y el bastón con la cabeza de águila marcaba el ritmo de sus pasos, con un ligero repiqueteo sobre el suelo de baldosas. Llevaba una mascarilla negra que le cubría la mitad del rostro, pero que no podía ocultar sus ojos azules escrutadores. Nora sonrió al verlo.

—¡Lobo! —exclamó mientras se levantaba para saludarlo con dos besos.

Él se inclinó lo justo, con la rigidez de un soldado en formación. —Delgado —respondió con sequedad, retirándose la mascarilla antes

de guardarla en el bolsillo.

Félix acomodó su bastón contra la silla y sacó un pañuelo para limpiar con meticulosidad de cirujano la superficie de la mesa antes de posar las manos sobre ella. La camarera llegó con la carta a la velocidad de la luz. Félix la observó de reojo, seguramente para evaluar el uniforme arrugado y con manchas de aceite o las uñas pintadas con el esmalte saltado, pero se mantuvo impasible. Nora pidió otro vino tinto, y Félix, un agua mineral sin gas. La camarera lo apuntó todo en una pequeña libreta.

—¿Y para comer?

—Una ración de jamón ibérico de bellota y cocido para dos — sentenció Delgado—. Eso sí, que el jamón esté bien veteado de grasa.

—Como tiene que ser señora —la chica le guiñó un ojo, se puso el lápiz tras la oreja y no habría andado más de dos metros, cuando vociferó la comanda a cocina y colgó el papel en una pequeña pizarra.

Nora comprobó cómo Lobo la observaba con sus pequeños ojos, con aire de sorpresa.

—¿Qué pasa, mi niño?

—No como jamón serrano.

—¡Alto ahí! —Levantó la mano—. Mi arma, ni se te ocurra mentar el jamón ibérico de bellota como si estuviéramos hablando de un jamón serrano vulgar. La raza del animal es clave, su alimentación, estado de ánimo… —enumeró y luego se detuvo, pensativa—. Yo los imagino felices, junto a la piara, correteando por la dehesa y comiendo bellotas en libertad.

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—A mí no me gusta el jamón —reiteró él—. Demasiada grasa y hablamos de carne procesada.

—¿Carne procesada? —gritó ella—. No me lo puedo creer. —Nora movía la cabeza de lado a lado—. La grasa es lo mejor, ese sabor entre dulce y salado…

—Umami —puntualizó él.

—¿Cómo?

—Umami —reiteró él.

—Pues umami, mi niño, lo más rico del mundo. ¿Pero cómo puede ser que a alguien no le guste semejante manjar? Es mi comida preferida, no puedo entender que no te guste.

Lobo subió los hombros. Nora agarró el cuchillo con fuerza en su mano derecha y lo levantó, apuntando hacia él.

—Yo por un buen jamón de bellota mato.

Ella le mantuvo mirada hasta que Félix dibujó una mueca al principio, que luego se convirtió en una ligera sonrisa.

—Deberías sonreír más, niño —dijo ella—. Como diría Blas, por mis santos cojones que sí, que deberías reír más —había cambiado el tono de voz, imitando la voz de Zalduendo, más ronca y con cierto acento riojano.

Ella rio a carcajadas y él, por segunda vez en un corto espacio de tiempo, volvió a dibujar una mueca de relax en su rostro. La camarera trajo el plato de jamón.

—¿Desean alguna otra cosa?

Ya había agarrado el lápiz y tras el movimiento de cabeza de Nora desapareció de su lado. Ella agarró una loncha, cerró los ojos, la olfateó y la metió en la boca, para masticarla con suavidad.

—¿Qué era eso tan importante? —preguntó al acabar.

Félix no respondió de inmediato. Carraspeó ligeramente y entrelazó las manos frente a sí, como si aquel gesto le ayudara a organizar sus pensamientos. Sus ojos, pequeños pero penetrantes, se clavaron en los de Nora.

—Me llamó Isabel.

Nora volvió a dejar en el plato el último trozo de jamón. Miró fijamente a Félix.

—¿Qué ha pasado, mi niño?

—Isabel nos necesita. Catalina, su amiga del alma desde la infancia, está desesperada. Su hijo, Sergio, desapareció hace dos días y no hay

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rastro de él. Nadie ha llamado, nadie ha pedido un rescate. No parece un secuestro convencional, algo no encaja, y Catalina teme lo peor.

Nora frunció el ceño. Había aprendido a confiar en el instinto de Félix, pero también sabía que siempre iba directo al grano, dejando fuera los detalles que consideraba secundarios.

—Espera, mi niño, ¿quién es Catalina, exactamente?

—Catalina e Isabel se conocen desde niñas, de La Rioja. Hace años que Catalina vive en Granada. Está casada con Francisco Muñoz, un empresario influyente por allí. Su hijo, Sergio, es profesor de instituto. Este curso volvió a ser asignado a Granada, después de varios años dando clase por varios pueblos de Andalucía. Según Isabel, es un chico tranquilo, responsable, que adora su trabajo y no tiene problemas con nadie. Pero desde hace un par de días, nadie sabe nada de él.

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3

No veía nada. La bolsa que le cubría la cabeza le robaba el aire y lo sumía en una oscuridad sofocante. Atado, no pudo evitar que su cuerpo rodara y chocara con las paredes y las herramientas que se amontonaban por el vehículo. Las súplicas no sirvieron de nada. De pronto, la velocidad disminuyó, el rugido del motor se volvió más grave y un chirrido de frenos anunció el final del trayecto. La furgoneta se detuvo. El hombre lo sacó como si fuera un trozo de carne y se lo cargó al hombro.

Aunque Sergio no era un hombre corpulento —no sobrepasaba los setenta kilos—, aquel individuo lo manejaba con la facilidad con la que se mueve un muñeco de trapo. Tras unos metros, lo dejó caer desde arriba. Su espalda impactó contra el suelo, con un crujido sordo. Un latigazo de dolor le recorrió la columna. Intentó moverse, pero antes de que pudiera reaccionar, unas manos lo aferraron de la cabeza y lo arrastraron sin contemplaciones. El suelo rugoso raspaba su piel, y un instante después, su cuerpo descendió bruscamente por unas escaleras. Cada peldaño se le clavaba en las costillas. Un dolor intenso que le dejaba sin aire.

A pesar de que no dejó de suplicar en ningún momento, el captor no se detuvo ni abrió la boca. Hasta que Sergio se golpeó en la cabeza contra el bordillo. Un destello blanco le explotó en la visión, seguido de un zumbido ensordecedor. Sintió cómo su cuerpo se desvanecía, como si cayera en un pozo sin fondo. Luego, la oscuridad.

Cuando recobró la conciencia, lo primero que sintió fue un dolor punzante en la sien, como si un clavo incandescente le atravesara el cráneo. Al menos, no llevaba la bolsa, pero cuando abrió los ojos con dificultad, todo a su alrededor seguía siendo penumbra. Un aire húmedo y viciado le arañaba los pulmones y un ligero eco de gotas que repicaban en algún

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lugar cercano le reveló que debía encontrarse en un sótano o alguna clase de espacio cerrado. Intentó moverse. Nada.

Sintió que le faltaba el aire. Tenía la boca cubierta con cinta adhesiva. Durante un instante, el pánico le dominó y comenzó a forcejear con furia, pero el dolor en las muñecas y el ardor de las costillas le bloqueaban cada vez que se retorcía. Todo fue inútil. Sus músculos cedieron antes que las ataduras, y solo entonces su mente comenzó a procesar con cierta claridad.

Cerró los ojos y se obligó a escuchar. Había algo más que las gotas, un rumor distante, pasos tal vez, o arrastre de muebles. La ansiedad volvió, pero esta vez se transformó en rabia. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué lo había llevado allí? Y, sobre todo, ¿qué iba a hacerle ahora?

Sergio estaba tumbado en el suelo. De costado, con los brazos atados a la espalda. Con mucho dolor consiguió ponerse boca arriba. Apenas una ligera claridad le permitió adivinar el contorno de lo que parecía una nave industrial o un almacén. Era un gran espacio vacío con una luz difusa que provenía de arriba.

El recuerdo de cómo lo arrastró por las escaleras hizo que el miedo volviera. Empezó a gimotear, pero con la boca cerrada se atragantó y los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía vomitar, de forma que la boca se le llenó de bilis y se vio obligado a tragársela. Tras unos instantes de pánico, consiguió serenarse de nuevo. Era necesario recobrar la calma para comprender lo que había ocurrido y el motivo que había llevado a aquel hombre a comportarse así. Debía de existir una razón para aquella crueldad.

De repente, a lo lejos, se oyó un golpe que resonó con estruendo por las paredes. Sergio sintió un rayo de esperanza. Se dio impulso y se volvió a tender de lado. Era el mismo hombre. Vio cómo se acercaba con pasos tranquilos, la cara descubierta. Se le cortó la respiración. A su cabeza le llegaron las películas de Hollywood en las que el secuestrador que mostraba su rostro tenía claro que no pensaba dejar con vida al raptado. El corazón le dio un vuelco.

Finalmente se detuvo ante él. Sergio evitó alzar los ojos. Solo vio unas botas militares, gastadas y sucias de barro. El otro le observaba desde arriba, sin decir palabra. Así se mantuvieron un buen rato, hasta que Sergio se decidió a levantar la mirada hacia él. Visto desde abajo, el hombre tenía una complexión impresionante, unos pectorales y hombros

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anchos que provocaban el efecto de una cabeza diminuta. Su ojos, negros y brillantes, no se movían. Ni siquiera parpadeaban.

Sergio deseaba decir algo, preguntar por qué a él, pero la cinta adhesiva se lo impedía. Tampoco estaba seguro de qué hubiera dicho, posiblemente le saldría de nuevo una súplica. Todavía algo confuso, se preguntaba de forma cíclica qué iba a hacer con él. ¿Matarlo? Entonces, se puso a llorar.

El hombre se alejó y empezó a arrastrar un objeto pesado, que chirriaba sobre el suelo de cemento. Poco a poco, la estructura fue cobrando forma. Era una especie de prisma rectangular a tiras metálicas, con una abertura por el lateral. Algo más de un metro de longitud y apenas medio metro de ancho. El metal estaba oxidado, con algunos bordes afilados y tornillos sobresalientes. En algunas partes tenía unos remates, como si esos trozos se hubieran usado antes.

Se detuvo con los brazos en jarras y se quedó un rato mirando la caja. Luego se giró y se quedó con los ojos fijos en Sergio. Su boca dibujó una mueca. Se agachó y le arrancó la cinta de la boca.

—¿Qué vas a hacer? —balbuceó Sergio.

El hombre no respondió. Abrió dos candados enrobinados y deslizó la lámina superior hacia arriba. A continuación, le quitó los zapatos a Sergio, le arrancó la camisa, los pantalones, lo levantó con una facilidad pasmosa y lo lanzó al interior. Al tocar con el brazo contra un saliente metálico, se hizo un corte por encima del codo. La sangre tibia le empezó a resbalar por la piel.

La caja tenía el tamaño justo para que no pudiera estirarse, estaba acurrucado. El hombre cerró la compuerta de forma violenta y apenas quedaron unos centímetros entre la piel desnuda de Sergio y la superficie metálica.

—¿Qué quieres de mí? —gritó.

Escuchó unos pasos que se alejaban. Ruidos de cadenas, de nuevo unos pasos, esta vez que volvían hacia él. El ruido de unos eslabones de hierro que pasaban cerca de su cabeza le sobresaltó.

—¡Déjeme salir, se lo suplico!

Sentía la presencia del hombre cerca de él. Por un momento, sintió su aliento. Sergio intentó mover las piernas, pero no había espacio. Sus rodillas chocaban con el metal oxidado que raspaba su piel con cada

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mínimo movimiento. El dolor en el brazo, donde el saliente metálico le había herido, se intensificaba con la postura forzada.

—¿Por qué estoy aquí?

Sergio escuchó de nuevo el chirrido metálico de las cadenas. La caja tembló de forma repentina, y por un instante pensó que el hombre había regresado para abrirla. Pero no. En lugar de eso, la caja comenzó a inclinarse, con un movimiento lento, torpe, que le obligó a reajustar su postura. El frío metal resbaló contra su espalda desnuda cuando fue empujado hacia uno de los bordes.

“¿Qué está haciendo?”, pensó, mientras intentaba apoyarse sobre los pies, pero la inclinación no le dio tiempo. En cuestión de segundos, la caja quedó en posición vertical, con Sergio encorvado, el peso de su cuerpo obligándole a doblar las piernas y presionarse aún más contra el interior metálico.

El zumbido de las cadenas pasó justo sobre su cabeza, acompañado por un fuerte tirón que hizo vibrar la estructura. A través de las pequeñas rendijas, Sergio pudo distinguir una polea oxidada, que giraba lentamente al ritmo de los movimientos del hombre. El aire helado entró por las rendijas superiores, una corriente que solo amplificaba la sensación de vulnerabilidad. La caja estaba suspendida, como una prisión flotante que lo obligaba a mantenerse encorvado.

Intentó apoyarse en las paredes metálicas, pero no había lugar para cambiar la posición. En cada intento de enderezarse chocaba con los límites de aquel ataúd improvisado. El espacio era insuficiente para que pudiera estirar las piernas o descansar la espalda, y mantener la cabeza erguida se convertía en un desafío mayor con cada segundo que pasaba. Los músculos de su cuello y espalda comenzaron a temblar y un calambre se apoderó de su pantorrilla izquierda.

—¡Por favor! —gritó—. ¡No puedo más!

Desde fuera, el hombre soltó una carcajada corta. Sergio cerró los ojos, intentando contener las lágrimas que empezaban a nublar su visión. No podía mostrarse débil, no podía ceder, pero la posición forzada lo sometía a una tortura que su cuerpo no estaba preparado para soportar.

El hombre seguía ahí fuera. Sergio podía escucharlo moverse, oía el crujido de sus botas sobre el cemento y el retumbar de los eslabones que pasaban por la polea. Quiso preguntarle cuánto tiempo lo dejaría así, pero sabía que la respuesta, si llegaba, no sería una que quisiera escuchar.

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—¿Qué quieres de mí? —logró articular, con la voz quebrada.

No respondió. En vez de eso, dejó caer la cadena, haciendo que la caja diera un tirón seco hacia abajo. Sergio gritó, más por el susto que por el dolor, y trató de estabilizarse en aquella posición insoportable. La presión en su abdomen se intensificó, y su respiración se volvió más superficial. Cada segundo era un martirio, y cada movimiento del hombre, un recordatorio de su absoluta impotencia.

El hombre abrió el pequeño portón de uno de los laterales. Le cortó las bridas de las muñecas y Sergio sintió un fugaz alivio. Fue efímero. Instintivamente, extendió las manos hacia afuera, buscando a tientas algún punto de apoyo en la pared metálica, pero su secuestrador no le dio oportunidad. Cerró con un portazo contundente, y el eco retumbó dentro de la caja como una sentencia final.

El silencio regresó, pesado, casi tangible. Solo se escuchaban las cadenas que todavía se balanceaban ligeramente, el único recordatorio de que la caja estaba suspendida. Sergio trató de controlar su respiración, pero era imposible. Sus músculos temblaban, y su cuerpo encorvado parecía gritarle en cada fibra que aquello no podría soportarse por mucho más tiempo.

Entonces, la voz del hombre llegó, grave y cortante, como un cuchillo al corazón.

—¡Maldito cerdo, hijo de puta, vas a suplicarme que te mate!

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Apoyado sobre el muro de piedra del mirador, Lobo contemplaba la silueta de la Alhambra, majestuosa y eterna. El aire frío de la sierra llegaba hasta sus mejillas y el cielo, de un azul limpio, se fundía en el horizonte con las cumbres nevadas de Sierra Nevada. La fortaleza coronaba la colina de la Sabika. Sus murallas de tonos ocres y rojizos parecían arder bajo la luz del sol. Alrededor de los muros de piedra, una densa masa de vegetación cubría la ladera, salpicada de cipreses y pinos que se alzaban como flechas hacia el cielo.

Había algo en esa vista que calmaba sus pensamientos, que organizaba el caos en su mente y le recordaba que, en un mundo tan vasto, sus propios demonios no eran más que un grano de arena en el desierto. A sus pies, la ciudad despertaba, repleta de turistas en un ajetreo constante. Las estrechas callejuelas del Albaicín serpenteaban hacia abajo, entre fachadas blancas que reflejaban la luz del sol. Un grupo de personas que conversaban en un idioma que no alcanzó a identificar irrumpió en la calma del mirador, liderados por una joven con un paraguas abierto, que daba las explicaciones.

Entre ellos, una niña de unos ocho años, con una melena oscura recogida en dos coletas desordenadas, se separó del grupo y comenzó a girar en círculos junto al muro, riendo, mientras sostenía un helado de fresa. Su risa clara y despreocupada atrajo la atención de Félix, pero el caos no tardó en aparecer: con un giro demasiado entusiasta, el helado resbaló de su mano y se desplomó sobre el empedrado, con un sonido húmedo. La niña miró con ojos vidriosos el desastre.

—Se ha caído —dijo, en voz baja, con un atisbo de lágrima en la voz. Lobo clavó los ojos en el charco pegajoso que el helado había formado

entre las piedras. Un escalofrío recorrió su espalda. Pensó en que la mezcla de azúcar y tierra atraería hormigas y, sobre todo, en el hecho de que, para

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cualquier virus o bacteria presente en el suelo podría ser el festín perfecto. Bufó para sí mismo, como si estuviera a punto de enfrentarse a una tarea heroica, y tras apoyar el bastón contra la piedra, sacó del bolsillo interior de su gabardina un pañuelo cuidadosamente doblado, de los muchos que llevaba siempre consigo.

Se agachó, consciente de las miradas del resto del grupo, y limpió el empedrado con movimientos firmes y medidos. Luego, usó la punta de su bastón para recoger el trozo de cucurucho que había quedado a un lado y lo depositó cuidadosamente en la papelera más cercana. Todo el proceso le tomó apenas unos segundos que le parecieron eternos.

Cuando volvió junto a la niña, que lo miraba con una mezcla de asombro y alivio, sacó un frasco de gel hidroalcohólico de otro bolsillo, se echó una generosa cantidad en las manos y se las frotó con un gesto mecánico, casi como en un ritual.

—¡Gracias! —susurró la pequeña, antes de ser arrastrada de vuelta por una mujer que debía ser su madre.

Lobo volvió al muro del mirador, se ajustó la mascarilla que había colgado del cuello, y fijó los ojos en la Alhambra. El sol rozaba los muros en una sinfonía espléndida de tonos rojos y naranjas. Pensó que eran los colores de la Creación… o los del Fin del Mundo.

—¿Qué pasa, mi niño, te gustan las vistas?

Las palabras de Nora le sobresaltaron.

—Son perfectas en soledad —replicó Lobo, sin apartar la mirada de la fortaleza.

Delgado se apoyó en el muro junto a él. Luna, su labrador, se sentó obedientemente a sus pies, aunque su mirada inquieta saltaba de un lado a otro, como si intentara descifrar los secretos de Granada. Lobo tomó aire antes de hablar.

—Vamos, Catalina nos espera.

La casa quedaba a poca distancia del mirador. El sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, mientras Lobo y Delgado avanzaban por las callejuelas empedradas del Albaicín. El Carmen apareció al doblar una esquina, con sus terrazas de cipreses que se recortaban contra el cielo teñido de tonos naranjas y púrpuras. El portón de hierro forjado estaba

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flanqueado por altos muros blancos, coronados por macetas de geranios que añadían un toque de color. Delgado lanzó un leve silbido.

—Bonito lugar. ¿Crees que el mayordomo tendrá también guantes blancos? —bromeó, pero Lobo apenas le dedicó una mirada antes de alzar la mano y llamar al timbre. El sonido metálico retumbó con fuerza, y unos segundos después, el portón se abrió con un chirrido. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme oscuro y un delantal impecablemente blanco, los recibió.

—Doña Catalina los está esperando en el salón. Por favor, sigan adelante —dijo mientras se hacía a un lado para dejarlos pasar.

Lobo y Delgado cruzaron el umbral y se adentraron en un jardín que parecía extraído de otro tiempo. Un sendero de piedras perfectamente alineadas los conducía hacia la casa, flanqueado por setos recortados con precisión matemática. En el centro, una fuente adornada con mosaicos en tonos azul y oro lanzaba chorros de agua cristalina que rompían el silencio con un murmullo constante.

La casa se alzaba al final del camino, blanca y majestuosa, con balcones de hierro forjado y grandes ventanales que reflejaban los destellos del sol matutino. La misma mujer que los había recibido en el portón los condujo hasta la entrada principal, donde otro miembro del servicio, un hombre alto y delgado, les abrió la puerta con un gesto medido.

—El perro se puede quedar fuera —dijo en tono amable.

—Luna, pórtate bien —dijo Nora y se agachó y le dio un beso, al que la perra respondió con un ladrido. Félix no pudo evitar un gesto de sorpresa.

—Por aquí, por favor. Doña Catalina les está esperando en el salón verde.

El hombre hizo una especie de reverencia, antes de guiarlos por un pasillo adornado con cuadros de paisajes andaluces y retratos familiares enmarcados en oro. El suelo de barro cocido transmitía un aire rústico y el ambiente estaba impregnado de un aroma tenue a madera pulida y rosas frescas.

Finalmente, llegaron a una puerta doble que el hombre abrió con cuidado y ante sus ojos se reveló un amplio salón. El terciopelo verde de los sofás y cortinas contrastaba con el tono marrón del suelo y los detalles en madera tallada de los muebles. Catalina estaba de pie junto a una mesa

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baja, ajustando la posición de una pila de papeles, con manos nerviosas.

Levantó la vista al oírlos entrar y esbozó una sonrisa que parecía forzada.

—¡Gracias por venir! —dijo, con una voz que trataba de ocultar el cansancio, mientras avanzaba para saludarlos.

—Es nuestro trabajo, señora Muñoz —respondió Lobo.

Delgado se adelantó y le estrechó la mano con firmeza.

—Nora Delgado. Mi compañero, Félix Lobo. Estamos aquí para ayudarla en todo lo que podamos.

Catalina asintió, invitándolos a tomar asiento en los sofás frente a ella. Un instante después, la mujer del servicio apareció con una bandeja de plata que portaba una tetera, tazas de porcelana y un pequeño plato de pastas. Catalina la despidió con un leve movimiento de la mano, sin molestarse en mirar.

—Estoy segura de que ya les habrán dicho que la Policía Nacional está a cargo del caso de mi hijo. Mi esposo confía en que ellos podrán resolverlo, pero yo… yo necesitaba otra opinión.

Su voz tembló levemente al mencionar a Sergio, y apretó las manos sobre su regazo, como si tratara de evitar que se rompieran. Lobo apoyó el bastón junto a su pierna, con movimientos calculados, y sacó una pequeña libreta del interior de su gabardina. Delgado se acomodó en el sofá, con una naturalidad que contrastaba con la rigidez de su compañero. Catalina, por su parte, mantuvo la mirada baja durante unos segundos, como si buscara el valor para continuar.

—Cuéntenos todo lo que crea que puede ayudarnos, señora Muñoz — dijo Lobo, finalmente, con su tono grave y directo.

—Sergio volvió a Granada hace poco más de un año. Después de trabajar como profesor en varias ciudades de Andalucía, consiguió una plaza fija aquí, en un instituto no muy lejos de casa. —En su voz, la determinación por contar su historia era evidente—. Pensé que estar cerca de nosotros lo haría más feliz, que quizás las cosas con su padre mejorarían, pero no fue así.

Delgado inclinó la cabeza, interesada.

—¿Qué pasó?

Catalina suspiró, con la mirada perdida en algún punto más allá de los detectives.

—Mi esposo siempre ha sido un hombre exigente. Esperaba que Sergio siguiera sus pasos, como sus otros dos hijos. Pero Sergio nunca fue

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como ellos. Siempre tuvo intereses diferentes. Desde pequeño le fascinaba la historia, los libros. No las empresas, no los números.

—¿Eso causó tensiones entre ellos? —intervino Lobo, apuntando algo en su libreta, sin apartar la mirada de Catalina.

—Sí, desde siempre. Cuando Sergio decidió estudiar Historia en lugar de ADE o Derecho, como sus hermanos, fue como si algo se rompiera entre ellos. Mi esposo no lo entendió y Sergio nunca se esforzó por explicarlo. —Catalina hizo una pausa, sus dedos entrelazándose nerviosamente—. Durante años, Sergio intentó mantenerse al margen. Trabajó en diferentes institutos, se distanció de la familia. Pero nunca rompió del todo el contacto conmigo.

—¿Y últimamente? ¿Mencionó algo que le preocupara o notó algo extraño en su comportamiento?

Catalina negó con la cabeza.

—No, al menos no directamente. Pero en su última visita, lo noté diferente, algo más reservado de lo habitual. Le pregunté si tenía algún problema, y me dijo que todo estaba bien, pero yo sé cuándo mi hijo miente.

—¿Qué quiere decir… diferente?

Catalina apretó los labios, como si intentara encontrar las palabras precisas. Finalmente, alzó la mirada hacia Lobo y Delgado.

—Estaba inquieto, distraído. Sergio siempre ha sido reservado, pero esta vez era diferente. Parecía preocupado, como si algo estuviera ocupando toda su mente. Cuando le pregunté, sonrió, pero era una de esas sonrisas que intentan ocultar algo.

Delgado apoyó un brazo en el respaldo del sofá, observándola con atención.

—¿Y cómo era su relación con sus compañeros de trabajo? —preguntó ella, cambiando el enfoque.

Catalina suspiró.

—No lo sé. Sergio no hablaba mucho de ellos. Creo que tenía buena relación con algunos, pero… nunca fue alguien de muchos amigos. Siempre decía que prefería centrarse en sus alumnos.

—¿Y entre los alumnos? ¿Algún problema reciente? —intervino Lobo.

Catalina se mordió el labio inferior, pensativa.

—No me dijo nada. Pero la última vez que hablamos, mencionó que uno de sus alumnos estaba pasando por un momento difícil. Sergio era

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muy empático con ellos, siempre trataba de ayudarlos más allá de lo que exigía su trabajo. Quizás tenía algo que ver con eso.

Lobo cerró la libreta y la guardó lentamente en el bolsillo interior de su gabardina. Delgado intercambió una mirada con él antes de dirigir su atención nuevamente a Catalina.

—Vamos a necesitar algunos datos adicionales, señora Muñoz. — Delgado se inclinó ligeramente hacia adelante, en un gesto que mezclaba profesionalismo y cercanía—. ¿Sabe si Sergio tenía algún contacto regular en el instituto? ¿Profesores con los que trabajaba más de cerca, o incluso alumnos con quienes compartiera algo más personal?

Catalina negó con un leve movimiento de cabeza, aunque parecía esforzarse por recordar.

—Lo ideal es que también nos facilite el nombre del instituto y, si puede, el contacto del director o de algún responsable. Queremos entender más sobre su entorno profesional.

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Sergio estaba acurrucado dentro de la caja, la espalda encorvada. Su cuerpo entero palpitaba de dolor, pero las costillas eran lo peor. Cada respiración se volvía un castigo. Cerró los ojos, tratando de alejarse de la realidad, pero la voz del hombre retumbó en su mente como un eco cruel: «Vas a suplicarme que te mate».

Sintió que le faltaba el aire. Por un instante se asombró de no preocuparse de cómo lo iba a hacer. ¿Cuánto lo torturaría? ¿Hasta dónde podría aguantar? El miedo a lo que vendría, a la agonía que lo esperaba, le erizó la piel.

Estaba helado e intentó cambiar de posición, pero las dimensiones de aquella estructura se lo impedían. Empezó a moverse con fuerza, chocando con el gélido metal hasta que profirió un grito. Se había hecho un corte en el muslo, con una pequeña astilla metálica que sobresalía del borde de la caja. Intentó estirar las manos, pero lo único que consiguió fue ganar unos pocos centímetros.

Entonces, el rostro del hombre apareció de repente. Sergio se sobresaltó y, al intentar alejarse, su cabeza impactó contra la caja. El otro se había inclinado para mirarlo. Sonreía.

—Mi familia tiene mucho dinero —balbuceó Sergio.

Silencio.

—Te darán lo que pidas.

No tuvo tiempo de decirle nada más. El hombre retrocedió y se alejó. El aire frío y rancio del lugar se colaba por cada poro de su piel y amplificaba su vulnerabilidad. Intentó controlar su respiración, pero cada movimiento era un recordatorio del castigo que había recibido. Cerró los ojos de nuevo, buscando algún rincón de su mente que no estuviera invadido por el miedo. Solo encontró imágenes fragmentadas de su

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existencia antes de aquello. Todo parecía tan lejano, como si perteneciera a un pasado que ya no le correspondía.

Necesitaba aferrarse a algo, centrar sus pensamientos en cualquier cosa que lo mantuviera ocupado y alejado de los peores escenarios. Recordó lo que siempre decía a sus alumnos sobre la historia: “El conocimiento es poder. Incluso en los momentos más oscuros, entender al enemigo puede salvarte la vida”. Pero aquí, no sabía nada de su captor. Ni su nombre, ni su propósito, ni siquiera si estaba solo.

—Por favor… —susurró al aire, a nadie en particular. Su voz temblaba y se sintió débil por ello, pero ¿qué más podía hacer?

El crujido de pasos sobre el suelo interrumpió sus pensamientos. El hombre estaba de vuelta. Su figura se recortaba en la penumbra y algo brillaba en su mano: un teléfono móvil.

—¿Qué… qué haces? —preguntó Sergio, con un hilo de voz. Intentó retroceder, pero el metal helado de la caja era un límite infranqueable.

El hombre no respondió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia él, el móvil iluminando su rostro con un resplandor blanco. El brillo en sus ojos tenía algo de perverso, como si disfrutara cada segundo de la tortura. Un clic, y la cámara del móvil capturó su imagen. Luego otro. Y otro más.

—¿Qué estás haciendo? —insistió Sergio. La posibilidad de que esas fotos llegaran a alguien de su familia, a la policía, o peor aún, a nadie, lo paralizó.

Sergio intentaba anotar mentalmente los momentos en que el hombre aparecía, pero sus esfuerzos se borraban con rapidez. La noche, la mañana, la tarde, todo se volvía confuso bajo aquella espiral de locura. Cada vez le costaba más orientarse. Su cuerpo, encogido, se resentía. El espacio a su alrededor parecía hacerse más pequeño con cada minuto.

Por un instante, el frío y el dolor parecieron alejarse. En algún rincón de su conciencia, escuchó el tintineo de vasos y el rumor lejano de una conversación. Su mente flotó en algún lugar entre el sueño y la realidad. Casi creyó escuchar la voz de su madre llamándolo desde la cocina, como cuando era niño. La sensación era cálida, casi acogedora… hasta que se despertó con un espasmo violento.

Un grito escapó de sus labios antes de que pudiera controlarlo. El dolor de los calambres era insoportable. Intentó mover las piernas, estirarlas,

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pero la falta de espacio hacía que cada intento fuera una tortura más.

—¡Dios… por favor! —murmuró entre jadeos.

El sonido de unos pasos en la distancia volvió a romper el silencio. Esta vez, el hombre llevaba otra cosa en las manos: una botella de agua y un paquete pequeño de plástico. Sergio tragó saliva con esfuerzo. Su garganta estaba seca, la lengua acartonada y sus labios agrietados se movieron sin emitir sonido. El hombre abrió la rejilla y arrojó los objetos. La botella cayó al lado de Sergio y el paquete resbaló hasta detenerse junto a su pierna.

—Agua… gracias… —balbuceó, pero el otro ya se había ido.

Sergio se lanzó hacia la botella. Con manos temblorosas, la desenroscó y derramó parte del líquido sobre sus dedos. Bebió con avidez, el agua fría abrasaba su garganta seca. Era un alivio momentáneo, pero lo suficiente para mantenerlo aferrado a un hilo de esperanza.

El paquete de plástico que el hombre le había lanzado era pequeño, apenas más grande que su palma, y estaba pegajoso al tacto. Rasgó el envoltorio con los dientes y el hedor que emergió lo fustigó como una bofetada. Era ácido y rancio.

—¿Qué demonios? —susurró.

Era imposible identificar qué estaba comiendo y quizás era mejor así. Podía ser algún tipo de embutido barato y mal conservado o incluso sobras trituradas y compactadas. No quería pensarlo demasiado. Tragó con esfuerzo.

El hombre no solo quería mantenerlo vivo, pensó Sergio con amargura, sino también degradarlo, recordarle lo poca cosa que era en ese momento. Le lanzaba lo justo para mantenerlo al borde de la supervivencia, sin más. Cuando terminó, arrojó el envoltorio vacío al suelo de la caja y apoyó la cabeza contra la pared de metal.

¿Cuánto tiempo resistiría hasta que llegara la muerte?

Pensó en cambiar la estrategia de las preguntas. Hasta el momento no había funcionado. No había dormido en muchas horas, la rigidez de la posición le enloquecía y en aquel momento, la muerte le pareció la mejor opción.

Sergio decidió intentar algo diferente. En lugar de suplicar, optaría por observar y escuchar. Analizar cada movimiento, cada gesto de su captor. Si quería sobrevivir, debía entender a ese hombre. ¿Qué lo motivaba? ¿Qué

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buscaba? Cada detalle, por insignificante que pareciera, podía convertirse en una clave.

El crujido de los pasos volvió a llenar el aire. Esta vez, Sergio no levantó la cabeza de inmediato. Se obligó a permanecer quieto, a parecer casi indiferente. Escuchó cómo la rejilla de la caja se abría y percibió la luz tenue que iluminaba el rostro de su captor.

El hombre lo observó durante unos segundos, como si intentara leerle la mente. Sergio alzó la vista lentamente, sus ojos entrecerrados. No suplicó ni habló. En cambio, lo miró directamente, manteniendo un silencio que parecía cargar el aire de tensión.

El captor ladeó la cabeza, como un animal curioso que observa algo fuera de lo habitual. La calma en los ojos de Sergio parecía haberlo desconcertado, pero solo por un instante. Su sonrisa se ensanchó de forma antinatural. Entonces, el hombre levantó la mano derecha y golpeó con fuerza la rejilla metálica de la caja, produciendo un estruendo ensordecedor que hizo que Sergio se encogiera instintivamente.

—¿Te crees listo? —gruñó el hombre, con voz grave y cortante.

Sergio no pudo evitar que su respiración se acelerara.

—¿Eso crees? —continuó el secuestrador, esta vez golpeando con el puño la pared de la caja, tan cerca del rostro de Sergio, que pequeñas motas de óxido cayeron sobre él.

El eco del impacto llenó el reducido espacio.

—¡Habla! —gritó el captor, y con un movimiento brusco, tiró de la rejilla, arrancándola parcialmente. Su rostro apareció a centímetros de la cara de Sergio. La luz tenue iluminaba sus ojos, fríos y carentes de empatía.

Sergio se estremeció cuando el captor metió la mano a través de la rejilla rota y lo agarró por el cuero cabelludo.

—¿Te divierte mirarme como si no te importara? —gritó el hombre. Después, se inclinó y tiró de la tapa superior de la caja. La levantó con

un chirrido metálico. Antes de que pudiera reaccionar, el captor lo agarró del brazo y lo arrastró fuera. El movimiento fue brusco y cada músculo de su cuerpo protestó con una explosión de dolor.

Sergio cayó al suelo, con las rodillas contra el cemento desnudo. Intentó enderezarse, pero el captor le propinó una patada en el costado, justo donde las costillas ya magulladas habían soportado el castigo anterior. Un grito desgarrador escapó de sus labios mientras se encogía

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sobre sí mismo, abrazándose el torso, en un intento desesperado por protegerse.

—No eres tan valiente ahora, ¿verdad?

Sergio no respondió. Solo podía gemir. Sintió otra patada, esta vez en el muslo, que lo hizo rodar sobre su espalda. Era un muñeco en manos de ese monstruo, un juguete para su sadismo. El captor se agachó y le agarró el cabello, obligándolo a mirarlo a los ojos.

—¿Quieres seguir jugando a ser el inteligente? —gruñó.

A esas palabras le acompañaron un último puntapié en el estómago.

Sin tiempo para más, lo lanzó de nuevo al interior de la jaula.

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Catalina respiró profundamente. Sus manos temblaban mientras jugueteaba con los bordes de su pañuelo, y la tensión en sus hombros parecía crecer con cada segundo de silencio.

—Hay algo más —dijo finalmente, su voz apenas un susurro. Levantó la mirada hacia Lobo y Delgado, sus ojos cargados de una mezcla de miedo y desesperación—. Mi marido no sabe que estoy aquí ahora.

Catalina volvió a bajar la mirada, como si reunir las palabras fuera un esfuerzo titánico. El pañuelo en sus manos parecía la única ancla que la mantenía conectada a la realidad.

—Él se negó en rotundo cuando le mencioné la idea de contratarlos — continuó, con un hilo de voz que fue ganando fuerza a medida que hablaba

—. Le dije que ustedes podían ayudarnos, que conocía a Isabel y ella sabía de lo que eran capaces, pero Francisco se puso hecho una furia. Gritó, golpeó la mesa. Me dijo que no necesitábamos “mercenarios” interfiriendo en el trabajo de la policía. Que no me atreviera a desobedecerle.

Lobo, impasible, giró el bastón sobre la mano y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas. Delgado, más relajada en apariencia, cruzó las piernas y mantuvo la mirada fija en Catalina.

—¿Y qué le han dicho los de la policía, Catalina? —preguntó Nora con un tono desenfadado pero incisivo—. Seguro que no pusieron las cosas fáciles, ¿no?

Catalina soltó un suspiro cargado de frustración y cansancio, como si estuviera a punto de derrumbarse.

—Dijeron que dejara de entorpecer. Que ellos eran los profesionales y que cualquier ayuda externa solo complicaría el caso. Ni siquiera quisieron escucharme. —Hizo una pausa, sus dedos retorciendo con fuerza el pañuelo—. Les hablé de ustedes, de lo que lograron con Isabel, pero uno

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de los agentes prácticamente se rio en mi cara. Dijo que contratar detectives privados era un capricho de gente que ve demasiadas películas.

Delgado arqueó una ceja, pero se limitó a asentir lentamente, dejando que Catalina continuara.

—Por eso no estoy en la casa familiar, porque está ocupada por la policía. —Catalina hizo un gesto hacia las paredes del Carmen, como si quisiera abarcar todo el espacio a su alrededor—. No podía soportar quedarme allí, atrapada entre la furia de Francisco y la indiferencia de la policía. Necesitaba hacer algo, y este era el único lugar donde podía estar tranquila.

Delgado inclinó la cabeza en un gesto de comprensión.

—Entendemos su desesperación, Catalina, y es evidente que ha tomado una decisión valiente al invitarnos aquí. Pero, si vamos a ayudarla, necesitamos comprender mejor la situación. —Se ajustó en el sofá, cruzando las piernas con elegancia, y continuó—. Su marido, Francisco, parece ser una figura influyente. Háblenos más de él, de sus negocios. ¿Cree que alguno de ellos podría estar relacionado con la desaparición de Sergio?

Catalina abrió la boca para responder, pero la cerró casi de inmediato, como si las palabras se le hubieran atascado en la garganta. Finalmente, desvió la mirada hacia la ventana, donde la luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas.

—Francisco es… complicado —empezó Catalina, dudando como si cada palabra que dijera pudiera traicionar algo más profundo—. Ambicioso, sí, siempre lo ha sido. Todo lo que toca, lo convierte en un desafío. Pero ese tipo de ambición también deja cicatrices en quienes lo rodean, ¿entienden? —Su voz tembló apenas al final, pero mantuvo la mirada—. Su empresa, el Grupo Muñoz & Serrano, es conocida en toda Andalucía. Se dedica principalmente a la construcción y al turismo, pero sus negocios no están exentos de polémicas.

Delgado asintió con lentitud.

—¿Qué tipo de polémicas?

—Siempre hubo rumores —dijo finalmente, casi en un susurro—. Rumores sobre licitaciones que no fueron del todo legales. Favores políticos, sobornos. Incluso se habla de lavado de dinero a través de algunos de sus hoteles. Nunca se ha demostrado nada, por supuesto, pero

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los periodistas han intentado destapar cosas. Francisco siempre dice que son mentiras, ataques de rivales celosos.

La voz de la mujer se quebró al final. Lobo, que hasta ese momento había permanecido en silencio intervino, con su tono grave y directo:

—¿Y usted qué piensa? ¿Cree que esos rumores son ciertos?

Catalina lo miró con una mezcla de temor y cansancio, como si la pregunta fuera un espejo que le devolvía una verdad que prefería no enfrentar.

—No lo sé —admitió después de unos segundos de silencio—. Francisco siempre ha sido reservado con sus negocios. Pero sí sé que es capaz de todo por conseguir lo que quiere. Siempre ha sido así. Y si hay alguien que se haya sentido traicionado o perjudicado por él, no me sorprendería que buscara vengarse. —Hizo una pausa, sus ojos ahora fijos en Delgado—. Por eso temo que esto… que lo que le ha pasado a Sergio, pueda tratarse de un ajuste de cuentas. Que alguien haya querido herir a la familia, enviar un mensaje claro.

Delgado asintió lentamente, pero sus ojos seguían clavados en Catalina.

—Es una posibilidad —admitió, antes de cambiar ligeramente el tono

—. Háblenos más de esos negocios. Mencionó licitaciones y hoteles. ¿Hay algún proyecto reciente que haya generado tensiones? ¿Algo que su marido considerara importante o problemático?

—No conozco todos los detalles de los negocios de Francisco. Siempre ha mantenido esas cosas aparte. Dice que son complicadas, que yo no necesito preocuparme. —Se detuvo un momento y luego continuó—. Pero es cierto que últimamente ha estado más nervioso de lo habitual. Ha hablado, en términos vagos, de una inversión inmobiliaria importante aquí, en Granada. Algo grande, ambicioso, por lo que pude entender.

Catalina miró su reloj con cierta urgencia y dejó el pañuelo sobre la mesa. La tensión en sus movimientos no pasó desapercibida a los ojos de Delgado.

—Tengo que volver a la casa familiar —dijo Catalina al fin, levantándose con cierto esfuerzo del sofá—. No quiero que Francisco sospeche. Si no aparezco pronto, puede que lo haga. Y si descubre que estoy aquí… —Se detuvo, dejando la frase en el aire, pero el mensaje era claro.

Delgado se levantó también.

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—Entendemos la situación, Catalina. Pero necesitamos asegurarnos de que podamos comunicarnos con usted si descubrimos algo. Si está en la casa, ¿cómo nos aseguramos de que podamos contactarla sin levantar sospechas?

Catalina asintió, caminando hacia una cómoda cercana. Sacó de uno de los cajones un pequeño móvil, sencillo.

—Este es un número que Francisco no conoce, anótenlo —les dijo los números con urgencia—. Si no contesto de inmediato, será porque no puedo. Pero prometo devolverles la llamada tan pronto como sea posible. Confío en que comprendan la discreción que esto requiere. Hay una última cosa que quiero darles.

Se dirigió hacia otro mueble. Extrajo una carpeta y la colocó sobre la mesa, frente a Delgado, luego miró nuevamente su reloj.

—Aquí está todo lo que he podido recopilar —dijo, volviendo la vista hacia ellos, con un destello de urgencia—. Algunas son notas que tomé de las conversaciones que tuve con los agentes. No me dieron nada oficial, claro está, pero intenté apuntar todo lo que pude recordar. Fechas, nombres, lugares, cualquier cosa que mencionaran y pudiera ser importante. —Hizo una pausa y señaló la carpeta—. También hay algunos documentos profesionales de Sergio. Una copia de su horario en el instituto y de algunos compañeros.

Nora hojeó la carpeta con interés, pasando lentamente las páginas mientras sus ojos analizaban la caligrafía apretada de Catalina.

La detective levantó una ceja al encontrar una nota destacada con un marcador fluorescente.

—¿Y esta parte? —preguntó, levantando la hoja para que Catalina pudiera verla con claridad—. Habla de un testigo. ¿Qué sabe de esto?

—Es la única pista que han mencionado los agentes —respondió, su tono teñido de frustración—. Un indigente afirmó haber visto algo la noche que Sergio desapareció. Estaba bebido, según la policía. Dijo que una furgoneta se detuvo en una esquina cerca de su casa. Vio cómo un hombre era derribado y arrojado al vehículo antes de desaparecer.

—¿Qué detalles pudo dar?

Catalina negó con la cabeza.

—No muchos. Estaba borracho, según dijeron, y su testimonio es inconsistente, por decirlo de alguna manera. Apenas pudo describir la furgoneta, y no recordaba bien el color ni dar alguna descripción física de

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los hombres. Uno de los policías no descarta que se pueda estar inventando cosas.

Lobo dejó escapar un suspiro corto, sus dedos tamborileando con precisión rítmica sobre el bastón. Su mirada se mantuvo fija en Catalina, pero el movimiento era un reflejo de su proceso mental. Nora continuó repasando las hojas mientras la mujer hablaba.

—¿Y esto? —preguntó Delgado, levantando un papel que parecía ser una lista de nombres con detalles breves al lado.

Catalina se inclinó ligeramente para ver el documento.

—Esa lista la elaboré después de hablar con uno de los policías. Mencionaron algunos nombres de personas que, según ellos, eran conocidos de Francisco y que podrían tener algún motivo para estar involucrados. No estoy segura de confiar en eso, pero pensé que ustedes deberían tenerlo.

La mujer volvió a mirar el reloj, con urgencia.

—Debo volver a la casa familiar —repitió—. Francisco se está mostrando más irritable de lo habitual, y si sospecha que he salido por algún motivo extraño… —Catalina, evidentemente conmovida, dejó la frase sin terminar y sacó el móvil cuyo número les había entregado antes.

—Recuerden, si no contesto cuando me llamen, es porque no puedo. Pero les devolveré la llamada en cuanto tenga oportunidad. Y si hay algo nuevo… cualquier cosa que encuentren… háganmelo saber —les pidió y avanzó hacia la puerta, con pasos apresurados—. Ahora debo irme. Por favor, encuentren a mi hijo. Es lo único que les pido. ¡Encuéntrenlo!

Catalina hizo una pausa, como si su voz fuera incapaz de continuar. Acto seguido, caminó junto a ellos hasta el portón principal, sus pasos apresurados, pero vacilantes, como si dudara de cada decisión. Al cruzar el umbral hacia la calle empedrada, se detuvo un instante, girándose hacia Lobo y Delgado, con el rostro sombrío.

—¡Gracias por venir! De verdad, ¡gracias!

Nora le lanzó una última mirada antes de ajustar la correa de su bolso al hombro.

—Catalina, recuerde usted también: cualquier cosa, por mínima que sea, ¡llámenos!

La mujer asintió, pero no dijo nada más. Finalmente, empezó a alejarse en dirección contraria. Sus tacones repiqueteaban sobre el empedrado del Albaicín.

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—Mi niño, ya tenemos por dónde empezar —murmuró Nora mientras agarraba el brazo de Félix.

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7

Sergio apenas comía, estaba terriblemente debilitado y, lo más terrible: su mente se había deteriorado hasta límites insospechados. Aquella maldita jaula estrujaba su cuerpo y su cerebro. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba encerrado. ¿Más de un día? ¿Tal vez dos? Sin apenas beber ni comer, su vientre emitía permanentemente quejas de dolor.

¿Cómo era posible tanta crueldad? La locura lo asaltaba sin tregua. Gritaba hasta quedarse sin fuerzas. Giraba y se estrellaba contra la estructura metálica, sin importarle hacerse daño, a veces, hasta tener la frente ensangrentada.

Solo dejaba de lamentarse en presencia del hombre. No quería mostrar debilidad. Había aprendido la lección: nada de trampas, nada de intentar sonsacarle algo. Porque entonces ejercería la violencia brutal y despiadada que ya había experimentado. Él siempre se mantenía en silencio, lo observaba, tomaba alguna foto y una vez al día le daba agua y aquella comida podrida.

A menudo soñaba con cosas que antes daba por sentadas. En sus sueños, se veía sentado en una mesa, frente a un plato humeante de guiso casero. Podía sentir el olor a especias, la textura del pan recién horneado entre sus manos. En sus labios se quedaba un rastro de grasa, tibia y deliciosa, y su estómago dejaba de doler, satisfecho al fin. Cada bocado era un alivio que le hacía olvidar la miseria de su realidad, aunque fuera por unos minutos.

Pero siempre despertaba, aplastado por la cruel ironía de su imaginación. El hambre seguía allí, se clavaba en sus entrañas como un animal rabioso. La jaula lo devolvía a su posición encogida, su cuerpo tan rígido que a veces temía que sus músculos simplemente dejaran de responder. Apretaba los dientes, incapaz de moverse, deseando que aquellos sueños fueran reales.

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Otros sueños lo llevaban a un lecho amplio y mullido, donde podía estirarse hasta que sus huesos crujían en señal de alivio. Sentía la suavidad de las sábanas frescas contra su piel y el peso de una colcha que le protegía del frío. Podía girarse de un lado a otro, dejar que sus piernas se estiraran y relajaran, que su espalda, al fin, respirara sin esa tensión constante que le hacía llorar en silencio. Eran sueños cortos, repletos de interrupciones, en un descanso tan liviano, que no tenía efecto.

Al despertar, volvía a la pesadilla de su encierro. Los calambres le recorrían como cuchillos, y su espalda, encorvada por días, parecía fundida con el metal de la jaula. Las noches eran una tortura en la que cada minuto se arrastraba como un siglo. Sentía la humedad en su piel, el hedor de su propio cuerpo y heces mezclado con el óxido y la podredumbre de aquel lugar. El aire era denso, casi sólido, por lo que, incluso respirar parecía un castigo.

Sabía que no podría resistir mucho más. Su cuerpo estaba al límite, pero era su cabeza la que estaba a punto de ceder. Cerró los ojos y apartó los pensamientos oscuros que se filtraban como sombras. Trató de recordar por qué debía seguir, por qué aún respiraba, pero encontrar una razón se volvía cada vez más difícil.

“Voy a morir aquí”, pensó, y la idea le trajo algo de paz, la solución a sus males. Ya no podía controlar ese cuerpo roto y paralizado: se orinaba encima sin control, se veía sacudido por espasmos continuos y decidió que había llegado el momento de acabar con aquel tormento.

Estiró sus dedos magullados hacia el borde de la jaula, donde recordaba que una vez se había cortado con algo afilado. Era su última esperanza, un acto impulsado por un deseo tan visceral como irracional. Sus uñas, sucias y quebradas, buscaron a tientas la astilla metálica que sobresalía del borde oxidado.

Un dolor punzante atravesó su dedo cuando la encontró, pero no retrocedió. Usó las yemas para tantearla, medirla. Era pequeña, apenas unos centímetros, pero lo suficientemente afilada como para causar daño. Tiró con todas sus fuerzas, sus manos luchando contra el óxido que la mantenía incrustada. Un tirón más, y la astilla cedió con un sonido seco.

La sostuvo en su palma, sucia y brillante bajo la tenue luz que se filtraba por las rejillas. El movimiento brusco había dejado un corte

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superficial en su mano, y un hilo de sangre caliente se deslizaba entre sus dedos. Sergio apretó los dientes, ignorando el dolor.

Acercó la astilla a su rostro y la observó como si fuera un objeto sagrado. Su superficie irregular y oxidada reflejaba destellos apagados. La sostuvo entre sus dedos ensangrentados, girándola lentamente mientras sentía su peso insignificante. Pero aquel fragmento de metal contenía una promesa: el fin de su sufrimiento.

Cerró los ojos por un momento, intentando reunir el valor necesario. “No puedo más”, pensó, mientras su respiración se hacía cada vez más rápida, más desesperada. Las lágrimas brotaron sin control, mezclándose con el sudor y la mugre de su rostro.

Llevó la astilla al cuello, justo donde sentía el pulso de su corazón, ese tamborileo constante que se había convertido en un recordatorio cruel de que aún seguía vivo. La punta fría y áspera se posó sobre su piel. Sergio apretó con fuerza, hasta sentir una punzada aguda. El metal raspó la epidermis y un leve hilo de sangre comenzó a correr por su clavícula. Era cálido, casi reconfortante, como si le recordara que aún tenía poder sobre algo, aunque fuera su propio final.

Su respiración se volvió errática. Cerró los ojos y apretó más, pero entonces su mente lo traicionó. El trozo de metal tembló en su mano. Quiso apretar de nuevo, pero algo dentro de él se rompió. Su cuerpo, aunque débil, retrocedió por instinto. Había decidido seguir respirando, un minuto más, un segundo más. Porque mientras existiera un latido en su pecho, aún quedaba una posibilidad de luchar.

La figura del captor apareció a contraluz, envuelta en sombras. Se movía con la misma calma metódica de siempre, esa que le helaba la sangre. Sergio apretó la astilla en su mano derecha. El hombre cargaba, sujetándolo con una mano, un saco oscuro que se agitaba con movimientos irregulares. Un ruido extraño salió de su interior, algo que Sergio no podía identificar. Avanzó con lentitud, como si disfrutara cada paso, hasta quedar frente a la jaula. Luego, se agachó, acercándose lo suficiente para que Sergio sintiera su respiración. En la otra mano tenía un pequeño bote de cristal que contenía un líquido viscoso y dorado.

—¿Qué… qué es eso?

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El hombre no respondió. En vez de esto, destapó el bote con una parsimonia exasperante y sumergió dos dedos en el contenido. Luego, dejó caer unas gotas sobre su rostro. La miel pegajosa resbaló por su mejilla y se acumuló en la comisura de sus labios. Después restregó a conciencia la cadena de la que colgaba la jaula.

Sergio gritó, un grito lleno de confusión y terror. Sacudió la cabeza para intentar apartar el líquido, pero la jaula limitaba cualquier movimiento. La sonrisa del hombre se ensanchó, y fue en ese momento cuando algo en su expresión le resultó vagamente familiar. Esa sonrisa, torcida y cruel, la había visto antes. Pero ¿dónde? ¿Acaso no parecían los rasgos del padre de una alumna del curso pasado?

Antes de poder descifrar ese rostro, el hombre se levantó, se dirigió al costado de la jaula y dejó sobre la misma el saco. El envoltorio oscuro se movía de forma frenética y los sonidos provenientes de su interior se volvieron más claros.

—No —susurró Sergio, pero su voz era apenas un aliento.

El hombre lo abrió. La primera en aparecer era pequeña y con un cierto tono rojizo. Movía el hocico y los bigotes, los ojos negros brillantes, como si inspeccionara el lugar. Sergio empezó a gritar como un poseso y la rata se agazapó, sin quitarle la mirada. Cuando calló, exhausto, al menos otras cinco ratas emergieron, sus cuerpos oscuros y ágiles chocando entre sí mientras se dispersaban sobre la caja.

—¡No, no! —gritó Sergio, moviendo el cuerpo de forma convulsa. Las ratas olfatearon el aire, atraídas por el dulce aroma de la miel. Algunas se acercaron con cautela a la rejilla impregnada del dulce manjar, mientras otras trepaban entre ellas, explorando el lugar.

El hombre no dijo nada, pero su sonrisa permanecía allí, fija, como una promesa de más sufrimiento. Dio media vuelta y se alejó, dejando a Sergio solo con el eco de sus pasos y el inquietante movimiento de las ratas. Deseó que aquella astilla no estuviera oculta, sino en su cuello, para cumplir la tarea que no había tenido el valor de completar. Incapaz de contenerse, empezó a chillar hasta quedarse sin voz. Por primera vez se dio cuenta de que no sería el hombre quién lo mataría, serían las ratas.

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8

El barrio de Las Alquerías donde tenía la vivienda Sergio era una de las nuevas áreas de expansión de Granada. Se había levantado en el lado oeste de La Chana, junto a la circunvalación y tomaba el nombre del gran parque que ya existía. Una nueva zona residencial y comercial que, una vez finalizada, estaría repleta de dotaciones.

En la documentación proporcionada por Catalina, un número importante de las nuevas promociones iban a ser lideradas por el Grupo Muñoz & Serrano, tras más de una década de problemas legales y financieros por la crisis inmobiliaria del 2008, dónde se produjeron varios embargos y quedaron pendientes varias deudas con las administraciones locales.

Se veían muchas grúas, pero pocas viviendas entregadas y tras un rato paseando por la zona, llegaron hasta un gran supermercado que acababan de abrir hacía tan solo un mes. Allí había un ajetreo continúo de personas que cruzaban las puertas del establecimiento, con bolsas de plástico repletas en las manos.

Un vagabundo pedía limosna en la entrada, sentado en una silla sobre la acera, junto a un pequeño carro de lona envejecida, lleno de trastos. Nora repasó el nombre por el que se conocía al mendigo que dijo haber visto como el conductor de una furgoneta se había llevado a la fuerza a un hombre. Sonrió. Tenía una delgadez acentuada que le marcaba el rostro surcado de arrugas profundas, signos claros de años de calle y abandono. Vestía un abrigo gris descolorido y unos arrugados pantalones de pana marrón. Su cabello, largo y enmarañado, formaba mechones que le caían sobre el rostro y ocultaban parcialmente unos ojos oscuros y pequeños. La barba, desaliñada y moteada de gris, apenas dejaba ver la línea de su mandíbula.

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A sus pies, sobre un cartón rasgado, descansaba un perro. Al notar la llegada de Lobo y Delgado, el perro se levantó de un salto y comenzó a ladrar con furia hacia Lobo.

—Tranquilo, Diógenes —murmuró el mendigo con voz ronca.

El perro empezó a intercalar silencios entre los ladridos, pero no quitaba la mirada de Félix.

—¿Es usted Sócrates? —preguntó Nora.

Su voz atrajo la atención del vagabundo, que acarició la cabeza del perro para calmarlo.

—El nombre es erróneo, aunque halagador —respondió el hombre, con un tono grave, pero cargado de cierta ironía—. Sócrates defendía el conocimiento y yo apenas tengo más que estas bolsas y al pequeño Diógenes.

Delgado soltó una leve risa.

—¿Sócrates y Diógenes? —preguntó Lobo, con un deje de incredulidad, mientras se ajustaba la mascarilla a la cara.

El vagabundo se encogió de hombros y señaló con un dedo huesudo el cartel que había escrito y colocado junto a él: «Tengo hambre, pero mi alma está saciada».

Delgado inclinó la cabeza.

—Quillo, en definitiva, el hambre es un mal menor, ¿no?

El hombre alzó la mirada hacia ella. Sus ojos brillaban con una chispa que contrastaba con su aspecto desaliñado.

—El cuerpo sufre, pero el espíritu… —hizo una pausa y luego añadió —: El espíritu puede trascender, si uno sabe cómo. Aunque no soy buen ejemplo de ello, debo admitirlo.

Lobo miró la suciedad del hombre y la mascota y un sudor frío le bajó por la espalda. Millones de pequeñas bacterias cohabitaban en la ropa y el cabello del hombre y sobre todo entre el pelaje del animal. Amén de la posibilidad de una gran variedad de enfermedades de la piel, como sarna o un ejército de pulgas. Una infinidad de microorganismos que podían atacar su cuerpo si se aproximaba. Entonces el perro se sacudió tres veces seguidas. Félix levantó el bastón de forma amenazante y dio un paso atrás, por instinto. El animal empezó a ladrar enrabietado.

—¿Le pasa algo a su amigo? —Sócrates tiró de la correa e intentó calmarlo, acariciándole el lomo con firmeza, pero no había manera—. Jamás le había visto reaccionar así.

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Las personas que pasaban por la puerta del supermercado, no les quitaban el ojo.

—¿Le importaría decirle a su amigo que se aleje? Tengo buena relación con los de la tienda y no me gustaría dar una mala imagen o causar algún problema.

Nora se giró hacia Lobo que había retrocedido unos pasos. A pesar del frío del ambiente, unas gotas de sudor se desplazaban a ritmo lento por su frente.

—Mi niño, déjame a solas con Sócrates.

Lobo iba a decir algo, pero tras un rápido vistazo a las gotas de saliva del animal, que volaban en todas las direcciones junto a los ladridos, asintió con la cabeza y se alejó con paso decidido, aferrado con fuerza a la cabeza de águila del bastón. El perro no tardó en calmarse, una vez que Lobo quedó fuera de su radio de control.

—¿Son policías? —preguntó el hombre.

Nora negó.

—Detectives privados.

Sócrates la observó en silencio durante unos segundos, sus ojos pequeños y oscuros la estudiaban con una intensidad que no se correspondía con su aspecto desaliñado.

—¿Y qué interés puede tener una detective en alguien como yo? — preguntó, rascándose la barba con una uña ennegrecida. El perro, ahora más tranquilo, se acurrucó junto a sus pies, emitiendo un suave gruñido.

—Buscamos información sobre una furgoneta que estuvo por aquí hace unos días, durante la noche —respondió Nora, con la mirada fija en Sócrates. Su tono era amable, pero cargado de seriedad—. Nos han dicho que usted podría haber visto algo.

Sócrates soltó una risa amarga y dejó caer la cabeza hacia atrás antes de mirar a Diógenes, como si compartieran un secreto.

—Ah, la furgoneta… —murmuró, rascándose la barba. Luego levantó la vista hacia Nora—. Sí, la vi. Pero antes de seguir, debo advertirle algo, señora detective. Esa noche había bebido. Más de la cuenta. El vino ha sido tanto mi refugio como mi verdugo. Como dijo Eurípides, «Donde no hay vino no hay amor». Pero créame, lo que vi esa noche no fue una alucinación, ni un sueño de borracho. Era tan real como el frío que me calaba los huesos.

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Sócrates hizo una pausa, acariciando el lomo de Diógenes. El perro lo miraba con la misma atención que Nora.

—Estaba caminando hacia el albergue. En noches tan frías como esas, no me queda más remedio que dormir en compañía —prosiguió—. Tenía a Diógenes atado, como siempre. Era una noche oscura, sin luna, y el viento soplaba fuerte. Pasé por aquí, por Las Alquerías, porque es más rápido, aunque también más solitario. Fue entonces cuando lo vi.

Nora inclinó ligeramente la cabeza, instándole a seguir.

—Una furgoneta oscura estaba en mitad de la calle, entre unos solares que todavía no han empezado a construir. No sé el modelo ni el color exacto, pero me pareció negra, quizá azul muy oscuro. Era difícil verlo, al apenas existir el alumbrado todavía. Calculo que estaba a unos cincuenta metros, no más.

Sócrates se detuvo y se frotó las sienes como si intentara recordar con mayor claridad.

—Todo ocurrió muy rápido. Escuché algo, un portazo fuerte y luego gritos. Estoy seguro. Diógenes empezó a ladrar como un loco, tirando de la correa, y lo vi. Un hombre zarandeaba a otro, más pequeño, que no dejaba de suplicar a gritos y luego lo metió a empujones dentro de la furgoneta y salió pitando.

—¿Recuerda algo más de los hombres? ¿Altura, ropa, algo? —No vi sus rostros, estaba demasiado lejos y apenas había luz. —¿Está seguro de qué solo había dos hombres? Al que atacaron, y el

otro, que luego condujo la furgoneta.

Sócrates asintió.

—¿Y qué hizo después?

Sócrates dejó escapar un suspiro y señaló a Diógenes.

—Intenté calmar a este pequeño demonio. Luego fui como pude hasta la policía local. Debió de ser un espectáculo lamentable. Estaba tan borracho que me costaba hasta vocalizar. Balbuceaba, tropezaba con mis propias palabras y, por momentos, olvidaba lo que intentaba decir. Aun así, les expliqué lo que vi. Ellos tomaron nota, pero no me hicieron mucho caso. Al día siguiente, los nacionales me interrogaron, pero lo que pude decirles era poca cosa. Aunque mis palabras fueran torpes y mi estado deplorable, les juré que lo que vi fue real. Me miraban como si todo fuera producto de mi imaginación. Pero créame, señora detective, lo que presencié no fue un sueño de borracho. Hubo violencia, eso no se lo puedo

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negar —sus ojos negros se detuvieron en ello unos segundos—. Solo espero que lo que les he contado les sirva de algo. Y, si no es mucho pedir… —Señaló su carrito con un gesto vago—. Un poco de ayuda para este pobre filósofo no estaría de más.

Nora sacó un billete de su bolsillo y lo dejó en la mano huesuda del hombre.

—Gracias por su tiempo, Sócrates.

El hombre asintió, con una leve sonrisa que no alcanzó a iluminar sus ojos.

—Recuerde, señora detective —añadió mientras guardaba el billete en el bolsillo interior de su abrigo—, la violencia es una sombra que siempre deja rastros. Solo hay que saber dónde buscar.

Nora miró al pequeño perro que seguía atento a su dueño, acurrucado entre los pies de Sócrates.

—¿Y Diógenes? —preguntó—. ¿Él también reaccionó esa noche? Sócrates asintió lentamente, acariciando el lomo del perro.

—Este pequeño bravucón ladró como nunca. —Dejó escapar una risa seca, más de resignación que de humor—. Bueno, hoy, ante su compañero, es la segunda vez que lo veo fuera de sí. Lo irónico es que Diógenes, el filósofo, despreciaba a los hombres. Decía que eran vanidosos y corruptos. Y aquí está mi Diógenes, que ladró con todas sus fuerzas para defender a su viejo dueño de algo que ni siquiera podía entender. Quizá lo que realmente le molestó fue el olor del miedo —añadió, en un tono más sombrío—. Los animales son mejores que nosotros para percibir esas cosas.

—Eso es cierto, Sócrates. Los perros tienen un olfato prodigioso y no olvidan. ¿Cree que Diógenes podría reaccionar si volviera a oler a aquellos hombres o alguna de sus ropas?

Sócrates se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Pero le aseguro una cosa: esa noche él también lo sintió. El miedo y la violencia son cosas que no pueden ignorarse, ni por un hombre, ni por un perro.

Nora mantuvo la mirada fija en mendigo por un momento, antes de cambiar ligeramente el tono de su voz.

—¿Y usted, Sócrates? Parece un hombre con más cabeza que muchos.

¿Por qué no deja el vino? Tal vez podría cambiar esta vida.

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Sócrates dejó escapar un suspiro, largo y pesado, como si Nora acabara de tocar una cuerda que no había sido pulsada en años.

—Porque el vino, señora detective, no me juzga. No me exige más de lo que puedo dar. —Hizo una pausa con la mirada sobre el perro—. Diógenes también me acompaña sin juzgarme, pero el vino… El vino me hace olvidar, al menos por unas horas. ¿Acaso no dijo Epicuro que el placer es la ausencia del dolor? Y créame, cuando olvido, soy feliz. Para mí, cada sorbo es un alivio que no he encontrado en nada más.

Se encogió de hombros, como si acabara de resumir todo su ser en unas pocas palabras.

—No crea que no he pensado en ello. Pero a estas alturas, señora detective, cambiar el rumbo sería tan difícil como sacar el aire de esta calle.

Nora dejó escapar un leve suspiro y sacó otro billete de su bolsillo. Lo dejó en la mano huesuda del hombre.

—Gracias por la información, Sócrates. Tal vez descubra, algún día, que aún puede cambiar algo.

Sócrates miró el billete, luego a Nora, y finalmente a Diógenes, que levantó la cabeza y sacó un pequeño ladrido.

—Buena suerte, detective. Y si encuentra algo, recuerde lo que decía Nietzsche, «En ocasiones, quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno».

Nora lo miró por última vez antes de girarse hacia Lobo, que esperaba a unos metros, en medio de un solar. Frotaba con ahínco la cabeza de águila del bastón con un pañuelo y con la otra mano sujetaba el bote de gel hidroalcohólico. El perro ladró una última vez mientras ella se alejaba.

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Cuando Sergio abrió los ojos tenía a una rata frente a él, a escasos centímetros de su rostro, tan cerca que parecía enorme y podía verle con claridad los detalles: unos bigotes húmedos que se agitaban, unos ojos negros y brillantes que lo observaban y unas garras afiladas. El corazón se le disparó. La rata inclinó ligeramente la cabeza, como si intentara evaluar si aquel humano encogido en su prisión era una amenaza o una posible fuente de alimento.

Profirió el grito más intenso que le permitía su desgastado cuerpo. El animal se apartó de golpe y luego trepó a toda velocidad por la cadena. Se detuvo a cierta distancia, como si dudara de qué hacer a continuación, mientras olfateaba en busca de peligro. Sergio no dejaba de gritar todo tipo de insultos. Pero la rata, insensible a sus esfuerzos, permanecía en la cadena, mirándolo, boca abajo, con ese hocico rosado que no dejaba de vibrar junto a los bigotes marrón oscuro y esa cola gris interminable.

Sergio se desgañitó hasta quedarse sin fuerzas. Ambos se miraban ahora fijamente. El animal inmóvil en la cadena. Luego, con prudencia, se acercaba a la jaula, mientras lamía los restos de miel en las anillas. De vez en cuando, la rata retrocedía con un movimiento rápido; pero pronto regresaba, como si entendiera que aquel hombre no representaba un peligro.

Sergio recuperó fuerzas y cuando el animal volvió a acercarse empezó a gritar de tal manera, que el bicho trepó por la cadena y desapareció de su vista. Cerró los ojos y empezó a llorar. Ese hombre que lo había encerrado tenía un aire a Saúl Roldán. ¿Qué sentido tenía aquello? ¿Cómo había conseguido encontrarlo? Su cerebro se había vuelto terriblemente lento. Además, ¿qué importancia tenía si así fuera? Intentaría negociar. Eso era lo que tendría que hacer cuando su captor regresara. Podría darle dinero, mucho dinero. Su madre mediaría como tantas otras veces y le podrían

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hacer rico, más rico de lo que jamás hubiera imaginado. Mientras empezaba a diseñar la estrategia, al final de la cadena, por encima de su cabeza, apareció una segunda rata.

Más gorda. De pelaje negro y brillante. Se detuvo a una distancia menor que la de antes. Sergio volvió a desgañitarse, pero sin éxito. El animal no daba muestras de miedo. Al contrario, empezó a descender hacia su cara.

Sergio contuvo el aliento. La nueva rata, con ojos como dos pozos oscuros, parecía diferente. Más decidida, más peligrosa. Su cuerpo era un amasijo de músculos ágiles bajo la piel oscura y su cola, gruesa y retorcida, se movía como si tuviera vida propia. Al avanzar, dejó ver unas garras amarillentas, curvas y fuertes, que se adherían a la cadena con un clic-clic que repicaba en los oídos de Sergio.

La rata bajaba despacio, con movimientos calculados, y cuando estaba a un par de palmos de su cara, abrió ligeramente la boca. Los dientes, largos y afilados como cuchillas, destellaron en la penumbra. La criatura dejó escapar un chillido breve, una especie de advertencia, como si quisiera dejar claro quién dominaba en ese instante. Sergio sintió cómo una ola de náusea le subía por la garganta. Era el olor lo que lo golpeaba ahora: un hedor acre, una mezcla de orina, pelaje mojado y podredumbre, que lo envolvía como una nube asfixiante.

Intentó moverse, pero la jaula se lo impedía. Gritó de nuevo, un alarido cargado de desesperación, pero su voz sonó quebrada, débil. La rata se detuvo solo un momento, ladeando la cabeza como si sopesara su siguiente paso. Luego, con un salto rápido y casi imperceptible, aterrizó sobre la jaula, justo frente a él. Sergio retrocedió cuanto le permitían la estructura, pero no había escapatoria.

El animal empezó a husmear a su alrededor, moviendo el morro, inquieto, dejando escapar sonidos cortos y rítmicos. Sus garras hacían un ruido de roce al avanzar por el suelo metálico. Iba ya en dirección a sus pies. De repente, su atención se centró en el tobillo de Sergio. Inclinó la cabeza y luego, con un movimiento fluido, avanzó un poco más, hasta rozar su piel con el hocico húmedo.

Sergio recordó la miel. Se la había puesto también en los pies. Sintió que iba a desmayarse. Su cuerpo entero temblaba de terror. El roce de la rata fue frío, invasivo, como si reclamara un territorio al que no debía pertenecer. Un nuevo chillido rompió el silencio, pero esta vez provenía de

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la cadena. Sergio alzó la vista, horrorizado. La primera rata había regresado y no venía sola. Al menos tres más la seguían, todas con la misma mirada brillante, las mismas colas inquietas y esa hambre que parecían tener. Comprendió que la miel era solo el principio.

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Lobo y Delgado comprobaron que la vivienda quedaba a unos pocos minutos del supermercado. De camino, Nora le explicaba con detalle la conversación que había mantenido con Sócrates. Lobo se comportó más tosco de lo habitual, sin siquiera una pregunta en todo el camino.

—Mi niño, ¿qué te ocurre? ¿Estás disgustado porque Diógenes no te aguantaba? —preguntó con sorna.

Lobo caminaba con pasos cortos y precisos, como si cada paso con el bastón dictara una sentencia. Nora, acostumbrada a su carácter arisco, lo dejó avanzar unos metros antes de insistir.

—¿Vas a decirme qué te pasa o tengo que adivinarlo? —preguntó, acelerando el paso hasta quedar a su lado.

Lobo se detuvo en seco, girándose apenas para mirarla. Sus ojos azules, normalmente impenetrables, reflejaban un destello de algo más profundo: un torbellino de emociones que rara vez permitía salir a la superficie. Todavía mantenía la mascarilla pegada a su rostro.

—¿Quieres saber qué me pasa? —preguntó con voz baja, pero cargada de tensión. Nora asintió, manteniéndose firme—. Lo que me pasa, Delgado, es que estoy harto de comprobar lo podrido que está este mundo.

Nora levantó una ceja, sorprendida por la intensidad de sus palabras.

—¿Esto es por Sócrates? —arriesgó.

Lobo bufó y apartó la mirada hacia la acera como si no quisiera que ella viera lo que pasaba por su mente.

—No es solo por él. Aunque reconozco que no soporto ese tipo de situaciones. —Hizo una pausa, apretando el bastón con fuerza—. ¿Sabes lo que más me revienta? Que un hombre que, probablemente, tuvo sus oportunidades, ahora está allí, filosofando en la miseria, mientras nosotros intentamos resolver los desastres de otros con demasiado dinero y demasiado poder.

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Nora inclinó ligeramente la cabeza, dejando que Lobo siguiera. Sabía que, cuando empezaba, necesitaba soltarlo todo o la tensión lo consumiría.

—Y no es solo él, ni Diógenes, ni quien tenga encerrado a Sergio. Es todo. —Golpeó el suelo con el bastón, más fuerte de lo necesario, antes de continuar—. Este caso apesta a dinero sucio, a venganzas familiares y a violencia disfrazada de respeto. Otra vez, como si no hubiéramos tenido suficiente con el caso Uriarte. Y ahí estamos nosotros, intentando remendar lo irremediable.

—Las cosas, a menudo no son como parecen. No des por sentado lo que todavía no sabemos.

Nora le puso una mano en el hombro.

—Félix, no podemos arreglar el mundo. Pero sí podemos encontrar a Sergio. Es lo que hacemos, ¿no? Resolvemos lo que otros no pueden, ayudamos a la gente. Creo que deberías estar orgulloso.

Lobo permaneció en silencio unos segundos, sus ojos clavados en el suelo. Finalmente, asintió con un movimiento breve, aunque el peso en sus hombros no parecía haberse aligerado.

—Tienes razón —dijo al fin, con un susurro. Carraspeó y empezó a toser—. Pero no puedo evitar pensar que, al final, el mundo sigue siendo igual de jodido. Una mierda.

Nora sonrió, cruzando los brazos.

—Bueno, mi niño, entonces habrá que seguir jodiéndolo un poco nosotros también. Y mientras tanto, encontraremos a Sergio. Vamos.

Lobo dejó escapar una pequeña risa, seca pero sincera, antes de ajustar su bastón y reanudar el paso.

El paisaje que se abría ante sus ojos mostraba el testimonio de los sueños rotos de la burbuja inmobiliaria del 2008. Lobo se detuvo un momento, dejando que la vista recorriera el panorama. Las grúas, inmóviles durante más de una década, ahora comenzaban a girar de nuevo, pero no lograban disimular el deterioro que las rodeaba. Un par de edificios inacabados, con sus armazones de cemento bajo el sol, se alzaban como gigantes mutilados. Algunos habían sido acordonados con vallas de plástico descolorido que ondeaban al viento, como si quisieran ocultar el fracaso que representaban.

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—Es un cementerio de hormigón —comentó Nora, deteniéndose a su lado. Señaló una de las estructuras—. Mira eso, parece que se va a caer con solo mirarla.

Lobo asintió, sin apartar la vista una línea de bungalós sin finalizar. Las paredes a medio construir estaban cubiertas de grafitis, algunos elaborados, otros, simples insultos garabateados con pintura en aerosol. Los huecos que deberían haber sido ventanas estaban tapiados, aunque en muchos de ellos les habían abierto boquetes. Y en lo que debían ser jardines, se amontonaban restos de basura, trozos de madera astillada y bolsas de plástico que se agitaban con el viento.

A lo lejos, nuevas grúas se elevaban hacia el cielo, un contraste casi cruel con las ruinas que las rodeaban. El sonido de martillos y sierras eléctricas rechinaba, acompañado por el zumbido de maquinaria pesada.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —dijo Lobo. —Sorpréndeme —respondió Nora, con las manos en los bolsillos. —Que volverán a llenarlo todo, a vender cada uno de esos pisos a

precios desorbitados, y lo llamarán progreso —terminó la frase con un ataque de tos.

La finca donde vivía Sergio era una de las pocas construcciones finalizadas en medio de aquel paisaje de desolación urbanística. Erguida entre restos de esqueletos de edificios y solares baldíos, destacaba por su fachada blanca y moderna, salpicada de balcones con barandillas de aluminio. El letrero del Grupo Muñoz & Serrano brillaba con discreción sobre la entrada, como una firma de autor que intentaba distanciarse de los fracasos presentes a su alrededor.

La llave que Catalina les había entregado giró con facilidad en la cerradura, y la puerta se abrió con un leve chirrido. El portal estaba impecable, con suelo de mármol brillante y paredes decoradas con cuadros genéricos que parecían sacados de un catálogo. Un ascensor moderno los llevó al tercer piso, donde la puerta del apartamento de Sergio se veía al final de un pasillo.

—Ya sabes lo que dijo Catalina: los de la policía se llevaron todo lo que consideraron relevante —recordó Nora, al tiempo que empujaba la puerta.

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El apartamento, sin embargo, parecía intacto, a simple vista. La sala principal era pequeña pero luminosa, con una ventana que ofrecía vistas a los edificios inacabados y las grúas. Había un sofá de tela gris con cojines desordenados, una mesita de centro llena de revistas y papeles sueltos, y una estantería repleta de figuras y naves espaciales de juguete. En una esquina, una caja abierta dejaba ver piezas a medio montar, junto a una pequeña lámpara de escritorio.

—Vaya, parece que teníamos a un fanático de La Guerra de las Galaxias —dijo Nora, cogiendo una nave estelar y examinándola con detenimiento.

Lobo caminaba con pasos cuidadosos, observando cada rincón. Se detuvo junto a la estantería y deslizó un dedo por el borde de un libro. Una capa de polvo lo cubría. Se lo limpió con la ayuda de un pañuelo y luego señaló hacia una mesa desordenada y los recipientes apilados en la pila de la cocina.

—Organizado y aseado no era —aseveró con desdén.

Nora dejó la nave en su sitio y sacó un par de guantes de látex de su bolso.

—Voy a tomar muestras, a ver lo que me han dejado los de la científica.

Mientras ella se inclinaba sobre la mesa, recogiendo con pinzas un par de pelos que había encontrado entre las revistas, Lobo se acercó a la cocina. El olor rancio de comida olvidada le hizo fruncir el ceño. Abrió el frigorífico y encontró un par de yogures caducados, una bolsa de ensalada mustia y una botella de leche con grumos visibles.

—El perro —murmuró Lobo, señalando un rincón donde un pequeño cuenco de agua vacío y otro con restos de pienso confirmaban la presencia de la mascota.

—Sí, Orco —respondió Nora desde el salón—. Catalina mencionó que tenía un caniche. Parece que lo alimentaba con las mismas ganas que mantenía este lugar ordenado.

—¿Quién coño llama Orco a su caniche?

El dormitorio era austero, con la cama deshecha y ropa amontonada en una silla. Una pequeña mesa de noche albergaba un despertador y un libro de historia maltratado por el uso. Nora inspeccionó con atención las sábanas y el suelo, encontrando un mechón de pelo atrapado entre las fibras de la alfombra.

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—Esto también lo tomaré. Podría ser de Sergio o de alguien más — comentó.

A continuación, tomó varias muestras del peine que encontró en el aseo, para poder contrastar con posterioridad.

Nora avanzó hacia el escritorio, donde los cables desconectados y las huellas de polvo evidenciaban que el portátil había sido retirado. Se arrodilló con cuidado, utilizando una linterna para inspeccionar el espacio entre los cajones. Encontró una pequeña acumulación de suciedad junto a un conector USB.

—Curioso —murmuró, mientras sacaba un bastoncillo de algodón y recogía una muestra minúscula de sustancia adherida al conector. Podría ser grasa de dedos o restos de comida, pero valía la pena analizarla.

Iban tomando fotografías de cada una de las muestras.

Revisó los cajones uno a uno, pero en ellos no había más que bolígrafos gastados, un paquete de caramelos medio vacío y un manojo de cables. Sin embargo, en el último cajón, un detalle llamó su atención: una pequeña tarjeta SD oculta bajo una libreta por estrenar.

—Esto sí que se les pudo pasar por alto —comentó, mostrándosela a Lobo. La tarjeta era diminuta y estaba incrustada en una ranura desgastada de la libreta.

—Parece que Sergio tenía un buen escondite, si no está ahí por casualidad. Puede que aquí haya algo útil —respondió Lobo, mientras Nora guardaba la tarjeta en una bolsa de evidencia.

Mientras tanto, Nora se dirigió hacia el cubo de basura del salón. La bolsa no estaba anudada, pero no parecía haber sido tocada por los investigadores. Sacó un par de pinzas y comenzó a revisar el contenido con paciencia meticulosa.

—Tenemos recibos —comentó, mostrando un pequeño papel arrugado

—. Este es de una gasolinera, hace dos días. Aquí hay otro, de un supermercado. Y esto… —sacó un envoltorio de un paquete de caramelos —. ¿Quién compra caramelos y los deja caducar?

—Alguien que tiene la cabeza en otro sitio, o demasiadas preocupaciones —apuntó Lobo desde la cocina.

Lobo realizaba su trabajo a conciencia. Abrió el primer armario superior, donde se apilaban platos y vasos, de manera descuidada. Uno de los vasos tenía restos de algo que parecía café. A pesar de los guantes de látex, Lobo lo tomó con la punta de los dedos, frunciendo el ceño.

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Continuó revisando cada compartimento, sacando latas y paquetes a medio abrir. En uno de los armarios más altos, descubrió una bolsa de arroz rasgada, que había dejado caer pequeños granos sobre una estantería pegajosa. Sacudió la cabeza con disgusto y de forma instintiva cogió un trapo, aunque inmediatamente se arrepintió, al percibir el olor rancio que emanaba del paño.

—Esto es una pocilga.

La nevera no ofrecía un panorama más alentador. Además de los yogures caducados y la bolsa de ensalada mustia que ya había notado, Lobo encontró un recipiente con restos de comida cubiertos por una capa de moho blanquecino. Un olor rancio y ácido le asaltó de lleno. Frunció el ceño y cerró la puerta de un manotazo, conteniendo una arcada.

Llevaban realizado un trabajo exhaustivo, cuando finalmente, en el dormitorio, Nora inspeccionó el armario. A primera vista, parecía un revoltijo de ropa sin ordenar. Camisas arrugadas, pantalones mal doblados y un par de zapatillas desgastadas formaban un paisaje de caos. Con movimientos sistemáticos, recorrió las paredes del mueble con los nudillos, tanteando la superficie.

—Hay un espacio vacío aquí —gritó, señalando un hueco evidente entre dos filas de ropa. Retiró con cuidado los ganchos y tocó la parte trasera del armario. La madera sonaba hueca.

Con la ayuda de un destornillador que Lobo había encontrado en la cocina, Nora logró abrir un panel oculto en el fondo del armario. Sintió una oleada de excitación al ver cómo el panel oculto se deslizaba con un leve chirrido, dejando al descubierto el espacio hueco tras la pared del armario.

Nora encendió una linterna que habían llevado y enfocó el interior del hueco. El aire que salió despedido olía a polvo y encierro. La emoción inicial pronto dio paso a una creciente frustración. El espacio estaba vacío. Solo polvo acumulado y una vieja telaraña adornaban las paredes internas.

—¿Pero qué…? —murmuró, metiendo la mano con cuidado por si había algo que no se viera a simple vista.

Rebuscó con minuciosidad, palpando cada rincón. Giró la linterna hacia diferentes ángulos, en busca de un objeto escondido, un papel, algo.

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Pero no había nada. El hueco era más profundo de lo que parecía, pero a pesar de sus esfuerzos, el resultado fue el mismo: vacío.

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Llevaban más de media hora en el interior de aquella vivienda sucia y desordenada. Lobo empezó a toser con fuerza. A pesar de la mascarilla, Nora comprobó cómo se le había teñido el rostro de rojo y volvía a sudar.

—Mi niño, ¿estás bien?

Lobo hizo un gesto con la mano, restándole importancia, mientras se sostenía con más fuerza de la habitual en su bastón.

—Estoy bien, Delgado. El polvo… —respondió, aunque su voz ronca y entrecortada decía lo contrario.

Nora lo observó fijamente, con una ceja levantada, los brazos en jarra. Sabía que Félix no admitiría sentirse mal, ni si estuviera al borde del colapso. Aun así, no pudo evitar insistir.

—No es el polvo, Lobo. Estás hecho un cromo. Llevas tosiendo desde que llegamos. Vamos a hacer una cosa.

Lobo carraspeó y se apoyó en el bastón.

—Tú te vas a ir al médico, a ver qué te recetan y luego al hotel — continuó ella—. Te llevas las muestras y la USB mientras yo acabo con la vivienda y luego me paso a hacerle unas preguntas a Sócrates. Diógenes y tú no sois grandes amigos.

Lobo interrumpió su propuesta con otro ataque de tos, tan fuerte que tuvo que apoyarse contra el marco de una puerta. Apretó los dientes y levantó la mano antes de que Nora pudiera decir algo más.

—Ya me conoces, Delgado. No necesito médicos —dijo, recuperando la compostura. Aunque la fuerza en su voz había mermado, su tono seguía siendo firme—. Mi cuerpo está acostumbrado a esto. Siempre lo he hecho.

Nora empezó a reír.

—¿Tu cuerpo? Claro, como si fueras un jodido superhéroe, mi niño.

Estás escupiendo los pulmones a trozos, Lobo. No es normal, y tú lo sabes.

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Él negó con la cabeza, como si aquello fuera una molestia menor. La miró con un destello de cansancio en sus ojos azules.

—Vale, vamos a hacer tal como he dicho —insistió ella ante su testarudez—. Tú te adelantas al hotel con las muestras, yo acabo de revisar la cocina y luego hago una visita a Sócrates. ¿Cómo lo ves?

Lobo se enderezó lentamente, aunque seguía apoyado en el bastón. La tos todavía le raspaba la garganta.

—¿Sabes, Delgado? Mi cuerpo sabe lo que tiene que hacer. No necesito que un médico me diga cómo pelear mis propias guerras.

Nora lo miró, incrédula.

—Mi niño, te llevarías bien con Sócrates. Y que sepas que la vida es breve y que hay que cuidarla. ¿O ese trozo lo pasaste por alto? Y por si no fuera suficiente, Pasteur descubrió la penicilina, gracias a Dios.

Lobo soltó una risa ronca, aunque le costó contener otro acceso de tos. —Mi cuerpo acabará con esta infección, igual que siempre lo ha hecho. Si jugamos a personajes ilustres, te diría que Séneca admitió que preocuparse es un desperdicio de energía vital. Así que mejor ahorra tu

energía para lo que realmente importa: encontrar a Sergio.

Nora cruzó los brazos, exasperada.

—Lobo, no te estoy pidiendo que confíes en un médico porque sí. Te lo pido porque, si caes redondo, ¿a quién voy a acudir cuando lo necesite?

—No caigo, Delgado. Si algo me enseñó la vida es que el cuerpo es más fuerte de lo que creemos. Solo hay que dejarlo hacer su trabajo.

—¿Y si no lo hace? —insistió ella, dando un paso más cerca, casi

desafiante—. ¿Qué pasa entonces, Lobo? ¿Crees que tus amigos, los

estoicos, te cubrirán las espaldas?

El silencio inundó la vivienda.

—Vale, haz lo que quieras. Pero te llevas las muestras y la USB. Si se te olvida algo, no respondo por lo que te haga cuando nos veamos en el hotel.

Lobo recogió las bolsas de evidencias y guardó la USB con cuidado en su bolsillo interior, para asegurarse de que no se moviera. Nora sabía que no iría al médico y que su terquedad terminaría ganando. Cuando la puerta se cerró tras él, dejó escapar un suspiro largo. “Maldito cabezón, no hay uno que no tenga un tocado”, pensó mientras volvía a la cocina para continuar con su parte del trabajo.

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El apartamento había quedado en un inquietante silencio tras la marcha de Lobo. Nora aprovechó la tranquilidad para concentrarse en los últimos rincones de la cocina. Encontró más desorden y suciedad, pero nada fuera de lo común o que pudiera ser útil para la investigación. Estaba a punto de cerrar un último cajón, cuando un ruido sordo proveniente del pasillo la hizo detenerse.

Un momento después, la puerta del apartamento se abrió y un hombre alto y corpulento entró con el arma en alto. Sus ojos oscuros y la expresión endurecida dejaron claro que no estaba allí para charlar.

—¡Al suelo! —ordenó con una voz grave y autoritaria—. ¡Manos detrás de la cabeza, ahora mismo!

Nora alzó las manos de inmediato.

—Calma —dijo, intentando controlar la situación mientras se arrodillaba lentamente—. Soy investigadora privada. Trabajo en este caso.

El hombre no mostró signos de ceder. Su mirada se clavó en ella, buscando algún signo de amenaza.

—¿Investigadora privada? —repitió con desconfianza, manteniendo el arma firme—. Soy el inspector Robles y esto es una escena relacionada con un posible secuestro. ¿Qué demonios hace usted aquí?

—Estamos colaborando con Catalina, la madre del chico desaparecido. Nos contrataron para aportar una visión diferente. Pero si quiere, puedo quedarme aquí en el suelo hasta que compruebe mis credenciales.

—¿Nos? ¿Hay alguien más en la vivienda?

—Mi compañero se fue hace un rato —respondió Nora tumbada boca abajo con las manos sobre la cabeza.

El policía no parecía convencido. Mantuvo el arma fija en Nora mientras se acercaba.

—¿Catalina? —repitió con desdén—. Esto es una investigación oficial y no tengo constancia de que se haya contratado a alguien para entrometerse en mi caso. Así que, por ahora, sigue donde estás.

—Mire, inspector, no tengo intención de entrometerme en su trabajo.

Solo intentamos ayudar a una madre desesperada. Puede llamar a Catalina.

El hombre pareció vacilar unos instantes.

—Vamos a aclarar esto en comisaría.

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El policía colocó las esposas con fuerza en las muñecas de Nora y la levantó.

—No se te ocurra hacer ninguna tontería —dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas.

Víctor Robles Ibáñez nació y creció en una familia de clase trabajadora, en un barrio obrero de Madrid. Su padre era obrero en una fábrica de automóviles y su madre trabajaba como enfermera. Desde joven mostró un fuerte sentido de la justicia, inspirado por las historias de lucha y sacrificio de su familia.

Entró en la Academia de Policía con 20 años, destacándose rápidamente como uno de los cadetes más prometedores. Comenzó su carrera en el Cuerpo policial en unidades de patrulla, pero sus habilidades para resolver conflictos y su tenacidad lo llevaron pronto a las divisiones de investigación criminal. Pasó varios años trabajando en casos de homicidios y crimen organizado, donde se forjó una reputación como un investigador implacable que siempre encontraba la forma de conectar los puntos.

A lo largo de su carrera, había liderado varias investigaciones de alto perfil, incluida la desarticulación de una red de trata de personas y un caso de corrupción en un ayuntamiento de provincia. Sin embargo, su obsesión con los detalles y su tendencia a presionar a sus subordinados hasta el límite le habían ganado detractores dentro del cuerpo. No obstante, Robles siempre entregaba resultados, lo que lo convertía en una figura respetada y temida a partes iguales.

Hacía cinco años, lo habían destinado a la Unidad de Secuestros y Extorsiones de la Policía Nacional, un cambio que había aceptado con cierta reticencia al principio, pero que acabó convirtiéndose en una de sus mayores pasiones. Su método de trabajo y su capacidad para hallar pistas en los lugares más insospechados habían resuelto varios casos que parecían imposibles.

Víctor Robles era un gran profesional. Muy bueno en su trabajo, con un índice muy alto de éxito en los casos de secuestro al mando. Cuando recibió el encargo de montar una unidad, se centró en que sus subordinados tuvieran un excelente perfil de negociadores.

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Dos años atrás, Víctor Robles lideró uno de los casos más complejos de su carrera como jefe de la Unidad de Secuestros y Extorsiones de la Policía Nacional. La víctima, un empresario valenciano de renombre, había sido secuestrada en plena calle, a plena luz del día. La noticia había generado un gran revuelo mediático, y las presiones desde los círculos políticos y empresariales no tardaron en llegar.

Robles se desplazó a Valencia con un equipo reducido, pero altamente capacitado. Desde el inicio, marcó un plan claro: contener la información para evitar filtraciones y asegurarse de que la familia de la víctima cooperara sin interferir. Conocedor de los riesgos emocionales que enfrentan los familiares en estas situaciones, designó a un negociador para actuar como enlace directo con ellos mientras él se centraba en la operación.

El caso se complicó con la primera llamada de los secuestradores, quienes exigieron un rescate millonario en criptomonedas y advirtieron que cualquier intento de intervención policial pondría en peligro la vida de la víctima. Robles, analizando cada palabra del mensaje y sus entonaciones, detectó indicios de que los secuestradores conocían la zona en detalle, lo que apuntaba a un grupo local con experiencia.

Durante tres días, supervisó personalmente el rastreo de llamadas y la recolección de datos. Su enfoque metódico y su insistencia en no pasar por alto ningún detalle resultaron cruciales. Identificó patrones en los movimientos de los secuestradores gracias al análisis de las torres de telefonía móvil y logró ubicar una fábrica abandonada en Sagunto, que coincidía con los desplazamientos registrados.

La operación de rescate fue ejecutada con precisión quirúrgica. Robles coordinó la incursión del equipo táctico, asegurándose de que la integridad del rehén fuera la prioridad. La víctima fue liberada sin sufrir daño alguno y los secuestradores fueron detenidos in situ. El caso se cerró con éxito y el empresario regresó a casa sano y salvo.

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Una de las ratas llegó al borde de su pie. Sergio gritó, pero las criaturas no se detuvieron. La rata líder, con su pelaje negro brillante, se acercó al tobillo y comenzó a husmear, moviendo su hocico húmedo con rapidez. Sergio sintió su lengua áspera rozar su piel, un contacto que lo hizo estremecerse y casi perder el control de su vejiga.

—¡No, no, no! —gritó, pataleando con las pocas fuerzas que le quedaban. La jaula se tambaleó ligeramente con sus movimientos, pero las ratas solo retrocedieron un instante, antes de retomar su posición, aún más determinadas. La líder lanzó un chillido, como si ordenara a las otras que continuaran.

Las manos temblorosas y débiles de Sergio palpaban a ciegas la base metálica de la jaula. Finalmente, recuperó el pequeño trozo de metal astillado. Era poco, pero era todo lo que tenía. Con un esfuerzo titánico, levantó el fragmento y lo agitó frenéticamente frente a las ratas. Logró arremeter contra una de las más pequeñas, que emitió un chillido agudo y retrocedió, provocando unos instantes de vacilación entre la colonia. Pero esa perturbación no duró demasiado. Unos minutos más tarde, ya habían regresado.

Curiosamente, las más gordas no parecían las más voraces. Dos en particular, impasibles ante los gritos de Sergio, permanecían desde hacía un buen rato sobre la jaula. Lo que más le horrorizaba era cuando adoptaban una posición vertical sobre sus patas traseras y olisqueaban en derredor. Se asemejaban a monstruos.

A cada minuto que pasaba, se mostraban cada vez más osadas, como si hubieran comprendido que Sergio no representaba un peligro. Había una, muy atrevida, que se acercaba mucho a él para olfatearle; por más que él gritara, la rata no dejaba de avanzar. Solo se batía en retirada cuando movía con las pocas fuerzas que le quedaban la jaula, entre insultos.

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Por primera vez desde su encierro, Sergio echaba de menos a su captor. Al menos cuando él estaba allí, las ratas se mantenían a raya. Aquel hombre, con su mirada impasible, tenía un poder que él no podía comprender, pero que funcionaba. Les dejaba comida, tanto para Sergio como para las ratas, lo que las mantenía saciadas y, en cierto modo, alejadas de él. Ahora, sin esa rutina, el hambre parecía haberlas transformado en depredadoras despiadadas.

—¡Maldito seas! —murmuró, con los dientes apretados, mientras miraba al techo oscuro—. Al menos podrías haberme dejado algo. No me importa qué. Pan, agua… lo que sea.

Pero su voz se quebró en un sollozo. Ni siquiera estaba seguro de si el hombre iba a volver. Lo había dejado allí para morir, para que las ratas terminaran lo que él había comenzado. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Las ratas seguían avanzando, aunque ahora con más cautela. La atrevida regresó y olfateó con insistencia hacia su tobillo. Sergio intentó mover la pierna, pero la rigidez de sus articulaciones y su propia debilidad hicieron el movimiento torpe e ineficaz. La rata no se inmutó. Con un movimiento ágil, trepó hasta la base de la jaula y se quedó allí, observándolo con sus ojos oscuros y penetrantes.

—¿Qué quieres? —gritó, aunque sabía que era inútil.

Si al menos estuviera aquí, pensó de nuevo, refiriéndose al hombre. Y ese pensamiento le dolió más que cualquier mordisco que las ratas pudieran darle. Añorar al monstruo que lo había puesto en esa situación era la muestra más palpable de su absoluta desesperación. Pero, aunque lo odiara desde lo más profundo de su alma, la presencia de su captor representaba un control, una estructura. Sin él, Sergio estaba solo, a merced de las ratas.

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La sala de interrogatorios estaba iluminada por una luz blanca y fría que hacía imposible determinar si fuera era de día o de noche. Las paredes, de un gris apagado, parecían absorber cualquier sonido, haciendo que cada oscilación de la aguja del reloj de la pared retumbara con un eco persistente. Había una sola silla metálica frente a una mesa rectangular, también de metal, con esquinas desgastadas por el uso. En un rincón, una cámara de vigilancia fijada al techo observaba sin parpadear.

Nora cruzó los brazos y trató de disimular su incomodidad. La silla era demasiado rígida, el respaldo demasiado recto, como si estuviera diseñada para recordar a quien la ocupaba que no estaba allí por voluntad propia. Miró el espejo que ocupaba una de las paredes. Sabía que había alguien al otro lado.

El tiempo se extendió, lento y pesado, hasta que finalmente la puerta se abrió con brusquedad. El inspector Robles entró y cerró la puerta tras de sí con un movimiento firme. Llevaba una camisa blanca que marcaba sus hombros anchos, perfectamente planchada, que contrastaba con el aire curtido de su rostro. Su mandíbula cuadrada, los pómulos marcados por una barba incipiente y la nariz ligeramente torcida reforzaban la dureza que proyectaba, mientras sus ojos oscuros y penetrantes parecían atravesar a Nora, evaluándola sin decir una palabra. El cabello negro, peinado hacia atrás con precisión, dejaba entrever mechones grises en las sienes.

—Catalina me lo ha confirmado —dijo sin preámbulos, avanzando hasta la mesa y dejando caer un archivo sobre ella—. Me ha dicho que están trabajando para ella. Pero eso no significa que tengan vía libre para meter las narices donde no les llaman.

Nora levantó la barbilla, manteniéndole la mirada.

—Inspector, no pretendemos interferir. Solo tratamos de ayudar. Catalina está desesperada, y nos contrató porque creyó que podríamos

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aportar algo diferente.

Robles cruzó los brazos y se inclinó ligeramente hacia adelante. —Diferente o no, esta es una investigación oficial —remarcó, su voz

cargada de una autoridad inquebrantable en cada una de las letras—. Es mi investigación y no tolero que nadie, nadie, se entrometa. La próxima vez que los encuentre en una escena como esta, los encierro y ya pensaré después de qué acusarlos. ¿Me he explicado con suficiente claridad?

Nora mantuvo la compostura, pero su mandíbula se tensó ligeramente. —Lo he entendido perfectamente, inspector. No tenemos intención de

causar problemas.

Robles ladeó la cabeza, estudiándola por un momento antes de hablar de nuevo.

—Eso espero. Porque, créame, no dudaré en usar todos los recursos a mi disposición para mantener esta investigación bajo control. Ahora, quiero que salga de aquí y se asegure de que su compañero también entienda esto.

Nora mantuvo la compostura, aunque el peso de la mirada de Robles era suficiente para hacer que cualquiera titubeara. El inspector permanecía de pie, imponente, con los brazos cruzados frente al pecho y el rostro endurecido como una máscara de autoridad. En el momento en que Nora iba a levantarse, el policía habló de nuevo.

—Voy a ser claro, señorita Delgado —dijo finalmente, su voz más grave aún y cargada de intención—. Si han encontrado algo en esa vivienda, es parte de una investigación oficial. Y si no me lo entrega ahora mismo, no solo estará entorpeciendo mi trabajo, sino que estará cometiendo un delito. ¿Me ha entendido?

Nora levantó la mirada, firme, pero sin un atisbo de desafío. Su tono fue calmado, pero no sumiso.

—Entiendo perfectamente, inspector. Pero creo que hay una línea entre colaborar y asumir que estamos aquí para complicar su trabajo. No tenemos nada que ocultar.

Robles no se dejó impresionar. Dio un paso adelante, inclinándose lo justo para que su presencia resultara aún más intimidante.

—No me interesan sus interpretaciones de la ley, Delgado. Le doy la oportunidad de ahorrarse problemas. Si han encontrado algo, quiero saberlo. Ahora.

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La sala quedó en un silencio tenso. Nora sabía que Robles no estaba jugando.

—Bien —continuó Robles, al ver que Nora no respondía de inmediato

—. Si deciden ocultar algo, será bajo su propio riesgo. Y créame, no tengo paciencia para lidiar con investigadores privados que se creen por encima de las reglas.

El tono cortante del inspector parecía llenar cada rincón de la sala, como si cada palabra se clavara en el aire. Nora apretó los labios, recordando las muestras y la USB que llevaba Lobo. Si Robles llegaba a descubrirlo sin que ellos lo mencionaran, las cosas podrían ponerse muy complicadas.

—No encontramos nada —respondió Nora con calma, aunque sus manos se cerraron en un leve gesto de tensión bajo la mesa.

Robles alzó una ceja, estudiándola por un momento. Su mandíbula se tensó ligeramente antes de que soltara un leve bufido, mezcla de incredulidad y desaprobación.

—Espero que sea así. Porque si me entero de que han decidido jugar a los detectives con pruebas que deberían estar en mi despacho, me aseguraré de que no vuelvan a acercarse a este caso. Ni a ninguno otro. ¿Estamos claros?

Nora asintió con un movimiento breve. —Cristalino, inspector.

Robles la observó por unos segundos más, como si evaluara si su advertencia había calado lo suficiente. Luego se enderezó y se ajustó las mangas de su camisa blanca.

—Perfecto. Espero no tener que repetirlo. Ahora, puede marcharse. Y dígale a su compañero, que cualquier prueba que hayan encontrado en la vivienda y que pueda ser útil para el caso debe estar en mi oficina, antes de que termine el día. Si no la recibo, serán ustedes quienes acaben en esta sala, pero como acusados.

Sin esperar respuesta, Robles se dio la vuelta y salió de la sala con pasos firmes.

Lobo la aguardaba sentado en la sala de espera. Cuando la vio salir por la puerta, esbozó una sonrisa, pero en seguida Nora se dio cuenta de que no tenía buena cara. Al ir a levantarse, empezó a toser y se tuvo que apoyar

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en la cabeza de águila. Una mujer mayor sentada a su lado le fue a ayudar, pero él la miró con cara de espanto.

—Mi niño, esa tos suena cada vez peor.

A Nora le dio la impresión de que él iba a abrazarla, pero se debió arrepentir y el movimiento se quedó a medio camino, para acabar convertido en un torpe ajuste de su bastón. Lobo carraspeó, como si quisiera disimular su evidente malestar y se enderezó con esfuerzo.

—Estoy bien —dijo con voz ronca, aunque la evidente falta de aire lo contradecía—. ¿Cómo te fue ahí dentro?

Nora lo miró de arriba abajo, con los brazos en jarra y una ceja arqueada.

—¿Que cómo me fue? Pues mira, mi niño, me han puesto fina. El tal Robles tiene menos gracia que un cactus en mitad del campo, pero te voy a decir algo, me ha dejado clarito que no le gusta que andemos husmeando. Y tú, ¿qué? ¿Vas a seguir con la pantomima de que estás bien? Porque pareces una estufa vieja a punto de explotar.

Lobo abrió la boca para replicar, pero otra tos lo dejó sin aire. Nora chasqueó la lengua y se acercó para tomarlo del brazo.

—Ni una palabra más. Nos vamos al apartamento y te cuento.

Se adentraron por la Gran Vía. Nora admiraba los edificios neoclásicos y eclécticos que bordeaban la calle más majestuosa de la ciudad. Construida a finales del siglo XIX, en la actualidad era una gran avenida con comercios, oficinas y bancos que dividía el centro histórico en dos. Una multitud de personas compuestas por lugareños y oleadas de turistas luchaban por encontrar un hueco libre por donde circular. Nora caminaba con paso ligero.

—Mira, mi niño, ¿ves aquel edificio? —dijo, señalando una fachada adornada con relieves de estilo modernista—. En un viaje que hice con mi madre de chica, decía que estos balcones tenían historias guardadas, secretos de otras épocas. Hay algo mágico en caminar entre tanto monumento. Esta ciudad suda historia por cada uno de sus poros.

Lobo, a su lado, apenas alzaba la vista, centrado en mantener el equilibrio con el bastón. Sus ojos escudriñaban a la multitud con desconfianza.

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—La magia está en no pisar a esos grupos de guiris con cámaras — respondió, señalando con la cabeza a un grupo que bloqueaba el paso—. Parece que necesitan tres fotos por cada piedra que ven.

Nora soltó una carcajada y lo empujó suavemente con el hombro.

—Anda, no seas gruñón.

Al llegar al apartamento, Nora abrió la puerta con la llave que Catalina les había dejado. Apenas cruzó el umbral, se detuvo, admirando el espacio. Era amplio y funcional, con un salón diáfano que se adaptaba perfectamente a lo que necesitaban. El mobiliario, sencillo pero elegante, contrastaba con el despliegue que habían montado con el material de la Kombi.

En el centro del salón, se alzaba un laboratorio portátil completamente equipado. Todo lo que habían traído estaba dispuesto con una precisión que delataba la meticulosidad de Lobo. Había una mesa larga con las bolsas de evidencias organizadas por categorías, junto a guantes de látex, pinzas y material para análisis preliminares. A un lado, el microscopio profesional se destacaba sobre una plataforma antideslizante, mientras que un par de focos regulables aseguraban la iluminación adecuada. Las pizarras blancas, que ya contenían notas escritas con la letra concisa de Lobo, estaban rodeadas de fotografías y croquis pegados con imanes.

El rincón tecnológico, ubicado cerca de una de las ventanas, incluía dos portátiles abiertos, conectados a un monitor grande, varios discos duros externos y un par de memorias USB. Incluso habían montado un proyector pequeño para analizar imágenes en gran formato. El aire olía ligeramente a plástico nuevo y al característico aroma de los rotuladores.

Nora dejó escapar un leve silbido de admiración.

—¡Madre mía, mi niño! ¿Has montado un cuartel general o una base lunar? —dijo, mientras recorría el espacio e inspeccionaba todo, con una sonrisa. Pasó la mano por una de las pizarras, leyendo las anotaciones breves y esquemáticas de Lobo—. Esto está más organizado que una boda bien planificada.

Nora dejó el bolso sobre una de las sillas y se acercó al microscopio, moviendo con cuidado las bolsas de evidencias etiquetadas.

—Bueno, mi niño, tú ya has hecho más de la mitad del trabajo. Yo me encargo de analizar estas muestras. Tú te tumbas un rato, te tomas algo

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caliente y dejas que yo me ensucie las manos.

Se volvió hacia Lobo, que estaba apoyado en el bastón con el ceño fruncido. Él alzó una mano, como para interrumpirla, pero su cuerpo lo traicionó. Otro ataque de tos lo dejó sin aliento, obligándolo a hundirse en el sillón más cercano.

Nora negó con la cabeza y se cruzó de brazos, observándolo con una mezcla de preocupación y severidad.

—Félix, por favor. Mira, has montado todo este tinglado y has cargado con todo el material, como un campeón. Pero ahora mismo no puedes ni mantenerte en pie sin que te falte el aire. Déjame trabajar. Cuando tengas algo de fuerzas, nos sentamos y analizamos juntos la situación. Además, hay algo que quiero discutir contigo.

Lobo alzó una ceja, dejó escapar un suspiro de rendición y se hundió más en el sillón.

—Está bien —admitió a regañadientes—. Pero no me hagas esperar mucho.

—Eso está hecho, jefe.

Nora le guiñó un ojo y se acercó a la cocina abierta del apartamento, donde había dejado el hervidor que trajeron con la Kombi. Mientras llenaba un vaso con agua caliente y preparaba una infusión para Lobo, su mente ya estaba trabajando en las muestras.

Cuando regresó, lo encontró con los ojos cerrados, el pecho hinchándose y deshinchándose con un suave ronroneo y el bastón apoyado entre las piernas. Le dejó la taza en la mesa junto al sillón y se colocó los guantes de látex.

—Descansa un poco, mi niño. Cuando termines de recuperarte, te cuento lo que he encontrado. Y luego, te adelanto, tengo una idea dando vueltas en mi cabeza, sobre Sergio. Puede que sea una locura, pero algo me dice que va a ser útil.

Nora soltó una risita baja y se dirigió a la zona de trabajo.

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El apartamento que Isabel había alquilado para Nora y Félix estaba ubicado en pleno corazón de Granada, en un edificio histórico restaurado, y ofrecía una vista espectacular de la Alhambra desde el balcón principal. El interior era amplio y luminoso, con ventanales que permitían que la luz del atardecer tiñera de dorado las paredes de tonos cálidos.

El salón principal estaba decorado con muebles de líneas modernas, que contrastaban con las vigas de madera originales que atravesaban el techo. Las paredes, salpicadas con cuadros de artistas locales, añadían un toque de color y carácter. Una mesa de comedor, de cristal, rodeada de sillas de diseño, se encontraba cerca de la cocina abierta, equipada con electrodomésticos de acero inoxidable que parecían recién instalados.

El rincón favorito de Nora estaba claro desde el primer vistazo: el balcón. Aunque era pequeño, tenía suficiente espacio para una mesa y dos sillas. Desde allí, la Alhambra dominaba el horizonte, con sus murallas y torres iluminadas por el sol poniente.

Nora conectó la tarjeta SD al lector que habían traído en la Kombi. El portátil reconoció el dispositivo, pero de inmediato apareció una ventana que le pedía una contraseña. Frunció el ceño, inclinándose hacia la pantalla para examinar el mensaje.

—Encriptada. Cómo no… —murmuró, deslizando los dedos por el teclado para intentar acceder al contenido.

Abrió un programa de recuperación que solían usar en casos como ese, aunque sabía que sin la contraseña exacta o una pista sobre el cifrado utilizado, sería como intentar abrir una caja fuerte a ciegas. El software comenzó a ejecutar una serie de pruebas automáticas, pero cada intento era rechazado. Nora observaba la barra de progreso, su paciencia puesta a prueba con cada mensaje de “acceso denegado” que aparecía.

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Se inclinó hacia atrás en la silla, los brazos cruzados tras la cabeza, mientras pensaba. Sabía que forzar una encriptación sin las herramientas adecuadas podría ser imposible, pero no estaba dispuesta a rendirse tan rápido.

Con una mueca de frustración, tomó un cuaderno y anotó los datos técnicos de la tarjeta, incluyendo el tipo de cifrado y los posibles métodos para desbloquearla. Si no podía hacerlo con los recursos que tenía, sabía que tendrían que buscar ayuda externa. A regañadientes, Nora retiró la tarjeta del lector, la colocó con cuidado en una bolsa antiestática y la guardó en una caja de seguridad portátil junto al resto de las evidencias.

Se ajustó los guantes de látex con un gesto rápido, como quien se prepara para una cirugía de precisión. En la mesa de trabajo, bajo la luz blanca que bañaba cada rincón, las bolsas de evidencias parecían esperar, alineadas como testigos mudos de una verdad que aún no había salido a la superficie. El salón amplio del apartamento, con sus vigas de madera y sus ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer, se había transformado en un improvisado cuartel general.

Se inclinó hacia la primera prueba que llamó su atención: los tickets encontrados en la basura de Sergio. Deslizó con cuidado un recibo bajo el cristal de aumento y leyó con detenimiento los detalles. Uno destacaba sobre los demás. Estación de Servicio La Axarquía. Provincia de Málaga. Fecha: dos días antes de la desaparición. Sus ojos se entrecerraron, enfocándose en el logotipo impreso y el código de transacción. ¿Qué hacía Sergio en la provincia de Málaga, poco antes de desaparecer?

Nora tomó su cuaderno de notas, un testigo más de todos los misterios que había enfrentado, y escribió con trazos rápidos:

«Ticket de gasolinera. Málaga. Fecha: dos días antes de su desaparición.

Posible conexión con el caso. Verificar trayectos recientes».

En el microscopio, un cabello oscuro se desplegó como un mapa de fracturas diminutas. Nora ajustó las lentes y observó con la paciencia que solo los años de experiencia podían enseñar. Las cutículas estaban intactas; no había señales de que el cabello hubiera sido arrancado. Su textura, el grosor y el color coincidían con los datos que Catalina les había proporcionado de su hijo. Era, casi con toda seguridad, de Sergio. Sacó una foto ampliada con la cámara del microscopio y la archivó con cuidado.

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“Cabello compatible con Sergio. Confirmación preliminar”.

Lo escribió en su cuaderno.

Con manos firmes, pero con un corazón que comenzaba a latir con cierta inquietud, sacó otra muestra. Este cabello era diferente. Largo, rubio y fino. Lo colocó bajo la lente y ajustó la luz. Las cutículas, apenas dañadas junto a una pigmentación uniforme y densa, reforzaban su hipótesis: no era un cabello de Sergio. Lo giró bajo el microscopio, observando cada detalle, como si cada hebra pudiera revelar un secreto.

“Cabello rubio, largo. Probable adolescente o adulto joven. Sin relación evidente con Sergio. Investigación requerida”.

Cerró las bolsas de evidencia y las dejó sobre la mesa, su mente zumbando con preguntas. En ese momento, giró la cabeza hacia el sillón donde Lobo dormía profundamente, con el bastón apoyado en su pierna y una manta ligera cubriéndolo. Un leve ronquido interrumpía su respiración tranquila. Por un instante, Nora sintió un extraño alivio al verlo descansar, aunque su preocupación por él no se desvanecía del todo.

Se quitó los guantes con cuidado, los tiró a un lado y se acercó a la ventana abierta. Desde allí se veía la Alhambra, que se alzaba majestuosa y serena, como si el tiempo no existiera. Pero para ellos, el tiempo corría, y Sergio seguía en paradero desconocido. Inspiró hondo y se giró hacia el laboratorio que habían montado.

Félix se despertó con unas ojeras bien marcadas y los pequeños ojos azules reducidos a la mínima expresión. Nora lo observaba, pero al ver que se despertaba volvió rápidamente a repasar su libreta. Los pasos lentos de Lobo hicieron que levantara la cabeza.

—El bello durmiente ha despertado —dijo ella.

—Y en perfecto estado —mintió él—. ¿Sigues con las manos en la masa? —preguntó con una voz rasposa mientras se frotaba los ojos.

—¿Qué crees, mi niño? Aquí estoy, juntando piezas de este puzle mientras tú roncas como si el mundo estuviera en paz —dijo y le dedicó una sonrisa rápida.

Con un gruñido, Lobo se sentó a su lado y apoyó el bastón en el reposabrazos.

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—¿Y? ¿Qué has encontrado? —preguntó, entrelazando las manos. Nora se giró hacia él, su expresión se tornó seria. Sacó su cuaderno y

lo colocó sobre la mesa antes de hablar.

—Primero, el ticket de la gasolinera en Málaga. Sergio estuvo allí dos días antes de desaparecer. Tenemos que averiguar qué hizo.

Lobo asintió, su rostro ahora atento.

—Y lo otro… —Nora tomó aire, señalando las bolsas de evidencia—. He analizado los cabellos. Hay dos tipos. Uno coincide con Sergio. El grosor, la pigmentación, todo encaja. Pero luego está este otro. —Tomó la bolsa con el cabello rubio y la sostuvo a contraluz—. Largo, rubio, sin signos de desgaste. Alguien joven, quizá un adolescente. Desde luego, no es suyo.

Lobo frunció el ceño, mirando el cabello en silencio antes de hablar. —¿Podría ser de alguien de su entorno? Un amigo, una amiga, alguien

que estuvo con él antes de que lo secuestraran.

Nora levantó las cejas y abrió ambas manos.

—He estado pensando sobre lo que nos contó Sócrates —dijo ella. —¿Sócrates? ¿De verdad vamos a darle credibilidad al borracho del

supermercado? —preguntó, con una mueca. Su voz, aunque rasposa, mantenía ese filo irónico que nunca parecía abandonar.

Nora entrecerró los ojos.

—Sí, Sócrates. —Le sostuvo la mirada, inclinándose un poco hacia adelante—. Sé que es un tipo peculiar, y no negaré que su relación con el vino es más estrecha de lo que debería. Pero no está loco. Lo que dijo sobre el hombre que se llevó a Sergio es importante. Uno solo, Félix. Un solo hombre. Si esto fuera un encargo profesional, ¿tú crees que alguien mandaría a un solo tipo para llevarse a un hombre?

Lobo bufó, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿Y qué? ¿Quieres construir toda una teoría en base a las palabras de alguien que pasa más tiempo hablando con el vino o con un chucho que con personas?

Nora chasqueó la lengua y negó con la cabeza, exasperada.

—Déjame terminar, anda. —Se levantó y comenzó a pasearse por la habitación con el cuaderno en la mano—. Un solo hombre no encaja con un secuestro profesional. Los que hacen este tipo de trabajos son metódicos, organizados. Se aseguran de tener un plan de respaldo, de

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cubrir cada detalle. Pero aquí, lo que tenemos es a un tipo que se llevó a Sergio él solo. Es arriesgado, impulsivo. Nada que ver con un encargo.

Lobo hizo un gesto de asentimiento.

—Vale, supongamos que Sócrates no estaba tan borracho como parecía y que vio lo que vio.

Nora detuvo su caminar y se apoyó en el respaldo de una silla, observándolo con intensidad.

—Consideremos por lo tanto que ese tipo actuó solo. Quizá… —Se detuvo un momento, mordiéndose el labio mientras pensaba—. Quizá estaba desesperado, o tenía algún motivo personal.

Lobo entrecerró los ojos y apoyó el codo en el reposabrazos.

—Vale, aceptemos que tienes razón, que es un lobo solitario.

Nora asintió y su mirada se perdió por la ventana.

—Hay una cosa más que me hace ruido, mi niño, la furgoneta. La policía, aunque no confíe del todo en Sócrates, habrá revisado las cámaras. Es de manual. Pero…

Lobo levantó una ceja, impaciente.

—Pero… ¿qué?

Nora dejó el cuaderno sobre la mesa, con un ruido seco que rompió el silencio momentáneo. Se cruzó de brazos y lo miró directamente.

—La zona donde se lo llevaron es un desarrollo urbanístico nuevo, Félix. Apenas hay servicios, mucho menos cámaras de seguridad. ¿Y sabes lo que eso significa?

Lobo ladeó la cabeza, sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—Ilumíname, anda.

Nora soltó un leve suspiro, como si estuviera a punto de explicarle algo evidente a un niño testarudo.

—Significa que las únicas cámaras que podrían haber captado algo son las que vigilan las avenidas o carreteras por las que esa furgoneta entró o salió en la zona. Si no han dado con nada en esas grabaciones, solo hay una conclusión lógica.

Detuvo el razonamiento como si se tratara de algo evidente.

—Pues a mi entender se presentan dos opciones, o el captor hizo un trabajo meticuloso para evitar una cámara que le pudiera identificar o…

Lobo golpeó con el bastón sobre el suelo.

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—O porque Sócrates estaba más ciego que un topo y se inventó la mitad de lo que vio.

Nora lo miró fijamente, su rostro iluminado por una mezcla de desafío y convicción.

—Puede ser, mi niño. Pero algo me dice que no. Y si tengo razón, tenemos una oportunidad de encontrar al que se llevó a Sergio. —Se acercó y apoyó las manos en su hombro—. Escucha bien por una vez Félix, esto es lo que vamos a hacer.

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A Sergio tan solo le quedaba una cosa por hacer. Con la mano derecha temblorosa, agarró con fuerza la astilla metálica. Debía de tener casi quince centímetros. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Sin esperar un segundo más, se la clavó en la mano, como si fuera un cuchillo, y hurgó en su carne entre gritos de dolor. La sangre empezó a manar de inmediato sobre la superficie metálica.

La más voraz fue un ejemplar algo menor en tamaño, de color entre negro y rojizo. Según llegó atraída por el manjar hasta la parte de la estructura impregnada por su propia sangre, Sergio la empaló con la astilla mientras la oprimía con fuerza con la otra mano. El bicho se revolvía, chillaba como un cerdo al degollarlo y trataba de morderlo. Pero Sergio gritaba con más furia que la rata, enloquecido. El animal empezó a sufrir unas convulsiones desquiciadas mientras se revolvía como un enorme pez. Los últimos instantes habían sido espantosos, sin dejar de moverse en contorsiones imposibles, el hocico palpitante, la boca abierta y los dientes siempre dispuestos a morder. Cuando la rata echó el último estertor, Sergio la arrojó al suelo y empezó a reír con grandes carcajadas como si estuviera poseído.

El resto entendió a la perfección la declaración de guerra.

La segunda, no tardó en reaccionar. Sergio esperó a que se acercara mucho. La rata, desconfiada, olfateaba la sangre, con unos bigotes que se movían sin cesar. Estaba muy excitada. Había dejado que se aproximara, sin moverse, pero susurrando: “ven, acércate, hija de puta, ven con papá que te dará lo mismo que a tu amiga…”. Y cuando estuvo al alcance de su mano, la sujetó contra las láminas de la jaula y le clavó con todas sus fuerzas la astilla. Sintió cómo el improvisado cuchillo se adentraba en la carne de la rata. Esta se retorció entre alaridos, pero gritó menos que la

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anterior. Tal vez le había perforado algún órgano vital. Cuando quedó en silencio, la arrojó contra el suelo.

Sergio confiaba en haber conseguido su doble objetivo: que las ratas supieran que era peligroso y le temieran. Pero también les había dado el mensaje de que él era su único alimento. Algo temeroso, porque había podido comprobar cómo la sangre las volvía locas y aturdido por el cansancio, se quedó adormilado.

Al despertar, lo pensó de nuevo: su raptor lo había abandonado. Lo había dejado allí para que las ratas completaran el trabajo. No vendría a terminar lo que había empezado. Solo la lenta agonía. Maldito cobarde, pensó, apretando los dientes con tal fuerza que casi sintió que los partía. No te daré ese placer.

Sergio respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba como un fuelle roto. El cansancio volvía a arrastrarlo de nuevo hacia la inconsciencia, pero no podía permitírselo. No ahora. Su mirada recorrió el perímetro de la jaula, buscando algo que le diera ventaja, una señal de que la suerte aún no lo había abandonado del todo. La tenue luz que entraba por las rendijas superiores apenas le permitía distinguir los bordes de las barras metálicas.

Fue entonces cuando lo notó. Una pequeña irregularidad en la esquina inferior derecha de la jaula, al alcance de sus manos. Algo que no estaba ahí antes… ¿o quizá sí? Su mente cansada le jugaba malas pasadas, pero sus ojos se clavaron en ese punto. Una barra doblada hacia fuera, con el óxido formando un halo rojizo alrededor del metal. Parecía débil, desgastada, como si el tiempo y la humedad hubieran conspirado para crear una oportunidad.

El sonido de unas patas corriendo lo sacó de sus pensamientos. Otra rata, grande y negra, se aventuraba hacia él desde las sombras. Esta vez no había duda: las ratas ya no le temían. Habían aprendido que, aunque él podía matar, también sangraba. Y la sangre las llamaba como un canto de sirena.

Sergio apretó la mandíbula y aferró la astilla. No había vuelta atrás. Si las ratas querían jugar, él estaba listo. Pero, esta vez, no era solo un enfrentamiento. Era intentar ganar tiempo.

Mientras el roedor se acercaba con ojos brillantes y fijos en él, Sergio inclinó ligeramente la cabeza y dejó escapar una risa amarga. Ven, ven con papá. Esta vez será diferente, mientras sus manos seguían trabajando con movimientos rápidos el punto débil de la jaula.

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Nora cerró su libreta con un chasquido decidido y apretó el bolígrafo entre los dedos, como si en ese gesto concentrara toda la frustración que sentía, al enfrentar un caso que en ese momento estaba más lleno de incógnitas que de respuestas. Cuando alzó la vista, vio a Félix apoyado en el marco de la ventana. Su figura, que de por sí ya era desgarbada, parecía ahora más encorvada, como si la fiebre le estuviera robando la poca fortaleza que le quedaba. Una mano descansaba en su bastón, mientras la otra se aferraba al borde del cristal como un ancla que lo mantenía en pie. Un ligero temblor en sus hombros delató algo más que el simple cansancio.

—Félix, mi niño, ¡ven aquí un momento! —ordenó con un tono que no daba lugar a réplica.

Lobo giró la cabeza lentamente hacia ella, sus pequeños ojos azules, ahora vidriosos, brillaban bajo la tenue luz del salón. Su respuesta llegó con la misma desgana que su andar.

—¿Qué pasa ahora? —masculló él.

Cuando estuvo lo bastante cerca, Nora no le dio oportunidad de protestar. Le plantó la palma de la mano en la frente con la precisión de quien ya ha realizado esa maniobra muchas veces. Félix dio un respingo hacia atrás, claramente incómodo, pero Nora no se movió ni un centímetro.

—Estás como una caldera, mi niño. ¿Cuánto llevas así? —preguntó, con los ojos entrecerrados mientras intentaba tocarle la mejilla. Sus palabras eran serias, pero su tono mantenía ese deje maternal que usaba con él cuando sabía que no iba a cuidarse solo.

Félix apartó su mano con brusquedad, murmurando algo ininteligible. —No empieces con tus cosas, Delgado. Estoy bien —gruñó, aunque su

voz carecía de la fuerza habitual. Más bien sonaba ronca, casi apagada.

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—Claro, claro, “bien”. —La ironía en sus palabras no pasó desapercibida—. Te estás muriendo de fiebre y todavía pretendes salir. Anda, siéntate y déjame que yo me encargue. No hace falta que te pongas en plan mártir.

—He dicho que estoy bien. No voy a dejarte sola con Sócrates. Ese hombre es impredecible y alguien tiene que asegurarse de que no te líe con sus cuentos —decidió Lobo, frunciendo el ceño y golpeando el suelo con el bastón.

Nora resopló, exasperada.

—Mi niño, ¿por qué ese odio hacia Sócrates?

Lobo endureció su mirada, pero permaneció callado. Ella caminó hasta la mesa y recogió su abrigo, claramente dispuesta a no discutir más. Pero antes de ponérselo, lanzó una mirada hacia la puerta, donde Luna, su inseparable labradora, esperaba sentada, moviendo la cola como si supiera que estaba a punto de salir. Cuando Félix descubrió que Luna iba a acompañarlos, su expresión cambió a una mezcla de incredulidad y resignación.

—¿De verdad vamos a llevar a la perra? —preguntó, alzando las cejas mientras observaba cómo Nora ajustaba la correa.

Luna le miró y ladró un par de veces.

—¡Por supuesto que sí! —decretó Nora y le devolvió la mirada con una chispa desafiante en los ojos—. Luna es más útil que tú ahora mismo. Además, Sócrates la adorará, quizá hasta se haga amiga de Diógenes.

Nora suspiró mientras Félix ajustaba su abrigo de mala gana. El salón quedó en penumbra cuando ella apagó la luz y abrió la puerta del apartamento. Bajaron por las escaleras. El aire frío del rellano les dio la bienvenida como un recordatorio de que el invierno se hacía sentir en Granada. Luna salió primero, tirando de la correa con un entusiasmo contagioso. Félix se detuvo un instante en el umbral, como si reconsiderara la idea de salir con el frío y su evidente fiebre, pero se ajustó la gabardina antes de cruzar la puerta.

Ambos comenzaron a bajar por el angosto tramo de escalones, con Luna como líder. El eco de sus pasos llenó el espacio mientras el frío se colaba por los amplios ventanales. Cuando alcanzaron la calle, la Gran Vía de Colón se extendía frente a ellos, con sus aceras bulliciosas y su constante tráfico. Las luces de las farolas se reflejaban en el pavimento

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húmedo, en destellos que competían con el brillo artificial de los escaparates.

Nora se detuvo un momento y se ajustó la bufanda alrededor del cuello. Observaba el ritmo de la ciudad mientras Félix, detrás de ella, con el rostro marcado por una palidez que no podía disimular, se apoyaba con fuerza en el bastón.

El bullicio de la Gran Vía los acompañaba mientras avanzaban. A su alrededor, las cafeterías comenzaban a llenarse de clientes que buscaban resguardarse del frío. En cuanto a Luna, ella seguía explorando con la nariz pegada al suelo y tiraba con fuerza de la correa, cada vez que detectaba algo interesante.

—¿Sabes? Mi madre me trajo varias veces de chica a Granada. La Gran Vía siempre me pareció una frontera —dijo observando las fachadas que alternaban entre el esplendor de otros tiempos y la funcionalidad más moderna—. Por un lado, tienes la catedral, la historia, lo que siempre ha estado ahí. Y por el otro, el caos del día a día, la gente con prisas para llegar a ninguna parte.

Félix se detuvo junto a ella y resopló. Una nube de vaho se elevó por el aire. Sus ojos pequeños y azulados escudriñaban la avenida con desgana.

—Las fronteras solo existen para los que se paran a mirarlas — murmuró finalmente, sin apartar la vista de la avenida—. La mayoría simplemente las cruza sin pensar.

Ella se giró hacia él y lo observó detenidamente. Él no pudo sostenerle la mirada, aunque, curiosamente, sus labios parecieron esbozar una sonrisa.

—¿Y tú, Félix? ¿Eres de los que cruzan y dan un paso adelante o de los que se quedan?

Un silencio incómodo se alargó hasta que Luna ladró. Lobo apretó el puño sobre la empuñadura de su bastón.

—Supongo que depende de lo que haya al otro lado —respondió finalmente.

El inspector jefe Robles estaba muy satisfecho con su vida y con su trabajo. A diferencia de la mayoría de sus compañeros, él no necesitaba ascender a comisario. Cuanto más arriba, más burocracia y menos acción. Sí, él era un auténtico apasionado de la misión vital que había descubierto

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hacía ya dos décadas: encontrar a los malos y liberar a las personas secuestradas para devolverlas a sus familias. Esa pasión por lo que hacía se había convertido en una droga difícil de dejar.

Cierto era que su tasa de éxitos contribuía a ello. Algo que debía mantener a toda costa. Y el caso Muñoz no le generaba buenas vibraciones. Eso era un problema. Presiones de arriba y ni una sola pista sólida. No pintaba bien. Por eso, la aparición inesperada del espantapájaros y la gorda era una baza a su favor. Podría haberles dejado fuera de juego, pero aquello no hubiera sido el movimiento más inteligente. Como experto jugador de póker, convenía evaluar a los adversarios en detalle para explotar sus debilidades. Si aquellos dos imbéciles querían actuar por su cuenta, adelante. La única condición era que la información debía fluir en un único sentido, hacia él. Tener a un par de chivos expiatorios bajo la manga, llegado el caso, podía ser una carta muy valiosa.

Robles, por su experiencia y las características de la familia Muñoz, era consciente de que el secuestro debía de tener una motivación económica. Era cuestión de hurgar bien en los negocios familiares, rastrear en detalle a los enemigos peligrosos y esperar a que los secuestradores hicieran la primera llamada para llevarse la partida. No le cabía duda de que llamarían. ¿Quién dejaría pasar la oportunidad de hacerse rico de la noche a la mañana?

Costaba creer que aquel imperio construido por Francisco Muñoz empezara con un taller de carpintería en un callejón polvoriento de Albolote, a las afueras de Granada. Un local pequeño, casi en ruinas, donde el padre de Francisco, don Severiano Muñoz, trabajaba de sol a sol con la madera, fabricando muebles sencillos para la gente del pueblo. La historia familiar comenzaba allí, en aquel rincón, donde el olor a serrín y barniz se mezclaba con el eco de los martillazos y las quejas de los clientes que apenas podían pagar un banco o una mesa.

Francisco, por aquel entonces, era un muchacho flaco y callado, siempre atento. Observaba cómo su padre luchaba por cada céntimo, cómo los proveedores se aprovechaban de su buena fe, y cómo los clientes regateaban como si le hicieran un favor al pagarle. Y entre aquellas paredes cubiertas de astillas y polvo, algo se fraguó en su interior: la idea

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de que nunca permitiría que lo pisotearan, de que la pobreza era un mal que había que extirpar con todas las armas posibles.

Cuando don Severiano enfermó, Francisco, con apenas diecinueve años, asumió el control del taller. Cerró el negocio familiar, para disgusto de su madre y vendió las herramientas y la maquinaria. Con ese dinero y un préstamo que consiguió en un trato con un usurero de la zona, compró un terreno baldío a las afueras del pueblo, junto a una carretera que empezaba a crecer en tráfico. Allí, con mucho esfuerzo y unos cuantos favores, construyó su primera nave industrial: un almacén donde empezó a vender materiales de construcción.

Al principio, se movía en un mundo pequeño: comerciaba con ladrillos, sacos de cemento y madera que conseguía a precio bajo en mercados negros. Pero pronto descubrió que los materiales no eran el verdadero negocio: el poder estaba en el valor del terreno y la construcción. Aprendió rápido lo importante de los contactos y de saber moverse entre los políticos y las administraciones. Un favor a un funcionario local aquí, un sobre bajo la mesa allá, y de repente obtuvo licencias para construir en terrenos que muy poco tiempo atrás apenas podía soñar con tocar. Y si alguien se atrevía a cuestionar sus métodos, Francisco pronto aprendió cómo lidiar con ellos.

La primera vez que recurrió a la violencia fue un punto de no retorno. Un competidor local, un tal Manuel Ocaña, un hombre de bigote espeso y verbo directo, había tenido la osadía de acusarlo públicamente. Durante una asamblea municipal, frente a funcionarios y vecinos, señaló a Francisco con el dedo, acusándole de haberse llenado los bolsillos con sobornos para adjudicarse un contrato de viviendas sociales en terrenos que, según él, le correspondían.

—¡No somos ciegos, señor Muñoz! —había espetado Ocaña, con la voz alta en el salón de actos—. Todos sabemos cómo consiguió esos permisos. Lo suyo no es mérito, es corrupción.

Las palabras cayeron como una pedrada, y aunque Francisco no reaccionó de inmediato, algo oscuro se encendió en su interior. Se limitó a sonreír, una mueca fría que apenas alcanzó sus ojos, y salió del lugar con un aire de indiferencia. Pero dentro de él, aquella humillación no iba a quedar sin respuesta.

Ocaña desapareció dos semanas después. La mujer, desesperada, dio parte a la policía, pero nadie pudo ofrecer una pista clara. Cuando apareció

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tres días más tarde, Ocaña ya no era el mismo hombre. Lo encontraron en la habitación de un hostal barato en las afueras de Motril, sucio, desaliñado y con la mirada perdida. Tenía dos costillas rotas, los labios hinchados y los dedos de la manos rotos. La policía intentó interrogarlo, pero Manuel no dijo nada. Su familia insistió, pero él negó con la cabeza y bajó la mirada. Nadie pudo arrancarle una sola palabra de lo que había sucedido.

Años después, llegó la diversificación, los años dorados. Residencias de lujo, hoteles exclusivos, inversiones en proyectos turísticos en la Costa del Sol, la Costa Blanca, las islas Baleares, Sierra Nevada y más allá. El imperio de Francisco ya no era un taller de carpintería, ni un almacén polvoriento; ahora era el Grupo Muñoz & Serrano, un gigante empresarial con ramificaciones por la España del turismo de lujo. Los millones entraban a raudales.

La riqueza le había dado dos aficiones: los coches y los relojes. En el garaje, una fila impecable de vehículos de lujo, desde un Rolls-Royce hasta un deportivo italiano cuyo rugido podía oírse a una distancia de más de medio kilómetro se mezclaban con varios modelos.

Pero más impresionante todavía era la colección de relojes. Francisco los guardaba en un salón privado, una habitación con paredes de cristal y un sistema de seguridad que podría rivalizar con el de un museo. Cada reloj contaba una historia: un Patek Philippe que compró en una subasta en Ginebra, un Rolex Daytona de edición limitada que le regalaron tras cerrar un acuerdo millonario, un Audemars Piguet que había sido propiedad de un magnate ruso. Las vitrinas brillaban bajo una luz tenue, y Francisco, cuando paseaba por esa sala, solía pensar que allí estaba el resumen de su vida: tiempo, lujo y poder.

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El viento soplaba con fuerza y arrastraba consigo polvo y hojas secas mientras Nora y Félix avanzaban por la acera apenas iluminada del barrio de Las Alquerías. Luna, inquieta, mantenía la cabeza gacha, con el hocico por el suelo a cada instante, como si buscara algo. En esa zona, donde las obras parecían haberse congelado en el tiempo, el eco de sus pisadas y del bastón retumbaba con una fuerza inquietante.

—No sé qué es peor, si el frío o esta sensación de estar caminando por un lugar tanto tiempo abandonado —murmuró Nora, mientras tiraba ligeramente de la correa, para que Luna no se desviara hacia un montón de escombros.

—¿Qué sensación? —preguntó Félix, con el rostro oculto tras el cuello levantado de su gabardina. Su voz sonaba apagada.

—De absoluta dejadez. Mira esto, mi niño. —Se detuvo y señaló hacia un solar a medio construir, donde las vigas desnudas de un edificio se alzaban como los huesos de un gigante muerto—. Todo está incompleto, como si alguien hubiera empezado algo y luego simplemente lo hubiera dejado ahí, a merced del tiempo.

Félix observó las estructuras, sus ojos entrecerrados contra el viento. Por un momento, pareció perdido en sus pensamientos, pero pronto su mirada se endureció.

—A veces, dejar algo a medias es lo más inteligente. Hay cosas que es mejor no terminar.

Apretó el puño en torno al bastón y siguió la marcha, unos pasos por delante.

Pasaron por el apartamento de Sergio y Nora recordó el mensaje enviado a Lykaina. Un nombre curioso para dedicarse a lo que anunciaba con tanto boato. Pero no había respuesta. Se guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo.

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El supermercado apareció ante ellos unos minutos después, sus luces brillantes y cálidas prometían un refugio temporal del frío intenso que calaba hasta los huesos. Desde fuera, las puertas automáticas se abrían y cerraban de forma constante por el tráfico de personas, con un zumbido regular que dejaba escapar ráfagas de aire caliente.

Sócrates y Diógenes no se encontraban allí. Lobo suspiró.

—Tu fuente de información ya no está aquí.

Nora resopló.

—Anda, quédate con Luna.

Le dio la correa y Luna ladró. Félix la miró con mal gesto y se tapó la boca con la parte interior del codo. Nora movía la cabeza de lado mientras se adentraba en la tienda. Se encontró a un empleado que recogía los carros de la compra.

—Disculpe, ¿le podría hacer una pregunta?

—Dígame usted.

—¿Conoce usted a un mendigo que suele estar ahí afuera con su perro? Señaló hacia Lobo y Luna.

—¡Sócrates! —respondió enseguida—. Claro, siempre está ahí sentado con su perro Diógenes. Es lo más parecido que tenemos a un conserje. No se crea, es un hombre muy inteligente al que no se le escapa una. Aparte de dar muy buenos consejos a quien se lo pide, a cambio de una limosna.

Nora sonrió.

—¿Sabe dónde podría encontrarlo?

—Las noches como estas, de tanto frío, creo que las va a pasar a un albergue, aunque no tengo ni idea de dónde está.

Nora recordó las palabras de Sócrates e hizo una mueca de disgusto al haberse olvidado. Cuando regresó a la calle, Lobo la observaba. Su figura desgarbada estaba más encorvada que de costumbre y el ligero temblor en sus manos al sostener la correa de Luna le hizo fruncir el ceño. El aliento de Lobo se dibujaba en el aire como pequeñas nubes. Luna tiraba de la correa con movimientos cortos.

—Tu amigo ha desaparecido con un par de briks de vino tinto bajo el brazo, ¿cierto?

Nora avanzó hacia él. Lo estudió de cerca: las ojeras marcadas bajo los ojos más pequeños, el leve enrojecimiento en sus mejillas que no era

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producto del frío y el sudor que le perlaba la frente, a pesar de las temperaturas gélidas.

—Estás fatal, Félix.

—Estoy bien. —Intentó sostenerle la mirada, pero la intensidad en los ojos de Nora lo obligó a apartar la vista hacia el suelo—. ¿Qué dijo el empleado?

—Mi niño, me olvidé de que los días de mucho frío, Sócrates va a pasar la noche a un albergue. Así que, felicidades, te libras de tener que hablar con él.

—No te fíes de una persona que tiene como mejor amigo una botella de alcohol. No te puedes creer de nada de lo que te diga, no lo olvides.

—¿Pero qué problema tienes? —Nora se cruzó de brazos—. ¿No crees en la bondad del hombre? ¿En las segundas oportunidades?

Félix cerró los ojos y retrocedió a su infancia. Recordó cómo cada noche, su padre, el coronel Lobo, después de la cena sacaba la botella de brandy y se servía una copa tras otra en una espiral interminable. Entonces, siempre había una excusa para empezar a gritar e insultar a su madre. “Eres una puta, pero claro, eso te viene de familia”, “Zorra, que no has sido capaz de darme más hijos”, la lista era larga y se repetía una y otra vez. Pero una noche fue diferente. Los recuerdos irrumpieron con fuerza.

—¡Deja de llorar de una puta vez, que con tanta gilipollez vas a conseguir que tu hijo se convierta en un maricón! —espetó el coronel y descargó la mano sobre la mesa—. Lo que ese niño necesita es disciplina y mano dura. Tantas horas refugiado del mundo bajo tus faldas no le servirá de nada cuando se haga un hombre y tenga que enfrentarse con la realidad. —Se sirvió otro vaso y se limpió la garganta antes de gritar—: ¡Félix, ven aquí!

—Deja al niño en paz —suplicó ella.

Lobo se levantó y se dirigió a la habitación. Félix abrió los ojos al escuchar cómo se acercaban las pisadas. La puerta de la habitación se abrió con violencia y rebotó contra la pared. La figura de su padre apareció en el marco. Los ojos inyectados en sangre, el uniforme mal abrochado y el vaso de brandy en una mano completaban la imagen que Félix jamás olvidaría.

—¡Levántate! —ordenó.

Félix, de apenas doce años, se incorporó despacio, temblando, vestido con su pijama de franela y los ojos húmedos.

—Mira qué cuerpo de niña —dijo el coronel y negó con la cabeza—.

¿Estabas llorando como la zorra de tu madre? Anda vamos al salón.

Lo agarró del brazo y lo arrastró consigo. Su madre se interpuso en el camino de ambos, de rodillas, las manos entrelazadas.

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—Te lo suplico, por lo que más quieras, deja al niño en paz.

Él la dio un manotazo y ella cayó al lado. Félix explotó por primera vez.

—¡No la pegues!

Los ojos del coronel se inyectaron de odio. Levantó la mano derecha y permaneció así unos segundos. Luego, la bajó, le cogió del cuello y le empujó.

—¡Al suelo! A ver si eres capaz de hacer veinte flexiones.

Félix se tumbó boca abajo. El miedo atenazaba cada uno de los músculos de su cuerpo, no podía moverse. Apoyó la cabeza contra el suelo y empezó a llorar. El coronel se giró hacia ella.

—Qué te dije, ¡estás criando a una maricona! A partir de ahora las cosas van a cambiar en esta casa. Yo me ocuparé de arreglar ese cuerpo que Dios nos ha dado como castigo y te haré un hombre. Cueste lo que cueste.

Félix seguía en el suelo, inmóvil. Su padre se agachó y lo levantó. Acercó su rostro al de Félix, tan cerca que el niño pudo distinguir cada poro de su piel curtida, cada filamento oscuro que brotaba de aquel bigote espeso y grasiento. El aliento cálido, cargado de alcohol, lo envolvió de lleno. Era un hedor denso, dulzón y ácido, que se mezclaba con el olor metálico de la transpiración. Cada palabra que salía de su boca era acompañada por diminutas gotas de saliva que aterrizaban en la cara de Félix, como pequeños latigazos.

—¡Escúchame bien, chaval! —La voz del coronel era grave, un gruñido que parecía brotar desde lo más profundo de su ser—. La vida no es para débiles. O aprendes eso esta noche, o no tienes ninguna posibilidad en este mundo de mierda.

Félix apretó los ojos con fuerza. Sus labios temblaban y un nudo le apretaba la garganta, impidiéndole respirar con normalidad.

—¡Abre los ojos cuando te hablo! —El coronel le zarandeó, su mano áspera sujetándole la nuca con una fuerza brutal.

El niño obedeció, aterrorizado, dejando que sus ojos, vidriosos y llenos de lágrimas, se encontraran con los de su padre.

—¡Mírame bien, Félix! —El coronel apretó los dientes, y su rostro estaba tan próximo que el niño podía ver la espuma acumulada en las comisuras de sus labios—. Este mundo no tiene lugar para los maricones. Si quieres sobrevivir, más te vale endurecerte. Porque si no, acabarás como ella. —Señaló a su madre con un movimiento brusco de la cabeza—. Un saco de mierda que no sirve para nada.

Realizó un ligero movimiento con la cabeza, una invitación.

—Haz las malditas flexiones. ¡Ahora!

La orden salió acompañada de un rugido y el coronel lo empujó nuevamente al suelo.

Félix trató de obedecer, pero sus brazos temblaban. Consiguió bajar una vez, pero cuando intentó levantarse, no tenía fuerzas y su pecho dio contra el suelo duro. Su respiración era errática.

—¡Vamos, coño! —El coronel se inclinó sobre él y su voz rebotó en su mente como un trueno—. ¡No te estás muriendo! Eres solo un vago. ¿Quieres ser un inútil toda tu vida?

El coronel se río. Una risa áspera, amarga, que parecía disfrutar de su humillación.

—¡Eso es lo que eres, Félix! Una decepción, la mayor decepción que Dios me ha dado. Más hubiera valido que tu madre hubiera abortado.

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El coronel se enderezó, vació el vaso de brandy en un único trago y lo arrojó sobre el terrazo, donde se hizo añicos. Luego, señaló a la madre de Félix, que todavía permanecía en el suelo, observando la escena, con los ojos desbordados de lágrimas.

—Esto es culpa tuya. Pero te aseguro que se acabó. Yo haré de este niño un hombre, aunque tenga que destrozarlo en el proceso.

La fiebre había comenzado a cobrar fuerza en el cuerpo de Félix desde que volvieron al apartamento en la Gran Vía de Granada. Delgado lo observaba de reojo mientras él, con movimientos lentos, se quitaba la gabardina y la colgaba en el perchero junto a la puerta. Las manos le seguían con tiritonas y por poco se le cayó el bastón al suelo. Pero por supuesto, se había negado a pedir un taxi y habían hecho la caminata de vuelta de un tirón.

—Deja de hacerte el héroe, anda. El cuerpo humano no es invencible, ni siquiera el tuyo.

Él esbozó una media sonrisa, tan cansada que casi daba lástima. —Napoleón dijo una vez que “un soldado debe aguantar dos bolsas de

munición, un kilo de pan y una fiebre de cuarenta grados”. —Le lanzó una mirada cargada de ironía—. No pienso ser menos.

—No sabía que también eras fan de Napoleón.

Félix no contestó. Se limitó a caminar hacia el dormitorio, con pasos pesados.

—Voy a dormir un poco —dijo él mientras se quitaba los zapatos y se sentaba en el borde de la cama—. No te preocupes.

Ella no respondió, pero sus ojos lo seguían mientras él se recostaba con un gesto lento.

Delgado se quedó de pie unos segundos antes de acercarse. Cogió una manta del armario y se la colocó por encima. Luego apagó la luz y permitió que la suave iluminación de la calle se colara a través de las cortinas y bañara la habitación con un resplandor anaranjado.

Se sentó en una silla junto a la cama, observándolo. Al principio, Félix pareció dormirse profundamente, pero pronto su respiración se tornó agitada. Movía la cabeza de un lado a otro, mientras murmuraba palabras que ella no podía entender. Era como si estuviera atrapado en un sueño febril.

—¿Qué pasa por tu cabeza, Lobo? —murmuró en voz baja, casi un susurro que se perdió en el aire.

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Con cuidado, le tomó la mano. La piel le ardía como si estuviera en llamas, pero al sentir el contacto, Félix se tranquilizó. Su respiración se hizo más pausada y los movimientos erráticos cesaron poco a poco. Delgado permaneció así, en silencio, sosteniéndole la mano con suavidad. Cuando le pareció que dormía profundamente, se levantó y volvió a trabajar en el caso.

Llevaba casi diez minutos analizando la información cuando saltó el aviso de dos nuevos mensajes en el móvil. Por fin Lykaina había respondido. Cuando leyó lo que decían, una gran sonrisa se le dibujó en la cara.

—Luna, cuida de Félix, no creo que tarde mucho en volver.

La perra ladró un par de veces y se acostó en la habitación junto a Lobo.

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En su DNI ponía Amira Bennani, pero ya nadie la llamaba así. Desde que empezó en el negocio, cuando era una cría de dieciséis años, dejó de usar ese nombre. Y de eso hacía ya seis. Ahora por fin se consideraba una mujer madura y con las ideas claras. Podía elegir como llamarse, y así había hecho: Lykaina, loba, en griego. Llevaba la cara de una hembra de ojos brillantes tatuada en el hombro derecho.

Lo de Lykaina, no había sido una decisión tomada a la ligera. Había estudiado a los lobos desde pequeña, fascinada por la manera en que se organizaban, cómo cada miembro tenía un papel vital en la manada. Pero lo que más le intrigaba era la figura de la loba alfa, una líder por derecho propio, que no vivía a la sombra de nadie. En una manada, la loba lideraba junto al macho, igual que ella había aprendido a hacerlo en su mundo. Guiaba con firmeza y astucia, cuidaba de los suyos y tomaba decisiones que podían marcar la diferencia entre la supervivencia y el desastre.

Lykaina había encontrado en ese animal su espejo. Al principio, la habían visto como una joven inexperta, demasiado tierna para enfrentarse al juego duro del negocio. Pero no tardó en demostrar que, como las lobas, sabía cuándo atacar y cuándo esperar pacientemente. Había aprendido a observar desde la distancia, a medir cada paso, y a entender que la verdadera fuerza no siempre estaba en quien rugía más fuerte.

Si su padre descubriera ese cambio de nombre, le daría un soponcio. El hombre era de otra época, y ella se sentía más cómoda con ese contraste entre sus orígenes y su vida actual. Su familia se mudó desde Tetuán a Madrid cuando ella tenía ocho años. Su talento siempre fue excepcional: desarmaba y reconstruía ordenadores, hackeó la red WiFi del vecindario a los doce años y aprendió a programar viendo tutoriales en YouTube. A pesar de su éxito, su relación con el mundo académico fue turbulenta, ya que abandonó el instituto, al considerar que las clases eran aburridas y

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obsoletas. A los quince años ganó un concurso internacional de programación, y a los dieciocho fue contratada por una start-up tecnológica de Barcelona.

Pero no duró mucho en el puesto. Demasiadas reglas y limitaciones. Ahora vivía en un pequeño piso al final de una las calles empinadas del Realejo y desde su balcón se podían ver algunas de las famosas pinturas urbanas del barrio. Para el placer de Javi, su pareja.

La dirección que le habían proporcionado no quedaba lejos del apartamento, de modo que Nora decidió acudir a pie, pero no tardó en arrepentirse por la decisión; aquella ciudad estaba plagada de cuestas endemoniadas que ponían a prueba su forma física constantemente. Cada paso que daba le recordaba las veces que había prometido ponerse en forma y no cumplió. Amén de controlarse con la comida, pero, al fin y al cabo, la vida también consistía en disfrutar.

El Realejo se desplegaba ante ella como un laberinto de calles empinadas y estrechas, un barrio donde las casas encaladas convivían con fachadas desgastadas por el tiempo. Era fácil imaginar cómo aquel rincón de Granada, que ahora albergaba apartamentos de alquiler turístico y cafeterías bohemias, había sido una vez el barrio judío, conocido como la judería, antes de la expulsión de los sefardíes, en 1492.

Nora se detuvo un momento frente a un pequeño grafiti que había en un muro de piedra: un rostro femenino con grandes ojos y una media sonrisa misteriosa. Había algo casi desafiante en esa imagen. Miró a su alrededor y reconoció otras obras similares en diferentes esquinas. Recordó entonces haber leído que aquel barrio era un refugio para los artistas callejeros, y que sus murales eran una mezcla de protesta y homenaje.

—Quillo, este barrio no se anda con tonterías —murmuró para sí misma, mientras retomaba el paso.

Por fin, cuando llegó al edificio de Lykaina, una construcción moderna que destacaba entre la arquitectura más antigua del barrio, Nora se permitió un momento para recuperar el aliento. Pulsó el timbre y le abrieron la puerta sin preguntar. Nora se quedó al pie de las escaleras, con las manos en las caderas y la respiración agitada.

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—¡Mi arma, pero esto qué es! ¿La penitencia por mis pecados o qué? —exclamó, mirando hacia arriba como si las escaleras no tuvieran fin. Tras unos segundos de duda, murmuró para sí misma—: Si me muero subiendo, espero que al menos tengan piedad en mi epitafio.

Aquellos peldaños le parecieron una última burla del Realejo.

—¿Qué haces en el quinto sin ascensor? —se preguntó en voz baja, mientras hacía una parada técnica en el tercero.

Cuando alcanzó el rellano necesitó unos segundos para recuperar el aliento. La música electrónica a todo volumen se deslizaba por debajo de la puerta. Tras varios intentos fallidos, por fin abrieron y ante sus ojos se presentó una joven alta y delgada, de piel color canela, pelo negro con un mechón azulado que le resbalaba sobre la frente y unos ojos oscuros que se movían de forma constante de lado a lado.

—¿Nora Delgado? —preguntó, con una voz firme y segura.

—La misma —respondió ella, todavía con el aliento entrecortado—. Y déjame decirte, quilla, que este piso debería venir con una advertencia médica.

Lykaina sonrió de medio lado, un gesto breve que desapareció casi al instante. Sin decir nada, se apartó para dejarla pasar. El interior del apartamento era un santuario tecnológico: tres monitores de alta resolución ocupaban un escritorio abarrotado de cables, luces LED brillaban en tonos azules y verdes, y una torre de ordenador emitía un suave zumbido desde una esquina. A lo largo de las paredes colgaban pequeñas estanterías con plantas que parecían desafiar el caos del resto de la habitación. Una cafetera turca descansaba sobre una encimera, junto a una pila de tazas usadas.

Lykaina le ordenó a su altavoz inteligente que bajara el volumen. —¿De modo que… de vida o muerte?

Nora dejó la tarjeta SD sobre la mesa, con un movimiento controlado, su mirada clavada en la joven.

—Se trata de un secuestro. Un hombre, aquí, en Granada. —Hizo una pausa para estudiar la reacción de la joven, que se limitó a cruzar los brazos y arquear una ceja—. Esa tarjeta podría contener algo que lo explique, algo que nos lleve a encontrarlo antes de que sea demasiado tarde. Pero la he conectado al portátil y nada.

Lykaina cogió la tarjeta, pero no la miró. Se limitó a girarla entre los dedos, como si el simple contacto pudiera decirle más de lo que Nora ya le

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había contado.

—No he oído nada de un secuestro en esta ciudad. Y, créeme, si hubiese pasado algo gordo, me habría enterado —dijo, con un tono que llevaba tanto orgullo como advertencia.

—La policía ha preferido mantenerlo en silencio, al menos por ahora.

Lykaina resopló y dejó la tarjeta de vuelta sobre la mesa.

—Y tú quieres que me meta en esto a ciegas. Sin saber quién, sin saber por qué. Mira, Delgado, yo no soy una buena samaritana. Si quieres mi ayuda, necesito más.

Nora apretó los labios y asintió lentamente. Había esperado esa respuesta. No era la primera vez que trataba con alguien como Lykaina.

—El chico se llama Sergio Muñoz. Su madre, Catalina, está desesperada.

El gesto de Lykaina se endureció al instante. Sus ojos, antes indiferentes, se afilaron como cuchillos.

—¿Muñoz? —espetó, casi escupiendo el nombre—. ¿Hablas de la familia Muñoz? ¿Los empresarios? ¿Esos cabrones que se pasan la vida explotando a medio mundo? ¿Esos?

—Los mismos —confirmó Nora.

Lykaina soltó una carcajada amarga.

—No me jodas, Delgado. ¿Quieres que ayude a la prole de un tipo que probablemente tenga más cadáveres metafóricos en su armario que un cementerio entero? Vaya tela…

—Escucha… —empezó Nora, pero Lykaina la cortó con un gesto brusco.

—No, escúchame tú. Gente como ellos no merece que nadie les saque las castañas del fuego. Seguro que el padre tiene dinero de sobra para contratar a un ejército de forenses informáticos. ¿Por qué coño vienes a mí?

Nora inclinó la cabeza.

—Porque no es sobre él. Esto no va de Muñoz ni de sus negocios sucios. Es sobre Catalina. Sobre una madre que está perdiendo la cabeza porque no sabe qué ha pasado con su hijo. ¿No puedes imaginar lo que siente esa mujer? Ella necesita nuestra ayuda.

Lykaina abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Cerró los ojos un momento, el mechón azul le resbalaba por la frente mientras apretaba los puños.

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—¿Qué quieres que haga? ¿Qué me olvide de todo lo que creo, de lo que odio, del daño que las empresas Muñoz han generado a tantas familias? —dijo finalmente, con un deje de rabia y algo más, algo que Nora supo que debía aprovechar—. El patriarca es un prepotente que no duda en pasar por encima de quien haga falta, con tal de conseguir más, a cualquier precio.

—No te pido que olvides nada. Solo que pienses en lo que harías tú por una persona que amaras. Si fuera… —Nora dejó la frase en el aire, calculando su próximo movimiento—. Si fuera alguien que te importara más que tu propia vida.

El silencio se alargó entre ambas. Finalmente, Lykaina dejó escapar un largo suspiro y tomó la tarjeta de nuevo.

—Esto no significa que me caiga bien —murmuró.

—Nunca dije que tuviera que caerte bien —respondió Nora, con una sonrisa leve.

Lykaina se detuvo un momento y se llevó una taza de café turco a la nariz. Inhalaba profundamente el aroma intenso, con los ojos cerrados. Se permitió un instante de pausa, como si el mundo entero se redujera a ese pequeño momento entre ella y su bebida.

—¿Sabes lo que me gusta de esto? —preguntó, sin mirar a Nora, mientras giraba la taza en círculos suaves, para que los posos se asentaran

—. Que requiere paciencia. No como esas cafeteras modernas que hacen todo por ti en segundos. Aquí tienes que esperar. Y en el negocio en el que estamos, Delgado, esperar es un arte que pocos saben manejar.

Con el café en una mano, Lykaina se sentó frente al escritorio y conectó la tarjeta SD al lector externo. Sus dedos comenzaron a teclear con precisión mientras en las pantallas aparecían líneas de código y ventanas emergentes que Nora no entendía. De vez en cuando, la joven daba un trago a la taza, como si aquello fuera el combustible necesario para mantener su velocidad.

—Vaya… —murmuró.

—¿Qué pasa ahora, mi niña? —preguntó Nora, tensa.

—Está encriptada —respondió Lykaina, con voz calmada, pero sus ojos revelaban que no era una sorpresa agradable—. Y no de cualquier

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manera. Esto no lo ha hecho alguien cualquiera. Aquí hay un sistema de cifrado avanzado. AES-256, por lo que parece.

—¿Y eso qué significa?

—Que estamos ante algo serio. AES-256 es uno de los métodos más seguros que existen. Esto no lo rompe cualquiera. Alguien ha puesto mucho empeño en proteger esta información.

—¿Puedes conseguirlo?

Lykaina bebió un último sorbo de café, antes de dejar la taza a un lado.

Sus dedos comenzaron a bailar nuevamente sobre el teclado.

—Puedo intentarlo, pero no va a ser rápido. Esto me va a llevar tiempo.

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Cuando se subieron al taxi, Nora se limitó a nombrar una dirección y luego mirar por la ventana. Ninguno de los dos decía nada. Félix no preguntó dónde iban. Lo sabía muy bien, conocía la terquedad de su compañera a pesar de la discusión a primera hora de la mañana. El resfriado no había mejorado, pero al menos la fiebre no era alta a esa hora del día. Doce minutos más tarde, el vehículo se detuvo frente a la puerta del supermercado, que ya llevaba media hora abierto. Nora se bajó del coche.

—¿Vienes?

Se encontraron a Sócrates sentado sobre unos cartones junto a su carro y con Diógenes recostado entre ambos. El perro aprovechaba el calor de los primeros rayos de sol. Con su hocico enterrado entre las patas, parecía ajeno al incipiente bullicio matinal que marcaba el inicio de la jornada. Pero esa tranquilidad duró poco tiempo. En cuanto percibió el olor de Lobo, el animal pegó un respingo y se puso en pie, ladrando fuera de sí.

—Haga el favor de decirle a su compañero que no se acerque —el mendigo se puso en pie y se ajustó el gorro de lana sobre la cabeza, antes de hacer aspavientos con las manos—. Ya le advertí que su presencia altera a Diógenes. Este perro nunca se equivoca. Hágame el favor de mantener las distancias.

Lobo refunfuñó unas palabras ininteligibles entre un arrebato de tos y se alejó hasta un banco.

—Necesito unos minutos de su tiempo, para que nos acompañen — dijo Nora, mientras lo miraba fijamente.

Sócrates se cruzó de brazos y ladeó la cabeza con fingido desinterés. —¿Acompañarlos? ¿Y qué gano yo con eso? Porque, verá usted,

señorita, aquí donde me ve, estoy en pleno horario laboral.

Nora arqueó una ceja, divertida.

—¿Horario laboral?

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—Así es —asintió él con gravedad y tamborileó con los dedos sobre el gorro mugriento—. La mendicidad es un arte, y el arte requiere disciplina. Si me levanto y me marcho, ¿sabe usted cuánto pierdo en calderilla?

Nora suspiró y sacó del bolsillo un billete arrugado. Se lo mostró sin soltarlo.

—Le pagaré su jornada completa, y con propina.

Los ojillos astutos del mendigo destellaron, pero hizo un gesto de falsa indignación.

—¿Quiere sobornar a un humilde trabajador autónomo?

—Lo llamo optimización de recursos.

Sócrates soltó una carcajada ronca y chasqueó la lengua.

—Diógenes, colega, parece que hoy sí comemos caliente.

Diógenes levantó la cabeza y observó a su dueño, con la gravedad de un juez en el ágora. Luego, gruñó suave y, con aire solemne, soltó un leve ladrido, como si secundara el trato. Sócrates, sin inmutarse, asintió con gesto sabio y miró a Nora.

—Diógenes pregunta si esta excursión es en busca de la verdad… o si al menos también incluye almuerzo.

Nora soltó una risa.

—Almuerzo asegurado, para ambos.

Sócrates se rascó la barba y miró a su perro, con fingida resignación. —Bueno, amigo, parece que hoy tenemos que caminar. A lo mejor

hasta encontramos a algún Alejandro que nos ofrezca un reino en lugar de sombra.

Diógenes sacudió el rabo y se puso en pie.

—En marcha, entonces —murmuró el mendigo, que había cogido ya el billete—. Pero si esto acaba en lío, quiero saber si también cubre indemnización.

Nora comprobó cómo Félix los observaba de reojo, con cara de desaprobación.

Llegaron a una antigua urbanización amurallada en la que el perro se puso nervioso y empezó a ladrar y a agitar la cola. Los muros de hormigón, altos y descascarillados estaban cubiertos de grafitis caóticos, algunos con firmas ilegibles y formas indescifrables. La valla metálica que cerraba el

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acceso principal estaba deformada, con un hueco bastante grande como para que alguien delgado pudiera colarse.

Detrás de una gran valla publicitaria de la promoción de viviendas nuevas, los esqueletos de los edificios inacabados se alzaban como gigantes mutilados, con ventanas sin cristales y balcones que daban al vacío. El viento soplaba entre las estructuras abandonadas, haciendo que una lona rasgada ondeara con un susurro áspero.

Nora se detuvo. Sacó de nuevo la ropa interior de la bolsa de plástico y la ofreció a Diógenes, que tiró de la correa con insistencia y empezó a ladrar. Ella metió la cabeza por el hueco de la valla y, de inmediato, su cuerpo se quedó rígido, los dedos crispados sobre el metal frío mientras su respiración se aceleraba. Parpadeó un par de veces, como si su cerebro se negara a procesar lo que tenía delante.

—¿Qué pasa? —gritó Lobo, que se acercó a la carrera.

Nora sacó la cabeza lentamente y se giró hacia él. Tenía la mirada tensa, la mandíbula apretada.

El inspector Robles no lo tuvo nada claro cuando recibió la llamada de Nora, pero su carrera habría sufrido un revés irrecuperable en caso de no actuar ante la llamada de aquella investigadora de pacotilla. El antiguo armazón de una urbanización de tres bloques había quedado vacío desde hacía diez años. Una de las empresas de Muñoz estaba al frente del nuevo proyecto inmobiliario y mantenía el terreno vigilado, para que no se instalaran okupas o vagabundos. Nada de indeseables. El vigilante de seguridad disponía de una pequeña caseta y cobraba por cuidar el recinto, a la espera del inicio de las obras.

Simón Salcedo Montalbán, cuarenta y cuatro años, exmilitar profesional y vigilante de seguridad desde hacía una década, sin antecedentes penales. Robles maldijo en voz alta. Esa foca había descubierto una furgoneta sospechosa con la ayuda del chucho de ese mendigo borracho. También le había intentado convencer sobre una teoría: si no habían conseguido rastrear un vehículo sospechoso la noche de la desaparición, era plausible que no se hubiera alejado de la zona. ¡Maldita zorra!

Para más inri, le había enviado varias fotografías y le había contado cómo el perro se puso a ladrar en cuanto olfateó la ropa de Sergio, al llegar

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a los muros. La furgoneta era propiedad del hermano de Simón, Abel, dos años mayor que él y que trabajaba como herrero. A pesar de ello, Robles necesitaba cerciorarse. Había enviado a un agente para que inspeccionara la zona, pero cuando llegó, ya de noche, la furgoneta había salido. Según todos los indicios, la zona estaba solitaria.

Todo un dispositivo estaba preparado, con los agentes en sus puestos. Hasta el comisario se presentó, con cara de pocos amigos. La reunión se celebraba en uno de los coches camuflados.

—¿Qué tenemos? —preguntó el comisario.

Robles tomó aire.

—Un testimonio inesperado nos puso sobre la pista. Un indigente que deambula por la zona aseguró haber visto un vehículo sospechoso la noche de la desaparición. No le dimos demasiada credibilidad en su momento, pero después de analizar la ruta de huida y las posibles vías de escape, me pareció plausible que el secuestrador no se hubiera alejado demasiado. Ninguna cámara había detectado la furgoneta.

El comisario arqueó una ceja.

—¿Y por qué ese mendigo no nos lo contó antes?

—Porque no se lo preguntamos —dijo Robles con naturalidad, encogiéndose de hombros—. No se presentó voluntariamente. Fue un comentario que soltó en una de nuestras rondas por la zona.

El comisario resopló.

—¿Y qué decía exactamente?

—Que su perro se volvió loco en los alrededores de la obra. Me pareció una coincidencia interesante, así que avisé a un agente para que hiciera una inspección rápida.

—¿Y qué encontró?

—La furgoneta.

El comisario se pasó la mano por la barbilla.

—Propongo que asaltemos el lugar —prosiguió Robles—, liberemos al rehén y esperemos al secuestrador para capturarlo.

—¿Cómo sabes que el rehén está ahí dentro? ¿Podemos asegurar que ese Simón es nuestro hombre?

—El vehículo coincide con la versión del mendigo y… el perro marcó el interior.

El comisario entrecerró los ojos, como si estuviera calibrando hasta qué punto la información tenía sentido.

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—A ver si lo entiendo, Robles… —dijo con voz pausada—. Un mendigo borracho te suelta una historia que hasta ahora no le ha contado a nadie. Un chucho empieza a ladrar como un poseso en una obra abandonada. Y eso te basta para montar un dispositivo con media comisaría.

Robles apretó la mandíbula. Sabía que aquello sonaba endeble, pero no iba a recular ahora.

—No es solo el mendigo, también la furgoneta. Eso la convierte en nuestra mejor pista hasta ahora.

—Eso la convierte en una coincidencia, inspector. —El comisario ladeó la cabeza, evaluándolo—. ¿Qué me garantiza que no es una jodida casualidad?

—El perro marcó el interior —insistió Robles, manteniendo la voz firme—. No hablamos de un simple ladrido. El animal se puso como loco, olfateando restos de algo en el interior.

El comisario bufó.

—¿Algo? ¿Y qué cojones significa “algo”? —Posibles rastros de Sergio Muñoz. —¿Posibles? —repitió el comisario.

Robles sintió el sudor frío bajo el cuello de la camisa. Necesitaba que aquella idea calara en el comisario, que sonara a certeza, no un arranque fruto de la desesperación.

—Es la mejor pista que tenemos hasta ahora. Podemos seguir perdiendo el tiempo o movernos antes de que desaparezca.

El silencio se alargó unos segundos, hasta que el comisario autorizó la operación. Necesitaban refuerzos en el caso de que apareciera Simón. El vigilante tenía licencia de armas y había ejercido varios años como militar profesional en el Cuerpo de Operaciones Especiales del ejército de tierra. Apenas una hora más tarde, todo el mundo estaba dispuesto.

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Era cerca de la medianoche y hacía un frío que pelaba. A Robles le castañeaban los dientes bajo un cielo estrellado e iluminado por la luna. Estaba al mando de la operación. Habían hecho traer urgentemente varios juegos de llaves de la futura promoción y los planos. Las linternas recortaban haces de luz sobre el papel, mientras el comisario y él repasaban la estructura. Después de un rápido análisis, distribuyeron a los agentes en cuatro puntos estratégicos para rodear el perímetro. También desplegaron tres vehículos camuflados en los alrededores.

El hecho de mantenerse a la espera del regreso de Salcedo, cuando se presuponía que en el interior se hallaba retenido Sergio Muñoz era angustioso. Robles quería actuar, el hombre tenía que estar dentro. Habló por el comunicador con el responsable del asalto que le confirmó que estaban preparados.

—¡Adelante! —ordenó por el comunicador.

Anotó con precisión la hora del inicio de la operación, las 23.46 h. Sobre la estructura del edificio se encendieron luces y se escucharon ruidos de galope. Diez minutos después, la radio crepitó de nuevo.

—No está aquí dentro.

Robles no tuvo tiempo de procesar la información, cuando el comisario giró la cabeza bruscamente hacia él, con el ceño fruncido.

—¿Cómo que no está? —gruñó por el comunicador.

—Negativo, señor. Hemos revisado cada rincón, no hay rastro del hombre.

Robles sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Se pasó la mano por la boca, apretando la mandíbula.

—Martínez, ¿algún indicio de que haya estado encerrado aquí? —Nada concluyente. Hay señales de movimiento reciente, alguna

manta en el suelo, ropa y restos de comida, pero podría ser de cualquiera.

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—Mierda… —murmuró Robles, girándose hacia el comisario.

El superior lo fulminó con la mirada.

El inspector no tuvo tiempo de responder. En ese preciso instante la furgoneta apareció por la esquina. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Robles se puso al volante del coche y llamó a las unidades que rodeaban el perímetro. Se lanzaron a la persecución del sospechoso. Era un vehículo viejo, sin capacidad de aceleración. Echaba una gran cantidad de humo y apenas alcanzaba los ochenta kilómetros por hora. La furgoneta tomó la curva derrapando, y dejó tras de sí una densa nube oscura.

Cuando el sospechoso pretendía acceder a la ruta que le llevaría hasta la autovía, otro de los vehículos policiales le cerró el paso y lo obligó a dirigirse hacia el centro de la ciudad. El vehículo cruzó el Puente de Espinosa a toda velocidad. Las patrullas lograron cerrarle el paso en la subida hacia la ladera y le obligaron a desviarse paralelo al río Genil. La furgoneta giró una esquina con demasiada fuerza y el lateral chocó con un poste de hierro, dejando un rastro de chispas que se apagaron rápidamente.

A continuación, derrapó sobre el asfalto húmedo y quedó atravesada en mitad del Puente Verde. A un lado, un vehículo policial le bloqueaba la salida. Al otro, cuando trató de dar marcha atrás, las luces largas del coche de Robles lo cegaron. No había escapatoria.

Los motores rugían en la noche. La luna bañaba la escena con su resplandor pálido. Desde ahí, Granada se extendía como un mosaico de luces titilantes, y en lo alto, imponente, la Alhambra se recortaba contra el cielo estrellado, con sus torres majestuosas y sus murallas doradas por la tenue iluminación nocturna.

Las puertas de los vehículos policiales se abrieron casi al unísono.

—¡Baja del coche! —bramó Robles, con la pistola en alto.

Un segundo agente desde el otro extremo del puente también le apuntaba con el arma.

—¡No tienes salida! ¡Sal del vehículo con las manos en alto! —gritó el inspector.

En ese momento el hombre se bajó de la furgoneta. Primero miró a un lado y luego al otro. A continuación, se sentó en el borde del puente, de espaldas al río. Echó mano a la chaqueta y sacó un revólver. Robles comprendió de inmediato sus intenciones.

—¡Suelta el arma y al suelo! —gritó, protegido tras la puerta abierta.

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Le miró a los ojos. Levantó el arma, abrió la boca y se introdujo el cañón. Robles contemplaba la escena a cámara lenta.

—¡No lo hagas! —rugió.

Pero ya era tarde.

El disparo reverberó como un trueno en la noche. La cabeza de Salcedo se inclinó bruscamente hacia atrás, como si un hilo invisible le cortara la vida en un segundo. El cuerpo se desplomó y, con un leve impulso, cayó al vacío de espaldas.

Se escuchó solo el impacto brutal de su cuerpo contra las piedras casi desnudas del lecho del río. Un sonido sordo, húmedo, como el de un saco de carne estrellándose de forma violenta contra el suelo.

Robles apretó la mandíbula. Mantuvo la mirada fija en el cuerpo destrozado que yacía en el lecho del río, inmóvil, con los brazos abiertos en una postura antinatural, como una marioneta con los hilos cortados. A su alrededor, el agua estancada del Genil formaba charcos oscuros que reflejaban la luz de las sirenas policiales y se mezclaban con la sangre que manaba en un hilo espeso desde la cabeza destrozada de Salcedo.

El comisario llegó hasta su lado, con el rostro pétreo, sin apartar la vista del cadáver. Nadie hablaba. Era como si el tiempo se hubiera congelado en el instante exacto en el que el revólver estalló en la boca de Salcedo.

—Me cago en la puta… —susurró finalmente el policía.

Un chillido estridente rompió el silencio. Fue corto, agudo, cargado de ansiedad. Luego vino otro, más largo, como un lamento desesperado. Sergio no necesitaba verlas para saberlo: las ratas estaban hambrientas. Ya no se limitaban a observarlo desde la penumbra, ya no esperaban su momento con paciencia depredadora. Ahora, el hambre las empujaba al borde de la locura.

Una rata más grande que las demás chocó con la reja y trepó con una agilidad espeluznante. Su hocico tembloroso se alzó en el aire, olfateando, captando cada partícula del hedor metálico de la sangre. Sus ojos diminutos y oscuros lo observaban con hambre pura.

Otra rata la siguió. Luego, otra más. La jaula se agitó con el peso creciente.

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Sergio sintió la argolla ceder apenas medio milímetro bajo sus dedos, pero no era suficiente.

Las ratas ya no esperaban. Ya no dudaban.

Atacaron.

El primer mordisco le atravesó el pantalón, desgarrando la piel. Sergio gritó, sacudiendo la pierna con violencia, aplastando la rata contra la reja. Pero las otras seguían allí.

No podía concentrarse solo en la argolla. Debía defenderse y al mismo tiempo no detenerse.

Una segunda rata le saltó al muslo. Sintió las garras clavándose en su carne antes del mordisco.

Lanzó la mano con la astilla en un arrebato ciego, desesperado. La punta se hundió en algo blando. Un chillido desgarrador resonó mientras el cuerpo del roedor temblaba en convulsiones.

Pero la sangre fresca solo las enloqueció más.

Sergio sintió otro mordisco en el tobillo. Otro más en la pantorrilla. La adrenalina se disparó. Su respiración se volvió errática, un jadeo

rabioso, interrumpido por cada nuevo ataque. Agarró los barrotes con ambas manos, los nudillos blancos por la presión, y comenzó a sacudir la jaula con violencia. El metal oxidado gimió bajo la embestida. Las ratas, aferradas con garras retorcidas a la parte inferior de la jaula, chillaron aterradas ante el súbito terremoto que había provocado su presa.

Hizo oscilar la jaula de un lado a otro, como un animal enloquecido. El suelo de metal crujía con cada movimiento, los tornillos chirriaban, la cadena se tensaba y se aflojaba en un macabro compás.

Pero no era suficiente. Las malditas no soltaban. Cada embestida contra la jaula parecía enardecerlas aún más, sus chillidos perforaban la oscuridad mientras sus cuerpos se apilaban unos sobre otros, desesperadas por alcanzar su presa. Sergio sintió un nuevo mordisco en la pierna, un tirón feroz que le arrancó un grito. El dolor punzante le nubló la vista por un instante, pero no podía permitirse flaquear.

Apoyó los pies sobre el suelo de la jaula y, con un grito ahogado de rabia, dio una última sacudida, más fuerte, más violenta, con la fuerza de la desesperación. La jaula se inclinó peligrosamente mientras se tambaleaba de lado. Las ratas chillaron de terror, una masa de cuerpos enredados, patas frenéticas que arañaban el aire y garras que resbalaban contra el metal.

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21

La zona del Puente del Genil estaba acordonada y se había convertido en una feria de ambulancias, vehículos policiales, sirenas, luces, bomberos, policías y grupos de curiosos que deambulaban como espectros para saber lo que había ocurrido. Un hervidero de actividad que oscilaba entre el caos controlado y el desorden absoluto. Un agente de la científica emergió de entre el gentío. Su mono blanco resaltaba bajo las luces de emergencia como el de un cirujano en mitad de un quirófano improvisado.

—¡Inspector! —saludó con voz grave, mientras se apartaba la mascarilla del rostro. Sus ojos, ocultos tras unas gafas protectoras ligeramente empañadas, se clavaron en el policía antes de extenderle un objeto que llevaba envuelto en una bolsa de evidencias. Era un móvil negro, en perfecto estado—. Tenga, un milagro que el móvil haya quedado intacto. Le he quitado el desbloqueo al terminal.

Robles asintió con gesto breve y, con movimientos precisos, se colocó un par de guantes de látex que extrajo de su bolsillo. El material se ajustó con un leve chasquido.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó sin apartar la vista del móvil, que descansaba en su mano.

—El reconocimiento facial funciona con los ojos cerrados. Y de momento, el móvil no detecta si respiramos o no.

La explicación quedó suspendida en el aire y Robles soltó una risa breve y cínica, una reacción más a la absurda lógica de las circunstancias que a las palabras en sí. Lo primero que hizo fue ir al registro de llamadas. La última de hacía más de una semana. Luego abrió la aplicación de WhatsApp para comprobar que el último chat también tenía más de una semana de antigüedad.

—Poco hablador —suspiró para sí mismo.

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Cuando abrió la aplicación de fotos se le heló la sangre. Por poco se le cae el terminal al suelo. Más de media docena de tomas. La primera fotografía mostraba una jaula metálica, de unas dimensiones que obligaban a permanecer agachado a su ocupante, suspendida por una cadena gruesa y oxidada. Las sombras que proyectaba la jaula en el suelo eran irregulares, alargadas y retorcidas. Robles tuvo que pestañear varias veces para reconocer el rostro que aparecía tras los barrotes. Sergio Muñoz. Su aspecto era apenas un eco del hombre que aparecía en las fotografías familiares que había revisado antes.

La primera imagen era un retrato frontal, capturado con una frialdad que asustaba. Sergio miraba directamente a la cámara. Sus ojos, hundidos en dos cuencas de piel amoratada, eran un caos de emociones: sorpresa, terror y una súplica muda. La suciedad le cubría el rostro, mezclándose con una barba rala y desordenada. Su piel tenía un tono ceniciento, como si el aire viciado y la humedad de su encierro lo estuvieran devorando lentamente.

Robles deslizó el dedo sobre la pantalla y apareció la siguiente imagen. Ahora, Sergio estaba de perfil, acurrucado en la jaula, con los brazos rodeando sus piernas. Se dejaban entrever costillas marcadas bajo la piel. En el suelo de la jaula había un charco oscuro, probablemente orina mezclada con algo que prefería no identificar.

Cada imagen que seguía era un testimonio de la degradación humana. En una de las fotos, Sergio alzaba una mano hacia la cámara, como si intentara bloquearla o implorar clemencia. Sus dedos estaban cubiertos de barro o sangre seca y las uñas estaban rotas, con la piel en carne viva.

La última imagen le arrancó el aire de los pulmones. Sergio, apenas reconocible, miraba al fotógrafo con una expresión vacía, resignada. Su boca estaba ligeramente abierta, y se podía ver cómo sus labios, agrietados, apenas tenían color. La cadena que sujetaba la jaula se tensaba desde el techo y debajo de la jaula, un cubo oxidado recogía las gotas que caían, ya fuera agua o fluidos corporales.

Robles cerró los ojos un instante, para intentar procesar lo que acababa de ver. El móvil temblaba ligeramente en su mano. En todos sus años de servicio jamás había presenciado nada similar. Abrió los ojos de nuevo y volvió a la primera imagen. Sergio todavía estaba allí, mirándole a través de la pantalla, como si aún tuviera alguna esperanza de que alguien lo rescatara.

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Robles se acercó hasta el comisario.

—Jamás he visto nada así —le tendió el móvil.

El comisario pasó cada una de las fotografías en la pantalla del dispositivo. El rostro le iba cambiando poco a poco.

—¿Qué cojones es esta jaula? No se puede poner de pie, ni tumbarse.

El comisario apretó los labios mientras pasaba a la última fotografía. La dejó fija en la pantalla durante unos segundos, su mirada clavada en la jaula y el rostro deshumanizado de Sergio Muñoz. De pronto, apartó la vista, como si necesitara romper el contacto con aquella imagen.

—Esto no es solo tortura —murmuró, con un tono bajo pero cargado de rabia—. Es humillación. Lo tienen ahí como si fuera un animal… o algo peor. Como un despojo.

Robles tragó saliva. El aire que rodeaba la escena parecía haberse vuelto más denso, impregnado de una tensión eléctrica. Las luces de las sirenas, que antes parpadeaban con un ritmo incesante, ahora parecían latir como un recordatorio de lo urgente que era cada segundo.

—No hay tiempo que perder, si queremos encontrarlo con vida.

El terreno de la futura promoción de Muñoz y Serrano parecía ocupado por el equipo de rodaje de una producción de cine. Los integrantes del asalto se habían marchado, pero la policía científica había extendido metros de cable eléctrico y varios proyectores instalados sobre trípodes inundaban de luz el recinto. A pesar de ser de noche, no quedaba ni un solo centímetro de sombra. Los técnicos no dejaban de tomar muestras, mientras señalizaban cada una de las fotografías. Robles regresó en cuanto pudo, en busca de alguna pista que le ayudara a determinar si Sergio había sido retenido en aquel sitio, o una pista que revelara su paradero. Aquella noche no dormiría.

A la mañana siguiente Lobo y Delgado tenían una cita en un despacho enorme en la última planta de un céntrico edificio granadino, con unas vistas envidiables sobre las cumbres blancas de Sierra Nevada bajo un cielo azul nítido. Habían traspasado varias antesalas con moqueta en el suelo, maderas nobles e incluso el cacheo de par de guardaespaldas que aguardaban como estatuas a ambos lados de la última puerta.

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Francisco Muñoz era alto, mucho más de lo que parecía en las fotos. Superaba con holgura el metro noventa y su presencia llenaba la estancia, sin necesidad de levantar la voz. Vestía un traje azul marino impecable, de corte italiano, con la camisa abierta en el cuello. Su piel estaba ligeramente bronceada. El cabello, peinado con precisión, tenía las sienes plateadas, aplastadas con ayuda de gel.

Cuando se levantó de su silla de cuero negro para recibirlos, su apretón de manos fue firme, calculado. Sus ojos, de un marrón oscuro casi impenetrable, escudriñaban a Lobo y a Delgado con la mirada de alguien acostumbrado a evaluar a las personas con la misma rapidez con la que aceptaba o descartaba oportunidades de negocio.

El despacho era el reflejo de su éxito. Amplio, con techos altos que potenciaban la sensación de grandeza. La pared principal era un ventanal de cristal que se extendía de suelo a techo, ofreciendo una vista privilegiada de Sierra Nevada. La luz natural inundaba la estancia y se reflejaba en la madera pulida de una enorme mesa de nogal.

—Buenos días, les pido, por favor, que se sienten —dijo, saliendo de detrás de su mesa y guiándolos hasta una zona con sofás de cuero marrón y una mesita baja, presidida por un retrato de él y su esposa, Catalina.

En ese momento, una secretaría apareció por una puerta corredera. —¿Los señores desean tomar algo?

—Los señores se marcharán enseguida —respondió por ellos Muñoz.

Nora no pudo evitar que los ojos se le abrieran como platos.

—Quiero que sepan —dijo Francisco cuando la puerta se cerró tras la secretaria y se quedaron solos los tres— que me he visto, en cierta manera, obligado a esta reunión. Catalina, mi mujer, me contó que gracias a su ayuda la policía encontró a ese desgraciado, anoche.

Francisco Muñoz apoyó ambos codos en los reposabrazos del sillón y entrelazó los dedos con parsimonia. Su expresión se mantenía pétrea.

—Voy a ser claro con ustedes —dijo, con un tono medido, casi indolente—. Si están aquí, no es por mi voluntad. Jamás los habría llamado. Nunca habría contratado a un par de detectives.

La última palabra la dejó caer con un desprecio apenas disimulado.

Nora iba a hablar, pero Muñoz levantó la mano, para hacerla callar.

—Aunque me cueste admitirlo, les agradezco la ayuda. De verdad.

Pero su trabajo aquí ha terminado.

—¿No le importa su hijo? —preguntó Nora.

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Lobo permaneció impasible, no así el rostro de Muñoz. Se inclinó hacia delante. La luz del ventanal dibujaba líneas afiladas en su rostro y acentuaban la dureza de su expresión.

—¡No vuelva a cuestionar eso! —La amenaza implícita flotó en el aire

—. Por supuesto que me importa mi hijo, más de lo que ustedes pueden imaginar. Lo que no me importa es la opinión de dos extraños que no saben nada de mi familia, ni de mí.

Nora cruzó los brazos y sostuvo la mirada sin pestañear.

—Lo que nos hemos encontrado no es el rastro de un secuestro común. —Qué fácil es jugar a los detectives de cine, ¿verdad? Pero les diré

algo: lo que yo sé o dejo de saber no es de su incumbencia.

El silencio que siguió a esas palabras era espeso. Francisco Muñoz se enderezó en su asiento, pero esta vez no con la calma calculada de antes. Sus manos se aferraron con fuerza a los reposabrazos del sillón.

—¡No vuelvan a cuestionar lo que hago por mi hijo! ¡No se atrevan! —Su voz retumbó en la estancia—. ¡Ustedes no tienen ni puta idea de lo que me ha costado llegar hasta aquí!

Lobo ni siquiera parpadeó. Nora tampoco.

—¿Y eso qué tiene que ver con el tema del que estamos hablando? — preguntó ella.

Muñoz dejó escapar una risa breve, sin pizca de humor. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en sus rodillas y los taladró con la mirada.

—¿Sabe lo que hacía yo cuando tenía la edad de mi hijo? Trabajaba de sol a sol. Dormía cuatro horas y el resto del tiempo lo pasaba de peleas con abogados, con bancos, con empresarios que habrían vendido a su propia madre por un contrato mejor. Construí este imperio desde la nada, ¡con mis propias manos! Y nadie, ni mi familia, ni mis amigos, ni siquiera mi propia esposa, creyeron que lo lograría. Pero lo hice. ¡Yo lo hice!

—Y por lo que veo, también dejó muchas cosas atrás —intervino Lobo con voz neutra, aunque con un matiz de frialdad que no pasó desapercibido.

Los ojos de Muñoz se estrecharon.

—No tiene ni idea de lo que dice. Yo protejo lo que es mío. Protejo a mi familia, protejo mi legado. Y no necesito que dos detectives de tres al cuarto vengan a darme lecciones de moral.

Nora, hasta entonces contenida, se inclinó hacia adelante. —Pero su familia necesita la verdad. ¡Su hijo necesita la verdad!

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—¿Verdad? —espetó, levantándose. Su altura imponente hacía parecer que el techo se encogía sobre ellos—. ¿Qué saben ustedes de la verdad? La verdad es que en este mundo hay dos tipos de personas: los lobos y los corderos. Yo siempre fui un lobo, como Javier. Sergio —Muñoz se quedó pensativo—, Sergio nunca estuvo a la altura.

—¿Eso es lo que piensa? —espetó, clavándole los ojos como dagas—. ¿Que su hijo no está a la altura?

Muñoz sostuvo su mirada, desafiante, como si no pensara rebajarse a dar explicaciones.

—No todos nacemos hechos para este mundo —respondió con frialdad —. Algunos simplemente no tienen lo que hay que tener.

—¿Y qué hay que tener, señor Muñoz? —Nora golpeó la mesa con la palma abierta—. ¿Cinismo? ¿Sangre fría? ¿La capacidad de mirar a tu propio hijo y verlo como un eslabón débil en la cadena de tu legado?

El empresario apretó la mandíbula y se cruzó de brazos.

—No espero que lo entiendan. Ustedes viven en un mundo distinto. Se ganan la vida rebuscando en la miseria de los demás. Yo construyo. Levanto imperios. Mantengo a flote familias enteras con mis empresas. Hago que las cosas funcionen.

—¿Y su hijo qué, señor Muñoz? —insistió ella—. ¿Funciona? ¿O simplemente lo ha dejado atrás porque no encaja en su puzle de poder y éxito?

—Sergio es… —vaciló un instante, pero enseguida recuperó la compostura—. Es un buen chico, pero ha tomado decisiones equivocadas.

—¿Equivocadas para quién? —Nora entrecerró los ojos—. ¿Para usted?

—No voy a permitir que vengan a mi despacho a decirme de qué modo debo ejercer como padre.

—¡Pues alguien tiene que hacerlo, mi niño, porque usted está fallando en el intento! —bramó Nora, con las mejillas encendidas—. Su hijo desapareció, fue secuestrado, apaleado, arrojado en una furgoneta como un saco de carne, ¡y usted sigue hablando de él como si fuera un problema de gestión!

El empresario resopló y se levantó.

—¡Basta! ¡Se acabó esta farsa!

Giró sobre sus talones y se dirigió a su escritorio. Pulsó el interfono con un gesto brusco.

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—Saquen a estos dos energúmenos de aquí. ¡Ahora mismo!

Las puertas del despacho se abrieron de inmediato y dos guardaespaldas entraron con rostros impenetrables.

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Cuando llegaron a la calle, Lobo estaba a punto de llorar. Pero no iba a hacerlo. No ahí, no delante de Nora. La rabia se había apoderado de todo su ser. Inspiró hondo y dejó que el aire frío le inundara los pulmones y se centró en la presión del bastón en su mano, en el golpeteo rítmico contra el suelo. Un punto de anclaje. Un recordatorio de que estaba en el presente y no en el pasado.

Nora no dijo nada al principio. Caminaba a su lado, en silencio, aún enfadada por la forma en que Francisco Muñoz los había tratado. Pero sobre todo por el desprecio que había mostrado por Sergio.

—¡Qué cabrón! —escupió ella, rompiendo por fin el silencio—. Su hijo ha sido secuestrado con una violencia extrema y a él, lo único que le importa es su imagen.

Lobo no respondió. Porque su cabeza aún albergaba las palabras de Muñoz: Sergio nunca estuvo a la altura. Las mismas palabras, pero con una voz distinta, ya las había oído antes. Toda su infancia, toda su juventud, en boca del coronel Lobo: «No estás a la altura, Félix. Nunca lo estarás».

Su padre, con su uniforme impecable, con su voz cortante como un látigo y los restos de saliva contra su rostro… Su padre, mirándolo siempre con una mezcla de decepción y desprecio, como si fuera una pieza defectuosa en la maquinaria de su vida…

No estás a la altura. No eres lo bastante fuerte. No eres lo bastante bueno.

Y durante años, Félix lo creyó.

—Lobo.

Nora se había detenido y lo miraba fijamente. Él evitó su mirada y siguió caminando.

—¿Lobo?

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—Déjalo.

Pero Nora no lo dejó. Le agarró del brazo y lo obligó a mirarla. Y ahí estaba: el brillo húmedo en los ojos de él, la tensión en la mandíbula, el temblor apenas perceptible en los dedos alrededor del bastón. Nora entrecerró los ojos, desconcertada.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Lobo desvió la mirada hacia un punto indeterminado de la calle, pero ya no podía contenerlo.

—No soporto a los hombres como él —dijo al final, con la voz más áspera de lo normal—. Se creen que todo lo que no encaja en su mundo es un error. Que sus hijos tienen que ser una copia mejorada de ellos o, si no, no valen nada.

Nora no le apartó la vista. Algo en su voz, en la forma en que las palabras salieron de su boca, con esa rabia contenida, le revolvió el estómago.

—¿Hablas de Muñoz? —preguntó.

Lobo soltó una risa seca, sin humor.

—De Muñoz. De mi padre. De todos los cabrones como ellos.

El viento arrastró una ráfaga de aire gélido por la calle, pero lo que recorrió el cuerpo de Nora no fue el frío, sino la certeza de que acababa de ver una grieta en Lobo, que nunca había estado ahí. Él siguió la marcha y apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Y ver eso en Félix Lobo era peor que ver a alguien romperse en sollozos.

—Ven —dijo Nora, de repente.

Lobo giró la cabeza, para que ella no pudiera verle bien el rostro.

—¿A dónde?

—A comer.

Él frunció el ceño.

—No tengo hambre.

—Me da igual.

Lo dijo con firmeza, sin la menor duda. Lobo la miró con sorpresa, como si no entendiera de qué demonios hablaba. Pero Nora no le dio opción.

—Escúchame, Félix. Sé que ahora mismo te gustaría meterte en un agujero y quedarte ahí, solo. Pero no te voy a dejar. Vamos a sentarnos,

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vamos a comer algo caliente y vas a dejarte cuidar, aunque sea solo por una puta vez en tu vida.

Nora lo vio tragar saliva y apretar el puño alrededor del bastón. Así que siguió la conversación.

—Siempre necesitas estar al mando, siempre lo tienes todo bajo control. No dejas que nadie se acerque, mi niño. No dejas que nadie vea cuando algo te duele. Pero yo te veo, Lobo. Veo cómo aprietas ese bastón como si fuera lo único que te mantiene en pie. Veo cómo reprimes tus sentimientos. Y veo la forma en la que intentas hacer como que no pasa nada, como si pudieras encerrar todo ese dolor en una caja y tirar la llave.

Lobo mantenía la cabeza baja.

—No necesito que me cuiden —murmuró.

Nora resopló.

—Ya, claro. Porque eres el puto Félix Lobo. Porque eres fuerte, porque has aprendido a aguantar. Porque llevas años demostrándole a un fantasma que eres lo bastante bueno, que eres lo bastante duro, que no necesitas nada de nadie. Pero ¿sabes qué? No necesito a un superhombre como compañero.

Lobo parpadeó, aturdido.

—Vamos a comer —continuó ella—. Vamos a sentarnos en un sitio donde haya calor, donde te metas algo caliente en el cuerpo y no tengas que pensar en nada más que en masticar. No me jodas, Félix. No quiero que hables, no quiero que me expliques nada. Solo quiero que me sigas y que por una vez en tu vida dejes que alguien te cuide sin ponerte en guardia.

Lobo cerró los ojos un segundo.

Y luego asintió. Apenas un movimiento. Apenas una señal.

Nora no conocía a la perfección Granada, pero tenía buen ojo para encontrar los lugares con alma. Escaneaba con atención cada fachada, cada pequeño rincón, hasta que encontró lo que buscaba. Un restaurante con una entrada modesta, una puerta de madera con cristales pequeños y un letrero algo deslucido que decía Casa Luque. A través de los ventanales vio mesas de madera oscura, botellas de vino alineadas en estanterías y una barra de azulejos con tapas expuestas en vitrinas. El aire que salía al

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abrir la puerta trajo consigo el aroma a ajo, aceite de oliva y caldo caliente que tanto le agradaba.

—Aquí.

Empujó la puerta y entraron. Un camarero de unos cincuenta años, de pelo entrecano y bigote espeso, les recibió con una mirada rápida. No parecía especialmente simpático, pero tampoco hosco. Simplemente eficiente.

—¿Mesa para dos? —preguntó, con una voz grave, sin perder el ritmo de su bandeja.

—Sí, por favor —respondió Nora.

El hombre los llevó cerca de una ventana, en un rincón algo apartado. La luz natural entraba con suavidad y se reflejaba en el suelo de barro cocido. El murmullo de los clientes, el tintineo de los vasos y el lejano chisporroteo de frituras en la cocina daban al lugar una calidez que Delgado amaba.

Se dejó caer en la silla con un suspiro y miró a Lobo. Él se sentó con su habitual precisión, colocó el bastón apoyado en el borde de la mesa y, sin decir palabra, sacó un pañuelo blanco impoluto del bolsillo de su gabardina. Nora se cruzó de brazos y esperó. Primero, Lobo examinó la cubertería. Luego, la vajilla. Pasó el pañuelo con esmero sobre la superficie del plato, después sobre el borde del vaso y, por último, sobre los cubiertos.

—Ay, mi niño… —Nora apoyó un codo en la mesa y le dedicó una sonrisa socarrona—. Que no te van a envenenar.

Lobo no levantó la vista.

—Eso nunca se sabe.

El camarero regresó con la libreta en la mano.

—¿Saben ya qué van a tomar?

Nora se encogió de hombros.

—¿Qué nos recomienda? Algo de la tierra, que estamos de paso y nos apetece comer como Dios manda.

El hombre la miró con renovado interés. Asintió con un leve gruñido aprobatorio y apoyó la libreta en la mesa.

—Si quieren algo auténtico, les traigo un tapeo bien completo. Un poco de todo para compartir. Choto al ajillo, habas con jamón, berenjenas con miel, remojón granadino y un buen plato de migas con su panceta. Las migas que cocina Manuela pueden hacer revivir a un muerto.

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Nora sonrió.

—Eso suena de escándalo.

Lobo entrecerró los ojos, como si calculara los riesgos sanitarios de cada plato. Nora le dio un leve puntapié bajo la mesa.

—Ni se te ocurra decirme que pida una ensalada, Lobo. Que bastante tiene ya mi estómago con aguantar tus manías.

El camarero dejó escapar una pequeña sonrisa, la primera que se le veía.

—Enseguida se lo traigo.

Los platos llegaron uno a uno e inundaron la mesa con el aroma embriagador de la cocina granadina. La vajilla era sencilla, platos de loza blanca con bordes azulados, pero el contenido hablaba por sí solo. El aceite dorado resplandecía sobre las berenjenas con miel, las habas con jamón despedían ese olor inconfundible de lo casero, y las migas prometían cumplir con la exagerada afirmación del camarero.

Pero lo que captó la atención de Lobo fue el plato de choto al ajillo. Apartó ligeramente la silla y se inclinó sobre la mesa para inspeccionar

la fuente de barro donde reposaban los trozos de carne con ajos dorados entre ellos. Tomó el tenedor, separó un trozo y lo levantó bajo la luz para analizar su textura.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó.

Nora, que ya se había llevado un trozo a la boca, se lo tragó con rapidez y le dedicó una sonrisa traviesa.

—Choto, mi niño. El hijo de la cabra.

Lobo dejó lentamente el tenedor en el borde del plato y entrecerró los ojos.

—El hijo de la cabra —repitió, con un tono que indicaba que la información no le había hecho ninguna gracia.

—Al ajillo —añadió Nora—. Una maravilla.

Él torció el gesto, como si acabara de descubrir que lo habían invitado a una trampa mortal.

—¿Y esto es común aquí?

Nora rodó los ojos.

—Félix, esto es la gloria bendita. La gente no se mete en peleas por un plato de choto, pero casi como yo por un buen jamón.

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Lobo dejó escapar un leve bufido y apartó el plato con disimulo.

—Paso.

—¡No, no, no! —Nora negó con la cabeza y le señaló un trozo bien churrascado con el tenedor—. Lo pruebas.

—No lo creo.

—Mi niño, te metes en edificios en llamas, te enfrentas a asesinos, pero no puedes con un trozo de choto al ajillo. ¿De verdad?

Lobo entrecerró los ojos, desafiante.

—No es lo mismo.

—Claro que no, es mucho menos peligroso y mucho más placentero. Nora le empujó con suavidad el plato hacia él. Lobo lo miró, luego a

ella, a continuación de nuevo al plato. Finalmente, con un suspiro resignado, cortó un trozo pequeño, lo miró con sospecha y se lo llevó a la boca.

Masticó lentamente. Su mandíbula se movía despacio. Su expresión permaneció impasible.

Luego tomó otro trozo, sin decir nada.

—Ajá… —Nora sonrió, victoriosa—. ¿A que está bueno? Lobo se encogió de hombros con fingida indiferencia. —No está mal.

—¿Sabes? —empezó a decir ella—. He estado pensando en lo que podríamos hacer con la ayuda de…

El sonido del móvil la interrumpió. Era Catalina.

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Nora y Lobo intercambiaron una mirada rápida. Ella cogió el terminal.

—Catalina.

Nada. Un silencio al otro lado.

—Catalina, ¿estás ahí?

Y entonces, el sonido. No era una respuesta, ni una palabra. Fue un susurro ahogado, un aliento entrecortado que ni siquiera llegaba a ser un llanto.

—Las fotos —murmuró ella al fin.

—¿Qué fotos, Catalina?

Al otro lado de la línea, una respiración trémula. Un jadeo.

—Me las han enseñado hace un rato. No, no podía creer lo que estaba viendo, Nora.

Su voz era la de alguien que está a punto de desplomarse, que ya no encuentra suelo bajo los pies. Lobo, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, inclinó la cabeza apenas un centímetro, atento. —Catalina, dime qué pasa —insistió Nora, más despacio esta vez.

Catalina jadeó y su voz se quebró cuando intentó hablar.

—Es Sergio… —Logró decir al fin, y su voz era apenas un lamento, un murmullo de desesperación—. No lo voy a recuperar. No lo voy a recuperar con vida.

Y entonces, rompió a llorar.

Nora tragó saliva.

—No digas eso. No puedes pensar así.

Pero Catalina ni siquiera parecía oírla.

—Le han hecho mucho daño —susurró—. Me han enseñado lo que le han hecho.

Nora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Lobo, aún en silencio, entrecerró los ojos.

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—¿De qué fotos hablas? —preguntó ella, con la voz más firme.

Un ruido sordo al otro lado.

—Las encontraron en el móvil del sospechoso. Nos las mostró la policía. Francisco quiso que yo también las viera, que no me haga ilusiones.

Nora sintió que la rabia le subía por la garganta, caliente, como un veneno a punto de desbordarse.

—¿Cómo que no te hagas ilusiones? —su voz fue dura, afilada como una navaja—. ¿Eso te ha dicho Francisco?

Al otro lado, Catalina soltó una risa breve, amarga. Un sonido que no era de burla, sino de derrota.

—Sí. Me llevó a la comisaría, me sentó delante del inspector y, cuando sacaron las fotos, me obligó a mirarlas. “No te hagas ilusiones, Catalina, míralo bien. Ese es nuestro hijo ahora”, me dijo. Como si fuera un objeto roto. Como si ya estuviera muerto.

Un silencio se apoderó de la conversación. Pero Catalina no había terminado.

—Quería que lo viera, ¿entiendes? —su respiración era entrecortada, como si cada palabra le doliera—. Quería que lo mirara bien, que viera cada contusión, cada herida en su cuerpo. Que entendiera que no hay esperanza. Que dejara de luchar.

—Catalina…

—No, escúchame —la interrumpió ella—. Cuando vi esas fotos, cuando vi lo que le han hecho a mi hijo, sentí que me ahogaba, que no podía respirar. Me agarré a la mesa con todas mis fuerzas para no derrumbarme allí mismo. Pero lo peor no fue ver a Sergio así, lo peor fue darme cuenta de que Francisco ya lo ha enterrado, en su cabeza. —Se detuvo un instante, a respirar—. Él ya ha asumido que está muerto, Nora. Ha decidido que es mejor prepararse para lo peor, pensar en el funeral, en cómo manejarlo todo cuando lo encuentren. Que la imagen de la empresa no se vea perjudicada. Pero yo… Yo no puedo hacer eso. No puedo rendirme.

—¡No tienes que hacerlo! —dijo Nora con firmeza—. No vamos a dejar que esto termine así.

Catalina sollozó y Nora esperó.

—Catalina —dijo al fin, con voz baja, tensa—. No podemos perder más tiempo con Francisco.

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Hubo un leve jadeo al otro lado, como si aquellas palabras hubieran tocado algo profundo.

—Lo sé —susurró Catalina—. Dios, Nora, lo sé. Pero no sé qué hacer.

No sé dónde más buscar.

—Si Francisco solo está preocupado por su empresa, por su apellido, por la jodida imagen de su familia, entonces no es con él con quien tenemos que hablar. Necesitamos a alguien que no tenga miedo de decir la verdad. Alguien que nos pueda decir quién le haría algo así a Sergio.

Catalina tardó un segundo en responder. Luego, su voz llegó como un susurro.

—Javier.

Nora frunció el ceño.

—¿El hermano mayor?

—Sí, de niños estaban muy unidos hasta que algo ocurrió entre los dos. Nunca me dijeron que pasó. Nunca lo supe. Pero a partir de un día, todo cambió. Se distanciaron. Pasaron de ser inseparables a casi no hablarse. No consintieron contarme nada, pero nunca coincidían, ni en reuniones familiares, ni en cumpleaños, ni tan siquiera en Navidades. Siempre encontraban una excusa para evitar encontrarse. —Catalina exhaló un suspiro largo—. Les pregunté miles de veces, pero ninguno quiso hablar. Estoy segura de que Francisco sí que sabe algo, pero jamás lo admitió.

—¿Cuándo podríamos hablar con Javier?

Catalina se quedó dubitativa.

—No va a ser fácil —dijo finalmente con serenidad—. Javier es un hombre frío. Frío de verdad. No de esos que solo parecen distantes, sino de los que de verdad no sienten nada si no les conviene sentirlo. Es calculador, reservado. Nunca se deja llevar por sentimentalismos, ni por la culpa. Desde que era un niño, Francisco lo preparó para ser su heredero. Su sombra. Su sucesor. Y Javier lo aceptó sin rechistar. Lo asumió sin dudas, sin preguntas. Hizo exactamente lo que se esperaba de él. —Se produjo un silencio denso—. Sergio nunca encajó en esa ecuación. No fue el hijo que Francisco quería. No tenía ambición, ni el instinto para los negocios. No se interesaba en las empresas, no quería formar parte de ese mundo. Y eso fue un problema desde que era un niño.

—¿Dónde podemos encontrarle?

—En su cortijo, próximo al Bosque de las Alamedas. Un sitio apartado, lejos del centro de Granada, pero lo suficientemente cerca como

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para poder manejar los negocios junto a su padre, sin tener que pisar la ciudad más de lo necesario. Compró esas tierras hace años, rehabilitó el cortijo y lo convirtió en una fortaleza. Desde allí maneja todo. Cada empresa, cada inversión, cada decisión importante. Es su centro de operaciones.

—Catalina —insistió Nora—, necesitamos hablar con él.

—Javier es complicado —murmuró ella, como si hablara más para sí misma que para ellos—. No le gusta la gente, que se metan en sus asuntos. Y por lo general, comparte la visión de su padre, de modo que dudo de que tenga el más mínimo interés en tener una charla con vosotros. Francisco fue tajante al respecto.

—Pero es su hermano —intervino Nora—. Y si puede ayudar, no creo que se vaya a negar.

Catalina suspiró, y por un momento pareció dudar de nuevo.

—Lo intentaré —dijo finalmente—. No puedo prometeros nada, pero hablaré con él. Si acepta veros, os avisaré.

Antes de colgar, Nora necesitaba averiguar una última cosa. —Catalina, necesito un esfuerzo más de tu parte —su voz era un hilo

tenso—. Sé que es difícil, pero concéntrate en las fotografías que te enseñó la policía. ¿Cuántas eran aproximadamente?

El silencio se alargó en la línea, pesado, sofocante. Nora escuchó una respiración entrecortada, luego un susurro.

—Creo que unas… doce.

Las ideas explotaron en la mente de Delgado.

—¿Día o noche? ¿Luz natural o artificial?

Hubo una pausa. Luego, Catalina habló más rápido, con un tono ahogado.

—La mayoría eran fotos oscuras, en penumbra. Casi siempre de noche… —La mujer tuvo que parar un momento—. El rostro de mi hijo… iluminado por el flash. Pero es posible que algunas tuvieran una cierta claridad natural.

—De acuerdo. Catalina, esta información es clave. Nos ayudará —dijo y su voz bajó un tono—. Te prometo que haremos todo lo posible.

El susurro de Catalina llegó apenas audible, roto por el miedo.

—Por favor, encuentren a mi Sergio.

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El inspector Robles había congregado al equipo en una sala de la comisaría. Los avances en el secuestro de Sergio Muñoz requerían actuar con celeridad.

—Hay dos tareas urgentes —empezó el policía—. La primera, hacer un retrato de ese Salcedo, debemos rastrear su vida, saber qué comía o bebía, hurgar hasta conocerlo mejor que su propia madre y entender que le llevó a encerrar al pequeño de los Muñoz en esa jaula. —Recorrió con su mirada los rostros de los agentes—. Ese es el primer problema: todavía no hemos encontrado ni un solo elemento que vincule a ese hombre con los Muñoz. El padre jura y perjura que jamás ha oído hablar de ese hombre. Ni su mujer, ni sus hijos. —Robles cerró los ojos y se quedó pensativo unos segundos—. Ese nos lleva a la segunda tarea, el principal hilo del que podemos tirar son los contactos que figuran en ese teléfono, que sabemos que utilizó unos días antes del secuestro. Es todo lo que tenemos.

Robles estaba preocupado. Lo que sabía era… casi nada. Por el momento, las únicas certezas que tenían eran alarmantes. ¿Qué intención tenía ese hombre con Muñoz para tenerle encerrado en esa jaula macabra? Parecía claro que el sufrimiento, una tortura digna de la Santa Inquisición. Una vez muerto el raptor, no le podía quedar mucho tiempo de vida. La deshidratación, la inanición, las secuelas podrían ser irreversibles. Por no hablar de las ratas. Pensar en aquellos bichos con esos bigotes y hocicos le provocó un escalofrío.

Uno de los agentes de la científica tomó la palabra.

—Incluso si lo encontramos con vida, la falta de alimentos y agua podría haberle provocado secuelas neurológicas irreversibles.

Robles asintió con lentitud.

—Nuestra misión es encontrarlo cuanto antes, nada de teorías médicas.

—¿Y la furgoneta? —preguntó una oficial.

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—Anoche la examinaron a fondo. Se encontraron rastros de sangre que un análisis de ADN confirmará si son compatibles con el pequeño de los Muñoz. Y varios agentes rastrean las cámaras, para comprobar los movimientos del vehículo y ver si conseguimos dar con la ratonera dónde ese cabrón tiene encerrado a Sergio. Abarca, ¿qué sabemos del zulo?

El subinspector se aclaró la voz antes de hablar.

—Seguimos sin identificar de qué tipo de edificio o nave se trata. En función de la hora a la que fueron tomadas las fotografías y del tipo de luz, parece que debe estar orientado al sur, algo bastante habitual. Los expertos siguen el análisis, pero las fotos no ofrecen perspectiva, ni profundidad, de modo que es imposible evaluar el tamaño de la sala. La luz cae desde arriba, con una inclinación, es posible que debido a unas escaleras. El techo es alto, unos tres o cuatro metros. El suelo es de hormigón, con charcos por escapes de agua o los fluidos corporales de Muñoz. Parece que no debe tener electricidad, porque todas las fotos están tomadas con luz natural o en la oscuridad, con ayuda del flash. La jaula es metálica, forjada a mano, con signos de desgaste en varias de sus piezas, que han sido reutilizadas para construir ese instrumento de tortura. Por último, las ratas no son de cría, así que deducimos que se trata de un edificio abandonado, viejo.

Todos los presentes asintieron con la cabeza. Robles se sintió algo estúpido, sin nada nuevo sobre la mesa. El caso Muñoz no pintaba nada bien. Y eso, al inspector le ponía de muy mala leche. De buen gusto lo dejaría en manos de otro, pero ya era demasiado tarde. Solo quedaba actuar con astucia, por si las cosas no salían como deberían.

—Abarca, prepara una descripción lo más detallada posible sobre el lugar en base a lo poco que tenemos, que se distribuya entre todos los Cuerpos policiales de la provincia de Granada. ¡Que quede claro que es urgente!

—¿Informamos a la prensa? —preguntó Robles al comisario.

—De momento continuamos sin despertar a los medios —sentenció al instante—. Tenemos órdenes muy claras al respecto.

Lobo echó mano a los contactos que mantenía en la Guardia Civil para recibir un informe detallado de lo que sabían de Salcedo. Se recostó en el sillón y tosió un par de veces antes de empezar a hablar.

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—Simón Salcedo Montalbán. Cuarenta y cuatro años. Nació el 12 de marzo de 1980 en Íllora, un pueblo de Granada.

—¿Un pueblo pequeño? —le interrumpió Nora.

Félix asintió.

—Su familia tenía fama, y no precisamente buena. El padre, un jornalero que bebía más de la cuenta, y la madre, una mujer que siempre miraba al suelo. De los dos hijos, Simón era el que aprendió antes que, en esa casa, si no pegabas primero, te llevabas la paliza.

Nora tomó nota con el bolígrafo, sin levantar la vista. —Un entorno violento genera tipos violentos. ¿El hermano?

Lobo se pasó una mano por la barba, meditando antes de responder. —Abel, dos años menor. Más reservado, pero igual de peligroso. No se

separaban de críos. Nadie se metía con ellos. En el pueblo, todos saben que con los Salcedo es preferible no tener problemas. Buscaban peleas en ferias, en bares, en cualquier sitio.

—¿Antecedentes?

—En un sitio como ese, la gente sabe cuándo hablar y cuándo callarse. Simón se alistó a la edad de dieciocho. Pasó por la Brigada Paracaidista. Bosnia, Kosovo, Irak. No hay detalles oficiales, pero mi contacto dice que acumuló más partes disciplinarios de los que sería recomendable. Tuvo varios problemas con la autoridad.

—¿Por qué lo dejó?

—No está claro. Oficialmente, se retiró en 2013. Extraoficialmente, lo invitaron a irse. Algo pasó en Irak. Tal vez un incidente con civiles, tal vez con un superior. No se molestaron en expulsarlo, pero dejaron claro que no tenía futuro en el cuerpo.

—Y terminó de vigilante de seguridad.

—Después de probar suerte en distintos sitios. Primero portero en discotecas de mala muerte, luego vigilante en polígonos industriales, en almacenes. Llevaba diez años en esto, sin meterse en líos serios, al menos en los que dejaran rastro. Mi contacto dice que la Guardia Civil había recibido varias denuncias anónimas sobre él: un par de peleas, una amenaza a unos vecinos.

—¿Mujer, hijos? —preguntó Nora sin levantar la vista de su libreta, mientras hacía girar el bolígrafo entre los dedos.

Lobo negó con la cabeza y dejó los papeles sobre la mesa, con un gesto pausado.

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—Se casó en 2006, pero el matrimonio no duró mucho. Fue algo rápido, casi impulsivo. Conoció a una mujer en Granada, una chica de la capital, nada que ver con su mundo. Al principio parecía que la cosa funcionaba, pero con un tipo como Salcedo, ya te puedes imaginar. Gritos, broncas, discusiones constantes. Nada que haya quedado por escrito, al menos en denuncias oficiales, pero los vecinos de entonces recuerdan bien que aquello no era una relación tranquila. Ella aguantó poco más de dos años antes de largarse. No tuvieron hijos.

Nora alzó la cabeza.

—¿Y ella? ¿Se sabe algo?

—Nada que nos interese. Se fue de Granada poco después del divorcio y no ha vuelto a cruzarse en su vida. No hay conexión con este caso.

—Está claro que no era un hombre de familia —murmuró Nora mientras hacía una anotación rápida—. Pero el hermano, ¿sigue en Íllora?

Lobo asintió.

—Abel nunca salió del pueblo. No tenía la necesidad ni la intención. Se quedó con el negocio familiar cuando el viejo ya no pudo trabajar y se dedicó a lo suyo, lo que fuera que eso significara. Porque no te engañes, lo de la chatarra, regenta un desguace de coches, es una parte de sus ingresos. Mi contacto dice que siempre ha estado metido en algún que otro negocio turbio. Cosas pequeñas, nada que haya levantado demasiado revuelo, pero suficientes para que la Guardia Civil tenga su nombre bien apuntado. Trapicheos con material robado, peleas por dinero, favores que se cobran con amenazas.

—Pero se casó.

Sí. En 2008, con una chica del pueblo. Mucho más joven que él. Alguien que, según dicen, no tuvo muchas opciones de negarse. O al menos, no con facilidad. Siguen juntos y tienen una hija de catorce años.

Nora dejó el bolígrafo sobre la mesa y apoyó la barbilla en la mano. —Déjame adivinar. Es un hombre de pocas palabras, duro, de esos que

arreglan las cosas a su manera.

Lobo entrecerró los ojos, sin mostrar expresión alguna.

—No tengo todos los datos, pero por lo que pude hablar, no es alguien con quien quieras cruzarte en un mal día. Ni él, ni su hermano.

Nora exhaló despacio antes de hablar.

—Tenemos a dos hombres que crecieron en un ambiente de violencia, que aprendieron que la ley es la del más fuerte, que han vivido toda su

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vida con la confianza de que nadie los va a delatar. Un par de tipos rudos, hechos a sí mismos.

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Sócrates acababa de dar un consejo a una mujer que se lo había agradecido con un par de euros. El hombre sonrió y se guardó las monedas en el bolsillo del abrigo raído. Sus labios dibujaron de nuevo una sonrisa cuando Diógenes empezó a ladrar y distinguió la figura espigada de Lobo junto a su compañera y a un perro.

—¡Vaya, vaya! ¡Si es la dama de la persuasión y su silencioso escudero! —exclamó con teatralidad acompañado por un leve gesto de inclinación con la cabeza. Su mirada descendió hasta el perro que acompañaba a la pareja—. Y veo que han traído refuerzos.

Lobo resopló, sin moverse un centímetro. Nora, en cambio, arqueó una ceja con diversión y se agachó para acariciar a Luna, que mantenía la postura erguida, con las orejas en alerta, pero sin mostrar signos de agresividad. Diógenes, sin embargo, no compartía el entusiasmo de su dueño. El perro gruñó bajo, con una tensión latente en los músculos, como si recordara la última vez que se cruzaron con la pareja.

—No me pareció justo que Diógenes fuera el único con olfato en esta historia. Además, pensé que traer a Luna haría la reunión más equilibrada.

Luna ladró y Sócrates arqueó una ceja. Luego bajó la mirada hacia su perro. Diógenes continuaba alterado, aunque ahora con menos energía y tanteaba el aire con el hocico, indeciso.

—¿Qué opinas, amigo? —murmuró el mendigo, inclinándose hacia el perro. Diógenes soltó un gruñido bajo, pero su cola ya no estaba tensa, sino que comenzaba a moverse con lentitud.

Lobo permanecía inmóvil, sin decir nada, mientras observaba la escena, con su gesto impasible. Mantuvo las manos en los bolsillos de su abrigo mientras Luna, sin prisa, dio un par de pasos hacia el perro del mendigo y olisqueó el aire entre ambos. Diógenes hizo lo mismo, con menos convicción al principio, pero pronto sus ladridos se convirtieron en

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resoplidos y, en cuestión de segundos, las dos narices se encontraron en un examen mutuo. Cuando ambos perros empezaron a olfatearse sus partes íntimas, Lobo empezó a sufrir un sudor frío y se aferró con fuerza a la cabeza del águila.

Sócrates asintió con gesto aprobatorio.

—Ah, la diplomacia canina… Todo un arte, más eficaz que la nuestra. Unos pocos olfateos dónde la verdad no se puede ocultar y se establece una confianza mutua. —Diógenes meneó el rabo y terminó por dar un par de vueltas alrededor de Luna, relajado—. Bien, veo que hemos superado nuestras desavenencias iniciales. Lo cual, debo decir, me resulta un gran alivio. No me apetecía otra mañana de tensiones entre nuestra distinguida compañía.

Lobo refunfuñó algo ininteligible entre dientes. Sócrates le señaló con un dedo, sin borrar su sonrisa.

—Uno debe mantenerse firme en sus principios, mi buen señor. Y el primero de todos es no confiar en quien no ha sido validado por un perro. Ahora que su compañera ha traído a su emisaria de cuatro patas, veo que podemos comenzar a discutir los términos.

—Estamos aquí porque queremos echar otro vistazo por la zona y qué mejor ayuda que la de dos expertos en la materia… —dijo Delgado.

—Está bien, está bien. Es un placer hacer negocios con gente tan directa. —Miró a Nora mientras acariciaba con lentitud el lomo del perro

—. Mi querido compañero y yo hemos tenido una semana dura. Las calles están más frías de lo habitual y la gente menos generosa. Un pequeño incentivo para que esta vieja mente y el hocico de este can funcionen a pleno rendimiento sería bien recibido.

Nora sacó de su chaqueta un billete de veinte euros y lo sostuvo entre los dedos.

—Apenas hemos empezado y ya quieres cobrar —terció Lobo. —¿Acaso los abogados no exigen su minuta antes de abrir la boca?

¿Los médicos no cobran antes de operar? Yo no hago más que seguir el ejemplo de los grandes profesionales.

Nora le sostuvo la mirada unos segundos antes de extender el billete. Sócrates lo tomó con la misma rapidez con la que lo guardó en su abrigo bajo la mirada inquisitiva de su compañero.

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La antigua fábrica quedaba a más de media hora de camino de la promoción de viviendas donde Salcedo ejercía de vigilante y que todavía estaba tomada por la científica. El trayecto transcurrió en un silencio cargado de tensión. Nora mantenía la vista fija en el paisaje urbano que se degradaba a medida que avanzaban. Las calles daban paso a descampados, esqueletos de edificios a medio derruir y farolas que parpadeaban con una luz mortecina.

Era un edificio ocre, rectangular, de hormigón, de los años treinta, con los muros cubiertos por completo de grafitis con inmensas letras blancas, azules y amarillas. A su alrededor no había nada más que solares vacíos dónde las malas hierbas habían crecido a su antojo.

Los perros se habían puesto a ladrar como locos, nada más alcanzar el lateral de la estructura. Nora les ofreció de nuevo la ropa interior de Sergio Muñoz, para confirmar que habían encontrado algo. Luna marcó el interior de la nave.

—Bien hecho Luna, bien hecho —susurró Nora mientras acariciaba el lomo de la perra.

El lugar parecía abandonado.

—La vida de Sergio pende de un hilo, no hay un minuto que perder — dijo Lobo con la voz tensa—. Avisa a Robles, yo voy a entrar.

—Mi niño, esperemos a la policía.

Lobo ni siquiera la miró. Sus dedos apretaron con fuerza la empuñadura del bastón, como si en ese simple gesto pudiera contener el torbellino de recuerdos que amenazaba con romper la compostura. El frío se colaba por el cuello de su gabardina, pero era otro tipo de escalofrío el que le erizaba la piel.

—Si fueras tú la que está ahí dentro, ¿esperaríamos?

Nora abrió la boca, pero la cerró de inmediato. Lo conocía lo suficiente para saber que ya lo había decidido. Los accesos estaban tapiados, pero había una apertura en uno de los muros, un boquete de un metro de ancho con los bordes irregulares, como si alguien hubiera arrancado los ladrillos a fuerza bruta. Lobo se introdujo, con el bastón en alto, tanteando el suelo antes de cada paso. Cuando accedió al interior, estaba completamente vacío. Las grandes salas estaban bañadas por una luz difusa que descendía por los ventanales reventados. Pequeños hilos de agua serpenteaban entre las piernas de Lobo.

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Era un lugar inquietante, de atmósfera triste. Le pareció escuchar algo en el interior. Un sonido metálico. Aguardó un segundo y echó a correr. Atravesó salas grandes, de techos altos, con una humedad glacial que impregnaba el ambiente. Su mente se vio sacudida por el recuerdo en el día que murió Merino. En aquella ocasión, su premura había acabado con la vida de su compañero, ahora debía salvar otra para redimirse en parte de sus pecados.

El bastón golpeaba con fuerza el suelo de hormigón, hasta que alcanzó una puerta oxidada. Félix se detuvo. La empujó y la lámina cayó del otro lado con estruendo. Al entrar, supo que había llegado. Permaneció unos segundos sin moverse, con la respiración entrecortada. Tan solo se escuchaba el sonido de una gotera.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó con la cabeza del águila levantada. Lobo empezó a sentir sudores fríos. Un hedor nauseabundo empezó a

emerger por una escalera que descendía a un sótano. Primero se asomó por el lateral, pero la oscuridad de abajo no le permitía distinguir con claridad. Bajó el primer peldaño, tanteando el suelo con la punta del bastón antes de apoyar el peso por completo. El sonido de su respiración sonaba en la oscuridad, junto al leve eco de agua que goteaba por algún rincón. El vaho que emergía de su boca desaparecía en la penumbra.

Cuando bajó dos escalones más, la peste se hizo insoportable. Una arcada le retorció el estómago con fuerza. Se llevó el antebrazo a la nariz, pero el amargo rastro del vómito ya le había cubierto la garganta.

Y entonces lo vio.

Sobre los últimos peldaños, la sangre seca formaba manchas negras como sombras adheridas al cemento. Cuando alcanzó el final, no pudo evitar una exclamación.

—¡Me cago en la puta!

Descubrió que el olor a putrefacción provenía de unas ratas muertas, cubiertas de moscas, envueltas en un charco de sangre junto a restos de excrementos humanos. Se llevó el antebrazo a la nariz. Apenas podía respirar. Anduvo un par de metros para comprobar que una jaula metálica reposaba en el suelo. La estructura tenía una lámina rota y un metro por encima de su cabeza colgaba una cadena enrobinada.

Ni rastro de Sergio Muñoz.

Lobo meneó la cabeza, escéptico, sin alcanzar a entender como se había podido volatizar. ¿Estaría el hermano de Simón involucrado? ¿Se lo

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habían llevado a otro lugar? ¿Habría logrado escapar?

En el siguiente momento, oyó unos pasos precipitados. A los pocos segundos, Nora se asomó por la parte de arriba de las escaleras.

—Félix, ¿estás bien?

Él se retiró el antebrazo antes de hablar.

—Sí, todo bien —dijo y volvió a ladear la cabeza—. No entiendo qué ha pasado.

Nora lo alcanzó con la cara descompuesta. Sus ojos se deslizaron por la jaula destrozada, la cadena colgante, las ratas muertas.

—Dios santo… —musitó, con una mueca de asco.

Lobo se giró lentamente hacia ella.

—No está aquí —dijo, con voz grave—. Pero creo que lo estuvo. Nora recorrió la estancia con la mirada. Las paredes descascarilladas,

húmedas, parecían absorber la pestilencia en cada grieta. La jaula era lo bastante grande para encerrar a un hombre, sin embargo, demasiado pequeña para poder moverse en su interior.

—Si estuvo aquí encerrado, ¿cómo demonios ha escapado? — murmuró ella, sin apartar los ojos de la jaula rota.

Lobo no respondió de inmediato. Se agachó junto a la estructura metálica y deslizó un pañuelo por los bordes doblados de la lámina destrozada. El óxido manchó la tela, una textura granulosa y húmeda.

—Alguien la arrancó a la fuerza, o desde dentro o desde fuera.

Nora le lanzó una mirada rápida.

—¿Desde dentro? ¿Dices que Sergio la destrozó para escapar? Lobo negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero si lo sacaron, tuvo que ser rápido y con violencia. Sin embargo —añadió, volviendo a analizar el entorno—, diría que Sergio se escapó.

Nora abrió los ojos de par en par.

—Dices que se ha escapado y no ha acudido a la policía, como haría cualquiera en su sano juicio. Mi niño, esto no tiene ningún sentido.

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Sergio estaba aturdido por los días sin apenas haber ingerido líquidos y alimentos. El cuerpo entero le dolía y la lengua le raspaba el paladar como si estuviera hecha de papel de lija. Ni siquiera había tenido tiempo de digerir lo que había ocurrido.

Había hecho acopio de las últimas fuerzas que le quedaban para hacer oscilar la jaula de lado, al tiempo que sentía el crujido metálico de la estructura cada vez que esta se inclinaba con violencia. Las ratas, aferradas con sus garras a los barrotes oxidados, chillaban enloquecidas, sus cuerpos apelmazados por el miedo y la falta de espacio. Sergio podía notar sus colas enredadas entre sus piernas y el roce áspero de su pelaje.

Cada oscilación de la jaula le hacía sentir que estaba en una atracción de feria al borde de la catástrofe, esa fracción de segundo de ingravidez antes de un trágico accidente. La diferencia era que allí no había un operario que pudiera detener la caída, ni una barra de seguridad que garantizara su supervivencia.

Gracias a la astilla metálica, había logrado aflojar una de las láminas, una pieza de metal corroído que se doblaba más con cada vaivén. Unos pocos intentos más y cedería. Lo sabía. Lo sentía en la vibración de la estructura, en la desesperación de los roedores que, instintivamente, trataban de aferrarse a cualquier superficie firme.

Con un último esfuerzo, impulsó su cuerpo con todo el peso que le quedaba y la jaula se inclinó bruscamente. El chirrido del metal al retorcerse, el chasquido de la lámina al doblarse y el impacto de su propio cuerpo contra el suelo se fundieron en un solo sonido. Tuvo el tiempo suficiente de tensar sus músculos para resistir el aterrizaje sobre el hormigón.

Un segundo de silencio.

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Luego, el estrépito de la jaula que rebotaba contra el suelo y el caos absoluto: las ratas chillando y trepando unas sobre otras, el eco del impacto que retumbó por la sala y, por encima de todo, la certeza de que lo había logrado. Un par de láminas salieron disparadas.

Noqueado por el impacto, Sergio trató de recobrar la noción de lo que había ocurrido; poco a poco, la información primordial se abrió paso hasta su cerebro: la caja se había desprendido de la cadena y se había roto. Sergio sufría hipotermia y síntomas de desnutrición, pero la victoria le había hecho enloquecer. Estaba tan desbordado por la emoción y la sensación de alivio, que, en lugar de salir a la carrera, permaneció en el suelo entre sollozos.

No tardó en que el cerebro le enviara una nueva señal. Debía marcharse de aquel lugar, sin perder un solo segundo. Las ratas no iban a volver, pero aquel hombre, aunque hacía muchas horas que no había regresado, podría reaparecer en cualquier momento. ¿Y si lo hacía en ese justo instante?

Un sudor frío le heló la espalda. Debía huir.

Pero tenía los músculos y las articulaciones apelmazadas. Comenzó a estirar las extremidades. Esperaba que fuera una liberación, pero resultó un suplicio. Su cuerpo estaba rígido, le era imposible levantarse, estirar los brazos o ponerse en una posición normal. Para complicar todavía más la situación, tampoco le quedaban fuerzas.

Se obligó a moverse, primero despacio, tanteando el suelo con las manos entumecidas, sintiendo el hormigueo punzante en las yemas de los dedos, el ardor en las muñecas, el dolor sordo que le perforaba las costillas cada vez que intentaba respirar hondo. Se obligó a apoyarse sobre los antebrazos y, con un esfuerzo casi sobrehumano, logró girarse hasta quedar boca abajo. Arrodillarse le llevó más de dos minutos. Cada intento por moverse era un castigo. Trató de estirar las piernas, pero los calambres lo atacaron con tal ferocidad que tuvo que morderse el labio para no gritar. Los gemidos de dolor se le atoraban en la garganta. Notaba el latido en sus sienes, un martilleo opresivo que se intensificaba con cada segundo que pasaba sin moverse.

El frío no ayudaba. Le calaba los huesos como si le hubieran inyectado hielo en las venas. Hipotermia. Sabía que su cuerpo estaba perdiendo la capacidad de generar calor y que, si seguía así, su pulso se volvería lento, su mente más borrosa, hasta que finalmente se apagaría.

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Necesitaba todo su coraje y voluntad para retomar el esfuerzo, ese que le permitiera extender sus miembros, para mover la cadera, girar el cuello. Un combate para sobrevivir. Poco a poco, el cuerpo despertó. Pasados unos minutos, consiguió ponerse a cuatro patas y avanzar hacia unas botellas de agua que reposaban sobre una balda metálica. Cogió una y la apuró de un trago. El líquido le ayudó a recobrar el aliento. Se tumbó boca arriba y descansó unos segundos interminables, con la sangre que circulaba de nuevo caliente por sus venas.

El cerebro le repitió la señal: ¿y si el hombre regresaba?

Sergio comprobó con alivio que su ropa había permanecido allí, en el suelo, junto a la estantería. Incluidas todas sus cosas, las llaves de la casa, la cartera… No le había robado nada. Solo quería su vida, mejor dicho, acabar con ella. Cogió la ropa, todavía con los dedos torpes.

Al vestirse tomó conciencia de su olor hediondo a orines, excrementos, vómitos y sangre. Abrió una botella y se frotó con la poca intensidad que podía, para lavarse lo mejor que podía. El agua se clavaba como cuchillos sobre su piel. Sus gestos eran lentos. Luego se secó con una manta vieja. Debía estar hecho un cromo, pero no había tiempo que perder.

La ropa le procuró sensación de calor, pero los músculos de su cuerpo parecían haber olvidado cómo moverse con naturalidad. Cada movimiento era un calambre, una punzada eléctrica que le recorría los nervios como un relámpago. Con el último aliento de energía que le quedaba, se obligó a avanzar. Primero a gatas, apoyando las palmas de las manos sobre el suelo.

Levantó la vista y allí estaban las escaleras. Apretó los dientes. Se inclinó hacia adelante y estiró la mano hasta alcanzar el primer escalón. Un frío helado le recorrió la columna cuando apoyó la palma contra el cemento gélido. No podía permitirse pensar en el dolor. Con otro movimiento lento, logró colocar la otra mano y arrastró su cuerpo hacia arriba.

El impacto de su rodilla contra el segundo escalón le arrancó un jadeo ahogado. El dolor era insoportable. Le faltaba aire. Se encogió sobre sí mismo, los nudillos blancos aferrados a los bordes de la escalera. Un latido sordo y opresivo le martilleaba en el interior del cráneo.

No pienses. Sube.

Otro escalón. Luego otro. El peso de su cuerpo parecía multiplicarse con cada movimiento. Su respiración era un silbido rasposo en la garganta. El sudor frío le empapaba la espalda. A mitad del trayecto, sintió cómo las

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fuerzas le flaqueaban. Un mareo feroz le nubló la vista y el estómago se le encogió con violencia. No iba a lograrlo. Iba a caer.

Se obligó a cerrar los ojos y apretar los dientes. La imagen del rostro de su madre se le apareció en la mente. Borrosa. Lejana.

Con un último esfuerzo, impulsó el cuerpo hacia adelante y alcanzó el final. Su pecho chocó con el borde del último escalón y el impacto le sacó el aire de los pulmones. Se quedó allí, medio colgado, con los brazos extendidos sobre el suelo de la planta superior. Jadeando. Temblando. Vivo.

Se arrastró unos centímetros más y rodó sobre la espalda. Su visión oscilaba entre la oscuridad y el resplandor mortecino a través de los ventanales.

No podía quedarse allí.

Se incorporó con torpeza y sus ojos recorrieron la estancia. Era un almacén enorme, de techos altísimos y paredes de ladrillo desnudo. Estanterías metálicas oxidadas se alineaban en filas irregulares, llenas de cajas de cartón raído y bidones polvorientos. Aquel sitio apestaba a humedad, a óxido, a abandono.

Sergio avanzó. Sus pasos eran torpes, arrastrados. Un fantasma errante en medio de la penumbra. Cuando sus ojos se acostumbraron al nuevo entorno, casi no podía respirar. Estaba a punto de lograrlo, de marcharse del infierno. No podía creerlo.

Atravesó la primera sala y llegó a otra aún más grande. El techo era tan alto que se perdía en la oscuridad. Apenas le quedaban fuerzas. Se obligó a seguir moviéndose, aunque cada paso era un tormento. Luego un pasillo que apestaba a orines, a continuación, un túnel que le llevaba hasta una pequeña placa de plancha incrustada horizontalmente el muro. La poca luz del exterior apenas llegaba hasta allí y se vio obligado a recorrer el contorno con los dedos para averiguar cómo se abría. Simplemente estaba encajada. Y no pesaba demasiado. La soltó y la dejó caer. Un escalofrío la recorrió el estómago.

Estaba fuera. Al aire libre. A salvo.

El aire fresco le recibió de inmediato. Aspiró hondo y el olor a la fría humedad de la noche le llenó los pulmones. El aroma a la vida. El lugar estaba desierto, pero aun así, Sergio lo reconoció al instante. Empezó a andar, cuando, presa de un mareo, se vio obligado a apoyarse en una farola para no caerse.

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La ciudad dormía. En la distancia, las siluetas de los edificios se recortaban contra el cielo sin una sola luz encendida, sin un murmullo que rompiera la quietud de la noche. Su mente no podía analizar con frialdad, así que decidió tomar la única opción que en ese momento vio disponible.

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Cuando, como esa mañana, las tareas urgentes se acumulaban y era difícil establecer las prioridades, Lobo aplicaba su particular técnica de análisis, ese método que había desarrollado durante los años de trabajo en la UCO y los GAR.

Se acomodó en la silla, apoyó la espalda contra el respaldo y cerró los ojos. Inspiró profundamente, con la precisión de un tirador que mide la distancia antes de apretar el gatillo. Había aprendido que, en el caos, la mente buscaba ordenar la información como un instinto de supervivencia. Pero si se le permitía vagar sin control, se convertía en un mar revuelto de hipótesis inconexas. Por eso, en esos momentos, lo mejor era reducir el caso a su forma más básica. ¿Qué sabía con certeza?

Sergio había sido secuestrado y encerrado en una jaula de tortura. El raptor, que de momento no se había conseguido relacionar con la familia, trabajaba como guardia de seguridad en una de las empresas del grupo Muñoz y había preferido quitarse la vida, en vez de entregarse a la policía. No buscaba dinero, parecía que su única misión era hacer sufrir y acabar con la vida del menor de los hermanos.

Pero el elemento que más le desconcertaba era que Sergio había conseguido escapar, para desaparecer del mapa, en lugar de acudir en busca de ayuda.

Eran las seis de la mañana. Félix se había levantado, ejercitado y duchado con agua helada. Había desayunado un batido de proteínas y ahora estaba en pie, con Luna a su lado. Él mismo se sorprendió al darse cuenta de que había estirado el brazo para rascarle el lomo a la perra. Rápidamente lo retiró y se limpió la palma de la mano con la ayuda de gel hidroalcohólico.

Su mirada se detuvo entonces en la cabeza del águila del bastón. El metal frío reflejaba la luz tenue de la habitación. El diseño era imponente:

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el pico afilado, las alas extendidas, los ojos del ave tallados con maestría. Lo había comprado en Madrid, en una tienda de antigüedades, cerca del Rastro, tras semanas buscando uno que estuviera a la altura de sus exigencias. Pero si era sincero consigo mismo, aquel bastón tenía más significado del que estaba dispuesto a admitir.

Le recordaba al bastón de su padre.

El coronel Lobo nunca lo necesitó como apoyo, pero lo usaba con la misma firmeza con la que manejaba su vida y la de su hijo. Lo blandía con autoridad cuando cruzaba los pasillos de la casa, cuando daba órdenes que no admitían réplica, cuando dejaba claro que Félix no era más que un reflejo imperfecto de lo que él consideraba un hombre de verdad.

Félix recordó una mañana como aquella, muchos años atrás. Era apenas un adolescente y su padre lo había arrastrado fuera de la cama, antes del amanecer.

—La disciplina es lo único que separa a los hombres de las ratas —le dijo, mientras le lanzaba una camiseta sudada de la noche anterior—. Lávate la cara y ven al patio.

Hacía frío. Félix temblaba en el pantalón corto mientras su padre le ordenaba que hiciera flexiones sobre la grava. Las piedras se le clavaban como pequeñas agujas en la piel de las palmas, con cada repetición bajo el peso de su propio cuerpo.

—¿Te duele? —preguntó el coronel, observándolo desde arriba, con su maldito bastón en la mano.

Félix apretó los dientes.

—No.

—Pues sigue.

Y siguió. Porque sabía que el dolor no importaba. Solo importaba aguantar.

Lobo volvió al presente. Su cuerpo ya no estaba sobre la grava de aquel patio militar, sino en una habitación de aquel apartamento en Granada, con la incógnita de Sergio Muñoz sobre los hombros. Pero la sensación de tensión en el pecho era la misma. El caso no cuadraba. Un secuestrador sin conexiones claras con la familia, que se quitaba la vida antes de ser capturado. Sergio había escapado de la jaula, solo para desaparecer. ¿Dónde estaba? ¿Qué había visto? ¿Qué sabía?

Félix cerró los ojos y dejó que su mente descompusiera la escena, pieza por pieza, como había aprendido a hacer en los años en la UCO. Su

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padre lo habría despreciado por aquello.

—Demasiado pensamiento y poca acción.

El coronel creía en la fuerza, en la autoridad, en la obediencia ciega. Félix había tardado años en entender que el análisis, la observación y la paciencia eran igual de letales que un puñetazo certero en la mandíbula.

“Demasiado pensamiento y poca acción”, se repitió a sí mismo.

Félix apretó la mandíbula y deslizó de nuevo los dedos por la cabeza del águila. Durante años había creído que su relación con el coronel Lobo se había quedado en el pasado, enterrada bajo toneladas de disciplina impuesta y silencios prolongados. Pero bastaba con que la presión lo asfixiara, con que las piezas de un caso se resistieran a encajar, para que su padre regresara y lo invadiera como una maldición que se negaba a morir.

Volvió al recuerdo, al sudor pegajoso en su nuca y el ardor en sus músculos mientras su cuerpo adolescente se hundía y se alzaba sobre la grava. Aquella mañana no terminó con las flexiones. Su padre nunca se conformaba con poco.

—¡Corre! —ordenó, señalando el camino que llevaba al muro de entrenamiento.

Félix se puso en pie y echó a trotar, con el corazón desbocado en el pecho, como un tambor de guerra. Cada paso era un latigazo de dolor en las plantas de los pies descalzos. La grava se le incrustaba en la piel, dejándole heridas que luego su madre lavaría en silencio, sin hacer preguntas, con la mirada clavada en el suelo para no desafiar al hombre que gobernaba la casa con la misma rigidez con la que dirigía a sus soldados.

Al llegar al muro de piedra, Félix se detuvo un segundo, para recuperar algo de oxígeno.

—¿A qué esperas? —preguntó el padre, con voz implacable.

Tragó saliva y probó a saltar al otro lado, con los dedos entumecidos. El primer intento fue un fracaso. Resbaló y cayó de espaldas. Su padre no se movió ni un milímetro.

—¡Levántate!

Félix se incorporó con un gemido sofocado y volvió a intentarlo. Esta vez, logró encaramarse lo suficiente para impulsarse hacia arriba. Se deslizó por el otro lado, cayendo torpemente, y rodó por el suelo, aturdido. El esfuerzo lo dejó sin aliento, pero se obligó a mantenerse erguido. No le daría el gusto de verlo doblarse.

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Cuando regresó al punto de partida, su padre lo observó con una mueca de desdén.

—Eres más lento que una puta tortuga.

No hubo felicitaciones, ni siquiera un leve asentimiento de aprobación.

Solo desprecio.

Eso era el coronel Lobo.

Años después, cuando ingresó en la UCO, creyó que por fin lograría arrancarse de la piel la sombra de su padre. Demostrar que podía ser mejor que él, más inteligente, más meticuloso, más letal. Pero en cada operativo, en cada interrogatorio, en cada asalto en el que su equipo entraba con las armas en alto, la voz del coronel regresaba a su mente, dictándole las reglas.

—¡No pienses! ¡Actúa!

La ensoñación se había mezclado con otra imagen mucho más urgentes, la de Sergio que había logrado huir de la jaula. Ante el espectáculo de ese armazón metálico reventado, de esas ratas muertas, tuvo la certeza de que tras todo eso se ocultaba algo terrible.

Abajo, en la calle, había empezado la actividad. Luna observaba con atención lo que debía resultar un gran espectáculo. El animal podía pasarse horas con el hocico pegado al cristal. Félix no pensaba salir hasta que aclarara las ideas que le rondaban por la cabeza. Y por el momento, lo que abundaban eran las preguntas. El almacén abandonado. ¿Cómo lo encontró Salcedo? ¿Era ese un dato importante o no? Abandonada desde hacía años, la nave nunca había sido ocupada por vagabundos.

Sócrates.

El nombre brotó en su cabeza sin que pudiera evitarlo. Un hombre que olía a vino barato, que hablaba con una elocuencia extraña para alguien de su condición y que, a pesar de su miseria, parecía envuelto en una arrogancia casi filosófica.

“El vino ha sido tanto mi refugio como mi verdugo”, había dicho, con una media sonrisa torcida, mientras acariciaba la cabeza de su perro, ese saco de pulgas que respondía al irónico nombre de Diógenes.

Lobo lo había mirado con desprecio, con esa incomodidad instintiva que le provocaban los borrachos, como si la mera presencia de alguien así pudiera contagiarle su miseria. El alcohol degradaba, destruía, convertía a

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los hombres en espectros de sí mismos. Lo había visto con su padre. Lo había visto con demasiados otros. Y verlo en Sócrates solo había avivado en su interior el asco que siempre le acompañaba al recordar a su progenitor.

Y entonces, sintió algo más. Un aliento cálido que le rozaba la mano. Abrió los ojos. Luna había alzado el hocico y lo acercaba con cautela hacia él. Sus grandes ojos oscuros lo observaban con una mezcla de curiosidad y lealtad. Olfateaba.

Se le erizó la piel. Recordó la escena de ambos perros olisqueando las partes íntimas del otro y con Sócrates aseverando que, en diplomacia, los perros ganaban a los seres humanos. Retrocedió y empujó la silla hacia atrás con tal brusquedad que esta chirrió contra el suelo. Luna movió la cabeza con desconcierto, pero él no le prestó atención. Caminó a zancadas torpes hacia el baño, empujó la puerta con violencia y abrió el grifo. Agua, necesitaba agua.

El chorro cayó con fuerza sobre el lavabo. Se inclinó sobre él y se restregó las manos con furia, con el mismo ímpetu con el que arrancaría un rastro de sangre. Frotó los dedos contra las palmas, las muñecas, incluso los antebrazos, y repitió la operación una y otra vez, hasta que Nora apareció bajo el marco de la puerta.

—¿Qué te pasa, mi niño?

Félix cerró el grifo y se frotó las manos contra los muslos, como si así pudiera borrar la sensación que le había quedado en la piel. Masculló algo entre dientes, apenas audible.

—Los perros… olisquean… diplomacia canina… Nora entornó los ojos y se cruzó de brazos.

—Sí, claro, lo que tú digas. —Bostezó sin taparse la boca y se rascó la nuca con desgana—. Venga, mi niño, desayuno y nos vamos a ver al hermano de Sergio.

Se giró sin esperar respuesta y salió del baño con el mismo aplomo con el que había entrado. Caminaba descalza sobre la moqueta, arrastrando ligeramente los pies. Lobo la siguió con la mirada un instante más de lo necesario, antes de volver a centrarse en su reflejo en el espejo.

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Sergio había alcanzado su apartamento con paso torpe y lento. ¿Le estaría esperando Salcedo en el interior? ¿La policía? Abrió con precaución y comprobó que no había nadie en el vestíbulo. El buzón estaba vacío. Alguien se había encargado de la correspondencia. Hubiera preferido subir por las escaleras para evitar cualquier ruido, pero el agotamiento se lo impidió.

Un par de minutos más tarde abría la puerta de la vivienda. Verdaderamente, era como un sueño. De repente, estaba en su casa. Hacía una hora todavía corría el riesgo de que lo comieran las ratas, colgando de aquella jaula diabólica. Dio un par de pasos dentro y sintió una punzada de inquietud.

El escritorio estaba desnudo. Su ordenador portátil había desaparecido. También faltaban los papeles, su libreta, todos sus objetos personales. La policía. Por supuesto que habrían registrado su apartamento. Había estado desaparecido durante días y en circunstancias sospechosas. Tenían que haber escarbado en su vida, buscando respuestas. Pero ¿qué habrían encontrado?

Sintió un vacío y estuvo a punto de desplomarse.

Alimentarse era la prioridad. Arrastró su cuerpo hasta el frigorífico. Hundió la mano en el interior y sacó lo primero que encontró: un yogur caducado. Le dio igual. Lo abrió con dedos torpes, tiró la tapa al suelo y se lo llevó a la boca. El sabor agrio le hizo encoger el rostro, pero su estómago vacío no estaba para exquisiteces. Lo engulló en un par de segundos.

Buscó algo más. Devoró un trozo de queso reseco y un par de rebanadas de pan de molde endurecidas. Comió todo cuanto pudo. Luego se giró y abrió el armario sobre la encimera. Dentro, entre paquetes arrugados de pasta y arroz, había un par de latas de conserva. Agarró una,

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la abrió con dificultad y se llevó el contenido directamente a la boca. Atún en aceite. Masticó con ansia, sin preocuparse por el líquido que le resbalaba por la barbilla.

Cuando consiguió recobrar el aliento, bebió media botella de agua, de un trago. A continuación, fue hasta el cuarto de baño y abrió el grifo de agua caliente. Se limpió con agua oxigenada las heridas que tenía por todo el cuerpo: las manos, la cara, el torso… y cogió analgésicos y antibióticos. Estaba exhausto. Dejó correr el grifo de la bañera y un vaho cálido empezó a adherirse al cristal encima del lavabo.

El vapor envolvía la estancia y espesaba el aire con su calor reconfortante. Sergio se despojó de la ropa con movimientos torpes. Se quitó la camiseta como si le quemara la piel y sintió el escozor de las heridas abiertas, al tirar de los pantalones. Cada músculo de su cuerpo protestó, cada articulación parecía crujir como una máquina oxidada. Cuando por fin estuvo desnudo, se contempló un instante en el espejo antes de empañarse por completo.

No se reconoció.

El reflejo le devolvió la silueta de un hombre consumido por el cansancio, con los ojos hundidos en unas ojeras violáceas, la piel macilenta salpicada de cortes y hematomas. Tragó saliva y se llevó una mano a la mejilla. La sensación de su propia piel le resultó ajena, como si no le perteneciera.

Se sumergió en la bañera, con un suspiro entrecortado. El agua caliente fue un bálsamo y una tortura. Al principio, su piel reaccionó con pequeñas punzadas de dolor, pero pronto el calor se infiltró en su cuerpo y alivió la tensión. Apoyó la cabeza en el borde y cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo estuvo así. Quizás cinco minutos, quizás veinte. Solo cuando sintió que el letargo amenazaba con arrastrarlo por completo, se obligó a incorporarse, a salir del agua, antes de que se desplomara por el cansancio. Se envolvió en una toalla y caminó hasta su habitación, con pasos pesados.

El calor del baño había logrado relajar sus músculos entumecidos, pero el agotamiento seguía anclado a su cuerpo, como una losa imposible de levantar. Se dejó caer de rodillas frente al armario y deslizó la mano por el borde inferior. Ahí encontró el hueco apenas perceptible. Sus dedos tantearon la tabla suelta, la sacó con la destreza de quien lo ha hecho mil veces y contuvo el aliento, al asomarse al interior del escondite.

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Vacío.

Su estómago se contrajo como si le hubieran asestado un puñetazo. La tarjeta SD no estaba.

Se obligó a respirar, a no dejarse arrastrar por el pánico que comenzaba a abrirse paso en su pecho. Alguien la había encontrado, alguien lo suficientemente meticuloso como para detectar el compartimento, llevarse la tarjeta y no tocar nada más. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era sencillo descifrarla, pero con tiempo, todo era posible. Aún le quedaba un último recurso.

Con los dientes apretados, tanteó el fondo del hueco con la yema de los dedos, hasta dar con un borde casi imperceptible. A simple vista solo parecía una tabla, pero al presionar en un punto exacto del lateral, la madera se desplazó apenas un milímetro.

Sergio deslizó la uña por la rendija y tiró con suavidad, hasta que el panel se desplazó por completo y se reveló el doble fondo. Lo que encontró dentro hizo que el aire escapara de sus pulmones en un suspiro entrecortado.

Las llaves seguían allí. Las sostuvo en la mano con firmeza y cerró los dedos alrededor de ellas como si fueran su único salvavidas. A continuación, las miró con detenimiento: un llavero de una nave espacial con llaves de varios colores y un mando de coche. Tal vez no todo estuviera perdido. Hubiera dado la vida por echarse a dormir, pero debía salir de allí cuanto antes.

El ambiente en el despacho de la comisaría estaba viciado.

—¿Cómo es posible que nadie lo haya visto? —preguntó el comisario.

El inspector Robles subió los hombros.

—Si era de madrugada, no tuvo por qué cruzarse con nadie.

—¿Cámaras por la zona?

El policía negó con la cabeza.

—Es una zona deshabitada, sin comercios ni bancos. Desde el almacén hasta la vivienda de Muñoz no hay ni un solo punto de vigilancia. El pequeño de los Muñoz se ha esfumado como un fantasma.

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El comisario Álvaro Cifuentes Mora no imponía presencia por su físico, sino por su carácter. Era un hombre bajo, de metro sesenta y cinco mal medidos, pero con una actitud que llenaba cualquier habitación. Su cuerpo compacto se movía con rapidez, con la inquietud de alguien que nunca se permitía un segundo de tregua. El cabello, grueso y completamente canoso, se alzaba rebelde en la coronilla, cortado de forma práctica, como si le molestara perder tiempo en arreglarlo. Su rostro era anguloso, con pómulos marcados y una piel endurecida por los años, salpicada de arrugas en la frente y alrededor de unos ojos oscuros e incisivos, que parecían atravesar a cualquiera, con una sola mirada.

—¡Joder! —Cifuentes golpeó con el puño la mesa y una taza repleta de bolígrafos se cayó al suelo—. Parece que el muy jodido se escapa, pasa por su casa para reponer fuerzas y cambiarse de ropa, y luego se esfuma sin dejar rastro.

Robles volvió a intentar una de las últimas balas que le quedaban en la recámara.

—Jefe, si hacemos un llamamiento público, puede que alguien nos proporcione algún dato. Aunque no haya cámaras, alguien tuvo que ver algo…

—¡No! —le cortó el comisario de inmediato.

Robles parpadeó, confundido.

—Pero, jefe, si…

—¡He dicho que no! —Cifuentes se llevó la mano al rostro y resopló con fastidio—. Este asunto es un avispero y no pienso meter la mano para que me la llenen a picotazos.

Robles lo miró con el ceño fruncido. —¿Avispero? ¿Desde cuándo nos preocupa eso?

Cifuentes apretó los labios y se inclinó hacia él con ese gesto suyo que siempre precedía a un problema.

—Desde que recibí una llamada, Robles.

—¿De quién?

—De alguien que no quiere ver este caso en los noticieros de la mañana, ni en esos programas de mierda donde todo el mundo juega a ser detective. Está bajo secreto de sumario. Y así va a permanecer. Más vale que no haya ni una sola filtración, o me veré obligado a tomar medidas.

Robles sintió una gota de sudor resbalarle por la sien y se la secó con el dorso de la mano. El despacho del comisario siempre olía a tabaco

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rancio y a café requemado, pero en ese instante el aire se le hizo especialmente denso, casi irrespirable.

—Jefe, esto pinta muy mal. No tenemos ni una sola pista.

—¡No me jodas Robles! —El comisario se levantó de la silla, algo que, para alguien de su altura, tampoco cambiaba demasiado la perspectiva

—. Este caso no existe para la prensa, ni para la opinión pública. No existe para nadie. Y te lo voy a dejar claro, Robles. No me importa lo que pienses ni lo que creas que deberíamos hacer. Hay órdenes y hay consecuencias. No estamos aquí para jodernos la vida.

Robles apretó los puños. Porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta, este caso ya le pesaba. Demasiado. Respiró hondo y se obligó a relajar los hombros.

—Entendido, jefe.

Cifuentes asintió y le hizo un gesto con la mano, indicándole que se largara. Robles se puso en pie sin añadir nada más. Cuando salió del despacho y cerró la puerta tras de sí, dejó escapar el aire en un suspiro lento.

El sudor le empapaba la nuca. Las cosas pintaban muy mal y no estaba dispuesto a un fracaso en su expediente. Y lo que más le jodía, lo que realmente le revolvía las tripas, era que ese par de detectives de tres al cuarto, Lobo y Delgado, siempre parecían ir un paso por delante.

Con la mandíbula tensa, sacó el móvil del bolsillo y los dedos volaron sobre el teclado.

—¡Que traigan a Lobo y Delgado aquí! ¡Ya!

Si esos dos pensaban que podían hacer lo que les diera la gana, estaban muy equivocados. Esta vez iba a dejarles las cosas muy claras.

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El motor de la Kombi rugía con su sonido característico mientras devoraba los kilómetros de asfalto que separaban Granada del cortijo de Javier Muñoz. La carretera, flanqueada por colinas y olivares interminables, se extendía ante ellos como una grieta en la tierra reseca. A lo lejos, el Bosque de las Alamedas perfilaba sus sombras sobre la bruma matinal.

Nora conducía con una sonrisa apenas perceptible en los labios, los dedos relajados sobre el volante. Le encantaba aquella vieja furgoneta, a pesar de sus achaques. La había heredado de su abuelo, que la usaba para repartir frutas y verduras en los mercados de Cádiz, y desde entonces se había convertido en su refugio sobre ruedas.

Lobo, en cambio, se removía incómodo en el asiento del copiloto, con una expresión de resignación mal disimulada. Odiaba la Kombi. No solo porque cada traqueteo hacía crujir las viejas juntas del chasis, sino porque la parte trasera le parecía un desastre y, lo peor de todo, había pelos de Luna por todas partes.

La perra, ajena a su malestar, bostezó y se desperezó en los asientos traseros antes de sacudir el lomo con entusiasmo. Una nueva nube de pelo flotó en el aire y Lobo entrecerró los ojos con hastío.

—Voy a acabar muerto por una sobredosis de ácaros caninos —gruñó mientras rebuscaba una mascarilla en el bolsillo de la chaqueta.

Nora soltó una carcajada.

—Deja de quejarte, mi niño. El que no quiera pelo, que no tenga perro.

—Yo no tengo perro.

—Pero yo sí.

Lobo resopló y apartó la mirada por la ventanilla. La luz de la mañana caía en ráfagas sobre los olivos y proyectaba sombras fugaces en el interior. Se pasó una mano por la pernera del pantalón, para sacudirse los pelos con meticulosidad, y se hundió un poco más en el asiento, con la

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esperanza de que el traqueteo de la Kombi no le removiera hasta las entrañas.

Fue entonces cuando sintió el contacto húmedo en la nuca. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y su cuerpo reaccionó antes que su cerebro.

—¡Me cago en la…! —se giró bruscamente, con los ojos entrecerrados como si estuviera en una emboscada.

Luna lo miraba, con la lengua fuera y el hocico apoyado en el borde del asiento, meneando la cola con entusiasmo. Su expresión era la del ser más inocente del mundo.

—¿Pero se puede saber qué haces? —gruñó Lobo, pasándose un pañuelo por la nuca, como si quisiera borrar la sensación.

Nora, que había presenciado la escena desde el retrovisor, soltó una carcajada.

—Te ha dado un besito, mi niño. Dale las gracias.

La imagen de Luna y Diógenes mientras se olfateaban mutuamente las partes traseras le asaltó de nuevo. Aquel día, había sentido que tocaba fondo. «Si la perra de Delgado ha intercambiado fluidos con esa rata con patas, yo ya estoy jodido», había pensado, antes de vaciarse media botella de gel desinfectante en las manos.

Y ahora estaba allí, atrapado en una furgoneta cubierta de pelos, con esa misma perra que se frotaba contra él como si fueran amigos de toda la vida.

—No te hagas el duro —bromeó Nora, con una media sonrisa—. En el fondo, os queréis.

—¡Ni en esta vida, ni en la siguiente! —sentenció él.

La Kombi avanzó por el camino de tierra mientras levantaba una fina nube de polvo que se deshacía en el aire como un velo fugaz. A ambos lados, los campos se extendían en un verde intenso, contrastando con el cielo despejado. A lo lejos, la silueta de Sierra Nevada asomaba con sus cumbres cubiertas de nieve.

—Menuda estampa… —murmuró Nora, sin dejar de conducir.

El camino estaba delimitado por una hilera de árboles altos, álamos de copa frondosa que proyectaban sombras sobre el trazado. A medida que se acercaban a la entrada, el cortijo se perfiló entre la vegetación. Un edificio

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blanco de dos plantas, con una torre que se alzaba elegante sobre los tejados de teja árabe. La piedra encalada resplandecía bajo el sol, y las enredaderas de un verde brillante trepaban por las columnas del porche. La imagen era perfecta, casi de postal. Nora aminoró la marcha al llegar a una verja de hierro forjado que, aunque abierta, imponía por su diseño robusto.

—Y luego dicen que la crisis afecta a todos —murmuró Lobo.

Nora sonrió de lado y empujó suavemente la palanca de cambios.

—A todos, menos a los que siempre caen de pie.

Atravesaron la entrada y la Kombi avanzó lentamente por el camino empedrado que conducía a la casa principal. A un lado, un pozo de ladrillo con un arco ornamentado destacaba entre los arbustos perfectamente recortados. A su derecha, una pérgola cubierta de rosales enredados conducía a una zona de sombra, donde reposaban una mesa de hierro forjado y varias sillas a su alrededor.

Pero fue el picadero, situado unos metros más allá, lo que captó por completo la atención de Nora. Un ejemplar de pura sangre española se movía con elegancia sobre la arena, bajo la atenta mirada del domador. El sol brillaba sobre su crin lustrosa y sus músculos se marcaban bajo la piel tersa con cada paso. El animal se encabritó ligeramente al sentir la presencia del vehículo, sacudiendo la cabeza con impaciencia.

La Kombi se detuvo junto a la entrada principal del cortijo, con un último traqueteo del motor. El sonido contrastó con la quietud impecable del lugar, como si aquel vehículo polvoriento no encajara en un sitio tan meticulosamente cuidado.

Antes de que Nora pudiera apagar el contacto, la puerta de la casa se abrió y un hombre de unos sesenta años, vestido con un uniforme oscuro y guantes de cuero, cruzó el umbral con paso medido. Tenía la espalda recta y la expresión adusta de alguien que había pasado décadas dedicadas al servicio.

Se acercó con discreción, sin prisas, pero también sin titubeos, y esperó junto al vehículo, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Bienvenidos al cortijo de la familia Muñoz —dijo con una voz grave y con un marcado acento andaluz—. El señor Juan les está esperando en su despacho.

Al ver a la perra, el hombre llamó al domador que vino a la carrera. —Encárgate del animal —señaló a Luna que miraba con atención al

caballo.

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Delgado y Lobo se adentraron en la vivienda. El vestíbulo estaba dominado por un enorme tapiz de caza que representaba una escena de montería, con perros persiguiendo a un ciervo entre la maleza. El suelo de baldosas de barro cocido relucía bajo la luz de una lámpara de araña que colgaba del techo artesonado. En las paredes, estratégicamente colocados, colgaban trofeos de caza: cabezas de ciervo, jabalíes de colmillos retorcidos y, en el centro, la majestuosa cornamenta de un macho montés.

Avanzaron por un pasillo de techos altos, donde más cabezas disecadas observaban a los visitantes, con ojos de cristal. Al final, tras una puerta de madera maciza con herrajes oscuros, se encontraba el despacho.

El hombre se detuvo, golpeó dos veces y esperó. Desde el interior llegó una voz grave y pausada:

—Adelante.

El mayordomo abrió la puerta con suavidad y se hizo a un lado para dejarles paso.

—El señor Juan Muñoz les recibirá ahora.

Lobo y Delgado intercambiaron una mirada rápida antes de avanzar. El despacho era amplio, pero sin la ostentación del de su padre y no había relojes de lujo en vitrinas, ni maquetas de edificios, como en la oficina de Francisco Muñoz. En lugar de eso, había varias fotografías de caballos en plena doma y trofeos ecuestres se distribuían en las repisas, entre pequeños objetos de aspecto personal.

Nora apenas se acomodó en el sillón, cuando su mirada se quedó fija en la pared lateral del despacho. Allí, una enorme cabeza de oso pardo con la boca abierta en un rugido eterno, los colmillos afilados y las fauces disecadas con una precisión perturbadora los miraba. Los ojos tenían un brillo inquietante, casi como si el animal estuviera a punto de moverse.

—Bonito, ¿verdad? —comentó Juan Muñoz, al notar su mirada fija en la criatura.

—Más bien grotesco —murmuró Nora, sin apartar los ojos del animal. Juan Muñoz se inclinó ligeramente en su sillón y esbozó una media

sonrisa.

—Lo suponía —dijo con tranquilidad—. A mucha gente le incomodan los trofeos de caza.

Nora entrecerró los ojos y cruzó las piernas.

—Supongo que tiene su gracia disparar a un animal desde lejos y colgar su cabeza en una pared —respondió con un tono ácido.

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Juan no pareció molesto. Al contrario, su expresión se relajó aún más, como si estuviera acostumbrado a aquella reacción.

—No todo es tan simple, señora Delgado. La caza tiene su función, aunque a veces cueste verlo.

Nora arqueó una ceja.

—Ilústreme.

Juan se acomodó en su asiento y señaló la cabeza del oso, con un leve movimiento de la mano.

—¿Sabía que en Rumanía han tenido que aumentar el número de permisos para cazar osos?

Lobo, que hasta entonces había permanecido en silencio, ladeó la cabeza con leve curiosidad.

—¿Por qué?

—Por el aumento descontrolado de la población de osos —respondió Juan—. Durante años, estos animales estuvieron protegidos sin apenas regulaciones, pero el número de ejemplares creció tanto, que comenzaron a causar problemas. Incluso ha habido ataques a personas.

Nora no apartó la mirada del animal disecado. —¿Y la solución fue salir a pegarles tiros? Juan sonrió con paciencia.

—Cuando una especie sobrepasa la capacidad del territorio y no tiene depredadores naturales, se convierte en un problema. Y sí, la caza es una herramienta de control. La gente se lleva las manos a la cabeza cuando escucha “caza”, pero no cuando hay que sacrificar jabalíes en España porque destrozan cosechas o causan accidentes de tráfico. ¿Dónde está la diferencia? —Juan sostuvo la mirada de Nora un instante más, luego se inclinó ligeramente hacia adelante y apoyó los antebrazos sobre la mesa con gesto medido—. Han venido ustedes para hablar de Sergio. Mi hermano ha desaparecido y yo sí estaré encantado de ayudarles a encontrar respuestas, pero solo si dejamos de discutir sobre ética y nos centramos en lo que importa.

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El coche avanzaba en un serpenteo incesante por la carretera de montaña, con Sergio luchando por mantener los ojos abiertos. Cada kilómetro que dejaba atrás se le hacía eterno. No tardaría en amanecer; el valle aún dormía bajo un manto de sombras azuladas que se disiparían lentamente con la llegada del alba. A pesar del frío, llevaba la ventanilla bajada. A medida que subía, el aire limpio le golpeaba el rostro, un contraste brutal con el ambiente viciado y húmedo de donde había escapado.

Apretó el volante, con las pocas fuerzas que aún atesoraba. Las yemas de los dedos, agrietadas y cubiertas de pequeños cortes, escocían con cada movimiento y era posible que tuviera alguna costilla rota que se lamentaba a cada giro del volante. Tenía hambre, sed y el cuerpo destrozado, pero su prioridad era otra: seguir adelante.

Cuando vio las primeras casas blancas de Capileira, exhaló despacio. Por fin. El pueblo, encaramado en la Alpujarra, seguía envuelto en el letargo de la madrugada. Las casas encaladas, los tejados de launa y las calles empedradas se aferraban a la ladera, como si crecieran de la propia roca. Más abajo, el Barranco de Poqueira se abría en un abismo de sombras azuladas.

Aparcó en las afueras y puso rumbo a la casa. Sergio serpenteaba por las calles, con pasos torpes. El aire olía a leña quemada y a humedad de madrugada. Las casas, con sus balcones llenos de geranios, parecían ajenas a su presencia, como si el pueblo entero aún durmiera. Solo el sonido lejano del viento y el goteo de alguna canaleta rompían el silencio.

Al llegar a la vivienda, se detuvo. Hacía más de seis meses que no se había dejado caer por ahí. Desde la desaparición de Antonio. Se apoyó un segundo en la pared encalada y cerró los ojos. Su respiración era superficial, dolorosa. Sentía el pulso fuerte en las sienes, la cabeza embotada. Abrió los ojos y vio a un perro. Un chucho flaco y de pelaje

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rojizo que bebía de un cuenco de plástico junto a la puerta. El animal alzó la cabeza y lo miró con desconfianza, antes de seguir bebiendo.

Sergio deslizó el manojo de llaves entre los dedos y tanteó hasta dar con la correcta. Sus manos temblaban. Introdujo la llave en la cerradura y la giró. Empujó la puerta con el hombro y entró.

El interior estaba en penumbra, con el aire denso. Un olor a cerrado le golpeó de inmediato, una mezcla de madera vieja y humedad estancada. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó un instante en ella. El salón se abría ante él: los muros encalados, la chimenea de esquina con su repisa de piedra decorada de figuras de cerámica y el techo de vigas de madera que crujió levemente cuando dio un paso adelante. Pero todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Sobre la mesa baja, unas motas flotaban en el aire, iluminadas por el tenue resplandor de una bombilla.

Sergio avanzó con pasos arrastrados hasta la cocina. Su estómago rugía con un hambre sorda, animal. Abrió la puerta de la despensa, con un leve crujido de la madera reseca. Dentro, las estanterías albergaban botes de legumbres, latas de atún y sardinas, paquetes de pasta y arroz, varias botellas de agua y aceite de oliva. En una esquina, una bolsa de pan de pueblo endurecido descansaba junto a un tarro de miel cristalizada.

Cogió un bote de garbanzos en conserva. Con manos torpes, forzó la tapa, haciendo saltar parte del líquido espeso sobre la encimera. Hundió los dedos en el interior y comió llevando puñados de garbanzos a la boca. Buscó algo más. Una lata de sardinas en aceite. La abrió y engulló una tras otra, sin preocuparse por los dedos grasientos.

Encontró una botella de agua y bebió en grandes tragos, hasta que sintió un calambre en el estómago. Luego, tuvo que ir al baño a vomitar. Por fin, tras tomarse un par de pastillas de analgésicos y antibióticos, se acostó. Durmió once horas seguidas. Cuando abrió los ojos, fue como si saliera de un coma. No sabía dónde se encontraba. Tuvo un momento de angustia, hasta que el cansancio lo invadió otra vez.

Se despertó de nuevo pasadas otras cinco horas. Le dolía todo el cuerpo, así que se tomó su tiempo para levantarse sin hacer movimientos bruscos. Salió de la cama con dificultad, de lado a lado, y tras recorrer un par de metros, un mareo le obligó a apoyarse en una mesa. Cuando recobró el aliento, sacó un ordenador portátil del cajón y lo enchufó. La red Wifi tardó en conectarse, pero una vez que se mantuvo estable, buscó noticias en Granada. No había ninguna referencia a su secuestro. Sin

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embargo, el tercer resultado, un periódico local, en la sección de sucesos, mencionaba una noticia acaecida el día anterior. Hizo clic en el enlace:

Un hombre se suicida de un disparo tras una persecución policial en Granada

Redacción Granada | 01:30 AM

Un hombre cuya identidad no ha sido revelada falleció esta madrugada tras dispararse en la cabeza y precipitarse al vacío desde un puente sobre el río Genil. El suceso tuvo lugar alrededor de la 01:00 AM, después de una persecución policial que transcurrió por el centro de Granada.

Según fuentes policiales, el hombre condujo a gran velocidad hasta abandonar su vehículo en las inmediaciones del Puente del Genil. A partir de ese momento, continuó la fuga a pie, siendo perseguido por los agentes.

Los testigos indican que, al verse acorralado y sin posibilidad de escape, sacó un arma de fuego y, sin dudarlo, se disparó en la cabeza, antes de caer desde una altura de más de diez metros hasta la ribera del río. Cuando los servicios de emergencia llegaron al lugar, solo pudieron certificar su muerte.

Las autoridades investigan las circunstancias que rodean el caso y si el fallecido estaba vinculado a actividades delictivas.

El suceso ha generado conmoción en la zona, y algunos vecinos afirman haber escuchado una detonación, antes de ver el cuerpo caer al vacío. La policía mantiene abierta la investigación.

La mente de Sergio funcionó tan deprisa como podía. No acostumbraba a creer en los milagros, pero el fallecimiento de aquel hombre coincidía con que su captor dejara de aparecer por el almacén. Entonces lo tuvo claro: aquel hijo de puta había preferido suicidarse antes que entregarse a la policía.

Otro dato que le llamó la atención era que, por mucho que buscara, no había ni una sola referencia a su propia desaparición. Aquello solo tenía sentido por la mano alargada de su padre. No querría ver manchado el nombre de sus empresas, ni el apellido de la familia. Tras un enfado inicial, sintió un alivio intenso.

Se puso de pie para ir a buscar el móvil que guardaba bajo la cama, pero lo hizo demasiado deprisa y volvió a caer sobre la silla. El esfuerzo lo había cegado con luces parpadeantes y la sensación de girar sobre sí mismo, con el corazón desbocado, por poco le hizo perder el equilibrio. Unos segundos después, el mareo desapareció y esta vez se puso en pie con prudencia. Llegó hasta la habitación, cogió el cargador, el móvil y lo enchufó a la corriente.

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Un espejo le ofreció el reflejo de su rostro magullado. Rio y lloró porque ya no era capaz de distinguir si se sentía feliz de seguir vivo, o desgraciado por seguir siendo Sergio Muñoz. Se repuso con facilidad. Estaba vivo y nadie conocía su paradero. Se fue a la cocina, descorchó una botella de crianza de la Rioja y se llenó un plato con comida de las conservas. Al acabar esos pequeños lujos, el agotamiento lo envolvió de nuevo. Miró el reloj, eran las once de la noche. Estaba totalmente desorientado y dolorido, pero la sensación de bienestar, de haber escapado de la muerte, persistía con un efecto embriagador.

Dejó la copa de vino sobre la mesa y se recostó en la silla. El alcohol había templado su cuerpo y su mente por fin empezaba a poder trabajar con normalidad. Cogió el móvil, ya con algo de batería, y lo encendió. Varias notificaciones saltaron en la pantalla, aunque las ignoró. Fue directo a los contactos y deslizó el dedo lentamente por la lista. Su mirada se detuvo en un nombre.

Exhaló despacio.

Aún no estaba seguro de si debía hacer esa llamada. Pero lo estaría.

Muy pronto.

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Juan se inclinó ligeramente hacia, como si necesitara un momento para ordenar sus pensamientos antes de hablar.

—Miren, sé que desde fuera puede parecer que mi hermano y yo siempre hemos estado distantes. Que crecimos en dos mundos separados, sin apenas contacto. Pero la verdad es que, cuando éramos niños, no era así. Mi padre siempre tuvo claro que yo debía estar preparado para continuar con el negocio familiar, para soportar la presión, para ser el heredero que él quería. Y Sergio nunca lo estuvo. Desde pequeño fue más delicado, más dependiente, más emocional. Y eso, en una familia como la nuestra, no era precisamente una ventaja.

Hizo una pausa y pasó una mano por la madera pulida del escritorio. —Mi madre lo protegió como si fuera de cristal. Siempre estuvo

encima de él, justificaba cada error, suavizaba cada consecuencia de su comportamiento. Mientras yo tenía que ganarme cada cosa con esfuerzo, a Sergio se lo permitían todo. Pero no lo digo con rencor, no piensen eso. En el fondo, creo que mi madre sabía que él nunca iba a estar preparado para enfrentarse al mundo de los Muñoz por sí solo.

Nora lo observaba con atención, con el ceño levemente fruncido. —¿Cómo era la relación de Sergio con su padre?

Juan dejó escapar una risa breve, sin rastro de alegría, antes de negar con la cabeza.

—La relación de Sergio con mi padre fue complicada, por decirlo suavemente. Francisco Muñoz no crio hijos, forjó soldados. Desde pequeños, nos dejó claro que en esta familia solo había un camino: la excelencia. Si no podías estar a la altura, no servías. Yo aprendí a soportarlo, a moldearme para encajar en lo que él quería. Sergio, en cambio nunca pudo.

Se pasó una mano por la nuca y suspiró.

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—Cuando éramos niños, cada verano mi padre organizaba jornadas de entrenamiento, si se les puede llamar así. A partir de los diez años, eran obligatorias. Había que ser fuertes. Nos llevaba a cazar, nos hacía montar a caballo, a soportar el dolor hasta que la piel de los muslos nos ardiera. A veces nos mandaba a los olivares con los jornaleros, a cargar sacos, a trabajar bajo el sol como si fuéramos adultos. Decía que el esfuerzo templaba el carácter, que el sufrimiento nos haría mejores. —Se detuvo y negó con la cabeza—. Había una frase que repetía siempre: “Si te duele, es que estás aprendiendo”. Y no importaba si era el roce de la silla de montar hasta hacerte llagas, el cansancio de un día entero cargando peso o el frío de la madrugada en las cacerías. Teníamos que aguantar, no quejarnos. La debilidad no era una opción.

Juan bajó la mirada un instante y sonrió con tristeza.

—Sergio odiaba todo aquello. No servía para ese mundo y mi padre lo sabía. Cuanto más intentaba que se endureciera, más lo aplastaba. Había días en los que apenas hablaba, en los que le temblaban las manos de los nervios, porque sabía que nuestro padre le pondría a prueba de alguna forma.

Nora se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Cómo lo ponía a prueba?

Juan levantó la mirada y entrecerró los ojos, como si en su cabeza aún viera la escena con nitidez.

—Recuerdo una vez, debíamos tener unos quince y once años. Estábamos en la sierra, en una de las jornadas de caza, de mi padre. Sergio no quería estar allí, pero no tenía opción. Llevaba la escopeta en las manos, pero yo podía ver cómo le temblaban los dedos. Estaba aterrado. Mi padre lo miró con ese gesto suyo de decepción, con esa expresión que dolía más que un puñetazo, y le dio una orden sencilla: “¡Dispara!”

Nora y Lobo se quedaron en silencio. Juan apoyó los antebrazos sobre el escritorio y continuó con voz baja.

—Delante de nosotros había un conejo. Sergio levantó la escopeta, pero sus manos temblaban tanto que no atinaba. Mi padre le gritó que disparara de una maldita vez. Que no era más que un animal. Pero Sergio se mantuvo paralizado. Fue la primera vez que lo vi tan blanco, como si todo el aire se le hubiera escapado de los pulmones. Yo supe que no iba a hacerlo, que no podía hacerlo.

Hizo una pausa, como si estuviera de nuevo en aquel instante.

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—Así que lo hice yo. Agarré la escopeta y disparé antes de que mi padre pudiera decir nada más. Sergio me miró con una mezcla de alivio y vergüenza. Mi padre, se quedó observándome durante unos segundos y después sonrió. No dijo nada.

El silencio se apoderó unos segundos del despacho.

—Vuestra madre nos contó que estabais muy unidos, pero que de repente os separasteis, como si no quisierais saber más el uno del otro. ¿Qué os pasó, Juan? —preguntó Nora.

El mayor de los Muñoz empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.

—Mi padre creía que un hombre no se hacía solo con disciplina y esfuerzo. Decía que había ciertos momentos en la vida de un hijo que marcaban un antes y un después, y este era uno de ellos. Para él, la virilidad tenía que demostrarse. Y no bastaba con la teoría, había que pasar por la experiencia. Nos decía que un hombre no nace, se hace. Que no basta con parecerlo, sino que hay que demostrarlo. Y para él, no había mayor prueba de madurez que aquella. No importaban nuestros deseos, nuestros miedos o nuestras dudas. Era lo que tocaba y punto.

Hizo una pausa, su expresión endurecida, luego prosiguió con voz controlada:

—Nos tocaba a los dieciséis. Fue el día de mi cumpleaños, en Sevilla, en un viaje que hicimos los dos solos. Me lo vendió como una tradición familiar, algo que mi abuelo había hecho con él y ahora era mi turno. Después de una cena en un restaurante caro, me llevó a un hotel. No me explicó nada, simplemente subimos a una suite y, cuando entré, ella ya estaba allí.

Nora y Lobo permanecieron en silencio.

—Era hermosa. No sé qué edad tendría, pero a mis dieciséis me pareció mayor. Debía rondar veinticinco. Morena, de piel dorada y labios gruesos, de esos que parecen siempre a punto de sonreír. Me hablaba con dulzura, con paciencia. Me preguntó mi nombre, me dijo el suyo. María, aunque ahora dudo que fuera cierto. Tenía un lunar en la clavícula, lo recuerdo porque mi mirada se quedó fija en él cuando se inclinó hacia mí. Olía a una colonia empalagosa. Sonreía con tristeza, como si supiera exactamente quién era yo y por lo que estaba pasando.

Se quedó callado unos segundos, como si estuviera viendo su imagen en la memoria.

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—Al principio no supe qué hacer. Estaba tenso, asustado, aunque intentaba disimularlo. María debió notarlo, porque me habló como si nos conociéramos de toda la vida, sin prisas, sin forzar nada. Me preguntó si quería tomar algo, si me gustaba la música, incluso me contó un chiste. Parecía que le importaba que estuviera cómodo.

Llegado aquí, Juan Muñoz carraspeó y se removió en el asiento.

—Y entonces me di cuenta de que mi padre seguía en la habitación.

Que no se había ido.

Nora frunció el ceño, Lobo apenas inclinó la cabeza.

—¿Se quedó allí?

—Hasta que empezó. —Juan apretó los labios y asintió—. Hasta que María se acercó y me besó. Lentamente, me fue quitando la ropa y luego se arrodilló. Solo entonces mi padre se puso en pie, me dio una palmada en el hombro y dijo algo que nunca olvidaré: “Hazlo bien, hijo. Un Muñoz nunca decepciona”.

El silencio se hizo pesado en el despacho. Juan frotó sus manos y dejó escapar un bufido.

—Aquello me marcó, claro. No sé cómo explicarlo. No fue traumático, no hubo violencia, pero… —Se quedó pensativo un segundo—. No era un momento mío. No fue algo que yo decidiera. Fue mi padre, su ritual, su forma de medirnos. Una prueba más, como disparar una escopeta o aguantar el peso de un saco de aceitunas en la espalda.

Miró a Nora y a Lobo.

—Yo sobreviví a ello. Aprendí a enterrarlo, a contármelo de una forma que no me hiciera daño. Sergio, en cambio, no.

Se inclinó hacia adelante y bajó el tono de voz.

—Mi hermano pasó por lo mismo, cuatro años después. Pero algo fue diferente. Algo ocurrió esa noche, que lo cambió. Desde entonces, Sergio no volvió a ser el mismo. Yo creo que ahí puede estar la causa de lo que ocurrió hace ahora tres años y nos distanció para siempre.

Nora y Félix intercambiaron una mirada de incredulidad. Ella fue la primera en reaccionar.

—¿Qué ocurrió hace tres años?

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A Abel Salcedo Montalbán no le apetecía hablar de su hermano. Ni de él, ni de nadie. Lo dejó claro en cuanto abrió la puerta y vio al inspector Robles plantado en el umbral de su casa. No dijo nada. Solo se quedó allí, con la mirada opaca, el ceño fruncido y la respiración pesada, como si le molestara que alguien le hubiera interrumpido la tarde.

La casa de los Salcedo estaba apartada del centro del pueblo, en las afueras de Íllora, rodeada de campo árido y coches desguazados. Desde fuera, no era más que un caserón viejo, con la pintura desconchada y un tejado que pedía a gritos una reforma. Pero más allá del abandono, lo que llamaba la atención era la sensación de aislamiento, como si la vivienda y quienes la habitaban estuvieran al margen del mundo.

Robles no se inmutó ante el recibimiento hostil. Había tratado antes con hombres así. Tipos que no necesitaban levantar la voz para dejar claro que no les interesaban las visitas. Solo que esta vez no se trataba de un ajuste de cuentas o algún problema vecinal. No. Estaba en la casa de un hombre que posiblemente sabía dónde encontrar a Sergio Muñoz. Y no se marcharía sin respuestas.

—Vengo para hacerle unas preguntas.

Abel no contestó de inmediato. Se pasó la lengua por los dientes, dejó escapar un resoplido y giró un poco la cabeza, como si se debatiera entre cerrar la puerta o permitirle el paso. Finalmente, se apartó, sin invitarlo a entrar, pero sin impedírselo tampoco.

Dentro, olía a tabaco rancio y a grasa de motor. El suelo estaba desgastado y los muebles tenían ese aire de haber sido usados durante décadas, sin preocuparse demasiado por su estado. Desde la cocina, se oían murmullos. Pasos apresurados. Unos segundos después, una mujer apareció en la puerta, con un delantal sucio y las manos húmedas, como si hubiera dejado algo a medias. Era alta, delgada, con el cabello recogido de

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cualquier manera y unos ojos que evitaron los de Robles desde el primer momento.

—Es mi mujer. ¿La necesita?

El inspector negó y ella se marchó por donde había venido, tras un gesto con la mano, de Abel. Robles tomó asiento en una silla, frente a Salcedo.

—Su hermano Simón secuestró a un hombre llamado Sergio Muñoz — soltó Robles.

Abel ni parpadeó siquiera. No mostró sorpresa, ni indignación, ni preocupación. Era como si la noticia no le afectara en lo más mínimo.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Que su hermano prefirió quitarse la vida antes de entregarse y un hombre sigue desaparecido.

El hombre meneó la cabeza con pequeñas oscilaciones y apretó la mandíbula.

—¿Cómo murió? —preguntó al fin.

—Se disparó él mismo con un revólver, antes de caer al rio Genil, tras una persecución con la policía.

Robles se limitó a observar a Abel con la paciencia de quien espera a que su presa muestre el primer signo de debilidad. La reacción al escuchar que su hermano se había suicidado había sido mínima, casi imperceptible, pero estaba ahí. Un leve movimiento de cabeza, la mandíbula apretada. No eran gestos de sorpresa, sino de aceptación. Como si no le sorprendiera la noticia. Como si lo hubiera esperado.

—Así que… así terminó —murmuró Abel, más para sí mismo que para el inspector.

No preguntó detalles. No quiso saber cómo era la escena del crimen, ni si su hermano había sufrido antes de morir. Eso le confirmó a Robles lo que ya sospechaba: Abel no solo sabía lo que había hecho Simón, sino que en cierto modo lo aprobaba. Y si lo aprobaba, es que entendía la razón que había detrás del secuestro.

Robles decidió cambiar de táctica. No iba a servir de nada empujar con fuerza. Abel era un hombre acostumbrado a la confrontación, a las peleas en bares, a las amenazas veladas. Presionarlo directamente solo lo haría cerrarse más. No, con él había que jugar de otro modo.

—Tuvo opciones —dijo finalmente—. Podría haber negociado. Podría haber intentado huir. Pero no. Eligió dispararse antes que enfrentarse a un

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juicio.

Abel no respondió.

—¿Por qué crees que lo hizo?

El hombre tardó en levantar la mirada. Cuando lo hizo, sus ojos oscuros estaban llenos de una mezcla de fastidio y advertencia.

—No lo sé.

—¿No?

—No. ¿Qué polla voy a saber yo?

Robles se quedó pensativo, como si la respuesta no le importara. —No lo sé, pero tampoco me extraña —añadió Abel tras unos

segundos.

—¿Por qué?

—Simón siempre fue un tío con cojones. Si lo tenían contra la pared, no iba a dejarse atrapar como un perro —dijo y frunció el ceño—. Antes se mete un tiro que dejar que lo encierren como a una rata.

El inspector se reclinó sobre la silla, para luego volver a la misma posición.

—No me trago que no supieras nada —había elevado el tono de voz—. Ese camino es el peor de todos, te lo aseguro. Te invito a que reflexiones unos instantes, porque como el hombre que ha desaparecido muera y tú estuvieras al tanto, te aseguro que te van a caer muchos años en la trena.

Abel Salcedo no se inmutó. Ni un parpadeo, ni un gesto de inquietud. Solo se quedó ahí, con la misma expresión pétrea, como si las palabras de Robles le resbalaran sin dejar huella. Pero Robles no era idiota. Sabía leer los silencios tanto como las palabras, y en ese momento, el silencio de Abel decía mucho.

El inspector se inclinó ligeramente hacia adelante. No apartó la mirada de su interlocutor ni por un segundo.

—Sé que hablaste con tu hermano antes de que desapareciera ese hombre —dijo, con la calma medida de un hombre que ya ha resuelto la ecuación, pero espera a que el otro la complete—. Justo antes, por teléfono.

El pie derecho de Abel se movió, apenas un centímetro. Un reflejo, una reacción instintiva. Robles lo notó.

—Después, nada. Ni una llamada, ni un mensaje. Como si de repente hubieras decidido que Simón ya no existía.

Abel chasqueó la lengua con desdén.

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—¿Y qué?

—Y que no me creo que no supieras lo que iba a hacer.

Abel resopló con impaciencia y se echó hacia atrás en la silla.

—Tú puedes creer lo que te dé la gana.

Robles sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—¿Sabes qué creo yo? —dijo, acomodándose en su asiento—. Creo que Simón no actuó solo.

El comentario flotó en el aire durante un instante. Abel siguió con su pose de indiferencia, pero su respiración había cambiado. Más pausada, más medida.

—No jodas —dijo finalmente Salcedo, con un deje de burla—. ¿Y quién cojones crees tú que le ayudó, la Virgen del Espino?

Robles mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se oscurecieron.

—Tú.

La palabra cayó como un mazazo.

—Tienes mucha imaginación, inspector.

—¿De qué hablaste con tu hermano? ¿Te contó lo que quería hacer? Abel giró la cabeza un poco, como si necesitara unos segundos para

procesar la pregunta. Parecía buscar la manera de responder sin incriminarse, sin dar un paso en falso.

—Hablamos de muchas cosas —dijo finalmente, con desgana—. Cosas de hermanos. Lo típico. Que si el desguace, que si la vida… qué polla sé yo. Pero si me hubiera contado algo así, le habría dicho que estaba loco.

Robles soltó un resoplido sarcástico y se cruzó de brazos.

—¿Eso es lo mejor que puedes ofrecerme? Vamos, Abel, dame algo que me sirva. Simón no te llamaba para preguntarte cómo iba el desguace. Y mucho menos justo antes de secuestrar a un hombre.

Abel no respondió.

—Lo que me parece curioso —continuó Robles— es que, después de esa conversación, Simón desapareció del mapa. No volvió a hablar con nadie. Ni contigo, ni un solo contacto con otra persona. Cero llamadas, cero mensajes. Como si estuviera cumpliendo con algo que ya había decidido.

—Eso es cosa suya.

—Claro —asintió Robles, dándole la razón con falsa indiferencia—. Y, sin embargo, tú tampoco volviste a intentar localizarlo.

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Abel entrecerró los ojos.

—¿Y por qué cojones iba a hacerlo?

—Porque te preocupaba —respondió Robles sin dudar—. Porque sabías que tu hermano no era precisamente un santo, pero tampoco un idiota. Y cuando alguien como él hace una llamada justo antes de desaparecer, es por algún motivo.

A Robles le asaltó una duda.

—A menos que…

Se detuvo y se aproximó para capturar su mirada. Él permanecía inmóvil.

—¡Mierda! —el inspector pegó un brinco y se incorporó—. No es por eso por lo que no avisaste a la policía, por ser acusado de cómplice. Es porque tú también crees que ese hombre es responsable de algo por el cual merece un castigo ejemplar. No lo denunciaste porque crees que tiene lo que se merece, ¿no es cierto?

Ante el silencio, Robles respiró profundamente.

—Espero que lo encontremos vivo. Primero por él, pero también por ti, porque tendré que detenerte por ser cómplice de asesinato con actos de tortura, entre otras muchas acusaciones. Una última cosa Abel.

El hombre ladeó la cabeza.

—Voy a necesitar una muestra de ADN.

Abel parpadeó una vez, lento. Luego entrecerró los ojos.

—¿Pa qué polla?

—Para descartar tu presencia en la furgoneta de Simón, en cualquier otro sitio donde Sergio Muñoz haya estado retenido o en algún otro lugar que todavía no hemos encontrado. Llevamos días recogiendo pruebas y quiero asegurarme de que tu ADN no aparezca en ningún lugar comprometedor.

—¿Y si me niego?

Robles sonrió, pero sin pizca de humor.

—Puedes negarte, claro. Pero lo único que conseguirás es que un juez nos obligue a tomarte la muestra dentro de unas horas. Solo que, en ese caso, en vez de hacerlo aquí, cómodamente en tu casa, lo haríamos en una sala de la comisaría, después de un bonito paseo en coche patrulla.

Abel resopló con una mueca de incredulidad.

—Pos anda que no estamos buenos, me vais a venir con ADN y pollás, venga ya.

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Cuando Robles abandonó la vivienda con la muestra, se preguntó qué tenía.

Nada. Y eso le enfadó todavía más.

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El teléfono pesaba más de lo habitual en su mano. Sergio lo sostuvo unos segundos, con la mirada clavada en la pantalla, mientras observaba el nombre que no había marcado en meses. Rachid Tánger. La yema de su dedo tembló antes de tocar el icono de llamada. No le gustaba deberle favores a Rachid. Ni a él, ni a nadie. Pero aquella noche no tenía elección.

Llevó el móvil al oído y escuchó el primer tono. Luego otro. En el tercero, Sergio pensó en colgar. En el cuarto, la llamada se cortó bruscamente. Durante unos instantes solo hubo silencio, como si al otro lado estuvieran esperando que hablara primero.

—Dime.

Sergio cerró los ojos y exhaló. La voz de Rachid seguía igual. Rota por el tabaco, con ese deje pausado que hacía que cada palabra pareciera estudiada.

—Rachid.

—Muñoz. —Una pausa—. Pensé que estabas muerto.

—Casi.

Un crujido de papel de fumar, seguido del sonido inconfundible de un encendedor. Sergio imaginó la brasa roja como un farolillo en la oscuridad de algún callejón en Tánger.

—¿Dónde coño te habías metido? —dijo Rachid, con la voz amortiguada por el primer tiro de nicotina—. Nadie sabía nada de ti.

—No tenía ganas de socializar.

—Eso ya lo sé. Pero esta llamada no es solo para saludarme, ¿verdad? Sergio tragó saliva. No. Claro que no. —Voy a cruzar.

Rachid soltó una carcajada seca, como si le divirtiera el descaro de la petición.

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—¿Así, sin más? ¿Después de casi un año desaparecido me llamas y me sueltas esto?

—Voy a cruzar —repitió Sergio, con voz firme—. Y quiero hacerlo contigo.

Al otro lado se hizo silencio. Un silencio que se alargó demasiado. Sergio escuchó el eco de una voz lejana, probablemente un vendedor ambulante en la medina. Luego, el roce de tela, como si Rachid hubiera cambiado de postura.

—Explícame una cosa, Muñoz. ¿Por qué ahora?

—No es asunto tuyo.

—Sí lo es, haj. Porque si vas a cruzar conmigo, necesito saber qué mierda arrastras contigo. No quiero que me salpiques.

Sergio apretó la mandíbula. Rachid era un hombre con reglas. Si algo había aprendido en sus años de trato con él, era que no aceptaba medias verdades.

—Necesito desaparecer.

—Eso ya lo suponía.

—Y necesito que no hagas preguntas.

Rachid soltó el humo del cigarro con lentitud.

—Eso va a costarte.

—Tengo dinero.

—¿Cuánto?

—Suficiente.

—¿Suficiente para qué, haj? ¿Para pagar un ferry y un té en la kasbah? ¿O suficiente para una lancha rápida, un pesquero que no levante sospechas y que además yo cierre la boca, si alguien me pregunta por ti?

Sergio se pasó la lengua por los labios resecos.

—Suficiente para que sea un trato limpio.

Rachid rio entre dientes.

—No existen los tratos limpios, Muñoz. Pero si el dinero es bueno, podemos hacer negocios.

Sergio sintió que su respiración se calmaba levemente. Pero aún no había terminado.

—Bien.

Pero Rachid no colgó todavía.

—Antes de que cortes, dime algo.

—Dilo.

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Rachid chasqueó la lengua, como si sopesara por dónde empezar. Luego, tras una pausa lo suficientemente larga como para ponerle los nervios de punta, habló con la calma de quien disfruta con el recuerdo de un pasado que el otro intenta olvidar.

—Estaba pensando en la primera vez que llamaste.

Sergio sintió un leve pinchazo en la nuca, esa descarga sorda que a veces precede a los recuerdos no deseados.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. Fue Antonio quien habló primero, pero fuiste tú quien insistió en los detalles, quien dejó claro que no queríais cualquier cosa, sino algo especial, algo que no se encontrara en cualquier esquina. Queríais exclusividad, eso fue lo que dijiste.

—No voy a seguir con esta conversación.

Pero Rachid no se detuvo.

—La exclusividad siempre tiene un precio, haj. Y la vuestra, con el tiempo, se hizo cada vez más difícil de conseguir. Pero eso ya lo sabes. Lo viste con tus propios ojos.

Sergio apartó el móvil de su oído un segundo, lo suficiente para respirar hondo y tragar saliva antes de devolverlo a su sitio, como si aquello bastara para poner una barrera entre él y esa voz que insistía en tirar de los hilos sueltos de su memoria.

—Te volveré a llamar.

Sergio colgó. Se quedó con el móvil apagado durante unos segundos. Luego, se levantó y un latigazo en el costado le dejó paralizado y le recordó cómo su captor lo había arrastrado escaleras abajo hasta la jaula. Necesitó varios segundos para recuperarse y llegar hasta el armario. La mochila estaba lista. Se agachó junto a la cama, levantó la alfombra y corrió la tabla suelta del suelo. El dinero en fajos seguía allí. Miles de euros en efectivo, ocultos durante meses.

Su madre se los había entregado siempre en sobres, a escondidas del resto de la familia. Para cuando lo necesites, cariño. Para que no dependas de nadie. Ella jamás le había preguntado para qué necesitaba aquel dinero. Nunca quiso saberlo.

Tomó un fajo y lo guardó en la mochila. Luego, se sentó a la mesa y abrió el portátil. El ordenador seguía encendido, con la pantalla que iluminaba en azul los objetos de la habitación con un resplandor mortecino, pero Sergio ya no la veía. Se había quedado quieto, la mirada

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fija en la pared blanca frente a él, con los labios apretados y la respiración apenas perceptible, como si su cuerpo entero se hubiese detenido en un limbo donde el tiempo se disolvía en sombras.

Porque las palabras de Rachid habían abierto una grieta, y de esa grieta empezaban a brotar de nuevo imágenes, sonidos, sensaciones que se obligaba a reprimir, pero que ahora volvían con la violencia de un puñetazo en la boca del estómago, dejándolo sin aire.

El murmullo de la música, distorsionada por los altavoces baratos de la habitación de Antonio. La botella de whisky por el suelo, a medio vaciar, con los bordes tintados por la marca de carmín de unos labios. El calor denso en el aire, cargado de humo de tabaco y perfume barato, de un dulzor pegajoso que se adhería a la piel como una capa invisible.

Y Antonio. Antonio riendo con esa carcajada suya, entrecortada y sucia, con la mirada vidriosa y la camiseta pegada al torso por el sudor, la cámara en la mano, con la confianza de quien sabe que graba algo que no debería existir pero que, precisamente por eso, lo hace más real, más excitante, más suyo.

—Te has quedado sin palabras, hermano. ¿A que esto es otra cosa? Sergio se vio a sí mismo sentado en el borde de la cama, más joven,

con el pulso acelerado y el vaso tembloroso entre sus dedos. No era miedo lo que sentía. Ni siquiera duda. Era otra cosa, un vértigo, una corriente eléctrica bajo la piel, una sensación de cruzar un umbral que sabía que no tenía vuelta atrás.

No iba a pensar en eso ahora. Se obligó a incorporarse con movimientos lentos y torpes. Cruzó la habitación, con la sensación de que el suelo oscilaba bajo él, como si aún estuviera en el maldito almacén, con la cabeza pegada a la jaula, la boca pastosa de sangre y miedo, con el hedor de sus propios excrementos. Se detuvo frente al espejo del armario, pero tardó varios segundos en levantar la vista.

Cuando por fin alzó la cabeza, una mueca amarga se dibujó en su rostro. El hombre que le devolvía la mirada no era él. O quizá lo era más que nunca. Ojeras profundas, piel cetrina, el pómulo izquierdo hinchado y salpicado de sombras violáceas, un corte en la ceja. Sus ojos hundidos en las cuencas parecían más pequeños, más fríos, como si alguien hubiera apagado la última chispa de humanidad que quedaba en ellos.

Los cerró por un instante, para encontrar algo a lo que aferrarse, algún fragmento de sí mismo que aún no estuviera contaminado, pero lo único

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que halló fue un vacío inmenso, una sensación de desarraigo que lo empujaba cada vez más lejos de cualquier posibilidad de retorno.

Cuando volvió a mirar su reflejo, no sintió miedo ni repulsión.

Solo un profundo y absoluto cansancio.

Tenía que irse. Tenía que cruzar al otro lado. Y, sobre todo, tenía que asegurarse de que nadie pudiera seguir su rastro.

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Juan Muñoz mantuvo la mirada fija en el escritorio durante varios segundos. Su dedo índice recorría la veta oscura de la madera como si necesitara aquel leve movimiento para ordenar sus pensamientos. En su rostro había algo más que cansancio: una sombra de conflicto interno, de repulsión, de una herida que aún no se había cerrado. Finalmente, tomó aire y alzó la vista hacia Nora y Lobo.

—Yo creí que conocía a mi hermano. No como cuando éramos niños, porque en la infancia uno comparte juegos, pero no verdades. Pero cuando crecimos, cuando ya éramos adultos, yo pensé que, con todas nuestras diferencias, todavía podía entenderlo. Creí que Sergio era débil, que no encajaba en nuestro mundo, que siempre había estado a la sombra de los demás, pero que en el fondo era una buena persona. Dios, qué estúpido fui.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, sus codos apoyados en la mesa, la voz más baja, como si el simple acto de pronunciar las siguientes palabras le pesara en la garganta.

—Hace cuatro años, Sergio trabajaba en un instituto de Baena. Llevaba allí poco más de un curso cuando conoció a una alumna, una niña de trece años, que tenía dificultades con los estudios. Su familia no tenía muchos recursos y él, en un acto que, en apariencia, era pura generosidad, se ofreció a darle clases particulares en casa. Yo mismo escuché a mi madre decir que por fin Sergio había encontrado su vocación, que ayudar a los jóvenes le hacía sentir útil, que quizá, después de tantos años de sentir que no encajaba en nuestra familia, había hallado un lugar donde sí lo hacía.

La amargura en su voz era palpable. Se pasó una mano por la cara, como si intentara borrar el recuerdo antes de continuar.

—Durante meses, mi madre se llenó la boca de lo bueno que era su hijo, de cómo dedicaba su tiempo libre a ayudar a los demás. “Sergio siempre ha sido noble, pero nadie le ha dado la oportunidad de

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demostrarlo”, solía decir. Y yo, por aquel entonces, me lo creí. Hasta que recibí una llamada de mi padre.

Su mandíbula se tensó levemente.

—Francisco Muñoz no es un hombre que se altere fácilmente. No grita, no insulta, no pierde el control. Si suena su voz en tu teléfono y te dice que vayas a verle de inmediato, lo haces. Y eso fue lo que hice. Me reuní con él en su despacho, en la empresa. No había rastro de su habitual calma, ni de esa mirada gélida con la que nos analizaba como si fuéramos piezas de un tablero de ajedrez. No. Mi padre estaba furioso.

Juan apartó la vista un instante, como si ver la reacción de Nora y Lobo hiciera que sus palabras fueran aún más difíciles de pronunciar.

—La familia de la niña lo había denunciado. Sergio había ido a su casa una tarde en la que los padres no estaban. Se quedaron solos y él… —Juan se detuvo un instante, tragando saliva—. Intentó besarla. La tocó. No sé hasta qué punto llegó, pero la niña salió corriendo de su propia habitación y se encerró en el baño. Llamó a su madre desde dentro, llorando, hecha un manojo de nervios.

El silencio que siguió a sus palabras era espeso, sofocante, cargado de algo más que estupor. Nora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No apartó la vista de Juan, aunque por un instante sintió la necesidad de hacerlo. Mirar a otro lado, negar lo que acababa de escuchar, convencerse de que debía de haber algún error.

—La denuncia llegó a la policía, pero no a los medios. Mi padre se aseguró de eso. Movió influencias, pagó lo que tuvo que pagar, silenció lo que debía ser silenciado. La familia aceptó no llevar el caso a juicio, a cambio de una compensación económica. No porque quisieran dinero, sino porque sabían que el sistema no estaba de su lado. No querían someter a su hija a un proceso que podía durar años y en el que al final, con el abogado adecuado, con la estrategia adecuada, con las personas adecuadas haciendo las preguntas correctas, el culpable podía salir impune. Querían proteger a la niña. Y mi padre… Mi padre solo quería proteger su apellido —dijo después de unos instantes de silencio.

Juan entrelazó sus manos, como si aquel gesto fuera lo único que le impedía golpear algo con rabia.

—Yo no podía creerlo. Cuando lo escuché, sentí que todo dentro de mí se desmoronaba. No podía concebir que la persona con la que había crecido, el niño que compartió conmigo tantas noches en la misma casa,

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bajo el mismo techo, fuera capaz de algo así. Quise negarlo. Quise pensar que era un error, que había una explicación. Pero cuando enfrenté a Sergio, cuando le pregunté directamente, cuando le di la oportunidad de decirme que todo era mentira…

Se quedó en silencio, la mirada perdida en un punto indeterminado de la mesa.

—No lo negó —susurró finalmente—. Solo se encogió de hombros y dijo que la gente exageraba. Que la niña había malinterpretado todo. Que no había sido para tanto.

Nora apretó los labios, con la rabia que le subía por la garganta como una arcada. Lobo se mantuvo inmóvil, aunque sus pequeños ojos azules se habían oscurecido con algo que no era sorpresa, sino la confirmación de una sospecha que, quizá, ya rondaba en su cabeza.

—¿Y tu madre? —preguntó Nora, con voz tensa.

Juan soltó una risa breve.

—Ella nunca lo supo. Mi padre se encargó de que no se enterara. Hizo que Sergio dejara Baena, que se marchara durante un tiempo, hasta que el polvo se asentara. Mi madre, claro, creyó que simplemente le había surgido otra oportunidad en otro lugar. Si supiera la verdad… —Dejó la frase en el aire, como si ni siquiera pudiera imaginarse el resultado.

El despacho quedó sumido en un silencio espeso. Juan se frotó la cara con ambas manos y suspiró.

—Desde ese día, no volví a mirarlo igual. No volví a hablarle como antes. Evitaba cualquier encuentro con él, Navidades o fechas señaladas. Y nadie hizo nada más —dijo finalmente, con una incredulidad teñida de rabia—. Nadie se aseguró de que no volviera a trabajar con niños. Simplemente, cambió de lugar y siguió con su vida.

Juan alzó la vista, su mirada cansada, pero firme.

—¿Saben cuál es la diferencia entre mi padre y yo? —preguntó en voz baja—. Mi padre protegió el apellido, a toda costa. Yo no pude proteger a mi hermano, porque hay cosas que simplemente no se pueden perdonar.

La frase quedó suspendida en el aire, como un último clavo en el ataúd de todo lo que alguna vez había existido entre aquellos dos hermanos.

—¿Le has contado esto a la policía? —preguntó Lobo, con la voz pausada, como si ya supiera la respuesta antes de formular la pregunta.

Juan no reaccionó de inmediato. Sus dedos tamborileaban con un ritmo inconsciente sobre el reposabrazos del sillón, un leve movimiento que

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delataba su incomodidad. Desvió la mirada por un instante, como si buscara en la habitación una excusa para demorar su respuesta. Finalmente, negó con la cabeza, sin pronunciar palabra.

Nora no pudo evitar chasquear la lengua. Su incredulidad era evidente. —¿Me estás diciendo que la policía está investigando el secuestro de tu hermano y que tú, teniendo un dato como este, has decidido quedártelo

para ti?

Juan apretó la mandíbula, tenso.

—No es tan simple.

—Ah, ¿no? —Nora se cruzó de brazos—. Pues ilumíname, porque desde donde yo lo veo, esto es información clave.

Juan parecía debatirse entre defenderse o ceder ante la evidencia. —Mi padre dejó claro desde el primer momento que este asunto no

debía salir de la familia. No había nada que ganar con airearlo, nada que pudiéramos cambiar. Lo que ocurrió ya estaba resuelto, cerrado. Fue un desastre, sí, pero uno que él manejó. Y si mi padre maneja algo, puedes estar seguro de que no queda nada fuera de su control.

Nora dejó escapar una risa seca, incrédula.

—Claro, qué conveniente. Tu padre lo “manejó” y todos a callar. Que un hombre con su dinero y su influencia cubra un escándalo no es ninguna sorpresa. Lo que me cuesta entender es por qué tú, que dices haber roto con Sergio después de lo que hizo, decidiste seguir su juego.

Juan se removió en el asiento, incómodo.

—No fue una elección. Fue una orden.

—¿Y sigues cumpliendo las órdenes de papá? —preguntó Nora con un deje de sarcasmo afilado.

Juan exhaló con pesadez.

—No entiendes cómo funciona esto, Nora. En mi familia, cuando Francisco Muñoz dice que algo no existe, simplemente deja de existir. No hay opción de réplica. No hay alternativa. Crecí con ese código. Nos moldeó a su imagen, nos enseñó que la lealtad no es opcional.

Nora lo miró con desprecio.

—Lealtad —repitió, con la palabra impregnada de veneno—. No me hables de lealtad cuando lo que tu padre hizo no fue proteger a su familia, sino proteger su reputación.

Juan alzó la vista hacia ella.

—Para él, es lo mismo.

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El silencio fue interrumpido por Lobo que aprovechó la pausa para hablar.

—Lo que tu padre hizo puede haber borrado el escándalo de la prensa y del juzgado. Pero si hubo una denuncia formal, debió quedar constancia en la Guardia Civil.

Juan apretó los labios en una línea tensa.

—Tú no entiendes con quién estamos tratando. Mi padre no es un simple empresario con buenos contactos. Es un hombre que ha construido su mundo a su antojo. Si quedaba algún rastro, lo hizo desaparecer. No hay papeles, no hay registros, no hay una línea en un informe que pueda apuntar a Sergio.

Lobo inclinó levemente la cabeza, evaluando sus palabras.

—La policía está investigando el secuestro de tu hermano. Y tú, sentado delante de ellos, has decidido callarte esto —repitió.

Juan inhaló despacio. Cerró los ojos por un segundo, antes de responder.

—No lo creí relevante —dijo finalmente.

Nora soltó una carcajada seca. Un sonido breve, incrédulo, casi agresivo.

—¿No lo creíste relevante? —repitió, como si saboreara la frase, como si intentara convencerse de que de verdad había escuchado aquello—. ¿Que Sergio intentara abusar de una menor hace años y que alguien lo haya secuestrado después no te pareció algo digno de mención?

Juan apretó la mandíbula, pero no respondió.

—Tienes que estar bromeando —continuó Nora, sin darle tregua—. ¿En qué mundo crees que vivimos? Hay dos posibilidades aquí y ninguna es buena. O el secuestro no tiene nada que ver con aquello, y entonces, vale, no importa. O sí tiene que ver, y en ese caso acabas de ocultarle a la policía la única pista real que podría ayudarles a encontrarlo.

Juan tamborileó los dedos sobre la mesa, visiblemente tenso.

—No sé si tiene relación.

—¡Pero tampoco lo sabrás nunca si te lo guardas! —Nora extendió los brazos, exasperada—. No es tu trabajo decidir qué es importante y qué no. Para eso están los investigadores. Tú tenías que darles toda la información y dejarlos hacer su maldito trabajo.

—No pienso decir nada a la policía —murmuró finalmente, con voz áspera.

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Nora parpadeó, como si no hubiera escuchado bien.

—¿Cómo?

Juan alzó la vista. Su expresión era la de un hombre que se había convencido a sí mismo de que lo que decía era lo correcto.

—Mi padre enterró esto por una razón. Remover el pasado no va a traer de vuelta a Sergio ni va a cambiar lo que pasó. Si queréis seguir adelante con vuestra investigación, hacedlo. Pero yo no pienso abrir esa puerta.

Nora dejó escapar un bufido incrédulo.

—Increíble —susurró—. Simplemente increíble.

Se levantó de golpe. Caminó hasta la ventana, apoyó las manos en el alféizar y sacudió la cabeza, como si necesitara ordenar sus pensamientos. El pura sangre daba vueltas en el picadero bajo las instrucciones del domador. Cerró los ojos.

—Entonces, ¿qué? —continuó Nora, que se había vuelto hacia Juan—. ¿Vas a seguir fingiendo que no pasó nada? ¿A seguir tapando la mierda de tu familia? ¿A confiar en que la policía resuelva el caso sin la única pieza que podría darles respuestas?

Juan no respondió.

—Dímelo, porque quiero entenderlo —Nora avanzó un paso, su tono cada vez más afilado—. ¿Qué prefieres, Juan? ¿Que encuentren a tu hermano muerto en una cuneta, antes de que el nombre de los Muñoz vuelva a estar en la boca de todos? ¿O que sigan buscando a ciegas mientras tú, sentado aquí, sigues jugando al hijo obediente?

—¡Basta! —bramó Juan, descargando ambas manos sobre la mesa.

El estallido de su voz reverberó en la habitación. Por un segundo, solo se escuchó su respiración agitada. Pero Nora no se movió. Ni parpadeó siquiera. Lo miró con la intensidad de quien no piensa dar un paso atrás.

—No. No voy a callarme —sentenció—. ¿Sabes por qué? Porque ya bastante gente ha callado en esta historia. Porque mientras tú sigues atrapado en la sombra de tu padre, hay un hombre desaparecido y tú te crees con derecho a decidir qué información es importante y cuál no.

Juan abrió la boca para responder, pero ella levantó la mano.

—No importa. No voy a discutirlo más contigo. Si tú no vas a la policía, iré yo.

Y entonces, por primera vez, Juan palideció.

—No.

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—Sí —replicó Nora, con la misma convicción con la que se dice una sentencia—. Llamaré al inspector y le contaré todo. Les diré que hace tres años Sergio intentó abusar de una menor, que hubo una denuncia, que tu padre la enterró y que, si la desaparición de tu hermano tiene algo que ver con aquello, ellos están en la oscuridad porque tú decidiste no abrir la boca.

Juan se puso de pie, con los músculos en tensión.

—No lo harás.

—¿Quién va a impedírmelo? ¿Tú?

Juan sintió cómo la habitación se cerraba sobre él, como si el aire se espesara hasta volverse irrespirable. Nora lo miraba sin pestañear, con esa determinación que no admitía vacilaciones. A su lado, Lobo aguardaba en silencio, sin necesidad de presionar más. Ya no había escapatoria. Juan bajó la mirada y dejó escapar un suspiro largo, derrotado.

—Está bien —dijo al fin, con voz áspera—. Se lo contaré a la policía.

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La habitación estaba en penumbra. Solo la luz del escritorio iluminaba el espacio y proyectaba sombras largas sobre la moqueta. Nora se sentó en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, observando la pantalla sin mover un dedo. Llamar a Fernando no le resultaba difícil. Lo difícil era lo que venía después.

Apretó los labios, respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla.

Él tardó en responder y cuando lo hizo, su voz sonó con un tono despreocupado, como si no sospechara lo que estaba a punto de ocurrir.

—Nora, ¿qué tal por Granada?

—Bien —contestó ella, sin ganas de rodeos—. ¿Y tú?

—Lo de siempre, trabajo y más trabajo. Estaba pensando en lo que dijiste el otro día, creo que necesitábamos hacer ese viaje tú y yo solos. He mirado fechas y creo que podríamos… —Fernando —lo interrumpió ella.

Su marido se calló de inmediato.

—No tiene sentido seguir con esto —dijo Nora, en voz baja pero firme

—. Los dos lo sabemos.

Un silencio pesado cayó entre ellos. Durante unos segundos, solo se

escuchó el eco lejano del tráfico en la calle.

—No sé qué quieres decir —respondió Fernando finalmente, aunque su voz ya no sonaba tan despreocupada.

—Sí lo sabes.

Él exhaló, molesto.

—A ver, Nora, ¿qué pasa ahora? ¿Porque llevo meses intentando arreglar las cosas, y parece que cada vez que doy un paso, tú das dos hacia atrás?

Nora cerró los ojos.

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—No hay nada que arreglar, Fernando. No funciona. Hace tiempo que no funciona.

—¿Por qué? —preguntó él, y esta vez su voz tenía algo más que frustración—. ¿Porque no nos vemos tanto como antes? ¿Porque estamos en fases diferentes? ¿O porque hay otra persona?

Nora abrió los ojos.

—No digas tonterías.

—Ah, ¿no? —Fernando soltó una risa breve y amarga—. Porque últimamente pareces más preocupada por tu nuevo trabajo que por nosotros. O, mejor dicho, más preocupada por Félix Lobo que por mí.

El nombre quedó suspendido en el aire como una amenaza. Nora sintió que algo en su interior se tensaba.

—No mezcles las cosas —respondió, controlando el tono—. Mi trabajo y nuestro matrimonio son dos temas distintos.

—No cuando estás todo el tiempo con él.

—No hagas esto, Fernando —pidió ella, agotada—. No busques culpables. Lo nuestro se rompió mucho antes de que Félix apareciera.

El silencio al otro lado fue largo, denso.

—¿Y ahora qué? —preguntó él finalmente.

Nora pasó la lengua por sus labios secos.

—Creo que lo mejor es que nos tomemos un tiempo.

Fernando río por lo bajo.

—Eso no significa nada, Nora. O quieres irte o quieres quedarte, pero lo de “tomarnos un tiempo” es solo una forma bonita de decir que esto se ha acabado.

Nora no lo negó.

—¿Cuándo has decidido esto? —preguntó él, más serio ahora.

—No lo sé. Supongo que hace tiempo. Solo que ahora… no puedo seguir fingiendo.

Fernando tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz ya no tenía rabia, sino algo más peligroso: resignación.

—De acuerdo.

Nora sintió un nudo en la garganta. No por amor, sino por lo que una vez fueron. Por lo que habían perdido sin siquiera darse cuenta.

—Lo hablamos cuando vuelvas —añadió él, con voz apagada—. No ahora.

—Vale —susurró ella.

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Se despidieron sin palabras, solo con un leve suspiro al otro lado de la línea antes de que la llamada se cortara. Nora dejó el teléfono en la mesilla y se frotó el rostro con ambas manos. No sintió alivio. Tampoco tristeza. Solo un cansancio profundo, como si acabara de cerrar una puerta que llevaba demasiado tiempo entreabierta.

La habitación se quedó en silencio tras la llamada. Nora dejó el teléfono sobre la mesilla con un gesto mecánico. Sintió el peso de cada palabra pronunciada, el vacío de lo que antes fue su matrimonio y ahora no era más que una estructura tambaleante a la espera del empujón final.

Se pasó una mano por el rostro y luego se puso en pie, sin un rumbo claro dentro de aquella habitación que de pronto se le antojaba demasiado pequeña, demasiado cerrada. Sin pensarlo demasiado, caminó hasta la ventana, descorrió las cortinas y abrió. La brisa nocturna entró con los sonidos de la ciudad. Afuera, las luces de Granada titilaban sobre los tejados, reflejándose en los adoquines húmedos de las calles estrechas, donde el murmullo de la gente se mezclaba con el sonido de los motores.

Se apoyó en la barandilla con los antebrazos. Trataba de encontrar en el aire fresco algo que disipara la sensación de ahogo que aún se aferraba a su pecho.

—Tienes mala cara.

La voz grave la tomó por sorpresa. Giró levemente la cabeza y lo vio, en el balcón contiguo, recostado sobre el balcón, con la misma naturalidad con la que parecía observarlo todo sin que nada lo alterara del todo. Félix llevaba la camisa remangada hasta los codos, el primer botón desabrochado, el gesto tranquilo, pero con la mirada demasiado fija en ella, como si su simple presencia bastara para percibir lo que ni siquiera ella misma se atrevía a poner en palabras.

—Estoy bien.

Félix arqueó una ceja con escepticismo antes de girar el rostro hacia la ciudad, como si le diera la oportunidad de reformular su respuesta sin necesidad de insistir.

—No, no lo estás.

Ella sonrió con cansancio, pero no negó sus palabras.

—¿Y qué? ¿Ahora te dedicas a leer mentes?

—No hace falta leer mentes para ver cuando alguien pasa por un mal momento.

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Nora desvió la vista y se fijó en sus manos, en cómo sus propios dedos se aferraban a la barandilla con una tensión que no había notado hasta ahora, como si inconscientemente necesitara sujetarse a algo para no perder el equilibrio.

—Acabo de hablar con Fernando —confesó en voz baja, y aunque no sabía por qué le estaba diciendo aquello, tampoco sintió la necesidad de callarlo.

Félix no dijo nada, no preguntó, no presionó. Solo se limitó a mirarla con esa paciencia suya que a veces era más peligrosa que cualquier pregunta directa.

—Le he dicho que lo nuestro no funciona, que hace tiempo que no lo hace —continuó, sintiendo cómo cada palabra pronunciada hacía que la realidad pesara un poco más sobre sus hombros—. Y él lo ha aceptado. No sé si porque realmente lo ha entendido… o porque ya no le quedan fuerzas para seguir pretendiendo que las cosas pueden arreglarse.

Félix inspiró despacio, pero seguía sin apartar los ojos de ella. —¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿Cómo te sientes?

Nora soltó una risa breve, casi inaudible, como si la pregunta en sí misma le resultara extraña.

—No lo sé —admitió—. Pensé que me sentiría liberada, pero lo único que siento es… vacío.

Félix asintió, como si entendiera la sensación sin necesidad de explicaciones.

—A veces las cosas no se rompen con un estruendo —dijo, con esa voz grave que tenía el efecto de hacer que sus palabras se quedaran grabadas—. Solo se desgastan, hasta que un día miras a tu lado y te das cuenta de que no queda nada.

Nora giró el rostro hacia él y lo observó en silencio, como si de repente hubiera algo más en aquellas palabras, algo que iba más allá de lo que estaban hablando.

—¿Hablamos de mí o de ti?

Félix curvó levemente los labios, pero no contestó.

—Siempre observando —murmuró ella.

—Es lo que se me da bien.

Nora sostuvo su mirada. Percibió claramente la carga invisible que parecía haberse instalado entre ellos sin que ninguno de los dos la hubiera llamado. La brisa nocturna levantó un mechón suelto de su cabello y Félix

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lo siguió con la mirada mientras caía de nuevo sobre su mejilla, el roce casi imperceptible de su piel contra la tela de su blusa…

Ella se movió ligeramente, lo justo para girarse más hacia él, lo suficiente para que la distancia entre ambos se redujera a menos de un metro, un espacio que se antojaba demasiado estrecho, demasiado peligroso.

Los ojos de Félix bajaron un instante a sus labios, sin premeditación, sin intención consciente, pero ella lo vio. Lo sintió. Y en ese preciso momento, el aire pareció distinto, más denso, más cargado, como si de repente el espacio entre ellos tuviera un significado que antes no tenía.

Félix entreabrió los labios, quizá para decir algo, quizá solo porque el momento lo empujaba sin necesidad de palabras.

Pero entonces, el sonido del teléfono rompió el hechizo.

Nora dio un leve respingo y giró la cabeza hacia la habitación, donde el móvil vibraba con insistencia sobre la mesilla.

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El olor. Eso fue lo primero que volvió a su memoria. Una mezcla densa y pesada de perfume barato, casi a gominola, mezclado con sudor rancio y alcohol. Como un muro invisible que le cerraba la garganta. Lo sintió al abrir la puerta de su habitación, como una bocanada de aire viciado que había permanecido atrapado en su mente durante años.

Sergio estaba de pie, inmóvil, con las manos a los lados del cuerpo. Rascaba con las yemas de los dedos la tela del pantalón. Hacía tiempo que había dejado de preguntarse por qué aquel recuerdo insistía en regresar cuando menos lo esperaba. Había noches en que lo asaltaba de golpe y lo arrancaba del sueño entre sudores fríos. Otras veces, se deslizaba en su consciencia como una serpiente silenciosa, que se colaba sin previo aviso en su día y distorsionaba la realidad con ecos de un pasado que nunca había conseguido enterrar del todo.

Se llevó las manos a la cara y respiró hondo. Presionaba los ojos con las palmas. El aire entró en sus pulmones con dificultad, denso y espeso. Como aquella noche.

Granada, hacía ya muchos años. El motor del coche ronroneaba con suavidad en la calle mal iluminada. Afuera, la ciudad se extendía con su maraña de luces, pero para Sergio, dentro de aquel coche, el mundo era reducido y opresivo. Su padre, Francisco Muñoz, iba al volante. Un hombre de mirada dura, piel curtida y olor a tabaco y colonia fuerte. Conducía con la confianza de quien sabe que lo que está a punto de ocurrir es un simple trámite.

—Hoy te conviertes en hombre, chaval —dijo, sin mirarlo.

Sergio tragó saliva. Sospechaba lo que significaba aquella frase. La había escuchado de su padre repetidas veces. Primero, en forma de comentarios lanzados entre risotadas cuando tenía diez u once años: “Cuando te llegue el momento, ya verás. Una buena mujer es lo que hace

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falta para hacerse un hombre de verdad”. Luego, a medida que creció, el tono se hizo más serio, más categórico. Su hermano mayor había pasado por lo mismo a los dieciséis y su padre estaba orgulloso de cómo se había comportado el chaval. Y ahora le tocaba a él.

Intentó protestar. Balbuceó algo sobre no estar listo, sobre no querer hacerlo de esa manera. Francisco giró la cabeza apenas un segundo, lo justo para que su hijo sintiera en la piel la amenaza de su mirada.

—¡No me jodas, Sergio! —gruñó—. A tu edad, yo ya sabía lo que era tener una mujer entre las piernas.

Sergio bajó la vista. La mandíbula le temblaba, pero la apretó con fuerza. Si decía algo más, si insistía en su negativa, su padre lo consideraría una humillación. Un hombre no se echa atrás. Esa era una de las frases favoritas de Francisco Muñoz, repetida una y otra vez con la certeza de una sentencia bíblica.

El coche se detuvo junto a un edificio de fachada gris y ventanas con rejas. Un cartel de neón parpadeaba sobre la puerta, con un centelleo de luces de colores sobre la acera. Desde dentro, un murmullo de voces y risas roncas flotaba en el aire, mezclado con la melodía distorsionada de música ambiente.

—¡Baja!

Sergio se quedó pegado al asiento. Las manos aferradas a los vaqueros, los pulmones contenían un aire espeso que no se atrevía a soltar. La mano de su padre cayó sobre su nuca. No fue violento, pero lo suficiente para sacudirlo.

—No me hagas perder el tiempo, chaval.

El nudo en el estómago se apretó más. Salió del coche con las piernas entumecidas, bajo el peso de la mirada de su padre a la espalda, dura, expectante. Un tipo grande con barba de varios días estaba sentado en un taburete a la entrada del local. Saludó a su padre y les abrió la puerta. Atravesaron una cortinas negras y Sergio sintió que cruzaba a un mundo nuevo que no deseaba conocer.

Adentro, una atmósfera pegajosa, cargada de humo y perfume barato le golpeó los sentidos. La luz era escasa, tamizada por lámparas con pantallas opacas. Un par de hombres estaban apoyados en la barra, bebiendo algo oscuro en vasos cortos. Las miradas de estos convergieron sobre ellos. Sergio bajó la cabeza. Al fondo, sofás desgastados y figuras femeninas

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recostadas sobre ellos, con posturas que se mezclaban entre la pereza y la invitación.

Los acordes de una guitarra rasgaron el aire pesado del local. Una melodía lenta, arrastrada, con el eco de un verano perdido en algún lugar del pasado.

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto…

Las luces tenues, el humo que flotaba como un espectro por el techo, el perfume barato que se pegaba en la piel. Aquella melodía… todo lo oprimía, lo rodeaba, lo devoraba. Francisco Muñoz le dio un codazo en las costillas.

—¡No me hagas quedar como un imbécil! —murmuró, amenazante y sin mirarlo.

Sergio sintió cómo el calor le subía al cuello, pero no era vergüenza. Era algo peor. Pánico. Unas gotas de orín se le escaparon. Francisco se adelantó y saludó con un leve cabeceo a un hombre grueso, de camisa abierta y abundante vello rizado, sudoroso, que contó el dinero que le había dado su padre y a su vez sacó un fajo de billetes del bolsillo y los dobló entre sus dedos, antes de señalar con la barbilla a una mujer de vestido rojo.

—Es su primera vez —dijo Francisco con una sonrisa orgullosa.

La mujer se levantó despacio. Tendría unos treinta años. Ojos pintados de negro, boca roja, una mueca que intentaba parecer sonrisa.

—Ven, cariño.

Sergio no se movió. Notó el aliento de su padre en la oreja, un susurro cargado de amenaza.

—¡No me hagas quedar en ridículo! —repitió.

La mujer avanzó con la desgana de quien ha repetido el mismo gesto cientos de veces. Sus tacones sonaron huecos sobre el suelo pegajoso, al ritmo de la melodía que citaba las horas de la madrugada.

Su vestido ceñido ya había visto demasiadas noches y demasiadas manos recorriéndolo. El escote revelaba más de lo que ocultaba, y en los hombros quedaban restos de purpurina gastada, como una huella borrosa de lo que alguna vez fue un intento de brillo.

Su cabello estaba teñido de un rubio apagado y las raíces oscuras asomaban sin disimulo. Sus labios, marcados de un rojo intenso que se

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salía apenas en una comisura, se curvaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—¿Este es el chaval? —preguntó con voz ronca y la cadencia arrastrada de quien ha fumado demasiado.

Se cruzó de brazos y luego lo observó con descaro, de arriba abajo, como si inspeccionara la mercancía antes de decidir si valía la pena. Acabó con una carcajada breve, seca.

—Ay, pero si parece que no tiene ni catorce. —Se giró hacia el hombre de la camisa abierta—. ¿Seguro que ya le han salido pelos ahí abajo?

La carcajada bramó en la garganta del tipo, pero murió rápido cuando Francisco Muñoz le lanzó una mirada fulminante. Sergio sintió que el aire se volvía irrespirable.

Ella chasqueó la lengua, meneó la cabeza con una expresión burlona y se acercó a poca distancia de Sergio. Sus uñas largas, con esmalte desconchado, se posaron en la mejilla del chico en una caricia fingida.

—No te preocupes, cielo. Te voy a enseñar bien.

La mujer dejó caer con desgana la mano de su mejilla y exhaló el humo invisible de un cigarro que no tenía.

—¡Venga, bonito, que no tengo toda la noche!

Sergio no se movió. Francisco resopló con fastidio, como si estuviera viendo a un cachorro inútil incapaz de cruzar la calle. Puso una mano firme en la nuca de su hijo y lo empujó hacia adelante.

—¡Haz lo que te diga y no me hagas quedar en ridículo!

El corazón de Sergio galopaba como un tambor desbocado. Tragó saliva y, con pasos torpes, siguió a la mujer mientras el aire denso del local se enredaba en su garganta como una telaraña.

Ella caminaba sin prisa, con un contoneo de caderas mecánico, ensayado miles de veces. El pasillo era estrecho, con paredes forradas de un terciopelo barato y sucio que absorbía la poca luz de las bombillas. Cada puerta que pasaban tenía la pintura descascarada y una placa con un número en relieve. La de ellos era la 7. Ella la empujó con la punta del zapato y encendió la luz.

—¡Pasa!

Francisco entró detrás de ellos y cerró. Sergio sintió que el aire desaparecía. Era una habitación pequeña y calurosa, con un olor a humedad mezclado con perfume empalagoso y un rastro de tabaco frío. Una lámpara de mesilla emitía un resplandor anaranjado sobre las paredes

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desnudas. Contra una de ellas, una cama de colchón hundido. A un lado, un espejo con manchas de óxido en el marco reflejaba la escena, con una distorsión cruel.

Sergio miró el suelo. Quería que lo tragara.

—¿Se va a quedar? —preguntó la mujer, arqueando una ceja mientras encendía un cigarro invisible entre sus dedos.

Francisco se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.

—Quiero asegurarme de que lo hace como un hombre.

La mujer rio con burla.

—Como si el chico tuviera muchas opciones.

Se volvió hacia Sergio, que estaba clavado en el sitio, con la vista fija en el estampado roído del edredón.

—Bueno, chaval, tú déjate hacer y en diez minutos habremos acabado. Dio un paso hacia él y, con una familiaridad forzada, le desabrochó el botón de la camisa. El aliento le apestaba a tabaco. Sergio se estremeció.

Sus dedos se crisparon a los lados de su cuerpo.

—¡Vamos, cielo! —Su voz era una mezcla de cansancio y condescendencia—. No me hagas trabajar más de la cuenta.

Él se sintió atrapado en su propio cuerpo. Un frío pegajoso le cubrió la piel y su respiración se volvió errática. La mujer empezó a besarle el torso mientras le desabrochaba el pantalón. Su boca recorrió el estómago hasta encontrar la entrepierna de Sergio. Lo intentó durante algunos minutos hasta que finalmente chasqueó la lengua, se giró hacia Francisco y dijo con una sonrisa sarcástica.

—Nada, que el niño no responde.

Francisco endureció la mandíbula.

—Haz lo que te dice.

Sergio no podía. Las piernas le temblaban. Un zumbido se instaló en su cabeza, mezclándose con la voz de la melodía que aún se colaba desde el pasillo.

Se nos fue la vida…

El estribillo llegó como una sentencia. La mujer suspiró y se apartó, encogiéndose de hombros.

—Lo siento, guapo. Yo milagros no hago.

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Francisco exhaló con furia y cruzó la habitación en dos zancadas.

Agarró a Sergio del brazo con fuerza.

—¿Me estás tomando el pelo?

Su voz era grave, llena de una rabia contenida que amenazaba con explotar. Sergio no pudo responder. No había palabras, no había escape. Solo una habitación con la puerta cerrada y un reflejo en el espejo que ya no reconocía.

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El sol había salido y secaba el empedrado de la Carrera del Darro. Los vendedores descorrían los toldos de sus puestos y algunos turistas empezaban su dura jornada de descubrir la ciudad. Nora escoltaba a Félix que había decidido salir algo antes para poder caminar y centrar sus pensamientos. Pasaron junto a los puentes de Cabrera y Espinosa que habían llegado hasta nuestros días intactos y antes innumerables edificios de los siglos XVI y XVII. Nora lo hizo detenerse frente a El Bañuelo, los baños árabes mejor conservados de España y uno de los monumentos más antiguos de Granada. Se apoyó en la piedra, con la respiración algo acelerada.

—Dame un segundo, mi niño, que parece que estamos haciendo una carrera.

Félix se detuvo sin mirarla.

—Pensaba que te gustaba madrugar.

—Madrugar, sí. Que me arrastres cuesta arriba por media Granada, no tanto.

Siguieron andando en silencio, cruzaron la Placeta de Santa Ana y subieron los últimos metros hasta la comisaría. El vestíbulo estaba lleno de adolescentes, probablemente estudiantes de bachillerato de algún instituto del barrio. Nora supuso que estarían de visita escolar, ya que una veintena de chavales de esas edades tenían otros sitios mejores para acudir si se habían saltado las clases. Se arremolinaban inquietos delante de las barreras de seguridad mientras un profesor les repartía las acreditaciones de visitante e intentaba en vano que se las colgaran del cuello. Tenía claro que no iba a ser del agrado de Lobo cuando se viera obligado a surcar esa marea de hormonas adolescentes.

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—¡Joder, Juanjo, cuélgatela, que no te va a dar alergia! —protestó una chica con el pelo recogido en una coleta alta, mientras le lanzaba la credencial a un compañero que la esquivó con un gesto teatral.

—No, pero me quema, tronca. Esto es como el collar de un perro. Nos tienen fichados ya, ¿eh? Como te portes mal en el súper, te localizan con los satélites de Musk —replicó el tal Juanjo, con una sonrisa ladeada.

Su tono arrancó algunas carcajadas en el grupo, mientras el profesor — un hombre de mirada resignada y chaqueta de tweed pasada de moda— intentaba recuperar algo de autoridad.

—¡Juanjo, por favor, no hagas el payaso! —murmuró, frotándose el puente de la nariz como si aquello fuera un calvario personal.

Juanjo sonrió aún más y, en lugar de obedecer, se colgó la acreditación de la muñeca como si fuera un reloj de lujo. Lobo observó la escena desde la distancia, con los labios apretados y la mano aferrada a su bastón, como si el contacto con aquel aire viciado pudiera contaminarle.

Tuvo la sensación de percibir el olor a sudor de los chiquillos, a pesar de la distancia prudencial que procuraba mantener. La sola idea de una veintena de adolescentes pululando por la comisaría le revolvía el estómago. La adolescencia era una fase de la vida que le inspiraba tanto respeto como repulsión: energía sin control, hormonas desbocadas y una higiene personal que, en la mayoría de los casos, dejaba mucho que desear. Empezó a sentir que el hedor le envolvía como una manta.

Uno de los chavales estornudó con violencia, sin molestarse en cubrirse la boca.

Lobo sintió un escalofrío de puro asco que le recorría la nuca. Instintivamente, deslizó la mano hacia el bolsillo interior de su gabardina, donde guardaba un pequeño bote de gel hidroalcohólico. La idea de la existencia de miles de gérmenes que flotaban en el aire, aferrándose a las superficies y que se multiplicaban en una vorágine invisible, lo aterraba más que la visión de un cadáver.

—¿Te pasa algo, mi niño? —susurró Nora, que había captado su gesto de alarma.

—Me pregunto cuántas enfermedades infecciosas han traído consigo —respondió él en voz baja, desenroscando el tapón del gel con un movimiento meticuloso.

Antes de poder aplicárselo, una figura se interpuso en su camino: el mismísimo Juanjo, que se había adelantado del grupo, con una sonrisa

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confiada.

—Eh, señor, ¿puedo probar su bastón? Está guapísimo. Parece sacado de una movida de Peaky Blinders. Le falta la gorra.

Lobo entrecerró los ojos y, sin responder, apoyó la base del bastón contra el suelo con un leve toque, como si evaluara su solidez.

—Venga, tío, que solo quiero ver cómo pesa… —insistió el chaval, que le acercaba una mano.

Lobo se apartó con un paso sutil pero firme, como si la proximidad de aquel ser lleno de bacterias pudiera ser letal.

—El respeto es una virtud que se adquiere con la edad, pero en algunos tarda demasiado en llegar —musitó con frialdad.

Juanjo, lejos de amedrentarse, sonrió con picardía y alzó las manos en señal de rendición.

—Tranquilo, señor, que no quería faltarle. Solo estaba bromeando.

Pero sí que tiene usted rollo de villano de película.

Nora soltó una carcajada.

—Eso es porque todavía no lo has visto cabreado, mi niño. Créeme, no es una película que te gustaría ver.

El chaval la miró de reojo, mientras calibraba sus palabras. Por primera vez, parecía dudar si continuar con la gracia.

Desde la entrada, el profesor alzó la voz.

—¡Juanjo, vuelve al grupo!

El chico le lanzó un último vistazo a Lobo, con la curiosidad propia de quien acaba de encontrarse con un espécimen raro. Luego giró sobre sus talones y regresó al grupo de estudiantes. Nora ladeó la cabeza y observó a Lobo con fingido desdén, aunque una sonrisa traviesa se le dibujó en los labios.

—A veces me pregunto si de pequeño te mordió un vampiro, Lobo.

Eso explicaría muchas cosas.

Él, que frotaba la cabeza de su bastón con el pulgar, se limitó a alzar una ceja.

—¿A qué te refieres, Delgado?

—A ese pavor tuyo por el contacto humano, mi niño. Casi te ha dado un ataque cuando ese chiquillo ha respirado cerca de ti.

Lobo suspiró, como quien ya ha tenido esa conversación demasiadas veces.

—No es pavor. Es prudencia.

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—Prudencia, dice… —Nora resopló, cruzando los brazos—. Más bien una fobia digna de un documental de National Geographic.

Antes de que él pudiera replicar, la voz de un agente desde la garita de seguridad los llamó:

—El inspector Robles los espera en su despacho, en la cuarta planta.

Tienen que pasar por el control.

Nora asintió y tiró suavemente de la manga de Lobo para que se moviera, pero él se quedó anclado en el sitio al ver la fila de estudiantes. Estaban justo delante del detector de metales. Se removían con sus mochilas, empujándose entre risas y alargando el proceso más de lo humanamente soportable.

—No pienso meterme en un ascensor con esa horda —sentenció Lobo que apretaba con fuerza el bastón contra su palma.

Nora puso los ojos en blanco.

—¿Hablas en serio? El despacho de Robles está en la cuarta planta. —Algo de ejercicio nos vendrá bien. Es mucho más saludable subir

por las escaleras.

—¿Saludable para quién? Porque a mí lo único que me va a dar es un coraje.

—Siempre puedes esperarme arriba.

—Anda y que te…

Nora cortó la frase y se limitó a seguirle, maldiciendo entre dientes. Aquel hombre tenía la misma capacidad de cautivarla como de desquiciarla en un instante. Subieron el primer tramo de escaleras en silencio, pero al llegar al segundo, mientras intentaba no tropezar con su propio pie, los recuerdos la golpearon con la fuerza de un puñetazo.

La primera vez que recorrió un edificio de la Guardia Civil, con bata blanca y las manos sudorosas, convencida de que no encajaba allí. Se veía joven y torpe, aunque los demás la llamaran promesa. Promesa de qué, se preguntaba, si apenas había podido pegar ojo en toda la noche y tenía unas ganas terribles de vomitar.

Un pasillo estrecho, tubos fluorescentes parpadeantes, hombres de uniforme que la miraban con curiosidad. “La nueva”, murmuraban. “La gaditana”.

Entonces llegó su primer caso. Ahí empezaría el calvario con su superior.

—¿Nora?

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Lobo la observaba desde un peldaño más arriba. Ella parpadeó y retornó al presente.

—¿Qué?

—Te has quedado quieta.

Ella sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Nada. Cosas mías.

Cuando llegaron al pasillo de la cuarta planta, Nora apenas podía recuperar el aliento. Lobo, en cambio, estaba impoluto, sin una gota de sudor. Maldito fuese.

—Un día de estos, te haré entrar en un ascensor, aunque lo compartamos con una manada de adolescentes sudorosos con un ataque de tos. Lo juro por mis santos ovarios.

Él sonrió levemente.

—Tendrás que atraparme primero, Delgado.

Lo que más le molestaba a Nora era que Félix, por su parte, estaba como si nada. Solo se detuvo un instante para sacar un pañuelo de tela del bolsillo y secarse las manos, como si el mero hecho de haber pasado por la comisaría lo hubiera contaminado. Nora tocó a la puerta con los nudillos.

—¡Adelante! —gruñó una voz grave desde dentro.

Robles estaba detrás de su escritorio. Tenía los pómulos marcados, la mandíbula cuadrada y los ojos oscuros que se clavaron en ellos en cuanto cruzaron el umbral. Cerró una carpeta y apoyó las manos en la mesa, como si estuviera conteniéndose para no estrellarla contra la pared.

—¡Siéntense! —ordenó.

Nora y Lobo intercambiaron una mirada antes de tomar asiento. La piel alrededor de los ojos del inspector estaba más oscura y su expresión oscilaba entre el enfado y el cansancio de quien llevaba demasiado tiempo detrás de una presa que siempre se le escapaba.

—Vamos a ahorrarnos formalidades —empezó Robles, con voz áspera

—. No me gusta que anden metiendo las narices en mi caso, pero lo que realmente me jode es que parezcan saber más que yo.

Nora cruzó las piernas y apoyó los brazos en los reposabrazos de la silla, relajada.

—Nosotros solo seguimos pistas, inspector. Si hemos descubierto algo que ustedes no, tal vez el problema no sea nuestro.

Robles le dirigió una mirada helada, luego deslizó una carpeta sobre la mesa.

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—¿Les suena este nombre? —preguntó con sequedad.

En la carpeta se veía una fotografía de un hombre de cuarenta y tantos, con el cabello rapado y una mirada dura. Abel Salcedo. Hermano del secuestrador muerto.

—Sabemos que tuvo contacto con Simón Salcedo antes de la desaparición de Sergio Muñoz —continuó Robles—. Sabemos que no ha dicho toda la verdad. Y sabemos que, hasta ahora, ustedes han ido dos pasos por delante. Así que… ¿qué coño saben que yo no sepa?

Lobo se acomodó en la silla y entrelazó las manos sobre el bastón.

—Si supiéramos más que usted, inspector, no estaríamos aquí.

Robles soltó una risa sin humor y se inclinó hacia adelante.

—No me hagan perder el tiempo, porque lo que menos tengo es paciencia. Si creen que pueden llevar esta investigación como les dé la gana, les aviso: el día que las cosas se tuerzan, yo no voy a caer con ustedes. Ustedes serán los primeros en pagar el pato.

Nora arqueó una ceja.

—¿Nos está amenazando, inspector?

—No, Delgado —Robles le sostuvo la mirada, con una sonrisa afilada

—. Les doy la oportunidad de que se quiten del medio, antes de que todo se vaya a la mierda. Porque si algo sale mal, la prensa va a querer un culpable, y créanme, yo sé cómo ofrecerles uno.

Lobo sonrió levemente, como si la amenaza apenas le interesara. —No se preocupe, inspector. Cualquier avance se lo notificaremos. Robles resopló y se pasó una mano por la cara. Se veía agotado. Se

inclinó hacia atrás en su silla. Los observaba como si intentara decidir si estrangularlos o aprovecharse de su ventaja.

—Si descubren algo nuevo… no sean idiotas. Tráiganmelo antes de que tenga que sacárselo por la fuerza.

Nora asintió lentamente. —Queda claro.

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Sergio había terminado con un excelente expediente la carrera de Historia y había conseguido unas de las mejores notas en la oposición a profesor de educación secundaria y bachillerato, en la Comunidad Andaluza. Cuando llegó su primer destino, un instituto en un pueblo blanco de la provincia de Cádiz, sintió un alivio inesperado. Granada quedaba atrás, con su familia, sus obligaciones y la sombra omnipresente de su padre. Allí, en un rincón donde nadie lo conocía, podía empezar de nuevo.

Alquiló un pequeño apartamento en las afueras, lo justo para dormir y tener su escritorio con libros apilados en desorden. Las primeras semanas transcurrieron en una rutina casi monástica: clases por la mañana, corrección de exámenes por la tarde y largos paseos hasta que caía la noche. Pero la soledad, esa que al principio le pareció un refugio, comenzó a hacerse pesada.

El Internet se convirtió en su única compañía. Primero fueron las noticias, luego foros de historia donde discutía con desconocidos sobre batallas olvidadas. Después, llegó el porno. No era nuevo para él, como para casi nadie, pero lo que al principio era una distracción ocasional empezó a convertirse en un hábito nocturno.

Las páginas gratuitas ofrecían una gran variedad de temáticas, pero pronto se le quedaron cortas. Necesitaba más. Algo distinto, algo que lo hiciera sentir una emoción más fuerte. Sus suscripciones se fueron diversificando, primero en plataformas premium, después en foros privados donde se intercambiaban vídeos que prometían experiencias más intensas. Al principio se convencía de que solo era curiosidad. ¿Dónde estaba el límite? ¿Hasta qué punto podía sorprenderse? Pero no tardó en darse cuenta de que no se trataba de sorpresa, sino de una espiral. Cuanto más veía, más necesitaba.

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Las noches se hicieron cada vez más largas. La luz azul de la pantalla iluminaba su rostro hasta la madrugada, hasta que el sueño lo vencía con los auriculares aún puestos. Por las mañanas se sentía pesado, con la cabeza nublada, pero se obligaba a seguir adelante. El problema real llegó cuando la línea entre la pantalla y la vida real comenzó a difuminarse.

Un día, tras una jornada agotadora en el instituto, Sergio salió a tomar una copa al único bar del pueblo, donde no se sentía fuera de lugar. Se sentó en la barra, pidió un whisky y dejó que la conversación ajena flotara a su alrededor como un murmullo lejano. Entonces la vio.

Era joven, no más de veinte años, con el cabello oscuro recogido en una coleta y una chaqueta de cuero que contrastaba con su aire despreocupado. Reía con dos amigas, pero en un momento, su mirada se cruzó con la de él. Fue un instante, pero suficiente.

Algo dentro de Sergio se activó. No fue deseo, ni siquiera atracción en el sentido habitual. Fue otra cosa. Algo más oscuro. Desde ese día, empezó a buscarla. A asegurarse de que sus caminos se cruzaran. Y cuando ella le devolvía una sonrisa, su pecho se hinchaba con una satisfacción primitiva. Como si por fin tuviera el control de algo.

No sabía hasta dónde iba a llegar. Tal vez ni siquiera se lo planteaba. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba jugando a algo más grande que él. Fantaseaba manteniendo relaciones sexuales con aquella chica. Se convirtió en una obsesión.

Y eso, en vez de darle miedo, le producía un placer difícil de explicar. Su adicción no iba más que en aumento. Descubrió una red de pago rusa en la que se podía contactar con mujeres jóvenes de los países antaño englobados en la URSS y con las que podía intercambiar charlas, fotos y vídeos con todo tipo de contenido. Aquella red fue devorando las horas de Sergio, hasta el punto de absorber su vida en una falsa realidad virtual.

Esa red le permitió adentrarse en un mundo nuevo dónde tenía al alcance de su mano todo tipo de contenido ilegal, pirateo y pornografía. Con la llegada de los traductores en línea y los recursos económicos gracias al dinero de su madre, los contactos fueron cada vez más fáciles. Pronto descubrió páginas privadas donde chicas jóvenes posaban sin ropa, en poses eróticas. El cuerpo de Sergio cada vez pedía más, necesitaba traspasar barreras que creía infranqueables, y acabó en la Deep web, donde el material pedófilo circulaba sin problemas de censura o control.

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Sergio sabía que actuaba mal, que no debía volver a conectarse a esas páginas, pero cada vez con más frecuencia abandonaba el porno común para adentrarse en el oscuro mundo de la Deep web, dónde no había límites.

Cuando llegó la primavera, las alumnas empezaron a vestirse con unas ropas que consideraba totalmente inapropiadas. Faldas que apenas les rozaban los muslos, camisetas de tirantes que dejaban ver los hombros desnudos y que marcaban sus pequeños pechos en desarrollo; vaqueros tan ajustados que parecían una segunda piel. Se sentaban en los pupitres con naturalidad, recogían el pelo en coletas altas que dejaban al descubierto la curva suave de la nuca. Todo parecía diseñado para distraer, para provocar.

Al principio, Sergio intentó convencerse de que era una exageración suya, que solo eran adolescentes que seguían la moda, ajenas a cualquier otra intención. Pero en cuanto entraba en clase y las veía moverse, reír entre susurros, inclinarse con despreocupación sobre los cuadernos, algo dentro de él se tensaba. Era absurdo. Él era el adulto. El profesor. Pero su cuerpo reaccionaba antes de que su mente pudiera controlarlo.

Se obligaba a no mirar demasiado. Mantenía los ojos fijos en la pizarra, en los libros, en cualquier punto de la sala que no fuera el brillo de la piel expuesta o el movimiento despreocupado de una pierna que se balanceaba bajo la mesa. Pero cuanto más lo reprimía, más consciente era de ello.

No era su culpa, se decía. No deberían vestirse así en un aula. La educación requería normas, disciplina, recato. Las alumnas carecían de pudor. Se presentaban en clase con camisetas cortas que dejaban ver el ombligo, con escotes pronunciados que apenas disimulaban nada cuando se inclinaban a escribir. ¿Acaso no se daban cuenta? ¿O lo hacían a propósito?

Algunas, pensaba, disfrutaban de la atención. Notaba cómo ciertas alumnas lo miraban más de la cuenta, con esa mezcla de desafío y curiosidad. Sonrisas apenas insinuadas, miradas que parecían medir sus reacciones. ¿Se estarían riendo de él? ¿Sospecharían algo?

El simple hecho de imaginarlo le provocaba un sudor frío.

Desde que había empezado a trabajar en aquel instituto, se había impuesto normas estrictas: no cruzar ciertas líneas, no dejarse llevar por pensamientos fuera de lugar. Pero últimamente, le costaba más. Las

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imágenes de las noches frente a la pantalla volvían en los momentos más inoportunos. Se odiaba por ello. Se prometía que no volvería a pasar.

Pero pasaba. Y el problema no era solo lo que veía en ellas. Era lo que eso despertaba en él.

Un día, mientras explicaba la Revolución Industrial, una de las alumnas se removió en su asiento y estiró los brazos con pereza. La tela de su camiseta se deslizó apenas unos centímetros, lo justo para dejar ver un fragmento de piel donde el sol había dejado un ligero tono dorado y la curvatura incipiente del pecho.

Sergio sintió un hormigueo de calor recorriéndole la nuca, un cosquilleo en los genitales. Se aclaró la garganta, apartó la mirada y fingió no haberlo notado. La tensión sexual se acumulaba de forma incesante. Era tal el grado de excitación, que tuvo que masturbarse en uno de los baños del instituto. Al acabar, decidió que no podía seguir así. Pero las cosas, lejos de mejorar, no hicieron más que empeorar.

El teléfono vibró sobre la mesa cuando Nora terminaba de anotar unas observaciones en su libreta. Al ver el nombre en la pantalla, resopló y deslizó el dedo para aceptar la llamada.

—Dime, mi niña.

—Ven a mi casa. Ya.

El tono de Lykaina la hizo fruncir el ceño.

—¿Lo has conseguido? —preguntó Nora, enderezándose en la silla. —Sí. Y créeme, Delgado, esto no es algo que quieras discutir por

teléfono.

—Joder, mi niña, no seas tan dramática. ¿Qué has encontrado?

Un breve silencio. Después, la voz de la hacker llegó más baja, como si mirara por encima del hombro antes de hablar:

—Algo que va a hacer que desees no haberme pedido que desbloqueara esta tarjeta.

Nora sintió un escalofrío.

—No estoy para juegos. ¿De qué coño estás hablando?

—De algo que revuelve las tripas, de lo ruin que puede llegar a convertirse el ser humano y que demuestra que los Muñoz son una familia de monstruos.

—Lykaina, me estás poniendo de los nervios.

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—Bien. Entonces hazme caso y ven ahora mismo.

El Realejo se presentó ante ellos como un dédalo de callejuelas encaladas, un laberinto que olía a historia. No era difícil imaginarse aquel barrio en otra época, cuando sus piedras guardaban las pisadas de los judíos sefardíes antes de su expulsión en 1492. Ahora, en cambio, los muros desconchados convivían con fachadas renovadas, terrazas modernas y pequeños cafés de estética bohemia donde jóvenes con portátiles tejían historias o diseñaban el próximo proyecto de sus vidas.

Lobo avanzaba con su andar parsimonioso, el bastón marcando el ritmo sobre los adoquines. A su lado, Nora se acomodó la bufanda al cuello.

—A Lykaina no le vendría mal mudarse a un sitio con menos cuestas —resopló.

Lobo arqueó una ceja.

—Pensé que te gustaba el encanto de los barrios históricos.

—Lo que me gusta es llegar viva a mi destino. ¿Tú sabes la penitencia que es subir hasta su casa? Esto parece el Camino del Calvario.

Lobo esbozó lo que parecía una sonrisa.

—Y yo que pensaba que en la academia nos enseñaban a resistir. —Nos enseñaban a capturar a los delincuentes y a aguantar noches en

vela, no a subir trescientas calles empinadas, en una ciudad diseñada para que la gente se replantee cada paso de su vida antes de darlo.

Continuaron en silencio. Las luces anaranjadas de las farolas creaban sombras largas en las fachadas. Un gato negro cruzó de un salto el callejón y desapareció entre dos coches aparcados.

—Sergio Muñoz —murmuró Nora, más para sí misma que para él—.

Todo apesta.

—Así es —sentenció Lobo.

Nora giró la cabeza y lo miró con atención.

—No recuerdo haberte visto convencido tan pronto.

Lobo se detuvo un segundo para ajustar la posición de su bastón antes de continuar.

—A veces, la intuición y la lógica van de la mano. Muñoz creció bajo la sombra de un padre que lo menospreciaba, un tipo que lo trataba como

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una decepción desde niño y que a los dieciséis lo llevó a estrenarse en un acto traumático con una prostituta.

Nora suspiró.

—Hay que joderse. Con un padre así, lo raro habría sido que saliera bien.

Lobo se encogió de hombros.

—Somos lo que elegimos ser.

—Eso lo dices tú, que naciste con un carácter de acero. Pero a ver cómo le explicas eso a un crío que solo ha recibido indiferencia o desprecio.

Lobo se detuvo y la miró con su gesto más imperturbable.

—Cada uno decide su camino, Delgado. No todos los que han tenido una infancia difícil se convierten en monstruos.

Nora resopló, pero no discutió. El edificio de Lykaina apareció al final de la cuesta. La fachada moderna destacaba entre las construcciones más antiguas del barrio, pero la verdadera prueba estaba dentro: el quinto piso sin ascensor.

—A ver si esta vez no muero en el intento —bufó Nora.

—Sería un final decepcionante para una exitosa carrera como detective.

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Sergio empezó a navegar cada vez con más asiduidad por la dark web en busca de contenido sexual con menores. En un grupo dónde se intercambiaba todo tipo de material, conoció a Antonio. Al principio, Antonio no era más que un nombre en un chat cifrado, un usuario con un avatar genérico y frases cortas, escritas sin prisa, como si midiera cada palabra. No era como los otros, esos que entraban y salían para compartir vídeos, enlaces y comentarios sin filtro. No. Antonio observaba. Esperaba.

—No eres muy discreto —fue lo primero que le dijo, después de varios días en los que Sergio había publicado sin demasiada cautela.

Sergio sintió un escalofrío. No era la clase de mensaje que esperaba.

—¿A qué te refieres? —tecleó, con los dedos tensos sobre el teclado.

Pasaron varios minutos antes de que llegara la respuesta.

—A que, si sigues así, te van a cazar en menos de un mes.

Sergio tragó saliva. Miró la pantalla, indeciso. No era un novato, sabía cómo borrar rastros, cómo enmascarar su IP, pero aquel tipo hablaba con la seguridad de alguien que sabía más que él.

—¿Y tú qué sabes?

La respuesta llegó casi al instante:

—Más de lo que crees.

Sergio dudó. Su instinto le decía que no siguiera el juego, que saliera de aquel chat y se olvidara del tipo, pero la curiosidad lo carcomía.

—Entonces dime. ¿Qué estoy haciendo mal?

Antonio tardó en responder, como si disfrutara alargando la espera. —No aquí. Esto es demasiado público. Instala Heimdall y búscame. Sergio frunció el ceño. Heimdall era una red aún más oscura dentro de

la dark web, un nido de depredadores y criminales, un pozo sin fondo del que pocos volvían. Dudar era de cobardes, y él no era un cobarde.

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Horas después, cuando por fin logró acceder al nuevo canal, Antonio ya lo esperaba.

—Bienvenido al otro lado —le escribió—. Ahora dime, ¿quieres mirar… o quieres algo más?

Sergio se humedeció los labios. Sus manos temblaban sobre el teclado.

Había cruzado una línea de la que ya no podría regresar.

Quedaron en un bar en Sevilla. Un local pequeño y oscuro en la periferia de la ciudad, lejos del centro y de cualquier lugar donde cruzarse con caras conocidas. Sergio no olvidaría jamás ese primer encuentro.

Cuando entró, tuvo la sensación de haberse equivocado de sitio. La barra, de madera envejecida, mostraba las cicatrices de décadas de uso, marcada por vasos mal apoyados y manos impacientes. Las paredes estaban cubiertas de carteles antiguos de marcas de coñac y tabaco, y un par de parroquianos silenciosos bebían sin mirarlo. Nadie se giró. Nadie pareció notar su presencia. Un lugar sin cámaras, sin curiosos. Como si hubiera sido diseñado a medida para que nadie recordara quién había estado allí.

Antonio estaba al fondo, en un reservado con un solo foco de luz tenue sobre la mesa. No necesitó indicarle quién era. Sergio lo supo en cuanto lo vio.

Vestía con una elegancia que contrastaba con el resto del bar: chaqueta oscura bien cortada, camisa blanca sin corbata, un reloj caro pero discreto en la muñeca. No era un tipo especialmente atractivo, pero tenía presencia. Algo en su forma de estar allí, en la forma en que sostenía el cigarro entre los dedos, transmitía la calma de alguien que sabe que nunca tiene que justificar lo que hace.

Sergio se acercó, con cautela.

—Siéntate —dijo Antonio, sin siquiera mirarlo.

Obedeció.

Un camarero apareció de repente y dejó dos vasos con hielo y una botella de whisky sobre la mesa. Antonio sirvió sin preguntar. Bebió un sorbo, luego se recostó en la silla y por fin lo observó con atención.

—No pareces tan idiota en persona.

Sergio tragó saliva, pero intentó no mostrarse nervioso.

—No lo soy.

Antonio sonrió con desgana.

—Eso está por ver.

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Encendió otro cigarro con una calma irritante y dejó que el humo flotara entre ellos. Sergio sentía que tenía que decir algo, pero no quería parecer ansioso. Antonio lo analizaba con el mismo interés con el que un hombre observa un coche antes de comprarlo.

—¿Sabes por qué te cité?

—Porque tengo potencial —respondió Sergio, con más seguridad de la que sentía.

Antonio soltó una risa breve.

—No. Te cité porque eres como un niño que juega con una caja de cerillas, sin saber que está rodeado de gasolina. Y si no aprendes, te vas a prender fuego.

Sergio sintió una mezcla de orgullo herido y fascinación.

—Estoy aquí para aprender.

Antonio lo miró un segundo más, luego asintió y tomó otro sorbo de whisky.

—Bien. Porque una vez que cruces esta puerta, ya no hay vuelta atrás. Sergio inclinó ligeramente la cabeza, expectante. Antonio sonrió por

primera vez. No era una sonrisa amigable.

—Dime, Sergio ¿estás listo para ser exactamente quien realmente eres? Sergio no contestó de inmediato. El hielo crujió en su vaso. Su reflejo en el cristal de la ventana le devolvió la mirada de un hombre que aún no

sabía si había tomado la mejor decisión de su vida, o la peor.

Lykaina tenía el cuerpo desencajado. Los vídeos de aquella tarjeta SD eran, con diferencia, lo más asqueroso y denigrante que había visto en su vida. Y había tenido que tragar y ver mucha mierda a lo largo de sus veintidós años.

Pero eso, eso era otra cosa.

Todavía le temblaban las manos. No por miedo, sino por rabia. Una rabia que le subía por la garganta como un veneno antiguo, como un recuerdo que nunca terminaba de morir. Cerró los ojos y, sin quererlo, su mente la arrastró hacia atrás. A la casa de paredes sucias y persianas siempre bajadas. Al olor agrio de tabaco y sudor rancio impregnando cada rincón. A su padre, con la camiseta de tirantes pegada al pecho, la mandíbula prieta y los nudillos marcados con cortes.

—No te metas donde no te llaman, Lykaina.

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Siempre la misma frase. Siempre el mismo tono previo a la tormenta. Ella tenía diez años cuando dejó de llorar. Aprendió que los sollozos

solo hacían que él se cebara más. Que el dolor era soportable, pero la humillación no. Aprendió a bloquear los golpes, a escurrirse entre las sillas, a detectar el más mínimo cambio en su respiración para saber cuándo iba a explotar.

Y aprendió a responder con más fuerza. El día que le rompió la nariz con un cenicero de mármol fue el día que dejó de ser invisible para él. Nunca más la volvió a tocar. Cuando por fin pudo largarse, juró que jamás se parecería a ese hijo de puta. Que, si alguna vez usara la fuerza, sería para defender, no para destruir.

Por eso, cuando se lo permitía su caótica vida, pasaba horas en reformatorios, enseñando a chicos que venían de infiernos similares al suyo a canalizar la rabia. A no dejarse devorar por ella, a conseguir reconducirlos al buen camino.

Se acordó de Carlos, un chaval de dieciséis años con una historia que le helaba la sangre. Había entrado al reformatorio por apuñalar a su padrastro mientras este pegaba a su madre. O de Míriam, que con quince ya tenía más noches en comisaría que en una cama propia.

Ella entendía esos silencios duros, esas miradas de desafío que en el fondo solo escondían miedo. Porque había sido como ellos. Y porque sabía que, en el lugar adecuado, con la gente adecuada, todavía podían salvarse.

Pero las niñas de esos vídeos no se le borraban de la cabeza. Apretó los dientes con tanta fuerza que un dolor punzante le subió por la mandíbula.

La puerta se abrió antes de que tocaran. Lykaina no se molestó en saludar, solo se apartó, dejando el umbral despejado.

—¡Entrad!

El apartamento olía a café frío y ceniza. La luz amarillenta de una lámpara solitaria apenas lograba arañar la penumbra del salón. Sobre la mesa, junto a un portátil abierto, un cenicero desbordaba colillas aplastadas con rabia. Lykaina tomó la tarjeta SD entre los dedos y la sostuvo unos segundos, como si le pesara más de lo que su tamaño sugería.

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—Os advierto —dijo, su voz más áspera de lo habitual—, esta mierda es…

No terminó la frase. No hacía falta. Metió la tarjeta en el lector. Un clic. Luego, la pantalla parpadeó. La imagen apareció de golpe, iluminando sus rostros con un resplandor espectral.

Y entonces, comenzaron las voces.

—Mírame.

Un hombre. Su tono era cortante, sin rastro de impaciencia. Una orden limpia.

—Te he dicho que me mires.

Delgado tragó saliva y clavó la vista en la pantalla como si así pudiera perforarla. No pestañeaba. No respiraba. Lykaina encendió un cigarro, su única reacción visible. Pero su mandíbula estaba tensa, demasiado tensa, y cuando exhaló el humo, lo hizo por la nariz, como si quisiera expulsar algo más que nicotina.

—Contesta cuando te hablo.

Otro hombre. Otra voz. Diferente. Grave, pastosa. Después, el primer sonido que no fue una voz. Unos gemidos.

Lobo no se movió.

La luz de la pantalla le marcaba el perfil, un rostro sin sombra, una escultura sin grietas. Pero algo en él cambió. Apenas perceptible. Su mano izquierda, abierta sobre el muslo, comenzó a cerrarse. Muy despacio. Como si su propio cuerpo no quisiera hacerlo, como si la rabia se filtrara por los pliegues de su piel antes de que él pudiera detenerla.

—Pide perdón.

Un llanto. Pequeño. Ahogado.

Un golpe.

Delgado apartó la vista por primera vez, su expresión endurecida por algo que no se podía nombrar.

Pero Lobo siguió mirando. No parpadeaba. No respiraba.

—Venga. Di que lo sientes.

Un jadeo. Un sollozo. Algo crujió en la mandíbula de Lobo. Tragó saliva, los ojos cubiertos por un velo de humedad. El sonido del golpe aún flotaba en la habitación cuando la voz del hombre volvió a escucharse, calmada, sin urgencia, con la certeza de quien sabe que la obediencia es solo cuestión de tiempo.

—No llores. No me gusta que llores.

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Un gemido entrecortado. Un jadeo ahogado.

Lobo no apartaba los ojos de la pantalla, pero su respiración había cambiado. Delgado comprobó en la forma en que sus nudillos se volvían blancos alrededor del bastón, en la rigidez de su espalda, en el modo en que sus labios se habían tensado en una línea delgada, como un cuchillo recién afilado, que estaba a punto de explotar.

—Pide perdón —ordenó la voz.

Hubo un silencio, un vacío en el que solo se oía el zumbido eléctrico del portátil, la brasa del cigarro de Lykaina que se consumía en el cenicero y la respiración contenida de Delgado.

Entonces, lloros y gemidos. Más fuertes.

Lykaina cerró los ojos un instante, una sombra le cruzó el rostro. Cuando los abrió, Lobo ya no estaba en la misma posición. Su cuerpo se había inclinado ligeramente hacia delante, como si algo dentro de él estuviera conteniéndose por puro instinto. No se movió, pero su pecho subía y bajaba de manera más marcada, su mandíbula estaba tan apretada que un músculo palpitaba en su sien.

—Di que lo sientes.

El sonido de una súplica apenas audible. Delgado, con los brazos cruzados sobre el pecho, se removió en su asiento, la boca apretada en un rictus de tensión.

Aguantaron el visionado durante unos eternos veinticinco minutos. No hubo comentarios, ni miradas de reojo, ni siquiera el más leve intento de fingir que aquello no les estaba afectando. Solo el resplandor del portátil iluminando sus rostros y el sonido distorsionado de unas voces que parecían surgir de las profundidades de algo podrido y sin nombre.

Lobo estuvo a punto de apagar aquel maldito ordenador más de una vez. Lo sintió en la tensión de sus manos, en la presión insoportable que le trepaba por la garganta y en el latido sordo de su propia rabia. Contuvo el impulso con un esfuerzo casi físico, los músculos agarrotados, los dientes apretados hasta que le dolió la mandíbula. Pero su mirada seguía fija en la pantalla, incrédulo ante el monstruo que era el pequeño de los Muñoz, ante la brutalidad con la que la realidad superaba cualquier suposición que hubieran hecho.

El vídeo terminó con un fundido en negro que pareció tragarse la última bocanada de aire del apartamento. Durante varios segundos, nadie se movió. Nadie respiró.

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Lykaina cerró el portátil.

—Creo haber identificado la localidad dónde grabaron el vídeo —se levantó y los miró con dureza—. Prometedme que, si los encontráis, les haréis pagar por lo que han hecho. Estos hijos de puta no merecen seguir con vida.

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La primera vez que lo sintió, fue como un latigazo eléctrico que le recorría la columna, una sacudida de euforia tan pura que le dejó sin aliento. No había esperado que fuera así. No de esa manera. Había imaginado el poder como algo más abstracto, más intelectual, un concepto ligado a la superioridad del conocimiento, a la capacidad de prever los movimientos del otro, de anticiparse. Pero aquello no tenía nada de racional. Era físico. Era inmediato. Era un nudo en el estómago que se transformaba en un vértigo placentero, en una expansión de su ser que le hacía sentirse más grande, más fuerte, más invulnerable.

Y todo gracias a Antonio.

Antes de conocerle, Sergio no era más que un hombre que caminaba al borde de su propia vida, sin llegar nunca a adentrarse del todo en ella. Lo veía en los rostros de sus alumnos, en la condescendencia velada de sus compañeros de trabajo, en la distancia cada vez más insalvable que lo separaba de su familia. Para ellos siempre había sido el raro, el diferente, el que nunca encajaba. Un adulto con la misma sensación de invisibilidad que había arrastrado desde la infancia.

Pero entonces apareció Antonio, y con él, una puerta abierta a un mundo donde la invisibilidad no existía. Lo vio en los meses siguientes, en cada conversación, en cada indicación aparentemente trivial que le mostraba el camino. Lo vio en la forma en que Antonio le enseñó a moverse en las sombras, a entender que las normas solo importaban para quienes aún creían en ellas.

Lo vio cuando cruzó su primer límite.

Fue sutil. Apenas un paso más allá de lo que había hecho hasta entonces. Un pequeño favor, una prueba de lealtad. Solo mirar. Solo asegurarse de que algo se hacía como debía hacerse.

La segunda vez fue distinto.

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Ya no solo miraba.

La tercera, descubrió lo fácil que era. Lo sencillo que resultaba que alguien vulnerable hiciera exactamente lo que él quería, con la combinación correcta de palabras, con la entonación precisa. Con el uso de la fuerza. Descubrió el placer de la sumisión ajena, el brillo del miedo en los ojos de quien se sabe atrapado, la certeza de que, en aquel instante, él tenía el control absoluto.

Y después de eso, ¿qué importaba todo lo demás?

Porque la adrenalina se había vuelto necesidad. Porque nada más en su vida se comparaba con aquella sensación de poder, de dominio. Porque una vez que había probado ese mundo, regresar al otro le resultaba insoportablemente aburrido.

El motor de la Volkswagen Kombi rugía con un sonido bronco y regular, un ronroneo antiguo que se perdía en el ulular del viento de la montaña. Las luces delanteras apenas lograban perforar la densa cortina de agua y nieve que caía sobre la carretera serpenteante. La tormenta se había desatado con una furia inesperada, convirtiendo el barranco de Poqueira en un laberinto de sombras y siluetas distorsionadas. Las montañas, gigantes dormidos bajo la bruma, se alzaban como testigos mudos de la noche.

Nora Delgado iba al volante, las manos firmes en el aro de cuero gastado. Mantenía la vista fija en la carretera, sintiendo cómo a cada curva de la sinuosa carreta, las ruedas traseras resbalaban ligeramente. A su lado, Félix Lobo permanecía en silencio, con el bastón apoyado entre sus rodillas y la mirada clavada en la línea apenas perceptible del asfalto. Las imágenes que había visto en casa de Lykaina le golpeaban una y otra vez el cerebro.

—Esto es una locura, mi niño —murmuró Delgado sin apartar la vista del asfalto—. No tenemos ni una maldita certeza de que Sergio esté aquí.

Lobo no respondió de inmediato. El viento sacudió la furgoneta y Nora corrigió el volante.

—Es la mejor pista que tenemos. La única.

Lykaina había identificado y rastreado en las redes al otro hombre del vídeo. Antonio Vílchez, nacido en Almería en 1979, hijo único de un camionero y una empleada de hogar, había desaparecido de los radares oficiales durante más de una década.

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Su historial militar indicaba que ingresó en la Legión Española a los dieciocho años. Destinado en misiones internacionales, pasó por Kosovo, Afganistán y Mali. En 2008, tras una operación fallida en África Occidental, donde su unidad sufrió una emboscada, su expediente dejó de ser público.

Después de eso, su rastro se volvió difuso. Durante años, su nombre apareció vinculado a empresas de seguridad privada en África y Oriente Medio, pero nunca de manera oficial. Su identidad figuraba en documentos de organizaciones con sede en Dubai, Nigeria y Colombia, empresas que operaban al margen de los tratados internacionales.

A su regreso a España, a mediados de la década de 2010, Antonio Vílchez se asentó en el sur de la península. Sus movimientos indicaban que tenía conexiones con redes de contrabando y seguridad privada. Era uno de esos nombres que circulaban en foros de mercenarios, en listas de contactos que no cualquiera podía consultar. Nunca estuvo en prisión, nunca fue imputado en ninguna causa. Oficialmente, no existía.

En los últimos años, había estado vinculado a la trata de personas y el reclutamiento de jóvenes en entornos marginales. No aparecía en informes policiales, pero su alias sí figuraba en conversaciones interceptadas en la dark web. Algunos lo llamaban “el instructor”. Otros, simplemente, “el que entrena”.

El sonido del motor se apagó con un susurro vibrante. Solo quedaron el ulular del viento y el tamborileo incesante de la ventisca contra la chapa de la furgoneta. Durante unos segundos, permanecieron inmóviles dentro del vehículo, observando las callejuelas estrechas de Capileira, las casas encaladas que emergían como espectros entre la bruma, los tejados cubiertos de nieve donde el peso del invierno se acumulaba con un silencio sofocante.

Nora apagó las luces y dejó caer las manos sobre su regazo.

—Dime que tienes un plan, mi niño.

Lobo, con el bastón todavía apoyado entre las rodillas, deslizó la mano enguantada hasta el bolsillo interior de su abrigo. Sacó el folio doblado en cuatro partes que les había proporcionado Lykaina y lo extendió con lentitud sobre el tablero de la furgoneta.

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Nora observó el plano con la vista entrecerrada. Trataba de descifrar las líneas en la penumbra. La distribución era sencilla: una planta baja con un salón, cocina y un pequeño cuarto de almacenaje. Un pasillo conducía a dos habitaciones y, al fondo, un baño. Un sótano.

—¿Cómo entramos? —preguntó ella, sin apartar la mirada del papel. Lobo levantó la vista hacia la calle adoquinada, donde las farolas

titilaban bajo el viento.

—No vamos a entrar por la puerta principal.

Nora sonrió con ironía.

—Qué sorpresa.

Félix dobló el plano y lo guardó de nuevo en el abrigo.

—Las casas de la Alpujarra tienen un sistema de evacuación tradicional para las lluvias. Pequeños canalones que conectan con los tejados planos. Si accedemos desde una de las viviendas contiguas, podemos cruzar por las azoteas sin hacer ruido.

Nora parpadeó un par de veces antes de soltar una risa seca.

—Espera, espera… ¿Me estás diciendo que vamos a trepar por los tejados como dos gatos callejeros?

Lobo inclinó la cabeza levemente.

—Como prefieras llamarlo.

—Me cago en mi estampa…

Nora empujó la puerta de la furgoneta y descendió al exterior. El frío se le clavó en la piel como agujas. La ventisca la azotó de inmediato y su cabello se enredó en ráfagas de nieve helada. Lobo descendió a su lado con un movimiento pausado, apoyándose en el bastón.

Ambos avanzaron por la callejuela empedrada, con las sombras de las casas que se proyectaban en ángulos deformes por la luz trémula de las farolas. Las calles eran estrechas, diseñadas siglos atrás para mulas y no para coches, lo que las convertía en pasadizos donde el viento se encajonaba y ululaba como una criatura atrapada.

Lobo caminaba un par de pasos detrás, mientras observaba las fachadas, los marcos de las puertas, las rejas de las ventanas. Cuando llegaron a la esquina que daba a la calle de la casa de Antonio, se detuvieron bajo un alero cubierto de nieve.

—La casa de la derecha, esa es —susurró Lobo—. Está vacía. Lykaina revisó los consumos de agua y electricidad.

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Lobo escudriñó la fachada de la vivienda con ojos de cazador paciente. Midió la distancia hasta el tejado, diseñó un plan de evacuación y calculó cada detalle con la precisión de quien ha aprendido durante años a moverse en la penumbra sin dejar huellas. No hacía falta forzar cerraduras ni arriesgarse con una entrada ruidosa.

—Por aquí —susurró, señalando un pequeño muro bajo, cubierto por una fina capa de nieve, que separaba la casa contigua de un estrecho callejón lateral.

Nora frunció el ceño y se cruzó de brazos un instante antes de soltar un resoplido resignado.

—Lo que me faltaba, escalar en plena tormenta.

Pero no protestó más. Se aproximó al muro y apoyó ambas manos sobre la superficie helada, sintiendo el frío atravesarle la piel al instante. Lobo se colocó a su lado, preparado para ayudarla, pero ella tomó aire antes de asentir con la cabeza.

—A la de tres —murmuró, más para sí misma que para él.

Sintió las manos de Lobo firmes en su cintura, el impulso calculado, pero, aun así, su cuerpo no respondió con la ligereza que le hubiera gustado. No era precisamente una gacela, y la última vez que había trepado algo parecido a un muro debía de estar en el colegio.

Apretó los dientes, flexionó los brazos y tiró con todas sus fuerzas. La nieve bajo sus dedos se deshizo en un reguero helado, pero consiguió enganchar un codo al borde y, con un esfuerzo que sintió en cada músculo, se impulsó hasta la azotea.

Rodó sobre un costado, resollando, y se quedó unos segundos boca arriba, con el cielo oscuro sobre su rostro. Su respiración salía en nubes blancas y el frío del suelo le mordía la espalda, pero había algo casi placentero en el alivio de haberlo conseguido.

—¿Sigues viva? —Lobo, desde abajo, con su tono de siempre, ese en el que nunca se sabía si había burla o preocupación.

—Cállate —resopló ella, incorporándose con esfuerzo y sacudiéndose la nieve de las manos—. A la próxima, tráete una escalera.

Él no la necesitaba. Con un solo movimiento, apoyó el bastón contra la pared, usó su pierna buena para impulsarse y, con una agilidad que desmentía su cojera, subió sin apenas esfuerzo. Una vez arriba, recogió el bastón y lo deslizó sobre su muñeca con una cinta de cuero.

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Frente a ellos, la azotea se extendía cubierta por un manto blanco. La nieve crujía bajo sus botas, pero el sonido se ahogaba en el rugido del viento. Las casas colindantes formaban una sucesión de terrazas desnudas, algunas con viejas macetas volcadas por la tormenta, otras con depósitos de agua o pequeñas chimeneas que escupían columnas de humo oscuro.

—A la izquierda —indicó Lobo en un susurro.

Avanzaron con cautela, pisando sobre la launa con la precisión de dos funambulistas en la cuerda floja. A cada paso, Nora sentía cómo la nieve acumulada se deslizaba bajo sus suelas, amenazando con hacerle perder el equilibrio. El viento soplaba con violencia y alzaba pequeños torbellinos de escarcha que se pegaban a la ropa y entumecían la piel.

Cuando estaban a mitad de camino, una ráfaga especialmente fuerte sacudió el flanco de la casa y Nora sintió cómo su cuerpo se inclinaba peligrosamente hacia un lado, como si una mano invisible tratara de empujarla al vacío. Su pie resbaló sobre la superficie helada y, por un instante, el vértigo le atenazó el estómago.

—¡Mierda!

Extendió los brazos, buscando un punto de apoyo en la nada, sintiendo cómo el peso de su propio cuerpo la arrastraba hacia el borde del tejado. La caída no era mortal, pero lo suficientemente aparatosa como para convertirla en un amasijo de huesos rotos en el empedrado.

Lobo reaccionó con la rapidez de un depredador. En un solo movimiento, la sujetó del antebrazo y la retuvo con una fuerza que no parecía natural en un hombre de su complexión.

—Mantén el centro de gravedad bajo —susurró con la voz firme, como si fuera un instructor corrigiendo a un soldado en entrenamiento.

Nora se aferró a su agarre y se estabilizó, sintiendo el latido acelerado en las sienes.

—Si sobrevivo a esto, voy a matarte, Lobo.

Él sonrió apenas y la soltó con suavidad.

—Primero terminemos el trabajo.

Volvieron a avanzar, esta vez con más precaución, hasta que alcanzaron el borde del tejado contiguo a la casa de Antonio Vílchez. Frente a ellos, la nieve se arremolinaba alrededor de las chimeneas encaladas que sobresalían de los tejados, altas y esbeltas, coronadas por toscas piedras que parecían sombreros deformes por el viento y el tiempo. Algunas escupían delgadas columnas de humo, resistiendo el embate de la

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tormenta, mientras otras, silenciosas y apagadas, se alzaban como testigos mudos de la noche. La forma caprichosa de sus remates, ennegrecidos en algunos puntos por el hollín, confería a los tejados un aire casi fantasmal, como si en cualquier momento las casas fueran a exhalar su último aliento en medio de la ventisca.

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La primera vez que se dio cuenta de que podía doblegar la voluntad de otro ser humano, aunque fuera una menor, no sintió culpa, ni miedo, ni el menor resquicio de dudas. Sintió alivio. Un alivio inmenso, casi eufórico, como si de pronto todo el caos de su existencia se organizara en un esquema perfecto y claro, donde él ocupaba el lugar que siempre le había sido negado.

Había pasado demasiados años sintiéndose una sombra que caminaba con la cabeza gacha en la casa de su padre, esperando el siguiente comentario mordaz, la siguiente decepción disfrazada de lección de vida, la siguiente demostración de que no estaba hecho del material que en la familia Muñoz se consideraba digno.

Sergio bajó los peldaños de la casa con el aliento contenido. El sótano olía a humedad y encierro. Y entonces lo vio. Primero, el colchón en el suelo. Sin sábanas. Sin disfraz. Solo un rectángulo viejo y manchado, testigo mudo de lo que había ocurrido allí. Después, la mesa. Sobre ella, un monitor apagado, un teclado polvoriento, cables enredados como serpientes dormidas. El trípode seguía en su sitio, desnudo sin la cámara, pero con las patas firmes, apuntando al vacío, como si aún esperara capturar la siguiente escena.

Sergio tragó saliva, aunque su boca estaba seca.

Podía olerlo.

El olor de aquel sótano no había cambiado. Seguía impregnado en las paredes, en el suelo, en el colchón. Ese aroma rancio de miedo, de sudor frío, de sexo, de adrenalina contenida.

La excitación se apoderó de su cuerpo. Se relamió los labios en un gesto nervioso al pensar que iba a ver de nuevo los videos. Un escalofrío le recorrió la columna, la misma descarga eléctrica que sintió la primera vez, aquella sacudida primitiva que le hizo comprender que la realidad

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tenía dos tipos de personas: los que suplicaban y los que daban las órdenes.

Sergio encendió el ordenador con un gesto pausado, como si no hubiera prisa, como si aquel momento no mereciera ser apresurado. La pantalla parpadeó, iluminando su rostro con un resplandor pálido. Un clic. Otro. Luego, un breve silencio.

Y entonces, el sonido.

Al principio, solo un murmullo. Algo ininteligible, palabras sueltas, el roce de una tela, una respiración entrecortada. Sergio sintió cómo la piel se le erizaba al instante, cómo el escalofrío que le recorrió la espalda no tenía nada que ver con el frío del sótano.

“Tranquilo”, susurraba la voz de Antonio, “déjalo fluir”.

El murmullo se convirtió en un sollozo ahogado. Sergio tragó saliva. El gemido fue breve, quebrado, como un hilo de voz al borde del

colapso. Luego, la voz de un hombre. Suave, paciente.

“Así. Eso es”.

Un jadeo.

Sergio se humedeció los labios, los dedos crispados sobre el borde de la mesa, sintiendo cómo su respiración se acompasaba con lo que escuchaba. Un latido denso le sacudía el pecho, una opresión placentera, un vértigo embriagador que lo devolvía a aquella primera vez, a aquel instante exacto en el que comprendió lo que era el poder.

“No llores. No me gusta que llores”.

Antonio se reclinó en la silla con la satisfacción de quien contempla una obra maestra. Su perfil apenas se movía bajo la luz azulada de la pantalla, pero su presencia lo llenaba todo. Sergio apenas parpadeaba.

“¿Lo sientes?, murmuraba de nuevo la voz de Antonio”.

El sonido de una cuerda tensándose. Un jadeo contenido. La erección le apretó la entrepierna con una violencia insoportable.

“Sí”.

Sergio, inmerso en las escenas, no se percató de la presencia de alguien más. De un hombre alto, de complexión fuerte, que se movía por detrás. Para cuando el profesor vio detrás de él una silueta reflejada en el monitor, un brazo ya estaba alrededor de su cuello.

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La trampilla estaba asegurada con un candado oxidado, un pedazo de metal ennegrecido por la humedad y el tiempo, cubierto de una fina capa de hielo. Lobo lo tanteó con los dedos enguantados. Analizaba su estado bajo el azote de las ráfagas de viento.

—¿Fácil? —susurró Nora.

—Oxidado —respondió—. Si fuerzo la bisagra, se partirá.

Sacó la navaja de su bolsillo y deslizó la hoja en la ranura de la cerradura. Un leve crujido respondió al movimiento de su muñeca y el metal cedió milímetro a milímetro. Nora observaba con los dientes apretados, conteniendo la respiración cada vez que el viento se arremolinaba sobre el tejado.

Un chasquido rompió el silencio. El candado se abrió.

Lobo lo retiró con un movimiento suave y apartó la trampilla con cuidado, sujetándola con una mano para que no hiciera ruido al caer. El aire caliente y viciado que emergió del interior le envolvió el rostro con un soplo denso, cargado del olor a encierro. No lo dudó.

Se deslizó por la abertura con la facilidad de una gacela. Aterrizó sin esfuerzo, con un ligero pliegue de las rodillas para amortiguar el impacto. La oscuridad lo envolvió al instante, pero no se movió hasta asegurarse de que nada ni nadie había percibido su presencia.

Arriba, Nora se preparaba para bajar.

—Vamos —murmuró Lobo, extendiendo una mano hacia ella. Delgado inspiró hondo. Aún sentía el frío en los músculos y la nieve

en la ropa, pero no iba a dudar ahora. Se santiguó antes de colgar las piernas. Con un movimiento controlado, se dejó caer. Lobo la sujetó con firmeza, amortiguando su descenso para evitar cualquier ruido innecesario. Sus botas tocaron el suelo con un leve golpe sordo y, por un segundo, ambos permanecieron inmóviles, sintiendo el peso de la casa sobre ellos.

Nada.

Solo el ulular del viento afuera y el crujido lejano de la madera al contraerse por el frío.

El aire dentro de la casa era espeso. El techo de vigas de madera ennegrecidas por el tiempo y el hollín de la chimenea proyectaba sombras largas, que se mezclaban con los contornos irregulares de los muebles desperdigados. Un sofá con los cojines hundidos, una mesa con una botella abierta y restos de comida, una estantería medio vacía donde

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algunos libros se apilaban de cualquier manera, cubiertos por una fina capa de polvo.

El sonido vino de abajo, como si algo pesado hubiera cambiado de lugar en el sótano. Lobo y Nora intercambiaron una mirada. Nada de palabras, nada de preguntas innecesarias. Lobo se movió primero.

El bastón era un peso familiar en su mano derecha, la cabeza de águila metálica fría contra la piel del guante. No era solo un apoyo, sino un arma. Su mejor aliada. A cada paso, su mente trabajaba como un mecanismo de relojería. Salidas: dos. La trampilla por donde habían bajado y la puerta principal. Riesgos: unos o dos hombres peligrosos en el interior. Espacios cerrados, pocas coberturas. Ventajas: el factor sorpresa.

La casa estaba en completo silencio. Nora pisaba con más cuidado que de costumbre, sabiendo que la estructura vieja amplificaba cada movimiento. Pasaron por delante de una puerta entreabierta. Lobo echó un vistazo rápido al interior: una habitación, una cama sin hacer, una mochila en el suelo.

Arrastre de algo pesado sobre suelo de cemento. Un jadeo ahogado. El sótano.

Lobo giró el pomo con suavidad y empujó la puerta. Bajaron despacio, escalón por escalón, con la respiración medida. El aire estaba cargado de humedad, de algo rancio y turbio que se adhería a la piel como un mal recuerdo.

Y entonces lo vieron.

Sergio.

Atado a una silla.

Golpeado.

Ensangrentado.

Y delante de él, de espaldas a la escalera, una figura corpulenta y una respiración pesada, serena. Lobo bajó el último peldaño sin dejar de observarlo. El hombre giró la cabeza, lento. Y sonrió. La sonrisa del hermano de Salcedo era lenta, calculada, la de un hombre que sabe que tiene el control de la situación.

—Llegáis tarde, cojones —dijo, con una voz grave, serena.

El vídeo seguía reproduciéndose en el fondo. Un murmullo eléctrico, voces distorsionadas, súplicas ahogadas. Sergio, inmóvil, apenas levantó la cabeza. Tenía el labio partido, un ojo hinchado hasta quedar casi cerrado y

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las muñecas amoratadas por la presión de las bridas. Respiraba con dificultad.

Lobo no respondió. No hacía falta. Solo bajó un peldaño más, el bastón aferrado con fuerza, la cabeza de águila metálica brillando en la escasa luz del sótano. Sabía lo que debía hacer. Sabía lo que quería hacer.

El hermano de Salcedo ladeó la cabeza, divertido. Levantó la bota y la apoyó con calma sobre el costado de Sergio. No con fuerza, no con violencia, solo lo justo para que el prisionero gimiera bajo el contacto.

—¿Sabéis lo que ha hecho este cabrón? A crías, joder. A crías. —La presión del pie aumentó sobre el cuerpo de Muñoz—. Y lo peor no es lo que les hacía. Lo peor es que se reía mientras lo hacía, el muy cerdo. Una de ellas era mi hija.

Lobo no dijo nada. No pestañeó. No respiró. Porque ya lo sabía. Desde que escuchó por primera vez la voz en la pantalla, dando órdenes con una calma espeluznante. Y la rabia dentro de él crecía. Podía sentirla arder en su pecho, le trepaba por la garganta como un veneno.

—Félix —susurró ella.

Él no la miró, los ojos sobre el pequeño de los Muñoz. Podía alzar el bastón, dejarlo caer con todas sus fuerzas y partirle el cráneo como si fuera un melón. Un chasquido húmedo y se acabaría.

Nora lo vio moverse. No fue un gran gesto, apenas un leve cambio en su postura. Pero lo entendió.

—No lo hagas.

Aún con la vista fija en Sergio, con los dedos crispados sobre la madera del bastón, Lobo sintió la presencia de Delgado acercándose a su lado.

—¡No lo hagas! —repitió. Esta vez con más fuerza, con más urgencia

—. No somos jueces.

—No, Nora. —La voz de Lobo sonó baja, rasposa, controlada—. No

somos jueces.

Un latido de silencio. Luego, su mirada ascendió, lenta, hasta encontrarse con la del hermano de Salcedo. El vídeo seguía sonando. Un sollozo. Súplicas. Abusos. Gemidos.

—Os lo digo clarito: si a este cabrón lo dejáis vivo, mañana lo vuelve a hacer. Y pasado. Y la semana que viene también.

Lobo no respondió. Porque una parte de él estaba de acuerdo. No había redención posible para alguien como Sergio. No había cárcel suficiente, no

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había castigo que equilibrara la balanza de lo que había hecho. De lo que había presenciado que era capaz. El mundo sería un lugar mejor sin él. Apretó los dientes, el músculo de su mandíbula palpitaba con furia contenida.

Nora le puso una mano en el antebrazo.

—Félix, si cruzas esa línea, no hay vuelta atrás.

En ese momento Salcedo agarró un cuchillo que tenía a su lado. El hombre los miró con una intensidad que nada tenía que ver con la súplica o la negociación. No pedía permiso, no buscaba aprobación.

—Mi hija ha intentado matarse tres veces desde que este hijo de puta le puso las manos encima. Tres, ¿me escucháis? Tres veces. —Su voz era un gruñido áspero, lleno de odio—. ¿Tú sabes la de noches que me he tragao los lloros detrás de la puerta, sin poder hacer ná? ¿Sabes lo que es oírla temblar, acurrucá en la cama como un perro chico, y no poder mover un puto dedo pa sacarla de ahí? Ni la polla podía hacer.

Nora tragó saliva, pero no encontró palabras. Lobo tampoco. El cuchillo descendió lentamente hasta la altura del corazón de Sergio.

—Este cabrón no merece ni el aire que gasta.

Las palabras quedaron suspendidas entre la humedad y el polvo, junto al repiqueteo intermitente del vídeo que seguía la reproducción en la pantalla. Un sonido que dejaba claro quién era Sergio Muñoz y lo que había hecho.

Nora dio un paso al frente, con los brazos ligeramente extendidos, las palmas alzadas en un gesto instintivo de contención.

—No puedes hacerlo, Salcedo.

—¿¡Qué no puedo!? —El hombre dejó escapar una risa amarga, seca, sin una pizca de humor—. ¿Tú me estás diciendo en serio que este hijo de la gran puta va a estar unos añitos encerrado, comiendo caliente, viendo la tele y rascándose los cojones, y luego a la calle como si ná? ¿Y mientras qué? ¿Mi hija ahí metía en su cuarto, sin hablar con nadie, pensando cada mañana si se quita de en medio?

Lobo sintió una presión en el pecho que nada tenía que ver con el frío del sótano. Porque, si había un hombre que merecía morir, si alguna vez había justificado la ejecución de un ser humano, era en aquel momento, en aquella habitación.

—Salcedo… —Esta vez la voz de Delgado no fue un mandato, sino una súplica—. Si lo matas, pierdes.

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El hombre sonrió con amargura y negó con la cabeza.

—Te equivocas, mujer. Ya lo perdí todo.

El cuchillo apretó la piel de Sergio. Una gota de sangre empezó a brotar del pecho. Nora avanzó otro paso.

—Si le matas, tu hija se quedará sin padre —dijo finalmente.

Y entonces, ocurrió. Un movimiento de Lobo. Un grito ahogado.

Y en medio del caos, Lobo pensó algo que nunca confesaría.

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La luz grisácea del amanecer se filtraba a través de las persianas a medio cerrar del apartamento, mientras la ciudad de Granada empezaba a despertar afuera. Nora Delgado estaba sentada en el borde del sofá, descalza, los pies sobre un cojín, enrollada en una manta y con una taza de café humeante entre las manos. Había madrugado, cosa poco habitual en ella, pero su mente no le había dado tregua. Demasiadas preguntas, demasiadas dudas.

No se podía quitar todavía de la cabeza las imágenes en la casa de Capileira. Unos pocos días no eran suficientes para eliminarlas. Además, debían colaborar con la juez y la fiscal encargadas del caso, sin obviar al inspector Robles. El caso la atormentaba, como un eco que se negaba a desvanecerse en su cabeza. Pero no era solo eso. Su vida parecía en una encrucijada: Fernando, su matrimonio… y Félix. Pensó en él, en su manera de observarlo todo sin decir demasiado, en la forma en la que la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta. Apretó los labios, exhaló despacio y se pasó una mano por el pelo revuelto. Luna acercó su cabeza en busca de una caricia.

El chasquido de la cerradura interrumpió su enredo de pensamientos. Se giró justo a tiempo para ver cómo se abría la puerta. Félix entró con su paso pausado, la gabardina gris perfectamente abrochada. En una mano llevaba el bastón; en la otra, un periódico doblado. Se detuvo en el umbral y la miró, con esos ojos claros que parecían atravesar cualquier defensa.

Lobo avanzó hasta la mesa baja del salón y dejó caer el periódico. Se había quitado la gabardina y avanzaba lentamente ayudado por el bastón.

—La prensa ya informa de lo que ocurrió —dijo él, con su voz ronca de siempre, pero con un matiz contenido.

Nora tomó la gaceta, que estaba doblada por una de las páginas interiores.

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—Mi niño, debes ser de los pocos que todavía compran papel.

Pasó el dedo por la superficie rugosa, olía a tinta. El titular la dejó con la boca abierta.

“Golpe policial en la Alpujarra: La Policía Nacional lidera el rescate de Sergio

Muñoz”

Granada | Redacción

En un operativo nocturno liderado por el inspector J.R.R, las fuerzas de seguridad lograron el rescate de Sergio Muñoz, hijo del conocido empresario Francisco Muñoz. El joven, que llevaba varios días desaparecido, fue encontrado con vida en el interior de una vivienda en la localidad de Capileira, en condiciones aún por esclarecer.

Según fuentes policiales, la intervención se produjo tras una intensa labor de investigación que permitió ubicar el escondite donde Muñoz permanecía retenido. En el operativo, los agentes detuvieron a Abel Salcedo, hermano del fallecido Simón Salcedo, así como a Sergio Muñoz, quien se encuentra bajo custodia mientras se esclarecen las circunstancias de su retención.

El inspector J.R.R, jefe del equipo que llevó a cabo la operación, destacó la importancia del trabajo coordinado entre los distintos Cuerpos policiales y aseguró que la investigación sigue abierta.

“Nuestro objetivo era encontrar a Sergio Muñoz con vida y lo hemos conseguido. Ahora trabajamos en esclarecer todos los hechos que rodean este caso y en llevar ante la justicia a los responsables”, declaró en rueda de prensa.

Las autoridades han declarado el caso bajo secreto de sumario, por lo que los detalles exactos del suceso aún no han trascendido. Se espera que en los próximos días se amplíe la información conforme avancen las pesquisas.

Nora dejó el periódico sobre la mesa con un gesto lento. Apretó los labios y levantó la vista hacia Félix. Seguía de pie, con la mano apoyada en el bastón, pero sin moverse. Su silueta recortada contra la luz tenue de la ventana parecía más rígida que de costumbre. La mandíbula tensa, los ojos fijos en un punto indeterminado del suelo, como si necesitara anclarse a algo que le impidiera desmoronarse.

Nora lo observó un instante antes de moverse. Se acercó despacio, con la misma cautela con la que uno se aproxima a un animal herido. Félix no levantó la cabeza, ni siquiera cuando ella alargó la mano y la posó sobre la suya.

—Hicimos lo que teníamos que hacer —murmuró.

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El músculo en la mejilla de Félix palpitó. No respondió. Sus dedos se crisparon un segundo sobre el bastón antes de aflojarse.

—No lo sé —susurró al fin, con una voz tan baja que Nora tuvo que contener el aliento para escucharle.

Ella sintió el peso de esa confesión como una losa sobre su pecho. No se apartó. En cambio, deslizó su otra mano sobre la de él, envolviéndola entre las suyas, sintiendo la piel áspera, la dureza de los nudillos, la presión contenida.

—Hicimos lo que debíamos —repitió, con más firmeza esta vez. Félix dejó escapar una leve risa sin alegría. Sacudió la cabeza. —Muñoz saldrá en unos años. Volverá a respirar aire libre. Tal vez

volverá a hacer lo que más placer le proporciona, a disfrutar de sus monstruosidades, a destrozar las vidas de otras personas, mientras tú y yo seguiremos con esto en la cabeza cada maldita noche, cada vez que cerremos los ojos.

Levantó la mirada y Nora vio el destello vidrioso en sus ojos claros. Félix tragó saliva. Se pasó la lengua por los labios, pero las palabras seguían atoradas en su garganta. Cuando volvió a hablar, su voz se quebró en el último susurro:

—Cuando recuerdo las imágenes…

Se detuvo. Cerró los ojos, como si pudiera borrar de su mente aquello que lo torturaba desde hacía días. Pero era imposible. Lo sabía. Nora también.

La primera vez que vio los vídeos sintió cómo algo dentro de él se astillaba. No era solo el horror de lo que veía, no solo la certeza de que aquel monstruo lo había repetido una y otra vez con un placer meticuloso. Era la impotencia. El saber que existían lugares donde la maldad no era una sombra, sino una luz fría que iluminaba hasta el último rincón de la miseria humana. Y lo peor no era que existiera. Lo peor era saber que no iba a desaparecer.

—Podría haberlo dejado —susurró, casi sin aire—. Podría haber dejado que Salcedo le atravesara el pecho con el cuchillo. Podría haberme quedado quieto, no hacer nada, mirar a otro lado como hace el mundo cada día. O podía haber acabado yo mismo con su vida.

Cerró los ojos y agachó la cabeza. Su voz se rompió. La respiración se volvió entrecortada. Nora sintió la humedad cálida en la mano de Félix, antes de ver la primera lágrima deslizarse por su mejilla.

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No hizo un gesto brusco. No dijo una palabra apresurada. Simplemente se acercó más. Lo suficiente para sentir su aliento, para notar el calor de su piel, la tensión que lo mantenía aún en pie cuando todo su cuerpo pedía hundirse en el suelo.

—Si lo hubieras hecho —dijo ella, muy despacio, cada palabra sostenida en el aire con el peso exacto de lo que significaban—, no podrías mirarte en el espejo.

Félix dejó escapar un sollozo mudo. Apenas un leve espasmo en su garganta, un temblor imperceptible en sus labios. Nora levantó la mano y le rozó la cicatriz de la mejilla con los dedos. Él no se apartó. Sus dedos surcaban la carne en relieve, recuerdo de la metralla. Ella se puso de puntillas y le pasó los brazos por detrás de la cabeza. Empezó a besarlo, primero suavemente, picotazos rápidos en los labios, las mejillas, el cuello.

Félix le rodeó la cintura. Sintió que se sumergía en un mar de placer que tenía olvidado. Cerró los ojos y la levantó, llevándola hasta la cama en un baile improvisado. Con manos torpes y nerviosas, se quitaron la ropa. Lobo se hundió en ella, abandonándose al calor, el sabor y el olor de Nora, con la sensación de que por fin había encontrado su lugar en el mundo, después de tanto andar solo y a la deriva. El tiempo pareció diluirse en la penumbra de la habitación, suspendido entre el roce de sus pieles y el ritmo lento de sus respiraciones, entrelazadas como un murmullo.

Cuando se fundieron, lo hicieron con la urgencia de quienes han esperado demasiado, con la desesperación de quienes no saben si habrá un después, con la certeza de que, al menos en ese instante, el mundo entero podía derrumbarse a su alrededor sin que les importara lo más mínimo.

Y cuando todo acabó, cuando el eco de los sonidos se disipó en la penumbra, Félix quedó sobre ella con la respiración agitada, los músculos aún tensos, como si aún no creyera que aquello estuviera ocurriendo.

Nora le acarició la nuca, enredando los dedos en su cabello, y él cerró los ojos, dejando que su peso reposara sobre ella, con la paz inesperada de quien, después de una vida de tormentas, por fin encuentra un instante de calma. El amor, que no había conocido antes, volteó a Félix Lobo como una tremenda ola de pura energía.

El cuerpo de Nora seguía pegado al suyo, la respiración lenta, pausada, todavía inmersa en el letargo de las últimas horas. Félix, en cambio, no

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podía dormir. Permanecía tumbado, con los ojos abiertos. El sonido del móvil vibrando sobre la mesilla rompió el silencio. Félix deseó ignorarlo, pero al ver el nombre en la pantalla supo que no podía hacerlo: Fiscal Morales.

Se apartó con cuidado de Nora, tratando de no despertarla, y deslizó el dedo para contestar.

—Lobo, espero no haber interrumpido nada —dijo la mujer, sin preliminares.

Félix se pasó una mano por el rostro.

—Dígame.

—Quería informarle personalmente antes de que se haga oficial. Sé que este caso le ha costado más de lo que nadie puede entender, pero quiero que lo tenga claro: Sergio Muñoz no saldrá libre.

Félix se quedó en silencio.

—¿Está segura?

—Totalmente. Por muy buenos abogados que tenga su padre, por muy rápido que intenten negociar, hay pruebas que ningún juez en su sano juicio podrá ignorar. Los vídeos hablan por sí solos. Son una prueba irrefutable, junto con las declaraciones de testigos. Es un caso blindado.

Félix inspiró hondo.

—¿Cuánto tiempo?

—Mínimo treinta años. Quizá más, dependiendo de cómo se desarrollen los hechos. No habrá pactos. No habrá indulgencias. Nadie puede mirar esas imágenes y pensar que merece otra cosa.

Félix no respondió de inmediato. Un silencio denso se instaló entre ellos, hasta que la fiscal volvió a hablar con un tono más bajo, casi personal.

—Sé lo que está pensando. Que la justicia nunca es suficiente. Que en unos años todo se diluirá y alguien moverá los hilos para reducir la condena. Pero esta vez no. No hay escapatoria para él.

Félix apretó los labios.

—Gracias por avisar.

—Gracias a ustedes por lo que hicieron. Descanse, Lobo. Se lo merece.

La llamada se cortó y Félix dejó el móvil sobre la mesilla con un gesto lento. Se frotó la cara con las manos, dejando que las palabras de la fiscal

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se asentaran en su cabeza. Sergio Muñoz pagaría por lo que había hecho.

No había escapatoria.

Sintió que el aire en sus pulmones se volvía menos denso, que el peso en su pecho se aligeraba apenas un poco. No era justicia absoluta. Nunca lo era. Pero esta vez, sí era suficiente.

Se giró en la cama. Nora lo miraba en la penumbra, con los ojos entrecerrados, somnolienta pero atenta.

—¿Todo en orden? —murmuró.

Él la observó por un instante, las sombras dibujaban contornos suaves en su rostro, con la calidez de su cuerpo aún impresa en su piel.

Asintió.

—Sí. Todo en orden.

Y por primera vez en mucho tiempo, lo creyó.

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Nota del autor

Gracias por leer Sombras de la infancia. Sin ti, nada de esto sería posible.

Espero que hayas disfrutado la segunda novela de Delgado y Lobo.

Mi deseo es que ambos detectives nos acompañen en muchas investigaciones a la par que vamos conociendo mejor a los protagonistas y su relación. La tercera parte, Lágrimas de barro.

Agradecimientos

Gracias en primer lugar a ti, lector, porque nada de esto tendría sentido sin tu tiempo y tu compañía en este viaje. Tú eres la principal razón de cada página.

Gracias a mi familia y a mis amigos, que siempre confiaron en mí y me animaron a continuar con esta aventura que inicié hace ya muchos años.

Gracias también a todos mis suscriptores de la lista de correo, por su tiempo, su apoyo constante y su entusiasmo. Cada comentario, cada mensaje, es un extra de motivación para seguir escribiendo.

A tod@s, muchísimas gracias.

Alicante, 14 de abril de 2025

JORGE ZARAGOZA GÓMEZ (Alicante, España, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas y trabaja en una institución de la Unión Europea. Desde hace muchos años se dedica a la escritura. Lector voraz de cómics y libros de aventuras durante su infancia y juventud, ha publicado varios cuentos cortos en concursos.

En el año 2018 publicó su primera novela: El ultimátum de la tierra, un relato que afronta el problema del cambio climático, combinando elementos fantásticos y realistas a través de un ritmo narrativo muy cinematográfico. La novela tuvo muy buena crítica y se situó en las primeras posiciones de aventura juvenil durante varios meses consecutivos.

Entre el año 2020 y el 2022, publicó la trilogía Un ángel no debería morir. Un thriller trepidante cargado de suspense, acción, amor y odio, ambientado en Alicante. Se trata de un fascinante relato que sacará a la luz un entramado violento y oscuro de dimensiones insospechadas. Una saga que demuestra que, aunque no sea de nuestro agrado, el pasado siempre vuelve.

Las novelas son un gran éxito de ventas en la categoría de suspense y misterio de Amazon.

El verano del año 2023, el autor decide dar un giro a su carrera y publica El secreto de Ilse. Una aventura apasionante, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, sobre la supervivencia y la determinación de una joven mishling, una «mixta» de acuerdo con las leyes de Nuremberg de la Alemania nazi. Una novela que marcará el inicio de una saga donde los hechos históricos, como las protestas de Rosenstrasse o el desarrollo de los cohetes V2, se fusionan en una trama absorbente de amor y odio.

El autor es además un apasionado del deporte, donde participa asiduamente en campeonatos de piscina. Además le encanta la lectura, la gastronomía, la enología y, siempre que puede, viajar a cualquier rincón desconocido del planeta.



FIN

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