/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14866. Gabinete De Curiosidades. Roth, Joseph.


© Libro N° 14866. Gabinete De Curiosidades. Roth, Joseph. Emancipación. Febrero 28 de 2026

 

Título Original: © Gabinete De Curiosidades. Joseph Roth

 

Versión Original: © Gabinete De Curiosidades. Joseph Roth

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/gabinete-de-curiosidades/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/gabinete-de-curiosidades/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

GABINETE DE CURIOSIDADES

Joseph Roth


Gabinete De Curiosidades

Joseph Roth

En esta selección inédita de algunos de los espléndidos artículos periodísticos publicados por Joseph Roth entre 1918 y 1938, el autor deslumbra por su mirada humanista llena de humor y por la precisión y belleza de su prosa.

El título hace referencia a los Panoptika, que eran gabinetes de curiosidades, cuartos de maravillas o simplemente muebles en los que algunos nobles y burgueses de otro tiempo coleccionaban objetos exóticos de todos los rincones de la tierra. También se llamaba así a otros raros repertorios, los antiguos Museos de Figuras de Cera. Este libro reúne casi medio centenar de semblanzas del escritor austriaco, producto de su experiencia como corresponsal por buena parte de Europa, donde se mezcló con todo el mundo, viajando en cualquier medio de transporte, alojándose en los hoteles más variopintos y trabajando siempre en la mesa de algún café rodeado de gente que le hablaba sin parar en cualquier idioma.

El apuntador que de pronto salta al escenario para dirigir a los actores, el hombre que anuncia el coche más rápido del mundo y que por culpa del cartón que cubre todo su cuerpo avanza por la calle a paso de tortuga, un faquir egipcio que malvive a causa de los impuestos, adivinadoras, reinas de belleza, reporteras de moda… son sólo algunas de estas miniaturas aceradas, tiernas y divertidas, en las que, como si se tratara de las teselas de un mosaico, se refleja toda una época.

Joseph Roth

Gabinete De Curiosidades

ePub r1.0

Titivillus 21.02.2026

Joseph Roth, 2024

Traducción, selección, prólogo y notas: Berta Vias Mahou

Detalle fotográfico de cubierta: Georg Jagendorfer (Athlet) um 1890, foto de Anton Paul Huber, Wien Museum

Ilustraciones de dominio público en interiores. Staatliche Museen zu Berlin: Maxim Bar Karlsplatz, de Hans Rudi Erdt, 1907; La Réforme, 1895; Festival olímpico en Düsseldorf

· Wien Museum: Hans Makart y su esposa Bertha Linda, h. 1882; niñas en el Kasperltheater del Prater, h. 1908; artistas en el Wurstelprater, h. 1905-1911; artista en traje persa, h.1870; Clotilde von Derp, 1917; los actores Gustav Maran y Gisela Werbezirk, 1914; Francisco José I y su nieto Otto, 1914; tienda en el Prater, de Emil Mayer, h.1911; camarero en el Prater, de Emil Mayer, h.1911; Museo y Panóptico en el Prater, h. 1930; Theater der Sensationen en el Prater, de Wilhelm Gmeiner, h. 1910; el escritor Erich Felder, del Atelier Veritas, h. 1900; Maru Kosjera, de Otto Skall, h. 1930; tienda y oficina de lotería, de Franz Holluber, 1913; Museo y Panóptico en el Prater, de Martin Gerlach, h. 1910; en el Prater, 1908; la bailarina Ellinor Tordis, de Grete Kolliner, h. 1930; carrera de motos, 1936 · Wikipedia: Rabindranath Tagore, Bundesarchiv, 1931; habitación de hotel años 20, Grace Museum-Michael Barera; Max Schmeling, de William C. Greene, 1938; Laterna Magica, Speelgoedmuseum Deventer, de Alf van Beem · Zac: Roth en 1907, fotografía Atelier Buxdorf

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Joseph Roth. Entre pícaro y humanista

Escribo todos los días sólo para perderme en destinos inventados.

Carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, 30 de abril de 1936

Cuenta el también escritor austriaco de origen judío Soma Morgenstern en su libro Huida y fin de Joseph Roth que Moses Joseph Roth (1894-1939) sentía pasión por el Prater vienés. Y lo ilustra con una divertida anécdota de los últimos años en la vida de su amigo. Ocurrió en febrero de 1938, poco antes de que Morgenstern, huyendo de la inminente ocupación de Austria por parte de los nacionalsocialistas, emigrara a París, donde ya residía Roth, quien sólo había ido a Viena de visita, la última que haría a la capital del antiguo imperio. Esperaban los dos en el bar Bristol, en el hotel del mismo nombre, cerca del edificio de la Ópera, en el centro de la ciudad, a un tercer escritor austriaco también judío, Stefan Zweig, que, en cuanto llegó, propuso cenar en algún sitio al aire libre.

Roth ya se encontraba en unas condiciones físicas bastante mermadas por su abuso en el consumo de alcohol, exceso al que le llevó más la necesidad espiritual que un verdadero placer. El mundo a su alrededor se había convertido en un matadero con la Primera Guerra Mundial e iba camino de convertirse de nuevo en otro aún mayor. Además, sufría de modo indecible con el ascenso al poder de los nazis y con la hostilidad cada vez más manifiesta hacia los judíos. Con la enfermedad mental de su mujer. Con el exilio forzado de tantos. Con la desesperación y los suicidios de muchas personas cercanas.

Como ya apenas podía atarse los zapatos y menos aún caminar, de tan hinchados como tenía los pies, no se mostró muy dispuesto a moverse de

Página 4

allí. Sin embargo, cuando Morgenstern sugirió ir al Eisvogel, un restaurante con jardín fundado en 1805 que todavía existe, en el célebre parque de atracciones, de inmediato quiso ir hacia allá. Animado por la palabra «Prater», se agachó a toda velocidad para atarse los cordones y enseguida se pusieron en camino, aunque, como es natural, lo hicieron los tres en un taxi. Lo que allí ocurrió, entre otras cosas, fue que Zweig, frente a una caseta de tiro, se negó a usar el arma para disparar y conseguir algún trofeo llevado por sus férreas convicciones pacifistas. Pero lo que aquí nos interesa es el entusiasmo de Roth por un lugar como aquél, con cuyo aire pareció rejuvenecer y así, sin acordarse para nada de sus pies hinchados, condujo a sus dos buenos amigos «al país de los recuerdos de juventud». Ese fervor tiene mucho que ver con su extraordinario interés por todo tipo de personas y, en especial, por las más estrafalarias, como es el caso de los artistas que trabajaban en el Prater, en el circo y en toda clase de espacios dedicados al espectáculo y al entretenimiento.

Se podían ver allí entre otros reclamos y como en cualquier otro parque de atracciones, faquires, derviches, tragafuegos, funambulistas (uno de los más famosos, el español Federico Álvarez, nacido en Oviedo y conocido como Arsens Blondin, que llegó a caminar sobre el alambre con una armadura de caballero puesta mientras se preparaba una tortilla en un horno portátil y que actuó, además de en el Prater en 1879, en el Sena y en las cataratas del Niágara), magos, bailarinas, amazonas, hipnotizadores, contorsionistas, domadores (siendo la más conocida entre las domadoras que pasaron por el parque vienés Miss Senide, quien poseía un grupo de animales amaestrados formado por dos leones, un leopardo, un oso y un dogo), atletas, luchadores y forzudos (y en la portada de este libro tenemos a uno de los más célebres, Georg Jagendorfer, quien no sólo se enfrentaba a otros hombres fuertes, como sus colegas Franz Stöhr o Wilhelm Türk, sino que luchó también contra un oso), payasos de todas clases, trapecistas, ventrílocuos (como Otto Letizky, cuyo nombre artístico era Scadelli, con sus muñecos Maxi y Amande, que empezó su carrera como payaso, tragasables e ilusionista) y un largo etcétera.

Además de estos artistas, toda persona con una apariencia desacostumbrada o extranjera, en suma, exótica, era considerada como un «prodigio de la naturaleza» y funcionaba como un imán para el público. La lista en este caso también es infinita: albinos, tatuados, mujeres barbudas y hombres con el cuerpo enteramente cubierto de vello, enanos

Página 5

(que eran una de las mayores atracciones, con un momento estelar en 1934 cuando dos miembros de la ciudad de liliputienses Glauer, del circo Zentral, situado en el Prater, se casaron en la catedral de San Esteban, con la asistencia de diez mil vieneses), hombres y mujeres sin piernas y a veces también sin brazos, gigantes (como el finés Wäinö Mylly, que al parecer medía 2,41 metros y que trabajó en el parque de atracciones de Viena también en los años treinta del pasado siglo), gemelos siameses (como las hermanas Rosa y Josepha Blazek, cuya vida se complicó cuando una de ellas quedó embarazada en 1906 y que murieron en 1922), zulúes, japoneses, cafres, esquimales, nubios, senegaleses, sioux… O aztecas.

Roth no sólo visitó con frecuencia el Prater y los locales en los que actuaban muchas de estas personas en la capital austriaca, también los parques de atracciones y los establecimientos de recreo de las ciudades por las que fue pasando a lo largo de su azarosa vida de escritor y periodista. Con una presencia continua en numerosas cabeceras de la prensa de la época, alternó los retratos de todos aquellos personajes curiosos e incluso marginales con textos de corte político. Aquí nos ocupamos de los primeros.

Se puede decir que Roth huyó de todas partes, buscando una patria que nunca tuvo y que jamás encontró, más allá de la escritura y de la compañía de algunas personas. De su Brody natal, una ciudad mediana situada entonces en la Galitzia austro-húngara a pocos kilómetros de la frontera con Rusia, que hoy día forma parte de Ucrania, se marchó a los 19 años a estudiar primero a la Universidad de Lemberg (ciudad a unos cien kilómetros de Brody, hoy día también ucraniana con el nombre de Lviv o Leópolis) y al año siguiente a la de Viena. En diciembre de 1915 empezó a escribir para la Österreichische Illustrierte Zeitung y en 1916 se alistó voluntario en el ejército para participar en la guerra. Dos años después regresó a Viena y trabajó para AZ Am Abend, el periódico de los trabajadores, para la revista Die Filmwelt[1] y para el semanario político-literario de inspiración pacifista Der Friede. En la capital encontró un paisaje en ruinas. A una población gravemente traumatizada. Los inválidos de guerra se tambaleaban por las calles. Los ciudadanos trataban de reconstruir su vida lo mejor que podían. Y añoraban algún tipo de desahogo y de diversión. Los circos volvieron a florecer. El «buen observador», escribió Roth, es el reportero más triste.

Página 6

Sus primeras colaboraciones para un suplemento cultural las publicó en 1919 en el diario Der Neue Tag. Al cabo de un año y tras más de cien artículos, el periódico tuvo que cerrar. Roth, acuciado por la necesidad económica, se marchó a Berlín. Allí trabajó para el Berliner Zeitung, el Berliner Börsen-Courier, Vorwärts y desde 1923 para la redacción cultural del Frankfurter Zeitung, en el que, con interrupciones, fue el principal colaborador hasta comienzos de los años 30, cuando decidió dejar el reputado periódico, porque consideraba que no le trataban bien y porque le parecía que en él ya se notaban las influencias antisemitas. Paralelamente, escribió para el Prager Tagblatt y el Wiener Tag. Aparte de su trayectoria puramente literaria, Roth fue uno de los periodistas en lengua alemana más valorados en la época de entreguerras. Y durante un tiempo, uno de los mejor pagados.

En Berlín no se llegó a instalar del todo. Hacía continuas escapadas a Viena y a Praga. Y a Frankfurt, por supuesto. Inquieto, vivió casi siempre en habitaciones de hotel, nunca tuvo un domicilio fijo (sólo durante unos meses al principio de su matrimonio), ni apenas pertenencias. Un poco de ropa, unos cuantos libros y algún reloj, además de dos reliquias de su infancia, un libro de oraciones para la celebración del Bar Mitzvah y unas filacterias, regalo de su madre. Viajó a menudo como corresponsal de los distintos periódicos para los que trabajaba, por ejemplo, a Rusia, a Albania o por el sur de Francia. Y en cuanto Hitler fue nombrado canciller del Reich, el 30 de enero de 1933, cogió un tren y se marchó a París. No volvió a pisar Alemania. Allá donde iba, trasladándose en cualquier medio de transporte y alojándose siempre en los hoteles más variopintos, se mezclaba con todo el mundo y trabajaba en la mesa de algún café rodeado de gente que le hablaba sin parar en cualquier idioma.

Esta selección de artículos, una colección de semblanzas y pequeñas historias, lleva el título de Gabinete de curiosidades en homenaje a esa inclinación de Roth a tratar con todas aquellas personas a las que encontró en los lugares más insólitos. Y también porque el único libro con una recopilación de artículos suyos publicado cuando aún vivía, cosa que le hacía una gran ilusión, lo fue bajo el de Panoptikum. Un panóptico (forma latinizada del griego panoptikón, que resulta de la unión de «pan», «todo», y «optikó», referido a la vista), que no se debe confundir con el modelo de edificio carcelario ideado por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII, puede designar tanto un gabinete de curiosidades como uno de figuras de

Página 7

cera. Los gabinetes de curiosidades o cuartos de maravillas eran, en un principio, habitaciones o simples muebles en los que algunos nobles y burgueses de los siglos XVI, XVII y XVIII coleccionaban y exponían objetos exóticos traídos de todos los rincones de la tierra, una suerte de enciclopedias visuales que con el tiempo acabaron por convertirse en museos de historia natural, pasando antes en muchos casos por ser exhibidos en algún parque de atracciones o en galerías con pasajes comerciales como los de París, Viena o Berlín.

A estos panópticos Roth les dedicó bastante espacio en sus crónicas para los periódicos. Basta citar algún que otro título: «Filosofía del panóptico», «El cementerio del panóptico», «Panóptico en domingo», «Despedida del Panóptico de Castan» o «Clemenceau en el Panóptico». En ellos, además de celebridades y horrores en cera, reproducciones de personajes célebres del mundo entero y de cualquier profesión, en un sentido amplio, pues entre los inmortalizados había también asesinos múltiples o personajes del infierno, se podían contemplar, entre otros muchos objetos curiosos, narvales, caballitos de mar, huevos de avestruz, nautilus, todo tipo de caracolas, fósiles, colmillos de elefante, animales disecados, insectos… Facilitaban el conocimiento a las personas que no podían viajar, una gran mayoría. Como cuenta el propio Roth en una de estas crónicas, no todo el mundo podía permitirse pagar la entrada a un museo, aunque costara sólo cinco céntimos. Ése fue, al parecer, su caso en una visita que hicieron los alumnos de su clase del colegio al Weltpanorama, un artefacto de moda por entonces, en el que se podían contemplar imágenes de cualquier rincón del mundo. En estos Panoramas el mundo al principio aparecía pintado con vivos colores y poco a poco fue plasmándose en soportes fotográficos. Un ingenio similar es el de la linterna mágica, que Roth describió en un hermoso artículo, también incluido en esta colección.

Su obra, que no tiene nada de burguesa, retrata con profusión a muchas de esas personas que tuvieron que vivir a salto de mata en una época especialmente difícil y que de algún modo él ya conoció en su Galitzia natal. Allí la mezcla de nacionalidades (rusos, judíos, polacos, austriacos, alemanes, rutenos, italianos…) y de profesiones muy variadas y a menudo fuera de la ley (vendedores de coral, contrabandistas, sepultureros…) era formidable, el caldo de cultivo para algunas de sus mejores figuras literarias. Cuenta David Bronsen en su biografía de Joseph Roth que en

Página 8

aquella zona, en la que la economía apenas se había modernizado, la pobreza a lo largo del siglo XIX y a principios del XX era tan escandalosa, mucho mayor que en el resto del Imperio austro-húngaro, que al año morían de hambre unas 55 mil personas. Y que la penuria de la población judía superaba a la del resto.

Mucha de la gente que vivía en esa precariedad absoluta se movió, como el propio Roth, sin cesar por Europa e incluso más allá atraída, entre otras cosas, por los parques de atracciones, los circos y los locales dedicados al recreo, no sólo de Viena, Berlín o París, también de otras muchas ciudades, como Hamburgo, Praga o Nueva York. De todos modos, junto a las semblanzas del entorno del espectáculo que presentamos aquí, hay también descripciones de personas de la calle o dedicadas a profesiones no relacionadas con el esparcimiento, como el encargado de unos aseos, aunque trabaja en un local en el que toca una orquesta y en el que se puede bailar, un motorista, un campeón de tenis, un señor con un monóculo que está esperando el tranvía, un «hombre sándwich» que anuncia el coche más veloz del mundo, unos ropavejeros… Son prueba de la maestría de Roth a la hora de dar vida a un personaje en el papel. De su increíble capacidad de observación. Y de su habilidad para describir sensaciones, como la de la tristeza durante las tardes de domingo.

No podían faltar en la selección algunos retratos de otros tipos que acompañaron a Roth en todo momento y entre los que él mismo se contaba: los periodistas. Tenemos aquí un reportero de sucesos (y Roth lo fue al comienzo de su carrera, en Viena, donde trabajó para el Arbeiter-Zeitung, en la época en la que conoció a su mujer, entonces novia de un colega, Hanns Margulies, al que se la birló, tal vez porque ella pensó que Roth tenía más éxito con sus artículos, pues el crítico Karl Kraus le dedicó por entonces un par de elogiosas líneas en su célebre revista La antorcha), una reportera de moda y un redactor nocturno. Vemos también a Roth como investigador, visitando a dos mujeres que ofrecen «ayuda discreta», que no era otra que asistencia para las que necesitaban dar a luz (y no querían o no podían quedarse con el hijo) o abortar, un asunto sin duda poco tratado por los cronistas de la época. En este curioso y moderno reportaje, digno de Simone de Beauvoir, el autor muestra su piedad frente a una chica muy joven que duda ante la puerta de una de esas mujeres a las que entonces se llamaba «hacedoras de ángeles».

Página 9

Como buen observador, Roth podía ser muy acerado. Radical, escribió en una ocasión sobre sí mismo. Claro y decidido. No están aquí, por motivos de espacio, dos ejemplos: un reportero de guerra, al parecer, un cobarde, al que, según nuestro autor, personas «cuyo órgano olfativo reacciona frente al hedor espiritual» confundían con una letrina, y otra reportera de moda a la que bautiza como «la mujer de la toilette», no sólo porque habla de la toilette que se va a llevar durante la próxima temporada, sino porque se encarga de administrar papel a las suscriptoras, ese papel de periódico que a menudo acababa por servir para ciertas necesidades que se alivian, dice Roth, en «esas otras toilettes que resultan mucho más prácticas para el bienestar de la comunidad que los diarios de opinión pública a los que ella sirve». Y concluye: «Si yo pudiera escoger entre un excusado público en el que se fabrica el periódico y ese otro en el que se utiliza, elegiría el último y con orgullo sería una mujer de la toilette que maneja la escoba y no la pluma».

Al parecer, no le gustaban los llamados poetas doctos, los Denkkünstler o artistas pensadores, como Walter Benjamin, Robert Musil o Theodor W. Adorno, ni l’art pour l’art, y llegó a decir que prefería tratar con periodistas que con escritores, porque, según él, los últimos eran egoístas y envidiosos. Joseph Roth, un verdadero humanista, que empezó siendo en su juventud marxista, pero enterró cualquier simpatía por la izquierda a raíz de su viaje a Rusia, y que al final de su vida flirteó con los monárquicos austriacos y hasta con católicos, con la desesperada esperanza de que contuvieran a los nazis, que se definió a sí mismo como un anarquista reaccionario, demuestra en sus semblanzas hasta qué punto era capaz de comprender tanto a un príncipe solitario como a esas personas con las que muchos no sólo no sueñan con identificarse, sino que ni tan siquiera las ven cuando pasan junto a ellas, como puede ser la encargada de unos aseos públicos.

Una novela no es más que filosofía en imágenes, afirmaba Albert Camus. Toda la obra de Roth, tanto la narrativa como la periodística, se puede decir que lo es. Filosofía en imágenes. Sin rastro de patetismo, sin discursos moralizadores, el autor de Job. Historia de un hombre sencillo (1930), su primer éxito como narrador, y La marcha Radetzky (1932), una de las mejores novelas en lengua alemana jamás escritas, por recordar sólo un par de sus inolvidables creaciones, no pontifica, muestra. Con ejemplos plásticos, sin verborrea dogmática. Algo que otros dos escritores muy

Página 10

admirados por el propio Camus, Fiódor Dostoyevski y Franz Kafka, supieron llevar también a la práctica con resultados difícilmente superables. Roth, además, aúna el tono melancólico con la ironía, el humor y un indestructible impulso lúdico. La suya es una mirada racional y piadosa, frente a la sinrazón nacionalista, que suele apelar siempre a nuestros peores instintos.

En esta antología, intercaladas con el resto de las semblanzas, unas cuantas historias breves escritas también para distintos periódicos nos permiten entrever episodios en la vida del autor, más o menos autobiográficos, más o menos estilizados, en los que de modo indirecto se aprecia su manera de pensar y su forma de ser. Un hombre abierto y sensible, capaz, como cuenta Morgenstern en su libro de recuerdos, de llorar al oír unas tristes canciones yiddish o ucranianas o a lo largo de los tres actos, y sin parar de humedecer pañuelos, durante el estreno de la ópera de un amigo al que no tuvo más remedio que asistir y en la que se mostraba el aciago destino de una familia de emigrantes en algún rincón de América del Sur. Pero a la vez un hombre juguetón y travieso. En «Compraventa de ropa», «Reportaje sentimental» —un alegato contra el racismo völkisch—, «El segundo amor», «Un regalo para mi tío» o «Navidades en Cochinchina» su alma pícara y a la vez humanista impregna cada frase.

Otra constante que se puede rastrear a lo largo de estas miniaturas es la dificultad que la mayoría de las personas en la Europa de entreguerras tenía para ganarse la vida y para encontrar trabajo. Desde el desempleado al que Roth retrata al principio a los artistas de una compañía de variedades de un rincón de Galitzia que aun sin tener público y ni siquiera un espacio en el que actuar buscan un representante sindical, pasando por el propio autor que, como buen reportero, durante tres días se interna por el centro de la ciudad de Berlín a la caza de un trabajo para mostrar lo que es estar en la calle, que se le cierren a uno todas las puertas en las narices y no tener más remedio que pedir limosna. «Somos todos fragmentos, porque hemos perdido la patria», parece que le dijo Roth al también escritor galitziano Józef Wittlin. Estas semblanzas son algunos de esos pedazos, reflejos de esos seres rotos por la pérdida de la patria, las teselas de un enorme mosaico. El de la época y el de la obra de Roth.

Cuando la persecución por parte de los nacionalsocialistas contra los judíos, los comunistas, los socialistas, los homosexuales o las personas con

Página 11

algún trastorno mental o una tara física se recrudeció, poniendo en marcha una máquina de matar prácticamente infalible, muchos de esos «artistas» que trabajaban en los parques de atracciones, en los circos de la época, como el Sarrasani o el Hagenbeck, por citar sólo dos de ellos, además de en cabarets y otros espacios similares, acabaron sus días en algún campo de exterminio. Como murió a manos de esos mismos bárbaros la mujer de Roth, Friedericke Reichler, ingresada desde hacía años en una institución psiquiátrica en Viena, dentro del programa de exterminio (el llamado Acción T4) de enfermos mentales y personas con alguna discapacidad, encubierto bajo el término «eutanasia». Fue en el castillo de Hartheim, a unos dieciocho kilómetros de Linz, donde entre 1940 y 1944 se asesinó a unas 30 mil personas. Él hacía ya poco más de un año que no estaba en este mundo.

Este libro quiere ser un pequeño homenaje a todas esas personas que tanto lucharon y tanto sufrieron, a ese mundo, con sus luces y sus sombras, un gabinete de curiosidades, un cuarto de maravillas, un salón de figuras de cera, en el que también hay reinas de belleza, boxeadores, ángeles que bailan entre las mesitas en el paraíso y que no son más que unas pobres y a veces tímidas prostitutas, quiromantes, velocistas, videntes…

Al final, un par de crónicas nos sitúan en el momento tan terrible que le tocó vivir a Roth, junto a tantos hombres, mujeres y niños, una época que a él le llevó a una muerte prematura y triste, tras una especie de lento suicidio. En el texto titulado «El Prater de Viena», el mundo del espectáculo y del entretenimiento, lleno de vida y de horror, pero también de inocencia, se une al de la barbarie del Tercer Reich, al que Roth, en uno de sus artículos políticos, escritos la mayoría desde París, bautizó con extrema lucidez bajo el acertado nombre de «filial del infierno en la tierra». El séptimo círculo del infierno. En «Los hijos de los desterrados», publicado en octubre de 1938 en el periódico Die Zukunft, queda patente su simpatía y comprensión hacia los niños, sobre todo, hacia los que se encontraban en medio de la desgracia[2].

Seis meses después, el 27 de mayo, a la edad de 44 años, aunque decían que aparentaba veinte más, Roth murió en un hospital para pobres de París, en el que, al parecer, no le dieron de beber. Ni agua ni leche. Unos días antes, la noticia del suicidio del escritor alemán de origen judío Ernst Toller el 22 de mayo en Nueva York le había afectado tanto que nada más leerla sufrió un colapso y una ambulancia se lo llevó. Sus amigos no

Página 12

pudieron visitarle. Al cabo de tres meses estallaría un nuevo conflicto global que hizo que Europa se convirtiera otra vez en una inmensa morgue. Cuenta Klaus Westermann en su epílogo a los tres tomos que recogen los artículos de Roth dentro de sus obras completas que la industria del cine americana, contra la que tanto había despotricado él, quiso, al parecer, contratarle como guionista. Encontraron, para su sorpresa, a un Roth dispuesto a emigrar a aquel Hollywood que él mismo había rebautizado con el nombre de Höllewut, es decir, «cólera del infierno», y que rechazaba al considerarlo el «reino de las sombras». En el verano de 1938, poco antes de sufrir el primer infarto, dirigió una carta desesperada a su agente en Nueva York con un amargo grito de socorro: «Ya no me queda aire. Ayúdeme ahora mismo a irme a América, en lugar de escribirme cartas sentimentales». Su agente entonces no pudo hacer nada. Sólo en la primavera del año siguiente el sueño de América pareció cumplirse. Joseph Roth aceptó una invitación del PEN Club americano para participar en un congreso internacional. Cuando por fin en mayo sus colegas se reunieron en Nueva York, para él ya era demasiado tarde.

Cerramos la recopilación con el artículo titulado «El profesor particular», que forma parte del legado de Berlín y cuya fecha se desconoce, para recuperar el toque pícaro de Roth, al que podemos ver, siendo muy joven, en un tren camino de una nueva y prometedora aventura.

Se puede decir que Roth acortó su vida, pero no la malgastó. Leyéndole damos más valor a las nuestras. Y a las de todos los que nos rodean.

Berta Vias Mahou, febrero de 2024

Los textos de esta selección, en su mayoría, si no todos, inéditos en castellano y no publicados como antología en ninguna otra lengua, ni siquiera en alemán, están recogidos en los tres tomos correspondientes a las colaboraciones periodísticas en las obras completas de Roth (Das Journalistische Werk, Colonia, 1989) y en Unter dem Büllowbogen (Colonia, 1994). En total, unos 1300 artículos. Para dar una idea del ambiente de los relatos, unas cuantas imágenes ilustran algunos de ellos, aunque no se corresponden exactamente con los personajes ni con las

Página 13

historias del autor. Otro gabinete de curiosidades, eso sí, de la época. [BVM]

Página 14

Gabinete de curiosidades

Página 15

Página 16

Toreador

G racias a una agradable coincidencia recibo unas revistas ilustradas de España. La guerra en ellas casi no se nota. Es un verdadero

alivio.

Blanco y Negro contiene un simpática ilustración coloreada de la vida artística española. El famoso torero Braulio Sánchez, llamado «El Ceporro»[1], al que le gustaría que le tomen por un intelectual, va esta noche al teatro para ver una pieza literaria. Entra en el palco, seguido por un amigo servicial, escupe, se sienta con el sombrero en la cabeza, vestido con un chaleco verde y una pajarita roja.

De pronto se interrumpe la representación, porque de todos modos ya nadie mira al escenario. En la galería la gente deja la cabeza, los brazos y los pañuelos ondeantes colgando por encima del pretil. Y a una señora vestida de verde su marido tiene que sujetarla por las piernas para que, como una enorme bandera verdosa, pueda descolgarse hasta el palco de El Ceporro. Más abajo, la gente más refinada en los palcos vecinos no se comporta mejor. Una dama se desvanece. Un caballero del patio de butacas trepa por la columna hacia el palco en cuestión. Unos niños gritan. Los gemelos de teatro se alargan cada vez más. Y así la gente mira embobada. En el escenario los actores hacen agujeros en el decorado para ver al célebre torero. El apuntador se estira fuera del cajón. La ingenua[2] se habría caído por la rampa, si su gorda mamá de teatro no la llega a agarrar. Y el autor está ahí de pie, afligido, y mira al Ceporro, en vez de contemplar su magnífica obra. En suma, se trata de una representación fuera de serie. Se hablará mucho de ella en casa. El Ceporro ya se ha puesto de pie y dice:

—Demasiado soso para mí.

Los acomodadores forman un pasillo y gritan:

—¡Viva!

Ahora la literatura puede continuar. Desde la Gloria, dice el texto bajo la ilustración, sonríen Calderón, Lope y Echegaray. No sé qué hay ahí de lo que burlarse. Cuántas veces he ido al teatro y he mirado con disimulo

Página 17

hacia los palcos entre suspiros, deseando que entrara un apuesto matador, pues así tendría una razón para apartar la vista del escenario. ¡Afortunada España, que aún puede entusiasmarse con algo en el teatro! Entre nosotros Goethe, Schiller y Grillparzer no encuentran nunca un motivo para sonreír desde la Gloria cuando dirigen sus gemelos hacia la sala de espectadores de un teatro.

Der Friede, 1 de marzo de 1918

Página 18

Desempleado

Un cuadro de la época

E n un oscuro callejón se abrió la puerta de una casa. Rechinando, con un reacio chirrido. Aquel chirrido fue lo único que se oyó. Y se lo

tragó el silencio sordo del callejón…

Había salido alguien. Llovía. No se veía un alma. Allí en la esquina sólo se encontraba el castañero, un hombre joven. Llevaba puesto un capote de soldado. Otro que había vuelto del frente. Estaba justo atizando los carbones en su caldero. Pronto vendrán las primeras personas: jornaleros, trabajadores, chicas de oficina. Algunos ya comprarán castañas. Está sumido por completo en su trabajo, el castañero. Él tiene un empleo…

En la calle chirrió el tranvía. El tendero de la esquina abrió su negocio.

Circunspecto, despacio, cachazudo, con una cara como si quisiera decir:

—¡Me alegra!

Se comportaba como un ciudadano al que un desayuno como es debido ha puesto de buen humor. El desempleado pasó junto a él, recibió una muestra de respeto y dijo:

—¡Buenos días!

Después se avergonzó de ello. Había personas en la tierra que no sólo habían desayunado bien. ¡También les daban los buenos días…!

Empezó a pasar gente junto a él a toda prisa, todos sin aliento, tensos, con un objetivo en sus facciones:

—¡Permítame!

El desempleado los estudió: ¿quién de ellos no habría desayunado aún? Pronto descubrió a dos. Parecían haber trasnochado, con un trozo del día de ayer aún pegado a ellos, sin la frescura del nuevo. Como si hubieran dormido con la ropa puesta. Pero tenían un objetivo. Había seguridad en sus pies. Tal vez iban a desayunar…

El desempleado buscaba un objetivo. Hace unos días aún tenía uno. ¡Qué lejos estaba eso! Hacía unos días aún había seguridad en él y tensión, todavía un propósito, como en todas aquellas personas:

Página 19

—¡Permítame!

Hoy era el primer día para el que nadie le había dado perspectivas. El día de hoy estaba desnudo por completo, descarada, desvergonzadamente desnudo. Ni una pizca de esperanza revoloteaba en torno a aquel hoy… Sin esperanza y sin un mañana.

Avanzó por una calle distinguida. Estaba en calma y bien barrida. Algunos postes de farola se erguían orgullosos y solemnes. Era como si esperaran invitados. Invitados distinguidos en carruajes de gala pintados de negro. El desempleado se avergonzó. Sus botas hacía mucho que no se limpiaban. Toda la miseria de las semanas anteriores estaba pegada a ellas. Giró y desapareció deprisa en un callejón lateral.

Allí sonaba un piano. Se puso a imaginar quién podía estar tocando allá arriba. Vio una gran habitación con muebles negros. Había una chimenea en la esquina. Y en la chimenea un viejo y delicado reloj de pie en bronce sonó bajo una hornacina de cristal: las nueve. Entonces la señorita empezó a practicar. Llevaba el pelo negro recogido en un sencillo moño y un vaporoso vestido azul. Sus manos eran delgadas, los dedos puntiagudos, y revoloteaban como pájaros blancos sobre las teclas…

De pronto las voces de plata del piano se perdieron, ahogadas sin remedio en una maraña de voces masculinas. Soldados, hombres haciendo una larga cola ante una casa. Se puso detrás. Y se sintió cómodo en medio de aquella gente. Ahora también él tenía un objetivo. Ya no era un apátrida. Algo le unía a aquella cadena humana. Albergaban sentimientos diferentes, preocupaciones distintas. Pero ahora, ante aquella casa, compartían un propósito: ayuda para las próximas horas. Aquella cadena humana era un organismo. Sólo el guardia allí delante era un extraño. Tal vez nunca hubiera estado detrás. Sólo él no conocía la sensación de ser empujado mecánica, involuntariamente. Charlaba con los de delante, inofensivo, cordial, alegre, como las personas que pueden estar delante.

Las horas flotaban en la bruma del pequeño callejón. Se detuvo frente a una ventanilla, recibió dinero de una mano a cuyo dueño no vio y entró en un café popular[3].

La gente allí esperaba el café blanco[4] como si se tratara de un acontecimiento. No hablaban entre ellos, su expresión era apática, y unánimes, como una familia, esperaban el café blanco. Por lo demás, no tenían otros intereses. Sólo querían café blanco…

Página 20

El desempleado conoce una casa en el centro de la ciudad. Allí le habían dado esperanzas. Iba a preguntar.

Era una casa distinguida, en la que se leía:

PROHIBIDAS LA MENDICIDAD Y LA VENTA AMBULANTE

Y también:

POR FAVOR, LIMPIE SUS ZAPATOS

La escalera era ancha, cómoda y arrogante. Tenía una alfombra roja con rayas verdes y provocaba palpitaciones, incluso antes de que uno subiera por ella. Las mirillas en las puertas atisbaban maliciosas, como grandes ojos de gato.

Después había una antesala semioscura en la que uno tenía que contener la respiración. Esperar. Esperar. Se convertía uno en la espera personificada. Esas antesalas eran espacios maliciosos. Cada antesala tenía su alma. El desempleado conocía el alma de la antesala. Había que esperar. El caballero abrió la puerta. Había comido bien. Era curioso lo mucho que se parecía aquel caballero elegante al tendero de los suburbios. Todas las personas que estaban satisfechas se parecían entre sí.

El desempleado ejecutó una reverencia impecable. Había aprendido a hacer reverencias. Había gente que se aferraba a eso. El caballero estaba de buen humor. Tendió la mano, una mano suave, floja y cálida como una gamuza. Una de esas manos acostumbradas a jugar con los dijes de una cadena de reloj de oro.

Después ya estaba uno otra vez fuera. Las primeras farolas parpadearon, como si despertaran de un ligero sueño crepuscular. El desempleado echó a andar. La ciudad lo engulló. Lo escupió otra vez en un oscuro callejón de los suburbios. Se abrió la puerta de una casa. Reacia, con un chirrido. El sonido tembló aún durante un rato en el callejón. Al final se apagó. Se disipó en la oscuridad de la noche.

Había pasado otro día…

AZ Am Abend, 3 de enero de 1919

Página 21

Página 22

Marionetas

L ily, mi pequeña amiga, no dice teatro de marionetas, sino ópera[5]. Para ella, esos muñecos de madera, alambre y trapo, son actores, personas adultas, de verdad. Los exhaustos sonidos arañados al violín, que revolotean como crías de papagayo con las alas recortadas, para, impotentes, volver a hundirse en el cuerpo rajado del instrumento, y el piano tuberculoso, cuyas cuerdas tienen angina de pecho, son para Lily la orquesta. Porque Lily acaba de cumplir los siete años y va al teatro de marionetas con su «tío». Cuando tenga diecisiete irá con un «primo» a la ópera y a los actores de verdad los llamará marionetas. A los diecisiete años las niñas que se llaman Lily ya son por así decir personas. Por lo

tanto, adultas, perversas y desagradecidas…

La escalera que, bajando, conduce al teatro de marionetas de la Plenergasse es estrecha y está torcida como una columna vertebral encorvada. Los escalones, abollados y viejos. Y en el centro, desgastados. Recuerdan a las ilustraciones de las lentes cóncavas en el manual de física. En cada hueco dormitan unas cuantas décadas del pasado. De las profundidades viene un olor a ropa sucia de niños y a restos de comida. La «taquilla» consiste en un tenducho de madera con una abertura cuadrada en la tripa. Te dan también caramelos, a cuatro céntimos la pieza. Los llamados caramelos refrescantes. Son cubitos deformes, aplastados, a base de malta y mugre, con incontables partículas de polvo pegadas, además de gusanos.

Lily prefiere un asiento en la tercera fila a ocupar uno de los «reservados». En la tercera fila, que sólo cuesta cuarenta céntimos, hay que encaramarse, así de alta es. Ahí está uno tenso de excitación y curiosidad, como si tuviera en su interior un muelle de acero. Y no se ven los gruesos hilos de los que cuelgan los actores ni el tosco mecanismo con el que la divina providencia controla la vida y dirige los destinos.

La melodía de la música que toca la orquesta suena falsa. Durante un rato resbala por las cuerdas del violín como una ligera carretilla de mano por un camino rural. Después los do sostenidos y los re se escurren en un

Página 23

hoyo. Al final la melodía se queda hecha un montón de escombros junto a un guardacantón. El vals revienta.

El acomodador es un personaje fabulosamente teatral. Su bigote, con las puntas afiladas, está retorcido hacia el cielo, como si quisiera ensartar todas las nubes. Su gorra deportiva de color blanco recorre la sala a la velocidad del rayo, como una ligera pelota de tenis. Su «¡Programa, sírvanse!» retumba como un pequeño trueno entre el murmullo de las voces infantiles. Cuando apagan las luces, grita:

—¡Silencio! ¡El que interrumpa la representación hablando en voz alta será expulsado! ¿Has oído, Franzl?

—Serás expulsado —traduce la señora Prochulka al bohemio.

Entonces se hace el silencio. En el escenario se representa Mi Leopold. Los personajes patalean. Son personajes rígidos, de cartón y lino. Caminan, se detienen, bailan con ritmo entrecortado. Alguien habla a través de ellos. Su rostro se mantiene fijo. Toda su vida parece una pieza para practicar al piano tocada por un principiante que selecciona las teclas justo antes de pulsarlas. Esas personitas necesitan pensar antes qué pie ponen delante, qué mano tienen que levantar. Su excitación se expresa con un vivo tremolar de las extremidades. Su pasión apenas provoca un movimiento más animado de los hilos. La paz de su alma no es un estado, sino una tirantez lamentable y estúpida. La vida tiene músculos en el rostro y nervios y puede simular el alma. Pero las marionetas no mienten como las personas. Cuando el hilo no las zarandea, no se mueven. Y no representan el libre albedrío, donde no hay más que el dictado del titiritero. La verdad sólo existe en el teatro de marionetas.

Entonces viene el descanso. El acomodador se ha convertido en el encargado del ambigú. Vende gaseosa. Seis en cada mano. Las puntas de su bigote siguen igual de firmes. Podría colgar de cada una otras seis botellas. Pero su rigor es inversamente proporcional a la sed de los asistentes. Cuanta más gaseosa, menos brío. Su «¡Prrrogrrrama!» ya sólo resuena como un pequeño trueno lejano y sordo tras una tormenta de verano. El encargado del ambigú ha engullido al acomodador.

Tras la representación fui con Lily al escenario. Quería mostrarle la seriedad de la vida. Debía ver cómo acaban todos los placeres terrenales. Lo pobres que son estos muñecos sin alma. Destruyo brutalmente una ilusión, pensé.

Página 24

Los muñecos yacían amontonados unos encima de otros. El viejo zapatero no tenía pies, detalle en el que antes no habíamos reparado en absoluto. Llevaba unas pantuflas vacías. Y las gafas sobre su nariz de cera no eran unas gafas reales, sino que estaban pintadas. Y la señorita Emma tenía los mofletes de un rojo reventón y los ojos de madera y la punta de la nariz encolada. Su peluca marrón yacía en una caja. Se veía que la cabeza estaba hueca. Se trataba de un triste espectáculo.

Pero Lily no lloró. Tampoco parecía decepcionada. Tocó cada una de las figuras, se convenció de que no tenían vida y se echó a reír. ¡Lily se rio! ¡Así de crueles pueden ser las niñas…! ¡Y cuando crecen son aún más crueles con las pobres marionetas!

Der Neue Tag, 21 de noviembre de 1919

Página 25

Petro Fedorak

E ra un campesino. Tenía una cabaña con tejado de paja, una vaca, un cerdo, una mujer y un hijo en algún lugar de Galitzia. Llevaba la vaca a pastar. Al cerdo lo dejaba en su chamizo. A la mujer la pegaba. Y

del niño no se ocupaba en absoluto. Era un campesino pobre.

Los agentes, unos agentes judíos de la Austro-Americana[6] y de Lloyd[7], vinieron al pueblo y hablaron de Canadá. En Canadá, pensó Petro Fedorak, puede uno encontrar oro. Se excava con una pala, más o menos tan hondo como cuando se escarba en busca de las raíces de las patatas, y de pronto el metal tintinea. No es necesario cavar más. Se ha topado uno con el oro. Ha encontrado uno una pella de esas de oro, se la lleva uno a la ciudad, le dan mil florines por ella o tal vez incluso más, y se vuelve uno a casa. Se compra uno otras diez yugadas de tierra, le da al párroco diez florines para la nueva iglesia, le lleva a su Marynka un pañuelito de cabeza amarillo con amapolas rojas, y eres un campesino rico.

Petro Fedorak le vendió a un buhonero judío dos colchones, dos buenos colchones rellenos de pluma, en los que dormía uno dichoso como en el seno de Jesús, y compró un pasaje para el Canadá.

De su sorpresa por el hecho de que en Canadá, por más hondo que cavara, no encontrara oro alguno, no voy a hablar. Con el tiempo Petro Fedorak se acostumbró por completo al asombro. Trabajó. En algún lugar, en una fábrica. Y ahorró. Y envió dinero a casa. Y escribió cartas. En realidad, no escribía, sino que dictaba. Y como no podía leer lo que otros escribían, desconfiaba de ellos. Así que iba del uno al otro y hacía que de nuevo, una y otra vez, le leyeran las cartas en voz alta. Y cuando ya estaban del todo sucias, las volvía a mirar una vez más —las sujetaba siempre del revés—, dejaba entonces que una gruesa lágrima cayera sobre el papel, pasaba la mano por encima, con lo que la tinta se corría, y enviaba la carta.

Ahorró una pequeña suma. Cuando se enteró de que la guerra había terminado y de que el dinero canadiense tenía un valor inmenso, compró un pasaje y regresó a casa.

Página 26

Y vino a Viena. Viena, una gran ciudad. Había transcurrido mucho tiempo hasta que llegó aquí. Pero para sus adentros pensaba: «¡Qué bien! Mejor viajar despacio que no hacerlo en absoluto. Y si no me hubiera marchado a Canadá, aún estaría en los Cárpatos. De modo que, alabado sea Jesucristo, estoy en Viena».

Fue a la Estación del Norte. ¡No salía ningún tren! Pero Petro Fedorak pensó: «La Estación del Norte está más cerca de casa que el hotel».

Y decidió esperar a que saliera un tren. Pero allí le dio un ataque. Petro Fedorak murió ayer en la Estación del Norte de un ataque al corazón.

Tal vez se tratara de una nostalgia excesiva. A más de uno el corazón se le ha debido de romper de nostalgia. Fue un simple, absurdo, estúpido, inútil, bestial e infame ataque al corazón.

Der Neue Tag, 1 de enero de 1920

Página 27

Página 28

Artistas

A veces el mundo es diminuto como un hormiguero. Tanto, que le pierde uno el respeto. Y las sombras de cosas pasadas tan grande, que no se libra uno de ellas y siente que siempre le están persiguiendo.

Con frecuencia cree uno haber dejado atrás y haber olvidado algo en su marcha hacia delante, cuando de pronto, en un punto cualquiera de la carretera por la que avanzas, vuelves a verlo ante ti, como si hubieras estado caminando hacia atrás, y no hacia el frente, o como si las cosas antiguas tuvieran las piernas más largas y corrieran más que tú, para, como mojones distraídos, plantarse en el camino hacia el futuro. Sí, los mojones que te encuentras no son para nada nuevos. Se trata siempre de los viejos, que te adelantan en los desvíos para instalarse en su puesto antes de que pases tú. ¿No tienen todos el mismo rostro? Todos los mojones son viejos conocidos.

Eso me ocurrió cuando entré en el Grand-Café de la Praterstraße con ánimo investigador. Todos los rostros los había visto ya en algún lugar. Este café, cuyo techo se puede decir que está untado con el humo espeso de los cigarros como una rebanada de pan con grasa de pato, desde la entrada hacia la izquierda y en línea recta se extiende y forma dos catetos, una demostración estática del teorema de Pitágoras. La gente picotea en las paredes y en el suelo como hacen los insectos en el pegamento atrapamoscas. Y aleteando y mariposeando con las manos realmente dan la sensación de que quieren liberarse y no pueden. Las bombillas de color rojizo parpadean a través de la humareda como luciérnagas clavadas, como si su propio brillo les doliera. Hay un hombre con un chaleco verde, tan verde como un páramo en un mapa de pared, con bamboleantes botones plateados en forma de avellana y una baratija de marfil colgando de la cadena de plata del reloj. Por lo visto, un empresario. Un grupo juega a las cartas junto a la pared a la derecha de la caja. Plis, plas, golpean los naipes sobre el tapete verde como sopapos almohadillados.

Los hombres tienen el sombrero puesto, al parecer para tranquilizar sus conciencias. Y es que lo que es un artista eficiente, ése no pierde ni una

Página 29

hora sentado en el café, sino que viene siempre sólo en un salto, un salto artístico por así decir, y en absoluto necesita quitarse el sombrero. Si, a pesar de todo, se queda a perder el tiempo sentado en el café, lo hace con el sombrero en la cabeza, pues, lo dicho, viene «a salto de mata». Las mujeres, la mayoría ya con el «atuendo escénico». En los rasgos, el temperamento pegado con engrudo a base de botes de maquillaje. Y en sus ojos de muñeca, ojos insípidos de cristal, la vida imitada con atropina[8]. Aquí volví a encontrarme con ellos, con la compañía venida del nido de guerra de la Galitzia oriental, Wiener Varieté, aquel «elenco de primer rango» al que yo había dejado atrás en mi camino y al que hacía mucho creía perdido, algo así como cuando, volviendo a casa de una fiesta, va dejando uno detrás jirones de papel multicolor y farolillos arrancados, que el viento después acarrea hasta un estercolero o la lluvia empapa y destruye. Sí, aquí volví a encontrármelos a todos.

Al pequeño Cohn, que se hacía llamar «Tiberio» y parecía un Nerón, el «director» de la compañía, que después de cada número en el café de la retaguardia recolectaba el dinero y lo repartía a discreción entre su gente. O no. Claire Clairon, llamada «el ruiseñor de Hernals y Ottakring», que cantaba la Balada del Gitano con falsedad conmovedora.

Hertha-Hertha, con un pasado del que no tenía que avergonzarse: amazona de circo, domadora. Ahora cantaba cada noche «No llores, Hertha, chica del café cantante», una canción que debía terminar con un grito y una caída muy dramáticos y que Hertha-Hertha dejaba explotar como un fuego artificial barato en un re sostenido crujiente como una salchicha. Mia Martison, la «boa gigante», que, con un traje de baño de un rojo reluciente y unas extremidades larguísimas se repantingaba, giraba y arqueaba con desesperación sobre las tablas del suelo del estrado que jamás se limpiaban, no como una serpiente, sino como la personificación de un largo bostezo.

La «pareja de gemelas danzantes», dos pequeñas mujeres con rostros impersonales de muñeca, que lanzaban las piernas al aire, tan alto que casi habrían hecho agujeros en el techo y sabe Dios hasta qué estrella habrían volado, de no haber estado cosidas por el tronco por medio de graciosas braguitas de punto de seda. Y, por supuesto, también «el pequeño Diábolo», una persona de veintiocho años obligada por contrato a mantenerse siempre en la edad de colegiala, con revueltos ricitos de un

Página 30

rubio super oxigenado, a la que «Tiberio» lanzaba al aire de tal modo que revoloteaba como un papel de fumar en medio de una tormenta.

Y el «maestro de ceremonias», el señor Lund, que llevaba un frac de color rojo ante el que uno habría tenido que persignarse, si su pasado en la pista del circo no le hubiera conferido la pátina de lo terrenal. El señor Lund vendía tarjetas postales a los oficiales de la retaguardia, postales llenas de soberbias marranadas, a una corona la pieza. Sólo las tarjetas en las que él mismo, el señor Lund, aparecía fotografiado, costaban dos coronas. ¡Ah, sabía valorarse! Su repertorio era extraño, como recopilado en una galería de antigüedades. Su valor histórico, incalculable. ¡Y el señor Lund no se esforzaba en absoluto! Hacía chistes con tanta naturalidad, como si fueran nuevos. Y aun así resultaba interesante, como un viejo mecanismo de Núremberg[9].

A todos, a todos, los volví a encontrar en el Café de los Artistas de la Praterstraße. Mia Martison, la boa gigante, al principio no me reconoció, para después, cuando lo hiciera, poder soltar con éxito un teatral:

—¡Oh, Dios, qué gracioso!

Sólo Hertha-Hertha se sintió obligada a quejarse de los malos tiempos, en los que incluso condes que mantenían con ella una relación íntima se marchaban a Suiza. Todos ellos estaban organizados sindicalmente y buscaban su «portavoz», un «representante obrero», sí, imaginaos, ¡un representante obrero! Maquillados, perfumados como droguerías, con corbatitas, cadenitas, anillos, pendientes de sospechoso origen vidriado, buscaban un «portavoz», estaban organizados sindicalmente. Les va mal. Los locales de entretenimiento están cerrados, no se puede «trabajar». Y Cohn-Tiberio no regala nada. Tiene dinero, el muy perro, pero no ve uno nada. Así de extraños se veían en el café: privados de los focos, bohemia con hambre pequeñoburguesa, magia en salsa fría de goulash, arte en la miseria de los días laborables. Su discurso es falso, porque no cuentan viejos chistes, sino nuevos dramas. Y toda la pompa a base de afeites, perfume, brillantina de cristal, empastes de oro, rubio super oxigenado, patetismo, imitaciones de piel y popelín resulta superflua cuando uno busca un portavoz y está organizado sindicalmente y sin trabajo. Es como un desfile de carnaval después del miércoles de ceniza.

Der Neue Tag, 25 de enero de 1920

Página 31

Página 32

Abdul Rahim Miligi

Donde el faquir egipcio

T an egipcio como parece en el cartel ahí abajo, a la entrada del Panóptico, no es. Pero en cualquier caso sí lo bastante egipcio. No

todas las personas que se llaman Abdul Rahim Miligi son faquires. Aunque este Abdul Rahim es un faquir. Después de Marsa y Belgaus,

los «famosos conocedores de gentes», ondea sobre el escenario como un viento del desierto africano. Abdul Rahim, el hijo del gran faquir Miligi de El Cairo en Egipto, la tierra en la que los cocodrilos y los faquires se dan en tan gran número como entre nosotros los escritores y las grosellas.

Abdul Rahim lleva un batín de percal negro y en torno al cuerpo un chal de seda multicolor que, simulando los tonos del aire en Oriente, se enrosca en torno a la oscura seriedad del sayo profesional. Un fez resplandece como un signo de exclamación carmesí erguido tranquilamente hacia el techo de la sala. Las manos envueltas en mangas holgadas giran por el aire describiendo fantásticos remolinos. Los anchos pantalones se hinchan por sí solos, como inflados por algún fuelle interior. Se siente uno tentado de calificarlos de «mangas de viento»[10].

Así es mi amigo Abdul Rahim. Que engulla fuego con apetito y fervor, que llame a un mozalbete para que suba al estrado y hacerle poner huevos, en eso no voy a entrar. Al fin y al cabo es sólo una cuestión puramente geográfica que un faquir de El Cairo se coma una porción de fuego mezclado con lino y un paleto de Berlín un codillo con chucrut. Una cuestión geográfica. Más importante y curiosa es la vida privada de Abdul Rahim.

Abdul Rahim es desconfiado. Sus inteligentes ojos marrones tantean primero mi rostro con precaución. Después Abdul Rahim suelta verdaderas cataratas del Nilo sobre su vida privada. Su lengua trastabilla en la maraña de los verbos auxiliares del alemán.

Abdul Rahim, el faquir, se revela en la conversación privada. Su batín negro no cierra del todo por arriba y veo un chaleco a cuadros grises de burgués europeo algo avanzado. ¡Ay, Abdul Rahim, hijo del gran Miligi,

Página 33

has caído en las redes de Europa! ¡Eres un faquir con un chaleco a cuadros grises…!

A pesar de todo, Abdul nació en El Cairo, en la maravillosa Masr el Qāhira, donde se puede estudiar magia en los bazares, en Suk-el-Attarin, por ejemplo. Los «infieles» de Europa enfermos de pulmón que viajan al verano eterno de El Cairo no ahorran en gastos. Un joven que quiere hacer carrera estudia magia. Abdul Rahim estudió.

Hace unos dieciocho años vino a Europa. Mientras tragaba fuego en Suiza y hacía poner huevos a mozalbetes del público en Zúrich, murieron sus padres. Un hermano, también faquir, vive aún en El Cairo. Hace poco Abdul Rahim recibió una carta de su hermano.

Pero fue en Holanda donde Abdul Rahim se enamoró. De una holandesa. Se casaron. Y ahora Abdul Rahim vive en el norte de Berlín con una holandesa blanca y cuatro hijos que han sido bautizados por el rito mahometano. Ese es el destino de los faquires errantes: caen bajo las ruedas de la maquinaria de la civilización y son triturados sin piedad hasta que se convierten en papilla burguesa centroeuropea…

Abdul Rahim, ¡amigo mío!, coge a tu mujer blanca con los niños y vuelve a casa, en El Cairo, donde tu jedive lucha por su independencia. Y haz penitencia ante a la tumba de tus padres. ¡Y muestra tus habilidades en el magnífico zoco de Suk-el-Attarin, donde serás un auténtico faquir y no un sujeto gravado con el impuesto del diez por ciento sobre la renta como te ocurre en el Panóptico de Berlín! En El Cairo siempre es verano. Allí no come uno albóndigas a la Königsberg con comunicados sobre la conferencia de Spa[11]. ¡Vuelve a tu casa en El Cairo, Abdul Rahim, a Masr el Qāhira!

12-Uhr-Blatt, 8 de julio de 1920

Página 34

Página 35

Ayuda discreta

«Referencias para cualquier circunstancia en la vida»

«A yuda discreta» reza el cartel para referirse al acuerdo tácito entre quienes la necesitan y quienes la ponen en práctica. Con ese encubrimiento bajo una palabra extranjera[12] no se engaña a las autoridades. También las autoridades la entienden. El término «discreto»

se ha vuelto muy indiscreto.

Una calle tan estrecha que las casas que se encuentran unas frente a otras pueden darse los «buenos días» y los cristales de las ventanas pregonan intimidades de familia. Una casa con las fauces bostezando de par en par. Una puerta principal de un marrón amarillento. Ambos batientes abiertos hacia el interior. La mortecina luz del patio alumbra desde el fondo. El aire está por así decir sombreado de gris y casi se puede tocar. Podría uno cortarse un pedacito de aire y meterlo en una caja.

En unas cuerdas extendidas hay ropa interior a rayas azules y rojas haciendo gimnasia. Dos niños dibujan con tiza de color rosa sobre las baldosas resquebrajadas y en la puerta de cristal, que hace mucho que ya no tiene vidrios, sino unas gafas cuadradas de cartón marrón ante los ojos apagados, cuelga un cartelito:

CAMA EN ALQUILER. SEÑORA A. REFERENCIAS PARA CUALQUIER CIRCUNSTANCIA EN LA VIDA

Las letras no están impresas, sino escritas a mano. Se tambalean un poco sobre el papel. Da la impresión de que esas pocas palabras se podrían caer del cartel y estrellarse de modo lastimoso contra el empedrado.

La señora A es precavida. Primero observa a través de la mirilla, bastante tiempo y con insistencia. Sus ojos se beben por así decir mi apariencia a lo largo de dos minutos. Después me cuelo por la rendija de la puerta.

La señora A «ya sabe». En realidad, pronuncia a la berlinesa. No dice «weiss schon», sino «wees schon». Pues la señora A no cabe duda de que

Página 36

pertenece a ese capítulo de la lingüística alemana. Ella ya sabe…

Y, por lo tanto, me invita a pasar a la sala de visitas. Ahora veo a la señora A. En su delantal de lunares azules revolotean como locas un par de manchas de salsa. Un ligero y punzante olor a cebolla flota en torno a ella, la envuelve. Su atmósfera personal. Tiene los ojos pequeños, marrones y con los bordes rojos, como los de una gallina. Lagrimean un poco, sin cesar. Con sólo mirar a la señora A, no tiene uno más remedio que llorar. Los ojos se le desbordan a uno. Bajo un rododendro desnutrido, en el hueco de la ventana, filosofa un papagayo en una jaula de latón. Sus ojos brillan y tienen los bordes un poco rojos. Lagrimean, tal vez por el olor a cebolla, tal vez como resultado de una eficaz adaptación a su ama. Cualquiera sabe. Sobre un camino de mesa de color rojo hay unos naipes manoseados. Referencias para cualquier circunstancia en la vida…

—¿Quiere ver la cama?

La voz corta el aire como una navaja de afeitar.

—No. No quiero ver la cama. Me trae un asunto discreto, señora A.

Muy discreto.

—Pero ¿dónde está ella?

Que está en casa de sus padres. Una chica muy joven. Diecisiete años.

Que el padre es un bruto. Sería horrible. Si se entera… Miento, miento.

—A esos los conocemos —asiente la señora A.

Pregunto lo que podría costar.

No demasiado. Nada de eso, porque es así y porque parece que soy «un joven educado» y «la pobre chica con un padre así». Con cien marquitos la cosa está hecha.

Que si, aprovechando la ocasión, no quiero saber también algo más sobre mi futuro. Sí, claro que quiero.

La prisa se apodera de la mujer como de un coche que de pronto acelera. Baraja, baraja. Sus dedos funcionan como pequeñas y exactas maquinitas. Seré feliz, viviré cincuenta años, me casaré con una pelirroja. Dos hijos están al caer. Piensa uno: ¡dos hijos!

—Bueno, la cosa saldrá bien.

Pero que no hay «cosa» alguna eso las cartas no lo dicen. ¡Ay, esas cartas!

—¡Hasta mañana pues!

La señora A me da una amistosa palmada en los hombros. El loro palmotea un poco con las alas.

Página 37

Abajo la ropa interior a rayas rojas todavía se bambolea. En el portón hay una chica joven. Un vestido barato de percal y el arduo intento por lograr una elegancia moabita[13], que añora el Berlín occidental.

Busca «referencias para cualquier circunstancia en la vida». Un empujoncito. Y sube.

Donde la «muy distinguida»

En la sección de anuncios del periódico no sólo ponía «discreta», sino también «muy distinguida». Y, además, cerca de la Kurfürstendamm. Y además —¡escuchad, escuchad!—, la mujer es una aristócrata. Una «von».

En el zaguán todo es «muy distinguido». Casi tiene uno que soltar un «ah» admirado. Que está prohibido mendigar, indica una amenazadora placa. Acechantes, a derecha e izquierda, relucen las mirillas engastadas en latón.

SEÑORA V. L., TRES PISOS MÁS ARRIBA

Hasta ese «von» es discreto. Sólo está insinuado. Un «v.» basta. Puede uno usar también el ascensor. Pero yo prefiero subir a pie. En las escaleras puede suceder algo. Se puede uno encontrar a alguien. Que tal vez venga de donde la señora von L.

Por las escaleras le dan a uno palpitaciones, un poco. De subir, sí, pero tal vez también por la alfombra de color rojo sangre. Y por las columnas a derecha e izquierda, que, de dos en dos, como alabarderos, custodian la subida. Ante la puerta me encajo un monóculo. Los monóculos en ocasiones como esta siempre vienen bien. Un cristal inspira mayor confianza que unas gafas de once dioptrías.

Una muchacha con un minúsculo delantal de encaje blanco abre la puerta. En el vestíbulo en una bandeja de plata de imitación hay tarjetitas blancas, vacías. Tiene uno que escribir su nombre ahí.

Escribo: Adam von Bindernickel… A veces me llamo Adam Bindernickel, por divertirme. Aquí además tengo que ennoblecerme. ¿Cómo si no iba a cuadrar un monóculo con un simple Adam Bindernickel?

—La señora von L. le ruega que pase.

Página 38

Lleva corsé, un traje negro con talle de avispa y cuello alto totalmente cerrado. Varillas de ballena ciñen el cuello. Un collar de perlas negras con un pequeño crucifijo. La señora von L. es de Baviera.

—Puede estar seguro, nuestra higiene no deja nada que desear. —¡Oh, estoy seguro!

—Yo misma llevo quince años ejerciendo en este campo. Nunca trabajo sin un médico. Tal vez haya observado que en el primer piso el señor doctor…

—¡No! He subido en el ascensor.

Mi monóculo centellea ofendido.

—¿Cuántos años tiene la dama?

—Veinticinco.

—Círculo muy distinguido. Y todo lo demás no importa. Usted comprende…

—¡Oh, lo sé!

—Con quinientos, gastos aparte, ¿está de acuerdo?

—¡Plenamente!

—Le recomendaría que hiciera una visita abajo al señor doctor W.

—¡Gracias! Confío plenamente en usted.

Le doy la mano a la señora von L. Ella la retiene.

—¡Una mano interesante!

Así que también la señora von L. predice el futuro. La tarifa la fijaremos más tarde. Se incluirá en la cuenta. Profetiza que sólo viviré cuarenta años. Y esa dama que me interesa ya no es pelirroja, sólo rubia. ¡Caramba! ¡Cada vez menos!

—Y el asunto saldrá bien.

¿Cómo decían en el otro lado? La cosa irá bien.

Eso decían en el otro lado…

Y en la esquina, aquí también, un rododendro. No desnutrido, sino bien grande, mirando al techo. Y debajo, no un papagayo, sino un canario. Amarillo chillón.

Me voy. Una reverencia. La señora von L., delgada como un abedul, aunque no plateado, me conduce con amabilidad, mecida por un suave viento de cortesía, susurrando amistosamente.

Neue Berliner Zeitung - 12 Uhr Blatt, 16 de julio de 1920

Página 39

Quiromantes

La lectura de la mano como industria

H ay quiromantes y quiromantes. Como puede uno ver, la historia no es tan sencilla. Dejando aparte que la palabra procede del griego,

esto es, de «kheír» («mano») y… Pero esto es secundario.

El quiromante del que hablo aquí no es lo que se dice una persona de carne y hueso, sino una caja. Está en el Lunapark[14]. Coloca uno la mano sobre un tablero, presiona un poco, mete una ficha de níquel —que puede adquirirse en la taquilla por dos marcos— en una ranura y entonces se pone en marcha una especie de revolucioncita en el vientre del quiromante. Gorgotea, carraspea, después lanza también un par de relámpagos tirando a azules desde su gran ojo en forma de disco y de pronto por un lado, a la izquierda, cae, escrito a máquina con mucha pulcritud en un papel blanco, tu futuro.

Tu futuro, por lo general, es de color rosa. O por lo menos, lila. No debes tener miedo. Ya ves, las palpitaciones eran vanas.

Hasta aquí la cosa está en orden. Lo realmente milagroso comienza ahora, cuando el milagro ha terminado. Y es que mientras uno lee su futuro aparece un hombre por detrás, mira por encima de su hombro y dice:

—¡Curioso!

Nada más que esa única palabra: curioso.

Hay todo un mundo en esa palabra.

El que estaba leyendo se da la vuelta y el hombre —¡oh, es realmente curioso!— muestra un papel en el que se lee exactamente lo mismo. Un papel idéntico al tuyo tanto en la forma como en el contenido. El hombre tiene tu futuro. Tú tienes el suyo. Sois por así decir compañeros de destino.

El hombre, que, por cierto, se parece un poco a Artajerjes, con barba negra y el rostro pálido —piensas vagamente en las obras de Jenofonte y en la Expedición de los Diez Mil— dice:

—¿No es extraordinario? Venga, por favor, a aquella pastelería. Nuestro pasado, nuestras manos, nuestra vida… En realidad, ¡todo tiene

Página 40

que ser igual!

Su voz suena hueca. Como si hablara a través de un embudo. Y las palabras gotean lentamente sobre tu alma como pequeñas y puntiagudas lágrimas de cristal.

¿Quién puede resistirse? Va uno a la pastelería. Y allí el hombre te cuenta tu pasado, a decir verdad, el suyo. Y al final solicita por ello… cinco marcos.

Pues, ¿cómo dije ya al principio? Hay quiromantes y quiromantes… El hombre es también un quiromante.

Le observé durante dos horas. Siempre encontraba nuevas víctimas. Tenía todos los futuros posibles en el bolsillo de la chaqueta. Podía dejar estupefacto a cualquiera.

Cuando reparó en mí, desapareció de repente. Después, un cuarto de hora más tarde, me lo volví a encontrar. Estaba en la Kurfürstendamm, en una esquina, y ofrecía cigarrillos.

—¿Austriacos, ingleses, alemanes, turcos? Como gusten.

Y sus palabras goteaban, puntiagudas y cristalinas, y se estrellaban en el empedrado…

Neue Berliner Zeitung - 12 Uhr Blatt, 30 de junio de 1920

Página 41

Malvine Biviand, la bailarina

Hace unos días la bailarina española se quitó la vida en Merano

C osta española. Taberna de pescadores. En verano, cuando los pescadores varan sus barcas y se disponen a capturar langostas, se bebe y se ama mucho. Las langostas son crustáceos, nada de peces. No se puede uno hacer rico con ellas. Puede uno ganar unas pesetas para pasar el

invierno.

La taberna, la orilla, el mundo entero huele a alquitrán y a brea. Los pescadores además fuman y eso no huele mejor. Tal vez en ocasiones también hay música. Como castañuelas, tarantela. Como el siroco español, al que llaman «solano». Antes de subir y de bajar el Segura, el Júcar, el Guadalaviar, quieren ver bailar una vez, los pescadores. La hija del tabernero baila ante ellos. Sabe bailar. Todas las españolas saben bailar, creo. En un país en el que los jardines se llaman «huertas», todas las mujeres son bailarinas de nacimiento.

La hija del tabernero es pobre. Lleva una falda raída. Se ve relumbrar su piel. Como la vida es una película y el buen Dios el director, el poderoso y rico fabricante de puros alemán viene a este pueblo de pescadores y justo a esta tasca. Y justo hay música. Con castañuelas, tarantela. Y justo baila la hija del tabernero.

En Alemania las «huertas» se llaman sólo «jardines» y las mujeres que bailan en los clubs nocturnos están desnudas o visten magníficamente. No llevan un traje raído. También huele a «Almizcle», a «Diva», a «Lágrimas de Venus», a polvos de tocador, no a alquitrán y a brea. Esa dirección artística en España resulta demasiado tentadora. De acuerdo con las leyes que rigen el mundo de la cinematografía el poderoso y rico fabricante se enamora de la española que baila, se la lleva consigo a Alemania y le «muestra el mundo». Y ella se llama «la bailarina española».

Y él se casa con ella. Dicen.

Ahora ella puede tener caprichos caros. Se hace traer a Berlín un bailaor español. Se convierte en su pareja. «La pareja de bailarines españoles». Castañuelas, tarantela.

Página 42

Ese bailarín español trae consigo una bocanada de solano y un poco del perfume de las huertas de la patria. Juega con pasión.

Su pareja de baile juega también. Entretanto sucede un poco de historia mundial. En Berlín hay revolución. Todas las personas juegan, incluso sin ser españoles. Los españoles aún más.

La bailarina española —se llama Malvine Biviand— se hace famosa. No sobre el escenario, sino en el club. En muchos clubs. En los distinguidos. Gana y pierde miles. Cientos de miles de españoles ganan y pierden siempre mucho[15].

Aparecen nuevos hombres: un médico rumano, un diplomático ucraniano. En un salón de juego, cuyo dueño es un tramposo, la Biviand pierde de golpe seiscientos mil marcos. Empeña sus joyas.

Es egoísta, histéricamente femenina, frívola, autoritaria, salvaje, quizá brutal en determinadas circunstancias. En cualquier caso, elemental. Aunque domina la fraseología de salón europea en todas las lenguas culturales. La ley cinematográfica mundial le prescribe ser un «alma con castañuelas». No debe defraudar la fe de opereta de la civilizada humanidad de Berlín. Debe tener amoríos, gloria de lámpara de arco, fondo de escenario. El mundo realmente es de cartón: un escándalo en el juego sigue a otro. La policía criminal le hace un favor al director de cine e interviene. Tras toda una noche de juego. En un salón de mala fama en la Wilhelmstraße.

Una Biviand no puede dejarse arrestar de forma anodina. Tiene que haber crescendo, clímax, ocaso, sorpresa. La dueña de un club de juego de Berlín en el distrito de Pankow puede presentarse sin más ante los jueces. La bailarina española tiene que «desaparecer».

Desaparece. En verano aparece de pronto en Marienbad, donde el ambiente es «internacional». Y juega. Juega contra la ley. Contra el orden social. La detienen. Al fin.

Malvine Biviand no puede enfermar de excitación durante la prisión preventiva y, por ejemplo, morirse. Tal vez le gustaría morirse. O ser de nuevo una chica en un pequeño pueblo de pescadores y bailar en la tasca en la que huele a alquitrán y a brea. Pero no puede decepcionar al mundo. La ponen en libertad. «Desaparece».

Anteayer jugó en el casino de Merano. Pierde ciento sesenta mil liras. En el bar del balneario de Merano el champán brota a borbotones desde fuentes secretas hasta las copas finamente talladas.

Página 43

Frente a Malvine Biviand hay una copa de champán medio vacía. Tiene —por lo visto en una cápsula de oro— cianuro potásico. El cianuro de la paz. Infalible. De efecto inmediato. Vierte cianuro en la copa de champán medio llena. Nadie lo ha visto.

Bebe y muere. Al son de las castañuelas su alma baila en el más allá.

Prager Tagblatt, 15 de diciembre de 1920

Página 44

La muerte en el circo

El final de un payaso en Berlín

E l sábado murió durante la función nocturna en el circo Sarrasani[16] el payaso Richard Maerkl. Maerkl sufrió, en el momento en que debía

pisar la pista, una hemorragia, cayó al suelo, perdió el conocimiento y ya no se levantó. Tuvo una muerte de payaso. Maquillado y con traje de bufón, las colas del frac revoloteando y un sombrerito abollado sobre la peluca rubia con tupé, se escurrió hacia el más allá.

Quien conoce a los artistas sabe lo que significa ser payaso. Sabe lo triste y cómica que es esa doble vida, en la que para crear los efectos más ridículos se requiere el mayor refinamiento. Sabe que en la personalidad del payaso, que tiene su retrato literario en los numerosos bufones de Shakespeare, la frontera entre drama y comedia, llanto y risa, ingenio y desamparo no existe. Sabe que aquí los polos opuestos de las leyes que rigen el mundo sólo se encuentran en aras del efecto artístico. El payaso es un chiste de la creación.

¿Quién se hace payaso? ¿Cómo se hace uno payaso? ¿Quién reúne ese valor personal y esa superioridad mental que exige una locura voluntaria? ¿Quién tiene la extraña pretensión de aguantar toda la vida penosas calamidades y ser el eterno hazmerreír? El payaso Maerkl procede de una antigua familia circense. Su padre, un anciano de ochenta y tres años, poseyó en otro tiempo un gran circo ambulante y era famoso. Un siniestro —al parecer, un incendio— causó al gran circo un final no brusco, sino lento y triste. El viejo Maerkl vive y hasta ahora le mantenía su hijo, quien también estaba casado y tenía familia.

Maerkl, el joven, participaba en todas las acrobacias artísticas. Aprendió a ejecutar ejercicios gimnásticos en la barra fija, a hacer el pino y ensayó en el alambre y la rueda. Pero tenía la inestabilidad interior de un poeta y no podía entender el aburguesamiento de la profesión artística especializada. La época de los cómicos ambulantes, de los cuales cada uno debía ser capaz de hacerlo todo, se terminó hace unos treinta años. Un artista de los viejos buenos tiempos, que todavía actuaba en las ferias,

Página 45

hacía de todo. Practicaba ejercicios gimnásticos en el triángulo colgante libre y bailaba sobre el alambre, era mago y excéntrico[17] y representaba cinco papeles con cinco trajes diferentes. El artista moderno es especialista en un terreno concreto y de otras cuestiones no entiende nada o sólo muy poco. Tiene su truco, la mayor parte de las veces inventado por él mismo, y con él gana dinero como un artesano o un comerciante. «Explota» su truco como si se tratara de un negocio. Pero quien, como Maerkl, el payaso, no puede especializarse, porque vive todo lo artístico, se hace payaso. Es decir, preserva su libertad interior. Está por encima de las cosas, lejos de la especialización. Es el bohemio de los bohemios. La culminación personificada del artista callejero.

Con todo, Maerkl no siempre fue payaso. Montó a caballo una temporada, fue excéntrico en Austria, sufrió un accidente, enfermó y por último envejeció. Ya sólo podía ser payaso, porque ése era precisamente su talento, al que dedicaba todo su afán. Su papel principal en el circo consistía en tenderse estirado en el suelo de la pista y, simulando preocupación y angustia, esperar al gran elefante, que avanzaba a tientas con una torpeza conmovedora y tierna y pasaba por encima del cuerpo del payaso, mientras el domador, con un uniforme de un blanco deslumbrante, con los restallidos del látigo y el lustre de sus botas de charol, dueño de la situación, hacía, victorioso, una reverencia ante la platea y los palcos. Quizá tan sólo un niño prestó menos atención al domador que al payaso. El payaso Maerkl murió justo antes de que empezara su número. Cuando salió el elefante, buscó en vano por el suelo la alfombrilla y el cuerpo del payaso y, sorprendido, sacudió la trompa.

Gracias a un miembro de la Asociación de Artistas me enteré por casualidad del nombre y del paradero de un amigo de juventud del payaso muerto. El amigo se llama A. J. Se ha arruinado por culpa de la bebida y el crimen, ha sido expulsado de la Asociación de Artistas y en uno de los establecimientos más tristes del norte de Berlín tiene que entretener cada noche a un público invernal de feria por cinco marcos fijos más propinas, actuando como pregonero, levantador de pesos pesados e hipnotizador.

Hablé con A. J. Se coloca a un lado ante el telón de un primitivo escenario en un espacio en el que apenas caben cincuenta personas y dirige. La función, incluidos todos los números, se desarrolla de carrerilla cinco o seis veces cada noche. La entrada cuesta un marco para los adultos. Los niños no pueden entrar, aunque pagan sólo cincuenta

Página 46

céntimos. A. J. corre un telón, ay, un telón demasiado estrecho, después de cada número y sobre todo antes de los «nudistas». Si lo corre hacia la derecha, queda una rendija a la izquierda. Y viceversa. El público brama.

A. J. recibía de vez en cuando —nadie lo sabía— pequeñas ayudas de Maerkl. No sé si todo lo que el vivo me contó sobre el muerto y sobre sí mismo es cierto. Sólo sé que el vivo envidiaba al muerto. Sin duda no mintió y tampoco se trataba de un patetismo impostado cuando dijo:

—¡Así me gustaría morir!

Quise darle dinero, pero no lo cogió.

—Puede entregarlo en la taquilla. Lo repartimos entre todos —dijo—.

Mutschi está enferma.

Se refería a la chica teñida de rubio del número nudista, a la que tal vez ama.

Neue Berliner Zeitung - 12 Uhr Blatt, 26 de enero de 1921

Página 47

Cuando uno busca trabajo

Q uien alguna vez a un inválido que se acerca mendigando, en lugar de la limosna solicitada, le ha aconsejado «trabajar un poco» y quien se

enfada por el importe de la prestación por desempleo, que se tome por una vez un plazo de tres días e intente encontrar trabajo. Ir a buscar colocación es mucho más desagradable que ser molestado en un café por un inválido.

Yo busqué en el centro de la ciudad, en el «Viejo Oeste»[18] y en los alrededores de la Alexanderplatz durante tres horas al día. Tres días duró mi búsqueda de trabajo. Tras ese período resultó que de unas quince visitas a comercios abiertos, compañías de exportación, empresas mayoristas y otros negocios más pequeños sólo quedaron tres —aunque débiles— posibilidades. Una tienda de artículos para caballeros me invitó a hacer una nueva visita. Otra en la que afilaban tijeras prometió escribirme. Y el encargado del almacén de una gran empresa de carbón, que examinó de arriba abajo mi condición física con insistente conocimiento en la materia y me rechazó por demasiado débil, me dijo que comprobaría si en la oficina necesitaban un administrativo.

Empecé en la Bülowstraße en una tienda en la que vendían productos de acero y cogían hojas de afeitar para afilarlas. En esa tienda yo había comprado en otra ocasión unas tijeras de bolsillo y el dueño y una vendedora rubia me atendieron con especial calidez. Esta vez llegué hacia las cinco de la tarde con un uniforme que no se puede decir que me favoreciera, me quité el sombrero en la puerta y me detuve a tres pasos del mostrador. La vendedora rubia —oh, recuerdo la primaveral amabilidad que mostró frente a la «clientela» que entonces llevaba guantes y un cuidado atuendo civil— me miró con desconfianza por encima del hombro de un caballero que observaba una lima de uñas. Y ya estaba ella abriendo un cajón con una mano, al parecer, para darme dinero. De una abertura en la pared de la tienda salió un hombre, probablemente el propietario. Llevaba un chaleco gris claro y unos quevedos sujetos con una cinta de seda negra. Tenía el cabello gris, muy corto, y un pequeño bigote negro,

Página 48

tan engrasado que pude olerlo. De su chaleco de color claro colgaba la mancha marrón de una gota de aceite que parecía una lágrima pintada.

—No quiero dinero. Estoy desempleado y me gustaría trabajar con ustedes.

El caballero inclinó la cabeza, arrugó la frente, dejó caer los quevedos, que se bambolearon un poco nerviosos en la cinta, y me miró con ojos desencajados. Esa era su «mirada escrutadora».

—¿Ha estado en el ramo?

—No. Soy tenedor de libros de profesión.

—¡Tenedor de libros! ¿Sabe usted tratar a los caballeros?

—¡Sí!

—¿Cómo es eso?

—Sé comportarme.

—Bien, Frida, tome nota de su dirección. Le escribiremos —dijo el hombre, se puso los quevedos y miró cómo Frida apuntaba mi dirección.

Al marcharme hice una torpe reverencia. Frida me vio y no dijo nada. El dueño asintió fuertemente un par de veces con la cabeza, como si la tuviera pegada al cuello y quisiera probar su resistencia.

En una lavandería en la Potsdamer Straße se produjo un alboroto cuando pedí trabajo. La dueña era gorda y llevaba un vestido-delantal blanco con volantes enormes y crujientes. Me cogió por el brazo, me puso mirando hacia la puerta y después se examinó la mano.

Una tienda de guantes tenía una simpática vendedora. Me dijo:

—¡Lamentablemente no hay nada!

Y se quedó muy compungida.

Un hombre, que estaba de pie con una carretilla enfrente de la estación de tren de Potsdam y vendía mandarinas, me dijo que volviera a las ocho. Que miraría.

—Si mi vieja no viene, ¡usted me ayudará!

Y, tras mucho buscar, me dio una mandarina con una mancha de moho. El carbonero, en realidad el encargado de las instalaciones en la zona de Gleisdreieck, me examinó muy a fondo. Llevaba una gorra de deporte

marrón con una gran visera y tenía los ojos negros como bolas. Era muy pequeño. Dio un brinco, me agarró del brazo y dijo:

—¡Na!

Cuando le di las gracias, exclamó:

—¡Ah!

Página 49

Me quedé parado.

—¿Sabe usted escribir? —preguntó e imitó el movimiento que se hace al escribir.

—¡Sí!

—¡Preguntaré en la oficina! ¡Usted sólo pásese! Naturalmente, quería decir «otra vez». —Necesito saberlo con seguridad —le dije.

—¡Muy probablemente! —respondió el encargado de las instalaciones —. ¡Usted sólo pásese!

Y, amable, me despidió con la mano, como si yo estuviera sentado en el tren y él me hubiera acompañado hasta la vía.

Una sucursal bancaria en las inmediaciones de la estación de tren de la Friedrichstraße. Tras las ventanillas con rejilla de latón y las de guillotina hay muchos caballeros sentados que garabatean. Un ordenanza, que lleva el monograma de la empresa en cada parte de su cuerpo y de su ropa, como si fuera un cubierto, hace ademán de acercarse a mí. Voy hacia él.

—Me gustaría hablar con el director.

El señor director tiene el pelo ralo, pegado al cráneo, y lleva chaqué.

Sostiene un lápiz apretado entre los labios y me pregunta:

—¿Qué desea?

—¡Quiero trabajo!

—No tenemos.

—Tengo formación académica.

—¿Habla inglés?

—Un poco.

—¿Leer cartas, traducir, correspondence?

Dice correspondence con acento francés. Como si hubiera dicho algo muy importante. Tan engrasado suena su «ans».

—Probablemente pueda hacerlo.

—Escriba una oferta detallada, curriculum vitae, profesión, puestos y demás. ¡Buenos días!

Meneó el largo lápiz con la mano derecha mientras se alejaba. El ordenanza grabado con los monogramas me escoltó hacia la puerta.

Tres tiendas de comestibles cerca de la Alexanderplatz me dieron unas salchichas de hígado viejas, dos panecillos duros y unas cortinas cubiertas de polvo. Con eso terminó mi búsqueda de trabajo.

Página 50

Neue Berliner Zeitung - 12 Uhr Blatt, 2 de febrero de 1921

Página 51

Página 52

La India perdida

L a India era el país que yo buscaba con el alma. Perdí mi fe en la India a raíz de ver a la señora Hirabai-Pilu-Kumi en la sala Klindworth-

Scharwenka[19].

Pensé que la India sería la mayor reserva de religiosidad y anticivilización. Allí la gente se hace enterrar viva y cuando resucita continúa reposando en alguna gran deidad. El jabón, la pasta de dientes y las danzas desnudas, los partidos políticos y los cafés de literatos son en la India por completo imposibles.

El miércoles 23 de marzo la señora Hirabai-Pilu-Kumi se acercó al estrado de la sala Klindworth-Scharwenka. Llevaba un traje de novia blanco, iba peinada a la europea y la impresión que causaba era, en general, poco india. Tenía un velo blanco enrollado en torno a la mitad de la cabeza, pero sin duda se trataba de un simple velo centroeuropeo de unos grandes almacenes.

La señora Hirabai-Pilu-Kumi habló de mesmerismo, magnetismo y cuerpos astrales con sabiduría de folleto mal entendido. Pero eso no habría importado. Los folletos alemanes sobre asuntos misteriosos no necesita entenderlos ni siquiera una india.

Mi fe en la India la perdí en el momento en que la señora Hirabai-Pilu-Kumi se dirigió a los asistentes calificándolos de «respetables» y solicitó que le dieran su dirección. Dijo que quería fundar un «círculo» y demostrar los éxitos curativos del magnetismo.

Para demostrar los éxitos curativos del magnetismo (en el «círculo») basta con llamarse señora Meyer y ser de Treptow. ¡Oh, India…!

Puede uno, digo yo, llamarse Hirabai-Pilu-Kumi y es lo mismo que si se llama Meyer. Y Treptow está en la India. Y el mundo no sólo es redondo en todas partes, sino también igual en todas partes. En la India las personas son iguales que en Berlín. Esto es también una especie de transmigración de las almas.

Podría haber enterrado toda la sesión de la conferencia en el silencio de mi alma, en la que ya reposan otras experiencias y vivencias que no se

Página 53

pueden describir. Pero me da pena por los compañeros que buscan la India con el alma y maldicen a Centroeuropa y quiero ahorrarles una decepción. No puede uno fiarse de la geografía.

Berliner Börsen-Courier, 25 de marzo de 1921

Página 54

Danzas desnudas

C elly de Rheydt comparece ante el tribunal en representación del arte de la danza desnuda[20]. Cuando vino a Berlín bailó unas cuantas

veces la escena del Hörselberg[21] de Tannhäuser con gran éxito. Fue en un pequeño teatro. Allí la ópera Tannhäuser daba la impresión de que Richard Wagner la había escrito para el ballet. El Venusberg fue por así decir tallado sin su molesto entorno literario y se presentó allí solo, bailoteado por chicas desnudas. Unos velos finísimos no las cubrían, sino que ondeaban a su alrededor. Y seguramente esa representación de la escena del Venusberg sea la más ajustada a la verdad. Las jóvenes damas de la diosa clásica del amor tampoco llevaban ropa. El Tannhäuser de la ópera no tiene más remedio que tomar por piel unas prendas de color carne y dejarse seducir por ellas. El Tannhäuser al que la señora de Rheydt hizo bailar por el escenario vio a su alrededor desnudos auténticos, como el Tannhäuser verdadero en su día.

Contra una representación tan naturalista de la atmósfera en el Venusberg tampoco habría nada que objetar desde el punto de vista artístico. No obstante, la ópera no se escribió por ese Venusberg. Y la atmósfera erótica está ahí por la tragedia del héroe. Por eso, fue un uso abusivo de la obra. La señora de Rheydt tomó prestado, por así decir, de la cultura al tal Richard Wagner, para poder bailar vestida sólo con su aureola.

El año pasado vi varias representaciones más del Hörselberg. La gente estaba sentada con las mejillas rojas en mesas con manteles blancos y bebía champán rancio. En torno a las mesas giraban las mujeres, sin ritmo, y parecían antítesis personificadas de los actos musicales. Los impertinentes de mango largo saltaban hacia arriba con un sonoro chasquido y alargaban el cuello. Las respetables gafas con montura de concha relumbraban. Los quevedos perdían el equilibrio en las narices. La óptica al completo estaba envuelta en un erotismo de color rosa. Las chicas desnudas rozaban aquí y allá un mantel. Los hombres, que sentados a la mesa muy juntos y con el rostro colorado parecían un siniestro y

Página 55

enorme manojo de rábanos gigantescos, se estremecieron. Y dieron un sorbo de champán rancio.

Este espectáculo de revista berlinés duró toda una temporada. Después, con la repetición, la masa perdió el interés. El mundo empezó otra vez a reaccionar frente a las braguitas de encaje. Las gafas con montura de concha se interesaron por las enaguas. Los quevedos perdían ya el equilibrio con sólo ver una media de seda. Vuelve a ser como antes. La ocultación surte efecto, no la consumación. La promesa, y no el regalo. Por consiguiente, el proceso a Celly de Rheydt se me antoja un poco anticuado.

Muchos adultos no logran salir de la pubertad. Son lectores de obscenidades y mirones de cabinas de baño. Su necesidad se agota por completo en la búsqueda eterna de grietas en las paredes y ojos de cerradura. Todos los locales dedicados a la diversión satisfacen alegremente esa necesidad. Las faldas de las damas en el escenario tienen muchas rajas. Una pierna bien torneada se descubre durante un segundo ante el aplauso de la mirada y desaparece de nuevo con inquietante rapidez. Un broche en el hombro quiere dar la impresión de que él solo mantiene unidas la parte delantera y la espalda del vestido y de que —¡no lo has visto!— puede abrirse de repente. Se agarra uno a semejante fallo del broche. ¡Ay!, no salta. No se le ocurre saltar. Y, además, seguro que el vestido está bien cosido. Los asistentes han pagado para que les den un gusto. No se les ha ofrecido más que la expectativa y la desilusión. Es inmoral.

«Celly de Rheydt» se ha convertido en marca y concepto genérico. De modo que hay «Celly vestida» y «Celly sin vestir». Gracias a la última el mundo ha estado a punto de liberarse de su ansia adolescente de piernas, hombros y pechos. Si se hubiera ordenado a los locales de entretenimiento que hicieran actuar en masa a bailarinas desnudas durante tres años, tal vez hasta los lascivos corchetes habrían perdido su poder de seducción. Quien prohíbe la desnudez fomenta la erótica del vestido rasgado, del ojo de la cerradura y de las cabinas de baño llenas de rendijas.

Pero que ahora incluso la justicia se envuelva en togas respetables, que un fiscal pase las noches en vela, que se formen montañas de expedientes, que los abogados defensores desplieguen una elocuencia ciceroniana y que un cura sea citado como perito es un derroche de patetismo y de solemnidad. Su eficacia, con tanta frecuencia y tan encarecidamente

Página 56

necesaria en este mundo de impíos y cínicos, no hace más que embotarse. La parte más ingenua de la opinión pública es capaz de interpretar el proceso a Celly de Rheydt como una lucha de la libertad contra la beatería, algo así como un nuevo caso Reigen[22], porque este de ahora le pisa los talones.

Para resolver este asunto, el Estado hace un gesto demasiado amplio. Se oirán muchos tópicos sobre la libertad, la tiranía, el sacrificio. El mundo del entretenimiento tomará prestados algunos términos de la cultura. Un préstamo como el de la señora Celly de Rheydt con respecto a Richard Wagner. Se debatirá la cuestión «malla o carne en el Venusberg» y creerán que se trata de la moralidad del Tannhäuser.

¡Qué confusión!

Berliner Börsen-Courier, 15 de enero de 1922

Página 57

Sadhu Sundar Singh

Esta semana el señor Sadhu Sundar Singh[23] habló en la iglesia de San Mateo de Berlín, hacia las seis de la tarde, a una hora en la que empieza la sesión de los cines. El público estuvo largo tiempo indeciso entre la mujer del faraón y el hombre de la India. Una gran parte se decidió por Fridericus Rex[24].

Aun así, quedaban un par de cientos para Sadhu Sundar Singh. Se trata de un indio de creencias cristianas, medio vestido como un sacerdote, con pupilas que, lavadas a diario en sabiduría brahmánica, reciben inyecciones de atropina mística, y con unas manos que por lo visto cuelgan de los brazos sólo con fines de súplica.

Sadhu Sundar Singh habló del milagro de su conversión y de las verdades de Jesucristo. Después en la iglesia recolectaron dinero para alguien. Y el órgano sonó. Al día siguiente el profeta volvió a hablar. Los cines estaban poco concurridos. El órgano sonó y se reunió dinero para chicas hindúes bautizadas cristianamente. Viajarán después a Praga y más allá en Europa: arroz indio injertado con civilización.

El señor Sadhu Sundar Singh también recorrerá más ciudades europeas. El mundo occidental tiene una enorme necesidad de profetas. En el Panóptico del pasaje Linden[25] arrasa un tragafuegos egipcio. Se llama Abdul Rahim Miligi y vive en Neukölln. Se ha casado con una holandesa y tiene cuatro hijos que hablan la jerga de Berlín. Abdul Rahim por la tarde profetiza el fin del mundo. Por la noche, traga fuego. En las vacaciones de verano vende cordones para los zapatos a la entrada del Lunapark. En la iglesia, entre los oyentes de Sadhu Sundar Singh, se encontraba también Abdul Rahim con su mujer y sus hijos. A la entrada puso a dos de los niños a vender cerillas.

Le pregunté a Abdul Rahim por qué había ido a escuchar a Sadhu Sundar Singh.

—Yo también he ido a la Universidad, a la de Rabindranath Tagore — dijo Abdul Rahim—. El año que viene haré una gira.

Página 58

Fuimos a un café y Abdul Rahim me mostró lo maravillosamente que sabe profetizar. Dirigió su mirada al más allá, dejó que allí la metafísica lo colmara, la hizo regresar y hundió las manos en el aire como en una jofaina. Después las cruzó sobre su pecho. Su mujer está en casa cosiendo un hábito de sacerdote.

Prager Tagblatt, 8 de abril de 1922

Página 59

Página 60

El apuntador

Hans Guttmann, apuntador en un teatro alemán de la Bucovina, en la actual Rumanía, abandonó de pronto, según se informó hace una semana, su concha de apuntador durante los ensayos de un drama de Schiller, empujó a un lado al director y empezó a dar indicaciones escénicas. No podía —así lo contó él mismo— aguantar más.

Llevaba veintidós años asistiendo a los actores, siempre con la sensación de estar insatisfecho y listo para tomar las riendas de la dirección en cualquier momento. Durante veintidós años había tenido que ver impotente cómo cerebros toscos malinterpretaban el noble arte, manos ignorantes arruinaban las situaciones obrando a tientas, oídos sordos pasaban por alto sonoros momentos culminantes (cumbres de la oratoria), ojos miopes descuidaban efectos visionarios.

Durante esos veintidós años el apuntador se mantuvo acuclillado en su cueva y leyó a los actores que se quedaban atascados frases y versos de un ejemplar con anotaciones en azul y rojo, prestó una atención escrupulosa a sus movimientos y en general dirigió más de lo que sospechaban todos en el teatro. Si alguien se equivocaba en escena, Guttmann sabía encontrar una palabra sin importancia que ponía fin al rodeo retórico del orador y al mismo tiempo desembocaba en la ancha calle principal del texto. Si un incompetente se alejaba hacia el fondo a la izquierda, bastaba una seña, la leve insinuación de una seña, por así decir, una seña en la primera fase de su desarrollo, para mandar al actor hacia la derecha según lo prescrito.

Y para todo ello había que susurrar. No se trataba de un susurro corriente, sino de un susurro en voz alta. No se lograba por medio de una disminución de la voz y el uso de los labios, sino haciendo un esfuerzo con el pecho. Entre seis y ocho horas al día susurraba uno así, fuerte y de forma inaudible, de manera intensa y mecánica, como si fuera uno afónico de profesión, un artista de la afonía que vive de su falta de cuerdas vocales. Había que desconectar todos los órganos que dan timbre y eco al verbo. Había que quitarle al lenguaje su sonido, como quien dice dar sombra acústica a las palabras. Tenían que entenderle a uno en el escenario

Página 61

y no oírle en el patio de butacas, simplemente como si uno no hablara nada en absoluto: mudo hacia atrás, elocuente hacia delante.

Así estaba Guttmann, acuclillado como un duendecillo y sin que nadie le viera, un aparejo en el escenario como los bastidores y las guías del telón. Como si fuera un gramófono y su concha con la abertura sonora una bocina. Tenía que fastidiarse y hacer lo que le mandaban. Su obligación de no hacer ruido afectó a su carácter. Se volvió humilde. Llevaba una vida susurrante, una vida a media voz. Arrastraba siempre consigo a todas partes, por así decir como un caracol su casa, la concha de apuntador, incluso cuando había salido de ella.

Hans Guttmann fue apuntador durante veintidós años, hasta que se convirtió en director. El informe comunica que las ideas escénicas del apuntador eran extraordinarias y que avergonzaron al director. Quién asumió entonces la tarea del apuntador cuando tuvo lugar la representación, eso el informe ya no lo dice.

Es probable que, al sonar la campanilla, Hans Guttmann por costumbre, por una necesidad íntima irresistible, volviera a reptar hasta su cajón y reanudara su antigua actividad. Sólo se trataba para él —es posible

— de la causa, no de su ambición. Y de un poderoso volvió a convertirse en su instrumento. De un soberano, en un recurso. Y asistió a sus actores con mayor pasión y entrega que las que ellos ponían en actuar.

Berliner Börsen-Courier, 1 de junio de 1922

Página 62

Página 63

El príncipe

El príncipe vive, el pobre, en un tranquilo aislamiento. Unos castaños antiquísimos rodean, susurrantes, su villa. Su retiro se reduce a ocho habitaciones amplias. Sólo dispone de un caballo de montar. Y de un único automóvil. El automóvil tiene la carrocería gris y una suave tapicería. Sobre hinchados neumáticos rebota por el reino del que el príncipe carece. Los gansos, chillando, van por el camino a toda mecha. Los perros ladran, irrespetuosos, sin noción alguna del pasado. Sobre unos altos andamios trabajan albañiles y capataces, personas envidiables. Con el rostro cubierto de sudor, unos hombres parten guijarros para hacer grava, tan ocupados con las miserables piedras que ni siquiera saludan. ¡Pobre príncipe!

En verano el príncipe se levanta hacia las ocho de la mañana. En invierno lo hace hacia las nueve. En verano desayuna en el mirador. Y en invierno, en la cama. Con suavidad y alzando las manos extiende la mantequilla de color amarillo dorado sobre bollos blanquísimos. El silencioso lacayo, la calma personificada, por así decir, el recogimiento vestido de frac, vierte el café con la jarrita de plata en tazas de porcelana de Rosenthal. El frugal príncipe coge las tazas sólo con cuatro dedos. El quinto, el meñique, lo estira mucho y con distinción.

Cornamentas de muchas puntas miran fijamente desde las paredes de la sala de caza. De todos los seres vivos caídos por el príncipe, en su residencia sólo están las cabezas de los ciervos y de los corzos. En sus artificiales ojos de cristal el óptico experto puso una piadosa expresión de sumisa humildad. Con su mirada conmovedora los animales recuerdan a cadetes dados de baja a los que se estuviera dirigiendo un soberano.

Tras el desayuno, el príncipe cabalga. Recorre siempre el mismo camino, y siempre para facilitar la digestión y abrir el apetito. En veinte metros a la redonda el ruido del popular trote del príncipe expone a los guardas forestales y a los inspectores de montes al peligro de un ataque al corazón. De vez en cuando un bondadoso destino lleva a alguno de ellos ante los cascos del caballo. Entonces abren sus honrados ojos de cazador y saludan. No hay nada como la lealtad de un montero.

Página 64

Al mediodía, el príncipe toma en el comedor un modesto menú de tan sólo cuatro platos. Lo que no le gusta tiene que dejarlo, el pobre. Al príncipe a veces algo no le gusta.

Por la tarde, duerme en un sofá de felpa corriente.

Después, dos veces a la semana, un general viene desde Berlín haciendo tintinear sus espuelas de vasallo. Sobre el cráneo del general los cortísimos cabellos se ponen firmes ante el príncipe. Cada uno de los pelos se cuadra.

El príncipe y el general charlan sobre pasado y futuro. El príncipe, de manera campechana. El general, con respeto. Ordena desfilar a las frases. Presenta opiniones.

El príncipe tiene que contestar cartas en las que le expresan lealtad y peticiones. Esos envíos vienen siempre de alguna comarca. Hasta ahora nadie ha escrito al príncipe desde una simple ciudad.

A veces el príncipe lee el último número de Die Woche[26] y una novela de Rudolf Stratz[27], para no quedarse atrás con respecto a la actualidad. Por cómo avanzan las fechas en los periódicos el príncipe se da cuenta del transcurso del tiempo.

Las mujeres del país aman al príncipe castamente y desde lejos. Sus miradas se detienen sobre su retrato, que aparece en la revista ilustrada, durante más tiempo que sobre los figurines de la sección de moda. Lo encuentran incluso más interesante que el parloteo sobre la última tendencia de París en cuanto a la forma de los zapatos, aunque vengan terminados en punta y sin ribete.

Ciertos días, como por ejemplo el de San Juan, el príncipe arma caballeros, dándoles el espaldarazo, por completo en vano, sin él recibirlo.

Tiene un corazón grande y bueno, el pobre príncipe.

Vorwärts, 8 de julio de 1922

Página 65

Página 66

Compraventa de ropa

La chaqueta era vieja y su venta una cuestión decidida hacía mucho en mi interior. Las gotas de aceite de la rueda del tiempo habían dejado algunas manchas de grasa. Los pliegues de las arrugas en las solapas y en las mangas se alabeaban con la ardiente presión amorosa de la plancha de hierro. Pero lo determinante era el agujero. El agujero en el hombro izquierdo. Parpadeaba, blanquecino, como un ojo a través de las gafas a cuadros del algodón remendado. Atraía, centro de mi vergüenza, todas las miradas de mis compañeros de mesa. Las miradas atravesaban el orificio en el hombro izquierdo como agujas de hacer punto. Y causaban dolor.

Una ridícula necesidad de la vida cotidiana me trajo tres hombres a casa. Vivían de la compraventa de ropa. En sus brazos se amontonaban pieles humanas desolladas de todos los colores y de todos los tejidos. Eran competidores. Invitarlos a los tres a la vez me pareció una gran astucia. Esperaba cataratas de ofertas. El colorido y susurrante espectáculo de varias fuentes soltando precios de manera atropellada. Un delirante torbellino de cifras.

Pero sucedió lo contrario. La camaradería de un noble oficio los soldó en un vínculo de lealtad entre trillizos. En realidad, se trataba de una triple edición de un solo individuo. Tres ejemplares de la Creación: ropavejeros, unidos por la maldad. Hombro con hombro, regatearon. La chaqueta se paseó de ida y de vuelta por tres pares de manos. Y cada nueva mano ofreció menos. Uno de los buhoneros dijo:

—¡El forro está hecho jirones!

Su voz sonó ronca y cortante como un desgarrón en una tela rígida.

—Se ha reparado un poco —repliqué yo.

—Reparado en cristiano significa hecho jirones —dijo el segundo comerciante. Sus manos, para poder hablar en cristiano, pasaron la chaqueta al tercero.

—¡Y tiene un agujero! —dijo el tercero, triunfante.

—¡No es un agujero! Es una abertura zurcida con mucho arte, hasta dejarla irreconocible.

Página 67

—Una abertura zurcida es una abertura. Y una abertura es un agujero —dijo el primero y aleteó con los brazos.

El segundo hurgó en el agujero con un dedo índice y los dos ojos:

—¡Es incluso un agujero grande!

—¡Un agujero enorme! —dijo el tercero y metió su dedo también.

El agujero creció visiblemente. Las mangas, el cuello, las solapas y la espalda desaparecieron en su interior.

—¡Esta chaqueta no es más que un agujero! —constató el primero.

—Pero un agujero también vale algo. Cien marcos.

—¡Ochenta! —gritó un manojo de dedos del segundo.

—Cincuenta —dijo el tercero.

Nos pusimos de acuerdo en setenta marcos con cincuenta y siete. El primero se llevó la chaqueta.

Yo me puse mi mejor traje negro. Y así, confirmando[28] envejecido, con un eterno repique de campanas en el alma, sin la marca vergonzosa de la inferioridad social, me paseé por la rutina y el desempleo.

Cuando de pronto, un día, estando sentado en el tranvía, vi mi chaqueta. Un hombre en la plataforma llevaba mi chaqueta. Las arrugas y las manchas de aceite habían desaparecido. Pero el agujero… ¡El agujero en el hombro izquierdo!

Me sentí como el espíritu de un león muerto que regresa del más allá para visitar sus dominios en la tierra y ve su propio pellejo sobre el cuerpo del portero de una casa de fieras que juega a ser un león. Me precipité sobre la plataforma, pero en aquel preciso instante el tranvía se detuvo y el hombre saltó fuera. Mi chaqueta se perdió entre el gentío…

Ahora añoro la cáscara de tela azul oscuro de mi yo que, con el cambio de mareas, en la abundancia de los acontecimientos, había crecido hasta convertirse en una especie de piel. Y añoro el pequeño, minúsculo orificio en el hombro izquierdo. Y de pronto sé cómo se hizo. Claire sostenía el cigarrillo sobre mi hombro izquierdo. Así se hizo el agujero.

Pero a la mañana siguiente me fui a ver a Gretl Reich, que era rubia y sabía zurcir. Y desde entonces dos mujeres gobernaron mi mundo. Una que, fumando, me hacía nocturnos agujeros en el hombro. Y otra que a la mañana siguiente los remendaba con arte y devoción.

Y en los dos casos era amor…

Vorwärts, 14 de noviembre de 1922

Página 68

Página 69

El hombre de la toilette

El hombre de la «toilette para caballeros» es muy viejo y tiene la barba gris. El musgo crece en los pabellones de sus orejas y en su barba podría anidar una pareja de golondrinas, tener crías y fundar un hogar respetable…

La toilette se encuentra medio tramo de escalera más abajo, detrás del guardarropa y del mostrador en el que está la rubia de sangre y cera encargada del club. Los acordes de las bandas de jazz tienen que colarse entre los bien alimentados abrigos de piel de los caballeros antes de poder rodar escaleras abajo. Llegan allí tenues y un poco deteriorados y se cobijan en las orejas forradas de musgo del anciano.

Las paredes de la toilette están pintadas blanco y eternamente rociadas con agua e higiene. Clinc, clinc, gotea el agua desde la cañería. El viejo custodia un lavabo de mármol falso y lo limpia con una enorme esponja de color amarillo. Con los movimientos solícitos de un enfermero. Es, como quien dice, el sanitario de la toilette.

Amontona cajas de cerillas y pastillas de jabón hasta formar pirámides. Los botones para el cuello de la camisa y los preservativos que le dan «en comisión» los guarda como si fueran las niñas de sus ojos. Limas para uñas y cortapuros cuelgan de un cartón azulado sujetos con pequeñas gomas elásticas. Sobre una silla el viejo alisa las toallas y las dobla formando un cuadrado y con gesto solemne —un sacerdote del aseo— las entrega al huésped, que despreocupado las pone negras y las arruga.

El hombre de la toilette tiene la espalda encorvada y las rodillas temblorosas. Los clientes que le visitan, en cambio, son gráciles como abetos y están provistos de cintura y de hombros acolchados. Llevan la chaqueta a la moda con un botón en el centro y un pañuelo de encaje de seda asoma con una punta por el bolsillo de abertura inclinada y otea el mundo. Andan por la vida con elásticas botas de media caña hechas de piel de cabritilla y gozan de una buena digestión. Poseen anillos y relucientes alfileres de corbata y sus carreras profesionales, como sus acciones, tienen tendencia al alza. Con gestos elegantes se peinan alisándose el cráneo, se

Página 70

pulen las uñas con una gamuza hasta dejarlas relucientes y en pose heroica se hacen cepillar la chaqueta. El anciano repasa a los jóvenes con un circunspecto cepillo, como quien retira el polvo de una porcelana valiosa. Ellos plantan una bota de piel de cabritilla y el viejo le pasa por encima un amoroso trapo para el polvo. Después los jóvenes se alejan con caderas cimbreantes, el ritmo del próximo baile ya en sus venas proféticas. Resplandeciendo victoriosos, leones de salón renovados, suben de las profundidades camino del shimmy[29] y el licor de ciruela.

El viejo se queda abajo, medio tramo de escalera por debajo de los demás, en el reino del agua, del bajo vientre y de la manicura. Tiene cepillos en cantidad, pero cepilla a otros. Tiene limas estupendas para uñas, jabones y cepillitos de manos, pero sus manos están ásperas, arrugadas, y sus uñas mates, sin la garra elegantemente pulida del moderno vividor. Tiene agua, jabón, paredes alicatadas, cabinas, higiene para otros. Lo tiene todo «en comisión».

De lo que ocurre en el mundo se entera tarde, cuando el periódico pierde actualidad y pasa a ese estado en el que ya sólo le queda el camino que le espera a todo lo terrenal. El anciano de la toilette conoce siempre las novedades de ayer. Está medio tramo de escalera por detrás del paso del tiempo. Conoce la cotización del dólar del día anterior y sólo le sorprende que las propinas de los caballeros de un solo botón no suban.

Reina una gran soledad en torno a él. Del mundo de la luz —medio tramo de escalera más arriba— le llegan jirones de sonidos y sólo gracias a los caballeros bien cepillados, que le envía una necesidad natural, intuye la dicha del estrato superior. Su oído cuenta las gotas deslizándose por la cañería que, constantes, matan los segundos. Con ellas mide el tiempo que pasa.

Un día, tras la diezmilmillonésima gota de agua, se dormirá y lo enterrarán de nuevo. Yacerá un tramo y medio de escalera más abajo y los caballeros de un solo botón volverán por allí alguna vez, pero él ya no tendrá que cepillarles…

Vorwärts, 20 de enero de 1923

Página 71

Página 72

Encuentro con el último azteca

Un superviviente del Panóptico

Los últimos aztecas viven confiados en el mundo, en el Panóptico, en el circo y en aquellas instituciones en las que se valoran las curiosidades humanas y en las que se vive de la propia rareza. Llevan la envidiable existencia de las ranas del tiempo[30], los canarios y las ardillas domesticadas, que convierten sus ventajosas cualidades en un capital con el que se procuran el pan de cada día, un techo de cristal sobre su cabeza y cubren otras necesidades cotidianas similares. Los aztecas son por así decir canarios humanos.

Lo que en los canarios es el gorjeo es en los aztecas la cabeza. El cráneo de un azteca es alargado y en la parte superior remata en una suave punta como una adorable colina. La frente es corta, los ojos muy brillantes y, sin embargo, somnolientos, un fuego que no arde mucho tiempo. Un azteca es un fenómeno llamativo y, por lo tanto, un ser que necesita un empresario. Un azteca que por el camino pierde a su empresario ya no puede vivir de su peculiaridad.

Y no puede vivir de otra cosa. En eso se parece a las personas de sangre principesca, que cuando son destronadas reciben un infantado. Sobre los aztecas no descansa la gracia de Dios como sobre las casas reales europeas, a pesar de que pertenecen a una estirpe mucho más antigua. Tan antiguos son que ya no existen en absoluto. Ya no se reproducen. Son estériles. Eran demasiado decentes para mantenerse en este mundo y perecieron.

Al último azteca lo conocí hace dos años en el Panóptico de Berlín. Un empresario con una cadena de reloj de oro y un diente de elefante lo condujo hasta el podio. Junto a siete chicas enanas que con voz chillona contaron su biografía. El azteca no habló, tan sólo inclinó la colina de su cabeza y con sus tristes ojos llameantes se fijó en los cráneos redondos y planos que estaban sentados abajo y que tan victoriosos salían en la lucha por la existencia, sin necesidad de vivir de la propia extinción.

Página 73

El empresario habló de los aztecas que fundaron México, de la tribu nahua, de Aztlán, el «país de la garza blanca», y de Moctezuma. Contó que, aparte de aquel azteca, no queda ya ningún otro en el mundo. Y al decirlo, el diente de elefante tintineó en la cadena de oro. Fue un suave toque de difuntos para los aztecas. Y su discurso, una misa.

Ahora el Panóptico ha sido liquidado y vendido en una subasta. El empresario tal vez ha escrito las memorias de un príncipe y ahora viaja con el último monarca. El último azteca, en cambio, se sienta por la tarde en el Café Bauer, pone al desnudo su condición de curiosidad de forma gratuita y de momento vive de pegar cartuchos en una fábrica judía de la Hirtenstraße. Es demasiado débil para encontrar un trabajo duro y rentable y demasiado decente como para vivir de los negocios sucios. Pues su virtud es, en el fondo, su miseria. Porque si los aztecas hubieran sido capaces de hacer chanchullos aún estarían aquí y los empresarios serían los últimos imbéciles de Europa.

El último azteca habla con voz aguda y no puede pronunciar la erre. Dice «lumbo» y quiere decir «rumbo». Dice «lebaja» y quiere decir «rebaja». Y es como si fuera demasiado decente para pronunciar una erre atroz. Ese sonido bárbaro no está hecho para la lengua azteca. Los sonidos altos y suaves de la flauta se corresponden con su carácter dulce. La música le entusiasma. Escucha con atención y entrega la barcarola, sobre todo porque para él es una «balcalola». Y en el fondo sólo va al café por la música y los periódicos. Lo que más le gusta leer son los suplementos culturales y las noticias sobre el mundo del teatro.

Le pedí que me hablara de su patria mexicana, pero no sabía nada. Y es que este último azteca no ha nacido en México, sino en Jablonec, como los canarios que desde hace generaciones se reproducen en Europa y sólo por prestigio no se han convertido en gorriones. Mi azteca vino al mundo en un hotel de Jablonec. Sus padres eran exhibidos en el circo. Es un azteca centroeuropeo y para nada el último, sino el penúltimo. Su hermana, más joven, vive en América. Tal vez se case, si puede, y entonces habrá nuevos aztecas en el mundo.

El azteca tiene veinticuatro años y probablemente aún vivirá otros diez. Eso dice, con un gesto triste en los labios, y deja caer su cráneo alargado. Tiene un pulmón débil, un «catalo blonquial» y ningún patrimonio. Tal vez encuentre aquí, en este café que frecuentan los artistas, una colocación, un empresario. Su hermana por ahora le envía dinero.

Página 74

Llevaba veinte dólares en la cartera, como si fueran los últimos dólares del mundo.

Realmente hace falta un empresario cuando se es una curiosidad. Observé a las personas que nos rodeaban, sentadas en la mayor proximidad de un azteca sin darle ninguna importancia, como si un azteca fuera uno de ellos. La gente ni mira la rareza cuando es gratis.

Neue Berliner Zeitung — 12-Uhr-Blatt, 13 de marzo de 1923

Página 75

El café de la undécima musa

El Café de los Artistas está en la Praterstraße, no por casualidad, sino obedeciendo al destino, una estribación del Volksprater[31].

El Café de los Artistas lo frecuentan artistas sin trabajo y también aquellos que tienen un contrato. Aquí descansan del ajetreo de su profesión. Aquí pueden entregarse a sus inclinaciones, mostrar su temperamento. Aquí no tienen que negar su carácter. El payaso se puede sentar en una silla sin antes caerse diez veces. Al domador de serpientes se le permite dar rienda suelta a su miedo natural e innato a los perros mordedores. El funambulista puede resbalar en terreno llano y el ventrílocuo usar su garganta para hablar. He visto a un malabarista dejar caer una taza de moca, que se rompió, con torpeza deliberada. Noche tras noche hace revolotear por el aire diez o veinte platos de porcelana y los atrapa con las dos manos. Por una vez en la vida le apeteció ser torpe.

Por la mañana, al mediodía, por la tarde, el Café de los Artistas está siempre concurrido. Las bailarinas esperan aquí la suerte de que acuda un director de teatro de variedades. Apretujada en las sombras benéficas de una de las hornacinas, una amazona de circo entrada en años aguarda con impaciencia su caballeresca resurrección en la pista. Un telépata, miope, con lentes dobles, sujetando unos quevedos delante de las gafas, echa mano del periódico para adivinar el editorial. Y un adiestrador ha traído a su mono, un pequeño monito. Por la noche puede beber moca en una tacita que con delicadeza sostiene con el pulgar y el dedo corazón. Aquí, en este café el adiestrador practica esas artes. El mono, en cambio, licenciado del café en el Café, en cuclillas en el suelo, ha renunciado a cualquier idea de civilización contractual.

La mayoría de los visitantes no se sientan a la mesa como los parroquianos corrientes de un café, formales, dueños de un paraguas que han dejado en el guardarropa. Los clientes de este café deambulan casi sin interrupción: de mesa en mesa, hasta la calle y otra vez de vuelta. Tienen una cita, esperan a un amigo. Las citas son conferencias en movimiento,

Página 76

conferencias peripatéticas. Y los amigos, impuntuales. Se les espera durante todo un medio día.

También se juega a las cartas. Chasquean en la mesa, bofetadas de cartón. Se pierde, se gana. Así es la vida. El cómico grotesco[32], reconocible por la abundancia de arrugas en su rostro alegre y triste, qué inocentemente natural resulta aquí el movimiento cansado de su rodilla, cuya flexión triplemente complicada cada noche, para dar el artístico salto, alimenta a una familia numerosa. En cuanto al intrépido tragafuegos, que vive de la llamarada en la boca, cómo deja aquí asustado sobre la mesa la taza que apenas roza con los labios, porque el té a punto ha estado de quemárselos.

Saludado por muchos, entra un hombre. Nada de un artista, un bienhechor, un dios. Puede ser cruel y amable. Es un empresario. Busca material. Pasa por delante de todas las mesas sin inmutarse. Los que están aquí sentados, han guardado silencio para nada. El poderoso se dirige hacia un negro. Encuentra a un negro con suerte. Un negro que también en el café es negro. El color de su piel es una atracción natural, eficaz en cualquier momento y lugar.

Cómo le gustaría también al liliputiense cambiar su puesto. Nuestro pequeño mundo le parece grande. Y estrecho el campo de su actividad actual. Desde hace diez años vive en el Prater. Bien puede vivir otros veinte. En esos veinte años podría uno ver París, Londres, Nueva York, como pequeño enano en una gran empresa. Otros enanos, que tuvieron más suerte que él y pudieron convertirse en trotamundos, tampoco eran nada más que pequeños. Y, sin embargo, viven mejor. Y ven las ciudades gigantescas de la tierra, que tan inconmensurable es.

A veces, tentado por la sonrisa profesional de una bailarina que espera aquí, entra alguien no autorizado en el café, un ciudadano, oliendo la aventura. ¡Ah, ingenuo! Cree que la sonrisa, que era para el espectador, estaba destinada al hombre. Estas damas viven de la sonrisa. De la amabilidad sin objeto. Son respetables, castas, y han recibido una estricta educación como tus hijas, hombre aventurero. Aquí nunca obtendrás el favor esperado. Aquí se sientan, entiéndase en sentido metafórico, damas sin abdomen[33].

De pronto suena el dulce canto del ruiseñor. ¿En qué lámpara de araña está el pájaro del amor? Un imitador del canto de las aves deja oír su arte. Trina en intervalos de cinco, seis o diez minutos. Una alondra irrumpe en

Página 77

un brioso júbilo. Sospecho que ha recibido un anticipo, el gorjeador. Así que canta como canta el pájaro. Las personas como nosotros en estos casos nos bebemos un aguardiente. El hombre con voz de ave hace sonar un coro de bosque estival.

Los clientes del café aspiran el aire fresco del estío. Azul como el cielo de verano se extiende el techo sobre sus cabezas. Entre las mesas del café brota un jugoso verdor.

Neues Acht-Uhr-Blatt, 18 de julio de 1923

Página 78

El hombre de cartón

Un hombre de cartón avanzaba por las calles. Sus hombros, su espalda, su pecho y su abdomen eran de cartón. Sólo se le veían los pies. En lugar de cabeza, sobre el tronco de papel del hombre había un cubo de cartón. La parte delantera de aquel cubo constituía, por así decir, el rostro del hombre. Era un rostro muy primitivo: dos agujeros cuadrados representaban los ojos, una abertura triangular daba la impresión de una nariz. Avanzaba a paso lento, con una regularidad mecánica. No tenía boca ni orejas. Por lo visto, no necesitaba comer ni oír. Su cometido era caminar, caminar, caminar.

Como si el cuerpo de papel fuera un chiste sobre su propia actividad y la piel de cartón se permitiera una burla sarcástica a costa de los pies metidos en unas botas destrozadas, en la parte delantera y en el dorso aparecía pintado, por así decir tatuado, el objeto de su actividad. El tatuaje consistía en un enorme automóvil, que ocupaba casi toda la parte delantera, y la leyenda:

FIX-FIX, EL COCHE MÁS VELOZ DEL MUNDO

Es fácil adivinar que la persona de la que hablo era uno de esos individuos a los que de manera absurda se llama «hombres sándwich», calificativo que se contradice con sus honorarios y, por tanto, con su sustento. Toda su apariencia resultaba contradictoria: alababa el coche más rápido del mundo y, para sugerir su velocidad a todo ese mundo, tenía que caminar despacio. No hubiera podido ir deprisa, pues la empresa que utilizaba sus servicios, Fix-Fix, le había concedido aquel cuerpo rígido que entorpecía sus movimientos. El hombre era una columna publicitaria[34] ambulante. Algo bastante paradójico. Desde que existen los automóviles Fix-Fix y, en general, la publicidad nunca se había visto que los hombres sándwich se volvieran huraños.

¡No! El hombre avanzaba despacio e ilustraba la rapidez del coche Fix-Fix. A su lado, adelantándole, muchos coches corrían a toda velocidad

Página 79

y entre ellos probablemente también algunos de la marca Fix-Fix. El hombre seguía caminando con toda calma y mientras avanzaba paso a paso con aquella regularidad sobre el asfalto era como si lo arrastrara un engranaje. Llovía y dejaba de llover. Salía el sol y desaparecía tras las nubes. La gente se detenía y miraba el anuncio viviente y proseguía su camino. Pero él deambulaba incansable a lo largo de la calle y de vuelta.

¿Incansable? ¿Podía alguien que ya no tenía rostro ni cuerpo y al que sólo le habían dejado los pies, porque de momento la fábrica Fix-Fix los necesitaba, disponer de un corazón que se fatigara y redujera el ritmo? ¿No iba en contra de los intereses de la empresa? Si habían conseguido transformar hasta ese punto a una viva imagen de Dios, de modo que el propio Dios, si por casualidad la veía, tuviera que creer que en su rostro eterno había un anuncio de Fix-Fix, ¿no habrían logrado también implantar en aquella criatura contratada un mecanismo infatigable en el lugar del corazón humano?

¡No! ¡No lo habían conseguido! Porque al mediodía, hacia las dos, vi algo sorprendente: el hombre se detuvo, se quitó primero la parte delantera y después la dorsal, luego se autodecapitó, colocó su propio yo ante él en la acera y como si se tratara de una persona por completo distinta, una persona corriente con dos piernas, se sentó en el umbral de una casa. A nadie le asombró que una persona de cartón se convirtiera otra vez en una de carne y hueso. Por desgracia, no hay nada sorprendente en toda esta historia del hombre sándwich. Tampoco en China se asombran al ver a los animales de tracción humana a los que se denomina coolies y cuya labor consiste en hacer que los automóviles Fix-Fix resulten superfluos.

Vorwärts, 10 de febrero de 1924

Página 80

Página 81

El señor del monóculo

El señor llevaba en la cuenca del ojo derecho un monóculo. Daba la impresión de que se creía el único en aquella calle, en aquella gran ciudad, sí, tal vez incluso en el país, que no sólo llevaba un monóculo, sino que también sabía llevarlo. Y lo llevaba, como sinceramente debo reconocerle, con señorío y seguridad. No existía el más mínimo riesgo de que aquel monóculo se cayera alguna vez de la cuenca del ojo y con un suave y lastimoso gemido pudiera hacerse pedazos sobre el duro pavimento. Era como si el señor no estuviera vivo y presente en el borde de la acera para esperar el tranvía, sino como si fuera el figurín de una revista de moda para caballeros elegantes, cuya estampa, si lleva un monóculo, no provoca en nosotros un nervioso temor a que el delicado instrumento pueda hacerse añicos.

El señor llevaba un flexible sombrero de fieltro, que se mantenía tan exacto y serio, tan precisa y meticulosamente doblado en el centro de su cabeza, que parecía un rígido sombrero de copa de una forma poco habitual. Las manos del señor estaban revestidas con guantes de cuero gris, unos suaves guantes de cuero de color gris que por así decir acariciaban las pupilas del observador. Con la raya marcada, el pantalón caía sobre el zapato de charol y piel de gamuza. El rostro del señor no revelaba nada. Se trataba de una fisonomía obstinada, que en principio lo negaba y lo ocultaba todo en silencio, como el semblante de un faraón muerto, al que tras varios siglos de vida en el más allá se encuentra momificado en su sarcófago.

El monóculo momificaba el rostro de aquel señor. Era como si el hombre, que debía de encontrarse en lo mejor de la edad adulta, no hubiera vivido nada de importancia desde su nacimiento. Sí, como si hubiera venido a este mundo como una momia capaz de moverse para contemplar su luz gracias a la mediación de un monóculo, el cual no confería al rostro más que una asimetría muerta, pues una lente en la cuenca del ojo derecho obliga al usuario a tensar toda la mitad derecha de la cara, a tan pronto arrugar la piel de la sien derecha como a estirarla y a alzar, aunque sólo

Página 82

sea un poco, pero en cualquier caso a hacerlo de manera visible, la comisura derecha de la boca.

El monóculo, además, dirige los pensamientos en una dirección determinada, y así giran siempre, aun cuando sea de modo inconsciente, en torno a la preocupación por lo que le pueda ocurrir al anteojo, en caso de que se produzca esta o aquella sorpresa. Por eso nos parece que al señor que lleva un monóculo no le asombra nunca nada. En realidad, se asusta y le conmueve el dolor o la alegría un segundo más tarde que a los demás. Así, el monóculo le impide captar de inmediato los acontecimientos de la época, que cambian de forma tan abrupta. Por ejemplo, no se da cuenta aún de que una revolución está en marcha, porque mientras tanto él sólo se preocupa por la seguridad del monóculo. Y está condenado a entender un chiste mucho después que nosotros. Sus vivencias no llegan de primera mano, directas y frescas a su conciencia, sino correosas, frías y sin efecto alguno. De ahí que su rostro esté tan vacío y resulte tan aristocráticamente reservado.

Andaba yo precisamente ocupado con estas consideraciones, cuando me pareció observar que el señor del monóculo empezaba a impacientarse. La gente normal delata su impaciencia, colocando de manera plebeya un pie delante del otro y haciendo así que su estado, que no nos importa nada en absoluto, atraiga nuestra atención de manera francamente cargante. Aquel hombre, en cambio, empezó a alisar sus guantes, como si su blanda suavidad pudiera aumentar aún más. Puso por así decir una mano delante de la otra, como suelen hacer los plebeyos con los pies. Pero no vino ningún tranvía.

En su lugar, llegó un autobús. Y entonces ocurrió algo inesperado. El cerebro del señor se rebeló contra la dictadura del monóculo. Primero tuvo la atrevida ocurrencia de utilizar el autobús, en lugar del tranvía, y puso los pies del señor en movimiento, con lo que el hombre empezó a correr. Pero, como suele ocurrir con las naturalezas subordinadas, el rebelde cerebro recayó en su vieja dependencia del monóculo y alumbró de manera apresurada un nuevo pensamiento de preocupación, con lo que en plena carrera el señor alzó el brazo derecho, rozó con la manga la lente y la hizo caer al suelo, donde por desgracia se estrelló con un triste y argentino tintineo. Entretanto, el apresurado autobús se marchó y el caballero regresó al borde de la acera.

Página 83

Su ojo derecho estaba desnudo. Y la comisura derecha de la boca comenzó a escurrirse de manera imperceptible hacia abajo, como el platillo de una balanza que se equilibra. El rostro cobró vida con la intención de no ver nada y, sin embargo, no tuvo más remedio que ver la acera de enfrente, con sus transeúntes, un perro junto a una columna de anuncios, un ciclista cayéndose, un pequeño choque… El cerebro del señor comenzó a acumular vivencias. Y como el tranvía seguía sin llegar, ocurrió lo más horrible de todo. El señor, aquel señor distinguido, empezó a poner un pie delante del otro. Fue como una visible y progresiva proletarización de la clase media educada. Segundo a segundo el señor se volvió más humano. Ahora también se podía ver claramente que tenía prisa. Que quería llegar a tiempo para ver a una tía moribunda. O a su almuerzo. O a una partida de póquer. O a una conspiración contra la República. Se volvió comprensible, aunque seguía sin resultar simpático. Y si por el camino no se ha comprado un monóculo nuevo, puede contar con convertirse incluso en un ser razonable dentro de diez años.

Vorwärts, 23 de marzo de 1924

Página 84

La criada por encima de la barandilla de la escalera

El señor teniente coronel de la Mommsenstraße tiró a su criada por encima de la barandilla de la escalera porque por descuido había roto algún plato. La chica cayó de espaldas y resultó herida de tal gravedad que se la podía confundir con la vajilla rota. La llevaron al hospital y no es del todo seguro que la vayan a reparar. También la vajilla del teniente coronel se ha perdido para siempre. Entre un plato de porcelana y una criada la diferencia tampoco es muy grande cuando ambos están intactos. El teniente coronel tiró los fragmentos por la ventana y a la chica escaleras abajo. Él mismo se encargó de los pedazos rotos. A la criada él y sus dos hijos la desalojaron de la vivienda. Pues así lo quiere la costumbre, que los hijos sigan los pasos de sus padres, que vivan mucho tiempo en la tierra y nunca les tiren por encima de la barandilla de una escalera. Al contrario, la ley y la costumbre prohíben que las criadas lancen a los tenientes coroneles. Aunque no habría nada que objetar contra un orden mundial en el que un teniente coronel perteneciera a la gran y superflua familia de las vajillas antiguas.

Pero como no es así, el cuerpo de bomberos llegó ante la casa del teniente coronel y recogió los restos de la criada, como era su obligación. Debo reconocer, no obstante, que no espero mucho de un cuerpo de bomberos que en semejantes circunstancias no puede hacer nada más que levantar a la víctima del suelo, sin tocarle un pelo al teniente coronel. Pero si alguien planteara la objeción de que la venganza no está entre los cometidos del cuerpo de bomberos, entonces declaro que no reconozco la necesidad de un cuerpo de bomberos que sólo puede apagar lo que ya se ha quemado y no está autorizado para castigar al pirómano, sino que debe dejárselo a los tribunales, cuyo respeto frente a los tenientes coroneles es de todos conocido.

Así que es de suponer que nadie tirará al teniente coronel y a sus hijos por encima de la barandilla de una escalera. Luise, la criada, se quedará en el hospital hasta que le den el alta, como tullida por la calle, como cadáver en una tumba y, en el mejor de los casos, como una chica recuperada. Pero

Página 85

¿adónde irá a parar en el mejor de los casos? ¡De nuevo a la casa de un teniente coronel! Entonces puede volver a ocurrir que rompa alguna pieza de la vajilla y caiga escaleras abajo. Si yo fuera una criada y tuviera que elegir entre un desenlace apacible y una nueva colocación en casa de un teniente coronel, escogería el desenlace y la tumba y estaría durante toda mi muerte a salvo del ataque inesperado de los oficiales superiores. Porque ya no hay guerra y aún no hay guerra. Es importante aprovechar la breve pausa en la que los oficiales pueden disponer sobre los vivos, pero no sobre los cadáveres. ¡Qué bien le va a una criada muerta que ya no puede romper la vajilla y no es el cadáver de un héroe…!

Ese sería un punto de vista. Pero quien está vivo quiere seguir viviendo a toda costa. También las criadas que han sabido lo que es un teniente coronel quieren seguir viviendo. Por supuesto, se guardarán de volver a entrar en el servicio militar. Así que acudirán a la casa de un consejero de comercio, de un fabricante, de un director de banco, de un alto cargo de la administración. Para todas esas personas las criadas son menos importantes que la vajilla. También un director de banco ama siempre su porcelana y a su criada de vez en cuando, y sólo cuando le place. La cólera del director de un banco tal vez sea más refinada. Pero la cólera la siente también el banquero al que le rompen los platos. Y mientras haya criadas corren el peligro de ser arrojadas por encima de la barandilla de la escalera, metafórica o realmente hablando.

Pero ¿por qué un teniente coronel es más rápido en el ataque por sorpresa y se muestra más temerario y más fácilmente decidido a emplear la fuerza que su colega civil? Pues porque es un oficial, un hombre que vive convencido de que la patria le necesita tan imperiosamente que hasta el cuerpo de bomberos que levanta a su víctima del suelo le hace el saludo militar. Un hombre que ha sido educado para dar órdenes y castigar. Un autómata humano —¿o no humano?— que sólo reconoce una diferencia entre los sexos cuando su propio sexo se presenta, pero que, por lo demás, no distingue a una criada de un artillero que ha cometido un delito de insubordinación.

Y hablando del artillero (o de un soldado de infantería), ¿qué le cabe esperar de un oficial que lanza chicas por las escaleras? ¿Qué no habrán vivido ya los soldados a las órdenes del teniente coronel? ¿Por encima de cuántas barandillas de escalera los habrán tirado ya? ¡Ay, sobre sus sufrimientos reina la calma profunda de la discreción, que es una

Página 86

consecuencia atroz de la disciplina! El silencio de los que tienen miedo es más profundo que la quietud de las tumbas. Hay millones de barandillas de escalera en los miles de cuarteles del país[35]. Miles de soldados de infantería, artilleros, granaderos y soldados de caballería se asemejan a las criadas que rompen la vajilla por descuido.

Y, a pesar de todo, qué extraño le parecería a la gente un mundo sin criadas, sin escaleras, sin tropas y sin oficiales. Tiene que haber, eso dice la gente, una escalera por la que unos suban y los otros bajen. Los que no quieran bajar pacíficamente serán arrojados. Sólo en las cajas que contienen porcelana aparece el rótulo:

¡ATENCIÓN! ¡FRÁGIL!

Pero ¿alguien ha visto jamás una inscripción semejante en el cuerpo de una criada…?

Der Drache, 14 de febrero de 1925

Página 87

Informe desde el paraíso parisino

El paraíso se encuentra en el sótano, en el abismo. Aunque su ubicación es tan favorable, que casi se corresponde con mi idea del séptimo cielo. Es un paraíso subterráneo. Pero la dirección que hay que tomar para llegar a él no tiene ninguna importancia. De igual manera yo a veces cuando inicio una suave bajada me parece que caigo hacia arriba en un intrépido vuelo…

La entrada al paraíso la alumbran letras azules, formadas por pequeñas lamparitas. Su azul se aproxima un poco al violeta. Es el azul del pensamiento azul y de los primeros velos matinales que se ciernen sobre un sembrado. Es un azul de sueños fuertes, abrumadores, y de cigarrillos humeantes. No es el azul del cielo y tampoco el color del mar del sur. Ven lo difícil que resulta describir un color.

A cada lado de la escalera que, bajando, conduce al paraíso, empedrada con pecados lisos[36], pero también provista de una barandilla, hay paredes de espejo, que reflejan el azul de las pequeñas bombillas en un tono un poco más claro. Se crea una atmósfera de humo, de mañana y de sueño. Se crea un color muy extraño, muy diferente a todos los conocidos. Por tanto, la consciencia del tiempo se apaga. Recuerda uno sólo que era media noche cuando la puerta de entrada al paraíso se abrió, antes de caer uno presa de su condenación. También se borra el recuerdo de la posición geográfica: de todo el cielo de Montmartre con sus coloridos soles publicitarios, de los toques de las bocinas terrenas de los automóviles terrestres en la rue Pigalle. Azul y en penumbra está el cerebro. El tiempo no transcurre, sino que se mece, deshaciéndose en veladuras…

Frente a la escalera se encuentra la banda de música. Con piano, violín, saxofón, flauta, acordeón y tambor. El violinista no tiene casi nada que hacer. Por eso, es el director de orquesta. Está de pie ante la música, aunque de espaldas a ella, vuelto hacia los que vienen, hacia las escaleras, hacia el público. No dirige la música, sino el espacio, el colorido, el baile. Dirige el paraíso. A veces canta. Ha cambiado su voz por la del saxofón. Tiene un rostro ancho y blanco de tiza. Bombea con los brazos y las piernas para extraer arrebatos de su timidez. Porque es muy tímido. Aquí

Página 88

sólo él sabe la hora que es y conoce la posición geográfica. Se trata de un director de orquesta terrenal, racional. Pasa sus días en la cama leyendo el periódico. No pertenece al paraíso, como, por ejemplo, yo. Sólo tiene un contrato con el paraíso.

Yo, en cambio, bebo calvados.

Es un aguardiente elaborado a base de manzana, según su antigüedad de un marrón dorado como las hojas en otoño o de un amarillo suave como el ámbar. Unas veces sabe como el coñac y otras a flores de frutos desconocidos. En el paraíso, de todos modos, cuesta cinco francos…

Las mesas y las sillas están muy cerca unas de otras, en dos largas hileras, en cuyo centro se baila. Me gusta sentarme en el borde. A veces pasa un ángel y me acaricia el pelo. Porque en el paraíso viven ángeles, naturalmente…

Son de todas las razas de la tierra. Los hay blancos, amarillos, negros, marrones, sombreados, mezclados, matizados, con ojos negros y claros, con labios gruesos y finos, con senos pesados y leves, con caderas anchas y estrechas, con rodillas de seda fresca. Van maquillados de marrón y empolvados de blanco. En suma, son ángeles…

Vienen al paraíso —¿se sabe de dónde?— a bailar. Se dejan abrazar por hombres que no tienen ni idea de ángeles. Dejan que les paguen una limonada y tendrían que beber champán. Ganan muy poco dinero y, sin embargo, donan sus noches.

Yo no se los envidio a todos los bailarines.

No se los envidio a los viajantes de comercio con los hombros anchos rellenos de guata, a los representantes que, sin su maletín de muestras, se desvían para venir al paraíso y a los que, aun así, se les reconoce. No se los envidio a los sumisos vendedores de corbatas, los de huesos blandos, sin columna vertebral, con los que se podría hacer un nudo a la moda. No se los envidio a los caballeros burgueses de Boston, Liverpool y Ámsterdam, que, liberados de la vigilancia conyugal, oprimen el pecho de una chica contra su voluptuosa cartera.

Se los envidio a los marineros, a los eternos muchachos de andar cimbreante, con los ojos azules y el aniñado cuello de la camisa, que también en el paraíso hincha un eterno viento de mar. A los negros, a los seminegros, a los cocineros de barco javaneses, a los boys de Mongolia, a los príncipes abisinios y a los rudos conductores de carros de los mercados. Todos vienen al paraíso. Vienen de las colonias. Vienen de las

Página 89

guerras. Vienen de Túnez, de Argelia, de Marruecos, de los puertos de Marsella, de Burdeos y de El Havre…

A veces el paraíso es como el vientre profundo de un barco. Toda la sala se balancea con suavidad y sin cesar. Y, sin pausa, la orquesta toca el concierto de las máquinas. La sensación de amparo y al mismo tiempo de abandono me retiene aquí para siempre. Nunca se hará de día, nunca vendrá la realidad terrenal, de sol, trabajo, descanso del mediodía y campanarios. Esta sala surca conmigo el océano de los mundos. Cuando la música incesante se detiene medio minuto es como el momento mudo e infinito que durante una tormenta, entre el relámpago y el trueno, se queda enganchado, temeroso, sin aliento, sin un latido.

De golpe cambia la iluminación. Cae en el profundo verde azulado de los prados nocturnos. Después en un rojo oscuro de rubíes. Los labios de la gente se vuelven azules y el cigarrillo en mi mano se convierte en un pequeño bastón con una cabecita de fuego plateada sobre la que se teje una red de tenues filigranas de ceniza. Entonces la luz en el paraíso pasa a un amarillo anaranjado. Sólo el acordeón, con suspiros humanos cuando coge aire, toca una canción situada entre Europa y África como una isla, una melodía amarillo anaranjada. Recuerda a las canciones populares de todas las naciones y, sobre todo, a las noches de verano eslavas. Es como si el acordeón solo recibiera la iluminación amarillo dorada. Es un instrumento vespertino. Alumbra y alimenta este desmesurado ocaso de sol sin sol: el ocaso del mundo.

Todos saben ya que están perdidos. Las chicas lo están aún más. Hasta los viajantes de comercio quisieran llorar.

Pero eso no ocurre. No puede ser. El último suspiro del acordeón apaga la luz anaranjada y la flauta vuelve a encender la plata del techo.

La calle derrama hacia abajo nuevos forasteros, condenados al paraíso. Viene un nuevo ángel: amarillo pálido, mezcla de tercera generación, en el rostro delicado una boca amplia, siempre abierta. Deja al descubierto unos dientes fuertes y blancos, una tierna amenaza.

Se trata de uno de los misterios insondables de la naturaleza, que esta mujer de dentadura fuerte y grande tenga unos tobillos tan humildes, tan frágiles. Y unos pies que no pisan los peldaños, sino que los besan.

Frankfurter Zeitung, 14 de abril de 1926

Página 90

El faquir y su público

En un pequeño y mundano teatro de París, frecuentado por personas sin preocupaciones, se presentó el faquir Tahri Bey. Es un hombre de mediana estatura, barba negra y piel blanca, dotado con una suerte de juventud del más allá, que en modo alguno depende de los años. Lleva en torno a los labios una sonrisa que parece una flor abierta. Su característica más llamativa es una virtud muy terrenal, el encanto, una virtud que un faquir, al parecer, no necesita. Pero este faquir es encantador, como quien dice para complacernos a nosotros, espectadores apegados a la tierra.

La noche que asistí al teatro quedé convencido de que esa buena voluntad del faquir era inútil. Sí. Incluso un craso error psicológico. ¡Si hubiera podido advertirle! Le habría dicho que la gente acomodada y sin preocupaciones, que ha pagado su localidad, quiere experimentar escalofríos metafísicos, no la gracia humana, y que la mayoría de los europeos occidentales sólo disfrutan de un prodigio cuando va acompañado de cierta dosis de terror. Nuestro faquir no provocaba ningún miedo. Llevar una vestidura blanca era la única concesión que hacía a la necesidad de misticismo de los espectadores. Era natural, terrestre. Con una suave voz nasal hablaba sin cesar y sólo de ciencia y experimentos, en lugar de hacerlo sobre espíritus, demonios y el infierno. Hablaba con exactitud, lógica, coherencia. Apelaba al juicio por lo demás escaso de los oyentes, juicio al que renuncian de forma espontánea, en lugar de remover las fuentes de su temor, que ellos habían dejado ampliamente al descubierto.

Como resultado sucedió que aquellas personas se volvieron arrogantes, rebeldes, obstinadas, como niños frente a un profesor bondadoso. Volvieron a cegar las fuentes de su temor y despertaron el juicio, que aunque no bastaba para comprender al faquir, sí era lo suficientemente amplio como para causarle problemas. Cuando el faquir pidió que alguien subiera al escenario, todos permanecieron sentados. A la gente rica no le gusta prestarse para experimentos científicos, pues según las leyes eternas que rigen el orden mundial sólo los pobres y los conejos son seleccionados

Página 91

con ese propósito. Jamás nadie había hablado con tanta amabilidad a los espectadores como aquel Tahri Bey.

Por fin una dama resuelta, sin sombrero y con el cabello ya blanco, con unas sandalias de tacón demasiado bajo que revelaban una energía masculina y se correspondían con el timbre grave de su voz, se presentó ante el público. Tenía que dar una orden imaginaria al faquir y transmitirle sus pensamientos poniendo su voluminosa mano sobre la de él, estrecha y blanca. Lo hizo. Con inequívoca determinación colocó su mano sobre la del faquir y le miró con ojos agudos, grises, recelosos y burlones. El faquir pareció haber adivinado. Se dejó caer de rodillas y con las manos buscó algo en torno a las enérgicas sandalias. Como no encontró nada, se levantó. La dama guardó silencio. Él volvió a dejarse caer y braceó en el profundo vacío.

—¡Continúe! —se oyó que decía la voz de la dama.

—¿Entonces lo he adivinado? —preguntó con suavidad el faquir.

—¡Continúe! —ordenó la dama.

El faquir, sin embargo, se detuvo, tal vez porque le avergonzaba estar tirado en el suelo de forma tan indefensa ante una dama.

—Si hubiera seguido —se burló ella—. Pues, ¿sabe lo que le había ordenado? Había pensado para mis adentros que tenía usted que nadar.

Sí. ¡Había pensado que tenía que nadar! ¿Por qué no volar? Como en el escenario no había agua, volar habría sido más lógico. Nadie aplaudió. Todos dieron la razón a la dama y nadie se dio cuenta de que el faquir había ejecutado incluso aquella orden absurda. El faquir suspiró. Por un instante una sombra cruzó su sonrisa. Tuvo que darse cuenta de lo débil que es la razón y de cuánto mayor debe ser el esfuerzo que tienen que realizar los hombres que quieren iluminar la mente de las personas que el de quienes invocan las fuerzas extrasensoriales. Tuvo que darse cuenta de cuánto más fácil resulta adivinar los pensamientos ocultos de una persona que enseñar a una persona a pensar.

Su tortura aún no había terminado. Hipnotizó a un hombre joven y pidió a un señor que pensara en un objeto. El hipnotizado adivinaría de qué objeto se trataba.

—Bien —dijo el señor—. Pienso.

—¿Querría subir al escenario? —rogó el faquir.

—No —respondió el caballero—. Me quedaré sentado.

El faquir se acercó a su médium.

Página 92

—Es un objeto —dijo el médium— que el caballero ha perdido o que ha olvidado. O que le han robado.

—Correcto —dijo el señor.

—Es un objeto —prosiguió el médium— que el caballero llevaba siempre consigo.

—No —replicó el caballero.

El médium se empeñó en que se trataba de un objeto que el señor llevaba siempre consigo.

—No —repuso el caballero—. No ha adivinado usted nada. Pensé en mi paraguas, que he perdido. Y sólo lo llevo cuando llueve.

Entonces al faquir no le quedó más remedio que hacer que le enterraran. Antes preguntó:

—¿Cuánto tiempo debo estar muerto? ¿Cinco, siete o diez minutos? —¡Todo un cuarto de hora! —dijo un señor vestido de esmoquin. Se

trataba de uno de esos caballeros que llevan peluca y quevedos. Su rostro no estaba hecho a base de rasgos, sino de bultos de carne.

El faquir se tendió en un ataúd. Unos operarios echaron arena por encima de su rostro y del ataúd. Se formó un túmulo amarillo sobre el escenario.

Al cabo de un cuarto de hora sacaron al faquir de la tumba. Su rostro estaba negro. Sus ojos, blancos. Sus manos, inertes. Con aquellas manos inertes aún fue capaz de extraer de un chal los llamados talismanes, hojas de papel apergaminadas que esparció alrededor. Y mira por dónde, todas aquellas personas distinguidas y sensatas que se habían burlado del faquir, que en su noble reserva no habían querido subir al escenario, se pegaron por los talismanes. Las damas perdieron la compostura y los hombres olvidaron su caballerosidad. Fue como cuando se produce una catástrofe. Las personas que no pescaron ningún papel chillaban desesperadas. Tuvieron que sacar rápidamente al faquir del escenario, mientras se desataba una refriega por los talismanes. Se veía a damas en traje de noche sobre sus rodillas de seda buscando papeles por el suelo y a señores ocultando con dedos ávidos pequeños papelitos en la cartera. Si no hubieran apagado las luces y la gente no se hubiera acordado de que sus abrigos, al fin y al cabo valiosos, y sus paraguas, que, por supuesto, sólo llevaban cuando llovía, se encontraban en el guardarropa, la disputa no habría tenido fin.

Página 93

Ahora Tahri Bey está camino de América. Allí encontrará un público que aunque tiene también un juicio escaso no hace demasiado uso de él. De todos modos, desearía que aprendiera con un prestidigitador cómo se realizan verdaderos prodigios de forma que resulten tan eficaces como los falsos. Y es que, por desgracia, sigue siendo necesario engañar a las personas justo cuando quieres demostrarles la verdad.

Frankfurter Zeitung, 30 de junio de 1926

Página 94

Página 95

Reportaje sentimental

Por la mañana había un perro delante del hotel. Tras una ojeada fugaz, propia de un escritor más familiarizado con individuos que con grupos, géneros y razas, consideré que se trataba de un fox terrier. Saltó hacia mí, me lamió la mano y esperó a que le lanzara algo para jugar. Tenía el pelaje blanco y bajo el ojo izquierdo una mancha negra. Mientras observaba sus orejas, que podía mover como el rabo, me dio la sensación de que eran las orejas de un perro de caza. Y como valoro las mezclas por encima de los vástagos de pura raza criados con esfuerzo, que al fin y al cabo también han surgido a partir de mezclas, y porque, tal vez a diferencia de las ciencias naturales, creo que los productos de una pasión casual, incontrolada y sin techo son más inteligentes que los de un matrimonio animal cuidadosamente arreglado, aquel perro, indiferente y desconocido, me resultó simpático. No era un fox terrier. Pero era un perro.

No cabía duda de que lo habían abandonado. Aunque llevaba collar, no tenía chapa alguna. Se trataba de un collar bueno, de piel, con pequeñas plaquitas cuadradas de metal. Esos collares sólo los compran los dueños de perro acomodados. Aunque ellos suelen colgar también una chapa en el collar. Como el perro aún llevaba collar, aunque ya no tenía chapa alguna, se podía suponer que su amo no lo había perdido, sino que lo había abandonado. En todo caso, deduje que el dueño había comprado el perro pensando que se trataba de un fox terrier y, cuando vio que el animal adquiría las orejas de un perro de caza, decidió deshacerse de él. Debió de llevarlo —aún era un ejemplar joven y millones de olores lo confundían— a una calle apartada, lo dejaría allí, saltaría a un coche y desaparecería. Pues no todo el mundo piensa como yo sobre los mestizos.

Además, el animal estaba enfermo. Sobre su frente se extendía una ligera erupción de color rojizo. No se trataba de algo feo o asqueroso, más bien parecía inofensivo, una de esas leves e inevitables enfermedades infantiles. Pero, al fin y al cabo, era una erupción. Olía a una pomada con la que sin duda le habían curado hacía poco. Aquel fuerte olor —algo así como lavanda y fenol— debía de haber confundido aún más al inexperto

Página 96

hocico del animal, con lo que no podía volver a casa y tomaba a un extraño por alguien conocido. Aquella enfermedad sin duda había reforzado la decisión del amo de abandonar al perro, cuando no la había provocado, pues considero que la bondad de un corazón humano es capaz de llegar hasta el extremo de soportar a un mestizo, pero tratar de curar a un mestizo enfermo, aunque sólo sea con una pomada, supera todas sus fuerzas. Al fin y al cabo, uno no es más que un hombre.

Aquel mismo día por la tarde yo tenía que abandonar la localidad: un balneario en el sur de Francia. Me esperaba un largo viaje. Dieciocho horas en un vagón de carga que en cada estación se vería empujado o lanzado por peones diligentes y tal vez incluso hostiles. Eso para un perro enfermo es demasiado. Por supuesto, podría haberme ocupado de él, tal vez incluso haberlo ocultado en un compartimiento, pero también mi corazón tiene sólo cualidades humanas.

Fui con el perro a un restaurante. Le dieron un hueso, verduras y agua. El hueso se lo llevó cuando nos marchamos de allí. Fuimos a la prefectura de policía, a la Sección de Objetos Perdidos. En una habitación descarnada y húmeda había un funcionario sentado ante una mesa larga y ancha. Aquella mesa, de color marrón oscuro, roída por la carcoma, picada por millones de plumas, constituía a la vez la barrera entre el funcionario y el público. Para llegar a su silla, el hombre debía trepar por encima de la mesa o entrar en la habitación por una puerta oculta, mantenida a propósito en secreto, tal y como hacen los actores para salir a escena. Me pareció también que tras aquella mesa el funcionario en absoluto desempeñaba su prosaico oficio, sino que representaba un papel. Un papel secundario, por supuesto.

Estaba sentado ante un libro fino, un tintero, un portaplumas de color verde, los únicos objetos que había sobre aquella mesa ancha y desierta, y no escribía. Esperaba. Tal vez no abandonara nunca aquella habitación. Tal vez aguardaba allí desde la fundación de la policía. Tenía unos ojos redondos, de un color marrón tirando a dorado, que se movían muy deprisa. Recordaban a las pequeñas canicas de cristal con las que juegan los niños. Rodaban deprisa en todas las direcciones. De todas las partes que constituían el cuerpo de aquel funcionario, los ojos eran lo único que parecía libre y móvil, porque incluso la mano que dirigía con la pluma hacia el tintero y después hacia el libro no se movía hasta el punto de que uno pudiera decir que se trataba de una mano libre. Era como si en

Página 97

realidad no fuera capaz de hacer otro gesto que aquel que iba del chaleco al tintero y del tintero al libro. Se trataba de una mano rojiza y delgada con venas azules y las uñas romas, y de los dedos sólo el pulgar y el índice estaban en condiciones de ser usados. Los otros tres colgaban, inútiles, de la mano, como si fueran dijes. También el brazo estaba fuertemente sujeto al hombro, pero no unido a él mediante la clásica rótula, sino como si fuera un travesaño embutido en él.

El perro jugaba con el hueso debajo de la mesa. Aunque no se trataba de un objeto, le correspondía estar en la Sección de Objetos Perdidos. Pero mientras el funcionario tenía el derecho y la obligación de quedarse con las carteras, de ningún modo podía quedarse con un perro. Mejor dicho, la ley determinaba que yo, que era quien lo había encontrado, debía proteger, cuidar y alimentar al perro durante veinticuatro horas. Si al cabo de ese período no aparecía el propietario, yo podía dejar al perro suelto o mandarlo matar.

Le dije al funcionario que estaba decidido a actuar en contra de aquella ley y a marcharme ese mismo día, tal vez con el perro, pero probablemente sin él.

—¡Como quiera! —contestó él, pues no era su deber hacerme desistir de cometer una infracción. Yo ya era mayorcito y podía hacer lo que quisiera. Posó un instante su bolita de visión sobre mi rostro. Me miró como se mira a alguien que echa a correr en dirección al fuego. Otros funcionarios, que no estaban atados a una mesa, sino que patrullaban a toda mecha en automóviles, estaban allí para detenerme en algún lugar y conducirme a los tribunales. A él ya no le quedaba otra cosa que hacer que propinarle una patada al perro debajo de la mesa. Podía hacerlo porque se trataba de un perro sin amo y de un objeto perdido. Incluso debía hacerlo, porque, ¿cómo si no darle a entender a un perro que su caso ya ha sido archivado? Quizás el hombre aprovechó también la ocasión para demostrarme que aún podía mover un pie, pues, como ya dije, hacía mucho que estaba sentado en su sitio.

En la calle un hombre me aconsejó que fuera con el perro a la Sociedad Protectora de Animales. Toqué el timbre de la verja de hierro de una villa. Por las escaleras vino a mi encuentro un hombre al que no le pude ver el rostro. Lo ocultaba en las sombras de la parte superior de la escalera. Sólo vi su chaleco, su pantalón oscuro, sus zapatillas rojas, un pedacito de sus calcetines amarillos. Sólo escuché su voz, una voz suave,

Página 98

profunda, que surgía de un cuello untado de grasa. Las palabras rodaban sobre discos lubricados. La voz me rechazó. Que sí que era, dijo la voz, el presidente de la Sociedad Protectora de Animales, pero que sólo podía aceptar animales durante la temporada en la que venían los ingleses, cuando entre los clientes del balneario se podía encontrar un comprador.

Pregunté a la sombra allá arriba si había algún veterinario cerca. Sí, me replicó, pero uno al que había que pagar. Era evidente que allí arriba suponían que alguien que ha encontrado un fox terrier falso no está dispuesto a pagar una consulta.

—¡Pagaré! —le grité. Y me enteré de la dirección.

Pero ya eran las cuatro y diez cuando llegué donde vivía el veterinario. Su mujer me abrió, reconoció enseguida la mala raza del perro, me incluyó también a mí en ella y dijo:

—Mi marido trabaja sólo hasta las cuatro. ¡Puede usted leerlo!

Se trataba de una mujer joven, bonita, rubia y pechugona, ceñida, empolvada, con el pelo ondulado, los labios pintados, vestida de una forma tan exageradamente impecable que parecía estar de visita en su propia casa. Barrunté mientras la observaba la desagradable limpieza de sus habitaciones, su horror al polvo, a la pobreza, a las polillas y a la revolución, su manera de ahorrar, su fidelidad conyugal, la falta de oportunidades y su trato continuo con veterinarios, que no eran diferentes de su marido… Y es que a las mujeres a veces les apetece más un cambio de profesión que de hombre. La vi levantarse muy temprano por la mañana, quitar el polvo a los cachivaches, limpiar ceniceros sostenidos por desnudas ninfas de bronce, contar las cucharillas de plata para el café, preparar el almuerzo. La vi sentada después de comer en una mecedora, leyendo en el Eco de París sobre las atrocidades de los bolcheviques y sobre el nuevo rearme de los alemanes. En los dos minutos que necesitó para echarme de allí, la reconocí a ella y reconocí sus virtudes, pues, a diferencia del perro, pertenecía a una especie muy concreta, a una raza, diría yo, cuyos miembros se distinguen en todos los países del mundo por presentar las mismas características.

Encontramos otro veterinario que pasaba consulta hasta las cinco. Era un hombre bajito, espabilado, agradable, que más bien se parecía a un fotógrafo callejero. Cuando examinó al perro, me dio la sensación de que lo cogía con amabilidad, sin pensar en que estaba enfermo.

—¡No es grave! —opinó—. Además, tenemos una buena solución.

Página 99

Me dijo que hacía dos semanas había llegado un nuevo veterinario, uno de la ciudad, que no mandaba matar a los perros. Que iba todos los días a la perrera, cuidaba a los animales hasta el día de la subasta, pero que si su mal era incurable los mataba de una manera humana.

Me quedaba aún una hora antes de partir. Fui con el perro a ver al encargado de la perrera. Era un hombre alto, fuerte, alegre, con una gorra de funcionario. Pensé que aquella sonrisa sólo podía proceder de una buena conciencia. Que aquel encargado de la perrera debería ser el presidente de la Sociedad Protectora de Animales. Su buen corazón se veía a la legua. Los perros no lo aprecian, me dije. Es demasiado fuerte para ser cobarde. Demasiado simple para ser malo. Mira lo ancho que es su rostro. Parece un plato rebosante de bondad.

Pero el perro, que estaba demasiado abajo como para poder ver el rostro de aquel hombre alto, olió en el encargado de la perrera únicamente los miles de perros que había atrapado. Y nada más. No dejó que lo cogiera. Yo mismo tuve que meter al animal en la jaula. Se llevó el hueso. Le di al encargado de la perrera una propina y amenacé con que al cabo de unos días me informaría acerca de su destino…

Proseguí mi viaje. Viví, entregado a un trabajo, en una ciudad remota al norte de Francia. Una semana, dos semanas. Un buen día empecé a pensar en el instante en el que había encerrado al perro en la jaula. Aquel recuerdo no se produjo por ninguna causa razonable. Vino como un viento silencioso, aunque ante mi riguroso escrutinio pronto adquirió el aspecto del sentimentalismo. Sin embargo, cuando lo analicé con mayor rigurosidad aún, me resultó difícil definir el sentimentalismo. ¿Qué era aquello? Hace once años viví tres asaltos militares. En una ocasión, tendidos alrededor de un pozo, «cercado» por el enemigo, vi a una docena de camaradas muertos, cuya sed había sido mayor que el temor a la muerte[37]. Me acordé de los caballos moribundos al borde de los caminos por los que habíamos pasado. ¿Qué era el sentimentalismo? ¿Era el remordimiento por haber traicionado a un ser humano natural y el que se siente por haber traicionado a un perro sentimental?

Llegué a la conclusión de que por así decir soy un sentimental. Y le envié un telegrama al encargado de la perrera, diciendo que si el fox terrier, entregado el día tal del cual junto con una propina, estaba sano y salvo, me hiciera saber por favor cuándo podía retirarlo a cambio de una

Página 100

recompensa razonable, elevada. Pagué la respuesta. Breve y concisa, como correspondía al estilo del encargado de la perrera, decía así: «Pas de fox».

Es decir: ¡No hay fox! O mejor: ¡Ni rastro del fox terrier…!

Y comprendí el significado de aquel telegrama. En una carta el encargado de la perrera lo más probable es que me hubiera comunicado: Como el perro no era de pura raza, es decir, que no se trataba de un fox terrier, con lo que lo más probable es que no hubiera sido posible venderlo, lo maté, aunque habría podido seguir con vida. No es el primer perro. Tampoco el último. Nada de sentimentalismos.

Frankfurter Zeitung, 14 de septiembre de 1927

Página 101

Poema de los calendarios de pared

En mi infancia —y tal vez sólo en el país en el que transcurrió la mía— había un tipo especial de calendario de pared del que me acuerdo cada año durante los meses de invierno, tal y como recuerda uno los árboles de Navidad y a las abuelas, los libros ilustrados y los caramelos, a todas aquellas personas y todos aquellos objetos que tenían brillo, dulzura y calidez y que parecen sumidos en una tumba de cristal, aún visibles, pero muertos, reliquias de la bendita infancia. Los calendarios de pared consistían, como también los actuales, en un voluminoso paquete de días nuevos, brillantes, de color negro y rojo, sobre los que se había colocado una pequeña lámina en color como si fuera el telón de un escenario, una lámina en la que aparecía una rama llena de cerezas rojas o un ramillete de violetas, en cualquier caso, siempre una rozagante promesa del nuevo año aún cerrado.

El fajo de trescientos sesenta y cinco días estaba sujeto a una tapa de cartón bastante grande y ancha, cuyo soporte vertical, sobre el que debía erguirse cada nuevo año, era la pared. Aquel cartón estaba cubierto con un lustre que lo hacía aún más sólido, una capa lacada, una superficie espejeante, abombada, en la que se concentraba el sol cuando el calendario estaba colgado frente a la ventana y en la que, como un remoto relato del tiempo que hacía fuera, se podían leer los matices del cielo y del aire. Sin embargo, esa cualidad del brillo, aunque agradable, sólo era secundaria. Lo más importante era la espléndida ilustración que aparecía estampada en la cubierta, que, a pesar de que, como es natural, no cambiaba en todo el año, no parecía la misma y conservaba su actualidad hasta el 1 de diciembre, momento en el que la expectación frente al nuevo calendario hacía que la estampa del viejo se volviera común y corriente.

¡Qué ilustraciones! Cómo brillaban los colores fuertes y simples, el rojo, el azul, el oro, el verde, como en pleno verano hasta en mitad del invierno, con esa fuerza frente a la cual la de la fantasía se queda atrás y con la que, no obstante, los sueños fructifican. Una mujer con el cabello negro medio cubierto por un pañuelo de un rojo subido, con las mejillas

Página 102

encarnadas y los ojos de un azul profundo, con un cuello y un busto como los de un cisne blanco, aún brillante por el agua, que navegara por el sol, con un par de gruesas trenzas que se juntaban en el pecho como acostadas allí por un coqueto viento… Una mujer así sujetaba con ambos brazos un cestito de papel que, encajado en diagonal en la tapa de cartón, parecía hecho con una sierra de marquetería y que representaba nada menos que una cesta llena de uvas, de un verde jugoso unas, otras de un azul tan oscuro que recordaba al color del papel carbón, pero de un papel carbón que sólo se conoce en la infancia, un papel carbón que es una especie de milagro, porque permite hacer trazos y letras remotos en hojas de papel distantes y genera una suciedad aún más engorrosa que la de la tinta.

¡Qué mujer! Era evidentemente del campo, una vendimiadora. Sus labios rojos estaban tan abiertos que podía uno ver el brillo triunfante y peligroso de sus dientes. Aunque era de papel y obviamente no tenía piernas, parecía esparcir por toda la habitación un singular y tentador aroma a carne, a leche y a lluvia de verano. Estaba viva y, más aún, era todo un personaje, la representante de todo lo femenino y terrenal. A ella asocié en un principio el concepto de lo «pagano» y el del amor. Y muchos años después, cuando en los pueblos vecinos buscaba a las campesinas, me embargaba una infantil añoranza por aquella mujer de calendario. Y con cada pañuelo rojo que resplandecía en mitad del verde, un pequeño fuego del mismo color se encendía en mi corazón. Sí, aún hoy, en esa parte de mi alma a la que no le ha afectado el escepticismo sigue viva la nostalgia por aquella muchacha de cabellos negros. Y, a pesar de que me gusta el pelo corto en las mujeres, no puedo pensar en unas trenzas sin sentir melancolía.

Y cada año traía una mujer diferente. Venían calendarios de pared con hadas rubias, delicadas y sentimentales. Con adolescentes que hacían pensar en el chocolate. Con hadas que llevaban coronas de flores en el pelo. Y cada una de aquellas mujeres se hundía hasta el pecho en el cestito, que, según me enteré más tarde, debía servir para guardar cartas, aunque en él yo prefería esconder las horquillas para el pelo que encontraba por ahí. Sin embargo, por lo que recuerdo hoy los calendarios de pared se volvieron cada vez más prácticos. Tras aquellas mujeres pálidas tan sólo vinieron rótulos de empresas. La fantasía de los fabricantes de almanaques parece que se fue agotando poco a poco. O la

Página 103

experiencia les llevó a pensar que los anuncios resultan más efectivos cuando ninguna imagen desvía la atención.

Aunque quizá también más tarde hubiera aún calendarios de pared como aquellos, sólo que yo no los veía, porque entre tanto sobrepasé la altura a la que se encontraban los clavos de los que colgaban los calendarios. Y es que crecemos por encima de nuestras viejas alegrías hacia otras, que penden tan arriba, que no las alcanzamos nunca.

Frankfurter Zeitung, 19 de febrero de 1928

Página 104

Little Titch

Little Titch[38] era un hombre minúsculo con una cabeza gigante. Sus ojos eran dos bolas de cristal de color azul oscuro. Sus orejas, de un rojo como el de las amapolas. Una rabia sanguinaria ardía en ellas, la rabia del pequeño hombre llamado Little Titch. El rostro se teñía de violeta, como un rábano enorme. Un capricho de la naturaleza puso al enano sobre el escenario. Su torso robusto, redondeado, hacía pensar en un barrilito lleno hasta el borde de furia contenida en ebullición, enzunchado con las costillas y el chaleco, y a prueba de golpes. Las manitas se bamboleaban. Cada una tenía seis dedos. Little Titch se avergonzaba de ellas y las ocultaba. Escondía sus manos en los puños de la camisa.

A veces sujetaba un fino bastoncito en la mano, una excrecencia artificial que resultaba del todo natural, una especie de dedo un poco más largo, el séptimo. Fustigaba el aire con él y a su vez se refrescaba con los zurriagazos. Durante un tiempo se quedaba mirando ante sí meditabundo, después cogía impulso y soltaba un golpe. Había atrapado a una moleculita de aire y la había matado. Pero la victoria no le tranquilizaba. Con sus blandos zapatos de payaso de largas suelas, que parecían matamoscas, brincaba dos pasos hacia delante, persiguiendo la nada que se le había escapado. Con aquellas largas suelas propinaba bofetadas al suelo, mientras su bastoncito acababa de pescar al enemigo. De pronto se le caía del puño. Al parecer, sentía que abusaba de él y no quería levantarse. Había descubierto de repente su elasticidad y la aprovechaba para huir de su dueño. Apenas se había agachado Little Titch, él se alejaba de un brinco. Little Titch perseguía al bastoncito con el pie. Le pisaba el rabo, pero, a pesar de todo, se alejaba corriendo.

Un pequeño y fláccido sombrerito de fieltro que Little Titch llevaba en la cabeza se escurría entonces hasta el suelo. Era obvio que la cabeza hirviendo le daba demasiado calor. Pero como el bastón en aquel momento era más importante que todo lo demás, no había llamado la atención lo más mínimo. Sólo se hacía notar en una situación de extrema importancia. Sencillamente, se sobrevaloraba. Era tan poco importante, que Little Titch

Página 105

se limitaba a pillar el sombrerito con una mano, una única mano, que sólo por agarrar una insignificancia se había convertido también en algo insignificante, en una vicemano sin más. Toda la furia y el instinto cazador del pequeño hombre eran para el bastoncito. Su vasto odio hervía contra el arma infiel que le había abandonado en el momento de mayor peligro, cuando se encontraba cercado y seriamente amenazado por millones de trocitos de aire enemigos. Y ya saltaba el sombrerito hasta el suelo y se ponía a jugar con su dueño como el ratón con el gato.

Durante un segundo, Little Titch se quedaba desconcertado. Miraba fijamente ante él y no se movía. De su interior salían unos sonidos enigmáticos. Creía uno escuchar el odio borboteando en su torso. Era como si un ventrílocuo luchara con el lenguaje y no fuera capaz de encontrar la palabra decisiva en las entrañas. De repente, y antes de que el bastoncito pudiera darse cuenta de nada, el pequeño hombre daba un brusco salto con ambos pies. Lo había cogido por sorpresa. Se le entregaba por propia voluntad. Y con él en la mano se dedicaba a cazar el sombrerito.

Esto, en comparación, no duraba mucho más. El bastón ya había ensartado el sombrero. La cólera de Little Titch se había disipado. Muertos a golpes todos los enemigos de aire y de nada, recuperada y sometida el arma reacia y hasta el sombrerito atrapado, las encarnadas orejas iban perdiendo color poco a poco. Los iris de color azul oscuro daban vueltas sin prisa bajo los párpados y en torno a la boca minúscula del pequeño hombre se deslizaba algo indefinido que en cualquier otro habría significado el comienzo de un llanto, pero que en Little Titch era ya una sonrisa hecha y derecha. Aún hacía revolotear un par de veces el sombrerito en la punta del bastón como si fuera un insignificante trofeo, sí, algo despreciable. Parecía que a partir de ese instante el vencedor lamentaba todo el esfuerzo que había empleado en la batalla. Pero el aplauso de la multitud le llevaba a desaparecer tras el telón visiblemente halagado.

Lo que ocurría con el pequeño hombre detrás del telón me interesaba tanto como todo lo que había visto de él, pues no se trataba de un número que hubiera exhibido sobre el escenario y del que pudiera retirarse a una vida privada. Era más bien un estallido de ira, calculado para que durara un cuarto de hora al caer la tarde, sofocado cuidadosamente durante todo el día, sometido con esfuerzo y sin embargo preparado con fervor. Little

Página 106

Titch no podía tomarse unas vacaciones. Las noches en las que no actuaba, tal vez se dirigiera hacia un parque y descargara su saña en una solitaria avenida. Hervía a borbotones en su interior durante veinticuatro horas, hasta que explotaba por la noche. Su pequeño cuerpo no podía contener la maldad. No era para hacerse notar. Simplemente se enfadaba. Era francamente malvado. No mala persona, sino malvado. Toda su existencia era un único enojo. Y todas las excitaciones que experimentaba su ánimo no encontraban más que una sola expresión: el enojo. Frente a una gran alegría tenía que enojarse, para quizá después poder alegrarse por ella. La fama y su manifestación, el aplauso, brindaban a Little Titch otro desahogo. Aunque entre bastidores probablemente ya crecía la furia por el aplauso. Y habría podido volver a salir para una vez más mostrarla a todos aquellos tipos, a las moléculas de aire y al sombrerito.

Que Little Titch alguna vez pudiera no llevar aquel sombrerito, como un trofeo que aplacaba y a la vez provocaba su rabia de manera crónica, no se me hubiera ocurrido jamás, de no haberme encontrado con el pequeño hombre en la avenida de los Campos Elíseos. Fue durante un agradable atardecer de primavera. La suave y urbana puesta de sol se parecía más a los plateados letreros fluorescentes que a las nubecillas rojizas del horizonte. En la noble y ligeramente perfumada paz de aquel atardecer, en el que ya los labios pintados de las mujeres resultaban demasiado llamativos, irrumpió, alarmante, la cómica figura de Little Titch. Y como avanzaba de un modo tan inverosímilmente normal y relajado junto a una mujer alta, rubia y elegante, la calma del atardecer resultaba tan inverosímil como la suya propia. ¡Si al menos hubiera llevado su sombrerito! Pero llevaba un sombrero rígido de color gris claro con una cinta negra, ancha y acanalada, y de uno de sus bracitos colgaba un bastón de paseo grueso y amarillo, de bambú, con nudos, amputado en la parte inferior. El muñón de un bastón. El semblante violeta estaba vuelto hacia arriba, como para tomar prestado un atisbo de aquella belleza rubia. Se podía oír a la dama riendo. Y uno le estaba agradecido por ello, pues era como si con su buen humor reparara un error de la naturaleza y como si Little Titch creciera unos centímetros gracias a aquel fecundante sonido…

Así lo conservé en mi memoria, hasta que me enteré de su repentina muerte. Murió hace unas semanas, a los sesenta años. Debió de ocurrir durante un atardecer similar a aquel durante el cual le vi por última vez. Y

Página 107

espero que la muerte tuviera el rostro y la risa de la dama rubia cuando vino para llevarse al hombrecillo a los Campos Elíseos.

Frankfurter Zeitung, 2 de mayo de 1928

Página 108

Página 109

El segundo amor

Prólogo

Una vez, cuando me encontraba precisamente en ese estado de ánimo en el que desprecia uno cualquier sentimentalismo, porque necesita dinero con urgencia y es capaz de calificar de sentimental incluso una emoción como la de la piedad, le prometí a un editor que escribiría la historia de mi primer amor. Hacía ya diecisiete años de aquella historia, conservada en mi memoria como una flor en un libro, nunca revisada y jamás estorbada por nada en su lugar de honor. La conservaba en la memoria, como he dicho, pero el recuerdo, que es algo distinto, a saber, un hermano activo, escrutador e intimidatorio de la memoria, el recuerdo jamás rescataba el primer amor. Sólo cuando me decidí a describirlo, cobró vida, recuperó el color, se introdujo en el presente y me pareció como si de aquella manera agradable, sí, sublime, me hiciera reproches, como corresponde precisamente a un primer amor.

Me di cuenta de que me iba a resultar imposible describirlo. No eran escrúpulos lo que me impedía hacerlo. Era algo más. Una especie de miedo, pueril, primitivo, aunque no supersticioso, pues no se trataba de un miedo frente a las posibles consecuencias, sino del miedo por excelencia, sin razón, parecido al temor que se siente frente a un fenómeno habitual, aunque incomprensible. E igual que, por amor propio, puede uno darse por satisfecho con un consuelo, aun sabiendo que se trata de un consuelo barato, me conformo al final con la historia de mi segundo amor, que me gustaría contarles a continuación.

Capítulo 1

La chica que fue mi segundo amor vivía fuera de la ciudad, en las proximidades de un bosque, al que yo a veces iba a pasear, no por amor a él, sino por amor a la chica, que, sin embargo, sólo visitaba el bosque por

Página 110

un entusiasmo honesto, incluso casto por la naturaleza. Después de que nos encontráramos unas cuantas veces, empecé a saludarla. Y para probar si nuestras relaciones resistirían también sin el bosque y si podrían desarrollarse más allá de él, que había propiciado que nos conociéramos, aunque también porque podían necesitar una suerte de aglutinante, esperé a las horas en las que la chica solía ir a la ciudad en la vereda por la que ella tenía que pasar. Un día, el camino estaba vacío, saludé a la chica con una mirada tan devota y arrastrando el sombrero hasta tan abajo, que ya mi saludo resultó un cumplido, del tipo de los que se suelen hacer a las reinas. Yo había previsto que surtiría algún efecto. Imaginé que la chica se turbaría, que se pondría roja, se sentiría indefensa, que, en suma, se encontraría en un estado en el que se necesitaría poco valor para dirigirle la palabra. Pero la chica se detuvo, sonrió y dijo:

—¿Por qué no viene ya por el bosque? ¡Hace tres días que le echo de menos!

Primero escuché su voz y sólo después, al cabo de unos segundos, sus palabras. Fue como si el sonido y el significado no llegaran a la vez, como si primero se desplegara ante mí su voz, sobre la que entonces avanzaban las palabras cual luminosos personajes sobre una pradera oscura.

Por eso, no hallé respuesta alguna. Dije algo que al final debió de confundirla, porque no venía al caso. Le dije:

—¡Eso puede ocurrir!

Era, si es que podía significar algo, más o menos la expresión balbuceante de mi asombro porque me hubiera echado realmente de menos. Así entablamos conversación, es decir, no conversamos, pues acompañé a la chica en silencio durante un buen rato, y sólo cuando ya se divisaban las primeras casas de la ciudad, pregunté:

—¿No tiene inconveniente en que la acompañe?

Como si todo aquel largo camino que habíamos dejado atrás no fuera más que una continuación natural de nuestros encuentros en el bosque y como si sólo allí, a la vista de la ciudad, empezara de verdad a acompañarla.

Le dije mi apellido. Ella respondió con el suyo.

—¿Y su nombre? —pregunté.

—¿Para qué quiere saberlo?

Por fin había encontrado el tema que podía ayudarme a cobrar seguridad. Si me hubiera dicho su nombre, tal vez me hubiera quedado

Página 111

mudo. Pero como me lo escatimaba, pude explicarle, de una manera de la que estaba convencido de que era ingeniosa, que en las mujeres el nombre es muy importante.

Aun así, no me lo reveló. Fuimos a comprar a algunas tiendas. Nos detuvimos delante de muchos escaparates. Nos dirigimos a un parque, nos sentamos en una avenida apartada, no porque tuviéramos movimientos o palabras que ocultar de las gentes, sino para animarnos nosotros mismos a hacer esos movimientos y a decir esas palabras. Estaba verde, oscuro y silencioso, pero hasta la sombra profunda que reinaba allí se veía impregnada de sol, de modo que uno sentía su peso, aunque no viera su luz. De una lejanía inconmensurable llegaban los ruidos de la ciudad, como signos de vida de un mundo desaparecido. Cerca de nosotros trinaban los pájaros y aunque yo sabía que eran gorriones normales, como si fuera alguien extraordinariamente familiarizado con la naturaleza, afirmé:

—Eso ha sido un jilguero.

—¡Seguro que se ha escapado de la jaula! —dijo la chica, y nada podía probar mejor su simpatía hacia mí que aquella horrenda contumacia.

Yo podría haber dicho también que se trataba de un canario o de un papagayo. Aún recuerdo perfectamente cómo nos fuimos acercando cada vez más sobre el banco en el que nos habíamos sentado. Pero cada vez que nos encontrábamos tan cerca el uno del otro que yo podía sentir un agradable y suave calor en mi brazo, como cuando siendo aún muy joven puede uno sentir en la piel el anticipo de una alegría, la chica volvía a retroceder de golpe otro poquito y hacía que el aire, que a mí me parecía frío, a pesar de que el día era muy caluroso, se colara entre nosotros.

En aquella avenida no ocurrió nada. Cuando la abandonamos, ya se había hecho de noche en la ciudad, rojiza, dorada, con una muralla de nubes de un azul profundo con un festón dentado de color claro por el oeste y ese rojo anaranjado que anuncia viento para el día siguiente y que a mí de pronto, como si hiciera ya mucho que añoraba el viento, me provocó un vértigo de entusiasmo. ¡Sí, el viento! Podía venir bien.

Fuimos por la calle oscura que conducía hasta la casa de la chica. No nos quedamos en un lado de la calle. Íbamos de acá para allá y probablemente no nos dábamos cuenta de que de ese modo alargábamos el camino. Tras una valla un perro lanzó un violento ladrido. La chica me agarró del brazo. El ladrido sonó tan cerca que en medio de la oscuridad

Página 112

pudo creer que el perro no se encontraba detrás de la valla, sino directamente delante de nosotros. Yo, en cambio, aunque por un momento pensé también en esa posibilidad, no me asusté. Y es que no es cierto que el hombre en general sea más tranquilo que la mujer. Se siente tranquilo cuando está enamorado. Y yo ya estaba enamorado.

Un instante después la chica me comunicó, en voz baja y en un tono que fue como el anuncio de un abrazo, que se llamaba Lisa. Y como si aquello constituyera un motivo o una premisa, empezamos a besarnos, con vehemencia y los dos asustados, como con furia, y no como para confesar nuestro amor, sino como para medir nuestras fuerzas el uno frente al otro. Duró mucho y aun así conservó una impetuosidad constante. Era como un rayo, que no descarga, sino que arde durante un buen rato.

Así empezó nuestro amor, que fue como puede uno imaginarlo conociendo todas las demás circunstancias: nuestra juventud, el verano y el bosque.

Capítulo 2

Un buen día Lisa dijo que a la mañana siguiente tenía visita, una prima de la gran ciudad. Comencé de inmediato a odiar a aquella prima con toda la rabia súbita y violenta propia de una persona que se siente mortalmente ofendida. Y, en vez de reflexionar con calma sobre cómo podíamos proseguir con nuestro amor a pesar de la prima —tal y como haría yo hoy día, ya que con frecuencia soy así de sabio y nunca estoy así de enamorado —, me puse furioso y al despedirme de Lisa le tendí una mano seca, fría.

La prima —me pareció fea, mal vestida, sin modales, maliciosa y estúpida— se quedó ocho días. Yo acompañé a las dos chicas, tomé con ellas café y chocolate en las pastelerías y a las dos les resulté igual de ajeno. Lisa apenas parecía acordarse de mí. Hacía chistes a mi costa. Alguna vez se pusieron las dos a cuchichear entre ellas a lo largo de una media hora, durante la cual me sentí excluido. Dejaron caer una cortina de silencio y se comunicaron por detrás. Hoy sé que hablaron de cosas sin importancia, que podían haber dicho también en voz alta. Me enteré después y os contaré gracias a quién.

Cuando la prima se marchó, Lisa me pareció transformada. Hablábamos y de vez en cuando una risa alzaba el vuelo entre nosotros

Página 113

como un pájaro blanco curioso y desconocido, pero las palabras que nos decíamos el uno al otro tenían un significado muy simple. Eran lo que decían, mientras que antes habían sido símbolos, no sonidos, sino puertas y entradas a mundos grandes hacia los que mirábamos y por los que a menudo también nos internábamos. Ahora nuestras palabras se alineaban unas detrás de otras como en un diccionario.

En una ocasión, en el bosque, tras un largo silencio, me puse a acariciarle la mano. Pero ella se levantó enseguida y sentí que no estaba siendo injusta conmigo, pues yo había cogido su mano, no con la pasión de otro tiempo, sino sólo para acordarme de aquella pasión. Como alguien que, habiendo sido muy feliz una vez en una determinada ciudad, vuelve a esa ciudad al cabo de los años, porque cree que al repetir la situación repetirá también la felicidad.

Desde entonces no volvimos a vernos. Y evitamos encontrarnos.

Capítulo 3

Unos años después me encontré a la prima en la gran ciudad. A diferencia de Lisa se llamaba Margot. Me gustó. Era elegante, divertida, traviesa. Ella me dio una idea de lo que es el gran mundo, en cuyo resplandor yo aún creía en aquel entonces.

Margot me contó que años atrás también ella me había encontrado muy adorable. Por eso también había hablado en voz tan baja con su prima sobre cosas indiferentes. Es una prueba de amor, explicó.

Le repliqué que estaba en condiciones de esperar nuevas pruebas. Me respondió. Y con su respuesta comenzó mi tercer amor, sobre cuyo desarrollo ya no estoy obligado a hablar.

Frankfurter Zeitung, 29 de julio de 1928

Página 114

Página 115

Un regalo para mi tío

Mi tío Auerbach es comerciante de ultramarinos. Su tienda, cuya estrecha puerta y cuyo pequeño escaparate no permiten adivinar la profundidad enigmática y casi inquietante del almacén, se encuentra en uno de los antiguos y hermosos callejones del centro de la ciudad. La puerta aún tiene un mecanismo con una campana, probablemente de la época del viejo Auerbach, el padre de mi tío. Desde mi juventud, a la imagen de mi tío, de su tienda, de su familia y hasta de su vieja cocinera asocio siempre el estridente y aun así suave, por así decir dorado toque de la campana de la puerta de su comercio. En mi juventud, cuando los nombres de islas y ciudades exóticas todavía me provocaban vagas sensaciones y eran para mí sinónimos de una especie de geografía romántica, cada vez que alguien pronunciaba el nombre de una localidad o de una isla remota —Jamaica, Honduras, Costa Rica, Sumatra, Borneo, Guatemala—, yo oía el sonido insistente, fuerte y misterioso de la campana. Y es que esos nombres aparecían con frecuencia en la tienda de mi tío y en sus conversaciones. Designaban determinados tipos de té, de café o de ron. Aparecían escritos con letras azules, rojas y doradas sobre etiquetas de papel en elegantes botellas panzudas, anchas o estrechas, y en paquetitos atados en cruz con delicadas cuerdecillas de color rojo, blanco y verde o negro y amarillo, cuyos extremos estaban sujetos por un único precinto de plomo.

Mi tío es un hombre ahorrador. Sí, en los tiempos en los que a mí me iba mal tendí a considerarle un tacaño, sí, incluso un mezquino. Jamás, cuando yo era joven, recibí de él un solo sobrecito de chocolate en polvo. Ni más tarde una sola botella de ron. Jamás me compró un libro —como suelen hacer otros tíos—, sino que, en las ocasiones de rigor, me regalaba viejos y sugestivos ejemplares, aunque manoseados de tanto leerlos, con las páginas gastadas, libros con los que no se podía presumir y que yo no podía mostrar a nadie.

Eran de cuando él era joven, de su biblioteca. Se trataba, como hoy sé, de libros hermosos, con títulos raros, de autores olvidados, de antiguas descripciones de viaje. Hablaban de esos pueblos salvajes, cuyos hijos en

Página 116

la actualidad muestran sus encantos de color cobrizo o bronce en los espectáculos de variedades o defienden sus derechos nacionales en congresos para minorías oprimidas. ¡No se trataba de libros actuales! Me proporcionaron unas cuantas ideas falsas sobre países y pueblos remotos. El tío Auerbach tenía las mismas.

En su habitación, estando de visita en su casa, no vi jamás otros libros. No tenía siquiera las obras de los autores clásicos que en las viviendas burguesas de todos mis parientes desempeñan el importante papel de piezas de mobiliario, intocables, muy frágiles, formando parte del confort cultural. Desde que me empezó a regalar sus viejas obras una detrás de otra, el tío Auerbach ya no leía. Y ya tampoco compraba otras. Aún le quedaban muchas. Yo crecí más rápido de lo que él había imaginado y pronto me encontré en esa edad en la que, en opinión de Auerbach, ya no hay que leer más libros de viajes. El resto está allí en su casa y lo más probable es que los hijos de la próxima generación de motoristas y aviadores ya no los lean.

El tío Auerbach por principio no lee libros. A él no le gusta nada la literatura. Sí, incluso cuando tiene el periódico entre las manos, evita posar su mirada sobre el llamado suplemento literario. Y la «línea» que tradicionalmente lo separa de la sección de la política representa la frontera de sus intereses y de su curiosidad.

—¿Ahora escribes en el periódico? —me preguntó en una ocasión.

—Sí —contesté.

—¿Cuántos editoriales escribes a la semana?

—Ninguno.

—¿Al final escribes más allá de la línea?

—Sí, a veces.

—Entonces le preguntaré a tu tía si tienes buen estilo.

¡Y punto! Nunca más volvió a hablar conmigo una sola palabra acerca de mi profesión. Sólo una vez, cuando una crítica sobre uno de mis libros apareció por casualidad en el campo de visión de mi tío más acá de la línea, me dijo amargo:

—He leído una reseña de tu novela. ¡Ahora en los periódicos se publica de todo!

Mi tío no vio jamás el mar. Lo tuve durante mucho tiempo por un carácter fundamentalmente continental. Pero en una ocasión, en su tienda,

Página 117

cinco minutos antes del cierre —yo había entrado para comprar una botella de coñac—, me dijo:

—¡El personal hoy en día desaparece una hora antes que el jefe! Y los clientes vienen todos justo antes de cerrar.

Y él mismo se subió a una vieja escalera y volvió con dos botellas. —¿No prefieres una botella de ron? —preguntó—. Casualmente, tengo

un viejo ron de Jamaica, pero uno de los que ya no encontrarás en ningún sitio. Por lo demás, siempre se dice «¡Jamaica!» y no tiene uno ni idea. ¡Jamaica! Es un buen ron.

—¡Y un hermoso nombre! —dije yo sin pensar.

Para mi gran sorpresa, Auerbach lo corroboró.

—¡Un hermoso nombre! —repitió. Y se fue hacia el rincón, cogió la llave y cerró la puerta de entrada. Después abandonamos la tienda por la otra puerta, la que daba al portal.

—¡Yo estuve a punto de ir a Jamaica! —dijo cuando salimos los dos a la calle y a la lluvia y él desplegó el paraguas. Y mientras caminábamos bajo la lluvia del atardecer, Auerbach contó que en su juventud había querido hacerse a la mar para conocer los lugares de origen de todos los productos que se apilaban en la tienda de su padre. Pero el padre murió, un hermano se hizo abogado, la madre entonces aún vivía y había que mantenerla. Así renunció mi tío al ancho mar y a las islas. Me acordé de las descripciones de viajes que me había regalado, pero no las mencioné. De pronto tuve claro por qué los pequeños ojos de mi tío a veces, cuando se quitaba las gafas, despedían un brillo tan azul. Por qué sobre su escritorio había un catalejo, que nunca se usaba, y de su cadena del reloj pendía un pequeño compás. Y a partir de entonces, cada vez que veía sus hermosas y blancas patillas pensaba en un par de velas y también en gaviotas…

Cada año por Navidades yo le regalaba alguna pequeñez: una lata inútil, un cenicero, una pluma, un cuaderno de notas, una cartera. Él me daba a mí siempre una minúscula botellita de muestra de alcohol, que yo podía meter en el bolsillo del chaleco. Desde que conocí su historia, empecé a llevarle un atlas, un compás, un pequeño reloj de arena. Después de todo, no conozco otros objetos y símbolos de hombre de mar. Este año he decidido regalarle unos libros. Y como sé que es una osadía suponer que pueda tener algún interés por la literatura, le diré lo siguiente:

Página 118

—Querido tío, sé que no lee usted ningún libro. No obstante, le voy a dar algunos. Los ha escrito un hombre llamado Joseph Conrad. Era polaco de nacimiento. Nació en lo más recóndito del continente, a saber, en Volinia, entre los meridianos 25 y 30 al este de Greenwich, y su idioma materno era el polaco, que es una de las lenguas más continentales del mundo. Pero a los dieciséis años se fue a Marsella, se montó en un barco, se hizo marinero, surcó los mares y se convirtió en uno de los más grandes maestros de una lengua oceánica: el inglés. Estos son sus libros. Son agitados como el mar. Y tranquilos como el mar. Y profundos como el mar. Usted ya no es joven, querido tío. Ya no conocerá el océano. Los pasajes de barco son demasiado caros. ¡Lea el océano…!

Entonces Auerbach se irá hacia la vitrina y me regalará una minúscula botellita de coñac para el bolsillo de mi chaleco…

Frankfurter Zeitung, 18 de noviembre de 1928

Página 119

Página 120

El redactor nocturno Gustav K.

Gustav K. era redactor nocturno. El diario salía cada mañana hacia las tres. Cada noche hacia las once y media aparecía el redactor nocturno. Recién afeitado, recién duchado, descansado, oliendo a jabón y a mentol. Un anticipo de la mañana siguiente. Parecía no comprender el cansancio de los demás. Reanimado por el paseo matinal a través de las calles nocturnas, entraba, distraído, en contacto con el grupo de los adormilados, golpeaba en los hombros a los que se encontraban de pie, en las rodillas a los que estaban sentados, y le extrañaba que se desmoronaran, armazones podridos. Parecía pensar que era el más sano. Sí. Era como si cada noche se demostrara una vez más y a propósito su propia fuerza, para desmentir su aspecto débil, sus miembros flacos, el color amarillo pálido de su rostro. Dos horas después también él estaba transformado. En ciento veinte minutos tenía tras de sí una jornada laboral de doce horas.

En su rostro delgado las sombras de la preocupación se confundían con los fortuitos y gruesos rastros de tinta que dejaba allí un dedo despistado. Los cabellos negros y finos, que llevaba peinados con raya, estaban de pie como si fueran alambritos y minúsculas espirales. Los bordes de las uñas de pronto se veían mal cortados. Al menos, las manchas de color lila de las constantes salpicaduras de tinta ponían de manifiesto la irregularidad de la forma de las uñas. Como si el trabajo ante el escritorio fuera un crecepelo infalible, la barba del redactor nocturno, apenas una hora después de que se hubiera afeitado, comenzaba a abrirse paso, espesa y de un gris negruzco, a través de los poros de sus mejillas. Los blancos puños de la camisa estaban pegados a las muñecas. No quedaba nada de su esplendor semirrígido. El nudo de la corbata se aflojaba, resbalaba entre las paredes del doble cuello levantado y dejaba ver un brillante botoncito dorado del que parecían colgar, no sólo la camisa, sino también toda la ropa de aquel hombre, sí, incluso él mismo.

Si Gustav K. se levantaba de su asiento, se veían de pronto virutas brotando por un agujero en la delgada funda de piel y, por cierto, con tal ímpetu que podía uno creer que el orificio no estaba allí antes, sino que lo

Página 121

había hecho la columna vertebral del redactor. Él mismo, con el busto inclinado y arrastrando las piernas flojas, subía las escaleras que llevaban al taller de composición. Parecía un cojo que hubiera abandonado sus muletas. Arriba, en el taller, se apoyaba con los codos sobre la larga mesa cubierta de chapa, sosteniendo entre los labios un lápiz copiativo que hacía resbalar a un lado y a otro como si fuera una prolongación natural de su lengua. El lápiz acompañaba así el movimiento de los ojos, que leían las primeras pruebas. Se detenían en este y en aquel punto, y también el lápiz se paraba. A veces la mano se despegaba de la mejilla. El codo, de la mesa. Gustav K. cogía un trozo de papel, lo arrugaba despacio, formaba una pelota con él y se lo lanzaba a alguno de los desprevenidos cajistas, que, sobresaltado, daba un respingo. Era una broma. Parecía como si el redactor nocturno quisiera convencerse de que aún tenía puntería. Por un instante su rostro mostraba la expresión de un chico juguetón. Podía uno verle treinta años antes con unos pantalones cortos en la orilla de un lago arrojando piedrecitas a las olas.

Enseguida volvía a ponerse serio. No olvidaba un solo instante que tenía toda la responsabilidad del diario y que constantemente corría el peligro de tomar una noticia falsa por verdadera, una verdadera por falsa, una importante por insignificante, una pequeñez por algo decisivo. Conocía el mundo entero, aunque sólo había visto una pequeña parte de él. Si un telegrama desde Perú comunicaba que se había derrumbado un puente, a Gustav K., como estaba tan familiarizado con Perú, le parecía que la caída del puente era lo suficientemente importante como para ponerlo en tipografía Borgis. Llegaba un informe sobre una plaga de langostas en el Cáucaso, y a Gustav K., como conocía tan bien las langostas y el Cáucaso, lo que le hubiera gustado era sacar un artículo de un naturalista. Para él no existían las distancias geográficas. Cargaba el diario con cincuenta noticias superfluas. Si el redactor jefe le reprochaba la noche siguiente que la noticia sobre el general Correira en México no le importaba a nadie, Gustav K. respondía:

—¡Se equivoca usted! ¡El general Correira tiene una carrera extraordinaria! Nacido el año 1874, ya era coronel de las tropas de Veracruz en 1894. Y el siguiente levantamiento lo convirtió en el comandante de la capital. Hasta sus enemigos le respetan. Y ahora padece una grave pleuresía…

Página 122

Si no se terciaba sacar la pleuresía en tipografía Petit, al menos aparecía en Nonpareille bajo la rúbrica de «Miscelánea». Una epidemia de rabia entre los perros de Constantinopla tenía derecho a diez líneas en la tercera página, a la izquierda, arriba, porque los perros en Constantinopla podían representar un peligro para toda la humanidad. En determinadas circunstancias.

—En determinadas circunstancias —solía decir Gustav K.— una epidemia de rabia como ésa puede afectar a los marineros de los grandes vapores.

Por lo tanto, no había nada sin importancia. Cuando el redactor nocturno había tirado a la papelera una noticia sobre un pequeño suceso en un país remotísimo, a los cinco minutos ya se estaba agachando, sacaba el arrugado papel, lo alisaba y artificialmente lo devolvía al estado de una noticia recién llegada, aún desconocida. Se obligaba a sí mismo a olvidarla, para acto seguido volver a enterarse de ella. Una vez más, surgían los viejos argumentos en contra de su publicación. Y de nuevo la volvía a desechar.

Aunque probablemente le daba pena durante mucho tiempo. Y si al día siguiente se la encontraba en otro diario, le entraban remordimientos de conciencia por su indiferencia frente a la época y sus hechos, y envidiaba al colega que sí había dado la noticia en el diario. Sí, es de suponer que en momentos similares decidía que durante las pruebas para el próximo número tendría más cuidado con los sueltos y las misceláneas. Pero cuando volvía a sentarse frente al material apilado y leía los informes de los entornos más próximos, recordaba con una punzada de dolor la despiadada realidad de un mundo dividido en naciones, Estados, países, ciudades, y que él mismo era el redactor de un diario determinado de una nación determinada que salía en una ciudad determinada. Que, por lo tanto, había límites entre los sucesos cercanos y los distantes. Y que el lector no era un cosmopolita, al que la tierra entera ofrecía un rostro por igual interesante, sino una persona firmemente asentada, a la que el vecino de al lado le interesa más que la erupción del Vesubio. Y clasificaba los sucesos, como era su obligación, en cercanos y distantes, en Garamond, Borgis, Petit y Nonpareille, y los asuntos más próximos recibían los mayores cuerpos de letra.

Hacia las tres de la madrugada Gustav K. se lavaba las manos en el grifo del taller de composición, despacio, a conciencia, con arenilla y

Página 123

jabón áspero. Después echaba una ojeada al espejo medio cegado, se pasaba los dedos por el pelo y con un pañuelo de bolsillo se limpiaba las manchas oscuras que tenía en el rostro. Parecía un actor quitándose el maquillaje. En verano, cuando salía a la calle, el cielo ya clareaba. Los primeros mirlos empezaban a cantar. Los carros de la leche traqueteaban. Los mozos de las panaderías revoloteaban, blancos, de casa en casa. Gustav K. se dirigía a un café en las inmediaciones del gran mercado. Abría muy temprano, por los comerciantes. Sobre el mostrador la lámpara ardía borrosa y amarilla, una luz ya muerta, del día anterior.

El redactor nocturno, para el que la noche anterior ya había sido la mañana del día de hoy, hacía pensar por la mañana en la noche anterior. Se sentaba entre las mujeres y los hombres del campo, vigorosos, que olían a nabos y zanahorias, doblemente pálido, diez veces más solo, el representante intelectual de la ciudad, el más auténtico de todos los ciudadanos: un redactor. Desplegaba el primer diario de la mañana y enseguida la tinta desterraba el olor de los nabos y de las zanahorias. Era el olor de la ciudad. Recordaba al del asfalto fundido, al de la trementina y el alquitrán con los que se reparan las calles. Gustav K. esperaba los otros diarios de la mañana, encontraba en ellos pequeñas noticias que él mismo no había dado y se marchaba enojado hacia la parada del tranvía. Con el primer coche, que venía del garaje fresco y vivaracho, volvía a casa.

Sólo una vez al mes, el día treinta, venía a la redacción en pleno mediodía para esperar el sobre blanco en el que se encontraba el miserable resto de un salario. En el sobre aparecía el nombre completo de Gustav K. junto al importe muy mermado, maltratado por las reducciones. Gustav K. estaba limpio, afeitado, con el pelo húmedo y bien peinado, como hacia la medianoche, aunque serio y poco partidario de las bromas pesadas. Le invadía un espíritu rebelde. ¿Era por la desacostumbrada hora a la que había tenido que abandonar la cama? ¿Era por el exiguo salario por el que se había levantado?

Hacia el mediodía de cada treinta de mes Gustav K. proclamaba algunos postulados comunistas. Maldecía la orientación democrática del periódico. Llamaba al redactor jefe «lacayo de las finanzas». Juraba que la próxima vez colaría en el periódico algunos «gazapos» socialistas. Y que iba a presentar su dimisión al cabo de un mes. Sí. Entraba con el sobre blanco en la mano en la sala de reuniones, en la que había algunos redactores sentados, y exclamaba:

Página 124

—¡Me marcho, señores!

Nadie levantaba la vista. Todos lo habían oído ya veinte veces.

—¡No voy a seguir trabajando en esta pocilga! —continuaba Gustav

K.

Entonces alguno decía:

—¿Ha leído cómo nos atacan hoy los socialdemócratas?

—¿Dónde pone eso? —preguntaba el redactor nocturno—. ¡Esa pandilla! ¿Ven ustedes qué mal componen el diario? ¡Y que haya alguien que lea ese diario! ¡No son periodistas! ¡Son…!

Gustav K. buscaba durante un buen rato una expresión ofensiva, hasta que daba con el más insultante de todos los calificativos:

—¡Politiqueros! ¡Eso es lo que son…!

Y se metía el sobre en el bolsillo.

Frankfurter Zeitung, 21 de abril de 1929

Página 125

Página 126

El reportero de sucesos Heinrich G.

Heinrich G., un reportero de sucesos, desempeñaba su oficio desde hacía ya más de veinte años. Era un hombre de rostro cordial, redondo y alegre, y cuerpo entrado en carnes. No parecía tener ni la rapidez que requiere su oficio ni el sentido crítico necesario con respecto al grado de tolerabilidad de los horrores sobre los que informaba. Se le podría haber tomado digamos por el director de un teatro de marionetas, también por un fotógrafo callejero para paseantes enamorados en el verde, a juzgar por el relajado desaliño con el que su pantalón caía en pliegues transversales sobre las sólidas botas y la despreocupada arbitrariedad con la que, sobre el parco escote del chaleco, revoloteaba una ancha, airosa pajarita de seda marrón, que ya no era corbata, sino un vivaracho juguete de los vientos.

La calma sonriente de este hombre se cernía sobre su interés por los sangrientos horrores de la criminología como un alegre día de verano frente a la entrada de una cámara de los horrores panóptica. Su carácter parecía volcado en los placeres inofensivos de la vida cotidiana. Deambulaba por las calles, con el bastón de paseo cogido con ambas manos y las dos manos a la espalda, de forma que daba la sensación de que sujetaba desde atrás el arco redondeado de su vientre. A menudo se detenía ante los escaparates. Su mirada no buscaba los artículos expuestos, sino el espacio aéreo tras el cristal, aunque tal vez también su propio reflejo. Sus ojos estaban perdidos como los de un soñador que sin razón alguna mira el cielo. Así se dejaba sorprender por los amigos que pasaban, de los que tenía muchos. Eran hombres grandes, rechonchos, con sombreritos Loden de color verde demasiado pequeños sobre los cráneos afeitados: agentes de la Brigada de Investigación Criminal. Se paraban. Su profesión les había acostumbrado a observar primero a las personas con las que se proponían entrar en contacto para después sorprenderlas. También para dirigirse a un amigo ponían su pesada mano sobre el hombro desprevenido, como si sus labios ya quisieran decir:

—En nombre de la ley…

Aunque sólo dejaban resonar un fuerte:

Página 127

—¡Hola!

Heinrich G. no se daba la vuelta. Le sorprendían tantas veces a lo largo del día, su hombro derecho recibía tantos golpes amistosos, su oído escuchaba tan a menudo aquel afable «¡hola!», que más bien le habría asombrado estar por una vez frente a un escaparate durante quince minutos sin que nadie le abordara. Sin levantar la vista del cristal, dirigiéndose a ellos, decía:

—¡Buenos días!

El otro aguardaba. Sólo un buen rato después era examinado por

Heinrich G. e identificado:

—¡Ah! Si es el Anton. ¡Pensé que era el Franz! Pero es que tienes exactamente la misma mano. ¡Un capricho de la naturaleza!

Acto seguido los dos se ponían en marcha. Tras el primer paso Heinrich G. sacaba un puro sin vitola del bolsillo superior izquierdo del chaleco. Mantenía el cigarro un momento ante los ojos, lo giraba y decía:

—¡Un delicado habano!

Después se lo regalaba a su amigo.

Casi todos sus colegas llevaban carteras y caminaban por la calle con pasos apresurados. Sólo él deambulaba lentamente. Y si en alguna ocasión llevaba una cartera dentro no había papeles y periódicos, sino alimentos: hermosas y sangrientas tajadas de carne, pequeñas y sustanciosas zanahorias y ondeantes lechugas. Porque le gustaba visitar los mercados matinales, ser saludado por todos los vendedores y afablemente hacer él el saludo militar con un dedo. Todo se lo ofrecían. No necesitaba escoger. Si se detenía ante uno de los vendedores sin decir una palabra, con un dedo en el borde del sombrero, el puro entre los labios, el hombre se daba la vuelta, se dirigía hacia sus cestos, sacaba algún producto, lo envolvía y él mismo lo metía en la cartera de Heinrich G. Heinrich G. pagaba. Todo sucedía en silencio. Otros clientes debían esperar.

Sus colegas tenían horarios de oficina concretos. Heinrich G. trabajaba por el camino. A veces entraba en un café, hacía el saludo militar, se iba a la cabina de teléfono, sacaba, revolviendo el amplio bolsillo de la chaqueta, un par de hojas de papel arrugadas y comunicaba al periódico una nueva noticia de terror. Sólo contenía material en bruto, nombres, fechas, hechos. Eran palabras clave, no frases. Esto más o menos es lo que decía uno de sus comunicados:

Página 128

Hoy, 26 de abril, Henriette Kralik hallada muerta, policía, huella, jornalero Richard Josef Haber, 32 años, antecedentes penales por robo en una ocasión, desaparecido, residencia ilegal.

Dictaba una docena de asesinatos, atracos, robos en bancos y casas particulares, volvía a encender el puro y abandonaba el café, un dedo en el borde del sombrero. ¿Dónde se enteraba de todas las atrocidades? Las sacaba del aire, en el que se encontraban en suspensión, tal vez de los escaparates. Las deducía del «hola» con el que le saludaban sus amigos.

Por la mañana iba a la comisaría. El guardia a la entrada le hacía el saludo militar y recibía un puro de Heinrich G. En el largo corredor en penumbra, en el que relumbraban las blancas hileras de los pomos de porcelana, Heinrich G. abría una puerta tras otra, metía la cabeza por la rendija, mientras al mismo tiempo su bastón, sujetado por su mano izquierda a la espalda, trazaba unos vivarachos movimientos de plumero, como si tuviera una relación fisiológica directa con la lengua y los labios, que gritaban «¡buenos días!» hacia el interior de los despachos. «¡Buenos días!», se escuchaba de vuelta. La puerta volvía a cerrarse. Otra se abría.

A veces —no se sabía por qué razón— Heinrich G. entraba en uno de aquellos despachos y se quedaba un par de minutos. Silbando, con los labios fruncidos, que formaban un pequeño y cómico punto rojo en el rostro, volvía a salir al corredor. La cancioncilla que silbaba dejaba entrever que se había enterado de algo especial. Iba hacia la puerta siguiente para dar los buenos días. Después subía al segundo piso, saludado en todo momento, haciendo en todo momento el saludo militar por las escaleras, que estaban abarrotadas de personas que subían y bajaban. En el segundo piso, en el que los corredores eran algo más luminosos, repetía su saludo mañanero en las puertas. Por otra puerta, una puerta de salida trasera, abandonaba el edificio. También aquí hacía el saludo militar a un guardia. Y también él recibía un puro de Heinrich G.

A última hora de la tarde, cuando los demás se disponían a irse a casa, él visitaba la redacción. Entraba en su despacho, que era amplio y estaba desnudo, encendía la lámpara, se sentaba ante el escritorio y arrugaba el grueso montón de papeles que le esperaba allí desde por la mañana. Eran noticias de la correspondencia policial que él ya conocía. Todas. Él venía de las fuentes. No podía enterarse de nada nuevo. Los papeles casi le ofendían. Hacía mucho que él ya había dado al diario todas las noticias

Página 129

que podían contener. Y lo más probable es que tampoco contuvieran todo lo que él sabía. La mesa estaba vacía. El tintero, seco. Las plumas, oxidadas y rotas. Heinrich G. no escribía. No necesitaba escribir nada. Sentado ante su mesa vacía, abría un cajón, sacaba un puñado de «delicados habanos», volvía a cerrar la gaveta y abandonaba la habitación. Tal y como por la mañana había exclamado «buenos días» por todas las puertas de la comisaría, ahora por todas las de la redacción voceaba:

—¡Buenas noches!

Los ordenanzas en la antesala recibían habanos. Entonces Heinrich G. llamaba por teléfono a un restaurante. Cinco minutos después un camarero le traía la cena en una bandeja enorme. Humeaba. Una espuma densa y blanca se escurría por encima de los bordes de la jarra de cristal con la cerveza. El camarero recibía un habano. Y no ocurría nada más. Y yo tampoco tengo nada más que contar. Así, tal y como aparece descrito hasta aquí, era Heinrich G., el reportero de sucesos.

Frankfurter Zeitung, 28 de abril de 1929

Página 130

Página 131

Señorita Larissa, el reportero de moda

La señorita Larissa tenía un seudónimo, pero al parecer no un apellido. Como si la singularidad y el extraño y hermoso sonido de su nombre hubieran liberado a Larissa de la obligación burguesa de llevar otro. O como si a ese otro, tal vez por ser demasiado simple, le hubiera avergonzado colocarse junto a una palabra como «Larissa».

Era desde tiempos inmemoriales una fiel colaboradora del diario, a la que por galantería no se podía llamar «vieja empleada». Prefería uno decir «de muchos años». De hecho, por una vez, la galantería no se equivocaba. Larissa ya no era joven, pero se mantenía juvenil. Sí. Su aspecto juvenil no era en absoluto artificial, sino más bien una especie de segunda juventud natural, que en común con la primera tenía la característica y graciosa necedad. A ella debía Larissa en ocasiones movimientos, equívocos, dichos, conmovedoras manifestaciones de una conmovedora inocencia, que de golpe y sólo durante unos segundos transformaban a la persona adulta, entrada en años, en una encantadora colegiala. Entonces Larissa parecía una chica joven de tiempos muy lejanos, desaparecidos. Como si hubiera muerto hacía mucho en la flor de la juventud y, gracias a un milagro, acabara de despertar de su sueño eterno para proseguir su juventud. Se puede decir que no había envejecido, sino que con el transcurso de los años se había convertido en un lugar de descanso, en una última morada para su propia juventud oculta, dormida, que sólo de vez en cuando despertaba.

Era reportera sobre asuntos de moda. Pero como la moda por sí sola no proporcionaba suficientes ingresos, Larissa se ocupaba también de todas esas cuestiones públicas que según una opinión muy extendida están más cerca de la naturaleza femenina que de la masculina. Por ejemplo, de la protección de la madre, de los huérfanos, de las galas benéficas, las loterías y los procesos de divorcio, de las exposiciones de flores y de los albergues para vagabundos. Pero por mucho que todas estas cuestiones se diferencien entre sí, la actitud de la señorita Larissa tanto frente a las demostraciones del lujo como frente a las de la miseria era siempre la

Página 132

misma. La melodía de sus informes —pues en lugar de estilo ella tenía melodía— era siempre la misma. Sólo variaban los adjetivos. Si en una ocasión decía:

En los fastuosos salones del Casino X tuvo lugar el día 21 de este mes…

Entonces en la otra ponía:

En los lúgubres salones del albergue para vagabundos X reinaba el día 23 de este mes una intensa alegría.

Los informes escritos de la señorita Larissa eran de una objetividad brillante y optimista, mientras que los orales podían emocionarla a ella y a su oyente hasta las lágrimas. Tenía una mirada capaz de encontrar lo conmovedor y la voz para contarlo. A las palabras con las que lo ponía por escrito, en cambio, les faltaban el calor y la gracia. Resumiendo, el «alma» de su voz. Entre las líneas flotaba, perdido, el resto de una melodía personal, sólo perceptible para oídos muy finos. Pero como el redactor local era partidario de lo «sustancial en el diario» y de veinte líneas que escribía la señorita Larissa solía tachar catorce, también el resto de la melodía desaparecía por lo general para siempre. Por estas y otras razones similares la señorita Larissa siguió siendo un objeto, una herramienta, un órgano del lujo, también cuando se ocupaba de la miseria. Y hasta sus informes sobre cuestiones de actualidad de la pobreza pública se quedaban por ahí, pues se creía que eran informes sobre festejos florales.

De la particular elegancia que exteriormente caracterizaba a la señorita Larissa aún habría que decir algo. Como tenía las mejores relaciones profesionales con los grandes sastres no iba lo que se dice vestida a la «última moda», sino a la siguiente. Llevaba ya en primavera pieles de verano[39] y en otoño sombreros de invierno. Y así ella misma era la más fiable, la más lograda «avanzadilla de la próxima temporada de la moda». No cabe mayor perfección periodística. Se transformaba a sí misma en sus artículos. Y las líneas que escribía y que le tachaban tal vez sólo por eso eran tan torpes, porque su aspecto exterior se había anticipado a sus habilidades periodísticas.

Página 133

Sí. Incluso su figura parecía adaptarse a los cambios de la moda futura. Ganaba y perdía «líneas», caderas, pechos, hombros. Y, aún así, conservaba lo que podría llamarse su «verdadera esencia», en cierto modo, la envoltura corporal más íntima de su alma, algo anacrónico, desaparecido. Y siempre había una distancia entre «ella misma» y la personalidad a la que en cada ocasión se adaptaba. Quizás esa distancia ponía de manifiesto una completa falta de vanidad. La señorita Larissa hacía la demostración de la ropa que llevaba como un físico la de sus experimentos.

—Vean —podía decir—, lo próximo que se va a llevar será una guarnición rectangular de marta cibelina como esta. El vuelo de la falda será otra vez acampanado. Como el que llevo yo.

Y se levantaba, daba una vuelta, y uno veía la forma acampanada de su falda.

Cualquier broma la desconcertaba. Pues ella, que jamás entendía un doble sentido, temía siempre una «impertinencia». Y en cualquier caso se ponía roja, también si había malinterpretado algo sin importancia, simple. Esos eran, por cierto, los instantes en los que se volvía bonita y en los que se la podría haber amado. La vergüenza la transformaba como por arte de magia. Era una chica joven. Su rostro marchito provocaba turbación, la misma que se siente en presencia de una chica joven. Una turbación que era una mezcla de paternalismo, compasión y deseo.

La señorita Larissa murió de tifus durante la guerra. Se había hecho enfermera. Murió en Bucarest. Fue enterrada allí. Por primera y última vez su nombre completo figuró en el periódico. Se llamaba Larissa Schorr.

Frankfurter Zeitung, 12 de mayo de 1929

Página 134

Reencuentro

Entre los rostros de los paseantes que, despacio y sin cesar, pasaban ante mi vista por la avenida al caer la tarde, vislumbré uno que me resultó familiar, aunque creí no conocerlo. Parecía haber abandonado por así decir el primer estadio de la relación conmigo, para caer directamente en un segundo y meterse antes en mi corazón que en mi conciencia. El rostro estableció enseguida un trato de tú a tú con mis ojos. Este detalle me molestó. El rostro siguió sonriendo, imperturbable, complaciente, cordial, sí, tal vez incluso cariñoso. Al final, se separó de la serie de los demás rostros y por un instante se produjo un vacío. Fue como si una mano invisible, en la vitrina de un fotógrafo, hubiera apartado uno de los retratos dispuestos allí en línea. El rostro se acercó a mí. Lo llevaba un abrigo de color teja, ancho de hombros, que tendía las dos mangas hacia mí. No me cupo ya ninguna duda de que estaba a punto de saludar a un compañero del colegio. Pero ¿a cuál…?

Hace cinco años yo aún era capaz de recitar todos los nombres por orden alfabético. Después empezaron a escaparse de mi memoria, uno tras otro, más o menos como los dientes de la mandíbula. Sólo algunas veces un rostro emergía hasta la superficie. Otras, una media con un agujero en la rodilla, un brazo o una mano con las uñas mordidas. Todo ello acompañado por el resplandor azulado de las blancas paredes de la clase, el negro mate de la pizarra y el barniz reluciente, pero también agrietado, de los bancos. También los rostros, los cuerpos, los movimientos de mis compañeros digamos que se me caían. Sólo quedaba una maraña confusa de extremidades, prendas de ropa, narices y nombres, que yo hubiera podido combinar para formar nuevas personalidades de haberlo deseado. Pero para nada quería hacerlo. Mientras estuviera en condiciones de identificar a mis compañeros de estudios, me apartaría de su camino. Saber que estaba eternamente condenado a cargar con las consecuencias sin duda anodinas de un pasado sin duda alguna anodino me resultaba desagradable e incluso penoso. ¡No! ¡En absoluto tenía que cargar con ellas! ¡La costumbre habría hecho que me resultara más fácil! Pero estaba

Página 135

condenado a correr de pronto hacia sus brazos en contra de mi voluntad y, por consiguiente, siempre a merced del embate de cualquier reminiscencia.

Sólo podía, como ya he dicho, evitar de vez en cuando a éste o a aquél. Pero en esta ocasión el recuerdo vino hacia mí desde fuera, vivo, lleno de energía. No se trataba de un producto de mi cerebro, sino de uno del azar. Y en mi memoria despertó nada más que una sombra sin nombre, pálida y de contornos débiles con la que yo no sabía qué hacer. Y, sin embargo, como si yo aquella tarde no hubiera estado listo para otra cosa más que para el encuentro con un compañero de clase, obligué a mi rostro a esbozar una sonrisa extraña y algo constreñida, como si hubiera ido a comprarla y me la hubieran dado de una talla más pequeña, y puse en mis labios un «¡ah!» cualquiera y gratuito, que para mi sorpresa no sonó tan impersonal. Nos estrechamos las manos. Y nos sentamos a una mesa en la terraza del café. Él empezó a contar y a preguntar. No esperaba mis respuestas. Contestaba él mismo. Preguntaba sólo para recibir una confirmación, mejor dicho, para que no le desmintieran. Con un conmovedor apego hacia mí, el ingrato, se había mantenido siempre al corriente de todo lo mío. Me informó acerca de lo que yo había vivido. No se le había escapado nada. Y yo seguía sin saber su nombre…

Busqué en los rasgos de su rostro puntos de apoyo, la esquirla de un nombre, el jirón de una inicial. ¡No había nada en aquel rostro! Estaba vacío. Hacía pensar en un paraje llano. La nariz yacía en el centro, como un saquito arrojado allí, un poco hinchado, según me pareció. La boca, de un color rojo sangre y diminuta, era la de una niña dulce. Y los ojos, muy claros, muy pequeños, desnudos, es decir, sin cejas, sepultados entre bultitos, dos chispitas grises espetadas en grasa. El cabello, rubio, lo llevaba muy corto, a cepillo. La superficie de sus mejillas tenía un matiz rojo pálido. Reflejo de la vida que ardía fuera de aquella personalidad, no en su interior. Si aquel hombre no hubiera sido uno de mis compañeros de escuela, me habría decidido a considerarlo antipático. Pero así, gozaba de protección.

Con la esperanza de hacerlo más simpático, empecé a preguntarle por su vida.

—Me he convertido —respondió con aparente alegría— en un hombre del montón.

Aquello era una alusión al hecho de que, en su opinión, yo no me había convertido en un hombre del montón. Y tal vez también se tratara de un

Página 136

reproche porque yo, por desgracia, había faltado a mi deber de serlo. Un poco irritado, le dije:

—Los hombres del montón no existen.

Fue un error, aunque él no lo negó, sino que, sin más, comentó:

—Trabajo en el sector bancario.

Rechacé de inmediato, como inapropiada, la ocurrencia egoísta de que podía uno necesitar el sector bancario.

—¿Estás casado? —pregunté.

—Sí, desde hace seis años. En este momento, estoy de rodríguez.

Una expresión que me resulta tan desagradable como la de «hombre del montón». Pero no había nada que hacer. Era un hombre del montón, estaba de rodríguez y trabajaba en el sector bancario.

—¿Y te va bien? —seguí investigando.

—¡Gracias, estupendamente!

—¿Estás contento?

—¡Siempre!

—¿Estuviste en la guerra?

—Dos años en el frente.

—¿Estás contento? —pregunté una vez más.

—Sí, siempre —dijo él, como si estar contento fuera algo así como, por ejemplo, estar sano.

Aseguró que tenía que marcharse enseguida y me hizo soltar una expresión que yo no había utilizado nunca y que sólo oigo de mala gana.

—No quiero retenerte —surgió de pronto de mi interior. Y al decirlo, pensé que se marcharía y me quedaría sin saber cómo se llamaba.

—¡Dame tu dirección! —le grité, saqué un papel y, cándido, añadí—:

Lo mejor es que me la escribas aquí completa.

—¡El nombre no te lo escribo! —exclamó alborozado—. Ya lo sabes. Y con mucha precisión, con grandes letras redondas, como aros de

flexible bambú, escribió:

LUDWIGSTRAßE 58 (2.º DERECHA)

LLAMAR DOS VECES

Después se marchó. Volvió a unirse a la corriente de transeúntes, encajó su rostro entre las hileras en movimiento de los demás rostros y volvió a decir adiós con la mano levantada. Por un instante el destello

Página 137

color teja de su abrigo permaneció en mi retina. Su única huella profunda. Cuando me levanté para irme a casa, su nombre me vino a los labios, como si durante todo ese tiempo hubiera estado flotando sobre mí, en el aire.

—Eugen Kalter —dije en tono apagado. Y perdí la dirección.

Münchner Neueste Nachrichten, 18 de agosto de 1929

Página 138

Página 139

Un hombre se aburre

Por la mañana se despertó a la vez que el aburrimiento. Bostezó con fuerza, primero con voz atronadora, como surgida de un embudo, que a continuación se volvió más parecida a un lloriqueo para terminar en una especie de vibrante gemido. En resumen, que parecía haber recibido el primer golpe, terriblemente doloroso, del aburrimiento, pues su bostezo no era otra cosa que un grito de dolor que partía el corazón, un grito de dolor primigenio, el desvalido lamento de un animal herido de muerte, de una arbitrariedad brutal y sin melodía alguna. El mismo clamor se repitió aún un par de veces, aunque cada vez de forma más débil. Era tan directo que pareció que las paredes, tras las que retumbaba, se hundían, para convertirse en el paisaje de un mundo primitivo. Sí, toda la civilización, en la que tenía lugar nuestra mañana —el agua corriente, caliente y fría, las altas fachadas de las casas al otro lado de la calle, las voces quejumbrosas de los vendedores ambulantes, que en las grandes ciudades son las de la caza—, todo ello se disipó, desapareció frente a aquel instante, en el que la verdadera voz de la naturaleza se volvió audible: el bostezo de un hombre al despertar.

Poco después, el hombre comenzó una enconada lucha contra el día. Por el chacoloteo de unas piezas de porcelana me di cuenta de que le habían traído el desayuno. Oí con claridad el borboteo del chorro que manaba desde la jarra del té hasta la taza y los golpecitos de un cuchillo en la cáscara de un huevo que, complaciente, se resquebrajó. A continuación, el hombre abrió su puerta y, a voces, encargó dos naranjas y un recipiente con el que exprimir el jugo. Se quejó después de la mala calidad del té. Había que echar, decía, dos cucharadas en agua hirviendo, literalmente, escaldar el té. Y si esa manera de prepararlo aún no era costumbre en aquel hotel, debía adoptarse desde ese mismo día.

Al cabo de un rato, el hombre empezó a sollozar y a caminar de un lado a otro por la habitación, como si tuviera unas preocupaciones extraordinarias o aguardara la llegada de un ser largamente añorado que se retrasaba. A veces, a intervalos irregulares, murmuraba algo ininteligible.

Página 140

Y aunque durante todo el tiempo permaneció invisible para mí, yo sabía que, para hablar, se había colocado delante del espejo. Probablemente tenía que activar su fantasía y estaba hecho de tal forma que necesitaba verse para escucharse. Pero la gran soledad en la que vivía aquel hombre en absoluto se volvía menor cuando se ponía a hablar, sino, al contrario, aún mayor. Como si la voz del hombre no fuera la suya propia, sino la de la soledad. Hablaba a través de él en aquella habitación de hotel estrecha y pequeña. Empotrado allí, el hombre se alojaba entre otro huésped y yo, en una celda confortable, pero ni el confort ni nuestra cercanía, como tampoco la posibilidad de llamar a un camarero, ejerciendo una simple presión sobre un botón blanco, lograban disminuir la soledad de aquel hombre. Era un hombre moderno. Venía de América. No podía estar solo y no podía quedarse callado.

Comenzó a lavarse. El agua salía abundante del grifo, corría, salpicaba, casi retumbaba contra la porcelana, intentó emitir un misterioso gruñido en las recalcitrantes cañerías, en las que hasta aquel preciso momento había vivido como un elemento doméstico domado, pacífico, obediente y listo para su uso. No la habían calculado para las necesidades higiénicas de aquel vecino mío. Provocó, por así decir, al agua. Despertó su ferocidad originaria y salvaje. El agua civilizada de la ciudad se comportó como si viviera en las montañas. El suave chorro que salía del grifo metálico se convirtió en un tumultuoso torrente. En ocasiones, tuve la sensación de que el americano no es que se lavara con esmero, sino que por temor al silencio pedía socorro a las voces de la naturaleza.

Después, durante un rato, reinó otra vez un silencio de muerte. El hombre en la habitación de al lado parecía esperar a ver si alguna voz se presentaba por sí misma, sin que él la convocara. Pero ni una sola acudió. El silencio era aún más silencioso que antes. Entonces el hombre, con una voz falsa, que salía de su reacia garganta, se puso a cantar un popurrí con todas las canciones de moda de los últimos diez años. En realidad, no las cantaba. Sólo les pedía ayuda. Lo que cantaba, comparado con las canciones de verdad, sonaba más o menos como las voces de cada instrumento aisladas frente a un concierto. Probablemente, las melodías de verdad estaban apiladas en su memoria, pero por el camino a través de su garganta se transformaban en desamparados gritos de socorro. Por lo visto, al hacerlo, pensaba en hermosas veladas en el bar, en chicas complacientes

Página 141

y en todas las medidas cautelares que en este mundo se toman contra la soledad.

Después de haber estado cantando durante una media hora el hombre de la habitación contigua pareció reconocer la inutilidad de sus intentos y recurrió al último remedio del que disponen los hombres de nuestro tiempo para combatir la soledad: puso el gramófono en marcha. Entonces resonó el canto conmovedor de unos negros. El hombre de la habitación contigua no dejó que el disco llegara hasta el final. En mitad de la canción volvió a girar la manivela y una y otra vez renovó las voces de bronce de los negros. El hombre de la habitación contigua se calmó. Probablemente en aquel momento estuviera sentado en el borde de la cama con una mirada un tanto soñadora. La melancolía ajena, que tomó prestada gracias a la perfección técnica, le sentó bien, como si fuera la suya propia. Tal vez incluso se hubiera puesto triste. Y tal vez incluso estuviera llorando.

Sí, es posible que la aflicción de un pueblo extraño, negro, a la que no era del todo indiferente, le hiciera creer en una original, propia, que él apenas era capaz de sentir. Y tal y como otras personas adquieren un aparato para animarse, el vecino se había comprado discos de negros para, por así decir, entristecerse. Y creí entender por qué había buscado hacer ruido tan incansablemente durante toda una mañana, y por qué el silencio lo atormentaba tanto. La bella, blanda y silenciosa sección del corazón humano en la que por lo demás debe de dormir la tristeza estaba vacía, desvalijada. Era un hombre de su tiempo. Disfrutaba de la vida. Le divertía. Generaba ruidos y los saboreaba. Le daba miedo el silencio.

No lo vi hasta bien entrada la noche, abajo, en el vestíbulo. Todo en él y en torno a él era amplio, holgado, resplandeciente, chirriante. Sus anchos y modernos pantalones aleteaban. Desde sus maletas cubiertas con etiquetas multicolores gritaban los nombres de todas las estaciones de tren y de todos los grandes hoteles del mundo. De sus hombros robustos, acolchados, colgaban toda clase de prismáticos y aparatos fotográficos. Atados con crujientes correas de color amarillo llevaba la manta de viaje, el paraguas y el bastón. Y estaba hasta tal punto rodeado de utensilios e inventos que apenas podía uno ver su rostro.

Llevaron su equipaje al coche, ante la entrada. El hombre lo siguió de modo mecánico, como si fuera una maleta que pudiera andar por sí sola. Se arrumbó en un rincón. En el último instante aún pude ver que en el regazo llevaba la caja marrón oscuro del gramófono. Después se marchó

Página 142

en dirección al próximo gran hotel, definió el estado ideal de los huevos pasados por agua, bostezó ampliamente, dejó correr el agua del grifo, intentó cantar, para al final poner en marcha esa dulce melancolía sin la que el ser humano no puede vivir…

Münchner Neueste Nachrichten, 1 de septiembre de 1929

Página 143

Página 144

El regreso de un boxeador

El boxeador un día decidió regresar a su patria. Al principio mantuvo esa decisión en secreto, pues sabía que tanto el país que se proponía abandonar como aquel otro que quería volver a visitar se verían sumidos en una gran excitación en cuanto supieran que el boxeador se disponía a viajar. Con el tiempo, sin embargo, el amigo del boxeador se enteró y, aunque no era por naturaleza hablador y sabía que las decisiones de los grandes hombres necesitan un largo periodo de espera antes de que puedan ser reveladas a los pueblos, el secreto rezumó como por sí solo fuera de su pecho leal y, con el aspecto borroso de un rumor, corrió de boca en boca y de oído en oído. La tendencia a regresar del boxeador se encontraba por tanto en aquel entonces aún en estado gaseoso acústico.

Pero ya una semana después el rumor empezó a adquirir los contornos más consistentes de una nota de prensa, es decir, a convertirse en una «noticia», que se podía registrar tanto con los ojos como con los oídos y sobre la que el boxeador mismo no se sorprendió menos cuando un día se la encontró cara a cara. Sus sentimientos entonces fueron encontrados. ¿Era una clara prueba de su fama y de su importancia el hecho de que sus decisiones secretas se conocieran con semejante rapidez? ¿O habría sido una prueba aún mayor de su celebridad si, aun conociendo su decisión, la hubieran mantenido en silencio con todo respeto? Pero si no la habían mantenido en secreto, ¿por qué la comunicaban de forma tan concisa? Con esto en absoluto pretendo insinuar que el boxeador fuera vanidoso. Pues por lo que sé de los campeones de la cultura física, no es una vacua arrogancia lo que hincha su pecho, sino la fuerza viril, y por mucho que su pecho se expanda, la fuerza se despliega al mismo tiempo en su interior, dejando tan sólo un poco de espacio a las virtudes, pero no a las debilidades.

De todos modos, entre una vacua vanidad y una justificada seguridad en uno mismo hay una diferencia. Y si el boxeador se preocupó un poco a causa de la noticia, francamente era su deber. Aunque él mismo no había fijado aún ningún plazo para su partida, los periódicos al final indicaron la

Página 145

fecha. Para no decepcionarles, se atuvo a ella. La opinión pública en pleno asumió las funciones de maestro de ceremonias. Determinó el tren, el barco, la comitiva, los fotógrafos, el avión en el puerto natal. Débil, a pesar de que era fuerte, abatido, a pesar de que había triunfado, ablandado, a pesar de que era duro, sumiso, a pesar de que nunca se había rendido, el popular boxeador siguió las instrucciones de la opinión pública. A toda prisa le dio tiempo a responder, antes de que partiera el tren, a un par de preguntas de los periódicos americanos sobre la teoría de la relatividad, declaró su conformidad con la moderna literatura de guerra, porque una objeción le habría impedido subirse a tiempo al tren, estrechó la mano a un par de aficionados, metió a presión los hombros contra el marco de la ventana del compartimiento y se deslizó fuera de la estación.

Ya viajaba hacia su patria. Era como si no sólo le llevaran los medios de transporte habituales, sino otras fuerzas muy distintas, digamos, psíquicas. Era como si al barco por detrás lo empujaran las bendiciones de la nación que había quedado atrás y por delante tirara de él la añoranza de la patria. Hacía tiempo que el regreso del boxeador no era ya ningún rumor y tampoco una nota de prensa. Creció y creció y corrió por las columnas del periódico, de una sección a otra, de los suplementos a las páginas principales, de las páginas de deporte a las de política, y se habría convertido en un editorial si el viaje del boxeador hubiera durado un poco más.

Cuando llegó, las noticias sobre él se habían detenido justo en la segunda página del periódico. Un avión le esperaba en el puerto. Pues ante la disyuntiva de disfrutar aún un poco más del ansia por verle o celebrar más rápidamente el reencuentro con él la nación eligió lo último. El entusiasmo que le esperaba era tan grande que hubo que contenerlo. De lo contrario, el aeropuerto habría estado tan repleto con la nación, que el boxeador habría tenido que seguir dando vueltas en el aire durante un par de meses antes de encontrar sitio para aterrizar. E incluso esa posibilidad habría que haberla tenido en cuenta, si el deficiente equipamiento de los aeroplanos en lo que se refiere a aparatos de gimnasia no hubiera impedido que el boxeador, siempre necesitado de entrenamiento, volara mucho más tiempo por encima de las cabezas del pueblo.

De modo que se vendieron entradas y se instalaron tribunas de honor para los notables y tribunas de prensa para los periodistas. Estaba a rebosar de hombres importantes que querían estrecharle la mano al boxeador

Página 146

cuando bajó del avión, fuerte y sano, con esa sonrisa inofensiva, alegre y amplia que no parece venir del alma, sino directamente de la musculatura, expresión no tanto de una satisfacción individual como de una genérica. Era la sonrisa de los gigantes, que en absoluto necesitan alegrarse cuando se ríen. Simplemente ríen, porque son así de fuertes. Mientras los demás permanecían mortalmente serios, porque eran así de débiles.

El propio boxeador pronunció un discurso, a pesar de que era un hombre de acción y de puño. Las mismas palabras que el ministro tenía en la punta de la lengua, le salieron al boxeador del corazón y fueron, por tanto, maravillas frescas, nuevas, recientes. Si, por ejemplo, el ministro hubiera saludado al boxeador con un puñetazo, el efecto habría sido mucho menor que el del discurso. Interrogado una vez más sobre la teoría de la relatividad, manifestó que por el camino no había cambiado de opinión al respecto. Y antes de que cayera la pregunta sobre las nuevas novelas de guerra, añadió, previsor, que se sentía satisfecho con ellas. Que contra la paz entre los pueblos no tenía nada que objetar. Y tampoco contra la guerra. En cuanto a la emergente generación de boxeadores, la consideraba con razón como genial. La de los poetas jóvenes, no sin motivo, como contundente. Modesto, incluso humilde, escuchó los vivas del pueblo.

Para que sin dificultad pisara el suelo patrio, le despejaron el camino. Y antes de subirse al coche, a la pregunta de un representante de la prensa sobre si aún tenía algún comentario que hacer, no respondió más que cuatro palabras:

—¡Por fin en casa!

Münchner Neueste Nachrichten, 6 de octubre de 1929

Página 147

Navidades en Cochinchina

En uno de esos días maravillosos que, con gran expectación y el aliento contenido, preceden al inicio de las vacaciones de Navidad y que yo entonces prefería a la época en la que no había colegio, como hoy prefiero el día de la partida a un largo viaje, el profesor dijo:

—Chicos, el que tenga cinco céntimos, que venga esta tarde a clase. ¡Visitaremos el Weltpanorama[40]!

Levanté la mano con dos dedos estirados y dije:

—¡Yo no tengo cinco céntimos!

Por un instante reinó el silencio, como si hubiera venido el señor director a hacer una inspección. El profesor se había dado la vuelta, con la espalda hacia la clase, el rostro hacia la pizarra, como si creyera que de allí podía surgir una idea, que en su superficie negra y mate un ángel invisible podía escribir con tiza blanca un buen consejo. Probablemente ocurrió algo parecido, pues al cabo de un minuto más o menos el profesor volvió otra vez el rostro hacia la clase y, dirigiéndose a mí, que aún seguía de pie, me dijo:

—¡Por ahora siéntate!

Durante el recreo el conserje de la escuela vino al patio y me llevó a ver al señor director a su despacho.

—¡Muestra tus sucios dedos! —gritó el señor director.

Levanté las dos manos en el aire, en horizontal, ante mí. El señor director se agachó un poco para observarlas. Pero no llevaba puestos los quevedos de montura dorada como solía hacer cuando estaba decidido a examinar algo seriamente. Yo ya sabía que se trataba de algo completamente distinto a mis dedos sucios.

—¡Hoy irás también al Weltpanorama! ¡Sin pagar! —dijo el señor director. Tal vez aún tuviera algo más que decirme, pero sonó el timbre. Por eso, se limitó a murmurar:

—¡Ve a clase!

Yo rasqué el suelo con un pie y me marché. Hacia las tres de la tarde, el crepúsculo ya acechaba por las ventanas, nos fuimos al Weltpanorama.

Página 148

Estaba en un callejón pequeño y tranquilo, y por fuera se parecía a una tienda normal y corriente. Sobre la puerta de cristal ondeaba una bandera roja y blanca. Al abrir la puerta, sonó una campana, como un saludo. Dentro una dama sentada, que parecía una reina de cabellos grises, vendía entradas. El interior era cálido, estaba oscuro y muy silencioso. En cuanto los ojos se acostumbraban a la oscuridad, podían ver una gran caja, redonda como un carrusel, que se alzaba hasta la mitad de la habitación, con mirillas por todo el contorno a la altura de una persona sentada, a intervalos de unos veinte centímetros cada una. Las mirillas resplandecían como ojos de gato en la penumbra. Se notaba que la caja estaba hueca e iluminada por dentro. De su interior, por abajo, escapaba un brillo tenue y misterioso, que se difuminaba en el suelo. Delante de cada par de mirillas había un redondo taburete de piano.

—¡Sentaos! —exclamó el señor profesor.

Sonó como en la clase, pero en la penumbra no se trataba de una orden, sino sólo de una suerte de suave invitación. Nos arrimamos con los taburetes. Yo, como era demasiado bajito, no me senté del todo, sino que levanté el taburete por así decir hasta la mitad. Entonces pegué la nariz contra la pared del cajón y los ojos al par de mirillas que estaban enmarcadas en metal.

Dentro aparecieron imágenes de Cochinchina. El cielo era azul, infinito, radiante. Se trataba de ese tipo de azul veraniego que parece haberse tragado un montón de oro solar, haberlo diluido, molido y vuelto aún más azul. Tenía uno la sensación de que aquel cielo azul debía de brillar aun cuando no tuviera sol alguno. Pero para colmo también lucía el sol. Tras la segunda imagen yo ya no era consciente de que allí fuera era diciembre y de que en el aire había lluvia en suspensión. El sol manaba desde aquella caja a través de los ojos hasta el corazón y a la vez al mundo entero. Inmóviles, como una especie de torres de la naturaleza, se alzaban palmeras gigantes que arrojaban una leve sombra de mediodía, que, aguda y negra, se recortaba sobre el suelo amarillo. Había allí hombres blancos con salacot, como pegados, detenidos en plena marcha, con un pie flotando en el aire. Y a uno le parecía que tocaría el suelo en cuanto apareciera la siguiente imagen.

Se veían mujeres indígenas medio desnudas con pechos provocativos, como hermosos conos de bronce que desaparecían demasiado deprisa, y taparrabos azules que sin duda se habrían caído si uno hubiera podido

Página 149

detener las imágenes. Se veía una escuela al aire libre. Una maestra venida de Europa, abotonada de arriba abajo, daba clase a un puñado de niños totalmente desnudos. Todos, sentados sobre sus pies, sostenían un pizarrín en el regazo. Sólo la maestra se sentaba erguida sobre un árbol caído, una rudimentaria cátedra. Se veían pescadores y bañistas, un ciclista con sombrerito de paja[41] y una dama con un velo de viaje ondeante, que flotaba tras ella blanco y horizontal, como el humo tras la chimenea de un vapor. Cada vez que aparecía una nueva escena, algo carraspeaba en el interior del cajón, como en los relojes viejos antes de dar la hora. Después, sonaba un gong suave, nítido y dulce. Entonces se producía una ligera sacudida. La estructura del redondo aparato temblaba, como si gimiera por el esfuerzo que hacía para acercar tantos mundos extraños y remotos. El azul se volvía cada vez más profundo. El blanco, cada vez más radiante. El sol, más dorado. El verde se ponía de un azul de ultramar. Las mujeres, inmóviles, resultaban cada vez más excitantes. Y los niños desnudos, más encantadores.

Al cabo de media hora se repitió la primera imagen. Entonces resonó la voz del profesor y otra vez estábamos en diciembre:

—¡En pie!

Troté hasta casa aturdido. Me parecía que el mes de diciembre no era más que un sueño que pronto se acabaría. Y Cochinchina, la realidad, en la que yo no tardaría en crecer. Así fue realmente durante muchos años. En mi interior estaba Cochinchina, como en aquella caja.

Hace un año, por Navidad, llegué a una pequeña ciudad. En un estrecho callejón vi un cartel. Weltpanorama, ponía. ¡Cochinchina!, gritó con júbilo mi recuerdo. Entré. Ya no me salió gratis. Costaba cincuenta céntimos para los adultos, entre los que, curiosamente, me contaron. Estaba casi vacío. La caja carraspeó, sonó el gong, igual que entonces. Pero en las imágenes ya no se veía Cochinchina. Mostraban Suiza. Lástima. En pleno invierno. Cumbres nevadas. Un hotel con confort moderno, con una sala de lectura…

Me incliné hacia atrás. Dos asientos más allá de donde yo estaba había un señor. Observaba, según me pareció, con apasionado interés a través de las mirillas. ¡Qué tío más aburrido!, pensé, lleno de odio. En plenas Navidades.

Pero cuando salí de allí, me volví amable y justo. Tal vez, me dije, cuando era niño ese hombre pudo contemplar precisamente Suiza. Gratis.

Página 150

Antes de Navidad. Al fin y al cabo, cada uno tiene su Cochinchina.

Prager Tagblatt, 18 de diciembre de 1929

Página 151

Página 152

El mago

Hace muchos años los artistas de la magia se hacían llamar simplemente magos, con la misma naturalidad inocente y metafísica con la que aún hoy día los auténticos magos aparecen en los cuentos. Entonces también a mí la diferencia entre un truco, cuyo mecanismo permanecía oculto para mí, y un verdadero prodigio, que tampoco podía explicarse, me parecía sumamente pequeña. Y el natural empeño de mi razón por adivinar el secreto de la magia iba acompañado por un hermoso e incomprensible temor ante la idea de que algún día realmente llegara a lograrlo. De modo que asistía a las actuaciones que cada año puntualmente por la misma época organizaba un denominado mago, y lo hacía con un corazón en el que se mezclaban una curiosidad ilimitada y un reservado respeto.

Pues, más que el temor a que una vez desvelado el mecanismo la existencia me resultara un par de grados más fría, me asustaba el demencial horror que, más allá de las revelaciones, se producía en el ámbito del conocimiento y el castigo que necesariamente debía alcanzar a una persona tan pronto como hubiera desenmascarado al mago. Me parecía que, aunque cada uno de los trucos pudiera explicarse de forma racional, de ningún modo debía hacerse. Pues un hombre que era capaz de provocar al mundo metafísico aun cuando sólo fuera con fenómenos explicables, seguramente también tenía a su disposición poderes metafísicos más allá del área en el que se producían sus trucos. De esa índole era yo en la época en la que cada año iba a visitar al mago.

Sin duda no se trataba de un artista de la magia corriente, como los que puede uno ver hoy día en cualquier espectáculo de variedades. Sus trucos de magia tal vez fueran sumamente sencillos, pero los llevaba a cabo con tanto aplomo, hasta tal punto instalado en una escenografía sobrenatural, que cualquier movimiento de sus manos, cada paso que daban sus pies con cuidadosa gravedad parecía tener un significado doble, triple, místico. Su existencia real, física, por lo tanto, no era más que la envoltura exterior de la verdadera, desconocida.

Página 153

El escenario estaba oscuro y cubierto de telas negras, lleno de una espesa tiniebla, tangible, por así decir, el elemento de la tiniebla. La rampa, en cambio, se veía sembrada de numerosas, sea como sea incontables, bujías cegadoras, llamitas de gas abiertas, cuyos delicados extremos lengüeteaban, cambiantes dagas de fuego azul, tan sólo interrumpidas en el centro por una escalera de tres peldaños forrada de negro, que, aunque por lo visto tenía el objeto de establecer una conexión entre el escenario y la sala de espectadores, probablemente ninguna persona del público la habría pisado por su propia voluntad. El telón no se levantaba hacia las alturas como en las funciones habituales, sino que se abría rápida y súbitamente, como una nube a la que un viento rasga por la mitad.

Y ya se encontraba también en el interior de la negra noche el mago, vestido con ropas blancas, un pan de azúcar plateado en la cabeza y una barba larga y blanca. Como si fuera el diámetro blanco de la oscuridad, se elevaba en el medio hasta el techo. Tres veces golpeó el suelo con una vara de plata. El suelo se abrió y surgió una figura esbelta, un paje plateado con rizos rubios.

Lo que a partir de entonces ocurrió en el escenario resultó bastante indiferente. Pues, aunque yo creía que aún me interesaba el mago, me preocupé exclusivamente del paje, que no perdió el tiempo, sino que enseguida bajó los tres escalones y con modestia se sentó en el último. Se trataba sin duda de un paje de sexo femenino. Unos pequeños senos de metal liso con cúpulas diminutas adornaban la parte superior de su cota de mallas. Entre la asociación bélica que evocaba la vista de la coraza y la gracia sin lugar a dudas femenina que ocultaba se produjo la encantadora tensión que puede existir entre la sangre y el amor. Mientras el mago, en medio de la terrible negrura de su noche, hacía volar serpientes multicolores, a blancas palomas despedir lenguas de fuego por su boca y de vasijas iridiscentes, burbujeantes, surgir pelotitas de un material opalino ligeras como el aire, yo, como es natural, creí que le observaba con atención. Sin embargo, aunque pude conservar en la memoria cada uno de sus más pequeños actos prodigiosos, en realidad miraba, como hoy sé, el escenario sólo con los ojos. Y, en cambio, la escalera, en la que estaba sentada la chica, con el alma.

Entonces, claro está, yo aún no sabía, como sé ya hoy, que la magia de un paje de dieciocho años es más prodigiosa que el prodigio de un mago.

Página 154

Quizá lo sospeché una sola vez en el transcurso de la velada. Ocurrió cuando el viejo empezó a fabricar caramelos en su plateado sombrero cónico. Y es que la chica no había esperado otra cosa que el instante en el que debía empezar a moverse entre las filas del patio de butacas para repartir los dulces entre los espectadores. Se puso en pie y comenzó a pasearse entre nosotros como una persona de carne y hueso. Un delicado aroma a lirio de los valles se expandió por la sala. El paje pasó junto a mí. Alargué la mano. Me dio dos caramelos que no me comí, sino que los escondí en el bolsillo.

Entonces acabó la función y yo me fui a casa, para otra vez esperar durante todo un año… Al mago, como entonces creía, a la chica, como hoy sé. Volvió cada año, hasta que yo me hice viejo y los magos se extinguieron y dejaron su legado a artistas de la magia corrientes. Desde entonces he visto a muchos ilusionistas actuar bajo los deslumbrantes focos y realizar prodigios muy complicados. Pero no me causaron ninguna impresión, no los aguardo con impaciencia de un año para otro, y probablemente también me he vuelto un incrédulo.

Münchner Neueste Nachrichten, 25 de enero de 1930

Página 155

La reina de belleza

Ha llegado otra vez el momento de elegir una reina de belleza: ¡durante cuánto tiempo hemos tenido que pasarnos sin ella! Los periódicos informan también acerca de que ya se ha constituido un comité de selección. Sabemos por casos similares cómo funciona la elección de una reina de belleza. El comité ordena y clasifica las fotografías de las aspirantes que se le envían, después hace una ajustada selección, luego otra aún más ajustada, hasta que al final sólo le gusta una mujer. Esa se convierte en reina. Se la celebra, se la entrevista y se la vuelve a fotografiar, como si la primera fotografía por la cual fue elegida no fuera ya lo suficientemente regia. Hábiles periodistas consiguen investigar a fondo las relaciones familiares de la reina de belleza. Y, aunque proceda de un país escondido o remoto, visitar su patria y a sus padres. La mayor parte de las veces procede de un entorno modesto, aunque honrado.

Especialmente apreciados como padres de las reinas son los artesanos, porque su honradez burguesa es la que menos se puede en poner duda. La opinión pública —que, dicho sea de paso, poco a poco empieza a reemplazar a la humanidad— no se conmueve fácilmente por la mala situación en la que vive la «gente humilde», pero sí con la buena situación a la que en ocasiones pueden acceder los hijos de esa gente humilde. Por lo demás, los artesanos resultan conmovedores precisamente porque se extinguen casi en la misma medida en la que sus hijas emigran a Hollywood. Y es que es de allí de donde al fin y al cabo viene toda esta grandiosa idea de las reinas de belleza (y no tanto, como podría creerse, de una antigua y bonita costumbre de varios pueblos y tribus).

Pues, en realidad, no se trata tanto de descubrir las bellezas femeninas de ciertas masas, sino esa «cantera» lo más surtida posible a partir de la cual puedan escogerse las «divas» populares para el cine. Y en esta época, en la que tanto se habla de fuerza y de belleza, hasta el punto de que la dignidad, como es natural, pierde terreno, no es de extrañar que los pueblos coloniales europeos se esfuercen al máximo por mostrar a los grandes canes del cine americano el espléndido material racial que tienen

Página 156

para suministrar. Por otra parte, a las mujeres, que acaban de demostrar que pueden ser parlamentarias, abogadas y miembros de un jurado, parece especialmente valioso recordarles de cuando en cuando aquella vieja tradición por la cual eran ofrecidas sobre todo en los mercados públicos. (Que hoy en día se las llame reinas de belleza y no ya esclavas de belleza es una consecuencia del cambio en las condiciones sociales). Y así tenemos una contradicción más en este mundo, al cual, para ocultar su exceso de contradicciones, tanto le gusta fingir que se encuentra en un «periodo de transición».

En cualquier caso, incluso hoy día las naciones europeas siguen mostrando tanto sentido de la dignidad nacional que hasta cierto punto puede uno sorprenderse por la unánime alegría con la que se suele tratar la elección de una reina de belleza en los periódicos de todas las tendencias políticas. Como si se tratara sólo de un «acontecimiento social» y no de un síntoma horrible el que un consorcio cualquiera de confeccionistas, gentes del ramo y articulistas de la moda se pongan, en primer lugar, a determinar y coronar la belleza de la mujer y, en segundo lugar, ¡a descubrir el tipo «nacional» y a exportarlo a América! En los noticiarios semanales de actualidad de todos los cines de todos los países aparecen entonces imágenes de las pobres muchachas elegidas sonriendo, que avergüenzan a sus naciones al representarlas. Y en las oficinas, recién amuebladas con objetividad, de una empresa cinematográfica internacional americano-europea «fusionada», se sienta un rey del ramo —uno de verdad, frente al cual una reina de belleza no es nada—, cierra un ojo y deja que el otro se deslice escrutador por todo un archivo de reinas nacionales.

—¿Cómo se llama esa? —pregunta de pronto, señalando a la número P.II.767 con el índice estirado.

—Mizzi Mooshuber —responde el secretario.

Y es que la reina casualmente es de Korneuburg, cerca de Viena.

—¡Vaya nombre! —dice el director— ¡Hágala venir y póngale otro!

—Adelina Gray.

—¡Por mí…!

Y Adelina tiene posibilidades de «lograrlo».

No es que convertirse en una diva del cine sea peor que, por ejemplo, ¡trabajar como dependienta en unos grandes almacenes! Lo humillante es ese uso impropio de las leyendas clásicas que hace posible que un agente cinematográfico juegue a ser un Paris y engañe a una chica muy joven

Página 157

prometiéndole la existencia divina de una Afrodita. Lo humillante es ese negocio, en el que la mitología se mezcla sin remedio con la confección y en el que cientos de reinas desaparecen como moscas sin ser reconocidas, para que una sola consiga un papel «adecuado». De todas las reinas que han sido elegidas en los últimos tres años, ni el nombre de una sola ha sobrevivido a la gloria de unas pocas semanas. Y de los muchos comentaristas que, tras cada elección, saben informar sobre la novelesca importancia de semejante destino de chica elegida y sobre su deslumbrante ascenso desde una anónima «estrechez provinciana», ¡ni uno solo vuelve a preocuparse por la vida posterior de su objeto periodístico!

¿Cuál de entre esas reinas ha hecho carrera? ¿Se quedan todas en pobres e insignificantes comparsas? ¿Han cambiado su anónima estrechez provinciana por una anónima existencia colectiva? ¿Reciben papeles secundarios? ¿Se han casado? ¿Se han convertido en bailarinas de revista? ¿Siguen siendo hermosas? ¿Viven en Hollywood? ¿Han vuelto a casa de sus padres, los artesanos? Ay, ya no hay noticias sobre ellas. Han desaparecido en la multitud de la belleza uniforme que todas las naciones producen en la misma proporción. Se las corona sólo para confundirlas…

Münchner Neueste Nachrichten, 14 de febrero de 1930

Página 158

Domingos entre cuatro y seis

El domingo por la tarde, entre las cuatro y las seis, es invierno, la libertad empieza a volverse insoportable, un molesto regalo. Aún es de día. En el paulatino declive del atardecer resplandecen los carteles que a la entrada de los cines anuncian las sesiones de tarde, cuya penumbra amable y protectora tal vez sea capaz de atenuar la crueldad de un solitario atardecer. No obstante, se asusta uno ante la necesidad ineludible de hacia las seis verse de nuevo empujado hacia la calle, en la que aún no será de noche y tampoco ya por la tarde. En el esplendor de plata fría de las brillantes lámparas de arco y los anuncios luminosos recién encendidos, verá afluir el siguiente turno de espectadores hacia ese mismo «Palacio de Proyecciones», cuyas excelencias ha disfrutado ya uno mismo y enterrado, para dejarse engañar con el placer de la espera distraída, que aún concede la fuerza necesaria para soportar el resto del domingo.

Por lo general llueve, como suele llover en invierno: una lluvia fina, sin justificación y persistente. Se siente uno hasta tal punto desmoralizado que desearía que le invitaran a casa de un amigo. Una pequeña pastelería tal vez pudiera brindar una leve sensación de íntima cordialidad. Se encuentra, encajada entre las persianas implacablemente bajadas de las tiendas vecinas, en una plaza circular, en cuyo centro verdean invernales los parterres de césped. Sólo la pastelería está abierta. Por sus hornacinas, en las que las pantallas rojizas de las lámparas más que esparcir disimulan la luz, una luz que debe de hacer bien a los ojos ciegos de los enamorados, se arrastra, acompañado por ruidos difusos, el concierto. Escapa de la caja marrón de la radio, junto al mostrador. Verdaderamente, se puede ver cómo huye de ella serpenteando, sin interrupción y entrecortado por las intervenciones del locutor, cuya voz resulta aún más cercana que si estuviera en la sala en persona.

—Señoras y señores, a continuación…

En el breve segundo que transcurre entre el aviso y el siguiente concierto, se escucha el manar incesante de la lluvia en el exterior, como voces de la naturaleza de tiempos primigenios desaparecidos. Inmóvil,

Página 159

como las pirámides de tarta marrón tras el cristal, la encargada del mostrador se yergue en el aire. Las ondas rubias de su permanente rozan el péndulo del reloj, que oscila con regularidad. Sus ojos de porcelana azul parecen haber absorbido todos los pensamientos de su cerebro. Ya reflexionan ellos mismos, casi como si fueran cabezas.

Tras el pesado cortinón verde, que sólo con algo de esfuerzo se deja abrir por los visitantes, está la puerta giratoria. En cualquier instante puede moverse. También de vez en cuando se oye el rechinar reacio de su eje metálico, y uno espera tenso a ver quién se deslizará ahora desde detrás de la cortina. Sí, es como si por fin tuviera que venir alguien capaz de alterar de un golpe toda la situación, redimir a la señorita del mostrador de su inmovilidad, derribar de un empellón la pirámide de tartas, romper de una pedrada las multicolores botellas de licor y hacer callar a la radio infatigable con una molesta interferencia. Pero en cuanto se levanta la pesada cortina, no es el esperado y singular cliente quien entra, sino otra vez una de esas pobres chicas de las que ya hay tantas sentadas a las mesas. Chicas solitarias, con magras estolas de piel sobre los baratos «abrigos de entretiempo», que únicamente indican que es invierno, pero no protegen de él. Criaturas de la soledad, como las que sólo se ven en las ciudades muy grandes y sólo los domingos muy tristes.

A veces entran de dos en dos, pero también entonces no se trata más que de seres duplicados, como si una de las chicas entrara en la pastelería con su reflejo. Las dos están empapadas. En los cuellos de las dos se enroscan las magras serpientes de piel, húmedas y desgreñadas, como cadáveres de animales a los que se hubiera sacado del agua. Con un movimiento idéntico, las chicas describen un cohibido semicírculo por el local. Todas las hornacinas envueltas en el resplandor rojizo están ya ocupadas por criaturas similares. De modo que se dirigen hacia una mesita que, libre, parece flotar en mitad del pequeño local y ella misma anhelar un rincón. Pero en el momento en el que las dos chicas se sientan a ella, se vuelve más estable, gana por así decir terreno bajo sus gráciles pies de hierro fundido y demuestra que es capaz de sostener dos sólidas tazas de café y una colosal montaña nevada de nata batida.

Todo está en silencio. A la radio le parece oportuno interrumpir la música y dejar que un poeta de verdad, vivo, lea fragmentos de sus propias obras. Con voz sin duda emocionada recita sus frases, sangre de su corazón, que ahora, cuando ya se había secado, vuelve a empaparse,

Página 160

abriendo otra vez en su cuerpo viejas heridas. Todo por dinero. Las chicas solitarias no le escuchan. Hojean viejos números de revistas ilustradas que el camarero ha colocado en una silla vacía junto a ellas, todas encuadernadas en tela negra, resistente y dura, y provistas de brillantes esquinas de latón.

Nadie tiene nada especial que decir. El blanco camarero se apoya como un ángel en la puerta que da a la cocina. En todas las mesitas se forman pequeños charcos de agua negros por los paraguas goteantes. Todas las chicas tienen en sus bolsitos entradas para la función de noche, sólo eso les da seguridad. Aquí, a la pastelería, han venido sólo para sobrevivir al vacío crepuscular que se cierne entre el día de fiesta y su final nocturno como un típico tormento dominical, un recrudecimiento durante dos horas de la pena a la que aquí se llama libertad, salida, diversión, gran ciudad, civilización. A solas, a solas, a solas.

El amigo es voluble y se ha perdido o no ha llegado aún. El corazón es pequeño y vivaz. La tristeza, mortal e inconmensurable. Llueve, llueve en las duras calles de piedra y asfalto. Las personas son extrañas. Las iglesias están mudas y cerradas. Y Dios, lejos. La montaña de blanca nata batida es cada vez más pequeña. Por fin la cucharilla tintinea en la porcelana desnuda. Sobre las ondas de la permanente de la señorita del mostrador suenan seis tañidos de oro. Ahí fuera sigue lloviendo, pero la noche al menos está a punto de llegar, la tarde muy avanzada ya, sólo un pequeño y medroso resto y el domingo habrá terminado, la película principal acaba a las nueve y hacia las diez por fin puede uno dormirse.

Las chicas se levantan, la radio enmudece, las hornacinas se van vaciando. En grupos lentos, salen todas de la pastelería. Una mano pasa la cortina a la siguiente. Sin parar se llenan los compartimientos de cristal de la puerta giratoria. Una corriente de aire frío en la calle dispersa los grupos. Bajo paraguas negros, vacilantes y fantasmagóricos corren a meterse en la amable penumbra de los grandes palacios.

Münchener Neueste Nachrichten, 22 de marzo de 1930

Página 161

Página 162

El motorista

Su cabeza parece una pelota de fútbol con gafas. Su busto, un almohadón de cuero cuadrado. Sus piernas son palancas mecánicas con polainas. Sus pies, imitaciones de pies humanos, tal vez nada más que unas botas vacías. La figura completa del motorista es, sin la moto, un espectro. Con la moto, un espectro comprensible, casi lógico. El efecto que produce el motorista resulta más verosímil cuando aparece corriendo a una velocidad incalculable, petardeando, humeando, echando vapor, soltando detonaciones, en medio de un ronco y sibilante estrépito, una fulgurita de cuero, goma y acero deslizándose horizontalmente, disparada desde distancias desconocidas contra un objetivo inimaginable. Porque resulta increíble que un motorista pueda detenerse alguna vez. Cada vez que uno gira cerca de mí, es un prodigio. Si además desmonta y demuestra que puede desplazarse como una criatura similar a la humana, es como si un obús saliera a dar un paseo. Y me recuerda a los dibujos animados en el cine en los que las botellas de leche bailan y las cacerolas sonríen.

En esto, la moto se encuentra al borde de la acera. Sin el conductor casi parece humana, es decir que, objetivamente, podría uno tomarla por una invención humana. Es incluso más dócil que una bicicleta corriente, que no puede mantenerse en pie y amenaza siempre con escurrirse por sí sola o tumbare como si fuera un caballo de acero medio dormido. En cambio, una moto parada es algo sólido, que descansa sobre cimientos circulares, por así decir sobre ruedas. En principio también parece tender a la estabilidad, ¡no a la movilidad! Porque cuántas veces ve uno que el motorista, para sacarla de su calma de elefante, provoca primero un ruido atroz durante cinco, diez, quince minutos. En vano. La moto, una vez aparcada, no quiere moverse. El conductor pisa la palanca tres veces. Sus botas altas se columpian expectantes sobre el suelo. Lo que tiene de rostro está ya tirante por el viento que aún debe generar. Petardea y suelta detonaciones. Echa humo y apesta. Pero no se mueve.

Por fin, cuando menos lo habría esperado uno, la moto de repente se pone en marcha, desaparece ante mis ojos, según el patrón de los dioses

Página 163

clásicos, envuelta en una nube, y corre a toda pastilla, una desgracia, con el conductor hacia la desgracia. Por todas partes se ha hecho el silencio. Los pájaros callan. Animales y hombres contienen la respiración. El mundo por un momento se queda helado, como tras una catástrofe. Hay un perro ahí parado con el rabo entre las patas y los flancos temblorosos. Un reflejo de la naturaleza espantada.

Se dice, sin embargo, que las motos serán cada día mejores y menos ruidosas y que es un placer montar en ellas. Todos los conductores a los que conozco personalmente lo dicen cada vez que pueden detenerse. Eso nos hace felices a todos.

Frankfurter Zeitung, 30 de marzo de 1931

Página 164

El campeón de tenis

Sólo él conoce el raro secreto de cómo sudar de una forma elegante. Sí, él ennoblece, se podría decir, el sudor (como otros son ennoblecidos por el sudor). En perlas diminutas, preciosas, casi contadas, que ya no tienen nada de metáforas, aparece en la frente bronceada, noble y sin arrugas del tenista. También la camisa blanca como el jazmín está visiblemente mojada en la zona de las axilas, aunque como quien dice se trata de una cuidada humedad. Noble transpiración de un cuerpo noble, ¡sólo comparable a la de un corcel pura sangre!

Todo de blanco, con zapatillas de lona planas, ligeras, casi aladas, con la camisa abierta, el cuello y el pecho expuestos al viento abanicador, con la cabeza descubierta y hermoseada con un peinado que no se altera con ningún esfuerzo, aunque está formado por cabellos, flotando, saltando, brincando y descansando sólo fugazmente, raqueta en mano, como un escudo, un arma, una red tensa y un ala ovalada, el tenista se parece a una enorme y blanca mariposa de la col que se alimenta de pelotas de goma y se cría en superficies de asfalto.

Si abandona su suelo natal y, con articulaciones cansadas, los pantalones ondeando, se dirige por la sombría avenida hacia la refrescante piscina al aire libre, entonces tiene algo de alegre suicida que, por pura despreocupación, blanca y soleada, se propone tirarse al agua. Podría dudarse de su regreso. Se ha anudado en torno al cuello una cálida y larga bufanda a cuadros de colores, al parecer a la ligera, pero en realidad obedeciendo a una calculada preocupación por la salud. Así se protege un semidiós de los resfriados. Lo toma uno por un capricho, pero va en serio.

Todas las señoras aman al campeón de tenis. Les gusta lanzarle sus pequeñas pelotitas. Él las atrapa todas con gracia y las devuelve, siempre con una sonrisa, como un dulce paréntesis entre los labios rojos abiertos, para dejar a la vista el bruñido enrejado del esmalte de sus dientes. ¿Y esa boca debería ser capaz de comer? ¡Parece imposible! No es más que una herramienta para sonreír. También besar le resultará difícil, porque requiere cerrar los labios. De vez en cuando emite una cháchara y también

Página 165

eso no es más que una sonrisa acústica. Tan intensa, que resulta contagiosa como un bostezo…

Y hasta yo tengo que sonreír cuando veo al campeón de tenis. Sí, sonrío y me avergüenzo. Querría ponerme la mano delante de la boca y ocultar mi sonrisa, si fuera costumbre hacer algo así. Pero está permitido sonreír en sociedad, aun cuando lo haga uno de forma tan descarada como yo. Al lado del campeón de tenis mi aspecto es el de una caricatura. Parece que ya se han dado cuenta.

Frankfurter Zeitung, 16 de abril de 1931

Página 166

La videncia

La vidente se presentó en el cine Kamera-Lichtspiele de Fráncfort insertada, como se dice en el ramo del entretenimiento, entre el «programa complementario» y la película principal. Y, por lo tanto, apareció entre los denominados prodigios del progreso como uno de épocas pasadas. Al parecer, a ella no le importaba si miraba hacia el futuro o hacia el pasado. En cualquier dirección por la que se aventurara, se hacía la luz, precisamente era una vidente. Su mánager era un caballero bajo, oscuro y corpulento vestido de esmoquin y con gafas. Retiraron la pantalla blanca, se abrió un telón y mira por dónde había un escenario. Tras la pantalla, al fondo, ella vivía su lóbrega vida. Ya hacía años que estaba ahí. Había tenido que vivir en las sombras de las sombras y su existencia revelada de pronto fue en sí misma un pequeño prodigio extra.

El mánager animó al público. Que a su vidente, dijo, no había que compararla con otros y mucho menos confundirla con ellos. Otros videntes sólo por el tono en el que el mánager preguntaba percibían ya la respuesta que debían dar y con ayuda de múltiples y pequeños trucos, de los que no vamos a hablar aquí, les era posible acertar esto y lo otro, sin necesidad de adivinar realmente. Que su vidente, en cambio, había sido estudiada por auténticos profesores alemanes en lo que se refería a su clarividencia, sí, incluso por los profesores Moll[42] y Dessoir[43], que, como se sabe, son los «dos mayores escépticos de Alemania». Se aceptaron sus explicaciones sin protestar. Poco después trajo a la vidente al proscenio. Una dama vestida de blanco. Entró en escena como una novia del más allá, envuelta en una pureza sobrenatural y misteriosa, con un velo metafísico. Se sentó en una silla corriente. El mánager se colocó delante, tendió ambas manos hacia ella y así la trasladó al sueño. Entonces le dio la vuelta, poniéndola de espaldas al público. Y ahí estaba ella sentada con los ojos vendados.

El mánager corrió hacia la sala. En esta y aquella fila del patio de butacas los espectadores sacaron distintos objetos de sus bolsillos: relojes, anillos, llaves, cadenas, medallones y credenciales. Cada uno preguntó a su modo, con voz más fuerte o más débil, qué era lo que sostenía en la

Página 167

mano y, en efecto, la vidente adivinó si se trataba de una llave o de una cadena. Y hasta las credenciales de los representantes de la prensa y sus nombres de pila le fueron susurrados al oído por los poderes ocultos del mundo ultraterreno. Se produjeron verdaderos prodigios. Sin embargo, yo me pregunté, aunque como escéptico alemán no me puedo comparar con los profesores Moll y Dessoir, para qué iba el mánager entre las filas de butacas cuando los propios espectadores podían hacer las preguntas. Pero en absoluto me resultaba desagradable ver su ajetreo y cómo le impelía la necesidad de demostrar una y otra vez las misteriosas capacidades de su médium y el miedo a que fallara alguna vez. Yo estaba a decir verdad impresionado con la destreza física de un hombre que acababa de dar pruebas del poder mágico de trasladar a una mujer a un sueño del más allá.

Y más prodigiosa aún que la clarividencia de la dama de blanco me pareció la aparición por completo terrenal de aquel mánager y su relación con la magia. Sí. Que una vidente necesitara un mánager para vivir, es decir, para comer cada día, viajar en tren y tener un techo sobre su pobre cabeza, me demostró a las claras la miseria de los seres humanos, incluso de aquellos que tienen más de cinco sentidos. ¿De qué nos sirve el sexto, si el uso de los cinco habituales cuesta tanto dinero? ¿Y si nuestra capacidad de ver con los ojos del espíritu no nos brinda nada más que el espectáculo de llaves y credenciales que podemos percibir todos los días con los ojos del cuerpo sin vendar? ¡Ah, es una pena para los seres humanos, incluso para los extraordinariamente dotados!

Algunos espectadores en el patio de butacas escribieron cifras en un papel y al tiempo en el escenario la vidente anotó las mismas. Y después de que se hubiera por así decir arrastrado con objetos corrientes y cifras inútiles de manera siempre clarividente, pasó a dar noticias sobre personas desaparecidas y caídas durante la guerra mundial. Los deudos escribieron en un papel los nombres de los caídos y aquí y allá la vidente adivinó que este o aquel había caído en el bosque de Argonne, en Flandes, en Rusia, en Polonia. Que trasladara la localidad de Zólochiv, situada en Galitzia, a la Polonia rusa, lo menciono sólo de pasada y sin rencor, pues sería injusto exigir conocimientos geográficos a un vidente.

Como sería injusto afearle el error que cometió cuando a la pregunta del mánager —que se encontraba a mi lado— sobre cuál era mi profesión, respondiera que soy redactor, pues, ¿por qué iba a desconfiar de mí, si era cierto que había entrado con una credencial ajena de redactor[44]? Y la

Página 168

habitual y lógica consideración de que el mánager prefiere por conveniencia colocarse junto a redactores, que, por poner un ejemplo, junto a reposteros, que todavía no han escrito jamás en un periódico, tuvo que ser tan intensa que debió de despertar de golpe a la pobre vidente, sacándola de la profundidad cataléptica de su sueño para traerla de vuelta a la chata consideración terrena, que justamente era falsa. ¡Cuando uno tiene presentimientos es mejor fiarse sólo de ellos y no hacer mucho caso de las consideraciones! Y cuando uno lamenta la pérdida de los caídos, sería mejor que guardara silencio sobre ellos. Y si hay unos muertos a los que hay que dejar en paz, son con toda seguridad los de la guerra.

—¿Cuándo se marchó? —preguntaba el mánager una y otra vez.

Y aquel «se marchó», expresado de forma tan irreflexiva y tan maquinalmente atareada, puso de manifiesto en su atroz irrelevancia el vano «haberse marchado» de los caídos, que sus deudos en su aflicción convertían en un acertijo para videntes. Ah, el negocio es el negocio. Mañana la vidente en el hotel encargará esto y lo otro. Y hoy tiene que demostrar que es capaz de algo. Mientras vislumbra las razones del más allá le resulta claro como el día que tiene que vivir. ¡Vivir! ¡Y el mánager también! Y sólo los caídos en la guerra ya no tienen derecho a ello. No lo necesitan. ¡Tienen suerte!

Tienen suerte de no estar ya sentados en este cine y de no ver la película de la Metro-Goldwyn titulada Caza de hombres[45]. Es una película americana de las denominadas sociales. Trata sobre mujeres que a sangre fría salen a cazar hombres. El autor de la película está sin duda en contra. Y desde el principio quedaba claro que, enlazando hábilmente los destinos, así como el nudo dramático, acabaría por demostrar que está mal querer cazar hombres sin una pizquita de amor. Cualquier vidente lo habría podido predecir. Y yo, abusando por segunda vez de la credencial, abandoné el teatro mucho antes de que terminara la función.

Frankfurter Zeitung, 22 de agosto de 1931

Página 169

Página 170

Alba-Alba, el velocista

Cada año en otoño venía a nuestra pequeña ciudad un forastero llamado Alba-Alba. Grandes carteles de color rosa escritos con lápiz azul le anunciaban. A él y a su insólito proyecto. Se proponía correr en dos horas durante la tarde de un domingo determinado no menos de dieciséis veces alrededor de la plaza del mercado[46] de nuestra ciudad, sin parar. En caso de que ese día se pusiera a llover, su carrera se celebraría durante uno de los domingos siguientes. Y a todo el mundo se le pedía que fuera a ver a Alba-Alba. No recuerdo que nunca tuviera que posponer su carrera. El otoño entonces no era caprichoso. Sus días se encadenaban entre sí como perlas doradas, melancólicas, cada vez más pequeñas. No llovió, creo, nunca. El dorado otoño un buen día, cuando se hartaba, simplemente se hundía bajo la mullida plata de las primeras nieves. Y el gran corredor de nombre Alba-Alba formaba parte de sus tempranos y maravillosos atributos, como la niebla plateada de la mañana y las negras bandadas de cuervos, que en los últimos días de octubre se posaban graznando en las peladas coronas de los árboles.

De modo que una tarde de domingo hacia las tres salimos para ir a ver al gran corredor Alba-Alba. Llenamos hasta el borde nuestra plaza central. Y el corredor apareció. Llevaba un traje de baño entero de terciopelo rojo sangre y en los pies sandalias de cuero flexible del mismo color. En torno a sus caderas se enroscaba un ancho cinturón de color cardenillo y del cinturón colgaban cascabeles dorados. Cuando el corredor Alba-Alba pisó el centro de la plaza, aún parado sobre sus pies, pero ya con los dos separados como un par de alas sobre las que uno camina y que, sin embargo, planean, con una sandalia rojo sangre colocada delante de la otra, como si estar de pie ya fuera correr, los cascabeles en el cinturón resonaron con suavidad. No se habían movido todavía y, no obstante, sonaban ya, como caballos impacientes que sienten un látigo, aun cuando aún no ha restallado.

Nosotros habíamos visto ya con frecuencia al corredor Alba-Alba. Y, sin embargo, como la primera vez, estábamos fascinados y hasta

Página 171

estremecidos. Aquel hombre se proponía correr dieciséis veces alrededor de nuestra plaza, sin pausa. Con su bañador entero de terciopelo rojo sangre, las sandalias de cuero del mismo color y el ancho cinturón del que colgaban cascabeles dorados, sostenía en la mano derecha un látigo. ¿Para qué aquel instrumento? ¿Tenía intención de azuzarse a sí mismo? ¿Pretendía darse caza? ¿Era él su propio caballo? Antes aún de haber empezado a correr, ya tenía nuestra admiración asegurada. Pronunció un breve discurso. Que correr no era nada fácil, declaró. Y que él era el único corredor del mundo que había recibido un premio en la Gran Exposición de París. Al decirlo, señaló con el mango del látigo su pecho izquierdo, donde, en efecto, se veía el trofeo: un redondo ducado de oro sujeto a la malla de color rojo sangre por un cordón de seda verde.

Y sin esperar nuestra aprobación, y como para demostrar que a las palabras deben seguirlas los hechos, se puso inmediatamente a correr al trote, agitando el látigo con la mano derecha como si tuviera que apartar obstáculos por el camino. En pocos segundos alcanzó el borde de la acera. En su cinturón los cascabeles resonaban como si fueran los de diez trineos. Entre tanto, su látigo restallaba una y otra vez. Daba la impresión de que se golpeaba a sí mismo y de que corría por delante de su propio cuerpo. De vez en cuando en plena carrera soltaba un «¡ah!» amplio, ronco y liberador. Era como el relincho de un hombre que se ha convertido en su propio caballo. Y al hacerlo, movía también la cabeza como un caballo embridado. Y era como si no sólo se diera a sí mismo vueltas en coche, sino como si también cabalgara sobre sí mismo. A ojos vista, su trote se transformó en galope. Su látigo restallaba cada vez con mayor frecuencia y cada vez más fuerte. Su carrera se volvió cada vez más rápida y los intervalos en los que aparecía cada vez más cortos.

Aún teníamos nosotros, que no nos movíamos del sitio, el eco del sonido de sus cascabeles, de los restallidos de su látigo y de sus gritos salvajes en el oído izquierdo y ya escuchábamos con el derecho renacer todos sus ruidos. Al momento siguiente pasaba a toda mecha junto a nosotros, que parecíamos los números petrificados de un reloj, ante los que una aguja frenética que de pronto se hubiera puesto de pie, burlando las leyes del tiempo, pasaba dando vueltas. Y el resonar incesante de los cascabeles, aún remoto y ya otra vez próximo, parecía reducir el tamaño de la plaza, que nosotros hasta entonces habíamos tenido por una bien grande. Y era como si los espacios y los tiempos y las estaciones del año

Página 172

se dieran caza unos a otros. Y en el tintineo de los cascabeles del corredor percibíamos ya el de los trineos de invierno. Y a pesar de que el sol aún calentaba bastante, sentíamos ya la frialdad cristalina de la nieve.

Mientras Alba-Alba corría, su atuendo de color rojo sangre se fue poniendo cada vez más oscuro. Casi se transformó en uno negro ante nuestros ojos. Y antes de que diera la decimosexta vuelta, nos pareció como si hubiera dado la número doscientos. El tintineo se volvió cada vez más fuerte. Al final se hubiera podido creer que llovían cascabeles. Y como el año estaba ya avanzado y, por lo tanto, el sol giraba rápidamente hacia el oeste, los espectadores pudieron ver, a pesar de la velocidad a la que corría Alba-Alba, cómo su sombra crecía y crecía en el transcurso de aquellas dos horas y cómo más o menos al final de la decimocuarta vuelta cubría al pasar zumbando toda la anchura de la plaza, desde el borde de la acera hasta el centro, donde comenzaba la parte cubierta del mercado. Así nos dimos cuenta, sólo por cómo crecía su sombra, de cuánto hacía que Alba-Alba corría. Pues, aunque su figura surgiendo una y otra vez no suponía ningún cambio, nos parecía que al final tendría que depararnos alguna sorpresa y la tensión con la que la esperábamos nos hizo olvidar lo monótonamente que en realidad transcurría el tiempo.

Por fin, Alba-Alba se detuvo. Fue como si se hubiera dado un empujón, tal y como hacen otros cuando, por ejemplo, quieren echar a correr. Como si hubiera tenido que chocar contra algo duro, contra una pared invisible, y concentrara todas sus fuerzas en la espalda para no caer de forma ridícula. El sudor le chorreaba desde el rostro y parecía lluvia. Su ancha nariz temblaba. Su boca estaba abierta. Se veían la lengua y los dientes. Y el paladar. Y la condecoración en la cinta de color verde, la condecoración de la Exposición Universal de París, se elevaba y se hundía sobre su pecho muy deprisa y con mucha fuerza. Todos contuvieron la respiración, como si aguardaran la muerte del corredor. Pero él extendió de pronto los brazos, estiró la cabeza, se alzó sobre las puntas de los pies, recordó por un instante a un crucificado en el aire, respiró hondo y volvió a hundirse sobre las plantas de los pies, dejando al mismo tiempo caer los brazos.

El sol ya estaba bajo en el oeste, por detrás de los tejados en punta de la galería del mercado. A todos nos rozó el escalofrío del atardecer. Entonces Alba-Alba extendió la mano derecha, sin decir una palabra. Anocheció. Aquí y allá se encendió una farola. De pronto se oyó el

Página 173

entrechocar de unas monedas. Aparte de eso, reinaba un silencio de iglesia. Se podría haber esperado el sonido de un órgano. El corredor Alba-Alba, con su traje rojo, sacó del cinturón verde un pañuelo de seda rojo, metió en él las monedas recogidas, lo tendió agarrándolo por dos puntas y siguió recaudando. Cada uno de los espectadores le dio algo y se alejó enseguida. De repente no quedó nadie y llegó la noche oscura. Alba-Alba también había desaparecido. Todas las farolas estaban encendidas. Y la plaza del mercado se veía como cualquier otra noche.

Frankfurter Zeitung, 31 de octubre de 1931

Página 174

Página 175

Linterna mágica

El niño que vivía más cerca de mí en el vecindario se llamaba Thaddäus. Con él se podía jugar. Era hijo de gente adinerada. Vivían en una auténtica mansión. Es más, en una con mirador. Se trataba de un mirador abierto, sostenido por cuatro columnas griegas. Entre ellas, tres escalones de piedra lisa conducían hacia la entrada. Entre los escalones, en las junturas, proliferaba el musgo verde. Y a determinadas horas, antes de la puesta de sol en verano, por ejemplo, que se reflejaba enfrente en la entrada, aquel musgo ralo emitía un reflejo singularmente intenso, de un verde dorado, desde las junturas sobre toda la superficie de los escalones. Si había llovido, a veces podía uno pescar en el mirador gordas lombrices y caracoles absortos. Detrás de la casa se encontraba el huerto. Podía uno perderse en él como en un bosque, en caso de tener un poco de fantasía.

El mirador, el musgo, los caracoles, el padre de Thaddäus, que llevaba un bigote rubio formado por dos acentos circunflejos idénticos y en el chaleco, casi paralela al bigote, una cadena de reloj de oro dividida en dos partes, además de la madre de mi compañero de juegos, que sostenía siempre ante ella un bastidor para bordar que parecía la piel de un tambor y en el que ella trazaba flores y pájaros de fantasía multicolores, la hermana mayor de Thaddäus, con sus largas trenzas, que tenían igual consistencia y color que el bigote del padre… Estos eran los fabulosos atributos y dueños de mi querido amigo Thaddäus.

No obstante, al cabo de dos intensos y productivos años de juegos e intereses comunes mi amigo tal vez me habría aburrido —pues era por naturaleza manso, formal y un poco bobo—, si no llega a ser porque poseía una linterna mágica, un objeto verdaderamente mágico y nada de un juguete para niños, sino un instrumento para adultos. De hecho, pertenecía a su padre y a él sólo se la dejaban usar, aún no se la habían regalado, de modo que había que manejarla con mucho respeto, no sólo por tratarse de un prodigio, sino también en cierto modo por ser una propiedad ajena. Era un cajón bastante voluminoso. Lo transportábamos los dos con las cuatro manos, con mucho tiento, para que no se nos cayera

Página 176

y para no dañar la lámpara de petróleo que se ocultaba en su interior. En una estrecha caja negra forrada con lona se encontraban las placas de vidrio pintadas de colores, cuyo reflejo, aumentado hasta un tamaño gigante, proyectábamos en la sábana estirada sobre la puerta. Nuestra función duraba horas y horas. Sólo la organizábamos en invierno. Repetíamos el programa tres o cuatro veces.

No entendíamos todas las imágenes, pues como se trataba de una linterna mágica para adultos, mostraba escenas para adultos, y entre ellas incluso varias para necesidades muy especiales de adultos muy especiales, como debía de ser el caso del padre de mi amigo. Veíamos seductoras escenas de la mitología clásica, muchas amorosas, ante algunas de las cuales la hermana de mi amigo y sus compañeras, a las que invitábamos una y otra vez, empezaban a reír entre dientes de una forma que a nosotros nos resultaba incomprensible, reprobable, y que se correspondía a la perfección con la tontería y la mediocridad de las chicas. En el cuarto reinaba una misteriosa penumbra. Plateados, los bordes de la sábana brillaban en la puerta. Una estrecha franja de luz amarillenta se escapaba por una rendija del cajón negro. Por toda la habitación se expandía el tufo acre y a la vez grasiento del petróleo. De la pequeña chimenea metálica en el techo de la linterna mágica salía una estrecha columna de humo azulada que se retorcía como un espíritu y que, apenas surgida, volvía a deshacerse. Por las rendijas de las persianas de madera se veían franjas plateadas de la nieve que casi llegaba hasta la ventana.

Sentía uno el frío invernal del mundo fuera de aquella casa caldeada junto a la tibieza veraniega de aquellas imágenes meridionales, ardientes y llenas de color. Hombres desnudos de piel deslumbrante probando aguas azules en bosquecillos de cipreses y olivos bajo guirnaldas de rosas de color rojo oscuro. Un cisne blanco como la nieve, majestuoso, suave y estúpido como un palomo, y a la vez atroz y descomunal como un buitre disfrazado, cubría con toda la fuerza de su cuerpo revestido de plumas a una mujer dormida y sonriente, y probablemente quería hacerle algo malo. Un hombre y una muchacha yacían sobre una aterciopelada y verde ladera. El hombre rodeaba a la chica con el brazo desnudo. Sus dedos puntiagudos descansaban sobre el pecho de ella. Ambos nos sonreían de una manera pacífica y extraña, extraordinariamente extraña, como no son capaces de hacerlo los seres humanos. Entre las escenas realistas había una que se llamaba «El campamento gitano». Mostraba un montón de tiendas de color

Página 177

blanco desperdigadas y, entre ellas, a muchachas gitanas desnudas, morenas. Esa imagen fue la que se quedó grabada en mi corazón y en mi memoria de manera más honda.

Una mañana de primavera, poco antes de Pascua, oí que los gitanos habían llegado a nuestra localidad. Estaban en las afueras, entre el bosque de pinos y los pantanos, sobre una enorme pradera, en la que en otoño solíamos asar patatas. Fui allí. Aunque sus tiendas eran marrones y estaban remendadas de una forma miserable, y no eran tan numerosas ni tan blancas como en la imagen de la linterna mágica, todo el campamento me pareció una reproducción viva, palpable, sí, el modelo del campamento que en invierno nosotros hacíamos aparecer por arte de magia sobre la sábana. Las gitanas no iban por ahí desnudas, sino envueltas en lastimosos y sucios jirones. De las tiendas se elevaba un humo denso. Pasé muchas horas en la pradera, entre los gitanos, e incité a mi amigo a acompañarme. En una ocasión nos quedamos un día entero en el campamento, comimos con los gitanos y jugamos con sus hijos. Después acompañé a Thaddäus a casa.

Sólo muchos años después me enteré de que los padres de mi amigo me consideraban un peligroso seductor de su hijo y que le habían prohibido tanto jugar conmigo como ir a visitar a los gitanos. Pronto se mudaron de allí, dicho sea de paso, y desaparecieron. No volví a ver una linterna mágica en mucho tiempo, hasta el día de invierno en el que decidí regalarle una a un chico del que me hice amigo. Pero entonces yo ya era un hombre maduro, casi un viejo.

Frankfurter Zeitung, 25 de diciembre de 1932

Página 178

El Prater de Viena

I

Cuando yo era joven había en el Prater de Viena una llamada cámara de los horrores, cuyo acceso estaba prohibido a los menores de edad. Allí se podían contemplar diferentes atrocidades, eternizadas en cera: asesinos múltiples y asesinatos, verdugos, ejecuciones y ahorcados, operaciones de vientre, cesáreas, escalpelos, esqueletos, doncellas de hierro[47], tártaros vencidos arrastrados por caballos detenidos en pleno galope, un parto con fórceps, bebés con tres cabezas, personas atadas a ruedas de la tortura, materia gris brotando de cráneos partidos e intestinos colgando de vientres rajados, que recordaban a retorcidas mangueras de incendios. Confieso que siendo joven (precisamente porque lo era) me gustaba demorarme los domingos en aquella cámara de los horrores, a mis ojos por así decir disfrazado de adulto y conscientemente pasado por alto por parte de la policía. Y es que entonces los gobiernos aún perdonaban precisamente a los jóvenes que contemplaran extinguidas historias de atrocidades[48] en cera. Aún no había llegado la nuestra, en la que algunos gobiernos encargan a los adolescentes que cometan atrocidades, ejerzan el derecho al voto, arranquen el cuero cabelludo a sus contemporáneos, profanen iglesias, cementerios, sinagogas y se revistan de un presuntuoso orgullo por causar un mal inenarrable, indescriptible.

También estaba, en mi juventud, la llamada gruta del terror. Pasaba uno circulando en pequeños carritos, acompañado por dulces criaturas, junto a infernales sorpresas de cartón: cocodrilos voraces y dragones que escupían fuego, demonios cornudos con la lengua roja fuera y la cola peluda que, tiesa y aun así enroscada, con una rigidez por así decir enroscada, surgían de pantalones de fuego. Estaba también el purgatorio, hecho a base de papel iluminado con bengalas, mil veces dentado, el demonio jefe, que, sonriendo burlón, blandía un tridente hacia los que pasaban y por último Lucifer, el Señor del Infierno, que, poderoso, grande, a pesar de toda su digamos negativa superioridad, no era capaz de impedir

Página 179

los pecados que nosotros, rodando ante él, estábamos a punto de cometer con nuestras queridas acompañantes, a las que con voluptuoso miedo les gustaba gritar. De alegría por el pecado, pero también de alegría por el grito…

II

En ese mismo Prater de Viena hace una semana el Tercer Reich ha improvisado un concurso con la cámara de los horrores. Unos cuantos judíos tuvieron, en el verdadero sentido de la expresión, que «morder el polvo», vivos. Los héroes nacionalsocialistas, a partir de la metáfora heroica de los alemanes destinada a ilustrar gráficamente, de manera comprensible, la muerte en el campo de batalla, han acabado por montar una «cacería», obligando a los judíos a morder ese polvo que ellos mismos rehúsan. ¡En el Prater, en las inmediaciones de la cámara de los horrores y de la gruta del terror! ¡Menudo concurso!

¡Quién se va a dar ya el espeluznante placer de ir a ver, previo pago, cocodrilos bostezando, dragones escupiendo fuego, asesinos múltiples, verdugos, partos con fórceps, tripas rajadas y todas las demás monstruosidades del Prater, si, gratis, en la Ringstraße, delante del Hotel Imperial, puede ver, en el balcón, a unos cuantos de esos caballeros a los que en mi juventud sin duda habrían contratado (y puede que lo fueran) como los más notables pregoneros de las casetas de los horrores del Prater! ¿Acaso alguien se asombra de que hoy día se les aclame?

¡La entrada a la cámara de los horrores costaba en mi época cinco cruceros y los demonios, los dragones y los cocodrilos eran sólo de cartón! Y aun así el grito delirante de nuestras queridas y dulces compañeras era por ellos, como también por nosotros. Pero ahora que los monstruos aparecen en el balcón del Hotel Imperial vivos y, si no todo engaña, de carne y hueso, sin pedir entrada, mejor dicho, preparándola incluso por la fuerza, ¿cómo no iba uno a aclamarles? El Príncipe del Infierno ha renunciado a la gruta del terror en el Prater y se ha mudado al hotel en el Kärntner Ring. Todos los monstruos le han seguido.

De modo que la cámara de los horrores del Prater se habrá quedado sin visitantes. Se pueden contemplar gratis asesinos vivos, reales. Ve uno atrocidades, reales, que se llevan a cabo en el Prater. ¿Para qué pagar por

Página 180

contemplar las eternizadas en cera? En lo que se refiere a la gruta del terror, también sus habitantes permanentes han abandonado sus puestos y se pueden pasear por las calles y las casas de Viena gracias a esos ministerios en los que en ocasiones se refugia la «conciencia europea». Al parecer, se oculta en ellos.

Podría decirse que se esconde en los gabinetes de los horrores de Europa…

Das Neue Tage-Buch (París), 28 de mayo de 1938

Página 181

Los hijos de los desterrados

I

En estos tiempos, en los que los animales gobiernan sobre las personas y las personas, al parecer para congraciarse con ellos, se unen en organizaciones protectoras de animales, tal vez no tenga mucho sentido hablar de niños. En especial, de los hijos de los emigrantes. De todos modos, me parece que todavía existe una vaga posibilidad de que unas cuantas personas, aun cuando preferirían oír hablar de papagayos y de perros pastores antes que de refugiados, no sean capaces aún de sentir indiferencia frente a unos niños que realmente han sido expulsados de sus cunas como los adultos de sus casas. Tal vez no resulte del todo inútil mostrar por una vez que cierta categoría de niños ya no tiene la llamada y desde antiguo conocida «mirada inocente del niño». La Medusa con la que se han encontrado acaba de transformar la expresión de sus ojos.

Tengo (con demasiada frecuencia) la oportunidad de pasar un rato con los hijos de los emigrantes. A veces me los encuentro en la sala de espera de la prefectura de policía, donde ellos, que han vagado durante tanto tiempo, al fin por una vez pueden esperar: instrucciones, expulsiones, asignaciones, denegaciones, recusaciones. Confieso que me gusta demorarme en esas salas de espera. Por los niños, pero también por el sufrimiento que se congrega ahí. Sólo el dolor acumulado se vuelve soportable.

Al principio, cuando empecé a familiarizarme con el sufrimiento que depara la hospitalidad, tenía todos los motivos para creer que los niños no saben nada o sólo muy poco de la desgracia que les ha deparado a sus padres. Y precisamente por su desconocimiento yo los quería y los compadecía a todos ellos más que a sus padres. Tiende uno con facilidad a creer que una criatura humana que no sabe, un niño con esa mirada inocente de niño, sufre más que un adulto que ve y que sabe. Pero ¡cuán grande fue mi asombro cuando pasé por la amarga experiencia de darme cuenta de que los niños sabían más que sus padres! ¡Y cuánto más fuerte

Página 182

fue entonces mi dolor por ellos! Porque, ¿hay algo más doloroso que ver a niños que saben? Saben más que sus padres. Ven de una manera tan aguda e implacable, que parece que son sus progenitores los que tienen la mirada inocente del niño. ¡Eso da la medida de la época en la que vivimos! Los niños saben y quienes los han engendrado en comparación con ellos parecen no darse cuenta de nada. Sin darse cuenta de nada, tal y como han caído en el destino que ellos mismos han preparado de modo tan terrible, están junto a sus hijos que saben y cuya mirada implacable ya casi no expresa la queja frente a las faltas de sus padres, sino directamente el perdón.

A continuación, reproduzco como prueba una conversación que pude mantener con el hijo de ocho años de un zapatero austriaco en la sala de espera de la prefectura de policía. Al padre lo llamaron al despacho para ser instruido, expulsado, internado o enviado a prisión. Me pidió que cuidara del pequeño.

II

—¿Ya sabes francés? —pregunté.

—Pronto —dijo él—. Llevo ya aquí tres meses.

—¿Quieres quedarte aquí?

—No sé. Soy demasiado pequeño para decidir.

—¿Por qué os habéis ido de Viena?

—Por las leyes raciales. Mi madre es judía. —¿Y por qué no se ha separado tu padre? —Quiere a mi madre. Yo también. Una larga pausa. Después añade:

—¡Eso ocurre!

—¿Has visto al Führer?

—¡Sí!

—¿Qué te parece?

—¿Es usted un soplón?

—¡No! Si estoy aquí con tu padre.

—¡Los soplones pueden hacer cualquier cosa!

—Pero yo no soy un soplón.

Página 183

—Eso dicen todos en Viena, incluso en Ottakring[49], donde vivíamos nosotros.

—¿Qué te gustaría hacer?

—Lo que más, disparar.

—¿A quién?

—A los perros de caza.

—¿Dónde los encuentras?

—¡Por todas partes! Tal vez usted también sea uno.

—¿Te gustaría ir conmigo al circo?

—¡No! ¿Quién piensa ahora en el circo?

En ese momento el padre, el zapatero, el cual —¡oh, milagro!— quería a su mujer, salió del despacho del funcionario de policía. Sólo había recibido una instrucción, no una orden de expulsión. Estaba contento. Sus ojos tenían la mirada inocente del niño, justo esa mirada de niño que en cuanto aflora a los ojos de los adultos no sólo les arrastra, sino que también les condena a la necedad.

Me dio la mano y me agradeció que le hubiera acompañado hasta la prefectura de policía. De pronto tuve la sensación de que debía decirle:

—¡Ten cuidado! Deja que tu hijo te lleve de la mano…

Pero sólo le dije al pequeño:

—¡No deje a su padre solo ni un instante!

—¡Lo sé! ¡Lo sé! —contestó. Y me despidió con la mano. Pequeño, delgaducho. Un chavalín… Y un anciano.

III

Acabo de ver en algunos periódicos la siguiente foto: una niña inglesa, que al parecer ha esperado desde la diez de la mañana a ser recibida por Chamberlain y su esposa, consigue al fin a mediodía saludar al matrimonio y en nombre de los niños ingleses dar las gracias al Primer Ministro por sus viajes de pacificación a Alemania. Es una niña inglesa pequeña y encantadora.

Que Dios la proteja del saber que ha alcanzado al hijo de ocho años de mi zapatero austriaco.

Die Zukunft (París), 12 de octubre de 1938

Página 184

El profesor particular

Yo era pobre y en realidad tenía que haber viajado en tercera clase, pero me subí a la segunda. Era mi primer viaje largo y me había propuesto no viajar nunca en tercera ni en cuarta. Odio la estrechez de la tercera clase, la madera desnuda, desgastada por el rozamiento, el angosto pasillo en el centro, a los viajeros, que nunca se desplazan por gusto, sino porque no tienen más remedio, y la comida que desempaquetan. Odio las manoseadas cinchas de las ventanas, hechas con tela de lienzo sucia, la luz turbia con ese techo bajo, los morrales grasientos, los amarillos cestos de paja de las criadas, los marrones billetes de cartón, que me recuerdan a la madera de los bancos, y las pipas de los hombres que van fumando.

Lo peor son los calcetines de los viajeros que se quitan las botas y se ponen cómodas pantuflas de colores. Sus calcetines están remendados. Y la deformidad de sus pies cortos, gruesos y bastos, que huelen de un modo intenso, queda a la vista. A veces se ven también partes de su ropa interior. Cuando abren sus bolsas de viaje no puedo apartar la mirada, a pesar de que no quiero ver nada. Pero ellos me imponen todas las intimidades de sus hogares. Veo sus pañuelos de bolsillo, la bolsa de agua caliente, las manzanas y las mandarinas que brillan solitarias, un cubierto articulado de una suerte de hojalata plateada que se despliega en varios segmentos, oxidada, aunque huele a papel de lija. Todos esos objetos sumamente prácticos me resultan odiosos. La almohadilla neumática, que es un trasero de goma. El cepillo de dientes en una vitrina de cristal, como un tallo seco con cerdas. El jabón, tableteando en una lata demasiado grande con el letrero de alguna empresa. Los libros de cuentas con esos cuadrados azules y rojos por así decir congelados. Las botellas de coñac planas y bien taponadas. Y esos cojines pequeñísimos que hacen pensar en los lactantes a los que el viajero acaba de dejar en casa.

En cambio, me encanta el cuero fresco y la cálida felpa de los vagones de primera. Los billetes verdes, que brillan como la lejanía, veraniegos, como las vacaciones. Las damas, muy elegantes. Su manera de querer gustar y al mismo tiempo prohibir. Sus vivencias, cubiertas con polvos de

Página 185

tocador. Sus bocas, que saborean con placer la pintura de labios. Sus objetos de tocador a base de piel, cristal y acero. Sus peines, que huelen al aroma de sus cabellos. Sus pequeños pañuelos de bolsillo, que son como saludos blancos. Los compañeros de viaje distinguidos me lo ocultan todo. Los modestos, me lo ofrecen todo. Una hermosa dama puede hacerme feliz. En un compartimento tenemos mucho en común. La misma dirección, las mismas esperanzas. Guardamos silencio, extraños, pero somos aliados frente a todo lo inoportuno, torpe, vulgar.

Nadie me acompañaba. Yo no tenía que despedirme de nadie. No tenía que decir adiós. No tenía que saludar. Le volvía la espalda a mi patria. Miré, desdeñoso, sus torres. Su vista yacía ante mí como una indiferente postal. Miré a la mujer que viajaba conmigo.

Su aspecto no traslucía su edad, sino algo mucho más importante: que todos los días se bañaba, untaba de crema su piel, se maquillaba. Que vivía del dinero y no del trabajo, ni siquiera del ajeno. Y que tenía buenos sastres. Rondaría los treinta, treinta y cinco o cuarenta años. Pertenece, eso pensé, a los círculos más distinguidos de la capital hacia la que ahora viajo. Y estaría bien hablar con ella. Leía una revista, bostezó, se puso una mano delante y pasó la punta de la lengua dos veces por sus labios.

Después salió. Yo metí un trozo del cartón de una cajetilla de cigarrillos debajo de la puerta y esperé a que regresara. No podía abrir la puerta. Me levanté y abrí. La dama vio que me había esforzado, inclinó la cabeza y dijo:

—Se lo agradezco.

A eso precisamente había esperado yo.

—Se lo agradezco —dije—. Para mí habría sido terrible que se hubiera decidido usted a buscar otro compartimento por culpa de la estúpida puerta. Soy feliz de que se siente usted aquí.

Yo parecía muy importante y noté que a la dama le sorprendía mi respuesta y que me miraba, para calcular mi edad.

—Es usted todavía muy joven —dijo.

—¡Más joven de lo que cree! —respondí, a pesar de que en absoluto parecía mayor. Sólo para decir algo distinto de lo que habrían contestado los de mi edad.

—¡Qué orgulloso está de su juventud! —dijo la dama.

—Como una mujer —repliqué. Y la miré de tal modo que le di a entender que precisamente a ella yo la consideraba joven y orgullosa.

Página 186

Más tarde le conté que viajaba a la capital para estudiar, que era pobre, pero que iba sentado en segunda clase porque no soportaba la tercera.

—Aunque me toma usted por muy joven —dijo ella—, tengo ya un hijo casi adulto.

Simulé un pequeño sobresalto con la mirada y la observé.

—Tiene trece años —prosiguió—. Y ningún profesor hace carrera de él. Tal vez usted pudiera darle clases. Sin duda es usted un buen filólogo.

—¡Muy bueno! —dije yo, para no ser modesto.

—Es usted engreído.

—¡Seguro que no!

—¿Le daría usted clase a mi hijo?

—Con mucho gusto.

Hubo una pausa. Después, en voz muy baja, añadí:

—Por usted.

En cuanto lo dije, la tarde, servicial, empezó a caer. Me permitió acercarme más a la dama, pues en la oscuridad no es necesario andarse con rodeos. Y los actos, de todas formas, ya no están al desnudo… Así me convertí en profesor particular.

Legado de Berlín, sin datación

Joseph Roth con el uniforme escolar del Instituto de Brody, 1907.

Joseph Roth (Brody, Imperio austrohúngaro, 2 de septiembre de 1894 - París, 27 de mayo de 1939) nació en Brody, un pueblo situado hoy en Ucrania, que por entonces pertenecía a la Galitzia Oriental, provincia del viejo Imperio austrohúngaro. El escritor, hijo de una mujer judía cuyo marido desapareció antes de que él naciera, vio desmoronarse la milenaria corona de los Habsburgo y cantó el dolor por «la patria perdida» en narraciones como Fuga sin fin, La cripta de los Capuchinos o las magníficas novelas Job y La Marcha Radetzky. En El busto del emperador describió el desarraigo de quienes vieron desmembrarse aquella Europa cosmopolita bajo el odio de la guerra. En su lápida quedaron reflejadas su procedencia y profesión: «Escritor austríaco muerto en París».

_____________________________________________

[1] El torero Braulio Sánchez El Ceporro no existió. Roth describe y glosa una página de la revista Blanco y Negro del 4 de noviembre de 1917 titulada «¡Ahí está el fenómeno!» que no es más que un juego entre el ilustrador (Pellicer) y el escritor cómico Agustín Rodríguez Bonnat. <<

[2] La ingenua, personaje tipo en la literatura, el teatro y el cine, es una joven, casi una niña, dulce, gentil, atractiva, inocente e ingenua, que suele caer en las garras del canalla, un libertino al que ella confunde con el héroe. <<

[3] Los cafés populares se crearon en Viena en torno a 1880. Se trataba de cafés para la burguesía pobre y la clase obrera. Aunque más baratos que los normales y sin casi extras, si bien también en ellos había periódicos, tenían un cierto estándar. Los espacios eran limpios, se ventilaban y en invierno se calentaban. Con el tiempo se abrieron cafés populares cerca de fábricas y talleres, a los que los trabajadores acudían durante la pausa del mediodía. <<

[4] Café elaborado a partir de un tueste ligero y a baja temperatura de los granos, usualmente de la variedad Arábica. El color es beige más o menos claro. <<

[5] Cuando Lily dice que va a la ópera la gente entiende que va a ver al abuelito. En alemán «Oper» («ópera») y «Opa» («abuelito») suenan igual. Se trata de un juego de sonidos intraducible a nuestro idioma. <<

[6] Compañía de navegación austro-húngara fundada en 1895 por el transportista austriaco Gottfried Schenker y el naviero escocés William Burell para establecer una línea de barcos de carga que uniera Austria-Hungría con Norteamérica. La sede estaba en Trieste. <<

[7] Lloyd Italiana, otra compañía de navegación, fundada en Génova en 1905 por Erasmo Piaggio. Ofrecía un servicio de pasajeros entre Italia y el norte y el sur del continente americano. <<

[8] En el Imperio Romano y durante la Edad Media la atropina, fármaco extraído de la belladona y de otras plantas de la familia de las solanáceas, se empleó a menudo para envenenar, pues una vez administrada evoluciona de modo lento y es difícil detectar el origen. Linneo denominó a esta planta Atropa belladonna, en alusión a Átropos, la más antigua de las Parcas, la que corta el hilo de la vida. Belladonna deriva del uso de este preparado por las mujeres romanas (bellas donnas) para blanquear el cutis, mediante una infusión, y dilatarse las pupilas, aplicando el jugo de su fruto en los ojos. <<

[9] Se refiere al célebre Männleinlaufen, el reloj mecánico de la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche) de Núremberg, que cada mediodía a las doce en punto y desde principios del siglo XVI sigue provocando expectación con el desfile y los movimientos de sus personajes: el emperador, los príncipes electores, un heraldo, un tamborilero, dos tañedores de fanfarria, los campaneros, etcétera. <<

10]En alemán a las «mangas de viento» se las denomina «Windhose», es decir, pantalones de viento. <<

[11]Se refiere a las reuniones entre el Consejo Supremo de Guerra y el gobierno de la República de Weimar celebradas en la localidad belga de Spa entre el 5 y el 16 de julio de 1920 para tratar el desarme alemán, los envíos de carbón a los aliados y el pago de indemnizaciones a los países vencedores en la Primera Guerra Mundial, como consignaba el Tratado de Versalles. <<

[12]En alemán la palabra «diskret», del latín «discretum», es un préstamo del francés. <<

[13] Moabit, barrio de Berlín, sobre cuyo nombre hay distintas teorías. Según la más aceptada, los primeros habitantes de la zona, hugonotes (protestantes franceses que llegaron allí huyendo de la Contrarreforma en Francia), le pusieron ese nombre en alusión a la Tierra de Moab del Antiguo Testamento, pues encontraron allí refugio como en aquella otra tierra Noemi, Elimelec y su familia. <<

[14] Parque de Atracciones de Berlín, abierto entre 1909 y 1933, excepto durante la Primera Guerra Mundial. Era por entonces el más grande de Europa. <<

15] Parecen muchos españoles ganando y perdiendo dinero. Sin duda se trata de una de esas exageraciones típicas de Roth que, según Soma Morgenstern, los puntillosos lectores del periódico le señalaban cariñosamente en sus cartas. Cuando él habló en un artículo de millones de relojes de campanario uno de ellos le escribió diciendo que le apreciaba mucho, pero que no había en todo el mundo millones de relojes de campanario. <<

[16] Famoso circo fundado en 1912 cuya sede estaba en Dresde. Con capacidad para cinco mil espectadores, se incendió el 13 de febrero de 1945 durante el bombardeo aliado. Actualmente, hay un circo Sarrasani en Argentina. <<

17] Artista de circo que busca efectos cómicos por medio de extraños ejercicios y que, por lo general, toca varios instrumentos musicales. <<

[18] El Viejo Oeste (1860-1890) era la zona al suroeste de la Potsdamer Platz. Se consideraba como el mejor barrio residencial de Berlín, muy apreciado por la clase acomodada y por los amantes del arte. Fue sustituido por el Nuevo Oeste o Zooviertel, que se desarrolló a partir de 1895. <<

[19] Fundado en 1893, el Conservatorio Klindworth-Scharwenka de Berlín fue durante décadas una de las escuelas de música de mayor renombre internacional. En él dieron clase profesores famosos, como el musicólogo y compositor Hanns Eisler, y se formaron célebres alumnos, como el director de orquesta y también compositor Otto Klemperer. En la época a la que se refiere Roth contaba con dos grandes salas de conciertos, la Blüthner y la Klindworth-Scharwenka. <<

[20] Además de Celly de Rheydt, cuyo verdadero nombre era Anna Cäcilie Marie Funk (1889-1969), hubo varias mujeres especializadas en esta categoría de danza (Nackttanz) muy conocidas en las primeras décadas del siglo XX: las también alemanas Claire Bauroff, Anita Berber, Olga

Desmond (de origen polaco) y Lea Niako (de origen asiático), aparte de la francesa Adorée Villany. Quizá la más famosa sea la norteamericana nacionalizada francesa Josephine Baker. <<

[21] Macizo montañoso situado en Turingia y desde muy antiguo envuelto en leyendas. Cerca de la ciudad de Eisenach hay una cueva bastante grande que se consideró la gruta de Venus. Un texto del siglo XVII contaba

que sólo unos cuantos elegidos podían encontrar el acceso y que la frecuentaban caballeros que iban allí a disfrutar de las delicias del amor, entre ellos «el noble Tannhäuser». Hörselberg es uno de los lugares que se han identificado con el Venusberg o montaña de Venus, lugar mitológico en el que se desarrolla el primer acto de la ópera de Wagner Tannhäuser (1845). <<

[22] Se refiere al célebre proceso que en 1920 se instruyó contra la obra de teatro de Arthur Schnitzler titulada La ronda (en alemán, Reigen), que ese mismo año se estrenó en Berlín, algo más de veinte después de que fuera escrita (exceptuando una representación no autorizada en Budapest en 1912), y que provocó uno de los mayores escándalos teatrales del siglo XX.

<<

[23] Nacido en el seno de una familia acomodada, de padre sij y madre hindú, Sundar Singh (Rampur, Punjab, 1889-¿1929?) asistió a una escuela misionera. Al principio mostró aversión frente al cristianismo, pero tras una serie de visiones se convirtió. Entonces su padre le repudió y su hermano intentó envenenarle. Después Sundar Singh empezó a ir por los pueblos de la India anunciando la fe cristiana. Su ascetismo pronto fascinó a indios y cristianos. Su fama hizo que recibiera invitaciones para viajar a otros países: Singapur, China, Japón, Dinamarca, Suecia, Suiza, Noruega, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Australia… Fue visto por última vez el 18 de abril de 1929 en el Himalaya. No se sabe si tuvo un accidente o si murió a consecuencia de alguna enfermedad. Un «sadhu» (palabra del sánscrito) es una especie de santón, un asceta o monje hindú que sigue el camino de la penitencia y de la austeridad para alcanzar la iluminación y la felicidad. <<

[24] Se refiere sin duda a la primera de una serie de cuatro películas históricas que se rodaron y estrenaron en Alemania a principios de los años veinte del siglo pasado (las dos primeras en 1922 y las dos últimas en 1923) sobre distintos aspectos de la vida del rey Federico II de Prusia (1712-1786). <<

[25] El Lindenpassage se encontraba en el interior de la Kaisergalerie, complejo de hermosa arquitectura construido a imitación de los célebres pasajes comerciales de París a los que el escritor Walter Benjamin dedicó una de sus obras más emblemáticas, El libro de los pasajes. Además de una sala de conciertos, restaurantes, un hotel, oficinas, así como el pasaje comercial con más de cincuenta tiendas y cafés, dentro de la Kaisergalerie estaba el Panóptico, la célebre Galería de Figuras de Cera, de los hermanos Castan. La Kaisergalerie quedó casi totalmente destruida durante un bombardeo de los aliados en 1943. Un incendio dos años después acabó con lo poco que quedaba. <<

[26]Una de las primeras revistas ilustradas que se editaron en Alemania. Publicada por August Scherl entre 1899 y 1944. <<

[27] Rudolf Stratz (1864-1936), escritor alemán famoso en su época, que después ha caído por completo en el olvido. <<

[28] Entonces para la confirmación se usaba un traje negro. <<

[29] Baile de salón de moda en la década de 1920. <<

[30] El mito de la rana del tiempo se remonta a la observación de las ranas de san Antonio, que trepan por las plantas cuando hace sol. Eso se debe a que los insectos que les sirven de alimento vuelan más alto cuando aprieta el calor, lo que dio lugar a la absurda idea de que las ranas podían predecir el tiempo. Antiguamente se colocaban ranas en frascos de cristal que contenían una pequeña escalera. Si la rana subía, anunciaba tiempo seco. Si se quedaba abajo, tiempo húmedo. Este mito apenas se conoce fuera del ámbito alemán, donde además a los meteorólogos o presentadores del tiempo se les llama en broma ranas del tiempo y a las presentadoras hadas del tiempo. <<

[31] El conocido parque de atracciones de Viena, llamado popularmente Wurstelprater o Volksprater, se encuentra en la parte noroccidental del Wiener Prater, un parque público de 6 km2 de extensión, antiguo terreno de caza (sobre todo, de faisanes, corzos y ciervos) del emperador de Austria. El nombre procede del latín «pratum», «prado». En 1766 el emperador José II, entonces corregente con su madre, la archiduquesa María Teresa, abrió el parque a toda la población. <<

[32] Uno de los más famosos cómicos grotescos en la Viena finisecular fue Heinrich Eisenbach (1870-1923), una mezcla entre payaso, mimo y monologuista de cabaret. <<

[33]En los circos de entonces actuaban las llamadas mujeres sin abdomen o «medias mujeres» («Half Ladies»). Una de las más célebres fue la austriaca Antonia Matt (1878-1958), que nació sin piernas. Su nombre artístico era Mademoiselle Gabriele. Fue a la escuela y aprendió a tocar varios instrumentos. Se casó en dos ocasiones. Por lo general, en este tipo de atracción actuaban mujeres que sí tenían piernas, ocultándolas entre cortinas o con algún artilugio. <<

[34] Soportes para publicidad inventados por el impresor y editor alemán Ernst Theodor Amandus Litfaß (1816-1874), quien propuso al presidente de la policía de Berlín poner esas columnas en las calles para que la gente pudiera pegar sus anuncios. Por eso, en alemán se denominan Litfaßsäule, es decir, columnas de Litfaß. En Francia se denominan columnas Morris.

<<

[35] Sin duda, otra de las exageraciones de Roth que sus lectores le corregían con tanto cariño. No había millones de barandillas de escalera en los miles de cuarteles del país. Véase la nota 15. <<

[36] En alemán, como en francés, en inglés y sin duda en otros muchos idiomas, existe también la expresión según la cual el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Se trata de una frase muy antigua. Ya san Francisco de Sales se la atribuyó a san Bernardo de Claraval, fallecido en 1153. <<

[37] La magnífica novela de Joseph Roth titulada La marcha Radetzky (1932) termina con una escena similar. <<

[38] Little Titch aparece citado en otro artículo de Joseph Roth, titulado «América sobre París» y publicado el 26 de agosto de 1925 en el Frankfurter Zeitung. Muchas de estas semblanzas corresponden a personas de la época, más o menos conocidas en su momento y mejor o peor documentadas. <<

39] Prendas, accesorios o aplicaciones de piel, como cuellos, boas, bolsos, puños, chales, echarpes, chaquetillas, manguitos, capas, estolas, boleros, etcétera, que en Centroeuropa y en otros países fríos solían llevarse en verano. Ya en primavera, los peleteros presentaban sus últimas creaciones en «pieles de verano». <<

[40] Estereoscopio panorámico o cosmorama. Dispositivo óptico que se puso de moda en Centroeuropa a partir de 1880 y que permitía que hasta veinticinco personas contemplaran estereogramas o fotografías estereoscópicas, es decir, tridimensionales. Se conservan varios en algunas ciudades europeas, como Wels, Múnich o Berlín, donde estaba el Kaiserpanorama sobre el que habla Walter Benjamin en Infancia en Berlín hacia 1900 y en Calle de dirección única. En Varsovia se puede visitar el llamado Fotoplasticon en el mismo lugar en el que se construyó en 1905.

<<

[41] Roth habla de un sombrero de paja plano para caballero que puso de moda el actor austriaco y cantante de ópera Alexander Girardi (1850-1918) y que llevaba su nombre, el sombrero Girardi, muy similar al canotier. <<

[42] Albert Moll (1862-1939), médico, psiquiatra y uno de los fundadores de la sexología moderna, fue también uno de los primeros científicos en abordar cuestiones relacionadas con la hipnosis. Además, se esforzó por combatir científicamente la mala praxis médica, así como el ocultismo y sus métodos. <<

[43] Max Dessoir (1867-1947), filósofo, médico y psicólogo alemán, que, ya en su época de estudiante, se interesó por el mesmerismo, el sonambulismo, el espiritismo y la telepatía. En 1888 fundó con Albert Moll la Sociedad para la Filosofía Experimental. <<

[44] En una carta a su editor Gustav Kiepenheuer en junio de 1930, Roth insistió en que él era periodista, no reportero. Escritor, no editorialista. De modo que menos aún se consideraba redactor. <<

[45] Titulada Our Dancing Daughters, esta película estadounidense de 1928 dirigida por Harry Beaumont convirtió a Joan Crawford en una estrella. En alemán se estrenó con el título de Caza de hombres y en castellano con el de Vírgenes modernas. Hemos mantenido el alemán a partir del cual el autor hace sus comentarios sobre la película. <<

[46]Joseph Roth se refiere sin duda a un recuerdo de infancia y, por tanto, a una de esas plazas enormes en las que en muchos lugares de Europa central se alzaba desde la Edad Media el mercado, un edificio exento que generaba, por así decir, cuatro anchas calles en los bordes de la plaza. Aún se conservan algunas de las más grandes, como las de Breslavia, Cracovia o Praga. En Brody, la ciudad en la que Roth nació y fue a la escuela, había una. <<

[47] Instrumento de tortura que consistía en una especie de sarcófago que solía tener forma de mujer y en cuyo interior había pinchos que se clavaban en el cuerpo del condenado. <<

[48] El autor se refiere a la llamada propaganda de atrocidades, la difusión de información sobre crímenes cometidos por un enemigo, que pueden ser reales, pero que en la mayor parte de los casos incluye o presenta fabricaciones o exageraciones deliberadas. Uno de los pueblos más castigados a lo largo de la Historia por este tipo de propaganda es sin duda el judío, al que pertenecía Joseph Roth. <<

[49]Barrio vienés en el que, como en el cercano de Hernals, vivían muchos judíos. <<

[1] Revista austriaca publicada en Viena entre 1919 y 1925 y que aparecía dos veces al mes. Llevaba como subtítulo Illustrierte Kino Revue, revista de cine ilustrada. <<

[2] Dice Morgenstern que «como nunca vio a su padre y nunca lo superó, fue toda su vida un hermano de los niños abandonados». Al parecer, Nachum Roth, el padre de nuestro autor, sufrió una crisis nerviosa durante un viaje de trabajo antes de que él naciera y jamás regresó. Joseph Roth y su madre, Maria Grüber, vivieron con el padre de ella y económicamente los mantuvo un tío. <<



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com