/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14872. Atrapada En La Oscuridad. Sánchez Bernal, Toni


© Libro N° 14872. Atrapada En La Oscuridad. Sánchez Bernal, Toni. Emancipación. Febrero 28 de 2026

 

Título Original: © Atrapada En La Oscuridad. Toni Sánchez Bernal

 

Versión Original: © Atrapada En La Oscuridad. Toni Sánchez Bernal

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/atrapada-en-la-oscuridad/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de: 

https://assets.lectulandia.co/b/ab/Toni%20Sanchez%20Bernal/Atrapada%20en%20la%20oscuridad%20(2)/big.jpg 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ATRAPADA EN LA OSCURIDAD

Toni Sánchez Bernal


Atrapada En La Oscuridad

Toni Sánchez Bernal

Una mujer es ejecutada en plena calle, a las puertas de una comisaría de policía. Se trata de Cristina Hidalgo, desaparecida hace veintisiete años.

A partir de ese momento, el objetivo del grupo de Homicidios de la UDEV, liderado por la inspectora Tania Bilbao, es descubrir dónde estuvo todo ese tiempo. Al equipo se une Arturo Yani, un policía atormentado por su infancia, una bomba de relojería que sufre el chantaje de Asuntos Internos para investigar a Tania, conocida por sus métodos poco ortodoxos dentro del cuerpo.

No parecen los más indicados para resolver el caso, pero, justo por eso, son los únicos capaces de llegar hasta las últimas consecuencias. Lo que ninguno de los dos puede sospechar es que bajo sus pies se esconde la peor de las pesadillas.

Toni Sánchez Bernal

Atrapada En La Oscuridad

ePub r1.0

Titivillus 18.11.2025

Título original: Atrapada en la oscuridad

Toni Sánchez Bernal, 2025

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Índice de contenido

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Segunda parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Tercera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Cuarta parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Quinta parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Sexta parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Séptima parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Octava parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Agradecimientos

A mis padres,

porque me dieron un hogar al que volver.

Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.

Pero hay los que luchan toda la vida.

Esos son los imprescindibles.

Bertolt Brecht

PRIMERA PARTE

1

Estar en la oscuridad es como volver a casa.

De repente se da cuenta de eso y le parece triste.

Se quita las manos de la cara. Respiración tranquila, claridad mental, de nuevo la sangre corriendo por sus venas. Se arma de valentía; un, dos, tres, y se mira en el espejo que hay en la pared de enfrente: no se reconoce. No por su cambio físico, sino por lo que delatan sus ojos. Unos ojos que prometen la entrada a una pesadilla.

Vuelve a hacerse un ovillo en la esquina y se obliga a pensar.

Saber que vas a morir te hace libre. Libre de actuar, de moverte a la desesperada; revolverte contra el destino y mirarlo a los ojos. Es lo que se dice desde ese rincón olvidado. No sabe si para asumir lo inconcebible y relajarse, o para sacar coraje de donde no hay. Aún no es consciente de que ha logrado escapar. Mejor dicho: de que está escapando. Un paso y otro paso, esa es la clave. Cada segundo es una victoria sobre sus enemigos y el destino mismo.

Echa a caminar, saliendo del portal en el que lleva media hora escondida, paralizada y con la cabeza hirviendo. La calle la acoge con hostilidad, haciéndole saber que no es bien recibida, que ese no es su lugar. El sol, que apenas despunta, la agrede de frente y el ambiente se le hace bullicioso a más no poder. Tanta gente; hay un alboroto constante que a ella se le enquista y le provoca un dolor agudo en el entrecejo.

No es hora de desfallecer. Sabe que la están buscando y que pueden estar en cualquier sitio. No flaquearán, de eso está segura. ¿Será que la están viendo ahora mismo y esperan para darle caza en el momento idóneo? Con esa duda acelera el paso.

Cuando choca con una mujer y unas naranjas empiezan a rodar por la calle le sobreviene la revelación: no tiene a dónde ir. Está sola.

Reemprende el paso mientras la mujer recoge sus naranjas y le pide explicaciones: a dónde vas tan disparada; estás ciega o qué; eso, vete, qué maleducada eres; habrase visto… A la fugitiva le sabe mal, claro que le

Página 11

sabe mal, pero se obliga a seguir huyendo con el corazón encogido y la respiración entrecortada. Tiene la certeza de estar en Madrid —al menos eso—, pero no reconoce la calle y le da miedo pararse a preguntar.

Si dan con ella la matarán.

La matarán o tendrá que matar, y ella no quiere eso.

Le cuesta, pero a veces hace esfuerzos por recordar su nombre y aquellos tiempos en los que no todo era tan difícil, cuando la vida sonreía y tenía música, cuando había esperanza en sus días. Si mira hacia atrás ve que ha tenido dos vidas, y no sabe cuál ha sido más auténtica.

En algunas ocasiones cree que la noche en la que todo cambió es una invención. Que no pudo pasar tal cosa; que despertará, ¡zas!, y volverá a ser la joven inocente sin sombra alguna. No esta mujer de casi cincuenta años en la que se halla encerrada.

Pero no, entonces la asalta el sudor frío y el temblor que a veces la domina. Por más que corra siempre habrá una verdad que logre dar con ella.

Aquello pasó, y lo fastidió todo.

Era una noche de primavera, casi tres décadas atrás. Recuerda con viveza que después del recital de piano de su hermana en el salón de actos del Casino de Madrid se dispuso a escapar de su familia.

—¿Por qué no vienes con nosotros? —preguntó su padre al ver que se ponía la chaqueta—. Pensábamos ir a La Albahaca a tomar algo. Te encantan las bravas de allí.

—He quedado con las chicas, ya os lo dije.

Ni su madre ni su padre intentaron ocultar su decepción. Él aplastando su papada con tristeza, ella mirándola con censura.

—Sois hermanas…

—He venido al recital, ¿no?

—De verdad que no sé qué he hecho mal con vosotras.

—La vida, mamá. La vida.

Les dio dos besos a sus padres, los últimos que les daría jamás, y se fue del Casino. Se dijo que por qué no tomar algo sola. Se dedicó a vagabundear en busca de un sitio donde llenar el estómago.

Recuerda el paréntesis que se produjo después de pedir y antes de que le sirvieran una pizza. Ese apoyar los codos en la mesa, juguetear con la servilleta, mover el vaso de cerveza de aquí para allá mientras miraba a los demás comensales. Pensó que ir sola a comer o al cine era algo a lo que

Página 12

mucha gente se negaba, y en ese instante se sintió satisfecha de su evolución personal. Por fin empezaba a ver resultados de su proceso: primero conseguir dinero —aunque el modo en el que lo había hecho se le antojaba sucio, pero ya lidiaría con su conciencia más adelante—, después comprarse un coche y ahora esos pequeños grandes pasos como cenar sola un viernes por la noche.

El camarero le acercó la cuatro estaciones y para su gusto se quedó demasiado rato; ahí de pie, delante de ella, con las manos en el respaldo de la silla y sonrisilla de galán. Sí, estaba coqueteando con ella —o intentándolo, mejor dicho—: pobrecito. Pero ella aguantó el chaparrón asintiendo de vez en cuando.

Aquella sería su última conversación normal.

Normal. En el sentido más reconfortante de la palabra.

Cuando hoy rememora aquella velada, las imágenes se aceleran en su cabeza hasta desembocar en ese momento. Ese momento que tantas pesadillas le provoca desde hace años.

Se ve conduciendo su Nissan Primera plateado. Su padre llevaba años empeñándose en comprarle un deportivo, pero ella que nanay, que su primer vehículo quería comprárselo ella misma con sus ahorros, con el sudor de su frente, aunque tuviera que esperar un par de años. Y así fue. Se sacó el carnet con dieciocho y no fue al concesionario de segunda mano hasta que tuvo veintiún años y novecientas mil pesetas en su bolsillo. ¡Qué sensación! El asiento rascaba y el cambio de marchas estaba un poco flojo. «Además, tiene tendencia a irse a la derecha», le dijo el vendedor, pero eso a ella le dio igual. Se dirigió a la M-30 como si llevara un Ferrari.

Y le dio un buen rendimiento, anda ya. Algunos días se llegó a sentir más cómoda al volante de su Nissan que en su propia casa. Aquel vehículo era lo primero que tenía suyo, y significaba libertad; y también intimidad, un lugar que conservara sus secretos de miradas ajenas y cuchicheos no deseados. Y eso era precisamente lo que ella quería, poder llorar sin que la viesen, sin tener que dar explicaciones a nadie.

Fue con esa excitación que da la independencia, con la que aquella noche enfiló la cuesta de San Vicente montada en su Nissan, dejando atrás la estación de Príncipe Pío. En la radio sonaba Héroes del Silencio. Cambió de emisora hasta encontrar una en la que cantaba Madonna. Le gustaba Madonna y su música siempre la invitaba a moverse; alegría que le hacía bien y que necesitaba. Qué cosas tiene la vida. Pocos segundos

Página 13

antes de experimentar un acontecimiento sin igual, ella estaba bailando.

Así, como si todo fuera tan fácil.

Comenzó con una sacudida.

Ella contrarrestó con un volantazo y consiguió dominar el coche hasta detenerlo varios metros más allá. Terminó inclinada hacia delante, con las manos aferradas al volante y con miedo de levantar la mirada. Por un instante temió la embestida de otro vehículo. Pero nada. Esperó un segundo y esperó dos segundos, así hasta que se atrevió a abrir los ojos.

La calma. Siempre recuerda la calma después del accidente.

Al comprobar el silencio solo atenuado por el chirriar del motor del Nissan, pensó que tal vez había atropellado a un transeúnte o alguno de los muchos mendigos que solían dormir en el túnel de plaza de España. Pero no. Qué raro. No había rastro de ningún sintecho. Sí que estaban las mantas y los colchones amontonados a los lados de las paredes, en la acera, pero ni uno de ellos estaba ocupado. Aquella era la primera vez que no veía a ningún vagabundo allí. Se planteó salir a comprobar los daños del coche, quizá tratar de cambiar la rueda o buscar una cabina donde avisar a la grúa.

Sin embargo, no iba a poder hacer nada de eso.

Cuando se dio cuenta ya había alguien rompiendo la ventanilla del coche y agarrándola por el cuello. Ella vio poca cosa, solo a alguien difuso.

Y todo se fue a negro.

Ahora, tantísimos años después y sintiéndose otra persona, recorre la calle asustada. Con el mismo miedo de aquella noche de primavera. La única diferencia es que ahora sabe que los demonios son reales, que tienen nombre y rostro. Es consciente de lo que pasará si le dan caza de nuevo.

Qué difícil tener que escoger: morir o matar, no queda otra.

Se le ocurre una tercera vía.

Ha de encontrar un teléfono. Necesita hacer una llamada.

Página 14

2

El mal existe, eso bien lo sabe él.

Cómo olvidarlo. No tiene más que mirarse en el espejo para comprobar que ahí está, en su lado izquierdo: un amasijo de carne en lugar de una oreja. No, ni siquiera necesita verse en el reflejo, para qué. Lo tiene integrado en su ser, escrito en su ADN, como un sueño en la piel.

Camina ligero, con ansias por llegar cuanto antes. Qué nervios. Cómo odia sentirse así, con el martilleo de su propio corazón. Se recuerda a sí mismo que ha de controlarse. Sí, eso. Desacelera y mete las manos en los bolsillos. Que no se note, que pueda pasar por un ciudadano más, una persona como siempre ha aspirado: con sus melancolías y flaquezas, vale, pero también con la capacidad de sonreír; alguien que haya tenido una infancia cotidiana. No como la suya.

Llega al control de acceso y da su identificación al guarda. Es absurdo, ahora ese hombre tiene su nombre y su foto, pero a él le da miedo que lo reconozca, que lo recuerde de cuando su cara abrió todos los noticiarios del país. Mientras espera, se queda cabizbajo.

—Aquí tiene un pase provisional hasta que le den el definitivo —le indica el guarda—. Es el segundo edificio a la izquierda. ¡Bienvenido!

Bienvenido, dice. Eso le hace sonreír. Recorre la calle principal de ese complejo mastodóntico situado en el barrio de Canillas, en el nordeste de la capital. Cuando se planta frente a la recepción del segundo edificio a la izquierda, vuelve a mostrar su identificación y una mujer le pide que espere sentado, que ahora le llamarán.

Esperar. Odia esperar. ¿Acaso no lleva años esperando esta oportunidad? Y cuando por fin llega el día se presenta en estas condiciones. Está lejos de sentirse bien, pero ¿y cuándo se ha sentido él bien? Apenas ha dormido. Pero sabe que la culpa es de su veneno; el veneno que alberga dentro y que le roe las entrañas con cada bocanada de aire. Esta mañana otra vez ha despertado con palpitaciones y llevándose la

Página 15

mano al pecho. La pesadilla. La misma de siempre. La que vive dentro de él y aprovecha cualquier resquicio para salir.

Como ahora. Le asalta la imagen. Esa imagen; la voz que le susurra, el fogonazo, el chirrido, la sangre… Él.

Cierra los ojos y se da cuenta de que incluso ha dejado de respirar.

Nada, mejor tratar de despejar la mente. Sí, eso, ha de controlarse.

Decide observar a su alrededor. Un hall pulcro y acristalado que deja bien presente el escudo del Cuerpo Nacional de Policía. Él ensancha el pecho, sintiendo la responsabilidad sobre los hombros. ¡Por fin! Por fin está aquí. Aquí, sí. El trasiego es admirable y nunca decae. En todo momento hay policías —algunos uniformados y otros no— yendo de aquí para allá; unos pocos con papeles en las manos, la mayoría con pistola en la cintura.

A un lado, no muy lejos, hay un corrillo que envuelve a un policía que es, a todas luces, el líder socarrón de aquella manada. Cómo le cansa ese tipo de prohombres.

Hace caso omiso y sigue a lo suyo. No desea escuchar conversaciones ajenas, pero tampoco lo puede impedir. Le toca aguantar el relato de aquel policía que se vanagloria de haber multado a una adolescente por llevar un bolso en el que aparecían las iniciales ACAB, acrónimo de All Cops Are Bastards.

—¿Y sabéis qué me dice entonces la perroflauta esa? Que ACAB significa All Cats Are Beautiful, hay que joderse.

Todos ríen y felicitan a su compañero. El policía Macho Alfa continúa relatando los nervios de la adolescente al verse multada y cómo juró y perjuró que ella lo llevaba por el tema de los gatos. Incluso llegó a enseñarle su perfil de Instagram, dedicado exclusivamente a los tres gatos con los que convivía.

—Porque claro, esa gente no puede decir que tienen gatos, sino que viven con gatos, es que… Créeme, en algunos casos una multa es poco, en serio.

Los demás empiezan a burlarse de la chica y la bola de nieve se hace cada vez mayor; se llegan a soltar auténticas burradas a costa de la adolescente.

Él suspira desde su posición alejada, desaprobando lo que está oyendo. No lo puede remediar. Pero tiene tanta mala suerte que el Macho Alfa lo ve.

Página 16

—Eh, tú, ¿qué te pasa, si puede saberse?

No respondas, no le hagas caso, por lo que más quieras, ignóralo, piensa él con la mirada al frente pese a advertir por el rabillo del ojo la atención del grupo de policías.

—Te estoy hablando. ¡Eh, tú!

Él trata de seguir obviándole, qué otra cosa puede hacer. No lleva ni cinco minutos en su primer día de trabajo. No la quiere cagar nada más empezar.

—Que lo sueltes, anda. ¡Dime lo que me tengas que decir! —espeta el Macho Alfa.

—No, nada —responde él, obligado por la presión de todas esas miradas.

—Ya, claro, ¿crees que no he visto tu carita, yogurín? ¡Tú, que me digas!

—De verdad que nada.

—Suéltalo, que aún te va a salir un cáncer.

—Pienso que por tu culpa tenemos mala fama los policías. Solo eso. Cierra los ojos un segundo con disgusto por no haber podido

contenerse.

—¿Qué cojones dices? —pregunta el Macho Alfa con cierta risilla hacia sus acólitos—. Las leyes no las pongo yo, y eso de las siglas ACAB es multable.

—Era una adolescente, por favor, ¿en serio era tan grave hacer la vista gorda? No hace falta ser un radical peligroso para hacerse con uno de esos bolsos. Yo mismo los he visto en tiendas de suvenires de Atocha. ¿Y si esa chica realmente lo llevaba por lo de los gatos, qué? Si esta mañana no tenía nada en contra de los policías, te aseguro que ahora sí. Lo irá contando por ahí, ahora puede estar incluso en TikTok acordándose de tu madre, y lo que más me fastidia es que nos va a meter a todos los policías en el mismo saco.

—¿Tú has visto dónde estás, chaval?

El Macho Alfa se acerca, amenazante. Algún que otro compañero le pide calma y hasta le pone la mano en el hombro; y surte efecto. El hombre sonríe a sus acólitos.

—Al niño le falta calle —alcanza a decir—. Ya se curtirá, ya…

Él se obliga a juntar los labios. Bastante ha llamado ya la atención. Suelta un bufido y se sacude la adrenalina. Para serenarse, observa de

Página 17

nuevo el hall.

Levanta la mirada y ve que, en un mirador que hay en la segunda planta y que da a las escaleras, se encuentra una mujer que lo observa fijamente. Cincuenta años, media melena, semblante mustio y un perenne ceño fruncido. En las manos lleva una taza colorida cuyo vapor sube y se disipa frente a esos ojos que lo miran con curiosidad y desconfianza. En realidad, más desconfianza que curiosidad.

Sin embargo, no es esa mujer quien lo llama, sino la recepcionista:

—¿Inspector Arturo Yani? Ya puede pasar. Coja el ascensor. La

segunda planta a la izquierda. Sala de reuniones número cuatro.

Él frunce el ceño. ¿Ha de ir a una sala de reuniones y no a la sala común de la Brigada? Todo empieza mal, piensa Arturo en ese instante.

Página 18

3

Suele decirse que las decisiones importantes no deben tomarse en caliente. Quien recomendó eso nunca conoció a la inspectora Tania Bilbao. Ella es una locomotora en marcha, así es como funciona. Sabe que el

novato está en la sala de reuniones número cuatro, pero eso a ella le da igual. Que espere, que empiece a incomodarse en la silla, que se ponga nervioso y se pregunte qué diantres pinta él aquí.

Lo ha estado observando un buen rato desde aquí arriba y no ha encontrado nada admirable en él. Sí, tiene pose, que no porte, de gentilhombre; mirada atormentada y andares de quien se sabe roto pero decide disimularlo pese a todo. Eso hasta le parece tierno, mira tú por dónde. Qué dulce. Pero también es verdad que parece cargar con una mochila tan pesada que le hace bajar la mirada y no ser capaz de apreciar el presente, acaso vislumbrar un poco del futuro y seguramente ni eso. No más que sombras difusas, y con suerte.

Un caso perdido. No todo el mundo puede ser policía. Y menos de la Judicial.

Bebe un sorbo de café. Sabe que la imagen de una inspectora de Homicidios con una taza de Spider-Man por la comisaría no es algo serio, pero eso también le da igual. Se limita a saborear el café y a desear que haga efecto pronto. Lleva muchas horas acumuladas de trabajo y pocas de sueño.

Apoyada en la barandilla del mirador del segundo piso, ve subir al agente Estrada con sus amigos de otras brigadas.

—Estrada.

Tania sabe que no ha de levantar la voz. Un susurro suyo es una orden para sus subalternos.

—Dime, jefa —dice el agente despidiéndose a la vez de sus camaradas.

—¿Qué es eso tan gracioso que les contabas a tus amigotes? Que desde aquí arriba no he escuchado nada, pero he visto muchas sonrisas y tengo

Página 19

curiosidad.

—Ah, una anécdota sin importancia. No es nada.

—Anímame el café, va, que me he dejado las galletas de avena en el despacho.

—Nada, que esta mañana he multado a una chica por llevar un ACAB encima.

—¿En serio? ¿Dónde lo llevaba?

—En su bolso.

—Vaya… ¿En el bolso, dices? Guau…

Saborea el café, la amargura le gusta. Se permite unos segundos de falsa deliberación.

—Entiendo que un «zeta» que se pasa todo el día patrullando metido en un coche lo haga, pero tú… ¿Qué pinta un agente de la UDEV multando a una pobre chica?

Estrada va a responder cuando su superior le indica con un gesto que era una pregunta retórica. Da un sorbo al café con la mirada perdida, pensativa.

—¿Con qué estás ahora?

—Preparando el informe sobre el caso de Jasmine Vargas.

—Pues mira lo que vamos a hacer. Lo que lleves hecho se lo pasas a Marga, para que se haga cargo ella.

—¿Y yo, inspectora?

—Mira tus redes sociales, un foro de coches o lo que te dé la gana. Mañana sin falta, a primera hora, te plantas en el despacho de Miravete y le pides el traslado a otra unidad.

La cara del agente se enturbia; quiere creer que no ha entendido bien, pero el rictus de su superior no deja lugar para la duda.

—No puedes echarme así, y menos tú.

—¿Qué insinúas, Estrada?

—No insinúo, lo afirmo. Ya sabes lo que se comenta.

—Créeme, Estrada, mañana pide el traslado, es lo mejor. De lo contrario, le pasaré el algodón a cualquier paso que des en las investigaciones y veremos qué ocurre, con suerte acabarás expidiendo pasaportes.

El agente aprieta los dientes y los puños. Da media vuelta y regresa a la sala común.

Página 20

Tania, sabiéndose sola, emite una mueca de disgusto. No es fácil ser una líder. Ve que le queda café suficiente para lo que viene —será breve, se promete— y pone rumbo a la sala de reuniones número cuatro.

Página 21

4

Arturo se imaginaba el inicio de la jornada de una manera muy distinta. No así, sintiéndose escrutado por el hombre frente a él. Le ha preguntado alguna que otra cosa para romper el hielo, si le ha costado encontrar el lugar, si ya había estado aquí antes, cuándo se graduó; datos que en realidad le dan igual, pero que evitan que la escena se vuelva todavía más incómoda.

La sala tiene uno de los lados acristalados y da al pasillo. Así que, de reojo, Arturo aprecia su reflejo, y esto le obliga a desviar la mirada. Cualquier cosa con tal de no verse, de no recordar su no-oreja una vez más. También hay un reloj que acentúa cada uno de los segundos y que se suma al molesto zumbido del fluorescente, que ya está pidiendo la jubilación.

El hombre que tiene delante, el subinspector Pablo Quintas, tamborilea con sus dedos sobre la mesa. Lleva un buen rato excusando a su superior: «Debe de estar al caer, ya lo verás, la estarán entreteniendo con cualquier asunto».

Qué decir. Arturo aprovecha para estudiar a su futuro compañero de grupo.

Es de trato amable aunque de mirada apagada. Demasiados años en este trabajo. Viste una camisa no muy elegante que esconde bajo una americana de pana.

Este aire casual en la vestimenta del policía veterano despierta todas las alarmas en Arturo, ¿y si se ha puesto un traje demasiado formal? Por un momento envidia a los agentes uniformados —como él mismo hasta hace tan solo dos días—; cuánto tiempo se gana al no tener que pensar en cómo ir vestido al trabajo. De poderse mirar en la pared acristalada, a Arturo le gustaría verse con su traje de tres piezas azul oscuro y sus zapatos recién lustrados para saber si está haciendo el ridículo o no. Aunque sospecha que sí, que desde que ha salido de casa todo el mundo

Página 22

con el que se ha cruzado ha pensado: «¿Dónde va ese tío con semejantes pintas? Ni que fuera un ministro».

Maldice en sus adentros haber hecho caso a Blanca cuando se abre la puerta.

—Perdón, está siendo una mañana de locos —dice la mujer sin mirarle.

Se sienta al lado de Quintas, dejando una taza de Spider-Man sobre la mesa. Entonces coge un expediente y estudia algunas hojas con un interés inusitado.

No levanta la mirada hasta pasados unos segundos, cuando le muestra una sonrisa forzada que enseguida borra.

—Soy la inspectora Bilbao, encantada.

—Inspector Yani, a sus órdenes.

—Relájese, ¿quiere? No estamos en la Academia.

Arturo destensa los hombros un poco. Se permite respirar.

—Tengo muchas ganas de trabajar con ustedes.

—Bueno, no empiece la casa por el tejado.

Tania vuelve a enfocar su interés en el expediente.

—Lleva años de «zeta», desde que ingresó en el Cuerpo, ¿a qué viene este cambio de repente?

—No sé si figura ahí, pero llevo un tiempo pidiendo el traslado a la UDEV.

—Sí, desde que aprobó las oposiciones para la Judicial. Pero siempre le han denegado el acceso en el último paso, ¿verdad?

—Así es.

—Y volviendo a mi pregunta, ¿se ha cansado de ser un «zeta»?

Arturo se concede un segundo de silencio. Siempre le da rabia cuando la gente —especialmente otros policías— se refieren a los patrulleros como «zetas». No sabe por qué; es consciente de que es un mero apodo, pero le parece despectivo.

—Si le soy franco, valoro mucho la labor de los Grupos de Atención Ciudadana, me parece que hacen un trabajo importantísimo. Son la cara visible para el ciudadano, los primeros en acudir a los sitios y los que pisan la calle. Cuántas veces la mera presencia de una pareja de patrulleros ha impedido que en una plaza se trapichee, en un comercio se efectúe un robo o cometa una agresión, por ejemplo. Son la línea visible.

Página 23

El subinspector Quintas le guiña el ojo, la respuesta ha sido fetén, y la inspectora emite una sonrisa durante un segundo. Solo un segundo, es verdad, pero algo es algo.

—Y entonces, ¿por qué dejarlo?

—Señora…

—Inspectora Bilbao.

—Inspectora, no lo entiendo. Esto parece una entrevista de trabajo y se supone que mi entrada en el grupo VII ya estaba confirmada. Al menos, eso es lo que me aseguraron.

—El grupo VII es el grupo que yo dirijo, y he de aprobar a todos y cada uno de los miembros que se incorporen. Así es, inspector, han aprobado su ingreso en la UDEV, enhorabuena, y algún graciosillo le ha destinado al grupo VII, pero me temo que aquí ya tenemos el cupo lleno.

—Ni siquiera me ha dado la oportunidad, si al menos me diera unos días de margen…

—Inspector Yani, sé quién es usted.

Eso sorprende a Arturo, aunque tampoco demasiado. Ya se olía algo así. En fin, llama la atención. Su característica falta de oreja izquierda es más que evidente.

—¿Quién se cree que ha estado rechazando su solicitud todos estos años? Y de repente, no sé cómo, me viene la orden de arriba de concederle un puesto en mi grupo… Imagine mi sorpresa. Y ya que estamos de confidencias, ¿por qué el grupo VII?

—Si eres futbolista quieres jugar en el Barça, ¿no? —dice Arturo—.

Ustedes tienen una tasa de resolución de crímenes que sobrepasa el 96 %.

—Actualmente, como seguro sabe, no gozamos de muy buena fama y tenemos una lupa constantemente vigilándonos, ¿por qué no ingresar en el grupo V, por ejemplo? El inspector Sempere es la mar de apañado, ¿verdad, Pablo?

—Va por los pasillos dando los buenos días a todo el mundo, eso me gusta.

—Le contaré lo que va a pasar —dice la inspectora—. Ahora usted se quedará aquí, tomando un café con el subinspector Quintas. Mientras, me acercaré al despacho de la inspectora jefa para comunicarle mi decisión y averiguar qué será de su futuro.

Se levanta enérgica, dejando la taza de Spider-Man sobre la mesa.

—Muchas gracias por su tiempo —dice saliendo por la puerta.

Página 24

Arturo mira a Quintas desorientado y sin resuello. A punto de caer por KO.

—Por si las dudas, yo era el poli bueno —bromea Quintas, muy socarrón.

Página 25

5

Transcripción de la llamada a la Agencia de Seguridad y Emergencias Madrid 112, recibida el 19 de enero a las 10:32h.

TELEOPERADOR: 112 Madrid, ¿cuál es su emergencia?

MUJER: ¿Hola?, ¿me escucha?

TELEOPERADOR: Dígame.

MUJER: Tengo que encontrar a una inspectora. Solo sé su nombre, pero no sé dónde está. Ayúdeme, por favor.

TELEOPERADOR: Ahora mismo me coordinaré con la Policía para que desplace unos efectivos allá donde se encuentre. ¿Cómo se llama?

MUJER: ¿Qué? No tengo tiempo para eso.

TELEOPERADOR: Dígame dónde se encuentra y ahora mismo le envío a unos agentes de Policía.

MUJER: Podrían estar escuchando la llamada. Tengo miedo.

TELEOPERADOR: ¿Está bajo coacción? No cuelgue, trataré de geolocalizar la llamada.

MUJER: ¡No! ¡No lo haga! Solo necesito saber dónde puedo encontrar a una inspectora en concreto. Se llama Tania Bilbao.

TELEOPERADOR: No cuelgue. Aquí me sale que está en Arganzuela. Espere unos segundos…

MUJER: ¿Es que no lo entiende? No quiero que me encuentren. Quiero ser yo quien vaya. Se llama Tania Bilbao, creo que es de la UDEV, ¿dónde está la UDEV?

TELEOPERADOR: No puedo facilitarle dicha información, señora, espere unos segundos y…

MUJER: ¡¡¡No entiende nada!!! ¡¡¡Grrrrrrrr!!!

[CLIC]

TELEOPERADOR: Señora… ¿Señora? ¿Está ahí? ¿Me oye?

Página 26

6

Nadie debe decirte cómo organizar tu casa, tampoco tu equipo de investigación. Tania Bilbao recorre el pasillo de la tercera planta pisando fuerte. Llama al despacho de la inspectora jefa sin molestarse en esconder su enfado.

—No, Tania, por favor, no estoy para uno de tus cabreos matutinos. ¡Y la próxima vez espera a que te dé permiso para entrar!

—Oh, venga, si estás sola.

—Pero haciendo cosas importantes.

Ella es Paloma Miravete, la superior inmediata de Tania. Es dos años menor que ella, y aunque ambas se profesan respeto y aprecio —ya son muchas jornadas a sus espaldas—, cuando Paloma se ha de imponer, se impone. Ahí no hay duda.

—Tania, en este tema tengo las manos atadas. —¿Alguna vez has escuchado el término «sororidad»? —No mees fuera del tiesto, ¿quieres?

—Yo escojo a mi gente, siempre ha sido así, y no quiero trabajar con ese novato que me estáis intentando colar. Es mi grupo.

—Te corrijo —dice Miravete—: no es tu grupo, es un grupo del Cuerpo. En términos prácticos, de la mayor autoridad aquí.

Señala arriba, hacia el techo a la vez que se encoge de hombros. —¿Es él?, ¿el mismísimo Papa está orquestando todo esto?

—Ese joven puede ser un activo valioso, ¿por qué no le das una oportunidad? Sangre fresca, con ganas, cargado de ideas nuevas.

—¿Tú sabes quién es?

—Sí, ¿y qué?

—¿Cómo que y qué? Que este no es su lugar, es más que evidente.

Se sienta ante el escritorio de su superior. Respira hondo y junta las dos manos; desea serenarse para expresarse con la mayor claridad posible.

—No digo que ese chico no tenga cualidades, ahí está su hoja de servicio que es impecable, pero algo me dice que es una bomba de

Página 27

relojería. Igual no estalla hoy ni mañana, pero lo terminará haciendo, y cuando llegue ese día no lo quiero a mi lado.

—En todos sus años de servicio no ha dado ni un solo problema. Estás viendo demonios donde no los hay.

—¿Me estás llamando loca?

—No, pero te encanta joder la marrana, querida, acepta eso aunque sea.

—¿Qué puedo hacer?

—Darle un escritorio a ese chico.

—¿Por qué no lo enviáis a otro grupo? En el III falta gente, Márquez siempre va llorando por las esquinas con que necesita más personal. O en el IV, Delgado seguro que no se niega. ¡Ella nunca dice que no! Bueno, solo a mí, pero porque le caigo mal.

—En el grupo VII os hará falta gente dentro de nada. Sabes que Pablo está a punto de jubilarse. Así dispones de un tiempo para que el chico coja rodaje y ocupe su lugar.

—Nadie puede sustituir a Pablo —comenta Tania casi ofendida.

—Ya me entiendes, mujer. No te pongas a la defensiva.

Se quedan calladas. Tania rumia cómo proceder y Paloma la mira con hartazgo.

—Si no estás de acuerdo, pues oye, ya sabes con quién has de hablar.

Pide audiencia con el Papa, y a ver si se obra el milagro.

Y Tania va, vaya si va. Es al llegar al último piso, cuando está a punto de acceder al despacho de la secretaria del comisario Méndez, que la asalta un agente.

—Disculpe, inspectora, necesitamos su presencia abajo, en el control de acceso… Me da apuro venir a buscarla, pero hay alguien que reclama verla… Y como no conseguimos que se vaya por las buenas… o que se calme, pues…

—¿Por qué?, ¿quién es?

Se acerca a la ventana más próxima y echa un vistazo.

—Mátame…

Se olvida de lo que iba a hacer. Incluso de coger el ascensor. Baja las escaleras corriendo.

Página 28

7

Abochornada, Tania apenas escucha el sonido de su móvil. Y eso que es una melodía cansina que se incrusta en su cerebro cada vez que la llaman, pero es que hay demasiado ruido ahora mismo en su cabeza.

Apenas alcanza a consultar la pantalla: es un número desconocido.

Su deber es responder, pero devuelve el teléfono al bolsillo de la chaqueta.

En cuanto está cerca del control de acceso, un joven con vocación autodestructiva, vida prestada y tendencia a ser un miserable, realiza una especie de baile patético.

—¡Yeah, la jefa ha venido! —grita—. ¿Qué os dije, que iba a venir o

no?

—Disculpad, lo siento mucho —dice Tania a los guardas que rodean al joven.

Lo coge de la manga del chándal y se lo lleva varios metros más allá. Echa un vistazo rápido al chico y no puede sentir más que dolor. Con solo veintiún años, ese joven se hunde en una fosa con cada bocanada de aire; ya está muy lejos de la superficie y no parece tocar fondo. Cada vez que lo ve está peor, y lo más terrible es que, si nada cambia, Tania sabe que llegará lo que más teme: el día que no lo vuelva a ver. O peor aún, que lo haga sobre la fría mesa de una sala de autopsias.

—¿Se puede saber qué quieres?, ¿a qué has venido aquí?

—A verte, qué si no. Dame un abrazo, va.

La envuelve y Tania se deja abrazar. El problema es que después le huele el aliento. Menuda bofetada.

«Atención, estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén». Esta es la parada. Por fin. Parecía que no iba a llegar nunca…

Página 29

Y es que le ha costado orientarse.

Primero entró en un bar y pidió un teléfono, pero tras la llamada frustrada al 112 consiguió no caer en el desánimo. Se escondió en una parroquia y ante una estatua que la miraba de forma piadosa, enumeró los pasos que debía dar para sobrevivir. Se repitió a sí misma que sí, que el riesgo merecía la pena —tampoco es que tuviera otra opción— y decidió ponerse en marcha. Venga, va.

Con ese nuevo aliento en el cuerpo, salió a la calle y le quitó un par de billetes al mendigo que estaba pidiendo en la puerta de la parroquia. Robar está mal y llama la atención —algo que ella no deseaba—, pero necesitaba dinero para alcanzar su propósito. Eso le sirvió como justificación. Se acercó a un locutorio que estaba unas calles más allá y a donde llegó con la mirada puesta en su nuca, no fuera el caso de que el mendigo la hubiera seguido o, peor aún, de que sus captores la estuvieran cercando. Pidió treinta minutos de internet y allí, entre una marroquí que hablaba con su familia y un coreano que charlaba con su novia, buscó en Google la dirección de la UDEV. No fue difícil; lo complicado fue lo que para todo el mundo es lo básico: moverse por internet. Esto en los noventa no pasaba, pensó al levantarse del ordenador y bajar a la boca de metro más cercana.

Se le hizo difícil de gestionar el momento en el que pisó el andén. Qué decir de cuando entró en el metro. Tantos años sin coger uno y se dio cuenta de que nunca lo había echado de menos. Otras cosas, sí, pero el metro nunca. Acorralada entre los pasajeros e intoxicándose con un sinfín de sudores, enfocó la mente en su objetivo para no desmayarse.

«Atención, estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén». Cuando el metro se detiene, se siente un poco más cerca de la inspectora Bilbao.

Pupilas dilatadas, lengua moviéndose para hidratar la boca seca, pies saltarines; Raúl va colocado y eso hiere a Tania. Es como si le clavasen un puñal en el estómago y se lo retorcieran. Quiere vomitar y echarse a llorar sobre el mismo vómito. Y ojo, no tendría inconveniente en hacerlo si eso conmoviera al joven e hiciera que recapacitase. No le importaría lo que después dijesen de ella, lo haría con sumo gusto. Aquí y ahora. Pero no,

Página 30

ese chico ya no tiene solución. Ese es su miedo. El pensamiento del que huye día tras día.

—¿En serio te presentas aquí, así, de esta manera?

—¿Así cómo? Joer, que es un chándal limpio. Yo lo que quiero es hacer un bisnes.

—¿Pero de qué estás hablando ahora?

—Oye bien esto. —Mira de lado a lado en busca de confidencialidad

—. Tengo una guitarra eléctrica superguapa, con sus detalles plateados, es increíble. Ah, y la vendo con ampli, no te digo más. ¿Tú sabes de algún compi tuyo que me la quiera comprar?

—¿De dónde has sacado la guitarra y el amplificador, si puede saberse?

—De un amigo que se ha mudado y ya no la necesita.

—Ya, claro. Si me informo por los garitos de música en directo de Madrid no encontraré a nadie a quien le hayan birlado la guitarra, ¿no?

—Me ofendes —dice Raúl.

—He de volver adentro. Hazte un favor y vete a dormir la mona, anda. Raúl, como un loco, vuelve a acercarse al control de acceso.

—¡Eh, ¿alguien me compra una guitarra?! Vosotros, maderos. ¡Eoooooooo!

Los guardas miran con caras de circunstancias a la inspectora y a esta no le queda más remedio que actuar. Se lleva la mano a la parte trasera del pantalón, pero entonces repara que las esposas, al igual que la pistola, están en el cajón de su escritorio, en su despacho.

—Agente, espose al caballero y llévelo al calabozo. —Pe-pero inspectora… Usted cree… —Proceda, por favor.

Así hace, y se lleva al joven al subterráneo del complejo.

Tania se queda clavada junto al control de acceso. Qué triste ser ella. Cuando ya no cree que le quepa más dolor, siempre hay una gota más que se acerca al límite, y el vaso ya está peligrosamente lleno. No tiene ni energía para enfocar de nuevo la mirada.

Solo la saca de su mundo nebuloso el sonido de su móvil. Es otra vez el número desconocido. No tiene más remedio que responder.

—¿Diga?

Página 31

Gira a la izquierda y mira a su alrededor. Sabe el espectáculo que está ofreciendo a todos los transeúntes y conductores; o bien la observan descaradamente o bien lanzan calculadas miradas de reojo: una mujer de mediana edad aterrada como una niña que no desea ser alcanzada por el monstruo de sus pesadillas. Solo le falta un peluche entre los brazos.

El sol, que cada vez está más arriba, la ciega. Nota la sangre zumbando en sus oídos y la ofende su propio hedor. El sudor le está mordiendo la piel. Demasiados latidos huyendo.

Adivina a su derecha el muro que delimita el complejo policial de Canillas. Un poco más allá, al final de la calle, hay un acceso de control.

Venga, ya falta poco, se anima a sí misma. La invade una sensación real de euforia. Por primera vez en muchos años se permite sonreír, y eso es un error fatal.

—¿Inspectora Bilbao? —le pregunta la voz de un hombre al otro lado de la línea.

—Yo misma, ¿con quién hablo?

—Me llamo Francisco Rodríguez, no nos conocemos, trabajo para el 112 en Madrid. He contactado con sus compañeros de la Central y, después de explicarles el motivo, han accedido a darme su número. No lo haría si no fuese importante, se lo aseguro.

—Dígame, entonces, ¿en qué le puedo ayudar?

—Resulta que hace unos minutos, aquí en el 112, hemos recibido una llamada muy alarmante. Se trataba de una mujer que la buscaba.

—¿A mí?

—No quería saber de nadie más.

—¿Y esa mujer dijo su nombre o el porqué de su llamada?

—Nada. Se negó a facilitar cualquier dato. Ya hay un juez que ha pedido una orden para que la compañía telefónica nos diga a quién pertenece el número desde el que ha llamado, pero ya sabe cómo van estas cosas… Había pensado en enviarle la grabación, por si usted reconoce la voz.

La inspectora se queda sin palabras. Busca en su memoria, pero no tiene ni idea de quién puede querer contactarla con tanta desesperación.

Aun así, hay algo que la distrae.

Página 32

Es una furgoneta negra que derrapa por la esquina y enfila la calle a toda velocidad.

La fugitiva, con los ojos entrecerrados por culpa del sol, no ve acercarse la furgoneta negra. Pero hay algo en el ambiente; el aire se remueve y parece prevenirla con un aullido, acaso es el destino preparando lo inevitable.

Intuye que tiene problemas cuando percibe que la ventanilla de la furgoneta empieza a bajarse.

Un reflejo del sol la pone sobre aviso, y su cabeza lo procesa todo a cámara lenta. Tania ve el cañón de una pistola que asoma por la ventanilla del conductor de la furgoneta. Su primer instinto es recurrir a su H&K USP Compact, pero mierda, se la ha dejado en el escritorio. Su única solución es correr hacia la mujer amenazada sin nada más que su mera presencia.

—¡Rápido, conmigo! —dice a los guardas del control de acceso, que sí van armados.

Pero es tarde. La fugitiva apenas escucha los disparos que terminan con su vida. Solo tiene tiempo de mirarse el pecho agujereado antes de caer de rodillas en la acera, con la mirada apagada y la boca que se niega a lanzar el último aliento.

Cuando va a desfallecer en un charco de su propia sangre, llega una mujer que la acoge entre sus brazos mientras pide a unos policías que llamen a una ambulancia.

—¡Rápido!

Las dos mujeres buscan con su mirada la furgoneta, pero ya no queda rastro de ella, solo el ruido de un motor alejándose y el olor a goma quemada.

Página 33

La fugitiva sufre los últimos estertores sin saber que ha cumplido su objetivo: encontrar a la inspectora Bilbao.

Página 34

8

El aturdimiento la sumerge en una negrura total. Podría probar a gritar, pero está segura de que no emitiría sonido alguno. Ni siquiera sabe si está respirando. Se encuentra dentro de un pozo, el frío le cala los huesos y solo allá arriba hay algo de luz. Una luz que arrastra una voz. Una voz que se dirige a ella.

—Voy a darle un sedante, ¿de acuerdo?

Saliendo del estado de shock, Tania vuelve a escuchar el alboroto de su alrededor. Enfoca la mirada: tiene delante a un hombre, miembro del equipo médico de la UVI móvil.

—¿Qué? —pregunta la inspectora—. No, no, no quiero nada.

El hombre insiste, le vendrá bien relajarse, descansar un poco. Pero Tania es muy terca; asegura que está bien y pregunta si puede irse ya.

—Reténganla un ratito más, que mal no le hará.

Es la inspectora jefa Miravete, apoyada en la puerta abierta de la ambulancia.

—¡Joder, Tania! —dice mirando hacia el bullicio de afuera con un cigarrillo en los dedos—. A las puertas de casa, ¿cómo se han atrevido a tanto?

—¿Ya ha llegado el juez?

—¿Tú te has mirado en el espejo? De aquí te vas directa a casa.

Tania aprecia su reflejo en un armario metálico: pelo enmarañado, cara desgastada, aunque esto ya lo trae de serie, y la ropa mancillada de sangre. Cualquiera diría que su jersey y parte de los pantalones son rojos oscuros. Sí, está francamente asquerosa.

—¿Ha llegado el juez, sí o no?

—La juez, mejor dicho. ¿O es jueza?

—Paloma…

—No te puedes hacer cargo del caso, y lo sabes.

—Ya lo creo que me voy a hacer cargo yo. Se ha muerto en mis brazos.

Página 35

—Estás implicada emocionalmente. ¿Conocías a la víctima? —He de verla mejor, pero no, diría que no. —¿Y por qué pidió hablar contigo?

—Vete a saber, no tengo ni idea —asegura Tania, plantándose de un salto frente a su superior—. Entonces, ¿qué? ¿Qué hacemos?

Miravete muestra un gesto de rendición y pisa el cigarrillo con el zapato.

—No sé para qué me molesto. Tienes a la magistrada del veintiuno junto a la carpa.

Sin preguntar al equipo médico, Tania abandona la ambulancia y sale al caos que se ha formado en esa calle habitualmente tranquila. Hay varios coches con las luces batientes encendidas, aunque con las sirenas apagadas. Se ha instalado una carpa en el epicentro de la escena del crimen. Es decir, donde está el cuerpo. Y una cinta de seguridad amarilla acordona la zona de cuarenta metros; la prensa y los curiosos se amontonan a un lado de la acera, apesadumbrados por no ver saciada su hambre de morbo.

Tania ve a sus compañeros del grupo VII desplegados por el lugar y sonríe al darse cuenta de que el intento de Miravete de hacer que no llevase ella la investigación ha sido un paripé, por cubrirse las espaldas ante un reproche más que probable del comisario Méndez.

Hay miembros de la Científica recogiendo pruebas de la escena y posibles vestigios. Tania esquiva un pequeño cono que señala unas marcas de neumáticos en el pavimento y a un miembro de la Científica que desea hacer una fotografía justo donde está ella.

—Perdona, ya me muevo —se excusa la inspectora, y el hombre hace la fotografía.

Tania se lleva un disgusto al ver al inspector Yani campando a sus anchas por el lugar, acompañado de Pablo.

—Eh, ¿qué hace él aquí?

—Inspectora…

—Fuera, ¡largo! Le quiero más allá de la cinta.

No espera réplica y sigue caminando hacia la carpa, donde se topa con la jueza Gloria Riezu y su ayudante.

—Inspectora Bilbao, mucho gusto volver a coincidir con usted. Ambas se conocen de haber llevado juntas algún que otro caso

anteriormente. El más reciente hace poco más de un año, cuando un

Página 36

hombre de origen senegalés murió ahogado en el Manzanares. No puede decirse que se tengan en alta estima, pero siempre han mantenido un trato cordial. Y eso ya es mucho. Aunque a veces han saltado chispas entre ellas por el carácter de las dos. Hay jueces que creen saber mejor que la Policía cómo se investiga un crimen, y es el caso de la magistrada Gloria Riezu; pero bueno, Tania ha de reconocer que tampoco es la jueza más difícil con la que ha tenido que lidiar.

—El subinspector Quintas me ha adelantado que usted ha estado presente durante los hechos. ¿Está segura de que desea llevar el caso? Dígamelo, si no, y sin ningún problema se lo destino a sus compañeros que estén de guardia.

—Cualquiera le dice a mi equipo que entrarán otros a disputar el partido.

—Muy bien, pues. ¿Entramos, entonces? He estado esperándola para ver el cadáver.

Ambas se colocan unos monos, guantes de látex y calzas. Es justo cuando Tania va a entrar a la carpa que vuelve a llamar la atención de su mano derecha:

—Pablo, ¿yo qué te he dicho? Que lo saques de aquí. ¡Ya!

Ve al subinspector encogiéndose de hombros ante Yani y pidiéndole con un gesto que se coloque detrás de la cinta amarilla.

Arturo se queda como un niño castigado sin recreo que ve a sus compañeros jugar en el patio. Esa es su cara.

Pablo se asegura de dejar bien visible la cinta de No pasar entre ambos.

—Eh, me sabe mal, pero ya sabes, solo soy un mandao.

—Quiero trabajar.

—Y yo una trempera matinera, pero la edad no perdona, chico.

El subinspector regresa a la algarabía policial. Arturo se ve envuelto por un enjambre de civiles herederos de Sherlock Holmes: que si la mafia, que si igual la muerta es una encubierta a la que han destapao, que si antes no pasaban este tipo de cosas de día, que si qué les costaba haber esperado a la noche, que si así no se hacen las cosas, que si tal y que si cual.

Arturo se refugia en el primer bar que encuentra, donde los clientes replican la tertulia del exterior. Uno de los camareros prepara una bandeja

Página 37

de bocadillos de jamón serrano y de queso. Son para los policías de la escena del crimen, adivina Arturo, que pide un café con leche a la vez que se entrega a la desazón.

Se fija en una pareja de agentes que atiende a una mujer en plena crisis nerviosa.

—¿Os puedo ayudar en algo? —se ofrece Arturo mientras enseña su identificación.

—Aquí la señora, que ha visto el asesinato en primera fila, y claro… —¡Y casi me toca a mí, no te digo más! No sé cómo no me ha

salpicado la sangre. Me ha protegido el manto de la Virgen guapa, ¡seguro! Se pasa un clínex por la frente y se amorra a una tila.

—¿Ya habéis dado el aviso para que le tomen declaración? —pregunta Arturo.

—Sí, y nos han dicho que vendrán cuando puedan…, pero no sé yo, los he visto como pollos sin cabeza. Oye, ¿tú podrías acelerar un poco las cosas? Eres de la UDEV, ¿no?

—Es complicado.

—Pues la señora dice que ha visto la cara del menda que ha disparado, puede ser importante, y las primeras horas son cruciales. ¿No es eso lo que dicen?

Arturo se fija en el rostro desencajado de la mujer, su mirada descentrada, su pulso acelerado. De sus muchos defectos, la cabezonería es uno de los más notables. Policía no se hace, se nace.

Se sienta delante de la mujer y saca un bloc de notas del interior de la americana.

—Cuénteme todo, desde el principio, ¿qué ha visto?

Una vez dentro de la carpa, Tania se obliga a contemplar el cadáver acribillado. Le cuesta la vida, pero mantiene sus ojos clavados en esa mujer que se esconde bajo una costra de sangre seca.

No respira hasta que la forense la saluda:

—¡Madre mía, Tania, qué pintas llevas! Pero ¿cómo no te has cambiado de ropa?

Solo en ese momento Tania se da cuenta de lo obvio: el mono blanco ha empezado a empaparse con la sangre de su ropa.

Página 38

—Tampoco estamos en una pasarela, ¿no? Ya tengo asumido que nunca seré miss febrero en el calendario del Cuerpo.

—Pero hay un límite, hija mía.

La jueza les pide paz y que se centren en el motivo que las ha congregado ahí.

La forense Amelia Jurado tose enérgicamente para volver a situarse en su papel y se agacha junto a la víctima. Sus casi sesenta años hacen que se resienta de las rodillas, pero con mucho pundonor no acepta que nadie la ayude.

—En esta situación está de más decir la causa de la muerte. Pero bueno, hasta que realice la autopsia solo puedo decir que he contado tres heridas por arma de fuego. Las tres presentan orificio de salida, por lo que ninguno de los proyectiles se ha quedado en el cuerpo.

—¿Cuándo crees que podrás realizar la autopsia?

—Yo creo que mañana o pasado mañana. Te llamo, aun así.

—¿Llevaba encima su documentación? —pregunta la jueza—.

¿Sabemos quién es?

—Qué va —admite Amelia—. La he registrado y no he encontrado nada. Esperemos al trabajo de la Científica, a ver si hay suerte. Ahora le pondrán las bolsas de papel en las manos para protegerlas.

La forense deja pasar un segundo de silencio que deja anticipar una revelación importante. Tania la conoce y sabe que es su modo de darse autobombo. A Amelia hay que aceptarla tal y como es, nunca puede reprimir sus ínfulas en busca de un poco de espectáculo, de hacer la vida lo más cinematográfica posible. Y ya a su edad, no va a cambiar.

—Lo que sí… al registrarla me he topado con una sorpresa…

Levanta el jersey de la víctima, que está tumbada boca abajo, y no necesita señalar nada; aquello llama la atención de la inspectora y la jueza. Ambas se inclinan sobre el cadáver para contemplar más de cerca aquel espanto.

Una especie de emblema, marcado en la misma piel, ocupa casi toda la espalda de la víctima. No es un tatuaje, no es una herida…

—Por el aspecto del tejido queloide, grueso y con relieve, le hicieron esta barbaridad hace mucho.

—Pero y esto, ¿qué se supone que es?, ¿una secta?, ¿un rito satánico? —pregunta la jueza sin desviar la mirada del cadáver—. ¿Ustedes reconocen este símbolo de algo?

Página 39

—Lo he buscado incluso en internet, preguntándole a la Inteligencia Artificial esa, y no he encontrado ninguna referencia.

—¿Y tú, Tania, lo habías visto alguna vez?

La inspectora solo sale de su ensimismamiento para negar con la cabeza.

—Parece hecho con un hierro ardiendo —señala la forense—. A esta pobre mujer la marcaron como si fuera una vaca.

—Joder…

Todos bajan de nuevo sus ojos. Ese símbolo extraño parece una puerta al infierno.

Arturo ve su momento: aprecia una pequeña distracción del agente que vigila la cinta policial y se cuela. Camina directo hacia la inspectora Tania Bilbao, que acaba de salir de la carpa con el rostro ceniciento; tiene los brazos en jarra y trata de recuperar el color en las mejillas. Cerca de ella está la jueza, que coge los papeles que le pasa su ayudante y firma el levantamiento del cadáver.

—Inspectora —dice Arturo.

—¿Qué hace usted aquí? —Se gira hacia Pablo—. ¿Qué hace él aquí? —Inspectora, por favor, solo le pido un segundo —pide Arturo—. En

el bar hay una mujer que ha visto la cara del asesino.

Saca un bloc de notas y lo abre.

—Lo ha descrito como un varón blanco de treinta y muchos, quizá algo más de cuarenta, caucásico y con un tatuaje en el lado derecho de la cara. No ha visto con mucha claridad el dibujo del tatuaje, pero sí que era a color. Lo único es que no sabe si era azul, rojo o amarillo, a saber. Como es comprensible, enseguida cerró los ojos por los disparos.

La inspectora no dice nada. Solo se gira hacia su subinspector de confianza.

—Pablo, envía a uno de los nuestros al bar, anda.

Después clava su mirada en Arturo.

—Y usted, ¿me entiende cuando le hablo?

—Sí…

—Entonces, cuando le digo que haga A y usted hace Z, ¿cómo lo tengo que interpretar?

Página 40

—Yo…

—Le ordeno que se vaya ahora mismo. No diga ni mu. Se da media vuelta y pone rumbo a casita. Estoy harta, ¿me oye? Harta. Ahora mismo iré a ver al comisario. Esto se acaba ahora mismo. Mañana volverá a vestir el uniforme de «zeta», se lo aseguro.

Y emprende el camino hacia el piso más alto del edificio que acoge las dependencias de la UDEV, donde pedirá audiencia con el Papa. Claro, el Papa estará ocupado con alguna call, quién sabe si con el ministro del Interior o con algún otro comisario u homólogo de otro Cuerpo de seguridad del Estado, pero eso a ella le va a dar igual. El Papa la va a recibir, vaya que si la va a recibir. Pobre de él, si no.

Página 41

9

Arturo Yani ha hecho de su mente su principal aliada. ¿El motivo? Tiene pensamientos suicidas desde los trece años, así que era eso o no llegar a los veintiocho que tiene ahora. Pero lo peor de todo es el pulso que se mantiene constantemente en su cabeza; un combate que teme perder el día menos pensado. A base de tratar de dominar la mente, cree haberlo conseguido, aunque eso no quita que sufra recaídas en las que siente un bullicio loco en el terrado. Como ahora mismo, cuando llega a casa.

Encuentra a Blanca en el baño, haciéndose la raya del ojo en el espejo. —¿Sales?

—Voy con las chicas, ¿te acuerdas? —responde ella girándose apenas un segundo para darle un beso cotidiano y breve—. Que a Lucía le han hecho contrato.

—Pero si lleva meses allí, ¿no?

—Ahora le pagarán 450 euros y el resto en B.

Arturo la observa. La ve guapa, muy guapa. Desea ir hacia ella, colocarle las manos en la cintura y besarla en el cuello. Cosa que hace unos años hubiese hecho sin dudar, sabiendo que eso terminaría en una sesión de sexo furtivo y salvaje en el suelo del baño o sobre el lavamanos, quién sabe. Sin embargo, qué cosas tiene la vida, ahora le parece impostado acercarse de esa manera felina. No solo por su parte, también por la de ella. Sabe que se dejaría dar un par de besos pero que saldría del paso con un «Tengo prisa, ratón» y después seguiría haciéndose la raya del ojo tan tranquila. Eso a él lo dejaría herido en el orgullo y con una tentativa de erección que le dolería desaprovechar.

Se afloja el primer botón de la camisa y empieza a deambular por el piso. Aunque, a decir verdad, lo cruza en cuatro zancadas. Viven en una buhardilla de cuarenta y cuatro metros cuadrados a la que llaman la madriguera.

Después de muchos años de relación a distancia —universidad y Academia de Policía mediante—, cuando por fin la vida hizo que se

Página 42

alinearan los astros y pudieran vivir juntos, este fue el único sitio que consiguieron alquilar. Por aquel entonces, él contaba con un sueldo mínimo como patrullero y ella era autónoma, falsa autónoma en una agencia de marketing. Llevaban semanas visitando zulos con humedades y vecinos pendencieros cuando llegaron a esa buhardilla de techo inclinado que les pareció el Palace comparado con lo que llevaban visto.

Arturo enciende la televisión y abre Spotify, pero enseguida se acuerda de por qué solo pone música cuando está solo.

—Pasa de canción, ¡esa es muy cortavenas! —reclama Blanca desde el baño.

Él pasa a la siguiente.

—¡Esa es de viejos, esa no! ¡Ni que fueras mi padre!

Y al final, ¿qué termina haciendo Arturo? Reproducir la playlist de ella, que es lo que debería haber hecho desde el inicio.

—Mírame la empanada, porfa, que no se queme —le pide Blanca asomando la cabeza por la puerta.

Él coge una espátula de madera y abre la puerta del horno. —Por arriba está bien, pero a la base le falta un poco. —¡Baja la temperatura, anda!

Después de hacerlo, Arturo se dirige a la única ventana del comedor, que deja entrever un poco del cielo madrileño, que a esas horas es predominantemente naranja con algunos toques rosáceos. Piensa en sacar el móvil y dar unos likes o mirar las noticias que lleva todo el día sin consultar. Pero no tiene tiempo de nada, enseguida asoma Blanca con la mano en la cabeza.

—¡Ay, ay, ay, que me acaban de recordar por WhatsApp que me toca a mí llevar las cervezas! —dice poniéndose los zapatos a toda prisa—. Acompáñame un segundo al súper de abajo, anda, que no puedo con tantas.

Si algo tiene Blanca cuando va así de acelerada es que es incapaz de conversar, ni siquiera de escuchar, así que Arturo no le cuenta sobre su primera jornada en la UDEV. Aunque para qué mentir, en el fondo quiere que sea ella quien se interese por saber qué tal su día y lo invite a relatarle lo cabrona que debe de ser esa inspectora que no lo quiere en su grupo. Pero no. Blanca no le pregunta nada, absolutamente nada. Recorren la calle de ida hacia el súper, compran las cervezas y vuelven a casa en silencio absoluto.

Página 43

Aunque en este viaje de vuelta el silencio ha cambiado. Arturo sabe interpretarlo: es el que guarda Blanca cuando se quiere mostrar harta de un rasgo de él.

Resulta que, en el súper, el hombre que tenían delante en la cola ha dejado su carrito ahí olvidado, como si cualquier cosa, después de pasar su compra por la caja. Y ya se iba a casa con un pan de molde y unos refrescos cuando Arturo le ha llamado la atención.

—Disculpe, se olvida del carrito.

—¿Qué? Eh…, ¿cómo?

—No se puede dejar aquí en medio.

—¿Dónde va?

—Donde lo ha cogido al entrar.

Y el hombre, casi obligado y resignado, también murmurando una maldición, ha cogido el carrito y lo ha colocado en su sitio. Eso Arturo lo ha interpretado como una victoria, sin embargo, al mirar a Blanca se ha arrepentido de no haberse callado. Ella ha hecho una leve negación, se ha cruzado de brazos y ha suspirado con teatralidad.

Han recorrido callados los cincuenta metros que separan el súper del portal y es ahora, en el ascensor, cuando Arturo se queda mirando a su novia con más dudas que certezas.

—¿Estás bien?

—¿Por?

—¿Es por lo que le he dicho al hombre?

—¿Por qué no te puedes quedar calladito? Ni que fueras el reponedor. —Pero es uno de mis encantos, ¿no?

Arturo lo dice con una ligera sonrisa, pretendiendo que ella le siga con la distensión del ambiente. Pero no, ella no afloja el gesto.

—Cuando te pones así, la verdad, me caes un poco regular.

Si hay algo de lo que Arturo carece es del don de la ocasión. Él lo sabe, y aun así sigue tropezando con la misma piedra una y otra vez. A su edad ya debería haber aprendido a callarse.

Pero no.

—¿Tú has conocido a alguien o algo?

Ella clava su mirada en él. De manera neutra, ni siquiera se sorprende, quizá adivinando que esa conversación acabaría llegando más pronto que tarde.

El ascensor sigue subiendo y Arturo sigue hablando:

Página 44

—No digo que hayas tenido un rollo ni nada de eso, solo que quizá has conocido a alguien que te ha despertado cosas, no sé, en la oficina, en el taller de pintura ese… Porque veo que llevamos un tiempo que no estamos bien. Y no es que sea una mala racha, una época en la que tenemos jaleos en nuestros trabajos o eso… En fin, yo qué sé.

Ella se lanza a su cuello y, aunque el ascensor ha llegado a su destino, no se separa.

—Creo que ya no te quiero —le dice al oído—. No te he sido infiel, ni he conocido a alguien que me despierte lo más mínimo. No tiene nada que ver con otra persona.

Se mantienen abrazados incluso cuando el ascensor empieza a bajar de nuevo hacia la planta baja. De repente Arturo siente los brazos de Blanca como si fuesen de plomo.

Diez minutos después, lo justo para sacar la empanada del horno y esperar a que llegue el Uber, Blanca se va de casa.

—¿Quieres que me quede? —pregunta con la puerta ya abierta—.

Mejor no voy.

—No, no, tranquila, ve.

—¿Estarás bien?

—Claro.

—Hablamos luego, ¿vale?

Arturo se queda solo, sin fuerzas para ponerse el pijama o hacerse la cena. Simplemente se queda de pie, en medio de la buhardilla; sus pies se convierten en barro y teme desparramarse. Le falta el aire y ni siquiera siente el corazón latiendo en su pecho. ¿Será que se encuentra en plena pesadilla y despertará si se pellizca? Espera por si acaso, pero no. No ocurre nada.

Se deja caer en el sofá y teme verse engullido por él cuando le suena el móvil. Arturo suspira con alivio y hasta se atreve a sonreír. Seguro que es Blanca para decirle que le había tomado el pelo. Pero no. Ha sido un valiente imbécil por pensar eso. Quien le escribe es un seudónimo que le revuelve las tripas. Siempre que ve ese maldito nombre en la pantalla de su teléfono tiene ganas de vomitar.

BAJA. TENEMOS QUE HABLAR.

Página 45

Así, en mayúscula, lo que hace que todo sea aún más hostil. Arturo se pasa las manos por la cara y respira hondo. Se niega a pisar de nuevo el ascensor, esta vez utiliza las escaleras.

Página 46

10

Dicen que el agua lo arrastra todo, pero no es verdad. Tania acaba de salir de la ducha y se siente igual de sucia que antes —puede que incluso más —; el olor a muerte se le ha adherido a la nariz y aún puede sentir en sus manos la viscosidad de la sangre de esa mujer que hace tan solo unas horas ha muerto en sus brazos.

Se encuentra en el vestuario de la comisaría, sentada en un banquito de madera envuelta en la toalla, reposando del fatigoso día. Lo que más le escuece es el ego herido por el comisario Méndez. Aún puede escuchar su voz sobria y profunda diciéndole que no tiene elección, que debe comerse al maldito novato.

—Hazte a la idea de que el inspector Yani es tu policía de las lentejas.

Si lo quieres bien, y si no lo quieres también.

—Pero…

—Lentejas, inspectora, lentejas. Nunca es el plato favorito de nadie, ¿verdad? Pero no queda otra que comerlas de vez en cuando y poner buena cara.

Tania sacude la cabeza para pasar el mal trago de la reunión con su jefe. Hijo de puta, piensa mientras se viste y evoca al comisario con sus ademanes siempre correctos y elegantes. Con sus manos entrelazadas y su cuerpo echado hacia delante sobre el escritorio, sin desviar la mirada al hablar.

—Bueno, para que veas que no soy tan mala persona —le ha dicho durante la conversación que han mantenido—, te doy una salida. ¿No quieres al chico? Está bien, lo entiendo. Pero si yo cedo en esto, a ti te toca dar tu brazo a torcer y no llevar la investigación esta en la que estás tan involucrada emocionalmente, ¿qué te parece el trato?

—Pero comisario, es mi caso. Mi grupo ya ha empezado la investigación.

—Sabes que mañana mismo podemos hacer la transición a otro grupo, por eso no te preocupes. Tus hombres se pueden hacer cargo del próximo

Página 47

muerto que entre. En eso Madrid nunca decepciona. ¿Qué me dices? Tania ha apretado la mano bien fuerte, prometiendo que se lo pensaría,

y de ahí se ha bajado al vestuario de la segunda planta, donde se ha dado una ducha, ¿reparadora? No, pero al menos se ha cambiado de ropa, que ya es algo.

Con el cabello aún húmedo se mete en su Mini Cooper color rojo y sale del complejo de Canillas, deteniéndose brevemente al lado de la escena del crimen. Todavía se pueden observar las manchas de sangre seca en el asfalto. Por un segundo, Tania se ve asaltada por un flashazo: ve la cara de la víctima y su último estertor. Cuando teme reproducir esas imágenes en bucle, enciende la radio y pone rumbo a casa.

Craso error.

Nada más entrar en su apartamento, cerca de la glorieta de Quevedo, se impregna en ella el vetusto olor de lo que antaño fue un hogar. Deja las llaves con un suspiro, llevándose la mano al cuello dolorido, y guarda su arma reglamentaria con el cargador aparte en una caja de seguridad que tiene en el cajón del mueble de la entrada. La tristeza es cada vez más inabarcable y punzante cuando piensa en lo sola que está. Ese piso de más de ciento setenta metros cuadrados amenaza con devorarla, y quién sabe cuándo cumplirá con su amenaza.

Coge una tortilla de patatas de la tienda de abajo y la pone a girar en el microondas. Es en ese instante cuando le llega la peste. Esa peste. ¿Cómo puede ser? Ella no fuma. Y Carmela, la mujer que le limpia el piso dos veces a la semana tampoco. Entonces, ¿quién? Da una vuelta por el enorme piso de cinco habitaciones, dos baños, y tres balcones. Es al llegar al cuarto donde guarda las cosas que no necesita y un Vibropower que jamás se ha atrevido a estrenar, cuando la ve.

Una ventana abierta.

Se acerca con el corazón encogido. Sabe que desde aquí no se puede saltar a ningún sitio; solo se presenta una caída nada suculenta de cinco pisos, pero la ventana abierta explica el olor a humo. Quien ha estado fumando ha tenido la deferencia de ventilar después. Al menos ha guardado ese respeto, piensa ella con triste ironía. Después se dirige a su habitación. No es que tenga grandes joyas ni nada de enorme valor, pero sí algún que otro recuerdo de su madre y abuela de los que no desea desprenderse.

Página 48

Efectivamente, tal y como temía, el cajón donde siempre han estado las reliquias familiares está abierto y solo quedan las cajas vacías.

No maldice, no grita improperios ni blasfemias. De alguna manera sabía que acabaría pasando.

Llama al complejo de Canillas y marca la extensión del calabozo, donde le atiende una joven agente del turno de noche. Tania pregunta por Raúl Casillas Bilbao.

—Ingresó esta mañana a petición mía… Sí, eso, justo antes del sarao, sí…

—Aquí pone que ha salido a primera hora de la tarde, después de dormir un par de horas tan a gusto en la celda —le informan al otro lado de la línea.

Tania coge las llaves y sale del piso en el mismo segundo en que el microondas empieza a pitar: la tortilla está lista. Otra comida que se va a saltar.

Atraviesa el portal sin saludar a unos vecinos con los que se cruza y recorre las calles de alrededor soltando vaho por la boca. Pulso acelerado, ojos que no parpadean; solo la angustia la guía, y la razón no se atreve a hacer acto de presencia.

Gira hacia Fuencarral cuando adivina, a lo lejos, a un joven con chándal y gorra. Lo reconoce en el acto.

El problema es que el chico también la ve a ella. Acelera el paso y entra en el cine Paz.

A Tania le da igual qué opinarán los vecinos de tan distinguido barrio y arranca a correr. Cuando llega al cine Paz encuentra a un trabajador en el suelo, quejándose del dolor de una caída. Lo han empujado y no sabe qué le duele más, si los codos, el culo, o el orgullo.

—Ha entrado en la sala 1.

Ahí que va Tania; dejando tras de sí una estela de nervios y adrenalina. Entra en plena proyección. No se detiene a mirar la pantalla. Como contrapunto a su sentir, la música es melosa y armónica. Qué triste ser ajena a toda la belleza que hay en el mundo y ver siempre la felicidad

desde lejos.

Lo malo de la sala 1 es que tiene una salida a la calle que está en el centro, bajo la pantalla, donde unas escaleras prometen devolver al espectador al mundo cruel. ¿Qué hago?, piensa Tania. No sabe si su perseguido ha salido por ahí o si se ha refugiado en una butaca,

Página 49

amparándose en la penumbra, y ahora mismo la está observando desde su posición privilegiada. Ella se queda de pie, bajo la pantalla en la que ahora mismo se ve un abrazo. Un abrazo largo y sentido, como el que ella necesita, como el que hace tiempo que no le dan.

Recorre el pasillo central de la enorme sala, con la atención puesta en los espectadores. Al ser un día laborable no está abarrotada, pero sí que hay varias butacas ocupadas. Sus ojos se acostumbran por fin a la oscuridad y empieza a percibir las caras.

Una sombra se mueve en el otro extremo de la sala y baja las escaleras de salida.

¡Rápido! Tania corre tras el joven y alcanza la puerta en pocos segundos.

Nada más pisar la calle, recibe un golpe y cae violentamente.

Se lleva las manos a la espalda dolorida y ve a Raúl, que no sabe cómo actuar. Por un lado, sus manos extendidas hacia ella demuestran que la quiere ayudar y sus ojos delatan arrepentimiento; pero a la vez está girándose para echar a correr.

—Yo… Joder, para qué mierdas vienes detrás de mí… ¿Estás bien?

A Tania le cuesta levantarse. No es el dolor del golpe y la caída, no: es su alma, que pide una tregua.

—Joder, joder, qué mierda —dice el joven fuera de sí—. Qué puta mierda.

Se quita la gorra con un espasmo y, tras una última mirada, vuelve a colocársela.

Tania lo ve alejarse y se queda anclada en el suelo, tirada en ese callejón, como si fuera una colilla. Porque así es como se siente: como una basura. Por tanto, en lugar de levantarse, se tumba entre la mugre. Un par de cucarachas empiezan a trepar sobre ella.

Página 50

11

La falta de oreja izquierda es algo que Arturo cree que lo afea —cree no, está convencidísimo—, y eso le da mucha vergüenza. Cuando está nervioso o incómodo, no hace otra cosa que llevarse el cabello hacia el lado izquierdo, como si así pudiera ocultar lo que es más que evidente e irremediable.

Y desde hace un rato se toca el pelo cada dos por tres. ¿Por qué? Porque delante de él tiene a dos de las personas más repulsivas que ha

conocido en su vida. Se trata de un hombre seboso que sobrepasa los cincuenta y una chica de unos veinticinco que mide las sonrisas y no se molesta en parecer simpática.

Cuando Arturo ha bajado de su casa hace un rato, después de la marcha de Blanca, lo han invitado a subir a un BMW negro para llevárselo a un antro a las afueras, donde nadie podría reconocerlos ni quedarse con sus caras. Han pedido tres cervezas y le han exigido que relatase su primer día en la UDEV.

—Vaya, vaya… Así que la inspectora estrella no te quiere, ¿eh?… —La verdad, ni siquiera sé si iré mañana. Más vale que me presente en

mi anterior comisaría.

—No, no… ¿Acaso a ti te ha llegado algún comunicado oficial? —No, pero…

—Entonces nada, tú mañana vas al cole y a ver qué te dice la profe. Ese hombre se rasca el mentón con la atención puesta en una televisión

que hay en la esquina del local y que retransmite un partido de fútbol de una liga extranjera.

—Yo lo he intentado —se defiende Arturo—. Si no ha funcionado, pues no ha funcionado, ¿qué queréis que os diga?

—Míralo, si aún se nos va a poner chulito —le dice el hombre a su acompañante, la chica que aún no ha abierto la boca. Después sonríe a Arturo—. ¿Tú crees que la inspectora sospecha algo?

Página 51

—No me ha dado la impresión. Creo que su negativa es por otros motivos —responde Arturo tratando de tapar su perfil izquierdo.

El camarero se acerca para dejarles un cuenco rebosante de patatas fritas. El hombre que está frente a Arturo enseguida se mete una en la boca.

—Haced el favor de entenderlo, por favor os lo pido —dice Arturo—.

He hecho lo que me habéis pedido, pero esa mujer no me quiere en su

grupo. Es lo que hay.

—Ay, Arturito…

El hombre saca su móvil y busca en sus archivos. Solo enseña su pantalla cuando se está reproduciendo un vídeo, en el cual sale Arturo vestido de uniforme. Es una grabación hecha desde un escondite, captada con teleobjetivo. Solo hacen falta unos segundos para que a Arturo se le revuelva el estómago. Ya ha visto anteriormente esa grabación, pero no puede impedir que le fastidie.

—En lo que sí te tengo que dar la razón es en que tenemos un problema —dice el hombre guardando el móvil en el bolsillo interior de su americana.

Se levanta y se mete la camisa en el pantalón.

—Voy a echar un meo, a ver si me inspiro. Dadle vueltas vosotros también, mis niños.

Arturo lo ve alejarse hacia el baño. Ese hombre tiene el cuerpo fofo y una piel grasa que repele, pero hay que reconocer que sabe cómo imponerse; intimida con solo respirar.

La chica muestra su deseo de hablar, pero no parece saber por dónde empezar.

—¿Qué, me vas a decir que te sabe mal todo este lío? —dice Arturo. —En esto te has metido tú solito, guapo, que ya eres mayorcito. Y lo

creas o no, no me gusta, pero me da igual lo que pienses.

—Ya, claro… Eres un encanto, Nagore.

Pronuncia el nombre como si escupiera sobre él.

—Aunque, ahora que pienso, ni tú te llamas Nagore ni tu jefe Sacha, ¿no?

Ella levanta la comisura de los labios, confirmando sus sospechas. —Ya os pueden pagar bien, ya…

—Esto no es Roma, ¿sabes? Aquí sí se paga a los traidores.

—Eso no es tuyo, ¿a que no?

Página 52

—Una, que es muy leída.

El hombre que en su día se presentó como Sacha (así, a secas, sin apellido) regresa cerrándose la bragueta y colocándose el paquete en su lugar. Arturo siempre ha odiado a los hombres que salen del baño con el trabajo a medio hacer.

—Qué a gusto se queda uno —comenta Sacha cogiendo otra patata frita—. ¿Sabes, Arturito? Esto no viene mucho a cuento y no es que vayamos a empezar a hacernos confidencias de fiesta de pijamas, pero va, un día es un día. A mi hijo mayor le ha dado por estudiar cine. Sí, así tal cual lo estás escuchando. Ha decidido dinamitar su vida y a mí no me queda otra que sentarme y observar, porque claro, si digo lo que pienso, mi esposa me riñe: soy un mal padre y reprimo al chaval. Pero bueno, a lo que voy. Resulta que se pasa el día contándonos a su madre y a mí lo que aprende, que si esto, que si lo otro. Y me habló de una estructura narrativa que se llama algo así como «el viaje del héroe». Dice que, al principio de muchas películas, cuando le proponen una misión al protagonista, este se niega, pero a los diez minutos termina cruzando el umbral; acepta su llamada a la aventura y emprende el viaje. Pues resulta que ahora meando he caído en que tanto tú como la inspectora Bilbao habéis rechazado vuestra llamada a la aventura. Pero ¿sabes qué te digo, Arturito? Que no tienes más remedio que cruzar el umbral, ya lo siento.

—Pero si ella me deniega un puesto, ¿qué puedo hacer yo?

—Míralo por otro lado, a ver si te vale como motivación. En caso de que mañana se confirme el rechazo, el vídeo de mi móvil será enviado al inspector jefe de Asuntos Internos.

—Yo no…

—Tú, nada. Búscate la vida; como si le quieres proponer a la inspectora trabajar gratis o prepararle gofres con chocolate cada tarde para merendar. ¿Es que no lo ves? Solo quiero lo mejor para ti… Conozco tu historia. Bastante has sufrido ya, ¿no te parece?

—¿Por qué no me dejáis hacer mi trabajo y ya?

—Porque Arturito, entiéndelo, nosotros también tenemos que hacer el nuestro.

Después lo devuelven a casa y a Arturo se le derrumba el mundo al cerrar la puerta y observar la madriguera tan vacía, tan oscura, tan fría. Blanca aún debe de estar con sus amigas. Casi mejor, piensa él. Cuando se vean tendrán que hablar, y no tiene ganas.

Página 53

Decide centrarse en lo inmediato, así que sale a la calle de nuevo. Ha tenido una idea.

Página 54

12

—¿Qué carajo haces tú aquí?

Qué insolencia. Esto es lo último que Tania esperaba esta mañana al llegar a la UDEV y entrar en la sala del grupo VII. Vaya con la vida: da igual los golpes que te haya dado, siempre encuentra la manera de complicarse más. Sorpresas así no son plato de buen gusto para nadie, y menos a primera hora de la mañana.

—¿Cómo has podido entrar?, ¿quién te ha dado acceso?

Ver a Arturo sentado en un escritorio, trabajando como si cualquier cosa, como si perteneciera a la Brigada, hace que le hierva la sangre.

—La inspectora jefa Miravete me ha dicho que podía sentarme en este escritorio y utilizar este ordenador. Se ve que el agente al que pertenecía ha dejado el grupo.

—…

—El ordenador está formateado y los de informática han creado un usuario para mí, si eso es lo que le preocupa.

La inspectora se enerva. Está a punto de hacer que arda Troya. —¿Y se puede saber en qué andas?

Ni siquiera va a su despacho a dejar la chaqueta y el bolso, tampoco se hace un café como es habitual en su rutina de cada mañana. Se acerca al escritorio de ese insolente que ha llegado a su vida como una plaga bíblica. En la pantalla del ordenador ve la interfaz del archivo de personas fichadas. Ante ella hay varias caras, todas ellas de hombres con tatuajes a color en el lado derecho de la cara.

—Mire, inspectora —dice Arturo—, he encontrado a siete personas con antecedentes por uso de violencia que residen en la región y que concuerdan con la descripción que ayer nos facilitó la testigo.

Tania coge el ratón del ordenador y se pasea por las fotografías.

Observa los rostros con detenimiento y consulta sus delitos.

—¿Cuánto llevas aquí?

Página 55

—Toda la noche. Por suerte, di con la inspectora jefa justo antes de que se marchara a casa.

—¿Y a santo de qué te has pasado toda la noche en vela, si puede saberse?

Arturo gira la silla, muy teatral, para mirarla de frente.

—Inspectora, si me permite… Sé que no hemos empezado con buen pie. Tiene su grupo configurado e introducir un elemento nuevo es complicado, me hago cargo. Pero solo intento ser un buen policía y ayudar a resolver el caso. Dar con el hombre que hizo la atrocidad de ayer.

Tania lo mira fijamente durante unos segundos que se hacen eternos.

Su única respuesta es incorporarse y retirarse a su despacho.

Cierra la puerta y decide hacer lo que, en realidad, debería haber hecho ya. Coge su móvil y llama a la comisaría del distrito Centro, en la calle Leganitos, donde pide hablar con el superior de la Brigada de Seguridad Ciudadana.

—Dígame, inspectora, ¿qué puede hacer un servidor por la UDEV? Tania le cuenta el motivo de su llamada y el centro de su interés. —Yani, qué tipo. En todos los años que ha estado en mi servicio no me

ha dado ni un solo disgusto. Bueno, sí, uno y bien gordo: el día que me informó que se presentaría a las oposiciones para la Judicial. Pero más allá de eso… ¿Me deja que le cuente una anécdota?

—¿Quién dice que no a una buena historia?

—Resulta que un día Yani estaba patrullando solo, ya que su compañero estaba en una revisión y no vimos necesario sustituirlo para unas pocas horas, cuando se dio el aviso de un robo con arma blanca. Yani acudió e identificó al sospechoso, que estaba huyendo. Inició la persecución a pie, pero el tipo se metió en la zona de otra comisaría. Vaya, que nosotros ahí no podíamos estar.

—Pero eso es para patrullar. Una vez iniciada la acción, el deber es seguir hacia delante.

—Por supuesto, claro, por eso Yani siguió persiguiendo al hombre. El problema es que lo interrumpieron dos agentes de paisano de la comisaría en cuestión diciéndole que diera media vuelta. «Apuntaos vosotros la detención, no pasa nada», se ve que dijo Yani. «Os ayudo y me voy». Pero el conflicto no estaba en el ego de esos policías y en que quisieran anotarse el tanto de la detención, no, ojalá. Lo que pasaba era que aquel delincuente pagaba cada mes a esos agentes.

Página 56

—¿En serio esto sigue pasando?

—Meses más tarde salieron en los periódicos, sí, pero el caso es que en ese momento Yani solo quería dar con ese tipo, nada más. Se zafó de los dos agentes y siguió hacia delante. Dio caza al ladrón y cuando lo tuvo reducido en el suelo con las esposas pidió a la pareja de policías que le ayudaran; o llevándoselo a su comisaría o trayéndole un vehículo, algo, lo que fuera, pues él había dejado muy lejos el coche patrulla. Imagine, inspectora, llevaba corriendo varias manzanas.

—¿Y qué hicieron los dos agentes?

—Irse, así tal cual. Eso sí, antes le advirtieron de que no podía constar que la detención había tenido lugar en aquella calle, en su zona, que Yani solo podía dar aviso y pedir ayuda a sus compañeros cuando estuviera lejos de allí, en las calles donde sí tenía permiso para patrullar. Y esto le dio un soplo de esperanza al criminal, que sabía que aún no estaba todo perdido. Se negó a ponerse de pie, y eso que era un tiarrón de metro noventa y cinco. Un puto jugador de básquet, el muy cabrón.

—Las formas… No pierda las formas, que íbamos bien.

—Eh, sí… perdón. Pues eso, que aquello era un peso muerto del copón. Pero adivine qué hizo nuestro chiquillo aun así. Arrastró al maldito delincuente por la acera de medio barrio hasta que salió del terreno de aquella comisaría y entonces ya pudo comunicarse por radio con nosotros. Aún recuerdo cómo se bebió la Coca-Cola que le llevé.

Tania se toma un par de segundos para digerir semejante escena. —¿Me está diciendo que el inspector Yani es una especie de boy scout

o qué?

—Y mire que yo tampoco las tenía todas conmigo cuando lo vi, si le soy sincero. Como bien sabrá, el trabajo de calle no es fácil y uno se encuentra con lo más indeseable en el día a día. Eso hace que la gran mayoría de «zetas» que me llegan sean tíos de gimnasio, un poco chulitos, ¿sabe lo que digo? Pues claro, siendo esto así, imagine la primera vez que me llegó Yani, que el pobre siempre anda con cara mustia, parece que tenga depresión y hasta le falta una oreja. En fin, que yo al principio pensé que duraría dos telediarios, que los maleantes no harían más que vacilarle, él se daría cuenta de que este no es su lugar y se iría a algún destino más tranquilo. Yo qué sé, a Archivos, tal vez. Pero qué va, nada. Ha aguantado todos estos años como un cabrón, hasta que se me ha ido a la UDEV.

Página 57

La inspectora observa a Arturo a través del cristal que separa su despacho de la sala común del grupo. Lo ve ahí sentado, atento al ordenador, casi sin parpadear.

—Usted lo ha comentado así por encima… Es verdad que no se le ve mal chico, pero no diría que es el alma de la fiesta, ¿acaso ha sido diagnosticado como depresivo?

—Que yo sepa no. Lo envié un par de veces a ver a la psicóloga de la

comisaría para quedarme tranquilo, pero siempre lo han considerado apto

para el servicio.

—Ya veo…

—Otra cosa es que, tal y como dice, pues no sea muy de la broma. Para qué mentir, no le alegrará la cena de Navidad, pero si le da la oportunidad y un poco de manga ancha se convertirá en un activo muy valioso de su equipo. Eso sí que se lo puedo asegurar.

Se despiden muy cordialmente, poniéndose a disposición el uno del otro para cualquier cosa que pudieran necesitar. Tania se sienta en el borde de su escritorio con los brazos cruzados y contempla la sala común. Mientras ha estado al teléfono han ido llegando los demás miembros del grupo, todos ellos ya situados ante sus respectivos ordenadores o haciendo corrillo para comentar diligencias y pesquisas.

Llaman a la puerta. Es el subinspector Quintas, su mano derecha y hombre más leal.

—¿Qué me cuentas, Pablo?

—Hemos averiguado dónde cogió la víctima el metro. En Legazpi.

—Pues ya sabes, al lío.

—Ahora mismo salgo para allá —dice el veterano dando media vuelta. Tania toma la decisión en caliente, sin pensar —o sin querer pensarla, mejor dicho—. No está convencida y teme arrepentirse a los cinco

segundos, pero, en fin, qué demonios.

—Eh, Pablo.

—Dime.

—Que te acompañe el novato, anda.

Página 58

13

Llevan toda la mañana pateando la zona de Legazpi. Tienen una fotografía de la víctima —cuyo nombre aún desconocen—; corresponde a un printer, una captura del vídeo de la red de seguridad del metro. La imagen no es muy nítida, pero es lo mejor que han encontrado.

Arturo y Pablo han dedicado tres horas a preguntar local por local, y a algún que otro paseante, si reconocen a la mujer de la fotografía. De momento no ha habido suerte. Lo más cerca que han estado de un sí ha sido en una mercería, donde la dueña ha llamado a su ayudante.

—¿Tú dirías que es la señora Fuentes?

—Qué va, esa nunca saldría de casa sin pendientes, ¡qué ordinariez! Y mira la foto, qué pelos. Quita, quita, menuda es la Rosa…

A media mañana aprovecharon para parar un segundo y tomarse un café con una baguetina de jamón. Algo que Arturo, que llevaba muchas horas en vela y en ayunas, agradeció.

—Ya verás como en nada te estarás arrepintiendo de haber entrado a trabajar con nosotros, te lo digo yo —dijo Pablo dándole un golpe cariñoso en el brazo.

—Pínchame el globo, venga, ¿la Judicial es tan dura como dicen? —Mentiría si dijera que no, aunque algunos no sabemos hacer otra

cosa. Ya dentro de unas semanas verás de qué pasta estás hecho tú. Pero vaya, que algo es algo: al menos no estamos persiguiendo a pederastas. Los compañeros que conforman esa unidad han de ir rotando cada poco tiempo. No lo soportan, y la gran mayoría acaban que no pueden ni tener hijos. No quieren, mejor dicho. Eso sí que es duro… Homicidios, lo único que tiene, además de la sangre y todo eso, es que te deja sin vida. Así sin más.

—¿Qué pasa, que no hay nadie del grupo con familia o qué? —Disfuncional, si acaso. Como el pobre Omar, ¿te ha dado tiempo a

conocerlo?

Página 59

—El que tiene pinta de ser un antiguo rapero metido a policía y que podría matar con sus propias manos, ¿no?

—Pues le es infiel a su esposa con todo lo que se mueve, y su esposa lleva cinco años tirándose al profesor de inglés de sus hijos, pero no se divorcian por el bien de sus polluelos. Ni lo harán jamás, ya lo verás. Pero, eh, no quiero romperte la magia el primer día, ya lo descubrirás tú mismo.

—Y tú, Pablo, ¿qué?

—Terriblemente solo y sin posibilidad de remisión.

Arturo removió el café con pesadumbre, acordándose de Blanca. Sabía que tenía algunos wasaps pendientes en el móvil, pero no había podido leerlos en toda la mañana. Se excusó a sí mismo con que estaba ocupado, con que ahora es inspector de la UDEV y no puede andar consultando el teléfono como cuando estaba aburrido en el coche patrulla…, pero la realidad es que no se atreve. No quiere, ni puede, leer lo que le haya escrito su novia. ¿O ya es exnovia? No, no, nadie ha dicho nada de romper…, ¿verdad? ¿Verdad? ¿VERDAD?

—Lo que se hace más difícil es no poder hacer planes. Al menos en las semanas que se está de guardia —comentó Pablo—. Siempre vas a ser el marido o padre ausente. El que no podrá confirmar si acude a una cena familiar hasta el último momento, cuando le hayan pasado el cuadrante, o el que nunca podrá decidirse a comprar entradas para un espectáculo por si en esa fecha has de estar disponible al móvil las veinticuatro horas. Tampoco podrás hacer rutinas del tipo cada miércoles quedo con los amigos para jugar un partidito. Porque solo podrás ir de tanto en tanto; y al principio tus amigos te lo perdonan, pero luego te dejan de llamar. Ah, y olvídate de cerrar fechas de vacaciones cuando tu pareja te diga de preparar un viaje con varios meses de antelación…

—Lo pintas demasiado crudo, ¿no?

—Después no te quejes de que no te han avisado. Y ahora que eres joven, aún tiene su gracia esta vida, no digo yo que no, pero a medida que te hagas mayor…

Y abrió los brazos para que lo contemplara a él. No hicieron falta palabras. Arturo temió tener delante un adelanto de su futuro.

Después del almuerzo, ya reconfortados y con el estómago caliente, salieron de nuevo a la calle; repleta de personas con carritos de la compra y algún que otro oficinista que se paseaba enfrascado en sus airpods.

Página 60

Entraron en dos o tres comercios más hasta el presente, cuando por fin parece que la suerte les sonríe.

—Sí… Sí que he visto a esta mujer de la foto… ¡Coño, como que estuvo aquí! Aquí mismo, justo donde están ustedes.

Es un bar cañí de la zona, al cual le resbala la moda nórdica y minimalista que impera en la capital: confía en el ambiente de olor a fritanga y rehúye de cualquier detalle fancy. Es un bar de los de toda la vida. Con tres banderas en la pared: Real Madrid, Atlético de Madrid y Rayo Vallecano, y un póster desgastado de la séptima Champions de los merengues.

—Me acuerdo perfectamente de esa mujer —dice el camarero echándose un trapo sobre el hombro—. Me vino ayer aquí, toda histérica y mirando p’atrás todo el rato. Yo enseguida lo supe. O una mujer apaleada por el marido o una prosti de algún piso de la zona huyendo de su chulo. Yo tengo buen ojo para eso, las cosas como sean.

—¿Y qué pasó? —pregunta Pablo apoyándose en la barra.

—La pobre consiguió vocalizar que quería hacer una llamada. Yo le dejé el fijo, como siempre hago con los clientes que quieren llamar a la parienta para decirles que llegan tarde a cenar, pero me dijo que no. Que no quería un fijo, y me insistió e insistió, hasta que hizo salir a mi Carmen de atrás y ella le dejó nuestro móvil. A mí no me hacía gracia, no fuese que saliera por piernas con el teléfono y píllala luego, pero mi Carmen tiene el cielo ganao. ¡Carmen! Eh, ¡Carmen!

—¿Qué quieres ahora, pesado? —grita una voz a través de una cortina desgastada.

—¡Sal, ven!

—Espera, que tengo que echar las croquetas al aceite.

—¡Que vengas ya!

Se detiene ante ellos una mujer rolliza, con la cara encendida del calor de la cocina. Les afirma que sí, que fue ella quien dejó el móvil a la mujer; que es el teléfono que utilizan para proveedores y comerciales que desean ofrecerles la última cerveza artesanal de moda.

—Aquí a mi José no le dio pena, pero a mí se me encogió el corazón —dice la mujer—. Pobrecilla… Y mirad que en el fondo debía de ser guapa, la jodía, pero se notaba que había tenido mala vida… Ay, qué injusto es a veces nuestro Señor…

—¿Y pudieron escuchar algo de la llamada?

Página 61

—Nooooo, por favor, nosotros ni ver, ni oír, ni nada de nada; que si usted supiera…, pero bueno, algo sí que presté atención, pues qué coño, era nuestro móvil, y creo que llamó a Emergencias o algo así. Eso a mí me dio mucha mala espina, porque además pidió ver a una policía exacta, con su nombre y apellido, ¿saben? Y eso es raro.

—¿Y después de la llamada, les comentó algo? Cualquier cosa, lo que sea.

El matrimonio intercambia una mirada, y él se rasca el mentón. —Cuando nos devolvió el móvil se fue pitando, calle abajo, pero antes

de todo, nada más llegar aquí, cuando estaba con la verborrea que no se aclaraba ni ella para pedirnos hacer una llamada, sí que comentó algo como: «Tienen que encontrarlo, tienen que encontrarlo cuanto antes». Yo le pregunté que qué estaba diciendo, que a quién debían encontrar, y ella respondió: «Quién no, dónde». Pero no sé qué significará.

Poca cosa más pueden hacer allí. Pablo les da su tarjeta y pide que lo llamen con cualquier cosa que recuerden, por muy nimio que parezca. Los dos policías salen a la calle.

—Oye, chaval, que ya sé que yo soy el veterano aquí y todo eso, pero conmigo no te cortes, ¿estamos? —dice Pablo—. Además, tú eres el inspector y yo solo el subinspector.

—Bueno, Omar ya me ha advertido de que eso solo se aprecia por quién firma los autos, que el segundo al mando en el grupo eres tú.

—Nada, nada. Puedes abrir la boca cuando hablemos con un testigo, que igual se te ocurre alguna pregunta que a mí se me pasa por alto, ¿de acuerdo?

Arturo agradece el gesto en el mismo instante en el que suena el móvil de Pablo.

—Dime, jefa… Sí, espera, que pongo el altavoz y así te escucha Yani. Aprieta un botón y la voz de la inspectora se hace respetar entre

bocinas de coche, aceleraciones impertinentes y algún que otro grito. —Necesito que volváis inmediatamente. Por fin tenemos el nombre de

la víctima.

—¿Y eso? Pero si aún no se ha hecho la autopsia.

—La presión mediática… La jueza ha decidido dar prioridad a la identificación antes que a preservar cualquier indicio que pudiera haber en el cuerpo.

—Eso es muy raro… ¿Y la necrorreseña ha dado resultado entonces?

Página 62

—Resulta que nos ha tocado la lotería, y espero que se me note la ironía. Tenemos una víctima famosa: se trata de la chica de plaza de España.

Arturo se percata de la sorpresa de su compañero.

—¿Estáis seguros?

—Después de tantos años ha aparecido… Nos vemos ahora.

Pablo guarda el móvil con un suspiro.

—¿Qué pasa? —pregunta Arturo, intrigado.

—Pasa que de repente nuestro caso se va a hacer mediático de la hostia, y eso solo puede traer problemas. La chica de plaza de España, imagina… Estar bajo los focos nunca puede ser bueno… Bienvenido al grupo VII, chaval.

Página 63

SEGUNDA PARTE

Página 64

1

«¡Un domingo atroz!», escribió Cristina en su diario, aquel que su yaya le había regalado hacía dos Navidades y que ella, muy devota, había ido rellenando cada día. O casi cada día, y eso a su edad demostraba un gran compromiso. Cristina tenía ocho años y no sabía qué significaba atroz, pero lo había leído en una novela que su madre tenía en la mesita y se había propuesto incluirlo en su vocabulario para sorprender a familiares y maestros. «Ha sido un verano atroz», «Ayer papá me obligó a ir al Bernabéu y el partido fue atroz» o «Qué atroz la película que fuimos a ver el otro día». Así, sin descanso.

Fue peor cuando le dio por menester y decidió trufar sus conversaciones con dicha palabra: «Mamá, a mí esto no me parece que sea menester», «Que yo tenga que ponerme a hacer los deberes con el sol que hace esta tarde no es menester» y la más petulante de las frases, la que siempre respondía cuando se le pedía que sacara la basura a la puerta de la finca: «No es menester que me exijas esto ahora, necesito pensar» y se iba tan pancha.

El caso es que, sin saber qué significaba atroz, intuía que no era nada bueno, y pronto decidió que debía reservarlo para situaciones que realmente lo requiriesen.

Y aquel domingo, sin lugar a duda, lo pedía a gritos.

Fue a media tarde, después de la siesta. Estaban arreglándose con sus mejores galas —era domingo y su deber era vestir como buenos cristianos, les dijo su madre—, la casa era un completo guirigay, todo eran risas y buenas palabras. La expectación por lo que iba a ser la tarde estaba en ebullición: iban a ir al cine Capitol, y lo más importante, ¡todos juntos! Su padre había renunciado a ir al club de golf para que la familia estuviera al completo.

No obstante, jamás llegarían a poner un pie en el cine Capitol ni en ningún otro.

Página 65

El ambiente se puso medio raro cuando sonó el teléfono y el rostro de su madre, al responder, cambió para mal. Escuchó con atención y le pasó el auricular a su marido.

—Cariño, ven un momento.

—¿Qué pasa con esa cara? —dijo el patriarca abrochándose la camisa.

—Tú ven. Es por tu hermana.

Su padre aceleró, aunque a la vez se notaba que no quería llegar al teléfono. Se puso el auricular en la oreja y se identificó como Adolfo Hidalgo.

Cristina juró en ese instante que siempre recordaría esa escena, que pasaría a formar parte de su mundo interior y que contempló desde lo alto de la escalera sin ser consciente de lo que se avecinaba.

A su padre le empezó a temblar la mano y diría que también las rodillas, aquel corpachón de gigante estuvo a punto de desparramarse por el suelo; y así hubiese sido de no ser por el mueble del teléfono, donde se tuvo que apoyar para digerir el mal trago.

Cristina lo supo entonces; el temblor de su padre lo delataba: había pasado algo, algo atroz.

Fue su madre quien se acercó a ella y a sus hermanos y les pidió que se cambiaran, pues aquella tarde no iba a haber cine que valiera. «¿Una hermana de papá?, ¿papá tiene una hermana?», preguntaron los niños sin cesar, pero la madre no parecía tener ganas de hablar y no abrió la boca, solo les señaló el pasillo de sus cuartos.

—¿En serio tenemos una tía? Qué fuerte me parece todo —dijo Soledad, la hermana mayor de Cristina.

Lo siguiente que supieron es que su padre iba a ausentarse durante unos días. Salió tan disparado de casa que apenas tuvo tiempo de despedirse de ellos y de darle un beso rápido a su esposa, que le había hecho la maleta mientras él hacía esfuerzos por no llorar.

—Pero mamá, ¿a dónde se va papá? ¿Qué ha pasado? —alcanzó a verbalizar Rodrigo, el pequeño de la familia.

—Ahora no es el momento, largo de aquí —respondió la madre con un pañuelo arrugado entre las manos—. Id a jugar. Pasáoslo bien, vosotros que podéis.

—Mamá…

—¿Yo qué os he dicho? A jugar, vamos.

Página 66

Y los hermanos se fueron, aun sin ganas de darle al balón o desplegar un mísero juego de mesa, sin darse cuenta de que había una sombra desplegándose por toda la casa.

Página 67

2

—¡Eh, DJ!

Nada. Arturo se mantiene a resguardo en su propio mundo. —¡Tú, «Disyóquey»! —espeta una voz—. ¡Despierta, coño! Ahora sí. Arturo agita la cabeza para volver al instante presente.

Se encuentra en la sala del grupo VII, delante del ordenador. A su alrededor se percibe la algarabía típica del lugar, en el que siempre hay algún teléfono sonando y varias conversaciones que se solapan entre sí.

Aunque ya lleva varios días en la UDEV, a Arturo le cuesta no detenerse de vez en cuando para admirar el espacio y convencerse de que sí, por fin pertenece a la Judicial. Le encanta contemplar la disposición sin orden de los escritorios, como si estuviesen colocados de cualquier manera, sin ton ni son, y al fondo, el despacho acristalado de la inspectora Bilbao, que en algunas ocasiones baja las persianas de láminas en busca de confidencialidad, ya sea para una videollamada o una reunión presencial. Aunque el rincón favorito de su media docena de compañeros es una mesita en la cual hay una cafetera de cápsulas y alguna que otra galleta o dulce que siempre trae alguien del grupo.

—¡Eh, Disyóquey, que estás en Babia, tío!

Quien le llama es el inspector del escritorio de enfrente. Se trata de un chico joven, más o menos de su misma edad, pero radicalmente distinto en todo lo demás: Eneko Vallejo está encantado de haberse conocido a sí mismo. Es alto, y con un cuerpo esculpido a base de horas y más horas invertidas en el gimnasio. Siempre tiene una pose confiada y desafiante, ya esté sentado redactando un informe o de pie, esperando a que se encienda la luz verde de la cafetera. Además, le encanta hablar fuerte y resoplar cada vez que está disconforme con algo, cansado o simplemente va a cambiar de postura. Pero las cosas como son, ese líder de manual es también un buen tipo. O eso parece, piensa Arturo.

—Disyóquey, ¿me escuchas o no? Atiende, que estoy escribiendo un informe, «sobre todo» va junto, ¿no?

Página 68

—Si quieres hablar de la prenda de vestir; de un sobretodo, sí. Pero si lo que quieres es expresar principalmente o especialmente, entonces separado.

—¿Separado?, ¿estás seguro?

—Por eso deberían volver a poner un examen de ortografía para entrar en la Policía.

—¿Qué pasa, que les vas a hablar de Shakespeare a los delincuentes? Mira que te cambio el apodo y te llamo «Tacita».

—¿Por qué me llamas Disyóquey, por cierto?, ¿qué tengo yo de DJ? —Coño, por la oreja, o la no-oreja esa que llevas, que parece que se te

desgastara de tanto tener el auricular ahí colocado, ¿o es que nunca has visto la típica postura de los DJ que con una mano pinchan el disco y con la otra mantienen un auricular pegado a la oreja?

A Arturo nunca le ha gustado que le mencionen su oreja. Sí, sabe que su ausencia es evidente y percibe la mirada indiscreta de cualquier persona al conocerlo —o sin conocerlo; en el metro, en una tienda o por la calle, en todos lados—, pero no quiere que le pregunten por ella ni que se la nombren. Ojalá pudiera olvidarse un solo segundo.

—Llevas toda la mañana con cara de haber visto a la Virgen, ¿que no has desayunado o qué te pasa? —pregunta Eneko.

La respuesta sincera es que todo va mal.

Esta mañana, al entrar en el complejo policial, Arturo se ha llevado un disgusto. Estaba pasando por el control de acceso cuando le ha saludado una voz que no esperaba y que no querría volver a escuchar en su vida.

—Inspector, ¿qué tal se encuentra? —ha saludado la agente uniformada.

Lo único que ha llegado a hacer Arturo ha sido mirar de lado a lado, y pedir que fuese una alucinación. Pero no, ahí estaba la chica a la que él conoce como Nagore.

—Os dije que estaba en el juego, ¿no? Pero va a tomar su tiempo. —Y mi jefe lo entiende, pero no quiere que te olvides. —Sonrió antes

de volver al interior de la garita—. Tenga buen día, inspector Yani.

Aunque todo esto no se lo cuenta a Eneko, claro.

—Ay, Disyóquey, aquí hay que venir llorado y masturbado de casa, así uno se concentra mejor.

Ni caso, piensa Arturo, que vuelve a mirar a su ordenador. Está revisando grabaciones de Tráfico en busca de la furgoneta conducida por

Página 69

el asesino de la víctima, a la cual ya pueden poner nombre: Cristina Hidalgo.

Le vibra el móvil y no necesita mirarlo para saber que es Blanca, que suele escribirle en el descanso de media mañana. Es increíble que después de la escena del ascensor todo siga igual entre ellos. Como si aquello hubiese sido una anécdota sin más.

Al día siguiente, cuando Arturo regresó a casa eufórico por haberse ganado un puesto en la UDEV, se quedó parado en la puerta, en la milésima de segundo antes de introducir la llave en la cerradura. Pensó en dar media vuelta, aunque seguramente Blanca habría escuchado el ascensor detenerse en el rellano y no entrar sería infantil. Pero qué bien le sentaría comportarse como un niño de vez en cuando. Entró en el piso casi sin respirar. Temió sorprender a Blanca haciendo la maleta, o peor, habiéndole preparado la maleta a él. No obstante, lo que encontró estaba fuera de toda lógica. Blanca haciendo spinning tan tranquila, con los auriculares puestos. No se bajó para recibirlo, lo saludó como hubiese hecho cualquier otro día.

—¿Qué tal la jornada?

—Bien…

Y siguió pedaleando con toda la energía del mundo. Arturo se miró en el espejo de la entrada, no fuera que hubiese cruzado a otra dimensión o algo parecido. Pero no. Seguía teniendo la misma cara de memo de siempre. Peor aún. Se le había quedado una expresión extraña: entre la desconfianza y la confusión. Cualquiera diría que le estaba dando un ictus. Cenaron, vieron el capítulo de una serie y se fueron a la cama. Momento en el que Arturo pensó en hablar, preguntarle qué carajo ocurría, de qué truco se trataba, y Blanca se lo debió de notar, pues le dijo:

—Está todo bien, ratón.

No volvieron a dirigirse la palabra. Se quedaron con la espalda en el cabezal, la lámpara apagada y la luz de los móviles en los rostros hipnotizados. Cada uno imbuido en su pantalla. Blanca aprovechó, como cada noche, para ponerse al día con la cantidad ingente de grupos de WhatsApp que tiene; Arturo se limitó a hacer scroll y poco más. No tiene amigos, ¿con quién iba a hablar? El propósito era retrasar todo lo posible el momento de dormir. Y es que dormir le da miedo. Le aterra, en realidad. No por el acto en sí mismo, sino por las pesadillas, que más de una noche le hacen gritar y despertarse con una sacudida, bañado en sudor frío.

Página 70

Retornando al presente una vez más, Arturo ocupa un par de horas viendo pasar vehículos, uno tras otro en su ordenador hasta que una compañera se planta junto a él.

—Eh, Arturo; y tú, Eneko, voy sacando el coche, ¡no me hagáis esperar que me pongo de muy mala hostia si no!

—No, ¿en serio? —dice Eneko—. ¿Tú de mala hostia? Eso sí que no me lo creo.

—Tengamos la fiesta en paz. —Y dicho y hecho, da media vuelta y se

va.

Es una chica con los treinta recién cumplidos que, junto a Arturo y Eneko, engrosa el trío de jóvenes del grupo VII. Arturo no la ha tratado mucho, y las dos o tres veces que ha intentado darle conversación ha recibido un exabrupto o un soplido de hartazgo.

—Relájate, Hawaiana, que cualquier día te da un chungo —dice Eneko poniéndose de pie—. Ya vamos.

Llevan un par de mañanas recorriendo Madrid de arriba abajo, localizando a los siete hombres fichados que corresponden a la descripción del sospechoso que buscan. Es decir, que tienen un tatuaje a color en el lado derecho de la cara. Ya han visitado a cuatro, y el tipo al que visitarán ahora, un tal Camilo Cabeza, será el quinto.

Mientras se coloca la chaqueta, Arturo le pregunta a Eneko:

—¿Y a ella por qué siempre le pones nombre de pizza? Ayer le dijiste «Atún con aceitunas».

—Joder, primo, hay que contártelo todo, porque la tía se llama Margarita Tarradellas. Aunque, en confianza te lo digo, sé que con ella me la estoy jugando. Cualquier día me arrea una hostia que me deja temblando.

—Oye, que yo también te puedo pegar —se defiende Arturo.

—Tú como mucho me das un besito si te pones tonto. Anda, no hagamos esperar a Barbacoa, que se gasta un carácter que para qué.

Página 71

3

Marga, como prefiere que la llamen, los recibe al volante de un Hyundai que le han dejado en el garaje de la UDEV mientras les señala su reloj de pulsera. Eneko se sube al asiento del acompañante y Arturo queda relegado a la parte trasera, como si fuera el hijo.

—Aquí a la compi no le gusta la música cuando conduce, como habrás visto —dice Eneko al poco de salir de las dependencias de la Judicial.

—Es que aquí al compi solo le gusta el chunda-chunda, y eso me taladra la cabeza.

—Así que solo nos quedan dos opciones: voto de silencio o confesionario, tú decides.

—Pues no sé qué podría contaros —responde Arturo—. Seguro que ya me habéis buscado en Google.

—«El niño de Onda» tiene casi más entradas de búsqueda que Taylor Swift.

Arturo baja la mirada y la desvía a la ventanilla. Pero hace de tripas corazón.

—Bueno, ¿y vuestra historia cuál es?

—¿A que aquí me ves tan tranquilo y espatarrado? Pues cuando estaba en los antidisturbios iba a mil, y es que no es natural estar ante una multitud que te quiere meter una hostia. ¡Cómo odiaba los partidos de Champions!

—¿Y por qué te pasaste a la Judicial?

—Me quemé. Una cosa era participar en un operativo durante un evento multitudinario, asegurar un lugar concurrido o cosas así; eso vale. Pero echar a la gente de sus casas para que un fondo buitre haga negocio…, pues eso no mola.

—¿Cuántos desahucios hiciste?

—Más que partidos de Champions, así que en cuanto pude me pasé a la Judicial.

Página 72

Marga ha estado todo el rato callada, sin aflojar el ceño fruncido y con la mano derecha en el cambio de marchas, moviendo el Hyundai con soltura de carril en carril; parece estar visualizando en su cabeza una escena digna de la mejor producción de Hollywood.

—Tú qué, ¿te vas a soltar o estás pensando en la pizzería que montarás cuando te retires de la Policía? —le dice Eneko a su compañera.

—Necesitaba un curro fijo. No encontraba de lo mío. Me presenté a las oposiciones y mirad, aquí estoy. Si queréis saber más os esperáis a que saque mi autobiografía, se llamará Os podéis ir todos a la mierda, será un placer firmaros un ejemplar.

Apenas diez minutos después llegan al barrio de Aluche y detienen el Hyundai junto a la acera de la calle Ocaña.

—¿Es aquí? —pregunta Marga.

Arturo consulta sus apuntes y dice que sí, que esa es la dirección. Acceden a una plaza peatonal rodeada de edificios. Hay un calcetín

que se ha caído de algún tendedero, también un triciclo junto a un portal y en una de las esquinas se ha quedado olvidada una zapatilla de deporte. Sí, solo una, la del pie derecho. El viento arrastra una melodía de reguetón, un bebé llorando con desesperación y el sonido de un concurso de la tele. Además, en una ventana hay una mujer que los estudia con desconfianza mientras pela judías.

No necesitan llamar al portero automático; se cruzan con una señora que les franquea el paso. Suben las escaleras hasta el 2.º A y cuando encuentran la puerta destrozada sospechan que Camilo Cabeza es su hombre.

Se llevan las manos a la cartuchera, pero no desenfundan.

—Policía Judicial —anuncia Marga—. Vamos a entrar.

Dan con un piso contaminado por la desgracia. Un par de sillas tiradas de cualquier manera y una estantería volcada, la televisión tiene un jarrón incrustado en la pantalla.

—Aquí ha habido una pelea —dice Arturo.

Se dividen para reconocer el lugar y no descubren nada extraño.

Tampoco rastro alguno de Camilo Cabeza.

—Se han llevado a nuestro hombre.

—Tiene gracia, eso sí que no lo han tocado —señala Eneko.

De entre todo el desorden, llama la atención que se haya respetado un pequeño acuario, no más grande que el casco de un astronauta, en el que

Página 73

nadan dos peces naranjas. Marga coge un bote de comida que encuentra junto a una colección de DVD de clásicos del wéstern y da de comer a los peces. Cuando ve que sus dos compañeros la miran, se encoge de hombros. Qué menos, ¿no? A continuación, llaman a la comisaría y piden cursar una orden de búsqueda y captura contra Camilo Cabeza.

Página 74

4

La chica del túnel, la joven de plaza de España… La prensa española de 1998 se lo pasó en grande sacando jugo de la desaparición de una pobre chiquilla de tan solo veintiún años; pero de ahora en adelante para Tania será Cristina Hidalgo la mujer a la que ha de hacer justicia.

Tiene sobre la mesa el expediente judicial que le han enviado a primera hora de la mañana, con toda la documentación sobre la investigación que se llevó a cabo en su día para resolver la desaparición de Cristina Hidalgo.

Tania coge la fotografía de la víctima, realizada semanas antes de que su vida diese un vuelco: su cabello dorado daba armonía a una cara ya de por sí hermosa. Su mirada irradiaba ganas de vivir. Aunque eso no tiene mérito, piensa la inspectora, ¿quién no tiene alegría a esa edad? Lo complicado es invocarla pasados los cuarenta, qué decir de los cincuenta.

Es la misma imagen que se reprodujo hasta la saciedad en todos los medios de comunicación, que copó todas las portadas y abrió los telediarios: una chica perteneciente a una de las grandes familias de la capital, hija de un reputado abogado, desaparecida en pleno centro de la ciudad. ¿Ha sido secuestrada?, ¿ha huido de casa y lo ha fingido todo? Las teorías fueron incontables, y tal y como Tania ve reflejado en el expediente, todas se investigaron. Sin embargo, los policías al cargo del caso no encontraron ni un solo hilo del que tirar. Como si la chica se hubiera volatilizado.

Se halló su coche, un Nissan Primera plateado con la ventanilla del conductor rota y las dos ruedas delanteras pinchadas. Nada más. Ni una gota de sangre ni una pista que ayudara a saber qué había pasado aquella noche en el túnel de plaza de España.

Un flashazo ataca a Tania: esa joven, ya convertida en una adulta, muriendo en sus brazos; con sus dedos que al principio se agarraban con ganas pero que poco a poco se fueron soltando, dándose por vencidos ante la última certidumbre que ofrece la existencia del ser.

Página 75

Se acerca al cristal que separa su despacho de la sala común y golpea con los nudillos. Cuando consigue que Pablo levante la mirada, le hace un gesto para que se acerque.

—Dime, Tania —dice el subinspector al entrar.

—Necesito que me organices un encuentro con… —Lee un impreso del expediente—. Con el inspector Anxo Santiago. Fue quien dirigió la investigación en su día. No sé si continúa en el Cuerpo. A mí no me suena, la verdad, igual ya está jubilado o pidió el traslado, vete a saber, pero es urgente hablar con él. Por cierto, ¿se sabe algo más de los pipiolos? — pregunta Tania.

—Ni rastro de Camilo Cabeza. La puerta hecha añicos; el piso, un desastre, pero ni una pista de su paradero.

Llaman a la puerta acristalada. Es el inspector Omar Casamayor. —Jefa, nos acaba de llamar la Benemérita. Han encontrado una

furgoneta chamuscada en un solar de Alcorcón, y por la matrícula es la nuestra.

—Manda a la Científica, te dirán que están recogiendo pruebas en el piso de Camilo Cabeza y que les falta gente y vete a saber qué más, pero tú les dices que es lo que hay. Pablo, ve en representación nuestra, que yo en un rato tengo la autopsia.

—¿Quieres que vaya yo? —pregunta Omar ofendido.

—Prefiero que avances con el tráfico de llamadas y los posicionamientos, a ver qué móviles estaban conectados en la antena de la zona. Necesito que cuando contemos con un sospechoso lo podamos cotejar.

—Pero eso es un momento…

Tania sabe lo que hay detrás. Pablo es subinspector y Omar inspector, y aunque toda la Brigada sabe la jerarquía auténtica que impera en el día a día, para Omar no deja de ser hiriente comprobar jornada tras jornada que, a pesar de que él debería ser el segundo de abordo, siempre le pasa por delante el viejo de Pablo. Pero Tania no tiene tiempo para estas pataletas infantiles, tampoco le apetece.

—Si quieres te repito mis órdenes, pero qué pereza, Omar… Qué pereza.

Con su pose pendenciera, Omar arruga los labios mientras asiente.

Total, el viejo se jubilará pronto, no conviene liarla por un par de meses.

Página 76

Los dos subalternos se van y Tania regresa al expediente: hojas y más hojas que se promete a sí misma estudiar con devoción. Revisa el informe con la biografía de Cristina Hidalgo y no se lo cree. Todo muy naíf, todo muy limpio. Vale que se tratara de una chica de familia bien, muy arraigada en tradiciones añejas, pero es difícil de creer que nunca tuviera un escarceo o cruzara un semáforo en rojo.

—Todos escondemos secretos —murmura a la fotografía de la desaparecida—. ¿Cuál era el tuyo, Cristina?

Página 77

5

En mañanas invernales como esta, Pablo se pregunta por qué nunca tuvo ambición por escalar en la jerarquía del Cuerpo; se imagina calentito en un despacho, en una de esas sillas tan cómodas para gente especial, con reuniones donde hay bandejas de cruasanes recién hechos y no las galletas arenosas de avena que, con suerte, hay junto a la cafetera del grupo. Pero, aunque el camino del autoconocimiento no termina nunca, Pablo sabe bien que a él no le va eso, que no sería feliz estando 24/7 en un despacho; él necesita esto mismo: el frío hiriente, la vejiga reclamando atención, el olor putrefacto de un Madrid que está cada vez peor, el no saber qué será de tu jornada ni a qué hora concluirá y el trato con gentes de toda clase. Ese cóctel es lo que él requiere al final del día, le guste o no.

Ay, Pablo, qué viejo te estás haciendo. Echa un vistazo al retrovisor: ve sus ojos cansados y sus ojeras de mapache, y sabe que es así.

Del bolsillo de su americana emerge el tono de su móvil. Pablo sabe que se puede conectar al coche para que la llamada se escuche por los altavoces y todas esas cosas modernas, pero él no, él a duras penas consigue apañarse para descolgar.

—Un momento, deme un segundo…

Se detiene en el arcén. Entonces se coloca el móvil en la oreja.

—Ya, ahora, dígame.

—¿Es usted el subinspector Quintas?

—¿Con quién tengo el gusto?

—Mire, soy José Lindo, del bar La cabaña del Turmo. Usted me dejó su tarjeta antes de despedirse, ¿se acuerda?

—Eh… Sí, sí, claro, donde la llamada al 112. ¿En qué le puedo ayudar?

—Es que me dijo que si me acordaba de algo le llamara y… —¿Cristina Hidalgo les dijo algo más aparte de lo que ya comentaron? —No, no, qué va. Pero la Santa de un parroquiano dice que vio a la

mujer un par de días antes de que viniera aquí y la mataran… Y claro,

Página 78

cuando hoy nos lo ha comentado en el desayuno, he pensado en ustedes, en que igual les interesaba saberlo.

—Ha hecho bien. ¿Y dice que esa mujer vio a Cristina Hidalgo?

—Es que Verónica, que es la Santa en cuestión, trabaja en la Casa del Reloj, aquí en Matadero, y siempre sale sobre las cinco o las seis de trabajar, y cuando puso rumbo pa casa, dice que vio a esa pobre mujer bajándose de un coche. Tengo aquí apuntado su teléfono, ¿se lo doy y la llama?

—Por favor.

Apunta el número y promete contactar con esa mujer un poco más tarde.

Primero la furgoneta, se dice, paso a paso. Tiene que llamar un par de veces a la pareja de la Guardia Civil que ha encontrado el vehículo para llegar al solar de las afueras de Alcorcón, pero finalmente da con ese lugar, y cuando lo hace ya están preparados los de la Científica y un funcionario que ha enviado la jueza.

Todos lo están esperando. Pablo saluda a uno de los guardias civiles. Son muchos años recorriendo Madrid, y los dinosaurios se conocen entre sí.

—La Benemérita siempre en el lugar idóneo, no sé cómo lo hacéis. —Porque nos gusta dejarnos la salud por un sueldo que no llega a

nada, qué si no —responde el cabo—. Todo listo para que su vuecencia pueda proceder.

En el solar hay palés amontonados y una colonia de gatos, la mayoría atigrados. En el centro, la furgoneta negra chamuscada. ¿Cuántas horas debe de haber estado ardiendo allí sin que nadie se percatara?

—Sobra decirlo, pero no la hemos tocado. Nos ha parecido lo mejor, y el funcionario del juzgado así lo ha querido también, así que tú tendrás el honor de abrirla.

Pablo se coordina con los de la Científica, y cuando estos ya tienen sus equipos listos, procede a abrir la furgoneta. Al principio cuesta, pues la puerta trasera está cerrada con llave y además tiene el cerrojo fundido, pero tras un rato de hacer palanca, termina cediendo.

Ante ellos se descubre lo inesperado. Algunos se llevan las manos a la nariz y otros desvían sus miradas.

Pablo no.

Página 79

Él se obliga a oler y a mirar sin pestañear; ha de empaparse de ese horror. Aunque le fastidie, en caso de llevar una vida acomodada en un despacho también echaría en falta eso. El mal, aunque espanta, se vuelve adictivo.

Página 80

6

El olor a formol, la luz de los halógenos, el frío congénito del lugar, esa necesidad de ducharse nada más salir. Tania odia las autopsias y cada día las lleva peor. Pero van en el sueldo, qué le va a hacer.

Trata de mantener el tipo, no sea que pierda su reputación ante Amelia Jurado.

—Lo primero que me chocó al lavar el cadáver fue esta herida incisa de aquí, ¿la ves?

Tania adelanta un par de pasos hacia el cuerpo inerte que un día se llamó Cristina Hidalgo y se fija en el corte. Está detrás de la oreja izquierda de la víctima, en la parte lateral de la cabeza.

—La posición es oblicua en dirección ascendente. El corte se inicia en la parte inferior, eso nos lo indica la profundidad de la cola, y va hacia arriba, donde encontramos una cola más superficial.

—Amelia, por favor…

—Es compatible con una herida autoinfligida —concluye la forense. —¿Me estás diciendo que ella misma se hizo este corte en la cabeza? —Podría ser. Y por la fase de cicatrización que presenta, la herida se

realizó uno o dos días antes de su muerte.

La inspectora observa el cadáver sobre la mesa. Qué vejatorio, qué poca dignidad tienen los muertos. Ahí está Cristina, con la piel cada vez más azulada y traslúcida, los ojos vidriosos y los senos caídos a ambos lados.

—¿En qué piensas, inspectora? —dice la forense.

—Que la muerte es lo más democrático que existe. Nos iguala a todos. —Entonces qué, ¿empezamos?

Ahora viene la parte mala, la que peor lleva Tania: abrir el cadáver y hurgar; qué alegría se lleva cuando le vibra el móvil y ve que es Pablo. Alega que ha de responder y le pide a la forense que haga el favor de proceder, que enseguida vuelve.

Página 81

Sale al pasillo, aliviada, y conversa con el subinspector. Resulta que han encontrado un cadáver en el interior de la furgoneta chamuscada.

—Tiene pinta de que quemaron la furgoneta con el pobre diablo dentro. Esto es un destrozo. La Científica aún está trabajando sobre el terreno y justo acaba de llegar un forense, pero yo diría que tiene pinta de que es nuestro hombre.

—¿Pero no está irreconocible? Habrá que esperar, ¿no?

—Sí, sí, pero adivina…

A pocos metros de la furgoneta, debajo de una piedra y envuelta en una bolsita de plástico, han encontrado una cartera.

—El DNI que hay dentro es de Camilo Cabeza, el del piso de los pipiolos, vaya.

—¿Y nos han dejado la documentación ahí al lado y todo? Qué detalle. —Solo les ha faltado hacerle un lacito y una tarjeta de regalo —

comenta Pablo—. Y tengo otra cosa.

—Dame una buena noticia, haz el favor.

Pablo procede a contarle que ha hablado por teléfono con una trabajadora de la Casa del Reloj, que jura y perjura que vio a Cristina Hidalgo apearse de un vehículo en la calle San Félix, cerca de Matadero. La mujer no se acuerda ni del color ni del modelo del vehículo, pero sí que conducía un hombre. No le vio bien la cara, pero dice que era moreno, solo eso, y con la nariz a lo Mickey Rourke, a saber qué significa eso.

—Tú ahora acaba con lo que estás. Pero anda, contacta con Omar, que con los pipiolos también liados en el piso de Camilo Cabeza, es el único libre. Dile que vaya inmediatamente a la Casa del Reloj; y se lo dices así, inmediatamente. Que coja a esa mujer y se la lleve a la comisaría de la Municipal en Centro Norte, ya sabes que Roselló es quien mejor se entiende en todo Madrid con el programa que hace retratos robots.

—Que no te escuchen en la UDEV, jefa.

—Tenemos trabajo, al lío.

Tras hablar con el subinspector, Tania piensa en regresar a la sala de disección, aunque se permite sentarse unos minutos en el pasillo. En un impulso infantil coge el móvil y busca el nombre de Javier, pero no le llama, tampoco le escribe ni un triste wasap. Para qué. Se abraza a la cordura y se obliga a regresar a la sala. Aunque antes se pone un poco de Vicks VapoRub debajo de la nariz. Una ya tiene sus años y sabe que la peste de una autopsia no te abandona en un tiempo.

Página 82

—Efectivamente, la causa de la muerte no es otra que la obvia —dice la forense—: tres heridas por arma de fuego. Una bala le atravesó el pulmón izquierdo, otra el hombro derecho, y el disparo mortal fue en el cuello. ¡Por Dios, Tania, debió de ser horroroso presenciarlo!

Así es, piensa ella. Hace un sobreesfuerzo por no visualizar la escena una vez más.

—No he encontrado nada reseñable en el resto de las vísceras, y he enviado una muestra de fluidos corporales a toxicología, por si acaso. En general gozaba de un buen estado de salud.

—¿Sabes si fue violada?

—A ver, no es nada concluyente. Hay pequeñas laceraciones en la vagina, pero podrían ser de un encuentro sexual normal y corriente. Pero ya que me lo preguntas, sí que al examinarla he podido sacar una conclusión: esta mujer, donde sea que haya estado estos últimos años, fue madre en algún momento.

—¿Estás segura?

—La abertura de la pelvis indica que pasó por un parto vaginal. Los huesos no engañan, te lo puedo asegurar. Deberías haber visto mi tipín antes de tener a mi hija…

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?, ¿cuánto hace que fue madre? —Eso no lo sé. Aunque vaya, la víctima ya estaba cerca de los cincuenta, por lo que doy por hecho que hace ya unos años. Lo que sí sé, inspectora, es que ahora tienes otro marrón… Que yo recuerde, Cristina Hidalgo no tenía ningún hijo antes de su secuestro a los veintiún años, así

que…

Tania no necesita escuchar el resto. Sí, en algún lugar hay un hijo esperando a su madre.

Qué asco de mundo.

Página 83

7

Los días que siguieron a la partida de su padre fueron extraños. Y lo peor de todo fue que nadie se atrevió a señalar ninguna de las cosas raras que pasaron en casa: llamadas secretas de su madre, cuchicheos de esta con Lupita, la sirvienta interna, ver que se le concedía a Rodrigo, el menor de los hermanos, un cuarto propio en el que había preparada una segunda cama…

—¿Para quién?

Pero nunca recibió respuesta.

—Ya llegará la hora de las verdades, señorito, que usted siempre lo quiere saber todo el primero —dijo Lupita en cada uno de los intentos del hermano de enterarse de qué demonios estaba pasando ahí.

Finalmente llegó el día en el cual había de regresar su padre, pues así lo había anunciado en una llamada internacional, todos en la casa dejaron entrever sus nervios; sobre todo su madre, que buscó la estampa perfecta colocando a sus hijos en línea recta en el jardín, de cara a la puerta. Y no fue hasta las cinco de la tarde, que empezaba a hacer algo de fresco, cuando la puerta se abrió y entró un taxi. Algo raro, pensó Cristina, si papá no se llevó su coche al viaje ha debido de ir a un sitio muy lejos. Pero ¿cuánto de lejos?

El taxi se detuvo ante ellos y se bajó su padre con la americana doblada sobre el brazo; también se abrió la puerta del otro lado y asomaron dos pies pequeñitos.

Cristina y sus dos hermanos se miraron con los ojos bien abiertos, y no pudieron ni hablar cuando vieron ante sí a un muchacho algo asalvajado, de su misma edad pero bastante más alto, que parecía la encarnación de la tristeza y que los escrutaba con censura, acaso con algo de orgullo marginal.

Adolfo Hidalgo dejó que el taxi se fuera antes de hacer las debidas presentaciones:

Página 84

—Queridos, no estéis tan serios. Os presento a Franz, él es vuestro primo.

Ni el recién llegado a la familia movió un pie, ni tampoco Cristina y sus hermanos mostraron el mínimo interés por derrochar besos y abrazos.

—¿Franz? ¿Qué nombre es ese? —preguntó Rodrigo.

—Es alemán, tonto —comentó Soledad—. Es como nuestro Francisco. —Francisco… Paco… ¡Te llamas Paquito!

Hubo inocencia en las palabras del pequeño de los Hidalgo, pero también algo de maldad. Todos le rieron la ocurrencia. Todos, menos el afectado.

—Llamadme Franz.

El padre de familia colocó su mano en el hombro del muchacho.

—A partir de hoy vivirá con nosotros, y quiero que lo tratéis como a uno más, ¿me habéis escuchado? Irá a vuestro college y tendrá los mismos privilegios que vosotros.

Pero no. En el fondo los tres hermanos sabían que aquel chico no era, ni iba a ser jamás, un hermano más. No se les parecía en nada y era imposible que lo aceptaran como un igual. Ni siquiera le iban a dar el beneficio de la duda, del primer contacto; no, aquel primo nunca iba a ser un verdadero Hidalgo. Y se lo harían saber, vaya que sí, no fuese el caso de que se le olvidase por un momento su posición y lugar en el mundo.

A saber de qué agujero procedía ese tal Franz.

Página 85

8

—Lo siento mucho —dice Tania.

Esa mujer es la desolación hecha carne. Soledad Hidalgo rebasa los cincuenta y presenta una dignidad nada impostada que rechina en aquel ambiente. Está despojada de todo glamur y conserva indicios de un pasado que fue más favorable que su presente.

Se encuentra de espaldas a los dos policías que se han acercado a visitarla esta mañana; atenta a la minúscula ventana de la sala de estar, que da a una calle donde el tráfico no cesa y cuyo ruido invade el espacio sin remedio. Lleva girada desde que ha escuchado la noticia en boca de la inspectora. Por su gesto, se nota que es una noticia conocida y digerida hace años; solo que ahora ha quedado confirmada. Ya no hay lugar para la esperanza, para esa posibilidad entre un millón que muy de tarde en tarde se ve en los periódicos. Después de asentir un par de veces para sí misma se ha dado la vuelta y ahí se ha quedado.

Así lleva un par de minutos bien largos.

—Necesitamos que se acerque al Instituto de Medicina Legal en algún momento de los próximos días —dice Tania—. Pueden venir unos compañeros para llevarla a Valdebebas, si lo desea.

Soledad indica que no será necesario, que cogerá el bus y pregunta cómo ha sido.

—Nuestra hipótesis es que su hermana estaba huyendo del lugar donde estuviera cautiva… Pero consiguieron dar con ella antes de que se pusiera a salvo. Aunque solo es una teoría.

—¿Acaso no estuvo todos estos años encerrada?

—Es de suponer que sí, pero no hay que descartar nada.

—Suerte charra… Es algo que decía nuestro padre a menudo. Suerte charra… Lo que podría ser el emblema de mi familia, visto lo visto.

—¿Hay algún otro pariente al que debamos informar? Según tenemos entendido, usted es la única familiar viva, pero…

Página 86

—Mi madre murió, la pobre. Siempre supuse que su cáncer vino de todo el sufrimiento que pasó, primero con el accidente de mi hermano y después con la desaparición de Cristina. La mujer no hizo otra cosa en su vida que pasarlo mal. Y respecto a mi padre…, se fue encogiendo hasta que se apagó. Hay una poesía de Jaime Gil de Biedma que dice: «De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal». Yo llevo todos estos años haciendo un ligero cambio: la de los Hidalgo es una historia triste, porque termina mal.

—¿Tiene algún primo o tío que la pueda ayudar en los trámites que se avecinan?

—No.

Es una respuesta seca, con mucho tormento detrás. De fondo suena un reloj de pared antiguo, de los que necesitan que se les dé cuerda. Todo es extraño en ese piso minúsculo, como si estuviese decorado con parches, objeto a objeto, sin gusto ni orden.

—No me llevé nada de casa de mis padres. Y cuando digo nada es nada. Ni la cubertería de mi primera comunión. Una pena —dice Soledad adivinando los pensamientos de los dos policías.

Baja la mirada con una enorme turbación y deja que el cabello se le eche hacia delante, ocultándole momentáneamente la cara.

—Y ahora no queda gran cosa de mi familia… Solo yo.

Pablo, que está situado en una esquina del comedor y aún no ha abierto la boca, intercambia una mirada con Tania. Todo aquello les parece muy raro. No saben definir el qué, pero hay algo que los repele y pone en alerta. El mismo subinspector lo ha comentado hace un rato mientras subían las escaleras para llamar a la puerta de Soledad Hidalgo.

—¿Cómo acaba la hija de una de las familias más influyentes del país, en un lugar así, al lado de plaza Elíptica?

—¿Qué tiene de malo? —contestó Tania—. Yo viví aquí cerca cuando llegué a Madrid.

—Esta mujer se crio en una urbanización privada, con servicio, en un colegio británico…

—Torres más altas han caído, Pablo. A saber.

Y siguieron caminando hasta llamar al timbre. Les tocó esperar varios minutos, pero al fin conocieron a esa mujer venida a menos.

Tania la observa ahora y sabe que las palabras de su compañero han sido acertadas.

Página 87

—Cuéntenos, Soledad, ¿tiene idea de quién podía querer mal a su hermana?

—Ya se lo dije a sus compañeros cuando desapareció. Nada, no se me ocurre nada.

—Precisamente por eso se lo pregunto. Como podrá imaginarse, he leído el expediente de la investigación que se cursó en aquel entonces, y me ha llamado la atención que usted rectificó su versión inicial.

Es muy sutil, pero hay un ligero movimiento en los párpados de esa mujer que animan a la inspectora a seguir por ese camino.

—La primera vez que habló con la policía, al día siguiente de la desaparición de Cristina, usted argumentó que estaba convencida de que aquello tenía alguna relación con lo de su hermano. En realidad, déjeme decirle, en las notas de los inspectores se indicó que usted estaba excesivamente exaltada y convencida de lo que argumentaba, que no hubo manera alguna de contradecirla.

Tania hace una leve pausa para que la mujer se explique. Pero no, se mantiene inmóvil, escuchando el tictac del reloj.

—Fue al cabo de un par de días cuando cambió su versión, y dijo que no sabía de nadie que pudiera odiar a su hermana o tener ningún motivo para hacerle mal. Cuénteme, ¿a qué se debió que modificara de esta manera su declaración inicial?

Llaman a la puerta y todos se miran desconcertados.

—¿Espera a alguien?

—A alguno de mis novios, ¿usted qué cree?

Pablo, que es el más cercano a la entrada del piso, lanza una mirada interrogativa a la anfitriona y esta asiente, pidiéndole que vaya a abrir.

—Hola.

Es un rider con la bolsa de una hamburguesería en la mano.

—¿El señor Prats?

—Creo que se equivoca, caballero —responde Pablo.

Confuso, el rider mira su dispositivo electrónico y se echa a reír; ¡cierto, el pedido es para el 6.º B! ¡Disculpe! Se despide y se dirige a las escaleras.

Pablo cierra la puerta encogiéndose de hombros.

—¿Se encuentra bien? —pregunta Tania al ver que Soledad se pone pálida.

—Nada, nada… Sigamos…

Página 88

La inspectora saca su móvil.

—Tenemos una testigo que vio a su hermana cuarenta y ocho horas antes del crimen acompañada de un hombre. Hemos hecho un retrato robot, no sé si quizá usted…

Le enseña la pantalla. Soledad la mira con interés, pero lo que ve parece decepcionarla. La frustración la abraza en un segundo.

—No lo he visto en mi vida, no.

—¿Le suena por casualidad el nombre de Pedro Noguera? —¿Pedro Noguera? No, diría que no, ¿es el hombre retratado ahí? —No, el retrato robot es de un hombre que está sobre los cuarenta y el

Pedro Noguera del que le hablo tendría ahora noventa años de no haber muerto de cáncer de pulmón en 1999.

—Pues no sé quién es, no.

—¿No le suena que Cristina se lo comentara en ningún momento? —No, no me dice nada ese nombre, inspectora. ¿Por qué?, ¿dónde lo

ha leído?

—En el expediente del caso de su hermana.

—Pues suerte charra, no lo conozco, no.

Pasea sus ojos por los dos policías visiblemente contrariada consigo misma, tomando de repente una actitud displicente.

—No les he ofrecido nada, y eso no está bien. Siempre me hace gracia en las películas que cuando llegan visitas inesperadas está todo impoluto y hay comida y bebida que ofrecerles.

—No queremos nada, muchas gracias, como íbamos diciendo… —No, no, no, esto no es de recibo.

Se pone una chaqueta ante la sorpresa de los policías y coge el bolso.

—Vayamos al bar de abajo, insisto.

En momentos como este, Arturo se dice cosas que ni su peor enemigo se atrevería a verbalizar. Que es tonto, que normal que nadie lo valore, que nunca lo tengan en cuenta. ¿El motivo por el que Tania y Pablo lo han invitado a que los acompañe esta mañana? Para que conduzca y para que vigile el coche, pues la jefa no se fía de la zona, ¡hay que tenerlos cuadrados!

Página 89

Arturo lleva media hora metido en el coche fustigándose con improperios y malos deseos. Primero ha mirado por encima sus redes sociales y después ha encendido la radio. Un niño que se ha caído a un pozo, tensión en aumento en la frontera de Letonia con Bielorrusia, récord de condenas a muerte a homosexuales en Qatar, presidentes del primer mundo que amenazan con apretar el botón rojo: tal vez sea verdad que merecemos un meteorito bien grande que se lleve todo por delante. Al menos está calentito, eso sí, que hoy el frío está bien cabrón. Con razón las ventanas se están empañando.

El portal se abre y ve salir a la inspectora acompañada por una mujer que no es más que una sombra y por Pablo, que se acerca al coche y abre la puerta del copiloto.

—Coño, qué calentito estás aquí. Tendrás queja.

—¿Ya nos vamos?

—Qué va, la mujer se ha emperrado en ir al bar. Y en ese tipo de situaciones, Tania prefiere ir sola. Es casi una estrategia que tenemos ya pactada: a la mínima la dejo sola, así la otra persona se siente en un ambiente algo más confidencial. Ya no ve delante a dos policías, sino a una mujer que la escucha con atención y que solo desea conversar con ella. — Se toca la cabeza con un dedo, algo cómico—. Psicología, chaval.

Arturo se encoge de hombros y Pablo continúa:

—Y ahora quita el vaho de las ventanillas, va, que esto parece el coche de Titanic y fuera se van a creer que estamos haciendo el amor o algo.

Un bar cualquiera, sin nombre. Acoge a los parados de larga duración del barrio y a algún que otro comercial que ronda la zona. Póster del Real Madrid en la pared. Tapa de callos y también de tortilla en la barra, poco más. De fondo, la televisión con el canal 24 horas sin sonido.

Tania y Soledad hacen su pedido al camarero, que las saluda con demasiado entusiasmo para ser tan pronto. La inspectora pide un café, la doliente un lingotazo, y coge la copa con las dos manos, como si se tratara de un cáliz.

—Venga, Soledad, seguro que en todos estos años le ha dado muchas vueltas al asunto, ¿qué cree que pasó con Cristina? Dígame algo, lo que sea que piense.

Página 90

—No tengo la más mínima idea, inspectora. Ese es su trabajo. —Y tampoco escuchó nunca el nombre de Pedro Noguera, ¿no?

—Ya le he dicho que no sé quién es —responde Soledad—. Dígame de una vez, ¿quién era?

—Un inspector de policía, ¿le suena ahora?

—Pero no fue ese quien llevó el caso, sino el inspector Anxo Santiago, de él sí que me acuerdo. ¿Ese Noguera qué fue, un sospechoso?

—No, no. La desaparición de Cristina le cogió convaleciente por la enfermedad que se lo llevaría después.

—¿Entonces?

—Digamos que al tal inspector Noguera le gustaba sacarse un sobresueldo con las extorsiones.

—¿Qué está sugiriendo, qué chantajeó a Cristina?

—Se confirmaron llamadas entre Noguera y su hermana apenas un año antes de su desaparición. Y yo me pregunto, ¿qué podían tener en común una joven prometedora, hija de una de las familias más ricas de la época, con un policía corrupto si no es una extorsión?

—Pues Cristina nunca me dijo nada, inspectora. Se lo aseguro.

Tania se vuelca sobre su café. Ahora su cara queda aún más cerca de la de Soledad.

—Mire, mi equipo y yo vamos a investigar la muerte de su hermana. Para eso también nos toca resolver su desaparición, ¿me entiende? Si quiere decirme algo, ha de ser ahora.

A Soledad se le atraganta la mirada de Tania.

—No tengo nada que decir. Ojalá lo tuviera.

Cuando por fin se va el vaho de las ventanillas, Pablo sonríe a Arturo.

—Eres un gran amante, tu novia debe de estar contenta.

—No me toques lo que no suena, anda —responde Arturo, y Pablo se echa a reír.

—Eso es, el novato perdiendo la vergüenza, claro que sí.

Se gira hacia su ventanilla y observa el portal, solo por entretenerse. Mira a lo largo y ancho de la fachada: la ropa tendida en los balcones, más de una bicicleta apoyada en las barandillas, un perro que saca su cabeza entre los barrotes del segundo…

Página 91

Frunce el ceño y se apea del coche. Sube y baja su mirada una vez tras otra, de forma compulsiva. No puede ser… NO PUEDE SER…

Se rasca el mentón, cavilando; momento en el que llega Tania sacudiendo la cabeza.

—La he dejado pidiendo el tercer Bacardy, qué tía, ¡cómo va a llegar al mediodía!

—Tania, mira arriba.

La inspectora levanta la mirada y enseguida entiende a su compañero. —Hijo de…

—El edificio solo tiene cinco pisos. No seis. ¿Cómo no hemos caído antes?

Tania se dirige a la ventanilla de Arturo.

—Inspector, dime que has visto entrar y salir a un rider.

—¿Cuándo?

—Hace un rato, mientras Pablo y yo estábamos arriba con la hermana. Arturo trata de hacer memoria, sin querer sucumbir a la presión que supone la mirada taladrante de la inspectora, que espera con ansias su

respuesta.

—Sí… Sí, he visto a un rider, y…

—¿Y qué?

—Que me ha llamado la atención porque ha llegado con la bolsa de una hamburguesería y ha salido del edificio con la misma bolsa.

—¿Y no te ha parecido pertinente informarnos?

—Bueno, he supuesto que se habrían equivocado con el pedido o algo por el estilo, yo qué sé, ¿por qué?

—¿Por qué? ¿Cómo que por qué? Tienes que estar más despierto, joder, Yani.

Suelta un gesto brusco, como queriéndole partir la cara, y se aleja cogiendo el móvil.

Arturo se gira hacia Pablo en busca de una explicación.

—Nos la han jugado. Creo que han intentado amedrentar a la hermana, mandarle algún tipo de señal para que no nos dijera nada. Con razón se ha puesto tan rara de golpe. Menudo gol nos han metido… Por toda la escuadra, qué cabrones.

Tania regresa guardándose el móvil en el bolsillo y anunciando que ya ha pedido a Omar que redacte una diligencia para la jueza: han de

Página 92

averiguarlo todo sobre Soledad Hidalgo, sus cuentas, su vida, y hasta el número de veces que va al baño si es necesario.

—Aquí pasa algo, y no vamos a dejar que nos chuleen otra vez. Venga, Yani, llévanos a comisaría, a ver si eso sí lo sabes hacer bien.

Página 93

9

Resulta que el inspector Anxo Santiago murió en un accidente de coche hace casi veinte años, cerca del pueblo murciano de Moratalla. La hija, que actualmente vive en Getafe, donde trabaja de profesora de inglés en un instituto, se acercó ayer a las dependencias de la UDEV. Se reunió con Tania y le contó recuerdos de su padre. Recuerdos que, la verdad, de poco le sirvieron a la inspectora; la hija era muy pequeña cuando Cristina Hidalgo desapareció y no recuerda que su padre dijera nada en casa.

—Pero no crea, qué manera de obsesionarse con algo. Incluso muchos años después, cerca de su muerte, seguía erre que erre con el temita de la chica del túnel, qué pesadez…

¿El motivo? Se ve que un periodista contactó con Anxo Santiago y le aseguró que disponía de información nueva y relevante sobre Cristina Hidalgo.

—Él se animó en esos días, lo recuerdo bien. Daba gusto verlo, parecía más joven, con una energía renovada. Recuerdo a mi madre, que lo miró de nuevo con admiración, con esa admiración que te quita una relación de pareja de larga duración, ¿sabe?

—¿Y tiene alguna idea de qué le contó el periodista a su padre?

—Eso no lo sé, pero me acuerdo de su nombre. Se llamaba como un jugador del Barça que de niña me volvía loca. Incluso tenía su póster detrás de mi puerta y le daba besos cada vez que llegaba a casa.

—¿El nombre, por favor?

—Guillermo Amor.

La UDEV puso en marcha su maquinaria y a los pocos minutos reunieron toda la información sobre el tal Guillermo Amor.

También su fatídico destino: DESAPARECIDO.

Nadie volvió a saber de él apenas un mes después de la muerte de Anxo Santiago. ¿Casualidad? Tania no cree en las casualidades. Más bien en las causalidades.

Página 94

—Pablo, Yani y tú os vais inmediatamente a la redacción donde trabajaba ese tal Amor, a ver qué os cuentan. Los demás, todos a la sala de reuniones, ¡vamos!

A veces Madrid le duele. En algunas ocasiones solo le desconcierta, en otras le fascina y, muy de vez en cuando, hasta le gusta. Pero la mayoría de los días Madrid le hiere.

Es curiosa la relación de Arturo con la capital. La que al principio se descubrió ante él como una ciudad excitante, un lienzo en blanco, se ha tornado un mapa sentimental de congoja y horror. Cada esquina le trae a la memoria un crimen.

Por eso, en este momento en el que observa la Gran Vía desde un séptimo piso, diría que Madrid le duele. Que le duele mucho. Y se ha de aflojar el primer botón de la camisa y cerrar los ojos unos segundos.

Redacción del periódico digital ElDíaHoy. Están ante el director del medio, que los ha recibido con galantería, aunque sin esconder su conmoción.

—Escuchar el nombre de Guille después de tantos años… Imagine cuánto ha llovido… Para que se hagan una idea, por aquel entonces aún se imprimía el periódico. Recuerdo que los viernes, por un euro más, te podías llevar un DVD a casa. ¡Un DVD! ¿Ustedes se acuerdan de eso? Qué tiempos, qué tiempos…

Pablo se interesa por las investigaciones que Guillermo llevó a cabo en su última etapa.

—Nada comprometido, si es lo que quieren saber. Creo recordar que hizo el perfil de un político emergente, investigó a una empresa causante de una catástrofe ecológica en la costa del Sol, pero nada que hiciera sufrir a nadie… Aún no estábamos en la época del clickbait.

—¿Podía estar llevando a cabo una investigación para otro medio, quizá?

—No, Guille no era freelance, que yo sepa trabajaba exclusivamente para nosotros. Yo entonces solo era redactor jefe, y teníamos una buena relación, creo que me lo hubiera dicho de ser así. No era nada malo como para esconderlo, ni tan raro, a veces pasa, que se colabora con varios medios. Pero no era el caso. ¿Quieren un café?

Página 95

Los dos policías hacen un gesto de rechazo al unísono. El director abre su cajón y deja ver una botellita de whisky.

—El cliché de que los policías no bebemos estando de servicio es cierta.

—Vaya por Dios, qué trabajo el suyo.

Esta vez es Arturo quien pregunta:

—¿Qué recuerda de la desaparición de Amor?

—Que fue rara… muy rara. Como ya he dicho, nos llevábamos bien… Tampoco éramos amigos, es verdad, pero había buen ambiente en la redacción y su ausencia, ya el primer día que faltó, me pareció rarísima. Pero yo qué sé, pensamos que estaría enfermo o que quizá había tenido algún imprevisto. Lo llamamos, pero nunca respondió, y recuerdo que el director de por aquel entonces, el señor Benzo, decidió darle un voto de confianza y esperar. Justo era viernes, y pensamos que el lunes aparecería seguro.

El director entrelaza sus manos y suspira, como si aún le supiera mal la decisión tomada ese día.

—Como se imaginarán, el lunes no apareció y entonces fuimos a su casa. Tampoco abría, y contactamos con la policía… Como no tenía familia ni tampoco pareja, nadie lo había echado de menos.

El resto, tanto Pablo como Arturo, lo saben bien: jamás se halló rastro alguno de Guillermo Amor. Ni siquiera se supo nunca el día y la hora en la que había abandonado su domicilio antes de desaparecer. Otra persona volatilizada en la bruma.

—Si recuerda algo más… Aquí tiene mi tarjeta —dice Pablo.

—Qué televisivo todo, ¿no? —bromea el director antes de estrecharles la mano.

Los dos policías atraviesan la redacción callados y así es como llegan al rellano de los ascensores. Se detiene junto a ellos una mujer. Cuarenta años. Media melena rubia. Zapatillas informales, tejanos y blazer.

Entran en el ascensor. En el mismo instante en el que se cierran las puertas, la mujer se gira hacia ellos.

—Han venido por Guillermo, ¿es así?

—¿Y usted es…? —dice Pablo con la ceja levantada.

—Yo ahora, abajo en la calle, tiraré hacia la izquierda y ustedes hacia la derecha. Dentro de diez minutos nos vemos en el Starbucks de Preciados.

Página 96

—Llevamos días con el caso de Cristina Hidalgo y seguimos sin sacar nada en claro. ¿Consiguieron retenerla durante tanto tiempo en un mismo lugar? ¿Fingió su desaparición y cambió de identidad? Y no tenemos que olvidarnos de su supuesto hijo, ¿dónde se encuentra?

Tania está de pie frente a los suyos. Sostiene un tono severo y autoritario. Es su forma de motivar, de mantener la chimenea encendida.

—Omar, por favor, cuéntales a tus compañeros lo que hemos averiguado de la hermana de la víctima.

El inspector ordena los papeles que tiene delante.

—Como sabéis, conseguimos que la jueza nos firmara una orden para estudiar los datos bancarios de Soledad Hidalgo, la hermana de Cristina. También pedimos una para poder pincharle el teléfono, pero ahí ya no accedió su señoría. Lo que hemos descubierto es muy extraño: Soledad Hidalgo no dispone de ningún trabajo, ni pensión. Una vez al mes recibe un ingreso de ochocientos euros, que vistos los gastos, le dan para ir tirando; también es verdad que gracias a que no paga ni alquiler ni ningún otro tipo de servicio, ni teléfono ni electricidad.

—Vaya, que vive mantenida —comenta Eneko—. ¿Algún chanchullo? —El ingreso mensual se lo abona una empresa con sede en Andorra — responde Omar—. Les hemos pasado los datos a nuestros compañeros de Delitos Económicos, pero no son optimistas. No esperan poder decirnos nada a medio plazo. Estiman que el rastro nos llevará de Andorra a

Panamá, de allí a Delaware…, que nos irán mareando.

Resoplos, manos a la cabeza. Con los paraísos fiscales hemos topado, piensan todos.

—Pero es raro —continúa Marga—. En ese tipo de chiringuitos, la persona beneficiada vive a todo tren, en un casoplón, y con todos los lujos que te puedas echar a la cara; no en un piso de plaza Elíptica y con ochocientos euros. Si no se ha de pagar ni luz ni internet ni nada, se puede sobrevivir, pero tampoco es para tirar cohetes.

—Por eso tenemos que seguir investigando a esa mujer —interrumpe Tania—. Igual todo esto no tiene nada que ver con Cristina, pero a priori, y tal y como tú misma has indicado, es cuando menos extraño. Ahora, el siguiente punto…

Página 97

La mujer llega puntual y se encuentra con un cappuccino que le tiende Pablo.

—Aquí mi compañero y yo estamos intrigados. Si puede hacer el favor…

—Disculpen la forma de abordarlos —dice tomando asiento mientras deja el bolso sobre el respaldo de la silla—. Soy Iris Burgos, jefa de la sección de política de ElDíaHoy.

Entonces les cuenta todo. Resulta que ella, siendo tan solo una becaria recién llegada a la redacción, tuvo una aventura con Guillermo Amor.

—Él era mucho mayor, prácticamente me doblaba la edad, y entre que él era mi superior y yo solo una chiquilla recién salida de la Universidad…, pues nunca le contamos nada de lo nuestro a nadie. No quería parecer una arribista.

Tantos años después, la mujer se muestra terriblemente emocionada al recordar a su viejo amante, casi al borde de las lágrimas. El labio inferior le tiembla y no deja de tocar con ansias la pulsera que lleva en la muñeca izquierda.

Arturo, que sabe bien lo que es un tic, siente una empatía inmediata con esa mujer.

—Nunca llegamos a considerarnos novios ni nada de eso. Él tenía fobia a esa palabra y yo… Bueno, yo por aquel entonces ya salía con el que ahora es mi marido…

Los mira temiendo un reproche. Pero ellos se limitan a beber de sus cafés.

—A lo tonto, así como quien no quiere la cosa, nos veíamos bastante a menudo. Siempre en su casa. Y la tontería duró un par de años, desde que entré hasta que… En fin, hasta que desapareció. Recuerdo que yo fui quien más insistió a Benzo en que había que llamar a la policía, ya el primer día. Tenía un nudo en el estómago que me decía que le había pasado algo malo. Lo sabía. De verdad que lo sabía.

—Tal vez pueda darnos algún detalle que al director se le haya escapado o que crea que desconoce.

Sí, había algo que tan solo ella sabía: Guillermo Amor llevaba varios años inmerso en una investigación por su cuenta. No se la había presentado a ningún medio, ni siquiera al suyo, pues no sabía hasta dónde

Página 98

iba a llegar finalmente el tema, mucho menos qué nombres podía encontrar si llegaba el momento de tirar de la manta.

—¿Y qué es lo que investigaba, si puede saberse?

—Eso no lo sé. A mí tampoco me dijo nunca nada. Todo era muy misterioso. En realidad, más que por protegerme, era porque no sabía cuánto iba a poder escarbar… Decía que tenía miedo de que al final todo quedase en nada y se le pusiera cara de tonto, que de los proyectos solo hay que hablar cuando están materializados. Él no sabía si de ahí iba a salir un reportaje o incluso un libro.

—¿Así que no sabe nada de nada de la investigación?, ¿nada que pueda ayudarnos?

La mujer termina su café y se encoge de hombros.

—Solo veía de vez en cuando, al llegar a su casa, sus carpetas esparcidas por la mesa. No me pregunten el nombre en clave que él le había puesto a la investigación, porque no me acordaría ni aunque me torturasen, pero sí diría que empezaba por T. Sí, eso, era una palabra que empezaba por T.

Los dos policías se miran, perplejos.

¿T?

—Marga ha dedicado estos últimos días a revisar las grabaciones de los alrededores de Matadero, las cuarenta y ocho horas anteriores al asesinato de Cristina Hidalgo, en busca del vehículo conducido por este hombre.

En la pantalla pasa a verse el retrato robot realizado en la comisaría de la Municipal.

—Pero no hemos tenido suerte. La testigo declaró que la había visto en la calle San Félix, pero es una calle secundaria de viviendas y ahí no ha habido manera de encontrar ninguna imagen. Y por los alrededores, sin modelo y sin color del coche… imaginad.

Recorre los rostros de todos sus compañeros.

—Estamos en un callejón sin salida, al menos en esta vía, y es una pena, porque parecía prometedora, de ahí que esta mañana haya hablado con la jueza y con el comisario. Me han dado permiso para divulgar en la prensa la imagen de nuestro conductor misterioso.

—Nos volverán locos con pistas falsas y llamadas a tutiplén, jefa.

Página 99

—No nos queda otra que apechugar y buscar la aguja en el pajar, ¿de acuerdo?

Y todos asienten. Como para no hacerlo.

—A trabajar, venga —culmina Tania—. Hay que encontrar al tipo del retrato robot sea como sea.

Página 100

10

Alberto Gómez sabe que es hombre muerto cuando se ve solo a esa hora, diez minutos después de lo acordado, y sin visos de que vaya a venir nadie a por él. Nunca, jamás, ha habido retrasos en las citaciones. Por eso tiene la certeza de que ya no aparecerán para recogerle y que está jodido.

Lo primero que piensa es en llamar a alguien, pero ¿a quién? No hay una centralita, ni mucho menos un compañero con el que contactar para saber si se ha enterado de algo. ¿Entonces? Solo puede dar media vuelta y perderse. Sí, eso, cuando se está en problemas perderse es lo único que queda. Aunque a la vez sabe que está siendo infantil, ¿cómo se supone que alguien pueda esconderse de ellos, de su jefe? Y mira que atreverse a… Pero es que… No, es absurdo tratar de buscar otros culpables. Fue él quien decidió ayudar a la prisionera número cero, nadie le obligó. Ojalá no hubiese sido así. Al menos ahora tendría el consuelo de poder darse un golpecillo en la espalda: «Yo no quería, profe, me obligaron, pero de verdad que yo no quería». ¿Cómo se atrevió a pensar que podría hacerlo y que todo seguiría igual, que no lo descubrirían y que seguiría trabajando como si tal cosa, jornada tras jornada? Tú no puedes engañar a Dios. Dios lo sabe todo.

Acude a un bar en busca de refugio. Necesita pensar un poco. Pero de haberlo sabido, habría sido mejor no hacerlo. Coge el periódico que está doblado sobre la barra y se lleva un disgusto al ver su rostro en la portada.

O, mejor dicho, un dibujo de su cara.

«RETRATO ROBOT DEL HOMBRE RELACIONADO CON CRISTINA HIDALGO. SE BUSCA SU PARADERO», es lo que pone debajo de la imagen.

Ahí está la respuesta a por qué no han acudido a por él esta mañana y el motivo de su inminente muerte. Claro… Quien no lo conozca en ese dibujo no verá más que a un hombre caucásico a punto de llegar a los cuarenta, pero a quien sí lo conozca se le hará evidente que es él: su nariz de antiguo boxeador no engaña a nadie. Su cara de memo, de desgraciado

Página 101

congénito, tampoco. Y es que hay gente que nace con mala sombra, y ese es su caso. Qué desperdicio.

Repara en que el periódico es del viernes. Es decir, de ayer. Y hoy es sábado por la mañana. Sus enemigos han tenido margen para moverse, para elaborar un plan limpio, que no deje rastro, y él justo está arrancando ahora de la línea de salida. Qué mala pinta tiene todo. Cuánta desventaja. Lo más sensato sería ir corriendo a Barajas y comprar un billete para el primer vuelo que salga. Irse lejos, lo más lejos posible. Pero sabe que no lo puede hacer. No cuando en casa están Maika y Lucas.

Su familia… No, a tanto no llegarían. Las familias no se tocan. ¿Verdad?

Ha de moverse, pasar a la acción. Sin embargo, eso no ayudó a la prisionera número cero, ¿le servirá a él? Tampoco es que tenga ninguna otra opción. Echa a andar, consciente de que dispone de muy poco tiempo, tal vez solamente ese mismo día para encontrar una solución.

Una salida.

Eso es.

Ha de preparar una salida para él y los suyos. No puede irse sin su familia. No pueden quedarse atrás. Pero ¿acaso un hombre muerto puede hacer planes? Se sacude los pensamientos y da un paso al frente.

En su cabeza solo escucha: Tictac, tictac…

Página 102

11

Sábado noche. Los policías también tienen derecho a divertirse. Todo el grupo VII está congregado, al igual que sus parejas. Por eso la inspectora Bilbao ha llegado acompañada de Javier, su marido.

Fue Omar quien dio la idea de invitar a los cónyuges:

—Que es fin de semana, gente, a ver cómo si no defendemos en casa una cena con los compañeros. Qué menos, ¿no?

—Eh, que es para darle la bienvenida a Disyóquey.

—¿Podéis llamarme Arturo, por favor?

—Vosotros ya me entendéis… Disyóquey es genial, yo ya lo siento casi como un hermano, pero podemos ir acompañados, ¿sí o no?

Y qué coraje el suyo, que se ha presentado a la cena con una morena despampanante colgada de su brazo.

—¿Recuerdas lo que te comenté de su esposa? —le ha dicho Pablo a Arturo.

—Sus problemas de pareja, sí.

—Pues esa no es su mujer.

El problema es que Blanca ha escuchado el diálogo y no le ha gustado saber que su novio se relaciona cada día con esa gente. Arturo la ha calmado asegurándole que Omar es de sus menos allegados dentro del grupo y que apenas se relaciona con él, lo cual tampoco es mentira.

Vistos así, en este ambiente, todos conversan sin los formalismos que las dependencias de la UDEV parecen imponer a los suyos. Hoy todos se muestran más cercanos, más sueltos, mucho más relajados.

Aun así, a Arturo le ha costado arrancar, y es que al principio aquella velada se le antojaba impostada, como si esas personas realmente no quisieran celebrar que tienen un compañero nuevo y se limitaran a cumplir con una tradición ya establecida. Pero al rato, ya sea por la copa de cava que les han servido nada más sentarse o por el jolgorio que han regalado las bromas, la verdad es que ni tan mal, todo se ha hecho mucho más fácil.

Página 103

—Madre mía, cómo ha venido Pizza Hawaiana, ¿no? Como para comerse toda la piña —ha dicho Eneko ante la llegada de Marga.

—En la vida, Eneko, ¿me escuchas tú bien? ¡En la puta vida me lío yo contigo! Y para ya con estas coñas tuyas o te meto un puro por acoso sexual.

—Hombre, yo no digo que tengamos una camada de niños guapos, o guapes, como tú lo quieras llamar, pero un garbeo así suelto, como quien no quiere la cosa…

La chica ha simulado un repelús.

—No me estoy dejando veinte euros la hora en una niñera para esto, créeme.

—¿Una niñera? —ha preguntado Arturo, aunque se ha sentido tonto en cuanto se ha escuchado a sí mismo.

—Qué pasa, que no tengo cara de madre, ¿no? —ha contestado Marga

—. Pues aquí donde me ves sé lo que es dar biberones y limpiar culos. Aunque ya hace tiempo, mi Belén ya tiene diez años. No, no hagas cuentas. La tuve cuando era joven, asquerosamente joven. Bueno, venga, va, ¡buen provecho!

Durante la cena Arturo no puede evitar mirar de reojo a la inspectora Bilbao, que para la ocasión se ha pintado la sonrisa de carmín. La ve junto a ese hombre que por el físico bien podría estar protagonizando una telenovela y no se imagina cómo debe de ser esa mujer en la vida privada. Seguro que también una sargento, se dice a sí mismo.

—¿Qué tal el risotto? —le pregunta a Blanca para que no se sienta desplazada.

Arturo cree que se hallan ante una prueba de fuego. Juntos están bien, pero cuando salen y se relacionan con otras personas siempre surgen las disputas y los tonos grises. No es que él sea un misántropo, pero nunca ha encajado en los ambientes que su novia le propone; un fin de semana en casa de sus padres, una cena de cumpleaños de alguna de sus amigas o una barbacoa con sus primos. Claro, ella siempre juega en casa y no sabe lo que es disputar un partido como visitante. Por eso es tan importante esta velada, porque es casi la primera vez en diez años de relación en la que Blanca es la acompañante.

Y sí, claro, Arturo sabe que esta noche es una de esas noches que ayudan a decantar la balanza. Piensa en decirle algo del tipo: «Este vestido azul te queda muy bien, qué guapa vas», pero a la hora de la verdad se

Página 104

queda callado. En los primeros años de relación dicha frase hubiese surgido sola, o no hubiese hecho falta decirlo, su mirada habría bastado para delatarlo, pero ahora…

Qué difícil se hace todo.

Socializar es algo que Arturo siente que no se le da bien. Nunca sabe qué temas tratar, qué chistes hacer, y siempre termina por adoptar el papel de callado; rol que con suerte te otorga un halo de tipo interesante, introspectivo e intelectual, etiquetas con las que no se identifica pero que le resultan más atractivas que la de perro apaleado con miedo a los extraños. Aunque ese no es el problema de Arturo, lo que le pasa en realidad es que simple y llanamente no sabe cómo tratar a los demás. Él se siente bien en su mundo interior. Pero la sociedad de hoy en día premia injustamente la extroversión, y eso es lo que hay.

La cena transcurre agradable, y cuando salen del Misent forman una barrera humana en la acera; algunos proponen tomar algo por ahí, por La Latina o donde esté la marcha, otros ya tienen planes, sobre todo Omar, claro.

Escalonadamente, se van separando, prometiéndose los unos a los otros que el lunes estarán al pie del cañón, como no puede ser de otra manera en el grupo VII.

—Ahora ya eres de los nuestros —le dice Tania al despedirse—.

Bienvenido, Yani.

—Muchas gracias, inspectora —responde él.

Y se estrechan la mano con la sonrisa de rigor.

Un segundo puede marcar la diferencia. Al entrar en casa, Alberto no se detiene para besar a Maika o revolverle el cabello a Lucas. No, va directo a su habitación, donde coge una maleta y empieza a echar ropa dentro.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —pregunta Maika, que ha dejado a Lucas solo en la salita con su tortilla con salchichas y kétchup.

—Tenemos que irnos.

—Qué…, ¿por qué?

Alberto sabe lo que viene: Maika siempre va a la suya y no hay manera de que haga algo a la primera. Así que no le queda otra que cogerla de los hombros y mirarla a los ojos.

Página 105

—Maika, por favor, por una vez en tu vida haz lo que te pido sin rechistar, por lo que más quieras. Yo meteré algo de ropa para un par de días en esta maleta, y tú haz lo mismo con la del niño, ¿quieres?

—¿Qué ha pasado?

Alberto no quiere ser brusco, pero a veces es la única manera.

—O nos vamos pitando o algo malo va a pasar, ¿contenta? ¿Ya puedes ponerte a hacer lo que te digo? Gracias.

—A borde no te gana nadie, que lo sepas —dice ella saliendo del cuarto.

El problema es que la mujer pasa por la salita, y Lucas se asusta al ver a su madre así de nerviosa. Eso le sabe mal a Alberto, que respira hondo y se asoma.

—Eh, campeón, tú tranquilo. Nos vamos de vacaciones.

—¿Como en verano cuando vamos con los abus?

—Sí, pero mucho más divertido. Termina de cenar y nos vamos.

Trata de forzar una sonrisa de consolación, pero a quién quiere engañar, no hay manera humana de mostrar sosiego en una situación como esta.

—¿Quieres ir a tomar algo? —dice Tania.

Conduce ella, pero refuerza la propuesta con una mirada taladrante. No le importa desviar su atención de la carretera. Es tarde y apenas hay tráfico a estas horas.

—¿Qué? No…, gracias, no.

—No me digas que no te tomarías un Ponche Caballero ahora mismo.

Javier sonríe, prestando más atención a la ventanilla que a ella.

—Si puedes déjame en alguna parada de la línea uno y yo ya…

—No, tranquilo, te acerco.

—No es que te pille de camino.

—No me cuesta nada.

Sigue conduciendo, disimulando su dolor. Dolor que sigue presente cuando detiene el Mini Cooper ante un edificio de nueva construcción en Pinar de Chamartín.

Javier quiere irse cuanto antes. Incluso tiene la mano en la manija, pero en el último instante se detiene y la contempla.

Página 106

—Me lo he pasado bien, ya sabes lo bien que me caen los tuyos y que en Misent siempre se cena de fábula, pero ¿a qué ha venido todo esto?

Ella trata de responder. Al no encontrar las palabras adecuadas, prefiere quedarse callada. Deporte que lleva practicando toda su vida.

—No saben que estamos separados. Es eso, ¿no? —dice él.

Tania se mantiene firme, mirando al frente, como si hubiese algo interesante en esa calle desértica. Pero no lo hay.

—¿Ni siquiera Pablo? Joder, Tania… Por Dios… —¿Qué? Por Dios, ¿qué?

—¿Para esto era esta noche?, ¿a eso venía lo del Ponche Caballero?

—Tenemos dos hijos en común, ¿no?

—No me vengas con eso ahora. Solo te acuerdas de tus hijos cuando te conviene.

Ella menea la cabeza, a punto de explotar, pero para qué hablar. Para qué hacerlo ahora. Ahora ya es tarde.

—¿Sabes algo de Raúl? —termina preguntando a su marido, ¿o ya es exmarido?

—Nada —dice Javier—. Bruno me dijo hace poco que fue a verlo a la escuela durante el recreo y que hablaron a través de la valla, pero ya. ¿Por qué, tú le has visto?

—Hace unos días. Me entró en casa.

—¡Cuantas veces te lo tengo que decir! Cambia la maldita cerradura, ¡cámbiala!

—Ya te he escuchado, ¿vale?

Se quedan callados. Tratan de tranquilizarse. Cualquier intento es fútil. A veces el silencio es el peor de los ungüentos; precisamente por eso, porque lo dice todo.

—¿Puedo subir a verlo?

—Estará dormido —responde Javier.

—Por favor.

—Solo un momento.

—Me quiero ir a casa —dice Lucas—. ¡Mamá!

—Alberto, mira al niño. Mírame a mí. Nos estás asustando.

Página 107

Alberto no les hace caso. No hay tiempo para eso. Arranca el vehículo con tal acelerón que casi choca con otro coche. Se disculpa con la mano y pisa de nuevo el pedal, alejándose del que hasta hoy ha sido su hogar.

—¡Alberto, di algo, por el amor de Dios!

Él se muestra grave hacia su esposa, buscando transmitirle la seriedad de la situación. Sin embargo, a su hijo lo mira a través del retrovisor con una sonrisa.

—Ya verás, campeón, qué bien nos lo vamos a pasar. Tú duérmete, ¿quieres? Cierra los ojos, échate contra la ventanilla y a descansar.

—En coche me mareo.

—Tomaré las curvas con tacto. Ya verás, ni te vas a enterar.

El niño no responde. Alberto se gira hacia su esposa, que parece asimilar la situación. Hay miles de preguntas en su mirada, pero no puede soltarlas estando el niño delante. Así que mutis. Se lleva la mano a la frente y se baja la cremallera, acalorada.

—¿Al menos sabes a dónde vamos?

—Lo más lejos posible.

¿Acaso una gran ciudad no debería ofrecer anonimato las veinticuatro horas del día? Arturo siente que Madrid le falla cada vez que se encuentra con alguien conocido.

Como en esta ocasión.

A veces la vida pesa, y da igual lo que se haga, no se consigue respirar. No al menos de una forma plena. Con el fin de liberar la mente, Arturo sale a la calle, embotado de la oscuridad y el guirigay que se vive dentro del local en el que están tomando algo. Por un instante teme que Eneko, Pablo o Marga le sigan los pasos…, pero no, parece que están aprendiendo que él, de vez en cuando, necesita su espacio.

Todo iba bien hasta que la realidad lo ha atropellado. Una vez más.

Después de la cena en Misent se han dirigido a un garito en La Latina. Han pedido un cubo de cervezas y todo han sido risas. Jijí, jajá por allí; jijí, jajá por allá.

—Ratón, que me han escrito las chicas —ha dicho Blanca con el móvil en la mano y el bolso ya en el hombro—. Que están aquí al lado, a ti te importa si…

Página 108

—No, claro. ¿Nos vemos en casa?

—Te voy diciendo, pasadlo bien.

Arturo conoce bien a su novia. No volverá a saber nada de ella hasta mañana, cuando la tenga que reanimar de la resaca con un buen desayuno.

Ambos se han despedido con un beso y, sinceramente, en ese momento Arturo incluso ha pensado que ni tan mal, que en realidad le apetecía quedarse sin carabina con sus compañeros.

Ha sido en el segundo cubo de cervezas cuando ha notado una mirada en la nuca. Una presencia. Y al girarse se ha llevado el disgusto de ver una cara conocida: un antiguo compañero de primaria.

—Eh, Niño de Onda, qué bien te veo, cabrón. Por el pueblo hace mil que no pasas.

El Niño de Onda… El Niño de Onda… El imbécil lo ha dicho con buen humor y sin la intención de ofender, ha sido sin pensarlo, como un mote más; pero lo que no sabe ni sospecha es que esas palabras le hacen daño, logran que le alcance la sombra de su pasado, de su desgracia, de ese mal que marcó su cuerpo y su espíritu.

La gente ni siquiera utiliza el plural, como sería lo correcto: Niños de Onda. No, solo se refieren a él, como los periódicos en su día. Y es que una imagen vale más que mil palabras, y los fotógrafos solo lo recogieron a él. Quizá por ser el superviviente.

Ha sido escuchar «Niño de Onda» y quedarse mal. En ese preciso segundo, Arturo ha sabido que la noche terminaba para él, que ya le iba a ser imposible reponerse y mirar al frente. Ha saludado por obligación al imbécil de su antiguo compañero de primaria y después de cinco minutos de palique ha podido volver junto a sus compañeros.

Las risas han seguido en la mesa y los cubos de cerveza han corrido. Eneko, como maestro de ceremonias, ha sabido conducir la noche entre chistes y anécdotas; Marga ha logrado alisar su ceño y se diría que hasta ha desinflado los hombros en señal de tregua con el mundo entero; y Pablo se ha destapado como un bonachón con un sentido del humor muy negro, negrísimo. Pero eso a Arturo le ha dado igual: apenas los ha escuchado. No ha podido prestar atención a nada. A absolutamente nada que no fuera su tormenta interior. Y cuando ha notado que la respiración se le aceleraba, se ha levantado y ha dicho: «Ahora vuelvo». Aunque a saber si será verdad. Él sospecha que no.

Página 109

—Oye, ¿te acompañamos? —ha preguntado Marga—. No sé si estás morado o blanco, tío, ¿tú estás bien?

—Nada, salgo un momento a hacer una llamada y vuelvo.

Ahora Arturo está en una calle cualquiera de La Latina plagada de carteles de conciertos ya pasados. Sábado noche. Jolgorio. Gente cantando y con ganas de pasárselo bien, de llegar al siguiente local cuanto antes, ansiosa de cerveza y otros brebajes.

Trata de enfocarse en su respiración para vaciar la mente. Y cuando cree que lo ha logrado, los pensamientos se disparan de nuevo. ¿El motivo?

Se topa de frente con la persona que menos le apetece ver en el mundo. —¡Tú!

—Oh, venga ya, lo que me faltaba.

—¡Me mareo!

Es el vigésimo aviso de Lucas. Está pálido. En sus manos tiene una bolsa de plástico y reclama parar hasta que se le pase el mareo.

—Pero si aún no hemos ni salido de la comunidad, no puede ser. —Alberto, el chiquillo está mareado, ¿qué quieres, que se trague el

vómito o qué?

—Pero…

No hay peros que valgan. Como si todo estuviera escrito por alguien con mal gusto y pésimo sentido del humor, Lucas se vacía por dentro. No le da tiempo a desplegar la bolsa y deja la parte trasera del coche hecha un desastre.

—Qué asco, me quiero morir, ¡para, papá!

El olor es inaguantable. Maika baja la ventanilla, pero eso no soluciona nada.

—Para, Alberto, tenemos que parar.

—No podemos.

—Mira al niño, hay que cambiarle de ropa, ¿qué quieres, que vaya sucio todo el trayecto? ¿Tú has visto cómo está la parte de atrás? Que pares te digo.

Un cartel anuncia la cercanía de una estación de servicio, y Alberto contempla a su hijo a través del retrovisor. Le sabe fatal su

Página 110

comportamiento. El pobre Lucas tiene los pantalones y parte de la camiseta con manchas de vómito, se está pasando un clínex por la boca y se mantiene cabizbajo, casi avergonzado de tener que fastidiar así a su familia.

Alberto toma una decisión. Gira a la derecha, hacia la estación de servicio.

De poder llorar, Tania lloraría ahí mismo sin pensárselo dos veces. Se desharía en lágrimas si con eso reparase todo el daño causado. Pero no se lo permite.

Se mantiene apoyada en el marco de la puerta con la mirada fija en Bruno, su hijo de apenas ocho años que descansa con su pijama de Dragon Ball en una postura imposible, con un cómic de Batman a punto de caer de la cama y la lamparilla de la mesita aún encendida.

Tania lo contempla con un amor que siente en el pecho y que logra sanarla del disgusto de hace un rato. Aunque bueno, para ser justos, hay que admitir que no ha sido para tanto, que podría haber sido peor. Mucho peor. Y es que, al subir al piso de Javier, se ha encontrado con su exsuegra, ¿o sigue siendo suegra?

—Ay, Tania, pero… Pero ¿qué haces tú aquí? —ha preguntado la mujer mientras consultaba el reloj de la pared.

Ella, que se había quedado dormida en el sofá mientras miraba la tele, se ha levantado de un salto, como queriendo disimular que estaba con Morfeo hasta hace unos instantes, y le ha dado dos besos a la inspectora.

Lourdes siempre fue buena con ella. O al menos justa, que ya es mucho. Pero Tania, que es muy suya, tuvo una coraza durante todos sus años de relación con Javier y jamás se permitió intimar con esa mujer que ya pisa con firmeza la tercera edad.

—Qué bien te veo, Lourdes.

—Qué mal mientes, bonita. Espero que se te dé mejor cazar delincuentes.

Ha mirado tanto a su hijo como a ella y se ha excusado mientras se retiraba al cuarto de invitados. Lourdes no vive ahí, pero siempre acude solícita en cuanto su hijo necesita que le echen una mano con Bruno. Que es más a menudo de lo que jamás confesará.

Página 111

Al quedarse solos, Tania ha echado un vistazo al piso y se ha visto obligada a comentar lo bien que está y que se nota que Javier lo ha decorado con gusto.

—Va a ser cierto lo que dice mi madre, que se te da mal mentir, pero si mira cómo tengo los DVD aún, en el suelo de cualquier manera.

—Menos los de Star Trek, esos sí los tienes en la estantería, ¿eh? —Eso tiene más de religión que de ocio, ya lo sabes.

Y ha sonreído. Con esa sonrisa blanca y perfecta que siempre ha tenido el maldito. Por un segundo, Tania ha deseado tirarse a su cuello. Pero no era el momento. No después de que la haya rechazado en el coche hace tan solo unos minutos. Tiene carácter, pero también orgullo.

—La habitación de Bruno…

—La segunda puerta a la derecha.

Y ahí lleva un buen rato, junto a la puerta de su hijo. Si tan solo pudiera hacerle saber todo lo que siente por él, aunque solo fuera un cinco por ciento…

—¿Mamá?

Tania esboza una sonrisa. Se sienta a su lado después de besarle en la frente.

—Vuelve a dormir, venga, tú que puedes.

—¿Te vas a quedar? Debajo de mi cama hay un colchón que se puede sacar. Me lo puso papá para cuando venga algún amigo.

—¿Y ya has invitado a alguien a tu nuevo piso?

—Lo pedí para Raúl… Para que pueda venir. Pero shhhhh, que papá no lo sabe.

Los dos entristecen de golpe. Tania simula reponerse antes y se esfuerza por sonreír.

—¿Mañana puedo verte? —pregunta Bruno.

Su madre se gira hacia la puerta, donde ahora está Javier.

—Bueno, esto… Si quieres acompañarnos por la tarde… Vamos a un espectáculo de marionetas que hacen en El Retiro.

—Con una condición —dice Tania girándose hacia su hijo—. Que te abrigues bien fuerte, ¿vale? Mira que hace mucho frío y no quiero que después me culpes de tus mocos.

—¡Hecho! —responde el niño la mar de contento.

Tania lo besa y arropa con la calidez que solo una madre puede transmitir.

Página 112

Noche cerrada. Ni siquiera la luna quiere ser testigo de lo que pueda pasar en los próximos minutos.

Aparcan el Renault lo más cerca posible de la puerta. Es tarde, la medianoche ha quedado atrás hace rato, y la estación de servicio, pese a estar abierta, funciona al ralentí. Solo hay una mujer junto a la máquina de cobro, otro trabajador pasando la fregona junto a los libros de bolsillo y dos clientes que ocupan una mesa del fondo en la que comen sendos bocadillos de lomo con queso.

Atraviesan la zona de suvenires y se dividen en el pasillo de los baños. —Me ha salpicado un poco de vómito, voy a cambiarme yo también

—dice Maika.

Alberto y Lucas entran en el baño de caballeros, y diez minutos después no hay ni rastro de vómito en el niño. Luce limpio y aseado con su nueva camiseta de Disney, aquella que le regaló su tía con tanto amor por su cumpleaños.

—Pues yo diría que ya está, ¿ves qué guapo has quedado? —dice Alberto.

—Papá…, yo… lo siento…, soy tonto… —Eh, eh, ¿por qué dices eso? —Tú tienes prisa, y voy yo y…

—Yo de pequeño vomité una vez en una excursión con el cole. Para que veas qué mala pata: justo cuando el autobús llegó al Escorial, fui yo y vomité todo el desayuno encima de un amigo. Ya puedes imaginarte qué sarao, se estuvieron riendo de mí todo el día. Aún me sabe mal por mi amigo, fue todo el día apestando.

—¡Jo, papá! Anda que tú también…

Padre e hijo se sonríen. Alberto, que ha estado de rodillas todo el rato, va a ponerse de pie cuando un disgusto lo paraliza por completo.

Se abre la puerta y entra un hombre robusto con un casco de moto en la cabeza. Tiene la visera bajada.

El motorista no va a ninguno de los urinarios disponibles. Tampoco se acerca a los lavamanos. Se queda de pie junto a la puerta, impasible. Se mueve sutilmente la chaqueta hacia un lado para dejar ver su arma.

Alberto enseguida distingue la pistola: Beretta 92, ideal para las distancias cortas.

Página 113

—Oh, venga ya, ¿qué quiere Asuntos Internos ahora, saber la cantidad de cerveza que tomo en mi tiempo libre o qué? —dice Arturo disgustado al ver ante sí a Nagore.

—Para el carro, listillo, que a mí no me lava la ropa mi madre.

Señala el rótulo de arriba: está en una lavandería, y se nota que también ella se ha sorprendido al encontrarse a Arturo.

—Si no me quieres ni saludar, bien, puedes seguir recto. Por mí como si te pudres.

—¿Qué coño te pasa a ti ahora?

—Es sábado por la noche y mira dónde estoy, ¿a ti qué te parece?

Los dos se contemplan durante unos segundos. Él va arreglado, quizá demasiado, pero es que consideraba que la cena de esta noche era importante. Ella, sin embargo, va con unos tejanos desgastados, unas zapatillas de deporte y una sudadera ancha de color naranja.

—¿Qué mierdas haces deambulando por la calle a estas horas? — pregunta Nagore—. ¿Vas drogado? Deja que te vea esas pupilas.

—¿Qué? ¡No, claro que no! ¿Quién hace la colada un sábado por la noche?

—Es veinticuatro horas, ¿no?

—Pero es raro.

—Más raro eres tú.

Se oye un pitido. Nagore entra en el establecimiento y echa suavizante a la única lavadora que está en marcha.

Arturo la sigue y agradece la templanza de aquella lavandería veinticuatro horas. Ve en una de las sillas un libro abierto boca abajo, con el marcapáginas olvidado al lado.

—Hombres desnudos —dice al comprobar la novela—. ¿Te gusta leer porno o qué?

—¿Qué coño haces? —dice ella—. Deja ese libro en paz.

Arturo cierra el ejemplar cuidadosamente, con el marcapáginas en su lugar.

—¿Te daba TOC verlo así? —dice Nagore.

—Un poco —admite Arturo—. Se te estaba arrugando el porno.

—No es porno. Es alta literatura, chaval, así que cuidadín.

Página 114

Arturo se da cuenta de que se había olvidado del disgusto que le había supuesto abandonar a sus amigos y el conato de ataque de ansiedad que estaba sintiendo hace tan solo un rato.

—Tú qué, estabas huyendo, ¿a que sí? —pregunta Nagore.

—Y tú aquí, refugiándote.

—Pues menudos dos tontos.

Se sientan con las miradas fijas en el tambor de la lavadora de enfrente, que parece girar cada vez más rápido. Arturo observa a Nagore y ve que tiene los ojos rojos, por lo que piensa que ha estado llorando. Es posiblemente la primera vez que la mira de verdad, más allá de lo obligatorio y protocolario en las demás situaciones en las que se han cruzado, y se da cuenta de la pose cándida de la chica, pese a su carácter áspero. Decide que, aun cuando todas las advertencias le indican lo contrario, le parece una buena persona.

—¿Me puedo quedar un rato más? —pregunta él.

A ella le cuesta hablar. Se sorbe los mocos con disimulo.

—Quédate hasta el desayuno, si quieres, al lado hacen unos churros muy buenos.

—Eso es mucho tiempo —dice Arturo consultando la hora.

—¿Tienes algo más que hacer?

—Pues no, y eso es muy triste. ¿Tú?

—Desayunar churros es mi único plan. Por cierto, Nagore es mi alias para la gente que no pertenece a Asuntos Internos. Los demás polis no podéis conocer nuestros nombres.

—Lo sé.

—Me llamo Petra.

—¿Petra?

—Sí, ¿qué pasa? Le gustaba a mi madre, así que te callas.

La lavadora gira y gira.

—¿Papá?

Alberto logra desviar su atención del motorista y girarse hacia su hijo. Siente el sudor frío, las palmas que empiezan a temblarle, la sangre que se satura en sus sienes.

Página 115

—Por qué no sales un momento, ¿eh? Tu madre seguro que ya está fuera.

Su tono es relajado. No así su cara.

El niño observa al motorista plantado junto a la puerta e intuye que pasa algo, pero no es capaz de imaginar el qué. Mira a su padre con los ojos sin parpadear, húmedos.

—Dile a tu madre que te compre una bolsa de patatas, anda.

—Pero tan tarde no puedo tomar nada.

—Hoy sí. Venga, ve.

El niño quiere salir corriendo, pero se lanza al cuello de su padre.

Alberto lo rodea con sus brazos y lo estrecha con fuerza.

Una vez el niño da media vuelta, Alberto le da una palmada cariñosa en el culo.

—Guárdame al menos una patata frita, que te conozco.

El niño no mira atrás mientras se cierra la puerta.

El motorista echa el pestillo. No se quita el casco.

Alberto se ve reflejado en el visor, y eso es lo peor: nadie debería contemplar su propia cara embargada por el pánico.

Un silbido rasga el aire.

Cae muerto antes de pensar en defenderse o gritar auxilio.

Página 116

TERCERA PARTE

Página 117

1

La infancia de Cristina fue bonita. La de sus hermanos también. La de su primo no tanto.

Desde su llegada a la casa, hacía ya cinco años, siempre se le había recordado —no fuera el caso de que olvidara su condición de huérfano— que no pertenecía a los Hidalgo y que nunca lo haría. Le permitían vivir con ellos, sí, pero no es que fuera un miembro con pleno derecho de la familia. Por eso Franz siempre utilizó su nombre a secas. Franz y nada más. Tanto asimiló las embestidas de sus primos que nunca se sintió digno del apellido que su tío le instaba a utilizar.

—Esta es tu casa y nosotros tu familia —le dijo una vez—.

Convéncete ya de una vez, Franz. Eres como mi hijo.

—En el como está el problema.

—Tu madre era mi hermana, Hidalgo también es tu apellido, tu primer y último apellido. Al menos utilízalo.

—No me sale, no sé por qué —respondió Franz—. Tío, ¿tú sabes quién puede ser mi padre? ¿Mamá no te comentó nunca nada?

—Nada… Seguramente tu padre, esté donde esté, ni siquiera sepa que existes…

—Igual algún día lo conozca y pueda utilizar un apellido…

Adolfo Hidalgo había sido, tal vez, el único de la familia que había intentado que el pobre niño se sintiera a gusto en esa casa. Incluso la interna lo miraba con desprecio, como si le hiciera la cama solo porque era su trabajo; cosa que no pasaba con sus primos, a quienes idolatraba como si fuera para ellos una segunda madre. También su tía cumplía con el rol que le había tocado en la repartición de papeles; era cortés, claro, pero aprovechaba cualquier oportunidad para atacar, aunque solo fuera un poco, a ese «hijo» que le había salido como un hongo.

—Estos son mis hijos —solía decir con una sonrisa—, y ese de ahí es Franz.

Página 118

Pronunciaba «Franz» como si fuera una condena sobrevenida, una plaga bíblica o una enfermedad vírica: un cáncer que había surgido en el seno familiar.

En esos primeros cinco años de convivencia en la casa Hidalgo, el huérfano jamás conoció la felicidad, y a menudo le tocó aguantar las burlas de Rodrigo, su primo, con el cual compartía cuarto, acerca de su extremada delgadez e incluso de su altura, que siempre fue varios centímetros por encima del resto de su clase.

—Paquito, Paquito, que te gusta dártelas de más y no. Eso no puede

ser.

—Que no me llames así.

—Estás en España, ¿no? Pues Paquito. Y dame esas galletas, ven, que las han comprado mis padres, no los tuyos.

También tuvo que soportar alguna que otra reprimenda injusta, como por ejemplo cuando algo se perdía —ya fuera la pitillera del padre o la funda de las gafas de la madre— y los tres hijos legítimos de los Hidalgo se afanaban en asegurar y en señalar que el culpable era Franz. Al principio, el niño se defendió en todas y cada una de las ocasiones, pero más tarde pareció entender su sino y procuró guardar un silencio hiriente para los demás, que encima se ofendían al ver en el huérfano un orgullo imposible de quebrantar. Porque sí, ese era el uso del silencio que hacía ese niño; el que da autoridad y superioridad moral. Rasgo que hizo acrecentar todavía más la inquina que sentían hacía él.

—Este niño es como su madre, que en paz descanse. Me sabe mal decirlo, pero es que… menuda era tu hermana —escuchó más de una vez que su tía le decía a su marido.

—Carmela, relájate —respondió Adolfo en una ocasión, y esto Franz lo escuchó muy bien a través de la puerta—: Solo es un crío que ha tenido suerte charra. Nosotros le podemos dar un hogar, ¿en serio se lo vas a negar? No suena muy cristiano, ¿no crees?

—Pero es que…

—Pero es que nada, Franz es uno más de la familia. Y punto.

Página 119

2

Es una estampa conocida y vivida miles de veces. Las luces estroboscópicas azules. Un agente uniformado vigilando el acceso al lugar de los hechos. La podredumbre de la muerte que impregna el ambiente y se te pega a la ropa y a la piel. El flash de los fotógrafos de la Científica. El murmullo de los policías que se mueven de aquí para allá.

Con el amanecer, llega una ligera brisa que ataca la estación de servicio y también a Tania, que detiene su Mini cerca del alboroto policial. Es la madrugada del domingo y no ha dormido nada, pues justo le sonó el teléfono cuando estaba llegando a casa.

—No será tu investigación, pero como el crimen puede estar relacionado con la chica del túnel, el inspector no tiene problemas con que asomes la cabeza para conocer los detalles —le dijo Miravete antes de colgar.

Tania echa un sorbo al termo de café y levanta la cinta policial. Nadie la detiene ni osa preguntarle. Todos la conocen de sobra. Se adentra en la estación de servicio atenta a la desolación del lugar, al desamparo que se respira.

Con las dos manos en los bolsillos y la identificación colgada del cuello se pregunta en qué momento se acostumbró a semejante berenjenal. Que estar cerca de un asesinato no te impacte es algo que da que pensar. No puede ser que un cadáver sea igual que cualquier otro asunto. Eso es extraño, preocupante.

—Tú, Bilbao, ven aquí.

Es Fermín Sempere, el inspector al cargo del grupo V. Tania y él no se soportan, pero se aguantan con deportividad.

—Buen día, Fermín.

—Buen día mis cojones, con este frío yo tendría que estar en la cama. Unos kilómetros más y este muerto le hubiese caído a algún pringado de Castilla-La Mancha.

Recorren la zona de autoservicio y se adentran en el baño de hombres.

Página 120

—He avisado a Miravete enseguida. Me da que este prenda es el que andabas buscando tú con el retrato robot ese.

Entre el espejo del lavamanos y un cubículo, se encuentra un enjambre de hombres con buzo blanco y mascarillas. El baño parece el camarote de los hermanos Marx. Para no tener que ponerse las calzas y toda la parafernalia, Tania no se acerca mucho. Lo mínimo para atisbar el cadáver, se trata de un varón de mediana edad.

Enseguida reculan tanto ella como Fermín y salen al pasillo de nuevo. —No veas el percal —comenta el inspector—. Lo han matado estando su hijo y su esposa en el pasillo, aunque por suerte no lo vieron. Te puedo

mandar una copia de la cámara de seguridad, pero vaya, es la hostia: un motorista entra en el baño con el casco puesto, espera a que el niño se vaya con su madre y nada, como cinco segundos después, vuelve a salir directo a la moto.

—Imagino que ya estarás tratando de dar con la moto.

—No se me había ocurrido, es que me saqué la oposición de inspector en un curso de fin de semana.

Él saca un bloc de notas y lee:

—El muerto es Alberto Gómez, treinta y ocho años, antiguo boxeador. No le fue del todo mal con los guantes y ganó algún que otro premio, pero vaya, que tampoco se hizo rico. Lo tuvo que dejar por una lesión en el tendón izquierdo hace ya un tiempo. Desde entonces había estado sobreviviendo con distintos trabajos temporales: mozo de almacén, gorila de los que echan a okupas… Ya sabes, cosas así. Pero ahora préstame atención y escucha bien, porque aquí viene la conexión con tu caso. O eso es lo que yo me huelo.

»Hacía nueve meses que tenía un trabajo nuevo. Su esposa, que ya te puedes imaginar cómo está, no ha soltado mucho, pero dice que era de segurata. El problema es que no sabe nada más, su esposo jamás le comentó ningún dato; incluso tuvo que firmar un contrato de confidencialidad y todo. Y eso a ella siempre le dio mala espina. Aquello le olía mal y le hacía pensar que en el fondo se trataba de algo ilegal, de algo oscuro. Sobre todo porque, al parecer, a su marido le pagaban en metálico. Vamos, que no hay registro.

»Intentó convencer a su esposo para que buscara otra cosa aunque le pagaran menos, pero él siempre le daba largas: el sueldo era jugoso y a la familia le hacía falta. No es que estuvieran pasando penurias, pero sí iban

Página 121

bastante apretados… Y adivina otro punto sospechoso: Alberto no iba al trabajo. Lo pasaban a buscar. Y no podía llevar encima móvil ni ningún dispositivo electrónico.

—Y le recogían en alguna calle secundaria, sin cámaras, ¿a que sí? —Muy bien, Bilbao, diez puntos —responde Sempere—. Creo que el

portátil de Alberto será lo que nos ayude del todo. Lo llevaba entre las maletas del viaje y ya está de camino para que Delitos Informáticos nos diga el qué. Pero la cosa promete, ¿tú le pondrías un cifrado de alta seguridad a un ordenador si no estuvieras escondiendo algo chungo?

—Cualquier cosa que averigües… —Que sí, que sí, y ahora vete, ¿quieres?

Tania adelanta un paso hacia la salida, pero se queda quieta. Observa a la joven viuda y a su hijo sentados en uno de los extremos de la estación de servicio. Los dos muy afectados, abrazados, y en completo estado de shock, con las miradas perdidas.

—¿Sabes lo peor de todo para esta pobre familia, Fermín? No haberle visto la cara al motorista ese… ¿Tú sabes por qué Bruce Wayne no puede dejar de ser Batman? Porque le es imposible llevar a cabo su venganza contra una persona concreta, por eso su cruzada es contra todo un colectivo: los delincuentes. Y claro, así no puede dar por concluido su ajuste de cuentas. Por eso Batman nunca se retira. Incluso cuando lo intenta, ese es el motivo de que vuelva una y otra vez a la lucha, porque siempre tiene un propósito vivo.

Fermín la mira con la ceja levantada.

—Eh, Tania, vete un poco a la mierda, ¿quieres?

Ella se gira y se topa con la cara roja de la viuda, que le enseña los dientes con rabia; de no ser porque hay varios agentes conteniéndola le desgarraría la cara.

—¡Tú, perra, hija de puta! —dice una y otra vez—. Tú fuiste la que mandó publicar el dibujito ese con su cara, ¿a que sí? Desgraciada, zorra. Ven y saluda a mi hijo.

Tania no se va. Tampoco le evita la mirada. Se queda callada, con el rostro grave.

La viuda vocifera mientras unos hilos de saliva se tambalean entre los dientes.

—¿Qué pasa, que Alberto no podía ir al piso de sus abuelos o qué? Pues si es suyo, ¿qué mal hacía? ¿Qué tenía él que ver con la mujer del

Página 122

túnel? Nada. Puta más que puta.

Le escupe y los agentes la retiran un par de metros.

Tania, como si estuviese acostumbrada a ese tipo de incidencias, se limpia el escupitajo con serenidad. Pero pensativa. Frunce el ceño unos segundos y mira a la viuda.

—¿Qué ha dicho, que su marido tenía un piso?

—Ya me han dicho lo del periódico, ya… Y por eso era sospechoso, ¿no? Porque lo tiene al lado de Matadero, donde alguna mala puta dijo que lo vio. Pero es un piso abandonado. Como mucho Alberto pudo ir a ver si estaba todo bien, por si había alguna gotera nueva o algo así, pero ya está.

Tania piensa en el detalle de que Cristina Hidalgo se bajó del coche del recién finado, pero decide no ahondar, tampoco recrearse mucho en sus cábalas.

—Necesito que me dé la dirección de ese piso. Ya mismo.

Página 123

3

Una puerta está cerrada y detrás podría haber cualquier cosa. Tal vez el silencio, puede que la muerte. La incertidumbre, en definitiva. Siempre hace falta valor para poner la mano en el pomo de una puerta ajena y abrirla. Un nudo en el estómago, un chirrido en la sien y un segundo. Ese segundo en el que se corre el telón y la verdad queda revelada. Ese instante en el que das un paso al frente y te expones a lo desconocido. Según la información de la que disponen, el piso está vacío, pero nunca es bueno confiarse. Más de un policía bueno ha caído estando de servicio por culpa de la confianza.

Tania es la primera en entrar. Chaleco antibalas, piernas flexionadas, columna ligeramente encorvada, H&K USP Compact alzada, cogida con las dos manos. Luego entra Pablo, seguido de Marga, Eneko y Arturo. Todos con chalecos y armas reglamentarias en las manos. Atentos, extremadamente atentos a cualquier esquina, escondite o puerta que pueda abrirse de repente. El domicilio los recibe hostil, como si contuviera una maldición desde hace décadas. Incluso perciben cierto hedor moviéndose entre ellos, envolviéndolos. Se distribuyen en silencio por el piso. Han visto planos de la vivienda con antelación y todos saben a dónde se ha de dirigir cada uno.

En la puerta se quedan el funcionario que ha enviado la jueza con la orden de entrada y registro, y el cerrajero que ha abierto la puerta. Omar está en el portal, acompañado por una pareja de «zetas» y una dotación de la Científica que se prepara para subir a realizar su labor.

—Cocina: limpia.

—Habitación principal: limpia.

—Lavabo: limpio.

Todo el escuadrón va constatando que, efectivamente, ahí no hay nadie, y es cuando se reagrupan en la sala de estar que la inspectora enfunda la pistola.

Página 124

El piso más que viejo está descuidado. La estantería está consumida por la carcoma y da miedo abrir la nevera: ahí dentro podría haber cualquier cosa. Y la tapa del váter mejor no levantarla. Pablo sube las persianas y los rayos del sol evidencian la ingente cantidad de polvo que pulula por el ambiente.

—Madre mía, abre la ventana, por lo que más quieras —dice Eneko. Sobre una cajonera hay un Monopoly con la caja descolorida. Arturo

no sabe por qué, pero le hacen gracia ese tipo de detalles. Es evidente que el lugar se vació cuando fallecieron sus dueños, ¿por qué dejar un juego de mesa, un jarrón arriba a la derecha de un mueble o un suvenir que pone «A Toledo fui y me acordé de ti»?

Este piso sin uso desde hace diez años fue heredado por Alberto Gómez tras la muerte de sus abuelos. El inmueble se halla en la colonia del Pico del Pañuelo, que es donde antiguamente vivían los trabajadores del Matadero de Madrid. Justo la zona donde Cristina Hidalgo fue vista apeándose de un vehículo conducido por un hombre.

Se colocan guantes y empiezan a indagar. La detección y recogida de pruebas la realizará la Científica, pero aun así desean echar un pequeño vistazo preliminar.

Dan con unos cabellos sobre la almohada del cuarto pequeño.

—¿Crees que pueden ser de ella? —pregunta Eneko.

—Ya nos dirán en el laboratorio, a ver —dice Marga, con cierta desazón.

Arturo revisa el baño a conciencia, de cuclillas junto a la ducha. Aquí se ha duchado alguien hace poco. Eso es evidente. La bañera está roñosa y hasta amenaza con contagiar una enfermedad, pero no lleva una década sin uso. Aunque quien fuera, se encargó de no dejar rastro de jabón o cabello.

Después se incorpora, quejándose de la espalda.

—Empiezas pronto. Espérate a mi edad, ya verás —dice Pablo, que está en el pasillo y justo asoma la cabeza por la puerta del baño.

Arturo sonríe, pero enseguida regresa al rictus serio. Más que serio, de extrañeza. Ahí hay algo…; se inclina sobre el lavamanos. Sin desviar la mirada del desagüe, alcanza la linterna que lleva en el costado derecho y la enciende. Justo lo que pensaba.

—Eh, Pablo, mira.

El subinspector sigue el haz de luz, aunque por más que frunce el ceño no logra ver nada. Finalmente recurre a unas gafas que lleva en el bolsillo

Página 125

del chaleco antibalas.

—Odio hacerme viejo.

Entonces sí, lo ve en el acto.

—¡Tania! ¡Eh, Tania! —dice Pablo sin salir al pasillo—. Hay que avisar a los de la Científica, en la cañería del desagüe hay rastros de sangre.

—Pues llama a Omar, a ver cómo van, ya pueden ir subiendo —indica la inspectora desde la otra punta del piso.

Pablo lo hace. Arturo no sabe si sentirse satisfecho por el hallazgo o no. De alguna manera conecta con el estudiante que, sentado en su pupitre, ha contestado correctamente una pregunta de la profesora y espera su pedacito de valoración. Qué absurdo sentirse así.

Siguen rebuscando en el piso con el raro convencimiento de que hay algo que se les escapa. Algo…, pero a saber qué.

—Creo que tenemos el cofre del tesoro.

Se reúnen alrededor de Tania. Ha encontrado una bolsa de deporte escondida entre mantas y edredones.

Abre la cremallera de forma ceremoniosa. En el interior hay un par de mudas de mujer. Todo muy básico, camisetas sin estampados ni colores llamativos y ropa interior de supervivencia. También una novela de bolsillo, arrugada y de páginas amarillentas que Tania coge con la punta de los dedos.

—Al menos no se aburrió, si resulta que pasó aquí la noche.

Vuelve a meter las manos en la bolsa y saca una carpeta que se mantiene cerrada a duras penas; tiene las cuerdas en tensión y las tapas de cartón amenazan con explotar en sus caras.

Dentro descubren un buen puñado de dibujos realizados por un niño. —Son parecidos a los que hace mi hijo menor, que tiene ocho años —

comenta la inspectora—. Pero fijaos en el desgaste del papel… —El hijo de Cristina debe de ser ya un buen mozo.

—Esté donde esté —culmina Tania, y deja entrever una mueca de disgusto.

Se van pasando los dibujos de mano en mano.

—¿Pero qué niño ha podido hacer esto? —comenta Marga—. Qué mal…

A veces un mero segundo se dilata y canaliza un cóctel de emociones que empiezan a hervir. Eso es lo que le ocurre a Arturo. Las rodillas le

Página 126

flaquean y las manos le tiemblan. Teme que la hoja que tiene cogida se le escurra, y delate su torpeza, o dejarse llevar por sus deseos y romperla. El estómago amenaza también con soltarse y los ojos se desvían hacia la pared. No quiere mirar. No puede. Pero debe. Se obliga a enfocar la mirada en ese dibujo. Ese dibujo que tanto le repele.

Un hombre con los brazos extendidos y la boca abierta, tirado en el suelo mientras dos enmascarados se dirigen hacia él. Todo está expresado con rasgos infantiles, torpes, pero eso no resta lo macabro, si acaso lo empeora.

Le pasa ese folio a Eneko, que lo acepta con un gesto de disgusto, y coge otro.

Igual. Tal vez peor.

Un hombre en una cama. No está durmiendo o descansando plácidamente, no. Tiene grilletes en las manos. También en los pies. Las costillas se le marcan, o eso atisba Arturo en las líneas dibujadas a lo largo del cuerpo desnudo de esa persona. Y al igual que en la hoja anterior, dos enmascarados contemplando la escena. Inertes, sin dejar intuir acción alguna, parecen simples observadores.

Tania baja el dibujo que está observando con un suspiro. Se le ha cortado incluso la respiración.

—Aquí hay una mutilación… Con su charco de sangre y toda la parafernalia… Madre mía.

Pablo se lleva los dedos al entrecejo, con fuerza, como queriéndose arrancar esas imágenes del cerebro.

—En los lugares que pinta no hay ventanas, ni una sola. Ni siquiera un tragaluz, nada.

—¿Es alguna especie de subterráneo o algo así?

En uno de los dibujos, el que tiene Arturo en la mano ahora mismo, se aprecia la única escena exterior: una rotonda a la que van a parar seis calles. Él se lleva la mano al mentón, ¿es un lugar de Madrid, tal vez?

—¿Os habéis fijado? —dice Pablo—. En muchos dibujos, sobre todo en los más gores, se aprecia una palabra. A veces escrita en las paredes, otras en la ropa…, pero siempre pone lo mismo: «Tártaro».

—Tártaro… ¿Qué coño puede ser?

Un silencio cobra vida mientras los policías se miran entre sí. Marga carraspea.

Página 127

—Es de la mitología griega… Creo que es una cárcel o algo así. Una prisión para los titanes. Una mazmorra bajo el inframundo.

—¿Y cómo sabes tú eso? —pregunta Pablo.

—Por unos dibujos animados que le encantan a mi hija.

Y se sonroja un poco, quizá pensando si aún está a tiempo de dar una respuesta más erudita.

Ahora es Eneko quien toma la palabra.

—Eh, pues a mí me suena del Assassin’s Creed, creo. Hay uno en el que unos prisioneros se escapan del Tártaro ese para volver al mundo de los vivos.

—Aquí en el piso, Cristina solo estuvo un par de días, como mucho — dice Tania—, ¿qué estaba haciendo, huir con la ayuda de Alberto Gómez?

—Recordemos que su trabajo consistía en la vigilancia de un lugar cuya existencia, de momento, desconocemos…

—Muchos interrogantes —anota la inspectora—. Mirad a las personas de los dibujos: los victimarios llevan todos el mismo uniforme, con la palabra Tártaro. Pero las víctimas tienen la misma marca que Cristina Hidalgo, la que le hicieron con el hierro ardiente. Por Dios, ¿cuánta gente hay ahí encerrada?

Dejan los dibujos esparcidos sobre la cama, conformando un mosaico dominado por el mal gusto en el que abunda el rojo de la sangre. Todos se obligan a mirar. Es extraño. Sí, son simples dibujos, pero lo que realmente hace que se les ponga el estómago del revés es recrear en sus cabezas todas esas escenas en vivo y en directo. Hasta podría decirse que son capaces de escuchar los desgarradores aullidos y sollozos.

—Un niño no puede imaginarse todas estas barbaridades, eso es que lo ha visto —comenta Marga mirando precisamente a Arturo.

Y él cierra los ojos. La voz, esa mirada, el fogonazo, el creerte muerto —o saberte muerto—. La sucesión de imágenes le ataca de nuevo. Es solo un momento, pero para él es un ancla. Tal vez es eso, murió ese día y todo lo que vino después no es más que un sinsentido. Un devenir del tiempo del que despertará algún día. Quién sabe cuándo. Quizá hoy mismo. No, no…, no. Sabe que no ha de caer allí, dejarse arrastrar por ese río de pensamientos tóxicos. Se sacude la cabeza. Para su suerte, cuando mira a su alrededor, nadie repara en él. Eso le gusta. Le hace sentir normal, uno más.

Página 128

—Ojo a esto —dice Pablo—. Todos los dibujos son independientes, pero hay tres que parecen una serie, mirad.

Coge tres folios y los coloca sobre una cómoda, uno detrás del otro. —Este, el que es una especie de plano callejero que muestra una

rotonda. Aquí abajo a la derecha hay un uno, ¿lo veis?

—Madre mía, es verdad. Qué pequeñito…

—Después está este dibujo, que vaya, yo aquí veo una estación de metro, ¿vosotros?

Todos afirman con la cabeza. No muy convencidos; pero sí, es posible que se vea un túnel con los raíles abajo y el escalón de la derecha puede ser un andén. Es que al final no dejan de ser dibujos hechos por un crío. A saber…

—Pues el de la estación de metro tiene un dos —afirma Pablo, y así es.

Abajo a la derecha, ahí está.

—Y el siguiente tiene un tres, aquí abajo.

Qué espanto, ¡menuda conclusión para la serie! La tercera de las imágenes representa un emparedamiento en lo que parece ser un túnel. Eso es lo que todos afirman ver. Se aprecia a una persona detrás de una pared de ladrillos aún no alzada del todo, y cómo unos hombres lo contemplan con sonrisas desde el otro lado.

—Joder…

—Eso digo yo —dice Tania en representación de todos—: JO-DER.

Página 129

4

¿Alguna vez has imaginado tu funeral? Tania sí, constantemente. No preguntes por qué, pero tiene una imagen obsesiva que la persigue: una iglesia vacía con un cura encogiéndose de hombros e indicando a los de la funeraria que para qué va a decir nada si no hay nadie. ¿Quién acudiría a darle un último adiós?, ¿Javier, por los buenos tiempos?, ¿compañeros de la Policía, por aquello de quedar bien? Quizá, sintiéndolo de verdad, solo Bruno y Raúl. Aunque bueno, Raúl de aquella manera… y Bruno lleva desde el domingo enfadado, sin aceptar ninguna videollamada, así que a saber.

Tania se sacude los pensamientos y se concede uno último: este funeral seguro que se parece mucho al mío. Por lo de vacío, más que nada.

Es la despedida de Cristina Hidalgo y apenas se han reunido una decena de personas. Más cuatro policías. Tania se ha traído a Omar, a Marga y a Eneko. Nunca está de más tomarle la temperatura a un funeral, como le gusta decir a ella. Se ha de saber quién va y en qué estado se encuentra, y sobre todo quién no ha acudido. En una investigación policial todo cuenta, y es que, al fin y al cabo, investigar un crimen es reunir información.

Tania ve a Omar grabando con el móvil a las personas sentadas en los bancos de la iglesia y anota mentalmente la tarea de reprenderle más tarde: está claro que ellos están ahí para eso y que su tarea es registrar en imágenes el funeral, pero coño, hazlo con algo más de tacto, que no se haga tan evidente que estás grabando a la gente. Pero no, Omar está ahí, apuntando descaradamente con el móvil a las personas.

Ay, piensa Tania, ni que estuviéramos recién salidos de la Academia. En el primer banco se encuentra Soledad sin compañía alguna. Tiene

un rosario entre las manos y mantiene la compostura con mucha decencia pese a su aparente fragilidad. Escucha al cura, pero no lo mira. Sus ojos son para el Jesucristo crucificado que hay en medio del altar.

Página 130

Al resto de los asistentes, Tania no los conoce —aún, porque después habrá que identificarlos con ayuda de las grabaciones—, pero supone que son personas con algún tipo de relación con Cristina en su juventud. Claro, es que es raro; estás durante décadas sin contacto con una persona y de repente acudes a su funeral. Normal que no se haya acercado casi nadie.

Encima hay un dato que no es menor: el funeral es sin el cuerpo presente.

Al estar el caso abierto, la jueza ha decretado que no se puede enterrar el cuerpo, pues aún puede ser necesario para la investigación. Lo que ocurre es que la hermana ha insistido en, al menos, llevar a cabo el funeral católico para ella y sus allegados, y ya cuando toque, darle sepultura al cuerpo de Cristina en total intimidad.

Y eso no les ha parecido mal.

Hay una pregunta que Tania no logra quitarse de la cabeza: ¿Pudo Cristina haber hecho algo malo que se les escape? De ser así, su hermana Soledad es la única persona que podría saberlo. ¿Tenía Cristina algún secreto oscuro tal vez? Tania sabe que ha de enfrentar a Soledad sí o sí, todo huele muy mal alrededor de ella: el rider que la intentó amedrentar, la empresa que la mantiene…

Pero hoy no. Hoy no toca.

Repara en Marga, que se ha sentado en un banco lateral, apartada tanto de los asistentes como de sus compañeros.

—Eh, ¿estás bien? —pregunta Tania.

—Sí, sí, ahora vuelvo, es solo que… Los funerales, ya sabes… —¿Qué hace, siete años ya?

—Y tres meses —dice Marga—. En algún momento deja de doler, pero…

—Pero no. Lo sé.

Lleva su mano al hombro de la chica y se lo aprieta levemente en señal de apoyo.

Se aleja, dándole la privacidad necesaria, y regresa al pasillo central de la basílica.

Un ruido. Un leve ruido alerta a la inspectora. No es nada grave, es tan solo el sonido que se produce al cambiar de posición, ya está, pero a ella le llama la atención: no debería estar ahí. Mejor dicho, se supone que no debería haber nadie allí.

Tania frunce el ceño y levanta la mirada.

Página 131

La iglesia cuenta con un coro en el segundo piso. Un coro que está vacío. O eso es lo que ella creía: hay un hombre apoyado en una columna. Mediana edad. Figura esbelta. Traje. Barba densa muy bien arreglada. Cara de pena. Mira al cura con los ojos húmedos y los labios apretados.

Tania se pregunta qué coño hace ahí ese extraño y no abajo, con los demás asistentes. Le suena de algo ese hombre, pero no sabe de qué. Intenta hacer una señal a Omar y a Eneko; necesita que graben a ese desconocido para después identificarle. Pero nada, los dos están muy ocupados: Omar está defendiéndose de una mujer que no parece muy contenta con el hecho de que la estén grabando, y Eneko está de espaldas, escuchando al cura.

Estupendo, piensa Tania mientras saca su propio móvil y lo levanta hacia el coro.

Pero el hombre ya no está.

Tania lo busca con la mirada y no lo encuentra. Entonces escucha la puerta de madera de la iglesia, que cruje, y ahí está, saliendo a la calle.

Ella arranca a paso rápido pero con cuidado de no interrumpir el funeral, y abandona la iglesia.

Es tarde.

Justo un Uber cierra su puerta trasera y se incorpora al tráfico.

Tania se queda plantada en la acera, convenciéndose a sí misma de que seguramente ese hombre no es nadie, un simple curioso, quizá un benefactor de la iglesia que estaba en algún despacho haciendo papeleo y se ha detenido un segundo en el coro, nada más. Pero también hay una parte de su mente que la pone alerta: la intuición, la maldita intuición.

Repara en una pareja de turistas que están haciendo fotos a la fachada de la iglesia.

—Disculpen…

Por las caras del matrimonio al escucharla, Tania decide pasar al inglés. Lo tiene algo atrofiado, pero pasado un balbuceo inicial se arranca con mucha dignidad. Se identifica enseñándoles la placa a los turistas y les pide ver las fotografías que han realizado. No, no han hecho nada malo, pueden estar tranquilos, la iglesia es bonita y hacen bien en querer conservar un recuerdo de la visita. Finalmente le dejan el móvil y ella empieza a deslizar el dedo. Por suerte para ella, esos dos turistas son algo inseguros y poco mañosos con el móvil, ergo han hecho varias decenas de instantáneas en poco tiempo.

Página 132

Y sí, hay suerte. Por fin una buena noticia.

En varias de las fotografías se ve al extraño del coro saliendo de la iglesia y dirigiéndose al coche que le esperaba aparcado.

Tania hace que los turistas le envíen esas instantáneas a su móvil. Luego, las reenvía al grupo de WhatsApp de la Brigada, con la orden de identificar cuanto antes a ese hombre.

Con todo, a la inspectora se le va de la cabeza cualquier detalle de la investigación cuando le suena el teléfono y ve quién llama:

—Sí… Sí, soy yo, la madre de Raúl. ¿Ha pasado algo?

Página 133

5

Tania siente la urgencia de seguir hacia delante. De no parar, pese a todo. Se ha metido en el minúsculo y asqueroso baño de un bar de carretera. Lo primero que ha hecho ha sido mear y sacarse los zapatos, dejándose puestos los calcetines, eso sí, que está el suelo como para pisarlo. Más tarde se ha hecho el lavado del gato: dícese de mojarte las manos con jabón para pasarlas por sobacos y entrepierna, y después se ha cepillado los dientes.

Ahora sale de nuevo hacia su coche sintiéndose, no mejor, pero al menos más fresca de cara a la jornada que tiene por delante.

Pronto va a hacer veinticuatro horas que abandonó el funeral de Cristina Hidalgo. Primero puso un wasap a Pablo: «Ponte al mando durante mi ausencia. Asuntos propios. Ahora lo comunico también por el grupo general. Ah, y si llega el informe de la Científica con lo encontrado en el piso de los abuelos de Gómez, pásamelo». Y después hizo lo que había dicho: escribir al resto de la Brigada para comunicarles que estaría un par de días fuera. Ayer fue jueves y hoy es viernes; ya preveía que no sería coser y cantar, pero a ver si con suerte el lunes puede volver a comisaría.

Lleva casi un día buscando a Raúl. Un día en el que no ha dormido, ni comido. Lo único que ha hecho ha sido recorrer los peores lugares de Madrid con su coche. ¿Cuántos narcopisos ha visitado ya? Una infinidad, no sabe, después del undécimo dejó de contar.

Pero de momento nada, su primogénito no aparece.

Sabe que podría pedir ayuda a la Policía y que todos sus compañeros se volcarían en la búsqueda, pero Tania no quiere hacerlo. Primero porque no quiere que la acusen de destinar recursos policiales para beneficio propio —sobre todo ahora, después del caso Zavala—, y segundo por vergüenza. Sí, vergüenza. Qué triste, ¿verdad? Una madre que se avergüenza de tener un hijo de veintiún años yonki perdido y que encima está en paradero desconocido tras no acudir a su reunión semanal.

Página 134

Lo único para lo que sí ha utilizado sus contactos policiales ha sido para que le facilitasen una lista de narcopisos. Ella, pobre ingenua, pensaba que serían un par de páginas, cinco a lo sumo. Pero de eso nada.

Tania va tachando de la lista cada narcopiso que visita. Reto que no es nada fácil, pues la gente no es muy receptiva a hablar con una extraña, por mucho que ella se haya desmaquillado y afeado para la ocasión. Tiene el pelo sucio y el rostro desquiciado, rasgos que la ayudan a meterse en el papel de toxicómana que busca a su hijo también toxicómano.

Llega a Villaverde Alto y visita dos narcopisos más —sin suerte, como en todos los anteriores—; más tarde localiza un tercero que no sale en la lista facilitada por la Policía.

—Es nuevo, chata —le dice una mujer por la calle—. Mi marido y yo estamos amargados, qué tenemos que hacer con nuestro chiquillo, ¿eh?, ¿cómo le dejamos ir solo al instituto o a casa de un amigo? Tengo un vecino que se pasa el día pegado a la mirilla, sentado. ¿Sabes por qué? Porque a otro vecino lo amenazó un menda del piso ese con un bidón de gasolina en la mano, le dijo que, o le daba dinero para su dosis o le quemaba el piso. ¿Tú te crees que eso pueda ser posible? ¿Cómo puede la Policía permitir que pase eso?

Se nota el desamparo y la furia de la mujer, que si pudiera iría ahora mismo al narcopiso y los echaría a todos a patadas. Pero no puede.

—Ese pisito lo lleva una fulana, que es la propietaria. Y no veas, no solo se limita a vender, es que además alquila las habitaciones como fumaderos, la muy cochina…

Tania no ha podido mantener su papel de toxicómana con esa mujer. Y casi mejor, seguramente es eso lo que ha hecho que le hablara con tanta franqueza. De alguna manera ha sabido ver su dolor y ha decidido ayudarla.

—Tarde o temprano un hijo siempre te rompe el corazón —le ha soltado al despedirse.

La inspectora se detiene ante el portal señalado y le franquean el paso en cuanto llama al telefonillo. En las escaleras pasa por encima de un drogata que está tirado, durmiendo la mona.

Empieza su interpretación. La dejan pasar y, con paso tembloroso, recorre el piso. Las puertas de las habitaciones están abiertas. En todas ellas hay un montón de colchones por el suelo poblados por un sinfín de personas que han echado sus vidas a perder.

Página 135

—Eh, lucero, ¿qué quieres tú? —pregunta una mujer que aparenta sesenta pero quizá sea más joven. Lleva un chándal chillón, un eyeliner infinito y unas uñas descomunales.

—Busco a mi hijo.

Enseña una fotografía de Raúl. La más reciente que tiene. La mujer la mira de arriba abajo y le vuelve a preguntar qué quiere, dejando claro que ahí, en su pequeño reino, no hay lugar para la vida personal. —Aquí droga ná má, niña. ¿Ande te crees que estás?

—Por favor, es mi hijo. Te puedo pagar.

—¿Tú estás sorda o qué? Lo má que te puedo dejar es que te pongas ahí, en ese cuartito a hacer mamadas para pagarte un pico, pero ya tá.

Las dos se miran. Muy serias.

Tania se da por vencida, como lleva haciendo las últimas veinticuatro horas en todos los narcopisos visitados. Da media vuelta y se va por donde ha venido.

Lo único es que esta vez hay un chico que la sigue.

Por un instante, Tania teme por su seguridad y dirige la mano al bolsillo. No lleva su pistola, pero sí se ha traído una navaja, por si acaso.

Cuando el chico llega a su altura, ella se gira de repente, y entonces ve que su perseguidor no es una amenaza. Solo un pobre desgraciado.

—Tranquila, tía, que vengo de buena onda. Yo solo amor, no soy violento. Yo he visto a ese chico. Vaya, diría que sí, ¿puedo ver la foto otra vez?

A Tania le da respeto. Seguramente sea una argucia para robarle el móvil, pero, en fin, ya está ahí, enfangada.

—Míralo bien. Es alto, así, un poco más que tú, y moreno, con los ojos pardos.

—Pues ya te digo, este es el Raúl, ¿no? ¿No se llama Raúl o algo así? —¿Sabes dónde está? —pregunta Tania con un hálito nuevo de

esperanza.

—Pues ahora mismo no sé, pero somos compañeros, y esta mañana, hace un par de horas, estaba de servicio. Igual sigue ahí.

—¿Compañero de Raúl? ¿De servicio? ¿De qué hablas?

—¿Me pagas un pico a cambio?

Tania no quiere, ni puede, escuchar más.

—Ten, cincuenta euros. Ahora dame una dirección.

Página 136

6

Lo encuentra cerca de Entrevías. En una carretera que lleva de un polígono a otro polígono. Es decir, en ninguna parte. Así de triste es el lugar en que Tania ve a su hijo en un arcén, paseándose con un trapo cogido de la cintura del pantalón y con la camisa abierta pese al frío. A lo largo de esa carretera hay diseminados varios chicos más, de muchas nacionalidades, y también algunas chicas. O travestis, Tania los ve desde lejos y no puede jurar nada.

Respira hondo antes de arrancar de nuevo el coche. Lleva media hora gestionando el disgusto, pensando qué decir, qué cara poner cuando vaya a por Raúl.

Pero la vida tiene otros planes.

Un coche se detiene junto a Raúl y ambos empiezan a negociar. A Tania le duele ver a su hijo inclinado hacia la ventanilla, en pose seductora, pero más le duele ver que se mete en el coche del extraño y que este arranca y se va.

Tania no sabe por qué lo hace. Es meter el puñal aún más adentro de su tripa, pero también arranca su Mini y va tras ellos. A mucha distancia, poniendo en práctica lo aprendido en el Curso de Seguimientos Nivel 3 que aprobó hace unos años.

El coche del extraño se detiene junto a las vías del Cercanías y Tania estaciona el suyo a muchísima distancia. Es imposible que lo vean, de eso está segura. Sin embargo, ella sí aprecia la silueta de su hijo, que se inclina hacia la entrepierna del extraño.

Tania cierra los ojos. Apenas puede escuchar el bullicio de su cabeza gracias a un tren que pasa a toda velocidad. No vuelve en sí hasta que escucha un acelerón del coche del extraño seguido de un grito:

—¡¡¡Hijo de puta!!! —dice Raúl—. ¡¡¡Polla corta!!!

Está tumbado en la carretera, con el labio partido.

Su madre sale inmediatamente del coche y acude a él.

—Oh, no, ¡no! —grita Raúl ido de sí mismo—. ¡No! ¡Noooooo!

Página 137

Tania ignora el rechazo de su hijo y le pasa un pañuelo por la sangre de la cara, aunque también tiene restos de semen en el párpado izquierdo. Después lo coge como buenamente puede y consigue llevarlo hasta el Mini, donde lo sienta en el lado del copiloto.

—Ten, bebe —dice mientras le ofrece una botella de agua. Raúl se termina la botella de un sorbo. Está colocado. —Joder, Raúl, esto, esto que haces, ¿por qué?

—Pues no te iba a estar robando cada semana, ¿no, mamá?

—Hay más salidas.

—Al principio me daba no sé qué, pero bueno, es un trabajo como cualquier otro. A todos nos toca tragar de vez en cuando en el curro, ¿no?

Se echa a reír de manera exagerada, enseñando sus dientes amarillos; imagen que se le hace insoportable a Tania. Harta, y con una mezcla extraña de sueño y exceso de cafeína en su cuerpo, mete la llave de contacto y empieza a circular.

—¿A dónde vamos? —pregunta Raúl cuando ve que pasan de largo del arcén donde los demás chicos esperan a sus clientes—. ¿A dónde me llevas?

Tania le ignora, es lo único que puede hacer ya por él.

—¡Mamá, que me lo digas, joer! Que yo al puto centro no vuelvo. Que no, que no.

Al ver que su madre no le responde, ni detiene el coche, se enfada. —¡Mamá, que pares el puto coche! —Golpea la guantera—. ¡Mamá! Tania sigue conduciendo sin esperar el primero de los puñetazos. Que

un hijo te pegue duele. Duele mucho. Muchísimo. Y no es solo un golpe el que recibe. Raúl empieza un recital de golpes descontrolados de puro loco, uno tras otro y al tuntún.

El Mini se detiene y Tania contraataca con la misma dureza. Incluso más. Sus puñetazos son tan fuertes que Raúl se amedranta y se hace una bolita en el asiento. Abre la puerta y sale corriendo.

Tania se queda ahí, casi sin respirar. Estalla mientras le pega al volante. Es un grito que solo una madre puede ahogar.

Página 138

7

Para Arturo hoy es un lunes menos lunes: por fin el sol se ha acordado de Madrid. Hacía dos semanas que la capital no conocía otra cosa que las nubes negras y la lluvia incansable; la bruma reptando entre la gente y un manto de niebla haciéndola anónima. Las noticias hablan de cierta borrasca que amenaza con entrar por el Atlántico y llegar a la meseta en las próximas semanas, pero hoy no, hoy el sol brilla, y parece una bendición.

Arturo sale del metro y vislumbra el control de acceso, donde está Petra.

—¿Qué tal el fin de semana, inspector?

—Ahí… ¿Y el suyo?

—Sin más. Hacer la colada, desayunar churros… Lo normal. Efectivamente, este pasado sábado, Arturo y Petra volvieron a

refugiarse de la noche madrileña mirando el centrifugado de la lavadora de un local veinticuatro horas.

No estaba planeado, pero surgió, y no hay que darle más vueltas al asunto.

Resulta que la noche del sábado había empezado sin mayor complicación para Arturo que escoger qué pedir, si vodka con limón o ron con cola. Él odia las fiestas, pero Blanca le arrastró a una que había organizado una amiga sin preguntarle si él prefería quedarse en casa viendo una serie a compartir sudor y oxígeno con cuarenta extraños encerrados en un piso minúsculo que parecía una cripta. Hasta ahí, nada nuevo: simplemente Arturo dejándose llevar por la marea. Como en tantas otras ocasiones. Todo se complicó cuando a la anfitriona se le ocurrió presentar a Arturo como «el Poli».

En cuanto él lo escuchó, cerró los ojos una milésima de segundo y respiró hondo. Lo primero que oyó fue el típico chascarrillo:

—Mucha policía, poca diversión. —Y el imbécil se giró hacia sus amigos—. Rápido, esconded los porros y sacad vuestros DNI.

Página 139

—Pero qué dices, si los polis son los que más se drogan, anda que no —respondió otro idiota—. Solo que ellos le dan más al polvo.

Arturo no rio con los demás, claro. Ni pizca de gracia. Qué manera de caer en prejuicios. Más tarde se acercó a un grupo con Blanca, y lo primero que le dijeron fue:

—Que sepas que odio a la pasma, pero, eh, no me vayas a multar.

Y otro se le unió:

—Dime una cosa, así en confianza, ¿por qué sois todos tan tremendamente fachas?

—En la Policía hay de todo, como en todas partes —dijo Arturo con el mejor de los talantes—. Por ejemplo, tú mismo, ¿a qué te dedicas?

—Soy eléctrico en rodajes. Sobre todo de cine. Pero también hago tele y publi, no creas. Ah, y una vez hice un videoclip de Manuel Carrasco.

—Existe el cliché de que en el cine todo el mundo es progre, pero no se cumplirá al cien por cien, ¿no?

—Qué flow tienes, tú —reconoció el eléctrico con un cigarrillo en la boca.

Por desgracia, fue el único con el que consiguió congeniar en las dos horas que aguantó en ese piso de Embajadores antes de despedirse de Blanca e irse.

—¿Por qué tienes que ser así de huraño? —le recriminó ella—. Son buena gente. En Serpico hay una escena parecida y, joder, Al Pacino termina haciéndose amigo de todos y bailando como un poseso.

—Yo no bailo, ya lo sabes.

¿Pensó entonces en pasarse por la lavandería veinticuatro horas para ver si estaba Petra? No, claro que no. Solo que La Latina le cogía de camino.

—Que tenga una feliz jornada, inspector —le desea ahora Petra.

—Igualmente.

Pero Arturo no llega a acceder al complejo. Un claxon le advierte y le obliga a detenerse. Es la inspectora Bilbao desde su Mini Cooper.

—Sube, vamos —dice apartando su bolso del asiento del copiloto—.

Eres el primero en llegar, así que te toca pringar.

Y claro, Arturo opta por no hacer esperar a su jefa, que inmediatamente aprieta el acelerador y el Mini sale escopeteado.

—Bueno, Yani, según el GPS tenemos unos veinte minutos hasta llegar al destino, pero ahora no es cuando nos hacemos confidencias y se

Página 140

produce una cercanía entre tú y yo. ¿Ves ese dosier de tapa marrón del salpicadero? Pues léemelo, es el informe de la Científica.

Nada más abrirlo, Arturo ve la fotografía de un pequeño aparato electrónico. Una especie de chip cuadrado de cinco centímetros.

—Es lo que hallaron en el piso de los abuelos de Alberto Gómez — dice Arturo mientras hojea el informe—. Parece ser que sí, que la sangre del desagüe era de Cristina Hidalgo.

—¿Parece ser o era?

—Sí, sí, era. Pero la sorpresa fue cuando abrieron la cañería y dieron con esto.

Le señala la fotografía del chip.

—¿Eso es lo que Cristina se quitó de la cabeza? —pregunta Tania. —¿Por qué crees eso?

—La forense encontró una incisión en la parte lateral izquierda de la cabeza de Cristina, y me dijo que intuía que se lo había hecho ella misma… No sé, ¿por qué hacerte tú misma un tajo en la cabeza si no es para sacarte algo? Y eso cabría debajo del cuero cabelludo. ¿Qué dice el informe que es?

—«Cápsula que incluye un receptor de corto alcance y una carga explosiva de pequeña magnitud», pone aquí.

—Si estalla cerca de ti, según cómo, los daños serían mínimos, pero si explota en tu cabeza…

A Arturo se le revuelve el estómago. Se queda vacilante durante varios segundos.

—¿En serio pudo tener esto en la cabeza?

—He visto cosas peores, vete acostumbrando a la Judicial.

Arturo hace un chasquido, resignado. Devuelve su atención al dosier. —Hay una nota, aquí al final, después de los detalles técnicos del

dispositivo. Pone que la única manera de apagarlo es mediante una señal de radio o cortocircuitándolo con una descarga eléctrica alta.

—Pues entonces normal que Cristina se lo arrancara, ¿qué otra opción tenía, meter los dedos en el enchufe?

Pisa el freno súbitamente para no atropellar a un peatón que le ha dado igual que el semáforo estuviera en rojo: él ha cruzado y ya, y encima hace aspavientos.

—Y pensar que ese imbécil tiene derecho a voto…

—¿Y a dónde vamos tan temprano, por cierto? —pregunta Arturo.

Página 141

—Hemos identificado al hombre del funeral, al de las fotos que os envié el jueves. No pienso darle ni un segundo más a ese tipo.

Página 142

8

Es él. El hombre del funeral.

De cerca le parece absurdo no haberlo reconocido antes. Sí que le sonaba de algo, a decir verdad, pero ella nunca fue mucho de ver la televisión ni de seguir la actualidad. Menos mal que Marga enseguida dijo:

—Pero si este tío es aquel que iba para presidente y se quedó en nada.

Fue Omar el que le puso nombre:

—Borja Quintana, anda que… Menudo pájaro, el tío.

—Pues a mí me caía bien. Nunca le hubiese votado, pero me parecía buena gente.

Todo esto Tania no lo vivió, pues se produjo el viernes mientras ella andaba buscando a su hijo, pero conoce tan bien a sus compañeros que puede visualizar la escena que le relató Pablo. Dentro de unos años incluso creerá haber estado presente.

Lo primero que ha hecho Tania esta mañana ha sido informarse de dónde iba a estar Borja Quintana en las próximas horas, y no ha necesitado llamar a ningún gabinete ni secretaria que consultara una agenda repleta de compromisos farragosos e ineludibles; ha sido tan fácil como entrar en Twitter, ella lo sigue llamando así, donde el mismo hombre había anunciado que esa mañana estaría en directo en un magazín.

Ella y Yani se han acercado a los platós en San Sebastián de los Reyes. La reticencia del equipo de seguridad les ha dificultado la empresa, pero finalmente han conseguido acceder a las instalaciones.

Plató 3. Luz roja en la puerta. Tensión en el equipo técnico por estar en directo. Cuatro tertulianos conversan sobre la actualidad mientras la presentadora hace lo que puede para que no llegue la sangre al río.

Tania nunca ha soportado ese tipo de programas y se pregunta quién puede perder sus mañanas viendo eso. Se encuentra junto a Arturo en la parte trasera del plató, donde han conseguido colarse segundos antes de que empezara el magazín. No se han podido presentar, y mucho menos

Página 143

hablar con Borja Quintana, simplemente se han apoyado en la pared y se limitan a esperar.

Viendo al expolítico ahí, tan cerca, Tania sospecha que:

No será un hombre fácil de abordar.

Lo más seguro es que los toree y no logren nada.

Les tocará investigar por su cuenta qué unió a Borja Quintana con Cristina Hidalgo. Dos personas que aparentemente no tenían nada en común.

Tanto Tania como Arturo aprovechan ese tiempo muerto para zambullirse en sus móviles y estudiar al personaje con el que hablarán.

Borja Quintana parecía destinado, ya desde joven, a ser protagonista de la primera línea política de este país. Primero siendo líder de las juventudes de Cantabria y enseguida pasando a cargos del partido a nivel nacional. Cuando estaba en los treinta le llegó el gran momento; dio un golpe en la mesa aprovechando el cese de la cúpula de por aquel entonces y se presentó a las primarias. Todo el mundo daba por hecho su victoria. Su rival no tenía ni su conocimiento ni su carisma y, tal y como indicaban todas las encuestas, arrasó.

Era joven, radiante y tenía las manos limpias, sin mochila en la que pudiera guardar alguna que otra sombra. Y entonces, ¿por qué no cumplió con las expectativas que lo situaban en la Moncloa en cuanto se convocaran las siguientes elecciones generales?

Sorprendentemente, el partido decidió enviar a la cita con las urnas, no a su presidente sino a la segunda de abordo —algo inaudito en la débil democracia española—. Y pasó lo que tenía que pasar, que ganó el rival del partido en el poder de manera acaparadora. Eso hizo que Borja Quintana perdiese crédito como líder y que poco a poco se fuera desinflando. Para cuando llegaron las siguientes elecciones generales, cuatro años después, Quintana se había retirado a cargos municipales, mucho más tranquilos y alejados de los focos.

Pero quien tuvo retuvo, y no aguantó mucho en la sombra. Dejó la política para ser director de relaciones institucionales en una consultora, y desde entonces ha escrito libros, protagonizado un documental y es una cara recurrente en los programas de análisis político.

Página 144

La luz roja pasa a verde y los contertulios dejan de apretar los dientes al unísono. Ya no han de simular ser enemigos y la fraternidad gana espacio en el ambiente. Se desperezan, beben agua, hacen algún que otro chascarrillo, consultan sus móviles…

—¡Diez minutos! —anuncia el regidor—. ¡Diez minutos y volvemos! Borja se cierra los botones de la americana y se dirige al pasillo de los

baños.

Tania y Arturo van tras él sin pensárselo dos veces.

—Disculpe, señor Quintana.

El hombre se gira sorprendido y no solo mira sus placas policiales, es que además lee detenidamente los números y hasta parece que trate de aprendérselos.

—¿Alguna multa de tráfico sin pagar? —pregunta con una sonrisa perfecta.

—Somos de la UDEV. Estamos investigando el asesinato de Cristina Hidalgo.

Un segundo.

Un segundo es lo que delata a Borja Quintana.

Un segundo es todo lo que necesitan Tania y Arturo para saber que ese hombre esconde algo.

—Ahora no… Estoy ocupado. Tengan, esta es mi tarjeta, llámenme y miramos de vernos otro día más relajados, ¿sí?

—¿No se acuerda de mí? Lo vi el otro día en el funeral de Cristina. —Pues no sabría qué decirle. Ahora no… ¿Qué funeral? —¿Suele ir a funerales de gente que no conoce, señor?

—Ah, me pregunta por lo del jueves pasado… Ya… No es lo que imagina, inspectora. Mi esposa ayuda en Cáritas, y esa mañana me acerqué a la basílica para dejar unas bolsas con alimentos. También algo de ropa de invierno. Cuando vi que estaban en pleno funeral, no quise cruzar toda la nave e interrumpir la ceremonia, preferí dar un rodeo por el coro. ¿Por qué?, ¿me vio?

—Y parecía usted muy compungido, déjeme señalar.

—Por temas míos que nada tienen que ver con el funeral ese, se lo aseguro.

Ninguno de los dos policías aparta la mirada y el expolítico se siente asediado.

Página 145

—Ya ven mi vida. Hace años que dejé de ser un cargo público, pero aun así, al estar en medios de comunicación de manera activa y en todo tipo de menesteres, pues uno no está solo jamás. Y entre que el ambiente de la basílica siempre me aporta mucho confort y que el estrés del día a día, con la edad, pasa más factura, pues bueno, puede ser que me concediese unos minutos para mí, allá en el coro. ¿Por qué, tiene algo de malo?

Hay ocasiones en la vida en las que te la tienes que jugar. Es un salto al vacío. Una apuesta en la ruleta sin más apoyo que la intuición, y eso es lo que hace Tania:

—Señor Quintana, ambos sabemos que no es verdad. Que usted conocía a Cristina Hidalgo. Si quiere podemos citarlo en comisaría. Por nosotros no hay problema, ¿verdad, inspector?

—Verdad, inspectora.

—Entonces, ¿qué va a ser al final? Lo que le resulte a usted más cómodo. En la UDEV a veces se nos rompe la calefacción, pero tenemos una máquina de café muy buena.

Tania ni ha parpadeado al marcarse el farol, y eso ha aterrorizado al expolítico. Algunas gotas de sudor han emergido en su frente y menos mal que lleva americana; seguro que tiene la camisa empapada en los sobacos.

—Borja, dos minutos y volvemos —dice el regidor, que se asoma al pasillo y se va.

Los dos policías y el expolítico se escrutan. Se percibe el debate interno del hombre. De golpe, parece recordar la cámara de seguridad que está arriba, en una esquina, y entra de sopetón al baño.

Tania y Arturo se miran. Es el lavabo de caballeros, pero a la inspectora tanto le da. Los dos lo siguen.

Borja cierra la puerta enseguida y revisa que todos los cubículos estén libres.

—¿Sabían que la basílica tiene la cúpula más grande de España? Y a nivel europeo es la cuarta, solo por detrás de la de San Pedro y el Panteón, ambas en Roma, y la de Santa María del Fiore, en Florencia.

Se gira enseñando la pantalla de su móvil, que tiene algo escrito:

GRABADME.

Pero los policías no reaccionan con agilidad. No entienden nada de nada. Y Borja emite un chasquido de impaciencia. Empieza a cachear a Arturo, y cuando se topa con su teléfono en la americana lo coge, con toda

Página 146

la confianza del mundo. También agarra el dedo del inspector para desbloquear la pantalla.

Arturo se deja hacer, pero intercambia una mirada con la inspectora.

Ambos embargados por la extrañeza.

Borja continúa hablando sobre la basílica, que si tiene cuadros de Goya, que si fue declarada Monumento Nacional en 1980… Activa la cámara del móvil de Arturo y hace que este le grabe.

Es raro. Mientras habla sobre la basílica, las medidas de la nave, empieza a hacer unos gestos con las manos hacia el móvil, y pasados unos segundos se va del baño. Ni siquiera se despide. La puerta, al cerrarse, suena grave.

Arturo detiene la grabación y mira a Tania:

—¿Tú sabes lenguaje de signos, jefa?

—Por eso nos lo ha hecho grabar. Para que podamos encontrar a alguien que sí.

—Yo sé de alguien.

—Necesitamos confidencialidad. Puede habernos dicho cualquier cosa, vete a saber.

—Es del grupo, inspectora —dice Arturo—. Es de los nuestros.

Página 147

9

—¿Estás seguro? —pregunta Tania.

—Si quieres podemos llamar a mi hermana, que es la sorda, pero ya te digo, sé lenguaje de signos desde pequeño.

Están en el despacho de Tania, que ha bajado las persianas de láminas y solo ha dejado que asista Eneko a la visualización del vídeo, por ser quien les serviría de intérprete; Arturo porque se lo ha ganado; y Pablo porque sí, porque él es su mano derecha.

Le han puesto a Eneko el vídeo grabado por el móvil de Arturo en la pantalla del ordenador, y al acabar la primera reproducción ha dicho:

—No… No puede ser. Vuélvemelo a poner, anda.

Así han hecho. Una vez más, Borja Quintana hizo señas mientras hablaba de una basílica en un vídeo que apenas dura treinta segundos.

—Vale… Creo que ya…, pero…

Se ha quedado pálido y ha empezado a rascarse el brazo por los nervios.

—Eneko, por Dios, habla ya —le ha ordenado Tania.

Con toda la confianza del mundo, Eneko se ha acercado al ordenador de la inspectora y le ha vuelto a dar al play, mientras le iba poniendo voz a los gestos del expolítico: «Cristina y yo tuvimos una aventura hace muchos años. Sé quién se ocupó de su desaparición porque a mí me hicieron chantaje para que estuviera callado: el CNI».

Aquellas siglas sacuden el despacho como un huracán. Todos se miran desorientados. Sin parpadear siquiera.

—¿Tú estás seguro de que termina el vídeo señalando al CNI? — pregunta Pablo.

—Segurísimo, ¡qué liada! Me cago en todo.

Arturo se echa las dos manos a la cabeza. CNI, Centro Nacional de Inteligencia.

—Pero el actual CNI no se fundó hasta el 2002.

Página 148

—Ese fue el momento en el que se cambió de nombre —dice Tania—, pero ya te digo yo que los espías existían mucho antes, ¿verdad, Pablo?

—Solo que antes se llamaba CESID, Centro Superior de Información de la Defensa.

—Eh, parad el carro, ¿vale? —pide Eneko—. ¿Qué interés podían tener los espías de este país en hacer desaparecer a una veinteañera? ¿Vosotros os estáis escuchando? Es gravísimo lo que estáis pensando, es… Es… Podría considerarse traición o yo qué sé.

Nadie quiere responder. No tienen ni la respuesta ni la imaginación necesaria.

—Arturo, ¿tú te fijaste en la cara de Quintana cuando vio que en el pasillo donde estábamos hablando había una cámara de seguridad?

—Parecía que le daba miedo, sí.

—Así que me pregunto, ¿qué lleva a ese hombre, que con su retórica podría haber mareado la perdiz perfectamente, a darnos una pista tan descabellada como esta?

Se queda pensativa, con la mirada desenfocada y apretando los dientes. —Hay que intentar contactar con ellos. Echarán pelotas fuera, pero nos puede servir para ver hacia dónde tirar —responde la inspectora—.

Pablo…

—Hora de desempolvar la agenda.

Se levanta, no sin quejarse de la espalda, y sale a paso acelerado. Arturo y Eneko muestran el impulso de seguirle, dando por concluida la reunión.

—Arturo, quédate, tengo que comentarte un asunto.

Eneko se va, lanzando una mirada a su compañero de «qué mala suerte la tuya» y Arturo traga saliva inconscientemente.

—Siéntate de nuevo, haz el favor.

Página 149

10

Un segundo puede durar toda una vida. Este es el caso de Arturo en estos momentos: sentado a la espera de que su jefa abra la boca se despliega ante él un abanico de posibles reproches; tal vez la inspectora desea reprenderle por algún error cometido durante las pesquisas, quizá se ha enterado del verdadero motivo por el que lo han aceptado en la UDEV, o igual ha logrado revertir su situación y le comunicará que mañana mismo puede presentarse de nuevo en su anterior puesto de trabajo, uniforme mediante.

Para dilatar el suplicio del novato, encima a Tania le cuesta encontrar las palabras adecuadas. Al final ladea la cabeza y aprieta los labios.

—Me acaban de llamar de arriba, y como en un rato estará en todas las noticias pues… Bueno, prefiero que te enteres por mí.

—¿Qué ha pasado, inspectora?

—Que ha muerto el Pellejero, eso pasa. Y por fin podemos ponerle nombre: se llamaba Isidro Laínez Feijóo.

Arturo tarda en procesar la información. De repente, el apodo del Pellejero le parece algo lejano y ajeno, como si tuviera que retrotraerse a un Arturo anterior, a uno que aún tiene miedo y se echa a temblar al recordar esos ojos, ese aliento, esa voz.

—Eh, Arturo… ¡Arturo!

—¿Sí?

La inspectora baja los hombros con un suspiro. Por primera vez desde que se conocen lo mira sin el escudo de jefa, incluso con algo de aprecio.

—Nadie te culpará si deseas tomarte el resto de la jornada…

—No… no —dice a la vez que trata de emitir una sonrisa tranquilizadora—. No será necesario. Muchas gracias, inspectora.

Una vez delante de su ordenador sufre la tentación de buscar en la prensa, pero no, enseguida cierra el navegador. El aire le falta y decide cortar la ansiedad de golpe. No, ese hombre infame no merece ni uno solo de sus pensamientos. Aunque la mente le traiciona y le asalta una voz, que

Página 150

más que del subconsciente es de su niño interior: «¿Lo has oído Ismael? Por fin está muerto. Ya estoy a salvo».

Página 151

11

Posiblemente la peor etapa de la adolescencia de Franz fue a los trece o catorce años, con la llegada de Max, un gato atigrado que vino a la casa como por obra de la Providencia. No se sabe cómo, pero el caso es que una buena mañana apareció en la finca, y pese a los intentos del jardinero, no hubo manera de echar al animal.

—Se quedará con nosotros —decretó Cristina, y su voz se hizo ley en la familia.

¿El gran error de Max? Escoger a Franz como figura paterna y referente en el hogar. Al principio a la familia le hizo hasta gracia que un gato callejero escogiera a un niño también «llegado de la calle», pero más tarde empezó a despertar recelo y repulsa. Tanto, que una mañana, cuando Franz bajó a la cocina a hacerse el desayuno —a sus primos se lo hacían; él debía preparárselo—, le extrañó que Max no hubiese acudido a darle los buenos días. Es lo que el gato solía hacer cada vez que se sentaba a comerse su tostada, rondarle entre las piernas sin parar.

—¿Y Max?

—Se ha escapado —dijo Rodrigo como si escupiese—. Hasta tus amigos te abandonan, Paquito.

Nada más se supo del pobre gato.

Con todo, lo peor; pero lo peor de verdad, fue la soledad inherente que Franz siempre llevó pegada en la piel durante aquellos años. Especialmente por culpa de los desplantes de Cristina, que le herían en lo más hondo sin posibilidad de ser curado.

Y es que, entre ellos dos, todo era muy extraño.

Los miércoles por la tarde, Soledad tenía piano en el conservatorio y Rodrigo fútbol en Las Rozas, así que Franz y Cristina debían volver solos a casa dando un paseo. El primer miércoles caminaron en silencio, pero poco a poco, miércoles a miércoles, ese ratito pasó a ser el mejor momento de la semana tanto para Franz como para Cristina. Era la única ocasión en que él tenía a alguien con quien hablar y también era el instante en el cual

Página 152

ella podía ser tal y como realmente era, y no como querían sus padres o la sociedad.

Lo que al principio se trató de un paseo breve del college a casa, terminó derivando en tardes completas de miércoles sembradas de risas, juegos y confidencias. Ambos se hicieron grandes amigos, pero el problema sobrevenía al llegar a casa; segundo en el cual todo se ensombrecía. Solo hacía falta cruzar la puerta principal para que Cristina se apartara de Franz y le profiriera algún comentario hiriente del tipo: «Mirad, me ha seguido un animal salvaje para ver si le damos de cenar», «Llevo todo el camino sintiendo que había un perro de la calle acompañándome» o «Voy directa al baño que necesito echarme vinagre en el pelo, me han dicho que eso mata a los piojos», cosas así.

La primera vez que ocurrió, a Franz le sorprendió la doble cara de Cristina, pero después se acostumbró a esas escenitas al entrar en casa y llegó a pensar que ni tan mal, que era el precio por contar con su amistad velada. Aunque, para qué mentir, durante el resto de la semana le dolía ver que su prima se reía sonoramente con cada una de las burlas que tanto Rodrigo como Soledad le dedicaban cada vez que se sentaba a cenar.

Así es como fueron pasando los años de la adolescencia. Etapa en la que todo fue empeorando. Soledad empezó a tener aún más inquina hacia Franz, y los ataques de Rodrigo dejaron de ser solo verbales e inocentes, simples juegos de niños; y claro, las condescendencias de Cristina se hicieron más graves y profundas. Por eso, la adolescencia de esos cuatro jóvenes fue la peor temporada en la casa de los Hidalgo, lugar que dejó de conocer la paz. Una oscuridad envolvió aquellas paredes y quedó patente que la armonía de antaño no iba a regresar jamás.

Esos años fueron hostiles y plagados de gritos, golpes y reproches. Las habitaciones se convirtieron en trincheras y los pasillos en campos de batalla. En este ambiente fue como los cuatro adolescentes desarrollaron sus personalidades; así, hasta que se produjo la primera estocada a la familia: la muerte de Rodrigo.

Aunque para Cristina, siempre fue un asesinato.

Y en todo momento, solo Franz la creyó.

Página 153

12

Paseo de la Castellana. Hora punta. Prisas por volver a casa; por fin, después de una larga jornada. El coche se detiene lo justo para que él pueda subirse a la parte trasera y arranca, rumbo hacia la Cibeles.

En cuanto se pone el cinturón de seguridad, Arturo intercambia una mirada a través del retrovisor con Petra, la conductora del vehículo. De fondo suena un programa de éxitos de los ochenta. El ritmo lúdico de las canciones desentona con la sobriedad que se respira en el interior de ese coche.

—¿Ya eres el pupilo favorito de nuestra inspectora estrella o qué? Sacha está sentado en la parte trasera, al lado de Arturo.

—No es tan fácil, ¿vale? No me has pedido que vaya a buscar el pan. —Mi perro puede ir a buscar el pan. Tú solo tienes que hacer lo que te

digo —dice Sacha—. A ver, ¿con qué estáis ahora?

—Con el caso de Cristina Hidalgo. Por eso te he llamado… —¿Y estás revisando todo concienzudamente, tal y como te dije? —Tania no comete errores, ¿vale? Es impecable.

—¿Tú lo has escuchado, Nagore? —Y mira a la conductora, obviando que la tal Nagore le ha desvelado a Arturo su nombre real—. Tania, dice… Ahora la llama por el nombre de pila, ¿sabes? ¿Te has enamorado o qué, chaval? ¿Me vas a invitar a vuestra boda?

—Necesito que me pongas en contacto con alguien del CNI.

—Con Bob Esponja te voy a poner en contacto a ti, payaso.

—Es por el caso. Así podría hacer méritos de cara a la inspectora. Ha de ser alguien que ya estuviese metido en Inteligencia a finales de los noventa, a partir de 1995 sobre todo.

El de Asuntos Internos por fin lo mira con seriedad, cavilando lo escuchado.

—¿Te crees que es tan fácil como escribir a info@cni.com o qué te pasa?

Página 154

—Tú quieres la cabeza de Tania, y es el único modo que se me ocurre.

Así hago méritos y confía más en mí.

Pasan por un quiosco y Sacha abre los ojos de par en par.

—Eh, para un segundo, que tengo que pillar una cosa.

Petra detiene el coche junto a la acera. El tráfico a esa hora es denso y no cesan los cláxones, los gritos de un conductor a otro y, de lejos, el eterno sonido de un helicóptero vigilando el centro de Madrid.

Sacha se baja con un sonoro portazo y deja solos a Petra y a Arturo, que se observan a través del retrovisor. ¿Se dicen algo? Nada, no se dicen nada. Ni una sola palabra. Ella mira hacia delante y él se gira a ver los coches pasar por la ventanilla de al lado; haciendo así más grande el elefante en el vehículo.

El problema es que en la radio se acaba el programa musical. «Abrimos con la noticia del día: Hallado muerto, en el centro de Madrid, Isidro Laínez Feijóo, más conocido como el Pellejero, que llevaba en busca y captura desde inicio de los dos mil cuando se dedicó a secuestrar y torturar a más de quince niños. Recordemos que la última vez que actuó fue en la localidad de Onda, cuando raptó a dos hermanos…».

Petra apaga la radio y Arturo cierra los ojos por un segundo para infundirse ánimos y no desfallecer. No ahora, en plena reunión con Asuntos Internos.

—Cuando deje a Sacha en su casa estoy libre, ¿nos vemos?

—Vale.

—Si no quieres, no.

—Sí que quiero —responde Arturo—. ¿En Alonso Martínez a las diez?

—Vale —responde Petra.

—Si no quieres, no.

—Mira que te gusta el melodrama, tío.

Y se funden de nuevo en el vacío como si tal cosa. El inspector de Asuntos Internos regresa con un coleccionable de cuentos infantiles.

—No me miréis así vosotros dos, jovencitos, en mi vida hay mucho dolor. Ya tendréis hijos, ya… Y entonces os acordaréis del viejo Sacha.

Petra se incorpora al tráfico y el coche continúa su divagar por la Castellana.

—¿Entonces qué? —pregunta Arturo.

—Veré lo que puedo hacer. No prometo nada, ¿me oyes? Pero escucha bien esto, en algún momento tu adorada jefa cometerá un error, y necesito

Página 155

que estés ahí, atento a cualquier detalle. Si hago esto por ti, quiero que estés al cien por cien, sin remilgos.

Arturo lo mira con todo el desprecio que logra aunar.

—¿Me oyes, sí o no?

—Sí, bwana —dice el inspector finalmente.

Página 156

13

Quién le iba a decir a Pablo Quintas hace un rato que ahora estaría sonriendo y hasta tarareando una canción, dando saltitos en lugar de sus ya característicos pasos lentos y pesados.

¿El motivo?

Paso a paso. Primero lo primero.

El caso es que se dirigía a casa con la intención de regodearse en su propia pena cuando, de golpe y porrazo, encontró una cara conocida entre tantas personas mustias que pululaban por la calle cabizbajas.

—¡Hombre, Javier, qué alegría!

El marido de Tania, aunque le costó un par de segundos salir de su estupor, se acabó arrancando con una sonrisa y hasta lo abrazó.

—Pablo, qué sorpresa, ¿qué tal estás?

—No te quiero mentir, necesito una cerveza, ¿te hace una?

—Eh… No puedo… Es que me pillas algo mal…

Su cara fue de circunstancias, y Pablo enseguida supo por qué. Justo en ese instante una mujer recogía unos billetes del cajero automático de al lado y se unía a ellos.

—Ya podemos seguir —le dijo a Javier, colgándose de su brazo.

—…

—…

—Tienes que hablar con Tania, tiene que ser ella quien te lo cuente.

Y Pablo, que siempre se consideró una persona fiel a sus amistades, se limitó a asentir y a seguir con su paseo.

Hasta que le sonó el móvil. Y menos mal, porque así no tuvo tiempo de cavilar y dar rienda suelta a sus pensamientos. La loca de la casa, que decía Santa Teresa de Ávila.

—¿Papá?

—Vi-Virginia, qué-qué…

Puso todos sus esfuerzos en que no le temblase la voz. Se apartó de la calle, refugiándose en un portal, como si esperara a alguien.

Página 157

—¿Estás bien, Virginia? ¿Ha pasado algo?

—No… Sí, bueno, en realidad sí. Llevo varios días con la cabeza centrifugando sobre si llamarte o no, y mira… Me lo ha dicho Nina, es ella quien me ha animado.

—Bien por Nina. Me alegro de que lo hayas hecho.

Quiso decir cien mil cosas, pero ni siquiera supo si era correcto avasallar a su hija en esa situación. Deseaba conocerlo todo sobre ella: sus días, su matrimonio con esa Nina a la cual solo vio una vez hace años, qué tal le va en el trabajo… Quería saberlo todo sobre ella. Aunque ¿por dónde empezar?

—Pero no me tengas en ascuas, hija, ¿qué te pasa? Tienes algo grave, ¿verdad? Es eso. Yo no…

—Para y escucha, ¿vale? No te embales —le pidió su hija—. Estoy embarazada.

—¿Embara…? —No terminó su pregunta. Se llevó la mano a la boca y se mordió los dedos. Entonces sí que temió ceder a la emoción y se sorprendió al reparar en que había alguna que otra lágrima amenazando con rociarle las mejillas.

—Nacerá pronto. Bueno, en dos meses, ya sabes cómo va esto. Hablaron poco más, cinco o diez minutos, y acto seguido Pablo se

encontró en plena calle con una sensación extraña. Por un lado eufórico, queriendo saltar y abrazar a cualquier extraño; y por el otro, terriblemente emocionado, con ganas de hablar sobre lo que acababa de vivir, y revisar y analizar el diálogo con su hija desde todos los ángulos posibles, no fuese el caso de que se hubiese escapado algún subtexto o mensaje sutil entre líneas.

Cuando estás así, quieres estar con tus seres queridos; y más allá de su hija, la única persona cercana en su vida es su jefa.

En un impulso nada meditado —porque de haberlo pensado dos veces no lo hubiese hecho—, ha comprado una pizza familiar de tomate confitado con emmenthal, edam, provolone y cheddar; con la masa fina, como le gusta a Tania, y se ha plantado en su casa, donde está llamando ahora mismo.

—Espero no pillarte mal —dice Pablo—. Me he dicho: seguro que Tania no está cenando, que la conozco y a ella le va el semiayuno, como a las famosas de la tele.

—Sí, el mismo glamur, no te fastidia.

Página 158

Pablo se ve a sí mismo en el recibidor con la pizza en la mano, y empieza a sentirse idiota. En fin, es raro. Se nota que Tania no está del todo a gusto con la sorpresa. No por él, sino por el hecho de que alguien vea su piso; inconscientemente está colocada de tal manera que impide ver el pasillo que desemboca en la sala de estar.

—¿Prefieres que te deje la pizza y me vaya? —propone Pablo—. Que hay confianza, me lo puedes decir. No me voy a ofender.

—No, no, pasa. No seas tonto.

Le invita a pasar, y Pablo espera en la sala mientras Tania prepara la mesa.

—Bruno está en casa de un amigo, que se ha puesto pesado con pasar la noche allí; y Javier tenía cena de empresa. Ya sabes cómo son los informáticos, como casi nunca salen de casa pues se obligan a quedar de vez en cuando.

—Es normal, menudo gremio el suyo —dice Pablo con una sonrisa. Sonrisa que borra en cuanto Tania le da la espalda. Mira a la estantería

y le da la sensación de que faltan muchos de los libros y DVD que siempre estuvieron ahí, pero no va a decir nada, claro que no. Es lo que tiene la amistad. A veces toca ser un poco ciego.

Página 159

14

La luna llena ha salido a patrullar esta noche y los vigila desde arriba. Madrid está furiosa y ellos demasiado tranquilos. Eso es sospechoso en una ciudad tan convulsa. Ya han tenido que aguantar alguna que otra mirada de más de un vecino nervioso, que los ha escrutado sin disimulo. Y es que verlos ahí detenidos, frente a un portal de la plaza de las Salesas es extraño.

—Encima vivía bien, el cabrón, muy bien… Petra no necesita preguntar de quién habla.

Arturo no ha jugado limpio; ni con ella ni consigo mismo. Pese a la indiferencia que lleva mostrando todo el día, está claro que no le da igual que haya muerto el cabrón que los secuestró y los mantuvo cautivos a él y a su hermano, tortura mediante, durante cinco días.

Bueno, cinco días él…

Ismael solo cuatro.

Eso se le graba en el alma a uno. Y sí, esta tarde, mientras esperaba a que Asuntos Internos lo pasara a recoger ha acabado consultando las noticias. Es así como ha averiguado el lugar en el que ese monstruo residía y ha muerto de un ataque al corazón.

La asistenta había acudido como cada mañana para limpiar y cocinarle el almuerzo cuando lo ha encontrado en el sofá, con el mando de la televisión en la mano y el canal de deportes puesto.

Esto casi que lo hace peor, como si fuera una afrenta al reguero de víctimas que fue dejando a su paso. Va el hijoputa y se muere de un simple ataque al corazón, ni degollado ni torturado, acaso de una enfermedad degenerativa. Nada. Estaría tan pancho viendo los goles de su adorado Celta de Vigo cuando notó un pinchacito y, en pocos minutos, se le acabó el calvario.

Lo peor de todo es que Isidro Laínez Feijóo ha estado disfrutando todos estos años de una posición privilegiada gracias a las rentas de cuatro

Página 160

pisos que tenía alquilados y que le daban unos beneficios nada desdeñables.

Ha sido cuando su asistenta ha escudriñado en sus cajones en busca de una documentación para la funeraria y el Registro Civil que ha encontrado unas fotografías Polaroid… Fotografías sospechosas que enseguida han revelado la verdadera identidad de ese rentista. Se trataba ni más ni menos que del Pellejero.

Por más que ha mirado en diferentes medios, Arturo no ha encontrado ninguna descripción de las Polaroid, pero imagina que su hermano y él deben de estar en alguna. Además de mal bicho, era imbécil. Había conseguido escapar de la justicia, realmente podría haber muerto en paz, pero la vanidad de demonio le pudo y fue incapaz de deshacerse de las fotografías: lo único que lo relacionaba con unos crímenes casi olvidados.

—Encima tonto —musita Arturo.

Tres universitarios cargados de botellas de alcohol salen del portal y Arturo aprovecha para colarse. Detiene la puerta con el pie y se gira con la mano extendida.

Petra no duda en acompañarlo escaleras arriba. Llegados al 5.º C, sortean la cinta policial y fuerzan la puerta con una ganzúa. Al entrar prefieren no tentar a la suerte y no encender ninguna lámpara; por los ventanales se cuela una luz anaranjada que es más que suficiente para guiarse por el lugar.

El mal deja impregnación. Es inevitable. Este lugar ha dado cobijo durante demasiado tiempo a un monstruo. Arturo reprime sus ganas de salir corriendo escaleras abajo. Se obliga a permanecer ahí. Lleva su mano al lado izquierdo de su cabeza, donde se supone que debería haber una oreja, y no puede evitar un fogonazo en forma de recuerdo. Un ultimátum, un disparo. Abre los ojos, angustiado, y observa detenidamente aquel piso.

Es curioso, y hasta injusto. Arturo vive en una buhardilla sin apenas luz natural. El Pellejero disponía de un piso exterior de ciento ochenta metros cuadrados con terraza en una de las zonas más nobles de la capital.

Isidro Laínez Feijóo ocupó estas sillas, mesas y camas hoy vacías. Incluso puede apreciarse una sombra que las envuelve y rechaza a cualquier intruso.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta Petra—. A mí esto no me parece sano. Tú haz lo que quieras, pero yo ya te lo he dicho.

Página 161

Arturo coge una foto que hay sobre una estantería plagada de libros antiguos. Reconoce esa mirada, aunque no esos dientes putrefactos, tampoco esa calva reluciente y ni mucho menos ese porte honorable. Solo esos ojos de color mate.

—No era más que un viejo, míralo. Me lo podría haber cruzado y no haberme dado ni cuenta.

—Arturo, para. Para, ¿quieres? Yo también tengo mis mierdas, ¿y me ves lloriqueando por las esquinas? ¿Verdad que no? Pues ya está.

Contra todo lo esperable, Arturo se echa a reír.

—¿Y tú de qué te ríes ahora? —dice Petra—. ¿Estás loco o qué? —Que te has equivocado de curro. Tendrías que haberte hecho life

coach o algo así.

—¿Y aguantar todo el día a pirados como tú? Anda y que te den.

Salen al rellano cuando se abre la puerta del piso de al lado.

—¡Eh, vosotros! —grita la vecina, que los sorprende.

Estando fuera de lugar y de manera totalmente infantil, Arturo y Petra arrancan a correr. Como dos adolescentes, entre risas y gritos de «¡Rápido, rápido!». Cruzan el portal y salen disparados a la noche madrileña. Veloces y sin hacer caso de los semáforos en rojo. Solo se detienen en una callejuela al lado de Alonso Martínez. Nadie los ha perseguido. No saben ni sospechan por qué han reaccionado así, pero ¡qué bien sienta sentirse joven de vez en cuando! Se echan a reír a carcajada limpia. Incluso les duele el estómago de tanta risa.

—Estás como una cabra —dice Arturo.

—¿Qué dices? Pero si has sido tú el primero en salir corriendo.

Las risas devienen en un silencio nada violento.

Suena el móvil de Arturo. Al principio no quiere responder, ni siquiera mirar quién es, pero de la niebla de su mente emerge la imagen de Blanca; seguramente está preocupada, habrá visto las noticias y le debe de parecer raro que aún no haya regresado a casa. Tampoco le ha contestado a ninguno de sus numerosos wasaps y sabe que no está siendo justo.

—Perdona…

—Nada, nada, tú haz —dice Petra alejándose unos pasos con los brazos cruzados.

Al ver de quién es el mensaje, Arturo reprime la respiración y hasta levanta una ceja.

Página 162

—Es… mi jefa… Que dice que tiene una misión para mí. Una idea que se les ha ocurrido a ella y a Pablo cenando, que los llame ahora mismo. ¿Qué hago?

—¿Pues qué vas a hacer? Mira que eres parao. ¿Te recuerdo tu deber con Asuntos Internos o qué? Si quieres hablo con Sacha, a ver qué opina él.

—Con lo bien que nos estábamos llevando… Y Arturo llama. No le queda otra.

Página 163

15

A Arturo nunca se le ha dado bien hacer nada en el agua salvo hundirse.

Sabe nadar, claro, pero lo justo para ir a la playa sin hacer el ridículo. Aunque cuando sale del vestuario con bañador, gafitas y gorrito, y ve que tiene delante una piscina de tamaño olímpico se acuerda de la madre que parió a su jefa. ¿Podrá hacer un solo largo sin pedir auxilio al socorrista?

Se encuentra en el Club de Natación Madrid Royal. Son las cinco y media de la mañana —abre las veinticuatro horas— y solo hay tres carriles ocupados. Arturo se coloca en uno libre, pero se asegura de hacerse ver. Al menos lo suficiente para que el interesado se percate de su presencia. Logra completar tres largos. Oye, ni tan mal, y sale de la piscina deseando una reanimación cardíaca pero con la cabeza bien alta. Lo que le permite el gorrito, que es todo un tema lo ridículo que le queda.

Borja Quintana y Arturo se encuentran en las duchas.

—Te veo arriba, en el pasillo de las pistas de squash, en diez minutos —dice el expolítico—. Y tómate algo con azúcar, anda, que te va a dar un patatús.

Una botella de Aquarius después, los dos están en un rincón del tercer piso de las instalaciones. Borja, visiblemente molesto, le pide explicaciones al policía sobre su irrupción en el que posiblemente es el único momento de disfrute consigo mismo.

—Como entenderás, necesitamos saber más, mucho más.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo. Sobre Cristina, vuestra relación, el supuesto chantaje que sufriste —dice Arturo—. No puedes tirar una piedra así y esconder la mano.

—No quiero figurar en ninguno de vuestros papeles, ¿me oyes? Ni ser citado para declarar, nada que tenga carácter oficial. Ah, y espero que no estés grabándome.

Respira hondo y se aleja un par de pasos, cerciorándose de que estén bien escondidos de las miradas ajenas. Y así es. Entre que aún no ha salido

Página 164

el sol y que se encuentran en un recodo del pasillo, no hay nadie que pueda verlos.

—No sé ni por dónde empezar.

—Por el principio.

¿Qué puedes hacer cuando los que se supone que deberían protegerte van contra ti?

Pues nada, no puedes hacer nada.

La primera vez que vi a Cristina debía de estar sobre los dieciocho o veinte, por ahí. Llamó a mi puerta y bueno, tú has visto fotos, Cristina era guapa. Era más que guapa, pero a mí nunca me fue el quedarme embobado. No te imagines una escena de película. Ni el reloj se detuvo ni sonaron violines. Simplemente abrí mi puerta y la dejé pasar.

Por aquel entonces yo tenía treinta años, estaba recién casado y aún desempeñaba cargos municipales en Santander. Solo que cada vez tenía más compromisos en Madrid con el partido y también estaba preparando el doctorado en la Carlos III, así que me busqué un pisito. Uno que era propiedad de un conocido y que pude alquilar a buen precio. Eran unos ciento veinte metros cuadrados, cerca de la Glorieta de Bilbao, y no estaba nada mal. A veces lo ocupaba dos noches a la semana, y en otras ocasiones podía tirarme tres semanas sin aparecer. Mi estadía en la capital era muy irregular. Es decir, aquel piso solo era para tener un sitio donde dormir cuando venía a Madrid, sin más.

Claro, necesitaba a alguien a quien poder llamar antes de mi llegada y que me lo adecentara. Y ahí entró en juego Cristina…

—Pasa, ¿quieres tomar algo? Ven, dame tu chaqueta, que te la cuelgo aquí. La joven se quedó cerca de la entrada, cruzada de brazos y atenta al piso lujoso en el que se hallaban. Los dos se contemplaron y sonrieron

como dos tontos algo torpes y vergonzosos.

—Eh… ¿Te han contado el trabajo y todo eso? —preguntó él.

—Sí, lo normal. Ya estoy acostumbrada.

Página 165

—¿Hace mucho que trabajas para Clean Red? —Tampoco tanto. Hace unos meses, ya sabes.

—Habrá semanas que no tendrás ni que asomarte. Si no voy a venir a Madrid es absurdo que esté todo limpio y al día. No voy a ser pijotero en ese sentido, quédate tranquila.

Ella contempló el espacio con los labios torcidos y la cabeza ligeramente ladeada.

—¿Pasa algo? —preguntó él.

—Que a esto le falta algo. Todo es como muy frío, no sé… —Tampoco es que necesite un hogar, en fin.

—Pero cuando estés aquí has de estar bien, ¿no? Ya sé, plantas. ¿Quieres plantas?

—Ahí ya hay algunas.

—¡Son de plástico! —respondió ella—. ¿Tú quieres estar a gusto aquí, sí o no?

Él, que ni siquiera había contemplado la posibilidad de ver Madrid bajo ese prisma, se quedó mudo. Qué responderle a esa chiquilla, a la cual sacaba diez años y veinte centímetros, y que parecía ilusionada ante el nuevo trabajo.

—Por cinco mil pesetas más te compro plantas y te las riego, ¿qué me dices?

—Bueno, si tú lo ves necesario… ¿por qué no?

Arturo se acerca al expolítico sin ocultar su extrañeza.

—¿Qué me estás contando, que Cristina Hidalgo limpiaba casas? ¿En serio?

—Visto así, con todo lo que se sabe hoy, pues sí, suena ridículo y me doy cabezazos contra la pared, pero ese día me la coló por la puerta grande. Vamos, que no lo dudé ni un segundo. ¡Menuda Meryl Streep! Ya le podrían haber dado el Oscar, ya… Qué tía.

Y por un instante se permite sonreír. Es una sonrisa lacrada por la melancolía.

Página 166

Cristina y yo fuimos ganando confianza. Por favor, no te imagines nada turbio. Para mí es importante que quede bien claro este punto: no soy ningún sátiro ni nada por el estilo. Como he dicho, estaba casado, todo lo felizmente casado que es posible, y era tan ambicioso en mi carrera que no veía nada más, no contemplaba ninguna curva en mi vida, ¿lo entiendes? ¿Sabes esos caballos a los que se les tapa la visión lateral para que solo vayan hacia delante? Pues ese era yo. Así tal cual.

Cada vez el partido me convocaba en Madrid con más frecuencia y mi presencia aquí ya no era tan extraña. Eso significó que Cristina se hiciera más necesaria en mi día a día. Al principio apenas la veía. La avisaba unos días antes de mi llegada, y al abrir la puerta del piso me lo encontraba que se podía comer en el suelo. Pero al tener que quedarme más tiempo, acabó trabajando mientras yo estaba en el mismo piso, a veces. O me la cruzaba al entrar o al salir. Cosas así. Y bueno, al final, si compartes espacio con una persona acabas entablando más de una conversación.

—Pero no entiendo, ¿ella qué te decía?, ¿una biografía inventada?

—Creo recordar que me contó que su padre trabajaba en Barajas, facturando maletas, y que su madre también limpiaba casas. Que en su casa había hecho falta el dinero y que después del bachiller se había visto obligada a dejar los estudios. Bueno, a aparcarlos, mejor dicho. Siempre defendió que llegaría el día en que volvería a estudiar. Quería sacarse la carrera de Veterinaria.

—Estaba a punto de terminar Derecho.

—De eso me enteré después, gracias a los periódicos, cuando todo el jaleo.

Empecé a pasar más tiempo de lo normal en Madrid. Buscaba cualquier excusa para escaparme de Santander, donde vivía con mi mujer. No creas que porque sintiera nada por la chica que me limpiaba el piso, no. Nada que ver. O sí, puede que sí, yo qué sé. Yo mismo empecé a ver que cada vez me sentía más a gusto con ella. Cosa rara en mí. Los políticos tenemos

Página 167

fama de que nos gusta estar rodeados de palmeros, pero yo siempre he sido muy celoso de mi intimidad. Estoy a gusto solo.

Pero con ella también llegué a sentirme bien. No me importaba estar en casa y que ella trabajara a mi alrededor. Aprendió a respetar mis silencios para que no perdiera la concentración y a saber cuándo hablar para que no me encerrara en mi propio mundo, cosa de lo más necesaria de vez en cuando. Me venía bien charlar con alguien que no tuviera nada que ver con el mundillo. Con Cristina no tenía por qué aparentar, ni siquiera tenía la obligación de seguir siendo el yerno perfecto, el presidenciable al que todos debían admirar.

Ella me hacía sentir con los pies en la tierra y no perder el propósito de mi meta. Yo no deseaba emborracharme de poder, yo realmente quería hacer cosas buenas, cambiar el mundo. Sueños de la enfermedad de la juventud, ya ves.

—¿Qué sería lo primero que harías al llegar a la Moncloa? —preguntó la joven una tarde cualquiera, una vez terminada su faena mientras recogía los bártulos.

—¿La Moncloa, dices? Tiras un poco alto, ¿no?

—Oh, venga, seguro que lo has pensado.

—Pues no sé… Así a bote pronto, lo primero, primero… —Dime algo, lo que sea, lo primero que se te ocurra.

Se sentó en el brazo del sofá, con la chaqueta en las manos. Ya había concluido la jornada, pero la situación se había animado y parecía apetecerle un poco de cháchara.

—Por ejemplo, la bandera —dijo Borja.

—¿La bandera?, ¿qué bandera?

—La tuya, la mía, la del país.

—Bueno, según…

—¡Equilicuá, a eso me refiero! La bandera debería ser de todos.

—No sé, Borja, eres tú quien sabe de política, pero ¿no es tu partido el primero en reclamar la bandera como suya?

—Por eso es tan importante que algún día ocupe un puesto de relevancia, porque es ahí donde puedo cambiar las cosas. En mis actos políticos no querré ningún tipo de bandera, como tampoco en las

Página 168

manifestaciones que convoque mi partido. No quiero que nadie pueda identificar la bandera de todos como algo de una sola ideología y ya está. La bandera se debería reservar para actos y lugares donde todos los pensamientos estén representados.

La cara de Borja reflejaba una extraña mezcla entre una ilusión infantil nunca superada y una responsabilidad solo entendida por él mismo. Había una pasión en esa mirada, una viveza tal, que tuvo que respirar hondo para regresar al mundo real, donde encontró a una Cristina que lo escrutaba con el rostro ligeramente ladeado; también una sonrisa que le marcó un hoyuelo en la mejilla derecha.

—¿De dónde has salido tú? Dime.

El sol, ya bajo, tiñó el ambiente de una calidez que invitó al silencio y a la contemplación. Durante varios segundos, Cristina y Borja no se apartaron la mirada. Incluso dejaron de respirar. Temieron morir, pero al final se sintieron más vivos que nunca.

—Ahí me enamoré de ella. Y sí, digo que me enamoré, con todas las de la ley, ¡qué cosa! —reconoce Borja con la mirada perdida y una sonrisa bobalicona.

—¿Y tu esposa…?

—Te he dicho que me enamoré, no que nos liáramos, ¿lo entiendes? A mí me gusta jugar limpio y jamás me quité la alianza. Nunca escondí que tuviera una esposa… Aunque es verdad que tampoco lo fui pregonando, claro. ¿Tú estás casado?

—Tengo novia.

—Entonces seguro que me entiendes. Es ese cáncer masculino de no poder estar quieto, de no conformarse y no dejar nunca de buscar. No quemar ningún puente, por si acaso, tú ya me entiendes.

—Yo soy muy aburrido —finiquita Arturo—. Entonces después de aquella tarde…

Página 169

Todo cambió entre Cristina y yo. Ella no soltó ni mu y yo tampoco, pero se hizo evidente para ambos. Y eso que en realidad no había pasado nada. Pero nada de nada, ya te digo.

Empezamos a tener nuestros hábitos. Por ejemplo, yo sabía que los martes ella se iba pitando a limpiar otro piso a primera hora de la tarde y no le daba tiempo a pasar por casa al mediodía —O eso es lo que creía en ese momento—. Así que cada martes le cocinaba, comíamos juntos y después cada uno se iba a trabajar. Al principio, le hacía recetas de supervivencia: una tortilla, una pechuga a la plancha…, pero poco a poco los martes se fueron haciendo mis domingos, ¿entiendes lo que quiero decir? Gradualmente me lo fui currando todo mucho más, y acabé haciendo cada receta que oye, ni en los mejores restaurantes.

Un martes cualquiera, Borja iba a preguntarle qué quería de postre. Tenía fruta del tiempo; también tarta de chocolate, y es que aquella mañana había pasado por La mallorquina para agasajarla.

Pero sin saber cómo, cuando se giró hacia Cristina para preguntarle, se encontró con sus labios. Fue un beso dulce, sin más. Al separarse, los dos se escrutaron con los ojos. Él pasó sus brazos por la cintura de ella, con toda la intención de subirla a la mesa igual que había visto hacer en las películas y como había fantaseado tantas y tantas veces. Pero ella le agarró las manos.

—No, aquí no. Aquí soy tu chica de la limpieza. —Venga, Cristina, ¿cuándo te he hecho sentir yo eso?

—Lo sé, lo sé, pero yo me siento así. Llámame tonta, si quieres.

—Nunca. Sabes que no.

—¿Y después? —pregunta Arturo, que más que un policía en plena investigación se siente un niño frente a un cuentacuentos en la Biblioteca de su pueblo.

—Entonces tuvo lugar el mayor error de mi vida —responde el expolítico mirando la punta de sus zapatos como si le doliera la vida entera

Página 170

—. La escena a la que he vuelto una y otra vez en los últimos treinta años. De haber actuado diferente, quién sabe, igual ella seguiría viva; tal vez incluso hubiésemos acabado juntos, vete tú a saber. Lo único que sé es que la cagué. La cagué mucho.

Página 171

16

¡Qué gran poder el de un buen relato! Arturo tiene a toda su audiencia comiendo de la palma de su mano. Están en la sala de reuniones. Todo el grupo VII se muestra expectante ante la historia del novato.

—Cristina desapareció varias semanas. Incluso la empresa de limpieza envió a otra chica, pero él logro dar con ella y finalmente accedió a verle. Aunque con una condición. La primera vez que estuviesen juntos debía ser en un lugar neutro. ¿Qué fue lo que sugirió? Citarse en un hotel. Al principio esa petición le chocó a Quintana, claro, pero accedió. Imagino que había alguna parte de él que no dejaba de ser un poco clasista, y pensó que tener una relación en un hotel de lujo era el sueño de toda chiquilla humilde.

—Vaya, que al tío se le nubló la vista y dijo que sí a todo con tal de clavársela —dice Eneko despertando las risas de toda la sala.

—Un respeto —dice Tania, aunque también ella ha reído—. Sigue, Arturo.

—Tuvieron la cita prometida. Fueron a cenar a un restaurante de la calle Serrano y dieron un paseo hasta el Hotel Wellington, donde él había reservado una habitación. Mantuvieron relaciones íntimas y pasada la medianoche, ella se excusó; debía coger el último metro y llegar a casa a dormir para no enfadar a su padre. Borja trató de retenerla, pero cualquier intento cayó en saco roto y Cristina abandonó la habitación, dejándolo solo.

»Aunque no por mucho tiempo. A los pocos minutos llamaron a su habitación. Borja pensó que debía de tratarse de Cristina, que quizá se lo había repensado, sin embargo, se encontró de frente con dos hombres que le saludaron por su nombre.

»Se presentaron como agentes del Centro Superior de Información de la Defensa. Sacaron de la trampilla de la ventilación una cámara de vídeo y le extendieron un papel a Quintana. Se trataba de una denuncia por violación y malos tratos firmada por Cristina.

Página 172

»Como podéis imaginar, Quintana entró en pánico y aseguró no entender nada, que Cristina se había ido de buenas y hasta despidiéndose con un beso y la promesa de que aquel sería el primer encuentro de muchos. Realmente no entendía nada. Pero además le aterraba la idea de un escándalo, perder a su esposa y su posición en el partido…

Tania suspira y cambia de postura.

—Le hicieron chantaje, ¿no? Los espías mantendrían en secreto la grabación y la denuncia a cambio de que Borja fuese un buen chico.

Arturo asiente, extendiendo un murmullo por la sala.

—La madre que me parió —dice Pablo—. Y más tarde, cuando Cristina desapareció…

—Le volvieron a chantajear. Debía estar callado y no hacer ruido, o saldría toda la basura a la luz. La desaparición de Cristina fue justo antes de las primarias que llevaron a Borja al poder.

—Le prometieron ganarlas, ¿a que sí?

—Tal cual.

—Y años después, por lo que fuera, no convino que llegase a la Moncloa y no le dejaron presentarse.

—Creo que, de pasar ahora, sí que removería cielo y tierra para encontrarla —dice Arturo—. Es el pálpito que me da. Pero claro, esto llega casi treinta años tarde. Él defiende… va, la que ha sido su sospecha todo este tiempo es que Cristina fue utilizada por el CNI para jugársela, pero que ella se enamoró de él en el proceso y trató de revelarse, y que fue entonces cuando decidieron callarla para siempre.

—Y de ser así, ¿por qué secuestrarla? —pregunta Marga—. ¿No es más fácil fingir un accidente y ya está, problema resuelto?

Nadie sabe. Una pesadumbre áspera se cuela por la rendija de la puerta y los envuelve. Otro callejón sin salida, uno más.

—Preguntas y más preguntas —dice Tania, que se pone de pie—. Buen trabajo, Yani.

Percibe la confusión en las miradas, el desamparo de estar ante un caso que parece complicarse cada vez más. Ella bebe un sorbo de café de la taza de Spider-Man; trata de hacer un punto y aparte en la reunión, necesita que presten mucha atención a lo que viene.

—A ver, equipo, sé que todos estamos cansados y deseando irnos a casa, pero ha surgido otro tema y creo que es vital haceros partícipes cuanto antes. Como sabéis, Delitos Informáticos llevaba días tratando de

Página 173

abrir el ordenador portátil de Alberto Gómez… Bien, pues hace un rato me ha visitado el inspector Fermín Sempere, que es quien lleva la investigación del caso.

—Jefa, que nos estás matando —dice Omar con toda la confianza del mundo—. ¿Qué es lo que han encontrado los informáticos?

—Es mejor que lo veáis…

Se gira hacia el proyector y le da al play a un vídeo.

—Tiene mala calidad, ya os aviso. Por lo que nos han dicho, está hecho desde un pin. Un pin de esos que se pueden comprar por internet que tiene una cámara pequeñita. Además, los informáticos lo han recuperado después de que fuera borrado y encriptado.

En la pantalla gigante del proyector se emite un vídeo vertical, cuyos píxeles cuadrados a veces se tornan grandes y molestos según el movimiento brusco de la cámara. La iluminación es prácticamente inexistente. Los únicos puntos de luz son unas pequeñas lámparas de las paredes. Parece un búnker o una mina, una especie de subterráneo estrecho. El techo es abovedado, de ladrillos negruzcos y rezumantes de humedad.

Por la altura de la cámara, Alberto Gómez portaba el pin en el pecho mientras caminaba por semejante espacio putrefacto.

El vídeo pasa a mostrar una puerta de alta seguridad. Gruesa y de acero, resplandeciente, como si estuviera fuera de lugar. Se ve con claridad un logo: el logo de Tártaro, en el centro, expuesto ahí, con orgullo.

Un crujido acompaña a la puerta al abrirse y la imagen siguiente no podría ser más catastrófica: una galería enorme, con potentes focos que caen del techo y que dejan al descubierto una serie de guardas, con uniforme y armas, que pasean custodiando un seguido de puertas de alta seguridad que se pierden a lo lejos.

El vídeo se corta apresuradamente, pero esos segundos han sido más que suficientes para dejar al grupo VII helado. Todos saben lo que estas imágenes significan, pero no quieren creer que pueda ser verdad. No, imposible.

Tania es la única que se atreve a romper el silencio.

—Ahora ya sabemos dónde trabajaba Alberto Gómez y podemos creernos que sí, que esto que hemos visto es una especie de cárcel, mazmorra, o lo que sea… Tártaro existe y está en algún lugar de Madrid.

Página 174

CUARTA PARTE

Página 175

1

En ocasiones has de enfrentar decisiones que definen quién eres y cuya resolución te acompañará durante el resto de tu vida. A veces es un segundo. No dispones de más tiempo. Apenas puedes pensar, solo actuar. Pulgar arriba, pulgar abajo. En un instante fugaz has de tomar una elección y cargar con ella. Sea la que sea.

Esto es lo que le pasó a Cristina una triste noche en la cual se vio ante una disyuntiva: dejar morir a una persona o salvarle la vida. Y tuvo que tomar una decisión.

Todo empezó con una desgracia.

La muerte de Rodrigo.

Para todo el mundo fue un accidente. Para todos, menos para Cristina. —A Rodrigo se le daba muy bien la bici, nunca hubiese perdido el control de esa manera —le dijo una vez a su padre para convencerle de que la hipótesis de la policía era errónea. Pero ni su padre ni su madre le

hicieron caso jamás.

—Suerte charra, hija. Los accidentes ocurren. Lo veo cada día en el despacho, en el club, en todos lados, créeme. La vida tiene sus propias normas.

—Pero es que no ha sido un accidente, papá, estoy segura. —Por favor, baja el tono, que no te escuche tu madre. —Papá…

—Por favor, hazlo por ella aunque sea.

El hermano pequeño de Cristina llevaba años saliendo con la bici cada domingo. Al principio en grupo; le tentaron con la posibilidad de afiliarse a un club de ciclismo y probar suerte en competiciones profesionales, pero él rápidamente comprobó que aquello no era lo suyo y que prefería ir por libre. Hacer una ruta en bici era lo que más le gustaba en el mundo, pero no se veía entrenando veinte o treinta horas a la semana, ponerse objetivos y recorrer el mundo compitiendo. Eso no era para él, tal vez semejante exigencia hubiese hecho que la bici dejase de ser una manta de amparo

Página 176

para convertirse en una fuente de sufrimiento. Aun así, progresivamente fue convirtiendo su afición en una religión y su bicicleta pasó a ser poco menos que una extensión de su cuerpo.

Por eso Cristina supo que no podía ser cierta la versión oficial que les relató el policía que apareció en su casa un domingo al mediodía, cuando la paella ya estaba lista y se disponían a comer sin Rodrigo porque «se habrá entretenido con cualquier cosa. Este chico no crecerá nunca, hay que ver». El agente, incómodo con el mal trago que le habían adjudicado, les comunicó que había sido hallado el cuerpo sin vida de Rodrigo en una ruta cerca de Aranjuez, a unos quince kilómetros, más o menos. Todo indicaba que Rodrigo había perdido el control de la bicicleta o se había distraído con algo —en esa zona no es raro que se cruce un ciervo o un conejo, a saber— y se había despeñado montaña abajo en una curva, con la mala suerte de que la caída fue contra un árbol.

—Rodrigo estaba acostumbrado a hacer rutas, ¿en serio lo veis distrayéndose con un jabalí? —defendió siempre Cristina.

—Entonces, ¿cuál es tu teoría, lista? —preguntó una vez Soledad. —Y yo qué sé, no soy policía, pero esto es raro. ¿A ti no te huele mal? —Yo lo único que quiero es que te calles, haces daño a mamá y a papá. La familia Hidalgo nunca volvió a ser la misma. Pasado un tiempo,

volvieron a celebrar los cumpleaños y las festividades, incluso en una ocasión se fueron de vacaciones a Baqueira Beret, pero en la casa de los Hidalgo jamás volvería a escucharse una sola risa. Motivo de más por el que Cristina calló todas sus sospechas y nunca volvió a mencionar su teoría de que Rodrigo había sido asesinado.

Solo se atrevía a hablarlo con Franz, a quien sentía cada vez más cerca. Con él podía expresarse abiertamente; y su primo encontraba en ella a la única persona de la familia que no lo repudiaba.

Antes de la desgracia de Rodrigo la vida ya era complicada para Franz, pero al menos contaba con el apoyo de Adolfo, el gran patriarca. Ya no. Con la muerte de su hijo, el famoso abogado había apagado su luz y ya no tenía cariño que dar. Ni siquiera para las dos hijas que le quedaban, aún menos para un sobrino bastardo. El pobre hombre se había quedado seco, realmente seco, y sin garbo al que agarrarse. No era raro encontrarle frente a su biblioteca, de pie, con los hombros gachos y los brazos caídos a plomo, acaso la boca ligeramente abierta, no escogiendo qué novela leer, sino preguntando mentalmente a los grandes maestros cuál era el secreto

Página 177

para seguir hacia delante. Cómo hacer para que la vida no le ganase la partida.

—Pero Cris, vamos a ver, ¿quién lo podría haber matado?

La pregunta de Franz sonó retórica, pues ambos sabían —todo el college, de hecho— que Rodrigo era un abusón. Un abusón de mucho cuidado que había convertido la vida de un buen puñado de compañeros en un infierno. «Los gratuitos», alumnos becados, exentos de pagar matrícula alguna por la gracia del fundador de la Congregación que gestionaba aquella escuela y que indicaba que en cada generación de estudiantes debía haber un diez por ciento de niñas y niños que entraran por méritos y no por la billetera de sus padres. ¿El problema a la hora de implantar dicha medida en el mundo real y clasista? Los alumnos becados, los gratuitos, eran señalados y a menudo se convertían en víctimas de bromas y crueldades.

—No veo a la gente de clase preparándole una trampa a Rodrigo. No así, tan elaborada, tan peliculera. Todo sería más chabacano.

Cristina se calmó, al menos durante unos meses. Pero una revelación haría que despertara de su letargo. Y de qué manera.

Un día, por los pasillos del college, se vivió un correveidile que revolucionó a todo el alumnado y profesorado: un estudiante había sido apaleado en el baño del segundo piso. Un tal José Martín, compañero de clase de Rodrigo.

—¿Sabes qué ha pasado? —le preguntó a Franz.

—Dicen que la paliza se la ha pegado un chico de fuera, uno mayor, que consiguió colarse en la escuela. ¡Menuda bronca le están metiendo al conserje!

Más tarde se comprobó que un tal Saulo Jiménez, de dieciocho años, había logrado entrar en el college sin que nadie se enterara y llevarse a su víctima al baño, donde le profirió varios golpes, cada cual más fuerte que el anterior, que mandaron al chico directo al hospital. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Días después llegó a oídos de todos lo que Saulo había declarado ante la policía: «Él y unos amigos suyos me debían pasta. Pero no son más que unos niñatos y no me pagaban. A ver si así se lo repiensan».

Saulo no volvió al reformatorio del cual hacía solo tres años que había salido, sino que, al ser ya mayor de edad, se le envió a la cárcel de manera preventiva a esperas de un juicio. Eso sí, hizo que llegara a oídos de la

Página 178

gente del college que no iba a perdonar el dinero que le debían José y sus amigos, y que ya se ocuparía de que su primo o algún otro prenda se lo cobrara. A quién se refería con lo de «los amiguitos de José» nunca se supo, pues ni víctima ni victimario hablaron jamás, pero los alumnos de tan prestigiosa institución sacaron su vena más detectivesca y empezaron a sugerir nombres; cada día un candidato nuevo: el Fulanito ese, el Menganito aquel.

Más tarde se produjo una serie de catastróficos descubrimientos, algunos por casualidad y otros después de una investigación no demasiado exhaustiva, que llevaron a Cristina a elaborar una hipótesis concienzuda sobre la muerte de su hermano:

Saulo tenía carnet de conducir.

El fin de semana de la muerte de Rodrigo, una mujer había denunciado el robo de su coche a manos de Saulo, a quien había visto merodeando cerca. El vehículo jamás apareció y no se pudo comprobar la culpa del joven, pero la mujer siempre aseguró que Saulo llevaba toda la mañana rondando su casa.

José, el apalizado, había sufrido vejaciones de Rodrigo desde hacía tiempo.

Dos amigos de José, que también habían padecido malos tratos por Rodrigo, se habían cambiado, no solo de centro educativo, sino también de ciudad.

Y por último Cristina vio, una noche cualquiera y porque ya estaba la televisión encendida y no le quedaba más remedio que tragársela, una película del oeste en la que una mujer contrataba los servicios de un forajido para que se cobrara la venganza que ella no podía llevar a cabo.

Entonces lo vio claro: ¿y si esos tres estudiantes, hartos de Rodrigo, habían pagado a Saulo para que los liberara de su maltratador?

La escena transcurrió de manera cristalina en la mente de Cristina: visualizó a Saulo, montado en su coche robado, persiguiendo a Rodrigo, que iba en su bici; una persecución por una ruta que casi nunca estaba transitada, y cómo, en un momento dado, Rodrigo se salía del camino y se estampaba contra un árbol.

¿Qué fue lo primero que hizo Cristina? Contarle su hipótesis a Franz, que admitió que sí, que aquello, aunque novelesco, podía ser.

Página 179

—¿Vamos a la Policía? —sugirió él.

—Nos van a tomar por locos. Y aquí en casa, ¿cómo se lo cuento a los demás?

Decidieron avasallar a los dos estudiantes que se habían mudado, pues José seguía en el hospital. El problema fue que uno de ellos se había ido a casa de sus abuelos maternos, en Buenos Aires, y Cristina y Franz, que por aquel entonces tenían dieciséis años, no contemplaron siquiera la posibilidad de cruzar el charco. La buena noticia fue que el segundo estudiante se encontraba en un lugar mucho más accesible, en Tarragona.

Y allí que se fueron un fin de semana.

Página 180

2

—Venga, Tania, no vengas a joder la marrana que bastante tengo ya. Tú te estás quedando conmigo, ¿a que sí?

—No te entiendo.

La inspectora Bilbao se ha acercado al garaje que regenta Poli. En realidad, se llama José María Serrano, pero nadie que no haya visto su ficha policial lo sabe. Está en la calle Pizarro y promete ser el lugar más seguro para tu automóvil, según reza un cartel. Ha encontrado a su gerente en el despacho del fondo, entre ordenadores y dinero en metálico.

—Por favor, esconde cualquier cosa ilegal. No quiero saber nada de tus trapicheos.

—¿Qué trapicheos ni qué trapicheos? —ha dicho ofendido, pero guardando tantas cosas a la vez que ha dejado su escritorio impoluto.

Entre ellos siempre ha imperado la cordialidad y hasta el afecto, de ser eso posible entre una inspectora y un hombre como el gerente de ese aparcamiento.

Sí, Tania ha de reconocer que Poli le cae bien, es un ratero de poca monta pero con un don de gentes la mar de apañado que le ha hecho sobrevivir en el submundo criminal madrileño; alternando el rol de delincuente con el de preso, primero en reformatorios y después en la cárcel. Con todo, lleva diez años sin problemas con la ley. Él siempre asegura que a sus casi sesenta años solo desea paz, pero Tania sospecha que si últimamente no ha pisado la prisión es solo porque ha aprendido a moverse mejor, nada más.

Recurrir a Poli es la última vía para Tania.

Llevan jornadas enteras tratando de averiguar algo sobre Tártaro, pero no tienen ni idea. Ni siquiera han encontrado una sola referencia a un lugar con ese nombre, solo los dibujos realizados supuestamente por el hijo de Cristina. Nada más. ¿Dónde puede estar?, ¿cómo puede ser?

Han estudiado mapas de la ciudad y su alcantarillado, incluso se han entrevistado con agentes de la Unidad de Subsuelo, también con expertos e

Página 181

historiadores del Metro. Sospechan haber descubierto todos los secretos que la ciudad esconde debajo de ella: los sótanos de la sede de la primera bolsa de Madrid, el tanque de tormentas de Arroyofresno, el búnker secreto de Franco bajo el Senado que jamás se ha encontrado, el pasadizo que conectaba el Real Monasterio de la Encarnación con el actual Palacio Real, también el túnel que mandó construir José Bonaparte para huir a la Casa de Campo, o el intercambiador de túneles del Congreso de los Diputados; red que desapareció durante la Guerra de Independencia, pero lo que está claro es que Madrid está plagada de pasajes tapiados con puertas que llevan siglos cerradas. En definitiva, que han hecho un laborioso trabajo de documentación que quizá les sirva para escribir un ensayo histórico sobre la capital y su submundo, pero no para encontrar Tártaro.

Así que nada, están dando vueltas sobre sí mismos, desorientados, y al final Tania se ha hartado y ha decidido acudir a canales de información más clandestinos y marginales, acaso menos fiables, pero que de vez en cuando sorprenden al más resabido.

—¿Qué quiere la reina de la UDEV esta mañana? Te puedo hacer una oferta si decides guardar tu coche aquí. ¿Quieres un café?

—¿El aguachirri ese? Quita, quita. Aún recuerdo la última vez que me atreví.

Tania se ha sentado delante de Poli y ha visto una fotografía en la pared. Una instantánea familiar tomada durante un partidillo de fútbol.

—¿Qué tal el chaval?

—De momento con más cabeza que su padre. Crucemos los dedos para que siga así. ¿Y los tuyos, qué?

—Con sus cosas de la edad, ya sabes.

Los dos se han sonreído, y Tania ha decidido ir al meollo de la cuestión.

—Necesito que hagas un poco de aspersor.

—Desarrolla eso, que aún creeré que me estás haciendo una proposición indecente y la liamos. A ver cómo se lo explico yo después a mi Carmencita.

—No puedo contarte gran cosa, pero tengo el nombre de un sitio. Es un lugar que se supone que está en Madrid, seguramente en el subsuelo, pero a saber… También puede ser un local o una nave en un polígono, no tengo la menor idea. Solo dispongo de su nombre: Tártaro. Sé que

Página 182

conservas amistades y viejos contactos, he pensado que podrías ir soltando el nombre por aquí y por allá, y llamarme dentro de unos días.

—¿Tártaro has dicho?

Ella ha asentido.

—Oh, vamos, estarás de coña, ¿no?

—¿Qué pasa? —ha preguntado la policía sin entender.

—Venga, Tania, no vengas a joder la marrana, que bastante tengo ya. Tú te estás quedando conmigo, ¿a que sí?

—No te entiendo.

—Tú quieres que me partan las piernas, es eso, ¿verdad? ¿Tan mal te caigo o qué?

—Poli, para el carro, ¿quieres?

—¿Tú sabes por qué he llegado a mi edad? Por no meterme en lo que no me toca. ¿Me estás diciendo de verdad que no sabes nada de Tártaro, que jamás de los jamases lo habías escuchado?

—¿Quieres que hagamos un juramento de meñiques o qué?

El hombre respira hondo y trata de distender su cuerpo. Aunque no lo consigue. La sola palabra «Tártaro» parece haberle asustado y ahora no hace más que mirar a las cámaras de seguridad, como si Tania hubiese nombrado al mismísimo diablo.

—A ver, voy a contarte una historia… Es solo algo que he oído por ahí, ¿está bien? Es una especie de leyenda popular que se cuenta en algunos rincones de la ciudad, tú sabes.

Se frota la cara, como queriendo hacer borrón y cuenta nueva en su estado emocional o queriendo reiniciar su sistema nervioso.

—No voy a decir nombres, porque ni a ti te interesa saberlo todo ni a mí romper un par de juramentos de silencio, ¿vale? —dice Poli—. Imagina un antiguo jefe del crimen aquí, en Madrid, que contaba en sus días con un apodo de lo más llamativo: Titán.

»De cara a la galería era el humilde propietario de unos billares; incluso me suena que en su día recibió algún premio de la Cámara de Comercio o algo así. Pero en la trastienda… Pues bueno, digamos que por ahí pasaba lo mejorcito de cada casa. Si querías trapichear o hacer algún trabajito en Madrid debías contar con el visto bueno de Titán. Vaya, que se tenía que llevar un cachito, tú sabes cómo va esto.

»Y he aquí el punto de interés para ti, ¿sabes por qué se hizo llamar Titán? Hoy en día es un hombre ya muy mayor y lleva décadas fuera de

Página 183

circulación, retirado viviendo a la bartola… Pero en su momento se hizo llamar Titán porque contó que se había escapado de un lugar llamado Tártaro, y como en no sé qué mitología es una cárcel donde se encerraron titanes, de ahí el nombre.

Tania parpadea varias veces.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Tal y como lo escuchas —asegura el hombre—. Para mí siempre fue un cuento chino, una historieta para justificar un apodo que es llamativo y molón. Nunca nadie lo creyó, ¿de verdad me estás contando que Tártaro podría existir?

—Según mis sospechas, todo indica que sí.

Se levanta y se pasea por el reducido espacio.

—¿Y te acuerdas de qué contaba el tal Titán del sitio ese?

—Eran discursos de chalado, nada más. Ya te puedes imaginar que nunca escuché demasiado… Recuerdo algo de que era una cárcel secreta o yo qué sé.

—Joder… Necesito hablar con ese hombre ya mismo. Aún vive, ¿no? Poli parece estar sufriendo un ataque al corazón. Se pasa un pañuelo

por la frente que refleja la luz de los halógenos.

—No, no, por favor. Titán está jubilado, por qué molestarlo, ¿eh? Llega a saber que voy por ahí hablando de él y mi Juanjo ya no podría jugar más al fútbol, ¿tú entiendes eso?

—Es importante, Poli, no me queda otra que hablar con ese tipo. Dame una pista para encontrarlo, al menos, no seas así.

El hombre se abre el primer botón de la camisa y se pasa de nuevo la manga por la frente. Después arruga sus labios.

—Y pondré un flyer del parking en el corcho de la comisaría, dale.

—Y me envías una cesta para Navidad.

Coge un papel y un bolígrafo, y los deja junto a Tania.

—Escribe tú lo que te dicte, que no quiero ni que se pueda reconocer mi letra, ¡mujer del demonio!

—Te quiero, Poli.

—Quiéreme un poco menos, anda.

Página 184

3

Lo saben. Desconocen por qué, cuál es la razón exacta, pero Tania y Arturo no tienen dudas: están entrando en la boca del lobo. Hay algo en el ambiente que los pone en alerta. Un instinto que les dicta que den media vuelta. Los dos policías intercambian una mirada, pero no se permiten dudar. Claro que no. Lo más seguro es que ni siquiera la sombra del hombre al que van a visitar quisiera estar en este lugar, pero ellos dan un paso adelante.

Franquean la puerta de una librería situada en una calle perdida de Lavapiés en la cual no hay ningún otro comercio abierto, todo son locales con los cierres metálicos bajados y carteles de «SE VENDE». Apenas hay un puñado de paseantes que caminan sin reparar en esas dos personas que están entrando en un local oscuro plagado de libros y más libros. Libros por todos lados, dispuestos a lo largo y ancho, sin ton ni son.

—¿En qué puedo ayudarles? —pregunta un anciano cerrando un antiguo ejemplar de La nave y quitándose las gafas, sin ocultar su sorpresa al ver a esos extraños.

—¿Venancio Sacristán? Somos la inspectora Bilbao y el inspector Yani.

El hombre los mira sin abandonar una sonrisa gentil.

Venancio Sacristán, alias Titán. Nacido en Chinchón hace ochenta y cinco años. Dueño de una pequeña librería de segunda mano desde hace casi dos décadas. Es enjuto y apenas conserva un rastro de cabellos blancos que se mueven al vaivén; pero eso sí, le sobra energía. Se hace evidente nada más observarle.

Tania se obliga a recordarse que no están ahí por cualquier tema oscuro que aquel comercio pueda albergar o el anciano esconder; solo desean información, ya está.

—Por favor, ¿ven ese letrero de la puerta? Mejor pónganlo en «CERRADO» —pide Venancio Sacristán, y Tania lo hace.

Página 185

El librero los invita a pasar a la trastienda excusando que allí estarán más cómodos. Recorren un lúgubre y largo pasillo que parece diseñado por Tim Burton, y llegan a un despacho: nuevo, ordenado y limpio; excesivamente limpio. Podría ser el espacio de trabajo de cualquier contable o abogado.

Toman asiento y Venancio no pregunta. Les pone delante unas tazas de porcelana.

—Siempre me gusta tener café caliente. Después me sienta como un tiro, con el estómago tal y como lo tengo, pero qué es la vida sin caprichos, ¿no es cierto?

Les sirve con delicadeza mientras los escruta. En ningún momento baja su mirada a las tazas.

—Muchas gracias —dice Tania.

—Muy amable —añade Arturo.

Él les sonríe con un ligero asentir y toma asiento en un butacón. —Imagino que no han venido a por una primera edición de Fortunata y

Jacinta.

—Vaya por delante que puede estar tranquilo, no ha hecho nada malo ni la librería ha cometido ninguna falta, al menos que a nosotros nos conste. No estamos aquí por ninguna irregularidad que tenga que ver con usted.

Eso extraña aún más al librero, que junta las yemas de sus dedos. Es todo oídos. Arturo lo ve así, con esa tranquilidad meditativa, y se le eriza la piel. Sus ojos son pérfidos e inteligentes, y tiene los labios cerrados de tal manera que parece estar siempre a punto de hablar, casi como si saboreara un caramelo.

—Creemos que tenemos un enemigo en común —continúa Tania. —¿Un enemigo? La verdad es que no… —Tártaro.

Una sola palabra hace que el librero se quede paralizado y dilate sus pupilas.

—No sé de qué me hablan. Yo… Váyanse.

Se pone de pie y hace aspavientos para que los dos policías se larguen de allí.

—Fuera —dice con aparente nerviosismo—. Que se vayan, ¡largo! Pero Tania no se mueve ni un ápice, y Arturo se obliga a seguir con el

ejemplo.

Página 186

—Mire, Venancio, vamos a hablar claro. ¿Le suena la chica del túnel o la joven de plaza de España, la mujer de la que hablan en las noticias?

—¿La que mataron al lado de una comisaría hace unas semanas? —Pues sospechamos que estuvo encerrada allí, en Tártaro, y aquí mi

compañero y yo queremos llegar hasta el fondo del asunto y detener al culpable. ¿Nos ayudará o no?

—Míreme, yo ya no estoy para ayudar a nadie.

Se deja caer en su silla, vencido, como un personaje shakesperiano que no sabe por dónde empezar su soliloquio.

—¿Acaso no es usted Titán, el hombre que escapó de Tártaro?

El anciano sonríe. Un destello incide en su rostro. Su mirada cambia. Ahora es más vigorosa: ha reconectado con el hombre decidido y fuerte que debió de ser en su día.

—Joven, hace mucho que nadie me llama Titán…

—Desde que regentaba unos billares, y vaya a saber qué más. Pero de eso ha llovido mucho. Usted lo sabe y nosotros lo sabemos. No estamos aquí por nada que tenga que ver con su «carrera profesional», digámoslo así.

El anciano no los mira. Empieza a pasar el dedo compulsivamente por su taza.

—Tártaro… Tártaro…

Qué lugar, señor… Ni en mil años querrían ustedes pisar un sitio como ese, ya se lo digo. De todo lo que vayan a oír en boca de este viejo, solo hagan caso a un consejo: no intenten encontrar ese lugar. Y si por lo que sea dan con él; dense media vuelta y olvídense de que existe. Pero no pongan un solo pie allí o no volverán a saber de ustedes.

«Yo soy yo y mi circunstancia», que decía José Ortega y Gasset. Se han presentado aquí y me han asegurado que no tienen ningún interés en mis «circunstancias», llamémoslo así; me ahorraré capítulos de mi vida que ya han quedado muy atrás. Tan atrás que solo quedamos unos pocos vivos de esa época. Pero el asunto, y esto sí que lo han de saber, es que, en tiempos oscuros, cuando aún estaba vivo el «mal bicho», vinieron una tarde a detenerme.

Página 187

Una tarde que recordaré toda mi vida. Ver cómo se detenían dos coches frente a mi casa, avisar a mi esposa de lo que pasaría, esos segundos antes de que llamaran al timbre… Me llevaron a la Puerta del Sol, donde hoy está el Gobierno de la Comunidad, que antes no era más que un escenario para torturas y otros comportamientos asquerosos. Sí, no me miren así. Ustedes son policías y es normal que les escueza, pero no siempre se hicieron transcripciones de los interrogatorios, ¿a que tengo razón? Han debido de escuchar historias acerca de lo que allí pasaba, y seguramente son ciertas. Me tuvieron en el sótano de la Brigada Regional de Policía Judicial dos días, y pasadas esas cuarenta y ocho horas, cuando ya había delatado hasta a mi madre, me dijeron que recogiera mis cosas, que podía irme a casa. A mí me costó creérmelo, claro, pero me dijeron que adelante, que saliera a la calle.

Pobre de mí. No había dado ni dos pasos cuando de repente escuché un frenazo a mi lado, y todo se hizo negro. Me habían puesto una bolsa de tela en la cabeza. Y no sé si me pegaron o si me habían drogado ya en comisaría, no sé…, pero no recobré la conciencia hasta mucho después, ya en Tártaro.

Aunque yo por aquel entonces no sabía qué era Tártaro ni nada de nada. Yo solo desperté en una especie de cueva, en una celda oscura y húmeda digna de El conde de Montecristo. ¡Qué frío hacía! Siempre recordaré eso, el frío. Siempre tendré presente cuando, cansado de pedir auxilio y aporrear la única puerta que había, me eché contra la pared y me dejé caer. No tenía manera humana de guarecerme, de entrar en calor, tan solo pude encogerme y frotarme el pecho con las manos, ya está. Ni siquiera taparme la nariz, y es que qué peste: mierda, humedad, meados, sudor… Ahí olía a todo. A todo junto. Solo querías vomitar. El tiempo se volvió confuso y jamás vi un reloj o un calendario. De alguna manera, todo se detuvo y pasé a habitar una especie de purgatorio en el que no existía nada, ni la esperanza, ni el lamento, tampoco la posibilidad de salir adelante, solo el sufrimiento. Ni siquiera me torturaron, si desean saberlo, me tuvieron allí en una celda con una ventanita que solo se abría para darme de comer y de beber. Ya está. Ah, y para facilitarme libros. Tiene cojones la cosa, yo que jamás había leído una sola novela, y gracias a Tártaro me convertí en lector. Me agarré a la literatura como si fuera una religión. Toda mi vida consistió, en ese tiempo, en sobrevivir y leer; leer y sobrevivir, sin más alicientes que esos.

Página 188

Como les he dicho, jamás tuve acceso a relojes o calendarios, pero sí veía cómo mi pelo iba creciendo —aunque me lo cortaban cada poco, para prevenir los piojos—. Y con el tiempo permitieron que me relacionara con otros presos. Gentes que, como yo, no sabían ni dónde estábamos ni por qué nos tenían encerrados, sin noticias del exterior ni a esperas de ningún juicio. ¿Ustedes saben lo que te ocurre cuando estás varios años sin luz y con una mala dieta? Que a la mínima te puedes romper un hueso, por ejemplo. Eso lo he sabido después, se ve que la Vitamina D alimenta el calcio y el calcio alimenta a los huesos. Dicho de alguna manera. Había muchos lisiados con brazos rotos, comiendo inclinados sobre la mesa, como perros, sin poder coger una simple cuchara; o con alguna pierna rota, cojeando por allí. Y eso con suerte, otros tantos estaban locos de atar e iban soltando gritos o pegándose cabezazos contra la pared. Una vez encontré a uno con la frente apoyada en el muro de su habitación, con la mirada perdida. Me acerqué a él, para saber por qué estaba así de catatónico y me fijé en que había un río de sangre cayendo por la pared hasta sus pies.

En mi caso, lo bueno de que me dejaran relacionarme con los demás, además de ayudar a que no me volviera tarumba, fue poder ver el espacio más detenidamente. Tártaro era —y es, imagino que lo sigue siendo— enorme, con muchas celdas, galerías y salas privadas que a saber para qué servían… Nosotros escuchábamos teorías, claro, pero también había mucha fábula; el lugar invitaba a eso.

Un día, aún no sé cómo y en realidad sospecho que se trató de un milagro, percibí una brecha en la seguridad y logré escabullirme. Era algo irrepetible, yo lo sabía. Vi una puerta que no se había acabado de cerrar del todo… Un guarda que permanecía de espaldas porque otros dos presos se estaban peleando… No crean, tardé en tomar la decisión… Tenía miedo y no sabía ni a dónde llevaba aquella puerta ni cuánto tardarían en darse cuenta de mi ausencia. Pero miren, echar a correr es lo mejor que he hecho jamás.

Logré hallar la salida mientras sonaba la alarma y, esquivando a algunos guardas, salí al alcantarillado. Cuánta basura, qué oscuro estaba todo y qué asco. No había manera de guiarme y, palpando la pared, no hacía más que caminar por las aguas que arrastraban la mierda de toda la ciudad, sin pensar por dónde me estaba moviendo y qué diantres eran los bichillos que de vez en cuando me mordían los pies. Solo me dediqué a

Página 189

seguir hacia delante; siempre hacia delante. Creo que estuve así un par de días, integrado en la negrura, hasta que vi una ligera línea de luz. Era una puerta. Estaba cerrada, aunque no era muy robusta y empecé a golpear como un demente, con las pocas fuerzas que me quedaban. Así hasta que me abrieron, por fin.

Salí asqueroso y deshidratado, a punto de morir, ya pueden imaginarme. Lo primero que hice fue preguntar la fecha. ¡Había estado cautivo cinco años! Cinco años en los que mi familia me había dado por muerto.

—¿Por dónde salió, Sacristán? ¿Dónde estaba esa puerta?

El anciano la escruta sin decantarse por ninguna respuesta.

—¿Sabría regresar a Tártaro o decirnos cómo llegar hasta allí? — pregunta Tania.

Venancio lleva sus manos cadavéricas y llenas de manchas de la edad al botón superior de su camisa y se lo abre; así progresivamente va haciendo, botón a botón.

Deja ver, ocupando pecho y barriga, el símbolo de Tártaro grabado en su piel con hierro candente. Los dos policías lo miran anonadados.

—Dios…

—¿Dios? No, no fue él quien me hizo esto, se lo aseguro —responde Titán—. Siendo un viejo senil que no se acuerda de nada les estoy haciendo un favor. Ustedes no quieren encontrar ese sitio. Creen que sí, pero ya les digo yo que no.

Ni Tania ni Arturo lo admitirán más tarde, en el coche de regreso al Complejo de Canillas, pero en ese instante a los dos se les erizó el bello. Ambos pudieron percibir la presencia del mal en el ambiente, como si Tártaro no fuera un lugar físico, sino un ente con la capacidad de llegar a cada uno de los rincones e impregnarlo todo, absolutamente todo.

—¿Tú qué opinas? —preguntará Tania sin apartar la mirada de la carretera.

—¿La verdad? No sé —responderá Arturo rascándose la mejilla—. ¿Una cárcel secreta en Madrid? ¿Espías y policías involucrados, es decir, el mismo Estado metido de por medio? Está bien para un youtuber que

Página 190

busca conspiraciones debajo de las piedras, pero en la vida real… No sé, no sé… ¿Y tú, jefa, qué crees?

—Que las conspiraciones son como las meigas —dirá Tania—: No creo en ellas, pero haberlas, las hay.

Y como si sus palabras fueran una maldición, le sonará el teléfono.

Página 191

4

Una pesadilla. Eso es lo que está viviendo Tania. Una pesadilla, no se le ocurre otra palabra que se adecúe mejor a la situación que le toca transitar.

Nada más abrir la puerta de casa, encuentra a su hijo hecho un ovillo. —Por Dios, Raúl, ¿qué te pasa?

Su hijo levanta la mirada: ojos hinchados y rojos, piel azulada, labios secos.

—¿Estás bien?

No contesta.

—Raúl, que si estás bien. Dime algo.

Su hijo se retuerce en el sofá y emite un grito mudo y gutural a la vez; es tanto lo que desea sacar y no puede que eso le asfixia. Lleva sus manos a la cara y empieza a arañarse con saña. Tania se echa encima de él y, no sin grandes esfuerzos, logra reducirlo.

—Ya, Raúl, ¡respira! ¡Que pares!

El joven explota: lágrimas, gemidos, lamentaciones, mocos y pataleos. Poco puede hacer Tania para controlarlo y que sus espasmos no la golpeen. Aunque a ella poco le importa el golpe que se pueda llevar, solo quiere que su hijo deje de autoflagelarse. Lo envuelve en un abrazo, inutilizándole los brazos y consigue que Raúl se detenga.

—Respira… Así, respira. Tranquilo, estoy contigo.

Poco a poco, el joven vuelve en sí y se queda con la mirada vacía, contemplando algo que parece estar más allá del mundo material. Tania trata de acompasar su respiración con la de su primogénito, pero ¿se aparta? Nada, ni un solo centímetro.

Cuando ve que Raúl se calma, le suelta y le ofrece agua. El joven se termina el vaso de un sorbo y empieza a temblar. No es un temblor de abstinencia, esos Tania los identifica muy bien. No, es algo nuevo. Ha visto muchas veces esos temblores en las salas de interrogatorios, en las escenas del crimen; siempre en culpables.

Llaman a la puerta.

Página 192

Ninguno de los dos se mueve, como si no hubiesen escuchado nada.

Pero vuelven a llamar a la puerta.

—Policía. Abra la puerta.

Tania mira a su hijo con los ojos abiertos y sin parpadear.

—Raúl, ¿qué has hecho esta vez?

De nuevo la voz detrás de la puerta: severa, autoritaria.

—Inspectora Bilbao, sabemos que estáis ahí: tú y tu hijo…; venga, va. Tania reconoce la voz. Sabe quién se va a encontrar al otro lado y

menea la cabeza con fastidio.

Abre la puerta solo para confirmar que Raúl y ella están bien fastidiados: delante tiene a la otra inspectora de la UDEV que nunca quieres ver irrumpiendo en tu casa.

—Tania…

—Miranda…

Página 193

5

—¿Habías estado ya aquí alguna vez?

—Eneko me había dicho de venir, pero qué va —responde Arturo. Petra lo ha arrastrado hasta la galería de tiro. Debido a la hora tardía ya

no hay nadie, salvo el chico encargado de la armería y ellos dos. Ambos están situados en las marcas indicadas, a cincuenta metros de las peanas que se encuentran al fondo. Tanto ella como él cuentan con sendos auriculares para protegerse del ruido de los disparos.

Llevan aquí un par de horas. Ya han descargado cinco cargadores cada uno y en cada una de las ocasiones la cosa ha estado bastante empatada. Petra le debe dos cervezas a Arturo, y Arturo le debe tres cervezas a Petra.

—¿Os hacen disparar mucho en Asuntos Internos o qué pasa? —El trabajo de campo que hacemos tiene su aquel. —Sé buena, no me lo recuerdes…

Y es que fue así como se conocieron: jueves noche, lluvia torrencial, frío del que te suplica que vayas corriendo a casa y te escondas bajo un edredón. Arturo en el asiento del acompañante del coche patrulla, vigilando de reojo a García, un compañero nuevo que le habían adjudicado al inicio de esa jornada.

García conducía con el codo izquierdo en la ventanilla, que tenía el cristal bajado pese a la tormenta.

—Mira, mira, ¡qué tía, madre del amor hermoso!

—Si podría ser tu hija —le reprochó Arturo.

—Pero no lo es, para mi suerte y para la suya, tú ya me entiendes — respondió García con una carcajada grotesca—. Y tú que aún eres joven deberías aprovechar, ya te digo, disfruta ahora o te arrepentirás toda tu vida.

Arturo no quiso preguntar, por si acaso. Había escuchado historias. Policías que perdonaban multas a cambio de una felación en el asiento trasero del coche patrulla o un par de gramos en una bolsita de plástico, cosas así. Leyendas, quiso creer él.

Página 194

Siguieron recorriendo las calles como si se tratara de un safari, atentos a la fauna que se movía aquella noche por el centro de Madrid. La lluvia no había reprimido los planes de ningún estudiante en edad de merecer. Más bien al contrario, les había dado aliento: el fin del mundo podía devenir mañana mismo. Mejor morir así, jóvenes y de fiesta que atropellados por la adultez.

Detrás de la cortina de agua y con unos contenedores de por medio, Arturo creyó ver algo. Pero qué…

—¡Para el coche! —pidió mientras se quitaba el cinturón de seguridad.

—¿Qué? ¿Ahora?

—¡Que pares!

Y se apeó del vehículo en cuanto pudo.

—¿A dónde vas? —llegó a decir García, sin intención alguna de seguir a su compañero hacia la lluvia torrencial.

Arturo echó mano de la linterna que le colgaba de la cintura e iluminó el hueco que quedaba a resguardo de la lluvia, entre un contenedor y la pared grasienta de una discoteca que llevaba años cerrada.

—¡Eh, vosotros!

La pareja se detuvo en el acto. Él se removió los pantalones y echó a correr. Arturo hizo un amago de seguirle, pero cuando vio a la chica en el suelo recordó que lo primero y principal era socorrer a la persona necesitada.

—¿Estás bien? —dijo él con la linterna en alto—. Eh, que si estás bien. —¿Qué? —preguntó ella—. ¡Aparta eso de mi cara y deja que me suba

las bragas!

Él apagó la linterna y bajó la mirada mientras la chica se adecentaba. —¿Ha abusado de ti? —preguntó el policía cuando la chica se situó a

su lado.

—Me has jodido el polvo, cabrón, ¿y ahora qué?, qué pasa si ese pavo va por ahí diciendo que no cumplo con lo pactado, ¿eh?

—Lo primero te tranquilizas, ¿vale? Yo no soy tu amigo. Un respeto. La chica tenía la mirada encendida y las mejillas ardiendo. Metió la

mano en un pequeño bolso y se encendió un cigarrillo. Momento que Arturo aprovechó para observarla: no era el tipo de prostituta que solía faenar al aire libre por las noches. La chica que tenía delante era joven, tendría unos años menos que él, y era radiantemente guapa. Ese tipo de

Página 195

prostitutas están en los hoteles de cinco estrellas o en un piso en Goya, no en la calle; ni siquiera en un club de carretera.

—Nunca te había visto por esta zona.

—Soy nueva, ¿por qué?

Él no dijo nada. Sacó los papeles que debía rellenar y le indicó que le diese el DNI.

—No lo llevo encima.

—El DNI, por favor —insistió Arturo señalándole el bolso.

—Que no lo llevo, te digo, ¿qué te crees que hago aquí? Me lo han quitado.

Estaban pegados a la pared para protegerse de la lluvia, pero aun así se estaban mojando los hombros.

—Pon en el suelo todo el contenido del bolso, vamos a ver si es verdad.

Y lo era: un móvil de prepago, caramelos, condones y calderilla. Ni rastro de DNI ni de cualquier otro tipo de documentación.

—¿Cómo te llamas?

—Nagore.

—Muy bien, Nagore, ¿ves ese coche de allá?

—¿El del poli ese viejo mirándonos con cara de lelo?

—Pues ahora vamos a ir hacia él.

—Ah, no. Eso sí que no. A mí no me puedes hacer eso. Que no, que

no.

—Sabes las normas. Mi compañero y yo te llevaremos a la comisaría más cercana y allí se te multará. También puedes denunciar a quien sea que tenga tu DNI.

La tal Nagore le mostró un moratón que tenía en las costillas, en el lado izquierdo. Se puso histérica, que quién te crees que me ha hecho esta barbaridad, que si acaso piensas que esto es un juego; ese tipo de cosas. Arturo se defendió como pudo y también echó alguna que otra mirada al coche patrulla. ¿Por qué no acudía García a echarle una mano?, ¿acaso no veía que se encontraba con una chica exaltada y poseída por los nervios que no se iba a dejar llevar al vehículo tan fácilmente, así como así? Qué poco les gusta trabajar a algunos, pensó.

—Oye, oye, oye —dijo Nagore—. Mira, escúchame un segundo, tú hazme el favor.

Página 196

Se sacó del sostén doscientos euros y se los ofreció. Arturo los rechazó y ella insistió. Que si piso una comisaría estoy muerta, que si vosotros no me podéis proteger de esa gente, que si esto, que si lo otro, por favor, por favor, por favor.

Al verla así, mojada por la lluvia, con el maquillaje corrido y la mirada desesperada, Arturo bajó los escudos. Miró de lado a lado y, una vez más, rechazó el dinero.

—Va, vete por ahí. Yo no te he visto.

Dio media vuelta y cruzó la calle en dirección al coche. Sin caminar más rápido por la lluvia, mojándose por completo. Borrón y cuenta nueva, eso es lo que quiso hacer, y se temió lo peor al escuchar el chapoteo del agua tras su espalda.

—No, no, tío, ¿qué haces? Tienes que coger el dinero, ¿es que no lo ves?

—No quiero ni un solo céntimo, pero vete a otra zona. Yo no te he visto esta noche, no pienso dar parte de nuestro encuentro.

—Esto no va así.

Los dos estaban quietos bajo el chaparrón, empapándose por completo.

Él sin entender la situación; ella seria, muy seria.

—No te gires. Pero el edificio de la izquierda, en la tercera planta, es donde están los hombres que me vigilan.

—¿El del DNI?

—¡Que no te gires, te digo! No es el del DNI, son sus amigos, ¿qué crees? Y no, no puedes hacer nada por mí. Bueno, sí, coger este dinero. Si ven que te vas así, de rositas, sin coger el dinero o sin que te la chupe se creerán que soy algún tipo de confidente o algo, ¿es que no lo ves? Estaré igual de muerta que si me llevas a una comisaría. Y tú lo sabes. Ingresa el dinero en una asociación de viudas de la Policía o lo que quieras, pero cógelo.

Arturo se giró hacia su compañero, que estaba entretenido con el móvil, calentito y seco dentro del coche patrulla.

—Vamos a hacer una cosa —dijo Arturo pensando mientras hablaba—. Vale, voy a hacer el teatrillo de coger el dinero, pero que quede bien claro: yo no me voy a quedar ni un solo euro. ¿Conoces el bar de Teresa, el que está a dos calles haciendo esquina?

—Eh… Sí, claro, El finestral, ¿no? ¿Por qué?

Página 197

—Iré con mi compañero a tomar un café a esperar que escampe un poco la lluvia. Te dejaré allí el dinero en un sobre a tu nombre. Recógelo más tarde, cuando estés libre.

—¿Me lo estás diciendo en serio?, ¿es que no quieres la pasta o qué te pasa? —preguntó Nagore muy sorprendida—. ¿Te la puedo chupar, al menos?

—¿Qué? No, claro que no.

—¿En serio?, ¿tampoco me vas a dejar agradecértelo? No ahora, que está tu compañero y él me da asco, pero ¿mañana por la tarde, qué haces?

—Yo trabajar, tú haz lo que quieras. No te pienso ver nunca más.

Convence a tu chulo de que te ponga en otra zona.

Se equivocó de lleno. En el mismo instante en que cogió el dinero y se lo metió en el bolsillo, García salió del vehículo y se acercó con la placa en la mano.

—Tu mala suerte es nuestra buena suerte, amigo.

¿Nuestra?, llegó a pensar Arturo pese a todo. Vio a Nagore sacarse de la parte trasera del pantalón su placa y enseñársela con aire triunfante. La expresión en la cara le había cambiado por completo. También al fondo de la calle apareció el «cliente» que había huido anteriormente, con su placa colgada del cuello.

—Asuntos internos, hijo —dijo García, el cual le recordó su nombre de pila y el alias con el que lo pasaría a conocer desde entonces: Sacha.

Le pasó el brazo por el hombro a Arturo, como si fueran dos camaradas y le dio un beso en la mejilla, haciendo que todos los demás se rieran a carcajada limpia.

—Sonríe al pajarito, va, mira a esa ventana, ¿ves cómo asoma la óptica? ¡Pa-ta-ta!

Página 198

6

Las dos mujeres se escrutan en silencio, sin apartarse las miradas, como si se tratara de un duelo del oeste. Ambas se conocen bien. No es que se odien, simplemente no se llevan y punto. ¿El motivo? Que son tal para cual y los paralelismos entre ellas son más que evidentes. Quizá por eso se han ignorado todos estos años, para que no estallara la guerra. Incluso en eventos o reuniones de la Policía, siempre intentan no darse réplica ni mirarse.

Esta es la ocasión que ambas llevaban tiempo evitando. Y es que, quien ha llamado a la puerta de Tania es la inspectora Miranda Delgado, del grupo IV de la UDEV.

—¿Está por casualidad tu hijo mayor en casa?

—¿Por?

—¿Podemos pasar mis compañeros y yo, por favor?

Detrás de ella hay cinco policías vestidos con chalecos identificativos, que esperan pacientemente en el rellano del ascensor. Tania los conoce a todos, y ellos saben quién es ella. Una cosa está clara: la situación no es agradable para nadie.

Miranda cambia el peso de su cuerpo al otro pie y respira.

—Tú sabes cómo funciona esto. No me hagas pedir una orden para entrar en tu casa.

Tania sabe lo que toca. Sus posibilidades son mínimas. Abre la puerta y franquea el paso a Miranda y a su gente.

—¿Tu hijo?

—En la sala, ahí al fondo.

—De momento puedes estar presente, no te preocupes.

Lo hace como una deferencia hacia ella y Tania se lo agradece con un gesto.

Segundos después, Raúl está sentado en el sofá con su madre al lado. Delante de ellos, Miranda Delgado. Aquello es una olla a presión. Los demás policías están registrando el piso de arriba abajo; con más cuidado

Página 199

de lo normal debido al hogar en el que se encuentran, pero rebuscando minuciosamente en los muchos escondites que ofrece el lugar.

—Cuidado con esa figura. Es un recuerdo de mi padre —alerta Tania a un agente que ha levantado un caballo de cerámica con una sola mano, sin cuidado alguno.

Miranda lanza un gesto a su hombre pidiéndole delicadeza y se gira hacia el joven en el sofá.

—Dime, Raúl, ¿conoces a Aitor Carrillo?

—Nop, diría que no…

—Y si te digo su alias, el Gallego, ¿qué me dices?

—Sí, bueno, sí. En alguna ocasión hemos coincidido por ahí y tal, pero solo de vista, tampoco… Nada del otro mundo, vaya.

La inspectora del grupo IV coge una silla que hay al lado de la estantería. Se sienta en ella y apoya sus manos entrelazadas sobre sus rodillas, inclinada hacia delante.

Tania aprovecha para observar a su contrincante: Miranda tiene poco más de cuarenta años, lleva el pelo corto y viste con tejanos y una cazadora. En eso sí que se diferencian. Tania viste más formal, de traje de chaqueta. Otra cosa que tampoco comparten es la expresión corporal: Miranda suele mostrarse suelta y es enérgica y agresiva en sus movimientos, sin embargo, Tania, tal vez por su pasado militar, nunca ha sentido la necesidad de gesticular mucho para imponerse o hacerse ver; siempre ha intentado que su mera presencia valiera para infundir respeto. Algo que normalmente ha sido así, por cierto.

—¿Dónde estuviste anoche?

—¿Anoche?

—Sí, anoche.

Raúl se rasca el cuero cabelludo como si fuera un dibujo animado, con los ojos echados hacia arriba. Todo resulta fingido. Tania lo sabe, Miranda lo sabe.

—Ah, sí, aquí. —Sonríe mostrando sus dientes amarillos—. Tengo una memoria que ni la pez esa de Buscando a Nemo, ya te digo. Pero estuve aquí, de verdad de la buena.

Miranda mira a su compañera de la UDEV.

—Dice la verdad —añade Tania sin pensárselo dos veces.

—Muy bien, ¿de qué hora a qué hora, si se puede saber?

Página 200

—Pues eso no sé —dice Raúl—. Llegué ayer… diría que sobre las nueve o por ahí… Y hoy ya he estado aquí todo el día.

La inspectora Delgado vuelve a mirar a Tania en busca de corroboración.

—No miré el reloj. Llegó tarde, después de cenar, pero antes de medianoche.

—Muy bien… Raúl, ven, nos vamos a la cocina a charlar un ratito.

Extiende su brazo a modo de invitación y Raúl le hace caso.

Tania alcanza a Miranda antes de que abandone la sala de estar. La agarra del brazo.

—Te estoy diciendo la verdad, anoche estuvo aquí.

Miranda observa la mano de Tania en su codo y evidencia que no le gusta.

—Y yo te creo, pero ahora necesito hablar con él a solas.

—Al menos, dime, ¿qué es lo que estáis investigando?

Suelta el brazo de su compañera, que parece sentir un atisbo de compasión.

—Hace unas horas se ha encontrado el cadáver de Aitor Carrillo en la Casa de Campo. Era un camello de poca monta que vendía poco y mal. Por el rigor mortis llevaba casi veinticuatro horas muerto.

—¿Y no lo han encontrado los jardineros o trabajadores del parque en todo el día?

—Hoy había huelga, y el cadáver estaba bastante escondido. Por las señales que muestra el zapato y la pierna derecha del joven, es fácil adivinar que algún perro lo ha sacado de detrás de la maleza, y ha sido entonces cuando un paseante ha dado el aviso.

—¿Y por qué venís aquí, a por mi hijo?

—Había un mensaje de Raúl en el móvil de la víctima. Anoche habían quedado. Pero bueno, imagino que no se presentó, ¿no?

—Estuvo aquí, ya te lo he dicho.

Miranda se encierra en la cocina con Raúl.

Tania se queda en medio de un paisaje arrasado por la guerra o un huracán. Eso es lo que parece su piso. Cajones abiertos, libros tirados por el suelo y policías moviéndose de aquí para allá absortos en su trabajo. Qué desastre, qué bochorno tener que soportar las miradas de esos compañeros que la despellejarían viva si pudieran. Tania suspira, pero se

Página 201

niega cualquier signo de debilidad. Y menos ahora, que acaba de jugársela por su hijo. Una vez más.

Quién sabe por qué, tiene una intuición. Quizá porque conoce el mal desde hace años y sabe que con los nervios de un crimen cometido en caliente uno no sabe qué hacer con el arma… Ella tiene claro dónde dejaría algo así, el mejor escondite posible en casa. Y su hijo, conocedor de los secretos del que siempre ha sido su hogar, también lo sabe. Es allí donde la familia guardaba las cartillas del banco al irse de vacaciones y algún que otro artículo de valor, acaso algo de dinero en metálico cuando Javier cobraba en B algún que otro trabajo suelto o cosas así.

No es el mejor momento, pero las ansias le pueden. Ha de saber. Ha de dar respuesta a la inquietud que la domina. Con esas, echa a caminar.

—¿A dónde cree que va, inspectora? —espeta el agente que escudriña la estantería de los libros viejos—. Usted sabe cómo funciona esto, no podemos dejar que se mueva de aquí.

—Tengo que ir al baño.

El agente la mira, no muy convencido.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta Miranda asomando la cabeza desde la cocina.

—Aquí tu compañero, que no sabe si puedo o no puedo ir al baño en mi propia casa.

—¿No puedes esperar un rato?

Tania baja la mirada, avergonzada, y da un paso hacia su compañera inspectora.

—Tengo que cambiarme el salvaslip.

El agente ni siquiera intenta reprimir una risilla.

—Joer con las pequeñas pérdidas, ¿no?

—Eh, ¿qué pasa contigo? —le reprende Miranda—. ¿Habéis acabado con el baño?

—Sí, sí, estaba limpio, nada de nada —responde otro policía.

Miranda le hace un gesto a Tania para que vaya, y esta no lo duda dos veces. Atraviesa su piso —sin querer mirar a los lados. Está todo hecho un desastre— y se encierra en el baño. Abre el grifo del agua y después se pone de rodillas junto al plato de la ducha.

Hace unos diez u once años, la tubería del baño se rompió y creó una humedad en el piso de abajo. El fontanero tuvo que romper una baldosa

Página 202

del faldón del plato de la ducha para poder meter la mano y trastear la tubería.

—Le coloco la baldosa de nuevo en su sitio pero no le pongo mucho yeso, señora, porque si no, a la mínima que deseen tocar algo de la ducha, deberán volver a entrar en el faldón y es tontería. Este tipo de cerámica es muy antigua, le iba a costar encontrarla igual.

Y menos mal, piensa ahora Tania. Hace un poco de palanca y, con el mínimo golpe, la baldosa se mueve. Mete la mano y ahí está. Un bulto que no debería estar. Lo palpa, pero prefiere no sacarlo. Mejor mantener aquello en la oscuridad, a resguardo; si lo saca, todo será real, demasiado real.

Una vez coloca la baldosa de nuevo, se da cuenta de que tiene las manos ensangrentadas. No se atreve a mirarse en el espejo. En ese preciso instante confirma que está ayudando a encubrir un crimen. Otras madres se horrorizarían. Ella no.

Página 203

7

Cristina y Franz se inventaron un viaje con compañeros de clase a la playa y convencieron a sus padres para que les dejaran ir a Tarragona.

—Pero si es invierno, ¿qué playa vais a encontrar? —comentó su padre.

—Es una excusa, papá, no seas así. Los padres de Ana tienen una casa allí, y estaremos juntos algunos de clase un par de días.

Los dos primos consiguieron juntar el dinero suficiente para pagarse el autobús y un hostal, y llegaron a Tarragona un sábado por la mañana. Pese a la libertad de verse solos en una ciudad ajena y la excitación que eso les produjo, se recordaron a sí mismos que no estaban ahí para hacer turismo, sino para llevar a cabo sus pequeñas pesquisas. Vaya, que ir a la catedral o tomar un vermut en la plaça de la Font no estaba contemplado.

Lo primero que hicieron fue localizar a Ignacio Garrido, algo que fue relativamente fácil. Ya habían preguntado por sus señas en el college, y lograron dar con él en un pisito delante del mar, al lado de la estación de tren.

Lo segundo fue encontrar la manera de abordarlo. Vigilaron el portal del edificio, pero Ignacio no abandonó su domicilio en todo el sábado, lo que hizo que Cristina se hartara y perdiera los nervios.

—Ya estoy cansada —dijo poniéndose de pie y llamando al portero automático.

Ignacio solo tenía un año menos que ellos, así que Cristina consideró que no sería raro para sus padres verlos plantados en su puerta; que colarían como amigos de su hijo.

—¿Está Ignacio? Hemos venido de finde y nos han dicho que ahora vive aquí.

Hicieron el paripé ante la familia, y sorprendentemente Ignacio siguió el teatrillo. Los padres se alegraron de que su hijo tuviera amigos así de buenos, que se acercaran a hacerle una visita sorpresa de aquella manera, y después de sacarles unas galletas y unas Coca-Colas, los dejaron solos.

Página 204

En cuanto se vieron con intimidad, Cristina borró su sonrisa y le mostró todas sus cartas a Ignacio, sin farol alguno. Afirmó ser conocedora de la verdad; de saber que él, José y Bernardo se habían aliado para pagar a Saulo y que este atacara a Rodrigo. Sin embargo, Ignacio, pese a mostrarse nervioso y con los ojos bañados en lágrimas, no cedió ni un ápice y no soltó prenda. Solo se lamentó de sí mismo e hizo uso de su inhalador.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo la madre al abrir la puerta—. ¿Es que no veis que se está ahogando? Tranquilo, Ignacio, respira hondo, así, como mamá. Y vosotros fuera. ¡Largo! Que os vayáis, ¿es que no me estáis escuchando?

Al salir a la calle, Cristina arremetió contra una basura a la que pegó una patada y no montó un numerito gracias a Franz, que mucho más frío, la cogió de los hombros.

—Ese tío esconde algo. Tú ten fe, mañana lo volvemos a intentar.

Y así fue. A primera hora montaron guardia frente al portal y no fue hasta las ocho de la noche cuando vieron a Ignacio. Solo, con una bolsa de basura en la mano.

—Eh, ¿a dónde vas, pequeñín? —dijo Franz saliendo de su escondite.

Pero no fue él sino Cristina quien asustó a Ignacio, que echó a correr.

—¡Dejadme en paz! Que me dejéis.

Los dos primos intercambiaron una mirada, pero no lo dudaron: salieron corriendo detrás de Ignacio, que los llevó a la playa del Miracle. Domingo noche. Invierno. Por no haber, no había ni siquiera una luna que diese un poco de luz a la escena. Solo se intuían las tres siluetas corriendo despavoridas por encima de la arena. Casi se hicieron la playa al completo cuando, cerca de la punta de las rocas, Ignacio empezó a desacelerar; se dobló sobre sí mismo, flexionó las rodillas y se dejó caer.

Cristina y Franz le dieron caza y lo encontraron ahogándose; luchaba por sacar del bolsillo de su pantalón el inhalador al que tanto había acudido en los últimos tiempos que se había convertido en su mejor amigo.

Franz fue más hábil. Cogió el inhalador y se lo mostró a Ignacio. —Quieres volver a respirar, ¿verdad? Lo necesitas, ¿a que sí?

El adolescente asintió, librando una lucha sobrehumana por tomar una bocanada de aire.

—Admite que lo que contó ayer Cristina es cierto.

Página 205

Ignacio no respondió, siguió combatiendo contra su propio cuerpo. —Que digas la verdad. Si lo haces, te daré el cacharro este y nos

vamos a casa.

El amenazado estiró su brazo y trató de coger el inhalador, pero le fue imposible. Franz, de manera cruel, le hizo creer que estaba a su alcance solo para retirárselo en el último momento.

—¿Qué estás haciendo? —le recriminó Cristina.

—En su poder está el respirar de nuevo o no. ¿Qué va a ser entonces, Ignacio?

E Ignacio lo admitió.

—Sí, vale…, pero solo queríamos asustarle…, que lo persiguiera un poco con un coche y ya, que se acojonara, que sintiera lo que nos hacía sentir a nosotros, no que…

Los ojos de Cristina se dilataron al máximo y tuvo que contener un grito de estupor. Después apretó sus dientes y tuvo miedo de romperse la mandíbula.

—Por-por favor…

Ignacio volvió a levantar el brazo. Necesitaba ya mismo un toque de Salbutamol. No podía respirar. Sus oídos habían empezado a chirriar y su vista era un túnel.

Franz, con el inhalador en la mano, se acercó a su prima.

—Tú eliges.

Cristina, muy seria, contempló a su víctima, que se retorcía con los ojos en blanco. Sus manos cogían arena y las venas de su cabeza se dibujaban con total claridad.

Un segundo.

A veces has de tomar una decisión en un segundo y has de acarrear con lo escogido por el resto de tu vida.

—Tíralo al mar.

Y Franz lo hizo, sin titubear; solo asintió y lanzó el inhalador al agua. Contemplaron los últimos estertores de Ignacio como si fuera un

espectáculo teatral, y después se fueron al hostal, protegidos por la oscuridad de la noche cerrada.

No fue hasta varias horas más tarde, con el pijama puesto y el cabello húmedo después de una larga ducha, cuando Cristina tomó conciencia de lo que había hecho. Se tumbó en su cama y se hizo un ovillo. No lloró, y

Página 206

es que la revelación de una parte de su interior la había dejado deslumbrada.

Fue Franz el primero que rompió el silencio aquella noche y se acercó a ella. La abrazó muy fuerte, y así se quedaron durante varias horas. Callados, solo sintiendo la respiración del otro. Hasta que Cristina notó la excitación de Franz. De hecho, la había ido sintiendo progresivamente a medida que se iba haciendo más creciente; y eso le había gustado tanto que se había ido colocando en una posición adecuada para que el bulto que marcaba el pantalón de su primo quedara cerca de su entrepierna. Sin saber lo que estaban haciendo y como si no fueran ellos mismos, los dos se fueron moviendo acompasadamente para dar voz al deseo. Se abandonaron en el cuerpo del otro varias veces seguidas y cuando el sol salió, se vistieron sin mediar palabra de lo que ahí había ocurrido, hicieron la mochila y corrieron para coger el autobús de vuelta a Madrid.

Página 207

8

A veces te cansas de ser buena persona, y es entonces cuando te toca ponerte seria.

No está de humor. Apenas ha dormido. Miranda Delgado y los suyos se fueron de casa pasada la medianoche y después, aunque Raúl se retiró a su cuarto y ella al suyo, empezó a dar vueltas y más vueltas en la cama y solo logró conciliar el sueño cuando ya faltaba poco para que sonara el despertador, apenas media hora antes o ni eso.

En definitiva, que hoy ha acudido a trabajar con todo el peso del mundo sobre sus hombros. Y lo peor no es eso, lo peor es saber que ha dejado a Raúl solo en casa. Eso no le gusta nada. Sobre todo sabiendo el cometido que le ha dado antes de salir:

—Apáñatelas como quieras, pero lo que guardaste bajo la ducha no lo quiero en mi casa cuando vuelva esta noche, ¿me oyes?

Él la ha mirado casi avergonzado de saber que su madre lo había descubierto y solo ha prometido que sí, que esta misma mañana se ocupará de ese tema. Lo mejor sería que Tania le hubiese dado unas indicaciones de cómo deshacerse del arma de un crimen o tal vez incluso que lo hubiese ayudado, pero no, eso sería el colmo. Se ha puesto la chaqueta, ha cogido su arma y placa, y ahora trata de enfocarse en la jornada que tiene delante.

—¿Qué busca, a la borrachuza? —le espeta un jubilado desde el banco de al lado—. Ahora se la ve mucho en su puesto de vigía, dónde si no.

Tania se aleja del portero automático al que acaba de llamar y sigue las señas que le facilita el anciano; ahí la encuentra, sentada en el banco que hay delante de una escuela de música que ha abierto recientemente en el barrio. Tiene las paredes acristaladas, y tal y como le ha comentado el jubilado, Soledad ha convertido en su nueva afición ver las clases de piano que ahí se imparten.

Por desgracia para Tania, Soledad tiene una cerveza en la mano y cuatro más junto a sus pies, en una bolsa de plástico, esperando a ser abiertas. Pues menudas mañanas se pega la tía, piensa la policía. Sabe que

Página 208

la podría denunciar, tal vez así incluso la acorralaría para que confesara inmediatamente algo, lo que fuera que pudiera servirles, pero también sabe que no lo va a hacer. Pese a todo, esa mujer le despierta cierta ternura. Vete a saber por qué, pero es que la ve ahí, en ese banco entre un par de setos y una papelera, y se diría que hasta tiene un halo que te obliga a bajar la mirada.

—Soledad.

—¿Eh? Ah, usted. Coja una cerveza, venga aquí, acompáñeme.

Tania solo se sienta a su lado. Delante tienen a un niño de unos diez años que toca una pieza de piano ante la atenta mirada de su profesora. A ambos se los aprecia perfectamente gracias a una gran cristalera.

—¿Sabe que yo estudié piano? —dice Soledad sin apartar la mirada de los dedos virtuosos de aquel niño—. Y se me daba bien, no crea, ¡vaya que si se me daba bien! Tenía unos dedos de oro.

—¿Y cómo fue que lo dejó? —pregunta Tania, sorprendida de haber encontrado a Soledad tan vulnerable, tan expuesta emocionalmente.

—La vida y sus normas, inspectora… La vida y sus normas… Lo peor fue aceptarlo, ¿sabe usted? Resignarme a que no iba a ser una concertista, ni tan siquiera la profesora de una concertista, nada…, que mi vida iba a estar lejos de la música. Ni siquiera tengo un piano en mi casa, se habrá fijado. Ni uno de esos de pared, que son pequeñitos, nada de nada. Me costó, no crea que no… Qué años más malos… Recuerdo que mientras me sentía mal, triste y enfadada, a la vez pensaba que estaba siendo infantil. Es decir, ¿por qué la vida iba a tener que concederme a mí un sueño? En realidad me parecía vulgar sentir frustración por no haber conseguido mi meta, ¿acaso no es lo que le pasa a todo el mundo salvo a cuatro o cinco escogidos? Todos prometemos al nacer, pero después…

Termina de un sorbo su lata de cerveza y abre la siguiente.

—«Todos prometemos al nacer» —repite Soledad—. Debí hacerme escritora… Y usted, señora policía, ¿qué? ¿Algún sueño frustrado o siempre quiso detener a los malos?

—Me crie entre militares, así que siempre quise ser militar.

—¿Y?

—En realidad nada, fui militar durante siete años.

—¿Y por qué lo dejó?

Tania deja claro, con un simple gesto de cabeza, que no va a responder.

Página 209

—Seguro que alguna injusticia, pues anda que no se me da bien a mí adivinar esas cosas —dice Soledad entre sorbo y sorbo.

—¿A usted qué injusticia le separó del piano, vamos a ver?

—La injusticia de querer sobrevivir, inspectora. Ya ve usted qué ironía. ¿Sabe eso que dicen de que la gente que se quiere suicidar ahogada ha de atarse las manos o ponerse un peso del que no se puedan liberar? Es porque si una, así de pronto, se sumerge en el agua con intención de ahogarse le resulta imposible. No hay manera. Aunque sea en el último segundo y de manera inconsciente va a salir a la superficie. Y míreme, sé que no engaño a nadie y soy consciente de la imagen que doy. Por querer sobrevivir morí en vida.

Da un sorbo a la cerveza con dolor en el alma y el cuerpo derrotado. —¿Quiere que vayamos a su casa? —propone Tania—. Estaremos más

tranquilas.

—No, a casa no. Esto me gusta. Pero cuénteme, que me he liado yo sola…, no habrá venido a hacerme compañía nada más, ¿no?

—Ya se imaginará qué me trae aquí. Usted sabe más de lo que me contó en su día. Recuerde que la miré de frente y le dejé bien claro que necesitaba cualquier cosa que pudiera decirme, ¿y qué hizo usted? Mentirme.

Soledad ni siquiera se hace la ofendida. Su cara no muestra nada, absolutamente nada. Solo mira al frente y a su lata de cerveza, como mucho.

—¿Quién le realiza cada mes un ingreso? —añade Tania—. ¿Quién hay detrás de la offshore que la mantiene desde hace más de veinte años?

—¿Que me mantiene, dice? ¡Esa sí que es buena! Ha visto la miseria que me paga, ¿no? Que me mantiene, qué graciosa…

Se echa a reír, dejando ver unos dientes desalineados y sin brillo. Es una risa que le crea estupor. Tania está a punto de echarse hacia atrás.

—Ayúdeme a tirar del hilo, a desliar la madeja. Cristina era su hermana.

Soledad empieza a mover la cabeza, observa la calle con los ojos muy abiertos. Solo encuentra la templanza necesaria para no desfallecer enfocándose de nuevo en el niño que toca el piano. Sus dedos. La música. Las notan parecen conversar con ella, como si nadie más supiera descodificar el mensaje que aquella melodía arrastra.

Página 210

—¿Reconoce la pieza que está tocando el chaval? La Ofrenda musical de Bach. Uno de sus cánones se titula «Quaerendo invenietis». Es latín, ¿sabe lo que significa?

—«Si buscas, descubrirás» —responde Tania—. ¿De qué tiene tanto miedo? ¿Qué puede ser tan grave?

De repente, Soledad se abraza a la policía y le susurra algo. Algo que no osa repetir y que después desmentirá. Nunca aceptará que le ha dicho eso a la inspectora. Jamás.

Tania la mira a los ojos y comprueba que hay verdad en ella.

Lo que ha escuchado es una pista. Una pista que esa mujer lleva años callando y que en algún momento de su vida prometió no desvelar.

Página 211

9

Conforme lo acordado, Arturo cruza la plaza de Chamberí a las doce en punto de la noche y llama a la puerta del Andén 0, que no es más que un cilindro en medio de la acera que pasa desapercibido para cualquier peatón menos para los grafiteros y los perros, las paredes están repletas de manchas de meadas secas y alguna que otra firma callejera. Aquella misteriosa puerta lo mismo podría tratarse de un ascensor que de un baño público, y da igual que haya un letrero informativo, nadie lo lee.

La puerta se abre y emerge de la oscuridad un hombre que bien podría pasar por un orco. Con cara cuadrada y pose de bruto le saca cuatro palmos al inspector recién llegado. Ambos se escrutan con desconfianza. Arturo nota cómo el extraño repara enseguida en su no-oreja, como si aquel fuese el rasgo distintivo del que le han informado. Después lo curiosea de arriba abajo, lleno de escepticismo, algo de decepción y, por qué no decirlo, también menosprecio. Los policías ya no son lo que eran y así nos va, ¡qué lástima!, grita su comunicación no verbal. Pero es lo que hay. Se encoge de hombros y se aparta a un lado.

—Pasa, te está esperando abajo.

El inspector da un paso al frente y no es hasta que ve que la puerta se cierra tras él que empieza a arrepentirse. Traga saliva y se encomienda a la Providencia.

Resulta que Sacha, el inspector de Asuntos Internos, le ha llamado hace un rato, justo cuando estaba con el pijama puesto y proponiendo a Blanca cocinar una tortilla para cenar. Pero nada. Le ha sonado el teléfono y le ha anunciado que le había conseguido una cita con alguien del CNI. ¿El problema? Que debía darse prisa: sería esa misma noche o nunca.

Así que, de golpe y porrazo, Arturo se encuentra en el vestíbulo de una estación de metro antigua, del siglo XIX, que se mantiene congelada en el tiempo. No puede impedir detenerse y levantar la mirada embobado, haciendo varias panorámicas sobre sus pies.

—¿Había venido alguna vez?

Página 212

Se acerca una mujer que viste un elegante traje de chaqueta oscuro. Tiene el cabello corto y canoso, debe de rondar los sesenta años. Su andar es confiado, sabe que juega en casa.

—Algunos la llaman la «estación fantasma», pero no es más que un museo, quédese tranquilo. Se inauguró en 1919 y formaba parte del primer proyecto de Metro de Madrid, pertenecía a la línea que unía Sol con Cuatro Caminos. Hasta que en 1966 se decidió cerrarla. Se tapiaron los accesos, se apagaron las luces y se dejó abandonada, tal como estaba. Pero ¿sabe qué fue lo que pasó? Las personas sin hogar lograron acceder a las instalaciones y aquí se guarecían del frío. Entonces, claro, imagine. Por las vías seguían pasando los trenes, la gente observaba desde los vagones siluetas que se movían por la oscuridad, y de ahí que se la conociera como la estación fantasma. Hasta hace unos años, que se decidió abrir como museo y hoy en día se organizan visitas. Le recomiendo encarecidamente que venga algún día, es la mar de interesante.

Arturo asiente, a modo de agradecimiento.

—Ah, y por si se está preguntando por el morbo del lugar, sí, aquí se han hecho investigaciones parapsicológicas, pero le advierto que usted hoy no va a grabar ni una sola psicofonía. Mi compañero ha instalado inhibidores de señal y déjeme decirle que ahora mismo su móvil no es más que un despertador, pero aun así ¿cuándo construyó Noé el Arca? Antes del diluvio. —La mujer sonríe—. Le agradecería que dejara el teléfono aquí.

Arturo, desconfiado, mira ligeramente a su alrededor.

—Nadie se lo va a robar, hágame caso, y al salir lo podrá coger de nuevo.

Él cumple, muy dócil, dejando su móvil donde la antigua taquilla.

La mujer realiza una pequeña reverencia con la cabeza.

—Encantada de conocerle, inspector Yani.

—Su nombre es…

—Venga conmigo, bajemos al andén.

Así hacen. Se ven transportados a 1919, pueden hacerse una idea de cómo debieron de sentirse los primeros pasajeros de aquel Metro, inspirado en el de París, en un contexto en el que aún no era habitual que las grandes ciudades gozaran de transporte suburbano.

—Muy bien, inspector, aquí me tiene —dice la mujer sin detener su paseo por el andén—. Nuestro amigo en común no me ha dicho por qué

Página 213

era tan urgente nuestro encuentro.

—Como sabrá, pertenezco al grupo VII de la UDEV, y actualmente… —Están con la investigación de Cristina Hidalgo, la chica del túnel. —Así es, sí.

—Y ha surgido el nombre de mi empresa en la investigación. —Se detiene y lo mira de frente—: ¿Es eso?

Él asiente y ella se muestra satisfecha.

—No le voy a negar que me lo imaginaba, y por eso he accedido a nuestro encuentro. Llámeme corporativista, pero no me gusta que le achaquen a mi empresa cosas que no ha hecho.

—¿Me está diciendo, entonces, que no tuvieron nada que ver con Cristina Hidalgo?

—Al menos, no con su desaparición. Como entenderá, lo que le voy a contar ahora es confidencial, y ese ha de ser el carácter con el que después trate esta información, ¿estamos de acuerdo?

—Pero comprenderá que a mis compañeros…

—Y a nadie más. Nunca deberá constar por escrito en ningún informe que se eleve a la jueza, ¿me entiende? Solo se lo podrá comunicar a su inspectora al mando para que así puedan enfocar sus energías y recursos en otro camino de la investigación. Aquí todos queremos que se resuelva la muerte de esa pobre mujer.

Arturo hace un gesto afirmativo y reemprenden su paseo lento por el andén.

—Por desgracia y como le pasa a cualquier inteligencia de cualquier país, mi empresa también está muy politizada. Eso hace que a veces nos obliguen a cerrar los ojos, a mirar a otro lado, o a emprender alguna que otra acción para salvarle los platos rotos a algún que otro personaje que a nosotros ni nos va ni nos viene, pero que a nuestros jefes sí.

—Vaya, que a veces trabajan para algún pez gordo con la excusa de estar ayudando a la Patria, ¿no?

—Así fue como entramos en contacto con Adolfo Hidalgo, que por aquel entonces era un personaje muy importante en las altas esferas de la capital. Accedió a nosotros a través de un empresario cuyo nombre no diré, pero se podrá hacer una idea de que se trata de uno de esos caciques que habita en las nubes y que jamás se verá enfangado con una investigación. Pero no nos desviemos, el caso es que el señor Hidalgo nos pidió un favor: proteger a su hija.

Página 214

—¿A Cristina? —pregunta Arturo, y la mujer asiente.

—La joven se había metido en un lío. No nos vamos a extender en esta parte, pero grosso modo, decirle que Cristina tuvo algún tipo de aventura, o escarceo sexual, con un famosillo de la época y tuvo la mala suerte de ser fotografiada por un policía que no jugaba limpio. Era conocido por sacarse sobresueldos con chantajes. Y claro, este policía vio un filón al retratar a la hija de un famoso abogado de Madrid con un personaje público. Además de que las fotos eran muy, pero que muy gráficas, ya usted me entiende.

—¿E intervinieron deteniendo el chantaje?

—Los chantajes nunca terminan, y menos cuando son fotografías. Siempre hay un negativo original, una copia guardada… Nosotros intervinimos para proteger a la familia Hidalgo. Convencimos al policía de que dejase a la chica en paz, aunque claro, piense que nosotros trabajamos con información. Sé que a la gente le encanta la imagen del espía que va pistola en mano por países extranjeros eliminando a enemigos del Estado, pero para bien o para mal, la labor de inteligencia en la vida real es mucho más aburrida.

—Ustedes se guardaron una copia de las fotografías comprometidas de Cristina.

—Obvio.

La mujer rumia para poner en orden sus pensamientos antes de seguir hablando. O quizá para dar tiempo a que el policía haga sus cábalas y la vuelva a escuchar con atención.

—Unos pocos años después, nos vimos en la necesidad de utilizar a Cristina Hidalgo en una de nuestras misiones de campo. Su perfil era el idóneo, ninguna de nuestras agentes cumplía los requisitos con tanta claridad como ella. Y sí, utilizamos la existencia de esas fotografías para lograr que se implicara.

—Vaya, que pasaron a ser ustedes quienes la chantajearon, ¿y no dijo nada el padre?

—Tratamos con ella directamente. En ese momento ya era mayor de edad.

—¿Qué le pidieron, que sedujera a Borja Quintana para poder extorsionarlo a él?

—Dicho así… No voy a explicarle la necesidad de las altas miras cuando se habla del Estado, pero no nació ayer y es consciente de que la

Página 215

democracia no existe. Imagine que fuera así, ¿acaso no sería peligroso que pudiese surgir un loco de la nada que consiguiera los votos requeridos para llegar a la Moncloa con mayoría absoluta y que allí hiciese o deshiciese a su antojo? Conviene saber los tejemanejes de los personajes públicos, especialmente los que ostentan u ostentarán el poder; hay que ponerles riendas, como a los caballos, para que no despeñen la diligencia. Es una mera cuestión de salud patriótica, ¿lo entiende?

—Y cuando no tienen nada oscuro, se lo inventan.

—No es lo habitual, sobre todo hoy en día que la gente ya está creciendo con Internet. Todos han sido grabados masturbándose, han dejado pruebas de sus infidelidades o demás locuras que no puede ni imaginarse. Pero en aquella época de la que le hablo costaba más recabar pruebas en contra, así que sí, cuando nos encontrábamos con algún caballero de armadura reluciente había que llevarle la basura a su puerta. Y ahí fue cuando utilizamos a Cristina contra Borja Quintana. Ella era calcada a todas las exnovias que él había tenido antes de casarse. Vaya, incluso se daba un aire a la esposa, y encima era culta y tenía buena conversación, fue fácil suponer que él caería rendido.

Arturo se detiene, sopesa sus siguientes palabras. No sabe si lanzarlas o no, pero al demonio, ya está ahí, disputando el partido.

—Tengo entendido que cuando concluyó todo, ella intentó sacar a la luz la misión contra Borja Quintana para vengarse de ustedes.

—Se giró contra nosotros y amenazó con ir a la redacción de un periódico o a un plató de televisión a explicarlo todo. Y sí, desapareció poco después. Sé cómo suena.

Un largo silencio sobreviene en el andén.

—Su desaparición fue conveniente, no le voy a decir lo contrario, pero mi empresa no tuvo nada que ver. Nosotros podemos chantajear, pagar un dineral por mantener una boca cerrada…, pero matar no. Y menos a los nuestros. Piense lo que quiera, pero le aseguro que somos patriotas con auténtica vocación de servicio. Mis compañeros que trataron con Cristina por aquel entonces le ofrecieron no divulgar secretos turbios de su padre, que le debiéramos nosotros a ella un favor, yo qué sé, un trabajo en un ministerio o en alguna embajada en un país de su elección… La posibilidad de fingir un secuestro y matarla nunca estuvo sobre la mesa, eso seguro.

—¿Puede ser que el Estado mantenga a gente encerrada durante años?

Página 216

—¿Encerrada cómo?

—En una cárcel secreta, por ejemplo.

—Claro que no, ¿qué tontería es esa? Nosotros no estamos para ser niñeros de nadie.

Arturo medita si fiarse o no de esa mujer, y la mira a los ojos con ese objetivo.

—Puede creerme o no, estamos en un país libre, pero le aseguro que apuntar a mi empresa es una pérdida de tiempo. ¿Nos vino bien su desaparición? Sí, claro, pero no tuvimos nada que ver. Ah, y aquí va un consejo gratis: ándense con ojo en el grupo VII. Sea quien fuere la persona que estuvo detrás de la desaparición de Cristina Hidalgo debe de ser alguien muy peligroso. Ese trabajo es de profesionales, no de un chanchullero de Usera.

Suena un pitido en el bolsillo de la chaqueta de la mujer y coge su teléfono móvil.

—Eh, ¿usted sí que podía tener el móvil encima? —le afea Arturo—. No me habrá grabado, ¿no?

—Información, inspector, información. —Da media vuelta con un destello en los ojos—. Buenas noches. Ha sido un placer.

Página 217

10

—¿Y puedo preguntar cómo un inspector de la Policía ha conseguido contactar con el CNI? —pregunta Tania cruzada de brazos y con la ceja levantada—. Ni siquiera Pablo con su santa libreta de teléfonos ha podido.

—Como ya he dicho antes, hace unos años me vi en medio de un dispositivo en el que el CNI nos utilizó a mi compañero y a mí como figurantes. Debían vigilar una reunión que dos personas, cuya identidad aún hoy desconozco, iban a mantener en la plaza de Colón. Al CNI le pareció que lo más convincente era tener a dos policías uniformados deteniéndose en la plaza, tomando un café en la terraza de allí…, que eso se vería natural y así nadie prestaría atención a los agentes encubiertos de verdad, ya sabe, una madre que pasea un carrito, un runner que no va todo lo rápido que debiera… Que la plaza hubiera estado limpia de policías hubiese sido llamativo. Eso es, al menos, lo que nos dijeron.

Todo esto es mentira, claro, pero es la solución que se le ha ocurrido a Arturo. Primero pensó en contarle la verdad a Pablo y pedirle que fuese él quien pasara la información a la inspectora, pero después se convenció a sí mismo de que debía afrontar sus actos. Sí, les ha puesto una capa de maquillaje, pero lo importante es el resultado: ahora el grupo VII está al tanto de la relación de Cristina con el CNI.

Se encuentran en la sala de reuniones. Arturo siente las miradas punzantes de sus compañeros: no saben si ver en él a un arribista o a un policía con olfato. Aún no lo han decidido.

—Y esta mujer, claro está, no vendría aquí a hablar para nosotros, ¿no? —Diría que no, inspectora. Me temo que no.

—En fin, ya hablaremos tú y yo sobre la importancia de jugar en equipo. Ahora siéntate.

Arturo vuelve a respirar cuando regresa a su silla, al lado de Eneko, que le guiña el ojo en señal de apoyo.

Tania adopta el protagonismo de la situación.

Página 218

—Todos sabéis sobre mi último encuentro con Soledad, la hermana de nuestra víctima. Pues bien, hemos podido averiguar más sobre lo que me dijo. —Se hace a un lado y señala a Marga—. Inspectora, por favor.

Marga se acerca al portátil. Proyecta en la pantalla un documento y coge el puntero.

—Por fin podemos poner cara al nombre que Soledad le reveló a la inspectora. Aún hay que escarbar más para ver qué encontramos, pero todo apunta a que es el responsable de la desaparición de Cristina hace casi treinta años. O una pista clave para llegar a la verdad.

—¿Qué es, un adolescente?

La pregunta la ha lanzado Omar, pero la podría haber formulado cualquiera de la sala. Salvo Tania, que ya había visto esa fotografía anteriormente, todos están patidifusos.

—Obviamente la fotografía no es actual. Ni siquiera es del año en el que Cristina desapareció. Y he ahí el misterio acerca de este personaje.

Hace una pausa dramática debidamente ensayada esta mañana en su casa, pues sabe de la importancia de esta exposición para sus compañeros y no se le escapa lo mucho que la inspectora ha confiado en ella dándole este encargo.

—Esta imagen la he obtenido del archivo del St. John Council School, pues el joven se fue poco después de tomarse esta fotografía. Lo último que se sabe de él es que viajó a Vilna, la capital de Lituania, y ahí desaparece todo rastro. Ni su pasaporte ni su DNI volvieron a ser utilizados. Ayer contacté con la Embajada Española en Vilna y no les consta que resida en el país. Y, claro, en la época en la que emigró aún no se habían informatizado los sistemas ni digitalizado los archivos, por lo que no podemos asegurar nada, ni el tiempo que pasó en Lituania ni a dónde fue después.

—Así que estamos ante un fantasma —comenta Pablo.

—¿Cuántos años puede tener aquí, en la foto, dieciocho? —dice Eneko

—. Ahora debe de estar sobre los cincuenta, ¿cómo lo vamos a reconocer si es que acaso sigue vivo?

—Mayor dificultad —admite Tania colocándose al lado de Marga—. Tenemos que encontrar como sea a este hombre. Si Soledad nos lo señaló es por algo, así que os quiero a todos con la cabeza despejada de hipótesis; centraos en los hechos y sed creativos para dar con alguna clave. Aunque eso sí, acordaos de que somos un equipo, así que quiero que me informéis

Página 219

puntualmente con cualquier idea que ayude a que todos avancemos, ¿estamos?

Arturo lo siente como una puñalada. Es evidente el dardo enviado por la inspectora.

Y todos miran a la pantalla, atentos a ese rostro que apenas deja entrever maldad alguna y a ese nombre que se ha convertido en su única pista:

Franz Prats.

Página 220

11

Es domingo y el grupo VII no está de guardia; el trabajo puede esperar. Cuando el sol todavía no ha despuntado sobre Madrid, algunas ya han empezado a bregar con su día festivo.

5:10 h.

Escuchar un trasiego de coches que paran delante de tu portal acojona. Acojona y mucho. Esto bien lo sabe Tania, en ocasiones se lo han dicho las personas a las cuales ponía las esposas y recitaba sus derechos. Es un ruido que alerta y que indica que la policía viene a por ti. Quizá por eso la inspectora despierta con un sobresalto, el corazón desbocado y un sudor frío que se filtra hasta sus huesos. Ya está. No hay nada que hacer. Juraría que ha escuchado varios vehículos que se detenían delante del edificio y varias personas que empezaban a desfilar. ¿Tendrán la deferencia de llamar a la puerta o la echarán abajo directamente? O tal vez ninguna de las dos. Puede que lo haya soñado y el temblor que la domina esté injustificado. Ha de tranquilizarse. Ha de encontrar el modo de conseguirlo. Pero es que, qué difícil es estar al otro lado; ser quien espera la llegada de la ley.

Tantea el suelo con los pies y logra encontrar las zapatillas mientras se echa por encima una chaqueta. Un crepitar la alerta. Es… es… ¿aceite caliente?

—¿Qué haces levantado a estas horas? —pregunta en cuanto entra en la cocina.

—No podía dormir. Es lo que tiene el mono.

Lo dice sin girarse, solo atento a la operación de embadurnar la tostada en la mezcla de huevo y leche para acto seguido echarla a la sartén.

Tania se sienta para asimilar la escena. Teme que todo sea un espejismo; estirar el brazo y atravesar a su hijo. Raúl se acerca con la cafetera humeante, trata de servir una taza a su madre, pero la puntería le falla. Ella alcanza una bayeta y limpia la mesa mientras piensa: «Ay, Tania,

Página 221

agárrate que vienen curvas». Tiene sentimientos encontrados. Se alegra de tener a su hijo de nuevo en casa y le gusta poder verlo en pijama frente a la tele o acudiendo a la nevera a por un yogur, ese tipo de cosas. Sin embargo, cuando se atreve a sonreír la asalta el motivo de la estadía de Raúl: su implicación en un crimen.

Aunque no como asesino. Eso le dijo, y Tania quiere creerle. Necesita creerle.

—Por cierto, lo del Aitor ese… —dice Raúl mientras deja el pan frito delante.

—No quiero saber nada —aclara ella.

—Pero… Te prometo que yo no… Que fue un amigo quien…

—¿Yo qué te he dicho? Nada es nada. Bueno, sí, una cosa sí, ¿hay algún cabo suelto que pueda hacer que esto acabe como el rosario de la aurora?

—¿Algo suelto tipo qué? —pregunta Raúl.

—¿Qué va a ser? Lo que había debajo de la ducha, que te lo tengo que

explicar todo. He mirado y ahí ya no está, ¿hiciste los deberes bien

hechos?

—…

—Raúl, por Dios, ¿te libraste de lo que tú y yo sabemos, sí o no? —No te tienes que preocupar por eso. Todo está bien. Nadie lo

encontrará nunca.

6:05 h.

Los dos saludan a Jacinto, el churrero, y Arturo piensa en qué momento aquello se ha convertido en una tradición. ¿Dónde estaba él, que no se dio cuenta? Y como cada domingo no puede apartar la mirada de Jacinto. Su aspecto podría llevar a error: viste una camiseta sudada y asquerosa que está pidiendo la jubilación, pero quien se fije en sus manos podrá apreciar con qué elegancia mueve aquella rueda de masa para churros; se diría que en su cabeza suena música clásica y que agita las manos a su compás.

Jacinto no necesita preguntar; coge unas tijeras, clac, clac, clac y les sirve una ración de porras y dos cafés con leche a Petra y a Arturo. El resto

Página 222

de los parroquianos son borrachos que deciden llenar sus estómagos; ellos no, y eso se aprecia.

La primera vez que vinieron, Arturo y Petra ni siquiera se sentaron, desayunaron en la misma barra, de pie, prometiendo que no estarían mucho rato; después vinieron los domingos en los cuales se sentaron en la mesa más próxima a la puerta, una que está en el paso de todo y donde la gente no deja de golpearte con sus bolsos, culos y codos, pero poco a poco, desayuno a desayuno, han acabado afincados en el rincón, al fondo del todo.

Mesa en la que acaban de sentarse sin despistarse de su conversación. Solo se ha impuesto el silencio ahora, cuando Petra ha hecho una pregunta aparentemente inocente:

—Bueno, y dime, ¿qué vas a hacer hoy?

Arturo al principio se ha encogido de hombros, como queriendo decir «lo normal», pero ha preferido callarse. Esos planes incluyen a Blanca, y se le hace raro nombrarla. No sabe por qué, pero es así.

—¿Y tú?

—Yo no tengo una novia esperándome, así que puedo improvisar. Touché. Desayunan ensimismados en la fauna que pulula a su

alrededor. Fingen interés por esos trasnochados y de vez en cuando se ríen de alguno con discreción. Aunque en su fuero interno, Arturo rumia preocupado: ¿por qué es incapaz de hablar de su vida personal con Petra? Suelta frases como «este domingo fui a ver una exposición o vi tal película», en singular, como si no lo hubiera hecho con Blanca. ¿Por qué? Es absurdo. Pero quizá es eso lo que él necesita: una amistad sin trascendencia, una cara amable con la que pasar un rato ameno. Nada más. Seguro que también a ella le viene bien. A saber el origen de su vacío interior, ¿un duelo?, ¿una ruptura?, ¿alguna frustración?

La chica frota sus dedos sobre la taza humeante para que el azúcar de los churros que tiene pegado caiga sobre el café.

Arturo decide, viéndola así delante de él, que lo que siente por Petra es fascinación. Pura fascinación. No es su posible atractivo, energía o determinación, no; es su posición en el mundo, su manera de afrontar la vida y de estar presente en los lugares. Es su sencillez y su vitalidad. Su locura sana. Su sonrisa, o más bien su no-sonrisa; pues la chica tiene una tristeza crónica que solo deja ver cuando se queda callada mirando el vacío o escuchándole a él. Y eso choca con la magia que emite cuando es ella la

Página 223

que habla. Qué será, qué no será. Esa negrura la identifica como un ser inabarcable, de aristas profundas, imposible de conocer. Algo que consigue lo contrario: un irremediable deseo de saber más y más sobre ella, sobre su vida, su pensar y su sentir.

—¿Qué pasa? —pregunta ella con la ceja levantada—. ¿Tengo café en el bigote?

—¿Cómo? No, no, nada.

Es al salir, viéndose solos en esa calle, cuando Petra dice sin venir a cuento:

—Oye, que me puedes hablar de tu novia. Que solo sabes comentar libros y mierdas.

—¿Qué te pasa a ti ahora?

—Nada, no me pasa nada.

No es verdad. Los dos se descubren plantados en medio de la plaza de Cascorro, donde en pocas horas tendrá lugar el Rastro. Ya hay varias personas montando sus tenderetes y descargando cajas y más cajas de furgonetas.

—¿Sabes por qué se le llama el Rastro al mercadillo de cada domingo? —dice él—. Antiguamente aquí al lado había un matadero. En realidad, el primero de Madrid, y después se vendía la carne en los puestos del mercado. La sangre de los animales muertos caía al suelo de estas calles, y como hacen bajada, la sangre fluía, dejando un rastro a su paso.

—Pues muy bien, estupendo.

Abre la boca para soltar algo más, pero parece repensárselo y menea la cabeza. Da media vuelta y se va. Arturo se queda ahí, plantado, mientras una camioneta le pide con el claxon que se mueva y le ceda el paso.

Petra se detiene. Sacude los brazos como si la hubiera recorrido una corriente eléctrica y en dos zancadas se planta de nuevo delante de Arturo.

—No, ¿sabes qué te digo? —pregunta de forma retórica—. Esta tarde ponen aquí cerca, en la Sala Equis, una película que quiero ver. ¿Ves ese portal de allí, el número 11? Pues vivo en el 4.º centro. Si te apetece acompañarme, ya sabes, ven a las siete y media.

Ahora la pelota está en el tejado de él. Da media vuelta y se va. Arturo piensa que su amiga no ha dicho cuál es la película que

proyectan esta tarde. Levanta la mirada y aprecia que la aurora está impregnada de tintes fúnebres.

Página 224

12.09 h.

Tania odia los centros comerciales; el barullo, el fin único de gastar y más gastar, la falta de luz natural, ese olor a aire reciclado que combina sudor y perfume… Trata de evitarlos a toda costa, pero resulta que después de desayunar, Raúl ha dicho que necesitaba unas bambas nuevas y le ha pedido que le comprara unas, y claro, ella, deseosa de una conexión con su hijo, no ha sabido negarse.

—Pero no te doy el dinero, te acompaño y pago yo. Ah, y con tarjeta, que si pago en metálico eres capaz de devolverlas después.

Dicho y hecho. Llevan ya un par de horas, que si un café, que si en esta zapatería no hay nada de mi rollo, que si en aquella las zapas que me molan no están en mi número… Tania ha pagado gustosamente las deportivas que su hijo ha escogido y además se ha empeñado en comprarle dos jerséis, unos tejanos y una chaqueta; y es que hasta le ha hecho ilusión mudar a su hijo. Hacía años que este no se dejaba acompañar a ningún lado y ella ha aprovechado, claro que sí.

El problema es que ahora, al salir del baño y regresar a la glorieta de las cafeterías, donde Raúl la espera, se ha llevado un disgusto. Tan grande que se ha quedado parada durante unos segundos. Y ahí sigue, entre un Starbucks y un Dunkin Donuts.

Resulta que Raúl está charlando con un chico…, con un chico al que ella reconoce…

—¿Cómo va, señora? Mucho gusto —le dice el joven al pasar por su lado después de despedirse de Raúl.

Es el chico del narcopiso, quien le facilitó las señas que le llevaron hasta su hijo.

—¿Qué quería ese de ti? —pregunta Tania a su hijo. —¿Ese? Nada, me ha preguntado por una tienda. —Raúl, que conozco a ese chico, ¿qué quería?

—¿En serio te vas a poner así? —pregunta Raúl, que se hace el ofendido por la falta de confianza—. Me ha visto y se ha acercado a saludar, nada más.

—A saludar, ya…

—Que sí, mamá, te lo juro.

Página 225

Están empezando a llamar la atención de las personas que almuerzan en las mesas. Tania es consciente de eso, pero le da igual, una madre es una madre.

—Saca todo lo que lleves en los bolsillos y abre la mochila.

Raúl hace que no ha entendido a su madre.

—Ya me has oído —dice Tania—. Vamos a ver si solo te ha saludado. —Mamá…

—¿Yo qué te he dicho? Que saques lo que lleves en los bolsillos y me dejes ver tu mochila.

—¡Vete a la mierda!

Da media vuelta y se va. No necesita correr, su madre se queda clavada.

—¡Raúl! —grita Tania—. ¡Raúl, que vuelvas!

Pero su hijo no vuelve y se desvanece entre la gente.

15.06 h.

Arturo nunca había entendido la expresión «estar solo de cuerpo presente» hasta ahora. Y es que así está él: solo de cuerpo presente en este garito fancy de Lavapiés al que Blanca lo ha arrastrado para comer.

—¿No podemos quedarnos en casa tranquilamente? —dijo Arturo cuando Blanca le impuso el plan.

—Así salimos y hacemos algo diferente.

—Pues a mí manta y Netflix ya me parece algo diferente a lo que hacemos siempre.

—No seas huraño, ratón. Que si fuera por ti nunca veríamos a nadie. Se han acercado a un sitio de esos modernitos; un lugar donde el

camarero te dice algo así como: «Me llamo Cristopher, ¿qué tal estáis? ¿Habíais venido ya por aquí? ¿Sabéis cómo va el tema de la carta? Aquí tenéis el código QR». Sobra decir que Arturo no se siente cómodo en ese tipo de ambientes tan falsamente cercanos, casi que prefiere cuando los camareros son un poco bordes y no tratan de parecer tus amigos íntimos.

Pero ahí que están, acompañados de dos amigas de Blanca que se encuentran de vacaciones en Madrid. La conversación está gobernada por las tres mujeres y Arturo apenas alcanza a decir de vez en cuando un «ajá» o un «sí, claro». Pero bueno, mejor para él, pues tiene la mente muy lejos

Página 226

de ahí. Trata de desentrañar el maldito ultimátum de Petra y decidir cómo actuar. Y eso le hace sentir culpable, como si estuviese haciendo algo malo, ¿acaso no sería algo normal ir a ver una película con una amiga? Pues si en estos tiempos que corren no se hace más que predicar la libertad en las relaciones, el tener amigos de ambos sexos y no dejar de ver amistades por tener pareja y cosas así, ¿por qué se siente mal al pensar en la propuesta de Petra? Qué lío.

—Hombre, Arturo, ¡qué sorpresa!

Es Omar, acaba de entrar en el local y se ha acercado a saludar. Va acompañado por la troupe oficial: esposa y dos hijos. Hoy se ha puesto el traje de hombre de familia.

Arturo y él se saludan intercambiando los chascarrillos clásicos en ese tipo de situaciones: que qué tal, que qué haces aquí, que si nosotros es la primera vez que venimos, que qué está bueno que hayas probado ya…

—Buen provecho —dice Omar antes de irse con su familia.

Pero Blanca frunce el ceño y Arturo se huele por qué.

—Ratón, ¿pero que tu compañero no ha ido esta noche al operativo ese o qué?

—No, mujer —responde él improvisando—. No podemos estar todos vigilando a la vez. Siempre nos dividimos en pequeños grupos. Al igual que a mí me toca pringar los sábados por la noche, él lo hace los domingos a partir de la media tarde.

Eso le suena bien a Blanca, que vuelve a zambullirse en la conversación con sus amigas. Sin embargo, Arturo no puede dejar de mirar a Omar con su familia. Qué tipo, se diría que hasta es realmente feliz, qué naturalidad, qué desparpajo.

Al rato, Omar se levanta para ir al baño y Arturo se excusa:

—Perdonad un momento.

Baja las escaleras y encuentra a su compañero en un meadero. Se coloca en el contiguo.

—A veces me dan ganas de meterme a cura, no veas qué paliza me está dando hoy mi mujer —comenta Omar—. Dice que ha visto un par de veces el mismo coche y que a ver si es una de mis lobas siguiéndonos. ¿Te lo puedes creer? Así las llama: mis lobas.

—¿Y puede que sea una de tus amigas?

—¡Qué va! Pero si solo tengo a Jimena, la que viste en tu cena, y créeme, ella no va por ahí con ese cochazo.

Página 227

Se lavan las manos. Intercambian una mirada a través del espejo. —¿Qué pasa Arturo? ¿Me lo cuentas de una vez o seguimos mareando

la perdiz?

Más que no saber qué decir, Arturo lo que no sabe es cómo hacerlo; cómo aplicar el tono correcto para no parecer un entrometido.

—¿Cómo lo haces para…? En fin, no es que lleves una doble vida, pero casi.

—¿Problemas en el paraíso, Disyóquey?

—¿Qué? No, no, claro que no.

Los dos se sonríen con amabilidad. Omar da una palmada en el hombro a Arturo y se va hacia la puerta, deteniéndose en el último momento.

—En las películas siempre se muestra al infiel consumido por la culpa, duchándose con saña… pero en la vida real no es así, ya te lo digo. Puedes echar un polvo y a la media hora estar cenando con la parienta como si nada. Para un tío eso es fácil. Sin embargo… hay algo de intranquilidad, no te voy a decir que no. Por eso, si lo haces, que valga la pena, que no sea mentir por mentir. Follar está bien, pero dormir tranquilo es la hostia.

Arturo no sabe si se queda con más preguntas que respuestas o si ya ha tomado una decisión. Qué difícil. El problema se agrava cuando después de comer, Blanca y sus amigas dicen de ir a un specialty coffee para contarse sus cosas y más tarde ir de compras.

—No te enfadas, ¿verdad que no, ratón? No sé a qué hora llegaré, te voy diciendo.

—Nada, tranquila, tú pásatelo bien.

Y claro, todo se complica para Arturo: se ve a un par de calles de Petra, con la tarde libre y el runrún de que igual le apetece ver una película. Según la que proyecten en la Sala Equis, se dice. Si no me convence, nada, media vuelta y pa casa. Solo acudiré a la quedada si realmente quiero ver la película. Lo importante es eso, lo demás es un extra.

19:30 h.

Solo un poeta podría describir el interior de Arturo al llamar al timbre de Petra.

Página 228

Es una sensación extraña nunca experimentada anteriormente. Por un lado, las tripas se le retuercen y le indican que dé media vuelta, que se vaya bien lejos y al día siguiente ponga una excusa del tipo «me llamó mi abuela, que se había caído y se había hecho daño y, pobrecita, tuve que ir a verla» o «unos amigos se presentaron por sorpresa y, claro, no iba a echarlos de casa», algo por el estilo; pero a la vez se dice que no, que tiene ganas de ver a Petra y pasar tiempo con ella. Como amigos, eso sí, eso está claro.

Lo malo es que ha tenido dos horas para darle vueltas y más vueltas al asunto.

Tras despedirse de Blanca y sus amigas, primero se pasó por la Sala Equis para ver qué proyectaban aquella tarde: El hombre que mató a Liberty Valance. Aquello le dio palo, a él nunca le han ido las películas clásicas y mucho menos del oeste. ¿John Wayne en blanco y negro? ¡Qué va, para nada! Pero sacó el móvil y buscó: un 8,3 en Filmaffinity y un 8,1 en IMDB, así que llegó a la conclusión de que, aunque le pesara, aquella era una película que había que ver. No quedaba otra que aceptar el ultimátum de Petra. Estaba obligado, vaya. Pero quedaban dos horas, ¿qué hacer? Se fue a una cafetería a comer una torrija —mentira, fueron dos—, y después se dedicó a vagabundear por las tiendas del barrio hasta ahora que, a la hora convenida, está llamando al telefonillo de la chica.

Llama y llama, pero nadie responde.

Arturo se aleja un par de pasos y mira hacia arriba. Llama un par de veces más y piensa entonces en acercarse a la Sala Equis. Igual Petra ha decidido adelantarse, confiada de que él no iría a buscarla.

En la Sala Equis no saben decirle si la han visto entrar o no. Paga religiosamente la entrada y entra en la sala de proyección. Es curioso, no hace tanto, antes de su reconversión, aquí se masturbaba la gente, y ahora echan películas de John Ford… Ya hay un par de personas sentadas, pero ninguna es Petra. Arturo baja al hall y espera; pero nada, la chica no aparece.

Acto seguido y aun con temor de hacerse pesado —a veces hay que saber leer las señales de la vida— regresa al portal de Petra y vuelve a llamar al 4.º centro.

Nada. No responden.

Mejor, piensa por un segundo, así todo es un poco más sencillo. Más tranquilo, al menos. Quién desea sobresaltos y curvas, ¿verdad? Se va

Página 229

hacia casa con las manos en los bolsillos, masticando una sensación amarga que le sabe a tierra.

21:52 h.

Tania mira de reojo la entrada de su piso.

Por fin se ha decidido. Ya era hora.

Harta de que la vida no haga más que darle golpes, ha llamado a un cerrajero para que le cambie el bombín de la puerta de casa.

Lo difícil ha sido tomar la decisión, pero una vez hecho ya está, se siente mejor, hasta satisfecha y permitiéndose sonreír. Sabe que más tarde le dolerá, que esto es una forma de abandonar a su hijo mayor a su libre albedrío, pero se obliga a recordarse que ella ya ha hecho todo lo posible por salvar a su primogénito, que nadie puede culparla de lo contrario.

Sabe Dios que me he jugado mi carrera y hasta la cárcel por él, se repite a sí misma como si fuera un mantra. Tania no tiene vocación de mártir, y hay un momento en el que una ha de dar un golpe en la mesa y decir basta, hasta aquí hemos llegado.

Ahora ve a ese hombre cambiándole el bombín a su puerta y piensa que tal vez este paso lo debería haber dado antes. De haber sido así, igual Javier y Bruno aún estarían en casa.

Craso error invitar a la melancolía esta noche. Pero es que Tania disfrutaba con los pequeños rituales de su antigua vida, una que ahora parece lejana aunque el calendario indique lo contrario. Ni ella ni Javier tuvieron capacidad de reacción. Solo les quedó capear la situación lo mejor que supieron o pudieron; contemplar cómo todo su mundo se iba desintegrando lentamente, partícula a partícula, hasta que los barrió incluso a ellos.

Y más tarde, cuando Tania hizo lo que hizo (porque, ¿qué otra cosa podría hacer una madre que no sea agarrarse a un clavo ardiendo?) no encontró la comprensión de Javier. Él llevaba tiempo advirtiendo de que la mejor solución, aunque dolorosa, era cortar con Raúl; dejar que siguiera su rumbo y, si la vida quería que volviesen a ser una familia en un futuro, él regresaría a ellos… Pero Tania decidió luchar por su primogénito con los dientes apretados.

La tarde antes de que todo cambiara, Javier le dijo:

Página 230

—Tania, no, por favor, si vas y lo haces, te prometo que cuando vuelvas ya no estaremos aquí ni Bruno ni yo. Sé que es difícil, pero por favor, no vayas.

Y Tania no escuchó. Acudió a ese antro a las afueras y dijo una frase:

—Es este tipo de allí, el que está en el grupo de la esquina, el de la

chaqueta roja.

—¿Ese? —le preguntó el hombre aquel—. ¿Seguro?

—En realidad se llama Alejandro Zavala —aseguró ella con vergüenza

—. Recuerda lo que me prometiste.

Aún tiene presente el vacío al abrir la puerta de casa y comprobar que

Javier había cumplido con su amenaza. Volverá mañana cuando se haya calmado, pensó, y el mañana nunca llegó. A Tania empezó a faltarle el aire cuando comprendió lo sola que se había quedado en la vida y apenas alcanzó a sentarse en el suelo. Ni siquiera llegó al sofá. Notó el frío de las baldosas, pero le dio igual, no pudo moverse en toda la noche, y al día siguiente el sol la sorprendió así, tendida como si ya estuviera muerta.

Ahora mismo Tania pasa a escuchar el vacío, el trabajo del cerrajero se queda atrás, muy atrás, y diría que podría ser el mismo silencio que el experimentado ese día tan fatídico. Es entonces cuando la tristeza sale de su escondite.

Aunque por poco tiempo. Su teléfono empieza a sonar.

—Alégrame el domingo, Sempere.

—A ti no te va lo de empezar con un «hola, ¿qué tal?», ¿me equivoco? —dice el inspector al cargo del grupo V de la UDEV.

—Entre best friends forever no hace falta.

—Cualquier día nos hacemos pulseritas, como en el instituto. —Dime, Fermín, ¿qué se te ha roto?

—El Cellebrite Reader por fin nos ha abierto todos los secretos del móvil de Alberto Gómez, incluso todo lo borrado. No veas lo que nos ha costado… Y creo que tenemos a la persona que le consiguió el trabajo ese tan misterioso.

Ahora sí. Tania expulsa los malos pensamientos; retoma el rol de inspectora.

—Soy toda oídos, dime.

Página 231

QUINTA PARTE

Página 232

1

«Escribir sobre tu vida ayuda a ordenar la mente», le comentó Soledad una tarde de sábado al encontrarla apesadumbrada en el sofá del comedor. «Eso es lo que dicen las personas que saben de estas cosas. Podrías probar». Y Cristina se dijo que por qué no, que tal vez no estaría mal retomar el hábito de escribir un diario, pero en cuanto se propuso salir de casa a comprar uno desistió.

El problema de Cristina era que no podía escribir sobre sus convulsos pensamientos y tampoco contarle a nadie qué la roía. Nada, no podía hablar con nadie. Con absolutamente nadie. Ni siquiera con Franz. Sobre todo era con él con quien no podía hablar. Aunque era consciente de que necesitaba verbalizarlo, expresarlo para no volverse loca. O si no, se le agarraría a las tripas y le causaría una úlcera o un cáncer. Algo grave, eso seguro.

Y es que había muchas penas que afligían a Cristina durante esos días.

La culpa por el destino de Ignacio en aquella playa de Tarragona.

Franz.

Pero ¿por dónde empezar?

Habían pasado ya varios meses desde aquel fin de semana en Tarragona y la sal del Mediterráneo seguía pegada en la piel de Cristina. Todavía le temblaba el pulso al recordar la imagen de Ignacio soltando su último aliento y aún podía jurar que conservaba el sabor de su primo en los labios. En ambos labios.

De su fin de semana en Tarragona se había traído un desplegable de instantáneas que frecuentemente se obligaba a revisar. Algunas eran agradables, sin embargo, otras le provocaban taquicardias y hacían que cada vez que alguien llamaba a la puerta de casa se echara a temblar. «Ya está, es la policía, seguro». Entraba en pánico y no se quitaba el mal cuerpo en horas. La prensa apenas se hizo eco de la muerte del joven en la

Página 233

playa catalana y, al menos en Madrid, no se llevó a cabo seguimiento alguno del caso, así que no conocían el estado de la investigación.

—Murió por su asma —le dijo Franz cuando consiguió abordarlo—. ¿Acaso nosotros le pegamos o le asfixiamos? No hicimos nada malo, convéncete de una vez.

La sentencia de su primo cayó como un mensaje con doble sentido. ¿Respondió algo Cristina? No, se quedó callada y se encerró en su cuarto; afición que había perfeccionado en los últimos meses. Cristina a veces se decía que no, que todo había sido un sueño, o una pesadilla, cada día se decantaba por una cosa distinta, y que aquel fin de semana jamás había tenido lugar, tal vez en el universo onírico de las fantasías o en una dimensión paralela, pero no en su mundo, no en la vida real. En alguna que otra ocasión, sorprendía a Franz mirándola —más que mirándola, devorándola— y comprendía que sí, que realmente había estado envuelta en él; y él en ella, en aquella noche lejana.

A veces Cristina hacía un listado de amigas y buscaba pros y contras de sincerarse con alguna de ellas, aunque todos los intentos fueron vanos, ¿a quién podía hacer partícipe de sus crímenes? Finalmente decidió guardarse la escapada a Tarragona para sí misma y su conciencia; lo único es que, ya sea por telepatía o por instinto femenino, había una persona que parecía haber estado allí presente aquel fin de semana: Soledad.

No sospechaba cómo, pero Cristina estaba convencida de que su hermana lo sabía todo. Pero todo, todo. No es que se oliese algo raro, no: es que conocía todos los detalles pormenorizadamente con una clarividencia que rallaba la divinidad. ¿Cómo era posible? Por suerte, Soledad nunca enfrentó a su hermana y a su primo, nunca soltó ninguna indirecta en plena comida familiar ni nada por el estilo, aunque sí que en los días posteriores a Tarragona fue trufando el día a día de comentarios tanto sobre el compañero de Rodrigo hallado muerto en una playa como de lo tontos que salen los hijos fruto de las relaciones entre primos.

—Así era de feo el rey ese que está en el Prado, ¿has visto la cara que tenía?

Cristina hizo oídos sordos a todas esas frases de su hermana, aunque inevitablemente se quedaron resonando en su cabeza durante varios días después.

Lo que ninguna de las hermanas podía prever es que una oscura sombra caería sobre la casa de los Hidalgo. No facilitó nombre alguno

Página 234

cuando llamó a la puerta y pidió hablar con el señor de la casa.

—Ahora mismo el señor no está —respondió Lupita.

—No importa, esperaré.

Rechazó el ofrecimiento de una taza de café caliente y ese ser extraño, que parecía llegado de la época victoriana, se limitó a esperar, sentado en el sillón de la sala de estar, con las piernas cruzadas y los brazos sobre las rodillas, inmóvil. Aquello excitó la imaginación de Cristina y su hermana, que eran las únicas ociosas aquella tarde. Su madre había salido a visitar a una amiga convaleciente y Franz se encontraba aún en el college, preparando una exposición oral que debía hacer delante de toda la clase al día siguiente.

—¿Quién puede ser? ¿Alguien que quiere contratar los servicios de papá?

—Habría ido al bufete, ¿no crees?

Observaron al recién llegado desde las escaleras, entre cuchicheos. Aquel hombre parecía salir de una novela de Charles Dickens. Poseedor de un halo extraño, nunca parpadeaba. Rondaba la mediana edad, pero parecía haber hecho un pacto con el diablo; qué bien se conservaba y qué porte el suyo. Todos sus movimientos rezumaban saber estar y elegancia. Era un caballero con todas las de la ley.

Se mantuvo sentado escuchando el tictac del reloj durante las dos horas que le tocó esperar y solo se movió al saludar con una leve inclinación a Adolfo Hidalgo.

—Usted dirá, mi querido…

—Prats, señor Prats.

Pasaron a la salita y las dos hermanas se retiraron a sus respectivas habitaciones a hacer las tareas de clase. Aunque por poco tiempo, al cabo de un rato la puerta se abrió y llamaron a Franz.

—¿Ha llegado ya? —preguntó Adolfo a Lupita.

—Hace un ratito, señor. Recién acaba de encerrarse en su cuarto a estudiar.

—Haz que venga, por favor.

—¿Solo Franz, señor? —preguntó Lupita extrañada.

—Sí, le concierne a él especialmente.

Y cuando el joven entró, la puerta volvió a cerrarse.

El tiempo se detuvo en la casa de los Hidalgo y no se volvió a respirar hasta pasada media hora, poco más, cuando Franz salió corriendo con los

Página 235

ojos bañados en lágrimas; subió las escaleras y se encerró en su cuarto sin mirar a nadie, ni siquiera a Cristina.

—Es normal, necesita tiempo —comentó Adolfo al señor Prats al despedirse.

Cuando Lupita cerró la puerta detrás de ese misterioso ser tan novelesco, el padre de familia encaró a sus hijas.

—¿Quién era? ¿Qué ha pasado, papá?

—Calma, calma. En la cena os lo cuento, cuando esté vuestra madre. Y así fue. Una hora más tarde, Franz no bajó a sentarse a la mesa pero

Cristina vio saciada su curiosidad.

—Es el padre del chiquillo. Resulta que mi hermana, con quien tuvo una aventura, le ocultó que se había quedado encinta y no ha sido hasta ahora cuando ha sabido de su bastardo. El señor Prats acaba de quedarse viudo y no tiene ningún otro descendiente. Ha decidido hacerse cargo de él.

Aquello enervó a Cristina, que incluso se puso en pie con los puños tan apretados que las uñas amenazaron con hacer emerger sangre en sus palmas.

—¿Y a estas alturas es cuando le da por venir y querer hacer de padre? Solo lo hace porque no tiene más hijos, porque Franz es lo único que le queda.

—Cristina, por favor, no te sulfures. Es su padre, y él es capaz de darle un futuro que ni siquiera nosotros le podemos ofrecer. No conozco a este tal Prats y mañana mismo ordenaré que lo investiguen, pero asegura estar en poder de un capital que le resolvería la vida a cualquiera.

—¿A qué se dedica, cariño? —preguntó la madre.

—Dice que es comerciante. Viaja mucho por negocios, sobre todo a Europa del este. También a Alemania, por ejemplo, es allí donde conoció a mi hermana. Siguieron viéndose incluso cuando ella se mudó a Lituania, aunque por poco tiempo.

—¿Y cómo sabemos que es su padre de verdad? Tu hermana fue como fue…

—Lo mismo pensé yo, le pedí alguna prueba, algo… y fotos no tenía, pero sí me entregó esto. A modo de préstamo, se entiende, hasta la próxima vez que nos veamos.

Sacó del interior de su americana un pequeño libro de páginas amarillentas y con el lomo a punto de ceder.

Página 236

—Die… Die Verwand… Die Verwandlung —leyó Soledad en la portada, aun con miedo de que el papel se deshiciera entre sus dedos—. Franz Kafka…

—A tu tía le encantaba. Recuerdo que de críos se empeñó en aprender alemán solo para leer sus novelas en su versión original. ¿Sabéis lo que solía decir? Que pensar en él, en Franz Kafka, la ponía contenta.

—¿Y este libro era de ella?

—Y si lees la dedicatoria de la primera página…

Cristina y Soledad se abalanzaron. Había una dedicatoria manuscrita cuya caligrafía no entendieron.

—Reconozco la letra de mi hermana —dijo el padre a su esposa, y ella asintió, convencida—. Y no hubiese escrito semejante ñoñería de no haber sido cierta.

Las investigaciones del bufete del padre de Cristina apenas dieron resultados, y los pocos que se obtuvieron fueron de escaso fundamento. Ciertamente el señor Prats disponía de un gran patrimonio y era invitado a galas de diversos Gobiernos, tanto de izquierdas como de derechas, democráticos y autoritarios, y varias celebridades veraneaban en sus numerosas casas repartidas a lo largo y ancho del globo. Aunque nadie conocía el origen de semejante fortuna, algo que no hacía más que alentar las fábulas: ¿el crimen organizado?, ¿un cofre desenterrado? Nadie podía ofrecer una respuesta fehaciente y nunca hubo una sola persona que se atreviera a formular semejante pregunta al señor Prats en persona. Ni siquiera Adolfo cuando volvió a encontrarse con él.

Página 237

2

La mente de Arturo tiende a la obsesión. Pero hoy nadie se lo puede reprochar. Ni siquiera él, que es muy dado a meterse consigo mismo y decirse las peores cosas imaginables.

Y es que esta mañana ha vuelto a ver su cara en un periódico de tirada nacional: «20 AÑOS EN LA SOMBRA. CÓMO EL PELLEJERO ENGAÑÓ A TODO UN PAÍS» y algún lumbreras ha considerado que la mejor manera de llamar la atención era con la estampa que en su día copó las portadas de todos los rotativos: un niño de ocho años, con vendas en el lado izquierdo de la cara, en brazos del inspector de Policía que lo encontró. Ni protección al menor, ni derecho a la intimidad, ni nada de nada. Para qué.

Aunque en realidad, al menos ahí, Arturo sabe que está siendo injusto con su enfado infantil, y es que los medios contaron con consentimiento paterno. Sí, a su madre y a su padre les pareció bien dejar vendido a su hijo, permitiendo que lo retrataran hasta la extenuación y hasta le obligaron a ponerse delante de los micros una vez regresado a la normalidad, cuando ya llevaba una semana de nuevo en casa.

Tantos años después, la rabia vuelve a hervir en las venas de Arturo. Mira tú por dónde, de haber actuado de forma diferente su madre y su padre, quizá hoy seguirían en contacto. También si no le hubieran culpado por la muerte de Ismael durante cada uno de los días, claro.

Tratando de anclarse en el aquí y el ahora, Arturo cierra los ojos unos segundos y lleva sus dedos al entrecejo. Tres, dos, uno y mira el PowerPoint que tiene delante.

Hey, man,

Qué tal?

Hola, bien, aquí.

Acabo de salir de una ETT, pero huele mal.

Por eso te escribo.

Página 238

Tengo un curro para ti.

Yeah! Qué es?

Llámame por FaceTime.

No por llamada normal, ok?

Solo FaceTime.

Voy.

Todos ven proyectado el extracto de la conversación que Alberto Gómez mantuvo con un amigo por WhatsApp.

—Por la cronología facilitada por la esposa de Alberto, este empezó a trabajar en Tártaro días después de este intercambio de mensajes —dice Tania a los suyos—. Es de suponer que ese amigo le comentó los detalles del trabajo por FaceTime y que Alberto, llevado por la necesidad, acabó aceptando.

—Pero ¿por qué ese empeño por FaceTime?

—Así no se puede ni rastrear ni pinchar —dice Pablo—. Qué cabrón… Llueve desde bien temprano y las gotas chocan con tanta violencia contra las ventanas que parecen estar asediando la comisaría, el repiqueteo es constante, eso les obliga a elevar el volumen de la voz, y la capa de lluvia no permite ver nada del exterior; además se ha estropeado la

calefacción y han tenido que enchufar dos calefactores.

Por suerte, están ante una pista nueva otorgada por el grupo V.

—Al menos conocemos la identidad del amigo, ya es algo.

Tania pasa a la siguiente diapositiva y todos observan la ficha policial de un tipo llamado Ramón Malvives. Treinta y ocho años, residente en Vallecas, con una larga lista de delitos en su haber por agresión y asalto con arma blanca. En la fotografía se aprecia a un chico de mirada turbia, como quien todavía no es consciente de que lo acaba de pillar la policía y aún se cree que todo es un juego.

—Está con la condicional y, de momento, es nuestro único enlace con Tártaro.

—Pues vayamos ya mismo a por él, ¿no? —propone Omar.

—Ahí está el problema —dice Tania con pesar—. Es un «confite» de la UDYCO.

Nadie reprime un bufido, una cabeza gacha o un gesto de disconformidad.

Página 239

—Como podéis suponer, he llamado a la jueza y no está por la labor de echarnos un cable. Podríamos interferir en investigaciones ajenas y no tenemos permiso para interrogarle.

—¿Entonces, qué? —dice Marga—. ¿Qué podemos hacer?

—No os va a gustar…

Tania deja que el silencio gane espacio y le allane el terreno. Es Pablo quien habla, que la conoce como si la hubiera parido. —Vamos a hacer un Umberto, ¿no?

Tania hace un gesto de afirmación y todos se desaniman al unísono.

Todos salvo Arturo, que mira a su alrededor con desconcierto.

—¿Qué es «hacer un Umberto»?

—Umberto Fariña es un investigado al que dimos caza hace un par de años —responde Eneko.

—¿Y? —dice Arturo—. ¿Qué es lo que hicisteis?

Página 240

3

Arturo se ve sentado al lado de Pablo en un Seat Ibiza a medianoche y piensa que la vida conserva sus toques irónicos pese a todo. Tantas veces que ha mentido a Blanca diciéndole que dedicaba los sábados por la noche a tareas de vigilancia y seguimiento, y ahora por fin es real.

Resulta que «hacer un Umberto» no es otra cosa que seguir a un sospechoso en el tiempo libre —ni durante la jornada laboral, ni contándolas como horas extras—, pues ni la jueza ni el comisario pueden enterarse de estas pesquisas.

Nada de lo que descubran durante estas tareas podrá utilizarse en ningún juicio, pero esperan obtener alguna pista, algún rastro que les permita dar con el paradero de Tártaro, y ya después verán cómo lo justifican ante los superiores. Se han organizado por parejas y siguen a Ramón Malvives a todas horas: fotografían a las personas con las que se encuentra y apuntan todos los lugares que visita. El problema es que llevan así dos semanas y, de momento, Ramón está llevando una vida monacal.

—¿Qué te pasa, Disyóquey? —pregunta Pablo en plena vigilancia, estando los dos encerrados en el coche—. Llevas unos días muy nublado. ¿Problemas por casa?

Arturo no sabe por dónde empezar. Hay muchos caballos desbocados en su mente.

Petra sigue sin dar señales de vida. No sabe nada de ella desde aquella mañana en la cual le soltó ese ultimátum que resultó yermo cuando horas más tarde no le abrió la puerta. Claro, Arturo ha vuelto por ahí, más que nada para cerciorarse de que la chica esté bien; y más le valdría no haberlo hecho, porque encontró al casero del 4.º centro vaciando el piso.

—Disculpe, señor, es que soy amigo de Petra y…

—¿Tú sabes dónde se ha metido esa niña? Si la ves dile que no vuelva a por la fianza, ¿me oyes? Lo poco que tenía se va directo a un trastero, y aquí paz y después gloria. No voy a perder dinero por ella. Si es que ya no hay modales en este mundo, qué cruz.

Página 241

Esto hizo que le saltaran las alarmas, y es que Petra también está faltando a su puesto de trabajo. Al lunes siguiente, Arturo pensó que la encontraría en la garita de la entrada como siempre, pero nada; y nadie supo decirle qué había sido de ella.

Y entonces llegamos a otro punto de preocupación para Arturo:

Asuntos Internos.

Sacha lo abordó hace unos días para presionarle y recordarle su situación, no fuera a habérsele olvidado.

—Más te vale que me des algo pronto. Mi paciencia tiene un límite y tú estás muy cerca del borde, amigo mío.

—¿Y tu compañera, dónde está? —se atrevió a preguntar Arturo.

—Tú céntrate en tu jefa, hazte el favor.

Claro, Arturo ha pensado en contar toda la verdad sobre la posible desaparición de Petra, pero ¿a quién? ¿Cómo sabe que no está destinada a otros quehaceres de la Policía? Es más, eso podría dar que hablar, y él tiene novia.

Las cosas con Blanca…, pues van como siempre han ido las cosas con Blanca.

Hay días en los que Arturo se descubre queriéndola sorprender con algún detalle, quizá comprarle unos bombones cuando hace la compra en el Lidl o con una novela cuando pasa por una librería y piensa que ese título del escaparate le puede interesar. Lo malo es el resto del tiempo; los dos se muestran asqueados por el estancamiento y ya no se molestan en disimular, para qué. A veces parecen más hermanos que novios, esa es la verdad.

—Pues claro que es posible que un hombre y una mujer sean amigos sin necesidad de acostarse. Se llama matrimonio.

Es una broma que hizo hace poco una amiga de Blanca en una cena. Los dos se rieron, pero enseguida dieron paso a un silencio demasiado prolongado. Puede que sea eso, piensa Arturo en más de una ocasión, son muchos años juntos y es normal que el enamoramiento haya dado paso a un amor más sincero y seguramente más real, es solo que…, que echa de menos la pasión y la magia.

Y después está el tema de que Arturo sigue siendo Arturo: siempre tiene la cabeza llena de veneno y un peso en el pecho que no le permite respirar ni avanzar en su vida.

Pero ¿le cuenta todo esto a Pablo?

Página 242

Pues no, claro que no.

Esta noche están siguiendo a Ramón Malvives por el centro, y Arturo siente que es como volver a ser patrullero. El perseguido ha tomado un pincho de tortilla por Malasaña y ahora anda en un local de Serrano. Por la cola que hay para entrar, sospechan que debe de estar de moda, que debe de ser trendy en las redes sociales o algo así. Va acompañado de dos amigos que son su sombra, dos tipos de Vallecas con los que se crio y que para él son como hermanos.

—Oye, Pablo, una cosa, cuéntame ya de una vez qué pasa con Tania. Me lo he ganado, ¿no?

—La curiosidad mató al gato, ¿no sabes tú eso?

—¿Por qué los de Estupefacientes no nos quieren ver ni en pintura? —A ver, así resumido… Hace varios meses, quizá casi un año o un

poco más, hicimos una redada en la que detuvimos a diez miembros de una banda. Estaban implicados en un par de asaltos que acabaron mal… Tú ya me entiendes, con un par de finados. Pero nos faltaba saber quiénes habían sido los brazos ejecutores y quiénes los intelectuales, además de posibles colaboradores…, todo eso.

»Para que prestaran declaración los dividimos en distintas salas de interrogatorios, aunque no llegamos a hablar con ni uno de esos hombres. De repente llegaron agentes de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado, con sus placas y sus chalecos. El responsable al mando nos llevó a Miravete, a Tania y a mí a un despacho y nos contó la situación: uno de los diez detenidos era un infiltrado de ellos, aunque no dijeron cuál. Y claro, para no echar abajo su investigación, no nos quedó otra que soltarlos a todos.

»Se alegó que el grupo VII había realizado mala praxis durante la detención y que no había motivos suficientes para interrogar a esos tipos. Todo para que la investigación de la UDYCO siguiera adelante.

—Hasta ahí nada raro, ¿no? —dice Arturo—. Os comisteis el marrón con tal de que el infiltrado no se destapara y una investigación mayor siguiera su curso, pero nada más, ¿entonces?

—Pues pasa que, a la semana, uno de los diez hombres que detuvimos, Alejandro Zavala, apareció muerto. La UDYCO nos señaló directamente diciendo que uno de nosotros había estudiado los expedientes de los detenidos y que había averiguado cuál debía de ser el infiltrado, y que esa información se había filtrado a la banda.

Página 243

—Pero es de locos pensar eso. Pudieron destaparlo de mil maneras distintas.

—El problema es que la banda tenía amenazado al hijo de Tania… Raúl les debía un montón de dinero.

Ahí la cara de Arturo cambia, y Pablo asiente con pesar.

Justo en ese momento, Ramón Malvives, seguido de cerca por sus dos camaradas, sale de la discoteca y se sube a su Mercedes. Por la dirección que cogen, Arturo y Pablo adivinan que se dirigen de vuelta a Vallecas, lo que no pueden ni imaginarse es que la noche no ha hecho más que empezar.

Página 244

4

A Tania no le cuesta ni lo más mínimo soportarle la mirada a ese toro desbocado.

Es más, le gusta.

Tiene delante al actual inspector jefe de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado, sabe que está por encima de ella en la jerarquía, pero tanto le da.

—¿No le parece demasiada casualidad, inspectora? —dice él—. Hace dos semanas me preguntó acerca de mi confidente, Ramón Malvives, pidiéndome permiso para hablar con él y ahora va, y pasa esto.

—Pues también es mala suerte, pero las casualidades existen.

—Yo no creo en las casualidades.

—Pues muy mal hecho, la vida está plagada de ellas.

Están en el despacho de Tania, lugar en el que se han encerrado después de que el inspector jefe, Alonso Casas, se haya presentado en la sala común del grupo VII como una bestia fuera de su jaula, con ganas de gresca.

—Lo diré de otra manera —dice el hombre—. No es que no crea en las casualidades, es que no me gustan.

—Inspector Casas, entienda mi situación, llega aquí hecho una furia y empieza a incriminarme, ¿cómo quiere que reaccione?

—Doy por hecho que no lo hizo usted, solo faltaría, pero alguno de sus hombres…

—Yo soy la madre de todos ellos, y respondo por todos y cada uno. Se mantienen las miradas. Juego que ella domina: no mueve ni un solo

pelo ni centímetro de su cuerpo, se muestra firme y decidida.

—Está bien, vale —dice el hombre al final, quién sabe si dándose por vencido o esperando a la siguiente batalla—. Entonces, ¿puede asegurarme que el grupo VII no tiene nada que ver con lo que le ha pasado a mi confidente este fin de semana?

Página 245

—Lo que le ha ocurrido a su confite es una desgracia, pero está lejos de nuestro campo de actuación. Ni siquiera estábamos de servicio, y en este país nadie trabaja de más.

Él se despide con un simple gesto de cabeza y se va dando zancadas.

Casi podría decirse que el suelo tiembla a su paso.

Tania suspira y deja reflejar su preocupación. Acto seguido lleva sus nudillos al cristal.

—¡Yani y Pablo, venid aquí!

Cuando los tiene delante, los mira con la misma firmeza que hace un rato ha practicado con el inspector jefe de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado.

—Joder, que solo teníais que seguirle…; de Yani me espero cualquier cosa, pero de ti, Pablo, ¿cómo no supiste tirarle de la correa al chaval?

—Inspectora…

—¡Callad!

Los observa, pasea sus ojos de uno a otro, sabiendo lo mucho que este silencio los está coartando. Cuando cree que el castigo es más que suficiente, vuelve a hablar:

—Y ahora contadme otra vez, con todo lujo de detalles, cómo pudo acabar así vuestra noche del sábado.

Página 246

5

Que Arturo volviera a horas intempestivas no fue lo que sorprendió a Blanca, lo que le llamó la atención fue que lo hiciera con las manos manchadas de sangre.

Nada más entrar en la madriguera, Arturo no se desnudó ni se acercó a la cama para darle un beso, no, lo primero que hizo fue poner sus manos bajo el chorro de agua fría.

—¿Qué te ha pasado? —dijo Blanca desvelándose—. Mírate, ¿estás bien?

—Ve a por hielo, por favor.

Él taponó el lavamanos y el agua fue subiendo más y más, vertió los cubitos que trajo Blanca y cerró los ojos al hundir las manos. Tenía los nudillos al rojo vivo y el agua fría no arrastraba toda la sangre incrustada.

—¿Me vas a contar ya qué te ha pasado o voy a seguir con el intríngulis?

—Nada, una pelea.

—¿Que te has peleado? —dijo Blanca con asombro—. ¿Tú, que no te peleas ni cuando un tío cerdo me dice una guarrada por la calle?

Pero es que hay llamadas que no se pueden desoír. Situaciones que funcionan como un disparador que, una vez accionado, ya no admite vuelta atrás.

Ese fue el caso la noche del sábado.

Cuando llegaron a Vallecas, tal y como era presumible que iba a pasar, Ramón Malvives fue dejando a sus amigos en sus domicilios, primero a uno y cinco minutos después al otro. Más tarde, ya aparcando delante de su portal, Arturo y Pablo dieron por hecho que Ramón entraría en su casa y que ya podrían dar por finiquitado el seguimiento de esa jornada, que Malvives se iría a dormir la mona y ya está.

Pero no. En lugar de entrar en su domicilio, se dirigió al edificio de enfrente, lugar en el que ellos sabían que vivía su anterior pareja y el hijo de ambos.

Página 247

Eso hizo temer lo peor a los policías.

Un pitido a través del telefonillo franqueó el pasó a Ramón y la calle se quedó tranquila durante un rato.

Un rato muy corto.

El portal se abrió de nuevo y Ramón salió acompañado por un crío de tres años. Iba sollozando, en pijama y sin chaqueta alguna. Por lo que dijo, los dos policías entendieron la situación al instante: Malvives había irrumpido en el piso de su ex sin aviso alguno y, a saber por qué, había sacado al niño de su cama y lo llevaba a rastras hacia la suya.

—Tu cama está ahí, en mi casa —dijo Ramón.

El niño no dejaba de llorar y sorber mocos. Tenía sueño y frío, quería volver con su mamá.

—Tu casa es la mía, deja a la puta de tu madre y vente, cojones.

Tanto Arturo como Pablo se incorporaron en los asientos del Seat Ibiza; Arturo llevó su mano a la manilla de la puerta pero Pablo le detuvo.

—Recuerda, no podemos delatarnos. Se supone que no estamos aquí.

Arturo asintió y miró al frente.

El problema es que al niño le dio por aumentar el volumen de sus quejas y se tumbó en plena calzada, lo que hizo que Ramón entrara en cólera. No solo empezó a insultar al niño, sino que también le profirió un par de patadas.

Y por ahí no. Por ahí sí que no.

Eso Arturo no lo podía permitir.

Algo en su interior hizo clic y la mirada se le tiñó de rojo. Se bajó del Seat Ibiza y cuando Ramón lo vio venir fue tarde.

Cayó al suelo con el primero de los golpes y no apreció la cara de su atacante hasta varios segundos después, cuando ya estaba embadurnado en su propia sangre. Pablo irrumpió acelerado y consiguió arrancar a su compañero.

—Que pares ya. ¿Te has vuelto loco o qué?

Metió a Arturo en el lado del copiloto y pisó el acelerador.

Cuando la gente empezó a asomarse por los balcones, el Seat Ibiza ya estaba lejos.

También el niño en brazos de su madre, al menos eso.

—¡Jodeeeeeer! —gritó Arturo contra el salpicadero dándose cuenta de lo que había hecho, mirándose por fin las manos—. ¿Tú crees que lo he matado?

Página 248

—Y yo qué sé, no sé, pero te vas a casa cagando leches.

Página 249

6

—¿Y ya está? —pregunta Tania aún sentada detrás de su escritorio, escrutando a sus dos subalternos de pie—. ¿Algo más que deba saber?

—Nada más, inspectora —responde Arturo.

—Si hay algo, lo que sea, es ahora cuando debéis contármelo. ¿Pablo? —Tal cual lo ha contado el chaval.

Tania contempla a Arturo y aprecia remordimiento en sus ojos. Ella sabe la historia del niño de Onda y entiende, aunque eso no justifica nada, los acontecimientos del pasado sábado. Decide soltar el látigo. Se recoloca en su asiento y respira hondo, relajando el ambiente del despacho.

—Por suerte para vosotros, bicho malo nunca muere.

Tres costillas rotas que casi perforan un pulmón, numerosas contusiones, dos dientes rotos y seis puntos en la ceja derecha son las consecuencias de la paliza a Ramón Malvives.

¿La buena noticia? Que apenas recuerda a su atacante y es tan parco en palabras que la descripción de su denuncia no es muy buena. Jura que lo reconocería en caso de verlo de nuevo y ha pedido hacer una rueda de reconocimiento como en las series de la televisión, pero por suerte, los agentes que han tramitado el papeleo han logrado convencerlo de que no es un caso tan grave como para llegar a esos métodos. Tampoco hay ningún vecino que viera, ni grabara con el móvil, el coche o el suceso, así que Arturo puede respirar un poco más tranquilo.

—Menos mal que no se fijó en tu lado izquierdo, Yani —comenta la inspectora—. Estás de suerte.

Suena el teléfono fijo situado en una esquina del escritorio. Tania pide silencio a Pablo y Arturo y responde con el altavoz activado.

—Aquí Bilbao.

—Hola, inspectora, tengo al teléfono a un tal Borja Quintana, que está pidiendo hablar contigo —dice la recepcionista de la comisaría—. ¿Qué hago, te paso la llamada?

—Sí, pásamelo, por favor.

Página 250

Los tres policías se miran embargados por la curiosidad. La tensión se palpa en el ambiente. De ahí lo molesto que resulta el móvil de Arturo, que empieza a sonar.

—Salgo un momento…

—¿Tan importante es, Yani? —pregunta la inspectora con la ceja levantada.

—Lo siento… Es un tema personal…

No hay posibilidad de réplica. La voz de Borja Quintana resuena desde el altavoz y Tania inicia la conversación con él. Arturo aprovecha la distracción para salir del despacho. Atraviesa la zona común y se encierra en la sala de reuniones, donde por fin responde.

—¿Qué se cuenta mi rookie favorito?

—Sí que estamos de buen humor, ¿no? —responde Arturo—. ¿Qué pasa, que hoy es el día del patrón de Asuntos Internos?

—Muy gracioso. Tengo buenas noticias.

—Entonces dilas ya, por favor, a ver si me levantas el día. —Si todo va bien, tú y yo estamos cerca de perdernos de vista. —¿Y eso?

—Tu jefa está a punto de caer, y ¿sabes lo mejor de todo? Que encima tú te llevarás el mérito, novato.

Arturo se apoya en la pared, casi sin respirar. Observa de reojo los dibujos que ahí se exponen, los hallados en el piso de Alberto Gómez. No sabe por qué, pero Arturo se fija en el único que no tiene lugar en una mazmorra sino en el exterior, en una glorieta, a saber cuál.

—Eh, Arturito, ¿estás ahí?

—Sí, dime.

—Es momento de que pases a la acción —dice Sacha—. Escúchame con atención porque tu adorada jefa tiene medio culo fuera de la Policía, y depende de ti que en cuarenta y ocho horas esté sin placa y sin pistola.

—Pero ¿qué es lo que ha pasado?

—Que hemos dado con su talón de Aquiles. Va a ser su propio hijo quien la haga caer. Tú escúchame.

Cinco minutos después, Arturo abandona la sala de reuniones con el rostro ceniciento, como a quien le ha caído una condena. No escucha nada más que su propia respiración. Por eso a Tania le cuesta varios intentos lograr que repare en ella.

—Oye, Yani, ¿estás bien?

Página 251

—¿Cómo? Ah, sí, sí —consigue responder Arturo—. ¿Qué quería Borja Quintana?

—Por eso vengo. ¿Qué tienes apuntado para mañana por la mañana? —Tengo que ir a los archivos del Cuerpo, ver los expedientes de los

policías que en su día interrogaron a Venancio Sacristán. Dijo que lo secuestraron y llevaron a Tártaro inmediatamente después de dejarle ir a casa, igual alguno de esos policías nos permite encontrar algún rastro de Tártaro… Al menos de su origen, quién sabe.

—Déjalo para más adelante —ordena Tania—. Mañana a primera hora te vienes conmigo. El político reconvertido en estrella televisiva y su esposa quieren hablar con nosotros.

—¿Su esposa?, ¿por qué?

—Dicen que tienen información nueva sobre Cristina. Quién sabe.

Da media vuelta para regresar a su despacho, pero se detiene.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí… No… No es nada.

—Eres fan de las horas extras y así te va. Descansa, ¿quieres? Vete a casa, no seas de los que se quedan todo el día en comisaría. Tú hazme caso.

—Gracias, jefa.

—De gracias nada.

Página 252

7

¿Cómo vivió Franz la irrupción de su padre en su cotidianidad? Al principio con furia; encontrando cualquier mínima oportunidad para renegar de él y hasta insultarlo. Pero finalmente, llevado por la curiosidad, aceptó verlo durante las tardes de los jueves y eso llevó a que en pocos meses ambos gozaran de una relación, si no estrecha, al menos cordial.

Cristina notó el cambio. Franz ya no hablaba de su padre con resentimiento sino como si fuera su jugador de fútbol favorito o un gran héroe nacional con hazañas increíbles a sus espaldas. Ella se moría por preguntarle si todo seguiría igual entre ellos. Es decir, si seguiría siendo su primo y continuaría viviendo con ellos, pero nunca se atrevió a verbalizar sus pensamientos, acaso por miedo a una respuesta negativa que derrumbara sus castillos en el aire.

Tampoco le hizo falta contenerse durante mucho tiempo.

Una buena noche, el joven se plantó ante los Hidalgo a la hora de cenar y dijo como si tal cosa, como quien dice que mañana hará frío o que el viernes se estrena tal película que tiene buena pinta: «Mi padre me ha pedido que me vaya con él. No sé qué hacer». Miró a Cristina, pero no añadió nada más. Tampoco nadie le pidió que se quedara ni hizo comentario alguno, todos prefirieron dar libertad al chico y que escogiese lo que él considerase mejor. Solo Soledad llevó su mano a la de Cristina y se la apretó con cariño, dándole fuerza y entereza para soportar aquella velada. Soledad nunca tuvo ni una pizca de estima hacia su primo y seguramente agradecía liberarse de su presencia en casa, pero al menos en esa ocasión optó por ser una hermana devota y no una prima odiosa.

Los días que siguieron fueron extraños. Entre Franz y Cristina se estableció una ley de silencio. Iban y venían juntos del college, podían estar en el mismo grupo de amigos, ver una película en la sala de estar…, pero nunca conversaban de qué era aquello que llevaba meses naciendo entre ellos, qué había significado Tarragona o qué pensaba hacer Franz con la oferta de su padre.

Página 253

Además, empezó a haber un momento aciago para ambos, el regreso a casa los viernes por la noche.

En el grupo de amigos que ambos compartían se estableció la tradición de ir a la discoteca Dolan cada viernes por la noche. Era la discoteca de moda en la capital por aquel entonces y acudían jóvenes de todas las condiciones; su clientela era absolutamente transversal. Tanto, que incluso empezaron a acudir futbolistas o actores famosos, y el dueño de la Dolan tuvo que crear una zona VIP. Porque una cosa es ser abierto y permisivo, y otra dejar que la gente se mezcle como si fuéramos todos iguales.

Allí, tanto Cristina como Franz se lo pasaban bien junto al resto de sus amigos: bebían, bailaban, algunos hasta ligaban —Cristina y Franz, no; ellos nunca—, sin embargo, el problema empezó a acechar después de la discoteca, cuando les tocaba encarar el camino de regreso a casa. Solían ser minutos en los que ambos estaban desinhibidos, con la mente algo achispada y las hormonas exaltadas; cada viernes que pasaba se hacía más patente el peligro de una recaída, el deseo de revivir aquella noche en Tarragona. Los primeros viernes no, los primeros viernes fueron de un silencio sepulcral hasta llegar a casa y encerrarse cada uno en su cuarto. Pero después empezaron los viernes de ir cogidos de la mano, más adelante los viernes en los que buscaban cualquier excusa para abrazarse y, como era de prever, los viernes en los que, con la excusa de ir borrachos, se besaban en la esquina antes de llegar a casa. Vaya, que era de esperar que próximamente hubiese viernes en los que ambos se recorriesen.

Y eso Cristina no lo quería. Sabía que harían mal si volvieran a caer en el pecado. Eso la llevó a evitar a su primo tanto en el día a día como los viernes al regresar a casa, siempre había una amiga con la que compartir un taxi o una última cerveza que tomar en casa de no sé quién. Los dos primos dejaron de compartir las noches de los viernes, esas horas que ambos robaban con sumo gusto, y eso hizo que la frustración hiciera mella en Franz, que decidió enfrentar a Cristina.

—¿Se puede saber qué te pasa a ti?

—A mí nada, ¿por qué?

En un rincón de la discoteca ambos empezaron una discusión velada. No llamaron la atención de nadie; quien los hubiese visto desde lejos, solo habría percibido una conversación entre dos personas, ya está, pero el subtexto… Ay, el subtexto. Franz preguntó a Cristina si aquella noche irían juntos a casa, pues debía decirle una cosa y había estado esperando

Página 254

semanas enteras para contárselo, pero Cristina le respondió que no —pese a querer decir que sí— y así fue como se volvieron a juntar con el resto del grupo.

La noche transcurrió apacible, al menos en lo externo. En el interior de Cristina todo era confuso. Se prometió que no, que no y que no, que no caería en esa trampa, y eso la llevó a cometer un error garrafal. Una de esas escenas que repetiría en su memoria durante años y que en más de una ocasión la llevaría a preguntarse: «¿Por qué no hice caso a mi instinto?, ¿acaso no es el instinto la voz del alma?».

Lo que ocurrió es que se le acercó la mánager de la zona VIP y le dijo que la invitaba a ella y a una amiga de su elección a una copa arriba, «donde la gente importante».

—¿Y eso? —preguntó Cristina con desconfianza y perplejidad. Llevaban meses acudiendo a la Dolan y nunca les habían invitado a subir las escaleras.

—Chica, se te tiene que decir todo —respondió la mánager—. Hay un tío que te ha visto desde arriba y al que le ha gustado cómo bailas, dice que te quiere conocer. Pero vaya, que puedes llevarte a una amiga, ese chico está acompañado de su cuadrilla.

—¿Un chico?, ¿qué chico?

—Seguro que tu hermano tiene algún póster suyo en la pared o has visto su nombre en alguna camiseta por la calle. Tú sube, no seas tonta.

Su cerebro, su corazón y sus tripas le rugieron que no subiese a la zona VIP, pero Cristina miró a su primo, y cuando lo vio ahí, contemplándola, se asustó de sí misma y decidió cumplir con el destino. Dijo que sí, sumó a una amiga a la causa y subió las escaleras sin saber qué consecuencias iba a tener aquella noche.

De las fotografías y amenazas tardaría en enterarse, en cambio, al día siguiente, nada más despertar se llevaría una triste sorpresa.

—¿Sabes qué? —dijo Soledad cuando la abordó por el pasillo—.

Franz se ha ido.

—¿Cómo que se ha ido?

—Llegó sobre la una de la mañana. Qué portazo metió; nos despertó a todos. Hizo la maleta y se fue corriendo. Solo habló con papá, le dijo que se iba con su padre.

—¿Y cuándo vuelve?

Página 255

—Ha dicho que se iba para siempre. Papá incluso ha soltado una lagrimilla. Yo creo que nos hace un favor a todos.

Y se obligó a callar, a no decir nada más; pareció darse cuenta de que igual estaba siendo demasiado sincera o que su hermana no la estaba escuchando.

Cristina acudió al cuarto de Franz y solo encontró pena y congoja. La luz apenas entraba por la ventana y ella decidió abrazar la penumbra; se permitió sentarse en aquella cama que aún conservaba el olor de su primo. Un olor que empezó a llenar su tristeza. Supo entonces que se había quedado sola, realmente sola, y que el vacío que sentía jamás se volvería a llenar.

Se abrazó a la almohada y no salió del cuarto hasta el día siguiente.

Página 256

8

Que dos drogadictos se peleen en pleno subidón y se terminen matando no es raro. Lo raro es que cerca de ellos se encuentre una persona que se ve implicada en un crimen por segunda vez en pocas semanas.

Eso sí llama la atención de la Policía.

Y es el caso de Raúl.

Ve delante de él a la inspectora sabionda que irrumpió en casa de su madre y piensa que todo es un juego macabro del destino. ¿Acaso es posible tener tanta mala suerte?

Miranda Delgado lo observa desde el otro lado de la mesa de esa minúscula y calurosa sala de interrogatorios. Tiene los brazos cruzados y parece estar esperando a alguien, pues de tanto en tanto consulta la hora.

Están callados. Raúl, que ha visto muchas series de policías, sabe que es para darle tiempo para pensar, para darle vueltas al coco y que eso termine por derrumbarle, pero él es fuerte mentalmente —más de lo que todo el mundo cree— y no cederá.

Él es inocente. No le harán pagar los platos rotos de nadie. Si del primer marrón en el que se vio metido hace tan solo unas semanas salió airoso, por qué no en esta ocasión, ¿verdad? Lo único es que ahora no está su madre para socorrerlo, para decirle que confíe en ella y que todo irá bien. No, está solo. Solo ante esa inspectora que lo mira con desinterés, como si fuera una escoria certificada de la sociedad. Y vale, tal vez lo sea, pero esta vez tampoco podrá pillarle. Lo único que ha de hacer es mantenerse calladito. Eso es fácil.

Pero es que, de verdad, qué mala —malísima— suerte la suya. Resulta que después del desplante a su madre en el centro comercial

estuvo vagando por aquí y por allá. Que si pasar una noche en el piso de Carlos, que si ir a ver a Lucy, descansar la vista en el sofá de Ramiro… Así es como acabó en un hangar abandonado de la zona de Almendrales que suele dar refugio a los prendas como él.

Página 257

—Tú, ¿qué vas a hacer hoy, tío? —le preguntó Nando, un chico con el que ya se había cruzado alguna que otra vez, y es que, al final, el inframundo de Madrid es como un pueblo en el que todos se conocen.

—Pues supongo que ver cómo llegar al curro desde aquí. Necesito pasta.

—¿Por qué no te vienes a casa de mi colega? Ha conseguido una bolsa entera de grifa y podemos estar ahí de tranquis.

Dicho y hecho. Lo malo es que el colega, un tal Roque, no solo había conseguido grifa, sino también fentanilo, que ya es algo muy chungo. Él ahí dijo que no, que nanay, que prefería la mierda de siempre y punto. Pero Nando y Roque no fueron del mismo parecer; corrieron las horas, se mermaron las existencias y, cuando ya llevaban cuarenta y ocho horas sin comer ni dormir, se les fue la pinza.

Cuando a Raúl le salpicó la sangre en la cara no pudo ni parpadear. —Una cosa, ¿no podría bajarse la calefacción?

—Claro, ahora voy. Un segundo —dice la inspectora sin intención de moverse.

La puerta se abre y entra un hombre grandote, sudado, como si hubiese estado apurado buscando la sala por diversos pasillos, sabiendo que está llegando tarde. Se apelmaza los pocos cabellos que le quedan en la cabeza y le tiende la mano a Raúl con una sonrisa.

—¿Qué tal? Soy Sacha, de Asuntos Internos, encantado.

—¿Sacha?, ¿en serio? ¿Qué nombre es ese?

Se sienta a la diestra de Miranda Delgado y se dedica a mirar al reo. —Lo importante, Raúl, es que aquí yo soy el poli bueno y mi

compañera la mala, la inspectora que te quiere meter entre rejas.

—Ha dicho que es de Asuntos Internos… Yo no soy madero. No se ofendan, ¿eh? Pero ¿qué tiene que ver conmigo?

Sacha mira a la inspectora, dándole el turno de palabra.

—A ver, Raúl, tu caso tiene mala pinta. Primero está la muerte de Carrillo, investigación que sigue abierta, y ahora esto…

—Yo no tuve nada que ver. Ya os lo he dicho antes. Sí, estaba con ellos en el piso de Roque tomando algo, de visita, y se empezó a calentar la cosa entre él y Nando.

—Y los dos han acabado muertos por arte de magia, ¿no?

—Se empezaron a pelear y Nando cogió un cuchillo de la cocina, pero, joder, yo no tuve nada que ver, yo me quedé acojonado en el sofá.

Página 258

Sacha abre el expediente y lo repasa.

—¿Y cómo han terminado los dos en el Instituto de Medicina Legal? —Nando apuñaló a Roque y este le dio un puntapié que hizo que

Nando se diese un golpe fuerte. Después, Roque murió desangrado. Todo fue mal, un desastre, pero yo ni me acerqué a ellos.

—¿Y cómo te podemos creer, Raúl? —dice Miranda Delgado—. Dime, si tú fueras yo, ¿te creerías? ¿No te parece que tienes demasiada mala suerte?

Sacha pega un chasquido con la lengua y asiente, sobreactuando. —Tiene razón, colega, la verdad es que no pinta nada bien. Si al

menos nos dieras algo… No sé, algo con lo que poder sentir más empatía contigo pues… —dice Sacha.

—En esta ocasión nos has contado todo lo de Nando y Roque, vale, pero con el cuerpo de Carrillo que apareció en la Casa de Campo nada de nada, no soltaste palabra, y eso me lleva a pensar que esa vez quizá estabas más implicado de lo que declaraste…

—Yo no maté al pobre Aitor. Yo soy incapaz de matar, joder.

—Lo malo de todo esto, amigo —dice Sacha—, es que tiene pinta de que te vas a comer las tres muertes.

—¡No! Eso no. ¡No tenéis pruebas!

—Solo es cuestión de seguir escarbando. Los indicios sí que los tenemos.

Raúl está desesperado. No solo por el calor de la maldita sala, también porque empieza a notar el mono. Necesita meterse ya mismo, cuanto antes.

—Mira, mira… A ver, vale, a Nando y a Roque los vi de cerca y es normal que os cueste creerme, pero joder, yo a Aitor ni lo vi. Yo estaba esperando al Miki junto al lago.

—¿Cómo? —dice Miranda Delgado—. ¿Acaso no estabas en casa de tu madre?

Raúl cierra los ojos. Mierda. Ha metido la pata hasta el fondo. Tonto más que tonto.

—A ver… Vale, mira, el Miki y yo habíamos quedado con Aitor para pillarle…

—¿Pillarle el qué? —pregunta la inspectora—. ¿Sugus?, ¿cromos de la Liga?

—Meta, ¿vale? Pero el Miki decidió ir solo y yo le esperé junto al lago, donde las terrazas. Solo que al rato me vino con media botella de

Página 259

vidrio ensangrentada. Se ve que Aitor intentó quedarse con la pasta o yo qué sé. Después el Miki me amenazó a mí, me pidió que hiciera desaparecer ese trozo de botella y…

—¿Y? ¿Dónde lo tiraste, vamos a ver? ¿En el lago?

—No…, no lo tiré.

—¿En serio? —dice Sacha—. ¿Te lo quedaste de suvenir o qué? —Pensé que podría utilizarlo para girar la tortilla; amenazar yo algún

día al Miki o yo qué sé. Yo ya no sé nada.

—Raúl, a ver si te entiendo, ¿nos estás diciendo que aún conservas la prueba?

—La tengo en casa… Bueno, en la de mi madre.

—Qué me estás contando, pero si la registramos de cabo a rabo.

—No sois tan listos, ya ves.

—¿Y tú madre sabe que escondiste el arma de un crimen en su propia casa?

—Dios lo sabe todo, ¿verdad? Pues mi madre en casa siempre ha sido Dios.

Sacha entra en éxtasis, le ha tocado la lotería. Él solo pensaba echar encima de la inspectora Bilbao el falso testimonio de su declaración, lo justo para mandarla fuera del Cuerpo y ya está, pero si además en su piso se encuentra el arma de un crimen… ¡Son los cien puntos!

—Yo… Yo… —balbucea Raúl—. Joder, joder, joder…

Se tapa la cara con ambas manos. Aún no puede creerse lo tonto que

es.

—Raúl, tranquilo —dice Miranda Delgado—. Hagamos una cosa. Yo sé que no eres mal chico. Como sabes, aquí mi compañero es de Asuntos Internos, así que presta atención, él te va a proponer un trato. Un trato beneficioso para ti, ¿de acuerdo?

—Chico, te ha tocado la lotería. Has ido a dar con un poli que lleva meses detrás de tu madre.

—¿Mi madre?, ¿qué tiene que ver mi madre en todo esto? Ni siquiera sabe que aún tiene en casa el puto cristal de los cojones. Me pidió que me deshiciera de él.

—Siempre puedes hacerte el digno e ir a la cárcel, tú mismo.

—Pero si no he tenido nada que ver. Yo soy la víctima aquí.

Sacha entrelaza los dedos de sus manos y se pone serio por primera vez.

Página 260

—Entonces dime en qué parte de la casa de tu madre está ese cristal.

Anda, sé bueno.

Página 261

9

La indicación que ha recibido está clara. El cómo hacerlo es lo que le parece imposible. Lleva dándole vueltas al asunto desde ayer, desde la llamada de Sacha, pero nada, no ve la manera de llevar a cabo la misión que le han encomendado. ¿Cómo puede hacer para ir a casa de Tania? Ni tiene la confianza con ella ni el arrojo como para encontrar un contexto que lo lleve al piso que la inspectora tiene en Quevedo. Y robarle las llaves o duplicárselas queda descartado. ¿Entonces? En cualquier momento puede sonar su teléfono, ver el número de Asuntos Internos y que eso le dé ganas de vomitar. Esa presión aún le dificulta más la tarea de trazar un plan. Eso, y todo lo demás que ocupa su mente.

Como, por ejemplo, la investigación en curso. La muerte de Cristina Hidalgo.

Esta mañana se han plantado aquí, en una casa de tres pisos con piscina en el jardín situada en La Moraleja.

El matrimonio los ha recibido con café humeante y han querido entrar en materia cuanto antes. Sobre todo ella, Isabel Ruiz de Azúa, la esposa de Quintana, que evidenciaba que le pesaba el alma e incluso la piel; no ha sido hasta contarlo todo cuando ha soltado un bufido de alivio, ha destensado las manos y hasta se ha permitido enderezar la espalda.

—¿Cómo no dio el aviso antes? ¿Se da cuenta de lo importante que es esto y lo mucho que podría haber ayudado a nuestros compañeros de entonces? —dice Tania después de escuchar el relato completo de la mujer

—. ¿Está segura de que vio a Cristina Hidalgo en libertad, en plena plaza de Colón entre la gente, así como así?

—Sí… Sí, no tengo la menor duda de que era ella.

Lo ha dicho con pesar. Muchas noches de insomnio, miles de preguntas a sí misma sin responder, acaso cientos de veces que ha mirado por la ventana con la mirada perdida, temiendo que tarde o temprano, quizá en la otra vida, pagaría por su silencio.

Página 262

Borja tiene ganas de hablar, pero decide morderse la lengua y seguir observando la situación desde la barrera. Arturo aprovecha la ocasión para estudiarlo: solo hace unas semanas de su anterior encuentro, pero parecen haber pasado décadas enteras para el expolítico. Tiene nuevas arrugas alrededor de los ojos. Arrugas de angustia. Arturo los ve así, a los dos, y no siente ninguna envidia; de repente esta casa le parece una jaula de oro. Quien dice que el dinero no da la felicidad es que nunca ha tenido problemas para llegar a final de mes, pero imágenes como la de este matrimonio hacen que el dicho sea un poco más cierto.

—Fue como cinco años después de su secuestro, más o menos — continúa Isabel—. Es tan fácil como mirar la fecha del mitin que dio Borja en Colón.

—¿Y dice que no parecía que estuviera ni bajo coacción ni acompañada?

—No, estaba sola. La observé durante un rato largo, ya pueden imaginarse —asegura Isabel—. Llegó como cualquier otro asistente, como quien se acerca para ver qué pasa, de qué se trata, y se quedó plantada ahí, entre los demás, mirando a Borja, que estaba en el escenario soltando lo suyo.

—¿Y no pensó en hablar con ella? Era consciente de que la habían secuestrado, ¿no?

—Como para no acordarse de la chica del túnel… Pero yo qué sé… Inspectora, ¿a usted le han sido infiel alguna vez?

Tania no responde.

—¿Y a usted, inspector?

—No estamos aquí para hablar de nosotros —responde él.

—Pues bueno, podrán imaginarse que no es que tuviera muchas ganas de hablar con esa mujer. Ni de mover ni un dedo por ella.

Borja, como obligado por unos hilos que mueven su cuerpo, se sienta al lado de su esposa. Le pasa la mano sutilmente por el hombro y ella parece agradecerlo.

—¿Creen que les servirá esta información?, ¿les ayudará en algo? —Sin duda nos abre todo un camino nuevo —reconoce Tania—, pero

vamos a ver.

—Hay otra cosa más —dice Isabel—. Resulta que Cristina, de pronto, pareció reconocer a alguien que trabajaba allí, en el evento.

—¿Reconocer cómo?, ¿se asustó?

Página 263

—No, no, todo lo contrario. Juraría que era más de sorpresa al encontrarse a ese alguien allí, en el mitin; como si fuera la última persona a la que esperaba ver. Se hizo paso entre la gente y llegó a ese hombre. Se trataba de uno de los técnicos de sonido del evento. Los dos se saludaron, aunque algo fríos, como incómodos, y él le hizo una señal para que lo siguiera, como si desearan hablar y ponerse al día en privado, alejados del gentío.

—¿Qué podría contarnos de ese hombre?

—Normal. Era normal —dice Isabel casi sin pensar—. No sabría decirle… Es que no tenía nada distintivo.

Arturo escribe en su bloc el siguiente paso a dar.

—¿Se acuerda de la empresa que se encargó del sonido del mitin? —Ahora no sé —dice Borja—, pero hago un par de llamadas. No

habrá problema.

Coge el móvil de la repisa de la chimenea y se va. Policías y esposa observan su andar hacia el despacho que se intuye al fondo.

Isabel pasea su mirada avergonzada por los rostros de Tania y Arturo. —Creo que recuerdo algo más del hombre, pero ya no sé si me lo

estoy inventando o qué, la verdad, hace muchos años de eso.

—Díganos, cualquier cosa… Nunca se sabe.

—Yo por aquel entonces estaba muy implicada en el partido. Me gustaba controlar que todo estuviera en orden, ya saben. Eso hacía que anduviera de aquí para allá, en mis líos, mientras los de Juventudes colocaban flyers en las sillas, los técnicos ponían los micros y los focos…, esas cosas. Y no sé por qué diantres, los técnicos, mientras preparan sus cosas no saben ni estar callados ni hablar en voz baja, así que escuché a ese hombre bramar en diversas ocasiones. Y creo, o al menos es lo que diría ahora, que tenía cierto acento latinoamericano. Apostaría que argentino.

Arturo anota el dato. Nunca se sabe.

—¡Lo tengo! —dice Borja—. ¡Ya tengo la empresa que les interesa! Cuando se despiden, Arturo percibe otro cambio otoñal en el expolítico

respecto a los anteriores encuentros. Esta vez ya no le aprieta tanto la mano y hasta le evita la mirada. Se toca los nudillos con nerviosismo y titubea ligeramente.

—Yo… sé que lo que ha hecho mi esposa no tiene nombre, pero…

Página 264

No encuentra las palabras. Él y los dos policías, que ya están al lado del Mini, se giran levemente hacia Isabel, que se ha quedado en el jardín jugando con un sambernardo.

—Solo les pido que entiendan, solo eso —concluye Borja Quintana. De camino a comisaría y mientras Arturo conduce, la inspectora llama

al resto del grupo VII y les pide que contacten con la empresa Echo-Reverb servicios audiovisuales.

—Que nos pasen una lista de qué trabajadores enviaron al mitin de Colón. Hace veinte años de eso, pero que no os toreen, lo necesitamos para ayer. ¡Venga, vamos!

Página 265

10

Pese a todo, la primera vez que lo vio no tuvo miedo.

Encontrar a aquel hombre en su salón, sentado en la butaca que hay junto a la estantería, fue más bien como presenciar una aparición, uno de esos fenómenos que salen en la tele, gente que asegura que ha visto a un familiar fallecido o a una criatura demoníaca pero que al parpadear se había disuelto.

El problema es que ese hombre no desapareció ni uno ni dos segundos después; siguió ahí, mirándolo con esos ojos pérfidos, profundos y graves.

Fue entonces, y solo entonces, cuando Bernardo Dartizio sintió miedo. Hasta ese instante todo había ido según lo establecido, lo que es normal en su día a día, vaya. El despertador sonó a las siete aunque remoloneó hasta las siete y diez, fue directo a la ducha y más tarde, sobre las siete y media, se preparó el desayuno con la atención esmerada que tanto le gustaba. Y es que aquel momento era posiblemente el mejor regalo que le ofrecía la cotidianidad: aún no le había dado tiempo a estar en contacto con ninguna otra persona, y su cabeza todavía no se había encendido y había empezado a rumiar demasiado: a esa hora todavía no

era consciente de lo desgraciada que era su existencia.

Lo que pensó cuando vio a aquel hombre con aire patricio y sonrisa nunca frívola fue: «Ya se me ha estropeado mi rato favorito del día. Ahora todo va a ir mal».

—¿Sabes quién soy? —le preguntó aquel espectro anclado en su salón.

Vestía un traje negro que le daba aspecto de enterrador.

—Sí… Creo que sí… Eres Franz, ¿no?

—¡Este es nuestro hombre! —grita Marga.

El grupo VII lleva toda la mañana estudiando los nombres de la lista facilitada por Echo-Reverb servicios audiovisuales: antecedentes, lugares

Página 266

de origen, currículum… Había tres fichados por la Policía (drogas, terrorismo machista y atraco con arma blanca) y eso les ha entretenido, pero finalmente parece que Marga ha encontrado la aguja en el pajar.

—Mirad todos: Bernardo Dartizio. Nacido en Madrid, aunque en la adolescencia se mudó a Buenos Aires, ciudad en la que residió varios años hasta su regreso a la madre patria. Tuvo diversos trabajos menores hasta que recaló en Echo-Reverb. ¿Y adivinad qué? Dartizio dejó el trabajo al día siguiente del mitin. Alegó motivos familiares, y desde entonces ha ido dando tumbos de trabajo en trabajo. Hasta ahí podría ser llamativo el caso de este hombre, pero ¿sabéis qué me indica que es él?

—Marga, haz el favor.

—Hasta que se fue a Buenos Aires, estudió en el St. John Council School.

—El mismo college que Cristina —dice Tania—. Es nuestro hombre. Se echa por encima la chaqueta mientras observa a sus compañeros. —Me llevo a Pablo y a los tres pipiolos. Omar, quédate aquí, lo quiero

todo sobre ese tal Bernardo, a ver si encuentras otro punto de unión con Cristina. ¿Cuál es la dirección?

—Calle Tomás Salvador, número seis.

El sol aún no se colaba por la ventana, pero anunciaba su llegada con una luz pura que lo embadurnaba todo. Aquella era una estampa que solía deleitar a Bernardo, por eso nunca encendía ninguna lámpara al despertar. Le parecía un espectáculo desayunar mientras la luz iba aumentando poco a poco, sin estruendos, acompañada del cantar de los vencejos. La belleza sencilla.

Sin embargo, el amanecer de hoy arrastraba una premonición funesta que Bernardo supo descodificar, pero no quiso creer. No hizo nada más que quedarse quieto, junto a su desayuno recién colocado en la mesa.

Franz le enseñó un libro que tenía entre las manos.

—Espero que no te importe, he estado leyendo un poco mientras te esperaba.

Se trataba de Los tres mosqueteros, y había dejado un dedo metido entre las páginas, como si hubiera estado leyendo hasta el instante en el que sorprendió al anfitrión.

Página 267

—Te lo puedes quedar, ¡ha envejecido muy mal! —dijo Bernardo. —Ciertamente… Si lo leemos desde la sensibilidad del siglo

veintiuno: está todo mal. El engaño de D’Artagnan a Milady, la condescendencia en el trato a las mujeres… Y qué decir del final. Qué horror. Pero está escrita en 1844, qué quieres.

—Pues eso, llévatelo.

—Tengo una primera edición, no hace falta, pero muchas gracias.

El hombre devolvió el libro a la estantería. Acto seguido entrelazó sus dedos sobre sus piernas cruzadas.

—Aunque hay una escena que me obsesiona de Los tres mosqueteros, te lo confieso. Más bien una coma. La coma de la frase: «Un asesinato, nada más». ¿La recuerdas?

—No, no… No la tengo tan presente —respondió Bernardo, que señaló su café y su tostada con jamón y queso—. ¿Te importa?

—Faltaría más, buen provecho.

—Si quieres…

—No, tranquilo, come.

Bernardo empezó a desayunar, intimidado, tratando de degustar lo mejor posible ese café frío y ese pan ya reblandecido.

—Pues esa frase que te comentaba —continuó Franz—, tiene lugar cuando Athos, sin duda el mosquetero más carismático, le confiesa a D’Artagnan su pasado, que hasta entonces era desconocido y misterioso, no solo para el lector sino también para sus camaradas. Pues va Athos y por fin destapa su pasado: resulta que antes de meterse a mosquetero, él era conde, un conde que se había llegado a enamorar de una plebeya con quien posteriormente se casó. El problema radica en que un buen día descubrió que su esposa tenía tatuada una flor de lis. ¿Sabes qué significaba eso?

—Que había estado condenada a muerte, ¿no? —dijo Bernardo con la boca llena.

—Y claro, el conde se sintió ultrajado, ¡se había casado con una criminal! Así que la mató. Historia que, tal y como hablábamos, es censurable hoy en día; pero hay que situarse en la época en la que transcurre la novela, que es sobre el 1600. Por aquel entonces, los condes —o al menos el conde de la novela, no me he informado tanto sobre la época— tenían derecho de horca y cuchillo sobre las gentes que vivían en sus tierras.

Página 268

—Pero manda huevos con Athos, aun así.

—Sí… Pero, y aquí viene la coma que me obsesiona, después de escuchar la historia, D’Artagnan dice algo así como: «¡Cielos, Athos! ¡Un asesinato!» y Athos, pálido como la muerte, responde: «Un asesinato, nada más».

Franz bajó la mirada, contemplando sus propios dedos, en estado meditativo.

—«Un asesinato, nada más» —repitió en voz baja.

Y como si todo formara parte de un número ensayado hasta la saciedad, entró por la ventana un rayo de sol que incidió en el hombre con aspecto de enterrador.

Franz salió de su ensoñación haciéndose presente de nuevo. —Míranos, aquí hablando de literatura… Como hubiese dicho un

familiar al que apreciaba mucho: Suerte charra, Bernardo… Suerte charra…

Se levantó, alisándose el traje, y cruzó el salón en dos pasos solemnes.

—Hoy no voy a ir a trabajar, ¿verdad? —dijo Bernardo.

—No, me temo que no. Tenemos que hablar de negocios, ya lo siento.

No hace falta que suene ningún redoble de tambores, a veces sabes que va a pasar algo. Lo sientes en las tripas, se palpa en el ambiente, te lo señala la vida: que ahí no te acerques, que te prepares. Una premonición asalta a Tania al ver esa casa. Y eso no le gusta nada.

Calle Tomás Salvador, número seis. Se trata de una casa baja de estilo neomudéjar, típica de la zona de Tetuán. La pared está desconchada y tiene restos de varios carteles que han estado pegados ahí, también una ventanita enrejada y una puerta enmarcada en bloques de caliza que apenas aguanta en pie.

—Muy desangelada, ¿no? ¿Seguro que es aquí? —pregunta Tania deteniendo el coche en esa calle estrecha. Los edificios parecen inclinados hacia delante, queriendo engullir al ciudadano más osado.

Detrás está el segundo vehículo con los pipiolos dentro.

—Esta es la dirección —dice Pablo—. Ya has visto su informe. ¿Separado y con dos hijos? Se le debe ir todo en la pensión, te lo digo yo que tengo un máster en el tema.

Página 269

El barrio rezuma precariedad en cada una de sus paredes, ventanas y portales; también en las caras de los transeúntes, que llevan tatuado el estigma del naufragio social. Pero cosas de España, a pocos metros están las torres que modelan el skyline de la capital y donde se agrupa gran parte del poder económico del país.

Tan cerca, tan lejos.

Tania y Pablo se apean de su vehículo. Hacen una señal a los pipiolos para que hagan lo mismo.

La inspectora Bilbao se adelanta y llama a la puerta. Nadie responde.

En las canciones románticas suelen escucharse frases como «Si no estoy a tu lado soy un hombre muerto» o «Sin ti me falta el aire», pero a la hora de la verdad nadie muere por su pareja. Tampoco por unos padres ni por unos amigos.

Solo un hijo merece tu sacrificio mortal.

Más aún si son dos, como es el caso de Bernardo Dartizio.

Cuando su visitante sacó del sobre las fotografías de Dani y Paula, lo supo. Estaba condenado. Encima Franz detalló todos y cada uno de los hábitos de los dos adolescentes: Dani va a básquet los martes y los jueves y es muy bueno en defensa, no así en posiciones de ataque y mucho menos lanzando al aro; y Paula es más de quedarse en casa dibujando, algo para lo que tiene un talento más que demostrado, y oye, qué bien que hace tres meses ganó un concurso del instituto, enhorabuena, estaréis orgullosos tu ex y tú.

—¿Por qué ahora? —dijo Bernardo con la voz temblorosa. —Llevo años controlándote, desde lo de Colón, ¿te acuerdas? —Pero hace mucho tiempo, yo…

—Y por eso no hice nada —aseguró Franz sin perder su tono cortés y galante—. No eras un peligro, y bueno, como ya estabas con Ana pues… Soy un sentimental, qué le vamos a hacer. También puntuó a tu favor que hace unos años acudió a ti un periodista, ¿te acuerdas? Sí, Guillermo Amor, y demostraste buena cintura para evitarle. Eso me gustó.

—¿Entonces?

—Ahora han dado contigo, y esta vez, quien viene a por ti no va a soltar el hueso. Y eso no lo puedo permitir, entiéndelo, no es nada

Página 270

personal.

—Pero te prometo que no diré nada.

—Al final todo el mundo habla. Sé lo que me digo, lo veo cada día. —¿Y si me voy? —sugirió Bernardo creyendo que tenía opciones de

victoria—. ¿Y si mantengo un perfil bajo en, no sé, en algún país tropical o algo así?

Franz sonrió con pena y le acercó un frasco de pastillas.

—Esto es lo mejor. Te prometo que será rápido. No te dolerá nada. —Pero…

—Por Dios, Bernardo, son tus hijos o tú. Sé un hombre.

Bernardo miró las dos fotografías de sus hijos, los mismos a los que no veía desde hacía tres semanas y con los que había quedado ese mismo miércoles para ir al cine, el día del espectador; les hacía ilusión ir juntos a ver la nueva de Pixar.

Pero ya no podrán ir. Al menos no con él.

El miércoles, los dos adolescentes de las fotografías aún estarán llorando.

Bernardo empezó a temblar, no del miedo, sino de la impotencia, y sollozó, sollozó y sollozó, sin importarle hacer el ridículo ante su verdugo.

—No… Por favor… No he hecho nada…

—Todos hemos pecado —dijo Franz sin mostrar misericordia—. Tú también. Y yo. Y la mujer que está por venir. Aquí no se salva nadie.

Miró el reloj y mostró su disgusto.

—Tendríamos que ponernos en marcha. Después tengo que preparar un poco la escenografía.

—¿Borrar tus huellas?

—¿Qué? Ah, no. —Rio y mostró la palma de sus manos—. Yo no tengo huellas. No, lo que quiero es dejarle un recado a alguien… Un mensaje.

Bernardo volvió a llorar. No se tapó la cara, no se enjuagó las lágrimas, ya tenía las mejillas sucias desde hacía rato.

—Por favor, Franz… Mis hijos…

—Estarán bien, tienes mi palabra. Si haces esto por mí, no les pasará nada.

—¿Y mi Ana? He sido un esposo de mierda, pero ella es buena. —Puedo buscarle un trabajo nuevo, uno mejor, ¿te parece suficiente? —¿Uno bueno?

Página 271

—Lo prometo.

Y eso tranquilizó a Bernardo que, aunque no dejó de hipar, cogió el bote de pastillas con convicción.

—Antes quiero escribirles cuatro palabras, ¿puedo?

—Faltaría más.

No es que la puerta esté floja —que también— es que solo está entornada, así que entre el viento y los nudillos de Tania al llamar de nuevo, termina por abrirse.

Un ambiente pútrido los golpea de frente y los obliga a recular.

No, no pueden echarse hacia atrás. Tania hace un gesto a Pablo y a los pipiolos para que estén alerta, y lleva su mano a la pistolera. No desenfunda.

—¿Señor Dartizio?

Solo responde la penumbra. La casa es una embajada del averno. —Somos la policía, ¿señor Dartizio?

Nada. Más olor a cerrado, más polvo, más angustia.

—Vamos a entrar en su domicilio salvo que nos indique lo contrario. Da un paso y otro más, con recelo; la siguen el resto de sus

compañeros.

Las persianas están semibajadas. No necesitan más de un segundo para encontrar a Bernardo Dartizio junto a un bote vacío de pastillas. Ojos abiertos, mirada cristalina sin pestañeo; boca abierta con la lengua enroscada en sí misma.

Tania, pese a lo obvio, trata de encontrarle pulso. Pero enseguida desiste.

—Pablo, haz la llamada, que venga el cortejo judicial.

El subinspector se retira y sale de la casa con el teléfono en la mano.

—Se ha suicidado —comenta Eneko.

Señala un sobre que hay en la mesa «PARA MI FAMILIA».

Arturo contempla el cadáver desde la distancia. Siempre ha sentido respeto por los suicidas. La gente suele decir que lo valiente es seguir viviendo, pese a todo, afrontar el día a día, pero él nunca lo ha creído así. Cree que hay que ser muy valiente para tumbarse en las vías de un tren y no apartarse; subir a la barandilla de un balcón, mirar hacia abajo y tirarse;

Página 272

o abrirse las venas y relajarse, mientras uno siente cómo lo abandona el alma.

Marga, coloca sus brazos en jarra, y recupera el aliento. Los ojos de ese cadáver se le han atragantado y le falta el aliento. Camina para recuperar el buen espíritu hasta que algo llama su atención.

—Qué raro —dice Marga—. Mirad, el hombre tiene lavadora ahí, en la cocina… Y no sé, igual está rota, pero aquí en la mesa, junto a la carta, está el tique de una lavandería de Lavapiés.

Tania se acerca y, sin tocar el tique, consigue leerlo.

—¿Quién lava la ropa un sábado por la noche?

—¿Y en Lavapiés? —comenta Eneko—. Pues sí se va lejos el tío a hacer la colada.

Arturo se queda con el rostro desencajado.

Página 273

11

Ha de encontrar Tártaro.

Sea como sea. No queda otra.

Arturo lleva todo el día embolado, con la mente enfocada en un único fin: hallar esa cárcel secreta. Sospecha que el tique de la lavandería de Lavapiés no es una pista, sino un mensaje dirigido a él.

Toda la jornada se ha ido en el estudio pormenorizado del piso de Bernardo Dartizio y en el papeleo posterior; efectivamente, el hombre se había suicidado tan solo un par de horas antes de la irrupción de la policía en su casa y no han hallado ningún indicio que les refute esa teoría. De alguna manera debió de sentir el aliento de la ley en su nuca y decidió silenciarse él mismo.

—¿Cómo pudo saber que habíamos dado con él? —preguntó la inspectora algo desorientada a los suyos—. ¿Eh?

—¿Un chivatazo?

—Pero solo lo sabíamos nosotros. Y ese tique puesto ahí, junto a la carta para su familia…, ¿por qué?

Todos se dieron de bruces con un muro de desconocimiento.

Es ahora, cuando el sol ya está bajo y empieza a despedirse de Madrid, que Arturo ha quedado con Sacha en la estación de Sol, donde nadie va a reparar en esos dos hombres intercambiando unas frases.

—Qué, novato, ¿ya sabes cómo te lo vas a montar?

—Aún le estoy dando vueltas. Tú tampoco quieres que me cojan, ¿no? —¿Y para qué me llamas con tanta urgencia, entonces?, ¿no has

pensado que mi familia puede estar echándome en falta o qué?

—¿Qué ha sido de Petra?, ¿tú sabes dónde está?

El inspector de Asuntos Internos aprecia en la mirada de Arturo una determinación inaudita que hasta entonces había estado agazapada.

—Sacha, por tu madre, por una vez necesito que me respondas en serio.

—¿Quién es Petra?

Página 274

—Oh, venga, ni tú te llamas Sacha ni ella Nagore —responde Arturo fuera de sí—. Petra, ¿por qué ya nunca viene contigo?

—Está con otros líos. No eres el único con el que trabajamos. —Por favor, solo dime, ¿puedes asegurarme que Petra está bien? Sacha no responde. Deja relucir su preocupación, la congoja que lleva

quitándole el sueño desde hace varios días.

Hace un gesto de negación.

—¿Desde hace cuánto? —pregunta Arturo—. ¿Un par de semanas? —De repente, hubo un lunes en el que ya no se presentó. No sé por

qué.

Arturo se lleva las manos a la cabeza, desesperado. —¿Qué? —pregunta el de Asuntos Internos—. ¿Qué pasa? —Que creo que sé dónde está.

Sumido en su propio tormento, Arturo da media vuelta y se pierde entre la gente.

En pocos pasos decide el plan a seguir. No puede quedarse quieto. Petra lleva dos semanas desaparecida y eso no es bueno. Ha de hacer todo lo posible por encontrarla.

Aunque eso suponga traicionar a la inspectora Bilbao.

Se detiene, ya en el exterior, en plena Puerta del Sol, con toda una marabunta de personas que caminan a su alrededor como pollos sin cabeza.

Desbloquea el móvil y se lo lleva a la única oreja que tiene.

—Pablo, ¿te pillo bien? Perdona la hora, pero es urgente. Creo que sé cómo podemos dar con Tártaro.

Página 275

12

Tania siempre ha puesto una línea roja bien definida entre el trabajo y su vida personal. Aunque algo debe de estar haciendo mal últimamente, porque el subinspector Quintas aparece en su piso por segunda vez en un lapso de tiempo corto. Y encima acompañado por Yani. El colmo de los colmos. Una cosa es ser cercana con tus subalternos y otra bien diferente esto. Como se descuide, su comedor puede convertirse en la nueva sala común del grupo VII.

—No sé yo… No me gusta un pelo lo que propones. ¿Pablo?

El veterano se rasca el mentón a la vez que se encoge de hombros. —Podría funcionar, ¿por qué no? Tampoco es que tengamos más

opciones.

Tania empieza a cavilar.

Pablo y Arturo se limitan a esperar. No están sentados en los sofás. Tania en ningún momento los invitó a hacerlo. Los tres están de pie, apoyados en la pared del comedor.

—Inspectora —dice Arturo—, sé que es arriesgado y que nos la jugaríamos, pero creo que de esta manera podríamos dar con Tártaro. Y al final eso es lo importante, ¿no?

—Dime una cosa, Yani, ¿lo haces para lucirte o porque eres un adicto a la acción?

—No tengo ganas de que me peguen, esa es la verdad, pero ya que contamos con esa baza… ¿por qué no utilizarla?

Y es que el plan que ha expuesto es sencillo, pero conlleva un riesgo. La idea de Arturo es dejarse caer por Vallecas y hacerse el

encontradizo con Ramón Malvives. Lo esperable es que le guarde cierta inquina, ciertas ganas de vengarse y de ser él quién propine la paliza en la segunda vuelta de la pelea. Arturo se dejaría hacer con sumo gusto. En ese momento debería irrumpir algún policía de paisano, Omar, por ejemplo, y escenificar una detención.

Página 276

El tipo está con la condicional, y por muy bien que se lleve con Droga y Crimen Organizado, lo habrían cogido con las manos en la masa. Una paliza en plena vía urbana justifica una detención.

Sin embargo, Omar no llevaría a Ramón a una comisaría, sino a un punto oculto de cualquier mirada curiosa. Es ahí cuando entraría en acción el resto del grupo VII poniéndolo entre la espada y la pared: si cuenta todo lo que sepa sobre Tártaro podrá irse de rositas, como si la pelea y la detención nunca hubiesen tenido lugar.

En el mejor de los casos, obtendrán algún contacto o incluso la localización de Tártaro; y sí, Arturo saldrá magullado, pero eso a él no le importa. Su dolor siempre ha estado en el alma, no en su cuerpo físico.

—Si lo hacemos, tenemos que prepararlo bien, que todo se quede dentro del grupo, ¿me oís? Nadie más del Cuerpo lo podría saber. Una vez nos cuente sobre Tártaro le dejamos ir y santas pascuas. Hasta le pagamos el Uber de vuelta a casa, si hace falta.

—Habría que preparar bien el teatrillo para Malvives —dice Pablo—. Como de repente haya un solo «zeta» por ahí cerca la hemos cagado, porque entonces no habrá manera de negociar después en petit comité. Tocaría formalizarlo todo y ahí se nos caería el pelo.

Arturo escucha un tictac, tictac en su cabeza. Le domina el ansia. —De pasar lo peor, es decir, que aparezca un patrullero de repente,

mejor que no acuda nuestro hombre: Ramón será detenido y yo expedientado por haberle propinado anteriormente una paliza a él, pero estaba fuera de servicio, no habrá consecuencias para la Brigada. Soy inestable, todos los sabéis, algún día tenía que explotar, no hay más.

—Sí que tienes ganas de encontrar Tártaro, sí… —Solo quiero hacer mi trabajo.

Lo dice mirando a la inspectora a los ojos, de frente, sin vacilar lo más mínimo.

—Está bien, tú ganas. Mañana se lo exponemos al resto y empezamos a prepararlo. Tienes ganas de inmolarte, pero yo no quiero prisas, hay que hacerlo bien.

Arturo respira, por fin. Pero no sonríe, pues le pidió a Pablo que lo llevase a hablar con Tania por dos motivos.

Y vale, ha cumplido el primero de los objetivos. Check.

Ahora toca ir a por el segundo.

—Disculpa, jefa, ¿podría ir un momento al baño?

Página 277

Ella levanta ligeramente la ceja, contrariada. No le gusta la idea de que la gente se pasee por su piso, pero le dice que es la tercera puerta del pasillo a la derecha.

Entre dos amigos nunca debería haber un silencio incómodo. Entonces, piensa Tania, ¿qué narices le está pasando con Pablo? Pues que sabe que su mano derecha en la Brigada se huele que algo pasa ahí, que no es normal que hoy tampoco estén Javier y Bruno en casa. Y encima en el comedor se sigue notando la ausencia de las cosas que su marido se llevó al mudarse. Eso sí, el subinspector no mira los estantes vacíos, trata de disimular lo mejor que puede. Maldito Arturo, piensa Tania para sus adentros, ¿cuánto piensa tardar en el baño?

—Esto… Pablo, hay algo que aún no le he dicho a nadie… —Lo sé.

Tania muestra su desconcierto.

—Los divorciados nos reconocemos entre nosotros.

—Bueno, yo solo estoy separada, no…

—Dormías con tu marido, pero vivías con nosotros. Sé lo que es eso. Tania piensa en justificarse, en contarle por qué Bruno se fue a vivir

con su padre en lugar de quedarse con ella, ¿acaso no es lo habitual que los hijos se queden con sus madres? Pero si hay alguien que no necesita esa explicación es Pablo: ser inspectora al mando de un grupo de la UDEV es una labor exigente, sin embargo, Javier trabaja desde casa y tiene mejores horarios para conciliar. Mal que le pese a Tania —y le pesa mucho—, su pequeño está mejor con su padre. Incluso se pregunta si acaso ha sabido hacer de madre alguna vez. Quizá solo sabe ser policía, nada más.

Pero todo esto no lo dice. No hace falta. Pablo ya lo intuye.

—¡Madre mía la que está cayendo! —dice el subinspector.

Y no es para menos, qué saña, ¡qué manera de llover! Está junto a la ventana y no se ve el edificio de enfrente, apenas la acera.

—Tenéis suerte —dice Tania—. Será por paraguas… Me hacéis un favor si os lleváis un par.

Va hacia el pasillo.

Página 278

¡Mierda!

Arturo se encoge instintivamente y se arrima todo lo que puede a la pared.

Y es que no está en el baño.

Es decir, en un principio fue, pero solo para aparentar. Después salió con cautela y, silencioso, se dirigió a la habitación de Raúl, donde este declaró que escondía el arma de un crimen.

Arturo no sabe de qué crimen se trata, y le da lo mismo. Solo desea llevar a cabo cuanto antes la tarea que le han encomendado y salir corriendo de ahí.

En cuanto entró en el cuarto del primogénito, se arrodilló y movió varias cajas de debajo de la cama hasta llegar a una de zapatillas. Dentro había una especie de bola de papel que envolvía claramente algún objeto fino de forma triangular. Un trozo de botella, parece, aunque no se ha detenido a mirar.

Es esto, pensó Arturo. Metió el arma en un sobre transparente para pruebas policiales y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, donde cupo a duras penas.

El problema es que ahora Tania se ha acercado al pasillo.

Arturo contiene la respiración y no se mueve lo más mínimo.

Escucha a Tania rondar por el pasillo. Primero va al cuarto de matrimonio y después a un segundo cuarto. El de los trastos, intuye él.

—Eh, Arturo, ¿estás bien? —pregunta Tania frente a la puerta del baño.

Silencio.

—Arturo, ¿me oyes?

Cuando Tania va a echar mano al pomo de la puerta, Arturo sale de la habitación.

—¿Qué haces ahí?

—Es que yo también tenía la colección en DVD de Friends y me ha llamado la atención —dice Arturo señalando el interior del cuarto.

Lo dice mostrando la mejor de sus sonrisas. La mirada de Tania es tan taladrante que a Arturo le cuesta no derrumbarse ahí mismo. Pero contra todo pronóstico logra mantenerse firme y su jefa le hace un gesto de que salga.

—Os he cogido unos paraguas, que ha empezado a llover que da miedo.

Página 279

—Muchas gracias —dice Arturo cogiendo uno.

Da media vuelta y se va hacia el comedor, donde le espera Pablo.

Sin embargo, Tania se queda en la habitación de su hijo mayor con el ceño fruncido y la piel de gallina. Una sospecha la empieza a roer por dentro.

Página 280

13

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga.

No es cierto.

A veces ahoga. Y lo peor de todo es que no avisa. La vida no te anuncia cuándo te dará un golpe que te dejará tendido en el suelo; tampoco cuándo te arrollará un obús o te fulminará el destino.

Arturo está a pocos segundos de recibir un duro revés, pero aún no lo sabe.

Está saliendo de la estación de metro más cercana a su casa, nada más, desplegando el paraguas que le ha dejado Tania. Ha aprovechado el trayecto para llamar a Sacha, con quien ha quedado mañana por la mañana. Qué ganas tiene de entregarle el arma del crimen y quedarse tranquilo en cuanto a ese tema.

Hace viento, y Arturo consigue a duras penas mantener el paraguas firme, no pisar ningún charco y que no le atropelle alguno de los coches que no respetan el paso de peatones.

Así es como llega a la acera de enfrente de su portal, momento en que levanta la mirada.

De ser la vida estilizada y bella como en las películas, esta situación estaría ocurriendo en una calle bonita y empedrada, con la luz naranja de una farola y música de Nat King Cole. Pero por desgracia, la realidad siempre es más bruta y sucia, así que todo transcurre en esta lúgubre calle de Malasaña sin vocación alguna.

Nada.

Al principio Arturo no siente nada. Solo le parece una postal ajena, una pareja dándose un beso de despedida; no un pico rápido o uno sorpresivo, como si uno de los dos no estuviera conforme ante el ímpetu inusitado del otro. No. Se trata de uno de esos besos deseados, con búsqueda de trascendencia.

Ver a Blanca pegada a un hombre no le sorprende. Es curioso. Es más bien como si ambos estuvieran cumpliendo el mero propósito de un guion.

Página 281

Un guion ya preestablecido por alguien con un funesto sentido del humor. Lo primero que azota a Arturo en la cabeza es un «oh, vaya…», no piensa en darle un puñetazo a ese hombre que no conoce, ni dejarse dominar por la histeria, empezar a proferir insultos a los dos amantes, ni sacar su H&K y hacer que ambos se pongan pálidos.

Nada de eso.

Incluso siente una punzada de decepción por su falta de reacción. Falta de sangre caliente, se reprocha, pero en realidad sabe que no tiene nada que ver con eso, que en el fondo había visto las señales, solo que no las había descifrado u ordenado correctamente. Lo sabía. Sí, lo sabía. Pero había estado interpretando su rol en el mundo, como hacen todas las personas.

Se queda plantado. No acude a interrumpir el beso, pero tampoco puede dar media vuelta e irse. Es raro. Es como si estuviera prolongando su acción para ver si entra alguien gritando «¡corten!» o algo así, unas risas: «Que solo es una broma, ratón, una cámara oculta, ¡sonríe!».

Pero no.

Un cambio súbito. Ahora Blanca parece tener prisa por subir a la madriguera. Parece prometer algo al extraño y acto seguido entra en el portal.

¿Sigue entonces Arturo al hombre cuando este se aleja hacia el horizonte? No. Aunque tampoco sube a su casa. Se queda bajo la lluvia, empapándose de dolor.

Página 282

14

Arturo no ha pegado ojo esta noche. Ni siquiera lo ha intentado. Por eso tiene la sensación de ser él quien despierta a Madrid.

Recorre la calle de Bravo Murillo con un andar pesado. Más que cansado, abatido. Por fin ha parado de llover, pero se ha quedado instalado, a ras de suelo, un halo de vapor que apenas permite ver los propios pies. Se cruza con varias personas que, mochila al hombro, se dirigen al metro ensimismadas y grises. Él ni las mira. Tiene la cabeza en qué hacer ahora, cuando vaya a casa y le toque cruzarse inevitablemente con Blanca. No será capaz de decirle nada. No ahora. Solo quiere cambiarse de ropa y dirigirse a la comisaría.

Ha pasado la noche en el piso de Eneko.

Anoche, después de la escenita en el portal, pensó en llamar a Pablo. Pero enseguida se dijo que no, que un hombre como Pablo está muy hecho a sus costumbres y que, aunque le daría cobijo, sería un aprieto para ambos. Trató de hacer memoria, reparar en algún amigo que pudiese andar por la capital, tal vez algún compañero de su anterior comisaría o de la Academia, pero ¿qué amigo? Él no tiene de eso. Y entonces le vino la cara de Eneko.

Lo recibió dándole una cerveza nada más cruzar la puerta y preparándole un par de mantas en el sofá: «Ahora no, pero de madrugada te vas a cagar del frío que hace aquí».

—Ah, si quieres cargar el móvil, sírvete. Siempre dejo mi cargador ahí enchufado.

—No tengo iPhone, no me vale. Ya mañana en la comisaría.

Después se dieron las buenas noches. Aunque Arturo ni lo intentó. Los párpados le tentaron en más de una ocasión, pero la mente le negó toda posibilidad de conciliar el sueño. Se limitó a quedarse sentado en el sofá, con la mirada paseante por el minúsculo salón.

—Tío, algo me has contagiado, que yo tampoco puedo pegar ojo — dijo Eneko al irrumpir en el salón encendiendo una lamparita.

Página 283

Trajo consigo un paquete de galletas María y una tarrina de mantequilla.

—Mi abuelo lo llamaba el postre exquisito, mira.

Untó de mantequilla una galleta María y se la dio.

—Te aviso, está tan bueno que después no querrás otra cosa.

Y así fue como Arturo, animado por las galletas, se arrancó a hablar. Eneko se comportó como un buen amigo, supo cuándo hablar y cuándo limitarse a asentir, y en ningún momento dejó de untar mantequilla.

Una vez se hubieron terminado el paquete de galletas, Eneko dijo:

—Tío, no sé por qué, pero me acabo de acordar de un chiste que le

escuché una vez a un escritor en una charla.

—Ahora me dirás que estás apuntado a un club de lectura —dice Arturo—. ¿Con qué estáis ahora, con las hermanas Brontë?

—Estaba acompañando a mi hermana, graciosillo, que en la Telefónica ponen a un tío haciendo signos para sordos durante las conferencias. Y no me preguntes por el escritor, que yo de eso no sé. Uno que se ve que es famoso. Pero a lo que voy, que contó un chiste:

»Esto es un matrimonio de ancianos. Él tiene ciento cinco años y ella ciento tres. Un día van a un abogado y le piden que arregle los papeles, que se quieren divorciar. Como es de mutuo acuerdo y no hay rencillas, todo es fácil en la repartición de bienes y todo eso, y ya cuando los ancianos están a punto de irse, el abogado les dice: «Perdón por la indiscreción, pero se lo tengo que preguntar, ¿por qué se divorcian ahora, a esta edad?», y los ancianos le responden: «Es que hemos preferido esperar a que los niños estuvieran muertos».

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—Pues que tío, no sé, igual es mejor haberte pegado la hostia contra la pared ahora que no con una alianza y dos chiquillos a los que a partir de ahora solo verías los fines de semana.

—Vaya consuelo de mierda.

—¿Otro paquete de galletas?

—Sí, porfa.

Así estuvieron hasta las cuatro de la mañana, cuando Eneko se retiró a dormir y Arturo se quedó a solas, meditando cómo proceder. Entonces decidió hacer lo que está haciendo ahora mismo: salir con la primera luz del alba a coger el metro en Cuatro Caminos para pasar por casa a cambiarse de ropa antes de iniciar la jornada. Jornada que, además, se verá

Página 284

interrumpida a media mañana, cuando tenga que buscar cualquier excusa para escaquearse unos minutos y darle a Sacha la prueba del crimen.

Se palpa el bolsillo interior de su chaqueta y traga saliva. Prefiere no pensar en lo que lleva encima. Ojalá no ser tan consciente de que está puteando a la inspectora Bilbao.

Se pasa la mano por la cara para despejarse y se obliga a erguir la espalda.

Hay un segundo de paz dentro de la convulsión en la que se encuentra Arturo, y es que ha de admitir que eso le gusta: en la estación de Cuatro Caminos te puedes situar en el andén de la línea dos y ver cómo se acerca el metro desde varias paradas antes.

Esto a Arturo le sirve casi de meditación. Le resulta atractivo contemplar el túnel oscuro, succionador, y apreciar cómo una leve luz aparece por el horizonte, al fondo del todo, y poco a poco se va haciendo cada vez más grande. Más y más, hasta que el tren entra en el andén finalmente, donde termina y empieza la línea. Arturo ha cogido pocas veces el metro en Cuatro Caminos, pero todas y cada una de las veces que lo ha hecho se ha fijado en eso. Y esta vez no es distinta.

O quizá sí.

De repente se queda paralizado. Sin posibilidad siquiera de parpadear durante cinco segundos. Da media vuelta y se dirige a un panel informativo en el que encuentra un mapa del exterior: una glorieta en la que convergen seis calles.

Nada más ver el plano lo sabe.

Cuatro Caminos es la glorieta representada en el dibujo que encontraron entre las pertenencias de Cristina Hidalgo y que, suponen, pintó su hijo.

Arturo se lleva la mano al mentón y empieza a caminar por el andén. La gente lo mira preguntándose si es un loco peligroso. Él trata de hacer memoria: el dibujo de la glorieta era el primero de una serie compuesta por tres escenas.

Glorieta de Cuatro Caminos.

El andén del metro.

¿El mismo en el que se encuentra? Arturo se echa a temblar. Le aterra recordar el tercero de los dibujos…

Página 285

Un emparedamiento en un túnel.

Se gira hacia el fondo negro. Palpa la H&K en su costado derecho. No va a desenfundar, pero es bueno sentirse protegido. Coge el móvil y llama a Pablo.

No hay señal. Da un par de pasos por el andén, pero nada. Fuera de cobertura.

Es al acercarse a las escaleras cuando un par de rayas se dibujan en la parte superior de su móvil. Lo malo es que cuando trata de llamar a Pablo, se apaga. Batería agotada.

—Mierda…

Acude al agente de seguridad de la estación y le da el número de la comisaría.

—Que vengan ya mismo. Ah, y hay que detener la circulación de los trenes.

Baja de nuevo al andén y se sitúa en el extremo. Contempla el túnel que se abre ante él como si fuera un gran gusano de arena a punto de engullirlo. Incluso cierra los ojos por una ráfaga de viento frío que le golpea en la cara.

Sin pensarlo dos veces, salta a las vías y se interna en la oscuridad. —¡Eh, usted! —grita uno de los guardas—. Espere a que lleguen sus

compañeros.

Pero Arturo ni siquiera se gira. Se siente empujado por este nuevo ímpetu. Echa en falta la linterna de su móvil, pero entre la luz que llega de las dos estaciones (la que deja atrás y a la que se dirige, aunque esté lejos) y unos pilotitos de seguridad, consigue guiarse. Llegan hasta él los murmullos de todas las personas que se encuentran en ambos andenes y que se quejan por esta irrupción en el tráfico. A nadie le gusta llegar tarde a trabajar y menos por un loco que se ha internado en el túnel. Por suerte, Arturo apenas repara en los insultos y se zambulle cada vez más en las tinieblas.

Escucha algo. Tal vez unos pasos.

Se gira, pero no ve a nadie.

Una rata, quién sabe. Le llama la atención un piloto de seguridad que tiene cerca y que gracias a su leve haz de luz deja entrever una vieja y roñosa puerta metálica. No tiene nada de misteriosa, en realidad, es una de

Página 286

tantas de las que siempre se ven desde el interior del metro y que debe de dar a alguna zona con aparatos eléctricos o pequeña sala de mantenimiento, nada relevante. Es una puerta sin más, pero Arturo está tan necesitado de una justificación para su temeridad que se acerca y lleva su mano a la manilla. Se da cuenta de que la puerta está entornada.

Los pasos, una vez más.

Ahora sí los ha escuchado con claridad. Se gira de nuevo, pero solo ve tinieblas.

—¿Hay alguien ahí?

Y una respiración delata que sí, que no está solo.

Cuando quiere reaccionar ya es tarde.

Arturo solo ve sangre. Es su propia sangre brotando de su cabeza y manchando sus zapatos. Se tambalea con torpeza y consigue dar un paso antes de caer.

Oscuridad.

Solo oscuridad.

Página 287

SEXTA PARTE

Página 288

1

Había de pasar un año hasta que prima y primo se vieran de nuevo.

Era verano, el calor aturdía y la luz caía a plomo, motivo por el que Cristina no lo vio venir. Al principio solo logró atisbar una silueta a contraluz. Una silueta que se le antojaba conocida pero extraña a la vez. Ya anteriormente había creído ver a su primo en el autobús, en Alcalá, e incluso como figurante de una película de romanos, y en todos esos casos no había sido más que el producto de una mente febril y algo dada a las fantasías juveniles.

Por eso no osó hacer caso a su impulso y dejó que fuera su padre quien abriera la puerta.

—¡Venid! —dijo el patriarca tanto a los que estaban dentro de casa como a Cristina, que estaba leyendo en una esquina del jardín—. ¡Venid todos!

—¿Qué pasa con tanto jaleo? —dijo Soledad saliendo del hogar junto a su madre.

—¡Mirad quién ha venido!

Cristina sintió el vuelco de su corazón y se obligó a quedarse parada. Delante tenía a su primo hecho un hombre. Solo hacía un año que se

había ido, pero parecía que hubieran pasado diez. Aún más alto, más fornido, el mentón afilado y el cabello peinado. Vestía de manera anacrónica, como un viajero en el tiempo. Se había presentado con un traje gris bien conjuntado, camisa, corbata sobria, pañuelo asomándose por el bolsillo de la chaqueta, gemelos y zapatos lustrados.

No es que Franz pareciera otro. Es que realmente era otro.

—No quiero excusas, ¿cómo te vas a quedar en un hotel? Que no, que no. Te quedas aquí, que para eso es tu casa. Sigues teniendo todas tus cosas arriba, donde siempre —se empeñó Adolfo Hidalgo—. Anda, entra, que hoy tenemos redondo al horno para comer.

Y pese a las reticencias de Soledad y su madre, también de Lupita, Franz se quedó.

Página 289

Cristina corrió a encerrarse en su habitación. Se quedó apoyada en la puerta durante un largo rato. Su primo era todo lo que un hombre debía ser, y nada más pensarlo se ruborizó. Se echó a reír ella sola y tuvo que esforzarse para mantenerse en silencio.

—Bueno, cuéntanos, ¿a qué has venido? —preguntó Adolfo en la comida—. Con la temporada que está haciendo el Madrid ya imagino que a ver el fútbol no.

—Principalmente a haceros una visita —respondió Franz.

Aquí Cristina esperó una mirada de su primo, sutil aunque fuera, pero nada.

—También por trabajo… Una propuesta de trabajo, mejor dicho. Quiero ver sobre el terreno a qué me enfrentaría antes de decidir si acepto o no —reconoció Franz.

—Vaya, suena interesante, ¿en qué consiste ese trabajo?

—Nada que merezca ocupar una sobremesa, os lo aseguro. Sería hacerme cargo de uno de los proyectos que gestiona mi padre, solo eso.

—¿Como gestionar un club o una fundación? ¿Algo así?

—Algo así.

Avanzada la tarde, Adolfo y su esposa se retiraron a echarse su siesta de rigor; aquella que jamás perdonaban los fines de semana y fiestas de guardar. Soledad se fue escopeteada al cine acompañada de un chico con el que estaba empezando y Lupita se marchó a ver a una prima que vivía en Argüelles. La casa se quedó silenciosa, a la espera de lo que pudiera acontecer entre Cristina y Franz al verse solos.

No necesitaron palabras. Al hallarse en la intimidad de la sala de estar, con la única compañía de unas tazas de café, se echaron el uno contra el otro e hicieron el amor junto a la biblioteca, donde los Episodios Nacionales de Galdós. Cristina cogió la mano de su primo y la colocó en su boca para que nadie la pudiera oír. Fue breve. Los dos se quedaron abrazados sintiendo la respiración del otro. Eso consoló a Cristina, pese al traje y el aparente cambio: Franz seguía siendo su Franz, y eso le gustó.

Los dos primos parecieron firmar entonces un contrato no escrito en ningún lado. Empezó una retahíla de días soleados repletos de momentos fugaces; los dos se buscaban incesantemente, y se acariciaban y besaban a la más mínima ocasión; la mayoría de las veces de manera descarada, aprovechando que Lupita les daba la espalda o cuando la matriarca salía de la sala para ir a buscar sus gafas de leer. Aunque de vez en cuando la

Página 290

relación se interrumpía sin previo aviso, cuando Franz desaparecía durante varias horas, tal vez incluso un par de días, y al volver no decía dónde había estado ni qué había hecho.

—A mí me da mala espina, qué queréis que os diga —dijo Soledad cuando Franz no acudió un mediodía y Lupita tuvo que recoger su plato. Cristina, pese a todo, reconoció en su interior que también a ella. ¿Qué trabajo podía requerir tanta confidencialidad?

Uno de esos días protagonizados por la ausencia de su primo, una mañana en la que Cristina había quedado con unas amigas de Derecho para ponerse al día y contarse qué tal el verano, fue abordada por un coche que se acercó con la máxima de las precauciones. Se trataba de dos mujeres que la saludaron con la confianza de una vieja amistad. Cristina las analizó con sospecha, convencida de no haber visto esas dos caras en su vida.

—Acércate, Cristina —le dijo la mujer del lado del copiloto—. Mira, mira qué fotos.

Y ella no necesitó más que un vistazo para reconocer esa serie de instantáneas que se suponía que debían estar fuera de circulación desde hacía tiempo.

—¿Qué hacéis vosotras con estas fotos? ¿Cómo es que las tenéis? —Oh, no te preocupes. Nadie las verá, no sufras —aseguró la mujer—.

Ven con nosotras a dar una vuelta y de paso te dejamos en Goya. —¿En Goya, por qué?

—¿No es ahí donde has quedado con Maribel y Maruja? Anda, sube, no seas tonta.

Y guardó las fotografías en la guantera. A Cristina no le quedó otra que subir a la parte trasera.

El coche puso rumbo a Goya con una lentitud exasperante. Solo habló la mujer que iba de copiloto, que se encontraba mediogirada para mirar a los ojos a Cristina. Le contó que eran miembros de la empresa que la había liberado tiempo atrás del sucio chantaje de ese miserable policía corrupto, cómo si no iban a tener ellas las fotografías.

—¿Qué sois, espías?

—Qué melodramático, dicho así, ¿no te parece?

—¿Y ahora qué queréis, hacerme chantaje vosotras?

—¡Chica, qué va! Venimos a hacerte una oferta de trabajo, mira tú por dónde. Nuestra empresa tiene que hacer una cosa y creemos que tú puedes

Página 291

echarnos una mano.

—No.

—No te hemos dicho qué tendrías que hacer. Además, te pagaríamos muy bien.

—No quiero. Parad, quiero bajar. ¡Qué paréis!

La copiloto la tranquilizó. La llevarían a Goya de todos modos. Pero antes de que Cristina se apeara del vehículo le dio una tarjeta de contacto.

—Si te lo repiensas, llama. El dinero nunca sobra, ¿no? —dijo sin abandonar su sonrisa—. Lo hacemos por ti, no queremos que se filtren estas fotos. ¿Tú sabes lo cotizado que está este futbolista? Madre mía, hasta me das un poco de envidia. Qué de cosas le hiciste, chica. Ni el mes de julio me da tanto calor.

Subió la ventanilla y dejó a Cristina anonadada junto a la puerta del Corte Inglés, sin saber cómo explicarles a sus amigas el porqué de su palidez.

Página 292

2

Los policías serán muchas cosas, pero si hay algo que comparten todas las mujeres y hombres con placa es el corporativismo. El espíritu de equipo, de gran familia, une mucho. Por eso, cuando ocurre un suceso como el de hoy, todos se vuelcan sin mirar el reloj ni consultar agendas personales. La Policía de Madrid, tanto la municipal como la nacional, y también la Guardia Civil se están dedicando en cuerpo y alma a buscar al inspector Arturo Yani, que lleva desaparecido un par de horas.

De poder pararse a mirar a los suyos, Tania sentiría orgullo. Pero no puede detener la maquinaria. No ahora. No cuando la vida de uno de sus hombres está en juego.

Lo primero que ha hecho al llegar a Cuatro Caminos ha sido revisar las grabaciones de seguridad: Arturo se adentra en el túnel del metro —qué insensato, maldito boy scout— y no vuelve a salir, ni por ese andén ni por el siguiente, que es el de la estación de Canal.

En ese tramo de túnel, de poco más de dos kilómetros, hay una puerta que lleva a una zona de servicio y un par de desagües.

Lo más curioso es que según las grabaciones, nadie entra en el túnel, ni por Cuatro Caminos ni por Canal después de Arturo; tampoco antes, al menos no en los minutos previos, que es lo que han podido revisar. Y esto es raro porque la Científica ha encontrado sangre, bastante sangre.

—Ya hemos enviado algunas muestras al laboratorio… A ver —dijo un miembro de la Científica, que tuvo el buen gusto de no añadir lo que todos pensaban, que esa sangre podía ser del inspector. Hay certezas que más vale mantener tras un velo.

Todas las luces del túnel están encendidas. Es curioso, visto así, sin secretos y sin rastro de sombra alguna, todo parece más mundano y sin atisbo de misterio; se hace raro pensar que no hace tanto ha tenido lugar aquí una agresión. Los agentes de la Científica campan a sus anchas tomando pruebas de cualquier mínimo rastro que encuentran.

Página 293

Tania contempla la labor de uno de ellos, que rocía con un vaporizador de agua una huella para después espolvorear una capa de escayola sobre la misma.

—¿Cómo va la búsqueda, Pablo? —dice la inspectora.

—Ya hay nueve hombres de la Unidad de Subsuelo bajando al alcantarillado y la Unidad Canina ha traído a sus tres mejores ejemplares, vamos a la zona de servicio.

—Venga, vamos.

Tania dirige el grupo formado por Pablo, Eneko, Marga y Omar que sigue a los tres pastores alemanes, cada uno con su agente correspondiente, que olfatean todos los rincones de la zona de servicio.

La zona de servicio les sorprende por su magnitud. Ellos esperaban un par de salas de mantenimiento, con maquinaria y quizá algún que otro pasillo. Nada más lejos de la realidad. Han ido a parar a todo un entramado de túneles estrechos y húmedos, repletos de moho.

También los acompaña un agente de la Unidad de Subsuelo, a modo de guía, aunque quien realmente dirige la búsqueda son los perros.

—Si torcemos por ahí iremos a parar a una escalera que lleva directamente al alcantarillado, pero allí ya están mis compañeros. Mejor tratemos de ir a la izquierda.

—Pues aquí el amigo dice que por el pasillo del centro —dice el agente que acompaña a uno de los perros.

—Eneko y Marga, id con Gibbons; Omar, tú con Higgins —dice Tania

—. Pablo y yo seguiremos a Moore.

El can los conduce durante varios metros en línea recta, después

tuercen por un camino en forma de L y se encuentran en medio de un cruce de cuatro túneles.

—El rastro es cada vez más difuso. Aquí abajo el ambiente está muy cargado y hay demasiados olores.

A todos se les nota que reprimen las ganas de llevarse las manos a la nariz para no vomitar. Además, los túneles ya no están iluminados y, tal y como indica el agente de Subsuelo no hay corriente eléctrica en esa zona: solo pueden disponer de sus linternas.

—¡Tania, en tu pierna izquierda!

Ella enfoca su linterna y descubre una cucaracha que trata de escalar sobre su rodilla. La sacude con la culata de su pistola.

—¿Cómo se han podido llevar a alguien por aquí?

Página 294

—Es raro, requiere de un gran conocimiento del entorno y una gran habilidad para moverse —admite el agente de Subsuelo—. Madrid es un queso gruyere. Debajo de la ciudad hay kilómetros y kilómetros de túneles que ni siquiera están catalogados.

Moore parece olisquear algo nuevo, algo sutil, algo… Sale corriendo hacia uno de los túneles y unos cien metros después dan con otra intersección en la cual convergen varios caminos más, todos oscuros, profundos, malolientes y aterradores. Mueven sus luces de aquí para allá para tratar de abarcar el máximo terreno posible.

El pastor alemán ladra y ladra contra una pared. Se intuyen unos ladrillos debajo de una buena capa de pintura.

—Moore está señalando la pared, no sé por qué.

Pablo choca sus nudillos contra la pared señalada.

—Yo no sé de construcción, pero esto está hueco. Aquí detrás hay algo.

Tania ordena al agente de Subsuelo que regrese al andén y se haga con un mazo.

—¡Hay que echar esta pared abajo ya!

La espera es angustiosa. El tiempo parece detenerse y no pueden concretar si llevan media hora o dos horas esperando. Apenas hablan, pues no saben qué decirse en semejante contexto. Solo escuchan de fondo la corriente del alcantarillado y alguna que otra gota que parece marcar, segundo a segundo, cuánto llevan sumidos en la garganta de la capital, un lugar donde se supone que hace siglos que ningún otro ser humano ha estado.

—Ya estoy aquí, perdonad el retraso —dice el agente de Subsuelo al regresar.

El silencio angustioso da paso a las embestidas que Pablo, con un mazo cogido con ambas manos, realiza contra la pared. La violencia hace temblar los cimientos de Madrid.

Primero es un ladrillo que cae, rompiéndose en añicos junto a sus pies, y más tarde un agujero que cada vez se hace más y más grande. Al otro lado solo parece haber una negrura espesa, y eso los confunde todavía más. Finalmente, la pared cae al completo y delante de ellos solo atisban muerte.

—Dios mío…

Página 295

3

Decir que las últimas cuarenta y ocho horas han sido frenéticas sería quedarse corto. El grupo VII no ha descansado. Nadie ha ido a su casa ni para cambiarse de ropa. En el minuto cero, todos enviaron un wasap a sus familiares para organizarse y no han comido más que unos tristes sándwiches de la máquina del pasillo, ni siquiera han tenido el temple de bajar a la cafetería o pedir unas hamburguesas o algo caliente.

Encontrar a Arturo es lo primordial. Todos lo saben.

Pablo observa el escritorio vacío del novato y se reafirma en su propósito. Son muchas las emociones acumuladas, el estrés latente, los nervios exaltados, pero eso no impide que se encierre en la sala de reuniones y realice una llamada.

—¿Está seguro? —dice la mujer al otro lado de la línea.

—Eso me temo.

—Al menos lo han encontrado… Después de tantos años, por fin podrá descansar.

Es Iris Burgos, la jefa de la sección de política de ElDíaHoy. Nada más recibir el informe de la Científica, Pablo ha pedido permiso a Tania para contarle a la periodista que el cadáver emparedado que se encontró en el túnel era el de Guillermo Amor, su antiguo compañero y amante desaparecido tantos años atrás.

—Lo único que le pido es que no lo divulgue. La jueza no ha decretado secreto de sumario, pero…

—Su compañero está desaparecido y cualquier cosa puede ser crucial.

Lo entiendo.

La mujer se queda callada. A Pablo le parece escuchar un sorber mocos, un enjugar lágrimas.

—Qué tonta soy, pero si hacía tantos años ya que… —Es normal. No se preocupe.

La periodista agradece la llamada del subinspector y se despiden. Pablo vuelve al ruedo sintiéndose un poco mejor. Los años le están

Página 296

convirtiendo en un sentimental.

—Han llamado los de Subsuelo —anuncia Omar—. Que nada, que pueden barrer de nuevo el alcantarillado, pero que no hay ni rastro, que ya no saben por dónde mirar.

—Pídeles una pasada más, anda, que mal no hará —ordena Tania.

A un lado de la sala común tienen una tele encendida, aunque silenciada. Todos los noticiaros muestran la cara de Yani y las comparecencias de Miravete y el comisario Méndez. El gabinete de prensa recurrió primero a Tania, quien por cargo está obligada a comparecer ante los medios, pero ella dijo que nanay, que lo urgente era encontrar a Arturo y que ya habría tiempo para ponerse ante los micrófonos.

Pablo observa a sus compañeros, todos ocupados en alguna tarea y cree que ha llegado el momento oportuno. Se levanta y se dirige al despacho de Tania.

—Eh, jefa, ¿tienes un segundo?

No espera respuesta. Cierra la puerta tras de sí.

—Sigamos adelante con el plan de Yani.

Al principio Tania no comprende. La ha cogido desprevenida. —Hablo de Ramón Malvives —añade Pablo—. Yo fui quien los

separó. También a mí me vio la cara. Igual no me guarda tanto rencor, pero me tiene identificado como un amigo de su agresor, seguro que si me ve me empieza a increpar. ¿Por qué no intentarlo?

—Pablo, ya sonaba a locura en boca de Arturo, pero contigo parece el último recurso.

—¿Acaso no lo es?

—Tenemos a todo Madrid buscando a Yani, dará resultado.

—Solo nosotros sabemos dónde está. En Tártaro.

—Nadie nos asegura que se lo hayan llevado allí.

—Tania, por favor.

La inspectora se queda meditando, pero antes de dar una respuesta suena su teléfono. Como hay confianza con Pablo responde con el altavoz.

—Dime, Miravete.

—Tania, sé que vais a mil y que estáis cansados, pero es importante.

—¿Qué pasa, Paloma? Me estás preocupando.

—Me han pedido que te convoque para un interrogatorio en la sala seis.

—P-pero…

Página 297

—Tania… Es Asuntos Internos quien te quiere ver. Sala seis, no los hagas esperar.

Clic.

A Tania le tiembla el pulso. No ve a Pablo, mira a través de él.

—Esto… Deja que resuelva este tema y después te respondo.

Se pone de pie, abrochándose la americana con la mirada perdida y pone rumbo a la sala de interrogatorios número seis.

Pablo la ve partir y no se preocupa por su jefa: se preocupa por su amiga.

Página 298

4

Por primera vez en su vida, Tania se siente superada. Derrotada, incluso. No se reconoce a sí misma. No es típico de ella sucumbir a la presión, bajar la mirada y dejarse intimidar. Pero es que tiene que reconocer que su enemigo ha hecho bien los deberes. Ese hombre de corpachón sudoroso que se ha presentado como Sacha ha expuesto su discurso sin titubeos, intachable; tan intachable que a ella la ha arrinconado.

Pulso acelerado. Bombo en la sien. La adrenalina en ebullición a lo largo y ancho de su cuerpo. Otras personas se echarían a llorar, sucumbirían a la presión, ella no. Ella decide mantenerse en pie hasta el último segundo. Morir mordiendo, eso es.

—Pero Yani no pertenece a Asuntos Internos, ¿qué pintaba él en todo este embolado?

No mira a su contrincante, sino a su lado, donde está Miravete aguantando el chaparrón, lleva desde el inicio del interrogatorio queriendo que se la trague la tierra.

—Tómeselo como un cumplido, inspectora —dice Sacha—. Su expediente era intachable, hemos tenido que ser muy ingeniosos, se lo aseguro.

—Oh, muchas gracias. Después le firmo un autógrafo. ¿Y Yani?

—Si le sirve de consuelo nos costó conseguir que se implicara. Tuvimos que… animarle, por así decirlo, y también amenazarle con que acabaría fuera del Cuerpo, de segurata en un supermercado. Por suerte le pilló en un momento en el que su novia se encontraba buscando trabajo, así que no podía permitirse quedarse en el paro él también.

Tania está al borde del precipicio. Ella lo sabe y el maldito Sacha también. Pero no va a dejarse empujar al vacío tan fácilmente, ni mucho menos va a ser ella la que se tire. Levanta las manos y vuelve a entrelazarlas sobre la mesa. Ahora empieza su contraataque.

—Entienda mi posición, inspector. Me convocan aquí, interrumpiendo mi trabajo, para decirme que uno de mis hombres tiene en su poder una

Página 299

prueba definitiva contra mí. Muy bien… No sé cómo funciona Asuntos Internos, pero cuando soy yo quien interroga a un sospechoso y le dice algo tan grave, descubro mis cartas. Dígame, ¿qué tiene usted?

—Cierto… muy cierto, sí… Esto solo es un encuentro, no un interrogatorio como tal. De serlo debería estar su abogado presente. No, inspectora, la he convocado para darle la oportunidad de que se redima. ¿No le parece sospechoso que horas después de que Arturo me asegurara que se encontraba en posesión de una prueba contra usted, él vaya y desaparezca?

—¿Me está acusando de algo? —Se gira hacia Miravete—. Esto es el colmo. No voy a aguantar esto. Pero si llevo dos días sin dormir, ¡no me puede hablar así!

—Tania, reconoce que es mucha casualidad —dice su superior. —¿Tú también?

—Yo nada, solo digo que la cronología de los acontecimientos es llamativa. Es normal que hayan saltado las alarmas en Asuntos Internos.

—¿Tú me imaginas llevándome por delante a alguien?

—Reconoce que desde la muerte de Zavala, el de Droga y Crimen Organizado…

—Eso fue mala suerte. Aquí nuestro amigo de Asuntos Internos podrá asegurar que no se pudo comprobar nada contra mí. ¿O me lo invento?

—Usted sabe mejor que nadie que la falta de pruebas no es indicio de nada. Fue ese caso lo que nos hizo echarle un ojo a su trabajo. De ahí las órdenes que recibí de pasar el algodón a su carrera y asegurarnos de su buen hacer.

—Y se han buscado mil triquiñuelas para jugármela.

—Jugársela sería detener su coche en un control de tráfico y encontrar casualmente en su maletero un paquete de coca. Eso sería jugársela. Esto no. Lo que hacemos es ser expeditivos a la hora de asegurarnos de que nuestra gente es de fiar y está limpia. La prueba de la que le hablo existe y tenemos un testigo que lo asegura.

Los nervios de Tania están tan vivos que le cuesta mantenerse sentada. Solo con que tuviera un poco menos de autocontrol, lanzaría la silla o se abalanzaría sobre Sacha.

—¿Va a decirme ya de qué prueba se trata o no? ¿Qué puede ser tan grave como para que insinúe que yo he podido hacer algo contra Yani?

Página 300

—Dos preguntas muy sencillas, inspectora, ¿sigue manteniendo que su hijo se encontraba con usted la noche en que mataron al camello ese en la Casa de Campo?

—…

—¿Sabía que tenía el arma del crimen en su casa?

—…

—Muy bien —dice Sacha—. Here we go.

Saca el móvil de su americana y busca entre los archivos. Toma una respiración profunda y el vídeo empieza a reproducirse en la pantalla de su móvil.

Tania baja su mirada con dolor. No necesita ver a su hijo testificando en su contra.

Página 301

5

—¿Tú sabes hasta cuándo me tendrán aquí?

—Lo normal sería que te llevaran a prisión preventiva, pero como eres hijo de una policía y eso en una cárcel no suele dar mucha popularidad, el juez ha considerado que era un riesgo innecesario y ha aceptado dejarte aquí hasta que termine la instrucción preliminar.

Madre e hijo se escrutan mutuamente.

Tania no quería bajar al calabozo. Pero esta mañana se ha encontrado en el baño a Miranda Delgado, su némesis.

—Oh, perdona, no… —ha dicho Tania al abrir la puerta, como si un lavabo con tres cubículos y tres lavamanos fuese individual.

—No, no, pasa, pasa.

Y es que Miranda justo estaba acabando de secarse unas lágrimas en un pañuelo, y eso a Tania le dio pudor, le pareció una escena demasiado íntima. No por falta de sensibilidad, sino por la sorpresa de encontrar a su compañera así: si hay alguien en la comisaría a quien no te imaginarías llorando, esa es Miranda.

Tras sonarse los mocos en el mismo pañuelo de las lágrimas y tirarlo a la basura, se obligó a reponerse y dedicó una sonrisa de un segundo a Tania.

—Hay mañanas que cuestan más, ya sabes.

Tania conoce el dolor de su compañera. El resto de la UDEV también.

Su hijo lleva años en paradero desconocido.

La búsqueda terminó hace tiempo, pues no hubo manera alguna de hallar un rastro, tampoco de encontrar cadáver alguno, pero una madre siempre se aferra al milagro, a la imposibilidad mínima. Todos aconsejan a Miranda que dé por muerto a su hijo, que solo así podrá seguir hacia delante, pero ella siempre responde que ni harta de vino, que no hay prueba alguna de su defunción y que ella sabe que está vivo.

—Los hijos solo hacen sufrir —dijo Tania.

—Tú al menos sabes dónde está el tuyo.

Página 302

Cierto. Los remordimientos empezaron su labor y el reconcome no la abandonó en toda la mañana. Una madre es una madre, al final, y el cariño terminó haciendo mella.

Así que aquí está. Aunque ahora piensa que debería haber sido fiel a su pensar. La decepción le ha pegado un pellizco cuando ha visto a su hijo así, descansando en la celda del fondo. Esto no es algo que una madre quiera ver, y menos ella, que siempre ha trabajado por encerrar a gente tras estos barrotes.

—Soy inocente, mamá, tienes que creerme. —Si estuvieras en mi lugar, ¿tú te creerías? El joven no responde. —No, dime, ¿tú qué harías?

—Fue el Miki, yo… yo solo fui un tonto.

—Pues el Miki ese no aparece por ningún lado, mira tú por dónde. —Te han enseñado el vídeo, ¿a que sí?

—¿Cuál, en el que dices que no estabas conmigo aquella noche y que yo sabía que el vidrio que mató a Aitor Carrillo estaba en mi casa? ¿Ese vídeo?

—No… No, no, no…

Se lleva las manos a la cabeza y empieza a dar vueltas por la celda. Tiene ganas de golpearse. Se tira del pelo y se queda con un mechón entre los dedos de la mano derecha.

—¿Y todo esto cómo es de malo para ti?

—Vamos a ver, tú aseguras que escondiste la prueba de un crimen en mi propia vivienda y que yo lo sabía… Además, te cubrí diciendo que estábamos juntos… ¿Te haces una idea de lo que supone que yo mirara a los ojos de una compañera y le mintiera? Tendrías que haberme visto, estuve todo el interrogatorio defendiendo que sí, que habías estado conmigo la noche anterior, y va el tío ese feo y me pone tu grabación, ¿y qué es lo primero que dices? Que no, que estuviste en la Casa de Campo acompañando a un amiguito que resultó ser un asesino. Oh, pobrecito.

Raúl se deja caer con un soplido. Parece estar dominado por el arrepentimiento, pero sobre todo por la derrota. La luz del techo blanquea todavía más su piel y provoca que sus ojos sean dos huecos.

A Tania se le atraganta un latido de corazón.

—¿Y qué opciones tienes? —pregunta Raúl—. ¿Cómo te va a afectar mi cagada?

Página 303

—Si en algo me beneficia tu estilo de vida es que eres tan dejado que no tienes móvil con el que localizarte conectado a una antena… y lo que tanto he odiado estos últimos años, ahora juega a mi favor. Sí, la tierra que han encontrado en tus zapatos tiene la misma composición que la de la Casa de Campo, y eso podría corroborar tu versión de que estuviste allí, pero a la vez… es una tierra demasiado común, hay muchos más parques en Madrid con esa misma tierra. Y en las cámaras de la zona no te han encontrado, así que mi compañera Delgado puede contemplar la posibilidad de que mintieras.

—Que es lo que les has dicho, ¿no?

—Que me sabía mal decirlo, porque eres mi hijo y te quiero más que a nada, pero que eres un mentiroso compulsivo, que desde que eres un yonki ya no tienes remedio.

—Y si creen que les mentí porque no hay manera de probar que estuve allí…

—Solo queda el fleco suelto del maldito trozo de botella. Si se encuentra se desmontan todas mis declaraciones y se da veracidad a tu relato…

—Te conviene que no se encuentre, ¿verdad?

—Salvo que quiera empezar a echar currículums en el sector privado, así es, sí…

Ni ella misma se había dado cuenta hasta ahora. Es cierto, su única escapatoria es esa… que no aparezca el arma del crimen…

Y para eso… tampoco debería aparecer Arturo…

Se asusta de sus propios pensamientos y abandona el calabozo sin despedirse de su hijo, huyendo de una decisión que ya tiene tomada.

Página 304

6

El verano se volvió raro para Cristina. Su vida era cada vez más una olla a presión. Sus únicos momentos buenos sucedían cuando ella y Franz podían quitarse las máscaras, algo que a veces era difícil. Soledad estaba empezando a sospechar.

—¿Por qué te cae tan mal? —le preguntó Cristina una vez.

—Emite una luz negra. Ojalá tú también te des cuenta pronto. Antes de que…

—¿Antes de qué?

—Antes de que caigas como una tonta.

—Yo a ti no te digo nada del Edgar ese con el que te ves… Que menudo bicho…

—Edgar es un caballero. Yo sé de dónde viene y qué hace, ¿tú puedes decir lo mismo de nuestro queridísimo primo? —respondió Soledad—. ¿Verdad que no? Pues eso.

Cristina se mordió tan fuerte los labios que se hizo sangre. Se fue a la autoescuela para una clase de teoría con un reconcome que, tuvo que admitir, le estaba quitando el sueño y la salud. Y con esa decisión abordó a Franz aquella noche. Esperó el momento oportuno, cuando ambos estuvieron envueltos por la fragilidad que da el sudor del sexo.

—A mí me lo puedes contar, dime, ¿qué haces con tu vida? Ya va a hacer tres meses que estás aquí y no cuentas nada de qué haces o dejas de hacer.

—¿Es que ahora me quieres controlar o qué? —dijo él con la ceja levantada.

—Sabes que no.

Él calculó la manera de exponer cierta información, o cuánto podía contar.

—Dime una cosa, ¿sigues queriendo vengar la muerte de Rodrigo?

—¿A qué viene eso ahora, después de tantos años?

Página 305

—Solo dime, ¿sí o no? Si dijera que puedo conseguirte al desgraciado que estaba conduciendo el coche e incluso al que se nos escapó a Buenos Aires, ¿qué me dirías?

—Me da miedo.

Recogió la ropa que tenía desperdigada por el suelo y se marchó.

El secretismo de Franz no abandonó la casa, que pese al reinicio de las clases de las dos hermanas no volvió a la normalidad. La sospecha de Soledad fue cada vez a más; algo que desembocó en que una mañana cualquiera fuera en busca de su hermana pequeña.

—Mira, he aguantado vuestros juegos durante el verano porque todos tenemos derecho a una alegría, pero ya está bien, Cristina. Tú tienes que centrarte en la carrera y yo en la prueba de acceso al máster de música en Viena. ¡Que sois primos, maldita sea! Hasta aquí ha llegado la cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Cristina.

—Lo sé todo, incluso lo de Tarragona —aseguró la hermana mayor—. Conmigo no te hagas la tonta. ¿Qué te crees, que no iba a sumar dos más dos? Lo supe en cuanto vi el estado en que llegasteis, y después saltó la noticia de ese pobre chico.

—Ese pobre chico era culpable de la muerte de Rodrigo. —¿Le preguntamos a papá qué opina él sobre la venganza? Cristina bajó su mirada y se le hizo imposible volver a levantarla.

—No soy criminóloga ni nada de eso, pero creo que si llamo a la policía me harán algo de caso, ¿no crees? Que algo sabrán hacer con esta información nueva.

—No serías capaz.

—Solo quiero a ese tío lejos. Nada más. Déjale, hazle daño, que se vaya. Eso, o te juro que llamo a la policía.

El problema es que Cristina no le hizo caso. Ni ese día, ni al siguiente, y pasó lo inevitable. La policía se presentó en casa.

—¿El señor Franz Prats? —dijo un inspector con la placa en la mano. —¿Qué pasa? —preguntó Lupita al abrir la puerta—. ¿Qué ha hecho

ese?

Conteniendo su corazón desbocado, Cristina acudió a su hermana, que ya estaba preparada para bajar las escaleras y acudir al encuentro del policía, y le prometió dejar a Franz ese mismo día.

—Hazlo y no habrá consecuencias. La policía aún no sabe nada y no tiene por qué saberlo. ¿Lo prometes?

Página 306

—Lo prometo.

La ruptura fue un trauma. Franz lloró y se mostró colérico, hasta se hizo daño en la mano al pegar un puñetazo a la pared. Pidió explicaciones y más explicaciones, pero no halló consuelo alguno. La ruptura debía ser limpia. De ahí que Cristina se dedicara a mirar el gotelé durante todo el enojo de su primo.

—Aquí pasa algo —dijo Franz—. No me lo creo. Tú me quieres, joder, y yo a ti.

Era la primera vez que expresaba sus sentimientos. Se quedó a la espera durante unos segundos para comprobar si había derretido a su prima, pero al ver que Cristina se mantenía impasible apretó los dientes y se fue.

Entonces ella lloró y se quiso morir.

Los días posteriores no merecen siquiera ser recordados. Fueron nublados, monótonos y carentes de todo sentido. Solo una cosa ocupó la mente de Cristina: el odio que empezó a sentir hacia su hermana, con quien ya no podía coincidir ni en la mesa a la hora de comer ni en el salón, por las noches, para ver la televisión.

—¿Os ha pasado algo? —preguntó una vez su madre—. ¿Habéis tenido una riña?

Y se tuvo que conformar con el silencio de sus hijas. Ni la una ni la otra soltaron nunca ni una pista.

Cristina empezó a pasar cada vez más rato encerrada en su cuarto. Estudiando, creían los demás, pero en realidad no hacía otra cosa que trazar un plan: quería ser independiente. Sí, eso, irse de allí, vivir su propia vida, lejos de su hermana y de su madre, también de su padre, aunque el pobre no se merecía tal desprecio. El fuego de la independencia ardía en su interior y ella debía hacerle caso. No podía hacer otra cosa que moverse. Moverse para no morir, pues los peores momentos eran cuando estaba quieta; la mente solía escabullirse y eso no le hacía bien. Así que empezó a enfocar su energía en pensar cómo juntar el dinero necesario para largarse. Aún no sabía a dónde, pero irse lejos, bien lejos. Dinero… llevaba tiempo ahorrando para comprarse un coche, pero la suma de pesetas no le llegaba ni para el volante.

Recuperó la tarjeta que le habían dado aquellas dos mujeres que la habían llevado a Goya y llamó al teléfono. Aquello resultó ser una

Página 307

supuesta empresa de importaciones y exportaciones cuyo nombre ni le sonaba, pero tras la sorpresa inicial consiguió arrancarse a hablar:

—Me ofrecieron un trabajo aquí y… querría que me informaran de las condiciones.

Página 308

7

Aquí termina mi canción, recuerda que pensó. Qué tontería. Él, que no ha cantado nunca, ni siquiera en la ducha, va y piensa eso: Aquí termina mi canción.

Lo primero que notó fue un sabor metálico que le humedecía la boca. Le dolía todo el cuerpo y lo peor era la incertidumbre, no ver nada. ¿Dónde estoy?, se preguntaba sin cesar. Requirió tiempo que la niebla escampara en su mente y recordara de nuevo: la lluvia, el postre exquisito, el túnel, la sangre, la oscuridad.

Como la oscuridad en la que se hallaba. Una oscuridad total que hacía imposible divisar siquiera siluetas. Estaba en un espacio estanco. De fondo escuchaba murmullos y gritos, puertas abriéndose y cerrándose, pasos, muchos pasos; pero por más que forzara sus ojos no veía. Solo percibía un hedor grave: humedad. Un ambiente cargado que le saturaba los pulmones. Era fácil imaginar el veneno de aquella peste invadiéndole el cuerpo y enfermándole cada una de las células. Sintió cómo se disolvía en esa inmensidad perdida. Estuvo así, ¿cuánto? Quién sabe. Solo después de un tiempo más que prudencial el cuerpo le empezó a responder. Se movió a gatas por el suelo, temeroso, lento, y palpó una pared húmeda, desagradable al tacto. La fue siguiendo, y dibujó en su cabeza un espacio no mayor de cuatro metros cuadrados.

De repente la puerta se abrió y, de golpe, sin avisar, la luz le abrasó los ojos y se cubrió la cara con un aullido. Sintió cómo se elevaba. No, no estaba volando, lo estaban llevando, ¿qué hacen?, ¿a dónde me llevan? Fue tal el ajetreo, la ansiedad y el miedo que no pudo ver nada. Nada más que podredumbre y tonos grises. Estaba rodeado de cuántas, ¿cinco o seis personas? Todas inidentificables. Solo máscaras, sin rostro. Él apenas podía abrir los ojos, quejarse, soltar preguntas vacías que no iban a tener respuesta. Fue lanzado contra una pared. Entonces se vio desnudo. Desnudo ante esos seis hombres, sí, eran seis. Los pudo ver bien. Fornidos, de pie ante él, todos con la misma vestimenta, una especie de

Página 309

uniforme. Pero ya. Le tocó cerrar de nuevo los ojos, y es que algo lo impulsó violentamente contra la pared. Era un chorro de agua fría a presión. Pidió una y otra vez que pararan, pero el agua le entraba por la boca, le ahogaba y solo su alma pudo gritar, mientras él luchaba por respirar y escupir agua. Un nuevo sonido entró en juego. ¿Una máquina? Le raparon el pelo con movimientos rápidos y precisos; testarazo contra el suelo y vuelta a la celda.

Esta vez con la luz encendida.

La puerta se cerró, y se vio desnudo y abandonado en ese espacio mínimo. No era más que una mazmorra de paredes deformes, a veces lisas y otras con algún que otro ladrillo que sobresalía, como puestos al tuntún. A un lado un váter roñoso, y enfrente un catre. Arturo diría que aquello no estaba la vez anterior cuando recorrió la celda a gatas, y eso le llevó a pensar que se encontraba en otra celda. Pero no lo podía asegurar. Quizá estaba tan asustado que no identificó bien el entorno, quizá lo siga estando.

Sobre el catre le llamó la atención la disposición de unos zapatos de deporte junto a un mono azul perfectamente doblado. Con el cuerpo aún húmedo del chorro de agua y el ambiente calándole los huesos, corrió a vestirse solo para llevarse la desilusión de que ese mono no bastaba para guarecerse del frío. Se vio obligado, por supervivencia, a dejarse caer contra la pared de una de las esquinas y sentarse en el suelo, con las rodillas encogidas y los brazos cruzados.

Y el miedo no lo ha abandonado en todo este tiempo.

Ni siquiera ahora, que lleva tres o cuatro días. Ha dejado de intentar averiguar qué comida le sirven; de tanto en tanto, la ventanita de la puerta se abre y le tiran una bandeja con un mejunje pastoso sin sabor, pero que por lo menos ayuda a engañar al estómago.

Está sentado contando las hormigas que se pasean por su brazo cuando la puerta se abre.

Es la primera vez que se abre desde que se lo llevaron para darle la «bienvenida», eso hace que se encoja y camine hacia la pared contraria a la puerta. Pero no. Nadie entra para agarrarle. La puerta simplemente se queda abierta.

Un guarda, parado en el pasillo, parece escrutarlo detrás de su máscara. —Puedes salir. Si te portas bien, no habrá problema, ¿me oyes? Arturo se queda paralizado. Es la primera vez en días que escucha una

voz ajena. Es ahora cuando se da cuenta de lo mucho que echa de menos

Página 310

hablar, dialogar con alguien, tampoco él ha emitido sonido alguno desde el primer día, cuando casi se quedó afónico preguntando dónde estaba, qué iban a hacer con él.

—Asiente si me has entendido —pide el guarda.

Y Arturo asiente.

El guarda se va, dejando la puerta abierta.

—Bienvenido a Tártaro.

Página 311

8

Tania se encuentra en un punto que irremediablemente marcará su porvenir. ¿Cómo he llegado hasta aquí?, se pregunta mientras reprime las ganas de tirarse del pelo hasta quedarse calva. No, no puede ser. Siente vértigo al mirar atrás. La culpa es un cuchillo en su interior y lo único que quiere hacer es gritar. Gritar una verdad que se ha negado pero que se le revela con un angustioso malestar físico: es una corrupta. Una maldita poli corrupta.

Por eso ha hecho lo que acaba de hacer.

Resulta que estaba en su despacho cuando la han llamado de recepción.

—Tania, guapa, que tienes visita. Se llama Ana Bescós, dice que es… —Sí, sé quien es, la conocí al levantar el cadáver de su exmarido.

Gracias, María.

Al principio, a Tania le dio reparo bajar a hablar con esa mujer y ofrecerle un café en la salita que tienen habilitada para ese tipo de visitas, pero ahora piensa que ni tan mal, que por lo menos la recibió ella y no otra persona. ¿Por qué? Porque la exesposa de Bernardo Dartizio afirma que hay un vecino que vio a un hombre trajeado saliendo del domicilio del suicida, cuando se supone que este se encontraba solo la mañana de la desgracia.

—Yo estaba recogiendo cosas —dijo la mujer—. La semana pasada me llamó el casero de Bernardo diciéndome que le sabía mal, pero que no podía dejar un piso ahí parao, y como el pobre no tenía a nadie pues… Habíamos roto, pero con dos hijos de por medio… aún nos llevábamos bien. Así que aproveché el día libre de mi nuevo curro para ponerme a hacer cajas.

—El vecino.

—Sí, eh… Pues eso, estaba yo ahí haciendo cajas cuando llamaron a la puerta. Era el vecino de al lado, un hombre con pintas de dejado, y parecía que le había costado la vida salir de su casa. Me dijo que esa mañana, la

Página 312

mañana en la que…, había visto a un hombre trajeado y de buen porte saliendo de casa de Bernardo.

—Ana, le aseguro que no es tan fácil simular un suicidio. ¿No cree que

mis compañeros habrían encontrado algún indicio, de ser así, por muy

nimio que fuera?

—Ya, pero…

—Sé que es duro. No me lo puedo ni imaginar, pero supongamos que es verdad, por qué ese vecino no había dicho nada hasta ahora, ¿eh?

—No parecía que se sintiera muy cómodo hablando con la Policía, yo… Me dijo algo así como: «Yo con esos no hablo. Son capaces de echarme a mí el muerto encima. No, no, no. Yo se lo digo a usted y es su problema ver qué hace con esto».

—Igual se le ha ocurrido para hacerla sentir mejor, vaya a saber. En todos mis años aquí he visto de todo; hay gente que actúa de buena fe pero que no sabe el daño que hace.

—¿Entonces no…?

Aquí Tania forzó la mejor de las sonrisas.

—Mire, le prometo que mandaré echar un vistazo a las cámaras del lugar, ¿le parece? Si es verdad, un hombre así de elegante, en ese barrio, no se nos escapará.

La mujer pareció sentirse mejor, y una vez reconfortada puso rumbo a su casa, donde la esperaban dos adolescentes sin padre.

—¿Qué quería la viuda de Dartizio? —le ha preguntado Marga al volver.

—Consuelo, qué va a querer, la pobre.

De nuevo en su despacho da gracias por haber sido ella quien ha aguantado la mirada doliente de la viuda. Quién sabe. Quizá otro compañero sí la hubiera creído…

Aún no sabe a ciencia cierta por qué lo ha hecho, ha sido el instinto salvaje el que ha actuado, no ella. La supervivencia a costa de todo y de cualquiera. ¿Le sale a cuenta seguir con la búsqueda de Tártaro? ¿Acaso no es allí donde está ahora Arturo? Sí, sabe lo que esto supone. No hacer justicia a Cristina Hidalgo y sacrificar a Yani, pero…

Pero es que…

Está harta de que la traicionen: su hijo, su inspector recién llegado… Aunque Tania reconoce ahora, en la soledad de su despacho, que sí,

que Miravete y Sacha tienen todos los motivos del mundo para creerla

Página 313

sospechosa. Es muy comprensible que piensen que está relacionada de alguna manera con la desaparición de Arturo. También es mala suerte cómo se han dado los tiempos del asunto… Aunque es gracias a eso por lo que sigue teniendo una posibilidad de salir airosa de todo este lío. De no haber sido atacado, Arturo hubiera entregado el arma del crimen a Sacha y ahora ella estaría sin placa y sin pistola.

Aleja esa imagen de su mente y se centra.

Su instinto de supervivencia ha de estar por delante de todo. En fin… La puerta del despacho se abre y Pablo irrumpe. —Eh, Tania, ¿te pillo en buen momento?

—¿Qué es, por lo del plan ese de Ramón Malvives?

—Podríamos empezar a prepararlo ya mismo y hacerlo, no sé, mañana o pasado. Cuanto antes mejor.

Tania asiente levemente, con la mirada perdida en su taza de Spider-Man.

—Pablo…, lo he estado pensado y es mejor que no sigamos ese camino.

—Pero…

—Ya nos pusimos en riesgo con el dispositivo de seguimiento, y mira cómo acabó. No volveré a poner en peligro el trato de ese malnacido con Estupefacientes.

—¿Desde cuándo te importan las operaciones de la UDYCO?

—Pablo, ¿yo qué te he dicho?

No va a admitir réplica alguna. Aprecia y respeta a Pablo, pero es ella la inspectora al mando y, por tanto, quien toma las decisiones. Menos mal que es así.

Pablo asiente, aunque de mala gana, y cierra la puerta para volver a su escritorio. Se queda unos segundos desorientado, compungido.

A Tania le sabe mal. Pues claro que le sabe mal. Pero es lo que hay. Entonces piensa en Arturo y lo visualiza solo, abandonado a su suerte. Esté donde esté, puede darse por sacrificado. Que se lo hubiera pensado mejor antes de traicionarla.

Cada acto tiene su consecuencia. Cuanto mayor es la apuesta, mayor es la caída.

Entonces la acecha un malestar agudo en el estómago. Tan fuerte que ha de ir corriendo al baño a vomitar. Lo suelta todo. Es al estar abocada sobre el lavamanos y mojarse la cara cuando se mira al espejo y no se

Página 314

reconoce. Sabe que ya es tarde para ella, que no va a cambiar; acaso podría gritar, pero sería un grito que nadie escucharía.

Regresa al váter y vomita una vez más.

Página 315

9

Arturo confía en estar muerto. Todo es tan surrealista a su alrededor que no se lo cree. No puede ser. Se niega a que todo esto sea verdad, que realmente esté viviendo semejante despropósito. Se siente el protagonista de una de esas novelas clásicas donde se encerraba al personaje en la Bastilla. Da una vuelta sobre sus propios pies invadido por preguntas y más preguntas.

Se encuentra en una galería que parece soportar el peso de Madrid. Pilares truculentos se alzan con sus más de diez metros de altura y algunos se unen entre sí mediante arquivoltas. Las paredes son de ladrillo oscuro y la superficie, aunque extensa, no lo parece debido a la inmensa cantidad de personas que hay: algunas en grupitos, jugando a las cartas, al dominó o simplemente charlando; otras pasean sin rumbo; y algunas solo están sentadas, sin más, con sus miradas vacías observando aquí y allá, acaso matando hormigas con sus pulgares muy de vez en cuando. Hay hombres y mujeres; todos rapados al cero.

Aquello, más que una extensión de las cloacas, parece un búnker entre el centro de la Tierra y Madrid; un submarino gigantesco o un castillo del medievo más oscuro.

Arturo no habla con nadie. Solo observa. Observa a los presos, pero también a los custodios. Hay unos pasillos elevados donde vigilan varios centinelas, todos con sus máscaras, sus uniformes y sus rifles en las manos.

—Miras demasiado. Eso no es bueno por aquí.

Es un hombre que yace sentado, con las piernas cruzadas y un libro entre las manos. Lo escruta con unos ojos azules que lo perforan desde detrás de unas gafas redondas.

—¿Cómo? —dice Arturo, observando a su alrededor—. ¿Me lo dices a

mí?

—Es mejor mirar al suelo. Te olvidas de lo que hay arriba y todo se hace más llevadero.

Página 316

Arturo se acerca al hombre, pero no sabe qué decirle. Todo es tan extraño que se diría que ahí imperan otros modales, otra forma de hacer las cosas.

—Lo sé —dice el hombre—. Todo lo que estás pensando, lo sé.

Aun así, Arturo no dice nada. Bastante tiene con esquivar a dos hombres que están a punto de arrollarle y que le dedican unas miradas desafiantes. Así, vestido con el mono y sin pelo se siente desprotegido, como desnudo. Ahora sí que no hay manera de disimular su no-oreja; ni siquiera sabe qué postura adoptar.

El hombre de las gafas le hace un gesto para que se coloque a su lado. —Lo primero que tienes que saber es que aquí no hay nombres. No quiero saber cómo te llamabas allá arriba y a ti no te interesa qué ponía en

mi DNI. Aquí solo somos un número.

Se lleva la mano al pecho, donde consta un número que es diferente al que figura en el mono de Arturo.

—Encantado de conocerte, 24601 —dice el hombre de las gafas. Arturo ve el número 24601 en su pecho y tarda en verbalizar su

pregunta:

—¿Tanta gente hay aquí encerrada?

—O han pasado por donde ahora estamos tú y yo. No lo sé, quién sabe. Un grito resuena entre las paredes. No se adivina de donde viene. Arturo se gira, asustado. El hombre dibuja una mueca divertida al ver

la reacción de aquel advenedizo.

—De vez en cuando pasa. Acabarás por no oírlos, tú tranquilo. —¿Qué…?

—A algunos se les ha ido la cabeza y van por ahí… Los verás pululando y gritando sin ton ni son, porque sí.

—¿Sin motivo?

—La mayoría de las veces.

—Y este olor… Me da escalofríos —dice Arturo—. ¿Siempre huele así de mal?

—También te acostumbrarás.

—¿Qué más tengo que saber?

—Todo, querido mío. Te toca reaprenderlo todo.

«Si abandonas cualquier esperanza de huir, no es un lugar tan malo en el que vivir». Eso es lo que le dice. Aquí tienen cama, comida y derecho al ocio: cartas, ajedrez y hasta una biblioteca. Sí, hay una biblioteca a la que

Página 317

promete llevarlo más tarde. Sí, aquello es una cárcel, pero hay una gran diferencia respecto a otras cárceles: Tártaro es seguro.

—Aquí no hay agresiones ni disputas. Si, por ejemplo, ahora se te ocurriese darme un puñetazo, se te echaría encima un guarda. Aquí uno termina aprendiendo que no vale la pena discutir. Es mejor para todos que impere un buen ambiente.

—Pero aquí no cumples condena y te vas, ¿no?

—Ahí tienes razón. Es lo que hay.

Arturo mira a todos lados una vez más. No hay ninguna apertura, ninguna ventana que deje pasar luz natural.

—Sé que estás calculando tus opciones de escapar. Mejor que no… Se lleva la mano a la parte trasera de la cabeza y le muestra un discreto

implante.

—Te lo ponen al entrar, a la vez que te marcan en la espalda. Si se te ocurre poner un pie más allá de las zonas permitidas… ¡bum! Al poco de llegar aquí vi cómo le explotaba la cabeza a un húngaro. Eso se te queda grabado, créeme.

Arturo se toca su cabeza, pero no nota nada. —Tampoco me han marcado como al ganado, no…

El hombre le palpa la cabeza y la espalda. Después se lleva la mano al mentón.

—Esto es raro —reconoce el hombre—. Cuando nos sueltan a las zonas comunes todos estamos marcados. ¿Tampoco te han pasado el hierro por la espalda, dices?

—No.

El hombre de las gafas se vuelve a rascar el mentón con los ojos cerrados.

—Llevo muchos años aquí y esto nunca había pasado.

Arturo aprovecha el silencio del hombre para observarlo detenidamente. Parece frisar los setenta. Entre las gafas, su calvicie y su delgadez, guarda cierto parecido con Gandhi.

—¿Cuánto llevas aquí encerrado?

—Otra cosa que has de saber, 24601. Aquí dejamos de contar. Ven, caminemos un poco. Esta es otra lección que te doy: camina siempre que puedas por las zonas comunes y, cuando estés en tu celda, haz algo de gimnasia. Aquí es fácil que uno se oxide.

Pero no les da tiempo de caminar.

Página 318

—¡24601!

Es un guarda que se ha acercado a ellos por la espalda.

—24601, acompáñame.

—¿A dónde?

—Quieren verte.

Arturo se inclina levemente hacia Gandhi, con la mirada dubitativa. —Chico, aquí solo hay una persona que reciba en audiencia. Si esto

fuera una cárcel al uso, él sería el alcaide. Mejor que no le hagas esperar. —Sígueme, ven —dice el guarda dirigiéndose hacia uno de los

pasillos.

El reo recién bautizado como 24601 traga saliva y no le queda otra que andar.

El pasillo se estrecha cada vez más.

Página 319

10

Hace días que Pablo no puede dormir. Si acaso dos o tres horas dispersas, poco más. Al principio se obligaba a permanecer en la cama, casi como un castigo autoimpuesto, pero últimamente se dedica a deambular por casa: consulta una novela ya leída, ve un poco la tele, peca comiendo un trocito de fuet…, pero no se concentra en nada.

Son muchos los frentes que Pablo siente abiertos, y eso le quita el sueño.

ARTURO

Sigue en paradero desconocido. Y lo peor es que todo apunta a que seguirá así. No tienen rastro alguno ni saben cómo continuar. Las unidades de Subsuelo han rastreado varias veces el submundo madrileño conocido y no han hallado nada más que ratas y peste. Claro, no pueden seguir recorriendo los mismos túneles una y otra vez. Tienen trabajo que hacer, y han abandonado la búsqueda activa.

También han revisado una y otra vez las grabaciones de seguridad tanto de la red de metro de Madrid como de las cámaras que apuntan a las posibles salidas; desagües de alcantarillas o tapas de registros. Esto supone horas y horas de vídeo que varios compañeros siguen en tiempo real, atentos a no pestañear. Y aun así no han encontrado nada. Eso les refuerza la teoría de que el atacante de Arturo se lo llevó al subsuelo, a Tártaro. Y eso lo complica todo.

Encima han averiguado detalles que los despistan y les hace desconfiar de su propio compañero: han seguido la pista del tique de la lavandería de Lavapiés hallado en el piso de Bernardo Dartizio y, después de muchos quebraderos de cabeza con la empresa de seguridad que lleva el local, por fin, con la orden firmada por la jueza, se les entregó la grabación.

La sorpresa vino cuando, al abrir el vídeo, vieron a Arturo acompañado por una chica.

—A mí me suena de algo esa tía —dijo Marga.

Página 320

—Es la poli de la garita de acceso —comentó Omar.

—¿Tú crees?

—Pregúntale a cualquier hombre de por aquí, seguro que se acuerda de ella. ¡Qué pájaro, el Disyóquey!

Hicieron sus averiguaciones y descubrieron que esa agente no solo pertenecía en realidad a Asuntos Internos sino que, además, también lleva un tiempo desaparecida.

—¿En serio creéis que mi compañera está donde sea que esté Yani? — dijo el superior de la agente, un tal Sacha, al mismísimo Pablo cuando este lo fue a buscar.

—¿Acaso no la estáis buscando?

Sacha lo cogió del brazo y se lo llevó al baño.

—El primer día que faltó no le di importancia. Es una buena chica y decidí darle un poco de manga ancha, ¿vale? El segundo día ya fui a su casa y no encontré ni a Dios.

—¿Y entonces, por qué no ha mandado que la busquen? —preguntó Pablo.

—Recibí un aviso de mis superiores, gente de muy arriba: me aseguraron que estaba en un nuevo destino y que la información era clasificada; no podían contarme nada, solo que me quedara tranquilo, que ella está bien.

—Pero si hasta ha abandonado su domicilio, ¿en serio se lo cree? —Un respeto, sigo siendo de un rango superior, ¿estamos? Quién soy

yo para sospechar de la palabra de un jefe, ¿eh? —dijo Sacha—. He visto de todo. Ya no me sobresalto cuando me dicen que es información reservada. ¿Que no puedo saber algo? Pues me doy la vuelta y sigo a lo mío.

—¿Y no es demasiada casualidad que desapareciera dos semanas antes que Arturo?

—Por favor, subinspector… Es una chica lista, con recursos, la habrán cogido para otros saraos. ¿Y sabe qué le digo? Que chapó por ella.

Y se fue, dejando a Pablo con más preguntas que respuestas.

También han reconstruido las últimas horas conocidas de Arturo. Desde que se fue del piso de Tania hasta su entrada en el metro de Cuatro Caminos, y nada, tampoco han hallado nada significativo ni sospechoso. Si eso, lo que ha reportado todo esto ha sido sonrojo.

Página 321

Todo el grupo VII ha visto las imágenes grabadas por la cámara de seguridad de una tienda veinticuatro horas en las que se ve a Arturo, plantado bajo la lluvia, observando cómo su novia se besaba con un extraño.

—Y por eso vino a mi casa, lo que os dije —anotó Eneko más tarde. —¿Y te dio algo? —preguntó Tania—. ¿Dejó alguna bolsa o mochila

en tu casa?

—No, ¿por qué?

—Nada, por preguntar.

Fue a Pablo a quien le tocó la tarea de interrogar a Blanca Quintín. Que si se habían enfadado, que si Arturo había comentado algo extraño o actuado raro en los últimos días, cosas así. Y Blanca dijo que no a todo, con la voz acongojada y el sentimiento desbordado.

—Pobre… Secuestrado… Otra vez…

Pabló pensó que la chica necesitaba un abrazo, pero no se acercó lo más mínimo. Se limitó a cerrar la libretita que tenía entre las manos.

El tema de su compañero le preocupa. Y, por desgracia, su jefa no ayuda a aliviarle el desasosiego. Más bien todo lo contrario.

TANIA

Está rara. Más que rara. Como si no fuera ella. La inspectora Bilbao siempre había brillado por su tesón y destreza a la hora de dirigir a los suyos, sin embargo, ahora se la aprecia desconcentrada, como si tuviera que meditar dos veces cualquier decisión y también sufre accesos de cólera. Ella siempre había sabido imponerse sin necesidad de gritos, con su tono rígido y mirada severa los llevaba a todos a rajatabla. Ahora no. Ahora en alguna que otra ocasión ha recurrido al grito, y eso no es normal.

Pablo entiende que no está en una posición fácil. Sabe que su jefa nota el aliento de Asuntos Internos en su nuca y después está la reciente separación de Javier; vivir sin Bruno se le debe de hacer imposible de sobrellevar en el día y día, y si encima sumamos la preocupación que le debe de generar el bala perdida de Raúl… Aunque nada de eso es excusa. Tania nunca había demostrado esa falta de profesionalidad, jamás había permitido que sus problemas personales influyeran en su trabajo.

Y claro, el dilema es que esta dispersión afecta directamente a Arturo. Pablo ha insistido en más de una ocasión en probar implicar a

Malvives, hacer que cante, que cuente lo que sabe sobre Tártaro. Pero

Página 322

nada. No ha habido manera.

—¿Qué otra forma tenemos de encontrar esa maldita cárcel si no? —Pablo, ¿cuánto te queda en este convento? Pues eso… —dijo Tania

la última vez que hablaron del plan Malvives, y eso dejó a Pablo clavado.

Ella nunca le había contestado así.

Se recuerda yendo a la máquina de café sintiéndose viejo. Más que viejo; decrépito, con el cuerpo pidiéndole tierra y con un pensamiento: «Pues igual sí, igual debería centrarme en ser abuelo y no poli. Mala suerte para Arturo». Aunque en cuanto tuvo la taza humeante en su mano supo que no, que su compañero merecía un último esfuerzo.

Y esto ha conferido a la búsqueda de Arturo un tono épico. Pablo siente que será su última aventura, que una vez encuentre a Yani podrá jubilarse en paz y pensar solo en su familia. Qué ganas de dejar el cargo de subinspector para abrazar el título de abuelo.

SU HIJA

Virginia le llamó el otro día. Resulta que su esposa había prometido llevarla a la visita con la ginecóloga del jueves por la mañana, pero le había salido un nosequé en el trabajo y se había quedado sin conductora. Que si podía acompañarla. Y claro, dijo que sí sin dudarlo ni un solo instante; se escapó un par de horas de la comisaría.

Virginia está cerca de la semana treinta y ocho, y ahora las visitas al hospital son semanales. Le colocan un sensor en la barriga y una máquina marca si hay algún rastro de contracciones. También se monitoriza el latido del bebé, y ahí fue cuando Pablo no pudo contener el llanto.

Lo recuerda vivamente. Estaba en la butaca, al lado de la cama donde estaba Virginia con todos sus aparatos conectados, y la enfermera dijo:

—Voy un segundo a la sala de al lado a buscar una cosa, pongo volumen al latido.

Y ahí estaba. Como un tambor, con ganas de vivir, con energía, diciendo: «Aquí estoy, esperadme solo un ratito más que ya salgo». Pablo se echó a llorar. Ni él mismo lo vio venir. De golpe se vio llorando mientras cogía la mano de su hija.

—Papá, por favor, que me vas a hacer llorar a mí también.

Después de la sesión de monitorización se fueron a la visita con la ginecóloga. Le hizo unas preguntas rutinarias a Virginia, le tomó la tensión y después le hizo una ecografía.

Página 323

Al principio a Pablo le costó distinguir a la bebé en el manchurrón de la pantalla, aunque después ya no le cupo la menor duda. Qué maravilla de la naturaleza. Y vuelta a la emoción, a dejarse bañar los ojos de lágrimas.

—¡Papá! —le regañó su hija.

—Es la primera nieta, ¿a que sí? —preguntó la ginecóloga.

Pablo asintió sin apartar la mirada de la pantalla. Le hacía gracia ver a la bebé que jugueteaba con el cordón umbilical.

—¿No puede tirar fuerte y acabar desprendiendo la placenta del útero? —No se preocupe —le tranquilizó la doctora—. Tiene fuerza, pero aún

no tanta.

La ginecóloga hizo sus comprobaciones y al rato le cambió el rostro. —Uy… Uy…

—¿Qué pasa? —preguntó Virginia—. No me asustes.

—Pues pasa que la tripa es toda niña. Los niveles de líquido amniótico están un pelín bajos… Más de lo que deberían…

—¿Y entonces?

—Vas a tener que venir cada día. Quiero controlarte bien. Así, si la peque no se decide a salir, la sacamos nosotras cuando ya no podamos esperar más.

Pablo acarició a su hija y le echó el pelo hacia atrás. Virginia se había quedado pálida, con el corazón encendido y la preocupación acechando. Se vistió en silencio y a los diez minutos estaban montados en el coche de Pablo. El subinspector enseguida notó que su hija no estaba para grandes conversaciones. La observó de reojo durante todo el trayecto y solo se atrevió a abrir la boca cuando aparcó delante de la casa de ella.

—¿Quieres que te lleve yo también a la visita de mañana?

—Mañana ya me puede llevar mamá, tú tranquilo. Es que hoy tenía un compromiso…, pero gracias —dijo bajándose del coche. Aunque en el último momento se detuvo—. ¿Y tú qué tal, por cierto? Que no te lo he preguntado en toda la mañana y te veo algo mustio.

—El trabajo, ya sabes…

—¿Un caso complicado?

—Tiene que ver con un compañero. Quiero ayudarle, pero… —¿No hay manera?

—No me dejan, mejor dicho —respondió Pablo.

—¿Por qué? ¿Crees que podrías ayudar a tu compañero de no tener las manos atadas?

Página 324

—Al menos me gustaría probar. Saber que he hecho lo posible, ¿sabes?

Virginia asintió y se alejó del vehículo dándole un par de golpecitos a la chapa.

—Pues igual deberías hacerlo igualmente. Quién sabe.

—Yo siempre he cumplido órdenes a rajatabla, hija. Nunca he sido un rebelde, ni con causa ni sin ella.

—Pues a tu edad ya… La pensión no te la van a quitar a estas alturas. Entró en su casa y Pablo se dirigió a la comisaría con un runrún que no

se detuvo hasta que por fin tomó una decisión.

Página 325

11

—¿Sabe quién soy?

Arturo asiente.

—Entonces conoce mi nombre.

Arturo vuelve a asentir.

—Mejor —dice el hombre acercándose a él—. Las presentaciones son muy aburridas. Yo también lo sé todo de usted, inspector Yani. Siéntese.

A Arturo le cuesta mover los pies, pero lo consigue. Y es que, aunque trata de disimular, se siente cohibido. Cómo no estarlo.

El centinela enmascarado y bien armado lo ha conducido hasta un despacho remoto. La noche y el día. Si afuera, en el pasillo, todo es podredumbre, aquí todo es cálido, con acabados de madera y limpio. Es un despacho decimonónico y noble, reconfortante. Nada más llegar, Franz Prats ha pedido al guarda que los deje a solas.

Y ahora que Arturo se sienta en la silla que hay al otro lado del escritorio, no sabe cómo comportarse. Decide no ser el primero en hablar.

—Sé que ha sufrido el recibimiento que aplicamos a todos nuestros huéspedes. Le pido perdón. Ojalá no hubiera sido necesario, pero entenderá que no podíamos simplemente invitarle a venir. ¿Se imagina?

Aunque es un galán por naturaleza, eso es obvio y notorio, se nota que está siendo excesivamente agradable para hacerse cercano, para agradar a Arturo, y eso él no lo entiende.

—Pero a mí no me han marcado ni me han puesto ningún chisme en la cabeza.

—Faltaría más. Usted no es un huésped. Yo lo veo más como un invitado.

—¿Entonces puedo irme?

—Ya encontraremos la palabra que mejor se adecúe a su situación, ¿le parece?

—Mi equipo está buscando este sitio. Van a dar con él. Van a venir aquí.

Página 326

—Ay, inspector… ¿Usted sabe cuánto lleva este sitio en funcionamiento? No fui yo quien lo creó, se lo aseguro. Yo solo lo gestiono. Y después de mí habrá otro, y así.

Se levanta abrochándose el botón de la americana.

—Demos un paseo. Deje que le muestre el lugar. Venga.

Solo al terminar de hablar, Arturo se da cuenta de que no ha visto pestañear a Franz ni una sola vez.

Salen al pasillo custodiado por el guarda, que se mantiene erguido con el MP5-A5 cogido con ambas manos. Franz y Arturo tuercen a la derecha y van a parar a una galería distinta, una que el policía no conoce. También está plagada de presos que van de un lado a otro, como hormiguitas, ante la atenta vigilancia de los guardas.

Franz y Arturo no se detienen. Pasean por pasillos laberínticos y galerías.

—No se crea, en realidad esto no es tan grande como parece a primera visita. Es solo que tiene estructura de laberinto, pero enseguida se hará con el lugar, ya lo verá.

—Espero no estar mucho tiempo.

—Sí, sí, sus amigos pueden echar la puerta abajo en cualquier momento. Buena suerte con eso.

No lo dice con tono amenazante, tampoco siniestro. Le sale más bien como una broma. Hasta se diría que espera que el policía le ría la gracia. Pero Arturo no lo hace, claro.

—Yo no pienso pasarme aquí treinta años como Cristina Hidalgo. Consigue herir sutilmente a Franz. Es la primera vez que borra la

sonrisa de su rostro. Aunque solo es un segundo, enseguida regresa a su papel de anfitrión amable y atento.

—Ahora no lo ve, pero espero poder convencerle de la necesidad de este lugar.

—¿Qué necesidad, una cárcel ilegal para que los ricachones encierren a quienes quieran?

—Dicho así… ¿Sabe cuál ha sido el principal cambio que he realizado desde que estoy al mando? Yo también tengo conciencia de clase, no crea. No soy un revolucionario, pero tengo mi corazoncito y odio las injusticias, por eso introduje una novedad. Podríamos decir que algunos huéspedes están… becados… Sí, es un buen término.

—¿Ese es mi caso? No imagino a nadie pagando por mí.

Página 327

Franz le pasa el brazo por el hombro. Eso repugna al inspector, que no

entiende por qué aquel hombre se empeña una y otra vez en hacerse el

simpático. ¿Qué necesidad tiene?

—Ya hemos llegado. Es aquí.

Entran en una sala aséptica. Paredes, suelo; todo es blanco. La luz de los halógenos no ayuda a hacerla más hogareña. La decoración es de dos sillas y una mesa, ya está.

En la mesa se encuentran las posesiones de Arturo.

—Eh, falta mi móvil.

—Bueno, entenderá que eso no se lo dejemos. Aquí abajo no hay cobertura, pero no está de más tomar medidas preventivas.

—Noé construyó el Arca antes de que empezara a llover, ¿no?

—Buen símil, ¿dónde lo ha escuchado?

—Por ahí —responde Arturo, que mira sus pertenencias—. ¿Y me dejan mi pistola?

—No saldrá de aquí liándose a tiros, inspector.

Sobre la mesa hay poco más: su cartera, sus tarjetas de contacto y también la bolsa de plástico con el trozo de cristal. Respira aliviado. Le consuela saber que aún tiene la prueba del crimen en su poder. Aunque al instante se siente absurdo. Qué más da eso ahora.

—Como ha podido ver en nuestro paseo, aquí hay libertad de movimiento. Se puede ir al comedor, a la biblioteca, a la celda de otros huéspedes… A donde se desee cuando se desee, sin embargo, usted sí tendrá unos horarios que cumplir. Cada mañana, a las nueve, le traerán a esta sala y estará aquí hasta el mediodía.

Arturo gira sobre sus pies. Observa su entorno con recelo, con la ceja levantada.

—¿Y qué voy a hacer aquí toda la mañana?

El anfitrión, como si previamente hubiese ensayado la puesta en escena, se aparta de la puerta y deja entrar a un guarda que empuja a un reo encapuchado.

—Déjalo en la silla —indica Franz, y el guarda lo hace.

El encapuchado se acomoda en su asiento, tratando de recuperar el aliento. Parece que intenta decir algo, pero no suelta más que alaridos sordos y fúnebres.

—Este es mi regalo —dice Franz—. ¿Quiere disponer de las mañanas libres y no tener que venir aquí? Muy bien, antes ha de encargarse de este

Página 328

espécimen.

Arturo vuelve a mirar sobre la mesa su arma reglamentaria.

—¿Qué? No voy a matar a este hombre.

—Oh, pues no sé por qué no. Yo de usted no lo dudaría. En caso contrario no me quedaría más remedio que considerarlo a usted un huésped sin más.

—Y marcarme y ponerme una bomba en la cabeza…

—Venga, inspector, yo le daría un vistazo a mi regalo. ¿Acaso no tiene curiosidad por saber quién es? No creerá que le estoy ofreciendo matar a un desconocido sin más, ¿verdad? Cuando le digo que se trata de un regalo es porque hablo con conocimiento de causa.

Le quita la capucha de tela al reo y Arturo se echa hacia atrás. Se apoya en la pared y se lleva la mano a la cara. No puede ser. Es imposible, ¡no! ¡No! Sus ojos no pueden apartarse de la cara de ese anciano.

—P-pero… c-cómo…

—¿En serio creía que Isidro Laínez Feijóo, el Pellejero, había muerto tranquilamente en su casa? Si supiera lo fácil que fue matar a un sintecho con cierto parecido, falsificar un par de pruebas aquí y allá, y que todos certificasen su defunción… Nadie mostró demasiado interés por hacer justicia a semejante monstruo.

A Arturo le tiemblan las piernas. Está a punto de desfallecer. Tantos años después, estar frente al Pellejero es un cóctel de sensaciones que no puede reprimir en su interior. Siente su corazón como una bomba que explota debajo del agua.

—Considérelo mi regalo de bienvenida. Mátelo, inspector Yani.

Vengue a su hermano.

El anciano no hace más que temblar, atento a sus pies.

—No… No…

Arturo se abalanza hacia la salida. Un guarda lo detiene y lo somete con facilidad.

—Déjalo marchar —dice Franz—. Necesita su tiempo, es normal.

El centinela se aparta y Arturo se va corriendo. Siente que huye del mismísimo diablo.

—Ah, por cierto, inspector —añade Franz asomándose al pasillo—. Ahora cuando llegue a su celda encontrará otra sorpresa más. Para que después se queje…

Página 329

Todo es caótico. Arturo no logra guiarse por ese laberinto por culpa de su mente que no calla, que no cede, que no le da un respiro. Siente que los pulmones se le estrechan con cada paso que da y teme desmayarse. Entonces respira hondo y consigue centrarse, por fin; se sitúa en el mapa confeccionado en su cabeza y es así como llega a su celda.

—¡Arturo!

Se abrazan efusivamente. Él la mira a los ojos, de arriba abajo. La chica está rapada al cero y viste el mismo mono que él. Huésped 23623.

Arturo le inspecciona la cabeza. Mira cada centímetro de su calva. —No, no tengo el GPS ese de los cojones que todos llevan. Y tampoco

me han marcado como a las vacas.

Y se abrazan aún más fuerte. Es la primera vez que se tocan. Antes nunca se habían estrechado la mano ni dado dos besos al saludarse. Nada.

—¿Estás bien?

—¿Qué pregunta de mierda es esa? —responde Petra, y él se echa a reír. Es bueno saber que, pese a todo, Petra sigue siendo Petra. Es un rayo de luz que se cuela en la oscuridad más profunda.

Página 330

12

Esta es la noche. No pueden esperar más.

Pablo lo sabe. Eneko lo sabe.

Los dos están de acuerdo: han de intentar la encerrona a Ramón Malvives. El plan es aparentemente sencillo, por qué no iba a dar resultado, ¿no? Con esta intención se han plantado en Vallecas cuando la tarde ha muerto y las sombras se han cernido sobre la ciudad. Los dos policías están en el coche, como dos fantasmas, repasando lo hablado estos últimos días. La cosa ha de ser breve y limpia. Sin riesgos. Sin complicaciones. Si Ramón se niega a hablar, lo dejarán en paz. Al menos lo habrán intentado.

No van armados. Ha sido una sugerencia de Eneko, y a Pablo le ha parecido bien.

Llevan media hora en el vehículo. Han visto a Ramón abandonar su domicilio para ir a tapear un poco y ahora es cuando regresa con las manos en los bolsillos hacia su casa.

—Empieza el espectáculo —dice Pablo—. Recuerda, en cuanto me pegue el primer golpe, es tu turno. Tú y yo no nos conocemos. Simulas detenerlo y te lo llevas al punto de encuentro. Ahí le planteas el ultimátum: o te cuenta algo sobre Tártaro o puede irse despidiendo de la condicional.

Eneko asiente, y Pablo se apea del vehículo. Empieza a caminar por la acera aparentando normalidad. Poco ambiente a esa hora en Vallecas. Un par de perros olisqueando árboles, algunos niños que se pasan un balón y currantes que tienen prisa por llegar a casa para, por fin, descansar y cenar.

Malvives lo reconoce al primer vistazo. Se nota que va puesto, viste esa falsa valentía.

—Eh, tú, viejo, ¿tú no estabas el otro día con el desgraciao ese de mierda?

—¿Qué? ¿Perdona?

—Sí, ya te digo. ¡Eres tú!

Página 331

Da unos pasos hacia Pablo desafiante, con el ego crecido y la chulería a la ofensiva.

Eneko siente que la Dexedrina que se ha tomado empieza a hacerle efecto. Se le acelera el pulso y le hierve la sangre. Esto es algo que aprendió pronto en Antidisturbios: conviene situarse al nivel de la gente con la que te vas a cruzar.

Respira hondo y mira al frente. Ramón está increpando a Pablo en plena calle. Nadie asomado en ningún balcón. Ningún viandante se detiene a observar. Nada. A todo el mundo le dan igual los demás. Por desgracia, no hay nada más cierto.

Otra respiración profunda. De repente, una luz le deslumbra a través del retrovisor.

Pablo se prepara para la hostia que le va a caer cuando algo pasa. Algo cambia en el rostro de Ramón Malvives. Deja de prestarle atención a él para enfocarse en algo que lo aterra, que incluso le hace palidecer. Las rodillas del confite se echan a temblar.

Un Jaguar oscuro, reluciente, empieza a acelerar hacia ellos.

Malvives suelta el cuello de la camisa del policía en el acto y rebusca en sus bolsillos. Saca las llaves y entra en el portal.

Pablo va tras él y se cuela antes de que se cierre la puerta.

Eneko pone la mano en la puerta, atento a lo que pueda pasar.

El Jaguar se detiene junto al portal en el que se han metido Malvives y Pablo. Se apean cuatro jóvenes árabes. Vestidos con abalorios relucientes en orejas y cuello, ropa de marca, uno de ellos con unas gafas Gucci.

Lo que todos llevan son armas: Glock 36.

Eneko enseguida reconoce a los individuos. Pertenecen a la banda de Ahmed Mahmud, más conocido como el Sirio, que mueve droga en

Página 332

Madrid. No al nivel de otros grupos mejor organizados y más fuertes, pero aun así muy peligrosos.

Y Malvives tenía trato con ellos.

Lo malo es que también con la UDYCO.

Y la infidelidad no le gusta a nadie. Menos aún a la gente de la droga. El policía traga saliva. Siente la adrenalina, esa vieja amiga, poseyendo

su cuerpo.

Se baja del coche con los puños apretados, venas marcándose en sus brazos, ceño fruncido. Camina hacia el portal y ve que el Jaguar no se ha quedado sin vigilancia. El conductor intercambia una mirada con él. Ambos saben lo que se avecina.

El árabe abandona el vehículo acariciándose los nudillos.

Eneko es consciente de que es absurdo identificarse como policía.

Endurece sus músculos y decide ser quien propine el primer golpe.

Pablo alcanza a Ramón Malvives, que está tan nervioso que ni lo atiende. Se le caen las llaves de su piso al suelo y se agacha apresurado a recogerlas.

—Soy subinspector de Policía. ¿Quiénes son esos tipos? —¿Tú, poli? No me jodas ahora. ¿Qué mierdas he hecho? —Tártaro. Necesito llegar, y tú sabes dónde está. —¿Y ahora te parece el mejor momento?

El problema es que Malvives está fuera de sí y demasiado colocado. Ni siquiera acierta a coger de nuevo las llaves. Y pega un salto cuando se escucha el chasquido que hace la puerta del portal al abrirse.

Ellos están en el tercero. Tienen poco tiempo de reacción.

Pablo se asoma por el hueco de las escaleras y ve a cuatro chicos, pistola en mano, subir peldaño a peldaño, con la confianza de saber que tienen a su víctima acorralada.

—¡Joder!

El subinspector coge a Ramón por la camisa y se lo lleva escaleras arriba. Mientras suben, saca el teléfono móvil y pide refuerzos. ¿Dónde se ha metido Eneko?

Malvives se deja llevar. Parece un niño pequeño. La gallardía ha quedado atrás y ahora no es más que un pelele aterrado.

Página 333

Llegan hasta arriba del todo. Hasta la puerta que da acceso al terrado. Les falta el aire. Pablo se asoma al hueco de las escaleras y ve que están cerca. Muy cerca. Sueltan consignas en árabe que él no sabe traducir pero que no suenan amistosas.

—¿Tienes las llaves?

Pero el confite no responde.

Pablo se harta. Da una fuerte patada a la puerta y esta cede al instante. Acceden al terrado y un aire nuevo parece querer infundirles

esperanzas.

Nada más erróneo. Enseguida se dan cuenta de que están en una isla. Por un lado hay un solar al que no pueden saltar, y por el otro sí que hay un edificio, pero también una valla de cinco metros que los separa.

—Hay que intentarlo.

Empuja a Malvives hacia la valla.

—¡Arriba, rápido!

El confite empieza a escalar. Aunque muy torpe. Cuando lleva un metro cae al suelo. Pablo lo ayuda a ponerse de pie y que vuelva a la valla cuanto antes.

También él escala.

Pero.

Un disparo rasga la noche.

Los dos se detienen con las manos alzadas. No necesitan girarse para saber que detrás están los cuatro árabes, apuntándoles con sus Glock 36.

—Hazte un favor y no te levantes —suelta Eneko.

Se lleva la mano al labio y cuando ve la sangre en sus dedos se enfada consigo mismo por haber sido tan torpe. Demasiado tiempo en la Judicial. La pelea ha sido corta pero intensa, el árabe ha sabido defenderse.

—Que no te muevas, te digo.

Y el chico parece hacerle caso. No se levanta, solo se arrastra hacia el Jaguar.

Eneko se acerca al portal de Malvives cuando un silbido lo alerta.

No sabe qué es, si una intuición o que su inconsciente está demasiado acostumbrado a la violencia, pero hay algo que lo obliga a detenerse y a encogerse.

Página 334

Y menos mal.

El ruido es seco, agudo y desagradable. Pero la imagen es aún peor. Al tocar la acera, después de ser lanzado desde seis pisos de altura, el

cuerpo de Ramón Malvives no rebota. No cambia de posición. Algo parece explotar en su interior y la sangre salpica a Eneko, que se descubre la cara y ve con pavor la mirada vacía del muerto. Su cara es de terror, era consciente de que iba a morir, de que lo estaban lanzando.

Eneko rodea el cadáver y se adentra en el portal. Corre y corre escaleras arriba.

Se detiene súbitamente cuando se cruza con los árabes. De cerca son aún más intimidantes. Los cuatro le sonríen, pero no le dicen nada, siguen su camino hacia el Jaguar.

El policía los ve pasar. Piensa en enfrentarse a ellos, pero ¿cuatro contra uno? Eso solo pasa en las películas, y lo importante ahora es Pablo.

Continúa su ascensión hacia el terrado. —¡No! —grita al llegar arriba— ¡No! Saca su móvil y pide una ambulancia. —Agente herido. Agente herido, ¡rápido!

Se identifica y da las señas del lugar. Después coge a su compañero.

Le acomoda la cabeza sobre sus piernas.

—Ya vienen. Aguanta un poco, Pablo. Por tu madre, ¡aguanta!

Pablo se limita a respirar. Tiene un disparo en el vientre. Su mano tapona la herida, pero es un intento fútil. La sangre sale a borbotones. Cada vez siente más frío y menos vida.

El bolsillo de Pablo empieza a vibrar y él cierra los ojos con fastidio.

Coge el móvil con las pocas fuerzas que le restan.

—Es… es mi hija…

—Pablo, ahora no. Después. Ahorra energía que ya queda poco. Le duele la vida, pero Pablo consigue acertar en el botón verde. —¡Papá, menos mal que te pillo! —dice Virginia apresurada—. Te

suelto la bomba y cuelgo. Solo quería decirte que estoy en el hospital. —Estás… ¿Estás bien?, ¿ha pasado algo?

—Sí, sí, es que esta tarde al venir para la visita diaria me han venido contracciones y ya me he quedado ingresada. Entre las primeras pruebas y el papeleo ha sido una locura, pero ahora he querido avisarte. Ay, papá, ¡Ya viene! ¡Ya viene!

—…

Página 335

—¿Papá? ¿Papá, estás bien?

—… Sí… Sí… Es solo que acabo de subir las escaleras y…

—Pues ya estás bajándolas, ¿me oyes? Ve viniendo, que cuando termine quiero que estéis todos aquí para verle la cara a la peque.

Pablo reprime un sollozo de dolor. Comprueba que está encharcando el suelo con su propia sangre. Quiere cerrar los ojos. Solo desea eso: cerrar los ojos.

—Ahora… Ahora voy, Virginia. Dale muchos besos a la peque.

Vuelve a reprimir otro sollozo.

—Ven aquí, anda, y le das tú mismo los besos a tu nieta. Te veo en unas horas.

Y cuelga.

Ahora sí. Pablo ya puede cerrar los ojos.

Página 336

SÉPTIMA PARTE

Página 337

1

El día en que iba a convertirse en una asesina, Cristina Hidalgo se levantó a las cinco de la mañana para esperar al guarda que la llevaría ante sus dos futuras víctimas. Sí, lo había decidido. Por fin había tomado una decisión, y no se iba a permitir recular ni un paso.

Con la claridad del juez que ya ha dictado sentencia, aprovechó ese tiempo en su celda para repasar la cadena de acontecimientos que la habían llevado hasta ese lugar.

Su primo había regresado a su vida en el peor de los momentos. Cuando ella sentía que por fin lograba sacar la cabeza, respirar aire fresco y ser ella misma. Cada poro de su piel, cada célula la alertaba de que era inminente ese salto cuántico de su ser, esa evolución hacia una persona mucho más completa. Gracias a ella misma, claro está, que se lo había estado currando a fondo, pero en parte también por mérito de Borja. Él la había ayudado de alguna manera, poco a poco, palabra a palabra, a abrir los ojos, a darse cuenta de lo mucho que valía y que era joven, que la vida no se había acabado y que tenía todo un futuro por delante. Parecía absurdo, pero es que después de la marcha de Franz tras la amenaza de Soledad, su mundo se había visto reducido a una pared contra la que no se daba más que cabezazos noche tras noche. Sí, se había sacado el carné de conducir y había hecho amistades nuevas, pero eso no bastaba. No era suficiente. De alguna manera, fue el amor de Borja el ingrediente fundamental en la ecuación que la motivó a cambiar, a ser mejor.

Algo que disgustó a su primo.

Llevaban tiempo sin verse y, de repente, él la asaltó por la calle, casi a escondidas, como un fugitivo. Pero los fugitivos suelen ir de incógnito, sin embargo, Franz no podía llamar más la atención. Su traje, su carisma, su mirada. Se abrazaron, y la invitó a subir a un Mercedes con chófer.

Cristina estaba acostumbrada al lujo, pero no a la ostentación. Ver el tapizado de los asientos de ese Mercedes y al chófer con la gorra la hizo sentir en otra dimensión.

Página 338

—Va con el cargo de mi nuevo trabajo, ya ves —alegó Franz—. Al final tendré que agradecérselo a Soledad…

Y le contó lo sucedido en una triste comisaría. Cómo Soledad, pese a que su hermana lo había abandonado como a un perro, tal y como ella quería, más tarde lo delató igualmente. En secreto, eso sí, no fuese el caso de que Cristina se enterase.

—Fui víctima de un chantaje de manual. El truco más viejo. En cuanto el policía de turno me presentó todos los cargos y me pintó un futuro de lo más negro, me dejó reposar unos minutos. La puerta se abrió y apareció un amigo de mi padre, un supuesto abogado que me puso la salvación delante. Aunque con una condición, claro: debía aceptar el trabajo que me habían propuesto… Y aquí estoy.

Aquel Mercedes disponía de una mampara que los cobijó y los animó a ser sinceros. Él prometió que el chófer no podía escucharlos ni verlos, y ella, que se lo creyó, decidió ser franca. Le contó toda su historia con Borja, incluida la mala jugada realizada al final por culpa del CNI, con quienes aún debía lidiar de vez en cuando.

—Pienso mucho en Borja, pobre. No sé, creo que si fuera a verle me perdonaría… ¿Y tú, qué? ¿Muchas mujeres en este tiempo?

—Ninguna.

—No sabes mentir.

Fue así como se enzarzaron en una batalla sexual de dos asaltos.

—No tenemos remedio —dijo Cristina más tarde.

—Eso es porque tenemos que estar juntos.

—Franz…

—¿Qué?

—¿En serio?, ¿no has escuchado nada de todo lo que he dicho antes o qué?

Se vistió con solo un movimiento y golpeó la mampara. El Mercedes se detuvo en la calle Princesa y ella no dudó en bajarse sin disimular su enfado.

—Pero… ¿Qué pasa, Cris? Ahora podemos estar juntos. Mira, ¡mírame!

—Eso digo yo. ¡Mírame! Solo piensas en ti.

Se abrió de brazos y Franz pareció no entender. La estridencia de los cláxones empezó a ser más que molesto. Demasiados vehículos retenidos por culpa del Mercedes.

Página 339

—Cristina, haz el favor, sube.

—Me voy a comprar un coche, ¿sabes? Sí, por fin. La siguiente vez conduzco yo.

Y se fue.

Esto fue un par de semanas antes del secuestro.

Página 340

2

Desde que está en Tártaro no sufre pesadillas. Tal vez porque ahora la pesadilla es real. Lleva muchos días aguantando la mirada de Isidro Laínez Feijóo, el Pellejero. Al principio le costaba responderle mirando fijamente a sus ojos acuosos y grises; ahora no, ya se ha acostumbrado, y los dos llevan jornadas enteras simplemente escrutándose. Apenas han cruzado más de dos o tres palabras. Son muchas las preguntas que Arturo desea pronunciar, pero a la vez le parece un ejercicio vacuo y sin interés, qué le va a responder ese secuestrador de niños que no sepa o no pueda imaginarse. ¿Te acuerdas de mí y de mi hermano?, ¿recuerdas todo lo que nos hiciste?, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué? ¡Dime!

No. Nada de eso. Solo le haría caer en el pozo. Lleva toda su vida amparándose en una coraza como si fuera una tortuga, sin embargo, ahora que es cuando está preso en un lugar irreal y delante de su creador, mal que le pese, se nota por fin liberado.

Observa al pobre diablo que tiene delante y no siente odio. No el que le ha corroído desde los ocho años. No. Solo aprecia pena. Mucha pena, acaso algo de compasión. Y eso sí que no le gusta. Una cosa es no coger una de las armas que tiene a su disposición sobre la mesa y torturarlo o reventarlo a golpes, y otra empatizar con ese monstruo.

Quizá sí, quizá debería matarlo y ya está, fuera tentación. ¿Quién podría reprochárselo? Igual sí, igual podría agarrar ese martillo de ahí e incrustárselo en la cabeza; anudarle esa cuerda alrededor del cuello, hacerle un nudo y adiós; rajarle las venas y ver cómo se va apagando poco a poco, que el Pellejero sea consciente de que va a morir sin remedio alguno. Sí, tendría que hacer eso.

Pero no lo hace.

Aprieta la mano y no respira aliviado hasta que el guarda llama a la puerta.

—Fin del encuentro —dice con tono neutro—. Ya está bien por hoy.

Página 341

Y ahora viene lo de siempre: el centinela lo conduce a la zona común. El Pellejero no, él se queda ahí, con la puerta cerrada. El primer día Arturo preguntó si es que no tenía una celda al uso, como los demás presos, y le respondieron que no. De hecho, el guarda señaló a lo largo y ancho del pasillo, hacia las demás puertas cerradas, y dijo:

—Aquí están los que no pueden vivir con el resto.

—¿Por peligrosos?

—O por otras cosas.

Detrás de algunas puertas se escuchaban sollozos, también gritos de pánico y se fundían en el ambiente ciertos ruidos de herramientas: radiales, sopletes, chispazos… Todo mezclado con el olor a vísceras y sufrimiento.

—¿Por qué están marcadas en números romanos?

—¿Qué quieres, escribir un libro? Anda, tira, es la hora de llenar el estómago.

Arturo entra en el comedor aún poseído por el mal cuerpo y enseguida vislumbra a Petra, que le indica que se acerque, que en esa mesa hay un sitio libre. Él coge una bandeja de comida (ensalada murciana, panga a la plancha y yogur natural) y se sienta junto a ese grupo variopinto de reos.

—¿Qué? —le preguntan todos al unísono.

Y él hace un gesto de negación. No, otro día que no ha acabado con el hombre causante de sus pesadillas. Todos muestran su aceptación; dando por hecho que eso es lo que esperaban. No todos lo entienden, pero al menos lo respetan.

—¡Ah!

Es un hombre, otro preso, que está buscando dónde sentarse mientras se pasea con la bandeja de la comida. No le ha pasado nada, solo grita por su locura. Como tantas otras veces, como tantos otros prisioneros.

—Por cierto… —dice Arturo sin saber cómo empezar—. El pasillo al que me llevan, el que tiene celdas cerradas con números romanos… Allí se tortura, ¿verdad?

—No lo queremos saber —responde Gandhi—. La gran mayoría tenemos la suerte de no haber pisado nunca esa zona.

—¿Cristina vivía allí?

Silencio. Todos los demás bajan la mirada hacia su comida. Ni siquiera mastican.

—No… La número cero vivía con nosotros.

—¿Cuánto tiempo estuvo viviendo aquí?

Página 342

Gandhi se mete en la boca una cucharada de yogur. No va a decir nada más sobre el tema. Tampoco los otros.

Petra y Arturo intercambian una mirada que ninguno de los dos sabe descifrar. Camaradería, apoyo. Contar con alguien está bien, es bonito. Él la observa de refilón, no sin cierta envidia. La ve bien, serena; sin llegar a estar mimetizada con el entorno ni con su gente, pero sí camuflada. Y eso hace mella en Arturo, al que le araña la culpabilidad. Él no, él no está adaptándose así en Tártaro. No por su incapacidad social congénita, sino porque se niega a creer que esto sea cierto.

Aún sigue preguntándose qué diantres pinta Petra en la ecuación. Es decir, tiene sentido que él esté ahí; es miembro del grupo de la Policía encargado de investigar el caso de Cristina Hidalgo, pero ¿y Petra? De vez en cuando se le estrangulan las tripas y se le revela la verdad: cuando llegue la hora solo lo podrán coaccionar utilizándola a ella; convirtiendo a la chica en objeto de cualquier amenaza. ¿Pero por qué no secuestrar a Blanca? Ella es su novia, ¿acaso no debería haber sido ella la candidata idónea? Él solo reconoce una cosa, que con todo y pese a todo, le gusta contar con la compañía de su amiga aquí. No sabe qué sería de él en Tártaro si ella no estuviera. Los dos están descubriendo el lugar juntos, y eso los ha hecho aún más cercanos. Están compartiendo el miedo ante lo desconocido, los nervios ante cualquier norma o ritual que aprecian y el suspense que gobierna sus días.

Mientras come, Arturo se dedica a observar a sus más allegados en ese submundo.

Petra y Gandhi son su principal compañía, con los que tiene más confianza, pero también están Cortázar y Sabina, sobra decir por qué les ha puesto esos motes, además de un joven imberbe, bastante más joven que él, al que ha optado por llamar Paul; por Paul Atreides, el protagonista de Dune, una novela que lo volvió loco en la adolescencia.

—Oye, 24601 —dice Sabina mirando a Arturo—, estábamos aquí 35789 y yo diciendo de ir esta tarde a la celda de 62341 a jugar al ajedrez, ella tiene varios tableros y se monta ahí un club bueno, ¿qué dices?

—Que no sé quién es 62341.

—¡Joer, pues la morena cuarentona de la galería dos! Quién va a ser si no. Tienes que irte haciendo a los números, chico. Mira a 35789, él llegó apenas unos meses antes que vosotros dos, parejita, y ya se ha quedado con la copla.

Página 343

—Bueno, aún me hago un lío a veces —se defiende Paul con humildad.

—Pues yo no, lo siento. Me niego.

—¿Eso por qué?, Por qué no vas a tirarte aquí toda la vida, ¿no?

—No estamos marcados —dice Petra—, no sabemos qué va a ser de nosotros.

—Ay, hija, eso lo hace aún peor, ¿qué te crees, que el jefe os dejará iros a vuestra casa con todo lo que habéis visto? —Y sonríe como quien cuenta un chiste—. Lo único que puede pasar es que a vosotros os den boleto cuando se canse, nada más. Pero bueno, si queréis jugar al ajedrez ya sabéis donde estamos.

Aunque no pida perdón en el acto, a Arturo le sabe mal haber tratado así, con esta dureza, a las únicas personas con las que habla, pero es que le sale natural. No, él no quiere jugar al ajedrez, ni ir a coger un libro a la biblioteca, que no es más que un cuartucho con libros viejos, tampoco pasear por la galería para hacer amigos. No, él solo quiere ser invisible y observar. Su mente maquina, hace cálculos, busca probabilidades, señales… Tiene muy presente el testimonio de Venancio Sacristán. Sabe que de eso hace mucho tiempo, que el Tártaro que conoció el anciano era uno muy distinto, no tan tecnificado, pero Arturo confía en encontrar el modo de escapar.

Petra lo sigue hasta su celda.

—No tienes que ser tan duro con ellos. Son buena gente y, vaya, son nuestros únicos amigos, ¿es que no lo ves?

—¿Y para qué queremos amigos aquí dentro?

—No puedes ser tan huraño, tío. Igual nos matan mañana mismo o lo mismo nos sueltan dentro de una semana, pero el tiempo que estemos aquí no tenemos por qué estar a malas. Nunca viene mal un poco de palique, ¿no?

—¿Qué has estado, leyendo algo de autoayuda en la biblioteca?

—¿En serio a mí también me vas a hablar así?

—Solo quiero salir de aquí, ¿vale?

—¿Y piensas que yo no? —dice Petra—. ¿Te crees que yo no quiero pasear por la Gran Vía y comerme un helado o qué te pasa? Al menos tú sabes qué mierdas haces aquí, yo ni eso. Solo porque se piensan… Vete tú a saber lo que se piensa esta gente, que soy tu putita o algo por estilo.

—Oh, venga, tú no eres eso.

Página 344

—Pero es lo que querías, ¿no? Eres un cliché con patas, tío, nunca me hablabas de tu novia. Solo te faltaba decirme que teníais problemas, que estabais en crisis.

—Anda ya, nunca salió el tema. Solo es eso.

—Ya, claro, tú piensas que soy tonta. ¿Y sabes qué te digo? Que igual sí, igual soy un poco tonta, ¿qué coño hago aquí hablando contigo?

Se va. Sin mirar atrás y sin dar opción a réplica.

Arturo se queda desorientado. Se deja caer en el catre. Su celda nunca le había parecido más pequeña. Piensa en las muchas cosas que le ha dicho su amiga, y ha de concederle parte de razón: quizá sí, quizá debería tratar de conocer un poco Tártaro para aprender de él y averiguar cómo escapar.

Con esa misión en la cabeza, se levanta y sale al pasillo.

Página 345

3

Hoy el mundo es un poco más triste: hay un hombre bueno menos. Tania no deja de pensar en eso de manera obsesiva, y en que la culpa de la muerte de Pablo es suya.

Ahí el ron es un gran aliado. La resaca le hace más llevadero el cargo de conciencia.

La cabeza. La maldita cabeza. Un terremoto le sacude el cerebro y el cuerpo le exige que no se mueva, que cualquier mínimo movimiento la puede conducir al colapso o al váter a vomitar. Oh, sí, vomitar; qué bien suena. Tania abre los ojos y comprueba la causa de su desvelo. La tormenta se estrella en la ventana y el ruido promete volverla loca. Decide cerrar los ojos e ignorar el bombardeo. Se le hace raro estar en bragas en una cama ajena, pero tiene la esperanza de volver a conciliar el sueño. Por favor, por favor, solo unos minutos más.

Ayer fue el entierro. También llovió. La plaza de la iglesia se inundó de paraguas negros y caras de pena. Pablo tenía pocos amigos, pero los pocos que tenía le apreciaban y le respetaban. Eso se palpaba en las caras de todos los policías asistentes, y los que no pudieron estar se sumaron en un último adiós: todos los vehículos patrulla de servicio hicieron sonar al unísono sus sirenas a la misma hora convenida. Esto hizo sentir escalofríos a toda la capital; uno de sus baluartes se había ido para siempre. Las sirenas estuvieron sonando durante un minuto entero y lo peor fue el silencio que devino después.

Cuando llegó el coche fúnebre, Tania y el resto del grupo se ofrecieron a llevar el ataúd hasta el altar de la iglesia. Les dio igual el frío y la lluvia. Casi mejor, así pudieron disimular sus lágrimas. Sobraron los abrazos y las palabras amables, y al finalizar el entierro, una vez puesta la losa provisional en un nicho de la Almudena, fueron a un bar. Tania se refugió en un Havana Club, convencida de que el ron no haría estragos.

Se equivocaba. He aquí la prueba:

—Eh, Tania, eh… ¿Estás despierta?

Página 346

Ella, que solo quiere dormir un poco más, emite un gruñido.

—Perdona, es que… Es que Bruno se despierta en media hora y…

Al escuchar el nombre de su hijo pequeño, se obliga a despertar. Se sienta apoyando la espalda en el cabecero y coge la almohada entre los brazos para que le tape la tripa. Javier la ha visto de todas las maneras y en todas las posturas imaginables, pero llevan separados varios meses, y a Tania se le hace raro mostrarse abiertamente ante él otra vez.

Y es que sí, ayer condujo borracha hasta Pinar de Chamartín y llamó a la puerta de su ex. Por suerte, Bruno ya dormía y él estaba matando la noche en el sofá, viendo Star Trek.

—¡Tania! —dijo él franqueándole el paso—. Me sabe fatal lo de Pablo.

—¿Qué haces?

—Aquí, con Star Trek V. Está considerada la peor película de la generación original, pero a mí me parece la más divertida. Tú siempre preferiste la cuarta, la de las ballenas, ¿no?

—Y yo qué sé.

Se abalanzó sobre Javier. Lo echó contra el sofá y se puso encima de él. Hicieron el amor ahí mismo. O, bueno, ahora piensa Tania que aquello no fue hacer el amor. Follaron y punto. Como animales. Después se trasladaron a la cama y ella cayó rendida.

Hasta este preciso instante en el que Javier le tiende una taza de café. —Pues eso, que Bruno está a punto de levantarse y… —¿Me estás echando?

—¿Qué? No, es solo que el pobre puede confundirse y… No sé… Tania abre los ojos y no los cierra en todo el rato que tarda en vestirse. —Eres la hostia, tío, ¡la hostia! ¿Dónde está mi zapato? —Ahí, junto a la silla.

Lo dice con el móvil en la mano, mientras escribe con una sonrisilla. Y entonces Tania lo sabe.

—Estás con alguien, ¿no?

—Tania, por favor…

—¿Tania, qué?, ¿te ves con alguien, sí o no?

—Estamos separados. Tú también tendrás tus líos por ahí, digo yo.

—No. Yo no.

—Sí, claro —dice Javier—. Y yo que me lo creo, venga ya.

—Créete lo que quieras, imbécil.

Página 347

De pronto se siente ridícula. ¿Qué pinta ella ahí plantada? Este tipo de cosas a los veinte tienen un pase. A su edad, ya no.

Se va sin despedirse. Con la pena de no haber visto a su hijo, de no haberle dado los buenos días con besos y haberle revuelto el cabello con cariño. En el fondo, ha de admitir que se había hecho ilusiones: un desayuno con su familia le hubiese venido bien. Cuando arranca el vehículo y en la radio escucha la noticia de que se acerca la tormenta de la década, quién sabe si del siglo, piensa que ojalá el agua la arrastre bien lejos.

Página 348

4

Lo primero que Arturo aprende, casi con admiración, es que Tártaro es un organismo perfecto en el que cada una de las células sabe qué acciones realizar. Las rutas de cada uno de los guardas, los cambios de turno, el buen hacer de los que vigilan en la sala de cámaras, la efectividad del equipo médico, la invisibilidad del equipo de mantenimiento, el savoir-faire de Franz a la hora de conceder favores…

Lo segundo es que los presos no viven con derrota el hecho de estar en Tártaro, tal y como le dijo Gandhi. La realidad es que el sentir de esas almas se asemeja más al de los ciudadanos de una dictadura. De cara a la galería todo es fenomenal, miran al suelo cuando han de hacerlo y saben que es mejor morderse la lengua antes que protestar; sin embargo, en el tú a tú —en grupo no— sí confiesan su anhelo por el mundo que se les niega allá arriba. Recuerdan sus nombres y sospechan el motivo por el que están aquí.

Y no hay nadie inocente.

Por ejemplo, Paul Atreides le contó el otro día, en un paseo por los pasillos, su caso: él siempre había tenido que buscarse las habichuelas. Su padre era alcohólico y su madre se deslomaba limpiando pisos y oficinas del barrio de Salamanca. Cuando encima llegó una hermanita que requirió cuidados y atención médica, pues nació con problemas de salud, Paul tomó la decisión de dar un paso al frente.

Robar coches siempre se le había dado bien, no así conducir. En todo momento había demostrado poseer nervios de acero, o al menos es lo que solían decirle en su barrio; no sudaba ni temblaba lo más mínimo en esos pocos segundos de adrenalina disparada en los que abría un coche y se agachaba para hacer un puente. El problema venía después, al conducir, y es que los robos normalmente los perpetraba en el norte de la capital y le tocaba cruzar toda la ciudad hasta llegar al sur, al garaje de Quiñones. Conducía con miedo a que se le calara el coche, a que le dieran un golpecito o lo detuvieran en cualquier control de tráfico; llegaba sudando a

Página 349

mares a su casa y dejaba un olor rancio en el vehículo que obligaba a ventilarlo concienzudamente.

Aun así, fue teniendo suerte.

Hasta que dejó de tenerla.

Un atardecer estaba dando una vuelta en una urbanización cerca de El Encinar cuando pensó que le había tocado la lotería: un coche con la llave puesta, y una mujer que se bajaba diciéndole a su esposo, que estaba en la puerta del chalet:

—Pásame una mantita, la que hay en la cómoda de la derecha.

¿Qué pasó? Que a Paul Atreides todo aquello le pareció tan goloso que aprovechó ese segundo de distracción de la mujer para subirse al asiento del conductor y pisar el acelerador. Enfiló la calle riendo. ¡Qué golpe más fácil!

Escuchó algo detrás. Una risa. Se giró y contempló a un bebé de un año amarrado a su sillita.

Un coche patrulla salió a su paso. Paul Atreides tuvo buenos reflejos y lo esquivó, pero en lugar de entregarse o abandonar el vehículo y darse a la fuga a pie, pisó todavía más el acelerador. Estaba muy asustado; el bebé empezó a llorar y el policía a seguirle.

—Me acabé estampando contra un guardarraíl… No hay día que no vuelva a ese silencio. Me quedé atontado contra el airbag escuchando el chirriar del motor, pero no el llanto del bebé. Fui incapaz de mirar el asiento trasero hasta que la poli me sacó.

—Pero ¿cómo acabaste aquí? —preguntó Arturo—. Deberías estar detenido.

—Poco antes del juicio me dejaron ir a casa un fin de semana, mi padre ya estaba mal de la cirrosis y me dieron un permiso para despedirme de él. Pues el caso es que en algún momento de ese finde, de repente me vi con una capucha de tela y desperté aquí…

Arturo se vistió de silencio y dejó que el chico siguiera el paseo reposando su amargura.

Y como Paul Atreides otros tantos. Todos cuentan historias, dejan entrever sus verdaderas personalidades. Esa es otra cosa que ha aprendido del lugar. Ni es tan pulcro ni es tan civilizado.

Los guardas lo que no quieren es que haya asesinatos. Al fin y al cabo, hay promotores que pagan mucho dinero para que su víctima viva confinada. Pero les da igual el bienestar. Si dos presos se quieren zurrar de

Página 350

lo lindo, les dejan. Si un hombre viola a una de las presas, lo mismo les da. Mientras se guarden las apariencias, todo bien. No hay crímenes en el paraíso. Eso hace que, en un paseo superficial, no se observe nada extraño, pero cuando estás a ras de suelo y con el ojo avizor…, ves cosas.

—Hace unos años, uno mató a otro de una paliza, y tendrías que haber visto la que se lio —le contó una tarde Cortázar—. Vinieron los dos promotores, el del muerto y el del asesino, a negociar con la mediación del jefe… un verdadero jaleo.

—¿Y quién fue el asesino?

—18209.

Arturo se quedó igual.

—18209, el que come con nosotros.

Gandhi, reconoció Arturo. Y se sorprendió, no parecía alguien capaz de matar.

Y después, estando con él en la biblioteca, le sacó el tema. —Aquí no se habla del pasado —dijo Gandhi enseguida. —Pasó aquí, de este pasado si se puede hablar, ¿no? —¿Qué te pasa hoy?, ¿qué bicho te ha picado? Arturo enseñó sus cartas.

—Pégame.

—¿Cómo?

—Que me pegues. Aún no he estado en la zona médica y necesito reconocer el lugar.

—No vas a encontrar un punto débil en ningún lado, déjalo ya.

—Tú solo pégame.

Tuvo que insistir lo suyo, pero consiguió su objetivo. Sintió una enorme sacudida al estar en la clínica y mirar a su alrededor mientras una mujer le cosía tres puntos en la ceja. No era solo el olor a desinfectante mezclado con el sudor. Era la imagen de podredumbre de ver en las camillas del fondo a otros presos tendidos entre toses y bilis. Uno de ellos se lo quedó mirando, tenía una palangana entre las manos, e iba escupiendo pus y mocos. Era llamativo contemplar a un equipo médico entregado al cuidado de los reos de un lugar como aquel. Las paredes estaban putrefactas y viejas como el resto, pero las herramientas y la maquinaria eran nuevas y de alta tecnología.

—¿Qué?, eres el nuevo, ¿no? —le dijo la enfermera, una mujer rolliza de sesenta años.

Página 351

—¿Es tan evidente?

—Ay, hijo, es que aquí nos conocemos todos. Tú, cualquier cosa, pregunta. Aquí nos hacemos cargo de que no os dan un dosier con todas las normas por escrito. ¿Te imaginas? Pues estaría bueno eso. ¡Como un spa!

Se echó a reír de su propia broma con ganas.

—¿Qué es lo que más tratáis aquí?

—Neumonías, sin duda. Con esta humedad… tenemos mucho cuidado con eso. También con la falta de vitamina D, pero se ha mejorado la dieta y con los complementos se va haciendo, pero los problemas que da el estar encerrados en un lugar tan húmedo…

—¿Qué pasa cuando un promotor deja de pagar?

—¿Tú qué eres, de los que ven Dos hombres y un destino y quieren que se les cuente el final? Pero tú no eres un preso, relájate.

Aquella mención a su estatus en el limbo le hizo enfadar. No supo por qué. De ser eso cierto, que no era un reo más, que le dejaran marchar. Pero no podía irse: estaba obligado a sus cuitas matinales, a soportar a Isidro Laínez Feijóo, a respirar el mismo aire reciclado que él. Y una furia inusitada le invadió, así que abandonó la clínica con los puños apretados y el paso acelerado. Se cruzó con varios presos, todos ya conocidos, pero solo Petra consiguió detenerle:

—¿Qué es de tu culo? ¿Tienes una cita o qué? —dijo con una sonrisa

—. Anda, demos un paseo.

Hizo un gesto de que lo siguiese y caminaron sin rumbo por pasillos,

celdas y galerías. No mediaron palabra. Tenían cosas que decirse, claro; podrían haber sacado infinidad de temas, pero no sintieron la necesidad de hacerlo. Para qué. Arturo agradeció tener a alguien que lo acompañara en el silencio y Petra parecía necesitar realmente algo de calma. Eso era lo peor de estar encerrados, convinieron en uno de sus breves diálogos, la mente con tendencia a desbocarse, el aburrimiento que apremiaba a las fantasías burdas y a ver la esperanza cada vez más lejos.

—Por eso la gente siempre termina comiendo en los aeropuertos y no les importa pagar quince euros por un simple bocadillo —dijo Arturo—, por el aburrimiento.

—¿Ya has pensado qué vas a hacer o qué?

Él no respondió. Se sacudió los pensamientos y se hizo la pregunta más elemental; la misma que los grandes pensadores se llevan haciendo

Página 352

desde la noche de los tiempos y que, aun así, sigue sin respuesta: ¿quién soy?

Debía tomar una decisión sobre el Pellejero.

Página 353

5

Detener a un asesino siempre es motivo de celebración, pero con más motivo cuando se trata de alguien que le ha arrebatado la vida a un compañero. Sobre todo cuando era alguien tan apreciado como Pablo Quintas.

Ahmed Mahmud, natural de Argelia, treinta y tres años.

Está esposado en la sala de interrogatorios número uno. Solo. Contemplando la pared con cara de póker. Sabe que lo estamos observando, piensa Tania mientras lo mira detrás del espejo unidireccional.

Se encuentra acompañada por el comisario, la inspectora jefa y Fermín Sempere, que está al cargo del caso.

—Hemos tenido mucha suerte. La Guardia Civil lo detuvo en Alicante cuando estaba a punto de subirse al ferri que lo iba a llevar de vuelta a casa. Resulta que al tío se le ocurrió salir de fiesta la noche antes, a un sitio que se llama La Chupitería, o algo así. Se peleó con un par de tipos, insultó a una camarera…, una joya. La Policía local se quedó con la copla y puso en guardia a todos los cuerpos de seguridad de la ciudad, que como además habían recibido nuestro aviso… Pues eso, que ahora es nuestro. Lo único que me sabe mal es que el contribuyente le ha pagado un AVE a este cabrón.

En otras circunstancias le hubiesen llamado la atención. Méndez o Paloma le hubiesen dicho que no se puede insultar a un presunto culpable. Pero hoy nadie se va a quejar, a nadie se le va a ocurrir defender a ese tío. No cuando encima ha declarado con orgullo y el pecho bien hinchado que sí, que él es quien le dio pasaporte a Ramón Malvives, y también a su acompañante.

—No sabía que era un madero, pero tampoco voy a llorar por él. No hay poli bueno —dijo en presencia de su abogado. Abogado que presenció con bochorno cómo aquel descerebrado no solo no guardaba silencio, sino que encima alardeaba.

Página 354

—Vete a saber por qué —comenta ahora mismo el inspector Sempere —, igual cree que eso le dará prestigio en la cárcel o le darán unos buenos billetes a su familia allá en Argelia… No sé, pero el caso es que lo tenemos. Punto.

Tania mira fijamente a ese asesino que hay detrás del espejo. Se lo imagina disparando a Pablo, a su fiel y único amigo, y siente cómo algo muere dentro de ella.

—¿Y por qué fue a por Ramón Malvives, en primer término?

—Ahí empiezan los secretos y las sombras de su testimonio, por desgracia. Se niega a decir quién lo contrató. Solo ha aceptado que el motivo de su encargo fue un chivatazo. Resulta que se supo que Ramón Malvives colaboraba con la Policía. Y alguien pensó que eso no se podía perdonar.

Tania respira hondo.

—Y por eso me habéis llamado, ¿no?

—Solo tu grupo sabía que Malvives era un confite de la UDYCO — responde el comisario—. Esto es algo muy serio, Tania, piensa bien lo que vayas a decir a continuación.

—Señor, ¿qué está sugiriendo, que contacté con una banda de sicarios y les solté la información sobre Ramón Malvives?

—No sería la primera vez que algo así te salpica, ¿verdad?

—Asuntos Internos no pudo demostrar los cargos cuando lo de Zavala, y usted lo sabe. Y con lo de ahora yo no tengo nada que ver.

Paloma da un paso al frente. Tania identifica el jueguecito del poli bueno, poli malo.

—No te estamos atacando. Esto es algo informal entre compañeros, nada más.

—Venga ya, Paloma, lleváis tiempo queriéndome echar algo gordo a la cara. ¿Qué queréis, que me vaya? ¿Por qué no vais de frente, y terminamos ya de una vez?

—Nadie quiere eso —dice el comisario—. Sinceramente, no te veo tratando con esa gentuza, Tania, pero las cosas son como son, reconoce que hay evidencias que…

—¿Que qué? Dígame, jefe.

—Lo que los dos creemos —intercede Paloma—, es que quizá es alguien de tu gente. ¿Tal vez el mismo Pablo?

Página 355

—No, por ahí sí que no paso. Todos conocíais a Pablo, no hacía ni una fotocopia sin permiso de sus superiores.

—¿Y qué hacía esa noche ahí, con Ramón Malvives?

—El inspector Eneko Vallejo ya declaró en su momento. Estaban tomando algo por Vallecas cuando reconocieron a Malvives de unas pesquisas del caso Hidalgo. Lo siguieron para hablar con él, pero Mahmud y sus amigos se les adelantaron. Nada más.

—¿Te crees que nacimos ayer, inspectora? —dice el comisario.

Tania se ve acorralada. Sempere se limita a quedarse apartado en una esquinita, observando al detenido. Bien por él. Al menos tiene la elegancia de mantenerse al margen.

—Estoy harta —dice Tania en un intento de zafarse de la presión—. Harta, ¿me oís? Desde el caso Zavala pesa una sombra sobre mí. La he tratado de obviar todo este tiempo y seguir adelante. Pero ahora esa sombra se extiende sobre mi equipo y por ahí no paso. No permitiré que absolutamente nadie sospeche de mi gente.

—Tania, con todo el cariño —responde Paloma—, ya son muchos los asuntos contra el grupo VII: primero el caso Zavala, la muerte de ese policía encubierto; después tu supuesto encubrimiento en un crimen en el que está implicado tu hijo; también la desaparición de Yani cuando además tenía, presuntamente, una prueba en tu contra; y ahora esto…

Vale, sí, Tania, por más que piensa, no logra dar con ninguna respuesta convincente. Si ella estuviera al otro lado también tendría sospechas. Con menos ya se hubiera echado al cuello de su víctima.

El comisario se pone solemne. Se arregla la americana y dice:

—Lo ha de saber, inspectora. Mis superiores y yo mismo estamos sopesando la posibilidad de disolver el grupo VII. Lo lamento.

Y después de soltar la bomba se va. El silencio que se produce se adhiere a los huesos de Tania como el peor de los cánceres. Ojalá haber escuchado mal, pero no, sabe que tiene pie y medio fuera del precipicio. En cualquier momento puede caer.

Pálida y casi en estado catatónico sale al pasillo. No puede afrontar las escaleras. Pulsa el botón del ascensor y espera. Es entonces cuando presiente que alguien se acerca a su espalda.

—Míranos, ahora es cuando la gente está apagando el despertador y nosotras parece que ya estemos terminando la jornada —dice Miranda Delgado—. Te invito a un café, va.

Página 356

—¿Bajamos a la cafetería?

—No, aquí no. Mejor vamos fuera. Tenemos que hablar.

Página 357

6

Las rutinas ponen orden en el caos. Eso es lo que piensa Arturo, que incluso en una situación tan anómala se ha habituado a seguir al guarda cada mañana hasta la sala en la que espera el Pellejero.

Pero hoy algo cambia.

El centinela lo conduce hasta el despacho de su jefe, donde se ha habilitado una mesa que parece fuera de lugar. Mantel blanco, tazas de porcelana, bandeja de cruasanes, mantequilla, pan tostado, café humeante.

Franz le estrecha la mano como si fueran dos compañeros habituados a ese tipo de encuentros. Se sientan a la mesa, uno enfrente del otro. Arturo dice no tener hambre y ni siquiera acepta una taza de café. Se le van los ojos a los cruasanes, pero se mantiene firme. Su anfitrión no se lo toma mal y él sí desayuna mientras conversan.

—Me han chivado que por fin ha ido a nuestra biblioteca. Tengo curiosidad, ¿qué libro ha cogido?

—Uno cualquiera. No soy muy de leer, pero aquí no hay Filmin, ¿no? Franz sonríe mientras bebe un poco de café.

—Pues si me deja que le haga una recomendación, en algún momento dele una oportunidad a Berta Isla, ¿lo conoce?

—Ahora no…

—Ahí encontrará la historia de Berta y de Tomás Nevinson, una pareja que se conoce en la adolescencia y, prácticamente desde el primer día, deciden que pasarán la vida juntos. Lo que ocurre es que son jóvenes y ambos han de separarse algún tiempo por culpa de los estudios. Tomás Nevinson es de padre inglés y lo envían a Oxford, donde rápidamente destaca por su habilidad para las lenguas.

»Por lo que la Corona se fija en él y lo recluta para el MI6. Pero yo no diría que Berta Isla sea una novela de espías, si le soy sincero, es un retrato desolador de la pareja, de la espera, de la ausencia… De muchos temas que la hacen extraordinaria.

Página 358

»Aunque si por algo se la recomiendo es por la figura de Tomás Nevinson. Él, al principio, se niega a servir a su país, e incluso después, una vez convertido en espía, vive con amargura y pesar su existencia. Pero, y es un pero muy importante, cumple con su trabajo. Es bueno en eso, sabe que es necesario y lo hace.

»¿No le parece importante, Yani? Todos queremos el trabajo de nuestros sueños, pero a veces la vida nos pone en otro camino; nos conduce a una labor para la que parecemos criados expresamente. Qué curioso, ¿no?

—¿Por qué?, ¿usted cree que nació para gobernar este sitio?

—De alguna manera sí… Sí, diría que sí. Y creo que usted también. Se limpia las manos en una servilleta de tela y coge un expediente de

varios folios.

—Llevamos años haciéndole un seguimiento, Yani. Siempre tratamos de estar pendientes del talento que pueda surgir aquí y allá; la gran mayoría se quedan en decepciones, pero otros… No solo no dejó de interesarnos, sino que el interés ha ido en aumento hasta hoy. Ojalá nuestro acercamiento hubiese sido de otra manera, pero bueno, lo de Cristina lo cambió todo y nos obligó a improvisar, ya lo siento.

—Está hablando en plural, ¿de quién habla?

—¿Qué se cree, Yani, que todo esto se mantiene únicamente con los pagos de los promotores? Por favor…

Se levanta del asiento y se dedica a pasear por su despacho. Arturo se queda sentado. Todo aquello lo está dejando aturdido, con la cabeza embotada, casi mareado.

—Dice que se han fijado en mí, ¿por qué? Ni siquiera la Policía ha demostrado un gran interés en mi carrera, ¿a qué se refiere?

—Secuestrado y torturado de pequeño… Grandes dotes para la gestión y el análisis… Le gusta pasar desapercibido. Vaya, seguro que incluso querría ser invisible. También un enorme sentido del honor, la responsabilidad y la Justicia. Sí, Justicia con mayúscula. Lo normal es que la gente se meta a policía como una mera salida laboral. Son muy pocos los que lo hacen con vocación verdadera. Y la suya no es que sea verdadera, es que es lo único que impulsa su vida, ¿me equivoco? Lo que le pasó de pequeño deja huella, de eso me hago cargo, pero usted ha transformado el trauma en algo más, en una llamada al deber que es realmente admirable.

Página 359

Aquí sí, Arturo se levanta y se aparta todo lo posible de su anfitrión.

Tiene miedo.

—¿Qué me está diciendo? ¿En serio me está ofreciendo trabajo? Franz asiente con seriedad.

Página 360

7

Cuando el vídeo termina, Miranda bloquea la tablet y sigue desayunando; un sorbo de café, un bocado a la magdalena. Quiere darle algo de tiempo a Tania, qué menos.

—Cómo… ¿Cómo lo has conseguido?

—Del hermano del camarero de una de las terrazas de la Casa de Campo —responde Miranda sin dejar de comer—. Como sabes no había ni rastro de Raúl en la zona. Nada, ni en una sola de las cámaras de seguridad. Un fantasma, el tío. Pero… hoy en día todas salimos, aunque sea de fondo, en cien mil selfis al día, vídeos de TikTok… Un drama para nuestra privacidad. ¿Alguna vez has cruzado Callao una tarde de sábado y te has preguntado cuántos móviles te apuntan?

»El caso es que un camarero de los muchos a los que hemos interrogado estos días me llamó ayer. Después de nuestra marcha de la terraza, preguntó a su familia, que había estado la noche en la que mataron a Aitor Carrillo celebrando un cumpleaños. El camarero preguntó a los suyos si por casualidad habían grabado o hecho fotos de algo que creyeran raro. Y al rato recibió este vídeo en el grupo de WhatsApp familiar. Al cuñado le llamó la atención porque, en fin, quién se pasea con la boca de una botella de vidrio por ahí, ¿verdad?

Tania asiente. Ni siquiera piensa en probar su café, y ni mucho menos la tostadita con tomate que se ha pedido, más por aparentar normalidad que porque tuviera hambre. Hace días que un nudo en el estómago no le permite comer.

—Pues ya está, ¿no? Ya puedes situar a Raúl en la Casa de Campo ese día a esa hora, y encima en posesión de lo que podría ser el arma del crimen.

—Arma que no tenemos, pero es verdad que salvo que apareciera Miguel Morato Muñoz, o Miki, como le llaman, Raúl lo tiene difícil.

—Y del Miguel ese, nada de nada, ¿no?

Página 361

—No conseguimos dar con él. No hay manera, igual aparece dentro de media hora en un descampado metiéndose mierda como tal vez dentro de dos años en un narcopiso de Bilbao, quién sabe. Tú sabes lo difícil que es dar con un yonkarra veterano. Son puro humo.

—Vamos, que Raúl tiene todas las papeletas.

—Eso parece.

La bilis le sube a Tania y por un instante teme vomitar sobre la mesa de esa triste cafetería a la que Miranda la ha llevado. Se imagina esa tostada embadurnada de vómito y no le parece más asqueroso que el juego oscuro que ha estado practicando estos últimos días. Qué triste haber dado por perdido a Yani, también a su hijo, con tal de salir adelante.

—Cuando le entregues la prueba al juez también se corroborará que te mentí, que Raúl no estaba conmigo aquella noche.

—¿Sabías lo del arma del crimen en tu domicilio?

—No.

Ambas se miran fijamente unos segundos.

—Sí, pero creía que Raúl se había librado de eso. No le creí tan tonto como para conservarla.

Miranda toca la tablet mientras con la otra mano despedaza la magdalena.

—De momento solo yo he visto este vídeo. Nadie más.

Tania frunce el ceño levemente. No entiende a su compañera. O no quiere entenderla, no sabe. Por un instante ve la situación desde fuera: dos inspectoras de la UDEV tomándose un respiro en medio de la jornada. Parecen dos amigas haciéndose confidencias; con la norma de no hablar de trabajo cuando quedan, sino de qué serie están viendo, quebraderos de cabeza con la familia o quizá confesarse alguna que otra frustración personal. Parece todo, menos lo que es en realidad.

—¿Por qué me das este chivatazo? Mi hijo es tu principal sospechoso y con esa prueba se convertirá en culpable. El juez podría acusarte de conspiración.

—Yo también soy madre.

Se limpia las manos con una servilleta y se echa hacia delante, decidida.

—Hablemos claro por una vez, ¿te parece?

—¿Sobre qué?

—Tártaro.

Página 362

8

La primera reacción de Arturo es bufar con socarronería. Lo que ha escuchado es absurdo. Tiene que ser una broma.

—Nadie es inmortal —responde Franz—. No le negaré que esperaba poder aplazar varios años más mi relevo, pero, en fin, ha sucedido así. Uno no se puede revolver contra su destino. Y eso nos lleva a usted.

—Y mi destino es trabajar aquí, ¿no?

Franz asiente.

—Ya, claro —responde Arturo, que agita la cabeza. Cree estar volviéndose loco. Eso, o es el mundo entero el que está enloqueciendo. No puede haber otra explicación.

El anfitrión toca un botón del ordenador que hay sobre su escritorio y una serie de fotografías pasan a emitirse en la televisión de más de setenta pulgadas que tiene enfrente.

Arturo reconoce en las imágenes al hombre que él llama Sabina. —Carlos Segovia —lee Franz—. Setenta y un años, nacido en

Logroño. Abusó de su nieta durante una larga temporada. Hasta que se descubrió y fue a juicio. Y adivine, salió libre y sin cargos porque, palabras del juez, «la niña no sufrió». Así como lo oye. Como entenderá, fue un gustazo meterlo en Tártaro.

Vuelve a tocar una tecla del ordenador. La imagen de la televisión cambia a la fotografía de otra presa. Arturo solo la conoce de vista. No ha hablado con ella más que para cederle el paso en un pasillo o en la cola del comedor.

—María José Chaparro, cuarenta y siete años, de Mallorca. Drogadicta desde la adolescencia, se enfadó con su marido cuando le pidió el divorcio y la custodia de los dos pequeños, de tres y seis años. ¿Se imagina qué hizo ella?

—Pare, por favor.

—Los estranguló con el cargador del móvil. Al mayor hasta le pidió que se diera la vuelta para no tener que verle la cara. Luego, además,

Página 363

fingió su suicido. Robó una barca y se adentró en el mar. Toda la policía la estuvo buscando durante días y nada, dieron por hecho que se había suicidado. Por suerte, nosotros dimos con ella.

—¿Y a mí qué más me da todo esto?

—Usted entiende el valor de que estos energúmenos no escapen de sus actos, Yani. ¿O me negará que no le gusta saber que están pagando por lo que hicieron?

Arturo no responde. Está petrificado. Aunque quiere moverse y echar a correr hacia su celda, le es imposible. Tiene los pies pegados al suelo.

—Tártaro no es solo una cárcel para que las élites, los Gobiernos o las empresas puedan detener a sus enemigos. ¿Lo ve ahora? Porque algo le digo, aquí no hay nadie inocente. Absolutamente nadie. Le puedo facilitar los historiales y, ya le aviso, se hará cruces con más de uno que aquí no parece más que un pobre corderito.

Arturo se deja caer en la silla y se sirve un poco de café. Ya está frío, pero tanto le da, lo único que quiere es ganar algo de tiempo para pensar. Sí, eso. Necesita pensar. Templar la mente, acallar las emociones. Volver a la serenidad.

—Y… ¿Cristina Hidalgo? —pregunta Arturo.

—Codirigió este lugar a mi lado, codo con codo, durante años. —Por eso acudió aquel día a Colón…

—Después del suceso de Colón, Cristina pasó a ser una presa más.

Franz lo ha dicho con pesar, con la mirada bañada en recuerdos.

—Tuvo un hijo estando aquí, ¿por qué no le ofrece el trabajo a él?

—Se lo estoy ofreciendo a usted.

Lo taladra con sus ojos.

Arturo le aguanta la mirada durante unos segundos y hace una mueca. —Cuando me ha hablado de Berta Isla ha olvidado comentar la

manera que el MI6 encuentra para que Tomás Nevinson acepte trabajar con ellos: el chantaje. Solo así consiguen que él diga que sí…

—Me había dicho que no era lector… —Eso es lo que hace Petra aquí, ¿no?

Franz le da la razón a su huésped con un gesto, y es entonces cuando Arturo baja los hombros, respira hondo y se pasa la mano por la cabeza rapada. Lo intenta, de verdad que lo intenta, pero no logra vocalizar ni uno solo de sus pensamientos.

Página 364

Franz le coloca la mano en el hombro. Lo mira con aprecio, sabiendo que no está siendo un trago fácil, acaso intuyendo el enorme terremoto que el policía siente en su interior.

—Mata al monstruo de Isidro Laínez Feijóo y trabaja conmigo. Yo te enseñaré todo lo que necesitas, tanto para gobernar aquí, en Tártaro, como para moverte por los demás proyectos que manejan mis superiores. Eres joven, tienes un gran futuro por delante.

Después le tiende su mano.

—¿Qué me dices?

Página 365

9

—¿Tártaro? ¿Qué sabes tú de Tártaro?

—¿Es verdad lo que dicen? —pregunta Miranda sin parpadear, sin respirar siquiera.

—¿Qué es lo que dicen? Vamos a ver.

—Que es una cárcel secreta.

Tania cierra los ojos unos segundos y levanta las manos.

—Para empezar, ¿cómo sabes tú sobre Tártaro?

—Daniel, el subinspector de Fermín Sempere, ¿quién crees? Es un bocas, ya lo conoces, y fue su grupo el que encontró un vídeo que probaba la existencia de ese sitio, ¿no?

—Eh… Sí, pero… ¡Se suponía que era confidencial! No se puede ir por ahí hablando de las investigaciones en curso, sobre todo cuando son ajenas.

Qué ganas de llegar a comisaría y patearle el culo al Daniel ese, se va a enterar, va a ir directo a Tráfico. Qué gente… Por su parte, Miranda ha vuelto a erguir su espalda y a coger la taza con tranquilidad.

—¿Tu teoría es que Arturo, tu chico, está ahí?

—Sí… Sí, eso creo.

—Así que el arma del crimen con las huellas de Miki, el auténtico autor del asesinato, también está allí, ¿correcto?

—Es de suponer, sí. ¿A dónde quieres llegar?

—Dos más dos, querida. Yo el vídeo de la tablet lo puedo retener un par de días, no se lo he contado ni a los míos, solo me acerqué anoche a casa del camarero y me lo dio. Tú tienes este tiempo para encontrar un trozo de vidrio que demuestre la inocencia de tu chico.

—Oh, es verdad, solo debería encontrar Tártaro, solo eso.

Levanta sus cejas con escarnio. Le cuenta a su compañera toda la información recabada sobre la cárcel secreta, que en realidad es muy poca, pero que deja patente una cosa: no se puede hallar. Vete tú a saber dónde está.

Página 366

—Y, aun así, ¿a qué viene tu interés por Tártaro? ¿Qué más te da a ti?

—Tú sabes lo de mi hijo.

—Toda la UDEV lo sabe.

Se reconocen como dos madres desamparadas. Sus ojos chillan. —Pero él desapareció en el Pirineo, ¿no? ¿Ves posible que lo

trasladaran aquí y haya estado todos estos años en Tártaro?

—He visto cosas más extrañas, tú hazme caso.

¿Por ejemplo?, quiere preguntar Tania. Pero se calla. Sabe que una madre siempre se agarrará a un clavo ardiendo, a la mínima posibilidad entre un millón. También ella.

—Solo te pido una cosa, solo una, que cuando des con esa maldita cárcel secreta busques a mi hijo entre los presos. Nada más.

—Si encuentro Tártaro, salvo a mi inspector y a mi hijo, pero soy yo quien se hunde, ¿te das cuenta de la gracia de todo esto? No solo di mi falso testimonio para proteger a mi hijo, la prueba del crimen estaba en mi casa, fue allí donde Arturo la cogió. No me abrirán ninguna causa judicial, seguramente, pero sí me apartarán del Cuerpo de Policía.

—Ahí no puedo ayudarte, ya lo sabes.

—Lo sé… Lo sé…

Aparta la mirada. La ventana deja atisbar unas nubes negras que se acercan por el horizonte, y ella lo toma como un presagio.

Su compañera la observa con un brillo renovado en los ojos. Tal vez es la esperanza, que se atreve a hacer acto de presencia.

—¿Qué va a ser, entonces?

Página 367

10

—Aquí podremos ser libres —le dijo Franz el primer día, al poco de despertar.

En su cabeza había pasado de estar cantando Madonna en su Nissan a encontrarse tumbada en una lujosa cama con sábanas de algodón egipcio. Miró a su alrededor con los párpados pesados y la boca seca. Comprobó el entorno y se sintió el personaje de una novela de otra época. Aquella estancia era digna de Milady o Mercedes Herrera. Solo le faltaba estar iluminada por velas. La confusión duró poco, y es que ya se estaba volviendo loca cuando entró Franz para informarla: regentaba aquel lugar, Tártaro, dijo que se llamaba, una cárcel secreta cuya gestión le había encomendado su padre.

—Llevémosla entre los dos, ¿qué me dices?

—¿Tú te escuchas? Me estás pidiendo que viva en una puta cárcel.

Y para hacerle ver la necesidad de que existiese un lugar como ese la llevó a una sala. Le dio unas llaves y le dijo que solo ella podría acceder ahí. ¿Qué se encontró al otro lado de la puerta? A dos engendros a un paso de la desnutrición.

—¿Los reconoces? —preguntó Franz.

—¿Qué hacen ellos aquí?

—Esto es lo que ofrecemos en este sitio, Cris, ¿es que no lo ves? Lo que hay allá arriba no es Justicia. —Señaló a esos dos tipos que podían darse por muertos—. Aquí sí la hay.

Cristina se deleitó. Debía admitir que le producía calma saber que José Martín y Saulo Jiménez, culpables de la muerte de Rodrigo, se hallaban ahí, frente a ella.

—Puedes castigarlos como prefieras —continuó Franz—. Mañana encontrarás sobre una mesa herramientas, armas… ¿Los quieres matar ya mismo? Adelante. ¿Prefieres torturarlos durante años todo lo que aguanten? Son tuyos. Como si quieres que estén toda la vida aquí encerrados, incomunicados y volviéndose locos.

Página 368

Ella no supo reaccionar. Todo sonaba disparatado y ajeno, como en una película. No se reconoció a sí misma cuando empezó a pensar qué destino prefería para aquellos dos miserables.

—Falta uno, ¿no? Bernardo, el que huyó a Buenos Aires.

—Lo tengo localizado, sigue en Argentina. Lo único es que traerlo desde tan lejos me parece demasiado arriesgado. Al menos por ahora. Pero tiempo al tiempo, ya verás.

Cristina asintió y contempló de nuevo a los dos reos. Hasta sonrió. —Sé lo que me dijiste el otro día —dijo Franz más tarde, después de

que le enseñara el recinto entero de arriba abajo y le contara el funcionamiento y las reglas—. No soy tonto, sé que no te ofrezco una vida de ensueño. Por eso, te doy mi palabra de que no te tocaré ni te miraré. Incluso te cederé mi habitación. Solo te pido que lo pienses. Primero ocúpate de los dos desgraciados que mataron a tu hermano. Después hablamos.

Y Franz cumplió. Por su honor que no entorpeció los primeros días de Cristina en Tártaro. De vez en cuando se cruzaban por los pasillos, pero él supo respetar las formas y la distancia. Ella necesitaba pensar. Aquella era una decisión que la acompañaría para siempre y necesitaba meditarla.

El primer día en el que encaró a José y a Saulo les quitó la mordaza y les preguntó. Ninguno respondió y entonces supo que a los dos les habían arrancado la lengua. Ella no preguntó el porqué. Tanto le dio. ¿Los torturó en algún momento? Sí, pero no en las primeras jornadas. Al principio se limitó a observarlos y poco más. Un día la furia la llevó a abofetearlos con dureza, y más tarde pensó en Rodrigo, y ahí sí que les hizo daño. Martillazos en los dedos. Clavos en las rodillas. Uñas arrancadas. Descargas eléctricas en los testículos. Unos días de reposo para que los dos condenados recibieran tratamiento médico y vuelta a empezar. Cristina estuvo así un par de meses, y una noche se le antojó no dormir sola. También se sorprendió sobrecogida en uno de sus paseos por Tártaro al pensar que, efectivamente, todo aquello tenía un sentido digno y honorable.

Fue esa noche cuando decidió que, al día siguiente, mataría a José y a Saulo, y después iría a hablar con su primo.

Despertó a las cinco de la mañana. Meditó unas horas y, con la claridad mental del ayuno, eligió no hacer sufrir a los asesinos de su hermano. Utilizó un arma que le dejó el guarda que custodiaba el pasillo.

Página 369

—Limpiad este destrozo, por favor —ordenó tras la ejecución.

Y ella misma notó el cambio en sus pasos al dirigirse al despacho de Franz. Pisaba fuerte, segura. No solo se sentía en casa, ahora tenía un propósito, un fin al que dedicar sus días. Cuando entró en la estancia de su primo no necesitó hablar, la luz de su mirada lo dijo todo; solo se acercó a él y lo besó.

Página 370

11

Son días de nadie. Días difíciles. Días impensables. Solo posibles de afrontar sucumbiendo a la locura. Y ese es el miedo de Arturo: estar volviéndose loco, cómo si no se explica que le retire la mordaza al monstruo de Isidro Laínez Feijóo y le diga:

—Necesito tu ayuda.

El hombre lo mira, al principio desorientado y después con esperanza.

Arturo se pregunta cómo diantres ha terminado así.

Desde el desayuno que mantuvo con Franz no deja de inspeccionarse a sí mismo, pensar si hay rastro de algún valor en él y se pregunta quién es; quién coño es, casi como súplica a un Dios en el que no cree. Matar, o no matar y que te maten, es así de sencillo. Un conflicto atávico que nos acompaña desde las cavernas.

Salió del despacho de Franz con el estómago descompuesto y una cuenta atrás en la cabeza: debía darse prisa en responder. No podía hacerle esperar mucho más tiempo.

Ha dedicado horas enteras a contemplar la puerta principal de Tártaro. Al menos para los reclusos, pues supone que más allá habrá algunos pasadizos con vestuarios y quizá una armería, tal vez una centralita. Pero lo que ve desde el punto de vista del reo es una gran puerta que solo se abre cuando están encendidas tres luces verdes:

La llave magnética del personal que desea salir.

La del centinela que está de guardia en ese turno.

Y la tercera luz verde se enciende desde la sala de vigilancia, señal de que dan su visto bueno a que la puerta se abra.

Dicha sala de vigilancia no está lejos, y ese es un dato que Arturo intuye importante. Ha visto que se puede acceder al lugar a través de una escalerilla situada a la derecha del centinela de la puerta, y se ha apuntado toda esa información en su mente con el fin de desentrañar un plan que

Página 371

lleva desarrollando un tiempo en la cabeza. Aunque es un suicidio. Solo la desesperación podría llevar a intentar algo así, pero ¿acaso no está desesperado?

Y Petra no le ayuda a allanar sus pensamientos. Qué va. De manera orgánica han empezado a instalarse tradiciones entre ellos que le desconciertan. Acuden a la misma hora al comedor para coincidir y así comer juntos, después dan un paseo; horas más tarde se vuelven a encontrar para la cena e invocan el sueño conversando durante largas horas en una de las dos celdas. Cada noche una distinta, van alternando. Hablan y hablan hasta que a uno de los dos le entra el sueño y se despide con un «buenas noches» apenas susurrado.

Esto le gusta a Arturo. Se descubre a sí mismo esperando esos momentos. Pero también le hacen sentir mal. ¿Cómo puede ser que a veces se olvide del mundo exterior y se llegue a sentir a gusto en un lugar como este? Tártaro, sospecha, es un paréntesis del mundo real. A veces se ha permitido divagar, dejar que la mente se meza entre las olas.

—¿Qué te pasa? —le preguntó ella hace un par de días—. Te has quedado colgado.

—No, nada.

—¿Qué? —insistió ella—. Dime.

—Por un segundo nos he imaginado volviendo del Mercadona, cargados con las bolsas de la compra y hablando de qué peli ver esa noche.

—Eres un imbécil.

Esa noche a Arturo se le hizo imposible conciliar el sueño. Ni lo más mínimo. Tampoco es que durmiera muy bien los días anteriores, pero es que esa noche no se permitió ni cerrar los ojos. Salió a pasear por los túneles y galerías, sin rumbo alguno.

Es curioso. Tártaro no tiene ni una pizca de luz natural, y aun así los reos tratan de seguir los horarios del mundo situado a varios metros sobre sus cabezas. Esto Arturo lo interpreta como un apego a sus vidas pasadas.

Encontró toda una galería desértica. Y así, tan vacía, le pareció más desoladora que amenazante. Metió las manos en los bolsillos y cedió a la presión. Se puso de cuclillas como paso previo a tumbarse en la inmensidad de aquella sala. Pese a estar solo, intuía que le debían de estar observando a través de las cámaras de seguridad, pero le daba igual qué pensaran de él los guardas. Se imaginó a Cristina Hidalgo ahí, en esa misma galería. ¿Cómo había pasado de codirigir Tártaro a ser una mera

Página 372

presa? ¿Dónde estaba su hijo? Preguntas y más preguntas. Ninguna respuesta.

—¿No puedes dormir, novato?

Era Gandhi, que salió de uno de los accesos y se acercó a él con cara afable.

—No lo entiendo —confesó Arturo—. Cristina Hidalgo vivió con vosotros durante años. ¿Por qué no soltáis prenda sobre ella? Por más que os pregunto siempre me doy contra un muro. ¿Por qué?

—¿En serio es eso lo que no te deja dormir?

Arturo negó. Se encogió de hombros y se sentó en el suelo.

—¿Sabes cómo te llamo? Y no me mires así, no me aprendería tu número ni en mil años. Me niego. —El hombre hizo un gesto de «A ver, dispara»—: Gandhi. Te llamo Gandhi.

El preso meneó la cabeza.

—Eso es lo que nunca has entendido, novato. Yo prefiero que me llames 18209. Aquí todos estáis deseando escapar. Yo soy el único que no.

—¿Por qué? ¿No hay nadie que te espere allí arriba?

—Dejémoslo en que estoy mejor aquí.

Los dos se miraron. Sintieron pasar una leve corriente de aire. —Tú conocías a Cristina Hidalgo, ¿a que sí?

Gandhi mostró su disgusto, pero a modo de concesión, asintió.

—¿Cómo escapó? —preguntó Arturo.

—Logró entablar amistad con uno de los guardas. Supo identificar al más débil, el que tenía más dudas acerca de su trabajo y realizó un acercamiento. Pero no creas que fue algo rápido. Estuvo trabajándose la compasión del guarda durante meses.

—Yo no tengo tanto tiempo.

—¿Sabes cuál era su número? El cero. Así, a secas. La prisionera número cero. Y como deferencia le dejaron incluso llevar el pelo largo, imagina.

—Cuando Cristina escapó buscó a una persona, a mi jefa. ¿Tú sabes…?

Gandhi se hartó y empezó a alejarse.

—En otra vida yo era policía, ¿sabes? Eh, no me mires así. Hace diez años de eso, pero la inspectora Bilbao ya era un mito por entonces.

Dejó a Arturo en medio de una niebla mental que amenazaba con llegar a cada átomo de su ser. Anclado en la última frase de Gandhi: «En

Página 373

otra vida yo era policía». No. Sigue siendo esta vida. Arturo descubre que nunca podría hablar de su vocación policial como algo que se dio en tiempos pretéritos. No. Un policía es.

Con este afán renovado se ha plantado esta mañana ante el Pellejero y le ha dicho que necesita su ayuda.

—La verdad, no sé por qué no te mato. Sería lo más fácil y tal vez lo que más me gustaría. Pero si no lo hago es por mí, no por ti.

Aquel monstruo estudia sus palabras y calcula sus posibilidades. —Qué… ¿qué puedo hacer?

Página 374

12

—¿Usted no se cansa nunca, inspectora?

—No tengo tiempo.

Venancio Sacristán se mantiene impenetrable ahí, de pie en la acera, frente al Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Llevaba un buen rato esperando que un taxi reparara en él, y qué poco se esperaba que el coche que iba a parar sería el de la policía que lo visitó hace un tiempo en su librería.

—Ande, suba, que le llevo.

El anciano mira a su alrededor, sube al Mini de Tania y se van.

—Por aquí no se va a mi librería.

—Solo es un rodeo, no se preocupe. ¿No tendrá Día de perros, por casualidad? Es una novela de los noventa.

—Puedo mirar…

—Es la que llevaba consigo Cristina Hidalgo cuando huyó.

El hospital queda cada vez más lejos. Tania alcanza a ver el edificio por el retrovisor.

—¿Cómo han ido los análisis, por cierto?

—¿Hay algo que la Policía no sepa?

Ella no responde. Venancio se encoge de hombros, tanto le da ya cualquier cosa.

—Dentro de poco dejaré de dar guerra. —Hace un gesto con la mano a Tania—. No lo sienta. Mire a su alrededor, inspectora. Esta ya no es mi época… No digo que sea peor, pero ya no es la mía. No hay lugar para mí. ¿A dónde me lleva?

—Ya casi hemos llegado.

Detiene el vehículo en una calle cualquiera, una de tantas. Aquí no hay museos, tampoco ministerios o centros comerciales, no se atisba nada que dote de un mínimo de interés el lugar. Eso hace parpadear un par de veces al anciano.

—¿Qué hacemos aquí, si puede saberse?

Página 375

—¿Ve aquello, donde está ese parquímetro al lado de un contenedor? Pues ahí fue donde encontré a mi hijo mayor la primera vez que se escapó de casa.

Venancio mira con curiosidad a Tania. Ella no, ella tiene los ojos enfocados en el lugar señalado; se diría que está viendo una escena pasada, una escena que amenaza con dejarla noqueada. Apenas puede sobrellevar el dolor que emerge en su pecho y se desborda.

—Lo primero que te dicen en todos lados, psicólogos, centros de desintoxicación…, es que no nos sintamos culpables de la adicción de nuestros hijos. Es fácil decirlo, pero nadie se puede hacer una idea del dolor que causa querer a un adicto.

»Me recuerdo sufriendo como una tonta cada vez que salía de casa, aunque fuese a clase, ¿habrá ido realmente al instituto? O porque había quedado con amigos, ¿serían buenas compañías? ¿Tal vez habrá alguno que lleve droga? Y cuando se retrasaba de la hora… Era capaz de no pegar ojo hasta que escuchaba la puerta y oía que se metía en la cama.

»Todo fue poco a poco, no crea. Un día, cuando es adolescente, sospechas que ha fumado un porro; después te llama un profesor, que si lleva varios días sin acudir a clase, las notas que van bajando, amistades que cambian, su malhumor tratando de defender una libertad que por edad le toca… Y cuando te das cuenta, tu peque tiene dieciocho años y una noche no regresa. No responde al móvil, los pocos amigos que tú conoces no saben dónde está… Hasta que un domingo, ya tarde, después de llevar seis días fuera, te llama para que lo vayas a buscar.

Cuando mira a Venancio Sacristán vuelve a ser la misma inspectora de siempre.

—No tengo pruebas pero tampoco dudas de que algunas de las muchas cosas que pasaban en su salón de billares dejaron así, como a mi hijo, a miles de chicos de la época.

—Si quiere que le diga dónde está Tártaro no va bien. ¿Qué pretende, que le pida perdón? Nunca obligué a nadie a que comprara o consumiera nada, ¿me oye? Aquí todos somos mayorcitos y tomamos nuestras decisiones.

—Solo le he traído aquí para que sepa que, para mí, usted es mi enemigo. Mi enemigo y un viejo de mierda.

—Esto es demasiado… No tengo por qué aguantar esto.

—Pero necesito su ayuda.

Página 376

—No le pienso decir por dónde me fugué de Tártaro, se ponga como se ponga.

—¿No me va a preguntar por mi compañero? El inspector Yani, el chico que me acompañó el otro día a su local.

El hombre la mira a los ojos y, al recibir la afirmación de la inspectora, se asusta en el acto. Se lleva la mano al mentón y empieza a temblar ligeramente.

—Se lo dije, mire que se lo dije…

—Usted que es un hombre leído, ¿sabe ese momento de la Ilíada en que el rey troyano Príamo acude a ver a Aquiles a su tienda de campaña? Ese mismo día, pocas horas antes, Aquiles ha matado a Héctor, el primogénito del rey Príamo, así que cuando su majestad se presenta ante el asesino de su hijo, una podría creer que va a tratar de vengarse. Pero nada más lejos, solo le pide a Aquiles que le devuelva el cuerpo de su hijo, nada más.

—¿Y qué tiene eso que ver con usted y conmigo?

—Que Aquiles le dice algo así como que no puede haber paz entre ellos, que mañana volverán a ser enemigos. Y el rey Príamo le responde que siguen siendo enemigos esa misma noche, pero que eso no quita que, en ese instante, sea un padre pidiendo un favor.

—¿Usted ha leído la Ilíada?

—He visto la peli de Brad Pitt, pero creo que la moraleja se capta igualmente.

—Inspectora, imagínese que encuentra ese maldito lugar, ¿qué piensa hacer?

—Salvar a mi chico y cerrar esa cárcel.

Venancio Sacristán se acaricia el pecho, donde tiene la insignia de Tártaro grabada en su piel.

—No sé dónde está, pero sí le puedo decir por dónde salí yo al exterior.

—Muchas gracias.

—No me las dé. Cuando a Aquiles le propusieron marchar a la guerra, ¿sabe qué le dijo su madre? Que si rechazaba ir a Troya tendría una vida larga con esposa e hijos…, pero que si aceptaba ir a Troya encontraría la gloria, sí, mas también la muerte… Cuando pise ese sitio se arrepentirá, lo sé.

—Correré el riesgo, dígame.

Página 377

—Después de estar desorientado y perdido por allá abajo, salí a la ciudad por una puerta que hay dentro del Ateneo de Madrid.

—Eso está en pleno centro.

—Imagino que habrá más accesos y más fáciles, pero esa es la única pista que puedo darle. El Ateneo de Madrid.

Página 378

13

—¡23623!

Petra se gira y ve ante ella a un guarda. Máscara, uniforme negro, chaleco blindado, MP5-A5 cogido con ambas manos.

—¿No eres algo bajito para ser un centinela?

—23623, acompáñame.

—A dónde, ¿eh? ¿A dónde se supone que he de acompañarte yo a ti? —23623, no te lo repetiré.

La policía estudia la situación y accede. Abandona su celda, un pequeño reducto que apenas ha hecho suyo. Ha visto a otros huéspedes que decoran el espacio, una sábana colgada de un cordel para separar el váter, algunas cajas haciendo de mueble con las cosas que han ganado en las partidas a los demás reos… Objetos que, en un sitio como Tártaro, ayudan a construir un hogar. Pero eso no va con ella. Quién sabe. Igual en la próxima vida.

Petra sigue al guarda por un pasillo angosto. Tiene un pálpito que no le gusta nada.

—¿Qué coño haces tú con eso, Arturo? ¿Cómo has conseguido el uniforme?

—El Pellejero me ha ayudado a reducir al guarda. No preguntes.

Se lleva el índice a la boca de la máscara y siguen caminando. ¿A dónde van? Oh, no, piensa Petra cuando ve dónde se encuentran, Arturo debe de estar volviéndose loco.

Están cerca de la puerta principal.

—No digas nada y escúchame —le susurra Arturo—. No sé qué hay al otro lado, pero tú corre si la cosa se complica, ¿me oyes? Coge esta pistola.

Con disimulo, se saca una pequeña Beretta 92 de la cartuchera de la rodilla y se la da a la chica, que se la guarda en el bolsillo inmediatamente.

—No me esperes. En cuanto la puerta se abra, tú tira hacia delante.

Ella no asiente. No tiene tiempo.

Página 379

Arturo vuelve a adoptar su papel de centinela y la custodia hasta la puerta.

Un guarda sale a su encuentro.

—He de transportar a la chica —dice Arturo, y acerca el antebrazo derecho, donde hay una tarjeta magnética integrada en el uniforme, por una pantalla.

Una luz verde se ilumina en el lado derecho de la puerta.

—No he recibido ninguna notificación —dice el guarda de la puerta mientras consulta una tablet—. ¿Quién eres, el nuevo?

Improvisando, Arturo asiente.

—Te habrás olvidado de algo. Anda, sube y si ellos te abren, yo te abro.

—Dejo aquí a la chica, échale un ojo.

Arturo enfila las escaleras y llega a la sala de seguridad. Al principio nadie repara en él. Hay siete personas: cinco contemplando el videowall y dos trabajando en los ordenadores. Ninguna de ellas lleva máscaras.

—¿Qué haces aquí?, ¿qué quieres? —pregunta una mujer.

—Tengo ordenes de transportar a la chica —dice Arturo señalando la pantalla que muestra a Petra esperando delante de la puerta principal.

—Y una polla. No nos han dicho nada.

—Es alto secreto.

—Sin notificación de aquí no sale ni mi madre, así que date media vuelta y les dices que no es tan difícil hacer las cosas bien, joder.

Arturo echa un vistazo rápido. Comprueba que él es el único que va armado. Aunque de eso no puede estar seguro. Igual sí hay alguien con una pistola en un cajón…

—La chica no está marcada —improvisa—. No se mueve con el protocolo ordinario. Es lo que me han dicho.

Un hombre teclea un par de códigos en su ordenador y frunce el ceño. —Es verdad. No tiene chip, debe de ser una de las dos invitadas. Varias personas se miran sin saber qué decisión tomar. El más veterano

da un paso al frente.

—No, mira, vuelve y que nos manden un código de salida. O que venga tu superior, esto no funciona así.

Arturo suspira. Levanta el MP5-A5 sin vacilar.

—Las manos bien arriba, donde las pueda ver.

Página 380

Esas siete personas no se mueven ni un ápice. Pero ver un arma así, como es la MP5-A5, apuntándote de frente impresiona. Vaya que si impresiona.

—¡Vamos, he dicho que manos arriba! Y entonces sí, enseguida le hacen caso.

Página 381

14

Se avecina una tormenta. En todos los sentidos. Tania sube aquella escalinata como un vendaval. Un, dos. Un, dos. Hacía tiempo que no se sentía así, y eso le gusta. En su bolso lleva Día de perros, que le ha comprado a Venancio Sacristán al dejarlo en la librería. Es el mismo título que encontraron en el piso de Alberto Gómez, entre las pertenencias de Cristina Hidalgo. Seguramente la novela no sea una pista, pero ese tipo de cosas la ayudan a sentirse cerca de la víctima, a tomarse su misión como algo personal.

Sube el último peldaño y encara el vestíbulo.

—Inspectora Bilbao —dice mostrando su placa al hombre que la espera—. Acabamos de hablar por teléfono.

—Bienvenida al Ateneo.

Se trata de un hombre enjuto de trato amable, aunque visiblemente incómodo por la presencia de la policía en la institución que preside desde hace un año.

—No le quitaré mucho tiempo —dice Tania tratando de ser lo más simpática posible—. Solo venía a…

—Sí, sí… venga por aquí.

La invita a seguirlo y empieza a recorrer el pasillo.

Tania camina moviendo sus ojos de aquí para allá. Ya había estado anteriormente en el Ateneo y siempre le produce la misma mezcla de sensaciones, entre la fascinación y la pena. Fascinación por lo que representa la institución en sí misma, cuya finalidad era propagar las luces y educar a la ciudadanía, pero tristeza a la vez por el estado decadente de la actual sede: un edificio modernista en la calle del Prado.

El presidente del Ateneo la guía hasta la galería de los retratos, donde cientos de rostros la observan; pinturas del siglo XIX la gran mayoría.

—Todos estos cuadros representan a los socios de mérito, que los llamamos —dice el presidente—. Y aquí está lo que le interesa…

Página 382

Se acerca a la esquina más oscura; junto a la falda de una escalera, donde se atisba una leve marca en la pared.

El presidente coloca sus manos en la muesca de aquella puerta secreta. Ya no está nervioso o atemorizado sino excitado: su niño interior ha salido a jugar.

—Nunca había abierto esta puerta, ¿verdad?

—Ni yo ni ninguno de los socios del Ateneo, se lo aseguro. Aquí está, no hay candado ni nada, ya ve, pero está olvidada por todos, y aunque se comenta su leyenda, pues… Es lo que tienen las leyendas, que si les haces caso te sientes un poco imbécil. También porque, en fin, lo que hay detrás no es que tenga mucho interés…

—Sea bueno, ábrala de una vez.

Ante ellos se descubre un túnel que se adentra a lo largo de un metro en el ultramundo para toparse de golpe con un muro levantado ladrillo a ladrillo. Ni siquiera es una obra esmerada y elegante; es más bien una chapuza.

Es el acceso al túnel que Manuel Azaña, presidente de la institución de 1930 a 1932, mandó construir para llegar al Congreso de los Diputados sin correr peligros. Era la Segunda República, tiempos convulsos, y fue la manera que encontró Azaña de recorrer de manera segura los cien metros que separan el Ateneo del Congreso.

Aunque el destino de dicho túnel es una suposición. Azaña no dejó escrito alguno y nadie de la época se acuerda. El túnel lleva décadas tapiado.

Tania repara en un agujero que hay, entre ladrillo y ladrillo, de apenas un palmo. A través del cual solo hay negrura y un olor fétido portador de una maldición. Enciende la linterna del móvil y se aproxima todo lo que puede a esa abertura, el contacto del ladrillo con su piel le duele; trata de enfocar bien, pero es inútil. El haz de la linterna es engullido por el túnel, que conserva quién sabe cuántos secretos.

Tania recibe una certeza que se le incrusta en el cerebro, también en el corazón: por ahí se podría llegar a Tártaro.

Página 383

15

Pocos minutos más tarde y sin tiempo para pensar, Arturo regresa a la puerta principal de Tártaro. Hace todo lo posible por esconder su nerviosismo, por disipar cuanto antes la adrenalina, pero sabe que es imposible. Él no está hecho para eso, no le gusta haber tenido que amenazar y esposar a los trabajadores de la sala de seguridad. Le aterra haber cometido algún error al poner las bridas en sus muñecas o al alejar cualquier objeto punzante. Tarde o temprano se liberarán. Es inevitable. Y darán la alarma. Ojalá Petra y él estén lo más alejados posible.

—¿Y la chica? —pregunta al centinela de la puerta.

—Ha ido tirando. Total, como no está marcada y arriba te han dado permiso…

Señala las luces verdes del lado derecho de la puerta con normalidad, sin darse cuenta de la incertidumbre que esconden los ojos de Arturo detrás de la máscara. Es la primera vez que ve más allá del acceso principal. Hasta le cuesta levantar la mirada.

Un túnel ancho y bien iluminado se descubre ante él. Quisiera alguna indicación del guarda, algo que le hiciera saber hacia dónde ha de ir, pero no tiene tiempo de cháchara. Da un paso al frente y otro; y así hasta que tuerce la esquina.

Se cruza con dos centinelas que se acercan en sentido contrario. Su primer impulso es evitarlos, pero se da cuenta de que ha de disimular; se mete en el papel y hasta los saluda con un gesto de cabeza.

El pasillo da a varias salas. Una de ellas está plagada de taquillas con números, y adivina que debe ser ahí donde se guardan las pertenencias de los reos. En su caso, por ejemplo, el móvil, la cartera, su arma reglamentaria y el trozo de cristal.

Pero no se acerca. ¿Y Petra?, ¿cómo ha podido alejarse tanto sin que la detuvieran?

Tuerce a la izquierda dos veces.

—Ahí está, ¿lo veis?

Página 384

Por fin. Es Petra señalándole a él mientras habla con dos guardas. Aquello parece la puerta final. Si logran cruzar aún podrán tener una

posibilidad.

—¿Va contigo? —pregunta uno de los dos guardas a Arturo.

—Sí, disculpad, es que me he retrasado revisando una cosa, pero ya está.

—¿Y salís por aquí?, ¿por qué?

Aquello extraña a Arturo. Habrá más puertas en otros puntos de las instalaciones. Claro, cómo no ha caído en eso. Debe haber accesos habilitados para vehículos, por ejemplo.

—Esto lleva al alcantarillado. Casi ni se utiliza —dice el segundo centinela.

—Indicaciones de arriba. Tenemos una ruta que seguir, pero no me preguntéis más. Ya sabéis cómo son los jefes… Solo sé a dónde la he de llevar.

Los dos centinelas se miran. Arturo espera haber acertado amparándose en la camaradería. Esa fraternidad que une a los trabajadores que se saben aprovechados y a la merced de gente que apenas los tiene en cuenta.

Esos dos guardas hablan entre sí mientras Arturo y Petra intercambian una mirada.

La tensión se palpa en el ambiente. Uno de los centinelas se encoge de hombros y el segundo, después de rumiar unos segundos, se retira hacia los controles de la puerta.

La salvación está cerca.

Pero una luz roja invade los túneles. Es imposible escuchar incluso los pensamientos de uno mismo. El ruido de la alarma lo llena todo.

Arturo no tiene tiempo de alzar su arma. Cuando levanta sus ojos, los dos centinelas los están apuntando a menos de un metro, tanto a él como a Petra.

—Quítate la máscara —dice uno de los guardas—. ¡Que te quites la máscara!

Él lo hace. Descubre sus mejillas sonrojadas y la calva rapada sudorosa.

—¡Aquí! Los hemos pillado. ¡Están aquí!

Se acerca un batallón. Metro noventa el más bajo. No necesitan enseñar su rostro para demostrar que no están de humor. Pisan fuerte y de

Página 385

manera ordenada el suelo. Son diez, pero parecen cien.

Arturo y Petra se miran. El miedo se desborda El batallón está cada vez más cerca y la puerta cerrada que tienen enfrente se les antoja un paredón.

—Petra, yo… Lo siento…

Ella se lanza sobre él y le da un beso. Un beso fugaz. Un segundo. Dos segundos. Y al tercer segundo llegan los guardas.

Página 386

16

Esta es la noche oscura en que arderé, piensa Tania. Y es que odia esperar. Sobre todo cuando sabe que la espera es inútil. Se lo ha dicho cien mil veces a la jueza, pero no ha habido manera. No la ha escuchado o no la ha querido escuchar.

—Señoría, le insisto en que agradezco el trabajo de la Unidad de Subsuelo, pero creo que Tártaro está más abajo.

—A ver, inspectora, ¿no me acaba de decir que el lugar ese en el que retuvieron a Hidalgo y donde ahora podría estar Yani se encuentra debajo de la plaza de las Cortes?

—Sí, claro, pero no en las cloacas. Ahí hay un pozo que da acceso a tuberías del sistema de alcantarillado, redes de distribución de energía eléctrica y otros servicios, pero ahí no está Tártaro.

—¿Y dónde quiere que mire la Unidad de Subsuelo, si eso es todo? —Se lo he dicho, en una red de túneles abandonados desde hace

décadas. Es ahí donde tenemos que mirar. Y aquí, en el Barrio de las Letras, solo conozco dos accesos catalogados, y están tapiados. El primero está en el Congreso, junto a la estatua de Isabel II que se encuentra tras la puerta principal. Y el segundo acceso es el del Ateneo. Fírmeme un papel; yo misma cojo un mazo y en cinco minutos estamos en el túnel.

—Inspectora, inspectora, por favor… Vale, Madrid está agujereada por debajo y hay muchos túneles abandonados. Túneles que en su momento utilizaban reyes o presidentes para atravesar la ciudad con facilidad y no mezclarse con el populacho, pero eso de insinuar que por ahí se accedería a una cárcel secreta… Válgame Dios.

—No lo insinúo, se lo aseguro. Ya le he enseñado la grabación que hizo Alberto Gómez. Él fue quien ayudó a escapar a Cristina Hidalgo.

—Mi hijo con un portátil y un móvil hace cosas que ni en Hollywood, se lo aseguro. Tranquilícese y confíe en sus compañeros de la Unidad de Subsuelo.

Página 387

Y aquí está Tania, plantada en medio de la plaza de las Cortes junto a una tapa de registro abierta, echada a un lado. La boca del pozo está iluminada, pero a ella no la han dejado bajar. Le han dicho que por seguridad, pero ella sospecha lo que ocurre, que no se fían de ella, de que se ponga a andar por su cuenta y se pierda por ahí abajo. Aquellos hombres de la Unidad de Subsuelo seguro que están cumpliendo órdenes de la jueza.

Eso le repatea a Tania, que no puede estar de brazos cruzados.

Al menos no está sola: Marga se ha empeñado en hacerle compañía junto a su hija Belén, que está en el banco de al lado devorando una hamburguesa con patatas fritas.

—¿La niña no tiene deberes o qué?

—No se puede quedar sola en casa y alguien te tiene que vigilar —dice Marga—. No sea que les arrees un par de guantazos a los de Subsuelo.

Tania no deja de dar vueltas de un lado para otro. Marga la observa desde su posición, con las manos metidas en la chaqueta.

—El otro día Belén me preguntó que por qué me había hecho policía. —¿Y qué le dijiste?

—Que alguien ha de estar ahí, dando la cara por la gente. Las personas ven el Estado como un ente enorme y ajeno, y por eso somos tan necesarios: porque somos la primera línea.

—¿Y qué te respondió?

—Que lo entendía, que aún se acuerda de cuando lo de su padre.

—Pero si era una enana.

—Igual se está inventando recuerdos, vete a saber, pero me gusta que crea que se acuerda de Gerardo, la verdad.

Ambas se miran con amabilidad, aunque no tienen ganas de eso. En realidad, la situación es agónica. Cada una emite un chasquido y se quedan calladas.

—¡Mamá, déjame el móvil!

Marga pone los ojos en blanco y se dirige hacia su hija con un suspiro. Tania se queda sola y, acordándose de sus compañeros de Subsuelo empieza a maldecir para sus adentros. Repara en cómo la miran unos skaters de la plaza. Deben creer que está loca y que en cualquier momento

va a explotar. Y no se equivocan.

Ve una figura conocida en la otra punta de la plaza. Ojeras frondosas, pómulos marcados. El chico no la reconoce, va demasiado puesto.

Página 388

—Eh, ¿te encuentras bien? —pregunta Tania.

Pero el chico pasa de ella. Está buscando en la papelera.

—Mírame, ¡que me mires! —dice Tania—. No me reconoces, ¿no? Soy la madre de Raúl.

—¡Ah! Sí, claro, pero yo no soy Raúl.

Tania lo observa y suspira. Ese chico es el hijo de alguien. Saca un par de billetes y se los da.

—¿Ves ese bar de ahí? Te darán un buen menú.

El yonki coge el dinero con falso honor, invocando una dignidad de otros tiempos.

—Es solo para comer, lo prometo, que había quedado en Sol y me han dejado tirado.

—Lo sé —dice Tania—. ¡Oye, una cosa! El otro día… —¿El otro día cuándo?

—El domingo que nos encontramos en el centro comercial, que estuviste hablando con Raúl. ¿Habíais quedado en veros allí? —pregunta Tania—. ¿Te compró o algo?

—¿Qué? ¡Qué va! Yo solo iba a pillarme unas Adidas guapas, nada más.

Sintiéndose desvalida por la vida, Tania deja que el yonki se vaya y regresa a su posición inicial, donde presiente movimiento.

Los agentes de Subsuelo salen por la boca del pozo de visita y hacen un gesto de negación a la inspectora; después apagan las luces y vuelven a colocar la tapa de registro.

—¿En serio? —dice Tania—. ¿Y ya está? ¿Os vais a quedar tan panchos?

—Inspectora, ¿qué más quiere que miremos? Ahí abajo no hay más que cucarachas.

—También las hay aquí arriba.

Los agentes no se lo toman a mal. Otra loca del coño, piensan con sus risillas. Recogen sus bártulos y se van. Que si tomamos una antes de ir a casa, que si yo no puedo que tengo al peque enfermo, que si yo sí me apunto y así no veo a la parienta despierta.

Ya es tarde. Belén le reclama a Marga ir a casa. No queda nadie en la plaza salvo los policías que custodian la entrada al Congreso, que están encerrados en el furgón, guareciéndose del frío. Y Tania se da cuenta entonces de que sí: hace un frío del carajo.

Página 389

No, Tania, no te engañes, se dice a sí misma, lo que sientes es el frío de la soledad. De la soledad y de la frustración. De pronto le sobreviene una verdad: está sobre Tártaro. Ojalá escarbar y escarbar y no parar hasta encontrar a Arturo.

Página 390

17

Franz Prats nunca se siente solo. Esa es su maldición.

No hay nadie más en su despacho, pero él bien podría asegurar que siente las almas de los miles de condenados que han pasado por Tártaro. Condenados que nunca pudieron decir ni una sola palabra acerca de su destino. Pero ¿acaso él no es también un preso?

Su antecesor, un hombre de confianza de su padre, llevaba una vida envidiable, muy distinta a la suya; citas en hoteles, cenas en restaurantes, whiskies en el lugar más de moda, estrenos en el Teatro Real, viajes por aquí y por allá, el sol dominical acariciándole el rostro en el Retiro, recepciones en embajadas… Sin embargo, Franz no. Franz apenas ha salido un par de veces a la superficie en todos estos años.

También se considera un huésped de Tártaro.

Cuando Cristina lo rechazó y decidió pasar a ser una simple detenida también selló su porvenir. El de ambos y el de su descendencia. Franz aceptó purgar sus pecados y someterse al yugo del lugar. Siempre ha visto cómo lo miran los reos, pero, ay, si supieran que tampoco él ve la luz del sol. Ciertamente nadie le exigió semejante existencia, y eso es lo peor: su condena es autoimpuesta.

—El intento de fuga ha sido frustrado. Todo está bajo control. —Franz, Franz…

Está en plena videollamada. En la pantalla de setenta pulgadas se muestra una sombra, podría ser una mujer o un hombre, quién sabe; hasta la voz está filtrada con un procesador.

—Primero Cristina y ahora esto… —Lo de Cristina también se solucionó.

—Pero a qué coste; puso en aviso a la Policía, querido mío, y sabes que es así. Lo mejor de Tártaro era que no existía. Ni siquiera los conspiranoicos hablaban de nosotros.

—Sigue siendo secreta —afirma Franz.

Silencio al otro lado.

Página 391

Eso no es bueno. Franz sabe, o imagina, el pensamiento que debe de sobrevolar a sus superiores: Tártaro tenía sentido en tiempos pretéritos, cuando no todo el mundo tenía un puñetero micrófono en el que divulgar cualquier chorrada que hubiese escuchado o imaginado escuchar.

—También hubo una crisis hace años, cuando el periodista, y todo se atajó a tiempo. Como en esta ocasión.

—No es lo mismo, querido. Aquel periodistilla era un lobo solitario, pero ahora tenemos husmeando a todo un grupo de la Policía. Por favor… Franz siempre ha tenido clara su posición de vasallo. Aunque en Tártaro se le considere un césar, él siempre ha dedicado unos minutos cada mañana a recordarse que tiene a un puñado de no pocas personas por encima de él, que son quienes realmente manejan sus hilos. Sí, él, al igual que cualquier trabajador, también es un títere. Por muy invisibles que sean

los hilos y por mucho que desconozca las caras de los titiriteros. —Después está el tema de la continuación de tu legado —continúa la

misteriosa voz—. Cómo de mal te ha salido tu discípulo, ¿no?

—Aún guardo una carta. Es mínima. Pero hay una posibilidad. Además, le hemos implantado el nuevo diseño de detonador, no habrá cuchillo que le valga ni nada parecido.

—¿No crees que ya es tarde?

—Nunca lo es —asegura Franz.

—Hemos hablado mucho de esto por aquí… Ofrecerle el proyecto a un extraño es… delicado… ¿Por qué no confiar en quien tú y yo sabemos? Tiene tu sangre y la de Cristina, ¿acaso no es la persona más indicada para el trabajo?

Esa mención altera a Franz, pero trata de hacer que no se note. —Nos será más útil si continúa infiltrada en la Policía. —Nos sigue siendo leal, supongo… —Sí.

—¿Lo sabes o lo imaginas? —pregunta la sombra de la televisión.

—Es sangre de mi sangre, lo sé.

Silencio.

Más silencio.

Franz se muestra impasible. Y es que eso se le da muy bien. Ser frío, a la hora de la verdad, es algo que le sale natural. Otros en su lugar estarían tirándose de los pelos, rasgándose las vestiduras y clamando al cielo por una explicación. Pero él no. Él escuchó sin inmutarse el diagnóstico de

Página 392

cáncer terminal y ha mantenido el temple todo este tiempo, su último tiempo. Pero a quién quiere mentirle, ve la muerte como un bien preciado, como algo que, espera, le acerque a Cristina.

—Mira, querido, en realidad todo esto está de más —dice la voz—. La decisión ya está tomada. Entiende que hay cosas que están por encima de Tártaro y… ¿Cuándo construyó Noé el Arca? Antes de que empezara a llover…

Franz frunce el ceño. Se concede unos segundos y mira al frente.

—Dame instrucciones y así haré.

—Es hora de pasar al procedimiento D12.

El labio inferior le tiembla un poco. La noticia le aturde. Esto sí que Franz no se lo esperaba. Ha entregado su vida a Tártaro. ¿En serio…? Y se calma y se dice que sí, que tiene sentido, ¿por qué no? Es hasta poético.

—Está bien —dice Franz—. Solo os pido una cosa. Que me dejéis hacer un último intento con el chico. Independientemente de Tártaro, creo que podría ser valioso.

No ve la cara de la persona. Nada indica su estado de ánimo ni su sentir, pero Franz sabe que lo está sopesando. Imagina que se encoge de hombros.

—Quiénes somos nosotros para negarte eso, ¿no?

—Ahora mismo iniciaremos el procedimiento D12, y en las próximas cuarenta y ocho horas debería estar concluido.

La televisión va a negro. Franz se reclina y se pasa la mano por la cara. Mira a su alrededor con un sentimiento inconcebible que no logra definir. Tártaro nunca ha existido, piensa. Así que nada ha pasado y nada va a pasar.

Página 393

18

Arturo no reconoce sus propios gritos. Los escucha como si no fueran con él, como si estuvieran de fondo solamente. Es al oler la carne chamuscada cuando vuelve en sí. Busca tener un pensamiento: «Me están matando» o «Hasta aquí he llegado», pero solo logra volver a chillar. Una vez más. La cabeza, cómo le duele la cabeza. Quiere pedir que lo maten, que acaben ya con esta agonía, pero no, no lo matan, ¿por qué no lo matan ya y terminan de una santa vez?

No puede abrir los ojos. Para qué. El olor a carne quemada sigue y el dolor agudo ya no está solo en su cabeza. También en su espalda. En toda la espalda. Siente cómo lo cogen de los brazos y lo arrastran por el suelo de varios pasillos. Escucha puertas que se abren y otras que se cierran. Al menos ya no hay gritos, solo gemidos, el dolor sigue y sigue.

Tampoco ve gran cosa. Descubre que tiene los ojos nublados. La luz le molesta y cierra los ojos. Lo siguen arrastrando. Ahora a la izquierda, ahora a la derecha, después todo recto. Diría que lo portan dos guardas, sus pies van por el suelo.

Por fin, algo distinto. Por fin parece haber llegado a su celda. Lo tiran con brusquedad contra el suelo. Cae de espaldas y la cabeza le rebota.

Vuelta a gritar. Vuelta a quejarse.

El dolor amenaza con ganar la partida y hacer que se desmaye. Dialoga con su cabeza y su espalda; empieza a procesar lo que cree que ha pasado y se sabe condenado.

Consigue que el dolor no le venza. Quiere tumbarse en el camastro o apoyarse en la pared, pero sabe que la espalda no le dejará, así que se queda tal cual está en el suelo. Cree que se ha meado encima. Le da igual. No puede cambiar de posición, cualquier mínimo movimiento le hace quejarse de nuevo. Solo puede esperar a que, con un poco de suerte, la muerte lo arrastre antes de que el dolor pase y se vea obligado a afrontar su nueva vida.

Por primera vez desde su encarcelamiento se siente solo.

Página 394

Solo y abandonado.

Página 395

OCTAVA PARTE

Página 396

1

La niña estaba a punto de matar a un hombre.

Pero aún no lo sabía.

Qué lejos estaba de olérselo en ese momento, caminando de la mano de su padre por un lugar infecto que solo conocían unos pocos. Las sombras abrigaban su hogar; era un orgullo pertenecer a ellas y no debía olvidarlo jamás.

No veía el camino a seguir. Tampoco de dónde venían. Había perdido la cuenta de cuánto llevaban caminando por aquel túnel. Estaba cansada, pero sabía que no podía, ni debía, mostrar debilidad. Se limitó a seguir el leve rastro de las bombillas del techo y dejó que su padre la guiase hasta una intersección en la que convergían varios túneles.

—¡Señor! —saludó alguien entre la muchedumbre.

El silencio se hizo materia. Su padre imponía y ella lo sabía. Le gustaba comprobar el respeto que esos hombres profesaban a su familia. Frente a ellos no había más de media docena de brutos que custodiaban a un hombrecillo tembloroso. Estaba amordazado y maniatado. La mirada gacha y la espalda encorvada indicaban que no era tonto, que la esperanza la había perdido hacía mucho y que sabía lo que se avecinaba.

Unos ladrillos hacían compañía a una montaña de materiales de construcción. ¿Para qué?, se preguntó la niña, pero decidió confiar en el devenir y arrimarse aún más a su padre, que en ese tipo de situaciones siempre la rehuía, casi con vergüenza. Sin embargo, en esa ocasión, no solo no la dejó al margen, sino que la hizo partícipe de la escena.

—Anda, cuéntale al señor lo que te gusta que te lea por las noches.

Lo único que alcanzó a hacer es mirar, intimidada, a todos aquellos hombres que la observaban.

Su padre sonrió con ternura y se giró hacia el reo.

—Tendrías que ver cómo le gusta la mitología, la vuelve loca. ¿Y sabes el mito que más le gusta? El de Prometeo. Le fascina. Y a quién no, ¿verdad? El titán que decide robar el fuego a los dioses para entregárselo a

Página 397

la humanidad. ¡Qué valentía, sí señor! Enfrentarse ni más ni menos que a Zeus. No es solo valentía; es arrojo, es compromiso…

Ahí fue cuando miró a su presa a los ojos.

—Mira a dónde nos has traído, amigo mío.

Empezó a deambular por aquel reducido espacio. Los demás hombres se mantuvieron vigilantes, sin apenas respirar cuando pasaba por su lado, no fuese que se fijara en ellos. Solo se atrevió a interrumpir la situación una leve sacudida del terreno. El metro pasaba cerca, y cada pocos minutos el suelo y las paredes temblaban.

—El caso es que Zeus castigó a Prometeo —continuó su padre—. Lo encadenó e hizo que un águila se comiese su hígado noche tras noche. ¿El problema? Que el hígado es un órgano que se regenera, y Prometeo, al ser inmortal no halló descanso en su condena. Pero he aquí la cuestión, ¿sabes qué dijo mi hija la primera vez que le leí el mito? Me preguntó: «Papá, ¿qué hubiese pasado si Zeus hubiese atrapado a Prometeo antes de que este entregara el fuego a los humanos?». Y no iba mal encaminada… Es decir, de haber sido así, podríamos entender que Prometeo aún no habría cometido el delito, ¿no? Y a nadie se le castiga de forma preventiva. El fuego habría sido devuelto a su lugar y ya. Sí, el crimen se habría quedado al filo de la consumación… Pero lo que le respondí a mi hija fue: «No creas, la traición sí que llegó a producirse. Zeus no podría confiar en Prometeo de nuevo y, por lo tanto, debía castigarlo igualmente».

Hizo una señal a sus subordinados, y estos, acompasados, acorralaron al hombre contra una de las paredes de la intersección y lo sometieron, poniéndolo de rodillas. Entonces sí, el tipo soltó unos ruidos guturales a través de la mordaza.

El padre se giró hacia la niña.

—Campeona, por favor, ayúdalos.

La niña no osó preguntar qué debía hacer. Se acercó a los hombres que rodeaban al reo y que trajinaban los materiales de obra. Hubo uno que untó el suelo con una especie de masa a la que llamó mortero y después le dio un ladrillo.

—La primera hilera ponla tú, después te ayudaremos.

Ella no dudó y así hizo, aunque le fue imposible no lanzar miradas hacia el hombrecillo que poco a poco, ladrillo a ladrillo, se veía cada vez más acorralado. ¿Sintió lástima? No, en realidad, no. Incluso debía confesar que tuvo un momento de euforia. Era excitante verse ahí,

Página 398

colaborando con los trabajadores de su padre ante la atenta mirada de este, que iba haciendo pequeños gestos de satisfacción a medida que la pared se iba alzando.

Uno de los subalternos, tal vez el más avispado, comprobó que las hileras estuvieran niveladas y que no hubiera excesos de mortero. Después hizo una señal a su jefe.

Solo quedaba un resquicio en la pared, apenas se intuía a la futura víctima, que aumentó la intensidad de sus gritos ahogados y movimientos bruscos. Quería liberarse, echar la pared abajo y matarlos a todos.

Un subalterno metió el brazo por el hueco de la pared y le quitó la mordaza. Qué menos que concederle unas últimas palabras. Pero el hombre estaba tan exhausto, tan rendido, que decidió no vociferar lo que sus ojos chillaban; trató de controlar su pánico, mirando, eso sí, muy fijamente al maestro de ceremonias.

—Antes hablabas de Prometeo. Entiendo que recuerdas cómo se liberó, ¿verdad?

—Heracles le disparó una flecha al águila y rompió las cadenas. —Hay una segunda versión que dice que Prometeo fue liberado por

Hefesto, que reveló a Zeus un terrible destino: su descendencia iba a ser más poderosa que él. Y ahí está Aquiles…

Echó un vistazo a la niña, con más pena que reproche, y se echó a llorar.

Su padre le acercó a ella el último ladrillo; uno más y ya estaría todo.

—Tienes que hacerlo, campeona.

La niña colocó el ladrillo con mucho mimo en el único hueco de la pared.

Ella, en ese momento, no era consciente del tormento que le esperaba a su primera víctima. No moriría por falta de oxígeno; sus últimos segundos no serían en busca de una bocanada de aire que le llenara los pulmones, no. Ignoraba que después de aquel instante, el hombre viviría hasta seis días. Primero sería el cerebro, que empezaría a perder agua, y eso afectaría a otros órganos. El cuerpo se confundiría y no sabría cómo eliminar los desechos, por lo que la sangre se volvería cada vez más tóxica. Los dolores de cabeza serían constantes, la confusión reinaría en su mente y los calambres dominarían su cuerpo; hasta que por fin entrase en coma y pudiera transitar a la muerte por deshidratación.

Página 399

Sería entonces, y solo entonces, cuando la niña pudiese considerarse una asesina.

Página 400

2

«Si Dios no existe, todo está permitido» es la frase de una novela de Dostoievski que bien podría dar título a la jornada de hoy. Mirar por la ventana da miedo. El reloj dice que ha amanecido hace ya rato, pero el sol ni está ni se le espera. Nubes negras y rojas cubren la ciudad; la oprimen y la asedian. El viento arrastra cualquier brizna de alegría.

Aunque Tania no sabe qué le da más pavor, si la ventana, que solo augura el fin del mundo o el rostro de esta mujer que tiene delante, que carga con toda la pena de la humanidad.

Soledad ha irrumpido a primera hora en comisaría.

La inspectora se ha sorprendido cuando la han avisado desde la centralita. No hacía a la hermana de Cristina capaz de coger el metro y menos aún de madrugar.

—Soledad, ¿ha pasado algo?

—¿Que si ha pasado algo? ¿Que si ha pasado algo, me dices?

La mujer estaba histérica. Tania la ha llevado hasta una sala de reuniones y le ha servido un vaso de agua.

Y ahora están aquí, mirándose frente a frente.

Soledad apoya la cabeza en las manos, desesperada. El pelo sucio y encrespado se le echa hacia delante.

—Es que… Es que… ¿Qué voy a hacer yo ahora?

—Soledad, respira un momento y cuéntame, no entiendo nada, ¿qué ha pasado?

La mujer la mira y recapitula. Mueve sus ojos hacia todos lados, sin saber por dónde empezar.

—Pues que ayer por la noche me suena el teléfono. Y era Franz.

¡Franz! Hacía siglos que no hablaba con él.

—¿Entiendo, entonces, que siempre tratabas con un tercero?

—¡Qué va! Ni eso… Desde que empezó toda esta monserga nada, ni una sola llamada de nadie.

—¿La monserga qué es, el ingreso que te hacen cada mes?

Página 401

—El secuestro, mejor dicho. Era eso o la cárcel. Que en su día me sonó bien, pero ahora… No sé yo… Y eso, que va Franz, después de tanto tiempo, y me dice que hasta aquí. Que soy libre, me dice el cabrón. ¿Se lo puede creer? Libre, dice… Si es que hay que reírse.

—Y entiendo que tú…

—¿Ahora a mi edad? Pero si soy un cero a la izquierda. Quién me va a dar trabajo, a dónde voy a vivir… ¿Qué va a ser de mí, inspectora?

—¿Pero te dio una razón? ¿Te dijo algo más? —Que nada, que ya no puede hacerse cargo de mí.

Se echa a llorar con desespero, como si delante de ella estuviese su casa ardiendo.

—Calma, Soledad, calma, por favor.

Nada. Soledad no atiende a razones y hace falta que entren un par de agentes para controlarla. Tania espera un tiempo prudencial, le sirve otro vaso de agua y le habla con calidez, mirándola a los ojos, le dice que esté tranquila, que algo se podrá hacer, que ella puede hablar con alguien del SEPE y ver opciones, también con Asuntos Sociales.

—Pero si todas esas cosas nunca funcionan, inspectora.

—A veces sí. Se hace lo que se puede, pero se hace.

—No, inspectora… Tantos años tirados… Al menos en la cárcel me hubiesen empujado a aprender un oficio, yo qué sé. Pero ahora ya no sé hacer nada. Nada de nada.

—Vamos a ver, pero ¿por qué demonios ibas a ir tú a la cárcel? —¿Por qué se cree que consiguieron retenerme así, de manera tan

dócil, inspectora? Pues porque en su momento me hicieron un favor. O en ese entonces yo lo vi así, no sé, como que me estaban salvando el culo.

—¿Quiénes?

—¿Quiénes van a ser? Franz y Cristina, ¡menudo par de desgraciados! Tania trata de ordenar sus pensamientos, pero no lo consigue. —Tendrás que explicarte un poco mejor, porque de verdad que no

entiendo nada de lo que me estás diciendo. ¿Has dicho Cristina?

—Yo… de joven tenía un novio, ¿vale? Edgar, hijo de un amigo de mi padre, guapo, atlético… El yerno ideal. Lo malo es que como pareja era un hijoputa. Como suele pasar no es cosa de que el primer día que quedáis te arree un guantazo, no, todo era más sutil. Al principio solo eran cositas… Imagino que es lo que ahora llaman maltrato psicológico… ¿Usted se

Página 402

acuerda de esa época? Tus amigas lo excusaban con que era un hombre muy hombre.

—Hasta que un día hubo un golpe, ¿no?

—Y ese mismo día lo maté —admite Soledad.

Le desvía la mirada a Tania. Solo puede contemplar el vaso de agua.

Le tiemblan tanto las manos que le resulta imposible beber.

—Fue en casa de Edgar y en defensa propia, se lo juro. Y eso mismo debí decirle a la policía, pero… Pero… Tenía veintitantos. No era más que una cría. Ni siquiera había salido de casa de mis padres, ¿qué sabía yo del mundo?

—¿Y acabaste recurriendo a Franz?

—Al poco de desaparecer mi hermana, una mujer se me acercó. Se presentó como una amiga de Cristina, me dio una tarjeta de contacto y me dijo que, si alguna vez necesitaba un favor, pero un favor de los de verdad, llamara a ese número. Y lo raro es que en esa tarjeta solo había un teléfono y una frase: «Suerte charra». Y cuando pasó lo que pasó, pues… llamé… Y se presentó mi hermana. Mi hermana en persona.

—Pero Soledad, ¿por qué no me contaste todo esto el primer día? —¿Qué quería que le dijera, que había matado a mi novio y que mi

hermana surgió de la nada para ayudarme a encubrirlo?

—¿Y qué pasó? ¿Apareció tu hermana, así como así, y te echó una mano?

—La vi cambiada. Muy cambiada… No tanto en lo físico, sino en su actitud… Era… A mí nunca me había hablado con tanta frialdad. Habíamos estado enfadadas muchísimas veces, pero si hubiese visto la manera tan fría con la que me trató… Aún recuerdo cómo se sentó delante de mí, yo estaba en el salón asustada, temblando, porque no quería entrar en el cuarto y ver a Edgar así, tal y como yo lo había dejado, y Cris venga a decirme que ella y Franz podían ayudarme. Pero con una condición…

—Hacerte prisionera y mantenerte lejos del piano, ¿es así?

—Una vida vacía. Una vida sin nada. Sin posibilidad de trabajar, alejándome poco a poco del mundo… Sí, salgo al súper, a hacer algún recado… Pero me da vergüenza conocer a la gente, ¿sabe? No… no… Ya no sé ni mantener una conversación…

Parece que va a echarse a llorar cuando se gira con una determinación inaudita.

Página 403

—Por eso he estado pensando… Yo venía a pedirle que paren la investigación de mi hermana. Que no detengan a Franz. Yo mejor que nadie sé que ese hombre es el demonio, pero es que si no…

—Soledad, escúchame, por lo que me comentas que te dijo anoche, creo que ya estamos en un punto en que nadie, ni él ni nosotros podemos volver atrás.

Se calla lo que teme.

Solo lo suelta unos minutos después, tras despedirse de Soledad, cuando entra en la sala del grupo VII y da cuatro pasos hacia los suyos — uno, dos, tres y cuatro—; los mira con decisión, sin mostrar un solo ápice de duda.

—Van a cerrar Tártaro.

Relata las palabras de la hermana de Cristina y todos aprecian la extrañeza de los hechos.

—Pero, si eso es así y cierran la cárcel, qué van a hacer con los… Marga no termina su frase. Ninguno de los presentes lo necesita. Todos

se quedan paralizados en sus sillas. No se atreven ni a mirarse. Les recorre un frío que les congela incluso la capacidad de razonar.

Tania contempla a su equipo y se da cuenta de que no sabe cómo animarlos. Es la primera vez que le pasa. Las ausencias de Pablo y Arturo, cuyos escritorios vacíos son una herida abierta en la sala, han desmoralizado por completo a la Brigada.

Una cuenta atrás ha comenzado, pero nadie conoce la hora límite:

nadie puede contar los segundos que faltan para que todo termine.

Página 404

3

Petra entra en la celda y lo encuentra en el suelo, semiinconsciente, delirando por culpa de la fiebre. Está tan ido que le cuesta creer que ella esté realmente a su lado. Al principio, bien parece estar hablando con un ángel más que con ella, su amiga y compañera. De ahí el primer diálogo que mantienen, tan novelesco, tan cursi, tan impropio de ellos.

—Estás aquí —consigue vocalizar Arturo—. Prohíbeme morir.

—Tú solo quédate, no cierres los ojos. Mírame.

Lo coloca sobre su regazo y se mantienen en la misma posición durante unas largas horas medidas por la incertidumbre de saber que la muerte puede estar escondida en cualquier esquina y atacar en cualquier instante.

Ella se dedica a acariciarle la cabeza rapada, pues sus primeros intentos de pedir ayuda médica a gritos han resultado vanos, y él por fin logra conciliar un sueño profundo del que solo despierta cuando tose y se resiente del dolor. La cabeza, la espalda. Al menos lo hace con buen sentido del humor; el chip se lo han instalado en el lado izquierdo, cerca de su no-oreja, y él dice algo así como que ya podrían haber escogido el otro costado, que qué manía con afearle solo una mitad. Petra ríe, pero se siente mal en el acto: «Mira que eres tonto».

Es un poco más tarde cuando se empieza a escuchar un trasiego anormal en el pasillo: gritos, súplicas, también algún que otro disparo de advertencia.

Pero qué… Petra deja a Arturo tumbado en su camastro y se acerca a la puerta. El mundo se está volviendo loco, hundiéndose a pasos agigantados. Así debieron sentirse las gentes de Pompeya o las que sufrieron el incendio de Nerón.

Los centinelas están confinando a todos y cada uno de los presos en sus celdas. Uno a uno, aunque algunos se resistan e intenten negociar.

Clac, clac, clac. Las puertas se van cerrando y un guarda llega a la celda de Arturo. Trata de llevarse a Petra, pero esta le dice que ya la puede

Página 405

matar ahí mismo, que no se va a mover, que si no se da cuenta de lo mal que está 24601, que lo acaban de operar.

El centinela observa a Arturo y empujado más por las prisas que por algo parecido a la compasión, suelta el brazo de Petra.

—¿Estás segura, 23623?

Ella echa un paso hacia el catre en el que yace su amigo. No es hora de un adiós. Esta celda es su refugio. El de ambos. Por eso no lo duda. No porque él la necesite, sino porque Petra quiere, porque no se le ocurre ninguna razón de peso para no estar aquí.

El guarda no tiene tiempo de discutir. Cierra la puerta y el chasquido suena grave.

Petra comprueba la resistencia de la cerradura; pese a sus embistes la puerta no se mueve ni lo más mínimo. Nada. Alta seguridad y máxima desazón para los reos. Apoya su frente contra el frío del metal, recuperando el aliento y enfocando su mente.

—Aquí nunca se ha encerrado a los presos en sus celdas —aclara Petra

—. A uno solo, sí, lo pueden confinar como correctivo, pero ¿a todos? ¿Qué coño está pasando?

Se da cuenta de que la mente de Arturo está lejos de esta celda oscura que los ampara. La fiebre persiste; no tan fuerte como hace un rato, pero continúa teniendo la frente caliente. Quizá alguna de las heridas esté infectándosele, y ella no puede hacer nada para curarle. Nada. Solo ofrecerle su amistad. Encima hace mucho frío. El sistema de ventilación y regulación de temperatura parece haberse estropeado y Tártaro se ha convertido en un congelador. La escarcha amenaza con aparecer en cualquier instante en este espacio minúsculo que ahora parece un sarcófago.

Petra no se deja dominar por el pánico. A veces se siente perdida, eso sí, y entonces llama a Arturo y él la encuentra. Se pasan el día con las manos entrelazadas.

Muy de vez en cuando Arturo cede al dolor, se permite cerrar los ojos y cae rendido. Petra siempre se alarma en esos instantes; le pone la mano en el pecho solo para asegurarse de que respira, de que sigue ahí, de que no la ha dejado sola en el olvido.

Es en uno de estos sueños de Arturo, cuando Petra coloca su mano en la cara del chico. No para acariciarlo, solo para saber cómo de rugosa es su

Página 406

piel. Le nota el pulso acelerado y sabe lo que esto significa, que la fiebre puede subir.

Se da cuenta de que Arturo está despierto, mirándola. Sus ojos están apagados, casi mate.

—No irás a llorar, ¿no?

—Imbécil…

Los dos ríen y alejan la congoja de esta celda inmune.

Aunque es breve. Enseguida Arturo tose y se queja del dolor.

—La gente siempre me está preguntando por mi oreja… bueno, por mi no-oreja. Que si es verdad que por el lado izquierdo escucho en un entorno de ciento ochenta grados, que por qué no me reconstruyo la oreja con cirugía… Y si no me hablan directamente, sé que están pensando todo esto por sus miradas. Pero nadie me pregunta por él. Nunca lo entenderé.

—¿Por tu hermano?

—Lo recuerdo todo —confiesa con la voz entrecortada, por la congelación y por la pena—. No siempre fue así. Durante años tuve bloqueados esos cinco días. Fue a los trece años cuando me vino como una especie de flash, como si de repente se hubiera abierto una ventana que había estado cerrada todo ese tiempo… No es que me olvidara de lo sucedido, solo que no me acordaba, ¿lo entiendes?

—Sabes que sí.

—Y desde entonces me vienen imágenes tan nítidas… Sonidos que se meten en mi cabeza y ya no se van… Escenas que me hacen temblar. Tantos años después y hay momentos en los que me vuelvo a sentir allí, en aquel sucio sótano. Pero lo peor de todo…, lo peor de verdad, no es revivir cuando me disparó a un lado, haciéndome creer que me iba a matar, que fue cuando me reventó la oreja. No. Lo más angustiante es estar ahí otra vez, viendo cómo se lleva a Ismael a la habitación de al lado: sus gritos… Esa desesperación… La puerta que se cierra… Un disparo y… solo silencio. Ese silencio lo llevo muy dentro, no sé cómo explicarlo.

»Por eso quise ser policía, porque de alguna manera, el primer sonido que escuché fue la voz del inspector que me encontró y que me aseguró que todo iría bien. Estuvo diciéndolo todo el rato mientras me cogía en brazos, también mientras me atendían la herida… No me soltó la mano… Con él me sentí a salvo. Esa es la seguridad que deberíamos ofrecer todos los policías.

Página 407

Petra descubre que lleva un buen rato con su mano sobre la de él, acariciándole.

—¿En serio oyes en ciento ochenta grados por el lado izquierdo?

¿Entonces da igual si me pongo delante o detrás de ti?

Él ríe, no sin quejarse del dolor de huesos.

—Sigue durmiendo, va —dice Petra.

Arturo se aparta y le cede un hueco en el camastro, también ella ha de descansar. Se tapan bajo la manta mientras sueltan vaho por sus bocas. Es tarde, y los párpados no rechistan lo más mínimo; enseguida se cierran. Los dos policías acompasan poco a poco sus respiraciones y duermen, no saben cuánto, puede que unas horas o tan solo unos minutos, como también es posible que haya pasado quizá medio día.

Prácticamente despiertan a la vez y uno es lo primero que ve el otro. No hablan —¿qué van a decirse, buenos días?— y se defienden pensando que aún están en la nebulosa del sueño. Los dos se contemplan durante un largo rato. No saben cómo ni cuándo, de repente se descubren besándose. No salvajemente, sino con fragilidad, con miedo a hacer daño al otro, con cuidado de sentir cada uno de los centímetros recorridos. Apenas se mueven. Ni siquiera dejan caer la manta. A Arturo le cuesta la vida cada uno de los movimientos y a Petra le hiere en su interior un desgarro que solo ella conoce. La conmoción es lenta y la acción apenas parece tener lugar. Los dos están viviendo cada uno de los segundos hasta que él hace el ademán de retirarse, pero ella lo agarra con fuerza y le impide la retirada; es así como ambos llegan a una exhalación honda y acompasada.

El silencio los invade y comparten la calma durante unas horas, hasta que los interrumpe el estruendo del cerrojo.

Son dos guardas, ambos con sus armas en alto, en tensión, como si estuvieran en medio de una contienda ajena a esa celda.

—24601, venimos a informarte de que esta noche vendremos a por ti a las veintidós horas.

—¿Para qué? —pregunta Arturo, que sigue sin acostumbrarse a su puñetero número.

—Serás ejecutado —responde uno de los centinelas—. La decisión está tomada. Disfruta de tus últimas horas.

La puerta se cierra. Petra y Arturo apenas alcanzan a mirarse. Solo se abrazan.

Página 408

4

Esto sí que no. Si hay algo que la inspectora Tania Bilbao no soporta es la falta de «huevos» cuando realmente hace falta coraje y un poco de empuje. ¡Menuda mañana! Ha hablado con la jueza, después ha recurrido a Miravete para ver si ella podía interceder y finalmente se ha reunido incluso con el comisario, pero nada. Nadie la cree, y no piensan mover un dedo para echar abajo la pared del túnel del Ateneo.

—Pues al menos ponga a mi disposición un grupo de Intervención Rápida —le pidió al comisario, ya a la desesperada—. Puedo bajar con ellos al alcantarillado y ver si logramos encontrar algún punto por el que acceder a los túneles.

Pero con la Iglesia han topado. O mejor dicho con el fútbol, que en este país es casi una religión. Resulta que esta noche hay partido de Champions. Ni más ni menos que un Real Madrid-Barça, y eso requiere de muchos efectivos para garantizar la seguridad en el Santiago Bernabéu y sus alrededores. Y no solo eso, es que además la presidenta de México está de viaje oficial en España y también hoy será recibida por el rey en el Palacio Real.

—Tania, ¿tú te das cuenta del jaleo en el que estamos metidos? Y vas tú y encima quieres que te dé a unos hombres para perderte entre las ratas.

—Mañana puede ser tarde, señor.

—Sí, sí, lo de la cárcel secreta y todo eso, ya me lo has dicho.

—Tártaro existe.

—Y está en el subsuelo de Madrid, ¿no? Pues mañana seguirá estando ahí. Ven a verme y a ver qué podemos hacer. Y ahora, si me permites, por favor…

Ella salió del despacho, pero una vez en el pasillo le arreó un fuerte puntapié a la primera papelera que encontró. Cuando llegó a la sala del grupo VII tuvo que afrontar a los suyos y hacerles un gesto de negación: nada. No había conseguido nada. Algunos soplaron y otros afirmaron lo

Página 409

que ya sospechaban, que a los de arriba poco les importa Yani. Eso, y que la existencia de Tártaro se hace difícil de creer.

—Disculpa, jefa —dice Marga con rostro apurado y el móvil en la mano—. Es que me acaban de llamar de la escuela, que tengo que ir a por la peque…

—¿Ha pasado algo? ¿Belén está bien?

—Sí, es solo que han alertado a todas las escuelas por la previsión de lluvias torrenciales y tormentas, que pueden afectar a algunos edificios y que debían mandar a los alumnos a sus casas. Así que nada, me toca ir a buscarla y ver qué hago con ella. No sé si mi vecina del segundo, que es normalmente quien se queda con ella por las tardes podrá ahora, la verdad, pero a ver… Qué otra cosa voy a hacer, si no. Me han dicho en el cole que es una alerta roja.

—Pues claro. Ve, ve, tranquila.

Marga le da las gracias a la inspectora y se va, poniéndose la chaqueta al galope.

—Qué pereza —comenta Omar—, con lo feo que se pone Madrid cuando llueve. Ya veréis ya, en unas horas el metro estará inundado, estaciones cerradas, y agua entrando en hospitales y hasta en el Banco de España.

—El problema es que no se limpian las alcantarillas y el agua no va a donde tiene que ir.

—Es una batalla perdida. Como los políticos no cogen el metro… Tania se queda en medio del coloquio con la mirada desenfocada,

metida en sus propios pensamientos. Últimamente siente que ha hecho un máster del subsuelo de Madrid: sabe que la capital cuenta con treinta y seis tanques de tormentas, gestionados por el Canal de Isabel II, siendo el de Arroyofresno el más grande. Se trata de un depósito de dos plantas con una capacidad de 400 000 metros cúbicos que se encuentra a ocho kilómetros de la Puerta del Sol.

¿La función de estos treinta y seis tanques de tormentas? Recoger el agua que cae sobre Madrid para evitar inundaciones. La filtran y, de manera controlada, la van soltando en el Manzanares.

La gran mayoría de las madrileñas y los madrileños ignoran la existencia de estos tanques de tormentas, sin embargo, arquitectos de todo el mundo vienen a la ciudad para aprender sobre este complejo sistema subterráneo. De no existir, Madrid se vería inundada cada dos por tres, con

Página 410

destrozos severos y de difícil solución. En tiempos pretéritos, así era. Pablo seguro que tendría algún recuerdo, piensa Tania, y la tristeza la araña de golpe, sin avisar siquiera.

Se queda quieta. Le sobreviene un pensamiento que se incrusta en su cabeza y empieza a chillar.

Se dirige a su despacho y coge el teléfono. Llama al Canal de Isabel II y después de que la mareen un buen rato consigue hablar con la subdirectora de conservación de infraestructuras.

—Disculpe que no la atienda con mayor tranquilidad, inspectora, pero ya se podrá imaginar el marrón que tenemos encima…

La peor de las pesadillas se confirma cuando la mujer le explica, muy atorada, que algunos tanques de tormentas están dando problemas. Y sí, uno de ellos es el de Arroyofresno.

—Que no solo es el más grande de Madrid. ¡Es el más grande del mundo, figúrese! Pues resulta que tanto el de Arroyofresno como otros cinco tanques más se niegan a abrir sus compuertas. No sabemos qué puede estar pasando.

—Entiendo que no es algo habitual, ¿no?

—Qué va. Nuestros técnicos llevan todo el día mirando los sistemas, pero ya no saben qué hacer. La AEMET nos ha prometido que se espera el Diluvio Universal para dentro de un rato. Así que, si cuando empiece a caer no hemos conseguido que se abran los tanques, estamos perdidos. Esto va a ser un desastre.

—Si el agua de la lluvia no puede entrar en los tanques…

—Inundará la red de metro, las alcantarillas… Todo. Todo el subsuelo.

Lo que le digo, un desastre en mayúsculas.

Tania no escucha más. Siente que se hunde en la silla, con una certeza en su cabeza.

—Van a inundar Tártaro —dice para sí misma—. Dios…

Página 411

5

Transcripción de la llamada al 091 Centro Nacional de Policía, recibida el 25 de marzo a las 20:03h.

TELEOPERADORA: 091 Policía, dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

HOMBRE: Ehm… llamo porque… Es que no sé cómo decirles…

TELEOPERADORA: Primero identifíquese, por favor, ¿cómo me dirijo a usted?

HOMBRE: Me llamo Agustín Fernández Ramírez.

TELEOPERADORA: Muy bien, Agustín, ¿cuál es el motivo de su llamada?

HOMBRE: Es que… Va a parecer una locura, pero mi jefe me ha dicho que les llame a ustedes y…

TELEOPERADORA: Ha hecho bien, tranquilícese y cuénteme, ¿desde dónde nos llama?

HOMBRE: Desde el Ateneo de Madrid, soy uno de los conserjes, el que hoy está de tarde hasta el cierre.

TELEOPERADORA: Muy bien, ¿y qué ha ocurrido?

HOMBRE: Resulta que hace un rato estaba aquí, en el mostrador de la entrada rellenando el parte, cuando… Cuando han entrado cuatro encapuchados.

TELEOPERADORA: ¿Cómo dice, cuatro encapuchados?

HOMBRE: Como en las películas, iban cargados con bolsas y vestían de negro, incluso llevaban chalecos antibalas, le estoy diciendo la verdad.

TELEOPERADORA: ¿Siguen ahí?, ¿están a su lado, Agustín?

HOMBRE: No, no, en cuanto han entrado se me ha acercado la que entiendo que era la líder, o eso me parecía, y me ha dicho que estuviera tranquilo, que no me iban a hacer nada. Después se han ido a la galería de los retratos.

TELEOPERADORA: Vamos a ver, ¿pero y qué ha pasado?

Página 412

HOMBRE: Uno de ellos ha sacado un martillote así de grande y han tirado una pared al suelo.

TELEOPERADORA: ¿Cómo?, ¿una pared?

HOMBRE: Sí, el acceso a un túnel secreto que tenemos aquí junto a las escaleras.

TELEOPERADORA: Agustín, le recuerdo que no están permitidas las llamadas de broma a la policía. Está penado.

HOMBRE: No, no, no estoy de broma, se lo prometo. Ya le dije que no sabía cómo decírselo.

TELEOPERADORA: Unos compañeros están de camino al lugar, deberían llegar en pocos minutos. Entonces, ¿siguen ahí esos encapuchados?

HOMBRE: Se fueron por el túnel. Por eso llamo, también, porque me lo ha dicho mi jefe, pero también ellos…

TELEOPERADORA: ¿Ellos mismos han pedido que se llame a la policía?

HOMBRE: Con el ruido del martillo pues ha empezado a salir toda la gente: del ensayo de la obra de teatro en el auditorio, de la presentación del libro en la sala Cacharrería, los que estaban estudiando en la biblioteca… Todos, vaya, hay incluso quien lo ha grabado con el móvil. Y una de esas personas les ha dicho: «Vamos a llamar a la policía», a lo que la líder ha contestado: «Hará bien. Por favor, cuando lleguen les dicen que nos sigan». Entonces se han metido por el túnel, y adiós.

Página 413

6

Cuando la boca del túnel ha quedado atrás y se saben solos, se quitan los pasamontañas.

Tania es la primera; respira agitada y contempla al resto del grupo VII: Omar, Eneko y hasta Marga, que ha llegado la última y aun así se ha apuntado sin dudarlo.

—Marga, mira que es una misión suicida —le dijo Tania con la mayor

gravedad en plena reunión—. No sabemos cómo puede acabar la cosa y

Belén solo te tiene a ti.

Pero ella no vaciló.

—Si yo estuviese allí abajo, seguro que Arturo se apuntaría.

—Puto Disyóquey —dijo Eneko—. Lleva nada con nosotros y mira que se le coge cariño al tío.

—Y eso que el tío es mustio, ya podría sonreír aunque fuese un poco —comentó Omar—, pero hay que quererle tal y como es.

Tania miró con orgullo a su equipo. Y es que cuando se plantó ante ellos y les contó sus sospechas no las tenía todas consigo. Sabía que sonaría como una loca y que el plan que se le había ocurrido no podía ser más descabellado. Pero todos la escucharon y dijeron que sí sin pensarlo.

—Dudo que Miravete nos deje acceder a la armería… Y bajar allí sin armas sería de locos. Eso sí que sería un suicidio.

—¿Entonces, jefa?

—Voy a hacer una llamada, pero prefiero que no sepáis a quién, que al menos en ese punto podáis alegar ignorancia.

Se retiró a su despacho y recuperó el número de Poli.

—Tania, siempre es bueno hablar con una mujer bonita —dijo el hombre nada más responder—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Poli, creía que nunca iba a decir esto, pero necesito ayuda y solo tú puedes echarme una mano.

Eso llamó la atención del propietario del garaje, que le pidió a la inspectora que hablase con claridad.

Página 414

—Tengo una lista de la compra, por así decirlo. Unas cosas que necesito urgentemente. A poder ser para hoy mismo.

—Cosas que entiendo que no puedes conseguir en una ferretería.

—Eso me temo.

—¿Es alguna jugarreta para pillarme en algo? Mira que mi Juanjo tiene partido este sábado y me gusta ir a insultar al árbitro.

—Tengo más posibilidades de caer yo que tú. Y seré muchas cosas, pero nunca una bocazas.

—Solo dime, y si está en mi mano, te ayudo. Para eso están los amigos, ¿no?

Dos horas después, Tania localizó una furgoneta negra con matrícula falsa aparcada en una calle cualquiera, fuera del alcance de cualquier cámara. En ella encontró exactamente lo que había pedido; de ahí el ariete, los chalecos antibalas, las armas de gran calibre, las linternas de largo alcance, ganzúas y hasta un par de granadas de mano.

Los miembros restantes de la Brigada fueron llegando al lugar indicado y se vistieron y armaron dentro de la furgoneta.

—¿Habéis hecho vuestras llamadas?

Todos asintieron. También Tania se había despedido de los suyos ante cualquier eventualidad que pudiera pasar: al salir de comisaría había bajado a los calabozos a ver a Raúl y había llamado a Bruno, que estaba jugando a la Play con sus amigos.

—Muy bien, pues… sigamos.

Y así es como han llegado a donde están ahora, en la oscuridad más absoluta, en un túnel construido hace casi cien años y abandonado hace casi otros tantos. Tania tiene miedo de estar arrastrando a su equipo a una muerte segura, pero ya están aquí, ya no hay marcha atrás.

Solo pueden ir hacia delante.

En busca de Tártaro.

Página 415

7

Es la última vez que se verán. Arturo y Petra se cogen de la mano, pero apenas se miran cuando un grupo de centinelas entra en la celda. ¿Se dicen algo? Nada, no se dicen nada. Arturo echa hacia atrás a Petra y da un paso al frente.

—Ha llegado la hora —dice el guarda que empuja a Arturo hacia el pasillo.

No es necesario un segundo empujón. Arturo sale por su propio pie. Piensa en girarse hacia Petra, pero le parece que es mejor dejar las cosas como están. Cuando el destino llama, todo lo demás pierde protagonismo. Deja que el pelotón de cinco centinelas le guíe por unos pasillos laberínticos de sobra conocidos. Intuye, o cree intuir, el objetivo de aquel paseo: la galería B, la más grande de todas.

No hay huéspedes. Solo silencio. Y Franz en el centro, esperándolos. Los centinelas esposan a Arturo a una argolla maciza de cobre que hay

junto a una pared, acorralándolo.

—Tú, por aquí, sígueme —dice el guarda que se ha quedado en la celda—. ¡Que me sigas!

—¿A dónde? —pregunta Petra.

—Que vengas. Son órdenes del jefe, ¿tú entiendes lo que es eso?

No parece tener ganas de que lo rebatan. Petra no se la juega y decide no tentar a la suerte. Sale de la celda y sigue a ese centinela por donde le indica, en sentido contrario a donde ha ido Arturo. No puede evitar mirar atrás, pero sabe que es absurdo. Entonces teme escuchar disparos en cualquier instante y eso hace que se detenga, aterrorizada. Se lleva las manos al pecho. Pero el guarda sigue caminando y ella se obliga a reemprender el paso. Con el movimiento espera empezar a sentirse mejor,

Página 416

pero no hay manera. La congoja se le ha pegado a las tripas y ya no la quiere abandonar.

—Quiero ver a tu jefe —dice en vano—. Que quiero ver a tu jefe.

—Shhhhhh. Tú sígueme, que no tenemos toda la noche.

El guarda la conduce con grandes zancadas. Parece apurado, como si tuvieran el reloj en contra. Cruzan la puerta principal; la que separa la zona de los detenidos de los pasillos de servicio exclusivos del personal.

Llegan a una habitación repleta de taquillas.

—La tuya es la 23623 —dice el guarda—. Rápido, coge tus cosas. Ella lo hace así. Las taquillas no están cerradas con llave. Eso sí que es

confianza en el personal. Petra tiene una idea.

—Voy a abrir la taquilla de 24601. Es mi amigo, y total, él ya no necesitará sus cosas, ¿no?

—Haz lo que quieras, pero rapidito.

Petra busca la taquilla con el número de Arturo. La abre y lo primero que coge es la bolsita transparente para la recogida de pruebas. Sí, la que contiene el trozo de vidrio. Petra se felicita por haberse acordado de algo así en un momento como este, y siente orgullo.

Acto seguido, la mirada se le va a lo que realmente ha ido a buscar… Ahí está la H&K USP Compact de Arturo. —Vamos, guapa, date prisa, ¿quieres?

El guarda levanta la mirada de su reloj de pulsera y no le da tiempo de ver que es tarde. Demasiado tarde para todo. Incluso para despedirse de la vida.

Apenas escucha el disparo antes de que atraviese su cabeza.

—¿Unas últimas palabras?

Arturo no responde. A decir verdad, ni ha prestado atención a lo que ha dicho Franz; ver al pelotón delante de él con las armas preparadas es una imagen demasiado poderosa.

Solo hace un gesto de negación.

—Esto no debía terminar así —dice Franz.

El policía comprueba la dureza de la argolla y la cadena que lo mantiene con las manos atadas. Poco puede hacer. Respira hondo y levanta la cabeza. Se dedica a repasar a todos y cada uno de aquellos centinelas

Página 417

dispuestos a fusilarle en los próximos segundos. Arturo recuerda las lecciones de psicología en la Academia: hay que mirar a los ojos de tu atacante, es la manera de que algo haga clic en su interior. Pero él observa a esos hombres con máscaras y piensa que deben de ser puros psicópatas. ¿Cuánto tiempo pueden llevar haciendo lo que hacen? De tener un mínimo de ética, habrían tratado de actuar, lo que fuese, como en su día intentó Alberto Gómez. Aunque mira cómo acabó, se responde enseguida. ¿Acaso se puede hacer algo contra un coloso tan bien asentado?

Piensa entonces que quizá debería rogar por su vida. Sí, eso es. Implorar compasión, una última oportunidad, manifestar su arrepentimiento por no haber matado al Pellejero ya el primer día y así haber saciado su sed de venganza. Pero Arturo es como es, y sabe que eso no va con él. Él aceptó su muerte hace mucho.

Hace un gesto a Franz para que prosigan.

Correr de esta manera, desbocada y sin mirar a los lados, y con una pistola en la mano es una forma de pedir a los cuatro vientos que te maten. Pero eso no impide que Petra no imagine otra manera de actuar. No ahora. Ni siquiera es consciente de lo que está haciendo. De tener un poco de sentido común, le hubiese seguido el juego al centinela que acaba de matar; si acaso, hubiese escapado de Tártaro justo después. Alguien cuerdo no da media vuelta, estando tan cerca de la salida, y se dirige al corazón mismo del averno.

El ruido metálico de sus zancadas por los pasillos se le mete en los oídos y lo copa todo.

Siente el peso del arma reglamentaria de Arturo en la mano.

Tratar de guiarse por el laberinto con la adrenalina disparada no es fácil. Apenas hay guardas, ¿por qué? Es como si hubiesen dejado solo a los imprescindibles para que el lugar funcione, pero ya. ¿Cuál puede ser el motivo? A Petra le aterra la posible respuesta.

Intuye que habrán llevado a Arturo a la galería más grande. Tártaro no dispone de paredón, pero es el espacio más grande y, a priori, el más indicado para semejante fin.

Sí, ahí está.

Página 418

Se agacha junto a una barandilla del piso superior de la galería, sin soltar la pistola. Se asoma mínimamente. No quiere que adviertan su presencia. Su cabeza no deja de hacer cálculos: ahí abajo hay cinco centinelas más Franz, que es de suponer que también va armado, aunque sea con una pequeña 9mm.

—Mierda.

No puede enfrentarse a seis personas armadas y bien entrenadas con una simple H&K. No cuando, encima, Arturo está atado e indefenso a pocos metros.

Piensa, Petra, piensa, se dice a sí misma. El tiempo apremia y no espera a nadie.

—Muy bien, pues, sigamos —indica Franz al pelotón.

Ella se asoma. No puede ser. No, por favor. Un poco más de tiempo. Solo un poco más. No…

Ante la indicación de su jefe, los centinelas levantan sus armas y apuntan a su presa.

Arturo quiere temblar, pero su cuerpo no reacciona. Decide no desviar la mirada, observar de frente a sus asesinos. Es así como aprecia la oscuridad de los cañones de esas MP5-A5. Se pregunta si llegará a apreciar los chispazos, las balas viniendo hacia él.

No, claro que no.

Levanta la mirada y la ve. Ahí escondida, agazapada.

Petra y él intercambian una mirada. Es solo un segundo.

Arturo se obliga a centrarse de nuevo en el pelotón para que nadie repare en ella.

Los guardas tienen los dedos preparados en el gatillo. No hay rastro de nerviosismo en ellos. Tampoco de duda. Ni siquiera se mueven.

—¡Fuego! —dice Franz.

Y el pelotón dispara. El sonido es atronador.

Página 419

8

—¿Qué ha sido eso?

Tania levanta la mano y los demás se detienen. Prestan atención, pero no escuchan más que sus propias respiraciones agitadas y el crepitar de las gotas de agua.

—Disparos —asegura Eneko—. Han sido disparos.

Se sobrecogen. Se miran entre sí. El cansancio empieza a hacer mella y eso provoca, no solo que les flaqueen las fuerzas, sino también la determinación. El frío empieza a filtrarse en ellos y amenaza con congelarles la sangre. Ninguno se atreve a reconocerlo, pero a todos les empiezan a surgir las dudas. ¿Y si esto ha sido una majadería? ¿Qué hacen ellos ahí, en esos túneles, buscando Tártaro? Son de la Judicial, no de las Fuerzas Especiales. Se sienten ajenos, como si estuvieran jugando a las peliculitas en lugar de transitar la vida real.

—Sigamos —dice Tania.

Reemprenden el paso por el túnel de paredes mugrientas. Correteo y chillidos de ratas. Eneko ha de ir algo encorvado para no darse en la cabeza con algún tubo o saliente. Omar se mueve abruptamente para evitar a unas cucarachas.

—¿Qué? —les dice a los demás ante sus miradas incrédulas—. Me dan asco, joder.

Siguen su rumbo hacia ninguna parte y llegan a una gran intersección de túneles.

Observan ante sí una inmensa escalinata que desciende en espiral. Todos se abocan al vacío y tratan de observar el fin de aquella senda,

pero apenas ven nada. Es la imaginación la que toma las riendas.

La inspectora piensa que debería dedicar unas palabras reconfortantes a su equipo, levantarles los ánimos, pero sabe que no le quedaría natural. Han escogido estar aquí. Ya no pueden dar media vuelta.

—Pues venga, vamos.

Escalón tras escalón se adentran en la boca del inframundo.

Página 420

9

Petra no piensa. Silencia un grito mordiéndose los dedos, encogida en su escondite. El eco de los disparos sigue rebotando en las paredes. Tampoco el olor le es indiferente; una peste corrosiva ha empezado a extenderse por el ambiente.

Cuando al fin llega la calma y la galería parece caer en el reposo, se da cuenta de su padecimiento. Se enfada consigo misma. Cualquier sollozo que no consiga reprimir la delataría; haría que la encontrasen y eso no lo puede permitir.

Aunque, ¿y qué? ¿Qué más da? Y decide acallar su mente. Le cuesta mucho, la vida entera, pero toma la decisión de asomarse. Ha de mirar. Ha de hacerlo.

Tres, dos, uno y… contiene la respiración y mira hacia abajo.

Arturo abre los ojos. Por fin se atreve a hacerlo.

Aún alcanza a ver a algún que otro centinela bajando el arma. No lo entiende. Lo primero que piensa es que la fiebre le sigue nublando el juicio. Pero no. Todo es muy real. Entonces es que está muerto, conviene dentro de su cabeza. Eso es. Su espíritu se ha separado del cuerpo y enseguida se verá a sí mismo acribillado, emanando sangre y más sangre.

Mira a un lado y a otro. Descubre que la pared que tiene detrás sí está toda agujereada con cientos de balas incrustadas.

El pelotón se mantiene firme, con sus armas preparadas, cogidas con las dos manos.

Franz se acerca. Lo observa de arriba abajo colocándole la mano en el hombro.

—¿Por qué? —pregunta Arturo. Lejos de alegrarse por seguir respirando se deja inundar por el temor. Si no lo han matado es porque el destino le depara algo peor.

Página 421

—Necesitabas renacer, amigo mío. Aún no lo ves. Es normal, es pronto. Pero el Arturo que conocías, el que entró aquí, ha muerto hace un minuto. Ahora eres un hombre nuevo, sin esos miedos y esas dudas que te reprimían.

A continuación, se gira hacia uno de los guardas y le hace una indicación.

—¡Traedlo!

Después se escuchan pasos que se acercan por uno de los túneles. Arturo tarda en alzar la mirada. Tiene miedo de sí mismo, de no ser tan

fuerte esta vez. Cuando ve aparecer a Isidro Laínez Feijóo, empujado por los guardas, se da cuenta de qué es peor que la muerte. Al menos para él. Convertirse en lo que siempre ha odiado.

Un rayo de luz se cuela en el rostro de Petra, que enseguida se controla y se exige serenidad, lucidez para tomar una decisión. El reloj sigue moviéndose. Ha de pasar a la acción.

La sala de seguridad, se dice. Ahí es donde sabrán qué se cuece y donde quizá…

Traza un plan; ligero, muy por encima. Pero al menos es un plan. Ya es algo a lo que agarrarse. Sale de su escondite y recorre el pasillo de la derecha, que la llevará a su destino.

Las esposas caen al suelo y Arturo se toca las muñecas doloridas. También se aleja de la pared, dándose cuenta de lo débil que se siente, más que por la huella de la fiebre, por el miedo que aún no le ha abandonado.

Desvía su mirada de Franz al Pellejero, oscila entre uno y otro. Franz se mantiene de pie, confiado, al lado de los centinelas; el Pellejero está de rodillas, tirado en el suelo.

El ambiente pesa, las paredes sollozan. No auguran nada bueno. Solo hay que prestar atención para escucharlas.

Franz saca de detrás de su pantalón una Walther P88 de 9mm. La deja en el suelo y la chuta hacia los pies del inspector.

Página 422

—No —dice Arturo—. Ya te dije que no lo haría.

—Y yo me empeño en darte otra oportunidad.

Arturo observa la Walther a sus pies.

—Ah, y sé lo que estás pensando —sigue Franz—: Solo tiene una bala. No te daría para todos nosotros, ¿verdad? Al menos cógela, Yani, no me hagas ese feo.

Él obedece. Cuando yergue la espalda con la pistola en la mano, de golpe, recobra la vitalidad. Se siente fuerte, poderoso, con las riendas del destino en su poder. Qué sensación.

—Mi respuesta sigue siendo «no».

—¿Sabes qué? He estado pensando mucho, y mea culpa. La vez anterior te puse muy fácil el dilema. «Lleva a un hombre al precipicio de un volcán y conocerás su naturaleza». Pues bien, vamos a ver…

Saca un dispositivo móvil y lo activa.

—¡Ah!

Arturo se retuerce del dolor. La cabeza, la puta cabeza.

Se lleva las manos al costado izquierdo, al lado de su no-oreja. Le va a explotar la cabeza. Jura que le va a explotar.

—Imagino que estarías preguntándote por qué te pondríamos el chip para fusilarte después, ¿no? Ahí lo tienes. Comprobemos la firmeza de tu decisión… Y no, no busques un cuchillo como hizo nuestra amiga en común. Hemos aprendido de nuestros errores y tu dispositivo está alojado junto al cráneo. No te lo podrás quitar, hazme caso. No tienes salida.

Arturo apenas lo escucha. No puede prestar atención a nada más que no sea el dolor de su cabeza. Dios… Y se hace consciente de que realmente le va a estallar.

—Tienes diez minutos para decidirte.

Un impulso, dominado por el instinto de supervivencia, hace que Arturo levante el arma y apunte al Pellejero, que ni siquiera se ha dignado a mirarle en todo el rato.

Con la cabeza en ebullición es imposible pensar. Mucho menos ser racional. Arturo se pregunta que por qué no y consigue elaborar una mínima lista mental:

Mataría a un secuestrador y asesino de niños, la mayor escoria del mundo.

Está en un lugar ajeno a leyes y entendimiento como es Tártaro.

Página 423

Está bajo coacción.

Y lo más importante: vengaría a su hermano.

¿Quién se atrevería a reprocharle en caso de que apretase el gatillo? Nadie, absolutamente nadie. Incluso le felicitarían y le darían una medalla al mérito. A la vez se dice que no se engañe, que si no se atreve a matar no es por tener unos principios firmes —eso solo está bien de cara a la galería

— no, lo que pasa es que le da miedo que algo cambie en su interior. Eso, y que la imagen del último segundo de vida de su víctima se enquiste en su alma y haga metástasis, que sus recuerdos la evoquen cada vez que cierre los ojos y eso le haga caer en la locura de la culpa.

Aun así, y contradiciéndose a sí mismo, de repente siente el dedo que reposa en el gatillo mucho más pesado. No, no es pesadez, es un atisbo de decisión.

Página 424

10

¡Chop, chop! ¡Chop, chop! El suelo del túnel inferior está encharcado. No mucho, lo justo para dificultar el avance y que los pasos de los cuatro miembros del grupo VII se hagan excesivamente sonoros.

—No sé para qué nos hemos vestido de negro, con este ruido —dice Marga—. Como si nos hubiéramos puesto unos chalecos fosforitos, ya te digo.

Con todo, algo bueno debía de tener la presencia de esa agua. Y es que no está estancada, goza de un ligero movimiento, y esa mínima corriente muestra el camino.

Ninguno se confía. Tienen los dedos agarrotados en sus armas y linternas. Los haces de luz se mueven con cada paso y, de vez en cuando, alguno se obliga a girarse para enfocar el camino que dejan atrás. Es impresionante comprobar el negro absoluto del subsuelo. Resulta aterradora la mera idea de perderse en un lugar como ese.

—¡Mirad!

A lo lejos hay luz. ¡Luz! Apagan sus linternas y se aproximan con la máxima precaución. El túnel se ensancha y aquello parece más bien una plaza llena de moho.

No necesitan decir nada. Lo saben. Qué otra cosa podría ser esta puerta enorme que tienen enfrente.

Los cuatro miembros del grupo VII se quedan parados, de pie, inmóviles. Esto sí que no se lo esperaban: la entrada está abierta.

Ante ellos tienen el acceso a unas instalaciones que bien podrían ser un búnker, un submarino o un almacén militar. El lugar parece limpio, cuidado. Y no hay nadie. Ni un alma. Esto se le antoja a Tania aún más extraño, ¿quién deja la puerta de una cárcel abierta y sin vigilar?

Mira a sus pies y comprueba que el agua, que está cada vez más alta, se adentra en aquel pasillo.

Página 425

11

La cabeza del jefe de seguridad de Tártaro se incrusta en el monitor. Tiene la nariz rota y se le ha roto algún que otro diente.

Petra le pone las manos en la cabeza y lo mantiene contra el monitor. —Como me estés mintiendo, te juro que…

Le retuerce el brazo. El hombre suelta un alarido. La sala de seguridad está destrozada después de la pelea. Sillas caídas y mesas volcadas.

Petra está sin aliento y tiene el labio partido. Da gracias porque los servicios mínimos de la seguridad en Tártaro hiciesen que solo hubiese un hombre en la sala. Bastante le ha costado tumbar a este gorila.

—Y cómo piensan hacerlo, ¿eh? Dime.

Retuerce un poco más el brazo. El hombre, sudado y cansado de tanto gritar de dolor, la mira de reojo. No responde. Solo señala una pantalla que hay arriba a la derecha.

Petra reconoce las imágenes al instante. Lluvias torrenciales en todo Madrid. También hay datos a tiempo real de la AEMET.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Si se mantiene constante, antes del amanecer estará todo inundado.

La última salida de trabajadores está marcada para las cinco y media.

Aún hay tiempo, piensa Petra, poco, pero algo hay. Ha de hacer algo, pero ¿qué? Solo necesita un segundo para decantarse por una opción.

—¿Cómo abro las puertas de los presos desde aquí?

—¿Cuáles quieres?

—Todas.

El enésimo aullido de dolor hace que Arturo deje de apuntar al Pellejero y lleve sus manos de nuevo a su cabeza. ¿Cuánto tiempo le queda antes de que el chip le reviente por dentro?

Arturo consigue abrir los ojos, muy ligeramente.

Página 426

Franz lo mira con seriedad y algo de malicia. El Pellejero ni eso.

—Acaba con todo esto, Yani. Acepta vivir. Renace por completo.

La voz de Franz se hace un hueco entre la bruma de su cabeza. Arturo sabe que igual tiene razón, que ha de disparar. Disparar y ya está. Descansar, por fin. Vivir. Sí, vivir.

Cuando está a punto de tomar una decisión se escucha un chasquido.

A lo lejos.

Pero Tártaro está tan sumida en la calma que aquello provoca que todos muestren su desconcierto y miren, inevitablemente, al túnel.

Se oyen algunos chasquidos más.

Uno tras otro.

Muchos.

Son las puertas de las celdas abriéndose, piensa Arturo.

—¿Qué está pasando aquí? —dice Franz, que se gira hacia los guardas —. Tú, ve a la sala de seguridad. Mira a ver qué ocurre.

Un guarda sale corriendo hacia uno de los pasillos, pero cuando está a punto de torcer a la izquierda y desaparecer, recula un par de pasos; levanta el arma sin disimular sus nervios y se une de nuevo al pelotón.

Los presos emergen por todas y cada una de las bocas de la galería. Se miran los unos a los otros con gestos interrogativos, con los brazos bajados, debilitados por la desnutrición.

La imagen le parece preciosa a Petra. Ver a todos esos presos saliendo de sus celdas, desorientados y preguntándose qué diantres pasa aquí, hace que se le encoja el corazón.

Sin soltarle el brazo al gorila de seguridad, consigue que se siente en una silla, frente a una mesa llena de botones y un micro.

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Enseña su pistola. Pero no hace falta. Ese hombre está vencido, humillado.

—Venga, obra tu magia —dice Petra.

Página 427

—24601, ¿qué está pasando?

Gandhi se acerca desbocado. También Sabina, Cortázar y Paul Atreides.

—¿Tú sabes algo?

Arturo los mira, pero bastante tiene con no derrumbarse, con resistir el dolor de cabeza. Los demás observan el arma en su mano y al Pellejero delante de él y atan cabos.

Todos los altavoces de Tártaro emiten un chirrido. La megafonía se ha activado.

—Aquí Espinosa, jefe de seguridad… Actualmente se está facilitando la entrada del agua que ya está empezando a inundar el alcantarillado y, en las próximas horas, todas las instalaciones de Tártaro serán abandonadas por todo el personal.

Pausa.

El hombre del micrófono parece estar hablando con alguien. Mientras tanto, nadie, absolutamente nadie se atreve a preguntar en voz alta, a comentar algo al compañero de al lado y ni siquiera a andar; no se desea el más mínimo ruido.

—¡Ah, no me pegues! Como aclaración… Solo decir que todos los huéspedes de Tártaro serán confinados y abandonados a su suerte. Se espera que todos mueran ahogados.

La comunicación se corta abruptamente.

Los presos se miran con gravedad. El ambiente empieza a caldearse.

Más de uno se gira hacia Franz y el pelotón de guardas.

—Eh, ¿qué carajo ha dicho el tío ese?

—No será verdad, ¿no? ¿Verdad que no?

La tensión va en aumento. Los centinelas apuntan a los presos al pecho. No hay ni un metro de distancia. El ruido en el ambiente no hace más que aumentar de decibelios.

Un reo avanza implacable, le da un guantazo al cañón de la MP5-A5 que encuentra a su paso y llega hasta un guarda. Esto asusta al centinela de al lado, que efectúa el primero de los disparos.

Lejos de horrorizarse, de arrodillarse o de huir, los presos se envalentonan y aúnan sus voces en un grito común. El disparo ha indicado el principio del fin.

Los guardas envuelven lo mejor que pueden, en un círculo, a su jefe y se retiran hacia el túnel más cercano.

Página 428

Arturo ve el dispositivo móvil en la mano de Franz, que se va lejos, inexorable, hasta perderse en el horizonte que ofrece aquella salida.

Hay disparos. Por el rugir de la muchedumbre, Arturo se imagina que más de uno está cayendo. El problema para los centinelas es que hay muchos detenidos en Tártaro, demasiados.

El dolor en la cabeza le impide a Arturo realizar un cálculo aproximado, pero tocan muchos huéspedes por guarda. Aun así, los centinelas están muy bien armados. Se escuchan disparos y gritos por todos los rincones. No solo quedaba el pelotón de fusilamiento, también había guardas dispersos por las instalaciones.

El caos está desatado.

Tanto que Arturo ha perdido de vista a sus conocidos. Está solo en medio de una marabunta en constante movimiento, en plena euforia. Pero él no puede más. No sabe cuánto tiempo le queda antes de que su cabeza explote, cada vez menos.

—Deberías matarme —dice el Pellejero.

—¡Cállate!

Petra aparece de pronto entre el gentío.

—Rápido, tenemos que irnos.

Arturo no responde. Solo aúlla de dolor, una vez más, con las manos en la cabeza.

—¡No! —dice ella—. No, no, no, no puede ser, ¿te lo han activado? —Tengo una idea, pero… pero es una locura —dice Arturo intentando

pensar, pese a todo—. ¡Acompáñame a la clínica, vamos!

La coge de la mano y se van corriendo. Están a punto de ser arrollados por varios reos al cruzar la galería, pero no pueden pararse a mirar.

Página 429

12

—¿Qué, entramos? —pregunta Marga.

Tania da el primer paso. Con el arma en alto, guiando a su equipo hacia quién sabe dónde. Nada bueno, eso seguro. De fondo se escuchan disparos y súplicas, como si estuviesen irrumpiendo en una batalla campal.

No es solo el ruido angustioso, también es la imagen que tienen delante, el escenario que están recorriendo. También los pies mojados. El agua ya llega casi a las rodillas. A medida que se mueven, a su alrededor van emergiendo olitas.

Flotando en el agua, como si estuviese representando el personaje de Ofelia, un hombre enmascarado. Un guarda. Muerto. ¿Quién…?

A lo lejos, otro grito. Esta vez pidiendo auxilio. Le sigue una ráfaga de disparos y después nada, el silencio. Un silencio con poso, con reverberación y sabor a tragedia.

Una tos les obliga a girarse. Lo hacen todos de golpe, encañonando con nervios.

Es el guarda, que tose. No está muerto. No del todo, al menos. Intenta hablar, pero no puede más que toser. Tania le coge la mano. —Somos de la Policía. Necesitamos contactar con el exterior, lograr

que vengan, ¿cómo lo hacemos?

No tienen cobertura en los móviles y, pidiendo refuerzos desde el mismísimo Tártaro seguro que les harán caso, planea Tania. Es la única manera de solucionar esto, recibir ayuda y evacuar las instalaciones. Ojalá a tiempo.

—Eh, mírame, nosotros podemos conseguir que te atienda un médico, pero para eso necesitamos que vengan a ayudarnos desde fuera. Solo así te podremos llevar a un hospital.

—La… La sala de seguridad… Eso, o el despacho del jefe… Pero… Pero está lejos, más cerca la sala de seguridad.

Escuchan las señas, interrumpidas por quejidos y toses; concluidas por el último aliento del guarda.

Página 430

Dejan el cuerpo flotando en el agua con gran pesar. El hombre está muerto, ya habrá tiempo de darle un entierro como es debido. Primero lo primero.

Página 431

13

Nada más entrar en la clínica se encoge del dolor.

Pero ni así le suelta la mano a Petra. Y eso que para llegar han tenido que atravesar hordas enfurecidas de huéspedes con los ojos bañados en sangre; tantos años mansos y ahora despiertan con hambre y sed. Los centinelas no se quedan atrás. Son minoría, pero están bien entrenados y tienen las armas a su favor, y también parece que tienen ganas de brega; como si todo ese tiempo de limitarse a controlar y vigilar hubiesen despertado un asco irreprimible contra esas gentes que no son más que piojos.

El caos al otro lado de la puerta dificulta que se concentren, pero es preciso que así sea. Arturo le cuenta a Petra su plan.

—¿Qué? —dice ella—. ¿Tú estás loco?

—Es la única manera. No me queda nada, igual dos minutos. ¡Joooodeeeeeeer!

Otra vez se retuerce de dolor. No va a invertir más tiempo en convencer a Petra. No puede permitirse ese lujo.

Empieza a buscar: mano izquierda en la cabeza, mano derecha para palpar y abrir armarios.

Le acerca a Petra un desfibrilador.

—Eh, mírame, ¡que me mires! ¿Lo sabes utilizar?

—¿Qué? No sé, ¡yo qué sé!

—No sé, no. ¿Lo sabes utilizar, sí o no?

—Sí, creo que sí. De un cursillo que hice hace un par de años.

Arturo mira a su alrededor.

—Por suerte, aquí el suelo no está encharcado —dice como un poseso. Repara en una máquina de rayos X. La examina encogido por el dolor,

pero sin tiempo de quejarse. Encima tiene un cuadro eléctrico.

Baja el interruptor.

Tira con fuerza de los cables de la máquina de rayos X y los pela con un cuchillo que encuentra en uno de los armarios.

Página 432

Después coge los cables con las manos.

—Estás loco —dice Petra—. No pienso hacerlo, ¡no!

—Escúchame, es la única solución: hay que freír el chip. Después me reanimas.

—Como si fuera tan fácil, ¿tú te oyes?

Pero no hay otra opción.

Arturo coge de un cajón un depresor lingual de madera y se lo lleva a la boca.

A Petra no le queda otra que acercarse a la caja de energía. Coloca su mano en el interruptor.

Se miran.

Él quiere utilizar sus últimas palabras para confesar algo. Pero se queda callado.

Petra asiente.

—Lo sé.

Después él cierra los ojos y aprieta sus manos alrededor de los cables. Ella acciona el interruptor y lo electrocuta: Arturo convulsiona durante unos segundos y cae muerto.

Página 433

14

Una muchedumbre les da la bienvenida nada más llegar a lo que parece ser un pabellón central de Tártaro. La entrada a una zona nueva, más envejecida, mucho más asquerosa y burda. Un hombre se abalanza sobre Tania, se le agarra al cuello, enfurecido; es Marga quien se lo saca de encima y lo reduce en el suelo. Hay muchos más atacantes. Son demasiados.

Omar dispara al techo, pero aquello no parece contener a ni uno solo de los hombres y mujeres que actúan como si fuesen un único organismo.

—No les disparéis —ordena Tania—. Pase lo que pase.

—¿Qué quieres, jefa, que nos maten?

—Tenemos que llegar a la sala de seguridad. ¡Rápido!

Huyen y Marga dispara al techo otra vez. Eneko le da una patada a un hombre para poder avanzar. Omar empuja a una mujer hasta una pared.

—Son muchos. No podemos hacer nada.

Tania reconoce las escalerillas que ha descrito el guarda antes de morir. —Corred, venga. ¡Ya!

Les sale al paso un centinela enmascarado que dispara a matar. Marga golpea el cañón del MP5-A5 y la bala se desvía. Eneko le da un puñetazo al guarda.

—Somos de la Policía —dice Tania—. ¡De la Policía!

Aquel hombre está colérico y no va a atender a explicaciones. En cuanto le sueltan, se va corriendo con su arma en las manos y dispara a una mujer que le salta encima.

Los policías enfilan las escalerillas y la altura les da cierta ventaja. O eso creen. Unos disparos les obligan a encogerse al máximo. Se giran y comprueban que es la mujer que ha saltado encima del guarda, que ha conseguido matarlo y robarle el arma.

—Rápido, rápido, ¡arriba!

Llegan a la puerta de arriba y está cerrada. Empujan, pero nada que hacer. Parece haber algo al otro lado. Tratan de echar la puerta abajo, pero

Página 434

es imposible.

—¡Iros! —dicen al otro lado—. Que os vayáis, hijos de puta.

—Somos de la Policía —responde Tania.

Se da cuenta de que hay una cámara de seguridad. Deduce que en la sala de seguridad los están viendo. Rebusca entre su ropa. Da con su placa y la enseña.

—Soy la inspectora Bilbao y ellos mis compañeros del grupo VII de la UDEV.

Consigue decirlo con el tono serio y autoritario que suele utilizar.

Unos segundos, y la puerta se abre.

—Rápido, entrad. ¡Rápido, va!

Los policías obedecen y el hombre vuelve a colocar un escritorio detrás de la puerta.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Tania, que al mirar al hombre ve que está herido. Tiene una brecha en la cabeza y media cara manchada de sangre.

—Me lo ha hecho una huésped. ¡Qué locura, la leche!

—Tenemos que contactar con el exterior, hacer que envíen refuerzos. —¿Qué? ¡No!

—¿Cuál es la alternativa?

El hombre se queda cavilando. Afuera se escucha cada vez más ruido y en las imágenes que devuelve el videowall todo es anarquía.

—Mierda, vale. Está bien.

Se sienta frente a un panel de controles. Se golpea las mejillas para serenarse y centrarse en lo que va a hacer, que no es otra cosa que traicionar el secreto que lleva guardando desde que entró a trabajar en Tártaro.

Maneja algunos comandos varias veces, de manera repetitiva con el rostro desencajado. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que algo no va bien.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta Marga.

—No… No me deja… —Toca los botones con pánico—. No puedo establecer contacto… nada. La gente de ahí fuera debe de haberse puesto a arrancar cables a lo loco, o vete a saber, no sé, pero no me deja enviar ninguna señal fuera de aquí.

—Tiene que haber algún protocolo para casos así de extremos, ¿no?

Página 435

—A ver… —El hombre piensa de manera acelerada. Tiene la cara roja, no solo de la sangre, sino también de la tensión acumulada—. Hay un último recurso, pero viendo como está eso ahí fuera… No sé yo, es imposible.

—¿En qué consiste?

—Hay… Hay una valija de telecomunicaciones en el despacho del jefe que debería funcionar. Es de tecnología militar y, salvo que esos salvajes la hayan destrozado, siempre puede establecer conexión con el exterior. Siempre.

Tania lo ve claro:

—Muy bien, ¿cómo llegamos hasta ahí?

Página 436

15

—Mierda, mierda, mierda. ¡Joder!

Presiona el interruptor del desfibrilador una vez más. Ya lleva cuatro intentos y Arturo sigue sin volver, tumbado y con los ojos cerrados. Muerto.

La nueva descarga del desfibrilador hace que el cuerpo del inspector se eleve por el pecho, donde tiene los parches. Ahora sí. Abre los ojos a la vez que suelta un grito. Parece ido, como si aún estuviese viendo el infierno. Petra se acerca y le coloca una mano en cada mejilla.

—Eh, ¡eh! Ya estás aquí, conmigo. ¡Eh, Arturo!

Se abrazan muy fuerte y, al sentir el cuerpo de Petra pegado al suyo, poco a poco, Arturo recuerda quién es, dónde está, qué pasa.

—¿Cuánto llevo…?

—No vuelvas a hacerme esto, ¿me oyes? Menuda responsabilidad, cabrón.

Arturo intenta ponerse de pie. Cae al suelo, vencido y traicionado por su propio cuerpo. Apoyándose en la pared consigue mantenerse sobre sus piernas tambaleantes.

—Hay que parar a Franz, puede activar el chip de todos los presos.

—¡No! —dice Petra—. Tú y yo nos vamos ahora mismo.

—¿Y qué pasa con los demás?, ¿los abandonamos a su suerte?

—¡Oh, venga ya! No sabes si les van a activar el chip o no, no me vengas con esas.

—¿Acaso tú no lo harías si te vieses acorralado? Petra baja sus ojos y hasta se aleja un par de pasos. —No tenemos por qué ser héroes.

—Solo es hacer lo correcto, ¿vienes o no? —¿Tú qué crees? —dice ella abriendo la puerta.

Página 437

16

Las órdenes de Tania han sido claras:

Omar debe andar el camino de vuelta por el subsuelo lo más rápido posible para dar el aviso y, aunque no les dé tiempo a enviar refuerzos antes de la inundación de Tártaro, que no todo haya sido en vano. Que esta maldita cárcel no sea secreta nunca más. El inspector se ha resistido, claro, le parecía la misión menos heroica, pero cuando Tania le ha repetido la orden, no ha replicado y ha salido corriendo. Cuanto antes llegue al exterior o a alguna zona con cobertura, antes podrá pedir ayuda.

Por su parte, Marga, Eneko y Tania están en un pasillo angosto y asfixiante. Las luces parpadean y eso dificulta aún más conservar la cordura. Cada cierto tiempo se quedan a oscuras, lo cual aumenta la paranoia, en cualquier sombra o recoveco hay una amenaza.

Se topan con una bifurcación. A la derecha o la izquierda. No saben hacia dónde tirar. Tratan de orientarse según las indicaciones dadas por el hombre de seguridad, pero entre sus nervios al hablar y los de ellos al escuchar, les cuesta guiarse por esas instalaciones diseñadas por el mismísimo diablo.

—A la izquierda —decide Tania sin mucha convicción.

Se chocan con un centinela que levanta su arma. Está tan asustado que es un milagro que no dispare.

—Baja el arma —dicen los tres policías al unísono—. ¡Que bajes el arma!

El guarda no lo hace, mueve el cañón de uno a otro.

—Hijo, no seas tonto —dice Tania.

Al hombre le cuesta, pero parece entrar en razón y lleva el cañón hacia sus pies.

—¿Dónde está el despacho de tu jefe?

Está demasiado asustado para responder, el centinela simplemente señala una dirección. Van bien, entonces. Los tres policías reemprenden el camino. Chop, chop. Chop, chop. En Tártaro hay desnivel, pero el agua ya

Página 438

cubre todo el suelo. No se dejan llevar por el pánico, van lentos, con las armas en alto. Y menos mal.

Las luces se apagan y no regresan. Se quedan en medio de la oscuridad que todo lo engulle. Cogen sus linternas y al encenderlas se llevan la peor de las sorpresas:

Cuatro hombres y dos mujeres, vestidos con harapos y los ojos desangelados, casi vacíos, mirándolos de frente.

—Somos de la Policía. No hagáis ninguna tontería. Solo queremos pedir ayuda al exterior. Sabemos que lleváis muchos años encerrados aquí. Os vamos a liberar.

—¿A liberar, dices?

Y los seis se echan a reír a costa de esos policías.

A sus espaldas se escucha un grito. Es un grito de muerte, el que se suelta antes de que te arranquen el alma. Tania sabe que es el centinela que han dejado atrás. Es decir, que también hay atacantes detrás de ellos, muy cerca.

Están rodeados.

Tania no baja su arma. Marga y Eneko tampoco.

—Si se mueven lo más mínimo, disparad a las rodillas —dice la inspectora.

Eso parece hacer más gracia aún a las seis personas que tienen delante.

—Creo que tendrías que mirar detrás de ti.

Tania no lo hace, pero sí escucha: decenas de pasos a sus espaldas. Muy cerca. Recoloca su dedo en el gatillo, con decisión. También lo hacen sus dos compañeros.

—¡Me arde!

Primero es un grito gutural, después otro, y aún se unen varios más. Todos aquellos hombres y mujeres empiezan a gritar, encogidos del dolor, con sus manos en las cabezas.

—¡Sacádmelo de la cabeza!

—¡Me quiero morir!

Ninguno de los tres policías se atreve a parpadear. Su alrededor se ha convertido en un panorama desolador. Impresiona ver a todas esas personas sufriendo, revolcándose por el suelo, ardiendo por un dolor interno que no alcanzan a comprender.

—Rápido, vámonos.

Página 439

Aprovechan el desconcierto para hacerse paso. Esquivan y hasta saltan por encima a más de uno, pero no esperan mayores señales del destino: aceleran el paso. Saben que la pesadilla no ha terminado. Aún no están a salvo.

Página 440

17

Escuchan los gritos de fondo. No necesitan explicaciones. Tampoco tienen tiempo de pensar. Han de pegarse a la pared más cercana con premura.

Por poco.

Si los hubieran visto habrían sido acribillados sin aviso alguno. Miran a sus pies, al suelo de aquel pasillo infectado de muerte. Hay, por lo menos, ocho cadáveres. Arturo reconoce a más de uno.

Se atreve a asomarse muy ligeramente y comprueba lo imposible de su propósito.

En la puerta del despacho de Franz hay apostados dos centinelas; los dos con sus MP5-A5 erguidas. Dispuestos a disparar a cualquier extraño que se atreva a asomarse o aproximarse lo más mínimo a su posición.

Arturo mira a Petra y hace un gesto de negación. Nada. Imposible seguir por ahí.

De fondo escucha más gritos de desesperación y dolor. Los chips están activados y es cuestión de minutos que aquel lugar se silencie para siempre.

Petra se queda pensativa.

—Ven, sígueme.

—¿A dónde vamos?

—No preguntes.

Lo guía por diversos pasillos; ahora a la derecha, después otra vez a la derecha, todo recto y más tarde a la izquierda, derecha de nuevo y ya está. Acceden a una sala de mantenimiento. Calderas, maquinaria, mesas con herramientas…, no son más que un par de metros cuadrados infrautilizados. Petra va hasta la parte trasera de la caldera, mueve un generador y abre un hueco en la pared.

El hueco descubre un pasillo solo iluminado por luces auxiliares. —Qué…

—Te he dicho que no preguntes.

Página 441

Recorren el minúsculo espacio. Las calderas que han dejado atrás vibran y emiten un ligero siseo. Hasta que se topan con una pared. No hay salida. Están encerrados.

O no.

Petra coloca el dedo en una muesca y hace que la pared se deslice.

El despacho de Franz se descubre ante ellos. Vitrinas con fósiles y piedras preciosas, butacas orejeras de cuero, estanterías repletas de libros antiguos; pero ni rastro del jefe.

—Ha tenido que huir por allí. Venga, vamos.

En el otro extremo, una estantería está corrida hacia un lado y muestra otro pasillo. Arturo mira a su amiga con extrañeza.

—Tú… ¿Cómo conocías este acceso? ¿Cómo sabes tanto de este sitio?

—¿No te he dicho que no preguntes?

Arturo no está seguro, la sigue mirando con desconfianza.

—¿Quieres salvar al resto de huéspedes, sí o no?

—Ya sabes que sí.

—Sí, es lo correcto y todo ese rollo —dice ella dando un primer paso hacia el pasillo que hay detrás de la estantería—. Anda, tú ven.

Arturo no esconde sus reparos. Mira a Petra, que lo está esperando, y sabe que está condenado, que su destino está escrito; da un paso al frente y sigue a la chica.

Página 442

18

El agua ya llega por encima de las rodillas. Tania, Eneko y Marga están agazapados en un recodo del pasillo. ¡Menos mal que han reaccionado rápido! Justo habían encarado el pasillo que los llevaría al despacho de Franz Prats cuando han recibido unos disparos que los han alertado y obligado a ponerse a buen recaudo.

Son dos los centinelas que custodian la puerta del fondo. Son siete u

ocho los muertos que se mueven con el vaivén del agua y muchos los

gritos que cubren el espacio.

No disponen de tiempo.

Ante una situación arriesgada, medidas desesperadas.

Tania saca del bolsillo lateral de su pantalón una granada de mano. Arma que ahora da gracias de haber incluido a última hora en su lista a Poli. Gracias a su paso por el Ejército sabe que, una vez desprendida la palanca de seguridad, dispone de 4.2 segundos antes de que la granada explote.

Hace un gesto a Eneko y a Marga. Le quita la palanca a la granada y lanza esta contra los centinelas; trata de apuntar al agua, y a varios metros de ellos. Lo único que quiere es…

¡BUM!

Se levanta un muro de agua.

Los tres policías salen de su escondite y avanzan imparables. Hay un centinela, el menos aturdido, que muestra algo de resistencia y hasta llega a efectuar algunos disparos perdidos con su MP5-A5. Pero ya. En cuestión de segundos desarman al segundo centinela, que se muestra más asustado que herido y los insulta en un idioma que no entienden.

Suben a los dos centinelas, esposados, a un recoveco del pasillo que está elevado y donde el agua aún no llega, para ponerlos a salvo, y después Tania encara la puerta.

—Venga, vamos.

Pero ve que sus compañeros no la siguen. Se gira extrañada.

Página 443

No necesita preguntar.

Eneko tiene la mano en un costado de su cadera, justo debajo del chaleco antibalas.

—Ya es mala suerte, ¿no, jefa?

Trata de disimular su dolor. Su cara es más de fastidio. Su mano tapona la herida, a duras penas. Desfallece pero no se hunde en el agua gracias a Marga, que carga con el peso de ese tiarrón de metro noventa y lo lleva hasta otro recodo.

—¿Estás bien? Eh, Eneko, no cierres los ojos, mírame.

—Sí, sí, te oigo.

—Que me mires. ¿Estás bien?

—Que sí, que sí, solo necesito cinco minutos.

Tania se acerca y comprueba la gravedad de la herida de Eneko.

Necesita ayuda urgentemente o el grupo VII tendrá otra baja. Una más.

No, nada de eso, se dice Tania a sí misma volviéndose hacia la puerta del despacho.

—Marga, quédate con él. Ahora vendrá la ayuda. —Pero, jefa, ¿cómo vas a seguir tú sola? —¿Qué prefieres, dejarlo solo a él?

Eneko mira a Marga suplicándole que haga caso a la inspectora. En el fondo de sus pupilas se atisba el miedo a quedarse solo. A morir solo.

A Marga le cuesta decidirse. Solo asiente.

Tania lleva su mano al pomo y entra en el despacho.

Página 444

19

Hay un hombre que huye entre las sombras.

Arturo y Petra solo intuyen unos pasos a lo lejos. A sus espaldas se oye el griterío de pánico y angustia; la certidumbre de saber que la muerte está cerca pero no ver su guadaña. Tártaro nunca se ha parecido tanto al infierno como ahora.

El pasillo en el que se han adentrado se ha convertido en una especie de gruta, como si aquel túnel estuviera tallado en la roca viva de Madrid. El suelo, las paredes, todo está infestado de malas hierbas y líquenes. No se atisba ninguna luz al fondo, tampoco detrás de ellos, por fortuna están las pequeñas bombillas feas y utilitarias, de luz anaranjada, que penden de un pequeño hilo eléctrico.

—Tiene que estar cerca —dice Petra.

El suelo es irregular y no pueden correr todo lo rápido que quisieran. El peligro de romperse la crisma es real, pero la llamada del deber también.

Atisban un reflejo, apenas un parpadeo que incide en sus ojos pero que los advierte y obliga a aminorar la marcha.

Es Franz Prats, de pie, apuntándolos con su pistola. En la otra mano, el dispositivo móvil con el que activó el chip de Arturo.

No se produce ningún disparo, y eso que el silencio que de golpe se produce en la gruta parece inspirar los peores presagios.

Arturo se detiene, Petra no.

Ella avanza imparable y con determinación hacia ese hombre, que pese a encañonarla no aprieta el gatillo.

Apenas los separan ya tres metros.

Petra, sin vacilar, saca la USP Compact de la parte trasera del pantalón y dispara.

El sonido retumba y segundos después aún perdura el eco.

Franz Prats deja caer su pistola y se lleva la mano al brazo ensangrentado.

Página 445

El dispositivo móvil ha ido a parar cerca de sus pies.

Ese era el fin del disparo en el brazo, que liberase de su mano lo único que puede salvar a los reos de Tártaro.

Petra se abalanza para tratar de alcanzar el dispositivo móvil.

Franz está más cerca, pese a todo.

Levanta su pie, dispuesto a pisarlo y romperlo en el acto; aunará todas sus fuerzas en ese pisotón. Lo jura por Dios.

Pero Petra levanta la USP Compact una vez más y dispara a la pierna de Franz.

Ahora sí, ese hombre, señor de Tártaro, se desploma en el suelo.

Petra alcanza el dispositivo móvil y se lo lanza a Arturo.

—Rápido, ¡tienes que volver al despacho! —dice la chica—. Aquí no tiene efecto, tienes que entrar en Tártaro.

—¿Y tú? —pregunta Arturo con el cuerpo ya girado hacia el camino de vuelta.

—Yo me quedo custodiándolo. Ahora no vamos a dejar que huya, ¿no? Arturo quiere rechistar, pero ve en la pantalla del dispositivo móvil una

cuenta atrás:

01:29

01:28

01:27

—¡Rápido, vete! —vuelve a decir Petra—. ¡No hay tiempo!

Y Arturo, sabiéndolo, arranca a correr hacia Tártaro. Siente en su mano el peso de todas esas vidas que agonizan a lo lejos.

Página 446

20

Tania lo reconoce enseguida. Ahí, en la parte baja del escritorio.

A simple vista no es más que un maletín robusto, pero ella lo identifica de su paso por el Ejército. Abre el equipo de telecomunicaciones y sonríe al encontrar la solución a sus problemas.

Dentro, en la cara superior del maletín, hay una pantalla. En la parte inferior: un teclado y varios comandos más.

Se obliga a mantener la calma, aunque los aullidos de fondo y el agua dificultan la tarea. Se rasca la cabeza y se rehace la coleta; concediéndose unos segundos para buscar la templanza en ella.

Respira hondo. Y vuelve en sí, enfocada al cien por cien.

Se inclina sobre el equipo de telecomunicaciones y lo enciende. Se topa con una interfaz básica: fondo negro, letras amarillas. Sin más. Consigue ubicarse en el menú y se desplaza por diversos submenús. Se hace una idea del equipo. Es muy básico.

Menos mal.

Enseguida encuentra el modo de realizar llamadas y ahí que va.

Pero.

INTRODUCIR CONTRASEÑA: — — — — —

—¡Mierda!

Da un golpe en el escritorio. Una pequeña bandera de España y un bote de bolígrafos se tambalean, también un flexo; y el ejemplar de una novela antigua cae al suelo.

Desesperada, siente la necesidad de gritar, de destrozar el despacho e incluso de echarse a llorar. Cualquier cosa con tal de no sentir esa impotencia. Sus dientes apretados dejan salir alguna que otra maldición. Todo son insultos hacia sí misma; no solo no ha encontrado a Arturo ni el trozo de cristal, tampoco ha logrado sacar Tártaro a la luz y encima ha arrastrado a todo el grupo VII a una muerte por ahogamiento.

Página 447

Qué tonta, qué imbécil, qué inútil. Menea la cabeza. No tiene solución.

Ya nada tiene solución. No hay nada que pueda hacer.

Página 448

21

Perdido en las tinieblas. Lo único que siente es el martilleo de su propio corazón y su respiración agitada. Parece que haga una vida, pero no hace tanto estaba postrado en su cama con fiebre. El esfuerzo de estar corriendo, poniendo a prueba su cuerpo, le acarreará luego más de una factura, seguro, pero de eso ya se preocupará más adelante. Lo único que importa ahora mismo es regresar a Tártaro cuanto antes.

No puede desfallecer. No aún.

0:35

0:34

0:33

Arturo tropieza con una pequeña rama que sobresale del suelo y cae. El dispositivo móvil sale despedido un metro más allá. No comprueba sus rasguños, tampoco se pregunta si aquel cacharro se ha roto o no. Solo se levanta, coge el dispositivo en el mismo impulso y sigue hacia delante.

0:26

0:25

0:24

Corre dejando una estela tras de sí y el espacio es tan reducido, que una bombilla se mueve a su paso. Se tambalea de un lado a otro, como un péndulo, y explota.

El estruendo hace que Arturo se encoja. Pero no se detiene. Él sigue y sigue.

0:13

0:12

0:11

Página 449

¡Luz! Por fin se adivina la luz del fondo.

El despacho está cerca. Ya casi está en Tártaro.

Un poco más, Arturo. Solo un poco más.

0:08

0:07

0:06

Gritos. Más que gritos. Aullidos de gente que ya se sabe muerta. Arturo corre como el buzo sin oxígeno que trata de emerger a la

superficie.

La luz está cada vez más cerca.

Ya se aprecia la decoración decimonónica del despacho.

No se lo piensa dos veces.

Todo o nada.

Arturo salta hacia delante; entrando en Tártaro y presionando en el acto la pantalla táctil del dispositivo.

Impacta con el suelo y la misma caída le lleva a dar tres o cuatro vueltas por el despacho; dándose de frente contra una vitrina.

Al principio solo es un pequeño rayón, pero esa pequeña falla en el cristal va a más en pocos segundos y la vitrina se hace añicos sobre Arturo.

A duras penas se cubre con las manos, ya doloridas por la caída, y no se atreve a abrir los ojos. No sabe por qué. Casi como un mecanismo de defensa. Nota el cuerpo, además de debilitado, mojado… Sí, hay agua. Mucha agua. Está todo el suelo encharcado.

Entonces repara en el silencio que ahora domina Tártaro. Los chillidos se han ido y, tras unos segundos de desconcierto, lo que ahora escucha son gritos de júbilo.

Es en ese instante cuando Arturo, por fin, abre los ojos.

Y entonces lo ve.

El cañón de un arma enfocándolo de frente.

—Yani…

—Jefa…

Página 450

22

Aquel silencio trae consigo un mensaje claro. La ausencia de cualquier atisbo de explosión es todo lo que necesitan.

Franz no puede evitar un pequeño chasquido de disgusto. Se deja caer sobre el manto de líquenes en el que se encuentra.

Petra se arrodilla a su lado, pero no sabe qué decir. Tampoco qué sentir.

—¿Por qué? —dice ella finalmente.

Franz sabe que va a morir. No tiene dudas. Es consciente de la poca fuerza que le queda y que sus dos heridas de bala siguen derramando sangre. Ya ni siquiera intenta taponarlas. Solo se arrastra hasta una roca que tiene al lado, donde apoya la espalda.

—Cuando… Cuando Cristina decidió dejar de vivir conmigo y ser una huésped más, lo acepté. No me quedó otra tampoco… De golpe le vinieron los principios, los remordimientos…

—Tú sabes que no fue solo eso.

No, claro que no.

Franz puede revivirlo como si fuese ayer. Solo necesita cerrar los ojos para regresar a ese día, a la discusión con Cristina.

—¡Que no me toques!

—Pero Cristina…

—¡Que no me toques, te he dicho!

Él no entendía. Ella estaba fuera de sí. Solo había salido de Tártaro un par de horas. Lo justo para ir a hablar con su hermana, que la había llamado acongojada la noche anterior. Esto era algo inusual. Soledad sabía que solo debía hacerlo en caso de extrema urgencia.

Pero la vida tiene sus propias normas.

Página 451

Al salir del encuentro con su hermana y prometerle que la ayudaría a solucionar el enredo, había visto un cartel en la calle anunciando un acto político de Borja Quintana en la plaza de Colón. Faltaban pocos minutos para que diese comienzo el evento y encima estaba al lado. Qué podía salir mal, ¿verdad?

Pues todo. Absolutamente todo.

La sorpresa de encontrarse en el mitin con Bernardo Dartizio fue mayúscula, pero mayor fue el chorro de agua fría que supuso saber que Franz había sido el cerebro del plan contra Rodrigo. Él fue el instigador de todo.

—Pero no se manchó las manos, el cabrón. Solo nos comentó un día su plan, durante el recreo —le dijo Bernardo—. Era perfecto, inmaculado. Incluso nos dejó caer, como quien no quiere la cosa, cómo lo haría él para contactar con algún delincuente juvenil. El maldito solo tuvo que esperar, esperar sin más. Nosotros fuimos tan tontos que dejamos que esa semilla diese sus frutos. Aunque, claro, es que los tres estábamos tan amargados por tu hermano que… Que no es excusa, ya lo sé. Pero cuando eres un crío y vives con miedo al andar por los pasillos o al salir y al entrar, palizas cada dos por tres… Pues… Solo quieres liberarte, hacer que la otra parte te deje en paz. Nosotros solo queríamos asustarlo un poco. Solo eso. Te lo digo de verdad.

Cristina vio arrepentimiento en Bernardo. Apreció a un hombre hecho polvo que había abrazado la culpa y que había hecho de la expiación su propósito de vida.

—¿Y por qué nunca lo delatasteis? —preguntó ella extrañada—. A Franz, digo, ¿por qué nunca lo nombrasteis?

—Nos amenazó con hacer daño a nuestras familias. Joder, que me lo digan a mí, apareció muerto el pobre Leto, un galgo que tenía de pequeño.

—¿Qué me estás diciendo?

—Por favor, no quiero líos… Yo… Estoy recién llegado aquí, a España, y he conocido a Ana, que es fabulosa y… Por favor. —Pidió mirándola a los ojos—. Por favor…

Ella asintió y le dijo que se quedara tranquilo, que no le iba a pasar nada.

Después regresó a Tártaro con el único fin de enfrentar a quien, hasta ese momento, había considerado el amor de su vida. Algo que siempre iba

Página 452

a ser así, por desgracia. Pero hay verdades que, aunque duela, obligan a mover ficha.

El problema estuvo en la tercera pieza de aquel engranaje familiar: la hija de ambos.

Cristina nunca más podría volver a mirar a los ojos a su primo, pero le era imposible abandonar Tártaro. No sin su hija. Y de atreverse a hacerlo sola la hubiesen matado a las pocas horas. Ella sabía demasiado.

—¿No quieres estar conmigo? Vale —le dijo al final Franz tras horas y horas de discusión—. Pero si quieres que nuestra hija esté bien, es la única manera…

Fue así como Cristina pasó a ser una huésped más, contentándose con ver a su hija a distancia y disfrutándola cada poco; cuando Franz, en su misericordia y condescendencia, les daba permiso para pequeños vis a vis en una sala aparte.

—Solo me pidió que arreglara el entuerto de tu tía y que no fuera a por Bernardo.

—Bueno, lo de Soledad no sé si fue una buena solución, visto lo visto, ¿no crees?

—Por su culpa me vi abocado a esto. Si ella no me hubiera delatado a la policía, quizá yo… No la defiendas tanto. ¿Tú sabes lo que tuve que soportar durante toda mi infancia? No, créeme, que no te dé pena. Ninguna pena.

—No me la da —dice Petra—. Tú, sí.

Él ríe con cierta ironía. Aunque enseguida dibuja un rictus de angustia en su rostro.

Página 453

23

—¡Qué susto me has dado! —dice Tania, que se da cuenta de que aún tiene el arma levantada—. ¿Estás bien, Arturo?

Lo ayuda a levantarse. El inspector no disimula ni el dolor ni el cansancio, está realmente exhausto. Siente que en cualquier instante podría dejar de respirar o que el corazón podría decirle que hasta aquí ha llegado, que ya no puede más.

—¿Ya está, entonces? ¿Afuera estáis todos?

A Tania le sabe mal. Ve un relámpago de esperanza en la mirada de su compañero, como si detrás de esa puerta esperase encontrar a un centenar de policías reconociendo el lugar y a varios miembros del SAMUR atendiendo a los presos.

Nada más lejos de la realidad.

Están a punto de morir en aquel sitio; con el sitio, mejor dicho.

Le cuenta rápidamente la operación secreta que el grupo VII ha realizado y las pocas esperanzas que tiene de que Omar llegue a tiempo al exterior.

—Entre que sale, convence a los nuestros de que no está loco, se organizan y bajan…

Y señala lo evidente, el agua del suelo, que sube y sube.

Después pasa a relatarle el hallazgo del equipo militar de telecomunicaciones y la mala suerte de no conocer la contraseña. Incluso le señala la pantalla con el dedo en varias ocasiones. Siempre con fastidio.

INTRODUCIR CONTRASEÑA: — — — — —

Arturo se queda vacío con un suspiro y se deja caer en la silla que hay junto al escritorio. Desolado, derrumbado, apenas recuerda quién es.

Página 454

24

La chica mira a ese hombre desangrándose, a ese moribundo. —No me has contestado. ¿Por qué?

—¿Tú qué crees? A tu madre no le gustó que tú… —¿Que yo qué?

—Que trabajaras con nosotros. Ella siempre pensó que cuando fueses mayor te volverías en nuestra contra o que huirías, que te irías bien lejos. Eso es lo que ella quería, que hicieras tu vida. Pero… ellos tienen planes para ti. Piensan a lo grande, y eso nunca se le dio bien a tu madre… Cuando se dio cuenta de que las cosas no iban a ir como ella esperaba…

Petra baja la mirada. Deja entrever cierta lástima en su cara.

—Y decidió escapar. Sacarlo todo a la luz… Después de tantos años, qué absurdo…

—Y a mí me obligaron a… Era eso o que nos mataran a todos, ¿no lo entiendes?

La chica se pone de pie. Se da cuenta de que aún tiene la USP Compact en la mano. Y descubre que le gusta. La sensación, el peso: todo.

Página 455

25

Para evitar caer en el agua, Arturo inclina su espalda; coloca los codos sobre sus rodillas y se aguanta la cabeza con las manos. Podría morir aquí mismo, ahora, así tal cual.

Repara en un libro viejo que está caído y que se mueve con el vaivén del agua.

Ritos de muerte de Alicia Giménez Bartlett.

De golpe y porrazo, una corriente eléctrica recorre el cuerpo de Arturo y en su cerebro se conectan varias cosas: el libro que Petra estaba leyendo la primera noche que la encontró en la lavandería era de esa misma autora, de Alicia Giménez Bartlett. También el libro que encontraron entre las pertenencias que Cristina Hidalgo dejó en el piso de los abuelos de Alberto Gómez era de Giménez Bartlett.

Mira a sus pies, a donde ha ido a parar ese libro viejo que amenaza con deshacerse en el agua, integrarse en el todo. Está abierto, de cualquier manera. Lee en la contraportada: «La inspectora de policía Petra Delicado trabaja en…».

No se lo puede creer.

No, no puede ser.

Dirige sus ojos a la pantalla y levanta sus manos; las acerca al teclado de aquel maletín de telecomunicaciones que hay sobre el escritorio.

INTRODUCIR CONTRASEÑA: — — — — —

Tania lo mira con curiosidad.

Arturo escribe un nombre.

INTRODUCIR CONTRASEÑA: P E T R A

La pantalla se desbloquea y pasa a mostrar unos dígitos y otra serie de caracteres.

Página 456

—Pero qué… ¿Qué has hecho? —pregunta Tania—. ¿Qué es lo que has puesto?, ¿cómo sabías la contraseña?

Arturo solo se levanta y le cede el asiento a Tania, que no duda en marcar el número de la UDEV.

Página 457

26

Franz contempla a su hija con admiración, invadido por el orgullo, pese a todo. ¡Mírala! He ahí su mejor obra. Ya puede morir en paz. Su legado sigue.

—Total… —dice para sí mismo. —¿Qué? —pregunta ella—. ¿Qué dices?

—Que total… Se me habría llevado el cáncer en unos meses. No importa tanto cómo se muere.

—Sí, sí que importa.

Levanta el arma y no lo duda: vacía el cargador en el cuerpo de ese hombre al que rara vez llamó «papá».

Página 458

27

Empujado por el ruido atroz de los disparos, Arturo se interna de nuevo en el túnel secreto que hay al lado de la estantería del despacho.

—Un momento, jefa. Ahora vuelvo.

Tania muestra su reparo, incluso sus ganas de rebatirle, pero está hablando con el grupo de guardia de la UDEV y sabe que eso es lo que prima.

Arturo recorre aquella mezcla entre túnel y gruta con desazón; hay ímpetu en sus pies, pero bloqueo en su cabeza. No quiere llegar al foco de los disparos. No quiere, no puede. Le da miedo.

Así es.

Le cuesta definir lo que siente cuando encuentra el cadáver acribillado de Franz Prats. Ahí solo, abandonado en su propia sangre. Hace esfuerzos por ver más allá, en el horizonte, en el negro abisal del paraje, pero no ve nada. O no quiere ver nada.

Se limita a guardar silencio. Plantado ante aquel cadáver y sin saber qué pensar.

—¿Qué ha pasado aquí?

Es Tania, que acaba de llegar. Se arrodilla junto al cuerpo de Franz sin esperanzas, solo para cerciorarse de que está muerto.

Se adivina un bulto, algo semioculto por la americana. No parece que el carcelero lo llevara encima, sino que alguien lo ha dejado ahí, como evidencia para asegurarse de que otro lo encuentra. La punta de una bolsa transparente. Tania levanta la ceja con desconfianza y aparta sutilmente la americana.

Tarda cinco latidos de corazón en procesar el hallazgo.

Ahí está, la bolsa de recogida de pruebas con el trozo de botella.

Ella no lo duda, lo coge y se lo guarda en el bolsillo lateral de su pantalón. Después se gira hacia el inspector; no parece haber reparado en nada, y si lo ha visto le ha dado igual. Escruta su rostro pálido, magullado, con los ojos bañados de confusión.

Arturo consigue volver en sí.

—Llegué hasta él cuando estaba huyendo y le quité el dispositivo.

Después me fui corriendo hacia el despacho.

Los dos intercambian una mirada. Ella no parece muy convencida. —¿Había alguien más con vosotros…? —Estábamos solos.

Está todo dicho. Tania lo asimila mientras menea la cabeza ligeramente. Desea escuchar una confesión completa de Arturo, que le relate cómo mató a Prats. Su cadáver no presenta solo un disparo, no; en él se ha vaciado todo un cargador. Aquí hay ensañamiento. Aun así, eso ahora no toca. Se levanta y se coloca junto a su inspector.

—La ayuda ya está de camino. En nada los tenemos aquí.

—¿Y el agua?, ¿no sería mejor organizarnos todos y salir cuanto antes? —Eso es lo mejor de todo. La inspectora Miranda Delgado y su equipo han ido al tanque de tormentas de Arroyofresno, y se han plantado allí con unos técnicos independientes del Canal de Isabel II. Enseguida han descubierto el sabotaje y el agua que sigue cayendo sobre Madrid ya no

llegará hasta aquí.

Qué añadir. Los dos se miran barridos por el cansancio.

No se abrazan. Eso estaría de más.

Página 460

EPÍLOGO

La ciudad valiente yace dormida. Es la hora de la siesta. Domingo de julio. Dos coches patrulla se detienen frente a un portal de la calle Claudio Coello. Tienen órdenes de ser invisibles, de no molestar a los vecinos.

Pero no están haciendo caso.

Han recorrido toda la calle con las sirenas puestas y al bajarse de los vehículos, los agentes están haciendo todo el ruido que pueden; pisan con fuerza y se dan las indicaciones unos a otros vociferando.

No es para menos.

Esa mujer abre la puerta de su piso con la mano en el pecho y el rostro desencajado. Evita devolver la mirada al resto de los vecinos que se han asomado al rellano.

—Buenas tardes, señora, ¿está su hermano, Isidro Laínez Feijóo, en el domicilio?

—Sí, claro…

Pocos minutos después, el hombre conocido como el Pellejero sale esposado de casa de su hermana, donde ha vivido todos estos meses tras su convalecencia en el hospital.

Los agentes lo custodian hasta el vehículo indicado. Cuando tiene la mano de un policía en su nuca para ayudarle a entrar en el asiento trasero, levanta sus ojos y lo ve.

Él y Arturo intercambian una mirada.

No hay tiempo para más. Enseguida los agentes vuelven al interior de sus coches y ponen rumbo a la comisaría indicada.

El inspector Yani, con las manos en los bolsillos, da media vuelta y se marcha. Siente que el fantasma de su hermano se va quedando cada vez más rezagado, atrás y atrás, hasta que finalmente lo pierde de vista.

Decide no coger el metro, sino andar, disfrutar del sol abrasador. Escudriña en su interior y descubre que no está contento, solo satisfecho. Se ha hecho justicia, nada más. Resulta que entre las muchas polaroids halladas en el piso de Isidro Láinez Feijóo —cuando se fingió su muerte—

Página 461

se encontraron fotografías que captaron inmediatamente la atención de la policía. Parecían recientes… Así que cuando, después de su liberación, se certificó que el Pellejero seguía vivo, la maquinaria policial se puso en marcha e investigó todos esos casos que no habían prescrito. Los cargos que se le imputarán no son ni siquiera la mitad de los delitos cometidos a lo largo de su vida, pero algo es algo.

Un monstruo menos en las calles, se consuela Arturo.

Ya hace meses del descubrimiento de Tártaro y la noticia sigue candente en los medios. Aunque de manera superficial y morbosa:

«CÓMO ERA LA VIDA EN TÁRTARO», «¿Y SI LOS MASONES ESTUVIESEN DETRÁS DE LA CÁRCEL SECRETA?», «TÁRTARO, EL GRAN MISTERIO DE MADRID» y cosas por el estilo. La identidad de los presos no ha salido a la luz, pero tampoco la de los responsables de su encarcelamiento. Nadie se pregunta —o tiene ganas de preguntarse— quiénes estaban detrás y quiénes eran los promotores. Nada. Tanto tiempo después no se han depurado responsabilidades ni caído cabezas. Todo el mundo asegura que no sabía nada, ni siquiera de oídas, y ha encendido el ventilador: el culpable, de haberlo, seguro que es alguien del color político contrario o del pasado, de gente que ya está muerta o demente en alguna residencia.

Al menos, tampoco el grupo VII ha cargado con ninguna reprimenda. A nadie en la cúpula policial le gustó que unos simples policías llevasen a cabo una operación secreta, sin notificación ni autorización, pero debido al éxito y a la importancia del hallazgo, se ha decidido hacer la vista gorda.

Incluso Asuntos Internos ha optado por dejarlos en paz. Al poco de regresar a su vida cotidiana, Arturo se topó con Sacha, que fingió que aquello era un encuentro casual. Como si ambos compraran en el mismo Mercadona.

—¿Todo bien con Tania, entonces? ¿No habrá más presiones? —¿Estás de coña? Cualquiera se mete ahora con la inspectora estrella

de la Policía. Le darán cien medallas, y en la Academia de Ávila ya hay más de uno con su póster a tamaño natural.

Y es que sí, Tania se ha ganado el aplauso unánime de toda la Policía; la aplauden en los eventos a los que acude, la felicitan por los pasillos… Ha vuelto a la posición honorable que tuvo tiempo atrás. Todos los cuerpos de seguridad del Estado respetan y admiran que tomase las riendas de la situación y se jugase la vida por un compañero.

Página 462

—No descartes que os hagan una película —dijo Sacha—. Tiempo al tiempo, si no. También sé de un tío friki que ya está escribiendo una novela sobre vosotros, imagina.

Se estrecharon la mano y Arturo pudo divisar, muy dentro de los ojos del hombre de Asuntos Internos, una leve chispa de aprecio.

—Por cierto, ¿tu compañera, Petra…?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—No, nada —dijo Arturo dirigiéndose a las cajas de cobro—. Nada. Prefirió no preguntar de más. No indagar. Para qué. Mejor así. Cuando Arturo aún estaba ingresado en el hospital, en esos primeros

días después de Tártaro, llegó el informe de balística y de la forense que había estudiado el cadáver de Franz Prats: las balas halladas correspondían al arma reglamentaria del inspector Arturo Yani.

¿Cómo explicar algo que él aún no sabe ni explicarse a sí mismo? Por suerte para Arturo, el arma nunca apareció y eso deja abierta la posibilidad de que, de alguna manera, la H&K USP Compact acabara en otras manos… Pero, a decir verdad, a nadie le importa quién se encargó de Franz Prats; lo único que importó a la gente, sobre todo a sus superiores, fue que estuviese muerto.

Arturo ya no escucha a sus espaldas: «Mira, es el Niño de Onda», sino: «Ahí va, el tío que se cargó a Franz Prats». La primera vez se giró y dijo que no, que él no había matado a nadie, pero vio que todos lo interpretaron como una muestra de humildad y no le creyeron, y después de eso ya ha desistido. Que cada cual crea lo que quiera. Cuando le dicen «Olé tus cojones, que te cargaste a ese tío», él baja la mirada y sigue caminando, sin más.

Raúl fue liberado sin cargos. La primera noche se dirigió al piso de Tania, donde sospechó que hallaría el único techo que podía guarecerle, pero no solo encontró que su llave no abría, sino que, además, por más que se dejó el dedo llamando al timbre, su madre no acudió a abrir. Ni siquiera se acercó a la puerta. Solo subió el volumen de la televisión.

Por suerte para Tania y para el resto del grupo VII, Tártaro no dejó que se aburriesen en los siguientes meses: la misión de tomar declaración a todos los presos y centinelas se convirtió en una actividad homérica. Clasificar presos: ver si estaban en busca y captura, contactar con sus familiares vivos… Llevó semanas enteras la simple tarea de identificar a todos y cada uno de los relacionados con Tártaro.

Página 463

—Joer, qué raro —dijo una vez Omar—. Aquí tengo un marrón, chicos.

—¿Qué pasa?

—Que en el Excel este tengo a todos los huéspedes de Tártaro con sus celdas marcadas en el mapa, pero me falta uno. Todo indica que esa celda estaba ocupada, pero nunca se halló a su preso.

—¿Qué celda? —preguntó Arturo.

—La XXI. Estaba en el pasillo donde tú declaraste que te llevaban a ver al Pellejero cada mañana, ¿te suena?

—Esas puertas siempre estaban cerradas. Esos reclusos no se mezclaban con el resto. ¿Qué pasa, no encontraron a nadie dentro?

—Ahí está la cosa…, según el acta de la inspección ocular, cuando los refuerzos llegaron a Tártaro, todas las celdas de ese pasillo se encontraban abiertas de par en par. Sin embargo, la celda XXI estaba cerrada. Es decir, el huésped seguía dentro —dijo Omar—. Pero cuando se fue procediendo a la extracción de la gente horas después, la puerta estaba abierta y la celda vacía. En ese momento, si recordáis, había tanto caos que no se le dio importancia, pero ahora… ¿Qué hacemos? Tiene pinta de que un prisionero consiguió escabullirse y no podemos identificarlo de ninguna de las maneras.

—Yani, ¿tienes alguna idea? —preguntó Tania.

—La verdad es que no. No sé quién ocupaba esa celda.

Y no mentía. Arturo recordaba esa puerta cerrada, pero nunca supo quién habitaba aquella celda marcada con un XXI.

—Un misterio más de Tártaro —finiquitó la inspectora.

Es difícil no darle vueltas a lo vivido en esa maldita cárcel. Por eso, ahora Arturo trata de limpiar su mente y afrontar los próximos minutos con la mayor entereza posible. Cuando llega al portal del que ha sido su hogar estos últimos años llama al portero automático y pide a Blanca que baje; no desea subir a la madriguera ni una vez más.

Los dos se abrazan y se sientan en la terraza de una cafetería próxima. —Lo de Juan fue una tontería como una catedral. Y pensar que por

culpa de eso…

—No fue culpa de eso. No estábamos bien de antes.

—Ya, pero…

—Mejor así.

Acto seguido le entrega su juego de llaves de la madriguera. Siente en el mismo segundo una liberación que no puede explicar, como si se quitara una mochila enorme que le doblaba la espalda sin remedio alguno.

—¿Dónde vas a vivir ahora? —le pregunta ella.

—¿Te acuerdas de Pablo, el compañero que conociste en aquella cena? —Sí, el que…

—Ese… Pues su hija me va a alquilar el piso. Me mudo el próximo finde. Y menos mal, estoy a nada de ahogar a Eneko con la almohada.

Alargan la despedida. Ya nunca más tendrán ninguna excusa para verse. Han sido tantos años de relación que ahora se les hace difícil imaginar el día a día sin el amparo de esa mano amiga; las manías, las formas de hacer del otro… Se acaban diciendo adiós entre abrazos y cada uno se aleja por un lado de la calle. Es domingo por la tarde y toca retirarse pronto.

El lunes empieza agitado como siempre en la UDEV. Eneko con sus chistes, Marga aguantándolos con deportividad, Omar enviándole wasaps a vete tú a saber qué mujer y Tania encerrada en su despacho, revisando un expediente judicial.

Nada nuevo bajo el sol. Pura rutina en la sala común del grupo VII.

Solo un cambio.

Arturo contempla al informático que trabaja en el ordenador de Pablo Quintas. Hoy entra el nuevo miembro destinado al grupo VII y todos se sienten intimidados. Están cohesionados después de los últimos acontecimientos y dejar entrar ahora a alguien de fuera… Ver que el informático está preparando el ordenador al nuevo miembro les parece una traición al recuerdo del difunto subinspector.

Aunque el mundo no tiene memoria y la vida sigue.

El problema es cuando un par de horas más tarde, Tania se planta ante los suyos.

—Equipo, os presento a nuestra nueva compañera…

Arturo sabe que la inspectora sigue hablando, pero deja de escucharla. Solo tiene ojos para la nueva integrante de la Brigada, que sonríe a su audiencia y, muy educada, los saluda:

—Espero que mi anterior destino en Asuntos Internos no os importe y podáis echarme una mano en estos primeros días. Tengo muchas ganas de trabajar con vosotros.

Y cuando dice esto último mira a Arturo, que no sale de su sorpresa.

Pero qué…

FIN

AGRADECIMIENTOS

No siempre estuve seguro de lograr materializar una segunda novela. Por eso, la persona que se merece mi primer agradecimiento es ella, quien me sufre, aguanta y anima pese a todo: Nuri. Almudena Grandes dijo una vez que el amor no era posible sin admiración. Solo espero, con estas páginas, haberme ganado todo lo que me da.

A mi hijo, cuya sonrisa es un motor de vitalidad y responsabilidad. Si algún día quiere saber quién fue su padre, solo tendrá que leerme.

A mis padres y hermana, porque nunca detuvieron mi creatividad, sino que la fomentaron. Me regalaron la mejor caja de herramientas que existe: una infancia feliz.

Si hay un mantra que me gusta repetir, es que la literatura es un trabajo en equipo. Sí, en la portada figura mi nombre, pero es injusto que no haya muchos más. He aquí el de otras personas imprescindibles para esta novela:

Justyna Rzewuska, mi agente, que me empuja cuando es necesario. También me anima y comprende. Aún no me creo la suerte que tengo de contar con su apoyo. Pienso en ella como «mi ángel de la guarda» literario, y realmente lo es.

Zoa Caravaca, a quien siento mi cómplice en el crimen. Si trato de mejorar es por ella; porque me inspira para ser mejor. He escrito esta novela pensando en si le caerán bien los personajes, le sorprenderán los giros, sonreirá ante un diálogo… Contar con su confianza es muy importante para mí y considero que es un lujo aprender de ella.

Contar con el aprecio y la profesionalidad de Raquel Gisbert es un honor para mí, ya que me estimula a seguir recorriendo camino.

Hay muchos profesionales de la editorial Planeta cuyos nombres desconozco y temo no llegar a conocer jamás, pero me consta que han dedicado tiempo, esfuerzo y talento a la novela. Por suerte, sí sé quiénes son algunas de estas personas, y me encanta trabajar con ellas: Isabel

Santos, cuya sonrisa siempre es una brújula que me indica si voy en buena dirección o no; Laura Franch, de quien valoro cada una de sus palabras y enseñanzas; Tomás Gutiérrez, por hacer que esta novela luzca; Elisa Sánchez, por todas sus gestiones y buen hacer; y Gonzalo Rute, sus correcciones me han salvado del sonrojo.

Contáis con mi agradecimiento y cariño eterno. A veces siento que mientras cuente con vuestro apoyo seguiré escribiendo.

Para la escritura de esta novela han sido esenciales las palabras y consejos de Javier Fernández Pérez en el tema forense. Así como las de Jacinta Rodríguez y Pepe Hierro en mis dudas médicas. Los tres han tenido que aguantar muchas preguntas y quizá en alguna ocasión me he puesto muy pesado. Por suerte para mí, ellos siempre han tenido una sonrisa para atenderme. Cualquier error en estos temas es solo mío.

Y finalmente gracias a ti, que estás leyéndome. En estos tiempos que corren cada vez me cuesta más ser optimista, pero confieso que en los momentos más nublados te imagino disfrutando con una historia surgida de mi cabeza y eso lo compensa todo. Si escribo es por ti y para ti.

Muchas gracias, de todo corazón.


FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com