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Libro N° 14882. Garland El Misterioso. Antonio Trent – 3. Martyn, Wyndham


© Libro N° 14882. Garland El Misterioso. Antonio Trent – 3. Martyn, Wyndham. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Garland El Misterioso. Antonio Trent – 3. Wyndham Martyn

 

Versión Original: © Garland El Misterioso. Antonio Trent – 3. Wyndham Martyn

 

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https://ww3.lectulandia.co/book/garland-el-misterioso/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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GARLAND EL MISTERIOSO

Antonio Trent - 3

Wyndham Martyn


Garland El Misterioso

Antonio Trent - 3

Wyndham Martyn

Mr. Garland es un misterioso hombre está involucrado en una serie de actividades criminales arriesgadas y a menudo violentas, cuyas hazañas mantienen en vilo tanto a las autoridades como a la sociedad de la época.

Anthony Trent se ve envuelto en la investigación de estas actividades. Usando su vasto conocimiento del mundo del hampa y su habilidad para moverse en los círculos criminales busca la manera de detenerlas peligrosas actividades del señor Garland.

Wyndham Martyn

Garland El Misterioso

Antonio Trent - 3

ePub r1.0

Titivillus 09.11.2025

Título original: The Mysterious Mr. Garland

Wyndham Martyn, 1922

Traducción: Alfonso Nadal

Ilustraciones: Jean Rapsomanikis

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

CAPÍTULO PRIMERO

LA CARTA PERDIDA

n su extraordinaria vida de agitaciones y peligros, nunca estuvo EAntonio Trent tan encolerizado como aquel día.

Y es que jamás creyó recibir un insulto tan inmotivado, tan escandaloso y tan irreparable. Si no se vio envuelto en seguida por un corro de curiosos, como hubiera sucedido en su país, fue porque la gente que presenció su humillación pertenecía al mundo elegante de la buena sociedad, y hombres y mujeres permanecieron sentados en el muelle de Bournemouth como si no se enterasen del altercado, aunque bien sabía Trent que nos les daba este sentido de urbanidad ni la dureza de oído ni el propósito de olvidar el episodio.

El caballero que lo abroncó era un tipo descomunal y, si generalmente las personas muy voluminosas suelen mover a risa aunque unan a su abdomen una gran estatura, Trent, que con su buen tipo parecía un cualquiera al lado de aquel gigante cuyas holgadas ropas de lana parda aumentaban exageradamente su corpulencia, no tuvo malditas las ganas de reírse. Buen conocedor como era de los caracteres violentos, descubrió en aquel desconocido de edad madura algo de extraño y de siniestro.

Sucedió aquello con sorprendente rapidez. Trent fue a pasar un mes a Bournemouth deseando conocer mejor un lugar que tan agradable le pareciera. Buscaba la soledad. Una pérdida irreparable había sacudido los fundamentos de su vida, y dentro de unas semanas se proponía volver a su casa de los Estados Unidos, tras una ausencia de varios años. Todas sus relaciones con la sociedad se reducían a un mudo saludo de cortesía a los huéspedes del hotel donde posaba. Estaban abandonados sus palos de golf, declinaba toda invitación a las partidas de bridge, su juego favorito, iba muy poco en auto y mataba las horas en largos paseos a pie o a caballo.

Si lo hemos encontrado entre el gentío del muelle es porque quería apreciar cómo sonaba la musca de Stravinsky al aire libre. Mientras se acercaba al quiosco donde tocaba la banda trataba de evitar el encuentro con los muchos huéspedes del Hotel Royal Bath que por allí andaban, como si ya nunca hubiera de parecerle agradable la compañía de sus semejantes.

Se sorprendió caminando detrás de dos forasteros una joven esbelta que vestía con exquisita sencillez y un hombre de edad y de gran corpulencia de cuyas ropas emanaba un olor de lana, como si vistiera zamarras. Pero ya no les hubiera prestado más atención si la joven, al levantar la mano para proteger su sombrerito contra la acometida de una ráfaga, no hubiera dejado caer una carta. Como cayó a cierta distancia, no pudo él recogerla en seguida, y cuando lo hizo ya la mujer se había vuelto, con muestras evidentes de no haberse percatado de la pérdida, distraída en la contemplación de un vaporcito de turismo que recogía pasajeros para Lulworth Cove.

Trent leyó un nombre en el sobre: «Capitán Hammond». La letra era de mujer. No había más señas. Cuando alcanzó a la pareja, ella estaba algo apartada del hombre, que encendía un cigarro en aquel momento, y como si echase de menos algo, miraba a todos lados. Trent la observó con aquella penetración y sagacidad a que debía el título de «Perfecto Ladrón» y adivinó al punto que no estaba dispuesta a confesar a su compañero que acababa de perder una carta. Es más: en su expresión de ansiedad vio reflejarse un temor y un pesar tan profundos, que no se justificaban con el extravío de una carta cerrada. Deseaba que aquel, hombrachón se volviera para ver si su cara infundía horror. A juzgar por su mole, nadie lo hubiera esperado, ya que a los hombres corpudos se les atribuye por regla general un carácter bondadoso. Trent no deseaba prevalerse de un servicio tan insignificante para entrar en relaciones con la hermosa joven, y comprendiendo que ésta no quería que el otro se enterase, llegó a su lado y le dijo con disimulo y en voz baja:

—Perdón, señorita; creo que se le ha caído esto.

Alargaba ella la mano para coger el sobre cuando el otro, que acertó a volverse en aquel momento, se lo arrebató a Trent de un manotazo, pasó una mirada furiosa por el nombre y en menos que se cuenta, hizo pedazos la carta y la arrojó al mar. Aunque todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, Trent vio que muchos lo observaban.

—Estoy de suerte —gruñó el hombretón con voz destemplada. —Por fin lo pillo en el preciso instante de recibir correspondencia de la loca de mi sobrina.

Trent leyó en las facciones de aquel hombre un temperamento dominador y agresivo. Sin duda fue guapo mozo antes de que la grasa le estropease las líneas del rostro, pues aún conservaba rasgos de cierta bizarría. La primera impresión de Trent, al mirarlo, fue que la cara negaba la blandura, la simpatía, la afabilidad que de su corpulencia podía esperarse. Había crueldad en la mirada que le dirigió, hostilidad en el color azul de sus ojos; arrogancia y poderío en la aguileña nariz, y… ¿qué había en aquella boca escondida bajo espesa barba? Trent sólo pudo apreciar lo fuerte de su dentadura.

Trent conoció a otros hombres con iguales ojos, nariz y arrogancia; pero nunca como entonces sintió el consejo de una voz interior, recomendándole con tanto ahínco, desde el fondo de la subconsciencia siempre despierta, que anduviese con prudencia. Algo le advertía que se hallaba ante un hombre que no se dejaba dominar de las pasiones ordinarias ni de los buenos instintos. Y esto fue lo que contuvo a Trent. De momento, ninguna réplica le parecía apropiada. Ni siquiera llegaba a entender aquella aversión arrebatada que involuntariamente provocara. Y el vocejón de aquella mole se volvió a oír con creciente adustez:

—En mi carta prohibía toda comunicación entre usted y mi sobrina, a quien siempre aconsejo que huya como de las aves de rapiña de un aventurero poco escrupuloso atraído por su fortuna. Y si no lo cojo a usted para arrojarlo al mar detrás de su carta, dé las gracias a las buenas costumbres de mi raza, que nos prohíben toda violencia en presencia de las damas. Tenga por seguro, capitán Hammond, que si vuelve a poner los pies en mi casa, lo haré detener.

—Nunca he estado en su casa —protestó Trent, viendo que la joven daba muestras de gran excitación.

—Ni le permitirían la entrada mis criados. Pero ha penetrado en mis propiedades, para dejar en mi casa de campo sus cartas llenas de un enfermo sentimentalismo y ha incurrido en mi enojo. Bien se ve en su cara qué clase de pájaro es usted. No me inspira la menor confianza. Es usted más joven de lo que representa. Su conducta en la guerra no ha borrado su pasado, que lo incapacita como buen partido para mi sobrina.

—Está usted en un error —dijo Trent, sin perder aún la calma. — Puedo explicarle…

—Pero no a mí —rechazó el hombretón, y añadió volviéndose a la sobrina: —Vamos. Ya no te molestará más. Por sus cartas me había imaginado otra cosa, lo creía un hombre más tratable; esperaba que ese sentimiento que tú llamas amor le daría cierta simpatía y cierta gracia. Me habías dicho que era guapo —y examinó a Trent como un naturalista pudiera examinar un escarabajo. —No tiene mala catadura y parece fuerte y ágil, pero guapo no lo es. Sospecho que pocos lo conocen a fondo, y mal puedes conocerlo tú, hija mía. Se lo advierto por última vez, capitán Hammond, y lo hago ante innumerables testigos: Si insiste en sus propósitos, lo abofetearé en público. Me obligará para ello a dejar mis estudios, pero precisamente me dice el médico que me iría bien un poco de ejercicio.

Y saludó a una señora que ocupaba a pocos pasos un sillón de mimbres.

—Estoy de suerte —gruñó el hombretón con voz destemplada.

—Siento, señora, haber dado tan desagradable escena ante una persona de tan delicados modales. Pero como no dudo que es usted madre de hermosas hijas, confío que estará de acuerdo con el tutor de una muchacha dueña de una cuantiosa fortuna.

Como aquella dama era una solterona y no podía aceptar de una manera decente el legado de las hermosas hijas que se le atribuían, disimuló su turbación con una mirada de reconvención al pobre Antonio Trent. Él y aquella señora se alojaban en el mismo hotel.

—Esta señora podrá decirle si soy el capitán Hammond —exclamó. —Ya supongo que me dirá que no. Poco me importa saber el nombre

con que se inscribe en el registro del hotel y el que usa para ir a caza de fortunas.

—Siempre me ha sido sospechoso —dijo con inesperada energía la señora. —Desconfío de los hombres que no quieren jugar al bridge o al golf, prefieren dar paseos solitarios y huyen del baile y de la conversación. Mire cómo su sobrina trata de hablar con él.

Pero ésta no daba más que muestras de exasperación, que revelaron a Trent todo el fondo de su desdicha, y cuando el tío se volvió a mirarla le dijo, no sin dignidad:

—No es el capitán Hammond. Es la primera vez que veo a este caballero. Está usted en un error.

Sin replicar, su tío la cogió del brazo y se alejó del paseo. Aturdido por la afrenta que acababa de sufrir, Trent se quedó clavado en el sitio observando la mole que se alejaba. Notó que el porte de aquel gigantón no respondía a los modales exteriorizados poco antes, ni caminaba con el descuido de un patán, sino con paso marcial y erguida la cabeza. Se adivinaba en él al hombre de recia constitución y dotado de una extraordinaria energía.

Estuvo a punto de decir a la gente que no conocía en absoluto ni al hombre ni a la muchacha, pero desistió de la idea, pensando que no lo creerían y encaminó sus pasos a donde tocaba la banda, aunque la música rusa moderna no podía calmarle los nervios.

Se tropezó con un viejecito, el teniente general sir Charles Shotte, a quien conocía de vista, uno de esos ingleses que se acogen a los balnearios creyendo preservarse de una lamentable decrepitud.

—Lo he oído todo, señor —dijo sir Charles—, y su actitud no ha podido ser más correcta. En mis mocedades, semejantes escenas se veían a diario. Recuerdo que en una ocasión, estando de servicio en…

Trent lo atajó:

—Usted me conoció el año pasado cuando estuve aquí convaleciendo, ¿verdad? Pues bien; ¿me cree capaz de hacerme pasar por el capitán Hammond para cortejar a una heredera?

Sir Charles no era muy escrupuloso en cuestiones de moral. Había vivido una segunda adolescencia y ahora atravesaba por una segunda juventud, harto desagradable por desgracia.

—Mi querido Trent —observó afablemente—, si usted niega ser el lindo petimetre que deja dulces misivas en la casa de campo, estoy pronto a simular que le creo. Los hombres de mi edad no eran nunca groseros con los camaradas, como los jóvenes de hoy. Simularé creerle.

—¿Simulará? —repuso Trent frunciendo el ceño.

—¿Qué más quiere? Puedo poner mi lengua al servicio de la cortesía, pero no pretenderá que un hombre de mundo como yo no sepa atenerse in mente a su propia experiencia. No, hombre, no. ¡Le deseo mucha suerte! Hace bien en negar. Yo siempre negaba asuntos por el estilo. ¡Se ha librado usted de una buena! No podía presentar la cosa un cariz más desagradable. Me repugnan esos brutales gordinflones. ¿Quién es?

—¿Olvida usted que he de negar haberlo visto nunca?

—¡Ah! Tiene razón —convino sir Charles. —En el fondo creía que las mujeres estaban desengañadas de los jóvenes modernos y suspiraban por la acometividad amorosa que ponían los hombres del pasado siglo —sir Charles mandó un regimiento de caballería en Waterloo contra sus declarados enemigos. —¡Preciosa muchacha!— suspiró. —Al menos, tiene usted gusto. Y su conducta ha sido magnífica. ¡Sencillamente admirable!

—Es usted muy bondadoso —dijo Trent secamente, dejándolo plantado.

Corrigió su primera opinión de que aquel gigante fuese un desequilibrado; a juzgar por sus facciones, estaba bien lejos de la locura. La muchacha debía haberse acogido al momento a su protección, en vez de esperar al final a decir que él, Trent, no era el capitán Hammond. ¿Por qué demostraba tanto miedo? ¿Acaso era un crimen su inclinación a un joven indeseable? Bella como era, aun sin fortuna atraería a los hombres. Acaso el tío guardaba algún justo resentimiento, quizás recibiera algún agravio. Trent razonaba desapasionadamente. La injuria que él acababa de recibir era de distinta índole.

El hombre «de lanas» lo amenazó con la violencia física, y estas amenazas era lo que menos podía soportar Antonio Trent. Así lo amenazó, aun no hacía un año, el conde de Temesvar, en su castillo roquero de Croacia, y aunque éste era su enemigo y en aquella contienda se jugaba la vida, lo venció; pero jamás experimentó un sentimiento tan profundo de odio y aversión como el que provocó en su alma la mirada de aquel desconocido del muelle Bournemouth.

Entró en el club, a pocos pasos del muelle, donde en otra ocasión había establecido su campo de acción.

—¿Conoce usted al capitán Hammond? —preguntó al secretario, tras breve conversación de cosas indiferentes. Aún no había llegado la noticia de su derrota.

—No tenemos ningún socio que así se llame, pero el nombre me suena. Era un gran atleta. ¿No se referirá usted a ése?

—Sí —dijo Trent a la ventura.

—Creo que vive por las cercanías de Hurstdown. La guerra lo dejó hecho cisco, como usted sabrá. Nunca lo he visto en Bournemouth —y añadió volviéndose a sir Charles Shotte que entraba. —El general parece que tiene algo que contarnos esta mañana.

—Y que por cierto me concierne —dijo Trent, algo abochornado. —Ya lo verá usted. Au revoir.

Después de comer, Trent se vistió para montar. En la puerta, un mozo de cuadras le tenía ensillado el caballo. Paseó por la playa hasta más allá de Boscombe. Luego, dejando la costa, se encaminó a una aldea conocida con el nombre de Hurstdown. Poco le costó descubrir que el capitán Hammond se alojaba en una casa de la señora Warner, que, gratamente impresionada ante un señor de tan buen porte que montaba un hermoso caballo, se apresuró a poner a disposición del forastero todos los informes que poseía de su inquilino.

El capitán Hammond, uno de los caballeros más finos que ella había tratado, estaba fuera; pero no tardaría en volver. Era un gusto —añadió la señora Warner, —tratar con una persona tan educada, pues no todos los inquilinos se hacían cargo de que también ella era una señora.

El forastero se mostró sorprendido de que hubiera gente de tan poco discernimiento. Un hijo le la señora Warner, orgulloso de la confianza de que era objeto, tenía el caballo de Trent por las riendas cuando el capitán Hammond cruzó el Jardín de regreso. Trent pudo examinarlo puntualmente. Hammond era un hombre de media edad, delgado y de aspecto débil. Era guapo, sin duda, pero no daba idea de ser un aventurero poco escrupuloso. Sus facciones, con sus ojos de un azul obscuro y su cabello castaño un poco ondulado, le daban esa apariencia de romanticismo tan grato para las ilusiones de algunas muchachas. Trent observó que la señora Warner miraba al capitán con ojos maternales.

—El pobre —se confió al forastero— nunca se queja y siempre está contento. Con estos aires saludables y una buena cocina pronto estará fuerte. ¿Qué nombre le diré?

—Basta que me anuncie como el señor Trent, de Bournemouth, que quiere hablar un momento con él.

Hammond lo saludó con una ligera inclinación, sin ocultar la sorpresa que le producía aquella visita.

—Le explicaré en pocas palabras el motivo de mi venida —dijo Trent. Cuando quería, sabía captarse la confianza, y ya no era entonces el taciturno y solitario huésped del Hotel Royal Bath, sino un encantador hombre de mundo. —Esta mañana he tenido una aventura bastante desagradable en el muelle de Bournemouth, viéndome obligado a aceptar la culpa por las pretensiones de un tal capitán Hammond. Ahora veo que no puede usted ser ese capitán Hammond.

—No sé que haya otro de ese nombre, señor Trent. ¿Qué ha pasado? Trent le contó el episodio sin comentarios, exponiendo hechos y no

opiniones. La profunda agitación que exteriorizó su oyente no dejaba lugar a dudas de que Trent se hallaba ante el verdadero capitán Hammond.

—¡Cuánto lo siento! —dijo éste—. Debía evitarse una escena tan bochornosa. Parece increíble. Siempre me ha parecido su tío una persona rara y vigorosa, pero nunca me hubiera imaginado esto. ¡Pobre muchacha! ¡Qué asustada debía estar!

—Se asustó mucho, ciertamente, y me gustaría saber el motivo. En mi país (soy americano) ninguna muchacha hubiérase mostrado tan atemorizada, y he vivido bastante en Inglaterra para pensar que tampoco ninguna muchacha inglesa.

—Usted no conoce a su tío —dijo el capitán Hamond.

—Mejor que usted, puesto que nunca lo ha visto. Es un hombre peligroso y no sé por qué razón me odia. Probablemente será porque me toma por usted. Me ha insultado delante de todo el mundo y sólo me he contenido por no dar gusto al público que se goza en las escenas violentas del prójimo; pero no se lo perdono. Si me dejan en paz soy un hombre inofensivo, pero no perdono los insultos y no me daré por satisfecho mientras no pueda tener una breve conversación con él. Por dos razones he venido: para ponerle a usted sobre aviso contra su furor y para saber cómo se llama y dónde vive.

El capitán Hammond vaciló en contestar:

—Sería usted tan amable si se decidiese a regresar sin preguntar nada. Si va a buscarlo promoverá un tremendo alboroto y se llevará a la señorita

Craig. En confianza, he de decirle que no podría seguirlos a Egipto, a Italia o a España.

—¿Es usted el novio de la señorita Craig?

—Sí, y aunque no debiera ser así, dado mi actual estado de salud, que me imposibilita para el servicio, y la fortuna que ella posee, ya sabe usted, señor Trent, estas cosas suelen pasar: y si él se la lleva, nunca me curaré. Claro que se condujo con usted de un modo imperdonable; pero no olvide que pensaba insultarme a mí.

—No me expliqué bien. Empezó y acabó tomándome por usted, es verdad. Pero no es eso lo que me molesta. Nos odiamos mutuamente y seremos ya enemigos irreconciliables. No importa lo que dijo sino lo que sentía. Me desafió y acepté. Nunca como en aquel momento he creído en la doctrina de la reencarnación. No voy a dejarle llevar a cabo sus malos propósitos. Necesito saber quién es, dónde vive y por qué quiere alejar de su sobrina al hombre elegido. No está en mi ánimo comprometerle a usted ni le guardaré el menor resentimiento por un silencio que respeto. Estoy resuelto a descubrirlo por mis propios medios y a obrar por cuenta propia.

No añadió que su falta de insistencia se debía a la debilidad física del capitán Hammond y a la agitación que le había producido la discusión.

—Es usted muy amable —dijo Hammond, que no creía que el otro descubriese la lejana y solitaria finca, al lado de New Forest, en que vivía con su tío la señorita Craig, —le quedo muy agradecido. Esto me ha trastornado. Nunca había experimentado tal malestar desde que tuve el tifus.

—¿El tifus?

—Sí, mi falta de salud no se debe a la guerra, aunque mi regimiento estuvo siempre en los puestos de más lucha. Pasé tres años en el campo de concentración de Wittenpen. ¿No oyó usted hablar de él?

Trent afirmó moviendo la cabeza. Nunca pudo olvidar aquel horroroso campo de prisioneros.

—¡Pobre! —murmuró—. ¡Qué mala suerte tuvo! ¡Ahora se pondrá bien del todo!

—Así lo espero. Mas esta vida inactiva es una prueba. Me tienen prohibido todo acto violento y he de huir de toda fuerte emoción. Es probable que si hubiera encontrado a ese salvaje en el muelle, me hubiera desvanecido. ¿Y usted se imagina un soldado desmayándose delante de la muchacha con quien quiere casarse, porque un tutor severo le levante la voz?

Aquel sarcasmo de la suerte era más duro de lo que el mismo Trent podía imaginar. El capitán Hammond gozó fama de ser un verdadero atleta desde sus buenos días de Wellington. Representó a su colegio, a su regimiento y a la milicia en muchos triunfos. Jugó por Inglaterra en tres internacionales y como delantero centro nadie le superó. Los horribles años pasados en Wittenpen acabaron con toda su fortaleza, quitándole la esperanza de volver a los deportes. Descorazonado y temeroso de no conducirse con toda nobleza en sus relaciones con una muchacha que necesitaba un marido fuerte, como él acaso nunca lo volviera a ser, le expuso con toda franqueza la verdad de su situación; pero Laura Craig se burló de sus temores y le contestó que de no casarse con él permanecería soltera.

Algo debió de adivinar Trent de aquella tragedia cuando se despidió sin volver a mencionar a los dos seres que encontró por la mañana en el muelle. Después de gratificar al pequeño Warner con un chelín, montó a caballo y estaba a media milla de la colina en que se asienta Christchurch, cuando se cruzó con un auto de dos asientos, guiado por un chofer de librea. El encallo era un animal fogoso y asustadizo y no era fácil aquietarlo cuando un motor le alteraba los nervios. Seguramente el chofer buscaba a Trent, pues se quitó la gorra.

—Una carta para usted, capitán —dijo alargándole el sobre.

Trent lo cogió, cuidando al propio tiempo que el caballo no lastimase al mensajero; mas cuando el animal se calmó, ya el auto había desaparecido.

En los Estados Unidos, a nadie le sorprende que un criado le dé el tratamiento de capitán, y Trent no vio en esto nada de particular. Cogió la carta con intención de preguntar quién la mandaba y cómo lo habían encontrado; pero ya no tenía a quién dirigir la pregunta, y ya estaba rasgado el sobre cuando descubrió que no era para él. Al leer el contenido se quedó asombrado. Era una escritura de mujer muy semejante a la del sobre que provocó el episodio del muelle.

«Si me amas —decía la carta— ahora me lo probarás. Estoy en peligro de muerte. El miedo con que me hace vivir mi tío se ha convertido en horroroso espanto desde que amenazó con maltratarte. Perdona, querido Bob, que me muestre desfallecida, entre incoherencias; pero no me atrevo a ser muy explícita en una carta que puede caer en malas manos. ¡Si tú lo supieras! Me muero de miedo al pensar en lo que puede suceder si tú no vienes. Esta noche, entre una y dos, has de estar donde puedas salvarme. Él ocupa, las habitaciones del ala Este. Dejaré abierto el portal. Espera en el vestíbulo hasta que te llame. Si no grito pidiendo auxilio, márchate a las tres, antes que amanezca. No trates de descubrir nada, no escribas ni mandes a pedir explicaciones que no podría darte. Tu amada Lanera está en peligro y espera de ti la salvación. Si a las tres no he reclamado tu ayuda, ya no habrá que temer. Lleva encima el revólver, pero no avises a la policía».

Estaba dirigida al capitán Hammond, en Hurstdow. Después del primer impulso de volver a dar explicaciones al capitán, Trent se paró a reflexionar.

Dos cosas aparecían claras. Si llevaba la carta a Hammond, éste se sentiría obligado a correr en socorro de la muchacha, y a Trent le constaba que el lastimoso estado del capitán le incapacitaba para sostener con esperanza de éxito una lucha con aquel mastodonte. Aun Trent, que estaba en inmejorables condiciones, tendría que apelar a toda su energía y a toda su habilidad. Porque sin duda el tío era de esos hombres que están dispuestos a prescindir de las leyes de la caballerosidad cuyo cumplimiento reclaman a los otros, y aunque no contaría menos de sesenta años, casi el doble de Trent, resultaba peligroso.

Antonio Trent comprendía cuán delicado era ofrecerse para ir en lugar de Hammond. Sin duda, éste rechazaría el ofrecimiento. No hay macho que, habiendo de luchar por la hembra, confíe esta misión a otro. Seguramente lo molestaría al ofrecerle su ayuda, pensando que, armado con una pistola, se bastaría para hacer blanco en tan grande mole.

Luego le preocupó que una persona de servicio en la casa, ya que el mensajero era sin duda un chofer particular, lo hubiera confundido con el capitán Hammond. Un chofer inglés se guarda bien de dar el nombre de capitán a un desconocido que ofrece todo el aire de la buena sociedad. Trent tenía rasgos de fácil descripción. Si la carta era una falsedad con que atraer al indeseable pretendiente de la heredera a una emboscada con propósitos de hacerle algún daño o detenerlo, la artimaña estaba admirablemente pensada, pues ciertamente acudiría.

El siniestro tío de Laura lo confundió con el capitán Hammond. Sin duda se imaginó que Laura le entregaba una carta cuando en realidad estaba recibiendo de sus manos la perdida. El negar Laura que fuese el capitán podía pasar como una excusa. La negativa de Trent se pudo tomar como un recurso para conjurar la tormenta. El tío, cuyo nombre aun ignoramos, creía firmemente que había desconcertado a Trent, y los rasgos de Trent había dado a su chófer. Ahora recordaba Trent la fijeza con que lo examinara.

Al llegar a este punto en sus reflexiones, le hirvió la sangre en las venas. Estaba ante un peligro inmediato y era preciso obrar sin tardanza, saliendo de aquella vida rutinaria y tranquila que ya empezaba a cansarle. Se alegraba de que los hechos precipitasen la oportunidad de dar una lección a quien deseó tirarlo al mar de cabeza.

Y si había escrito la muchacha y estaba realmente en peligro, mejor la ayudaría él que otro que, con sus mejores deseos, no pasaba de ser una amateur a su lado. En sus numerosas aventuras, que le permitieron reírse de la polilla de las grandes ciudades, siempre tomó grandes precauciones. Aquella noche se aventuraría en una casa desconocida y aislada, donde por lo menos habría un hombre peligroso y desalmado. Probablemente habría otros, que, de ser falso el mensaje, esperarían que cayese en la trampa. Sonrió a la idea de que Antonio Trent pudiera entrar como un bendito en una casa con la puerta abierta, para dejarse coger como un ladrón dispuesto a perpetrar un crimen. No podía perder tiempo. Aun había de enterarse de la situación de la finca y proveerse de ciertas herramientas abandonadas desde algún tiempo y necesarias para aquella empresa.

Christchurch estaba al lado de la carretera que va de Bournemouth a New Forest. En la primera posada que encontró paró su caballo para que le sirviesen un té. A preguntas de Trent, la muchacha que le sirvió dijo que era de Hinton Admiral. Y cuando él contó que por poco lo atropella un coche que ocupaba un hombre muy gordo y describió al tío y a la muchacha con admirable exactitud, la camarerita reconoció al momento a la pareja y los mentó por el nombre.

—¿Verdad que es preciosa? —dijo la posadera, que de buena gana se hubiera cambiado por Laura Craig. —¡Y riquísima! Ha tomado la finca de sir Jorge Lakenham para toda la temporada.

Pero aquel afable caballero que sorbía el té, no sentía el menor interés ni por el tío ni por la sobrina, enojado como estaba de que los autos no tuvieran ninguna consideración con los caballos. Poco adivinaba aquella muchacha lo alegre que estaba Trent en aquel momento. ¡Conque el hombre que así lo odiaba era Carlos Garland, tío y tutor de Laura Craig, cuyas fabulosas riquezas procedían de Nueva York!

Poco le costó informarse luego sobre la situación de la quinta de Lakenham. Era una finca de recreo rodeada de un parque de doscientos acres, y a dos millas de la carretera real, en un paraje muy solitario. Trent sabía perfectamente dónde caía, pues conocía la comarca por haber estado reponiendo en ella su salud cuando lo licenciaron del ejército. Pero no tenía idea de la disposición de la quinta ni podía proporcionarse un plano en tan poco tiempo. Probablemente no se habían sacado nunca fotografías ni se habló de ella en las revistas que dedican unas páginas respetuosas a las viejas mansiones. Inglaterra está llena de residencias desconocidas por el estilo.

CAPÍTULO II

EN LA TRAMPA

espués de tanto tiempo de no guiar un móvil, Trent experimentó un Dplacer viajando entre los bosques con aquel motor silencioso como ninguno de los muchos que había poseído. Ocultó el coche en un escondrijo muy frondoso de la selva y después de coger algunas herramientas del saco de golf, se encaminó lentamente hacia la casa. A las doce y media entraba en el comedor por una ventana cuya cerradura forró con la mayor facilidad. Su calzado de goma amortiguaba sus pasos y su vestido oscuro borraba toda sombra. Le fue fácil formarse una Idea aproximada del plano de la quinta, con la experiencia que tenía de otras entradas furtivas en casas semejantes. Se encaminó al vestíbulo donde debía esperar escondido. Se le ocurrió pensar que tal vez en aquel mismo instante otros estuvieron cruzando la oscuridad para caer sobre el supuesto capitán Hammond. Andando de puntillas para no tropezar con alguna piel de oso o de tigre que pudiera hacerle caer, buscó el refugio de una butaca que había junto a una chimenea en cuyo hogar se consumían las últimas brasas.

Trent habíase acostumbrado a respirar sin ruido, de modo que nadie hubiera sospechado su presencia a dos pasos por el aliento. Sabía que quien no estaba ejercitado en esta precaución, se delataba fácilmente por un involuntario carraspeo o por el resuello. A los cinco minutos estaba seguro de que o no había nadie en el vestíbulo o el que acechaba era tan experto como él en respirar sin ruido. Se daba perfecta cuenta del peligro: el hombre de cuya fuerza extraordinaria no dudaba, quería sorprenderle armado en aquella situación comprometida. No podía escogerse mejor sitio que aquella casa tan apartada en medio de un bosque de árboles centenarios. Empezaba a sentirse en uno de aquellos momentos de viva

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excitación que se revelaba en un ligero encendimiento de su normal palidez. Lo envolvía el peligro. Luchaba contra un adversario de escondidas intenciones, y como de costumbre, a solas. Ya estaba seguro de que la carta era un anzuelo echado por el hombre que lo afrontó por lo que no había hecho.

Esperaba que una vez rasgara el silencio de la noche reclamando su ayuda, seguro de que se produciría un grito. Si la carta era auténtica, correría en ayuda de la muchacha, y si el grito en la noche se lanzase para atraerlo a la trampa, también acudiría. Su actuación en uno u otro sentido era inevitable.

No era su intención permanecer en el vestíbulo. El autor de la carta no sospechaba que el capitán Hammond tuviese tanta pericia en descerrajar puertas y ventanas. Trent se proponía espiar a Carlos Garland en sus propias habitaciones, mientras éste lo creyese estremeciéndose de frío en la densa niebla que venía del mar.

Llegaba a mitad del primer tramo de la escalera, cuando un reloj de pared de ronco timbre dio la una casi encima de su cabeza. Todo era silencio y quietud. El primer ruido que pudo distinguir perfectamente del que hacían los insectos y las aves en la parte exterior, fue un leve crujido de pisadas al extremo del pasillo a que conducía la escalera. Trent se recogió en la sombra. No estaba seguro de que los peldaños de madera no alarmasen a Garland al gemir bajo sus pies. Acaso se dio cuenta de su presencia e iba a encender la luz de la escalera. Su situación nada tenía de estratégica. Respiró con alivio cuando percibió el roce de una cerilla y el olor de un habano encendido. Luego le llegó el ruido de un pesado cuerpo que se deja caer en una silla.

Cuando alcanzó lo alto de la escalera, vio al final del pasillo una luz que se proyectaba seguramente de la puerta de una habitación hundida en el extremo del ángulo que formaba el corredor.

Aquella lejana claridad fue suficiente para que Trent se formase una idea siquiera vaga de la disposición de la casa. El pasillo corría de un extremo a otro del edificio y, a cada lado, otro corredor formaba ángulo recto con el principal. A mano izquierda estaban las habitaciones particulares de Garland. Trent se hizo cargo al momento de los muebles arrimados a la pared y entre sillas y mesas avanzó hasta pocos pasos de donde torcía el pasillo, parándose tras un enorme arcón de talla. Desde aquel escondrijo podría retirarse con la mayor rapidez y sin miedo de

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derribar ningún objeto. Si encendiesen luz sobre su cabeza, sin duda lo descubrirían; pero Trent no vio lámpara alguna.

Se le ocurrió pensar que Carlos Garland podía esperar sentado en su habitación a que el capitán Hammond asomase la cabeza por el pasillo. Quizá se produjese un fogonazo, una información, un ladrón muerto… ¡Bonita perspectiva! ¿Cómo salvar la situación?

Cuando el reloj de la escalera dio la una y media, Trent notó un movimiento en la habitación, como el ruido de una silla empujada hacia atrás al levantarse su ocupante. De pronto, una densa claridad inundó el pasillo. La puerta acababa de abrirse del todo y un momento después salía Carlos Garland con ese andar característico de las personas de peso. Trent hubiera podido agarrarse a los pliegues de su bata cuando le pasó por delante, y lo siguió hasta lo alto de la escalera cuando el otro bajó al vestíbulo. Desde allí oyó apagadamente cómo lo cruzaba hasta la puerta. Luego le llegó un leve chasquido al que siguió un hondo silencio. ¿Habría echado la llave a la cerradura o acababa de quitar el seguro a su pistola automática? Fuera lo que fuese, Carlos Garland debía de estar esperando a la puerta de un establo sin caballos. Trent lo inspeccionó antes de entrar.

Y mientras Garland guardaba una entrada por la que nadie había de pasar, Trent hizo un cuidadoso examen de sus habitaciones: un dormitorio de regulares dimensiones, un cuarto interior ropero y una sala grande que podía ser biblioteca o museo. No siendo conocido Jorge Lakenham en el mundo del arte como un aficionado, supuso Trent que todo aquello pertenecía a Carlos Garland y recordó que el capitán Hammond le dijo que Garland era coleccionista, erudito y que estaba escribiendo sobre sus tesoros.

En una vitrina se guardaban las más exquisitas tanagras que vio en su vida. En otro armario había estatuillas de las escuelas francesas de admirable hechura y algunos maravillosos bronces. También vio excelentes cuadros, pero lo más admirable de la colección eran los objetos de arte que en gran abundancia se guardaban en unas cajas de acero cuyas cerraduras Trent examinó cuidadosamente, viendo que le eran desconocidas, acaso un sistema especial de algún cerrajero del continente, cuyo secreto no tardaría él en descubrir si le dieran tiempo y se le despertara su antigua inclinación.

En una suntuosa mesa de nogal, junto a la cual estuvo sentado Garland, había una de aquellas cajas cuya tapa vio que estaba abierta al intentar

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levantarla, y debajo de una tapa de cartón forrado de terciopelo descubrió una porción de estuches de piel que contenían medallas o joyas. Cogió la primera que le vino a mano, pero, si esperaba encontrar una de aquellas joyas que excitaban su envidia en sus tiempos pasados, se llevó un chasco. Nunca le habían interesado objetos como aquél, si bien nunca los examinó atentamente. Se lo llevó, pues, a la luz; pero apenas puso en él los ojos, oyó pasos que se acercaban. Con el camafeo en la mano, sin tiempo para volverlo a su puesto, ya que estaba a varios metros de la mesa, fue a esconderse, acurrucándose de rodillas y apoyando las manos en el suelo, tras un armario de roble.

Entró Carlos Garland, que al parecer de nada recelaba, aunque pasó una mirada rápida por toda la sala. El estuche de marroquí en poder de Trent podía perjudicarle en caso de ser descubierto, pero en su violenta posición le era imposible guardarlo en el bolsillo, y como por otra parte no le convenía arrinconarlo detrás de un mueble porque hubiese denunciado su presencia al ser hallado, decidió metérselo dentro del calcetín.

Aquel extraño coleccionista ocultaba algún misterio que se proponía descifrar en tras visitas nocturnas. Por entonces, lo que más le interesaba era descubrir el secreto del miedo de la sobrina, y por mucho valor que tuviesen los objetos cerrados en aquellas cajas de acero, no excitaban su codicia. Nunca más, como había jurado por la tumba de su padre, volvería a la vida pasada; pero tampoco podría curarse nunca de aquella pasión por las situaciones excitantes y peligrosas que se desarrolló en él con tal intensidad durante su carrera de burlador de las leyes.

Garland echó una mirada a la caja sin fijarse en su contenido y la guardó con las otras en el correspondiente anaquel, saliendo luego precipitadamente de la sala y dejando a Trent en libertad de hacer nuevas exploraciones.

Se fijó en que las cuatro ventanas de la habitación tenían rejas, precaución tomada, como luego supo, por una víctima de la manía persecutoria. Quería arrojar el estuche de marroquí, por entre los barrotes, a un arriate que había debajo, pero no pudo resistir la tentación de guardárselo para examinarlo con más atención, porque siempre le había preocupado que en todos los siglos hubiese hombres que gastaron enormes fortunas en coleccionar semejantes objetos.

A las tres resolvió abandonar aquel lugar de peligro. En caso de que la carta respondiera a la verdad, ya nada había que temer por la señorita

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Craig, y si era una falsedad, el autor había fracasado y proporcionado a Trent una noche distraída. Retrocedería, pues, saliendo por el mismo camino, cuando Garland dejase el vestíbulo, y esperaría escondido en el tercer pasillo, todavía inexplorado, a que se retirase a sus habitaciones.

Al llegar a lo alto de la escalera, notó que Garland subía y hubo de esconderse detrás del arcón que le sirviera antes de refugio, junto a una butaca, sin pensar que corría peligro. Garland le pasó tan cerca, que Trent pudo ver su aspecto de contrariedad, y en vez de retirarse a sus habitaciones estuvo paseando por el corredor, revelando en su talante una extraña inquietud, hasta que después de dar muchas vueltas se sentó en el sillón tras el cual se ocultaba Trent. Momentos después alargó la mano para sacudir contra el suelo la ceniza del cigarro que estaba fumando. Poco le importaría al intruso que se la hubieran tirado sobre la cabeza, si no hubiese notado que el meñique de Garland rozó ligeramente sus cabellos. En el primer momento estuvo vacilando entre dar un salto intentando la fuga o estarse quieto. Pero se tranquilizó viendo que el otro seguía fumando y al cabo de un rato se levantaba para seguir paseando.

De pronto se apoderó de Trent un sentimiento de terror que dio al traste con su serenidad, al ver que Garland se acercaba a su escondrijo más de la cuenta. Sintió un dolor que lo cegó, sumiéndolo en el mundo de la inconsciencia, y cayó estirado a los mismos pies de su enemigo, el cual empuñando una cachiporra india de dos libras de peso, se inclinó para saludar en voz baja:

—Buenas noches, capitán Hammond. —Y seguro de que el golpe a nadie de la casa había despertado, cogió a su víctima por la cintura y se la llevó sin dar la menor muestra de que le pesara, mientras decía con un brillo de triunfo en los ojos: —Permita que le dispense un digno recibimiento. Vamos a mis habitaciones. Será usted el primer forastero que las visite y espero que también el último.

* * *

Antonio Trent abrió los ojos en un sillón frailero y al punto se dijo que había salido de aquel trance con un chichón en la cabeza y un malestar de náuseas en el estómago.

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Frente a él, mirándolo con diabólica sonrisa, estaba Carlos Garland. La ferocidad de aquellos ojos le permitió medir la gravedad del peligro en que se hallaba, pero la excesiva confianza que ponía en su agilidad atlética impedía que el miedo le dominase. Era inadmisible que un viejo hidalgo, coleccionista de objetos de arte, sometiese a quien burlara cien lazos tendidos contra él por la policía profesional.

—No hubiera usted hecho esto luchando cara a cara —dijo Trent. —Si lo dice para consolarse, pase —replicó Garland, —pero bien sabe

que sólo tenía salvación en la huida, y reconozco que me ganaría a correr. De ninguna otra manera podría usted escapar de mis manos y aun ahora está pensando en dar un brinco y desaparecer al amparo de la noche.

—Se equivoca —gritó Trent con creciente cólera, —jamás he huido de nadie ni pienso hacerlo.

—Hace usted bien en pensarlo —dijo el otro con ominosa suavidad. —¿Qué quiere decir?

—Que no tendrá otra ocasión de enseñar sus talones a sus perseguidores. Ha realizado usted la última carrera y ha perdido.

—¿Y espera que yo crea semejante paparrucha?

—Tiene usted más motivos que otros —replicó Garland con una frialdad que cortaba como un afilado acero. —Supongo que la suerte continuará ayudándome. Una de las mayores sorpresas de mi vida la experimenté hace poco cuando, al sacudir la ceniza del cigarro, tocaron mis dedos sus cabellos. Ya ve usted por dónde una costumbre que tantos regaños me atrae del ama de gobierno, ha venido a librarme de un asesino.

Trent lanzó una risotada.

—¿Yo, asesino? ¿Por qué no añadió esa virtud a la serie de lindezas con que me recibió en el muelle esta mañana?

La contestación de Carlos Garland acabó de descubrir a Trent el peligro inminente en que se hallaba.

—Porque esta mañana creí que era usted el capitán Hammond.

—¿Y ahora quién soy? —preguntó Trent, ya helada la sonrisa en sus labios.

—Ya lo veremos, no tengo prisa; mis criados no vienen aquí mientras no los llamo. Le ofrezco una oportunidad para que usted me lo revele sin prisas. En caso de negarse apelaré a lo que llaman en su tierra «los métodos del tercer grado».

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Trent guardó silencio. No dudaba que Garland había descubierto su error de una manera que no podía adivinar y estaba seguro de no hallarse ante el militar inglés. Pensó que se encontraba a solas en un extremo apartado del edificio, con un enemigo que, según todas las apariencias, no permitiría que la servidumbre anduviese rondando por la casa. Probablemente se compondría de atemorizadas mujeres que permanecerían encerradas en sus aposentos, fuera cual fuese la tormenta que se desencadenase en el interior de la vivienda.

—No suelo equivocarme —prosiguió Garland—, y menos ante un hombre decidido. El capitán Hammond se veía con mi sobrina o paseando a caballo o en el tennis de Somerford, sin mi conocimiento. Me lo imaginaba como un tipo corriente de quien es fácil librarse. Cuando lo he sorprendido en el momento de entregar una carta a mi sobrina creí que era él, de modo que al mandarle por mi chofer la carta que lo ha atraído aquí, aún no había salido de mi error y he dado las señales de usted. Pero durante la comida se ha desvanecido la confusión, al enseñarme mi sobrina una fotografía del capitán entre un grupo de oficiales. Puede usted imaginarse las horas de inquietud que habré pasado, suponiendo que se creería usted obligado a llevar la carta al capitán y no daría resultado.

—Ya ve usted que no —replicó Trent. —A más que por mi parte tenía un pequeño agravio que vengar, el capitán Hammond no se encuentra en condiciones de levantar una paja. Ya debe saberlo.

—Sí.

—Entonces, ¿para qué lo quería?

—Me molesta. No quiero que se case aun mi sobrina. Ya he apartado de su camino a otros pretendientes, y me proponía eliminar a Hammond como ladrón. Lo más probable era que trajese la carta en el bolsillo, en cuyo caso me hubiera apoderado de ella. No se moleste usted en buscarla, que no la encontrará. Ante los jueces se hubiera probado que entró en mi casa llevado de una obcecación amorosa y yo hubiera hecho los posibles por alcanzar su libertad, pero mi sobrina ya no lo hubiera vuelto a ver. Ahora usted viene a complicar las cosas.

—¿Cómo es tan necio para hablarme así de Hammond?

—Nadie lo creerá si usted lo cuenta. ¿Quién es usted? Nadie. Yo en cambio soy el protector de estos comarcanos. Me suscribo a todas las empresas caritativas, otorgo copas en todas las contiendas deportivas que aquí se organizan y se me considera un sabio recluido que cuida de su

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salud. Me glorío de conocer a los hombres. Puede no creerme, pero usted me mira con ojos acostumbrados ya al peligro y ve en mí al hombre peligroso e invencible.

—¡Ah! ¿Sí? —dijo Trent con acento de suave ironía. —Por eso me ha divertido tanto el hecho de que fuese usted a esperar a la puerta mientras yo estaba admirando su tesoro. Le advierto que hubiera podido robarle lo más precioso y desaparecer sin que advirtiese usted nada.

En la mirada de odio que aquellas palabras provocaron brilló un designio feroz que no se le escapó a Trent. Se confesó éste que había cometido una imprudencia. No era dado a jactancias, ni menos a meterse en callejones sin salida.

—¿Y por qué se abstuvo de robar mi tesoro?

—Porque no rae hace maldita la falta, pues probablemente poseo cosas de más valor que usted. Vine porque, no habiéndole podido replicar como se merecía delante de aquellas damas del muelle, me urgía darle una lección de urbanidad.

—¿Y qué quería decirme?

Trent no contestó inmediatamente. Su situación era de lo más desagradable. ¿Cómo confesar que vino tanto por salir en defensa de Hammond y descubrir los peligros que amenazaban a la muchacha, como para satisfacer su anhelo de excitaciones? Dar un salto en la silla para arrojarse contra Garland era como buscar la muerte, ya que su enemigo no podía errar el tiro a tan corta distancia, resultando que la policía le encontraría aquel maldito camafeo y Garland saldría ganando en el aprecio de los comarcanos.

Había otras complicaciones. Sería fácil identificarlo. El nombre de Antonio Trent, que nunca habían podido relacionar los más sagaces detectives con el famoso delincuente que se les reía en las barbas, quedaría infamado, y la familia de la novia que murió en una cacería pocos días antes de la fecha señalada para contraer matrimonio con él, se cubriría de oprobio.

—Vine —dijo al fin— porque deseaba saber qué clase de hombre era usted. Francamente, me intrigaba. Puedo conocerle yo mejor que estos campesinos. Ha de saber que soy un americano de esos que llevan una vida aventurera siempre en busca de excitaciones, y la carta que recibí equivocadamente me ofreció una oportunidad irresistible. La aproveché y sólo por un fortuito accidente de que no puede usted por cierto

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vanagloriarse, me he visto reducido a esta situación ventajosa para usted.

Herir a un hombre que no espera el golpe, ningún mérito tiene.

—Si lo hubiera usted esperado lo mismo hubiera sido.

—Es usted un solemne embustero —prorrumpió Trent.

Creyó que Garland, que acababa de levantarse, se le iba a echar encima, al gritar:

—¡Se atreve usted!

—Yo, sí. Usted es quien no se atreve. Vamos, ¿no dice que de todos modos me hubiera vencido? ¿Por qué no probarlo? Tiene usted más años, pero también es más recio y está más acostumbrado que yo a los actos de violencia, por muy sabio que lo crean estas gentes. Es usted un bravucón, si no acepta la oportunidad que le ofrezco.

—No está hecho mal psicólogo. Quiere exasperarme para contrarrestar la ventaja que sobre usted tengo. Veinte años atrás acaso hubiera aceptado, pero con la edad nos hacemos prudentes los hombres. Sepa que aún me queda fuerza para retorcerle el cuello, y tal vez tenga que hacerlo. Un día, en su mismo país, donde he vivido muchos años, paré un armadijo para coger un gato que me molestaba de noche y cayó una zorra. Si la hubiera soltado, acaso me hubiera mordido con la rabia de tener las patas quebradas; hube de rematarla. Me parece que sabrá usted aplicarse el cuento.

—¿Por qué habría de atacarle yo?

—Abandoné su país para verme libre de las actividades de cierta banda de ladrones que quería robar mi colección, que por cierto tiene un gran valor. Y como es usted un americano que me infunde sospechas, no me fío. Si quiere salvar mi colección he de empezar por sentirme seguro yo mismo.

—El hecho de que yo tenga pocos amigos sólo prueba mi sincero deseo de vivir tranquilo —observó Trent. —Pues si mi retraimiento me ha de hacer sospechoso, ¿qué podemos pensar de usted? Dice que sus tesoros son de tan gran valor, que han atraído la codicia de una banda de ladrones; y ante eso le digo que nunca he visto el nombre de Garland en ningún tratado de arte o de colecciones. Tenemos la Colección Wallace y el Museo de Piergan, pero ¿quién ha oído hablar jamás de la Colección Garland? Si entrambos nos viésemos envueltos en un proceso, me parece que le sería más difícil que a mí poner en claro su personalidad.

—¿Me acusa usted de haber cometido algún acto criminal?

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—No, al menos por ahora. Sólo quiero con vencerle de que no está usted tan seguro, que pueda hablarme en ese tono doctoral. Me amenaza usted de muerte, pero por muy inglés que sea, conozco mejor que usted este país si cree que podrá cometer impunemente un asesinato. Aquí se está muy seguro contra esas bromas. En una semana se cometen en Chicago más asesinatos que aquí en un año. Aquí la vida es sagrada.

—Según de quien se trate —convino Garland—. Mi vida, por ejemplo; mas la suya, desgraciadamente para usted, poco valor tiene. Se calificará mi acto de homicidio justificado y me nombrarán de la Comisión de la Paz por mi heroísmo. No me faltarán recursos para conquistarme las simpatías cuando usted no sea más que un recuerdo desagradable.

—Estamos hablando como necios —advirtió Trent con toda la calma de que era capaz—. Concedo que mi presencia en esta casa no tiene una gran excusa, y como están de su parte las razones, me propongo indemnizarle cualquier daño que haya podido causarle.

—Otra prueba contra usted. Intento de soborno. Es decir, me ofrece usted dinero para encubrir una felonía.

—Está bien —replicó Trent, que no esperaba ya piedad de la expresión cruel de aquel hombre. —Si me acusa usted de ladrón, me gastaré una fortuna para hundirle. El capitán Hammond dirá todo lo que sabe de usted y pondremos en claro el derecho que usted tiene sobre esa muchacha. Acabará usted por maldecir el día en que me llevó a los tribunales.

A la cólera de Garland siguió una actitud sombría mucho más temible. —No se trata de provocar un proceso en el sentido en que usted se imagina —dijo adoptando un tono cortés, —sino una investigación judicial. Para usar una frase melodramática, «ha firmado usted su

sentencia de muerte», al hablarme así.

Antonio Trent creyó al fin que aquel hombre siniestro había decretado su muerte y vio que todo estaba contra él. La ventana que forzó, el automóvil que dejó oculto en el bosque; el camafeo sería una prueba irrefutable. Todo estaba a gusto de Garland y nunca se halló Trent en situación más apurada. Su adversario esperaba el menor intento de fuga para abrasarle los sesos de un tiro. Concentró todos sus esfuerzos en no revelar el miedo que le oprimía la garganta.

Moviéndose en el asiento notó sobre la cadera la presión de su pistola y pensó que Garland, preocupado en quitarle la carta del bolsillo, se olvidó de desarmarlo. Apoyó un codo en la rodilla izquierda, inclinándose hacia

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delante mientras acercaba la mano derecha al bolsillo del pantalón, hablando para distraer al otro de sus movimientos.

—Juraría que ha cargado su conciencia con otras muertes.

—Pero ninguna me habrá producido tanta satisfacción. Jamás encontré a un hombre que a primera vista me inspirase tanta repugnancia. Estaba acostumbrado a que se pintase el miedo en la cara de los hombres, cuando los miraba con enojo, y usted no sólo no tuvo miedo sino que me miró con insolencia. La mirada que cruzamos fue una declaración de guerra, y como tengo una misión importante que cumplir en los años que me quedan de vida y usted representa para mí una amenaza, no muy seria, no vaya usted a envanecerse, he de proceder a eliminarle.

Ya Antonio Trent empuñaba la culata de la pistola con mano poco avezada a su uso en las aventuras nocturnas, y aunque veía la que Garland tenía sobre las rodillas, creía que no le daría tiempo a empuñarla, pues por decidido que fuese no osaría moverse cuando tuviera un cañón apuntado contra el corazón.

—¡Manos arriba! —gritó Trent levantando el arma.

Aun en aquellos momentos de intensa emoción hubo de maravillarse Trent del dominio que reveló el amenazado sobre sí mismo. Por un instante parecióle que su carácter bravucón ocultaba una innata cobardía. Dejó caer al suelo la pistola que tenía sobre las rodillas y Trent, de un puntapié, la mandó a un rincón de la sala.

—Tengo una misión importante que cumplir —remedó Trent— en los años que me quedan de vida y como usted representa para mí una amenaza, no muy seria, no vaya usted a envanecerse, he de eliminarle.

En silencio, con las manos levantadas, Carlos Garland se incorporó lentamente. Ni un rasgo de su cara descubría su intención. A cuatro pasos le apuntaba la pistola de Trent. Garland dio un salto tremendo al tiempo que abría las manos buscando la garganta de su adversario. Trent comprendió el peligro e instintivamente disparó. Era su única salvación.

Cuando vio caer al suelo aquella corpulencia sin que le cupiera la menor duda de que le había atravesado el corazón de un balazo, pensó Trent que estaría de suerte si lograba librarse de la horca. ¿Qué juez creerla que había matado en defensa propia? Lo mejor era escapar antes de que alguien lo viese. A los pocos segundos ya estaba tratando de abrir la puerta, pero los habitantes de la casa se habían alarmado.

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En silencio, con las manos levantadas, se incorporó lentamente.

En lo alto de la escalera, distinguió la silueta de Laura Craig proyectada contra la pared del pasillo, y a la luz de la palmatoria que llevaba, pudo apreciar la palidez de su hermoso rostro. La seguían dos criadas viejas y muertas de miedo. La nerviosidad de Trent, que no le permitió abrir la puerta más aprisa, les dio tiempo de llegar hasta allí; pero cuando consiguió abrirse paso, se le presentó un nuevo peligro en la persona de un criado que bajaba corriendo, llamado por la señorita.

Trent, que tenía el instinto de la orientación, llegó a donde le esperaba su coche sin desviarse un paso y al cabo de unos minutos corría por la carretera de Southampton a Londres.

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Siempre había admirado los suaves pero rectos métodos de la justicia inglesa. No había que contar con influencias políticas ni monetarias. De nada serviría su declaración tratando de convencer de que se limitó a cometer un homicidio en defensa propia, si no presentaba pruebas materiales. Se hallaba indefenso y técnicamente era un ladrón. Numerosos testimonios se presentarían contra él, desde los que presenciaron su discusión con la víctima en el muelle, hasta el chofer que le entregó la carta. Por una maldita fatalidad, Trent, que había cometido impunemente numerosos actos contra la ley, se veía a dos pasos de la horca por lo que no era un crimen. La vida tranquila que tanto deseaba huía de él; ahora que tan arrepentido estaba de haber infringido la ley, era un asesino ante ella y un fugitivo de la justicia.

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CAPÍTULO III

LA INÚTIL FUGA

uando Antonio Trent vivía en Nueva York, expuesto constantemente Ca que lo detuvieran, se había trazado varios planes para burlar a la policía. Una de las rutas que tenía preparada para la huida era la de Skedadlers’ Cove a Kennegabo, tan conocida por los que desertaban durante la guerra civil al Canadá por Maine. Otra era la que le llevaría a Méjico en caso necesario. Pero en la pacífica Inglaterra, donde no era tan alarmante su secreta actividad, descuidó aquellas precauciones.

El instinto de conservación y la necesidad de obrar con la mayor cautela vinieron a suplir aquellos preparativos. Siempre llevaba encima dinero y joyas que podía convertir en moneda corriente. En el dobladillo superior de los pantalones guardaba billetes de banco ingleses y americanos que representaban una bonita suma, y en sus palos de golf se escondían brillantes, no muy grandes para despertar sospechas, pero sí lo bastante para poder vivir con ellos muchos años.

Lo más temible era el número de matrícula que ostentaba su coche, que no podía abandonar sin despertar sospechas; tampoco podía venderlo sin dar alguna explicación de su propietario. En Croydon había comprado un coche decrépito cuyo solo valor consistía en llevar la matrícula de Londres. Lo dejó en un destartalado garaje y cuando al cabo de tres meses fue a pagar el alquiler le puso la placa que ostentara su Wolseley, mientras que éste se estaba pintando en Clapton. Si el asunto de Garland moviese ruido el pintor veríase algo desorientado para identificar el coche, con aquel cambio, y cuando se descubriese ya él estaría en salvo.

Desde Clapton se dirigió Trent a un hotel que en términos del Baedeker, era de «segunda clase». Se presentó con su saco de golf y un equipo comprado en una tienda de mala muerte sólo para satisfacción del

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hotelero, que no concibe la llegada de un parroquiano sin maleta. Ya no se sentía en peligro inmediato. Garland probablemente no moriría sino después de algunas horas. Se perdería tiempo y acaso las investigaciones judiciales se difiriesen hasta la madrugada del jueves, y entonces ya pensaba él estar en París. Las declaraciones del chofer que le entregó la carta, su salida precipitada del hotel y otras menudencias necesarias para identificación del asesino, harían perder tiempo, y casi estaba convencido de que no se dictaría la orden de arresto contra él hasta el jueves por la noche. Así, pues, se hizo servir una buena comida y se fue al teatro con la mayor tranquilidad. Los diarios de la noche no traían la menor referencia del crimen.

Por la mañana le sorprendió la misma falta de noticias. Desconfió. Con frecuencia encuentran los criminales la manera de evadirse, en las advertencias e indicaciones que publica la prensa al comentar su crimen, y no es difícil escamotear las noticias a los periodistas si se considera necesario.

A las diez y media fue a buscarlo un coche que lo condujo al aeródromo Hounslow, línea aérea Londres París. Presentó en regla sus pasaportes con otro nombre y no halló ninguna dificultad. Poco después de mediodía estaba volando y a las dos y cuarto descendía en Le Bourget, en las afueras de París. Pasó la aduana sin contratiempo y otro coche lo llevó al hotel. En menos de cinco horas dio aquel salto de hotel a hotel, por veinte guineas. Conocía bastante bien aquella ciudad, y cuando estuvo allí durante la guerra ya se fijó en las ventajas que París ofrece a los que quieran elegirla como escondite. Claro que no era su propósito vagar como un perdido, él que siempre se alojó en los mejores hoteles. Se marcharía a Argel o al Cairo, ya que los dos países más amados, el suyo e Inglaterra, se le cerraban de momento.

Si el hotel donde Trent se presentó como argentino hubiera figurado en el Baedeker, sin duda se encontraría entre los de cuarta clase. No se distinguía ciertamente por la limpieza, pero era el primero de la serie en que Antonio Trent se dejaría crecer la barba, perfeccionaría sus conocimientos de español, compraría ropa pieza por pieza y saldría hecho un sudamericano. Su afición a la lengua española se debía a una posible fuga a Méjico, y por cierto que le había sido muy útil en sus ilícitas aventuras. Mientras dudaba en llevar sus palos de golf, pensando que no

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integraban generalmente el equipo de un argentino, hizo su gran descubrimiento.

Vació sobre la cama de su habitación el contenido del fondo de la maleta: dos pelotas encarnadas para jugar en la nieve, una de las cuales guardaba dos de los rubíes que fueron el orgullo de un banquero de Chicago, mientras la otra tenía por corazón un diamante de diez facetas; en el hueco mango de un palo estaba el pasaporte de Antonio Trent, el certificado de nacimiento y otros documentos de identidad. También estaba sobre la cama la pistola automática con que mató a Garland, aquella arma fatal que el taimado coleccionista se olvidó de quitarle. La miró con aversión. Él sería cualquier cosa menos un pistolero, y rara vez llevaba armas.

Hizo un gesto de extrañeza al mirarla. Aquella pistola no era su Colt americano del calibre 38, sino un arma del mismo calibre del fabricante inglés B. S. A. y Cía. Después de buscar en vano su propia pistola, se puso a pensar cómo diablos y cuándo se realizó la sustitución. No la examinó al metérsela en el bolsillo del pantalón en Bournemouth y era posible que la llevase cambiada desde hacía meses sin saberlo. Hacía medio año que no usaba la propia, desde que se practicó al tiro con un amigo en Cornwall. Quizá Arturo Grenvil se la cambió sin querer. Era lo más probable.

Pronto salió de su error. Al descargar la recámara, vio que todos los cartuchos estaban vacíos y sólo uno aparecía usado. ¡En su vida tuvo Trent un arma de cartuchos vacíos!

Se le ofreció la verdad con la rapidez del relámpago. Aquel perfecto granuja de Garland había realizado el cambio mientras su víctima yacía inconsciente. Acaso en la precipitación pensó Garland que las dos pistolas eran de la misma marca y entonces se le ocurrió jugarle aquella treta. Recordaba haberle echado en cara el descuido de no desarmar a su enemigo y que cuando le ordenó levantar las manos no descubrió en las facciones del gigante el menor signo de rabia ni de miedo. ¿Qué había de temer sabiendo que la pistola que apuntaba a su corazón no tenía más carga que pólvora inofensiva? ¿Qué mejor manera de librarse del enemigo que hacerle creer que lo asesinó? Garland le resultaba un gran psicólogo. Y, desde luego, no estaba muerto.

Sin duda había calculado que su espontáneo visitante no era de esos que, observantes de la ley, están siempre dispuestos a escandalizar

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pidiendo ayuda. Había adivinado en Trent un tipo de su misma ralea y lo temió como a un serio adversario.

Fuera cual fuese la razón de su conducta, Trent estaba seguro de que Garland, estudioso y retraído, evitaría toda investigación. Que llevaba una vida retirada estaba fuera de duda. Que era estudioso Trent no lo negaba. Mas ¿para qué sepultarse en aquel villorrio? ¿Para qué ahuyentar a los pretendientes entre los que su sobrina había de elegir esposo? ¿Quién era aquel hombre?

Hizo un gesto de extrañeza al mirarla. Aquella pistola no era su Colt americano del calibre 38.

Los temores de Trent se disiparon y abandonó al momento el hotel de cuarta clase para alojarse en otro donde se le conocía. Al día siguiente

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despertó casi contento. Se le presentaba una aventura capaz de excitar sus nervios.

El silencio que guardaban los periódicos sobre el crimen sensacional de Hampshire corroboraba su idea. ¿Cuál sería el resultado de las indagaciones? ¿Qué sendas intrincadas seguiría la caza en caso de que buscase la salvación en la huida? Trent no se inclinaba a creer que Carlos Garland tuviese miedo de ningún hombre. Actualmente, lo más probable sería que permaneciese indiferente, satisfecho de la victoria. ¡Nada, estaba resuelto!

Aunque la teoría que Trent establecía no se fundaba en pruebas, estaba tan seguro de no equivocarse mucho, que atravesó tranquilamente el Canal y en Dover tomó el primer tren que salió para Hampshire sin miedo a que le molestase la policía en la estación de Bournemouth. En el hotel, al que cablegrafió desde París dando una excusa para su ausencia, acogieron su regreso con respeto. No sorprendió ni una mirada sospechosa.

Ya era de noche cuando llegó a la habitación que ocupaba Hammond. En su plan de acción entraba como primera providencia ofrecer noblemente su ayuda. Garland probablemente se consideraría libre de otro inmediato obstáculo y acaso estuviera ya trazando sus planes para deshacerse del que representaba Hammond. Trent hubiera jurado que la quinta solitaria escondía un misterio y acaso el verse complicada en algún manejo criminal era lo que tanto asustaba a la señorita Craig. Garland podía haber elegido aquel refugio tan apartado e inobservable para burlar la ley o trazar proyectos reñidos con la justicia, y todos los que vivían bajo aquel techo debían sentirse en cierto modo encubridores de algún crimen si no cómplices de alguna fechoría.

Aún no había Carlos Garland acabado su obra, aun esperaba momentos de ansiedad y de peligros, pero la última palabra la diría Antonio Trent. No era su propósito embarcar al capitán Hammond en una empresa que implicaba grave riesgo de la vida. Sólo quería recabar su ayuda desde fuera. Los pormenores de su plan no tardarían en irse presentando.

Vió que Hammond acababa de pasar por una de sus peores crisis.

—Supongo que se habrá usted enterado ya del horrible suceso.

Por un momento el corazón de Trent aceleró sus latidos.

—¿Qué suceso? —preguntó, poniéndose en guardia. —¿Algo que se relacione con Garland?

—Sí. Se acabó todo.

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Trent se alarmó. Lo que decía aquel hombre, por la manera de decirlo, bien podía ser una amenaza contra él. Acaso su teoría fuese completamente falsa. Todos sus movimientos podían haber sido descubiertos por la policía.

—¿Quiere decir que ha muerto?

—Quiero decir que se la ha llevado y nunca más la veré. Ha pasado como un ángel por esta vida del campo, gris y rutinaria, dejándome frente a una existencia que se me hace sin ella insoportable. ¿Para qué vivir? Para nada, para nada en absoluto. Ya he arrojado por la ventana todos mis malditos específicos.

—Mejor para usted —dijo Trent, aliviándose de un peso que no le permitía adoptar una actitud cordial.

—Y comeré y beberé lo que me venga en gana.

—Eso no le alegrará la vida y puede anticiparle la muerte. No sea tonto. Anímese. La única manera de perder a la señorita Craig es renunciar a la esperanza.

Hammond sabía que Trent montaba a caballo, tenía un coche y vivía en un hotel de lujo, y por eso replicó:

—Eso está muy bien para usted, que puede ir adonde le parezca. Yo no puedo moverme de aquí y un paseo hasta la ciudad es lo único que me está permitido. Ni matándome hubiera Garland estropeado más mi noviazgo.

—Está usted en un error que luego le explicaré. Por ahora conteste a unas preguntas que he de hacerle. ¿Cómo sabe que se han marchado?

—Me lo ha dicho la camarera de la granja de Christchurch donde entrábamos siempre a tomar el té en nuestros paseos clandestinos por la ribera. El hermano de la granjera, que es guardabosques, los vio marchar. Ayer a primeras horas de la mañana presenció el desfile. Un camión de Londres conducía todo su menaje. Laura y Garland iban con el chofer en su coche grande y el mayordomo y la cocinera ocupaban el de dos asientos. Las otras tres mujeres, en el autocar del pueblo, fueron a la estación a tomar el tren.

—¿Le habló alguna vez de la servidumbre, la señorita Craig? —Decía que la querían mucho a ella y temían al amo. —¿Vió usted alguna vez a Garland?

—En varias ocasiones pasó por mi lado mientras esperaba a Laura. Claro que procuraba ocultarme para evitar a mi novia un disgusto de muerte. La cara de aquel hombre me asustaba. Me recordaba demasiado la

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de algunos bestias que tuve que sufrir en el campo de concentración, para esperar de él nada bueno. Los años que pasé como prisionero acabaron con mis nervios, y siempre experimenté una alegría al convencerme de que no me había visto.

—Supongo que nunca entró usted en su casa.

—Mientras ellos la ocuparon, no. Los Lakenhams son primos míos y he vivido con ellos en la quinta.

—¿Qué atractivos ofrece la casa a hombres como Garland?

—Es un paraje pacífico y relativamente apartado. Nadie que no tenga en ella algún quehacer pasa a menos de una milla. Justamente lo que necesita un hombre que desea escribir un libro sobre manuscritos orientales.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Laura, que por otra parte no sabía de qué se trataba. Su tío no quería que nadie lo estorbase. Las criadas sólo podían hacer limpieza en su presencia. Ocupaba un ala que ya fue arreglada para otro loco — Hammond pareció comprender de pronto que el vivo interés con que le escuchaba el forastero exigía una explicación. —Perdone, señor Trent, pero no veo qué interés puede tener esto para usted.

—Ya lo verá —dijo el otro sonriendo. —Ahora escúcheme.

—¡Parece increíble! —exclamó el capitán cuando Trent acabó su relato. —¡Es algo asombroso!

—¡Desconcertante! ¿Por qué se ha escapado Garland? No hay duda que creyó que estaba enterado de algo o que iba a descubrir un secreto temible para él.

—Tiene usted una cara capaz de asustar a un malvado —concedió Hammond. —No quiero decir que parezca usted un policía, pero sí que tienen una cierta dureza sus facciones cuando no habla o sonríe.

Pensaba qué clase de individuo sería aquel Trent. A lo mejor resultaría un detective de esos que ocultan su profesión para no limitar el campo de sus actividades.

—Lo vi por primera vez cuando me insultó en el muelle y supongo que tampoco él me vio antes.

Hammond no podía apartar de su imaginación la dramática escena de la quinta. Pensando en ella y en su vida monótona sentíase consumir por lo insoportable de su situación.

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—¡No suspire! —exclamó Trent. —También usted está complicado en el asunto. Ha de rescatar a Laura y casarse con ella. Voy a tratar de descubrir por qué su tío quiso hacerme creer que lo maté y luego desapareció.

—Yo no puedo seguirle —dijo Hammond casi con rabia.

—Puede usted muy bien —replicó Trent en el mismo tono. —Necesito un secretario y un compañero. He de hablar con alguien de esto y será usted la víctima. Tengo mucho dinero, de modo que no se apure por esto. Si tanto ama a la señorita Craig y la cree en peligro, venza su orgullo y acepte mi ofrecimiento. Por muy capitán de Húsares que sea Roberto Lakenham Hammond, no veo que se rebaje porque acepte unos decorosos honorarios por trabajar en bien de su amada.

—No es eso —porfió Hammond con voz entrecortada. —Ya no me queda ni sombra de aquel necio orgullo de otros tiempos. Es la excesiva honradez con que usted procede, cargando con un hombre deshecho y ofreciéndole encima dinero, como si le tuviera que ser de alguna utilidad. Con todo, no le puedo dar las gracias propiamente hablando. Acaso algún día le demuestre mi agradecimiento con obras…

Hammond no supo qué más decir. Trent, para darle tiempo, llenó la pipa y la encendió recreándose en ella.

—Me ha quitado usted un peso de encima —dijo alegremente. — Mañana vendré a buscarle y lo llevará a comer a mi hotel. Hablaremos detenidamente y tomaremos el tren de las tres para Waterloo.

—¿Tiene usted ya alguna pista? —preguntó Hammond cuando ya Trent se había despedido.

—Sí, la tengo; el rastro que deja todo hombre aferrado a sus manías. —¿Se refiere a los manuscritos orientales?

Hammond estaba intrigado. Trent movió la cabeza sonriendo.

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CAPÍTULO IV

ACUSADO DE ASESINATO

rent poseía una clave no despreciable, para descifrar el enigma que TGarland le ofrecía, en el camafeo, que sin duda lo llevaría a descubrir el nombre del propietario de la joya. No era una autoridad en cuestión de piedras, pero entendía lo suficiente para estar casi seguro de que aquella exquisita obra de arte no era una de aquellas imitaciones admirables que, según demostraba el Príncipe Pontiowsky, engañan a los más expertos. En caso de tener el valor que sospechaba, algún coleccionista le reconocería y recordaría su venta, y poco a poco podría llegarse a la identificación de Carlos Garland.

Sus indagaciones en Londres le descubrieron como primera autoridad en la materia a Grifido Wadham, conservador del Museo de Bellas Artes de Piergan, la más famosa colección americana, cuyo edificio en Londres era una imitación del Partenón de Roma, aunque de reducidas dimensiones.

Dejando en el hotel al capitán Hammond, aun preocupado con su cambio de vida, Antonio Trent llegó por la tarde al Museo de Piergan, cuyo portero le indicó a un señor de mediana edad que acompañaba a un grupo de japoneses, al preguntar él por el conservador. Wadham, que era un hombre cortés y comedido, tenía la vista en todo y no dejó de observar con rápida mirada al que entraba.

Éste examinó con curiosidad el recinto. Ya había leído en Nueva York que todas las visitas de aquel museo permanecían bajo la más severa observación, sin que fuera posible esconderse en ninguna parte. Una escalera de un solo tramo que menoscababa el edificio desde el punto de vista arquitectónico, fue en otro tiempo objeto de viva controversia que

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llamó la atención de Trent, porque los defensores trataban de demostrar que las riquezas de aquel museo estaban así a prueba de ladrones.

Cuando se marcharon los japoneses, Wadham pasó al lado de una vitrina de monedas romanas que Trent estaba examinando con tal atención, que atrajo la del sabio, hasta el punto de detenerle en su camino.

—¿No conocía usted esto? —le preguntó cortésmente.

—Es mi primera visita —contestó Trent, y habló con tal inteligencia y admiración de las personas más entendidas en piedras preciosas y objetos de arte, que el otro se dejó arrastrar con entusiasmo a la conversación.

—No —contestó Trent con visible sentimiento a una pregunta que se le hizo, —no puedo decir que sea un coleccionista, pero poseo un ejemplar, una joya de factura helénica, sobre la que tengo grandes dudas.

—¿A qué artífice se atribuye?

—Prefiero que antes la vea usted. Se cuentan tantas patrañas… Si puede concederme diez minutos para que hablemos en su despacho particular le quedaré muy reconocido.

—¿Por qué no aquí mismo?

Trent comprendió que aquel caballero recelaba algo y, para tranquilizarlo, asintió:

—Como usted quiera —dijo echando mano al bolsillo y sacando el estuche de piel marroquí.

Por mucha atención que pusiera Wadham en el examen de aquel objeto, Trent no pudo adivinar en su rostro la opinión de un experto; pero, cuando aquél levantó los ojos, sorprendió ese brillo especial de quien está acostumbrado a juzgar las intenciones y los escondidos cálculos de su contrincante.

—Esto me interesa mucho —dijo, —y si desea usted mi opinión habrá de permitirme estudiarlo con detenimiento. Acaso sea mejor lo que me ha propuesto. Vamos a mi despacho.

Descolgó el cordón encarnado que cerraba el paso de la escalera tan discutida y dejó que Trent le precediera. En lo alto había una puerta de bronce, imitación de la del Baptisterio de Florencia, cuya cerradura buscaba en vano Trent con un interés profesional, cuando el conservador dejó caer un papel al suelo. Trent se apresuró a recogerlo y al incorporarse, la puerta había girado sobre los goznes. Pero aquella treta no se efectuó con la rapidez suficiente para que a nuestro amigo le pasara inadvertida, estando como estaba sobre aviso, ya que él mismo abría la puerta de sus

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habitaciones particulares de Nueva York por un sistema de resortes sólo conocidos por el ama de gobierno.

Entró en una sala admirablemente dispuesta y adornada con gusto. Pero Wadham, sin entretenerse enseñándole los objetos de mérito que contenía, le indicó una silla al lado de una mesa central, y ocupó él la del lado opuesto; luego le ofreció un cigarrillo. Como cenicero usaba el conservador una copa griega, un cáliz, que de ser auténtico le hubiera parecido a Trent una profanación destinarlo a tan bajo menester.

—Una falsificación —explicó Wadham, que observaba la mirada del otro. —Mi predecesor indujo al señor Piergan a adquirirlo como auténtico.

—Por lo visto no le gustan a usted las imitaciones —dijo Trent, que advirtió el tono mordaz y la mirada despectiva que acompañaron a aquella observación.

—Detesto cuanto no es auténtico, por muy manual que sea la obra. — Y fijó la atención en el objeto procedente del tesoro artístico de Garland. Luego cogió el cristal de aumento y se detuvo examinando detalles del mismo. —He visto esta obra muchas veces y no puedo equivocarme. Es una de las cinco que conocemos de Dexamenos de Chios, en calcedonia y de gran valor.

—¿De modo que es auténtico?

—¿Pero tiene usted la menor duda?

—Nunca sabe uno…

—Desde luego, pero supongo que estará usted bien enterado de la historia de este ejemplar.

—No del todo —contestó Trent con franca curiosidad. —Por eso me atreví a molestarle un momento.

—Con mucho gusto le daré los datos que nunca hubiera imaginado que le faltasen a tan afortunado poseedor. Lorenzo de Médicis fue el propietario de esta piedra, estimada luego por el conde Arundel como una de sus principales joyas. Está catalogada con el nombre de «La Muchacha del Cántaro» y no se conoce nada más exquisito en su género. Luis XIV la regaló a una de sus queridas, quien a su vez la dio a un amante de ocasión —Wadham se inclinó hacia Trent y le preguntó con ojos escrutadores: — Dígame, caballero, ¿ha oído hablar del Marqués de Launceston?

El interrogado se quedó un momento pensativo y recordó haber visto en Cornwall la residencia de aquel noble y poderoso terrateniente, muy estimado en la comarca. Cuando él estuvo allí con las Grenvils, el marqués

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se hallaba en Siam de caza mayor; pero recordó vagamente que cierta tragedia se relacionaba con la muerte del que por allí llamaban «el viejo marqués».

—Pues el marqués de Launceston —prosiguió Wadham— fue quien recibió su camafeo de manos de la favorita de Luis XIV. Era uno de los hombres más grandes de su época, como usted recordará. Ya veo que es usted tan desmemoriado como todos sus paisanos de América en general. Por mi parte, poseo una memoria felicísima para los nombres. Hasta he pensado a veces que podría ser un buen detective.

Se levantó, abrió un armario y sacó una caja de cigarros.

—¿Quiere usted uno? —preguntó.

—Gracias, prefiero este cigarrillo por ahora.

—Hablábamos de este Dexamenos de su propiedad. No puede figurarse cuánto me interesa su visita. En la época de Augusto se daba por supuesto que todas las personas educadas sabían justipreciar estas joyas y admirar su belleza. Temo que ahora no estemos tan versados. Perdone si le digo que como dueño de un ejemplar tan famoso me parece usted muy ignorante.

Le molestaba a Trent verse tratado de ignorante cuando estaba bastante versado en historia general del arte; pero comprendiendo que aquel hombre lo tenía en un puño, se limitó a replicar, no sin cierta inquietud:

—¿Para qué he de engañarle? No sé a quién pasó luego.

Wadham no le contestó directamente.

—Es curioso que la familia de Launceston lo conservase cuando en tiempo de la Regencia sacrificó toda su fortuna al que más tarde fue Jorge IV. Estuvo en su poder hasta hace dos años.

—¿Y después qué ocurrió?

—¡Santa inocencia! —comentó Wadham. —¡No sabe cómo lo perdió el marqués!

Sin precipitarse, Wadham abrió la caja de cigarros, pero en vez de sacar uno de los cien habanos que contuvo un día, sacó un revólver que apuntó con segura mano a la cabeza de su interlocutor, al tiempo que gritaba como gozándose en aquel acto de melodrama:

—¡Manos arriba!

Antonio Trent obedeció. Vió que el arma estaba bien cargada y no era caso de ofrecer resistencia. Enrojeció de indignación, pensando si sería

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una manía de todos los coleccionistas empuñar un arma, aun sacándola de una caja de cigarros.

—¿Qué pretende? —exclamó.

—Nada, que no me fío de quien mató a un noble por esta misma piedra, cuando viene a conquistar con ella mi confianza trazando planes para perderme. Hace dos años que le estoy esperando, amigo. Bien sabía que tarde o temprano acudiría al señor Piergan con intención de venderla.

—¡Eso es ridículo! —protestó Trent. —Hace sólo unos días que la tengo en mi poder y demostraré mi inocencia.

—Pero no a mí —replicó Wadham con calma—, y si convence a los jueces estará de suerte. Un americano fue quien mató al marqués y le robó este objeto de arte. Usted lo posee y es de los Estados Unidos. Haga el favor de no bajar las manos. Hay un premio de mil libras y quizá más para quien entregue al asesino, y siempre he suspirado por este Dexamenos. No se mueva, porque nada me darían por un cadáver.

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Pero supongo que estará usted bien enterado de la historia de este ejemplar.

Trent procuró ocultar su inquietud en el aspecto de tranquilidad que adoptó. Nunca se hubiera imaginado semejante acogida y empezaba a temer que aquella «Muchacha del Cántaro» le llevase a terminar desgraciadamente una aventura que empezó sin la menor intención criminal.

—¡Idiota! —gritó. —¿No comprende que en dos años puede haber estado ese objeto en poder de media docena de hombres?

—No pierda el tiempo tratando de convencerme. Hasta me parecía increíble que pasara tanto tiempo sin recibir su visita, con las cosas de

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valor que aquí se guardan. ¿Pero qué le parece del truco de la caja de cigarros?

—No está mal, pero ¿cuándo puedo bajar los brazos? Es muy incómoda esta posición. Francamente, señor Wadham, me parece poco razonable que me amenace usted así antes de oírme.

—A usted puede parecerle todo lo que quiera, amigo; pero a mí me parece muy razonable. Si me equivoco, le presentaré mil excusas; pero si estoy en lo cierto cobraré mil libras. Claro que no me gusta aceptar el precio de la sangre, pero qué le haremos. ¿Quiere que le sea franco? Me ha sido usted sospechoso desde el principio: viste bien, se explica admirablemente y tiene una simpatía personal y una sonrisa capaz de desarmar al más cauto, cualidades que convienen a los criminales de su tipo. No dudo que comió usted con el marqués de Launceston la noche que lo asesinaron y que el desgraciado quedó fascinado ante sus finos modales. Si le hacen mal los brazos, permita que le recuerde que mi cabeza no es más dura que la de él.

—Cómo se le van a reír en toda Inglaterra —gritó Trent encolerizado. —Perderá usted su empleo, porque el neoyorkino Piergan no querrá mantener a un necio cuando se entere.

—Al contrario, casi todos mis colegas son unos necios y el señor Piergan estará encantado y no dudo que me subirá el sueldo. Además, poco le importa lo que pueda ocurrirme de malo.

Sin apartar los ojos de Trent ni desviar la puntería, Wadham habló por teléfono.

—¿Está usted ahí, Butt? Suba corriendo a mi despacho.

Butt era un hombrecito flaco que cuidaba de barrer y limpiar el museo al terminar las horas de visita. Trent lo examinó de una ojeada y vio que nada había de temer de aquel alfeñique, que tan nervioso se mostraba ante la violenta escena de que era testigo. Aquello le recordaba demasiado vivamente los tratos a que lo sometía en casa una compañera corpulenta y poderosa.

—Mira, Butt —dijo Wadham con el aire de un conquistador, —aquí tenemos uno de esos tipos de criminales modernos que seguramente habrás creído hasta ahora que sólo se encuentran en las novelas.

A Butt le pareció que lo más apropiado era manifestar repugnancia:

—¡Uf! ¡Qué cara tan fea! No me gustaría que me dejase sólo con él,

señor Wadham.

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—No hará falta. En seguida vendrá el sargento Aldrige.

Trent se consideraba perdido, en una situación desesperada. Creyó poder vivir tranquilo en Inglaterra, donde no había cometido ningún crimen y donde tenía algunos amigos de grande influencia. En cierta manera sentíase protegido, pero si las investigaciones a que se procediese atraían algún detective americano, los resultados podrían ser desastrosos. El inspector de policía de Nueva York, McWalsh, poseía indicios que podían fácilmente convertirse en evidencias, y no costaría poco trabajo explicar la posesión de una piedra preciosa que motivó la muerte de un hombre. Nunca se vio Trent más cogido que en aquellos momentos en que corría a buscarlo un sargento de policía, mientras el sarcástico Wadham le apuntaba con un revólver bien cargado. Creía que el conservador no deseaba disparar, pero estaba convencido de que cualquier movimiento sospechoso le acarrearía la muerte.

—Un momento —dijo Trent cuando Butt volvió la espalda: — ¿Supongo que habrán pensado en que reclamaré daños y perjuicios y ganaré? ¿Ya ha pensado usted en las consecuencias?

—Nunca pensé que pudiera alcanzar la popularidad que me espera — replicó Wadham. —Sin duda recibiré ofertas de matrimonio y saldré en las películas. Sí, ya he pensado en las consecuencias, no se canse en hacerme cambiar de propósito.

Trent se volvió a mirar a Butt, que pasaba entonces por el momento más interesante de su vida. También él abrigaba sus esperanzas y acariciaba ya el éxito que obtendría contando su aventura en las tabernas que visitaba siempre que se lo permitían sus ahorrillos. Cada vez que contase aquella historia extraordinaria le valdría una copa de buen vino, y cuando ya todos lo hubiesen oído en un establecimiento, se trasladaría a otro. Le sacarían fotografías para publicarlas en los periódicos, como a un héroe. Decidido a pedir su parte de recompensa, estaba entusiasmado ante la brillante perspectiva que se le ofrecía.

—Espere —ordenóle Trent en tono imperioso cuando ya se dirigía a telefonear al inspector de policía. —He de decir algo que altera el caso. El señor Butt será testigo de que quise dar explicaciones que usted se negó a oír.

—¡Bien dicho! —declaró Butt con mucha seriedad. —Soy partidario de que todo el mundo pueda defenderse, aun los asesinos.

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—Yo no soy asesino —dijo Trent. —Soy… —y so calló como temiendo que lo oyeran las paredes.

Butt estaba encantado. Creía a ciegas lo que había dicho su superior y se disponía a burlarse de la declaración de inocencia que esperaba del criminal, sin dejar de interesarle como parte de su relato en la taberna, donde podría añadir con todos los visos de la verdad: «Él, va y me dice…».

—¿Pues qué es usted? —preguntó el mozo de limpieza dándose tono, mientras se acercaba a Trent, que permanecía con los brazos en alto como esperándolo para confiarle algo al oído.

—¡Apártate, necio! —gruñó el conservador.

Pero Butt no tuvo tiempo de advertir lo que ocurrió para quede un átomo en la vida lo convirtiesen las circunstancias en centro de un caos. Trent lo cogió, levantóle del suelo como una pluma y lo arrojó por encima de la mesa, como una catapulta, contra su protector, el cual, dejando caer el arma de las manos, no tuvo tiempo para esquivar aquella masa viviente que fue a chocar con fuerza contra su pecho, derribándole al suelo, donde entrambos quedaron debatiéndose mientras se apagaba la luz y Trent desaparecía. Enloquecido de terror, el hombrecito se agarraba al cuello de Wadham, como un náufrago que se ahoga, y el conservador no tuvo más remedio que descargarle un tremendo puñetazo para librarse, mientras esperaba de un momento a otro que el asesino le descerrajase un tiro. Pero cuando por fin pudo dar la luz, vio el despacho vacío.

—Está aquí —gritó Butt. —Acaba de darme un golpe en la espalda.

—¡Necio! Te lo he dado yo porque me estabas estrangulando.

—¡Ah! Eso lo dice usted, señor; pero yo que he recibido el golpe lo sé mejor. Se me acercó por la espalda y me descargó un puñetazo que me estropeó un hombro. Usted no sería capaz de hacer mal a una mosca, y la prueba está en que ha huido. Mire la puerta cerrada. Yo de usted no haría creer a nadie que usted me hirió.

A Wadham le crispó los nervios el aire transcendental adoptado por el hombrecillo, pero la vista del revólver lo apartó del propósito que tenía de repetir el puñetazo. Recogió el arma y se dirigió a la puerta sin escuchar el consejo de que antes se avisase a la policía.

Bajó la escalera con la sangre en ebullición por el ultraje recibido y encontró abierta la entrada principal. El asno de Butt no tuvo la precaución de cerrarla cuando acudió a su llamada, abandonando la escoba.

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—Se ha escapado y tú tienes la culpa —gritó volviéndose al mozo. Butt estaba satisfecho de aquel resultado, porque le parecía sumamente

peligroso oponerse a la huida de quien tanta fuerza había demostrado tener.

Acudió la policía, hizo una detenida investigación y se marchó, sin descubrir nada, con un fajo de notas. Grifido Wadham cerró el museo y fue a cenar al club de que era socio. Tan malhumorado estaba, que cuando se le acercó Emmett, que dirigía con extraordinaria competencia la sección de arte de una revista, con ánimo de conversar sobre su tema predilecto, hubo de retirarse ante la mirada enfurecida que el conservador le dirigió. Wadham no era el tipo castizo del coleccionista. Unía a su erudición una cultura física nada común y se le conocía como admirable jugador de golf y de tennis tanto como coleccionista, armonizando esas dos fuerzas que son la flor de la sociedad civilizada. Por eso le humillaba haber perdido la partida de rugby en que Butt hizo de pelota, y con ella la recompensa de mil libras esterlinas que ya tenía en la mano. Mas lo que sobremanera le disgustaba era la reprimenda que recibió del sargento Aldridge, aunque en términos del mayor respeto, por haber dejado escapar al asesino americano, de quien por otra parre podía suministrar toda clase de pormenores que permitirían su captura en breve plazo. Se consoló pensando que, después de todo, no salió derrotado, pues la lucha continuaba con probabilidades de victoria para él.

Casi a media noche llegó al museo Piergan, subió la famosa escalera y entró en sus habitaciones particulares. Se dejó caer pesadamente en la silla de donde tan brutalmente me lo derribaron y respiró con alivio y casi con placer pensando que no se le podía considerar ciertamente un vencido cuando su mirada se estaba regocijando en la contemplación de aquella preciosidad conocida por «La Muchacha del Cántaro». ¿Qué más prueba de que el triunfo era suyo?

—¡Por fin te tengo! —murmuró pensativo.

Alguien se le acercó por detrás, alargó la mano y le quitó la joya de las manos, diciendo:

—¡Se equivoca usted!

Wadham se volvió sobresaltado y se encontró con la sonrisa de

Antonio Trent, que le ordenaba, apuntándole con su propio revólver:

—¡Quieto! Mire lo que he sacado de mi pitillera. ¿Buen truco, verdad?

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Wadham se quedó de pronto sin habla, comprendiendo el peligroso trance porque pasaba. Veíase a merced de aquel hombre que después de escaparse volvió a entrar sin duda con propósito de venganza y de llevarse lo más precioso del museo. Mas ya que no sabía cómo evitar aquella situación desesperada, resolvió esforzarse en no manifestar ningún temor.

—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó.

—No he salido. Le estaba esperando, no aquí, sino en el museo. —¡Imposible! —exclamó Wadham. —La policía lo registró todo, sin

dejar un palmo por examinar.

—No me buscaron donde estaba. Le ruego que no baje los brazos. Al principio le parecerá una posición insoportable; pero luego no sentirá más molestia de la que causa un reuma crónico.

Wadham no replicó. Llevaba encima las llaves de una de las más grandes colecciones de objetos raros, existentes en todo el mundo, y se hallaba completamente indefenso, pues nadie acudiría por más que gritase.

—Reconozco que estoy en su poder y puede divertirse conmigo a su gusto. Sin duda habrá tomado bien sus medidas, persuadido como debe de estar de que no me entregaré sin lucha —le dijo mirándolo fijamente con la audacia de quien sabe que sólo le queda vida para emplearla en defensa propia. —Si se imagina que le abandonaré sin más ni más lo que se me ha confiado, se equivoca. Soy más viejo y quizá menos ágil que usted; pero sus amenazas no me amedrentan.

Habló con tan digna serenidad, que Trent no pudo menos de admirarlo. —Si cree que voy a matarle por esa fruslería —replicó Trent indicando «La Muchacha del Cántaro», que odiaba ya de todo corazón, —no piense más en ello. No soy ni asesino ni ratero. He venido a saber su opinión y me he visto acusado de haber comido con un viejo aristócrata y de haberle

dado muerte.

—No obstante, lord Launceston fue asesinado por el hombre que codiciaba esa «fruslería», como usted la llama. Creo que es usted ese hombre y espero mandarlo a la horca, si se me ofrece oportunidad.

—Es usted un conservador muy testarudo y vengativo. No hará nada contra mí. Usted me invitó a entrar en esta habitación y cuando me marche no faltará nada de la colección Piergan. De manera que no tendrá usted ocasión.

—¿Ya no recuerda la brutal agresión de que me ha hecho objeto, valiéndose del pobre Butt?

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—Por un billete de cinco libras me rogará él mismo que la repita. Si se tratase de un policía sería diferente —y Trent dejó escapar una risita de mofa. —¡Buena repulsa la del sargento! ¿Le habrá dolido, verdad?

Wadham se encendió de bochorno, porque el sargento tuvo razón en gritarle por haber bajado en persecución del asesino en vez de telefonear para que la policía rodeara el edificio; pero, de pronto, recordó que al desahogar el sargento su enojo estaban solos.

—¿Cómo lo sabe? —inquirió.

—Estaba escuchando. Trataba usted de convencerle de que no cabía otra manera mejor de obrar que la suya y él insistió en que el inspector no estaría de acuerdo con semejante proceder. En Nueva York ya estaría usted encerrado por haberme dejado escapar.

—¿Pero dónde se ha escondido?

—Donde me esconderé cuando me dé la gana si continúa creyendo que soy un asesino. ¡Creía que Piergan tenía sus riquezas a prueba de ladrones!

—¿Así, confiesa usted que es un ladrón?

—Yo no confieso semejante cosa, aunque también hay ladrones coleccionistas. No sea tan terco. Aludía usted a su lealtad con Piergan. Pues, bien; busque dónde puede esconderse un ladrón en el interior de este edificio, puesto tan a prueba, burlándose de conservadores y policías. Yo le enseñaré ese escondrijo, que por cierto existe, a condición de que ha de volver aquí sin intentar siquiera avisar a la policía y ha de concederme veinte minutos para explicarle cómo ha llegado a mis manos ese camafeo. Le permitiré bajar los brazos si me promete bajo palabra de honor que no intentará arrojarse contra mí.

Wadham reflexionó un momento. Era tan importante para él saber dónde podía ocultarse un hombre, que dijo lentamente:

—Le doy mi palabra de honor de que volveré aquí cuando me haya enseñado usted dónde se ocultó, sin intentar pedir auxilio entretanto.

Trent se guardó el revólver en el bolsillo y siguió a Wadham a la escalera, donde éste dio toda la luz del museo. Desde lo alto de la meseta se abarcaba toda la sala, pero el conservador no pudo ver por mucho que miró dónde podía ocultarse un gato, ya que todas las vitrinas descansaban en soportes de metal y todo el piso se transparentaba.

—¡Hermosa sala! —comentó Trent. —¿De dónde ha venido el mármol de esos artesones?

Wadham le habló, impaciente, de su procedencia genovesa.

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—¿Y esa lámpara tan grande del centro?

—Del Palacio Florentino de Roma. No hay otra parecida en el mundo, aunque he de advertirle que está desprovista por completo de interés.

—Al contrario —replicó Trent, —precisamente me interesa mucho, y apuesto lo que quiera a que de estas lámparas de cuenco entiendo más que usted.

Wadham se encogió de hombros. ¿Para qué contestar? ¿Acaso su volumen sobre los bronces de aquella clase no era lo mejor que se había escrito?

Bajo aquella lucerna cóncava se levantaba una alta vitrina con rarísimos ejemplares de porcelana. Trent se encaramó con admirable agilidad a lo alto de la vitrina y el conservador contuvo el aliento al ver que de un salto se quedaba suspendido de las fuertes cadenas que sujetaban la lámpara al techo con gruesos ganchos, contemplando luego, fascinado, los elásticos movimientos con que se agarró a los bordes del gran cuenco que, después de oscilar un momento, se quedó inmóvil sin que fuera posible adivinar que contenía a un hombre.

—Desde aquí escuché la lección que un sargento de la policía dio a un conservador sobre sus deberes —dijo Trent sacando la cabeza.

Y cuando se desprendió, Wadham confesó que nunca viera agilidad tan viva y silenciosa.

—¿Y si hubiera caído cuando dio el salto?

—A la cárcel o al hospital —contestó Trent sin darle importancia a la hazaña, pensando en sus saltos mortales del castillo de Croacia. —He dado saltos más peligrosos.

—Le quedo muy agradecido. Mañana haré retirar esas vitrinas. —Ya lo suponía. Venga ahora a escuchar lo que tengo que decirle. Cuando estuvieron sentados en el espacioso y cómodo despacho, Trent

sacó el revólver del bolsillo y se lo entregó a su dueño sonriendo:

—Guárdelo en la caja de cigarros, que puede necesitarlo si tropieza

con otro de peor genio que el mío.

Wadham lo miró imperturbable.

—Me hace usted voluntariamente dueño de la situación para que yo haga el uso que considere oportuno.

—Por eso le propongo la caja de cigarros.

—Siento no poderme tomar las cosas tan a la ligera. Soy el custodio de un tesoro artístico que se me ha confiado, y francamente, creo que está

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usted representando una comedia admirablemente para salir sin gran trabajo de un apuro; mas no soy de los que se dejan convencer con demasiada facilidad.

—Ya lo veo.

Trent estuvo callado un momento. Podía apelar a sus relaciones con personalidades del país, que desvanecerían toda sospecha de complicidad en un crimen ante los ojos de Wadham, pero aquellas personalidades no tendrían la menor idea de dónde estaba él cuando ocurrió el asesinato del marqués de Launceston, y por otra parte tampoco le convenía que se investigase su pasado. Además le gustaba el carácter de Wadham y resolvió decirle más de lo que Hammond sabía.

—Aunque haya de creerme usted un canalla, voy a decirle todo lo que sé de este camafeo o como lo llame usted. Voy a citarle nombres, fechas y lugares, y estoy dispuesto a someterme a cuantas comprobaciones sean de su gusto.

* * *

Cuando acabó el relato, Wadham guardó el revólver en la caja de cigarros, fue a dejarla en el armario y volvió con una botella y dos vasos.

—Tengo aquí una marca escocesa excelente —dijo en el tono más afable— y espero que no me hará usted un desaire, señor Trent.

—Nunca en la vida —dijo el americano. —Todo el mundo está expuesto a confusiones parecidas.

—Jamás he oído un relato más extraordinario, porque no veo la razón que haya podido tener Garland para huir. Diga usted lo que quiera, no puede negarse que huyó. Ha establecido usted el supuesto de que su sobrina vive con miedo de algo que no ha confiado al capitán Hammond. Por tanto debe tratarse de algo importante.

—No olvide que según confesó él mismo, ha vivido algún tiempo en América. Yo creo que debió cometer algún acto ilegal en mi país y sospechó que yo sería un detective.

Wadham miró sonriendo a su nuevo amigo y le preguntó:

—¿Es usted detective?

—Empiezo a serlo. Garland me obliga. Al principio pensé que estaba preparando un plan criminal desde su retiro de Hampshire o que dirigía

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desde allí una banda de criminales. Luego hube de rectificarme, porque ni tenía teléfono ni enviaba telegramas, y las únicas cartas que se recibían, por curioso que parezca, eran para los criados. ¿Creerá usted que ni, él ni su sobrina reciben cartas? Pues es verdad. Acaso recogía el correo en Londres, a donde iba cada mes.

—Temo que su amigo Hammond sufra un desengaño muy desagradable.

—¿Quiere decir que la muchacha puede verse complicada en algún hecho lamentable?

—¿Por qué no? Tal vez sean aventureros de profesión que buscan refugio en parajes ocultos. La señorita Craig es muy retraída y las pocas amistades con que cuenta son contrarias a los deseos de su tutor. En cuanto a la huida, puede obedecer a buenas o malas noticias. Es posible que haya juzgado conveniente trasladarse a otro punto donde sentirse más seguro.

La posibilidad de que la policía interviniese en aquel asunto inquietaba un poco a Trent, no porque desconfiase de su eficacia, sino por Roberto Hammond, que creía en la inocencia de su novia y podía tener un desengaño semejante al que le ocasionó a él la «Condesa» en el asunto Guestwick. Probablemente deseaba librarse de Garland y era muy posible que estuviese enamorada del capitán Hammond; pero las cadenas que al principio parecen flojas y llevaderas acaban por abatir al que se descuida.

—Si acudimos a la policía, se apoderarán del asunto y no nos quedará más que sufrir viendo disparates. No es que tenga nada que decir contra la policía (¡Vaya frescura, amigo Trent!), pero ya usted ha azuzado contra mí al sargento Aldridge y eso nos crearía una situación embarazosa.

—¡Dioses! Se me olvidaba. ¿Qué puedo hacer?

—Tomarse algunas libertades cuando dé mis señas, teniendo en cuenta que a estas horas ya se imaginan que soy un tipo extraordinario, con cara de facineroso, y que gracias a Dios, aunque no comprendo por qué motivos, no le habló usted de «La Muchacha del Cántaro».

Grifido Wadham se sonrojó ligeramente. No estaba dispuesto a entregar a la policía aquella joya que era la clave de un asesinato, para que la sustrajesen a su contemplación por un tiempo ilimitado.

—En la precipitación, se me olvidó hablar del asunto, pero ya la mostraremos luego, puesto que si no logramos descubrir a la pareja habremos de recurrir a las autoridades. ¿Tiene usted alguna pista?

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—Ninguna, mas no me apuro por eso. Encargaré al capitán Hammond que recorra el país en busca de los Craigs de la Gran Bretaña, convencido como estoy de que este trabajo acabará de curarle. Creo haberle oído decir que Laura le habló de Yorkshire, como de su condado natal. Hammond se trasladará allí.

—Quién sabe si el tío de esa muchacha, que parece gozar de grandes riquezas, habrá comprado esta joya al asesino o a alguien que la haya recibido de manos del asesino.

—Tal vez no sea el asesino del marqués, pero seguramente está enterado de todo.

Y Trent, que no había explicado la horrible impresión que le produjo aquel hombre, porque no quería confesar a otro que sintió miedo, añadió:

—Hemos de hablar más de esto, pero no aquí. Su amigo, el sargento Aldridge, debe de estar esperándome a la puerta.

—Tengo un piso en la calle Victoria, a más de estas habitaciones. Mañana he de pasar el día con el señor Piergan. Puede usted venir a las nueve. He de comer con él y no me será posible estar en casa más temprano.

Acompañó a Trent un buen trecho y no se volvió hasta dejarlo en un taxi.

Laura Craig, atraída por el disparo, entró por vez primera en las habitaciones cuyo acceso le estaba vedado, y encontró a Carlos Garland con una pistola en la mano y agitado como nunca lo viera.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Un ladrón —contestó él. —Estaba durmiendo en esa habitación cuando oí un ruido como si revolviesen mis papeles. Le he pegado un tiro y creo que lo herí, pero no estoy seguro —y volviéndose al criado, que era un hombre tan poco amante de aventuras peligrosas como el señor Butt, añadió: —Venga, Thornby, vamos a cogerlo.

Se registraron todos los rincones de la sala, pero cuando llegaron a la ventana abierta, dieron por terminada la persecución.

—Se ha escapado —dijo Garland. —Si llego a estar despierto, trabajando en mi estudio, me hubiera dado el gusto de estrangularlo. Su muerte me hubiera producido la más honda satisfacción.

Thornby, que era partidario de la ley y enemigo de toda violencia y más si era nocturna, se atrevió a protestar:

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—Hubiera sido un asesinato, señor. Lo que debía usted hacer es entregarlo a las autoridades para que le aplicaran la ley.

—No hay aquí más autoridad que la mía —gritó Garland. —¡A la cama todos! Menos tú, hija mía. Tengo que hablarte.

Cuando se quedaron solos, le dijo:

—Mañana nos marchamos, procura estar preparada. Voy a telegrafiar a Londres por un camión.

—No quiero irme.

—¿Que no quieres, dices? No me has entendido bien. Te he dicho que te prepares para marchar mañana.

—Yo aquí estoy tan ricamente. Si tiene miedo a los ladrones ponga perros de presa. Nunca me ha permitido tener perros y ahora van a ser necesarios. Me gusta esta tierra y prefiero quedarme —y la espantó la expresión horrorosa de aquel hombre que acogía con un desprecio envuelto en suavidades malévolas sus desobediencias pero en aquella ocasión se esforzó en porfiar: —Si necesita protección, avise a la policía. ¿Por qué no ha mandado a buscarla?

Estaba dispuesta a permanecer al lado de Roberto Hammond, a quien debía los pocos goces de su triste vida.

—¿Aun piensas en ese hombre?

—Y pensaré siempre. Ya le he dicho y le repito que me casaré con él. —¡Con un aventurero atraído por tu riqueza!

—No sabía que fuese rica cuando me vio por vez primera.

—Te ha engañado, y por cierto que no le ha costado mucho. Es guapo, de buena familia y no puede negarse que posee el arte de fascinar muchachas cándidas. Acaso conozco su pasado mejor que tú.

Ella arrebujóse en sus ropas íntimas y se le quedó mirando con inquebrantable resolución:

—No le creo. Me quedaré. He pagado esta casa con mi dinero y no quiero abandonarla.

—¡No quieres abandonarla! ¿Tan pronto te has olvidado de Nueva York y del lamentable suceso de la Segunda Avenida?

—Prefiero volver allá arrostrando las consecuencias, que seguir llevando esta vida.

—Lo cual quiere decir que todo es preferible a romper con el capitán Hammond.

—No me avergüenza confesar que lo amo.

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No comprendió el súbito cambio operado en aquel hombre que siempre sería para ella un enigma, y aunque desapareció la maligna expresión de su desdeñoso rostro, no se sintió tranquila, porque aún le pareció más necesario precaverse contra un peligro desconocido.

—¡Pobre criatura! ¿Por qué me obligas a que lastime tus más nobles sentimientos? ¿No has adivinado la verdad en mi manera de obrar cuando acudiste con los criados? ¿Nada te dice el hecho de que me abstenga de llamar a la policía? Si no la llamo es porque no quiero lanzarla contra el hombre que intentó no sólo robar sino matar. No fui yo quien disparó, sino él. El hombre que se introdujo aquí con intención de asesinarme era Roberto Hammond.

—¡No es verdad! —gritó ella. —No puede ser verdad. No lo creo. —¡Claro! Porque te repugna la idea, y eso prueba la excesiva

confianza que en él has puesto y que no lo conoces bien. Pero yo sé de buena tinta que hace años era un joven fuerte y rico, mas por su mala cabeza disipó su fortuna y su salud, y ahora es natural que quiera reponer ambas cosas con un matrimonio de conveniencia. He de decirte que el mismo abogado que nos arregló el asunto del alquiler de esta finca, me contó toda la historia de ese joven, que está emparentado con los Lakenhams.

Laura no le contestó. En varias ocasiones se había lamentado Hammond, como suelen hacerlo los enamorados ante el objeto de su amor, de la vida disipada que llevó y que estuvo a punto de arrastrarlo al crimen, y sabía perfectamente la muchacha que el amor nos ciega y sólo permite que descubramos en el objeto amado las buenas cualidades.

—Elige tú misma —prosiguió Garland. —O salimos de aquí en seguida o nos quedamos. En este caso avisaré a la policía y Hammond irá a la cárcel, nos veremos complicados en el asunto y me será imposible evitar la publicidad que siempre he detestado. Tú dirás. No creas que olvide nunca las consideraciones que estoy obligado a tenerte.

Y se la quedó mirando con bondadosa expresión. No siempre la asustaba. Cuando las cosas presentaban buen cariz, adoptaba el hombre una actitud cortés, complaciente y atenta, y por otra parte siempre lo había respetado como a un pozo de sabiduría.

—Antes de decidirme a dejar esta casa quiero que me jure que no lo acusará.

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—Con mucho gusto te lo juro y estaré encantado de olvidarlo por completo y para siempre. Tengo un carácter vengativo y utilizo libremente mis fuerzas contra un adversario que se lo merezca pero el capitán Hammond no vale la pena. Si quieres despedirte de él, no me opongo, aunque no lo considero prudente.

—No quiero volverlo a ver —dijo la muchacha.

—Estaré dispuesta para la marcha.

—Hija mía, la felicidad no se alcanza sino después de muchos desengaños. No pretendo que olvides fácilmente este contratiempo. El hombre que te tenga podrá darse por dichoso. Ahora los dos necesitamos un cambio.

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CAPÍTULO V

UN TIPO EN LA AVENIDA LUISA

l piso de Wadham en la calle Victoria dominaba la catedral bizantina Ede Westminster y estaba tan bien amueblado y contenía objetos de arte tan selectos, que Trent supuso que el conservador del museo Piergan era un hombre rico. Olvidó por el momento el objeto de su visita para recrear su mira la en la contemplación de una serie de miniaturas de Hillard y Olivers y quedó como fascinado ante la de sir Philip Sidney.

—Ésta es mejor que la que está en el castillo de Windsor —afirmó Wadham. —Piergan me la envidia —y añadió señalando una pintura al óleo—: Y aquí tengo la mejor obra de William Dobson; ya recordará que fue uno de los discípulos de Van Dyck.

Trent estaba examinando un busto de mármol colocado en una vitrina. Representaba a un hombre de nariz aguileña, labios pronunciados, recios carrillos y frente ancha y un poco angulosa; pero en conjunto, una cabeza de gran carácter.

—Yo conozco esto no sé de dónde —murmuró Trent. —Probablemente lo habrá visto en el museo de Florencia. —He estado allí, pero no lo recuerdo. ¿De quién es? Trent no adivinó de pronto por qué se sonreía Wadham.

—Es obra de Donatello, realizada en sus mejores tiempos. Su originalidad se discute, pero todos convienen que representa a un tal Niccolo da Uzzano. ¿Creerá usted que me ha producido este busto emociones indescriptibles? Si tiene usted prisa, no me pregunte por Niccolo. Su muerte me dejó sinceramente apenado.

—¿No floreció Donatello en el siglo quince?

—¿Qué duda cabe?

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—Como habla usted de este busto cual si se tratase de uno que ha muerto recientemente…

De nuevo sonrió Wadham de una manera que intrigaba a Trent.

—Es lo que quiero decir. Su muerte me privó de ciertos elementos excitantes. Mientras vivió Niccolo, no me decidí a aceptar el ofrecimiento que el señor Piergan me tenía hecho desde hacía años.

Adivinó Trent que Wadham se refería a un contemporáneo parecido al Niccolo de Donatello, pero no quiso precipitar las cosas, prefiriendo oír las anécdotas preliminares que seguramente habían de llevarle al conocimiento de la verdad.

—¿Cómo llega uno a ser un experto en antigüedades? —preguntó, una vez sentados ante una botella.

—Casi siempre por casualidad. Yo mismo permanecí en la armada hasta que una afección a la vista me obligó a pedir el retiro, y le aseguro que nunca había pensado en llegar a entender nada de arte. Mi madre era muy aficionada a los cuadros, aunque no desde el punto de vista técnico, y yo la acompañaba con frecuencia a visitar los museos de Bélgica. Al curárseme la vista, como no quería pedir el reingreso en la marina por haber perdido los derechos a la jubilación, empecé mi obra «Arte Flamenco». Desde Bélgica fui a visitar todos los museos de arte de Europa y descubrí que poseía un criterio muy respetable. Mi «Rembrandt y su Época» atrajo sobre mí la atención de América y la del señor Piergan. Entonces se me despertó el deseo de estudiar otras cosas más interesantes que las obras de arte y dediqué mi atención a los crímenes no descubiertos.

—Siempre me han interesado mucho —dijo Trent con fingida calma, mientras encendía otro cigarrillo.

—La gente tiene una idea equivocada respecto a la cara de los criminales. Los hombres de aspecto patibulario siempre cometen crímenes estúpidos. ¿No se le ha ocurrido pensar, señor Trent, que usted y yo seríamos excelentes criminales?

—No —contestó Trent, sorprendido por la pregunta. —¿Usted cree?

¿Por qué?

—Los dos tenemos valor, destreza y educación. Usted no revela en su aspecto lo que siente y posee un dominio sobre sus nervios que a mí me cuesta un gran esfuerzo. La sociedad tendría en usted un enemigo peligroso. Tengo para mí que, si no se descubre a los delincuentes de talla, es porque carecen de los rasgos que el pueblo atribuye a los malhechores.

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Examine un momento esa cara de Niccolo Uzzano. Su contorno indica un gran valor y una energía indomable y de todos sus rasgos se desprende ese desdén altanero de quien no duda que todos sus actos están justificados. Dirá usted que no le gusta esa cara, mas no se le ocurrirá afirmar que es la de un timador, la de un ladrón o la de un asesino. La misma policía no sospecharía en él más que sentimientos aristócratas. Pero si la naturaleza dotara a un bondadoso obispo con los rasgos físicos del excelente Sócrates y despojándose de su hábito eclesiástico se vistiera como un habitante de la isla de los Perros, en seguida se le tomaría por un criminal.

Trent continuaba ignorando a dónde quería llevarle aquel hombre, pero se sentía en terreno quebradizo, y dijo como si se le plantease un problema para él desconocido.

—Creo que tiene usted razón. Siempre que leo en los diarios el relato de algún crimen, me parece ejecutado chapuceramente y pienso que yo lo hubiera mejorado. Me alegro cuando se captura al criminal —añadió adoptando un aire de timidez, —por su falta de ética; pero cuando encuentro un delincuente que usa procedimientos técnicos y posee estas cualidades que usted juzga necesarias, deseo que burle la persecución de la justicia. Pero la mayor parte de esos hombres son personajes novelescos. ¿No le parece?

—Veo que sigue usted un proceso mental semejante al que yo experimenté antes de encontrarme con Niccolo. Le diré cómo empezó. Acumulando cada día nuevos conocimientos de arte, llegué a enterarme del gran número de robos que se habían cometido de grandes pintores y miniaturistas. Ya se le habrán ocurrido los robos de La Gioconda y de La Capa Pluavial de Ascoll, como dos ejemplos notables. Han desaparecido unas cien pinturas de Reynolds. Son innumerables los ejemplares preciosos que han atraído la codicia de expertos ladrones y muchos de los objetos robados han sido destruidos por miedo a la detención. Creí que su Dexamenos había corrido la misma suerte. Hay ladrones vulgares que van en busca de una vajilla de plata y se apoderan de objetos de raro mérito para luego no saber cómo disponer de ellos. ¿Qué hacer? La plata se puede fundir, pero no los objetos como ése por el que se asesinó a un marqués. Con frecuencia el ladrón destruye esas preciosidades que no sabe aprovechar.

—Ha estudiado usted muy detenidamente el asunto.

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—Me dediqué durante muchos años a perseguir a esa clase de malhechores. Estuve encargado de dirigir una campaña contra una banda de ladrones que operaba en nuestra Galería Nacional, en la Pinacoteca de Munie y en la Biblioteca Nacional de París. Fue un trabajo de grandes emociones, pero no para alcanzar celebridad en los periódicos.

—¿No hubiera sido mejor publicar una información para acabarlos de derrotar?

—Opiné de otra manera. Usaban unos métodos muy ingeniosos y hubieran tenido imitadores —Wadham no añadió que su trabajo le valió ser condecorado por tres gobiernos. —Los que dedicamos la vida al estudio de estas cosas sabemos la historia de todas las pinturas de mérito y objetos raros que existen esparcidos por el mundo.

—Mandar a la cárcel a esa banda debió ser un triunfo muy grande. —Sí, pero el viejo Niccolo se me escapó y siguió burlándose de mí

durante diez años.

—¿Y luego cayó en sus manos?

—Cayó en manos de la muerte. Ese mármol de Donatello no tiene ojos que puedan expresar lo que yo puedo decirle de mi Niccolo. ¡Qué mirada la suya! Era un coleccionista por amor al arte y siempre se llevaba lo mejor, abandonando lo que podía servirle de lucro. En una ocasión desprendió de un camafeo todos los brillantes que lo adornaban y no se llevó ni uno. Un día me encontré a pocos pasos de él, pero no lo bastante cerca.

—Llegó usted a verlo.

—Hablé con él. Oí su voz mucho antes de verlo. Fue en Berlín, adonde me llamó el doctor Bode para examinar un supuesto Rembrandt.

No sé cómo explicarle por qué intuición extraordinaria, al oír su voz, me dije que era la del hombre a quien estaba persiguiendo a la sazón. Por otra parte, no me hubiera dejado mucho tiempo en la duda. Me dijo que al principio se reía de mis planes persecutorios, pero que la perfección de mis métodos los convertía en una seria amenaza, por lo cual me ordenaba que renunciase a ellos si no quería ser eliminado.

—¿Tenía aires de grandeza y daba impresión de que creía en su superioridad?

—¡Había en él grandeza y superioridad! Realmente parecía el más grande egoísta de los muchos egoístas que he visto. Conozco la marca, porque yo mismo soy un egoísta en pequeña escala, como lo es usted. Le

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dejé hablar porque nunca había podido descubrir su nacionalidad. Nuestra conversación se inició en alemán, a la mitad de una frase continué en francés y él me siguió; luego probé en español e italiano. Pronunciaba estas lenguas tan a la perfección como puede uno juzgar por teléfono. Por fin hablamos en inglés y me sorprendió que a veces usara ese acento propio de los de su tierra. No sé si era inglés o americano. Sabía el motivo de mi estancia en Berlín y me aseguró que el Rembrandt era auténtico y se proponía añadirlo a su colección. Y ¡vive Dios, Trent, que lo hizo como lo dijo! ¡Es uno de los Rembrandts perdidos!

Molestábale a Trent saber que otro hombre le aventajaba en audacia y acaso en astucia, pero refrenó sus sentimientos y dijo:

—Me gustaría saber cómo lo encontró.

—Fue en casa del barón Claeys, en la avenida Luisa, de Bruselas. El barón, que acababa de ganar una fortuna considerable con el auge que adquirió el comercio de caucho, quiso recoger en una galería los más bellos ejemplares de la escuela flamenca. Empezó adquiriendo un falso Van Dyck. Su colección era deplorable cuando yo fui a limpiarla de falsificaciones. El barón era la irrisión de los entendidos. Las obras auténticas eran pobres, parte de ellas, copias de la escuela y otras, meras correcciones de los maestros. Le armé un escándalo. Lo único que poseía verdaderamente auténtico no era un cuadro, sino un collar de esmeraldas de primorosa talla del que colgaba un medallón antiquísimo de oro pálido, labrado tan exquisitamente, que no tenía igual en ninguna otra colección. Recuerdo que la primera vez que lo vi una noche en el museo, el cual estaba algo apartado de la casa, se me ocurrió pensar que aquel collar podía tentar a mi enemigo, tanto por su belleza como por su valor intrínseco.

»Había trabajado mucho y como me molestaba la conversación del propietario, ya que ningún interés tenía para mí saber cuánto le había costado cada una de las obras, le aconsejé que se fuera a dormir y me quedé solo. Era medianoche y me sentía un poco fatigado. Me dirigí a donde se guardaba el precioso collar y lo saqué para examinarlo a mi sabor, y recuerdo que dije para mí, mas lo bastante alto para que se me oyese desde cerca: «Este collar adornó la garganta de alguna olvidada princesa reducida a polvo hace tres mil años».

Wadham se interrumpió para mirar satisfecho el interés que se revelaba en el rostro de su oyente.

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—Y ahora viene lo más curioso. Recuerde que me creía completamente solo, con aquella preciosidad de alhaja en mis manos. Apenas terminé la frase pronunciada en voz alta, oí como un eco que me contestaba: «Tres mil setecientos años, para ser más exacto, y no era una princesa, sino una sacerdotisa».

—¿Era el hombre a quien llamaba usted Niccolo?

—Era Niccolo, parado en el umbral de una puerta y empuñando una de esas pistolas automáticas que son más mortíferas que un revólver. Al instante reconocí la voz que me habló por teléfono en Berlín.

Wadham hizo una pausa, como si reuniese los recuerdos, y continuó:

—Creo que fue Hazlitt quien dijo que el conocer a una persona sin mengua de la admiración que por ella se sentía constituye una suerte rara, y yo puedo afirmar que mi admiración se acrecentó no poco al ver a un hombre corpulento en cuyas facciones se acentuaban todos los rasgos de energía, de altanería desdeñosa y de confianza en sí mismo que puede apreciar usted en el rostro de mi Niccolo.

—¿Qué estatura cree usted que tendría?

—Sobrepasaba mucho de los seis pies. Con decirle que parecía una torre a mi lado. Creo que pesaría unas doscientas cincuenta libras.

Trent hizo sus cálculos. Garland pesaría aproximadamente cincuenta libras más, pero Wadham lo había visto hacía años, y seguramente con la falta de ejercicio habría engordado.

—Se movía con mucha agilidad, casi diré con gracia para su corpulencia. Le confieso que esperaba encontrarme con una cara nada vulgar, pero nunca con un tipo ante cuya presencia me viese obligado a apelar a todo mi valor. Le advierto, señor Trent, que en mi juventud era yo una fiera, y en cuanto se trataba de puñetazos no cedía el terreno al más diestro en administrarlos, y con todo, viendo avanzar a Niccolo contra mí, tuve miedo.

—¿Le amenazó él?

—Como amenaza interpreté sus palabras. Ante todo, me dijo que era una lástima que hubiese abandonado la marina, porque valía más un almirante vivo que un crítico de los viejos maestros flamencos, muerto. Y añadió que el barón había instalado el museo en un lugar que facilitaría su trabajo.

—¿Qué quería decir?

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—Sencillamente, que estaba apartado de la casa y daba por el otro lado a una carretera desierta. El museo, cuyas dimensiones eran la mitad del de Piergan, ocupaba el local destinado en otro tiempo a caballerizas. Estaba, pues, aislado y privado de toda comunicación telefónica con la casa. Por otra parte, había expresado mi deseo de que no se me molestase y estaba seguro de que nadie vendría. De modo que no podía el ladrón haber escogido un momento más oportuno.

—¿Iba por el collar?

—Sin duda, y sabía su historia mucho mejor que quien se lo vendió a Claeys. Estaba tranquilo y no sentía prisa alguna. Me contó las dificultades que tuvo que vencer varias veces para huir de mis persecuciones y me recordó el día en que desapareció de casa de lady St. Mabyn, en la plaza Grosvenor una estatuilla de la época de Chien Lung, de extraordinario mérito. Yo me apresuré a ir para advertir a la dueña que la reseña laudatoria que sobre aquel objeto de arte publicaba un periódico de la noche ponía en peligro su seguridad, si no se tomaban medidas de defensa. Me abrió la puerta un gigantesco mayordomo, muy cortés y de rigurosa etiqueta, que resultó no ser otro que nuestro amigo Niccolo que se largaba con la estatuilla bajo el brazo.

—¿Tiene usted idea de dónde guardaba esas cosas? Porque según parece no vendía nada.

—Me dijo que tenía una casita en un paraje escondido, donde reunía lo más valioso del mundo para su exclusivo goce y que allí iría a parar el collar egipcio.

—¿Qué le movía a seguir hablando con usted?

—Cuando se lo pregunté no obtuve una respuesta muy alentadora por cierto. En un tono ampuloso y grandilocuente de megalómano, me dijo que, en efecto, yo era el único mortal que había tenido la suerte de sorprenderlo durante su trabajo; me trató de cobarde porque no me apoderaba de lo que tanto como él codiciaba, aunque, según me dijo y era verdad, nunca iba en busca de dinero o de diamantes ni de nada de lo que ambicionaban los ladrones vulgares.

—¿Pero cómo le dijo todo eso?

—Debí advertirle a usted que antes me hizo una curiosa proposición. Dijo que si le prometía bajo juramento renunciar a su persecución y a encontrar su residencia, olvidando para siempre lo de aquella noche, me

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perdonaría la vida, a condición de que volviese a Inglaterra y me dedicase a viajar por mar o a otra ocupación. Yo, claro, me negué.

—Ha de tener usted mucho valor —dijo Trent con admiración. —Como cualquiera. Los hombres se pierden más por prejuicios que

por principios. La nerviosidad nos pone a merced del que domina sus nervios. Aquel hombre estaba tan seguro de sí mismo, tan tranquilo respecto a una posible detención, que sin duda esperaba que rechazase su proposición. No tiene usted idea del peligro que escondía la astuta suavidad de aquel hombre.

—Sí, la tengo… Es decir… me la hace usted comprender tan bien… —Declaró que yo, por el hecho de oponérmele, debía desaparecer;

pero que merecía una consideración especial por haber limpiado tantas galerías de obras sin valor, adquiridas con imbécil reverencia por los nuevos ricos, y deploró que fuese esclavo del necio prejuicio que da más importancia al honor que a la vida.

Trent notó que el conservador se excitaba con el relato de pasados peligros.

—No sé cómo explicarle el efecto que me produjo. Generalmente, me enfurezco si alguien me mira ceñudo o me grita, por corpulento y por fuerte que sea. En aquella ocasión ni me enojé ni tuve miedo. Recuerdo que me dije que no tenía miedo, y esto es síntoma de una extraordinaria inquietud. En sus ojos leí mi sentencia de muerte y cuando levantó el arma y apuntó, calculé que la bala me daría en la sien derecha. Dispuesto a jugarme el todo por el todo, ya que se trataba de unos segundos de vida, me arrojé contra él como una pelota, de cabeza a sus pies. Se derribó sobre mí como una tonelada de ladrillos, no sin antes disparar de tal modo, que la bala me hirió en un talón; pero tuve más suerte que Aquiles, porque mi enemigo dio de cabeza en una silla al caer y se produjo una herida de la que manó abundante sangre.

El exoficial de marina contempló un momento el fuego de la chimenea como si reconstruyera in mente la terrible lucha.

—Me he visto en muchos lances apurados, mas no recuerdo nada tan horroroso como el de aquel momento en que me veía acometido de un temor semejante al que produciría en un hombre sencillo el sentirse entre las garras de un monstruo descomunal. Dios sabe el tiempo que nos debatimos por el suelo disputándonos la pistola. Creo que los dos la cogimos a la vez. Yo trataba de que él mismo se disparase un tiro. Se

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trataba de su vida o de la mía. Cuatro veces se disparó la pistola cerca de mi cabeza o de la suya y no sé cómo hubiera acabado aquello si los tiros no hubieran atraído a los criados. Creo que los dos oímos sus gritos al mismo tiempo. Se incorporó él abandonándome el arma, que luego encontré completamente descargada. Me sentí harto quebrantado para seguirle, cuando desapareció por la antesala por donde había penetrado. Hice entrar a los criados y cogiendo el revólver del viejo Clemente, me lancé en persecución del malhechor. Éste se escapó por una ventana que, estando a veinte pies de altura por la parte de fuera, no se juzgó urgente protegerla con barrotes, como yo aconsejara.

—¿Había una escala?

—Sí, pero él la retiró y yo era demasiado pesado para saltar sin peligro de quebrarme una pierna. Al asomarme, vi a la luz de la luna cómo se alejaba por la calle y disparé. Debí de acertar el tiro, porque, cuando salimos, unas manchas de sangre nos indicaron el lugar en que había caído y el barro nos mostró las huellas de dos hombres que lo recogieron. La profundidad de las huellas demostraba claramente que habían transportado un cuerpo pesado. La policía, instigada por la vehemencia del Barón, hizo cuanto pudo, pero sin ningún resultado. Un mes después se encontró un cadáver en el fondo de una acequia. Fui a verlo, pero estaba tan descompuesto, que era imposible su identificación.

—¿Entonces, cree usted que ha muerto? ¿No pertenece este camafeo a la clase de objetos que buscaba?

—Tengo dos razones para creer en su muerte. La primera es que estoy seguro de haber hecho blanco cuando disparé. La segunda, que el asesino del Marqués robó casi mil libras, en billetes de cinco y diez libras. Al enterarme por la prensa del crimen de Cornish, creí que fue él, pero luego cambié de idea. Pienso que su último crimen fue el robo de la «Fiesta Veneciana» de Giorgione, en Nueva York, un mes o dos antes de encontrarnos.

Antonio Trent no manifestó el vivísimo interés que le produjo la mención de una de sus fechorías. Que confundiesen sus actos con los de aquel desconocido maestro le parecía un homenaje a su habilidad.

—Seguramente conocerá usted el caso[1].

—Sí, y por cierto que me divertí mucho. En cierto sentido me alegré. El propietario del cuadro, que es un empresario cinematografista, me robó

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una serie de ideas que le presenté resumidas y cuya propiedad literaria no tenía por tanto registrada, y ganó con ellas un enormidad de dinero.

—¡Ah! —exclamó Wadham. —¿Conque es usted un escritor?

—Lo fui algún tiempo, pero otras ocupaciones más interesantes me tienen alejado de la literatura. —Se levantó y añadió: —¿Me permite enfocar esta luz a la cabeza de Niccolo? Deseo estudiarlo detenidamente.

Wadham accedió muy satisfecho, porque aquel interés de Trent le parecía un tributo a sus cualidades de narrador; pero no comprendió para qué le pedía una hoja de papel y un lápiz hasta que vio que su huésped sacaba un dibujo de la cabeza de mármol.

—¡Dios mío! —exclamó sorprendido. —¿Cómo adivina usted que esos eran sus ojos?

—Si tuviera color los pintaría azules. ¿Qué le parece?

Poco sabía Wadham con qué impaciencia esperaba el otro su testación. —De un azul claro, con unas sombras grises. Curiosos, inolvidables

ojos. ¿Pero qué hace? ¿Le pone barba a mi Niccolo?

—Sí —contestó Trent, —y bigote. Estas líneas lo envejecen un poco. Un poco de sotobarba y decaimiento del párpado inferior desfigurarán algo al Niccolo que usted conoce, pero contribuyen al retrato del mío.

—No comprendo lo que se propone. Ha dibujado un tipo diferente que yo no reconozco.

—Este no será Niccolo —dijo Trent, —mas seguramente es Carlos Garland. Lo sospeché al principio y ahora no me cabe la menor duda. Es imposible que existan dos hombres tan semejantes.

—¡Así, pues, vive! —exclamó Wadham. —No lo mataría.

—Por lo visto se practica en fingirse muerto. Probablemente ni lo hirió usted. La mancha roja que hallaron podía ser sangre de ternera proporcionada por cualquier matarife. En aquella ocasión logró que usted renunciara a perseguirlo, y lo mismo trató de hacer conmigo, tomándome sin duda por un detective americano.

—Entonces hay que atribuirle el robo del Giorgione. Nunca le agradeceré bastante la verdad que me ha revelado por medio de ese dibujo que nos ayudará a identificarlo.

—Lo dudo. ¿Cree usted que un hombre de su talento conservará en su persona lo que pueda ayudar a su captura? Lo conoció usted cuando se parecía al Niccolo de Donatello, yo le encontré más grueso, con barba y

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bigote, pero ninguno de los dos sabemos con qué facciones se presentará en adelante.

—A lo mejor se dejará patillas y se teñirá el cabello.

—No. Esos postizos son de fácil reconocer. Me refiero a ciertas manipulaciones o productos que pueden alterar las facciones.

Trent no quiso decir más, por no descubrir los métodos ingeniosos que mismo usaba para deformarse los ojos, la nariz y la boca, de modo que, si lo sorprendían en una de sus operaciones, nadie pudiera luego reconocerlo.

—Aunque le hubiera dado muerte, me consideraría fracasado, ya que se llevó el secreto del lugar en que ocultaba su tesoro, compuesto de lo más precioso, pues no se contentaba con reunir objetos de gran valor, sino que coleccionaba la flor y nata de las maravillas artísticas.

—Espero que acabará usted por encontrarla, mientras no lancemos contra él a los profesionales. Siendo un asesino, en cuanto se entere de que la policía está en movimiento, se alarmará y no creo que ni usted ni otro entendido en materia de arte, encuentre nunca su tesoro. Déjeme obrar. Si fracaso, daremos parte a la policía. ¿Qué le parece?

—Estoy completamente de acuerdo. Y a propósito: ¿no pone esto a la señorita Craig en una situación dudosa? Confieso que me interesa enormemente el capitán Hammond, y temo que se llevará un gran disgusto.

—Quizá no sepa nada la muchacha, aunque las apariencias estén contra ella. Lo embarazoso será contárselo a Hammond. Sabe que el tío de su novia es una persona muy estrafalaria, pero decirle que su amada es de la misma sangre que un asesino es bastante desagradable. ¿Puedo traerlo aquí mañana por la mañana?

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CAPÍTULO VI

EL REFUGIO DE LA RIBERA

a agitada vida de Londres, el tratar con sus antiguos camaradas, el Lcambio de ambiente, aliviaron a Roberto Hammond de aquel abatimiento que pesaba sobre él. Cuando estaba en el campo de Hurstdown, todo le parecía indiferente. En Londres sintió como por milagro los estímulos de la juventud azuzada por joviales amigos, se esmeró en el vestir y aunque más disipado, empezó a pensar en Antonio Trent con un espíritu crítico.

No sabía de aquel americano más de lo que éste quiso decirle. ¿Por qué iría a Bournemouth a singularizarse? ¿No obedecería su resentimiento con Garland a antiguas rencillas de otro tiempo? La aventura nocturna le intrigaba especialmente. So pretexto de defender a Laura y descubrir el peligro que la amenazaba, salió con un valioso camafeo y una historia horripilante. Carlos Garland podía ser un tipo raro, egoísta y dominante, pero le repugnaba admitir que fuese un criminal y un capitán de bandidos, como Trent pretendía hacerle creer. En su lealtad no admitía que Laura pudiera hallarse ni remotamente complicada en ningún asunto criminal, y por otra parte, Trent rechazaba cuantas indicaciones le exponía para seguir la pista de Garland, por juzgarlas demasiado inocentes e impracticables.

—¿No quiere usted encontrarlo? —le preguntó casi enojado, cuando Trent rechazó una de sus ideas como ridícula.

—Más de lo que usted se imagina, mi querido amigo —contestó Trent con toda la calma, —pero reconozco en Garland cualidades que usted no sospecha, y he de hacer las cosas a mi manera.

Hammond decidió no disgustarse más. Después de todo, si Trent no hubiera intervenido, aun seguiría él viviendo en Hurstdown sin poder descubrir el secreto. Le parecía sospechoso que Trent conociera tan bien a

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Londres y no le hubiera hablado de ninguna de sus relaciones y sucedió que un día, al pasar por delante de un círculo militar la admisión al cual era muy difícil, como Hammond se lo indicara, su compañero le dijo casi con indiferencia.

—Ya lo conozco. La última vez que estuve se celebraba un aniversario.

—¿Qué aniversario? —inquirió el capitán.

—Una de sus fiestas nacionales, el último jueves de noviembre, en conmemoración del descubrimiento de Roger Williams. Los abstemios dicen que es la fecha en que se descubrió el agua y los bebedores, que es el día en que se inventó el ron. Para todos los gustos.

Hammond creyó que era un momento oportuno para probar si Antonio Trent decía la verdad. Miró el reloj y dijo:

—Son las doce y media. Podíamos entrar a almorzar. Soy socio.

Trent accedió gustoso y sin manifestar el menor embarazo. El capitán aprovechó un momento en que se halló solo para examinar el registro de los huéspedes del círculo y vio que Trent le había dicho la verdad, pues lo halló inscrito como huésped del conde de St. Vian. Y cuál no sería su sorpresa cuando el primer socio con quien se tropezó fue el propio conde, cuyo saludo lo llenó de satisfacción.

—Estoy aquí —le dijo después de las frases de rigor— con Antonio Trent, un amigo americano. ¿Lo conoce usted?

—Mucho —contestó el aristócrata pasando la vista en derredor. — ¡Pobre Antonio! Me gustaría saludarlo, aunque me ha de dar mucha pena. Ya sabrá usted la desgracia terrible que le aconteció el año pasado.

—No me ha dicho nada. Hace muy poco que lo conozco.

—Se había de casar con la señorita Dafne Grenvil, hija de lord Rosecarrel, y en vísperas de la boda tuvo ella la fatalidad de caer del caballo con tan mala suerte, que se mató. Fue una cosa tan horrible, que me estremezco al recordarla. Éramos un poco parientes y mi mujer la quería mucho. Era una muchacha preciosa y heredera que hubiera podido elegir un buen partido, pero se enamoró de ese americano tan simpático como misterioso, pues de él nadie sabe nada.

—¿Quiere usted decir que es una persona de cuidado? —preguntó el otro al ver que en cierta manera se justificaban sus recelos, pero sintió que un fuego de vergüenza subía a sus mejillas, cuando lord St. Vian se irguió para declarar muy firme:

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—¡Lejos de mí el suponerlo, capitán Hammond! Profeso una gran admiración al señor Trent y lady St. Vian la comparte conmigo.

Poco después, el capitán tuvo ocasión de presenciar el encuentro de los dos amigos. Se cruzaron pocas palabras, pero el apretón de manos que se dieron y la sonrisa que cambiaron, hablaban del hondo afecto que aquellos hombres se guardaban.

—La condesa es paisana mía —dijo luego Trent. —Su noviazgo fue de un romanticismo delicioso, y ahora es el matrimonio más feliz que conozco. A él nadie, ni aquí ni allá, le aventaja en el juego de polo.

El capitán Hammond se convenció antes de salir del círculo de que su compañero contaba entre la buena sociedad londinense más amistades que las por él conquistadas. ¡Y Trent nada le había dicho!

—Amigo mío —le dijo en un arrebato pueril—, ¡si seré idiota! Se me metió en la cabeza que… que no conocía a esta clase de gente y que era algo así como un caballero aventurero. ¡Soy un estúpido! ¡Un canalla!

Trent dióle unas palmaditas de cariño en la espalda y le dijo:

—Está bien, está bien. Así es como me gusta que sea siempre: sincero. Luego le contó la historia de sus amores truncados por la desgracia, y

el capitán no pudo menos de manifestarle su condolencia:

—Créame, Trent, lo siento mucho. No sabía nada.

—Ya no le hablaré más de este asunto, pero si tiene usted otras dudas de mí, recuerde que tanto a usted como a Laura los quiero mucho y deseo verlos felices.

—¡Puedo ayudarle tan poco, siendo tan inútil! —se lamentó Hammond cuando llegaron al hotel.

—Ya le tengo buscado un trabajo —repuso Trent. —Me dijo usted que Laura cuenta veintitrés años y que perdió su padre a los siete. Eso nos da la fecha de su defunción y de un modo aproximado de la aprobación del testamento. Si va usted a Somerset, podrá obtener por una módica cantidad una copia del testamento. Por él descubrirá usted dónde vivió su padre. Cuando lo sepamos iremos los dos y haremos algunas investigaciones. Esta diligencia le llevará algún tiempo, y acaso tenga que recurrir a un abogado, pero es indispensable.

—¿Y si no lo hallamos?

—Es probable que la muchacha le escriba a Hurstdown. De lo contrario fiaremos en la suerte o consultaremos el asunto con algún detective. Confío que le hará saber dónde reside, porque no es usted para

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ella una mera distracción veraniega, sino su novio definitivo, con quien espera casarse, y esa joven no abandona así como así al hombre a quien ama, Seguramente se verá estrechamente vigilada por Garland, pero tarde o temprano encontrará una oportunidad para mandar una carta a escondidas. Si no escribe y descubrimos dónde vivió su padre, seguramente daremos con el procurador que cuida de sus asuntos. Siendo muy rica, como usted sabe, no faltarán agentes, abogados y administradores, que tendrán sus señas, y estoy dispuesto a pagar los informes a buen precio, como siempre.

Por mi parte voy a emprender una corta excursión que puede producir interesantes resultados. Se trata de la muerte del tío de lord St. Vian, nada menos. ¿No ha oído hablar del asesinato del marqués de Launceston?

—¿Quién no está enterado de eso? Su muerte produjo enorme sensación. —Se calló un momento, pensando que, si Trent se interesaba tanto en descifrar el misterio de Garland, qué podría tener que ver en ello el asesinato de lord Launceston. Si Garland estaba complicado, ¿no arrastraría también a Laura? La idea le horrorizaba, y preguntó: —¿No querrá usted decir que su tío fue quien lo mató?

—Amigo mío —contestó Trent vivamente, —no huya temblando de la verdad, si quiere salvar a su amada. Creo que Garland es capaz de todo y por eso hemos de librarla de él. El señor Wadham cree que no es Garland quien mató a Launceston, pero también Wadham puede equivocarse. Ya lo veremos. Es posible que tenga que ir usted de mi parte a Cornwall. Le prometo que no se quejará por falta de trabajo. Ahora me parece muy tarde para ir a Somerset, vaya mañana. Yo he de recoger un fajo de periódicos atrasados y no sé cuándo volveré, pero de todos modos sepa que tengo dos entradas para el concierto que da Leginska en Queen Hall. Es una inglesa que en América pasaba por polaca y que interpreta admirablemente a Beethoven.

A las seis, uno de los porteros subió a la habitación de Trent una carga de periódicos que éste trajo en un taxi. Nadie los tocó hasta después del concierto, pero inmediatamente que los amigos regresaron, Trent encendió la pipa, acercó una silla a la mesa y empezó la tarea.

—Está usted cansado —dijo a su amigo— vaya a dormir. Yo no lo haré mientras no haya leído todo esto. Mañana estaré enterado de todo el asunto y de los más interesantes comentarios que se hicieron en torno de él.

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* * *

A no muchos kilómetros de distancia, Garland estaba explorando el terreno de la finca que había alquilado con muebles en la aldea de Hampton. La rodeaban altas paredes por tres lados y por el Norte lindaba con el Támesis. La casa no era tan grande como la de la quinta Lakenham ni estaba tan apartada del mundo, pero ofrecía unas condiciones de paz y seguridad que fueron de su agrado. Tenía una verja que se abría a la carretera, pero el edificio quedaba completamente oculto a las miradas curiosas.

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—Si lo hicieras, lo denunciaría y nos veríamos todos en un compromiso.

—Estamos más seguros que en la quinta —dijo Garland a Laura. —¿Más seguros contra qué?

—Contra merodeadores como ese soldado que no tiene donde caerse muerto. —Y sonrió viendo que la muchacha enrojecía apenada. —¿Acaso hemos de temer otra cosa?

—¿Qué sé yo? —replicó ella de mal talante—. ¿Puedo acaso adivinar el motivo de sus temores, que nos hacen ir de un lado a otro como locos?

—No es porque tenga miedo, pero recuerda que cuando en América nos molestaba una nube de mosquitos nos apartábamos, no porque les tuviéramos miedo, sino para evitarnos molestias. Aquí te sentirás más feliz, porque estarás cerca de los teatros, conciertos, tiendas y restaurantes.

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Confieso que me gustaría comprobar si no ha desmerecido la cocina del Café Royal de la fama que gozaba. Pero ¡ay! que no puedo abandonar mi régimen. Si engordo más llegaré a parecer grotesco.

—Así, ¿no se disgustará porque vaya a la ciudad siempre que me convenga? —preguntó ella, pensando que raras veces le permitía salir sola.

—Claro que no. Eres muy dueña de tu fortuna, aunque no olvides que hemos de proteger nuestros comunes intereses, Estoy seguro que no intentarás ponerte en comunicación con el capitán Hammond. Si lo hicieras, lo denunciaría y nos veríamos todos en un compromiso. Y no me traigas por aquí a ningún amigo, no sólo porque las visitas me estorban en mi trabajo, sino porque podrías verte tentada a confiarles tus asuntos de América, cosa que no te aconsejo.

—Pues muchas, pero muchas veces, he estado a punto de ver a un abogado para exponerle el caso.

—Afortunadamente te has abstenido y me alegro por ti. Existe la extradición entre ambos países y no me gustaría que te condujesen esposada. Un crimen —añadió pensativo— se presta a muchas interpretaciones.

—Aquello no fue un crimen. Bien sabe usted que lo hice en un momento de arrebato.

—Esa es la excusa de todos y aún podría tener alguna fuerza si hubieras aceptado resignada las consecuencias de tu acto; pero escaparse, expatriarse, dejar pasar años, conocer las órdenes de busca y captura dictadas contra uno y no hacer caso, presenta todos los visos de una calculada evasión.

—Usted me aconsejó la fuga.

—Porque me convenía. Como te he dicho, un crimen se presta a muchas interpretaciones, y yo soy muy liberal en cuanto a ellas. Para mí, la inteligencia y los motivos son el todo en el crimen, y no pretendo que el vulgo esté de acuerdo con mi modo de pensar. Me disgustaría bastante. Te lo digo para que no olvides que la tranquilidad de dos personas depende por entero de tu discreción: la tuya y la del joven que quería casarse contigo.

No replicó, pero estaba dispuesta a obedecer a aquel hombre para quien ella era el único objeto de consideración, pero que no dudaría un momento en sacrificarla a la menor resistencia. Fue a la ventana y

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descansó la vista en el limpio césped del prado que se extendía hasta la orilla, donde trabajaba un hombre a quien veía por vez primera.

—Es un jardinero —dijo él siguiendo su mirada— o quizá, más que un jardinero, un guardián. Por la parte del río puede entrar cualquiera y no me gustan los curiosos.

No era una sorpresa para la muchacha ver nueva servidumbre porque cada vez que cambiaban de casa se renovaba, de tal modo que ningún criado tuvo nunca ocasión de ver los interiores de más de una residencia, y eso explica que fueran otros no sólo los coches, sino el chofer y el mismo mayordomo, Thornby, a quien conocemos.

Carlos Garland juzgó que las habitaciones destinadas a los niños, que ocupaban un ala del edificio oran las más apropiadas para instalar su museo, pues se componían de una espaciosa sala contigua a un dormitorio y un cuarto de baño, muy bien alumbrado con grandes ventanales. Por el Norte se podía gozar la mirada en los magníficos jardines del Surrey, a la otra parte del río, y por el Este tenía el lejano panorama del puente de Kingston. Ofrecía además la ventaja de no tener delante ninguna casa cercana. Una escalerilla muy usada bajaba hasta una poterna que se abría a un jardín. Garland daría orden de que nadie se sirviese de aquella salida, ya que consideraba llegado el momento de tomar precauciones por primera vez en su vida. Un poco decaído como se hallaba por la dispepsia, decidió hacer más ejercicio que hasta entonces, aprovechando las ventajas de poder salir sin que nadie lo viera. Desde aquel jardín, un pasillo enlosado conducía al embarcadero, mas si por allí tenía una fácil escapatoria en caso necesario, también podía llegar hasta su colección por allí, desde el río, cualquier ladrón. Garland ya se imaginaba sorprendiendo a los ladrones de Londres, que se quedaban temblando de miedo ante su aspecto amenazador, y se contemplaba aquellas manos capaces de arrancarles la vida. Cada vez eran en él más frecuentes aquellos sueños de violencia.

Cuando hubo cerrado las puertas y procedió a desenvolver los paquetes que contenían sus más preciosos objetos, vio que le faltaba «La Muchacha del Cántaro», cuya desaparición no había notado en su violenta agitación al recoger sus cosas. Después de buscar por todas partes esforzóse en recordar cuándo la tuvo la última vez en las manos y no tardó mucho en atribuir con fundamento el latrocinio al americano que lo visitó.

Garland rugió como una fiera, viéndose objeto de la misma burla con que creía haber ahuyentado a su enemigo. El Dexamenos era lo que más le

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interesó en el mundo. El gran Piergan ofreció por él una suma fantástica que Garland rechazó con un desinterés de multimillonario. Aquella joya de arte era para él como una ejecutoria de superioridad. Nada ambicionó tanto como el objeto cuya pérdida ahora lamentaba. Dos veces intentó apoderarse de él y veinticinco años transcurrieron desde el primero y el segundo intento, y durante este tiempo no tuvo un día de alegría, como si toda su vida dependiese de su posesión, y fue el único objeto por el que mató.

No le cabía duda de que se robaron con un propósito determinado. ¿Por qué no se llevó el americano aquel escarabajo greco-fenicio de Tarros o la talla cretense catalogada con el nombre de «El Hombre y el Toro», procedentes del museo de Piergan, en Nueva York, y que se guardaban en la misma caja? Garland se tranquilizó al pensar en la maestría con que se llevó a cabo su fuga. Los criados no tenían idea del lugar en que se había refugiado. No se recibiría correspondencia. Podía restringir la libertad de Laura, pero no lo consideraba necesario. Bastaba mantenerse a cubierto, pues raramente lo vieron en compañía de la muchacha. Garland era capaz de vivir feliz contemplando su colección de objetos robados.

Su método de vida le probaba admirablemente y ya no sentía la necesidad de placeres que en otro tiempo le inquietaban. Aquel día so le ocurrió durante la comida que un peligro temible lo amenazaba en la persona del americano, pero la indignación por la pérdida del objeto de arte era superior a la emoción que podía producirle el peligro.

—Hija mía —empezó con ánimo de descubrir algo por la opinión de Laura, —si alguna vez cometo algún error se debe a la poca atención que concedo a los asuntos ordinarios de la vida. Y una de mis mayores equivocaciones la cometí con ocasión de confundir aquel caballero del muelle de Bournemouth con el capitán Hammond.

—Supongo que será para usted un gran placer confesar semejante estupidez tan cómodamente.

—¿Cómo se llamaba?

—¿Cómo quiere que lo sepa si nunca lo había visto antes ni pienso verlo más? Pasé una vergüenza horrible.

—¿Qué opinas de él? Quiero decir: ¿qué carácter le supondrías? Laura iba de sorpresa en sorpresa, ya que rara vez se le pedía la

opinión de nada.

—¿Desea saber lo que pienso de él?

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—Anhelo saberlo.

—Pienso —contestó ella sintiéndose halagada— que ofrecía un aspecto apenado; pero su rostro revelaba una gran energía y cuando volvió a usted sus airados ojos, me pareció que era un hombre peligroso. Bueno, precisamente eso no es lo que quería expresar. Quiero decir que según en qué circunstancias sería capaz de obrar sin consideraciones.

—¿Te pareció lo que en el lenguaje corriente se llama un caballero? —Eso sí, por completo. Vestía de una manera impecable y se portó con

toda corrección. Un joven de buena apariencia, aunque un poco triste. ¿Por qué me lo pregunta?

Garland no se molestó en contestar. Laura corroboraba su propia opinión. No creía que se tratase de uno de esos policías detectives que empiezan su carrera como simples aspirantes. Estaba tranquilo. Aunque se reía de la policía de todos los países, y con razón, no dejaba de reconocer que gozaban de un inmenso poderío y disponían de las fuerzas en que se amparaban la autoridad y la ley. Si el desconocido no era un profesional, ¿qué sería? Se le ocurrió pensar, aunque de vaga manera, que la suerte corre como una rueda y que tan pronto está arriba como abajo, o que se parece a un péndulo que va de un lado a otro.

—Si descubres cómo se llama, ya me lo dirás. Le debo una excusa. Lo traté como a un estropajo.

—Es verdad y por eso se enojó tanto. Lo que es yo no estaría tranquila con un enemigo como ése.

—Exacto. Parece vengativo.

—No es suya la culpa. Hay que ver cómo se pone usted cuando amenaza.

—Yo soy un hombre pacífico mientras la gente hace lo que quiero. Hay hombres a quienes enloquece la oposición de los necios. Y ¡vive dios, que soy de esos hombres!

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CAPÍTULO VII

EL ASESINATO DEL MARQUÉS DE

LAUNCESTON

l amanecer, Trent había leído cuanto se publicó acerca del asesinato Adel marqués de Launceston. Aquel montón de periódicos contenía pormenores de que no estaba enterado. Las ediciones del domingo especialmente publicaban reportajes sensacionales, pues ese día, los diarios de Londres se llenan de interesantes páginas donde se recogen relatos y comentarios de los crímenes, divorcios, y procesos ocurridos durante la semana. Los artículos dedicados al caso de Launceston estaban llenos de redundancias y prolijas consideraciones, pero Trent tenía el suficiente talento para no perder el tiempo en digresivas lecturas y sorteando las noticias secundarias pudo hacerse perfecto cargo del asunto, desde que se produjeron los primeros momentos de horror, hasta que el crimen pasó a la historia con el denominativo de misterioso.

Cuando él estaba en Cornwall se designaba al asesino con el nombre de Juan Bennett, mas en los pormenores que recogió durante la lectura, concernientes a su personalidad, Trent reconoció a Carlos Garland, que a pesar de los pelos y señales con que se le describía, logró despistar a la policía.

Trent obtuvo bastantes noticias para reconstruir el crimen sin dificultad.

Tres años antes, el día 10 de abril, Carlos Garland llegó de Londres a la estación de Camelford con todo su equipaje facturado a nombre de Juan Bennett y se hospedó aquella noche en el hotel de Las Tres Hojas, diciendo al propietario que deseaba instalarse en una granja de los pantanos con el objeto de acabar un libro que escribía y dedicar las horas de descanso a la pesca en los arroyos.

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El hostelero lo condujo a la granja de la señora Penfold, donde se le destinó un aposento con una cama y una mesa escritorio.

La granjera, según sus declaraciones, lo creía un sabio de Londres, y en su concepto era una persona amabilísima y de trato exquisito a quien interesaba mucho la comarca y sus tradiciones y antigüedades. Declaró que más que nada le gustaba hablar del gran terrateniente, el difunto marqués de Launceston, sobre el cual sostenían largas conversaciones, y en cuya casa señorial sirvió ella de muchacha y aun actualmente tenía un sobrino con el cargo de jardinero.

A preguntas del forense contestó la mujer que lo más interesante para «Juan Bennett» era enterarse por ella de cómo vivía sólo el marqués y de las costumbres de la rica mansión y con lágrimas en los ojos admitió que inocentemente le suministró cuantos informes pudieran convenirle para sus siniestros propósitos.

La declaración del hijo de la granjera, Ricardo Penfold, revelaba uno de esos corazones nobles, fieles y generosos que tanto abundan en aquella comarca, como Trent tuvo ocasión de observar. No era pues extraño que, llevado del mismo agradecimiento que debían a su noble protector, procurase hacer resaltar en el mejor sentido cuantos pormenores conocía del castillo y su señor ante aquel caballero que se hospedaba en su casa, que tan efusivo y amable se le mostraba siempre y a quien admiraba y quería por lo mucho que había viajado y porque hablaba de todo como un libro. Como todos los testigos manifestó su sorpresa de que un señor tan educado y afectuoso pudiera ser un malvado.

Tantas alabanzas intrigaron no poco a Trent, pues tanto a él como a Wadham, la primera impresión que Carlos Garland les produjo fue de repulsión; pero se dijo que dado el diferente plano social en que estaban colocados aquellos sencillos campesinos con relación a Garland, no podían juzgar bien sus cualidades morales.

En los primeros días que siguieron al suceso se suponía que Garland, para servirnos del nombre que le daba ya Trent, no podía haber cruzado el páramo en una noche de tormenta como aquella y recorrido tantas millas a caballo para encontrarse al día siguiente en tan buena disposición física. Ricardo Penfold declaró que en su compañía había demostrado aquel señor gran resistencia muscular realizando largas y penosas excursiones; pero la prensa se resistió a creer que un hombre grueso y acostumbrado a la molicie ciudadana fuera capaz de someterse a tan duras pruebas.

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A las dos semanas de vivir en la granja, a juicio de la señora Penfold, Carlos Garland estaba enterado del número de habitaciones del castillo, del plano del edificio, del nombre y número de la servidumbre y de sus cargos, costumbres y aficiones. Sabía que el marqués llevaba una vida retraída, que no recibía visitas y que se había negado a recibir la de su hijo por haberse éste casado contra, su voluntad con una bailarina. También sabía que el viejo aristócrata se retiraba a dormir a eso de las once, que apenas podía descansar y que se levantaba antes que los criados. La granjera le informó de lo resentidos que estaban los hombres contra la hora de queda, que se tocaba a las diez, y que casi cada noche se reunían en el cuarto del mayordomo a jugar al poker, siempre con miedo a que el señor los sorprendiese.

La granjera declaró complacidamente que lo más interesante para su huésped fue saber que su perro era hijo de un perro de pastor y de un mastín del lord Launceston, y que al preguntarle su inquilino sorprendido cómo el marqués conservaba la más vieja raza canina inglesa, pudiendo vivir tan tranquilo sin necesidad de aquellos temibles guardianes, le explicó ella que la importante colección de la Casa Launceston que fue donada al Museo Nacional estaba antes instalada en la residencia de la familia Launceston, en Park Lane, de Londres, donde años atrás penetró un ladrón que hubiera matado al señor, a la señora y a toda la familia, a no ser por el enorme mastín, abuelo del guardián de la granja. Y al manifestarle que aquella familia perruna se había extinguido, y por tanto no podría el sobrino acceder a los deseos del señor Bennett de proporcionarle un cachorro de mastín, dio muestras de gran contrariedad. Añadió la señora Penfold que su perro «Príncipe» mostraba gran antipatía por el forastero, lo cual nada significaba, pues con la misma fiereza acometía al vicario de la parroquia siempre que se acercaba, y que también era gordo.

Un día, Garland fue a Comelford a comprar unos escarpines para librarse del frío y en el hostal de «Las Tres Hojas» adquirió unas botellas de añejo Borgoña, para celebrar con sus huéspedes su cumpleaños. Como el frío era intenso y rugía el viento en el páramo, propuso a sus humildes amigos que bebieran a su salud y todos se quedaron amodorrados después de apurar algunas copas.

Por regla general no se atrancaba la puerta de la granja, porque el señor Bennett, que con dificultad conciliaba el sueño, salía a las diez a dar un

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paseo por el páramo y cuando volvía se cuidaba de hacerlo.

La noche del crimen ordenó a Ricardo Penfold que cerrase la puerta. —Atranca la puerta para que no entre algún malhechor, que este viento

calmará mis nervios y me producirá un dulce sueño.

Desde este punto hemos de seguir el hilo de la narración presentando como testigo a Sara Olver, ama de llaves del vicario de la parroquia, excapellán de barco y varón culto que, al aceptar el cuarto, abandonó por malsana la vicaría para instalarse cómodamente en una granja del páramo expuesta a todos los vientos, que tan agradablemente le recordaban los del mar. Acostumbrado como estaba a las tempestades, dormía aquella noche a pierna suelta sin que lo despertase el bramido del huracán que barría la planicie.

Pero no así Sara Olver, que sentía con toda su alma haber permitido al criado Callaway que fuera al pueblo aquella noche. Nerviosa y agitada, ocultaba su rugosa cara entre las sábanas, consolándose no más al pensar que bajo su mismo techo vivía un hombre de Dios con poder y autoridad para ahuyentar los malos espíritus. Pero no las tenía todas consigo a pesar de todo, cuando recordaba que el hombre de Dios se burlaba de los demonios en que ella creía, y ridiculizaba las leyendas que corrían en la localidad como artículos de fe. ¿De qué le serviría, pues, aquel hombre incrédulo si lo despertaba para anunciarle que el Señor de las Tinieblas andaba desencadenado por el páramo, lanzando rugidos, formando círculos en torno a algún condenado para arrastrarlo al infierno? ¿Es que la tía Sara Olver podía dudar de que fuese cosa del diablo un temporal tan horroroso a primeros de mayo?

Hasta con los oídos tapados le llegó el ladrar de su perro; la anciana creyó al principio que los gritos del animal obedecían a la llegada del criado y aún se afirmó en su idea al notar que cesaban de pronto. Para cerciorarse y estar tranquila, se levantó y fue a mirar por la ventana, pero el grito que lanzó atrajo al vicario a la puerta de su aposento desde donde pudo éste oír distintamente su exclamación de horror: «¡El Jinete Negro, el Jinete Negro!». Luego la anciana se desmayó.

Al recobrarse, dijo lo que había visto. Por la carretera que pasaba junto a la casa corría la aparición, y el caballo que montaba despedía llamas por las narices, signo inequívoco de que respiraba fuego. El jinete levantó la cabeza y la miró, lo cual implicaba su sentencia irremisible de muerte para dentro de un año.

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—¿Pero es posible que en el siglo veinte se piense como en la edad media? —la reprendió el vicario, sinceramente enojado. —Eso son supersticiones estúpidas.

—Usted no lo cree porque no es de este país —replicó Sara Olver.

—A Dios gracias.

—Hasta los animales están más enterados que usted. El perro dejó de ladrar cuando lo vio y probablemente se quedó muerto en el acto, porque el poder del Jinete Negro es bastante terrible para matar a cualquiera.

—Procure dormir tranquila y acuérdese de que es cristiana.

Declaró el vicario que el susto que se llevó la anciana le hizo temer que perdiera la razón.

Pero el ama de llaves se afirmó en sus creencias cuando a la mañana siguiente encontraron muerto al perro en medio de la carretera, y poco provecho sacó el vicario con la demostración científica de que su muerte se produjo por los efectos de la estricnina.

Antonio Trent se dijo que en cierto modo estaba justificado el terror de la sencilla mujer. Juan Carkeek, granjero y tratante de ganado encontró aquella noche a su mejor caballo ensillado fuera de la cuadra; era un caballo enorme y de calor castaño obscuro, que podía parecer negro en una noche tempestuosa. Aquel día había corrido mucho desde Davidstowe para llegar a casa con el crepúsculo y recordaba haber cerrado él mismo el establo. Al día siguiente encontró el animal a la parte de fuera, ensillado y embridado y medio muerto de fatiga. Nadie pudo quitarle de la cabeza al testarudo Carkeek que el mismo diablo le había dado un maleficio para que durmiera toda la noche y quitarle el caballo mientras roncaba.

—¡Monsergas! —exclamó el vicario. —Carkeek es el más aficionado a la ginebra en todo Cornwall, y el sueño se lo ha dado el diablo de la botella.

* * *

Quedaba establecido que Juan Bennett mandó cerrar la puerta para que así se declarase luego, decidido como estaba a salir de la granja pocas horas después deslizándose por la escalera de hierro que bajaba desde su habitación al tejado de la lechería, temiendo que cualquier rastro que dejase podía perderlo. Una hebra del par de escarpines que se compró,

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hallada luego en un saliente de la pared, permitió deducir que se los había puesto para amortiguar el ruido de la caída desde el tejadillo y para deslizarse en silencio por los pasadizos del castillo.

Se sirvió del dócil caballo de Carkeek y envenenó el perro del vicario arrojándole un pedazo de hígado, lo cual probó lo muy meditado que tenía el plan, ya que sólo un hombre que conociese palmo a palmo el páramo podía atreverse a cruzarlo por el camino que pasaba ante la casa guardada por el temible can, si no quería dar un rodeo de muchas millas por la carretera, y aun los vecinos hubieran dudado en seguir aquel camino sin una grave necesidad en noche tempestuosa como aquélla.

Penetró en el castillo con relativa facilidad por la puerta vidriera que daba a la terraza y sin titubear se dirigió a la única de las tres escaleras que conducía a la torre antigua, donde estaba el dormitorio del marqués. Esta torre, lo único que quedaba de la construcción del siglo XIV, tenía forma octagonal y dieciocho pies de altura. La rodeaba una galería y una escalerilla de roble la ponía en comunicación con la barbacana. La señora Penfold lloraba inconsolable al recordar la minuciosa descripción que le hiciera al señor Bennett de aquella torre en que se custodiaban las raras preciosidades del marqués.

Los criados encontraron a su señor en traje de etiqueta, con el cráneo destrozado por un arma pesada que no pudo hallarse. Creyóse al principio que el asesino no fue por las joyas, sino por las ochocientas libras que el administrador diera aquel día al marqués y que desaparecieron. Hasta una semana después no se descubrió que había también desaparecido la inapreciable joya llamada «La Muchacha del Cántaro».

La misma mañana en que se halló el cadáver del marqués, el señor Bennett, dolorido sin duda por la cabalgata a que no tenía acostumbrados los miembros, se quedó en cama quejándose de un ataque de reuma, y habló de permanecer en la granja todo el verano mas una semana después, so pretexto de que un amigo de Londres se hallaba enfermo, como decían en efecto los periódicos, Juan Bennett apresuró su marcha y desapareció para siempre con «La Muchacha del Cántaro», el mismo día en que se dictaba contra él una orden de detención.

Si la señora Penfold hubiera sabido que, gracias a ella, conocía Garland la torre como la palma de su mano, se hubiera creído la única responsable del crimen.

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* * *

El ladrón se detuvo ante la puerta del dormitorio y escuchó. Nada se movía en la casa ni pudo percibir el menor síntoma de alarma. Seguramente el marqués estaría durmiendo con un sueño profundo. Por otra parte, el ruido de la tempestad y los frecuentes truenos que descargaban sobre el castillo ahogarían cualquier crujido que pudiera producirse. La noche no podía ser más propicia.

Cuando hubo penetrado en la sala de la torre, tiró los cortinajes sobre las estrechas ventanas y se sentó a descansar en una butaca. Estaba derrengado porque hacía años que no montaba a caballo y no tenía motivo alguno para precipitarse, puesto que se proponía invertir algunas horas en el examen de aquellos objetos que eran los vestigios de la donación al museo nacional, y su caballo necesitaba descanso.

Miró detenidamente los dos Turners que permanecían en aquella sala desde que el gran colorista los pintó para el sexto marqués y pasó luego su vista a la estatua, de mármol que representaba un trabajador, obra maravillosa de Meunier, el Donatello moderno. Olvidó su fatiga contemplando las cosas admirables de que estaba rodeado y como viera en un aparador unas botellas de whisky y de coñac, se levantó para servirse una copa que se bebió de un trago y procedió a buscar metódicamente el codiciado Dexamenos. De pronto, se calmó la tormenta como por ensalmo, el viento dejó de mugir cual si se hubiera dormido, y entonces Carlos Garland se detuvo ceñudo. Cuando aún no había cesado del todo la tormenta le pareció oír pasos sobre su cabeza. La señora Penfold nada le había dicho de que existiese en la torre un sobrado, pero no podía negar ahora que alguien andaba por allí. Se culpó de no haber mirado dónde conducía la escalerilla. Cuando al entrar levantó la cabeza le pareció un artesonado lo que debía de ser una puerta de acceso. Los pasos se acercaban por la escalera. No estaba muy lejos de la puerta, por donde le sería fácil escabullirse, pero en vez de intentar la fuga, apagó la luz y fue a esconderse detrás de un sillón de talla.

Apenas lo hizo, se volvió a encender la luz y pudo ver desde su escondrijo al que entraba. Era un anciano alto, de cabello blanco que apareció desgreñado al quitarse la gorra y la capa militar en que se

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arrebujaba y que chorreaba de lluvia. Reconoció al marqués de Launceston, que venía de contemplar la tormenta desde la barbacana. Se sentó en la misma butaca que poco antes ocupara el intruso y al cabo de un momento alargó la mano a una botella para tomar una copa. Garland pudo ver la cara de sorpresa que ponía ante la que él dejó vacía.

Los criados encontraron a su señor, en traje de etiqueta, con el craneo destrozado.

—No lo entiendo —oyó que murmuraba.

De pronto, se abalanzó vivamente a la mesa y cogió la artística joya que Garland dejó allí en la seguridad de no ser sorprendido. Podía verse que presentía el peligro que le amagaba de muy cerca y estaba a punto de

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levantarse cuando Garland, no pudiendo soportar por más tiempo la humillante postura que se veía obligado a mantener y que lo ponía al nivel de cualquier ratero, salió de su escondrijo.

El aristócrata no delató la terrible impresión que le produjo la presencia de aquel desconocido gigantesco ni se estremeció al ver que el intruso sostenía en su diestra una gran pistola automática, con la indiferencia con que hubiera podido sostener un guante, pero pronto a servirse de ella.

—Mi presencia —dijo Garland con suave acento— le explicará sin duda lo de la copa y lo del objeto que tiene en la mano. ¡No se levante, señor mío! ¡No se mueva de donde está! —añadió con voz dura de mando.

El anciano vio brillar el cañón del arma y se recostó en la butaca sin la menor muestra de desasosiego.

—Veamos —contestó— qué desea de mí un ladrón profesional.

—Se equivoca usted al tomarme por un ladrón profesional —replicó Garland, todavía amable—. Soy un hombre que siempre ha obtenido el objeto de sus deseos y por el momento puede usted considerarme como a uno de los antiguos celtas de Cornish, dotado de un poder de televisión.

—Un poder que lo llevará a la cárcel de Bodmin —objetó el aristócrata con sarcasmo.

—Las cárceles no se han hecho para hombres como yo —repuso el otro, —que nunca entraré en ninguna como preso. En este momento sólo me interesa la doble visión de que estoy dotado. Para cualquier otro que lo viese ahora sería usted una persona que ha llegado a una edad respetable practicando las normas de la buena sociedad tan rigurosamente, que ni en una noche de tormenta renuncia usted al traje de etiqueta, y ese bulto que tiene en el costado del corazón pasaría por una pitillera de plata o una cigarrera. Pero yo no me engaño.

Lord Launceston se llevó instintivamente la mano al bolsillo interior del chaleco y enrojeció de ira al advertir que aquel movimiento revelaba una ansiedad que debió mantener oculta, pues de haber llevado en el bolsillo una pitillera en vez del estuche que contenía su más preciado tesoro, a buen seguro se hubiera mostrado más tranquilo. Y viendo que en el rostro del desconocido se dibujaba una ominosa sonrisa, le preguntó:

—¿Quién es usted?

—Soy de Chios. Me llamo Dexamenos y vengo por lo que es mío.

—No lo tendrá —le replicó el aristócrata secamente.

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—Mi querido marqués —repuso Garland en tono de cortesía, —hace ya demasiado tiempo que lo tiene su familia. He trabajado para obtenerlo más de lo que se figura y ha llegado la hora de que caiga en mis manos. ¿Qué puede usted hacer? Nada, como puede ver. Aún le quedan otras cosas bellas con que recrearse en los años que le restan de vida solitaria; pero con ésa no será.

—La defenderé como a mi propia vida. No la conseguirá usted como antes no me mate —gritó el marqués.

Garland se encogió de hombros.

—Voy a proponerle una cosa. Antes de negarse a aceptar, recuerde que me llevaré lo que he venido a buscar, por mucho que proteste o que se esfuerce. No deseo matarlo. Es usted un anciano y todas las ventajas están de mi parte. Oiga lo que propongo. Para cuando yo muera, que será dentro de veinte años aproximadamente, lo legaré en testamento a sus herederos para que vuelva a su familia.

—No quiero tratos con ladrones.

Garland crispó los puños como si le costara un gran esfuerzo contenerse.

—Se lo prometo con una condición: que no hablará a nadie de mi visita de esta noche. Nadie mientras usted viva ha de saber que ha perdido el camafeo. Luego no me importa, porque ya me habré puesto a salvo y estaré en condiciones de recrearme en el objeto de mi presencia con entera tranquilidad. Por ahora no me conviene tener que ir huyendo de la persecución de la policía.

—¿Y si no se Jo prometo?

—Si no me lo promete, otro marqués le sucederá en la contemplación de esos Turners.

—Es decir, que me ofrece la vida a condición de que le entregue esto —dijo el marqués, golpeando el bolsillo que guardaba la codiciada presa. —Un ladrón me invita a traicionar mi honor y mis obligaciones con la familia. Esta joya está vinculada al título y no podría venderla aunque quisiera.

Garland perdió la paciencia al oírse llamar ladrón y no más le impidió arrojarse sobre su víctima la rara e intensa mirada que ésta le dirigía.

—¿Por qué me mira usted tan fijo? —gritó—. ¿Se figura que podrá dar una descripción completa de mi persona a la policía?

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Al aspecto de altivez mantenido hasta entonces por el anciano siguió un estado de mal disimulada inquietud.

—Ahora lo recuerdo —exclamó—. Fue usted quien entró hace veinte años en mi casa de Park Lane, disfrazado de policía que pretendía perseguir a un ladrón. Venía usted por esto —añadió llevando la mano al bolsillo del chaleco, —y a no ser por el mastín, lo hubiera obtenido. ¿Se acuerda cómo le salvé la vida llamando a mi perro?

Garland no contestó en seguida. ¿Cómo podía haber olvidado la noche que por vez primera infringió la ley, escalando de noche la casa en que durante el día se le recibía amablemente? Le pareció mentira que aquel anciano lo reconociese ahora, cuando tantos que lo vieron con frecuencia no lo habían reconocido nunca. Y pensó que el marqués debió llegar a aquella conclusión por asociación de ideas.

—Más le hubiera valido dejar que su perro me matase. Mi familia me cree muerto y no quiero verme en el peligro de que nadie pueda atestiguar que vivo.

Con voz firme y recia que nadie hubiera esperado, el anciano gritó el nombre de dos de sus criados.

El nombre del tercero expiró en sus labios sin terminar. Garland, con el rostro desencajado de rabia, había cogido una botella de cristal estriado y le hundió el cráneo golpeando con toda su alma enloquecida. Luego limpió las señales que quedaban en la botella con un sifón.

En el bolsillo que guardaba la preciosa joya había un fajo de billetes de banco. Garland se apoderó de ellos para pasar ante quienes investigasen el caso como un ladren vulgar.

Nadie oyó los gritos del anciano. Había recrudecido la tormenta. Fuera de los ruidos exteriores de la noche tempestuosa, no percibió el menor síntoma alarmante. Volvióse a mirar a la víctima de su manía, pero no con piedad sino con odio. Podía haberle entregado la joya prometiéndole guardar silencio, y ahora se complicaban las cosas, poniéndole en una situación llena de peligros. La excursión tan bien estudiada para adueñarse de un pequeño objeto de arte había degenerado en un asesinato, pondría en movimiento contra él a toda la policía de Europa.

* * *

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Aunque molestaba a Trent haber de aconsejarse de hombres como Wadham y Hammond en aquel asunto de Carlos Garland, no dejaba por eso de reconocer que ofrecía aspectos que no había de tener en cuenta cuando en tiempos pasados obraba por sí solo, y ahora comprendía las ventajas que tiene el hombre que no se ve compelido a ocultarse. Si Garland logró vivir desconocido durante tanto tiempo, debíase a que poseía un cerebro superior organizado para el crimen.

—¿Qué? —le preguntó Hammond a la hora del desayuno. —¿Ha encontrado algo? —únicamente que no ha decaído ese tipo en mi concepto. Es muy peligroso y acogeré con alegría el menor rayo de luz que nos descubra una pista…

—Por ejemplo.

—Una carta de la señorita Craig, dirigida a usted.

El capitán Hammond movió la cabeza. No esperaba tener noticias de Laura, y aunque nada había dicho empezaba a dudar del afecto de la muchacha.

—Eso está terminado —dijo con tristeza.

—No lo creo. Recuerde que yo la vi y puedo juzgarla. La pobre muchacha vive aterrorizada por ese bruto que la domina. No quiero decir que sea una delincuente como él. Hay muchas mujeres que sufren sin tener ninguna culpa. Si usted la quiere pruébelo confiando en ella. Lo primero que ha de hacer es ir a Somerset. Me consta que todos los testamentos legalizados que han pasado por los registros de distrito se envían allí al cabo de algún tiempo. Necesito el testamento de un hombre rico, que probablemente será un fabricante o terrateniente de Yorkshire, que dejó una bonita suma a una hija menor llamada Laura.

—Nunca hubiera caído en ello —dijo Hammond complacido ante tan grata perspectiva. —Tiene usted vocación de detective.

Trent rió de buena gana.

—Me gustaría que lo oyeran algunos amigos de Nueva York. Pero acaso tenga usted razón, y voy a trabajar por mi parte. Wadham está confeccionando una lista de todos los objetos cuya sustracción pueda atribuirse a Garland. Voy a estudiarlos y esto rae entretendrá hasta que usted reciba noticias de la señorita Craig.

—Amigo mío —dijo Hammond, —¿por qué repite siempre lo mismo? —Porque ella tiene la Cruz Victoria que usted ganó en agosto de 1914

y que parece habérsele olvidado.

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Hammond había dejado aquella magnífica condecoración a Laura, que se la pidió para tenerla unos días. Trent sabía que la Cruz no se devolvió y no creía que pudiera perderse o dejarse olvidada en un joyero.

—Se me había olvidado —dijo Hammond.

—Pues se la mandará a sus señas de Hurstdown, figurándose que continúa usted allí. Se la mandará por correo y acaso por correo certificado. Si Garland hubiera de decidir el envío, la recibiría usted de Timbuctoo, pero lo más probable es que nada sabe de eso, y la muchacha la echará al correo cuando vaya sola de compras. ¿No es lógico?

—Pero un sello de correos es algo muy vago.

—Eso depende. Si viene con sello de Londres, claro. Pero lo más seguro es que estén en un rincón apartado del Continente, y siendo así podremos encontrarlos con facilidad. Si esa muchacha responde a la opinión que tiene usted de ella, no se guardará la Cruz Victoria, sino que se sentirá obligada a devolvérsela. Y como es asunto relacionado con usted, se guardará ella bien de decirle nada a Garland, por temor de que frustre su plan.

Dejando al capitán en camino para Somerset. Trent se dirigió al piso de Wadham, a quien encontró ocupado en la lista de los robos de Garland.

—Ha tenido usted una buena idea. Estoy recogiendo los datos de una manera desordenada y algunos quizás no sirvan. Esto que usted ve no es ni la mitad de lo que lleva robado ese hombre extraordinario, y eso que procuro eliminar todos los casos dudosos. Puede usted venir a las nueve de la noche. Piergan está aún en la ciudad, y trato de persuadirle que una colección de antiguos instrumentos musicales es cosa que merece la pena.

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CAPÍTULO VIII

EL SEÑOR PIERGAN INTERVIENE

oberto Hammond salió de Somerset sin haber obtenido ningún Rinforme de utilidad y convencido de que la búsqueda de testamentos es cuestión de paciencia. Dejó el encargo de proseguir las indagaciones a un pasante de abogado que a la sazón estaba cesante.

—Es un buen taquígrafo y copiará todo lo que pueda interesarnos. ¿Ha encontrado usted algo?

Trent fumaba, tendido cómodamente en una chaise longue.

—He descubierto algo interesante sobre lo que el Niccolo de Wadham lleva robado y después de comer vamos a poner en claro ciertas cosas. ¿Ha recibido correo de Hurstdown?

—Algunas cartas sin importancia y una nota de la señora Warner preguntando si me ha de enviar o guardar algún paquete que reciba. Como nada espero no hará falta que se moleste.

—Eso parece querer decir que ha recibido ya algo para usted.

—Puede esperar hasta que regrese —dijo Hammond.

—De ninguna manera. Ya le está mandando un telegrama para que se lo remita todo al momento.

Pocas horas después, Trent se hallaba sentado en interesante conversación con Wadham.

—¿Qué? ¿Se ha progresado? —preguntó éste.

—Aunque no lo crea usted, he descubierto algo muy curioso. ¿Se ha fijado usted en que, a excepción del Giorgione, cuyo robo no creo que cometiese Garland, limitaba su colección a los flamencos del Renacimiento y a los pintores alemanes y holandeses del siglo XVI? Sé de pinturas lo bastante para poder hablar y dejo los escarabajos de calcedonia, los marfiles y otros objetos para los expertos. Voy a leer esta lista y trate

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usted de recordar si no falta en ella algún pintor excelente del que no posee el ladrón ningún ejemplar. Empiezo por la primitiva escuela flamenca: Van Dyck, Van de Weyder, Hugo von der Goes, Thierry Bouts, Gerardo David, Van Ouwater, Quintín Matsys, Van Orley. Tal es la lista. ¿No falta algún nombre importantísimo?

—Podía usted incluir a Jacques Daret y Roger de la Pastura, pero eran franceses que, como algunos italianos, se incorporaron a la escuela flamenca atraídos por su florecimiento. Hay un número de pintores de segunda fila que menciono en mis libros, como Juan Gossaert y…

—El maestro que le falta a Garland —interrumpió Trent— es de primera fila y lo digo apoyándome en la autoridad de un tal Grifido Wadham. Usted lo presenta como un retratista superior a Juan van Eyck.

—¡Memling! —exclamó Wadham—. ¡Claro! ¡Cómo pude olvidarlo! ¡Han Memling! Tiene usted razón. Ningún coleccionista podría olvidarlo. Su mérito está fuera de duda.

—¿Cómo es que no ha robado ni un ejemplar? ¿Tan bien guardados están?

—No. Aún continúan en el Hospital de San Juan de Brujas y en el Museo. Más de cien veces los habré visto. El hospital es de ancianos y está a cargo de Hermanas Agustinas.

—¿Y dónde se hallan los otros Memlings?

—No hay muchos Memling, con su meticuloso pincel hacía filigranas y no podía ser tan fecundo como Rubens. Hay tres o cuatro más en Viena. ¿Por qué se habrá resignado Niccolo a pasarse sin un Memling?

—Aún no lo sé. Es un caso aislado que puede aprovecharnos tanto como los otros, si no más. Si de pronto nos enterásemos de que ha desaparecido un Memling de Brujas podríamos seguirle la pista desde allí.

—No lo sé. El hospital es un centro de arte muy visitado por aficionados que se trasladan allí fácilmente desde Ostende, Gante, Bruselas y aun desde varios puntos de Holanda.

—El estudio de los otros robos nos dará alguna idea de sus métodos. —Por desgracia estoy muy poco enterado, porque se aficionó a los

cuadros más tarde. Cuando yo le seguía la pista sólo le interesaban los objetos de poco bulto que pueden meterse en el bolsillo. El Rembrandt desaparecido de Berlín durante mi estancia en Alemania fue la primera tela que le descubrí.

—¿Recuerda cómo se realizó el robo?

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—Se presentó como un empleado del museo, entró dándose humos y se lo llevó, no sin que un criado se lo dejase en el coche que le esperaba. Yo mismo lo tomé por el mayordomo de lady St. Mabyn, de modo que está clara su destreza en disfrazarse. Pero aun fue más ingeniosa la manera de apoderarse del Giorgione, en Nueva York. Ya sé que no estamos de acuerdo respecto a la participación de Garland en este asunto, pero yo sostendré mi opinión hasta que se me demuestre lo contrario.

—He descubierto algo interesante sobre lo que el Niccolo de Whadam lleva robado.

La insistencia de Wadham en atribuir a otro las aventuras de Antonio Trent provocó una sonrisa en el americano que el conservador interpretó como un signo de disconformidad.

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—Se sabe —continuó éste— que Garland vivía en su país antes de la guerra. El Giorgione salió de Los Ángeles porque, como la mujer de su propietario, que era un millonario enriquecido con el negocio del aceite, no podía ver un desnudo sin ruborizarse, lo adquirió un empresario de cinema, enriquecido de la noche a la mañana, y lo llevó inmediatamente a Nueva York, donde hizo ostentación de su compra en varios centros, tales como el Atlétic Club, el Claridge y creo que el Writers’ Club, y en todas partes dijo que iba a regalárselo a su mujer con motivo de su cumpleaños.

—Si tanto habló debió de facilitar la tarea al delincuente —murmuró Trent.

—Sin duda. La misma noche que habló en el Claridge, a eso de las once fue a su despacho, en cuya caja guardaba el cuadro, lo cogió para llevarlo a su casa y cuando atravesaba la acera con su regalo bajo el brazo en dirección a su automóvil, se le acercó un individuo que, a juzgar por el acento, según él, debía de ser francés. Muy embozado en un abrigo de pieles, contra el intenso frío que reinaba, aquel individuo se le presentó como socio en Nueva York, del rico comerciante que le vendió el cuadro, mostrándosele muy preocupado por el peligro que corría el estado de conservación de la pintura, pues temía que no resistiese la cruda temperatura de Nueva York, sin la aplicación de una capa especial, no obstante el buen estado en que se conservara en California. Al oír que perdería su valor si sufría cualquier deterioro por aquella causa, el magnate del cinematógrafo preguntó cuánto costaría. Se le contestó que nada y el desconocido se ofreció para el día siguiente, pero a preguntas del dueño del cuadro, contestó que le parecía más prudente aplicarle el maravilloso barniz en el acto. Subieron, pues, al despacho y el forastero aplicó un líquido ostensiblemente. Al día siguiente, el regalo se había convertido en una ilustración recortada del suplemento cómico de un periódico. Aunque no se explique cómo realizó Garland el cambio, no es menos cierto. Casi nunca apelaba a la violencia.

Trent se puso en guardia para no descubrir cómo se reía por dentro recordando lo fácil que se le hizo el cambiazo de los dos cuadros, el que le enseñaron y el que llevaba preparado.

—Tal vez fuese Garland —admitió, —pero su corpulencia se prestaba a seguirle la pista, al menos eso parece. Bueno, me propongo visitar los lugares donde estemos ciertos de que ha operado. Siempre podremos atar algunos cabos.

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—¿Qué plan se propone? —preguntó Wadham.

—Aún no lo tengo pensado. La mayor dificultad está en la poca atención que se me prestará si voy como un curioso cualquiera, sin más recomendación que mi ánimo de investigador. No puedo presentarme como profesional ni puedo ostentar un título ni un triste cargo. Usted, sí, usted puede pedir informes como Grifido Wadham o como representante de Piergan. ¿No podría venir conmigo?

—Por desgracia no me es posible salir de aquí en todo el mes. Puedo darle cartas de recomendación. —Y después de reflexionar añadió: — ¿Conoce usted a Piergan?

—No sé si él me conocerá —contestó Trent, esforzándose en no sonreír al recordar la jugarreta de que hizo objeto en una ocasión al famoso banquero. —¿Por qué?

—Porque no veo mejor plan que persuadirlo a que pueda usted viajar como su representante. Se le abrirían todas las puertas, pues no hay negociante que no espere que le compre algo ni galería de arte que no confíe enriquecerse con su generosidad. Ya está. Lo verá usted a la hora del almuerzo. No le prometo que le sea simpático. Es muy desigual en su trato, según el terreno de la amistad o del interés en que se le hable. Nunca permite que le presente a un desconocido, sin que medien referencias, como si fuese una regia personalidad.

Wadham se detuvo de súbito. Trent comprendió que el conservador acababa de recordarle la falta de comunes amigos que notaba entre los dos.

—Eso es fácil —declaró sin el menor embarazo. —El señor Hill, el embajador de mi país, hace años que me conoce. El conde de St. Vian es mi amigo personal. Puede usted asegurar al señor Piergan que conozco a los Van Bodens y Welds.

Cuando Antonio Trent fue a almorzar con la primera potencia financiera de América, el secretario del señor Piergan había pasado por la Embajada de los Estados Unidos, y el diplomático había informado que conocía a Antonio Trent desde muchos años y que fue colaborador de un periódico de su propiedad.

A Antonio Trent le gustaban los hombres poderosos y por eso le interesaron tanto Carlos Garland y Rodolfo Castoon. Del potentado y casi legendario Piergan irradiaba esa fuerza sin la cual pocos alcanzan la eminencia. Ya estaba viejo y achacoso, pero nadie sabía si se hallaba

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satisfecho de la vida, porque nadie osaba preguntárselo. Sin andarse con rodeos, Wadham llevó la conversación a Carlos Garland y sus latrocinios.

—Mi amigo Trent —dijo— arde en deseos de realizar un estudio de sus procedimientos, con el objeto de aplastarlo, si es que aún vive.

—Me alegraré que tenga éxito. También tengo unas cuentas que ajustar con él.

—A usted nada le ha robado —advirtió Wadham.

—Desde que usted está a mi servicio, no —replicó el capitalista. —A nadie se lo he contado nunca porque no quiero que me tomen por necio. Porque, realmente, aquello fue tomarme el pelo. Espere, hace que está usted conmigo seis años, ¿eh? Pues, bien; fue un año antes de venir usted a tratar de persuadirme que estaba pez en pintura. En Rotterdam compré un Gerar Dou. Me lo robaron y estoy seguro de que fue Garland, porque me lo devolvió con una carta en que me compadecía por haber gastado treinta mil dólares en una mala copia. Y tenía razón. Me alegraré que tenga éxito, señor Trent. Pero no le arriendo la ganancia si ha de luchar con ese tipo.

—¿Acaso he de quedar derrotado irremisiblemente?

—El hombre que se bate con un jorobado está desarmado en cierto sentido. No puede rebajarse a competir en ruines trapacerías ni renunciar a jugar limpio. El criminal nunca juega noblemente, porque reconoce su debilidad, y se aprovecha de la del contrario.

—No sé por qué un hombre que actúa fuera de la ley no puede jugar limpio.

—Pues no puede. El que roba no tiene el menor sentido del honor. —Desde pequeño me enseñaron a ver en nuestros grandes capitalistas

ladrones en grande escala —dijo Trent con toda la calma. —Quizá los dos estemos equivocados.

Piergan se echó a reír.

—Es posible. Hablo así porque yo mismo ofrezco un blanco muy grande a los tiros de arma corta. A mí se me considera caza mayor, y aunque procuro tener bien guardadas mis adquisiciones bajo la custodia de Wadham, no siempre he podido impedir que se me quitase los que sus conocimientos garantizan como cosa buena.

—¿Se refiere usted al Quintin Matsys? —advirtió Wadham.

—Sí —contestó Piergan dirigiéndose otra vez al amigo de Wadham. — Si conoce usted el Louvre recordará la obra de ese autor, llamada «El Banquero y su Mujer». Es una obra que siempre quise adquirir, aunque la

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consideraba inasequible. Hace unos años, cuando Wadham estaba en el Japón trabajando para mí, conocí a un negociante de Amberes que me inspiró confianza, aunque he de confesar que luego pensé que quería engañarme. Me aseguró que tenía el original del cuadro del banquero.

—¿Y el del Louvre? —preguntó Trent.

—Probablemente no era más que una copia realizada bajo la dirección inmediata del maestro en la misma escuela. Eso ocurre con frecuencia, como usted sabe. La colección de Claeys estaba llena de estas copias. El cuadro del negociante estuvo inadvertido durante siglos en un convento de Bélgica. Fui a verlo y me creí la historia, con la que Wadham se mostró de acuerdo. Creemos que es el mejor de los dos ejemplares. Lo compré y me lo llevé a Nueva York.

—Ya estará usted enterado de la controversia que se suscitó en los periódicos —observó Wadham.

—Sí, lo recuerdo. Los peritos franceses decían que el ejemplar del señor Piergan era una falsificación.

—Claro —dijo Piergan, —no iban a consentir que su ejemplar cayera en el descrédito. Me inclino a creer que el francés es auténtico. Más de una vez, un autor, encariñado con su obra, ha producido dos copias. Entre los modernos tiene usted a Bonheur. Raramente me presto a entrevistas, pero en Londres tuve esa debilidad y mis declaraciones se transmitieron a toda la prensa. Llegamos a Nueva York casi a media noche después de un viaje tempestuoso y me molestó que nadie me esperase. Por regla general, siempre encontraba en el muelle algún compañero y alguien de mi familia, pero en aquella ocasión no me esperaba ni mi coche. Pronto supe la razón. Mi chofer se emborrachó y estaba detenido. El Director del Muelle había recibido un aviso de mi secretario y sabía que me estaba esperando un taxi. Puse en él mis maletas y el Quintin Matsys y echamos a correr. Al torcer por la calle del Oeste, el coche tropezó en algo y de pronto se detuvo en seco. El chofer me dijo que había atropellado a un hombre y yo bajé con idea de auxiliar al desgraciado y corrí a lo que creía que era una persona y me encontré con un saco de paja. Me volví al coche, pero éste había desaparecido, y con él se me llevaba el granuja del chofer el Quintin Matsys y algunos valores de fácil negociación.

—Un trabajito bastante limpio para no ser de Garland —comentó Wadham.

—¿Cómo sabe que no fue él? —preguntó Trent.

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—Por el tipo del chofer, que era flaco y se hallaba en un estado de agitación nerviosa, propia de los aficionados a ciertas drogas —explicó Piergan. —Había leído en la prensa los bombos que me dedicaban. Telefoneó a mi familia que el barco no atracaría hasta las siete del siguiente día. Informó al Director del Muelle de la detención de mi chofer y dijo que se mandaba un taxi. No se olvidó de nada. Se encontró al dueño del taxi durmiendo la borrachera en una taberna de la proximidad del puerto. El ladrón le Quitó el abrigo, la gorra y la insignia.

Antonio Trent recordaba el abrigo que le venía estrecho, la gorra algo pequeña para su cabeza y la gran cantidad de aguardiente que tragó aquel hombre antes de dormirse.

—¿Tiene la policía alguna pista? —preguntó.

—Ninguna. McValsh jura que aquello fue obra del desconocido malhechor a cuya ruina dedica su vida.

—¿McValsh? —inquirió Trent para cerciorarse de si era el mismo inspector a quien burló tantas veces.

—Antes estaba en la Jefatura de Policía de Nueva York. Ahora dirige una agencia de detectives. El tal desconocido hizo que una vez le ayudara en un robo de la colección del Senador Scrivener. ¿Recuerda usted su caso?

—Un melodrama escrito en mármol.

Tiergan rió entre dientes, decidiendo que el amigo de Wadham le era muy simpático.

—Muy justo, señor Trent. El senador pretendía competir conmigo en coleccionar objetos de raro mérito, pero no lo consiguió. Sin duda porque le faltó el consejo de Wadham, pues no sería ciertamente por temor a gastar demasiado. Un día compró un famoso jarrón de porcelana. Tal vez sepa usted que las puertas de su casa están guardadas contra los ladrones por un sistema ingenioso de timbres de alarma.

—Creo haber leído algo de eso —dijo Trent, recordando que la publicidad que se dio a tales precauciones lo detuvo en un plan que tenía trazado.

—Si el senador Scrivener hubiera tenido tanto cuidado con los huéspedes que asistían a sus recepciones como con las puertas, aun poseería el precioso jarrón. Si hemos de creer al inspector McValsh, el ladrón se contaba entre los invitados. Él mismo estaba allí para vigilar y cuenta que el desconocido, que vestía irreprochablemente y estaba muy

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seguro de sí mismo, se tropezó con él cuando salía por entre los invitados con el jarrón bien envuelto bajo el brazo, y o porque temiese o porque quisiera burlarse del policía, le entregó a éste el objeto robado, rogándole que tuviese la amabilidad de llevarlo al magnífico limousine que esperaba en la puerta. Como el coche pertenecía a una de las más célebres personalidades de América, el señor McValsh no dudó un momento en acceder al favor que se le pedía, entregándolo al lacayo y volviendo a su puesto. Un momento después, el elegante desconocido fue a recoger el jarrón diciendo al lacayo que el señor McValsh se había equivocado. Y eso es todo. Nadie sabe dónde está el famoso jarrón del Rey Senwosri.

—A la corta o a la larga McValsh descubrirá al ladrón —afirmó Wadham.

Trent no estaba de acuerdo. Si el inspector se había fijado bien en su cara, nunca detendría a Trent como autor de aquel robo, pues había éste desfigurado sus facciones sin recurrir a ninguno de los medios usados por los cómicos para caracterizarse.

—Ése debía ser el mismo que le robó el cuadro, si puede asegurarse que no fue Garland —apuntó.

—Estoy seguro. Tengo el capricho de coleccionar cuadros que representen personas de mi profesión y el de Matsys era el mejor de todos. Pero ¡ay! ya no volveré a verlo.

Se equivocaba, porque un año antes de su muerte lo recibió de una manera misteriosa y nunca supo que la amabilidad con que trató al amigo de Wadham había de tener tan buena recompensa.

En las actividades de McValsh vio Trent algún peligro, ya que no era el palacio del senador la única parte en que se encontraron los dos.

—¿Aun insiste el inspector en seguirle la pista? —preguntó.

—Sí, pero teme que se le escape, puesto que hace tiempo que no puede atribuir ninguna fechoría al desconocido, aunque se muestra siempre optimista. No creo que el talento de McValsh, si he de hablarle con franqueza, esté a la altura del hombre a quien busca; pero a veces esos perros sabuesos dan con la presa cuando menos lo esperan. En fin, McValsh está haciendo lo que usted se propone llevar a cabo contra un criminal de más talla.

—¿De más talla? —preguntó Trent, algo humillado por la comparación.

—Al menos de la misma talla.

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Durante el almuerzo, el banquero no demostró tener el mal genio que se le suponía; bien es verdad que a ello contribuyeron los informes que le dieron de Trent y el placer que le causaba encontrarse con un paisano de talento.

—Se lo ha metido usted en el bolsillo —dijo Wadham cuando el banquero se despidió. —Le felicito. Puede usted dedicarse a la persecución de Garland como agente de Piergan. ¿De qué se ríe?

—Por el aspecto humorístico que ofrece la situación. Si usted supiera la influencia que ese hombre tiene en mi país, sabría cómo me envidiarán allá cuando se enteren de que he comido con él. Para nosotros, los grandes financieros tienen la importancia que los escritores atribuyen a la alta aristocracia inglesa. ¿Le había hablado a usted de ese McValsh alguna vez?

—Y lo conozco —respondió Wadham. —Un día nos encontramos en Sandown. Me pareció muy aficionado a las carreras de caballos. Si yo fuese un criminal, no me daría mucho miedo ese hombre.

Trent encontró en el hotel a Hammond muy desanimado, porque sus indagaciones no habían dado el menor resultado.

—No me sorprende —dijo Trent. —Lo más probable es que no se llame Craig. ¿No se le había ocurrido eso?

—Confieso que no. Sería horrible.

—¿Por qué? Acaso tenga sus razones. Su tío teme que lo detengan y no será tan necio que le permita usar su nombre para facilitar una pista.

—Seguramente ignora que usted la tenga.

—Ningún delincuente puede estar seguro de que no lo esperen en la primera esquina para echarle el guante. El cazador puede tomarse un día de descanso, pero la caza siempre ha de estar alerta. Siento su desencanto, pero no hemos de desanimarnos por tan poca cosa. Voy a París, a Utrecht y a Turin. Wadham cree con fundamento que Garland ha operado como ladrón en esas tres ciudades y está seguro de que las cartas de recomendación de Piergan, que lo hará todo por apoyarme, me abrirán todas las puertas. Si le necesito le mandaré un cablegrama. Creo que lo mejor será que espere usted aquí la Cruz Victoria.

—No me la mandará: Seguramente, Garland lo habrá descubierto ya todo.

Aunque no lo dijo, Trent creía que Hammond estaba en lo cierto. Sospechaba que aquella muchacha era una aventurera que había pasado

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unas semanas de verano flirteando con el capitán Hammond, y aunque por su aspecto y por sus ojos claros y encantadores pareciese una joven de buena cuna y excelente crianza, Antonio Trent no se dejaba engañar.

* * *

Laura Craig no se hizo cargo de la realidad hasta pasadas unas semanas del desengaño que le causaron los terribles acontecimientos. Sentíase humillada al pensar que amó a un aventurero que codiciaba su fortuna. Las sinceras confesiones de Hammond, referentes a su antigua vida de disipación, confirmaban la opinión en que lo tenía Carlos Garland, el cual discutía el proceder del joven con fingida moderación y candidez, satisfecho de que la muchacha no pronunciase una palabra en su defensa, llegando a estar casi seguro de que nunca más escribiría al capitán que entrambos creían en Hurstdown.

Arreglando las cosas tan precipitadamente recogidas al escapar de Hampshire, Laura encontró la Cruz Victoria. Ni un momento dudó en devolverla, pero hubo de aguardar varios días antes de decidirse a mandarla sin acompañarla con una sola línea.

Tan pronto como Hammond recibió el envío desde Hurstdown corrió entusiasmado a ver a Trent, que estaba a punto de salir para París. El sello de correos estaba bien claro; «Kingston, Surry».

—Supongo que no querrá ya marchar —le dijo Hammond.

—Debo hacerlo. Wadham me ha proporcionado lo que podríamos llamar una pista segura. Ya le diré lo que ha de hacer entretanto. El coche de dos asientos se ha de pintar de nuevo en seguida. Utilícelo para correr por Kingston y sus alrededores. Es posible que vivan a bastante distancia de la estafeta. Adquiera un mapa y recorra con frecuencia la comarca. Hemos de tener presente que a Garland le gusta comer bien, beber mejor, cazar y vivir en paz. Frecuente las mejores tiendas a las horas de compra, pero no pregunte abiertamente a los tenderos. Mándeme un cablegrama si ocurre algo importante, si ve a Garland o descubre dónde vive. De ninguna manera ha de hablar usted a la señorita Craig.

—¿No he de hablarle? —exclamó Hammond, a quien la prohibición le parecía harto cruel.

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—¡Claro que no! —dijo Trent con energía—. Llevará usted antiparras, y un abrigo y una gorra que en nada recuerden las prendas de vestir que le vio ella en Bournemouth. ¿Conoce el genio que gasta Garland? ¿Quién nos asegura que no sea ella su cómplice y que no esté en el mismo peligro de ser detenida? Si ella lo viese le comunicaría la noticia a Garland y ya podría usted despedirse de recibir otra sobre algo que pueda guiarnos. Ha de hacer lo que le digo o no hacer nada.

—Tiene usted razón, pero me parece feo sospechar de la muchacha. —No ha de sospechar nada, sino suspender su juicio, que no es lo

mismo. Tampoco digo que ella le diese la noticia de haberlo visto por su propia voluntad, sino atemorizada por él. Otra advertencia: si descubre usted su residencia, guárdese de hacer un papel heroico yendo sólo al cubil de la fiera, si aprecia en algo su vida. Su única misión consiste en vigilar a la muchacha. No lo olvide. Si tiene alguna noticia importante que mandarme, hágalo por triplicado al Meurice de París, al Europa de Turin y al Chateau d’Anvers de Utrecht. No nombre a nadie ni dé señas. Sea precavido en todo. Garland puede verle sin que usted lo advierta. Piense que cuando se acerque a él entrará en una zona de peligro. Adiós, amigo, acuérdese de que confío en usted.

Roberto Hammond salió al día siguiente para Kingston sintiéndose mejor que nunca de salud y sin pensar en que pudiera volver a acometerle su antigua depresión. Trent confiaba en él. Tenía una importante misión que cumplir y esperaba salir airoso. Siempre fue aficionado al motorismo y el coche que habían puesto a su disposición era lo que tanto tiempo había deseado tener.

Tres días después de la partida de Trent, Robert Hammond se cruzó con Laura Craig cerca del puente de Kingston, en un momento de mucho tráfico, y cuando pudo dar la vuelta, ya ella había desaparecido. Le parecía que la muchacha no lo vio.

* * *

Antonio Trent llegó a París sin el entusiasmo de otras veces, pues no podía apartar de su alma el presentimiento de un peligro. París era la ciudad alegre y divertida de siempre, pero él no iba a recrearse.

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Se dirigió a la sucursal de Piergan en Francia, para cuyo director le había entregado Wadham una carta escrita de puño y letra del banquero, en la que daba instrucciones a su socio en París para que pusiera toda su influencia a favor de la misión que Trent se había impuesto. Trent no podía menos que mostrarse satisfecho de la valiosa conquista que había realizado, pero pronto hubo de ponerla en duda.

Lo condujeron a un despacho particular al extremo de un largo pasillo, y con gran asombro por su parte, el señor Piergan, a quien creía en Londres, le estaba allí esperando; pero su sorpresa se convirtió en angustiosa duda al ver en compañía del banquero al mismísimo McValsh, exinspector de policía de Nueva York. El señor Piergan lo miró de un modo que lo dejó perplejo mientras que en la sonrisa del potentado le pareció ver una mueca feroz. McValsh le dirigió una mirada escrutadora. Antonio Trent, el perfecto ladrón que se esforzaba en borrar todo un pasado, sabía que la justicia podía sorprenderle cuando menos lo esperase en cualquier rincón del mundo, y creía llegado el temido momento. Le parecía que los tres hombres que estaban allí reunidos lo miraban como si lo viesen caer en una trampa.

Con la rapidez del relámpago cruzaron por su frente horribles pensamientos. Wadham, enterado de todo, le había hecho traición, y en este caso la amabilidad del banquero no era más que una trama de la red, y sólo había contado el robo del Quintin Matsys y del Jarrón del Rey Senwosri para ver cómo reaccionaba. Tal vez lo había delatado algún movimiento de los párpados o un ligero temblor de los músculos de su rostro y siendo así él mismo se entregaba en manos de sus enemigos. McValsh, despreciable como hombre inteligente, podía ser entonces de gran utilidad. Durante su pacífica permanencia en Inglaterra se habría tramado todo un complot para perderle. Temía llegada su última hora de libertad, ya que estaba en un callejón sin salida. Mas, por hondo que fuese el pánico que sentía en aquel momento, no lo reveló. Nadie podría decir que perdió la serenidad. Se condujo admirablemente.

—¡Caramba, señor Piergan! —exclamó avanzando con la mano tendida. —¡Qué sorpresa tan agradable! ¡Yo que lo creía en Londres!

—Amigo mío —explicó el magnate poniéndole un brazo sobre el hombro, —no hace más que una hora que llegué en aeroplano. Tengo una junta de suma importancia y he de estar en Londres a la hora de la cena.

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Y sin hacer caso del respetable McValsh, lo presentó a su socio, con quien hablaron en términos de verdadera amistad. Sólo al cabo de cinco minutos se volvió el señor Piergan para decir:

—Y aquí le presento a McValsh, exinspector de policía de París, y ahora terror de los malhechores que se ocultan.

Antonio Trent correspondió al frío saludo de McValsh con desenvuelta cortesía.

—He visto varias veces al señor inspector en Blemont Park. Creo que tiró la casa por la ventana cuando la yegua de mi amigo Van Boden ganó la carrera de Belmont hace algún tiempo.

McValsh se mostró encantado de encontrarse con un amigo íntimo de quien para él era el más grande americano. ¡Y amigo nada menos que de Van Boden! Ya no se acordaba del día en que el mismo Antonio Trent se le burló en un discurso durante una comida en el Writers’ Club o no quiso relacionar el amigo de Piergan con aquella banda de escritores, por quienes sentía tanto desprecio como por toda manifestación de arte.

* * *

El día en que Trent decidió marchar a Utrecht, Roberto Hammond volvió a ver a su Laura. Pasó a pocos metros sin fijar la atención en el motorista que estaba arreglando una rueda. Es dudoso que lo hubiera reconocido con las antiparras y un traje que nunca le había visto y más creyéndolo en Hurstdown. La muchacha desapareció en la carretera Teddington y en la verja principal por donde la vio entrar, se leía el nombre de «Woodlawn». Era una casa de espaldas a la carretera, cuya fachada principal daba a los jardines y al Támesis. No lejos había un garaje y so pretexto de limpiar los obturadores, permaneció allí una hora sin perder de vista la verja por donde ella había pasado. Viendo que no volvía a salir, supuso que aquella era su nueva residencia.

Al día siguiente volvió al gragea con otras excusas y así tuvo ocasión de poder observar la casa sin ser visto. A las once salió ella sola, y pasando por su lado, se perdió en una serie de tiendas que estaban casi apiñadas: una gallinería, una abacería, y otras. Pensó que probablemente, después de encargar algo para la comida, habría continuado su camino

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hacia Kingston. Le pareció obedecer a una inspiración cuando, al cabo de un rato, fue a una de las tiendas y preguntó:

—¿Ha estado aquí la señorita Craig?

Como tenía un aspecto de distinción que infundía respeto a aquellos humildes tenderos que vivían de una clientela rica, le contestaron muy atentos:

—Aún no hace cinco minutos que se ha marchado, señor.

No estaba seguro de que Antonio Trent aprobase aquella determinación, pues el gallinero podía decirle a Laura que un joven preguntó por ella, y si lo sabía Garland podrían levantar el vuelo. Pero el gozo que le produjo el saber que aún conservaba el mismo nombre valía la pena de exponerse a un regaño de su amigo. Aquello era una prueba de que Laura no iba de acuerdo con el archicriminal, y el alma de Hammond volvió a abrirse a una dulce esperanza. En Richmond puso el cablegrama que Trent encontró esperándole en el Hotel du Château d’Anvers.

«Éxito. Vuelva en seguida».

Antonio Trent se dijo que aquel mensaje le prometía más emociones que el estudio del robo de un Terborch cometido cinco años atrás. La persecución y captura de Garland era para él tan interesante, que se le había convertido en verdadera obsesión. Odiaba ya menos a Garland por la injuria que le infirió en el muelle de Bournemouth que porque Piergan lo creía superior a él en la carrera del latrocinio, como un campeón retirado que descansa sobre los laureles odia a un rival desconocido que ofusca su celebridad.

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CAPÍTULO IX

UNA AVENTURA NOCTURNA

ammond comprendió que Trent estaba satisfecho de su conducta y Hdurante la excursión que entrambos realizaron a Kingston descubrió en él dotes desconocidas: sobriedad de palabra, actividad, seguridad en su plan y rapidez en sus resoluciones. Dos vueltas dio a la casa de ladrillo conocida con el nombre de «Woodlawn», rodeada de tapias elevadas. Hammond pudo observar en las horas que estuvo de centinela que no entraban en aquella casa otras personas que los tenderos de la localidad. Mientras esperaba en el garaje interrogó a uno de los empleados y supo que la finca pertenecía a una familia que vivía en Italia y que el inmueble estaba en venta o se alquilaba. No sabía cómo se llamaban los actuales inquilinos y sólo conocía a una joven de verla salir cada mañana.

—Eso significa —comentó Trent— que Garland se esconde. El jardín es bastante grande y no le hace falta salir para estirar las piernas. Hay que echar un vistazo al jardín lo antes posible.

Aquella misma mañana, al obscurecer, se aproximaron en una barca de alquiler. La casa se componía de dos cuerpos de edificio de vulgar aspecto. El jardín ocupaba aproximadamente un acre de tierra. Junto al río había una casilla que Trent pudo examinar por un ventanuco, descubriendo una batea y una lancha de dieciséis pies. Examinando la cerradura, dedujo que estaba recién engrasada por unas gotas de aceite caídas sobre la hierba.

—Un refugio bien escogido —comentó Trent— para escaparse por el río en caso de necesidad, ya que por estos parajes no pasa de noche ni una barca como no brille la luna. Garland podría desembarcar en la otra orilla y huir por el condado de Surrey, adonde no llega probablemente la

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jurisdicción de Middlesex. Las carreteras son excelentes y, con un buen coche, en poco tiempo ganaría algún puerto del Canal.

—¿Piensa hacerlo detener? —preguntó Hammond.

—Todavía no, por varias razones. Nos quitarían la presa de las manos y pasaríamos a ser espectadores inoportunos. Wadham cree que cuando se vea en peligro, y tiene bastante talento para no dejarse sorprender, desaparecerán todos los objetos de valor. Wadham está seguro de que ninguna de las obras maestras que retiene se le encontrará en vida, y si estas razones fueran poco, la que usted ofrece sería suficiente.

—No estoy de acuerdo, porque mientras ese hombre no esté en la cárcel será un peligro para Laura. Me guardaré de obrar en este asunto por cuenta propia, pero creo que por encima de todo está ella. Las obras de arte son bien poca cosa cuando se trata de salvar a una persona.

—Amigo mío, aún no se ha penetrado usted bien de esta cuestión. Sabemos que Garland domina a la muchacha y que ésta le teme. Si la policía mete las narices, puede estar seguro que su novia quedará deshonrada públicamente en cuanto la prensa se entere. No ponga usted esa boca. No acuso de nada a la joven, pero le repito que ante todo hemos de arrancarla de sus garras y luego amanillarlo.

—¿Cómo? —preguntó Hammond, sintiendo haberse dejado arrebatar. —Mi consejo es que se casen ustedes y se la lleve a Italia. Y no se

preocupe más de mis planes.

—¡No será verdad tanta belleza! —exclamó Hammond. —¿Cree usted realmente que es posible?

—¿Por qué no? Cuando nos lancemos contra él no ha de estar ella por medio. Se ve que no ha estado usted tan en contacto como yo con hombres violentos. La guerra no cuenta, pues en ella todos nos sentimos agresivos, aunque tengamos un carácter opuesto a la violencia. Garland es un hombre de mucho cuidado y nunca pierdo de vista esta circunstancia. Tal vez esté allá sabiéndose vigilado. Si tuviera cómplices, se sentiría seguro, pero trabaja solo, como todos los grandes ladrones —Trent señaló una ventana al extremo de la casa donde se acababa de encender luz, pero no antes de tirar las persianas—. Diría que está en aquella habitación, ajeno a nuestra presencia, pero recelando siempre. Todo el mundo da la luz y luego tira las persianas. Pero no así Niccolo. Sabe que su tipo es inconfundible y vea usted cómo están dispuestas las luces de modo que no proyecten la menor

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sombra. Allí lo tenemos, complaciéndose en la contemplación de su tesoro o meditando un plan para llevar a cabo alguna operación en la gran ciudad.

—¿Cómo podrá cerciorarse de que realmente está allí?

—Le haré una visita nocturna.

—Eso sería muy arriesgado —advirtió Hammond con ansiedad. — Usted mismo ha dicho que no se detendría ante el asesinato.

—No seré yo la víctima esta vez. Si yo tuviese una pulgada menos de estatura, no me hubiera cogido en aquella ocasión. Tomaré mis precauciones.

—¿Y cuándo va a ser eso?

—Esta misma noche. Vamos a cenar y, a la salida del teatro, volveremos. Y a propósito: ¿hay policía fluvial en este pacífico Támesis?

—Sí, pero no creo que lleguen hasta aquí a molestarnos. ¿Por qué? —Porque si le dirigiesen alguna pregunta sobre el motivo de su

permanencia aquí con el bote, equivaldría a entregarles el asunto. Procure no llamar la atención cuando me espere. Para el caso es igual ser perseguidor que perseguido. Carecemos de representación oficial y, si no damos explicaciones, nos hacemos sospechosos.

—Perfectamente.

Hammond estaba radiante de alegría. Todos los síntomas de su lastimoso estado de salud habían desaparecido y el porvenir le sonreía. ¡Laura e Italia! He aquí lo que su amigo quería proporcionarle. ¡Laura e Italia!

A eso de media noche volvieron a Kingston, y Hammond no salía de la sorpresa que le produjo el hallar una lancha propia que Trent había comprado aquella tarde.

Trent esperó veinte minutos antes de entrar en el jardín, porque pensaba que quien lubricó la cerradura bien podía haber elegido aquella hora para realizar una excursión nocturna.

Era una sorpresa para Hammond que Trent no le hablase de las dificultades que ofrecía el penetrar en una casa por la noche, pues ignoraba que llevaba las herramientas más perfectas para abrir puertas, y que mientras él estuvo por la tarde dando vueltas por Hampton, su amigo visitó a un corredor de fincas de Kingston, so pretexto de querer comprar una casa a orillas del río, pensando que el corredor no dejaría de tener en lista un inmueble tan importante como el habitado por Garland, y que en efecto le puso al corriente de todos los detalles relativos al plano de la casa y a las

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costumbres de sus propietarios. Trent agradeció los informes y prometió volver.

Cruzó el jardín y se dirigió a una puertecilla que se abría a una salita no utilizada, con acceso al vestíbulo. Trent tenía al entrar un objeto bien definido, de acuerdo con la astucia que atribuía a Garland, capaz de burlar la posible vigilancia de la policía, concentrándola en la parte más escondida del edificio. No, Trent se proponía examinar todas las dependencias, si era necesario. Encaminó antes que nada sus pasos a lo que en otro tiempo fue vivienda de los niños y ahora ocupaba, según le dijo el corredor de fincas, el inválido tío de Laura, a quien nadie había visto. Con aquella maestría adquirida por Trent para abrir las puertas haciendo girar la cerradura en silencio, que no tiene la gente que descansa en la ley y que en vano trata de adquirir el marido trasnochador, se halló en una estancia que, según sus cálculos, estaba separada del dormitorio por un espacioso cuarto de baño, sin haber producido el menor crujido. Se detuvo un rato en las tinieblas que lo envolvían, aguzando el oído. No se fiaba de Garland, que podía hacerlo caer en otra trampa peor que la primera, y no le hubiera sorprendido ver de pronto la sala inundada de luz y la mole de Garland cayendo sobre él.

Sólo después de transcurridos varios minutos, usó con toda clase de precauciones su linterna eléctrica y pudo ver las cajas de acero; pero que estuviera allí el tesoro no probaba que Garland se hallase cerca. Por desgracia para las personas de la constitución voluminosa de Garland, es muy raro que gocen de un sueño silencioso, y Trent percibió perfectamente, desde la puerta del cuarto de baño, la rítmica y pesada respiración de un durmiente. Esto sólo probaba que el dormitorio estaba ocupado. Trent corrió el cerrojo sin que aquel ritmo, que sonaba para él como deliciosa música, se interrumpiese un momento.

Carlos Garland solía dormir bien. Según Laura le dijo a Hammond, no se acostaba hasta media noche, después de haber fortalecido su estómago con unos sandwiches de caviar, bien regados con una botella de cerveza fuerte, lo que infunde un profundo sueño a quien está acostumbrado. Un débil rayo de luz dirigido al lecho cercioró a Trent de que el durmiente era la persona que buscaba. Cuando pasó la luz por la cara de Garland se alteró un momento la respiración de éste, para volver en seguida a la regularidad acompasada de antes.

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De regreso a la sala, Trent satisfizo un momento su curiosidad, sin atreverse a tocar nada que pudiera delatar el paso de un intruso, y ni siquiera se detuvo a mirar las cajas, cuyo contenido tanto hubiese intrigado a Wadham. Una bandeja con una copa y un plato vacíos fue lo que más llamó su atención. Estaba decidido a desinteresarse de aquel asunto tan pronto creyera llegado el momento oportuno de que interviniese la policía, dejando el mérito a Wadham y al capitán. Muchos de los objetos allí reunidos tenían señalada una recompensa y Hammond no se casaría con Laura como un ganapán.

Cuando llegó a la orilla del río se alegró de que Hammond lo esperase oculto entre las sombras y sin fumar. El joven no desplegó los labios hasta que llegaron a un cuarto de milla de la finca.

—¿Qué? —preguntó en voz baja. —¿Cómo ha ido?

—¡Magnífico! Me lo encontré durmiendo como un tronco. Me parece que no tiene ningún miedo de que lo busquen en su escondite, porque las puertas tienen cerraduras tan sencillas, que se pueden abrir con una horquilla. No he visto más que un momento aquella espantosa cara que me hubiera gustado contemplar más rato; pero un día daré toda la luz y me sentaré en su misma cama con una pistola cargada, para saludarle cuando despierte.

—¿Qué hay que hacer ahora?

—Ha de hablar usted con la señorita Craig, diciéndole que Wadham y yo estamos dispuestos a protegerla si es necesario y a ofrecerle hospitalidad. Wadham tiene una hermana en Londres, digna de toda confianza. No espere usted demasiado, Hammond. Acaso todo se reduzca a una disputa de familia por el reparto de los bienes; pero recuerde que, cuando un forastero se convierte en pariente, se olvidan las diferencias. Tenga presente el consejo que le da un hombre de experiencia y no se dé por ofendido, sea cual sea la actitud que ella adopte.

—No es probable que llegue el caso.

—Más probable de lo que se figura. ¡Dios sabe lo que le habrá él contado de usted! A lo mejor le habrá hecho creer que es usted un granuja que busca su dinero. No me sorprendería que no comprendiese su actitud de momento. No se deje sorprender, pues si usted se disgusta y rompe con ella no hará más que favorecer el juego de Garland.

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Sólo después de varios minutos usó con toda clase de precauciones la linterna eléctrica.

Sin olvidar estas sabias advertencias, Hammond se encaminó a la aldea de Hampton al día siguiente. Estaba de tan buen humor, que ya se anticipaba el placer que había de producirle arrancar a su amada de las garras de una persona odiosa.

Cuando la vio acercarse por la carretera, se sintió dominado de tal agitación, que a punto estuvo de esconderse. Se detuvo a su lado y se quitó el sombrero. Ella lo miró como si considerase aquel saludo una impertinencia descarada, y hubiera pasado de largo si él no se lo hubiese impedido gritando:

—No puedes dejarme así.

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Realmente aquel modo de proceder provocó en él una protesta airada y hubo de recordar el consejo del juicioso y precavido Trent, para no manifestar su cólera.

—Eso no está bien, Laura. Nada he hecho para que me trates así. —¿Ve usted ese policía que está a la entrada del puente? —advirtió

ella. —Voy a decirle que trata usted de asustarme.

—Vamos. Tendré el gusto de preguntarle si sabe algo de tu tío inválido.

Vió cómo se estremecía al oír su amenaza, al tiempo que lo miraba con expresión de horror.

—¿Por qué me miras como si fuese un criminal? —preguntó.

—¿Y me lo preguntas? ¿Crees que no sé cuanto sucedió aquella terrible noche?

Nunca había notado ella en el rostro del joven aquella expresión decidida y porfiada que revelaba todo un carácter, cuando le replicó:

—Si crees que soy un criminal, ahora se te ofrece una oportunidad.

Ahí está tu policía. Le proporcionaremos una mañana muy interesante.

Anda, háblale tú primero.

Laura pasó, dejando atrás al policía, que ni siquiera se fijó en ellos. —¿Cuándo pararás de atormentarme? —preguntó ella, volviendo su

cara pálida.

—Cuando hayamos tenido una larga conversación. Trent me ha dejado su coche, que rae espera muy cerca. Permite que te lleve adonde podamos poner claro todo esto en menos de una hora.

—Todo está bastante claro y no tengo por qué ir a ninguna parte. —Bueno, yo iré a ver a tu tío. Sé que ha mentido hablando de mí y

ahora que me consta dónde se esconde no se me escapará. ¿Por quién me tomarías si renunciase a mi única felicidad, porque alguien te haya contado mentiras de mí? O me dices tú por qué has cambiado el concepto en que me tenías o le obligaré a él a que me lo diga. Ahora haz lo que quieras. Sólo te pido una hora de molestia.

—He de estar en casa antes de una hora.

—Muy bien. Espera paseando por aquí y antes de cinco minutos vuelvo a recogerte. ¿No tratarás de huir?

—Aquí estaré —prometió ella.

Aquellas cosas tremendas e inverosímiles que Garland le contaba de Roberto Hammond y que le parecían creíbles cuando estaba bajo la

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inmediata influencia de su poder dominante, al contemplar el rostro del joven le parecían burdas patrañas. Pocas horas antes, aun sollozaba de angustia creyéndolo capaz de haber intentado robar y asesinar; pero al subir al coche sentíase completamente segura y satisfecha de encontrarlo tan animado.

—Ahora —empezó él— me gustaría descubrir ese misterio que me envuelve.

No contestó ella inmediatamente ni quiso él forzarla a ello, esperando que no tardaría en hacerlo, ya que la consideraba vencida.

—No sé cómo empezar —balbució. —Ahora que te veo a mi lado, no puedo creer que hayas cometido un acto tan horrible. Poco antes que abandonásemos la quinta entró un ladrón a robar algo de la colección del señor Garland, y, al verse descubierto, intentó matarlo. Yo misma oí el tiro y vi la ventana por donde penetró el ladrón. Me dijo que eras tú.

—¿Y por qué había de convertirme de la noche a la mañana en ladrón y asesino?

—El señor Garland me contó que tenías grandes deudas y no te quedaba más disyuntiva que robar o ir a la cárcel. No lo creía, aunque recordé que, según me dijiste en varias ocasiones, tenías muchas cosas de que arrepentirte. Y tampoco lo hubiera creído si no me hubiese amenazado con denunciarte a la policía si no salíamos de Hampshire, al momento, sin escribirte.

—¿Y pudiste creer en su palabra después de lo que sabías de mí? —Es que también me dijo que Thornby, el mayordomo, te había visto

y le había rogado que no dijera nada. Añadió que si quería estar segura llamase al criado y vería. Mas yo no quise interrogar a un criado contra ti. ¿Qué podía hacer yo más que marcharme, si, quedándome, te perjudicaba?

—¿Entonces, pensaste un poco en mí?

—¡Un poco! —exclamó ella. —¡Ay, Roberto! Lo más espantoso es haberte conocido. Estoy segura de que no fuiste tú, pero aunque Thornby no lo hubiera visto, es innegable que entró un ladrón, y lo único que hizo Garland fue exagerar.

—Y yo sé cómo se llama el ladrón —dijo Hammond sonriéndose. — Un hombre disparó contra tu tío según los cálculos de ese zorro. Claro que no puedes comprenderlo.

—Pero no lo hirió. Dijo que la bala se había perdido.

—¿Y tú viste dónde fue a dar?

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—No trató de buscar el impacto.

—Una persona que yo conozco disparó contra tu tío con un cartucho sin bala, previamente dispuesto, con este objeto. Huyó creyendo que había matado a Garland. Es una historia increíble, pero conviene que lo sepas todo. Voy a confiártela, seguro de que no sabrá tu tío que te la he contado y de que ni le dirás que te he visto.

—¿Cómo puedes confiar en mí otra vez? —dijo ella avergonzada. —Porque te amo —contestó él sencillamente—. ¡Pobrecilla! Ya has

sufrido bastante para que yo añada mis quejas a tus penas.

Cuando le hubo contado lo sucedido aquella noche en la quinta de Lakenham, como se lo había contado a él Antonio Trent, Laura lanzó un profundo suspiro.

—Apenas puedo creerlo —murmuró. —Siempre tuve al señor Garland por un hombre extraño y misterioso, pero no puedo imaginarme qué gana haciendo eso. Tampoco comprendo por qué tu amigo se introdujo de aquella manera.

—Lo comprenderás al momento. Trent y su amigo Wadham, que es una autoridad en cuestiones de arte, sabían algo de la pasada vida de tu tío, reñida con la justicia. Claro que es un asunto muy desagradable y no tienes tú ninguna culpa, pero Trent y Wadham merecen toda mi confianza. Trent es uno de esos ricos americanos y una bellísima persona. Cuando el señor Garland le escandalizó aquel día en el muelle, le pareció reconocer en él a un individuo reclamado en los Estados Unidos por un delito; mas, como no estaba seguro, resolvió cerciorarse, ya que por nada del mundo trataría Trent a un hombre como criminal, siendo inocente. Por eso saltó por la ventana. Wadham también sabe algo que le permitiría mandarlo a la cárcel.

—¿Y crees que el señor Garland sospecha de ellos?

—A Trent le parece que no. Trent cree que Garland deseaba apartarme de ti y se valió de aquella estratagema, pero alarmado con la visita del americano, le pareció mejor ponerse a salvo. Lo atraparán, Laura, puedes estar segura, y no queremos que tú estés por medio cuando llegue el caso.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, sin explicarse el rubor que encendió sus mejillas.

—Trent tiene una idea admirable. Dice que lo mejor será que nos casemos y vayamos a Italia o a España. Nadie relacionará entonces a la señora Hammond con Garland. Una tía mía tiene una serie de habitaciones

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en el Palace. Me quiere mucho y, sencillamente, serás su ídolo. ¿Por qué no vienes conmigo a la hora del té y haré tu presentación como mi novia?

Le causaba angustia no poder acceder. Sus parientes querrían que se casara con una mujer de vida intachable y sabía que un examen de su pasado sólo disgustos podría acarrear al hombre que la amase.

—Si no te gusta la idea del té en el Palace —continuó él, —vámonos a Richmond y tomaremos un ama de compañía.

—¡No es eso! —exclamó ella. —¡Ah, Roberto! No te lo puedo decir ahora. Nunca debimos ser novios. ¡Qué mal me porté contigo!

—Mira, Laura —dijo él gravemente al oír aquellas reticencias sobre las que era imposible fundar una esperanza de felicidad. —Vas a decirme ahora mismo todo lo que sea.

—¡No puedo —gritó la joven fuera de sí, —no puedo! —Pues contesta a mis preguntas. ¿Estás casada? —No.

—¿Tienes otro novio?

Negó ella moviendo la cabeza.

—Entonces no veo la razón, a no ser —Hammond abatió la frente, —a no ser que creas que no me quieres bastante.

—Nunca querré a nadie como te quiero.

Hasta aquel momento no había creído que podía tener alguna intervención en las misteriosas aventuras de su tío. Recordó que un hombre de la experiencia y mundología de Antonio Trent sospechaba que Laura Craig podía saber algo de lo que Carlos Garland había hecho.

—Dime —preguntó con voz más dura que antes: —¿tenías alguna sospecha de que el señor Garland fuese un delincuente? ¿Es ésta la razón que no te atrevías a alegar?

—Jamás he sospechado de él —contestó con acento de verdad.

—Entonces, querida, ya nada puede separarnos.

—Sí, por desgracia. Y eso era lo que amargaba mi existencia en Hampshire. A veces me preguntabas por qué estaba triste y no podía decírtelo entonces ni tampoco ahora. Me causaba tristeza el pensar que te amaba tanto y no podría casarme contigo.

—¿Tú has hecho algo? —preguntó en tono de duda.

—Sí. Querido mío, me he portado muy mal contigo. Hay algo trágico en mi vida.

—¿Y lo sabe tu tío?

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—Como que es la espada que mantiene suspendida sobre mi cabeza — dijo ella con amargura.

—Entonces, si cree que por ti lo prenden podría complicarte en algún conflicto.

—Supongo que sí. No creo que en ese caso tuviera ninguna consideración a nadie.

—Espera —dijo él anhelante. —Es una cuestión demasiado seria para los dos y hemos de procurar no cometer alguna equivocación. Te he dicho que te amo y quiero y deseo llevarte con mi familia, que también te querrá. Si algo en tu vida ha de acarrearte su malquerencia nada les diremos, pues tampoco los necesitaremos. Te amo a pesar de lo que haya pasado y estoy dispuesto a no abandonarte.

Aquel joven enérgico y resuelto estaba desconocido para ella.

—¡No comprendes! —suspiró Laura. —¿Crees que dejaría perder mi dicha si tuviera una sola probabilidad de retenerla?

—Al menos permíteme juzgar —protestó Hammond. —También va en ello mi dicha.

—En ello pienso. No puedo soportar que reimagines que he sido una mala mujer. Lo que me pasó fue una desgracia y cuando debí revestirme de valor me dejé dominar por el miedo.

Se convenció el capitán de que no sacaría nada en limpio y pensó en sus prudentes consejeros, Wadham y Trent. Ellos le ayudarían y le arrancarían a las buenas lo que se negaba a revelarle. Pero la joven sacudió la cabeza cuando le propuso verse con ellos.

—Está bien —dijo Hammond de resuelta manera. —Entonces haré una visita al señor Garland —detuvo el coche junto a la cuneta. —No sé cuál es el camino más recto para volver a «Woodlawn».

—¡No lo intentes siquiera! —gritó ella.

—¿Por qué no? ¿Crees que soy el mismo de Somerford? Tu tío ya no me asusta.

Estaba horrorizada. A ratos creía a Garland un loco de grandeza sobrehumana. Le había visto matar a un perro porque lo despertaba ladrando de noche, con tal saña, que el solo recuerdo la estremecía. No dudaba del valor de Roberto, pero ¿qué podría contra aquel gigante cuya fuerza extraordinaria se había demostrado tantas veces?

—¡No, no hagas eso! —exclamó.

—Pues dame tu palabra de honor de que verás a mis amigos.

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Tuvo el capitán un momento de vacilación, recordando que por nada había de dejar ni traslucir a Garland que habían descubierto su refugio. Le pareció que anduvo un poco torpe en su cometido.

—He de seguir sus consejos —añadió suavizando el tono. —Esperarán al otro lado del puente mañana a las once. Trent abrirá la portezuela del coche. Es uno muy grande y cerrado… nadie te verá.

—Estoy dispuesta a contarlo todo —prometió—. ¡Qué alivio será para mí, después de estos años horribles!

—Ya verás como ellos ponen las cosas en claro. Al menos Trent, que tiene un remedio para cada enfermedad y se goza en los peligros y dificultades.

Le parecía extraño a Laura que alguien se imaginase a Garland sujeto a las leyes que gobiernan a los mortales y creía que el amigo de su amado se expondría a un grave peligro si se empeñaba en seguir adelante. Hammond se echó a reír cuando ella le manifestó sus temores.

—Ese perdonavidas —dijo con aire de triunfo— se retiró anoche a la una. Media hora después estaba durmiendo a pierna suelta, y digiriendo un plato de sandwiches de caviar y una botella de cerveza fuerte. Dejó sobre la mesa una bandeja de Bristoy, fabricada por Ricardo Chambion en 1775. Tu tío gusta de servirse en objetos raros y la copa en que bebió llevaba la fecha de 1598 y grabado el lema «En Dios pongo toda mi confianza».

—¿Cómo es posible que sepas eso? —exclamó ella.

—Trent me lo dijo. Estuvo al lado del hombre terrible, casi con el

deseo de que despertase. Pasó una hora en el interior del edificio, mientras

yo le esperaba en una lancha.

—¡Si todo estaba cerrado!

—Para Antonio Trent no hay cerraduras. Te lo digo en confianza para que te animes. El señor Garland puede ser vencido. No es ningún ser sobrenatural. Ten presente que existen tres hombres conjurados para ayudarte.

Hammond sufrió una cierta desilusión al notar que estas noticias no le causaban más alegría.

Cuando el coche se detuvo a prudente distancia de la finca, la muchacha se quedó mirando a los ojos de su novio y lo besó. Latió con violencia el corazón de Hammond, y viendo ella la expresión de confianza en lo futuro, que alumbraba su rostro, movió la cabeza suspirando:

—¡Amor mío, no creo que nos volvamos a ver!

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CAPÍTULO X

EL RECUERDO DE UN CRIIMEN

o poco trabajo le costó a Trent convencer a Wadham de la Nconveniencia de acompañarlo a la aldea de Hampton, por requerir aquella visita la felicidad de Hammond. No porque el conservador tuviera antipatía al capitán, sino porque lo consideraba la presa de una aventurera que lo envolvería en su suerte cuando sonase la hora de la justicia.

—Mi querido Trent —observó Wadham mientras corrían por la carretera, —no me cabe duda: esa muchacha está educada de especial manera para atrapar a pobres incautos. Está segura de Hammond y confiada en usted, pero recelará de un hombre viejo como yo, y hará muy bien.

—Ya me lo dirá usted cuando la vea. La primera impresión que me dejó fue la de una hermosa joven cuya natural vivacidad sufre actualmente un eclipse. Hammond la conoce mejor que nosotros y no duda de su sinceridad.

—Y es natural. Lo tiene cogido en sus redes y ahora trata de cogernos a nosotros. Empezará por manifestarnos simpatía y luego tratará de despertar nuestros sentimientos de caballerosidad. Estoy dispuesto a admirarla cuanto quiera, pero que no espere de mí otra cosa.

—¿Con ese prejuicio contra ella, por qué pierde usted la mañana? Wadham se ruborizó ligeramente.

—No es que tenga prejuicios, sino que la he clasificado en el orden, género y especie que le corresponde. Si quiere buscar una alianza con nosotros, encontrará en mí al hombre que se pasó toda la juventud estudiando a las mujeres. ¡Con las que habré llegado a tratar por esos puertos de Dios, desde las que piden un vaso de vino tinto, hasta las que agradecen una botella de champaña! ¿Por qué se ríe?

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—Porque la técnica de las aventureras ha cambiado mucho desde sus buenos tiempos. Si existe alguna fórmula para conocer mujeres como la «Condesa» o la señorita Laura Craig, me gustaría saberla. —¿La «Condesa»? —exclamó Wadham—. ¿Quién es?

—La más hechicera de todas. Un producto de este mundo civilizado que no respeta más principios que el de ganar dinero, poseía gracia, educación, cultura, belleza y un conocimiento extraordinario de los hombres, y a pesar de todo, vivía de sus malas artes. Algún día le hablaré de ella. Si la señorita Craig es de la misma calaña, tiemblo por nuestro éxito.

—Ya estamos sobre aviso.

—Poco importa. Las mujeres de talento lo mismo aprovechan la debilidad que la fortaleza de los hombres. Igual someten a un poltrón que a un héroe.

—¡Caramba! No sé por qué me arrastra a semejante aventura, si tengo tan poca probabilidad de salir airoso.

—Porque Hammond cree que su felicidad depende de que los dos veamos a esa señora. No creo que su dicha dependa de una entrevista, pero la juventud enamorada siempre exagera sus propias emociones sin conceder importancia a las del prójimo. Por otra parte, aprecio a Roberto y estoy dispuesto a dejarme timar por verlo contento.

—¿A dejarse timar? —preguntó Wadham.

—Quiero decir que es probable que nos cueste un poco caro el apartarla de ese hombre. Si realmente se trata de una aventurera, irá en busca de dinero. Ahora lo veremos.

Wadham, desorientado por los recuerdos de su vida de oficial en la Marina real, quedó sorprendido al encontrarse con una joven sencilla de aspecto y atavíos, cuando esperaba conocer a una Laura más formada, más segura de sí misma, más exótica en el vestir y más ducha en el trato de los hombres.

—¡Qué amables son ustedes en acudir! —empezó con cierta agitación. —No me hubiera atrevido a molestarles, pero es la única manera de persuadir al capitán Hammond de que no intente ver a mi tío y convencerle de que no hemos de volver a vernos.

—Eso es empezar por el final —dijo Trent.

—Probablemente sería lo mejor —advirtió Wadham, dispuesto a prescindir de todo miramiento delicado en el trato de la sobrina de

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Garland. Pero fue grande su sorpresa al ver que su ruda advertencia merecía una mirada de agradecimiento.

—Gracias —dijo la muchacha con naturalidad—. Espero que estaremos pronto de acuerdo.

—Yo no —dijo Antonio Trent. —Ha de saber usted que he renunciado a una interesantísima partida de golf por venir a verla. Hammond dice que no puede usted casarse con él por no sé qué cosas. La experiencia me enseña que todo puede arreglarse. Las normas inflexibles de conducta las dictaron los tiranos para tener las masas en el puño. No hay una persona que no haya cometido alguna torpeza. Yo me confieso culpable de muchas. Usted cree haberlas cometido también. El señor Wadham considera conveniente ocultar su pasado, y no por eso deja de sentirse seguro. Veamos, señorita Craig, ¿qué cosas tan horribles son ésas?

—Sencillamente, que algo en mi vida pasada me hace temer constantemente la ley. Pesa sobre mí una orden de detención y si me casara con Roberto, siempre viviría con el miedo y la vergüenza de que un día viese cómo se llevan a su mujer a la cárcel.

—¡Dios me valga! —exclamó Wadham. —¡Qué horror! Señora, perdone; la creía peor. Podía usted haberse casado fácilmente con el capitán Hammond, indiscutible heredero a la baronía de Lakenham, deshonrando un nombre ilustre y sumiendo a la pobre vizcondesa Hellesdon en la mayor de las tribulaciones. Se ha portado usted muy honradamente.

Y viendo en la palidez de la muchacha el efecto que la producía la grosera manifestación de sus prejuicios, añadió:

—Lo siento en el alma. Venía predispuesto contra usted, creyendo que abrigaba otras intenciones. ¿Para qué prolongar esta entrevista? —acabó volviéndose al amigo.

—Es preciso —dijo Trent—. Aun no sabemos nada en concreto. Según tengo entendido, su tío ejerce cierto dominio sobre usted.

—También ustedes me dominarían si les contase la verdad.

—¿Por qué dice eso? —le preguntó Trent, que no la creía.

—Porque así podrán convencer al capitán Hammond de que no ha de volver a verme y al propio tiempo no quiero que se lo cuenten todo. Tiene una confianza absoluta en ustedes y con tal que le digan que es imposible, creerá cue hay verdadero motivo. El señor Wadham tiene razón. Sería su

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deshonra y la de su familia. El señor Garland —añadió ocultando el rostro en sus manos— es un hombre tan raro, que apenas me creerían ustedes…

—¡Tan raro! —exclamó Wadham. —No es ése el calificativo que merece. Ignoro hasta qué punto está usted complicada en sus asuntos, pero no puedo apartar de mi memoria el día en que se derramó sangre inocente.

No podía negarse la horrible impresión que produjeron estas palabras. Trent desfalleció viendo cómo se pintaba la culpabilidad en aquella hermosa cara, y en su fuero interno se confesó que Wadham estaba más acertado que él en juzgar a la linda muchacha.

—¡Ah! ¡Lo sabían ustedes! —suspiró ella.

Tanto Wadham como Trent pensaban en aquel momento en el asesinato de Launceston.

—¿Fue usted a recoger a su tío en Plymouth, cuando abandonó a toda prisa su hospedaje del páramo?

Trent quedó un momento pensativo y añadió una fecha. —Sí —confesó ella. —¿Pero cómo saben ustedes lo otro?

—¿La efusión de sangre inocente? —preguntó Wadham, para quien la turbación de la muchacha era una prueba evidente de culpabilidad—. Es usted digna sobrina de su tío.

—Me alegro que se haya descubierto todo —dijo ella. —Eso me prueba que el señor Trent es un buen detective. Desde el principio sospechamos que lo era.

—Supongo que aún tendrían más miedo de la policía inglesa. Verse envuelto en un proceso por asesinato en Inglaterra no es nada agradable.

—¿En Inglaterra? —exclamó ella, sorprendida.

—¿Por qué en Inglaterra?

—Porque aquí fue asesinado el marqués de Launceston.

La joven dirigió a Trent una mirada suplicante.

—¿Qué quiere decir este caballero? Si no murió.

—Pero lo enterraron —replicó vivamente Wadham— y su hijo heredó el título y la hacienda.

—¡Dios mío! Angelo Matteo no tenía título ni hacienda. ¿No habla usted del muchacho a quien atropellé causándole la muerte en Nueva York?

—Un momento —dijo Trent con calma. —Todos nos hacemos una confusión. ¿Qué sabe usted de la muerte del viejo marqués?

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—Únicamente lo que publicaron los periódicos hace tiempo. ¿Qué más he de saber?

—¿Dónde estaba usted entonces?

—En Londres, con domicilio en Hyde Park. El señor Garland se marchó a pescar una temporada en Devonshire o en Somerset, desde donde me telegrafió que lo fuera a buscar a Plymouth, dispuesta a emprender un viaje. Quería volver por mar en un vapor de Turquía, cuyo nombre, Mercutio, recuerdo perfectamente, y que nos dejó en un puerto oriental.

—¿Estaba su tío muy nervioso cuando lo recogió usted en Plymouth?

—En absoluto. Nunca pierde la calma. ¿Por qué había de estarlo?

—¡Qué maestro! —murmuró Trent. —¿Por qué había de estarlo? Porque la policía de Scotland Yard andaba pisándole los talones y no tenía escapatoria si usted no iba a recogerlo, ya que tenía cerrado el paso de las estaciones y los puertos. Si llega usted a retrasarse o a equivocar el camino, hace años que estaría ahorcado.

—No puedo creerlo. Deben de sufrir algún error.

—¿Nunca se le ha ocurrido pensar que podía ser un criminal, un archicriminal de lo más refinado que se conoce en el peor de los sentidos? —preguntó Wadham acaloradamente.

—¡Nunca! —contestó ella con resolución. —Apenas puedo dar crédito a lo que me dicen. Siempre lo he visto lo mismo: irascible y dominante, creyéndose superior a todos y sin importarle cuanto no sea arte.

—Es imposible que nos equivoquemos. Ya el capitán Hammond la habrá preparado en cierto modo para que pueda hacerse cargo —le dijo Trent mirándola fijamente. —¿Por qué empeñarse en no creer lo que le decimos de su tío cuando le consta que trató de hacerme creer que yo lo había matado?

Manifestó la muchacha una timidez que no llegaban ellos a comprender.

—No es cosa fácil de explicar —contestó. —El señor Garland temía a los ladrones y estaba siempre preparado contra ellos. Me pareció natural que, habiéndole sorprendido allá, prefiriese asustarlo que avisar a la policía.

Wadham no podía soportar que Trent fuese tan considerado con aquella prójima y creyó del caso intervenir en la conversación:

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—Al principio ha tenido usted la suficiente cortesía para reconocer en el señor Trent a un detective y ahora, sin lógica alguna, lo considera un ladrón. Pues bien; a mí me parece muy dudoso que no tuviera usted la menor sospecha de las irregularidades que notaba en la vida de su tío; pero no se trata de eso. Lo que nos interesa es saber si hay algún obstáculo insuperable para su matrimonio con el capitán Hammond. Ha dicho usted lo suficiente para demostrarnos que lo hay, pero me gustaría poder asegurarle que no me he precipitado en emitir mi juicio. Me tomo la libertad de decirle que ese atropello de Nueva York resulta muy confuso.

—Tenga paciencia y no se altere —dijo Trent—. Soy amigo de Roberto y también de usted. No tenemos facultad para obligarla a contestar a nuestras preguntas, de modo que no ha de decirnos más que lo que quiera.

Wadham no estaba conforme con tantos cumplidos y además, en aquel momento se sentía revestido de los privilegios de un juez y no quería renunciar a ellos.

—Si hemos venido a escuchar la confesión de la señorita Craig, ¿por qué poner reparos a la manera de obtenerla?

—El señor tiene razón —dijo la muchacha. —Lo confesaré todo, pero no es fácil empezar. Lo haré por mi familia. Mi padre, que era de Yorkshire, se nacionalizó en los Estados Unidos al casarse. Poseía una fábrica de aceros en Pennsylvania. Él y mi madre murieron en un accidente de ferrocarril cuando yo era una niña. Se me mandó a Inglaterra para educarme entre mis parientes y no volví a América hasta la edad de dieciséis años. Entonces viví en Morristown con una hermana de mi madre hasta que murió. Disponía de grandes rentas y gastaba cuanto quería. A los diecisiete años estaba loca por el motorismo. Acaso no puedan ustedes comprender adonde puede conducir una afición como ésa cuando empieza a dominarnos.

—¡Ya lo creo que lo comprendo! —exclamó Trent. —Como que la he sufrido.

—A los dieciocho años puede decirse que vivía en mi automóvil, haciendo excursiones por California. La he recorrido palmo a palmo. Un día, en Short Hills atropellé a un hombre. No lo maté, pero se armó un gran escándalo en la prensa y estuve un año sin coche porque mi tía se llevó un susto de muerte. Luego volví a guiar, pero fui más prudente. No vayan a creer por eso que el tráfico de Nueva York me diese miedo.

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»Teníamos un piso en la Avenida del Parque, y como me interesaba mucho por la obra de Asistencia Social, me prestaba a cantar en numerosos conciertos. De uno de ellos regresaba un día por la Segunda Avenida, cuando un niño quiso atravesar la calle y, cogido por el guardabarros de mi coche, cayó a tierra. Yo iba exactamente a diez kilómetros por hora y con todos mis sentidos puestos en el volante. La gente del barrio del Este son en la mayoría extranjeros muy excitables, y muchos ni hablan inglés. En un momento rodearon mi coche, gritando, rugiendo y hasta llorando. Salieron de todas las tiendas como enjambre, y algunos, especialmente mujeres, subían al estribo y querían sacarme del coche. ¡Era horrible! De pronto, un hombre que hablaba no sé qué lengua, subió al estribo como un energúmeno y me dio una bofetada. Perdí la serenidad y puse en marcha el motor, tan bruscamente, que el hombre cayó. Recuerdo que oí el ruido de su cabeza al chocar contra los adoquines. Pensé que lo había matado y me acometió un ataque de nervios. Una piedra de las que contra mí arrojaron me lastimó —se echó atrás un mechón que se desmandaba y suspiró—. Mi único deseo era volver a casa y consultar a un abogado. Para colmo de males oí sonar la campana de la ambulancia y pensé que iba a recoger a mis dos víctimas. Mi tía estaba más asustada que yo y me prometió ver a un magistrado de la Audiencia con quien tenía amistad y que a la sazón estaba de vacaciones. Yo caí enferma y pasé varios días delirando. Me cuidaba mi tía; no quiso confiarme a una enfermera por miedo a que me descubriese. Cuando estuve bastante bien, tomamos un barco frutero que zarpaba para Panamá. Mi tía era una mujer muy resuelta.

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Mi tía se sintió gravemente enferma.

—Como su hermano —comentó Wadham, que ya se imaginaba una Garland hembra.

—Yo estaba tan acobardada, que nada pregunté, pero me dijo que todo estaba arreglado y lo creí. Sólo cuando ya estábamos en el barco me dijo que había decidido no hacer nada sin consultar antes al magistrado, que estaba pasando un mes en el Hotel Tivoli de la Zona del Canal. Temía que el accidente de Short Hills viniese a agravar los recientes con el alboroto que producirían contra las locas carreras de cierta clase desocupada que se divierte atropellando a pobres trabajadores. Y sólo deseaba ponerme a salvo antes que se dictase auto de detención contra mí. Durante el viaje a Panamá conocí por primera vez al señor Garland.

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—¿A su tío? —exclamó Trent.

—No nos une ninguna clase de parentesco.

—Eso requiere alguna explicación —profirió Wadham, decepcionado. —Lo sé, lo sé; pero es verdad. Apenas estuvimos a bordo, mi tía se sintió gravemente enferma, porque sufría del corazón y las excitaciones eran peligrosísimas. Murió en el hospital de Ancón. El segundo día de viaje subí a cubierta para tomar el fresco y encontré sentado en la silla de extensión que antes ocupó una señora muy amable, a un caballero cuyo rostro no pude ver porque era de noche y no había luz, pero que me

pareció corpulento y, a juzgar por su modo de hablar, muy educado. —¿Pero qué excusa tuvo para dirigirle la palabra? —preguntó

Wadham con severidad, creyendo que se trataba de un flirt.

—¿Qué dijo? —añadió Trent, ansioso de saber la verdad.

—Dijo que era mi amigo y que quería ayudarme en mis tribulaciones. Creí que se refería al estado de mi tía y le pregunté si era médico. Me contestó que no se refería a la enferma, sino a mí misma. Dispuesta a no dejarme sorprender, procuré no manifestar el menor miedo y le repliqué que sin duda me tomaba por otra. Entonces me dijo: «Es usted la señorita Laura Craig, cuyo padre hizo una fortuna en Pennsylvania. Ha heredado usted dos millones, y no tiene más parientes que su tía, cuya válvula mitral está hecha una lástima».

—Debió usted adivinar que se trataba de un chantaje —advirtió Trent. —Ya lo vi. Parecía imposible que pudiera estar tan enterado de lo que motivó mi viaje. Me sentía muy segura en el barco y le dije que sabía más de lo que yo deseaba que se supiese. Me negué a seguir la conversación y me levanté para marcharme. Él hizo lo mismo y entonces pude ver que era un gigante. Les confieso que no me encontraba bien, me sentí desfallecer en aquel momento y hubiera caído si no es por él, que me cogió y me volvió a echar en la silla como si no pesase nada. Esto aumentó mi enojo. Me odié por sentirme tan débil cuando más fuerzas necesitaba para resistirlo. Lloré de rabia y le amenacé con pedir auxilio si no se marchaba

en seguida.

»—Hija mía —me dijo en ese tono de cortesía burlona que ya ustedes conocen, —no le aconsejo que busque la protección del excelente capitán, pues me vería en la triste obligación de presentarla como a una delincuente fugitiva de la justicia. —Me aseguró que fue testigo presencial de mi último atropello.

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—¿Qué sabía? —preguntó Trent.

—Todo. Que al derribar el guardabarros al muchacho, la rueda delantera le pasó por encima, y el desgraciado murió aquella noche en el hospital. Que el hombre, un cigarrero llamado Abram Horowitz, se fracturó el cráneo y murió al día siguiente. Cuando le dije que iba a consultar a un abogado de influencia y que no huía de la justicia, me replicó que era demasiado tarde y nadie me consideraría inocente, pues los ánimos estaban muy excitados. Procuró tranquilizarme dictándome que no había de temer la silla eléctrica, pues el sentimentalismo de los hombres concedía a la mujer los mismos derechos para la vida, mas no para la muerte.

—¡Canalla! —comentó Wadham. —¡Qué modo de asustarla! —Estaba muerta de miedo. Me dijo que habían declarado los testigos

que lancé el coche contra Horowitz y me hizo creer que nadie podría salvarme de varios años de cárcel. Pero no pueden ustedes imaginarse el horror que me produjo al decirme que era una necia si derramaba una sola lágrima por los muertos, pues Angelo Matteo era un deficiente y Horowitz un alcohólico, si bien estas circunstancias no podrían salvarme en un proceso, puesto que el pueblo exigía una víctima. ¿Y qué se figuran que me contestó cuando le pregunté por qué se molestaba tanto, si creía que los dos interfectos fueron atropellados contra mi voluntad?

—No sé —contestó Wadham. —Nada bueno puede esperarse de él. —Que a él no le interesaba la justicia administrada por ignorantes

magistrados, y que como único testigo presencial que me conocía, estaba de mi parte. Contarle a mi tía lo que pasaba hubiera sido matarla. Acepté, pues, una entrevista que me propuso, ya que, por arbitrario, sarcástico y rudo que fuese, poseía una cualidad muy difícil de explicar que no lo hacía temible como hombre para una muchacha. Pero fue enorme mi sorpresa cuando me propuso que pasara por su sobrina.

—Es una proposición inexplicable —exclamó Wadham.

—Pero no desde su punto de vista. Mi tía estaba peor de lo que nos figurábamos y segura mente no llegaría a Panamá. Él era de distinguida familia y había perdido casi toda su pequeña fortuna. Deseaba disponer de una casa cómoda, de buena mesa y de recursos para viajar. Le contesté que mientras viviese mi tía no era posible que llegásemos a un acuerdo, pero cuando la trasladaron al hospital de Ancon, insistió él en que me decidiese

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al momento, pues si llegaba a hablar con el magistrado, éste informaría a las autoridades de los Estados Unidos y me prenderían.

»Ni aun entonces le di una contestación. Me parecía una farsa y un ridículo; la gente se burlaría de una muchacha que adoptaba un tío.

Rechacé la proposición. Pero cuando volvimos al puerto desfallecí. Vi muchos marineros norteamericanos entre los cuales podía estar el juez, y el señor Garland se me acercó para decirme: «Ya puede despedirse del territorio americano como ciudadana libre. Me veré en la penosa obligación de informar contra usted». Le prometí que nos veríamos en Nueva York en fecha determinada, y cuando enterraron a mi tía, regresé a esta ciudad sin que nadie se enterase del motivo de mi viaje.

—Está claro que aceptó usted por miedo —dijo Trent amablemente. — Pero ¿cómo se persuadió de que le decía la verdad? ¿No le presentó otras pruebas que su palabra?

—Sí, recortes de periódicos de Nueva York; entre otros, recuerdo uno del World, que daba cuenta del entierro de las víctimas —dijo la muchacha estremeciéndose.

—¿Vió usted el periódico entero? —preguntó Trent.

—Sólo los recortes. Luego los rasgó y los echó al fuego.

—¿Y el granuja se instaló en su casa? —preguntó Wadham.

—Sí, y me tranquilizó asegurándome que todo fue un accidente casual. El muchacho se había arrojado al paso de mi coche y el hombre estaba borracho y no podía tenerse en pie. Se ofreció a ser mi limosnero y a mandar a la familia de los muertos ciertas cantidad. Yo consentí gustosa.

—Pero —gritó Wadham, —pudiendo él declararen favor de usted, ¿por qué no aprovechó la oportunidad?

—¿No comprende usted que no lo hubiera hecho? No podía ser más sincero respecto a su disposición. Precisamente decía que había tenido conmigo una suerte loca, y no estaba dispuesto a dejar de aprovecharse.

—Ha debido sufrir usted horriblemente —observó Wadham que escuchaba con vivo interés.

—Bastante. Pero hay que tener en cuenta que no volvió a recordar el accidente de la Segunda Avenida y que, como hombre culto, no tardó en interesarme. Después de un detenido examen, lamentó mi absoluta ignorancia de arte, literatura e historia; dijo que mi francés era detestable y que mi educación musical carecía de técnica. Él tocaba admirablemente. Me enseñó francés, alemán e italiano, perfectamente. Por él supe apreciar

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la buena música y los objetos de arte. Nunca presumía de nada y se portaba como un tío correcto.

—Pero no permitía que tuviese usted amigos.

—Los que no le convenían. Ahora comprendo que quería impedir mi matrimonio.

—Claro —observó Trent, —como que ello implicaba la pérdida de su empleo de tío, puesto que comprendería que usted había de contar a su novio lo ocurrido en Nueva York.

Laura se sonrió agradecida.

—Es cierto. Porque quería contárselo todo al capitán Hammond ocurrió el escándalo del muelle de Bournemouth.

—No ha de permanecer usted bajo su techo, o mejor dicho, él bajo el de usted, ni una hora más —sentenció indignado Wadham. —Ese hombre es un maniático y usted corre un grave peligro a su lado.

—No, no lo creo. Sólo temía por Roberto. Creo que a su manera, hasta me quiere. Reconoce que le salvé la vida cuidándole cuando lo hirieron en Bruselas.

—¿En Bruselas? —exclamó Wadham. —Es interesante. ¿Cómo fue eso?

—Vivíamos en una casa amueblada en la calle de la Loi. Hacía frecuentes excursiones artísticas, como él las llamaba, y a veces tardaba días en volver. En aquella ocasión hacía una semana que estaba ausente, cuando una noche recibí la noticia de que un ladrón había herido al señor Garland por la espalda —la joven se sorprendió al notar la mirada de triunfo que Wadham dirigía a Trent. —Fui corriendo a una choza escondida en la Selva de Soignés, junto a la carretera de Argenteuil, sin que las tuviera todas conmigo, pues el hombre que me guiaba tenía el aspecto típico del asesino; pero no me había engañado. Allí encontré al señor Garland, malherido. Una hebilla del cinto le salvó la vida.

—¡Eh! ¿Qué tal? —exclamó Wadham. —Seguro estaba de haberlo herido.

—¿Usted?

—Sí, yo. Su apreciable amigo escapaba de casa del barón Claeys, en la avenida Luisa, cuando disparé contra él.

Wadham hizo un breve relato de lo sucedido y añadió:

—Ya ve lo peligroso que es para usted volver a su lado.

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—Pero no hay más remedio —afirmó Trent—. Si no vuelve, sospechará algo y se dará a la fuga. La señorita Craig ha de volver hasta que hayamos tomado bien nuestras medidas.

—¿Qué medidas son ésas? —inquirió Wadham.

—Ante todo hemos de pensar en la novia del capitán Hammond. Tengo un agente en Nueva York a quien, tan pronto haya recogido las fechas exactas, mandaré un cablegrama kilométrico para que se encargue de esclarecerlo todo. Si las cosas están como teme la señorita Craig, consultaremos a uno de los mejores abogados de allá, a quien mandaré otro cablegrama kilométrico pidiéndole un consejo. No se apure usted, chiquilla, que está entre buenos amigos.

—No me lo merezco —dijo ella, sin poder apenas contener las lágrimas.

—No tiene importancia. Por otra parte, pienso divertirme mucho haciéndole pagar bien caro a Garland el escándalo de que me hizo objeto. Ahora atienda bien lo que le digo: cuando vuelva a casa tenga mucho cuidado en no dejar traslucir que nos ha encontrado. Pórtese como si nada hubiera pasado y haga lo que haría de costumbre. No demuestre estar más alegre o triste de lo debido. Ese zorro tiene muy buen olfato y no pierde rastro, porque siempre está receloso. Dentro de una hora, mi despacho atravesará el Atlántico y dentro de tres días sabremos el resultado. Mi amigo de América es muy diligente.

—¿Y si las noticias son malas?

—Si las noticias son malas le aconsejaré que vaya a hacer frente a las consecuencias.

—Ya hemos tardado demasiado —dijo ella, pero se calló que desde que conoció a Roberto Hammond aquella idea de presentarse a las autoridades no le había abandonado un momento hasta convertirse en verdadera obsesión. —Me han hecho ustedes muy feliz —añadió incluyendo a Wadham, que no se sentía digno de aquella generosidad. — Espero que sabré evitar toda sospecha de parte del señor Garland. Adiós.

—Es una muchacha valerosa —comentó Trent cuando hubo ella desaparecido y ellos regresaban hacia Londres. —Recuerdo el formidable clamor que se produjo en el país por el tiempo en que ocurrió el accidente de que nos hablaba. Una chica fue condenada a cinco años de cárcel.

Pero Wadham pensaba en otra cosa.

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—Un disparo bastante aceptable —comentó—. A cuarenta metros, en una noche obscura, contra un bulto en movimiento y apuntando nerviosamente.

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CAPÍTULO XI

EN QUE SE DESVANECEN ALGUNAS

SOMBRAS

T —¿La quiere lo bastante para luchar por ella? —¿Por qué me lo pregunta, si lo sabe usted?

—¿La quiere bastante para luchar por ella aun en el infortunio yrentlepusounamanoenelhombroylomirófijamente.

aunque se oponga su familia?

—Renunciaré a todo si es necesario —contestó el capitán sin titubear un momento.

—Creo que no será necesario. Juzgue por usted mismo.

Al terminar Trent su relato, Hammond ya estaba otra vez animado. —¡Pobre muchacha! —exclamó. —¡Cuánto habrá sufrido por eso!

Y pensando en que podría pesar un día sobre ella la ley de los Estados Unidos y en que él mismo tal vez habría de comunicarle la orden de arresto, preguntó:

—¿Sería algo serio?

—Mucho lo temo. Es una muchacha rica y la prensa se ensañaría en los comentarios, llevándose algunos jirones de la honestidad de ustedes dos. Eso es inevitable y no hay que pensar en salir absolutamente indemne del escándalo, si es verdad lo que ella cree.

—¿Cuándo puedo ir a verla?

—El cablegrama no creo que tarde en llegar más de tres días.

—¿Y he de esperar tanto tiempo? Sólo quiero verla para decirle que no ha desmerecido en mi concepto por lo que ha confesado. Seré prudente.

—Se lo agradeceré. Me ha dicho que la amenazó con ir a ver a Garland y usted comprenderá que eso lo hubiera estropeado todo.

Hammond se sonrojó.

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—Estaba loco. Creía que me odiaba y no podía sufrir que me tomase por un criminal.

—No me parece bien que la veamos durante dos o tres días. Espere que nos contesten y no se apure si las noticias son malas. Yo me comprometo a acompañarles a Nueva York, donde puedo disponer de buenas influencias.

Pero no dijo que en cierta ocasión prestó un gran servicio a su país y mereció que el embajador le diera las gracias personalmente.

Ante la ansiedad con que Hammond esperaba el regreso de Trent, palidecían todas las emociones que hasta entonces experimentara. Salió a su encuentro y aunque procuró disimular la inquietud que sentía por la posible pérdida de su última esperanza, le tembló la voz al preguntar:

—¿Qué? ¿Cómo ha ido eso?

No habiéndose recibido al tercer día las noticias esperadas, Trent consintió a regañadientes que su amigo hiciese una visita a Hampton.

—No veo razón para que no vaya, pero si ve a la señorita Craig, no se lamente de no haber recibido aún el cablegrama, porque estoy seguro de que no tardará en llegar.

Hammond ardía en deseos de ver a Laura. Eran las once cuando entró en el garaje a cargar bencina y mientras se la servían fue al estanco de enfrente a buscar cigarrillos. Al salir se encontró cara a cara con Laura y Carlos Garland. Hammond hubiera pasado de largo si no se hubiese visto reconocido por la mirada de Garland y no hubiese notado la expresión de desaliento y casi de turbación que se pintó en el semblante de la joven cuando el hombre fijó luego en ella sus ojos escrutadores. Pero no tuvo tiempo de pensar en el hecho curioso de que, siendo la primera vez que aquel hombre lo veía, lo mirase con hostilidad.

—¡Ah! —dijo Garland con aire de superioridad. —Si no me equivoco, aquí tenemos a nuestro distinguido amigo, el capitán Roberto Hammond, a quien creíamos recobrando la salud en Hampshire. ¿Puede saberse qué lo trae por estos apartados barrios?

Hammond hizo un esfuerzo de serenidad y estrechó la mano a Laura Craig, pero no contestó a la pregunta de Garland en seguida.

—Cuánto me alegro de volverla a ver —saludó—. ¿Y este señor, es su amable tío? ¡Qué encuentro tan agradable, cuando me dirigía a comer con mi tía, que tiene unas habitaciones en el Palace!

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—Una tía muy oportuna —dijo Garland con sorna. —¿Ya ha pensado en cómo ha de llamarla?

—Lady Hellesdon, señor —contestó Hammond con orgullo. —Recuerdo a su marido. Era comandante de caballería en la guerra del

Sudán. El lema que ostenta el escudo nobiliario de la familia es tan curioso como interesante, tomado de una frase de Cicerón: «Qui semel scurra, nunquampater familias». No creo que recuerde usted los clásicos, pero le ayudaré a descifrar el significado. Viene a decir que «quien ha sido un bufón nunca será buen padre de familia» —se volvió a Laura—. Mi sobrina está tan contenta que se ha quedado sin habla.

—Estaba pensando que es usted un grosero antipático.

—Permite que me corrija suplicando al capitán Hammond que venga a comer con nosotros un día de la semana próxima. Le prometo un vino añejo que es gloria pura, aunque no sé hasta qué punto le gustará al que fuma cigarrillos egipcios durante sus carreras deportivas. Veamos: usted debió nacer hacia el 1893.

—Ese mismo año.

—Pues tendrá usted vino de su misma edad, el verdadero Haut Brion —se volvió de nuevo a su sobrina con aparente cortesía y le dijo: —No dejes de recordármelo. ¿Quedemos de acuerdo en que sea el viernes? Muy bien. Vamos, hija, no privemos un momento más a la vizcondesa de la grata compañía de su sobrino.

En cuanto le fue posible, Hammond telefoneó a Trent y supo que no estaba en el hotel. Al llegar a la ciudad aumentó su contrariedad la nota que Trent le había dejado diciéndole que se marchaba a jugar una partida de golf con un amigo americano y no volvería hasta después de comer. Hammond se consumió esperando. Tanto Trent como Wadham debían saber lo ocurrido, y éste no dejó en su casa aviso cuando salió.

Trent no regresó hasta la tarde del siguiente día y comprendiendo al ver a su amigo que tenía alguna noticia para él, preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—Lo peor. Me tropecé con Garland y Laura. Procuré encontrarle a usted por todos los medios inútilmente.

—Cuénteme exactamente lo ocurrido.

Cuando el capitán acabó de hablar observó que Trent estaba tan abatido como nunca.

—Comprenderá usted que ya hemos visto bastante al tío Carlos.

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—No lo sé —replicó Hammond. —Me parece que no le causó la menor inquietud mi encuentro y hasta tuvo el humor de invitarme a comer el viernes.

—Lo cual quiere decir que nunca ha comprendido usted a ese hombre. Mire lo que le digo. Cinco minutos después de ese fatal encuentro estaba en casa preparando la huida con todos sus objetos de valor. No tengo la menor duda de que mientras yo estaba anoche tan tranquilo jugando al poker con una suerte loca, él navegaba por el Támesis buscando nuevo refugio. El tesoro artístico que Wadham persigue ya está ahora en alguna casa elegida con tiempo.

El capitán nunca vio a Trent tan impresionado se sentía culpable en cierto modo y temblaba de miedo por la suerte que pudiera correr Laura.

—¿Qué piensa usted que habrá sido de ella? —preguntó.

—Eso es lo que intentaremos descubrir. Probablemente estará ella tan desorientada como nosotros, porque, si sospecha su tío que le seguimos la pista, no se la habrá llevado. Mientras me tomo un baño, telefonee a casa de Wadham diciendo que dentro de media hora pasaremos a recogerlo para ir a Woodlawn.

—¡Eso significaría la libertad de Laura! —exclamó Hammond.

—Así lo espero. Mas no olvide que se trata del hombre más peligroso de Londres, que no se detendría ante nada si de su salvación se tratase… No perdamos tiempo en comentarios. Avise a Wadham y tenga el coche apercibido.

Mientras se bañaba, Trent pensó en Laura Craig. Si por una de aquellas casualidades hubiera intentado retener a Garland o amenazádole con denunciarlo, nada la salvaría. La sangre teñía las manos de aquel criminal, que pasaba por el momento más apurado de su vida, que lo convertiría en una bestia feroz. Si había logrado ponerse en salvo, de seguro habría elegido uno de los muchos escondites que la ciudad de Londres ofrecía a los criminales.

* * *

—¡Qué horrible contratiempo! —exclamó Wadham al subir al coche con sus compañeros.

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—¡Lamentable! —dijo Trent, pero Hammond vio que no estaba desanimado.

—¿Lleva usted un arma? —preguntó Wadham, notando una cosa dura al sentarse entre los dos.

—Sí —afirmó Trent. —No estamos seguros de que su Niccolo no nos sorprenda mientras estemos gustando su vino añejo y convierta en tragedia nuestra alegría.

—No se atreverá —declaró Hammond.

—Si ha logrado escapar, podremos estar tranquilos; pero supongamos que la policía se hubiera lanzado contra él y se sintiera acorralado. Sabiendo que no le quedaba otra salida que la horca optaría por morir luchando, sin importarle cargar su conciencia con unos cuantos asesinatos más. Por eso he cogido un arma para mí y otra para usted, pensando que si la señorita Craig está en casa no podrá quedarse sola.

—Aún tengo esperanza de que haya abandonado parte de su colección —advirtió Wadham más tarde.

—No creo que encontremos ni una aguja —replicó Trent, cuya experiencia le enseñaba que una mente calculadora como la de Garland no podía cometer la torpeza de dejar prendas y señales de su paso, ya que ello equivaldría a cortarse él mismo la retirada. —Sin duda tendrá algún escondite, donde tal vez ya se guardaba parte de su tesoro, y donde su presencia ya no podía infundir sospechas por esperada. Si volvemos a verlo, podremos dar gracias a una casualidad providencial o a la policía, que conoce todos los rincones de la ciudad antigua.

—Creí que se burlaba usted de la policía —dijo Wadham— y que prefería humillarla con un triunfo de que la consideraba incapaz.

—La policía puede encontrar a ese perillán mejor que usted y yo, con los formidables tentáculos de que dispone. Cuando Scotland Yard decide pillar a alguien pone en movimiento a miles de hombres expertos, y generalmente consigue lo que se propone, porque esos hombres saben trabajar. El capturar a Garland sería para ellos cuestión de tiempo, aunque sea un pájaro demasiado raro. Yo empiezo donde la policía acaba, y por eso es más meritoria mi actuación. No les sorprenda. Según para qué cosas, poseo una mayor preparación, en la historia del crimen estoy más fuerte que muchos policías y, además, soy mejor psicólogo.

—¿Quiere decir que tendremos que abandonar este asunto? —preguntó Wadham con triste acento.

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—Si no hallamos un rastro, no nos quedará otro remedio. No me gustaría, después de haber trabajado tanto y de haber ocultado a las autoridades tanto tiempo el lugar donde se ocultaba el asesino del marqués de Launceston. Les confieso que ninguna gracia me haría tener que contar la visita que le hice a media noche. Y además, ni a los inspectores ni a los comisarios les importarían un pimiento los Rembrandts robados ni los camafeos. Seguramente nuestro celo artístico acabaría por perjudicarnos.

—¿Qué le parece si avisásemos ya a la policía? —preguntó Wadham, muy inquieto con las observaciones de Trent.

—Ni pensarlo —contestó Trent con vivacidad—. Vamos a ver si hallamos algún rastro por nuestra cuenta y riesgo. Si no hay nada, confesaremos.

Pensando en el prestigio de que gozaba en el mundo del arte, la perspectiva de merecer por encubridores la censura de las autoridades le gustaba tan poco como a Antonio Trent. Sabía que si el éxito lo perdona todo, el fracaso traería aparejada la oficial repulsa…

Al llegar a Woodlawn vieron la casa envuelta en tinieblas.

—¡Se ha marchado también ella! —gimió Hammond.

—Espere —ordenó Trent, y tocó el timbre.

Como transcurrió algún tiempo y nadie contestaba, se disponía a saltar por la tapia en el momento en que oyó el ruido de la puerta.

—Alguien viene —dijo en voz baja—. Alerta, que puede ser Garland. Les abrió Laura. Aunque revelaba una gran sorpresa al saludarlos,

Trent notó que no estaba alarmada.

—¿Dónde está el señor Garland? —preguntó.

—Se ha marchado. Estoy sola en casa, sin una criada.

—Entraremos y nos explicará lo ocurrido.

Los condujo a la biblioteca, y al entrar les dijo:

—Es la única habitación donde hay fuego. La servidumbre se ha marchado y ahora acaba de salir la asistenta.

Como supuso Trent, Garland se fugó de noche a las pocas horas de haber encontrado al capitán Hammond, en circunstancias especiales, sin recriminaciones ni amenazas, ni hablar de Hammond para nada. Laura temió que descargase sobre su cabeza una tempestad de insultos en cuanto se hallasen solos, pero lejos de eso, discutió con ella sobre el menú de la comida ofrecida a su invitado, sin pronunciar ni una vez su nombre;

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aunque bajo aquella aparente tranquilidad, Laura pudo notar una agitación refrenada.

A las cuatro le rogó que le hiciera un favor de suma importancia. Consistía en llevar una carta a una persona de Hampstead y esperar la contestación. Se convino que la muchacha fuese en automóvil, pero en el momento de ir a ponerlo en marcha, el motor no funcionaba. Luego se le ocurrió pensar que él mismo lo habría estropeado adrede. Hizo, pues, el viaje en tren y en autómnibus. Le fue muy difícil encontrar la dirección y, cuando por fin lo consiguió, resultó que en la casa no conocían a nadie que llevase el nombre escrito en el sobre. Ahora comprendía Laura que la había engañado, para hacer durante su ausencia los preparativos para la fuga.

—¿Qué ha sido de los criados? —preguntó Trent.

—A las seis todos estaban fuera. Acabo de enterarme de que los despidió dándoles dos meses de salario. Ninguno pudo protestar. Aun no sabría qué habría sido de ellos si la cocinera no hubiese venido a buscar el paraguas olvidado. Según ella, les dijo que la muerte de un pariente le obligaba a salir de Inglaterra.

—¿Se lo ha llevado todo? —preguntó Wadham.

—Todo lo que trajo —contestó la muchacha—, y algunas cajas eran tan pesadas, que hacían falta dos hombres para transportarlas.

—De eso se ha encargado él mismo —dijo Trent, —pero claro que no habrá ido por las calles de Hampton, cargado como un asno, para atraer la atención de la policía. Sin duda ha tomado el camino del río.

—El bote ha desaparecido —le dijo Laura—. He podido seguir sus huellas hasta el embarcadero.

—¿No había una lancha? —preguntó Wadham.

—Pero no hubiera resistido sus pesados cofres.

—¿Y el auto? —preguntó Trent.

—Está aún aquí, pero el chofer quedó despedido como todos. —¿Había niebla cuando se marchó?

—Cuando volví más tarde había una densa niebla.

—¿A qué hora?

—El tren llegó a las diez y media. Estuve vagando varias horas por Hampstead.

—Me parece comprenderlo todo —dijo Trent con calma. —Al quedarse completamente solo preparó su huida con toda tranquilidad,

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seguro de que en el bote cabía todo su equipaje, y se dirigió río abajo hacia un punto previamente elegido, protegiéndose en la niebla contra toda mirada indiscreta. Tal vez desembarcó en algún jardín y estranguló al perro guardián. Es muy sencillo. Si no le convino el primer jardín, se dirigió a otro. En una noche de niebla, los habitantes de las casas no salen en este tiempo a tomar el fresco. Los jardineros duermen, y el mundo era de él —Trent suspiró. —¡Ay! ¡Si lo hubiera sabido a tiempo! Aquella noche estaba Garland dispuesto a matar. ¿No se imaginan ustedes el esfuerzo que requiere haber de transportar un hombre solo aquella carga de riquezas, sin ayuda de nadie, consciente del peligro, y dispuesto a no dejar nada detrás? Cada rama que se moviera, agitada por el viento, le daría la impresión de la presencia de un policía. Y no obstante, fue una de sus noches más solemnes, pues logró escapar.

Hammond permanecía en silencio, pues el pensar que se debió a su impaciencia amorosa la escapatoria de Garland le amargaba la dicha que la proximidad de su amada le producía. Y eso que tanto le aconsejara Trent que permaneciese en la ciudad hasta que llegase la contestación a su cablegrama.

—Yo tengo la culpa de todo —dijo tristemente.

—La responsable es la señorita Craig —dijo Trent alegremente— que fue quien lo atrajo. Pero ¿qué les pasa, que están los dos tan callados? ¿Han visto qué cara tan larga pone el capitán, cuando debía estar loco de alegría viendo separada para siempre de su tío a la sobrina? No hay motivos para suspirar.

—¿Pero lo estoy? —preguntó ella. —¿De veras estoy libre?

—Pues claro, señorita. ¡Si aquí el único que puede quejarse soy yo! Confieso que no soy modesto y que me veo herido en mi amor propio y en mi más cara presunción, que consistía en creerme tan hombre como Garland. Pensaba apoderarme no sólo de él, sino de sus tesoros, y me encuentro chasqueado como un infeliz. Sólo podría consolarme vaciando una botella de su añejo, porque supongo que no se habrá llevado su despensa.

—Pues se la llevó —contestó Laura inesperadamente. —No diré el vino, pero sí todas las conservas, tres libras de té y un queso de bola.

—Ese hombre piensa en todo —comentó Trent—. Como sabe lo inoportuno que sería dejarse ver en un hotel, se lleva las provisiones de boca. Espero que habrá dejado algo. Pensamos comer aquí, señorita Craig.

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—Dispongo de manteca, huevos y jamón, y aún queda medio queso. —Estamos salvados —dijo Trent. —Ahora veremos si Wadham es un

fanfarrón. Un día me dijo que entre sus conocimientos de arte poseía el de hacer unas tostadas exquisitas con queso y cerveza. Mi especialidad son las tortillas, y si disponemos de ron se van ustedes a relamer. Y usted, Roberto, ¿qué puede hacer?

—Poca cosa —contestó el capitán, sin lograr salir de su tristeza. —Haga de marmitón, o si no, encienda las chimeneas y caldee un poco

esta casa. Laura le enseñará dónde está la carbonera. No, Wadham, usted aquí —ordenó, viendo que éste se disponía a seguir a los jóvenes. —Por Dios, deje un momento solos a esos muchachos. ¿Acaso no tienen los conservadores de museos un recuerdo romántico en su vida?

—No se me había ocurrido —concedió Wadham.

Cuando hubieron salido, Hammond cogió del brazo a la muchacha y le susurró al oído:

—Amada mía, Trent asegura que todo se arreglará. ¡Oh! ¡Laura! ¡Qué preciosa eres!

—No es verdad —dijo ella riendo. —Esta lucha me ha puesto cuarenta años encima.

—Pero ya te los has quitado. No pensemos sino en que estamos juntos. En la biblioteca, Wadham no estaba dispuesto a mostrarse alegre como Trent, que reía viéndolo estremecerse cada vez que el chasquido de una

copa que se hace añicos en el suelo llegaba a sus oídos.

—Cada una significa un beso —explicaba Trent. —¿Qué importa que rompan todo lo de esta casa? ¿No comprende que son dos jóvenes encantadores llenos de esperanzas e ilusiones?

—Que pueden convertirse en desengaños. El porvenir de esos…

—Lo tengo yo en mi bolsillo y no puede ser más bonito. Cuando esté usted preparando sus tostadas de queso, procure hacer mucho ruido y cante lo mejor que pueda, para que no se oigan mis pasos en la noche. Yo estaré trabajando por la casa.

Mientras los tres estaban ocupados en la cocina preparando la cena, Trent efectuaba un cuidadoso examen de las ventanas. Atornilló bien las que pensó que ofrecían un fácil acceso y casi había terminado de arreglar un sistema de alarma contra los ladrones, cuando lo llamaron al comedor.

La marca Haut Brion era un vino excelente, pero iba bien con un revoltillo de huevos, y los tres hombres dieron gracias a Dios, porque

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Garland dejó abandonado un fuerte vino escocés. La cena, aunque sencilla, fue un éxito para los cocineros improvisados, y cuando tuvieron delante una buena taza de café y licores, Trent adoptó una actitud de presidente pasando una mirada de triunfo por sus comensales, y se dirigió a la joven diciendo:

—Le anuncié que iba a poner un cablegrama a un agente secreto, amigo mío, que vive en Nueva York. Le encargué que indagase en el hospital, en el archivo de policía, y que leyese el World y el Times de las fechas que le daba. Le encargué que investigase qué había sido de Angelo y Horowitz —se golpeó el bolsillo. —Aquí está la contestación. Ha llegado hoy a mediodía.

Bajo el mantel, se estrecharon las manos los jóvenes. Hammond observaba la honda agitación que se apoderó de la muchacha. Los dos miraron ansiosamente el papel que Trent sacaba del bolsillo.

Lo leyó sin comentarios.

Angelo Matteo no murió. La clavícula y dos costillas fracturadas. Visitado el padre, dice que un desconocido le mandó dinero para poner una tienda. Abram Horowitz, ileso. Conducido al dispensario de alcohólicos. Abrió un estanco con dinero que recibió por conducto desconocido. No se ha dictado orden alguna de detención. Número de matrícula del automóvil ignorado. Ninguna noticia, del accidente en el Times ni en el World.

—¡Pero si yo leí las noticias! —exclamó Laura.

—Usted leyó las noticias impresas en los espacios blancos del Times y el World —explicó Trent. —Cualquiera es capaz de imprimirlas con una linotype de modo que parezcan auténticas. En casi todos los grandes rotativos puede usted ver anuncios de toda una plana en que quedan anchos espacios blancos. Garland no tuvo más trabajo que insertar en ellos algunos párrafos referentes al accidente de la Segunda Avenida. Ha sido usted timada por un maestro de timadores y nada más. Mi amigo asegura que no ha sido usted reclamada por ningún Juzgado. Ni siquiera ha sonado su nombre para nada. Tome, léalo usted misma —y le alargó el despacho.

Pensó Laura que nunca agradecería bastante lo que había hecho aquel desconocido por ella. La arrancaba de un estado de incesante temor y le devolvía la paz interior. Y lo más grande era que la capacitaba para aceptar el amor de Roberto Hammond. Las lágrimas la cegaron. Se levantó y

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alejóse corriendo de la mesa, sin excusa alguna. Trent detuvo al capitán que quería seguirla:

—Déjela, que va a llorar a solas. Luego se empolvará la nariz y volverá sonriendo a la vida de felicidad que la espera.

Hammond crispaba los puños pensando en la tortura a que la sometió Garland para darse a sí mismo una vida regalada.

—¡Aunque me cueste la vida, me las va a pagar! —exclamó.

—No hará usted nada en ese sentido —dijo Trent. —Otra es su misión. ¿Cree que podría vivir Laura dichosa y alegre sabiendo que persigue usted a esa fiera? Si quiere hacerla desgraciada conságrese a perseguirlo. El mismo Wadham no puede dedicarse a esta caza, porque tiene obligaciones. Yo soy diferente. No tengo una ocupación especial que me lo impida. Reclamo el derecho de perseguir a Niccolo hasta el fin del mundo. Si necesito ayuda, pediré la de ustedes.

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—Amada mía, Trent asegura que todo se arreglará. ¡Oh, Laura, qué preciosa eres!…

—¿Y la policía? —dijo Wadham; Laura ya había vuelto. —Dijo usted que, si no hallábamos rastro alguno, apelaríamos a ella.

—Es imposible mientras estos muchachos no estén casados. No olvide que la señorita Craig sería un testigo de importancia. No nos demos por vencidos hasta que el matrimonio esté seguro en Egipto, o aún mejor, en Argelia. Mañana hablaremos de eso. Ahora, veamos cómo nos arreglamos para esta noche. No vamos a dejarla sola en esta casa, señorita Craig. Creo que el capitán podría dormir en este diván, junto al fuego. El señor Wadham podría ocupar las habitaciones dé Garland. Yo vigilaré por fuera.

—¿Pero usted cree que se atrevería a entrar? —preguntó la muchacha.

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—No podemos fiarnos. La fuerza egocéntrica que inspira los actos de ese hombre raya en la locura, y si usted quiere, en lo sublime. Piensa dramáticamente y se mueve en ademanes gigantescos. Si de pronto apareciese por esa puerta vidriera que voy a cerrar, empuñando una pistola de seis tiros, alguno de nosotros sufriría.

—Debería usted tener alguna compañía y criados —dijo Wadham. — Mi hermana soltera está en la ciudad; posee músculos de acero y buena puntería. Ella gozaría con esto. Si le digo que puede presentarse aquí algún peligro, por nada del mundo cedería este puesto a otra persona. ¿Quiere que le diga algo?

—¡Se lo agradecería tanto! —contestó la joven—. Confieso que no me siento heroína en ningún concepto —sonrió viendo que Hammond la contemplaba embobado. —Verdaderamente, Roberto, me sentiré muy alegre sabiendo que tengo alguien a mi lado para defenderme.

—La señorita se refiere a mi hermana —observó Wadham. —No ponga usted esa cara de satisfacción.

—Claro —convino Laura.

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CAPÍTULO XII

LA FUGA POR EL RÍO

l día siguiente, la señorita Georgina Wadham fue a instalarse a AWoodlawn para hacer compañía a Laura y salvar el sentido de las conveniencias de lady Hellesdon. Era una notable jugadora de golf y la entusiasmaba tener el campo a cuatro pasos de la puerta de casa. Laura le fue simpatiquísima al momento. Se convino que, después de la boda, la señorita Wadham seguiría viviendo en la finca hasta que se extinguiera el contrato de alquiler. Con ella viviría su hermano, que cada día se trasladaría a la ciudad en el automóvil, que quedaría a su disposición. Antonio Trent admiraba el temperamento enérgico y decidido de aquella mujer.

—¿Pero cómo se entiende —le dijo una vez ella, casi con aspereza— que no haya oído hablar de usted nunca? —Porque esperaba derrotarlo en el golf con la misma facilidad que a su hermano y al capitán Hammond y pronto se persuadió de que en lugar de con una víctima, se las había con un jugador de primera clase.

—Nunca juego en partidas públicas. Además todo el mérito está en mi palo. No lo daría por cien libras. Cada noche me practico solo a la luz de la luna.

La señorita Wadham le perdonó que la derrotase y le manifestó su simpatía con su peculiar franqueza.

—Me gustaría saber por qué arriesga la vida persiguiendo a ese Garland. ¿No tiene otra cosa en que ocuparse?

—Nada que valga la pena —contestó él muy serio. —La caza de ese hombre me distrae. Es casi una cuestión personal que me gustaría arreglar sin ayuda de nadie. Hammond tiene derecho a la felicidad y sería una lástima que le ocurriera alguna desgracia. Su hermano es muy capaz de

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sostener una lucha por su propia cuenta, pero juega demasiado limpio para habérselas con Garland. El tío Carlos no es de los que enseñan el juego antes de tirar las cartas. Prescindirá siempre de toda regla. Y yo también, si me lo encuentro. Una lucha entre profesionales.

—No estoy segura de entenderlo.

—Yo lo estoy de que no lo entiende.

—Pero al menos entiendo una cosa: el capitán Hammond no se conformará con permanecer cruzado de brazos mientras usted esté en peligro. No olvide que dentro de tres semanas se celebra la boda. Asegura que está fuerte y sano como nunca, y me parece que conozco más que usted a los hombres, si no sabe que a ningún novio le gusta pasar por ocioso a los ojos de la muchacha con quien ha de casarse.

—Ya le buscaré algo que hacer.

—¿Ha encontrado algo en que ocuparse usted mismo?

—Sí. Esta misma tarde me marcho.

La señorita Wadham le había visto registrar toda la casa con escrupuloso método, sin descubrir nada, que ella supiera. Mas hubo de contentarse con la promesa de que hablarían del asunto durante el almuerzo, al que asistiría su hermano.

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Y procuró ocultarse cuanto pudo.

—Aquí hay un libro de Walter Pater —dijo Trent cuando se sentaron a la mesa. —Dentro hay una señal registro, puesta por Garland para que Laura no deje de leer el ensayo sobre Leonardo da Vinci. ¿No es eso? — preguntó volviéndose a la muchacha, que afirmó moviendo la cabeza. — La señal es una hoja arrancada de un catálogo de libros raros y de segunda mano. Propongo que se vaya a la tienda del librero y se le pregunte si conoce a mi tío.

—Un poco difícil me parece —objetó Wadham.

—Tal vez. Diga: ¿ha oído hablar de un editor llamado H. Kent?

—No. Acaso sea una nueva editorial. Desde hace tiempo me ocupo muy poco de libros. ¿Por qué?

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Trent miró la hoja impresa que tenía en la mano.

—¿Tampoco sabe nada de Moisés Browne, que vivió en 1759? —¡Caramba! ¿Quién no sabe que Moisés Browne publicó las tres

últimas ediciones del The Compleat Angler?

—¿Cree que tendrá mucho valor la edición de 1759? —Probablemente. Pero debía usted consultar a un bibliófilo. ¿Por qué? —Porque el librero que envió a Garland este catálogo ofrece esa

edición en venta. Voy a publicar un anuncio ofreciendo comprarla, y Hammond que vaya a ver los libreros. Me parece que tenemos una buena pista.

Trent podía haber añadido que «muy peligrosa».

—¡Magnífico! —exclamó Hammond con entusiasmo. —Y usted, ¿qué piensa hacer?

—Iré a ver al cosario.

—¿Al cosario? ¿Y qué es eso? —preguntó Wadham.

—El ordinario, el trajinero. No es de creer que Garland llegase muy lejos por el río, sin llamar la atención. Lo más probable es que descargó en un lugar previamente elegido, para desde allí transportar sus cosas al punto de destino. Voy a recorrer el río en busca de un paraje como el que elegiría Wadham en caso de robar el Velázquez de Piergan.

—En mi opinión, la mejor pista es Moisés Browne —dijo Wadham.

—Las dos pueden llevarnos a un mismo punto de convergencia.

Después de comer, Trent dio instrucciones al capitán.

—Esta nota —dijo mostrando el anuncio que había redactado— aparecerá mañana en todos los periódicos y será recogida luego en los boletines que leen los bibliófilos. Todo estriba en que ese librero la lea. En tal caso no dejará de contestarla por medio de la prensa. Su misión consiste en descubrir si ese hombre conoce a Garland y, en caso afirmativo, si sabe dónde reside actualmente. Estos aficionados a libros raros, acostumbran intimar, y afortunadamente Garland es fácil de describir y recordar. Puede usted presentarse preguntando si es el librero de quien su tío habla siempre con elogio. Cuando lo vea bien satisfecho, le da usted las señas de su tío Carlos.

—Tal vez lo recuerde y no sepa dónde vive.

—Es posible. Pero Laura dice que cuando usted los encontró se dirigían a una librería de lance, y hay que pensar que el noventa y nueve

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por ciento de las pistas son malas. Con que fuesen eficaces el cincuenta por ciento, pocos crímenes quedarían impunes.

* * *

Mientras el capitán Hammond corría impaciente de redacción en redacción buscando contestaciones al anuncio, Trent se dedicaba a observar meticulosamente las orillas del río entre el Puente de Kingston y Teddington, en busca de un lugar donde un fugitivo ansioso podría desembarcar, ya que según, previamente descubriera, tenía cerrada más allá toda salida con una carga que forzosamente había de llamar la atención. Después de rechazar como improbables muchas salidas, descubrió un lugar en el lado del Surrey, a una milla aproximadamente de la finca.

Desde el río pudo ver Trent el terreno que mediaba entre una casa con señales evidentes de estar, hacía tiempo, deshabitada. Se hallaba cubierto de hierba que crecía en el más completo abandono. El inmueble, que estaba en litigio, ofrecía un estado deplorable, al lado de las hermosas fincas que lo rodeaban.

De noche podía cualquiera llegar hasta ella por el río, sin miedo a ser visto, y Trent no tardó en descubrir el punto de la orilla por donde Garland debió de haber descargado su bagaje. Devolvió el bote que alquiló por una semana y se dirigió a pie por la carretera que seguía en dirección paralela al río hasta la casa. Para él fue cosa de nada escalar la tapia de cinco pies y dejarse caer al jardín. Pensó que desde cualquier ventana de empañados cristales podía estar acechando Garland y procuró ocultarse cuanto pudo. Junto a la verja de entrada distinguió la marca reciente de unas ruedas tan pesadas, que hasta en la hierba se imprimían. Siguiéndolas, llegó a un cobertizo al lado del establo y tropezó con unos sacos de carbón arrimados a la pared. Era evidente que allí había dado vuelta el carro y por las señales de herradura, Trent comprendió el esfuerzo que el caballo hizo al arrancar. Unas huellas cercanas permitían suponer que detrás del carro habían descansado los pesados cofres de Garland antes de ser cargados. Trent ya no dudó de que el fugitivo aprovechó el carro del carbón para transportar él mismo su bagaje desde allí, acaso haciéndose pasar por un honrado

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negociante de carbón. Tal vez el amo del carro estaría en algún rincón de la casa, herido, atado o muerto.

No le fue difícil entrar y, empuñando una pistola, hizo un detenido examen del interior. No vio nada que le llamase la atención, ni en la casa ni en el establo. Garland o, arrojó al río al desgraciado carbonero, o se lo llevó consigo. Había que buscar al amo del carro que llevó media tonelada de carbón a la casa abandonada.

No le costó poco trabajo dar con un trajinero, propietario de un carro y de un caballo que se dedicaba a transportar carbón y ladrillos. Era un hombre bronco e ineducado.

—Ha transportado usted las cajas de mi tío y dice que se portó usted muy bien.

—Como entre camaradas. Pero no me habló de que tuviese un sobrino. Trent, que se le presentó en traje de mecánico y con aspecto de hombre ordinario, sacó del bolsillo una botella de coñac e invitó a beber al

carretero, que aceptó sin reparos.

—¡Diablos! ¡La misma marca me ofreció su tío!

—¡Oh! Le gusta mucho. ¿De modo que le invitó a echar un trago? —¿Un trago? Casi me hizo nadar en licor.

—¿Lo condujo usted muy lejos? —le preguntó cuando la botella estaba casi vacía.

—¿Qué sé yo? Tampoco me importa saberlo. Él mismo tuvo la amabilidad de conducir. Es muy entendido en caballos, su tío. Me dijo que no había visto bayo de tanto arranque como el mío.

Trent se enteró de que Garland había corrido aquella noche por la carretera, oculto en el vehículo, sin llamar en absoluto la atención, logrando que le confiase las riendas el carretero mientras éste bebía hasta quedarse dormido como un tronco.

—¿No tiene usted idea del lugar a que se dirigieron? —preguntó. — ¿No recuerda haber parado en la torre de alguna iglesia, en alguna taberna o en algún puente?

—No me importaba saberlo.

—¿Pues cómo volvió a casa? ¿Se acuerda de cuándo habló por última vez con mi tío?

—El caballo me llevó. Es capaz de andar desde Greenwich sin perderse, mientras yo duermo. No recuerdo dónde me dejó su tío. Debió descargar él mismo, y luego, le diría al caballo que me llevase a casa.

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—¿Cuándo llegó a casa?

—No me acuerdo. Mi mujer me despertó a las cinco. El carro estaba parado a la puerta del establo.

Diez días se le pasaron a Trent haciendo las indagaciones que tuvieron por resultado el descubrimiento del carretero que osaba considerarse camarada de Garland. Volvió a Woodlawn bastante desanimado, y tanto él como Wadham creían cercano el día de poner el asunto en conocimiento de las autoridades.

Era un hombre brusco e ineducado.

—Ha sido un terrible desecante —se lamentó ante Laura y la señorita Wadham. —Me figuraba tener ya a Garland en las manos al descubrir al

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propietario del carruaje. Sólo un hombre como Garland podía escapárseme. ¿No se imaginan ustedes el cuadro? —preguntó sonriendo amargamente. —Garland, acaso vestido de carbonero, sentado sobre su tesoro, guiando el caballo, mientras un hombre duerme a su lado tan tranquilamente, después de haberle servido media tonelada de carbon, encargado desde la casa abandonada para justificar su presencia allí. Ese hombre piensa en todo. Y el caso es que he perdido más de una semana.

—¿Piensa hacer algo más?

—Voy a recorrer la comarca con ese tipo por si la vista de algún lugar o paraje despierta en él algún recuerdo. Es la única esperanza.

—No sé cómo van las cosas para Roberto —dijo Laura. —Segura estoy de que le pasa algo, por la actitud de reserva que adopta y porque se obstina en callar. ¿No sería admirable que Roberto acabase con ese hombre espantoso?

Según Trent, sería un verdadero milagro.

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CAPÍTULO XIII

LA ASTUCIA DEL VIEJO ZORRO

aura estaba en lo cierto al suponer que el capitán Hammond había Ldescubierto algo. A los pocos días, un librero de la calle Charing Cross contestó ofreciendo la edición de The Compleat Angler publicada en 1759 por Moisés Browne.

Era un viejecito huraño, que trató al capitán Hammond sin entusiasmo, tanto por el aspecto elegante del joven como por lo poco enterado que estaba respecto a ediciones antiguas.

Hammond no adquirió el libro inmediatamente, sino que pidió el catálogo y se cercioró de que era el mismo de uno de cuyos ejemplares había arrancado Garland una hoja.

—¿Manda usted este catálogo a mucha gente? —preguntó.

—Sólo a los bibliófilos.

—No sé dónde lo he visto —dijo Hammond—. Creo que mi tío lo recibe. ¿Lo conoce?

—Si se le parece a usted, no tengo ese gusto —contestó el librero con una sonrisa de dispéptico.

—Es muy diferente —advirtió el capitán, aprovechando la oportunidad. —Es de gran estatura y muy grueso. Lleva barba recortada y bigote de un color rubio oscuro, y sus ojos azules llaman la atención de quien los mira, pues parece que siempre se están burlando. Está muy versado en arte, especialmente en pintura flamenca.

—Conozco mucho al señor Garland —confesó el viejecito con respeto. —Lo conozco desde que me trasladé a esta tienda, y hace tiempo que trato de que me adquiera este libro exquisitamente miniado. ¿Conque usted es su sobrino? Vaya, vaya…

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Parecía que el librero no podía expresar de mejor manera la pena de que un señor como Garland tuviera por sobrino aquella calamidad de joven.

—¿Cuándo lo vio usted por última vez? ¿Hace mucho?

El librero se volvió a mirar un reloj.

—Escasamente una hora.

Tan asombrado se quedó Hammond, que el precioso volumen se le cayó de las manos. El librero lo recogió del suelo, gritando:

—Le ha quitado usted diez libras de su valor.

—Se lo compro. ¿Cuánto vale?

El precio le parecía excesivo y mermó considerablemente su cuenta corriente, mas era poco para la importante noticia que le proporcionó, y mientras el librero examinaba el talón de un modo ofensivo, como si dudara de que se lo aceptasen en el Banco, el otro concibió su plan.

—Este libro —dijo haciendo caso omiso del desatento proceder del viejo— es un regalo para mi tío. He de confesarle que no nos llevamos muy bien y quiero congraciármele. Si me da usted un papel y una cinta se lo mandaré. Supongo que tendrá sus señas.

—¡Claro! Le envío todos mis catálogos.

Hammond estaba radiante de alegría y ya creía triunfar donde el mismo Trent fracasaba tan rotundamente.

—Escríbamelas —dijo. Pero cuál no sería su desilusión al ver correr la pluma dejando estas palabras: «Señor Carlos Garland. Quinta de Lakenham…».

—Ésas son sus antiguas señas —advirtió procurando ocultar el efecto de aquel desengaño—. Quiero saber su actual domicilio en la ciudad.

—No puedo decírselo. No pregunto a mis clientes dónde viven, si no me lo dicen ellos mismos.

—Necesito saberlo —exclamó el capitán. —Si se entera usted puede añadir cinco libras al precio del libro.

—No soy detective —replicó el librero con gran dignidad. —El señor Garland es un erudito y si no quiere tratos con parientes que ni saben cómo han de tratar las ediciones raras, nada tengo que oponer por mi parte.

—Ni yo tampoco —gritó Hammond arrebatándole el cheque. — Quédese con su maldito libro.

El librero comprendió que su mal genio le estropeaba el negocio.

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—No se marche, señor —gritó esforzándose en sonreír. —Eso es indigno de caballeros. Procuraré ayudarle, si tanto le interesa.

—Está bien. Si me promete bajo palabra de honor ayudarme, tome el cheque. Pero tengo entendido que nada ha de saber él acerca de esto, pues todo el placer que da un regalo está en la sorpresa. Quiero que este libro llegue a sus manos como caído del cielo. Mi tío tiene un genio peor que el de usted.

El librero cogió el cheque y prometió a su cliente que le telefonearía al hotel tan pronto pudiera darle las señas. Entretanto, le guardaría el libro.

Hammond estuvo tres días esperando el aviso y, al cuarto, como no lo hubiera recibido aún, se dirigió a la calle Charing Cross.

Halló en el librero un hombre afectuoso. Le habían pagado el cheque en el Banco y comentó el hecho con descarada alegría:

—Después de lo que su tío me dijo de usted, tenía mis dudas.

—¿Pero ha vuelto?

—Ayer tarde.

—¿Y por qué no me avisó? Ha perdido usted cinco libras. ¿Qué dijo de

mí?

—Me dijo que tenía tres sobrinos molestos: Grifido, Antonio y Roberto. Declaró que Grifido ya era un problema resuelto y usted un problema sin importancia. Ahora es Antonio quien más le divierte. Estaba muy contento. Él, que siempre pone cara seria, ¡cómo reía cuando le entregué el libro!

—¿Que le entregó el libro? —exclamó Hammond.

—¿No era un regalo para él?

—¡Es usted un asno! —gritó el capitán. —No tenía usted ningún derecho a dárselo y menos olvidando lo más importante: sus señas.

—Están en la carta —explicó el librero. Abrió un armario y le alargó un paquete. —Esto me dejó para usted. Es un libro, pero no lo compró aquí. Fue a adquirirlo a la librería de la esquina, diciendo que estaría al alcance de su comprensión.

Hammond quitó el papel que lo envolvía y donde estaba escrito su nombre y su actual dirección.

—¿Cómo sabe dónde vivo?

—¿No quería usted que su tío lo supiera? —dijo el librero sonriendo con malicia. —Yo se lo dije. Sintió mucho que no le pudiera dar las señas de su primo Antonio.

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Dentro del paquete había unas líneas, que Hammond leyó inmediatamente:

«Querido sobrino: Muy agradecido por tu obsequio, que me ha llegado al corazón. Mi modesto regalo, que nada vale comparado con tu magnifico libro, tendrá, al menos el mérito de serte de alguna utilidad.

»Afectuosamente,

»Tu Tío».

El libro llevaba el siguiente título: «¿Quiere usted ser un buen detective?», y Garland había escrito debajo: «No hace falta mucha inteligencia».

—Aquí no encuentro las señas de mi tío —dijo el capitán refrenando su indignación. —¿No le dijo dónde vivía?

—Me dijo que lo dejaba escrito.

—Despídase usted de las cinco libras.

—Aun pienso ganármelas —contestó el otro muy serio, —porque volverá.

—Por nada del mundo volverá.

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—¿Manda usted el catálogo a mucha gente? —preguntó.

—Se equivoca. Vendrá a recoger el paquete que se dejó.

—¿Qué paquete?

—Una libra de café, manteca y un pastel de ternera y de jamón. —¿Acostumbra dejar aquí sus cosas?

—Nunca había dejado nada. Mas ayer salió precipitadamente, porque los dos creímos que pasaba usted en un taxi, y dijo que quería darle alcance para manifestarle su agradecimiento por el regalo.

Hammond se abstuvo de hacer comentarios aunque se hizo cargo de la situación y pensó que, después de aquel susto, Garland ya no volvería por la librería.

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—No olvide que sus señas le valdrán cinco libras, aunque no creo que haya de firmarle otro cheque.

Al enterarse de este resultado, tanto la señorita Wadham como Laura se alegraron de que la persecución contra Garland no tuviera peores consecuencias que la pérdida de algún dinero. Dentro de tres días Laura y su marido estarían de viaje para Argelia y Wadham, visitando a unos parientes en Cumberland. Quedaba sólo Antonio Trent, cuya actitud les intrigaba, pues no quería renunciar a la esperanza hasta apurar otra pista que se proponía seguir y sobre la que guardaba silencio.

—He de perseguir a mi tío hasta la tumba —decía. —Y me alegro de que por fin se haya fijado en mí.

—¡Gracias a Dios, Roberto es un problema despreciable! —rió Laura. —Pero a mí no me gusta que se me considere un problema resuelto — dijo Wadham. —Cualquiera me creería un reptil peligroso a quien se ha quitado el veneno o un gato a quien han cortado las uñas. Cuando vuelva de ver a mi hermano, me uniré a mi primo Antonio y, si para entonces no

tenemos una pista, acudiremos a Scotland Yard.

—Convenido —dijo Trent—. Concédanme un mes. Si al cabo de ese tiempo no han dado resultado mis pesquisas, me consideraré vencido.

Trent no se entregó a sus ocupaciones detectivescas hasta la semana siguiente a la de la boda, celebrada en St. Albans con toda felicidad y cuando la dichosa pareja estaba ya en ruta para el norte de África. La señorita Wadham se rodeó de amistades con las que jugaba al golf cada día, y hacía excursiones en el automóvil que Garland adquiriera poco tiempo antes para su uso.

Trent llevó a cabo con toda paciencia su plan. Visitó los principales bares de las proximidades de Charing Cross, donde se vendían las más exquisitas gollerías a que tan aficionado era Garland, comiendo en ellos cada día y entablando conversación con los empleados del mostrador. Acabó por ser asiduo de un establecimiento de lujo, cuyos géneros alimenticios elogiaba hasta el punto de atraer la atención del dueño.

—No me sorprendería que mi tío, que es muy exigente en materia de manjares, se surtiese aquí —dijo un día. Y describió a Garland con todo lujo de pormenores.

—Sí, aquí se provee —afirmó el dueño. —Oye, Jorge: ¿cuánto hace que no ha venido aquel señor alto y robusto que compra los mejores pasteles?

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—Hace más de una semana que no lo he visto. Se habrá trasladado.

A Trent se le cayó el alma a los pies. ¿Habría cambiado la zorra de madriguera? Pero un mozo que oía la conversación aseguró haberlo visto la víspera comprando una brazada de periódicos, y advirtió que debía de vivir cerca, porque llevaba escarpines, como si hubiese salido de casa con el solo propósito de comprar la prensa, y que le pareció un poco desmejorado.

—Si llevaba escarpines, sería por miedo a enfriarse; no es tan fuerte como parece y está muy propenso a los resfriados.

* * *

Después de maduras reflexiones, Trent llegó a la conclusión lógica de que Garland, creyendo que se le seguía la pista, se encerró en su nuevo escondrijo para planear con tiempo la fuga. El barrio de Adelfi reunía cuantas condiciones podía desear un delincuente de la talla de Garland: era pacífico y muy poco visitado por la policía, se apiñaba junto al Támesis y a sus puertas tenía una estación de término y la parada de una línea de autómnibus.

No es, pues, de admirar que aquella misma noche contase el barrio con un nuevo vecino: un joven alto, ligeramente contrahecho, con una espalda más hundida que la otra ropa vieja, aunque en buen estado, y zapatos tan gastados como limpios, que al alquilar una habitación se presentó como corredor de seguros de la United Metropolitan Assurance Company, Limited.

Trent, con el nombre de Alfredo Antonio, veíase obligado para ejercer con eficacia su empleo a ir de casa en casa, tratando de extender a los inquilinos seguros de vida y contra accidentes; y tan magistralmente llevaba a cabo su cometido, que era imposible despertar sospechas entre los policías, a quienes abordó desde el principio, hablándoles de los peligros a que estaban expuestos. Tampoco se librare: de su charla los libreros y especialmente los de lance, pero hubo de persuadirse de que Garland no había vuelto a poner los pies en una librería.

El tiempo que le quedaba libre lo pasaba en las salas de billar jugando con toda clase de gente, y pronto lo conocieron hasta los perros de Adelfi. Próximo a extinguirse el tiempo convenido, abandonó su disfraz para

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hacer una visita a Wadham, ponerlo al corriente de sus gestiones y pedirle otra semana de plazo.

—¿Pero vale la pena de que usted haga eso? —le preguntó el sabio. —Estoy convencido de que Garland vive en ese barrio. Voy tejiendo

una red de casa en casa y el mejor día o me abrirá la puerta o me dejará muerto de un tiro a través de ella.

Anotaba cuidadosamente el resultado de sus visitas. Escuchó innumerables historias y se encontró por fin con el piso que a nadie abre la puerta. Era una casa cuyos primer piso ocupaban unos editores. En el segundo estaban instalados unos pintores de rótulos y anuncios comerciales. El tercero, si estaba dispuesto como el de abajo, tendría tres habitaciones. Entró en el estudio de los artistas anunciadores, y aquellos dos hombres, que acaso un día optaron al Prix de Rome, estaban demasiado atareados en dibujar anuncios, para entretenerse en charlas inútiles, y ya se habían asegurado contra todo menos contra la pobreza. Nada sabían del vecino de arriba. A veces oían ruido, pero nunca lo vieron. Entraban a trabajar a las diez y salían a las cinco.

El mozo de la editorial no pudo darle más noticias que los artistas. Entraba a las nueve y se marchaba a las cinco, y como a nadie había visto, y no creía que el señor Alfredo Antonio se interesase por un inquilino de más o menos para hacer un seguro, le aconsejó que viese al procurador de la casa. Pero Trent ya sabía por éste, entre otras cosas, que su antecesor alquiló el piso por un año a un anciano dedicado a investigaciones históricas, al profesor Wright.

La única manera de vigilar detenidamente desde las cinco, por la parte exterior, el piso que tanto le interesaba, consistía en situarse en el tejado de una de las casas vecinas que eran más bajas, ya que si se quedaba de plantón en la calle muchas horas, mirando como un papanatas a las ventanas superiores de la casa de enfrente, no sólo llamaría la atención de los agentes de seguridad, sino que alarmaría al viejo zorro, en el caso de que éste se viese vigilado por un desconocido.

Resolvió, pues, pasar la noche en el tejado vecino, adonde daba una ventana del único habitante de Adelfi que no llegó a ver. No era un plan de fácil realización. Había que burlar la vigilancia de una portera celosa y rutinaria y escalar la pared desde el techo de un cuarto de baño, sin más apoyo que el ofrecido por un canalón que podía desprenderse, y los agujeros de la vieja pared de ladrillo. Afortunadamente logró el resultado

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apetecido, sin el menor percance, a pesar del considerable obstáculo que le opuso la lluvia. Sólo lo separaban treinta pasos de la ventana, objeto de su observación, y estaba alumbrada.

Durante dos horas esperó con paciencia al abrigo de la chimenea que se proyectase una sombra. Cesó de llover y la luna rasgó las nubes y bañó el tejado. De pronto, una sombra cegó la ventana; era enorme, borrosa, pero se fue empequeñeciendo y recortando, hasta formar la silueta de un hombre corpulento, envuelto en un ropón que le recordó el que llevaba Garland cuando le descerrajó un tiro en Lakenham. ¿Pero podía deducir de esto que era el mismo, habiendo tantos hombres corpulentos en la vecindad? Trent enfocó los gemelos de teatro que traía consigo, pero no le fue posible identificar a nadie, y lo sucedido luego, casi lo desorientó en vez de confirmar una suposición optimista. El misterioso inquilino abrió la ventana antes de apagar el gas. Esto duró un momento. La luz se extinguió. Luego la ventana se abrió del todo y la sombra se apoyó de codos en el marco, asomándose a la noche.

Trent permaneció inmóvil con la impresión de que aquel hombre tenía puestos en él sus ojos escrutadores. No estaba seguro de que fuese Garland. Los prismáticos no le proporcionaron más visión que la de una forma negra, y aún era muy peligroso usarlos, porque si la luna llegaba a reflejarse en ellos y Garland lo observaba, nada tendría de extraño que un disparo de revólver, provisto de un silenciador Maxim lo tumbara sobre el tejado, donde se pudriría como un gato. Cuando la sombra se retiró después de cerrar la ventana, Trent bajó con más dificultades que subió y con el corazón desfallecido por la falta del éxito.

Al día siguiente, después de breve conversación con el mozo de la editorial, Trent subió al piso superior deslizándose por la escalera. Empujó la puerta y vio que estaba cerrada. Mirando por un resquicio que servía de buzón, no logró penetrar las tinieblas. Las dos llaves que probó, capaces de abrir todas las puertas de Londres, resultaron ineficaces. Aguzando el oído percibió ruido de pesados y lentos movimientos en el interior. No veía la manera de penetrar sin que el otro advirtiese sus manejos, y ya casi seguro de que era Garland quien allí se encerraba, pensó que no habría otro remedio que inducirlo, sin infundir sospechas, a que él mismo abriese, y precisamente porque viviría muy inquieto y desconfiado la artimaña había de revestir una pueril sencillez.

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Aquella misma noche, Trent fue a cenar en el Ritz con Wadham, después de adquirir un violín de músico callejero, en unos encantes, por media corona.

—Pues, ¿qué? —dijo cuando el otro contempló con cara de desprecio el instrumento. —¿Creía que iba a comprarle su Stradivarius? Lo que me interesa es que usted toque divinamente mal y que le den un puñado de calderilla para que se calle.

Wadham, que había regresado del Norte, adonde fue a ver a su hermano después de la boda, presentaba un aire de juiciosa seriedad.

—Amigo mío —le dijo, —todo eso que me cuenta prueba que Garland vivió en Adelfi; pero no olvidemos que en Londres existen muchos maniáticos capaces de encerrarse en su habitación por misantropía o por afición al estudio, y que si echamos abajo la puerta nos exponemos al mayor de los ridículos y a que ese hombre adquiera celebridad a costa nuestra.

—He pensado en derribar la puerta, pero abandoné la idea, precisamente porque me hice esa misma reflexión. Mas si usted estuviera seguro de que es Garland quien se oculta, ¿me prestaría su ayuda?

—Sin vacilar un solo momento, porque lo consideraría un deber sagrado. Ahora que no sé cómo nos enteraremos de la verdad cuando usted ha probado por todos los medios atraerlo a la puerta sin resultado alguno.

—Tengo una idea que seguramente nos llevará al éxito.

—Veamos.

—Se la expondré oportunamente. Por ahora bástele saber que me ha entrado una gran afición a la música. ¿No sabe que tiempo atrás aspiraba a ser un gran compositor? Venga mañana a mi domicilio de Adelfi y le aseguro que quedará usted sorprendido.

* * *

Grifido Wadham conocía tan poco aquel barrio, que le fue difícil encontrar la casa en que vivía Alfredo Antonio. En la puerta le dieron el número del piso y de la habitación y al subir, le sorprendió desagradablemente la desentonada música de un violinista cadavérico que rascaba sin compasión su instrumento, en el primer rellano. ¿Cómo era posible que Antonio Trent tuviera paciencia para soportar aquella música

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que ofendía los oídos, a hora tan temprana? Lanzó, pues, una mirada de desprecio al borracho, y subió en la obscuridad al piso de Trent. Pero el violinista se le acercó a ofrecerle sus servicios.

—¿Puedo ayudarle en algo, señor?

—¡Sí, largándose al quinto infierno! —contestó Wadham indignado. Pero el músico no le hizo caso y lo siguió. Wadham tuvo un momento

de pánico. Sólo cuando el otro se echó a reír, comprendió el conservador que su amigo le había gastado una broma.

—¿Por qué ha hecho esto? —le preguntó cuando entraron en la humilde vivienda.

—Para cerciorarme de que represento bien mi papel de músico callejero. Ahí tiene su ropa. Múdese —le dijo indicándole las prendas traídas que esperaban a Wadham sobre una silla: un traje completo, un sombrero de fieltro y unas botas agujereadas y sucias.

Wadham vio sobre la mesa el instrumento con que en su juventud había pasado horas tan felices.

—Todo está desinfectado —declaró Trent. —Lo alquilé en una casa que presta ropas para bailes de máscara. Esa flauta ha sonado en la ópera, mas no temo que ahora nos haga quedar mal.

—No estoy dispuesto a ir a un baile de máscaras —replicó Wadham. —Iremos a un acto más interesante. ¿No me ve usted? ¡Si parezco un

Sarasate fracasado! Soy el violinista de Adelfi y usted mi socio. Vamos a dar un concierto con música de ciegos al Gran Zorro. Le ruego que toque usted tan mal como yo, que por algo es mi socio.

—Eso sí que será imposible. Yo al menos llevó el compás.

—Bueno, mi plan es que toquemos tan mal como sepamos, pero evitando que nos arresten.

Wadham no acababa de comprender. ¿Acaso se figuraba que Garland se asomaría a la ventana para arrojar monedas a su grasiento sombrero?

—Bueno, bueno —añadió Trent. —No espere que su indiferencia por esta cuestión de arte enfríe mi entusiasmo. Anoche obtuve un éxito brillante en la calle Jhon, interpretando el romance de Lucía. Los dos podemos tocarlos sin que haga falta un ensayo preliminar. Garland es un músico de primera, si Laura me ha contado la verdad. Iremos tocando por las calles desiertas y como nadie nos hará caso, nos introduciremos en su casa y le daremos un concierto en su mismo rellano. No podrá sufrirnos

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mucho rato. Desafío a cualquiera que tenga oído y educación musical a que toque tan mal como nosotros lo haremos. Escuche.

—¡Basta, basta! —gritó Wadham llevándose las manos a las orejas después de oír unas notas. —No sé por qué elige un instrumento tan noble como el violín para esta farsa.

—Porque me permite cantar al mismo tiempo. He adquirido un cuaderno de romances de ciegos. En uno se cuenta la historia de una muchacha que fue inducida por su madrastra a robar y acabó en la horca. La balada describe los remordimientos que la invadieron en la cárcel y recomienda a la gente que escarmiente en ella.

—¡Oh! ¿Pero esas cosas hemos de tocar? No puedo rebajarme hasta ese punto. ¡Qué diría mi hermano o el señor Piergan!

—Piergan le aumentará el sueldo. No conozco a su hermano, pero su hermana estará orgullosa do usted. No es extraño que un hombre, a su edad, disimule el miedo, so capa de prudencia.

Este argumento convenció a Wadham.

Nunca se oyó en las calles de Londres una música tan disparatada y tocada con tanto entusiasmo como la de aquellos desgraciados que movían a risa a los transeúntes. Wadham acabó por hacerse cargo de la delicada misión, y arrancaba a la flauta las notas más desgañitadas y discordantes, en magistral competencia con su compañero, que trataba al violín como si no tuviera más idea que aserrarlo con el arco. A las once llegó la serenata a las puertas de Carlos Garland, crítico musical y de arte, y Trent presentó a su socio una solfa diciéndole que era lo peor que se había compuesto para ciegos. Se componía el romance de cincuenta y nueve estrofas, que él se proponía cantar sin saltarse una.

—Lleve el compás que más le reviente y vaya por donde quiera sin hacerme caso. Si ha de ponerse enfermo, tápese los oídos con algodón.

Olvidando su magnífica voz de barítono, Trent adoptó la chillona de un tenor amanerado y cursi, imprimiéndole una vibración deplorable, introduciendo de vez en cuando una entonación de falsete irresistible.

Cuando llegaba a la estrofa número diecisiete, Wadham qué, por no cantar, se encargaba de escuchar con la oreja pegada al ojo de la cerradura, oyó pasos que se acercaban.

—Calle, que alguien viene.

Los pasos llegaron sin duda hasta la puerta, donde se detuvieron por espacio de dos estrofas, para alejarse. Trent llegaba a la estrofa cincuenta

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cuando empezó a sentir que la voz se le cansaba, pero entonces volvieron a oírse las pisadas y, de pronto, un puño descargó como un mazo en la puerta por el lado interior. No cabía duda de que era la voz de Carlos Garland, con su acento insultante. Pero no se dejó ver.

—Si a los tres segundos no se han alejado de aquí, descargaré mi revólver a través de la puerta y gritaré a la gente que les está escuchando desde la calle que han intentado robarme.

Los músicos bajaron en cuatro saltos la escalera, para ponerse a salvo. Una vez en la calle, se apresuraron a ocultarse a las miradas de Garland, aunque éste no podía reconocer a Antonio Trent y Wadham estaba desconocido, contribuyendo no poco a ello la cojera natural a que le obligaba la estrechez de una de sus botas.

—¿Le parece a usted que hubiera disparado? —preguntó Trent cuando estuvieron en su habitación.

—Sin duda alguna. El mismo arzobispo de Canterbury se sentiría un asesino con aquella música capaz de convertir a un hombre pacífico en un tigre.

—¿Está convencido de que es Garland?

—En absoluto; aunque se ha esforzado en alterar su voz. ¿Qué? ¿Hemos de avisar a la policía o derribamos la puerta? Podríamos volver ahora mismo.

—Sería imprudente. Aún debe de estar exasperado con nuestro concierto. Esperemos a mañana. Ahora voy a convertirme de nuevo en el Alfredo Antonio, y a tener una conferencia con el mozo de la editorial, a quien ofreceré cinco libras para que vigile mientras yo rondo por las cercanías. Ese mozo no cree que yo sea un simple corredor de seguros y si me toma por un detective, se prestará a ayudarnos con la listeza de una ardilla.

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CAPÍTULO XIV

EL MISIONERO

llevaban más plan determinado que el de hundir la puerta y Napoderarse de Garland, pero los pormenores de la captura, una vez que estuviesen dentro, los dejaban a las exigencias de las circunstancias, aunque sin perder de vista que el éxito estribaría en la rapidez de sus movimientos.

Ya los dos distendían los músculos del hombro para arrojarse a un tiempo con la fuerza de un ariete, cuando Trent se fijó en que la puerta no estaba cerrada como la encontró en cuantas ocasiones llegó hasta ella. Estaba entornada.

—Ha volado el pájaro —dijo Wadham.

Trent estaba demasiado contrariado para hablar. Lo habían traicionado. Todas sus precauciones puestas en la más estrecha vigilancia resultaban inútiles. El mozo de la editorial lo engañó. Garland debió de prometerle o de darle diez libras esterlinas, que le debieron parecer más aceptables que las cinco prometidas por él.

—Hemos de registrar el interior, que tal vez haya dejado algún rastro. En el fondo creía que todo sería inútil, pero de pronto hizo un signo a

Wadham para que guardara silencio. Después de todo, Garland podía estar allí esperándoles, para abrir de golpe la puerta dispuesto a matar. Se cercioró de que en el pasillo no había nadie. Aguzó el oído y nada delató la presencia de un alma viviente. Pero Trent no las tenía todas consigo. Presentía la amenaza e ignoraba por dónde podría aparecer.

—Tenga la pistola preparada —musitó Trent.

Apenas formulada esta advertencia, les llegó un sordo ruido de la habitación a que daba la puerta ante la que estaban escuchando intensamente; un ruido como de alguien que se levanta de una silla que

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empuja hacia atrás. Luego un rumor de pisadas que se arrastran y el crujido de un mueble.

De súbito alguien habló. No era la voz de Garland, sino la de un anciano decrépito y culto, a juzgar por el acento.

—¿Es usted, profesor Wright?

Trent experimentó una impresión de alivio. Estaban ante la habitación de Garland, pero no a merced de Garland. La tragedia que temía, se alejaba. Si un forastero esperaba al inquilino, también ellos podrían esperar.

—Estoy esperando a mi amigo, el profesor Wright.

—Entremos —ordenó Trent en voz baja. Y abrió la puerta.

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Se les quedó mirando perplejo a través de sus gruesas gafas, un anciano vestido a la manera de un sacerdote anglicano, de cara chupada, rugosa y descolorida, de manos flacas y facciones apagadas, como si acabara de salir de una enfermedad agotadora. Sin la boca, por donde asomaba una dentadura amarilla y estropeada, no hubiera llegado a parecer feo el aspecto de aquel hombre, cuya timidez se acercaba bastante al miedo.

Trent observó que le causaba cierta turbación el hallarse de pronto ante dos personas silenciosas, y lo saludó sonriendo, con una ligera inclinación, a la que correspondió el otro, explicando su presencia: —Estoy esperando a mi amigo, el profesor Wright.

—También nosotros lo esperamos —declaró Trent.

—¡Qué casualidad! —murmuró el otro.

—¿Por qué? —preguntó Trent.

—Creo haberle oído decir que no tenía en Londres más amigo que yo, y que no recibía visitas ni esperaba a nadie.

—No debe de saber que hayamos llegado a la ciudad. Queríamos darle una sorpresa. El señor es mi amigo, Grifido Wadham.

El anciano se inclinó cortésmente.

—Me llamo Hyde, y como estoy graduado en Teología, se me conoce generalmente por Doctor Hyde. Estoy encantado de encontrarme con unos amigos de mi excelente discípulo. Perdonen que me siente. No estoy muy bien de salud, como pueden ustedes ver.

—Temo que tenga usted calentura, Padre —observó, solícito, Wadham.

—Son vestigios de fiebres tropicales, pero no me quejo, ya que las cogí en las misiones. Estas calenturas intermitentes le dejan a uno muy debilitado.

—¿Es el profesor su discípulo? —preguntó Antonio Trent, a quien sorprendía no poco que Carlos Garland se dedicase a estudiar bajo la dirección de un maestro, en tan críticas circunstancias.

—Sí, y realmente no debía haber venido. Hace cosa de un mes que no me veía con ánimo para un viaje tan largo; pero ansiaba saber si ha progresado mucho.

—¿En qué? —preguntó Trent. —¿En Teología?

—En lengua árabe. Ya tenía los rudimentos, como sabrán ustedes. Es un notable lingüista y muy versado en otras ramas del saber. Me aseguró

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que era la primera autoridad en pintura flamenca. Es un privilegio conversar con un hombre tan culto. En las misiones se presenta poca oportunidad para ejercitar la inteligencia, pero no me quejo, pues cumplía con mi deber.

El anciano hubiera seguido hablando solo si Wadham no le hubiera dirigido una pregunta en una lengua desconocida para Trent, a la que contestó el Doctor Hyde con la mayor soltura en la misma lengua.

—Es árabe —explicó Wadham. —Viajando por Oriente aprendí unas cuantas frases.

—Lo habla usted muy bien, señor, pero creo que mi discípulo le aventaja en el acento, como podrá observar cuando lo hablemos los tres dentro de poco.

—¿Sabe usted si tardará?

—No lo creo. Ha ido a sacar el pasaje.

—¡Ali! ¿Se marcha? —preguntó Trent.

—Sí. Yo lo acompaño. Ha adquirido en el Cairo una casa que, según él dice, aunque ignoro el interés que en ello pueda tener, más parece una fortaleza que una casa. Le entusiasma que esté situada cerca del Museo Boolak y junto al río. Ama la proximidad de los grandes ríos. Aquí estamos a un tiro de piedra de nuestro Támesis. Pero tan bien como yo deben de saberlo ustedes.

—Casi tan bien —gruñó Wadham. —¿Cuándo embarcan ustedes, Padre?

—Mañana. El médico me dice que aún no estoy bien, pero no quiero viajar solo y como el profesor Wright no quiere diferir el viaje, he de hacer un esfuerzo.

—¿Puede usted decirnos si nos habremos de esperar mucho? Sólo hemos venido a saludar a un viejo amigo y no disponemos de mucho tiempo. ¿No le dijo adónde iba?

—Me rogó que lo esperase. Si han de marcharse ustedes, me encargaré con mucho gusto de transmitirle cualquier recado. ¿O prefieren dejárselo escrito? Quizá sería mejor, pues temo el frío de la noche y habría de estar ya en casa. No soy tan fuerte como mi discípulo, y nunca he comprendido cómo está tan grueso y fuerte con la vida sedentaria y de régimen que lleva.

Wadham se dijo que toda la debilidad del misionero se debía a los excesos de hablar. Parecía a punto de desvanecerse.

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—Acaso encontremos algo que le preste ánimos —dijo Wadham acercándose a un armario. Encontró una botella de coñac e insistió en que el viejo tomase una copa. —Valdrá más que se vaya —le aconsejó después. —Está usted demasiado débil. Yo avisaré que venga un taxi a recogerlo.

—Es usted muy amable. He venido en autómnibus de Bloomsbury, donde vivo.

De pronto vaciló. Comprendió Trent que le inquietaba abandonar la habitación de su amigo a dos desconocidos, y le dijo, animador:

—No vea usted el menor inconveniente en que nos quedemos aquí.

Los dos conocemos bastante al profesor para explicarle lo que ha pasado.

—No creo que mi discípulo se enfade si acepto su ofrecimiento —dijo después de pensar un rato.

—Otra cosa —se apresuró a decir Trent, como si se le ocurriera una idea ingeniosa —como queremos darle una sorpresa, si lo encuentra no le diga una palabra de esto; porque si le dice que dos hombres lo esperan, en seguida adivinará quiénes somos. ¿Es mucho pedirle?

—Nada, nada. Ya veo que puedo fiarme. Tiene usted una cara lúcida y de agradable aspecto, que es el espejo de un alma noble y sencilla. Estén seguros de que el profesor Wright no conocerá por mí su secreto.

Mientras Trent corría a Charing Cross en busca de un taxi, Wadham esperaba en la puerta de la casa con el reverendo Doctor Hyde, empuñando la pistola en el bolsillo, por si la casualidad lo ponía de pronto cara a cara de Garland. Los dos amigos ayudaron al débil anciano a subir al coche, anotaron el número de éste y las señas que dio al chofer el que lo ocupaba y subieron a la habitación de Garland.

—¡Qué suerte —suspiró Wadham, —la de haber ahuyentado a tiempo a ese pajarraco!

—Tiemblo por el pobre anciano, si Garland llega a saber todo lo que nos ha revelado respecto al Cairo.

—No le costará mucho trabajo estrangularlo. Está tan débil, que apenas podía bajar la escalera. El paludismo es el diablo.

Trent bajó el gas hasta dejar la habitación en completa obscuridad.

—Cuando entre y vaya a dar más luz lo sujetaremos.

Estaban en la sala principal, muy pobremente amueblada por cierto. Un reloj de pared, con un cuco que salía a dar la hora picoteando un mantel, era el objeto de más mérito que se ofrecía a su contemplación;

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pues los cuadros que colgaban de las paredes eran meras litografías arrancadas de revistas ilustradas. A media noche le pareció a Trent que el cuco, al cantar la hora, se les estaba burlando. Un vago desasosiego empezó a apoderarse de entrambos. La larga ausencia de Garland se prestaba a toda clase de comentarios lo mismo podía estar en un dispensario, víctima de un atropello, que en el depósito de cadáveres del hospital, o en los calabozos de Scotland Yard.

—No me gusta eso —dijo Trent, levantando una mirada hosca al cuco. —Ni a mí tampoco —contestó Wadham; —pero no podemos

marcharnos. A una hora u otra vendrá.

—Pero no si sabe que estamos aquí.

—No es fácil. ¿Cree que ha podido subir en silencio y se ha vuelto después de habernos descubierto, sin que lo hayamos advertido? Yo no he dejado de escuchar un momento. Ahora creo oír ruido.

—De la gente que pasa por la calle.

El cuco salía de hora en hora para burlarse de ellos cada vez con más cinismo. Cuando se hizo de día, Trent procedió a examinar las habitaciones a que no osara entrar hasta entonces. Todo cuanto pudo encontrar se reducía a una docena de botellas vacías y un poco de café. En un botiquín encontró una serie de frascos con medicinas caseras y dos botellas que interesaron a Wadham.

—Solución de digital —murmuró. —Es un poderoso tónico para el corazón. Y solución de opio, que no es otra cosa que láudano.

—¡Ni un cofre! —dijo Trent. —Sólo ha dejado un par de botas. ¿Qué haremos de esto?

—Habrá en la casa algún sótano donde los inquilinos puedan guardar sus cosas.

—Lo examiné hace tiempo y no hay más que botellas vacías y ratas.

No podemos pasarnos aquí la vida. Necesitamos lavarnos y desayunar.

Trent no se atrevía a confesar que otra vez los había engañado Garland.

Wadham, por su parte, se mostraba muy agitado.

Entonces oyeron distintamente unos pasos que por lo ligeros no podían ser los del inquilino que esperaban ni menos los del Doctor Hyde. Continuaban subiendo, ya habían pasado el piso de los artistas y sólo al de Garland podían dirigirse.

Era el ciclista de telégrafos que traía un telegrama para el clérigo.

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—Soy yo —dijo Trent, que gratificó al muchacho y cerró la puerta a su espalda. —No son estos momentos para andarse uno con cumplidos — añadió.

Y abrió el despacho dirigido al clérigo por Jaime Wright desde St.

Martin’s-le-Grand.

Lamento no poder acudir. Espéreme si le es posible. Ciertas dificultades para obtener el pasaporte me traen muy apurado. Imposible volver hasta muy tarde. No entere a nadie de nuestro viaje. Le mando un duplicado del telegrama a la calle Gordon.

Wright

—Mal cariz presenta la cosa —dijo Trent.

—No es probable que llegue antes de la hora de comer —sugirió Wadham, —y podríamos aprovechar esta tregua para visitar el bar de que usted me habló y sacar de pena el estómago. Luego dormimos una hora y estaremos bien dispuestos para cualquier evento.

Mientras Trent descabezaba el sueño, Wadham se entretuvo en mirar el montón de periódicos que estaban arrinconados por si la casualidad le ponía en las manos alguna clave.

—¿No hay ninguna señal de nuestro amigo Hyde? —preguntó Trent, despabilándose de pronto.

—No encuentro nada. Es decir: ¿no se le ha ocurrido pensar que Garland pueda ser un Sinn Feiner o un simpatizante con la revolución irlandesa?

—Nunca. Sinn Fein significa, según creo, «Nosotros solos». Si existe alguna sociedad con el nombre de «Yo solo», Garland es el presidente. ¿Por qué?

—Porque parece que haya recogido estos periódicos por los informes que contiene de los Sinn Feiners.

Trent miró las fechas y vio que todas eran de cuando Garland habitaba en Woodlawn.

Wadham bostezaba con tal entusiasmo, que Trent le rogó que durmiera un rato. A las dos lo despertó al oír unos pasos que subían con no tanta ligereza como antes.

—Alerta, que alguien sube.

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Era otro ciclista con otro telegrama dirigido también al Doctor Hyde y expedido desde Bermondsey.

Vencidas las dificultades. El barco zarpa a mediodía. No es probable que vuelva hasta mañana a las diez. He de atender personalmente a la carga de mis muebles. Pasaré a recogerle a usted en mi casa antes de las once.

Wright

—No había pensado en las dificultades que ofrece pasar todas sus riquezas de contrabando. Es imposible burlar así la inspección aduanera, Trent, lo cogerán.

—No lo crea. ¿Se figura que intentará burlar la vigilancia ocultando los objetos de arte en sus muebles? ¡Quiá! Si encontró un carretero que se los transportase por tierra, también encontrará un patrón marinero que se encargue de llevárselos al otro lado del canal.

—Pero necesitaría mucho dinero.

—Probablemente lo tiene. Robó al marqués ochocientas libras, y la señorita Craig dice que nunca ha comprado nada de valor. El tío vivía siempre del dinero de su sobrina. Puede estar seguro que habrá puesto tanto cuidado en salvar su tesoro como en robarlo.

—Si no ha de venir hasta mañana, podríamos ir a comer y a cambiarnos de ropa, porque me siento hecho un adán. Quién sabe si el Padre nos daría una pista.

—Según parece, debe tener unas señas donde poder contestar. No me fío mucho ni del misionero ni de estos telegramas. Si la idea de Garland ha sido retenernos aquí para, entretanto, preparar su huida tranquilamente, no podía elegir mejor método. Valdrá más que salgamos a tomar el aire.

Cuando más tarde Trent se presentó en la casa de la calle Gordon preguntando por el reverendo Hyde, resultó que nadie lo conocía. Una hora perdió visitando todas las pensiones de la misma calle sin mejor resultado. Fue, pues, en busca del chofer que recogió al reverendo y por él supo que había entrado en una farmacia, donde le hicieron aspirar unas sales, porque se había desvanecido. Allí le pagó el importe y luego desapareció a pie por las calles. Trent ya no dudó un momento. Ni Garland ni su preceptor volverían al domicilio de Adelfi. Trent estaba fuera de sí.

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—No he podido descubrir nada del Doctor Hyde —dijo Wadham cuando se reunió con Trent.

—Ni descubrirá —contestó su amigo, dejándose caer en una silla y encendiendo un cigarrillo—. Ni en la parroquia de Bloomsbury ni en las tres más importantes sociedades de misioneros que he visitado conocen a ese celoso apóstol. Hemos de confesar, Wadham, que nos han engañado como a unos imbéciles. Podemos vivir aquí tranquilamente hasta que expire el alquiler, pero no hay miedo de que los volvamos a ver.

Wadham ofrecía el desolado aspecto de quien ha perdido toda esperanza, y ya no le quedaba otra idea que la de recurrir a la policía.

—¡Y pensar que lo teníamos cogido! Cuando entré aquí la primera vez presentía que estaba cerca y hasta notaba en mi ánimo la opresión de su presencia. Y ahora el viejo zorro se nos escabulle de las manos. ¿Qué vamos a hacer?

—Es inútil esperar aquí. Salgamos —gruñó Trent con el semblante demudado por la ira que lo consumía.

Se alejaron por la calle en dirección a la Ribera. Estaba muy animada. ¿Quién aseguraría que entre aquella muchedumbre no estuviera Garland burlándose de ellos, mientras los seguía con su diabólica sonrisa? La situación de los dos amigos era tan desairada como desesperante.

De pronto Trent asió a Wadham por el brazo y se paró a mirar una hilera de portadores de anuncios, pero ni los hombres ni los carteles que llevaban hubieran merecido más que una mirada fugaz y distraída de Wadham, si Trent no hubiera permanecido con la vista fija en aquellos hombres que paseaban anuncios de una nueva revista dedicada a la dietética y a la cultura física. Nada que pudiera interesar a un hombre fuerte.

—¿Qué ve usted? —preguntó Trent indicando su propio rostro.

—No comprendo —confesó Wadham en voz baja.

—Se lo explicaré. Ve usted una cara lúcida y de agradable aspecto, el espejo de un alma noble y sencilla.

Wadham recordó el elogio que el Doctor Hyde hizo de su amigo, y tembló viendo que Trent llamaba la atención de los transeúntes con su salida de tono.

—Sí, sí —dijo por decir. —Ahora vamos en su busca.

—¿Y qué ve usted aquí? —añadió Trent quitándose el sombrero y golpeándose la frente—. «Tete d’ivoire! Tete d’ivoire!».

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Luego señaló hacia la hilera de anuncios que casi se perdía de vista.

—Usted no ve nada, pero yo distingo a Garland.

Dejó plantado a Wadham, saltó de la acera al arroyo y al instante fue atropellado por un taxi. Chillaron las mujeres y gritaron los hombres, pero el accidente era inevitable. En mitad del arroyo, con la palidez de la muerte, yacía Antonio Trent. La ambulancia lo trasladó al hospital de Charing Cross. El decano de los doctores era amigo de Wadham y gracias a esto le fue permitida la entrada. Entre angustias mortales esperó que le comunicasen el estado de su desgraciado amigo, víctima directa de Garland, ya que seguramente se figuró verlo entre la gente, y al correr a detenerlo, se arrojó contra el coche. Supo que no habiendo fractura de huesos ni teniendo las magulladuras la importancia que se les suponía al principio, sólo era de temer una lesión interna.

Los cirujanos y estudiantes rodearon al famoso conservador del museo de Piergan para informarse por él de cómo ocurrió el accidente.

—No lo comprendo —explicó Wadham. —Pocos momentos antes estaba normalmente, y de pronto le pareció ver a un conocido en la calle, sin que realmente lo viese, pues yo también lo conozco y puedo asegurar que no lo vi. El señor Trent se golpeó varias veces la cabeza diciendo: «Tete d’ivoire!, tete d’ivoire!». No me lo explico.

—¿Qué significa? —preguntó un joven con acento americano que si era un buen cirujano no sabía francés.

—Literalmente, «Cabeza de marfil». Es una locución arbitraria.

—No lo crea —dijo el americano. —Me parece que sé lo que quiso decir. Cabeza de hueso. Quiso expresar, cabeza de hueso, que sobre la nariz no tenía más que hueso mondo y liso. ¡Osificado! ¿Me explico?

—Sí, me parece entender perfectamente, puesto que a los dos nos acababan de tomar el pelo.

Se acercó un doctor y dijo dirigiéndose a Wadham:

—Ya no hace usted aquí ninguna falta. Si me telefonea luego, le diré cómo sigue el paciente. Una conmoción cerebral es algo muy elástico que inspira optimismo. Espero poderle dar buenas noticias.

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CAPÍTULO XV

EN QUE REAPARECE EL BARÓN

CLAEYS

ocos días después, Antonio Trent y Wadnam se hallaban instalados Pen el vagón de lujo propiedad de Piergan, generosamente ofrecido por el millonario para que el convaleciente hiciese con toda comodidad el viaje a Edenfell Hall, donde había de pasar la convalecencia como huésped del hermano de su amigo por imposición de éste. Tanto la munificencia de su paisano como los solícitos cuidados de que su amigo le hizo objeto conmovieron el corazón del paciente, que según los médicos estaba fuera de todo peligro.

Apenas Trent había recobrado el conocimiento, rogó a Wadham que fuera a la mansión de Adelfi y le trajese el fajo de periódicos que Garland tenía recogidos, cosa que sorprendió no poco al conservador, el cual llegó a temer que la cabeza de Trent hubiera sufrido algún trastorno.

—Cuando se sienta más fuerte —le dijo Wadham mientras el expreso de Escocia, al que se unió el vagón de lujo, avanzaba a toda marcha— hablaremos de Garland.

—Ya podemos empezar. Sólo he de advertirle que conozco ya con toda precisión el procedimiento que siguió para escabullirse de nuestras manos. No, no se esfuerce en hacer signos de duda, porque puedo probárselo todo. Apenas vi aquellos anuncios ambulantes, se descorrió un velo en mi cabeza y comprendí el paludismo, el temblor del Doctor Hyde y muchas otras cosas. Por eso me golpeé la cabeza, acusándome de que la tenía muy dura, por no haberlo comprendido antes.

—¿Tiene algo que ver en ello nuestra discusión acerca del paludismo y do los Sinn Feiners? —preguntó Wadham frunciendo el ceño.

—¿Quién sabe? Pero no vaya a creer que el paludismo o el accidente me ha trastornado el seso si le digo algo que le parecerá una locura.

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—No lo creo.

—Espere un poco, y oiga lo que le digo: Wadham, el Doctor Hyde y Garland son una misma persona.

—Amigo mío —replicó Wadham con aire protector, —está usted tan obsesionado por esa idea, que ha perdido usted el sentido de los valores. Examinemos el caso concienzudamente. El Doctor Hyde no pesa ni la mitad de Garland, el contorno de su rostro es completamente distinto, sus ojos se diferencian notablemente y la boca del misionero es horrorosa comparada con la de Garland, de labios regulares y blanca y bien conservada dentadura. No, hombre, no. Si no fuera por otras cosas, esa boca del misionero bastaría a echar por tierra sus conjeturas.

—¿Está usted convencido de lo que dice?

—¿Cómo no estarlo? Concedo que el misionero sea un cómplice que nos engañó, pero de eso a establecer que sea el mismo Garland. Amigo mío…

—Hace usted mal en pensar que no estoy en mi sano juicio y me sorprende que tenga usted tan dura la cabeza.

—¡Cómo! —exclamó Wadham. —¿También yo?

—Sí, dura. Deje que le explique. En cuanto se vio descubierto, Garland se refugió en Adelfi, dispuesto a poner en práctica un plan sencillísimo.

—¿Qué otro plan podía tener que el de esperar escondido a que lo dejásemos en paz y aprovechar el menor descuido para escapar burlando la vigilancia del mozo de la editorial?

—Escúcheme, por favor. Desde el día en que salió corriendo de la librería de lance para no volver, Garland se entregó a un riguroso ayuno. Me intrigaba, durante el período de mi vigilancia, haber de admitir como cosa cierta o misteriosa que nadie lo viera salir o entrar y que se pasara sin cocinera y sin recibir provisiones. Y era sencillamente que no comía. Sólo disponía de coñac, leche condensada y café. No hallamos residuos de otra cosa.

—Se hubiera muerto de hambre.

—No lo crea. Hablé el otro día sobre esto con su amigo el doctor, que tiene publicado un libro con el título «Abuso de la comida», presentándole un caso hipotético, y me aseguró que quien se somete a la prueba del ayuno, mientras vigile que no desfallezca el corazón, puede resistir muy bien cinco semanas. Se debilitará, perderá el brillo de los ojos, le

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temblarán las manos y la voz perderá el timbre que tenía. En cuanto a morirse de hambre, me hizo observar que MacSweeny, vivió casi el doble de tiempo a dieta absoluta, y cuando me habló de los Sinn Feiners y de las sufragistas, recordé los periódicos de Garland y relacioné los hechos. Luego recordé también que en todos los números se estudiaba algún caso de huelga del hambre.

—Es curioso. ¿Pero cómo explicar las diferencias físicas?

—Ya llegaremos a eso. Lo comprendí todo cuando vi aquellos carteles anunciadores. ¿Se fijó usted?

—Vi que anunciaban una nueva revista.

—Y una serie de artículos bajo el título común «Ayunad y seréis fuertes». He aquí la llave de la situación. Es lo que ha hecho Garland. Cuando lo encontramos estaba débil, mas ahora de seguro se está tratando con vitaminas y físicamente será más peligroso que antes.

—Desgraciadamente, conozco demasiado a mi Niccolo de Donatello para que me engañe respecto a un punto de tan vital interés. Todos los pormenores antropométricos niegan lo que usted supone gratuitamente, y le un modo especial la dentadura, los labios torcidos y la nariz de Hyde, que en nada se parecen a los de Niccolo.

—No dé usted un excesivo crédito a la antropometría, si no quiere engañarse. ¿Qué labios tengo yo? ¿Acaso me reconocería usted por la boca?

—Indudablemente. Sus labios son más delgados que los de Garland y de fino rasgo, y su boca más firme. ¿Por qué me lo pregunta?

—¿Me da usted su palabra de honor de que permanecerá con los ojos cerrados y no los abrirá hasta que yo le avise? Es cuestión de medio minuto, nada más.

—¿Por qué no? —dijo Wadham, que tenía sus dudas respecto al estado mental de su amigo.

Wadham era un hombre que podía enorgullecerse de no perder fácilmente la serenidad, pero no pudo menos de dar un brinco cuando al abrir los ojos se sorprendió ante un rostro desconocido. Los finos labios de Trent eran befos y le daban una expresión brutal. La hermosa dentadura del americano se había convertido en la cosa más irregular y grotesca. Su nariz se le torcía a un lado.

—¿Qué? ¿Me hubiera usted reconocido? —preguntó Trent satisfecho de la impresión que producía su cambio.

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—Me hubiera peleado con cualquiera que afirmase la semejanza entre el aspecto que ahora ofrece y el suyo propio.

—Ya ve cómo pueden engañarse los antropólogos. Y si yo he cambiado tanto en un momento, figúrese cómo habrá podido transfigurarse Garland a fuerza de ayunos y de astucias.

—Me cuesta creerlo, pero no tengo otro remedio que someterme a las pruebas. Cuanto ha dicho usted de Garland es cierto.

Hablaron largo rato y Trent hubo de inventarse la mentira de que el joven cirujano americano le había regalado aquella dentadura postiza.

* * *

Durante las tres semanas que pasó en compañía del hermano de Wadham y su señora, Trent sólo tuvo motivos para bendecir la hospitalidad inglesa y para poner por las nubes aquel matrimonio que se desvivía por hacerle agradable la permanencia en su baronía, y hubiera permanecido mucho más tiempo fortaleciéndose con los aires saludables del campo, si una noticia publicada en el Times no le hubiese obligado a volver a Londres precipitadamente.

El Times refería una historia que no podía ser más interesante.

Una de esas familias de rancio abolengo que vinieron a menos durante la guerra europea, se vio en la necesidad de vender una casa construida después de la guerra de las Rosas.

Al instalar el nuevo propietario la calefacción central, se descubrió un aposento secreto de ocho pies de largo por cinco de ancho y seis de alto.

Oculta por el alfarje de un dormitorio sobre que estaba, construido, había una abertura por donde se pasaban los alimentos cuando la puerta de acceso no podía utilizarse. En esta celda secreta, se encontró un rosario, una copa y un plato de peltre, y en las paredes de yeso, estaban escritas estas palabras en latín: «Hace muchas horas que ni como ni bebo. Temo que alguna desgracia haya ocurrido a mis guardianes».

Probablemente nunca se descubriría la tragedia que impidió a los guardianes acudir en socorro del desgraciado sacerdote, cuyo esqueleto atestiguaba el abandono. En un rincón se halló un cuadro que los peritos decidieron ser obra de Hans Memling. Uno de los antepasados de la familia había asistido a la guerra contra los españoles y se halló presente

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en el acto de la firma de la Paz de Gante, en 1576, y se suponía que este caballero podía haber comprado el cuadro, entonces de escaso valor. Grifido Wadham que lo había visto, poco antes de partir para Madrid, declaró que era un Memling. El cuadro se iba a vender en pública subasta y los grandes coleccionistas o sus agentes estaban ya en Londres.

Trent pensó que por vez primera se ponía a la venta del público un Memling y se presentaba para Garland la oportunidad de completar su colección de flamencos. Sin duda era una oportunidad tentadora como ninguna otra. Podía robarlo mientras lo transportaban a Londres, mientras estuviera expuesto a la subasta o cuando pasara a poder del comprador.

Al llegar Trent a Londres notó que habían surgido ciertas dudas respecto a la autenticidad. Un crítico de Amberes, que nunca perdonó que Wadham se le burlase en un libro, dijo que se trataba de un Van der Goes perdido. Esta duda retrajo a algunos poderosos coleccionistas de los Estados Unidos.

Antonio Trent fue a contemplar el cuadro. Lo mismo hizo Alfredo Antonio y todas las encarnaciones del infatigable Trent, pero nunca vio a Garland ni al Doctor Hyde. Los acontecimientos políticos distraían a la gente de los asuntos artísticos. Si Wadham no hubiera estado en el Prado seguramente hubiese podido asesorar a los postores por quienes se interesaban. Adjudicaron la obra por treinta mil libras, y una hora de tiempo y un billete de banco le costó a Trent enterarse de que el comprador era el barón Claeys de Bruselas.

—¡El barón Claeys, el propietario de la más famosa colección de pintura flamenca, el millonario del Congo, cuyo museo ya conocía Garland! ¿Por qué se había de arriesgar éste a que lo reconociesen en Londres, cuando podía esperar en Dover o en Ostende la llegada del propietario?

Trent se enteró, apelando a toda su astucia, de que el barón estaca en su mismo hotel, y que aquella misma noche embarcaba. Trent procuró no perderlo de vista hasta que se le ofreciese ocasión de advertirle el peligro que corría. En el barco, el barón, el criado y el equipaje entre el que se contaba el famoso cuadro, ocupaban una serie de camarotes de clase especial. Ya no se le ofrecería oportunidad de hablarle hasta que desembarcasen, y Trent se dedicó a recorrer el barco por si descubría algún rastro de Garland. ¡Nada!

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Lo mismo hizo Alfredo Antonio y todas las encarnaciones del infatigable Trent.

En Ostende, el barón se sentó con cara de satisfacción en un departamento de primera, mientras su criado ocupaba otro de tercera, y acogió con un ceño de disgusto al desconocido que, en el momento de arrancar el tren, fue a sentársele delante. Cinco francos le diera al empleado para que nadie fuese a estorbarlo, pero el desconocido le añadió un billete de diez chelines para que no le pusiera ningún inconveniente.

El barón reconoció en el forastero a un americano y temió que le molestase con preguntas a las que contesta perfectamente una guía. El barón no estaba dispuesto a servir a nadie de guía. Mon Dieu! Ya empezaba.

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—Perdone, señor —dijo Trent. —¿No es usted el barón Claeys de Bruselas?

El barón asintió con la cabeza. Al menos aquel americano sabía que estaba ante un título.

—He venido precipitadamente de Londres, sin maletas ni nada, para prestarle un gran servicio.

—Siento que se haya molestado el señor inútilmente. No estoy dispuesto a escuchar bravatas.

Trent hubo de luchar contra los impulsos de mostrarse indignado contra aquel hombre a quien quería ayudar y que lo trataba como a un impertinente.

—Pues ha de escuchar —le replicó. —No me interrumpa ni trate de tocar el timbre de alarma. Estoy aquí para salvar su Memling.

El barón se estremeció. ¿Se trataba, pues, de robarle?

—Tengo motivos para creer que el ladrón que entró hace cuatro años en su museo para robar un collar egipcio, intenta apoderarse del cuadro que acaba usted de adquirir. Es el hombre más astuto y atrevido que registra la historia del crimen y corre usted un grave peligro si se le opone. Ese hombre es mi enemigo, y por eso quiero detenerlo. Necesito su ayuda para prestarle la mía. Sólo le pido que me permita ocultarme en su museo.

El barón estuvo reflexionando un momento, algo desconcertado. No creía que un extranjero ofreciese su ayuda sin miras de lucro o aviesos propósitos. Lo que aquel joven buscaba, era introducirse de una manera ingeniosa en su aristocrática residencia de la avenida Luisa, con fines inconfesables, solapados en sus deseos protectores.

—Amigo mío —contestó fríamente el barón—, en un compartimiento de tercera, está mi ayuda de cámara.

—Espero que irá bastante cómodo —replicó Trent. —Volviendo a ese cuadro de Memling…

—No quiero discusiones.

—Pero yo sí, barón.

—No quiero discusiones —replicó el barón levantando la voz. —Mi ayuda de cámara está cerca y va armado. Yo también, y tengo buena puntería. Cada mañana practico durante media hora ejercicios de tiro al blanco. Y le advierto que poseo un genio arrebatado. Si ha venido a prestarme un servicio, el mejor que puede hacerme es volverse en seguida.

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Antonio Trent hubo de refrenarse nuevamente. Era necesario sacrificar su amor propio para mantener a raya a Garland, pues esto dependía exclusivamente de convencer al barón do su sinceridad.

—No me tome usted por lo que no soy —dijo muy serio. —No trato de ganarme su amistad, ni de pedirle dinero ni cartas de recomendación para sus amigos de la Bolsa. Mi único deseo es prender a un hombre que quiere robar su cuadro. Puedo probarle mi buena fe remitiéndole al embajador de los Estados Unidos en Londres.

—¿Por qué no al embajador en Bruselas? Ya comprendo —murmuró el barón con una sonrisa sarcástica.

—Es preciso que me permita usted ocultarme en cualquier punto del jardín para acechar la entrada de ese hombre que es el mismo que penetró una vez y a quien el señor Wadham pegó un tiro.

El barón se echó a reír de una manera ofensiva.

—En la sencillez está el genio —observó. —Los más grandes hombres siempre han sido los más sencillos e ingenuos. Amigo, tengo el gusto de saludarle. Afortunadamente no soy tan tonto que no vea que se me invita a caer en una trampa.

El tren retardó la marcha al entrar en agujas. Llegaban a la estación de Brujas. Trent se contuvo temiendo que el barón llamase a su criado.

—¿Quiere dejarse robar? —preguntó. —Ya sabré librarme. ¡Etienne! ¡Etienne!

El criado acudió corriendo al llamamiento de su señor, cargado con un paquete.

—¡Merecería usted que no le dejasen ni un clavo de su museo, por tozudo y estúpido! —gritó Trent sin poder contenerse ya más.

—¿Oyes, Etienne? Este hombre me amenaza.

Y bajó del tren seguido de su criado. Éste desde el andén dirigía miradas enfurecidas a Trent, que los veía alejarse desde la ventanilla.

—¡He hecho cuanto he podido! —gritó. —Ojalá caigan los dos en sus manos.

—¿Etienne, oyes? También a ti te amenaza. Es un pájaro de cuenta.

Vigila, y si lo ves rondando mi casa, no dejes de avisarme.

Subieron a otro coche, donde el barón tuvo que pagar la diferencia de clase por Etienne.

Trent llegó a Bruselas decepcionado, pensando en los graves obstáculos que tendría que vencer, dado el cariz que presentaba aquel

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asunto.

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CAPÍTULO XVI

LA ÚLTIMA LUCHA

rent se dirigió al hotel Astoria donde dijo que su equipaje llegaría al Tdía siguiente y, después de pagar por adelantado una serie de habitaciones, se acostó y durmió hasta las once de la mañana siguiente. L’Etoile Beige hacía calurosos elogios del barón Claeys y su Memling y felicitaba a Bruselas por haber recobrado un ejemplar de uno de sus más estimables maestros. Anunciaba una solemne recepción en el palacio del barón y advertía que hasta entonces nadie podría ver el cuadro.

Empezaba a obscurecer cuando Trent se dirigió a la avenida Luisa, desde donde pudo examinar el museo, frente al cual se destacaba la casa. Por Wadham tenía una idea exacta de la disposición del jardín y de los edificios. Pudo ver que estaba enrejada la ventana por donde escapó Garland, pero éste seguramente se había tomado tiempo suficiente para realizar sus planes con toda precaución.

Ya de noche, Trent se encasquetó la gorra que usaba para jugar al golf y se acercó a la puerta principal. A un lado, vio una puertecita que sin duda servía para entrar y salir la servidumbre. Ya pensaba cómo se las arreglaría para entrar, cuando la casualidad vino en su ayuda. Un muchacho, sin duda panadero, desmontó de la bicicleta junto a la pequeña puerta e hizo sonar la campanilla. El portero abrió y, por lo visto debió de indicar al muchacho que pasase con su carga, pues al acercarse Trent, observó que los dos se alejaban hacia lo que debía de ser el pabellón de los porteros. Trent aprovechó la ocasión para meterse en el jardín dejando la puerta como estaba. Oculto tras un corpulento árbol, pudo ver como el portero despedía al muchacho y volvía a cerrar la puerta.

No había el menor peligro de que allí lo descubrieran, a no ser que hubiera perros en la casa, pero tampoco tenía el escondite ninguna ventaja

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para sorprender a Garland. Al cabo de un rato sonó la campana y el portero corrió a abrir de par en par la puerta principal para dejar paso a un magnífico Minerva que conducía a una señora, que Trent supuso que sería la baronesa. Cuando ésta descendió para perderse por una puerta que un lacayo mantenía abierta, el portero abrió las dos compuertas vidrieras del edificio de enfrente para que el coche pasase al garaje, de lo que dedujo Trent que era aquélla la entrada común al museo y al garaje. Y aprovechó esta ocupación del portero para esconderse en la plaza que formaba la casa con lo que antes fueron las cuadras. Un grupo escultórico de mármol le sirvió a las mil maravillas.

El chofer y el portero se retiraron y quedó solo en el jardín, únicamente en el invernadero que había junto al museo seguía ocupado un jardinero en limpiar las raíces de lo que juzgó Trent que debían ser unas orquídeas, pues no podía distinguir bien a través de los empañados cristales. Desde su observatorio pudo notar que aquella mansión señorial gozaba de un ambiente pacífico y de retraimiento que le permitiría vigilar el jardín desde cualquier punto, apenas se retirase a descansar aquel operario de la estufa, que tan celosamente servía al barón y que por lo visto no pensaba en cenar o lo había hecho ya. Probablemente había recibido el encargo de seleccionar las mejores orquídeas para que adornasen el salón de recepciones al día siguiente. El caso era que seguía muy absorto en su tarea, sin trazas de acabar.

En esto, la puerta del palacio se abrió y Trent hubo de tomar ciertas precauciones para que la persona que se acercaba en dirección a su escondrijo no lo viese. Pasó tan cerca, que pudo reconocer distintamente la cara del barón, el cual se alejó hacia la única puerta del museo. Poco después de abrirse ésta, el grupo escultórico quedó envuelto en una zona de luz. Trent lanzó un suspiro de alivio. Se le ofrecía la ocasión de atravesar la entrada y esconderse en el interior mismo del museo.

Pero se lo estorbó el jardinero, que en vez de marcharse, pareció quedarse como alucinado por aquella luz. Sólo una distancia de doce pasos los separaba y pudo ver que el hombre, movido sin duda de curiosidad, se asomaba con cuidado de que el barón no lo viese, al interior, como para aprovechar la ocasión de ver el nuevo cuadro. Trent se fue acercando. El otro estaba ya en el umbral. Trent esperaba que de un momento a otro se volviese al recibir un regaño de su amo, pero cuál no sería su sorpresa al notar que el trabajador entraba en el edificio avanzando con tales

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precauciones de silencio, que el barón no lo había oído. Cuando Trent llegó al umbral, el intruso estaba a pocos pasos del barón. Éste permanecía absorto en la contemplación del Memling. ¿Era posible que un horticultor sintiese tanta admiración por el famoso pintor holandés?

Mas, de pronto, comprendió que aquel hombre no entró a admirar, sino a robar y acaso a asesinar. De debajo de su blusa sacó una porra y levantando el brazo la descargó en la cabeza del barón.

De un brinco, Trent se puso a su lado, mientras aquél caía derribado como un tronco. Antonio Trent comprendió que había sonado la hora del supremo combate. Ante él, fija la, mirada en la suya, estaba Carlos Garland.

Reconocerlo y retroceder de un salto para cerrar la puerta de bronce fue una misma cosa. Desde allí se quedó mirando a su enemigo. Éste había recobrado toda su fortaleza.

—¡Usted! —dijo Garland en tono de mofa.

—Sí, yo —contestó Trent, reflejando en su voz la alegría que sentía y decidido a no dejarse vencer por los nervios. —¿Qué tal las misiones y el paludismo? Hace semanas que debía de haberlo atrapado, con los numerosos rastros que va usted dejando; pero he tenido otras ocupaciones. ¡Qué desengaño! ¡Qué trabajo tan tosco acaba de realizar! Después de todo, temo que no sea usted lo que al principio me parecía. No podría clasificarlo más que en segunda línea.

Se proponía irritarlo con sus insultos, pero nunca había adoptado Garland una actitud de más frío cálculo, y esto lo hacía más peligroso que arrebatado de cólera. La situación de Trent era por demás comprometida. Si Garland triunfara en la inevitable lucha, lo acusaría de asesinato del barón y se presentaría como salvador.

—Tiene mucha gracia —continuó Trent— el procedimiento que ha seguido para captarse la confianza de su víctima, pero le participo que Etienne sospechaba de usted.

Notó en la mirada de Garland que dudaba de la seguridad con que él procuró hacer estas manifestaciones, y esto le probó la extraordinaria astucia con que su enemigo había procedido.

—Me alegro que estemos solos —dijo el criminal en tono muy afable.

—Tenemos mucho que hablar. Me gustaría saber por qué me ha seguido

hasta aquí desde Nueva York.

—¿Quién se lo ha dicho?

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—Yo preguntaré y usted contestará. Existen muchos métodos de tortura para obligar a cantar a la gente. A mí me basta un profundo conocimiento de la anatomía. He de preguntarle muchas cosas que quiero saber.

Trent se dijo que lo más importante era arrancar a su enemigo de aquella siniestra frialdad que manifestaba.

—No quiero saber nada —replicó Trent. —Ya se arreglarán los jueces.

Me basta presentarlo como el asesino del marqués de Launceston. Pronto,

Carlos. ¿Está usted dispuesto?

—¿Que si estoy dispuesto?

Y lanzando un rugido horroroso, descargó con todas sus fuerzas la cachiporra contra Trent. Éste, apercibido, pudo evitar fácilmente el golpe.

—Eso es dar golpes de ciego. Como ejercicio no está mal, pero no le conviene gastar inútilmente las fuerzas. Al menos el barón estaba de espalda.

Trent se apartó saltando sobre el cuerpo del aristócrata, cuya cabeza estaba sobre un charco de sangre.

—Al menos, usted huye —gritó Garland. —Le falta valor ahora que Wadham no puede ayudarle.

—¿Y cerrar la puerta para que no pueda usted huir es también cobardía?

—¿Por qué se parapeta detrás de esa vitrina? —Porque lleva usted una porra y yo estoy indefenso. —Excusas de cobarde.

—¿Cobarde? El cobarde para mí es el que no se atreve a arrojar el arma.

—¡Cobarde! Bien sabe usted que cuando lo coja entre mis brazos lo mataré.

—¿Conque cobarde? —repitió Trent sonriendo.

—Deje ese chisme y pruebe de igual a igual.

Tras un momento de vacilación, Garland arrojó el arma.

A la primera acometida del gigante, Trent, sorteando ágilmente, le dio de paso un puñetazo en un carrillo que hizo tambalear aquella mole sin otro efecto. Trent había de fiar el triunfo, no a la fuerza sino a la agilidad. Cansar a su enemigo procurando eludirlo sin fatigarse demasiado y aprovechar todas las oportunidades.

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Un directo de Trent magistralmente aplicado a un ojo.

—¡Estése quieto! —rugió el otro.

Un directo izquierdo de Trent magistralmente aplicado a un ojo, turbó por un momento a su adversario. Lo tenía por loco y al primer round comprendió que a la pericia de todas las artes Garland no añadía la del boxeo; pero al menor descuido podía caer en el cepo de aquellos brazos de hierro y entonces podía considerarse perdido. Además tenía la desventaja de haber de moverse en un suelo resbaladizo de mármol contra un enemigo que se descalzó para no hacer ruido al entrar.

Trent adivinó la táctica que Garland estaba siguiendo. Quería acorralarlo contra el barón, desvanecido o muerto, para lanzarse sobre él; y en efecto, cuando estaba casi junto al yacente, Garland dio un salto de

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fiera con los brazos abiertos. El otro se libró de la acometida dando un brinco de gimnasta sin intentar golpear de paso, ya que el puñetazo no hubiera producido gran efecto y había de ahorrar sus puños. Pensó luego aprovechar sus conocimientos de jiu-jitsú, pero se abstuvo ante la consideración de que el otro podía estar adiestrado en aquellos ejercicios, y en tal caso resultarían demasiado peligrosos para Trent.

Garland lo iba arrinconando y al notar que resbalaba aprovechó la ventaja para echársele encima. Fue la primera vez que Trent usó la mano derecha aplicándole un directo en la mandíbula inferior, capaz de hacer tambalear a un toro y de tumbar a un gigante; pero aquel hombretón se quedó inconmovible haciendo temer al otro que se le estropearían los puños antes de vencerlo si no cambiaba de táctica, y no podía pensar en arrojarse a fondo lastimando alguna parte floja del cuerpo, porque Garland tenía la precaución de cubrirse. Estaba pensando en el plan que adoptaría cuando Garland rompió el silencio. Apoyado en la pared bajo un cuadro del martirio de San Sebastián, distendió todos los músculos de su cuerpo gritando:

—¡Voy a matarlo!

Viendo que se llevaba la mano atrás, pensó Trent que iba a empuñar un revólver. De pronto reconoció su error. Garland buscaba el conmutador de la luz. La sala quedó completamente a oscuras. Cogido de sorpresa, Trent no tuvo tiempo de evadirse. Un brazo de Garland lo sujetó por el tronco mientras con el otro le oprimía el cuello. Le pareció que lo amarraban a un potro que poco a poco iba torciendo su espina dorsal hasta que diera un crujido que acabase con todo. Trent no se explicaba que un hombre tan débil poco tiempo antes, tuviese una fuerza hercúlea contra la cual en vano se debatía. Estaba a punto de perder el conocimiento, cuando se le ocurrió aflojar las piernas para que Garland tuviera que soportar su peso. Tal estratagema hizo perder el equilibrio a la máquina prensadora y viéndose libre de un brazo, apeló a todas sus energías y descargó un golpe en un costado del enemigo. No fue un gran golpe pero arrancó un gemido de dolor que relajó los músculos del otro y que Trent aprovechó para escabullirse.

Percibió que Garland estaba buscando la llave de la luz, sin duda con el propósito de acabar con su víctima, que creía lastimada. Era el momento más peligroso para Antonio Trent. Como el otro iba descalzo no sabía si lo tenía cerca y estaba esperando su zarpazo de un momento a otro. Era

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preferible salir de aquella incertidumbre angustiosa dando la luz. Recordaba dónde estaba situado el conmutador y se orientó hacia él con grandes precauciones para no tropezarse con Garland.

Cuando por fin se alumbró la sala, estuvo a punto de soltar la risa. A diez pasos estaba el gigante arrastrándose a gatas bajo una vitrina. Se levantó enfurecido, pintada en su semblante la sorpresa que le causaba ver a Trent contento e ileso. «Quem Deus vult»[2], murmuró avanzando.

—¿Recuerda a Juan Carkeek, a quien le quitó usted el caballo cuando fue a cometer el asesinato del páramo?

Carlos Garland se detuvo un momento como atónito de que aquel hombre tuviera bien sentado el juicio.

—Era un tipo parecido a usted físicamente, un tipo muy curioso. Él me informó de ciertas cosas.

Garland se le acercaba lentamente, levantando las dos manos, presto a cerrarlas como unas tenazas que ya no dejarían más que muerto a su víctima. Vió que éste se adelantaba presentando los puños, pero no pudo comprender por qué en vez de descargarle un golpe, le cogía las muñecas y le levantaba los brazos con una fuerza sorprendente. Le pareció que Trent no intentaba otra cosa que rechazarlo, pero antes de ver el peligro, se sintió lanzado como una masa impotente contra el suelo; lanzó un grito sordo, se le nubló la vista y quedó sin sentido. Trent le había dado tan formidable patada en la boca del estómago, que él mismo cayó al suelo; pero se levantó triunfante.

Le zumbaban los oídos y apenas le sostenían las piernas, pero había vencido al más temible enemigo que encontró en su vida. Garland yacía en el suelo como si se hubiera roto la cabeza. Trent pensó que ante todo había de auxiliar al barón. Pero éste había desaparecido. Al recobrar el conocimiento mientras los dos hombres luchaban, se había deslizado abriéndose paso, mediante algún secreto de él conocido, y volviendo con sus criados que estaban ante la puerta, abierta de par en par. ¡Cómo felicitarían al forastero que tan sospechoso les pareció en el tren!

Allí estaba Etienne empuñando el revólver y a su lado un chofer con una escopeta de dos cañones.

—Cógelo, Etienne —gritó Claeys con voz débil.

Parecía que nadie se había fijado en Garland, que estaba tendido bajo una vitrina.

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—Me ha herido a traición, por la espalda. Recuerda como nos amenazó en Brujas. Si se resiste, mátalo.

—No haga tonterías —advirtió Trent señalando a Garland. —Ahí tiene el hombre del que le hablaba. Él es quien lo hirió en la cabeza.

Trent no comprendía que la vista de Garland aumentase el horror que se leía en aquellas caras.

—¡Ha matado a Smith! —exclamó el barón—. Un médico, en seguida.

Llamen a la policía y que no se nos escape.

—¿Éste es Smith? —preguntó Trent sin perder la serenidad. — Llámelo como quiera, barón, pero este hombre le siguió hasta aquí y le descargó un golpe en lo que usted cree que es la cabeza. Ya puede estar contento de tenerla tan dura, porque si no, a estas horas no podría usted insultarme a pesar de que le avisé el peligro en el tren.

—De nada le servirá cuanto diga, porque lo vi por el rabillo del ojo un segundo antes de darme el golpe. Luego ha matado a este bravo Smith, que vino en mi ayuda.

—Bueno, no hablemos hasta que venga la policía entonces sabrán quién es este bravo Smith que cuida de sus orquídeas a horas tan extemporáneas.

—Cuéntele sus mentiras a la policía —le replicó el barón, —pero de mí no se burlará más.

De pronto, Garland se levantó; debía de sufrir mucho a juzgar por los gemidos que lanzaba pero estaba en plena posesión de sus facultades. Aquel giro inesperado de los acontecimientos inquietó a Trent, y más al notar el afecto con que el Barón hablaba al herido en una lengua que adivinaba ser el flamenco.

Trent no podía apartar la vista de aquel hombre de cuya cabeza

manaba la sangre, y cuando cuatro hombres se acercaron con una camilla,

no pudo menos de preguntar:

—¿Adónde lo llevan?

—Al hospital.

—Entonces, voy yo con él. Es un asesino y he de advertirle que podría tener para usted malas consecuencias el dejarlo huir. Vino a robar su Memling como robó obras de Rembrandt, Rubens, Van Dyck y otros.

Los oyentes miraren a Smith con cierto recelo que desvaneció en seguida el barón.

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—No me dejaré engañar. Smith es un trabajador probo, y lo que usted pretende es acompañarlo al hospital para escaparse; pero no se moverá de aquí hasta que se lo lleve la policía.

—Bueno, señor barón —dijo Trent cuando se llevaron a Garland. — No dirá luego que no le he proporcionado la ocasión de capturar a uno de los más peligrosos criminales. Telefonee al hospital que no le permitan la salida hasta que no se confirmen mis declaraciones.

Cuando el barón rehusó hacer lo que se le aconsejaba, Trent perdió la paciencia y se puso a gritar contra aquel hombre que se le reía en sus barbas, y aún estaba lanzando verdades en el tono más injurioso cuando llegó la policía, que se lo llevó amanillado.

Cuando Trent los instó a que aligerasen el paso para informar cuanto antes al comisario, sospecharon más y retardaron la marcha. Nadie más que Trent había visto pasar en un coche a Garland con la cabeza vendada. Iba solo y no había duda de que, después de la primera cura, se había dudo a la fuga. Aquella cachaza de la pareja exasperó a Trent de tal modo, que los agentes fueron a parar el uno al suelo y el otro a la cuneta de dos empujones. Cuando estuvieron en disposición de disparar, ya el preso había desaparecido arrojando las esposas, para dirigirse a toda velocidad a la estación del Norte.

Tomó un billete de primera clase hasta Ostende, porque no creyó que Garland, a quien vio entrar al andén, se aventurase con blusa de trabajador a viajar en primera, y se quedó con pocos céntimos. Las dos estaciones de importancia por donde pasaba el tren era Gante y Brujas.

¡Brujas! Trent se dio una palmada en la frente. ¡Tenía el secreto! ¡Brujas! ¡La ciudad de Memling, en cuyas dos galerías colgaban las mejores obras del gran maestro! Wadham decía que no era difícil penetrar en el Hospital de San Juan. Garland se había abstenido de robar allí, porque hubieran recaído sobre él las sospechas.

En Gante no bajó el asesino. Tampoco se le vio en el andén de Brujas. Trent se llevó un desengaño. En Ostende bajó del tren sin preocuparse de que lo vieran, dispuesto como estaba a detener a Garland hasta dejarlo en poder de las autoridades. Pero, por mucho que esperó, buscó y preguntó, no pudo dar con el criminal.

Como carecía de dinero para volver a Brujas, decidió hacer el viaje de regreso a pie y al llegar rendido, se hizo conducir al viceconsulado.

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Un joven rubio lo recibió bostezando. Generalmente, los cónsules de estas ciudades pequeñas no miran a los extranjeros con buenos ojos, persuadidos de que sólo recurren a ellos para pedirles dinero, y no tienen fondos para limosnas.

—Es usted el cónsul de América —preguntó Trent.

—Soy el vicecónsul de Inglaterra. El consulado americano más próximo está en Ostende, pero atiendo a sus paisanos cuanto puedo.

—Acabo de llegar de Ostende y sólo dispongo de unos céntimos.

El vicecónsul disimuló la contrariedad que le producía tener que adelantar para un viaje el dinero que acaso ya no volvería a ver.

—Acompáñeme a tomar café y unos bollos.

Trent estaba exhausto y después de comer preguntó:

—¿Puede usted decirme si es posible saltar del tren entre Brujas y Ostende?

Y con ciertas reservas relató lo sucedido.

—Ese hombre no hizo más que abrir la puerta del otro lado, saltar a la vía y escalar una tapia. Es cosa fácil al salir de Brujas y más siendo de noche. Claro que podía romperse la crisma.

—Supongo que conocerá usted a todos los americanos que aquí residen.

—No hay muchos. Casi todos los extranjeros son ingleses. ¿De qué nación es su amigo?

—Apenas lo sé —contestó Trent. —Se hace pasar por lo que le conviene con sólo apretar un resorte del surtido de lenguas que posee. Habla el árabe y hasta el flamenco, como un nativo.

—En ese caso será más difícil encontrarlo. ¿Lo conoce usted muy íntimamente?

—¿Acaso no es el tío que me ha caído del cielo? ¿Acaso no hace meses que lo sigo? Si quiere usted que se lo describa le diré que tan pronto pesa trescientas libras como la mitad; unas veces tiene boca de cordero y otras de lobo.

—¡Qué le haremos —se dijo el vicecónsul, —si el pobre ha bebido unas copas de más! Después de todo es simpático.

Y añadió en voz alta.

—No será fácil reconocer a un hombre de tan variado aspecto. —¿Está usted satisfecho de su empleo?

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—¿Quién lo estaría, a mi edad y con mi talento, de un viceconsulado en una ciudad como ésta?

—Si me ayuda, será usted cónsul general. Me prestará usted un gran servicio y se lo prestará al mundo del arte, y tenga presente que nunca olvido a quienes se portan conmigo como caballeros. No tengo tiempo para largas explicaciones, pero se trata del hombre más astuto y falto de escrúpulos que he conocido. Creo que se oculta aquí y no quisiera dar parte a la policía.

—Se comprende, siendo su tío.

—No tengo con él el menor grado de parentesco, a Dios gracias. —Entonces, ¿cómo es que le da miedo la intervención de la policía? —Si usted se hubiera visto anoche amanillado y conducido como yo

entre dos guardias, acusado de dos asesinatos, no estaría tan tranquilo. —¿Por qué diablos me dice todo eso? Lo acojo, lo convido y le presto

dinero para el viaje, y usted lo echa a perder todo olvidando que soy el representante de un gobierno que no puede prestar ayuda a quien ha quebrantado la ley de Bélgica.

—¿Va usted a entregarme?

—No —contestó Hardy, —lejos de mí esa intención; pero no puedo darle refugio en mi casa ni una hora más.

Trent se consideró en salvo.

—No esté intranquilo por eso. Oculta usted a quien intenta capturar a un asesino. Si no me gusta la policía en este asunto es porque no quiero compartir con ella el honor de coger al hombre que mató al marqués de Launceston, uno de los señores más nobles de su tierra.

—¿No se está usted burlando de mí?

—De ningún modo. Le informo como a vicecónsul de Su Majestad Británica, para que me ayude en cuanto le sea posible. Lo primero que ha de hacer es ocultarme hasta que un asno llamado barón Claeys, de Bruselas, se convenza de que no soy yo quien quiso astillarle su cabeza de alcornoque.

—Se complica el asunto —murmuró Hardy.

—No pretendo que me crea. Si tiene usted una carbonera, me encierra en ella hasta su regreso.

—¿Mi regreso de dónde?

—¡De Bruselas, caramba, de Bruselas! Vaya a ver al barón en el primer tren. Él le contará lo que sucedió en la avenida Luisa. Que le diga

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cómo, cuándo y por qué dio la colocación a un tal Smith. No hay duda de que Garland substituyó a un hombre así llamado en su cargo de jardinero. En Europa no se dan colocaciones sin informes.

—¿Pero cómo voy a verlo, si no lo conozco?

—Invéntese una excusa. Dígale que Smith era su criado y que abandonó su jardín para cuidar el de él. Cualquier cosa, pero vuelva con informes.

—Está bien —dijo Hardy en tono de resolución. —Procuraré traerlos. ¿Pero qué va usted a hacer todo el día?

—Dormir. Es posible que no me despierte en veinticuatro horas, si logro cerrar los ojos. Estoy molido, reventado do fatiga. Enciérreme en un cuarto cualquiera y llévese la llave.

* * *

Roger Hardy era un hombre activo y al cabo de una hora se hallaba en el expreso de Bruselas, mientras Antonio Trent se acostaba en su cama.

Hardy se hallaba excitadísimo cuando desperté a su huésped, ya de noche, para avivarlo con un torrente de noticias.

—¿Qué ha hecho usted para acarrearse la inquina del barón? Está esperando que lo prendan de un momento a otro, puesto que ya se le ha visto a usted en Amberes, Lieja, y en varios puntos de la frontera holandesa. Ni una línea de los acontecimientos en los periódicos. El barón pudo persuadir a la policía de que era el silencio el mejor medio para sorprenderlo. Por su parte se siente un héroe y cuenta que luchó con usted a brazo partido. Etienne asegura que usted profirió amenazas de muerte no sólo contra su señor sino contra él mismo. Mal están las cosas en Bruselas para usted.

—¿Pero qué me dice de Smith?

—Aquí tenemos la pista, en Brujas. Smith estaba antes empleado en el Vivero de San Andrés, saliendo por la Puerta Mareábale. Sus lesiones son leves y no quiere perder el empleo.

—¿Smith? —exclamó Trent. —¿Que no quiere perder el empleo? —El barón recibió esta mañana un telegrama de Brujas, en que le

pedía perdón por no haberse quedado en el hospital, alegando que su mujer se llevaría un susto si se enterase por los periódicos; por eso había

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preferido ir a curarse en casa, pero volvería al servicio del barón en cuanto se sintiese mejor.

—Eso confirma mi suposición de que bajó del tren en Brujas y que debe de ocultarse no lejos de aquí. Seguramente está planeando mi derrota en esta ciudad medieval. Sí, mi derrota. Porque habrá lucha. Es una lástima que se sospeche de mí y no pueda moverme con entera libertad. De todos modos no tienen mi fotografía, y las descripciones que se hacen verbalmente de un criminal, siempre lo desfiguran. Por el momento, me presentaré como amigo de usted. ¿Quién dirige el vivero donde trabaja el verdadero Smith?

—Renders. Es una sucursal de la famosa casa de Varulam. Renders es amigo mío. Hemos jugado muchas veces al tennis y con frecuencia voy con amigos a ver sus orquídeas. Mañana le llevaré a usted.

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CAPÍTULO XVII

LA DESPEDIDA DE GARLAND

l señor Renders los condujo a un vasto vivero de orquídeas Ecompuesto de gran número de invernáculos, donde les enseñó las más raras especies.

Ya estaba Trent cansado de tanta flor, cuando de pronto, retuvo por el brazo a Hardy, diciéndole al oído:

—¡Alerta! Me parece que hemos encontrado algo. Ese hombre parece Smith.

Se refería a un horticultor que llevaba una blusa como la de Garland y que abstraído en su trabajo no se había fijado aún en los forasteros.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó el vicecónsul al señor Renders. —Es Smith, el floricultor más entendido del país y una de las personas

más honradas del mundo.

Al oír su nombre, el trabajador se volvió saludando con la cortesía mesurada de un hombre culto.

Después de cambiar unas frases, Roger Hardy observó: —Tiene usted un acento ligeramente inglés. Es usted acaso… —De la misma parroquia de que es rector su tío de usted.

—¡Hombre! ¿Conque es usted de Nort Wymondham? Desde que estoy en Brujas no he visto un alma de allí. ¿Cómo me ha conocido?

—Me enteré de su llegada por la Belgian Gazette hará un año y todos los domingos lo veo en el fútbol. Vivo delante mismo del campo. Precisamente le decía a mi mujer que lo conocía a usted de pequeño.

—¿Está usted casado con una inglesa?

—Con una mujer de Brujas. Me gusta mucho esta ciudad.

—Pero su mujer preferiría vivir en otra de más importancia.

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—No lo crea. Las mujeres de Brujas son como se dice, muy apegadas al terruño. Y no será porque no se me haya ofrecido un buen empleo en Bruselas.

—¡Caramba! ¿Quién se lo ha ofrecido, si puede saberse?

—El barón Claeys. Hizo mucho dinero en el Congo. Me escribió dos veces, pero no acepté, aunque al principio estuve tentado. Mi suegro me dijo que el clima mataría a mi mujer. Además, aquí me tratan muy bien, y estoy muy agradecido al señor Renders.

Hardy reanudó la marcha con sus amigos, satisfecho de lo bien que le había salido todo.

—¡Magnífico! —exclamó Trent. —Ya tenemos la clave. Garland se valió del ofrecimiento hecho a Smith, y el barón no sospechó que se metía en casa a otro hombre. Me gustaría hablar con Smith. ¿Cómo podríamos arreglarlo?

—Fácilmente. Mañana hay un partido muy reñido. Lo veremos en el fútbol.

* * *

Venció el Brujas y Smith estaba radiante de alegría y tuvo el honor de recibir en su humilde casita al vicecónsul y a su amigo y de obsequiarlos con cerveza.

Se había convenido empezar a hablar del partido y aún era éste el tema de la conversación, cuando entró en la sala un anciano de cara sospechosa que después de dirigir una mirada a los desconocidos se retiró.

A Trent le pareció que aquel hombre sintió miedo.

—Es mi suegro —dijo Smith sin que nadie le preguntara. —Se llama Jooris y siempre viene a pasar los domingos con nosotros y se queda a dormir.

—¿El que no quiso que fuera usted a Bruselas? —preguntó Trent.

—Al principio quería y luego se opuso. Nunca sabe uno lo que piensa. He tenido que alimentarlo durante años y ahora que tiene una colocación ya pretende mandar a mi mujer; pero no será mientras yo viva.

—¿Trabaja con usted? —preguntó Hardy.

—No, presta servicios de criado a un rico alemán a quien nunca he visto. ¿Se han enterado ustedes del gran partido del Noruega?

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Cuando se despidieron, Trent sorprendió la cara patibularia del viejo que los estaba observando con disimulo. Ya le faltaba poco para sacar el ovillo de aquella madeja. El rico alemán no era otro que Garland, bien enterado por el viejo suegro de Smith de la oferta del barón Claeys. Sólo le faltaba para encontrar la madriguera del zorro seguir al viejo, cuando, después de pasar la noche en casa de su yerno, se dirigiese a casa de su dueño.

Trent se levantó temprano y cogiendo un abrigo y un sombrero de Hardy, que aún dormía, fue a situarse junto a la casa de Smith. Pasó el viejo por su lado sin volver la mirada y ya estaba seguro Trent de que no lo reconocería aunque se volviese a ver si lo seguían, cuando la mala suerte quiso que, al torcer por una esquina, una ráfaga, le quitase a Jooris la gorra, y fuese ésta a parar a los pies mismos de Trent. Por la expresión de horror que se pintó en la cara del viejo juzgó Trent que lo había reconocido. Precipitadamente se metió en el patio de un fumadero, desapareció por una puerta lateral y ya no se le volvió a ver. Trent pensó que habría salido por otra puerta, y regresó al viceconsulado sin decidir si aquel hombre temía porque estaba complicado con Garland o porque tenía algún crimen sobre su conciencia.

Hardy todavía estaba en la cama. Trent no sabía qué partido tomar y ya se inclinaba por poner el asunto en conocimiento de las autoridades pero mientras charlaba con Hardy pensó que cualquier retraso podía dar por resultado la definitiva desaparición de Garland.

—¿Qué diablos hace usted? —gritó Rober Hardy al ver que Trent se levantaba derribando casi la mesa en que estaban tomando café y se precipitaba a la calle, donde lo perdió de vista.

Antonio Trent acababa de ver pasar por la calle al viejo Jooris, y al llegar a la puerta del viceconsulado vio que torcía por una esquina. Estaba dispuesto a no perderlo de vista y le sorprendió que el viejo no manifestase el menor recelo. Andaba despacio, sin mirar a ninguna parte, o porque creyese que había despistado a Trent o porque iba sencillamente a un recado.

Llegaron a un barrio pacífico, y después de pasar un puente sobre el canal, a un estrecho cut de sac adyacente a la calle de España. Al extremo de este callejón había una puerta que comunicaba con un jardín, entre cuyos frondosos tilos se asomaba una mansión de aspecto eclesiástico más que civil, envuelta en profunda y silenciosa quietud. Le pareció a Trent

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que lo único que se utilizaba en aquella finca era la puerta del jardín por donde Jooris desapareció, porque la otra salida que daba a una calleja estrecha se hundía entre hierba. Otra puerta en la parte posterior estaba tapiada con ladrillos, ya viejos.

Con toda precaución, Trent abrió la puerta y se introdujo en el jardín, que ofrecía un aspecto de desolado abandono. Una amplia escalinata de siete peldaños lo condujo a una puerta alta y estrecha. La fachada tenía ventanas que por lo angostas más parecían aspilleras. Trent no tuvo la precaución de cerrar a su espalda esta puerta, como hizo con la del jardín. Se halló en un vestíbulo enlosado, de diez pies de ancho por treinta de largo. A dos pasos había otra puerta, que también dejó abierta porque no quería cortarse la retirada en caso necesario. De esta puerta pasó a una tercera, cuando percibió un ruido sordo y pudo comprobar con la consiguiente sorpresa que lo habían encerrado, pues no le fue posible abrir lo que seguramente se cerró con un sistema especial.

Había caído en una ratonera y no le cabía duda de que el viejo Jooris lo atrajo hasta allí. Se sintió desgraciado. Roger Hardy no sabía dónde estaba. Jooris se habría enterado por su hija de que era huésped del vicecónsul, lo habría contado a su amo y le habían armado el lazo.

La idea de que estaba en poder de Garland se le presentó con todo el cortejo de mortales peligros. Se hallaba en un estrecho corredor entre dos ángulos. A un extremo, por una puerta abierta, pudo ver utensilios de latón de una cocina, más allá de la cual habría otra puerta tras la que Garland estaría esperando.

Trent pasó a una sala medio biblioteca medio museo, llena de esas vitrinas a que tan acostumbrado estaba de algún tiempo a aquella parte y Garland brillaba por su ausencia. Pensó en la actitud que adoptaría, pues no dudaba que de un momento a otro oiría la carcajada de Garland al creerlo perdido irremediablemente. Trent estaba dispuesto a decepcionarlo.

Garland se figuraba que el estado de ánimo de Trent le quitaría todo interés por los objetos de valor que allí guardaba y por lo mismo se apresuró a distraerse mirando los libros, entre los que tenía lugar preeminente la rara edición de Isaac Walton. En una de las vitrinas vio un magnífico misal ilustrado con primorosas miniaturas, que llevaba esta inscripción: «En Van 1356 ce libre fut achevé par Laurent, enlumineur, bourgeois d’Anvers, demeurant a Gand». En una cartulina puesta bajo el cristal se leía: «Procedente del Museo Británico».

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Antonio Trent pasó media hora en aquella sala. Antes de abandonarla volvió a la puerta por donde entrara y la encontró cerrada. Alguien le iba siguiendo sus pasos y cerrando puerta tras puerta a su espalda. Aunque siempre despreció la vida, en aquel momento sintió los enormes atractivos que tenía. No se dejaría engañar esta vez en la lucha que no tardaría en presentarse. Aunque quizá no hubiera lucha. Garland quedó bastante mal parado en la de Bruselas y no era de esperar que se arriesgase a otra patada en el estómago, cuando tan mal le probó la primera. De todos modos, siendo el empeño más enconado de su vida vencer a Carlos Garland, no era ocasión para manifestarse amedrentado, que era lo que se proponía su enemigo. Ni un objeto que pudiera utilizarse como arma halló a su paso, estaba completamente indefenso y así plantaría cara a su adversario. Casi estaba seguro de que tras la otra puerta se lo encontraría.

Pero, no, tampoco estaba en la sala de los cuadros. Trent pasó algún tiempo contemplando los Van Dick, los Rubens, persuadido de que cuanto más se entretuviera más rabioso encontraría a Carlos Garland. Aquella sala era la antigua capilla de la vetusta mansión española de los terribles días del Duque de Alba. Al extremo de la capilla unas gradas conducían adonde en otro tiempo estuvo el altar mayor. El presbiterio estaba cerrado por una gran verja de bronce con una puerta franqueable en el centro, y desde la arcada colgaba un paño de exquisito brocado de oro, algo deslustrado por el tiempo. Detrás de aquel cortinaje sabía con toda certidumbre que estaba Garland, el cual acaso viera avanzar a Trent por entre un roto.

Sin la menor vacilación, Trent abrió la puerta y como obedeciendo a una consigna el cortinaje se descorrió. Trent no vio que en combinación con la puerta había un alambre que produjo aquel efecto mágico.

No se equivocó. Allí estaba Garland… mirándolo fijamente. Sentado en una silla, sobre un estrado y bajo dosel, antiguo trono abacial de incomparable talla; respaldado, con el codo izquierdo apoyado en un brazo de la sede y la barba en la mano, se le había cuajado en la cara, blanca y demacrada como la del doctor Hyde, aquella sonrisa peculiar de sarcasmo, y miraba a través de los párpados entornados.

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Allí estaba Garland… mirándolo fijamente.

Antonio Trent se quedó paralizado al pie del trono observando aquella actitud inescrutable. Garland no empuñaba arma alguna en su diestra, pero apretaba un pliego de papel. Vestía un estupendo ropón de riquísimos realces que le daba apariencia de obispo revestido de pontifical.

No hablaba, y aquel silencio prolongado enervaba y se hacía insoportable. Trent subió las gradas y llegó al pie del trono abacial.

Entonces vio que Garland estaba muerto y que su palidez era la de un cadáver. Aquellos ojos crueles y entornados ya no volverían a levantarse para mirar. En el terror místico que la presencia de aquel hombre producía, Trent sintió la íntima satisfacción de su triunfo final. Pero aun dudaba de

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que un hombre tan cruel y tenazmente vengativo como Garland y que con tan extraordinaria astucia preveía todas las contingencias, no le hubiese parado algún armadijo donde caería al intentar salir de aquella casa.

De pronto, descubrió su nombre en el pliego de papel que sostenía aquella mano de cera. La última carta que había escrito aquel hombre enigmático. Aunque estaba dirigida a él, se la quitó con mano temblorosa.

«A pocos kilómetros de esta ciudad —leyó— se halla el campo donde se libró la batalla de Waterloo. Y como su hora había sonado, Napoleón fue derrotado. ¿Pero, acaso algún historiador osó nunca escribir que Wellington fuese un general superior?

»Al saltar del tren en marcha, huyendo de usted, me lesioné tan gravemente, que muero a consecuencia del percance. Sólo me he percatado de la gravedad de mi estado cuando ya no había tiempo de arreglar mi casa como me proponía. Jooris, que ha ido a buscarle, no sabe nada de que pueda ser culpado.

»Me cuesta sudores mover el brazo derecho; no puedo mover él izquierdo desde que me lo rompí al saltar del tren. No podré terminar esta carta. Cuando usted llegue, temo que sólo me encontrará en espíritu. Creo que usted es el único hombre capaz de comprender que ha vencido porque la fatalidad vino en su ayuda.

»Su único triunfo será encontrar en mis ropas el documento que me proponía destruir antes de que usted llegase. Leyéndolo se enterará usted de quién soy y de mi posición social. No más le queda la triste misión de hundir en la desgracia a una familia honesta que ha podido vivir con la frente alta parque me creía muerto hace muchos años, y llorará usted con una mujer que me amó mucho».

A medida que avanzaba en la lectura se le hacía más difícil descifrar aquella letra escrita a lápiz. Se adivinaba el esfuerzo realizado por Garland para sostener la mano. Las palabras se entrelazaban unas con otras.

«Pero he sido invencible en vida. Me apoderé siempre de cuanto codicié, y desde este sitial he contemplado lo más precioso del mundo.

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Antes que usted, descubriré en qué vidas pasadas nos hemos encontrado, nos hemos odiado y hemos luchado…».

Carlos Garland se consideraba victorioso, pero en realidad, Trent fue su vencedor, ya que la muerte se debió a las lesiones que él le produjo en la lucha de Bruselas, y nunca sabría el triunfo que proporcionaba a aquel corazón noble.

Antonio Trent sacó de un bolsillo interior del difunto un gran sobre sellado con un escudo de armas. En el sobrescrito se leía que, en caso de muerte de Garland, se destruyese el documento que encerraba. ¡Qué sarcasmo de la suerte, que aquel documento cayese en poder de su enemigo precisamente! ¡Qué angustia, qué desesperación debió experimentar cuando se esforzó en vano en sacar el sobre y su brazo no obedeció a su voluntad!

Trent se apartó con el sobre a la nave de la capilla, donde se levantaba un precioso recipiente helénico. Encendió una cerilla. El fuego prendió en el sobre cerrado. Por unos momentos ardió una llama en la mano de aquel hombre generoso y las cenizas del documento quedaron en la urna cineraria.

Antonio Trent volvió al lado del cadáver inmóvil en el trono abacial. Con la cara afeitada, Garland se parecía como nunca al busto de Donatello. Antonio Trent lo miró y dijo con ligera sonrisa:

—No te jugaré tan mala partida, Niccolo.


Notas

[1] Está contado en la novela que lleva por título «Antonio Trent, el perfecto ladrón», de la Biblioteca Oro, Editorial Molino. <<

[2] Quem Deus vult perdete primo dementat.— Al que Dios quiere perder le quita el juicio. <<


FIN

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