© Libro N° 14876. No Digas Mi Nombre. Franco, Lorena. Emancipación. Marzo 7 de 2026
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NO
DIGAS MI NOMBRE
Lorena
Franco
No Digas Mi Nombre
Lorena Franco
No hay nada más frustrante que anticipar una serie de muertes y, aun así, no poder hacer nada para evitarlas.
Vuelve Vega Martín en su quinto y penúltimo caso. Crimen, intriga, misterio y giros inesperados.
La inspectora Vega Martín y su nuevo compañero, el inspector Bernardo Ruíz, no empiezan con buen pie cuando el comisario Levrero los presenta en la suite de un hotel del centro de Madrid donde Adel, líder y cantante de la popular banda de música pop rock 4A, ha sido salvajemente asesinado. Enseguida deducen, por el 1 grabado en su pecho, que se enfrentan, de nuevo, a un despiadado asesino en serie.
Gracias a Bernardo y a su pasión por el arte, descubren que las puestas en escena de los crímenes imitan las obras de una pintora que se suicidó un año atrás, pero puede que ya sea tarde para detener un plan de venganza muy personal.
«Llevo un tiempo preguntándome cómo he sido capaz de vivir tantos años con esto y qué era lo que podía hacer para vengarte y darle un poco de sentido a tanta injusticia. Hace poco, en una de mis recurrentes visitas secretas a tu tumba, encontré la respuesta como si me la estuvieras susurrando al oído: matándolos a todos».
Lorena Franco
No Digas Mi Nombre
Los casos de Vega Martín - 5
ePub r1.0
Titivillus 10.08.2025
Título original: No digas mi nombre
Lorena Franco, 2025
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
El duelo no te cambia,
te revela.
JOHN GREEN
NO DIGAS MI NOMBRE
Sé que hay marcas en la piel que no desaparecen por mucho que intentes
eliminarlas. Años de terapia que no sirvieron para alejar el mal de tu interior, aunque en ti, y ojalá te lo hubieran dicho más a menudo, no hubiera nada malo.
Demasiado esfuerzo para que tus pinturas le mostraran al mundo el dolor y la rabia que te impedían disfrutar de una vida a la que cada vez le veías menos sentido. Pero nadie te entendió, salvo yo y unas pocas sin memoria ni voz. Tu mente estaba rota. Tu cuerpo, ese que no soportabas que nadie rozara, destrozado. Mutilado. Lleno de heridas que tú misma te infligías porque te aliviaban, porque te hacían sentir mejor, con la esperanza de que alguna de ellas se infectara, contaminara tu sangre, y te arrastrara a la placidez de la muerte. Sé lo que es querer arrancarte la piel a tiras. Lo intento cada día, pero ya ves, sigo aquí, soportando este peso que me aplasta el pecho cada vez que pienso en ti.
Cuánto lo siento. De verdad, no sabes cuánto siento no haber podido evitar tu dolor y el de tantas otras, las de antes, las de después… He visto de cerca el horror, vuestro horror, y me arrancaría los ojos si tuviera un poco de valor.
—No digas mi nombre, no le hables a nadie de mí —te pidió aquel maldito como se lo pedía a todas, cuando tú, subyugada, todavía eras incapaz de entender que lo que estaba a punto de ocurrir te condenaría de por vida.
Qué irónico que el apodo que eligió signifique «Justo».
El tiempo, ese que dicen que todo lo cura, no es más que una ilusión cuando ciertos momentos siguen sucediendo en bucle dentro de ti.
Puedo llegar a entender por qué lo hiciste, Aitana. Por qué decidiste acabar con todo. Escapar de tu propio ser. Desaparecer para siempre.
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Descansar… Morir. Me enteré por casualidad, pero, desde ese día, no he podido arrancarte de mi cabeza. Hay paredes que siguen estando llenas de ti, de tus deseos más ocultos, ese tipo de deseos oscuros que pueden llegar a avergonzarnos e incluso a hacernos dudar de si somos buenas personas o no. Cuando me enfrenté a esas pinturas, y qué buenas eran, me recordaron que exististe, que importaste, y que tenía que hacer algo importante en tu honor.
He sido incapaz de seguir adelante, de olvidar lo que te hicieron, de perdonarme. Yo también he estado en ese punto en el que revivo una y otra vez lo peor que puede presenciar un ser humano, pero sería pretencioso por mi parte igualar tu dolor al mío. Las manos de esos degenerados fueron las que te empujaron en el Viaducto de Madrid, conocido como el puente de los suicidas, desde donde decidiste saltar.
Llevo un tiempo preguntándome cómo he sido capaz de vivir tantos años con esto y qué era lo que podía hacer para vengarte y darle un poco de sentido a tanta injusticia. Hace poco, en una de mis recurrentes visitas secretas a tu tumba, encontré la respuesta como si me la estuvieras susurrando al oído: matándolos a todos.
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CAPÍTULO 1
Madrid, concierto de los 4A en la sala El Sol Noche del sábado, 18 de enero de 2025
¡Después de cuatro años de ausencia, los 4A vuelven a los escenarios!
«Ya iba siendo hora. Fliparéis con lo que os tenemos preparado. Os hemos echado mucho de menos», ha declarado Adel, líder y cantante de la banda 4A que, a sus 43 años, asegura estar en su mejor momento profesional y personal junto a la joven modelo Martina Ladera.
Los fans del mítico grupo de pop rock 4A, están de enhorabuena.
Después de cuatro años de ausencia, regresan a los escenarios con un nuevo disco que, en menos de veinticuatro horas, alcanzó los primeros puestos en las listas de reproducción del país. Están ansiosos por ver a sus ídolos en vivo y en directo. Se han agotado todas las entradas para el primer concierto en Madrid en la sala El Sol, la cuna de la movida madrileña de los 80, pero no hay nada de que preocuparse, la gira no ha hecho más que empezar, así que habrá más oportunidades para verlos en directo.
O no…
Mientras esperan a que Adel (líder y cantante), Ander (guitarra), Ariel (batería) y Aria (teclado) aparezcan en el escenario, los más de seiscientos fans cantan a voz en grito su último gran éxito, Si te vas, sin sospechar el drama que se está desatando entre bastidores.
—¡¿Dónde coño está Adel?! ¿Lo habéis visto? —pregunta Leire Fuentes, la reciente mánager de la banda que jamás pensó que tratar con unos cuarentones sería más difícil que controlar a toda una clase de parvulitos.
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Ander, Ariel y Aria se encogen de hombros distraídos, en la parra, algo bastante habitual en ellos debido a los excesos del pasado que, por mucho que lo nieguen, dejaron alguna que otra neurona seca.
—¿Pero alguno de vosotros lo habéis visto salir del hotel? ¡Tenéis que salir al escenario en dos minutos, joder! ¿Por qué no habéis venido juntos? ¿Se os ha ocurrido dejarlo solo, con la que tiene liada con la modelo?
—Pues… ahora que lo pienso… —empieza a decir Ariel, dubitativo. —… no lo hemos visto salir de su habitación —termina Aria por él, y
es que ya son tantos años juntos, que a veces da la sensación de que pueden leerse el pensamiento los unos a los otros.
—Ya estamos —resopla Ander.
—¿Ya estamos? —lo increpa Leire, cruzándose de brazos—. ¿A qué te refieres, Ander?
El guitarrista se lleva el dedo índice a la nariz, aprieta la fosa nasal y aspira con fuerza.
—Viejos vicios, me temo —contesta entre risas, y es que Adel tiene la mala costumbre de recaer en esos viejos vicios cuando las cosas no salen como él querría. Le afectó bastante que Martina lo dejara antes de la noche de Fin de Año por el actor guaperas del momento, aunque lo cierto es que el resto de la banda no saben los detalles reales que empujaron a la modelo a hacer lo que hizo.
—¡Joder! —estalla Leire, agarrando el teléfono con fuerza, y, esta vez, en lugar de volver a llamar a Adel y que le salte el buzón de voz, decide contactar con la recepción del hotel Montera, a escasos metros de la sala El Sol, para que vayan a su habitación a ver qué pasa.
Hotel Montera
Como es habitual cuando es época de conciertos, los 4A tienen reservada una planta entera solo para ellos, restringida al resto de huéspedes. En el pasado la llegaron a liar mucho, hasta el punto de que hubo hoteles que les restringieron la entrada. Por las fiestas que montaban, los excesos, los gritos, peleas, la droga que se movía, la gente, chicas, sobre todo, que subían a las habitaciones que acababan destrozadas como si hubiera detonado una bomba. Sin embargo, los años te calman. Adel ya no es aquel gamberro que triunfó a principios del siglo XXI con solo veinte años,
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que volvía locas a las chicas, que pensaba que tenía el mundo a sus pies y que todo cuanto hiciera no tendría consecuencias.
Pero el pasado… ah, sí, ese pasado que suele regresar cuando menos te lo esperas…
Tratándose de una persona tan importante como Adel, en recepción se han movilizado de inmediato cuando la mánager ha llamado. El reloj no se ha detenido, hace siete minutos que el grupo habría tenido que salir al escenario. Los fans se han cansado de cantar, exigen «¡QUE SALGAN, QUE SALGAN, QUE SALGAN!», que no les hagan esperar más.
Ahora mismo, Suso, el director del hotel, está subiendo hacia la planta con acceso restringido. Suso no tiene ni idea de cómo funciona la industria musical, pero siempre se ha dicho que los músicos le dan mucho a la coca, ¿no? Al alcohol, a todo tipo de drogas… Para aguantar despiertos y con energía hasta las tantas, que los fans, los conciertos, las giras… en fin, debe de ser un mundillo tan agotador como intenso. Lo que Suso teme, es que el cantante haya caído muerto de una sobredosis o algo así. Pero a ver, el famoso Adel no es tan joven, tiene cuarenta y tres, y a esa edad ya debería tener un poco de control sobre sí mismo.
—¿Señor Adel? —pregunta Suso, golpeando la puerta cinco veces, los tres primeros toques con suavidad, los dos últimos con más fuerza—. Soy Suso, el director del hotel. Acaba de llamar su mánager, eh… Le requieren en la sala El Sol. ¿Señor Adel? —insiste, ignorando el nombre real del artista, que es Abraham Rot.
Suso pega la oreja a la puerta. No se oye absolutamente nada, no parece haber nadie al otro lado. Extrae una tarjeta maestra del bolsillo de su pantalón y abre la puerta poco a poco, mientras sigue llamando a Adel. Todas las luces están encendidas. Suso comprueba que la tarjeta de la suite está dentro de la ranura del pasillo, por lo que Adel debe de seguir dentro.
—Señor Adel, perdone, voy a entrar…
Cuando Suso cruza el vestíbulo y se adentra en la habitación, una de las mejores que tienen en el hotel, le asalta un terrible olor rancio, como si hubiera comida podrida, que lo lleva a taparse la nariz y la boca.
—Señor Adel… —sigue llamando al cantante con la voz temblorosa, pues no es solo el mal olor, hay algo más en el ambiente, una especie de mala energía… la intuición de que algo terrible ha pasado.
La cama está revuelta y las sábanas pringadas de pizza. Hay ropa por el suelo y unas deportivas personalizadas tiradas de cualquier manera.
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Diez latas de cerveza vacías y machacadas esparcidas por la moqueta, un par de botellas de vino volcadas y coca, la mesita de noche está llena de un polvillo blanco que Suso deduce que es coca.
—Joder… —maldice el director, mirando a su alrededor con desagrado. Se compadece de las empleadas de la limpieza que, a la mañana siguiente, tendrán que enfrentarse al desorden y a la suciedad que el músico ha provocado en la habitación, aunque, a simple vista, no hay que lamentar daños materiales—. ¿Señor Adel? —insiste, esta vez acercándose al cuarto de baño con la puerta cerrada—. Ay, Dios… Ay, Dios… —sisea, con los nervios a flor de piel, en el momento en que su mano envuelve el pomo de la puerta que conduce al cuarto de baño y abre, y ojalá hubiera mandado al conserje o a cualquier otra persona, porque la escena que se le presenta no se le va a ir nunca de la cabeza.
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CAPÍTULO 2
En Malasaña, la misma noche del sábado
Vega espera paciente a que Marley haga sus necesidades. Ha perdido la
cuenta de las veces que ha dado vueltas sobre sí mismo, y es que no le sirve cualquier lugar para soltar la mierda. (Con perdón).
Pese a que Levrero fue quien dijo que a Marley no le faltarían sus paseos matutinos y nocturnos, a la hora de la verdad solo lo ha sacado un par de veces desde que se unió a ellos cuatro meses atrás. Y es que el comisario, hasta arriba de trabajo y de problemas, cada vez llega más tarde a casa y da igual que sea lunes, martes, sábado o domingo, trabaja a todas horas. Es Vega quien se encarga del perro, y oye, lo hace encantada. Después de la muerte de Daniel y su suspensión del cuerpo durante dos meses, Marley ha sido su salvación. La ha obligado a salir de casa, donde Vega se hubiera encerrado sin ganas de tener contacto con el mundo exterior. Ha sido quien, cuando la ha visto triste o cansada, se ha acercado a ella y, con un amor incondicional, la ha acompañado en silencio, sin juzgar. Es su mayor confidente. La mejor terapia para el dolor. A él puede contárselo todo, lo que sea, y no la tacha de loca cuando le dice que todavía está esperando a que Daniel venga a visitarla en sueños, por lo que deduce, con bastante pesar, que no hay un después cuando morimos, que ella tenía razón y que volvemos a la nada, a la inexistencia, que se acaba todo y no hay más. Además, ha conocido a gente encantadora en el parque, donde solía pasar las tardes con Marley, aunque desde que empezó a trabajar no ha tenido ocasión de volver.
Marley ha encontrado el lugar donde vaciar el vientre.
—¡Por fin! —le dice Vega, eufórica, como si fuera lo mejor que le ha pasado en todo el día. Ella, que siempre había pensado que la gente que
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habla con sus perros estaba un poco cucú… Si es que no se puede decir de esta agua no beberé.
Como siempre, a pocos pasos de llegar al portal, Vega evita mirar la pared donde Daniel solía apoyar la espalda cuando, por lo que fuera, llegaba antes que ella y la esperaba. Es como si aún pudiera verlo, aun cuando las dos últimas veces que lo hizo no fuera para nada bueno.
En comisaría, Vega se apaña bien con Begoña y Samuel, aunque han sido unos meses tranquilos sin apenas casos complicados ni escabrosos. Por otro lado, hace dos noches Levrero le dijo que, cuando tuvieran un caso complejo, tenía al hombre perfecto para el equipo y que no tardaría en incorporarse. Vega no mostró interés. Pero ahora que el móvil vibra en el bolsillo trasero de sus vaqueros mientras mete la llave en la cerradura y no tiene ni idea de cómo va a contestar porque con la correa con la que lleva a Marley no le quedan manos libres, intuye que ha llegado un nuevo caso «complejo» a su vida y que no tardará en conocer al «hombre perfecto» para el equipo.
—Joder —chista, dentro del portal, soltando la correa de Marley, que sale disparado hacia las escaleras, al tiempo que contesta a la llamada subiendo tras él—. Qué pasa, Nacho.
—¿Has sacado a Marley a pasear?
—Estamos a punto de entrar en casa. ¡Marley, aquí! —lo llama, para que se detenga frente a la puerta que corresponde y no suba hasta donde vive la señora Cecilia, a quien Marley adora, pues siempre que lo ve le da una galletita—. Oye, ¿cuándo vuelves?
—No, cuándo vuelvo no, cuándo vienes tú.
—¿Yo? ¿Cuándo voy a dónde?
—Tenemos liada una muy gorda en el hotel Montera, te paso la dirección. Voy de camino para allá.
—¿Qué ha pasado?
—¿Conoces a los 4A? La banda de música.
—Claro, vivo en el mismo planeta que tú, Nacho. Han vuelto hace nada con nuevo disco, ¿no?
—Sí, y hoy empezaban la gira, tenían un concierto en la sala El Sol.
Pero no ha podido ser. Han asesinado al líder y cantante de la banda.
—Recuérdame el nombre, que con tanta A nunca me he aclarado de quién es quién.
—Adel, aunque en realidad se llamaba Abraham Rot.
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—Abraham Rot… —repite Vega—. Vale, ahora salgo para allá.
Vega le da instrucciones a Marley, como si el perro, que ha optado por ignorarla y tumbarse en el sofá, le fuera a contestar. Que no ladre, que no la líe, que el cuenco con el agua está en la cocina y que vigile, que siempre deja el suelo echo un cristo… El perro bosteza. Vega desiste y, como hace siempre que se va, enciende la tele para que Marley se sienta menos solo.
Seguidamente, coge su placa, a la que echó casi tanto de menos como a su arma reglamentaria durante los meses que estuvo fuera de servicio, y sale de casa. Levrero le manda un wasap con la ubicación del hotel. Está en el número 47 de la calle de la Montera, a unos diez minutos andando desde casa, cinco si opta por echarse una carrera y entrenar un poco, aunque sea enfundada en unos vaqueros ajustados, por lo que Vega decide dejar el coche en el garaje, que, entre que lo saca y demás, pierde más tiempo.
Hotel Montera
Minutos más tarde
Desde la distancia, Vega ha visto las luces azuladas de los vehículos policiales en el exterior del hotel. En el vestíbulo hay una decena de policías y empleados, incluido el director que ha descubierto el cadáver del cantante y que, tila en mano, trata de procesar el trauma.
Después de identificarse, Vega cruza el cordón policial sintiéndose un poco extraña. Aunque en el controvertido caso Letang no estuvo acompañada de Daniel, ahora tiene la sensación de que le falta algo. Espera que Levrero haya llegado para suplir la ausencia del que, durante tantos años, fue su compañero, pese a lo mal que acabaron.
Un agente la guía hasta la última planta, donde los compañeros de la Científica ya están trabajando.
—Es la suite del final del pasillo. La banda, que por cierto está reunida en el restaurante del hotel junto a la mánager, tenía la planta reservada solo para ellos, con acceso restringido a los demás huéspedes —le informa a Vega, que, con determinación, cruza la puerta de la suite que el agente le ha señalado, dándose de bruces con un tipo alto y fornido que le saca dos cabezas. Tiene unos sesenta años, facciones duras y curtidas, y aspecto de tener muy mal genio.
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—¿Pero qué pasa? ¡Que se nos cuela cualquier fan, joder! ¡Fuera de aquí, hombre! ¿Es que no ves que estamos trabajando? —le grita a Vega de muy malas maneras, cortándole el paso.
¿Fan? ¿En serio? ¿Tiene pinta de ser una fan?
Vega ladea la cabeza, devolviéndole una mirada desafiante al hombre, mientras le muestra su placa.
—Inspectora Vega Martín —se presenta, en el momento en que Levrero sale del cuarto de baño donde han encontrado el cadáver del cantante.
—Perdone, inspectora —se disculpa el hombre, haciendo una especie de reverencia como si estuviera ante una figura importante, mientras se retira la boina a cuadros dejando al descubierto su calvicie.
—Veo que ya se han conocido —interviene Levrero con dificultad, pues el escenario del crimen que ha dejado atrás no es agradable de ver—. Inspectora Martín, le presento a su nuevo compañero, el inspector Bernardo Ruíz.
Vega y Levrero llevan cuatro meses viviendo juntos. Nadie en comisaría sabe que tienen una relación formal, aunque Begoña y Samuel se huelen algo.
—Berni. Para los amigos soy Berni —recula el inspector Ruíz, tras las malas formas con las que ha recibido a Vega.
—No somos amigos, inspector Ruíz —dice Vega, cortante, ignorando a Bernardo, que debe de ser el «hombre perfecto» para el equipo del que le habló Levrero. Sin ánimo de faltar, pero Vega imaginaba que Levrero incorporaría a alguien más joven al equipo—: ¿Qué tenemos, comisario?
—Es… —Levrero traga saliva—. Difícil de ver, inspectora Martín. —¿Tanto como las cabezas decapitadas de Patones de Arriba? —le
recuerda Vega, mordaz, y por su mente pasan tantos casos… tantos cuerpos sin vida tratados de la peor de las maneras: descuartizamientos, asfixias, cuerpos desnudos rociados con lejía, cabezas y caras machacadas con una crueldad inimaginable, tiros en la cabeza, sesos derramados por el suelo…
A estas alturas, ¿qué puede ser difícil de ver para la inspectora Martín? «No puede ser para tanto», se calla Vega, echando un vistazo rápido a la suite, llena de marcas numeradas que los compañeros de la Científica
han ido dejando aquí y allá: hay varias latas de cerveza vacías y machacadas en la moqueta, ropa esparcida en el suelo pero acumulada en
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una zona muy concreta, a los pies de la cama, donde Vega también repara en unas deportivas bastante llamativas, pizza que han ensuciado las sábanas, botellas de vino vacías, coca en la mesita de noche…
Esquiva a Bernardo con el mismo aire desafiante con el que lo ha mirado hace escasos minutos. Un par de compañeros se retiran de la puerta del cuarto de baño para cederle el paso. Cuando Vega se planta frente al cuerpo desnudo del hombre que tantos suspiros robó a principios de siglo medio sumergido en la bañera, entiende por qué Levrero le ha dicho que es difícil de ver. Y Vega ha visto infinidad de escenarios difíciles y atroces, pero esto… Parece una escena sacada de una película gore.
El cuerpo de Abraham Rot, más conocido como Adel, líder y cantante de la banda pop rock 4A, ha sido cosido a puñaladas, menos de veinte y más de diez, calcula Vega, aunque es difícil precisarlo hasta que no lo limpien. En su pecho, seguramente post mortem, han marcado el número 1, lo que indica que vuelven a estar frente a un asesino o asesina en serie y que esto no ha hecho más que empezar.
Vega se fija en una vieja videocámara analógica Samsung Vp-L600 sujeta a un trípode que enfoca hacia el cadáver, lo que le recuerda al caso Leiva y a los túneles subterráneos repletos de cadáveres de la ya inexistente editorial Astro, donde se cometieron actos terribles que fueron grabados por un psicópata. Por otra parte, en la suite no han hallado ningún cuchillo, el arma del crimen.
Levrero, sin llegar a entrar en el cuarto de baño, le da información a
Vega respecto a la videocámara:
—Cuando hemos llegado estaba grabando. Hemos detenido la grabación. Lo malo es que la banda pedía absoluta privacidad en la planta y desactivaron las cámaras del pasillo, por lo que no sabemos quién pudo colarse para asesinar al cantante.
—Que se lleven la videocámara —ordena Vega—. La revisaremos esta misma noche. Y hay que comprobar si en las últimas semanas ha habido alguna venta del modelo de esta videocámara en tiendas o aplicaciones de segunda mano.
—Con un poco de suerte, habrá algún reflejo que nos dé pistas sobre su asesino —interviene Bernardo.
—O asesina —rebate Vega, mirando con resignación al que parece que va a ser su nuevo compañero, un hombre que está más cerca de la jubilación que de seguir viviendo emociones fuertes.
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—Con perdón, inspectora Martín, esto es obra de un hombre —opina Bernardo—. Las mujeres son más…
Vega le da la espalda al escenario del crimen para enfrentarse cara a cara con Bernardo, ante un desubicado Levrero que no imaginaba que el encuentro entre los dos inspectores fuera tan tenso.
—¿Las mujeres son más qué? —lo reta Vega—. Odio que no terminen una frase, inspector.
Bernardo vuelve a colocarse la boina, agacha la mirada, sacude la cabeza.
—Perdone, no he dicho nada.
—Alguien desvistió a Adel ahí —apunta Vega, señalando la ropa esparcida a los pies de la cama. Levrero y Bernardo, que no se habían fijado en ese detalle, asienten conformes—. Un agente me ha dicho que la mánager y el resto de integrantes de los 4A están en el restaurante. Voy a hablar con ellos, comisario —propone.
—Bien. Que la acompañe el inspector Ruíz.
—No —niega Vega.
—Sí, a partir de ahora es su compañero, inspectora Martín, por lo que van a hacer los interrogatorios juntos —se le encara Levrero, pese a las consecuencias que esta decisión puede acarrearle cuando lleguen a casa, donde es imposible no mezclar lo personal con lo laboral, por mucho que lo intenten.
—Traigo mi libreta y mi boli BIC para tomar apuntes —sonríe Bernardo, teniendo que soportar otra de las miradas fulminantes de Vega que indican que, por el momento, no le va a poner las cosas fáciles.
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CAPÍTULO 3
En el restaurante del Hotel Montera
23:40h
Ander, Ariel y Aria se han quedado sin habla tras enterarse del asesinato
de Adel. Eso sí, no han derramado ni una sola lágrima. Puede que el carácter complicado del cantante de los 4A tenga algo que ver con una reacción tan fría. No están destrozados, como cabría esperar, solo parecen confusos. Cualquiera pensaría que apenas se conocían, cuando lo cierto es que llevaban veintitrés años juntos. Veintitrés años que habían dado para mucho, claro, para momentos buenos, pero también para momentos muy complicados.
Ante el silencio del grupo, Leire, la mánager, es quien lleva la voz cantante.
—¿Pero por qué no salió con vosotros? ¡¿Por qué lo dejasteis solo?! — sigue atacando Leire—. Y ahora los del hotel se limpian las manos. Que nosotros exigimos que las cámaras del pasillo no funcionaran, que si no lo hubiéramos hecho sabríamos quién se coló en la suite de Adel y se lo cargó… ¡Joder! ¡Joder, joder, joder! —empieza a chillar, histérica—. Como si la culpa fuera nuestra.
Aria, cuyos párpados pintados de negro hacen que el impactante azul de sus ojos destaque, mira a la mánager con desdén.
—¿Y ahora qué? —pregunta la teclista mirando a sus compañeros. —Ahora nada —contesta Ariel, el batería—. Se acabó. Sin Adel
estamos acabados.
—No, ni hablar. No podemos dejar a nuestros fans sin la gira. Yo quiero seguir —dice Ander—. Aria, cantas de lujo. Le das mil vueltas a Adel. Y si…
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Aria sacude la cabeza.
—No sé si es buena idea… los fans adoraban a Adel, nosotros siempre hemos sido meros figurantes, tío…
—Eh —interrumpe Leire—. Me parece ideal lo que propones, Ander. Aria, tienes mucho potencial, ya va siendo hora de que te pongas al frente. Podemos buscar a alguien en teclado y tú…
—¿Y yo qué? —se le encara Aria de malas maneras—. Que no, tíos, que no, que yo paso.
—Bueno, yo solo opino que podemos seguir sin Adel —zanja Ander
—. Votos a favor de seguir.
Cuando la inspectora Martín y el inspector Ruíz irrumpen en el
restaurante, ven a Ander y a Leire con los brazos levantados, a Adel indiferente, y a Aria resoplando y murmurando un:
—Joder…
—Buenas noches —saluda Vega—. Soy la inspectora Vega Martín. —Inspector Bernardo Ruíz —se presenta Bernardo con una sonrisa
amable, nada que ver con lo gruñón que le ha parecido a Vega cuando la ha recibido de malas maneras pensando que era una fan que se había colado en la suite acordonada.
Los inspectores se sientan frente a Leire, la mánager, y los tres integrantes de los 4A.
—¿Cómo ha sido? El director apenas podía hablar, no sabemos… — titubea Leire.
—Lo han apuñalado. Muchas veces. Ha aparecido muerto dentro de la bañera, una masacre —suelta Bernardo, sin tacto, mientras Vega inspira hondo mirando al techo.
Bernardo tiene el boli BIC a punto para tomar notas, mientras Vega enciende la grabadora del móvil y, dirigiéndose a la mánager, pregunta:
—¿A qué hora tenían el concierto en la sala El Sol?
—A las diez.
—¿Cuándo empezó a preocuparse por la ausencia de Adel?
—A la media hora de empezar —contesta Leire.
—¿Era habitual que Adel llegara tarde?
El grupo se echa a reír.
—Joder, claro —contesta Aria, mirando tan fijamente a Vega que la hace sentir incómoda. No había visto unos ojos tan azules, casi transparentes, en su vida. Resultan inquietantes, sobre todo con tanta
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tonelada de maquillaje oscuro que resalta la claridad de sus ojos y el blanco nuclear de su piel.
—¿Creen que Adel estaba en un buen momento? —pregunta Bernardo. —Su novia lo acababa de dejar —contesta la mánager—. Martina
Ladera. Es modelo.
—Volvió a la coca —interviene Ander—. Nosotros hace años que no nos metemos nada, pero Adel…
—Era adicto a los problemas —añade Ariel, con aire ausente, interrumpiendo a su compañero—. Bueno, a ver, todos hemos sido adictos a los problemas…
—¿Adel tenía problemas con alguien? ¿Debía dinero, hizo algo indebido…? No tiene por qué ser algo reciente —sigue interrogando Vega, alertada por las caras de los integrantes de la banda, que se miran entre ellos como si tuvieran que seguir manteniendo alguna especie de secreto a salvo.
—No. No, qué va, Ander era… —empieza a decir Ariel con cierto temor.
—Era… —lo anima a continuar Vega.
—Legal —sentencia Ariel, aunque a Vega no le pasa desapercibida la miradita que Ander le dedica a Aria y viceversa.
—Legal —repite Vega, mirando intencionadamente a Aria, y ahora es la teclista gótica quien, incómoda, aparta la mirada—. Nos consta que las cámaras del pasillo de la planta que han reservado no funcionaban. ¿Por qué? ¿Es algo que suelan hacer habitualmente?
—Sí —confirma la mánager—. Por privacidad. —Aparte de ustedes, ¿alguien más ha subido a la planta?
—Solo empleados del hotel —sigue contestando la mánager—. El conserje, las señoras de la limpieza… el director, que ha sido quien ha encontrado a Adel… muerto…, y ha dado la voz de alarma…
Vega visualiza el número 1 marcado en el pecho ensangrentado del cantante. Le es imposible quitarse de la cabeza el caso Leiva. Todo empezó en un hotel, y, después, algunos de los autores del festival de novela negra de Rascafría fueron cayendo uno a uno. Si la banda está escondiendo algo, algo malo que hicieron en el pasado, más les vale que desembuchen. Es posible que el cantante solo haya sido el primero y que las caras que ahora está mirando dejen de existir en cuestión de días.
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—Tienen que saber que en el pecho de la víctima han marcado un 1 — les cuenta Vega con gravedad—. No nos oculten información. Es posible que ustedes también corran peligro.
—¡¿Cómo?! —exclama la mánager, descolocada, mirando al grupo—. ¿Estáis escondiendo algo? ¿Hicisteis algo… ilegal? —les pregunta—. Inspectores, yo me incorporé al grupo hace tres meses, no sé nada…
Ander, Ariel y Aria miran interrogantes a Vega.
—Nosotros no hemos hecho nada… eh… ilegal… Nunca —resuelve Ariel con una calma fingida.
—Podríamos contratar a unos guardaespaldas… por si acaso —plantea Ander con un hilo de voz.
—La persona que ha asesinado a Adel dejó en el cuarto de baño de la suite donde ha aparecido su cuerpo, una videocámara grabando, concretamente una Samsung Vp-L600 —les cuenta Vega—. Tenemos que revisarla, pero ¿tienen alguna idea de por qué había una videocámara grabando? ¿Tiene alguna especie de sentido para ustedes?
Ander, Ariel y Aria se encogen de hombros.
—Ni puta idea —masculla Ariel de malas formas.
—¿Me pueden dar sus nombres reales? —les pide Bernardo, que, durante todo este rato, ha estado más centrado en su libreta que en los interrogados—. Es que no hay quien se aclare con tanta A.
—Adriana Bueno —contesta Aria, mirando al inspector con una sonrisa burlona bailando en sus labios.
—Gus Ugarte —añade Ariel.
—David Astralaga —termina Ander.
—¿A qué hora salieron del hotel para ir hasta la sala El Sol? — pregunta Vega, cuando Bernardo ya daba por finalizado el primer contacto.
—Sobre las 21.15 —contesta Ariel—. ¿No? —se apoya en sus compañeros, que asienten sin estar del todo convencidos.
—¿Y usted? —le pregunta a la mánager.
—A las 20.45. Antes, desde las cinco hasta las siete de la tarde, estuvimos en la sala El Sol ensayando y asegurándonos de que todo estuviera bien. Ya saben, prueba de luces, sonido, la puesta en escena…
—¿Adel también estuvo en los ensayos? —Todos asienten—. ¿Y lo vieron normal?
—Normal, como siempre. Echo polvo por lo de la novia, pero, aparte de eso, nadie hubiera podido imaginar que… —La mánager emite un
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suspiro cargado de frustración—. En fin.
—¿Después de los ensayos de cinco a siete, regresaron al hotel? —Nosotros nos fuimos a tomar unas cervezas —vuelve a contestar la
mánager.
—¿Dónde? —quiere saber Vega, mirando a Bernardo de reojo, que no para de escribir. Parece un estudiante aplicado tomando apuntes.
—En el bar de tapas que hay aquí al lado del hotel.
—Y Adel fue al hotel —da por sentado Vega. Todos asienten de nuevo
—. ¿Por algo en concreto?
—Dijo que estaba cansado —resuelve Aria.
—Y que quería hablar con Martina… —resopla Ariel.
—Entonces, ¿ustedes volvieron a entrar en el hotel, o del bar de tapas fueron directamente a la sala El Sol?
—¿Pero qué pasa? ¿Qué sospecha de nosotros? —se rebela Aria.
—Para nada, es el procedimiento —intenta poner paz Bernardo.
—¿Volvieron al hotel o no? —pierde la paciencia Vega.
No es la mejor noche de la inspectora. Hay algo que le remueve la conciencia y le provoca una mala leche poco habitual en ella, y es la imposibilidad de volver a trabajar con Daniel, a quien a pesar de todo echa de menos, sumado a que las novedades no le gustan o, lo que es lo mismo, su nuevo compañero no le encaja.
—Sí, sobre… pero no sé qué hora era, joder —suelta Ariel.
—Lo comprobaremos a través de las cámaras del vestíbulo del hotel —zanja Vega.
—¿Ocho y media? —resuelve Aria, insegura, arqueando las cejas. Vega piensa que no hay nada que refresque más la memoria que el
recordatorio de que existen más cámaras.
—Sí… Sí, puede ser —le da la razón Ariel, incómodo.
—Bueno, si recuerdan algo, llámenos de inmediato y manténganse localizables, por favor. Ah, lo de contratar a unos guardaespaldas no es mala idea —les dice, con la intención de meterles miedo, a ver si desembuchan lo que Vega cree que están ocultando.
—Vamos a por el personal del hotel, inspector Ruíz —indica Vega al salir del restaurante donde la banda y la mánager seguirán debatiendo qué hacer ahora que Adel no está. Las ganas de resolver este misterio o de parar
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otras muertes, mantienen a Vega muy despierta, con la mente funcionando a mil.
—¿Ha creído algo de lo que nos han dicho, inspectora?
—Creo que ocultan algo. Que detrás de este asesinato hay mucho odio. —¿Cree que el móvil ha sido la venganza?
—Posiblemente. Aunque tengo el pálpito de que ha sido por algo que pasó hace mucho tiempo… ¿Conoce el caso Leiva?
—Sebastián Leiva, sí, el caso de los autores, esa editorial del infierno fundada por un monstruo… Fue un caso muy sonado.
—Por el hecho de dejar una antigua videocámara grabando, puede que en el pasado el cantante abusara de alguien, por lo que estaría bien registrar su propiedad.
—Lo anoto. Por si quedan rastros de un posible pasado… controvertido, por así decirlo.
—No me ha parecido que la mánager supiera mucho, pero esos tres… y la chica, Aria…
—Adriana Bueno.
—Como sea. No me ha gustado.
¿Qué tienes en contra del maquillaje gótico y de los ojos azules y penetrantes que no parecen de este mundo, Vega?
—Hay que revisar el móvil de Adel —añade Vega, sin apenas prestar atención a Bernardo, que lo está anotando todo en su libretita, mucho más fiable que los móviles con los que los inspectores de hoy en día andan de arriba abajo—. A ver si llegó a hablar con Martina…
—… Ladera —resuelve Bernardo, encontrando la respuesta en su herramienta de trabajo rudimentaria pero efectiva (la libretita).
—Martina Ladera, bien. Y viajar en el tiempo, inspector.
—¿Eh?
—La mánager actual lleva poco tiempo en el grupo, parece no saber mucho de ellos, pero es posible que los mánagers anteriores, empezando por el primero, tenga más información.
—Ah, qué buena idea —la aplaude Bernardo, mirándola con el rabillo del ojo. Está decidido a caerle bien a Vega después de lo mal que la ha recibido, y es que, a veces, le es imposible controlar el mal genio que parece que no, pero lo tiene.
—No va a ser fácil, es posible que pasaran por las manos de muchos mánagers…
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—¿Cuándo empezaron? —se interesa Bernardo.
Antes de contestar, Vega hace una búsqueda rápida en internet.
Bernardo mira con desagrado el móvil de la inspectora.
—En 2002.
—Pues sí que hay que viajar atrás en el tiempo, sí. Y eso que parece que fue ayer cuando dijeron que el mundo se iba a acabar con la bienvenida al siglo XXI, ¿lo recuerda? Bueno, usted era muy joven para…
Bernardo detiene su discurso cuando Vega empieza a ignorarlo, caminando un par de pasos por delante con la intención de acercarse al hombre que sigue sosteniendo una tila y que un agente le ha indicado al llegar que se trata de Jesús Lorente, el director del hotel.
—Buenas noches, señor Lorente, soy la inspectora Vega Martín.
De momento, Bernardo decide no intervenir en la conversación y quedarse en un segundo plano.
—Hola… disculpe, no estoy muy… es que ha sido… —Lo entiendo, no se preocupe.
—Es que… ¿cómo ha podido pasar algo así en mi hotel?
—Necesitaré la lista de empleados que han subido a la planta reservada para el grupo durante las últimas diez horas.
—Sí, sí, lo que necesiten.
—Y las grabaciones de las cámaras del vestíbulo.
—Claro, también —contesta Suso, resolutivo pese al shock.
—¿Sabe si, además de la banda, ha subido más gente a la última planta?
—No, solo ellos y la mánager.
—¿La mánager se alojaba en esa planta?
—No. Le dimos una tarjeta de acceso, pero ella tenía reservada una habitación de la tercera planta.
Vega le dirige una mirada a Bernardo.
—Hay que revisar la habitación de la mánager.
—Ahora mismo —contesta Bernardo.
—¿Cuándo llegaron? —sigue preguntando Vega.
—Hoy al mediodía.
—¿Han armado escándalo? ¿Alguna discusión?
—No, nada. Unos clientes majísimos, además. Es que no entiendo… —repite—. Qué ha podido pasar.
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—Que la planta donde se alojaba el grupo estuviera restringida para el resto de huéspedes, ¿qué significa?
—Que nadie podía subir en ascensor hasta la última planta, a no ser que tuviera una tarjeta como la que tenían los de la banda y la mánager, o una tarjeta maestra como la que tenemos los empleados del hotel.
—Ya, pero se puede acceder por las escaleras, ¿no?
—Bueno… —titubea el director—. Sí, pero se supone que a nadie se le ocurriría atravesar el cordón con un cartelito que indica No pasar, zona restringida… ¿no?
Vega mira al director como si este fuera idiota.
Antes de despedirse, le recuerda que les tiene que pasar la lista de empleados que han subido a la planta «restringida» durante las últimas diez horas y las grabaciones de las cámaras del vestíbulo con las que comprobarán si la banda y la mánager les han dicho la verdad respecto a las horas de entrada y salida.
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CAPÍTULO 4
Habitación de Leire Fuentes, mánager de la banda 4A
La habitación de Leire, ubicada en la tercera planta, no tiene nada que
envidiar a la suite en la que se alojaba Adel pese a que es mucho más pequeña y las vistas no impresionan tanto.
Con el consentimiento del director, el conserje les abre la puerta de la habitación en la que se aloja la mánager, y se queda esperando fuera mientras Vega y Bernardo entran. Se han saltado el procedimiento de avisar a Leire, que debe de seguir en el restaurante con la banda, porque para resolver cuanto antes el crimen, no pueden perder ni un minuto y un movimiento imprevisible es clave en estos casos.
—Todo parece normal. En esta no hay coca ni alcohol, que ya es mucho —dice Bernardo, abriendo el armario empotrado y, seguidamente, los cajones de las mesitas de noche—. No hay ningún bolso, ninguna maleta… Eso será porque viven en Madrid, pero ¿qué necesidad hay de quedarse en un hotel si todos viven en Madrid? —se pregunta, hablando más para sí mismo que para Vega, que, al abrir la puerta que conduce al cuarto de baño, llama a su nuevo compañero.
—Inspector Ruíz, venga.
Bernardo, obediente, va al cuarto de baño y una sonrisa afilada baila en sus labios cuando ve un enorme cuchillo ensangrentado en la bañera. Lo primero que se les pasa por la cabeza es que están delante del arma del crimen que ha acabado con la vida del cantante.
—Hay que ir a por la mánager.
Ahora la que sonríe es Vega.
—No ha sido ella. Han colocado el cuchillo en su habitación para hacerla parecer culpable, pero, en este pasillo, al contrario que en la planta
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restringida donde se alojaban los integrantes del grupo, las cámaras sí estaban activadas, por lo que han debido captar a la persona que ha entrado y ha dejado el cuchillo. Sube a la última planta, avisa al comisario Levrero y que los de la Científica barran esta habitación. El juez ha debido de llegar ya, estarán a punto de proceder al levantamiento del cadáver. Mientras tanto, yo vuelvo al restaurante a hablar con la mánager.
Cuando los caminos de los inspectores se separan, no sin antes reparar en las cuatro cámaras del pasillo de la tercera planta, el director intercepta a Vega en mitad de las escaleras.
—Inspectora. —Con la respiración agitada, la mano en el pecho como si fuera a sufrir un infarto y el horror marcado en el rostro, Suso no sabe cómo decirle a Vega que…—: Lo hemos intentado todo, pero no… no sé cómo ha podido pasar, nunca nos ha pasado algo así, se lo juro, pero…
—Por favor, directo al grano, señor Lorente.
—Que no hay grabaciones. Que no hay nada, que no puedo darles nada —dice desesperado, al borde de un ataque de nervios.
—¿Cómo que no hay nada? —intenta comprender Vega.
—Que las cámaras del hotel llevan sin funcionar desde las doce del mediodía, que he comprobado que fue la hora en la que el grupo hizo el check-in en recepción.
«Pues sí que estamos jodidos», se lamenta Vega, agradeciéndole la información y bajando a toda prisa para ir al restaurante y comunicarle a Leire que el cuchillo con el que, supuestamente, han matado a Adel, ha aparecido en su habitación.
Pero cuando Vega llega al restaurante, no hay ni rastro de la mánager. Ander, Ariel y Aria, que están deseando largarse de aquí, fuman aparentemente tranquilos a pesar de que no se puede fumar en ninguna estancia del hotel, y, cuando ven a la inspectora, ni siquiera se inmutan. Envueltos en una densa nube de humo, no parecen afectados por el asesinato de Adel, es algo que Vega ha pensado nada más verlos, y ni siquiera están preocupados por lo que les ha dicho: que a lo mejor ellos también están en peligro. Las respuestas a las múltiples preguntas que ahora se le presentan, ya llegarán, o eso quiere pensar Vega.
—¿Saben dónde está Leire?
—Ha subido a su habitación —contesta Aria distraída, dándole una profunda calada al cigarro.
—¿Cuándo?
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—Cuando ustedes se han ido —dice Ander.
«Mientras hablaba con el director, a Leire le ha dado tiempo de subir a su habitación. Es posible que, al descubrir el cuchillo en la bañera, se haya asustado y haya salido corriendo».
—Entonces ¿no la han vuelto a ver? ¿No ha vuelto a bajar? —quiere asegurarse Vega antes de ir a hablar con Levrero.
Todos niegan con la cabeza sin mucho más qué añadir.
—¿Cómo conocieron a Leire? —se interesa Vega, que vuelve a ver en la banda lo mismo que antes: miradas furtivas entre ellos, confusión, compenetración, pacto de silencio—. ¿Pueden contestarme? —les exige, autoritaria.
Vega ya se ha dado cuenta de que son un poco lentos de mollera, sobre todo Ander y Ariel, mientras a Aria le gusta intimidar con su mirada, una mirada fija y penetrante que incomoda y que parece atravesarte.
—La contrató Adel —responde Ariel al cabo de un rato—. Era el que tomaba este tipo de decisiones.
—¿No fue a través de una amiga en común? O un rollo que tuvo… — intenta hacer memoria Aria, mientras Vega los mira con atención y en silencio, a ver adónde los conduce esta conversación, si es que llega a conducirles a algo importante. Por el momento, guardan silencio, con los ojos entornados, pensando o fingiendo que piensan, mientras fuman con avidez como si ella no estuviera presente.
—Espera, no… ¿Leire no trabajaba en una agencia de modelos? —cae en la cuenta Ariel.
—En la agencia de modelos donde está Martina, la… ¿cómo se llama? —pregunta Ander.
—¿Five Models? —sugiere Ariel.
—¡Sí! Despidieron a Leire porque hubo una movida, creo, y entonces Martina, que se llevaba muy bien con ella, se lo dijo a Adel y Adel la contrató en octubre —resume Aria.
—O sea, ¿que Leire es amiga de Martina, la modelo, la exnovia de Adel? —les pregunta Vega.
—¡Eso! —exclama Ander, señalando con el dedo a la inspectora—. Ahí está la conexión. Aún somos buenos, tíos —se echa a reír, una risa histriónica que persigue a Vega mientras se aleja por el pasillo, con la intención de salir a la calle.
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Es imposible que Leire haya podido escapar con el control policial que tienen aquí fuera, donde algunos periodistas recién llegados se entremezclan con los cientos de fans de los 4A que han venido desde la sala El Sol cuando la noticia del asesinato del cantante ha empezado a correr como la pólvora, llorando y preguntando entre gritos qué ha pasado.
—¿Han visto salir a la mánager de la banda? ¿Leire Fuentes? — pregunta Vega a un par de agentes.
—No, inspectora.
Vega tarda cinco minutos en averiguar que hay una segunda salida que no tienen controlada, y que por ahí es por donde ha debido de escapar la mánager sin que nadie la detuviera.
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CAPÍTULO 5
—¿Pero crees que la mánager es sospechosa? —le pregunta Levrero a Vega en la suite donde se ha desatado el infierno.
—No lo sé —contesta Vega, frustrada, dándole vueltas al tema de que, cuando los 4A llegaron al hotel, desactivaron todas las cámaras que tienen en el vestíbulo, pasillos y zonas comunes—. Al ver el cuchillo en la bañera de su habitación he pensado lo contrario, que alguien ha dejado el arma ahí para incriminarla, pero, en el caso de que fuera la primera en descubrirlo, si no tiene nada que ocultar, ¿por qué ha huido?
—La muchacha se habrá asustado —opina Bernardo, acercándose e interviniendo en la conversación entre la inspectora y el comisario, sin darle demasiada importancia a la desaparición de Leire.
Debido a la llegada de Bernardo, Vega y Levrero se separan un poco, manteniendo las distancias que hasta ahora habían acortado. Son las tres de la madrugada. La banda ha desalojado el hotel y a estas horas deben de estar en sus respectivas casas, mientras el cadáver de Adel ya se encuentra en el anatómico forense.
—Hay que contactar con la exnovia de Adel. Por lo visto, era amiga de la mánager —decide Vega.
Bernardo compone un ligero asentimiento de cabeza.
—¿A qué hora le va bien quedar, inspectora?
Vega ignora a Bernardo.
—¿O a qué hora le decimos a la modelo que venga a comisaría? — reformula la pregunta, que sigue sin respuesta por parte de Vega.
—Quiero que os vayáis a casa a descansar —ordena Levrero.
—No —niega Vega—. Yo voy a comisaría. A falta de las grabaciones de las cámaras de vigilancia del hotel, quiero revisar ya mismo el
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contenido de la videocámara del cuarto de baño y que desbloqueen el móvil de Adel, a ver qué encontramos.
—Vega, eh… —se le escapa a Levrero, mientras Bernardo hace como que no se da cuenta—. Inspectora Martín… váyase a casa. Es una orden —se planta—. Inspector Ruíz, lo mismo le digo. Mañana a las ocho en punto en comisaría, duerman todo lo que puedan, necesito que estén frescos para afrontar este caso.
—A sus órdenes —acepta Bernardo de buena gana para, seguidamente, dirigirse a Vega con suavidad—. Inspectora Martín… espero que me perdone por lo de antes y que nuestra relación profesional sea provechosa para ambos. A veces pierdo los nervios, detesto que se cuelen intrusos mientras trabajamos, no sería la primera vez que me ocurre, y no la he reconocido. Lo siento, de veras que lo siento. Perdóneme, por favor.
Vega, tras horas enfurruñada, se ablanda un poco. El hombre que tiene delante podría ser su padre, la boina a cuadros le recuerda a las que solía llevar su abuelo… No es Daniel. Nadie va a ser nunca Daniel, tiene que aceptarlo de una vez por todas, y, en algunos aspectos, es mejor, pues no cree que el inspector Ruíz, que parece tan estricto, vaya a filtrar información a la prensa por dinero o por despecho.
—No se preocupe, ya está olvidado. No hay nada que perdonar — resuelve Vega, y hasta le dedica una sonrisa que hace que Bernardo se vaya contento a casa.
—Pues me voy. La santa de mi mujer es incapaz de dormir si llego a casa a las tantas. Gajes del oficio, ya saben. Buenas noches, inspectora, comisario…
—Buenas noches —le desea Levrero.
—Bueno, ¿lo tenemos todo? ¿Se han llevado todas las pruebas a analizar? La videocámara, el móvil… —le pregunta Vega a Levrero cuando Bernardo se marcha.
En la suite donde ha aparecido el cadáver de Adel, aún quedan algunos compañeros de la Científica sacando las últimas fotos en las marcas, con la esperanza de que, entre todas las muestras que han sacado, hallen alguna huella que dé resultados.
—Está todo. ¿Has venido en coche?
—No. Corriendo. Literal.
Levrero esboza una sonrisa.
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—¿Qué te ha parecido el inspector Ruíz?
—Berni —murmura Vega—. Bueno… ya veremos.
—Es un tipo muy competente y resolutivo, con una excelente intuición. Antes de ejercer como policía en Torrejón en 2003, estuvo veinte años en la Marina, llegó a sargento primero. En un par de años se jubila.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué voy a tener que aguantarlo dos años hasta que se jubile?
—No te ha caído bien —da por sentado Levrero.
—No es eso… es que los cambios cada vez me cuestan más.
Levrero, que percibe cierta incomodidad en Vega, opta por no hablar más de Bernardo, al menos de momento. Cree que Vega no ha parado de pensar en Daniel, y eso escuece un poco. Todavía escuece.
—Bueno, vámonos a casa. Aquí ya no hay nada que hacer —zanja Levrero—. Marley estará nervioso.
—No lo creo. Se habrá quedado dormido mirando la tele.
¿Dormido? Es posible que haya dormido unas cuantas horas, sí, pero cuando Vega y Levrero llegan a casa, decididos a dejar en el felpudo los problemas laborales, Marley lleva un rato esperándolos en la puerta para, a continuación, seguirlos por todas las estancias: cocina, cuarto de baño, y, finalmente, dormitorio, donde el perro tiene su propio colchón en el lado en el que duerme Vega, que, tal y como esperaba, no pega ojo en lo que queda de noche, dándole vueltas al asesinato del cantante y al perturbador significado del 1 marcado en su pecho cosido a puñaladas.
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CAPÍTULO 6
Cementerio de la Almudena
Madrugada del domingo, 19 de enero de 2025
A nadie se le ocurriría buscar en un cementerio, y menos en uno tan
inmenso como el de la Almudena, con un solo vigilante que no abarca las ciento veinte hectáreas de terreno. Aquí es fácil perderse entre sus callejuelas escasamente iluminadas y sus más de cinco millones de difuntos a altas horas de la madrugada. Desde la Avenida de Daroca, ha saltado sin mucha dificultad el muro, colándose y plantándose, una vez más, frente a la tumba de Aitana, con la necesidad de contarle cómo avanza su plan de venganza:
—Dos, Aitana, uno de ellos el rey. El rey ha caído el primero. —Se pone en cuclillas y, con calma, coloca encima de la lápida dos piezas de marfil de ajedrez, el rey y el caballo—. Aún me parece increíble que haya sido capaz de hacerlo, pero la realidad es que ya me he cargado a dos y… —Se relame los labios con satisfacción, como si pudiera saborear la sangre derramada de sus dos primeras víctimas—. Tendrías que haberlos visto. Te habría encantado, el plan es perfecto, de lo más artístico. Recree tus obras. Lo que en algún momento imaginaste, ha ocurrido. Lo he materializado. Qué satisfacción, Aitana, no me arrepiento de nada. No se lo esperaban, ¿sabes? Siempre tan poderosos, tan gallitos, ¿los recuerdas? ¿Recuerdas lo que te hicieron? Qué pregunta tan estúpida, claro que te acuerdas, estás aquí porque lo recordabas a diario, porque no te los podías quitar de la cabeza… Joder. Y a la hora de la verdad, no eran nada, ¿sabes? Daban miedo y, en realidad, no eran nada…
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En el Barrio de las Letras, Madrid Mañana del domingo, 19 de enero de 2025
En un antiguo edificio de la calle de las Huertas, en el corazón del Barrio de las Letras donde residieron grandes escritores como Lope de Vega, está a punto de desatarse la tragedia.
Emilia Escudero, sesenta y un años, viuda y vecina del segundo piso del número 42 de la calle de las Huertas, lleva cuatro décadas madrugando los domingos para pasear por el barrio sin apenas cruzarse con un alma. Le encanta la soledad de los domingos a las siete de la mañana, casi tanto como darse el capricho de comerse unas porras con chocolate en el Maestro Churrero, en la Plaza de Jacinto Benavente donde, de niña y en compañía de su madre, solía dar de comer a las palomas al salir del colegio, y donde, años más tarde, conoció a su difunto marido. Pero, por primera vez en cuarenta años, Emilia, pobre mujer, va a romper con una rutina que la hacía feliz. A partir de hoy, nada va a ser igual para Emilia, hasta puede que no vuelvan a verla por el Maestro Churrero y el deseo de unas porras con chocolate se convierta en un trauma difícil de gestionar. Y es que, cuando el ascensor sube desde la planta baja, se detiene en la segunda planta y la puerta se abre, lo que al principio a Emilia le ha parecido un muñeco grotesco y destartalado embadurnado de pintura roja, ha resultado ser un hombre muerto con el número 2 grabado en el pecho.
En comisaría
8.00 h
Cuando Vega llega a comisaría y ve a Begoña y a Samuel riéndole las gracias a Bernardo alrededor de una tortilla de patatas que ha olido desde la entrada, se la llevan los demonios.
—Buenos días —saluda, con una seriedad poco habitual en ella—. ¿Tenemos el móvil de Adel? ¿La videocámara? ¿Habéis revisado algo?
A Begoña se le atraganta el trozo de tortilla que acababa de llevarse a la boca.
—Pruebe un poco de tortilla, inspectora, receta de mi mujer. Está buenísima y da energía para empezar el día —la saluda Bernardo, afable.
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—Berni nos estaba contando sus batallitas en la Marina —le cuenta Samuel.
¿Berni? ¿Ahora estos dos lo llaman Berni?
—Vega… —empieza a decir Begoña, algo cortada debido a la actitud de Vega—. Berni… Perdón, el inspector Ruíz nos lo ha contado todo. Íbamos a contactar con Martina, la exnovia de Adel, que lo ha dejado por Sergio Verino, no sé si te suena… —«No, no le suena de nada», piensa Begoña, escudriñando la expresión desganada de Vega—… es el actor de moda, más por guapo que por talento, pero en fin… Adel no estaría llevando bien la ruptura con la modelo, y, teniendo en cuenta que los 4A regresaban después de años de ausencia, volvió a los vicios, de ahí toda la coca y el alcohol que encontrasteis en la suite. Arrasaron en 2002 y, desde entonces, no habían parado, hasta que en 2021 decidieron darse un descanso.
—Cuéntame algo que no sepa —la reta Vega, cruzándose de brazos, tratando de no mirar a Bernardo, que no le quita el ojo de encima.
—Los 4A siempre han sido polémicos. Drogas, alcohol, fiestas que se van de madre… —continúa Samuel.
—Y abusos —añade Bernardo con gesto sombrío—. A adolescentes, que desde siempre ha sido su público principal. Chicas menores de edad.
—Nunca se pudo demostrar nada. Contrataron a un buen bufete de abogados, desde la discográfica silenciaron el asunto, y Esmeralda Moya, la periodista que, tras un chivatazo y una ardua investigación, sacó a la luz la noticia de los abusos en 2015, murió de un sospechoso infarto a los pocos días. Todo lo que escribió desapareció como por arte de magia — explica Begoña—. De hecho, la diferencia de edad entre Adel y Martina ya nos dice mucho de los gustos de él. Él tenía cuarenta y tres y ella tiene veinte. Cuando empezaron a salir en 2023, Martina tenía dieciocho años. Muy joven.
—El número 1 marcado en el pecho solo puede significar una cosa. Que habrá más asesinatos —predice Vega—. Pero vayamos por esa línea, la de los abusos a chicas menores de edad —decide, recordando la videocámara y pensando que, quizá, es una pista de la persona que ha asesinado al cantante, queriéndoles decir que esos abusos están grabados en alguna parte—. ¿Abusos a fans?
—Eso deducimos, aunque no hemos podido dar con lo que escribió la periodista fallecida —contesta Begoña.
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—¿Se sabe algo de la mánager? —Los tres niegan con la cabeza. Bernardo emite un sonoro suspiro que crispa los nervios de Vega, que
está pensando que la mánager debe de rondar los treinta y pocos años, por lo que, en 2002, cuando los 4A alcanzaron la fama, era muy pequeña. Pero, en el caso de que abusaran de fans menores de edad, ¿cuándo empezaron? ¿Es posible que Leire fuera una de sus víctimas cuando era menor de edad? ¿Era fan antes de formar parte de la banda como mánager, sin que Adel y el resto la reconocieran del pasado?
—Necesitamos una orden para registrar la vivienda de Adel. Es posible que encontremos tarjetas de memoria, cintas, fotos… —ordena Vega, pensando muy bien en los numerosos pasos que van a tener que dar desde hoy mismo, que es domingo, y, aunque no hay tiempo que perder, los recursos escasean.
—Muy acertado, inspectora —le da la razón Bernardo, expresando en voz alta la hipótesis de Vega al agregar—: La videocámara en la escena del crimen fue una pista de que algo de eso debe de haber. Me pongo a ello, ahora mismo hablo con el juez.
Begoña y Samuel miran a Bernardo con una sonrisa llena de admiración mientras este se aleja.
—Berni mola, eh —le dice Samuel a Begoña, que le indica con la mirada que se calle, ¿es que no ves a Vega, que parece que se ha levantado con el pie izquierdo?
—Hay que contactar con el periódico para el que trabajaba Esmeralda Moya. Lo que escribió ha debido de quedar registrado en alguna parte, no pudo desaparecer así como así. Y quiero una lista de todos los mánagers que han pasado por los 4A a lo largo de estos veintitrés años. Desde 2002 hasta Leire Fuentes —reclama Vega, mirando intencionadamente a Samuel, que asiente obediente.
—Por cierto, la videocámara está en la sala, todo listo para el visionado —le indica Begoña—. Tal y como nos ha sugerido Berni… perdón, el inspector Ruíz, estamos comprobando en diversos portales de venta de segunda mano si en las últimas semanas se ha vendido una Samsung Vp-L600.
—A ver si hay suerte. ¿Han desbloqueado el móvil de Adel? — pregunta Vega, volviendo a mirar a Samuel, que asiente con la cabeza—. Bien. Samuel, ocúpate del móvil mientras Begoña y yo vamos a ver el contenido de la videocámara.
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—No he podido dormir pensando en esta mierda —reconoce Vega, segundos antes de que la grabación, con una duración de tres horas y quince minutos, cobre vida en el monitor.
Begoña, que anoche no presenció la escena del crimen, se lleva las manos a la boca de la impresión. A pesar de todo lo que ha visto, impacta debido a la gran cantidad de sangre que hay. El agua de la bañera está completamente teñida de sangre. Adel, a quien se le ve el 1 grabado en el pecho porque lo dejaron con la espalda arqueada hacia atrás, tiene sangre en el pelo, en la cara, en el cuello, hasta en los ojos abiertos, fijos en el techo debido a la posición antinatural de la cabeza.
—Ya estaba muerto cuando su asesino le dio a grabar a las… 19.40. Vega detiene la grabación. Se trata de un plano fijo de Adel desnudo,
dentro de la bañera, con el cuerpo agujereado lleno de sangre y el 1 marcado en el pecho.
—El grupo estuvo ensayando en la sala El Sol de 17 a 19 h. Dijeron que Adel fue directo al hotel porque quería hablar con su ex y que el resto fueron a tomar algo al bar de tapas que hay al lado hasta las 20.30. Hora aproximada. ¿Pero dijeron la verdad? ¿La mánager dijo la verdad? ¿Alguno de ellos salió del bar un rato antes, aunque solo fuera durante unos minutos?
Vega sale un momento de la sala, le pregunta a Samuel:
—Samuel, ¿última llamada?
—No hay nada. Por extraño que parezca en una persona tan popular como el cantante, ayer no recibió ni emitió ninguna llamada. No tenía WhatsApp instalado, que ya es raro, ni ninguna otra aplicación de mensajería instantánea. Hay una llamada del viernes a la mánager, Leire. Y con Martina, la ex, habló, pero el jueves por la tarde. Duración: siete minutos y cuatro segundos.
Vega vuelve a enfrentarse a la imagen del monitor congelada, que le recuerda lo que sus ojos vieron ayer por la noche en vivo y en directo.
—No hay ningún movimiento, ¿no?
—Nada —contesta Begoña—. Pero a las 19.45 h, solo cinco minutos después de que se iniciara la grabación y afinando mucho el oído, se oyen pasos y también una puerta. La abre y la cierra de un portazo. El asesino abandonó la suite a las 19.45.
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—Si los ensayos acabaron a las 19 h, Adel debió de llegar a la habitación cinco o diez minutos después. 19.05, 19.10… Llamaron a la puerta, Adel abrió. ¿19.15? ¿19.20? ¿Cómo saberlo si no hay cámaras? Sin embargo, todo ocurrió en muy poco tiempo. El apuñalamiento, la preparación del trípode, la cámara, la huida, que suponemos entonces que fue a las 19.45…
—Rápido, salvaje, brutal —deduce Begoña, con la vista clavada en el monitor, la imagen tan estática que parece que el tiempo no corra—. Aquí hay un odio tremendo.
—El móvil de la venganza ha estado ahí desde el principio, y todo cobra sentido si Adel, aprovechando la adoración que sus fans sentían por él, abusó de algunas chicas, chicas que no denunciaron por ser demasiado jóvenes, por sentir vergüenza… —Vega sacude la cabeza reprimiendo la rabia.
—Odio los clichés —resopla Begoña.
—Es imposible que nadie escuchara nada. Joder, si tuviéramos las grabaciones de las cámaras del vestíbulo… —se machaca Vega.
—Habrá que hablar con el encargado. ¿Y si le sobornaron para que las cámaras dejaran de funcionar?
—¿Te encargas? —le pide Vega.
—Claro.
—En la grabación no hay ningún reflejo… nada. El asesino o asesina tuvo mucho cuidado de no dejar rastro. Puede que, cuando Adel entró en la suite a las siete y pocos minutos de la tarde, su asesino ya estuviera dentro, esperándolo. Puede… por la ropa de Adel que encontramos esparcida en el suelo a los pies de la cama, que se conocieran, que su asesino o asesina lo desnudara, lo atrajera hasta el cuarto de baño…
—¿Un amante? ¿Hombre o mujer?
Vega asiente y añade:
—Calculé más de diez puñaladas y menos de veinte, ya nos lo aclarará el forense mañana, pero solo había sangre en el cuarto de baño. En el caso de que Adel llegara a la suite antes que su asesino, ¿ya estaba desnudo cuando abrió la puerta? ¿Se había desvestido él mismo? ¿Sabía quién estaba al otro lado? ¿Se escabulló del grupo con la excusa de llamar a la ex con la que al final no llegó a hablar?
En la ropa no había ni una sola mancha de sangre, solo en el cadáver y en el agua de la bañera, claro.
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—¿Puede que Adel entrara en la bañera por voluntad propia? — expone Begoña, avanzando hasta el final, las 22.45, cuando llegaron los compañeros y ven a uno de ellos colocándose frente al objetivo con el ceño fruncido y parando la grabación.
—Sí, tendría su lógica. O que al llegar a la suite llenara la bañera de agua, se desnudara, y, cuando llamaron a la puerta, no tuvo inconveniente en abrir como su madre lo trajo al mundo. Es posible que Adel se metiera en la bañera y que fuera ahí donde recibió todas esas puñaladas, por eso no había sangre en la habitación… Después, con Adel muerto, se ensañó contra su piel grabando el 1 en el pecho, colocó sus extremidades a su antojo…
—… como un muñeco roto.
«Abusos a chicas menores de edad».
—Muñecas rotas, eso es —dice Vega en una exhalación—. Como un muñeco roto —repite, tratando de entrar en la mente de quien ha cometido un crimen tan atroz. Sea quien sea y por el motivo que sea, ya que la mayoría de víctimas nunca son perfectas y es posible que el cantante tuviera mucho que esconder—. Y, a continuación, montó el trípode, la videocámara, le dio a grabar y se fue. Y todo en… ¿Quince minutos? ¿Veinte, como mucho? Pero también tuvo que pringarse bastante, ¿no?
—¿Y después bajó hasta la tercera planta y dejó el cuchillo en la bañera de la mánager? ¿No había ni una sola gota de sangre en el ascensor, pasillos, escaleras…?
—Nada. El hotel estaba limpio —contesta Vega con extrañeza—. Se trata de una persona que, además de rápida, es cuidadosa.
—Vega, ¿a ver si no hay que darle tantas vueltas y fue la mánager? Puede que se le fuera de las manos. Que tuviera pensado matar a más gente, a todos los integrantes de la banda, pero, después de asesinar a Adel, dejó el arma en la bañera de su habitación, se acojonó y huyó minutos antes de que Bernardo y tú subierais —empieza a sospechar Begoña, que, como Vega, también ha hecho cálculos, y es factible que Leire fuera una de las adolescentes fanáticas de los 4A de las que Adel, aprovechando su poder, abusó en el pasado.
—En la habitación de Leire solo había el cuchillo. Ni guantes, ni ropa ensangrentada… —Vega se detiene un momento—. Ni mochila ni maleta ni nada… La cama estaba hecha. Todo impecable. Salvo el cuchillo lleno
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de sangre en la bañera. Se lo llevaron para analizar, pero estoy convencida de que esa sangre es de Adel.
Vega y Begoña están tan absortas en el monitor y en sus diversas hipótesis, que no se percatan de que Levrero acaba de entrar.
—Perdón por interrumpir, pero es urgente. Los de la comisaría de Retiro han contactado con nosotros por un nuevo asesinato. Ariel, cuyo nombre real era Gus Ugarte, el batería de los 4A, ha aparecido muerto a puñaladas en el ascensor del bloque de pisos donde vivía, con un 2 marcado en el pecho. Lo ha descubierto una vecina que ha terminado en urgencias.
—¿Había una videocámara grabando?
—En este caso no. Poco espacio en el ascensor para colocar una videocámara —contesta Levrero, echando un vistazo al monitor, donde la puesta en escena del crimen de Adel vuelve a cobrar vida ante sus ojos—. Pero las puñaladas, el cuerpo ensangrentado… es exactamente igual a como mataron al cantante.
—¿Estaba desnudo? —pregunta Vega, tratando de recordar la cara de Ariel. Inevitablemente, las dos caras de los integrantes de la banda se mezclan en su memoria: Ariel, Ander, Ander, Ariel… Los confunde. Con tanto apodo con A, vaya lío. ¿Quién era quién? ¿El que han encontrado en el ascensor era el guitarrista, el calvo con perilla y un piercing en la ceja, o el batería, el de la melena larga y cana?
—No, pero tenía la camisa rota dejando al descubierto el 2. Un asesinato tan brutal como el del cantante. El inspector Ruíz, que acaba de conseguir una orden para registrar el apartamento de Adel, ya está preparado para ir al número 42 de la calle de las Huertas, en el Barrio de las Letras. Ariel vivía en el ático. El ascensor está parado en la segunda planta, donde lo ha encontrado la vecina, pero, por lo visto, el asesinato se originó en el vestíbulo del edificio. Y ojo, eh, que la prensa está empezando a entrometerse y hay una especie de locura contagiosa entre las fans que da miedo.
—Entiendo… vale…
Vega, algo aturdida, se levanta. Antes de irse, le recuerda a Begoña que se acerque al hotel Montera a hablar con el encargado de las cámaras y que revise los alrededores:
—Es posible que haya alguna cámara en la calle que enfoque hacia la entrada del hotel. A ver si hay suerte.
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Mientras tanto, Samuel sigue revisando el móvil del cantante con la tarea pendiente de encontrar a todos los mánagers de los 4A desde sus inicios en 2002 y contactar con el periódico para el que trabajaba Esmeralda Moya.
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CAPÍTULO 7
Barrio de las Letras
Media hora más tarde
Vega y Bernardo llegan a la calle de las Huertas atestada de policías y periodistas, que intentan detenerlos para sacarles información.
—Ya estamos con las camaritas —espeta Bernardo, que parece el guardaespaldas de Vega al apartar las cámaras de su cara.
Cruzan el cordón policial que protege el antiguo bloque de edificios y suben hasta la segunda planta, donde les espera el cuerpo sin vida de Ariel encajonado en el diminuto ascensor.
—Qué masacre —murmura Bernardo con disgusto.
El ataque ha sido brutal en un espacio muy reducido en el que no caben ni dos personas. Ariel (es el batería de los 4A, el de la melena larga y cana, constata Vega) ha sido acuchillado en diversas zonas del cuerpo. La herida que más destaca es la del cuello. De nuevo, más de diez pero menos de veinte cuchilladas, lo que hace que Vega se pregunte si el número de agujeros en el cuerpo destrozado de la segunda víctima tiene tanto significado como la videocámara colocada en el cuarto de baño de la suite de Adel.
—¿Hora aproximada de la muerte? —le pregunta Vega a la forense. —Hasta que no le practiquemos la autopsia el dato no es muy fiable,
inspectora, pero yo diría que lleva entre siete u ocho horas muerto, por lo que debió de ser entre la una, una y media de la madrugada.
A la una de la madrugada Leire Fuentes ya había desaparecido tras el hallazgo del cuchillo en su habitación. Vega sabe que Aria, Ander y la segunda víctima que ahora tienen delante, preguntaron, cansados de esperar, si podían abandonar el hotel e irse a sus casas. Se les permitió
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salir del hotel sobre las doce y media de la madrugada. Entre el primer asesinato y el segundo, ambos de una crueldad sobrecogedora y un odio visceral, pasaron unas pocas horas.
—¿Ariel se fue a casa solo, acompañado, caminando, en taxi…? Ander y Aria tienen que saberlo, y, por cierto, hay que localizarlos cuanto antes para volver a advertirles, ahora sí, que corren peligro. Lo que hicieron debió de ser muy jodido para que hayan acabado así —empieza a decir Vega, más para sí misma que para Bernardo, que parece tener la mente en otra parte—. Inspector Ruíz —lo reclama—, vayamos pidiendo un permiso para rastrear el móvil de Leire Fuentes. Por cierto —se dirige a un compañero de la Científica—, ¿han encontrado el móvil de la víctima?
—El móvil no ha aparecido, inspectora —le contesta—. Solo su cartera, con un par de monedas sueltas y ya está. Llevaba poca cosa encima.
—Conforme con rastrear el móvil de Leire Fuentes —despierta Bernardo al cabo de un rato, agachando la cabeza y encorvándose un poco para anotarlo en su libretita, que parece aún más pequeña debido a lo grande que es él.
—No ha sido tan meticuloso o meticulosa esta vez —opina Vega, cruzada de brazos, con la mirada fija en el cadáver sentado en el reducido ascensor, como si quisiera retener la imagen en su memoria. Las piernas abiertas formando una V perfecta, la espalda apoyada en el estrecho espejo vertical del elevador, la cabeza desplomada hacia delante con la melena ocultando su rostro, y el 2, ese 2 grabado en el pecho ensangrentado—. La puesta en escena no es tan perfecta, lo que nos indica que, con Adel, lo tenía todo preparado, y, con Ariel, ha sido algo improvisado. Simplemente, vio el momento perfecto para actuar y lo aprovechó.
—No lo creo, inspectora.
—¿No cree que haya sido algo improvisado? —intenta comprender Vega, mirando a Bernardo.
—No. Esta puesta en escena, el lugar, la postura de la víctima… antes de actuar, todo esto ya estaba dentro de la mente del asesino (o asesina) — remarca, para regocijo de Vega—. Y lo creo porque esto ya lo he visto antes.
Vega, que no reprime un ligero suspiro de impaciencia, mira a Bernardo intrigada.
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—Verá, soy un apasionado del arte, especialmente de las pequeñas galerías y de los talentos que empiezan, y, aunque es posible que se trate de una coincidencia y todavía sea muy pronto para darle la importancia que ahora considero que merece, se lo tengo que contar. Solo así, quizá, podamos adelantarnos a los planes del asesino.
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CAPÍTULO 8
Algarra, Cuenca
Adel & Martina
A Martina le encantaba la centenaria casa de Algarra que Adel, en un
arrebato, adquirió poco después de la pandemia con la intención de distanciarse poco a poco de la ciudad, alegando que el ruido y la gente cada vez lo agobiaban más. Alejada del centro del pueblo subiendo por la cuesta de la calle la Tejada, Adel hizo reformas para adaptar la vieja casa a su estilo. Que si un gran ventanal por aquí y otro por allá para que parezca que las montañas me engullen, que si un espacio diáfano y abierto para que nada me entorpezca cuando me visiten las musas, que si un jacuzzi en la terraza para pasar una velada romántica bajo las estrellas… En Algarra solo viven veinticinco personas, por lo que era posible que pasaran los días, las semanas y los meses sin tener contacto con nadie, y eso era lo que la pareja, cansada de socializar a todas horas, buscaba: soledad.
A principios de 2023, Martina y Adel se conocieron en una fiesta. Ella tenía dieciocho años y ya había desfilado en las pasarelas más importantes: Milán, Londres, Berlín, París, Nueva York… Adel tenía cuarenta y un años y llevaba dos tomándose un descanso de los 4A, aunque no había pasado ni un solo día sin haber compuesto alguna canción. Los veintitrés años que los separaban no impidieron que surgiera el flechazo y que se pasaran toda la noche hablando. No pegaban ni con cola, esa es la verdad: ella, guapísima, refinada y elegante, alta, de figura escultural y piel de porcelana; él, el típico rockero desgarbado que bebía y se drogaba y que, a sus cuarenta y tantos, parecía estar de vuelta de todo. Al fin de semana siguiente de la fiesta, Adel le propuso a Martina que lo acompañara al fin del mundo. A ella le hizo gracia la proposición, qué bien sonaba eso del
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«fin del mundo», y dijo que sí. Le hubiera dicho que sí a cualquier cosa. Y así fue como acabaron en Algarra.
—Hace casi tres años que me compré esta casa y eres la primera persona a la que traigo.
—Mentiroso. Seguro que te traes a todos tus ligues aquí.
—No te miento. Eres la primera. Te lo juro.
Al principio, Martina se sintió desubicada, tan lejos de todo y lamentando no haber llevado un calzado más cómodo para esos caminos complicados que no conducían a ninguna parte. Pero Adel hacía que todo fuera mágico. Era divertido, distinto, maduro… Nada que ver con los tíos con los que había estado. Pese al frío del mes de febrero, por la noche se tumbaron en la terraza bajo un imponente manto de estrellas, e hicieron el amor por primera vez. Lento, suave, intenso. Martina pensó que era la primera vez que un hombre había pensado más en el placer de ella que en el suyo propio.
—Creo que me voy a enamorar de ti —le susurró Martina al oído.
—Hazlo, yo ya lo estoy. Estoy loco por ti —le dijo Adel.
Cada vez pasaban más tiempo en Algarra. A veces, cuando Martina tenía que viajar, que era bastante a menudo, Adel se quedaba solo componiendo y manteniendo el contacto con Ander, Ariel y Aria a través de Zoom. Estos estaban impresionados; Adel ya no era su Adel desde que salía con Martina. Había dejado de beber y de drogarse, hacía ejercicio y comía sano, cuando la alimentación de Adel siempre había consistido en pizzas, hamburguesas y platos precocinados. No estaba muerto de milagro. Pero si había algo que al resto de la banda dejó descolocados, era que Adel, por primera vez en su vida, no se le pasaba por la cabeza ponerle los cuernos a la modelo. Él, que siempre se había enrollado con chicas mucho más jóvenes, y eso no había cambiado, no sabía lo que era la fidelidad hasta que conoció a Martina, reconociendo que:
—No me imagino esta puta vida sin ella, tíos. No quiero estar con nadie, solo con ella.
La modelo fue toda una inspiración para sus letras.
Con el tiempo, la mayoría de las cosas que Adel tenía en su piso de Madrid acabaron en la casa de Algarra, incluidas unas tarjetas de memoria que formaban parte de una vida que había dejado atrás, pero cuyo contenido conservaba por si algún día las cosas se ponían feas.
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Algarra, Cuenca
Viernes, 27 de diciembre de 2024
Adel y Martina pensaban pasar la noche de Fin de Año solos en la casa de Algarra. En febrero del nuevo año celebrarían dos años de relación, pero las cosas entre ellos se habían torcido un poco. Martina cumplía veinte años en seis días, Adel acababa de cumplir cuarenta y tres. A ella había cosas que le daban cringe, término que empleaba cuando se juntaba con sus amigas, también modelos, que le decían que lo que le pedía el boomer no era normal y la animaban a que lo dejara, pues había un tercero en discordia que merecía mucho la pena: Sergio Verino, el actor del momento, el más deseado que, además, bebía los vientos por Martina desde que se conocieron en una sesión de fotos y le enviaba wasaps a diario.
—Pudiendo estar con Verino, que madre mía lo buenísimo que está y la suerte que tienes de que solo tenga ojos para ti, y eliges a ese vejestorio.
A pesar de todo, Martina defendía a Adel. Cuando lo conoció, de veras había pensado que era el amor de su vida:
—Solo tiene cuarenta y tres años, tía, no es un vejestorio.
—Ya, pero piénsalo. Cuando tú tengas cuarenta, él tendrá… —La amiga se detuvo a echar cuentas un rato más del necesario—… sesenta y tres. ¡Sesenta y tres! Uf, qué depre. Bueno, mientras de momento te funcione bien en la cama…
… la cama. Qué cringe cuando Adel le pedía que no usara ni una gota de maquillaje, que se depilara entera, que no quería ver ni un solo pelo púbico, que se hiciera dos coletas, o no, mejor dos trenzas, que le ponían más, que se vistiera de colegiala, que lo llamara papi cuando entraba dentro de ella, que se hiciera la dormida…
Adel, que había vuelto a consumir estupefacientes a escondidas y a beber demasiado con cualquier excusa, había cogido la suficiente confianza con Martina como para empezar a mostrar su verdadera cara.
Aprovechando que Adel había bajado al bar del pueblo a por un par de cafés, Martina empezó a dar vueltas por la casa buscando algo, no sabía el qué, pero algo… Algo que la empujara a tomar la decisión en la que llevaba pensando un tiempo: romper con Adel. Había libros, esculturas y
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obras de arte por toda la casa, cada vez más llena mientras el piso de Madrid se había ido vaciando.
¿Qué era lo que Adel le decía siempre? No es que Martina fuera una lectora voraz, más bien todo lo contrario, pero los días de invierno en Algarra eran largos y aburridos, y le daba por cotillear la inabarcable colección de libros de Adel.
—Puedes coger el que quieras menos los de esa estantería —le indicó con seriedad.
La estantería a la que se refería era la última de una larga hilera y estaba repleta de novelas de terror. Stephen King, Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Lovecraft, Clive Barker, Anne Rice… Reparó en la balda más alta, la que pasaba desapercibida pero a la que ella llegaba sin dificultad gracias a su casi metro ochenta. Todos los libros estaban más echados hacia delante que los de los estantes de abajo, por lo que era posible que hubiera algo escondido detrás. Y fue, entre una edición antigua de la inquietante Rebeca, de Daphne du Maurier, y Aquí vive el horror: la casa maldita de Amityville, de Jay Anson, donde a Martina se le cayeron cinco tarjetas de memoria al suelo. Pero lo que más le inquietó, fue ver que en el fondo del estante, oculto por todos los libros apiñados, había una montañita de tarjetitas de memoria. También encontró una videocámara que a Martina la pareció muy de boomer. La cogió, sin esperanza de que la batería funcionara, eligió una tarjeta de memoria al azar entre las treinta que había, la introdujo en la ranura, y la pantalla plegable de la videocámara cobró vida, arrastrando a la modelo a un infierno ajeno que difícilmente podría sacarse de la cabeza.
Contenido de una de las tarjetas de memoria Junio, 2014 – Laura
Encima de la cama hay una chica joven. Muy joven. No tiene más de quince años. Está dormida. Aparentemente drogada. No se mueve. De fondo, emerge la voz de Adel reclamando el pago. Mil doscientos euros por cabeza. Hijo de puta.
A continuación, cuatro tíos desnudos se colocan en fila. Se les ve de perfil y de espaldas.
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(Martina solo reconoció a uno, su melena larga y desgreñada siempre ha sido la marca de Ariel, el batería de los 4A liderada por Adel, a quien, pese a no aparecer en plano, se le sigue escuchando).
Uno a uno y sin prisa, empiezan a acariciar a la chica. Se ríen, bromean, se la meten, la voltean, escupen sobre su cuerpo, uno de ellos le mea en la cara, la golpean, la maltratan. Juegan con ella a su antojo, se la turnan y eyaculan encima de su frágil cuerpo. La chica sigue sin moverse, está completamente dormida, no parece enterarse de lo que le están haciendo.
(La grabación tenía una duración total de cuarenta y cinco minutos que Martina, asqueada, fue incapaz de seguir viendo).
Y entonces, llegó Adel…
… Martina se encontraba en tal estado de shock por lo que acababa de ver, que ni siquiera se dio cuenta de que Adel había llegado a casa. La había pillado con los ojos anegados en lágrimas mirando la crudeza de las imágenes a través de la pantalla de la videocámara. Para cuando Martina se percató de su presencia, ya era demasiado tarde. Adel, con una violencia desmedida, corrió hacia ella, la agarró con violencia del pelo y la lanzó al suelo como si fuera una muñeca de trapo inservible.
—¡¿Qué haces?! ¡¿Qué has hecho?! —le gritó Adel, agarrándola del cuello de la camisa para levantarla del suelo y estamparla contra la pared. A la modelo se le formó un gran hematoma en la espalda que le duró semanas. Adel levantó el brazo, cerró la mano en un puño y se mordió el labio inferior, conteniendo las ganas de golpearle en la cara… esa cara preciosa que tanto había adorado… Martina cerró los ojos. Si la iba a golpear, no quería ver cómo esa mano que tantas veces la había acariciado con amor, ahora era la responsable de romperle la nariz.
Finalmente, Adel la soltó, le dio la espalda y murmuró:
—Vete. No quiero volver a verte en mi puta vida. Y como denuncies lo que acabas de ver, te mato. Te juro que te mato.
Algarra, Cuenca
Madrugada del domingo, 19 de enero de 2025
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Leire sabe que, a estas alturas, la policía debe de estar buscándola.
¿Cómo acabó el cuchillo con el que mataron a Adel en la bañera de su habitación? Bueno, eso es lo primero que pensó al ver el cuchillo ensangrentado, que era el arma del crimen y que lo habían colocado ahí para culparla.
La primera persona que se le pasó por la cabeza al huir asustada del hotel por una segunda salida que la policía no tenía controlada, era Martina. Martina, la modelo, la reciente ex de Adel, a quien conocía desde hacía años de la agencia de modelos en la que Leire trabajaba como booker hasta que se lio con el marido de Romina, su jefa, y esta se enteró y, claro, se lio una muy gorda. Por suerte y después de cuatro años sin mánager desde que decidieron darse un descanso, los 4A buscaban a alguien que, sobre todo, los controlara y los mantuviera con los pies en la tierra. La gira iba a ser larga y los integrantes tenían tendencia a desmadrarse. Así que Martina, que sabía que Leire se había quedado en el paro, la propuso como mánager en octubre de 2024 y, como Adel le decía que sí a todo, se unió a la banda con un sueldo increíble.
Pero no es todo oro lo que reluce. Cuando las condiciones son tan buenas en un país en el que la mayoría de salarios no alcanzan ni para el alquiler… desconfía.
Si Leire llega a saber que se cargarían de una manera tan espantosa al líder de los 4A, y ha tenido muchas horas para pensar que puede que hubiera motivos muy chungos para que algo así haya ocurrido, se habría quedado tan a gusto cobrando el paro.
Por eso, cuando Leire salió corriendo del hotel sin saber qué hacer o adónde ir, llamó a Martina.
—Martina, ¿dónde estás? —le preguntó Leire con la respiración acelerada.
—En París. ¿Qué te pasa, Leire?
—Han… han matado a Adel.
—¡¿Cómo?!
—Que se lo han cargado, Martina, que se lo han cargado… Ha aparecido muerto en la bañera de su suite, nos alojábamos en el hotel Montera. El concierto en la sala El Sol estaba a punto de empezar, Adel no aparecía y… ¡Joder! —le gritó a la noche, corriendo por las calles, perdida entre una multitud que ignoraba su desesperación.
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—Bueno… —murmuró Martina, como si el asesinato de Adel no fuera con ella—. ¿Y dónde estás? ¿Estás corriendo, Leire? Te noto algo… agitada…
—¡Estoy huyendo del hotel, Martina! Han dejado el cuchillo con el que han matado a Adel en la bañera de mi habitación. Bueno…, de la habitación del hotel. ¡Lo van a encontrar o algo y me van a cargar las culpas!
—Respira. Tranquila —le aconsejó Martina, hablando lentamente y con una calma que provocó que Leire se pusiera aún más nerviosa—. Vas a hacer lo siguiente.
—¿Qué? ¿Pero qué dices?
—Escúchame… Alguien quiere culparte del asesinato de Adel, ¿no? Te voy a ayudar. Coge un taxi, pídele que te lleve hasta Algarra, Cuenca. Te va a salir por un pico, pero…
—Ahí no es donde… —la interrumpió Leire.
—Sí, es donde Adel tiene una casa perdida en mitad de la nada. Dile al conductor que suba por la cuesta de la calle la Tejada. La segunda casa a la derecha es la de Adel. No tiene pérdida. Hay una copia de las llaves dentro de una piedra falsa en la jardinera que protege el olivo de la entrada.
—Pero qué…
—Entra en la casa —sigue diciendo Martina, arrastrando las palabras, como si fuera drogada o Leire la hubiera arrancado del sueño—. Nadie va a buscar ahí…, y, para cuando lo hagan, quiero que hayas encontrado unas tarjetas de memoria y una videocámara. Posiblemente, sigan en el mismo lugar, en la librería del salón. Última estantería, detrás de los libros de la balda más alta. Presenta a la policía esas pruebas que demuestran que Adel era un monstruo, que hay un motivo por el que ha acabado como ha acabado, y que merece lo que le ha pasado. Si colaboras y les cuentas que no tienes nada que ver con su asesinato, te creerán.
—¡Pero eso me haría parecer más culpable!
—Huir ya te hace parecer culpable, Leire, y, de momento, la casa de Algarra es el lugar más seguro para ti. De momento, puedes esconderte ahí —sugirió Martina.
Por su voz pausada y por las cosas raras que le estaba diciendo, Leire se preguntó si de verdad se encontraba en París o se trataba de una coartada que se estaba sacando de la manga para que nadie sospechara de ella. En la situación de Leire, era fácil ver culpables en todas partes.
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—Si por lo que sea van hasta Algarra y te encuentran —siguió hablando Martina—, colabora. Y tranquila. Porque, cuando les entregues todo ese material, al menos sabrán por qué han matado a Adel y eso, que yo sepa, es algo que interesa bastante a la policía. Les facilita un hilo del que tirar.
—Pero tú… ¿Cómo sabes todo eso?
—No mires el contenido de esas tarjetas de memoria. No lo mires, es terrible. A lo mejor me equivoco y Adel tenía cuentas pendientes u otros problemas y no tiene nada que ver con eso que jamás tuve que ver, pero… la intuición me dice que sí, que lo que Adel hizo en el pasado y posiblemente pensaba seguir haciendo ahora que volvía a los escenarios, es lo que lo ha conducido a la muerte —sentenció sin titubear—. Si tú no has matado a Adel…
—¡Pues claro que no! —la cortó Leire, alucinando con el temple de Martina y con sus formas, propias de la líder de una mafia.
—… pues no tienes nada de qué preocuparte, ¿no? Y ahora, vete. No pierdas más tiempo. Vete a Algarra.
No tenía sentido. Pero ya había huido del hotel y esa huida, Martina tenía razón, la hacía parecer culpable.
¿Y qué había en la casa de Algarra? ¿Qué era lo que tenía que encontrar y que serviría como prueba para que la policía tuviera al menos el motivo por el que habían asesinado a Adel? ¿Qué motivo? ¿Qué era eso que decía Martina que había hecho y que lo convertía en un monstruo?
Martina, que al fin había tenido la excusa perfecta para compartir su secreto con alguien, un secreto que llevaba semanas mortificándola tanto como la amenaza de Adel de que si revelaba lo que había visto la mataba, había despertado la curiosidad de Leire.
Por eso, Leire se encuentra en Algarra, a más de doscientos sesenta kilómetros de Madrid. La carrera le costó ochocientos euros que le pagó en efectivo al taxista. Era todo el dinero que llevaba encima y que pertenecía a los 4A. Así que ahora, además de sospechosa por asesinato, se ha convertido en una ladrona.
Apenas visible por la oscuridad de la madrugada en el basto camino de tierra donde se encuentra la casa, Leire encendió la linterna de su móvil y buscó entre las piedras de la jardinera del olivo. Le llevó algo más de cinco minutos dar con la piedra falsa en cuyo interior se escondía la llave que abre la puerta de entrada.
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Entró, encendió la luz, observó con disgusto el desorden que reinaba en la casa. Cubiertos sucios, incontables latas de cerveza, botellas de vino y cajetillas de tabaco vacías, impedían ver el blanco veteado de la encimera de la cocina. Frente a la entrada, en la zona en la que se encuentra la librería que le había mencionado Martina, Leire encontró unos mullidos sofás de ante llenos de mantas y ropa. Apestaba a tabaco, a suciedad, a gato muerto y a sudor. Leire ignoraba cuándo fue la última vez que Adel salió por la puerta de esa casa, pero a nadie que estuviera en su sano juicio le apetecería regresar a un lugar así de revuelto y sucio. Leire sabe lo mucho que le gustaba ese lugar a la modelo. Cuando trabajaba como booker en la agencia, Martina se pasaba horas hablando del pueblo, de la casa, de los fines de semana idílicos que pasaba ahí junto al cantante.
Pese al cansancio, el disgusto y la ansiedad que sentía pesada en el pecho acelerando sus latidos, Leire se acercó a la última estantería. No es tan alta como Martina y no alcanzaba a ver qué había en la última balda, así que estiró el brazo lo máximo que pudo y tiró cuatro libros al azar. De esos cuatro libros, cayeron dos tarjetas de memoria.
—Así que es verdad… —rumió.
Acercó una silla, se subió a ella. Ahí estaban. Detrás de una hilera de libros de terror, había un montón de tarjetas de memoria y una videocámara que Leire dudaba que arrancara, pero, si Martina había visto el contenido, fuera cual fuera y a saber cuándo, eso significaba que sí funcionaba.
A pesar de la curiosidad que sentía, el recuerdo de lo que le había dicho Martina la disuadió de introducir una de esas tarjetas en la ranura de la videocámara para ver qué había ahí y descubrir el motivo por el que pensaba que habían asesinado a Adel: «No mires el contenido de esas tarjetas de memoria. No lo mires, es terrible».
—Terrible —repitió, tan agotada que la voz le salía gangosa y cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos.
Había encontrado lo que quería, aun ignorando el contenido de las tarjetas. Esas eran las pruebas con las que, según Martina, podría colaborar con la policía para así resultar útil e inocente. Leire no sabía a qué hora habían matado a Adel, pero ella no ha sido, no, ella no tiene nada que ver. Si esa inspectora les había preguntado qué habían hecho, las horas y demás, es porque indagarán al respecto, se consoló. Y, si indagan, descubrirán que, de los ensayos en la sala El Sol, ella fue al bar de tapas
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con Aria, Ander y Ariel. Hay testigos. Después subió a la tercera planta, se metió en su habitación, y a las 20.45 estaba en la sala de conciertos antes que los de la banda, que llegaron, si mal no recordaba, a las 21.15.
Leire no tiene nada que ocultar pese a su precipitada y extraña huida. Aunque desactivaran las cámaras de la planta reservada para el grupo, que les costó un dineral para que el hotel accediera, las otras cámaras sí estaban grabando, piensa. Ignora que ninguna de las cámaras del hotel estuvieron en funcionamiento desde que hicieron el check-in en recepción a las doce del mediodía, y, por lo tanto, no van a poder probar que ella no subió a la última planta en ningún momento de la tarde en la que asesinaron a Adel.
No tendría que haber huido como una cobarde. El miedo se había impuesto a la razón, se había comportado como una idiota sin cabeza, y ahora ya era tarde para enmendar el error.
Dejó caer al suelo la montaña de ropa que había en el sofá, cogió una manta que apestaba a tabaco pero que era caliente, y se tumbó con la intención de echar una cabezadita. Fue entonces cuando vio lo que había detrás del sofá: una pintura enmarcada que estaba apoyada en la pared y la firmaba una tal Aitana Boza. El escenario creado era inquietantemente fiel a lo que había ocurrido hacía unas horas: un cuarto de baño de baldosas blancas y, en el centro, la artista había pintado al óleo a un hombre muy parecido a Adel sumergido en una bañera llena de agua roja, agua teñida de sangre.
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CAPÍTULO 9
En el ático de Ariel, batería de los 4A
Vega y Bernardo admiran en silencio el óleo sobre lienzo que Ariel tiene
colgado en el salón, de donde, a falta de móvil, han confiscado un ordenador portátil y un par de iPads.
La obra, firmada por Aitana Boza, un nombre que a Vega no le suena de nada pero a Bernardo sí, les muestra un escenario casi idéntico a lo que acaban de ver. Salvo el 2 marcado en el pecho, los inspectores están impactados por las semejanzas: la artista pintó al óleo a un hombre encajonado en un ascensor salpicado de sangre con las piernas abiertas en forma de V, la cabeza desplomada hacia delante con una melena canosa tan larga que le oculta el rostro, y la espalda apoyada en el espejo vertical del elevador que, en el caso de la obra, sirve para mostrar el reflejo de la silueta difusa de una mujer.
Vega estaba equivocada, este segundo asesinato no ha sido improvisado. Como ha dicho Bernardo, el crimen ya estaba dentro de la cabeza del asesino (o asesina) antes de cometerlo, y está claro que la pintura que tienen delante ha tenido mucho que ver para la puesta en escena.
—Aitana Boza. Una joven pintora con un futuro brillante.
—¿Dónde podemos encontrarla? —pregunta Vega con inquietud.
—En el cementerio —se lamenta Bernardo, sacudiendo la cabeza—. Me enteré de su suicidio hace unos meses. De hecho, cuando fui a la exposición en la que vi este cuadro y otro similar a como murió Adel, con un hombre sumergido en una bañera con el agua roja, pensé que algo no andaba bien en la cabeza de esa chica y resulta que ya estaba muerta cuando expusieron esta y las otras obras, un total de cinco, si la memoria
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no me falla. La exposición se titulaba «HOMBRES», de eso sí me acuerdo, y aún tengo que tener el folleto por ahí. Seguro, porque los conservo todos, y uno de los cuadros era, efectivamente, este que tenemos delante.
—Y el del hombre en la bañera con el agua roja como el asesinato de Adel, has dicho. ¿Qué más?
—Había un hombre trajeado en un retrete cochambroso típico de bares de mala muerte o discotecas… tenía su gracia por lo penoso de la situación: el tipo tan elegante, con los pantalones bajados hasta los tobillos y en esa pose tan ridícula y humillante… —Bernardo se detiene un momento, hace memoria—. Ah, sí, otro metido en un armario al que le pintó un montón de corbatas de colores estrafalarios alrededor del cuello… Y el que más me impactó fue el de la moto. Un hombre muerto, con el pecho agujereado y lleno de sangre sentado en una moto negra, lo cual es físicamente imposible, en un parking oscuro. Sí, ese era muy oscuro, a mi parecer le faltaba una pizca de luz, aunque supongo que fue intencionado.
—Bañera, ascensor, retrete, armario y moto negra en un parking.
Puede que Adel tenga el cuadro de la bañera en su piso.
—Vamos a comprobarlo ahora, ¿no?
—Sí. Pero si ya se ha cumplido el asesinato de la bañera y el del ascensor, faltarían otros tres, retrete, armario y moto en un parking, y solo quedan dos integrantes vivos de los 4A y uno de ellos es una mujer. Si la exposición se titulaba «HOMBRES»…
—¿Puede que Adel y Ariel se metieran en algo turbio y el otro y la chica no tengan nada que ver?
—Puede —contesta Vega, prudente, recordando una vez más el caso Leiva en el que los autores fueron asesinados uno a uno como algunos de los personajes de sus novelas, mientras que, en este nuevo caso al que se enfrentan, alguien está imitando las obras de una pintora joven que se suicidó el año pasado—. ¿Pero cómo adelantarnos a los crímenes que puede cometer, si hay miles de retretes, motos en parkings y armarios en todo Madrid? ¿No podría haber pintado escenarios más… específicos?
—Efectivamente, es como buscar una aguja en un pajar —murmura Bernardo desalentado.
—¿Aitana Boza tenía familia?
—Buena vía, indagaremos al respecto de camino al piso de Adel. ¿Le parece, inspectora?
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—Ya va siendo hora de que nos tuteemos, Bernardo.
Bernardo, complacido, sonríe.
—Me parece estupendo, Vega. Siempre me he sentido más cómodo trabajando de tú a tú y en un ambiente familiar.
En el apartamento de Adel, líder y cantante de los 4A
A pesar de las altas mamparas que se instalaron a finales de 1998 para evitar más tragedias, Aitana Boza se lanzó al vacío desde el viaducto de la calle Segovia durante la madrugada del 23 de enero de 2024. En cuatro días se cumplirá un año de su muerte. Con anterioridad, la mala suerte se había cebado con su familia. Sus padres fallecieron en 2021, ambos de cáncer con tres meses de diferencia. Estragos del colapso sanitario que hubo durante la pandemia del COVID, provocaron que ambos cánceres no se les detectara a tiempo. Por desgracia, no fueron los únicos que padecieron una injusticia tan grande.
Vega y Bernardo se preguntan si la muerte de sus padres la sumió en una depresión severa que la empujó al suicidio, o si hay algo más dada la relación que, claramente, involucra a la pintora con los asesinatos de Adel y Ariel.
—Aitana tenía una hermana cuatro años mayor que ella —ha descubierto Bernardo—. Candela Boza. Puede que si las dos víctimas recientes abusaron de la pintora, la hermana lo supiera.
—¿Cuántos años tenía Aitana?
—Murió con veinticinco —ha contestado Bernardo.
—Por lo tanto, nació en 1999 —ha continuado Vega, haciendo cálculos
—. Podría haber sido víctima de Adel y Ander.
—Ander no, ese es el guitarrista y supongo que sigue vivo; el del
ascensor era Ariel, cuyo nombre real era Gus Ugarte, el batería —la ha corregido Bernardo.
—Joder, vaya lío con tanta A.
—Ya te digo. Yo porque lo tengo todo apuntado, que si no… no me entero —se ha reído Bernardo—. Adel, Abraham Rot, líder y cantante. Muerto —ha empezado a repasar, leyendo una de las innumerables páginas garabateadas de su libreta—. Ariel, Gus Ugarte, el batería.
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Muerto. Ander, David Astralaga, el guitarrista. ¿Vivo? Aria, Adriana Bueno, la teclista. ¿Viva?
—Gracias por el repaso, Bernardo. Hablaremos con la hermana de la pintora, a ver si sabe algo de los cuadros y si Aitana tenía relación con las víctimas o era fan de los 4A.
—Supongo que la venta de los cuadros se movió desde la galería en la que se expusieron tras su muerte, que fue La Panartería, especializada en exhibiciones contemporáneas y obras de artistas urbanos. Me encanta esa galería. Está en Lavapiés, en la calle del Mesón de Paredes, número 72.
—Apúntalo. Además de contactar con la hermana, mañana iremos a la galería. ¿Cuándo has dicho que fue la exposición?
—En febrero del año pasado. Fue su tercera y, supongo, última exposición, aunque la pobre ya no estaba aquí para verla. En vida, Aitana expuso algunas de sus obras con otros artistas en Delimbo y en Swinton and Grant, también en Lavapiés, que era donde vivía.
—Entonces, ¿la última exposición la movió su hermana o tenía un marchante? No sé cómo funciona el mundillo del arte.
—Puede. La muchacha no tenía más familia que la hermana, por lo que deduzco que se quedaría con un buen porcentaje del dinero ganado con la venta de los cuadros, si es que los otros se llegaron a vender, que todavía no lo sabemos —ha deducido Bernardo, cuando estaban a dos pasos de llegar al piso de Adel.
—Un total de cinco cuadros —ha querido asegurarse Vega.
—Sí, cinco —ha confirmado Bernardo, pensando en lo mismo que Vega: en las tres siguientes víctimas, sean quienes sean, que seguramente no sospechan que el final está cerca.
Adel residía en el tercer piso de un edificio señorial de la calle del Prado, no muy lejos de la calle de las Huertas donde vivía el batería al que acaban de encontrar muerto en el ascensor. Sin embargo, cuando Vega y Bernardo, junto a un par de agentes de la Científica cargados con todo el material, han entrado en el piso, se lo han encontrado casi vacío. Por no haber, no hay ni tele. Un sofá, una mesa sin sillas, de los cuatro dormitorios solo hay uno con cama, y en uno de los seis armarios empotrados han dado con una cazadora vaquera, un par de pantalones y dos camisas.
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—No hay nada —comenta Vega, extrañada, recorriendo las estancias desangeladas—. ¿Se estaba mudando? ¿Lo tenía a la venta? —Bernardo, con los ojos clavados en las paredes desnudas por si da con la pintura de la bañera de la artista suicida, se encoge de hombros—. ¿Problemas de pasta? —va preguntando Vega, sin que Bernardo sepa qué contestar—. El trabajo se acumula. Hay que averiguar si Adel tenía otra propiedad a su nombre.
—Con la pasta que ganaban, puede que varias —comenta Bernardo, anotando la nueva orden en la libreta.
Vega recibe una llamada. Es la agente Palacios.
—Dime, Begoña —contesta, ante la atenta mirada de Bernardo. —Varias cosas, Vega. Pepe Hurtado, el responsable del buen
funcionamiento de las cámaras del hotel Montera, desaparecido en combate. Ni su mujer, de quien se está divorciando, ni sus padres, con los que se fue a vivir hace dos meses, saben nada de él desde el sábado por la tarde.
—Sospechoso.
—Pues sí. Pero a lo mejor tenemos suerte. He dado con una cámara que es posible que enfoque la entrada del hotel. Mañana a primera hora pediré las grabaciones, aunque, de la segunda salida por la que huyó la mánager nada, no hay cámaras en los alrededores. Por cierto, acabo de hablar con Samuel. Ha contactado con Martina, la ex de Adel, y le ha dicho que se encuentra en París, pero que cuando regrese a Madrid, vendrá a comisaría a colaborar en lo que pueda.
—Mmm… no sé por qué me da que la modelo no va a venir —recela Vega.
—Ya… Y, por otro lado, han rastreado el móvil de la mánager. La tenemos localizada, perdida en un pueblo de solo veinticinco habitantes.
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CAPÍTULO 10
Cementerio de la Almudena
Madrugada del lunes, 20 de enero de 2025
Faltan cinco horas para que la mujer de Pablo Setién, un importante
empresario madrileño de treinta y ocho años, propietario de varios clubes nocturnos, encuentre su cuerpo salvajemente apuñalado con el número 3 marcado en el pecho, sentado en el retrete del pequeño cuarto de baño de su despacho. Una visión tan grotesca como degradante.
Con la satisfacción de ir avanzando en su maquiavélico, aunque, a su parecer, justo plan, y con un brillo febril en la mirada, coloca un peón de marfil al lado del caballo. Seguidamente, esbozando una sonrisa traviesa, se saca otro peón del bolsillo del chaquetón, porque la noche ha sido muy larga y ha dado mucho de sí, mientras le susurra a la tumba de Aitana:
—Y ya van cuatro de los hijos de puta que te arrastraron hasta aquí. Solo me queda uno. Ese con el que fantaseaste apuñalándolo en el pecho mientras estaba montado en la moto negra que trata como si fuera su novia.
Algarra, Cuenca
Lunes, 20 de enero de 2025
7.30 h
Vega ha querido ir personalmente con Levrero a Algarra, un pueblo de Cuenca ubicado en la comarca de la Serranía Baja hasta donde los ha conducido el rastreo del móvil de Leire y donde, además, Adel tenía una propiedad a su nombre. Esperan que no se trate de una trampa y que, en el mejor de los casos, Leire siga ahí. Bernardo les ha dicho que su mujer
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anda un poco pachucha, que prefiere quedarse en Madrid por si lo necesita, así que se encargará de ir a la galería La Panartería desde donde debieron de vender el cuadro que Ariel tenía en su casa.
¿Y dónde fueron a parar los otros cuatro cuadros de la exposición «HOMBRES»? Ya veremos.
Mientras tanto, y a la espera de que a lo largo de la mañana se les practique la autopsia a los dos integrantes de la banda 4A asesinados y localicen al encargado de seguridad que desactivó premeditadamente las cámaras del hotel, Samuel y Begoña tratarán de conseguir la grabación de la cámara exterior que enfoca hacia la entrada del Montera.
Leire, que en ningún momento ha caído en la cuenta de que podrían rastrear su móvil y localizarla, está tumbada en el sofá. Se siente débil, mareada y agotada, demasiadas horas sin comer le empiezan a pasar factura. Lleva un día entero en esa casa mugrienta que tan malas vibraciones le transmite, sobre todo desde que ha visto el cuadro de una tal Aitana Boza a la que ha buscado en Google y resulta que se suicidó el año pasado. Entonces, ¿cómo pudo pintar lo que le ha terminado pasando a Adel? O, mejor dicho, ¿quién ha imitado lo que pintó la artista? Leire sabe lo que le pasó gracias a aquel inspector mayor y grandote: la noche del sábado, cuando los interrogaron en el restaurante del hotel, el inspector les soltó bruscamente que a Adel lo habían acuchillado (muchas veces), y había aparecido muerto en la bañera. Como en ese cuadro que Leire ha estado mirando durante mucho rato con recelo. No lo entiende. Por más vueltas que le ha dado al asunto, es incapaz de asimilar que alguien pueda acabar con la vida de otra persona de una manera tan cruel y sanguinaria. Por otro lado, ha estado evitando la tentación de coger una de las tarjetas de memoria, introducirlas en la ranura de la videocámara, y ver qué hay. Qué fue lo que, por lo visto, trastornó tanto a Martina hasta el punto de que le dijera que Adel era un monstruo y que en esas tarjetas, o eso creía ella, podía estar el motivo por el que se lo habían cargado. ¿Por eso rompió con Adel, y no porque Verino, ese actor de ascendencia italiana que está tan de moda, la conquistara?
En el momento en que Leire se levanta del sofá, decidida a ver qué hay en esas tarjetas, alguien llama a la puerta. No, no llama, la aporrea, y Leire se lleva la mano al pecho, como si así pudiera ralentizar los latidos frenéticos de su corazón. Vuelven a golpear la puerta, y una mujer, cuya voz Leire reconoce de la noche del sábado, grita:
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—¡Leire Fuentes, abra la puerta!
—¡Policía! —grita un hombre.
Leire podría abrir alguna de las ventanas que dan a la parte de atrás, correr montaña arriba, desaparecer… Pero…
—No tienes nada que ocultar. No tienes nada que ocultar… —va murmurando, de camino a la puerta, que abre con manos temblorosas.
Al otro lado solo está la inspectora que los interrogó la noche del sábado y un tipo trajeado que parece sacado de Men in Black, no un pelotón de agentes con las armas en alto como esperaba, así que Leire consigue tranquilizarse un poco.
—¿Podemos pasar? —pregunta Vega con calma, mirando con desagrado el caos y la suciedad que hay en el interior de la casa, y es que sigue pensando que Leire es inocente, que solo huyó porque se asustó al ver el cuchillo ensangrentado en la bañera de su habitación, y, bueno, a cualquiera podría pasarle y todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no?
A las pruebas se remite la inspectora: cuando Ariel fue atacado en el ascensor, claramente por la misma persona que hacía escasas horas había acabado con la vida de Adel, Leire viajaba en el coche que la trajo hasta Algarra. El rastreo del móvil de la mánager es su mejor coartada.
—Esta casa era de Adel, ¿verdad? —vuelve a la carga Vega, mientras Levrero pasea por la casa pensativo y en silencio.
—Sí…
—¿Por qué huyó, Leire? —quiere saber Vega.
—Me asusté. Me asusté mucho, encontré el cuchillo que… —Leire se lleva las manos a la cara, se echa a llorar.
—¿Por qué, en lugar de informarnos de que el arma del crimen había aparecido en su habitación, vino aquí? ¿Qué la ata a esta casa, a este pueblo…?
—Nada. A mí no me ata nada aquí, se lo juro, me… fue… —Leire, incapaz de atinar con las palabras, maldice a Martina. ¿Y si ha sido una emboscada y por eso su voz sonaba tan rara? ¿Y si Martina no está en París y mató a Adel por esas tarjetas con las que, según le dijo, puede colaborar con la policía? ¿Por qué Martina tenía tanto interés en esas malditas tarjetas de memoria y en que ella viniera a esta casa perdida en mitad de la nada?
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—Pese a que su huida fue bastante sospechosa en su momento, tenemos motivos para no considerarla culpable, Leire, quiero que le quede claro y que se tranquilice, ¿sí? —le pide Vega—. Pero necesito que me ayude, que colabore, que me cuente todo lo que sabe. En caso contrario, tendré que detenerla por obstrucción a la justicia.
—Vega… —la llama Levrero desde detrás del sofá, levantando otro cuadro firmado por Aitana Boza. El estilo es el mismo que el que encontraron en casa de Ariel, pertenece a la colección «HOMBRES» expuesta el año pasado en la galería La Panartería, y muestra a un hombre claramente muerto sumergido en una bañera blanca, tan blanca como las baldosas que lo rodean, salvo por el agua teñida de sangre.
—Leire, han matado a Ariel —le informa Vega a la mánager, a quien se le desencaja la cara—. Apareció ayer a primera hora de la mañana, lo mataron durante la madrugada del domingo en el ascensor del bloque de pisos donde vivía en la calle de las Huertas, y también recrea uno de los cuadros de esta artista, Aitana Boza. ¿Hay algo que relacione a la pintora con el grupo? ¿Sabe algo al respecto?
—¿Qué? —pregunta Leire en una exhalación—. Pero… ¿Cómo?… Ay, Dios… yo no sé nada, tiene que creerme. No conocía a esa artista hasta que llegué aquí, vi ese cuadro, y, por curiosidad, la busqué en Google y me enteré de que se suicidó el año… el año pasado. Fue… fue Martina. —Vega la mira interrogante—. O sea, que… que cuando me fui del hotel, llamé a Martina, la ex de Adel, que fue la que me consiguió el trabajo como mánager en octubre. ¡Solo llevaba con ellos desde octubre, yo no sé nada de esos cuadros ni de esa pintora! El caso es que Martina me sugirió que viniera aquí, que por haberme escapado del hotel parecía culpable y que este es un buen lugar para esconderse. También… —Leire coge aire, continúa hablando con la voz entrecortada—: También me dijo que encontraría algo que les podría ayudar a… a comprender, a… — titubea, dándole la espalda a Vega para dirigirse con celeridad a una librería y detenerse en el último estante. Seguidamente, se sube a la silla, aparta los libros y deja al descubierto una montaña de tarjetas de memoria y una Samsung Vp-L600 idéntica a la que encontraron en el escenario del crimen del cantante de los 4A—. Martina me dijo que colaborara con ustedes, que les enseñara esto, que esto… no sé lo que hay, no lo he visto, no me he atrevido, pero me aseguró que les aclararía el motivo por el que habían matado a Adel y que era un monstruo. Que Adel era un monstruo.
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—¿Eso le dijo Martina? Supuestamente, está en París, ¿no? — interviene Levrero, acercándose con decisión a la balda más alta de la estantería, de donde coge una tarjeta de memoria de las treinta que hay, y hace lo que Leire no se ha atrevido a hacer: introducir la tarjeta en la ranura, encender la videocámara, comprobar con asombro que un artilugio tan anticuado en nuestros días funciona, y que, además, tiene un sesenta por ciento de batería, desplegar la pantallita y darle al PLAY.
—Sí, cuando la llamé me dijo que estaba en París —corrobora Leire, insegura, mirando con curiosidad la videocámara que Levrero sujeta entre las manos.
La pantalla plegable de la videocámara cobra vida. Vega se acerca a Levrero y ambos contemplan con rabia y repulsión cómo cuatro tíos, uno a uno, se turnan para violar a una chica jovencísima, de entre catorce y dieciséis años. Está tumbada en una cama. Dormida, o posiblemente drogada. Y, de fondo, la voz de Adel, que, por un segundo, acapara el objetivo de la cámara para comprobar que la grabación está en marcha:
—Son dos mil por cabeza, tíos, no os quejaréis del buen material que os traigo, eh…
Galería La Panartería
10.16 h
Lo primero que Bernardo hace al entrar en la galería de arte, es quitarse la boina como señal de respeto. La costumbre. Al contrario que sus compañeros, Bernardo nunca ha olido a policía. Ni de lejos ni de cerca. Es probable que la culpa la tenga su indumentaria habitual: los pantalones gastados de pinza que le suelen ir holgados, los jerséis de lana en invierno y las camisas a cuadros en primavera y verano. A su edad y debido a los estragos del trabajo duro en la Marina pese a seguir siendo un tipo grande y fuerte, tiene pinta de ser un jubilado con mucho tiempo libre. Nada más lejos de la realidad. La libreta de Bernardo está llena de asuntos pendientes.
—Buenos días, señorita, ¿la encargada? —saluda a la chica joven que hay detrás de un pequeño mostrador.
—Yo misma, señor, mi nombre es Mariona. ¿Qué desea?
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—Inspector Bernardo Ruíz —se presenta, mostrándole la placa. La chica no oculta su asombro.
—Pasa… ¿Pasa algo?
—El año pasado, concretamente el viernes 16 de febrero, expusieron durante una semana una colección de cinco obras titulada «HOMBRES», de Aitana Boza —empieza a decir Bernardo, dejando sobre el mostrador el folleto que, efectivamente y tal y como le dijo ayer a Vega, conservaba en casa. Estaba metido en una carpeta junto a tantos otros folletos de cientos de exposiciones a las que ha ido desde finales de los años 80 del siglo pasado.
Mariona mira el folleto con atención, comprime los labios y asiente.
—Fue una exposición rara —reconoce.
—¿Rara en qué sentido?
—Pero hay algún problema con los cuadros o…
—Aquí las preguntas las hago yo —se cuadra Bernardo con tono cortante.
—Claro. Perdone. Conocía a Aitana, pero no sé si sabe que se… bueno, murió en enero del año pasado. Cuando expusimos sus cinco obras, la artista ya había fallecido, fue una especie de homenaje que quiso hacerle su hermana.
—Candela Boza.
—Sí. Pero no tuve mucho trato con ella, la verdad.
—Debe de tener los datos de las personas que adquirieron sus obras, ¿no? ¿Se vendieron todas? ¿Las cinco?
—Espere un momento, déjeme mirar.
Mientras la encargada busca la ficha de la exposición en el ordenador, Bernardo se da un paseo por la sala. Le gusta lo que ve. Le gusta que los artistas arriesguen con colores vivos y formas abstractas que no entiende nadie, aun pecando de excéntricos, como es el caso de las obras que admira, firmadas por un tal Puentes con un mundo interior muy rico, opina Bernardo. Vuelve al mostrador y coge uno de los folletos de la obra que acaba de ver por encima, para añadir a su extensa colección.
—Pues… como le he dicho, fue una exposición rara, señor… eh… inspector. Aitana Boza era una artista bastante desconocida que, en vida, nunca expuso en solitario. Aun así, cada uno de sus cuadros se vendieron por cien mil euros, una cantidad increíble para una artista que está empezando. Puede que el hecho de que hubiera fallecido recientemente
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tuviera algo que ver para que sus obras se revalorizaran. El caso es que recaudó un total de quinientos mil euros, de esa cantidad nosotros nos quedamos con un veinte por ciento y el resto del dinero se lo quedó la hermana, Candela Boza, aquí lo tengo todo al detalle.
—Ya, ¿pero quiénes adquirieron las cinco obras?
Mariona sacude la cabeza, confusa.
—Solo hubo un comprador y fue anónimo. A veces ocurre. Pero, con una orden, le podría facilitar la dirección a la que se enviaron las obras. ¿Tiene una orden?
Bernardo no tiene tiempo que perder. Hay vidas en peligro. Decide atajar empleando el drama:
—Señorita… Mariona. No tengo tiempo para órdenes, hay vidas en peligro.
—Como que hay…
—Aquí las preguntas las hago yo, ¿recuerda? —Sí, pero es algo confidencial que… —… que, le recuerdo, puede salvar vidas.
—Bueno… —titubea Mariona, que empieza a desconfiar de Bernardo, pensando incluso que se está haciendo pasar por policía pese a lo real que le ha parecido la placa que le ha mostrado—. ¿Puede volver a enseñarme la placa, por favor?
Bernardo, haciéndole saber que le está haciendo perder un tiempo precioso con un resoplido cargado de impaciencia, vuelve a sacar su placa y la deja sobre el mostrador dando un fuerte golpe que sobresalta a la encargada. Mariona escudriña la placa, hasta parece que entiende del tema, cuando en realidad no sabría diferenciar una real de una falsa.
—Vale… déjeme mirar —claudica Mariona, sin estar del todo convencida de facilitarle los datos.
—Gracias, muy amable —dice Bernardo entre dientes, guardando su placa.
La joven vuelve a centrar la mirada en la pantalla del ordenador.
Teclea, busca, se detiene, vuelve a teclear, frunce el ceño, extrañada.
—Vaya. Hay varias direcciones, todas de Madrid. Cada cuadro tuvo un destino distinto y se enviaron el mismo día, el 27 de febrero de 2024.
—Apunte todas las direcciones en un papel, por favor —le ordena Bernardo con urgencia pero sin perder los modales.
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Cuando Mariona le pasa todas las direcciones escritas con letra apresurada en un papel, Bernardo solo reconoce dos: la de la calle del Prado donde vivía Adel y la de la calle de las Huertas donde vivía Ariel. Las otras tres direcciones no le suenan de nada, pero Bernardo augura que ahí es donde viven las tres siguientes víctimas.
—Gracias. Ha sido de mucha ayuda —se despide Bernardo, volviéndose a poner la boina al salir a toda prisa de la galería para llamar a Vega.
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CAPÍTULO 11
En el club nocturno El Lobo, propiedad de Pablo Setién Calle de Echegaray, Barrio de las Letras Mañana del lunes, 20 de enero de 2025
La actual calle de Echegaray, en honor a José de Echegaray, el primer
premio Nobel español en 1904, era conocida como la calle del Lobo debido a una macabra leyenda. Hay documentos históricos que revelan que la actividad nocturna en esta calle estrecha y empedrada, ya generaba conflictos desde hace más de un siglo. Fue una de las primeras calles en Madrid con alumbrado de gas a mediados del siglo XIX, y se hizo muy popular por acoger ambientes variopintos. García Lorca amaba la calle de Echegaray porque, entre poesía, flamenco y póker, decía que hallaba la inspiración. Siempre ha tenido solera. Hoy, sin embargo, parece haber vuelto a sus orígenes oscuros teñidos de sangre, al suceso entre un cazador, un lobo disecado en la puerta de su casa, y un niño malherido, una historia que ha ido cambiando con el paso del tiempo, pero que fue la que propició que la calle se empezara a llamar la calle del Lobo.
Malena García, la flamante mujer del empresario Pablo Setién, está acostumbrada a que su marido llegue a casa a las tantas de la madrugada. No es algo que le quite el sueño mientras el dinero procedente del mundo de la noche entre en sus boyantes cuentas bancarias. No obstante, es él quien siempre lleva al colegio a sus dos hijas, de diez y ocho años, por lo que suele aparecer por casa sobre las siete de la mañana como muy tarde, tras una noche dedicada a sus numerosos locales. El que más frecuenta es El Lobo, el de la calle de Echegaray. Setién es un buen padre, un tipo en apariencia ejemplar. Nadie entenderá cómo es posible que haya acabado así.
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Cuando a las ocho y media Setién seguía sin aparecer por casa y tampoco contestaba a las llamadas, Malena ha empezado a preocuparse. Ha llevado a sus hijas al colegio privado El Encinar, en La Moraleja, que es donde viven, se ha despedido de ellas en la puerta con un beso, y ha llamado a Nuno, la mano derecha de su marido, por si sabía algo de él.
—No, él ha estado en El Lobo, yo me he pasado la noche en el local de Moncloa.
—¿Puedes acercarte al Lobo? Llego en treinta minutos, depende de cómo esté el tráfico. Espérame en la puerta —le ha pedido Malena.
—Claro, ahí nos vemos.
Seguidamente, Malena se ha subido a un taxi que la ha llevado hasta el Barrio de las Letras de Madrid. Malena, compradora compulsiva, amante de la hípica, de los clubes privados, los balnearios y los retoques estéticos, odia el centro por el que su marido se mueve como pez en el agua. Ella no. Al bajar del taxi que la ha dejado frente al club El Lobo, se ha sentido torpe e insegura, con la paranoia constante de que un tío va a aparecer a su espalda y le va a robar el bolso. Cuando Malena ha llegado, Nuno ya la estaba esperando. Se han saludado con un par de besos en la mejilla, y él se ha encargado de subir la persiana del local.
—Tranquila, seguro que Pablo se ha quedado dormido en el sofá —la ha alentado Nuno, aunque ambos lo dudaban. Desde que tuvieron a las niñas, el empresario no había vuelto a quedarse dormido en ninguno de sus negocios, algo que antes sí hacía con asiduidad.
De día, sin las luces de neón encendidas y los exclusivos cócteles corriendo por la barra para las más de ochenta personas que suelen frecuentarlo hasta altas horas de la madrugada, el local pierde su magia. Las paredes negras han recibido a Malena y a Nuno vacías, sin alma, y ambos, en silencio y con cierta intranquilidad, han avanzado por un pasillo con acceso restringido a los clientes, que conduce al despacho de Pablo.
Nuno ha llamado a la puerta.
—¿Pablo, estás ahí? —Dirigiéndose a Malena, le ha preguntado—:
¿Lo has llamado?
—Sí, mil veces. Y nada, no ha contestado ni una sola vez.
Nuno, extrañado, ha abierto la puerta, dándole la espalda a Malena para impedir que viera el interior del despacho desde el pasillo. Por si acaso. Setién le ha sido infiel a Malena cientos de veces, y Nuno ha temido encontrarlo con alguna tía y que le cargara las culpas a él, decidiendo
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prescindir de sus servicios, con la buena vida que se gasta gracias a la pasta que le paga cada quince días para que sea discreto… Pero el despacho, de unos treinta metros cuadrados, estaba vacío, para alivio de Nuno, que ya se había imaginado una escena catastrófica en la que Malena gritaba, Pablo gritaba, una joven desnuda no sabía dónde meterse, y él se quedaba sin trabajo (y sin una vida a todo trapo llena de lujos).
Malena, empujada por una especie de desesperación que, horas más tarde y debido al shock, no sabrá responder de dónde le ha nacido, ha ido directa al pequeño cuarto de baño del despacho.
Ojalá no lo hubiera hecho.
Ojalá no hubiera abierto esa puerta.
Ojalá…
Ahora
12.30 h
El empresario, con los pantalones bajados hasta los tobillos, está sentado en el retrete con la espalda apoyada en el tanque de cerámica. Tiene sangre hasta en los ojos, donde le han reventado los globos oculares a puñaladas, y el número 3 grabado en su pecho desnudo indica que están ante un nuevo asesinato cometido por la misma persona que acabó con la vida de Adel el sábado por la tarde y de Ariel la madrugada del domingo.
A Setién lo han matado en algún momento de la madrugada del lunes, por lo que los tres crímenes se han llevado a cabo con precisión e imitando los cuadros de Aitana Boza, en menos de cuarenta y ocho horas.
Vega y Levrero acaban de regresar de Cuenca. Después de dejar a Leire en su casa con la condición de que esté localizable, han venido directos hasta el club El Lobo donde ha aparecido el cadáver del empresario Pablo Setién. Muy a su pesar, tienen pendiente visionar las treinta tarjetas de memoria que han confiscado de la casa de Adel en Algarra. Deducen que van a ser grabaciones durísimas y prácticamente idénticas a la única que han podido ver a través de la pantalla plegable de la videocámara que también se han llevado, aunque con jóvenes distintas. No están seguros de si los hombres eran siempre los mismos, lo sabrán con el resto de visionados. Las menores de las que abusaron, seguramente enamoradas del cantante de la banda 4A y atraídas por él, fueron drogadas
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para que cuatro hombres, previo pago, hicieran realidad sus sueños más retorcidos. Uno de ellos era Ariel, el batería de la banda, la segunda víctima de alguien que ha decidido tomarse la justicia por su mano. Respecto a la tercera víctima que han encontrado en el retrete, tiene la cara tan desfigurada, que hasta que no vean una fotografía de cómo era en vida, no van a saber si era uno de los que participó en los terribles abusos. Aunque están bastante seguros de que la persona que ha empuñado el cuchillo no está dejando nada al azar. Y también creen que, en el contenido de alguna de esas tarjetas de memoria, encontrarán a Aitana Boza drogada, dormida, siendo abusada cuando era menor de edad, motivo por el que, quizá, se tiró del puente hace un año y alguien (¿cercano?) se está encargando de hacer caer a esos cabrones uno a uno.
Nuno Suárez, la mano derecha del empresario, y su afligida mujer, que ha tenido que ser atendida por los servicios médicos debido a un fuerte ataque de ansiedad y ahora se encuentra medio grogui, están sentados uno frente al otro en uno de los reservados del club a la espera de ser interrogados.
—El cuadro del retrete de Aitana Boza —le dice Vega a Levrero, saliendo al exterior, con la urgencia de que Bernardo esté a punto de llegar con la información que ha recopilado en la galería de arte donde se expusieron los cuadros de Aitana—. Bernardo…
—Ah, ¿ya no lo llamas inspector Ruíz?
Vega se encoge de hombros.
—Es majo. Bueno, como te he dicho, las cinco obras de Aitana fueron adquiridas por un comprador anónimo y cada cuadro se entregó en cinco direcciones distintas el mismo día, el 27 de febrero del año pasado. La obra de la bañera la enviaron al piso donde vivía Adel. La del ascensor al piso de Ariel, lo colgó en la pared. Si el del retrete fue hasta La Moraleja…
—Podemos salvar a dos.
—Después de lo que hemos visto, ¿de verdad los queremos salvar, Nacho?
Levrero baja la mirada. No es la primera vez que Vega se rebela ante algo así, poniéndose de parte de un asesino sin escrúpulos. Le pasó con el caso Leiva. No es objetiva, empatiza demasiado, últimamente le cuesta mantener las distancias. Que se pudran en el infierno aquellos escritores, capaces de torturar a inocentes por premios y dinero. Que se pudran
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quienes siembran el mal primero. Levrero está convencido de que, si Vega pudiera, mataría a Thiago, que cumple condena en prisión, porque fue quien disparó a Daniel. Que para ella la justicia ya no la dicta un juez, que las leyes son demasiado blandas, que el castigo justo para quienes destrozan vidas, es acabar bajo tierra.
Ojo por ojo.
Diente por diente.
—Vega… No vuelvas a hablar así. Pagarán por lo que hicieron, te lo juro. Pero nuestro trabajo es pillar al asesino que ha hecho esto.
—O asesina.
—¿Por qué insistes tanto en que es una asesina?
—Llámalo intuición, pero esa rabia… una rabia que ahora podemos entender de dónde viene… Todo está programado. El mes que viene se cumplirá un año de la exposición de los cinco cuadros. Cinco cuadros comprados anónimamente, cada uno de ellos enviados a las direcciones de estos cabrones, que han acabado muertos en los mismos escenarios que Aitana plasmó en los lienzos en blanco. Casi un año planeándolo todo, estudiando cada movimiento, ¿y en serio crees que vamos a detener al culpable o a la culpable? Todo está relacionado, Nacho. Encontraremos a Aitana Boza en alguna de esas tarjetas que Adel escondía en la casa de Algarra —augura, sin poder contener la rabia que siente—. La veremos, sabemos cómo acabó, tirándose al vacío desde un puente, y esos tíos a los que hemos visto en la grabación, ¿cuántos años de condena crees que cumplirían? Mira el caso de Gisèle Pelicot, drogada por su marido y abusada por un montón de cabrones durante diez años. Penas de prisión de tres a quince años, joder, me parecen pocos después de todo lo que le hicieron. ¿Y qué fue de las otras chicas? ¿Qué fue de la chica que hemos visto en la primera tarjeta que hemos revisado? ¿Cómo se llamaba? ¿Acabó como Aitana, suicidándose? ¿O ha seguido con su vida sin tener ni idea de lo que le hicieron?
—Vega… Tienes razón, pero ¿qué quieres que hagamos? Con toda la información que hemos recopilado, no podemos permitir que vaya a por los dos que, supuestamente, faltan. El juez se nos echaría encima, nuestro trabajo es salvar vidas, no permitir que un asesino (o asesina) actúe libremente con total impunidad.
Cuando Bernardo llega con el folleto de la exposición de Aitana y las cinco direcciones escritas por la encargada de la galería, incluida la del
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Camino de la Fuente, en La Moraleja, propiedad de Pablo Setién, Vega decide que es el momento de hablar con Malena, la mujer. Levrero, por su parte, se reúne con el juez de instrucción para hablar del tema de las tarjetas de memoria que esconden un infierno y de las que, quizá, la discográfica que silenció el asunto y los mánagers anteriores a Leire Fuentes, saben algo al respecto.
Vega se acerca a Malena con tiento y se sienta a su lado, mientras Bernardo se queda de pie mirando a Nuno con desconfianza.
—Siento mucho lo ocurrido, señora García. —Malena, incapaz de hablar, mira a Vega embobada—. No la molestaré mucho, solo quiero hacerle un par de preguntas. —Malena asiente con los ojos entrecerrados, al tiempo que Bernardo deja el folleto sobre la mesa al alcance de Vega—. Mire, ¿reconoce esta pintura?
Cuando Malena coge el folleto y se lo acerca a la cara para ver de cerca la horrible pintura al óleo de un tipo sentado en el retrete, Bernardo teme que tenga un arrebato de furia, lo arrugue, y se lo rompa.
—¿Qué broma es esta? —pregunta la mujer, asustada. —¿Le suena de algo el nombre de Aitana Boza? —No.
—El 27 de febrero del año pasado, un repartidor dejó este cuadro en su casa —da por hecho Vega.
—Sí —confirma Malena, pese a no recordar la fecha exacta—. Es cierto, dejaron esta pintura horrorosa que ni mi marido ni yo habíamos comprado. Me pareció feísimo. No sé quién lo compró. Quién nos lo envió… Así que… recuerdo que…
—¿Lo tiró? —quiere saber Bernardo, molesto, porque, para él, todas las obras, peores o mejores, son importantes. ¿Feísimo? ¿Lo resume como feísimo? ¿Pero qué se ha creído esta tipa? ¿Qué entiende de arte? ¡Nada, seguro que nada!
—No. Lo… con estas cosas nunca se sabe. Lo guardé. En el garaje, con los trastos viejos. Ahí debe… ahí seguirá. Creo…
—Con los trastos viejos —repite Bernardo sin ocultar su indignación, sacudiendo la cabeza y cambiando la expresión cuando Vega le dirige una mirada de advertencia.
«Vale ya con ese tonito, ¿no, Bernardo?».
—¿Tiene alguna fotografía de su marido? No tiene por qué ser reciente; de hecho, mejor si tiene algunos años —le pide Vega.
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—¿Por qué es mejor si tiene algunos años? —interviene Nuno, claramente incómodo por la pregunta, y entonces Vega lo mira, lo mira como si lo hiciera por primera vez pese a haberlo saludado hace media hora, y se le revuelve el estómago.
—Inspector Ruíz, páseme la lista de direcciones, por favor —le pide Vega sin dejar de mirar a Nuno, que parece una estatua de lo quieto que se ha quedado.
Bernardo, que no tiene ni idea de lo que a Vega se le está pasando por la cabeza porque todavía no tiene tanta información sobre los abusos a chicas jóvenes que, ahora sí, tienen la seguridad de que se cometieron, obedece, tendiéndole el papel con las cinco direcciones.
—Nuno Suárez, ¿verdad? ¿Usted vive en el 19 de la calle de Juan Bravo, o en el 11 de la calle de Esparteros? ¿Qué cuadro de Aitana Boza recibió el 27 de febrero de 2024?
Nuno, lívido, traga saliva.
—Vivo… yo vivo en el 19 de la calle de Juan Bravo. Y… —Nuno coge aire, añade derrotado—: Sí, también recibí un cuadro muy raro, de un tío con sangre en el pecho subido a una moto, es… —Con las manos temblorosas, coge el folleto ante la impotencia de Bernardo, consciente de que su preciado tesoro va a salir de aquí arrugado—… este de aquí.
Después de que Nuno haya señalado el quinto cuadro de la colección, Vega se levanta como un resorte. Se acerca a Nuno y lo mira fijamente más rato del que debería. Sí, no hay duda, está más viejo, más fofo, el pelo más cano y entradas en la frente, pero el tío al que se va a llevar a comisaría es el mismo que, entre risas, eyaculó encima de la cara de esa pobre joven inconsciente que ha visto hace unas horas en Algarra. Puede que la compañía de Daniel apaciguara a Vega, dotándola de unos nervios de acero. Puede que, desde que Daniel no está, Vega crea que debe llevar la carga de su asesinato y le pese, le pese hasta el punto de ver en cada cabrón la cara de Thiago, que de dos disparos mandó a su compañero a la tumba. No entiende qué le pasa últimamente, que todo le afecta, todo le crispa, y ahora mismo le es imposible domar la ira y la repulsión que siente hacia Nuno, al que agarra del brazo con más violencia de la necesaria para que se levante, y procede a esposarlo ruda, sin tacto. Cuanto más daño le haga, mejor. Que se joda.
—Señor Suárez, va a tener que acompañarnos a comisaría.
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Nuno no hace nada, no pregunta por qué lo está esposando, no grita, no lucha por sus derechos, consciente de que no los merece. Agacha la cabeza, se deja arrastrar por Vega. Sabe lo que hizo, lo que hicieron todos, y tiene la suerte de seguir vivo, porque el resto… el resto lo han pagado con su vida. Ahora lo entiende. ¿Pero quién o quiénes lo han hecho? ¿Ha sido alguna de las chicas? ¿Alguna llegó a ser consciente de lo que le hicieron y los está matando a todos? ¿Él iba a ser el siguiente?
«Aitana Boza, Aitana Boza».
Nuno repite su nombre internamente. Lo cierto es que nunca llegaron a saber el nombre de ninguna chica, y menos su apellido. Solo eran carne. Iban tan drogados… tan bebidos… Y nunca se saciaban lo suficiente. Siempre le pedían más a Adel, hasta que, Nuno no sabe por qué, puede que fuera demasiado arriesgado, se acabó la fiesta sin previo aviso.
La mujer de Setién se ha quedado dormida, no se está enterando de nada, por eso Vega aprovecha para revelar lo que le es imposible sacarse de la cabeza.
—Queda detenido por participar en diversas violaciones en grupo — sentencia Vega, ante la atónita mirada de Bernardo, que recoge el folleto y el papel con las cinco direcciones. Mientras Vega conduce al detenido hacia la salida, va diciendo el discurso de siempre con hastío—: Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra en un tribunal…
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CAPÍTULO 12
En el anatómico forense
Tarde del lunes, 20 de enero de 2025
«Que espere, que se quede sin uñas», ha ordenado Vega, tajante, pese a
las consecuencias de su dureza contra Nuno Suárez, que les ha dicho, acobardado y con la voz temblorosa, que colaborará y lo contará todo, que mejor estar en un calabozo que muerto. No quiere acabar como su jefe. No quiere morir.
—Va a por nosotros —ha dicho Nuno con la mirada ida—. Va a por nosotros —ha seguido repitiendo atormentado, como si hubiera caído en un bucle.
Ahora, Vega y Bernardo se encuentran ante el médico forense, con los cadáveres de Adel, Ariel y Pablo Setién en sus respectivas camillas metálicas.
—A todos les han asestado un total de quince puñaladas. La hoja del cuchillo en los tres crímenes es de 17,5 centímetros, como la que encontraron en el hotel.
—¿Quince puñaladas? —pregunta Bernardo, extrañado, aunque Vega parece tener claro por qué esa cantidad tan exacta.
—Por la edad de Aitana —contesta Vega—. Es la edad aproximada de la chica a la que vimos, quince, dieciséis años… menor de edad. Y, debido a la relación con sus pinturas, su suicidio, y a falta de comprobar si Aitana aparece en alguna de esas tarjetas que Adel escondía en la casa de Algarra, aseguraría que, si abusaron de ella, tenía solo quince años, por lo que ocurrió en 2014 —precisa.
—De las quince puñaladas —continúa el forense—, nueve no eran mortales. Y parece que, en los tres casos, la primera puñalada la asestó en
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la arteria carótida —añade, señalando el cuello de Adel—, lo que provocó un bloqueo total del flujo sanguíneo al cerebro, dejándolos fuera de juego para actuar con total libertad. Puñaladas profundas, directas a varios órganos vitales: corazón, pulmón, hígado… los destrozó. Cuando grabó los números en el pecho, las víctimas ya estaban muertas.
En ese mismo momento, en comisaría
Todavía no tienen ninguna pista sobre el paradero del encargado de las cámaras del hotel Montera que, a la llegada a recepción de los 4A, las desactivó sin que nadie se diera cuenta. Pero han tenido suerte, pues la agente Palacios ha conseguido la grabación de la cámara de la acera de enfrente que enfoca hacia la entrada del hotel.
En compañía de Samuel, revisan la grabación desde las 11.57, que fue cuando la banda, en compañía de la mánager, entraron en el hotel, hasta la salida de los cinco a las 16.50 para ir a los ensayos en la sala El Sol, a pocos metros de distancia. Más adelante, a las 19.08, ven a Adel entrando solo.
—Bien, hasta aquí cuadra —dice Samuel, mientras Begoña se mantiene alerta y a la espera de que entre alguien sospechoso.
—El resto fueron a tomar algo al bar de al lado del hotel, lástima que la cámara no abarque tanto.
—¿Crees que fue alguno de ellos?
—Ariel seguro que no, y tampoco la mánager, pero qué casualidad que todos estuvieran en el bar mientras mataban a Adel en la habitación del hotel.
Begoña y Samuel, pacientes, se mantienen a la espera viendo cómo entran y salen varios huéspedes, hasta que, a las 19.44, ven salir por la puerta del hotel a una mujer que reconocen enseguida. Sus movimientos son rápidos, erráticos. Parece nerviosa. Begoña detiene la imagen, hace Zoom y un par de capturas. Vuelve a darle al PLAY. La joven se detiene un par de segundos, mira a un lado y al otro de la calle y se decanta por girar a la izquierda, desapareciendo del objetivo de la cámara que, seguramente, no supo que la captó.
—¿Pero no estaba en París?
Begoña mira a Samuel como si fuera tonto.
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—Hay que avisar a Vega. La tenemos.
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CAPÍTULO 13
Seis días antes
Martes, 14 de enero de 2025
Las indicaciones eran precisas y arriesgadas para Pepe Hurtado, el encargado del buen funcionamiento de las cámaras del hotel Montera.
«Desde la llegada de la banda 4A sobre las doce del mediodía del sábado 18 de enero, desconecta todas las cámaras del hotel».
Aunque Suso, el director, le había dicho confidencialmente que el grupo había reservado la última planta del hotel y que habían pagado un extra por desactivar las cámaras del pasillo, la otra orden procedía de alguien de fuera. Alguien a quien le interesaba que, durante la estancia de los 4A, ninguna cámara del hotel, ni siquiera las del vestíbulo, funcionara.
«250.000 euros por adelantado. No voy a decirte qué te pasará si no cumples con la orden, pero imagínatelo: nada bueno».
A Pepe casi se le atraganta el almuerzo.
Junto a la orden había una tarjeta, el número de una taquilla y una dirección de Chamberí: calle de José Abascal, número 46. Buscó la dirección en Google. Había un gimnasio. Dedujo que, con la tarjeta, podría cruzar el torno de acceso, y el número de la taquilla estaría, o eso esperó, en el vestuario de hombres.
Pepe, que no había pisado un gimnasio en su vida, se detuvo a pensar en los pros y en los contra.
¿Quién estaba dispuesto a pagar doscientos cincuenta mil euros por desactivar todas las cámaras del hotel? ¿Qué iba a pasar en el transcurso de esas horas, para que a alguien le interesara tanto que las cámaras no
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estuvieran activadas? ¿Por qué precisamente desde la llegada al hotel de los 4A, un grupo que parecía que nunca iba a pasar de moda, pues hasta su hija de catorce años era fan?
Sin embargo, los pros de una bolsa llena de billetes que no tendría que declarar a los abusivos de Hacienda, pesaban más que la sospecha de que su actuación acarrearía fatales consecuencias: estaba en pleno divorcio de su mujer, que se quedará con el piso por el que, encima, tendrá que seguir pagando hipoteca mientras tiene que buscarse algo de alquiler para él solo. Como si fuera fácil… Y es que a Pepe no le sobra el dinero, al contrario. Como casi el cincuenta por ciento de los españoles, le cuesta llegar a final de mes, y ahora que no hay manera de encontrar un piso decente a un precio razonable y no quiere seguir viviendo con sus padres porque a sus cuarenta y seis años le avergüenza… está desesperado.
Doscientos cincuenta mil euros le salvarían la vida.
«A ver, ¿qué puede pasar? No van a matar a nadie, ¿no?», pensó. Nadie se va a enterar de que las cámaras del hotel han dejado de funcionar durante unas horillas. Siempre puede poner como excusa que fue una orden de Suso y que, al desactivar las cámaras del pasillo de la planta más alta reservada por la banda, se equivocó y desactivó las demás… Todas las demás… Eso es. Más fácil imposible.
Así que, al terminar su jornada a las siete de la tarde, Pepe, movido por el ansia, la necesidad y la curiosidad, fue hasta el gimnasio. Con la intención de pasar lo más desapercibido posible, aun pecando de rarito o de que el efecto fuera el contrario, cuando pasó la tarjeta por el torno de acceso no miró a las chicas que había en recepción ni las saludó. Afortunadamente, a esas horas de la tarde había mucha gente, lo que ayudó a que pasara desapercibido.
Algo perdido, pues desconocía la distribución del enorme gimnasio y pensó que era importante no hablar con nadie, se detuvo en mitad de una especie de cafetería, sala de descanso con sofás… Finalmente, dio con los vestuarios, escaleras arriba. Entró en el de hombres, un tipo tropezó con él, le pidió perdón. La mezcla de olores a cloro, champú, sudor y queso rancio por culpa de las zapatillas deportivas que había esparcidas por el suelo del vestuario, le mareó un poco. Buscó la taquilla número 88. La encontró al final de un pasillo frente a un banco y lejos de las duchas, en un lugar estratégicamente discreto donde no había nadie. Pasó la misma tarjeta por la que había cruzado el torno por la ranura de la taquilla, la puerta metálica
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se abrió, y Pepe agarró con celeridad la bolsa deportiva negra que había en su interior.
Salió del gimnasio a toda prisa, con la paranoia de que todos los ojos estaban puestos en él.
Qué nervios había pasado… Qué mal rato.
De camino a casa de sus padres, se consolaba visualizando el momento que todavía no había llegado pero que lo compensaría todo: encerrarse en su dormitorio. Abrir la bolsa. Sentirse afortunado. Por fin. Ya iba siendo hora de que le pasara algo bueno.
Llegó a casa de sus padres sobre las ocho y veinte de la tarde. Su madre estaba en la cocina, olía a tortilla de patatas desde la entrada, mientras su padre estaba sentado en el sofá viendo Pasapalabra, su programa favorito.
Los saludó para no levantar sospechas, dijo que se iba a dar una ducha y se encerró en su habitación.
Había llegado el momento que llevaba esperando todo el día.
Abrió la bolsa con una emoción desbordante que no sentía desde hacía cuarenta años, cuando aún creía que los Reyes Magos existían y le dejarían un montón de regalos a los pies del árbol de Navidad.
Doscientos cincuenta mil euros repartidos en billetes de cinco, diez, veinte, cincuenta, cien, ¡quinientos! Pepe no había tenido nunca entre sus manos un billete de quinientos euros, había llegado a pensar que no existían, que eran una leyenda urbana.
Pero ahora venía la parte mala: faltaban cuatro días para ejecutar el encargo por el que había ganado ese dineral. Desactivar todas las cámaras del hotel el sábado 18 desde la llegada de los 4A. Nadie paga tanto dinero por adelantado si no tiene la certeza de que el elegido para tal labor vaya a cumplir, y Pepe no quería averiguar qué le pasaría si desaparecía con todo el dinero sin encargarse de desactivar las cámaras. No tenía ni idea de quién estaba detrás de ese plan, pero algo le decía que era peligroso y que mejor obedecer, por si las moscas. Así que cumplió. Lo hizo. Desactivó todas las cámaras del hotel cuando vio a los 4A en recepción, conteniendo las ganas de pedirles un autógrafo y una foto para su hija, a ver si así dejaba de verlo como un fracasado.
Pepe, que ya estaba en casa cuando se enteró de que habían matado al cantante de los 4A, cayó en la cuenta de lo que había hecho. Había colaborado con un asesino. Se había convertido, sin saberlo, en cómplice
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de un asesinato. Lo meterán en la cárcel. Con todas las cámaras del hotel desactivadas, no podrán dar con la persona que entró en la suite de Adel, y la culpa era suya, por haberle dado vía libre a un asesino. La excusa de que se había equivocado, de que no solo había desactivado las cámaras del pasillo de la última planta como le había ordenado el director, ya no valía para nada, porque lo que había ocurrido era grave. Gravísimo. Su «error» le ponía las cosas difíciles a la policía y esa gente no se anda con chiquitas, no, a la mínima sospecha, te encierran. Uno ve ese tipo de sucesos en las pelis, pero ¿en la vida? Pepe jamás pensó que algo así le iba a tocar de cerca, aunque, claro, no hay nada más peliculero que ir a buscar una bolsa de deporte con doscientos cincuenta mil euros en su interior, a una taquilla ubicada en el vestuario de hombres de un gimnasio.
Pepe, nervioso, hizo la maleta y, con el dinero dentro de la misma bolsa de deporte que recogió en la taquilla del gimnasio, fue hasta la estación de autobuses. Compró un billete al destino que saliera antes, que resultó ser Salamanca, en ocho minutos.
Cuando el autobús se puso en marcha, Pepe, que se acomodó en uno de los asientos de la última fila, retrocedió en el tiempo y se vio a sí mismo pensando en los pros y en los contra de aceptar el misterioso trato. Le habría gustado volver a ese momento para advertirle al Pepe del pasado que no fuera avaricioso, que no hiciera caso por mucho dinero que le estuvieran ofreciendo, que si no podía alquilar un piso y tenía que seguir viviendo con sus padres, no pasaba nada, era mejor eso que acabar encerrado en una cárcel, rodeado de hombres peligrosos. Y aun así, ¿qué habría pasado? Pues que el Pepe de hacía cuatro días que vio su salvación en esos doscientos cincuenta mil euros que, la madrugada del domingo, de camino a Salamanca, le quemaban en la bolsa que viajaba con él estrujada entre las piernas, le habría contestado: A ver, ¿qué puede pasar? No van a matar a nadie, ¿no?
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CAPÍTULO 14
En la taberna La Mina
Barrio de Lavapiés
19.30 h
Ander y Aria han quedado en la Taberna La Mina que solían frecuentar
con Adel y Ariel, para tomarse unas cervezas y hablar del futuro de los 4A ahora que estos dos últimos están muertos. Leire, que no ha contestado al teléfono, queda al margen de esta exclusiva reunión. Por otro lado, la discográfica a la que están atados les están presionando para que hagan un comunicado conjunto que, en este momento, no les apetece emitir.
—¿Hablar de qué, Ander? No hay futuro. Tú y yo éramos los más insignificantes de los 4A, sin Adel no somos nada. Mira, fíjate, el bar está lleno de gente y nadie nos mira. Nadie nos conoce, no éramos más que unos figurantes, y volveremos a ser David y Adriana, dos desgraciados que fueron tocados por la varita mágica de la fortuna unos años y después…
—Joder, Aria, eres buena, cantas bien… No creo que la discográfica nos quiera echar así como así, saben que tenemos potencial y que podemos seguir con otro batería y con otra persona ocupando tu lugar en teclado mientras tú compones y cantas. Nadie es imprescindible y puede que haya llegado nuestro momento de brillar. Adel no nos lo permitió, pero ahora ya no está —insiste Ander.
—Tú… —titubea Aria, y Ander baja la mirada. La mirada de Aria le impone. Pese a que hace años que se conocen, nunca ha sido capaz de sostenerle la mirada durante mucho rato—. ¿Por qué crees que los han matado?
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—Vamos, tienes la respuesta, la has tenido siempre delante de tus narices. A estas alturas, hasta la policía debe de saberlo, y de nada sirvió que la discográfica se encargara de hacer desaparecer a aquella periodista y a su artículo, como si nunca hubiera estallado la bomba que estuvo a punto de jodernos a todos. A ti también, Aria, recuérdalo. Sabes tan bien como yo lo que hicieron… ¿Te has enterado de que a Setién, el de los clubes nocturnos, el que nos pasaba la coca, también lo han matado? ¿Y qué Nuno Suárez, el lameculos ese al que tenía como encargado, como socio, puto o a saber, está detenido? Todavía hay poca información y mucha especulación, la prensa no tiene mucho, no paran de repetir lo mismo una y otra vez. Dicen que a Setién lo han matado como a Adel y como a Ariel, a puñaladas. Que resulta que se trata del mismo asesino por el modus operandi pero que no han encontrado relación entre Setién y Adel y Ariel. Que todo el show se encuentra bajo secreto de sumario y esas mierdas y que cuando la policía lo crea conveniente un portavoz aclarará lo que está pasando. Las fans están como locas, todo el día posteando fotos de Adel y Ariel… —resopla el guitarrista.
—Ya, algo he oído, pero me parece tan… todo es tan surrealista, que me he pasado el día leyendo y apenas he mirado el móvil.
—Bueno… —sisea Ander—. ¿No crees que se lo merecieran? — pregunta con malicia. Aria abre los ojos, expectante. ¿Adónde quiere ir a parar?—. Aquellos años tan… como decirlo… cuando aquel mánager de mierda nos estafó todo aquel dinero y Adel dijo que había encontrado la solución. Una solución que, joder, consistía en camelarse a las fans, fans que eran unas niñas que ni siquiera habían cumplido los dieciocho, drogarlas hasta que perdieran el conocimiento y cobrarle a esos tíos para que las violaran. Y Ariel, un enfermo, se unió a la fiesta, joder, y míralo. Míralo. Ahora está muerto. Van a caer todos —espeta con rabia, como si necesitara recordarle a Aria esa época oscura. Ella desvía la mirada hacia el ventanal y se pierde en sus pensamientos—. Las violaban, tía. ¿Alguna de esas chicas despertó? ¿Recordó lo que le hicieron? ¿Contrajo alguna enfermedad? ¿Qué ha sido de esas chicas, Aria? Ha sido por eso, estoy seguro. Esos cabrones rompieron a esas crías. Las rompieron, las destrozaron, literal. Después de todos estos años, alguien les ha dado su merecido. Alguien ha hecho justicia.
—Joder, parece que te alegres, Ander —suelta Aria, y aunque Ander siempre ha sido de reírse en los momentos más inoportunos como le pasó
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en el funeral de su abuela, porque cuando se pone nervioso no puede evitarlo por muy mal que quede, da la sensación de que la risa que le sale ahora es de absoluta satisfacción.
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CAPÍTULO 15
Interrogatorio a Nuno Suárez
20.00 h
Nada le habría gustado más a Vega que marcharse a casa, sacar a pasear
a Marley, acurrucarse en el sofá con él y ver una película, dejando que Nuno se pudriera en comisaría sin que hubiera nadie que lo atendiera. O ayudar a localizar a Martina Ladera, la ex de Adel, que resulta que no se encuentra en París y que Begoña y Samuel han visto, gracias a una cámara ajena al hotel que enfoca hacia la entrada, salir por la puerta a las 19.44 del sábado 18. Aunque hay algo que no les termina de encajar. En la grabación de la videocámara que la persona que mató a Adel dejó en el cuarto de baño, Vega y Begoña, aguzando mucho el oído, oyeron pasos alejándose y la puerta principal de la suite abriéndose y cerrándose a las 19.45, cinco minutos después de que se iniciara la grabación. Jugar con muy pocos minutos de diferencia y de que alguna de las dos cámaras tuviera la hora más adelantada o atrasada, no les pone las cosas fáciles.
Sin embargo, y pese a saber que Vega arrastra demasiado peso sobre su espalda con este caso, Levrero le ha llamado la atención, porque nada más llegar a comisaría debería haber interrogado a Nuno y no haberse ido al anatómico forense con Bernardo. Así que a Vega no le queda otra que hacer horas extra, sentarse frente a ese desgraciado y empezar a salir de dudas, antes de pasarse el resto de la noche queriendo arrancarse los ojos por lo que prevé que va a ver en el resto de tarjetas de memoria que Adel tenía escondidas.
A Nuno Suárez lo acompaña un abogado que poco o nada pinta aquí, pues, aunque le ha recomendado a su cliente que guarde silencio, dice estar dispuesto a contarlo todo. Porque lo necesita. Porque es consciente
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de que lo que hicieron bajo los efectos del alcohol y los estupefacientes, burdas excusas, estuvo mal.
—Porque me lleva persiguiendo media vida —ha dicho.
Una videocámara colocada en el lado izquierdo de Vega, graba al acusado. Ocultos en el reducido espacio que se encuentra detrás del espejo unidireccional que hay en la sala de interrogatorios, el comisario Levrero y el juez de instrucción se disponen a presenciar el interrogatorio. Levrero, que hasta hace poco tenía una fe ciega en Vega por su temple, su paciencia y profesionalidad, teme que, una vez más, la rabia la domine, no sea objetiva, y Nuno acabe estampado contra la pared con el cañón de un arma en la sien.
Esparcidas encima de la mesa, Vega tiene impresas varias capturas de imagen del único vídeo perteneciente a Adel que han tenido tiempo de ver. En una de las capturas aparece el propio Adel, muy cerca del objetivo de la videocámara, para asegurarse de que estaba grabando. En las otras se ve claramente a Ariel, el batería de los 4A, a Pablo Setién, a Nuno Suárez y al otro hombre, al que ya han identificado y se trata del productor musical Quique Meyer que, como el resto, recibió uno de los cuadros de Aitana Boza el 27 de febrero de 2024 en su domicilio de la calle de Esparteros, número 11, hasta donde han acudido un par de agentes.
—Cuándo y cómo empezó todo —empieza a preguntar Vega con la mirada sombría.
Nuno inspira hondo, mira a su abogado, sacude la cabeza. Aparece en los vídeos, en todos. Siempre eran los mismos, el círculo era exclusivo y nunca estuvo abierto para nadie más. Mientras su amigo y jefe Setién pagara la fiesta, él se limitaba a pasarlo bien y a dejarse llevar. Así que no hay defensa posible y está dispuesto a pagar por el daño que hizo, aunque no es más que un acto egoísta porque, estando bajo arresto penitenciario, no va a acabar apuñalado brutalmente, posiblemente encima de su moto, una moto negra como la que pintó Aitana, estacionada en el parking del bloque de pisos donde vive.
—Todo empezó en 2013 y acabó dos años más tarde, en 2015. No sé mucho de la movida que hubo, solo lo que Pablo… —El nombre de su jefe, recientemente asesinado, se le atraganta—… me contó —añade en un murmullo, incapaz de enfrentarse a la mirada glacial de la inspectora—. Los 4A eran muy conocidos, pero pasaron por una mala racha, sobre todo Adel, que tenía muchos gastos y apenas le quedaban ahorros. Demasiados
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excesos, un mánager que les estafó varios millones… No sé, temas que no iban conmigo. El caso es que… Adel empezó a aprovecharse de algunas chicas. Chicas muy jóvenes. Las tenía comiendo de su mano hasta que… bueno, hasta que confiaban en él, él las drogaba, y nos las ofrecía a nosotros. Es asqueroso, ahora lo veo, ahora lo veo, joder, pero…
—Siga —le pide Vega con severidad, satisfecha de que Nuno se muestre derrotado.
—Fueron unas… unas treinta chicas en el transcurso de esos dos años. Creo, no lo sé, no las conté, fue una época un poco… yo era un adicto. No es excusa, pero no estaba bien. Estaba enfermo. Y Pablo, que era quien me lo pagaba todo, tampoco estaba en su mejor momento. El caso es que Adel empezó cobrando mil euros por cabeza. Cuando vio que disfrutábamos, que para nosotros era una fiesta, que el dinero no nos importaba, le dábamos mil quinientos, mil ochocientos, dos mil. Por una llegamos a pagar cinco mil.
—Cada uno.
—Cada uno, sí.
—¿Siempre eran los mismos? Dígame sus nombres.
—Siempre éramos los mismos —confirma Nuno—. Adel solo confiaba en nosotros. Bueno, estaba Ariel, el batería de su grupo, ese cabrón venía de gorra. Pablo Setién, mi jefe y amigo desde que no levantábamos un palmo del suelo. Él era quien le pasaba la droga a la banda —especifica—. Quique Meyer, un productor musical. Y yo.
—Y Adel les grababa.
—Sí, aunque íbamos tan puestos que ni nos enterábamos de que nos estaba grabando ni nos importaba. Adel nos prometía que esas grabaciones nunca verían la luz, que era para guardarse las espaldas, por si se nos ocurría denunciarlo o algo… al final, Adel no participaba, y eran nuestras caras las que salían en los vídeos, así que… no nos interesaba ir en su contra. Pero años más tarde, cuando eso terminó, Adel empezó a amenazar a Pablo, que era quien más pasta tenía. Le pedía droga gratis. Dinero en efectivo, mucho dinero… cosas así. Pablo se negó una vez, Adel le amenazó con difundir alguno de esos vídeos, y optó por darle todo lo que le pedía.
—¿Hace mucho de eso?
—La última vez fue… a finales de diciembre, creo. Antes de Fin de Año. Le pidió droga. Pablo se la daba sin preguntar.
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—Y a ninguno de ustedes se les ocurrió denunciar los hechos. Claro, estaban todos en el ajo y amenazados por Adel —dice Vega con desprecio.
—Qué puto asco me dan los violadores. Sois escoria —suelta Bernardo, dando un fuerte golpe sobre la mesa, lo que provoca que Nuno vuelva a bajar la mirada. El abogado hace un intento de defender a su cliente, pero, finalmente, opta por sellar sus labios.
—Lleva usted toda la razón —sisea Nuno al cabo de un rato. —¿Ander y Aria sabían algo de lo que hacían? ¿Estaban involucrados? Nuno se detiene un instante con expresión confusa, como si no hubiera
entendido la pregunta. Hasta que cae en la cuenta de quiénes son Ander y Aria, solo porque sus apodos empiezan por A.
—Ah, los otros. No lo sé.
—¿Alguna de las chicas se despertó en el momento en que las estaban violando?
Antes de contestar, Nuno, pensativo y con la mirada perdida, asiente con la cabeza.
—Sí, creo que sí. Solo una.
—¿Le suena el nombre de Aitana Boza?
—No. Nunca sabíamos los nombres y apellidos de las chicas.
—Da por hecho que era una de las chicas de las que abusaron.
Nuno se encoge de hombros.
—Aitana Boza fue la artista que pintó los cuadros que cada uno de ustedes recibieron el 27 de febrero del año pasado —detalla Vega—. Cuadros pertenecientes a una exposición titulada «HOMBRES». Y, si usted no estuviera ahora mismo aquí, seguramente habría acabado apuñalado, muerto encima de su moto, como el cuadro que recibió.
—Ha sido ella quien… —titubea Nuno.
—Aitana Boza se suicidó en enero del año pasado —lo interrumpe Vega con tono cortante—. Solo tenía veinticinco años.
—Y un futuro brillante como artista truncado, seguramente porque ustedes le destrozaron la vida —interviene Bernardo con dureza.
—Esta noche sabremos si fue una de sus víctimas —zanja Vega.
En el cementerio de la Almudena
Esa misma noche
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Consciente de que la obra no está acabada, y ojalá encuentre el perdón de Aitana, una noche más se cuela en el cementerio para, a falta de otro peón de ajedrez, dejar en la lápida de mármol tres páginas arrancadas del diario que ha plastificado para que las inclemencias meteorológicas no las desintegre.
Nuno Suárez, que tenía que acabar muerto encima de su moto con quince puñaladas por los quince años que tenía Aitana cuando la violaron, y el número 5 grabado en el pecho, se ha salvado (de momento) por estar bajo arresto penitenciario. Iba a ser la culminación de su gran obra, la que le redimiría de la culpa que lleva demasiados años arrastrando en silencio, pero, de momento, no va a poder ser. Nuno se enfrentará a la justicia, una justicia que, seguramente, será demasiado benévola con él. Quién sabe. Es posible que, cuando Nuno salga de prisión, si es que llega a entrar, siga aquí, libre, esperándolo para darle la estocada final que merece, cuando menos se lo espere.
Extracto del diario de Aitana Boza
2014, un mal año, el que me perseguiría de por vida, el primero de todos los malos años que vendrían. Acababa de cumplir quince años cuando fui con mi hermana a una firma de discos de mi banda favorita, los 4A. Adel, el cantante, que era mi amor platónico, me guiñó un ojo. ¡A mí, que tenía la habitación llena de pósteres de él! Antes de que me fuera y aprovechando que estaba sola, porque mi hermana había ido un momento al baño, Adel se escabulló de la firma y me pidió mi número de teléfono. No me lo podía creer. Se lo di tartamudeando y, al irme, temí haberme equivocado con algún número. Por aquel entonces no tenía móvil, así que le di el número del teléfono fijo de casa. Estuve pendiente del teléfono en todo momento, para que no contestara mi hermana o mis padres. Me llamó a los dos días. Por suerte, contesté yo. Me dijo que le había impactado, que no había podido dejar de pensar en mí, en mis ojos, en mi boca… Que le había gustado mucho. Que era muy simpática. Y guapa. Quedamos. Me preguntó si me importaba que él tuviera treinta y tantos años. Le dije que no, que los chicos de mi edad tenían el cerebro vacío y me aburrían. No sé por qué dije eso, solo quería sonar madura e interesante, estar a su altura. Impresionarlo. Al segundo día, fui a su piso. Vimos una peli. Me metió mano. Me susurró al oído que era especial, me preguntó si era virgen, le dije que sí, me dijo que eso le ponía mucho… ¿Cómo quieres que sea tu primera vez?, me preguntó. Y yo contesté que quería que fuera con él. Nos acostamos. Me trató con mucho cuidado, me dijo que me quería, que quería verme más veces… a la semana, empezó a chantajearme, a pedirme cosas raras que a mí no me parecía que estuvieran bien, pero le quería, estaba enamorada, ciega… hice todo lo que me pidió porque, a ver, era Adel, el famoso cantante de una banda que volvía locas a todas las chicas, y él se encargaba de recordarme que era la envidia de todas, que cualquier otra chica mataría por estar en mi lugar. A las dos semanas, me invitó a una fiesta en su casa. Pero, cuando
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llegué, no había nadie. Me sirvió una Coca-Cola. Fuimos a su habitación. Nos besamos… había una cámara de vídeo. ¿Para qué es eso?, le pregunté. No contestó. Me empezaron a pesar los párpados. Veía doble y borroso. Me quedé dormida. Cuando me desperté, estaba desnuda y vi a cuatro tíos también desnudos encima de mí. Uno de ellos me penetraba, era Ariel, el batería de los 4A. Otro se estaba corriendo en mi cara, noté un gusto amargo en la boca, los labios mojados. El tercero me estaba magreando, me mordía los pezones, como si quisiera arrancármelos de cuajo, parecía un caníbal… Sentí mucho miedo. Un miedo paralizante. Mientras tanto, Adel miraba, miraba lo que me hacían, se reía y la cámara tenía una luz roja encendida. Estaba grabando. Grité. Grité hasta desgañitarme. Intenté zafarme de ellos, pero eran más fuertes. Les pedí que me dejaran, que no quería, que no quería. Lo repetí mil veces. Pero ellos se reían de mí, me insultaban, uno me escupió, y Ariel, dentro de mí, empezó a ponerse violento… Me di cuenta de que había alguien en la puerta que nos miraba con perplejidad. Le pedí ayuda. Sabía quién era, tenía que ayudarme, tenía que sacarme de ese infierno. Pero no hizo ni dijo nada. Nadie hizo nada por mí. Hasta que se aburrieron y me soltaron y tuve la sensación de que me habían partido por la mitad y que algo dentro de mí se había muerto. Me dolía todo el cuerpo. Empecé a sangrar. Adel, antes de dejarme salir por la puerta, me dijo que todo estaba grabado y que, como dijera algo, todo el mundo sabría que era una zorra, una guarra que se dejaba follar por cualquiera. No digas mi nombre, no le hables a nadie de mí, me dijo entre dientes. Nunca, bajo ninguna circunstancia, des mi nombre, repitió, mirándome de arriba con asco. No lo volví a ver. Y nunca le dije nada a nadie. La vergüenza que sentía se fue haciendo tan grande como la barriga que fue creciendo mes a mes, albergando una vida no deseada en mi interior. A los nueve meses me puse de parto. Todo se complicó. Di a luz a un precioso niño con la piel azulada que no emitió sonido alguno. De mis entrañas nació un niño muerto.
—No hice nada por ti, es verdad. Estaba allí, lo presencié todo, vi cómo te rompían, y no te salvé de esos monstruos. Perdóname, Aitana. Perdóname tú, porque yo no puedo.
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CAPÍTULO 16
En la calle de Esparteros
La cuarta víctima
22.10 h
Vega y Bernardo se enfrentan al cuarto cadáver que han hallado en el
interior de un armario empotrado de su piso de la calle de Esparteros, a pocos metros de la Plaza Mayor, donde han hecho una necesaria parada para cenar un bocata de calamares. No han forzado la cerradura, por lo que deducen que, o bien la víctima era muy confiada, o conocía a la persona que ha acabado con su vida. La escena resulta tan patética y humillante como la de horas antes, con Setién sentado en el retrete del despacho de uno de sus clubes nocturnos, con los pantalones bajados hasta los tobillos.
Asesinados salvajemente a puñaladas.
Marcados como ganado.
Ridiculizados. Humillados. Patéticos.
Mientras los compañeros trabajan a destajo a su alrededor en busca de pistas y ADN, los inspectores, cada uno sumido en sus propios pensamientos, contemplan el cadáver del productor musical Quique Meyer como si no fuera más que una marioneta maltratada sin alma. Quince puñaladas. Una de ellas directa a la arteria carótida, probablemente la primera que el asesino o asesina le asestó. El número 4 marcado en su pecho desnudo. Alrededor del cuello laxo de la víctima, hay anudadas varias corbatas de colores estrafalarios. La escena es muy similar a lo que Aitana Boza recreó en el lienzo que han encontrado colgado en el despacho del productor.
«Al menos este valoró la obra», piensa Bernardo.
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«Un cabronazo menos», piensa Vega, sin poder quitarse de la cabeza la grabación de la violación en grupo, la única que ha podido ver hasta ahora.
—Bernardo, mientras dan con el paradero de la modelo, vuelvo a comisaría a repasar las grabaciones de las tarjetas de Adel. No puedo retrasarlo más. Y mañana, sin falta, vamos a hablar con la hermana de Aitana.
—Claro, pero ahora voy contigo.
—No es necesario, ve a casa con tu mujer. Es tarde y estará preocupada.
—Qué va, antes de venir aquí he hablado con ella. Lo entiende. Estará entretenida con el culebrón turco al que está enganchada. ¿Tú no tienes pareja, Vega?
Vega sonríe. Imagina a Levrero paseando a Marley o, más bien, a Marley paseando a Levrero, porque el perro es exigente y un poco sibarita, y no le sirve cualquier lugar para hacer sus necesidades. Y así puede estar una hora arrastrando al ingenuo que lo pasea creyendo que está al mando, hasta que encuentra el rinconcito ideal donde plantar un pino.
—Que nos hayamos empezado a tutear no significa que vaya a contarte cosas de mi vida personal, Bernardo.
—Touché —ríe el inspector Ruíz, y a Vega se le humedecen los ojos al recordar a Daniel, posiblemente la persona que mejor la conocía.
En comisaría
Madrugada del martes, 21 de enero de 2025
Cada vídeo es peor que el anterior. La brutalidad con la que tratan a las chicas inconscientes es inhumana. Ninguna abre los ojos. Ninguna se mueve, no se enteran de nada. Hubo rumores. Ninguna denuncia. Treinta jóvenes anónimas de entre catorce y dieciséis años violadas entre 2013 y 2015. Enfermedades de transmisión sexual, embarazos, abortos, traumas… ¿Qué ocurrió después? ¿Qué fue de ellas? ¿Cómo se llamaban? ¿Cuántas siguen vivas? ¿Cuántas siguieron adelante como si no hubiera ocurrido nada? ¿Cuántas están muertas? ¿Alguien más lo sabía? Alguien cercano al círculo del cantante de los 4A. La misma persona que puede que le contara lo que ocurría tras bambalinas a la periodista que murió al poco tiempo de escribir un artículo que desapareció antes de generar la polémica que esos
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desalmados merecían. En cualquier caso, a la vista está, nadie hizo nada, ni siquiera la discográfica con la que la banda tenía un contrato, que silenció estas prácticas vomitivas.
Cuando son las tres de la madrugada del martes y se disponen a ver la tarjeta de memoria número 28, así es como la numeran tras las terribles veintisiete visualizaciones anteriores, Vega y Bernardo tienen ganas de que caiga un meteorito que extinga la raza humana.
—Hay que volver a hablar con los otros dos.
—Ander y Aria —apunta Bernardo.
—Los mánagers iban cambiando, ahora sabemos que el primero que tuvieron está retirado en Jamaica, otro murió por sobredosis en 2018, y el que les robó en 2013, que fue cuando Adel inició toda esta mierda por pasta, se encuentra en paradero desconocido. Pero Ander y Aria, aunque no tenemos constancia de que estuvieran implicados, tenían que saber lo que ocurría. Y por eso la noche del sábado se miraron entre ellos con tanta complicidad, como si se estuvieran callando algo muy gordo —recuerda Vega.
—Putos cabrones todos —blasfema Bernardo, clavando la vista en la pantalla, que cobra vida con una nueva chica—. Espera, para —le pide a Vega, que pone el vídeo en pausa—. Es ella.
—¿Aitana Boza?
—Sí, sí —confirma Bernardo, buscando una vez más a Aitana en Google, y mostrándole a Vega la única foto que hay de la artista.
Comparan a la mujer de veintipocos años y ojos tristes que aparece en la búsqueda de Google como «Aitana Boza – Pintora», con la chica desnuda y expuesta de solo quince años que se encuentra tendida en la cama antes de que esos cuatro monstruos se le abalancen como hienas hambrientas. Sus facciones no cambiaron mucho con el paso de los años. Siguió llevando el pelo largo, lacio, de color oscuro.
—Sí, es Aitana —confirma Vega, con un nudo estrujándole la garganta cuando vuelve a darle al PLAY.
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CAPÍTULO 17
SOS DESAPARECIDOS
Continúa la búsqueda de Verónica Gil, desaparecida el 16 de enero en Madrid.
Edad: 42
Altura: 1,65
Peso: 55 kg.
Color de pelo: Negro
Ojos: Marrones
Complexión: Delgada
La mañana del jueves 16 de enero, Verónica quedó en una calle cercana a Sol con un posible comprador para vender una videocámara analógica Samsung Vp-L600 que tenía subida a varias plataformas de venta de segunda mano. Desde ese día se encuentra en paradero desconocido.
Boadilla del Monte
Mañana del martes, 21 de enero de 2025
Vega conduce hacia Boadilla del Monte, donde vive Candela, la
hermana de Aitana. Espera que se encuentre en casa, pues al final no han contactado con ella para informarle de su visita. Mientras tanto, Bernardo habla por teléfono con Begoña. A Vega le está poniendo nerviosa tanto «Hum», «Ajá», «Oh», «Ya, ya», «Vaya, vaya», hasta que por fin Bernardo corta la llamada con la promesa de invitar a Begoña a un buen pincho de tortilla de patatas.
—¿Qué pasa? —le pregunta Vega.
—Verónica Gil, cuarenta y dos años, desaparecida desde el jueves pasado. Había quedado en una calle cerca de Sol con alguien interesado en
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comprar una Samsung Vp-L600 que tenía a la venta en varios sitios, Wallapop, Milanuncios, Vinted… Una calle, por cierto, en la que no hay cámaras de videovigilancia ni en el pakistaní de la esquina, por lo que no se han podido registrar los últimos movimientos de Verónica. Están tratando de identificar a la persona que contactó con ella, pero la mujer pecó de confiada, así que está complicado.
—Una Samsung Vp-L600. La misma que apareció en el cuarto de baño donde mataron a Adel, y con la que la persona que lo asesinó ya quería darnos una pista sobre el tema de los abusos a las chicas. Adel utilizaba esa videocámara para grabar las violaciones —empieza a cavilar Vega.
—Exacto, la misma videocámara —corrobora Bernardo—. Por lo que ha averiguado Begoña, no se vendía una igual desde hacía dos años, al menos en plataformas de segunda mano, así que…
—¿Pero para qué hacer desaparecer a la vendedora? ¿Qué tiene que ver esa mujer en todo esto? —empieza a agobiarse Vega, girando a la izquierda para adentrarse en la calle José Solana—. Una cosa es el complejo Dexter, y otra es hacer desaparecer a gente inocente que no tiene nada que ver con lo que las víctimas actuales hicieron en el pasado. No concuerda con el móvil justiciero y vengativo de este caso.
—¿El complejo Dexter? ¿Eso qué es? —se interesa Bernardo.
—Un asesino en serie que acaba con la vida de personas que son peores que él, como parece ocurrir en este caso. El complejo Dexter —«Así lo llamábamos Daniel y yo, nos alucinaba esa serie», se calla Vega
— viene de una serie llamada Dexter, en la que el protagonista, incapaz de controlar a su pasajero oscuro, como él lo llama, lo acaba redirigiendo, por así decirlo, matando a otras personas que son criminales peores que él.
—Vaya.
—¿Se sabe algo de la modelo?
—Nada. Ni el novio ese con el que Begoña está tan encantada de haber hablado, sabe nada de ella desde el viernes por la noche. Ah, y a los de la discográfica es para echarles de comer aparte, de verdad te lo digo. Nadie sabe nada. Nadie habla. Todo son excusas. No saben nada de lo de los abusos de Adel y compañía. Que están consternados por los asesinatos de Adel y Ariel, que si el futuro de los 4A, blablablá… Que el equipo ha cambiado en los dos últimos años, el jefazo murió, y los de ahora, así lo han dicho, los de ahora, ni pajolera idea de lo que pasó entre los años
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2013 y 2015, que ha llovido mucho… Lo de siempre, vamos. Se protegen los unos a los otros.
Vega detiene el coche, lo deja mal aparcado frente al número 61, baja dándole mil vueltas a la cabeza, y llama al timbre de la casa apareada de ladrillo rojo donde vive Candela Boza, a quien ven asomándose a la ventana.
—Buenos días. ¿Candela Boza? —saluda Vega.
—Buenos días —le devuelve el saludo Candela, quien tiene un gran parecido con Aitana—. Policías, ¿verdad? Sabía que, tarde o temprano, vendrían. Pasen, por favor.
Vega y Bernardo, extrañados ante la calma y la clarividencia de la mujer, cruzan un pasillo hasta llegar a un amplio salón con vistas al jardín en el que, además de juguetes por el suelo, hay un montón de pinturas enmarcadas expuestas en las paredes que tienen el sello de Aitana. Bernardo admira las obras, le gusta lo que ve.
—Su hermana tenía mucho talento —le dice Bernardo a Candela, a quien se le humedecen los ojos.
—Le destrozaron la vida —empieza a decir Candela—. Por eso han aparecido… esos hombres… —titubea, retorciéndose las manos, un gesto que Vega ha visto infinidad de veces—. Fueron ellos, ¿verdad?
Después de tener que enfrentarse con impotencia a la horrible grabación en la que Ariel, Nuno, Pablo y Quique aparecían violando a una joven Aitana inconsciente hasta que despertó, tratando de zafarse de las monstruosidades que le estaban haciendo, a Vega no le queda otra que asentir en silencio, tratando de no transmitirle a la hermana la pena y la rabia que siente por dentro.
—¿Su hermana le contó algo al respecto? —pregunta Vega, agradecida porque Candela esté informada de lo que está pasando y vaya al grano.
—Adel, el cantante de los 4A de quien mi hermana estaba enamorada, como tantas otras chicas de su edad, le pidió el teléfono. Yo tenía diecinueve años, ella quince, era muy jovencita y demasiado ingenua. Pensé que no la llamaría, pero la llamó. Le dije que no quedara con él, que era mucho más mayor, que qué iba a hacer una niña de quince años con un tío de treinta y pico, por muy guapo y famoso que fuera, que eso no era normal. Pero Aitana, a espaldas de nuestros padres, se encaprichó y no atendía a razones. Me decía que yo estaba celosa, que mataría por estar en
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su lugar, y no hubo manera de hacerle entender que había algo raro en esa insistencia de Adel… hasta que, al poco tiempo, se quedó embarazada.
Vega y Bernardo se miran con gravedad.
—¿Le dijo de quién? —tantea Bernardo, con su libretita a punto para anotar detalles hasta ahora desconocidos.
—No, nunca lo supimos. Pero recuerdo que unas semanas antes de que nos enteráramos de que estaba embarazada, Aitana llegó a casa a las tantas de la madrugada sangrando, completamente ida, se encerró en su habitación y no salió de ahí en tres días. Llamábamos a su puerta, entrábamos, le decíamos que tenía que comer algo, ducharse, ir al instituto… No nos hacía caso. Esa noche mi hermana murió en vida. Escuché por ahí que ese cantante, aprovechándose de su fama, abusaba de chicas menores de edad. Que había hombres que le pagaban dinero por abusar de ellas —especifica—. Me temí lo peor. Aitana nunca me contó nada, pero yo… ella escribía en un diario. Un día se lo robé, lo leí todo a hurtadillas. Leí lo que le habían hecho esos desgraciados. No escribió sus nombres, supongo que no los conocía, pero no hizo falta. Me puse en contacto con una periodista que indagó al respecto, descubrió cosas muy turbias y…
—¿Usted fue quien contactó con Esmeralda Moya? —se sorprende Vega.
—Sí, fui yo. Por mi hermana. Por lo destrozada que estaba. Por todas las chicas que sufrieron esa desgracia, y para que no le pasara a ninguna más. Por aquel entonces, no pensé en denunciarlo a la policía. Adel era famoso, rico y poderoso, ¿qué me habrían dicho? ¿Qué me lo estaba inventando? Pasa más de lo que creen… Pero esa periodista me creyó desde el principio. Me dijo que me ayudaría y que todo lo que había hecho Adel se sabría… Publicó el artículo, que desapareció a las pocas horas sin hacer ruido, y la mataron. Dijeron que sufrió un infarto, pero yo sé que la mataron, que alguien desde las sombras ayudó a Adel, puede que el mánager cocainómano que tenían, que resulta que era un matón, o desde la discográfica o… no sé. Me temo que nunca lo sabremos. El caso es que cuando me enteré de que la periodista había muerto poco después de publicar un artículo que desapareció como si nunca hubiera existido, me acobardé y yo también silencié el tema. Solo quería que mi hermana lo olvidara, que siguiera adelante, pero… la marca era demasiado profunda.
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No pudo ser. No lo pudo superar. Un solo instante puede destrozarte la vida entera. Supongo que saben que mi hermana se suicidó el año pasado.
—Lo siento mucho —se lamenta Vega—. ¿Aitana siguió adelante con el embarazo?
—Sí. Mis padres eran muy religiosos y no… en fin —suspira Candela
—. Pero en la recta final hubo problemas y el bebé nació muerto. —¿Sigue teniendo el diario de Aitana?
Candela niega con la cabeza.
—No. Mi hermana se independizó cuando cumplió veintiún años. La relación con nuestros padres era difícil, no nos entendíamos. Vivía en una buhardilla de Lavapiés con la puerta muy endeble y supongo que, cuando murió, alguien forzó la cerradura, entró y se llevó el diario.
Vega la mira con extrañeza.
—¿Y no es posible que Aitana se hubiera deshecho de él?
—No. Escribía cada día, aunque solo fueran dos líneas. Formaba parte de su terapia. La conocía lo suficiente como para saber que nunca se hubiera deshecho de ese diario. Era su vida. Sus pensamientos. Su locura. Una especie de testamento vital. Cuando se tiró del puente…
—¿Seguro que fue un suicidio? —interviene Bernardo, temiéndose lo peor.
—Sí, no hay duda de que lo fue. Hubo un testigo. Un pobre hombre que le gritó que no lo hiciera, que no se tirara, pero no llegó a tiempo de agarrarla. Testificó que Aitana estaba sola, llorando, y que, sin titubear, se lanzó al vacío —les cuenta con la voz quebrada—. No pude ir a la buhardilla a recoger sus cosas hasta dos semanas más tarde. Ahí encontré las cinco obras que decidí exponer en La Panartería a modo de homenaje. Jamás pensé que me fueran a dar tanto dinero por ellas y una parte la doné a una fundación que ayuda a mujeres maltratadas o que han sufrido abusos y violaciones. Les puedo enseñar el extracto de la donación, si lo desean.
—No es necesario, gracias —le sonríe Vega, sin poder ocultar la tristeza que el testimonio de Candela le está causando.
—Me lo llevé todo. Ropa, libros, discos, su material de pintura… lo poquito que mi hermana tenía repartido en un espacio de apenas cuarenta metros cuadrados. Pero del diario, que les aseguro que busqué a conciencia, ni rastro, hasta que la casera me dijo que tenía que pagar la cerradura, que estaba rota. Pensé que alguien se había aprovechado de que yo tardara tanto en aparecer por ahí por el hecho de no sentirme preparada
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para enfrentarme a la ausencia de mi hermana y a sus cosas, y había entrado para llevarse el diario de Aitana.
—¿Sabe quién compró las obras? En la galería nos dijeron que el comprador había sido anónimo.
—Ya. Fue raro. Me dijeron que a veces pasan esas cosas, así que no le di más importancia. No sé quién las compró.
Vega le cuenta que cada uno de los cuadros de la exposición «HOMBRES», título que la galerista le sugirió a Candela, fueron repartidos el 27 de febrero del año pasado a cada una de las víctimas de estos días que han acabado asesinados como Aitana plasmó en los lienzos.
—No tenía ni idea —dice Candela, sin mucho más que añadir salvo que—: La primera vez que los vi, supe que cada cuadro iba dedicado a los hombres que le habían destrozado la vida siendo una niña. Percibí su rabia, su enfado… Las salpicaduras de sangre en el pecho de los hombres así lo indicaban, como si los hubiera matado uno a uno a través de su arte, pero jamás pensé que esas escenas pudieran hacerse realidad.
—¿Conoce a alguna persona cercana a Aitana capaz de hacer algo así? Tras unos segundos de silencio, Candela sacude la cabeza a modo de
negación.
—Mi hermana nunca tuvo novio y tampoco tenía amigos, solo conocidos que eran artistas, como ella. Hizo un par de exposiciones conjuntas, ya saben, varios pintores exponen sus obras en un espacio compartido, pero Aitana tenía tendencia a refugiarse en la soledad de su buhardilla. Así la llamaba: su buhardilla, su escondite… —recuerda con nostalgia—. Aitana no tenía a nadie, solo me tenía a mí. Y yo a ella, hasta que me casé y tuve a mi hijo, que ahora está en el cole, y la distancia fue inevitable… Ojalá hubiera estado más pendiente de ella.
Vega se pregunta cuántas vidas rotas habrá en el mundo por culpa de unos desalmados que solo buscaban diversión durante un rato a costa del sufrimiento y el dolor ajeno, sin pensar en las consecuencias, en el después, en lo que sería de ellas… ¿Cómo es posible que exista tanta maldad? ¿Que tras la fachada de unos tíos de éxito existiera un corazón tan negro y podrido, y que, después de tantos años, pudieran vivir, y vivir bien como si nada? Pablo Setién, un enfermo, un violador, un peligro, era padre de dos niñas pequeñas. Quique Meyer, otra alma oscura, estaba divorciado y tenía una hija de diecisiete años. ¿Cómo podían mirar a los ojos de sus hijas después de todo lo que les hicieron a aquellas chicas?
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Ya en la calle y antes de que Vega y Bernardo se marchen, Candela, con aire pensativo, les dice:
—¿Saben qué significa el apodo Adel que Abraham Rot eligió cuando crearon los 4A? —Los inspectores niegan con la cabeza, a la espera de la respuesta que Candela extiende unos segundos hasta que añade en un murmullo—: Adel significa «Justo». Justo —repite, elevando la voz exageradamente—. Qué ironía, ¿no les parece?
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CAPÍTULO 18
Una hora y media más tarde, en comisaría
Cuando Vega y Bernardo llegan a comisaría, hay sorpresa: Martina
Ladera ha venido por voluntad propia a hablar con ellos. La acompaña Leire, la mánager de los 4A que se ha quedado en paro. Ha sido Leire quien le ha aconsejado a la modelo no hablar con nadie salvo con la inspectora Martín que tanta confianza le transmitió cuando apareció junto al comisario Levrero en Algarra.
—Ella lo entenderá —le aseguró.
Martina confía.
Y es que, después de varios días con el móvil apagado para que no pudieran localizarla, Martina, desde la habitación de un hotelito de la Sierra de Madrid, llamó a Leire, y esta la convenció para que volviera a la ciudad y fuera a comisaría a hacer lo correcto. Confesar. La modelo no estaba en París. Mintió. La mentira se hizo bola y… Cuando en un programa dijeron que habían visto a la modelo salir del hotel Montera la misma tarde en la que habían asesinado a Adel, que para más inri era su ex, se puso nerviosa, no sabía qué hacer. Tenía miedo, un miedo paralizante que Leire entendió, pues era el mismo que le hizo tomar la mala decisión de huir del hotel cuando la persona que había matado a Adel le dejó el cuchillo, el arma del crimen, en la bañera de su habitación. Un miedo que te hace parecer culpable. Aunque no lo seas.
Tres días antes
Tarde del sábado, 18 de enero, en el hotel Montera
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No hay dos, sino tres entradas que conducen al interior del hotel Montera. La persona que mató a Adel debió de entrar y salir desde cualquiera de esas dos entradas que pasan desapercibidas, aunque se acceda a ellas a través de la concurrida Gran Vía. Martina, como la mayoría de personas, solo conocía la majestuosa puerta de la entrada principal, mientras que las otras dos están reservadas para empleados del hotel o, por lo visto, gente con malas intenciones. La modelo había quedado con Adel, que tenía concierto esa misma noche, una noche especial, pues era el inicio de una nueva gira después de cuatro años de ausencia. La había llamado hacía dos días. Le había pedido perdón. Él la quería, de verdad que la quería, y sentía mucho lo mal que la había tratado, cómo la amenazó… Se le fue la cabeza y le dijo, entre otras cosas, que se avergonzaba de lo que había hecho en el pasado.
—Perdóname. Te quiero. Nunca dejaré de quererte, no puedo. Sé que estás con ese tío, el otro día vi una foto vuestra en una revista y pareces feliz, y si tú eres feliz yo soy feliz, pero… necesito verte. Necesito contarte algo. Explicarte por qué hice lo que hice, aunque sigas viéndome como un monstruo.
A Adel se le quebró la voz. Vaya, el muy hijo de puta parecía tener sentimientos, pensó Martina, incapaz de borrar de su cabeza el horror que había visto a través de aquella tarjeta de memoria. Y había más. No las contó, pero había más tarjetas, más chicas de las que habían abusado, más infiernos.
—Por favor… —le suplicó Adel llorando. Nunca había visto ni oído a Adel llorar—. Yo ya no soy ese tío… ya no soy ese monstruo. Han pasado muchos años.
Martina aceptó quedar con él con dos condiciones:
1. Cinco minutos. Ni un minuto más.
2. Nadie puede vernos juntos. Nadie, ni un camarero. Hay paparazzi en todas partes. Los de la Cuore y los de Socialité me tienen harta.
Antes de ir a los ensayos en la sala El Sol, Adel se escabulló al bar de tapas de al lado del hotel. Le dio al camarero la tarjeta maestra con la que Martina podía subir desde el ascensor a la última planta reservada para la banda y entrar en su habitación sin ser vista. Le dijo que una chica llamada Martina con aspecto de modelo la vendría a recoger. Y así fue. Martina fue
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al bar a buscar la tarjeta a las 18.45. Con miedo de que hubiera paparazzi por los alrededores, pues los 4A eran tan populares como ella y seguro que sabían que se alojaban en el hotel Montera, se subió la capucha del anorak y no se puso las gafas de sol porque de noche das el cante y su intención era no destacar. Le obsesionaba que alguien la viera. Porque imagínate que llega a oídos de Sergio que ha estado en el mismo hotel en el que se aloja su ex. El caché de Martina había subido como la espuma desde que salía con el actor del momento casi tanto como sus seguidores en Instagram. Debido a la competencia del sector, ahora que estaba en lo más alto no podía arriesgarse a perder tantos privilegios.
Martina, que sabía que Adel estaba con la banda ensayando para que el concierto que tenían en unas horas saliera a pedir de boca, fue directa al ascensor. Nadie pareció reparar en su presencia. Con la tarjeta maestra, subió a la última planta y entró en la suite de Adel. Estuvo a punto de largarse. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué? Se sentía idiota. Le asqueaba la coca que había en la mesita de noche, la pizza en la cama, las latas de cerveza en el suelo, la botella de vino.
¿Tan trastornado estaba Adel tras la ruptura? ¿Hasta dónde llegaba su obsesión por ella? De haber seguido juntos, ¿seguiría pidiéndole cosas raras en la cama?
A pesar de todo lo que Martina había descubierto sobre Adel, seguía diciéndole «sí» a todo lo que le pedía. Resignada y triste, lo esperó sentada en el borde de la cama. Empezó a hablar sola, a ensayar un saludo frío y distante, una mirada cortante que le hiciera entender que no lo perdonaría en la vida y que no volverían a verse.
Pero, cuando unos minutos más tarde la puerta de la suite se abrió y Martina volvió a tener delante a Adel, su plan se derrumbó. La mentira de que lo había dejado de querer de la noche a la mañana y de que su historia con el actor era un cuento de hadas, cayó bajo su propio peso. No hay amor pasado sin retrovisor. Empezó a temblar de arriba abajo. Eso era lo que le provocaba Adel, un terremoto en su interior, un incendio propagándose a toda velocidad y sin control. Estaba enamorada hasta las trancas de ese monstruo, ¿en qué la convertía eso? Ahora sabía la verdad. Y, aun sabiendo lo que Adel había hecho, se moría por volver a besar sus labios.
—Martina…
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Se acercó a ella para darle un abrazo. Martina quiso apartarse, que no la tocara, que le dijera lo que tuviera que decirle, que cinco minutos y ni uno más y que no se volverían a ver, pero fue incapaz de moverse y se dejó envolver por el cuerpo del cantante. No hablaron. Fuera lo que fuera lo que Adel tuviera que decirle, quedó flotando en el aire. Segundos más tarde y empujada por un arrebato que se le hacía tan familiar como volver a casa, Martina alzó un poco la cabeza y lo besó. Mientras le iba quitando la ropa, lo besó con rabia, con lágrimas en los ojos, con ganas de morderle los labios hasta hacerle sangre, tratando de olvidar que amaba a un cabrón que no merecía tener un hueco en su corazón. Adel se descalzó y, desnudo, con las manos aprisionando las huesudas caderas de Martina con la intención de bajarle los vaqueros, levantó una ceja y le susurró al oído con picardía:
—Ahora me toca a mí…
Pero llamaron a la puerta. Dos golpes. Ambos se sobresaltaron, Martina más, porque nadie podía verlos juntos. Nadie, ni siquiera un camarero, le había advertido a Adel cuando habían hablado por teléfono el jueves por la tarde.
Adel, por su parte, no hizo un amago de vestirse. Iba a abrir la puerta como su madre lo trajo al mundo sin pudor alguno.
—¿Vas a abrir la puerta desnudo? —le preguntó Martina en un susurro, de camino al armario, donde fue a esconderse.
El cantante, provocador como acostumbraba a ser, rio. Le pareció divertido. Y fue a abrir la puerta sin sospechar que la persona que esperaba al otro lado tenía la intención de acabar con su vida.
En comisaría
Ahora
Martina empieza a temblar como Vega imagina que tembló cuando, después de semanas sin verse, se reencontró con Adel en la suite del hotel. Aunque a Vega se le revuelven las tripas, intenta no juzgar a Martina por haber vuelto a caer rendida a los pies del cantante después de descubrir las atrocidades que cometió.
—¿Escuchó algo?
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—Poca cosa —contesta Martina con el rostro crispado—. Adel dijo: «¿Qué haces aquí? ¿Qué traes, por qué traes eso?». Y ya. La persona que entró, fuera quien fuera, no habló. No llegué a saber quién era. Quién lo mató. Pero sí parecía que se conocían. Cerraron la puerta y oí… oí pasos. La puerta del cuarto de baño se cerró de un portazo. A los pocos segundos, Adel gritó. Oí el agua correr. Más gritos. Gemidos agonizantes, más bien. Y después… no sé qué hora era, pero sabiendo que seguían dentro del cuarto de baño, aproveché para salir de la habitación sin hacer ruido. Bajé por las escaleras y salí… salí del hotel temblando, sabiendo que a Adel le había pasado algo muy malo… muy malo, pero tampoco tenía la seguridad de que… —empieza a sollozar—. Pensé que yo había tenido suerte de que no me pillaran. Suerte de haber podido escapar de esa habitación sana y salva. Horas más tarde, Leire me llamó, y fue cuando me enteré de lo que había pasado mientras yo estaba escondida en el armario de la suite. Habían matado a Adel… Tal y como le he contado a ella, estaba bajo los efectos de un tranquilizante que tuve que tomarme cuando llegué a casa para no enloquecer. No sé ni lo que le dije, la verdad… No sé…
—Doy fe —sisea Leire, recordando lo extraña que le pareció Martina al otro lado de la línea telefónica. No parecía ella.
—¿Por qué no pidió ayuda? —trata de comprender Vega.
Martina, hecha un mar de lágrimas, balbucea, nerviosa:
—No caí… tampoco vi nada, no sabía lo que estaba pasando en el cuarto de baño y… y tenía malas sensaciones, sí, por eso escapé cuando vi la posibilidad, pero no caí en pedir ayuda, en llamar a la policía, no caí, yo… me asusté mucho. Me asusté tanto que yo no… No quería que supieran que había estado en el hotel con Adel.
—El miedo —interviene Leire—. Es el miedo, que te paraliza, que te impide pensar con claridad y hacer lo correcto.
Vega asiente, comprensiva, pero Bernardo…:
—Excusas —les reprende el inspector con severidad—. El miedo no es más que una excusa que suelen utilizar los cobardes. Y ahora qué, ¿eh?
—Ahora seguiremos investigando —se planta Vega, dedicándole una mirada irritada a Bernardo por ser tan brusco con las chicas que, a fin de cuentas, han venido a testificar con la intención de ayudar—. Gracias por venir, Martina. Por favor, las dos, estén localizables por si volvemos a necesitarlas, ¿de acuerdo?
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Cómo se ha puesto Bernardo. Hecho una furia. Mientras tanto, Vega, con ayuda de Begoña y Samuel, ha empezado a investigar más a fondo quién fue el comprador misterioso de las cinco obras de Aitana Boza. Incluso han contactado con la empresa de reparto. El comisario Levrero, por su parte, le ha tenido que parar los pies a Bernardo, erre que erre con que esas niñatas tendrían que estar presas por omisión de socorro y por llevar días guardándose información relevante.
—La gente comete errores, es lo que tiene ser humano, Bernardo, y si Martina hubiera intentado ayudar a Adel, estaría muerta —le ha dicho Vega, cada vez más frustrada con este caso. No le ve salida—. No hay nada, absolutamente nada del comprador de los cinco cuadros de Aitana. Ni una dirección, ni una cuenta bancaria… El repartidor que entregó los cuadros los recogió de la galería y el dinero se ingresó desde una cuenta de Suiza que ya no existe, a nombre de una empresa que tampoco existe. No entiendo nada. Es como si… como si nos estuviéramos enfrentando a un fantasma, a un ser invisible.
—Invisible —repite Bernardo—. Oye, Vega, tengo hambre y con hambre me entra esta mala leche que no controlo y no puedo pensar con claridad. Comemos algo y después nos vamos a ver a los invisibles.
—¿Quiénes son los invisibles?
—Los únicos integrantes de los 4A que quedan vivos, o eso creo:
Ander y Aria.
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CAPÍTULO 19
En el restaurante Tatema Madrid
Barrio de Lavapiés
—Sé lo que le pasó a tu compañero. Al inspector Daniel Haro —empieza
a decir Bernardo, disfrutando del pincho de tortilla de patatas que le acaban de servir, aunque no hay tortilla de patatas que iguale a la de su mujer, aclara—. ¿Cómo lo llevas?
«No hay después. No hay un después. No hay nada».
Vega se permite atormentarse durante un breve instante. Sin embargo, no contesta a la pregunta de su nuevo compañero y se limita a llevarse una croqueta de pollo a la boca y a encogerse de hombros.
—Ya… sé lo que es perder a un compañero. He perdido a muchos, ¿sabes? Es jodido, pero todos tenemos una misión en esta vida, Vega. Tarde o temprano…
—Uy, no, no. No empecemos a filosofar, Bernardo.
—Y Levrero y tú… Se dice, se comenta, que estáis juntos.
Bernardo hace una pausa para ver el efecto de sus palabras en Vega, que trata de mantener una expresión neutra, pero se le nota que se ha quedado impresionada ante ese «se dice, se comenta…», preguntándose quién le ha ido con el chisme al nuevo.
—Así que es verdad —ríe Bernardo al cabo de un rato—. Nadie lo comenta, solo te he puesto a prueba. Está bien, es majo. Hacéis buena pareja. Tú entiendes su trabajo y él el tuyo, pocas parejas pueden decir eso. Aprovechad, que el tiempo vuela. Yo llevo cuarenta años con mi mujer. Solo nos tenemos el uno al otro y pensar que esto se acaba, que nos hacemos viejos… El otro día leí algo que me jodió el día. Decía algo así como que uno de los dos irá al funeral del otro. Solo uno de los dos podrá
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despedirse y dar el último adiós al otro. Y también solo uno de los dos experimentará su mundo sin el otro.
—Ya… es triste —acierta a decir Vega.
—Es la vida. Y, tarde o temprano, se acaba. Le he hablado de ti a mi mujer. Tiene muchas ganas de conocerte, a ver si un día vienes a casa y cenas con nosotros. A Teresa le hará ilusión.
—¿Tu mujer se llama Teresa?
—Sí, Teresa. Así que, lo dicho, estás invitada. Cuando quieras. —Claro. Un día de estos —dice Vega por decir, sin mostrar mucho
entusiasmo.
Bernardo se quita la boina a cuadros, esa que a Vega le recuerda tanto a la que llevaba su abuelo, la deja encima de la mesa y, pensativo, empieza a acariciarse la calva.
—Te muestras distante conmigo porque sabes que en un par de años me jubilo y tienes miedo de cogerme cariño. ¿A que sí? Porque la verdad es que, si puedo, me retiro en un año, para qué esperar más. La vida es incierta y corta y este trabajo quema mucho —tantea Bernardo con aire infantil, medio en serio medio en broma, esbozando una sonrisa traviesa
—. Begoña y Samuel me han recibido con los brazos abiertos, pero contigo… me cuesta, Vega. Me está costando. No sé si es porque te caigo mal, porque empezamos con mal pie o…
—Solo hace tres días que nos conocemos —lo interrumpe Vega, tajante, agobiada por la necesidad que parece tener Bernardo de complacerla—. Este caso está siendo complicado. Y no soy tan extrovertida como Begoña, Samuel o tú y este trabajo, últimamente, también me está quemando un poco. Dame tiempo.
—Imagino que después de lo que pasó con tu marido, te cuesta confiar en las personas. El dolor nos suele volver inaccesibles. Claro, es normal que te pase, yo en tu lugar…
—No vayas por ahí, Bernardo.
—Perdona. Perdona, tienes razón. Ya me callo.
Y así, un poco tensos, los inspectores salen de Tatema Madrid, el restaurante en el que han parado a comer algo porque está a dos pasos de donde vive Ander, el guitarrista de los 4A. Van a hacerle una visita antes de emprender el camino a Torrelodones, donde Aria, la teclista, vive alejada del mundanal ruido.
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Cruzan, se plantan frente al portal número 10 de la calle de Argumosa, y llaman al cuarto piso. Pasan los segundos y no hay respuesta.
—A ver si va a estar muerto —se teme Bernardo.
Vega, insistente, vuelve a pulsar el timbre, esta vez durante un buen rato, hasta que Ander contesta al otro lado de malas formas, posiblemente porque el pitido ha sonado más rato del necesario:
—¡¿Qué?!
—Inspectora Vega Martín.
—Inspector Bernardo Ruíz.
—¿Podemos subir?
—Eh…
Ander se lo piensa, pero al final cede y abre. Vega sube las escaleras con agilidad, mientras Bernardo, que pese a estar fuerte ya tiene una edad y ha comido más pinchos de tortilla de los aconsejables, va detrás de ella. Ander les espera en el quicio de la puerta en albornoz, su calva reluciente bajo la luz de un foco.
—Me estaba dando una ducha.
—Perdón por molestarle, pero necesitamos volver a hablar con usted —dice Vega.
—Pasen.
Los tres apartamentos de la cuarta planta son propiedad de Ander, por lo que los inspectores se encuentran caminando por un espacio abierto y gigantesco con varios ventanales que dan a la calle.
—¿Ya tienen al asesino? —pregunta Ander, y tanto a Vega como a Bernardo les ha parecido notar cierto sarcasmo en el tono que ha empleado al formular la pregunta.
—¿Cómo era su nombre? El real —quiere saber Vega.
—David Astralaga.
—David. No tenemos al asesino. Todavía. Pero sí sabemos por qué mataron a Adel, a Ariel, a Pablo Setién y a Quique Meyer. Supongo que a estos dos últimos llegó a conocerlos, ¿o no?
Ander comprime los labios y asiente. Se calla que Setién les pasaba la coca. Una coca de una calidad brutal, la mejor que la banda ha probado en su vida. Sobre Quique, les ayudó en un par de discos, pero el tío era una cabra loca y, con el tiempo, se distanciaron de él.
—Tendrían que habérnoslo dicho la misma noche en la que asesinaron a Adel —le echa en cara Vega—. Asesinato que, por cierto, pareció no
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afectarles, así como tampoco el asesinato de Ariel, aunque no hemos vuelto a hablar después del sábado por la noche. No le veo preocupado.
—Eran negocios —escupe Ander a la defensiva—. Empezamos siendo colegas, una familia, y después… después todo se torció. Adel y Ariel empezaron a hacer cosas abominables, yo no quise meterme en esas movidas chungas y me distancié.
—Pero sí disfrutó del dinero que Adel ganó con esas… movidas chungas —deja caer Bernardo.
—Que Adel no hubiera ahorrado pasta no era mi problema. Dejémonos de chorradas, ese dinero no era para el grupo, era para él, se lo quedó todo Adel, y me consta que ganó mucho. Un mánager que tuvimos nos estafó hace doce años. Nos robó mucha pasta de los últimos conciertos, fuimos a juicio y todo, y el tío desapareció. Pero si te sabes administrar, después de tantos años de curro y ganando muy bien, no es necesario recurrir a hacer tanto daño.
—En eso estamos de acuerdo. ¿Conocía a Aitana Boza?
A Ander le cambia la expresión.
—No me suena.
—No me mienta —le pide Vega entre dientes.
—A ver… era pintora, ¿no? Ariel tenía un cuadro raro en el salón firmado por una tal Boza, puede que el nombre fuera Aitana, pero… Ariel me dijo que un día lo recibió, que pensaba que se lo había regalado alguna fan, le hizo gracia, y lo colgó en la pared.
—Aitana Boza fue una de las chicas de las que abusaron en 2014. ¿Alguna vez presenció esas violaciones?
Ander agacha la cabeza, traga saliva con dificultad.
—Una vez. Fui a casa de Adel y me encontré con esa movida, me… me acojoné, la verdad, y me fui.
—Joder con lo de acojonarse. ¿Está de moda o qué? —se le encara Bernardo, colocando los brazos en jarra.
—¿Qué tendría que haberlo denunciado? Pues sí, son cosas que piensas después y que se tienen que denunciar, hostia, claro, pero ahora ya, ¿de qué sirve que me atormente? Están muertos, que les den por culo, tío, se lo merecían.
—¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no denunció? —insiste Vega. —¿La verdad?
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Ander les da la espalda para coger su móvil, que está encima de la mesa de centro que hay frente al sofá. Seguidamente, abre la aplicación de WhatsApp, selecciona un contacto y tiene que ir bastante atrás en el tiempo para encontrar el mensaje que busca, concretamente del día 2 de mayo de 2014. La voz de Adel cobra vida:
«Como digas algo de lo que has visto hoy, te corto el cuello, tío. No, te corto los huevos y después te corto el cuello, ¿entendido, Astralaga? Y olvídate de los 4A, de la pasta, de la fama y de todo. Si cuentas algo, olvídate de seguir vivo».
—Adel no amenazaba por amenazar. Él, si decía algo, era porque lo pensaba cumplir. Así que no, su asesinato no me ha afectado. No estoy preocupado. Era un cabrón. Por fin soy libre. Por fin, sin Adel y sin Ariel, Aria y yo podremos brillar. Casi la tengo convencida para no dejar morir a los 4A, incorporar a alguien en teclado y en batería y que Aria cante. Porque ella canta como los ángeles, ¿saben? Sí —asiente, sonriente, como si con solo visualizar su deseo ya lo estuviera viviendo—. Por fin vamos a brillar, que después de toda la mierda que hemos tenido que tragar, nos lo merecemos.
Cuando Vega y Bernardo vuelven a la calle, no saben si han estado hablando durante un breve espacio de tiempo con un loco, un excéntrico soñador, o con un sospechoso de cuatro asesinatos y, quizá, una desaparición incomprensible, la de Verónica Gil, la vendedora en plataformas de segunda mano de la Samsung Vp-L600, ajena a toda esta locura.
—He salido con una sensación rara —admite Vega.
—Un poco rarito el joven, sí —le da la razón Bernardo, mirando la hora en su reloj de pulsera. Las tecnologías no van con él. Vega, ahora repara en ello, no ha visto al inspector Ruíz con un móvil en las manos desde que lo conoce—. Y lo de que no tenía ni idea de quién era Esmeralda Moya, la periodista que murió poco después de revelar esas… movidas chungas… —añade, imitando la voz de Ander que, pese a tener cuarenta y cuatro años, parece no haber dejado atrás la adolescencia.
—Pobre mujer. Son las cuatro y media. ¿Vamos a Torrelodones a hacerle una visita a Aria o lo dejamos para mañana? Apenas hemos dormido, míranos. Necesitamos descansar.
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—A pesar de las ojeras que lucimos y a que yo ya tengo una edad, todavía nos queda marcha para rato, inspectora. Va, conduzco yo. A ver si la que canta como los ángeles desembucha algo más que el rarito. Por cierto, ¿tú cantas bien? ¿Sueles cantar en la ducha? ¿O es demasiado pronto para hacerte preguntas tan… íntimas?
—Canto de pena y no, para suerte de mis vecinos, no canto en la ducha —ríe Vega, ante las ocurrentes preguntas de Bernardo, que asiente satisfecho con las respuestas y se coloca bien la boina antes de emprender el camino hacia el coche.
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CAPÍTULO 20
Un daño colateral
No van a haber más visitas a la tumba de Aitana, no va a asumir más
riesgos. Pensarlo le entristece. Es posible que esa tristeza provenga de la locura; para hacer lo que ha hecho, tiene que haber perdido la cordura por completo. Quién sabe lo que ocurre cuando te mueres, piensa, ahí solo queda el cuerpo enterrado, pudriéndose, mientras el alma que dicen que nunca muere, vuela libre hacia una dimensión más amable que la terrenal. Pero hay lugares que, inevitablemente, te atan. La tumba de Aitana es uno de esos lugares a los que se ha aferrado, porque es lo único que queda de la chica, de su paso por este mundo de mierda que tan mal la trató.
Baja al sótano. La vendedora de la videocámara de segunda mano, la misma que dejó en el cuarto de baño donde asesinó a Adel, sigue inconsciente. Atada de pies y manos y amordazada, le ha dado un buen golpe en la cabeza. Comprueba su pulso. Es débil, pero sigue viva. Cuánto lo siente. Sin embargo, opina que en todo plan retorcido tiene que haber algún daño colateral. Verónica Díaz, la mujer que quería sacarse de encima esa vieja videocámara por treinta euros y que si saliera con vida de esta no volvería a quedar con desconocidos, es el daño colateral. El ser inocente que paga por el daño causado por otros. Nada puede salir mal. Fingir tu propia muerte, o, al menos, despistar a las autoridades durante unas horas gracias a un cuerpo carbonizado que creerán que es el tuyo, debería funcionar para escapar y salir indemne de todo lo que ha hecho. Solo lamenta que Nuno, la quinta rata inmunda, se haya librado. De momento. Porque la voz de Aitana le susurró que los matara a todos. Hizo una promesa. Y, tarde o temprano, la cumplirá.
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Torrelodones
17.30 h
Aria vive en una casa aislada de piedra que queda al final de la calle sin salida Sella, en Torrelodones. El jardín, que se encuentra en la parte trasera de la propiedad, da al embalse de los Peñascales que Vega y Bernardo admiran al bajar del coche. La luna llena se asoma por un hueco, bañando el entorno con una claridad espectral.
—Bonita zona —halaga Bernardo, mirando a su alrededor—. Aunque hace un frío de mil demonios —añade, levantando la mirada en dirección al cielo nocturno para contemplar las estrellas que en el centro, debido a la contaminación lumínica, son más difíciles de ver.
—Y muy tranquila —añade Vega, pensando en Marley y en lo bien que estaría viviendo en una casa con jardín donde poder correr libremente.
Bernardo, abstraído, pregunta antes de llamar al timbre:
—¿No te parece raro que los chicos de la banda se decantaran por vivir en el centro y la chica aquí, lejos de todo?
—Bueno, por lo que parece, Adel vivía más en Algarra que en Madrid. Había trasladado todas sus cosas allí, encontramos el piso vacío y la casa del pueblo muy llena, demasiado llena —recuerda—. Yo estuve allí. Un pueblo pequeño y muy bonito, pero más en mitad de la nada que eso… — contesta Vega, callándose que no le apetece nada tener que volver a enfrentarse a los ojos azules, casi transparentes, de Aria. Su mirada vacía y desprovista de emociones le transmitió una mala sensación la noche del sábado, cuando la conoció en persona. No puede evitar pensar que es algo que delante de Bernardo se calla, pero que si tuviera a Daniel al lado sí se lo confesaría. Está convencida de que el inspector Haro la miraría de reojo y casi puede escucharlo diciéndole entre risas:
—Eso es por el maquillaje gótico, Vega, que siempre te ha dado mal rollo. ¿Qué tienes contra el maquillaje gótico, eh? A mí me mola. Hace siglos tuve una novia que le gustaba ese rollo y…
Bernardo la devuelve a la realidad.
—Vega, ¿estás bien?
—Sí, solo estoy un poco cansada.
¿Un poco cansada?
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Mírate, Vega, tienes que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener los ojos abiertos.
—Va, una visita rápida y cada uno a su casa, que después de tantas horas ya tengo ganas de ver a mi mujer —le dice Bernardo, al tiempo que pulsa el timbre y, al momento, una lucecita blanca se enciende, haciéndoles saber que Aria está al otro lado, viéndolos a través de la cámara del videoportero.
La verja se abre automáticamente. Los inspectores descienden una ligera rampa, desde donde ven a Aria, apodo que Adriana Bueno eligió cuando se unió a los 4A, esperándolos en el quicio de la puerta de entrada. Da igual que no lleve ni una gota de maquillaje ni los párpados pintados de negro, su mirada extraña sigue inquietando a Vega. Es mucho más alta y fuerte de lo que parecía estando sentada. Vega ahora cae en la cuenta de que en ningún momento del sábado por la noche la vio de pie, por lo que ahora comprueba con asombro que debe de rondar el metro ochenta.
—¿Cómo va? ¿Qué se les ha perdido por aquí, inspectores? — pregunta Aria, mascando chicle, sin intención alguna de dejarlos entrar en casa.
—Buenas tardes, disculpe por presentarnos sin avisar —la saluda Bernardo, en vista de que Vega se ha quedado muda, con la mirada dirigida al suelo—. ¿Se ha enterado de que también asesinaron a Ariel durante la madrugada del domingo? Su cuerpo apareció en el ascensor del bloque de pisos donde vivía.
—Sí, ya, tengo tele y móvil —responde Aria con aire chulesco—. Qué putada —añade, sin reflejar ninguna emoción.
—Bueno, acabamos de hablar con Ander. Por lo visto, tiene grandes planes para el futuro de los 4A. ¿Qué piensa al respecto?
—Pues… —titubea Aria, sin intención de responder a esa pregunta. Vega, muerta de sueño y de frío, empieza a desesperarse aquí fuera,
perdiendo los papeles y la profesionalidad:
—¿Por qué no nos dejas entrar para estar más cómodos?
Aria mira a la inspectora con aire desafiante. Finalmente, cede, se retira, y, haciendo una especie de reverencia, les deja entrar. Si la teclista de los 4A le transmite mal rollo, su casa no se queda atrás. Todas las paredes están pintadas de negro, hay multitud de espejos, obras de arte y figuritas extrañas, incluidos demonios, brujas, búhos, y un enorme muñeco vudú colgado en la entrada con alfileres clavados. A Bernardo le dan
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ganas de persignarse y rociarse con agua bendita. A Vega de retroceder un par de minutos en el tiempo y no haber pedido entrar. Para gustos colores, pero el estilo de Aria, además de ser muy personal, resulta oscuro e inquietante.
Pasan al salón, desde donde se intuye el pantano por el brillo que la luna arroja sobre sus aguas. Hay un altar digno de bruja, con incienso, piedrecitas y velas negras encendidas. A Vega le recorre un escalofrío. Bernardo es quien parece tener la intención de seguir el interrogatorio, y rapidito, que quiere largarse a casa, Vega repara en un tablero de ajedrez al que le faltan varias piezas, concretamente el rey, el caballo y dos peones.
—Como le iba diciendo, ¿qué le parecen los planes de Ander? —¿Sinceramente? Para mí el grupo está muerto. Yo no tengo intención
de seguir.
—Bueno, han asesinado a dos integrantes importantes. Y sabemos por qué.
—¿Ah, sí? —Aria, retadora, se cruza de brazos. Mira con interés al inspector Ruíz.
Mientras Vega es incapaz de apartar la mirada del tablero de ajedrez, Bernardo le empieza a contar a Aria algo que ella ya sabe. Las violaciones en grupo a fans de los 4A menores de edad que organizaba Adel, quien las engatusaba para luego ofrecérselas a cuatro tíos enfermos dispuestos a pagar un dineral para pasar el rato. Salvo Ariel. Ariel nunca pagaba, a él la fiesta le salía gratis.
—¿Por qué no denunció? Y no me venga con el cuento de que la amenazaron o tenía miedo porque…
—¿Es lo que le ha dicho Ander? Que Adel lo amenazó, que tenía miedo… Lo típico, ¿no? A mí no me amenazaron, no hizo falta. No tenía miedo. Sentía rabia. Estaba muy cabreada con todo ese tema. Mucho. Lo que hicieron… —Aria se lleva dos dedos a la boca, imitando una arcada
—. Fueron unos años raros. Y después estuvimos un tiempo sin vernos hasta ahora, que teníamos nuevo disco, decidimos volver a salir de gira porque desde la discográfica nos presionaban y… No ha podido ser. Una lástima.
—No parece que sienta mucha lástima, la verdad —opina Bernardo, que mañana irá a hablar con el juez. Ya está visualizando a Ander y a Aria detenidos, porque el hecho de que hayan reconocido que sabían lo que Adel y el resto le hacían a las chicas y no lo denunciaran, es un delito que
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ellos parecen ignorar debido al tiempo transcurrido, pero que pagarán muy caro.
Aria deja de prestarle atención a Bernardo, que le está preguntando si sabe quién es la pintora Aitana Boza, para dirigirse a Vega:
—¿Juega al ajedrez, inspectora?
—Faltan piezas. El rey, el caballo y dos peones.
La teclista sonríe para disimular la sacudida en el vientre que la inspectora le ha provocado al fijarse en el detalle del tablero de ajedrez.
—Tiene buen ojo. Y ahora, a no ser que mi vida esté en peligro o sea sospechosa de algo, les pido por favor que se marchen. Tengo mil cosas que hacer.
—¿Puede volver a decirme dónde estuvo el sábado por la tarde? — pregunta Vega.
Bernardo aprovecha la pausa para abrir su libreta, donde tiene anotada la respuesta que la banda dio el sábado por la noche. Aria resopla, haciéndole saber cuánto le molesta su presencia.
—De cinco a siete de la tarde ensayos, a las siete nos fuimos a tomar algo, a las ocho y media volvimos al hotel… —dice de corrillo, deteniéndose un momento a pensar—. Y sobre las nueve y cuarto ya estábamos en la sala El Sol a punto para el concierto de las diez.
—Cuando a las siete salieron del ensayo y fueron a tomar algo al bar de al lado del hotel, ¿usted salió en algún momento?
—No, estuve todo el rato en el bar con Leire, Ander y Ariel.
—¿En ningún momento entró en el hotel? —presiona Vega, haciendo un esfuerzo por sostenerle la mirada, aunque Begoña y Samuel no la vieron entrando hasta las 20.30 con Ander, Ariel y la mánager, y aun así, cabe la posibilidad de que Aria se escabullera del bar durante unos minutos, accediendo al hotel por alguna de las otras dos entradas.
—¿Te lo digo en mandarín para que me entiendas o qué? —se rebela Aria, levantando la voz.
—Ander, Ariel y usted se largaron del hotel Montera sobre las doce y media —continúa Vega, sin intención de dejarse achantar—. ¿Acompañó a Ariel a su casa?
Aria enarca las cejas.
—No, claro que no, mire dónde vivo, en el culo del mundo. Yo no sé lo que hicieron Ander y Ariel ni cómo fueron a sus casas, pero yo pedí un taxi.
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—¿Tiene el ticket del taxi que la trajo hasta aquí?
—¡Venga ya! ¡No tengo el ticket! —le grita Aria, exasperada. Su reacción envalentona a Vega, pero Bernardo, más prudente, decide parar aquí, antes de que le pregunte qué hizo durante la madrugada y la noche del domingo o la madrugada del lunes, y así averiguar si está detrás de los asesinatos de Pablo Setién y Quique Meyer.
—Ya nos vamos —se apresura a decir Bernardo, con un plan distinto en mente que, en cuanto estén fuera de esa casa siniestra, compartirá con Vega—. Sentimos las molestias, buenas tardes.
—¿Pero has visto cómo se ha puesto? —suelta Vega, indignada, cuando ya están dentro del coche.
—Puede que estuviera bajo los efectos de la coca —opina Bernardo—. Tenía un poco de polvillo blanco en los orificios de la nariz, ¿no te has fijado? Y, en la mesa de centro, una botella de whisky medio vacía.
—Sí, pero aun así…
—Han reconocido que sabían lo que Adel hacía, así que mañana iremos a hablar con el juez y procederemos a la detención de Ander y Aria. O tienen pocas luces, que de tanta droga no me extrañaría, o no tienen ni idea de que haberse callado algo tan tremendo durante años es delito. Y ya indagaremos sobre dónde estaba Aria cuando asesinaron a Ariel y a los otros perlas, tranquila. Ningún crimen es perfecto, pero hoy no era el día, no era el momento. No tenemos más pruebas que su agresividad y nuestra intuición y con eso no vamos a ninguna parte — razona Bernardo, arrancando el coche.
Vega, sentada en el asiento del copiloto, asiente en silencio, reflexiva, de acuerdo con llevar al guitarrista y a la teclista ante la justicia. Pero la inquietud que le ha provocado volver a ver a esa mujer, y no tiene nada que ver con el maquillaje gótico, la decoración de su casa o las formas, no se le quita de encima ni cuando se incorporan a la autopista de regreso al centro y dejan atrás Torrelodones.
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CAPÍTULO 21
En el piso de Vega, Malasaña
19.10 h
Vega no ha podido sacarse de la cabeza a la teclista de los 4A: el
misterio que la envuelve, su mirada sin alma, su talante agresivo, la coca recién esnifada, el alcohol en su sangre y cómo la ha mirado cuando le ha dicho que faltaban algunas piezas del tablero de ajedrez.
Algo va mal.
Hay algo perverso en esa mujer, algo oscuro que no se esfuerza en ocultar. Lo malo es que, de momento, no tiene cómo demostrarlo ante un juez, no hay pruebas, vídeos, coartadas desmontadas, ni un ínfimo detalle que conduzca a Vega a tener la seguridad de que Aria ha asesinado a esos cuatro hombres y, quizá, haya hecho desaparecer a la vendedora de la videocámara con un fin desconocido, pero la intuición le dice que ha sido ella. Bernardo opina lo mismo. Mañana regresarán con una orden del juez, detendrán a Ander y a Aria por no denunciar y ocultar lo que sabían sobre los tejemanejes de Adel, Nuno y las otras tres víctimas, muertos como posiblemente Aitana Boza quería verlos, una pista indiscutible que dejó plasmada en sus últimas cinco obras. Está decidida a centrarse en Aria, en rastrear su móvil, en descubrir qué hizo y dónde estuvo en el momento de las muertes de Adel, Ariel, Pablo y Quique y la desaparición de Verónica la mañana del jueves 16 de enero.
Vega sigue teniendo a Aria en la cabeza cuando saca a pasear a Marley, aunque está tan agotada que es él quien dirige sus pasos por las calles estrechas de Malasaña. En el momento en que el perro elige el árbol donde defecar y se detiene, no sin antes olfatear y dar vueltas sobre sí mismo, Vega llama a Leire, que contesta al tercer tono.
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—Leire, soy la inspectora Vega Martín. Una pregunta rápida.
—Claro, lo que necesite —contesta Leire, solícita.
—Cuando después de los ensayos fueron a tomar algo al bar de al lado del hotel, ¿Aria estuvo todo el rato con ustedes o se ausentó durante… pongamos… unos treinta minutos?
Leire se queda en silencio durante tanto rato, que Vega cree que la llamada se ha cortado. Incluso a Marley le ha dado tiempo a terminar de hacer sus necesidades.
—Leire, ¿sigue ahí?
—Sí. Sí, perdone, es que… sí, Aria salió —contesta extrañada, porque hasta que Vega no le ha formulado la pregunta, Leire no reparó en ese detalle que ahora le parece tan alarmante, pues solo puede significar una cosa: que fue Aria, con quien además se llevaba genial, por lo que, en el caso de que sus sospechas se confirmen, ¿cómo fue capaz de dejar el cuchillo con el que mató a Adel en la bañera de su habitación para culparla o asustarla? ¿Por qué no lo dejó en las habitaciones de Ander o Ariel?—. Recibió una llamada, dijo que era su madre, salió y estuvo fuera como… sí, media hora, cuarenta minutos… no lo recuerdo muy bien.
—Gracias.
Vega le manda un mensaje a Begoña con esta nueva información. Aria se ausentó entre treinta y cuarenta minutos del bar donde fueron a tomar algo después de los ensayos. Le pide que vuelva a echarle un vistazo a la misma grabación en la que vieron salir a Martina a las 19.44. Y que preste atención al bar, aunque quedara fuera del objetivo de la cámara de la acera de enfrente, pues, para entrar en el hotel por alguna de las otras dos puertas, la sospechosa tenía que avanzar por la calle de la Montera, pasar por delante de la entrada principal, y girar a la izquierda dirección Gran Vía para acceder a ellas. Ese momento debió de ocurrir entre las 19.10 y las 19.20.
Levrero sigue en comisaría. Vega, envidiando la energía inagotable de Marley, entra en casa, le quita la correa, le pone un poco de agua y de comida, y se tumba en el sofá. Enciende la tele y se decanta por un drama de Netflix. Marley se tumba en el suelo, con el cuerpo muy pegado al sofá para que Vega estire el brazo como hace siempre y le acaricie entre las orejas. La inspectora no llega ni a ver el inicio de la película ni a acariciar a Marley, que se queda con las ganas de recibir unos pocos mimos. Los ojos se le cierran y todo se funde a negro.
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Nos vemos en los sueños
A pesar de despedirse con un «Feliz regreso a casa, Daniel. Nos vemos en los sueños», Vega sigue creyendo que no hay un después cuando se cierra el telón y llegamos al final de nuestra vida. Sin embargo, el sueño que está teniendo es tan vívido que parece que esté despierta, que sea real, que pueda pellizcarse y sentir dolor.
Vega se encuentra en mitad de un cementerio envuelto en bruma, observando con curiosidad a su alrededor. No ve a Daniel entre las tumbas ilegibles que la rodean, pero sí lo oye decir, de la misma manera en la que se lo dijo años atrás, como si ahora fuera un ser superior que le habla desde un cielo oscuro y tormentoso:
«El que muera antes, le hace una visita al otro en sueños».
—¿Qué me quieres decir, Daniel?
Su yo del sueño, en alerta por lo impredecible de esta escena, empieza a pensar que sí hay un después cuando una figura borrosa emerge al final de un sendero de tierra flanqueado por velas negras y se aproxima a ella lentamente, hasta materializarse y presentarse con el físico de Daniel.
—Hola, Vega —la saluda, sonriente y sereno, nada que ver con el Daniel de los últimos tiempos, a quien parecía que la vida se le hacía cuesta arriba—. Una promesa es una promesa.
—Eso quiere decir que hay un después —se alegra Vega.
—Lo hay. Ya lo verás cuando te toque. Pero ahora, tienes que venir al cementerio. Ahora.
—No te entiendo.
—¡Ahora! —le grita Daniel, autoritario—. ¡Ahora! ¡Ven al cementerio antes de que sea demasiado tarde! ¡Ven, aquí te espero! ¡Ven! ¡Ahora! ¡Ahora!
23.45 h
—Ahora… ahora… ahora…
Levrero, preocupado, porque parece que Vega está pasando un mal rato, le acaricia el hombro. Acaba de llegar a casa, la ha encontrado
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dormida en el sofá en una pose incómoda, ni siquiera se ha descalzado, y parece que el sueño que está teniendo no es agradable. Es la primera vez que la ve así, sufriendo mientras duerme, y por eso le ha impactado más.
—Vega… —le susurra Levrero, mientras Marley, sentado delante del televisor, no les quita el ojo de encima—. Vega… vamos a la cama, estarás más cómoda que en el sofá.
—¡Ahora! —grita Vega, levantándose de sopetón con los ojos muy abiertos como cuando acabas de tener una revelación.
A Levrero le da la sensación de que Vega ha conseguido escapar de un lugar oscuro, aunque se tratara de un inofensivo sueño en el que nada malo te puede pasar en realidad.
—Joder, Vega… Me estaba empezando a asustar.
—Nacho, tengo que ir al cementerio.
—¿Ahora? No son horas, está cerrado.
—Ahora. Me voy al cementerio —insiste Vega, levantándose del sofá y precipitándose hacia la salida.
—Espera, que voy contigo —se alarma Levrero, corriendo detrás de Vega e ignorando el quejido que emite Marley, como queriéndoles decir: «¿Otra vez me vais a dejar solo?».
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CAPÍTULO 22
Cementerio de la Almudena
Madrugada del miércoles, 22 de enero de 2025
De haber sido por Vega, se habrían colado en el cementerio saltando el
muro, pero Levrero prefiere hacer las cosas bien. Habla con el vigilante nocturno, le muestra la placa, y este, encantado con la presencia policial porque las noches suelen ser aburridísimas y agradece tener algo que hacer, les pregunta qué buscan.
No lo sabe. Vega, perdida, mira a un lado y al otro. Este cementerio es enorme, una ciudad de difuntos que parece no tener fin. En realidad, no tiene ni idea de lo que está buscando o de a quién está buscando, solo sabe que es el lugar en el que tiene que estar porque así se lo ha dicho Daniel. Si le dijera la verdad a Levrero… que Daniel la ha visitado en sueños, tal y como le prometió una vez, hace muchos años, y que le ha dicho que viniera al cementerio… «¡Ahora!», le ha exigido, a gritos, su rostro sereno, como de otro mundo, crispándose de repente. «¡Antes de que sea demasiado tarde!».
«¿Demasiado tarde para qué?», se pregunta Vega.
—¿Vega? ¿Qué buscamos? —la presiona Levrero, que sigue sin entender qué hacen aquí.
—Aitana Boza —despierta Vega al fin, aunque con la rarísima sensación de que no ha sido ella quien ha hablado, sino de que algo superior en lo que a partir de ahora no le quedará más remedio que creer, la ha empujado a decir el nombre de la pintora.
El vigilante vuelve al interior de la garita. Durante tres minutos que a Vega se le hacen eternos, el vigilante revisa una lista, vuelve a salir y, linterna en mano, les dice que lo acompañen, que afortunadamente la
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sepultura que buscan no está lejos de la entrada, por lo que no hay que andar mucho.
Avanzan recto. Una vez llegan a la capilla central, giran a la izquierda, siguen adelante dejando atrás un montón de tumbas, y, al final de la hilera y cerca de la de Santiago Ramón y Cajal, encuentran la de Aitana Boza.
A Vega se le disparan las pulsaciones cuando ve que encima del mármol de la lápida, además de unas páginas arrancadas plastificadas, están las piezas de ajedrez que le faltaban al tablero de Aria.
—El rey, el caballo y dos peones de ajedrez —murmura Vega, sin que Levrero siga sin entender qué ocurre, a qué han venido—. Adel era el rey. Ariel el caballo. Pablo y Quique los peones.
Vega coge las tres páginas escritas por delante y por detrás que fueron arrancadas del diario robado de la buhardilla de Lavapiés donde vivía Aitana. Las sostiene con manos temblorosas, empieza a leer, y tiene las mismas ganas de que caiga un meteorito que extinga la raza humana como le sucedió cuando vio las grabaciones de las violaciones.
—Te lo cuento todo de camino a Torrelodones, Nacho —le dice Vega, mientras acaba de leer el doloroso testimonio de Aitana, la última y sentida frase:
«Di a luz a un precioso niño con la piel azulada
que no emitió sonido alguno.
De mis entrañas nació un niño muerto».
—Ha sido Aria. Aria, Adriana Bueno, la teclista de los 4A, es la asesina, y me temo que también ha secuestrado a Verónica Díaz, la vendedora de la Samsung Vp-L600 que desapareció el jueves, aunque todavía no sé con qué retorcida intención.
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CAPÍTULO 23
Torrelodones
1.20 h
¿Has vivido uno de esos momentos en los que parece que todo pasa a cámara rápida y apenas tienes tiempo de reacción?
Eso es lo que ocurre cuando Levrero conduce por la calle Sella a una velocidad mucho más elevada de la recomendada, y en un instante se cruzan con una moto de gran cilindrada alejándose de la casa de Aria, envuelta en llamas.
Vega, lúcida, ata cabos.
El truco para que las piezas encajen consiste en pensar como un asesino. De repente, la desaparición de Verónica Díaz cobra sentido.
—¡Para, Nacho! ¡Para aquí, da la vuelta y sigue a la moto con la que nos hemos cruzado! ¡Que no se te escape!
—No vas a entrar en esa casa, Vega, ahora mismo llamo a los bomberos y…
Vega ya está fuera del coche, dispuesta a correr el riesgo de entrar en el infierno en el que se ha convertido la casa de Aria, e insiste:
—¡Da la vuelta y sigue a la moto! ¡Es Aria! Nos ha querido hacer un Leiva.
Un Leiva tiene todo el significado para el comisario y la inspectora. Hacer un Leiva significa fingir tu propia muerte para seguir sembrando el mal, al menos durante unas horas muy preciadas que, en este caso, Vega está convencida de ello, la teclista de los 4A pensaba aprovechar para desaparecer. Lo había planeado así desde el principio, desde que le propuso a la vendedora quedar en una calle poco transitada y sin cámaras cercana a Sol, conseguir la Samsung Vp-L600 con todo el significado que
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el objeto en sí mismo tenía, y aprovechar para secuestrarla sin ser vista. Un cuerpo calcinado e irreconocible. Aria quería hacerles creer que las llamas la habían devorado, cuando en realidad quien corre peligro es Verónica, una inocente, un daño colateral que pone fin a su plan maquiavélico para, deduce, vengar lo que en el pasado le hicieron a Aitana y a otras veintinueve chicas.
Vega corre en dirección a la casa, mientras Levrero da la vuelta para seguir a Aria. Al mismo tiempo y tratando de mantener la calma aunque esté muerto de miedo por Vega y su insensatez, llama a emergencias para que los bomberos se personen en la calle Sella lo antes posible. A continuación, pide refuerzos. Tienen que atrapar a Aria. El rugido de la moto suena a lo lejos, pero cuando Levrero toma la calle Tormes, la identifica un poco más adelante y acelera, deduciendo que tiene la intención de incorporarse a la A-6, donde a estas horas apenas hay tráfico y las posibilidades de detenerla son optimistas.
El cielo está teñido de un rojo intenso mientras las llamas devoran la casa, lanzando chispas al aire como si fueran estrellas fugaces. Cuando Vega se acerca a la entrada, el calor, insoportable, la golpea con furia, provocando que dé un paso atrás, pero su determinación es más fuerte. Sabe que Verónica está ahí dentro, probablemente inconsciente, y su deber es sacarla de ahí. Cruza el umbral, donde el humo la envuelve como una manta pesada. La visibilidad es escasa, pero el fuego todavía no ha llegado a la entrada, por lo que, cubriéndose la nariz y la boca con el antebrazo, Vega cruza el pasillo y llega al salón. En el sofá ve el cuerpo tendido de Verónica.
Mira a su alrededor, analizando la complicada situación. Las cortinas negras están ardiendo. Todos los demonios y demás seres extraños que Aria tenía colgados en la pared se están derritiendo. En pocos segundos el fuego llegará hasta el sofá, terminará arrasándolo todo, y no quedará nada de Verónica, a quien ha reconocido por la foto que mostraron en SOS DESAPARECIDOS, pese a la escasa visibilidad.
Vega, que está empezando a ver puntitos rojos por todas partes, se ve obligada a detenerse unos segundos en mitad de este infierno descontrolado por el picor insoportable en los ojos. Empieza a toser, está tragando demasiado humo, tienen que salir de aquí.
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Esquiva escombros y logra llegar al sofá. Vega levanta a la mujer, agarrándola por la cintura y colocándole el brazo muerto alrededor de su cuello. En el momento en que Vega da un par de pasos adelante muy pegada al cuerpo de Verónica para que no caiga al suelo, el techo cruje ominosamente.
El tiempo se acaba.
«Hay un después. Hay un después», se consuela, en el momento en que una explosión resuena a su espalda y una lluvia de escombros cae a su alrededor.
Verónica despierta. Entreabre los ojos, consciente de la situación, de la desconocida que hay a su lado y la agarra con fuerza, tratando de liberarla de las llamas que las rodean.
—Que… que… —balbucea aturdida, con una mezcla de asombro y espanto.
—Vamos a salir de aquí, Verónica —le susurra Vega, mirando a su alrededor, buscando la forma de escapar, pero no es fácil. La salida está bloqueada y el humo es cada vez más denso.
Ha llegado el final, ese que tanto tememos. Cerrar los ojos y enfrentarnos a lo desconocido, a la nada, a un hipotético después en el que Vega no creía hasta hace escasas horas.
Vega sabe que no hay escapatoria, que lo ha intentado pero que no ha podido ser, cuando ve a Daniel aparecer entre el humo.
—Me has venido a buscar, Daniel —le dice Vega entre lágrimas, sin apenas fuerzas ni para seguir manteniendo a Verónica en pie, permitiendo a su cuerpo exhausto descansar.
La A-6 está casi desierta y el aire helado de esta madrugada de enero corta como un cuchillo. Levrero aprieta el volante y pisa el acelerador. Delante de él, la moto que conduce Aria, decidida a no dejarse atrapar, zigzaguea entre los escasos coches cuando, al cambiar de carril, Levrero consigue acercarse más a ella, el morro de su coche casi pegado a la matrícula de la moto. La distancia entre ellos se acorta, pero Aria no se rinde. Con la intención de jugar al despiste, Aria gira bruscamente para tomar una salida hacia una carretera secundaria. Pero Levrero, que ha visto venir sus intenciones al reparar en el desvío, la sigue de cerca, animado cuando dos
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coches policiales se le unen a la persecución, las luces parpadeando en la oscuridad.
—No tienes escapatoria —dice Levrero entre dientes, sin dejar de pensar en Vega, en cómo estará, en si habrá podido salir de la casa y rescatar a la mujer desaparecida desde el jueves, en el caso de que estuviera ahí dentro y Aria pensara hacer un Leiva.
Aria, al percatarse de que está rodeada, acelera aún más, pero en el momento en que cruza una gasolinera, el terreno se vuelve más complicado. El asfalto está resbaladizo, la moto empieza a perder tracción. Los coches policiales, con las sirenas a todo volumen rompiendo la calma de la noche, se alinean en formación por delante de Levrero, cerrándole el paso a Aria. Ella trata de esquivarlos, pero un movimiento calculado de los vehículos le bloquea el camino. En un intento desesperado por evitar el choque, Aria gira violentamente, lo que provoca que pierda el control.
«No tenía que salir así. ¡Esto no tenía que salir así, joder!», maldice Aria para sus adentros, cuando el sonido del motor se convierte en un estruendo, la moto se desliza, y cae pesadamente sobre el asfalto helado. Levrero detiene el coche a un lado, saliendo con el arma en alto, mientras los agentes rodean a la sospechosa, asegurándose de que no pueda escapar.
Levrero se acerca a Aria, que yace en el suelo, respirando con dificultad. Antes de ponerle las esposas y leerle sus derechos, le dice, cada vez más angustiado por lo que le haya podido pasar a Vega:
—Te tenemos.
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CAPÍTULO 24
Transcripción de la declaración de Adriana Bueno
(Aria, teclista de la banda disuelta los 4A)
«Me quedé petrificada. Vi a esos malnacidos violándola cuando los efectos de la droga que Adel le había suministrado en la Coca-Cola la habían dejado inconsciente, sumida en un sueño profundo, y luego, cuando despertó asustada, pidiéndoles a gritos que pararan, no pararon. Ninguno paró, al contrario. La humillaron. Continuaron abusando de ella, hasta parecía que disfrutaran de su dolor.
Adel y Ariel, que para mí eran como hermanos hasta esa noche en la que descubrí lo que hacían, eran los peores, y todo por unos míseros billetes que malgastarían en drogas. No hice nada por ella. No hice nada por ninguna de las chicas, las de antes de Aitana, las de después. A Aitana siempre la he tenido presente porque fue la única que despertó en mitad de ese infierno. Aitana, destinada a convertirse en una pintora brillante que decidió irse de esta vida demasiado pronto a causa del trauma que le provocó ese suceso, me miró, recuerdo esa mirada como si la tuviera delante. Me suplicó que la sacara de ahí y yo seguí quieta, mirando, sin hacer nada. Nada… Jamás pude perdonármelo. Mantener silencio ante el mal, es el mal en sí mismo. Por eso los maté. Ojalá hubiera podido acabar con el quinto, maldito desgraciado. Aitana me lo pidió. Me pidió que los matara a todos, que solo así podría descansar en paz. Y lo hice. Lo hice por ella. Por todas las chicas. Nadie merece pasar por algo así. Nadie merece que le rompan la vida como hicieron esos monstruos. Monstruos, sí, eso es lo que eran y por eso los maté».
Ojo por ojo
y el mundo acabará ciego.
GANDHI
El testimonio de Adriana Bueno, más conocida como Aria, la teclista de
la popular banda de pop rock 4A que saltó a la fama en 2002, ha generado mucha controversia. Por un lado, tiene a sus defensores, que dicen que, quienes siembran tanto mal y abusan de su poder sin inconveniente alguno en romper a las personas como hicieron las víctimas de Aria en el pasado, merecen la muerte. Que si ellos no tuvieron en cuenta los derechos
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humanos, ¿qué derechos humanos merecen ellos? Y, por el otro lado, están los que opinan que Aria tiene un grave problema mental. Que los hechos abominables que ahora se conocen deberían haber sido denunciados en su momento, dejando que el peso de la ley recayera contra los culpables que han sido asesinados de una manera salvaje por Aria, que, en menos de cuarenta y ocho horas, recreó las cinco obras de la pintora Aitana Boza, una de las chicas violadas cuando tenía quince años. Tras el suicidio de la pintora, estas cinco obras se expusieron en la galería La Panartería, que no ha querido hacer declaraciones. Debido a los recientes hechos, pues cada obra fue comprada por Aria y enviada a las víctimas un año antes de sus asesinatos, el nombre de Aitana Boza se ha revalorizado. Actualmente, cada una de las pinturas de la exposición «HOMBRES» cuesta seiscientos mil euros, por lo que la colección completa está valorada en tres millones.
Boadilla del Monte
En casa de Candela Boza
Viernes, 24 de enero de 2025
Mientras recoge los juguetes que su hijo de cuatro años ha dejado tirados por el suelo antes de ir al colegio, Candela le dedica una sonrisa cómplice a la pantalla del televisor donde aparece Aria en el momento en que un par de agentes la conducen esposada a las dependencias policiales. De fondo, los tertulianos hablan y opinan sin conocer la verdad. Nadie conoce la verdad.
Encima de la mesa de centro, Candela tiene una lista, la de las veintinueve chicas que, entre 2013 y 2015, fueron drogadas, violadas y grabadas. Seguramente, la mayoría no recordarán nada de lo que les hicieron esos desgraciados, así que Candela no puede evitar preguntarse si haría bien contactando con ellas o sería mejor dejarlo pasar ahora que cuatro de los cinco responsables están muertos. Tiene la esperanza de que tengan unas vidas felices y plenas y que lo que les ocurrió siendo menores de edad no forme parte de sus recuerdos. Al fin y al cabo, lo que no se recuerda no duele ni marca, como tuvo la mala suerte de que le sucediera a Aitana, que, de no haber despertado en mitad de la violación, seguramente seguiría viva. Es complicado. Uno nunca sabe qué es lo mejor en estos casos.
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Cuando aquellos inspectores vinieron a ver a Candela, no le tembló el pulso a la hora de mentir. Mintió como una bellaca, no podía permitirse lo contrario.
A las pocas semanas de que Aitana se suicidara, Aria, con un aspecto muy distinto al que solía lucir en los conciertos, se presentó en casa de Candela. Hablaron durante horas de Aitana. Aria parecía estar obsesionada con ella. Podría haberse obsesionado con alguna de las otras chicas que padecieron el mismo calvario que Aitana, pero la verdad era que apenas pensaba en ellas, las que no despertaron, las que no pudieron alzar la voz, las que no llegaron a saber lo que les hicieron, y despertaron junto a un encantador Adel, sin sospechar que bloquearía sus números y que no volverían a saber nada de él porque el trabajo ya estaba hecho. Nunca repetían chica. Además, esas chicas, le dijo Aria, posiblemente seguían vivas, sin marcas ni traumas, y no acabaron de una manera tan trágica como Aitana, de ahí su extraña fijación. A Aria le interesaba conocer a Aitana en profundidad, ver sus fotos, saber cómo fue su infancia, si tenía muchas amigas o pocas, si era introvertida o extrovertida, a qué colegio fue, a qué instituto, qué le gustaba, qué quería ser de mayor, cómo eran sus padres, una tragedia que murieran con tan poca diferencia de tiempo, qué difícil asimilar algo así. Hasta que llegó la hora de hablar de lo que le hicieron esos monstruos diez años atrás, y también de su embarazo, del bebé, del niño que nació muerto.
Sin Aria, que destilaba una fuerza arrolladora, Candela no habría tenido el coraje de entrar en la buhardilla que Aitana tenía alquilada en Lavapiés, para recoger sus cosas y dejarlo vacío. La de veces que la había llamado la propietaria para que lo desalojara y así volverlo a alquilar… Qué poca empatía.
Lo primero que Candela y Aria vieron en la buhardilla, fueron los cuadros, y, después, dentro de un armario, escondido entre la ropa, el diario en el que Aitana vomitó todo su dolor.
Fue Aria quien le dio la idea de exponer las cinco obras en una galería, quien movió todos los hilos, quien, con la ayuda y las sugerencias de Candela, ideó un plan. Y eso que Candela pensó que Aria no estaba fina de la cabeza cuando le reveló que, durante sus recurrentes visitas al cementerio, su hermana le había susurrado al oído que los matara a todos de la misma manera en la que ella los había matado a través de sus cuadros: bañera, ascensor, retrete, armario, moto. Era original. El tema de
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la moto fue clave. Les hizo saber a Aria y a Candela que Aitana había seguido de cerca a sus violadores. Que sabía que Nuno tenía una moto de gran cilindrada negra, como la que pintó, guardada en un garaje también idéntico al que plasmó en el lienzo, fantaseando con que lo acuchillaba hasta la muerte como al resto de hombres en diversos escenarios, pero a este encima del sillín, por las evidentes salpicaduras de sangre en el pecho y en el vientre. Llegaron a preguntarse si Aitana decidió saltar del puente para evitar la tentación de cargárselos a todos.
La verdad es que a Candela le ha venido muy bien que a Aria le faltara un tornillo y que estuviera dispuesta a despilfarrar su fortuna con la compra de los cuadros «anónimamente», y el pago desorbitado al encargado de las cámaras del hotel Montera para que las desactivara desde el momento en que los 4A hicieran acto de presencia en recepción.
Ir al hotel la tarde del sábado era arriesgado, así que Candela no vio como Adel, el principal responsable de que su hermana descendiera a los infiernos, perdía la vida desangrado en la bañera, como en el cuadro, pero sí presenció el resto de asesinatos. Candela sintió tanto placer al ver como Aria, salvaje, fuerte y decidida, los apuñalaba quince veces, en honor a los quince años que tenía Aitana cuando le destrozaron la vida, que no lamenta que su plan de desaparecer se haya visto truncado y que, seguramente, no salga de prisión durante lo que le quede de vida. Sabe que Aria no la delatará. Que está a salvo. Que Aria se lo debe por no haber hecho nada por Aitana ni por las otras veintinueve chicas que padecieron lo mismo. Que la culpa seguirá corroyendo a la teclista porque ha quedado uno libre, Nuno, el de la moto, pero puede que, con el tiempo, sea la propia Candela la que decida arriesgar y acabar con él.
Tiempo…
Solo el tiempo dirá.
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CAPÍTULO 25
Hospital Gregorio Marañón
Mañana del sábado, 25 de enero de 2025
Cuando Vega ha despertado, agobiada al verse tumbada en una cama de
hospital, monitorizada y con una máscara de oxígeno cubriéndole la nariz y la boca, el equipo médico se ha movilizado para asegurarse de que se encuentra estable, después de haber llegado a dudar de que saldría con vida debido a la excesiva cantidad de humo que había inhalado la madrugada del miércoles.
Levrero le cuenta que han dado con el paradero de Pepe Hurtado, que desactivó las cámaras del hotel porque «alguien», Aria, se lo pidió, a cambio de miles de euros que dejó en una taquilla de un gimnasio.
Martina, la modelo, ha concedido una entrevista para hablar de Adel por la que dicen que le han pagado cien mil euros, y que ha roto su relación con Sergio Verino.
Ander y Nuno se enfrentarán a la justicia, uno por no denunciar las violaciones, el otro por participar en ellas.
Sobre el infarto que la periodista Esmeralda Moya padeció al poco tiempo de sacar a la luz los abusos de Adel y compañía gracias a la información que, por lo visto, le brindó la hermana de Aitana Boza, no tienen nada. Muerte natural, declararon, y es posible que el corazón le fallara y que no hubiera ningún complot de asesinato, pese a varias coincidencias sospechosas: el escándalo que destapó desapareció de la red como si Esmeralda jamás lo hubiera escrito. El periódico para el que trabajaba recibió una generosa donación anónima. Y Adel detuvo sus turbias actividades ese mismo año, en 2015.
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Y lo más importante: atraparon a Aria y ha confesado. Sus controvertidas declaraciones han dado mucho de qué hablar, no solo en España, y hay opiniones tan diversas, tanta gente de acuerdo con que se tomara la justicia por su mano, que este mundo cada vez da más miedo. Vega no dice nada al respecto. La verdad es que las víctimas de Aria no le dan ninguna pena. Más pena le da Aitana o el resto de chicas a las que vio a través de las grabaciones drogadas, dormidas, mientras esos asquerosos…
—¿Y Verónica? ¿Está bien? —quiere saber Vega, conteniendo la rabia al recordar unas imágenes que jamás debieron existir.
—Está bien. De hecho, ayer le dieron el alta y vino a verte. Te está muy agradecida. Me dijo que, cuando despertaras, te diera las gracias. Y que, de no haber sido por ti, que intuiste los planes de Aria y arriesgaste tu vida por ella, no habría podido volver a casa con su marido y sus hijos.
Vega clava la vista en el techo, un nudo le estruja la garganta y los ojos se le llenan de lágrimas.
—Daniel me vino a buscar… pensaba que me moría, pero él… él me sacó del fuego.
Levrero, confuso, le confiesa que…:
—Fue el inspector Ruíz quien os sacó de la casa, Vega.
«No. Yo vi a Daniel. Fue Daniel», querría decirle, pero asiente y calla porque su parte racional le dice que no pudo ser Daniel, que Daniel lleva cuatro meses muerto, y que los muertos no pueden cruzar el humo ni sacarte de una casa en llamas. No quiere que Levrero piense que está loca. Hay cosas que es mejor guardarse para uno mismo.
—Cuando Bernardo llegó a su casa, tuvo una mala sensación, así que volvió a Torrelodones y esperó. Se quedó frito dentro del coche hasta que la casa empezó a arder, olió el humo, te vio entrando y no dudó ni un segundo en seguirte. Bernardo os salvó del incendio minutos antes de que llegaran los bomberos. Por cierto, Begoña y Samuel han venido a verte, estaban preocupadísimos por ti. Ah, y tienes que saber que ahora mismo todo el mundo sabe lo nuestro… —le cuenta Levrero, esbozando una sonrisa—… creo que me vieron tan mal, con tanto miedo de perderte, que se me notó que estoy enamorado hasta las trancas de ti.
Vega alarga el brazo con algo de dificultad debido a las vías, le acaricia la mejilla, le dice que le quiere.
—Bueno. Espero que no haya mucho cachondeo con el tema.
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—No lo habrá, yo me encargo. Marley y yo estamos deseando que vuelvas a casa, al pobre se le ve triste y apenas come. Te echa de menos.
—Y yo a él. Espero salir pronto de aquí, odio los hospitales.
—Yo también los odio con toda mi alma —irrumpe Bernardo en la habitación, con un bonito ramo de tulipanes que deja a los pies de la cama.
—¿Te importa si voy a por un café? —le pregunta Levrero a Vega, y ella niega con la cabeza antes de que él se agache y le dé un beso en los labios, por primera vez con público delante.
—Como me gustan los finales felices —dice Bernardo, guiñándole un ojo a Levrero, que desaparece de la habitación sin poder borrar la sonrisa de su cara—. Bueno, inspectora Martín, ¿cómo estás? —le pregunta, sentándose en el ajado sillón de cuero marrón y quitándose la boina que Vega, emocionada, mira fijamente.
—Viva. Y me acaban de contar que ha sido gracias a ti. Muchas gracias, de verdad —le agradece Vega, más sensible de lo habitual, tratando de recordar el momento en que Bernardo apareció entre el humo cuando a ella le fallaron las fuerzas, pero no es capaz. En su memoria, Vega sigue viendo a Daniel.
—No hay nada que agradecer. Pero no he podido dejar de pensar en lo que me dijiste.
—Perdona, no recuerdo…
—Me llamaste Daniel. Dijiste: «Me has venido a buscar, Daniel». —Ah. Ya, eso… —murmura Vega, sin querer hablar del tema. —Vega, los fantasmas viven dentro de nosotros. Solo nosotros
tenemos el poder de invocarlos o de dejar que descansen en paz. Y, créeme, por experiencia te lo digo, lo más conveniente es que se marchen.
Vega se queda en silencio durante unos segundos, tratando de procesar lo que Bernardo le acaba de decir.
—Cuando me pediste perdón por haberme recibido de malas maneras en la suite del hotel donde mataron a Adel… —empieza a decir Vega, titubeante—… porque no sabías que era inspectora y casi es un halago que pensaras que era una fan…
—Sí, lo recuerdo.
—Llevaba horas enfadada contigo porque no eras Daniel. Porque, aunque cuando Daniel murió estábamos enfadados y apenas éramos capaces de mirarnos a la cara, él era importante para mí. A pesar de todo lo que hizo, que hizo muchas cosas mal, la verdad… Y entonces, pensé
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que podrías ser mi padre y que la boina a cuadros que siempre llevas es parecida a las que solía llevar mi abuelo y…
—¿Cómo se llamaba tu abuelo?
—Gimeno.
—Seguro que era un gran hombre —sonríe Bernardo, dándole la vuelta a la boina y contemplándola con la misma emoción que embarga a Vega.
—Sigo viva gracias a ti. Algo me dice que, durante los dos años que te quedan antes de jubilarte, vamos a ser grandes compañeros, Berni.
Carabanchel
Dos horas más tarde
Bernardo sale de la boca del metro, gira a la derecha y, cabizbajo, emprende el camino por la concurrida avenida de Carabanchel Alto que pasa a llamarse calle de Eugenia de Montijo en el cruce con la calle de Joaquín Rivero. Saluda a un par de conocidos, le revuelve el pelo al nieto de siete años de Alfonsina, que es de su quinta, y entra en el Madroñal a tomarse una caña, con la intención de retrasar el momento de llegar a casa. Habla con el camarero y con Pedrín, que menudo vicio tiene con las máquinas tragaperras, se está dejando la poca pensión que cobra en ellas, mientras Gamboa, que a veces tiene complejo de psicólogo y otras de filósofo y siempre anda jugando con un cigarrillo apagado entre los dedos, mira a Bernardo intrigado y le pregunta por qué parece tan feliz.
—A ti te voy a contar mi vida —le responde Bernardo entre risas, callándose que esta felicidad tiene un nombre: Vega. Y un motivo: solo ha tardado una semana en llamarlo Berni, como le llaman los amigos.
Cuando sale del bar, entra en el siguiente local, el de Loterías. Habla un ratito con Manoli, que tiene al niño de treinta y cuatro años de luna de miel en Cancún, y echa una primitiva para el sorteo del lunes.
—A ver si hay suerte, Berni.
—Nunca la hay, pero por probar que no quede.
Al fin, después de alargar el momento todo lo que ha podido, se detiene en el portal número 114 donde vive desde hace más de treinta años. Sube las escaleras con pesadez hasta la segunda planta, introduce la llave en la cerradura y entra en el piso, demasiado abarrotado de
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cachivaches y de recuerdos, de fotografías colgadas en la pared de gotelé del pasillo que le recuerdan que una vez, hace tiempo, fue feliz.
Magda, la cuidadora de Teresa, sale de la cocina echándole en cara que tendría que haberse ido hace cuarenta minutos.
—Perdona, intentaré no volver a retrasarme tanto. ¿Cómo está? — pregunta Bernardo, señalando a Teresa, a quien encuentra como siempre sentada en su sillón orejero.
—Tiene un mal día, Berni. Últimamente… todos los días son malos.
—Ya.
Magda se pone el chaquetón, coge su bolso y sale del piso, dejando solo al matrimonio. Bernardo se acomoda en el sofá de tres plazas, desde donde ve a Teresa con la mirada fija en la pared. No pestañea, apenas se mueve, necesita llevar pañal y los únicos sonidos que salen de su boca son gruñidos desagradables. Cuando Bernardo se percata de que a Teresa se le está cayendo la baba, se levanta rápidamente para ir a coger una servilleta y limpiarle la boca mientras le dice:
—Ay, Teresa, como nos tenemos que ver, eh. ¿Sabes? Hoy Vega me ha llamado Berni. Le salvé la vida y me ha llamado Berni, como me llamabas tú, como me llaman mis amigos —le cuenta, consiguiendo que Teresa le preste un poquito de atención, pestañee dos veces como si intentara decirle algo, y lo mire a él en lugar de a la pared—. Sí, Teresa, sí… como nos tenemos que ver —repite con angustia, mirando a su alrededor, a los fantasmas que lleva dentro y a los que a menudo invoca, porque es incapaz de dejarlos marchar.
LORENA FRANCO (Barcelona, 1983) es modelo, actriz y escritora española. Ha actuado en más de 35 cortometrajes y 6 películas en España y en populares series de televisión como El secreto de Puente Viejo y Gavilanes, entre otras. Ha sido el rostro de diversas marcas publicitarias a nivel nacional e internacional. También es conocida por sus videos musicales y series de Internet. Compagina su carrera como actriz con la escritura, con once títulos publicados. Sus libros han sido traducidos internacionalmente en varios idiomas.
FIN

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