© Libro N° 14865. Tinta China. Sasturain, Juan. Emancipación. Febrero 28 de 2026
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TINTA
CHINA
Juan
Sasturain
Tinta China
Juan Sasturain
Hugo Pratt y Jean Giraud, Moebius, dos encantadores dibujantes, aterrizan en Buenos Aires en el año 1979. Llegan, junto con su amigo Opi, para participar de una bienal de historieta. Cuando Opi desaparece del hospital donde estaba internado, recurren a la agencia de Julio Etchenike, quien a pesar de algunas dudas iniciales decide tomar el caso.
Este es apenas el principio de la nueva aventura de nuestro investigador privado, que irá adentrándose cada vez más en una colosal estafa que implica a policías, militares, servicios, dibujantes, editores, esposas, madres, hijos, amigos y amantes en un momento de la historia argentina donde es difícil definir con precisión quién es quién y cuáles son los objetivos de cada uno.
Con Tinta china vuelve Etchenike, acompañado por sus inseparables Tony «el Gallego» García y el Negro Sayago, en una historia de traiciones e intereses cruzados en la que nada es lo que parece y donde solamente un escritor del talento de Juan Sasturain puede hacer posible que lo que empieza siendo una novela policial se convierta en el relato vivaz y entrañable de toda una nacionalidad: la argentina.
Página 1
Juan Sasturain
Tinta China
ePub r1.0
Un_Tal_Lucas 03.01.2026
Título original: Tinta china
Juan Sasturain, 2025
Editor digital: Un_Tal_Lucas
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Para mi hermana Sarita, la primera lectora.
Para mis nietos Mila y Noah, los próximos.
G. S.: ¿Por qué matás a los personajes que se ganan el cariño de los lectores?
H. G. O.: Por ese personaje que nadie aprovecha del todo, que es la muerte.
Reportaje de Carlos Trillo y Guillermo Saccomanno a Héctor Germán Oesterheld, 1974.
Por si fuera necesario aclararlo, Tinta china es una novela, una obra de pura ficción. Se supone que la acción transcurre en el otoño de 1979, durante la dictadura, como todas las historias de Etchenike. Algunas referencias puntuales —como la Bienal del Humor y la Historieta de Córdoba, editoriales, revistas y lugares— y algunos de los personajes — como Hugo Pratt, Moebius, Germán y el Viejo Alberto— toman su nombre de hechos y personas reales. Pero las acciones en las que se involucran y sus dichos y acciones son ficticios. Sobre las calles y los lugares de Buenos Aires y alrededores que se citan, cabe aclarar lo mismo. Todo es mentira y aventura folletinesca en un contexto histórico-político preciso pero distorsionado. Aunque algunas de estas cosas pasaron, esta historia no está basada en hechos reales sino libremente imaginados. Precisamente, su inverosimilitud es lo que acaso pueda hacerla soportable.
J. S.
Opi
1
Trabajos manuales
El hombre alto y flaco estaba parado sobre un banquito y trabajaba con la concentración y el ritmo obstinado del que está pensando en otra cosa mientras lo hace. Raspaba vigorosamente la parte superior del vidrio esmerilado de la puerta con un cuchillo de cocina, un cubierto de mesa. El deslizamiento del extremo de la hoja sobre el cristal producía un ruido casi continuado, sin pausas provocadas por la dificultad, la fatiga o la forzada posición de los brazos levantados a la altura de la cabeza. El trabajo era fácil, rápido, de resultados inmediatos, y acaso por eso mismo placentero. La seguridad del gesto y la rapidez con que iban desapareciendo las letras negras escritas sobre el plano gris opaco del cristal podrían hacer suponer que la tarea era resultado de una decisión impulsiva. Pero no era así. El hombre parado sobre el banquito ya no era joven. En el bolsillo interior del saco gris que no se había quitado para trabajar abultaba apenas una vieja cartera de cuero con pocos billetes, un par de tarjetas con las que no solía presentarse y una cédula de identidad que atestiguaba que el portador había nacido en 1912 y en esta misma ciudad donde envejecía como si no lo supiera. Con manos fuertes y vigor controlado iba raspando y borrando sistemáticamente, de atrás para adelante, las últimas letras invertidas pintadas en el vidrio de la puerta entornada. Trabajaba con la determinación matutina de quien ha llegado a ciertas conclusiones durante el insomnio: lo que estaba haciendo —borrar parte de un nombre propio de la inscripción profesional en la puerta de una oficina antigua en el quinto piso de un edificio antiguo de la Avenida de Mayo a pocas cuadras de Plaza Congreso— era una acción meditada, una decisión absolutamente personal.
Ciertos detalles, además, permitían suponer que la tarea lo implicaba, que no era un encargo. La ocasionalidad de los medios, sobre todo. No había usado una escalera para encaramarse ante la puerta entreabierta sino un poco seguro banquito de cocina con patas de hierro y asiento de plástico amarillo. Y el instrumento que utilizaba para raspar, y que iba acumulando las pequeñas virutas de pintura negra a sus pies o las iba diseminando sobre la ropa en camino hacia el piso de madera de la oficina, era un cuchillito barato de cabo de madera y hoja angosta dentada de acero inoxidable, de los que se vendían por docenas en los negocios de importaciones chinas de la galería comercial en la planta baja del antiguo edificio. No era improbable que en la juntura del cabo de madera con la hoja se conservaran restos de manteca o residuos de grasa de salame. Y no era improbable tampoco que en los alrededores de las trajinadas uñas de ese veterano serio y canoso, de respiración algo agitada de decano fumador, se pudieran rastrear, junto a evidencias de tabaco, rastros de tinta y memorias de pólvora.
Empinado ante la mañana de ese lunes frío que subía rumoroso a sus espaldas, ya había borrado las dos letras finales y ahora encaraba sistemático, siempre de abajo hacia arriba, la tercera: una Q.
Entonces vio las sombras que se aproximaban por el pasillo embaldosado, y suspendió la tarea. Se apoyó en el marco de la puerta y espió hacia el exterior de la oficina sin bajarse del banquito. Eran dos hombres desabrigados para la estación, de camisa clara. El gordo venía adelante y el más delgado y de anteojos, detrás. El veterano se retrajo y los dejó aproximarse en silencio.
Los hombres llegaron ante la puerta entreabierta y se detuvieron. Luego de un momento el gordo se asomó hacia adentro de la oficina y, al levantar la mirada, recién lo vio.
—No hay nadie —dijo o preguntó.
El del banquito utilizó el cuchillo para señalar vagamente el interior y terminar el gesto apuntando a su propio pecho.
—Estoy yo. ¿Le alcanza?
El otro visitante metió mano en un bolso de lona que pendía de su hombro y sacó una libreta. Buscó algo y lo encontró.
—Julio… Etche… nique —dijo como si fuera Jacques Cousteau descifrando el nombre de un pez ignoto en una enciclopedia malaya.
El gordo se volvió y le señaló con el dedo la inscripción mutilada en el vidrio mientras le hablaba rápidamente en un francés usurpado.
—Ah… —asintió el otro, con dudas.
—¿Esta es la oficina de Etchenique? —dijo ahora el gordo.
Su castellano —endurecido en las junturas— alargaba el sonido de las vocales y parecía reservar las eses para otra oportunidad.
El hombre alto no contestó. Se bajó del banquito, lo corrió para poder abrir la puerta del todo y los invitó a pasar con un gesto mudo.
Entraron y cerró la puerta.
Mientras los otros se interrogaban con las cejas, el veterano se sacudió con manotazos excesivos las virutas de pintura negra de las mangas del saco, clavó el cuchillo con gesto estudiado en uno de los extremos del vetusto escritorio y se sentó en el sillón giratorio que daba espaldas a la pared.
—Soy yo —dijo.
—Pero parece que se va a ir… —intentó entender el gordo, señalando el nombre semiborrado en la puerta.
—No, me quedo. Sólo un cambio pequeño: Etchenique, con «qu», ya no va a existir más. Ahora será Etchenike, pero con «ka». Estoy cambiando eso. ¿Comprende? Permite cierta ambigüedad…
El gordo frunció el ceño.
—En la pronunciación, digo. —Se explayó el veterano—. Hay que darle una oportunidad a la imaginación del sonido.
—No entiendo.
—Que se pueda leer en castellano y en inglés. Puede sonar nike o naik.
A elección del usuario.
Ahí sí el otro pareció entender.
—Como un personaje mío: se escribía Ernie Pike y se pronunciaba Erni Paik. Pero eso era un nombre inglés, lo suyo es…
—Apellido vasco, claro —dijo el veterano—, con la «ka» del euskera.
Soy segunda generación.
El gordo volvió a dirigirse en francés a su compañero, que observaba todo a su alrededor con aire liviano. El hombre de anteojitos parecía más posado que definitivamente quieto, un pájaro con zapatillas de marca y vaqueros gastados que picoteaba al mirar.
—Ah… Etchenike… Etchenaik… —dijo asintiendo, sonriente como un chino convencional.
—Eso. Poner el mismo, con otro nombre. O ni siquiera: apenas cambiar el final del apellido —explicó el veterano. De pronto se sintió estúpido al utilizar los verbos en infinitivo, como Tarzán según la invención de Burroughs.
—Puede hablar normalmente en castellano conmigo —dijo el gordo al borde de la condescendencia—. Soy italiano pero viví muchos años en la Argentina. Mi nombre es Hugo Pratt.
Acaso el visitante esperaba algún efecto al decir su nombre pero como no pasó nada extendió una mano vigorosa que el otro estrechó en silencio y sin levantarse del sillón.
—Y mi amigo es Jean Giraud, Moebius —completó el gordo, ya sin esperanzas de sorprender.
El francés dijo «bonjour» con la sonrisa excesiva del que no sabe muy bien de qué se trata y también extendió su mano flaca. Etchenike la estrechó con cuidado.
—Siéntense, por favor —dijo.
Los dos hombres ocuparon las sillas frente al escritorio y el francés colgó el bolso del respaldo. Pratt sostuvo por un momento en el aire una ancha carpeta verde y negra esperando un lugar libre entre los papeles dispersos que Etchenike se apresuró en reagrupar en un orden en el que nadie creyó.
—Venimos a verlo por indicación de Algañaraz —dijo Pratt. —Ah, Algañaraz…
Etchenike recordó inmediatamente al otro hombre viejo y solo. Lo recordó llorando, lo recordó unos meses atrás con naipes ganadores en la mano en medio de la noche atroz de Playa Bonita[1].
—Un hombre que no merecía lo que le pasó —dijo como si alguien lo mereciera.
—Usted resolvió el asesinato de su hijo.
—No se resuelve nada.
—Se explica.
—Quizás.
Pratt y Etchenike repitieron la palabra «quizás» una vez más cada uno.
Compartir una duda era acaso tener una certeza.
El francés recibió una pequeña explicación del diálogo y asintió. Etchenike se levantó con un leve gesto de permiso, tomó la abollada pava de aluminio tiznada que estaba sobre la pequeña mesita junto a él y fue con ella al cuarto vecino.
—¿Qué le pasa a Algañaraz? —dijo en voz alta.
—Nada. O nada peor, supongo. Es un viejo amigo que me quedó de cuando trabajábamos juntos en una editorial en los años cincuenta —dijo Pratt en el mismo tono, superponiendo su voz al rumor del agua corriente que llegaba del baño—. Lo volví a encontrar ahora, de casualidad, y me dio sus referencias. Incluso me dijo que lo va a llamar. Pero no venimos a verlo por un problema suyo sino nuestro.
—Qué bien. Necesito trabajar —dijo el veterano sin pudores.
Volvió con la pava llena de agua, encendió un calentador a alcohol que estaba sobre la misma mesita y la puso encima.
—Si ha vivido en la Argentina, tomará mate.
Pratt sonrió, señaló al francés.
—Jean también. Acaba de probarlo, apenas, en Córdoba.
—¿Ustedes dónde viven?
El gordo hizo un gesto amplio que abarcaba el mundo entero o poco menos, y antes de contestar tradujo la pregunta al francés, que repitió el gesto, la sonrisa.
—Tengo mi casa en Venecia —dijo Pratt—. Pero paso temporadas en París. Tengo un estudio ahí. Jean suele andar por el Pacífico Sur y ha estado viviendo en Los Ángeles. La profesión nos permite eso.
Etchenike iba a preguntar lo que se esperaba de él pero no llegó a hacerlo. Sonó el teléfono. Atendió de un manotazo.
—¿La oficina de Julio Etchenike? —Era la voz de un hombre joven.
—Sí. ¿Qué quiere?
Hubo una pausa.
—Mucho gusto.
—Digamé.
El veterano indicó a Pratt, con un gesto de fastidio y disculpa, que se hiciera cargo del agua que estaba a punto de hervir.
—Soy el licenciado Daniel Zapata, el psicólogo de su nieto Marcelo Fogel, y necesitaría hablar un momento con usted. ¿Tiene tiempo ahora?
—No sabía que Marcelo iba al psicólogo. —Comenzó una terapia de apoyo hace dos meses. —Mi hija no me dijo nada…
El otro no hizo comentario al respecto y Etchenike volvió a experimentar la sensación de quedar como un estúpido. No estaba en su mejor forma, sin duda.
—¿Qué le pasa a Marcelo?
—No se inquiete. La terapia supone la colaboración del grupo familiar y sería necesario que usted asistiera a algunas sesiones.
—El grupo familiar: yo…
—Alicia, Horacio Fogel y usted son el entorno familiar del chico. Mientras Etchenike hablaba, Pratt había tomado la iniciativa y no sólo
había sacado el agua del calentador sino que había puesto la yerba en la calabaza y colocaba la bombilla en el ángulo preciso para cebar.
—Su presencia es importante —decía el licenciado Zapata.
—¿Es una idea suya?
—Marcelo lo pidió: «Que venga el abuelo», me dijo.
Ahora fue Etchenike el que se quedó callado.
—¿Y qué tengo que hacer? ¿Cuándo? —Miércoles a las 18, ¿usted podría? —Un momento.
Mientras repetía el gesto de pedido de paciencia a sus clientes consultó una libreta de tapas negras. En realidad era una verificación ociosa. No tenía nada que hacer el miércoles; hacía más de tres semanas que no tenía nada que hacer ni que investigar.
—De acuerdo —dijo.
El licenciado Zapata le agradeció sin énfasis su colaboración y dio una dirección que el veterano ubicó mentalmente en la zona en que Barrio Norte se disolvía en Palermo Viejo. Colgó.
—¿Un nuevo caso? —dijo Pratt alcanzándole un acertado mate amargo.
El veterano lo probó apenas y luego le dio dos largas chupadas.
—En cierto modo, sí. Una investigación, seguro. —Y le devolvió la calabaza con gesto de aprobación—. Pero díganme ustedes qué necesitan… No viven acá, están de paso por la Argentina…
—Estamos de paso, por un mes, y buscamos a un amigo que desapareció —dijo Pratt moviendo las manos—. Vino con nosotros a Córdoba, a la Bienal Internacional del Humor y la Historieta, hace dos semanas.
Etchenike meneó la cabeza, no tenía idea de qué se trataba. El otro prosiguió:
—Una exposición muy grande, con dibujantes de todo el mundo. Y estuvimos juntos allá para la inauguración. Después este amigo se volvió a Buenos Aires el lunes pasado y hace tres días, desde el viernes, que no sabemos nada de él.
—C’est exotique… —interrumpió el francés mate en mano, haciendo chasquear la lengua como si inventara un grupo consonántico complejo—. Mu… uy bue… no —deletreó.
El veterano sonrió con el costado de la boca y se dirigió a Pratt:
—Su amigo, el que desapareció, ¿es francés, italiano? ¿No probaron en los consulados?
—Es argentino. Nuestro amigo es Opi.
—¿Opi?
—Opi —repitió el francés como si se tratara de un juego infantil del que Etchenike debiera conocer las reglas.
—¿Quién es Opi?
—Pensé que lo conocería —dijo Pratt levantando las cejas—. Opi es uno de los dibujantes más importantes de este país. Un humorista fuori di serie.
El veterano se disculpó con otro meneo de cabeza pero sintió la necesidad de atenuar su negativa:
—Opi no me suena… Puede ser que si viera los dibujos, los chistes… ¿Ése es el nombre?
—No, es un seudónimo. Osvaldo Pirozzi, se llama. Con doppia zeta. Etchenike escribió el nombre en una página en blanco de su libreta de tapas negras.
—¿Y qué creen que le pasó a Pirozzi? —Hizo una pausa—. ¿Se piró? —Tal vez —dijo Pratt con una sonrisa de inteligencia—. Si se piró
porque se fue, se escapó y ya aparecerá…
—Pero si se piró de acá… —Etchenike se golpeó el cráneo con el índice—. ¿Puede ser?
—Puede ser, Opi no es muy estable. Y parecía… —El italiano buscó la palabra—. Parecía conmovido. No era fácil la situación para él, dadas las circunstancias.
La levísima pausa que siguió quiso ser significativa pero nadie explicitó ese sentido aparente.
—Vive en Europa desde hace muchos años, y ésta es la primera vez que vuelve, invitado para la Bienal —continuó Pratt—. Viajó como parte de la delegación española porque vive en Barcelona. Estuvo en Córdoba con todos nosotros, normal y sin problemas, pero se tuvo que volver solo a Buenos Aires unos días antes por una muestra de homenaje que le organizaron. Vino para la inauguración y por lo que supimos después tuvo una crisis a mediados de semana y lo internaron de urgencia en el Sanatorio Güemes. Estuvo ahí un par de días. Pero este viernes desapareció de la habitación…
—Espere… —lo interrumpió el veterano—. No lo pude seguir, cuentemeló más despacio, por favor.
La segunda versión fue igual pero con ciertas pausas intermedias, énfasis. Pratt era —siempre lo había sido— un efectivo, persuasivo narrador, pero a Etchenike no le habían avisado. Llegaron al mismo punto: el Sanatorio Güemes y la desaparición de Pirozzi.
—¿Desapareció? ¿Cómo desapareció? —dijo el veterano.
—No se sabe: cuando la enfermera fue, no estaba. Con ropa y todo. No lo vieron salir, no se sabe si hubo visitas…
—¿Y ustedes por qué esperaron hasta hoy?
—Queríamos estar seguros de que no era una broma o una simple escapada del hospital. Con él nunca se sabe. No sería la primera vez que hace una cosa así.
—¿Por qué lo internaron? ¿Qué tenía?
—Opi bebe mucho. Y parece que tuvo un ataque, un colapso. —¿Estaba solo?
—Con la mujer.
—¿Y ella dónde estaba?
—¿Ese día?
Etchenike asintió. Pratt iba a contestar que no sabía pero no dijo necesariamente eso:
—Andaba por ahí. Cuando volvió al sanatorio, al otro día, Opi ya no estaba.
El veterano miró hacia la ventana abierta a la mañana de otoño. Opi estaría en alguna parte y la mujer de Opi andaba o había andado por ahí.
—¿Qué le pasa, qué le duele?
—¿A mí? —dijo Pratt.
—No: a Opi, al amigo Pirozzi. Porque la bebida suele ser una cuestión de dolor.
—Aaaagh…
Ambos se volvieron hacia el francés, que había soltado una exclamación sorda, contenida, casi pudorosa. Miraba la bombilla, ahora lejos de su boca, con rencorosa perplejidad.
—El mate tiene su ritmo, hay una secuencia que incluye las pausas — argumentó Etchenike recuperando la calabaza y dejándola a un costado—. No se pueden tomar diez seguidos… Esta bebida no tiene que ver con el dolor sino con el tiempo.
Jean Giraud asintió como si entendiera. Dijo algo y Pratt le contestó largamente mezclando francés e italiano. Después se volvió a Etchenike:
—Disculpe.
—¿Cómo es Opi? —dijo el veterano, muy profesional—. ¿Tienen una foto?
Menearon la cabeza.
—No acá —dijo Pratt—. Opi es un hombre tremendamente frágil. Pero no lo parece: pesa más de ciento veinte kilos y mide uno noventa. Es tosco, de manos grandes, casi un urso, un oso. Ahora está un poco encorvado pero fue luchador profesional, de muchacho. Es fuerte, miope, conserva todo el pelo, largo y blanco, una melenita…
—¿Cuántos años?
—Algunos más que yo: cincuenta y siete o cincuenta y ocho… —¿Y la mujer?
—Alrededor de cuarenta pero parece menor. Es uruguaya: Magdalena Puig. Le dicen Malena.
—¿Ustedes la vieron?
—Ayer. Nos llamó el sábado a la mañana al hotel para avisar de Opi. Todavía tenía esperanzas de que apareciera y habíamos quedado en arreglar una reunión en Haedo, en la casa del Viejo, un dibujante amigo de todos nosotros. Al final fuimos a su departamento y cenamos ahí anoche.
—¿Tiene un departamento en Buenos Aires?
—Ella, sí. En Barrio Norte. Es donde pararon al volver de Córdoba.
Ahí vive un hijo suyo, adolescente: Facundo, de un matrimonio anterior.
Etchenike anotaba.
—Siga.
—Opi no apareció ni llamó. Por eso decidimos venir. Ella no sabe de esto, que es cosa nuestra. Seguro que ya empezó a buscar por otro lado.
—¿Fue o irá a la policía?
Pratt meneó la cabeza. El veterano insistió:
—¿Tiene ganas de encontrarlo?
—Supongo que sí. Es una cuestión de necesidad.
—¿De quién?
—Los dos se necesitan. Hace unos años ella lo sacó del pozo cuando él ni siquiera podía trabajar. Lo acomodó, lo cuidó: vivió para él. Por otra parte, también ha vivido todos estos años de él: ha sido su agente, su productora, su editora… Esto que pasó ha sido una recaída.
Etchenike suspiró. Se levantó y fue hasta la ventana abierta. Pratt intentó seguir hablando a sus espaldas pero lo silenció.
—No siga. Precisemos algunas cosas antes: qué es lo que hay que hacer y quién paga. Prefiero no saber mucho, por si no arreglamos.
—Hay que localizarlo, encontrarlo y nada más. No es necesario darse a conocer. Y ser discreto. Opi tiene que volver con la delegación española a Barcelona dentro de diez días. Por ahora les diremos a todos que se ha ido a Mendoza, a Mar del Plata o a alguna parte donde tenga parientes. Si usted lo encuentra, ni siquiera habla con él. Me avisa y listo.
—Y paga usted.
—Sí.
El italiano echó mano a un bolsillo interior y sacó un grueso fajo del que desprendió un par de billetes grandes y coloridos que colocó sobre el escritorio. Los dobló en dos. Después en cuatro. Esas liras no parecían dinero sino afiches.
Etchenike volvió al escritorio, extrajo un block formulario del cajón superior y se lo alcanzó para que lo rellenara.
—Es un contrato estándar —dijo—. Complete sus datos y deme las direcciones de la mujer, de la exposición, de cualquier persona que pueda saber algo.
—Hay dos hijos más en Buenos Aires —dijo Pratt mientras escribía—.
Son mayores, un hombre y una mujer, de un matrimonio anterior de Opi.
No se tratan con Malena.
—Típico. Póngame todo.
El italiano comenzó a llenar la ficha con letra grande.
—Le pagaré en liras o en dólares, usted dirá. Estamos en el Hotel Bauen y nos quedamos toda esta semana y la otra. Pero para esto tiene hasta el lunes que viene.
—No trabajo contrarreloj.
—Yo siempre he trabajado así —dijo Pratt con una sonrisa apenas dibujada—. Es la mejor manera: el dedo en el culo… —Y elevó el índice.
Se volvió para explicarle su chiste al francés y ambos rieron sonoramente.
—Ustedes son dibujantes también —dijo Etchenike.
—Supuse que lo sabía.
—De algún modo, creo recordarlo a usted. Pero no es de los que hacen chistes.
Pratt meneó la cabeza:
—No, hago fumetti. Historietas de aventuras, comics… Jean también. ¿Nunca oyó hablar del Teniente Blueberry o de Corto Maltese? —Y al decirlo se señaló a sí mismo y a su compañero, alternativamente.
Etchenike negó, casi disculpándose. No sabía que en cierto modo estaba mintiendo.
Pratt metió la mano en la carpeta cuadrada y sacó varias revistas que puso sobre el escritorio.
El veterano agarró una que se llamaba Kaput y tenía un marinero de cuerpo entero sobre fondo blanco en la tapa: Corto Maltés. Ahí sí reconoció la imagen: la gorra de capitán, las patillas, el aro en la oreja izquierda, la chaqueta negra, larga, y los pies descalzos asomados al final de los anchos pantalones de lona.
—Ésta es su firma, claro… Ahora sí.
El nombre y el apellido de Hugo Pratt aparecían superpuestos, como una torre irregular de cubos de letras de imprenta al pie de la imagen de portada.
Etchenike hojeó la revista, se asomó al interior un par de veces. La cerró y dijo con certeza inusual:
—Ahora sí me acuerdo: hace muchos años, ¿no dibujaba una de guerra, muy violenta…? Reventaban los cuerpos de los soldados, los quemaban con lanzallamas… —precisó, arrugando la cara.
El italiano asintió, sonrió apenas, por fin reconocido:
—Ecco. Ésa era Ernie Pike, precisamente, la que le dije.
—Ah… Claro que sí. ¿No se la prohibieron?
Pratt escribió en el aire:
—Hora Cero Semanal. «Historietas para mayores de 14 años».
—Eso es. —Etchenike se echó para atrás en su sillón—. Restricción de edad. Yo en ese entonces estaba en el Departamento Central y venían los del control de publicaciones con las órdenes de secuestro…
—¿Es policía?
—Fui. Pero me fui.
Pratt juntó el entrecejo y lo miró fijamente con las pupilas brillantes y los ojos grises, dos puntos móviles y penetrantes colgados bajo la línea horizontal y perfecta de las cejas. Más abajo, una sonrisa leve —tal vez irónica— hablaba de otra cosa.
—Ahora entiendo el olor —y se tocó la nariz—. Reconozco a un poliziotto.
Etchenike estuvo a punto de contestar una barbaridad pero se contuvo y sonrió diplomáticamente.
—Puede ser —dijo asintiendo con la cabeza—. Yo también tuve una sensación rara: es como si ya lo hubiera visto antes, pero no en vivo, digo, sino dibujado… —el italiano se echó para atrás—. Y ahora lo tengo claro:
usted está dibujado por Pratt, es un dibujo suyo.
—Nos pasa a todos —dijo el italiano.
El francés asintió. Esta vez parecía haber entendido de qué hablaban, porque sacó de su bolso de lona un block de dibujo y con una fibra fina esbozó rápidamente con media docena de trazos largos un paisaje abierto de dunas y le incorporó una simple figura asomada. Tardó un minuto. Firmó Moebius, giró el dibujo terminado y sonrió.
—Voilà —dijo.
La persona desamparada de anteojos y cabellos sueltos que emergía del suelo, liviana y apenas sostenida en el aire, no se parecía a él: era él.
—Eso es —dijo el veterano, admirado, recogiendo el dibujo—.
Necesitaríamos ahora uno así, pero de Opi.
En ese momento volvió a sonar el teléfono. Etchenike levantó el auricular y en un principio no oyó nada; luego hubo un alboroto de gritos infantiles, un generalizado desorden ruidoso que iba y venía, distante sonido ambiente. Como si alguien hubiese llamado y dejado el tubo apoyado mientras esperaba que él atendiera.
—Hola —dijo de pronto una voz apurada de mujer. —Hola, Alicia —dijo el veterano—. ¿Cómo estás, hija? —Más o menos. ¿Podemos hablar? —Estoy ocupado ahora, pero…
Alicia no le hizo caso:
—Hablé recién con el psicólogo de Marcelo y me dijo que te llamó. No entiendo nada. ¿Por qué se comunicó con vos?
—No sé, creo que fue Marcelo mismo quien le dijo. —No hubo respuesta, y ahí sintió que su hija ni siquiera le creía—. ¿Por qué no hablamos más tarde? ¿Estás en la escuela?
—¿Dónde voy a estar, papá? Pero tengo un par de minutos: hablemos ahora.
Etchenike vaciló:
—Esperá un momentito.
Tapó el tubo, vio que Pratt y Moebius trabajaban contrarreloj en sus retratos de Opi y les explicó rápido, expeditivo:
—De acuerdo entonces, señores: tomo el trabajo. Ahora, por favor, completen ahí los datos del hotel, donde pueda llamarlos esta tarde. Terminen y váyanse.
—¿Qué dice? No entiendo —dijo Pratt sin levantar la vista.
Etchenike lo repitió todo con lentitud, menor énfasis y mayores precisiones.
Ahora Pratt le hizo un guiño de aprobación y siguió trabajando tranquilamente en su block; el francés hacía lo mismo en el suyo. El veterano volvió a ponerse el auricular en la oreja:
—Hola, Alicia… Alicia…
Había cortado.
Depositó lentamente el tubo en la horquilla y se echó para atrás con un suspiro. En ese momento se abrió la puerta de la oficina y apareció Tony García:
—Julio… ¿qué estás haciendo en la puerta? ¿Para qué? Al descubrir que el jefe no estaba solo se calló de golpe. Etchenike hizo sucintas presentaciones y dijo:
—Haceme el favor, Tony: terminá de recoger los datos que me está dando esta gente. Es un paradero.
Se puso de pie, extendió la mano a los visitantes, recogió el teléfono y se fue con él hasta el cuarto contiguo, su pieza. Cerró la puerta liviana y el cable quedó extendido, tenso a través de la habitación.
Diez minutos después, cuando salió, los dibujantes ya no estaban; Tony había hecho un nuevo mate y miraba alternativamente los dibujos que habían dejado.
—Los dos dicen que el hombre que tendremos que buscar es así —dijo
—. Se fueron discutiendo, pero no mucho… Se reían.
Los dibujos de uno y otro se parecían tanto como las imágenes de los
indios americanos en los grabados de los libros de la Conquista y un croquis rápido de George Grosz. Según el francés, Osvaldo Pirozzi era un hermano mellizo de Einstein, deprimido; en el dibujo de Pratt, el general Custer había perdido el caballo y la barba pero ahí estaba, arrogante con sus bucles y su mirada de águila o ave depredadora dispuesta al picotazo.
—Me prometieron una foto, la del catálogo de la exposición de Pirozzi, y algunos datos más —dijo Tony—. Estos tipos son famosos, parece. Van a estar en una rueda de prensa en el Bauen. Tengo que pasar después del mediodía. Así que esto…
El Gallego juntó índices y pulgares en el extremo de las dos hojas como para rasgarlas, hacerlas primero dos, luego cuatro, después ocho, al final mil papelitos para el canasto.
—Pará —dijo Etchenike—. No los rompas.
—No sirven.
—Dámelos.
El veterano miró por un segundo los dos dibujos y luego los guardó en el cajón del escritorio. Suspiró con satisfacción:
—Hay trabajo, Tony. Voy a poder pagar el arreglo del auto.
El Gallego lo miró sonriendo raro y señaló el vidrio con la inscripción semiborrada.
—¿Vas a cambiar todo?
Etchenike hamacó el mango del cuchillo clavado en el extremo sur del escritorio en un ángulo de 75 grados como una clásica amenaza india, y lo separó de la madera.
—Con la punta de este instrumento acabo de deshacer un destino burdo de caricatura —afirmó, haciéndolo jugar en su mano—. A partir de ahora será así, Tony.
—Por mí estaba bien, podías dejarlo. Yo no tengo problemas de identidad.
—Yo tampoco. Es una cuestión de rótulos nomás.
Fueron los dos hacia la puerta. Parados a ambos lados, uno adentro y otro afuera, parecían dos operarios perplejos, dos chicos mirando un barrilete enredado en los cables de la luz, dos ayudantes de Miguel Ángel ante una duda sobre la posición del brazo de Dios Padre en la escena del Génesis.
—Podrías haberlos aprovechado —dijo el Gallego luego de un momento.
—¿A quiénes?
—A esos dos que vinieron. Ya que son dibujantes te podrían haber hecho las letras.
El veterano iba a objetar algo pero García prosiguió:
—Comprá un tarrito de pintura negra y tené todo listo. El día que vengan incluso pueden hacerte un dibujito acá. —Y señaló con el dedo el espacio libre bajo el rótulo.
—No. Es un trabajo perfecto para el Negro Sayago: que haga algo — dijo Etchenike—. ¿Sabés por qué hace un par de días que no aparece?
Tony meneó la cabeza.
El veterano hizo como si nada:
—Cuando venga o llame, contale lo de Opi en el Güemes, dale toda la data pero repartamos el laburo: que él se ocupe de vigilar a la mujer y al pibe, que la siga, a ver qué hace.
En ese momento volvió a sonar el teléfono.
—Atendé vos —dijo el veterano—. Si es Alicia, ya salí. Discutí con ella un rato largo y no quiero seguir con eso.
García atravesó toda la habitación y levantó el tubo:
—Alerta y vigilante —dijo con leve impostación.
Escuchó atentamente durante unos segundos mientras tranquilizaba al veterano con un ademán rápido: no era Alicia, claro que no.
—Es por Horacio…
—¿Qué Horacio?
—Horacio, tu yerno. Tu ex yerno, bah… —dijo el Gallego tapando el tubo.
Al veterano le cayó una ficha lejana, imprevista:
—¿Qué quiere?
—Él no quiere nada. Avisan que lo internaron en el Tigre con dos balazos adentro. Está mal…
Camas de hospital
—No estoy mal. Exageraron, viejo.
—¿Qué pasó?
Apoyado en el borde, erguido a los pies de la cama, el veterano le hablaba al hombre acostado boca arriba como quien se asoma a un pozo, a un balcón del que alguien se tiró alguna vez sin explicaciones.
—Nada serio —repitió una vez más el paciente al borde del fastidio—.
Te hice llamar para que no te enteraras tarde y mal.
—¿Quién fue?
—Unos chorros. Se volvieron locos cuando no encontraron qué llevarse. Estaba en el auto con una piba el sábado a la noche cerca del río y aparecen dos tipos. Ni los vi venir. Me metieron el revólver acá —se señaló debajo de la mandíbula— y nos hicieron bajar, nos sacaron la guita… Después no sé por qué me dan un par de piñas, la agarran a ella, la meten en el auto y se suben. Cuando van a rajar, no les arranca. Tal vez por la humedad que había. Los tipos se cabrean, la piba se asusta, pega unos gritos y le dan una piña también a ella. Cuando yo me quiero meter, el más pendejo, de puro nervioso, me pone dos tiros. Y ahí se cagaron. Creyeron que yo estaba listo porque salieron rajando, a pie.
—¿Y la chica?
—Paula, se llama. Le dije que pidiera ayuda y se borrara. No quise complicarla. Ahí supongo que me desmayé y me desperté acá. Me trajo una ambulancia.
—¿Y qué pasó con ella?
Horacio bajó la voz:
—Mejor que no aparezca. Esto es una cueva de ortibas.
—Claro.
El comentario tuvo la ligereza de un toquecito para sacarse caspa del hombro.
La Clínica Donadoni era —en teoría— la mejor de San Fernando, el lugar obligado si se quería soslayar las crónicas incomodidades de los hospitales públicos de la zona. El doctor Edgardo Donadoni había abandonado a tiempo y oportunamente la dirección del hospital municipal, y descubierto las virtudes de la medicina privada. Los dos pisos de habitaciones dobles con vistas a un río limpito apenas visible entre sucios techos veían circular internados innecesarios que dejaban tibios lechos siempre prontos para ser ocupados por otros tantos pacientes enfilados. Un nosocomio de tránsito rápido, si cabe la definición. En planta baja, una guardia siempre saturada, media docena de consultorios externos y arriba, en el tercero, un quirófano elemental que servía de sala de partos y — según las peores lenguas y la fácil mitología— de salón de fiestas la noche de fin de año, cuando quedaban solos tres médicos y cinco enfermeras. La clínica tenía, además, como servicio extra, una línea directa a la morgue judicial y otra a la policía. Y los teléfonos sonaban tupido.
Horacio Fogel ocupaba la habitación 207, cama A, crucifijo en la cabecera y botella de agua junto al diario del día en la mesita. En la cama B, un viejo tendido boca arriba respiraba con mucho ruido, roncaba sin dormir, hacía imposible olvidar que estaban en un sanatorio. Una mujer joven estaba sentada en un banquito junto a la cabecera del viejo y leía una revista con Mick Jagger en la tapa. Frente a la ventana, de espaldas a los demás, un policía de uniforme disimulaba mirando hacia donde no había otra cosa que la lluvia sobre lo mojado.
Etchenike lo señaló con un gesto de cabeza:
—¿Y ése…?
—Hubo tiros, y ahí siempre interviene la policía. Me extraña que no lo sepa, comisario.
—Retirado.
Horacio sonrió apenas. No parecía tener margen para mayores expansiones. Una musculosa blanca y la frazada liviana embozaban los estragos de dos disparos imperfectos y apresurados de una 22.
—¿Dónde te dieron?
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—Un raspón en el muslo, arriba, y otro acá. —El acostado se arremangó la camiseta y mostró el vendaje que le atravesaba el torso—. Me rompió una costilla flotante y salió por el costado. Se salvó el hígado, cagando.
El veterano meneó la cabeza, no dijo nada.
—Mirá las cosas que tengo que hacer para que te acuerdes de que existo. —Y Horacio se tapó hasta el cuello.
—No jodas. Seguro tenés quién te cuide… —Sí, tranquilo.
—Y seguís en el departamento de Giribone.
—Voy y vengo de Montevideo, en realidad. El laburo está bien y cuando sale alguna venta al exterior hago diferencia. Podrías venir a verme o llamar alguna vez.
—Ahora estoy ocupado. Ya no soy un jubilado siempre al pedo.
Horacio lo admiró:
—Me tenés que contar cómo es eso. Estás medio loco, ¿no? Tu hija no lo puede creer. Pero Marcelo estaba muy entusiasmado con vos. Lo deslumbraste, me sentía un pelotudo.
—No hablemos de pelotudeces —se apresuró Etchenike, turbado. Recordaba la noche bajo la lluvia en Palermo, meses atrás, cuando un
hijo de puta de la banda del Bolita Sanjurjo había doblado a su nieto de una patada en las costillas[2]. Alicia lo había cuidado —lo había cuidado también a él— y le había ocultado a Horacio el episodio y los moretones por una semana.
—¿Tenés algún caso nuevo?
—La cosa viene de hospitales, parece. Un tipo que estaba internado se escapó sin aviso del Güemes y no saben dónde está.
—¿Se escapó cómo?
—No sé. En pelotas, supongo…
Horacio sonrió y comentó bajito:
—Cuando averigües cómo hizo, pasame la receta. —Y cabeceó hacia el cana—. No es tan fácil.
Tal vez Horacio quería decirle algo más pero el veterano no supo qué.
Se le cruzó la imagen de su hija.
—¿Querés que la llame?
—A Alicia no y al nene menos. Quiero que le lleves el regalo que le traje. Abrilo.
Sobre la mesa de luz, envuelta en papel uruguayo y cuadriculado, había una camiseta de Peñarol.
—Dásela vos —dijo Horacio.
Etchenike la extendió sobre la cama: las franjas negras y amarillas como pinceladas gruesas y violentas, el once en la espalda. Indumentaria para epopeyas, casi un uniforme de batalla.
—La del negro Juan Joya —se admiró el veterano.
La chica de la revista por primera vez apartó la mirada de la lectura. El vigilante se acercó para espiar y dijo que los uruguayos tenían garra, huevos y corazón pero que pegaban patadas. Etchenike no dijo nada: hablar de fútbol con un policía uniformado le parecía un modo casi secreto de claudicación.
—Adentro está el nombre del negocio, por si necesitan cambiarla — dijo Horacio.
Ese baleado que durante un tiempo había sido su yerno, Horacio Fogel, era montevideano, de la Ciudad Vieja y de Peñarol. Para su padre, abogado de estudio y chapa en la puerta, el hijo único le había salido medio atorrante. De pibe había jugado al fútbol hasta que un planchazo con rotura de ligamentos —o algo menos alevoso pero tan contundente como dos tiros del 22— lo había sacado de las canchas. Después se había medio escapado a Buenos Aires a estudiar cine, otro de sus berretines, hasta que la amenaza paterna de corte de víveres lo había mandado a la universidad, a la carrera de Derecho, a la militancia y a un noviazgo y matrimonio posterior con una linda estudiante que durante un tiempo había pasado por ahí: Alicia Etchenique, hija única, la joya de la corona de un soberano retirado desde siempre en el exilio barrial.
Hacía quince años, el abuelo de su hijo, ese hombre que lo miraba ahora desde el costado de la cama, que le apretaba el brazo con duro afecto, había intentado explicarle en la vieja casona de Flores que su hija no era su hija aunque lo era, bah, que se casaran si querían pero que ni siquiera le preguntaran a él, que todo estaba bien menos la innecesaria
consulta al padre de la novia. Eso sí: si llegaba a maltratarla, era boleta.
Tal cual.
Y no fue necesario que volvieran a hablar. Ni de eso ni de nada.
Hasta que hacía tres años, una noche a comienzos del otoño, para la época del golpe de Videla y a la salida de un Boca-Peñarol por la Copa Libertadores en un bar de la avenida Almirante Brown, Julio Etchenike se sintió incómodo —como siempre le pasaba— ante la perspectiva de una confesión inminente.
Su yerno y amigo le dijo dos cosas casi juntas y casi opuestas en el fondo: dos gestos de abandono. Le dijo que dejaba la abogacía pura y dura para dedicarse a un rubro nuevo, la compraventa de jugadores; y que dejaba a su mujer y a su hijo, y se volvía —por el momento— al viejo departamento de soltero de la calle Giribone.
—Con Alicia no va más, viejo —le resumió.
—Me imaginaba. Algo me dijo el domingo pasado. ¿Hay otra mina?
—No.
—¿Otro tipo?
—No.
—¿Te tenés que rajar? —Horacio, como abogado, solía defender detenidos políticos, llevar causas de desapariciones o presentar habeas corpus—. No seas perejil…
—No, Julio. Tranquilo. —Y sonrió con melancolía—. Ya te dije: ahora me dedico a vender marcadores de punta.
—¿Y Marcelo?
—Alicia le va a explicar mañana.
—Se repartieron el laburo: hoy vos a mí, mañana ella al pibe.
—Algo así.
—Qué boludos.
—¿Cómo? —Horacio había oído pero preguntó igual.
—Qué boludos —ratificó el veterano—. No por esto de ahora. En general… No hay nada que «explicarle» al pibe. No lo vas a arreglar con eso.
Horacio miraba por la ventana, le corría los ojos.
—Claro que no.
En la mesa de al lado, dos muchachos se ponían el uno al otro, a toda velocidad, los gorritos con los colores de Boca. Estaban sentados, enfrentados, uno a cada lado de la mesa, y los brazos pasaban rápidos, rasantes por encima de las tres botellas de cerveza. El cambio de gorros parecía muy divertido. De pronto uno de ellos había rozado con el codo una de las botellas, que se tambaleó. Al intentar retenerla, entre los dos habían derribado las otras, que se fueron al piso. La cerveza chorreaba entre risotadas y vidrios rotos.
Etchenike apartó un poco la silla, se separó del escándalo y el desorden, vuelto hacia Horacio.
—¿Vender jugadores da buena guita?
—Espero que sí. Hay un empresario de Pocitos… Lo voy a ayudar en la parte legal.
—Y te vas a vivir a Montevideo…
—No por ahora. Supongo que más adelante sí.
—Qué mal.
Etchenike se levantó para ir al baño. Al volver, pagó en el mostrador y salieron a la avenida. Todavía andaban algunos gritando.
Estaban en el Fiat de Horacio pero el veterano dijo que prefería caminar un poco.
—¿Esperás algo de mí? —dijo para terminar de una vez—. ¿Necesitás algo?
—Que no me putees… Que no me digas todo lo que estás pensando, al menos por ahora.
—De acuerdo.
Tres años y muchas cosas después, entre la cama y la camiseta de Peñarol, con los dos balazos nocturnos recién ingresados en la piel de Horacio, el antiguo suegro volvió a preguntar:
—¿Necesitás algo?
El acostado se volvió con esfuerzo y negó con la cabeza dolorida.
—Y sobre esto que te hicieron —insinuó Etchenike—, ¿querés que averigüe por mi lado? ¿Puede haber algo más?
Y con un gesto automático le dejó su tarjeta en la mesita de luz.
—No vale la pena. —Horacio espió con leve sonrisa el cartoncito de Etchenike Investigaciones Privadas—. Por un simple intento de afano…
—Como quieras.
—Eso sí: decile al nene… que me fui a San Pablo por una semana — dijo Horacio sin demasiada convicción—. ¿Me hacés el favor?
—Sí. Lo veo en estos días.
El padre no preguntó cómo ni dónde y Etchenike tampoco tenía ganas de mencionar al licenciado Zapata. Si Horacio hacía sangre por un par de agujeros, la familia hacía agua por todos lados.
—Me voy —dijo poniéndose de pie—. Tengo un par de ayudantes que otro día te voy a contar. A veces los que desaparecen sin aviso son ellos.
El acostado se puso rígido bajo la colcha liviana:
—Yo no voy a desaparecer.
—Ni siquiera te muevas.
—Qué me voy a mover. Llamame después de verlo a Marcelo. Y contame cómo va lo del tipo del Güemes.
—Vengo y te cuento.
Etchenike dobló la camiseta de Peñarol, la envolvió otra vez en el mismo papel uruguayo y se la guardó en el amplio bolsillo del impermeable.
En ese momento el viejo de la cama de al lado hizo un ruido corto, sordo y extraño, como de chancho. La chica ni siquiera se volvió. Sólo levantó la mirada de la revista para observar a Etchenike que partía.
Horacio sonrió y el veterano le dio un golpecito que quiso ser caricia en la mejilla barbuda.
—Cuidate.
—Y vos fijate si la camiseta le queda bien al nene. Se puede cambiar. Etchenike caminó hacia la puerta. A sus espaldas, el vigilante que
parecía absorto ante la ventana se volvió, insinuó una venia bajo la gorra innecesaria y le dijo buen día a las dos de la tarde.
3
Menú del día
Eran más de las tres cuando Etchenike se sentó a almorzar, tarde y solo, el recalentado menú del día en El Viejo Lugo, un restorán de la Avenida de Mayo que alguna vez había sido exclusivo, acaso famoso. El indolente mozo correntino de trajinada chaqueta blanca primero acarreó hasta su mesa junto a la ventana la ternerita con papas y el botellón de medio litro de tinto, y finalmente le recomendó un budín de pan inescrutable.
El veterano contestó apenas con gruñidos de asentimiento y espió la calle. Tras los cristales biselados y las pesadas cortinas con barrales de madera oscura, seguía lloviendo penosamente sobre Buenos Aires. Adentro, las paredes estaban saturadas de viejas publicidades y fotografías de los años treinta. Un enorme Luis Ángel Firpo señalaba, parado en la entrada, el nombre del hispano comedero; un mínimo Leguisamo levantaba una copa junto a un puñado de burreros agradecidos; un García Lorca engominado y sonriente apoyaba el brazo sobre el hombro de algún joven porteño, flanqueados ambos por dos mujeres de vestido floreado.
Etchenike masticaba, inclinado apenas sobre el plato blanco, y leía el diario extendido sobre las descoloridas manchas de vino del mantel, mientras el humo y el bordoneo de las conversaciones de comensales rezagados lo confinaban, aislado en una especie de nube rumorosa. Fue recorriendo mecánicamente las noticias, entre distraído y ensimismado. Desde que gobernaban los militares leer la unánime prensa canalla era un ejercicio diario de detección de oscuros significados apenas filtrados entre líneas blancas saturadas de eufemismos.
Se empinó el vino y recaló en la sección de policiales. Un derrumbe en
Palermo, la estafa en una financiera de La Plata, un camión volcado en la
General Paz con mercadería de contrabando —los choferes habían huido
— y el consabido automóvil incendiado con algún cadáver adentro en los bosques de Ezeiza. Rutinas del espanto. A diferencia de lo que sucedía regularmente en las películas o novelas policiales que disfrutaba, el crimen o la cuestión que ocupaba al investigador ocasional no aparecía en los titulares del diario del día siguiente. En su caso no aparecían nunca, en realidad. Ni durante ni después.
Había terminado a duras penas el budín cuando apareció Tony, que sabía siempre dónde encontrarlo a esa hora. Se sacó el impermeable empapado y lo colgó junto al suyo en un perchero inmediato a la mesa.
—¿Me convidás el café? —Y se sentó—. ¿Cómo está tu yerno? —Tuvo suerte. Un intento de robo, al parecer.
—¿Al parecer?
—Eso dice. No tengo por qué no creerle.
El Gallego reconoció los síntomas, el mecanismo habitual: no tenía por qué no creerle que dijera que no tenía por qué no creer. Algo así.
—Estuve en el Bauen con los dibujantes —dijo mientras dejaba sobre la mesa el prometido catálogo de la exposición: Opi en su tinta.
La ilustración de la tapa —un caballo de Troya atado como uno más a un palenque frente al Cabildo de Buenos Aires, con gauchos y tipos de sombrero de copa y señoras de peineta que lo miraban con desconfianza— tenía un estilo falsamente ingenuo, casi infantil pero muy elaborado en los detalles. Al veterano no le resultaba extraño.
En la fotografía a toda página del reverso, los ojos del hombre que miraba de soslayo y por encima del marco negro y grueso de los lentes hacia la luz estaban vivos pero cansados. Osvaldo Pirozzi apretaba los labios resuelto, como si acabara de decidir no decir nada, pero la melena blanca y despeinada imponía el tono informal, cuidadosamente despreocupado. Era un retrato impecable, un diagnóstico preciso y también la certeza de una cierta claudicación; la prueba irrefutable de que más allá no se podía llegar.
Etchenike lo dejó a un costado. —¿Qué te contaron? ¿Alguna novedad?
—Había tres o cuatro periodistas con ellos y al principio me dieron poca bola —dijo el Gallego menos quejoso que admirado—. Recién cuando terminaron de firmar libros y autógrafos pude hablar con Pratt. Me
llevó a tomar un café al lado, a La Academia, para estar solos. Ahí me dio esto y al fin me pareció que estaba un poco más preocupado, porque en la oficina parecía todo joda.
—Eso me extrañó: les desaparece un amigo, te piden que lo encuentres y seas discreto pero todo sin angustia, nada… No es serio —confirmó el veterano—. Pero qué carajo me importa a mí.
—Es laburo, listo —corroboró Tony—. Y te cuento cómo creo que viene la mano.
El mozo llegó con los cafés, y mientras revolvían los pocillos, el
Gallego explicó:
—Estaba hablando con Pratt cuando apareció una mina de unos treinta y pico, cuarenta años, alta, pelo negro, con aire de sacada. Lo había ido a buscar al hotel y la mandaron al café. No bien estuvo ahí el tano se levantó para saludarla y le quiso dar un beso pero ella le corrió la cara. No me la presentó pero él le decía Aída, la trataba en forma paternal. Ella estaba muy nerviosa y le preguntó varias veces si sabía algo de su viejo. Así dijo. Que había quedado en llamarla y que no sabía nada de él desde que volvió de Córdoba, y ahí dijo que «esa hija de puta» no le atendía el teléfono.
—¿Esa hija de puta? ¿Quién?
—«Malena lo tiene secuestrado», dijo la mina.
—Ah, se refería a la mujer… —Y Etchenike pareció recordar—. ¿Apareció Sayago?
—Casi se cruza con vos cuando salías. Lo mandé a vigilarla, como me
dijiste. Espero que haya ido, porque quería mandarse para el Güemes él,
dice que tiene contactos ahí.
—Mejor que no se meta.
—¿Te sigo contando de Aída?
—Sí. Deben haber hecho un escándalo con Pratt en La Academia. —El tano la quería hacer callar, que no hiciera quilombo, que nadie lo
tenía secuestrado, que ya iba a aparecer. Pero en ningún momento le dijo lo del Güemes. En eso ella le dice: «Fui a la exposición y Malena puso en venta los originales. No puede, no son suyos… Diego Fierro nos los pidió y se los dimos confiados».
—¿Quién es ése?
—No sé.
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Etchenike consultó el catálogo. Además del título de la muestra y la fecha —«Opi en su tinta. Del 1ro al 21 de junio»— sólo figuraba el nombre de la Galería Contemporánea y la dirección en la calle Maipú. No aparecía ningún curador ni responsable. Siguió revisando.
—Acá está —dijo y leyó—: Opi o la incomodidad, por Diego Fierro. Es el autor del texto de presentación. Por ahí es el que se encargó de armar todo. Estas cosas cuestan plata.
—La mina ésta, Aída, estaba muy sacada, hablaba de plata, sólo de plata, y la puteaba a la Malena. Insistía con que la otra lo tenía secuestrado. Cuando me fui seguían discutiendo… —El Gallego se detuvo
—. ¿Me escuchás lo que te digo?
Etchenike se había quedado colgado en la lectura.
—Oí esto: «… cabe decir que lo de Opi es otra cosa: el sentido último
de su trabajo gráfico sólo puede aventurarse a partir de hipótesis que soslayen la idea del compromiso simple con alevosas causas bienintencionadas de las que está empedrado el camino del Infierno…». —Hizo una pausa y resopló—. Hay que ser pajero…
El Gallego, por si acaso, asintió.
Cuando llegaron a la oficina estaba sonando el teléfono. El veterano fue al baño y atendió Tony. Era Algañaraz:
—Sólo para saber si estuvo por ahí una gente que le mandé a Etchenike —se disculpó de salida.
—Creo que sí. Ahora lo atiende.
—Dejeló si está ocupado. No quiero molestar.
Pero el veterano volvía, ya estaba ahí. Se sentía pesado e incómodo, habían comido demasiado:
—Cómo anda, amigo… —Y se dejó caer en el sillón con el tubo en la oreja.
—Aquí andamos.
Y durante la media hora siguiente, el padre de Sergio Algañaraz amplió el concepto inicial, respondió con amplios detalles e inevitables redundancias a esa única pregunta más o menos formal de tres palabras. Etchenike atendía, intercalando monosílabos a la prolija manifestación de
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males apenas atenuada por cierta actitud pudorosa de porteño escondedor. Al mismo tiempo, en otro plano y con otra oreja, oía llover tras los vidrios de la ventana. Y durante un rato todo fue como un solo rumor. Había mucho que escuchar y muy poco para decir.
—Qué le vamos a hacer —concluyó Algañaraz en algún momento.
—Hay que seguir.
Hubo una pausa. La conversación languidecía.
—¿Y qué le pareció Pratt? —retomó, de pronto, el padre desolado.
—Un personaje.
—Un genio, Hugo —corroboró Algañaraz, ya en otro tono—. Famoso en todo el mundo, ¿sabe? Le hacen exposiciones en los museos. En el Louvre, incluso.
Etchenike reconoció que sólo lo recordaba vagamente, que nunca había leído historietas después de Patoruzú o la página de atrás de La Razón, Lindor Covas y esas cosas. O la de Clarín, a veces. Y mientras lo decía tenía el matutino que había utilizado para protegerse del agua, mojado sobre el escritorio.
Pero el recuerdo de Algañaraz daba para largo:
—A este muchacho Pratt lo conozco de cuando yo trabajaba en Editorial Abril, hace treinta años, y él llegó de Italia. Era un pibe, un atorrante. Cada vez que iba a la editorial a entregar las páginas de historietas o a tratar de cobrarle al ruso Civita, que era el dueño, era un espectáculo: se metía con todos, caminaba por arriba de los escritorios… Muy jodón, Hugo. Y un dibujante bárbaro, Etchenike. Ya entonces. ¡Y lo que vendían esas revistas para pibes! Centenares de miles de ejemplares por semana. Yo laburaba en la parte de lo que hoy es la logística, en la calle con la camioneta, íbamos a la imprenta, a la linotipia, en expedición hacíamos los paquetes para el distribuidor: El Pato Donald, el Rayo Rojo, que era una tirita así, la revista más chica que se debe haber hecho en el mundo…
—¿Y Pratt publicaba ahí?
—Sí, él trabajaba en el Misterix. Dibujaba El Sargento Kirk. Una de cowboys, con soldados y con indios, muy famosa. «Un dolore di coglioni, questo fumetto», se quejaba Hugo. Porque el guionista, el pobre
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Oesterheld, ponía mucho texto y no tenía espacio para dibujar como él quería. El tano decía que era como dibujar estampillas…
Etchenike tiró al voleo:
—¿Y a Opi lo conoció?
—También, pero menos; de ver los laburos. En Abril hacía cosas para chicos. ¿Qué se sabe de Opi?
—Nada por ahora. Estamos en eso.
—Si puedo ayudar en algo… Conozco a mucha gente del ambiente de la historieta. A Hugo lo voy a volver a ver. Tengo revistas y algún original suyo de aquella época y me gustaría que me los firme.
—Claro.
—Ahora deben valer un vagón de guita… —Y se reía, el desolado Algañaraz.
—Seguro.
Se despidieron. Al cortar, Etchenike dejó la mano apoyada en el tubo unos segundos con la mirada vacía.
—Jodido, perder un hijo —Y eructó, sordamente, a su pesar—. No te recuperás más: va contra el orden natural.
—Y más en el caso de él, esa muerte de mierda —agregó Tony desde el sillón—. No paraba de hablar, ¿no?
El veterano asintió con la cabeza.
—¿Cuánto pueden valer esos dibujos, Gallego? —preguntó después de un rato—. ¿Habrá tanta guita en juego?
—Parece. Para que se maten así…
—A propósito, habría que ir a cambiar las liras. Por lo menos una parte.
—Dale que voy. —Tony se enderezó mirando el reloj—. Los muchachos todavía están.
Más allá de los formularios con membrete, del certificado municipal habilitante que pendía de un clavo a un costado del escritorio y de los breves avisos que publicaba ofreciendo sus ambiguos servicios en los diarios de la tarde, en ese antiguo edificio que había conocido tiempos mejores la oficina de Etchenike no dejaba de ser un cubículo sospechoso al
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que se llegaba a través de contactos informales. Y la catadura del entorno no desentonaba.
En el mismo quinto piso, en el recodo del pasillo mal iluminado en que se enfilaban las puertas de las oficinas que daban al contrafrente, había un falso pedicuro abortero, una receptoría de avisos de diarios del interior siempre cerrada y Posta Tur, una rasposa agencia de viajes que sólo operaba como casa de cambio encubierta, pero que probablemente no era sino una tapadera para algo peor. Ahí cambiaban sus esporádicas divisas. Según el veterano todo era preferible a pisar un banco, y ni siquiera tenían una caja de ahorro o cuenta corriente donde depositar o retirar dinero.
Etchenike sacó del cajón el rollito de grandes billetes coloridos y se lo tiró a Tony para que lo abarajara:
—No cambies todo. Traé cigarrillos, también. —Y al decirlo sintió que la pesadez en el estómago volvía.
El Gallego recogió el paraguas y salió.
El veterano aprovechó para eructar otra vez y volvió al diario, a la contratapa mojada de Clarín donde se estibaban las historietas. Había quedado de algún modo pegado con el tema. El veterano no solía seguir las peripecias de El Loco Chávez, pero esta vez la improbable mina de turno se llamaba Olvido y era una tentación demasiado flagrante para el protagonista y para el lector. Acaso por primera vez prestó atención a los nombres de los autores de las historietas y los chistes. Todos eran muy diferentes entre sí. Quién sabe qué cara tendrían. Pensó en Opi, en la cara de Opi, y que nunca hubiera podido imaginar cómo dibujaba a partir de esa cara.
Al pie de página, el colofón del diario, había una incalificable sección de pocas líneas que siempre lo había intrigado por su obviedad. Eran comentarios sueltos, referencias a insólitos aniversarios, respuestas a supuestas consultas de supuestos lectores y un cierre bajo el título de Lo importante: «Siempre que llovió, paró» era el apotegma del día. Alguien cobraba por escribir eso.
Sin embargo afuera no paraba de llover, y el mal tiempo no impidió que al rato Tony volviera con la guita, algunas compras mínimas y una
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noticia mayor:
—Hay unos tipos abajo. Canas de civil.
Se asomaron juntos al balcón, se mojaron apenas lo necesario para verificar la presencia de los alevosos tiras. Etchenike creía reconocer a uno, el más bajo y veterano, de gorra. Era suficiente.
—¿Los trajiste vos o ya estaban?
—Estaban.
—¿Vigilan para afuera o para adentro?
—Para adentro, me parece. Pero tal vez se refugiaron bajo el alero nomás…
Etchenike se volvió a asomar:
—Seguro que alguien entró y esperan que salga.
—A mí no me mires —dijo Tony.
Etchenike meneó la cabeza.
En ese momento golpearon, apenas, a la puerta. Se miraron.
—Adelante —dijo Etchenike.
No hubo respuesta.
—¡Adelante!
La vaga sombra que se alcanzaba a ver a través del vidrio esmerilado tardó largos segundos en mover el picaporte y una eternidad en abrir el espacio mínimo, poco más que una ranura. Etchenike deslizó hacia afuera el cajón del escritorio para tener el 38 a mano:
—Pase.
La sombra hizo un pequeño movimiento, la mano soltó el picaporte y la puerta se abrió un poco más, apenas lo suficiente para dejar ver a una mujer.
—¿Señora?
La chica, una mujer joven vestida como si no lo fuera, no contestó. Alta, rígida, empapada por la lluvia, con las piernas un poco separadas y apretando una cartera grande contra el pecho, se tambaleó en el umbral durante segundos interminables y finalmente se derrumbó sin doblar las rodillas, como un árbol abatido por el rayo. La cabeza rubia golpeó contra el piso mientras la puerta violentamente desplazada rebotaba en la pared y volvía.
Después, sólo el rumor de la lluvia.
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La chica
Tendida boca abajo, con el cuerpo dentro de la oficina y los pies con zapatos negros entre el umbral y el pasillo, la chica no se movía. El tapado marrón tenía los hombros y parte de la espalda oscurecidos por la lluvia, el vestido verde y fuera de moda había trepado por el muslo blanco y sin medias. La cartera abierta seguía apretada bajo el cuerpo grande y liviano.
El Gallego se acercó, puso la rodilla en el piso.
—Señora… —dijo sin tocarla.
Los rulos amarillos le cubrían la cara.
Etchenike se acercó y, casi sin agacharse, con la punta del índice derecho, desplazó levemente el pelo mojado, desveló la cara muy blanca de labios finos y pálidos, los ojos medio dados vuelta hacia arriba.
—Parece muerta —dijo.
—No —dijo ella apenas.
Y parpadeó.
La levantaron entre los dos y la sentaron en el medio del sillón grande. La mujer seguía con los ojos perdidos. Era mucho más joven de lo que sugerían esa ropa como prestada y el pelo mal teñido.
No parecía herida ni golpeada.
—Un bajón de presión —diagnosticó el Gallego—. Se desvaneció.
La sostuvieron uno de cada lado y le hicieron bajar la cabeza un par de veces hasta las rodillas, sujetándola para que no se fuera de costado. Después de un momento pareció reaccionar.
—Me siguen —alcanzó a decir.
—La puerta, Tony —dijo Etchenike.
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Tony fue. El vidrio se había rajado de arriba abajo con el golpe. El Gallego miró a ambos lados del pasillo antes de cerrar. Nadie. Cuando volvió junto a la mujer, Etchenike estaba en la ventana.
—Los dos siguen ahí —dijo.
Fue al baño y le trajo un vaso de agua a la chica. Tony la ayudó a beber sosteniéndole el vaso.
—Por favor —dijo ella, ahora claramente—. Me quieren llevar. —Nadie te va a llevar a ningún lado —dijo el veterano—. ¿Por qué te
siguen?
Ella movió la cabeza, se miraba las manos sin anillos apoyadas en el regazo:
—No sé.
Tony frunció las pobladas cejas; Etchenike ahora le indicó la ventana con un gesto. El Gallego fue y volvió rápido:
—Hay uno solo.
La chica levantó la cabeza y abrió los ojos un poco más. Ahora era miedo puro.
—No… Por favor…
—Tranquila.
El veterano se puso de pie y miró a su alrededor como si buscara algo que no iba a encontrar.
—Llevala al pedicuro, que se esconda ahí —dijo de pronto—. ¿Podés caminar?
Ella asintió con la cabeza. Temblaba un poco.
—Vayan, ya.
Tony la agarró del codo y la hizo levantarse. Ella lo dejaba hacer. El veterano fue hasta la puerta, se asomó al pasillo vacío.
—Ahí vas a estar segura. Apúrense —dijo.
Salieron.
Etchenike los miró caminar: ella le llevaba media cabeza. Una pareja despareja en apuros, en gestión clandestina.
—Quedate con ella.
El Gallego asintió sin volverse. En el momento en que doblaron el codo del pasillo se oyó el ruido del ascensor que subía.
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El veterano cerró la puerta y se instaló detrás del escritorio. Recién entonces y desde ahí vio la cartera abierta, caída junto al sofá. Se levantó apresurado y la empujó con una patada rápida, la dejó escondida entre el mueble y la pared. Volvió a su lugar y encendió la radio. Un tango sonaba entorpecido por las descargas eléctricas como si fuera el roce de una vieja púa. Soltó una puteada y silenció la música mientras controlaba la puerta.
Después de unos segundos le pareció oír el ruido del ascensor al detenerse. Creyó oír pasos. Llevó la mano al cajón abierto donde estaba el revólver.
Entonces, sonó el teléfono.
El sobresalto le hizo crispar la mano sobre la culata del arma. Se la metió en el bolsillo mientras la campanilla seguía sonando. Tres, cuatro veces.
Levantó el tubo con la mirada fija en el vidrio rajado de la puerta, pero no habló.
—Hola —dijeron del otro lado.
No contestó.
—Hola, ¿Julio?
Ahí lo reconoció. Era el Colorado Macías, el comisario inspector Miguel Ángel Macías, desde la mismísima Central de Policía.
—Hola, Colorado.
—¿Estabas durmiendo? —Y el tono era jodón.
—No. ¿Qué pasa?
—Vos sabrás. —Al Colorado le gustaba hacerse el vivo—. Hace semanas que no sé nada de vos, en qué quilombos nuevos estás metido.
—Eso está muy bien. Que no lo sepas, digo.
En ese momento hubo movimiento frente a la puerta de la oficina, y antes de que Etchenike hiciera nada el tipo ya estaba adentro. Campera gris con el cuello levantado, vaqueros y una pistola en la mano derecha.
—Quieto ahí —dijo el tipo moviendo el arma—. ¿Dónde está la mujer?
El veterano no soltó el teléfono ni dio señales de alarma alguna.
—No hay ninguna mujer acá —le contestó, tapando el tubo.
—Pero ¿pasa algo? —dijo Macías del otro lado.
—Soltá eso —ordenó el tipo.
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—Uno de los tuyos me está apuntando con la 45 —explicó el veterano, volviendo al aparato.
—¿Cómo?
—Te lo paso, Colorado.
Etchenike se puso de pie y le alcanzó el tubo al pesado que se había adelantado un par de pasos. No era el que él conocía sino el otro. Más alto, más morocho, de pelo corto, más joven y más desagradable.
—Para vos, de la Central.
El otro dudó.
—Es el inspector Macías —explicó el veterano en voz alta, inclinándose hacia adelante y con el tubo extendido.
Cuando el tipo estiró la mano izquierda para agarrarlo sin dejar de apuntar, Etchenike le amagó una piña con la mano libre pero la dejó ahí. Volvió a sentarse tras el escritorio.
El pesado más joven conversó algunos minutos sin dejar nunca de apuntarle. Utilizó un par de veces las palabras sospechosa, procedimiento y subversión y dijo otras tantas sí, señor. Al final puso el tubo sobre el escritorio.
—Me va a tener que acompañar —explicó moviendo el arma—. Pero el inspector quiere decirle algo.
Etchenike recogió el tubo mientras el otro revisaba la oficina, abría los cajones, se asomaba al cuarto contiguo y al bañito sin dejar de apuntarle.
—¿Quién es la mina? —dijo Macías.
—No sé de qué me hablás.
—Me dicen que tenía tu dirección, entró al edificio y no salió.
—Que busquen bien.
—No te hagas pegar otra vez, pelotudo. Y vení para acá.
—Oíme…
Macías le colgó.
Entonces Etchenike advirtió que ahora eran dos los intrusos. En algún momento de la conversación había aparecido el otro, también pistola en ristre. Sin pasar de la puerta, permanecía medio asomado al pasillo, vigilando sus movimientos de reojo.
—Frataccio, tanto tiempo —dijo el veterano.
—Callate —dijo el nuevo intruso.
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Etchenike creyó ver que le guiñaba un ojo bajo la gorra esquinada.
Cuando bajaron, atardecía definitivamente; había parado de llover y un patrullero estaba en la puerta esperando con toda la dotación. Lo subieron a Etchenike atrás, pero los dos pesados de civil se quedaron en la vereda. Por el espejito retrovisor el veterano alcanzó a ver, mientras el patrullero arrancaba, que volvían a entrar al edificio. Se hundió en el asiento y sacó un cigarrillo. El uniformado que estaba a su lado no tenía fuego.
El veterano guardó el cigarrillo y eructó sordamente, esta vez sin disculparse.
La ternerita con papas seguía ahí.
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Cuestiones internas
Tras el cumplimiento del trámite burocrático de ingreso a la Central, a Etchenike lo dejaron solo y olvidado en una oficina del segundo piso que seguramente le traía malos recuerdos. Al rato, un agente imberbe le arrimó sin palabras un vasito de plástico con café de máquina recalentado. El veterano lo dejó enfriar y consiguió olvidarlo en una esquina del escritorio donde el chico escribía en una Olivetti con dos dedos dubitativos y la vista fija en el teclado. Daba la impresión de que buscaba las letras de a una y que no siempre les daba con fuerza y precisión cuando las localizaba. Cada tres o cuatro palabras giraba el rodillo, aplicaba el corrector blanco con un pincelito, alzaba la mirada un par de segundos hacia el veterano, y volvía a teclear. Etchenike sentía esa vigilancia silenciosa y desatenta como una forma de humillación.
A la media hora se entreabrió la puerta y asomó la cabeza del comisario Macías.
—Vení.
Antes de seguirlo, Etchenike espió por encima del hombro del imberbe. No más de diez emparchadas líneas a ilegible espacio mínimo. Enarcó las cejas.
—Mandalo a la Pitman —comentó al salir.
Subieron un piso por la escalera. Uno detrás del otro. Macías llevaba algunos papeles y una bolsa gris de plástico en la mano. Abrió la puerta de su despacho y se hizo a un lado.
—Pasá y acomodate.
Etchenike se instaló en la silla frente al escritorio. El comisario inspector dio toda la vuelta y en el camino rompió primero en dos partes, luego en cuatro y finalmente en ocho todos los papeles que traía consigo y
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los arrojó algo teatralmente en el cesto de alambre que estaba a su lado, en el piso. Después mostró las manos libres, como un mago tras su mejor truco:
—No existís —dijo.
—Gracias.
Recién entonces el inspector se sentó.
—Vamos a ver qué mierda hay acá…
Tomó la bolsa gris que contenía el producto del registro que los subalternos habían hecho de bolsillos y entretelas del veterano, y mirándolo a los ojos dejó caer ruidosamente el heterogéneo contenido. Etchenike detuvo un par de monedas que rodaban hacia el borde del escritorio. Macías entreabrió el sobre blanco lleno de billetes coloridos:
—¿Qué es toda esta guita?
—Adelanto de honorarios. Ahora tengo clientes europeos.
—Decime.
Etchenike le habló sin entrar en excesivos detalles de los dibujantes y de la desaparición de Opi. Recién empezaba a trabajar y el caso era bastante simple: un borracho perdido y un tironeo familiar por obras seguramente sobrevaloradas.
El comisario inspector no parecía prestarle mucha atención pero lo dejó terminar:
—Está bien, Julio —le concedió—. Casos y cosas así, no hay problema. Pero no te metas en otro tipo de quilombos pesados, porque está todo muy feo. Y confuso.
Etchenike no dijo nada.
—¿Entendiste?
Etchenike parpadeó.
Macías meneó la cabeza y después tomó con dos dedos el extremo del caño del viejo revólver depositado sobre el escritorio.
—¿Ese chumbo todavía funciona? —Y lo empuñó.
—Olelo. Ya vas a ver.
Macías se levantó, dio media vuelta al escritorio y apoyó la nalga en el ángulo más cercano a la silla donde Etchenike estaba casi derrumbado.
—Mejor no lo uses —dijo seriamente mientras se lo devolvía—. Está tan oxidado que si le das a alguien con esto se muere… de tétanos.
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El veterano no pudo dejar de sonreír. Guardó el revólver en la sobaquera. El resto de sus cosas quedó ahí.
—Los casos no los elijo yo, Colorado: la puerta está abierta y sin llave. Golpean y entran. O entran sin golpear… ¿Qué hacían esos dos inútiles en mi edificio?
A Macías no le hizo gracia:
—No subestimes a esos inútiles. Tuviste un culo de novela: que yo llamé justo en ese momento.
—Es cierto. ¿Fue casualidad?
—Sí. —Y se quedó mirándolo—. Pura casualidad. Y agradecé que fue así. Por eso te digo que no me hables de dibujantes borrachos perdidos y decime quién es esa mujer.
—No hay ninguna mujer.
El comisario meneó la cabeza y fue hasta la puerta, la cerró con cuidado y puso la traba. Volvió a sentarse.
—Vos sabés que hay cosas que no controlo —dijo en voz baja—. Que la policía no controla. Van por otro lado. Por eso, no empecemos como la otra vez.
La otra vez había sido demasiado. No era necesario que hablaran de Cora Paz Leston[3].
—Eso: no empecemos —admitió el veterano—. A Frataccio lo conozco de años, de haberlo visto acá, pero quién es el morocho que subió primero…
—Frataccio se fue hace un tiempo, exonerado. Medina, se llama el otro. Alejo Medina, creo. Otro que estuvo y se fue. Pero no sé para quién trabaja ahora.
—¿Milico?
El comisario meneó la cabeza apenas, como quien admite un incómodo error, acaso una culpa.
—No sé, pero trabaja para ellos, seguro. Se te cruzan todo el tiempo con sus operativos. Incluso nos hemos cagado a tiros un par de veces. O se tirotean entre ellos, porque hay servicios de cada fuerza y bandas sueltas, Julio. Pero cuando salen a cazar perdemos siempre nosotros. —Abrió los brazos, mostró las palmas—. Mandan ellos.
—Ya veo.
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Etchenike fue recogiendo sus cosas de encima del escritorio, llenándose los bolsillos. Terminó y se puso de pie.
—Me voy.
Macías le apoyó la mano en el hombro y lo volvió a sentar.
—No te vas a ningún lado. Hasta que no…
—Te dije que no sé nada de ninguna mujer.
—Pero yo sí.
—¿Qué sabés?
—Que a esa piba no la estaban persiguiendo, Julio —y ahí Macías hizo una leve pausa, esperó un gesto que no llegó—. Iba con ellos, se mueve con ellos. Ella los llevó o ellos te la mandaron. Pero algo salió mal y tuvieron que subir a buscarla.
—Mirá vos…
—No estoy jodiendo. Sé que es así.
—Si se les perdió alguien, no es culpa mía.
—Pero es peor para vos: ahora, si no encuentran a la mina pueden volver.
—No sé de qué me estás hablando.
El comisario inspector se apartó:
—Ojalá.
—¿Me puedo ir?
—No. Esta noche te quedás a dormir acá.
—¿Puedo hacer una llamada?
—Claro que no.
Etchenike resopló.
—Sos un ridículo —dijo Macías, y caminó hacia la puerta—. «¿Puedo hacer una llamada?». ¿Dónde te creés que estas, Julio? Podés ir a mear, eso sí. Te voy a hacer preparar la suite y nos vemos mañana. Te estoy cuidando. Buenas noches.
—Malas.
El inspector salió y cerró la puerta. Un par de minutos después estaba de vuelta, se asomaba apenas:
—Está abierto el buffet. ¿Querés comer algo?
—¿Qué hay?
—Ternerita con papas.
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—Paso.
Y esa noche Etchenike no cenó. Conocía bien el buffet de la Central, ese lugar sucio y mal iluminado en el extremo sur del cuarto piso, y además no tenía ganas de recuperar algunas caras y ciertos olores rancios. Prefirió quedarse en la desangelada oficina de Macías, equívoco beneficiario de un permiso no pedido, acaso simple víctima de un estratégico abandono.
La habitación de paredes grises y maderas oscuras parecía, como ciertas caras sin carácter, hecha y dispuesta para ser olvidada. El tintero inútil de metal y la banderita en el pequeño mástil de juguete sobre el escritorio con tapa de vidrio; detrás, en la pared marcada y hendida hasta el yeso por el respaldo del sillón giratorio del inspector, el retrato centrado de San Martín, y algún largo documento oficial enmarcado, junto a la estrecha vitrina de tres cuerpos con cortinas pardas y ladeadas que dejaban ver pilas de expedientes. En la pared opuesta, una lámina de San Jorge pinchando al dragón y una escena de la Guerra del Paraguay de Cándido López. Sobre el piso de parquet oscurecido con faltantes reemplazadas por cemento, un par de sillas enfiladas sin sentido y un sillón de cuero en el rincón. Había también un alto fichero de metal y una repisa con media docena de libros encima de la estufa de gas apagada. Eso era todo.
Después de un rato, menos curioso que aburrido, por simple rutina verificó la puerta con traba, la ventana sellada, el teléfono desconectado y la cerradura hermética de los ficheros. Después se arrimó a espiar los libros de la repisa. Soslayó un Código de Procedimientos, una voluminosa biografía de Ramón Falcón que nadie había tocado y un par de títulos técnicos de la Biblioteca del Oficial. El único libro que mostraba señales de uso era un ejemplar de Meneses contra el hampa. Lo abrió. Estaba dedicado «al camarada Miguel Ángel Macías». Etchenike tenía uno igual, también firmado por Meneses, y en la misma época, más de quince años atrás.
Se acomodó en el sillón y estuvo leyendo un rato. El Colorado había hecho marcas con lápiz en el margen. Algún nombre propio con un signo de interrogación, subrayados acaso irónicos que él podía compartir. Sobre todo en la biografía del principio. Pero estaba bien, el libro del Pardo. Se
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acordaba del episodio de la captura del Loco Prieto y se entretuvo con el pormenorizado relato del robo del oro de Ezeiza.
A eso de las once reapareció el imberbe. Seguramente el Colorado había hablado con él porque lo trató de «señor Etchenike» y le dijo que tenían que volver a la oficina del segundo piso. Incluso le aclaró sin aparente necesidad que estaba de guardia y que sería su custodio nocturno.
Bajaron. El veterano comprobó que por suerte la máquina de escribir estaba enfundada. Sobre el escritorio había un par de libros de texto y un cuaderno con una etiqueta escolar que decía, con birome, Federico Troncoso. El pibe le trajo un té con leche con dos medialunas antediluvianas y un par de mantas para que se acomodara en el largo sillón de cuero:
—Es cómodo, señor Etchenike. El inspector suele dormir la siesta acá. El veterano agradeció el hospedaje y se estiró con el libro de Meneses
mientras el otro leía y escribía.
—¿Qué estudiás, Federico?
—Termino el secundario —dijo el pibe, intimidado—. Me falta dar tres materias de quinto y Química, previa de cuarto.
—¿Y qué hacés acá?
El imberbe tardó en responder. Cuando lo hizo, habló atropelladamente y con voz algo aflautada:
—Mi viejo es policía y me dijo que si a los veinte no terminaba de rendir, me metía en la fuerza.
—¿Y te gusta?
—¿Estudiar? No.
—¿Y ser policía?
—Menos.
—Estás jodido, Federico.
—Sí.
Etchenike lo acompañó en el sentimiento, iba a decir algo pero no dijo nada. Siguió leyendo a Meneses hasta que se durmió, no supo cuándo ni cómo, mal tapado pero cansadísimo.
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El Uña Ramos
Cuando se despertó, Tony García estaba ahí. Había claridad en la ventana y nadie más en la habitación. El Gallego tenía cara de no haber dormido.
—No dormí —le confirmó.
—¿Desde cuándo estás acá?
—Un rato. —Tony se acomodó en la silla—. Son las siete. Macías me dijo que te viniera a buscar temprano.
—¿Macías? —Y ahí Etchenike le vio el pómulo inflamado, bajó la voz
—. ¿Te cascaron? ¿Qué pasó con la mina? Tony carraspeó:
—Me quiero ir ya, no aguanto más. Vamos y te cuento, acá no.
Salieron de la oficina, recorrieron los pasillos, bajaron por la escalera, llegaron a planta baja y a la calle sin que nadie los detuviera. En Moreno y Solís pararon un taxi y Etchenike dio la dirección del Hotel Castelar.
—Tengo hambre; hacen un buen desayuno ahí —dijo con tono casual. Se sentía raro, vagamente culpable quién sabe de qué. Tony no hablaba
y miraba por la ventanilla como si hubiera algo ahí afuera.
Etchenike quiso tocarle el pómulo y el Gallego le apartó la mano sin volverse.
—Se me escapó —dijo bajito—. Y no pude hacer nada.
—¿Llegó a decirte algo?
—No. Más o menos.
—Ahora me contás.
A esa hora temprana, la mitad de las mesas del comedor del Hotel Castelar —un brillo de espejos y mármoles cansados, maderas oscuras y antiguas
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butacas tapizadas de un terciopelo descolorido— estaban casi subrepticiamente ocupadas. Pero el tamaño y la altura del salón lo hacían parecer siempre más vacío de lo que estaba. Una clientela familiar y madura de cabotaje, silenciosos matrimonios provincianos y algún acotado contingente de extranjeros limítrofes desayunaba sin urgencia ni planes inmediatos. Ellos se sentaron contra la pared. Desentonaban menos de lo que creían.
—Decime qué pasó con el Uña.
—Sí, claro.
El Uña era el falso pedicuro, en realidad el doctor Juan B. Ramos, Uña Ramos para los conocidos del medio, médico degradado años ha por prácticas ilegales a favor y en contra de mujeres en apuros terminales o simplemente con apuros a término, que había acabado recalando hacía un par de años en el edificio.
—¿Ella se quedó ahí?
Tony García asintió con la cabeza pero no abrió la boca. En apariencia no tenía mucho que contar o por lo menos no le sobraban las ganas. Incluso esperó hasta que el mozo les llenara la mesa de tazas, jarras, pan, mermelada, medialunas y jugo de naranja.
—Se quedó, pero no sé todo, Julio. Sé el principio, nomás —arrancó desde muy abajo—. Te digo lo que pude improvisar, porque me di cuenta enseguida de que era al pedo decirle la verdad al Uña: se iba a cagar todo y cerrarme la puerta. Le tiene mucho miedo a la cana. Entonces, aprovechando cómo estaba la piba decidí presentarla como una paciente, una embarazada en apuros, que iba a ser más fácil. Y no le mentía tanto, supongo. Así que apenas le expliqué algo a la chica, que me dejara hablar a mí, y le dije al Uña que era un caso urgente, que era mi sobrina y que había venido a pedirme ayuda a mí, que yo lo había recomendado a él, pero que todo se había complicado porque el novio y un amigo la habían seguido y la buscaban para cascarla.
—Estuviste bien.
—Le dije que tenía fecha de casamiento y que tenía que solucionar el problema antes, porque el novio que la seguía suponía que andaba de trampa… Y en realidad lo que ella quería era perder el embarazo, abortar para que el novio no la descubriera. Confiaba en mí…
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—Qué complicado…
—Era la única manera de que el Uña me atendiera. Que pensara que iba a sacar algún beneficio de la mentira.
—Claro, tenés razón.
—Le di una luca.
—¿Todo delante de ella?
—Nooo… —El Gallego casi se defendía—. En una de las piecitas que tiene ahí, que les dice consultorios. A ella la dejé sentada en la salita de espera.
—¿Dijo algo? ¿Cómo estaba?
—No, no dijo nada… Y estaba bastante bien… Por lo menos no se volvió a desmayar.
—¿Y entonces?
—Le dije que se quedara ahí, que pasara a una de las salitas para descansar ahí, guardada, y hablara con el doctor de su problema. Que yo iba y volvía. Es que había escuchado el ruido del ascensor y de gente en el pasillo.
—¿Los viste?
—Me asomé cuando llegó el de gorra, lo vi de espaldas.
—El otro ya estaba adentro conmigo. ¿Y qué hiciste?
Tony dejó la medialuna que iba a mojar en el café con leche en el aire y levantó la mirada.
—Me fui.
—¿Cómo que te fuiste?
—Sí, me fui por la escalera. Bajé despacio, sin hacer ruido, piso por piso hasta abajo y llegué a la vereda y crucé la avenida y me quedé ahí, mirando desde enfrente la ventana de la oficina. Recién ahí me di cuenta.
—¿De qué?
—De que me había rajado. —Hizo una pausa, mojó la medialuna—. No pude hacer otra cosa, Julio…
Etchenike suspiró, le buscó los ojos:
—¿Y qué podías hacer? Ni siquiera estabas armado…
El Gallego negó con la cabeza sin levantar la mirada del pocillo. —Me quedé ahí mojándome como un pelotudo hasta que llegó el
patrullero y al rato vi que te bajaban a vos y te ibas con los canas.
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—Me llevaban, querés decir.
—Eso quise decir. Y ahí me quedé más tranquilo.
—Qué bueno…
Ni siquiera el mismo Etchenike se dio cuenta de en qué momento su curiosidad se había convertido en fastidio. Pero algo de enojo habría demostrado, acaso en la manera de lidiar sin paciencia con la manteca demasiado dura sobre la frágil tostada o en el gesto incisivo de clavar la cucharita en la mermelada de naranja, porque el Gallego se apresuró:
—Entonces, recién entonces, reaccioné, Julio. Estuve a punto de piantarme, te juro, pero lo pensé bien, y cuando te llevaron a vos en el patrullero y los tipos volvieron a entrar esperé un par de minutos y me mandé al bar de la esquina y llamé por teléfono.
—¿A quién?
—Al Uña. Me había llevado una tarjetita cuando salí.
El veterano meneó la cabeza.
—Tarjetita… Te llevaste una tarjetita. Cuando te fuiste sabías que no ibas a volver… —dijo por lo bajo—. Seguí.
—Atiende el Uña y me dice: todo bien, está de tres meses. Justo… me dice.
—¡¿La revisó?!
—Supongo. Si no, por qué me va a decir… —Seguí.
—Entonces me dice que tiene que cortar porque golpean y le digo que la esconda y me dice, tranquilo: ella ya se fue, recién, no se quiso quedar.
—¿Recién se fue, te dijo?
—Recién se fue, me dijo —confirmó el Gallego de apuro—. Y no sé más, Julio.
—¿Vos la viste salir?
—No… No sé, bah. No estuve mirando todo el tiempo. Te digo que no sé más.
Pero sabía, claro que sabía. Aunque el relato definitivo de los últimos avatares Etchenike tuvo que deducirlo después de confrontar por lo menos
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cuatro versiones sucesivas con correcciones y salvedades que salvaban poco.
En síntesis, después de que el Uña le colgó el teléfono el Gallego no había sabido qué hacer. Fue al bar y estuvo tratando de llamar a la Central para comunicarse con Macías pero no supo cómo. Finalmente, en algún momento había vuelto a la calle y ahí vio que el auto de los tipos ya no estaba. En realidad le pareció verlo doblar la esquina, pero no estaba seguro, ni siquiera si iban solos o con la mina o con alguien más. Sabía que era el coche de ellos, un Falcon verde, porque ya estaba ahí a la tarde cuando los vio la primera vez. No sabía la hora en que se fueron, pero había pasado un buen rato después de las siete, cuando se van todos y el edificio se vacía. Recién entonces había podido subir al quinto, pero ya no encontró a nadie. El local del Uña estaba cerrado prolijamente y el de los muchachos de la agencia también. Nadie había visto a la chica.
—¿Y eso te lo hizo ella?
—¿Eh?
—¿Quién te puso esa piña?
Tony García se tocó el pómulo. Sonrió, muy jugado ya: —Si te digo que fue una puerta no me vas a creer. —No. Decime que fue Monzón, y tampoco.
—Ojalá: fue la señora de la limpieza, con la puerta de la oficina. —¿Cómo?
—Yo salía y ella entraba: así. —Y reprodujo la colisión con la mano en forma de hacha vertical contra su pómulo—. Leonor llega a las siete y media, ocho, cuando nos vamos…
Etchenike asintió:
—¿Cómo estaba la oficina? ¿Siguieron revolviendo?
—Todo patas para arriba, tu pieza, los cajones… Yo volví para ver cómo estaba todo y me quedé un rato para llamarlo a Macías al directo, porque vos tenés el teléfono anotado ahí. Lo llamo, me dice que sí, que todo bien, que no me puede dar con vos, y que te vaya a buscar hoy bien temprano. Recién ahí me relajé, eché un último vistazo y en el momento en que voy a apagar la luz y salir la vieja abre la puerta de un culazo y me la da acá.
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Etchenike imaginó la escena: la vieja Leonor con el balde, el secador, el escobillón y los trapos, de espaldas a la puerta, el empujón…
—Lo que te faltaba.
—Me preguntó por vos, ella. «¿Cómo anda don Julio?». Y yo con la cara así: no se hizo cargo.
—No es fácil.
—¿Qué cosa?
—Hacerse cargo.
—Ah, no… —El Gallego se echó para atrás y encendió un cigarrillo
—. Claro que no.
Etchenike le pidió fuego y fumaron un par de minutos en silencio. —Lo que me contaste no es cierto, ¿no?
—Más o menos.
—Voy a ir a hablar con el Uña. —Dejame a mí.
—Hecho —concedió el veterano—. Llamá al mozo.
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Lo que Irma sabía
Cuando regresaron a la oficina, una vez más sonaba el teléfono. Mientras la ominosa próstata hacía correr a Etchenike hasta el baño, Tony García atendía:
—Alerta y vigilante.
—Hace una hora que estoy llamando. —Era Sayago, por fin—. ¿Dónde estaban?
—Reflexionando, preocupados por tu paradero.
—Je.
Era así: el Negro no trabajaba, pero cuando finalmente aparecía en medio de un caso en curso era el primero en quejarse del supuesto descuido laboral de los demás. El Gallego optó por no hablarle del episodio que los había desvelado durante el último medio día y menos aún de sus problemas de memoria o conciencia; así que en la misma línea evasiva supo describir la larga charla del Castelar como un vago «desayuno de trabajo».
—Sigan boludeando, ustedes. Decile a Etchenike que se venga al Güemes —dijo Sayago, repentinamente ejecutivo—. Hay novedades posta.
—¿Qué hacés ahí? ¿Apareció Opi?
—No, pero quiero que escuche a alguien. Es una persona que sólo quería hablar conmigo… Y yo la convencí de que le cuente también a él.
—¿Quién es?
—Una testigo o testiga, no sé cómo se dice, algo así… Tiene que ser ahora. Que se venga ya. Voy a estar abajo.
Y cortó.
El Gallego se volvió hacia Etchenike que acababa de salir del baño:
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—No te saques el piloto: andate al Güemes, que el Negro se mandó solo y está ahí con novedades. —Y enseguida, antes de que el veterano lo interrogara—: No me dijo nada de la mujer de Opi y del hijo de ella, no sé si hizo la vigilancia. Y yo no le dije nada de lo de la mina de anoche.
—Hiciste bien.
Tal vez eso fuera lo mejor, pensó Etchenike. Y se lo dijo. Había que centrarse en el caso del dibujante y tratar de gambetearle al resto. Algo simple. Chicas indefensas pero peligrosas y pesados parapoliciales eran mierda incontrolable.
Estuvieron de acuerdo.
Pero cuando fue Tony el que entró al baño, el veterano se arrimó apurado al sillón y espió detrás. Leonor no limpiaba tan bien: ahí estaba todavía, abierta, la pesada cartera de la chica y sus cosas más o menos desparramadas. Iba a investigar, pero al oír el ruido del pasador del baño corrió el sillón y se apartó. Miró hacia la ventana y la tormenta que no aflojaba:
—Uh… Con esta lluvia… —se quejó sin pudor—. ¿Por qué no vas vos al Güemes?
—No puedo.
Tony García le aseguró por su honor que su disposición y entrega estaban renovadas formalmente junto con su compromiso de trabajo de ahí en más, pero que esperaba un insoslayable llamado de su señora madre, camino del dentista.
—Pero ya sé que antes tengo que hablar con el Uña… —concluyó, conciliador.
Etchenike lo volvió a acomodar:
—Olvidate de esa mina ahora, Gallego. Por favor: tenés un caso, un laburo concreto que hacer.
—Ocuparme de la hija de Pirozzi —admitió Tony—. Pero aguantame un par de horas, Julio.
Etchenike vaciló. Después gruñó al aire, manoteó el catálogo de la exposición de Opi que estaba sobre el escritorio y partió a las puteadas.
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Media hora después se arrimaba a la ventanilla de Informes del hospital. Un chistido a sus espaldas hizo que se volviera: Sayago ocupaba cansadamente el extremo de uno de los duros bancos de madera del hall de entrada y había una mujer gorda y de pelo corto, abrazada a un bolso, sentada a su lado. Al parecer, el Negro había hecho con cuidado los prolijos deberes.
—Julio, ella es Irma. Trabaja acá, en el piso donde estaba internado Pirozzi —dijo poniéndose dificultosamente de pie.
—Mucho gusto, señora. Gracias por esperarme.
Etchenike extendió la mano todavía mojada por la fría llovizna otoñal que borroneaba la avenida Córdoba tras los cristales. Ella aportó apenas la suya, tibia y blanda como un pajarito. Y la retiró enseguida:
—El gusto es mío —dijo sin necesidad y sin levantarse—. El señor Sayago es compañero de mi esposo. Nos conocemos hace muchos años.
—Soy amigo del marido… —confirmó el Negro, apurado—. Irma nos puede ayudar.
—Seguro. ¿Podemos hablar afuera, señora Irma? —No tengo tiempo. Empieza mi turno en un ratito. —Está bien, la escucho.
Ella empezó a hablar sin que le preguntaran:
—No estaba de guardia esa noche; no me tocaba. Pero hice el turno anterior. Me fui a las seis y me acuerdo bien del señor Pirozzi. Era uno alto, muy alto…
—Usted es enfermera.
—Ojalá.
—Es personal auxiliar —precisó el Negro—. Se encarga de la muda diaria de la ropa de cama, el aseo de los servicios, el… suministro de alimentos…
Sayago usaba con dificultosa precisión una terminología técnica, casi críptica en la vaguedad de la referencia, y el veterano supuso que era para que la señora Irma sintiera que la tomaban en serio.
—¿Y quiénes estuvieron de turno esa noche? ¿Se puede saber?
La mujer dijo que no los conocía porque eran gente nueva, una suplente que sólo estuvo un par de días; pero enseguida agregó, bajando la voz:
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—Pero él no se fue solo. Se lo llevaron, señor. Lo vinieron a buscar. —¿Quiénes?
—Un traslado, me dijeron.
—¿Seguro?
—Un traslado —repitió Sayago.
Etchenike se ensombreció. Conocía la expresión, el eufemismo que se solía utilizar para referirse a los operativos más o menos clandestinos que realizaban los esbirros del régimen para arrancar a los militantes políticos o a los meros sospechosos de los hospitales. Eran procedimientos habituales en las guardias nocturnas, que para eso los servicios tenían gente en todas partes. Llegaban y se los llevaban. Incluso si era necesario acceder a la habitación de algún paciente internado. Nada detenía ni perturbaba el accionar de las patotas sin culpa ni escrúpulos. Eran hechos ya naturalizados, espantosos en su trivial cotidianeidad. Después, el paciente nunca había estado allí o se había esfumado por sus propios medios sin dejar rastros.
—¿Una ambulancia?
La mujer negó:
—Un auto. Me dijeron.
Inútil buscar algún tipo de comprobante de salida, vano tratar de averiguar el destino ulterior, infructuosa la pregunta por la identificación del vehículo.
Sayago fue al grano, encaró al veterano:
—¿El tipo andaba en algo?
Etchenike suponía que no, pero nunca se sabía.
—Puede ser un error: era un argentino con pasaporte extranjero… Tal vez se equivocaron de habitación —dijo, y se volvió hacia la señora Irma —: A la mujer de Pirozzi le dijeron que se había ido solo.
Ella levantó las cejas, encogió los hombros.
—Le digo lo que sé.
—Entiendo.
El veterano se puso de pie. La mujer también.
—Disculpe, Irma: ¿cómo me dijo que se llaman los que estaban esa noche de turno?
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—No le dije… —Ella frunció el entrecejo—. Gente nueva. No le dije porque no sé.
—Claro, gracias.
Etchenike le pidió que no hablara con nadie del asunto, le dejó una tarjeta para que lo llamara ante cualquier novedad o golpe de memoria, y tras darle la mano caminó hacia la entrada. Sayago se quedó un momento más hablando con la mujer, le dio algo de dinero y después alcanzó al veterano con corto piquecito de módico ganador.
—Sabés que cuando el Gallego me avisó no entendía nada.
«Desapareció Opi», me dice.
—¿Y?
—Creí que era un perro. Opi es nombre de perro.
Etchenike no creyó oportuno comentar el equívoco.
—¿No querés averiguar algo más? —insistió Sayago—. Ya que estamos acá, digo. Irma comienza su turno ahora.
—No. Que nadie sepa qué buscamos. Por la seguridad de ella.
—Claro.
—¿Cómo la conseguiste?
—Sabía que laburaba acá.
—¿Y le creés?
—Conozco al marido desde hace treinta años, el Rubio Farina, del Boxing Club de Ciudadela. Trabajé con él. ¿Me va a hacer el verso por una luca?
El veterano frunció el entrecejo:
—¿Cuánto le diste?
—Quinientos ahora… y quinientos antes.
Etchenike metió la mano en el bolsillo; el entrecejo seguía muy ceñido. Luego de un momento de vacilación sacó la mano vacía, miró a Sayago a los ojos y su gesto se distendió:
—Haceme acordar —dijo agarrándolo del brazo.
Salieron al aire limpio y la vereda mojada.
Caminaron un par de cuadras eligiendo las pocas baldosas firmes entre mayoría de flojas con suerte variada, mientras Etchenike lo ponía al tanto
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del los pormenores del caso. Pese a la informalidad general, el oportunismo crítico y las ausencias reiteradas, Sayago le había demostrado con el correr de los meses una creciente voluntad de laburo, si bien no siempre estaba acompañada por la aptitud para sustentarla. Ahora, sacaba de la galera un testimonio que podía poner la desaparición del dibujante en otro peligroso, indeseable lugar.
Entraron a un bar y pidieron dos cafés en la barra.
—Es muy raro lo que cuenta esta mujer —dijo el veterano—. Me gustaría que no fuera cierto. Así que por ahora nos vamos a guardar esta información hasta tener algo más firme. Mientras, tratá de localizar a los que estaban de guardia.
—Ahora mismo voy a averiguar.
—No, mejor no vuelvas al sanatorio, que hay otras puntas de laburo — lo paró Etchenike—. El Gallego te dijo que hay que vigilar los movimientos de la mujer de Pirozzi. Malena Puig, se llama.
El Negro lo sorprendió una vez más:
—Ya estuve trabajando en eso, temprano —dijo.
Contó que por ahora no tenía datos concretos pero que como Rodríguez Peña y Santa Fe era una zona muy transitada había podido espiar con cierta tranquilidad el movimiento del edificio, sobre todo porque ocupaban el único departamento de la planta baja y el portero nunca apareció. Se había cansado de mirar las mismas vidrieras. Un negocio de artículos para el hogar al lado, una disquería enfrente y la parada del 152 y el 39 en diagonal. Estaba a punto de irse, desalentado, cuando al fin, cerca del mediodía, había salido el chico, Facundo, el hijo de Malena, solo. Era un flaquito alto de pelo largo, con vaqueros y camisa de jean, mochila y una agenda en la mano. No bien salió fue al kiosco de la vuelta, compró cigarrillos y encendió uno. Después cruzó Santa Fe y entró en la librería Fausto. Estuvo un rato largo ahí, mirando y eligiendo, hasta que compró un libro.
—¿Qué libro? —se interesó Etchenike.
—No alcancé a ver. Estaba lejos. Pero era un libro chico, de tapa blanca con un dibujo cuadrado en el medio. Lo sé porque no se lo envolvieron. De ahí no volvió a la casa; caminó dos cuadras y cruzó hasta la confitería de Santa Fe y Riobamba. Se sentó solo en una mesa del
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fondo, pidió un café y estuvo un rato largo leyendo y subrayando el libro, anotando cosas en la agenda. Al rato llegó apurada una mujer rubia. Le dio un beso y se sentó. Linda mina, un poco más grande que él, una compañera de estudios, seguro, también con libros en la mano.
Estuvo un ratito y se fue. No pidió nada.
—¿Y el pibe?
—Se quedó un rato más y después volvió derecho a la casa.
—¿Y el libro?
—¿Qué pasa con el libro?
—¿Qué hizo con el libro que compró?
Sayago pensó un momento:
—Nada. No sé… —Trató de recordar—. Pero ahora que decís, cuando volvió a la casa me parece que… Creo que no lo tenía, porque dejó las cosas sobre el pilar de entrada para abrir la puerta… Dejó la mochila, la agenda, seguro. Y no, no lo tenía: se lo debe haber dado a ella, claro. ¿Puede ser?
—Puede ser —concedió Etchenike—. ¿Y después?
Después él se había venido al Güemes y ahí estaba, a disposición. —¿Pero vos hablaste con ella, con la mujer de Opi? —quiso saber
Sayago.
—No todavía.
—Pero ¿no nos contrató ella?
—No exactamente.
—Ah… Está bien —dijo el Negro. Y de pronto cambió de frente—:
¿Me podés reponer algo de la luca que puse?
Etchenike pagó los cafés y le dio trescientos.
—Si lo de Irma es cierto, dos lucas te doy.
—Hecho.
Salieron y llegaron hasta la boca del subte. Iban uno para cada lado.
—Me voy a dar otra vuelta por Rodríguez Peña —dijo Sayago.
—De acuerdo. Mañana, cuando vengas a la oficina, necesito que me arregles el vidrio —dijo Etchenike—. Se partió, pero no hay plata para cambiarlo. Y hay que hacer de nuevo las letras de la puerta de entrada. Tengo pincel, traé un tarrito de esmalte negro.
—¿Qué vas a cambiar?
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—Los voy a asociar: Etchenike & Asociados, Investigaciones Privadas.
—No me jodas.
El semáforo se puso en verde y el veterano se adelantó:
—No te olvides la pintura.
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Pendencias
Volvió al centro en el subte, leyendo el catálogo y mirando las muestras del trabajo de Opi, una veintena de dibujos en tinta china de línea pura y finita, sin sombras ni color alguno. Algunos eran simples chistes mudos o con un diálogo escrito a lápiz, al pie. Un mundo pobre y vagamente antiguo, de pocos trazos que apenas insinuaban los escenarios —un bar, una esquina con buzón, una sastrería, la farmacia o el consultorio— y los personajes estereotipados: ladrones con gorra y antifaz, señores ricos con cadena de oro y monóculo, mujeres de ojos y pestañas grandes que insinuaban el movimiento de anchas caderas. Había también algunas caricaturas, pero la mayoría eran ilustraciones complejas y llenas de detalles, versiones de cuadros famosos o comentarios gráficos de hechos históricos que Etchenike creyó recordar haber visto alguna vez.
En la corta biografía decía que Osvaldo Pirozzi había nacido en Buenos Aires en 1915, en una familia de inmigrantes italianos del norte de ascendencia judía, dedicados a la industria del calzado. Poco interesado en el negocio familiar, había estudiado un par de años Bellas Artes y practicado la lucha libre en su juventud. Con poco más de veinte años había conocido la cárcel, una detención fugaz por participar de una manifestación contra el pacto Hitler-Mussolini de 1939. Por esa época había comenzado a colaborar como ilustrador en revistas de vanguardia y en publicaciones antifascistas, haciendo humor político —ya con el seudónimo Opi— junto a artistas como Gustave Moreau o Toño Salazar. Esos nombres no le decían nada a Etchenike. A los treinta años salió a recorrer Latinoamérica, y llegó a México, donde había vivido unos años. Ahí retomó la pintura. Volvió a la Argentina a fines de los años cincuenta, colaboró en Tía Vicenta y en la efímera Cuatro Patas, trabajó como
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ilustrador, hizo un par de exposiciones y a mediados de los sesenta volvió a partir, primero a Europa —participó del Mayo Francés como afichista y agitador cultural— y después a Chile, donde trabajó tres años de ilustrador y llegó a ser director de publicaciones en el Ministerio de Cultura. Luego de un paso breve por la Argentina había regresado a Europa, para vivir en París primero y en España después; ahí estaba ahora. A continuación se enumeraban premios y publicaciones. Opi en su tinta era la primera muestra de su obra que se realizaba en la Argentina en los últimos quince años.
El veterano se detuvo en las ilustraciones mayores. De una serie titulada Histeria argentina había dos grandes cuadros: un retrato de la Primera Junta de gobierno muy formal en el que Mariano Moreno aparecía cautelosamente vestido de hombre rana, y la clásica panorámica de San Martín cruzando los Andes, pero en un elefante blanco. Eran muy buenos, o por lo menos muy raros y efectivos. Nada que diera motivo para un secuestro político, aunque con esta gente nunca se sabía.
Cuando salió del subte ya no llovía y empezaba lentamente a atardecer.
Tony García no estaba en la oficina pero le había dejado una nota: «Llamaron Algañaraz y tu nieto Marcelo. Me encargo de Aída Pirozzi». No decía nada del Uña Ramos.
El veterano fue directamente a buscar detrás del sillón. La cartera de la chica no estaba. Buscó mejor, incluso donde no podía ser, en su pieza, en el escritorio. Tampoco una nota, nada.
Se preparó un mate. Mientras calentaba el agua encendió la lámpara del escritorio y prendió mecánicamente la radio. Estaba sintonizada en Clásica y sonaba algo con cuerdas, un cello bastante sombrío que dominaba con notas arrastradas a un par de violines que hablaban de otra cosa. Puso el volumen al mínimo y discó el número de su hija.
Atendió Marcelo. El nieto le explicó, casi disculpándose, que lo había llamado sólo para recordarle que mañana se verían en el consultorio del psicólogo.
—Me imagino que te lo pidió tu mamá.
—Sí. ¿Te paso con ella?
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—No. Tengo un regalo para vos.
—¿Qué me compraste?
—Es de tu papá.
—¿Lo viste?
—Sí, ayer. Venía de Uruguay y se iba a Brasil, creo. Te va a llamar.
—¿Qué es?
—Ya te enterarás.
Alicia agarró el teléfono. El veterano tuvo que explicarle sin entrar en detalles cómo y cuándo había visto a Horacio. Mintió lo mínimo, pero fue suficiente para que su hija no le creyera. Ella también supo disimular su incredulidad. Se entendían y malentendían como padre e hija.
—¿Quién es ese licenciado Zapata?
—No seas prejuicioso. La consulta era necesaria.
—¿Qué le pasa al nene tan grave?
—Está enojado, no habla. Y se volvió a hacer pis en la cama.
—Es de familia: yo mismo, hasta los doce… —argumentó sin vergüenza—. Ahí está: para eso me llamó a mí, para que cuente mi experiencia.
—Eso es una estupidez, papá. ¿Vas a ir?
—Claro que sí.
—Y no le traigas ningún regalo de Horacio. Está borrado, no sé en qué anda. Que venga él. Ése es el regalo que espera su hijo, que aparezca.
—Está bien. Pero no me metas en el medio.
—Vos te metés.
Y le volvió a cortar.
Por un momento más siguieron sonando, apenas, las cuerdas sombrías en la penumbra creciente de la oficina. Etchenike fue a la ventana con el mate. Pensó en los renuncios y las ambigüedades del Gallego con la chica, pensó que debía llamar a Algañaraz. Pero no tenía ganas de hacer ni de pensar en nada de eso. Supuso que también todo le daba tristeza, o pereza, que rimaban. Tal vez más tarde, o mañana.
Volvió a sonar el teléfono y estuvo a punto de no atender. Finalmente bajó el volumen de la música y se decidió:
—¿Te estoy salvando de algo? ¿Quién te apunta hoy? —le dijeron del otro lado.
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—¿Qué pasa, Colorado?
—Nada, nada. ¿Dormiste bien?
—Muy bien. Si no fuera por lo previsible del buffet, hoy volvería a disfrutar de la suite, dormir en tu sillón. Gracias.
—Siempre podés volver. —Y ahí Macías hizo una pausa breve—. ¿A qué fuiste hoy al Güemes? Te vieron.
Todo sabían, todo controlaban.
—¿Querés saber? ¿O ya sabés y querés saber si miento?
—Las dos cosas. Para vos es lo mismo.
Supo que no tenía nada que perder:
—Es el caso en el que estoy trabajando desde el lunes, te dije. Hay un tipo, el dibujante que te conté ayer: se llama Osvaldo Pirozzi, el que estaba internado y desapareció.
—Me acuerdo. ¿Y qué averiguaste hoy? —Eso no vale, no te voy a… —Contame. Te conviene.
Las tácitas reglas del juego entre ambos suponían el recíproco respeto por ciertas zonas de privacidad. El veterano se reservaba el nombre de los clientes, los datos duros de sus investigaciones. Había un código ahí, feliz residuo —anómalo— que nada tenía que ver con la perversa institución que habían compartido durante años sino con la vieja, dificultosa amistad. Sin embargo, el equívoco episodio de la chica del umbral y sus derivaciones podían contaminarlo todo. Y ya estaba la primera evidencia.
—Puede ser que lo hayan chupado… —dijo Etchenike y esperó.
Silencio del otro lado.
—Digo que hay quien dice eso —agregó.
—Bueno… Difícil saber —mintió el reticente Colorado—. ¿Qué más?
Etchenike tuvo repentina conciencia de su estupidez:
—Nada, que soy obediente y no voy a ir por ese lado —dijo.
—Sí, lo mejor que podés hacer.
Y Macías le colgó.
Otra vez. No aprendía más. Volvió a subir el volumen de la radio y se quedó largo rato fumando y mirando el atardecer sobre la avenida. El
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otoño era la única época del año en que Buenos Aires se hacía perdonar, pero debía reconocer que con algo que probablemente fuera Satie como música de fondo era casi demasiado.
El teléfono no volvió a distraerlo, y cuando dieron las siete en el reloj del Concejo Deliberante apagó todo, cerró la oficina sin culpa, bajó por el desvencijado ascensor jaula y antes de salir a la calle hizo una escala en los dos grandes tachos de basura. Se asomó al primero y nada; en el segundo le pareció ver algo, metió la mano entre los restos de yerba, café, papeles y pelusa, y sacó la cartera de la chica. La abrió y estaba vacía.
La dejó donde estaba.
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Atardecer de un día agitado
Etchenike salió a la calle y caminó unas cuadras hasta el taller de Garibotti. Lo encontró como siempre, en el foso; le alcanzó las dos lucas que el Negro Sayago esperaba cobrar y el mecánico las recogió con dedos engrasados mientras le prometía tenerle listo el Plymouth para el sábado a la mañana. Mentía, pero el veterano estaba convencido de que no lo sabía. Estaba en su naturaleza.
Era temprano y decidió que acaso valía la pena darse una vuelta por la galería Contemporánea. Hacía mucho que no iba a una muestra de arte. Tal vez más de veinte años, cuando fueron con algunos compañeros de la repartición, casi en plan de joda, a ver los cuadros de Meneses. Y Etchenike se daba cuenta, después de años de no pensar en él, que ahora y de pronto el comisario se le cruzaba de las maneras más inesperadas. Era increíble que Evaristo, que había sido boxeador y un tipo duro y pesado de los que había pocos, no sólo pudiera escribir sus aventuras con cierta fluidez sino, sobre todo, que hubiera sido capaz de ponerse a pintar aquellas casi mariconadas. Y también en eso era bueno, el Pardo.
Contemporánea estaba en pleno centro y en la zona adecuada: el final de Maipú, entre una zapatería abierta y una inmobiliaria cerrada, y enfrente de la Galería del Este. Era un local estrecho, relativamente largo y muy iluminado, con el frente de cristal hasta el piso. No se veía a nadie. La puerta estaba abierta y Etchenike se asomó. Frío, vacío y silencioso como una iglesia moderna. A la izquierda de la entrada, un taburete sostenía una pila de escuetos folletos de la muestra y había una larga banqueta sin
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respaldo, en medio del salón; al fondo, lo que parecía una mesa antigua.
Eso era todo.
El veterano entró y la puerta se cerró a sus espaldas sin un chasquido. Las obras de Opi se enfilaban a ambos lados sobre las paredes blancas, cuadros de tamaño uniforme con finos marcos negros. Algunos tenían, en el borde inferior, un pequeño cartón rojo sujeto entre el vidrio y el marco. El veterano recorrió pausadamente las obras, reconoció varias de las que había visto en el catálogo y se detuvo para ver en detalle la del caballo de Troya en el palenque. Una maravilla de sutileza. Era de las que tenían el cartoncito rojo.
El mueble del fondo era en realidad una vitrina horizontal o mesa de vidrio con libros y publicaciones varias en las que se reproducían algunas de las obras de Opi expuestas. Etchenike se inclinó sobre esa colección de páginas amarillas. Había una edición ilustrada por él de Historias de cronopios y de famas de Cortázar, otra del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce, y ejemplares sueltos de Cascabel, de Vea y Lea, de Tía Vicenta y de algunas revistas extranjeras como Mampato, Hermano Lobo y O Pasquim. Le llamó la atención, por el título, una publicación italiana reciente: Il Stronzo. Se rio solo.
—Es muy bueno, ¿no?
Etchenike se volvió hacia la voz. Descubrió que el local se extendía en ele unos pocos metros hacia la izquierda. Había un escritorio y detrás una puerta que daba al interior. Parada junto al escritorio estaba una mujer joven de pelo negro y vestido recto también negro y corto, varios dedos por encima de la rodilla.
—Es muy bueno —ratificó el veterano.
Ella se acercó unos pasos.
—Es tarde. Tenemos que cerrar.
Caminaron hacia la salida. Él adelante y ella detrás.
—Estos cartoncitos rojos…
—Significa que está vendido.
—Ha vendido mucho. ¿Son caros?
—Depende de lo que se considere. ¿Está interesado en alguno? —Éste —improvisó Etchenike señalando una página de historietas
bastante diferente, en cuanto al estilo, que el resto—. ¿Cuánto vale?
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La chica meneó la cabeza:
—Ése, justo ese, una página de Southman, no se vende —¿Por qué?
—No es de Opi. Es decir: es un personaje que no es sólo suyo. La historieta tiene un guionista, Oesterheld, él sólo la dibujó. Son dos autores, no puede disponer solo.
—Ah. Qué casualidad…
La chica sonrió; estaban en la puerta.
—Suele pasar —dijo ella poniéndolo cortésmente en la vereda—. Pero si está interesado, venga mañana a partir de las diez. ¿Su nombre?
Etchenike no tuvo oportunidad de contestar. Una mujer delgada, alta y rubia, bajó de un taxi frente a la galería, y mientras pagaba se volvió hacia la chica:
—Nena… —dijo, imperativa—. ¿Está Diego ahí?
La chica asintió y se hizo a un lado. La mujer irrumpió por el hueco y siguió hacia adentro a marcha forzada.
La puerta se cerró y el veterano quedó solo y afuera. Desinteresada de él, la chica fue tras la mujer. Se perdieron en el fondo. Un minuto después, las luces de la galería Contemporánea se apagaban.
Etchenike encendió un cigarrillo. De pronto oyó un chistido y se volvió.
Desde la vereda de enfrente, y por segunda vez en el día, el Negro Sayago lo saludaba con la sonrisa agrandada del que cree haber hecho bien las cosas.
Para vigilar la puerta se instalaron en la esquina, en la mesa de la ventana de El Moderno, viejo reducto de artistas que se fumaban hasta los sueños. Poco quedaba de su equívoco apogeo en la década anterior, los módicos escándalos de la vanguardia. Un par de golpes militares y otras tantas crisis económicas les habían cortado el pelo, las ilusiones y los víveres a los criollos seguidores de Warhol & Co.
Pidieron dos fernet con hielo y un sifón. Se los trajeron con maníes con cáscara.
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—Nunca había entrado a este bar —dijo Sayago como si fuera necesario.
—Yo tampoco. ¿La mina es Malena Puig?
El Negro asintió:
—¿Viste cómo te la traje? Como si supiera que ibas a estar acá. Me costó un taxi de…
—Contame.
—Estaba por irme de la esquina, aburrido, y la vi salir. Fue directamente a la parada de taxis y tomó el primero. Yo corrí y me subí al de atrás —el relato se puso épico—. Vinimos todo por Santa Fe hasta Esmeralda, Paraguay y ella dobló en Maipú… Yo también, y casi me la trago en la frenada. Me cagué de risa cuando te vi ahí, en la vereda.
—¿Cuánto dijiste que te costó el taxi? Sayago se volvió hacia la ventana: —Ahí están.
La pareja acababa de salir de la galería y cruzaba la calle por la vereda de enfrente. Malena Puig caminaba pegada la pared, movía los brazos, elocuente; el tipo, un petiso gordo con anteojos, de pelo largo y barba desordenada con innecesaria campera de cuero marrón y morral de lona, la miraba desde abajo y parecía esquivar los gestos, se apartaba para escucharla desde el borde del cordón.
Etchenike se levantó para pagar:
—El tipo tiene que ser Diego Fierro. Vamos.
Sayago se guardó en el bolsillo los maníes que quedaban y se mandó para la calle detrás del veterano.
La pareja no fue difícil de seguir ni llegó muy lejos. En la esquina de Córdoba se detuvieron y siguieron conversando un rato hasta que se despidieron con un beso. Ella estiró la mano y paró un taxi.
El Negro consultó con la mirada.
—No hay más viáticos para movilidad —dijo Etchenike.
—¿Qué querés que haga, entonces?
—Dejala a ella, averiguá en qué anda el pibe. Seguímelo.
—¿Y vos?
El hombre de la campera de cuero cruzaba la avenida.
—Voy a ver qué pasa con éste —dijo el veterano—. Hasta mañana.
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Etchenike se apuró antes de que cambiara el semáforo.
Sayago lo miró alejarse durante unos segundos, después se metió la mano en el bolsillo y volvió sobre sus pasos comiendo maníes.
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La cueva del Zorro
El tipo de la campera de cuero caminó apurado por Córdoba hacia el norte cuatro cuadras, dobló por Carlos Pellegrini hacia el Obelisco y se metió en un moderno edificio de oficinas. Saludó al conserje con familiaridad y apretó el botón del ascensor mientras miraba su reloj.
Etchenike fue tras él y esperó a un costado. Desde ahí vio cómo, a contramano de la mayoría de la gente que a esa hora bajaba y salía a la calle tras la jornada de trabajo, el hombre subía solo. El ascensor se detuvo en el noveno.
El veterano consultó el tablero con la lista de las empresas y comprobó que en ese piso sólo había tres oficinas: Lex Seguros; el estudio jurídico de Corvacho & Embroglio y Ediciones del Zorro.
Aprovechando un nuevo y nutrido contingente de oficinistas que desagotaba el edificio, Etchenike salió también, entreverado. Fue hasta el puesto de diarios de la esquina y, tras consultar al kiosquero, eligió un par de revistas que espió un poco, pagó y guardó dobladas en el bolsillo interior del piloto. A los cinco minutos volvió al edificio, subió al noveno piso y golpeó discretamente a la puerta de gruesa y anónima madera oscura, la única que no tenía ninguna referencia empresarial.
Lo observaron por la mirilla y una voz de mujer le preguntó quién era, sin abrir.
—Busco al señor Diego Fierro, por favor. —Sacó una tarjeta suya y la arrimó para que la de adentro pudiera verla—. No me conoce. Dígale que me envía Hugo Pratt.
—Un momento.
La mirilla se cerró. Pasaron dos minutos. Etchenike se entretuvo mirando los flamantes refuerzos metálicos de la entrada. Dos planchuelas
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acorazaban la cerradura y subrayaban la base de la puerta, sujetas por gruesos remaches.
Al cabo de otros dos minutos hubo un ruido de cerrojos y la puerta se abrió apenas, sujeta por la cadena de seguridad.
—Deme la tarjeta, por favor —dijo la joven recepcionista ligeramente malhumorada. El veterano se la alcanzó y el golpe de cierre casi le aprieta los dedos.
Cinco minutos más tarde volvieron a sonar los cerrojos y ahora sí la chica lo hizo pasar.
—Diego dice que lo espere un momento.
En la minúscula recepción apenas cabían dos sillones, un perchero y el escritorio con el teléfono y la máquina de escribir de la chica. Adentro, en alguna parte detrás de las mamparas que no llegaban al techo, alguien tecleaba rápido, alguien hablaba por teléfono.
—Sientesé —dijo ella mientras recogía la cartera y un par de libros—. ¿Quiere un vaso de agua?
El veterano agradeció sin aceptar y entonces la chica se puso el abrigo, gritó a sus espaldas un saludo de despedida que nadie contestó y partió rauda.
Tras el portazo, Etchenike quedó solo, hundido en su sillón. Observó en derredor. Era evidente que el espacio no sobraba pero estaba aprovechado a la perfección. El estilizado logotipo de Ediciones del Zorro ocupaba la mitad de una pared; la otra estaba cubierta de media docena de coloridas portadas de revistas de la editorial, reproducidas a gran tamaño. Entre otras, reconoció las dos que acababa de comprar en el kiosco: Kaput, subtitulada «Historietas alternativas», mostraba el dibujo realista de una mujer con antifaz de cuero y una ametralladora que le tapaba mal las tremendas tetas; y la famosa Rumor —«sólo malas noticias falsas»— tenía en la tapa una caricatura de múltiples personajes del gobierno y de la llamada farándula, hacinados en un bote que se hundía. El dibujo era magistral. Creyó recordar que esa edición había sido motivo de un módico escándalo en su momento, censura incluida.
Se levantó para observarla de cerca. Al hacerlo descubrió que sobre el escritorio, encima de unas carpetas, había quedado el papel en el que hasta hacía unos minutos la recepcionista había anotado los mensajes para su
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jefe ausente. Etchenike la miró de reojo. Era una lista larga. Memorizó a los pocos que reconocía. Entre muchos nombres estaba Aída, estaba Malena, estaba Pratt. Había un tal Medina y otro, Parga, subrayado, que había llamado tres veces.
—¿Me buscaba a mí, señor?
Diego Fierro se había sacado la campera de cuero, tenía los anteojos apoyados en la frente y su tarjeta en la mano.
—Sí, disculpe la irrupción intempestiva —dijo el veterano, acaso asombrado de su propia formalidad—. Soy Julio Etchenike.
Y le tendió la diestra.
El otro no se movió; apenas frunció el ceño y así dejó caer los anteojos sobre la nariz:
—«Investigador privado» —leyó el petiso con displicencia—. ¿Dice que lo manda Pratt?
—No me manda, me contrató. Desde esta mañana investigo la desaparición de Osvaldo Pirozzi.
—La escapada de Opi.
—Si usted lo dice… —concedió el veterano—. ¿Pero de qué huiría?
—De las mujeres.
—La mujer y la hija.
—De esas dos, seguro —dijo Fierro con una primera sonrisa entre la maraña de pelos—. Y tal vez hay algo más.
Etchenike se volvió a sentar sin que se lo ofrecieran:
—Es curiosa la liviandad con que todo el mundo toma este asunto — dijo como si lo preocupara—. ¿Usted qué cree que pasó?
El editor se acercó pero no se sentó en el sillón de al lado:
—Se emborrachó, se deprimió y se fue —dijo con pausas intermedias, esperando el efecto sucesivo de sus palabras—. Simplemente, se hartó.
Etchenike parpadeó. Fierro dio un paso atrás y prosiguió:
—Usted debe saber, ya que me vino a ver, que le organicé una muestra. Aunque no lo conocía, siempre admiré su laburo. Ahora me arrepiento de haberme metido en esto. Algunos dibujos los tenía Aída, la hija; otros, su mujer. Valen un dinero. Una quiere vender las obras, la otra no. Malena vino a quejarse por las amenazas de Aída, dice que ella la acosa y quiere llevarse los originales que puso. Y él, y yo también,
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quedamos en el medio. Yo no me puedo rajar, pero él se hartó y se fue a alguna parte donde no lo jodan.
—¿Usted sabe dónde está?
—No. Pero si supiera no se lo diría. Hay que dejarlo tranquilo. Va a aparecer en cualquier momento, antes del cierre de la muestra, que es dentro de una semana, además, porque tienen sacado el pasaje a Madrid para el domingo 19. Por ahí se presenta directamente en Ezeiza. No va a ser la primera vez que hace una cosa así, me dicen.
Diego Fierro dio un paso más al frente y ahora fue él quien extendió la mano:
—Si me disculpa, debo seguir trabajando. Tengo que cerrar la revista en dos horas.
El veterano no se movió:
—Hay quien cree, en el Güemes, que lo levantó una patota —dijo como si nada, mirándolo a los ojos.
—No sé de qué me habla. —Y el editor se subió los anteojos, parpadeó un par de veces y cambió el tono—. Y ahora retírese, por favor, estoy ocupado.
—Se lo llevaron en lo que llaman «un traslado» —prosiguió Etchenike, tranquilo.
El otro lo agarró del brazo para levantarlo. No pudo y se sacó:
—¡Salí de acá, viejo! ¿Sos servicio, vos? ¿De qué me hablás? ¡Rajá
ya!
Pero el veterano era un peso muerto, inamovible.
—Le estoy hablando bien…
—¡Pelusa! ¡Froilán! —gritó el editor, dando un paso atrás—. ¡Vengan acá! ¡Llamen a vigilancia!
Cuando los tipos aparecieron en tropel —el mayor empuñando un bastón al revés, como palo de golf, el otro arrastrando una banqueta de madera—, el veterano ya estaba de pie y con las manos clásicamente alzadas.
—Tranquilos, muchachos… —dijo señalando el improvisado armamento—. Se ve que tuvieron algunos problemas, que los apretaron, pero se equivocan conmigo. Yo tengo sentido del humor. Soy lector del Corto Maltés…
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El argumento era tan estúpido que los otros vacilaron. Quedaron estatuas.
—Llamalo a Pratt, Froilán —le dijo Fierro al del bastón.
Cuando el tipo empezaba a discar, sonó el timbre. Hubo un sobresalto generalizado y giraron las miradas hacia la puerta. Se consultaron en silencio y Froilán colgó el tubo sin el menor ruido. Después de unos segundos volvió a sonar el timbre, más largo. Fierro hizo un gesto de aprobación.
—¿Quién es? —preguntó el Pelusa sin abrir la puerta ni soltar la pata de la banqueta.
—Aldo Parga. ¿Está Diego? —dijeron del otro lado.
Fierro meneó la cabeza, hizo señas clásicas de raje.
—Se retiró.
—Ábrame, tengo que dejarle un mensaje.
Fierro volvió a menear la cabeza.
—No estoy autorizado —dijo el Pelusa.
Hubo una breve pausa.
—La concha de su reputísima madre… —dijeron del otro lado. Etchenike sonrió. Fue el único. Pasaron unos segundos. Recién cuando
se oyó el ruido del ascensor que bajaba los demás se distendieron.
—No pasa nada —confirmó el puteadísimo editor—. ¿En qué estábamos?
El veterano levantó las cejas con cara de póquer.
—¿Lo llamo al tano? —dijo Froilán.
Diego Fierro asintió.
Después de un par de intentos Froilán localizó a Pratt en el Bauen, se lo pasó a Fierro y hablaron un par de minutos. Mientras, Etchenike había vuelto a sentarse sin pedir permiso.
—Venga, Hugo quiere hablar con usted —dijo Fierro; y después, dirigiéndose a los otros dos—: Gracias, muchachos, vamos a laburar.
Ellos se fueron pero él se quedó. Se sentó en el lugar de la secretaria y le alcanzó el tubo a Etchenike mientras se guardaba el papel con la lista de llamadas en el bolsillo.
Durante tres minutos de conversación vigilada, el veterano le dijo a Pratt en voz alta y clara —como si recitara un libreto estudiado— que no
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tenía novedades aún, que no había hablado con las mujeres del entorno de Opi y que esperaba que el señor Fierro lo ayudara. Que por eso y sólo para eso estaba en la editorial.
Cuando Etchenike colgó, el editor fue adentro, conversó un momento con los otros y volvió con la campera puesta y una revista en la mano.
—Basta por hoy —dijo con un suspiro y otra cara—. Acá tiene la Rumor nueva…
En la tapa, tres tipos de anteojos negros pintaban un Falcon verde con colores de taxi, instalaban el reloj. Esperando a las visitas era el texto.
—Fuerte —opinó Etchenike.
—Tenemos una entrevista telefónica con Patricia Derian pero no me animo, todavía. ¿Quiere la última Kaput también?
Etchenike entreabrió el piloto:
—Qué casualidad: la acabo de comprar.
Diego Fierro hizo un gesto mudo de interrogación: no observaba la revista asomada del bolsillo interior sino el 38 que abultaba en la sobaquera, acaso un poco alto para desenfundar cómodo.
—Eso es exhibicionismo encubierto —dijo sin temor a la contradicción.
—A veces suelo —aceptó el veterano.
El otro meneó la cabeza:
—¿Le parece que está la cosa para jugar al detective privado, andar calzado apretando gente y haciendo preguntas?
—No. Por eso no juego ni aprieto. Sólo investigo.
—No me joda. La próxima vez que me revienten la puerta de un bombazo lo llamo para que investigue. ¿Se anota?
—Sí, claro. Haga la prueba.
—No, gracias. —El editor le dio un golpecito en el hombro—. Mejor vamos a conversar a un lugar más tranquilo. Le explico bien lo de Opi.
Pero el veterano no había terminado aún:
—¿Quién es ese Parga al que le raja?
—Nadie. —Y Diego Fierro sonrió con condescendencia—. Un hinchapelotas importante, si le sirve.
—¿Y Medina?
—Vamos —dijo el editor como si no hubiera oído.
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Salieron al pasillo. Diego Fierro caminó adelante y llamó el ascensor.
Cuando se dio vuelta hizo un gesto raro, abrió la boca y dijo:
—¿Qué hacés, boludo?
Fue lo último que Etchenike recordaría. Algo pesado cayó sobre su cabeza y lo derrumbó.
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Todo mal
Cuando a las dos de la tarde del día siguiente, perplejos y sin libreto, Sayago y Tony García, con el mate frío y la oficina desalmada, tuvieron que contestar por cuarta vez consecutiva, alternados en la atención telefónica, que Etchenike no estaba disponible ni visible ni ubicable por el momento, empezaron a preocuparse. Porque era cierto: nada sabían del veterano. Desde la noche anterior, precisamente.
Cada uno iba o venía hacia y desde las tareas asignadas por el esquivo jefe ausente, y la programada estrategia cautelar que reglaba sus movimientos no les permitía ir muy lejos en la confidencia mutua. Sin embargo, la emergencia apenas les daba margen mínimo para, al menos, compartir perplejidades además de una cebadura de Nobleza Gaucha lavada a mano. No hablaban. Es decir y en síntesis: estaban casi asustados.
Mientras el Negro, que acababa de volver de la calle, resumía en sorprendentes apuntes el seguimiento prolijo del joven y escurridizo hijo de la tremenda Malena Puig, el Gallego ultimaba los contactos para localizar a la que convinieron en llamar «la otra loca» para no confundir mujeres implicadas en los alrededores de Opi.
—Vamos a terminar, como siempre, haciendo una carpeta así. —Y Tony hizo el gesto de un espesor excesivo— sobre una mina y un montón de cosas que quién sabe a quién carajo le sirven. La verdad…
No pudo ni esperaba terminar de formular su queja cuando volvió a sonar el teléfono. Esta vez no era un intruso sino el sujeto en discordia:
—Oíme, Gallego —dijo Etchenike como si nada, como si siguieran una conversación recién interrumpida—. Todo se complica. A partir de ahora tené mucho cuidado porque hay muchas cosas que no manejamos.
—¿Qué te pasó? ¿De dónde hablás?
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—De la calle, y tengo para rato.
Tony le preguntó sin esperanzas sobre el motivo de su ausencia y, ante las evasivas, le adelantó su plan inmediato de trabajo:
—Voy a ver si consigo descubrir qué quiere la hija.
—Guita.
—No sólo, me parece.
El veterano pareció no escucharlo:
—Vos juntá información y no te deschavés. Hacete el gil, que no te cuesta nada.
—¿Venís para acá?
—No puedo todavía —mintió Etchenike, acaso sin saberlo.
—¿En qué andás?
—Más tarde tengo que ir… —Vaciló sobre cómo nombrar lo que lo esperaba—. Compromisos familiares.
—Llamó tu hija dos veces.
—Precisamente. Qué manera de joder.
Acordaron una cita informativa hacia el fin de la tarde por Palermo y tras nuevos consejos de cautela y discreción Etchenike pidió que le pasara con Sayago:
—¿Novedades?
—Compré la pintura, pero el vidrio está roto —fue la respuesta inmediata.
—Te lo dije. Llamá al vidriero de la galería. ¿Tenés plata?
El Negro nunca tenía, tampoco esta vez. Ya lo arreglaría él. Pero había otras cosas:
—¿Cómo te fue con el pibe, conseguiste algo más?
Había conseguido bastante:
—Hoy salieron con la madre, temprano. Fueron caminando a una agencia de viajes de Santa Fe y Talcahuano. Los atendieron, estuvieron un rato largo ahí y pasaron por la caja. Después ella tomó un taxi y el pibe se fue a la casa. No volvió a salir. Tengo todo anotado.
—¿Cómo es la agencia?
—Se llama Del Cerro Viajes. Sobre todo pasajes a Uruguay, en avión y en barco.
Etchenike aprobó con un gruñido.
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—Muy bien. Ahora andate a Posta Tur y preguntales a esos atorrantes qué se puede averiguar, datos sobre pasajeros digo, sin levantar la perdiz. ¿El pibe es menor?
—¿Menor cómo?
—Menor, Negro, menor… —se fastidió Etchenike—: ¿Cuántos años tiene el pendejo? Cuántos, justito, porque en términos legales, para salir del país, si es él el que va a viajar, tiene que estar autorizado por el padre, el uruguayo que la puso, supongo.
—Ah.
—Nombres, apellidos, destino, fecha del viaje… Andá a laburar.
—Dejo lo del vidriero para mañana.
—Claro. Hablamos más tarde, no importa la hora que sea, y me contás.
Ahora dame de nuevo con Tony.
—El Gallego se fue, apurado —dijo Sayago, y hubo una pausa breve, una risita—: Nos tenés cagando, Julio…
El veterano cortó para no decir algo irreparable.
Eran las seis y cinco cuando Etchenike llegó al consultorio del licenciado Zapata. Alicia y Marcelo ya estaban ahí. Saludó jovial como si nada, y su hija, aunque abrió bastante los ojos, soslayó la pregunta que se imponía. El nieto no:
—¿Qué te pasó, abuelo?
—Ayer a la tarde iba en el primer asiento del 132 que chocó en Córdoba y Pueyrredón.
—Uyyy.
Repartió los besos consabidos, inclinándose con leve dificultad a pesar del voluminoso cuello ortopédico. Sin mediar palabras dejó el paquete con la camiseta de Peñarol en manos de su hija, le dio la mano al licenciado, se sentó y completó:
—Hubo varios heridos, sobre todo los que iban parados. Nos llevaron a todos al Clínicas y nos tuvieron casi un día entero en observación. Me hicieron una placa de las cervicales y tengo una fisura leve; por eso me pusieron el cuello ortopédico, por precaución. ¿No lo vieron en el noticiero?
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Alicia meneó la cabeza.
—Yo sí lo vi —dijo el licenciado levantando las cejas—. No retuve los detalles.
Etchenike lo miró durante unos segundos, observó su reloj, después se volvió a su hija:
—¿Falta mucho? —dijo bruscamente.
—¿Qué te pasa?
—Es que tengo poco tiempo.
El licenciado Zapata percibió la tensión y dijo —dirigiéndose a los dos adultos pero centrándose sobre todo en el adusto veterano— que sería breve, que esta primera reunión era simplemente informativa, para conocerse, y para ponerlos al tanto de algunos detalles de la mecánica del tratamiento de Marcelo. Etchenike lo interrumpió:
—¿«Tratamiento»?
El licenciado Zapata levantó las cejas:
—Es el nombre técnico de lo que ha comenzado su nieto.
—Eso supone que está enfermo.
—Yo no lo diría así, precisamente.
—¿Cómo lo diría —y el veterano adelantó el torso—, «precisamente»?
—Papá… No seas agresivo.
—Dejame.
El licenciado Zapata se echó levemente hacia atrás.
—Mejor nos calmamos —dijo, tras dejar pasar unos segundos. Luego se dirigió a Etchenike—: Tal vez convenga postergar esta conversación para cuando usted se sienta mejor. Acaba de transitar por una circunstancia traumática…
—¿«Transitar»? ¿Se refiere a mi accidente de tránsito?
Alicia se puso de pie.
—Tiene razón. Disculpe, volveremos otro día. —Se volvió hacia su padre—. Pensás mal.
Agarró a Marcelo del brazo y salió teatralmente de la consulta dejando la puerta abierta.
El veterano permaneció sentado mirando el piso. Después de un momento se paró, suspiró y se dirigió al expectante licenciado:
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—Chanta —dijo simplemente, sin énfasis ni furia alguna—. Chanta peligroso.
Todo mal.
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La azotea
El veterano tuvo que esperar demasiado el ascensor. Cuando salió a la calle atardecía y su hija y su nieto se habían ido. Un desastre. Era temprano, sin embargo. Habían acordado con Tony en encontrarse a la salida de la consulta en La Contienda, y con la entrevista frustrada le quedaba un largo rato libre. Indeciso, parado en medio de la vereda, movió con fastidio la cabeza de un lado a otro, hasta que se sacó de un par de tirones el cuello ortopédico y lo abandonó sin culpa dentro de un contenedor lleno de escombros.
Miró el reloj y calculó que su gente estaría afuera, haciendo lo suyo. Entonces paró un taxi y le dio la dirección de Avenida de Mayo. Volvía al edificio pero no a su oficina. Fue directamente al consultorio del Uña Ramos.
El oscuro facultativo estaba solo y apagando las luces, a punto de cerrar.
—¿Tenés dos minutos?
El Uña se puso en guardia:
—¿Algún quilombo nuevo?
—No. Sólo para agradecerte la mano que nos diste con la piba. Sólo que no me cierra del todo la versión de Tony.
—¿Y yo qué tengo que ver?
—Nada. Pero la pendeja que atendiste tal vez sí. Contame cómo fue. El Uña insinuó argumentar dudosos principios de secreto profesional,
pero de últimas optó por hablar, con salvedades:
—Una cosa: no lo jodas más al Gallego. Sólo a vos se te ocurre meterlo en quilombos así. Seguro que son cosas tuyas. Y de la pendeja, demasiado vivaracha para tanta desgracia que alegó.
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—¿Ella alegó?
—No. Tony habló por ella. Me hizo el verso de la sobrina y el novio que ni él creía. Ella, calladita. Lo único cierto era el susto.
—¿Está de tres meses?
—Por lo menos. Pero no vino a abortar. Sólo información y estado. Dijo el Gallego que había tenido un bajón de presión. No sé…
—No sabés…
—Cuando la revisé estaba compensada, como se dice. Ni rastros del bajón. Me pidió sal, viste que tengo la cocinita, y se puso bajo la lengua. Todo muy tranquila.
—¿Y Tony?
—Al Gallego ya no lo vi. Cuando terminé de revisarla ya se había piantado y había ruidos en el pasillo.
—Los tipos.
—Iban local por local. Ella me pidió que la escondiera y la metí en el bañito.
—Valiente. Los tipos que la buscaban estaban en mi oficina.
—Ah. Pero después salieron. Acá vino uno solo, al rato.
—El de gorra.
—El de gorra. No tenía pinta de novio ni de hermano. Le dije que no sabía de qué me hablaba. No sé si me creyó, pero se fue enseguida.
—¿Y ella?
—Siempre tranquila. Cuando salí al pasillo y vi que los tipos ya no estaban la fui a buscar y la rajé. No quise problemas, Julio.
—¿Qué hizo?
—Se fue para arriba por la escalera.
—¿Para arriba?
—Con los zapatos en la mano. Me dio la idea de que estaba acostumbrada a rajar así… —El Uña levantó el mentón mal afeitado—. Linda mina.
—Sí, pendeja.
—No tanto.
—Yo a esta altura no sé calcular con las mujeres —admitió el veterano
—. ¿Cuántos años le das? —Todos los que tengo.
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—¿En serio?
El Uña Ramos hizo una morisqueta. Tenía un bigote finito y ornamental, muy vivaz, que acompañaba los movimientos de los labios como una línea adicional que subrayara el gestuario.
—Nuevita, pero bastante baqueta de abajo —dictaminó, cuasi técnico. Etchenike desvió la mirada y carraspeó. Con los años o lo que fuera que le pasaba, la obscenidad lo irritaba, incluso la involuntaria. El Uña se extendió en consideraciones acordes con su menester específico que el
veterano prefirió no escuchar.
—¿El Gallego volvió? Cuando los tipos se fueron, digo.
—No sé qué hizo. No lo volví a ver. Yo cerré por las dudas, vi que todavía había luz en tu oficina y bajé por el ascensor sin problemas.
Etchenike asintió. Trataba de armar una secuencia que se le escapaba.
Se escapaba como ella se había escapado. Se hizo un silencio imprevisto.
—Me voy —dijo de pronto.
El Uña notó el viraje, la impaciencia y el oscuro fastidio.
—Vos estás mal —diagnosticó sin énfasis mientras el veterano se incorporaba—. Se te borró el Gallego. Tampoco el otro inútil está viniendo, ¿no? Y el mejor plan que tenés es sospechar de los amigos. No es por meterme, pero si necesitás guita te aguanto un par de lucas.
Etchenike agitó la cabeza y agarró el picaporte. —Tranquilo. Me sobran las liras. ¿Te debo algo? El Uña le apoyó la mano en la espalda:
—Nada, fue casi un placer. Pero no me traigas más a la policía.
Etchenike subió por la escalera. En el tiempo que llevaba en el edificio nunca lo había hecho. Los dos últimos pisos estaban ocupados por oficinas de la obra social de los empleados de la Secretaría de Agricultura. Todo cerrado. De una esquina de la planta superior salía la escalera que daba a la azotea. La puerta de chapa y hierro tenía los vidrios opacos rajados y la cerradura rota desde siempre. Se dejó abrir sin quejas.
La terraza era un espacio amplio y desolado. Faltaban varios de los baldosones color ladrillo del piso cuarteado, y el goteo de una canilla intermitente había hecho crecer el musgo en esos huecos, en las junturas.
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El veterano nunca los había pisado, tampoco había necesitado colgar ropa en los hilos de alambre tensados de la pared a la balaustrada de columnitas desconchadas en que flameaban un par de sábanas, dos remeras y una camiseta de Racing a favor de la brisa y contra un cielo gris.
A diferencia de algunos de sus vecinos de la Avenida, el viejo edificio sin nombre ni firma reconocible que compadreaba emparedado entre pares desde hacía tres cuartos de siglo no podía presumir de una cúpula vistosa. Apenas una torrecita de una planta, inhabitada e inhabitable, a la que no llegaba el ascensor, con un reloj desmemoriado, los engranajes entorpecidos de telarañas y el piso cubierto por las capas de mierda empedernida de generaciones de palomas cagadoras, una costra de lava sin volcán aparente a pocas cuadras del Congreso de la Nación.
Etchenike se arrimó a la balaustrada y se asomó a la calle sin exagerar. Nadie podía descolgarse por ahí sin partirse la crisma —fuera lo que fuese —, sin romperse el alma —si la tuviera o tuviese— o por lo menos sin ensuciar la vereda al reventar su melancólica bolsa de huesos. Nada era posible por el frente. Tenía que ser por otro lado. El veterano giró a un costado, al otro. Recorrió la terraza. Y ahí descubrió que aunque los edificios laterales que daban a la avenida eran inaccesibles, bien se podía, sin embargo —simple, juvenil y descalzadamente—, ir hasta el fondo y, dando un salto hacia abajo de un metro o apenas algo más, caer sobre la muy próxima azotea del edificio lindante —eran lotes muy largos— y seguir viaje con los zapatos en la mano. Había un alambre tenso que saltear, cosa de miedo, y Etchenike supo que no podía ni hubiese podido hacerlo, pero no le costó mucho suponer que alguien adecuadamente informado y desesperado lo hubiera intentado con éxito.
Hacía un poco de frío y se levantó el cuello del piloto. Abandonó la terraza, bajó ahora sí por el ascensor hasta la calle y dando vuelta a la manzana encontró, no sin dudas y vacilaciones, el edificio de la paralela Hipólito Yrigoyen con los fondos linderos al suyo. No había portero ni vigilancia. Subió al último piso sin problemas; la puerta de acceso a la azotea tenía un vidrio roto y estaba abierta; salió al aire libre, caminó hasta el fondo e invirtió, de abajo hacia arriba, la perspectiva para imaginar el posible salto. Corroboró la sensación.
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Cuando el veterano volvió a salir a la calle tenía la certeza de que había encontrado la ruta de escape de la evasiva muchacha. Al mismo tiempo, vacilante respecto de cómo y por dónde seguir, comprobó que el hallazgo o la tardía deducción no le servían para nada.
De todas maneras el Gallego lo esperaba en un rato.
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La Contienda
El colectivo lo dejó lejos pero le dio tiempo para pensar. Frotándose la nuca dolorida, acaso prematuramente liberada, caminó media docena de cuadras hasta el viejo bar de la esquina de Thames y Soler donde solía parar tupido en otro tiempo. Estaba casi vacío, y el Gallego no había llegado todavía. Saludó en la barra, fue al baño y al salir, previa consulta de los tomos de la guía, llamó desde el baqueteado teléfono público a Ediciones del Zorro.
Atendió la expeditiva secretaria que había conocido el día anterior: —Quiero hablar con Diego Fierro —dijo—. Soy Etchenike, el de ayer. —¿Él sabe?
—Sabe. Le conviene saber.
—Voy a ver.
Después de un momento de espera apareció el personaje.
—Hola, ¿cómo está, Etchenike?
—Mejor que ayer, la puta que te parió.
—Así lo espero, siento mucho lo que pasó —dijo Fierro de corrido y sin acusar recibo—. ¿Sigue en el Clínicas?
—Estoy abajo y con dos más. Enfierrados.
—Suba entonces.
—Nunca más.
El editor cambió el tono, buscó las mejores palabras como quien elige manzanas de un cajón de fruta machucada:
—No sea rencoroso, que la sacó barata. —Y sonó casi amistoso Se produjo un breve silencio. El veterano no hablaba.
—¿Dónde está, Etchenike? —quiso saber Fierro al fin—. Ya bajo y conversamos. Tengo novedades sobre Opi. Mucho más de lo que podía
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contarle ayer.
El veterano se apoyó en la pared y puso una moneda más en el teléfono público.
—No es el momento, y no tenés novedades. Sólo dame tu versión de lo de ayer, que no me cierra. Y decime quién fue.
—Está bien —concedió el editor—. La cosa fue así: cuando vimos que estaba seco pero respiraba y tenía el mate partido le paramos la sangre y lo bajamos con los muchachos por el ascensor. ¿Se acuerda de eso?
—No. ¿Quién fue?
—Conseguimos un taxi y lo llevamos con el Pelusa al Clínicas.
Entramos por la guardia.
—Eso lo sé, me lo contaron después. ¿Quién fue?
—¿Le contaron también que lo entré yo y me quedé hasta que lo atendieron? Les dije que se había golpeado al caer de un colectivo. Estaba knock out.
—Me hizo quedar como un viejo pelotudo.
Fierro no le hizo caso:
—Cuando vimos que reaccionaba un poco, con el pretexto de que íbamos a pagar el taxi, nos rajamos…
—Me tuvieron fe.
—No entiendo.
—Confiaron en que no los iba a acusar de que intentaron matarme.
—Supongo.
Etchenike supo que se le acababa el tiempo de llamada.
—Cuidate porque te voy a ir a buscar —dijo con el último aliento, con la postrera bravuconada.
—¿Lo espero mañana? Hablamos de Opi.
—No me esperes, pero claro que voy a ir —amenazó el veterano—. Y ese hijo de puta de Parga, ¿así se llama? Porque fue ése…
La conversación se cortó.
Etchenike necesitaba más monedas para el teléfono y buscarlo a Sayago pero de repente cambió de idea. Estaba cansado de estar parado; además,
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le dolía y tenía frío. Pidió un café y una Legui al gordo Astorga, el mozo estacionado en la barra, y fue a sentarse en una de las mesas de la pared.
La Contienda le gustaba. Era un café de barrio fundado por los consabidos gallegos migrantes que, de enemigos allá, terminaron convertidos en socios detrás de un mostrador porteño. Hacía cuarenta años que discutían. En los últimos tiempos, la lenta y segura expansión comercial y cultural del Barrio Norte sobre el añejo Palermo les había entreverado usos y costumbres, y extrañado la clientela del café. La sustitución de las viejas sillas de madera y de la escultural máquina de café exprés de metal por sucedáneos plásticos equívocamente más modernos no conseguían arruinarlo del todo todavía; y los gallegos seguían ahí, casi embalsamados, un diseño probado e imperturbable alternándose tras la registradora.
El veterano dio un par de sorbitos a la caña, sacó la libreta de tapas de hule negro que solía utilizar para dejar constancia de sus perplejidades y estuvo tratando de ordenar por escrito los nombres, las circunstancias, los agujeros, enigmas y coincidencias que se habían ido acumulando en apenas tres días de laburo. El conjunto desplegado no era un crucigrama ni una madeja ni una cuenta ni un teorema ni nada complicado pero mensurable o desatable. A lo que se parecía era a algo más vulgar e intrincado: la receta oral, cambiante, acaso mal transcripta, de un guiso con muchos ingredientes y variados condimentos. No era fácil, en este caso, determinar qué era sustantivo y qué mero toque de sabor.
La costumbre lo llevó a enumerar primero las personas / personajes, después los ámbitos físicos y sociales en los que se movían, luego las variables ocasionales: roles secundarios y lugares de paso. Después, los vínculos. En algún caso giraban como átomos alrededor de un núcleo; en otros las flechas se dispersaban en todas direcciones, como una rosa de los vientos.
Llenó dos hojas de datos, nombres y vectores en todos los sentidos. Todo interrumpido, intervenido por dibujos esquemáticos, monigotes humanos, autos, casas clásicas con techo a dos aguas, edificios cuadrados. Recapituló: hospitales varios, mujeres superpuestas, cruces insólitos, muy pocas variables libres; todo se refería al resto sin optar por una función reconocible; cada elemento aludía al conjunto sin denunciar su propio
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lugar. Como si fuera un rompecabezas al que aparentemente no le faltaran piezas pero que sin embargo no encajaban: eran parecidas pero de diferentes juegos.
Estaba metido por lo menos en dos historias diferentes. La desaparición de Opi (huida o secuestro) y la minita desamparada que llegó a pedir auxilio. Casos clásicos: cien novelas arrancaban así. Pero ya tenía evidencias de que no eran del todo independientes. Los conectaban el oscuro Medina y las patotas de la represión. Estaban en todas partes.
Anotó todo eso.
Miró el reloj. Eran casi las ocho y Tony no tardaría en llegar. Lo putearía, seguro: el Gallego era, como todo viejo mozo de café, absolutamente incombustible. Aunque fuera consciente de que había quedado en orsai después de arrugar mal y mentir peor con la chica, y pese a la evidencia de que ocultaba cosas en todo ese asunto que llevaba a los tropezones, Etchenike sabía que su mañero ayudante no aflojaría. Y ante circunstancias como las del día anterior, cuando por razones de seguridad él mismo había sentido la necesidad de cortarse solo, administrar la información y desaparecer sin explicaciones, el veterano estaba seguro de que el costo de su reserva sería una vez más el que solía: el enojo y los reproches a su alrededor, Tony García con su ya clásica cara de culo.
Estaba preparándose para eso cuando la mujer lo sorprendió:
—Dibuja mal.
Se volvió apenas y —antes de verla entera— sintió el perfume fuerte. Estaba parada al costado de la mesa, detrás de él, apenas asomada por encima de su hombro; el dedo flaco con la uña mal pintada rojo fuego casi tocaba la libreta.
—Es cierto —admitió el veterano—. De pronto, hay coincidencia en que hago todo mal.
—Seguro —ratificó la mujer—. Con permiso.
Dio un paso, giró y se dejó caer en la silla frente a él.
—Soy Aída Pirozzi.
—Ah.
La mujer alta se acomodó el pelo lacio y oscuro que le cubría parte de la frente y colocó en diagonal las sueltas hebras canosas detrás de la oreja
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derecha. Había un aro pequeño ahí, con una piedra celeste que no parecía estar o ser tan fría como los ojos entornados del mismo color.
—Su amigo no va a venir —dijo, y suspiró ruidosamente—. Me pidió que le diga que se vaya a la puta madre que lo parió.
Etchenike supo que la dama estaba en baja pero tenía estilo, y le gustó:
—Era lo previsto. Pero ese tipo de mensajes prefiero recibirlos
personalmente.
—No va a ser posible.
La cuestión iría para largo. El veterano agitó la mano y pidió por señas otra Legui. La dama se sumó con una sonrisa de dientes grandes entre labios rojos mal pintados.
—Que sean dos —dijo Etchenike en voz alta.
Mientras el mozo, un Astorga lejano, gordo y engominado, asentía, ella no perdió tiempo:
—Le cuento, para que se ubique: mi hermano es un pesado.
—Mi socio también.
—¿En qué sentido?
—Un poco molesto, digo.
Ella volvió a mostrar los dientes, pero ahora no sonreía:
—No entiende. Mi hermano es oficial retirado de la Prefectura: un pesado, pesado. Y con él no se jode.
—¿Quién quiere joder con él?
— Ustedes: con él y conmigo. —¿Y quiénes somos nosotros?
—Es lo que me vas a decir, hijo de puta. —Un momento…
Y ahí llegó el veterano mozo con las dos Legui.
Primero acodado en el mostrador y después mientras se acercaba a la
mesa, Etchenike bien podía suponer que el mozo había tratado de adivinar, imaginar —más por aburrido que por genuina curiosidad— la relación que existía entre ellos dos: qué era lo que vinculaba a la pareja, ese hombre viejo y antiguo cliente con esa mujer alta, mucho más joven pero en franco deterioro que había llegado después y se había sentado a su mesa sin beso previo ni saludo ulterior.
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Algunos prósperos años atrás, cuando se repartían el salón y la vereda entre tres gastronómicos, los mozos se entretenían con eso, jugaban a adivinar con las parejas; Astorga competía con el pelado Goñi y el mellizo Méndez, y supo ganar un par de veces. Para eso había que encontrar la manera de confirmar, ratificar después o durante con algún tipo de certeza las opiniones confrontadas. No siempre se podía. La noche que embocó a una pareja de cuñados de trampa fue lo máximo, su momento de gloria. Y Etchenike, de refilón y por habitué, había compartido aquellas secretas, ociosas apuestas.
Ahora, el mozo había llegado a escuchar el fin del insulto de ella y seguramente lamentaba haber interrumpido la réplica del hombre. Siempre era revelador cómo alguien reaccionaba ante una puteada. Pero los dos quedaron en silencio mientras él distribuía las cañas con su platito de metal siempre al borde del desborde.
—Gracias —dijo el veterano.
Ella no dijo nada. Tal vez sólo esperaba que él se fuera para seguir insultándolo. Mientras, los dos levantaron las respectivas copitas y bebieron mirándose a los ojos.
Acaso el mozo pensó, al alejarse, que no podía todavía aventurar qué vínculo había entre esos dos desparejos, qué los había llevado a esa mesa y a que la mujer lo puteara. Pero seguro que ella no era una corneada herida, ni una hermana o sobrina ninguneada en una herencia o la amiga era una hija maltratada, ni una madre defendiendo sus cachorros de quién sabe qué perverso veterano. Tampoco una socia, una colega, una inquilina. Una nuera, acaso. ¿Una hijastra? Por ahí, mejor. Esa mina era una hija, hablaba desde el lugar tardío de una hija. No una hija de él, claro está. ¿Un amigo del padre? Un socio del padre, tal vez. Ella era sobre todo una hija, hablaba como una hija. El padre no era él: el padre era el tema.
Etchenike aprovechó la pausa de las cañas para relajarse:
—No es necesario alzar la voz —dijo tras el breve primer sorbito—. Y, por favor, hábleme del pesado.
—¿No escuchaste, tarado? Mi hermano es oficial mayor retirado de la Prefectura Nacional —recitó la dama.
El veterano se empinó el resto de la segunda Legui de un saque:
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—Ese pesado no me interesa. Dígame, sin insultar y sin mentirme, qué pasó con mi socio.
—Será socio, porque amigo no es —acotó ella, casi confidencial—. ¿Un consejo? Echalo: no sirve para nada. Espía mal y cuando lo aprietan canta enseguida. Nos dio esta cita y encima me encargó especialmente que te puteara.
—¿Dónde está?
—Eso te lo voy a decir después, si tengo ganas. Ahora el tema va a ser el que yo te diga: contame quiénes son ustedes.
—Yo soy yo, pero sobre todo mis circunstancias —citó berreta el veterano—: Hugo Pratt me contrató para que averigüe qué le pasó a su amigo Opi. Su amigo de él, su padre de usted.
—No tiene amigos.
—¿Opi?
—A él le sobran. Pratt, digo: un gordo falluto.
Etchenike la dejó correr:
—Lo que quiera: ése soy yo, más mi socio Tony, ausente sin aviso y por su culpa, parece. Nosotros. No hay más.
Aída Pirozzi parpadeó, asintió como si aceptara acríticamente la descripción. Pero el veterano intuyó que ni siquiera lo había escuchado. La dama hizo un gesto con la mano frente a su cara como si borrara algo o disipara cierta neblina o humo molesto y se largó a hablar. Se explayó durante cinco minutos de reloj en los detallados fundamentos que avalaban su afirmación anterior respecto del artista veneciano y después, sin transición, cambió de frente:
—Ahora vamos a lo que importa: contame cómo armaron las cosas para quedarse con toda la guita de la venta de la obra de mi viejo.
—No sé de qué me habla, Aída. —Y no lo sabía, aunque podía seguirle la línea de razonamiento—. ¿Quiénes dice? ¿Pratt? ¿La galería?
Ella se empinó el culito escaso de la Legui y se inclinó hacia adelante:
—Esa guacha, Malena, zurda tupamara, armó todo con el otro barbudo
puto, el de la revista.
—¿Diego Fierro?
—Ése, ese ladrón: nos pidió originales para la exposición de homenaje
y ahora los vendió. No podía hacer eso: son nuestros, y no pensamos
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vender nada. Por eso inventaron la desaparición.
—¿Cómo que inventaron?
La dama seguía sin escuchar:
—¿Dónde lo tienen? Vos lo sabés.
—Si pregunta por Opi, no sé qué pasó. Si se escapó solo o si se lo llevó alguien.
—¿Quién se lo va a llevar? —saltó ella con los ojos abiertos como platos—. ¡Ellos mismos fueron, tarado! Un autosecuestro, eso fue. Me lo explicó mi hermano Daniel…
Etchenike estuvo a punto de tirarle la versión de que lo había levantado una patota pero se contuvo. Por otra parte, le dolía la nuca todavía y ese dolor también tenía algo que decir. Prefirió seguir la senda del boludo:
—¿Autosecuestro?
—Eso mismo: vas a ver que van a decir que pagaron rescate — concluyó Aída después de un momento—. Para justificar que no van a rendir cuentas de lo que se afanaron…
—No entiendo.
Ella pareció perder la paciencia que no tenía:
—¿No sabés que hoy de golpe y sin aviso levantaron la exposición? — Y cobró aliento—. Todo vendido, dijeron.
Y arrebatadamente, sin levantar la voz pero con los expresivos ademanes acordes a la índole del relato, la descosida dama desarrolló, en no menos de ocho minutos y sin que el veterano pudiese intercalar pregunta alguna, su minuciosa teoría conspirativa. Según Aída, la eventual reaparición en cualquier momento de Opi no cambiaba la esencia de la cuestión, sólo agregaba un paso más en la realización del plan, apuraba el resultado.
Llegó al final y volvió a encararlo, casi generosa:
—Ahora hay una sola cosa que necesito que me digas vos, forro:
¿quién es Germán?
Fue como si de pronto y sin aviso hubieran cambiado el decorado. No sólo de un acto a otro; de una pieza a otra.
—¿Germán? —Etchenike negó con la cabeza, adelantó el labio inferior al borde del fastidio—. No sé de quién me habla.
Ella se echó hacia atrás, separó las manos:
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—Dame ese dato y te devuelvo al inútil.
—¿Dónde está Tony?
La mujer volvió la cabeza hacia la ventana que daba a Thames.
—Hay un coche estacionado ahí enfrente —dijo con voz extrañamente serena—. Si yo hago un gesto, tu socio es boleta. Dicen que la guita es para Germán. ¿Quién es Germán?
Etchenike trató de ver a través del vidrio y la creciente oscuridad. —¿Es un Falcon?
—No seas obvio —breve pausa—. ¿Quién es Germán?
El veterano suspiró hondo, cerró con gesto calmo la libreta de tapas negras llena de dibujitos, la guardó en el bolsillo y se puso de pie.
—Quedate ahí —dijo ella.
Etchenike la miró un instante y caminó hacia la puerta.
—Imbécil —oyó a sus espaldas.
Tal vez por eso se detuvo, volvió sobre sus pasos en silencio y con gesto rápido agarró a la mujer del brazo y la arrancó literalmente de la silla. La mesa se tambaleó, rodaron las copitas.
—Qué hacés, hijo de puta —dijo Aída.
Etchenike la arrastró hacia la salida siempre sin palabras. En algún momento había aparecido en su mano el 38 que ahora estaba discretamente clavado en las costillas de la dama.
Astorga, que hacía espaldas en la barra, se volvió hacia el gallego de la caja:
—Manuel, llame a la policía.
Enfrente, en un Fairlane, eran dos y Tony: uno al volante y otro con él, atrás. Cuando los vieron salir, se movieron. El acompañante de Tony empezó a abrir la puerta que daba a la vereda. Tenía una pistola.
—¡Guarda! —gritó el Gallego.
El veterano levantó el 38, apoyó ostensiblemente el caño bajo la mandíbula de Aída y caminó derecho hacia el auto, cruzando la calle.
Sonó un disparo intimidatorio que pegó en el cartel de neón de La Contienda y lo apagó. Hubo una estampida adentro. Sonó otro tiro y Etchenike se dejó caer.
—¡Soltala! —le gritaron.
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Desde el suelo y enredado entre las piernas y los gritos de la dama que no dejaba de putear, el veterano trató de apuntarle al que tiraba apoyado en el techo del coche.
—¡Soltala! —le repitieron.
La apretó más fuerte contra sí, se escudó con ella sin levantarse y ahora sí disparó un par de veces y le dio al espejito retrovisor. En algún lado sonó una sirena creciente.
—¡Salí del auto, Tony! —gritó.
Aída Pirozzi consiguió aplicar un rodillazo en algún lugar de la anatomía de Etchenike entre el ombligo y los huevos.
—Ugh.
La dama se soltó y gateó con un zapato menos mientras un incauto auto blanco que acababa de doblar por Thames se cruzaba y frenaba a un metro del veterano tendido.
—¡Aída, vamos! —dijeron desde el Fairlane.
—¡Tirate, Tony! —gritó a su vez Etchenike disparando al aire.
El conductor del auto blanco recién llegado entró en pánico y comenzó a dar rápida marcha atrás justo cuando el coche de la policía en emergencia doblaba a mil y a ciegas. El patrullero se llevó puesto al blanco y le hizo saltar la tapa del baúl. La sirena siguió sonando, tapando gritos y gemidos, pero no se bajó nadie.
Tras el estrépito, en medio de la semioscuridad, la mujer consiguió meterse, gateando, en el asiento trasero del Fairlane ya en marcha con las puertas abiertas.
—¡Vamos, vamos…! —le decían.
El conductor metió primera y aceleró. Etchenike, tendido en la calle y por simple reflejo, encogió las piernas. El Fairlane pasó junto a él, raspando entre los dos chocados y el cordón, y se perdió por Soler hacia el norte. El patrullero seguía ahí, quieto, escorado y con las luces encendidas. El auto blanco, ni siquiera eso.
Pasó medio minuto.
—Julio, estoy acá.
La voz temblorosa venía desde la vereda en sombras.
Se levantaron los dos al mismo tiempo del suelo y se arrimaron hasta palparse. Luego, en silencio, cruzaron la calle y caminaron hasta la puerta
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iluminada del bar a contramano de un par de curiosos.
La clientela se había dispersado; no quedaba nadie pero Astorga seguía en el mismo lugar; el gallego dueño no se había movido de la caja.
—Dos Legui más —dijo Etchenike mientras volvía a la mesa abandonada.
Puso un poco de orden y se sentó frente a Tony, que ocupó naturalmente el lugar de la dama intempestiva. Resoplaron un par de veces en silencio.
—¿Estás bien?
El Gallego asintió.
—Parecés un bicho bolita —dijo el veterano.
De afuera llegaban ruidos de walkie-talkie, algunas corridas. Después de un rato, un policía joven entró sosteniendo a otro de bigotes entre quejidos. Se acomodaron junto a la ventana. Nadie se les acercó.
Etchenike hizo un gesto hacia la barra y enseguida llegó Astorga con las dos copitas de caña. Las puso ahí y dijo:
—Ella tiene problemas con el padre.
Y era como si siguieran una larga conversación ocasionalmente interrumpida.
—Sí —admitió el veterano con naturalidad—. Seguro. Pero oíme bien:
nunca estuvo, nunca estuvimos acá.
El mozo levantó las cejas, y después de un momento dio media vuelta y se fue. Tony sólo miraba.
—¿Qué fue eso?
—Un hombre muy observador. Me hace acordar a vos, Tony, cuando laburabas en el bar Suárez.
El Gallego tomó celosas distancias:
—Yo no me metía con los clientes.
—Conmigo sí.
—Es distinto —y se empinó la Legui.
Etchenike pensó que en algún momento, no podía decir cuándo, se habían convertido en una pareja.
—Ahí vuelve —dijo su amigo con un dejo leve de reproche.
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El mozo traía la bandeja cargada con los pocillos usados y los ceniceros de un par de mesas que acababa de desocupar. Pero tenía algo en la mano libre que depositó equidistante de ambos:
—¿Se lo dan ustedes, se lo doy a la policía o espero que lo venga a reclamar ella?
El zapato negro de cachuzo taco alto sin tapita y tamaño algo excesivo quedó allí, levemente escorado hacia afuera.
—Yo me encargo —dijo el veterano—. Gracias.
Lo palmeó a la altura de la cadera y le guiñó un ojo. Astorga insinuó una leve inclinación de cabeza y se fue por donde había venido.
—Chueca, la flaca —dijo el Gallego en otra, tocando el zapato con un dedo—. Esta mina es una bruja en serio, Julio. No sabés…
—Sí que sé.
Comenzaban el intercambio de informaciones y conjeturas cuando vieron que el mozo se arrimaba a la mesa de los canas. Se entretuvo un rato allí, incluso los señaló a ellos un par de veces.
Etchenike observaba.
—Mejor nos vamos —dijo Tony—. Van a venir a apretarnos ya. Como para confirmarlo, el policía que acompañaba al herido en el
choque cruzó todo el bar y se arrimó rengueando. Era muy joven, la gorra en la mano:
—Señores, ustedes dos —dijo telegráfico—. Me tienen que acompañar.
—¿Por qué? —Y el Gallego había escondido el zapato bajo la mesa.
—Testigos.
—Claro, oficial —dijo el veterano copita en mano, alevosamente mareado—. Vimos todo desde acá. Casi todo, bah. Todo el mundo salió cagando… con perdón, cuando empezó el tiroteo.
El oficialito suspiró:
—Documentos.
No sin dificultad, el veterano y Tony encontraron y mostraron sus vetustas cédulas de identidad. Les tomó también las respectivas direcciones.
—A ver, usted, cuente —dijo el policía mientras anotaba los datos en una libreta.
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Etchenike se acomodó en la silla, agitó la cabeza buscando despejarse, señaló la mesa contigua, que el mozo acababa de limpiar.
—Había una pareja ahí. Un hombre mayor, un tipo grande, y una mujer. Ella hablaba a los gritos, discutían. De repente él la agarró del brazo y la sacó a la calle. La mujer lo puteaba…
—¿El sujeto estaba armado?
—Sí, la llevaba así. —El veterano se paró, un poco vacilante, y tomó al policía del brazo; le clavó el índice en las costillas y caminó tres imprecisos pasos hacia la salida—. Y salieron por esta puerta.
Lo soltó y volvió a la mesa, se sentó: se dejó caer, en realidad.
—¿Quién disparó? —quiso saber el uniformado.
—No estoy seguro quién fue el primero. Había… un coche estacionado enfrente. De ahí tiraron, rompieron el cartel. Pero cuando empezaron los tiros me agaché y no vi bien.
—¿Y usted?
—En medio del quilombo del choque la mina se escapó y se subió al auto. Se fueron para allá —completó Tony.
—¿Y el que estaba con ella?
Etchenike y Tony se miraron:
—Si no está muerto por ahí, se debe haber rajado. De pronto no estaba más —dijo el veterano—. Tal vez el mozo haya visto algo…
—Sí —aprobó Tony—. ¿Él qué dice que vio?
El joven oficial se volvió hacia el mostrador; ahí estaba el gordo engominado, acodado, la mirada fija en ellos.
—Vio, algo vio. Dice que ustedes son los únicos clientes que se quedaron.
—Con tres vueltas de caña no estaba para moverse mucho —dijo Etchenike con una sonrisa torcida—. Incluso hay que pagarlas, todavía.
Mientras juntaba los tickets, el veterano vio de reojo la mancha de rouge en la copita estacionada frente a Tony.
—Se me ocurre, oficial —dijo con tono diligente y señalando la mesa contigua—: esta gente tiene que haber dejado algún rastro, huellas, esas cosas.
Y ahí levantó el brazo en señal de llamada al mozo.
—¿Qué hace?
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—Iba a comentarle eso, precisamente. —¿Nos va a enseñar a trabajar? —No, claro que no.
Pasaron unos segundos. El policía no decía nada, sólo los miraba. —Además es tarde, Julio, mejor nos vamos —dijo Tony, encarándose
con el veterano—. Mirá la hora que es: casi las nueve. Si esto ya está… — Y estiró la mano hacia los documentos, pésimas cartas de Tarot abandonadas sobre la mesa.
El policía le dio un tincazo despectivo a los dedos del Gallego, que se retrajo:
—No toque —dijo sin énfasis.
En ese momento, una sirena que desde hacía un rato se insinuaba desde el fondo de los rumores de la noche aumentó su intensidad hasta cortarse de golpe con la irrupción, por la puerta y las ventanas del bar, de chorros alternativos de colores primarios. La ambulancia de la Policía Federal se detenía frente a La Contienda.
El oficial se volvió, gritó algo al otro policía, y antes de apartarse de la mesa les pidió los respectivos números de teléfono. Se los dieron. Anotó y les devolvió los documentos:
—Comisaría 25, Scalabrini Ortiz 1300, mañana a las ocho, a declarar —dijo de corrido.
—Sí, señor.
—Suboficial Pfeiffer —se señaló el pecho, se puso la gorra—. Si no, los vamos a buscar.
Volvieron a asentir.
Después se levantaron, pasaron a dar secretas gracias por el mostrador, y antes de que la ambulancia se llevara al policía accidentado ya habían pagado y desaparecido por la puerta lateral.
Tenían mucho que hablar y acordaron en que el taxi no era precisamente un lugar seguro. Caminando rápido, resollando bajo los árboles de Thames, enfilaron hacia la distante parada del 109.
—Cómo te miraba el mozo —dijo apenas Tony, acaso resentido—. A mí en treinta años nunca me dejaron una propina así.
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—Y es poco, te aseguro. ¿Tenés el zapato?
El Gallego lo tenía, le abultaba en el bolsillo del saco.
—Qué pata… No es el zapatito de Blancanieves…
—Tampoco es esa película, Gallego: la que perdió el zapatito era Cenicienta.
—¿Seguro?
—Tengo una hija mujer, la llevaba al Los Ángeles.
—No todo es cine negro.
—Por suerte, no.
Llegaron a la parada del colectivo. Ahí venía el 109.
—¿Tenés monedas?
Tony se tantéo los bolsillos:
—No.
—Todo mal —dijo excesivamente el veterano—. Hoy, todo mal.
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Confesiones de otoño
El viaje fue largo y tardaron en sentarse. Al fin, a la altura de Pueyrredón se acomodaron en el último asiento doble, pegado a la puerta. Pese a la insistencia de Tony, el veterano postergó el relato de lo que había sido su literal experiencia traumática del día anterior hasta que el Gallego terminara de contar la suya, nueva cadena de tropiezos que abrió con una frase conmovedora:
—Me equivoqué, Julio.
El primer error había consistido, según él, en suponer que Aída Pirozzi podía ser una persona medianamente razonable, y por eso no había vacilado en abordarla con espontaneidad y argumentos genuinos. Se confió, decía. La mujer vivía sola en un departamento de Catalinas Sur, una docena y media de modernos monoblocks empeñados —sin resultado definitivo aún— en reemplazar con torres de cemento y ralos jardines los salvajes baldíos que por décadas definieron el paisaje más allá del Hospital Argerich. Como un puñado de dados nuevos sobre un paño verde pelado y roto, el barrio era una especie de cuña civilizatoria clavada en el costado menos pintoresco de La Boca, esa tierra de nadie entre las vías del esporádico tren que iba a la estación Casa Amarilla y la vieja Dársena Sur.
—Conozco —dijo el veterano.
Recordó que alguna vez, acaso veinte años atrás, había abordado ahí, en ese oscuro muelle y tras el largo traqueteo en taxi por el empedrado de Pedro de Mendoza, el Vapor de la Carrera para Montevideo. Iba con su mujer; en un aniversario, tal vez. El viaje duraba toda la noche y había sido lindo salir del camarote con el amanecer y quedarse ahí, acodados en la borda, muy juntos y abrigados contra el frío húmedo en medio de la niebla y el olor dulzón del río, mientras se iba perfilando la ciudad en el
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horizonte oriental. Era en otoño, corría una brisa suave y Teresa no temblaba ni tosía.
—Le apreté el portero eléctrico y me identifiqué recordándole la escena del lunes con Pratt en La Academia; y ése fue el primer error — admitía ahora Tony, a su lado—. Como me reconoció, me fui de boca.
La mujer lo había recibido casi cordial pero en estado de alerta. Lo invitó a sentarse en el único espacio libre que quedaba en un sillón con dos gatos y saturado de cosas, y tras obligarlo a describir «exactamente» la naturaleza de su papel en el caso de la desaparición de su padre, lo convidó con un mate de ginebra a las tres de la tarde.
—¿Y qué hiciste?
—Me lo tomé.
—Es costumbre de campo.
—Y de milicos. Me dijo que su hermano Daniel, cuando estaba de prefecto en el sur, se tomaba un porrón sin pestañear.
—Su hermano el pesado.
—Ése. Que es medio hermano, en realidad. Hijo de la primera mujer de Pirozzi. Es Daniel Perlado. Y esta mina tiene algo raro con el hermano, ya vas a ver.
—No me digas.
—Sí te digo.
Según Tony, a partir de ahí la vehemente Aída Pirozzi había monologado durante una hora larga sin soltar el mate cargado y sin dejar nunca de putear cada un par de minutos a Malena, la yegua esa, la tupamara, la ladrona y un largo etcétera de improperios. En los breves intervalos más o menos coherentes le contó que por ella —sin explicar cómo— se había quedado en la calle, y que si vivía ahí, de prestado, era gracias a su hermano (medio hermano, en realidad, hijo de la primera mujer de Opi) que la protegía. Incluso, para convencerlo, la vehemente había arrastrado al Gallego hasta la ventana para mostrarle dónde vivía él, su fraternal custodio, al lado mismo, en un «edificio de la Prefectura», parte de otro conjunto de monoblocks más grandes y sólidos. «Ahí son todos militares», le había dicho. Por eso el barrio era seguro, protegido contra esos zurdos hijos de puta, etcétera. Cada tanto, sin embargo, la mujer volvía a ponerse en situación y se acordaba de preguntarle detalles
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sobre su interés particular en el caso —que desoía— y pormenores respecto de la relación con Pratt, al que no podía dejar de denostar con énfasis.
—Creo que nunca entendió o quiso entender de qué se trataba el laburo nuestro —concluyó el Gallego.
—¿Pero cómo me mencionaste a mí?
—Fue muy raro, Julio: yo trataba de convencerla de que estábamos del mismo lado, que queríamos encontrar a Opi y que para eso teníamos que sumar información. Pero era difícil, porque además de desconfiada tenía un pedo que ni veía. Ahí fue que me preguntó para quién trabajaba y le dije que era parte de una agencia de investigaciones privada. Así, en esos términos. Insistió y al final le tiré tu nombre. Incluso le dije que iba a poder contactar con vos esta misma tarde, si quería.
—¿La mina te sacó esa información? No lo puedo creer.
Ahí Tony vaciló, miró por la ventanilla como buscando alguna razón o certeza para seguir.
—No, eso fue después —admitió—. Cuando cayeron los tipos. —¿Qué tipos?
—La custodia de Perlado. Los del Fairlane —dijo Tony en dos tiempos
—. Pero eso, quiénes eran, no lo supe en el momento.
Estaban ya a la altura de la 9 de Julio y Etchenike sintió que recién la
crónica del Gallego iba tomando el perfil definitivo.
—¿Cómo fue?
Según Tony, en un momento dado, cuando la conversación no avanzaba y se había acabado la ginebra, sonó el teléfono y ella atendió. El Gallego en principio no pudo darse cuenta de con quién hablaba, pero era alguien de confianza. Después entendió que era el hermano. Ella bajó la voz, siguió un ratito de charla, dijo algo así como «dale, que suban» y colgó.
—«¿Dale, que suban?».
—Eso me pareció o me di cuenta más tarde, con lo que pasó.
Y ahí Tony explicó que después de la llamada Aída había estado como más espabilada y empezó a hacerle preguntas cada vez más agresivas, sobre nombres de gente que él no conocía y volvía mucho sobre uno: Germán.
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—Esta loca se concentró en eso —concluyó con extraño gesto de fastidio—: Quería saber quién era Germán.
—A mí también me lo preguntó.
—¿Y vos sabés?
El veterano negó con la cabeza.
—Ah… —y Tony cerró los ojos—. Le tendría que haber dicho cualquier cosa a esta demente… Justo me estaba hinchando las pelotas con eso cuando tocaron el timbre del portero y ella hizo subir a los tipos. Eran dos.
—La custodia del hermano.
—Ahí me tendría que haber ido.
Etchenike supo que detrás de esa frase había algo incómodo que el Gallego no tenía ganas de nombrar. Al menos por el momento.
—¿Te asustaste?
—No. Qué me voy a asustar, pero…
—Pero…
—Viste cómo es: estos monos se pasan las horas al pedo, en el coche
del milico, esperando sin nada que hacer, y de pronto se encuentran con
algo para entretenerse.
—No entiendo.
El Gallego hizo un gesto evasivo.
—Fue el hermano milico el que la llamó, ¿no? —insistió el veterano
—. Y los mandó para que te apretaran.
—No, pero algo así —dijo Tony y se incorporó, repentinamente
apurado—. Bajamos en la próxima.
En las cuadras de camino a la oficina el relato se hizo aún más entrecortado. En síntesis, el Gallego contó que con la aparición de los dos tipos el tema de Germán se había convertido en motivo excluyente de lo que ya era un interrogatorio y ahí, como para ganar tiempo, tuvo la peregrina idea de suponer que acaso Etchenike sabía algo. Y no sólo: pensó que si le decía a ella que podían ir juntos a la cita en Palermo se calmaría.
—Qué idea más pelotuda.
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Asintió el Gallego, a su pesar:
—Boludísima idea, porque la mina aceptó. Y los tipos se ofrecieron a llevarla —agregó en voz baja—. El resto lo sabés.
Caminaron media cuadra en silencio.
—¿Qué pasa? —dijo el veterano.
—Esto no es para mí, Julio.
—¿De qué hablás?
—Ya viste lo de ayer. No quiero terminar en una zanja.
—Te amenazaron.
—Eso es lo de menos. Hoy no fuimos boleta de casualidad… Creí que te habían bajado. Y los llevé yo ahí.
—Un error, está bien.
—No es para mí. Fijate lo del otro día con la piba esa… Nunca más. Era el momento de apurarlo con el tema de la cartera de la chica pero
Etchenike no pudo, lo dejó pasar. Y Tony lo sintió así.
Subieron al ascensor en silencio. El veterano miraba al Gallego, que miraba al piso. Al encender la luz de la oficina se produjo el habitual desbande de cucarachas.
Tony García enfiló para el baño:
—Me echo un meo y me voy a dormir.
El veterano se dejó caer en el sillón del escritorio. Un día de mierda. Tres días de mierda. Se palpó una vez más la nuca dolorida. Tal vez no tendría que haber tirado el ridículo cuello ortopédico, pero ya era tarde; tal vez tendría que haber llamado a su hija para explicar el episodio con el psicólogo, pero ya era tarde también; tal vez tendría que haberle contado a Tony toda la verdad de lo que había pasado con Diego Fierro y la estadía en el Clínicas y distraerlo un poco de sus propias penas.
Eso, distraerlo y levantarle el ánimo. Se volvió hacia la puerta cerrada del baño:
—Gallego…
Al segundo llamado sin respuesta se levantó y golpeó suavemente con los nudillos:
—¿Estás bien?
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Tras un momento de espera empuñó el picaporte y se dispuso a entrar.
—¡Ya voy! —quiso pararlo Tony.
Abrió igual.
El Gallego estaba apoyado en el minúsculo lavamanos, inclinado hacia adelante y con la cabeza gacha. Se había sacado los anteojos y la camisa y respiraba con ruido, acaso gemía. Se volvió hacia Etchenike y trató de cubrirse el torso con los brazos. Tenía tres o cuatro lamparones cárdenos sobre las costillas, otros a la altura de los riñones y en la base del cuello.
—Te cagaron a palos.
Tony no contestó pero se enderezó y comenzó a ponerse dificultosamente la camisa.
Etchenike volvió al escritorio y sin mirar la hora discó el número del privado del Colorado Macías. Ya se había ido a la casa; le dejó un mensaje a alguien que no era el imberbe y colgó.
El Gallego estaba ahí, de nuevo vestido y repuesto. Saco y corbata. —¿Cómo fue que te hicieron eso? —le preguntó sin demasiadas ganas
de saber.
—Saben pegar —admitió Tony, y encaró para la puerta.
—Esperá un momento.
El veterano habló rápido, quería tranquilizarlo de apuro: Macías los ayudaría, tenía con qué negociar. No bien lo localizara lo pondría al tanto del incidente de La Contienda y zafarían de la citación en la seccional.
El Gallego asintió.
—Gracias —dijo—. Pero ahora me voy. No quiero más, nunca más.
—Está bien, andate —le concedió Etchenike.
Lo vio que vacilaba.
—¿Algo más que necesite saber? —lo apuró casi a su pesar—. ¿Algo más que quieras dejarme?
Tony García metió la mano en el bolsillo, puso el zapato de Aída Pirozzi sobre el escritorio y salió sin darse vuelta.
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Almohada serial
Se puede suponer que después de un día interminable y a esa altura de la noche y de la perpleja historia que lo llevaba de un lado para otro desde hace tres días como si rebotara dentro de una caja que sacude un niño tonto o simplemente aburrido, Etchenike necesitaría descansar. O simplemente parar, detenerse. Porque sabía que algo estaba mal, desencajado, y no conseguía encontrar la sucesión —para no decir la lógica— de los hechos.
Lo que sí encontró fue media botella de Llave en el tercer cajón del escritorio, acostada. La ginebra a pico, sin hielo ni pretexto ni compañía cercana que la justificara, tenía sus pausados y severos efectos que avalaban años de experimentación sin otras prevenciones que las propias del cuidado de la decencia y la intimidad. En este caso, el veterano puso la botella sobre el escritorio junto al zapato abandonado y la fue desagotando con minuciosa parsimonia mientras retomaba las anárquicas anotaciones que la funesta dama le interrumpiera en La Contienda.
No llegó muy lejos. Antes de la medianoche cabeceaba, y se rindió. Calculó que le quedaban apenas un par de tragos y menos de media docena de cigarrillos para fumar de últimas en la cama. Fue al baño, se lavó los dientes, tomó un par de aspirinas para el dolor en la nuca, pasó al cuarto donde dormía y se desvistió a la luz del velador. Se acostó, apagó la luz y se quedó largo rato esperando el sueño, fumando en la oscuridad. Cuando enterró el tercer cigarrillo se volvió de costado y cerró los ojos.
Sonó el teléfono.
Pensó que era el Gallego, tal vez fuera Sayago, y corrió en calzoncillos. Pero no:
—¿Me llamaste? —era Macías.
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—Sí, disculpá la hora. Fue por una boludez.
Le explicó breve y bastante falso lo de La Contienda, le pidió la eximición de pasar a declarar, en pocas horas, por la seccional:
—No puedo ir, Colorado. Se me fue el Gallego y no lo voy a conseguir.
—No vayas, tranquilo. Y con tu gallego no se pierde nada. Y el otro que tenés tampoco vale nada. Hoy temprano te llamé ahí y tu ladero oscuro me contó lo de ayer… Bah, lo que le contaste que te pasó ayer, ese accidente del que no te acordás —dijo con voz cavernosa—. Entonces a la tarde fui al Clínicas, como un pelotudo, y ya no estabas.
—Salí rajando. Mi nieto, Colorado; me había olvidado de una consulta médica —argumentó el veterano sin explicar—. Y hay prioridades.
—¿Qué es eso de que no sabés qué te pasó ayer?
—Tal cual —e instintivamente Etchenike se llevó una vez más la mano a la cabeza dolorida—. Me desperté acostado en la guardia. No me acuerdo de nada.
El inspector Macías se tomó su tiempo, como si tuviera que elaborar alguna opinión sobre lo que acababa de escuchar:
—Mentís mal —concluyó.
—Lo sé —dijo Etchenike, acaso demasiado rápido—. Pero eso no importa ahora. ¿A Opi lo levantó una patota?
Hubo un hueco de silencio, pausa excesiva para su ansiedad:
—Creeme que no lo sé —dijo el Colorado en registro inusual—. Pero
por si acaso… no vayas por ahí.
—Vos también mentís mal.
—Tal vez, pero yo soy mano.
El veterano pensó que cuando se inventaran el truco y el póquer telefónico nunca aceptaría jugar contra el Colorado.
Y esta vez le cortó él.
Media hora después, con los ojos abiertos de par en par, cambiaba una vez más de posición en la cama, ahora hacia la derecha. Quedó de cara a la pared. Hubiese preferido acomodarse siempre boca arriba pero todavía no podía apoyar la nuca sin dolor. Las dos aspirinas habían mitigado en parte
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el malestar pero no ayudaban a la hora de dormir. La mezquina almohada, tampoco. Pensó en la botella de ginebra vacía que ya empezaría a juntar pelusas, acostada en espesas penumbras bajo la cama junto a los zapatos negros abandonados con las medias grises asomadas. Suspiró. Estaba cansado, le dolía gran parte del cuerpo y no podía parar la máquina, desconectarse de las tensiones y los residuos malsanos del día. Dormir, dormir. Tenía que avisarle a Tony que no fuera a la seccional. Pero el Gallego se había ido, mintiendo, quebrado y receloso. Y no volvería.
Sin abrir los ojos se dio vuelta otra vez levantando apenas la frazada para no arrastrarla en el giro al acomodarse. Así, volcado sobre el hombro izquierdo, había dormido durante cuarenta años con Teresa. Siempre en la misma cama grande y pesada, parte del juego de dormitorio —más una cómoda de cuatro cajones y dos mesitas de luz— comprado a plazos en Sadima. Como ella madrugaba, tenía el despertador de su lado y solía dormirse primero; le daba el beso de hasta mañana, se daba vuelta y apagaba la luz del velador. Él terminaba de leer La Razón y después se quedaba escuchando bajito la radio en la oscuridad hasta dormirse. Sin embargo, como siempre había tenido el sueño liviano, se despertaba varias veces en la noche cuando sentía que Teresa respiraba agitada a sus espaldas, se le pegaba para abrazarlo o gemía levemente boca abajo. Entonces él le tocaba el hombro sin llegar a despertarla: era como si la protegiera al interrumpir pesadillas que por la mañana ella no recordaría. Pero nunca le contó eso.
Se volvió una vez más y ahora sí abrió los ojos, desalentado. La difusa negrura de la oficina contigua convertida en el gris penoso que se abría paso por la puerta entreabierta recortaba apenas el perfil de la ropa abandonada sobre la única silla.
Como la oscuridad, el silencio tampoco era absoluto. Ahora un rumor de fragores mínimos e indiferenciados llegaba desde la avenida, desde las junturas de los muebles y las tablas del piso de la oficina, desde el baño y las viejas cañerías. Siempre había algo que sonaba en alguna parte pero sólo un esfuerzo sostenido de atención podía deslindar el origen de las partículas de roce, las hebras de vibración.
El veterano recordó interminables noches de verano con Teresa, tendidos en la cama como en una balsa en el negro océano. Para lidiar con
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el insomnio solían jugar a tratar de reconocer el origen y la naturaleza de los sonidos levísimos que poblaban el aparente silencio más allá o más acá del zumbido del infructuoso ventilador. Y perdía siempre, porque ella tenía un oído muy fino y la misma atención o disposición constante y serena que le permitía encontrar sus aros perdidos en la playa o enhebrar las agujas sin anteojos ni esfuerzo manifiesto. Casi un arquero zen, su mujer.
Pero esta vez estaba solo. Y lo iban a venir a buscar. Era eso: sabía que vendrían.
Cuando el carillón del Concejo Deliberante dio las tres, el veterano se dio por vencido y volvió a encender la luz del velador. Apartó la frazada y se sentó con los pies desnudos apoyados en el piso de madera. Encendió el penúltimo cigarrillo y echó el humo con un largo suspiro. El cuartito en el que casi un año atrás había improvisado su precario aguantadero, un cubo de diez metros cuadrados escasos sin ventana que los anteriores inquilinos de la vieja oficina —una fantasmal agencia para la contratación de artistas de variedades— habían utilizado como depósito de papeles y objetos o muebles sobrantes varios, era ahora su dormitorio y biblioteca. Precisamente una mesita laqueada de negro con firuletes chinos para espectáculos de magia era donde apoyaba el velador. Y el colorido armario de madera del mago —saturado de espejos por dentro y por afuera— que había servido para hacer desaparecer a la rubia asistente, era ahora el ropero donde sus gastadas pilchas se obstinaban en permanecer.
Eso era todo. La cama con la mesita contra una pared, el ropero al lado de la puerta, la silla con su ropa por ahí, y toda la pared enfrentada a la cama con los cinco estantes combados de libros, sobre todo novelas policiales, más pilas de cajas y cajas con recortes memoriosos y el fichero artesanal del crimen doméstico. La sobaquera con el revólver colgaba de un gancho de metal clavado en la puerta. Y el polvo, por todas partes.
Apagó el cigarrillo y recogió el cenicero repleto. Se levantó, fue al baño, tiró los puchos, orinó sobre ellos y apretó el botón. Después se lavó la cara y las manos, tomó un vaso de agua, se asomó un par de minutos a la ventana y volvió al cuarto. No había manera de dormir; tampoco tenía sentido abandonar la cama. Leer un rato, tal vez.
Sobre la mesita se apilaban las novelas de los últimos días. La deprimente Cóctel de barro (¿quién había sido el criminal que la había
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titulado así?) a la que había renunciado por segunda vez, con perdón de Marlowe; Su turno para morir, de un desconocido Alberto Laiseca, un tano acaso, un seudónimo seguro; y El Cabeza, de Martelli, que estaba muy bien. Las había comprado las tres juntas en oferta, más un par de Goodis. Ahora las devolvió a los estantes. Necesitaba otra cosa. Algo simple y bueno, que se entendiera. Conan Doyle tal vez. O, mejor, Edgar Wallace. Eso necesitaba: papel finito y letra chica, era lo ideal para la emergencia. Quería dormirse leyendo.
Etchenike siempre había sostenido, con certeza de lector consuetudinario, que en el momento de irse a la cama había libros para dormir y libros para desvelarse. Y no era cuestión de extensión, de calidad literaria o de características del relato. Los que llamaban al sueño podían ser prestigiosas obras maestras o estar escritos despreocupadamente con los pies. Las veinte primeras páginas de Las plumas de la paloma —que había intentado abordar buscando las huellas de El halcón maltés entre líneas— y los cuatro párrafos iniciales de El hombre sin atributos eran, en su experiencia, casos soporíferos ejemplares de los que —sin embargo— no sacaba conclusiones apresuradas: ni el intrincado James ni el ingeniero Musil eran aburridos. No era una categoría que utilizara. Ni siquiera para aplicársela a Marcial Lafuente Estefanía y Keith Luger, que no escribían como los otros pero que también solían adormecerlo al primer disparo de Colt. Es decir: el veterano intuía que el hecho de que nunca hubiera podido ir más allá de pocas páginas en la prosecución de las historias que le prometían estos narradores tan diversos no era una cuestión objetiva de los textos sino que respondía a otras variables.
No había que confundir distracción y entretenimiento. No eran precisamente lo mismo. Sobre todo cuando quería neutralizar la obsesión, la preocupación que no le daba descanso. No era lo mismo tratar de poner la mente en blanco que tachar o intentar desalojar con brusquedad lo que la saturaba. Cuando se distraía al leer, es decir, cuando debía leer tres veces la misma página, era porque el texto no lo entretenía, no lo sacaba de sí: leer era pelear con la propia cabeza voladora, imponerle una disciplina, una tarea que la entretuviera hasta cansarlo. Eso, exactamente: un entretenimiento fuerte y placentero que le exigiera concentración para
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seguir adelante y que el esfuerzo por mantenerla lo cansara lo suficiente como para que la cabeza optara por renunciar, quedarse dormido. Algo así.
Seguía buscando qué leer. En camino del esquivo tomo de Edgar Wallace encontró, forrado en papel madera para protegerlo porque era la vieja edición de los años cuarenta en El Séptimo Círculo, El estruendo de las rosas, de Peyrou. Estaba impecable. Tenía marcas de lápiz aquí y allá. Suyas, seguro. Pero no se acordaba nada. Sólo que era una novela rarísima, ambientada en un país centroeuropeo o algo así, una especie de fábula política con espías, a la inglesa, que según algunos era una alegoría del gobierno de Perón.
Se la llevó a la cama. Leyó cuatro páginas, y al notar que se le cerraban los ojos estiró la mano hacia el interruptor del velador. Apretó para apagar, se hizo la oscuridad y justo, exacto, sonó el teléfono.
Sintió que se le paraba el corazón. Respiró hondo sentado en la cama. Volvió a encender la luz. El teléfono seguía sonando: el Gallego, que tampoco podía dormir. Lo puteó por anticipado. Caminó hasta el escritorio y levantó el tubo:
—Hola.
—Julio, andate ya.
Era Macías.
—¿Qué pasa?
—El pavo ese, el dibujante, apareció. Todo bien. Lo devolvieron. —¿Cuándo?
—Hace un rato, después que hablamos y mientras vos dormías tranquilo en esa cueva infecta.
Iba a negar, a preguntar, pero no fue necesario:
—No le tocaron un pelo. Gardel con guitarras, dicen: cantó todo. —¿Qué tenía que cantar?
—Eso sabrás vos, que tenés amigos zurdos —dijo el Colorado sin saña.
—¿Y ahora?
—Puede que vayan para ahí. Supongo. Rajate ya, por si las moscas.
Y le cortó. Una vez más: tres a uno.
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Situación terminal
Etchenike se vistió en la oscuridad; cargó el 38, se ajustó la sobaquera y metió el libro de Peyrou en el bolsillo del saco. Se puso el piloto, y antes de salir miró la hora: cuatro menos cuarto.
Bajó a tientas por la escalera, atento al menor ruido. Trastabilló un par de veces, sintió que tardaba una eternidad. Cuando llegó a planta baja se desvió por la salida lateral que usaban el portero y los proveedores. La puerta de servicio tenía la llave puesta. La abrió, espió a ambos lados la avenida iluminada como un escenario vacío y salió caminando rápido, pegado a la pared, hacia Congreso. Al llegar a la esquina dobló hacia el sur y tras una cuadra cortita volvió a doblar a la izquierda por Yrigoyen. Vio venir el 86 nocturno, corrió y le hizo señas. Lo levantó a mitad de cuadra.
En el momento en que subía tuvo una sensación extraña. Una especie de déjà vu. Lo que pasaba no le había sucedido antes ni lo había soñado. Era otra cosa. Había visto esa escena porque la había imaginado. Y no era él el que huía, llegaba corriendo y tomaba el primer colectivo al pasar. Era la chica de la azotea. Y él, como ella, se subía para ir a cualquier parte.
El colectivo estaba vacío. El chofer escuchaba la radio con una mina parada en el hueco de la otra puerta, que le daba charla y le apoyaba las tetas. Sacó boleto hasta la terminal y fue a sentarse al fondo. Cuando el colectivo dobló por Paseo Colón encendió el último cigarrillo, abrió una ranura en la ventanilla y echó el humo hacia la noche.
Necesitaba pensar. Cerró los ojos.
Al rato sintió que le hablaban, después lo zamarreaban. Fingió despertarse.
—Llegamos —dijo el colectivero—. Hay que bajar.
—¿Liniers?
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El otro lo miró raro:
—No, La Boca.
—Uh… Lo tomé el revés.
El tipo meneó la cabeza. La mina que estaba con él se asomó, solidaria.
—Qué cagada…
El veterano se enderezó, miró el reloj.
—¿A qué hora hay uno para Liniers?
—Cinco y media, el primero —dijo el colectivero.
Se bajaron y los siguió.
Un par de faroles y una luna chiquita alta y sola era todo lo que iluminaba lo poco que la noche tenía para mostrar. Bajo el largo tinglado de chapa se enfilaban media docena de colectivos. Sólo uno ronroneaba sin chofer, con las luces mínimas.
El colectivero estiró las piernas y caminó hacia la oficina del fondo con la planilla en la mano, la cortadora de boletos en ristre y la mina colgada del hombro.
Ella se volvió apenas, hizo una seña: —Hay un barcito —dijo—. A la vuelta. —Gracias.
El piso de cemento de la desolada terminal estaba húmedo de rocío y de aceite. Etchenike caminó sin apuro, cruzó el amplio portón de entrada y salida, y dobló hacia la única pobre luz que atravesaba la vereda de baldosas desparejas.
El barcito era apenas un zaguán pintado con los colores de Boca, iluminado por la luz helada de un par de tubos fluorescentes cagados por mil moscas. Detrás de una barra larga y angosta de madera muy usada con cuatro banquetas para culos flacos, una mujer rubia y acodada, vuelta la cabeza hacia el fondo, parecía atender, semidormida, a los dichos de un policía sin gorra ni sueño aparente que cantaba haciendo percusión con los nudillos y el vaso vacío:
La vida me han prestao y tengo que devolverla
Cuando el creador me llame para la entrega…
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Había una radio encendida también. Pero la voz potente del hombre apoyado en el extremo del penoso mostrador podía con ella:
Mi pueblo es un cantor que canta la chacarera Cuando la quiera escuchar entre a mi pago sin golpear
Etchenike hizo ruido con la primera banqueta al sentarse.
La mujer bajó el volumen de la radio y con el gesto pareció también silenciar en parte la sentida chacarera del uniformado que, como si nada, siguió cantándole en voz baja a una lámina de Rojitas sujeta con chinches.
La rubia se volvió hacia el recién llegado:
—Maestro… —dijo sin moverse ni poder abrir los ojos del todo. Detrás de ella, apretados y sucesivos, se enfilaban una máquina de
café, una heladera Siam familiar y una parrilla engrasada y sin brasas.
Había un estante con botellas también.
—Un café, por favor.
—Está apagada la máquina. Si puede esperar un rato…
—Tengo tiempo —informó el veterano—. Falta más de una hora para el primero a Liniers.
—Sí, cinco y media sale.
La mujer encendió la máquina, y mientras lo hacía dijo que acaso le convenía caminar. Que era mejor ir hasta Almirante Brown y tomarse el 64 a Once, y de ahí el tren.
—Tal vez —admitió Etchenike—. Pero después del café.
Ella sonrió de costado y se acomodó un mechón rebelde.
—Tarda un rato —explicó, mientras la exprés hacía ruidos de agua apretada, preparativos de arranque de una pequeña locomotora a vapor.
El veterano sacó el libro de Peyrou y retomó la lectura. Cada tanto levantaba la cabeza. La mujer iba y venía; tenía manos jóvenes pero enrojecidas y el veterano sintió o imaginó que su presencia la obligaba a hacer algo que no tenía ganas, pero tal vez le daba un respiro de la compañía que supuso pegajosa del policía que seguía ahí, tarareando en su rincón.
—¿A qué hora toma servicio, Ledesma? —La oyó decir.
—A las ocho.
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—Vaya a dormir un rato entonces.
—Una más.
—Es tarde.
Recién ahí Etchenike advirtió que el hombre ya no era joven y que ella lo trataba con un respeto sin condescendencia. Estuvieron charlando un rato más hasta que el policía se bajó de la banqueta, se enderezó con alguna dificultad, saludó y salió a la noche.
Etchenike levantó la mirada para contestar el saludo y volvió a lo suyo.
—¿Qué lee? —dijo la mujer después de un rato de ir y venir.
—Una novela. Policial.
Ella aprobó con la cabeza sin decir nada y dijo que el café ya estaba. —¿Se lo corto? ¿Azúcar?
El veterano dijo que no y que sí.
Cuando la mujer le trajo el pocillo, el veterano dejó el libro a un costado y ella estiró la mano.
—Permiso —dijo sin esperar respuesta—. ¿Lo forra para que no sepan qué está leyendo?
—Para que no se arruine. Es un libro que tiene sus años.
Ella leyó el título y le preguntó de qué se trataba y si era bueno. Etchenike contestó que recién lo había empezado y que sabía muy poco todavía.
Entonces ella le contó que un tío suyo que vivía en el fondo del conventillo tenía muchos libros y los que forraba era porque eran libros chanchos que les alquilaba a los pibes del barrio. Y además les ponía etiquetas de textos para la escuela, para disimular.
—Decía Historia Antigua y adentro era todo de cuentos verdes. Un degenerado, ese tío mío. Pero también tenía muchos policiales y de Corín Tellado.
—¿Le gustan los policiales?
—A veces. Pero Ledesma dice que esas cosas las escriben tipos que nunca estuvieron en una comisaría.
—Tiene razón —dijo Etchenike—. Tendría que escribir él.
—No tiene tiempo ni para dormir. Qué va a escribir.
Y ahí le contó que el cabo Ledesma prestaba servicio en la seccional de La Boca y que cuando, como ahora, tenía turno rotativo, de ocho por
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ocho durante tres o cuatro días seguidos, no le convenía irse a la casa, porque vivía en Monte Grande y perdía plata. Entonces —si le tocaba estar libre de noche— aprovechaba para hacerse una changa de vigilancia en la terminal, que lo conocían y lo dejaban dormir en los colectivos. En realidad estaba más en el bar que en la calle, pero cada tanto hacía una ronda.
—Canta bien —dijo Etchenike.
—Sí, cuando chupa. Igual que mi marido, que también era santiagueño. Les da por ahí.
Etchenike asintió. Se empinó el pocillo.
—No es del barrio —afirmó la mujer—. ¿Qué hace por acá a esta hora?
—Iba a Liniers, pero lo tomé al revés y me desperté acá.
—Uh. Si es de ahí debe ser de Vélez.
—De Huracán.
La mujer pestañeó y alejó la cara como si acusara un golpe.
—Son jodidos, los quemeros —dijo. Iba a agregar algo pero en ese momento entró una pareja y se apartó para atenderlos.
El veterano volvió a la extraña novela de Peyrou. Tuvo que retomar un poco más atrás porque se distraía. Por un largo rato estuvo metido en la lectura. Era raro: le costaba seguir el argumento, lo que pasaba, y sin embargo veía claramente las escenas. La leía como si viera una película. Cuando Peyrou escribía y movía los personajes estaba en Praga, en Bratislava, en Viena, un lugar así; no contaba cosas que había leído sino escenas que tenía vistas. Y los héroes no tenían la cara de Jorge Salcedo o de Carlos Cores. No era una película de Fregonese o de Hugo del Carril. Pero tampoco cine negro yanqui. Era Fritz Lang, eso era. En blanco y negro y a fines de los cuarenta, antes de volverse a Alemania. La imaginaba con decorados de estudio y actores importantes pero no estrellas. Cotten tal vez, o Walter Pidgeon, y un par de rubias de traje sastre y sombrerito. Se imaginó que Peyrou había visto esas películas. Y escribía eso. Y estaba bien. Cerró el libro y sacó la libreta negra.
Tanteó en los bolsillos y no tenía la birome.
Cuando la pareja se fue dejó la puerta entreabierta. La mujer rubia salió de detrás del mostrador para cerrarla y comentó que se había
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levantado un viento frío. Etchenike creyó oportuno pedirle otro café y, de paso, una birome.
Cuando trajo todo, volvió a acodarse frente a él.
—Sabe qué pasa… —Y era como si nunca hubieran interrumpido la conversación—. A mi marido lo mataron a la salida de la cancha de Huracán —dijo de corrido—. Era de la barra de Boca, andaba con el Abuelo, y los esperaron a la salida. Con una faca. Amancio Alcorta y una cortada.
—Lo siento. No voy a la cancha hace muchos años.
—No digo que haya sido usté.
—Entiendo. Quise decir que… —El veterano vaciló—. No sé qué quería decir.
—No hay nada que decir. Pero que te maten por un partido de fóbal es una locura, ¿no? Yo a mis hijos no los dejaba ir. Pero ahora van igual.
Etchenike asintió sin hablar. Tampoco ella esperaba que dijese nada.
Continuó con el tema:
—A Ledesma casi lo matan la semana pasada. Le quisieron arrebatar la
45. Unos pendejos que se bajaron de un auto. Chicos bien vestidos, una pareja. Se resistió, se abatataron y en el forcejeo se escapó un tiro que le pegó de refilón en el zapato. Cuando se acercó gente los pendejos subieron al auto y rajaron. El arma quedó en el piso.
—La reglamentaria.
—La 45. Y la defendió porque si la pierde se come un sumario, queda sospechado. Por el sueldo de mierda que le pagan. No es justo.
—No.
Etchenike la miró a los ojos y dijo:
—¿Me lo cuenta porque me ve cara de policía? —¿Es policía?
—No, pero ayer me dijeron que tenía olor.
Ella se empinó un poco sobre el mostrador y lo olfateó.
—No tiene. —Y se rio suelta, como si tuviera todos los dientes—. Para nada. Pero miente como un cana.
—Puede que sea parecido: soy estafador. A ella le gustó el juego:
—¿Y cómo hace?
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—Le hago creer a la gente que no soy policía, pero como no me creen, lo suponen sin que yo se lo diga. Si mañana le cae una inspección va a decir que fue el cana que estuvo anoche. Que ya le parecía que ese tipo…
—¿Me quiere sacar guita?
—La hago suponer, sin decirlo, que tal vez sea policía y pueda mandarle mañana un inspector que le cierre el boliche.
Ella se quedó pensando.
—Por si acaso no le voy a cobrar los cafés. ¿No quiere algo fuerte? —Lo que tomaba el amigo Ledesma, por favor. —Ginebra.
El veterano asintió y volvió a la libreta. Todo lo que encontró escrito en las últimas páginas era de dos días atrás. Estaba todavía el esquema que había hecho en La Contienda.
Trazó una raya de tinta azul vieja e intermitente al pie de las últimas anotaciones —pretensión de cuenta nueva sin borrón— y escribió, de corrido pero lento y con letra chiquita, como quien prepara el machete para un examen de manejo de satélites tripulados con su carnet de camionero vencido:
«Opi, el tano y el francés. Diego Fierro y los Parga. La editorial y la galería. Los medio hermanos: la loca y el milico. La mujer (Malena) y el pibe (Facundo). El Colorado Macías y la Central. La patota: Frataccio y Medina».
Trazó otra raya horizontal y escribió abajo:
«Tony y Sayago. El Uña Ramos».
Otra raya y de nuevo:
«La minita».
Última raya. Llegaba hasta ahí.
Pensó que era como en los viejos programas teatrales, cuando iba con Teresa al Teatro del Pueblo o al vocacional de Flores. Acá tenía los actores pero no tenía claros los papeles o los tipos: galán, dama joven, tía solterona, villano de bigotito, cómico. Igual en el cine. A Teresa le molestaba que Petrone fuera siempre padre serio, Guillermo Battaglia un cabronazo, Gómez Cou cínico y Zully Moreno o la enana Libertad Lamarque, buenas minas. Pero era así, antes. En las de Hollywood, cuando aparecía Barbara Stanwyck ya sabías que era jodida. Lo raro era que los
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galanes se enamoraban de ella. Con Gene Tierney era distinto porque era linda pero podía ser buena mina o perversa, como en Laura o Que el cielo la juzgue. Ya no se hacían películas así.
Cuando miró el reloj iban a ser las cinco y había un par de personas más en el barcito.
Le hizo un gesto a la mujer, que tardó el acercarse.
—¿Cuánto le debo?
—No es nada —dijo con una sonrisa contenida—. No vaya a ser que.
Etchenike puso un billete grande, holgado, y lo dejó ahí.
Ella tampoco lo tocó.
—¿Terminó la novela?
—Me falta un montón.
—¿Y la libreta?
—Esta no se llena nunca.
—Escribe los nombres apretados como un quinielero. —Y se asomaba, torcía la cabeza para leer—. ¿Quién es esa minita? ¿Y el Uña Ramos?
Etchenike dio vuelta la libreta, divertido, para que ella pudiera leer tranquila y sin esfuerzo.
—Es gente que trato.
—Una lista de estafados.
—O estafadores, ya veremos. —Hizo una pausa, buscó la definición
—. Existen pero son como personajes, quiero decir. No sé muy bien qué les pasa todavía.
—Por ejemplo…
Y ella apoyó el dedo en los últimos nombres.
Casi sin querer Etchenike se encontró contándole su versión de la historia de la chica, el Gallego y el falso pedicuro abortero. Tardó como diez minutos. Cuando terminó, ella dijo:
—Lo inventa todo. —Ojalá.
El veterano se bajó del asiento y le tendió la mano: —Julio.
Ella iba a estrecharla pero se secó primero en el delantal. —Celia —y después, tras soltarlo—: Que tenga un buen día.
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Ya estaba clarito cuando volvió a la terminal. Vio entrar a un par de choferes a pie y entre ellos creyó reconocer al que lo había traído horas antes. Se sumó a los tres laburantes que esperaban la partida del primer micro del día, y cuando el coche se puso a ronronear en posición se subió enseguida.
Sacó su boleto hasta Liniers y se fue a sentar en el último individual. Al acomodarse echó una mirada al asiento trasero. El uniformado dormía tendido a lo largo, apoyada la cabeza en la cartuchera con el arma, la cara tapada por la gorra.
Le miró los pesados zapatos negros, que era lo que tenía más cerca. El derecho tenía un raspón profundo que le mordía parte del borde de la suela. Bien podía ser un balazo de la misma 45 sobre la que dormía.
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Cercano Oeste
Sabía que doña Alcira se levantaba muy temprano. Todo el año. La madre de Tony tomaba mate dulce con cascaritas de naranja en la cocina mirando el sauce despeluchado y el pausado devenir de los malvones del fondo mientras escuchaba la radio. Era su rutina. Si el Gallego calzonudo había recalado una vez más —como solía en emergencias existenciales o de cualquier tipo— bajo las polleras maternales, no la sorprendería que lo llamara a las siete. Prefería eso a tener que caerle sin aviso.
Etchenike se apartó del café con leche y medialunas de grasa para discar desde el público del bar de la estación Liniers.
El teléfono sonó una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Etchenike lo oía, incluso no le costaba nada imaginarlo, verlo sonar en la mesita junto a la mesa del living, sobre la carpetita tejida al crochet, bajo el cuadro del Vesubio en tempestuosa erupción. Hacía frío en ese living con piso de baldosas decoradas y la luz temprana que no llegaba a entibiar el aire silencioso.
El teléfono sonó tres, cuatro, cinco veces más.
Etchenike cortó y volvió a discar.
Lo dejó sonar otras diez veces y colgó.
Trató de terminar el desayuno sin imaginar nada. Todo lo que se le ocurría era peor. Cada vez peor.
Con la última medialuna en la mano salió a Rivadavia y paró el primer taxi que lo llevase hasta Villa Luro. Se bajó poco después de la estación y caminó de regreso, volviendo por algunas cuadras desoladas, un desfile de poetas: Virgilio, Byron, Milton, Dante…
Doña Alcira Seijas de García vivía desde siempre en la cortada Molière, a media cuadra de las vías del ferrocarril. Un alambrado cubierto
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de yuyos urbanos y una enredadera excesiva que lo deformaba cerraban la calle. La casa chata y de una planta, pintada de blanco descascarado, con jardín corto, optimista espacio para el auto y pasillo lateral con puerta de hierro que insinuaba un fondo verde era la primera de una serie de tres iguales, o casi. Enfrente, una fábrica abandonada con gran portón oxidado y un largo paredón cubierto de inscripciones viejas en las que Perón volvía una vez más. Había coches estacionados en las dos veredas, incluso alguno viejo y oxidado, abandonado en llanta y de punta contra el alambrado. Pero en la entrada de la cortada, casi en la esquina de la avenida, un par de coches grises nuevos con bollos recientes y maquillados de rojo para una pintura improbable desentonaban mal alineados, como dejados de apuro. Y el Falcon no tenía chapa.
Etchenike cruzó la calle, caminó por la devastada vereda de la fábrica y, asomándose por encima de una camioneta de reparto de garrafas, semblanteó la puerta cerrada, la miserable luz del porche todavía encendida y la única ventana de la casa, con la persiana americana a media asta y las cortinas corridas. No se veía nada desde ahí. Nada se movía tampoco.
Después de cinco minutos de espera de no saber qué, en un rapto se agachó, recogió un pedazo de baldosa floja y sin acercarse, desde ahí nomás, lo revoleó.
Le había apuntado a la ventana; le dio a la puerta. Hubo un golpe, un crujido sordo.
Esperó, agachado.
No salió nadie.
Espiando entre las garrafas, creyó notar que las cortinas se movían, pero no pudo estar seguro. Agarró otro pedazo de baldosa y se preparaba para reventar esta vez sí la ventana cuando vio llegar —la vio entrar en cuadro, de izquierda a derecha— a doña Alcira con el changuito de las compras.
Soltó la baldosa y se agachó mejor.
La madre de Tony, encorvada, apenas un poco más alta que el carrito del que sobresalían paquetes de acelga, abrió la puertita enana, se acercó a la entrada con la llave en mano, vio con ojos miopes el pedazo de baldosa
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y la puerta marcada por el impacto y puteó en Gallego mirando sin ver demasiado alrededor. Entró y cerró con llave.
El veterano no se movió.
Un minuto o menos después se apagó la luz del porche y lentamente subió la persiana americana, corrieron las cortinas. La paz.
El veterano iba a cruzar y dudó. Finalmente, tras un corto rato sin novedades, se mandó y tocó el timbre. Lo oyó sonar, pero no hubo ningún otro ruido ni rumor de pasos.
De pronto, se movió —leve, cautelosa— una cortina. Doña Alcira se asomó y tardó un segundo apenas en sonreír plenamente. Se apartó y hubo por fin ruido de cerrojos corridos.
—Buen día —dijo un jovial Etchenike no bien la tuvo en el umbral.
—¡Julio! Qué hace acá tan temprano.
Él le dio un beso sin contestar.
—Anda buscando a Toñito —supuso ella—. ¿Pasa algo? —Nada. Pero lo necesito y pensé que estaría acá con usted.
—Vino pero se fue. Ahora no está… —Doña Alcira lo hizo pasar—.
Creo, bah. Porque entra y sale, y yo recién vuelvo del mercado.
—La vi.
Ella se quedó callada en medio del living.
—¿Es por su sobrina?
El veterano oyó pero hizo como si no.
—¿Cómo dice?
—Su sobrina, digo, que vino con él.
Etchenike ahora asintió, ganó tiempo.
—Claro.
—No se enoje con ella —Y Alcira bajó el tono, miró de reojo hacia el breve distribuidor con dos puertas—. Pobrecita, las que pasó. Pero está bien ahora.
—Tranquila, Alcira. Usted me conoce. ¿Le dijo Antonio a qué hora vuelve?
Ella meneó la cabeza.
—¿Quiere que la despierte a ella? Él le dejó su pieza. Ahora fue el veterano el que meneó la cabeza: —No, mejor que descanse. ¿Antonio va a llamar?
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Ella creyó recordar que le había dicho que iba a encontrarse con alguien. Etchenike eligió esperar que él telefoneara o que ella se levantase. Todo bien.
Fueron a la cocina. El veterano le aseguró que había desayunado en Liniers pero igual ella quiso hacer tostadas mientras compartían el mate consabido hablando del frío, de las cosas raras que pasaban, de lo salvaje que se había puesto el barrio, incluso del cascotazo —así dijo ella— en la puerta.
—Antonio quiere que me mude a un departamento, que es más seguro.
Yo, ni loca.
—Pero ahora lo tiene de nuevo acá. Estará contenta.
—Por unos días, me dijo.
Y en realidad era una pregunta que Etchenike soslayó comentando algo de los malvones. Y así siguieron un rato.
Tal vez haya sido el olor del pan o una pesadilla o lo que fuera, pero en cierto momento en que doña Alcira estaba vuelta hacia la hornalla, sacando del fuego la tostadora de lata, se abrió lentamente la puerta del cuarto.
Etchenike se volvió. No lo sorprendió la aparición. Era la misma imagen de dos días atrás en la oficina. Pero mejor. La muchacha del vestido verde ahora no se tambaleaba y no parecía dispuesta a desplomarse sobre el damero de baldosas blancas y negras. Abrió los ojos más grandes de lo que el veterano podía recordar.
—Hola, sobrina —dijo Etchenike.
—Hola… —dijo ella después de un momento.
—¿Dormiste bien, Marisa? —la madre de Tony se apuraba a ratificar un clima familiar, por si acaso.
La chica asintió con la cabeza y pasó sin transición ni palabra alguna al baño, la puerta contigua.
—No sabe cómo llegó… —comentó doña Alcira en voz baja—. Y en ese estado.
—Lo sé. Gracias por todo.
—¿Viene a buscarla?
—Antes tenemos que hablar.
—Los dejo, entonces.
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Cuando la chica salió del baño ya Alcira había encontrado qué hacer en el patio. El veterano esperaba con un par de tostadas con manteca y el mate renovado.
—¿Dónde está Tony? —dijo ella sin sentarse.
Etchenike dijo que no lo sabía y que esperaba que ella se lo dijera, como muchas otras cosas.
—Anoche volvió todo lastimado y no quiso contar nada. Creo que hoy tenía que estar a las ocho en algún lado.
Etchenike meneó la cabeza; cuando habló se descubrió más tenso de lo que suponía:
—No te podés quedar acá, Marisa… o como carajo te llames —dijo con furia apenas contenida—. ¿Qué son esos autos que están en la esquina?
Ella frunció las cejas, miró hacia la puerta de calle, se fue a asomar. —Pará. —Y el veterano la agarró del brazo—. Oíme bien: si le llega a
pasar algo al Gallego o a la vieja por tu culpa, sos boleta.
La chica se soltó de un tirón:
—Está loco. —Le diagnosticó, tranquila—. ¿Qué le pasa?
—¿Qué verso le hiciste?
—Lo de la sobrina lo inventó él.
—No hablo de eso. Sé que no te seguía nadie, que estabas con ellos. ¿Cómo es?
Ella no contestó.
—¿Cómo es? —Él volvió a agarrarla del brazo, se lo retorció—. El embarazo y todo eso… ¿De qué estamos hablando?
—Es cierto.
—¿Qué es cierto?
—Todo —y se soltó, retrocedió hacia la pieza. —Metete ahí y me lo contás desde el principio. Ella señaló la calle:
—Si están, yo no los traje. Ayer no había nadie.
Había una soltura en el modo de expresión que al veterano terminó de sacarlo:
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—Vamos adentro.
Entraron, y Etchenike cerró la puerta. La chica se sentó en la cama deshecha, el veterano en la única silla frente a ella. Había en el aire una claridad fría y suficiente. La ventana que daba al pasillo exterior conservaba la vieja cretona descolorida. La pieza tenía todas las marcas de un cuarto de soltero casi residual, de hijo único demorado para siempre en la casa de su madre viuda. El ropero oscuro con espejo biselado, la cómoda haciendo juego y encima, enmarcada, la foto soleada en la Costanera Sur junto a una novia acaso perdida o inventada. No era necesario abrir los cajones para comprobar que doña Alcira había conservado limpia y ordenada la ropa que Tony había dejado cuando abandonó la bandeja y partió para embarcarse con Etchenike en una aventura en el fondo —para ella— incomprensible. Desde hacía un año Toñito vivía en una pensión de San Telmo pero nunca había dejado de llamarla, de visitarla los domingos a mediodía, de quedarse a dormir la siesta. Y cada tanto, cuando la situación se complicaba, terminaba de vuelta en casa y en la pieza de siempre.
—La última vez que durmió una mujer en esa cama vos no habías nacido —dijo Etchenike.
—Qué desperdicio.
—No sé para quién. —Y el veterano resopló—. Yo voy a hablar primero.
Y a continuación dio una versión propia de lo que había podido deducir de los dichos de Tony sin darles el mínimo crédito, pero tiró sobre la mesa —o sobre la cama, mejor— el dato que le había dado Macías:
—Vos viniste con ellos, con Medina y Frataccio: ¿cómo es?
Ella se tomó un tiempo, acaso un minuto o más:
—Estoy presa y me sueltan —dijo de pronto sin levantar la mirada y acaso demasiado rápido—. Me usan para eso.
—De carnada.
—Algo así. —Y miraba al piso—. Para negocios de ellos.
—Por izquierda.
Asintió sin hablar.
—¿Y por qué a nosotros? ¿Qué tenías que hacer? —Averiguar en qué andaban. El caso que están llevando.
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—¿El del dibujante?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Y entonces?
—De golpe, en el ascensor, me sentí mal. —Se apoyó la mano en el vientre—. Un mareo, no sé.
—¿Ellos saben?
Agitó la cabeza:
—Disimulé —pareció sollozar—. Si se enteran me lo sacan. —¿Y el padre?
Parpadeó, tenía los ojos húmedos:
—Lo mataron. Yo zafé ahí. Y no pienso volver.
—¿Por qué caíste?
—Por boluda.
—No me refiero a eso.
—Ya sé. —Y ella sonrió, triste—. No puedo volver, no voy a volver. Etchenike se levantó y dio un par de vueltas por el cuarto. Estuvo a
punto de abrir la puerta, salir y no aparecer nunca más.
—¿Dónde estás detenida? —dijo sin dejar de caminar.
—Ahora no sé. Me mueven encapuchada. Estuve en El Vesubio.
Etchenike pensó en el cuadro que estaba ahí nomás, en el living.
—No sé por qué le dicen así —dijo ella con naturalidad—. Pero lo están vaciando porque vienen los de la OEA a espiar.
Etchenike recordó la tapa de Rumor, lo extraño de los tenebrosos secretos a voces.
—¿Cómo te enterás de esas cosas?
Ella se encogió de hombros, y en el gesto el veterano vio, de pronto, que era muy joven, y que era mejor no entrar en detalles.
Etchenike se volvió a sentar, más cerca esta vez:
—Marisa…
—Soy Pilar. Pero eso no importa.
—No, claro. Y prefiero no saber —se apuró el veterano—. Lo que me resulta muy raro es que Tony, a la hora de mentir, haya inventado una historia no para zafar sino para culparse. Eligió el peor papel, como si quisiera desacreditarse conmigo. Quedar como un cobarde. Es raro eso. ¿Te contó lo que me dijo para explicar lo que pasó con el Uña Ramos?
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—No.
—¿Y qué pasó? La verdad.
—¿Quiere que le dé una versión para confrontar con él? —El trato, el modo, había cambiado sutilmente—. ¿Eso quiere?
—Quiero saber cómo hiciste para que él decidiera inventar boludeces, ponerse en ese lugar. Hace tres días que quiere arrugar, borrarse… Busca motivos para no trabajar más conmigo.
—Tal vez tenga razón. Se habrá dado cuenta de algo.
—Mirá, pendeja…
Ahí el veterano estuvo al borde de lo irreparable, pero se contuvo.
Se levantó y volvió a moverse. Dio un par de vueltas y de pronto empezó a monologar de espaldas a ella:
—Sé qué suelen hacer los que te tienen adentro y no necesito detalles. Te voy a ahorrar eso. Vos decime si le erro. En un procedimiento mataron a tu compañero y vos zafaste. Supongamos que hace unos meses. Tal vez ni vos sabías que estabas embarazada. Cuando te diste cuenta, encontraste un motivo para seguir. Tal vez ahí decidiste que si les hacías creer que te prestabas a colaborar y ganabas la mínima confianza de estos hijos de puta por ahí tenías alguna posibilidad de rajarte o por lo menos intentarlo. Salir con ellos significa marcar gente, entregar a otros…
—Yo eso no lo hago —casi gritó ella.
—De acuerdo, y mejor para vos. La pregunta es qué buscabas para ellos en nuestra oficina.
—Tenía que decirles a ustedes que tenía información verdadera sobre Opi, porque los que los contrataron les mintieron. Era para saber qué les habían dicho ellos. Y sacarles a ustedes qué sabían de Germán.
—¿De Germán? ¿Qué Germán?
La chica parpadeó un par de veces y luego adelantó el labio inferior, encogió los hombros. No tenía idea:
—Es lo que tenía que averiguar, yo no sé.
El veterano volvió a sentarse frente a ella.
—¿A Opi lo secuestraron Medina y Frataccio? ¿Lo tenían ellos?
—¿Lo tenían?
—Sé que está suelto.
Ella agitó la cabeza.
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—No lo levantaron ellos, que yo sepa. Pero igual estaban esperando cobrar una guita.
—¿Sabés qué es una mejicaneada?
Ella asintió con la cabeza.
—Puede ser.
—Ellos hicieron el trabajo pero ese Germán los cagó. ¿Puede ser? —Puede ser.
—¿Qué tenías en la cartera?
—Eso es asunto mío. No tiene nada que ver con ellos.
—¿Ésta es la versión que le diste a Tony para que te la devolviera? —La segunda versión, la de ayer —aseguró ella con naturalidad—.
Antes no pude.
—¿Y qué le dijiste, al principio?
—Otra cosa, me sentía mal y tenía que zafar. Pero Tony me creyó siempre, y me dijo que ya se le contó a usted… —Se quedó un momento en suspenso, arreglaba una arruga de la colcha—. Tal vez no le dijo todo lo que pasó, pero ahí yo no tengo nada que ver.
—¿Cómo que no tenés nada que ver?
La chica levantó la mirada:
—Me quiere hacer quedar mal con él —se quejó.
Etchenike resopló, afirmó sin preguntar:
—Te habilitó su departamento de San Telmo. Eso hizo: te dio la llave y te explicó cómo salir del edificio. Rajaste por la azotea y te fuiste a Tacuarí. Después te fue a buscar y te trajo para acá. ¿No es así?
Ella movió la cabeza sin terminar un gesto preciso.
—Quiero saber la verdad, pendeja desubicada —se sacó mal Etchenike.
—No tiene derecho a decirme eso…
—Claro que sí —dijo el veterano, que sentía que no—. Vos no tenés derecho a cagarle la vida a la gente porque te cagaste la tuya.
—¿Me va a entregar?
Etchenike se levantó para no darle un bife.
Caminó hasta la puerta cerrada, se quedó ahí. De pronto le pareció oír algo y se volvió:
—Metete debajo de la cama.
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La chica vaciló.
—Metete, carajo —Y el veterano ya tenía el 38 en la mano—. No te muevas, no respires fuerte.
Ella se arrastró. Cuando estuvo bien escondida, Etchenike entreabrió apenas la puerta y espió el living, la entrada. Nada. Pero en ese momento oyó pasos a sus espaldas y se dio vuelta, le pareció ver tras la cortina una sombra que atravesaba la ventana corriendo por el pasillo hacia el fondo de la casa. Entonces un perro ladró y se oyó la voz de la madre del Gallego.
Etchenike se volvió, abrió la ventana de par en par y la dejó así.
—Pero vos quedate ahí —murmuró—. Pase lo que pase.
Entonces sí abrió la puerta del todo, salió y la cerró sin ruido. Miró a la derecha: nadie en el living ni en la entrada. En el fondo, el perro seguía ladrando pero nada más. Dio dos pasos hacia la cocina y se asomó, ahí estaban las tostadas solas sobre la mesa, el mate que se enfriaba. El único sonido era el rumor del gas de la hornalla encendida. Dio otro paso para ver el patio trasero a través de la ventana de la cocina. En ese momento oyó un clic metálico a sus espaldas y se volvió.
—Soltá eso —dijo Medina.
El veterano no supo de dónde había salido. En el medio del living, sujetaba al Gallego como escudo por el cuello con la zurda y con el caño de la reglamentaria le empujaba el mentón hacia arriba.
—Hacele caso —dijo Tony como pudo.
—Claro.
Etchenike tiró el arma sobre el sillón doble. Rebotó en el respaldo y cayó al piso, lejos de todos.
—¿Dónde está?
—¿Quién?
—No te hagas el pelotudo: la pendeja.
—Ojalá supiera. Yo la vine a buscar, como ustedes —dijo el veterano
—. Me tiré un rato a dormir. El novio es el que tiene que saber. Y señaló con el mentón a Tony.
—Je… —dijeron a sus espaldas.
Etchenike se volvió y era la imagen en espejo.
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Doña Alcira con un caño en la sien, apretada por Frataccio; algo que no olvidaría. Dos generaciones de gallegos bajo amenaza de sucinta extinción.
—Soltala, animal, es mi vieja —dijo el hijo único.
—Dejala y andá a fijarte —concedió Medina con un breve cabezazo indicador—. Y usté, señora, quietita ahí.
La madre de Tony fue un mueble más en el medio del living
Frataccio abrió lentamente la puerta de la pieza y metió la cabeza sin entrar. De golpe dio el grito, el informe:
—No está. Me parece que se rajó por la ventana.
—Fijate bien, boludo.
El boludo dio un paso dentro de la pieza pero ahí sonó un tiro y se desplomó sin ruido. Fue como si se arrugara en el lugar, mientras su propia arma se disparaba para cualquier lado.
Entonces la gallega gritó y Etchenike aprovechó para tirarse al bulto contra Tony y Medina, que le disparó a quemarropa mientras caían. Sintió el impacto en la cabeza y rodó, quedó ahí. Medina empujó al Gallego, que le había caído encima, y se arrimó para levantar a Frataccio. Otro tiro desde adentro de la pieza lo hizo retroceder.
—¡Vení, salí de ahí! —dijo a los gritos.
Frataccio, herido y todo, reptó como pudo fuera del marco de la puerta. Otro tiro, alto, que reventó contra el cuadro del Vesubio en la pared opuesta, hizo gritar de nuevo a la gallega. Todos arrugaron. Etchenike vio borrosamente, de reojo, cómo Tony protegía a su vieja y Medina trataba de levantar a su compañero. Después ya no vio, no oyó nada más. Pero de pronto hubo ruidos de pasos en el pasillo de atrás, ahora hacia la calle.
—Se raja…
Medina vaciló un momento.
—Aguantá —le dijo a Frataccio.
Medina fue hacia la puerta de calle, la abrió y llegó rápido a la vereda, pero no siguió corriendo. Se volvió hacia la derecha, dobló un poco las rodillas y apuntando con los dos brazos bien extendidos disparó bajo, una sola vez.
Desde adentro de la casa, por el hueco de la puerta abierta, Tony y doña Alcira lo vieron después bajar el arma, resoplar y volver adentro,
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cerrar con un portazo. Etchenike y Frataccio no contaban ni como espectadores.
Medina volvió hacia el grupo con el arma apuntando a la nada. Frataccio gemía semiincorporado, Etchenike seguía inmóvil, boca abajo. Tony y su madre eran una sola cosa compacta e indivisible. Medina arrancó de un tirón el cable del teléfono, buscó el 38 de Etchenike y no lo vio. Hubo un quejido que lo distrajo. Era Frataccio.
—Estaba debajo de la cama la hija de puta.
—¿Te podés levantar, Tano?
El otro gruñó sin llegar a asentir. Medina dio un paso largo por encima del cuerpo del veterano y encaró a Tony:
—Vos, ayudá.
El Gallego se apartó de su madre y ayudó.
Levantaron a Frataccio entre los dos, atravesaron el living, lo sacaron de la casa a la rastra y se lo llevaron hacia la esquina con los pies rebotando sobre las baldosas irregulares. Una vecina salía de su casa cuando los vio venir y volvió a meterse adentro. Caminaron hasta el Falcon sin chapa y metieron al herido en el asiento de atrás. Medina abrió la puerta delantera y antes de subirse le apuntó a Tony, parado a dos pasos, en medio de la vereda.
En ese momento, un muchacho joven que cruzaba la calle los vio y gritó algo. Medina miró hacia el lado del grito y con el revólver le hizo un gesto a Tony para que subiera.
El Gallego vaciló, pero después de un instante dio la vuelta al auto y fue a sentarse adelante.
—No —dijo Medina—. Atrás con él.
El Falcon bramó en el lugar y con dos maniobras bruscas quedó enfilado hacia Rivadavia. Medina metió primera, aceleró a fondo y sin esperar el verde espantó a un par de peatones y dobló con ruido de gomas hacia la provincia.
A media cuadra, en la puerta de su casa, doña Alcira quedó por un momento más con la mirada fija en la esquina y después se volvió para adentro. Se agachó a recoger el 38 que en el revoltijo había pateado bajo el sofá, lo tomó por el caño con dos dedos y se inclinó sobre el veterano.
—Julio, Julio… —dijo con un sollozo—. Se lo llevaron con ellos.
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Etchenike había conseguido ponerse boca arriba pero todavía entendía poco.
—¿Qué pasó?
La gallega se lo repitió.
El veterano no estaba en condiciones de decir si era una buena o mala noticia.
—No está mal —dijo.
O eso creyó entender la gallega antes de que el ensangrentado volviera a cerrar los ojos, acaso para siempre.
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Daños
Tres horas después, justo cuando el maltrecho Etchenike terminaba de reconectar el cable arrancado y mientras doña Alcira empujaba con el escobillón hacia la palita de plástico los restos y huellas de destrozos inusuales en una casa decente de barrio, el teléfono sonó. Alto y fuerte, imperativo, sonó como si nunca hubiera dejado de.
—¿Quién es? —dijo el veterano, o lo que quedaba de él.
Alcira se acercó y él la contuvo con un gesto.
—¿Etchenike?
—Lo que hay.
—Soy yo, Pilar.
—Ah.
Etchenike tapó el tubo y dijo «es ella» para que la madre del Gallego se relajara. Alcira asintió y retrocedió hacia la cocina.
—¿Qué pasa?
Se explicaron mutuamente el entrevero, las circunstancias y coordenadas después del desparramo. El último tema era Tony. La madre estaba por ahí, todavía.
—Se lo llevaron —dijo Etchenike, bajito. —Tranquilo. No le van a hacer nada —aseguró ella. Al veterano le reventaba esa certeza:
—Te aviso que dado el caso te cambio mano a mano por él —dijo por las dudas.
—Ya lo sé.
—¿Algo más?
—Gracias.
Etchenike no dijo nada.
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Ella no cambió la voz ni el tono sereno.
—Estoy cerca —dijo; propuso, en realidad—. Y no van a volver. —No voy a dejarla sola a doña Alcira. Además, no puedo nada: perdí
doce litros de sangre.
Increíble, pero ella se rio.
—Son como tres años de menstruaciones.
—Ya no uso —la siguió Etchenike—. Pero esperá que ella termine de barrer y disfrute un poco del orden antes de traer más quilombo.
—¿Encontró las cosas?
—¿Qué cosas?
—Debajo del colchón. Es lo que buscan. Por si caía, se las dejé.
El veterano pasó de la bronca y el fastidio a otra sensación más difusa e incómoda.
—Un clásico, debí imaginarme. Sos rápida.
Ella se tomó su tiempo:
—Ahí están. Pensé que era una buena idea. —Hizo una pausa—. Lo llamo en diez minutos. Si se aguanta, mejor no abra nada.
—No sé si aguantaré.
—Trate. Le conviene no saber.
—¿Es guita?
—No. Papeles para viajar. Los necesitan para negociar.
Y le cortó.
—No es su sobrina, ¿no? —dijo Alcira después de un momento.
El veterano aceptó con un gesto.
—Pero es buena chica —agregó ella.
Él movió las cejas.
Etchenike fue a la pieza y Alcira lo siguió, miraba desde la puerta. El veterano levantó el colchón y entre el viejo elástico de flejes y el cotín a rayas encontró dos sobres medianos, uno de plástico blanco y otro de papel madera. No abultaban demasiado. Nada duro ni rígido. «Papeles para viajar». Estaban cerrados con cinta scotch algo envejecida ya. Se los metió en el bolsillo sin abrir.
Alcira quiso saber:
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—¿Eso era lo que buscaban los tipos?
—Tal vez.
—Déselos, y que suelten a Toñito.
—Claro.
Etchenike la abrazó. Le latía la sien húmeda y dolorida.
—Me voy a cambiar este trapo, que no da más —dijo tanteando el repasador que se había atado en la cabeza—. ¿Hay una farmacia cerca?
—En Rivadavia.
—Gasa, vendas y cinta gruesa, por favor. Acá tiene la plata.
No bien salió Alcira, Etchenike volvió a sacar los sobres, pero después de unos segundos de vacilación los volvió a guardar. Suspiró hondo. Estaba sucio, le dolía todo y, pese a su probada soberbia, no entendía qué estaba pasando. Tuvo la certeza fugaz de que lo que se le venía encima no le dejaría margen para nada, que tal vez se estaba despidiendo de más cosas de las que podía suponer. Estaba metido en una historia que lo arrebataba. Ésa era la palabra. Todo lo demás iba a quedar atrás o a un costado para después o para nunca más.
Acaso repasando ciertos deberes ancestrales o poco menos, consultó el reloj y llamó a su hija. Era la hora del recreo largo.
Lo atendieron como siempre en Secretaría, y tras un par de minutos
Alicia estuvo intempestivamente ahí:
—¿Qué querés, papá?
—Buen día, hija. Sólo para saber cómo va todo con Marcelo.
Ella no contestó pero aprovechó el tema. Tras quejarse casi mecánicamente de sus desplantes y desencuentros con psicólogo mediante, lo interpeló desde un lugar no previsto:
—¿Vos te estás viendo con mi ex?
—Nos vimos una vez, te dije. Me dio la camiseta. Pero no nos estamos viendo. Y se llama Horacio.
—Ya sé cómo se llama pero no sé qué hace. Decile, vos que lo ves, que su hijo necesita que aparezca. Y que se haga cargo, papá. Estoy harta y preocupada.
—Contame.
El abuelo se enteró de que el nieto se había agarrado a piñas en la escuela, de que se seguía meando en la cama, de que quería estudiar dibujo
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y ella no tenía plata para pagarle ningún curso de nada.
—Te puedo averiguar, conozco justo ahora…
Pero Alicia seguía, porque ni para el tratamiento de Marcelo aportaba su ex y en realidad ella no tenía por qué bancarlo sola. Además, que el licenciado Zapata lo esperaba la semana que viene a la misma hora. Que si no iba que se olvidara de todo, que estaba harta y preocupada otra vez.
—Bueno —dijo el veterano en general y en particular—. Contá siempre conmigo.
Hubo un silencio.
—Ah, me olvidaba —dijo ella de pronto—. En el paquete que le mandó Horacio, adentro de la camiseta puso una tarjeta con una anotación que no entiendo. Un nombre. Parece francés. Me pareció raro.
—Son los datos del negocio, por si la tenías que cambiar. ¿Qué dice?
—No me acuerdo. ¿Sabés en qué anda?
—En lo suyo, viaja mucho y parece que le va bien. Y decile a Marcelo que el abuelo le va a conseguir el mejor profesor de dibujo.
—Te tomo la palabra —dijo ella como para cerrar—. ¿Venís el domingo?
—Eh…
—A comer, digo.
Etchenike vaciló, estaba en otra cosa, le costaba imaginarse.
—Te llamo.
—¿Estás bien?
—Muy bien, hija. Un beso.
Colgó sin otras consideraciones y dejó la mano en el tubo como para aquietarlo. Y ahí estaba todavía cuando volvió a sonar.
La chica había calculado bien los tiempos.
—¿Encontró los sobres? —El veterano asintió con un gruñido—. ¿Tiene el reloj a mano? —Otro gruñido—. Voy a estar en la estación en una hora. En el andén que va para afuera. No nos miramos. Tomamos el primer tren y bajamos en Haedo. Me sigue.
—Voy con gorra —dijo él mirando la percha.
—En una hora. Y traiga todo.
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Etchenike calculó que tenía el tiempo justo para reacomodarse de cuerpo y alma pero que antes debía hacer una llamada más.
El sonido del teléfono en el departamento de la calle Giribone tenía un timbre especial. Como una especie de latido. Luego de un toque corto sonaron cuatro compases de una musiquita de candombe y después el contestador automático: Éste es el número de Horacio Fogel, ahora no puedo atenderlo, después de la señal, deje su mensaje. Pip.
—Horacio, soy Julio, espero que estés mejor. Necesitaría que habláramos…
—Horacio está en la cama, no puede acercarse… —irrumpió una voz calma de mujer del otro lado—. Pero espere un momento.
El veterano esperó hasta que el que no podía acercarse se acercó y dijo:
—Hola, viejo, cómo estás. Paula te atendió, es enfermera y me cuida por unos días, hasta que pueda arreglarme solo.
—Ya veo. Pero no jodas con eso, porque te largaron muy rápido.
—Sí. Toqué un par de influencias y me dieron el alta. Acá estoy más tranquilo. ¿Qué contás? ¿Y el caso del dibujante desaparecido?
Etchenike quedó cortado.
—Complicado —dijo después de unos segundos.
—¿Te pasa algo?
—Boludeces —se disculpó—. A Marcelo le gustó mucho la camiseta. No es un regalo cualquiera…
—No, claro que no. Tiene detalles, como habrás visto… ¿La van a cambiar?
—No sé… —arriesgó el veterano hablando en puntas de pie—. Tal vez
sí.
Tenía la sensación, casi la certeza, de que había alguien más en la línea.
Carraspeó, y tras un breve silencio no preguntó lo que quería pero avanzó en su breve exposición doméstica. Se sintió un poco ridículo al tocar cuestiones propias de pareja y crianza compartida, y más aún al hablar del licenciado Zapata.
—Sabés cómo es Alicia —concluyó.
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—Olvidate —dijo Horacio, expeditivo—. No es justo que te hagas cargo. Vos correte. ¿Nos vemos en lo del licenciado la semana que viene?
—Seguro.
—¿Sabés lo que le pasó a Seguro, ¿no?
—Lo llevaron preso.
Y se rieron los dos. Pero poco.
Cuando volvió doña Alcira de la farmacia, Etchenike le dijo y mintió que había hablado con Tony y sus captores. Él estaba bien y ya había arreglado con los tipos para entregarles los sobres, así lo liberaban. Ella pareció creerle.
El veterano se había lavado un poco, enjuagado la sangre y vuelto a limpiar la zona devastada. El raspón de plomo ardiente le había levantado toda la piel y un par de panes de pelo dos dedos arriba de la oreja derecha, herida fondo blanco hasta el hueso.
Se secó, le tomó prestadas al Gallego una musculosa y una camisa limpia que le quedaban cortas, y volvió a ponerse el traje arrugado con que se había revolcado y el piloto que le completaba el uniforme. El nuevo parche que le hizo la madre de Tony era mucho más discreto. Se puso la gorra perdida por Frataccio en la pelea y se vio, en el espejo, inmejorable. En todos los sentidos.
—Victor McLaglen en El delator.
—La vi —recordó ella—. Muy triste.
—Ésta termina mejor.
Se requintó la gorra sobre la ceja derecha, le dio un beso a Alcira y salió a la mañana tontamente luminosa.
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Extraños en el tren
La estación Villa Luro al mediodía. Pleno sol tibio de invierno. Había retraso del servicio y mucha gente en los andenes. El dolorido Etchenike llegó minutos antes de la hora convenida, justo cuando entraba un tren en dirección a la terminal del Once. Se desagotó la plataforma y pudo ver todo, pero no la vio a ella.
Fue a la ventanilla, sacó boleto de ida a Morón y se movió entre la gente en dirección contraria al sentido del tren hasta más allá de la marquesina. No estaba. Siguió caminando al sol y recién se detuvo casi al final del andén, como para subir en los últimos vagones. Volvió la cabeza pero no la vio.
Cuando el tren se hizo visible en el extremo de las vías que brillaban hasta confundirse en un punto, comenzó a sonar la chicharra de la primera barrera. La gente se acercó al borde de la plataforma pero él siguió sin verla.
Ni siquiera la vio cuando el tren se detuvo, se abrieron las puertas, casi nadie bajó y la gente comenzó a subir en oleadas parejas. Se quedó hasta último momento frente a la última puerta del último vagón y recién cuando el guarda hizo sonar el silbato la vio aparecer, de la nada, dos vagones más allá.
Ella lo reconoció, le hizo un gesto leve y subió al tren. Él tuvo que sujetar las puertas para poder deslizarse penosamente adentro con una puteada. Y casi pierde la gorra.
Se dejó caer con un suspiro en el único asiento doble. El tren fue tomando lentamente velocidad y sintió la presión de su propio peso contra el respaldo. Se acomodó junto a la ventanilla. En un acto casi reflejo comprobó con roces discretos de antebrazo que tenía los dos gruesos
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sobres en los bolsillos interiores del saco; el 38 lo llevaba calzado atrás, pegado al riñón derecho. Recién ahí se relajó.
Después de un par de minutos sólo atento a los dolores del cuerpo que volvían como un mal recuerdo, con la mirada perdida en algún lugar entre el vidrio sucio y los fondos de las casas que daban a las vías, sintió que los ojos se le cerraban. Cuánto hacía que no dormía. Agitó la cabeza para despejarse y con un gesto mecánico, una costumbre, casi un ritual, buscó el consabido libro en el bolsillo. Ahí estaba la novela de Peyrou.
Había dejado una marca a la altura de la página 45 pero no recordaba nada de la trama. Volvió atrás. Ni siquiera le resultaba simple reconstruir el momento en que había leído las últimas líneas. Probó recordar los pormenores de la interrumpida noche desvelada, el viaje en el 86, el barcito de la terminal de La Boca, la vuelta a Liniers. Cabeceaba. De golpe tenía mucho sueño y le dolía todo. Abandonó el dedo índice en el libro entreabierto y cerró los ojos. Calculó cuántas estaciones eran hasta Haedo. Cuatro o cinco. Media hora, menos. No estaba seguro de si era antes o después de Ramos Mejía. Veinte minutos. Quién vivía en Haedo. Alguien antes que ella lo había mencionado. La conversación con el tano y el francés. Opi iba a ir a Haedo. Ella iba a Haedo. Tal vez un cuarto de hora. Sintió un golpe y se sobresaltó. El libro. Se le cayó el libro al piso. Apenas despabilado se agachó mientras el tren entraba en una estación. Levantó la cabeza y vio el cartel de Liniers. Volvió al libro. La gente bajó y subió a sus espaldas. En el momento en que se cerraban las puertas oyó el silbato y sintió golpecitos. Al lado de su cabeza los sintió, en el vidrio.
Y ahí la vio: era ella. Se sacudió, estaba despierto. El tren se movía y Pilar estaba afuera, en el andén, caminaba en paralelo, lo saludaba con leve sonrisa y le señalaba con el dedo hacia adelante, a los vagones. Etchenike intentó sin suerte ni fuerza abrir la ventanilla, después giró la cabeza y estiró el cuello para seguirla con la mirada. Pero ya el tren retomaba velocidad, ya abandonaba el andén, ya cruzaba con rigor de fierros por debajo de la avenida General Paz. El veterano se hundió en el asiento. La había perdido otra vez.
No volvió a leer, no volvió a dormirse.
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Cuando el tren salió de Ramos Mejía, Etchenike se levantó y comenzó a caminar por el pasillo en la dirección de la marcha. Se sentía algo estúpido molestando a los pasajeros de pie sin motivo aparente, avanzando como si esquiara, asido a los bordes de los asientos, tratando de enterarse de qué esperaba encontrar. Muy estúpido.
Al abrir la puerta del tercer vagón se encontró de golpe y de frente con lo que supuso podía ser lo que buscaba: el sonriente Diego Fierro ocupaba casi todo el espacio del pasillo. Empuñaba, como un escudo medieval, una enorme carpeta amarilla que lo protegía desde el mentón a más abajo de la cintura.
—Íbamos para allá, a buscarlo —dijo el director de Kaput disculpándose de qué.
—¿Quiénes?
Detrás de su voluminosa figura se asomó alguien, una cara difusa; después, del otro lado se volvió a asomar. No. Eran dos, pero iguales.
—¿Los señores?
—Aldo y Franco —dijo Fierro con giro de ojos a ambos flancos y hacia atrás.
Etchenike frunció el entrecejo dolorido bajo la gorra:
—¿Aldo Parga?
Una de las amorfas caras se asomó para asentir.
En ese momento el tren entraba en la estación Haedo y Diego Fierro dijo:
—Después seguimos con las presentaciones. Ahora hay que bajar, Etchenike.
El veterano no se movió:
—Saqué pasaje hasta Morón.
—Pero…
Cuando el otro quiso volverse el veterano se le arrimó, le sujetó el hombro y le metió el 38 entre la panza y la carpeta.
—Seguimos —le susurró al oído—. Buscate un lugar cómodo para charlar. Y traé a los mellizos.
Los Parga parecían no entender nada. Diego Fierro se volvió hacia ellos y con la inequívoca sensación del caño en la columna, les dijo algo
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corto y contundente. Los Parga abrieron grandes los dos pares de ojos y asintieron.
El tren se detuvo, y mientras el resto del pasaje se movía, el grupo se acomodó en dos asientos dobles enfrentados. Etchenike ni se asomó al andén de Haedo por si había caras conocidas. Con las que tenía a mano era suficiente.
Se cerraron las puertas y reanudaron la marcha.
—Se equivoca —dijo Diego Fierro—. Íbamos a arreglar todo.
Había puesto la tremenda carpeta amarilla sobre su regazo y meneaba la cabeza. Sentado del lado de la ventanilla, tenía al veterano a su lado y al par de Pargas enfrente.
—Hable y veremos —dijo Etchenike rascándose con el índice por debajo de la gorra.
El gesto dejó en evidencia parte del vendaje.
La cara de Fierro pasó de la preocupación a la perplejidad, una sonrisa leve, irónica:
—Esa es la gorra del pesado que anda con… —Y ahí se interrumpió.
—Con Medina.
Fierro se hizo el desentendido:
—¿Cómo la tiene? ¿Qué le hizo?
—¿Ella no te contó?
El editor dijo que no había hablado de eso ni de nada con ella.
—No hubo tiempo —concluyó—. Sólo que lo buscara a usted para ir juntos, porque tiene los papeles para viajar…
—Es muy tramposa esa minita. —El veterano acomodó discretamente el 38 en la cintura y se bajó la visera hasta la ceja—. A esta altura, si a ese sorete de Frataccio todavía no le sacaron el plomo que ella le metió, esta gorra de mierda es lo menos importante que va a perder.
Los informes Parga parpadearon al unísono. Uno llevaba la carpeta y el otro un portafolios.
—A propósito: ¿cuál es Aldo?
El que estaba sentado frente a Etchenike se tocó el esternón.
No había llegado a separar la mano del pecho cuando la trompada de zurda del veterano lo sacó del asiento, lo desparramó contra el homólogo.
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Hubo un amago de participación entre algunos pasajeros cercanos pero el gesto de Fierro los contuvo. Hubo paz.
Etchenike se frotó primero los nudillos y después la nuca. Luego acomodó al desparramado, se lo puso de nuevo enfrente y le tendió la derecha:
—A mano.
De Haedo a Morón son pocos minutos. Bastaron. Etchenike le hizo saber a su auditorio cautivo que las últimas conmociones craneanas no le habían afectado la memoria, y que recordaba, precisamente, que los nombres de Aldo Parga y de Medina compartían una lista de llamadas en el anotador de la secretaria de Ediciones del Zorro que —lo reconocía— había subrepticiamente consultado poco antes de sufrir la primera y artera agresión.
Ahí el Parga aludido carraspeó y miró por la ventana sin dejar de acariciarse el pómulo enrojecido.
El veterano prosiguió señalando que el hecho de reconocer la identidad del propietario original de la gorra que portaba, por parte del presente Diego Fierro, ajustaba su hipótesis —su certeza, en realidad— de que estaban todos entongados.
El director de Rumor meneó la cabeza, pero Etchenike no le hizo caso y prosiguió.
Dijo entonces que asumía, con cierta pena, que la joven rubia de identidad fluctuante que acababa de abandonar el tren en Liniers contra toda promesa o pronóstico, además de tener sus propios problemas político-personales sobre los que se reservaba la opinión, era parte y en cierto modo causal directa de ciertos desequilibrios y pérdidas en su entorno afectivo y emocional que no estaba dispuesto a soportar. En resumen, concluyó Etchenike: si no explicaban qué carajo pasaba, empezando con el caso Opi, los tiraba del tren. Que prepararan una buena versión.
Lo escucharon y le creyeron.
—A propósito —dijo el veterano como quien abre el juego—: ¿qué hay en esa carpeta?
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Diego Fierro la apretó instintivamente contra su pecho.
—Los dibujos de Opi, los de la exposición que levantamos anoche. —Los vi colgados, son muy buenos —dijo Etchenike—. ¿No se
vendieron?
—Sí, todos. Precisamente, levantamos la muestra por cuestiones de seguridad.
—¿Y adónde van?
—Son del autor: ahora que apareció, que los tenga él hasta la entrega. Es un compromiso muy grande —admitió Fierro—. Esto quema…
—Me imagino —dijo el veterano y estiró la mano como para confirmarlo—. A ver…
Bajaron en la populosa estación Morón, saturada de gente en tránsito, con colas larguísimas en las paradas de colectivos. Ahora, la carpeta descomunal la llevaba Etchenike. Entraron a una pizzería grande y fea que ocupaba una esquina de la plaza. Pidieron cuatro cafés, dos cortados. El veterano fue al teléfono público con la carpeta rehén y marcó el número de memoria.
Atendió el mismo Macías.
—Te extrañaba —dijo con alivio y sin pudor—. Te estuve llamando a la oficina. Sayago me dijo que no sabía dónde andabas. Después de lo de anoche, quería saber si estabas vivo y avisarte que si podés cobrar la guita que arreglaste, cobrá. Porque ya está.
—¿Cómo que ya está? —El veterano creía estar en el medio de la batalla y le avisaban que Waterloo había sido ayer.
—Ya está, Julio.
—Ya está, las pelotas.
Porfiaba apelando a los clásicos del coloquial porteño. Pero no alcanzó:
—Ya está. Perdieron los perejiles —especificó el Colorado.
—¿Hablás de mí?
—No sólo, pero asumido el papel. Buen punto de partida.
En ese momento Etchenike vio que uno de los Parga se levantaba y dejó el tubo del teléfono colgando para amenazarlo con golpearlo con la
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pesada carpeta.
El repetido avisó por señas que iba al baño y el veterano se contuvo. —Yo voy a cobrar, claro que sí —retomó ante Macías—. Porque el
perejil, que antes te lo regalaban, ahora te lo cobran… Pero hay varios más que van a cobrar para que tengan. Ese Medina y el boludo de Frataccio se llevaron al Gallego.
Hubo un silencio breve del otro lado:
—Son unos chapuceros.
—Frataccio está herido mal. Si querés rastrearlo, se fue sangrando para la provincia.
—¿Y vos dónde estás?
—Lejos, en la pizzería enfrente de la estación de Morón. Pero no es ésa la cuestión: que me devuelvan al Gallego o hago un desastre. Te hago responsable. Llamo en dos horas.
—¿Me estás corriendo? —se burló el Colorado.
—Vos sabrás.
Y esta vez cortó Etchenike.
Si no se puede tener la última palabra, a veces basta con el último silencio.
Cuando el veterano volvió junto al grupo tuvo la certeza, en las miradas de esos tres que a duras penas hacían uno, que acababan de repasar un libreto, un discurso, una estrategia común en la que apenas creían.
Fierro arrancó decidido:
—Deme la carpeta, por favor. Eso es de Opi.
Etchenike se sentó y la puso en el suelo, bajo sus pies.
—¿Adónde y a qué vamos a Haedo? —dijo como si nada.
—A la casa del Viejo, a encontrarnos con Opi precisamente —contestó el editor con fastidio acaso fingido—. Ahora que apareció, vamos a darle todos los dibujos de la muestra, entregar los papeles de viaje que tiene usted y a celebrar que se acabó todo. Reunión de amigos.
—No sé quiénes son los amigos.
—Los conoce: Pratt y Moebius, los que estuvieron en su oficina. —¿Y el Viejo?
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—El Viejo Alberto, otro colega, gran amigo de Opi.
—Ah.
—Está todo bien, Etchenike —lo tranquilizó Fierro—. Va a recibir lo suyo, plata dulce.
—Eso seguro, vengo recibiendo tupido.
Los mellizos sonrieron apenas. El del pómulo inflamado se escondió detrás del cortado y el veterano estuvo a punto de empatarle los perfiles.
—Por favor, deme la carpeta —insistió Fierro—. A usted para qué le sirve.
Etchenike zapateó sobre el cartón.
—Precisamente: para nada. La puedo quemar o algo mejor. —Se agachó y la puso sobre sus muslos, perpendicular a la mesa, la entreabrió sin mirar el contenido—: puedo vaciar el pocillo acá adentro.
Y lo inclinó ante el estupor circundante.
—¿Qué hace?
—Este café de mierda parece tinta. Tinta china. Hagamos de cuenta que se volcó el tintero, un accidente.
—No haga eso.
Etchenike no bajaba el pocillo amenazante:
—Hable entonces. Lo de Opi y de qué juega la chica.
El editor miró el reloj y se resignó:
—No sé todo. Hay que ir a la reunión de Haedo y es importante que lleve lo que ella le dio.
—Todo muy elíptico.
—Porque es largo. Y no tenemos tanto tiempo.
Etchenike gruñó:
—Dele nomás. —Y se volvió a los Parga—. Pero ustedes se mudan de mesa. Donde no escuchen y yo los vea. Ya.
Y los redundantes partieron con ruido de sillas pero quedaron ahí, apenas asomados sin sonido desde una mesa con ventana a la calle.
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Creer y reventar
Diego Fierro se rascó la barba, miró fijo al veterano y arrancó en voz baja y como quien se remite al principio de los tiempos:
—Primero, las cosas que más o menos supongo que ya sabe. —Hizo un gesto ambiguo que podía interpretarse de inútil desaliento—: Opi está desde hace bastante tiempo con una uruguaya de la que seguro le hablaron: la Malena Puig. Es una buena mina. Intensa, pero buena mina. La tiene vista: estaba conmigo la otra noche, cuando salimos de la galería y ustedes nos siguieron sin demasiado disimulo. Esta mujer se lleva muy pero muy mal con los dos hijos del anterior matrimonio de Opi: la loca, Aída, y un medio hermano, Daniel, que es milico.
Etchenike asintió con la cabeza.
—En realidad, son ellos los que se llevan mal con Malena. De ahí todo el quilombo de estos días con la pelea por estos originales: de quién son, quién se queda con la guita de la venta. Que en realidad no es así… Por eso levantamos todo y ponemos los dibujos a resguardo. Porque hay otro asunto.
—Mirá vos —dijo el veterano sin soltar la carpeta.
Diego Fierro bajó un poco más el tono:
—Es así: mientras Opi y su mujer han estado viviendo en Europa los últimos tiempos, el pibe de ella, hijo de una relación anterior, se quedó en Buenos Aires terminando el secundario mientras hace el ingreso a la universidad; pero parece ser que se metió en alguna joda pesada. Suponemos que drogas. Y quedó pegado, de ingenuo. Típico. Este pibe, que se llama Facundo Blixen, tenía todos los números para perder, pero ya sabe cómo son estas cosas con la policía: una vez que lo detuvieron, antes de ficharlo vieron que podían rajuñar algo y decidieron avisarles a Malena
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y a Opi que sabían en qué andaba el pibe y decirles cuánto debían poner si querían que la cosa no trascendiera. Es habitual, hay tarifas.
—Algo sé de eso —dijo Etchenike como si nada.
—Supongo. Y más cuando esta gente supo que el padrastro, Opi, era un tipo famoso que incluso estaba por venir a la Argentina después de mucho tiempo. Ahí decidieron apretarlo a fondo. Si ponía cien mil dólares se lo devolvían, pero además se lo tenía que llevar con él a Europa y acá no había pasado nada.
—¿A Europa? ¿Cuándo le plantearon eso?
—No sé bien, tal vez este verano. De todo esto me enteré hace unas semanas.
—Siga.
—Opi no tiene ni nunca tuvo ni tendrá cien mil dólares, así que primero les ofreció la escritura del departamento y después no sé qué otras cosas más… No sé tantos detalles, pero no resultó: todas esas operaciones con bienes inmobiliarios, valores o lo que sea dejan huellas que alguien puede seguir. Mejor entregar toda la guita en una bolsa verde y listo. Y eso arreglaron.
—¿Juntó la guita?
—La juntó. Lo ayudaron o, si quiere, sin entrar en detalles, lo ayudamos entre muchos y la juntó. La exposición y la venta de las obras, con todo el quilombo familiar que sobrevino, tiene que ver con la necesidad de reunir efectivo…
—Muy noble. Pero no alcanzó, parece. ¿Qué pasó?
—Los otros hijos mayores de Opi sospecharon que algo raro había porque ni Opi ni Malena estaban dispuestos a blanquear de dónde había salido y para qué era esa guita.
—¿Y ustedes?
—Nosotros fuimos los intermediarios. Supimos hasta ahí. Opi nos habilitó y fuimos los que tratamos con esa gente, Medina y el otro.
—Frataccio.
—Eso es.
—Pero ustedes los conocían de antes.
Diego Fierro vaciló:
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—Apenas, indirectamente. —Movió la mano, como si borrara en el aire—. Y no yo. Es una larga historia que no viene al caso ahora.
—¿Los petisos?
El editor asintió:
—Una casualidad, vecinos de barrio, de pibes. Eso facilitó el contacto. El veterano volvió la mirada a los repetidos y observó cosas nuevas y
peores en ellos. No dijo nada.
—Siga, siga.
Diego Fierro retomó:
—Medina y Frataccio fueron los que le cobraron la primera cuota, justo cuando llegó Opi de Europa, antes de ir a Córdoba. Y ahí le soltaron al chico, pero…
—¿Y el pibe dónde está?
—Espere: no bien llegó Opi y puso la primera cuota se lo devolvieron pero sin documentos ni pasaporte ni nada. Facundo no tiene cómo salir legalmente del país. Necesita documentos nuevos, tal vez con otro nombre. Y se los iban a dar cuando entregara la segunda cuota. Eso iba a ser la semana pasada.
—Ah.
—Pero Opi se enfermó, lo internaron y a partir de ahí, ya sabe. Desapareció. Ahora está de vuelta y terminaremos de una vez: se entrega lo que falta y Opi y Facundo viajan con documentos nuevos, juntos, en una semana. Happy end. Incluso usted cobra, Etchenike.
El veterano se llevó la mano al costado para palpar su secreta papelería y pareció evaluar la prolija síntesis del locuaz editor, que no dejaba resquicios aparentes y cerraba por todos lados. Sin embargo buscó y encontró el pelo en la sopa:
—Y ese Germán… ¿quién es?
—¿Germán? No sé. ¿Quién habló de Germán?
—Nadie habló, pero todos preguntan por él —precisó el veterano—. La piantada de la hija, Medina y Frataccio… La piba dice que no sabe, ustedes tampoco. ¿Es el que se queda finalmente con la guita? Medina y Frataccio laburan para él… Podría ser.
El editor frunció el entrecejo y después de un momento lo disolvió en una sonrisa leve:
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—Ese Germán parece un MacGuffin. —Hizo una pausa—. Usted, que lee literatura de aventuras y va al cine, Etchenike, sabe qué es un MacGuffin.
El veterano hizo como que no sabía.
—Un pretexto cualquiera para hacer avanzar la acción —definió el docto Fierro—: una zanahoria narrativa. Es un recurso genuino: Hitchcock y los 39 escalones, el halcón de Hammett… No importa qué o quién, pero hace que la gente se mueva. Los que tienen que pagar o los que tienen que cobrar. Acá alguien tiró un nombre, ese Germán, y varios picaron, parece. Típico para distraer la atención.
—Pero eso en la ficción. Acá estamos hablando de gente real.
—Me extraña, Etchenike. Todo es relato, nos movemos dentro de una historia, de un guion que se hace solo o lo hacemos entre todos. Está en la naturaleza misma de las cosas; la verdad es la versión que predomina… Nada más.
—¿Y esto que pasa lo inventaste vos, escribiste el guion de esta payasada?
—Está hecho, por lo menos, a cuatro manos —dijo Fierro siguiéndole la corriente—. Pero este MacGuffin no es cosa mía, le aseguro. Y ahora deme la carpeta, por favor.
En ese momento se escuchó un grito y Etchenike, al girar la cabeza, vio cómo uno de los Parga quedaba con medio cuerpo en la calle, literalmente arrancado de su mesa por la ventana abierta de la pizzería. El brazo que lo traccionaba tenía un propietario conocido.
—Medina —dijo Diego Fierro—. Vamos.
Se levantaron desmañadamente, con ruido de sillas, ante la expectativa de la clientela. Cuando llegaron a la puerta ya el oficial arrastraba al mellizo hacia el Falcon estacionado impunemente en la esquina. Etchenike reconoció el auto. Y no lo sorprendió. Era el mismo en que Medina se había llevado a Frataccio y al Gallego, ahora con una sirena adosada al techo. Pero también reconoció al hombre apoyado en la puerta abierta del acompañante, de cara a la vereda y con los pies levemente separados. Y eso sí que no lo esperaba:
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—Macías —dijo bajito.
El inspector tenía la cara inexpresiva, pero la mano derecha en el bolsillo del saco arrugado hablaba sola con el bulto de la secreta pistola que empuñaba.
—Tranquilo —fue todo lo que dijo el Colorado.
Mientras Medina subía al Parga al asiento trasero y buscaba infructuosamente con la mirada al otro mellizo fugitivo, Diego Fierro lo conversaba con familiaridad y sin pánico alguno.
Antes de subirse, él también se volvió hacia Etchenike:
—Deme la carpeta, por favor.
Macías asintió con la cabeza pero el veterano no la entregó, con explícita reticencia.
—Vení que te muestro —dijo el inspector con un suspiro.
Lo llevó hasta el baúl del coche y entreabrió apenas para que espiara.
—Ahí lo tenés.
Atado, amordazado y con los ojos abiertos y aterrorizados, Tony García se agitó.
Macías cerró el baúl de un golpe seco:
—Dámela y subí callado.
Etchenike soltó la carpeta y lo sentaron en el asiento trasero en el medio, entre el Parga y Diego Fierro. Medina volvió a subir y cerró las puertas. El veterano notó que el piso estaba mojado, el tapizado tenía húmedas manchas oscuras.
—¿Qué pasó con Frataccio?
Macías habló sin volverse:
—Perdió mucha sangre pero va a zafar.
En ese momento Medina puso la sirena, gritó algo y sacó el arma por la ventanilla. La gente que estaba en la vereda se retrajo y el Falcon partió hacia el Lejano Oeste con chirrido de gomas.
Anduvieron unos minutos sin atender a carriles y semáforos hasta una avenida poblada de camiones y tránsito pesado. Ahí Medina silenció la sirena, pero no disminuyó la velocidad.
—Los papeles para viajar —dijo tras una docena de cuadras, sin volverse, y mirando a Etchenike por el espejo.
El veterano miró a Macías, que estiró la mano hacia atrás:
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—Dámelos a mí.
—Cuando sueltes al Gallego.
—Los bajo en la próxima parada. A vos, con él. —¿No estoy invitado a la reunión de Haedo? —Ya no. Dame esos putos papeles…
Etchenike hurgó en el bolsillo interior del saco y le alcanzó los dos sobres.
Pero el inspector no los retuvo. Medina los manoteó con gesto brusco de la mano libre y, sin dejar de manejar, los sostuvo con los dientes. Así salió de la avenida y anduvo siempre rápido por calles cada vez más despobladas hasta encontrar, saliendo del asfalto y entre dos baldíos, un galpón de chapas oxidadas con el portón abierto. No había nadie ahí ni en los alrededores. Metió el Falcon y frenó levantando polvo entre cajones de fruta estibados, muebles viejos y una parva de calefones y heladeras en desuso.
Sólo Macías se bajó, reglamentaria en mano, lentamente, y echó un vistazo girando en redondo.
Recién entonces Medina tomó con la mano los sobres sin moverse del lugar frente al volante. Los abrió apenas y pareció verificar lo que aparentemente necesitaba.
Etchenike se estiró para ver.
—No espíe —le recomendó al oído Diego Fierro, casi amistoso. —¿Todo en orden? —preguntó Macías asomándose por la ventanilla. Medina asintió y guardó todo en el bolsillo de la campera. Miró su
reloj y dijo:
—No tenemos mucho tiempo. Abajo los viejos.
—Un momento.
El Colorado hizo bajar a Etchenike y fue con él hasta el baúl. Antes de abrir, lo encaró:
—Vos y este inútil se quedan acá —dijo sin saña ni rencores—. No estás lejos de la estación La Reja. Espero no saber nada de ustedes por un tiempo. No hablen, no jodan. Para bien de todos.
Etchenike gruñó.
El inspector levantó la tapa del baúl. Tony García no estaba en condiciones de quejarse ni de agradecer nada. Con lo que decían los ojos
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bastaba.
—Es el arreglo más barato que pude conseguir —aclaró Macías mientras extraían al Gallego del ocasional habitáculo y lo depositaban, añejo niño envuelto, en un sofá descolorido—. Todo tuyo.
—Gracias.
El Colorado se volvió al auto, subió y cerró con un portazo. Recién entonces el Falcon se puso en marcha y partió acelerando sin pudor ni pretexto para ulteriores comentarios. Dejó una nube de polvo en suspensión.
El veterano fue desatando cuidadosamente a su socio. Primero la boca, que no dijo nada. Después el resto, que se distendió como un muñeco de trapo. Cuando terminó la operación, no hablaron. Etchenike quiso pero Tony no lo dejó. Sólo preguntó por su vieja, y el veterano lo tranquilizó. Miraban juntos hacia la claridad del portón abierto. El polvo todavía estaba ahí y tardó un buen rato en terminar de caer, dejar todo un poco más sucio de como solía.
El Gallego fue hasta el fondo del galpón a mear. Después le tocó a Etchenike; se sacó el trapo que le abultaba bajo la gorra y lo tiró por ahí. Ya no sangraba. Encontró una canilla y trajo agua en un jarro de aluminio. Bebieron y se lavaron la cara.
—Vamos, rajemos de acá —dijo cualquiera de los dos.
El asfalto estaba a cinco cuadras. En un maltrecho refugio de cemento esperaron sin fe hasta que llegó un colectivo de tres cifras que tras muchas vueltas los dejó en la estación La Reja. Ya en el andén casi vacío Etchenike vio, de reojo, que Tony García lloraba.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Me bajo en Villa Luro —avisó cuando terminó de hipar—. Te dije, hablemos después.
—Está bien. No me vas a contar nada de lo que pasó… El Gallego meneó la cabeza y eso fue todo.
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El tren vino lleno, pero en Morón consiguieron asientos separados y Etchenike por un rato lo perdió de vista. Y ahí sintió que se relajaba. Aunque sabía que todo el deshilachado asunto era pura confusión, un fracaso, una payasada, debía admitir que al fin estaba tranquilo, incómodo pero aliviado. Como nunca antes reconocía la molesta sensación de haber involucrado al Gallego en situaciones penosas que no se merecía. Si por alguna funesta razón habían terminado a los tiros en casa de la vieja Alcira, algo estaba haciendo mal. Una vergüenza.
Justo entonces, por una extraña compulsión, sacó una vez más la ilegible novela de Peyrou. Era lo que siempre solía hacer al viajar, en esos tiempos muertos: leer, meterse en otra historia, distraerse. Al salir de la oficina llevaba o sabía que debía llevar consigo dos cosas: el 38 y una novela. A veces desenfundaba en el orden correcto, a veces se equivocaba. Y se trataba de su vida en general, no necesariamente de este caso de mierda.
Leyó tres veces el mismo párrafo. Su propia cabeza voladora y la trama compleja, el clima raro de El estruendo de las rosas no ayudaban. La guardó sin pena ni gloria y ahí notó que a su alrededor la mujer joven a su lado, la pareja sentada enfrente y un chico parado en el pasillo, todos leían. Cada uno metido en lo suyo. Se asomó a la fotonovela de su vecina, Idilio, en blanco y negro, un clásico; el muchacho agarrado al pasamanos sostenía con la mano libre una revista de historietas con un gaucho y un indio peleando con facón y lanza entre pajonales; el titular catástrofe de la Crónica que leía el hombre de enfrente hablaba de un terremoto en California con gran foto de autopista rajada por la mitad y abajo, en recuadro, el hallazgo de un auto incendiado con dos cadáveres en los bosques de Ezeiza, y su mujer, sentada del lado de la ventanilla, hacía un laborioso crucigrama con birome en una revistita de tapa colorida llena de letras y de números.
El tren iba rápido y el golpeteo regular de las ruedas contra las junturas de los rieles desparejos lo sacudía, hamacaba a los lectores, le daba sueño a él. Cerró los ojos y recordó un viejo cuento de Rodolfo Walsh en el que un detective aficionado descubría, por las alteraciones en la letra de un corrector de pruebas de imprenta que hacía su tarea mientras viajaba en ferrocarril, cuándo había escrito con el tren en movimiento y cuándo
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mientras estaba detenido en alguna estación. De ahí deducía — confrontando sus cálculos y resultados con la planilla de horarios de la línea del Roca, que se reproducía— qué tren había tomado. La idea era brillante, muy original, pero absolutamente artificiosa. Suponía que el corrector nunca dejaba de trabajar y lo hacía siempre al mismo ritmo y, sobre todo, que los horarios de trenes se cumplían. Tal vez funcionaba en un relato de Agatha Christie o de Sherlock Holmes, pero era muy difícil de aceptar en un cuento argentino. Pocos años después, dramáticamente, el mismo Walsh había dejado de creer —entre otras cosas— en el cumplimiento de los horarios: se podía fusilar sin ley marcial, había descubierto en Operación Masacre.
El tren renovó gran parte de su pasaje en Liniers y el veterano pudo mudarse al lado del Gallego, un par de asientos más atrás:
—¿Estás mejor?
Tony asintió.
—¿Qué día es hoy? —dijo de pronto.
Etchenike calculó y se lo dijo.
—¿Seguro? —Dudaba—. Porque mañana es el cumpleaños de mi vieja. La iba a llevar a Córdoba, pero no sé qué…
—¿Regalarle? —El veterano hizo un gesto elocuente—: Te envuelvo de nuevo y te pongo un moño.
Como tantas otras cosas, esta vez tampoco el humor funcionó.
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Replay
El Negro Sayago, subido en el banquito amarillo, estaba terminando de ajustar el nuevo vidrio esmerilado en la puerta entreabierta de la oficina. Los pedazos del vidrio viejo y partido estaban apoyados afuera, en el suelo del pasillo. Adentro sonaba un tango demasiado entusiasta de Héctor Varela con Argentino Ledesma. En la ventana atardecía.
Etchenike se puso de silencioso perfil, pasó sin comentarios junto al ensimismado operario y apagó la radio:
—¿Novedades?
—Llamó tu hija. Y recién se fueron los dibujantes, los extranjeros. Esperaron un rato porque el tano quería hablar con vos. Tomaban de una petaca y estaban bastante borrachos. Te dejaron un sobre que está en el cajón.
—Me los crucé abajo. Pratt me dijo que metía al francés en un taxi y volvía.
—Buena gente.
—Eso parece.
El veterano fue al escritorio y llamó a su hija.
—¿Qué pasa?
—Nada, todo bien, papá —se apresuró a calmarlo ella—. Era solo para disculparme por las quejas, ando muy nerviosa. El nene está feliz con el regalo. Gracias.
—Qué bueno.
—¿Venís el domingo a almorzar?
—Supongo que sí. Te llamo.
De pronto se acordó:
—¿Tenés la tarjeta que traía la camiseta?
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—No, la tiré. ¿Por qué?
—Para saber nomás: la marca, el negocio…
—Ya te dije, una marca francesa o inglesa, un nombre: Daniel o Gabriel Forline o algo así.
—Forline, qué nombre cajetilla —admitió el abuelo.
Colgó y volvió al trabajo. Sacó el sobre del cajón. La pila de billetes coloridos abultaba saludablemente. Había una nota en la que agradecían a dos manos y en tres idiomas.
—Así que el tipo apareció… ¿Está todo en orden? —quiso saber el Negro.
—Casi demasiado.
El veterano se guardó las nuevas liras junto a las que le habían dejado la primera vez, hacía apenas unos días que parecían el siglo pasado.
Sayago terminó con el vidrio, cerró la puerta y se sentó frente al escritorio.
—No quise ponerle nada —ahí estaban, enfilados en un costado del escritorio, junto al tarro de pintura, un par de pincelitos flamantes— hasta no confirmar con vos.
—Hiciste bien. Por ahí cambiamos de rubro. —Etchenike suspiró—.
Algo más liviano que la agencia, supongo. Mientras tanto, cobrate de acá.
Y le alcanzó, en billetes criollos y arrugados, los viáticos holgados de los últimos días.
Sayago recogió el dinero y lo miró con atención, como si recién lo registrara adecuadamente.
—¿De dónde venís? ¿Qué hacés con esa gorra?
El veterano se la sacó, mostró los daños que ocultaba.
—Uh.
—Vengo de Villa Luro, de dejarlo a Tony en la casa de la que no debería haberlo sacado jamás.
—Uh.
—No te burles. Toda esta guita apenas alcanza para arreglar lo que rompimos ahí. En todos los sentidos.
—Contame.
La crónica debidamente expurgada de las últimas veinticuatro horas apenas si daba pálida cuenta y razón de su desaliento. El veterano sólo se
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entretuvo en los pormenores de la última larga escala en Villa Luro, el final aparentemente inocuo de un falso caso que no cerraba por ningún lado.
—Tony y la vieja terminaron consolándome, ellos a mí…
—Y alguna razón tienen —se animó Sayago después de un momento y sin mirarlo a los ojos—. Ese amigo tuyo, el inspector de la Central, te recagó. Cuando llegó el momento cerró con la patota; se fueron juntos, me decís. A mí, qué querés que te diga, siempre me resultó sospechoso que confiaras tanto en un tipo que está en ese lugar en este momento. Mostró la hilacha, como se dice.
—No es así.
—Ponele que no sea. Pero es lo que parece.
Hubo un silencio prolongado que sirvió para que terminara de atardecer.
—Puede ser —dijo finalmente Etchenike mientras prendía la lámpara. La ancha tulipa verde tiñó el entorno ensombrecido, acentuó con su luz cálida el desorden de los papeles, las manos lastimadas del veterano
abandonadas sobre el escritorio.
—Uh… Cómo tenés eso.
Etchenike se frotó los nudillos machucados, los pequeños cortes.
—Yo no sé pegar como vos. Me duele a mí más que al otro.
—Eso se aprende.
—Un poco tarde.
Sayago no quiso o pareció no oírlo porque con un discurso que aparentaba estar largamente preparado cumplió en informarle que en su tarea específica con respecto al seguimiento encomendado había llegado hasta las últimas instancias, o sea que había hecho los deberes con inusual prolijidad.
—Aunque sea un tema doméstico, por una pelotudez se pudrió todo con Cacho, el cafetero, por eso hace días que no viene. Estamos sin café.
—Y yo sin rival para jugar al ajedrez.
—Hace rato que no jugás… Y ya no sé si te interesa —lo desautorizó Sayago—. Además, tengo todo lo que me explicaron los rápidos de la agencia de acá al lado sobre el viaje a Montevideo, los requisitos y todo eso. También te lo pueden explicar a vos.
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Etchenike asintió. Se levantó con dificultad y miró el reloj.
—Este tano está tardando demasiado. Andate, Negro, buen laburo.
—¿Vengo mañana?
—Tomate unos días. Te aviso.
Al volverse, el veterano descubrió un libro en la mesita del mate. Lo agarró:
—¿Y esto?
Sayago tenía la mano en el picaporte:
—Cuando moví el sillón para arreglar el vidrio estaba ahí debajo, en el suelo. Pensé que era tuyo.
—Yo no los forro.
Sonó como una declaración de principios. Ni siquiera se dio cuenta de que mentía.
Sayago partió y Etchenike fue al baño, cerró la puerta de la oficina con doble vuelta de llave y decidió terminar temprano con un día interminable. Apagó la lámpara del escritorio, desenchufó el teléfono y se metió en la pieza. Colgó el piloto en el perchero y el saco en la silla, se aflojó el cinturón, tiró los zapatos por ahí y se tendió boca arriba en la cama deshecha. Estaba muy cansado, le dolía todo. Cerró los ojos.
Después de un rato supo que no podría dormir. Era como tratar de hacer la plancha en el Mar de los Sargazos. Prendió el velador, desechó por segunda vez en el día la novela de Peyrou y abrió sin fe el libro forrado en papel madera: La orgullosa hermana muerte, de Thomas Wolfe.
Nunca había podido terminar un libro de Wolfe. Estos eran cuentos. Lo hojeó. Se detuvo en el lugar en que un papelito plegado servía de señalador: Sólo los muertos conocen Brooklyn. Comenzó a leer y enseguida notó que el relato estaba salvaje y extrañamente subrayado con birome: palabras sueltas, acotaciones numéricas, tachaduras y números de página rodeados con un círculo. De un vistazo verificó que todo el libro estaba así, arruinado sin piedad por un lector desaprensivo y de pésimo gusto. Le sacó el forro para ver las depredaciones en el exterior. Pero por fuera estaba impecable. Era un libro nuevo. La hermosa ilustración de la portada era un cuadro de algún yanqui de los años veinte recortado contra
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el fondo blanco de la tapa. Abajo el título en letras verdes y, al pie, Ediciones Librerías Fausto.
Librerías Fausto. Librerías Fausto.
Y ahí algo le hizo ruido. Levísimo ruido, un metafórico chasquido en algún lugar de su cansada, aturdida cabeza. Trató de poner en claro las consecuencias de lo que no podía dejar de intuir. Buscó en los créditos la dirección de la editorial.
—No puede ser —se dijo en voz alta.
Volvió a recorrer el texto lleno de marcas. Una y otra vez fue y vino. Ahora ya con otros ojos, buscaba una pauta, acaso algún principio ordenador del caos de palabras subrayadas y señales al margen. Algo había ahí.
—No puede ser —se repitió.
Recogió del suelo el papel que se había usado para forrarlo. No tenía ninguna inscripción pero el roce lo había manchado con algo que podía ser rimmel, y emanaba cierto indefinible perfume de mujer. Y si no era así, no le costaba imaginarlo.
El papelito usado de señalador, plegado longitudinalmente dos veces, era un ticket; no tenía el nombre del negocio emisor pero sí la fecha y el importe del consumo de dos cafés. Hizo el cálculo. Coincidía. Pudo reproducir con una sensación de vértigo la escena que había imaginado a partir del minucioso relato del Negro Sayago. Lo único que tenía que agregar era la chica, una rubia un poco más grande que él, había dicho.
—No puede ser —se repitió.
Pero podía. Cuando todo terminaba, volvía a empezar desde otro lado.
El lado de la sombra, diría Bioy.
Todavía era temprano para que Sayago estuviese camino de su casa. Solía hacer un par de escalas, y el estaño más cercano era El Hórreo, un bar de Paraná casi Sarmiento frecuentado por gente de circo y del varieté, de la rascada en general. Conocía a los redundantes gallegos del mostrador porque él mismo solía pasar antes de cenar en Pippo.
Llamó, y ahí estaba el Negro.
—¿Qué pasa, Julio?
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—El libro ese que encontraste debajo del sillón.
—Sí.
—Creo que lo tenía en la cartera la piba que vino con la cana.
—Ni idea. Nunca la vi.
—¿Qué cosa?
—Ni a la piba ni la cartera. La cana, sí.
Etchenike se demoró un momento, no sabía bien cómo decirlo.
—Tal vez sí la viste. Tenemos que hablar: del pendejo, de la mina y del libro.
—¿Ahora? —se quejó Sayago.
—Sí, voy para allá —dijo el veterano, pero luego vaciló—: No, mejor esperame en Rodríguez Peña y Santa Fe. En la librería.
—Va a estar cerrado.
—En media hora.
Y le cortó sin dejarlo protestar.
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22
Conversación en La Academia
Ya era de noche y la Avenida de Mayo estaba despejada. Etchenike le pidió al taxista que tomara por Rivadavia y doblase por Callao hacia el norte hasta Santa Fe. Sin embargo, al llegar al semáforo de Callao y Corrientes vio a Hugo Pratt solo, en la vereda del Bauen buscando taxi revoleando el sombrero, y cambió de planes. Se bajó apurado, cruzó por el medio de la calle entre los autos y llegó justo cuando el italiano se disponía a abordar su taxi en sentido contrario.
—¡Pratt! ¡Hugo Pratt!
—¿Qué hace acá? —dijo el dibujante volviéndose con cierta dificultad —. Iba para allá, poliziotto.
—Me aburrí de esperarlo. Yo no venía para acá pero lo vi parado ahí haciendo señas… —dijo Etchenike—. ¿Qué le pasó?
Pratt volvió a subir a la vereda. Vacilaba un poco.
—Tuve que acostarlo a Jean —explicó tomándolo del brazo—. Carece de cultura alcohólica.
—Pésimo ladero, el franchute.
El dibujante sonrió, y se inclinó levemente sacándose el sombrero:
—¿Tiene un rato para mí?
El veterano le hizo un gesto mudo de acuerdo.
—Tenemos todo el tiempo —exageró.
Pratt entresacó del amplio bolsillo del saco una petaca de ginebra.
—Un rato. Lo que dure questa bombona —dijo con un guiño.
—Ecco —adhirió el veterano.
Pratt soslayó la posibilidad del bar del hotel —«Una caterva de alcahuetes a reglamento», definió— y empujó con todo el cuerpo la dócil puerta vaivén de La Academia.
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—En París ya no quedan bares como éste —comentó sin nostalgia aparente—. Y en Suiza nunca hubo.
—Seguro. Vamos al fondo, a la parte de los billares —propuso Etchenike.
Caminaron enfilados entre las mesas, el rumor de las conversaciones y el humo de cigarrillo saturaban el ambiente.
—Debe ser el café más largo del mundo —comentó Pratt—.
Dimensiones americanas.
—Siempre lo digo: para llegar al baño hay que caminar casi una cuadra. Mejor salir con tiempo.
El italiano sonrió.
—Me extraña: los detectives no van a mear. No recuerdo que Marlowe…
—Chandler lo manda al baño sólo para encontrar algún cadáver — concedió Etchenike.
Se instalaron frente a frente contra la pared espejada, en una mesa sin mantel con un cenicero de Cinzano y una maceta minúscula con flores de plástico.
—Voy a ver si tengo suerte. Con lo del cadáver, digo. —Pratt dejó el decorativo sombrero en la tercera silla y partió hacia el fondo.
Cuando regresó, decepcionado y meneando la cabeza, ya Etchenike había pedido dos cafés con sendos vasos de agua y fumaba mirando a los jugadores inclinados sobre el iluminado paño verde.
—¿Juega al billar? —dijo el italiano.
—Antes solía. Al casín. Ahora prefiero ver jugar a los que saben. Es un arte que se va perdiendo.
—No es un arte: apenas una artesanía de cagadores finos —definió Pratt con imprevista mordacidad.
—La carambola es más honesta —propuso Etchenike.
—No hay equivalencia. Es como comparar el básquet con el póquer. El veterano sonrió, sintió que el dibujante entraba en una zona de casi
agresiva lucidez. De algún modo era otro, diferente del que había conocido.
—Vamos a brindar —dijo Pratt.
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Abrió la subrepticia petaca de ginebra con una experta torsión de la tapa y se deshizo del agua vertiéndola en el florero. Etchenike lo imitó.
Pratt juntó los vasos, sirvió dos tragos generosos.
—Por el amigo Opi —dijo.
—Por Opi —ratificó el veterano.
—Que en paz descanse —completó el dibujante, y se empinó el vaso.
Etchenike retrajo el suyo:
—De qué habla…
Pratt sonrió levemente, sin soltar la ginebra.
—Nooo, no todavía, no todavía… —Agitó la mano libre, su voz vaciló
—. Tal vez hoy no, acaso mañana o en unos días.
El veterano lo miraba fijo, preguntaba sin hablar ni parpadear siquiera. —Opi está listo, Etchenike: finuccio, a plazo fijo.
—¿Tan jodido está?
—De salud, sí… Eso también, eso también. —El dibujante volvió a cargar los vasos—. Pero hablo de otra cosa, poliziotto: le digo que nuestro amigo Opi es boleta, como dicen, como decimos acá…
Etchenike retuvo el vaso en el aire, sin beber.
—Sabe demasiado: Requiescat in pace —concluyó Pratt.
—¿Y quién lo va a matar?
Pratt se empinó el suyo, entrecerró los ojos:
—Me extraña, poliziotto: cualquiera lo puede matar —afirmó con patética certeza—: Viví más de veinte años acá. La Argentina es un lindísimo país lleno de hijos de puta. Y lo peor es que están diseminados, no concentrados en un lugar.
Etchenike no pareció con ganas de discutir una afirmación tan contundente.
—¿Eso es todo lo que me quería decir?
—No, claro.
Se hizo un silencio largo.
—No sé qué porcentaje de hijos de puta hubo hoy en la reunión de Haedo —dijo de pronto Etchenike en sintonía—. Pero por mi experiencia debe haber sido bastante alto.
Pratt asintió con una leve sonrisa:
—Mezzo e mezzo, siendo generoso.
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—Es generoso —admitió el veterano—. Pero por culpa de esta gente que quedó conforme y acordó con el buscado —desaparecido— aparecido como si nada, a mí me golpearon, casi me matan y tengo a un amigo y a su vieja con la vida y la casa arruinadas. Y no sólo eso —se embaló—, ahora me dice que el laburo fue inútil porque a Opi de todas maneras lo van a amasijar.
—Tiene razón, poliziotto… —concedió Pratt, con una sonrisa torcida
—. De verdad que se lo ve muy arruinado. La testa rota… Pero no llore, que ahí le dejamos las liras bien ganadas.
—Pero no quiero cobrar por un trabajo inútil, que además… El golpe sobre la mesa hizo tambalear el florerito.
—¿Pero qué clase de investigador di merda es? —saltó Pratt, juntando los dedos en racimo ante la cara del veterano—. ¡Se queja y se queja y encima quiere dar lecciones de ética! —Resopló y se dejó caer nuevamente en la silla—. ¡Vaffanculo, Etchenike!
El veterano lo observaba en silencio.
—Si hay algo que detesta mi amigo el Corto Maltese —continuó Pratt ya en otro tono— son los moralistas, los engrupidos que se creen mejores que los demás —resopló y levantó el vaso—. Por los hijos de puta que se cagan en todo.
Etchenike no brindó esta vez. —¿Para qué me buscaba?
—Para decirle esto que ya sabe: es un pelotudo, Etchenike. El veterano lo miró con desaliento.
—Está en pedo, Pratt. Puedo esperar que se le pase, pero no siga porque lo voy a cagar a trompadas.
—La ginebra no tiene nada que ver. No se entera de nada: un pelotudo importante, un engrupido —insistió el otro con sonrisa imperturbable.
Etchenike se inclinó hacia adelante, estiró el brazo izquierdo por encima de la mesa, sujetó al pesado dibujante por el cuello de la camisa y pegó el tirón hasta separarlo de la silla. Lo sostuvo así un instante, cara a cara:
—¿Qué pasó? Hable en serio. —Pratt seguía con la sonrisa congelada —. No me buscó sólo para insultarme esperando que le baje los dientes… —Lo sacudió con furia—. ¿Cómo es? ¿Qué carajo pasa acá?
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El dibujante cerró los ojos, parpadeó un par de veces sin defenderse. El veterano lo soltó y lo empujó de nuevo contra la silla.
—¡Hable!
Pratt se dejó caer hacia atrás, sobre el respaldo de la silla.
—Eso —dijo después de un momento—. Qué carajo pasa acá… Es lo que yo me pregunto desde que tuve la estúpida idea de aceptar esta puta invitación. Porque una vez, hace mucho, me fui, me volví a Italia. Ahora vivo bien y tranquilo, me reconocen… No tenía por qué volver a este país de mierda. Pero el que está acá, el que vive acá y se queda acá sos vos, Etchenike. Explicame cómo hacés.
Y el voseo alcanzó con naturalidad al veterano.
—Yo no lo llamé, Pratt —aclaró tranquilo—. Y claro que estoy acá y me la banco. Me trajo un asunto, arreglamos el pago. Hice mal o bien los deberes y ahora me putea.
—Te fui a ver sólo porque Algañaraz me habló bien de vos —concedió el dibujante, casi condescendiente—. Me dio un poco de curiosidad, podías ser un personaje.
—No entiendo.
—Alguien que tiene una agencia de investigaciones en Buenos Aires,
un detective privado, parte de una premisa falsa, literaria. No es una
profesión, es una actuación.
—Una elección, mejor.
Pratt pareció no escucharlo.
—Un tipo que te ofrece solucionar problemas criminales en medio de una dictadura asesina. O eras un cínico o un converso metido de cruzado o lo que sos: un engrupido. ¿Cómo podés hacer tu trabajo con estos milicos respirándote en la nuca? Yo vine a la Argentina pensando que desde afuera se podía hacer algo por alguien. Vine sólo para eso, poliziotto. No a lamerles las botas a los milicos.
Etchenike se revolvió en la silla.
—¿Me está acusando? —Y levantó la voz—. ¿Con qué cara? Nunca me dijo que estaban juntando guita para ayudar a Opi. Hubiera empezado por ahí. Tal vez agarraba o no. Debería pedirme disculpas.
—¿Disculpas por qué? —Y el dibujante parecía sincero.
—No me dijo todo cuando me contrató.
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Pratt achicó los ojos y frunció el entrecejo.
—¿Estás hablando en serio?
—Muy en serio. Porque ustedes me trajeron un caso que no tiene nada que ver con lo que pasó hoy con Pirozzi —afirmó el veterano sin preguntar—. Ayer alguien lo soltó y hoy fue a esa reunión de Haedo donde usted estuvo y a mí no me invitaron y hubo intercambio de dibujos, dinero y seguro que algo más. ¿No es así?
Pratt se tomó un momento pero asintió. Retomó la ginebra pero esta vez no sirvió, se empinó el resto del contenido y puso delicadamente la petaca vacía sobre la mesa.
—Era… —Pareció vacilar, buscando las palabras—. Era… es una estafa. ¿Sabés lo que es una estafa, poliziotto?
—Soy estafador. Se lo decía hoy temprano a una media amiga que tengo.
—Jugador de casín… —rotuló Pratt—. Entonces no tengo mucho que explicarte. Lo de esta tarde en la casa del Viejo fue una estafa. Opi apareció como un pajarito de reloj cucú: justo a la hora que debía, se presentó, dijo lo que se supone que debía decir y volvió a desaparecer. Todos contentos. No les creí nada.
—¿Con quién llegó?
—Con Malena, su mujer. De la mano, un asco.
—Le dieron los pasajes y documentos.
Pratt se echó para atrás y se rio sin ganas.
—Se pelearon por la guita que faltaba con ese Medina. —Se empinó la ginebra vacía—. Hay problemas, faltan cosas… Eso lo vi ahí. Lo de los papeles para viajar es la estafa.
—Yo creí…
—Te creíste la versión que te debe haber hecho el hijo de puta de Diego Fierro.
—¿Es un hijo de puta? Rumor publica cosas que nadie, la tapa de esta semana se mete con los Falcon… Lo allanaron, le metieron un bombazo.
—No fue por Rumor… Ves que sos un pelotudo.
Etchenike estuvo a punto de asentir. Antes, prefirió confirmar los detalles que lo acreditaban. Durante tres minutos desarrolló la explicación que creyó haberle arrancado al editor de Kaput bajo amenaza en la pizzería
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de Morón. La confesión de que el dinero que juntaban era para que Opi «liberara» a Facundo retenido por la policía por un delito supuestamente de drogas. Aunque ahora creía que Diego Fierro mentía y tal vez se trataba de otra cosa.
—¿Qué otra cosa?
Etchenike inconscientemente se llevó la mano al bolsillo, tocó el libro pero no lo sacó. En cambio, dijo:
—Puede ser que el chico esté metido en algo político. Algo pesado, clandestino, de lo que nadie quiere o puede hablar. Ni siquiera lo nombran por su nombre verdadero sino por el apodo, el nombre de guerra que se ponen estos pendejos cuando juegan a la clandestinidad…
Pratt frunció una vez más el entrecejo.
—Hablan todo el tiempo o quieren saber quién es Germán —se jugó Etchenike—. Dicen que la guita es para Germán. Y ése no es un MacGuffin ni el capo de todos como pensé yo.
El italiano distendió las cejas.
—¿Quién es?
—El pibe.
La reacción de Pratt le resultó extrañísima al veterano. El dibujante desvió la mirada, se rascó la cabeza con una sonrisa leve.
—Mirá vos… —dijo como para sí—. Pero puede ser. Acá la cosecha de boludos nunca se acaba.
—Eso explicaría que estén involucradas las patotas de la represión — completó el veterano sin opinar al respecto—. La policía no tiene mucho que ver en este caso.
Pratt volvió a alzar las cejas con incredulidad.
—¿Y entonces?
El veterano prosiguió explicando que todos los amigos de Opi de adentro y de afuera del país, incluso él mismo, Pratt, habían colaborado para juntar los dólares; ya se había entregado la mitad a cambio de la libertad del pibe y ahora, contra entrega del resto, se les darían documentos nuevos y pasajes para irse a España, padre e hijo. Esos documentos, por una razón que desconocía, los tenía la chica que se había escapado del control de Medina y se los había confiado a él después del tiroteo en Villa Luro. Luego ella se había evaporado porque tenía muy
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buenas razones para no cruzarse nunca más con Medina. Razones políticas. Lo que confirmaría su hipótesis. Ahí, reconocía Etchenike, acaso la simpatía que le había despertado la muchacha y su cercanía con el Gallego lo habían hecho confiar y cumplir su deseo de no asomarse a los papeles, pero al mismo tiempo no había querido ir a ciegas hasta que no le devolvieran a Tony sano y salvo. Por eso no fue a Haedo, por eso tuvieron que ir a buscarlo a Morón y arrancarle los papeles a cambio de la devolución del Gallego. Reconocía que había fracasado. Incluso su precario sistema de funcionamiento, con actividades toleradas por la Jefatura de Policía, su histórico amigo Macías, había mostrado trágicamente sus límites.
—Y encima, ahora, esto —concluyó—. Un casi desconocido, el mismo que me metió en el asunto, me dice que todo es un fraude, que nunca me enteré para quién laburé y viene borracho a insultarme buscando algún tipo de respuesta contundente o no sé qué carajo. Una forma de expiación, supongo, que no quiero interpretar.
—Hace bien, poliziotto.
—Claro que hago bien. No tengo por qué hacerme cargo. Ni siquiera me interesa saber cómo son las cosas en realidad. No me interesa ni usted ni toda esa gente, Pratt. Tal vez dentro de un tiempo lo vaya a buscar a ese Medina, a la hija de Opi y a los custodios de su hermano Daniel, no sé… Pero lo voy a hacer solo y por la mía. A esta altura me conformo con usar estas liras para arreglar el living de la casita de Villa Luro. Ni siquiera le pido que me diga en qué consistió la estafa —concluyó.
Pratt se tomó unos segundos.
—La guita no era… no es para eso.
—Ah.
—No hay viaje, Etchenike. Nunca hubo posibilidad de viaje, ¿capisce? —Y lo enfocó con los ojos grises—. Tuviste los papeles en tu mano y no te diste cuenta…
El veterano parpadeó.
—Pero no te voy a explicar nada porque sos muy pelotudo —concluyó Pratt—. Cuanto menos sepas, mejor.
Se hizo un silencio largo e incómodo.
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—¿Me permite? —dijo alguien que apareció junto a la mesa.
Se dirigía a Pratt. En medio de la discusión ninguno de los dos lo había visto acercarse.
—¿Qué quiere? —dijo el italiano.
Era un muchacho joven y tenía un libro en la mano.
—Disculpe, Hugo. No sé si me recuerda. Esta mañana le hicimos una entrevista pero me falló el fotógrafo… Usted me dijo que pasara más tarde.
—Ah, sí.
—En el hotel me dijeron que estaba acá. ¿Podemos hacer las fotos ahora? Es un momento nomás. De paso me firma el libro, por favor.
El dibujante asintió con un suspiro.
—Dale.
El veterano seguía el diálogo como un juez de tenis. La pelota iba y venía.
Pratt tomó el libro delgado y de tapas duras, Lo mejor de Hugo Pratt, con una foto suya, de joven, flanqueado por sus personajes en la portada, y se acomodó para firmar en la primera página en blanco con su propia lapicera.
—¿Tenés flash?
Tenía. El joven hizo un par de fotos con Pratt firmando, y otra de pie.
—Muchas gracias —dijo visiblemente emocionado.
Ya se iba cuando se volvió hacia Etchenike, que permanecía quieto y mirando al vacío.
—Perdón… —Y vaciló un par de segundos—. ¿El señor es Oesterheld?
El veterano pareció no entender, mientras Pratt intervenía con una sonrisa inescrutable:
—No. No es Oesterheld, qué va a ser… —Y meneó la cabeza—. Pero parece un personaje de él.
Y ahí soltó la carcajada.
El periodista se fue y Etchenike encaró al dibujante:
—¿De qué se ríe? ¿Con quién me confundió?
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Pratt lo miró en silencio, la sonrisa se había congelado en su cara.
—Con Oesterheld —dijo con lentitud.
—Sí, me pareció oír ese apellido. Ya un par de veces lo mencionaron en estos días. Creo que Algañaraz lo nombró.
—Puede ser.
—Trabaja con usted. Y con Opi también.
—Trabajaba —corrigió Pratt sin énfasis—. Hace mucho tiempo de eso. Más de veinte años. Otra época, poliziotto, las revistitas aquellas… Otro país.
Se puso cansinamente de pie. De pronto estaba listo para irse. —¿Qué apuro hay? —dijo el veterano—. Me tiene que explicar… —Ya está, se acabó. No sé quién le escribe los guiones, pero son muy
malos, Etchenike. Son viejos.
—Uno vive lo que ha leído.
—Leyó mal.
El dibujante le apoyó la mano en el hombro:
—Tengo que madrugar: cambié el pasaje y me voy mañana al mediodía. Este país me rompe demasiado i coglioni.
Apretó levemente y se fue sin saludar ni volver la cabeza.
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23
Reunión de consorcio
Etchenike se bajó del taxi cruzando Santa Fe, y caminó por la vereda apenas iluminada con las discretas luces de las boutiques y zapaterías cerradas. Se detuvo ante las vidrieras de la librería Fausto.
—El pibe lo compró acá —dijo Sayago apareciendo repentinamente a su lado.
—Lo sé —dijo Etchenike.
Sayago volvió la cabeza y señaló hacia la esquina de enfrente, de donde venía.
—Tardaste mucho.
—Me crucé con el tano. ¿Alguna novedad?
—Hubo movimiento.
—¿El pibe?
—No: los padres. Recién se bajaron de un auto, ellos dos y el de barba. El tipo que manejaba fue a buscar dónde estacionar. Un petiso. Va a volver.
—¿Qué coche era?
El Negro no sabía. Pero no era la cana, no eran servicios. —Esperemos que vuelva —dijo el veterano—. Vamos para allá. Cruzaron la avenida hasta la parada del 39 y se sumaron a la breve
cola.
Etchenike sacó el libro del bolsillo.
—¿Es éste?
El Negro lo examinó sin tocarlo.
—Puede ser. No estoy seguro pero sí, era un libro como éste.
—Está nuevo. —El veterano lo abrió, hizo correr las páginas—. Y todo subrayado con birome. Montones de marcas.
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—Puede ser ése nomás —dijo Sayago—. El pibe lo marcó todo, yo lo vi. ¿Qué pensás?
—No sé, pero no parecen subrayados de alguien que está estudiando. Son palabras sueltas, números. Habría que ver, pero tiene la pinta de un mensaje cifrado: lo compró, lo marcó y se lo entregó a ella.
—No entiendo.
—Acá hay un mensaje en clave, Negro. —Ah. ¿Como en una de espías? —Algo así.
—¿Es un espía uruguayo, el pibe?
Etchenike no pudo dejar de sonreír.
—No te rías —se ofendió Sayago.
—¿Los planos de una base atómica en Martín García? —insistió el veterano.
—No jodas. Vos mismo me dijiste que el pendejo podía andar en cosas raras. Drogas, contrabando, ponele. Tiene pinta de perejil.
Etchenike asintió.
—¿Entonces?
En ese momento llegó el colectivo, todos subieron menos ellos.
—Al pibe lo usan, va y viene de Uruguay —reanudó el Negro, embalado—. El Delta es un colador, nadie controla lo que entra y sale. La cantidad de arroyitos, canales, muelles clandestinos. Centenares de barquitos, botes, veleros, lanchas. Y la mayoría no están ni registrados. Laburé un tiempo en la estación fluvial y el tráfico es joda.
—¿Para tanto?
—Viste lo que dicen: qué le hace una lancha más al Tigre.
El veterano abrió grandes los ojos.
—¿Eso dicen?
—Me estás cargando. Me hacés venir… —Jamás, socio.
En ese momento un ostensible petiso con portafolios llegaba a la esquina de Rodríguez Peña por la vereda de Santa Fe.
—Es ése —dijo Sayago—. ¿Lo conocés?
—Lo tengo repetido.
—¿Qué hacemos?
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—Entrar con él. Andá.
Fue todo muy rápido. Cuando el pequeño Parga apretó el portero eléctrico ya Sayago estaba silenciosamente detrás de él. Cuando le abrieron se adelantó y puso el pie. Cuando fue a gritar le puso una piña. Etchenike llegó justo para sostenerlo.
—Bien hecho —aprobó—. ¿Aldo?
—Franco. —Y sangraba por la nariz.
Nunca lo sabría con certeza. Tampoco servía para nada identificarlos. El que lo había dormido en la puerta de la editorial, el que había desparramado en el tren, el desaparecido de la pizzería de Morón mientras al otro lo abducían por la ventana.
Caminaron por el pasillo. Había dos puertas al final. La Portería y el A.
—Limpiate y golpeá.
Se pusieron a los costados mientras el Parga se empinaba ante la mirilla cerrada. Tuvo que tocar dos veces. Apareció un ojo y una voz de mujer que dijo:
—¿Lo tenés?
El petiso levantó el portafolios para que se viera.
Después de un momento cerraron la mirilla y hubo ruido de cerrojos. Cuando la mujer abrió, el pequeño Parga, empujado violentamente
como un proyectil, entró por el hueco y la desequilibró, la mandó de culo al suelo.
Detrás venía Sayago. Más atrás, Etchenike.
El veterano cerró la puerta con un tacazo y desenfundó:
—Todos quietos —dijo al voleo.
Era un living grande. Malena y el Parga habían rodado como dados y ahí estaban enredados. Diego Fierro, parado junto a la mesa, levantó las manos. El hombre grande que estaba sentado en un sillón fue el único que habló:
—¿Quiénes son?
—Amigos, Opi —dijo Diego Fierro sin mirarlo ni bajar los brazos—.
No te preocupes.
Etchenike movió el revólver:
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—Levántese, señora… Buenas noches, señor Pirozzi, por fin… —Se volvió al editor—: ¿Hay alguien más?
Diego Fierro negó con la cabeza pero el Negro creyó ver alguna mirada furtiva hacia atrás. Del living salía un pasillo a la derecha y al fondo había una puerta y una ventana cerradas.
—Andá a ver —dijo el veterano.
Sayago entró al pasillo y volvió rápido.
—La cocina y el baño.
Recién ahí sacó el revólver, espió por la ventana que daba a un patio interior y encaró la puerta del fondo.
—¡No! —gritó Malena.
Quedaron todos quietos.
—Tranquila. En realidad quiero hablar con su hijo Facundo —dijo Etchenike—. Vengo a devolverle un libro.
Lo mostró un momento y lo devolvió a su bolsillo.
—¿El pibe está ahí adentro? —preguntó.
Todos se miraron pero nadie dijo nada. Entonces gritó:
—¡¿Estás ahí, Facundo?!
De pronto se oyeron ruidos detrás de la puerta, algún quejido ahogado.
Todos se miraron sin hablar.
—Vaya usted, señora —concedió Etchenike después de un momento
—. Entre y después nos cuenta.
Malena caminó hacia la puerta cerrada con el portafolios en la mano. —Deme eso.
—No puedo.
Etchenike dio un paso adelante y se lo arrebató con controlada firmeza.
El pequeño Franco Parga gimió.
—Animal —dijo ella.
—Tranquila. Vaya ahí adentro. No lo abriremos hasta que vuelva. Pero no vuelva sola, sin Facundo.
Malena miró a Opi, que miraba el piso; miró a Diego Fierro, que asintió sin bajar los brazos.
Caminó hasta la puerta y Sayago la acompañó como una sombra.
Golpeó y dijo:
—Soy yo. Tengo que pasar.
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Le abrieron y entró.
Cerraron la puerta con llave. Sayago quedó ahí.
—Pónganse cómodos —dijo Etchenike al resto.
Diego Fierro y Franco Parga se sentaron en la mesa, donde humeaba aún un cenicero repleto. La cafetera de vidrio estaba semivacía y Etchenike contó seis pocillos usados. Caminó sin soltar el revólver y se apoyó en el respaldo del sillón, detrás de Opi.
—Soy Etchenike —le dijo casi al oído.
—Hugo me habló, algo me dijo. —La voz vacilaba—. Gracias. —¿Se siente bien?
El dibujante movió las cejas hacia arriba. Se sacó los anteojos de marco grueso y lo miró con ojos claros y cansados.
—He tenido días mejores.
—Yo también —dijo el veterano—. No sé por qué a nuestra edad nos metemos en estas cosas.
—Y al pedo —creyó oír Etchenike—. Todo al pedo.
—¿Usted sabe qué hay acá adentro? —El veterano hamacó el pesado portafolios en el aire y lo apoyó con ruido sobre la mesa—. No parecen papeles.
—No, no sé. No parecen —vaciló Opi.
—Dejalo —se cruzó Diego Fierro—. Dijo que no lo va a abrir hasta que salga Malena.
—No pienso abrirlo —puntualizó Etchenike—. Vine a devolver un libro y me encuentro con esto. Sólo estoy preguntando si alguien sabe qué hay acá antes de destruirlo.
El veterano amagó estrellar el portafolios contra la pared.
—¡No haga eso, por favor! —casi gritó Franco Parga, puro sentimiento —. Yo sé lo que hay, lo traje yo.
—¿Qué vas a hacer? —lo amenazó Fierro.
Etchenike miró con dureza al editor y no bajó el brazo.
—Hablá, vos.
El pequeño Parga parpadeó y miró a los lados como si esperara una orden de largada o algo así.
—Hablá —insistió Etchenike.
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—Es una película, un rollo de película, un cortometraje que hicimos hace años —explicó de un tirón—. Quería que lo vieran porque es una rareza que les podía interesar. Casi nadie la ha visto.
—¿Qué clase de película? —El veterano parecía interesado.
—De ciencia ficción, pero hecha con muy bajo presupuesto. Es una sola toma de veinte minutos. Tiempo real —se entusiasmó Parga.
Etchenike puso cara de póquer, subió el labio inferior.
—¿Cómo se llama?
—La noche de la nevada.
—¿Y de qué trata?
—Es el comienzo de El Eternauta —explicó el pequeño Parga casi condescendiente—. Mientras están dentro de la casa y todavía no saben qué es lo que pasa afuera. Fue para el décimo aniversario, y actúan los de la editorial…
El veterano lo hizo callar y miró a Sayago. —¿Vos sabés de qué está hablando, Negro? —Ni idea.
—Es una historieta, Etchenike —dijo Diego Fierro—. El Eternauta es una historieta argentina muy famosa. Trata de una invasión extraterrestre en Buenos Aires.
—Ah. Sí, claro, la oí nombrar. Y no es de Pratt.
—No.
En ese momento sonó el teléfono y todos volvieron la cabeza hacia la mesita del rincón donde estaba el aparato. Etchenike los detuvo con un gesto. Alguien hizo girar la llave en el cuarto cerrado y hubo un par de gritos.
El teléfono sonó dos veces más. Sin dejar de apuntarles, el veterano puso el portafolios entre sus piernas y levantó el tubo, pero no dijo nada.
—Hola… ¡Hola! —dijo una voz de mujer. Etchenike tapó el auricular, se volvió a los demás: —Una mujer.
—¡¡Hola!! —insistieron del otro lado. Ahí Etchenike reconoció la voz. —Soy Etchenike, señora —dijo el veterano como si nada—. No sé con
quién quiere hablar…
—¿Qué hace ahí?
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—Vine a traer un libro que encontré pero ahora estábamos hablando de historietas. Linda reunión.
Se hizo un silencio.
—Si sabe quién soy tosa fuerte —dijo Pilar.
Etchenike tosió.
—No lo diga y pasemé con Facundo, por favor.
—No tengo acceso a todas las habitaciones, señora. En el living no está —el veterano bajó la voz—. ¿Quiere hablar con su padre? El de él, digo. Que es el padrastro en realidad…
En ese momento sonó un disparo dentro de la habitación cerrada. Hubo un gemido, gritos y rumor de forcejeos detrás de la puerta.
—¡Al suelo! —dijo Etchenike tirándose al piso.
Opi y Diego Fierro se derrumbaron con ruido de sillas. Sayago se pegó al marco de la puerta.
—Abrí, Negro…
Cuando cautelosamente Sayago estiraba la mano hacia el picaporte, un nuevo disparo atravesó la puerta y partió la mesita del teléfono. El aparato voló por el aire y quedó hablando solo.
Etchenike se arrastró de costado, fuera de la línea de fuego, sin dejar de apuntar a la puerta. Se volvió hacia los demás:
—¡Váyanse! ¡Afuera!
Diego Fierro y Franco Parga gatearon hacia la puerta del departamento, Opi se deslizó lentamente bajo la mesa.
—¡Salga de ahí! —le gritó el veterano.
El dibujante no se movió. Diego Fierro retrocedió y trató de arrastrarlo de una pierna pero no pudo demasiado y lo soltó.
—¡Rajen! —dijo Etchenike.
El pequeño Parga se tiró contra la puerta de salida y la abrió colgándose del picaporte. Diego Fierro fue detrás de él. Etchenike oyó voces en el pasillo, el portero tal vez. Hubo corridas.
—¡Llamen a la policía! —pidió afuera una voz de mujer.
La puerta de calle se cerró con un golpe violento y todo quedó por unos segundos en silencio.
—Opi… ¡Opi! —lo llamó Etchenike.
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El dibujante no respondió. Estaba boca abajo con la boca abierta pegada a la alfombra y los ojos abiertos tras los anteojos torcidos. Las piernas sobresalían largamente de debajo de la mesa.
Sin dejar de apuntar a la puerta del cuarto, el veterano le hizo un gesto con la cabeza y Sayago dio cuatro pasos silenciosos y se inclinó sobre el inmóvil cuerpo derrumbado.
Lo tocó en el cuello, movió la mano delante de los ojos. Repitió un par de veces la operación y se volvió hacia Etchenike, bajó el pulgar.
—No respira —leyó el veterano en los labios silenciosos de Sayago—. El bobo, tal vez…
Etchenike meneó la cabeza, resopló y quedó unos segundos pensativo. Lo único que se oía eran las conversaciones apuradas del pasillo, el silencio ominoso detrás de la puerta del cuarto. Se acercó a Sayago y le dio el portafolios.
—No lo pierdas, Negro. Rajate ya, antes que llegue la cana.
—Pero…
—Volá, llamalo a Macías y escondete.
—Pero…
—¡Andá, carajo!
Cuando Sayago salió revólver en mano hubo un desparramo en el pasillo a oscuras, como un desbande de ratas. Etchenike cerró la puerta de un golpe y apagó las luces del living. Sólo quedó la difusa claridad de la ventana que daba al patio interno.
—¡Oigan! —gritó escondido detrás del gran sillón—. ¡Opi está muerto! ¡Tuvo un ataque!
Hubo un grito de mujer y una voz de hombre que la acalló.
—Estás mintiendo, hijo de puta —dijo esa misma voz.
—Está muerto y va a venir la policía. ¡Salgan! —insistió el veterano. Pasaron unos segundos. Tras el ruido de llave se abrió la puerta del
cuarto iluminado y Etchenike vio desde su escondite, a contraluz, la silueta de una mujer que no era Malena:
—¡Papá!
Aída Pirozzi avanzó entre sollozos un par de pasos y se inclinó hacia el cuerpo caído bajo la mesa mientras a sus espaldas un hombre alto y bien trajeado arrastraba a Malena poniéndole una 9 mm en la cabeza.
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—Salí o la mato —dijo el tipo con voz de mando hablándole a la penumbra.
Etchenike no reconoció esa voz. No era alguien que conociera.
—Acá estoy, no mate a nadie —dijo irguiéndose desarmado detrás del sillón—. Ya viene la policía.
Estiró el brazo y prendió la lámpara más cercana.
Fue todo muy rápido: Malena intentó zafarse y el tipo —cara lisa y bigotes— le dio con el caño de la pistola en la cabeza. Ella se derrumbó con un quejido pero él la sostuvo, no la dejó caer.
—El portafolios —pidió.
—Alguien se lo llevó —dijo Etchenike, tranquilo—. El chiquito, creo. —Mentira. Dame el portafolios —insistió el otro sin dejar de
apuntarle.
El veterano se agachó para esconderse mientras sacaba el revólver pero no llegó a usarlo. Los tres disparos sucesivos reventaron contra el respaldo del sillón y de pronto la rodilla le quemaba.
—Salí, viejo de mierda.
Etchenike no se movió. Podía pero no. Sentía que algo que podía ser sangre comenzaba a humedecerle el pantalón.
—Salí. Tirá el revólver.
El tipo dio un par de pasos pero Aída Pirozzi lo retuvo desde el suelo, con Opi ahí.
—No lo mates. —Y se secaba las lágrimas con la manga—. Podés hacerlo hablar.
En ese momento golpearon a la puerta.
—¡Abran! ¡Policía!
El tipo soltó a Malena, que se derrumbó junto a su marido, y levantó a Aída.
—Dejame a mí. —Le oyó decir Etchenike desde su escondite—. Vos callate.
—¡Abran! ¡Policía! —insistieron afuera—. Vamos a entrar… Alguien se tiró con todo contra la puerta que crujió. —¡Esperen!
No hubo caso. Al segundo empujón dos policías uniformados barrían con las itakas el espacio en penumbra.
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—¡No tiren! —dijo el tipo y expuso la 9mm por el caño, como si la estuviera colgando en un tendedero en el medio del living.
El oficial de civil que dirigía el operativo apareció detrás de las itakas y volvió a encender la luz.
—No se mueva —le dijo.
—Soy oficial de Prefectura —se presentó el tipo—. ¡Detengan a ese! Una de las itakas lo encañonó y le quitó el arma, pero la otra siguió la
dirección señalada por el dedo botón.
—Entró a robar. Y guarda que está herido —especificó el militar.
El lúcido Etchenike no necesitó más que oír eso para soltar el 38 y optar por un desmayo estratégico.
Por si acaso, alguien corrió el sillón y le pateó la cabeza y las costillas.
Quince minutos después el inspector Macías bajaba de un patrullero con dos policías más y se abría paso entre la gente que obstruía la vereda del edificio de Rodríguez Peña 1097.
Con cuatro gritos despejó de curiosos el pasillo que llevaba al departamento A de planta baja y verificó con el oficial Delgado de la comisaría de Recoleta, a cargo del operativo, que nadie hubiera entrado ni salido desde su llegada. Llamó al portero, dejó en la puerta reventada a los dos con las itakas y entró con él, sus dos uniformados y el oficial, al living iluminado.
Había varias personas, pero lo primero que vio fue el cadáver de Opi en el piso, tapado por lo que parecía un mantel de cocina. Cerca de él, dos mujeres lloraban fuerte y por separado. Una tenía la cara lastimada.
—No toquen nada. Ya viene la científica.
—Éste es el que entró a robar —dijo el militar sin que le preguntaran. Etchenike estaba acostado en un sillón, esposado. Tenía los ojos
cerrados, un apósito precario en la rodilla con el pantalón arremangado y parecía devastado. Una ruina. Macías se acercó y lo cacheteó apenas. El veterano parpadeó y lo enfocó.
—Que no se vaya ese —dijo bajito señalando con la cabeza al confeso milico de la 9 mm.
El señalado, sereno y amenazante, conversaba con el oficial a cargo:
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—El viejo vino con otro que se escapó.
Macías lo encaró:
—¿Tiene identificación?
Resultó ser el oficial retirado de la Prefectura Naval Argentina Daniel Perlado. El arma que portaba y la autorización estaban en regla.
—Gracias, oficial —dijo Macías, y le devolvió la 9 mm descargada—.
Tómele declaración, Delgado. Igual a las mujeres.
—Se robaron un portafolios —insistió el militar.
—¿Usted lo vio?
El prefecto retirado vaciló. Señaló a Malena:
—Ella vio todo.
—Hijo de puta —fue el comentario de la mujer de Opi, todavía atontada por el golpe.
—Yegua tupamara —se cruzó Aída sin énfasis.
El inspector Macías intuyó que eso iba para largo. Se volvió hacia el oficial Delgado.
—Llévelos a aquella habitación y reténgalos ahí. Vamos a interrogarlos por separado.
—Señor…
El portero, un pelirrojo gordo de camisa gris, habló por primera vez al oído de Macías:
—Esa otra habitación tiene ventana —dijo en un susurro—. Da al patio interior de la portería, que compartimos. Por ahí se escaparon varios cuando fueron los tiros. Salieron por mi casa.
Macías asintió:
—¿Quiénes eran?
—El pibe Facundo y el rapado que lo llevaba a la fuerza —continuó el portero.
—¿Lo conocía al rapado?
—Lo vi alguna vez. Estuvo hace unos días hablando con ellos, los padres de Facundo. Esa vez vino con otro.
—¿El otro tenía gorra?
El portero dijo que creía que sí.
—Pero hoy el rapado andaba solo —propuso Macías.
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El portero asintió pero dijo que había otro más, aunque no el de la gorra, aunque tal vez se le confundía con uno parecido, no estaba seguro y dijo que nunca había visto entrar tanta gente en el A como esta noche:
—Parecía una reunión de consorcio hasta que se pudrió todo. Vio cómo quedó la puerta… —Se arrimó otra vez al oído del inspector—: empezó el quilombo cuando este que está ahí en el sofá y otro que se rajó entraron de prepo con el chiquito.
—Usted vio todo.
El portero enarcó las cejas pelirrojas y abrió apenas los brazos.
—Tengo que estar atento —se jactó.
Macías liberó al portero locuaz para que volviera a su casa pero quedara a disposición. Después ordenó al oficial Delgado que por el momento encerrara a las mujeres en el baño y al prefecto retirado en la cocina. Los interrogarían en la Central.
—Colorado…
Etchenike lo convocaba desde su improvisado lecho de machucado convaleciente.
—Ese milico hijo de puta me quiso matar —murmuró—. Es el que mandó machacar al Gallego. No lo sueltes.
—Claro. Y a vos tampoco. ¿Qué hay en ese portafolios?
—No sé. Lo tiene Sayago. —El veterano parpadeó, tragó saliva—. Te llamó él, ¿no?
Macías meneó la cabeza:
—No, que yo sepa. Vine porque cuando notificaron del tiroteo reconocí la dirección que tenía de Pirozzi. Soy un buen policía, a veces.
—Le dije al Negro que te avisara.
El Colorado lo miró fijo y se encogió levemente de hombros.
—Dejate de joder, Julio —dijo—. Se acabó.
El inspector Macías se volvió hacia el oficial Delgado y le dijo algo que Etchenike no pudo oír. Después dio media vuelta para atender a los de la policía científica y al médico que venía a confirmar y certificar la muerte natural de Opi y completar el papelerío.
Era más de medianoche cuando se fue. El veterano, sedado por un enfermero diligente, ni se enteró.
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Se necesitaron dos camiones celulares y dos ambulancias —una para el muerto, otra para Etchenike, esposado— para llevarlos a todos y desagotar el departamento A. Quedó un custodio de uniforme junto a la puerta rota y precintada, conversando con el portero, que no se resignaba a irse a dormir.
A la madrugada, la hija del portero les trajo café y un par de sillas.
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Germán
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En pelotas
Lo primero fueron las ganas de mear. Eso lo despertó. Sin embargo Etchenike tardó en darse cuenta de dónde estaba. Acostado boca arriba, vio el techo blanco y la pared blanca y la ventana con cortinas grises corridas. Cielo claro, con nubes. Al ponerse de costado se corrió la colcha liviana y sintió el frío por la espalda y cintura abajo. Era muy temprano y sólo tenía puesto un largo camisón atado al cuello y abierto atrás. Desnudo.
Quiso levantarse pero el brazo derecho conectado con aguja y sonda al botellón de suero colgado de una percha de metal lo retuvo. Soslayó la botonera de emergencias que compartía la mesa de luz con un vaso de agua y se sentó sin dolor aparente. Apoyó los pies en el mosaico, empuñó con la zurda la percha del suero como un estandarte y enfiló apurado hacia el baño.
Recién entonces descubrió que no estaba solo. Un hombre profusamente vendado y con un cableado más complejo que el suyo dormía en la cama de al lado, de cara a la pared. El veterano siguió de largo, hizo los deberes en un inodoro impecable, dejó correr el agua y verificó en el espejo sin lástima ni gratitud que su cara estaba más limpia y sana que lo que recordaba. Apenas la huella púrpura del raspón entre el pelo canoso que no investigó, el hematoma detrás de la oreja por una patada que no recordaba. Y apenas si rengueaba al volver.
—¿Qué hacés, Etchenike?
Frataccio estaba vuelto hacia él, semiincorporado sobre el codo derecho, y le sonreía sin esfuerzo aparente y pese a todo.
El veterano se acercó a los pies de la cama.
—¿Qué hacés vos? —Y era una pregunta genuina—. Zafaste…
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El otro asintió sin hablar, administraba lo poco que tenía o le quedaba. —Me operaron —dijo después de un momento y puso los dedos en ve
—. Dos veces.
Etchenike vio la ampolla oscura de sangre que pendía de su percha. La
mesa de luz estaba saturada de remedios.
—¿Dónde estamos?
—Si no sabés vos… A mí me trajeron anoche del otro hospital, y ya estabas acá.
—¿Y hoy qué día es?
Frataccio meneó la cabeza. Dudaba:
—Creo que sábado. Debe ser sábado.
—Uff.
El veterano caminó hasta la puerta y espió. Estaban en la habitación
14. El reloj de pared marcaba las siete y cuarto. Había un joven policía de uniforme sentado en el pasillo. Leía, abstraído, lo que parecía un apunte, un texto de estudio.
—Oíme, pibe, ¿qué hospital es éste?
El uniformado se levantó sobresaltado y lo intimó con gestos enérgicos:
—Vaya adentro. No puede salir. —¿Cómo se llama? —Troncoso, Federico.
Etchenike sonrió, hizo como si nada: —Este hospital, ¿cómo se llama?
El imberbe repitió el gesto imperativo, caminó hacia él: —Adentro. No puede.
El veterano cerró la puerta y se volvió. Frataccio había cerrado los ojos y probablemente dormía. Destapado ahora, vulnerable, con la boca abierta y sin un camisón como el suyo, exponía el tremendo vendaje que le cubría el tronco. Lo tapó un poco con la mano libre y aprovechó la casi íntima cercanía para mirar en el cajón entreabierto, deslizar apenas la mano bajo la almohada.
—¿Qué pasa? —dijo el otro sin énfasis, como en sueños—. ¿Qué buscás?
—Nada. Te tapaba nomás.
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—El bufoso me lo sacaron, todo me sacaron.
—Y a mí —Etchenike se apartó—. Tenemos que hablar.
—Ya conté todo.
—Pero a mí no.
—Quieren eso, por eso nos ponen juntos.
—No entiendo.
—Es al pedo. Ya está.
Frataccio cerró los ojos, bajó la persiana.
—El aguantadero de Medina, decime eso. Dónde.
El otro apenas agitó la cabeza sin abrir los ojos.
—Me matan. No puedo.
—Dónde.
Frataccio volvió a negar.
Etchenike se apartó. El pequeño placard tenía la puerta abierta y el perchero, los estantes vacíos. Lo revisó sin demasiadas expectativas. Toallas blancas, sábanas y fundas, una palangana de plástico, la chata y el papagayo de rigor, un irrigador para enemas y lavativas con su cánula de goma. Ni noticias de su ropa. Tampoco de la de Frataccio.
Se asomó a la ventana. Quinto o sexto piso, calculó. Cristales corredizos que no corrían y rejas verticales. No reconoció el exterior. Pero el edificio era uno más entre otros tan altos. Ruido de autos, acaso una avenida cercana.
De pronto sintió frío. Volvió a la cama. Maniobraba para acostarse cuando se abrió la puerta. Una mujer con cofia y delantal se asomó apenas, le habló desde ahí.
—¿Qué hace levantado?
—Tenía que ir al baño.
—No puede solo. Quédese quieto. Lo van a volver a esposar.
Dejó la amenaza y cerró.
—Conozco a esa mujer —dijo Etchenike en voz alta—. Se llama Irma.
Y estamos en el Güemes, Frataccio.
El otro no dijo nada. Tal vez dormía.
El veterano se sacó la aguja a los tirones. Fue al placard y volvió con una toalla chica y el irrigador.
—A mí no me apuntes con eso —dijo Frataccio.
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Etchenike se sentó en el borde de la cama.
—Date vuelta.
—Grito.
El veterano le apretó la nariz y le metió la toalla en la boca:
—No va a venir nadie. Mejor hablá.
Frataccio pataleó débilmente, le bailaban los ojos. Asintió con la cabeza.
Etchenike le sacó la toalla.
—Dónde es.
—Lo del mar… del mar… ciano.
—¿El marciano?
El vendado parpadeó para asentir.
—¿Dónde queda?
Fueron no más de tres minutos. Etchenike preguntaba y el paciente contestaba tarde y corto, monosílabos, nada muy preciso. El veterano no supo si oía bien, tampoco si lo recordaría. Frataccio disponía de datos intermitentes que no ubicaba con precisión, asustado como el peón de la jabonería de Vieytes acosado por los esbirros del virrey. Un par de veces el veterano lo apretó mal y sintió que se le iba, pero oyó ruidos y lo soltó.
Lo cacheteó para despabilarlo y volvió a su cama.
Cuando la enfermera entró a la habitación, uno parecía dormido, el otro movía el brazo.
—¿Qué le pasa?
Etchenike mostró la aguja fuera de lugar, la ligadura floja:
—Se soltó.
Ella se acercó, diligente.
—Tengo que darle la medicación.
Esta era joven y segura pero parecía perturbada. Mientras ajustaba otra vez la aguja, vio el recipiente del irrigador en el suelo.
—¿Qué hace esto acá?
Se agachó a recogerlo y de inmediato sintió el contacto frío en el cuello y el tirón.
Etchenike la ahorcaba con la cánula de goma.
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—No grites. Traeme la ropa —le murmuró en la oreja.
Ella tenía muy abiertos los ojos, negaba. El veterano aflojó apenas.
—Entonces asomate y pedile a Irma.
La enfermera frunció las cejas. Etchenike apretó más y la chica asintió.
Llegaron enfilados hasta la puerta.
—Abrí y llamala.
Ella se asomó y dijo:
—Servicio, a la catorce.
—Más fuerte…
—¡Irma, a la catorce!
El veterano cerró de un golpe:
—Bien.
Casi al mismo tiempo se movió el picaporte desde afuera y mientras Etchenike retiraba el lazo y se apartaba tras la puerta que se abría, la enfermera quedó cara a cara con el joven uniformado Troncoso.
—¿Algún problema, enfermera?
Ella agitó la cabeza. El imberbe vio la cama vacía.
—¿Y el paciente?
—En el baño. Hay que cambiarlo, se ensució. —Y puso cara de asco. Desde detrás de la puerta Etchenike pudo observarla durante algunos
segundos. Ese perfil…
—Avísele a la mucama, por favor. Toda la ropa de cama.
El policía se apartó y la enfermera cerró la puerta. El veterano sonrió apenas. Ella lo miró fijo:
—Soy Paula.
—Ah —dijo tontamente Etchenike—. Hablamos por teléfono.
Ella meneó la cabeza:
—Nos vimos antes.
—¿Sí? Ya me parecía.
—Pero no nos presentaron —completó ella y lo empujaba al baño—.
Yo no confiaba en usted.
—Ah.
—Y tenía razón. —La mujer se masajeó el cuello con dos dedos y le sacó la cánula de las manos—. Casi me ahorca en serio.
—Entonces…
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Ella sonrió sin decir nada y lo sentó en el inodoro, sacó un frasco del bolsillo:
—Abra la boca. No va a zafar de la medicación.
Etchenike tragó como pudo, en seco.
—Tome agua de la canilla.
Tomó y se acordó:
—¿Y Frataccio?
Ella contestó cerrando los ojos.
Lo encerró en el baño, con llave.
Nunca supo cuánto tiempo estuvo ahí, esperando qué. Tampoco pudo reconstruir con certeza, entonces ni después, la secuencia que terminó con la camilla volando por los pasillos con él a bordo. La vibración de la marcha, acaso, y el frío de los caños cromados a los que estaba atado y que tanteaba con los dedos. Eso fue lo que lo hizo saber, creer o imaginarse. Como estaba tendido boca arriba y con la cabeza tapada supuso que podía estar o debía parecer muerto. Pero no. Seguía con los pies y el resto desnudo y el aire frío del chiflete feroz que le cacheteaba las pelotas lo distraía de desgracias mayores.
Una curva, un cambio de luces, opacidad creciente y el salto de un escalón que lo puso indudablemente en la calle o al menos a la intemperie.
—Subilo —dijo alguien.
Lo subieron rápida y torpemente —sin cuidado ni aptitud manifiesta— a un vehículo que lo recibió como un estuche acondicionado, y después hubo roces, ruidos sucesivos y previsibles de apertura y cierre de puertas livianas, de arranque y de motor entre olores consabidos de hospital en retirada, hasta la primera sensación imprevista: después de un par de minutos de marcha le descubrieron la cara.
—Hola.
El barbijo dejaba libres y elocuentes los ojos de Paula.
—Hola, viejo —dijo otra voz.
El barbijo y el ridículo gorro de tela verde ajustado a la frente enmascaraban apenas al hombre que se asomó tras el hombro de ella.
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Horacio Fogel sonreía. Lo tomó de la mano y se hamacó a su pesar cuando la ambulancia aceleró mientras se apagaba la sirena.
Lo desataron.
—Vestite —dijo Horacio de pronto, bolso en mano y con mirada rara
—. Y apurate: vas a almorzar a casa de tu hija. Le avisé de tu parte. —Ah. Es domingo, entonces.
—Es sábado. Nadie te va a ir a buscar ahí. Ahora te explico. Etchenike comenzó a vestirse encogido y medio tiritando mientras
Horacio hablaba. Era el mismo que conocía pero otro. Otra vida, otro mundo. Le explicaba lo inexplicable con precisión y sin ansiedad, como si estuviera haciendo una visita guiada en las cuevas de Altamira con un farol y un puntero que mostrara las figuras intocadas que podían ser atisbadas de perfil con un sombrío señalador, pero hasta ahí. Saldría de ese túnel, de esa cueva, de esa ambulancia estrecha con la perplejidad del que ha recibido una revelación tan precisa como perturbadora, acaso inútil.
—Por lo que sabemos —y no le aclaraba el alcance del plural—, todo esto lo armó tu amigo Macías. Los trajo a propósito a vos y a Frataccio a la habitación del Güemes de la que lo levantaron a Opi y plantó la misma situación.
—¿Y por qué creés que hizo eso?
—Para que nosotros estemos haciendo esto, supongo —dijo Horacio con sonrisa perspicaz—. Nos mide, nos pone señuelos. Te la muestra para que tengas que jugar y te pierdas.
—Como en el casín.
—Eso.
—Juego de cagadores, me dijeron —concluyó Etchenike.
Horacio aprobó la definición. Habían compartido muchas noches de taco y paño verde en La Paz y La Academia.
—Montó una réplica de la escena de la semana pasada, con la misma gente incluso.
—Irma…
—Exacto, el mismo personal. Irma era la mucama el miércoles.
—El viernes —corrigió el veterano.
—El miércoles. No sé qué te habrán contado a vos, pero a Opi se lo llevaron el miércoles.
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Etchenike vaciló. Había un hueco ahí. Alguien mentía o no sabía.
—No entiendo —admitió con facilidad.
—Cuando viniste a verme a San Fernando yo sabía lo de Opi. Por eso el mensaje de la tarjeta en la camiseta.
—No la vi. —Se humilló definitivamente el veterano—. Y Alicia no se acuerda el nombre justo…
—¡¿La involucraste a ella?!
—No precisamente…
Horacio meneó la cabeza.
—Estás un poco lenteja —le diagnosticó con un suspiro—. Pero eso no importa ahora. Cuidate.
Lo palmeó en la mejilla y se apartó a hablar con el conductor. Pero de pronto se volvió, como si se hubiera olvidado de algo:
—Y ahora que estás suelto, no vayas a ningún entierro. —Le apuntó con el dedo—. Ni siquiera al tuyo.
—Y vos tené cuidado con el teléfono de Giribone. Estoy casi seguro de que está pinchado.
—Lo pinché yo —dijo sin ironía aparente—. Es más seguro.
Etchenike se calló para no putearlo.
Siguió trabajosamente tratando de vestirse. Le pareció ver, de soslayo, que cruzaban algo que podía ser Avenida de los Incas. Iban a toda velocidad pero sin abusar de la sirena, sin cruzar en rojo ni amarillo. Tenían apuro, no escapaban.
Paula le alcanzó los zapatos.
—Yo estuve de turno esa noche y vi todo —dijo con naturalidad mientras le acomodaba el cuello del saco arrugado—. Irma no les dio mi nombre a ustedes para protegerme.
Etchenike hizo cuentas de días, versiones y circunstancias.
—Pero igual fueron a buscarte y te encontraron. Estabas con Horacio y la ligó él.
Ella asintió.
—Entonces Horacio lo llamó. Pero yo tenía miedo, porque justo le pusieron el policía ahí.
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A Etchenike le costaba seguirla. —Piense: cuando fue a San Fernando… Él no entendía pero al fin acertó: —Sos la chica que leía la revista.
—Me quedé ahí, como si estuviera con el otro paciente.
—El viejo que hacía ruidos raros. —El veterano hizo una pausa—. ¿Palmó?
—No sé. Horacio me echó.
—Ah. Pero ustedes…
—Él nos ayuda en la parte legal.
—Paula, basta… —se cruzó Horacio sin volverse.
—Todo está muy jodido —siguió ella como si nada—. Pero venceremos, Etchenike. Venceremos.
No necesitaba preguntar quiénes. No necesitaba preguntar cómo. Todo hubiera sonado ingenuo, inútil. Viejo pelotudo, diría Pratt.
En algún momento entraron en una zona en la que no había una sola calle recta. La ambulancia iba y volvía, doblaba una y otra vez en uno u otro sentido entre casitas bajas. Así fue y vino un rato hasta que se detuvo sin escándalo ni aviso previo en la orilla curva de una plaza circular y desolada que no necesariamente era el centro de nada.
Horacio Fogel se bajó, dio la vuelta y abrió la puerta trasera. Etchenike reconoció el alevoso paisaje urbano:
—Parque Chas —murmuró para sí.
—Bajen —dijo Horacio tendiéndoles la mano.
Paula vaciló:
—¿Qué hacés? Yo no.
—Vos también. —La agarró de la muñeca y la bajó de dos tirones—.
Andá.
—¿Por qué?
—No aparezcas, no llames.
—¿Pero por qué?
Discutieron. Etchenike los miraba desde la vereda de la placita. Se sentó en un banco frío.
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—¿Cuándo te veo? —dijo ella después, ya en otro tono.
—El miércoles en el Carapachay.
Se besaron. Quedaron abrazados y él le hablaba al oído, la boca enterrada en su pelo. Cuando se separaron, Paula lloraba.
La ambulancia se fue en silencio por donde no había venido, ella se enjugó clásicamente los ojos con un pañuelito y después de sonarse la nariz se acordó de Etchenike:
—¿Cómo está?
—En pelotas, como siempre —dijo el veterano.
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Desayuno en Los Galgos
Ante la mirada menos sorprendida que admirada de Etchenike, Paula impuso la clásica rutina de maniobras de distracción para comprobar si los habían seguido. Así, cambiaron varias veces de vereda y caminaron contra el sentido del poco tránsito que había en ese lugar y a esa ahora. Durante diez minutos el veterano obedeció consignas paranoides con el escepticismo de un elefante mal amaestrado hasta que paró en un kiosco a comprar cigarrillos. Su propio ritual.
Acordaron casi tácitamente seguir juntos y no tomar taxi.
—Horacio me indicó la zona. Hasta las nueve —dijo ella.
Etchenike asintió sin entender demasiado. Se allanaba por una especie de difusa, silenciosa gratitud. Tomaron el 142 y durante la media hora de viaje hablaron poco. Como si temieran romper algo. Cuando ella miraba por la ventanilla con ojos perdidos, el veterano la espiaba. Tal vez ella hacía lo mismo.
Se bajaron en Paraguay y Callao. Caminaron por la avenida hacia Congreso y después de un par de cuadras ella propuso una escala técnica en el café de la esquina con Lavalle, que Etchenike aceptó. Cuando llegaron se hizo a un lado:
—Por si te preocupa, los mozos de acá me conocen —dijo—. Hace treinta años que vengo a Los Galgos.
—Hace treinta años yo no había nacido.
—Dentro de treinta años te vas a acordar de esta mañana.
Paula empujó la puerta y lo miró de reojo:
—No creo. Lo de los treinta, digo.
La chica eligió una mesa alejada de las ventanas. Etchenike pidió un cortado y ella otro, con dos medialunas. Desayunaron en silencio, fumaron
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de los Particulares de él.
Había un par de diarios en el mostrador para los clientes. Ella se levantó y trajo el Clarín. Pasaba las páginas como un viento y de pronto se detenía y leía algo, se quedaba ahí, daba una pitada, echaba humo y seguía. A cada rato consultaba su relojito. Era como si estuviera sola. Etchenike la miraba hacer, la espiaba en realidad.
—Paula —dijo despacio, como quien llama a un animal arisco o apenas asustado.
Ella no contestó, y entonces alzó la voz:
—Oíme, Paula.
El sobresalto espantó la ceniza.
—¿Qué?
—Sé que vos no tenés obligación ni necesidad —concedió el veterano
—. Pero yo sí: explicame bien cómo fue lo de esa noche.
La chica comprobó una vez más la hora. Las nueve menos diez.
Después habló sin mirarlo a la cara:
—No hay misterio, Etchenike. Fue el mismo día que internaron a Opi, bien tarde, fuera del horario de visita. Me tocó, fue una casualidad. Entraron tres tipos con una silla. Yo estaba ahí en el cuartito, y no me vieron. Opi se sorprendió porque a uno, el que mandaba, lo conocía. «Qué hacés, Daniel», le dijo. Clarito.
—¿Daniel?
Ella asintió:
—No lo vi de frente. Un tipo alto, de bigote. Se acerca y lo besa: «Tranquilo, viejo, te venimos a llevar». Y como él no entendía por qué, le dice: «Para protegerte».
—¿Viejo, le dijo? ¿En qué sentido?
Paula vaciló:
—Un modo de trato, supongo. Con confianza, como Horacio le dice viejo a usted.
—Pero Horacio no es hijo mío —se cruzó el veterano.
—¿Cómo?
No tenía ganas de explicarlo, pero de pronto todo o algo cerraba. —No importa —dijo—. ¿Se resistió?
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—No le dieron tiempo a nada. Lo agarraron entre los tres, lo pasaron de la cama a la silla y uno se asomó al pasillo para ver si estaba despejado. Ahí yo debo haber hecho ruido o dicho algo porque el otro, uno rubio, ancho y de brazos largos, me oyó y se me vino.
—¿Estaba armado?
—Recién ahí sacó un revólver y me lo puso en la cabeza diciendo que
no gritara. Me arrinconó, y con la mano libre me apretó el cuello así, me
levantó en peso. Creí que me mataba.
Pero no. Ahí estaba para contarlo.
El tipo le había golpeado dos o tres veces la cabeza contra la pared mientras la amenazaba, hasta que el jefe lo apuró, y entonces la dejó tirada. Paula se levantó como pudo y los siguió de lejos mientras se llevaban a Opi por pasillos vacíos y desguarnecidos hasta subirlo a un Fairlane sin que nadie hiciera nada. Todo en tres minutos.
—Claro: Daniel… Fairlane —dijo Etchenike desayunándose por segunda vez en el día.
—Lo escribí yo —dijo Paula.
—Qué boludo. Pero no me digas que no parece una marca de ropa cajetilla.
Ella asintió, acaso no sabía qué quería decir cajetilla pero sonrió. —Así que lo llamé a Horacio, que es de los abogados a los que
tenemos cuando pasan cosas así, y él me dijo que me rajara ya, que pidiera unos días por enfermedad o lo que fuera. Y tenía razón, porque en el Güemes se hicieron los giles, nadie había visto nada, el paciente se había ido solo y ni siquiera hubo denuncia.
—¿Lo conocías?
—¿Eh?
—A Horacio, digo.
Ella negó con la cabeza sin hablar. De pronto volvía a apretar los labios, miraba a un costado. Etchenike decidió no seguir por ahí.
—Hay algo más que no entiendo, Paula: ¿vos sos enfermera del Güemes o no?
—Hago suplencias. —Lo miró con fijeza, como un subrayado al borde del fastidio—. Como ya le dije: ese día me tocó.
Él no pudo evitarlo:
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—Como te tocó hoy. Pero no es Paula el nombre que aparece…
Ella tardó unos segundos, y cuando habló fue para poner las cosas en otro lugar:
—Me extraña —dijo al borde de la pena—. Está acá, suelto. No joda, no sea desagradecido.
Etchenike murmuró algo, una disculpa acaso, imperceptible y se levantó con ruido de silla.
—Ya vengo —dijo.
Fue al baño. El viejo que apareció en el espejo le resultó un desconocido al que no tenía ganas de conocer. Se lavó y fregó fuerte, como para borrarle la cara. Pero no, ahí seguía. Al salir cambió monedas en la caja y llamó a Macías desde el público. Mientras el teléfono sonaba infructuoso cinco, seis veces, supo que prefería que no atendiera. Cortó y empezó a buscar al Negro Sayago.
No contestaba en la casa. Tampoco sabían nada en lo del vecino. Había un tercer número alternativo agregado alguna vez, sin referencia alguna. Tardaron en atender.
—Gimnasio —dijo una voz carrasposa. Y había ruido, gritos cortos y rumor de trajín de cuerpos atrás.
—¿Qué gimnasio? —preguntó sin fe.
—El Boxing Club de Ciudadela —aclararon con mala onda y peor pronunciación.
—Ah. Estoy buscando a Sayago. Soy Etchenike, de la agencia. —¿Cómo?
Tuvo que repetir más fuerte.
—Ah… Etchenike, justo con vos quería hablar. —Y era casi una amenaza.
—¿Quién es?
—Soy Farina, el rubio Farina. ¿Qué mierda pasó ahora con mi mujer? El veterano dudó un instante pero alcanzó a atar un cabo suelto más: —¿Irma?
—Quién va a ser… Me acaban de llamar del hospital: que no la dejan salir, que está la policía. Culpa tuya y de esos zurdos de mierda. ¿Qué carajo hicieron?
—Te lo puedo explicar.
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Pero el otro no lo oía:
—Ya le dije al Negro que si le tocan un pelo a mi mujer lo tiro debajo del Sarmiento. Y a vos también.
—Eso no va a pasar.
—¿Que no los voy a tirar?
—A Irma, digo. No le va a pasar nada. Quedate tranquilo, Farina.
—¿Qué hacés? —dijo el otro—. Soltá.
Pero eso no era para él.
Etchenike oyó rumores de forcejeo, golpes en el aparato, algún insulto suelto, y de pronto apareció la voz de Sayago del otro lado de la línea:
—Julio…
—Sí, Negro.
Suspiraron juntos. Pareció ensayado.
—Todo bien —dijo el veterano como si nada—. No hablemos mucho ahora. Te invito a almorzar. ¿Te acordás del guiso de lentejas?
Sayago se acordaba.
—Te espero ahí a la una y media. ¿Tenés eso?
Lo tenía.
—¿Espiaste?
—Sí. Son dos cajas, dos cajitas chatas, cuadradas.
Etchenike lo paró:
—No toques nada, no hables con nadie. Traelas.
Hubo un silencio del otro lado:
—¿Entendiste todo? —insistió.
Sayago no llegó a contestar. Hubo un nuevo tumulto en la línea. —¡Negro! ¿Me oís? —El veterano levantó la voz—: ¿Me oís?
¡¡Negro!!
Pegó un par de inútiles gritos más hasta que sintió el toque en el hombro:
—Señor…
Se volvió. Era el mozo. Colgó el auricular en silencio.
—¿Sí?
—La chica que estaba con usted.
El veterano se asomó y vio la mesa vacía.
—¿Qué pasó?
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—Se fue hace un ratito. Dijo que no la espere.
—¿La vinieron a buscar?
El mozo dudó o fingió hacerlo:
—Me parece que vio algo o a alguien por la ventana.
Como quien se despabila en la platea ante el escenario iluminado y vacío, Etchenike se mandó a la calle por la puerta de Callao. Parpadeó al sol volviendo la cabeza a uno y otro lado. Caminó entre la gente, fue y volvió. Llegó hasta a la esquina, cruzó enfrente, dio un par de vueltas que sabía inútiles y volvió a entrar al café por la puerta de Lavalle.
Pidió otro cortado y se sentó de nuevo a la mesa, pero en el sitio que ella había ocupado. El pucho humeaba todavía encendido en el cenicero. Le dio una larga pitada antes de enterrarlo entre los demás.
El diario estaba abierto en la página de necrológicas.
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Cenizas y facturas
La sección fúnebre parecía una sucursal distante —pudorosamente confinada— de los copiosos Clasificados. Y el aviso de Osvaldo Pirozzi, sin crucecita ni recuadro alguno, era escueto, casi evasivo, como si no quisiera avisar nada. En la cuarta columna abajo, donde lo había relegado el orden alfabético, era uno más en la pila de opacos ladrillos, con esa redacción llena de abreviaturas estereotipadas a partir del (q. e. p. d.) que en cierto modo asimilaba a las necrológicas con las filas y filas de departamentos de la desmesurada oferta inmobiliaria.
Etchenike pasó rápidamente por la lista de parientes que invitaban a acompañar sus restos el domingo a las 11 en el cementerio de la Chacarita, pero la Cochería Fossati de Avenida Forest 486 —a cargo del servicio— no hacía referencia a domicilio de velatorio alguno. Arrancó disimuladamente el tercio inferior de la página y volvió al cuerpo principal del diario.
Fue pasando las hojas mientras trataba de reconocer las escalas de lectura de Paula, las notas y noticias en que creía que se había detenido. Como en el cuento de Hansel y Gretel, habían quedado las miguitas de medialuna. Vaciló un par de veces en la sección Política, pero no le costó nada toparse con el título «Murió el dibujante Opi» a dos columnas, en la primera página par de la sección Cultura. La foto que ilustraba la crónica era la misma del catálogo —«Osvaldo Pirozzi, humorista gráfico conocido por el seudónimo Opi» decía el epígrafe— y se reproducía, además, un viejo dibujo apaisado, un chiste mudo de bomberos, con la referencia al pie: «Opi, colaborador de Clarín en 1946». Había un recuadro de diez líneas en el que se consignaban las fechas y los datos salientes —
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formación, libros, medios gráficos, premios— de su biografía. No se mencionaba la retrospectiva de Contemporánea.
En el cuerpo principal de la nota, la somera crónica explicaba que —de acuerdo con el informe de su médico personal y de familiares cercanos— el reconocido artista de sesenta y dos años, residente en Barcelona y de vacaciones en su ciudad natal tras años de ausencia, había muerto imprevistamente el jueves a la noche durante una reunión privada en el departamento de Barrio Norte que ocupaba con su mujer y un hijo de ella. Tras sufrir una brusca descompensación con pérdida de conocimiento había caído en coma, y los esfuerzos denodados de los presentes para reanimarlo resultaron inútiles. La llegada del servicio de emergencias médicas sólo pudo corroborar el fallecimiento. Según versiones no confirmadas, Pirozzi ya había sido internado de urgencia en el Sanatorio Güemes con un cuadro similar a mediados de la semana pasada y dado de alta a los pocos días.
Las causas del deceso del talentoso dibujante no parecían claras, pues la mención de una «insuficiencia cardíaca» o el definitivo «paro cardiorrespiratorio» que se mencionaban eran más una descripción puntual del acto final que otra cosa. Si estaba o había estado enfermo, no se decía de qué. Pero estaba muerto. Y era llamativo que no se consignaba el domicilio preciso ni había ninguna mención a los tiros, la puerta reventada, la aparatosa intervención de los uniformados y el resto de los hechos. Un operativo de limpieza informativa ejemplar. Macías sabría cómo y por qué.
El veterano siguió adelante en la reconstrucción del camino de lectura de Paula. En su pesquisa tuvo más suerte que Gretel porque en la tercera página de Policiales las miguitas seguían ahí, entreveradas con algún resto de ceniza. Recorrió las notas, los títulos principales, y no supo darse cuenta de cuál podía ser el motivo de atención. Desechó un incendio probablemente intencional en Barracas, el robo nocturno a una joyería de la calle Libertad, una fuga de presos abortada en Olmos y finalmente se detuvo abajo, en un recuadrito de breves: Suicidio en La Boca. Una mujer de unos cuarenta años se había arrojado al vacío desde el quinto piso de un edificio en el Barrio Catalinas Sur en el mediodía de ayer. Intervenía la Comisaría 24 y no había más datos.
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Etchenike se quedó con un nuevo pedazo de diario y volvió al teléfono. Buscó en la guía colgada de una cadena de perro el número de la Comisaría 24 y llamó. Atendió un agente de guardia. Tenía pésimos recuerdos de su último cruce con el comisario Cittadini pero conocía a un par de oficiales. Preguntó por Rodolfi y no estaba, pero Melgarejo sí.
—Dígale que Etchenike tiene datos de la suicida de ayer.
El agente fue, y volvió Melgarejo:
—Seguro que no tenés nada pero necesitás algo —afirmó.
—Tengo: murió de una dosis excesiva.
—¿Envenenada?
—Una dosis excesiva de pisos de altura.
El otro no sabía si reír o putearlo. Se lo dijo.
—No elijas —le propuso el veterano—. Dame el nombre y confirmame la dirección del balcón por el que se mandó.
El otro se rio porque ya lo tenía largamente puteado:
—El nombre no te lo puedo dar. Calle Arzobispo Espinosa; una cortada que va de Caboto a Pedro de Mendoza. Frente a la plaza Malvinas. Son monoblocks y la mina cayó en la playa de estacionamiento.
—¿La viste?
—No, pero conozco el barrio. Y hay secreto de sumario, no te puedo decir nada más.
—Me alcanza. En media hora te hago ganar un ascenso.
—Ni se te ocurra mencionarme. Te voy a buscar.
Cortó y, como si nada hubiera pasado, por puro reflejo, llamó a la vapuleada residencia de Villa Luro.
Atendió Tony.
—Gallego, soy Julio —dijo sin esperar respuesta inmediata—. ¿Tenés el Clarín ahí?
Después de un momento interminable la respuesta llegó:
—Sí. ¿Qué pasa?
—Fijate en la página 28, abajo, Suicidio en La Boca.
—Esperá.
El Gallego supuestamente se fijó y volvió, todo lento:
—¿Qué querés que te diga?
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—Tengo más datos: los de la 24 me dijeron que la mina cayó del séptimo piso de un monoblock en la calle Espinosa, frente a la plaza Malvinas. ¿Puede ser Aída?
Tony García tardó otro poco.
—Sí, puede ser. Es esa dirección. —Carraspeó, hizo otra pausa—. ¿Qué le habrá pasado a la loca? Un pedo triste de ginebra…
—Se le murió el viejo, Tony.
Etchenike esperó la reacción como quien deja caer una piedra al río desde una barranca alta.
—Ah, claro —dijo el Gallego después de cuatro o cinco segundos—. Escuché la noticia por radio ayer. —Hizo una nueva pausa—. Qué desastre todo…
—Yo estaba ahí. Cuando Opi se murió, digo.
Tony pareció no entender o no importarle porque salió para otro lado:
—¿Pudiste cobrar al menos?
Etchenike le dijo que sí y que tenía que darle su parte:
—Todo lo que necesites —hizo una pausa—, porque te voy a necesitar a vos.
—¿Para qué? Te dije que no quiero más quilombos.
—Tenés que ayudarme a pensar.
—Eso es lo que más me cuesta.
El veterano se impacientó:
—Estoy en la calle. Te llamo desde la oficina antes del mediodía.
Preparate.
—Pará, pará… —El Gallego parecía haber despertado finalmente—.
Hay algo ahí que habría que investigar.
—No me digas. Te llamo más tarde.
Y le cortó.
El 60 lo dejó a media cuadra del taller de Garibotti. Contra cualquier pronóstico, el Plymouth ya estaba ahí, limpito y recién maquillado en la vereda. Listo para salir, igual que el mecánico: sin mameluco y empilchado de sábado, era otro.
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—Me voy a los burros. Te lo dejaba con la llave puesta —le aclaró por las dudas mientras bajaba la persiana—. Quién se va a llevar este cachivache.
Etchenike se subió, metió arranque y lo hizo bramar en el lugar.
Sonaba redondo.
—Impresionante —se regodeó.
El mecánico se acodó en la ventanilla, señaló con el dedo:
—Te tapé un par de agujeros. Dejate de jugar a Los Intocables, que estás jovato.
Se desearon suerte.
Eran las diez cuando llegó a la oficina. Estaba la puerta abierta y Leonor limpiaba con la radio encendida. Un clásico del fin de semana.
Etchenike saludó, puso la pava, fue directamente a su cuarto y estuvo revolviendo infructuosamente un rato. Ella cerró la puerta y quiso saber, puro orgullo profesional:
—¿Qué busca, don Julio?
—Un zapato de mujer.
Leonor se apoyó en el escobillón.
—Se ve que salió muy apurada. Primero la cartera, ahora el zapato.
—Es otra mujer.
Ella levantó las cejas, hizo un gesto de burlona admiración y volvió a su trabajo:
—En el segundo cajón del escritorio —acotó como al pasar—. Me pareció mejor lugar que debajo de la cama.
—Seguro que sí. Gracias.
Sobre el escritorio y junto al teléfono había una nota que decía Algañaraz en irregulares letras de imprenta. Había un número también.
—Ese señor llamó hace un rato —dijo Leonor—. Va a estar en ese número después de la una. Que lo llame.
Etchenike miró el reloj y guardó el papelito en el bolsillo con un suspiro.
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Terminó de ensillar el mate, tomó el primero y se dispuso a llamar al Gallego con el recuperado zapato en la mano. Casi un Hamlet.
No llegó a discar porque en ese momento el mismísimo Tony García, entorpecido por un paquete de tamaño inmanejable, empujaba con vigor la puerta y chocaba, repetía colisión con Leonor. —Cuidado, otra vez no —dijo el veterano.
—De qué me habla —dijo ella.
Tony la miró, se hizo el boludo.
—Don Julio tiene miedo de que se vuelva a romper el vidrio — improvisó con soltura.
Etchenike clavó los ojos en el escritorio meneando la cabeza.
El Gallego dejó el bulto rectangular envuelto en cartón corrugado y atado con hilo sisal apoyado en el sillón.
—¿Qué traés ahí?
—El cuadro del Vesubio. Hay que cambiarle el vidrio y encolarle el marco, que quedó todo flojo. Se lo llevo al taller de planta baja.
—Te viniste hasta acá…
—En el barrio no hay dónde. —Se sentó y puso el Clarín sobre el escritorio—. Un buen pretexto, ¿no?
Etchenike coincidió, secretamente admirado.
—Y no tardaste nada.
—Un rayo: tren y subte sin escalas.
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Memoria del apriete
Matearon cautelosos sin tema fijo mientras Leonor terminaba con el baño. Eran dos días apenas sin verse, pero podían ser dos años. Tony había visto el Plymouth en la puerta y se congratuló, aunque le faltaron tiempo y palabras para indagar sobre los ostensibles nuevos daños en la humanidad del veterano; Etchenike le pasó su pilita de liras de curso legal, le agradeció que se hubiera arrimado así, por propia iniciativa y fuera de programa, y le preguntó por el cumpleaños de su vieja y el regalo del viaje a Córdoba. Dos caballeros.
Cuando Leonor partió, el veterano fue el primero en hablar:
—No quiero hacer arqueología ni importa saber por qué me mentiste pero supongo que fue la pendeja la que te dio la piña.
Tony no vaciló:
—No bien salimos, en el pasillo —y se tocó el pómulo—. Tuvo miedo de que la entregáramos. Se resistía, hubo un forcejeo. Pero la acomodé.
—No te creo.
—Como quieras.
Etchenike tuvo una muestra de lo que sería el ida y vuelta con su socio de ahí en más. Tal vez por eso tiró el dato básico:
—La cosa es así: cobramos, pero nos forrearon mal. Y no sólo Macías.
—Cebó y le pasó el mate—. Todos mienten.
—¿Todos quiénes?
El veterano contó con los dedos:
—Medina y la patota; Malena y Diego Fierro, que usaron a los dibujantes que nos vinieron a ver; los Parga, que juegan con ellos pero son medio socios de Medina; Aída con el hermano milico y su custodia…
Ahí el Gallego pareció tragar su cucharada de ricino:
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—Ésos…
—Y después, los pibes —lo interrumpió Etchenike—. La pendeja y Facundo y Paula, la novia de Horacio, que juegan a la joda pesada, y… — Se le acababan los dedos con los que enumeraba, cambió de mano—. Macías y la cana, claro está. Que maneja todo pero tal vez no tanto. Y hay cien lucas verdes en el medio.
Tony García asintió. Porque entendía o no, pero iba a seguir y por eso estaba ahí.
Devolvió el mate y dijo:
—Primero te cuento lo que pasó con Medina. El otro día estaba demasiado mal para pensar bien.
—Si no te jode.
Tony meneó la cabeza y después de un momento arrancó sin mirarlo, despacio y como si leyera algo escrito en el piso entre sus piernas:
—Cuando me metieron hecho un salame en el baúl del Falcon pensé que era boleta, Julio. —Y recién ahí levantó la mirada—. En esas pocas horas yo había visto y oído demasiado.
—¿Qué cosas?
—Todo o casi todo. Porque Medina estaba apurado y tuvo que improvisar. No me llevó de rehén: me necesitaba para ayudarlo con Frataccio, que perdía mucha sangre.
—Frataccio ya no está más —se cruzó Etchenike sin detalles.
El gallego pareció no oírlo, no importaba:
—Lo acomodó en el asiento de atrás del Falcon y me mandó con él. Había un par de fierros tapados con ropa usada y una lona. Me dijo que le parara la hemorragia con una camiseta, y que no lo dejara desmayarse. Y que bajara la cabeza si no quería que me la bajara él. Todo eso a los gritos, manejando a lo loco. Me arrodillé en el piso y le apreté el trapo como pude.
—¿Y los fierros?
—Ni los miré. No tuve ganas ni tiempo de pensar. Subió a la General Paz pero a la altura de Mataderos volvió a Capital, se metió en una cortada y entró en un garaje. Oí ruido de persiana que se bajaba. Se llevó con otro a Frataccio para dentro y a mí me amordazaron, me ataron las manos a la espalda y me metieron en el baúl.
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—¿Todo ese tiempo estuviste así?
—No, es mucho más largo. Me quedé ahí, cagado de miedo, no sé cuánto. Los oía conversar. Llamaron al tordo, así dijeron, que vino al rato a curar a Frataccio. Después de otra llamada, me sacaron del baúl y salimos de nuevo. Yo atrás con capucha y Frataccio todo vendado. Y adelante Medina con el tordo.
—Hablaban.
—Poco. Anduvimos un rato por la General Paz hasta cerca de la Ricchieri, por lo que oí. Bajamos para la provincia, dimos unas vueltas y por el golpe de las gomas sentí que subíamos a la vereda. Paramos ahí.
—¿Tenés idea de dónde era?
—Pilar cree que es cerca del Vesubio. Así le dicen. Alguna vez la tuvieron ahí.
—Volviste a hablar con ella.
—Claro que sí, pero qué importa.
El veterano supo que no iba a conseguir nada por ese lado.
—Lo apreté a Frataccio por ese dato —precisó—. El aguantadero de Medina. Y me habló del marciano, lo del marciano. Puede tener al pibe ahí.
El Gallego frunció la cara. No sabía de qué le hablaba:
—No sé. No hablaron ni vi ningún marciano… ¿Y tiene a qué pibe? —Después te explico: seguí.
—Estábamos en la vereda y se bajaron los dos —retomó Tony—. El tordo abrió una puerta de fierro y Medina lo cargó a Frataccio. A mí me empujaron al piso pero algo alcancé a ver porque enganché la capucha con la culata de un FAL, creo.
—Valiente.
—No tanto, fue de pedo. Era pleno día pero no se veía gente, nada. Un riesgo grande. Por eso te digo que improvisaron. Una calle de barrio enfrente de un negocio cerrado. Era temprano pero laburaban adentro. Apenas pude oír algo. Un ruido como de máquinas. No de motor, eh. Trac-chas Trac-chas Trac-chas. Algo así. Pero me vinieron a buscar, me arrastraron por un pasillo y un patio donde el ruido era más fuerte, hasta que abrieron una puerta y me dejaron tirado en el piso. Lo oía quejarse a Frataccio, nada más. Ahí esperaba el cuetazo, te juro.
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—¿Entonces?
—Recién ahí me sacaron la capucha. Y los anteojos también, los hijos de puta.
—¿Qué lugar era?
—Una piecita sin ventana, con un tragaluz y una lamparita de mierda, una especie de celda pienso ahora, con dos camas. Me dejaron con Frataccio, en el suelo, al lado de la cama de él, esposado. Al rato me soltaron para que pudiera ir al baño pero me encajaron de nuevo la capucha y meé al tacto, de memoria. En la piecita estuve no sé cuánto. Había un par de sillas y una radio que subían el volumen cuando hablaban por teléfono. Nunca apagaron la luz. Yo creo que no sabían qué hacer. Esperaban algo. Como tenía sed me dieron agua y estuve sin capucha un rato. A mí eso no me tranquilizaba un carajo, Julio. Era señal de que me iban a hacer cagar. Te juro que estuve a punto de pedirles que me pusieran la capucha…
—Te creo.
—Dudaban. Medina decía que le podía servir para negociar. Recién ahí empecé a funcionar como rehén. A cada rato hablaba por teléfono con el inspector.
—Macías.
—Seguro, pero le decía inspector. Mientras, pude espiar el lugar. Había muchas revistas. Pilas de revistas de historietas. ¿Y sabés qué más había, pegado con chinches en la pared?
El Gallego no pudo esperar para contestarse:
—¡Los dibujos que te hicieron Pratt y el francés!
Etchenike abrió el cajón del escritorio, revolvió, miró en el de al lado.
—Me los afanó.
—Vos decís que valen mucha guita.
El veterano no estaba seguro:
—Tal vez simplemente le gustaron. Y los colgó como un trofeo. Si hubiera estado acá cuando vinieron Pratt y el otro se los hacía firmar…
—¿Un tipo como Medina?
—Me dijiste que había muchas revistas.
—No significa nada. Todo el mundo lee esas boludeces…
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—Si fueron a hacerle un apriete a Opi es porque sabían quién era y a quiénes tenían que involucrar. Según Diego Fierro, este Medina los conoce a los Parga del barrio. Y los mellizos están metidos en esas cosas.
Por el gesto del Gallego el veterano comprendió que le faltaba información.
—Después te explico, seguí.
—Frataccio estaba de últimas hasta que lo vinieron a buscar. Tal vez vino una ambulancia, no sé.
—Te dije que murió esta mañana. Recién ahí Tony García pareció entender. —¿En serio?
Etchenike le dio una versión abreviada y parcial de su despertar sabatino en el Güemes.
—Todo fue al pedo, entonces —concluyó Tony.
—Para nada. Terminá.
Pero no era fácil.
—Cuando quedé solo con Medina vino lo peor, Julio. El tema era la pendeja. Me hizo contarle todo desde el momento en que se desmayó en la oficina hasta que se escapó y la aguanté en casa de mi vieja. Decía que ella no le importaba un carajo, pero quería los papeles. Y volvía con eso, si los había escondido yo, si los tenías vos… Y yo no tenía nada que decir, Julio.
—Claro.
—Pero creo que mentía. Medina mentía: le importa ella tanto como los papeles. Me parece, por el modo de preguntar.
—¿Y cómo terminó?
—Hubo una última conversación con Macías. Medina decía «a éste yo lo hago cagar», por mí, mientras le preguntaba por los enanos. Sin los enanos no había arreglo, decía.
—Los Parga.
—Eso. Al final arreglaron. Pero yo no sabía qué iban a hacer conmigo.
—Tal vez el Colorado te salvó.
—¿Vos tuviste algo que ver?
Etchenike se cebó un mate:
—Nada que ver. —Miró la hora—. Cruzaba los dedos y le rezaba a San Jodete.
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Tony García acusó mudo recibo.
Del resto de su relato el veterano sólo registró algunos pormenores, posibles indicios de localización que no llegaban a certezas.
—El frente del negocio nunca lo vi pero por el ruido trac-chas, trac-chas, puede ser una cortadora, una guillotina.
—De hojalata o de cartón.
—Moldes, cajas…
—Eso. Incluso había recortes de papel en el patio. Pero no tenía los anteojos, no veía un carajo. Y un olor, pero no sé olor a qué.
—Olor a marciano, seguro —dijo el veterano, desalentado.
Volvió a mirar el reloj y el Gallego sintió la tensión, la necesidad de ponerse en movimiento.
—Hay que arrancar, y son distintos frentes —dijo Etchenike—. ¿Te acordás de Cosecha roja?
Una vez más, Tony no sabía de qué le hablaba.
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Cuatro de copas contra el Culo Sucio
No era el momento de contar estrategia y hazañas del gordo sin nombre, el detective con perfil más bajo de la historia del policial, el empleado de la Agencia Continental que sobrevivía y hacía justicia en Poisonville dejando una estela de veintidós muertos. No todos ni mucho menos suyos, claro está. Alcibíades con Maquiavelo de asesor.
Pero eso era Hammett, literatura.
—Es algo así lo que pasa, vos sabés —sintetizó Etchenike—. Son varios que se pelean por la guita o por las ideas o por todo mezclado. Lo bueno es que nosotros, unos cuatro de copas, de puro pedo tenemos el objeto de miedo y de deseo que es la clave de la negociación entre ellos…
—Y lo malo…
—Lo malo es que todos ellos lo saben.
—¿Y qué tenemos nosotros?
—No tengo la más puta idea.
—¿Cómo?
—Tal cual. Yo no sé, pero ellos sí, por eso… —Nos quieren amasijar.
Etchenike asintió y volvió a cebar, para él, un mate lavado y frío:
—El Negro tiene el portafolios que llevaba uno de los mellizos Parga, con lo que iban a negociar, quién sabe qué, el jueves a la noche. Yo creo que este mellizo ya lo tenía en Morón cuando se rajó. Se juntaron para eso en casa de Opi y nosotros les arruinamos la reunión. —Chupó ruidosamente—. Se les pudrió todo.
—¿No habían arreglado en Haedo con esos documentos que les diste? —Claro que no.
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Etchenike dejó de lado el mate y completó la crónica de la extraña reunión en el departamento de Rodríguez Peña. Con la aparición de Daniel, el pesado medio hermano milico de Aída, la expresión del Gallego se ensombreció.
—Ése es el hijo de puta mayor —sentenció—. Es el ancho de oro, el Culo Sucio.
—Hoy supe que fueron él y su custodia, los mismos que te cagaron a palos a vos, los que levantaron a Opi del Güemes.
—Mirá vos. ¿La loca Aída lo sabía? —Creo que no. Seguro que no. Por eso…
El Gallego hizo un gesto de espera y abrió el diario, buscó la necrológica de Pirozzi, Osvaldo.
—Mirá esto.
—Ya la vi —dijo el veterano.
Pero Tony quería marcar algo. Ya lo había marcado, en realidad, y con birome:
—Fijate la lista de parientes que invitan a Chacarita. Parece joda. Está la vieja de él, Rosa H. de Pirozzi, que vive y debe tener mil años; la mujer actual, Magdalena Puig, Malena, la uruguaya; está el pibe Facundo Blixen, que es hijo de ella, y no de él, y está este Daniel Perlado, hijo de la primera mujer de Opi, una tal Clara Fuentes, que también aparece y es doble viuda, de Perlado y de Pirozzi, porque es la única con la que Opi se casó. ¿Quién falta?
Etchenike levantó las cejas, no abrió la boca.
—Aída falta —afirmó Tony, triunfal—. La rayada, la única hija enteramente suya.
—No figura porque está muerta, Gallego…
—Ya sé, pero desde cuándo… Oficialmente, digo.
—Habría que ver. Cuando redactaron el aviso ya estaba muerta. —Eso sí —concedió Tony—. El que lo redactó lo sabía, seguro. ¿A
qué hora la encontraron?
Etchenike meneó la cabeza, dijo que había secreto de sumario y que de la 24 no se podía esperar mucho más.
—Voy a averiguar por afuera.
—¿Qué querés averiguar?
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—Hay que ir al lugar, al edificio, para tener los datos posta de la hora y los movimientos. Conozco al portero de la otra vez, Clemente se llama.
—¿Y qué pensás?
El Gallego no contestó. Se levantó, dio un par de vueltas, se arrimó a la ventana y se entretuvo un rato; al volverse dijo:
—Cayó de arriba, pero tal vez no se tiró, Julio. No era una mina que le diera por ahí. Y yo estuve en ese departamento: el balcón está lleno de plantas y está semicerrado, no sé.
—Es decir…
—Por ahí no se mató, la tiraron. Por eso hay que fijar la hora. —Miró el reloj—. Me voy a Catalinas a ver qué se puede saber.
—No vas a ir.
—¿Por qué?
Como si hubieran vuelto al principio o empezaran desde otra parte, Etchenike sentía que este Gallego decidido y belicoso se empeñaba en zurcir de apuro y con la mejor voluntad y energía los pasados tropiezos y vacilaciones.
—Te tienen visto. Ya lo pasaste mal. A mí no me junan.
—No importa, me toca a mí —se obstinó Tony.
—Sos una fiera, pero no. Sobre todo porque casi seguro tenés razón.
No vas a volver ahí.
Etchenike fue hasta el sillón y recogió cuidadosamente el Vesubio maltratado y envuelto como un niño.
—Hay que averiguar en la funeraria y en las receptorías de avisos. Tiene que haber constancia de cuándo y quién contrató el servicio y redactó el aviso. Ocupate de eso.
Le puso el paquete en los brazos:
—Tomá, llevalo y esperame abajo. La llamo a Alicia y nos vamos ya.
Yo a La Boca, vos a Chacarita.
Una vez que estuvo solo, de un telefonazo rápido Etchenike le avisó a su hija que pusiera otro plato, que iba a ir probablemente algo más tarde y con un amigo que conocía.
—¿Quién?
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—Sayago, el que se come todo.
Pero a ella la intrigaba otra cosa:
—¿Por qué tuve que enterarme por Horacio de que vas a venir hoy y no el domingo?
—Me dijo que iba a hablar con Marcelo y aproveché —se excusó el padre y abuelo—. Mañana tengo un entierro, un cliente que…
—No entres en detalles morbosos con tu nieto.
—Por supuesto que no. ¿Qué hay de comer?
Antes de bajar se calzó el 38 y se asomó a la avenida. Como si todo volviera a empezar, había unos tipos abajo. Un Falcon que no estaba cuando llegó tomaba sol de otoño casi en la esquina. Había un tipo adentro y otro afuera, apoyado en la puerta. No los conocía. Tal vez no lo habían visto llegar, tal vez no sabían nada del Plymouth. Tal vez.
Bajó y verificó con el Gallego:
—¿Ya estaban cuando te asomaste hace un rato?
—No. Te hubiera dicho.
—Llegaron recién.
Tony y el veterano miraban hacia afuera en diagonal, a través de la ventana de la vieja relojería que daba a la calle, en la punta de la galería. El relojero le daba charla a Etchenike. Tony se paseaba inquieto, sin asomarse. El veterano revolvió en el bolsillo trasero y después de un momento sacó la llave del auto y se la dio:
—Llevátelo vos, tranqui, y fijate qué hacen. Yo voy a estar vigilando. Si te siguen, das la vuelta por Paraná, lo dejás en Corrientes y te tomás el subte hasta Alem y de ahí al revés, hasta Chacarita. ¿Entendiste?
—Sí. ¿Y si no me siguen?
—Da la vuelta en la esquina y dejámelo detrás del Cabildo, sobre Yrigoyen. La llave en la guantera. Y te vas a Chacarita.
Tony García lo interrogó con las cejas.
—Haceme caso. Después de La Boca voy a almorzar a casa de Alicia.
Llamame ahí cuando tengas novedades.
El Gallego ya se iba, tenía el diario en la mano.
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—Dame el suplemento de Deportes —pidió el veterano como última voluntad.
—¿Para qué lo querés?
—Por si me aburro.
—Tené cuidado —se dijeron.
Etchenike se quedó conversando con el relojero hasta que el Plymouth se puso sonoramente en marcha. Vio cómo Tony maniobraba con parsimonia y salía despacio. Los muchachos del Falcon no se movieron. El relojero repetía por segunda vez su elaborada teoría sobre la exactitud de los relojes de péndulo y lo invitó a esperar un par de minutos hasta que sonaran al unísono al dar las once.
Etchenike asentía y miraba fijo a la calle. El Falcon seguía ahí. Ahora los dos estaban a bordo. Cuando sonaron a coro los quince o veinte carillones, como si fuera una señal de largada el veterano aprovechó el semáforo en rojo y se mandó casi corriendo. Cruzó a la vereda de enfrente entre los autos quietos, sin volverse, y caminó rápido cuadra y media contra la dirección del tránsito hasta meterse en la boca del subte en Lima.
Cuando ponía el cospel alcanzó a ver de reojo que uno de los tipos lo había seguido y bajaba la escalera. Se mandó hacia el extremo del andén como si fuera a hacer la combinación con la Línea C y entró en el pasaje pero se ocultó ahí. Vio vacilar a su perseguidor. Por el momento lo había perdido.
Había un viejo sentado en el suelo que pedía estirando el sombrero sin decir palabra. Etchenike le puso un billete grande en la mano y se llevó el sombrero con un tirón y un guiño. Se lo puso. Cuando llegó el tren y se amontonaba la gente se sacó el saco y, entreverado con los que salían apurados del pasaje, subió con el montón.
Cerraron las puertas de madera con ruido de guillotina.
Etchenike se quedó quieto, parado junto a una puerta de salida con la cabeza metida en el diario. Pasó la estación Piedras sin novedad. Cuando el tren se detuvo en Perú se bajó sin volverse y caminó rápido por el pasaje de las combinaciones con las otras líneas pero sólo para volver al andén de enfrente. Recién ahí se dio vuelta. Su perseguidor lo buscaba del otro lado
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de las vías. En ese momento llegó el tren, pero no lo tomó. Giró, y en lugar de volver a la calle se mandó por el molinete casi secreto que da al subsuelo del Pasaje Roverano y caminó como una sombra rápida por la galería comercial más antigua, hermosa y desolada de la ciudad, a espaldas del Cabildo.
Casi trotó entre una mayoría de locales cerrados, una peluquería para añejos clientes engominados, una librería de viejo con viejo librero incluido y un par de estrechas cerrajerías que parecían custodiar las llaves de las arcas coloniales. Por escaleras de mármoles gastados, subió a la superficie y salió, resoplando pero entero, por la puerta de rejas de Hipólito Yrigoyen.
Como un trofeo para el guerrero de Marathon, como la diligencia que esperaba al evasivo Sobremonte, el Plymouth ya estaba ahí.
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Celia otra vez
Etchenike encaró por el Bajo hacia el sur. Cuando llegó al Parque Lezama decidió no desviarse hacia los monoblocks de Catalinas Sur y dobló por Almirante Brown. Tampoco se detuvo en la Comisaría 24. Siguió adelante hasta un par de calles antes del Riachuelo, giró a la derecha, y cuando vio pasar un colectivo 86 se orientó hasta la terminal.
El barcito estaba abierto pero el humo de la parrilla todavía no borroneaba el aire. Estacionó el Plymouth enfrente. Se bajó y miró el reloj, pero entró sin apuro y se sentó en el mismo lugar que aquella madrugada, la vez anterior.
Sin mediar palabras ni miradas, la mujer se apartó de la máquina de café con el pocillo y su platito, y caminó un par de pasos sobre el entarimado. Etchenike creyó leer las iniciales del Ferro Carril Sud grabadas con firuletes sobre el peltre de la jarra de leche caliente. Había una azucarera de vidrio también. Ella se volvió y puso el pocillo frente al veterano.
—Buen día.
—Buen día.
—¿Era sin cortar y con azúcar, no?
Él asintió.
Estaban solos o casi en el zaguán pintado con ahumados colores de Boca. La clientela madrugadora del desayuno ya había partido y la parrilla recién encendida estaba vacía todavía. En la radio alguien se reía y hacía reír.
—Se lo ve peor que la otra noche, ¿qué le pasó?
—De todo.
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La mujer estiró la mano y palpó la manga aún sucia de polvo del piloto, los ultrajes al traje gris.
—Lo revolcaron mal —comentó sin saña—. ¿Qué tiene ahí?
Él se inclinó levemente, apartó el pelo; ella acercó la cara para mirar de cerca el raspón.
—Un tiro, de refilón —acertó la mujer—. ¿Se desmayó?
Etchenike dijo que creía que sí, no se acordaba bien.
—Esas manchitas parecen de sangre. No salen —dijo ella y se apartó, concluyendo el examen.
—Me gustaría contarle algo —dijo de pronto el veterano.
—¿La novela del otro día?
—Tengo una historia mejor. —Y sacó la trajinada libreta.
—Ah, eso… —La cara de ella se ensombreció—. ¿Termina bien?
—No terminó todavía.
—Ahora me cuenta.
Mientras la mujer atendía a un cliente en una de las estrechas mesitas pegadas a la pared, el veterano se miró en el espejo, entre las botellas enfiladas. Recién ahí reparó en las pequeñas huellas oscuras en la solapa, gotitas de sangre seca y negra. Se humedeció el dedo, frotó y raspó con la uña sin resultado aparente.
—Celia —dijo para sí—. Se llama Celia.
Tomó el café de a sorbitos, encendió un cigarrillo. Volvió a mirar la hora.
—¿Ya se va? —Ella estaba otra vez ahí.
—Tengo un rato todavía.
—Me iba a contar. ¿Es una estafa?
El veterano cerró la libreta y asintió apenas:
—También. Pero es muy largo. —Miró hacia el extremo vacío del baqueteado mostrador—. ¿No viene Ledesma hoy?
—¿Vino a verlo a él?
La mujer sonreía y él tuvo, acaso sin saberlo, los mejores segundos de los últimos años. Sonrió también.
—No precisamente —dijo como si con eso dijera demasiado.
—Está de servicio a esta hora —dijo ella.
—¿En la 24?
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—Claro. Hasta el mediodía, creo.
Etchenike no había previsto que podría llegar a decir lo que dijo:
—¿Se lo puede llamar?
—¿Quiere que lo llame yo?
—Y me lo pasa, por favor.
La mujer fue al teléfono y Etchenike la acompañó unos pasos, le miró la nuca con el pelo rubio y canoso recogido, el nudo del delantal, la curva del brazo mientras discaba.
Habló un par de minutos, se volvió y dejó el aparato negro y pesado sobre el mostrador.
—Acá tiene.
—Gracias, Celia.
El agarró el tubo engrasado, ella se acodó mirándolo de cerca con los puños en las mejillas.
—Hola —dijo Etchenike.
Habló cinco minutos y ella se quedó todo el tiempo ahí. Cuando terminó, el veterano le devolvió el tubo:
—Quiere preguntarle algo.
Ella atendió pero antes le dijo:
—No se vaya.
El veterano miró el reloj y aseguró que no se iría. Había acordado con Ledesma para pasado el mediodía. Volvió a su café y sacó la libreta negra. Después de un rato Celia dejó el teléfono y se ocupó de atender a un par de choferes sedientos.
Etchenike estaba escribiendo cuando llegó un muchacho con una canasta colgada del brazo y pasó detrás del mostrador disculpándose en voz alta. Apartó la cortina del fondo que daba a la cocina del estrecho local y ella lo siguió sacándose el delantal. Etchenike los oyó conversar hasta que Celia salió sola. Llevaba una campera liviana sobre los hombros.
—Hay un café como la gente sobre Almirante Brown —dijo parada frente al veterano.
Él guardó todo, dejó el dinero bajo el pocillo y la siguió.
—Ése es mi hijo menor, Camilo —dijo ella sin volverse.
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Etchenike tardó unos segundos en reconocer el lugar. El bar era el mismo donde años atrás una noche de fútbol había conversado con Horacio Fogel, súbitamente extrañado, con revelaciones que le cambiarían la vida. Tal vez no fuera saludable que algunas o muchas de las cosas importantes o simplemente anotables que le sucedían tenían por escenario bares o cafés, sitios de conversación en principio, espacios de transición que devenían estaciones de sentido. No eran lugares de paso sino lugares donde pasaban cosas.
Así se lo dijo a ella pero con otras palabras, después de contarle esquivamente sus últimas aventuras, las urgencias de resolver contrarreloj desde el paradero de una pila de billetes verdes a un suicidio sospechoso.
—Nunca había subido a uno así —dijo ella en otra cosa y señalando el Plymouth parado ahí—. Cuando era pendeja me subía a cualquier cosa, pero a uno como éste seguro que no.
Era su manera de decirle que estaba todo bien.
El veterano volvió a la libreta y al tema de Ledesma y lo conversado. —Escúcheme, Julio: no se gaste. No hay mucho que explicar. —Ella lo
veía venir y sabía adónde iba—. Creo que hay algo que quiere y no puede descular y supone, no sé por qué, que lo puedo ayudar. Pruebe.
—Por ejemplo la chica, Marisa o Pilar… No entiendo lo de la chica. —Lógico. Por lo que me contó la otra noche, al menos dos de los tres a
los que usté les cree, mienten. Ella misma, su socio el Gallego y el abortero.
—¿Cómo es, entonces?
—Ni la revisó ni está de tres meses. Todo verso.
—¿Y el desmayo?
—Ni siquiera eso. Todo armado para que entrara como un caballo. —¿Un caballo?
—Noble bruto. —Y le apretó la mano por encima de la mesita, mirándolo a los ojos—. Usté no ve mujeres: ve madres o hijas.
—No se incluye.
—Claro que sí. De salida supe que no quería terminar o empezar en un telo. Los atropelladores no leen.
El veterano se echó hacia atrás, pitó profundo y se deslizó naturalmente al voseo.
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—Me caés muy bien, Celia.
—Vos también. Pero de coger ni hablar.
—Ni hablar.
Hablaron de otras cosas, hilaron fino y grueso durante un rato. El veterano encontró la manera de no mencionar la vieja casa de Flores, ella tenía que volver a la parrilla.
—Es muy raro tu laburo, Julio —dijo al ponerse de pie—. No lo vayas a joder a Ledesma.
—No.
Etchenike no quería quedarse con eso solo y se le ocurrió invitarla el domingo a la Chacarita. Ella se rio. No entendía para qué, incluso no tenía qué ponerse.
—Qué ridícula. Es como si fueras al cine, supongo.
—Es peor. Ya sabés cómo termina.
Se pusieron serios de golpe.
—Te paso a buscar —insistió el veterano—. En un entierro mi auto negro y viejo no desentona.
—Me imagino. —Ella tenía una sonrisa contenida, lindísima—.
Llamame.
Y le escribió el número en la etiqueta de los Particulares.
Celia no quiso que la llevara. El veterano pagó los cafés, iba a salir pero miró una vez más el reloj y lo llamó a Macías desde el público.
Lo despertó sin fe ni ansiedad aparente:
—Buen día, Colorado, soy Julio.
—Te dije que a mi casa no —fue la respuesta adormilada—. Pero hiciste bien en llamar.
—¿Por qué?
—Porque supongo que estarás vivo y suelto. —Hizo una pausa—.
Igual te tengo que matar: los dejo ahí, juntos, y lo ahorcaste.
—¿Qué?
—A Frataccio.
Etchenike reaccionó como un niño:
—Yo no fui.
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—Con la manguerita esa…
—Te digo que no fui yo.
—Te vieron, sos un pelotudo.
Después de un momento el veterano supo por dónde podría venir la cosa:
—El imberbe, claro —se lamentó—. Troncoso se llama, ¿no?
El inspector Macías asintió con desgano, casi sincero cansancio:
—Te lo pongo a él a propósito, casi una garantía de que no tendrías problemas para rajarte, y la cagás mal.
Etchenike reiteró inocencia propia, pero no podía avanzar sin pisar baldosas flojas, salpicar alrededor.
—Vos sabrás, Colorado. Pero yo no fui.
—Ponele. —Y ahí Macías se tomó un tiempo más, como si lo midiera
—. Igual, si fueron los de la ambulancia, te aviso que ya perdieron. El veterano no dijo nada. No pudo.
—¿Entendiste de una puta vez cómo es esto? —se sacó Macías—.
Estos pendejos se creen que es un juego. No va a quedar ni uno para muestra, deciles.
Nadie le respondía.
—¿Estas ahí? ¿Para qué mierda me llamaste?
Cuando habló, la voz de Etchenike era otra.
—¿Qué hiciste con el milico? Te pedí que no soltaras a ese hijo de puta.
—No tenía por qué, no tenía cómo retenerlo —dijo el Colorado sin disculparse—. A él y a la hermana los mandé temprano a la casa, fueron los primeros.
—¿Te enteraste?
—¿De qué?
—La mina se tiró por el balcón.
—No me digas. —Hubo una pausa—. Qué bien informado… Etchenike se bancó la ironía como el boxeador que asimila un jab pero
no da un paso al costado. Siguió por ahí:
—Tal vez la revolearon. Y tampoco fui yo.
Macías ni se ocupó en responder. Dejó pasar unos segundos. Lo que tarda un cuerpo en caer de siete pisos.
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—Mañana no vayas al entierro de Pirozzi —dijo.
—Sos el segundo que me lo aconseja. Igual, no pensaba.
—Aunque tal vez sea mejor que sí —se rectificó el Colorado al borde del fastidio—. Es posible que se suspenda por falta de quórum. A la hora del entierro no va a quedar nadie para escuchar el responso.
—¿Quién más?
—No sé. Cuando llamaste pensé que me ibas a hablar del portafolios que te afanaste o preguntar por el pendejo, Facundo. Te aviso que no cuentes más conmigo. Te metiste solo en eso. Vos hacé lo que quieras, pero al pendejo no lo tengo yo ni lo pienso buscar.
—¿No vas a hacer nada?
—Estoy tratando de que me ahorren laburo y se maten entre ellos. ¿Y vos?
Etchenike suspiró antes de cortar:
—Todavía no soy tan sabio —admitió.
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Operación Catalinas
El cabo Sixto Ledesma hacía guardia ostensible en la concurrida puerta del Hospital Argerich. Parado en el extremo superior de la escalera, al lado del acceso principal, custodiaba o simulaba custodiar la entrada y salida de personas. Cada tanto elegía a alguien en tránsito y lo detenía amablemente para pedirle identificación y motivo de su presencia en el lugar. Etchenike lo observó desde la esquina.
Sin paradoja, su mejor manera de pasar inadvertido era semejante grado de visibilidad. Se arrimó de acuerdo con lo convenido:
—Una consulta…
—Identifíquese, caballero.
Etchenike sacó su cédula de identidad viejita y la credencial habilitante como investigador privado con permiso de portación de arma.
—Julio Argentino Etchenike —leyó el cabo en alta voz.
Ahí lo miró, lo midió acaso.
—Como mi paisano Jerez.
Etchenike puso cara de nada.
—¿No conoce?
El veterano ratificó su ignorancia. El policía casi se inclinó, desde el escalón superior, para cantarle al oído:
—Cuando salí de Santiago / todo el camino lloré / lloré sin saber por qué / pero sí les aseguro / que mi corazón es duro / pero aquel día aflojé… Añoranzas, de Julio Argentino Jerez. Un clásico —concluyó.
Etchenike no estaba para chacareras, aunque fueran dobles:
—¿Me trajo eso, Ledesma?
—Afirmativo.
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Eso era una bolsa de plástico de las que usa la policía para recoger evidencia.
—Hágame el favor, meta esto ahí —dijo Etchenike y le dio el zapato negro cachuzo y con taco torcido de la pobre Aída—. Adentro está lo que le prometí.
—Afirmativo.
El cabo Ledesma se guardó el rollo de billetes y metió el zapato en la bolsa.
—Usté que conoce el barrio, me lleva. Después me pasa la bolsa y se queda de seña frente al edificio, medio lejos, como si estuviera conmigo pero no. Cuando subo, se pianta. No se arriesgue, si lo apuran diga que no me conocía, que simplemente le pedí que me acompañara.
—Afirmativo.
—Ahora cuénteme lo que dice el informe.
Eran menos de tres cuadras. Caminaron por la vereda del barrio hablando en voz baja, sin detenerse ni mirarse, casi como si desfilaran pero fueran los últimos, los que se quedaron sin fila y referencia y conservan apenas cierta compostura distraída.
Había varios edificios parecidos.
—Es aquel.
—¿El de rayas grises y marrones?
—Afirmativo.
Cruzaron, y al acercarse a la puerta Etchenike pidió la bolsa con un gesto leve pero suficiente para la atención del portero en mangas de camisa que lavaba un auto que no era suyo. Distraído, era como si regara.
Ledesma hizo una venia liviana de respetuoso saludo general, y se quedó veinte metros más allá, junto al cordón de la vereda.
Etchenike tenía la bolsa bajo el brazo izquierdo. Se acercó al portero y habló mientras sacaba la credencial como quien desenfunda:
—Policía Federal. —Y le extendió la mano—. Comisario inspector Etchenike. Departamento Central.
—Barraza, Clemente, señor…
El portero no supo qué hacer con la manguera, con el chorro en realidad.
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—Tengo una orden —el veterano sacó un papel doblado en cuatro que no llegó a desplegar— para investigar el paradero del par derecho de este zapato zurdo.
—Señor…
El portero puso la manguera en el borde del cantero de pasto ralo, se secó las manos en el pantalón. Recibió la bolsa sin abrir como una reliquia.
—La dama del séptimo —el veterano elevó los ojos— lo perdió ayer a la mañana cuando se arrojó infaustamente. ¿Fue testigo?
El portero agitó la cabeza, devolvió la bolsa:
—Fue al mediodía. Creo que oí el ruido.
—¿Cómo que cree que oyó el ruido? ¿Lo oyó o no? —Tal vez era, quiero decir. Pero ya lo hablé con la policía.
—El personal de la 24. —Y señaló con la cabeza a Ledesma—. De ahí vengo, con nueva evidencia. El informe preliminar es un mamarracho.
—Yo estaba adentro, cuando salí ya estaba ahí. —Señaló el lugar preciso, entre la vereda y el cantero. Ni una mancha.
—¿Quién la encontró?
—El hermano. Iba a subir cuando ella bajó. —Y el dedo hizo el itinerario—. Dice que casi se le cae encima.
—Impresionante —dijo un viejito que de pronto estaba ahí—. Yo vivo en planta baja.
Etchenike sacó la libreta negra y anotó o hizo que anotaba.
—¿Y dónde está el hermano?
—Vive en ese otro monoblock. —El brazo del portero señaló el edificio contiguo, una mole sin matices—. Pero no está. Recién se fue, con la custodia.
—¿Es el militar?
Asintió con la cabeza:
—Retirado. Un señor. Nada que ver con la hermana, que en paz descanse. —Hizo una pausa, buscó complicidad, el viejito asintió—: Le pagaba las expensas.
Era un dato, marcaba una actitud, el portero no necesitaba decir que Aída Pirozzi era una loca rematada. Nadie lo diría.
En ese momento se sumó una rubia de anteojos que asistía al coloquio:
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—¿Qué hacemos con los gatos, Clemente? —lo increpó—. Anoche era un escándalo de maullidos. Yo me llevé uno a casa, pero otros quedaron adentro. Hay que entrar, pobres animalitos.
Se sumó otra apoyada en el carrito de la compra:
—Clausuraron la puerta, inspector. No se fijaron. Uno chiquito sé que dormía en el placard.
Volvió la rubia:
—Debe estar ahí todavía. Más de un día sin comer. Y el olor.
Una era vecina de piso, la otra vivía arriba.
Etchenike anotaba. Concedía, les daba la razón, abría la posibilidad de rectificar lo actuado. El procedimiento había sido por lo menos desprolijo:
—Estamos investigando porque hay puntos oscuros. —Y fue como si hablara en confianza, no con eventuales testigos—. De qué ventana cayó, a qué hora, cómo estaba vestida. Y falta un zapato…
Se atropellaban para acotar, se contradecían. Ya eran media docena. El veterano tomó notas hasta que los acalló:
—Permanezcan en orden. —Señaló al portero y a las dos vecinas—:
Vamos para arriba. Nadie más puede subir.
Se refirió vagamente al uniformado.
—Queda de guardia.
El portero enrollaba la manguera, recogía balde y trapos.
—Traiga la llave, Barraza. No quiero tener que derribar la puerta.
—Sí señor.
Los pasillos de la escalera tenían luz natural de los ventanales de postigos rebatibles que daban a la calle y al estacionamiento interior del grupo de monoblocks. El departamento de Aída en el séptimo piso era el C, uno de los seis de la planta, y daba al frente.
Llegaron por ascensor con el portero y las diligentes vecinas. Una parejita adolescente sentada en la escalera que subía los miró llegar sin curiosidad ni comentarios. Parecían estar ahí desde siempre.
—¿Qué hacen? —dijo la vecina rubia—. Violeta, andá para casa.
La chica no hizo caso sino después de un par de gritos. Se levantó y entró al departamento B dando un portazo. Un clásico familiar.
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Después de apartar testigos y acompañantes, Etchenike dejó al portero de custodio a una distancia prudencial y encaró la puerta.
Estaba impecable, no había sido violentada. La única novedad era que tenía —pegada desprolijamente con cola— una orden de clausura. ORDEN JUDICIAL, decía el cartelón sobre el papel blanco con membrete oficial y un par de firmas ilegibles que cubría la cerradura y el marco de la puerta.
Etchenike rompió la faja y abrió. Estaba a oscuras. Prendió la luz al tanteo y de un tacazo cerró la puerta a sus espaldas. Un gato gordo y gris de pelo corto saltó del sillón cubierto de almohadones que ocupaba gran parte del pequeño living frente al viejo televisor y la mesa ratona, y se acercó maullando, se restregó contra sus piernas. La gran ventana estaba cerrada. Había olor a pis, a tabaco y a encierro en el aire pesado.
El veterano se acordó del Gallego y su calvario.
Una puerta entreabierta, a la derecha, daba paso a una leve claridad. La empujó, seguido por el gato. Un pequeño distribuidor repartía posibilidades: a un lado, el dormitorio con una ventana cerrada de cortinas claras, una cama de dos plazas revuelta que apenas cabía y un placard con los cajones dislocados; en el centro, el baño con ducha y sin bañera y un inodoro manchado de óxido; y adelante, de donde provenía la claridad, la cocina angosta con calefón y heladera vieja semivacía que daba a un tendedero con ropa que nadie descolgaría. Una bombacha negra y un repasador a cuadros esperaban secos y duros desde hacía días.
Las paredes de la cocina tenían los azulejos engrasados pero no había sino una cafetera chorreada sobre las hornallas y en la pileta un par de tazas usadas. Las botellas de ginebra vacías se enfilaban de culo, como clavadas en la pared de ladrillos huecos del lavadero que daba al frente. En el tarro de basura, algodones sucios con sangre más parda que roja y un zapato negro con el taco maltratado se entreveraban con las cáscaras de banana, los restos de café y las madejas de pelos de gato. Etchenike le quitó con un par de sacudidas los restos de café al zapato y se lo guardó. Ahora tenía uno en cada bolsillo.
Recién ahí, atento y agachado, alcanzó a oír otro mínimo maullido que provenía del dormitorio. Volvió. El gatito que había quedado encerrado en el placard era negro y muy flaco, apenas se sostenía para caminar. Lo
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levantó y en la cocina le llenó la tapa de un frasco de mayonesa vacío con leche que encontró en la heladera. Ahí se quedó, haciendo ruiditos.
Siempre seguido por el gato grande, volvió al living y levantó de a tirones, dificultosamente, la pesada persiana de varillas de madera que cerraba el balcón. La luz fue subiendo paulatina tras los cristales sucios, reveló el estrecho espacio lleno de macetas pintadas de blanco con malvones opacos y un par de cactus indiferentes a la ostensible falta de riego. Desplazó una hoja de la puerta ventana corrediza y dejó entrar el aire limpio con una ráfaga fresca o al menos natural. El gato se le adelantó, olisqueó las piedritas sucias de su meadero, hizo lo suyo y sacó la cabeza entre los barrotes negros hacia el vacío.
Etchenike también se asomó. Por ahí, por encima de esa baranda de hierro que le llegaba un poco más arriba del ombligo se suponía que se había mandado la flaca sin fe ni esperanza.
Pero no había ninguna marca ni evidencia que lo confirmara. Había llovido un poco, algo de viento. Tal vez habían barrido, tal vez habían enderezado alguna maceta derribada, tendría que haber tierra seca fuera de lugar, algún tallo de malvón quebrado. Se apoyó con dificultad, el ángulo era incómodo incluso sólo para mirar hacia la plaza. Comprobó que Ledesma ya se había esfumado. Al volver la cabeza a la izquierda se veía el monoblock del hermano.
Creía recordar que el Gallego, en su crónica expurgada de violencias y humillaciones, le contó que antes de que los esbirros lo maltrataran había estado parado ahí mismo. Ella lo acercó para mostrarle precisamente eso, la cercanía de su poderoso custodio fraternal.
Un detalle lo entretuvo. En las paredes laterales del balcón había una hilera vertical de cuatro ganchos oxidados por lado que iba del borde de la baranda al techo, donde había tres ganchos más, regularmente distribuidos. Sólo algunos de ellos estaban ocupados. Un par de macetas chiquitas y con sus soportes de hierro colgaban de allí; en otros había una tijera de podar inservible, una enredada madeja de alambre. El resto eran como anzuelos expuestos al vacío, aunque en algunos de ellos restaban, enganchados, como si algo hubiese sido arrancado, trocitos de alambre e hilachas de fibra de plástico verde.
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El veterano puso rodilla en tierra y revolvió entre las macetas. No encontró nada de lo que buscaba hasta que en el agujero del desagüe, obturado por la tierra y las hojitas, vio más restos de fibra.
Necesitaba volver a hablar con el Gallego. Miró el reloj y era tardísimo.
Agarró por el cable el teléfono que estaba sobre la mesa ratona para no dejar ni tapar huellas. Tenía tono. Discó con la birome el número de su hija.
Era difícil hablar con el tubo bailando suspendido en el aire y sin gritar. Antes que nada le pidió que anotara el número en el que estaba, le advirtió que llegaría más tarde aun de lo previsto y que no bien Tony o Sayago aparecieran o llamasen, se comunicaran urgente.
La dejó preocupada como nunca y protestando como siempre.
—Que no se te peguen las lentejas —bromeó.
Le tomó un cuarto de hora revisar minuciosamente debajo de los muebles y detrás de la cama, dentro de cajones y estantes del dormitorio, en las alacenas de la cocina y los recovecos del baño. Buscaba algo que creía saber qué era, pero no estaba seguro. La idea era que al encontrarlo lo reconocería. Algo así.
Estaba asomado a la pelusa y los trastos acumulados en el techo del placard. Revolvía lo que había encontrado ahí cuando lo sorprendió el teléfono.
Casi se cae de la silla en la que estaba encaramado.
Volvió a repetir la trabajosa operación con el tubo colgante. Era el Gallego. Había mucho ruido ambiente, pero consiguió entender que la pesquisa del aviso fúnebre había sido exitosa:
—Estuve en la funeraria. Gente muy jodida estos de Fossati. Dicen que es información privada y confidencial. Tenés que ser pariente. No me dijeron quién lo publicó, pero el aviso seguro que entró en algún momento antes de las 12 del mediodía del viernes, porque ahí cortan la recepción y los juntan todos para publicar en los diarios de la tarde. Eso es posta.
—Es un buen dato. ¿Estas ahí ahora?
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—Al lado, en una distribuidora de aceite. En la funeraria me echaron flit. Para que me prestaran el teléfono tuve que comprar un bidón de girasol. La llamé a tu hija, que me dio este número. ¿Dónde estás vos?
Etchenike se lo dijo.
—¿Cómo entraste?
—Es largo. Necesito un dato: cuando estuviste acá, ¿te acordás si el balcón tenía una protección para gatos o algo así?
Había ruido en la línea.
—¿Una qué?
—Una red o algo que cerraba el balcón.
Se oyeron más ruidos.
—No te oigo. —El Gallego vacilaba—. Y tengo que cortar. Te vuelvo a llamar de otro lado. Viene uno con un…
Hubo un estruendo, acaso un disparo —o eso creyó oír Etchenike—, y la conversación se cortó. Tardó un segundo en darse cuenta de que el estruendo no sólo era en el teléfono sino en el pasillo. Golpeaban. Ahora sonaba el timbre.
Dejó que sonara una vez más. Entonces agarró no sin dificultad a los dos gatos y abrió la puerta. El portero estaba ahí con el resto del elenco de vecinos detrás.
—Inspector…
—Acá están —dijo antes de que alguien planteara algo—. Me costó rescatar al chiquito, escondido detrás de la heladera.
—Inspector…
—Qué oportuno, Clemente. Distribuya.
El portero abarajó los felinos pero no retrocedió. Algo o alguien que no eran la rubia ni la otra lo conminaba.
—El señor… —alcanzó a decir.
—¿Qué señor?
Y Clemente Barraza señaló sin palabras al grandote que sobresalía a sus espaldas. Ése era el de los golpes.
—Quiere decirle algo.
Después, poco o mucho después, tanto el tipo como Etchenike se reconocerían, sabrían que apenas unos días atrás se habían tiroteado a ciegas en la vereda de un bar de Palermo regenteado por gallegos
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reconciliados. Pero en ese momento todavía no alcanzaba la experiencia para entenderlo todo.
Aunque alcanzaba para ponerlos en acción:
—Tengo que entrar —dijo el tipo.
—Yo sé lo que busca —dijo el veterano sin moverse del lugar.
Se le puso cara a cara. Metió las manos en los bolsillos y las sacó con un zapato en cada una. Las levantó a la altura de la cabeza y habló con certeza de juez inapelable:
—Éstas son las evidencias.
El grandote parpadeó:
—¿Qué?
Con un movimiento violento, rápido y preciso Etchenike juntó los brazos y en el camino le clavó un taco en cada sien.
—¡Ahh!
El tipo quedó un segundo rígido, muñeco sin cuerda, y se derrumbó.
Hubo desparramo de testigos.
El caído no se movía. Un hilito de sangre le comenzó a correr mejillas abajo y hubo gritos mientras los gatos se ocupaban de lamerlo con la urgencia impune de la necesidad.
El veterano volvió a guardarse los zapatos, cerró la puerta y pasó por encima del tipo como sobre un alambre caído.
—Traumatismo con conmoción cerebral sin riesgo de muerte — diagnosticó—. ¿Hay un médico en el edificio?
Salieron a buscarlo.
El veterano se volvió al portero:
—Barraza, acá no entra nadie más. —Y era un jefe de bomberos que dejaba ruinas chamuscadas, sólo escombros atrás—. Avise al cabo que llame a la 24. Y a la guardia del Argerich. Que lo vengan a buscar ya.
Le habló al grupo:
—¿Alguien lo conoce?
Casi todos asintieron, sin palabras. Alguno apenas murmuró «el custodio del hermano», otro dijo «Rosales».
—Es el macho de Aída —dijo una voz joven y decidida desde el fondo
—. Todo el mundo lo sabe. —¡Violeta, no te metas!
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La advertencia de la vecina rubia llegó tarde, una vez más.
Etchenike se abrió paso. La chica estaba con su chico, como siempre, sentada en la escalera.
—¿Qué viste vos? —dijo en voz muy baja,
La chica miró al pibe, que separó las manos, no quería problemas. —Vengan conmigo —ordenó el inspector, perentorio y amistoso a la
vez—. Sólo una conversación, un par de cosas.
Vacilaban.
Etchenike buscó a la vecina rubia y simplificó:
—Dígales. Nada de esto quedará en el sumario. Sólo un par de preguntas.
—¿Adónde los va a llevar?
Etchenike levantó las cejas:
—Señora, no me obligue… —Y volviendo a los pibes—. Vamos a la plaza, ahí enfrente.
Los metió en el ascensor y dejó al resto con el médico recién llegado.
Violeta y Santiago no sumaban treinta y cinco entre los dos. Etchenike supo casi sin querer que habían crecido juntos en el barrio nuevo, que los habían hamacado paralelos en esa plaza con árboles petisos y flacos como ellos, que habían ido a la misma escuela cercana y que así como habían compartido el banco de madera en primaria ahora se enfriaban el culo y el ardor adolescente en los bancos de la misma plaza, en la incómoda nocturna escalera confidencial.
Ella miraba fijo con ojos negros bajo el filo de un flequillo despeluchado, vivía en el séptimo B pero también era fija que se iría del piso y del barrio cuando pudiera; él padecía con mirada tranquila y gris a su madre separada y resentida en el sexto H, tal vez entrara al conservatorio nacional, tal vez sólo la seguiría cuando ella se piantara. Eso lo supuso, lo inventó el veterano mientras los escuchaba.
Porque por el momento no tenía mucho más que lo que decantaba: su domicilio y rebelde parada casi casi permanente era la escalera. Horas de interminable murmullo e intimidad más o menos vigilada.
—Mi vieja no me deja salir —explicó ella—. Nos quedamos acá.
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—Hasta cualquier hora —propuso Etchenike.
—Sentados ahí, nadie te ve ni te jode.
Santiago sonrió.
—¿Qué se acuerdan del jueves a la noche?
Se miraron. Habló ella:
—Llegaron Aída con el hermano. Eran más cerca de las dos. Venían discutiendo. Ella gritaba, como siempre, y él la quería hacer callar. Entraron y siguieron discutiendo adentro.
—¿Qué decían?
—No se entendía, ella lloraba a los gritos y lo puteaba.
—Alguna vez él le ha pegado cuando se pone insoportable, pero en general no se llevan mal —se cruzó Santiago—. Él viene poco pero ella no hace sino hablar maravillas del hermano. Es su héroe. Nunca los había oído discutir tan fuerte. Estaba muy sacada.
—¿Hablaron o mencionaron al padre?
Se miraron.
—¿Quién es el padre?
—No importa. Sigan.
Las jóvenes contaron que los hermanos continuaron discutiendo y peleando en la larga madrugada, incluso con ruido de muebles corridos, hasta que se hizo silencio. Y al rato el hermano se fue.
—¿Cómo estaba?
Se miraron.
—No sé, nos encondimos, no quisimos que nos viera. Eran como las tres.
—¿Y después?
—Al rato, cuando estaba todo tranquilo, llegó éste.
—¿Les extrañó?
—No. Si viene siempre. Es un asqueroso ese tipo. Rosales, creo que se llama.
—Es el macho de ella, tiene llave.
—Viene un par de veces por semana. Usa la escalera para no hacer ruido.
—A cualquier hora. Como está al pedo… —¿El hermano sabe? —se animó Etchenike.
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—Todo el mundo lo sabe pero creo que él no. Si se entera por ahí lo mata.
—Y entonces…
—No volvió a salir mientras estuvimos.
—¿Hasta qué hora?
Se miraron. Habló Violeta, una vez más:
—Mi vieja salió al pasillo y dijo —la imitó—: ¡Son las cinco de la mañana, Violeta…!
—No eran —se cruzó Santiago.
—Y me tuve que volver a casa.
—¿Y Rosales todavía estaba ahí?
Asintieron.
—¿Nos podemos ir?
—Claro. Muchas gracias.
Etchenike miró a su alrededor, la plaza, el edificio del otro lado de la calle, la gente asomada. Los pibes se pusieron de pie.
—No hablen con nadie de esto; no vieron nada el jueves a la noche — les dijo lentamente—. Yo tampoco voy a hablar ni escribir nada en el informe. Si les preguntan cuenten que me dijeron lo que todos saben: que Rosales la visitaba a Aída. Sólo eso. ¿Entendieron?
Pareció que sí. Igual se lo repitió, dos veces más. Pero estaban apurados, demasiado apurados. Etchenike los acompañó con la mirada. Volvieron casi corriendo y entraron al edificio junto con los enfermeros de la ambulancia del Argerich.
Entonces pensó que tal vez se había equivocado. Lo siguió pensando mientras caminaba rápido por donde había venido. Cuando se sentó en el Plymouth ya tenía la certeza de que era un imbécil.
Y no era una conclusión nueva ni apresurada.
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Un guiso
No bien salió del ascensor sintió el olor del guiso. Aunque no hubiera sabido por transitada rutina que la puerta era el 6° F, las lentejas lo hubieran guiado. Golpeó y salió Marcelo con la camiseta de Peñarol.
—¡Hola!
Las gruesas franjas verticales negras y amarillas oro eran mucho más dominantes que las amables tiras, delgadas y coloridas, de Chacarita, su camiseta habitual. Además, le quedaba grande.
—Te queda perfecta —dijo el abuelo.
—Mamá dice que papá no sabe calcular porque no me ve nunca. —Los uruguayos no tienen talles chicos —inventó el abuelo mientras
entraban—. El que se la pone debe crecer fuerte y ancho hasta llenarla bien. Así que ya sabés…
—El guiso se enfría. —Se oyó desde el comedor.
El Negro Sayago estaba instalado como un dueño de casa en el lado largo de la mesa ovalada, dispuesta para la ocasión. Tenía la servilleta puesta y el vaso de vino a medio vaciar. Al veterano le gustó verlo sonreír.
—¿Trajiste eso?
Sayago señaló con un gesto el portafolios apoyado en el respaldo de un sillón.
—Grande… Yo traje el helado. —Y le dio el balde de telgopor a su nieto—. ¿Tony?
Alicia entró desde la cocina con la olla:
—¿A qué hora le dijiste?
Etchenike besó a su hija, levantó la tapa de aluminio, aprobó con los ojos cerrados y recién contestó:
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—Cuando terminara el trabajo. Estaba en Chacarita. Hablábamos pero se cortó.
Cruzaron miradas con Sayago pero Alicia fue más rápida:
—Sentate, papá. Si vinieron a conversar de sus cosas, esperen el postre.
Mandó a Marcelo a lavarse las manos y dijo con furia mal contenida:
—Llamó recién y habló sólo con él. —Sayago puso cara de póquer—. Ni me dijo ni quiero saber en qué andan. —Bajó la voz—: Es una vergüenza. ¿Se creen que Marcelo no se da cuenta de los revólveres?
Instintivamente los dos penosos hombres duros palparon bajo el saco, tantearon la cintura. Mientras ellos conferenciaban brevemente en voz baja Alicia estuvo a punto de decir algo irreparable, pero justo el nene volvía y todos se pusieron ruidosamente a comer.
—No esperemos al Gallego —dijo Etchenike—. Además, el guiso recalentado es más rico.
A partir de ahí, transitaron la conversación con el cuidado extremo del que camina por una vereda resbalosa por la que pasaron además un par de perros cagadores. Pero las lentejas estaban tan ricas que durante el siguiente cuarto de hora no les costó nada mantener la atención y la dedicación exclusivamente en los platos.
—A Marcelo no le gusta la panceta —informó la cocinera.
—Dámela a mí —dijo el abuelo sin pudor.
—El secreto de este guiso es no pasarse con las papas —dijo Sayago como si realmente supiera—. Se aberreta… No es su caso, Alicia —se disculpó—. Está perfecto.
—Gracias.
Lo único que interrumpía el discurrir sobre la comida era la tácita atención que durante los vacíos del diálogo prestaban, cada uno por su lado, a los sonidos que llegaban desde el pasillo, subían desde la calle.
—¿Sabías Marcelo que él fue boxeador? —intercaló el veterano a la altura del queso y dulce, en una pausa de masticación.
—¿Con guantes y todo?
—Contale, Negro. Y mostrale lo que tenés.
El veterano dejó la servilleta junto al plato, y mientras se paraba con cuidado y sin apuro dijo al pasar:
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—Voy al baño.
Alicia recogió algunos platos y lo siguió.
Etchenike manoteó al pasar el portafolios y fue a la cocina con su hija detrás.
—Cerrá la puerta, por favor.
—¿Qué hay ahí?
—No sé, vamos a ver. —La miró con serena paciencia—. No tengas miedo, nada que pueda estallar.
Etchenike abrió el portafolios y sacó dos cajas chicas de cartón rígido, rectangulares y chatas. La tapa estaba sujeta con bandas de goma gruesas. Las agitó:
—Son rollos de película, creo.
Abrió una que decía en la tapa La noche de la nevada, escrito hacía mucho y con lápiz.
—Súper ocho —dijo ella sin dudar.
—¿Qué?
—Hay una pila acá. De Marcelo, cuando filmaba. Estás vos, estamos todos.
—¿Hay cómo verlas?
—Está el proyector, creo. Si no se lo llevó. Si no tiré todo a la mierda…
Etchenike miró a su hija como si no la conociera.
—Seguro que está —dijo Alicia disculpándose de quién sabe qué.
La otra caja era igual pero menos baqueteada, más nueva. Sólo tenía una G grande dibujada con marcador en la tapa. Etchenike se metió una en cada bolsillo.
—¿Dónde está el proyector?
—Si está, en la baulera del cuarto del fondo.
Padre e hija se miraron. Ella meneó la cabeza. Él le puso la mano en la mejilla, dio tres golpecitos.
—¡Mirá, mamá! —interrumpió Marcelo.
Sonreía con la cara radiante y la boca abierta. Sayago lo acompañaba en un segundo plano, expectante.
—¿Qué tenés en la boca?
—Me lo prestó él.
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El protector bucal le abultaba los labios.
—¡Qué asco! ¡Sacate eso!
El Negro no llegó a explicar que lo habían lavado con soda. Hubiera sido peor.
Ni siquiera hubo negociación. El protector volvió al bolsillo trasero del pantalón de Sayago, envuelto en el pañuelo. En el otro iba la cachiporra.
Etchenike aprovechó para encarar para el cuarto del fondo y subirse a una silla.
—¿Qué vas a hacer, abuelo?
—Vamos a tener una función de cine.
Junto al aparato enfundado había una caja grande con una decena de películas familiares. Bajó todo. Las cajitas tenían etiquetas. Alicia miró los rótulos y dijo:
—Papá, guardá todo esto, por favor. Ahora no.
Marcelo dijo que quería verlas y volvieron a discutir.
—Otro día.
—Ahora.
Forcejearon y la caja cayó al suelo, las películas se desparramaron por el piso. Alicia estaba a punto de llorar.
—Ufff… Miren qué hay y elijan que yo preparo la sala de proyección —dijo el abuelo como si nada—. Comemos el helado mirando películas. Traigan las sillas.
Los echó como un acomodador de cine de barrio y cerró la puerta.
Dos minutos después la abrió y llamó a su hija. Ella volvió con la caja.
—Qué pasa.
—Ayudame con esto.
El proyector sólo estaba sucio y Alicia recordaba bien cómo cargar la cinta. Tras una leve vacilación el veterano le alcanzó la película de La noche de la nevada.
—No hay pantalla.
—Esa pared alcanza.
Sacaron un afiche de Van Gogh y apagaron la luz.
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Era en blanco y negro y con un sonido tanguero y vacilante. Una calle de barrio de noche y tres hombres tomados de lejos que caminaban hacia cámara por la vereda. La cámara subía al cielo oscuro y ahí estaba el título: La noche de la nevada. Y enseguida: Escrita y dirigida por Aldo y Franco Parga, adaptación de la historieta El Eternauta, de H. G. Oesterheld y Francisco Solano López. Etchenike trataba de retener los nombres.
La cámara bajaba y retomaba de más cerca y de frente a los tres personajes que conversaban entre sí y se detenía en cada uno para dar oportunidad de mencionar el reparto: el más corpulento, de pelo negro, con anteojos: Favalli, Pablo Pereyra; el más menudo, viejo o visiblemente avejentado y pelo blanco: Polski, Carlos Vogt; el tercero, de mediana edad y aspecto formal: Lucas, Jorge Mora. Los tres amigos llegaban ante un chalet y allí los recibía amistosamente un joven alto y rubio, dueño de casa treintañero: Juan Salvo, Daniel Haupt. La conversación convencional los acompañaba mientras subían la escalera y ahí aparecía el resto de la familia del anfitrión: su linda compañera de pelo claro: Helena, Elsa Sánchez, y su pequeña hija.
Etchenike detuvo por un momento la proyección y tomó notas en su libreta negra, aunque no retuvo todos los nombres.
Cuando retomó, la cámara se quedaba un momento afuera para mostrar una panorámica del chalet y la ventana iluminada en la noche mientras la voz en off del dueño de casa acompañaba los preparativos de la partida de truco. Después, los planos cortos ya sentados alrededor de la mesa, las conversaciones, bromas, la radio encendida en un programa de jazz que se interrumpía para un boletín que daba noticias alarmantes con respecto a ciertos extraños fenómenos atmosféricos producto, probablemente, de los experimentos nucleares en el Pacífico Sur. Todo es camaradería hasta que se corta la luz de pronto, se hace un silencio sepulcral y los jugadores ven, al mirar por la ventana, que el apagón es absoluto, pero que hay sin embargo una difusa claridad: ha empezado a nevar sobre Buenos Aires. Aunque no es una nevada común sino de copos fosforescentes. La música se enrarece en acordes bajos. Cuando alguien va a abrir la ventana otro lo impide porque algo pasa afuera. Esos copos matan todo lo que tocan… La música sube en agudos. Juan Salvo sale corriendo escaleras arriba y la
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subjetiva lo acompaña hasta el dormitorio; abre la puerta y la luna ilumina el sueño de su mujer y de su hija a través de la ventana… que está cerrada.
—Yo eso lo leí en la historieta —dijo Alicia—. Me acuerdo cómo sigue.
Etchenike paró el proyector y encendió la luz.
—Vamos con la otra.
La cinta que estaba en la cajita con el rótulo G tardó en iluminarse. A diferencia del otro rollo, no era una película argumental, tenía todas las características de una filmación casera. La cinta giró en el vacío de imágenes durante unos momentos con un fondo indefinido y el único sonido de la cámara al rodar mientras abajo, a la izquierda, el videograf indicaba una fecha, 25/12/78, y a la derecha corría el tiempo de proyección. Cuando la cuenta llegó a los 15 segundos, hubo un corte y el sonido del ambiente fue apenas anterior a la aparición de las vagas imágenes con algo de siniestro.
De pronto sonó un timbre.
Alicia dio un grito ahogado.
—Tranquila, debe ser el Gallego —dijo Etchenike y apagó el proyector.
Encendieron la luz. Ella salió y fue hasta el portero eléctrico, pero llegó tarde. Ya había atendido Marcelo.
—Es Tony, para el abuelo —informó.
—¡No abran! ¡No bajen! —gritó Etchenike desde lejos.
Quedaron los tres en suspenso. Después de un momento, el portero volvió a sonar.
—¡No atiendan! —gritó otra vez el veterano—. Ya bajamos.
Tardó en aparecer. Al volver traía el portafolios en la mano y se lo entregó a Sayago. Les dio un beso a su hija y a su nieto.
—Lo siento mucho. Postergamos la función para la semana que viene. —¿Qué pasa?
—Nada, hija. Muy rico todo.
La apretó contra su corazón y algo le susurró al oído antes de salir, mientras volvía a sonar el portero.
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Sarmiento en llamas, una farsa
Mientras caminaban hacia la puerta de calle por el pasillo de entrada al edificio, Etchenike trató de adivinar si Tony estaba solo.
Lo vio a través del cristal de la puerta, inquieto, casi saltando en el lugar. Había dejado el bidón de aceite en el suelo y miraba hacia adentro, volvía la cabeza para ambos lados de la vereda. Apurado sí, asustado no.
Le abrieron.
—Me estoy meando —dijo.
—¿Te siguieron?
—No sé. Creo que no. Me meo.
En la entrada del edificio había un par de macetas con plantas.
—Hacé ahí, yo te cubro.
—No.
—No vamos a subir. —El veterano se volvió a Sayago—: Negro, abrí la puerta del ascensor. Que no baje nadie.
Mientras Tony se perfilaba para evacuar sobre la tierra reseca de un falso gomero de plástico Etchenike se asomó.
Todos los negocios estaban abiertos todavía pero poca gente circulaba en el mediodía del sábado. El Plymouth estaba enfrente, donde lo había dejado, pero se le habían acoplado un par de coches más —con los paragolpes casi pegados a los del suyo— que lo obligarían a maniobrar largamente antes de partir. El de atrás era un alevoso Falcon verde, acaso el mismo que habían despistado un par de horas atrás en Avenida de Mayo.
Etchenike dejó pasar un par de minutos. Tony terminó con lo suyo justo cuando una vecina entró con la bolsa de la compra sin saludar a los sospechosos y un señor mayor bajaba protestando por la escalera con sus
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dos perros mientras Sayago cerraba la puerta del ascensor, solidario con sus quejas.
El veterano reunió a su tropa.
—Salimos juntos. No es seguro, pero tal vez nos están esperando. Yo cruzo al auto y me quedo ahí; ustedes salen rápido pero sin exagerar, uno para cada lado. No se preocupen por mí ni por el otro. Cada uno en lo suyo. Den la vuelta manzana. Pero si los interceptan, corran. Vos, Negro, ya sabés: lo que te dije. Si hay que dispersarse, no vuelvan a la oficina. Yo los busco.
Asintieron.
Etchenike abrió la puerta, sus compañeros partieron y él cruzó la calle sin volverse ni mirar atrás. Subió al Plymouth con relajada naturalidad, y al colocar la llave para ponerlo en marcha vio a dos desconocidos salidos de la nada que se arrimaban, uno de cada lado.
—Bajate y vení —dijo amablemente el que estaba en la vereda.
El acosador callejero no dijo nada pero le metió el revólver por la ventanilla con la intención de hacerle un tercer agujero en la nariz.
—Sacame eso —dijo Etchenike como quien espanta mosquitos.
—Bajá, te digo —insistieron del otro lado.
Como respuesta, el veterano puso primera, aceleró, y con un golpazo del alto y clásico paragolpes del Plymouth le arrugó el baúl al de adelante.
El inaudible conductor del chocado se volvió, y al veterano no le sorprendió reconocer al que lo puteaba.
Se bajó, dejó el motor ronroneando en punto muerto y caminó hasta el damnificado.
—Avanzá y dejame ir, Colorado.
—Me rompiste el baúl…
Etchenike abrió los brazos.
—¡Cuidado, estúpido!
La advertencia del inspector Macías llegó tarde. El auto que avanzaba rápido por el medio de la calle con la puerta trasera abierta no se detuvo pero dejó caer, como quien tira lastre por la borda, un cuerpo grande. El Negro Sayago rodó hasta golpear contra Etchenike y quedó ahí. Todavía aferraba el portafolios abierto y vacío.
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El veterano se inclinó sobre él. Sayago abrió los ojos, sólo estaba golpeado.
—Era Medina —dijo Etchenike.
El Negro parpadeó, meneó la cabeza:
—No lo conozco. —Se sentó en el suelo; empezaba a juntarse gente—. Pero te hice caso…
—Hiciste bien.
—¡Circulen! ¡Circulen! —Macías arreaba a los curiosos.
En medio del tumulto, después de un momento, Etchenike advirtió que el coche del inspector, sin Macías, había partido detrás del otro.
—¿Vinieron juntos? A Medina lo trajiste vos…
El Colorado no contestó, siguió despejando el lugar, iba y volvía.
Sayago se había quedado sentado en el suelo, apoyado en un árbol. Tenía marcas de los golpes en la cara, la mano con los nudillos pelados. Etchenike recogió el portafolios tirado y le acarició la cabeza como a un niño.
—Te resististe demasiado.
El Negro levantó las cejas.
Etchenike encendió un cigarrillo y lo convidó.
—Date por satisfecho —dijo Macías, que volvía—. Ahora ya está, te salió barato, Julio.
Le sacó un cigarrillo y por un momento fumaron los tres.
—Es la segunda y última vez que te salvo a uno de tus ayudantes — sentenció—, si todavía seguís dándoles laburo a este par de inútiles. Y ahí está el otro…
Tony García había completado su vuelta a la manzana y estaba en la vereda de enfrente con el bidón de aceite de girasol que nunca había soltado. Miraba hacia ellos a través de la calle. De pronto algo lo distrajo o sorprendió a su derecha y se puso alerta.
Etchenike miró en esa dirección y sacó el revólver.
—¡Metete adentro! —gritó.
Hubo un disparo y Tony se fue para atrás.
El veterano corrió cruzando la calle en diagonal y alcanzó a ver cómo un hombre con la cabeza vendada y un arma en la mano avanzaba con paso vacilante entre la gente que corría, chillaba, se tiraba al suelo.
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—¡Quieto ahí! —le gritó.
El otro se volvió buscándolo para disparar pero Etchenike se afirmó en el capot de un coche estacionado y gatilló dos veces apuntando bajo.
Un tiro se perdió entre los cajones apoyados en la vereda de una verdulería pero el otro le dio en la rodilla y lo derribó.
—¡Agarralo, Colorado!
El tipo trataba de volver a pararse cuando Macías y otro se abrieron camino corriendo entre la gente despavorida y se le tiraron encima hasta sujetarlo.
Hubo gritos y aplausos incluso.
Etchenike vio que el Gallego estaba sentado en el umbral; sólo se había tropezado al echarse para atrás, no tenía nada. Volvió junto a Sayago.
—Andá con él —le dijo apurado—. Suban a lo de Alicia y me esperan ahí. Deben haber oído los tiros. Tranquilizala, que ya voy.
Lo levantó, le sacó el polvo del traje, cerró el portafolios y se lo alcanzó.
—Tomá.
El Negro no entendía nada.
—Decile a Marcelo que te pelaste los nudillos de las trompadas que le diste al que te lo quiso arrebatar… —Y ahí lo empujó—: Andate antes de que el Colorado se ponga cargoso. ¡Volá!
Pero el inspector Macías tenía en qué entretenerse. Una vez que metieron al agresor en uno de los tres patrulleros que habían llegado ruidosos para cortar la calle y retener testigos, repartió órdenes y tareas. La primera, averiguar quién era ese tipo y cómo había podido llegar hasta ahí en ese estado.
—Yo te cuento —dijo Etchenike sin que se lo preguntara.
—Seguro —concedió el Colorado con ironía resignada.
Se sentaron en una mesa del fondo del café de Junín y Sarmiento. Como no había almorzado, Macías pidió y masticó un sándwich de milanesa mientras el veterano —con una Quilmes Cristal mediante— le garantizaba que el indemne Gallego y el machucado Sayago estaban a
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inmediata disposición de declarar lo que se les dictara, y que la captura del impulsivo custodio del capitán retirado Daniel Perlado le permitiría apuntarse a él, Macías —más allá del acto de justicia—, un inusitado poroto.
—Este tipo se llama Rosales y es probablemente el que tiró por el balcón a la loca, ya muerta, ayer al mediodía —sintetizó Etchenike—. Te dije que no los largaras. Probablemente la mató el hermano a la madrugada y este psicópata plantó la escena del suicidio horas después. Tengo testigos. Hay que encontrar la red de protección que había y sacaron.
El otro frunció el entrecejo.
—Pero tenés más de la mitad del trabajo hecho —lo alivió el veterano
—. Aprovechá que con la biaba que le di quedó medio turulato y razona peor que lo habitual. Debe haberse rajado del Argerich así, como estaba. ¿Andaban en el Fairlane?
—No sé. Hay que ver…
Mientras el veterano resumía sus investigaciones del mediodía con el detalle del doble golpe de taco pero sin mencionar la colaboración del cabo Ledesma, Macías vacilaba entre la admiración y las ganas de matarlo. No le dejaba opción.
—La dieron por muerta al no ponerla en el aviso fúnebre del padre antes de que apareciera el cadáver… Eso es lo que el Gallego investigó — insistió Etchenike—. Estos hijos de puta están tan acostumbrados a la impunidad que son muy desprolijos. Ordená la autopsia de la flaca y vas a ver que los tiempos no dan.
Macías asintió a su pesar:
—Llegado el caso, veré… No sé si vale la pena.
Etchenike se empinó el resto de la cerveza. Se echó para atrás, resopló. —Hoy nos usaste de carnada al voleo, sin saber qué querías pescar.
El Colorado ni siquiera levantó la mirada, concentrado en masticar. —No es tan así. La verdad, esperaba que antes que les pasara algo a
ustedes se mataran entre ellos. Pero no se cruzaron. —No te creo y no es justo.
—Te avisé hoy cuando me llamaste a casa, temprano. —¿Qué negociaste con Medina?
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Macías hizo un pausado gesto de desaliento:
—Nada que te interese o te sirva, y agradecé. Sólo junté las partes y se llevaron lo que querían sin matar a nadie más.
—¿Y el pibe Facundo?
—Preguntale a la madre. Ella habla con Medina de ese tema.
Etchenike se levantó.
—¿Adónde vas?
—A traerte a Tony y a Sayago. Supongo que los vas a necesitar para declarar sobre lo de hoy. Además el Gallego te puede aportar para lo de la flaca.
Macías ni siquiera contestó, siguió masticando un momento mirando hacia abajo, como si pensara con ese ritmo. De pronto dijo:
—Olvidate. No pasó nada —hizo una pausa para el trago de cerveza
—. Nada de esto de hoy pasó. Estoy harto de todos ustedes. Y vos me tenés los huevos llenos.
Cuando levantó la mirada Etchenike ya no estaba ahí.
El veterano llegó hasta la puerta del bar, pero miró la hora y pareció arrepentirse. Fue al teléfono público y revisó todos sus bolsillos hasta encontrar el papelito.
Discó los ocho números y no tuvo que esperar demasiado.
—Sí —atendió una voz cansada—. ¿Quién es?
—Buenas tardes, Algañaraz. Soy Julio Etchenike. Me dijeron que me llamó esta mañana.
Hubo una breve pausa.
—Ah, Julio… —La voz se animó un poco—. Sí, necesitaba hablar con usted para saber cuándo se iba Hugo. Pero ya tengo el dato.
—¿No se fue todavía?
—No, se quedó por la muerte de Opi, un garrón… —Ahí volvió a vacilar—. Justo lo voy a ver ahora al Bauen. ¿Quiere venir?
El veterano dijo que no podía pero que de todos modos quería verlo a él, porque tenía algo que consultarle.
—¿Qué quiere saber?
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—Encontré de casualidad un cortometraje medio amateur sobre El Eternauta: La noche de la nevada.
—Nunca lo vi. ¿En dibujo animado?
—No, con actores que no parecen profesionales, por eso… —¿Es nuevo? ¿Quién lo hizo?
—Tiene sus años. Lo hicieron unos mellizos… Algañaraz hizo silencio y de pronto se encendió: —¿Mellizos?… ¡Los Parga! —¿Los conoce?
—¡Uff…! Unos verdaderos personajes, literalmente…
—Quiero que me cuente lo que sepa de ellos… ¿Puede ser?
—Me interesa, claro.
Se acababa la llamada.
—Véngase a charlar esta tarde, si puede. Estoy cerca del Bauen.
Y le dio la dirección de Alicia.
—Nos vemos en una hora —dijo Algañaraz.
Etchenike colgó y volvió a discar enseguida.
El teléfono de su hija daba ocupado. Esperó un minuto sin soltar el tubo mientras comprobaba que Macías ya se había ido y volvió a intentar. Seguía ocupado. La mujer que hacía cola detrás de él no parecía dispuesta a esperar mucho más. Hizo un gesto de fastidio y el veterano amagó ahorcarla con el cable. La mujer dio un grito. Él intentó una vez más sin resultado y luego le entregó el tubo con una leve reverencia:
—Señora…
Salió a la calle para comprobar que no quedaban rastros de lo sucedido. Ni un patrullero cortando la calle, ni un Falcon, ni un policía de custodia ni menos una vistosa cinta perimetral, nada indicaba que allí había habido un tiroteo. En ese momento vio pasar lentamente el Fairlane, que dobló por Junín. Iban tres arriba que no reconoció. Se asomó a la esquina y lo siguió con la mirada hasta verlo doblar de nuevo en Perón. Parecía patrullar la manzana, y esperó en mitad de cuadra para comprobarlo. A los pocos minutos volvió a aparecer, más despacio aún. Pero ahora venía uno solo al volante. Faltaban los otros dos. Uno podía ser el gordo que acababa de instalarse en la puerta de Alicia. El tercero debía ser el portador de la fría navaja que le apoyaron en la yugular.
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Cruzaron la calle en tándem y en silencio. Ambigua pareja casi encimada. La pesada mano izquierda del agresor en el hombro de Etchenike, la derecha con la navaja hurgándole las costillas por debajo del saco. El veterano relojeaba de reojo y se dejaba llevar. Recordó el relato de Paula apretada contra la pared en la habitación del Güemes por un petiso de brazos largos. Era este hijo de puta.
Llegaron frente a la puerta.
—Abrí —dijo el gordo que estaba ahí, revólver solapado.
—No tengo llave —mintió Etchenike.
El petiso de la navaja le manoteó de zurda los bolsillos traseros sin dejar de incidir diestramente con la punta de acero un poco más abajo, en el hígado tal vez.
Etchenike se revolvió, mañereaba, le daba risa.
—¡Quieto!
Lo trataban como a un perro.
Finalmente el petiso le arrancó el llavero y de un tajo preciso le cortó el cinturón, le hizo caer los pantalones un sábado a la tarde en la calle y en pleno centro.
El veterano se sujetó como pudo mientras el gordo probaba y puteaba con el manojo de llaves, y ya había actividad expectante, alarma en el pasillo.
La ambulancia que llegó en ese mismo momento con la sirena incontinente y clavó los frenos en doble fila frente al domicilio de la trifulca vino a contribuir a la confusión general.
Bajaron dos veloces enfermeros por la batiente puerta trasera que dejaron abierta.
—A ver, señores… —dijo una voz que Etchenike reconoció sin volverse, como ya había reconocido el vehículo.
Horacio Fogel, en modo médico expeditivo recién salido del quirófano, dirigía y participaba del operativo que en menos de un minuto redujo a los agresores de Etchenike, los trató como a insanos merecedores de los sendos chalecos de fuerza que los esperaban.
La ambulancia partió, pero sin el médico.
—No te puedo dejar solo, viejo —redundó Horacio—. ¿Sigue haciendo bien las lentejas tu hija?
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El veterano no le contestó. Estaba muy ocupado en abrir la puerta sin que se le cayeran los lienzos.
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Un grotesco tardío
Subieron juntos. En el ascensor, Horacio se sacó el disfraz de facultativo en funciones y el veterano lo previno sobre lo que se encontraría.
—Ya sé lo que pasó —dijo el omnisciente yerno renegado—. Cuando
hace un rato llamé para hablar con vos y no estabas, Alicia me contó todo.
¿Por qué te creés que me mandé así?
—Ah, estaba hablando con vos…
—Qué suerte, ¿no?
Etchenike descubrió que tenía el cupo de ironías al borde de lo que podía soportar.
—Gracias —admitió sin énfasis—. ¿No habrás dejado un cinturón cuando te fuiste?
—No sé. Además, supongo que tiró todo. Atate con un pedazo de cable o con cualquier cosa, como los crotos…
Estaban llegando al piso.
—Me tenés que explicar… —intentó el veterano.
Pero Horacio lo primereó:
—Sería bueno que Alicia y el nene se vayan de acá: no es seguro — dijo al filo del reproche—. Y decíselo vos, que a mí no me va a dar bola. El lunes es feriado por el Día de la Bandera y no tienen clases; que se borren un par de días. Tengo un dos ambientes en Mar del Plata. Estuvimos con Marcelo este verano y lo pasó bien.
—No va a querer.
—Convencela. Vos la cagaste trayendo los quilombos acá.
Llegaban. Ascensor para el cadalso, de Luis Malle, citó mentalmente Etchenike mientras abrían la puerta. Pero la hora, las circunstancias, la puesta en escena y los personajes no ameritaban una banda de sonido de
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Miles Davis. Algo de Puccini, mejor. O un modesto y patético tango discepoliano. Grotesco tardío.
Hubo un aparatoso cruce de efusiones y recelos y enseguida Alicia se llevó a los dos a la cocina. Después de diez minutos, el primero en salir fue el veterano con el cordón del tendedero atado a la cintura, mientras Marcelo lo suplantaba en el conciliábulo familiar.
La tropa estaba, una vez más, desorientada. —¿Qué te pasó con los pantalones? —¿De qué juega Horacio?
Etchenike los tranquilizó con humor, soslayó respecto de su yerno irredento precisiones que no quería o no podía dar, y se ocupó condolido de la mano de Sayago, escuchó los pormenores del relato de Tony, su pesquisa en la funeraria.
—Brillante, Gallego. Con eso más lo que le conté de hoy en Catalinas, Macías tiene todos los elementos, si quiere, para ir contra Perlado.
—Pero no va a querer.
—Pero los tiene —se obstinó Etchenike.
Lo miraban raro.
—Véanlo así: hace una hora estábamos regalados. —Buscó aprobación sin conseguirla del todo—. Salimos en pelotas y acá estamos de vuelta; hicimos encanar a un asesino y zafamos del otro hijo de puta sin entregar las cintas…
El Negro frunció el entrecejo.
—Hice el cambiazo y Medina se llevó cualquier cosa —explicó el veterano con el portafolios en la mano—. Cuando bajamos me las llevé yo para no dejarlas acá, y después te las repuse.
Sacó las dos cajitas como un vendedor de subte.
—Estas son las posta —concluyó triunfal, y se las metió en el bolsillo. Nadie dijo nada. La enormidad de las consecuencias de lo que acababa de admitir Etchenike se posó como una ominosa nube negra sobre sus
cabezas.
—Estoy seguro de que acá está la clave —insistió él. —Van a volver… —dijo Sayago mirándose la mano. —Y no nos podemos quedar acá —dijo Tony—. Tu hija… Etchenike, con poco, marcó la cancha:
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—Alicia se va.
Como en las malas películas, justo se abrió la puerta de la cocina y
Marcelo salió despedido:
—¡Abuelo, nos vamos a Mar del Plata! —festejó.
La exclamación fuera de contexto puso a todos en situación y fue como barajar y dar de nuevo. Una bengala en un velorio.
Alicia y Horacio conservaban la cara de velorio, pero saludablemente nadie pisó la bengala. El Negro Sayago y Tony García no sabían si felicitar o dar el pésame al que correspondiera.
—Vamos —dijo alguien.
La experiencia —o los tantos años transcurridos que la suponían— le otorgaba al veterano la desacreditada prerrogativa de manejar los tiempos. Así, con una soltura que su condición deplorable desmentía, intentó una breve pausa reflexiva:
—No se apuren, tenemos que hablar.
—Después.
—Después de qué.
—Ya veremos. Ahora no.
Nadie le hizo caso. Incluso Alicia y Horacio, que sin mediaciones críticas ni disonancias se tornaron unánimes en la coyuntura, lo apuraron:
—Vamos.
Mientras el desbande se organizaba, Etchenike —padre, abuelo, suegro, amigo, jefe y compañero— intentó ser preciso:
—Ustedes a Mar del Plata es buena idea —le dijo a Alicia—. Pero nosotros no nos podemos bajar así —conminó al resto.
Fue inútil. Se encontró hablando solo hasta que en cinco minutos ya estaban los bolsos listos, el programa de evacuación era una realidad de aplicación inmediata.
—Un momento nada más —insistió—. Esto se comienza a resolver. —Esto termina acá, viejo —lo corrigió Horacio, que de pronto lo sabía
todo—. Dame a mí las cosas que las pongo a salvo. No seas caprichoso.
Era un calificativo antiguo, resentido por el uso.
Hubo un silencio con miradas cruzadas.
Etchenike descubrió sin dolor pero con incómoda certeza que a su alrededor las personas a las que amaba y lo preocupaban lo consideraban
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un pelotudo.
—Dame —insistió Horacio, casi perdonavidas.
El veterano ni siquiera lo miró. Se inclinó para darle un beso a su nieto.
—Vayan nomás —dijo en general—. Ahora tengo que hacer algo que nadie puede hacer por mí. Después me iré yo también.
Saludó al conjunto como si fuera él el que partiera, y se metió en el baño.
Lo llamaron por turno, le golpearon el vidrio esmerilado con los nudillos. No salió, no contestó. Al apretar el botón del inodoro creyó escuchar, durante la descarga, cómo se cerraba la puerta de calle. De todos modos tardó unos minutos más en salir sin saber bien qué esperaba. Cuando finalmente abrió la puerta y se asomó al silencio y al vacío, gritó y lanzó al aire la puteada más larga y elaborada que pudo improvisar sin cambiar el aire.
Desequilibrado como un energúmeno se revolvió por el living como si buscara algo para golpear o embestir hasta que embocó la puerta de calle, la abrió de un tirón y dio un par de pasos por el pasillo buscando qué. Cuando se dio cuenta de que podía quedarse afuera y la puerta se entornaba a sus espaldas, volvió de un salto y entonces, recién ahí, reaccionó. Respiró hondo y la cerró lentamente.
Etchenike tardaría años en aceptar que ese segmento acotado de una tarde de sábado otoñal había sido el punto más alto de su nunca desmentida capacidad de estúpido descontrol.
Necesitaba pensar.
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Las manos en el agua caliente
Al entrar en la cocina para volver a calentar el agua del mate le costó localizar dónde había quedado la pava en medio del desorden, las consecuencias del desbande. Sobre la mesa de fórmica amarilla, en la mesada de imitación granito, en el aparador con las puertas mal cerradas e incluso arriba de las sillas —ocasionales perchas para un delantal verde y dos repasadores a rayas— se acumulaban las cosas: la panera de cáñamo con una flauta empezada y otra entera, el paquete abierto de yerba, la azucarera, dos naranjas y una banana, el envase de telgopor con una cuchara sucia de helado derretido. La pileta estaba llena de vasos, ollas y platos sucios con restos del guiso; una botella de vino tinto empezada y un sifón se enfilaban junto al pesado calefón Orbis blanco adosado a la pared. En el reloj eléctrico colgado de la pared al lado de la heladera Siam —con esa manija que parecía una palanca de cambios de camión— ya eran las tres pasadas, y por la pequeña ventana con cortinas de cretona estampada que daba al contrafrente apenas se insinuaba una pobre claridad.
La pava no estaba ahí. Volvió al living y ahí tampoco; la encontró en la habitación del fondo, en el suelo, junto con el mate abandonado al lado de las sillas donde habían estado sentados con su hija viendo la película. Regresó a la cocina con todo el equipo, cargó la pava de agua y encendió la hornalla con los fósforos de la caja grande de Tres Patitos. Mientras esperaba prendió mecánicamente la radio que estaba sobre la heladera. Transmitían un partido de Primera B desde la cancha de All Boys. Los avisos de negocios barriales ocupaban más espacio que el relato de las incidencias del juego. La dejó encendida y bajito como un rumor impreciso, una confidencia persuasiva que venía de otra parte y de otro tiempo.
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Esperó unos minutos ensimismado que el agua se calentara, pero una vez que estuvo a punto sólo apagó la hornalla y en lugar de ensillar el mate, como si fuera llevado por una serena resolución, dejó el saco en el respaldo de una silla, se arremangó la camisa, se ajustó el delantal verde a la cintura y se puso a lavar los platos.
Procedió ordenadamente. Primero vació la pileta de acero inoxidable, la limpió, puso el tapón y abrió el agua caliente. Mientras se llenaba, derramó el chorro de detergente color limón en la esponja y fue metiendo en el agua espumosa primero los vasos, luego los cubiertos y los platos, y dejó las ollas para el final. La sensación placentera que le producía meter las manos en el agua cálida le recordó una casi críptica expresión que le había oído a su madre ya en sus últimos años, cuando la había llevado a vivir a la vieja casa de Flores, con él y Teresa. Doña Josefa pedía lavar siempre ella los platos porque hacerlo le hacía bien, decía que — literalmente— la emparejaba. Ése era el verbo —y no otro— que usaba: emparejar. Y por eso lo hacía y lo había hecho siempre, al mediodía y a la noche, desde la época de la casa en el pueblo, con la bomba de agua en el patio de tierra y la cocina económica, cosas de las que el ahora veterano y entonces un pibe chico apenas se acordaba.
De pie frente a la pileta y enjuagando prolija y sistemáticamente las últimas ollas con el agua tibia, Etchenike verificó una vez más la sabiduría empírica, la precisión poética de la metáfora materna. Tras las tensiones y el desequilibrio corporal y anímico que provocaba el acto de comer, la ceremonia social compartida no siempre armoniosa, el gesto solitario de meter las manos en el agua cálida operaba como un saludable baño de inmersión a escala, permitía recuperar el equilibrio de las temperaturas del cuerpo, distendía los músculos y liberaba la mente, puesta a divagar, distraída en la tarea mecánica, acaso para poder pensar mejor.
Una vez que distribuyó platos y vasos lavados en el escurridor y alrededores, secó y guardó las ollas. Después metió los restos de comida en la heladera, tiró la basura en el tacho bajo la mesada y ordenó las cosas que iban en el aparador. Finalmente colgó el repasador húmedo en la manija del horno de la cocina y se sacó el delantal, lo dejó en el gancho correspondiente, justo donde empezaba la hilera de los azulejos de color.
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Recién entonces miró el reloj. Eran las tres y veinte pasadas. Hubo una cierta agitación en el rumor de la radio y subió el volumen justo para enterase de que acababa de empatar «el equipo albo de Floresta» sobre el final del primer tiempo. La apagó. Encendió un cigarrillo y se fue de nuevo al baño.
Orinó largo, y tras lavarse las manos estuvo fumando frente al espejo, hasta que tiró el pucho en el inodoro y buscó en el botiquín aspirinas que no encontró. Se sacó la camisa para lavarse la cara, el cuello y las axilas. No se bañó. Sentía que podía usar la toalla de mano pero no el toallón. Cuestión de medida. Una maquinita color rosa con la hoja puesta le sugirió por un momento una idea que pudorosamente desechó. Se dio sin embargo un toque con el desodorante de su hija y salió del baño como de un salón de belleza.
No fue demasiado lejos. Volvió a la cocina, se sirvió un discreto vaso de vino, trajo los tomos de la guía telefónica a la mesa del living y estuvo consultando números y direcciones en las páginas amarillas, tomando notas en la libreta negra durante un rato largo.
Volvió al cuarto del fondo. Estaba montando el proyector cuando sonó el portero eléctrico.
Era Algañaraz.
—Atenti, Etchenike, que no vengo solo… —advirtió.
Por un instante el veterano se sobresaltó.
—Porco poliziotto… —se sumó otra voz inconfundible.
—¡Avanti! —se apareó Etchenike.
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Una G en el aire
Se presentaron con gestos de aparatosa complicidad.
—¿Acá es la función clandestina de Saló, la última de Pasolini? —dijo Pratt mirando para todos lados antes de entrar.
Estaba de buen humor, el sarcasmo era casi un reflejo en él, un rasgo identitario.
—Sí, es acá —dijo Etchenike—. Pasen, todos con el culo en la pared. Algañaraz sonrió; tenía una carpeta bajo el brazo y la serena
expectativa de estar viviendo un momento especial.
—Quiso venir —explicó señalando al dibujante que ya había entrado y recorría curioso el lugar—. Dice que tiene un par de preguntas que hacerle.
El veterano asintió y ofreció algo para beber.
—La casa de mi hija es ideal para instalar una destilería clandestina. Pratt meneó la cabeza. Según dijo, ya había bebido lo suficiente para
asimilar la muerte de Opi, aunque nunca podría beber tanto como para soportar questo paese di merda.
—Te dije que lo iban a matar —concluyó con el dedo en alto.
—No lo mataron.
El dibujante se dejó caer en una silla.
—Eso me lo vas a explicar, poliziotto. En el diario no decía nada, la Malena no me contesta y no se sabe dónde está; pero yo fui, hablé con el portero y vi la puerta reventada. Vos estuviste ahí…
Algañaraz se volvió hacia el veterano: —¿Usted estuvo? —articuló apenas. Etchenike vio su desolación creciente.
—Estuve. Opi tuvo un ataque, en medio de una discusión entre socios que no acabo de entender del todo —dijo mirando fijamente a Pratt—.
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Parecía ser una reunión complementaria de otra que hubo en Haedo, a la que no me invitaron. Tampoco estaba invitado a ésta, pero me mandé de prepo a investigar y lo vi todo. Hubo tiros, algún herido superficial —se arremangó casualmente el pantalón hasta la rodilla sin hacer comentarios —, y al final intervino la policía. Nos llevaron a todos, pero no creo que haya habido detenidos. Va a quedar todo así, en nada.
—¿Quiénes eran?
—¿Los que estaban ahí? —Etchenike se encogió de hombros—. Hugo los conoce mejor que yo. Parientes y allegados. Altísimo porcentaje de hijos de puta, según sus categorías… Todo muy sórdido. Pero no tengo ganas de hablar de eso ahora, mi amigo… Mañana, en el cementerio, se los señalo.
Pratt los miraba con ironía condescendiente.
—¿Me equivoco? —lo consultó Etchenike—. En el porcentaje, digo… El dibujante permaneció sonriente y sin hablar hasta que sacudió la
cabeza como si se sacara algo del pelo.
—¿Qué películas tenés para mostrar? —dijo de pronto mientras revolvía—. Vinimos para eso, ¿no?
Etchenike explicó lo del corto sobre el comienzo de El Eternauta, que ya se disponía a montar en el proyector cuando habían llegado.
—¿Cómo lo consiguió? —quiso saber Algañaraz.
—De casualidad. Estaba entre las películas de súper ocho que dejó el marido de mi hija cuando se separaron. Estábamos viendo películas familiares con mi nieto cuando apareció. No sé cómo llegó acá. No lo vi entero, pero el corto está bien y por ahí ustedes conocen a los que actúan, que no son profesionales.
—¿Lo hicieron los mellizos Parga?
El veterano asintió.
—Y a ésos sí los conozco: Aldo y Franco.
Pratt iba a decir algo pero se calló.
—Hay que ver cuáles son —dijo Algañaraz con genuina curiosidad—. Porque los Parga eran o son toda una familia de mellizos, algo rarísimo, ¿no, Hugo? Dos o tres generaciones… ¿De cuándo es la película?
—No sé, tiene sus años —dijo el veterano—. Vamos a verla.
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Mientras Etchenike acondicionaba el cuarto para proyectar sobre la pared desnuda, Algañaraz le contó la historia de la familia Parga, viejos imprenteros que tenían un taller de fotograbado y trabajaron muchos años para las revistas de Abril primero y para la Editorial Frontera, la de Oesterheld, después. Y él había estado en las dos.
—Como trabajaba en la producción me la pasaba yendo y viniendo del taller de fotograbado, con los fotolitos, los astralones, las pruebas de tapa… Iba y venía.
—Ellos imprimían las revistas.
—No tenían esa capacidad. Hacían una parte del laburo. Era un taller familiar, por Once; después se mudaron a la provincia. Resultaba más barato que otros, pero como laburaban mucho a veces no cumplían y cuando reclamabas se cubrían… «Yo no sé, usted habló con mi hermano o con mi tío» —Algañaraz se reía—. Y eran todos iguales. Por lo menos había dos pares de pares… Nunca sabías con quién estabas tratando.
—No sabía esa parte —dijo Pratt, divertido.
—Terribles —completó Algañaraz—. Oesterheld se vengó en joda de ellos y los convirtió en extraterrestres en una historieta de ciencia ficción.
El veterano había puesto en marcha el proyector y apagado la luz. —¿En ésta?
—No, en El Eternauta no. En una anterior, también dibujada por Solano, muy linda. Era la época de Frondizi y el cielo de Buenos Aires estaba lleno de platos voladores. El protagonista es Rolo, el marciano adoptivo, un maestro de escuela que es presidente de un club de barrio porteño y lucha junto con la barra de sus amigos del club contra los invasores, que vuelan en los platos y usan lanzarrayos… A los extraterrestres Oesterheld les puso Los Pargas, porque eran todos iguales. Y los hacían desaparecer a piñas…
—Como en la serie Los invasores…
—Claro. Viene de ahí.
Con las primeras imágenes de La noche de la nevada y los nombres del reparto, aparecieron los comentarios.
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—¡Son todos compañeros tuyos, Hugo! —exclamó Algañaraz—. Faltás vos…
—Yo ya me había vuelto a Italia cuando hicieron esto. Debe ser de fines de los sesenta, hace más de diez años.
—El Indio está muy bien como Favalli y Carlitos, caracterizado, como el viejito Polski…
Etchenike preguntaba quiénes eran.
El Indio era Pablo Pereyra, el diseñador histórico de las revistas de Frontera, y Carlos Vogt un dibujante de cowboys muy bueno. Coincidieron en que Daniel Haupt, que tenía su pinta, hacía un buen Juan Salvo, pero de madera.
—Cuando dibujaba también —dijo Pratt como si nada.
El encuadre, el montaje y los diálogos, que copiaban puntualmente a la historieta, estaban bien. Y los comentarios elogiosos siguieron durante la escena del truco hasta que se corta la luz, se hace silencio y descubren la nevada mortal tras la ventana. En cambio, la dramática secuencia de Juan corriendo hacia el piso superior los dejó mudos.
—Uff —dijo Hugo cuando aparecieron la mujer y la hija de Juan Salvo
—. Elsa y una de las nenas… Tiene que ser la más chica. —¿Qué pasa? —dijo el veterano.
—Mejor apagá —dijo Pratt. —¿Qué pasa?
—Cortala, te dije.
El veterano detuvo la proyección. La imagen que quedó fijada era la de la hija de Juan Salvo durmiendo plácidamente en su cama.
—¡Ma fanculo, Etchenike! —insistió Pratt—. Sacá eso.
Cuando Etchenike apagó el proyector y encendió la luz del cuarto, Pratt estaba de pie y ya no sonreía. A Algañaraz le brillaban los ojos, acaso lagrimeaba. Pasaron unos segundos, sólo se oían las respiraciones.
—Me voy, poliziotto, disculpame —dijo el dibujante con serenidad forzada—. Si conseguís la de Pasolini o una de Totó, acaso torne súbito.
Algañaraz pareció dispuesto a acompañarlo pero el dibujante lo disuadió.
—No, quedate y terminen de verla. Y explicale lo que pasa, si no no va a entender nada. Yo no tengo ni ganas ni estómago.
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—Trataré. Y gracias por las firmas, Hugo —dijo Algañaraz apoyando la mano en la carpeta—. De todos modos nos vemos mañana.
—Ecco.
Pratt dijo que prefería bajar solo y caminó hacia la puerta. Cuando tenía el picaporte en la mano, se volvió hacia Etchenike y, sin que Algañaraz lo advirtiera, mirándolo a los ojos dibujó, lenta y firmemente, una G en el aire. Después hizo el gesto enfático, casi amenazante, de boca cerrada, y salió.
El veterano quedó parpadeando.
—Terminemos de verla y después le cuento —dijo Algañaraz—. Lo de la nena es…
Y no pudo seguir.
—Hago un mate —dijo Etchenike para no preguntar.
Durante un rato largo los dos hombres grandes, tristes y callados quedaron abstraídos en la penumbra, mirando fantasmales imágenes en blanco y negro imaginadas veinte años atrás, caras de hombres comunes y conocidos, metidos en una situación excepcional.
La historia del grupo aislado en la casa por la nevada mortal estaba muy bien contada. La salida desesperada de Polski a la intemperie y su muerte en el jardín, frente a la ventana, a la vista de sus amigos; la sorpresa fatal de los Ordóñez, los vecinos de enfrente, al abrir el balcón; las discusiones; la larga secuencia de la fabricación artesanal del traje aislante, el sorteo entre los varones y la primera temerosa salida de Juan y el hallazgo de Pablo, el pibe de la ferretería sobreviviente; las sospechas mutuas, el asesinato del pusilánime Lucas para robarle el traje, la desesperación de los otros sobrevivientes, la «ley de la selva» que regresa; las dudas sobre la naturaleza de la catástrofe natural o inducida y el diagnóstico negativo del sombrío personaje de Favalli.
La película terminaba de un modo a la vez abrupto y circular: cuando el diezmado grupo sobreviviente se disponía a prepararse para un largo viaje huyendo de la situación de encierro y acoso, le golpeaban a la puerta. Las fuerzas de la resistencia organizada contra el invasor aún poco conocido los venían a buscar en leva forzosa. La última imagen volvía a la
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situación inicial de los amigos en la vereda. Pero los que ahora salían de la casa estaban vestidos de soldados dispuestos a combatir. Las mujeres —la familia— los miraban partir desde la ventana. La cámara subía hacia un cielo claro sobre el que se recortaba la palabra FIN.
Etchenike se levantó y encendió la luz.
—¿Qué le pareció?
—Es muy buena, gracias —dijo Algañaraz ya con otro ánimo—. Volví a encontrarme con gente que hace mucho no veía. Impresionante.
—Y es rara —dijo Etchenike—. Porque no es una película con pretensión comercial pero tampoco algo familiar. Estos Parga…
—Pretendían hacer cine en serio —completó el otro.
—Eso, parece un ejercicio, un corto de alguien que estudia cine.
—Tal cual.
Algañaraz suspiró y él también se levantó, no sin cierta dificultad:
—¿Conocía la historieta?
—No que yo me acuerde —trató de ser preciso Etchenike—. Pero mi hija dice que ella la leyó. No sé dónde, porque las chicas leían otras cosas de nenas. Tal vez los primos…
—Los pibes leían muchas historietas en esa época y El Eternauta fue muy famosa. Esto es el comienzo, a partir de acá empieza la lucha contra los invasores. Es larguísima. En su momento duró como dos años, de a cuatro o cinco páginas por semana. Contaba Solano López que los pibes que sabían que él era el dibujante iban a la casa a preguntarle cómo seguía, a verlo trabajar en el tablero. Cosa de locos.
—¿Tan buena era?
—Tiene que leerla. Vaya a algún kiosco grande de Corrientes o a una librería y cómprela. Hay una edición en un solo tomo, ahora que la reeditaron después de veinte años, gorda así… Se la lee en una noche.
—¿Cómo termina?
—Mal.
—Entonces, mejor no.
Etchenike guardó la película en su caja y buscó por un momento algo a su alrededor, sin resultado aparente. Incluso miró en el suelo, debajo de las sillas. Después tapó el proyector y dijo:
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—Me prometió una historia. —Y al momento se arrepintió—. Pero si no quiere…
Algañaraz meneó la cabeza, suspiró.
—Esta es peor, porque no es inventada.
Volvieron al living y el veterano ensilló un mate nuevo mientras hacía tiempo, miraba alrededor y buscaba algo distinto del vino para beber en aparadores ajenos.
—Es una historia terrible —dijo Algañaraz como si hablara solo—. Oesterheld, el guionista de El Eternauta y de las historietas de Hugo de esa época, está desaparecido
—¿Seguro? —dijo estúpidamente Etchenike—. Me confundieron con él el otro día.
Y le contó la escena de La Academia con Pratt y el muchacho que le había llevado el libro para firmar.
—No se parece, Julio. —Algañaraz meneó la cabeza—. ¿Y Hugo qué dijo?
—Hizo un chiste, ironizó con eso.
—Es su manera.
El veterano asintió.
—Ahora entiendo por qué me dijo que mejor no supiera… Lo suyo es el humor negro. —Cambió de tono—: ¿A Oesterheld lo secuestraron?
Algañaraz tomó aliento y lo retuvo como si fuera a sumergirse.
—Sí, hace un par de años o más, poco después del golpe —dijo de un tirón—. En La Plata, dicen, y nunca más se supo. —Hizo una pausa—. Y a algunas de sus hijas también las mataron o desaparecieron.
—¿La nena que aparece en la película?
—Puede ser una. Ahora tendrá veinte años; pero no sé cuáles, porque son varias chicas: con Elsa, que es la mujer de Juan Salvo en el corto que vimos, tuvieron tres o cuatro, todas seguidas.
Todo parecía demasiado.
—¿Tres o cuatro? ¿En qué andaban? —preguntó obscenamente Etchenike.
Algañaraz se encogió de hombros.
—No sé, militando en alguna organización. Qué importa.
—Claro.
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—Hugo trató mucho a la familia, a Elsa, a las nenas de chiquitas. Por eso…
El veterano, con todo lo que sabía o creía saber y entender, nunca podía o quería llegar a aceptar la enormidad de lo que estaba pasando.
Según Algañaraz, Oesterheld, que siempre había sido un «humanista», un escritor de aventuras con héroes que eran gente común y solidaria que luchaba por causas justas como en el caso de El Eternauta, después, ya de grande, se había ido radicalizando —ésa fue la palabra que usó— y había hecho una Vida del Che y otras historietas políticas, incluso abiertamente partidarias.
—Y lo increíble —proseguía Algañaraz como hablando solo— es que en el 76, y ya con el golpe militar, escribió una segunda parte muy combativa de El Eternauta desde la clandestinidad. Cuentan que aparecía como un fantasma por la editorial, medio disfrazado, que pasaba los guiones por teléfono y nadie sabía dónde vivía.
—¿Cuánto duró eso?
—Un tiempo, no sé.
Etchenike sentía que lo que le contaban parecía haber sucedido en otra parte y en otra época, pero no.
—En un momento la historieta se publicaba, estaba todos los meses en el kiosco —concluyó Algañaraz entre admirado y conmovido—, pero probablemente él ya estaba secuestrado…
Algañaraz se interrumpió y sacó de su carpeta una revista de las que Pratt le había firmado. Buscó un momento y se detuvo en una doble página en blanco y negro.
—Acá está, para que se dé una idea. —Y se la alcanzó.
Era una secuencia de acción con un grupo de hombres y mujeres jóvenes que disparaban sus ametralladoras contra extraños uniformados en un paisaje irreconocible.
—Se la presto. No me la pierda.
El veterano pudo imaginarse a los captores leyendo las revistas entre sesión y sesión de tortura. Era difícil de soportar.
—¿Y el dibujante? —dijo buscando algún alivio.
—¿Solano? —confirmó Algañaraz y él asintió—. Discutía con él, dicen, por las cosas que no estaba de acuerdo en dibujar, la bajada de línea
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política. Al final se fue a España. Y se llevó a su hijo, que también militaba y lo habían detenido, para salvarlo.
—Zafaron.
—Ellos sí. Rajaron a tiempo. Ahora, Oesterheld no… Al menos no se sabe.
De pronto Algañaraz lo miró como si recién lo conociera.
—Usted, Etchenike, que tiene buena llegada con la policía… ¿No podría averiguar algo?
El veterano parpadeó y dijo de pronto, casi con voz de otro:
—¿Algo como qué?
Y se sintió un soberano hijo de puta.
No bien despidió a Algañaraz sin evasivas ni manifiestas promesas, Etchenike volvió al cuarto del fondo y buscó y rebuscó sin resultado. Al final encontró detrás de un sillón el portafolios, vacío.
Corrió literalmente hasta el teléfono y llamó al Bauen. Un estúpido burócrata le informó que el señor Pratt no estaba en su habitación. Preguntó si lo habían visto en el foyer del hotel y le dijeron que había salido hacía un par de horas.
—Su compañero, el señor Moebius, lo está esperando también —le explicaron sin necesidad—. ¿Quiere hablar con él?
Etchenike dijo que su traductor simultáneo de francés tenía franco pero que no bien apareciera le avisaran a Pratt que lo había llamado el señor Alejo Medina, urgente. Y repitió el apellido y dejó el número.
—Anote ahora. —Consultó su reloj—: Dígale que sabemos dónde está y que si no llama antes de las cinco lo vamos a ir a buscar. —Hizo una pausa—. ¿Entendió?
—Sí.
—¿Anotó?
—Sí, señor Medina.
—Gracias.
Cortó con un tubazo y una puteada redundante.
En ese mismo momento golpearon con tres leves toques a la puerta, pero Etchenike tardó en darse cuenta. Golpearon de nuevo, apenas más
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fuerte. Ahí puso la cadena de seguridad y entreabrió de zurda, con el revólver en la diestra. No llegó a preguntar.
—¿Con quién hablabas tan enojado y a los gritos, poliziotto? Ahí estaba Pratt como si nada, como si nunca se hubiera ido.
—Te traje un regalo, no podés andar dando pena. —Y le alcanzaba, como la lacia víbora sumisa de un antiguo vendedor callejero, el cinturón que acababa de sacarse:
—El cinto.
—La cinta… —reclamó Etchenike.
Pratt sacó la cajita como quien pela el ancho de bastos.
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El pasado
Un genio, el tano; tremendo farabute. Ahora la visita y acaso la historia se repetían. Según los saberes o mitos establecidos, después de la tragedia sólo cabía esperar la farsa. O tal vez era al revés. Etchenike no recordaba bien, preguntaría.
—Se me congeló el culo sentado en la escalera —explicó el dibujante mientras se cacheteaba.
—Parece ser una moda últimamente —comentó el veterano sin explicar—. ¿Todo el tiempo estuvo ahí?
—Un par de vecinos me miraron raro, así que me tuve que mover… Subir y bajar.
—Etchenike se cambiaba el cinturón, buscaba el primer casi intacto agujero, el que Pratt no usaba desde hacía al menos una década, cuando sin perder la pinta de seductor veneciano de ojos grises había empezado a ensanchar la figura.
—Quedátelo. La busarda sola me sujeta los pantalones —explicó. —Ahora no me maltrata, Hugo. —Verificó Etchenike y estiró la mano
—. Deme la cinta.
—No es tuya. La afanaste. Etchenike llevó la mano al revólver.
—Dejate de joder —dijo Pratt.
El veterano movió el caño como si insistiera y el dibujante le habló con calma:
—Podría habérmela llevado y listo. Cuando la veamos vas a entender que hay que devolverla. —Meneó la cabeza—. Todo te tengo que explicar…
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Etchenike pareció comprender o al menos aceptar porque soltó el 38 y caminó hasta el proyector, que había quedado instalado.
Habló sin volverse:
—En un capítulo de El halcón maltés hay alguien que secretamente le hace la seña de una G en el aire a Sam Spade.
—Me gusta Spade y me gusta esa novela —dijo Pratt alcanzándole la caja—. El Corto Maltese se llama así por el personaje de Sargento Kirk y por la novela de Hammett.
—Son como citas.
—Homenajes, les dicen ahora.
—Guiños.
—Afanos, bah —concluyó Pratt sin ironía aparente.
Etchenike empezó a colocar la película en el proyector.
—En la novela, la G era para advertirle a Spade que el otro, creo que Cairo, estaba armado —dijo buscando ser preciso—. Tenía un Gun, un revólver.
—Ecco —dijo el dibujante con sonrisa cansada—. Acá, la G que está en la tapa de la cinta…
—Es la G de Germán —completó Etchenike.
—Algo que de ninguna manera convenía que viera o supiera el amigo Algañaraz.
El veterano apagó la luz:
—¿Cuándo la vio?
El dibujante no contestó, pero el gesto en la semipenumbra daba a entender que hacía tiempo ya, que estaba harto del asunto y que no le preguntara boludeces.
—¿Cuánto dura?
—Callate.
Etchenike encendió el proyector.
La pared tardó en iluminarse. La cinta giró en el vacío de imágenes durante unos momentos con un fondo indefinido y el único sonido de la cámara al rodar mientras abajo, a la izquierda, el videograf indicaba una fecha, 25/12/78, y a la derecha corría el tiempo de filmación. Cuando la
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cuenta llegó a los 15 segundos, hubo un corte y el sonido de ambiente fue apenas anterior a la aparición de las imágenes. La cámara muda mostraba en un paneo vacilante paredes apenas blanqueadas, camas encimadas, una ventana con rejas, sombras de probables personas en movimiento. Hubo un corte y quedó el encuadre fijo. En el mismo lugar cerrado y mal iluminado o similar, un hombre viejo o envejecido de pelo gris, nariz grande y anteojos, sentado y con la cabeza vendada, parecía dispuesto a hablar ante un micrófono sostenido por alguien de espaldas que al ponerse de medio perfil bien podía ser, detrás de los anteojos negros, lo único reconocible en ese lugar sombrío:
—Es Medina —murmuró Etchenike.
Pratt no dijo nada.
El sonido se activó:
«Por favor, diga quién es y qué hace acá», decía Medina con la voz distorsionada. Al pie aparecía el subtitulado en inglés. Pasaron unos segundos. El hombre se aproximó al micrófono, inclinándose levemente, sin levantar la cabeza. Tenía un papel sostenido con las dos manos apenas separadas por las esposas de metal. Etchenike oyó y vio simultánea y alternativamente lo que ese hombre leía, mirando a cámara en las breves pausas, sin énfasis ni alegría o angustia aparentes. La voz era débil pero clara y parecía tener un leve retraso con respecto a la imagen. Mi nombre es Héctor Germán Oesterheld y estoy en cautiverio en una cárcel de alta seguridad en Buenos Aires. Grabo este video clandestinamente para dar testimonio de que estoy vivo y en buen estado de salud. Ahí se interrumpía para proseguir, con una leve mueca, casi una sonrisa y un retraso más acentuado en el sonido: Grabamos este mensaje para que todos aquellos que puedan colaborar de alguna manera con el fin de mi detención tengan la certeza de que estoy vivo y sano. Pero el tiempo apremia. Confío que este mensaje sirva para recaudar los fondos que se requieren para lograr mi rescate. Muchas gracias. Y ahí, tras una aproximación a los ojos del sujeto y a su semisonrisa, el video se interrumpía y sólo quedaba en pantalla la fecha y el conteo que mostraba que sólo habían pasado dos minutos y pocos segundos de grabación.
Ahí terminaba todo.
Pasaron unos segundos en silencio.
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—¿Qué opinás? —dijo Pratt.
—¿Ese es realmente Oesterheld? ¿Germán es Oesterheld?
—Sí, es él.
—La guita era para eso.
—Sí. ¿Qué te parece?
Etchenike dijo que le parecía terrible, que Algañaraz le había contado algo, pero que había cosas raras.
—¿Como qué?
—Veámoslo de nuevo, Hugo.
—No.
Hugo Pratt la sacó del proyector, asunto terminado:
—Lo vi varias veces, poliziotto.
—Es que será verdadero pero parece manipulado. —Eso sí, seguro. Tardé en aceptarlo, la primera vez. —¿Cómo fue?
Pratt dijo que había sido a principios de año, cuatro o cinco meses atrás, en Milán, en una reunión privada en casa de un dibujante italiano amigo. Poca gente y de confianza extrema:
—No te voy a dar nombres ni detalles, Etchenike. Resultó ser una especie de convocatoria secreta disfrazada de cumpleaños o no me acuerdo qué otro pretexto —explicó someramente.
Después se puso de pie y habló caminando y sin interrumpirse ni dejar que el veterano lo hiciera:
—Había menos de diez personas, entre autores y editores de fumetti. Uno o dos eran argentinos. Oesterheld es muy conocido en Italia, todas sus historietas se publican en las revistas de allá. Incluso hay una que se llama Il Eternauta. Algo se sabía de lo que pasaba con él. Ya el año anterior, en Lucca, el festival de historieta más importante de Italia, alguno de la delegación argentina había dicho entre amigos que Oesterheld estaba desaparecido. Todos sabían algo de su militancia y de sus hijas, pero de eso se hablaba sotto voce. Hubo alguna declaración individual pero nada formal. Nadie en Europa quiere meterse con Pinochet o con estos milicos. Y yo tampoco. Los exiliados hacen campañas, pintadas, conferencias de prensa clandestinas pero nunca sabés si están infiltrados… Y nadie que
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tenga que volver a questo paese di merda se anima a hablar. Nadie te va a proteger cuando vuelvas.
—¿Quién llevó la cinta a Milán? —se animó el veterano a interrumpir. —No se habló de eso. El dueño de casa dijo que la había recibido recién y debía devolverla en una hora. No hubo grabadores ni fotos ni volvió a pasar el corto. No había obligación de participar en esa especie de colecta informal, pero dijo que la idea era juntar cien mil dólares para pagar sobornos y sacar a Oesterheld de la cárcel y de la Argentina con pasajes, documentación falsa, etcétera. El dinero, a partir de mil dólares, debía entregarse en efectivo, y no iba a haber ningún tipo de comprobantes. Reconoció que era una apuesta un poco a ciegas, y que todos éramos rehenes de los demás. Si alguien hablaba, escupía para
arriba.
—¿Y pusieron?
—No sé, no se podía saber. Y a mí no me mires… Lo que sí sé es que a la semana siguiente hubo una reunión similar en París y diez días después, la última en Barcelona, en casa de Opi. No debe haber habido muchas más. Evidentemente los que organizaron esto pensaron en aprovechar la Bienal de Córdoba para traer los dólares que juntaran. Y lo convencieron a Opi, amigo de Oesterheld, que tenía una exposición programada y un permiso especial tipo valija diplomática para mandar sus originales ya embalados.
—Uff… Sin control de Aduana.
—Ecco.
—Puede ser. Bien pensado.
—El envío estaba a nombre de Diego Fierro, el coordinador de la muestra en Contemporánea.
—Una idea brillante. Pero algo falló.
—Tutto —concluyó el dibujante, dejándose caer en la silla—. Un fracaso. Demasiadas mentiras, demasiados hijos de puta y exceso de pelotudos para que funcionara. Y los mejores, muertos, como suele suceder.
El veterano tenía mucho que preguntar.
—Ya sabés todo lo que tenías que saber —lo cortó Pratt—. Estabas tan despistado… Pensaste que Germán era el pibe de Opi…
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Meneó la cabeza y, con el sabio desaliento de un padre, tutor o encargado que le secuestra la gomera a un chico travieso o simplemente tonto, dijo:
—Permiso.
Metió la cinta en la caja, se la guardó en el bolsillo y volvió a ponerse de pie.
—Questa merda quema —comentó con asco—. Hay que devolvérsela a Medina.
—Es un asesino.
El dibujante levantó las cejas:
—Precisamente. Era la condición, devolvérsela, y tiene al pibe.
El veterano parpadeó con dificultad, como si tragara:
—¿Pero qué pasó con Germán? —hizo una pausa—. Y con la guita…
Pratt meneó la cabeza, abrió los brazos:
—Etchenike, esto es como cuando se hace un fumetto —dijo pausadamente—. Cuando uno tiene la idea de una historia, se le ocurre algo y cree que sabe lo que quiere contar, lo primero que hace es el boceto. Despliega el argumento para ver cuántas páginas, los tipos que aparecen, las secuencias. Eso es plantar la historia, se hace al bulto, sin precisiones. Suele parecer brillante. Después viene el momento del lápiz, de ponerles caras y cuerpos a los personajes, elegir ambientes y perspectivas, resolver en detalle las escenas. Es laborioso pero mentiroso: todos somos creativos y a veces geniales con el lápiz, sobre todo porque tiene algo o mucho de provisorio, siempre se puede borrar. Hasta ahí, todo bien, porque no dejan de ser posibilidades. Pero después llega el pasado.
—¿El pasado?
—El pasado a tinta.
El veterano asintió como si le recordaran la vigencia de la ley de gravedad.
—Ahí no hay vuelta. Es la hora de la verdad. La tinta china no miente, poliziotto. Y no es para cualquiera…
A esa altura Etchenike no sabía de qué estaban hablando, pero Pratt parecía que sí:
—Me he pasado mucho tiempo estudiando a los chinos, a los japoneses que se zambullen con pincel y todo en la tinta, sin boceto ni
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lápiz. Viste cómo es el dibujo de ellos, la escritura, el trazo suelto. —Hizo un quiebre de muñeca—. Hay que ser muy…
—Muy valiente.
—Muy sabio. Ese pincel es de una certeza que nos queda grande.
Etchenike sintió que se iban al carajo:
—No entiendo a dónde quiere llegar.
—El trazo es la respuesta precisa a una pregunta que desconocemos.
—Ah.
—Acá también. No se trata de encontrar respuestas si no sabemos qué preguntar.
El veterano volvió a tener la sensación incómoda de que elegantemente lo estaban tratando una vez más de pelotudo.
No tuvo oportunidad de comprobarlo porque sonó una vez más el teléfono. Miró la hora: cinco menos cinco. Caminó hasta el extremo del living y atendió.
—Hola —dijo, neutro.
—¿Está Medina? —dijo alguien.
—Soy yo —dijo Etchenike—. ¿Quién habla?
—Hugo Pratt —dijo el otro.
—Basta, Colorado —dijo el veterano.
Y le cortó.
Cuando se dio vuelta, Pratt ya no estaba. Una anguila, el gordo.
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Tamborcito de Tacuarí
Tras la ominosa llamada y el escamoteo intempestivo de Pratt, supongamos que Etchenike supo o entendió de pronto, sin necesidad de una revelación aparatosa, que ese sábado en casa de su hija ya había dado todo lo que podía dar como improvisado escenario aventurero. Y que no cabía tensar más la cuerda de la costumbre heroica, la apuesta por las casualidades sin solución de continuidad. Algo de todo eso podía cortarse en cualquier momento. Y en el momento de cortar no había ninguna certeza de que fuera él quien empuñara la tijera.
Aceptó el desconcierto, desechó el impulso de salir corriendo una vez más detrás de lo que no alcanzaría y volvió a la consulta puntual de las pesadas guías telefónicas que, con los nuevos y pavorosos elementos de juicio más algunas intuiciones, podían cumplir por una vez la función para la que habían sido concebidas: datos precisos de localización. Durante un rato tomó nuevas notas en la libreta negra, juntó los papeles, y recién volvió a la calle cuando la luz de la tarde interminable comenzaba a vacilar.
Toda la cuadra parecía un escenario vacío, un retablo de títeres fugitivos tras la ruidosa, patética función de matiné que nadie recordaría sin cierta vergüenza. El Plymouth lo esperaba en una soledad desacostumbrada. La rutina lo hizo echar un vistazo al baúl y al asiento trasero. Ni cadáveres ni armas largas que declarar. Tampoco un escorpión, caca de perro o algún otro mensaje mafioso en la guantera.
Puso en marcha el motor sin que el clásico estallido lo reventara entre fierros conocidos y enfiló para Avenida de Mayo. Manejó atento, con
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cautela y sin sorpresas aparentes. Lo que sí lo sorprendió es que en la esquina de la oficina, y salida de la nada, ella lo paró como a un taxi, extendiendo la mano.
—Ya me iba —dijo acodándose en la ventanilla como en un levante callejero.
—Ya te fuiste, creo —dijo el veterano y puso primera.
Pilar ni siquiera respondió a la chicana y se subió de un salto como hasta no hacía mucho se trepaba a la calesita en movimiento. El golpe sólido de la puerta propio de los autos viejos fue el único sonido que quedó en el aire durante un par de minutos. Parecían —equívoca pareja despareja— estar sentados en un cine de barrio mirando una tonta película en blanco y negro muy empezada, que uno de los dos creía ya haber visto y el otro no estaba interesado en ver.
—No vaya a la oficina, vengo de ahí —dijo ella cuando él se decidió a avanzar.
Sin decir nada, Etchenike mantuvo la marcha lenta y pasó de largo sin acelerar ni volver la cabeza, vigilando sólo por el espejo retrovisor. Tenía el espacio perfecto para estacionar, el único en la cuadra y frente a la entrada. Había incluso un espontáneo y solapado cuidador que lo reservaba despejado por si acaso se decidía.
—Ahí están.
—Vamos a Tacuarí —dijo Pilar.
El veterano dobló en la primera mano hacia el sur y retomó una marcha normal. Cuando estaban cerca de Parque Lezama quiso saber de qué se trataba.
—Fue idea de Tony.
—¿Está?
Ella meneó la cabeza, no sabía. Habían hablado por teléfono más temprano y el Gallego le había pedido que vigilara la oficina, que no lo dejara llegar.
—Lo cuida —concluyó.
No era momento para discutir cuestiones de concepto.
Etchenike la miró de reojo y sonrió por primera vez en el día más largo del mundo.
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Subieron. Pilar tocó a la puerta un par de veces y después abrió con su propia llave. No bien ella entró, Etchenike amagó seguirla, pero se retrajo y de un portazo volvió a quedarse afuera. Se sentó en la escalera.
—¿Qué hace? —se asomó ella.
—Prefiero esperar acá. Está de moda.
—Como quiera —dijo ella del otro lado de la puerta y sin enojo aparente—. Preparo café.
Y puso la traba.
Etchenike sacó del bolsillo la libreta con los apuntes y referencias que había tomado. Mientras la escuchaba hablar por teléfono sin entender, sintió cómo el olor del café inundaba incluso el pasillo. A los cinco minutos golpeó de nuevo y ella lo atendió con la cadena de seguridad puesta.
—¿Qué quiere ahora?
—Pedirte disculpas. Y los tomos de la guía telefónica.
—Es muy vieja y está toda descuajeringada —dijo ella, sobria y selectiva en la respuesta.
—Mejor.
Se los pasó por el hueco y volvió a cerrar.
El veterano se sentó sobre el tomo de las direcciones particulares y confrontó los datos suyos con las páginas amarillas del área comercial.
Al rato oyó que se corría la cadena y abrían:
—El café está helado.
El veterano llevó la mano al 38 mientras espiaba por encima del hombro de Tony García, parado en el marco de la puerta.
—Tranquilo —dijo el Gallego y dio un paso atrás.
Etchenike le palmeó la mejilla.
—Es preferible reír que llorar —aseveró.
Cruzados los brazos, Pilar los miraba con la expresión de una trapecista de circo que espera, en la plataforma a veinte metros de altura, que sus compañeros de número terminen con sus piruetas y la abarajen para el salto al vacío y la prueba final.
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El repaso de los respectivos recelos encadenados les llevó sólo lo que tardó el café en recalentarse. La crónica actualizada con la revelación de la identidad de Germán y el origen de la cinta, más el misterio del destino del dinero se completó con los inevitables agujeros de hechos y sentido a tres voces y a tres bandas.
Aunque no había premio previsto para el que lo armara, el rompecabezas tomaba forma. Sin embargo, no era necesario tener todas las piezas para acordar qué había que hacer y en qué orden.
—Primero, Facundo —dijo el veterano.
—Medina no lo va a soltar —aseguró Pilar.
—Ya tiene la cinta: Pratt, Macías, Medina —argumentó Etchenike como quien enumera estaciones de subte o la línea media de Excursionistas.
—Pero no toda la guita —aseguró ella—. La noche de la reunión en casa de Opi le daban la cinta y el resto. Y terminaba todo. Cuando llamé para hablar con Facundo…
—Te atendí yo.
Ella frunció la cara:
—Sí, pero hubo tiros y nunca más supe. Llegué a pensar que Facundo estaba muerto.
Etchenike explicó que el balazo había atravesado la puerta de un cuarto lleno de gente y reventado justo el teléfono.
—Se balearon con el milico, supongo. Y Medina se fue sin la cinta y sin la guita pero con el pibe.
—Conozco bien esa casa —dijo ella, acaso resentida—. Alguna vez nos reunimos ahí, cuando Facundo estaba solo.
—Todavía te debo el libro subrayado —dijo Etchenike.
Tony García escuchaba como si hablaran de una película que él no había visto. Y algo de eso había, aunque ella ya le había contado de Facundo sin entrar en detalles, y sabía por el veterano pormenores de la noche del tiroteo y la muerte de Opi.
—No hay mucho tiempo —dijo el Gallego, puro sentido común—. ¿Puede tenerlo donde me tuvieron a mí?
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—Puede ser. Yo también pasé por ahí —dijo Pilar.
—¿Qué otros lugares hay? —preguntó Etchenike.
—La casa de él, no —aseguró ella—. Medina vive con el tío viejito, en Once.
Etchenike creyó oír mal:
—¿Con el tío?
—En una salida quiso hacerse amigo y me llevó a su casa, a conocerlo, está casi ciego —dijo Pilar como si nada—. Jean Jaures casi Córdoba. Quedó huérfano y los tíos lo recogieron. Ahí se crio, me dijo.
El Gallego trataba de incorporar las novedades que le caían como fichas, sorpresivas noticias para su teletipo oxidado.
—¿Salías con él? —articuló.
Ella asintió sin palabras. Tony miró a Etchenike, que de pronto estaba en otra:
—¿Tenés una Guía Peuser, o acaso una Filcar, mejor?
Tony revolvió cajones y trajo las dos coloridas guías de calles.
Mientras, el veterano sacó la libreta con sus últimas pesquisas:
—Creo que algo puede cerrar —dijo.
Recorrió el mapa de la ciudad segmentado en decenas de planos con centenares de manzanas color naranja y callecitas con nombre minúsculo, hasta que se detuvo en el barrio de Once:
—Los Talleres Gráficos Parga Hermanos que trabajaban con Editorial Abril y para Frontera, la editorial de Oesterheld, hace veinte años, según la guía telefónica vieja estaban acá —y el veterano puso el dedo—, en San Luis al 3100. —Se volvió hacia Pilar—: justo a la vuelta de la casa de Medina, en Jean Jaures casi Pueyrredón… Acá.
Y trasladó el dedo.
—¿Qué quiere decir? —dijo ella.
—Que es cierto lo que me dijo Diego Fierro. —Etchenike trataba de no parecer demasiado entusiasta—. Medina y los mellizos se conocen de chicos, amigos del barrio.
—Y lectores de historietas —completó el Gallego.
Etchenike dudó sobre cómo seguir:
—Pero el taller se mudó. «Se fueron a la provincia», me dijo Algañaraz. No le pedí detalles porque eso no significaba nada para mí.
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Pero ahora sí, Gallego.
—¿Es donde yo estuve, decís?
El veterano asintió, pero alzó los hombros:
—Por los datos que me diste, el negocio de al lado bien podría ser una imprenta. Podría.
Pilar trató de aportar:
—No sé. A mí me llevaron siempre encapuchada. —Lo dijo como si fueran detalles de moda—. Y de noche. Pero no era muy lejos de El Vesubio, andábamos un rato nomás.
Etchenike volvió de las páginas amarillas y le dio el tomo al Gallego:
—No encontré ninguna imprenta ni talleres gráficos de Parga Hermanos en el conurbano. Con el apellido, que puede ser, sólo la dirección particular de una mujer.
Pilar estaba con la espiralada Filcar:
—Hay que buscar cerca de la General Paz, para el lado del Camino de Cintura: La Matanza, Tres de Febrero.
El Gallego estaba ahora con las páginas amarillas, por rubro, leyendo en voz alta:
—Talleres Gráficos Zlotopioro, Talleres Gráficos Rotoprint, Talleres Gráficos Talgraf, Talleres Gráficos Paletta, Talleres Gráficos Rolo, Talleres Gráficos Printer, Talleres Gráficos …
—¿Cuál dijiste? —saltó Etchenike.
—Printer
—La anterior.
—Rolo, Paletta…
—¡Rolo, Rolo! ¡El marciano adoptivo! —gritó el veterano—. La historieta de los Parga.
Los otros dos lo miraron sin entender.
—¿Qué decía Frataccio, Tony? —lo interpeló retóricamente—. Lo del marciano…
—Lo del marciano, claro.
—¿Dónde queda ese taller?
—Talleres Gráficos Rolo, Pedro Goyena 1239 —precisó Tony—. Hay un teléfono.
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—Yo tengo la dirección de la mujer —Etchenike buscó y encontró—:
Parga, Josefa M. de., Pedro Goyena 1247. Es al lado de la imprenta.
—En Capital.
—No. Este Pedro Goyena es en la provincia.
Lo buscaron y era por Villa Insuperable, un barrio pegado a la General Paz.
Se miraron, sonrieron. Todo cerraba.
—Insuperable —dijo Etchenike.
Volvieron a tomar café y les contó la anécdota de Oesterheld y la cargada con los Parga como invasores extraterrestres todos con la misma cara. Era el único aspecto risible de un asunto tenebroso.
—¿Al final qué pasó con él? —quiso saber el Gallego.
—¿Con Oesterheld?
El veterano miró a Pilar, que miraba para abajo, acaso esquivaba. —Con él, no sé. Pero esa película, esa cinta para juntar verdes, es una
estafa, supongo —dijo sin demasiada convicción. Después se encaró con ella:
—¿Vos lo viste?
—Nunca vi esa película.
—No te pregunto eso. Digo si lo viste a él, cuando estabas ahí, adentro.
Ella meneó la cabeza, siempre sin mirarlo.
—Pero sabías cuál era el negocio de Medina.
Pilar siguió sin contestar. —Colaboraste, tuviste que ver y saber… —Dejala tranquila —se cruzó el Gallego.
Eso fue muy fuerte, incluso para Etchenike, que no dijo nada. Ella también siguió callada.
Después de un momento el veterano se levantó, miró el reloj y dijo:
—Tengo que ir de nuevo al baño, la puta que lo parió. —Se tocó la barriga—. No puede ser que me dé cagazo andar de noche por Villa Insuperable.
Ninguno de los otros dos sonrió. Tal vez no era un chiste. Pero cuando volvió del baño lo estaban esperando en la puerta, listos para seguir.
—Vamos —dijo Tony.
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Etchenike ni lo miró y se enfrentó a Pilar, le habló de cerca:
—¿Por qué no te quedás? —No hubo respuesta—. Seguro que va a haber quilombo. ¿No estabas embarazada vos? A veces me olvido…
—Viejo de mierda.
Y voló la cachetada de abajo hacia arriba y le dio de lleno, le calentó la oreja.
El veterano se la devolvió de revés y ella gritó. —No salís de acá, pendeja —dijo sin énfasis. Se volvió al Gallego:
—Y vos vení conmigo, pollerudo.
Lo empujó al pasillo, agarró la llave y cerró él.
Cinco minutos después subían por Independencia hacia el oeste. Etchenike manejaba y Tony García no abría la boca.
—Decí algo, dale.
—Sos un animal —sintetizó Tony—. Cómo le vas a dar un sopapo así. —Ella empezó. La señorita Adelma Gómez, maestra de cuarto grado,
fue hasta hoy la última mujer que me pegó.
—La provocaste para que saltara.
El veterano se ocupó de encender dificultosamente un cigarrillo. —Sin ponerme discepoliano: Fue a conciencia pura… —tarareó
apenas—. Me pone incómodo no saber nunca a qué juega.
—Tal vez no juega.
—¿Creés que es buena mina?
—Yo le creo a esta piba. Ya viste cómo… Etchenike echó humo y meneó la cabeza.
—Ella dijo que había sido idea tuya traerme a Tacuarí —dijo retomando una conversación que en realidad sólo estaba en su imaginación.
El Gallego hizo el resumen:
—Cuando salimos todos de la casa de tu hija nos separamos. El Negro se fue sin avisar ni saludar. Como volver a la oficina era peligroso, yo me mandé a Tacuarí. Al rato ella llamó.
—¿Cómo sabía que estabas?
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—Se imaginó, supongo. Como no nos encontró en Avenida de Mayo… —¿Fue a la oficina antes?
—Llamó primero, temprano, y después fue.
—¿Qué quería?
—Avisarnos que no apareciéramos por ahí. Por eso me propuso esperarte y traerte a Tacuarí. —Tony quería sonar convencido y convincente—. Después, vos hiciste el ridículo quedándote afuera…
Etchenike lo miró en silencio un momento y volvió a atender al tránsito y al cigarrillo. Con el pucho encendió el siguiente.
—No me creés —concluyó Tony.
—Te creo a vos.
No hablaron más.
Al rato estaban ya a la altura de Mataderos y era casi de noche.
—¿Sabés qué es Tacuarí? —preguntó el veterano desde la nada—. El nombre de la calle, digo, ¿sabés?
El Gallego pareció no escuchar, ni lo miró.
—En la Escuela de Policía, por lo menos en mi época —dijo Etchenike como si comenzara una confidencia—, tenías que conocer los barrios, las plazas, las calles, por lo menos de nombre… Como un tachero o los colectiveros. Si había que salir cagando para alguna parte, tener idea. Y había un instructor que de puro hinchapelotas te explicaba cada nombre. Te preguntaba por qué Florida se llamaba Florida, por ejemplo, si no había habido nunca una puta flor… Y de esa me acuerdo, porque me preguntaron.
—¿Y qué es?
—Florida es una batalla, en Bolivia, durante la guerra de la Independencia, a la que no le damos pelota —hizo una pausa y retomó—. Ahí ganamos. Pero en Tacuarí no.
Tony lo miró de reojo.
—Tacuarí fue una derrota de Belgrano, que no era militar y perdió varias, en la primera expedición al Paraguay. La mitad desertó…
—¿Y lo celebraron con una calle?
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—Porque te la cuentan cambiada, Gallego. Hubo, dicen, un chico que murió en la batalla tocando el tambor.
Ahí Tony creyó recordar:
—El tamborcito de Tacuarí; lo estudiamos en la escuela.
—Eso —asintió Etchenike—. Según el instructor, cada vez que perdíamos Mitre te inventaba algo, un personaje o una anécdota para que no quedáramos tan mal: el tamborcito, el negro Falucho… —Hizo una pausa, miraba al frente—. Todos perejiles: pibes, negros…
Iban llegando a la General Paz.
—¿Por qué me contás estas boludeces? ¿Para distraerme?
—Por si perdemos. Andá pensando algo para cuando tengas que contarlo, para no quedar tan mal. —Etchenike se volvió hacia su compañero—. Algún tipo de triunfo moral, digo.
—Mirá para adelante. Están ahí.
Había controles militares en la salida de Capital. Los coches iban despacio, en fila, y los soldados hacían señas de que avanzaran aunque a veces detenían a alguno, lo desviaban a un costado. Al Plymouth lo miraban como en una exposición, se codeaban.
—Perdoname lo de pollerudo —dijo Etchenike cuando pasaron. —Viejo de mierda… —murmuró el Gallego con una sonrisa levísima
—. Te dijeron viejo de mierda.
El veterano pisó el acelerador como si contestara.
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Psicosis suburbana
Habían llevado la guía Filcar y la espiaron con la linterna que tenían en la guantera. Después de un rato localizaron la dirección. Era pleno barrio pero un poquito comercial, con una plaza pelada a una manzana en diagonal, una estación de servicio que estaba cerrando en una esquina y un bar en la otra. Había algo de movimiento sabatino y un par de fríos faroles de mercurio que al Gallego le alcanzaron para reconocer no la casa pero sí la entrada, la puerta. Todo cerrado y casi a oscuras; apenas una claridad leve que bajaba de un balcón. Y no vieron el Falcon. No estaba visible, al menos en la cuadra.
Sin plan preciso, dieron la vuelta a la manzana, detuvieron el auto en la paralela a Pedro Goyena y volvieron caminando en sentido contrario. Doblaron un par de veces y se acercaron por la vereda de enfrente.
Era una típica construcción de local en planta baja y vivienda arriba, con acceso por escalera. El cartel del negocio ocupaba todo lo ancho bajo el balcón apenas iluminado. Junto a las letras en rojo sobre fondo amarillo de Imprenta Rolo, un decidido hombre joven vestido de formales camisa y corbata disparaba una pistola lanzarrayos radiante. El dibujo era muy bueno y luminoso, aunque algo viejo y ya descolorido. Pegado en la persiana cerrada había un cartelito sin fecha: Cerrado por reformas.
A los lados había dos puertas. Una, la de acceso a la vivienda de arriba, de madera y con una ventanita chica, tenía un farolito encendido. La otra era la de chapa que Tony recordaba, muda, oscura y hermética.
Pasaron de largo y casi sin pensarlo entraron al bar de la esquina; había un billar vacío, un metegol ruidoso y tres o cuatro mesas ocupadas. Se sentaron junto a la ventana y pidieron dos cafés y dos Legui a un mozo
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serio y uniformado borravino. Todavía no tenían un plan pero sí al menos un lugar desde donde tener un panorama, poder pensar.
Se debían, como siempre, largas explicaciones que llegarían tarde, cuando todo estaba hecho y ellos irremisiblemente jugados. Tal vez sabían que cada minuto que pasaba servía para que los otros —quienesquiera que fueran— armaran su estrategia, movieran primero. Pero estaban acostumbrados a eso y tal vez, en el caso de Etchenike, lo buscaba. Desde la época de las diarias partidas de ajedrez con Cacho el cafetero, prefería las negras. Un psicólogo se hubiera hecho un pícnic con él. Con Tony García, no. El benemérito Ángel Garma había demostrado (seguramente sin quererlo) que los lisos gaitas no tenían inconsciente.
Pidieron otra vuelta de caña.
En realidad, el cansancio y la incertidumbre los habían puesto en un estado de disponibilidad e incluso indefensión peligrosa, de recíproca agresividad apenas solapada.
—¿Qué vinimos a hacer? —Tony estaba al borde del fastidio.
Etchenike apuró la Legui de un saque:
—Aguantá un poco más, ya vuelvo.
Fue al teléfono público y probó con dos números sin resultado; la tercera vez lo llamó a Macías, un clásico:
—Sos vos… Justo me iba a dormir temprano, por una vez. —Lo retó no bien intentó hablar—. Fue una payasada lo que hiciste con Pratt. Si te me cruzás, te encierro.
—Al final vi la cinta y entendí todo, Colorado —se jactó casi a su pesar.
—Viste… Una mierda —admitió Macías—. Pero no podés hacer nada con eso. Ya está.
—Sabés que no.
El Colorado no acusó recibo, incluso le tiró un hueso:
—Ese imbécil de Rosales habló. Lo apretamos un poco y se enterró hasta acá. Esa por lo menos salió bien. Gracias.
—¿Vas a hacer algo con el milico?
—Es otra negociación… —Macías hacía algo raro con la boca—.
Esperá.
Fue y volvió:
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—Me estaba lavando los dientes cuando llamaste —resopló—. Basta de boludeces. ¿Qué te pasa ahora? ¿No tenés ganas de irte a dormir?
Etchenike se apoyó en la pared, lo miró al Gallego recortado contra la ventana, inclinado sobre la mesa con una Legui nueva.
—¿Vos seguiste vigilando mi oficina esta tarde? Digo, después que hablamos en el bar, y después de lo de Pratt…
—No, yo no; nosotros no. —Y ahí Macías cambió de tono, algo sospechó—. ¿Pero no volviste a tu cueva? ¿Dónde estás ahora?
Etchenike se lo dijo. Explicó la pesquisa con detalles, cómo habían llegado hasta ahí.
Pero a Macías no le interesó. Era como si lo supiera —y tal vez lo sabía— todo.
—Y con el otro inútil… —Se le ocurrió acotar—. ¿Para qué la seguís? —Deformación profesional, ponele. O vergüenza deportiva: el gol del
honor.
—Si es por el pendejo, te dije que la madre se ocupa. A ella y a ese Diego Fierro los tengo controlados. Es mucha guita y ya deben haber cerrado.
—No cierra nada.
—No seas pelotudo —se sacó una vez más el Colorado—. Andate a dormir, Julio. Mañana tengo que ir al cementerio. No me gusta, no pienso ir más.
Quedaron en suspenso.
Etchenike creyó ver algún movimiento raro en la calle.
—Tengo que cortar —dijo—. Dormí bien.
Volvió a la mesa y Tony le explicó que no estaba seguro pero creía que algo o alguien se había movido detrás de los árboles de enfrente.
—Vámonos —dijo de pronto, como si ésa fuera la conclusión lógica de su observación.
—Un rato más. Algo tiene que pasar.
—Espero que no. Cinco minutos y nos vamos.
El veterano no opinó pero volvió a llamar al mozo.
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Después de media hora y dos vueltas más de caña. Apareció el Falcon por Goyena, y no lo manejaba Medina.
—Es uno que estaba con él —dijo Tony, con lengua de trapo—. No el Tordo, el otro: el Pulpo, creo.
Cuando el auto se detuvo frente a la casa y ellos trataban de mirarlo por la ventana no pudieron ver más, el mozo vino y se apoyó en la bandeja de canto sobre la mesa:
—Estamos cerrando —dijo.
Hacía un rato que había empezado el ruido de sillas y el rumor de cortinas que bajaban sobre las ventanas laterales ante la indiferencia de los clientes inusuales.
—Una más, la del estribo —dijo Etchenike con la copita en el aire. No le contestaron. Al mismo tiempo que cerraban las puertas, alguien
apagaba la luz general y otro imprevisto, sin uniforme de mozo ni bandeja siquiera, le ponía una pistola en la cabeza:
—Vamos.
Eran dos prolijos que Tony había visto entrar al baño desde la calle, pero no salir.
—Tenemos que pagar —arguyeron.
—Van a cobrar —los corrigieron.
Los desarmaron sin violencia y los arrearon a la vereda.
Caminaron sin apuro ni acoso evidente. El Falcon seguía ahí pero ya vacío, aunque el veterano creyó oír rumores de forcejeo, patadas sordas en el baúl. Pero bien podía ser una impresión, y no quiso preguntar.
Los separaron.
A Tony, uno de los prolijos lo metió sin preámbulos por la puerta de chapa que conocía; a Etchenike, el otro lo puso formalmente frente a la puerta de calle y tocaron el timbre como si fueran visitas.
Después de un momento alguien se asomó por la ventanita para verificar.
El veterano no hubiera podido decir cuál de los dos era, o si era un tercero, o un cuarto Parga. Les abrió sin cara especial ni comentarios.
Entraron en tándem con el prolijo que no apartaba la pistola de su espalda, una sombra literal. Subieron por la escalera con el Parga adelante. Una casa de familia, con felpudo incluso, y cuadritos de cacerías de zorro
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en campiñas británicas, una lámina del Martín Fierro de Castagnino y dos naturalezas demasiado muertas que alguien de la familia había asesinado y firmado años atrás.
—Vinieron unos amigos, mamá —dijo el Parga al voleo, al aire, al pasar frente a una puerta apenas entornada que daba al recibidor, al pie de la escalera.
Una vocecita femenina contestó algo acaso afirmativo, de todos modos inaudible.
—Mi madre —dijo el Parga—. No hagamos mucho ruido.
Atravesaron un corto pasillo.
Abrió una puerta, le pidió al prolijo con firmeza y sin énfasis que esperara afuera y se hizo a un lado para que entrara Etchenike. Cerró sin llave.
Era una habitación amplia con ventana al contrafrente y otra puerta más chica al costado; las paredes estaban cubiertas de bibliotecas dobles sobre rieles, repletas de pilas de revistas, libros y papeles; había un escritorio grande con su lámpara encendida, una máquina de escribir eléctrica, un sillón en el que el Parga se sentó y dos sillas para las visitas. Etchenike se quedó parado mirando todo.
Detrás del escritorio, inmensa y colorida, sobre un bastidor de madera de por lo menos un metro y medio de ancho, presidía el ámbito una ampliación de la tapa de la revista Hora Cero número 2, de 1957. Etchenike reconoció el mismo dibujo del frente: Rolo, el marciano adoptivo y su pistola lanzarrayos. Acá no disparaba.
El Parga señaló un cuadro más pequeño, al costado y en blanco y negro.
—Y éste es el original —dijo sin que le preguntaran—. Firmado por Solano López. Tiene más de veinte años. Nuestro taller les hacía todos los fotolitos. Sientesé —Etchenike no se sentó—. ¿Entiende de estas cosas?
El veterano dijo que no pero que algo le habían contado entre Pratt y su amigo Algañaraz, que había trabajado en las editoriales.
—Ellos conocieron a mi padre y a mi tío, cuando el taller estaba en la calle San Luis. Vivíamos en Once… Nos mudamos para acá en los sesenta.
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—¿Su madre sabe que torturan gente acá al lado? —preguntó Etchenike sin modificar el tono casual.
—Mi madre está muy grande. Y un poco ida: no se entera de nada — contestó el Parga sin acusar recibo—. Tampoco de lo bueno.
—¿Qué habría de bueno?
—Que todo este… —El Parga no vaciló, sólo hizo una pausa mirándolo fijo—. Que todo este problema termina hoy.
—¿Quién lo decide?
—¿Qué cosa?
—Cuál es el problema. Porque supongo que por ahí Medina o su hermano piensan otra cosa.
—Mi hermano ya no está más.
Etchenike entrecerró los ojos. El mellizo continuó:
—Por lo que sé, hoy Medina recuperó la cinta trucha, y él se metió los dólares en el bolsillo y se fue —afirmó de un tirón—. No sé adónde se fue mi hermano ni lo quiero saber. Asunto terminado. —¿Por qué me cuenta todo esto? ¿Soy boleta?
El Parga ni lo miró al contestar:
—No. No necesariamente, digo.
Dicho esto, el repetido se levantó, fue hacia la pared del costado y con un empujoncito lateral desplazó una de las bibliotecas; se descubrió una pantalla. Volvió al lado del escritorio, le sacó la cobertura de hule a un proyector que Etchenike no había observado y colocó un rollo.
—Todo depende. —Pareció completar en diferido—. Quiero que vea esto.
Apagó la luz general y quedó sólo la del escritorio, una mancha clara sobre la madera y los papeles.
—Son menos de cinco minutos.
Las imágenes eran las mismas que las del testimonio de Oesterheld cautivo, pero en crudo. Lo distinto eran el audio y la falta de referencias escritas en pantalla o de eventual traducción. Medina no hacía ninguna pregunta. Directamente el hombre comenzaba a hablar sin presentarse y se dirigía amablemente al resto de los cautivos, supuestos muchachos y chicas, diciendo que en esa circunstancia especial de Navidad, y ya que les permitían fumar y charlar cinco minutos, como era el más viejo entre los
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que estaban ahí quería llevarles un mensaje de esperanza en medio de tantos padecimientos. Entonces leía un breve cuento que había escrito, una sencilla historia ejemplar con chicos y animales que tenía un largo tramo inaudible. Todo terminaba igual que en la cinta que Etchenike conocía, con la imagen del cautivo y su leve sonrisa.
—Ésta es la grabación clandestina original, hecha en lo que llaman El Vesubio, acá cerca nomás —dijo el Parga, y apagó.
—¿Quién la hizo?
—Yo. Y es la Navidad del 77, no la última.
El mellizo corrió la biblioteca y todo volvió a estar igual, como si nada. Etchenike no supo por dónde empezar a preguntar. Quizás fuera mejor no saber, aunque el otro parecía estar dispuesto a llegar hasta el final. Y desde el principio:
—Somos amigos de chicos, del barrio, con Alejo Medina. Pero entró en la fuerza —así dijo: la fuerza—, y con toda la joda de la subversión nos alejamos. Quedó más amigo de mi hermano, y por eso a veces venía por acá. Casi un año después del golpe, un día contó que al viejo Oesterheld lo tenían ahí, lo sacaban y lo traían, y estaba muy jodido. Yo le pedí aunque sea verlo en algún recreo, de los pocos que les daban. Porque el viejo nos conocía de pibes; incluso nosotros estudiamos en la Panamericana de Arte con algunos de los dibujantes de sus revistas.
—El corto de La noche de la nevada…
—Claro. ¿Le gustó? —Y pareció de verdad interesado—. Lo hicimos con ellos cuando se cumplieron diez años de la historieta. Otros tiempos, más felices. Yo estudiaba cine y publicidad. Mi hermano, guion y dibujo. La idea era ir con eso y conseguir guita para un largometraje y hacer El Eternauta entero.
De golpe la charla derivaba hacia la confesión más o menos sentimental de un par de hermanos con vocación artística. Etchenike volvió a la cuestión:
—¿Cómo fue que lo grabaron?
El Parga se acomodó en el sillón, y el veterano percibió la turbia satisfacción, la jactanciosa precisión del documentalista al explicar cómo se coló en el Enola Gay y estuvo ahí.
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—Medina manejaba ese pabellón de presos, y para Nochebuena les daban un respiro, les sacaban la capucha unos minutos para fumar un cigarrillo, y hasta podían conversar algo. Ahí me hizo una excepción y entré. —El narrador tomó aliento, se dispuso al momento clave—. Él le grabó el audio con el saludo y lo dejó leer el cuento como a rienda corta, manteniéndolo controlado. Pero la camarita la metí yo, de canuto… Ni se enteró.
—Es mentira —dijo Etchenike casi sin querer—. Eso no puede ser.
El Parga, el repetido, lo miró sin sorpresa:
—Sí pudo ser. Porque ya estaban muertos. Se sabía que ninguno de los que estaba ahí iba a salir vivo. Los engañaban, les hacían creer…
—A Oesterheld, con salvarle a las hijas.
El otro ni siquiera asintió; tenía que completar su relato:
—Hace unos meses, digamos un año, Medina contó que habían trasladado al Viejo. Nunca más aparecería. Entonces, recién entonces — enfatizó el detalle— le mostré mi grabación. Le aseguré que nadie la había visto; y era cierto. Ni mi hermano. Me la pidió y compaginamos con su audio. Esto que vio —y jugueteó con el rollo sobre el borde del escritorio — es la verdad verdadera.
—¿A quién se le ocurrió trucharla?
—No sé —contestó con rapidez—. Me enteré de que eso existía recién hace un par de meses.
—¿Quiere que le crea?
—Le conviene.
—¿Y qué gana?
El Parga parpadeó:
—Cuando esto pase —movió la mano para subrayar lo evidente—, porque estos soberbios milicos también van a pasar; esta grabación va a ser un testimonio importante. Habrá quien la considere así y pague por esta historia. ¿No le parece?
—No sé. ¿Y mientras?
—Cada uno hizo su negocio, creo. —Y fingió abanicarse, triunfal, con el rollo que había vuelto a guardar en su cajita.
—No veo el mío.
—Sigue vivo, estúpido.
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En ese momento hubo un tremendo disparo muy cercano y la puerta de la habitación se abrió sola, o casi sola.
Lo que sigue no pudo contarlo Etchenike —caído hacia adelante por algo que lo empujó como un ladrillazo entre los omóplatos— porque una vieja desatada, algo parecido a Norman Bates caracterizado de su nunca del todo difunta madre, irrumpió en el escritorio de su repetido hijo empuñando la contundente elocuencia de una nueve milímetros sin seguro ni prejuicios al momento de disparar.
—¡Asesino! —gritaba repartiendo tiros—. ¡Asesino!
Cuando el veterano reaccionó estaba milagrosamente solo y descuidado de toda vigilancia, caído en el suelo con medio cuerpo debajo del escritorio, mientras a su alrededor el Parga hijo parecía definitivamente ahogado en su sangre y el custodio prolijo trataba de trasladar sin daño propio un ventilador encendido, intentaba envolver un triciclo en movimiento, contener sin romper a una vieja loca y con furia atrasada.
Etchenike no dudó de que el punto de fuga era la puerta chica, llevara donde llevase. Mientras gateaba enfilado, iba juntando: primero recogió la cajita caída de la mano del oscuro cineasta y después manoteó la todavía caliente pistola de la dama tirada por ahí, y se la llevó a su bolsillo de caballero. Así llegó a la puerta, salió y cerró a sus espaldas, como quien no sabe adónde va pero sí tiene claro qué quiere dejar atrás.
Lo primero fue la oscuridad y la fría sensación de espacio vacío; después, el olor. Se oían gritos cerca, atrás y adelante. Maldijo que el Gallego se hubiera llevado la linterna, pero tanteó la pared y encontró un interruptor. En los segundos que mantuvo la luz encendida pudo ver lo suficiente para orientarse. Estaba en lo alto de la escalera que daba al fondo del amplio taller de la imprenta. Vacío. Apagó y se mandó casi a ciegas, iluminándose de a chispazos con el encendedor, tropezando apurado escalones abajo a través de la penumbra olorosa de tinta, papel, aceite espeso y polvo acumulado.
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Llegó al pie y avanzó al frente por un pasillo. Media docena de máquinas, frías y silenciosas como solteronas sentadas contra la pared en un baile de pueblo, esperaban que las usen, las saquen a bailar con los botellones de tinta seca, las alcuzas de aceite dormidas. Sólo una pequeña estaba cargada de papel. Adelante, el alto mostrador vacío ya no mostraba nada, ni siquiera esperaba. La escasa luz de la calle se filtraba por las ranuras y agujeritos de la cortina metálica.
Dio toda la vuelta y volvió al fondo. Había un baño, un cuarto con bancos de madera y ropa de trabajo sucia y húmeda colgada de ganchos de pared y al lado, vidriada, una oficina vacante de Parga alguno. Se sentó y prendió la recatada luz del escritorio.
Espió y revisó los cuatro cajones. Muchos papeles. Había facturas, listas de clientes, películas recortadas y pruebas de impresión de todo tipo: de envases, de folletos y almanaques, incluso de figuritas de fútbol. En el último cajón, en un sobre de papel madera, encontró lo que acaso no sabía que necesitaba: pruebas a cuatro colores de cédulas de identidad y pasaportes. Buscó de apuro un rastro, un nombre, una cara conocida entre decenas de jóvenes y viejos, hombres y mujeres.
Lo interrumpió el ruido de la puerta que daba al patio y a donde había estado y volvía a estar seguramente el Gallego. Se metió el sobre entero entre el pantalón y la camisa, apagó la luz y esperó agazapado.
Mientras barría la oscuridad con la pesada nueve milímetros, la recordó en manos femeninas y octogenarias haciendo furioso fuego amigo y trató de calcular cuántos disparos había hecho en su fanfarria familiar. Demasiados.
Desde el cono de luz de la puerta abierta alguien gritó:
—¡Etchenike!
No conocía la voz, no contestó.
—Tenemos al Gallego y al pendejo —especificaron—. Salí.
No entendía la propuesta, no se movió.
—¿Quién es el sujeto? —preguntó.
—Nosotros.
—¿Quiénes son ustedes?
La respuesta fue un disparo que reventó un vidrio y se clavó a diez centímetros de su cabeza. Salió agachado de la oficina, mientras del otro
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lado también se movían.
—¿Quiénes? No entendí.
Los tiros siguientes terminaron de repartir los pedazos de vidrio y le permitieron localizar los fogonazos. Eran dos y se habían separado.
—¡No te hagas el pelotudo! —le recomendaron desde lejos, detrás del mostrador. Y volvieron a tirar.
El veterano disparó una vez a cada lado, rápido y al bulto, pero el tercer disparo no salió.
—Cagaste. —Le diagnosticaron sin énfasis ni apuro.
—Vengan a buscarme, van a ver —compadreó mientras se escondía detrás de la máquina más chica.
—Perdiste. Salí.
—Vengan, cagones.
Dialogaban sin verse las caras, como en un viejo confesionario. Etchenike vació a tientas la alcuza de aceite sobre el papel estibado y
le metió fuego con el encendedor. Tardaba en prender. Cuando al fin la llamita arrancó, dio un grito desafiante y revoleó clásicamente la pistola vacía contra el único vidrio sano de la oficina.
—¡Los voy a cocinar!
En medio del estruendo, con el fuego humeante y zafando de un par de tiros que lo buscaron al voleo, el veterano corrió, de memoria y tropezando, rumbo al fondo. Llegó a los escalones, y en el momento que comenzaba a subir a tientas, la luz lo encegueció.
Levantó la cabeza y lo vio. Medina estaba parado en lo alto de la escalera, a menos de cuatro metros. Tenía la mano izquierda apoyada en el interruptor y una pistola en la derecha. La puerta estaba abierta a sus espaldas.
—Se acabó —dijo, y le apuntó con el brazo extendido.
Durante un par de segundos sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Alejo.
La voz, baja y persuasiva, venía de sus espaldas.
Medina se volvió apenas mientras sonaba un único disparo. Quedó en su sitio un instante y después se derrumbó por encima de la baranda al piso con un agujero en medio de la frente.
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En el hueco de la puerta, Pilar bajó el arma, se dio vuelta y salió por donde se había asomado.
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Trasnoche con medias impares
Etchenike se quedó sentado en el tercer escalón, apoyado de espaldas contra la pared. Después de un momento, el humo espeso lo hizo toser y le reveló el eco hueco, el silencio tenso de guillotina suspendida después del último disparo. Enseguida y desde ahí, casi indiferente, vio en película muda cómo las dos o tres ratas que lo habían acosado a tiros hasta hacía un momento se arrimaban entre toses —sin apenas mirarlo— al indudable cadáver de Medina y se apartaban después como de un apestado, buscaban la puerta, la incierta calle, la cola entre las patas. Hubo gritos y ruido de coches. Después, otra vez el silencio.
Con el crepitar del fuego creciente y el humo negro, el taller parecía la maqueta del campo de una batalla nocturna en el norte de África, con los tanques rotos y humeantes clavados en el piso. Pero el veterano miraba hacia arriba, tal vez esperaba algo más de la puerta abierta.
Sin embargo, Pilar no volvió a aparecer. Tampoco alguien que disparara, explicara algo o llegara para recoger o maldecir el novedoso cadáver. Pasaron acaso un par de minutos. Le pareció oír muy lejos una sirena. Bomberos. También podía ser la policía.
Cuando se levantó se dio cuenta de que no sabía nada de Tony. Pero fue una especie de conjuro: como un fantasma berreta de película, el Gallego apareció caminando, Peter Cushing entre las nubes del humo. Las esposas rotas pendían como cadenas.
Quedaron frente a frente, con el Gallego al pie de la escalera y lo que quedaba de Medina entre los dos.
—Fue ella —le contó el veterano.
Tony meneó la cabeza, sonrió con la boca lastimada:
—Viejo de mierda —fue todo su comentario.
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Estaban solos, el fuego comenzaba a crecer y no había mucho tiempo para explicaciones. Casi sin comentarios, decidieron acondicionar el lugar. Etchenike recuperó la pistola que había revoleado y entre los dos subieron escaleras arriba el cadáver de Medina y lo dejaron adentro y junto a la puerta, con el arma que nunca había soltado. El Parga seguía igual de muerto y desangrado y la novedad era la vieja, sentada en el suelo con el camisón desgarrado, una mustia teta afuera y hablando sola bajito, con los ojos cerrados. Cada tanto repetía asesino, asesino como una letanía. Etchenike depositó la nueve milímetros junto a su mano.
Dejaron todo abierto y volvieron atravesando el taller con la boca tapada para poder respirar. Salieron por la otra puerta al patio sin encontrar a nadie. Vieron que el portón de hierro del pasillo que daba a la calle estaba entornado, pero Tony guio a Etchenike para el fondo de la casa. Con una oportuna escalera de pintor subieron al techito del baño y de ahí, caminando por la terraza de la casa contigua, saltaron a un baldío lleno de escombros, yuyos y un par de perros ladradores. Cuando llegaron a la calle, por la vuelta, sucios de tierra y con la cara tiznada, nadie de los pocos que comenzaban a salir a la puerta de sus casas les prestó atención.
El humo gris tardaba en subir contra el cielo muy negro y con estrellas frías, pero ya se veía de lejos.
—¿Qué pasó? —le preguntaron a uno en camiseta y con el pelo revuelto.
—Se incendió la imprenta de Goyena —les dijo con seguridad—.
Seguro que fue intencional.
Se volvieron al auto, que estaba ahí nomás. Recién entonces apreciaron mutuamente que estaban hechos un asco. El Gallego tenía el labio partido con hinchazón progresiva; Etchenike, desgarrones en el pantalón y los zapatos raspados por revolcarse en el piso de cemento.
El veterano sacó la cinta del bolsillo y el sobre que se arrugaba entre el cinturón y la camisa.
—Meté todo en la guantera —dijo—. Las pruebas de la infamia.
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Tony García espió un poco antes de guardar las cosas.
—¿Le vas a dar todo esto a Macías?
Etchenike lo miró de reojo:
—¿Quién es Macías? —Y era una pregunta verdadera—. Quiénes son todos, en serio.
Y sin morbo ni pormenores le contó el episodio con el Parga y su piantadísima madre, la huida y el tiroteo hasta la aparición del Ángel Exterminador.
—No entiendo nada, Tony.
El Gallego tampoco podía explicar lo que había pasado. El relato prolijo de los hechos le llevó menos de tres minutos:
—Después de que nos levantaron, nadie me habló. Me llevaron al fondo, al cuarto en el que estuve antes, y me esposaron. Eran los tipos del café y el que vimos llegar en el Falcon. Ahí ya estaba el flaquito, un pibe, con su mochila, como si lo hubieran agarrado a la salida del colegio.
—Facundo.
—Estaba encapuchado y con la boca tapada. Pero a mí no me pusieron nada. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que de golpe la trajeron a ella de la calle. Estaba suelta. Ni me miró y fue para el fondo.
—Estaba en el baúl del Falcon… —interrumpió Etchenike—. Me pareció oírla patalear.
—Puede ser: quiere decir que la levantaron de Tacuarí, cuando nos fuimos…
El veterano asintió:
—Claro. Seguí…
—Después apareció con él; volvió con Medina, digo. Y estaban juntos, Julio, te aseguro que hablaban como socios.
—¿De qué hablaban?
—De guita, creo. Pero fue un momento. Después se fueron los dos y nunca más la vi hasta el quilombo de los tiros y el fuego. Hubo una de corridas, cuando los que estaban acá nos dejaron solos y se fueron al taller y se pusieron a tirotear. Yo no sabía que era con vos. Hasta que se fueron todos cagando… Estábamos ahí con el pibe, que no veía ni decía nada, solos y dando pena, como gallinas en un terremoto.
—Qué idea rara.
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—Era lo que me parecía.
—¿Y ella?
—La última vez que la vi llegó corriendo de la calle, con la pistola. «Rajate, Tony», me dijo —y el Gallego enarcó las cejas—. Nunca me había hablado así. Me liberó las esposas de un tiro y se fueron corriendo con el pibe por la puerta de adelante. No la vi más. Cuando pude salí a buscarte y te encontré en la escalera. Eso es todo.
Era todo, era demasiado. Se miraban como dos que creían haber visto un ovni:
—No nos van a creer.
—No lo vamos a contar.
—Vos, por si acaso —y el veterano subrayó con el dedo en alto—, estuviste siempre encapuchado.
El Gallego asintió y Etchenike puso primera.
El resplandor intermitente del fuego ya asomaba por el balcón y los vecinos comenzaban a juntarse en la vereda de enfrente. Poco antes de las once, la serie de disparos furiosos había comenzado la secuencia fantástica que conmovía al barrio. Después fueron los gritos y las corridas, los coches sin chapa que llegaban o se iban haciendo sonar las gomas. Y ahora el humo y el fuego que cerraban el espectáculo a medianoche, con dos ambulancias, un patrullero cruzado en la esquina y los bomberos que llegaban o al menos la sirena que los anunciaba.
Cuando el Plymouth pasó frente al bar ya despoblado, con las persianas a media asta, y quiso doblar hacia la Capital, un policía se apartó del patrullero y lo interceptó.
—Está cortado. No puede girar.
—Llevo un enfermo —dijo el veterano conductor.
Tony ponía cara acorde, se tapaba la boca lastimada.
—Son dos los enfermos —diagnosticó Macías apareciendo desde el fondo de la noche.
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Los hizo bajar y acompañarlo. Caminaron media cuadra hasta otros coches y ahí los separaron. Todo eran secuencias repetidas, nuevas versiones de humillaciones gastadas.
—Quiero un abogado —dijo Etchenike antes de que le bajaran clásicamente la cabeza para introducirlo en el asiento delantero. Macías no le hizo caso y dio la vuelta:
—Se conocen —afirmó al sentarse al volante y presentar a los interiores presentes.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
El veterano y la elegante Malena Puig se habían entrevisto una vez, una vez y media; Facundo y Etchenike, nunca.
—Entendido el equívoco —simplificó raramente el Colorado.
Se lo veía muy cansado pero con cierta resaca satisfecha que le hacía tratar de enmascarar el fastidio con retórica.
—Tenemos los dos muertos justos y necesarios —informó sin volverse, mirando hacia adelante—. Casi ejemplares, les diría. Ya les disiparé dudas y corroboraré certezas por separado. Pero para cerrar del todo esta cuestión nos falta algo y nos falta alguien.
Ahí se volvió para semblantearlos.
—¿Qué falta? —se sorprendió Etchenike.
—La mujer —dijo Macías.
—Y el dinero —completó la madre uruguaya estrujando a su callado cachorro.
—Uh… Lo lamento pero nunca tuve el gusto —dijo el veterano, y se embaló en el registro alambicado—: lo que sí, asistí pasivamente a un tiroteo de saldo luctuoso con tres bocas de fuego pero una sola y tremenda tiradora senil. Puedo contarlo en detalle. Además, obtuve pruebas materiales de la estafa.
—¿Qué estafa? —soltó la dama oriental.
Etchenike no la escuchó:
—Y si se me permite —amagó hacia el picaporte—, las tengo en la guantera del auto.
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—Te quedás acá.
Macías se asomó por la ventanilla y pegó un par de gritos movilizadores.
Lo que tardaron los emisarios en recibir instrucciones y partir le bastó a Malena, matriarca en ejercicio, para recordarle a Etchenike —y al círculo inevitable de oyentes— lo que opinaba sobre él.
En principio lo ignoró y se dirigió a Macías, casi didáctica:
—Inspector, todo esto se habría evitado si este señor no hubiera irrumpido —ese verbo usó— con violencia en nuestro domicilio como lo hizo, violando la privacidad de una reunión entre parientes y amigos, apoderándose por la fuerza de objetos ajenos y, lo que es más terrible, provocándole un pico de estrés a mi marido que finalmente lo mató. Usted fue testigo del desenlace.
Macías asintió con énfasis durante la exposición pero se puso los guantes dialécticos para objetar sobre el final:
—Hay detalles, señora: tengo entendido que lo que interrumpió, al irrumpir este energúmeno, fue el pago de un chantaje, resultado acaso inevitable, y sin duda no deseado, del fracaso de una estafa previa.
—Nosotros no estafamos —argumentó la dama—. Sólo abusaron de nuestra buena fe, si quiere ponerlo así.
—Una vez más. ¿Quiénes son nosotros? —se obstinó el veterano—. ¿Vos sos parte del nosotros, pibe?
—¿No ve que está en estado de shock? Con mi hijo no se meta. Facundo sí que se metía. Pero para adentro, como un caracol. Daba la
idea de que si hubiese podido se hubiera metido incluso dentro de la mochila que sujetaba contra el pecho como un escudo o un talismán.
—Sin el testimonio de él, la mujer no existe —dijo Macías con estudiada inocencia—. Los vieron salir juntos de la casa, pero ella se esfumó. Tal vez tu socio impresentable pueda aportar…
—No creo —gambeteó Etchenike—. Estuvo todo el tiempo encapuchado. Sólo voces.
—Como él —ratificó Malena.
Cada vez que hablaba la viuda de Opi lo hacía de perfil, hacia su hijo y, en segundo plano y ángulo, en dirección a Macías. Etchenike era el tercero excluido.
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—Ahí vienen —dijo el veterano.
Los diligentes portadores que volvían del Plymouth dejaron el abultado sobre y el rollo en manos del Colorado.
—¿Es esto?
Etchenike asintió:
—Si nadie se inmiscuyó…
Ella se asomó y no pudo evitarlo:
—Es el dinero… ¡Son los dólares! —Y tiró el manotazo.
—¿Qué hace? —Macías le dio un golpecito corto en los dedos, como a un chico ansioso—. Señora…
—¡Ladrones! ¡Todos ladrones! —se sacó Malena definitivamente.
Etchenike meneó la cabeza, casi divertido a su pesar:
—Imprimían los documentos acá —explicó mientras Macías espiaba en el sobre—. Deben estar los del chico también.
Facundo no se dio por aludido, la madre ponía ahora gran parte de su furia en la ardua tarea de encender un larguísimo cigarrillo femenino. El veterano prosiguió con tono sereno, volcado hacia atrás en el asiento:
—Me gustaría que cuando el inspector lo considere oportuno, tanto usted como Diego Fierro y el amigo Pratt puedan ver el contenido de esta grabación.
Ella no mostró particular interés.
—¿Nos podemos ir?
—¿Sabe qué es? —y Etchenike le buscaba los ojos—. Espero que no la conozca, me gustaría pensar que no la conoce…
—Necesitamos ir a casa. Mañana es el entierro —Malena miró la hora en su coqueto relojito—. Inspector Macías…
El Colorado había quedado momentáneamente al margen, examinaba las pruebas de color y los recortes de celuloide como quien revisa un mazo buscando cartas marcadas.
—En un momento se podrá retirar, señora —dijo sin levantar la mirada.
Cuando pareció haber encontrado lo que buscaba volvió a guardar todo, retuvo a Etchenike con un gesto y tuvo una indicación final para ella:
—Avíseme cuando el muchacho se acuerde o esté dispuesto a acordarse de algo.
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A partir de ahí todo fue expeditivo. Macías les puso a disposición uno de los autos y los escoltó con solicitud de acompañante terapéutico hasta que madre e hijo partieron.
Después volvió con Tony, y ni siquiera pretendió confrontarlo con Etchenike. Al Gallego no le había costado demasiado interpretar el papel del que no sabe, no contesta. No sabía mucho, en realidad, y contestaba sólo lo justo para empatar el sentido.
El interrogatorio de rigor terminó con una pregunta puntual al veterano:
—¿Qué hay acá? —Y puso el rollo en medio de los dos. Etchenike se lo contó, detallado, con texto y contexto. —Ya lo vas a ver —concluyó—. Es el origen de todo. —¿De dónde la sacaste?
—La tenía y me la mostró Parga, de lo más orgulloso, antes del grotesco filicidio.
—¿Cuál Parga?
—No sé cuál. El muerto.
—¿Aldo o Franco?
—Nunca supe cuál es quién. ¿Hay más? —Son como medias, estos hijos de puta. A Etchenike le hizo gracia.
—Es como tener varios pares de medias del mismo color y siempre faltan o sobran —se explayó Macías—. No sabés cuál es la que sirve. No sabés cuántos pares hay que completar.
—¿Vos decís que son tres o más?
—Tal vez. Hagamos de cuenta que uno es bueno y el otro malo, para entendernos —sugirió el Colorado—. Pongámosle Franco al bueno y Aldo al malo. Más como funciones que como personas.
El Gallego los escuchaba como si explicaran el reglamento del ludo o algún otro boludísimo juego de mesa.
Empezó Etchenike:
—El que tenía esta cinta testimonial que no viste todavía era el bueno, según me contó él de sí mismo: Franco. El que me pegó en la cabeza la
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primera vez, cuando fui a la editorial, era el socio de Medina, el malo:
Aldo.
—El que llegó con el portafolios a lo de Opi era Franco entonces.
—Seguro, el bueno —aseguró el veterano.
—Momentito: no es tan simple. Esa noche tal vez estuvieron los dos —insinuó Macías como quien no lo patea, pero hace temblar el tablero—. Al portero se le confunden en la declaración. Al contar que al pibe se lo llevó Medina por el patio cuando vos llegaste a hacer quilombo, dice que iba con otro, y que cree que era el mismo que tenía el portafolios, y no entiende bien… Podía ser Aldo, es lógico.
Etchenike corroboró:
—Quiere decir que esa noche, a lo de Opi, fueron los dos a negociar, como habían arreglado la primera vez en Haedo. Pero la vez anterior Franco el bueno se había borrado, rajando de la pizzería con las cintas…
—Claro que sí, enano de mierda —admitió Macías—. Me tuve que bancar la bronca de Medina por eso, y el rencor de ustedes por estos putos pasaportes truchos —los golpeó sobre su regazo— que al final nunca sirvieron para nada.
—Se rajó el de las cintas y quedó el de las carpetas con los dibujos. El otro negocio.
—¿Qué cintas eran?
—Esta y la truchada para afanar. Las dos.
—Pero el día que fue a lo de Opi llevaba otra cosa: La noche de la nevada, me dijo el bueno.
—Pueden ser tres Parga, uno con cada cinta.
—Son dos Parga y tres cintas: el corto, el testimonio y la truchada para robar.
Se miraron como ciclistas que ruedan en el pelotón y terminan enredados y en el suelo, esperando que alguien tome la iniciativa y los desenrede.
—Quedó un Parga, Colorado, el que se llevó la guita.
—No quedó ninguno, boludo: y la guita se la llevó la mina.
Etchenike puso su mejor cara de póquer o de boludo, si se podía elegir al respecto.
—Nos vemos en la Chacarita —cerró el Colorado.
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—Me dijiste que no fuera.
El inspector Macías lo cacheteó amistosamente. Era tardísimo y al parecer todo le daba lo mismo:
—Hay que dar quorum, ya te dije.
Así que los dejaron ir y se fueron. El veterano desembarcó a Tony en Villa Luro y cuando tras largo peregrinaje llegó a la oficina eran las dos de la mañana. Lo sorprendió el discreto orden; el saludable desuso del fin de semana volvía a inaugurar lo gastado.
Fumó el último Particulares con la ventana abierta y ahí escuchó tronar. Enseguida vinieron relámpagos y refucilos; el día más largo del siglo se despedía a toda orquesta con un repertorio efectista, fuera de programa. Cuando se largó a llover tuvo que cerrar.
Se bañó sin apuro, se afeitó sin fe y pensó, se acordó de Celia. No tenía el teléfono. Dónde lo había anotado. No, él no. Ella lo había anotado, antes de separarse en el bar de Almirante Brown. En un papelito. No, en el paquete de cigarrillos. Lo acababa de tirar. Buscó en el papelero.
Miró el reloj antes de discar.
—¿Te desperté?
—Sí. Pero sabía que eras vos.
—Ah.
—Tenés voz de cansado.
—Ya te contaré.
—Mejor no mucho.
—Está bien.
Ella sintió que lo cortaba y reparó enseguida:
—¿Qué pasa? ¿Se suspendió el entierro? Me planché el vestido negro…
—No se suspenden.
—Pero mirá cómo llueve. Con la tierra mojada, el barro… —Lo van a quemar.
—Ah. Dicen que es muy caro incinerar. Nunca vi.
—Siempre hay una primera vez.
—O una última.
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Quedaron once menos cuarto.
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Cenizas en el viento
No eran tantos pero la llovizna los había obligado a amontonarse bajo las arcadas junto a la pequeña capilla, y así parecían más. Más amigos y conocidos que parientes, se podía suponer. En la periferia del grupo eran sobre todo hombres grandes que hablaban entre sí, se reconocían, se sorprendían después de mucho tiempo sin verse. Eso se decían, precisamente. Etchenike, con Celia callada a su lado y bastante apartados, no conocía a casi nadie. Uno de anteojos gruesos y medio pelado sabía que era Quino, el autor de Mafalda, que conversaba —muy poco, sólo estaba ahí, serio— con otros jóvenes y veteranos.
De pronto le tocaron el hombro. Era Algañaraz, con un paraguas inmenso que cerró con dificultad. Saludó cortésmente a Celia diciéndole señora y a continuación le señaló a Sábat y a Landrú y al editor Cascioli y a otros que el veterano no recordaría, más algunos jóvenes como Fontanarrosa y Caloi, que había visto en las fotos de la nota de homenaje de la revista dominical del Clarín que tenía bajo el brazo.
Hugo Pratt estaba a un costado con el francés y un impecable hombre flaco, más viejo y arrugado, de ojeras y orejas grandes bajo un paraguas pequeño y sombrío.
—El viejo Alberto —le apuntó Algañaraz.
El italiano los vio de lejos y los invitó con señas a que se acercaran, pero Etchenike rehusó, le daba cierto pudor. Algañaraz se despidió.
Cerca del cajón y del cura que revoleaba el hisopo y acababa de empezar una oración inaudible estaba la viuda, elegante vestida de negro, y había una viejita muy viejita que debía ser la madre de Opi, y Facundo con la mochila, y Diego Fierro, y la mina de la galería y el portero del edificio de traje, y otra gente, acaso algún pariente más. Perlado no estaba,
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visible al menos, pero sí estaba Macías apoyado en una estratégica columna. Había periodistas y algún fotógrafo también. Pero no mucho.
En un momento dado, cuando el cura terminó y antes de que la gente se dispersara a los autos y la comitiva arrancara para la zona de la cremación, Diego Fierro carraspeó, sacó un par de hojas escritas a máquina y empezó a hablar con voz bastante alta y clara, dadas las circunstancias, en su rol de único orador:
—Estamos acá hoy para despedir a un dibujante y humorista excepcional, a un maestro de generaciones, pero sobre todo a un amigo querido y a un compañero irremplazable. Osvaldo Pirozzi, Opi para todos nosotros y para sus lectores y admiradores de todo el mundo, encarna, junto con sus (tal vez no casualmente) casi homónimos Oski y Copi, una rica tradición de trazo y texto incisivos e inteligentes, comprometidos con los ideales transformadores de su tiempo, que han llevado al humor gráfico argentino a niveles de reconocida excelencia dentro de la vanguardia universal. Con Opi despedimos a un pedazo grande de la historia del arte en los medios de masas. Durante cuarenta años ha sido testigo activo y partícipe necesario de todos los grandes emprendimientos que convirtieron a la ilustración, la historieta y el humor gráfico argentinos en motivo de orgullo para nuestra cultura. Y en esta tarea nunca estuvo solo.
»Así, a Opi lo tenemos dolorosamente aquí, con nosotros, por última vez. Y esto es importante que lo recordemos ahora, en estos momentos de incertidumbre para nuestra patria, cuando múltiples circunstancias penosas hacen que muchas veces no sepamos, no se nos permita saber… —y ahí suspendió la lectura, vaciló un instante hasta proseguir—… no se nos permita saber qué pasa o ha pasado con artistas, con autores, con compatriotas de los que no tenemos certeza alguna de cuándo, dónde y cómo volveremos a ver.
El orador hizo una pausa, bajó y dobló los papeles y terminó improvisando:
—Les pido que hagamos un respetuoso minuto de silencio, homenaje y reflexión por Opi, y por todos ellos.
Hubo chistidos varios y después un silencio largo en el que sólo se oyó el rumor de la lluvia, algún sollozo de la viuda y, cuando comenzaron los aplausos espontáneos, algún grito que no llegó a ser consigna e incluso un
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estentóreo ¡Caradura! proferido desde lejos y pronto acallado. Nada serio, en el fondo.
Terminada la simple ceremonia, entre media docena de varones colocaron el féretro en el coche fúnebre y la mayoría de los asistentes se volvió a subir a los coches para recorrer encolumnada las tres o cuatro cuadras entre tumbas y jardines que separaban la capilla del crematorio. El resto se dispersó.
Etchenike había dejado el Plymouth estratégicamente a medio camino, así que aunque se mojaron un poco fueron de los primeros en llegar al nuevo destino.
Entraron y se colocaron adelante, cerca de la plataforma con corredera, para que Celia pudiera ver de qué se trataba. Desde un costado vieron cómo depositaban el féretro oscuro en posición y un empleado de la funeraria trajeado y un operario del cementerio uniformado lo deslizaban justo ante la abertura cerrada por la placa vertical de acero gris que ocultaba las hornallas encendidas, el fuego a gas que se dejaba oír ominosamente.
—Es horrible —le dijo ella al oído.
Etchenike le apretó la mano.
Sólo Malena y Facundo se adelantaron para la despedida. Ella traía una flor blanca que puso delicadamente sobre el cajón mientras se abría como un párpado la boca del fuego y el féretro se deslizaba. A su lado, con gesto rápido pero calculado, Facundo metió la mano en la mochila, sacó un cuadrado paquete de papel y lo empujó con las dos manos directamente al fuego junto con la flor. Por un momento las llamas envolvieron el féretro y las ofrendas. La espantosa ventana de hierro se cerró con un golpe seco y definitivo.
Malena y Facundo quedaron frente a frente. Ella tenía la boca entreabierta. El muchacho le sostenía la mirada, acaso sonreía. Seguro: levemente sonreía.
—¿Qué fue eso? —dijo Celia.
—Cincuenta mil dólares.
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Si habían entrado primeros, se quedaron últimos. Aunque en principio el grueso de la gente había dejado un hueco y habilitado la vía rápida de evacuación para la vacilante viuda y su hijo —que prácticamente escaparon murmurando entre sí con las cabezas juntas y gachas—, después el fluir hacia la salida se entorpeció. Afuera estaba lloviendo como si jamás antes. Los autos se acercaban al pie de los pocos escalones de mármol y con breves carreritas la gente se trepaba y partía.
Desde la puerta que empezaban a entornar a sus espaldas Etchenike calculaba el itinerario más simple y menos fangoso para llegar al Plymouth cuando los vio. Enfrente, al otro lado de la calle de pedregullo blanco, Macías y Diego Fierro compartían la dudosa protección de un árbol, sin paraguas ni apuro aparente. Acaso lo esperaban.
—Subite al auto que ya voy —dijo tocando apenas el codo de Celia, dejándole el paraguas de regalo y de rehén.
Ella partió sin comentarios y él cruzó a los saltos, resbaló y casi se va de culo ante una platea selecta que se reservó pudorosamente el juicio.
—Tenemos que hablar —dijo el Colorado—. Los tres.
Los dos que sumaban asintieron y casi sin darse cuenta miraron a coro hacia el edificio nuevamente cerrado bajo la lluvia que lo borroneaba. Parecía todo muerto. No obstante, el humo negro de la chimenea porfiaba en demostrar los efectos del fuego sobre la materia combustible, cualquiera fuera.
—Vieron lo que pasó —dijo uno.
Durante media hora larga, Celia Quiroga, argentina, viuda, de 48 años, dos hijos, propietaria de un negocio de comidas en la calle Brandsen del barrio de La Boca con habilitación precaria, se preguntó por lo menos tres veces qué estaba haciendo allí.
Sentada en el lugar del acompañante del húmedo asiento delantero de un viejo coche negro marca Plymouth ajeno, en medio de un sendero lateral del cementerio de la Chacarita, no podría haber contestado otra cosa que vaguedades, improvisar el relato veraz de circunstancias inverosímiles. Seguro que era todo mentira. Mejor incluso que fuera mentira, un chiste largo.
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Acaso por eso, mientras observaba cómo tres hombres —de los que sólo a uno apenas conocía— conversaban media cuadra más allá sin cuidarse demasiado de la lluvia, ella se olvidaba, curioseaba, se malentretenía con lo poco que tenía a mano. La radio saturada de descargas confirmaba que se habían suspendido los partidos de reserva pero que habría fútbol a partir de las 15.30, que la Bombonera presentaba un césped con charcos pero la fecha en Capital al menos por ahora se jugaría. No le interesó la formación de Platense y movió el dial. Buscó música y encontró una selección de boleros de Los Panchos con Eydie Gormé primero, y con María Martha Serra Lima después. Tarareó Siete notas de amor mientras revisaba la guantera sin dejar de vigilar al grupo de reojo. Había una guía Peuser, un revólver, una franela y un paquete de pastillas Trineo. Cuando iba al Cine Dante comía pastillas Trineo. Tenía un novio acomodador en el Dante. Hacía mucho que no comía pastillas Trineo.
Se puso una en la boca y cerró la guantera cuando vio que Julio se desprendía del grupo y volvía caminando, encaraba hacia el auto sin apuro ni resguardo.
El veterano abrió la puerta y se dejó caer frente al volante. —Disculpame —dijo el empapado con los zapatos sucios de barro y
las manos frías—. Ahora te cuento. Ya te hablé de estos dos, pero hay cosas que no vas a poder creer.
De pronto, mientras Etchenike le daba arranque largo y ruidoso al Plymouth, un patrullero salido de la nada aparecía junto al arbolito, bajaban dos, sujetaban a Diego Fierro y se subían los cuatro.
—Se lo llevan —dijo Etchenike.
—¿Preso?
—¿Cómo?
María Martha seguía con Los Panchos y ella bajó el volumen, apagó la radio.
—Digo si se lo llevan preso al de barba —aclaró.
—Tal vez… No creo. Pero tiene muchas cosas que aclarar y la va a tener difícil ese hijo de puta —vaciló él, apenas—. Un boludo, en el fondo.
—Después me contás —dijo ella—. Ahora tengo que ir a hacer pis.
—Hay baño acá.
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—Acá no.
Fueron a la pizzería Imperio, en la esquina de Lacroze y Corrientes. Mientras ella se apuraba hacia el fondo, Etchenike pidió una grande de jamón y morrones y una cerveza.
Celia volvió y le dijo:
—Hay partido, así que tengo que estar en la parrilla a más tardar a las dos.
—Llegamos justo. ¿Te gustó la cremación? —Explicame lo de la plata quemada. —Eso es el final. Viene de lejos.
Etchenike pensó en hacerle un resumen que acaso simplificaría demasiado pero que por primera vez tendría la coherencia de un relato.
—De esto no vas a poder hablar con nadie nunca, Celia —le advirtió
—. Si hablás sos boleta. ¿Querés escuchar? —Sí.
—Hace una semana unos dibujantes europeos famosos me vinieron a ver para decirme que había desaparecido Opi, este tipo que cremaron hoy.
—Ya me lo contaste antes. De los hijos de Opi que se pelean con su mujer, de los dibujos, de la minita que vino con los pesados de la patota y se desmayó, del embarazo, del Sanatorio Güemes, de la flaca de Catalinas y el hermano de Prefectura… Todos mentirosos, te dije.
Etchenike ya no sabía o recordaba qué sabía ella ni quería colaborar a su confusión general ni particular.
—Entonces empiezo por la verdadera historia que está detrás, la que descubrí recién hace un par de días.
—Como a mí —dijo Celia mordiendo su pizza con ojos bizcos.
Pero Etchenike estaba en lo suyo:
—Después del golpe lo secuestraron al viejo Oesterheld, un escritor famoso, el autor de El Eternauta. Lo tenían en una cárcel clandestina que le dicen El Vesubio, por La Tablada. Que la están desmontando, ahora. Ahí lo vio un tipo de la patota, este Medina del que te hablé, que sabía quién era, incluso lo conocía y tenía un par de amigos que también. En la Navidad del 77 en un recreo que les daban entre tortura y tortura, lo
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grabaron clandestinamente al Viejo cuando leía un cuento para los demás presos. A alguno de ellos se le ocurrió, con esa grabación, manipulando el sonido y agregándole texto y traducción trucha en inglés, hacer un pedido, una especie de colecta, de cien mil dólares. No era un rescate. Era la guita que se necesitaba para liberarlo: pagar sobornos y hacer documentación falsa, conseguir los pasajes de línea y sacarlo del país. Estaba pensado para mostrarlo en Europa, donde conocen bien a Oesterheld y hay guita. Pero a esta gente le faltaban contactos en el ambiente, y sobre todo allá. Por eso le llevaron la grabación a este Diego Fierro, que es editor de historietas, y el tipo entró.
—¿Les creyó?
El veterano se empinó la cerveza, la apoyó de nuevo en la fórmica:
—No se sabe, y por eso tal vez… —Hizo el gesto de muñecas esposadas—. La manipulación es evidente, una porquería… La cuestión es que este Fierro se comprometió con ellos a planear la recaudación, aprovechando que se organizaba una Bienal en Córdoba con invitados que iban a venir de afuera. Así que a fin del año pasado llevaron la cinta a Europa, la hicieron circular secretamente y empezaron a juntar efectivo entre los bienintencionados…
—¿Cuánto juntaron?
—No sé. Miles de dólares en billetes. Y como necesitaban una persona insospechable que los trajera, este Diego Fierro se lo propuso a un gran amigo de Oesterheld, Opi, y sobre todo a su mujer, la viuda desesperada de hoy… Y entonces Opi, que ya venía medio enfermo y con quilombos de reclamos de herencia con sus hijos, como traía sus originales para vender en una exposición, trajo también toda la mosca recaudada, los cien mil.
Celia quiso saber cómo había sido el trámite, qué había salido mal. —El acuerdo era que, al llegar de Europa, Opi, siempre con Fierro, les
entregaba la mitad a cambio del pasaporte y el pasaje con nombre falso, y que el día del viaje, que no sé cuándo era, lo entregaban a Oesterheld sanito y salvo listo para viajar, y recibían el resto de la guita.
—¿Y qué pasó?
—La primera parte funcionó y la segunda cita se canceló sin fecha. Alguien blanqueó que Oesterheld estaba muerto desde hacía más de un
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año… La grabación era de la Navidad del 77, un año anterior al que decían.
—¿Y lo sabían?
—Ahí está la cuestión: cuando llegó Opi y supieron que era mentira, que no había un Oesterheld que rescatar… Pero la guita ya estaba juntada… Y a quién se la iban a reclamar, si era todo secreto y clandestino.
—Ufff.
—Cuando Opi se enteró, los amenazó con denunciar todo porque tenía las pruebas para cagarlos, los documentos falsos y la cinta, pero ahí lo apretaron por el lado del pibe, Facundo, que es un perejil de superficie, fichado de una organización que es un colador, con más servicios que militantes… Le retuvieron al pibe hasta que soltara la otra mitad de la mosca y sólo se lo devolverían si se rajaba al Uruguay con la madre y no volvían más.
Celia vacilaba entre la impaciencia y el fastidio:
—¿Para qué hacían eso?
—Para zafar. Cuando blanquearon que era todo una estafa, acordaron que ya que estaba la guita se la repartirían. Después de todo lo habían recaudado, pero tenían que hacer desaparecer las pruebas. ¿Entendés…?
Ahora Etchenike se cansaba de explicar:
—Acordaron devolverle a Medina la cinta trucha junto con la original para que no quedara evidencia y también los documentos falsos para Oesterheld y el pibe. Era el modo que tenía Medina de cuidarse el culo si venía la mala.
—No entiendo. ¿Qué mala?
—No importa: todo es una pena, y un asco —simplificó Etchenike—. Si Opi hablaba, el pibe era boleta. Se emborrachó, hizo un colapso y lo internaron en el Güemes. Hasta que desapareció.
—Ahí te llamaron a vos.
—Un gil.
—¿Por qué?
—Porque no me dijeron nada y además hay otra historia más miserable que arranca ahí: la pelea entre los hijos de Opi contra Malena por la obra del padre. Y eso que no sabían nada de Germán, de lo de Oesterheld… El hijo milico, Perlado, se enteró y quiso su parte. Como no se la daban,
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secuestró a Opi del Güemes y forzó la reunión de Haedo para que le dieran los cincuenta mil a él.
Ella asintió.
—Pero uno no participó y no cerraron —concluyó el veterano.
—Es muy complicado: no entiendo.
—Lo único que tenés que entender es que estos hijos de puta por la guita se olvidaron de Oesterheld, de Opi y de la concha de su madre. A nadie se le ocurrió otra cosa que repartirse la guita.
—Y el pibe los cagó: quemó la mosca y castigó a la madre por haber juntado esa mosca con el verso de Germán.
—Y andá a cantarle a Gardel.
—Buen quemado, en Medellín.
—También.
—Está parando de llover.
—Vamos.
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Bajo bandera
Había despejado bastante. Casi no llovía pero igual la calle estaba lenta, por mojada y demasiado concurrida. Tardaron mucho por Corrientes y después, en el Bajo, los camiones y colectivos que iban a La Boca — algunos fuera de línea y rebalsados de hinchas— ocupaban todos los ruidosos carriles y, más allá de Parque Lezama, saturaban por escándalo de gritos y banderas Almirante Brown y Patricios, las avenidas que confluían en los alrededores de la Bombonera.
Cuando al fin llegaron, tarde, estaba lleno de gente. Celia pasó al otro lado del mostrador y se puso el delantal encima del vestido negro. El parrillero había encendido el fuego hacía rato y había muchas y buenas brasas; sacaba y ponía los chorizos, cortaba el vacío en fetas finas, corría las roscas de morcilla al fondo. La chica de la cocina se ocupaba de la máquina de café y atendía las mesitas, abría y cerraba la heladera de las bebidas. Camilo, el pibe de Celia, acababa de traer la segunda canasta de la panadería y Etchenike amagó partir y repartir los panes pero ella lo echó amablemente a un costado.
Durante los siguientes tres cuartos de hora, hasta que la gente se fue masivamente a la cancha que latía a tres cuadras, el veterano —acodado con su café sin cortar y con azúcar— sólo la vio ir y venir del mostrador y la máquina a las mesas, de las mesas a la caja, de la caja a la cocina preparando la salsa criolla, el chimichurri, los chorizos a la pumarola. Al pasar, a veces, le sonreía
El partido empezaba tres y media, así que minutos antes, mágicamente, el boliche se desagotó. Sólo quedaron un par de bebedores indiferentes a cualquier otro deporte que no fuera el vaso, la radio encendida en voz alta para los choferes que bebían algo antes de tomar servicio y el infaltable
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Ledesma en el extremo del mostrador, de franco en la seccional pero no en la parrilla. Se saludaron con un guiño de amable complicidad.
El veterano fumaba sin apuro ni otro programa que estar ahí, pero por rutina o simple reflejo —cuando hubo una pausa— pidió el teléfono y Celia se lo alcanzó.
No pudo hablar con el Gallego, que todavía dormía la siesta desde la noche anterior, según el testimonio literal de su vieja, ni tampoco intentó con su hija, que supuso no habría regresado aún de Mar del Plata; pero sí encontró al Negro Sayago, para quien hablar con él fue como una comunicación mediúmnica.
—Te soñé fiambre, Julio —le confesó con voz temblorosa—. Desde el jonca me decías que vos habías sido muy generoso conmigo, que me ibas asociar, y que yo te había abandonado. Estabas cabrero, resentido, muy mal.
—Perdón por no dejarte descansar tranquilo.
El Negro tardó un momento en responder.
—¿Qué te pasa? No te angusties… —insistió el veterano.
—Le voy a jugar al 48.
Etchenike cortó sin comentarios y se echó a reír solo. Con la mano todavía en el teléfono se lo comentó a Celia, que secaba copas tras el mostrador. Pero ella estaba distraída de él, atenta a lo que pasaba en la calle. Algo había visto o escuchado porque de pronto soltó el repasador y manoteó la cuchilla.
—Camilo… —dijo al ver que su hijo salía.
Y se mandó detrás de él.
Hubo un revuelo en la vereda, un grito y corridas. Típico quilombo de pelea entre barras, parecía. Pero pasaba algo más, porque Celia discutía con alguien y Etchenike vio que el parrillero se agachaba detrás del mostrador.
En ese momento hubo un gol de Platense en la radio pero nadie dijo nada. Había más gritos apagados afuera.
Etchenike por si acaso tanteó su revólver en el bolsillo y corrió a ponerse a un costado de la puerta. Se asomó apenas.
A Camilo lo había visto sólo dos veces y hoy era la segunda; y era la segunda vez también que veía al otro tipo. En este caso, como la primera
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vez en casa de Opi, el tipo también tenía una pistola y la usaba para amenazar de muerte a alguien que sujetaba, ahora, no en un living paquete sino en medio de la calle.
—¡Soltá a mi hijo, la puta que te parió! —le gritaba Celia en la cara, a tres metros.
El prefecto en retiro efectivo Daniel Perlado se asomaba largamente por encima de la cabeza de Camilo.
—Que salga el viejo y te lo devuelvo, negra puta —respondió—. Sé que está ahí.
Celia se volvió. Etchenike dio un paso a su derecha y quedó en medio de la puerta abierta con los brazos caídos a los costados. Tenía el revólver hacia abajo en la derecha.
—Vení a buscarme.
El milico, escudado en Camilo, disparó dos veces, incómodo. Etchenike sintió el impacto en la mano, voló su revólver y cayó para atrás, quedó tirado adentro. Celia gritó y se le fue al humo con el cuchillo pero Perlado la golpeó con la pistola en la cabeza y quedó ahí.
El veterano se arrastró un poco más hacia adentro, quiso salir de la línea de fuego para que no lo quemara mientras trataba de empuñar el revólver. Pero el milico no lo dejó. Dio un par de pasos rápidos hasta la puerta y levantó la nueve milímetros.
Etchenike cerró los ojos, oyó el grito de Celia, lejos. Y después el disparo. Uno solo.
Como en un viejo western, el desenlace clásico se producía en el saloon. Mientras el prefecto se derrumbaba sorprendido y muerto sin enterarse de nada con un preciso y piadoso balazo debajo de la ceja derecha, el cabo Sixto Ledesma —sin bajarse del asiento—, tras un par de segundos, dejaba la reglamentaria junto al vaso de ginebra y con la misma diestra mano firme se la empinaba.
Rato largo después, mientras le ponía una curita a su mamá, Camilo contaba que el perverso prefecto había pasado dos veces más temprano buscándolos a los dos. Por eso había salido para echarlo cuando lo vio aparecer.
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Etchenike no estaba en condiciones de agradecer adecuadamente a él, a ella, al eximio tirador Ledesma —devenido héroe de la jornada— o a los médicos del Argerich que le hicieron las primeras curas en los dos dedos lastimados de la derecha. Sólo miraba casi con incredulidad el cadáver que por disposición de la jefatura de la Comisaría 24 no debía ser movido del lugar.
—Está casi todo el personal afectado al operativo de seguridad en la cancha —le explicaron—. Cuando termine el partido hacemos el procedimiento formal.
—Yo no pienso cerrar —dijo Celia desafiante.
Cuando tras el empate de Boca sobre la hora terminó el partido y la gente volvió a acercarse al boliche, se encontraron con las mesitas en la vereda y el suplemento de un par de tablones con caballetes. Así trabajaron un par de horas más.
Los que pidieron pasar al baño se vieron obligados a esquivar un bulto que había atravesado en la puerta. Como no encontraron nada adecuado para cubrir el cadáver del prefecto Daniel Perlado, muerto en su perversa ley, lo habían tapado con una bandera de Boca que había ahí y que sin duda el milico no se merecía ni siquiera como sudario.
Etchenike pensó que tal vez ese desenlace significaba algo, en términos simbólicos o lo que fuera. Pero no se le ocurrió qué podía ser. Le costaba pensar, se enredaba. Estaba vagamente satisfecho pero muy cansado, dolorido y con la incómoda y genuina sensación de que su presencia ahí ya incomodaba. Le dejó un mensaje informativo a Macías y se decidió a partir antes de que llegara la policía.
Celia lo acompañó hasta el Plymouth.
—Te llamo —dijo él.
—Mejor no —dijo ella—. Vos dejame a mí.
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Claros clarines
El lunes, Día de la Bandera, fue como pocas veces un feriado genuino para Etchenike, con los negocios cerrados, actos patrióticos, corte de calles y desfile militar con uniformes de época desde Plaza de Mayo al Congreso. Patricios y granaderos lo despertaron temprano con los claros clarines de sus sendas bandas bien montadas, y el olor a bosta de los piafantes caballos subió hasta su ventana mientras leía el diario tomando mate solo, es decir mal acompañado, como solía decir el amigo Bierce.
El incendio y el hallazgo de dos muertos de bala en unos talleres gráficos de Villa Insuperable la madrugada del sábado seguía siendo un misterio. Se suponía que la vieja dueña de la empresa Imprenta Rolo — cerrada y con pedido de quiebra—, una viuda insana que vivía en la planta alta del establecimiento, había desencadenado la tragedia. La mujer, que tras los hechos permanecía retenida en un instituto de salud mental bajo custodia policial, habría desconocido a uno de sus hijos mellizos y a un amigo de éste al confundirlos con ladrones, y los había ultimado a tiros en el escritorio de su propia casa. La alienada probablemente sospechó que los baleados habían entrado por la puerta de comunicación interna con el local, que estaba abierta. Por razones no precisadas aún, pero acaso como resultado azaroso de las numerosas balas perdidas (se escucharon más de media docena de disparos) había estallado un incendio en la planta baja, al tomar fuego algunas de las resmas de papel acumuladas junto a las máquinas. La policía mantenía reserva con relación a la identificación de las víctimas. Las pérdidas materiales eran cuantiosas.
Respecto del episodio en el que un policía de la seccional 24 fuera de servicio había ultimado en defensa propia y con su arma reglamentaria a un sujeto no identificado aún en el interior de una parrilla de la calle
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Brandsen a la salida de Boca-Platense, Etchenike sólo encontró un recuadro de diez líneas al pie de la crónica y el comentario del partido: Un muerto. El hecho y nada más. Incluso el nombre del heroico Ledesma estaba mal escrito.
—Afirmativo —se dijo para sí.
El santiagueño lo hizo pensar en Celia, pero se contuvo. Ganas de verlos. Y eso que era gente que apenas si conocía de unos pocos días. No siempre le ocurrían cosas así. Casi como un ejercicio gratuito, nada más que para ver la densidad de los días pasados y la cantidad de personas y personajes que se habían entreverado en su vida durante la última semana larga, echó una vez más un vistazo a la baqueteada libreta negra, llena de nombres y circunstancias.
Todavía quedaban muchos cabos sueltos. La mayoría podía quedar así para siempre, pero no todos. Algunos eran cuentas pendientes. Volvió a anotar nombres y preguntas, e incluso le estaba echando una mirada a la guía telefónica, su libro de cabecera, cuando el aparato sonó por primera vez en la alta mañana:
—¿Leíste el diario?
Era el Gallego que reaparecía un día y medio después. Comentaron la versión periodística de los sucesos de Villa Insuperable y el veterano le explicó lo que significaba el sucinto recuadrito de la página de Deportes.
—Se acabó, Tony. Ahora sí —concluyó—. Y estuviste brillante…
El Gallego no pareció demasiado impresionado. Tenía otra previsible curiosidad:
—¿Y de Pilar qué sabés?
—Nada, saludablemente.
—Yo estoy en Tacuarí —dijo el otro como si confesara la recaída en un vicio antiguo.
—No lo puedo creer…
Y Etchenike lo puteó sin pausa ni esperanzas de enmienda durante dos minutos. Con rara paciencia, el Gallego irreparable logró explicarle que después de todo era su casa, que ella en algún momento de ayer o de hoy se había llevado todo y dejado una notita tanguera de adiós definitivo.
—¿Qué dice?
—Es personal.
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Etchenike bufó.
No se le había pasado el fastidio con su socio cuando volvió a sonar el teléfono. Era un Macías raramente amable y locuaz, que le agradecía su prolijo reporte sobre los sucesos de La Boca del día anterior y que en esta ocasión —mentía como un vendedor callejero— lo llamaba sólo para preguntarle cómo había dormido.
El veterano admitió que poco y bien, pero su evasiva no le bastó al Colorado. Adelantó que tenía varias cosas que decirle.
Etchenike lo vio venir y lo primereó:
—¿Cómo terminó lo de Diego Fierro?
—No terminó. Quedó a disposición. Dice que él les creyó y que cuando saltó la evidencia de que Germán estaba muerto era tarde para volver atrás y que sólo había que tapar todo y salvar al pendejo.
—Salvar al pendejo y el pellejo.
—Eso, seguro. De su participación, reconoció todo. Los juegos de documentos truchos con nombres falsos eran los seudónimos de Oesterheld para firmar algunas historietas, esa misma Rolo, por ejemplo: Germán Sturgiss y De la Vega los había propuesto él. Y los del pibe también.
—Son los documentos que yo les entregué a ustedes sin mirarlos el día de la reunión de Haedo.
—Qué boludo.
—No sé todavía. Puede ser. Había prometido no mirarlos y cumplí. —Lealtades. Te podrías haber ahorrado… —Ponele. ¿Qué va a hacer este Fierro?
—Tiene que reportarse. Llamarme, completar algunos casilleros. Hoy lo iba a despedir a Pratt a Ezeiza. Otro personaje, el tano…
—Dame el teléfono de la casa, que hay cosas que me debe.
Macías se lo dio y cambió el tono, se hizo perversamente confidencial. —Yo creo que este hijo de puta se mueve a la Malena, lo cagaban a
Opi y Facundo se enteró.
—¿Cómo sabés?
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—Pura intuición. Soy un buen policía, a veces. Y te lo puedo demostrar, que para eso te llamé.
—¿Para qué?
Y recién entonces el Colorado cambió de escenario, de día, cambió de personaje y entró en tema: según su punto de vista, la actitud irracional de Perlado —yendo a buscarlo a la descubierta— era la de un tipo sacado, acorralado por las pruebas reunidas contra él por lo de Aída.
—Seguramente —concedió Etchenike.
—Faltan detalles, pero está claro: la mató él, por los 50 mil dólares que se llevaron de la casa de Opi. Cuando los liberé esa noche no me di cuenta de eso.
—Ah.
—No sé cómo los manotearon. Yo suponía que Medina nunca los había soltado. Y que los tenía cuando se frustró, vos le frustraste, el canje y se llevó al pendejo.
—Hubo tiros cuando Medina y el Parga malo se rajaron por el patio — aportó el veterano—. Tiene que haber sido ahí.
—Pero después, cuando se fueron, la guita no la tenía el milico, que lo cacheamos bien por el arma. Yo separé a las mujeres porque se reputeaban. Y no las revisé porque a esa altura todavía no sabía qué tenía que buscar. Y ellas no iban a hablar de eso.
Etchenike suspiró:
—¿Entonces?
—Entonces quiere decir que la mosca la tenía Aída en la cartera, se la habrá puesto él…
—Tal vez.
—Fueron al departamento de ella, discutieron por eso y por todo lo demás. Él la cascó como solía y la mató, o se le murió en la pelea…
—Seguro.
—Entonces armó la escena del suicidio. Muy estúpida pero muy elaborada. Cortó y sacó la protección de red, la escondió, se fue como si nada y le encargó a Rosales, que estaba siempre a disposición, que se hiciera cargo de tirar el cadáver justo cuando él tocara el timbre a la mañana, y le diera la coartada.
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—Tengo testigos, insomnes enamorados, que lo vieron entrar y no salir —completó el veterano casi a su pesar, harto de que Macías le explicara como si él no supiera nada, como si no se lo hubiera dicho todo—. El tipo estuvo horas ahí. Cuando llegó el momento, la revoleó y salió del departamento sin que lo vieran. Por ahí antes de que ella tocara el piso él ya estaba afuera, en el pasillo. Después se mezcló en medio del quilombo del edificio, incluso creo que golpeó la puerta haciéndose el boludo…
—El procedimiento de la 24 dice…
—El procedimiento de los de la 24 fue una vergüenza —se cruzó el veterano—. Tienen que hacer algo con esa runfla, Colorado. Si el Gallego no pescaba lo del horario del aviso fúnebre anticipado eran capaces de cerrarlo todo como suicidio o muerte dudosa.
Se hizo una pausa en la conversación.
—Y es probable que se cierre así nomás —le soltó Macías al fin—.
Que oficialmente quede caratulado así.
—Pero no puede ser —porfió Etchenike sin demasiada convicción—. Si cuando yo me metí dos días después este Rosales quiso entrar, tiene que haber sido sólo para sacar alguna evidencia. Mandado por el otro o no. Era amante de la flaca, cosa que el hermano no sabía. Tal vez tenía planes propios… Yo lo acomodé con los tacazos…
Macías lo aplaudió por teléfono. Solía hacer esas gansadas cuando estaba dulce o le interesaba bajar tensiones.
—Ja… Sos bueno vos. Pero también tenés suerte —concedió a medias. —¿Cómo?
—Podría acusarte de violación de domicilio, de romper una faja judicial, de manipular pruebas, de modificar la escena por lo menos de tres crímenes en una semana. Tenés suerte de que no lo voy a hacer.
—Eso no es…
—Además, por lo que sé, este fin de semana dos veces seguidas te salvaron cuando estabas liquidado…
—Cierto. La suerte del campeón —se jactó el veterano.
—Ponele.
Se hizo otro vacío. Y ahí Etchenike lo llenó con la pregunta que
Macías esperaba, que para eso en el fondo había llamado:
—¿Y la guita? ¿Qué pasó con los cincuenta mil dólares?
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—¿No sabés?
Etchenike dijo que no tenía idea.
—¿En serio? Porque la encontramos fácil. La encontré yo, bah —dijo Macías como si fuera un detalle—. El paquete abierto y meado por los gatos, envuelto en la malla que cerraba el balcón.
—¿Dónde estaba?
—Arriba del placard.
Etchenike recordó el momento en que el sonido del teléfono en el departamento de la Flaca, la llamada del Gallego precisamente, lo había hecho bajar del banquito para atender. Lo había tenido ahí…
—Qué bien, che —reconoció con grandeza.
—No está todo. Falta guita. No sé cuánta… Seguro que Perlado esa noche se llevó un puñado. Encontramos algunos en la casa cuando allanamos, pero pocos. Y no conseguí que Rosales cantara al respecto. Lo negó todo hasta el final y ahora es tarde.
—Los de la 24 —dijo Etchenike—. Andá por ahí. Los conozco bien.
Entró demasiada gente a ese bulo.
—Entraste vos también.
—Por suerte para vos, no seas jodido. Te regalé una investigación casi hecha, recuperaste casi toda la guita, puse el cuerpo y tengo dos dedos cachuzos, casi me matan.
—Siempre casi.
—CASI es un calzoncillo.
—CASI casi no se usa.
—Casi nadie tiene huevos, Colorado.
Macías volvió a festejarle el retruque.
—Y todo al pedo —comentó al ratito, casi un filósofo.
—Es lo que me dijo el viejo Opi, las pocas palabras que crucé con él.
Que deben haber sido las últimas suyas. Pobre tipo.
—¿Y los que participaron en la cosa y la pusieron? Si supieran… —Una vez que entran unos verdes al país.
—Uno los quema, otros terminan meados. Así, nunca.
—Ja.
Y podrían haber seguido. Tenían filosofía para rato. Afuera sonaban los claros clarines.
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De pronto Etchenike miró las guías apiladas sobre el escritorio y se acordó.
—¿Alguien reclamó el cuerpo de Medina? —Nadie por ahora. No tenía parientes, que se sepa. —Ah. ¿Y se sabe dónde vivía, hay algún dato?
—No. Desde que estaba en la joda pesada se movía clandestino. Y Frataccio y los mellizos están todos muertos…
—Tal vez haya una hoja de servicios o algo. Vos lo tuviste ahí… —Hace años que se fue, te dije. Lo dimos de baja. Quedó el legajo
nomás, que se archiva.
—¿Me lo podés conseguir?
—Está en el piso de arriba.
El veterano se sorprendió en serio:
—¿Estás laburando hoy? ¿Estás en la Central?
—No te digo que soy un buen policía… ¡Viva la Patria!
—Conseguime algún dato, dale.
—Llamame en diez minutos.
Etchenike cortó y aprovechó para intentar hablar con Diego Fierro. No le contestaron. Habría ido a Ezeiza. Llamó a su hija y tampoco había nadie en el departamento de calle Sarmiento. Vio en la agenda que al día siguiente, martes, tenía cita con el psicólogo de Marcelo y se puso de mal humor, pero se acordó del Negro Sayago y lo llamó.
—¿Jugaste al 48?
—No me hables. Es feriado por fiesta patria y no hay lotería.
—Jugalo para mañana.
—No es lo mismo, porque anoche soñé otra cosa y me lo tapa. No sé qué hacer.
—Tenés una vida complicada.
—Me estás cargando.
—Para nada.
Cuando llamó Macías ya estaba con la guía telefónica abierta.
—Está el legajo, completo. Desde que entró a la Escuela de Policía, a los dieciocho.
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—¿Qué domicilio dio?
—Jean Jaures 945.
—Gracias.
—Tengo otros, varios más.
—Dale, decime.
Y mientras le daba otros posteriores en el tiempo, Etchenike decía ajá pero no anotaba nada.
—Ya está, Colorado. ¡Viva la Patria!
Estuvo media hora larga consultando laboriosamente las tres columnas completas que ocupaban todos los Medina de la Capital Federal. Aunque no encontró lo que buscaba, tomó notas igual, y antes de bajar a almorzar intentó de nuevo con el teléfono.
Su hija no había vuelto, pero Diego Fierro sí.
Lo escuchó, por lo menos, reticente.
—¿Ya volviste del aeropuerto? —Trató de sonar casi jovial—. ¿Cómo se fue el tano?
—Se va esta tarde. Ahora salí a comprar el diario nomás —lo cortó el editor—. Y no quiero hablar con vos, Etchenike.
—Yo tampoco —mintió el veterano—. Era sólo por una consulta profesional: mi nieto quiere estudiar dibujo y no sé con quién. Como mañana lo voy a ver, pensé que me podrías orientar…
—Que estudie de botón, como el abuelo.
—Siempre es mejor que ser ojal.
Pero no había mucho margen para ironías.
—Disculpame, pero tengo que practicar formas no convencionales de
llegar a Ezeiza —dijo el otro, cansado—. Después de lo de ayer ya me
empezaron a amenazar.
—¿Quién te llamó?
—MacGuffin, como siempre.
El hombre no perdía el humor. Etchenike sintió por primera vez cierta piadosa simpatía por el patético personaje. No quedaron en nada.
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Tenía hambre, pero no fue fácil encontrar dónde comer algo en el barrio. Todo cerrado. Después del mediodía habían liberado el tránsito y rumbeó para Once por la avenida llena de banderitas. Dejó el Plymouth detrás de la estación Plaza Miserere y encontró por fin un bar medio bodegón abierto. No había plato del día. Sólo sánguches. Salame y queso con pan tal vez del sábado. Pidió con manteca y que se lo tostaran, y una jarra de blanco. Pidió la guía, también.
Esta era más nueva que la suya, que tenía sus años. Volvió a la consulta de la lista de los Medina y esta vez tuvo suerte. Anotó el número, y cuando terminó de masticar fue al público y llamó. Tuvo la sensación incomprobable de que ese aparato no sonaba nunca o que hacía mucho que no sonaba. Atendió una voz criolla de mujer y Etchenike puso voz de Entel. Preguntó si ese número era el que era y si habían llamado por reparaciones, le dijeron que sí y que no, que creían que no. Preguntó si estaba el titular de la línea, señor Alberto Molina.
—Medina —lo corrigieron—. Pero no puede atender.
—Disculpe, debe haber habido un error —admitió con burocrática cordialidad—. Buenos días.
Después de tomar el café, prescindió del coche y se fue caminando sin apuro ni plan preciso por las veredas vacías de Ecuador hacia el norte. Al cruzar San Luis se desvió buscando huellas de los viejos Talleres Gráficos Parga Hermanos, pero no reconoció el edificio. Sí encontró la casa de Jean Jaures 945, a media cuadra de Córdoba.
Era una casa vieja y modesta, con ventana de persiana con reja y puerta de chapa, que había quedado algo emparedada entre construcciones más nuevas o modernas. Por la ventana enrejada de la puerta de calle se veía el largo pasillo de baldosas al que daban dos puertas laterales y una al fondo. El timbre tenía tres botones: A, B y C.
El escalón de acceso a la primera puerta había sido atenuado o sustituido por una pequeña rampa.
Estuvo a punto de tocar el timbre pero se contuvo. Atisbó apenas por la hendija de la ventana de la calle y no alcanzó a ver nada, pero cuando percibió movimiento en el fondo del pasillo se apartó y cruzó la calle. Salió una pareja con un perro. Después, nada. Caminó de ida y vuelta un rato por la vereda de enfrente y llegó hasta la plaza que estaba sobre
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Córdoba. Se sentó en un banco a ver jugar a los pibes, contó quince vueltas de calesita, acertó casi siempre los destinatarios de la sortija, y en algún momento los vio cruzar. La mujer empujaba la silla de ruedas y el hombre viejo tenía puesta una gorra a cuadros y una manta sobre las piernas. Dieron un largo paseo. Más o menos el mismo itinerario que los que sacaban a pasear al perro. Pero el viejo no hizo pis.
Cuando volvieron por donde habían venido, Etchenike los siguió de lejos hasta que comprobó que entraban en el 945.
Pasó de largo frente a la puerta y siguió viaje otra vez, caminando sin plan ni apuro ahora todo por Jean Jaures hasta donde había dejado el Plymouth. Cuando volvió a la oficina tuvo que encender la luz. Eran apenas algo más de las cinco pero oscurecía con rapidez.
Encendió Radio Clásica y la programación del día incurría necesariamente en rotundos malambos sinfónicos, vidalas para cuarteto de cuerdas y cuecas atonales de autores argentinos. La dejó bajito y se puso a trabajar con la botella de ginebra a mano.
A las nueve había terminado. El laburo y la ginebra. Tenía un abultado sobre de papel madera y un paquete, listos para entregar. Los fue a guardar en el último cajón del escritorio pero estaba ocupado por la caja de las piezas y el tablero de ajedrez. Desde que había dejado de pasar Cacho el cafetero, su cotidiano adversario en partidas rápidas, no jugaba más. Tenían que retomar.
Guardó todo en el otro cajón y llamó al Negro Sayago.
—Tengo un laburo perfecto para vos —le dijo.
—¿A quién hay que pegarle?
—Nada de eso. Una vigilancia. Vení temprano y te explico.
—¿Algo más?
—Jugale al 15.
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Subibaja
El martes se levantó operativo. Sobre todo en cuestiones de funcionamiento cotidiano tras una semana vertiginosa. Antes del mediodía tenía resuelta la rutina externa de vigilancia para Sayago, había llevado el cuadro de El Vesubio de doña Alcira a enmarcar, y licenciado al Gallego con goce de sueldo por quince días; había recuperado su puesto en el circuito diario de Cacho el cafetero tras aclarar algunos penosos equívocos —discusiones con el Negro por cuestiones del momento que terminaron con un termo roto—, y había recibido el llamado de Diego Fierro:
—Esta tarde voy a Haedo a la casa del Viejo. ¿Quiere venir? —Y sonaba con el mejor ánimo aparente—. Ha dado clases de dibujo de historieta toda su vida y siempre tiene grupos de jóvenes. Es el mejor.
—Gracias. Justo lo veo esta tarde temprano a mi nieto. ¿Cómo viaja?
—Voy en tren, no tengo auto.
—Vamos en el mío.
Quedaron en que Etchenike lo pasaba a buscar cinco y media por la editorial.
—Aunque me trae pésimos recuerdos —le aclaró.
—Tenemos mucho que conversar —dijo el editor como si no lo hubiera oído.
Esta vez no fue el último en llegar sino el primero. Se entretuvo en la minúscula salita de espera mirando los diplomas y certificados de congresos y simposios del licenciado Zapata. No estaba ansioso, pero cuando aparecieron Alicia y Marcelo sintió un alivio desproporcionado, casi inexplicable.
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Ella tenía buena cara y la crónica escueta del breve interregno marplatense confirmó que el clima familiar había cambiado, incluso que era probable que Horacio pasara a verlos a la salida de la sesión, ya que papá iba a andar por ahí, según el nene.
Etchenike acarició la cabeza de su nieto y la mirada que cruzó con su hija alcanzó para entenderse.
—Horacio está con mucho trabajo y tiene que viajar todo el tiempo, así que a partir de ahora tal vez nos veamos un poco menos, pero está todo bien —dijo ella, casi recitando.
—Me alegro —dijo él sin mentir ni discriminar a qué se refería.
El licenciado Zapata hizo pasar primero a la madre sola y fue breve; después sumó al hijo y estuvieron media hora; al final entró el abuelo. Conversaron un poco los cuatro, pero sobre todo escucharon al profesional:
—Por lo que me cuentan, por lo que me transmite Marcelo, por lo que he hablado por teléfono con el papá —y allí miró significativamente a Alicia—, están dadas las condiciones para que el tratamiento se encauce positivamente. Es un dato importante que desde la última reunión frustrada, y sobre todo durante este último fin de semana, algunos o todos los síntomas más flagrantes que motivaron la consulta original hayan atenuado sus manifestaciones.
Los mayores asintieron, Marcelo parpadeó.
—No podemos predecir ni mucho menos conviene aventurar resultados a esta altura incipiente de la tarea terapéutica, pero tengo para mí que la unánime presencia del grupo familiar en armonía, aunque nada garantiza, es sin duda condición necesaria aunque no suficiente, claro está, para una previsible evolución positiva.
Se hizo un silencio brusco y contundente.
—¿Ya está?
—Es todo.
—¿Cuánto es?
La patada de Alicia al tobillo llegó a destino pero el veterano la asimiló sin pestañear. Marcelo vio el intercambio y dijo:
—Desde la próxima vengo solo, ¿no?
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—El licenciado es quien determina los términos y las modalidades del tratamiento —dijo el abuelo ya de pie.
Cuando salieron, un Horacio Fogel de anteojos negros, traje formal y peinado achatado los esperaba como un sprinter de posta olímpica: saludo y despedida en un solo gesto rápido. Abrazó a Alicia, le dio un beso prolongado a Marcelo y ya se salteaba a Etchenike cuando vio el Plymouth ahí.
—¿Para dónde vas?
El veterano se lo dijo.
—¿Puedo ir con vos?
Ambos, sin otra coordinación que el sentido común en común, revisaron los alrededores barriendo ambas veredas. Después subieron.
—¿Blanqueaste con Alicia? —quiso saber el ex suegro antes que nada.
—Sí, pero hasta ahí.
—Como conmigo, supongo.
—Suponés bien —le concedió—. No hay que blanquear del todo porque se rompe. El exceso de limpieza es fatal para la trama.
Y se reía. Con el borde izquierdo de la boca, se reía para él.
Etchenike empezó a bajar por Paraguay, se acordó de un viaje en el
142 que le pareció historia antigua.
—¿Cómo está Paula?
—Espero que bien —lo miró de reojo—. No creas que no la cuido, por si te preocupa.
—Es buena piba.
—Todos son casi demasiado buenos, te diría.
—Un desperdicio —diagnosticó Etchenike—. Basta de boludeces… A eso Horacio no contestó. Pero cuando cruzaron Pueyrredón avisó
que se bajaba y puso la mano en el picaporte cromado:
—Sólo para decirte esto subí: tal vez no nos volvamos a ver, viejo. Cualquier cosa que pase, confío en vos… —Se volvió un poco para abrazarlo torpemente—. Mañana empieza el repliegue.
—En el Carapachay —creyó recordar el veterano.
Horacio lo acalló con un amague de derecha al mentón:
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—Olvidate. —Y no fue un pedido sino una advertencia.
Se bajó casi corriendo.
Etchenike empezó a olvidar.
Diego Fierro estaba en la vereda de Pellegrini. Subió y dejó el pesado morral de cuero y lona en el asiento trasero mientras se acomodaba. Daba la idea de estar demasiado abrigado o al menos que la ropa lo hacía más gordo o torpe de lo que realmente era.
—Hágame acordar de que le traje unas revistas, detective —dijo a modo de cordial saludo—. No es justo que se haya involucrado tanto con personas y personajes de un mundo que no tenía por qué conocer. Pero que le aseguro que vale la pena. La historieta o el comic, como le dicen ahora, está reconocido como noveno arte, es un mundo impresionante.
—¿Cuál es el octavo? —dijo Etchenike—. Porque el cine es el séptimo.
El editor se rascó la tupida barba.
—Sabe que no sé —admitió—. Porque la televisión seguro que no es. Coincidieron, aunque a los dos les gustaban, sin pudores, Los
Intocables, Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida.
—Los gangsters, el suspenso y el fantástico —resumió Fierro—. Pero usted vive dentro del género negro, Etchenike. Es lo suyo, casi su hábitat, su escenario de representación, una parodia constante.
—No me joda —se cabreó el veterano—. Una parodia constante… No sea pelotudo. Me dijo que teníamos mucho que hablar y empieza con agresiones.
—Disculpe, detective. Seguro que tenemos que hablar.
El director de Kaput sacó cigarrillos, encendió y convidó. El veterano no aceptó y siguió manejando.
—Pratt me contó todo lo que hablaron, sobre quién era Oesterheld y todo eso.
—No tuve tiempo de leerlo todavía —admitió Etchenike.
—Ahí tiene buenas cosas para leer. Va a entender por qué es tan importante.
—Era.
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—Es. Que lo hayan hecho desaparecer no quiere decir que…
Se hizo un silencio largo y el veterano se fijó en las manos de Fierro. Tenía las uñas largas y un poco sucias. Llevaba puestos los mismos zapatos que en el cementerio y el borde blanco de las manchas de humedad dibujaba el cuero.
—¿Está durmiendo en la editorial?
—Por unos días. Aunque no sé qué es más seguro. Nada lo es. —¿Macías no lo puede proteger?
El editor se volvió con una sonrisa indescifrable.
—Macías juega para ellos. ¿Usted no?
—Yo qué. ¿Si yo juego para…?
—No. Digo si usted no cree que Macías juega para ellos.
Etchenike se fastidió:
—Esto no es un partido, es un picado —Y se quedó sorprendido, acaso feliz con la definición—. No cabe eso de ellos o nosotros. No hay equipos fijos y todos gambetean. Los goles los hace uno, no el equipo.
Fierro lo miró como para putearlo. Pero no. Meneó la cabeza, se tomó su tiempo y arrancó desde abajo:
—Mire, Etchenike, todo empezó hace un par de años. Cuando se cumplieron los cincuenta de la aparición de la historieta escribí una nota: «El Eternauta no tiene quién lo escriba», o algo así. En el diario, en el suplemento cultural. Era la reivindicación de una historieta como portadora de un relato argentino fundacional. El más poderoso de la segunda mitad del siglo veinte, escribí. Y lo justifiqué y elogié los géneros llamados marginales y todas esas cosas que hacemos los especialistas en cultura de masas. Al final terminaba diciendo que el autor, por lo que sabíamos, se había radicado en Europa.
—¿Sabía?
—No sabía un carajo. Sólo hablaba por boca de ganso, por lo que se decía en el ambiente, y yo, como cualquiera, quería creer: que había estado detenido y había negociado la salida al exterior.
—Ah.
—La misma noche que apareció la nota en el diario me llaman a mi casa y una mujer me dice: ¿Usted sabe dónde está mi marido? Era Elsa, la
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mujer. Le dije que no, que me habían dicho… Me sentí el último de los forros.
Etchenike asintió sin dejar de mirar al frente.
—Me reuní con ella y en una noche terrible, destrozada y resentida, me contó la historia espantosa de la familia, la desaparición y muerte de las hijas, que el Ejército le había entregado un nieto que había estado con el abuelo antes, y todo lo demás.
Diego Fierro hablaba con precisión y con los ojos bien abiertos al vacío, no enfocados. Parecía estar reviviendo ese momento de vergüenza, de impotencia y sobre todo de una furia indiscriminada que lo incluía a él mismo.
—Pasó el tiempo. Yo empecé a hacer Kaput y a publicar a Oesterheld, a Pratt, a Solano, a todos. Fue poco después de eso que me llegó a la revista, por Aldo Parga y Medina, la grabación en súper ocho.
—¿Cuál?
—El pedido de rescate, el de la colecta.
—Pero es una cosa burda, manipulada.
—Yo les creí. Digamos que les quise creer.
Etchenike no pudo dejar de menear la cabeza con penosa incredulidad:
—Era una manera de reivindicarme de mi boludez anterior, ¿entiende? De hacer algo. Sólo pedí que no involucráramos a la familia. La familia de Germán, digo. Igual, estos atorrantes no tenían la menor intención de hacerlo. Así que de algún modo me entusiasmé, era como planear una aventura. Soy guionista, a veces…
Y lo decía casi como una disculpa, una deformación profesional. —Pero cuando involucré a la otra familia, la de Opi, se filtró
información, se sumaron los enfrentamientos entre los herederos que peleaban por la herencia, los originales. Y ahí se emputeció todo, como dice el Viejo. Lo demás más o menos lo conoce.
—Cuénteme de los Parga y de Medina.
—Son gente rara. De los mellizos, uno, Franco, el que hacía cine y filmó La noche de la nevada, es buena gente. El otro, Aldo, el aliado con Medina… Son el eje del mal.
—Habla en presente… —volvió a acotar Etchenike—. ¿Cuál sobrevivió?
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—Ninguno.
—¿Y no hay más Parga? ¿Seguro? La historia de la familia me la contó Algañaraz y es muy divertida. Un amigo —y conscientemente no dijo Macías— dice que lidiar con ellos es como tratar de armar pares con medias todas parecidas. Sobran o faltan.
A Diego Fierro no le hacía gracia. Quedó silencioso y acaso abrumado por revivir el recuerdo de errores y humillaciones irreparables. Después de un momento, Etchenike sintió que podía compartir con él algo que ni siquiera había hablado con el Colorado.
—Diego, le voy a contar cómo fue lo de la noche pasada en la imprenta. Tal vez usted me lo explique.
Y le narró toda su parte: la llegada a la casa, el lúcido Franco Parga que lo recibió, la vieja, el discurso de diferenciación con su hermano y Medina, la proyección del testimonio original y el desenlace de película de terror que contó entero pero sin ir más allá de la irrupción de la alienada.
—Era muy perverso el plan… —comentó casi admirado el editor—. El que habló con vos, haciéndose pasar por su mellizo, es Aldo, no Franco, que ya estaba muerto.
—Por eso la vieja, que lo reconoce, le gritaba asesino, asesino… —Claro. No contaban con eso, con el olfato de la madre. —El
guionista parecía disfrutar de esa trama ingeniosa—. Pensaban blanquear así: Medina y un Aldo que no existía rajaban, desaparecían con la guita, y quedaba el honesto Franco limpio y a cargo. Y todo seguía en orden.
—¡Qué arreglo raro!
—Tuvieron que improvisar. —Casi los justificaba—. La noche de lo de Opi estaban los dos. Aldo y Medina negociaban con nosotros. Cuando Franco trajo las cintas, vos y el otro se las quitaron y después del tiroteo me hiciste huir con él. Pero Franco no se quedó conmigo, se fue solo a su casa, donde vivía con la mamá. Mientras Aldo y Medina, como no pudieron cerrar nada, sin la guita y sin las cintas, se escaparon y se lo llevaron a Facundo. A la imprenta también. Y ahí, esa misma noche, algo habrá pasado.
—¿Qué pasó?
—Yo creo que lo mataron a Franco y recuperaron la cinta del testimonio. Pero algo debe haber visto o sospechado la vieja cuando Aldo
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lo sustituyó. Y cuando pudo, lo ajustició.
—Sigue faltando una media.
—Va a aparecer, rota o quemada.
—O nunca.
Diego Fierro esbozó por primera vez una leve sonrisa.
—Recuerdo haber leído un cuento o visto un dibujo animado en el que había un lugar, una especie de universo paralelo, donde estaban todas las medias perdidas…
—Buen comienzo para una historia —acotó Etchenike.
—En general la mayoría de las historias empiezan bien —concedió el guionista—. La primera media hora de las películas es prometedora, más original que la resolución. Sobre todo si tiene que terminar bien.
—Y en este caso, ¿cómo termina? —preguntó Etchenike con aparente naturalidad.
—Mal.
—Un buen guion entonces —dedujo el veterano.
Diego Fierro pestañeó, y siguió mirando al frente con la leve sonrisa congelada.
—Por eso es tan buena El tercer hombre. —¿Y cómo se podría mejorar nuestra historia?
El guionista se volvió con los ojos brillantes por primera vez:
—En el paquete que tira Facundo al fuego sólo hay papel de diario.
Y se largó a reír. Como loco se reía, solo. Después, medio se le mezclaba con toses, acaso sollozos. No paró hasta Ciudadela, donde se volvió y señaló hacia un costado:
—Habría que doblar por Gaona.
Y se secó los ojos con un pañuelo impresentable.
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El Viejo
La casa del Viejo era un chalet de los cincuenta. Poco antes de llegar a la estación Haedo, sobre una paralela a dos cuadras de las vías y a mitad de cuadra, hacía juego con otras casas parecidas. El parque arbolado de adelante con el césped y las plantas bien cuidadas se prolongaba por un costado hasta el fondo. Había un galpón, pero no entrada de coches. Un juego de pesas y mancuernas esperaba junto a un banco y una barra de gimnasia.
Tocaron el timbre y los hicieron pasar.
Apareció un gato, luego otro. Ningún perro ladró.
El chalet tenía dos plantas y por la escalera del living se accedía al estudio, que ocupaba toda una gran habitación con ventanales amplios.
El Viejo estaba sentado trabajando en una mesa plana. Cuando Diego Fierro y Etchenike entraron no se movió, sólo volvió la cabeza y bajó un poco los anteojos de marco negro y grueso para mirarlos por encima:
—Alberto, él es Julio Etchenike, la persona de la que le hablé.
—Sé quién es.
Se midieron, se saludaron con voz grave y formal. El veterano sintió que la mano del dibujante era fuerte y callosa como la de un trabajador manual.
—La semana pasada me quedé con las ganas —dijo echando una mirada en derredor—. ¿La reunión fue acá?
—No. Acá no sube cualquiera o para cualquier cosa.
El Viejo se puso de pie y estiró las piernas:
—Entre Opi, el tano y éste me embalurdaron —dijo con sequedad—.
Tuve que desinfectar toda la casa después.
Diego Fierro sonrió y agarró el termo y el porongo de calabaza.
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—Hago un mate nuevo —dijo. Y los dejó solos.
Etchenike miraba las paredes cubiertas de libros hasta el techo. Había también estantes llenos de cajas y un poderoso retrato del Viejo de algo más de medio cuerpo, tamaño natural o casi, que presidía el estudio.
—Mi hijo pinta. Es el mejor —dijo el Viejo sin que le preguntara—. ¿Cuántos años tiene su nieto?
—Diez.
—Es demasiado chico. A su edad todos dibujan. Tiene que practicar y practicar, mirar mucho. Si le duran las ganas, en unos años más, que se venga…
Etchenike asintió. Se paseaba a lo largo de las estanterías. Había colecciones enteras de novelas de terror, policiales y de misterio. Poe, Jean Ray, Lovecraft… Viejos folletines encuadernados, pocas historietas.
Se detuvo, con admiración:
—Tiene todo Séptimo Círculo en tela. Permiso… —Estiró un dedo y sacó los dos tomitos de La piedra lunar, de Wilkie Collins—. A mí me falta el segundo.
—La primera y la mejor, exageraba Borges.
—¿Lo conoce?
—Sí, lindo para dibujar. Sobre todo ahora, que está viejo. Las caras llenas de arrugas, gastadas, son más interesantes. Los héroes tienen las caras lisas, apolíneas, yo les digo cara de lata. Por eso los secundarios, los malvados, los ayudantes cagones, son más entretenidos de dibujar. Los que odian o los que tienen miedo, digo.
Etchenike sintió —sin motivo o razón aparente— que esa tarde y ese lugar puntual eran una especie de recodo o punto ciego; estar ahí era como pedir pido en el juego de la mancha. Algo así.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Dibujando, dibujando historietas. Qué carajo voy a hacer. —Y se reía con cara de duende, las orejas filosas hacia arriba—. Hace cuarenta años que no hago otra cosa.
Etchenike dijo que se refería al trabajo puntual que tenía ahí, a las páginas apenas bocetadas que estaban bajo la lámpara y a la pila de originales, cada uno cubierto por una hoja de papel manteca, encimados a un costado.
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—Esto es de los últimos dos o tres años y va para Europa. —El dibujante levantó el papel de una página para que Etchenike espiara los esplendores del blanco y negro, la témpera, el collage—. No hay dónde carajo publicar esto acá. Historias cortas, puro clima. Un ex policía que se mueve en el barrio de mi infancia, Mataderos. Bah, en el recuerdo de Mataderos, como esfumado, sombrío, ¿ve?
Y Etchenike se asomó y veía eso, exactamente. También podía ser el Bajo Flores, su barrio. Ambos se quedaron mirando la figura del protagonista. Después se miraron entre sí:
—¿Tengo razón o no? —interrumpió Diego Fierro, que entraba—. Etchenike encaja justo en ese escenario paródico, Alberto. Policial negro a la criolla.
—Es joda esto —dijo el veterano, cabreado.
—Tiene razón —concedió el Viejo—. A mí también me jode cuando me tratan como a un personaje.
Y después, casi paternal, al borde del reproche:
—Diego, ¿me trajiste el argumento?
—La idea general y el resumen del primer capítulo —dijo Diego Fierro sacando un par de hojas del morral—. Mucho quilombo, no tuve tiempo para ponerme. Pero la idea está. Planteo fantástico ambientado en una situación política de represión…
El Viejo lo interrumpió con impaciencia:
—Simple y aventurero, por favor. Algo que no me lleve mucho laburo y se pueda vender en todos lados.
—Trataremos. Te lo dejo acá, después lo vemos.
Se sentaron para la segunda ronda de mate y Etchenike notó que al Viejo le gustaba ladrar, hacerse el malo. Decidió buscarle el límite.
—No me contó qué es lo que está empezando ahí. —Y señaló las páginas apenas bocetadas que estaban bajo la lámpara.
—Una especie de fábulas modernas. Versiones jodidas de los cuentos clásicos infantiles…
—Recién está en los bocetos.
—Sí. Recién empiezo a plantar La Cenicienta.
—¿Con este dibujo? —Etchenike se refería a las páginas que acababan de ver.
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—No creo —dijo el Viejo sin ironía aparente.
—¿No sabe todavía?
—No.
—Porque Pratt me explicó que hay tres momentos: el boceto, el lápiz y el pasado a tinta. Y ahí se define…
—El tano es bueno, muy bueno —dijo el Viejo sin condescendencia—. Un narrador único es Hugo. Tinta china con plumín y pincel contra al blanco del papel. Ni sombras ni tramas ni nada. Le interesa contar una historia, pero podría no dibujarla él. A esta altura dibuja cada vez menos. Parece que se aburriera y pone las figuritas a conversar. Es todo funcional.
—¿Y eso está mal?
El Viejo juntó los dedos en racimo hacia arriba.
—¿Cómo va a estar mal? —Y casi se le caen los anteojos—. Es Pratt.
Es un estilo, su manera de contar lo que quiere.
—Pero usted…
—Yo soy yo. —Y se acomodó las patillas—. Y me aburro haciendo siempre lo mismo. Lo hice muchos años, para morfar, hasta que Oesterheld me devolvió las ganas. Ahora, como hay pocos guionistas de los buenos, adapto o me hago adaptar autores que me interesan. Y no es lo mismo Quiroga que Poe o Lovecraft o estos cuentos clásicos con humor negro o satírico que por ahí terminan a todo color con un dibujito maricón, medio ingenuo de ilustración infantil…
—Entiendo.
Pero el Viejo estaba embalado:
—Supongamos que me trajeran como argumento este folletín infernal. —¿Qué folletín?
El Viejo abrió los brazos:
—¿Cuál va a ser? Este folletín berreta de ustedes, lo que lo trajo hasta acá, la payasada patética que armaron con el pobre Héctor y de la que me quisieron hacer participar.
—¿Quién es Héctor?
—Oesterheld —dijo con impaciencia—. Yo no lo traté a Germán. Yo conocí a Héctor, que fue mi amigo y el mejor escritor de aventuras que hubo acá. Yo lo conocí y trabajé con él cuando era Héctor, no como Germán.
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—Ah.
—¿Y cómo carajo se cuenta esto? —insistió—. Es un grotesco, ¿no? Es tan triste que da vergüenza. No podés contar esto seriamente sin que se te caguen de risa.
—¿Usted la dibujaría?
—¡Ni por puta! —Y se echó a reír como un sátiro—. Dame un mate, Diego.
Le dio una chupada larga y estiró la mano hacia los papeles que el guionista había dejado ahí:
—¿De qué trata esto?
—Te dije. Una historia medio fantástica en un contexto de represión. Un tipo que en una situación límite tiene que elegir…
—Uff.
El veterano asistió durante unos minutos en silencio a esa charla preliminar. Cuando saludó y se fue, lo despidieron amablemente, con la evasiva cortesía con que se le da salida a un vendedor de bóvedas en cuotas.
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Pilar
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La casa del tío
El resto de la semana transcurrió —por fin— sin novedades. No lo llamó Macías para avisarle que había encontrado media alguna; no tuvo noticias ni buenas ni malas de algún enfrentamiento o algo con olor a muerte en el Carapachay; sí le consiguió lugar a Marcelo en la Escuela de Dibujo de Garaycochea; sí se encontró con Celia y fueron a un cine de Lavalle, después a cenar a El Toboso, para terminar en un telo de San Cristóbal.
Con el Gallego licenciado, con Cacho el cafetero recuperado como adversario tenaz en los desafíos del ajedrez matutino y con el Negro Sayago puteando, pero abocado a su doble turno de vigilancia en la casa de Jean Jaures, Etchenike tuvo por un momento la fantasía de que la vida detrás de la nueva puerta acristalada con el rótulo definitivo, Etchenike & Asociados, Investigaciones Privadas, podía llegar a ser la de una oficina normal. Ni siquiera nuevos clientes insinuaron la posibilidad de alterar la calma.
El sábado siguiente fue con Celia a un recreo en el Tigre y el domingo volvió a almorzar en casa de su hija. Estuvieron viendo películas familiares que les provocaron sonrisas y obvia melancolía. Por pura curiosidad esa misma tarde se dio una vuelta por el edificio de Rodríguez Peña y Santa Fe, y se encontró con el portero en la puerta. No le costó nada enterarse de las previsibles novedades de planta baja A. Madre e hijo habían partido con premura rumbo a Uruguay y el departamento estaba en venta.
—Si no arreglan la puerta y los daños, va a ser muy difícil de vender.
—Da mala impresión.
—Ella me dijo que no tenían plata —concluyo sarcástico el pelirrojo —. Y el consorcio se abrió de gambas.
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Etchenike asintió, comprensivo.
—¿Cómo tiene la cabeza? —dijo el portero.
El veterano tardó unos segundos en entender. Cuando lo hizo, se inclinó apenas y le mostró la marca roja entre el pelo ralo.
—Zafó ahí nomás —dijo el experto.
El lunes cerca del mediodía sonó el teléfono y tuvo que interrumpir la quinta y última partida rápida cuando estaban dos a dos y tenía mejor posición en un final de peones y torres. Atendió al borde de la puteada.
—Apareció —dijo el Negro Sayago.
Etchenike se tiró para atrás en el sillón, miró el cielo celeste en la ventana.
—¿Seguro que es ella?
—La vi entrar con su propia llave. Como llevaba anteojos negros esperé un rato. Volvió a salir con la mujer y fueron al almacén. Ahora ya se fue, en taxi. Es ella, Julio.
—¿Y vos dónde estás ahora?
—A dos cuadras, en un bar de Anchorena.
—¿Seguro que no te vio?
—Una sombra entre las sombras —se jactó el Negro.
—Tomate el día. Y te pago el almuerzo.
Cortó con un suspiro y se encontró con las cejas levantadas, triunfales, de Cacho.
—Va de nuevo —dijo el cafetero mientras reacomodaba los trebejos. El veterano terminó de enfilar las negras y ya arrancaban la última,
otra vez de cero.
—¿Te acordás cuando eras buena persona y me hiciste un par de favores? —dijo mientras las manos se cruzaban veloces en el movimiento alternado, como picotazos de gallina sobre el tablero.
Cacho no contestó. Un gruñido bajo, apenas, sin dejar de jugar con la mirada fija. Tal vez recordaba el episodio del hipódromo, cuando le arruinó el traje con café a un alevoso sospechoso para sacarlo de la ventanilla sobre el cierre, o cuando hizo de campana voceando su
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Sorocabana en el desierto de una playa de estacionamiento mientras Etchenike probaba mil llaves para abrir un auto europeo indescifrable.
—No me jodas —dijo en conclusión.
—Es muy simple. ¿Seguís teniendo la zona de Once?
—No. La mafia me echó de la estación.
—¿Y un poco más lejos?
—¿Qué hay que hacer?
La respuesta se pospuso hasta el previsible triunfo relámpago del ambulante estacionado. Hubo festejo, mirada de falsa alarma al reloj por el tiempo perdido de trabajo callejero y recién entonces la respuesta demorada.
—Tenés que entregar este paquete.
Etchenike abrió el tercer cajón y sacó el envoltorio que esperaba ahí desde una semana larga atrás.
—Te cabe en la mochila. Tocás el timbre y lo dejás.
Cacho lo sopesó.
—¿Qué es?
—Un regalo. Puede que la persona no esté pero no importa. Lo dejás y listo.
—¿Es algo de valor?
—Sólo sentimental.
—¿De parte de quién?
El veterano le señaló el remitente.
—Es un amigo. No te preocupes.
—¿Y qué digo?
—No sé. Que lo encontraste ahí, que estaba en la puerta… Sos bueno para mentir.
—Sos un hijo de puta.
Etchenike juntó las piezas, plegó el tablero y guardó todo en el otro cajón.
—Dale. —Y le guiñó un ojo—. Mañana me contás.
Al día siguiente Cacho no pasó. Tampoco al otro. Cuando reapareció casi a la semana contó que había estado enfermo y como Etchenike estaba
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ocupado con un cliente japonés muy formal y con un perro diminuto en la falda no pudo quedarse ni mucho menos conversar con él. Sayago lo alcanzó a interpelar a la salida y ahí el cafetero le confesó que como nadie contestaba al timbre y había cartas en el piso del pasillo, había tirado el paquete por la ventanita de la puerta. Hubo puteadas recíprocas en el ascensor y el comienzo de un nuevo desencuentro.
Al japonés alguien le estaba envenenando las plantas. Tenía un vivero en Escobar y dos puestos de flores cerca de Recoleta. Cosa fina. Nada de calas o gladiolos.
—Algo en el agua. Hubo que tirar y tirar. Todo envenenado. — Levantó los dedos—. Dos camiones.
Etchenike le tomó los datos y una lista de competidores sospechosos de nombres muy sonoros y parecidos. Lo miró agarrar la lapicera y se acordó de Pratt, la tinta china y los pinceles. Cuando el señor Yoshio Yamada se fue con su perro chico y sus pasos cortos, el veterano se quedó a solas con el Negro que volvía.
Sayago le dio los detalles inquietantes del Operativo Sorocabana. —Para eso me hiciste plantificar ahí dos semanas —concluyó,
resentido—. Parece a propósito que la cagaste.
—Ahora sos psicólogo —dijo Etchenike admirado.
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Nunca más
Ese lunes se reintegraba Tony García. Acababa de volver de Córdoba con su vieja y Etchenike le pidió que se mandara directamente desde Villa Luro a Escobar a olfatear las flores, floreros y macetas del señor Yamada.
Estaba solo, leyendo el diario y escuchando a Gardel con guitarras. El sonido de la grabación acústica hacía que Riverol, Ricardo y compañía parecieran tocar bajo el agua.
Golpearon a la puerta, levemente.
—Adelante.
Supo que era ella antes de que terminara de girar el picaporte.
Tenía puesto otro vestido, marrón oscuro y más abrigado; una cartera grande otra vez, pero el pelo recogido, acaso teñido, y anteojos negros.
Estaba saludable, segura, tal vez un poco más gruesa.
Caminó y se sentó frente a él sin necesitar permiso.
—Buenos días —dijo, y se sacó los anteojos.
—Hola, qué bueno que viniste.
—Sí. —Miró en derredor—. ¿Tony?
Etchenike le explicó breve.
—Mejor así —dijo ella.
—Supongo.
—Recibí su paquete. —Iba al grano y lo sacaba, abierto, de la cartera
—. Las dos cosas. —Ah.
—El remitente tiene gracia. —Se rio—. V. de M. Etchenike nunca la había visto reír.
—Los viejos de mierda tenemos humor.
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Ella abrió el sobre con la novela de Thomas Wolfe y las notas manuscritas de Etchenike.
—¿Cómo pudo descifrarlo?
—No sólo les tiramos a las siluetas o practicamos cachiporrazo —dijo el policía renegado y detective vocacional—. Dos cursos de Criptografía y un año de agregado en el Departamento de Comunicaciones del Servicio Exterior. Esto es más boludo que el tatetí.
—Lo más simple, a propósito —admitió ella. —Y lo más trivial: una receta de cocina… Ella se volvió a reír.
—Enseguida me di cuenta de que era un ejercicio, una especie de prueba de admisión al militante novato —argumentó el veterano—. Porque no te preocupaste por recuperarlo.
—Era una prueba nomás.
—Vos te encargaste de reclutarlo, asignarle supuestas tareas de apoyo en la organización.
—Sí. Alejo me lo marcó porque necesitaban tener con qué apretarlo a Opi cuando se destapó lo de Germán. Es un buen chico, Facundo. Espero que haya zafado.
—Zafó. La madre se lo llevó a Uruguay… —La madre… Eso no es zafar.
Etchenike sintió que había tocado algo sensible ahí:
—No estuviste, creo. Pero sabés lo del entierro.
Ella asintió con una sonrisa triste y ojos brillantes. Rarísimo efecto. Etchenike le contó lo que suponía Diego Fierro como mejor final para
la escena del crematorio.
—Yo se los dejé, empaquetaditos —dijo con seguridad—. No quise tener nada que ver con toda esa mierda. Ya bastante…
Pareció que se quebraba, pero sacó de alguna parte un pañuelo y manoteó los anteojos. El veterano la miró, la vio como la piba desconocida que era. No podía ser que lo único fuerte que hubieran intercambiado fueran cachetazos.
—Pilar, o como te llames, yo no me olvido de que te debo una: me salvaste la vida.
Ella habló bajito, hacia abajo:
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—No me hagas acordar, viejo de mierda. Lo tuve que hacer.
Gardel se quedó solo durante un par de minutos. Ahora cantaba «Soledad» con letra de Lepera, con orquesta y con todo el dinero de la Paramount. Siempre bien, claro.
Ella volvió al paquete y sacó el otro sobre.
—Hablando de deudas y de pagos, la verdad que no pensaba venir acá, a la oficina. —Había recompuesto la voz, quería sonar casual—. Pero me acordé de que había una casa de cambio trucha, acá en el piso, al lado del pedicuro. Me vienen muy bien, y también al tío Medina, que no tiene nada que ver, que no se entera de nada y está en la lona. Pero no los puedo cambiar en el banco.
La pila de dólares que sacó se veían perfectos de lejos, pero Benjamín Franklin estaba impresentable en sociedad.
—¿Qué es esto? —dijo ella arrimándoselos a la nariz.
—Pis de gato.
Cuando se puso de pie para salir, Etchenike se paró también, como si fuera o hubiera sido una consulta quién sabe de qué. La acompañó, y al hacerse a un lado en la puerta le vio la pancita, inconfundible.
—Era así nomás.
Ella asintió con la cabeza, se tocó el ombligo.
—¿Necesitás detalles?
El veterano meneó la cabeza, creía que no necesitaba nada.
—Fue un momento raro, muy horrible —dijo ella con voz ronca—. Cuando caí y la semana que siguió. Yo había estado con mi compañero, después me violaron… —buscó precisar—: me violó él, digo. No sabía qué hacer, estaba sola. Pero yo tenía que sobrevivir y sobreviví.
—Claro.
Etchenike se sintió un imbécil. El auténtico viejo de mierda.
—¿De quién es? —preguntó bajito.
—Mío —dijo ella.
Salió, cerró la puerta. Nunca más la vio.
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Juan Sasturain (Gonzales Chaves, Buenos Aires, 1945) vive, escribe y trabaja en Buenos Aires. Graduado en Letras por la UBA, fue profesor universitario hasta la Dictadura. Ha publicado las novelas Manual de perdedores, Arena en los zapatos y Pagaría por no verte (la trilogía del detective privado Etchenike), Parecido S. A., Los dedos de Walt Disney, Los sentidos del agua, La lucha continúa, Brooklyn & Medio y Dudoso Noriega.
Publicó sus relatos en Zenitram, La mujer ducha, Picado grueso, Los galochas, El caso Yotivenko y Pretextos, recopilados en 2017 en el volumen Cuentos reunidos , y su poesía en Carta al Sargento Kirk y El versero. Cien poemas (1976-2016). Fue guionista de la novela gráfica Perramus, con dibujos de Alberto Breccia, y es autor de crónicas y ensayos sobre fútbol, historieta y humor argentinos: El domicilio de la aventura, El día del arquero, Buscados vivos,La patria transpirada, Wing de metegol, Breccia, el Viejo y El aventurador. Una lectura de Oesterheld. En 2018, su novela El último Hammett, que obtuvo el Premio Dashiel Hammett de la Semana Negra de Gijón, y en 2021 su secuela, Pirse, el improbable.
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Periodista desde los años setenta, ha trabajado en innumerables medios gráficos argentinos, y fue creador y responsable de la revista Fierro en sus dos etapas. También condujo los ciclos televisivos Ver para leer, Continuará#, Disparos en la biblioteca y Plop! Fue director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno entre 2020 y 2023. Sus libros se han traducido y publicado en una docena de países.
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Notas
[1] Arena en los zapatos. (N. del E.) <<
[2] Manual de perdedores. (N. del E.) <<
[3] Manual de perdedores. (N. del E.) <<
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Índice de contenido
Opi
1. Trabajos manuales
2. Camas de hospital
3. Menú del día
4. La chica
5. Cuestiones internas
6. El Uña Ramos
7. Lo que Irma sabía
8. Pendencias
9. Atardecer de un día agitado
10. La cueva del Zorro
11.Todo mal
12. La azotea
13. La Contienda
14. Confesiones de otoño
15. Almohada serial
16. Situación terminal
17. Cercano Oeste
18. Daños
19. Extraños en el tren
20. Creer y reventar
21. Replay
22. Conversación en La Academia
23. Reunión de consorcio
Germán
24. En pelotas
25. Desayuno en Los Galgos
26. Cenizas y facturas
27. Memoria del apriete
28. Cuatro de copas contra el Culo Sucio
29. Celia otra vez
30. Operación Catalinas
31. Un guiso
32. Sarmiento en llamas, una farsa
33. Un grotesco tardío
34. Las manos en el agua caliente
35. Una G en el aire
36. El pasado
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37. Tamborcito de Tacuarí
38. Psicosis suburbana
39. Trasnoche con medias impares
40. Cenizas en el viento
41. Bajo bandera
42. Claros clarines
43. Subibaja
44. El Viejo
Pilar
45. La casa del tío
46. Nunca más
Sobre el autor
FIN

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