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Libro N° 14864. Ni Locas, Ni Tontas. Pérez Herrero, María.


© Libro N° 14864. Ni Locas, Ni Tontas. Pérez Herrero, María. Emancipación. Febrero 28 de 2026

 

Título Original: © Ni Locas, Ni Tontas. María Pérez Herrero

 

Versión Original: © Ni Locas, Ni Tontas. María Pérez Herrero

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/ni-locas-ni-tontas/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

NI LOCAS, NI TONTAS

María Pérez Herrero


 

 

 

Ni Locas, Ni Tontas

María Pérez Herrero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La joven Caridad irrumpe en el despacho de la abogada Clara Campoamor, rogándole que ayude a una vecina. Su empeño sorprende a la abogada, que le ofrece trabajar en el Lyceum Club, inaugurado en Madrid en 1926 y del que fueron socias, entre otras, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga o Elena Fortún. Allí, la inquieta Caridad quedará fascinada por ese universo reivindicativo, descubrirá el poder de los libros y tendrá oportunidad de enamorarse de Eusebio, tan idealista como ella.

 

Sin embargo, el viento de la historia anuncia la caída de la República y el fin del sueño de las «señoritas del Lyceum». Caridad conocerá la soledad y la lucha por sobrevivir en un Madrid asediado por las bombas donde el amor debe ponerse a prueba, bajo sombríos presagios.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Pérez Herrero

 

Ni Locas, Ni Tontas

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 17-02-2026



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Pérez Herrero, 2020

 

© Ilustración y diseño de cubierta: Marga Castaño (Apéritif Studio)

 

Por la reproducción de textos de Rafael Alberti, © Agencia Literaria Carmen Balcells SA; de Manuel Azaña y María de Lejárraga, © Editorial Pre-Textos; de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, © Herederos de Juan Ramón Jiménez; @annaastrom_art de Concha Méndez, © Paloma Altolaguirre Méndez; de Ernestina de Champourcin, © Legado de Ernestina de Champourcin. Fundación Universitaria de Navarra

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Gabriel



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué tienen en común Carmen Baroja, María de Maeztu, Isabel Oyarzábal «Beatriz Galindo», Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga «Martínez Sierra», Clara Campoamor, Matilde Huici, Josefina Blanco, Concha Méndez o Encarnación Aragoneses, más conocida como Elena Fortún…? Todas son distintas; licenciadas, profesionales, amas de casa, solteras o casadas, pero, tienen un nexo común:

 

Fueron las socias fundadoras del Lyceum Club en Madrid en 1926.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

UNA MUJER QUE REPRESENTARÁ A TODAS…

 

 

La tarde es otoñal, fría y lluviosa. No invita a pasear, tal vez por eso en la

 

calle apenas se dibujan unas pocas figuras embozadas en sus gabanes, ocultas bajo sus paraguas. Intermitentemente se oyen pasos rápidos, ansiosos por llegar al hogar donde les espera un buen plato de sopa caliente. Oscurece lentamente y la acera va quedando poco a poco solitaria. En la esquina se recorta una pequeña silueta apretando contra su pecho un bulto arropado. Sin gabardina, sin paraguas, tan solo un mantón la envuelve y le cubre la cabeza, tan mojado que más parece un adorno grotesco. Sombra que estira el cuello guiñando los ojos queriendo enfocar entre agua, noche y miopía el cartel que da nombre a la plaza del Infante Alfonso, o más bien quiere cerciorarse de que, ¡por fin!, ha llegado. Se ha atrevido. Ahora solo le resta encontrar el número de la vivienda, el 11, principal. Lo demás… lo demás lo deja para luego, piensa, no quiere predecir ese instante. Cuando tenga que explicar lo hará, aunque no sabe cómo. Hasta ese momento su acción ha sido tan solo un impulso: correr; no importa la lluvia, buscar una cara conocida… y pedir ayuda.

 

El sonido del timbre de la puerta, donde, jadeante, mojada y aterida apoya el brazo con su pesado fardo, le despierta de sus propios pensamientos. Silencio. Pasos al fondo.

—¿Quién es?

 

—Señorita, señorita Clara, soy yo, abra por favor, soy yo, Caridad. Caridad, la chica del Club, del Lyceum… por Dios se lo pido, ábrame, señorita.

El cerrojo se descorre y el descansillo se inunda de la luz proveniente de una salita del fondo, lo justo para dejar ver la placa de latón que adorna la puerta: «Clara Campoamor. Licenciada por el Colegio de Abogados de Madrid, 1925».



 

 

 

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Atrás han quedado las explicaciones embarazosas y atropelladas en la salita del modesto piso, han pasado ya dos horas desde ese encuentro y ahora son dos mujeres las que han atravesado la ciudad y aguardan mojadas en una desnuda dependencia policial. Ellas dos sentadas en unas sillas alineadas contra la pared, inundadas por un suelo gris y pesado como el silencio que domina toda la sala. Caridad estrecha su envoltura infantil en un sollozo callado. Clara desliza un pequeño pañuelo de batista y empapa despacio una gota que, atrevida, cae del mantón a la mano de una criatura de meses. Mira a Caridad y le entrega el blanco lienzo que ella atrapa ávida enjugándose una lágrima.

 

—Así, así mejor, tranquila.

 

«Tranquila, Clara», recordaba que decía su madre ante el ímpetu de su estudio, «tranquila» se repite ahora ante la incertidumbre.

Al fondo se perfila un guardia civil, una efigie encapotada de verde con la mano descansando sobre el arma y una mirada seca que bajo un tricornio de charol se clava en las dos mujeres.

Caridad se revuelve en la silla, parece que no encuentra acomodo, y a modo de disculpa o tal vez para sentirse protegida repite por enésima vez lo sucedido.

—Señorita, ¡ay!, señorita Clara, ¡qué apuro, dónde la he metío! — lamenta entre lágrimas—. Yo no sabía a quién acudir, ¡por Dios!, señorita, ¡qué vergüenza! Qué trevimiento, qué va usté a decir de mí. Ay, esos niños, solos, llorando, no es de justicia, no, señorita. Y como yo hablar, hablo, pero no tengo palabras, pues, pensé en usté, toda una abogada. Usté tiene palabras y ellos la escucharán. Tienen que entenderlo, mi vecina, la señá Ramona, no es mala… No, es una buena mujer, su casa y sus cuatro hijos que no levantan un palmo; pero en un pronto cogió a los niños y dijo que no aguantaba más, ya estaba jarta, que se iba, que bastantes golpes había recibido, que ahora si le llegaban tortas que fueran las de la vida, que por lo menos esas no la dejan amoratá, que de su marío ni una más… Y el marido riéndose, ¡si usté lo viera! «¡No te irás con los críos, llamaré al Orden Público!», chillaba, y los niños gimoteando, llamando a su mama a gritos, y esos de ahí fuera apresándola como si la señá Ramona fuera una ajusticiada de garrote vil, y las criaturas berreando, con el moco caído, si hasta este que, ¡angelito mío!, parecíaseme que entendía todo, que no he tenido valor de dejarlo allí solito… Mírelo qué querubín, cómo duerme



 

 

 

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ahora el Ramoncín —dice acunando contra su pecho un bebé de escasos meses— y mientras —continúa—, toda la escalera discutiendo, «así aprenderá», «aónde cree que va», y fue irse la benemérita y el marío derechito a la taberna, ¡y ese no vuelve hasta gastarse el jornal!, y esos nenes solos. ¡Ay, doña Clara, qué vergüenza!, yo que apenas la conozco, qué va usté a pensar de mí…, pero como yo la he visto con la señorita Matilde Huici del Club y sé que defiende a las pobres desgraciadas… Como esa, la que salió en los periódicos, la que el señorito la había embarazado y luego la obligó a abortar… ¡Ay!, ¡ay!, perdone que hable tanto…, es que no sé qué hacer…

 

Los ojos de Clara muestran cansancio, tristeza, impotencia, pero también voluntad y coraje. La misma férrea voluntad que ha arrastrado toda la vida, la firme decisión para poder cambiar lo que se proponía: Desafiar su destino de portera de escalera como su abuela o eludir su sino de modista, como su madre. No, ella ya había probado la aguja, había cosido muchos dobladillos. Es su mirada de estudio tardío y trabajo temprano desde que ganó las primeras oposiciones al cuerpo de telégrafos que se convocaban para señoritas, y luego obteniendo su plaza como auxiliar administrativa en Instrucción Pública. Luego, soledad de mujer madura ante un aula joven masculina, hasta que se licenció en leyes en 1924, apenas dos años antes, ya casi con cuarenta años. Y así continuaba insistiendo con su voz femenina, pero enérgica, ahora como abogada en defensa de otras mujeres. ¿Era este su sueño?, se preguntó. Recordó el inicio de su primera conferencia en la Academia de Jurisprudencia, ella, dijo, quería representar a muchas mujeres… y, un año después, por fin había abierto su primer despacho de abogada en la plaza del Infante Alfonso n.º 11 de Madrid.

 

Pero ¿esto?, pensaba, no, esto nunca se lo habría imaginado. ¿Salir de su casa en una noche lluviosa y llegar al cuartelillo para auxiliar a una pobre mujer apaleada?, a la señora Ramona, la vecina de la chica de los recados del Lyceum Club, de la que apenas sabía su apellido. La que su madre meses atrás le buscaba amparo, «ella también tiene una madre costurera, pero la chica tiene nervio…», tenía razón. «¡Cuánta soledad en la vida de algunas mujeres, cuánta ayuda necesitan y cuánto tiene que cambiar esta mi España!», piensa Clara.

 

Clara miraba a Caridad y apenas reconocía a la delgaducha y quinceañera muchachita que en el Club estaba siempre ayudando y



 

 

 

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resolviendo todas las pequeñas incidencias que surgían a cada paso; que si llegaron los libros, que si faltan las flores y ¿dónde está el jarrón? Demasiadas, por cierto. Desde un roto hasta un descosío, como Caridad solía decir. Sonrió. ¿Se habría equivocado también ella?, se preguntó. ¿Estamos preparadas para esta iniciativa?, ¿sería una quimera que se desvanecería antes de empezar a andar?, ¿formar el primer Club femenino, aconfesional y apolítico, en España? ¿En 1926, en plena dictadura del general Primo de Rivera?

 

—Letrada Campoamor, adelante.

 

Una vez más el anuncio de su apellido, detrás del apelativo «letrada», le desconcierta y la despierta del ensimismamiento. ¡Cuánto respeto podía emanar!

Respiró hondo y levantó decidida sus treinta y ocho años de voluntad y coraje. Todavía hay cosas que se pueden cambiar y ella sabía que lo iba a intentar.

—Señorita… —comienza el comisario jefe.

 

—Letrada —subraya ella, con decisión.

 

—En efecto, letrada Clara Campoamor —corrige—, lo lamento, pero todas sus… quejas —carraspea—, alegaciones, no son, en absoluto, compatibles con la legalidad vigente: Artículo 57. «Obediencia y sumisión de la mujer casada, el marido debe proteger a la mujer y esta obedecer al marido». Es denunciada por abandono del hogar…

 

—¡Y deberá dormir en la cárcel! —Se oye desde el fondo otra voz masculina autoritaria y sarcástica—, la primera vez es la más dura, pronto se acostumbran y se amansan, nunca más se les ocurre…

La mirada dura que le lanza el comisario amordaza sus palabras. «Código Civil» —recuerda la letrada—, y vienen a su mente todos los

artículos que día tras día tuvo que estudiar pensando cuán injustamente era tratada la mujer en su país. «La mujer está obligada a fijar su domicilio según estipulación de su marido, Art. 58. El marido es el administrador de los bienes del matrimonio, Art. 59, y el representante de su mujer, Art. 60, la cual necesita de su licencia para proceder a actos públicos, Art. 69, para realizar operaciones de compra, salvo las de consumo habitual para la familia, Art. 61, 62, para establecer un contrato con un ajeno o practicar el comercio, Art. 6 del Código de Comercio de 1885. Además, la patria potestad reside en el padre, y solo en su defecto puede ejercerla la mujer,



 

 

 

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Art. 154. Si la viuda contrae segundas nupcias, pierde la patria potestad sobre sus hijos, Art. 167. Las mujeres no pueden formar parte del consejo de familia, excepto en determinados casos, al igual que los criminales y las personas de mala conducta, son inhábiles para ser tutores…». Tuvo que hacer un esfuerzo para frenar su memoria.

 

—Código Civil de 1889, un poco antiguo, pero lo conozco —responde la letrada—. Está bien, Caridad, entregue al niño. Aquí no tenemos nada más que hacer.

—¿Y mañana traeremos a los otros tres mocosos? —aventura inocentemente Caridad.

—¡Un momento!, ¡alto!, ¡qué dice! —exclama el comisario—, está usted hablando con la autoridad…

La letrada, abrochándose la gabardina mientras recoge su carpeta, con ojos agotados, le responde lentamente:

—Sí, es cierto, y también hablamos de una criatura de pecho que necesita leche cada tres horas… y de una mujer que solo quiere alimentar a sus hijos, pero no con el vino de la taberna que su marido trae; de una mujer que no quiere que le vean los golpes que recibe cada día; una mujer que ahora está llorando, no del dolor de los cardenales, que esos se curan, sino porque ha dejado a tres criaturas solas llorando, una mujer que…, agotada por los golpes, pide paz…, una mujer que…

Queda interrumpida, pues Caridad levanta su arropo que, sintiendo el frío o esa gota atrevida, arranca a llorar.

—¡Coja al niño, coja al niño! —ataja y alza la voz el comisario—. ¡Robles! —chilla—. ¡Cabo Robles! ¡La madre, traiga a la madre!, váyanse fuera, y ese mamón también, que firmen un papel…, un, un… documento de intenciones…, seguro que ya está arrepentida… y que se vayan todas… —Muy bien, señor Comisario —se aventura Clara viendo llegar a doña

Ramona—. Mañana vengo y cerramos el expediente sin cargos… —¡Pero oiga! ¡Señorita! Qué desfachatez, se está arriesgando a… a… —Letrada, señor Comisario, letrada, terminemos bien el malentendido.

Se cierra y asunto terminado. Seguro que tiene cosas que hacer más importantes que esta desgraciada mujer…

Caridad entrega el niño a su madre, que lo estrecha entre lágrimas, y también el pañuelo fino con iniciales que Ramona besa agradecida sosteniendo la mirada de Clara.



 

 

 

 

 

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La lluvia ha cesado y parece que una luz intensa inunda la calle, aunque tan solo es la luna compañera de tres mujeres que, con pasos enérgicos, embriagadas de resplandor se alejan rápidamente.

—¡Ay, Dios mío!, gracias señorita Clara, gracias, Dios se lo pague — repite Ramona sollozando—. ¡Ay, Dios mío!, qué infelicidad la mía… — Apretando contra su pecho un bulto infantil.

—Señorita Clara —pregunta ansiosa Caridad—, ¿de verdad iba usté a dejar a este angelito con semejantes brutos?

—Hemos tenido suerte, Caridad, lo que a veces no pueden las leyes lo puede el sentido común. Ya hablaremos mañana en el Club.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 2

 

UN RINCÓN PARA CONVERSAR ÍNTIMAMENTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El otoño madrileño, impredecible, surge en noviembre con un día de sol

 

brillante y las calles parecen, con los charcos de la lluvia anterior, acuarelas a medio pintar. Dos hombres jóvenes, enfundados en sus gabanes, sus sombreros de ala calados y sus carteras oscuras se han detenido frente a la calle Infantas, desde donde contemplan un vasto edificio.

 

—Vaya, vaya, así que esta es «la guarida» desde donde conspiran las señoritas…, precisamente donde se gestó el motín de Esquilache, si Carlos III levantara la cabeza…, se diría que la historia se repite, amigo Martínez.

—¡Hombre! Ocaña, que solo son mujeres… —responde— en un movimiento de fraternidad femenina…

—¡Lo que faltaba!…

 

—Eso dicen los periódicos del extranjero —añade indeciso.

 

—Los periódicos dirán lo que nosotros queramos…, los reporteros… ¡A ver si aprendes!

—Dicen que en todas las capitales de Europa hay un club…, en Berlín, en Londres, en París, y ahora Madrid no podía ser menos, dicen que el Club se crea para colaborar en… problemas culturales…

—¿Problemas culturales? —pregunta Elisidoro Ocaña—, ¡no sabía yo que la cultura tuviera problemas! Entremos, Martínez, veamos si esto es noticia y da para hablar y, si es así, nosotros, los representantes de la prensa, seremos los primeros en darlo a conocer, entremos.

 

Duda todavía un momento Eusebio Martínez, ahora Martínez a secas, como se hace llamar por todos sus nuevos compañeros de redacción, pues ya bastante burla sufrió en su juventud con la coletilla de «el sabio» Martínez. Lejos de su pueblo natal, en la «gran capital», como él dice,



 

 

 

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empieza su carrera periodística desde cero y eso incluye su nombre: Martínez y solo Martínez. Duda antes de cruzar la calle y mira solapadamente a Ocaña, Elisidoro Ocaña y Cifuentes. Su mentor, amigo de la infancia en Tébar. El único que sí sabe su nombre y apellido, que conoce incluso su habilidad para robar huevos con agilidad y destreza, a pesar de su talla menuda y regordeta. También con Ocaña comparte sus silencios de niñez y adolescente; las tardes de secretos inconfesables en la sacristía aprovechando las ausencias de don Pascual, el cura, o sus lecturas «prohibidas» en la biblioteca familiar de Elisidoro, que para eso era el rico del pueblo y su abuelo ya compraba, por correo, todo lo que se editaba, «para crear buen ambiente en la pared», como él mismo decía. Amistad infantil que les igualó ficticiamente la condición social, esa que, tenazmente, ambas familias recalcaban, separaban y distinguían, una por mucho y otra por poco.

 

Mira a Ocaña con admiración, pues ha sido quien le ha ayudado a conseguir su columna deportiva en el periódico El Sol, objetivo inalcanzable para él, sin experiencia ni conocidos en Madrid. Él, que acaba de llegar del pueblo, escapando del seminario, antes de que fuera irremediable y con gran pesar de su madre, que creía que moriría feliz entregando un hijo al cielo. Vacila siempre ante el aplomo de Ocaña en la urbe, refinado, elegante y señorito. Lejos quedan las pedradas a los gorriones, pues ahora hay siempre un hilo invisible que, inquebrantable, mide la distancia entre ambos. «La clase», como bien solía recordarle doña Angustias, la madre de Ocaña, «la clase no se encuentra en los libros, Eusebito, otras cosas sí, pero lo nuestro es de rancio abolengo». Y él, en su infancia, sonreía infeliz preguntándose qué sería eso de «rancio abolengo», pues para rancio, rancio, el jamón que colgaba en la cocina de su casa, y no pensaba que tuvieran nada que ver los perniles en ese momento.

 

—¡Que no, señores!, que les digo que no puen pasar —les comenta una muchacha desgarbada y delgada, detrás de una mesita abarrotada de papeles, cajas, libros y cintas de colores.

 

Ellos no han tenido que llamar al timbre, pues está la puerta abierta y ya desde el portal, amplio y señorial, sorteando cajas y esteras, perciben la gran actividad que reina en el interior donde varias personas entran y salen del vestíbulo trasladando sillas.



 

 

 

 

 

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—¿Y si se lo pido cantando, «palomita mía»? —pregunta Martínez deformando con su timidez y voz envarada el requiebro chulapo.

 

—¡Jesús! Qué piropo tan poco original, se ve que no es usted gato madrileño, no insista, ¡pollo! —responde muy digna y altanera.

—Cuando más felices nos las prometíamos… —le dice en un aparte a Ocaña estirando el cuerpo, intentando averiguar el motivo del bullicio de la sala.

—Pero mira que eres de pueblo, Martínez, ¡cómo se te ocurre salirte con galanterías, con lo soso que eres!

—¡Señorita Maeztu, señorita Maeztu! —oyen decir a la recepcionista —, ¡estos caballeros!, ¡que quieren entrar!, y ya les he avisado…

Una mujer entrada en los cincuenta, tez blanca, pequeños ojos azules, rubia, contradiciendo su figura menuda con su origen vasco, vestida con sencillez, se acerca a su encuentro. Despliega una amplia sonrisa y una voz acogedora.

—Buenos días, señores, soy la presidenta del Lyceum Club, María de Maeztu, ¿les puedo ayudar en algo?

Los dos reporteros, confundidos y azarosos, se atropellan.

 

—Señora, no es nuestra voluntad invadirlas…

 

—Es el saber, somos reporteros, de El Sol, Martínez, y ABC, Ocaña, yo mismo —adelanta Ocaña con más aplomo.

—… Las noticias al servicio de la verdad… —apunta Martínez.

 

—Ha llegado a nuestros oídos algo sobre «un antro de perdición» y mujeres con «las piernas al aire» —desafía Ocaña.

—En aras de la exactitud, es nuestra obligación prioritaria ofrecer a nuestros lectores una crónica fiel… —balbucea tímido Martínez.

—Vaya, vaya… —contesta María con indecisión, pero demostrando su fuerte personalidad—. Caridad, estos señores tienen razón, debemos ser atentas con la prensa, tal vez así desempañaremos ciertos rumores. Caridad, deles una cita conmigo, mañana sin falta. Perdonen, pero ahora estoy muy ocupada. Hoy Caridad les acompañará y les enseñará nuestro Lyceum Club.

—Pero, pero… —protesta Caridad.

 

—Muy agradecido, señorita Maeztu, tomaremos cumplida nota de su centro de recreo —apresura Ocaña para no perder la ocasión.

—No se equivoquen, caballeros, esto es mucho más que un centro de recreo —interrumpe decidida—. Será un lugar donde las mujeres



 

 

 

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colaboren, aprendan, se ayuden, tenemos muchas ideas. Y siempre me pueden encontrar en la Residencia de Señoritas, otra institución a la que deberían prestar su atención. Señores, los espero mañana; mientras tanto Caridad les será de gran ayuda.

 

—Pero —replica Caridad— es que yo tenía que esperar la llegada de los sombreros…, me dijo doña Carmen que…

—Vamos, vamos, Caridad —añade apartándola de las cintas—, será una visita rápida, ¿verdad? ¡Ah!, y no olvide invitarlos a la representación teatral de esta tarde, es la inauguración. No falten. Encantada de conocerles, señores, están ustedes en muy buenas manos.

La figura se aleja con pasos enérgicos, quedando los dos periodistas con la palabra en la boca y dejando tras de sí un halo de decisión y fuerza. La presidenta, que no sobresale por su belleza, pues su imagen muestra una feminidad sin coquetería, tiene, sin embargo, un carácter rotundo y una locuacidad vibrante que adorna su persona.

 

Caridad lanza a ambos periodistas una mirada penetrante que disimuladamente vela con cantinela colegial y redicha.

—¡Ea, pues!, vamos, vamos —apremia abriendo la puerta—. Están ustedes visitando el Lyceum Club —anuncia orgullosa—. El primer Lyceum Club se fundó en Londres en 1904 por Constance Smedley. Y este es el primer club femenino en España, apolítico y aconfesional, fundado en abril de 1926, centro de reunión, plataforma de desarrollo cultural…, movimiento de fraternidad femenina…

—¡Un momento, señorita!, más despacio.

 

—Y cimiento de las más avanzadas ideas… ¡progresistas femeninas!

 

—¡Toma ya, Martínez, esto va a ser la bomba!

 

Atraviesan el pasillo y bajando unas escaleras llegan a un amplio salón de actos donde reina el desorden: operarios colocando decorados, sillas, carteles y grupos dispersos de hombres y mujeres charlando amigablemente. Otros, papeles en mano, en medio del alboroto repasan un texto. Martínez, atónito por la actividad que se desarrolla, se acerca disimuladamente para captar la conversación.

—Sí, sí, Ricardo, empezaremos representando Ligazón, de Valle, luego seguimos con la adaptación al teatro del cuento de tu hermano Pío, el del marinero vasco, y terminaremos con su obra Arlequín, mancebo de botica. ¡Hemos vendido doscientas entradas!, será un éxito, ya verás…



 

 

 

 

 

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—Eso espero, Cipri, desde que hemos vendido la panadería…, mi madre está más intranquila, cualquier cosa servirá para animarla. Tal como van la peseta y la situación política…

 

—Esto cambiará, no lo dudes…, pero… —se interrumpe al ver entrar a una señora mayor con prisas—, ¡Josefina Blanco!, cuando trabajabas en las tablas nunca llegabas tarde a un ensayo. ¡Vamos, vamos!

—Son ya muchos años desde que me retiré de la escena, amigo Rivas, he perdido la costumbre. ¿Está dentro Carmen?

—Te estaba buscando —le contesta—, la encontrarás entre bastidores. Se acercan Ocaña y Caridad, justo a tiempo para despertar a Martínez

de su ensimismamiento.

 

—Don Cipriano —le anuncia Caridad continuando con soniquete—, ¡mire usted, que llegó la prensa antes de cerrar el telón! Le presento a El Sol y el ABC en persona, el señor Martínez y el señor Ocaña —continúa

—. El señor Ricardo Baroja nos pinta los decorados, es el hermano de don Pío, uno de los autores de esta noche, y don Cipriano Rivas Cherif, el director de la compañía teatral El Mirlo Blanco.

—En mal momento llegan ustedes, estamos en pleno ensayo general —responde apartándose evasivo—. Vengan ustedes a la representación de esta tarde, no se arrepentirán. ¡No se inaugura un Club femenino todos los días! —termina.

—¿Y qué compañía de teatro dice usted? ¿El Mirlo Blanco? —le atropella Martínez—. ¿Acaso debuta hoy en Madrid, viene de una tournée por provincias?

—No, no, amigo mío —responde volviéndose sonriendo—, son de Madrid, teatro independiente, de aficionados, ¡algo nuevo! Este Mirlo nació en los salones de la familia Baroja, con ellos tendrá que hablar, pregunte por Carmen Baroja, o por Ricardo, pues fue él quien pintó la decoración de Ligazón, o mejor hable con su mujer, Carmen Monné, es la tramoyista y directora general.

—Mire, ahí está junto a la actriz Josefina Blanco —exclama Caridad —. ¿Acaso no recuerdan sus éxitos?, antiguos, pero una gran artista. Ella también actuará hoy, excepcionalmente, se representa un cuento de su marido, el señor Valle-Inclán. Mire, ahí lo tienen, también pueden hablar con él.

—Los Baroja, Valle-Inclán, ¡Dios mío! —exclama atónito Martínez—, cuando lo cuente en mi pueblo.



 

 

 

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—Sí, sí, toda una novedad, incluso tenemos de actor aficionado a mi querido amigo Manuel Azaña.

 

—Y hasta a una «Beatriz Galindo» —zanja orgullosa Caridad—. Seguro que la conocen ustedes, así firma ella, doña Isabel Oyarzábal, señora de Palencia, corresponsal de prensa extranjera…

—Su marido, que también es periodista… —aventura Ocaña. —¡Quite, quite!, su marido a sus pinceles, ella es la corresponsal,

compañera suya de profesión, también escribe en El Sol, ¿acaso no lo sabe…?

Un peón de gorra calada y eterno cigarrillo pegado en la comisura de los labios, que arrastra a un mozalbete llevando cajas, maderas y herramientas, interrumpe el corrillo solicitando órdenes, dónde colocar, clavar o pintar. El grupo se diluye ante el desconcierto de los reporteros.

 

—¡Vamos, vamos, señores!, no me dejen aquí plantá —les apremia Caridad ya saliendo del salón—, que todavía tienen mucho que descubrir… y anotar.

Subiendo por una amplia escalera, una enorme puerta de madera da paso a la biblioteca. Los libros están ordenadamente distribuidos por las estanterías. Destacan los silloncitos individuales tapizados con cretonas floreadas con sus luces directas de lectura. Sus mesitas auxiliares adornadas con sus tapetes de ganchillo proporcionan un toque coqueto a toda la estancia, sobresaliendo las flores de los jarrones, dando al conjunto un gusto elegante de tierno mimo femenino.

 

—Este cuadro que ustedes ven, aunque todavía está en el suelo, vale un potosí —recalca Caridad con ímpetu—. Nos los ha dado, perdón, donado, el pintor Ramón Zubiaurre y se rifará esta tarde a beneficio del Club. Y aquí tenemos nuestro mayor tesoro, ¡los libros! Esta biblioteca también ha sido esfuerzo de una de las señoritas socias, de doña María Martos, y la directora es María Lejárraga, aunque seguramente ya la conocen como María Martínez Sierra, como a ella le gusta llamarse, es la mujer de don Gregorio Martínez Sierra…, ¡una señorita maravillosa!

—¡Qué de lectura! —admira con envidia Martínez.

 

—Oiga, ¿y qué hacen con ellos? —Ocaña aventura.

 

Caridad le mira despacio, pues la pregunta la deja desarmada. Martínez rompe la tensión carraspeando disimuladamente.

Un gran sillón orejero oculta a una mujer alta, delgada, de mediana edad, elegantemente vestida, que, con un libro en la mano, se asoma



 

 

 

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intrigada ante el comentario.

 

—Ay, perdón, señorita Zenobia, no sabía que estuviera aquí —se disculpa Caridad.

—Adelante, Caridad, no molestan, solo estoy tomando unas notas…, se me resiste este párrafo…

—¿Otra vez el Tagore?

 

—Sí —contesta sonriendo por la familiaridad de Caridad—, oigan, oigan, ¡qué musicalidad!… —Casi etérea, como su propio cuerpo esbelto y delicado, evadiéndose de la realidad, recita en voz alta—: «Ella está cerca de mi corazón, como la flor de un prado lo está de la tierra; me es dulce, como el sueño a los cansados miembros. El amor que le tengo es mi vida fluyendo plena, como corre el río en las crecidas del otoño, en sereno abandono…».

De golpe se para y se sonroja. A menudo le pasa en medio de una traducción. Aunque ha nacido en Malgrat de Mar, en Cataluña, de padre navarro y madre puertorriqueña y norteamericana, su distinguida familia le ha facilitado una completa educación bilingüe en los más prestigiosos centros internacionales, entre ellos Nueva York. «La americanita» la llamaban sus compañeras del Institute for Girls, el prestigioso centro donde había pasado largas temporadas y que, cercano a la Residencia de Señoritas, estaba establecido en Madrid. Su facilidad para traducir del inglés a algunos de sus poetas preferidos era concordante con toda su vida al lado de otro poeta, su marido Juan Ramón Jiménez. Como si estuviera pintada en un cuadro toda ella, resaltan su delicada silueta, su sencillez que contrasta con su sonrisa abierta, sus ojos azules transparentes y su conversación alegre y directa.

 

Zenobia acostumbra a pasar las tardes en el Club. Desde la primera vez que, en la casa de sus amigos María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra, le presentaron a Juan Ramón, ahora, más que nunca, después de diez años de matrimonio, sabe que su marido, ante todo, necesita silencio y no tolera interrupciones en su trabajo. Ella, que es consciente de los frecuentes cambios melancólicos de Juan Ramón, se aplica a sus traducciones del inglés, que, por otra parte, ayudan, y mucho, a la economía familiar. Zenobia, traductora, compagina su tiempo con su recién abierta tienda de Arte Popular Español, donde vende artículos de folclore tradicional a todos los extranjeros que pasan por la ciudad y que afortunadamente dejan



 

 

 

 

 

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buenas pesetas. Ella, pragmática en asuntos terrenales, es el ancla donde un poeta melancólico, trascendente y soñador se ata a la vida.

 

—¡Oh!, pero, disculpen, ¿les puedo ayudar, señores? —se recompone y pregunta con suave voz.

 

—Son los reporteros de El Sol y el ABC; señor Martínez y señor Ocaña, la señorita Zenobia Camprubí, les aclaro —explica con cierta guasa en su voz—, ella es traductora profesional, su marido es el poeta Juan Ramón Jiménez. Estos señores están muy interesados en nuestro Club, pero tienen ciertas dudas…, han visto tantos libros… que no saben qué hacemos aquí con ellos. Tal vez usted les pueda explicar…

 

—¡Qué ocurrencia, Caridad! La prensa, muy conveniente, pasen, pasen. Ustedes seguramente conocerán la obra de Rabindranath Tagore, estoy interesada en traducirla del inglés, es tan especial, me darán ustedes su cualificada opinión…

—Muy… muy —balbucea Ocaña—, muy peculiar, cierto, mucho… Verá, otro día, otro día mejor, con más calma, pues…

Afortunadamente, la entrada de dos mujeres absortas en su conversación corta la tensión, momento que aprovechan los amigos para, aclarándose la voz y ajustándose las corbatas, hacer indicios de retirarse.

—¡Por fin te encuentro, Zenobia, en la biblioteca, claro! —adelanta una de ellas—. Te busca María. ¡Qué día tan agotador! Por cierto, tenemos que organizar las secciones del Club. Insisto en la prioridad de los cursillos de derecho civil y político, hay demasiada ignorancia…

 

—Y el sufragio femenino, no lo olvides, Victoria, es muy importante. —… No es momento todavía, Clara, no nos apresuremos…

Clara durante segundos medita las palabras de su compañera de leyes. Ella y Victoria se estrenaron juntas en el foro del Colegio de Abogados de Madrid, el 30 de diciembre de 1925, apenas un año antes. Fue Victoria la primera mujer en colegiarse, luego ella, recuerda. Compañeras con los mismos ideales, es ahora Victoria la que le anima a ser socia del Lyceum Club. Clara duda. Todavía no ha rellenado la solicitud de ingreso, tiene demasiada urgencia en acometer cambios y no puede distraerse con veleidades sociales, como ella dice. El voto de la mujer no admite demoras, piensa. Pero ¿cómo llegar a ello? Tengo que actuar, moverme, situarme, piensa, desde el Lyceum se puede hacer poco. Sí. El Club es un centro social femenino, con ideas de libertad, de cambio, sí, progresista,



 

 

 

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pero también es el salón de té de señoras burguesas bien casadas con intercambio de recetas y moda. También con iniciativas, sí, pero yo necesito algo más. ¡Tengo tanto que hacer!… Como siempre, interrumpe repentinamente sus pensamientos y vuelve a la realidad.

 

—Buenos días, Caridad, ¿cómo está? ¿Qué tal su vecina Ramona?, ¿y los niños?

—¡Ay, señorita, si le contara! La Ramona es muy bruta y me dice que, si lo legal no funciona, pues que con calditos soluciona el problema…

—Caridad, por Dios, no quiero ni imaginar lo que me está diciendo — replica Clara asustada—. Dígale a Ramona que venga a verme… ¡Que no haga nada!

Caridad la deja con la palabra en la boca, pues no quiere que se retiren sus invitados sin antes estampar su victoria y avanzando resuelta impide salir a los caballeros.

—Un momento, señores, les presento a la señorita Campoamor, Clara, y a la señorita Kent, Victoria, abogadas las dos —y añade en voz baja—, también trabajan con libros.

—Mucho gusto, señoritas, es un placer, luego volveremos, se nos está haciendo tarde y en la redacción, ya saben, cierran y, bueno…, encantados de saludarlas… Ya conocemos la salida, no se molesten —dice Ocaña mientras sale apresuradamente.

Ocaña y Martínez bajan por las escaleras un poco aturdidos, confusos y abatidos por las últimas palabras de Caridad.

—Qué ridículo, Ocaña, ¡cómo se te ocurre!

 

—¡Hombre, yo!, no es normal tanto libro entre mujeres. Oye, Martínez, y tú, ¿conoces a ese Rabin-yo-qué-sé?

—¿Yo?, ¡pero qué dices, si lo mío es la sección de deportes! Pero algo me suena, creo que es americano…, y… ese del teatro, el Baroja, el auténtico, ¡madre mía!, cuando lo cuente en Tébar, ¡yo entre escritores de verdad!

—¡Y esa «Beatriz Galindo»! Pero ¿no era la institutriz de Isabel la Católica?, ¿la conoces en la redacción, Martínez?

—Así de golpe, entre los toros y el fútbol…

 

—¡Y el sufragio femenino!, ¡lo último!, ¡a dónde iremos a parar! —… Pues se ha puesto de moda… —apunta tímido—, sin ir más lejos,

 

hace dos años, en Gran Bretaña…



 

 

 

 

 

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—Claro, ahí tenía que ser, ¡la pérfida Albión! No, no, la mente femenina no tiene capacidad… y yo así lo voy a reportar. Y esa mocosa, ¡bien se ha reído de nosotros!, realmente, un escándalo…

 

—No exageres, Ocaña, esto es la novedad, en un año ya se les ha pasado… —refrena a su amigo, sin saber él mismo qué pensar.

El aire fresco de la calle de Alcalá les barre las inquietudes y como si fueran otra vez dos muchachos saltando los terreros del campo manchego, ligeros de preocupaciones se despiden alegres aventurando su futuro.

—Martínez, esta tarde tenemos candilejas…

 

—Esta profesión da satisfacciones, me parece que me va a gustar. —… Y estará lleno de palomitas, ¡seguro que destacamos! —se

 

despide Ocaña atusándose el fino bigote.

 

«Mujeres…, mujeres…», musita Martínez arqueando las cejas y cruzando la calzada.

 

La figura de Martínez no puede mimetizarse entre tantas otras que pasean por la calle Recoletos, pues más bien bajo y redondo, sus andares musicales, casi saltarines, sobresalen entre la muchedumbre. Sin ser de constitución blanda, todo en él indica que los garbanzos se le quedan entre las carnes, esas que ha ido acumulando durante sus veintidós tranquilos años. Nadie diría que es corresponsal de deportes, pues parece que eso del balompié o los cien metros lisos los utilizara para pasear. Lleva gafas, es miope. Se ha quemado los ojos leyendo a media luz cuando joven en la biblioteca que don Pascual, el cura de Tébar, llama a esa habitación llena de libros cercana a la sacristía. Don Pascual es un adelantado en lo que se refiere a planes de educación. Si era invierno, los zagales que querían se resguardaban allí. Martínez era uno de ellos. Y es que don Pascual, además de santo varón, era un ilustrado, pero a la chita callando, que no es fácil casar en un pueblo los adelantos de la ciencia con los dogmas de fe. Ahora, aunque todavía lejos de la treintena, los ojos de Martínez parecen luciérnagas luminosas en busca de luz, la que a duras penas le deja encender doña Casilda, la patrona de la pensión donde vive en Madrid. Su propia vestimenta responde a su condición de pensionista, pues siempre luce un pequeño toque de desaliño. Por ahí le falta un botón o el pañuelo, cuando lo lleva, sin planchar; será porque en la pensión la plancha brilla por su ausencia entre otras cosas, principalmente las de comer. Parece que con su indumentaria sobria y oscura quisiera marcar su identidad, «el traje



 

 

 

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de toda la vida, boda y mortaja», que dice su madre. Y es que Martínez es como su pueblo, Tébar, también recio de toda la vida, seco por fuera pero con poso de regusto profundo, como alguno de sus vinos. Su padre, don Félix, era viajante y representante: vinos de la zona, o sea, los de la familia Ocaña. En esa época, un ídolo quincenal para su hijo Eusebio, pues paraba poco por casa. Eso sí, siempre llegaba alegre, sería por aquello de probar la mercancía. Cuando Martínez ya estaba en edad de distinguir las alegrías de las curdas, a su padre se lo llevó un resfriado. Se quedó dormido entre San Clemente y Belmonte, ya se dice que las noches de Cuenca, en otoño, son traicioneras.

 

Su madre, siempre una obediente esposa como el destino le había marcado, habría preferido que su marido se hubiera quedado al cuidado de las cuatro gallinas, los seis conejos y el erial, por llamar de alguna forma a esa pequeña tierra donde lucían secos unos sarmientos. No pudo ser y, sin lamento, se fue acostumbrando a las ausencias de su marido Félix. Estos abandonos, en aras de la unión sacrosanta del matrimonio, los justificaba don Pascual, el párroco dueño y señor de la única iglesia del pueblo, una joya del siglo XIII, que así le decía: «Paciencia, doña Concha, la zona es vinícola y además es una buena faena…, ya que… su marido Félix trae, ¡cuando trae!, sus buenos duros… Déjele usted, que es zorro que vuelve a casa», terminaba el santo varón. Así hasta que el zorro no volvió. Lo del resfriado.

 

El pueblo no es cabeza de partido, pero anda cerca y el párroco, más santo por aguantar comadres cotillas que por sus oraciones, llevaba también la escuela. El último maestro se largó sin avisar con la panadera, rolliza ella, que olía a harina blanca. Estuvieron unos cuantos años esperando nuevo suplente. «Estas cosas llevan su tiempo», les dijeron en la ciudad. Mientras tanto, no fueron malas las enseñanzas del cura. Como tenía que ir a cantar la misa, ahí dejaba a los zascandiles en el prado diciendo que era la asignatura de la naturaleza. Un adelantado, que ni Giner de los Ríos. Eusebio Martínez, en su afán por leer, o por no pasar frío, se hizo adicto a la «biblioteca» y al cariño de don Pascual, el cual, cuando su madre enviudó, tomó a ambos bajo su cuidado, «bajo su sotana», acentuando aún más las malas lenguas. Quién sabe si don Pascual volcó en él la ilusión del hijo inexistente o su propia fantasía de contribuir al apostolado entre los chinitos; idea que hasta cierto punto el propio



 

 

 

 

 

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Martínez fomentó en beneficio de su educación, saliéndose del seminario antes de que la cosa no tuviera remedio.

 

Entre curso y curso, en el pueblo mantenía su amistad con Ocaña. Elisidoro Ocaña, hijo de don Elisidoro Ocaña y Cifuentes, dueños de casi todos los viñedos. Amistad que le vale ahora para poder comer, poco y mal, de la columna de balompié que redacta casi a diario en El Sol. Se sabe en la ciudad que las recomendaciones de Ocaña van acompañadas de buenos «caldos». No obstante, más sobresale Martínez en su amplio conocimiento histórico, cultural y literario, que no deportivo. De algo le valió la biblioteca de los señores Ocaña y sus horas de sacristía. En los primeros meses, eso del «rotativo», subiendo y bajando cafés, no era precisamente lo que él se imaginaba, y ahora que ha pasado de «rotar» la escalera a ensuciar la libreta, tampoco, pero ¡qué se le va a hacer! No conocía nada de Madrid ni de cómo estaban «las cosas»; pues de política es más bien un ignorante, que ya le avisó su madre.

 

En medio de sus pensamientos, Martínez recordó las letanías maternas: «Hijo, no te vayas tan lejos, que tú eres un buenazo». También en ese mismo instante se dio cuenta de cuánto echaba en falta el olor de su hogar, incluso los aburridos sermones de don Pascual.

 

Pareciera que el viento frío que llegaba de Atocha hubiera pasado ya por Cuenca y le enviaba trazas de su tierra seca y polvorienta. Le hizo tiritar y con un suspiro de nostalgia se alejó subiéndose el cuello del gabán.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 3

 

«LAS MARIDAS»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llegan por la plaza hombres y mujeres que se acercan al edificio n.º 31

 

de la calle Infantas, son los últimos rezagados que asisten a la inauguración del Lyceum Club. Una pareja de mujeres, con sus atrevidas y modernas gabardinas a media pierna, charlan acompañadas de su rítmico taconeo.

 

—Me han dicho que es un club sin beatas…

 

—¿Dices que no tienen una sección católica o mariana?

 

—No, no, nada de eso.

 

—¿Y, entonces, qué hacen?

 

—Chica, yo no sé… Arte, conferencias…, fraternidad femenina… —¿Fraternidad femenina?, y, ¿eso qué es?

—Algo muy moderno…, ya verás. Venga, venga, deprisa…

 

La tarde se apaga y la calle queda desierta. Dentro del edificio también se atenúan las luces del salón de actos. Doscientos silencios emocionados inundan la sala hasta que se abre el telón y estallan los aplausos.

Rosario Lacy de Elorrieta, la secretaria del Club, se acerca al atril iluminado nerviosa pero con voz firme y da lectura al Reglamento mientras que los pensamientos de las socias parece que revolotean por toda la sala adivinándolos con solo mirar los expectantes ojos femeninos… («… Esta lectura oficial del Reglamento servirá para aclarar los bulos que surgen en la prensa, y mañana todo Madrid sabrá que ya se creó el primer Club Femenino en España, yo misma lo anunciaré en mi columna de El Sol», piensa Isabel Oyarzábal, la vicepresidenta segunda, mientras

cierra los ojos escuchando con emoción contenida).

 

«TÍTULO I: DE LOS FINES GENERALES

 

…   SE CONSTITUYÓ EN ABRIL DE 1926 UNA SOCIEDAD CON DOMICILIO SOCIAL EN LA CALLE INFANTAS, 31, CUYOS FINES



 

 

 

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GENERALES SON:

 

A. DEFENDER LOS INTERESES MORALES Y MATERIALES DE LA MUJER…».

(«Ahí es donde podemos actuar, entre todas elevaremos la voz para pedir el voto femenino…», resplandece la cara de Clara Campoamor).

 

«… DESARROLLANDO TODAS AQUELLAS INICIATIVAS Y ACTIVIDADES DE ÍNDOLE EXCLUSIVAMENTE ECONÓMICA, BENÉFICA, ARTÍSTICA, CIENTÍFICA Y LITERARIA QUE REDUNDEN EN SU BENEFICIO…»

(«¡Por fin!, nació el Lyceum Club en Madrid, ya estamos a la altura de Londres…», piensa María Martos. «¿Podrá mi querida María de Maeztu con tantas responsabilidades?». Recordó la entrañable carta que le escribió desde Suiza confesándole su preocupación por su fiebre constante y su visita al especialista doctor Kocher. Me dijo que le guardara el secreto).

 

B. FOMENTAR EL ESPÍRITU COLECTIVO PROPORCIONANDO A SUS ASOCIADAS EN EL LOCAL DE LA SOCIEDAD CUANTAS COMODIDADES SEAN POSIBLES PARA HACERLES AGRADABLE SU ESTANCIA EN ÉL, FACILITANDO ASÍ EL INTERCAMBIO DE IDEAS Y LA COMPENETRACIÓN DE SENTIMIENTO…

C. ORGANIZAR OBRAS DE CARÁCTER SOCIAL Y CELEBRAR SESIONES, CONFERENCIAS, CURSILLOS, CONCURSOS, EXCURSIONES Y FIESTAS, PRIVADAS O PÚBLICAS, DENTRO DE LOS LÍMITES QUE MARCA EL APARTADO A».

(«¡Trabajar para nosotras mismas!, organizar conferencias… ¿Pero vendrán los conferenciantes?, al primero que invitaremos será a Rabel Alberti… Seguro que él sí se anima…, le conozco…», piensa Ernestina de Champourcin, «compartimos poesía»).

«TÍTULO II: DE LAS ASOCIADAS

 

…          EXISTIRÁN   CUATRO   CLASES   DE   ASOCIADAS:

 

FUNDADORAS, PROTECTORAS, DE NÚMERO Y TRANSEÚNTES…

SERÁN FUNDADORAS LAS QUE FIRMARON EL ACTA QUE CON ESTE OBJETO SE LEVANTÓ ANTES DEL FUNCIONAMIENTO DEL CLUB, Y DE NÚMERO LAS QUE INGRESAN EN LO SUCESIVO… SERÁN PROTECTORAS TODAS LAS ASOCIADAS QUE, AL DARSE DE ALTA CONTRIBUYAN CON UNA CUOTA DE QUINIENTAS PESETAS, COMO MÍNIMO Y OTRAS QUE A JUICIO



 

 

 

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DE LA JUNTA DIRECTIVA CONTRIBUYAN DE UNA MANERA ESPECIAL AL SOSTENIMIENTO O MEJORAMIENTO DE LA ASOCIACIÓN…».

 

(«¡Dios mío!, qué barbaridad, quinientas pesetas… ¿Habrá más de una protectora? Dicen que la reina Victoria Eugenia y la Duquesa de Alba son presidentas de honor… ¿Será verdad?», se asombra Carmen Baroja).

«… EL NÚMERO DE ASOCIADAS SERÁ ILIMITADO…, DEBIENDO HABER CUMPLIDO LA EDAD DE DIECINUEVE AÑOS O QUINCE SIEMPRE QUE SEA PARIENTE EN PRIMERO O SEGUNDO GRADO DE UNA ASOCIADA…

ARTÍCULO 6: LAS CUOTAS DE ENTRADA Y MENSUAL PARA LAS ASOCIADAS SERÁN LAS QUE FIJE LA ASAMBLEA GENERAL A PROPUESTA DE LA JUNTA DIRECTIVA».

(«… Veinticinco pesetas de entrada y cinco pesetas del mes corriente…, no parecen precios muy populares…», continúa).

«ARTÍCULO 8: EL COMITÉ DE ADHESIÓN ESTARÁ FORMADO POR LA JUNTA DIRECTIVA Y LAS PRESIDENTAS DE SECCIÓN… SE REUNIRÁN UNA VEZ AL MES…

TÍTULO III: DE LA JUNTA DIRECTIVA

 

ARTÍCULO 14: LA JUNTA DIRECTIVA SE COMPONE DE UNA PRESIDENTA…».

(«¡Presidenta fundadora!, animaré a que se inscriban todas mis pupilas de la Residencia de Señoritas», piensa María de Maeztu).

«DOS VICEPRESIDENTAS…».

 

(«¡Algo más en qué trabajar!», se reafirma en su nominación Victoria Kent.)

(«¿Estaré a la altura del cargo? —frunce el ceño Isabel Oyarzábal Smith—. ¡Claro que sí!, soy traductora, periodista y acabo de publicar El alma del niño, mi ensayo, tengo mucho que aportar»). «DOS VOCALES, UNA BIBLIOTECARIA».

(«¡La biblioteca!, no escatimaré esfuerzos para conseguir los ejemplares; llamaré a la puerta de todas las editoriales…», eleva el pensamiento María Lejárraga).

«UNA TESORERA».

 

(«¡Tesorera!, quién me lo iba a decir a mí. ¡En fin!, si lo hago bien en mi casa…, pues aquí igual… ¿Y por qué no?», asiente con la cabeza Amalia Galárraga de Salaverría).



 

 

 

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«UNA CONTADORA, UNA SECRETARIA».

 

(«¿Podré compaginarlo con mis deberes del hogar?, aunque, si terminé la carrera de medicina, también podré con esta iniciativa… —asiente Rosario Lacy— y lo primero será atender a los niños necesitados, se lo propondré a la Junta»).

(«Juan Ramón me requiere mucha atención y últimamente le noto melancólico, no sé si he acertado aceptando la secretaría…», vuela el pensamiento de Zenobia Camprubí).

«UNA VICESECRETARIA…». («¡Vicesecretaria!», murmura Helen Phipps.)

«… DURACIÓN DE DOS AÑOS… PUDIENDO SER REELEGIDAS… RENOVACIÓN, ANUALMENTE EN LA ASAMBLEA DE ABRIL…

ARTÍCULO 18: LA JUNTA DIRECTIVA SE REUNIRÁ OBLIGATORIAMENTE UNA VEZ AL MES…».

(«… Hay tanto que hacer…»).

 

«TÍTULO V: DE LAS SECCIONES Y FUNDACIONES

 

ARTÍCULO 50: LAS SECCIONES SERÁN LAS SIGUIENTES:

 

1.  SOCIAL.

 

2.  MUSICAL.

3.  ARTES PLÁSTICAS E INDUSTRIALES.

 

(«Dirigiendo esta sección haré algo, tengo tantas ideas», suspira Carmen Baroja.)

 

4. LITERATURA.

 

(«No me quitará tiempo de mi poesía», piensa Ernestina).

 

5.  CIENCIAS.

 

6.  INTERNACIONAL.

7.  HISPANOAMÉRICA.

 

(«… ¿Tendremos ingresos para tanta actividad?»).

 

Finaliza la lectura entre ovaciones e incluso alguna socia, disimuladamente, guarda húmedo el pañuelo en el bolso. María de Maeztu cruza una mirada de complicidad con Isabel Oyarzábal. Mirada que devuelve Isabel con ojos fatigados y cansados. Solo ella sabe los últimos días agotadores que ha llevado. Cuando se comprometió a entregar su columna periodística en El Sol no podía imaginar el ingente trabajo que le llevaría, pues ya es corresponsal de periódicos extranjeros además de



 

 

 

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traductora profesional. No, no es escribirla, piensa Isabel, pues el hábito adquirido desde su juventud le facilita la concentración. Son ya muchos años de práctica desde que lanzó su primera revista femenina, La Dama, y muchas las horas de estudio cuando decidió escribir el libro de pedagogía El alma del niño. No, no era ese su obstáculo, ni la dedicación a su casa y a sus propios hijos, más bien eran los horarios de los estrenos teatrales y cinematográficos los que, a sus cuarenta y ocho años, le estaban pesando demasiado. Como crítica teatral de escenografía y vestuario, conocida y rigurosa, espera a la última caída del telón para empezar su artículo. ¡Cuántas veces había tenido que hacer tiempo entre función y función en los cafés de los alrededores, y cuán a menudo la compañía de sus conocidos tertulianos, Manuel Azaña o Valle-Inclán, le habían salvado del aburrimiento! Suspiró, pues todavía tenía pendiente en esa semana su corresponsalía con los periódicos extranjeros; trabajo que había logrado gracias a su educación británica, impuesta por su madre escocesa y liberal. Ceferino, su marido, Cefe, como ella cariñosamente le llama, le aprieta suavemente la mano y, como si fuera una nueva pintura irradiada desde sus dedos, le traslada la fuerza que plasma en sus cuadros. Isabel nuevamente se recarga de esa energía y asume su nuevo compromiso: vicepresidenta segunda.

 

Isabel y María conocen el reto que tienen por delante y asienten emocionadas al apoyo que están recibiendo. Todas son caras conocidas a su alrededor: Dolores y Adela Rivas Cherif; Pura Maortúa, que con buena mano se ha encargado de la decoración; Mabel Pérez de Ayala, María de Mesa, Isolina Gallego, Luisi Graa y su hermana Trudy, Encarnación Aragoneses, Concha Méndez, Carmen Gallardo, M.ª Teresa León, la traductora Carmen Abreu e incluso extranjeras como Helen Phipps o Mabel Rick.

«Mujeres adultas y todas ellas con inquietudes —piensa María de Maeztu—, aunque bien es cierto que también son todas de una clase social privilegiada; aristócratas, mujeres de embajadores, las primeras licenciadas de España, mujeres casadas con intelectuales, escritores y políticos…, y hasta nos han puesto mote, “¡las maridas!”, que no hay nada que escape a este Madrid castizo. ¿Seremos capaces de poner en pie este cambio femenino? —se pregunta—, ¡qué nuevo reto para la mujer española y qué difícil siempre! Efectivamente —piensa—, no nos falta el apoyo de sus maridos: Araquistáin, Pérez de Ayala, Mesa, Álvarez del



 

 

 

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Vayo, el pintor Palencia, el abogado Ucelay, Baeza… Son muchos los que hoy se distinguen comprometidos para transformar esta crisis social en la que estamos… Todos apuestan por una nueva mujer, son espectadores pasivos ahora, pero tal vez serán mañana el refuerzo y el motor de esta iniciativa…». Los saludos le interrumpen los pensamientos.

 

La rifa a beneficio del Club sorprende por su originalidad y éxito económico. Han sido tantas las donaciones que han recibido que la tesorera, Amalia, irradia satisfacción. Caridad, entre bambalinas, tiene cien manos, doscientos pies y una palabra de ánimo para todos. Ella es la que encuentra el sombrero perdido, la que ayuda al cambio de decorado, recuerda las entradas de texto, tranquiliza a los ayudantes y anima a las actrices.

Va a empezar la función. Es la hora de El Mirlo Blanco. Actores y actrices entre bastidores esperan a que se abra el telón, al fondo lucen los decorados pintados por Ricardo Baroja y que Carmen Monné, su mujer, nerviosa, contempla expectante, pues debuta como tramoyista. Cipriano Rivas Cherif, en sus funciones de director del grupo teatral, apunta las últimas indicaciones a Eusebio Gorbea, un militar cuya afición de dramaturgo le obliga a participar en todas las representaciones del grupo amateur. Están nerviosos, esta noche se estrenan con textos de Valle-Inclán y de Pío Baroja.

Apagándose la luz empieza la magia de las candilejas. Es la hora de la ficción, que no antes, pues la creación del Lyceum, el primer Club femenino de Madrid, es una realidad en 1926.

Al finalizar, las luces se encienden sincronizadas con la ovación de los espectadores y Cipriano, orgulloso de su grupo, acercándose a ellos, les felicita personalmente. A Josefina Blanco, la veterana actriz madrileña, como si fuese su primer estreno, le brillan los ojos. Lentamente, el público se levanta formando corros. El murmullo crece, se contagian las alegrías, las enhorabuenas, los apretones de manos y los abrazos.

—¡Espléndida la representación!

 

—… Y no digamos la obra, este Valle-Inclán siempre da que hablar. —Carmen, ¡qué gran trabajo!, felicita a tu hermano de mi parte, ¡un

 

gran texto!

 

—Gracias, María, así se lo diré, él aprecia mucho tu crítica —contesta rápida, pues mira el reloj y piensa en su marido Rafael, que le está esperando ya en casa.



 

 

 

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Otros periodistas también se han acercado para escribir sobre «el notición femenino». Julio Romano, de la revista La Esfera, aguarda impaciente a que Isabel Oyarzábal, la «Beatriz Galindo» de Madrid, le conceda una entrevista… El Lyceum Club va a ser portada de revista. Para bien o para mal.

 

Martínez y Ocaña también se han levantado. Martínez no puede reprimir su emoción:

—¿Has visto, Ocaña?, están cambiando los tiempos y nosotros somos los espectadores principales —dice—. ¡Qué velocidad, un club solo de mujeres! ¡Y no se reúnen para leer vidas de santos!

—¡Esto va en contra de lo que debe ser el espíritu femenino, dedicadas a su hogar y a su marido! —contesta enérgico Ocaña—. A mí no me engañan con palabrerías… Empezamos por aquí y ya veremos dónde acaban…

—Pero, hombre, si hasta las acompañan sus maridos…

 

—Eso, eso, «las maridas» así es como se van a dar a conocer, y si no, ¡al tiempo!… Un grupo de snobs imitando costumbres extranjeras…

 

—Vamos, vamos, no grites tanto y saludemos a nuestras vecinas de butaca, que parecen dos señoritas muy dispuestas… Permítame que recoja su bufanda, señorita —se aventura Martínez inclinándose cortés.

 

—Gracias, caballero.

 

—Muy interesante, ¿verdad?, ¿son ustedes ya socias…?

 

—… Todavía no, caballero, pero rellenaré la inscripción mañana mismo…

—¿Y qué van a encontrar aquí que no tenga el grupo parroquial? — pregunta Ocaña.

—Pues… ¡la cuestión femenina!, sin ir más lejos.

 

—¡Acabáramos! —replica Ocaña.

 

—¡Ya te dije, Ocaña, que este club va a ser noticia! —le apunta Martínez—. Señoritas, disculpen a mi amigo —continúa—, él no confía mucho en esas nuevas modas que apartan a la mujer de su casa y de las obligaciones con su marido… Yo, por el contrario, que escribo en El Sol, estoy abierto a todas sus sugerencias…

—¡Sin equivocarse, ¿eh?, caballero…! ¡Qué atrevido! ¡Mucho gusto! Y reciben de contestación una espalda quedándose ambos con la

 

palabra en la boca. Martínez en su azaramiento atisba a Caridad y prueba



 

 

 

 

 

 

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tímido a enviarle un remedo de saludo a lo que contesta ella con un orgulloso gesto de desdén.

 

—No parece que sea nuestra noche —comenta abatido recogiendo su sombrero—… Con la tal Caridad hemos pinchado en hueso…

 

—¡Va! Menudo palo de escoba esa, allí no hay magro que cortar. Te voy a enseñar un café cantante que acaban de abrir en las Vistillas… ¡Eso sí son mujeres!… Vamos…

Se apagan las luces poco a poco con las últimas despedidas y poco a poco también quedan solitarias las dependencias: el saloncito de té, el salón de actos, la sala de reuniones y las flores dormidas en el jarrón donado por la señora de Zuloaga. Solo la biblioteca relumbra con una tenue luz que alguien ha dejado encendida, o tal vez es la leyenda del resplandor del fantasma iluminando unos libros que esperan ser atrapados por nuevas manos femeninas.

Carmen Baroja se ha despedido temprano aprovechando la salida de unos conocidos. Alta y armoniosa, destaca por tener una belleza tradicional, con su tono dorado de pelo y un ángulo de cara sereno. Ha tenido ya tres embarazos, sin embargo, conserva una figura estilizada. No obstante, ahora, nerviosa, le embarga un sentimiento ambiguo de culpa y satisfacción, y mientras regresa a casa intenta explicarse el motivo de su confusión. Su agitación interna y su paso acelerado aumentan, pues vislumbra al fondo de la calle Mendizábal al sereno de amplio capote y llaves sonoras que, como cancerbero de buenas costumbres, la aguarda solícito en el portal.

Sube las escaleras y abre la puerta. Entra presurosa quitándose el abrigo y el sombrero, colgándolos en un perchero de la entrada. Da una voz, todavía nerviosa, avisando de su llegada, simulando naturalidad. Su marido, Rafael Caro Raggio, está en la sala con cierto aire de disgusto leyendo el periódico.

—Rafael, ¡ya estoy aquí!, ha sido estupendo —adelanta ilusionada. —Ya sabes que no me gusta llegar a casa y que tú no estés. El niño ha

preguntado por ti.

 

Desde el fondo del pasillo, Julito, alertado por las voces, reclama a su madre:

—¡Mamá, mamáaaaa!, ¿dónde estabas?… ¡Ya estoy durmiendo!

 

—Ya voy, tesoro —contesta Carmen—. Ahora me ocupo de ordenar la cena, Rafael.



 

 

 

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Carmen se acerca presurosa a la habitación de su hijo Julio, con el que, con sus doce años, mantiene vínculos entrañables. Piensa Carmen, a menudo, que la muerte de su otro hijo, Ricardo, y de la niña con solo quince meses le hacen estrechar todavía más ese lazo. Se agacha y le tapa con ternura.

 

«La vida se puede presentar muy despiadada —recuerda, mientras arropa cariñosa a Julio permitiéndose unos segundos de tierno abrazo—. Atrás me quedó la juventud ilusionada sin apenas darme cuenta de su fuga, mis primeras enseñanzas de grabado con mi hermano Ricardo, o los meses que viví en París inundada de arte. Me casé casi en la treintena, en esos años ya serenos, maduros, y me pregunto… ¿Es en ese momento cuando se desvanecen los cuentos? Aunque —piensa— todavía puedo retomar mis ideas artísticas o mis escritos, ¡escribir sobre el encaje en España! Siempre me ronda por la cabeza, si fuera capaz, es tan interesante… Ya me he estrenado en el periódico hablando de El Mirlo Blanco, lo que escribí le gustó a Pío, aunque él es parco a la hora de emitir críticas, pero…».

 

—Mamá…, ¿mañana estarás en casa?

 

La voz somnolienta de su hijo confunde sus pensamientos. Le da un último beso. ¿Sabré compaginarlo con mi hogar?, ¿será este el motivo de mi inquietud? ¿Es acaso solo una lucha mía, mis deseos personales y mi obligación familiar? Rafael tampoco comparte mis iniciativas fuera de la casa…, a veces le veo ausente cuando le cuento…

 

Recomponiendo su respiración, se acerca a la sala de estar. —Enseguida estará la cena, Rafael, daré la orden a la doncella —

anuncia todavía defraudada ante la frialdad del recibimiento—. ¿Qué tal la imprenta?

Ella sabe que es una manera hábil de cambiar de tema; el éxito de Pío, su hermano, son siempre buenas noticias para la imprenta de su marido, Caro Raggio. Y últimamente no parece que haya muchas, no pasan apuros económicos, pero se cuentan todos los duros que entran en casa.

Rafael apenas le pregunta por la inauguración y Carmen tampoco insiste, pero en voz baja se oyen sus murmuraciones:

—Mañana vuelvo, ¡hay tanto que hacer!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 4

 

«… DEMASIADAS LETRAS SECAN EL CORAZÓN»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el salón del Club de tonos elegantes y decoración art déco las mesitas

 

y los cómodos butacones invitan a la charla íntima, pero hoy no es así, pues las socias con sus atuendos de media tarde, siguiendo la nueva moda que indican las revistas, jumpers, cortes rectos y cinturas caídas, están nerviosas en corro leyendo y opinando sobre el último número de la revista La Esfera. Acaban de recibir la publicación de la entrevista que les hicieron a Isabel Oyarzábal y a Victoria Kent semanas atrás.

 

Caridad ha recogido la revista y la ojea despacio buscando el nombre del periodista que firma la entrevista. «¿Será de ese manchado de tinta que como un aparecido me sorprende en el tranvía?», piensa. No, lee: «Julio Romano».

—Esos lechuguinos me dieron el día —musita en voz baja—. ¡Y yo a ellos! —recuerda picarona.

—Dejadme un poco de luz y seguiré leyendo en voz alta… —indica María de Maeztu.

«FEMINISMO Y MASCULINIZACIÓN: SILUETAS RECTAS A “LO MANCEBO”, PELO A “LO CHICO”, CIGARRILLOS EGIPCIOS, ADEMANES VIRILES Y CLUBS»…

—Pues no parece que empiece muy bien…

 

—¡FEMINISMO! —replica tajante María Lejárraga—, ¡ya estamos otra vez amenazando!, ¡que viene el lobo!, parece que vocean, ¡qué niñería!, ¿es que no se dan cuenta de que el feminismo no es algo monstruoso?

—María —interrumpe una socia—, no todos saben…

 

—Desde 1917 vengo aclarando esta palabra, «feminismo» —continúa enérgica—, incluso ya se ha dicho en conferencias —dice recordando cuando su marido Gregorio lo leyó ante un numeroso público, y repite



 

 

 

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como un autómata—: «Feminismo, explicaciones que disipen de una vez para siempre, a ser posible, el temor que ese vocablo fantasma despierta en tantos corazones bienintencionados, en tantas timoratas conciencias…, el feminismo quiere sencillamente que las mujeres alcancen la plenitud de su vida, es decir, que tengan los mismo derechos y los mismos deberes que los hombres, que gobiernen el mundo a medias con ellos ya que a medias le pueblan…».

 

—No te alteres, María —indica la presidenta—, leamos y luego valoremos, continúo; 174cigarrillos egipcios, ademanes viriles y clubs, la mujer moderna se lanza audazmente a la conquista de las costumbres y los privilegios masculinos con un alegre desenfado…».

—Pero ¿qué dice?, ¿«a lo mancebo, ademanes viriles»?…

 

—Callad un momento, sigo: «la mujer española tiene también su club. Nos parece bien que rompa la costumbre nociva y egoísta de su aislamiento, y desarrolle el espíritu de solidaridad y de apoyo mutuo, aportando al panorama social sus grandes virtudes: la moralidad, la clemencia, la delicadeza, la dulzura y la generosidad».

—¿Eso es todo lo que podemos aportar?, ¿delicadeza, dulzura y generosidad? —pregunta Victoria.

—«Ella es la gracia, la ligereza, lo pulido, fino, suave y estricto, y su intromisión en los afanes varoniles quitará un poco de aldeanismo y grosería a nuestras luchas. Pero estas distinguidas damas, que tan gallardamente rompen con los viejos prejuicios raciales formando su club, nos van a permitir un levísimo comentario»…

—Sigue, sigue…

 

—«… El Lyceum debe ser el hogar posible de todas las mujeres españolas, y no una agrupación donde predomine la catedrática y marisabidilla, la doctora redicha y petulante. ¡No, por Dios!, este tipo extranjero de señora de anteojos de concha, carpeta debajo del brazo, estirada y seca como un sarmiento que hace la exégesis de Kant o Hegel…».

—Pero ¡qué dice!, ¿está mezclando a una catedrática con la miopía, con Kant o Hegel? —exclama Victoria.

—Y, además, seca como un sarmiento —apunta Encarnación Aragoneses entre risas.

—«… Mientras su marido empuja el carrito del bebé o limpia los cacharros de la cocina; esa mujer de caricatura humorística recuerda con



 

 

 

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su antipática presencia el axioma de que “demasiadas letras secan el corazón”»…

 

—Este es el error de nuestro país y estas son las «enseñanzas» que tendremos que derribar: «demasiadas letras secan el corazón» —apunta María Lejárraga con tristeza.

—«… Y el tesoro de la mujer española es su dulzura, su piedad, su comprensión humanitaria de todos los dolores, y cualquier cosa que pueda cegar estas fuentes lo creemos un sacrilegio…».

—¡Qué simpleza! ¿Dónde queda el esfuerzo, el reconocimiento de la sociedad, el estudio, las leyes, la igualdad en el trabajo, los derechos y el voto de las mujeres?, ¿es que solo servimos para la comprensión del «dolor, piedad o dulzura»?

—Calma, Clara, es solo un periodista inculto…, le contestaremos en el foro adecuado a través de nuestras conferencias… y en el momento adecuado…

—«… un cotarro donde predomina la intelectualidad».

 

—¡La educación de la mujer…, la educación de la mujer, no hay problema más urgente que este! Mientras nos sigan viendo solo como un tesoro de dulzura y piedad así nos tratarán, solo como a una joya para lucir y guardar… ¡La educación de la mujer es nuestra principal meta! —Se levanta enérgica María de Maeztu.

Se produce un silencio profundo y las socias la dejan hablar. Ya saben que es inútil contener su elocuencia:

—«La mujer debe tener las mismas opciones culturales que su compañero —empieza—. Debe ir al matrimonio con igualdad de derechos y deberes, es preciso que se abran a la mujer horizontes para vencer, en iguales condiciones que el hombre, en la lucha por la vida, sin que tenga que depender de él, precisa ponerla a su nivel y hacer de ella no solo la compañera que anima la lucha, sino la que une su esfuerzo al de su compañero…».

—¡Un momento, señoras! —exclama una socia, entrando abruptamente mientras baila su largo collar de perlas—. ¡Un momento, señorita Maeztu! —repite—, este artículo de la revista es ligero con lo que a continuación les voy a exponer, y que es de una importancia mayúscula —continúa elevando la voz—, por lo que les ruego incluso que esté presente la señorita Caridad, que seguro tiene algo que decir al respecto… Y les aviso —subraya airada levantando un dedo acusador—, jamás, digo,



 

 

 

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¡jamás!, mi persona, así como el nombre de mi familia, jamás se ha visto tan vilipendiada y ultrajada como ahora. En mi vida me he sentido tan humillada y exijo una respuesta contundente… —termina ahogándose—. Mi apellido familiar me obliga, en razón del peso social que soporta, a exponer que un abuso de confianza, como el que esta señorita demuestra, crea situaciones embarazosas y, sostengo, que las clases sociales son necesarias para no confundir…

 

—Pero ¡por Dios, doña Agustina, serénese! —adelanta María asombrada por la interrupción—, tome asiento y explíquese, no entendemos nada…

—¡Una vulgaridad mayúscula!, repito, que, que… —se atropella nerviosamente— los comentarios ligeros de poco menos que una criada de servicio nos metan en esta tesitura. ¡En todos los años de vida no me he visto tan tan… deshonrada!

El peso de sus palabras tajantes haciendo juego con la configuración física de la parlante, el alto tono de voz, pero, sobre todo, la mirada despectiva hacia el fondo de la sala donde Caridad apenas puede mantenerse de pie repercuten en toda la habitación con una tensión palpable. María decide reconducir la situación y, como hábil oradora, se presta a ser juez imparcial de la situación.

—Agustina,  entienda  nuestro  asombro,  no  sabemos  de  qué  está hablando. Tómese un respiro y sea tan amable de ponernos al corriente de lo que ha causado su estado emocional. Le aseguro que lo remediaremos… —Que la prensa católica… —continúa en tono de reproche—, a la que tanto debemos y, no lo olvidemos, a la que debemos servir en nuestra vida privada y social, ¡nuestra guía!: Iris de Paz nos acusa de «ocultar, bajo el antifaz de obras culturales, económicas, benéficas y sociales, los trabajos demoledores contra la sociedad y la familia católica», y expone que seamos «un gravísimo peligro que amenaza a nuestra fe y a nuestra sociedad», mujeres «sin virtud ni piedad» —balbucea—, y que el Lyceum es un casino con todo… Que nos tenga que amonestar esta revista católica y nos tenga que avisar de que estamos totalmente equivocadas, sin duda se debe  a  comentarios  deslenguados,  ligeros  y  de  portera  —subraya, clavando los ojos en una temblorosa Caridad—, posiblemente emitidos por alguna mujercilla vulgar, a la que creo que impropiamente se le está

 

subiendo de categoría social.

 

—¡Doña Agustina! —exclaman al fondo.



 

 

 

 

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—Déjenme terminar. Repito, es muy elegante tener un Club donde reunirnos o hablar de los veraneos, pero… ¡las clases siempre serán las clases…! Y yo ya lo he decidido, mi posición social me obliga a tomar parte en este tema de una manera tajante. ¡Me doy de baja! Así me lo ha aconsejado mi padre espiritual, y ¡mi marido! Mi renuncia es irrevocable. Y así lo aconsejo a otras socias si no quieren que se les cierren muchas puertas de recibo.

 

Caridad ya no puede mantenerse de pie y se apoya contra la pared, donde cree que una silla isabelina puede ocultarla de la vergüenza que sufre. Su cuerpo, ajeno a su voluntad, estalla en espasmos incontrolados que le suben por el pecho y que se desbordan en llanto. Los pómulos rosas unos segundos antes están ahora blancos; sus labios secos emiten balbuceos mientras sus manos se aferran a su falda. Entre la voz estridente y el asombro de las asistentes, como en una nebulosa, le llega a Caridad el recuerdo y las imágenes de días atrás, como ráfagas de un viento otoñal: Martínez, en la esquina, solícito para acompañarla hasta el tranvía. «¡Dios mío! ¿Le habré dicho algo? Seguramente él debió de entender mis palabras como un insulto a la Iglesia, ¡por Dios! —cavila—, ¿qué habré dicho? ¡Qué vergüenza!, haber sido tan torpe», pero solo recuerda risas y requiebros. «Aunque, tal vez él me sonsacó sin darme cuenta… ¡Si ya lo decía mi madre! Que tuviera cuidado con los que no trabajan con las manos, que son muy hábiles para otras cosas… ¡Qué traición! Yo juraría que nunca mis palabras… ¡Dios Bendito!, cómo me miran doña Encarnación y doña Carmen, se acercan hacia aquí… ¿Qué les pasa a mis piernas, por qué se deshacen…? ¡Y la luz…! ¿Quién está apagando la luz?».

 

No llegan a tiempo Carmen y Encarnación. Caridad lentamente se desliza por la pared, silenciosa, abatida, quedando tendida en el suelo ante la mirada dura de Agustina que, saboreando su triunfo, eleva aún más su doble barbilla y desafiando al resto de las mujeres desaparece orgullosa por la puerta. Transcurridos apenas dos minutos, el caos primitivo se evapora, así como la señora de Arcintiaga y la señora de González Arriba de Meira, quienes, solidarizándose con doña Agustina, réplica de su tocaya histórica, se levantan apoyando la deserción. Caridad ha sido trasladada a un mullido sillón y una mano cariñosa le frota las sienes con agua de colonia.



 

 

 

 

 

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—Caridad —repite Encarnación—, cesa tu hipo. Venga, bebe un poquito de agua, eso es, despacio…

 

—Yo, señorita Maeztu, le juro que yo —balbucea irrumpiendo en llanto— con Martínez, el señorito periodista, le juro que no… Solo me acompañó al tranvía… Yo no dije nada…

—Vamos, vamos, tranquila, respira despacio, nadie duda…

 

—Es inaudito, ¡qué disparate!, qué comentario el de doña Agustina, tan tan tan… —irrumpe otra voz.

—¡Teatral! —exclama Encarnación.

 

—No confundamos dónde está nuestro problema, señoras —responde María de Baeza—. Ninguna de las aquí presentes creemos que las palabras de Caridad puedan originar esta acusación.

—No, no —la apoyan unas voces.

 

—Descuida, Caridad —prosigue—, esta recriminación no nace de los cortejos de ese joven. Estas denuncias están bien orquestadas desde un estrado fuerte que se siente amenazado, la Iglesia, pero ¿por qué? No lo sabemos, pero ojalá no sea una excusa que sirva para tomar posiciones en algo más profundo. La Iglesia en este momento se siente intimidada, pero no por una vulgar muchachita, sino ante el compromiso librepensador que aquí hemos impuesto… Me parece un asunto más grave de lo que parece, se lo comentaré a Ricardo, tal vez él desde el periódico nos pueda ayudar, si pudiera contestar…

 

—Gracias, María —contesta la presidenta Maeztu todavía recomponiéndose el peinado—. En fin, señoras, les repito, tal como consta en nuestros estatutos el Club es aconfesional y apolítico, y así seguiremos, por descontado les informo que todas somos libres de pertenecer o no a él. Todas las renuncias serán atendidas con el mayor respeto y no serán cuestionadas. Caridad, tómate la tarde libre y descansa, te has sofocado demasiado y no es bueno para la salud. Mañana será otro día.

Caridad agradece las atenciones y las socias se serenan recordando la escena anterior, donde, como en cualquier estreno teatral, no faltan las críticas a la actriz principal, al vestuario o a los excesos del texto mayestático.

—Busquemos algo positivo de la revista —interrumpe Encarnación animosa entre las risas de las socias—. Mirad, aquí al final, anuncia nuestra primera exposición: Pinturas de las señoritas Sorolla.



 

 

 

 

 

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—Bueno, señoras, levanten esos ánimos —termina María—. También tenemos prensa a nuestro favor: «Centros Femeninos: El Lyceum», es el último número de la revista La Raza, firmado por Remée de Hernández. Miren estas fotos: «La magnífica Biblioteca del Lyceum, donde leen, escriben y estudian las mujeres que forman parte de tan admirable sociedad», «El salón de té del Lyceum», «La cocina, a la que unas doncellitas uniformadas van a buscar el exquisito té que sirven amables y sonrientes a las señoras».

 

—¿Demasiado engolado?

 

—«Un amable y dulce retiro para conversar íntimamente…», «capitaneadas por la ilustre María de Maeztu, unas mujeres de buena voluntad se propusieron extender hasta España la ramificación y fundaron el Lyceum Club, sociedad femenina que abrió sus puertas con cincuenta mil pesetas de deuda, y saldada esta, cuenta hoy con mil duros de capital. Enorgullece ver lo que se ha logrado con constancia, orden y buena administración». «Al calor de esta entidad ha nacido aquí, y lleva vida independiente y próspera, “la Casa del Niño”, en la que los acogidos reciben ropa y solícitos cuidados. Se les baña, se les viste de blanco, se les da de comer, enseñándoles a hacerlo pulcramente…».

—Una de cal y otra de arena, así es la prensa.

 

—Me temo que nos tendremos que acostumbrar a estos altibajos. Somos un desafío. Un nuevo molde para una nueva mujer. La que quiere pensar, trabajar… Somos algo desconocido por una sociedad comprimida bajo miradas patriarcales o eclesiásticas. Os invito al esfuerzo y a derrumbar esta mala prensa.

—Una estupenda invitación para unirla a un magnífico té con un nuevo brioche que he traído de casa —añade Carmen.

El grupo se diluye entre los comentarios y la receta del «brioche Parisien», cuyo nombre solo encierra un simple bizcocho de limón profusamente adornado. Surge el recordatorio del certamen artístico, las hijas del pintor Sorolla, y todavía falta completar la programación, enviar las invitaciones, ajustar el margen de beneficio de las ventas y fijar el horario de visitas. Todo bien mezclado, como la receta, en su justa proporción.

Las entrevistas y sus cotilleos sociales son ya pasado.



 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 5

 

LAS COSAS PASAN COMO DEBÍAN PASAR…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María de la Caridad Perpetua Rubio Delgado hace honor a su apellido,

 

pues sin ser del todo flaca es más bien delgaducha. ¡Ya quisiera ella estar más rolliza!, como las artistas que ve en las revistas, pero nada, con sopas de ajo no hay manera de que luzcan las carnes. Ella quiere seguir esa nueva moda tan audaz que ha surgido en la primavera de 1927, y hoy, un precioso día de mayo, aprovecha el recado que le han encomendado para ver los nuevos escaparates de la calle Gran Vía, aunque de sobra sabe que su condición humilde nunca le va a permitir escapar de su falda de paño recta y su camisa abotonada. Sin embargo, parada delante de la vitrina, no pierde detalle y anota todos los complementos mentalmente: los pliegues, la vuelta de algodón estampada, la parte alta del vestido escotada en redondo, el fruncido y los bajos plisados.

 

Estira el cuello y observa el figurín con los nuevos tejidos que se llevarán esta temporada; la muselina de seda florida, el tweed o las levitas de cretona rameada abiertas por delante y con detalle de flor atada a la cintura. Los adornos, el ribeteado, la cinta azul o rosa a juego con el conjunto y zapato de charol negro escotado y bajo. Ha apoyado las cajas que llevaba en el antepecho de los cristales y compara el maniquí elegante y esbelto con su figura chupada de baja estatura nacional, morena y de ojos soñadores, o miopes, como recalca la envidiosa del tercero. Suspira profundamente, recoge sus bultos y continúa su mandado calle abajo. A pesar de la carga intenta subir los hombros, sacar el pecho y contonear las caderas. Mentalmente se ha vestido de sedas multicolores, zapatos de tacón y sombrero ladeado.

 

No necesita nada más para soñar, tal como le decía la maestra. A Caridad le gustaba la escuela solo lo justo, la parte de la Historia, la romántica y a su manera; Isabel y Fernando: él, muy guapo y ella, muy



 

 

 

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buena regalando sus joyas a Colón; el Cid Campeador y Jimena unidos con Babieca y Tizona, aunque fueran un caballo y una espada, y no podía faltar Viriato porque seguro que fue valiente y varonil, aunque ya no se acordaba en qué lío estaba metido. Y con solo esta información ella termina las historias a su manera. Imaginativa. Luego, estaba la otra parte, la real, la de los palmetazos de la maestra, enjuta y avinagrada. A esa no le tenía ningún aprecio. A duras penas acabó una educación básica antes de que su padre se cayera de un andamio. En el lecho de muerte le prometió, muy a su pesar, que seguiría «instruyéndose», aunque no sabía cómo. Caridad veía su futuro muy negro. La alternativa era «la mujer en casa con la pata quebrada», refrán que desde pequeña su madre le sermoneaba, tal vez porque ella, costurera, no salía de casa cosiendo por encargo a todas horas. Será por llevar la contraria o por no querer tener un hueso roto, eso de la pata quebrada ni a ella ni a su hermana Esperanza les seducía. Ambas hicieron poco caso a las doctrinas maternas. Es justo añadir que algo ayudó su padre, el peón de albañil, que deseoso de tener un varón, al no conseguirlo, fundiera en sus dos hijas al hijo frustrado y con ese afán las educó. Como se las daba de moderno les decía que el trabajo ennoblecía, aunque con él mucho no se notó. Pregonaba, además, otras doctrinas, pues estaba muy a favor de las innovadoras modas femeninas, «tela menguante, pierna creciente», decía en la taberna guiñando el ojo.

 

Caridad vive o, mejor dicho, sueña junto con su madre viuda y su hermana Esperanza en uno de los barrios de la periferia de Madrid, allá lejos por Tetuán de las Victorias, en un edificio de esos que por la rapidez de su construcción, o a saber, solo tiene un baño en cada planta, común para varias familias.

Su hermana Esperanza, cuatro años mayor, avispada ella, lo tiene todo más claro. Directamente se metió en el taller, «La fábrica de confección», como llama la encargada a unas naves sombrías que colindan con un descampado. A cortar camisas sin parar. Lo mismo que su madre, pero «entrando y saliendo», presume ella jovial. Esperanza está contenta, le gusta más eso de salir de casa y conocer gente, será porque siempre hay buenos mozos merodeando por el taller. Muchas horas de trabajo y como recompensa un sueldo, exiguo, pero seguro. Para ella y para compartir con su madre. Realmente, casi todo para la casa materna y casi nada para ella. No le importa, pues las verbenas son gratis y para ir a los toros, como liantona que es, se deja invitar al primer requiebro. Caridad, por el



 

 

 

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contrario, es directa y sincera, aunque siempre dando una de cal y otra de arena, voluntariosa y decidida, rápida y pizpireta. La promesa dada a su padre en tiempos le tuvo en un sinvivir y le tenía obligada. Por aquel entonces oyó en Madrid algo sobre unas oposiciones que se creaban para señoritas al cuerpo de correos. Veía las fotos de los periódicos donde decenas de jovencitas conectaban hilos de teléfonos. ¡Si ella pudiera!, pensaba ilusa, tendría que aprender a escribir a máquina en la academia… Se decidió en un instante. Su hermana Esperanza le ayudó con unas pesetas y también, lo cortés no quita lo valiente, su madre, en cháchara de costureras le buscó un empleo, limpiar una escalera. La misma donde tiene el despacho de abogada Clara Campoamor, que, conocedora del interés de la chica —dispuesta, lista y con nervio, como decía su madre—, la llevó al Club para ayudar en todo. La academia pasó a un segundo plano. Los primeros meses en el Club todas las manos fueron pocas. Una noche, fue comidilla de vecindad la desgracia de doña Ramona, «pobre mujer, casada con ese animal, con perdón de los animales», y allí fue Caridad a pedirle ayuda a la señorita Clara. Lo demás salió rodado. A menudo, su naturalidad, su diligencia y su desparpajo solucionan más problemillas que la docta salmantina. Caridad está cada vez más convencida de los nuevos aires del Lyceum Club, y al instante supo que eso era lo que el destino le tenía reservado. Allí sí que aprendería cosas. Su padre subido en el andamio celestial estaría orgulloso de ella. Nunca se presentó a las oposiciones.

 

Al contrario que su hermana Esperanza, Caridad trata a los hombres con respeto madrileño, afable y chulapona, pero más tiesa que una vara y no de abedul, precisamente. Y es que las pláticas de su madre también le han calado hondo: «Los hombres van a lo que van…, y luego si te he visto no me acuerdo». Todo eso lo tenía muy claro, pero desde que conoció a ese Martínez se le han emborronado las ideas. En esas está, volando con su imaginación, supliendo con su desparpajo natural sus pequeños defectos, cuando una voz conocida le enfrenta a la realidad urbana.

—Señorita Caridad, qué casualidad, por favor, déjeme ayudarla —se acerca solícito Martínez.

—¡Válgame Dios!, usté tenía que ser, otra vez ¡como un aparecido! — contesta saliendo de su ensueño.

—¿Le incomodo?



 

 

 

 

 

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—No, no, de ninguna manera, pero puedo yo sola —replica, haciendo malabarismos entre cajas, contoneos y espalda recta.

 

—No desprecie mis manos atentas, que las señoritas no deben trabajar tanto —responde galante.

Pue mire usté, que yo de letras, pocas, pero memoria mucha y dice la señorita Lejárraga algo así como que el trabajo siempre dignifica.

 

—Señorita, no me malinterprete, yo solo he querido aliviarla de su carga… Educación recibida de madre…, allí en el pueblo… —se justifica tímido.

—Ah, bueno, si es así…, señor…, señor… Fernández… —contesta engatusadora.

—¡Martínez! —corrige—, ¿no se acuerda?, hace unos meses…, en la inauguración de su centro de reuniones.

—¡Club!, Lyceum Club e internacional —responde airada—, que ya existe en toda Europa.

—Sí, sí, claro, así lo escribí, ¿leyó mi crónica?

 

—Caballero, no la leí —dice recordando la malograda tarde—, pero fue estocada y puntilla de San Isidro; dimitieron varias socias y mea supuesto a mi persona un síncope agudo, cuyas consecuencias todavía están por llegar, y dicho esto, buenas tardes —termina estirada dándole la espalda.

—Pero, señorita, está usted en un error…

 

—No lo crea, y le recuerdo las palabras que repitió doña Agustina de su escrito: «Desgraciados niños los que tienen una madre liceómana», «un gravísimo peligro que amenaza a nuestra fe y a nuestra sociedad», y fue una tradición por su parte abusar de mi llaneza a la hora de hablar con usted en el tranvía…

—Dirá usted traición —rectifica Martínez—, pero incluso eso es falso…

—¿Falso? ¿No escribió usté en las páginas de Iris de Paz, de la Archicofradía?

—Las únicas letras parroquiales de mi vida fueron a mi ángel de la guarda cuando celebré la primera comunión, señorita, ¡y porque se empeñó don Pascual!

—Entonces usted no… no escribió…

 

—No, no, yo escribí mi artículo del balompié de ese fin de semana, por cierto, muy popular el Unión Sporting, y el final lo aproveché para hablar



 

 

 

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de su inauguración; una línea para destacar lo más importante: gran ambiente cultural y simpáticas señoritas…

 

—¿Esa fue su crónica?, ¿simpáticas señoritas?, ni que fuéramos un vodevil, ¡lo que nos faltaba!, con la prensa que tenemos…

—Es una licencia poética que me permito, mirándola a usted.

 

—¡No se anime, señoriíto, que ya hemos llegado! —responde cortante entrando en un portal—, muchas gracias, caballero.

—Eusebio Martínez, llámeme Martínez, a su servicio, vendré a verla, digo, a ver su Club, por eso de la crónica del periódico, se entiende… ¿Me permite?, déjeme, que le ayudo a subirlo.

—Si se trata de trabajo…, le informaremos con gusto…, nada más — acepta zalamera.

—… Y, ¿dónde estamos?

 

—En el domicilio de la familia Baroja, calle Mendizábal, que tanta galantería lo tiene despitao. Aquí es donde ensaya El Mirlo Blanco.

—¡El grupo de teatro! —Y galante, abriendo el pesado portalón, recita —: «¿No es verdad,/ángel de amor, que en esta apartada orilla/más clara la luna brilla/y se respira mejor…? ¿No es verdad, paloma mía…?».

—Ni ángel ni paloma ni nada, que me tiene usté muy alada y una acostumbra a tener los pies muy en el suelo… Venga, subamos.

 

Desde la puerta de la vivienda se aprecia el bullicio que reina en el salón. La decoración elegante pero clásica choca con el alegre desenfado de las conversaciones de hombres y mujeres que, papeles en mano, ensayan corrigiendo y repitiendo diálogos. Caridad se dirige directamente a un pequeño diván del fondo, donde coloca los paquetes urgiendo a su acompañante que, pasmado, se ha quedado parado en la puerta.

 

—Señorita Carmen, ¡ya estoy aquí!, con todo el material listo para la próxima representación. ¡Buenos días, señorita Carmen, le presento a Martínez, el reportero que tan amablemente se ha prestado a ayudarme!

—Mucho gusto en saludarle, soy Carmen Monné, la esposa de Ricardo Baroja.

—¡Material!, será por material, eso sí que nos sobra en este país — interrumpe al fondo un señor de barba blanca entrado en años—. Tenemos en abundancia para un gran drama teatral, pero el género será la «tragedia nacional».

—¡Pero qué dice!, me asusta, señor Valle…



 

 

 

 

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—Abre los ojos, chiquilla —interviene Encarnación Aragoneses—, la situación política está muy complicada. Ya sabes, esta dictadura del general Primo de Rivera no puede aguantar mucho…, es un secreto a voces…, ¿no recuerdas «la Sanjuanada»?, mi marido, Eusebio, que es militar, lo puede confirmar, las capitanías se querían levantar al grito de «¡Cortes Constituyentes!».

—¡Una pena de fracaso…!, mientras tanto, no hay gobierno… —Pero —se atreve Martínez—, el rey…

—Un títere… Las huelgas, la inflación, la situación social, hay que hacer algo… —opina otra voz.

—Manuel, dejemos la política, ya sabes que mi suegra se pone nerviosa —replica Carmen—. Mejor leamos tu nueva obra. ¿La has traído?

Manuel Azaña, conocedor de su público y hábil orador, cambia rápidamente de discurso. Gran conversador, de faz redonda y cuerpo pesado, tiene en la comunicación su fiel aliado, pues ya él dice a menudo que hablar es un placer de los más vivos que ha procurado la inteligencia, y así, en cuestión de segundos, trastoca su imagen de funcionario, incluso de político en ciernes, por la de escritor y ajustándose las gafas rebusca en su carpeta. Acaba de terminar un nuevo capítulo de su obra, El jardín de los frailes, y se anima a comentarla. Es un descanso que El Mirlo Blanco concede en medio del ensayo de Los cuernos de Don Friolera, de su amigo Valle-Inclán. Dolores Rivas Cherif, hermana de Cipriano, solícita le acerca la silla y le anima a empezar.

 

Dolores es «Lolita», así ha sido siempre, la hermana pequeña de su amigo Cipri, la que durante años ha estado ahí, en casa, cuando él va a visitarle; la que, como sus escritos, ha visto crecer poco a poco, y ahora, simplemente, la admira y mira. A Manuel, soltero y maduro en los cuarenta, tantas atenciones le desbaratan las cuartillas, que caen silenciosas y cadenciosas, tanto como la mirada que Lolita le concede. Apenas unos segundos más de contemplación mutua, íntima, mientras los asistentes buscan acomodo. Manuel ordena las cuartillas y carraspea suavemente tal vez intentando borrar los veinticuatro años de diferencia que le separan de Lola, mientras piensa y musita: «Las cosas pasan como debían pasar…, el destino ya dirá». Mira de nuevo a Dolores, rubia, llenita, de melena corta, se aclara la voz con esa imagen perenne en sus pupilas y empieza la lectura.



 

 

 

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Mientras tanto, Martínez, libreta en mano, no pierde ocasión para anotar todo lo que Encarnación le está adelantando de las últimas actividades del Club.

 

—¿Secciones en el Club?

 

—Sí, desde ellas desarrollamos nuevos conceptos de igualdad y derechos de la mujer, divulgación, educación…

—Cuente, cuente, pero ¡despacio, por favor!, ¡qué agilidad!, cómo se nota que practican el sport.

Carmen Monné, de origen norteamericano, con raíces catalanas, extrovertida y aficionada como todos ellos a las tablas y a la declamación, se alza en pie decidida a poner orden en el grupo. En su juventud estudió canto y aunque nunca destacó como prima donna se impregnó del arte del amateur: el dominio del público y el don de gentes. Dicen las lenguas de Madrid que fueron sus halagos los que enamoraron a Ricardo Baroja, bien pudiera ser, aunque ya ambos, mayorcitos, sabían a lo que iban. Sobre todo Ricardo, que como buen galán casi en los cuarenta nada le venía de nuevo.

—Atención, señores y señoras, como coordinadora artística de El Mirlo Blanco —anuncia Carmen en alta voz—, exijo un poco de atención: Ricardo, deja la tertulia política con Valle para otro día, parece que estuvierais en el Café del Henares; Cipri, eres nuestro director teatral, por favor, ayúdame a organizar; Encarnación, las novedades del Club para otra ocasión, tenemos que empezar a ensayar; quédese, Martínez, y luego cuéntelo en su periódico… Nos vendrá bien un poco de publicidad…, ¡de la buena!

—Hablando del tema —replica Ricardo—, se ha publicado el esperado artículo de Ricardo Baeza, en El Sol, «Una lanza por Lyceum», que contesta a los comentarios tendenciosos y falsos que se publicaron en Iris de Paz. Os leeré: «He aquí que este año hemos asistido a dos acontecimientos verdaderamente trascendentales y sintomáticos en la historia social de la mujer española, tan parca en sucesos. […] El de signo fausto ha sido la fundación del club femenino “Lyceum”. Para darnos cuenta cabal de la importancia del hecho, habría que repasar esa historia que aludíamos y tener en cuenta el papel, más aún que nulo, negativo, que ha venido desempeñando la mujer en la vida pública, española. El retraso general del país en relación con Europa, en ninguna esfera advertíase tan patente como en la femenina… Conviene, repito, tener todo esto en cuenta



 

 

 

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para estimar en su justo significado y alcance la iniciativa que supone el Lyceum. Que un grupo de mujeres inteligentes y ardidas, entre las que figuran la mayoría de los prestigios intelectuales con que cuenta entre nosotros el sexo, concibiera y lanzara la idea, no es cosa extraordinaria; pero que encontrara la acogida que encontró en el público femenino y que, sin ayuda oficial ni particular, simplemente con las cuotas y el esfuerzo tenaz de sus asociadas, haya podido llegar a ser la realidad que a día de hoy es, tiene casi algo de milagroso».

 

—Muy cierto.

 

—Continúo: «Y esto explica el segundo acontecimiento a que nos referíamos; este de signo infausto: la implacable persecución de que se ha visto objeto Lyceum por parte de los elementos clericales desde el anuncio mismo de su fundación… Y ¿cómo iban a permitir esos elementos que hubiese un solo organismo femenino, y más de la importancia con que este se anunciaba, que no llevara el sello confesional? Por primera vez iba a haber en España una asociación femenina que no fuera feudo de la sotana y que no llevaran el timón aquellos elementos».

—¡Qué enérgico!

 

—Chist, sigue, sigue.

 

—Desde los innumerables ataques y alusiones depresivas en toda la «buena» prensa, hasta la reciente circular de la Unión de Damas Españolas, pasando por el episodio de las asociadas «Hijas de María», puestas por sus directores espirituales en la disyuntiva de darse de baja en Lyceum o devolver la medalla de congregacionista…

 

—Sí —comenta otra voz—, todo es cierto, se han dado de baja muchas socias.

—Sigo: «Echándoles en cara el estar abiertos a todas las creencias, admitir a todo el que llegue aportando su cuota y facilitar todo género de lecturas, desde el Corán hasta el Ripalda»; y, más adelante: «El ocultar, bajo el antifaz de obras culturales, económicas, benéficas y sociales, los trabajos demoledores contra la sociedad y la familia católica».

 

—¿Trabajos demoledores contra la sociedad? ¿Quién, nosotras? —Silencio, continúo: «… Pero la campaña ha culminado en un largo

 

examen que del Lyceum se hace en Iris de Paz, órgano oficial de la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María. En este artículo se califica a las asociadas de Lyceum de mujeres “sin virtud ni piedad”, con “las piernas al aire”, se insinúa que Lyceum es “un casino con todo (así



 

 

 

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subrayado, con la intención que puede suponerse) lo que es lustre y prez del casino hombruno”; se asegura que en él “la mujer pierde el sentimiento de la propia dignidad”».

 

—¿Pero —pregunta Carmen Baroja— por qué Ricardo repite otra vez todas esas monstruosidades que dicen de nosotras?

—Para desarmar al enemigo primero hay que analizar bien todos los frentes y, luego, atacar —le contesta Eusebio Gorbea con experimentada estrategia militar.

—… Se le tilda de «verdadera calamidad para el hogar y enemigo natural de la familia y, en primer lugar, del marido», cuya autoridad se invoca «para poner coto a tantos males», se afirma que los hijos «de esas señoras altruistas son muy desgraciados».

—¿Eso dice?

 

—No hemos terminado, ahora Ricardo contesta… Espera un poco… —«En realidad, nada hace tanto daño a una causa como estos sectarios

obtusos y deslenguados. Y mala política es la emprendida en este caso por estos elementos, que, en puridad, se hallan más lejos de la doctrina evangélica que un antropófago fetichista. Mal que les pese, la mujer española parece empezar a decidirse a tener personalidad. Ricardo Baeza».

 

El silencio inunda el salón, se habían abierto las confrontaciones… Martínez, libreta en mano, ha dejado caer el lápiz, paralizado ante el

 

cúmulo de impresiones que la noticia le ha despertado. Observa el salón, tertulia literaria, ilusiones y una nueva mujer. Un nuevo espíritu femenino, repite. Las amenazas, sin embargo, revolotean por todo Madrid.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 6

 

«NO VOLVERÉIS JAMÁS A VER MI NOMBRE IMPRESO EN LA PORTADA DE UN LIBRO»

 

 

 

 

 

 

 

Al fondo del salón del Club, sentada en un mullido butacón de cretona

 

floreada y enmarcada en un amplio ventanal que le brinda la luz de un Madrid velazqueño, Encarnación Aragoneses termina una carta para su amiga Mercedes. Con su figura delgada y menuda, su pelo corto y su mirada ensoñadora parece una niña avispada atenta a sus deberes escolares. Atrás y lejos han quedado los años de recién casada, sola en Madrid, con Eusebio, su marido militar siempre fuera de casa en otra provincia. Atrás sus temporadas delicadas de salud, las de su hijo Luis o las del propio Eusebio. Atrás, la muerte de su otro hijo, Bolín, hace ya seis años, cuya herida siempre abierta parece que está cicatrizando. Y atrás, desgraciadamente, también queda su temporada en Tenerife junto a su querida amiga Mercedes, que tanto la ayudó. Allí en las islas, como ella dice, descubrió el valor de la amistad y ahora, queriendo reflejar todo el cambio que en ella se está produciendo, continúa con la carta que empezó en casa:

 

Con lo del Club estoy encantada; creo que se va a hacer una verdadera labor social en favor de la mujer y del niño. Somos ya muchísimas. Yo pertenezco a la sección de sociología y pienso que mis ciegos van a ganar mucho con ello.

 

Ahora acaba de irse de casa María Rodrigo, que ha organizado un concierto para el domingo en el salón del Lyceum. Cada una aporta lo que puede y todas recibimos más de lo que damos.



 

 

 

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María de Maeztu va a dar un curso de filosofía para treinta señoras y espero ser una de ellas…

 

Allí, soñando, la encuentra María Lejárraga. Encarnación, dejando sus deberes a un lado, solicita, como tantas veces ha hecho, la complicidad de su amiga. ¿Quién mejor que la incansable y trabajadora María para darle un consejo acertado?

 

—María, estoy decidida —se sincera—. Estoy decidida a trabajar. Ya se lo he dicho a Eusebio. Hemos pasado mucho tiempo separados, pues, como militar, ya sabes, le cambian de destino constantemente. Ahora tiene un nuevo cargo, llevamos dos años quietos en Madrid, pero es muy intranquilo, ya le conoces, no es muy casero.

 

—¿Casero? —sonríe María. Ella no conoce esa palabra.

 

—Además, un ingreso extra nos vendrá bien. Yo sé que él me apoya. Desde que murió Bolín no soy la misma y desde que estuvimos destinados en Tenerife, algo ha cambiado entre nosotros. Ahora aquí en el Club soy una nueva mujer. Tengo que hacer algo, trabajar, trabajar, de lo que sea, incluso vendiendo aspiradoras por las casas…

 

—¿Aspiradoras? —Da un respingo.

 

—Tengo que aportar algo a mi vida…, seguro que me entiendes, María, tú como escritora sabes lo que se siente al crear algo, tu marido es un escritor muy reconocido, ambos os compenetráis…

—No sigas, Encarnación, no es tanto como parece. ¡No te voy a engañar con algo que murmura todo Madrid!

—Bueno, yo no quería… Intelectualmente, me refiero, tu marido es un escritor magnífico, además, todos tenemos nuestros problemas de matrimonio, yo misma dudo, la vida en común a veces es complicada, pero me refiero al trabajo, María…, reconocimiento…

—¡Trabajo y reconocimiento!, a veces no van juntos —responde María

 

—. No sé, Encarnación, yo misma tengo tantas dudas, no te sabría explicar, creo que nadie sabría. Todo mi trabajo se mezcla con el de Gregorio y empieza a ser un misterio que ni yo misma a veces entiendo.

 

—No te sigo…, sé que vivís separados, pero tenéis una buena relación profesional, todo lo que Gregorio escribe te lo comenta, está teniendo mucho éxito su compañía teatral… —balbucea…—, acaba de estrenar…

María la deja hablar mientras ella se pregunta una vez más dónde está su camino, ¿seguir escribiendo? «¡Sí, siempre! —se dice—, ¿qué más da si



 

 

 

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lleva la firma de Gregorio?, ¿acaso no son nuestros “hijos literarios”, como él dice?, ¿quién depende de quién? Sí, pero también es cierta nuestra separación, su relación con Catalina Bárcena, la actriz, y los rumores de una hija…».

 

—¡Basta, basta, por Dios, Encarnación, basta! —ataja María—. Solo contigo puedo ser sincera y espero que quede entre nosotras. Apelo a nuestra amistad. Le sigo escribiendo todo: conferencias, artículos, obras de teatro, capítulo tras capítulo. Le entrego todo. Él lo lee y lo firma con su nombre. A pesar de su infidelidad, no puedo negarle mi creación literaria, dice que son nuestros «hijos literarios». Es tan convincente… Y ahora, ¿sigues hablando de reconocimiento?

—Pero… —balbucea—, ¿no crees que deberías zanjar…?

 

—¡No!, no, no sigas —ataja cortando la confidencia—, es algo temporal, seguro. Perdona mi confesión. Cuéntame en cambio tus proyectos…

—Trabajo, trabajo y trabajo… —Se levanta del sillón haciendo muecas—. ¡Trabajo!, correré la voz. —Sonríe—. ¿Señora, necesita usted una aspiradora? —imita en voz alta.

—Encarnación, si escribieras todas las ocurrencias de tus hijos, lo que piensas, lo que dices, tendrías más éxito que vendiendo ese nuevo chisme americano —responde una socia del fondo—. Me han dicho que es peligrosísimo y que no tiene ningún futuro, ¡donde esté una buena escoba!

María la mira divertida. No va tan descaminado ese consejo de que escriba sus anécdotas infantiles, piensa. Encarnación podría intentarlo, sus parloteos, todo es ágil y fresco, toda ella es jovialidad, tan inquieta, inquisitiva e impaciente. ¿Será que su talla menuda y su delgadez son un punto en común con los chicos? Ha pasado tantas horas de recreo en el parque del Buen Retiro con sus hijos, jugando con ellos…, que siempre parece que sabe lo que piensan… La tengo que animar, rumia María, además Eusebio escribe y dialoga magistralmente, y ya ha estrenado dos obras de teatro, la última, Los que no perdonan, en el Eslava, la podría orientar y enseñar, en un futuro, ¡quién sabe! Tal vez si Torcuato Luca de Tena leyera sus apuntes… Le preguntaré y se los enseñaré.

 

Mientras Encarnación se aleja, María ha quedado sola en el sillón con la mirada perdida. Feminismo. Reconocimiento. Trabajo. Repasa todos sus años juveniles de esfuerzo y estudio. ¡Enseñar!, recuerda con nostalgia



 

 

 

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María, enseñar, enseñar, mi antigua vida de maestra, ¡qué años tan felices aquellos!, yo y Gregorio a mi lado, siempre.

 

«Con veinte años fui calificada con “sobresaliente” en la Escuela Normal Central de Maestras de Primera Enseñanza y cuatro años más tarde aprobé las oposiciones con destino Madrid, eso fue en… ¿1895? Sí —recuerda—, y con un sueldo de 2250 pesetas anuales».

 

Ser maestra es su vocación y tener a Gregorio, ¡su vida!, y ni siquiera puede acordarse de su primera cita, pues toda su existencia está unida a él.

Desde que de pequeños coincidieron en sus veraneos en Carabanchel, Gregorio, el vecino, el joven delgaducho, enclenque y enfermizo, siempre ha estado unido a ella. No importa su salud, se convenció, yo soy fuerte. Llegó el día de su boda, ella con veintiséis años, él con veinte, no importa, pensó, parecemos iguales. Ella trabajando y escribiendo, no importa, ¡yo salvaré las dificultades económicas! —resolvió—, ya le llegará el turno a Gregorio. Fue su época más feliz, antes de que otras sombras femeninas invadieran su espacio. También recuerda como su primer libro, Cuentos breves, el único que firmó con su nombre, María de la O Lejárraga, no tuvo el reconocimiento familiar que ella esperaba, y como ella, en ese momento, decidió lo que ahora le pesa tal vez demasiado: «No volveréis jamás a ver mi nombre impreso en la portada de un libro». Decisión que tomó un año antes de casarse, en 1900. Desde entonces, toda su obra es una continua «colaboración», una «entrega» total literaria a Gregorio Martínez Sierra, quien firma. Pero ¿lo lamenta?, todavía no lo sabe.

 

Se hunde en el sillón orejero, mientras piensa: «Además, todo aquel que, aunque solo haya sido un instante, se ha detenido junto a nosotros nos ha dado algo bueno, ¿tal vez mucho malo?, ¿y nosotros a él? ¿Qué sabemos? Hasta cuando intentamos favorecerle, hasta si neciamente nos sacrificamos por él…».

La lluvia golpeando los cristales la despierta de su ensoñación y, ajustándose el lazo de su blusa, como si fuera su vida, recompone otros años más felices, sus encuentros con otros escritores, su intensa amistad con Juan Ramón Jiménez. Y recuerda su entusiasmo cuando deciden editar juntos la revista literaria Helios, esa época de Helios, «tal vez la más feliz de mi vida». Poco dinero, mucho trabajo, esperanza infinita. ¿Qué mujer ha comprendido nunca del todo a un hombre, ni siquiera al que forma con ella la pareja entrañable? Escribir, escribir, trabajo, compenetración,



 

 

 

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creación, ella escribe y Gregorio se lanza a buscar ingresos, publicaciones, editores, compañías…, y él firma El ama de la casa, pero no importa, repite ella una vez más.

 

Pronto surgió la enfermedad, la tuberculosis, el estigma familiar de los Martínez Sierra. «¡Salgan de Madrid!», recuerda el consejo médico. Pero ¿cómo? La solución es obtener una beca para estudiar sistemas de pedagogía en Europa, todo un año en Francia e Inglaterra. Ella, gracias a la Junta de Ampliación de Estudios, lo consigue, para luego volver a Madrid, a la calle Velázquez, y renunciar con intensa tristeza a su puesto de maestra. Ya no podía compaginar la enseñanza, pero ¡por fin!, el primer éxito con Canción de cuna. Sucesión de años felices, conocer a Falla, su «Don Manué» como a ella le gusta llamarle, escribir sus libretos musicales, o los de Turina, conocer a Benito Pérez Galdós, Santiago Rusiñol…

 

La lluvia continúa y también su vida, que, como la lazada de su blusa, se descompone inesperadamente cuando surge «ella», Catalina Bárcena, la actriz, la dulce, seductora, ¿guapa?, tal vez, reconoce. Gregorio queda atado en sus pupilas y encadenado a su cuerpo; él, que es ahora director de la compañía teatral, la aconseja y protege, y Catalina actúa en el papel mejor interpretado de su vida…, y cierra con firmeza un círculo del que ella queda excluida… ¡La maternidad!

 

«¡En fin! —respira hondo, resignada—, he aceptado la derrota y ahora estoy apartada de su camino. Pero ¿es eso cierto?, él no puede ni quiere dejar de colaborar conmigo, son nuestros “hijos literarios” —repite una vez más—. Él, insistentemente, me vuelve a pedir obra y yo cedo, como la primera vez, y en mi retiro de la costa francesa, o aquí en Madrid, lo medito profundamente, pero escribo y escribo, sus conferencias, su teatro…, y sigo recibiendo las cartas de él, solicitándome, cariñosas, alabándome, comentando el éxito, y yo acepto todo. ¿Cortar?, ¿para qué?, ¿por qué?», vuelve la pregunta de su amiga Encarnación, ¿cortar?, se frota las piernas, esas que a veces, doloridas, le recuerdan un presente y un cuerpo físico ya de cincuenta años… «¿Qué sabemos?, hasta cuando intentamos favorecerle, hasta si neciamente nos sacrificamos por él…».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 7

 

«… GRATITUD Y ADMIRACIÓN»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caridad está preparando la gran mesa de caoba que, en la biblioteca,

 

reúne mensualmente a la Junta Directiva del Lyceum Club. Hoy por primera vez le han pedido sus servicios. Todos los que ella modestamente puede ofrecer: ayudar a acomodar a todas las socias de la Junta, ofrecerles un té —por supuesto, con bizcocho—, presentar las carpetas o puntear la lista de asistentes. En definitiva, colaborar en todo aquello que le indica la secretaria Zenobia. Caridad está contenta porque, aunque sus escasos estudios ayudan poco, su interés desbordante supera con creces sus carencias. También ha abierto el gran ventanal, pues la habitación orientada a sur ya ha recibido el sol de la tarde y, sin estar a cuarenta de mayo, bien sabe Caridad que la primavera del 27 se está presentando calentita, tal vez para no ser menos que el panorama político del momento.

 

Caridad ya se ha enterado de las últimas noticias, sobre todo las que afectan a la que ella llama su «ángel guardián», Clara Campoamor: su renuncia como miembro de la nueva Junta Directiva del Ateneo, la que el general Primo de Rivera ha creado para poder controlar y vigilar ese centro de debate y librepensadores. ¡Pues le ha salido rana doña Clarita!, piensa Caridad, buena es ella con sus ideas y su independencia, que canta bien las cuarenta, y clarito, a quien quiera. También es cierto, y piensa con tristeza, que nunca se inscribió como socia en el Club, tal vez era verdad eso de que las clases sociales a veces separan. Pero a ella no le importa, desde que hicieron su «salida nocturna», como ella llama al incidente con doña Ramona, cada día la admira más y no duda en colaborar con ella en cualquier situación.

 

Caridad ordena las sillas y echa el último vistazo al periódico de días atrás que ha estado tan leído. Es la noticia firmada por Martínez, pues ante tanta agitación política se presta a cubrir todo lo que buenamente le piden



 

 

 

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en la redacción. Lee una vez más la firma, Eusebio Martínez, y sonríe soñadora recordando la última invitación a limonada. Relee: «El Grupo Femenino Socialista, de acuerdo con las señoritas Campoamor y Huici, abogadas, ha organizado un gran mitin contra el art. 438 del Código Penal, que se celebrará hoy viernes a las siete de la tarde en el salón-teatro de la Casa del Pueblo…». Caridad lo dobla y vuelve a recordar la retahíla que Clara le recitó un año atrás… «El marido que, sorprendiendo en adulterio a su mujer, matare en el acto a esta o al adúltero o les causare alguna de las lesiones graves, será castigado con la pena de destierro. Si les causare lesiones de otra clase, quedará exento de pena…».

 

La sorprende la presidenta, María de Maeztu Whitney, que, como siempre, entra puntual obedeciendo a su educación de ascendencia inglesa, o acaso, la noticia importante que tiene que trasladar a sus socias le tiene nerviosa desde el día anterior.

—Qué haríamos sin ti, Caridad, siempre estás dispuesta.

 

—Como dice madre, ¡pa un roto como pa un descosío!, perdón, doña María, descosido —rectifica como alumna aplicada—, es que ella es costurera, ¿sabe?, pero yo de alfileres, nada, ¡aquí más me encuentro!, estoy tan contenta… Además…, aunque sea moza de barrio de fuente, puedo hacer algo…

—¡Todas podemos hacer mucho!, y tú ya lo estás demostrando, tu interés al rectificar tu vocabulario, tus nuevos modales dicen mucho de ti…

—Sí, pero para hablar, hablar, ¡tendrá usted que hablar con madre!, dice que, estando siempre aquí encerrada, no conseguiré novio…; dice que le quito el sueño, aunque con mi hermana tampoco duerme, ¡que yo lo sé!, pues no para de tener moscardones a todas horas, total, que por mucho o por poco la tenemos en vela, noche sí y noche también…

 

María la deja hablar y sonríe mientras coloca su carpeta a la cabecera. Las socias directivas, muy cumplidoras en sus funciones, se están acomodando alrededor de la mesa. Entre ellas Isabel Oyarzábal, que lleva casi todo el peso ejecutivo del Club, pues María está inmersa en su «Residencia de Señoritas», el más avanzado modelo educativo para las jóvenes, y sus conferencias sobre pedagogía y la educación de la mujer la han llevado hasta Uruguay y Argentina. Victoria Kent, Zenobia Camprubí y Matilde Huici la felicitan y la miran expectantes. Ya se ha filtrado la nueva noticia. ¡Notición!, como califican algunos.



 

 

 

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—Bien, bien, ya veo que las noticias vuelan. Ya lo sabéis todo por el comunicado del Gobierno o por la prensa. Os leo: «La reunión ministerial de anoche tuvo su excepcional importancia, por primera vez el actual Gobierno ha deliberado acerca de la constitución de la Asamblea Nacional, que estaba en el pensamiento del marqués de Estella hace mucho tiempo…, y de la deliberación ha surgido el acuerdo unánime de aceptar la propuesta del presidente».

 

—¡La Asamblea Nacional!, una mascarada para sustituir un parlamento. Mucha tinta hay sobre el tema y no todo está claro… Hay sectores políticos que no quieren entrar en ese juego fraudulento…, Prieto ya lo manifestó…

—No, señoras, no cuenten conmigo. Recordemos que ya mucha gente se ha posicionado en esta igualdad de humo, la misma Clara rechazó la medalla que le concedió Primo de Rivera, yo tampoco le pienso seguir el juego…

—Sí, sí, ya lo sabemos… Seguramente también el Partido Socialista vetará el ingreso de sus socios —aseguró Isabel.

—Pero hay liberales que están a favor, puede ser una manera más de estar informado y poder actuar… —replica en su defensa Victoria.

 

—Cierto —responde la presidenta—. Además, me comunican que está previsto celebrar sesiones de octubre a junio y que, aunque todos los miembros indirectamente están nombrados por el Gobierno, estos representan muchos intereses: el Estado, la provincia, el municipio, los miembros de la sociedad y, por supuesto, los del Partido. Todo bajo control, pero…, aun así, ¡han elegido a trece mujeres!, y tal vez, desde esa nueva posición, podamos trabajar en nuestro favor.

 

—¡La primera vez que en España habrá presencia femenina en el Gobierno!

—Resumiendo, señoras —puntualiza la secretaria—: María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas, ha sido elegida uno de los miembros de la Asamblea Nacional Consultiva, el organismo creado por el Gobierno de Primo de Rivera. Este es un club apolítico, pero debemos conocer esta vinculación tan importante.

—¡Elegir solo trece mujeres de 385 miembros!, lo considero vergonzoso, es solo fachada, ya se rumorea que algunas de las personas seleccionadas van a dimitir…



 

 

 

 

 

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—Yo he evaluado todas las opciones y voy a aceptar el nombramiento —replica tajante María.

 

—… El cargo de María, su trabajo y su reconocimiento en el área de la educación, de la pedagogía, es notorio… —ayuda Zenobia a despejar dudas—, sus conferencias, aquí y en el extranjero, tienen un peso importante; intelectuales y políticos la avalan, su discurso a favor de la educación de la mujer cala profundamente y todo ello le ha valido para ser elegida. A lo mejor es el principio de algo…, puede ser un apoyo importante que la mujer española no debe desperdiciar…

 

—Y, por curiosidad, ¿qué otras mujeres han sido seleccionadas? —Carmen Cuesta del Muro —apunta Victoria Kent—, también

licenciada en derecho, la conozco, desempeñará el puesto de secretaria de la Asamblea.

—María de Echarri, inspectora de Trabajo…

 

—Blanca de los Ríos, escritora… —añade Zenobia—. Todas ellas, mujeres muy activas…

—Isidra Quesada y Gutiérrez de los Ríos, condesa viuda de Aguilar de Inestrillas, dama de la reina; doña Victoria y doña María Cristina, nombrada en representación del Estado…

—… Y, ¡Trinidad von Scholtez-Hermensdorff, dama de la reina!

 

La última nota, mordaz, como si fuera una alteración musical sincopada, abre un compás de alusiones y las socias, en defensa o con sus ideas o sentimientos encontrados, irrumpen en la conversación creando un concierto desafinado.

—Señoras —apacigua Zenobia tocando la campanilla—, menos comentarios particulares y sigamos trabajando, no podemos desaprovechar esta ocasión que brinda la Asamblea Nacional.

—Y les recuerdo todas las iniciativas que todavía tenemos pendientes: presentar al Gobierno un escrito donde le instemos a cambiar el Código de 1889, que a nuestro modo de ver está totalmente desfasado…

—¡Y el voto de la mujer! —adelanta otra socia.

 

—Todo se andará…

 

—Pero ¿tú crees que esta Asamblea servirá de algo, Isabel?

 

—Algo se podrá hacer…, puede ser un gesto de Primo de Rivera hacia nuevos cambios o puede ser fachada…

—Pues, aun así, yo estoy a favor de la participación de mujeres en esta Asamblea Nacional —contesta Victoria.



 

 

 

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—Lo intentaremos, tenemos temas demasiado importantes, esta reforma que queremos del Código será básica para nosotras, para una nueva mujer. Tenemos que votarla en nuestra Asamblea General y luego enviarla al Gobierno, debemos apoyar todo lo que ya se está haciendo en otros sectores. Debemos hacerlo…, aunque lo rechacen —contesta con voz débil la presidenta.

 

—De eso estoy segura, María…, desengáñate…

 

—Estamos trabajando en el borrador que tenemos que presentar… Caridad, lo tienes por ahí, ¿puedes leerlo?

—Sí, señorita —comienza aturdida—:

 

»1. Que la patria potestad se ejerza en común por el hombre y la mujer durante el matrimonio, y la viuda que contraiga segundas o posteriores nupcias conserve la patria potestad sobre los hijos del primer o anteriores matrimonios, ya que el Código Civil vigente le reconoce esta facultad solo cuando el marido difunto lo hubiese dispuesto así en el testamento.

»2. Reconocimiento sin limitaciones de la facultad de la mujer soltera o casada para ser testigo en los testamentos, formar parte del Consejo de familia, ser tutor, protutor, curador, albacea, etc.».

De haber imaginado Caridad que iba a leer en voz alta, habría practicado más frente al espejo, como hace cada día para mejorar su dicción. Sin embargo, sus palabras al inicio vacilantes adquieren firmeza según va enumerando los puntos en los que tantas horas ha visto trabajar a la letrada Huici.

—3. Administración y gobierno común de los bienes gananciales — continúa Caridad con voz templada— con prohibición de ambos cónyuges a hipotecar, gravar o enajenar bienes inmuebles y valores industriales y públicos sin el consentimiento del otro. Que los motivos de desheredación sean idénticos para el hombre y la mujer…

—¡Cuánto camino todavía tenemos que andar!

 

—Que no decaiga ese ánimo, Victoria —responde la presidenta—, ya hemos empezado, que es lo importante, para terminar nos falta decidir si respondemos oficialmente a la acusación de Iris de Paz… Yo he redactado unas líneas de contestación a la Junta Central de la Unión de Damas Españolas… Les leo mis anotaciones, entre ellas destaco que hay un desconocimiento de lo que es el Lyceum Club, sus fines culturales, que es totalmente apolítico y aconfesional…, que promueve la integración de la mujer, su educación y formación…, y que la Iglesia no debe imponer…



 

 

 

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—¡Nos veremos en los tribunales! —Se levanta Victoria enérgica—. Yo ya he opinado, tenemos que ser contundentes, pero a través de la palabra: la ley. Estoy de acuerdo en contestar enérgicamente, y agradezco que los periódicos recojan nuestro enfado y limpien nuestro nombre, y es muy loable este esfuerzo de Ricardo Baeza, marido de nuestra querida socia María; pero no nos olvidemos del camino adecuado: la Justicia. Ese es el foro donde deben acogerse todos los ciudadanos. Allí es donde debemos actuar, allí nos veremos y les haremos retractarse de todo lo dicho. Yo, como letrada, me presto a iniciar el proceso.

 

—Gracias, Victoria, comparto tu opinión, también Matilde Huici como abogada seguramente estará de acuerdo en llevar contigo el caso. Nada más, señoras, gracias por su atención. Ahora nos espera nuestro té. No podemos perder las buenas costumbres.

La Junta Directiva, como la tarde, se ha cerrado lenta y pesadamente, oscureciéndose el horizonte como el ánimo de las socias, que parecen encerradas en una jaula de artículos y normas sin sentido. Terminado el esfuerzo colectivo, ahora son mujeres que individualmente responden a sus miedos, sus ilusiones, sus encuentros y sus desencuentros personales. Recogen sus pequeños bolsos, se recomponen la falda, la manga de la camisa y se despiden introduciendo en la conversación algún elemento cotidiano. El anuncio de un nacimiento o una felicitación de cumpleaños, cualquier novedad en sus vidas es un motivo que las acerca aún más.

 

Victoria, joven, abogada, soltera, admiradora de María de Maeztu desde que fue alumna suya en la Residencia de Señoritas, contempla a sus compañeras de Junta. ¿Qué no haría ella por su antigua directora? Quisiera de un soplo borrar el desfallecimiento que aparece en sus caras. ¿Cómo poderles transmitir que todo es y será trabajo, trabajo y más trabajo, a todas horas, sin parar? Ella, sin cumplir todavía los treinta y cinco años, sabe que esa ha sido y será la única tónica de su vida. Asume su gran capacidad como su particular anomalía cotidiana. Las socias se levantan, pero no ella, que todavía se queda unos minutos más rectificando unas anotaciones, ¡no vaya a ser que luego se le olviden! Define su objetivo, lo analiza y se pone a ello. Para ella, sus descansos son solamente cambios de actividad, como sus treguas en la sierra caminando por las dehesas de Galapagar, pausas activas con sus montones de libros. Tal vez, ese espíritu de trabajo y acción venga dado por ser de familia numerosa, piensa



 

 

 

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muchas veces. Se detiene con sus notas y dibuja un borrón con algo parecido a unos geranios e imagina un fresco patio andaluz, macetas, un pozo y las voces de sus seis hermanos correteando entre las plantas.

 

Recuerda la calma de su Málaga natal y se pregunta: ¿por qué tiene ella esa impaciencia? Primero su ingreso en la Escuela Normal de Maestras de Málaga, su graduación superior, luego el salto a Madrid y la petición que le hizo a su padre: la universidad. La facultad de Derecho, sus años más felices en la Residencia de Señoritas y, finalmente, su amistad con Clara Campoamor y María de Maeztu creando en 1920 la Agrupación Universitaria Femenina.

Quién sabe si fue su padre quien, en su afán de sobresalir de su modesto oficio de sastre abriendo una tienda de paños, implantara en su hija Victoria el germen de trabajo, lucha y decisión que es su vida. Con qué orgullo se recibió en casa la noticia de la hija Victoria, ¡doctora en Derecho!, solo hace tres años, ¡por fin! Luego, el ingreso en el Colegio de Abogados de Madrid, sus estudios penales y sus primeras defensas en el Sindicato Nacional Ferroviario. Aunque bien sabe ella que este Madrid la ha apartado de su condición de hija, o tal vez ha sido esa Residencia de Señoritas de la que ella tanto escribía en sus cartas familiares, y recuerda como les relataba sus reuniones en el salón para conversar, después de la cena, como algunas veces el piano sonaba y bailaban, leían en la biblioteca, de la que ella estaba encargada, y asistía a las conferencias de la Residencia de muchachos…, recuerda con ensoñación sus cartas.

 

Victoria revive sus tardes en la Residencia, los años al lado de su directora María de Maeztu y obtiene de su memoria más íntima la carta que le escribió, gratitud y admiración: «Sentimientos de gratitud me obligan…, hay una base muy firme de simpatía y admiración hacia su persona y su labor…».

Mientras recoge sus anotaciones, mira a una madura María y piensa si serán sus mismos genes anglosajones los que las unen en esta iniciativa del Lyceum, la independencia de la mujer y el trabajo. Trabajo y más trabajo desde que asumió la vicepresidencia, con proyectos y todo su apoyo para la creación de La Casa del Niño, como guardería y obra social en la que cree firmemente. Solo hay un punto en que ella no estuvo de acuerdo con sus fundadoras. ¿Por qué no podía ser un club mixto? Su oratoria de letrada nada pudo frente a la Reglamentación Internacional del Club. Así era en toda Europa y así fue, solo femenino.



 

 

 

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«Todo mi esfuerzo va unido al trabajo, reformas y mejoras de la mujer —piensa—. ¿Será de verdad utopía lo que pretendo? ¿Es que no hay más mujeres que sientan esta necesidad de cambio?». Nota fluir su sangre, la que riega su espíritu fuerte y su decisión; sin rodeos, directa, clara, tajante. Ella lo sabe, sabe que su semblante sereno y grave, que no triste, es tan solo un rostro de gran carácter.

Desde la puerta, una doncella pasa un aviso a Caridad.

 

—Son los periodistas, señorita Maeztu —indica a la presidenta—; han oído hablar del nombramiento y querían saber si les concedería unas palabras para el periódico.

—Hablaré con ellos en la otra salita —responde saliendo.

 

Ocaña y Martínez, de pie, esperan silenciosos a su interlocutora. No es la primera vez que les ofrece una entrevista, ya meses atrás les comentó cómo crece mes tras mes la Residencia, una institución de educación superior, con nuevos pabellones, laboratorio, solicitudes de ingreso de toda España y conferencias con los más prestigiosos académicos o intelectuales a las que pueden asistir las socias del Lyceum, pero ahora es, ni más ni menos, una representante de la Asamblea Nacional la que les concede la palabra.

—Qué amables, señores, que la prensa esté tan interesada en todos estos temas femeninos, la necesidad de trabajar juntos social y políticamente para crear una «nueva» mujer.

—Bueno, bueno, vayamos despacio que a lo mejor la antigua también sirve… —no puede por menos replicar Ocaña.

—Sin duda, pero no equivoquemos términos, estamos hablando de algo tan básico como el «Reconocimiento del derecho de la mujer casada a disponer libremente del producto de su trabajo…» o «Que la mujer casada conserve su nacionalidad». Son reformas que consideramos indispensables, estamos en el trámite de aprobarlas en la Asamblea General del Club y luego enviaremos esta petición al Gobierno.

—¿Al Gobierno?, ¿no les parece que van un poco demasiado lejos? — replica Ocaña ofendido—, ¡un grupo de mujeres intentando cambiar el Código!, ¡qué atrevidas!

—Y no solamente el Código, muchas cosas más, pero a su tiempo, ya verán, tomen nota: educación de la mujer como punto clave, trabajo, seguro maternal, divorcio, voto…

—¿Podemos lanzar la primicia? —pregunta entusiasmado Martínez.



 

 

 

 

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—Poco a poco…, tendrán que esperar. Yo les haré llegar una copia a través de la señorita Caridad, creo que se ven muy a menudo —contesta clavando sus pequeños ojos azules en un periodista desarmado.

 

—Sí, sí, por temas de trabajo, claro…, información puntual — balbucea—. Estaremos muy agradecidos…, lo publicaremos cuando nos digan…

—Se lo haremos llegar. Es un honor hablar con ustedes; ahora, si me permiten, les informaré…

Minutos después, sin apenas darse cuenta, ya se encuentran otra vez en la plaza, empachados de nuevas noticias, de cambios y retos. Los dos periodistas, como si salieran de comerse un inmenso pastel que todavía no han podido digerir, caminan silenciosos, cada cual inmerso en sus propias inquietudes.

—¡Pero, bueno, qué pasa! —No puede contener más su indignación Ocaña—. ¿Ya te has hecho socio de este antro de víboras…, de estas ¡dominantas!… sin moral?, «la sociedad haría muy bien recluyéndolas como locas o criminales, en lugar de permitirles clamar en el club contra las leyes humanas y las divinas…».

 

Martínez escucha una frase ya demasiado conocida y desde su estatura inferior le mira atónito. No obstante, cauteloso, se permite mirarle unos segundos antes de contestarle, pues recuerda a quién tiene enfrente: Elisidoro Ocaña y Cifuentes.

Elisidoro se llama así como su abuelo, la costumbre popular, pero como a él le parece un nombre muy plebeyo directamente lo ha suprimido. Ordena, y eso se le da muy bien, que todo el mundo le llame Ocaña. A secas.

De pequeño parecía que se iba a quedar enclenque y raquítico. Pasó unas malas fiebres que lo tuvieron en cama y encerrado durante meses. Sin embargo, una vez superados los granos de la pubertad, cual patito feo se transformó en un agraciado galán de buena talla y mentón cuadrado.

Más que ser él de un pueblo de Cuenca, Tébar, es este, el pueblo, el que es de él. Todas las hectáreas pertenecen a la familia Cifuentes, o casi todas. Viñas, además de cereal de secano y pinos piñoneros.

 

Su infancia enfermiza le obligó a estar pegado a las faldas de su madre, asistiendo solo esporádicamente a la escuela del pueblo. «¡Impensable enviarle a la ciudad, no lo soportaría!», opinaban categóricamente las tías solteras. No hay mal que por bien no venga, él siempre pensó. En su



 

 

 

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pueblo gozaba de cierta libertad, cuando no estaba con paños en la frente. La gran biblioteca familiar compensó su reclusión. En la escuela conoció a Martínez y aunque algo distintos supieron conjuntarse bien, como la clara y la yema. Cada uno en su plano haciendo juntos de vez en cuando una gran tortilla. Se cubrían entre ambos las espaldas y los huevos rotos los pagaban a medias. Ninguna de las dos familias, una por ser mucho y otra por ser poco, les aceptaba juntos y, ocultándose de ellas, como en un juego, aprendieron el valor de la confianza y el respeto. Esos días de infancia y adolescencia marcan mucho y terminaron intercambiándose conocimientos enciclopédicos con otros más terrenales. Ambos salieron ganando.

 

Al transcurrir los años a Ocaña le entró el estiramiento, tanto el físico como el de la clase. En su afán por quitarse el pelo de la dehesa se pasó los días en la ciudad visitando sastres y barberos; tenía que cuidar y acentuar su imagen, y pensó que la moda del mostacho fino le venía muy bien. Era el único que lo llevaba en el pueblo.

 

Atender los negocios familiares le parecía vulgar, así que dejó los vinos en manos de un administrador de confianza. Ahora llegaba el problema, ¿a qué se dedicaría, aparte de la caza, la pesca, el sastre y el barbero? No le fue difícil encontrar su acomodo. Algo había viajado y se defendía con el francés. Su vecindad con Alarcón le hizo emular al infante don Juan Manuel, literato y antiguo residente del castillo, y cogiendo la pluma ensayó sus primeras coplas. Más tarde, su vasta cultura le facilitó probar con el periódico de la ciudad, al que le dio varias vueltas. Creció de páginas y de deudas. Cuando parecía que había tocado techo en provincias se marchó a la capital, o tal vez sería que también huía de alguna falda que otra a la que había jurado matrimonio. Allí, sus buenas referencias adornadas con las cajas de vinos que su familia enviaba le abrieron el camino a la prensa nacional.

 

Va pasando de periódico en periódico, no tanto porque no se centre en su estilo literario, más bien simple, sino porque sus inquietudes políticas son cada vez más conservadoras, y él mismo quiere ser su propio acomodador en su butaca principal política y social. Ocaña tiene mucho que «conservar» y no está dispuesto a andar repartiendo su patrimonio, aunque este sea de vinos peleones.

En Madrid, una tarde se encontró con Martínez. Fue una gran noche. Recuerdos con brindis hasta altas horas de la madrugada, pues pagaba



 

 

 

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Ocaña; promesas de ayuda y, después, no mucho más que compartir. Pero, no obstante, hacen por mantenerse en contacto, además de su afinidad profesional que los mantiene unidos «en aras de la verdad», como ellos mismos repiten. En el fondo, aunque separados por la vida, son fieles a esa querencia de la adolescencia, ilusión que todavía mantienen hasta que descubran que el espejismo que parece un lago tranquilo y límpido desaparece dejando neblina y confusión.

 

Posiblemente, en esta nueva mirada que acaba de descubrir Martínez el lago cristalino esté enturbiándose, pues recuerda sus últimas palabras: «La sociedad haría muy bien recluyéndolas como locas o criminales…, desgraciados los niños que tienen una madre liceómana».

—Ocaña, amigo —responde tranquilo—, nuestras ideas pueden ser algo distintas, pero hemos corrido mucho juntos y no vamos a estropearlo por unas faldas.

—¿Faldas dices?, ¡pero si duermen con «pijama»!

 

—Bueno, pues incluso así, simplemente son mujeres, inteligentes, dispuestas, bien es verdad que un poco mandonas, pero no les falta razón, ¡quieren poder manejar sus bienes!

—¡Pero qué dices! —contesta airado—. Los hombres conocemos nuestras obligaciones, ellas, en cambio, no. ¡Que hay mucha cabeza hueca por ahí suelta y más ahora, con esta moda del pelo corto!

—No es justo, Ocaña. Los tiempos cambian, serán buenas profesionales, ¿por qué no pueden ser abogadas, médicos…?

—¡Pues lo que me faltaba!, ponerme en ropa interior frente a una señora. ¡Ni hablar!, antes prefiero morirme de la pulmonía.

—Habría que verte…

 

—Mira, Martínez, tú verás dónde te metes, este círculo… —Club…

—Bueno pues este club de locas…

 

—Club Internacional, que hay sedes por toda Europa…

 

—Bueno, ¡pues aunque hablen en inglés! Circulan muchos comentarios por ahí, y si no, fíjate en lo último que publicó la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, que esto era ya «un escándalo» y que son mujeres «sin virtud ni piedad».

—Esa última frase que has dicho… —balbucea nervioso descubriendo repentinamente el antiguo enfado de Caridad.



 

 

 

 

 

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—¿Ingeniosa, eh?, menudo bombazo, la que organicé con la hoja parroquial, me ayudaron mucho tus comentarios, se ve que trabajas bien a la flacucha…

 

—Ocaña, no deberías… —prosigue cauteloso con voz grave. —¡Martínez, que la situación política ahora no está para bollos! Tú

verás dónde te metes. ¡Te aviso! —termina sentencioso con un índice amenazante y encajándose el sombrero ladeado.

La boca del Metropolitano madrileño corta la conversación. Ocaña, sacando pecho en su última frase, demuestra la superioridad que tiene en el medio urbano; sus «contactos», sus ingresos saneados y su buena figura degustadora de todos los cafés-teatro de moda. Por el contrario, Martínez, un advenedizo en la capital, con su traje arrugado y una única peseta en el bolsillo, es apenas un recadero de las últimas noticias deportivas. Se separan sin mirarse a los ojos. El espejismo se ha desvanecido. Martínez entiende ahora de dónde han salido las noticias libidinosas y tendenciosas; las informaciones tergiversadas que aparecen en la prensa.

 

Contra unas verjas, el anuncio del guiñol callejero Gorgorito le devuelve su propia imagen, un títere manejado por unos hilos ajenos a su voluntad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 8

 

EL ABISMO DE TUS OJOS…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corriendo por el pasillo, como si hubiera hecho una trastada, Caridad escapa de la representación teatral del salón de actos del Club.

 

«¡Ea!, que ya no puedo más —piensa—. He visto todos los ensayos, he releído mil veces las entradillas, con “la Niña”, con “el Ángel” y con “los tres Reyes Magos”, que hasta les he cosido el traje, ¡los Reyes vestidos de aviador, de alpinista y de ruso!, ¡van aviaos!, menos mal que con las capas brillantes y con los turbantes ya parecen Majestades. ¡Esta señorita Concha, siempre tan moderna! ¡Bueno, pue que ya no me pilla más! Ahora que disfruten de la obra las señoritas con sus niños, que yo me daré un descanso bien merecido. Además —continúa—, ¡qué semanita hemos tenido!, pues la conferencia de don Ernesto Giménez Caballero ha dado que hablar, y se veía venir, y si no, al tiempo. El lío ya empezó con el título, que dejó bien claro que él quería poner “o el amor libre” y “para mujeres solas”, pero las señoritas no lo aceptaron, que ya bastante tragaron, como alguna dijo. Al final, el título de la conferencia quedó muy rimbombante: “Cultos románticos de la mujer española: San José”. ¡Que tengo yo mucho que aprender todavía!, porque digo yo que no sé qué pinta Don Juan y San José en la misma tarde, aunque él dijo que, para escapar de la tiranía patriarcal… ¡En fin!, qué ideas tan raras tiene este señor. Y para rematar el mes, colgar los cuadros de este joven artista que viene tanto, el señor don Manuel León Astruc, y a mí me gusta, ¡caramba!, por lo menos ahí se ve lo que pinta…, que no es tan raro como esos otros… y no hace falta adivinar…».

 

Caridad piensa así mientras, furtiva, entra en un salón a oscuras. Sigilosamente, palpando las paredes y los muebles, se aproxima al rincón del fondo donde sabe que la espera un hermoso butacón y una lámpara de



 

 

 

 

 

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pie. Casi con reverencia enciende la perilla y, metiendo la mano debajo del almohadón, saca un voluminoso libro.

 

El resplandor tenue pero suficiente alumbra una pared de sombras y libros. Libros donados, regalados, ofrecidos, prestados, de socias, de amigas, de conocidas. Trabajo de María Lejárraga en su incansable petición a las editoriales. Libros con tapas duras, blandas, o esbozos de libros como simples cuartillas de socias atadas con una cinta de seda. Tomos mimados por manos limpias, finas, de uñas pulcras: la biblioteca. La cuidada biblioteca y, a la vez, la denostada biblioteca por esas malas lenguas envidiosas del Club, ¡la que, dicen, alberga ejemplares prohibidos! Ese que acaba de coger Caridad, el que tiene escondido, no vaya a ser que alguna señorita se lo lleve para leer. Lo abre casi con reverencia y lee: La Regenta. «Menudo libraco —piensa—, ¡lo que pesa! ¿Y seré yo capaz de leer tanta letra?». Desde hace un tiempo así lo ha decidido. «Si las señoritas pueden, pue yo también, ¡hala!». No sabía que costaba tanto leer. Al principio leía y leía y, al terminar la página, se paraba en seco y pensaba: «¿Y qué?». Un día se armó de valor y así se lo confesó a la señorita María de Maeztu.

 

—Que le quería decir que saber leer tiene un misterio… —¿Qué dices, criatura?

—Que digo, pues…, que a mí me falta encontrar el misterio.

 

—¿De qué hablas, Caridad? —preguntó intrigada María.

 

—Pues, que yo…

 

—¿Sí?

 

—Que leo y leo y na. Que el señor Ortega se dejó su libro, el día ese de su conferencia, y yo pensé que a él le gustaría que yo lo leyese, un préstamo solo, usted me entiende, señorita María, que yo luego lo devuelvo…, pero na, que se conoce que hay algo que me falta para leer, digo yo que como soy un poco miope, pues…

María, cariñosa, con gran percepción de psicóloga en sus muchos años escuchando confidencias en su Residencia de Señoritas, dejó la carpeta que llevaba y cogió la mano de Caridad encerrándose en la biblioteca.

 

Así fue como, cambiando un grueso volumen de pensamiento por los relatos de doña Emilia Pardo Bazán, paseó Caridad por una aldea gallega, con tesoro incluido, y descubriendo un verdor intenso en unas montañas que nunca había visto, salpicó sus pupilas en un mar violento que no conocía. Ya no se aventuró nunca más a abrir una portada si antes doña



 

 

 

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María no se la había recomendado. ¡Ella sí que sabía! Pero ¿y ahora?, ¡pues que le ha dado el más gordo del estante!, mira desconfiada sopesando el volumen. ¡Qué atrevimiento! Y, precisamente, ese que dicen las señoritas que no está en todas las casas, porque no está bien visto, y que sale un cura que ya…, ya… ¡Como se entere mi madre, lo que me faltaba! Pero ¿seré capaz?, piensa comenzando una lectura lenta y atenta. «Turbas», ¿y esto qué será?, pues empiezo bien, ¡hala!, a coger el diccionario ya en la primera página, que eso sí, que me ha dicho la señorita María que sin saltarme ni una palabra… ¡Esto de leer es lo que tiene! Cuando una acaba, como que parece que sabe más…

 

Descuidadamente, se ha quitado los zapatos y se arrellana en el hermoso butacón orejero donde tantas veces ha visto a la señorita Zenobia. Silencio total. Sabe que la representación teatral está empezando. Tiene aún media hora antes de los aplausos. Suspira. ¡Y qué contenta estaba doña Concha! Con esto de la fiesta infantil, qué oportunidad para representar su obrita, El ángel cartero, ¡y cómo lo explicaba! Debe de ser algo grande, piensa. Una escribe, alguien lo lee, ¡y se hace verdad! Caridad cierra el libro y cambia la figura alargada y negra del magistral por la sonrisa y la juventud de Concha Méndez. ¡Me gusta tanto esa señorita! Es tan cercana. De las más modernas. Dicen que corretea mucho con su amiga Maruja, la que pinta, la señorita Maruja Mallo, a decir verdad, un poco raros esos colores de sus cuadros, los que han colgado hoy en el salón… ¡Qué dos mujeres! Que tan pronto están aquí como por otros barrios lejanos. ¡Y sin sombrero! Que yo las he visto y, cuando nadie las ve, se lo quitan, ¡lo que les dirán en su casa si se enteran!, que no está bien confundirse así con el pueblo, ¡qué desafío! A mí también me gustaría ser como la señorita Concha, con solo veintiocho años sabe francés, nadar, que hasta ganó premios allá en San Sebastián…, y dicen que dos años antes se metió en un barco y se fue a ver mundo…, como ella dice, «tiene alma viajera», y es tan alegre, y ahora está tan feliz con la representación de su cuento, le gusta tanto el teatro. ¿Qué me dijo que leyera…? Algo que a ella le gustó… ¿Qué fue?, no recuerdo, algo de una «casa de muñecas». Tendré que preguntárselo a la señorita María. Que no se me olvide. Me regaló su último libro de poesía, Inquietudes, me gusta esa que dice: «Y me asomé al abismo de tus ojos: ¡Hay algo tan profundo en tu mirada!».



 

 

 

 

 

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Abre La Regenta Caridad y suspira, no sabe si por las últimas líneas del verso, por el recuerdo de un joven que, libreta en mano, la mira distinto o por esta Regenta que, algo le dice, tiene un marido que no le sirve. Porque ella, de muchas letras no es, pero hay cosas que en la corrala se saben desde pequeñita…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 9

 

NO TUVIMOS LLUVIA, HABÍA UN POCO DE RUIDO Y

 

 

HUBO MOMENTOS IRREPETIBLES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se ha levantado Caridad esta mañana de domingo como una palmera

 

desbaratada por un imprevisto vendaval de junio. Así se siente ella. No es que le afecte la refrescante lluvia de días pasados, no. Ojalá hubiera llovido ayer, piensa. ¡Para rematar!, hubiera sido como una escena del cinematógrafo, o como en las radionovelas, los dos sentados en un banco en ese paseo…, tal vez, demasiado ruido, pero ¿dónde hay silencio en este Madrid de automóviles y adoquines?; y, además, otro pequeño detalle, continúa con su reflexión, ¡todos los intentos por recordar las palabras que él le ha dicho son inútiles! No se acuerda de nada. ¿Será normal?, se pregunta, ¿será esto un golpe de amor? Y, por otro lado, ¿qué era lo que ella le había contado? Es más, ¿había llegado a decirle algo? Por el contrario, podía acordarse de todo lo que no había dicho, que era bastante; es decir, era todo. Todo aquello que había querido decir seguía ahí en el desorden de su cabeza. Y eso que había estado ensayando, como colegiala ante la maestra; si me pregunta…, yo le contesto esto, lo otro y lo de más allá. ¡Se creía que tenía la lección aprendida! ¡Ilusa!, se repite. Tan solo fue capaz de decir: «¡Qué emoción!». Bueno, piensa ahora mientras se dirige hacia el fogón, él no sabe a qué me refería…

 

Mientras se prepara su tazón de leche, aún medio dormida, se empeña en ordenar esa habitación desordenada que tiene por cabeza. Mensajes, ideas, palabras y miradas que se enredan unas con otras. Entonces, cierra los ojos y ve ante sí la cara de Martínez y sus ojos clavados en los suyos mientras pasan los segundos…, uno, dos, tres, cuatro. ¿Está hablando?, o ¿está escuchando? Incluso parecía que ella misma se desdoblaba de su cuerpo y desde un metro más arriba su consciencia revoloteaba juguetona.



 

 

 

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Me está mirando. Uno, dos, tres y cuatro segundos… Tengo que contestar. Uno, dos, tres… ¿Y qué le digo si ni siquiera sé de qué estamos hablando? Uno, dos, tres, y haciendo un esfuerzo otra vez, aúna cuerpo y espíritu y es incluso capaz de responder a una frase… Y preguntar otra…, algo pueril, tal vez: «¿De dónde eres?». Y le deja que conteste mientras ella se remonta otra vez como duendecillo caprichoso y le vuelve a contemplar. Posa sus ojos en sus manos…, esas que escriben… ¿Cómo será el tacto de su piel?, se pregunta. Pero no puede seguir porque él, avisándola con sus ojos, lentamente ha posado sus labios en su mejilla, rozándola apenas, deteniendo el tiempo, deleite de milímetros conquistados hacia una comisura que desea ser vencida. Repentinamente, siente eso que algunas comadres le habían advertido: mariposas en el estómago. «¡Prepárate, estás perdida! Ya no hay na que hacer. No se pue luchar contra los elementos, que dijo ese mal marino…», recuerda que le dijo doña Casta, la cual poco honor hace a su nombre. «¡Estás perdida!», repite Caridad, ahora descompuesta, como palmera zarandeada por una brisa primaveral, por un viento que, juguetón e inadvertido, se ha colado por algún resquicio de su penacho, de su cuerpo. La brisa convertida en tormenta, desatada repentinamente, es torrente húmedo en ese primer día de verano, 21 de junio.

 

Lentamente deja su tazón y aparta las migas de pan. Con la mirada perdida en una alacena vacía se vuelve a preguntar: ¿será que me dijo… o será que yo quiero entender que me dijo…? O, ¿será que yo digo lo que él me dijo…? ¿O será que yo digo lo que creo que él me dijo?, o, termina Caridad mirándose al espejo: ¿será que no necesitamos decirnos nada? ¡Pues será!, ¡ea!

—¡Madre, buen día tenga! —saluda airosa creyendo que ha resuelto el enigma.

—Jesús, qué parlanchina estás hoy. Te llegó la cordura, ¡ya era hora!

 

«No tuvimos lluvia, había un poco de ruido y hubo momentos irrepetibles. Fue una buena tarde. Ayer empezó el verano». Así empieza Caridad su diario; sentimientos escritos en un recorte de papel de estraza.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 10

 

«A TONTAS Y A LOCAS»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El parque de El Buen Retiro es el único lugar donde todavía se puede

 

respirar en Madrid en este septiembre de calor inusual. El calor seco que emite la ciudad en continuo crecimiento con sus carruajes, tranvías y sus obras de ensanche se transforma en una calima asfixiante que lo inunda todo. Solo la frescura de sus jardines permite un descanso al abanico. Es recorrido recomendado para los señores de edad y paseo obligado para los niños de escalera principal. Carmen Baroja, de la mano de su hijo Julio, hacia allí se encamina como cada tarde. Ha terminado su temporada en Vera, en su entrañable casa, Itzea, verano de suaves lluvias vascas y paseos campestres. Han tenido la visita de Cipriano Rivas y la casa familiar, espaciosa, acogió a todos los hermanos y amigos con interminables charlas, de sobremesa, en los paseos matutinos y en el café de la tarde con la política siempre como tema principal. Se rumorea mucho en todo el país, y ya todos dicen que la monarquía nunca traerá la democracia y que esta solo será posible con la república, así también lo dice su amigo Azaña, recuerda. Los rumores se tejen formando una urdimbre y una opinión. Los intelectuales se posicionan. Sabe que Clara Campoamor forma ya parte de la agrupación Acción Republicana y también es una figura contundente en el Ateneo, su voz es muy tenida en cuenta. Se habla de inestabilidad económica y cambios necesarios; la necesidad de que el Gobierno responda ante el Parlamento no ante el rey. El rumor es una nube en la lejanía que ella ve aproximarse. Solo el silencio de Pío, ensimismado en sus escritos, le hace añorar a Carmen sus propias ocupaciones del Club. Ahora, el cambio climático le ha resultado demasiado brusco, aunque apetecible, y así se lo cuenta a Amalia Galárraga, su querida amiga que pasea con ella.



 

 

 

 

 

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Desde la acera de enfrente Caridad las saluda y animosa cruza la calle para caminar junto a ellas el trecho final de Alcalá.

 

—¡Quién diría que casi estamos en octubre con este calor!

 

—Uh, pues esto no es na, digo nada —rectifica airosa—. Doña Carmen, no sabe lo que hemos tenido este agosto, estaba la calle vacante, mi madre en casa con las cortinas echás no sacaba los pies del balde…

 

—Tres días más de calor y pronto llegará el otoño, y a empezar de nuevo en el Club. Tres años ya de actividades y de trabajo.

—Las socias se multiplican y las cuotas también, aunque también hay bajas…

—Amalia, eres una excelente tesorera —apunta Carmen.

 

—Sí, pero, aun así, siempre faltan ingresos…

 

—Ya inventaremos algo, buscaremos soluciones… Tenemos un Club, tenemos socias…, estamos organizando exposiciones notables, ¿recuerdas la de Ángeles Santos y su cuadro El mundo? Fue muy visitada y tuvo muchos ingresos, y ¿qué me dices de la conferencia-concierto que se organizó antes del verano?, fue todo un éxito, la idea de jóvenes músicos es estupenda.

—Sí, gracias a Ela, la señora de Arbós. Por cierto, la sonata de El Escorial, de ese tal Rodolfo Halffter, un poco rara, ¿no? Dicen que está llena de turbulencias, un nuevo estilo. Ahora tenemos la confirmación del poeta Federico García Lorca.

—Podemos enviar invitaciones a las embajadas… y ya se nos ocurrirá algo mientras tomamos nuestra limonada en el aguaducho del parque, vamos…

—¡Eso es!, abriremos el salón de té de nuestro Club al círculo de mujeres de las embajadas. Buscaremos nuevas socias entre las extranjeras… Nuestra buena relación con el Instituto Internacional nos facilitará la tarea.

—¡Qué magnífica idea! ¿Has oído, Caridad? ¿Caridad? Caridad está como en Babia toda la tarde, ¿qué le ocurre? —pregunta Carmen.

 

—¡Ay, señorita! —responde con un suspiro hondo. —Caridad —repite asustada Carmen—, ¿le pasa algo?

—¡Ay, señorita! —repite otra vez exhalando un lamento profundo. —Por Dios, criatura, no nos asustes… Tranquilízate, si se te puede

 

ayudar en algo…, acompáñanos y cuéntanos.



 

 

 

 

 

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—Es por mi hermana, la Espe, Esperanza —corrige—, dice mi madre que anda muy «suelta». Se ha echao un novio de ideas muy avanzadas y —continúa bajando la voz— de esas medio prohibidas… ¡El tunante aprovecha el discurso político para convencerla de «otras cosas» y ella, entre el horario de la fábrica y el novio, no para en casa!… Me dice que no diga nada a madre y llega de madrugá, lo justo para asearse un poco antes de empezar el turno, y con unos calores y unos colores…

 

—Pues tendrá que vigilar esos «calores»… —aconseja balbuceante Amalia—. No te preocupes, ella es mayor, sabrá «cuidarse»…

 

La conversación entra en un terreno resbaladizo y las dos señoras vigilan atentas que los curiosos oídos juveniles no capten los murmullos.

—No estoy tan segura, señorita Carmen, yo misma desconozco… «esas cosas» —dice en un susurro— y ahora que me ronda el tinta…

—¿El tinta?

 

—El reportero, señorita, le llamo así por los manchurrones que lleva en las camisas.

—¡No pierde el tiempo el muchacho!, entre artículo y artículo, una de Tenorio —contesta enérgica Amalia—. Pues dile que se ande con ojo, que tiene detrás de él muchos ojos vigilantes, ¡que somos modernas, pero hay cosas por las que no pasamos! Esta niña tiene razón, Carmen, además de las conferencias de tu sección de Artes Plásticas, hay que promover otras más directas…

—Se lo propondremos a nuestra socia Rosario Lacy, para eso es médico, presumiremos de la primera mujer médico con algo como… «Conocimiento del cuerpo femenino»…

—«E higiene», un buen titulo para hablar de «esas cosas», y pediremos la participación de Isabel Oyarzábal, ella tradujo los Estudios de psicología sexual de Havelock Ellis, nos orientará… Por cierto, Caridad, ¿sabes si ha confirmado el señor Jacinto Benavente su asistencia para darnos la próxima conferencia?

—Pues de eso quería hablarlas también, ¡me tengo un disgusto! Si vieran lo que me contestó…

—¿Disgusto? —preguntan al unísono Carmen y Amalia.

 

—Me dijo que él no podría asistir porque él no podía hablar «a tontas y a locas», luego, apresuradamente, contestó: «En fin usted me entiende, precipitadamente». Y… como era una frase hecha… y parecía que se



 

 

 

 

 

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disculpaba…, yo me eché a reír. ¡Ni que fuéramos las rosquillas de San Isidro! Luego, en pensándolo en frío, se me vino una vergüenza…

 

—Estos sabios…

 

—¿Y Rosa Chacel?

 

—Se la invitó, pero no ha respondido —contesta Amalia.

 

—Seguro que viene, tenemos el recital de Luis Cernuda, se conocen. La charla ha devuelto el color y la tranquilidad a la cara de Caridad,

que salta y corretea detrás de Julio.

 

—Adiós, doña Carmen… Adiós, doña Amalia, aquí está mi peadero. Muchas gracias por sus palabras. Se lo diré a mi hermana, yo misma me conferenciaré, eso no me lo pierdo… Lo que voy a aprender… Adiós, Julito —se despide alegre moviendo la mano.

Se han quedado solas Carmen y Amalia mirándose y asintiendo con la cabeza, sonriendo ante la ignorancia atrevida de Caridad, pero quedándoles el poso del desafío. Educación, información y preparación, piensan ambas. Caminan despacio junto a parejas, abuelos y amas con niños, como marea humana hacia el frescor verde que se alza al fondo. Son solo dos mujeres más que se cuentan confidencias y se ponen al día después de su paréntesis estival.

 

—Parece que el teatro une pasiones, ¿no, Carmen?

 

—¿Lo dices por el anuncio de la boda de Dolores Rivas y Manuel Azaña?, ha sido toda una sorpresa…

—¡Se llevan más de veinte años… y se van a casar en Los Jerónimos! —El amor… —susurra Carmen en voz baja—, el amor…

—¿Y qué tal van tus trabajos de esmaltes y orfebrería? —pregunta Amalia interrumpiendo la ensoñación.

—No tan bien como quisiera, pero estoy animada. Ricardo me deja utilizar su taller, me orienta, pero creo que ser mujer me limita, no sé, tengo la sensación de que mi familia no lo valora; mi madre es tan tradicional, mis hermanos…

—Pero tú ya has participado en exposiciones, además ahora desde tu sección y el contacto con el profesor Luis de Hoyos Sainz, me dijiste que te ofreció colaborar en sus trabajos, ¡debes continuar!

—¿Tú crees?, es tan difícil, la casa, el niño, mi madre, Rafael… Parece que no tengo espacio para mí misma… solo allí en el Club. A menudo dejo al conferenciante en la tarima y salgo corriendo a casa… sin poderle oír… A Rafael no le gusta que llegue tarde.



 

 

 

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—¿Y por qué no expones en el Club? Podrías exponer y vender, una pequeña comisión iría a la Tesorería, como pago de alquiler de la sala. Todas saldríamos ganando.

 

—¡Te salió la vena de tesorera!

 

—Ya lo ofrecimos a las hijas de Sorolla y los ingresos fueron un éxito. Las grandes verjas de hierro del parque, guardianas de la naturaleza que encierran, acogen a las dos mujeres y al muchacho, que se dispara correteando por los caminos polvorientos. Mientras, Amalia cuenta los

 

mentideros de la Villa a una Carmen recién llegada.

 

—¡Lo que te perdiste, Carmen!, fue una excursión memorable. Tenemos que repetirla ahora en otoño. Helen se empeñó en que sus alumnas del Instituto Internacional conocieran el «camino Smith», ¡toda la sierra madrileña llena de norteamericanas!, también nos acompañó Mabel Rick, preparamos cestos con la merienda. Caridad vino también.

 

—¡Qué ayuda, qué chica!

 

—Que se ha empeñado en aprender inglés y así estuvieron todo el día, practicando, hasta que, abatida con tanta palabreja, nos dijo que «hasta el saber rebuznar tiene su poquito que estudiar». De ahí a pensar en clases en el Lyceum fue todo uno; Helen Phipps, como es profesora del Instituto Internacional, podrá organizarlo fácilmente. Se decidió en un instante.

—Además, con el libre acceso de entrada que María de Maeztu ha dispuesto con la Residencia de Señoritas, seguro que hay muchas alumnas interesadas.

—Sí, y fue en los salones del Instituto donde se celebró la Asamblea Fundacional del Lyceum, son muy progresistas… y nos ayudarán, ¡seguro! Cada vez que nos vemos preguntan: ¿para cuándo el voto de la mujer en España?

—Claro, como ellas ya lo tienen desde 1920 no les entra en la cabeza…

—Por cierto, que con esa pregunta se armó un poco de trifulca… —¿Qué dices? Cuenta, cuenta.

—Bueno, nada serio, Carmen, ya conoces la postura tan radical de Clara, y Victoria también. En fin, nada nuevo, pero se pasaron toda la excursión de debate… Decía Clara que la política es responsabilidad de los dos géneros y que la mujer tenía también que votar, y Victoria le replicaba que la mujer española todavía no está preparada. «Tú sí, Clara —



 

 

 

 

 

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le decía—, pero no el resto de las mujeres, que votaría lo que le mandara su marido, o el confesor, que sería peor todavía…».

 

—No sé, Amalia, no sé qué pensar… —duda Carmen abatida recordando las tardes de tertulia—; me entusiasman los retos, tú lo sabes, mi familia ha sido siempre muy abierta, incluso Pío, a su estilo, ya le conoces, pero estamos en unos momentos de crisis política, en casa se comenta mucho esto, se habla de cambios, de inestabilidad, me da miedo que el debate político entre en nuestro Club.

—Sí, hay ideas muy diferenciadas; mujeres muy monárquicas y afines a Primo; por otro lado, señoras sin posturas concretas, otras solamente quieren ligeros cambios sociales femeninos y, finalmente, las hay claramente republicanas y abiertamente liberales, socialistas…

 

—Se han dado de baja muchas socias, pues se producen comentarios, y la política lo envenena todo, nosotras queremos cambios de identidad, pero puede suceder cualquier cosa…

Una suave brisa agradable se levanta, pero lo que siente como un alivio se transforma en una polvareda seca y molesta que arrastrando hojas muertas parece vaticinar el incierto futuro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 11

 

«TOMAR LA CUENTA A LA COCINERA, ESCRIBIR DOS O TRES CARTAS Y SALIR A LAS SEIS A TOMAR EL TÉ CON

 

MIS AMIGAS DEL LYCEUM»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Dame uno…

 

—No…

 

—¿Poqué?

 

—Valen mucho…

 

—¿Que zon?

 

—Recortes…

 

Zon papeles viejos…, loz voy a tirar…

 

—¡Noooo…! ¡Ramoncín, fuera de aquí!, niño malo… Mira lo que has hecho.

Los periódicos, segundos antes cuidadosamente ordenados, están ahora esparcidos por toda la habitación, así como el primoroso tapete de ganchillo que cubría la mesa camilla. Caridad tampoco ha tenido tiempo para levantar el engrudo casero de harina y agua que hace las veces de pegamento y el plato de peltre ha caído sonoramente descascarillándose por el borde. Toda la habitación, «la salita», como orgullosamente llama ella a la única estancia de su casa con luz natural, parece un ensayo frustrado de empapelamiento, ahora tan de moda.

 

—Maldito mocoso, si lo sabía yo, que por la caridad entran las moscas —reniega en voz alta—. Ven aquí que te voy a dar…

—¿Es que tú tambén tenez mozcas, Cadidad? —pregunta el sentenciado con voz inocente.



 

 

 

 

 

 

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A Caridad, la lengua de trapo de Ramoncín con sus cuatro años le desarma la batalla y, limpiándose las manos en el delantal, se acerca a él con el enfado atragantado por la sonrisa.

 

—Ven, ayúdame a recoger, barbián. Mira —dice enseñándole recortes de revistas y periódicos—, aquí es donde trabajo con esas señoras tan buenas que te dan la leche todos los días.

Pedo me aruñan laz orejas…

 

—¡Te las lavan con agua y jabón!, que tampoco te viene mal, ¡demonio de crío! —dice mientras pasa las fotos del Blanco y Negro, las recorta y las pega sobre unas hojas blancas que le ha regalado el impresor Altolaguirre—. Mira qué flores tan bonitas, aquí al lado de este perchero de caoba, allí se dejan los abrigos. Es la entrada. Mira, esta es la biblioteca, toda llena de libros.

—¿Con eztampas?

 

—Sí, muchas. Esta la pegaremos aquí, al principio. Ahora esta. —No tiene santos…

—No, es una entrevista que hicieron a un poeta… García Lorca. —¿Quez un peta?

—Pues… un señor que habla como si cantara, pero sin música. Dice cosas bonitas y todo el mundo se calla.

Eztas me guztan. —Señala con dedo—. Me dan cadamelos.

 

—Sí, ya veo. La señorita Victoria y la señorita María, las tienes alelás, pillastre. Mira, ahora vamos a pegar este recorte del Blanco y Negro, lo escribe otra señorita que se llama Encarnación, pero pone «Luisa», es como un cuento, se llama «Celia dice a su madre»: Celia es una niña que cuenta todo lo que pasa en su casa.

—¿Como yo?

 

—Bueno —dice mirando el jerseicito raído, las botas boquiabiertas sin calcetines y el pantaloncito crecedero atado con una cuerda—. Más o menos. Si estás formalito, te lo leo.

—Lo prometo por el niño Zezusito —contesta Ramoncín besándose el pulgar.

—«Ea —lee Caridad con voz maternal y autoritaria—, vete a tu cuarto a estudiar que tengo mucho que hacer —le dice su mamá».

—¿Eza niña tiene un cuarto p’ella sola?

 

—Síiii… ¡Calla, Ramoncín!, no me interrumpas. «¿Qué tienes que hacer?» —pregunta Celia, una Caridad imitando una voz infantil—.



 

 

 

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«Muchas cosas —responde cambiando de tono—, tomar la cuenta a la cocinera».

 

—¿Qué ez tomar la cuenta?

 

—¡Qué niño! Pues lo que hace tu madre cuando te da el chavo para la tienda… Pillín…, que todos los días pierdes algo…

—Es la Juana, loz mete en loz bujeros del pantalón…, ziigue, ziigue… —«Tomar la cuenta a la cocinera —continúa Caridad—, escribir dos o

tres cartas y salir a las seis a tomar el té con mis amigas del Lyceum». —¿Qué ez té?

—Pues agua caliente, pero en fino.

 

—¿Le duelen laz tripaz?

 

—No, Ramoncín, se toma para pasar la tarde, con bizcocho, ese que te traigo a veces…

—A mí me guztan las zopas de leche.

 

—Cuando seas mayor, tomarás té.

 

—Nooooo —replica arrugando la naricilla.

 

—Vale, vale, ¡dichoso crío! —responde—. Maldita hora en que quedé en cuidarte…

Caridad no puede continuar, pues desde el patio se oyen los gritos de Ramona.

—¡Hala!, andando a casa, que ya te está llamando.

 

Poz no me voy…

 

Ramona, impaciente y temperamental, ya asoma la cabeza por la ventana. Es lo que tiene la corrala, su nula intimidad. Allí las noticias vuelan. El edificio, con el pasillo común, al aire, donde convergen todas las puertas y alguna ventana que otra, es paso obligado para visitar el acusado, como dicen los finos, aquellos que se quejan a la propiedad de que acusa muchos olores. Y no es para menos, dado el elevado número de visitantes que acoge, pues no solo recibe a sus inquilinos, sino a otros muchos foráneos a los que todavía no les ha llegado la modernidad del excusado.

—¡Ya va el niño! ¡Ya va…! —contesta Caridad guardándole la cara al zascandil que sale corriendo no tanto por la obediencia debida, sino por evitar el pescozón maternal.

—Ay, Caridad, ¡Dios mío, cuánto te debo…! La vía se me va con este… —dice Ramona entrando y sentándose en la silla de enea—.



 

 

 

 

 

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Todavía los otros, tira que ahí van, carreando, pero este… pos que lo hemos encajado con tus señoritas esas de los niños, que de no ser así…

 

—De las Casas del Niño —puntualiza—, señá Ramona…, por cierto, siempre me pregunta doña Clarita por usted…, que no ha vuelto por su despacho…

Pa qué, si ya me dijo que de separarme nones… que no hay ley, pues, que si a mí la ley no me pide opinión… pos ya verán… Esperemos a ver si ahora con la Berenjena esta…

—Berenguer… —corrige—. Señá Ramona, ha caído el dictador, el Primo ese, y el rey ha puesto a Dámaso Berenguer, dicen que es más abierto, con ganas de cambios, aunque dice doña Clarita que ya lo llaman «la dictablanda», y ella siempre está muy enterada, pero todo se andará, me dice que no desespere…

—No, no, si ya no tengo prisa, que está bien arreglao el tema…, por ahora… —dice remangándose las mangas.

—¿Qué?, cuénteme…

 

—¡Ay, que tú eres muy cría!, Caridad —le contesta guiñándole un ojo

 

—. Y estas cosas son de mujeres con pálpito. Más adelante…

 

Señá Ramona, que ya voy casi pa los veinte…

 

—Pues mira —dice doña Ramona estirándose el delantal, acercando la

 

silla y bajando la voz—, cuando una mujer ya no pue más… se arrejunta en pacto hasta con el diablo…

Caridad abre los ojos como platos, no puede por menos que pensar en las terroríficas escenas que vio en el Monumental cinema el domingo pasado. Las danzas de los negros haciendo vudú, gallinas degolladas y gotas de sangre salpicando pañuelos inmaculados en una atmósfera asfixiante en la que la virginal heroína se desmaya. Sacude la cabeza y desecha la idea, pues no se imagina a su señá Ramona en esas fantasías.

—¿Y…? —pregunta medrosa.

 

—¡Pue ya está, hala!, otro día te cuento el final, que por ahí oigo llegar a tu madre. Hala, hala. —Termina, levantando hasta con garbo sus numerosos kilos de determinaciones—. A dormir tranquila… Díselo a la señorita Clarita… El pacto…

Por la ventana se ve a una mujer que se diría anciana si no fuera porque todo el patio le felicitó los cincuenta el mes pasado. Arrastra los pies hinchados y soporta con fatiga su espalda encorvada.



 

 

 

 

 

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Es doña Justa, bajita y redonda. Está en esa edad femenina, los cincuenta, en que todas las curvas tienden a ser una misma, «uniformidad» lo llaman los doctores delicados: «Está usted en la etapa de la uniformidad». O sea, perdió la cintura, perdió el pecho erguido y perdió el cuello esbelto. La menuda figura de contornos determinados y delicados que fue en su día doña Justa se ha convertido ahora en una sola curva que, naciendo en la base de la barbilla, «papada» como vulgarmente dicen, continúa creciendo por el tórax, se amplía en las caderas y finalmente decrece a la altura de la pantorrilla, terminando en unos tobillos milagrosamente enérgicos para soportar semejante cambio de la anatomía humana. Su cara también redonda, de ojos pardos y sonrisa bondadosa, ha sufrido también su cambio. Se le han caído los pómulos creando profundas hendiduras en las comisuras de la boca, formando una máscara más de marioneta que humana. La frente está ahora surcada de arrugas y tiene grandes los lóbulos de las orejas, tal vez por el peso de los únicos pendientes que ha llevado en su vida, regalo de su querido Cesáreo, o tal vez por estar en esa edad en la que algunas cosas crecen inexplicablemente.

Trabaja, como muchas otras costureras, para doña Isabel. Allí, hace años, conoció a la madre de doña Clarita Campoamor, ya muy mayor, también costurera. Fue ella la que le dijo que en la casa de vecinos de su hija se necesitaba una chiquilla para hacer la escalera y entró Caridad, aunque apenas duró una semana. La señorita Clara, fina observadora como buena abogada, enseguida vio que la chica merecía una oportunidad. De ahí a ayudante del Club fue todo uno. No lo ha desaprovechado en estos cuatro años.

Doña Justa camina despacio transportando con esfuerzo un gran bulto que, atado con hilo de bramante, le lacera la mano. Afortunadamente, Ramona le suaviza sus últimos metros cogiéndola el paquete y depositándolo en la mesa camilla.

—Ay, señá Ramona, gracias, creía que no llegaba. Llevo andando desde más pa’allá de Cuatro Caminos con ese fardo. Si ya le he dicho a la señora, déjelo, déjelo que otro día me llevo los paños. Y ella, que no, que no, que me ahorraba el viaje, que así ya tenía todo el material, que terminaba con los manteles y empezaba con el ajuar…, que la boda de la niña es cosa hecha y que quería ropa de cama con bodoques y to… ¡Estoy reventá! Pa dos cochinos reales. Y, encima, regateándome el precio. ¡Que



 

 

 

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cómo le voy a subir!, ¡pues eso!, pues como sube la vida… y como sube el niño, que le cosí el faldón de cristianar y ya está en milicias… Si ya casi ni veo… y ¡cómo está la peseta!, que ya no da pa na —termina con voz apagada restregándose los ojos.

 

—Venga, madre, suba los pies en alto, que le voy a dar unas friegas — se presta Caridad arrodillándose a su lado—. Adiós, señá Ramona, ya hablaremos de lo suyo.

—¿Qué hay tanto misterio?

 

—Nada, madre, sus riñas… Ya sabe…, las señoritas que me preguntan por ella.

—Las señoritas…, las señoritas… ¡Ay, Caridad!, que te tengo dicho que «trapo que llega a toalla no encuentra alcayata donde colgalla…».

 

—Pero, madre…, ¿otra vez?

 

Doña Justa, religiosa, católica practicante, de misa los domingos con pañuelo a la cabeza, es lo que se dice beata, pero mantiene con el Altísimo su particular camaradería. Por eso prometió nombrar a sus hijas como las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Doña Justa, que hace honor a su nombre, cree a ciencia cierta todo lo que se le pasa por la cabeza. Sin analizar racionalmente uno u otro motivo. Es inútil discutir con ella. Dice que las cosas son como son y que no van a cambiar. Sus hijas, que la conocen, evitan los temas comprometidos y así tan ricamente lo pasan las tres, sin que nada las moleste. Su barrio, su trabajo y sus pagas de modista, escasas pero dignas. Cose regularmente para una señora de mucho don y poco din, que a su vez coloca la mercancía en comercios de nota, en los de buena calle, Fuencarral y Gran Vía. Más de una vez ha visto sus manteles en la calle de Preciados y a buenos duros la pieza. Las cuentas no le salen, pero doña Isabel, que así se llama la intermediaria, le enreda contándole algo de albaranes; el contao, a cuenta, el fiao y el descontao, y ella termina dándole la razón. «¡Vete tú a saber qué es eso de los albaranes!», dice doña Justa. Doña Justa es de natural confiada. Una buena persona, y así ha educado a sus hijas: «Las cosas son como son». Ahora, ya en la madurez de su vida y sola, no entiende muy bien esa moda de que las chicas quieran trabajar, ¡con lo bien que estaría ella en casa con su hombre trayéndole el jornal!

 

¡Ay!, cómo se acuerda de su Cesáreo, suspira, porque doña Justa está viuda. Su Cesáreo cayó del andamio y ahí terminó todo: la alegría que le daba una vez cada quince días, más no, pues sería lujuria y el confesor,



 

 

 

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don Marcelo, tendría ya algo que decir; las romerías y el mantón de flores en días señalados. No obstante, aquellos regocijos tuvieron sus frutos, dos hijas y el que se malogró. Desde entonces allí dentro algo no va muy bien, sufre de dolores, y el médico, ese docto señor que le dijo que entraba en la «uniformidad», le avisó de que ya había tenido suficientes gozos y que era tiempo de descanso. Como en el balompié. Descanso. Tal vez, por eso, a Cesáreo, muy animado siempre, le dio por el porrón, y aunque no era mucha la bota que llevaba al tajo, sería la suficiente para tomar el camino equivocado entre teja y teja.

 

Últimamente no entiende este Madrid con tanto cambio y menos entiende que su hija Caridad esté en plena «tormenta», como ella dice.

 

—Caridad, ¡que no te das cuenta!, que te marean tus señoritas, que ahora te viene to chico, que tú tienes buena sangre, pero te enredan y pierdes el paso, hija —dice acariciándole el pelo—. Y cómo vas vestida… ¡de figurín!, bien es cierto que de balde…, pero ¿dónde se ha visto que una chica de patio luzca fina?

—Madre, me lo regalan… —contesta en voz baja, estirándose el jumper.

—¡Que te meas fuera del tiesto…! Mira a tu hermana, la Esperanza, allá va, en su fábrica y con su jornal como Dios manda. Bien es verdad que con demasiados «moscardones», pero ¡recta como una vela…! No lo dudo. Las cosas son como son. ¿Pero tú?, Caridad, mucho Club moderno, pero no veo yo que las cosas te mejoren… Mucho cambio, mucha modernidad, pero mejor harías entrando en el taller de planchadora…, que doña Úrsula ya me lo ha pedido varias veces…, que le faltan manos para encañonar y eso sin hablar de su hijo, el Dioni, que reparte la ropa y ya se gana el jornal entero…, que te mira con buenos ojos… y…

—Madre, no siga, que es capaz de terminar la radionovela usted solita. —Pero, hija…, ¿tú me’as visto últimamente?, casi sin fuerzas, sin vista, arrastrándome por esas calles, los calambres, ya no soy la misma con la aguja y eso se nota, cada día me rebajan más los encargos, que si al ojal le sobra un hilo…, que el entredós está torcido…, que el pespunte demasiado largo… Si yo lo único que quiero es ver a mis hijas colocadas

con un buen marido, un buen hombre que les haga hijos… —Pero, madre…

—¡Si ya sé!, no te creas que no me he dado cuenta, pero ese escribiente no tiene dónde caerse muerto… Ya me contarás…, tres letras



 

 

 

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que sabe de balompié… Eso no tié futuro…

 

—También lleva ahora las carreras de liebres y galgos… —sale Caridad en su defensa—, el otro día se escapó un perro y gracias a su crónica…

—¡Perros sarnosos, lo que faltaba, que me llegues con pulgas…! Además, ese nunca te determinará, ¡que no tié con qué! Ese va de eterno conocimiento, pero más. ¡Que no, hija!, abre los ojos. Tu barrio, tu gente, aquí en la corrala, sin alfombras pero honraos. Tu jornal de planchadora, que buenas manos ties tú. Luego, las fiestas pa tus parroquianos, los que tan visto crecer… El Juan, el chico de la Paca o el pequeño del Tuerto, ese que carrea el carbón… Tampoco es mal partido, eso se necesita siempre, que Madrid es muy frío en invierno…

 

—Pero, madre…, en el Club me ayudan, me gano unas pesetas…, aprendo cosas… Además, ahora que se van a cambiar de piso…, nos trasladamos a la calle de San Marcos —anuncia jovial—… Con el tiempo… podía ser como Juanito Martínez, que iba para limpiabotas y ya tiene su sitio en la biblioteca del Ateneo…, me lo dijo don Manuel, el señor Azaña…

—¡Qué sabrá ese!

 

—¡Pero si es el presidente del Ateneo!

 

—¡Ese no pasa del chavo!, otro que ni tié ni ve el futuro… ¡Qué pérdida de tiempo! Tú ya llevas cuatro años largos… ¿Para qué?, ya me dirás… Y esa señorita, la que dices que te estima…

—Doña Carmen Baroja, acaba de tener un hijo, se llama Pío, como su hermano —ataja el comentario con voz alegre—. Lleva algún tiempo sin aparecer por el Club, pero, madre, yo le prometo que en cuanto aparezca le hablo de todo esto…

—¡Pues claro, hija, claro! Las cosas vienen rodadas, tú vete organizando el cambio poquito a poco, ya verás como to va a mejor —dice levantándose con fatiga—, venga limpiemos esas pencas y preparemos pa cená, que llegará tu hermana cansada.

«¡Ay, mis hijas!, Esperanza y Caridad —murmura adentrándose por el pasillo sombrío—, la fe la pongo yo que como está la cosa… más vale tenerla… Y, Tú, podías echar una manita», dice alzando los ojos y contemplando el cuadro de la Sagrada Cena que domina la estancia.



 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 12

 

«TODOS LOS DÍAS TENGO TRES BESOS…»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como todos los domingos, Caridad lava los platos sin prestar mucha

 

atención. Apenas una restregadita por aquí y otra por allá. Como todos los domingos, su madre y ella, misa de doce con don Marcelo, pañuelo y misal, y a continuación el almuerzo al que se une Esperanza, que, remolona, siempre tiene una excusa para levantarse tarde. Mira su reloj de pulsera, que como un tesoro reposa en la mesa tocinera de la cocina, y acelera los gestos mezclando, ahora a conciencia, la arena con el jabón para terminar de lucir la sartén negra y pesada de hierro colado. Vuelve la vista a la hora, un pequeño capricho que ha aceptado de una de las socias pues nunca dice que no, ya que, piensa, a todas ellas siempre les sobra tanto…, a veces incluso le da coraje esa falsa modestia que ve en algunas. No lo entiende. ¿Será que cuando una llega a rica quiere hacerse la pobre?, y se recoge el rizo que durante horas lleva sujeto con una horquilla. Luego le pondrá un poco de laca, pensando que le aguantará toda la tarde. Misión imposible. A media tarde, sentada con Martínez en la sesión doble del cinematógrafo, comenzarán los tientos. Todos los domingos igual. Primero fue en el Monumental, pero allí a 1,25 pesetas la butaca, poco duraron; luego fue el Latina, cine sonoro y «general» a 0,30 céntimos, y ahora en el cinema Chamberí, donde anuncian «féminas; señoras mitad de precio». Martínez, previamente, con un guiño oculto ha pedido la última fila, donde se mezclan la complicidad de otras parejas y el silencio del acomodador bien comprado con abundantes propinas. El primer film, a duras penas, todavía lo ven, una hora apenas interrumpida por un tímido entrechocar de manos, de susurros y de impedimentos que Caridad inventa:

 

—¡Que no! ¡Que he dicho que no! Que luego piensas que soy una fresca…

—¡Caridad, mi vida! Si esto es amor…, solo un beso en la mejilla.



 

 

 

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—¡El botón no!, que así empezáis tos, luego cogéis confianza y te comes el postre por adelantao.

 

—Pero, reina, si yo solo quiero tus ojos, todo lo demás me sobra, ¡te lo juro! Bésame con los ojos abiertos —le pide Martínez—. Déjame que te sienta, lucero mío.

Avanzando poco a poco entre susurro y susurro, Martínez llega al segundo film, donde, persuasivo y perseverante, ha aflojado todas las fuerzas del «no». Es, en ese momento, cuando el rizo tan primorosamente colocado durante toda la mañana cae bajo el frenesí de su dueña, que, sin ocultar una pasión que le sube por el estómago, se entrega a una boca ansiosa y a unas manos gozosas.

«Todos los días tengo tres besos», canta Caridad la copla de moda, doblando la bayeta, «el que sueño, el que recuerdo y el que saboreo… Todos los días…».

Esta tarde, sin embargo, algo está pasando. Martínez, siempre tan zalamero y tan efusivo, solo está atento a la película. Sostiene delicadamente entre sus manos los dedos de Caridad y juguetea nerviosamente con ellos. Caridad, que le mira de reojo, calla y espera paciente su envite amoroso. Tanto está esperando que lleva media película y no puede aguantar más. Retira la mano y llevándosela a los ojos, imitando a la actriz de turno, le susurra con gimoteos:

—¡Si ya me lo dijo mi madre!, que te cansarías de mí.

 

Martínez da un vuelco en su butaca y asombrado le intenta tranquilizar:

—¡Pero, vida…!

 

—Esto me pasa por acceder, ¡ahora soy una golfa…!

 

—¡Pero, Caridad…, deja que te explique…!

 

El llanto de ella y las disculpas y aclaraciones de él generan un volumen al que no está acostumbrada esa última fila, que, despertando de su arrullo, termina con la llamada del acomodador poniendo punto final, con cajas destempladas, e invitándoles a disfrutar del otoño madrileño.

—¡Hala!, pareja, que aquí ya sabemos a lo que venimos, y la plática en el parque, abur.

La tarde es sombría pero todavía agradable y ambos bajan Alcalá entre despechos y reproches, defensas y excusas, ojeando con envidia los cafés a los que no pueden entrar, y continúan la calle como perdidos sin rumbo en ese día festivo. ¡Qué domingo tan desperdiciado!, piensa Caridad, ¡sin



 

 

 

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amor y sin película! A lo lejos, casi como tabla de salvación, contempla Martínez el Jardín Botánico y como una última esperanza, con la naturaleza como aliada, la invita a olvidar allí el ánimo borrascoso.

 

Tormenta que él ya presentía hacía días. Desazón y malestar matutino que él siente al enfrentarse con abulia y cada vez con mayor desinterés a sus diferentes jefes de redacción, donde entrega sus bien floridas crónicas deportivas que, al día siguiente, formarán parte de las «Páginas deportivas, informaciones, comentarios y caricaturas». Desgana al contemplar a ese Real Madrid, que ya no le importa; apatía en adornar la jugada maestra, el goal decisivo; pereza de participar en una tertulia varonil cuyos mayores méritos son la patada bien colocada, el sprint final y la vehemencia de los adjetivos calificativos.

 

Por el contrario, mira con envidia a sus compañeros de lápiz, los otros que entran en las Cortes persiguiendo el vaivén nacional, y presiente que se está perdiendo algo. Acaso algo está moviéndose en este país suyo, tal vez en él mismo, y no se está dando cuenta. Los cambios han sido repentinos, la caída del general Primo de Rivera, el nuevo gobierno que Alfonso XIII encarga a Berenguer, los grupos liberales uniéndose y formando pactos de democracia republicana… Recuerda la última visita a su madre: «Hijo, si tú de eso no entiendes», y su contestación: «No entiendo, madre, pero ahora lo lamento y quiero hacer por entender».

Con ternura lleva a Caridad hasta el hermoso tejo que luce en el jardín centenario y se sientan en el banco de piedra contemplando sus hojas verdes y perennes.

—Quiero hacer por entender —le explica.

 

Razona con ella, con quietud, el cambio de las estaciones, el madurar del arilo, ahora escarlata, sintiéndose así él mismo, maduro. Caridad, que, inocente, pensaba en una gripe pasajera, se encuentra de repente con un Martínez que no conoce. «¡Fuera remedios de cataplasmas!», piensa. Tiene ante sí a un Eusebio Martínez que no lanza chascarrillos, aunque toda su estampa sea una caricatura, con sus trajes arrugados y su figura magra. Contempla Caridad a un nuevo Eusebio de ojos pensativos, manos tranquilas y voz serena.

—¡No es justo! —reclama ella—. ¿Dónde está mi cine, mi verbena, mi chocolate, mi baile en La Bombilla? Tengo solo veinte años, quiero bailar, soñar, ¡a mí la política no me importa, yo no quiero cambiar! Madre tiene razón, ¡todo se contagia! —grita—. ¡Qué equivocada estaba yo! Tanto



 

 

 

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Club, tanta independencia, ¡para qué, para esto! Tú a lo tuyo, a querer ser otra cosa; pues ya lo sabes, nunca lo serás; eres un campesino con afán de tintero, pero nunca podrás quitarte el pelo de la dehesa —arremete con dureza.

 

En vano Martínez le explica que no es abandono, sino perseguir algo más.

—¿Para qué? —pregunta—. Así estamos bien, incluso tienes tus tiras de galgos, también escribes de boxing, sucesos, no necesitamos más; un barquillo, la limonada y la pradera en primavera… —susurra en voz baja con lágrimas en las pupilas.

Caridad queda ausente en su propio pensamiento, jugueteando con una rama mientras arranca sus minúsculas hojitas y las mordisquea nerviosa.

—¿Qué haces, insensata? Todo en este árbol es venenoso —le advierte Martínez alarmado—, solo este pequeño botón rojizo se salva de la ponzoña.

La abraza, cariñoso, zarandeando sus manos, besándoselas suavemente, apartándole el primoroso rizo de la frente, le enjuga las lágrimas y roza cada cuenca con unos labios que depositan el otro amor, el más intenso que Caridad nunca hubiera soñado.

La noche les rodea y la claridad de una luna curiosa alumbra el tejo, un singular ejemplar femenino, que orgulloso muestra su tronco fuerte, luce la elasticidad de sus ramas, la fragilidad de sus frutos y el enigma de sus jugos. Mientras, ellos se están besando.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 13

 

SACRAMENTOS: CONFESIÓN, BAUTISMO Y

 

 

MATRIMONIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No es que haya sido Caridad muy devota a lo largo de su vida, pero

 

tampoco ha faltado nunca a sus obligaciones litúrgicas. Hoy, sin embargo, ni domingo ni fiesta de guardar, Caridad aguarda paciente la espera del confesionario mientras contempla la sencillez decorativa del interior de la parroquia recién construida, en la calle de las Azucenas. Recuerda las fiestas de Julio de su patrona, Nuestra Señora de las Victorias, los arcos de flores y las peleas de los mozos por llevar las andas, casi reproduciendo la victoria española en la toma de Tetuán por el general O’Donnell. Metódica y cumplidora, está repasando su lista de pecados; pecadillos y «de los otros», las escapadas a la pensión de Eusebio que prefiere ni pensar, pues «esos» le dan gustito y allí en la iglesia no sería correcto. Desde hace meses, concretamente, desde «el renacer» de Martínez a Eusebio, como ella dice, todo ha cambiado. Así lo siente ella. Sus citas en el parque, ahora serenas y profundas, parecen un repaso de la crónica política semanal y Caridad es, atenta, una oyente incondicional. Recuerda el domingo pasado: con las manos entrecruzadas y la mirada al horizonte, Eusebio habla y habla sin parar como si sacudiera el poso de la biblioteca, esa que años atrás había devorado. Cada día, dice, en cada mitin que va de uno y otro partido, en cada encuentro, cada línea que escribe remueve ese estanque que había permanecido quieto durante años. Mira a Caridad y le pregunta: «¿Entiendes?». Caridad le observa silenciosa, ella sabe que su batalla la gana en otros campos, la habitación de la pensión algún domingo que otro que doña Casilda sale a tomar el fresco. Allí, con el silencio como cómplice, descubre a otro Eusebio, el apasionado pero tímido, el hombre. El que roza con delicadeza su pecho y dibuja con sus dedos suavemente en



 

 

 

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sus muslos entreabiertos. Se sacude la cabeza volviendo al presente, la iglesia y el confesionario. «Estos pecados no los digo —resuelve—. ¡Que pa qué, si no estoy arrepentida! Más bien voy a lo que voy, y veremos».

 

Don Marcelo, el párroco de la iglesia, el que le dio el bautismo, la primera comunión y algún pescozón, ha acogido a todos los nuevos feligreses del popular barrio de Tetuán de las Victorias, devotos de la Virgen de esa arteria de Madrid, los del oeste, los de patio, griterío y zagales sin zapatos.

—Ave María Purísima.

 

—Sin pecado concebida.

 

—Dime, hija, ¿desde cuándo no te confiesas?

 

—Padre, es que yo no vengo a eso.

 

—¿Ah, no? —pregunta despertando de su letargo don Marcelo. —Bueno, sí, también, pero primero vengo a contarle lo de las otras… —¡Lo que me faltaba!, los comadreos de la plaza metidos en el

 

confesionario.

 

—Que digo, padre, que si me ayuda…

 

—¡Pero, hija!, ¡un miembro del Señor enredándose en chismes! —Es que si usted me echa una mano…

—¡Al cuello te la voy a echar!, a ver, déjame que te vea —responde don Marcelo abriendo su torreta inexpugnable—. ¡Tenías que ser tú! — exclama—. La pequeña de doña Justa. ¡Pero, chiquilla!, ¿es que no has terminado de crecer? ¿Que no te bastó revolucionarme la catequesis? ¡Hala, hala!, marchando, que no se lo diré a tu madre.

 

—¡Pero si eso es lo que quiero, que se lo diga! Padre, escúcheme, que a lo peor me muero y estoy en pecado mortal —suelta Caridad.

 

—Vamos, vamos…, que aquí nadie se muere…, andando…

 

—Mire, padre, yo le cuento dos misterios y usté luego decide. Uno, lo de la Espe, que mañana vendrá mi madre y se lo va a confesar. Y digo yo, ¿para qué darle un disgusto? Pues usté dice que a lo hecho pecho y que todo se andará porque el muchacho seguro que se casa…

 

—O sea, que ahora una mocosa me dice cómo guiar al rebaño. —Es que a madre se le va a caer el mundo. ¡Su hija, preñá! —¡Virgen santa!

—De virgen nada, y ¡pues eso!, que pa qué el síncope. Que si lo podemos evitar, usté lo suaviza y yo en casa lo remato, promesa de boda y…



 

 

 

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—Pero… ¿seguro que hay novio… y nupcias? —duda incrédulo don Marcelo.

 

—Que sí, padre, que un poco raro, pero haylo.

 

—Pues ya podéis empezar con el vestido, tenéis un mes que os pongo el sacramento de matrimonio para Todos los Santos, el 1 de noviembre de 1930.

—¡Hombre, padre!, ¿el día de los Inocentes?

 

—¡No me rechistes!, a ver si vamos a juntar el chocolate de la boda con los churros del bautizo, hala, que por tu madre lo hago, ¡una santa!, para evitarle el sofoco…, y vete ya que llega doña Ramona.

 

—Pues de esa quería hablarle…

 

—¡San Tadeo!, ¿que también te confiesas tú por ella? ¡Descarada! —Que pa mí que va a cometer un irremediable. —Pero ¿se puede saber qué dices?

—Pues que… o usté lo impide o termina ajusticiada…

 

—A ver, a ver, cuenta —se resigna una vez más acercando el oído. Don Marcelo no quiere dar pie a más habladurías, pero doña Ramona

le tiene muy preocupado. Todo el barrio sabe y el que no, lo imagina, y todos chismorrean. Desde que llegó la pareja de la benemérita y se la llevaron al cuartelillo hace años, ella pregonó a cuatro vientos «la cuenta atrás». ¡A saber qué es eso!, dicen. La corrala sabe que su marido, «el Chispa», no solo no cambia, sino que encima presume, y últimamente se le ha visto muy endomingado y achulapado a diario en el colmado de la viuda Juana. Y no es precisamente cardo seco esta doña Juana, más bien clavel y muy reventón.

—Empieza, mala pécora.

 

—Pues, a ver, ¿cómo le digo que va a envenenar a su marido? ¡Hala, ya está! Bien fácil, dicho.

—¡Qué imaginación!, criatura. Y tú, ¿cómo lo sabes? —responde sin interés, volviendo a su rosario.

—Hace meses me dijo que tenía un pacto con el diablo… —¡Corpus Cristo! —Se yergue electrificado.

—Y verá, páter —arranca toda novelera—, un domingo estábamos en el parque mi Martínez y yo, amartelaos en paces… después de una riña porque en el cine no me hacía caso…

—¡Lo sabía!, el Maligno atacando en la oscuridad, confiésalo todo y tres padrenuestros.



 

 

 

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Pos si ya estoy aquí y además por eso reñimos, porque no paso na… —¡Bendito San Pascual!

 

—Sí, bailón…, don Marcelo, que yo si quiere me confieso, pero que na, de na.

—Pero ¿no estás viendo el ejemplo de tu hermana? —Nos salimos del asuntillo, don Marcelo… —Continúa —suspira resignado.

—Bueno, pues estaba yo mordisqueando unas hojas de tejo…, cuando mi novio me avisó de que son mortales, de necesidad; pues en eso que va y ahora me encuentro a doña Ramona todos los días con una rama en la mano, que la coge según sale de la escalera donde limpia, y yo creo que «el pacto» y caldito a caldito, que le ha dado un viento… y en una de esas a su marido lo traspasa de barrio.

—¡Y a menudo barrio!

 

—Bueno, pues eso, don Marcelo —dice levantándose—, y yo me voy que usted ya sabrá qué hacer…

—Arrepentimiento, contrición y penitencia, rezarás tres avemarías y… —repite mecánicamente.

—Sí, padre, se lo prometo. —Se levanta Caridad, dejándole con las últimas sentencias en el aire.

—Siete padrenuestros, dos rosarios… y… ¡Ave María Purísima! —se atropella don Marcelo viendo cómo la gran sombra de doña Ramona tapa el enrejado del confesionario.

—Sin pecado concebida, padre, vengo a confesarme… —le contesta Ramona.

—Eso ya lo veremos, doña Ramona, a ver en qué lío está metida…, que en este barrio no hay secretos. Ya puede empezar con el «pacto» y «el Chispa», digo, su Felipe…

—¡La Juana!, maldita esa raposa… ¡Que no sabe callar la boca! —¡Ave María Purísima!, ¿más prójimas en el enredo?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 14

 

«SE LO PUES DECIR A VICTORIA KENT, QUE LO QUE’S A MÍ NO HA NACIDO QUIEN…»

 

 

 

 

 

 

 

Corros, corrillos, de tres, cuatro, cinco y seis personas, se forman, se

 

hacen, se deshacen, se cambian, se cruzan; solo falta la música de «el corro de la patata» para hacer del nuevo salón del Lyceum un patio de escuela, vibrante y bullicioso. Las nuevas dependencias que se han inaugurado en la calle de San Marcos son más amplias, más cómodas, y con igual esmero lo ha decorado Pura Maortúa, con arte y estilo, tal como lo hizo en la calle Infantas. El Lyceum ha crecido tanto en socias, en actividades, que ha sido necesario el cambio. Con añoranza dejaron su vieja casona, su escalera quejumbrosa de madera gastada, el amplio portal ¡y hasta los fantasmas!, como dice la leyenda.

 

Casi con la importancia con que celebraron el baile de máscaras días atrás, al que no faltó un apellido que se preciara en Madrid, o como si de otra fiesta inaugural se tratara, se abre hoy, por todo lo alto, una nueva exposición. Corros de niños y niñas; hijos de las socias que no quieren perderse la novedad que durante semanas sus madres les han adelantado: ¡una exposición de juguetes!, de todo tipo, clase y material; juguetes donados, regalados, comprados o fabricados por las socias y puestos a la venta para conseguir fondos para las Casas del Niño. Un proyecto que crece de día en día, aumenta en niños, en necesidades, en ilusiones y en deudas, como dice, alarmada, la tesorera. Destaca al fondo un grupo especial, bullicioso alrededor de la pieza más admirada, una gran casa de muñecas, presidido por sus constructoras Lolita y Adela Rivas Cherif.

 

Lolita lo contempla con orgullo recordando las horas empleadas en su construcción. Tiempo utilizado matando los minutos de intranquilidad sabiendo que su marido, Manuel, pasa de ciudad en ciudad, su



 

 

 

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clandestinidad. Es ahora tiempo de silencio y lecturas; queda lejana la época de la creación de la revista literaria La Pluma y tiempo remoto de El Mirlo Blanco, que se deshizo suavemente, con caída de telón como dicta el teatro, ilusión que pasa ahora a la realidad del panorama político. Nuevas tragicomedias reales; pantomimas auténticas, cambios, inestabilidad económica, huelgas, conatos de rebeliones republicanas, guardias civiles alertas y ciudadanos despertando de su letargo. Demasiados argumentos para una sola obra, piensa a menudo Lolita. «Ha sobresalido demasiado, Lolita», «Es mejor que Azaña se oculte durante un tiempo», «No temas, no corre peligro, todo se arreglará»; son voces que recuerda mientras ella coloca maderitas, silloncitos y sillitas en miniatura, construyendo en ficción lo que ahora ella tanto añora, su hogar completo. Sí, no le han faltado abrazos y apoyo de la mayoría de las socias, en especial Ernestina, la asidua compañera del poeta Juan José Domenchina, ahora este una gran ayuda para Manuel, ojalá siempre, piensa. Su marido Manuel, ¿qué estará haciendo ahora? Y recuerda los últimos versos de Ernestina, su poesía vibrante, íntima: «… para ti quiero, amado, la posesión sin cuerpo… seré tuya en la piel hecha fuego del sol».

 

En el salón, los pasillos y la biblioteca, los sonidos reverberan con una mezcla de risas y correteos infantiles en contraste con la aguanieve de febrero que resbala silencioso tras los cristales. Es una tarde oscura, como la temperatura política del país en este 1931. Se mezclan las felicitaciones a Rosario Lacy, en quien recae toda la dirección de las Casas del Niño; guardería para madres trabajadoras, aseo de los infantes y un pan con leche a media mañana, acaso el único bocado del día para muchos de ellos. Un sueño hecho realidad, un modelo pequeño y escaso, pero que crece con ímpetu, «una satisfacción», como ella misma dice a su marido Tomás Elorrieta, y un patrón que se está imitando en muchos barrios de Madrid. Matilde Huici, a su lado, le apoya. Mutuamente se animan, hablan del Tribunal de Menores y comparte con Rosario su dedicación a «esos ciudadanos del mañana», como les llaman.

 

Martínez, más callado que de costumbre, con su eterna libreta y lápiz en mano, interrumpe las conversaciones. No lo toman a mal las socias, habituadas como están a verlo, el reportero de sus iniciativas: «La eminente abogada Matilde Huici imparte en el Lyceum sus cursillos sobre nociones legales»; «Original conferencia del poeta Rafael Alberti que impartió disfrazado»; «Un poco de música en el Lyceum»…



 

 

 

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—¿Novedades? —pregunta Martínez.

 

—Vamos andando —responden—. Terminamos el año con muchos cambios, ¿leyó usted la entrevista que le hicieron a María de Maeztu? Cójala y lea, tenemos muchos ejemplares, todo un orgullo.

Martínez recibe con las puntas dobladas y el papel arrugado la revista La Crónica, casi como un bebé acariciado de mano en mano. En titulares grandes lee: «¿Cuál es la mejor esperanza que tiene usted para el año próximo?». Y resaltada en rojo, su contestación: «No espero nada; deseo, eso sí, que las Cortes que han de reunirse, si se reúnen, en el año próximo, concedan el voto a la mujer; derecho conquistado y ganado en treinta años de labranza espiritual». Asombrado por las declaraciones que han dejado de ser un rumor sordo se acerca a otro corro, donde observa que prudentemente han bajado la voz, pues no todas las ideas políticas tienen todavía libertad de expresión. En su nuevo perfil de redactor apoyando los intereses de los grupos liberales, línea no siempre compartida con una Caridad soñadora, Martínez escucha y se empapa como esponja en todos los torrentes y crecidas políticas que están surgiendo. Mira con admiración a Victoria Kent, hoy en boca de toda la prensa nacional. ¡Una señorita en el Tribunal Supremo de Guerra y Marina!, formando parte en el Consejo de Guerra, defendiendo a Álvaro de Albornoz como firmante del manifiesto del Comité Revolucionario Republicano. Así fue como terminó 1930, con reos políticos; Niceto Alcalá Zamora, Francisco Largo Caballero, Miguel Maura y Fernando de los Ríos, ahora todos presos en la cárcel Modelo de Madrid. Hasta ahí llegó el intento de sedición republicana.

 

—¿Han oído sobre el «Manifiesto de los Intelectuales»?, es una agrupación que se pone al servicio de la República, lo han firmado entre otros José Ortega y Gasset, Machado, Gregorio Marañón…

—… Y el marido de nuestra socia Mabel Rick, Ramón Pérez de Ayala. Este gobierno ya no puede hacer nada, ni siquiera proclamando el Estado de Guerra.

—Victoria Kent, como abogada, lleva la causa de Álvaro de Albornoz, ¡la primera mujer en España que se ocupa de una defensa de esta categoría! El propio Azaña se libró por los pelos como Lerroux o Indalecio, ¡están declarados en rebeldía…!

—¿Y ustedes creen que quedarán absueltos?



 

 

 

 

 

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—No lo dude, amigo, no minusvalore el trabajo de Victoria, empieza a ser más conocida que la Chelito, o ¿acaso no oye usted el chotis que canta Celia Gámez? —le dicen con un tarareo—: «Se lo pues decir a Victoria Kent, que lo que’s a mí no ha nacido quien…». Además, ¿sabe cuál va a ser la argumentación que van a desarrollar todos los defensores?

 

—Cuente, cuente… —responde Martínez abriendo la libreta.

 

—Pues, ¡bien simple!, que el «poder es ilegítimo desde el día 13 de septiembre de 1923, por lo tanto, no es delito alzarse contra una autoridad que ha dejado de ser legítima». Pronto será la vista en las Salesas, ¡no se la pierda!

—Allí estaré, buscaré a la señorita Caridad para que me tenga al tanto…, señoras, señores, ha sido un placer, si me permiten…

Martínez ha divisado la figura menuda de Caridad rodeada de niños. Se acerca con disimulo, pero sin poder ocultar su deseo de verla. Coge de una estantería una locomotora de latón pintada de rojo brillante y emitiendo pitidos bien sonoros, por arte de magia, todos los niños se le acercan ansiosos como moscas a un panal. Comprobando que su presa ha sido liberada, les deja el juguete y, agarrando del brazo a Caridad, la empuja hacia el pasillo.

—¡Buenas artes de comediante tienes!

 

—¡Por fin doy contigo!

 

Pue, tanto gusto…

 

—Te noto muy cortés, demasiado…

 

—Lo cortés no quita lo valiente —responde con soniquete de marisabidilla—, pero na, a mí, na, ¿qué me va a pasar?, ¿o acaso se demanda más información profesional?

—Mujer, así dicho…, yo más bien pediría una sonrisa chulapona. —¿Y yo?, ¿no tengo más información? —No…

 

—Me dijiste que hablarías con él.

 

—No, es imposible, no se va a casar, nunca.

 

—Convéncele, retrasó la boda, pero tú puedes convencerle… —¡Nunca! Caridad, entiéndelo, me dijo que si no creía en el poder de

 

las Cortes, ¿cómo iba a creer en un papel de matrimonio?

 

—¿Un papel?

 

—Sí, eso es para él, un papel. Habla del poder del proletariado, sin clases, sin dinero, comunas…



 

 

 

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—¿Comunas?

 

—Huelgas, bombas, me dijo que pertenece a la Federación Anarquista Ibérica… Sus ojos daban miedo. Caridad, ya te dije que el Julián es mala clase…

—Entonces…, ¿nunca habrá boda? Mi madre no aguantará, las vecinas, la vergüenza…, ¡madre soltera! ¡Habla con él otra vez!

—Es inútil, no. No lo haré.

 

—¡Tienen que casarse!

 

—No, Caridad, no. Esperanza tendrá que criar a su hijo sola, será mejor.

—¿Te pones de su parte? ¡No me ayudas!

 

—Despierta, Caridad, esto no es un film de amor con final feliz —le dice acariciando su mano.

—No puedes pensar así, no, no, no… ¿No lo entiendes?, déjame… —¡Pero, Caridad!, abre los ojos, ¡anarquismo!, hemos pasado un

 

Estado de Guerra, han cerrado las universidades, hay huelgas, terroristas, el momento es muy delicado…

—Las mujeres también somos delicadas… Y esto es… es… un desplante, eso es lo que me has hecho, lo que usted me ha hecho — enfatiza—. He dicho. Y fíjese, ¡que le estoy hablando de usted! Hemos terminado —replica Caridad con pose de actriz de cuarta categoría.

 

Martínez, como buen reportero de deportes tiene cintura para todo, para ver las mataduras de los perros, las medias tintas de sus compañeros, los arbitrajes inesperados, incluso los tongos del boxing; pero reconoce que esta vez le han metido el seis a cero. Sabe Martínez que Caridad convive en armonía con sus heroínas y se pregunta de qué pantalla o folletín de moda habrá copiado la escena hoy. No le impide marcharse. Como siempre, esperará paciente la dulce reconciliación. Algún día terminará con sus remedos de artista y aparecerá su Caridad auténtica, piensa. Contempla clavado como se aleja su chiquilla enfadada con pataleta infantil, incluso teniendo como espectadoras a doña Carmen y a doña Amalia, que, risueñas, le miran desde la esquina. Ellas, cuidadosas, sin querer herir sentimientos, no le dirigen la palabra pero Martínez, que se sabe hijo adoptado por todas las damas, no puede por menos que enviarles un gesto de desesperación. Hombros levantados y suspiro profundo. Carmen, a menudo ausente del Club desde que tuvo a su segundo hijo, Pío, disfruta hoy de la exposición y se le acerca atenta para saludarle.



 

 

 

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—Martínez, pero ¿qué le ha dicho a la señorita Caridad? Qué furia… —Ay, señorita Baroja, ¡cómo está hoy mi gata madrileña, araña! Está

 

muy nerviosa por el problema de su hermana Esperanza.

 

—¿Qué le pasa? —pregunta Amalia.

 

—Está embarazada y su novio la convenció para no casarse, se anuló la boda el pasado noviembre —explica un Martínez confidente de oídos femeninos—, les ruego tomen esto como una información profesional, ahora dice que por qué no puede ser ella como esas «otras»…

—¿Esas «otras»? —pregunta una inocente Carmen.

 

—Ustedes ya saben —responde—, «esas», las alegres y llamativas, las que pasean con el «fruto» de la mano; las que no han tenido que dejar al niño en la inclusa porque consiguen buenos duros y cuentan con sus madres como su mejor ayuda, pues consienten…

—¡Dios santo!

 

—Y yo le digo a Esperanza que «esas» cuentan con un protector de «duros», no como ella, con un anarquista muerto de hambre que no trabaja…, ¡y el pato lo pago yo con Caridad de morros…!

—Y el novio, Martínez, ¿sabe usted algo…?

 

—… Un perdí, un agitador, y la van a despedir del taller… —suspira resignado.

—¡Esta es nuestra realidad!, la mujer no tiene amparo en lo más elemental. ¡Tener un hijo! ¡No se puede esperar más!, es necesario hablar de un seguro de maternidad, estas situaciones no se pueden tolerar… ¡Pobre niña! Por Dios, Martínez, busque usted a ese zángano y páselo por vicaría. Por lo menos que deje el apellido a la criatura. Con razón está Caridad tan rara. Lleva unos meses ausente… Alega que el trabajo aquí…, que su madre dice… En fin, en usted confiamos, Martínez.

Como siempre, el reportero queda desarmado ante las órdenes de las señoritas. Como si no tuviera ya bastantes jefes y mandaderos, le han salido además las veinte de la Junta Directiva. Se limpia sus pequeñas gafas redondas, suponiendo que tal vez con ese gesto parezca invisible para otro grupo de señoritas que se le acercan. Esperanza inútil, pues le rodean ofreciéndole sus últimas noticias para que aparezcan en los semanarios: «La señorita María de Maeztu será a partir de este año presidenta honoraria, su labor en la Residencia de Señoritas y sus viajes no le dejan más tiempo». Además, otra exposición, nuevos libros y tardes de



 

 

 

 

 

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carnaval con té, todo ello con rifa o con entrada de pago. El Club ha saldado con creces la importante deuda inicial con que echó a andar.

 

Se está manejando bien Martínez en la jungla de la capital, le escribe a menudo a su madre: «Estoy siempre rodeado de señoras, elegantes y finas». Su madre allá en el pueblo no sabe bien a qué atenerse, ¿señoras «bien» que van sin maridos? «¡Pobre hijo mío!», se lamenta, «¡un bendito!, eso es lo que es».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 15

 

«UN PAÍS QUE SE ACUESTA MONÁRQUICO Y SE

 

LEVANTA REPUBLICANO»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eusebio Martínez camina lentamente, sin saber hacia dónde. Adelanta

 

una pierna y luego otra, da un paso, luego otro. Camina. Totalmente fuera de su consciencia. Tiene tal cantidad de imágenes sin procesar en su retina que necesita tiempo para digerirlas poco a poco. Así lleva días. Desde el 12 de abril. Desde las elecciones. Desde la proclamación de la República. Desde el nacimiento de la niña y desde la muerte de su madre Esperanza y desde el silencio, ahora sí, definitivo con Caridad. En este tiempo ha visto ilusión, pero también sangre, ira y violencia en la amenaza acusadora de Ocaña. Hacía ya tiempo, meses en los que se había abierto la brecha entre ellos. Los sucesos nacionales, desmanes, manifiestos y murmullos posicionan a la ciudadanía y así ellos, antes compañeros de chismorreos, son ahora voces de opinión encontradas. Son los ojos y la mano que dará veracidad al comentario, artículo que, sesgado en una u otra tendencia, creará opinión. No, ya apenas se ven. Se leen y se temen. Son muchas las advertencias y consignas que Ocaña lanza al vacío. Alguien las recogerá.

 

Y ahora, son tantos los sucesos agolpándose en su mente que no tiene palabras. No es capaz. Qué contrasentido. Como espectador privilegiado de la Historia no puede describir todo lo que su vista ha captado. Le delatan sus emociones que, procesadas por su cerebro, se han convertido en sentimientos. Ahora sabe lo que es el ser humano, desde el más vil al más inocente. Pero no sabe cómo empezar. «Hechos, mi labor es únicamente la exposición de los hechos», se repite excusando su incapacidad. Pero cuánto esfuerzo le supone rellenar una página en blanco, ¡qué pavor! Hechos, hechos. Limítate a los hechos, piensa, hechos. ¿Por dónde empiezo?



 

 

 

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¿Por dónde empezar?, por la ilusión de las elecciones, piensa, y se sienta en la acera abriendo su cuaderno de tapas de hule, leyendo sus titulares y anotaciones sueltas.

 

DÍAS DE PRIMAVERA, CICLO DE RENOVACIÓN, RENACER EN ABRIL.

 

NO HAY SORPRESA EN LAS URNAS, SON RESULTADOS QUE SE VATICINABAN. EL REY RECIBE UN TELEGRAMA: «… EL ESCRUTINIO SEÑALA HASTA AHORA LA DERROTA DE LAS CANDIDATURAS MONÁRQUICAS EN LAS

PRINCIPALES CAPITALES…, EN MADRID, BARCELONA, VALENCIA, SEVILLA, SE HAN PERDIDO LAS ELECCIONES».

Es el resultado de un pueblo descontento con júbilo por renacer, dos días después el gobierno aceptó la República como resultado de las elecciones, «… un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano», dijo el presidente de gobierno del rey Alfonso XIII. Romanones convocó a los periodistas. El rey sale del país. Nace un país sin sangre. Alegría.

 

Nacer, ¿júbilo de nacer? No fue así con Esperanza. No hubo júbilo en su parto y sí hubo sangre, la de ella. Esperanza, loca, enloquecida, en la calle, gritando «¡Viva!». Detrás de un anarquista: Julián. Esperanza dominada por la falsa valentía de él, admiración al que se sabe fuerte tras la bomba, jugando, pero oculto, con la vida del prójimo. El revolucionario de frases huecas mil veces repetidas: «Abriremos los ojos al pueblo», «Caerá la oligarquía», «Nos devolverán todo a fuerza de pistola», consignas vagas y simples para quien le quiere seguir. Promesas de todo, menos de amor para ella. Esperanza, loca tras él. Ella que, engañándose en su amor y en su propia preñez, confunde sus cuentas. Pero el ciclo maternal crece inexorable y culmina en plena manifestación republicana como si el feto quisiera unirse al griterío de la Puerta del Sol. Hasta en ese último momento, Julián se retrató: «Vete tú sola a la maternidad. No es un día para sensiblerías. Hoy es Historia, no caben anécdotas personales…».



 

 

 

 

 

 

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Así fue, ella me lo contó todo, escribe. Esperanza aguantaba el dolor del cuerpo, pero no el dolor del alma, más agudo aún. Abandonada como un perro cayó en un portal, golpeada por la muchedumbre, bañada en su propia sangre, la de su hija que rasgaba por nacer.

 

Así la encontré yo, Caridad. Quiero que sepas la verdad. Anota. Ella sonriendo decía: «No se lo digas a madre. Cuida de mi hijo», acariciando mi mano y perdiendo el sentido. ¡Despierta, Esperanza!, la chica alegre de verbenas y toros, ¡despierta, Esperanza!, todavía estás a tiempo. «¡Aguanta, Esperanza!», le dije. Confusión y griterío alrededor, pero allí, en el portal, estábamos inmensamente solos ella y yo. Terminó en una sala fría de la Casa de Maternidad con la urgencia de un abdomen abierto para salvar a una criatura prematura que empezaba a agonizar como su madre. Todavía me miró una última vez, sus ojos imploraban tanto amor… que yo… yo… Un único testigo, yo, estampando mi firma y recogiendo de la monja un bulto sanguinolento, arrugado, pero con respiración. «¡Déjela aquí unos días!», me dijo sor Inés, siempre hay pechos generosos que alimentan a los más desgraciados. Será lo más conveniente. Buscar a la hermana. Darle la noticia. Noticias. Ir al periódico…

 

¿Qué noticia?, no, esta no. Tacha todo. Continúa leyendo su crónica.

 

SON LAS NUEVE DE LA NOCHE. LA NOTICIA: NICETO ALCALÁ ZAMORA PROCLAMA LA REPÚBLICA DESDE EL DESPACHO DEL MINISTRO DE LA GOBERNACIÓN.

 

Eusebio Martínez quiere soñar y rehace sus notas.

 

Caridad, la triste noticia es esta: «Tu hermana ha fallecido. Yo estuve con ella».

Luego escribe mentiras y más mentiras: «No sufrió. Preguntó por ti. Por tu madre. Que la perdonéis. Que así es el amor, que Julián estaba con ella, que se casó. Que estaba arrepentida, se confesaba y moría en gracia de Dios».

Disculpas: «No podía avisarte, Caridad, estaba con ella. No había teléfono, no. Nadie ayudaba. Todo Madrid estaba en una fiesta propia y ajena». «Tenía que ir a la redacción».

Se defiende del reproche de Caridad: «Te llamé tarde, sí». «No he sido egoísta, la casualidad hizo que me encontrara con ella. Ya sé que la



 

 

 

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buscabas. Ella también lo sabía. Me dijo que la perdones. Las monjitas cuidan a la niña. Se llama Esperanza también, como su madre. Pensé que te gustaría. Nació el día de la Esperanza».

 

Eusebio apoya el lápiz en la libreta y continúa:

 

ADIÓS, DIJO ALFONSO XIII. ADIÓS, DIJO POR LA NOCHE EL REY, SALIENDO HACIA CARTAGENA. ADIÓS, ESPAÑA, DIJO, TOMANDO EL BARCO. ADIÓS. TE DEJO, ESPAÑA, TÚ QUE QUIERES CAMBIAR.

 

Cambios repentinos. Gobierno provisional. Nuevas órdenes, despachos encendidos hasta el amanecer. Duermevela en los sillones. Control. Seguridad. Ejército. Cambios. Adiós.

 

Finales amargos, despiadados: «Sí, me iré». Esta vez Eusebio sabe que Caridad no perdona, que es definitivo. Ya no es un guion de un film de moda. Es desesperación, es recriminación. Adiós, Caridad. Adiós.

 

Se restriega los ojos cansados. Cambios en su vida. No en su rutina, no. De la calle, la noticia al periódico, pateando todo Madrid. Caer en la pensión agotado para dormir de un tirón. Sin pensar en ella. Sin pensar en ella. Sin pensar en ella…, repite una y otra vez pensando en ella. Se despierta soñando con ella. Con ella, a la que ha intentado ver, pero que no perdona. No perdona a la vida que se muestra cruel. Ella, de la que tuvo amor pasional que ahora se ha convertido en cálido amor maternal. Ella, con quien gozó como fuego que al recordar le abrasa.

 

FUEGO. HUMO NEGRO. NEGRO DE VENGANZA, FUEGO DE CONVENTO EN LA CALLE DE LA FLOR. LLAMAS DE IRA. ¿POR QUÉ? LA MUCHEDUMBRE MIRANDO, CONTEMPLANDO EL CADÁVER. LA

 

MUERTE COMO MUÑECO DE TRAPO DESMEMBRADO.

 

Recuerda la destrucción. El odio. La envidia y la represalia. Las pasiones más bajas. La marea humana que no tiene dueño. ¡A por el cura, a por la monja!, odio en las caras, en los ojos, en las anónimas manos asesinas que sí tienen dueño. Y también ve manos que no se quedarán inertes ante la agresión, que responderán con más violencia, que piden venganza; las



 

 

 

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manos de Ocaña, infantiles años atrás, las que anudaban con él el tirachinas y compartían la hogaza. Ahora son dedos crispados, de índice acusador, apuntador. «Te aviso», repetía. Se abren brechas inmensas. Roturas perennes.

 

Eusebio, se levanta y vomita en una esquina. Con su pañuelo blanco se limpia cuidadoso. Recoge sus gafas del suelo. Se las pone. Lo ha echado todo, hasta la última bilis. Ahora se sabe nuevo. Se sabe con ganas. También renacido, para un nuevo futuro de incógnita, un nuevo país que necesita tanto… Intuye que algo, él mismo, está en juego. Empezar de cero. Empezar con la II República, en España en 1931.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 16

 

«LOS SEXOS SON IGUALES, LO SON POR NATURALEZA, POR DERECHO Y POR INTELECTO»

 

 

 

 

 

 

 

Como todos los primeros de mes, Caridad espera paciente su encargo de

 

costura mientras dobla los retales sueltos y ordena los hilos cuidadosamente. Nada en la minúscula estancia parece que haya cambiado. La costura, como siempre, ocupa el lugar principal de la casa, aunque destaca, ahora, una reluciente máquina de coser, desplazando la mesa camilla, las tres sillas y el minúsculo aparador. Las fotos de su padre, madre y hermana con un crespón negro son la excepción en una pared blanca.

 

Caridad ya no se coloca el rizo con esmero. Domina su melena corta y lacia con un buen peine mojado en agua. Sus manos huesudas han adquirido en los últimos meses el dominio de la aguja y la precisión del corte. La madurez de «la hechura» en el patrón de su vida al saberse sola. Las sisas las dictó el destino, imposiciones que le han llegado y que ella acepta callada, sin cuestionarse el patrón que la vida le está asignando. Su madre, muerta en la calle, fulminada; el corazón, dijeron. Ahora, cuando más la necesitaba. No pudo soportar tanta desdicha. Estaba en gracia de Dios, le consuela el páter don Marcelo.

 

Caridad diseña su nueva vida sobre la marcha, como si fuera un novedoso figurín de revista, aquí le quito y aquí le añado; se quedará con los pedidos de costura, terminará los encargos y cogerá nuevos. Sin parar. Mañana, tarde y noche. Hasta que los ojos ardiendo le imploren descanso. Dinero, pesetas, céntimos, donativos, ingresos y caridad para la niña Esperanza. No para ella, que se ha convertido en madre sin pasar por la anhelante gestación. Ella es el regazo estéril que cobija el palpitante arropo de gasas que le entregaron. Ella, que no ha sido consultada para alimentar



 

 

 

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y cuidar una nueva vida, lo acepta y asume como un nuevo plisado que pide la tela. Y así otro y otro más, costuras, remiendos, añadidos… Solo aspira a no salir de casa. Sin lágrimas que mojen los paños. Sin hipos ni ahogos que tuerzan la vainica. Sin música ni canciones que despierten a la niña. Hierática y mecánica enhebra, zurce, repasa… Tan solo, esporádicamente, alguna caricia entra en su recuerdo y ella misma la traslada a su pequeña muñeca de trapo, ahora convertida en carne y hueso.

 

Cubre con diligencia la máquina de coser, regalo de todas las socias del Club. Qué lejos le parecen esos días que sabe que no van a volver, aunque se aferra, interesada, a su cita mensual de encargos de composturas de las socias. Pequeños arreglos pagados al triple, donde recoge y guarda, como un hilván provisional, una nota de aliento, un poema de la señorita Concha, la tira dominical de «Celia» de la señorita Encarnación, un recorte firmado por «Beatriz Galindo» de su apreciada señorita Isabel Oyarzábal, o una revista con la última entrevista de doña Victoria. Es el propio Ramoncín el que, aparentando más de sus seis años, en su condición de pupilo de las Casas del Niño, acarrea el fardo de las costuras y los alientos de todas ellas.

 

La mañana de diciembre es seca y luminosa, se diría primaveral si no fuera porque ya conoce el frío helado que baja de la sierra. El sol entra por la única ventana templando la habitación y los rayos cálidos besan sus manos que, quietas por primera vez, descansan en su regazo. Esperando. Sabe que su vida ahora es esperar. Esperar, con sus veintiún años, a que la niña crezca, esperar a que lleguen más encargos, tal vez ajuares, no para ella, no, esperar. Incluso las cartas que recibe de Eusebio esperan. En el fondo de su caja de hojalata. Sin abrir, sin contestar; también tienen que esperar.

Despierta de su apatía con voces que desde el patio le resultan familiares, ¿doña Carmen, doña Amalia, doña Pilar?, ¿aquí, en su casa? Levanta la vista, nerviosa por la loza rota que aparta, se le ilumina la cara, ¡son ellas pasando por la ventana!, llamando a la puerta, llamándola a ella, ¡Caridad, Caridad…!

—Caridad, ¡tenemos el voto!, doña Clarita lo ha conseguido, Caridad, ¡abre rápido!

«¡Qué me importa a mí el voto!», piensa desilusionada, volviendo a su neblina interior, levantándose pesadamente.



 

 

 

 

 

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—¡Nuestra pequeña, nuestra pequeña Caridad, qué de noticias tenemos que darte! La más importante: te echamos tanto en falta…, tienes que volver con nosotras…

 

Ahora sí, Caridad no puede aguantar más el nudo de su garganta y expulsa todos los hipos, lloros y suspiros que tenía atascados desde hacía ocho meses. La abrazan, la besan, la calman, ella, ahora, por primera vez, es la protagonista, la pequeña…, a la que acunan y miman.

 

Entra también Ramoncín como un inusual Rey Mago cargado de paquetes: ropita para la niña, para la cuna; el biberón Rillo, el más fácil de limpiar, como dice la revista; los polvos El Doctor para las escoceduras; los encargos, las composturas; las revistas; una toquilla; un gorrito, aquí unos zapatitos de charol para cuando crezca… «¿No es demasiado pronto?», pregunta. «Para cuando crezca —le contestan—, el que guarda halla, Caridad, no lo olvides…». Por allí un gran lazo rosa, para un paseo de domingo, y camisitas a juego con sus braguitas de algodón, con canalés y adornos de entredós en azul y en rosa, «un baby para los ratos de juego, ¡no dejes que se manche, Caridad!», y Caridad mira como en un sueño su desnuda habitación convertida de repente en los Almacenes Madrid-París, y toca ausente el raso, pensando quién está más lejos de la realidad, si esas señoritas o ella. Ellas, que hoy visten excesivamente sencillas, para no desentonar con el barrio, pero que, dada la temperatura de la habitación, apenas se han desabrochado el cálido abrigo de pesada lana y renard al cuello. Abren los paquetes y leen los pequeños billetitos con anotaciones, intercalando las anécdotas personales: «La señorita Victoria, directora general de Prisiones, ¿y sabes lo que dijo? Que dejará salir a los presos en ocasiones especiales y que les quitará los grilletes, y hará un monumento a Concepción Arenal… ¡No sabes lo que la gente habla de ella…! ¿Oísteis lo último…? La llaman la nueva línea del Metropolitano, “La Kent”, «que pasa por Lista, pero no llega a Hermosilla…». Siguen las risas entre su mirada perdida. «¡Por Dios, que no se fijen en la loza descascarillada!», sufre Caridad.

 

«Con las pasadas elecciones de junio, la República es un hecho, Caridad. Orden, ahora hay orden, no lo dudes, lo que pasó en mayo fue el desmán de unos incontrolados, hasta don Ricardo, el hermano de doña Carmen Baroja, lo sufrió, ¿te enteraste?, perdió un ojo, no se sabe cómo, fue uno de los que salió a celebrar el cambio, ¡qué disgusto para su familia! No llores, Caridad, nada hubieras podido solucionar, el



 

 

 

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fallecimiento de Esperanza fue un parto prematuro, recuérdalo, hubiera necesitado atención médica desde muchos meses antes, ella misma se lo negaba. No llores, Caridad. Todo se solucionará con el tiempo, ya verás. No estarás sola». Cambian de conversación: «Doña Clarita, diputada por el Partido Radical, y doña Victoria, por el Partido Radical Socialista, ahora son todas unas señoras diputadas…, si vieras la de cosas que quieren hacer, que vamos a hacer todas… En junio no pudimos votar, pero ahora con la nueva Constitución, ¡el voto!, ¡tenemos voto!, ya verás. Si vieras cómo sufrió doña Clara. Ella y doña Victoria enfrentadas en medio de todos los diputados… Todos los hombres riéndose y haciendo chistes y alusiones al “histerismo femenino”…, “que la mujer hasta los cuarenta no tiene capacidad”, ¡lo que tuvimos que oír! Te enviamos los periódicos, ¿los leíste? “Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política para que sea cosa de dos, porque solo hay una cosa que hace un sexo solo, alumbrar”», recuerda en voz alta una exaltada dama.

 

No se atreve a negarlo Caridad, con ese ímpetu con que hablan, pero realmente no los leyó. ¡Qué le importaba a ella! No le importaba nada. Entre los mocos y las toses de Esperanza, su inapetencia y el frío de días atrás, su casa era un sepulcro de fantasmas… ¿Qué le importa lo demás? ¿Acaso tiene la tranquilidad de una nanny con cofia que le cuida a la niña mientras ella puede leer la prensa? ¿Tal vez piensan que le lleva el té la doncella uniformada mientras cómoda repasa los figurines?

«¿Te acuerdas de don Manuel Azaña, el marido de doña Lolita? Primero fue ministro de la Guerra y ahora ya es presidente de Gobierno, y varias socias están en el extranjero, pues a sus maridos les han nombrado embajadores, ¡doña María Martos de Baeza, en Chile, y doña Isabel Oyarzábal es embajadora en Suecia, el Club está lleno de actividad! Incluso se ha recibido una subvención de diez mil pesetas del Ministerio de Instrucción Pública, pero ¡mira, mira estas botitas! Qué primor…, este jubón ya le estará pequeño, ¿verdad?», se acerca una cálida mano a la cunita del fondo. «No la despierte, por Dios, tuvo mala noche con las regurgitaciones…». «Eso es que la leche aprovecha», dice una voz, «o una impresión fuerte de la niña, o que ha vuelto el período menstrual de la madre…». «Pero es que yo…», explica Caridad tímida. «¡Es verdad!», contestan. «¡Pues que la leche tiene poca manteca! —adelanta otro consejo —, déjala durante dos días con agua alcalina de Vichy Catalán». Se oye al



 

 

 

 

 

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fondo: «Lo mejor es una cucharadita de leche condensada». «No sé, esta niña no medra», se atreve a intervenir… «Ten paciencia, nació a destiempo, en cuanto puedas le das el revitalizante, el que te enviamos el mes pasado, dicen que regenera el plasma sanguíneo…, pregúntale al doctor».

 

No se atreve a decir Caridad que allí no hay doctor que valga, que solo los sabios consejos de la señora Ramona son los que mandan, los que dictaminan un frío en los intestinos, un aire atravesado o un mal sueño.

«¡Por cuatro votos, Caridad!, solo por cuatro votos salió adelante que podamos votar en las próximas elecciones, pero lo consiguió, ¡qué palabras dijo Clara, qué decisión!, “los sexos son iguales, lo son por naturaleza, por derecho y por intelecto”». «Dudo que esté contenta — contesta otra voz—, se enfrentó a su propio partido». «Sí, es verdad, seguramente le pasarán factura…». «Con Niceto Alcalá Zamora se harán muchas cosas…, y con esta Constitución tan avanzada… ¡El divorcio, Caridad!». Y Caridad mira, ajena, ¿divorcio? No me importa, piensa con ojos llorosos, no estoy ni para el baile de soltera ni para los goces de casada. «Bueno, tranquila, todo se andará, no llores», parece que no aciertan las señoritas a dar ningún consejo adecuado… «Sí, es cierto, María Lejárraga ha dejado el Club, seguimos con su amistad, ya sabes, pero ella siempre dijo que tenía un cierto aire elitista, que debíamos cambiar, no sé a qué se refería… Todavía recuerdo el éxito de su conferencia el año pasado, ¿recordáis? “Ideas de Mujer” hablaba de la actuación de los dos sexos en su función social… ¡Qué mujer!, esas ideas tan avanzadas y la relación tan rara con su esposo…», y no pueden por menos de evitar algún chismorreo que otro… «Su marido y Catalina Bárcena, la actriz, ¡tienen una hija!, además, es vox populi que, lo que él firma como autor, ha sido escrito por ella, el mismo Eusebio Gorbea fue testigo de esta confesión, ¡firmado en un papel!». «Sí, nos lo contó Encarnación». «Sí, la de Celia, ¿recuerdas? Ella ahora firma como Elena Fortún». «Qué éxito tiene, quién lo diría». «También ha renunciado doña Pura», adelanta otra socia. «¿Pura de Ucelay?». «Sí, decía que el Club era poco autónomo». «Pero Ernestina no, y eso que su familia es aristócrata y monárquica». «¿Sigue en relaciones con Juan José Domenchina?». «Son novios modernos…». «Y ella ya ha publicado su libro de poesía».

 

Caridad oye en eco palabras y palabras que no le dicen nada, y ojea descuidadamente los recortes de revistas que amontonados sobresalen



 

 

 

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entre telas y lanas. Descubre La Gaceta Literaria con un artículo de Carmen Baroja; El Sol, del que sabe que en un momento de debilidad leerá todo el deporte; y La Esfera, con sus modas parisien, mientras las frases y risas, huecas, suben y bajan. «Constancia de la Mora Maura ha escandalizado a toda la sociedad, pues ha abandonado a su marido y ha regresado a Madrid con su hija. ¡Está trabajando en la tienda Arte Popular con Zenobia, como una dependienta…!». Caridad se cree flotando, tanto que se agarra a la mesa camilla.

 

—Niña, qué pálida, si estás a punto de marearte… ¡Claro!, tan delgada…

—Un poco de aire te vendría bien… Y, ¿ese muchacho periodista?, ¿ya te saca al paseo?

—Chisss, no lo menciones —se oye al fondo otra voz, acompañada de un gesto de represión y de silencio.

Caridad se repone poco a poco, ¡ya las tiene acostumbradas a sus mareos! «Esta niña no come, en cuanto vuelva al Club…». «No, no, gracias…». «Tienes que volver». «No, no, gracias», contesta. «Ahora no puedo». Son inútiles las recomendaciones, las peticiones, solo hay una voz sensata que rugiendo por la puerta resuena firme, que la apoya.

—Déjenla que se acomode a su nueva vida, déjenla…

 

Ha llegado la señora Ramona con sus muchas horas de sabiduría limpiando escaleras, oronda, con mejillas de cachetes rojos, manos grandes y dedos con sabañones deformados por el agua fría. Habla con contundencia y airea unas ramas de tejo. Caridad las mira con pavor y siente que otra vez se le va el color, ¡allí, en su casa con las señoritas, enseñando sin recato su culpa de envenenadora! Bien es cierto que ella es la única que la ayuda con Esperanza, si no fuera por ella…, ¿qué haría?, pero, allí mismo, ¡el cuerpo del delito…! Caridad intenta ocultar con los periódicos la rama asesina…

—¡Qué bonitas hojas, señora Ramona! ¿Qué son?

 

Caridad, asustada, cambia de conversación: «Señá Ramona, que va a tener ley de divorcio, alégrese». Y continúa atropellada: «… Estarán cansadas, es tarde, anochece tan pronto, el coche con el conductor les está esperando, gracias por todo». Se levantan entre adioses, abrazos y agradecimientos. «Nos veremos en la fiesta de Reyes del Club». «Sí, claro», las echa con prisas…, para ocultar algo…



 

 

 

 

 

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—Vuelvan, vuelvan pronto —dice la señora Ramona, y mirando a la pálida Caridad se adelanta rápida hacia las señoras—. Tomen, llévense estas ramas de tejo, yo cogeré más, son buenas para acabar con los ratones… Desde hace meses que las coloco en los patios y en los escurrideros…, son el remedio de los pobres para desfuncionar a los sinsectos… ¡Bien me cuido yo que no las cojan los críos…! Ni que hagan un caldito…, como alguien pudiera pensar…

 

Caridad llora y llora, mientras Ramona la abraza y repite:

 

—… Para cucarachas y ratones… Mi pequeña, ¡ay, qué imaginación te gastas! ¡Y lo que nos reímos el cura y yo!

Al fondo, en el umbrío pasillo desde un hermoso cochecito, levantando su cabecita, Esperanza, un bebé de grandes ojos almendrados, mira celosa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 17

 

«… DE LOS ESTÍMULOS QUE EL NIÑO RECIBE, DEL

 

 

AMBIENTE QUE ENTONCES RESPIRE PENDE SU

 

PORVENIR Y EL DE SU PUEBLO»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eusebio, disciplinado, aprovecha un alto en el camino para reafirmar los

 

correajes de la caballería, para comprobar la estabilidad de la carga y luego, solo después de permitirse un descanso bajo el árbol, vuelve a sus anotaciones. Ningún periódico las espera, ninguna revista. Son apuntes personales, algo que nunca había hecho hasta ahora. Impresiones íntimas condensadas en unas líneas, tampoco muchas, pues el peso está cuidadosamente determinado en estos viajes.

 

Con el buen tiempo se han multiplicado las salidas de las Misiones y él, desde el año anterior, encontró en el proyecto una escapada a su vacío. Fue de los primeros en apuntarse y acogerse a la iniciativa. Su amistad con Jay Allen, corresponsal extranjero, muy introducido en ciertos niveles políticos, así como su trayectoria profesional y las recomendaciones que de él dieron todas «sus señoritas» del Club, como las llama su madre, facilitó el resto. Se apuntó de guía sin ninguna vocación altruista y, aunque evitó destacar, pronto sobresalió en su equipo por su diligencia, su entrega y conocimiento del medio. Él mismo se define como testigo, casi como el ejecutor de un experimento. Asume su trabajo como si fuera labor de científico, como un observador imparcial que luego valorará los resultados. No puede por menos de sentirse así, escéptico. Él sí conoce el campo yermo y las manos vacías, la carencia de futuro de unos campesinos que huelen el aire en busca de agua. «Que la cultura llegue al pueblo», le dicen desde el Patronato de las Misiones Pedagógicas, sueño



 

 

 

 

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del nuevo gobierno que vio firmado su decreto el pasado año 1931; sí, que llegue, él piensa, pero que le acompañe el regadío.

 

Desde que años atrás leyó y oyó sobre las nuevas ideas de pedagogía de Giner de los Ríos y su sucesor, Manuel Bartolomé Cossío, siempre se preguntó si lo que hacía el cura de Tébar, don Pascual, no sería ya un anticipo. «De los estímulos que el niño recibe, del ambiente que entonces respire pende su porvenir y el de su pueblo…», recuerda que dijo Cossío, anotándolo en su libreta. Pero, aun así, no las tiene todas consigo. Una cosa es la masiva creación de escuelas y nombramientos de nuevos maestros, ¡que ya era hora de que un gobierno se ocupara del tema y, al tiempo, dará su fruto! Pero ¿esto? ¿Transformar con un pequeño grupo de estudiantes, maestros y jóvenes, un gramófono y cien libros, el nivel cultural de un país donde casi la mitad de la población es analfabeta? No, negó con la cabeza, eso es utopía, pensó, y apuntó también la expresión a la que luego, si tiene tiempo, dará más contenido. Pero, recordando unos ojos infantiles extasiados con la imagen que expulsa la cámara del cinematógrafo, se volvió a preguntar: ¿y a quién hace daño la utopía? Como la obra de teatro de su amigo Alejandro Casona, Nuestra Natacha, la que estuvo escribiendo el verano pasado a su lado, como un miembro más de las Misiones. ¿Es utopía soñar así?, le preguntaba.

 

No ha sido utopía, recuerda, el trabajo de Clara Campoamor participando en la reforma del Código Penal, donde se aceptó una enmienda suya para suprimir los delitos de adulterio y de amancebamiento. Lo consiguió, cuando años antes todos pensaban que sería una quimera. Ni utopía su empeño en abolir la prostitución reglamentada y su redacción para inscribir como legítimos a los hijos nacidos fuera del matrimonio; el mismo Gregorio Martínez Sierra, recuerda Eusebio, ha inscrito a su hija Catalina, antes solamente Catalina López y Pérez. No, tal vez, en estos años nos venga bien un poco de ensoñación, piensa.

 

Es su segundo verano viajando a pueblos y aldeas con las Misiones Pedagógicas y, aunque rechazó ser jefe de equipo, le obligaron alegando que el éxito y la demanda de las provincias lo requerían. El entusiasmo había desbordado el proyecto y no había tantos con su experiencia, le dijeron. ¿Experiencia?, ¿la de manejar un proyector de cine Zeiss Ikon, formato maleta de 35 mm de fabricación alemana y con objetivo Hermagir, que no había visto en su vida?; y, ¿práctica?, ¿con una cámara



 

 

 

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Kodak, modelo C objetivo Eastman, que tocaba por primera vez?; más bien habilidad para retocar aquí un tornillo o allí un cierre. En cambio, Eusebio sabe que tiene un valor intangible; es hijo del campo yermo, de la aldea oscura, de las madrugadas frías, de los caminos polvorientos, del caño medio seco y del corral. Es uno de ellos, de los del pueblo. Podía ser el zagal que ignorante va detrás de las vacas. O el cabrero atendiendo las cabras del señorito. Él es el pueblo. Y, por último, eso sí, orientación, familiaridad y confianza; recuerdos infantiles de un campo al anochecer mirando las estrellas, y camaradería con unos lugareños que pueden ser los suyos, con los que comparte gachas, palangana y cuchara mil veces relamida en boca desdentada. No, efectivamente, no es fácil que a estos muchachos de ciudad les guste el jergón apelmazado de lana húmeda. Eusebio se guardó para sí sus inquietudes pensando que tomaría nota del seguimiento con papel y pluma, y más tarde leería los resultados, pues su vida ahora era eso, método y cronología científica donde los sentimientos estaban dormidos.

 

Se estiró y saboreando unas briznas de hierba recordó su pueblo, a su madre y los campos de almendros y viñedos, ¿cuántos sabían escribir?, se preguntó. Ella, su madre, pues le enseñó don Pascual, y la familia Ocaña. Elisidoro Ocaña, ¿qué sería de él?, piensa. Hace más de un año que no le ve. Desde los trágicos acontecimientos de la calle de la Flor. Todavía se estremece recordando su dedo amenazante frente a las dependencias del diario ABC. Ha leído, a menudo, sus arengas en varios periódicos. La más atrevida contra el presidente de la república Niceto Alcalá Zamora y el ministro de Justicia, Álvaro de Albornoz, cuando el pasado marzo firmaron la ley de divorcio. «¡Cuidado!», amenazaba Ocaña, respondiendo en su artículo, «¡Mucho cuidado, el que quiera divorciarse; tendrá que sufrir el rechazo de sus vecinos, de la iglesia, de sus padres, de toda la sociedad, será un paria abandonado en el fuego del infierno!», y días más tarde hasta la propia bailaora Pastora Imperio firmaba el suyo, seguida de otros tantos como la escritora Concha Espina, la actriz Josefina Blanco, mujer de Valle-Inclán, y Constancia de la Mora, nieta del propio Antonio Maura. Hasta doña Ramona empezó su divorcio, que se lo dijo doña Clara, su interlocutora y confidente de su antiguo mundo: su pasada época que él mismo llama de juventud tardía y feliz, sus primeros años en Madrid. Todo aquello quedó borrado en el caos del cambio. Pues también arrastra una culpa, la que tiene adherida al abandono de Esperanza y Caridad. Ellas son



 

 

 

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las destinatarias de sus pobres notas campestres. Se ata con ese hilo débil porque no tiene nada más que ofrecer, palabras sueltas en una cuartilla. Vuelve su pensamiento al pasado, a su antiguo amigo Ocaña, ahora conocido en la capital por su tendencia fascista, aunque bien es cierto que él sabe lo que quiere. «¿Y yo?, ¿qué quiero? —se pregunta—. Tal vez mañana lo averigüe, ahora no hay tiempo —dice levantándose de un salto

 

—. ¡Vámonos, muchachos!, todavía tenemos un buen trecho antes de que anochezca».

Con algunas protestas, el grupo se pone en marcha y pronto entonan canciones populares y romances de ciego que saben que luego serán escuchados con éxtasis, como si fueran ángeles con chaquetas de tweed, querubines celestiales que una vez al año regalan la magia del gramófono y el hechizo del teatro.

«Eso sí lo saben hacer bien», piensa Eusebio. Como caídos del cielo, pasan quince días en el purgatorio, sin baño, sin agua corriente, sin mantel, sin servilletas, pero luego, la vuelta al edén. Una amarga sonrisa aparece en su cara.

El camino polvoriento se desdibuja a trechos, perdiéndose entre maleza y matorrales, pero Eusebio continúa seguro de su trayectoria. En este viaje repite aldea, una de las más remotas y difíciles de llegar, en Extremadura. Es un compromiso personal. Hicieron su primera etapa en tren; luego, coche de línea hasta donde buenamente quiso llevarles. Por fin, hoy su último día en mula. Los jóvenes están deseosos de estrenarse, y Eusebio que lo sabe les mira y alienta. ¿Quién impactará más a quién? Recuerda casas de adobe mal rematado, con apenas un ventanuco estrecho que impide entrar la lluvia, pero también anula la ventilación. Olor a leña y puchero al fuego, el mismo siempre: los nabos, las coles, un poco de unto, un hueso. Tal vez hoy, como ocasión especial, un poco de magro. El que darán a sus comediantes privándoselo al niño en el próximo invierno. Suelo de barro apelmazado y, si hay suerte, una mesa heredada de padres a hijos, y unos taburetes para acercarse al fuego, al hogar grande, centro de reunión de noches de invierno, donde una abuela desdentada relatará cuentos de lobos y espíritus a unos niños amedrentados y malnutridos.

 

Sonríe recordando su propia niñez: «Madre, acompáñeme hasta mi cama», «¡Hijo, con lo grande que eres!». ¿Lo hacía por su propio miedo o por apartarla del cura? Hoy ya no le molestan los rumores del pueblo, tal vez ella tenga en don Pascual la compañía que él mismo, su hijo, no le



 

 

 

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puede dar. La imagen de su padre, antaño coloso de Rodas, hacía tiempo que se había desvanecido como bruma al amanecer.

 

Mañana todo será distinto. Ya no les importarán las moscas pegadas en el tazón de leche, ni la gallina entrando en la casa, ni la madre de pecho seco amamantando en la puerta. Los jóvenes se levantarán temprano y colocarán los carteles por las puertas, no en la iglesia, pues no hay, ni en la escuela, que carecen. Prepararán bancos, colgarán telas y en minutos recrearán, una vez más, el encantamiento del teatro, del sonido. Silencio. Caras embriagadas de emoción. Con cuidado abrirán la caja del fonógrafo, La Voz de su Amo, colocarán la bocina, darán vueltas a la manivela, incluso dejarán que los propios niños lo hagan, destaparán los relucientes discos negros, expresamente grabados para las Misiones; óperas, cuplés, coplillas, y todos, sentados, con el sonido de la cigarra como fondo, oirán, por primera vez, música. Música, sí, pero ¿y la reforma agraria?, se pregunta Eusebio. ¿Para cuándo el reparto de estas tierras que cultivan a las que no ven provecho? ¿Dónde está la luz eléctrica? ¿Dónde las condiciones sanitarias? ¿No sería más necesario entregar yodo para combatir el bocio de ese pobre niño?

 

Eusebio, sonriendo, revuelve el pelo de la niña púber, prisionera de su suerte. Tiene la maldita suerte de poseer dos cabras y tres gallinas, de poder amasar el pan y labrar la tierra. A la que prometió que volvería si aprendía a escribir. La que le envió en las Navidades pasadas su primera carta, recordándoselo. Él está ahí, cumpliendo su palabra. Y ahora qué, se pregunta, ¿a servir de criada en la ciudad?

Una algarabía de chiquillos risueños les da la bienvenida y Eusebio se funde con ellos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 18

 

«UNA PUÑALADA PARA LA REPÚBLICA»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Llegamos tarde.

 

—No puedo más —se queja la niña.

 

—Vamos, vamos, una última corridita, ¡a ver quién gana! Uno, dos

 

y…

 

Esperanza, con apenas cuatro años, se lanza a la carrera como siempre hace, sin esperar a terminar la cuenta. Su tía Caridad sale detrás de ella.

—Hasta la esquina, Esperanza, espérame ahí —grita.

 

Al fondo de la calle se yergue majestuosa la iglesia del Buen Suceso. Mira Caridad su reloj de pulsera y observa con alivio que todavía hay grupos de personas que no han entrado en la parroquia. Aminora el paso y se recompone el traje de chaqueta tres cuartos en lana beige mezclilla, al que todavía hoy le estaba dando las últimas puntadas. Hasta el último momento dudó en ponerse o no el sombrero. Le hace mayor, piensa. Además, ahora las jóvenes pelean por quitárselo. Al final se decidió por su corta melena y la mantilla negra de su madre, que se colocará al entrar en la iglesia. Tampoco olvidó ponerse en los lóbulos dos gotas del perfume de moda, Amok, regalo de Ramoncín, que ¡quién sabe de dónde lo sacaría!, pues con nueve años ya mercadea y regatea por todo Madrid. Después mira a Esperanza comprobando el atuendo que, sabe, otros ojos van a inspeccionar detenidamente. Le sube los calcetines.

 

—¡Qué pesada! —exclama la niña.

 

Caridad, nerviosa, compone el gran lazo y, dándole la mano, camina pausadamente hacia la entrada. Todavía no ha encontrado ninguna cara conocida. ¿Se habrá equivocado de parroquia? No, no, era aquí, estoy segura, lo leí en la esquela del ABC: «Misa por el eterno descanso del alma de Dª Carmen Nessi, fallecida el 9 de septiembre de 1935 en Vera,



 

 

 

 

 

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Guipúzcoa…, su querida hija Carmen, e hijos Pío y Ricardo, hijos políticos Carmen Monné y Rafael Caro…, nietos y demás familia…».

 

Caridad vio en la esquela el contrasentido de una puerta abierta: reencontrarse, después de cuatro años recluida en sí misma. Ella había cerrado las puertas y ella ahora las abriría. ¿Estaría a tiempo aún? Había pasado mucho desde entonces.

—Calladita y pórtate bien —le advirtió a la niña sentándose en el banco.

Todavía no había empezado la misa y Caridad, como siempre le ocurría, dejó volar su imaginación lejos del incienso y de las tallas sagradas. ¿Cómo la encontrarían? Había cuidado los mínimos detalles, hasta se había puesto guantes. Mal no le han ido las cosas, piensa. Tampoco muy bien, pero mejor que regular, sí. Consigo ahorrar, algo, no mucho, tampoco gasto nada, ni siquiera en Esperanza, del Club siguen llegando todas las semanas las composturas y la ropa usada, que buen apaño les doy, lo que no uso lo vendo. Soy de fiar, limpia y cumplo el plazo. Ramoncín buenas propinas se lleva. Salimos ganando los dos. Nunca dejé de tener contacto con las señoritas, pero tampoco las he visitado mucho. Recojo los encargos de costura y los entrego. Alguna exposición, la última vez hace casi un año con la conferencia de la señorita Bjornsen, «El problema de la nutrición»… ¡Me tiene preocupada esta niña tan delgada!, y total para lo que oí, lo que madre decía siempre, ¡alimentos frescos y frutas en abundancia!, pero al precio que están… Un poco despegada del Club sí que he estado, pero he seguido todas las noticias. Elena Fortún con su Celia es famosa y dicen que gana más que su marido; la boda de la señorita Concha Méndez; María de Maeztu cedió la dirección a Isabel Oyarzábal y creo que ahora es una tal Ángeles García. Estamos en tiempos intranquilos, pero el Club sigue, ¿y si ahora no me quieren? No sabría qué hacer. Duda. ¿Se había cansado de la costura? No, sí, bueno, un poco, se contradice. Posiblemente estaba harta del silencio de su casa, y eso que se había comprado una radio de las que anuncian. Recordando el precio dio un respingo.

 

—¿Qué? —pregunta la niña.

 

—Nada, nada, calla y habla con Jesusito.

 

—Es que ya nos hemos contado todo…

 

¡Esta niña!, de dónde sacará esas cosas, a veces parece que tuviera a su abuela metida en la cabeza, piensa. Por la niña, lo hago también por la



 

 

 

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niña. Tendrá oportunidades creciendo cerca de gente importante. Estudios, libros, ayudas. Yo también, aunque yo no lo necesito ya. ¿Quién lo dice?, solo tengo veinticinco años, todavía tengo mucho que festejar…, mismamente, me hace la corte el Dioni; cuando las costuras necesitan un planchado no me lo cobra, sin que se entere su madre, ¡buena es!, dice que él mismo me plancharía todas las enaguas de mi vida. Hacía tiempo que no me echaban un piropo así de fino. Me aprovecho un poco, sí, es verdad, pero tampoco plancha muy bien, resuelve. ¿Me gusta?, no sé, es un poco delgado y sinsustancia. Caridad levanta la cabeza y recuerda unas lejanas tardes de fiesta al lado de un joven de mirada miope que le dice: «Bésame con los ojos abiertos, chiquilla». Se frota la frente apartando el deseo. Eso ya pasó, continúa, porque, digo yo, ¿qué voy a esperar de un fantasma que me envía los manuales de una cámara reproductora C-K400, Kodak, recortes de aburridos viajes por pueblos de Cáceres o chifladuras sobre utopía? Cartas sin un cariño mío ni un par de besos, ni siquiera empieza con «Estimada Caridad», como a mí me enseñaron. No, eso terminó, resuelve. Hago bien en no abrir más cartas, total, ¿para qué? Es el destino el que decide, que no soy yo. Caridad, como suele hacer, zanja el tema sin discusión.

 

Si me organizo, podré con todo, continúa cambiando de pensamiento. Así podría doblar las pesetas, con lo cara que está la vida ahora, no me vendría mal, además… Ay, ¡el Julián…!, y con solo pensar en ese nombre a Caridad la recorrió un escalofrío que desde la nuca le llegó a los pies. Abrazó a la niña.

—¿Qué pasa, tía?

 

—Nada, nada, pero no me llames tía, llámame mamá, que te quiero mucho.

—¿Como la trucha al trucho? —pregunta como si fuera su pequeño juego, cómplices las dos en sus horas de soledad.

Hacía un año que Julián, medio muerto de hambre, con la camisa rota, espiaba el patio como una sombra. Doña Ramona le avisó. La semana pasada se había atrevido a más y ella no supo enfrentarse. Del aparador sacó unos duros, los ahorros de meses, y se los dio. Se lo contó a doña Clara, ¿a quién si no? Ahora sabía que estaba perdida, volvería una y otra vez, «a por el dinero o a por su hija», le dijo. Caridad piensa que, si la niña le llama mamá, evitará el golpe. Ladeó la cabeza presintiendo una sombra y de nuevo le inundó el miedo. «¡Dios mío, ayúdame!», rezó. «Yo, sabes



 

 

 

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que no te he pedido mucho —se tuteaba con el Altísimo—, la que pedía era madre, que tenía contigo diálogo de palco, seguro que agotó todas las rogativas, pero alguna quedará, digo yo… ¡Ayúdame!, que no me quite a mi niña». Sollozó.

 

La misa transcurre lentamente con sus latines cantados, sus plegarias y sus silencios, caras de fervor en un banco y de aburrimiento en otro.

Repuesta de la congoja y paseando la mirada por todos los bancos, vuelve Caridad a sus reflexiones. Doña Carmen parece cansada, observa. Su pequeño Pío tiene ya siete añitos, qué mayor está, entonces Julio tendrá ya… ¡casi veinte!, ay, cómo pasa el tiempo. La vi por última vez cuando publicó su libro, El encaje en España, me invitó para que asistiera a su presentación en el Club. ¡Qué contenta estaba! Por fin lo consiguió. El año pasado la nombraron miembro del Comité Ejecutivo del Patronato del Museo del Pueblo Español, me dijo. Ahora ya no es socia del Lyceum. Se ha dado de baja. Ya lo decía ella, la política lo envenena todo. ¿Habrá sido por eso? Las elecciones del 33 han sido un revés para muchas de ellas, para las socialistas y para las republicanas, solo María Lejárraga consiguió voto de diputada, por Granada, con el Partido Socialista, recuerda. Doña Clarita no salió, ¡qué desilusión tuvo!; el voto femenino por el que ella tanto luchó le dio una mala pasada. «La mujer votará lo que quiera el confesor o el marido», dijeron, y así fue, «una puñalada para la República», también lo dijo Prieto, ¡que salió en toda la prensa!, y yo lo leí, se repite. Victoria Kent tampoco salió de diputada y fue destituida de «eso» de las prisiones, demasiado moderna, dicen, no la entendieron… ¡Qué país tan complicado!, piensa, solo cuatro años antes todos tan contentos y ahora, que se ha vuelto la tortilla, cada vez hay más disgustos, que no pasa un día sin tener un susto o algo peor, porque lo de Asturias ha sido grave, continúa, yo misma no entiendo, pero si lo dicen en el barrio, será, que los mineros se levantaron y llegaron hasta la mismísima catedral, y luego ¡pa qué! Más de cuarenta mil encarcelados, con muertos y to, y los salarios en el campo igual que en el 31. Dicen que el nuevo gobierno va a sacar una nueva ley de contrarreforma del campo, eso de repartir la tierra no ha gustado, incluso hablan de cambiar la Constitución, ¡con lo que la celebramos! Pero no pude votar hace dos años, no tenía la edad, será la próxima, no, no se atreverán a quitarlo; y del divorcio también se habla, ¡pobre señá Ramona!, con lo contenta que está ahora. En fin, suspira, todo es por afán de mezclar lo del cielo y la tierra, que hay a quien no le gusta



 

 

 

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que la Iglesia no tenga mano, y digo yo, ¿acaso le preguntan a Dios si le gustaría tenerla? A ver, madre, tú que andas ahí arriba, ¿qué dice Él? Lo peor ha sido la huelga general de hace unos meses, daba miedo Madrid, todo cerrado, ¡qué silencio!

 

A lo lejos ve a María de Maeztu y sigue con sus pensamientos. Doña María está como siempre, tan optimista, tan entregada a su Residencia de Señoritas, ella sí que sabe hacer cambios, lentos pero con huella, ¡cómo crece la Residencia! Es toda su vida. Se la ve cansada, piensa.

El ruido de la gran puerta de madera le hace volver la cabeza y ve a Zenobia, que, apurada por su retraso, quiere pasar desapercibida. Caridad contempla su figura esbelta, su elegancia, su cara serena. ¡Seguro que hasta el último momento Juan Ramón la ha tenido ocupada! Recuerda los últimos meses y el bulo que corría por Madrid, ¿será verdad?, decían que la señorita Marga Gil se había suicidado por amor al poeta. Madrid es un pueblo grande, resuelve, pero cuando el río suena será que agua lleva. ¡Pobre señorita Zenobia!, lo que habrá sufrido. La que está contenta es doña Encarnación, no hay más que verla, piensa mirando a su derecha, ya tiene a su Celia y a su Cuchifritín metidos en un libro, con tapas y todo. ¡Nada menos que con la editorial Aguilar!, y todas las semanas en el dominical del periódico, en Gente Menuda, ¿cómo sabrá lo que piensan los niños? Pero me da pena, su matrimonio es un ir y venir de lagunas, tampoco es ningún secreto, piensa recordando los comentarios. En este Madrid se sabe todo.

 

El sacerdote se retira del altar. Los feligreses salen de su letargo espiritual, empiezan los murmullos y los pésames.

Sí, resuelve, hablaré con ellas y volveré al Club. Esperanza entrará en «la casita del niño», allí le enseñarán todo lo que yo no sé, modales de señorita fina. Mientras, yo colocaré las sillas de las conferencias, luego las escucharé todas, aunque no entienda nada, como la que oí del señor Unamuno, ¡qué hombre tan complicado!

Además, ¿qué me importan a mí las enaguas?, aunque si el Dioni quiere planchármelas, ¡pues que me las planche!, sentenció encogiéndose de hombros con sonrisa pícara.

Caridad ha sido la última en dar el pésame, han terminado las condolencias y lentamente se vacía la iglesia. La familia recoge de la pequeña bandeja numerosas tarjetas con muestras de cariño, las que Carmen Baroja agradecerá y responderá en los próximos días.



 

 

 

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Un monaguillo pecoso apaga los cirios, como si fuera un juego, midiendo la distancia del soplido.

 

Llega, tardío, un último apretón de manos, un pésame más para la familia. Considerablemente más delgado, casi atlético, con tez bronceada de sol de campo, un hombre igual de afable y tímido como siempre, pero seguro, firme, excusándose por sus ausencias; los viajes, los cambios, explica. Tras sus gafas, con mirada cariñosa, habla de los desencuentros, son los que tiene ahora el país, dice, pero hay cruces de caminos, no se preocupe, termina con una sonrisa, todo volverá a la normalidad, dice con confianza, los periodistas tenemos la obligación de saberlo todo y siempre alguien me informa con detalle.

 

Se aleja dudando de sus últimas palabras, ¿normalidad?, veremos, pronto serán las nuevas elecciones.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 19

 

CRUCES DE CAMINOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desencuentros. Cruces de caminos. Repite Eusebio, a menudo, esa frase

 

que dijo en la iglesia hace más de un año. Ahora mismo la recuerda, cuando ha visto la delgada figura de Caridad arrastrando un gran cochecito de bebé, de la mano de una niña espigada con dos trenzas coronadas con sus cintas de raso. ¡Cuánto ha crecido en estos meses!, piensa. Esperanza, ajena al escombro de su alrededor, salta y canta con su muñeca. Con su vestido, un poco ajado pero primorosamente recompuesto, donde no falta el lazo zapatero, con sus calcetines de perlé y zapatitos de charol, la niña parece salida de una feliz foto familiar. Eusebio sabe que la sombra del portal le protege. Las mira a conciencia saboreando cada movimiento; Caridad atándole el zapato y la niña sujetando risueña su muñeca de porcelana. No sale Eusebio de su escondite. No las llama. No se atreve. Las cosas están bien así, piensa. No es momento para aclarar nada, ahora que la guerra y la muerte dominan la ciudad con los socavones inesperados que regalan los aviones enemigos, ahora que también su propia vida está en peligro.

 

El miedo justifica tantas cosas… ¿Cómo he llegado a esto? Recuerda los últimos meses, las elecciones de febrero, la victoria del Frente Popular, demasiados partidos diferentes con sus propios intereses que como si fuera loza rota había que recomponer y la República monopolizada como símbolo por encima de todo. El gobierno está en manos de unos y de otros, y sus contrarios lo saben. Los rumores aumentan. Se ha amnistiado a los golpistas de Asturias, los de 1934. No ha gustado, no. Reflexiona. Crece el malestar. En julio fue asesinado Calvo Sotelo, la gota que colmó el vaso. A los pocos días se ha levantado el ejército, se veía venir, lamenta agazapado. ¿Es otro pronunciamiento más de este bendito país? ¿Otro general, otro Primo de Rivera por ocho años? No, nunca nadie se imaginó



 

 

 

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lo que podría llegar a ser. De repente, yo y ellos, el pueblo, con armas, soy juez y verdugo. Sin dirección, sin preparación, sin mando, sin disciplina, sin responsabilidad. ¿Dónde está el mando? Yo, piensa Eusebio, ¿dónde estoy yo? ¿Cómo he llegado a esto?

 

Son separaciones y bifurcaciones, repasa, como su último encuentro con Elisidoro. Nunca pensó que él, Eusebio, el cronista racional en que se había convertido años atrás, pudiera actuar como lo había hecho. No obstante, ocurrió. Delató al antiguo amigo. Pudo más su deseo de venganza. Odio contra un enemigo que cercaba la ciudad y la llenaba de cadáveres. Odio al que le puso cara y nombre: Elisidoro Ocaña. Apaciguó su conciencia con un breve pensamiento: Ocaña siempre ha sido una figura sobresaliente dentro de los grupos fascistas. Se dice, incluso, que estaba metido en los secretos del levantamiento. ¿Formaría parte de la Quinta Columna, esa misteriosa y secreta unidad formada por falangistas que, decían, esperaba la llegada de los rebeldes? Seguramente, razonó exculpándose. Así de sencillo. Acalló su conciencia.

 

«Ayúdame a llegar a la embajada alemana», le había pedido Ocaña días antes. «Lo demás corre de mi suerte».

Eusebio tiene ahora, en este campo de muerte, gracias a sus papeles de prensa, facilidad para manejarse por la ciudad. Sube en los transportes, entra en los despachos y acude hasta el frente, este que desgraciadamente está tan cerca, casi llegando con el tranvía. No es el único, también Encarnación y su marido Eusebio Gorbea defienden el gobierno legítimo, ella con sus artículos de prensa y él con su uniforme miliar. Él, Martínez, como los demás corresponsales extranjeros, los que han acampado en el Hotel Florida, son unos privilegiados. Son los que, en el papel, diseccionan las contiendas y los que las relatan, aún incluso censuradas, más allá de las fronteras. Sí, sabe que hay censura. Él también ha conseguido habitación con agua y jabón. Gracias a su amigo Jay, que le enseña inglés a cambio de sus muchas correrías por Madrid, al que acompañó a Badajoz en agosto, arriesgando su vida, y el que envió al Chicago Tribune su famoso artículo «Badajoz, ciudad de los horrores». Jay Allen, el periodista que alquiló hace años el piso de Constancia de la Mora, la antigua socia de Zenobia, ahora jefa de Propaganda de la prensa extranjera. Constancia, la que se casó, una vez divorciada, con Hidalgo de Cisneros, el aviador de moda, el jefe de la aviación republicana. Toda una



 

 

 

 

 

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telaraña de amistades y ayudas que él sabe utilizar, favores que a su interés maneja día a día.

 

Los sucesos, el levantamiento militar, los cuarteles leales o no a la República, los voluntarios de uno y otro bando, más idealistas que efectivos, los intereses de los partidos conforman todo un paisaje de incertidumbre. Mientras tanto, son los incrédulos ciudadanos los que digieren a golpes noticias inesperadas en estos primeros meses de guerra. Negocios cerrados, tiendas sin suministros, delegaciones oficiales convertidas en casas de socorro. Pronto los primeros heridos vitoreados como héroes son ya demasiados y se convierten en figuras de muñones y vendas sucias sin el romanticismo del honor. Eusebio, en su nueva posición de indispensable más que de periodista, conocedor de los personajes más influyentes del momento, los que manejan las enrevesadas cuerdas de la política, se ha encumbrado sobre una urbe desorientada. Este Madrid es un pañuelo sin planchar, dice, tal vez recordando el suyo propio, y yo sé cómo manejar las arrugas incómodas. No hay orden que se le atraviese, confirmar un dato, buscar una persona o guardar una confidencia. Él mismo se siente caballo arrogante y ganador. No fue difícil engañar a Ocaña con una falsa cita para escapar. Organizar un encuentro y luego, inesperadamente, llegaría un balazo de alguien con más ganas que él, pues nunca faltaban justicieros milicianos, sus conocidos. Las milicias de la retaguardia campan a sus anchas. Son ejecutores sin ley ni orden. Son «el paseo» y son los responsables de decenas de cadáveres expuestos en las cunetas a la salida de la ciudad.

 

Cuando todo estaba arreglado y planeado, bajo un doble juego de confianza y delación, Eusebio, en la oscuridad de la noche, miró de frente a Ocaña sin encontrar el recuerdo de la adolescencia ni el amanecer bajo los almendros. Sin embargo, repentinamente, en un instante fugaz volvió a pensar en las bifurcaciones. Fueron segundos que decidieron el cambio total de la estrategia.

Eusebio, en contra de su propio plan, dejó a las puertas de la embajada alemana a una figura embozada y amedrentada. Un Ocaña que, tocando la verja de hierro del palacete, se vuelve agradecido, pero que, desconcertado, encuentra las pupilas duras de Eusebio, que le dice: «Ya no nos debemos nada, recuérdalo cuando nos volvamos a ver».

Ahora, sin poder justificar ante sus compañeros milicianos la evasión de su prisionero, señalado él mismo como traidor, aterido y hambriento, se



 

 

 

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oculta de un Madrid que también conoce la venganza, que pide su cabeza. Él, Eusebio, por primera vez en su vida, ha decidido la suerte de aquel que durante años le manejaba a voluntad. Experimentó la satisfacción de

 

ser justicia divina. Poder.

 

El poder de la condena o la salvación había estado en su mano. Y él, Eusebio Martínez, lo había utilizado salvando una vida, no por piedad, sino por orgullo. Elisidoro Ocaña había quedado con la mano tendida, en el aire. Mientras, Eusebio, saboreando el triunfo del fuerte, del arrogante, entiende, demasiado tarde, las palabras que su madre desde niño le anunciaba: «Hijo mío, ten cuidado, el poder lo corrompe todo y no sabe de corazón…».

No nos debemos nada, recuerda Eusebio que dijo, ahora oculto en el zaguán del portal. Es cierto. La venganza de mis compañeros no será deuda que deba pagar Ocaña. Sé que el rumor de traición va unido a mi sombra y mi cabeza está en juego, ¡bien me han avisado! Pero, también sé, para mi desgracia, que mi decisión no fue un acto de misericordia, sino de vanidad. No ha sido un acto contra el Gobierno, se justifica él mismo, ni debilidad, ni siquiera el pensar que todavía tengo en común con Ocaña cuatro recuerdos y un puñado de tierra castellana. Eso sería demasiado simple. No, no fue sensiblería. Únicamente fue arrogancia del que se sabe fuerte, de aquel que, en ese momento, se encumbra como Dios. Ahora entiendo por qué el fanatismo no distingue entre vida y muerte. Yo mismo he cruzado la línea, y lo lamento.

 

Eusebio, lentamente, deja caer al suelo la pistola que siempre lleva escondida. Se apoya en el quicio de la puerta y llora en silencio. Añorando en cada lágrima un pasado donde habitaba su conciencia, palpa su pequeña libreta de notas y se jura regresar a ella.

Caridad y Esperanza cruzan la calle y pasan delante de un portal señorial en penumbra. Dos ojos llorosos las contemplan y silenciosos piden clemencia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 20

 

«SOBRE LA BLANCA ALMOHADA, MÁS ALLÁ DEL DESEO»

 

 

 

 

 

 

 

Caridad y Esperanza cruzan la calle y pasan delante de un portal señorial

 

en penumbra. Dos ojos las observan. Ellas, que están ajenas al mundo real de guerra y muerte, viven encerradas en su universo de fantasía. Se alejan y sortean los edificios semiderruidos hasta llegar a la calle San Marcos, donde todavía permanece en pie la sede del Lyceum Club. Suben alegres contando las escaleras. Huele a cerrado, a pesar de todos los esfuerzos de Caridad. No se puede evitar. Incluso colocó unos pétalos de flores secas repartidos en cuencos por todas las estancias, pero aun así. Huele a cerrado. Aunque quisiera no puede abrir las ventanas, pues listones de madera cruzados y claveteados protegen los cristales. Ella misma ayudó a su colocación. Todo es poco para proteger el Club, su Club, al que había vuelto apenas dos años antes. El Lyceum Club está en suspenso. Así lo decidió la última Junta Directiva. Hasta nueva decisión, hasta que se serenen «las cosas». España está en guerra y Madrid tiene al enemigo en sus puertas, en la Casa de Campo. Fue la última nota de Victoria Kent antes de trasladarse con el gobierno, en noviembre, a Valencia, apenas empezada la guerra. Madrid, es una ciudad peligrosa, dicen. ¡Vaya novedad!, pues como todas, piensa Caridad. En todas hay desconcierto, dudas, miedo, denuncias, muerte y silencio. Y silencio es precisamente lo único que no puede tener un Club. ¡Qué paradoja!, piensa Caridad pasando de habitación en habitación. No se resigna a ser elemento pasivo de estas paredes que tuvieron, vieron y oyeron tanta vida.

 

Habrá silencio, pero ni una mota de polvo, decidió. Y así, semana tras semana, con Esperanza de la mano, atraviesa todo Madrid, andando o en tranvía si funciona, y como si fuera una excursión colegial, Caridad enseña



 

 

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a su sobrina los rincones aún ilesos de un Madrid en peligro. Los árboles majestuosos del Buen Retiro, los bulevares, los carteles de los cinematógrafos, los escasos escaparates fuertemente protegidos y las fuentes de Neptuno y Cibeles que, revestidas de armazones de madera y sacos de tierra, deslumbran a unos ojos infantiles. La soledad, la pesadumbre y la inquietud no existen paseando con la niña. Son unas horas que juntas roban a sus quehaceres diarios. Caridad como ayudante de enfermera en el edificio de la Residencia de Señoritas y Esperanza, como niña privilegiada, en la guardería infantil que Zenobia abrió en la calle Velázquez.

 

Si viera la señorita María de Maeztu en lo que se ha convertido su Residencia, piensa, ¡en hospital de convalecientes! ¡Pobre doña María!, no ha podido soportarlo, está en Buenos Aires, mejor que no lo vea, podrá sentirlo en la distancia, pero mejor no verlo. Cuánta tristeza le daría.

La guardería, que acoge a niños sin hogar venidos del frente, es un ficticio nido maternal cuidadosamente preparado para cambiar, por lo menos durante unas horas, el hambre y el horror por lápices de colores, abrazos transitorios y canciones infantiles que conjuran el miedo.

 

Esperanza, con sus pasitos cortos, ágil y de mirada intensa, parece un calco de su tía. Carita menuda, ojitos vivarachos y dos pequeñas trenzas resaltan en un cuerpecito espigado y huesudo, a pesar de los esfuerzos que emplea su tía por conseguir un poco de magro por lo menos una vez a la semana.

Esta mañana Caridad ha decidido cambiar la historia, la suya personal, la parte que le afecta en medio de la tragedia nacional.

Aguantaré todo en el hospital, reflexiona. Soportaré el olor putrefacto de la herida abierta, el dolor de la mirada de los soldados, cubriré rostros yacientes, lavaré cuerpos mutilados, todo lo haré sin desfallecer, pero no pondré mi corazón en ello. No quiero que me arrastre la tristeza, que la pena inutilice mi capacidad de amar, que abotargue mis sentimientos. Necesito sentirme viva y para conseguirlo me alimentaré de toda la belleza que pueda obtener de mi alrededor.

 

Por eso hoy Caridad se ha levantado decidida y con Esperanza de la mano, y su muñeca, arrastran alegres un gran cochecito de bebé. El mismo que usó la niña seis años atrás. Ha abierto la puerta del Club y aunque huele a cerrado ya no le importa, ahora sabe que hoy será el último día que



 

 

 

 

 

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viene a quitar el polvo y a soñar enredada en nostalgias. Esperanza corretea por los pasillos encendiendo todas las luces.

 

—Ven, Esperanza, acércate, a la biblioteca. Tenemos mucho trabajo.

 

Ayúdame.

 

—Voy, tía…, mamá —rectifica.

 

Se acercan despacio a la amplia sala donde dormidos aguardan todos los libros que durante los últimos años han enriquecido las estanterías, tarea que María Martos de Baeza culminó con éxito sustituyendo a su antecesora María Lejárraga. Caridad sabe que solo sus páginas le avivarán la esperanza, el escaso ánimo que todavía conserva. Tal vez demasiados libros para la pequeña habitación de su casa, pero, muertas su madre y su hermana, toda la casa será biblioteca, decide, y además, necesitará muchas palabras que encadenadas la aten a Esperanza como un hilo invisible. Mientras la chiquilla se tira al suelo volcando su cabeza en un álbum de estampas de animales como años atrás lo hiciera Ramoncín, Caridad empieza a seleccionar y a crear su biblioteca bajo su nuevo código particular.

 

Juan Ramón Jiménez, decide, estará colocado el primero, en la «A» de Amor. ¿O no es acaso cierto que tenía en Zenobia todo un caudal inagotable? «Ay, cómo siento el manantial, aquí, en mi corazón oscuro…», recita; y junto a él estará ella, Zenobia, siempre juntos, con sus traducciones de Rabindranath Tagore, ella que me regalaba la música del poeta, ella que con sencillez me leía… «La tristeza de la distancia se derrite con mi flauta en melodías. ¡Cuándo vendrá tu barca hasta mi orilla; cuándo cogerás mi canción entre tus manos!». La distancia, repite; Caridad retira en silencio una lágrima de sus ojos, cierra el libro y continúa.

—Pío Baroja estará en la «C», de Casa —dice en voz alta a Esperanza, que con sus seis años lee ya casi de corrido.

—¿Por qué? —pregunta distraída.

 

No contesta Caridad, atenta a sus pensamientos. «C» de casa, la casa que yo conocí, el hogar de los Baroja, de toda la familia; donde él más disfrutaba, en la soledad de su casa. Su casa y sus personajillos caseros, de su tierra vasca, de su amado Madrid, piensa acariciando y cogiendo Las noches del Buen Retiro. Don Pío es hermano de doña Carmen, y ella estará en la «N», decide. La «N» de Nostalgia, resuelve abriendo El encaje en España, ¡cuántas horas le dedicó!, recuerda. Qué hermosos grabados y cuánto estudio. Con razón le dieron el premio. Se lo merecía. Me lo llevo.



 

 

 

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Además, la nostalgia es también melancolía y añoranza. Así es ella. Me la imagino sola y nostálgica en su querida Itzea, su casa de Vera. Sabrá cuidarse, tiene a sus hijos con ella y Julito tiene ya veintitantos años, todo un hombre, y el pequeño Pío tendrá casi diez…

 

Entre la «C» y la «D», meteremos a Encarnación Aragoneses, nuestra Elena Fortún, en la «CH», de ¡Chiquilla!

—Allí estará nuestra chiquilla preferida —dice en voz alta—, Celia y toda su familia.

—Síiii —salta Esperanza rauda como una gacela levantando los brazos —, ¡dámelo, dámelo!

—La «R» será de Reconocimiento, para María Lejárraga, y le quito de un plumazo su apellido de casada, Martínez Sierra, que bastante le hizo sufrir ese Gregorio. La renombraremos siempre con eterno reconocimiento, ¿qué te parece? —pregunta—. Además, fue toda una diputada. Con razón tiene un cargo diplomático, vive en Berna.

 

Se queda pensativa, pues sabe que una de las primeras bombas que cayeron en Madrid destruyó el depósito de libros de María, ¡35 000 ejemplares!, y la casa de Gregorio también fue pasto de las llamas… ¡En fin!, piensa, voy a guardar todos estos ensayos que, aunque están firmados por Gregorio, dudo yo que los escribiera él: Cartas a las mujeres de España, La mujer moderna, Nuevas cartas a las mujeres, Feminismo, feminidad, españolismo… Cuántas horas la vi yo escribiendo… Y esta, Canción de cuna, mi preferida.

La poesía de la señorita Méndez, nuestra socia Concha, la pondré en la «V», de Vitalidad, de Vida, continúa Caridad seleccionando volúmenes de la biblioteca y colocándolos en el cochecito. Aquí está El carbón y la rosa, esta obra teatral para niños le encantará a Esperanza —piensa, guardándola—. Recuerdo cuando la leyó, el mismo día en que Alberti nos recitó sus poemas. ¡Qué mujer! Ella sí que nació adelantada a su momento: viajó sola, era poeta, le gustaba el cine ¡y no llevaba sombrero!

—¿Sabes, Esperanza?, la señorita Concha se casó con un poeta, Manuel Altolaguirre, y tienen una niña, como tú, ¡bueno, más pequeñita!, tendrá ahora unos… dos añitos, creo, y, ¡menos mal!, que la señorita Concha salió de España, porque cayó una bomba en su cunita, me lo contó don Manuel. Ahora está preocupado… —terminó en voz baja, recitando unos poemas de ella que recordaba—: «Sobre la blanca almohada,/ más



 

 

 

 

 

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allá del deseo,/ sobre la blanca noche,/ sobre el blanco silencio,/ sobre nosotros mismos,/ las almas en su encuentro…».

 

»Aquí tenemos los artículos de Victoria Kent —prosigue en voz baja —, tal vez encajen en la «I» de Ilusión, ella fue la que quitó los hierros de las cárceles, ¿sabes?… ¿O los ponemos en la «H» de Humanitaria? «Demasiado humanitaria», alguno le dijo… Creo que fue don Manuel Azaña. ¡Ay!, Esperanza, y mi señora madre decía que ese no llegaría a nada… No estuvo muy acertada la abuela…, que en paz descanse.

»A Clara Campoamor la ponemos en la «D», Desafío, pues has de saber, pequeñaja, que fue ella la que desafió a toda unas Cortes llena de hombres, ¡qué mujer, cuando se empeñaba…!, y les convenció para que las mujeres pudieran votar… y les dijo en voz bien alta que los dos sexos son iguales por naturaleza y por derecho…

 

—Y eso, ¿qué es? —pregunta de repente Esperanza, tal vez imitando una de las frases de Celia.

—Que tú o Ramoncín podéis hacer las mismas cosas, jugar, leer, escribir, estudiar, trabajar… Que…

—Vale, vale —renuncia la niña a una monserga ya conocida.

 

Caridad coge un recorte de periódico, es El Sol y relee con nostalgia: «Homenaje a Clara Campoamor. Por haber promovido la concesión del voto femenino y como defensora ferviente de los derechos de la mujer, va a tributarse a Clara Campoamor un homenaje que consistirá en la edición de un folleto donde estén contenidas las reiteradas intervenciones de la presidenta de Unión Republicana Femenina… Suscriben esta iniciativa… María Martínez Sierra, Concha Espina, María de Maeztu, Matilde de la Torre, Magda Donato, Matilde Huici, Elena Fortún, María Teresa León, Matilde Ras, Truddy G. de Araquistáin…». Y más, muchas más, todas, todas ellas la admiraron, piensa, suspira y lo guarda. ¿Dónde estará ahora su admirada Clara?, dicen que consiguió llegar a Lausanne, a casa de una amiga. Que estaba amenazada de muerte…, pobrecilla.

 

—La «M» es de Muerte, para Federico García Lorca —continúa con un susurro—, qué palabra tan triste. ¿O tal vez lo ponemos en la «L» de Luna?, es casi lo mismo, siempre aparece una luna en su poesía… Mira, escucha… —recita en voz alta—: «la luna vino a la fragua con su polisón de nardos…; Verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua».

Cierra el libro y lo deposita en el cochecito tapándolo con mimo.



 

 

 

 

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—María de Maeztu tiene que tener una letra principal —continúa—, que domine todo, que enseñe todo, que explique todo, ¡eso! La «E», de Enseñanza, Esfuerzo, Empeño, Entrega…

 

—¡Esperanza! —añade la niña imitando a Caridad y recordando los juegos de palabras en que ambas tantas horas ocupan.

—¡Muy bien! —responde—, sus conferencias y sus artículos nos los llevaremos a casa, allí estará más acompañada. Qué decepción para ella estos últimos años, estaba en Francia cuando el golpe, se vino corriendo y después la quitan de su puesto de directora de la Residencia, ¡toda su vida al garete!; y su hermano, detenido y asesinado en la misma cárcel Modelo en octubre. Estaba hundida, solo quería irse, abandonar todo. Gracias a don Ricardo Baeza, pudo salir de España, y ahora está en Buenos Aires, es algo de la embajada, no sé qué, y también profesora en la universidad. ¡Cuánto tiene que añorar su Residencia y a sus pupilas!, era toda su vida.

Se pasa la mano por la cara, intentando ahuyentar la tristeza.

 

—¡Y aquí tenemos al poeta Rafael Alberti! —anuncia jovial—, nos vendrá bien un poquito de su mar en este Madrid tan seco, ¡hala! —dice —, al cochecito —mientras recita cantarina—: «En el viento he de quererte./ Marinera,/ dime que sí».

—Mamá, estoy cansada… Tengo hambre.

 

—¡Por Dios, criatura, que parece que tengas un agujero en el estómago! De regreso nos pasaremos por el colmado, a ver si Ramoncín nos sorprende con algún regalo, si no fuera por él… Enseguida terminamos y nos vamos.

»A ver, qué más tenemos por aquí… ¡Este de Ernestina y recién publicado! Cántico inútil —dice recorriendo todas las estanterías con mano rapaz—. Y ¿este?, El alma del niño —lee abriendo la primera página—, “A mis hijos, inconscientes reveladores de la suprema, universal e inalterable verdad; a las madres, que con reverencioso temor, se han convertido en depositarias de un alma, y a todos los hombres y mujeres que han tomado sobre sí la tarea de encauzar espiritualmente a un nuevo ser”. Isabel Oyarzábal, ¡vaya! Este me vendrá muy bien, seguro que es un manual de cómo ser una buena madre, y también nos llevamos este El traje regional de España, le encantará a Esperanza. Mira, Esperanza, mira que dibujos tan bonitos. Así se visten por ahí, mira en Galicia, y en Levante, mira.



 

 

 

 

 

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La niña, aburrida ya, coge el libro con desgana y, sentándose en un sillón, con sus piernecitas colgando, entierra su mirada en los ricos adornos de telas y peinados.

 

Caridad aprovecha sus últimos instantes de concentración y rauda, casi con avaricia, atrapa títulos y volúmenes, Menéndez Pidal, Emilia Pardo Bazán, Carmen Conde, Ayala, cuentos de Salaverría, y termina diciendo con júbilo: «¡Este!, La Regenta, el que estaba prohibido y me aconsejó doña María».

—¡Vámonos! —exclama jubilosa, mientras arropa con maternal cuidado su preciado cargamento cubriéndolo con una colcha raída que antaño lució sus bodoques en casa de apellido compuesto.

Caridad y Esperanza salen, cruzan la calle y pasan alegres delante de un portal señorial. Dos ojos todavía melancólicos y llorosos las observan.

Arrastran el carrito de bebé con su preciado cargamento de letras. Alimento del espíritu, que no del cuerpo, piensa Caridad, porque ¿qué pondré hoy en el puchero?, se está poniendo todo tan difícil… A lo lejos ve a Ramoncín, ufano, con su correaje y su orgullo infantil, con sus once años y su arrogancia recién estrenada; la ciudad es suya.

 

—¡Camarada Caridad!, no pasarán… Vamos a ganar, tú y yo…

 

—¡Ay, hijo! —responde—, tú, yo, nosotros, ellos… —dice con voz cansada—. Yo soy «los otros».

Se le muda la cara a Ramoncín echando mano a su correaje:

 

—¿Qué dices?, ¿los fascistas?

 

—No, hijo, no. Ni nosotros ni ellos, yo soy «los otros». Los invisibles, los que no son milicianos, ni anarquistas, ni comunistas, ni socialistas, ni fascistas, ni falangistas, ni liberales, ni carlistas, ni monárquicos, ni republicanos…

—¿Y, entonces, quién queda?

 

—Pues «los otros»; el panadero que me regala un chusco; la viuda Pepa, que me pedía rebaja por coser el ajuar de su hija y me pagaba con unas peinetas de plata. ¡Y cómo se lo voy a negar si vivía «en el qué dirán»! «Los otros»: el doctor don Fermín, que no me cobra cuando le llevo a Esperanza; la Pilarica, la baturra que me guarda sopa, y don Félix, el maestro que dice que «no es esto, no es esto…», que dice que lo leyó en un periódico. Sí, hijo, yo soy «los otros», y como yo hay muchos, ¡ea! — zanja Caridad—. Pero no sé dónde están. Callados, sin gobierno, con



 

 

 

 

 

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miedo, perdidos, hambrientos, solos como yo, nos traen, nos mandan, nos llevarán…

 

—No, no, a ti no, ya les he dicho a mis camaradas que te saquen de la lista.

—¡¿Yo, en la lista?!

 

—Sí, te habían visto con esa Clara del Lerroux, la están buscando… —¡Ave María!, ¡doña Clarita!, ¡que no le pase na, Ramoncín, porque

 

te escaldo! —grita golpeando sin tino a un Ramoncín todavía asombrado

 

—. ¡Animales, borregos, que sois unas alimañas! ¡La única que defendió a tu madre!

Caridad, dando manotazos al aire, eleva la vista al cielo con lágrimas y se sabe minúscula, impotente. Ella y «los otros» no existen.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 21

 

«ALÉJELOS DEL FRENTE»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caridad contempla la amplia sala, ahora encalada, y queda satisfecha con

 

el trabajo que le ha retenido toda la mañana. Lo que antes era una inhóspita habitación, un comedor desangelado para unos silenciosos monjes piadosos, es ahora, fruto de su esfuerzo, un gran dormitorio infantil acogedor. Hasta treinta catres han colocado alineados contra las paredes. Al lado de ellos un clavo, «para colgar la ropita», ideó; y unas viejas cajas de fruta que cubiertas con una tela hacen las veces de mesita, «aquí pondrán sus pequeños recuerdos». Tiene las manos laceradas por restregar la madera, por encalar la pared, por aventar los colchones. Afortunadamente, tiene la ayuda de Pere, mozalbete de incipiente bozo, lo único que el Comité le ha podido ofrecer. «Cuente con él, le añadieron, lo que él no consiga no lo hace nadie». En apenas dos días, que empezaron llenos de silencio y finalizaron con secretos compartidos, juntos han acondicionado lo que en adelante será una nueva colonia infantil de Valencia para los niños que huyen del frente.

 

Desde la ventana se oyen las inocentes voces cantando a coro; los más pequeños, bajo la mirada cariñosa de su maestra, Rita. El grupo de mayores está preparando la huerta con Cosme, el maestro. Niños de ciudad que no conocen la flor de la patata.

Caridad, en su condición de auxiliar, sigue fiel a su destino: para un roto y para un descosío, como ya le vaticinó su madre muchos años atrás. No le importa. Fue una decisión de la que no se arrepiente. La guerra, «ese pequeño levantamiento que pronto iban a sofocar», recuerda, parecía un monstruo que lo devoraba todo, ilusión, esperanza y alegría. Durante el infierno de los últimos meses, en Madrid, había leído toda la propaganda que caía en sus manos. Salir. Una opción era enviar a la niña a Francia o a Rusia, recuerda. En París estaba la señorita Victoria, que salió de diputada



 

 

 

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por Acción Republicana en las elecciones del 36 y como secretaria de la Embajada busca acomodo para los niños españoles, también se encarga de los refugiados de los campos de concentración del sur de Francia. No, Rusia y Francia no, está muy lejos, eso nunca, decide. Otra idea que le rondó fueron las colonias infantiles que admitían a chicos y a chicas.

 

Madrid, que en un principio continuó con sus cafés abiertos, sus cinemas y sus tiendas, pronto fue sombra de su pasado alegre. Toques de queda, líneas de tranvía cortadas, miedo en las miradas, silencios delatores y hambre. «Los adultos resisten, pero no lo niños», explican las octavillas. «Aléjelos del frente. Allí estarán cuidados por personas capacitadas. Tomarán fruta, un clima más templado les beneficiará, el sol del mediterráneo será su medicina».

Dicen que los chicos engordan, pensó. ¿Cómo no van a medrar?, con cualquier cosa que les llegue a la boca… No obstante, todavía lo dudó dos veces. La niña también podía estar acogida en una casa familiar, vaciló. ¿Qué sería mejor? Lo consultó con sus celos y ganó ella. ¡Nunca con otra madre!, decide. Caridad todavía ve en la noche la sombra de Julián y su amenaza.

«En la colonia compartirás juegos con otras niñas», convencía a una llorosa Esperanza. «No será por mucho tiempo, en cuanto pueda, yo iré a verte», dice rellenando papeles; nombre del padre, ¿y qué pongo si nunca he tenido que hacer un papel?, lo dejo en blanco. Nombre de la madre: Esperanza Rubio. «Compréndelo, estarás más segura», repite. Luego, la interminable cola para entregar la documentación. «Al fondo, no, no, no es aquí, en el piso de arriba», la dirigen. De pronto, inexplicablemente, un cúmulo de errores y rellena otra vez; «¿Nombre?: Caridad, ¿Estudios?: elementales, ¡pero con máquina de escribir!, costurera, ¡de las buenas!, soltera, cursillos de enfermería, de derecho elemental, también el de biblioteconomía, pero no disfruté mucho, demasiado estudio; en cambio, con las conferencias, ¡qué gusto! García Lorca, y el homenaje del poeta Feliciano Roldán»; y añade imparable: «Que don Federico dijo en el Club: “Yo he visto la noticia de su muerte escrita con sangre blanca sobre las hierbas de Galicia…”, me acuerdo porque hablaba de Galicia, con esa tierra le tomé el gusto a las letras», dice recordando a Gastón y el cuento que leyó de doña Emilia Pardo Bazán; «¿Aficiones?», le cortan. «Me gusta cocinar, ¡con cordura!, no como ahora, tortillas sin huevo o chuletas sin carne, ¡qué asco!; también cantar. ¿Leer? No, no, no es una afición, es una



 

 

 

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delicia», contesta. Queda perpleja su interlocutora. «Auxiliar, aprobada», sella en la solicitud. «¡Siguiente!». «Pero ¿y la niña?», pregunta. «¿Qué niña?». «Yo venía a apuntar a la niña». «Señorita» —le contestan—, «esta oficina atiende solicitudes para el puesto de auxiliar de las colonias infantiles y las normas no aceptan familiares a cargo». Le costó desenredar el entuerto, bien es cierto que tuvo que pelearlo un poco, empezó diciendo que apuntaría a la niña y luego ella iría a la Residencia de Señoritas de Valencia, dijo: «¿Sabe?, es una nueva sede que se ha abierto, dirigida por la señorita Regina Lago, donde han enviado a las chicas que se quedaron aisladas en Madrid, cuando empezó todo esto, ¿entiende? Conozco a la señora Regina, si se lo pido me aceptará». Al final les convenció. Lleva en la mano dos aprobaciones para el mismo destino. Salen en diez días. A las faldas de la sierra Calderona en la provincia de Valencia. ¡Verán el mar y comerán naranjas! Estarán juntas en la colonia infantil, ella de auxiliar y Esperanza de pupila.

 

Era la única cara radiante en una calle gris de adoquines levantados y muros caídos.

 

Se vuelve a anudar el pañuelo a la cabeza y respira satisfecha guardando el largo palo atado a la brocha. Ahora sí tienen los niños una habitación sana. Con este encalado estaremos durante un tiempo libres de las chinches, murmura. En la habitación contigua colocan las mesas, formando grandes cuadrados, donde los chavales compartirán un tarro de lápices de colores, se ayudarán en sus cuentas y se reirán de sus maestros. «¡Que se rían! —aconsejaba Caridad a una enfurruñada Rita—, tienen tan poca diversión».

 

Los cambios de los niños se han notado desde el primer día. Nadie diría que el viaje agotador, primero en tren y luego en autocar, les dejara tan pocas huellas de cansancio. El pequeño monasterio en la ladera de un monte, su futuro hogar, apareció como la portada de un cuento. Hacia él se alineaban dos filas de palmeras y las buganvillas se enredaban por la pared tapando con sus flores rosas y moradas la fachada desconchada. Es una postal que ofrece la serenidad que todos van buscando. Los chicos, nerviosos, llorosos e irascibles durante todo el trayecto estallan de júbilo y desaparecen correteando por el jardín.

 

—¡Hay un pozo! —grita uno.

 

—¡Y aquí una huerta! —chilla otro—, ¡y un embalse…!



 

 

 

 

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—¡Cuidado, no os asoméis! —grita Caridad, saliendo disparada—. Es una alberca para regar.

 

—¡Aquí hay naranjas y manzanas!, ¡de verdad! —se oye otra voz al fondo.

La visión de la fruta les ha devuelto los colores. Haremos compota para el invierno, decide Caridad. Esto sí que será enseñar las ciencias al natural, comenta el maestro, afín a las nuevas corrientes pedagógicas. Recogeremos flores y eucaliptos, olerán bien las habitaciones y les haremos vahos cuando se resfríen, resuelve Rita.

Caridad busca con la mirada a Esperanza, le arrastran tantos miedos que no se decide a soltar el invisible lazo.

—Déjala —devuelve Rita el consejo—, ya es hora de que se comporte como una niña, que llore, ría ¡y que se manche! Abre la mano, suéltala y descansa, tenemos mucho trabajo por delante.

Terminada la limpieza del dormitorio, mirando a Pere, no puede evitar Caridad un dolor punzante. Ellas allí en ese vergel y Ramoncín en la corrala mendigando un chusco. Ramoncín, su ángel de la guarda que, con trece años, quiere ir al frente y que ha cambiado sus mandados en el ultramarinos por el «corre, ve y dile» entre las maltrechas líneas de Madrid, donde su madre, ya famosa miliciana, apoya con energías de matrona idealista a los desfallecidos combatientes, todos sus hijos entre ellos.

Recuerda su última despedida, en la estación del tren, doña Ramona, enjugándole una lágrima con un pañuelo sucio y ajado, pero de batista fina.

—Llévatelo, te hará más falta que a mí. Te recordará que a veces el destino nos regala una salida… o dos…

Caridad sonrió al verlo recordando una noche lluviosa años atrás. —Ramoncín ya no tié na que recadeá con doña Juana. Desde que se

 

terminó el pacto hace buen servicio conmigo —confiesa doña Ramona, sonriendo a una Caridad atónita—. El pacto con el diablo —le recordó al oído—, la viuda Juana quería un hombre en la cama y yo le regalaba el mío. El Chispa y su vanidad hicieron el resto. Ella lo disfrutaba y yo me quitaba un peso de encima, ¡nunca mejor dicho! —continuó resuelta—. ¡Y Ramoncín a cuidarle la tienda, con sus buenas sisas! —terminó Ramona abrazando a una Caridad llorosa.



 

 

 

 

 

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Madre e hijo abrazados riéndose, despidiendo al tren. Fue lo último que vio de ellos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 22

 

UNA LABOR INTERMINABLE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La aguja sube y baja despacio sobre el lienzo blanco, parece lenta, o

 

acaso es su dueña la que pensativa y melancólica la maneja, la ha enhebrado de hilo y ha retomado la tela de lino que paciente espera ser bordada. Está sentada en una silla baja de enea, con su labor en el regazo, en la galería de cristal, al fondo de la casa, la que recibe los rayos del sol de invierno que la caldea. Una mesa camilla, una mecedora y una silla. Cierra los ojos y se traslada en sueños a su casa. Son ya casi tres años de ausencia, de dolor, de miedo. Y apenas unos meses desde que dejó a Esperanza en la colonia por consejo de Rita, pero le parece tanto tiempo que la aguja tiembla.

 

Recordó cómo le sugirieron Rita y Cosme, vaticinando los últimos meses de guerra: «Sal de la colonia infantil y entra como enfermera de la Cruz Roja, te dará inmunidad, no te avergüences, primero salva la vida y luego ya recogerás a la niña», le dijo Rita. «A los niños no les harán nada y nosotros…, ya veremos». No terminó la frase, enlazadas ambas en un triste abrazo.

Llegar a Valencia, a la Cruz Roja, y prestar sus servicios de enfermera, de ayudante de hospital, de lo que sea, fue su obsesión. Un largo camino de incertidumbre en unos meses inciertos que anunciaban el final, carreteras llenas de familias y enseres buscando la salida del mar, pues el país está fragmentado y ya nada es seguro. Solo el mar con su horizonte infinito abre un pequeño respiro de ilusión. Salir, salir, al mar, alejarse. ¿Habrá barcos para todos? No para ella. No. Ella se ha presentado como voluntaria de hospital, ya es una mano más y allí mismo le han buscado acomodo, en la casa del teniente coronel de infantería Vicente Pérez Mancho, un militar que había recibido honores y medallas de una reina regente, de Sagasta, de Alfonso XIII, de Primo de Rivera, que hizo



 

 

 

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promesa de adhesión a la República, que había sido retirado del ejército con la ley de Azaña de 1931 y que ahora había sido llamado al servicio otra vez, a defender la nación, la República. Imponer estrategia, orden y disciplina en las maltrechas filas del ejército republicano. A sus cincuenta y nueve años retomaba su uniforme y recorría las batallas del hambre, el frío y la soledad, mientras que con pena y retraso conocía por carta la muerte por tifus de su pequeña hija Pilar, allá lejos en Valencia. Tristeza en una casa grande, entreplanta, con un largo pasillo y habitaciones a los lados, una madre, dos hijos, una abuela, unos primos y ella. Levanta la vista y a través de su melancolía vislumbra una amplia terraza con macetas de geranios de todos los colores y, al fondo, una conejera, apenas una gran estructura de madera y tela de alambre, por donde corretea una nueva camada de conejos recién nacidos, el sustento que, reproduciéndose constantemente, son el alimento familiar.

 

Tiene Caridad unas horas de descanso y coge la aguja para evadirse de la realidad. Recordar momentos felices, ella y su madre, solas, antes de la niña. Tocar los hilos es encerrarse de nuevo en su pasado, volver a su origen. Pero ahora la nostalgia dibuja otra escena: su madre llorando con una recién nacida en brazos, lágrimas incontenibles de una abuela que recuerda a su hija fallecida. Ojos silenciosos, pero llorosos como dos ríos que vacían su vida. Unos brazos ancianos y maternales que, al tiempo, rechazan y acunan una pena infinita que es muerte para ella y vida del minúsculo ser.

Descansa la aguja y se traga la congoja. Toca su cuaderno, siempre al lado de la costura, su inseparable cuaderno de tapas duras oscuras y páginas rayadas, ese donde llevaba sus cuentas de pedidos con sus señoritas, sus pagos y entregas y en el que en el margen escribía sus pequeños días, sus diminutos pensamientos y sus gastos. Sus últimos años están condensados en pequeñas frases y cuentas. Apenas unas líneas que resumen todo. Sin fechas, ella recuerda el momento del arreglo.

 

Murió madre. No pudo aguantar la pena. Yo me la trago. Darle la vuelta al abrigo de la hija de doña Lucía, a cuenta, 25 pesetas. Estoy sola.

 

No duermo. Dice la señá Ramona que llore, que es bueno. Pues ración doble, lloros míos y de la niña. Sacar el bajo del pantalón del niño Juan. Me lo deben.



 

 

 

 

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Hoy no he hablado con nadie. Coso sin parar. Me arden los ojos como ascuas. No he recibido ninguna carta. Ahora me hacen falta, pero no las leo. No perdono. Fue abandono. Pagadas las composturas.

 

Quitar vuelo a la falda, hechura recta para doña Teresa.

 

Ya lloro menos. Mojo la tela.

 

Me deben las vainicas. Esperanza da sus primeros pasitos.

Cobrar más los botones de doña Ángela, son de concha fina. Regalo de Ramoncín.

Elecciones, no puedo votar, no tengo edad, pero todas las mujeres votan. Me alegro por doña Clara, aunque ella no salga de diputada. Esperanza juega con los hilos. En el Lyceum hay muchos comentarios, unos a favor y otros en contra, han ganado las derechas. Recojo pedidos a todas horas.

Adaptar nuevo cuello blanco al vestido de la señorita Elena.

Yo escucho y cobro los arreglos. Tengo muchos. También quiero hacer por saber. Hace calor y los periódicos dan miedo. No sé qué pensar, hay tanto partido. Ojalá pudiera hablar con alguien. Ahora entiendo a Eusebio. ¿Dónde estará?

Funeral de la madre de doña Carmen, qué gusto al verlas de nuevo, a todas, mis señoritas… Volver.

Regreso al Club, pero no dejo las costuras. Ha cambiado. Muchas bajas y caras nuevas. Doña María de Maeztu no está, hace tiempo que lo dejó, viaja mucho, con conferencias por su trabajo en la Residencia, pero está en boca de todos. Dicen que su hermano Ramiro también está señalado. Yo no sé, pero no he conocido una mujer más fuerte y más entregada a su trabajo que ella. Me dijo una vez que había empezado a trabajar a los 17 años, que hacía una labor interminable, me recalcó. Como esta mía, no termino los ojales.

Dos faldones de recién nacido y una capita de baño para los nietos de doña Julita, ¡cuánta tela! Qué desperdicio. 15



 

 

 

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pesetas a cuenta.

 

Es un febrero muy frío. Hoy por fin he votado, tengo 25 años. Ha sido emocionante. Tenía razón doña Clara. La señorita Victoria Kent es diputada por Izquierda Republicana. Ahora es el Frente Popular.

La moda cambia, todas quieren subir el bajo un poquito.

 

Es primavera.

 

Esperanza, con cinco añitos, lee de corrido, ¡qué niña!, me regalan cuentos y lee a Celia, yo también. Cuentos y cuentas al día, le digo. Nos reímos.

Se lleva la manga pagoda. Bordado de iniciales a cinco pesetas para pañuelos. Muchos encargos. ¿Qué está pasando? Tengo miedo. Guerra.

Hoy tampoco han recogido la compostura de las sábanas, ni ayer ni antes de ayer. Todo está revuelto y a la vez paralizado.

El periódico publicó una lista de detenidos y está el nombre de Ramiro de Maeztu, ¡pobre doña María! Se cierra el Club. Es verano, hace calor y muchas familias están fuera.

He ido a entregar y a cobrar todos los pedidos, con Esperanza. Lo guardaré.

 

En el cuaderno, solo hay suelto un pequeño recorte de papel de estraza ya antiguo y muy manchado en el que se lee «no tuvimos lluvia, hubo momentos irrepetibles». Lo relee una y otra vez.

 

Aparta la tela, coge el lápiz y escribe.

 

Miedo, soledad. ¿A quién puedo contar todo lo que siento ahora y todo lo que sentí en esos momentos? Rechazar todo y encerrarme. No quería a nadie, no quería nada, era mi escudo, como los que usaban los caballeros antiguos, el Cid y esos, con los que yo soñaba antes… Mi escudo para sobrevivir y ocuparme de la niña sin pensar en nada. Vivir sin pensar en él. Soñar pensando en él. Le aparté de mi lado. Me llené de vacío. Ahora aquí, cosiendo, la tela es mi recuerdo. Estoy bordando unas iniciales, R. P., es lo menos que puedo hacer, para la señorita de la casa, para su ajuar



 

 

 

 

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si se casa. Dibujo la R en letra inglesa un poco modificada, estirada, como me explicó él, nueva tipografía, decía. Tuve mucho éxito. Me llevó a su pensión para enseñarme. Cada letra un beso, de los prohibidos. Aprendí todo el abecedario esa tarde, Eusebio, ¿te acuerdas? Madre decía que ya tenía maestría en el bordado. ¡Si lo sabré yo!

 

¿Qué pasará mañana?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Capítulo 23

 

«NO QUIERO OLVIDAR»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Por fin en casa! —afirma Caridad abriendo de un empujón la desvencijada puerta.

 

—¡No necesitamos llave, mamá! —dice una espigada niña saltando de alegría a su lado.

—La suerte de los vencidos, algo tendríamos que tener —contesta resignada—. Vamos.

Entran las dos con sendos hatillos en las manos donde están todas las pertenencias de sus últimos tres años: unas mudas, una escudilla, una cantimplora y dos pocillos con asas. Miran la pequeña habitación como si fuera un sueño. A medida que entra la luz, su ilusión se desvanece. Las fotos colgadas en las paredes están rotas; las tres sillas de enea, agujereadas y desencajadas, tirada la mesa camilla y, en la esquina, solo está la funda de su máquina de coser, ¡su preciosa máquina!, y las estanterías vacías con una gruesa capa de polvo y suciedad. Se acerca a la cocina y un ruido de insectos le da la bienvenida. Las minúsculas habitaciones se han convertido en antros malolientes con colchones rotos y restos de ropas sucias. Caridad regresa a la salita, acaricia las fotos y se derrumba en un rincón sollozando.

 

—No puedo más —repite una y otra vez—, no puedo más, ya no tengo fuerzas para nada más…

—Vamos, mamá, no llores. —Le acaricia el pelo Esperanza—. He encontrado muchos libros y papeles, bajo la pila de fregar… Algunos están rotos, están tapados con hojas de árbol… y ¡huelen bien!

Caridad estalla en un llanto incontrolable. Fue la señora Ramona, ¡seguro!, piensa. Solo ella tendría esa loca idea antes de huir. Salió con sus hijos y no volvió más. Así le acaban de contar. Nadie sabe nada. Los hipos no le dejan hablar.



 

 

 

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—¿Qué vamos a hacer, ratita?, ¿qué vamos a hacer? —repite sollozando abrazada a la niña.

 

El último año fue para ella una constante superación de pruebas y ha podido con todas hasta hoy. Desde que oyó por la radio la definitiva frase… «vencido y desarmado el ejército rojo», toda su obsesión fue regresar a su casa. A la única seguridad que conocía. Volver al claustro materno y enrollarse como un feto, pero ¿era esta covacha su claustro? Recordó como había pasado el último trimestre de la guerra, en un hospital de Valencia, entre muñones y gritos, hasta que entró en la ciudad el otro ejército, el vencedor. Una fiesta, para unos. Se acababa el horror, para todos. Con la palabra «FIN» empezó el ansiado silencio, demasiado cruel a veces. Afortunadamente, de médicos y enfermeras es de lo único de lo que no se puede prescindir y allí estaba ella, haciéndose indispensable, para todos, y para el capitán médico que la mira con buenos ojos.

 

Luego, la depuración, interminables colas aclarando su vida. «No se preocupe —le decía el oficial—, usted no tiene nada que temer». Pero no fue tan fácil. Con la ley de Responsabilidades Políticas no se salvaba nadie. Bien lo sabe ella, que sabe que el militar de la familia que la acoge tiene sentencia de muerte. «Siga haciendo su trabajo, pero preséntese en comisaría todos los días», le advirtieron a ella. «Pero ¿y mi hija?», preguntó. «Los niños han sido trasladados, pregunte en otra parte».

La desesperación del silencio. Preguntar día tras día. Sobrevivir por y para la niña. Transcurren las semanas. Sonsacar aquí y allá. Tal vez en el pueblo sepan, dejar pasar el invierno, visitar cárceles, leer listas de desaparecidos y escudriñar avisos colgados en los muros de las iglesias. Un día tras otro sabiendo que cada hora se aleja más su esperanza, su Esperanza. Nadie sabe. Profundas ojeras marcan su cara. El hospital se vacía poco a poco. Mes tras mes se recompone el orden, basado en una ordenanza impuesta en denuncias, represalias y cárceles. Presos y más presos. Es urgente que el país empiece a funcionar de nuevo. Con férreo control, da igual, pero que marche, decretan.

La flor de azahar, en primavera, es lo único que da la vida a un pueblo vencido. El olor dulzón, intenso, evoca el despertar y la pasión de los cuerpos enamorados. Flores que estallan, blancas como la luz mediterránea, con regusto salado de mar. El hospital, mirando la playa, envidioso del beso de la ola, despierta a la vida en primavera. La



 

 

 

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Malvarrosa, olvidado arenal de espaldas a la ciudad señorial, sale de su letargo invernal entre barcas de pescadores y juegos de chiquillos semidesnudos. Las risas de los niños y sus canciones son medicina para los convalecientes y mutilados que las oyen en la lejanía. Son sonidos que Caridad escucha, detiene sus quehaceres entre bacinillas y, asomada a la ventana, contempla una fila de niños relucientes, uniformados, jugando en su inocencia a marcar el paso, cantando marchas triunfales. Entre ellos descubre a su Esperanza, más alta y huesuda que nunca, pero riendo. No le importa tirar el orinal que lleva en la mano, ante el asombro de sus superiores. Sale corriendo, para explicar, para poder dar lo que pide el azahar, el beso y el abrazo.

 

Le piden papeles. ¿Qué puede dar ella?, su nombre y el de su hija. Nada más. Solo la benevolencia de un capitán comprensivo supera las barreras oficiales. Un hombre que perseguía a la mujer, no a la madre, no con una hija. Un hombre que pide y satisface el deseo, estampa una firma y abandona a la mujer.

 

Ahora, de vuelta en casa, después de meses de viaje, de inspecciones, de preguntas, Caridad, abrazada a Esperanza, contiene sus hipos y sus ahogos. Como en los buenos tiempos, las noticias corren rápido en la corrala y desde la ventana doña Úrsula las mira con envidia. «No, mi Dioni no está —le informa con voz rota—. Faltó un buen día. Así fueron los últimos meses, llegadas y ausencias intempestivas. De tanto en tanto venía el muchacho aquel, el que te rondaba, el de las manchas de tinta, le pregunté, pero no me dijo nada. No contaba nada, para no comprometer, me dijo. Se conoce que algunos le tenían ganas. Un día echó a patadas a otros que se habían metido en tu casa. Decía que unos y otros se la tenían jurada, puso un tablón y no volvió más. Ahora, a veces, alguna noticia, alguna carta, dos llegaron para ti, Esperanza, ninguna del Dioni», termina con voz seca.

 

Del mandil saca dos sobres arrugados que deja en la mesa y acariciando a la niña se aleja.

—Te traeré unas acelgas —chilla desde el corredor.

 

La noche, la bendita noche, lo cura todo, piensa y suspira Caridad. Solamente tiene un deseo, caer rendida en la oscuridad donde las sombras no distinguen la manta sucia ni la habitación desnuda. Son las primeras



 

 

 

 

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horas de descanso en meses, a las que el cuerpo no está acostumbrado, solo Esperanza en su inocencia respira tranquila soñando. Ella, Caridad, despierta, escucha el viento colándose por las ventanas rotas, tal vez otro ratón, imagina, o un paso lejano en la escalera. Se separa con cuidado de Esperanza, que yace tranquila, y se acerca a la mesa camilla donde reposan dos cartas todavía sin abrir. Ha esperado a que la niña duerma. Son ya demasiados lloros en su presencia. Evitarle alguno es una buena idea, piensa.

 

…    «no quiero olvidar…», lee Caridad con ojos aguados y manos temblorosas. Victoria Kent, desde París, la escribe con una firme decisión, no olvidar. Ella no ha podido coger el último barco de refugiados que salía hacia México. Ha quedado atrapada en la guerra europea y escribe.

 

Caridad cuidadosamente dobla el papel que ha leído tres veces seguidas. Todas sus «señoritas» han conseguido salir de España, hacia el exilio, donde formarán su hogar español con otro acento, otro país desde donde recordarán una calle, tal vez una castañera, un árbol, unos olores, donde acrecentarán la nostalgia y recrearán un pasado a su medida, la memoria, esa señorita olvidadiza obstinada en no olvidar… Otras se han quedado en Madrid y sufrirán un exilio interior, profundo, más duro aún, el del silencio.

Las señoritas, ahora, son sombras que la vela proyecta, bailan por las paredes y le vaticinan el futuro: Mabel Rick, en Argentina; Isabel Oyarzábal, de Palencia, en Estados Unidos y México; Zenobia y Juan Ramón, juntos en Cuba, Miami y Puerto Rico; María de Maeztu, desengañada de todos, en Argentina, donde morirá; Carmen Abreu, en París; Encarnación Aragoneses, en Argentina; Dolores Rivas Cherif, en Francia, con su marido Azaña enfermo, luego, México; Ramón del Valle-Inclán, muerto; Trudy Graa, primero en Suiza, más tarde en México; Matilde Huici, en Chile; Carmen Ibáñez, también en México; María Lejárraga, en Argentina y, con ella, también María Martos; Concha Méndez pasará de Cuba a México; y Clara Campoamor, sola con su voto, su pecado, como ella dice, en Suiza y en Argentina, solo muerta, ya ceniza, volverá a su España. Ernestina de Champourcin, exiliada con su poesía. Carmen Baroja vivirá su silencio en Madrid.

 

El Club cerrado, como le han dicho ya, tiene todos sus archivos destruidos. Ahora es la sede de Falange y sus muebles, tacitas y adornos



 

 

 

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son mercancía de venta en una almoneda cercana.

 

Hasta aquí llegó la nueva mujer de España, la que quería ser independiente, trabajadora, la que pedía el voto…, piensa guardando la húmeda carta.

Silenciosa, cogiendo un lápiz, empieza a escribir en el dorso de un viejo papel… «La tarde es otoñal, fría y lluviosa…», recuerda una tarde de 1926 y sigue escribiendo. Ella tampoco quiere olvidar.

 

Lleva dos horas escribiendo y la vela es apenas un pabilo de luz. Se permite un descanso y rasga el otro sobre. No lleva remite. Lee:

 

Tébar, año del señor 1940

 

Estimada señorita Caridad:

 

Espero que al recibir la presente se encuentre bien de salud, deseo que extiendo a la pequeña Esperanza.

Me permito escribirle sin conocerla dada la importancia de la situación. Le ruego me disculpe este atrevimiento, por consejo de don Pascual, el mismo que escribe esta carta que yo le dicto. Le ruego me perdone, pero mis manos nunca fueron buenas para el lápiz y más ahora, con la edad, tan temblorosas.

Usted no me conoce a mí, pero yo a usted sí, aunque nunca la haya visto. Por eso, le vuelvo a pedir perdón por el atrevimiento y le suplico lea despacio esta carta, donde le ruego me ayude por recuerdo de aquellos días pasados, por caridad cristiana o aunque sea solo por agradecimiento al que dio apellido a su querida sobrina Esperanza.

 

¿Apellido, a Esperanza? Relee Caridad una y otra vez. Le tiemblan las manos y continúa ávida:

 

Le voy a contar una historia, de pueblo que empezó hace muchos años, cuando yo era una joven que lavaba alegre en el río. Fina ropa blanca de lino y algodón de la gran casa que ponía a clarear entre la lavanda. Todas las semanas entregaba la cesta a la familia Ocaña, pero un día no la devolví, pues quedose esparcida la ropa, teñida de sangre. El



 

 

 

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señor Elisidoro, el amo, no aceptaba nunca un no por respuesta. Me lavé como pude y aguantando el dolor entre las piernas, regresé al hogar. Solo don Pascual supo en confesión mi tormento. Vergüenza que manchó a mis padres porque me había quedado encinta, pero, como los murmullos de un pueblo son peor que pedrisco en primavera, la mancha llegó hasta el párroco, el único que recogía mi desazón. Don Pascual, amparándose en que los cotilleos mancillaban a la Iglesia, se acercó a la casa de los señores y platicó largamente con el señor, al que le guardó la cara y este, agradecido, dispuso mi destino. En un mes me casaba con mi difunto Félix, uno de sus mozos que se dedicaba a colocar vinos en las pedanías cercanas y nos dejaban arrendar en el linde del oeste unas viñas. El pueblo calló y nació Eusebio, la alegría de mi vida. Hasta ahora que estoy en pura congoja pensando en cualquier sucedido. Sé lo que mi Eusebio ha cambiado en estos años y sé que por el pueblo no puede aparecer. Pero una madre no puede dejar que su hijo se consuma.

 

Ayer volví, después de treinta años, a la casa señorial de los Ocaña. Llevaba un hato de ropa que le entregué a la señora de la casa, la madre del señorito Elisidoro, diciéndole: «Son hermanastros». Le regalé silencio y una vieja sábana manchada de sangre a cambio de papeles limpios para Eusebio. Ella también, en silencio, me lo prometió.

Por eso le ruego, querida señorita, que se ponga en contacto con él y le cuente esta historia de su madre, que no tuvo el valor… Dígale que el orgullo no da de comer. Sé que pasó los últimos años de guerra escribiendo. Decía que rozar la muerte le permitía ser libre. Yo no entiendo sus palabras, solo soy una mujer de pueblo… Está escondido y consumido, tengo una dirección donde me dice que le envíe las cartas. Solo una al mes. Le ruego que tenga piedad de una vieja…



 

 

 

 

 

 

 

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Caridad miró la vela apagada y el amanecer que entraba por la ventana. Claridad, pensó. Él, era él, el que se había casado con Esperanza en el lecho de muerte y le había dado su apellido a la niña; él, el que había parado a Julián sus chantajes; él, el que enviaba y escondía sus preciados diarios al único sitio donde todavía tenía su alma. Él había sido el que las amparó. Él, con quien ella todavía tiembla al amanecer recordando sus húmedos besos.

 

—Despierta, Esperanza, despierta, ya va siendo hora de que conozcas al único hombre que te vio nacer y te dio el apellido, el primero que te besó: ¡tu padre! —chilla Caridad llorosa y alegre.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EPÍLOGO

 

UN PERCHERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los amaneceres madrileños son perezosos y despiertan despacio con el

 

sonido del chirriar de un cierre metálico, el olor de un café humeante o los pasos de los oficinistas diligentes. Las calles, a esas horas, están desiertas todavía, solo algunos edificios vomitan sus trabajadores nocturnos. Trabajadores de papel y tinta que durante la noche componen la lectura del nuevo día. Una pareja entrelazada con una niña de la mano no destaca entre la gente arremolinada que se agolpa en la salida.

 

—Tenía razón Elisidoro, cuando me colocó en el taller, me dijo que en los sótanos del periódico, colocando resmas, me tendría controlado. No hay mucho más que hacer ahí abajo. Que por el día a dormir y que, tal vez, después de algunos años, a lo mejor, volvería a escribir de fútbol y toros. La literatura nacional de ahora, dijo. Solo una cosa se le olvidó, es un trabajo perfecto para pensar.

Pasan delante de una cacharrería, de compra y venta de pequeños artículos. Allí desperdigados reconocen un sillón orejero, un florero y un velador de patas curvadas. Son los restos del Lyceum, como si fueran los soplos desmayados de una dama agonizante. La mujer española en el exilio, olvidada. En el escaparate luce medio roto un perchero de caoba. Ambos se quedan mirándolo.

—Esperemos a que abran, necesitamos un perchero para colgar nuestra esperanza. ¿Qué mejor que este que aguantó el abrigo de Unamuno con su conciencia, de María de Maeztu y su pedagogía, de Victoria Kent y su libertad, de Juan Ramón Jiménez y su melancolía, de los Baroja y su creación, de Clara Campoamor y su igualdad, y de Concha y Federico García Lorca con su poesía…?

—Chissst, ¡te van a oír!



 

 

 

 

 

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NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1, p. 30: el texto pertenece a la traducción que hizo Zenobia Camprubí en 1919 de Regalo de amante, poema 3, de Rabindranath Tagore [Edición Aguilar, 1968, p. 278].

 

Capítulo 4, p. 55 y ss.: las expresiones reproducidas corresponden a la revista La Esfera [núm. 672, 1926].

Capítulo 4, p. 57: fragmentos pertenecientes a la conferencia escrita por María Lejárraga y pronunciada por su marido Gregorio Martínez Sierra el 2 de febrero de 1917 en el Teatro Eslava de Madrid, en el marco del primer festival artístico celebrado bajo la consigna de fomentar la «protección al trabajo de la mujer».

Capítulo 4, p. 58: crónica aparecida el 23 de julio de 1904 en El Liberal de Bilbao, firmada por M. Aranaz Castellanos, de una conferencia impartida por María de Maeztu.

Capítulo 4, p. 60: acusaciones aparecidas en la revista Iris de Paz, órgano oficial de la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María y del Comité Ejecutivo de la Obra de la Buena Prensa.

Capítulo 5, p. 75: «Hablar es un placer de los más vivos que ha procurado la inteligencia», frase que solía pronunciar Manuel Azaña, gran orador, que remite en una de sus misivas a Rivas Cherif [M. Azaña, Cartas, 1917-1935, Valencia, Pre-Textos, 1991].

Capítulo 5, p. 77: «Una lanza por el Lyceum» apareció publicado en el periódico El Sol, núm. 3135, el 21 de agosto de 1927.

Capítulo 6, p. 82: fragmento de carta de Elena Fortún, recopilada por

 

Marisol Dorao, en Los mil sueños de Elena Fortún [Cádiz, Servicio de

 

Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1999, p. 96].

 

Capítulo 6, p. 85: frases pertenecientes al libro Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración, las memorias de María de Lejárraga, publicadas en 1953, las que firma como María Martínez Sierra [Valencia, Pre-Textos, 2000].



 

 

 

 

 

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Capítulo 8, p. 111: verso perteneciente al poema «Sensaciones», incluido en el primer libro de poemas de Concha Méndez, Inquietudes [Madrid, Imprenta Juan Pueyo, 1926].

 

Capítulo 11, p. 129: frase que pronuncia la madre de Celia en el primero de los libros que le dedicó Elena Fortún al personaje, Lo que dice Celia [Madrid, M. Aguilar Editor, 1929], historias que había publicado previamente en revistas.

Capítulo 14, p. 151: deformación de la letra de un chotis de la época, que incluye el nombre de Victoria Kent, que se transforma en un chascarrillo popular, lo que da la medida de su figura pública.

Capítulo 14, p. 153: versos del poema «Amor», perteneciente al tercer libro de Ernestina de Champourcin, La voz del viento [Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, 1931].

Capítulo 15, p. 161: frase que ha pasado a los anales de la historia, pronunciada en el consejo de ministros por el almirante Juan Bautista Aznar, presidente de Gobierno, el día 13 de abril de 1931, previo a la proclamación de la II República.

Capítulo 16, p. 169: afirmación pronunciada por Clara Campoamor en las Cortes el día 1 de octubre de 1931, cuando tuvo lugar el debate acerca del artículo 34 de la Constitución española.

Capítulo 17, p. 179: de Manuel B. Cossío, El maestro, la escuela y el material de enseñanza [Madrid, Ediciones de la Lectura, 1910].

Capítulo 18, p. 187: así definió Indalecio Prieto, por entonces ministro de Hacienda, su posición acerca del voto femenino en 1931.

Capítulo 20, p. 206: el texto pertenece a la traducción que hizo Zenobia Camprubí en 1918 de La cosecha, de Rabindranath Tagore, poema n.º 67.

Capítulo 20, p. 209: versos pertenecientes al poema de Concha Méndez, «Vida a vida», de su poemario Recuerdo de sombras [Madrid, La Tentativa Poética, 1932].

Capítulo 20, p. 211: versos pertenecientes al poema de Rafael Alberti, «Dime que sí», de su poemario Marinero en tierra [Madrid, Biblioteca Nueva, 1925].

Capítulo 20, p. 211: dedicatoria que incluye Isabel Oyarzábal en su libro, que recibió buena crítica de María de Maeztu, El alma del niño. Ensayos de psicología infantil [Madrid, V. H. Sanz Calleja, 1921].



 

 

 

 

 

 

 

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PERSONAJES HISTÓRICOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARMEN ABREU (1898-1981). Socia, traductora profesional, actriz amateur de El Mirlo Blanco bajo la dirección de Rivas Cherif. Casada con el pintor FEDERICO PEÑA y luego con HANS OBERFLT.

 

ENCARNACIÓN  ARAGONESES,  «ELENA   FORTÚN»   (1886-1952).   Socia,

 

escritora muy popular por su saga Celia. Exilio en Argentina. Murió en Madrid. Casada con EUSEBIO GORBEA, militar republicano, dramaturgo por afición, colaboró en El Mirlo Blanco, se suicidó en Argentina.

 

CARMEN BAROJA NESSI (1883-1950). Socia fundadora, miembro de El Mirlo Blanco, escribió varios libros y realizó trabajos artísticos. Hermana de PÍO (escritor) y RICARDO (pintor). Casada con el editor

 

RAFAEL CARO RAGGIO.

 

JOSEFINA BLANCO (1878-1957). Socia, actriz profesional de teatro, casada con RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN. Clara Campoamor les tramitó el divorcio.

 

CLARA CAMPOAMOR (1888-1972). Abogada. Diputada. Escritora. Oponiéndose a su propio partido, pidió el voto para la mujer. Lo consiguió. Impulsó leyes innovadoras y tramitó causas de divorcio muy mediáticas. No fue socia del Club. Exiliada en Argentina y Suiza, donde murió.

 

ZENOBIA CAMPRUBÍ (1887-1957). Secretaria General del Lyceum, traductora profesional, empresaria. Exiliada en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, donde murió. Casada con el poeta JUAN RAMÓN

 

JIMÉNEZ.

 

ERNESTINA DE CHAMPOURCIN (1905-1999). Socia. Poeta de la generación del 27. Exilio en México. Murió en Madrid. Casada con JUAN JOSÉ DOMENCHINA, poeta y secretario personal de Azaña.



 

 

 

 

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ROSA CHACEL (1998-1994). No fue socia. Escritora de la generación del

 

27.  Exilio en Brasil y Argentina. Regresó a España y se le reconoció su labor literaria. Casada con el pintor TIMOTEO PÉREZ RUBIO.

 

AMALIA GALÁRRAGA (1885-1970). Tesorera del Lyceum Club, amiga de Carmen Baroja, casada con JOSÉ Mª DE SALAVARRÍA, periodista y escritor.

 

MATILDE HUICI (1890-1965). Socia, abogada especializada en Tribunales de Menores. Exilio en Chile.

 

VICTORIA KENT (1898-1987). Vicepresidenta, primera mujer abogada junto con Clara Campoamor y Matilde Huici. Directora General de Prisiones. Diputada en 1931 y 1936. Exiliada.

 

ROSARIO LACY DE PALACIO (1891-1954). Secretaria del Club, fue la primera mujer médico. No ejerció nunca profesionalmente. Desarrolló “Las Casas del Niño”, guarderías. Casada con TOMÁS DE ELORRIETA, catedrático de derecho político.

 

MARÍA LEJÁRRAGA (1874-1974). Socia fundadora, escritora (teatro, ensayo, libretos musicales, traductora), casada con GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA, empresario teatral. Firmó siempre como María Martínez Sierra y hay documentos que prueban que las obras de Gregorio fueron escritas por su mujer. Diputada en 1933. Exilio en Argentina, donde murió.

 

MARUJA MALLO (1902-1995). Pintora muy destacada y nombrada en las corrientes pictóricas de principios de siglo. Se relacionaba con Rafael Alberti, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Concha Méndez. Exilio y muerte en México.

 

MARÍA DE MAEZTU (1881-1948). Presidenta del Lyceum Club. Primera mujer española pedagoga. Gran reformadora, defensora e impulsora de la educación de la mujer. Directora de la Residencia de Señoritas. Hermana de RAMIRO DE MAEZTU, periodista y escritor, y del pintor GUSTAVO DE MAEZTU. Murió en Argentina.

 

MARÍA MARTOS ARREGUI (1888-1981). Socia fundadora. Gran lectora, también se encargó de la biblioteca del Club. Casada con RICARDO



 

 

 

 

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BAEZA, editor y diplomático.

 

CONCHA MÉNDEZ (1898-1986). Socia fundadora, escritora, poeta de la generación del 27. Exilio en México, donde murió. Casada con MANUEL ALTOLAGUIRRE, poeta e impresor.

 

ISABEL    OYARZÁBAL     SMITH,    «BEATRIZ    GALINDO»        (1878-1974).

 

Vicepresidenta, escritora, traductora y corresponsal de prensa extranjera, casada con el pintor CEFERINO PALENCIA. Fue embajadora en Suecia. Exiliada en México, donde murió.

 

MABEL RICK. Socia; casada con RAMÓN PÉREZ DE AYALA, escritor, político y uno de los firmantes del Manifiesto de los intelectuales de 1931.

 

DOLORES RIVAS CHERIF (1904-1993). Socia, casada con MANUEL AZAÑA.

 

Hermana de CIPRIANO RIVAS CHERIF (dramaturgo y director de teatro).

 

Exiliada en México.

 

PILAR DE ZUBIAURRE (1884-1970). Fundadora. Intelectual, escritora, pianista y marchante de arte, casada con RICARDO GUTIÉRREZ ABASCAL, se exiliaron en México.

 

Y más, muchas más: Pura de Ucelay, Helen Phipps (vicesecretaria), Luisi Graa, Trudy Graa, Carmen Ibáñez, María Rodrigo, Benita Asas Manterola…

 

VICENTE PÉREZ MANCHO (1877-1957). Militar, teniente coronel con numerosas condecoraciones, destacando la orden de San Hermenegildo. Reconocimiento de la academia de Infantería firmado por la Reina Regente, medalla otorgada por Práxedes Mateo Sagasta, condecorado por Alfonso XIII, por Miguel Primo de Rivera, delegado gubernativo en Teruel, firmó la adhesión a la República, fue apartado del ejército y posteriormente luchó como teniente coronel en el ejército republicano. Condenado en juicio sumarísimo por el nuevo gobierno nacional fue sentenciado a muerte, amnistiado y retirado del ejército con pérdida de medallas y de todo su intachable expediente militar. Sirvió a su patria bajo una regente, un dictador, un rey y una república. Murió en Valencia, triste y desengañado.



 

 

 

 

 

 

 

 

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AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son  numerosas  las  Instituciones  y  los  autores  a  los  que  debo

 

agradecimiento en esta tarea de investigación sobre el Lyceum Club, principalmente, la Biblioteca Nacional y otras (Archivos Históricos de Madrid, Ateneo, Residencia de Estudiantes, ABC, El Sol…). Periódicos, cartas y memorias son fuentes primarias de donde beber. No obstante, quiero destacar algunas que, considero, han sido importantes: Gregorio y yo, La mujer española ante la República y Cartas a las mujeres de España, de María Martínez Sierra (María Lejárraga); Una mujer en la generación del 27, de Carmen Baroja; La revolución española vista por una republicana y El voto femenino y yo, de Clara Campoamor; Cuatro años en París, de Victoria Kent; Diarios, de Zenobia Camprubí; Cartas, 1917-1935, de Manuel Azaña; El alma del niño, I must have liberty y Smouldering freedom, de Isabel Oyarzábal Smith; Reglamento del Lyceum Club, Lyceum Club; El trabajo de la mujer: nuevas perspectivas, de María de Maeztu; y, por supuesto, ensayos, revistas de la época y grabaciones originales como «Voces de la Edad de Plata», Residencia de Estudiantes. Adicionalmente, releer la poesía de Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, Alberti, Lorca o Rabindranath Tagore ha sido una delicia.

 

Agradezco las exposiciones que sobre el tema se han realizado («Misiones Pedagógicas», «Maestras de la República», «Los Baroja», «El voto de las mujeres», «Las Brigadas Internacionales», «Corresponsales extranjeros», «Y sin embargo pintan», «Dibujantas», entre otras), además de conferencias y estudios relativos al tema. No olvido otros tan importantes como las biografías publicadas sobre estas personas reseñadas en mi novela, entre ellos: Los Baroja, de Julio Caro Baroja [RBA, 2011]; María de Maeztu Whitney, una vida entre la pedagogía y el feminismo, de María Josefa Lastagaray Rosales [La Ergástula Ediciones, 2015]; María de Maeztu: una mujer en el reformismo educativo español, de Isabel Pérez Villanueva Tovar [UNED, 1988]; María de Maeztu Whitney: una vitoriana



 

 

 

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ilustre, de Fructuoso Ruiz de Erenchun [Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, Comisión de Álava, 1999]; Los mil sueños de Elena Fortún, de Marisol Dorao [Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1999]; Elena Fortún (1886-1952), de Carmen Bravo-Villasante [Asociación Española de Amigos del Libro Infantil, 1986]; Constancia de la Mora in war and exile: International voice for the Spanish Republic, de Soledad Fox [Sussex Academic Press, 2007]; Concepción Arenal y Victoria Kent. Las prisiones. Vida y obra, de María Telo Núñez [Instituto de la Mujer, 1995]; Clara Campoamor, la sufragista española, de Concha Fagoada y Paloma Saavedra [Instituto de la Mujer, 2006]; Victoria Kent, una vida al servicio del humanismo liberal, de Zenaida Gutiérrez Vega [Universidad de Málaga, 2001]; María Lejárraga, una mujer en la sombra, de Antonina Rodrigo [Algaba Ediciones, 2005]; Mujeres para la Historia: la España silenciada del siglo XX, de Antonina Rodrigo [Carena, 2003]; Amarga luz, de Marga Clark [Funambulista, 2011]; Las modernas del Madrid: las grandes intelectuales españolas de la vanguardia, de Shirley Mangini [Península, 2001]; Rojas: las mujeres republicanas, de Mary Nash [Taurus, 2016]; El sufragio femenino en la Segunda República española, Rosa María Capel Martínez [Horas y Horas, 1992]; Memoria de la melancolía, de María Teresa León [Castalia, 1999]; «La contribución de la mujer española a la política contemporánea de la Restauración a la Guerra Civil (1876-1939)», de Gloria Ángeles Franco Rubio, en Mujer y sociedad en España 1700-1975, de María Ángeles Durán Heras y Rosa María Capel Martínez [Ministerio de Trabajo e Inmigración-Instituto de la Mujer, 1986]; Mujer, modernismo y vanguardia en España (1898-1931), de Susan Kirkpatrick [Cátedra, 2003], además de lo que sobre la historia de España y la Guerra Civil se ha publicado por eminentes historiadores nacionales y extranjeros. Son muchos que no cito, pero que completaron mi conocimiento. Conferencias, exposiciones, organismos y asociaciones que ahora rescatan ese período con otra mirada: desempolvan a la mujer de principios del siglo XX, sea intelectual o no, pero también protagonista de esa época; ellas no fueron ni tontas ni locas, les doy las gracias. Alguien dijo que conocer tu pasado es indispensable para caminar hacia un buen futuro. Gracias, familia, amigas y compañeros a los que de corazón agradezco vuestro tiempo y vuestra ayuda prestada. Caminemos.


FIN

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