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Libro N° 14854. Balleneros Y Corsarios. Mackay, Edgardo


© Libro N° 14854. Balleneros Y Corsarios. Mackay, Edgardo. Emancipación. Febrero 28 de 2026

 

Título Original: © Balleneros Y Corsarios. Edgardo Mackay

 

Versión Original: © Balleneros Y Corsarios. Edgardo Mackay

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

BALLENEROS Y CORSARIOS 

Edgardo Mackay


 

 

Balleneros Y Corsarios

Edgardo Mackay

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Reseña



Novela histórica que trata sobre el mundo fascinante del Chile de principios del siglo XIX, durante la guerra por la independencia de España.

William E. Mackay es un joven escocés que arriba a aguas chilenas como primer oficial de un buque ballenero. Durante una escala en el puerto de Valparaíso conoce a una joven americana y decide desembarcarse para unirse a la causa de la independencia. Mientras trata de conseguir una patente de corso y un barco, se va introduciendo en la sociedad chilena. Por fin consigue sus objetivos, pero las gestas marineras de William, colaborando con la incipiente marina del país, tienen más éxito que su difícil relación amorosa. El autor va desvelando, al tiempo que narra las aventuras del protagonista, algunos episodios de una dolorosa guerra y nos introduce también en la sociedad civil de la época.

Balleneros y Corsarios es una novela que recrea un episodio poco conocido de la historia naval chilena y que tiene como protagonista a un miembro del mismo clan escocés del autor.















Índice

























































A Rosemary, Carolina, Joanna, Tracy, Leslie, Karen, Javier, Victoria, Sofía y Diego, con todo mi amor.



A la memoria de los marinos británicos, chilenos, españoles y estadounidenses, que cubrieron de gloria estas aguas del Mar de Chile.



«Necesitamos acontecimientos que nos traigan sorpresas, novedades y emociones. Necesitamos la belleza y la fascinación de lo inesperado. La rutina o la repetición de cualquier cosa, por agradable que sea, conduce irremediablemente a la pérdida de interés».

(Leyenda en la puerta de un convento en Palma de Mallorca)



«There is a tide in the affairs of men, Which, taken at the flood, leads on to fortune».

William Shakespeare («Julius Caesar», Act 4, Scene 3)













Nota preliminar



Un primer libro se debe a muchos autores y a innumerables otros libros. Nombrarlos a todos en esta introducción sería una tarea dificilísima, pero hay algunos que simplemente no pueden dejar de mencionarse por la tremenda influencia que tuvieron en este trabajo. Los autores que se detallan a continuación incluyen tanto a serios cronistas como a una buena cantidad de escritores de obras de ficción, pero todos ellos tienen en común el haber dejado una huella indeleble en la memoria y el alma de este novel autor.

En un primer grupo, quiero destacar a los historiadores, que con sus escritos prueban, una vez más, que los hechos puros, sin adornos de ninguna especie, sobrepasan con mucho al más imaginativo de los autores de ficción. En este campo, el aporte de don Francisco A. Encina, con su monumental Historia de Chile, es cabal, como asimismo el del comandante Rodrigo Fuenzalida, con su magnífica La Armada de Chile. Siguiéndoles muy de cerca, debo incluir a Mateo Martinic y la Crónica de las Tierras del Sur, a Anthony Price, con The Eyes of the Fleet; a Félix Riesenberg, con Cape Horn, y a Claudio Véliz con la Historia de la Marina Mercante de Chile.

En un segundo grupo, es preciso mencionar a los viajeros extranjeros, algunos de ellos no solo ocasionales testigos de un Chile ya perdido en el pasado sino que también fueron protagonistas directos de momentos vitales en nuestro nacimiento como nación. Los testimonios e impresiones que estos hombres y mujeres dejaron estampados en sus diarios y cartas han contribuido de manera importante a ilustrar las descripciones que en este libro se dan de Valparaíso y Santiago, del camino y los poblados que enlazaban ambas ciudades, de las construcciones, casas y edificios, de las comidas y diversiones, y —en general—, de la forma de vida de los chilenos de los tiempos de la Independencia. Entre estos destacan, por sus páginas memorables, los diarios de Lady María Graham, de Mr. Samuel Haigh, del capitán Richard Longeville Vowell y del canónigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien luego fuera el Papa Pío IX. Mención especial le corresponde al comandante David Porter, cuyo Journal of a Cruise sobre las correrías de su fragata Essex en el Pacífico Sur constituyó una apasionante fuente de información.

Los diarios de marinos de la talla de los capitanes William Barron —sobre la vida a bordo de un ballenero británico del siglo XIX—, y James Cook reportando sus tres formidables viajes de exploración por los Mares del Sur—, pueden perfectamente unirse en un tercer grupo junto a las crónicas de nuestros grandes, y muchas veces injustamente olvidados, Enrique Bunster y Benjamín Subercaseaux, ambas ricas en detalles históricos y deliciosa ambientación.

Por último, los novelistas. Aquellos que sembraron en el autor el deseo de emularlos, creando una novela histórica con personalidad propia y que se desarrollara en este Mar de Chile, el que «promete un futuro esplendor» y al que tan seguido damos la espalda olvidando que nuestro origen, desarrollo y destino ha estado y estará para siempre ligado a él. Entre estos es imposible ignorar a Bernard Cornwell, a Thomas B. Costain, a Sir Arthur Conan Doyle —a quien me permití la licencia de «robarle» una idea para la historia del Dr. Kelley—, al incomparable Cecil Scott Forester, a William Martin, a Charles Nordhoff y James N. Hall, y al más grande de todos los que alguna vez escribieron sobre aquella marina heroica de los tiempos de Horatio Nelson y Thomas Cochrane: el señor Patrick O’Brian. A todos ellos les debo no solo mi admiración sino infinitas horas de deleite, y si alguna vez se me acusa de haber intentado imitarlos con este relato, tendré que agradecer humilde y sinceramente el ser merecedor de tan honrosa comparación.

E. MACKAY

Santiago, octubre de 2001.















El autor quisiera expresar sus más sinceros agradecimientos a las siguientes personas:

Al Dr. Pedro Advis, por proporcionarme importantes antecedentes respecto de William Walker Mackay y su descendencia en Chile. A las señoras Pilar y Palmenia Romeu, mis adorables y desinteresadas editoras. Al Sr. Pablo Zendrera, por creer en este trabajo.

A todos ellos, muchísimas gracias.



















BALLENEROS





Capítulo I



1

–¡Atentos ahora, muchachos! ¡Preparados! —advirtió Mackay a sus remeros—. ¡En cualquier momento puede volver a aparecer esa bestia!

A pesar de la calma del mar y de que la cuerda unida al arpón ensartado en la ballena parecía floja, Mackay no tenía ninguna duda de que en el momento menos pensado esta afloraría y se iniciaría la veloz carrera a remolque del desesperado y herido animal. Ya habían logrado clavarle tres arpones, y por lo menos uno de ellos se había ensartado profundamente en el lomo de la ballena.

—¡Ahí está! ¡Atención ahora!

La ballena apareció a unos quince metros de la chalupa e inició su carrera tirando de la embarcación a increíble velocidad, por lo que pronto la cuerda empezó a humear con el roce y se vieron obligados a rociarla constantemente con agua de mar.

Del lomo del animal, junto con el chorro de vapor, empezó a brotar hacia el cielo abundante sangre, hasta que ya no fue vapor sino solo sangre lo que caía sobre el agua, y en pocos minutos toda la tripulación de la chalupa quedó manchada de rojo, con una apariencia grotesca y espeluznante.

Poco a poco, la velocidad de la ballena empezó a disminuir, indicando que el fin se aproximaba, lo que permitió que la chalupa de Williams se acercase al animal y que pudieran clavarle detrás de la aleta dorsal las terribles lanzas, con sus largas hojas de acero de un metro de longitud, hasta que el cetáceo quedó flotando inerte, dando opción a que los remeros posaran los remos en el agua para acercársele e iniciar el proceso de amarrarlo para remolcarlo hasta el buque.

Mackay recorrió el mar con la mirada, tratando de investigar cómo les había ido a las otras chalupas. Vio cómo la de Phillips, volviendo sin ninguna presa, se acercaba a las de Johnson y Clayton para ayudarles a rematar a su ballena, cuyos terribles coletazos amenazaban con volcar las embarcaciones en un mar rojo de sangre, y cómo las de Thomas y McPherson arrastraban ya otro cetáceo hacia el buque, que se veía maniobrar en la distancia para acercarse a los botes.

«No estuvo tan mal», se dijo. «Tres ballenas con las siete chalupas. ¿Qué le habrá pasado a Phillips para que perdiera su presa?».

Una vez al costado de la ballena muerta para iniciar el amarre y el posterior traslado al buque —que aumentaba de tamaño a medida que se aproximaba al lugar de la cacería—, Mackay trató de encender su apagada y muy mojada pipa, la que había mantenido en la boca, fuertemente sujeta entre los dientes durante toda la faena, pero el viento estaba aumentando en intensidad, encrespando el mar, y no logró llegar con la llama hasta el tabaco. Desistiendo finalmente, se miró las manos, completamente ensangrentadas, como su gruesa ropa de marino, su gorra, las bancadas del bote y los marineros. Se pasó la mano por la cara y sintió sus cejas y patillas igualmente pegajosas por la sangre de la ballena.

«¡Qué porquería de trabajo! ¡Tiene que haber otra manera más limpia de ganarse la vida!».

De pronto se sintió cansado. El crucero se alargaba —llevaban cinco meses de viaje y se esperaban por lo menos otros nueve—, lleno de problemas y accidentes desde el principio, que hasta le habían costado la vida a tres hombres. El constante mal tiempo —incluida una seria tormenta mientras cruzaban el Atlántico—, la terrible travesía del cabo de Hornos y luego la eterna y persistente lluvia una vez en el Pacífico no contribuían mucho a mejorar su ánimo, de por sí deteriorado por algunas desavenencias durante la navegación con el nuevo capitán, aunque en su interior —y muy a su pesar— debía reconocer que estas últimas se debían más que nada a las frustradas esperanzas que se había forjado de que le concedieran a él el mando del ballenero Lady Cheryl, en lugar de al finalmente designado Mr. Cooper.

La caza, a pesar de todo, no había estado tan mal y no habían encontrado mucha competencia, probablemente por el temor de otros balleneros de verse involuntariamente involucrados en el conflicto que parecía propagarse ya por toda América del Sur contra la dominación española. Ello a pesar de que no parecía que este conflicto pudiera extenderse también al océano, ya que los rebeldes argentinos o chilenos indudablemente no tenían una flota que pudiera enfrentarse a los españoles.

«Quien domina el mar, gana la guerra; alguien debería de enseñárselo a estos rebeldes», se dijo Mackay.

La faena de amarre de la ballena había finalizado ya, y Mackay dio la orden de empezar a remar hacia el buque. El mar se estaba encrespando cada vez más y no quería tener que sufrir otra vez la complicada tarea de faenar al animal con mal tiempo, ya que de ser así podrían verse obligados a abandonar la presa por seguridad.

—¡Vamos, muchachos! ¡Un último esfuerzo antes de que se nos eche el mal tiempo encima!

Lo de último esfuerzo era en realidad una ilusión, porque todavía quedaba la parte, si no más riesgosa, sí más desagradable de toda la cacería: el faenamiento de los animales para obtener la grasa que, depositada en las bodegas de la nave y convertida en aceite, constituía la razón de estos cruceros.

Con estas tres ballenas completaban siete animales faenados, casi ochenta y cinco toneladas, número todavía lejano de las ciento sesenta que el buque podía recibir, y que implicaba cazar por lo menos seis ballenas más antes de volver a Hull. Con el precio actual del aceite rondando las treinta y dos libras esterlinas por tonelada, más el valor de los huesos y las barbas —estas últimas cotizadas aproximadamente a ochenta y cinco libras esterlinas la tonelada—, al crucero le faltaba mucho todavía para ser atractivo, y ello a pesar de que el aceite obtenido de las ballenas azules propias de aquellas latitudes se cotizaba a un mayor precio que el obtenido de las de Groenlandia, aun cuando estas últimas eran más ricas en barbas que sus congéneres de los mares del sur.

Desde el comienzo, Mackay no había entendido las razones por las que el ballenero Lady Cheryl había sido asignado en aquella ocasión al Pacífico en lugar de a sus acostumbrados cotos de caza del Ártico, donde siempre existía la posibilidad de encontrar abundantes focas además de haber una enorme concentración de ballenas (y encima ricas en barbas de atractivo precio). También, por supuesto, había mucha más competencia, pero rara vez se daba el caso de que la caza no fuera suficiente para todos. No es que Mackay extrañara precisamente los helados parajes de los Davis Straits y el riesgo constante de chocar con los enormes icebergs o de quedar atrapados en el hielo, como ya le había ocurrido dos veces en esta misma querida Lady Cheryl. Esta, gracias a la especial conformación de su casco, no se partía bajo la presión (una de las principales causas de la pérdida de balleneros en esas heladas regiones), sino que el hielo, al cerrarse, la empujaba hacia arriba, quedando «sentada» sobre su casco y sin daños en su estructura, hasta que la marinería lograba romper la trampa y volver a ponerla a flote. Esa era la principal razón por la que Mackay no quería por ningún motivo dejar ese buque, que ya conocía como la palma de su mano y que los había salvado de percances que en cualquier otra nave hubiesen sido fatales.

Era la barca ballenera Lady Cheryl una hermosa nave de 296 toneladas de registro, construida en 1768 en Filadelfia para servir de mercante, y que fue armada como privateer bajo la bandera norteamericana durante la guerra de independencia de ese país, teniendo la mala fortuna de ser capturada por una fragata británica recién iniciadas sus correrías. Llevada a Inglaterra, fue dedicada al transporte de vinos entre Portugal y las Islas Británicas, y no pocas veces tuvo que hacer uso de sus cualidades marineras para escapar de la persecución de los buques de la marina francesa durante las guerras napoleónicas. Vendida posteriormente a armadores balleneros de Hull, se le hicieron refuerzos y modificaciones para adaptar su casco a los peligros del helado Círculo Polar Ártico pero manteniendo la conformación del mismo, lo que resultó providencial en las oportunidades en que quedó atrapada por el hielo. Durante la guerra angloamericana de 1812, en dos ocasiones estuvo a punto de volver a navegar bajo bandera norteamericana, pero su antiguo capitán Rodgers —el predecesor del capitán Cooper, y que a la fecha descansaba para siempre bajo el hielo de una de las islas Vrow, cerca de Upernavik— logró reiteradas veces frustrar las intenciones de los estadounidenses.

Después de la trágica muerte de Rodgers, Mackay fue el encargado de llevar el buque a Hull y, ya que era uno de los más experimentados y antiguos balleneros de la empresa, abrigó la esperanza de que se le confirmara definitivamente como capitán del mismo. Sin embargo, Mr. Longstreet, uno de los propietarios, le dijo que no era todavía la ocasión para ello, que se había decidido por Cooper para el próximo crucero y que a la vuelta del viaje se estudiaría el camino a seguir. Para Mackay tan solo era una excusa para postergar su nombramiento una vez más, quizás para siempre. Y, además, aunque finalmente le dieran el mando de una nave, esta no iba a ser la Lady Cheryl, y no le hacía muy feliz pensar en los riesgos del Ártico a bordo de un barco del que no sabía qué podía esperar. Para colmo de males, el buque fue asignado al Pacífico Sur —escenario de variados conflictos bélicos—, donde, tres años atrás, frente al puerto de Valparaíso, naves norteamericanas y británicas se habían enfrentado en un combate que dejó un trágico saldo de bajas.

La batalla en cuestión tuvo lugar en marzo de 1814. En ella participaron por un lado la fragata norteamericana Essex y por otro la corbeta Cherub y la fragata Phoebe de la Royal Navy, y Mackay conocía íntimamente el caso por razones tanto profesionales como personales.

La Essex, al mando del comodoro David Porter, había estado operando a lo largo de la costa chilena desde comienzos de 1813, logrando capturar al cabo de un año de correrías no menos de doce balleneros británicos, por los que había obtenido un grueso botín tanto por su carga como por las naves. Estas cuantiosas e inaceptables pérdidas hicieron que el almirantazgo de su graciosa majestad británica decidiera enviar al Pacífico una fuerza naval, comandada por el comodoro Charles James F. Hillyar y compuesta por las dos naves ya nombradas más el bergantín Raccoon, para proceder a dar el escarmiento correspondiente a la insolencia norteamericana.

A bordo de la Phoebe, embarcado como guardiamarina de primera clase, figuraba Mr. Colin R. Kerr, de diecinueve años, hermano de la primorosa Catherine Eileen Kerr, a quien William Mackay pretendía hacer su esposa a fines de ese año, al término de su próximo crucero al Ártico.

La flotilla británica llegó a Valparaíso el 8 de febrero de 1814 y fondeó precisamente al lado de la Essex, que había arribado tan solo cinco días antes al puerto. Porter, ansioso de gloria, había navegado a Valparaíso buscando el enfrentamiento, esperando que este se llevara a cabo mediante una suerte de duelo caballeroso, limpiamente y fragata contra fragata. Sin embargo, Hillyar, más práctico, prefirió simplemente bloquear la salida del puerto, dejando a los norteamericanos atrapados, y sentarse tranquilamente a esperar su oportunidad. En ese punto, Porter comprendió que no tenía ninguna posibilidad de éxito en un combate con tal desproporción de fuerzas, por lo que, tomando ventaja de la neutralidad chilena, decidió quedarse en el puerto esperando la primera oportunidad que se le ofreciera para escabullirse a mar abierto, rehuyendo así una batalla en la que llevaba todas las de perder. Hillyar, por su parte, mantenía alerta máxima en sus naves para evitar que se les escapara la presa.

Los chilenos no dejaban de disfrutar con esta singular situación que les permitía observar cómo dos naciones, a la sazón en guerra, mantenían una incómoda cercanía sin opción a atacarse despiadadamente por respeto a la neutralidad de un país que también estaba en esos momentos involucrado en una guerra; en esta, sin embargo, rara vez se podían observar tales reglas de cortesía militar en consideración a la categoría de «insurgentes» que los españoles otorgaban a los patriotas chilenos, lo que solo se tradujo en convertir ese conflicto en una guerra sin cuartel.

El mismo gobernador de Valparaíso, el señor Francisco de la Lastra, haciendo gala de un gran sentido del humor, no quiso desaprovechar la oportunidad que esta curiosa situación le ofrecía y comenzó a organizar asiduas reuniones sociales en su casa, invitando a los comandantes y oficiales de ambas armadas, para disfrutar de los elegantes enfrentamientos verbales, llenos de sutiles ironías pero siempre envueltos en una fina cortesía, que se entablaban en ellas.

En este especial ambiente se dieron toda clase de situaciones curiosas, tales como jóvenes oficiales norteamericanos e ingleses disputándose los favores de la misma bella y coqueta señorita chilena; marineros escoceses de los buques británicos y sus pares norteamericanos de ascendencia escocesa cantando a coro desde sus respectivas naves las lánguidas y ya populares canciones de las Highlands del poeta Robert Burns; y hasta partidas de ajedrez entre el guardiamarina Kerr y el médico de la Essex, Mr. Richard K. Hoffman, que casi terminaron en una ocasión en un duelo con nominación de padrinos y todo el procedimiento regular.

Sin embargo, era obvio que esta singular tregua no podía durar mucho, y desafortunadamente terminó de manera trágica: el 28 de marzo un fuerte temporal de viento hizo que la Essex cortara amarras, por lo que el capitán Porter —ya preparado desde la noche anterior para esto, y sin mayores alternativas que jugarse el todo por el todo—, abandonó su ancla y trató de alcanzar mar abierto desplegando todas sus velas aun a riesgo de perderlas. Desgraciadamente, ello fue precisamente lo que ocurrió, puesto que frente a Punta Gruesa una ráfaga le echó abajo el mastelero del palo mayor, arrastrando de paso al agua a algunos tripulantes que estaban todavía comprometidos en las faenas de velamen.

Con ello, Porter se dio cuenta de que la huida era imposible y de que su única opción era intentar nuevamente ampararse en la neutralidad del puerto a la espera de otra ocasión. Pero la Phoebe y la Cherub, que habían salido en su persecución, estaban demasiado cerca para poder lograr tal maniobra. El pueblo de Valparaíso, desde el gobernador hasta el último y más humilde de sus ciudadanos, comprendieron que esta vez no había escapatoria, y se ubicaron en los cerros y lugares altos de la ciudad para presenciar el drama que se avecinaba.

La Cherub maniobró para ponerse a estribor y por la proa de la Essex mientras la Phoebe viraba para mantenerse a popa.

Comprendiendo Porter que esta vez no habría respeto a la neutralidad chilena y que iba a quedar entre dos fuegos, trató también de maniobrar para salirse del cepo, mientras respondía simultáneamente el fuego de ambas naves con sus carronadas y cañones. Sus descargas, bastante efectivas, comenzaron a causar daño a los buques ingleses. Uno de sus disparos contra la Phoebe —efectuado muy corto y casi paralelo al agua— rebotó en la superficie del mar y, cruzando de banda a banda la cubierta de cañones, mató instantánea y limpiamente al joven guardiamarina Colin R. Kerr, futuro cuñado del oficial ballenero William W. Mackay.

Los buques ingleses, aumentando la distancia y amparados en el mayor alcance de sus cañones, continuaron el ataque cogiendo a la Essex en un infierno de artillería por ambas bandas, que muy pronto dejó su cubierta bañada en sangre y tapizada de cadáveres. Los norteamericanos, con el buque prácticamente desmantelado e inmóvil sobre las aguas, se batieron con su acostumbrada bravura, disparando constantemente sobre dos blancos que sí gozaban de gran movilidad y que lo cañoneaban sin misericordia desde una protectora distancia. Aun así, la Essex logró cobrar su cuota de víctimas entre los buques británicos, ocasionándoles severos daños, pero al cabo de dos horas de furioso y desigual combate, con su nave ardiendo y comenzando a hacer agua por todos lados, cubierta de heridos y muertos, Porter tuvo que aceptar la porfiada realidad y consintió en rendirse.

La Essex recibió más de seiscientos cañonazos en dos horas de batalla y 89 de sus 255 tripulantes perdieron la vida en el enfrentamiento; algunos de ellos prefiriendo saltar al mar a rendir su espada al enemigo. Por lo menos cuarenta tripulantes se salvaron alcanzando la playa a nado, donde fueron recogidos por los pobladores de Valparaíso, impactados y estremecidos por el heroico espectáculo que acababan de presenciar. El número de heridos ascendía a sesenta y cinco, de los cuales más de la mitad eran de extrema gravedad, por lo que algunos de ellos perecieron posteriormente como consecuencia de sus heridas.

Esta acción, que Mackay conoció bastante más tarde, primero por los relatos de los tripulantes de los balleneros de Hull capturados por la Essex, y luego cuando la noticia de la muerte del joven Kerr en el combate llegó a su patria, cambió definitiva y radicalmente el curso de su vida: la dulce Catherine, destruida por el dolor y el sufrimiento causado por la pérdida de su adorado hermanito, con el que desde pequeña había mantenido una profunda y entrañable unión, decidió que no podía consagrar su vida a la constante incertidumbre que implicaba casarse con un marino —profesión que ya había cobrado demasiadas víctimas en su familia y que esta vez la golpeaba directamente— y rompió el compromiso. Posteriormente, y ya transcurrido un año de estos sucesos, la primorosa Miss Kerr desposó a un joven factor de comercio oriundo de Liverpool, que por las características de su profesión al menos no corría el riesgo de convertirla en viuda siendo tragado por el océano en algún lugar remoto al otro lado del mundo.

Mackay acusó fuertemente el impacto, que le quitaba la única posibilidad y esperanza que veía de crear un lugar donde llegar después de sus largas travesías y de iniciar una familia, y se empeñó con todas sus fuerzas en quitarse de la mente el recuerdo de la dulce muchacha, que en lo que llevaba corrido de su vida había sido la única capaz de hacer brotar en su alma una añoranza por algo más que el inmenso océano y el limitado espacio de su buque.

Inmediatamente después de estos hechos se embarcó en la expedición a los Davis Straits, donde el Lady Cheryl perdió a su querido capitán Rodgers, y Mackay recibió el segundo golpe en un corto período de tiempo, cuando se le negó el comando del ballenero. Y ahora, muy a su pesar, se encontraba navegando en las mismas aguas donde se iniciaron los sucesos que desencadenaron tantos cambios radicales en su vida: el mar chileno.

Sin embargo, todo eso ya pertenecía al pasado y ahora había que concentrarse en el presente. Y el presente era un tiempo amenazante y siete chalupas remolcando trabajosamente tres ballenas muertas al costado del buque, para iniciar con la mayor premura la pesada tarea de faenarlas a fin de obtener la grasa que se convertiría en el aceite que iluminaría las calles y casas de Inglaterra, además de las barbas y los preciados huesos.

—¿Qué pasó con su ballena, Mr. Phillips? —preguntó Mackay cuando hubo distancia suficiente para poder mantener una conversación con las otras embarcaciones.

—La cuerda se enredó cuando la ballena se sumergió y hubo que cortarla para que no nos arrastrara al fondo. Por poco no volcamos con el tirón, pero la muy condenada vagará ahora por el resto de su vida con mi mejor arpón ensartado en su lomo.

—Así será, pero nosotros perdimos junto con su arpón y un buen cabo de cuerda la oportunidad de completar unas cien toneladas de carga que necesitamos para terminar este condenado viaje.

—Puede ser —replicó Phillips algo picado—, pero prefiero conservar mi vida que entregarle quince toneladas adicionales de aceite de ballena a los propietarios en Hull.

La respuesta obtuvo un coro de risas en los botes, menos en el de Phillips, por supuesto, todavía con el recuerdo del peligro inminente en que estuvieron sus vidas.

Ya estaban al costado del Lady Cheryl y el capitán Cooper se acercó a la borda a recibirlos.

—¡Buen trabajo, caballeros! ¿Qué le pasó a su ballena, Mr. Phillips?

Nuevas risas recibieron esta consulta del capitán, quien indudablemente no había sido testigo del diálogo anterior. Phillips optó por fingir que no había escuchado la pregunta, y puso toda su atención en la operación de acoderar al buque la presa lograda por Johnson y Clayton.

Toda la tripulación que había permanecido a bordo entró inmediatamente en acción en el trabajo de extraer la grasa y los huesos de las ballenas capturadas, ya que nadie quería que el mal tiempo se les viniera encima en mitad de esta operación y con los botes aún en el agua. Los remeros, a pesar del agotamiento causado por el arrastre de los animales, también participaban de la actividad general, ya que sabían que disfrutarían mejor de su descanso si lograban terminar esta faena antes de que iniciara el temporal que amenazaba con desencadenarse en cualquier momento.

Con la rapidez que da la experiencia, la ballena más grande fue colocada bajo la popa para subirla a bordo enganchada por la aleta dorsal. Mientras un hombre efectuaba un profundo corte por encima de la aleta, separando la grasa ubicada bajo la piel, otro procedió a pasarle por debajo un cabo unido a un motón sujeto a la cofa del mayor. Al mismo tiempo, otros dos marineros se encaramaron en la cabeza del animal y comenzaron a cortar en la grasa una faja en espiral de unos tres pies de ancho, que tirada mediante el motón comenzó a izar la ballena a bordo al mismo tiempo que la inclinaba, facilitando así la operación de separación de la capa de grasa que alcanzaba casi un pie de grosor. Ya en cubierta, una cuadrilla empezó a cortar la grasa, echándola en un enorme caldero ubicado en una fragua en la mitad del buque, para derretirla y convertirla en aceite. Una vez obtenida toda la grasa, uno de los balleneros más expertos comenzó a trabajar en la cabeza del cetáceo, abriéndola limpiamente para sacarle la esperma e introducirla en barriles antes de que el aire la solidificara.

Las ballenas más pequeñas, en tanto, fueron acoderadas a la otra banda de la nave para que pudieran separarles con cortes eficientes y precisos la parte delantera y la parte superior de la cabeza, y posteriormente subirlas a bordo para extraerles la grasa y arrojarla también al caldero.

Comenzaba a oscurecer cuando completaron la faena, izados ya los botes, y el capitán ordenó poner proa al norte. El mar se había encrespado bastante, complicando la operación al final, pero aparentemente no iban a pasar tan mala noche después de todo, ya que el anunciado temporal terminó a la postre convirtiéndose solo en una lluvia intensa que caía torrencialmente sobre un mar picado, que nada más contribuyó a dificultar sobremanera la preparación y distribución de la bien merecida cena de la tripulación.

Mackay no tenía hambre, pero sí moría por lavarse y sacarse la ensangrentada y húmeda ropa y por un trago de whisky, el néctar de Escocia, que, a pesar de las regulaciones impuestas por Cooper en el buque, siempre se las arreglaba para tener disponible en su cámara. Ello no implicaba que fuera un gran bebedor —por lo general, un par de botellas le duraban justo el tiempo de una travesía al Ártico, es decir, seis o siete meses—, pero especialmente en noches como aquella, cansado, mojado y luego de una ardua jornada, no podía aspirar a mayor premio.

En vista de ello, se sirvió dos dedos de la bebida en su jarro de peltre, brindó con su reflejo ante el espejo y se lo mandó al coleto de un solo trago.



2

El alba encontró al Lady Cheryl navegando en una mar gruesa, sin haber pasado una mala noche y con una tripulación con el ánimo dividido respecto del destino que les esperaba. Algunos opinaban que sería mucho mejor mantenerse en aquellas aguas, donde estaba probado que había caza, tratando de acercarse a las codiciadas ciento sesenta toneladas y al mismo tiempo más cerca de un eventual regreso a Inglaterra, que arriesgarse yendo al norte a puertos que no sabían en poder de quién estaban a la fecha, porque las últimas noticias que habían alcanzado a la nave —bastante añejas ya— indicaban que las tropas rebeldes habían sufrido una feroz derrota a fines de 1814 y que el país había sido nuevamente recobrado para la corona de España. Pero eso había ocurrido casi tres años atrás, y la situación podría ser diferente a aquellas alturas. Como fuera, todo ello no tendría por qué afectar una eventual ida del Lady Cheryl al norte —objetaban los otros—, ya que el gobierno de su graciosa majestad británica se las había arreglado para mantener las mejores relaciones con ambos bandos, además de que todos echaban de menos una buena noche de jarana en puerto, y algunos tripulantes, por experiencias pasadas, ya sabían lo que podían esperar de fondeaderos como Talcahuano y Valparaíso.

A Mackay le daba más o menos lo mismo una cosa que la otra. El crucero al Pacífico nunca lo había convencido; prefería sus cotos habituales del Ártico, con sus esquimales, sus osos polares y su sol de veinticuatro horas, que aquel viaje al otro lado del mundo. Pero, pensándolo bien, concluyó que no sería una mala idea una recalada en algún puerto del litoral que podría ayudar a borrar las malas impresiones que desde el inicio del viaje todos tenían aún en la mente, con un tripulante muerto por enfermedad sin que el médico aparentemente supiera ni siquiera qué había causado el deceso (aunque se cuidó mucho de reconocerlo), y luego otros dos fallecidos trágicamente en la segunda operación de caza que enfrentó el ballenero.

Todavía podía recordar ese fatal suceso ocurrido en las heladas aguas australes, cuando una ballena con el lomo poblado de arpones, lanzas y una verdadera madeja de cuerdas entrecruzadas, como el monstruoso alfiletero de un gigantesco sastre, daba feroces coletazos mientras expelía un enorme geiser de sangre empapando a todos con el rojo y vital fluido. La totalidad de las chalupas estaban concentradas en este cetáceo de gran tamaño cuando uno de sus golpes con la cola dio de lleno a la embarcación de Mr. Clayton, la volcó y mató en el acto a un arponero irlandés que recibió directamente el impacto. Los otros botes rescataron de inmediato a los tripulantes del agua —algunos ya medio congelados—, pero un marinero de apellido Gordon simplemente desapareció en el enrojecido océano sin dejar rastro.

El acontecimiento había causado una viva impresión en la tripulación, que todavía tenía frescas en la mente la pérdida de su antiguo capitán en la expedición anterior y la del tripulante que enfermó casi recién salidos de Inglaterra, y todos vieron como un muy mal presagio estas bajas tan tempranas. Ello hizo que los ánimos no estuvieran muy altos por un prolongado período, hasta que la buena caza obtenida y el hecho de que no se presentaran otros accidentes empezaron a cambiar la cara de la gente. El percance ocurrido el día anterior a la chalupa de Mr. Phillips podría haber alterado de nuevo el ambiente si hubiese pasado a mayores: de ahí las risas nerviosas que acompañaron el intercambio entre Mackay y Phillips.

De súbito, el grito de «¡Velas al norte!» sacó a Mackay violentamente de su ensimismamiento y le hizo correr a cubierta para examinar el navío avistado. La tripulación concurrió también en masa para enterarse de qué pasaba, y pronto pudo apreciarse que no era un solo buque el que se avistaba en el horizonte sino que eran tres las naves, que examinadas con el catalejo mostraron claramente el pabellón real español y sus portas colmadas de cañones. ¡Un convoy de buques de guerra!

Los buques españoles se desplegaron en posición de combate y enfilaron rumbo al Lady Cheryl, lo que hizo que Mackay mirara nerviosamente a popa, donde flameaba al viento el pabellón inglés, solo para asegurarse de que seguía claramente distinguible en su acostumbrado lugar.

—¡Que todo el mundo esté visible! —gritó el capitán Cooper—. ¡No podemos arriesgarnos a que nos crean un corsario! ¿Hay alguien a bordo que hable español?

Nadie hablaba español. Solo quedaba maniobrar el ballenero de tal modo que los españoles advirtieran que no había ninguna intención de huir o de presentar combate. Tras tensos momentos, la flotilla estaba lo suficientemente cerca como para examinarla con mayor atención.

Se trataba de una fragata de treinta y dos cañones y de dos bergantines de dieciocho cañones cada uno, y todos los tripulantes del Lady Cheryl pudieron observar que los navíos españoles estaban en pie de guerra y preparados para disparar a la menor señal.

—¡Ah del barco! —se oyó claramente gritar con una bocina a un oficial de la fragata—. ¡Identifíquense e indiquen destino!

Aun sin entender castellano el mensaje estaba claro, por lo que Cooper inmediatamente contestó, usando también su bocina.

—We are the British whaler Lady Cheryl from Hull!1

Por la cercanía que habían alcanzado los buques, era bastante difícil que los españoles no identificaran la barca como un ballenero —bordas manchadas de sangre y grasa, la forma de las chalupas, las trazas de los tripulantes y las decenas de arpones que se distinguían claramente eran pruebas más que suficientes—, pero obviamente debían haber tenido algunas malas experiencias porque los aprestos guerreros de los hispanos no disminuyeron ni un ápice.

—¡Les encomiamos a que informen de su destino o abriremos fuego!

—We are the Lady Cheryl from Hull, and we do not understand Spanish!2

—This is Lieutenant José Hermenegildo Obregón and I demand your full name and destination!3—surgió esta vez una nueva voz de la fragata, en inglés y con marcado acento español.

—¡Mi nombre es Timothy Cooper y soy el capitán del ballenero Lady Cheryl de Hull, con destino a un puerto seguro en busca de provisiones y reparaciones! ¿Puede usted informarnos si Talcahuano o Valparaíso son seguros?

Aparentemente la detallada inspección visual de numerosos catalejos de las naves españolas, más el intercambio sostenido, terminaron por convencer a los hispanos de que no debían temer un alevoso ataque del buque amparado por la bandera británica, porque a pesar de que no se pudo apreciar un relajo en la vigilancia, el tono de la conversación se tornó más amable por parte del interlocutor español, indudablemente orgulloso de ser el único capaz de comunicarse con los súbditos de la rubia Albión.

—¡Talcahuano está en poder de nuestras tropas pero bajo ataque terrestre de los insurgentes, a quienes barreremos del mapa! —informó el locuaz Obregón—. ¡Valparaíso, desafortunadamente, ha sido ocupado por los rebeldes, pero los echaremos de ahí también! ¡Si lo que ustedes buscan es un puerto seguro, honradamente no les recomiendo ninguno de los dos! ¡Además de que ambos van a ser cerrados al comercio mercante por nuestra flota!

Mackay, mientras tanto, recorría disimuladamente con su catalejo los buques españoles, tratando de identificarlos. Pronto pudo enfocar la popa de uno de los bergantines, leyendo claramente el nombre de Potrillo, pero luego escuchó como Obregón sin ningún empacho proporcionaba la identificación de la fragata Veloz y del otro bergantín, Pezuela, lo que a juzgar por un intercambio que se pudo apreciar, aunque no escuchar, le valió un áspero raspacacho de su superior, quien aunque no entendiera inglés sí comprendió que su subalterno se estaba pasando de lenguaraz.

La situación estaba clarísima: en los algo más de dos años que los tripulantes del ballenero habían pasado faltos de noticias, las cosas obviamente se habían volcado favorablemente en beneficio de los rebeldes. Si estos ocupaban Valparaíso, era obvio que también eran dueños de la capital, Santiago. Y si tenían actualmente sitiado Talcahuano, unos seiscientos kilómetros al sur de Santiago —si Mackay no recordaba mal—, quería decir que ya eran dueños de medio país.

—Pero no dominan el mar. Interesante —se dijo Mackay, al tiempo que una idea algo descabellada cruzó como un destello por su mente.

La mar gruesa hacía difícil mantener las naves lo suficientemente cerca para poder sostener un diálogo sin el riesgo de una colisión, por lo que los bergantines empezaron a maniobrar para alejarse, al tanto que desde la fragata se escuchaban claramente las voces de mando a la marinería para hacer lo propio.

—¿Se han encontrado con otras naves? —preguntó a gritos Obregón—. ¡Requerimos que nos informen en qué fechas las encontraron y bajo qué bandera navegaban!

—¡Los suyos son los primeros navíos con los que nos cruzamos en varias semanas! —contestó Cooper, lo cual era absolutamente cierto.

La fragata completó su maniobra al tiempo que un golpe de mar la separaba definitivamente de la Lady Cheryl, que inició los movimientos para retomar su ruta original.

—¡Buen viaje y buena caza! —se escuchó gritar a modo de despedida al teniente Obregón.

Los tripulantes del ballenero agitaron sus manos también en señal de despedida y algunos empezaron a abandonar las bordas para retornar a sus quehaceres, en tanto que otros observaban los buques españoles mientras se alejaban. Mal que mal, eran los primeros seres humanos que veían, distintos de aquellos con los que vivían en estrecha compañía día tras día, en casi dos meses.

—Mr. Mackay, ¿puede venir a mi cámara, por favor? —solicitó el capitán Cooper.

—Por supuesto, Mr. Cooper.

Ya en el camarote, Cooper procedió a registrar en el cuaderno de bitácora la fecha, hora, posición y nombre de las naves españolas recién encontradas. Mackay no pudo dejar de asombrarse al poner atención a la fecha, 24 de marzo de 1817; ¿cómo podía haber pasado el tiempo tan rápido?

—Creo, Mr. Mackay, que usted estará de acuerdo conmigo en que la recalada en Talcahuano ha quedado automáticamente descartada después de las noticias que acabamos de recibir, ¿no le parece?

—Definitivamente, Mr. Cooper. Lo que menos quisiera es que nos viéramos envueltos en una batalla. Pero aun así, todavía requerimos reaprovisionarnos de agua, galleta, legumbres frescas, carne salada, etc., por lo que sugiero entonces que pongamos rumbo a Valparaíso.

—Pero si el puerto está ocupado por los rebeldes ¿cree usted que será seguro?

—Si está en manos de los rebeldes, por lo menos debe de estar en paz. Además, aún no está totalmente bloqueado por la marina española, de acuerdo con la información recibida del bocón de Obregón, por lo que probablemente encontremos otros buques británicos fondeados también ahí que nos puedan proporcionar noticias frescas sobre la situación que debemos esperar.

—Cierto. Probablemente haya hasta algún ballenero de Hull. Creo, entonces, que lo más lógico sería seguir rumbo a Valparaíso. ¿Está usted de acuerdo, Mr. Mackay?

—Estoy de acuerdo, Mr. Cooper.

Mackay se dirigió a la cámara donde ya se habían congregado Thomas, McPherson y Johnson, quienes junto con el doctor, Mr. Kelley, comentaban el encuentro con las naves españolas mientras disfrutaban de la primera comida del día, servida por Jimmy, uno de los aprendices —un simpático muchacho de dieciséis años recién cumplidos—, y uno de los ayudantes del cocinero.

—Parece que Talcahuano está fuera de nuestras opciones, ¿no opina usted lo mismo, Mr. Mackay? —preguntó el doctor antes de que Mackay alcanzara siquiera a sentarse.

—Pues creo que sí, Mr. Kelley —respondió Mackay, sin comprometer mayor información.

—Digo yo —insistió Kelley—, para qué nos vamos a ir a meter en la boca del lobo, ¿no le parece?

—Me parece —contestó nuevamente Mackay, mientras se inclinaba para coger la jarra de café y recibía de Jimmy una generosa porción de tocino y galleta, que agradeció con un guiño.

—Yo estuve una vez en Valparaíso —intervino Thomas—. Me encontraba embarcado en la Dunnet en mi primer viaje a Sudamérica. Tiene una amplia bahía, rodeada de cerros pelados desde donde las casas se descuelgan hacia el mar, y había un par de balleneros norteamericanos fondeados en el puerto. No tiene, o por lo menos no tenía mucho que ofrecer como ciudad en ese entonces, pero se podían conseguir buenas provisiones, comer una fruta extraordinaria y hasta emborracharse con un vino bastante potable. Pero eso fue ya hace por lo menos seis años.

—¿Había guerra en esos días? —preguntó Johnson.

—No que nosotros supiéramos, y supongo que entonces el país estaba regido por los españoles. La insubordinación debió de empezar poco después de nuestra visita.

En ese momento entró el capitán en la cámara y, sin sentarse, procedió a informar a los presentes de que había tomado la decisión de dirigirse a Valparaíso para reabastecerse y descansar antes de continuar viaje hacia su próxima zona de caza. La noticia fue recibida con el beneplácito general. Eran ya demasiados meses en alta mar y todos echaban de menos la oportunidad de poder relacionarse con otros seres humanos en tierra firme, comer como gente civilizada alimentos frescos y tratar de sacarse, aunque solo fuera por unos días, el pesado olor de la grasa y el aceite de ballena de las narices.

Mackay estimó que deberían llegar a Valparaíso hacia el 30 de marzo, y así se lo hizo saber a la tripulación, que respondió con un sonoro «hurra» a la perspectiva de vino, comida y mujeres que les esperaban tras una sola semana más de navegación.

—Pobre Valparaíso —se dijo Mackay sonriéndose—, jamás sabrá qué lo golpeó después de que estos salvajes se alejen de ahí.

La noticia de la próxima recalada levantó definitivamente el ánimo de toda la tripulación, que empezó a cumplir las tareas rutinarias con renovado entusiasmo, sabiendo que el merecido descanso estaba a la vuelta de unos pocos días. Ello no significó que la acostumbrada vigilancia del océano en busca de los codiciados cetáceos se descuidara, sobre todo porque durante el curso del día el mar empezó a apaciguarse y desapareció el grueso oleaje que habían tenido durante la noche y gran parte de la mañana.

Hacía tiempo que los buques españoles habían dejado de verse, y el océano nuevamente se mostraba vacío en su inmensidad, sin ninguna vela ni un atisbo de costa que rompiera su límpido horizonte. Incluso el sol asomaba entre las nubes, lo que contribuyó aún más a levantar el espíritu de todos.

—Nada como el anuncio de un puerto para la salud de un marinero —le comentó el doctor Kelley esa noche a Mackay—. Hoy no me visitó ninguno de los acostumbrados remolones para quejarse de algo.

Estaban en el castillo de popa al lado del timonel, ambos con un tazón de café en la mano, disfrutando de la puesta de sol, que había asomado tardío solo para entregar su eterna obra de arte de esconderse en el horizonte entre nubes rojizas. Del palo mayor llegaba el sonido de la agradable voz de tenor del marinero Burwell, que cantaba una canción norteamericana de balleneros:

There was a ‘Bedford Whaler put out to hunt for oil,

With a try-works in amidships where chunks of whale could boil,

And a fo’c’s’le, wet and frowsy, where whalers’ crews could gam,

And her captain came from ‘Bedford and did not give a cent,

So over the bar from ‘Bedford to hunt the whale she went.

But never a whale she sighted for eight and forty moons,

She never lowered her boats in chase nor reddened her harpoons,

So home she went to ‘Bedford, where her owners came to ask,

«How many tons of whalebone, cap, and how much oil in cask?».

The captain turned his tobacco inside his weather cheek,

And he said «At least the Bible says, blessed are they who seek.

We’ve been at sea four years and more and never seen a whale,

We haven’t a lick of oil on board but we’ve had a darned good sail».4



Un coro de risas de los tripulantes coronó la tonada, urgiendo a Burwell que la cantara de nuevo. Kelley, por su parte, no pudo evitar reírse también con ganas.

—¡Ja, ja, ja! Afortunadamente podemos decir que nuestro viaje va resultando algo mejor que el de la Bedford Whaler, Mr. Mackay.

El escocés, sin embargo, divagaba sobre la loca idea que se había cruzado por su cabeza al recibir las noticias de la actual situación de la rebelde ex colonia española de Chile. «No tienen marina», no podía dejar de repetirse, «y tienen una enorme costa que defender». No obstante, se decía que ello implicaba que tampoco tenían naves que tripular: «Es obvio; sin buques no hay marina, ¡zopenco!». Pero con audacia, los buques pueden obtenerse, se decía luego.

Los relatos de los balleneros apresados por la Essex durante la guerra angloamericana mencionaban la creciente cantidad de marinos ingleses y norteamericanos que deambulaban por Valparaíso, buscando la oportunidad de enriquecerse rápidamente sacando provecho del conflicto revolucionario que se había desencadenado en el país. Sin embargo, aunque muchos de ellos no lograron nada y no les quedó otra alternativa que embarcarse en el próximo ballenero de su bandera para salir de la trampa en la que se habían metido, tan pobres como llegaron, e incluso peor que antes, también había historias de otros que habían logrado rápidas fortunas, si bien estas eran demasiado fantasiosas para creerlas.

Como sea, la situación era indudablemente distinta ahora, ya que los rebeldes estaban ganando, y quienquiera que estuviera dirigiendo esta rebelión, no podía ser tan ciego como para no comprender que, sin una marina de guerra, cualquier logro militar terrestre se escurriría como agua entre los dedos si no era consolidado con el dominio del mar, impidiendo así que el enemigo pudiera impunemente desembarcar cuantas tropas quisiera para continuar eternamente una lucha que, en esas condiciones, era imposible de ganar.

Mackay, además, estaba pasando por un período de cuestionamiento en su vida. Las pocas esperanzas que veía de recibir a mediano plazo el mando de su propio buque, más el golpe que había recibido al perder a su dulce Catherine, hacían que se cuestionara sus logros hasta la fecha y lo que podía esperar del futuro. Y, desgraciadamente, la respuesta que más acudía a su mente era: «Nada, absolutamente nada».

—Chile podría ser una oportunidad —se dijo—. No pierdo nada con observar cómo está la situación ahí, qué posibilidades reales existen, cuáles son los riesgos, y qué puede ofrecer esta guerra a un hombre decidido como yo y que a estas alturas de su vida no tiene nada que perder.

Con esta última acotación, decidió terminar con sus vanas elucubraciones sobre el porvenir y dejar sencillamente que lo que encontrara en Valparaíso en seis días, fuera lo que fuera, fijara el curso futuro de su vida.

—Una vez allí, ya veremos, y punto —masculló para sus adentros, y se dirigió al puente para entrar de guardia.



3

Tres días más tarde, en un glorioso amanecer, Mackay disfrutaba de su pipa luego del desayuno, observando el movimiento ondulante y siempre cambiante del océano, mientras la proa de la muy marinera Lady Cheryl rompía las olas dirigiéndose rauda hacia su primer puerto de abrigo en el Pacífico —de hecho, el primer puerto en que recalarían después de su breve pasada por las desoladas islas Falkland, antes de emprender la aventura de cruzar el cabo de Hornos—, cuando de pronto le pareció ver una vela en el horizonte. Aguzó la vista, usando la mano como visera para poder observar mejor, y casi inmediatamente surgió el grito del vigía desde lo alto:

—¡Una vela en posición noroeste! ¡Barco a la vista!

La tripulación inmediatamente salió a la cubierta, algunos trepando a las jarcias para poder observar mejor, mientras Mackay pedía su catalejo para intentar enfocar al navío e identificarlo.

La última posición demarcada del Lady Cheryl lo ponía a unos tres días de su arribo a Valparaíso, y este buque desconocido indudablemente se dirigía también al mismo puerto.

—O no es español, o lo es y no sabe que el puerto está controlado por los rebeldes —masculló Mackay, mientras continuaba intentando identificar la bandera del buque.

El viento y el rumbo que las naves seguían iban a ponerlas lo bastante cerca de todas maneras, pero indudablemente era preciso identificar el navío antes de que la aproximación fuera tal que, en caso de peligro, no quedara alternativa de escape con la debida premura.

—¿Puede identificar esa bandera, Mr. Mackay?

—¡No he logrado verla bien, Mr. Cooper! ¡Pero el navío es definitivamente un bergantín inglés! ¡Observe usted la forma del casco y del castillo!

—¡La bandera es azul, blanca y amarilla, en tres franjas horizontales! —apuntó la voz del vigía, situado en una posición de observación privilegiada.

—¿La conoce, Mr. Mackay?

—No la he visto nunca antes, capitán.

—Mr. Johnson, Mr. Williams, ¿reconoce alguno de ustedes ese pabellón?

—¡No, sir!

El bergantín, de unas doscientas veinte toneladas, estimó Mackay, ya era perfectamente visible con el catalejo y mostraba una increíble actividad en cubierta, que al principio le costó entender. Pero luego pudo apreciar que lo que ocurría en realidad era que la nave estaba absolutamente llena de gente.

—Si estimamos una tripulación como la nuestra, en consideración al tamaño del buque, debieran tener unos cuarenta y cinco hombres a bordo. Pero ese bergantín debe de estar transportando más de ciento cincuenta personas, ¡y hasta se ven mujeres! —exclamó Mackay sorprendido.

Se podía observar, al estudiar el buque desconocido con atención, que se le habían efectuado algunas transformaciones para convertirlo en una unidad de combate —Mackay contó la instalación de por lo menos unas ocho carronadas por su banda visible—, además de que se podía apreciar cómo hombres con uniforme de oficial impartían órdenes que eran prestamente cumplidas por marineros que se distinguían con claridad entre la gran masa heterogénea de personas que ocupaban la cubierta, y que estaban siendo dirigidas para que despejaran la misma, dejando mayor libertad de operación a la tripulación.

—¡Un buque de guerra! ¡Pero entonces solo puede ser chileno, y eso implica que sí tienen marina después de todo!

Una vez los dos navíos estuvieron suficientemente cerca como para iniciar un diálogo, se escuchó desde el bergantín una voz en perfecto inglés —con indudable acento norteamericano—, solicitando identificación y destino.

—¡Un condenado yanqui! —comentó Phillips, que se había ubicado al lado de Mackay para observar el buque.

Tal como había ocurrido en el encuentro con la flotilla española, Cooper repitió la rutina de presentación:

—¡Este es el ballenero británico Lady Cheryl de Hull, con rumbo a Valparaíso para realizar reparaciones y reaprovisionarse! ¡Mi nombre es Timothy Cooper, capitán del buque! ¿Puedo solicitarles que se identifiquen?

—¡Soy el capitán Raymond Morris, del bergantín Águila, de la Marina de Chile!

—¡Marina de Chile! ¡Quién lo habría soñado! —no pudo dejar de exclamar Mackay, y miró con expresión de asombro a Phillips, situado a su lado.

Cuando la gente que poblaba la cubierta del Águila comprendió que no había riesgo de combate, se congregó en la borda para observar mejor al ballenero, buque —por lo demás— de mayor tamaño que el bergantín. Mackay y los tripulantes del Lady Cheryl pudieron así observar también con mayor atención a estas personas que ocupaban prácticamente todos los lugares visibles de la cubierta. Las había de todas las edades: hombres jóvenes, caballeros maduros de apariencia distinguida (pero mal vestidos y con indudables señas de haber sufrido todo tipo de privaciones), muchachos apenas salidos de la niñez, y hasta una mujer.

—Si estuvieran encadenados, diría que es una especie de colonia penal flotante —comentó Phillips, expresando exactamente lo que Mackay tenía en la mente.

—Es lo mismo que estaba pensando. Y, de hecho, aunque toda esta gente no lleva grilletes, si mis ojos no me engañan sí hay algunos encadenados, o por lo menos con ataduras y vigilados, ahí, bajo el castillo de popa. ¿Los alcanza a ver, Mr. Phillips?

—¡Cielos, tiene toda la razón! ¿Qué significará todo esto? Efectivamente, a popa del bergantín chileno era posible observar a un grupo de hombres detenidos y bajo vigilancia, lo cual contribuía todavía más a acrecentar la curiosidad de Mackay respecto del buque y sus pasajeros.

Las dos naves estaban navegando casi a la cuadra, separadas por una distancia de unos trescientos metros, bajo un viento que disminuía rápidamente su fuerza y amenazaba con entrar en uno de esos períodos de calma que constituyen la desesperación de los marinos, que se ven de pronto inmovilizados en mitad del océano, sin su única fuerza motriz.

La distancia hacía ahora casi imposible mantener un diálogo con las bocinas, por lo que la tripulación del Lady Cheryl se dedicó a tejer toda clase de conjeturas sobre el buque de pabellón desconocido que navegaba a corta distancia de ellos y de su curioso cargamento de personas. La teoría más probable era que el Águila había participado en un rescate de náufragos, y de ahí las trazas de sus pasajeros. Mackay reconocía que dicha posibilidad tenía bastante sentido.

A media tarde los buques estaban prácticamente inmóviles en la inmensidad del océano, y solo muy de vez en cuando podía apreciarse una leve brisa que no era suficiente ni siquiera para desplegar en su totalidad la bandera a popa del Lady Cheryl.

De pronto se pudieron escuchar nuevamente voces provenientes del bergantín, por las cuales se logró entender que el capitán Morris tenía la amabilidad de invitar al capitán Cooper y a su segundo a cenar a bordo de su buque. La calma del océano era para entonces absoluta, por lo que Cooper hizo señas de que aceptaba la invitación y llamó a Mackay para que lo acompañara. Tras cambiar sus acostumbradas ropas de trabajo por algo más presentable, se arrió una chalupa con su dotación de remeros y se encaminaron rumbo al Águila.

—Señores, solicitamos autorización para subir a bordo —se dirigieron, al llegar al costado del bergantín, a dos jóvenes oficiales que les esperaban en el portalón.

—Con agrado. Sea usted bienvenido a bordo, capitán Cooper —les contestó uno de los oficiales, de indudable nacionalidad inglesa—. Mi nombre es James Hurrel y este caballero que me acompaña es Mr. John Young, y somos los pilotos de este buque.

—Muy agradecido. Permítanme presentarles a Mr. William Mackay, mi primer oficial.

Todos se saludaron llevándose la mano a la gorra, como para descubrirse, lo que la tradición estaba ya convirtiendo en el típico saludo naval y militar.

Hurrel inició la marcha dirigiendo a los dos visitantes hacia donde seguramente les estaba esperando el capitán Morris, abriéndose paso entre la gente que colmaba la cubierta. Mackay aprovechó para observar a estas personas y corroboró su primera impresión de que parecían en su mayoría gente acomodada que por alguna especial circunstancia mostraba ahora tan mal aspecto. Igualmente pudo mirar a los prisioneros, y vio que estos estaban divididos en dos grupos, uno con tipos de indudable mala catadura y aspecto patibulario y otro con soldados de uniforme, aunque poco quedaba en buen estado de dichos uniformes.

—¿Prisioneros españoles? —preguntó a Young, que caminaba a su lado, indicándolos con un gesto.

—Efectivamente. De la guarnición de Juan Fernández.

—¿Capturaron ustedes la isla?

—Se podría decir que sí, aunque pronto esas islas quedarán absolutamente despobladas y desiertas. En ellas no quedaron más que una pequeña guarnición y algunos delincuentes comunes que no fue posible embarcar por falta de espacio en la nave, y que deberán ser repatriados próximamente. Esos soldados constituían la guarnición a cargo de la colonia penal existente en la isla, pero además estaban a cargo de la custodia de toda esta gente que son patriotas chilenos y que fueron desterrados a Juan Fernández después de la derrota de Rancagua, hace ya casi tres años. Me atrevería a decir que lo más granado de la alta sociedad chilena está en este momento a bordo de esta nave, aun cuando, como usted puede apreciar, esté cubierta de harapos.

—Desafortunadamente, no estamos muy enterados de los sucesos recientes en este lado del mundo. De hecho, hace poco que nos enteramos de que Valparaíso estaba en manos de los rebeldes, y ello por boca de una flotilla española con la que nos cruzamos tres días atrás.

La mención de los buques españoles sobresaltó de inmediato a ambos oficiales, y sin lugar a dudas llamó vivamente su atención.

—Esperemos a estar ante el capitán Morris para que nos relaten algo más sobre ese encuentro con naves españolas. Por lo pronto, les recomiendo que dejen de referirse a los chilenos calificándolos como «rebeldes» o, peor aún, como «insurgentes». La nominación que ellos utilizan y por la cual esperan ser reconocidos es la de «patriotas», ya que están luchando por la independencia de su patria y merecen por ello el máximo respeto.

—Gracias por la advertencia. La tendremos en cuenta.

Se encontraban ya en el interior del buque, dirigiéndose hacia la cámara del capitán, y constantemente se cruzaban con tripulantes que hablaban tanto en inglés como en español, no dejando ninguna duda de que la base de la tripulación de esta nave era británica, como los oficiales que hasta ahora habían conocido, con la única excepción —curiosamente— del capitán, que era, aparentemente, de procedencia estadounidense.

Ya en la cámara, Cooper y Mackay fueron presentados a dos personajes que les aguardaban allí. Uno de ellos, el flamante comandante del Águila, el señor Raymond Morris, resultó ser —para asombro de Mackay— un teniente de artillería de no más de veinticinco años de edad. El segundo anfitrión, también un hombre de menos de treinta años llamado Manuel Blanco Encalada, era uno de los patriotas y antiguos prisioneros en Juan Fernández.

Cuando estaban a punto de sentarse, tras los saludos de rigor, se incorporó a la reunión un tercer oficial del buque, también chileno y de nombre Pedro de la Cruz, y que fue presentado como el segundo de a bordo.

—Quisiéramos agradecer, antes de nada, su cordial invitación, capitán Morris. Hace demasiado tiempo que no tenemos la oportunidad de compartir con otros marinos una conversación y un intercambio de noticias que nos pongan al día de los sucesos del mundo —empezó diciendo Cooper.

—No hay nada que agradecer, capitán Cooper, y les reiteramos nuestra bienvenida a bordo. Ahora, si no les molesta, y yendo directamente al grano, les agradeceríamos que nos informaran sobre su crucero, las naves que han encontrado en el camino y su destino.

—De hecho, capitán, ya sabemos que se cruzaron hace apenas tres días con una flotilla española —intervino Young.

Morris y los dos chilenos intercambiaron una rápida mirada y se volvieron expectantes hacia los balleneros.

—Efectivamente, capitán —dijo Mackay, incorporándose a la conversación— el 24 nos interceptaron tres naves españolas que se dirigían a Talcahuano, provenientes del norte: una fragata y dos bergantines.

—¿Pudieron identificarlas? ¿Qué tipo de armamento tenían? —las preguntas ansiosas del segundo comandante De la Cruz fueron traducidas rápidamente por el piloto Hurrel.

—La fragata Veloz, de treinta y dos cañones, y los bergantines Potrillo y Pezuela, de dieciocho cañones cada uno.

—Obviamente van a reforzar la guarnición de Talcahuano, o peor aún, a bombardear a O’Higgins, que ya debe de haber ocupado Concepción y sitiado el puerto —acotó Morris—. ¿Pudieron observar si había tropas a bordo? Me refiero a infantería, tropas de desembarco.

—No lo parecía. Además, nuestro interlocutor español mencionó algo respecto a bloquear los puertos de Talcahuano y Valparaíso.

—Pues si pretenden hacerlo solamente con tres buques y cubriendo con ellos dos puertos tan distantes, no pueden esperar un gran éxito de tal bloqueo —intervino por primera vez Blanco Encalada, en un inglés bastante aceptable—. A no ser que vayan a recibir más refuerzos, sea del Perú o de España, pero en el segundo caso no tendrían medios para saberlo.

—Definitivamente recibirán refuerzos, y del Perú —declaró con énfasis Morris—. Recuerden que después de Chacabuco los restos del ejército de Maroto se embarcaron en Valparaíso y se dirigieron al Callao. Ocurre, capitán Blanco, que mientras usted languidecía de impaciencia en Juan Fernández, los godos huyeron en desbandada hacia Valparaíso, donde, por lo demás, atrapamos a ese petimetre de Casimiro Marcó del Pont, y se refugiaron en los buques españoles surtos en la bahía. Recuerdo dos fragatas, la Bretaña y la Victoria y por lo menos ocho buques más. Con ellos sí que pueden intentar no solo el bloqueo de Valparaíso y Talcahuano, sino incluso la reconquista de Chile.

A todo esto, Cooper y Mackay seguían este diálogo mirando alternativamente a los distintos interlocutores, sin reconocer los nombres y hechos que se mencionaban. Cooper, al cabo, desvió su atención hacia un ordenanza que empezó a distribuir distintas viandas sobre la mesa —hacía mucho tiempo que no disfrutaba de comida fresca y este buque parecía bien provisto de ella—, pero Mackay escuchaba el intercambio con evidente interés, ardiendo en deseos de preguntar sobre los eventos que se discutían. De la Cruz se dio cuenta de ello y se lo indicó a Morris, quien inmediatamente dirigió su atención a sus invitados.

—Les ruego que nos disculpen por habernos enfrascado en una discusión privada que los deja fuera. Es una falta de cortesía imperdonable hacia nuestros invitados, y lo único que podemos esgrimir como defensa es que las noticias proporcionadas por ustedes son definitivamente alarmantes para nuestra causa. Pero creo, además, que debiéramos ponerlos al día respecto de los sucesos recientes en nuestra joven patria, aunque sea adoptiva para algunos de nosotros.

Entretanto, el ordenanza había dispuesto delante de cada miembro de la reunión un gran vaso de vino tinto, además de gruesas lonjas de jamón, algo de queso, rebanadas de pan y para gran regocijo de Cooper y Mackay, —que ya se sentían casi presa del escorbuto— algunas naranjas y unas manzanas verdes de gran tamaño que indudablemente eran para estos dos balleneros como un regalo de los dioses.

—En todo caso, y antes de empezar a relatar algo de historia en su beneficio, alzo mi copa en su honor. Bienvenidos y viva Chile.

—Viva Chile —repitieron los otros oficiales del Águila, y todo el mundo se echó adentro un buen trago del rojo vino, que Mackay encontró algo grueso pero de muy agradable aroma y sabor.

Todos atacaron la comida con entusiasmo, y Cooper y Mackay tomaron directamente la fruta fresca, casi sin tomar en cuenta los demás alimentos.

—¿Hay algún caso de escorbuto en su buque, capitán? —preguntó Morris, notándolo.

—Afortunadamente no, y esperamos no tener ninguno antes de llegar a Valparaíso, de donde supongo que provienen estas manzanas y naranjas. Pero requerimos consumir frutas y verduras frescas, especialmente cítricos. Hemos efectuado un largo viaje y nuestras últimas verduras frescas fueron las que obtuvimos en una breve parada en Río. Suerte es, también, que nuestro médico, Mr. Kelley, es un estudioso de esta enfermedad y probablemente sabe más que muchos sobre cómo evitarla.

—Cierto —agregó Mackay—. De hecho, y siguiendo el procedimiento que experimentó el capitán Cook con tan buenos resultados en sus cruceros alrededor del mundo, nos ha hecho comer sauerkraut5 durante todo el viaje, hasta el extremo de que nuestros marineros enferman con solo sentir el olor de ese alimento de origen germano.

—Bueno, por lo menos podemos asegurarles que no tendrán problemas en encontrar fruta fresca en Valparaíso. Creo no haber visto jamás tierra más fértil. A la ciudad, y en general a este pobre país, le falta prácticamente de todo lo demás. Pero fruta y vino, eso sí podrán encontrarlo en abundancia.

Los dos oficiales chilenos no pudieron evitar sonreír al escuchar tan gráfica descripción de su terruño.

—Denos algo de tiempo, capitán Morris, y ya verá cómo cambiamos las cosas —acotó optimista Blanco Encalada—; primero tenemos que librarnos de los españoles, luego nos abocaremos a construir una nación.

—Por lo menos parece que van ganando —intervino Mackay—, ¿no es así?

—Desgraciadamente, falta mucho aún para que podamos asegurar tal cosa. Cierto es que ya estamos luchando de nuevo en territorio chileno, y también que les infligimos una gran derrota en Chacabuco el 12 de febrero pasado, según me he enterado gracias al arribo del Águila a nuestro rescate en Juan Fernández. Pero en ningún caso fue una derrota decisiva. Siguen siendo muy fuertes en Concepción; Valdivia es una fortaleza inexpugnable y tienen una gran cantidad de efectivos en Chiloé. Y, además, mientras tengan el dominio del mar, no importa cuántas victorias obtengamos en tierra: ellos siempre podrán continuar desangrándonos desembarcando impunemente tropas frescas en nuestro extenso litoral. En consecuencia, tenemos tres tareas prioritarias que cumplir: primero, consolidar nuestra victoria en tierra; segundo, armar con la máxima premura una marina de guerra fuerte, móvil y rápida que impida el libre tránsito de naves españolas entre el Perú o España y Chile; y, tercero, atacar y destruir las plazas fuertes de Talcahuano y Valdivia, cerrándoles así las cabezas de playa que poseen en el país. A lo anterior, por supuesto, debe agregarse luego la expulsión definitiva de los españoles del Virreinato del Perú, pero esto ya es harina de otro costal.

Mackay, y sin lugar a dudas también los compañeros de armas de Blanco Encalada, quedaron impresionados de la claridad y precisión de conceptos de este relegado recién liberado de su destierro, que en tan poco tiempo parecía comprender acertadamente cuál era el camino lógico a seguir para obtener la independencia definitiva de Chile. Era especialmente encomiable esta elaborada estrategia si se tomaba en consideración la extremada juventud de quien la estaba pronunciando. «He aquí un hombre que con el adecuado poder de decisión podría hacer mucho por su naciente patria», se dijo Mackay. «Este es un nombre para recordar en el futuro».

—Debo felicitarlo, capitán Blanco —comentó Morris, reflejando el sentir general—. Creo que en pocas palabras nos ha dado una verdadera lección de estrategia.

—En todo caso —agregó Mackay—, y a juzgar por esta nave, pareciera que ya iniciaron el camino adecuado. ¿Cuántas más posee la Marina de Chile?

—Está usted en este preciso momento parado en toda la escuadra chilena —rio Morris—, y frente al primer comandante de su primerísima nave, lo que por lo menos no cabe duda que me garantiza un sitial en su historia.

Todo el mundo celebró la salida, pero Mackay no pudo evitar pensar en que era más bien un chiste cruel. ¿Cómo pretendían los chilenos controlar el mar con tan magros elementos? Este bergantín sin duda armado a toda prisa, con cañones y carronadas probablemente recolectadas de otras naves, con una tripulación miscelánea de ingleses, chilenos, norteamericanos y otras nacionalidades, que ni siquiera hablaban el mismo idioma, no podía aspirar a enfrentar con éxito a los navíos españoles que pululaban por aquellas aguas.

Aun así, en su mente seguía floreciendo la idea de que ahí había una oportunidad. «Este país necesita marinos para su lucha, marinos expertos y arriesgados, capaces de llevar a su cristalización el lúcido plan descrito por este brillante señor Blanco Encalada. Y tú, William Walker Mackay, eres un marino experto y no tienes nada que perder. Nada ni nadie que te espere en Escocia. Ningún futuro espectacular tampoco en tu carrera como oficial ballenero. ¿Que no tienen buques? ¡Qué diablos!: se pueden capturar del enemigo, tal como probablemente se obtuvo este Águila en el que aún se puede leer su antiguo nombre en inglés, Eagle. Me pregunto a quiénes se lo habrán quitado, ¿a mis compatriotas o a los españoles? O tal vez el gobierno rebelde (tengo que acordarme de no llamarlos “rebeldes”) pueda comprarlos, ya que se habrá capturado algo más que soldados enemigos cuando entraron en Santiago, digo yo». Finalmente, y como de costumbre, llegó a la misma conclusión que otras veces: «Una vez en Valparaíso, observaré la situación y luego decidiré los pasos futuros, pero definitivamente creo que debería empezar a estudiar el idioma español».

La conversación se mantuvo animada al menos por una hora, durante la cual Mackay aprovechó para indagar lo más que pudo acerca de la situación de la rebelde ex colonia española. Se enteró así de que el efímero gobierno insurgente había llegado a su fin en octubre de 1814 después de lo que los chilenos llamaban «el Desastre de Rancagua», sangrienta batalla en la que no se dio cuartel y en la que el ejército patriota al mando de don Bernardo O’Higgins fue sitiado y casi totalmente aniquilado en la ciudad del mismo nombre. O’Higgins y un pequeño grupo de audaces lograron romper el cerco a sangre y fuego y cruzaron la cordillera de los Andes, refugiándose con los restos del ejército chileno en la ciudad de Mendoza, donde junto con el general argentino don José de San Martín empezaron a organizar el Ejército Libertador para intentar en mejor fecha la invasión de Chile. Los que no pudieron escapar fueron pasados por las armas o desterrados al archipiélago de Juan Fernández, como el señor Manuel Blanco Encalada y otros distinguidos ciudadanos. Finalmente, en enero de 1817, un ejército organizado en las tres armas —infantería, caballería y artillería—, con cuatro mil efectivos, cruzó la cordillera, y el 12 de febrero se encontró con las fuerzas realistas del coronel Rafael Maroto en la cuesta de Chacabuco y las batió por completo. Los vencidos se desbandaron hacia Valparaíso para intentar buscar refugio en la escuadra española, cometiendo toda clase de desmanes en la ciudad y contribuyendo al pánico y desorden de los defensores, que no pudieron controlar la confusión reinante. Mientras las tropas chileno-argentinas disfrutaban del más triunfal de los recibimientos en la capital, Santiago, los buques españoles zarpaban con destino al Callao llevándose a los soldados que logró reunir Maroto, más algunas de las familias afectas al rey que temían represalias de los patriotas. En un lugar llamado Las Tablas, en tanto, fue capturado el gobernador español de Chile, don Casimiro Marcó del Pont, quien, al no encontrar en San Antonio el buque que suponía que lo estaría esperando, intentaba alcanzar el puerto de Valparaíso. Por último, el 26 de febrero entró inocentemente en Valparaíso, engañado por la bandera de su patria que expresamente se había mantenido enarbolada en el puerto, el bergantín español Águila —ex Eagle, buque contrabandista inglés apresado por las autoridades españolas—, que capturado por los chilenos pasó a constituir el primer buque de la naciente Armada de Chile. Su primera misión era precisamente la actual: repatriar a los desterrados de Juan Fernández.

De pronto se sintió un movimiento en la nave, el mejor que puede esperar un marino: el producido por la brisa precursora del viento. En vista de ello, se intercambiaron rápidos agradecimientos y despedidas y Cooper y Mackay empezaron a movilizarse para embarcar en su chalupa y volver a su buque.

—¡Nos veremos en Valparaíso! —fue la última frase de Mackay a Morris—. ¡Todavía tenemos mucho de qué conversar!



Capítulo II

1

– Bueno, muchachos, estoy seguro de que no estaban ustedes esperando algo como Glasgow, ¿cierto? —no pudo dejar de observar Mackay a sus marineros cuando vio la expresión, mezcla de desilusión y sorpresa, con la que miraban el magro poblado que se ofrecía a su vista en una luminosa mañana, al pie de innumerables cerros en una amplia bahía, en la que se podían observar algunas naves fondeadas—. Pero, así y todo es una ciudad, y tiene comida fresca, vino, y esas deliciosas criaturas conocidas como mujeres —esta última observación obtuvo algunos aplausos y gritos entusiastas de la marinería, pero también una mirada desaprobadora de Clayton, famoso por su puritano fanatismo religioso, que los observaba con el ceño fruncido.

Entre las naves surtas en la bahía, Mackay reconoció al Águila, del cual se habían separado durante la navegación a Valparaíso, y que probablemente había arribado al puerto en la tarde anterior, el 31 de marzo. No le costó mucho imaginarse el alborozo con que debía de haber sido recibido el buque en virtud del valioso cargamento de personas que traía, devueltos a sus familias después de años de destierro y sufrimientos en el desolado archipiélago.

La ciudad en realidad no parecía gran cosa, extendida a lo largo y al pie de áridos cerros que dominaban el mar, avanzando tanto hacia él en algunas partes que apenas quedaba espacio para unas estrechas callejuelas que más parecían hendiduras de las quebradas que calles propiamente dichas. Se podían distinguir dos espacios abiertos, probablemente plazas, hacia donde convergían estas calles-quebradas y en las que podían observarse los dos únicos edificios altos y con pretensiones del poblado: una iglesia con trazas de catedral y, probablemente, la casa del gobernador, protegida por una pequeña fortaleza sobre una colina. Las quebradas desde los cerros hacia las plazas estaban colmadas de casas y seguramente albergaban a la gran mayoría de la población, estimada en unas ocho mil o nueve mil personas, según los datos que Mackay había obtenido de los oficiales del Águila. Podía distinguirse, también, una destartalada construcción que por su aspecto debía de ser un taller de reparación de botes y elementos navales, y, más allá, un fuerte que cerraba el puerto por uno de sus extremos.

Hacia el oriente del edificio del gobernador podía observarse una planicie de unas tres millas de extensión, bastante angosta entre los cerros y el mar, y en la que parecía haber huertos y plantaciones frutales. Pequeñas casas de un piso y vistosos techos de tejas rojas, desperdigadas aquí y allá, con algunos árboles altos, le daban un alegre aspecto al sector, que tenía además un par de construcciones grandes y extendidas, de las cuales una parecía ser un convento y la otra solo podía ser —por su aspecto— un hospital. Se veían también las torres de dos iglesias y, cerca de una de ellas, una edificación plana y rectangular, sin duda otro convento menor.

—Si me quedara a vivir aquí, mi vivienda tendría que estar de todas maneras en ese sector oriental —se dijo Mackay.

El Lady Cheryl ya estaba enfilando hacia el puerto y Mackay se aproximó al capitán para apoyar la maniobra de fondeo. Entre los buques de la bahía se distinguían —además del Águila con su pabellón azul, blanco y amarillo— un navío de guerra norteamericano, dos balleneros también de ese país, una fragata británica indudablemente en reparación, otro mercante inglés y una gran cantidad de pequeños pesqueros y embarcaciones menores para servicio entre los buques y el muelle. Cooper dirigió el ballenero para echar el ancla cerca de la fragata inglesa, la HMS Whitney, que a su vez estaba fondeada próxima al otro buque de la misma nacionalidad.

—Como ustedes pueden apreciar, los pájaros del mismo plumaje tienden en forma natural a juntarse —comentó jocosamente el doctor Kelley, indicando hacia los buques estadounidenses que estaban también todos fondeados en un mismo sector.

Una vez echada el ancla y asegurada en el fondo, Cooper reunió en su cámara a Mackay y al doctor Kelley, que también cumplía las funciones de contador, comisario y encargado de la adquisición de los víveres, para programar la estadía en puerto, la compra de provisiones, las reparaciones que fuera necesario efectuar tanto al ballenero como a las chalupas y otros elementos, las bajadas a tierra de la tripulación, y todos los demás asuntos propios de una recalada después de tanto tiempo en alta mar. El capitán estimó la estadía en poco más de veinte días, dependiendo del tiempo que tomaran los trabajos de reparación, y para ello solicitó a Kelley que bajara a tierra con el carpintero e investigaran si eran fiables las reparaciones que podían esperarse de los talleres del puerto y si estaban surtidos los almacenes como para encontrar en ellos lo que fuera requerido.

—Esa es una tarea prioritaria —le advirtió Mackay a Kelley—, por lo que tenga buen cuidado en que ese borrachín de Fleming ni siquiera mire una botella antes de cumplir con su cometido.

Fleming era el carpintero, y en una ocasión anterior —antes de que Cooper llegara al Lady Cheryl—, se le encomendó que bajara a tierra en Leixoes para adquirir unas herramientas y otros materiales que faltaban a bordo, y simplemente desapareció para ser encontrado al cabo de tres días de intensa búsqueda, absolutamente ebrio, acostado en un cuartucho indecente con la más patética de las mujerzuelas de Portugal, por supuesto sin las herramientas que debía comprar y, peor aún, sin un centavo sobrante del dinero que se le había proporcionado para dichas compras. El entonces capitán del ballenero, Mr. Rodgers, casi lo colgó del palo mayor en su indignación, y si no lo hizo fue exclusivamente porque estaba seguro de que no tenía ninguna posibilidad de encontrar otro carpintero de su capacidad. Como escarmiento, Rodgers le prohibió bajar a tierra en todo lo que restaba de crucero, además de retenerle casi todo su salario hasta cubrir la totalidad del dinero perdido, que Fleming juraba le habían robado después de haberle sido administrada alguna poderosa droga en su té, porque alcohol él nunca probaba por ser un elixir del demonio, como acostumbraba a sermonear Mr. Clayton.

Kelley se rio a carcajadas acordándose del suceso y prometió no quitarle la vista de encima hasta volver a bordo con su cometido cumplido, pero sugirió que Mackay lo acompañara para entre los dos «protegerlo de los malvados que pululan en los puertos administrando drogas a los pobres e inocentes carpinteros británicos».

Cooper consideró la sugerencia del doctor como válida, no precisamente para evitar los peligros a los que pudiera estar expuesto el vulnerable de Fleming, sino para que se ocuparan de las vituallas necesarias para la nave, por lo que se decidió que Mackay y Kelley irían en la primera partida que bajara a tierra.

Ya en la chalupa, aproximándose al muelle —nombre pomposo para la triste plataforma de madera extendida frente a un chato y feo edificio de aduanas—, Mackay pudo observar con mayor detenimiento la ciudad y sus construcciones. Los cerros, pegados el uno al otro, causaban un efecto singular bajo el sol de la mañana, pero ocultaban los Andes y el espectáculo majestuoso de sus cumbres eternamente nevadas, las que se habían visto desde el océano mucho antes de que se les presentara a la vista la línea de la costa.

—Impresionante, ¿no le parece? —le comentó Kelley, notando la atención con que Mackay miraba este paisaje que se ofrecía a sus ojos.

—Sí. Definitivamente impresionante.

Al pasar cerca del buque de guerra norteamericano, la USS Hudson, pudieron observar que una embarcación con dotación completa de remeros también se separaba de ella rumbo al muelle, y que en ella se distinguían claramente dos mujeres, de elegante porte y vestimenta. Una de ellas era una dama de mediana edad, vestida con un traje verde y un pequeño sombrero sujeto con una cinta a la barbilla, y la otra una joven delgada, que vestía un traje rojo oscuro, del color del vino de Burdeos, con un amplio sombrero que intentaba proteger de los arrebatos del viento con una de sus manos, mientras que con la otra se sostenía de la borda del bote.

La embarcación americana maniobró para encarar el muelle, lo que la haría cortar la proa a la chalupa del ballenero, por lo que Mackay —de pie a popa y a cargo de la caña de su bote— ordenó a sus remeros aguantar aguas para dejar pasar a los yanquis por deferencia con las damas. En el preciso momento en que el bote norteamericano cruzaba frente a la proa de la chalupa, una ráfaga de viento venció la resistencia de la joven y le arrebató el sombrero, elevándolo en el aire y luego haciéndolo bajar en dirección a Mackay, quien sin soltar la caña lo atrapó diestramente con una mano, evitando que cayera al agua.

Al escuchar la exclamación que no pudo retener la joven cuando perdió su sombrero, el oficial americano a cargo del bote también ordenó aguantar aguas para detener la embarcación, justo para ver cómo Mackay atrapaba el sombrero en el aire. El escocés ordenó a sus remeros reiniciar la boga y dirigió la chalupa hacia el bote americano ya detenido, aproximándosele por su costado de babor y ordenando alzar los remos de estribor, mientras el americano —entendiendo la maniobra— ordenaba lo mismo a sus remeros de babor. Una vez que los dos botes estuvieron costado contra costado, Mackay se inclinó con una venia hacia las damas, y extendiendo el brazo con el sombrero se lo alcanzó al oficial norteamericano, quien lo recibió también con una inclinación de cabeza, seguida luego de un cortés pero parco saludo militar.

—Thank you very much, sir —le dijo la dama, en cambio, mirando a Mackay con una leve sonrisa y fijando en él el par de ojos azules más grandes que este recordaba haber visto jamás.

La mujer era definitivamente joven —no más de veintiocho años, estimó Mackay—, y trataba infructuosamente de controlar su rubio pelo, que, libre ya del sombrero, se arremolinaba con el viento de la bahía, desarmando el armonioso peinado que hasta el momento se había mantenido más o menos intacto.

Mackay se llevó la mano a la gorra y se inclinó nuevamente, deseando no tener que irse, para poder continuar mirando eternamente la inmensidad de esos ojos. Pero el teniente norteamericano ya estaba gobernando su embarcación para continuar el viaje hacia el muelle, por lo que ordenó galeras e iniciaron a su vez la boga.

Una vez en tierra, Mackay pudo observar nuevamente a las dos damas, ya desembarcadas y acompañadas por dos solícitos oficiales navales, encaminarse hacia la plaza situada en uno de los costados del edificio de la gobernación, donde funcionaba el mercado. La mujer mayor era por lo menos una cabeza más baja que la joven, que terminó de impresionar a Mackay por su serena belleza, su porte distinguido y una manera armoniosa de caminar, como si se deslizara sobre unas piernas esbeltas que ni siquiera la larga falda podía disimular.

—No cabe duda de que lleva usted mucho tiempo en alta mar, Mr. Mackay —comentó el doctor Kelley, quien junto a Fleming esperaba a que Mackay saliera de su aparente embrujo para iniciar la investigación de las facilidades navales que Valparaíso podía ofrecerles.

Mackay fingió no haber oído el comentario e iniciaron la marcha por la ciudad, dirigiéndose hacia el destartalado edificio que desde el mar aparentaba ser un taller o algo similar.

Por todas partes se notaba bastante actividad, probablemente por el mercado de la plaza, ya que no se veían muchas tiendas al estilo de las ciudades europeas, y aunque obviamente el idioma que se escuchaba era preponderantemente español, en numerosas ocasiones se cruzaron con marineros, oficiales y caballeros que conversaban en inglés. Mal que mal, sin contar al Lady Cheryl, había en la bahía cinco naves norteamericanas y británicas, más la tripulación y los oficiales del Águila, también mayoritariamente de habla inglesa.

La segunda plaza de la ciudad tenía enfrente la iglesia que habían podido distinguir desde el buque, bastante hermosa y conocida como la Iglesia Matriz, y pudieron observar a numerosos fieles entrando en ella, las mujeres iban cubiertas con velos. Los trajes de estas se veían en general bastante sencillos, pero no sin un cierto encanto. Prácticamente todas llevaban los cabellos peinados en una gruesa trenza que colgaba a la espalda, con un pañuelo de colores amarrado a la cabeza y encima un sombrero de paja afianzado con un lazo negro. Fleming comentó que nunca había visto tantas mujeres bellas reunidas en un mismo lugar y a un mismo tiempo, y Kelley apuntó entusiasmado que estaba de acuerdo.

Los hombres, por su parte, vestían casi todos camisa de lienzo, chaqueta, chaleco y una especie de calzón corto de paño abierto en la rodilla, con franjas de color en las costuras. Los de apariencia más acomodada, en cambio, lucían medias blancas de algodón o lana, y un pequeño número de ellos mostraban pantalones largos, tal vez influenciados por la gran cantidad de ingleses y norteamericanos que indudablemente estaban arribando cada vez en mayor cantidad a este puerto.

Todas las casas tenían techos de tejas, eran de un piso y estaban construidas con ladrillos de barro sin cocer y blanqueados. Generalmente mostraban una sola ventana sin vidrios, protegida por gruesos barrotes de madera. Más tarde supieron que este tipo de construcciones chatas eran una consecuencia lógica en un país acostumbrado a sufrir fuertes y constantes temblores de tierra.

Finalmente llegaron al taller, conocido por los porteños como «el arsenal», donde Fleming empezó a sentirse a sus anchas mientras hurgueteaba buscando las maderas, los cabos y otros elementos que requería para su trabajo a bordo, que resultaron ser en su gran mayoría de origen norteamericano, lo que por lo menos garantizaba su calidad.

Una vez reunidos los materiales seleccionados por el carpintero, comenzó el regateo por el precio a pagar, discusión que resultó mucho más complicada de lo que podía suponerse en virtud de la evidente barrera idiomática, y porque además quedó muy pronto claro que el precio que el encargado del arsenal pretendía era casi el equivalente al valor del Lady Cheryl más su cargamento y tripulación.

Mackay estaba empezando a perder la paciencia cuando afortunadamente entró en el almacén uno de los pilotos del Águila, John Young, con un grupo de marineros de su buque para buscar unos materiales previamente ordenados. Young reconoció inmediatamente al oficial ballenero y se acercó a saludarlo.

—Bienvenido a Valparaíso, Mr. Mackay. Veo que parecen tener dificultades para entenderse con este buen hombre —comentó burlonamente.

—Pues sí, Mr. Young. Es que pareciera que este «buen hombre», como usted lo cataloga, pretende hacerse rico de una plumada a nuestra costa. Está pidiendo por este lote de materiales un precio equivalente a todo el aceite que transporta nuestro buque en sus bodegas.

—Recuerde que este es un país en guerra, Mr. Mackay —acotó riéndose el piloto.

—Guerra es la que va a tener este bandolero aquí dentro si no empieza a mostrarse razonable —replicó Mackay, haciendo una seña a Fleming e indicándole al dependiente del arsenal.

Fleming, un hombronazo gigantesco, completamente calvo y de enorme barba roja, se acercó al encargado y con una expresión feroz en el rostro, sin quitarle la vista de encima, cogió con ambas manos un bichero que estaba a la venta y lo partió en dos limpiamente, como si se tratara de una brizna de paja. El pobre hombre se puso pálido y comenzó inmediatamente a cambiar las cifras donde había hecho el cálculo de la venta. Ni siquiera se acordó de agregar el precio del desbaratado bichero.

—Ahora empezamos a entendernos —comentó Fleming, transformando la expresión feroz de su cara con una beatífica sonrisa.

—¡Un tipo así quisiera tener a mi lado cuando saltemos al abordaje! —aplaudió entusiasmado un sargento irlandés que acompañaba a Young.

La nueva suma presentada seguía siendo alta, pero Young estudió los materiales adquiridos por los balleneros y confirmó que el precio solicitado estaba de acuerdo con los valores de mercado existentes en Valparaíso. Kelley procedió entonces al pago y junto a Fleming comenzó a supervisar la carga de un carretón para el traslado de los materiales al muelle.

El sargento irlandés, en tanto, distribuyó a sus hombres para que comenzaran a recoger el pedido del Águila y lo cargarán a su vez en otro carretón, por lo que Mackay y Young se desentendieron de la operación y salieron del arsenal, encaminándose hacia la plaza del mercado.

Mackay se sorprendió de la cantidad de legumbres, frutas y verduras que se ofrecían a la venta: manzanas, peras, uvas, duraznos y cerezas se alternaban con higos, limones, naranjas y membrillos; lechugas de gran tamaño junto a cebollas, ajos y calabazas; patatas en abundancia y hasta algunos nabos y zanahorias.

Se podían observar también aves de corral, especialmente pollos, bastante carne de vacuno pero no mucha de ternera, que escaseaba al igual que el pescado. Esto último parecía un contrasentido, en consideración a la enorme costa que presentaba este largo país, pero en general la feria que se presentaba a la vista del escocés era abundante y surtida y le vendría de maravillas a la tripulación del Lady Cheryl, harta ya de su acostumbrada dieta de carne salada, sauerkraut, galleta y pescado.

Mientras el ballenero recorría la plaza con la vista, de pronto le llamó la atención el vestido rojo oscuro de la joven del sombrero, quien, aún acompañada de la dama de verde y de los dos oficiales norteamericanos, seleccionaba frutas y verduras que uno de los oficiales recibía solícito en un gran canasto de mimbre. Young, parado junto a Mackay mientras comía una roja manzana que había adquirido de un feriante, notó la dirección de la mirada del joven ballenero.

—Veo que ha descubierto usted a la bella y desventurada Mrs. Cynthia Buchanan, Mr. Mackay.

—Lo de bella no cabe duda. Pero ¿desventurada?

—Pues sí, aunque es una historia que merece contarse con calma y ahora no tenemos ni el tiempo ni la calma, ya que debemos conducir nuestras respectivas vituallas a bordo.

—¿Es pasajera del buque de guerra americano? —insistió Mackay, picada su curiosidad.

—No, de hecho reside en Valparaíso desde hace ya tres años. La dama que la acompaña, Mrs. Dickinson, es la esposa del comandante de la Hudson y probablemente Mrs. Buchanan solo la está ayudando con sus compras.

—¿Reside en Valparaíso? ¿Sola?

—Sola no, con su marido —rio Young—. Pero ya le dije que hay una historia detrás que necesita calma para ser contada. Mr. Morris conoce el caso más de cerca, por lo que quizás se dé alguna oportunidad en el futuro para que pueda usted enterarse de la tragedia de los Buchanan. Ahora veo aproximarse a mis hombres, por lo que debo marcharme. Que tenga usted un buen día.

Mackay contestó distraídamente al saludo y se volvió nuevamente a contemplar a la rubia y hermosa Cynthia Buchanan.

—Joven, bella y melancólica. Una misteriosa y atractiva combinación —se dijo. Y luego, en voz alta—: Valparaíso, estás definitivamente resultando una sorpresa.

Dicho lo cual se dirigió a grandes pasos hasta donde estaban Kelley y Fleming.



2

Esa noche, cuando bajó a tierra la tripulación del Lady Cheryl, Valparaíso supo una vez más lo que era sufrir el embate de un grupo de balleneros después de meses de océano y privaciones. Aun cuando esta no era la primera tripulación ballenera que tomaba por asalto las casas de remolienda del principal puerto de la naciente República de Chile —los norteamericanos eran ya famosos en estas lides—, sí era la primera vez que la horda era comandada por un bárbaro de la talla del maestro carpintero Neil Fleming. Este, a pesar del sermón pleno de advertencias sobre el candente infierno que esperaba a aquellos que se dejaran arrastrar por las tentaciones del alcohol y la lujuria, endosado por el piadoso Mr. Clayton en un vano intento de empaparlo del temor de Dios, al cabo de un par de horas estaba empapado, sí, pero de aguardiente y vino tinto, lo que no contribuyó en nada a la paz y la concordia.

La cosa se puso decididamente seria cuando Fleming —a quien se le había metido entre ceja y ceja que la Hudson era una de las naves que había intentado capturar al Lady Cheryl durante la Guerra de 1812— se plantó frente a un grupo de marineros de la fragata norteamericana, insistiendo en que los Estados Unidos de América solo tenían marina de guerra gracias a un hijo de Escocia, John Paul Jones, porque era imposible pensar que una tierra mayoritariamente poblada por salvajes de piel roja pudiera criar a una persona capaz de navegar en algo más grande que una canoa.

En consideración al imponente tamaño de Fleming, los yanquis trataron, al principio, de ignorarlo, pero cuando este empezó a saltar a su alrededor imitando una danza india y emitiendo al mismo tiempo el típico chivateo de los pieles rojas, tomaron inmediatamente posiciones de combate y, agarrando botellas, sillas y cualquier objeto contundente a su alcance, se dispusieron a defender el honor de la U.S. Navy. Ante el cariz que estaba tomando la situación, el dueño del burdel salió a la calle pidiendo socorro a gritos para impedir la destrucción de su respetable casa, mientras las no tan respetables asiladas chillaban como locas, excitadas por la inminente batalla campal que se veía venir.

El carpintero, con su acostumbrado desparpajo, se paró frente a los norteamericanos y, en señal de total desdén a su actitud combativa, inclinó la cabeza frente al que parecía liderar al grupo, invitándolo con una seña a que lo golpeara con una pata de silla que este tenía en la mano. El americano, advirtiendo que si ponían fuera de combate a aquel gigante tendrían inmediatamente ganada la mitad de la partida, ni corto ni perezoso le propinó un formidable garrotazo que a cualquier cristiano le habría simplemente descalabrado. Pero Fleming no era cualquier cristiano (Mr. Clayton de hecho hasta ponía en duda que este salvaje supiera siquiera lo que tal cosa significaba), y aunque se tambaleó por el impacto, con la cara de un color que recordaba al de las betarragas, reaccionó de inmediato con un puñetazo descomunal que despidió al marinero como una bala por encima de una mesa, haciéndolo aterrizar espectacularmente entre las cantoras que con sus guitarras habían estado amenizando la reunión. En la caída se llevó al suelo botellas, sillas, un par de instrumentos musicales y a dos de las mujeres, que cayeron estrepitosamente de espaldas, mostrando profusión de enaguas y parte de sus generosos y rubicundos cuartos traseros.

Lo que siguió después fue el más absoluto pandemónium. Ambos grupos se enzarzaron en una gresca sin ley ni orden, golpeándose con lo que encontraban a mano, dando y recibiendo sin cuartel, mientras las mujeres lanzaban alaridos de espanto o animaban al bando de su preferencia, contribuyendo con su algazara a la confusión reinante. En medio de todo, Fleming descargaba verdaderos mazazos a diestra y siniestra, sin preocuparse demasiado de la nacionalidad de quienes los recibían, e indudablemente disfrutando con toda su alma de la «diversión».

—¡Esto es vida, muchachos! God save the King!

Finalmente llegó una partida de soldados, fuertemente armados y al mando de un teniente, que intentaron poner orden y detener la pelotera que amenazaba con demoler la casa. Fleming, en vista de que se estaba quedando ya sin contrincantes, decidió entonces enfrentarse a los soldados (a decir verdad, con el aguardiente que tenía en el cuerpo, no habría tenido ningún empacho en desafiar a todo el ejército chileno si se le hubiese puesto por delante), pero el teniente —un muchacho de unos veintidós años que no obstante su corta edad había ya participado en batallas de verdad, en Rancagua y Chacabuco— sin titubear ni un segundo cuando vio al energúmeno que se le venía encima, levantó su pistola y, apuntándole con toda la calma del mundo, le descerrajó un balazo a menos de cinco metros de distancia que le voló limpiamente el lóbulo de la oreja izquierda. El disparo sonó dentro de la habitación como un cañonazo, deteniendo inmediatamente a los que todavía seguían dándose golpes, y espantando al momento la borrachera de Fleming, que se llevaba la mano a la oreja, de donde empezó a manar abundante sangre, mientras en su cara se reflejaba el más absoluto asombro.

—¡Hijo de perra! ¡Casi me vuelas la cabeza! ¿Acaso estás loco?

—No sé qué estás chillando, condenado orangután. Pero ojalá entiendas que, si hubiera querido matarte, no dudes de que en este momento tus sesos ya estarían desparramados por toda la habitación.

Dicho lo cual, el oficial procedió a recargar su pistola, dando instrucciones a sus hombres para que se llevaran en procesión a la cárcel a todos los participantes en la riña que aún podían valerse por sí mismos. Luego, con otros dos soldados, se dedicó a examinar a los seis o siete marineros que quedaban todavía tendidos en el suelo, en las más variadas posturas, para determinar si había alguien herido de consideración. Dos estaban inconscientes: uno de ellos era el marinero norteamericano que propinó el garrotazo a Fleming, y el otro, un arponero de la Lady Cheryl que había recibido un feroz botellazo en el cráneo, pero ninguno de los dos parecía gravemente herido o conmocionado. Los demás emitían un concierto de quejidos e imprecaciones en inglés, mientras intentaban trabajosamente incorporarse.

Y todos, sin excepción, mostraban las consecuencias de la contienda: cejas partidas, labios rotos, dientes de menos, ropas desgarradas, etc., etc.

El teniente no pudo evitar una sonrisa al ver el calamitoso estado que presentaban estos lobos de mar, y el desorden absoluto en que había quedado el recinto. El regente de la casa, un tipo afeminado que gemía y suspiraba más que todos los demás juntos, se lamentaba ruidosamente por su destruido mobiliario, por la inmensa cantidad de botellas y vasos rotos, por una guitarra pulverizada por el marinero yanqui que cayó sobre las cantoras y, sobre todo, por un ojo que por momentos se le ponía más morado, resultado de un puñetazo perdido que en lugar de encontrar a su destinatario le había dado de lleno en su mofletuda cara.

El alboroto causado por la pendencia había atraído a gran cantidad de gente, entre ellos un par de oficiales del Hudson, que inmediatamente iniciaron los trámites pertinentes con el oficial chileno para obtener la libertad de sus marineros, al tiempo que garantizaban su parte de responsabilidad en el pago de los bienes destruidos. Del Lady Cheryl se presentó Mr. Johnson, quien no muy convencido tuvo también que firmar un compromiso de que su nave contribuiría al pago de la parte que le correspondiera de los daños, pero que juiciosamente decidió dejar a los balleneros detenidos disfrutar de las bondades de una cárcel chilena por el resto de la noche a modo de escarmiento.



El capitán Cooper y William Mackay, en tanto, habían sido invitados a cenar a bordo de la Whitney, por lo que Mr. Clayton, que prefería la tranquilidad de su cámara y la paz de su Biblia a las profanas diversiones de sus pares, había quedado a cargo del ballenero con una reducida dotación de emergencia.

El comandante de la fragata, Lord Carruthers, resultó ser un orgulloso aristócrata que desde el principio de la reunión se dedicó a hacer observaciones pedantes sobre la superioridad de la oficialidad naval británica, su desprecio por las actividades de la marina mercante (Mackay se preguntó si los balleneros estarían también incluidos en esta categoría), la humillante familiaridad existente entre los oficiales y la marinería de los buques de la marina norteamericana y, en general, contra todo lo que fuera diferente a sus estrechos y muy personales puntos de vista.

El segundo comandante, un oficial de apellido Prescott, al ver que Mackay daba muestras de estar empezando a perder la paciencia, lo miró con una expresión que quería dar a entender que ese era el discurso acostumbrado y que más valía soportarlo de la mejor manera posible.

Al llegar los licores después de la cena y con el pretexto de mostrarle la nave y las reparaciones que se estaban efectuando, Prescott solicitó las correspondientes excusas de su superior y se llevó a Mackay fuera de la cámara en prevención de que el ballenero estallara y saliera con algún exabrupto. Cooper se quedó feliz con Lord Carruthers, sintiéndose muy honrado del honor de la compañía de tan alto y encumbrado caballero, a pesar de que era obvio que la invitación se había debido pura y simplemente al deseo del comandante naval de obtener noticias frescas, aunque las mismas tuvieran que ser obtenidas de un mero capitán ballenero.

Una vez en cubierta, Prescott se acomodó en la borda que daba hacia el puerto, parcialmente iluminado por la luna, y levantó su copa de coñac hacia Mackay.

—A su salud, Mr. Mackay, y con mis sinceras excusas por el comportamiento de mi superior, quien acostumbra a hablar por el simple placer de escucharse a sí mismo.

—Gracias Mr. Prescott. Ya había olvidado que personajes como ese son muy comunes en Inglaterra.

—Pero no se equivoque, Mr. Mackay. Lord Carruthers es un marino extraordinario, aunque sus puntos de vista sean algo particulares, por decir lo menos. Y estos se han agudizado desde el fin de la guerra, en que tantos oficiales han dejado la Royal Navy para enrolarse en la marina mercante o para servir bajo otras banderas.

—Ya me he encontrado con algunos aquí, sirviendo en la naciente marina chilena —comentó Mackay, apuntando con su copa hacia donde estaba fondeado el Águila.

—Y debe prepararse para encontrar muchos más, si es que vuelve a pasar por Valparaíso. El gobierno revolucionario ha enviado a Londres como agente especial a un tal José Antonio Álvarez Condarco, especialmente comisionado para adquirir buques, contratar oficiales e incluso conseguir a un almirante para su marina y barrer a los españoles del Pacífico.

—¿Y cree usted que tendrá éxito?

—Yo diría que sí. Tanto nuestro gobierno como el norteamericano ven con bastante simpatía estos intentos libertarios sudamericanos, ya que de resultar triunfantes abrirían un mercado absolutamente nuevo y virgen para nuestro comercio. Por otra parte, y como usted bien sabe, hoy día hay en Europa demasiados soldados y marinos veteranos desocupados y que constituyen una generación completa que solamente ha sabido de guerras.

—Cierto. La herencia que nos ha dejado Napoleón. ¿Y usted cree que ellos son el objetivo de este señor Condarco?

—Álvarez. Condarco es el apellido de la madre, que en Chile se usa a continuación del apellido de la familia, que es el del padre. Pero, respondiendo a su pregunta, efectivamente, esos marinos veteranos son los que Chile quiere atraer para organizar y comandar su marina. De hecho, el señor Álvarez Condarco estuvo presente en una visita que hicimos al general O’Higgins y lo escuchamos de sus propios labios.

—O’Higgins es un apellido irlandés. ¿Cómo es que un súbdito británico comanda una rebelión en Sudamérica?

—No es un súbdito británico, aunque parte de su educación la recibió en Inglaterra. Nació en Chile de madre chilena, y su padre era originario de Ballenary, en Irlanda, y estuvo al servicio de la corona de España prácticamente toda su vida, llegando a ser nada menos que gobernador de Chile y virrey del Perú.

—¿El hijo de un virrey español luchando por la independencia contra España? ¡Qué golpe para el viejo!

—Efectivamente, y ello le costó el cargo, puesto que el rey lo destituyó cuando las autoridades españolas encontraron en una lista de conspiradores americanos el nombre de su propio hijo.

—¡Vaya ironía del destino!

—Y ahí no termina todo, dado que una de las labores más importantes que ejecutó don Ambrosio O’Higgins fue el diseño y construcción de las fortificaciones de Valdivia, y para que su hijo Bernardo pueda consolidar una victoria definitiva sobre los españoles tendrá que enfrentarse tarde o temprano precisamente a la toma de esa plaza fuerte.

—Usted parece saber bastante sobre la historia pasada y presente de este país; ¿es mera casualidad o existe alguna razón particular para ello?

—Es usted un hombre perspicaz, William Mackay. Efectivamente, y no hay ningún mal en que se lo diga: la Whitney no está en este puerto solo de visita, estamos en una misión especial del Almirantazgo que consiste en observar y reportar detalladamente el desarrollo de los acontecimientos en este país. Esta no es la primera vez que naves de la Royal Navy ejecutan misiones de tal naturaleza en Chile. Hubo una similar encabezada por el comodoro Hillyar en 1814, aunque enfocada de manera distinta, ya que el desenlace fue un tratado de cese de hostilidades entre los rebeldes y los españoles que a la larga culminó en una derrota casi definitiva de los patriotas chilenos. Además de que la misión principal de Hillyar era terminar con la amenaza de la marina norteamericana a nuestros balleneros. Pero ahora, hablando con sinceridad, nuestras simpatías están más con los rebeldes por las razones que ya le expliqué.

—Recuerdo a Hillyar; comandaba la Phoebe que batió a la Essex en este mismo puerto. Pero ¿la presencia de la Hudson en Valparaíso no implica que los norteamericanos persiguen los mismos intereses que nuestro gobierno?

—Efectivamente. No escapará a su criterio que si Chile triunfa en su lucha de independencia se va a convertir en un enclave vital: es el punto desde el cual se puede organizar y sostener el ataque al corazón de la dominación española en América del Sur, el Perú. Además, es la única ruta que une el Atlántico con el Pacífico. Cualquier nave que viaje desde Europa hacia el oeste norteamericano o los Mares del Sur debe atravesar el estrecho de Magallanes o el cabo de Hornos, y su lugar natural de reaprovisionamiento será la costa chilena. El país es rico en trigo y minerales, la ganadería podría desarrollarse fuertemente con la adecuada asesoría y las frutas y verduras se dan aquí casi sin necesidad de cultivarlas. Es básico para nosotros atraer el país a nuestra esfera, y los norteamericanos obviamente pretenden lo mismo.

—Pero si enviaron un agente especial a Inglaterra, ¿no indicaría ello que estamos ganando en sus preferencias?

—No necesariamente, porque también enviaron un agente con la misma misión a los Estados Unidos. Siendo un país en guerra con una urgente necesidad de buques, oficiales navales y armamento, van a explorar e intentar todas las posibilidades. Pero lo que sí es cierto, es que nuestros compatriotas hasta ahora son los que han demostrado más interés en intentar la fama y la fortuna a través de este conflicto.

—¿Cómo es así? —este era un tema que sí interesaba profundamente a Mackay, que hacía tiempo que coqueteaba con la idea de quedarse en el país y emprender la aventura que lo llevaría a la muerte o la gloria.

—Pues porque cada día son más los marinos británicos que desembarcan en este puerto buscando la oportunidad de enriquecerse. Sin ir más lejos, el mercante inglés que está fondeado ahí, a nuestra banda de estribor, ya ha perdido a su segundo, un oficial de apellido James, y a cuatro tripulantes que decidieron cancelar sus contratos y quedarse en Valparaíso para tentar fortuna en la marina de Chile. Además, sabemos que ya están por arribar algunos hombres de negocios, representantes de casas comerciales inglesas, que vienen a investigar qué posibilidades de inversión existen.

—Fortuna y posibilidades de inversiones —repitió Mackay—, ¿y cree usted que las hay?

—No soy yo el indicado para juzgar las posibilidades. El problema de la marina de Chile es que no tiene nada, partiendo de lo básico: navíos. Si logran capturarlos, o comprarlos, entonces van a requerir de oficiales y tripulaciones, y estos aventureros que se están desembarcando aquí podrán encontrar la oportunidad que esperan. En cuanto a las posibilidades de inversión, el gobierno va a tener que fomentarlas, porque si no este país no tiene ninguna posibilidad de despegar. Pero ello depende, en primer lugar, de la consolidación de la victoria en tierra —Chacabuco estuvo lejos de ser una victoria decisiva— y, en segundo lugar, del dominio del mar.

Mackay recordó que ya había escuchado lo mismo de ese brillante joven Blanco Encalada que el Águila había rescatado de Juan Fernández. «Creo, Mackay», se dijo, «que estás a punto de tomar una decisión vital para tu futuro».

—Debo darle las gracias, Mr. Prescott, por una interesantísima velada. Infinitamente más interesante de lo que usted se imagina, además de que, con todo respeto, me evitó tener que aguantar a su insoportable Lord Carruthers.

—No tiene nada que agradecer, Mr. Mackay —rio Prescott—. Pero recuerde lo que le dije sobre la experiencia marinera de Lord Carruthers, y eso es lo que más me importa como su segundo de a bordo.

En ese preciso momento, el capitán Cooper y Lord Carruthers aparecieron en cubierta, indicando que ya era hora de terminar la visita y regresar al Lady Cheryl, por lo que Mackay se terminó su coñac de un trago para iniciar el ceremonial de agradecimientos y despedida que la cortesía naval ordenaba.



3

El alba despuntó con niebla y una ligera llovizna, mostrando una marcada diferencia con los dos días de luminoso sol que había disfrutado el Lady Cheryl en puerto, como si diera fe de que la estación del año era el otoño y de que el verano, aunque intentara prolongarse, debía ya de empezar a emprender la retirada.

Mackay estaba disfrutando de una taza de té y del olvidado placer del pan fresco con mermelada de naranjas, que el cocinero había preparado después de su excursión del día anterior al mercado de la plaza, cuando arribó Mr. Johnson con las noticias sobre la batalla campal que habían protagonizado Fleming y parte de la tripulación del ballenero, y que había terminado con todos ellos en la prisión del fuerte de Valparaíso.

—¡Este Fleming! ¡Jamás aprenderá! ¿Qué hay que hacer para sacarlos de la cárcel?

—Pues empezar por pagar la mitad de los daños, que son cuantiosos, ya que la otra mitad la debe cubrir la Hudson porque parte de sus marineros también participaron de la refriega. En estricta justicia nosotros debiéramos cubrir una parte mayor, considerando que fue Fleming quien comenzó los disturbios, por lo que no se extrañe si los yanquis nos exigen una reparación.

—¡Condenado orangután! ¡Esta vez sí que deberíamos colgarlo por las orejas del palo mayor!

—Pues tendríamos que colgarlo de una solamente, ya que la otra se la voló un oficial chileno de un tiro —acotó Johnson, riéndose a carcajadas.

—¡Debe de estar usted bromeando! —balbuceó Jimmy, que había entrado en la cámara justo a tiempo para escuchar esa parte del relato.

—No es broma, por lo que recomiendo que llevemos al doctor Kelley también, ya que aparte de Fleming tenemos a varios contusos con heridas menores por armas cortantes y parece que hasta un brazo roto.

—¡No puedo creerlo! ¡Parece que Fleming organizó esta vez su propia versión de Waterloo en territorio chileno! —comentó Mackay.

—Algo por el estilo, con la diferencia que el enemigo en lugar de ser la Guardia Imperial Francesa resultó ser un grupo de marineros norteamericanos y un pelotón del ejército chileno.

Cuando Cooper se enteró del hecho, se llegó a poner verde de furia y juró que esta vez dejaba a Fleming en tierra y que ojalá se pudriera para siempre en una prisión chilena, aparte de que le descontaría de su sueldo la totalidad de los gastos de las reparaciones (lo que, dicho sea de paso, habría significado que Fleming tendría que trabajar por lo menos dos vidas completas para poder pagar la abultada cuenta que presentó el dueño del descalabrado recinto), pero finalmente comisionó a Mackay, Kelley y Johnson para que rescataran a los detenidos y negociaran los pagos que correspondieran.

Ya en tierra, se dirigieron al fuerte para tramitar la liberación de Fleming y sus compañeros, llegando en el preciso momento en que lo abandonaba el segundo comandante de la Hudson, terminado el trámite de cancelación de los gastos y reparaciones de la parte de los daños asignada a los norteamericanos. El oficial estadounidense respondió fríamente al saludo de los británicos y continuó su camino con sus ayudantes sin detenerse, lo que no extrañó a Mackay en lo más mínimo, ya que no le cabía ninguna duda de que la responsabilidad de todo el incidente recaía totalmente en Fleming.

—Decididamente el tipo no está muy contento —comentó Johnson.

—¿Lo estaría usted, Mr. Johnson? Han tenido que pagar por una situación de la que indudablemente no son responsables, y para más remate causada por ingleses. Recuerde que hasta hace muy poco estábamos todavía luchando contra los Estados Unidos por culpa de las acciones de la Royal Navy, que para obtener tripulaciones para la guerra con los franceses se distinguió por detener buques mercantes en alta mar y reclutar a la fuerza a los marineros de origen británico —es decir, prácticamente a cualquier tripulante norteamericano que se les antojara—, lo que fue precisamente la causa de la hoy llamada Guerra de 1812, y obviamente los yanquis no lo han olvidado.

—Y encima viene el desequilibrado de Fleming a provocarlos —agregó Kelley.

El trámite para la liberación de los detenidos se complicó bastante por los problemas idiomáticos, hasta que afortunadamente y por mera casualidad se presentó en el fuerte el mismo sargento irlandés que habían encontrado con Young en el arsenal, quien pudo actuar como intérprete y ayudar en la negociación de la suma que debía pagar el ballenero Lady Cheryl por los daños causados. Como era de esperar, el dueño del local afectado había presentado una lista de gastos que equivalía casi a la compra de una casa nueva, por lo que Mackay simplemente se volvió a Johnson —el único que había estado en el lugar de los hechos— y le solicitó que evaluara los daños en su equivalencia en tambores de aceite de ballena, precio mercado de Hull, y ofreció aquello como compensación. El afeminado individuo, con todo un lado de la cara hinchada y el ojo amoratado y medio cerrado, puso el grito en el cielo, pero finalmente hasta el oficial chileno de guardia —el mismo teniente imberbe del disparo a Fleming—, confirmó que la compensación era justa y dio por finalizada la transacción.

El espectáculo que ofrecían los detenidos era impresionante. A los resabios de la refriega se sumaban la resaca de una borrachera descomunal y los efectos de una noche hacinados en una prisión que a todas luces no tenía ninguna comodidad. Pero la imagen que presentaba Fleming dejó anonadado hasta a Mackay: las ropas destrozadas, sucias y en completo desorden; un trapo —originalmente blanco pero ahora sucio y manchado de sangre seca—, obviamente desgarrado de una manga de su camisa, haciendo las veces de venda y cubriéndole la oreja izquierda; la parte superior de la calva luciendo un chichón impresionante de un feo color violáceo-amarillento; los ojos enrojecidos, tan rojos como la frondosa barba pegoteada de sangre seca, luciendo desgreñada y sucia, y como corolario a todo lo anterior, el cuerpo despidiendo un hedor fuerte como una bofetada, mezcla de alcohol, sudor y vómito.

Los otros marineros no estaban mucho mejor y Kelley empezó a examinar a los que parecían tener algo más complicado que simples golpes y magulladuras, como heridas cortantes causadas por vidrios y similares. Además de Fleming, dos hombres presentaban heridas más serias: el arponero del botellazo, aún medio conmocionado, y otro tripulante con un brazo zafado, que el doctor volvió a su lugar con un brusco tirón seguido de un aullido de la víctima.

Seguidamente, Kelley se dedicó a la oreja de Fleming, que mostraba un feo aspecto con su lóbulo desaparecido, además de estar chamuscada por el ardiente plomo del pistoletazo, pero que no parecía que fuera a infectarse. El carpintero, en tanto, no le quitaba la vista de encima al teniente chileno, arrojándole miradas asesinas que este recibía con aire de total displicencia y sin siquiera parpadear, como si le dijera: «Tuviste suerte esta vez, bribón, pero de la próxima no te escapas». Fleming no pudo aguantar más y soltó una amenaza:

—Ya pagarás por esto, bastardo. Espérate no más.

—Cierra el pico, Neil. ¿No crees que ya has causado suficientes estropicios? —intervino Mackay—. Debieras agradecer que no te volaran la cabeza, que harto merecido te lo tenías.

Fleming optó por callarse, mientras el doctor le limpiaba la herida con el líquido de uno de los frascos de su maletín y le ponía luego una venda limpia.

—Espero que esto lo tranquilice por un tiempo, Fleming. Tengo que decirle que, a pesar de todo, me alegro de que se haya encontrado por una vez con alguien con agallas suficientes para ponerlo en su lugar —acotó Kelley.

—Claro. Muy valiente el hijo de puta, teniendo una pistola en la mano. Otra habría sido la situación a mano limpia —comentó ofuscado Fleming, mirando torvamente al oficial chileno, que entretanto se había simplemente desentendido de los detenidos.

—Si no te callas, Fleming, yo mismo te volaré la otra oreja. Vayámonos de aquí de una vez por todas —añadió Mackay echando a andar hacia la puerta.

Ya en la calle, la gente no pudo evitar pararse a observar el patibulario aspecto de estos extranjeros que cada día llegaban en mayor cantidad para asombrarlos no solo con su ininteligible idioma, sino además con su particular y extraño comportamiento.

Cuando la comitiva cruzaba cerca de la plaza de la Iglesia Matriz, Mackay divisó de pronto a la hermosa Cynthia Buchanan, quien acompañada de un oficial de marina y de otra mujer se dirigía a la iglesia.

La norteamericana lucía un elegante pero simple vestido azul oscuro, y cubría sus rubios cabellos —esta vez recogidos en la nuca en un sobrio moño— con una mantilla española en lugar de sombrero, a la usanza católica para atender a misa. La otra mujer, indudablemente chilena, era una muchacha menuda y graciosa de unos veintidós años, con la cabeza también cubierta con mantilla, vestida sencillamente de oscuro, y apoyaba su mano orgullosamente en el brazo del oficial, que resultó ser nada menos que el marino que los había recibido en el portalón del Águila cuando se dirigían a Valparaíso, el piloto James Hurrel.

Los tres no pudieron dejar de notar la extraña procesión que encabezaban Mackay, Kelley y Johnson, donde destacaba especialmente el gigantesco Fleming, con su aspecto de haber emergido del mismísimo infierno de Dante. Cuando Hurrel reconoció a Mackay, pidió a las damas que se detuvieran y fue a saludarlo, y este no pudo evitar maldecir internamente por la desafortunada compañía en que Mrs. Buchanan lo hallaba en su segundo encuentro.

—¡Mr. Mackay, qué gusto encontrarlo nuevamente! —saludó efusivamente de nuevo. Sin embargo, después de mirar a los balleneros con atención, agregó con socarronería—: Humm, puedo apreciar que sus tripulantes ya han disfrutado de las bondades de la hospitalidad chilena.

—Gracias, Mr. Hurrel. Desgraciadamente, mis hombres decidieron tomar la ciudad por asalto anoche, y lo habrían conseguido de no mediar la intervención de un pelotón del ejército chileno. Lamento no haber podido evitar que sus acompañantes vieran este espectáculo.

—No se preocupe. Mrs. Buchanan, como esposa de marino, no es la primera vez que es testigo de estas cosas. Y la señorita Godoy, como futura esposa de uno, tendrá que empezar a acostumbrarse. Pero, venga, acérquese, déjeme presentarlo a las damas.

Johnson y el doctor Kelley continuaron su camino hacia el muelle con los vapuleados balleneros, mientras Hurrel y Mackay se aproximaban a las señoras, que los esperaban con expresión de curiosidad.

—Mrs. Buchanan, Tomasa, permítanme presentarles al señor William Mackay, segundo de a bordo del ballenero británico Lady Cheryl, que arribó esta semana a Valparaíso. Mr. Mackay, Mrs. Cynthia Buchanan y mi prometida, la señorita Tomasa Godoy.

Mackay se inclinó mientras recibía la delicada mano enguantada de Mrs. Buchanan y se la llevó a los labios, repitiendo luego el acto con la señorita Godoy, quien le correspondió con una brillante sonrisa.

—Encantada, Mr. Mackay. Santiago me contó de su encuentro con ustedes en alta mar —comentó la muchacha chilena con un inglés de marcado acento pero de arrebatadora simpatía.

—«¿Santiago?».

—Es la traducción española de James, y Tomasa prefiere llamarme así. Yo, en venganza, quise llamarla «Tommy», pero no tuve mucho éxito pues ella hacía como si no me escuchara, así es que tuve que desistir —acotó jocosamente Hurrel.

Mackay, en tanto, consciente de la mirada de Cynthia sobre él, volvió la cara para mirarla a su vez, sintiendo inmediatamente cómo esos ojos azules le llegaban hasta el alma.

«Calma, Mackay, ¿qué te pasa? Ni siquiera Catherine tenía ese efecto sobre ti».

—Usted es el heroico salvador de mi sombrero, señor. Ahora lo recuerdo bien.

—Creo, señora, que hablar de «heroísmo» por lo del sombrero es un poco exagerado y quizás hasta burlón. Pero, en todo caso, fue un honor.

—Perdón, no fue esa mi intención. Es que a veces tengo este curioso sentido del humor que me cuesta contener y que muchas veces no es muy bien recibido. Permítame ahora de manera formal agradecerle que salvara uno de mis sombreros favoritos.

—No tiene nada que agradecer. Cualquier otro «héroe» habría hecho lo mismo.

Ambos rieron, mientras Tomasa y Hurrel los miraban con cara de asombro, sin entender absolutamente nada.

—¿Podrían explicarnos…?

—Pues ocurre que un par de días atrás, después de mi visita a la Hudson y mientras el bote nos llevaba a Mrs. Dickinson y a mí al muelle para efectuar unas compras, una ráfaga de viento me quitó el sombrero, que se habría perdido irremediablemente de no mediar la oportuna acción de este «heroico» marino, que lo atrapó en el aire justo antes de que cayera al mar.

—Vaya —comentó Tomasa, mirando con curiosidad a ambos protagonistas de la aventura del sombrero, que indudablemente habían disfrutado del intercambio.

—¿No nos quiere acompañar, Mr. Mackay? Nos dirigíamos a la iglesia para hablar con el párroco, ya que estos dos tortolitos se casarán el próximo domingo. Sería una buena oportunidad para que vea una iglesia chilena por dentro, y le aseguro que no se arrepentirá.

Mackay no era precisamente un hombre religioso —hasta Mr. Clayton había ya desistido de sus intentos de atraerlo a las periódicas lecturas de la Biblia que organizaba para la tripulación durante las largas horas de navegación—, por lo que mirando la poca atractiva fachada de la iglesia, católica, además, titubeó pensando en cómo zafarse de la invitación, pero entonces vio la mirada azul de Cynthia esperando su contestación y decidió que esos ojos podrían perfectamente convencerlo hasta de ingresar en un convento y tomar los hábitos si se lo propusieran.

—Me encantaría, Mrs. Buchanan. Muchas gracias.

Esta vez sí que a la perspicaz señorita Tomasa Godoy no se le escapó la chispa que se estaba produciendo entre estos dos extranjeros, por lo que no pudo evitar mirar con indisimulado asombro a Cynthia Buchanan, quien le devolvió la mirada con absoluta claridad e inocencia.

—Vaya —repitió nuevamente, y ahora fue Hurrel quien la miró con curiosidad.

Una vez en el interior de la iglesia, Mackay tuvo que reconocer que Cynthia Buchanan tenía absolutamente toda la razón: el templo por dentro desmentía su humilde aspecto exterior. Estaba hermosamente decorado, y llamaba sobre todo la atención una Virgen María vestida de blanco, con aureola y guarniciones plateadas, sostenida de las manos por San Pedro y San Pablo y rodeada de espejos, que Mackay supuso se considerarían un lujo en Chile. En general, sin ser de gran tamaño, la iglesia era hermosa y, a pesar de la suntuosidad de los arreglos de los santos y la Virgen, tenía una cierta digna sencillez, realzada especialmente por la figura de un Cristo crucificado que dominaba todo el templo desde su lugar sobre el altar.

Mackay y Cynthia se quedaron al fondo de la iglesia, cerca de la entrada, mientras «Santiago» y Tomasa conversaban con el párroco sobre los arreglos de su próxima boda. El ballenero alternaba su franca admiración por la belleza de la iglesia con sus más disimuladas miradas a la belleza de su acompañante, quien, a pesar de que indudablemente había visitado el templo en numerosas ocasiones, lo contemplaba una vez más con la misma atención de quien lo hace por primera vez. De pronto, volviendo la cara hacia Mackay para comentarle algo, lo sorprendió observándola, por lo que este, turbado, volvió la vista apresuradamente hacia un detalle del techo, apuntándoselo con la mano. Cynthia siguió con la mirada la dirección que le señalaba, pero esta vez ella también comenzó a estudiar disimuladamente y de reojo a este marino alto y delgado —de una estatura de por lo menos un metro y ochenta centímetros, según estimó—, cuya musculatura tensa y felina se adivinaba tanto en su modo elástico de caminar como en los fuertes brazos que delataban a gritos una vida dedicada al remo y el arpón, y cuya verde mirada, que parecía brillar en la suave penumbra de la iglesia con un fulgor enigmático, resaltaba en un rostro serio y curtido por la brisa marina con una atracción que le era evidente, aunque jamás se hubiera atrevido a reconocerlo.

Una vez terminado el trámite con el cura, los cuatro salieron de la iglesia y Mackay —muy a su pesar—, creyó oportuno no seguir imponiendo su presencia a los demás, por lo que farfulló una excusa que fue inmediatamente desechada por Hurrel, quien insistió en que le acompañara a dejar a las damas a sus casas, para así poder luego conversar de temas que esperaba serían del interés del escocés. Tomasa, a su vez, explicó que iría a casa de Cynthia para su clase de inglés, por lo que ello les ahorraría un viaje, y que luego Santiago la podría ir a buscar ahí.

—Mejor aún. Así podrán conversar un momento con Robbie, que se muere por recibir noticias frescas, puesto que las traídas por los oficiales de la Hudson ya pasaron a ser añejas —intervino Cynthia. Y luego, dirigiéndose esta vez al ballenero, con súbita inspiración—: Mr. Mackay, ¿no tiene usted por casualidad libros en su buque?

—Pues, a decir verdad, sí tengo. Y demasiados. Sinceramente estaría bastante más cómodo en mi camarote si me desprendiera de algunos. ¿Puedo preguntarle por qué?

—Porque en este país casi no los hay y si se los encuentra son todos religiosos y en español, que es un idioma que no domino tanto como para poder leerlo con facilidad. Por ello, cada vez que arriba un buque americano o inglés lo primero que hago es arrasar con sus bibliotecas, que desgraciadamente no son por lo general muy extensas ni variadas.

—Le prometo, entonces, que cuando vuelva a mi buque reuniré los libros y se los traeré.

—Siempre que se desprenda solo de aquellos que ya no le interesen. Yo sé lo que significa para un amante de la lectura desprenderse de sus libros.

—No se preocupe. Le prometo entregarle exclusivamente aquellos que ya me sé de memoria de tanto leerlos.

—Muchas gracias, William. No sabe lo feliz que nos hará usted a Robbie y a mí.

«¡Me llamó William! ¡Aleluya! ¡Jamás había sonado mi nombre mejor en la boca de nadie! A decir verdad, ni siquiera este condenado “Robbie” me importa ahora. ¡Cynthia, Cindy, eres absolutamente un ángel!».

Los cuatro iniciaron alegremente la marcha hacia la casa de los Buchanan, que quedaba en el sector oriental de la ciudad en un barrio conocido como «El Almendral», precisamente el que había llamado la atención de Mackay al entrar su buque en la bahía de Valparaíso.

El lugar, bastante hermoso y colmado de olivares y huertos de almendros —de donde indudablemente tomó el nombre—, mostraba desperdigadas, sin mayor orden, pequeñas casas de un solo piso de adobes blanqueados y techos de tejas rojas, que le daban un alegre aspecto. Una de ellas era la casa de los Buchanan y correspondía a una típica vivienda chilena, a la cual el ingenio norteamericano de Cynthia había adaptado ciertas comodidades y costumbres desconocidas aún en el país, que con el reciente término de su calidad de colonia española había comenzado a conocer los adelantos de los países anglosajones, ya que hasta ese momento estaba obligado a comerciar solamente con la madre patria, que, por otra parte, tampoco era entonces un modelo por lo que a adelantos técnicos se refiere.

Entrando en la casa se hallaba inmediatamente un pequeño vestíbulo y una espaciosa antesala, con una puerta en un extremo que daba acceso al dormitorio principal. El vestíbulo se comunicaba mediante otra puerta con una habitación más pequeña, y en conjunto este sector constituía el cuerpo principal de la casa. Frente a él se extendía un amplio balcón con una hermosa vista hacia un huerto plantado de parras, manzanos, perales y los imprescindibles almendros, y a lo lejos, el mar. A un costado se encontraba la cocina, e inmediata a ella las habitaciones de los sirvientes. Las estancias tenían las paredes blanqueadas, con pisos de madera y cielos entablados para resistir los frecuentes temblores. Como todas las casas de la época, originalmente el vestíbulo había contado solo con el tradicional ventanuco pequeño, sin vidrios y con gruesos barrotes de madera, lo que dejaba a los dos dormitorios absolutamente a oscuras, pero los Buchanan habían abierto —para gran asombro de los vecinos—, otra ventana de mayor tamaño en el dormitorio principal, inundándolo de luz natural. Habían hecho instalar, además, puertas de madera entre las habitaciones, y Cynthia había agregado un toque alegre poniendo bellas cortinas bordadas en las ventanas, más otras gruesas que se corrían al llegar la noche. Atravesando un patio podía verse un establo de regular tamaño, con espacio suficiente para unos cuatro caballos.

Al llegar a la casa pudieron observar que un sirviente estaba atendiendo un caballo, indudablemente de un visitante que no había llegado hacía mucho rato y que Hurrel identificó como el del capitán norteamericano del Águila, Raymond Morris.

—Good! Esto nos evita otra caminata, Mr. Mackay, porque el capitán también deseaba tener la oportunidad de tener una conversación con usted.

Al entrar en la casa, Mackay observó que esta era sencilla pero que estaba muy bien amueblada, con una inteligente combinación de mobiliario autóctono mezclado con otro indudablemente traído de los Estados Unidos, lo que hablaba del buen gusto de Mrs. Buchanan. Sobre el hogar de la chimenea (otro agregado poco común efectuado por los Buchanan a la casa), podían observarse un mosquete sobre un soporte y un sable de oficial de marina, y al costado —cuidadosamente desplegada— una bandera norteamericana que lucía orgullosa sus franjas y estrellas, además de diversos objetos y artefactos navales.

En la antesala se encontraba instalado en una silla de respaldo alto el capitán Morris, con un vaso de licor en la mano, conversando con alguien que Mackay no podía ver bien porque el mismo Morris lo tapaba, pero que parecía estar tendido en una litera o poltrona y cubierto con una manta escocesa. Al entrar todos en la sala, Morris se puso de pie para saludar a los recién llegados. Así Mackay pudo observar a la persona tendida en la litera, y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no dejar traslucir en su rostro la impresión que esta le causó.

El hombre no tendría más de treinta y cinco años, pero su delgadez extrema le hacía parecer por lo menos veinte años más viejo. El pelo, originalmente rubio, se veía grisáceo y ralo, pero atado cuidadosamente en la nuca. La manta lo cubría hasta la mitad del pecho, dejando al descubierto una camisa blanca bordada que parecía casi una bandera enrollada en su asta. Pero lo que más impresionó a Mackay fue su rostro, que mostraba todos los grados del sufrimiento, con los brillantes ojos hundidos en sus cuencas, y era casi transparente en su palidez.

Cynthia se acercó inmediatamente a él y, tomándole la mano derecha, que descansaba sobre el pecho, lo besó dulcemente en la frente. Luego, volviéndose a Mackay, con lo que este interpretó como un brillo especial en los ojos, le dijo:

—Mr. Mackay, tengo el honor de presentarle al comandante Robert T. Buchanan, de la U.S. Navy—. Y luego, irguiendo el pecho con orgullo, agregó—: Mi marido.



Capítulo III

1

– El drama se desencadenó en esta misma bahía hace casi exactamente tres años, en una batalla naval entre sus compatriotas y los míos en la que esta vez nosotros nos llevamos la peor parte —comenzó Morris su relato, sentado con Mackay y Hurrel en una mesa apartada de «El Galeón», posada cercana al puerto que cumplía el múltiple rol de taberna, restaurante y hotel.

—La Phoebe, la Cherub y la Essex.

—¡Vaya! Veo que no le es desconocido el suceso.

—Pues no, no me es desconocido el suceso. Un conocido mío perdió su vida en la batalla —comentó Mackay, agregando para sus adentros: «y de paso cambió completamente la mía».

—Pues entonces sabrá que las pérdidas de vidas norteamericanas fueron cuantiosas, y que más de la mitad de la tripulación pereció o sufrió graves heridas en el combate. En total, casi ciento sesenta marineros y oficiales.

—Contra solo quince bajas inglesas, sumadas las de los dos buques, pero entre ellas perdimos al capitán de la Cherub y al primer oficial de la Phoebe, y el número de heridos fue enorme —apuntó Hurrel.

—Cierto. Hillyar deshizo la casi inmóvil Essex con sus cañones de mayor alcance, sin siquiera tener necesidad de acercársele para afinar la puntería, y de ahí la tremenda desigualdad de bajas. Aún así, los artilleros de Porter se las ingeniaron para colocarle dieciocho proyectiles de doce libras a la Phoebe bajo su línea de flotación. Como sea, Robbie Buchanan era uno de los oficiales de la Essex y, víctima de su arrojo, recibió innumerables heridas durante el combate, la última de ellas causada por un pedazo de metralla que prácticamente le partió la columna vertebral, dejándolo en el estado en que usted lo vio.

—¿Y cómo sobrevivió?

—Buchanan cayó por la borda y alguien lo puso sobre una improvisada balsa que de alguna manera no se volcó, de modo que la Cherub lo recogió del mar. Luego el cirujano de la corbeta le prestó las primeras atenciones a bordo, pero su informe era muy poco optimista y no dejaba muchas esperanzas de vida. Para que se haga una idea del estado en que estaba: le extrajeron una bala de mosquete del muslo derecho y parte de un trozo de metal de la espalda, ya que un intento de sacárselo por completo lo habría matado; además, otra bala le destrozó el codo izquierdo y una tercera le astilló la clavícula. Como resultado de todas estas heridas, Buchanan ha perdido la movilidad de sus piernas —de hecho no tiene ninguna sensibilidad de cintura para abajo— y, encima, su brazo izquierdo quedó también prácticamente inservible.

—Ello sin contar con el terrible y constante dolor, que no lo ha dejado en paz desde ese fatal día —agregó Hurrel.

—Su estado era tan precario que se decidió no repatriarlo junto con los demás sobrevivientes del combate por temor a que no soportara el viaje. Entonces Cindy, que sin lugar a dudas es una mujer extraordinaria, decidió dejar su hogar en Boston y venirse al otro confín del mundo para cuidar personalmente a su marido hasta que tuviera las fuerzas suficientes para regresar a los Estados Unidos. Desgraciadamente, ya lleva casi tres años en Valparaíso y el estado de su marido no tiene visos de mejorar. Sin embargo, jamás la hemos visto darse por vencida, o mostrarse descorazonada o hundida en la desesperación. Todo lo contrario, sigue día a día junto a él, luchando por él, atendiéndolo, cuidándolo y esmerándose en hacerle su sufrimiento más soportable, como nadie más podría hacerlo.

Los tres guardaron silencio por un instante, como si sopesaran lo dicho. Mackay, mientras rellenaba de vino los vasos, recordó el gesto y la mirada de Cynthia —mezcla de orgullo y desafío— al presentarle a su marido.

—Considere usted, Mr. Mackay, que estamos hablando de una muchacha criada en el seno de una familia respetada, influyente y acomodada, acostumbrada a todas las comodidades y garantías otorgadas a alguien de su clase, casada a los veintidós años con un oficial de marina con una promisoria carrera por delante, proveniente también de una familia de similares características, y que ha elegido sacrificar su vida acompañando a un inválido sin posibilidades de recuperación en un país casi primitivo y que —no seamos ciegos ignorándolo— no puede satisfacerla ni como hombre ni como acompañante.

—¡Capitán Morris! —exclamó Hurrel, horrorizado.

—¿Qué le pasa, Hurrel? ¿Cree que estoy diciendo algo impropio? —saltó, molesto, Morris. Y luego, dirigiéndose a Mackay—: ¿Por qué será que los ingleses siempre aparentan escandalizarse cuando alguien comenta cosas tan normales como la sexualidad humana?

Mackay ni siquiera alcanzó a pensar en una respuesta, y mientras Hurrel seguía mirando a Morris con expresión de espanto, este simplemente continuó expresando sus opiniones sobre el particular.

—Casada a los veintidós, digo, con un marido que durante los dos primeros años de matrimonio estuvo casi continuamente en alta mar, y luego los tres años siguientes acompañando a dicho marido ya convertido en un inválido incapaz de prácticamente nada y casi constantemente enloquecido por un dolor que jamás cesa. ¡Qué desperdicio de vida para una muchacha de esa belleza, de ese temple, de esa valentía!

—Sin conocer mayormente a la dama, capitán Morris, tiendo a discrepar de sus últimas palabras —intervino esta vez el ballenero—. No cabe duda de que esta historia que usted me ha contado es una tragedia abismal, pero me ha dado la impresión de que Cynthia Buchanan la ha asumido con ese mismo temple y valentía que usted ahora mismo le alababa, y ello me hace dudar profundamente de que ella siquiera considere que esté viviendo «un desperdicio de vida», como usted piensa.

—Vaya. ¿No se estará usted enamorando de ella, Mr. Mackay?

Ante esta salida, fue ahora Mackay el que se quedó absolutamente estupefacto.

—No se preocupe, William —rio Morris—, que no sería usted el primero. Y ello sin contar los innumerables pretendientes que han intentado obtener los favores de Cindy y que tuvieron que emprender la retirada con un palmo de narices. Pero déjeme contarle una anécdota más que demuestra la madera especial de la que está hecha esta muchacha y de paso también su marido, y luego cambiaremos de tema, porque el motivo por el cual quería reunirme con usted está bastante alejado de la intimidad conyugal de Mrs. Buchanan. —Y luego, haciéndole un guiño al piloto, que volvía a mirarlo con cara de espanto, agregó—: Ya lo sé, Mr. Hurrel, tampoco debería haber dicho eso, por lo que deje de mirarme como si yo fuera un depravado.

Esta vez los dos aludidos no pudieron evitar sonreír, y echándose un trago se acomodaron en sus sillas y se prepararon para escuchar la historia del norteamericano, quien solicitó otra botella al mesero antes de comenzar.

—Esto ocurrió después de la batalla de Chacabuco, en la que las desmoralizadas y derrotadas fuerzas españolas llegaron a Valparaíso en el más completo desorden, constituyéndose en bandas armadas que se entregaron al saqueo y al pillaje cuando se dieron cuenta de que la gran mayoría de sus oficiales los habían abandonado o estaban más preocupados en salvar sus propios pellejos, embarcándose en los buques surtos en la bahía, que en organizar una defensa o una adecuada evacuación de las tropas.



No cabía duda de que la situación estaba escapando a todo control. Los gritos y disparos se escuchaban ya por toda la ciudad. Caballos al galope se sentían pasar cerca de la casa, aunque afortunadamente nadie había intentado entrar en ella todavía. Cindy había apagado todas las luces y corrido los visillos, pero aun así por la ventana podían apreciarse en la distancia las sombras y siluetas de grupos de hombres, destacándose contra el resplandor de un incendio iniciado en alguna parte. Robbie le había instruido cargar y amartillar las pistolas y retirar el mosquete de su lugar sobre la chimenea y, ahora, con su marido con una de las pistolas al alcance de su mano útil y medio recostado en la cama, apostado frente a la puerta del dormitorio, se instaló a su lado con la otra pistola en el regazo, rogando para que su casa pasara desapercibida a la soldadesca.

Transcurrió así toda la noche, mientras ambos escuchaban el ruido del pillaje en la ciudad, con ocasionales disparos por aquí y por allá, pero sin que nadie irrumpiera en la vivienda, hasta que junto con las primeras luces del alba pudieron escuchar desgarradores gritos provenientes de la huerta situada frente a la casa. Cindy se aproximó a la ventana y levantando cuidadosamente un extremo de la cortina, pudo observar como Margarita, la hija mayor de sus vecinos más cercanos, los Fernández-Luco, de solo quince años de edad, corría aterrorizada perseguida por tres soldados evidentemente ebrios, tratando de alcanzar refugio en la casa de los Buchanan. Cindy no lo dudó un segundo y rápidamente se dirigió hacia la puerta principal, levantando la tranca de hierro con la que esta era cerrada por dentro, para dejar entrar a la muchacha. Margarita vio la puerta entreabriéndose y corrió con todo el alma hacia ella, introduciéndose como un felino por el hueco que Cindy le dejó justo para que pasara su menudo cuerpo; pero cuando la norteamericana se aprestaba a colocar en sus ganchos la pesada barra que trancaba la puerta, esta fue bruscamente empujada por el primer soldado perseguidor de la niña, haciendo caer a Cindy a un costado, medio aturdida por el golpe que le había propinado en la frente el borde de la puerta al abrirse violentamente. El hombre ni siquiera se percató de que había otra mujer en la habitación, por lo que, dirigiéndose a la aterrada Margarita con una carcajada de borracho, le agarró la blusa y, desgarrándosela de un tirón, le dejó al descubierto los juveniles pechos, espectáculo que lo hizo gruñir de satisfacción y lujuria, exacerbada esta por el evidente terror de la muchacha. Tomándola con brutalidad de la trenza y torciéndole la cabeza hacia atrás, recorrió el lugar con la vista, buscando un sitio conveniente para violarla. Adivinando que la puerta del fondo conducía a un dormitorio, empezó a arrastrar hacia ella a la desesperada muchacha, que, en su espanto, solo atinaba a llorar.

En ese preciso momento, entraron en la casa los otros dos soldados y estos advirtieron la presencia de Cindy, que trataba de incorporarse, con el pelo rubio suelto y alborotado, como una dorada melena desordenada sobre los hombros, y con su esbelto y hermosamente formado cuerpo resaltando a pesar de los pliegues del vestido. Los dos hombres se quedaron mirando a esta criatura de ilusión casi sin creer en lo que veían sus ojos, para luego, con un verdadero rugido, abalanzarse sobre ella como dos salvajes, intentando arrancarle la ropa a tirones. Mientras uno de ellos la sujetaba fuertemente contra el suelo, el otro comenzaba apresuradamente a bajarse los pantalones al tanto que le abría brutalmente las piernas, rasgándole la ropa interior y preparándose para forzar a esta aparición que ni en sus más recónditos sueños podría haber siquiera aspirado a poseer.

El primer soldado, en tanto, había logrado arrastrar a Margarita hasta el dormitorio, para encontrarse mirando el negro ojo del cañón de la pistola de Robbie, quien, sin decir una sola palabra, apretó el gatillo, lo que hizo volar en una explosión de ruido, pólvora y plomo todo el costado derecho de la cara del hombre, lanzándolo de espaldas hacia el vestíbulo y salpicando el rostro y los descubiertos senos de la pobre muchacha con sangre y pedazos de masa encefálica.

El disparo sobresaltó de tal manera a los otros dos españoles que el que sujetaba a Cindy la soltó inmediatamente mientras se incorporaba para dirigirse hacia su derribado compañero, al tiempo que desenvainaba su sable. El otro, de rodillas frente a ella, con los pantalones abajo y listo ya para penetrar a la mujer que seguía retorciéndose bajo su peso, ofreciéndole enconada resistencia, desvió la vista de su víctima para mirar hacia el lugar de la conmoción, momento que aprovechó Cindy para echar mano a la pistola que había quedado debajo de ella en la caída. El soldado, al sentir el brusco movimiento de la mujer, volvió nuevamente la vista hacia ella, para observar con espanto como empezaba a dirigir el arma en su dirección. Con el pavor dibujado en el rostro se incorporó para huir, pero sus pantalones bajo las rodillas le impedían hacerlo con la debida rapidez, por lo que con desesperación se inclinó nuevamente para tratar de quitarle la pistola. Cindy, de espaldas en el suelo, miró hacia arriba a ese ser repugnante, hediondo de alcohol y sudor, quien sin ninguna piedad ni asomo de conciencia había estado a punto de ultrajarla; lo vio con sus piernas abiertas sobre ella, con el obsceno y aún erecto miembro al descubierto y, cerrando los ojos, sin que apenas la sombra de un remordimiento se cruzara por su mente, apretó el gatillo.

La bala le dio de lleno en el bajo vientre, y disparada a una distancia de no más de treinta centímetros, voló testículos, pulverizó arterias, atravesó intestinos y despidió vergonzosamente de la vida a un miserable indigno del uniforme que vestía.

El tercer soldado no alcanzó ni a entrar al dormitorio donde estaba Robbie. Al sentir la nueva explosión a su espalda se volvió y, al observar el cariz que habían tomado las cosas, dejó simplemente caer su sable y saltando sobre los cuerpos de sus compañeros huyó despavorido hacia la puerta de la casa, para recibir cuando cruzaba el dintel la estocada mortal de la vetusta y oxidada espada toledana de don Hilario Fernández-Luco, quien atravesándolo de lado a lado vengó así la afrenta contra la honra de su hija.



—Gracias a Fernández-Luco, en pocos días todo Valparaíso había oído hablar de la pareja de norteamericanos que habían repelido a tiros un asalto a su casa, despachando de paso a un par de los odiados «godos» al otro mundo. Los Buchanan, sin embargo, jamás han querido mencionar el hecho, pero no cabe duda de que el lazo que une a esos dos se hizo aún más firme.

Terminado su relato, Morris apuró el resto de su vaso de vino de un trago y se quedó mirando a Mackay, quien con la vista fija en el suyo estaba aún absorbiendo la historia que acababa de escuchar. Solo de imaginarse a tales brutos vejando a esta mujer le invadía una indignación y una sensación de impotencia que no podía controlar. ¡Cómo poder hacerle saber su solidaridad, su comprensión ante la terrible humillación que debía de haber sentido! Se dio cuenta de que todo lo relacionado con esta mujer tenía connotaciones especiales, todo era de características extraordinarias y poco comunes, y que era el resultado de esta conjunción de hechos y experiencias lo que la hacía brillar y destacarse con esa luz particular que le había llamado la atención desde el primer momento. Una mujer realmente como para enamorarse de ella. Una mujer que un hombre podría adorar por el resto de su vida, sin necesidad de nadie más. Pero una mujer, al mismo tiempo, unida ya a otro hombre por un lazo que iba incluso más allá del amor y que tenía que ver con la lealtad, la responsabilidad, el respeto mutuo y el vínculo eterno que se crea al compartir situaciones límites.

—Parece que le he impresionado con mi historia, Mr. Mackay —comentó Morris, sacándolo de su ensimismamiento.

—Pues la verdad es que sí, capitán Morris. Y tiene usted toda la razón al decir que los Buchanan son de una madera especial.

—Así es. Pero repito que esta no es la razón por la cual quería conversar con usted; de manera que si usted me lo permite voy a entrar en materia antes de que llegue un invitado especial al que cité para almorzar aquí conmigo.

—Adelante, capitán, le escucho.

—Desde nuestro encuentro en alta mar me quedó la impresión de que su interés por los hechos de esta guerra de independencia de Chile iba más allá de la simple curiosidad. Puedo equivocarme, pero aunque fuera así quiero hacerle una proposición que podría resultarle interesante. Creo que se habrá dado cuenta de que este gobierno revolucionario está desesperadamente necesitado de marinos capacitados que puedan combatir a la armada española en el Pacífico. Tanto es así, que en estos momentos debiera estar ya en Londres un emisario especial de O’Higgins que viajó con la misión específica de contratar oficiales y naves para iniciar una campaña marítima en gran escala para lograr el dominio del mar.

—Álvarez Condarco.

—Exactamente. Y el que usted lo sepa ratifica mi impresión de que su interés en estos acontecimientos es más que puramente académico. El problema es que aunque Álvarez tenga éxito, pasará bastante tiempo antes de que los oficiales y los buques empiecen a llegar y, mientras, hay una guerra que pelear. En consecuencia, lo que quiero ofrecerle es que deje su buque y se enrole en la naciente marina chilena, donde con suerte podría hacer más dinero en una temporada que todo el que pueda lograr en cien cruceros balleneros.

—O perder la vida en un combate naval antes de lograr siquiera ver un centavo.

—Cierto —intervino Hurrel—. Pero por lo menos sería por una buena causa.

—¿Qué causa? ¿La de hacer dinero como un mercenario?

—Me refiero a la de la independencia de Chile.

—Mire, Hurrel. Usted podrá hablar de causas altruistas, ya que se va a casar con una chilena, lo que obviamente va a ligar su vida de forma definitiva con el futuro de este país. Pero en mi caso la única razón para quedarme aquí sería pecuniaria y esta tendría que ser muy atractiva para correr tal riesgo. No niego, capitán Morris, que la idea ha cruzado por mi mente, pero hasta ahora no logro ver dónde está la tal «marina chilena», como usted tan rimbombantemente la llama, a no ser que se refiera al Águila, que por muy marinero que sea no lo veo capaz de enfrentar solo a la armada española.

—Pues tengo el orgullo de informarle que la «rimbombante marina chilena» acaba de duplicar sus efectivos: hemos capturado en el puerto de San Antonio al bergantín mercante español Carmelo, que bajo su nuevo nombre de Araucano y armado con seis cañones se ha incorporado a la naciente escuadra de Chile. El buque transportaba, además, un importante cargamento de mercaderías surtidas, por lo que, de paso, el erario nacional también se ha visto incrementado.

—Entonces debo felicitarlos, sinceramente. Pero aún así no veo que el camino a la riqueza que me ofrecen sea tan sencillo, especialmente como un mero oficial de la naciente escuadra de Chile. Simplemente no sé cómo podría hacerme rico así, a no ser que la paga sea espectacular, cosa que dudo. A propósito de ello, ¿tiene el gobierno dinero suficiente para pagar naves, oficiales y tripulaciones? Este no parece ser un país muy rico, que digamos.

—No puedo engañarle, Mackay. El país dista mucho de ser rico, pero entre los visitantes que cada día llegan en mayor cantidad hay un buen número de hombres de negocios que vienen con la intención de establecer empresas que a la larga harán que este país crezca y se desarrolle. De partida ya se ha incrementado en el norte la producción de cobre, por lo que luego se estará en condiciones de exportarlo en cantidades masivas. Pero en lo que respecta a nuestro tema, las posibilidades de fortuna están más en el reparto de las presas capturadas que en su eventual salario como oficial.

Antes de que Mackay pudiera acotar algo más, Morris hizo una seña a un hombre que acaba de ingresar en el lugar indicándole que se acercara, al tanto que Hurrel se levantaba de su silla para ir a su encuentro.

—Aquí llegó mi invitado, Mr. Mackay. ¿Le parece quedarse a almorzar con nosotros? Podría ser interesante, ya que este caballero ha tomado la decisión de desembarcar en Valparaíso para alcanzar fama y fortuna —comentó socarronamente Morris, al tiempo que se ponía de pie para estrechar la mano del recién llegado.

Era este un hombre de aproximadamente la misma edad de Mackay —alrededor de treinta y cinco años—, pero más bajo y fornido, de pelo negro y liso y con el típico rostro tostado y curtido que acusaba su calidad de hombre de mar. Sus ropas y su porte lo delataban sin lugar a dudas como de nacionalidad inglesa.

—Mr. Mackay, permítame presentarle al señor Henry James, oficial de la marina mercante británica. Mr. James, tengo el placer de presentarle al Sr. William Mackay, del ballenero británico Lady Cheryl.

«James». Prescott, el segundo comandante de la Whitney, había mencionado a un oficial James que había decidido cancelar su contrato y quedarse en Valparaíso, recordó Mackay. «He aquí un hombre con el cual poder intercambiar algunas ideas que me ayuden a tomar decisiones», se dijo. Y luego, mientras se ponía de pie y estrechaba la mano del inglés, se dirigió a Morris:

—Creo que aceptaré encantado su invitación para almorzar, capitán Morris.

—Magnífico. Y ahora, ¿dónde demonios se escondió ese condenado sirviente?



2

La conversación durante la comida no aportó nada nuevo al tema, pero a Mackay le quedó la impresión de que James tampoco se sentía muy inclinado a enrolarse en la marina, a pesar de haber tomado ya la decisión de quedarse en Chile. Las objeciones presentadas por el inglés a Morris y a Hurrel se parecían mucho a las mismas que él había manifestado, pero tampoco adelantó qué planes tenía para el futuro inmediato. Mackay llegó a la conclusión de que James había tomado tan decisivo paso sin tener muy claro qué era lo que quería hacer y que ahora estaba sencillamente en una situación de wait and see.6 Aun así, decidió que tenía que tener una segunda reunión con él —sin la presencia esta vez de los otros dos oficiales— y a partir de ahí sentar una base para sus propios pasos futuros.

Íntimamente reconocía que estaba buscando pretextos para convencerse y quedarse, y en su interior se preguntaba qué pesaba más en esta decisión, si la posibilidad de alcanzar un rápido aunque arriesgado enriquecimiento o el embrujo de un par de ojos azules que no podía dejar de admitir que le habían llegado hasta el alma. En estricto rigor, era todavía lo suficientemente pragmático para entender que los ojos azules podían haberlo embrujado, pero eso era todo: nada más podía esperarse a ese respecto. La mujer pertenecía a otro hombre y esa unión, aunque traumática, parecía de una solidez inquebrantable. El otro motivo era atractivo y excitante: con audacia y eligiendo bien sus alternativas podía dar el golpe de fortuna que jamás obtendría en los años que le quedaban como ballenero. Nada ni nadie que dependiera de sus ingresos en la Lady Cheryl le esperaba en Escocia, por lo que nadie más que él resultaría perjudicado si decidiera finalmente cancelar su contrato en este o cualquier otro lugar. No sentía ninguna responsabilidad hacia Cooper —Phillips o McPherson podrían perfectamente reemplazarlo como segundo oficial—, y menos aún hacia los armadores en Hull, siempre postergándolo por una razón u otra y dándole la oportunidad a otros mejor relacionados aunque no siempre más capacitados.

En todo caso, les quedaban por lo menos cuatro días más en puerto, por lo que decidió seguir estudiando el terreno y tener, de todas maneras, otra reunión lo más pronto posible con Mr. James.

Considerando que ya era hora de volver a bordo, se dirigió al muelle para conseguir algún bote que lo llevara a la Lady Cheryl. En el camino se encontró con Jimmy y Mr. Johnson, también de regreso al buque después de haber recorrido la ciudad, por lo que todos juntos iniciaron el trayecto hacia el ballenero.

Al llegar a bordo se encontraron con que las cosas no estaban muy tranquilas, ya que Cooper —absolutamente enfurecido con Fleming— estaba amenazando con azotarlo y encerrarlo como si fuera un amotinado, mientras Mr. Clayton insistía en leerle trozos de la Biblia que establecían sin lugar a dudas que el carpintero se iría derecho e irremediablemente al infierno. Todo ello, sumado al tremendo dolor de cabeza y al punzante ardor de su oreja, hizo que Fleming —perdiendo la paciencia y mandando a todo el mundo sin contemplaciones al mismísimo demonio— anunciara su decisión de abandonar la nave en Valparaíso para ofrecer sus servicios a la marina chilena. Todo el mundo se quedó de una pieza cuando Fleming, sin agregar palabra, se fue bajo cubierta a reunir sus escasas pertenencias, de las cuales la mayoría eran herramientas propias de su oficio, regresando luego con una bolsa de cuero de la que extrajo una cantidad impresionante de monedas que parecía increíble que tal individuo pudiera haber ahorrado y, arrojándolas sobre la cubierta, gritó que aquello cubría con creces el monto que suponía le correspondía pagar de los daños de la jarana de la noche anterior y que si faltaba podían tranquilamente ir a cobrárselo al hijo de perra que le había volado la oreja.

Seguidamente llamó a gritos al botero que había traído a Mackay, Johnson y Jimmy y sin mayores preámbulos procedió a descolgarse por la borda hacia el bote, no sin antes hacer un gesto de despedida con la cabeza a Mackay y al doctor Kelley, como dando a entender que eran los únicos personajes a bordo dignos de algún reconocimiento.

Cooper, con la boca desmesuradamente abierta, se quedó lívido, pero era tal su indignación que no atinó a decir palabra. Después, concluyendo probablemente que estaban mejor sin ese energúmeno, se dirigió a su cámara para calmar su furia en la tranquilidad y soledad de su retiro.

Mackay y Kelley se miraron y sin poder evitarlo soltaron simultáneamente una carcajada, que luego fue coreada por todos los demás testigos del hecho, con la sola excepción de Mr. Clayton, quien apretando su Biblia pidió a Dios que iluminara a todos estos impenitentes pecadores.



Esa noche le correspondió a Mackay tomar la guardia, por lo que permaneció a bordo con una reducida dotación, ya que prácticamente toda la tripulación —incluidos el capitán y esta vez hasta Clayton— habían decidido bajar a tierra.

El escocés se encontraba en su camarote seleccionando los libros que había prometido a Cindy Buchanan, al mismo tiempo que divagaba si no sería mejor tomarlos todos y desembarcarse definitivamente en Valparaíso con ellos, cuando escuchó una discreta carraspera a su espalda con la que Mr. Johnson trataba de llamar su atención desde la puerta abierta.

—Excúseme, Mr. Mackay. ¿Podría intercambiar unas palabras con usted?

—Por supuesto, Mr. Johnson. Adelante, pase y siéntese.

—Espero que no le moleste que abuse de su confianza, pero es usted el único al que creo posible acercarme para solicitarle una opinión y hasta un consejo si fuera necesario. Llevamos demasiados años navegando juntos y es por ello que me he atrevido a dar este paso.

«Tanto preámbulo para este hombre normalmente tan parco. ¿Qué bicho le habrá picado?».

—Adelante, Tom. Dígame de una vez cuál es su problema.

—Creo que es mi deber comunicarle que por lo menos tres tripulantes de este buque están dispuestos a seguir los pasos de Fleming y desembarcarse en Valparaíso para unirse a la marina rebelde. Pero, aparte de ello, creo que es también mi deber decirle que yo estoy considerando hacer lo mismo.

Mackay se quedó de una pieza. Una cosa era que algunos marineros pretendieran desertar para aprovecharse de las oportunidades de hacer dinero fácil que ofrecía la actual situación de guerra del país —lo cual era bastante común, aunque no tan frecuente en los balleneros—, pero otra muy distinta que un hombre como Johnson, normalmente de carácter reservado y que las pocas veces que se explayaba daba la impresión de tener un concepto muy claro sobre lo que era justo e injusto, tomara una decisión como esa. Ello sin mencionar la sorpresa de que otros oficiales del Lady Cheryl hubiesen tenido los mismos pensamientos que él mismo llevaba ya semanas rumiando.

—Lo de los tripulantes no me extraña mayormente, Tom. Hay demasiadas tentaciones en el ambiente para ellos. Pero de usted, sinceramente, me sorprende esta decisión, además de que francamente no lo veo en el papel de corsario.

—Aunque cueste creerlo, mis razones para esta decisión, que por lo demás no ha sido tomada aún, no son pecuniarias. Bueno, por supuesto que ese es también un aspecto importante, pero lo que está pesando principalmente en mi espíritu para dar un paso tan importante en mi vida está bastante alejado del puro atractivo de un enriquecimiento rápido. Tiene que ver con un sentido de la justicia, con el deseo de participar en la creación de una obra descomunal, de tener parte en el nacimiento de una nación en la que primarán principios que Inglaterra no tiene y quizás nunca tendrá. ¿Comprende lo que estoy diciendo? ¿Puede entender, Mr. Mackay, de lo que estoy hablando? ¿Se da cuenta de la oportunidad única que se nos presenta de ser parte de algo tan especial?

—No, no me doy cuenta. Pero sí me doy cuenta de que es usted un ser tremendamente ingenuo y de que sus ideales no le dejan ver la realidad. Sin querer ofender a nadie, porque estoy seguro de que entre los «patriotas» (como les gusta llamarse a sí mismos a los chilenos que están luchando contra la dominación española), hay una gran cantidad de hombres honrados y que creen realmente en la creación de un país libre y democrático, palabra tan de moda desde la independencia de las colonias norteamericanas, lo más probable es que a la postre terminen simplemente reemplazando al rey de España por otro tirano similar, solo que esta vez local. ¿Qué le hace a usted pensar que no ocurrirá esto? ¿De dónde sacó eso de los «principios que Inglaterra no tiene y nunca tendrá»?

—Déjeme leerle un párrafo de un decreto recién publicado por el señor Bernardo O’Higgins, Director Supremo del nuevo Gobierno de Chile, y que me fue traducido por un oficial irlandés al servicio de la marina chilena que conocí en el puerto: «Si en toda sociedad debe el individuo distinguirse solamente por su virtud y su mérito, en una república es intolerable el uso de aquellos jeroglíficos que anuncian la nobleza de los antepasados, nobleza muchas veces conferida en retribución de servicios que abaten la especie humana. Por tanto, ordeno y mando que en el término de ocho días se quiten de todas las puertas de calle los escudos, armas e insignias de nobleza con que los tiranos compensaban las injurias reales que inferían a sus vasallos». Según me dicen, el paso siguiente es la abolición total de los títulos de nobleza, la abolición de la esclavitud, la creación de una constitución política, etc. ¿Se da cuenta, Mr. Mackay? ¡Este joven gobierno es incluso más visionario que el de los Estados Unidos de América! ¿Cree usted que Inglaterra alguna vez se atreverá a abolir los títulos de nobleza? ¿O los Estados Unidos la esclavitud? Yo se lo diré: ¡jamás!

—Creo, Mr. Johnson, que se está dejando llevar por un entusiasmo que le nubla la razón. Comparar a este pobre país con los Estados Unidos equivale a la diferencia existente entre una sardina y una ballena, y ello hablando solo del tamaño. En recursos, educación y cultura de la población, posibilidades de desarrollo, potencial de futuro, en fin, no ha lugar a comparación. Además, supongo que ya sabe que Mr. O’Higgins se educó en Inglaterra, por lo que muchas de sus «revolucionarias» ideas las adquirió precisamente allá. Nuestro país hace ya muchos años que abolió la esclavitud y, a pesar de nuestros títulos de nobleza, que a usted parecen preocuparle tanto, podría apostar que aun con ellos nuestro país será siempre más «democrático» que lo que este Chile vaya a serlo jamás en toda su historia futura. Pero, yendo a lo práctico, ¿cómo cree usted que será parte de este proceso de «creación de una nación»? ¿Luchando como mercenario? ¿Qué hay del problema idiomático? ¿Qué hay de su familia en Inglaterra?

—Yendo a lo práctico, como usted dice, es preciso aclarar que si finalmente tomo esta decisión, está claro que no seré un pirata: seré un oficial de la marina chilena. El idioma lo estudiaré y aprenderé; de ello estoy seguro. En cuanto a mi familia, mi esposa murió hace ya un par de años, y a mis hijos, dos muchachos y una niña, actualmente al cuidado de mi hermana, los haría venir aquí y crecerían en una nación libre, donde nadie se preocuparía de si sus antepasados eran nobles, siervos o vasallos de algún remoto señor feudal que ni siquiera la historia registró en sus anales. Terminada la guerra, este país aún necesitará de marinos especializados, sea para su marina de guerra o para su marina mercante, y por lo tanto mi futuro debiera estar asegurado.

—Salvo que lo maten. Esto tiende a pasar en las guerras, usted sabe.

—Cierto. También es una posibilidad que hay que considerar. Veo, Mr. Mackay, que usted es un escéptico y que además está en total desacuerdo con mi idea, por lo que me queda claro cuál es su parecer al respecto. Solo me resta pedirle disculpas por haberlo importunado, pero le ruego también, por razones obvias, que no mencione a Mr. Cooper esta conversación. Yo me comprometo a que usted será el primero en saberlo si finalmente tomo la decisión de desembarcarme en Valparaíso. ¿Puedo contar con su discreción?

Mackay miró a Johnson, tomándose su tiempo para contestar. Se dio cuenta de que si finalmente fuera él quien se desembarcara en Valparaíso —indiferentemente de que Johnson lo hiciera también o no—, sería una especie de traición el no haberle confiado que sus planes eran similares, aunque por motivos muy diferentes y definitivamente alejados de las razones altruistas que tanto preocupaban a este.

—¿Mr. Mackay? ¿Puedo contar con usted?

—Tengo que decirle algo, Tom. Yo he estado considerando hacer lo mismo que usted, aunque por motivos absolutamente distintos de los suyos. Mi objetivo es, simplemente, obtener una rápida fortuna gracias a la situación que está viviendo este país, aunque todavía no tengo muy claro cómo podría obtenerla. En consecuencia, haré un trato con usted: yo me guardaré esta conversación sin comunicársela a nadie, y si finalmente me decido a desembarcarme en este puerto, cualquiera que sea su propia decisión al respecto, también me comprometo a comunicárselo a usted antes que a nadie más en esta nave.

Esta vez fue a Thomas Johnson a quien le llegó el turno de quedarse atónito.



3

A la mañana siguiente, Mackay despertó temprano a pesar de que había entregado su guardia a las cuatro de la madrugada a Johnson, y luego de verificar que el capitán aún no había regresado al buque, decidió bajar a tierra para llevarle los libros prometidos a Cindy Buchanan. Finalmente se había decidido por regalarle todos los que poseía, «Yo siempre podré adquirir otros, y además en este buque a nadie más le interesan», fue su conclusión final.

Llamó a gritos y con señas a un botero y, con la ayuda de Jimmy —quien accedió a acompañar al segundo oficial en esta agencia—, bajaron los atados de libros a la embarcación menor y se dirigieron al muelle.

Aunque no había notificado previamente su visita, Mackay esperaba que la joven estuviera en casa, en vista de la atención que el comandante Buchanan requería, ya que no podía permanecer sin atención por mucho rato. Además, la compañía de Jimmy suponía que le serviría también para justificar una visita que, por decoro social, un caballero solo no podía hacer a una dama casada.

Una vez en el puerto, no les fue difícil conseguir un peón con un carretón para conducir los libros a la vivienda de los Buchanan, e iniciaron la marcha hacia el sector de El Almendral.

El peón, que se presentó a sí mismo como Juan José Matamala, no cesó un minuto de hablar a pesar de que tanto Jimmy como Mackay le explicaron en la forma más clara que pudieron que no comprendían el español; ello no descorazonó en lo más mínimo al extrovertido personaje, quien mantuvo una cháchara constante todo el camino, por lo que los dos marinos optaron por ignorarlo y mantener su propia conversación.

Jimmy estaba definitivamente disfrutando de su estadía en puerto. Era la primera vez que el muchacho visitaba Sudamérica, y todo le parecía extraordinario. No dejaba de sorprenderse por las tremendas diferencias entre lo que había visto en Río de Janeiro y lo que estaba ahora observando en Valparaíso: la vegetación, el clima, la gente (gran cantidad de mulatos y esclavos de raza negra en el Brasil y prácticamente ninguno visible en lo que llevaban en Chile), la comida… todo era absolutamente distinto. Además, la gran cantidad de navíos y marineros de habla inglesa que había en Valparaíso le hacían sentirse más cerca de casa y, en cierta forma, disminuían la distancia.

Al llegar a la casa de los Buchanan, pudieron observar que Cindy estaba trabajando en la huerta junto con una linda muchachita de aproximadamente la misma edad que Jimmy, ambas con sencillos sombreros de paja cubriéndoles la cabeza, obviamente disfrutando de la soleada y tibia mañana que había reemplazado al nublado día anterior.

El interminable monólogo de Juan, sumado al chirrido de las ruedas del carretón, cuyos ejes era obvio que no conocían la grasa ni de nombre, les hicieron levantar la vista, y Cynthia Buchanan —al reconocer a Mackay— dibujó en su rostro una sonrisa que hizo al escocés sentir que definitivamente no había necesidad del sol para iluminar la tierra.

—¡Mr. Mackay! ¡Pero qué agradable sorpresa!

—Le ruego disculpe nuestra impertinencia al venir sin anunciarnos, pero nuestra recalada en Valparaíso está próxima a finalizar y las oportunidades para traerle los libros prometidos se estaban terminando, en vista de lo cual decidí hacerlo de una vez.

—¡Pero tantos libros! No puedo creer que todos estos sean los que le sobren, Mr. Mackay. ¿No habíamos quedado en que me haría entrega solo de los que ya no necesitara?

—Pues la verdad es que si mal no recuerdo yo no prometí nada —replicó el ballenero, sonriendo—. Además, yo siempre tendré la oportunidad de reemplazarlos o de adquirir otros, por lo que decidí traérselos todos. Usted y Mr. Buchanan definitivamente los necesitan más que yo.

—No debería aceptarlos, William. Pero en realidad nos morimos por lecturas nuevas, por lo que los tomaré sin mayores remilgos aunque sé que no debería hacerlo —consintió Cindy, sellando la discusión con su cristalina risa, al tiempo que con deliciosa curiosidad revisaba los títulos y autores—. Austen, Defoe, Byron, Fielding, Scott, Burns. ¡Pero qué maravillas nos ha traído!

Jimmy, en tanto, con la boca abierta, no lograba quitar la vista de la lindísima muchacha chilena, quien —con innata y natural coquetería— le miraba de reojo con una burlona sonrisa en los labios y unos lentos pestañeos que hacían que el muchacho inglés se estremeciera hasta lo más íntimo. Decididamente, Jimmy jamás había visto una niña más hermosa en toda su vida.

Percatándose Cindy de lo que ocurría y haciendo un guiño de complicidad a Mackay, pidió disculpas por no haber presentado a su acompañante y procedió a las introducciones de rigor con toda ceremonia.

—Mr. Mackay, permítame presentarle a la señorita Margarita Fernández-Luco. Señorita Fernández-Luco, tengo el placer de presentarle al Sr. William Mackay y al señor…

—James Duncan, señora —intervino apresuradamente Jimmy, quitándose la gorra de un manotón e intentando una elegante inclinación de cabeza como había visto hacer al capitán Cooper en situaciones parecidas.

Margarita, en cambio, con la prestancia y el desplante propio de las de su sexo, dobló las piernas en una reverencia al estilo de las damas de las cortes europeas y extendió graciosamente su mano derecha hacia Jimmy. El muchacho, comprendiendo lo que se esperaba que hiciera, la cogió con presteza y se inclinó para posar sus labios en ella, encontrándose con que la pequeña mano estaba sucia de tierra y barro seco producto del trabajo en la huerta que hasta ese momento la niña había estado efectuando.

Jimmy titubeó y levantando la vista desde su inclinación miró a la muchacha sin saber qué hacer. Margarita, sin comprender qué ocurría, de pronto notó el estado de sus manos y su elegante y altiva sonrisa se transformó en un gesto de absoluto horror, al tiempo que enrojecía visiblemente.

Mackay y Cindy, que observaban la escena, no pudieron contener la risa. Pero Jimmy, dando pruebas de verdadera nobleza, impidió que Margarita retirara la mano y sin mayores titubeos se la besó. Luego, levantando la cabeza, la miró serenamente a la cara sin el menor gesto que indicara algo anormal, diciéndole con voz clara y fuerte:

—Very pleased to meet you, my lady.7

Cindy y William se miraron con un gesto de admiración, al tiempo que Margarita, esta vez con una sonrisa rutilante y sin sombra de afectación, de esas que salen del alma, le contestaba en castellano «El placer es todo mío, caballero», lo que a Jimmy, que no entendió palabra, solo por la entonación y dulzura que captó de la frase, terminó de enamorar perdidamente.

Juan, por su parte, finalmente había dejado de parlotear y, con el sombrero en la mano, esperaba respetuosamente a que le instruyeran sobre dónde depositar el cargamento de libros. Una vez efectuado esto, Mackay procedió a pagarle y entraron todos en la casa.

Cindy, excusándose por dejarlos un momento solos, se dirigió a las habitaciones interiores para lavarse las manos, aprovechando la oportunidad además para darle frente al espejo un rápido y coqueto toque a su peinado. Seguidamente, se encaminó al dormitorio para anunciar las visitas a su marido, pero al encontrarlo profundamente dormido cerró la puerta cuidadosamente a sus espaldas y salió de la habitación de puntillas.

—Robbie está durmiendo, lo que en su estado es una bendición, por lo que si no les molesta les agradeceré que me acompañen fuera de la casa para evitar todo ruido que pueda importunarlo. Margarita, ¿podrías avisar a la señora Floripe de que necesito que permanezca atenta a cuando el comandante despierte?

Todos abandonaron la casa procurando hacer el menor ruido posible, mientras la chica se dirigía a la cocina a cumplir el encargo (y de paso a lavarse apresuradamente las manos). Una vez afuera, Cindy empezó a caminar hacia el huerto con Mackay a su lado, mientras Jimmy se quedaba un poco atrás esperando a Margarita.

—Esos libros están en bastante buen estado, William, lo que demuestra su indudable amor por ellos. Pero, cuénteme, ¿cómo logró mantenerlos tan bien cuidados en alta mar? Se lo pregunto porque en el viaje que me trajo a este puerto nos tocó enfrentar un temporal bastante serio que causó destrozos considerables en la pequeña biblioteca que traía, desperdigando mis pobres libros por todo el camarote, además de romper loza, cristalería y todo lo que no estuviese fijo o prácticamente clavado al buque.

—Nuestro carpintero, Neil Fleming, confeccionó un estante que clavó en la pared de mi cámara, poniéndole una especie de puerta con una malla de alambre que impedía que los libros se cayeran con el movimiento de la nave. Esto me permitió mantener los libros a salvo aún en los peores períodos de mal tiempo.

—¡Muy ingenioso! Le ruego, entonces, que le agradezca a Mr. Fleming su ocurrencia, porque me va a permitir disfrutar de una más que anhelada lectura.

—Se lo diré la próxima vez que lo vea.

Habían atravesado ya el huerto y Cindy dirigía sus pasos hacia la no muy lejana playa, seguida a corta distancia por Jimmy y Margarita. La muchacha, desprovista ya de sus pretensiones de gran dama, hablaba entusiasmadamente con un Jimmy que no cesaba de mirarla embobado. Se podía apreciar la suave brisa del mar y el acompasado ruido de las olas al acariciar la arena, lo que sumado a la belleza de la asoleada mañana contribuía a poner una nota de paz en el espíritu de Mackay, sacándolo de las preocupaciones y elucubraciones sobre su porvenir que tanto le habían atormentado en los últimos días. Caminar por la orilla del mar, acompañado de una mujer como Cindy escuchando el arrullo de su suave voz y disfrutando del encanto de su sonrisa, era un verdadero paréntesis en un mundo que parecía haber perdido la razón.

Al llegar a la playa, Mackay se sorprendió de la suavidad y blancura de la arena, que invitaba a sacarse los zapatos y disfrutarla descalzo. De hecho, Margarita y Jimmy hicieron precisamente eso, y la muchacha corrió al agua para mojar sus pies, riendo y huyendo alborozada cada vez que una ola amenazaba con mojarle la falda.

—Este es uno de mis lugares favoritos, William. Me encanta recorrer esta playa hasta en el invierno, cuando el mar la azota sin misericordia. Desde aquí se puede observar todo lo ancho de la bahía, como usted puede apreciar.

—Cierto. Y veo también que aquí vienen a parar bastantes restos de naufragios —comentó Mackay, indicando una embarcación que se veía medio enterrada en la arena a unos cien metros de donde se encontraban.

—Esa pequeña goleta varó aquí en un temporal el año pasado y aparentemente nadie la reclamó, porque ahí quedó abandonada y deteriorándose cada vez más por el embate del oleaje cuando este se pone bravo.

Margarita y Jimmy, en tanto, competían haciendo carreras en la playa, que el muchacho galantemente se dejaba ganar ante las risas y protestas de la chica.

—Da gusto verlos tan felices —comentó Cindy mientras los observaba con un dejo de melancolía, agregando luego—: Ojalá nada ni nadie le niegue a estos niños la felicidad que todos los jóvenes de la tierra se merecen.

Mackay la miró y, no hallando qué decir, prefirió callarse y comenzó a dirigirse a la varada embarcación para examinarla de cerca. Esta era poco más que un lanchón con pretensiones de goleta, de unos doce metros de eslora y dos y medio de manga, sin castillo, y con los restos de una destrozada botavara que todavía mostraba las uniones por las que debía de haber estado unida a su único mástil. Aunque bastante mal tratada por los elementos y por el más de medio año que llevaba abandonada en la playa, gran parte de su maderamen se veía en aparente buen estado. A popa se podía leer todavía el impresionante nombre de Nuestra Señora de las Mercedes.

—Siempre he pensado que si Robbie estuviera bien de salud, habría disfrutado tratando de reparar esta embarcación. ¿Cree usted que es posible? Lograr que navegue nuevamente, quiero decir —dijo de pronto Cindy, que se había detenido a observar como Mackay examinaba la embarcación.

—Pues está en bastante mal estado, aunque algunas de sus maderas todavía se ven resistentes. Creo que tendría que traer a nuestro buen amigo Fleming para que la revisara con mayor detención antes de poder contestarle. ¿Dice usted que nadie la ha reclamado?

—Hasta donde sé, si es que alguien la reconoció como suya alguna vez, ahora ya puede considerarse sencillamente abandonada. Por lo tanto, si está usted pensando en repararla y en echarse al mar como un nuevo Francis Drake, o como el fatídico capitán Morgan, enarbolando una bandera negra con una calavera y dos tibias cruzadas, creo que no encontraría mayor oposición para hacerlo —observó la muchacha, volviendo a mostrar su hermosa sonrisa.

—Le prometo que lo pensaré —acotó Mackay, también sonriendo—. Pero si me decido a ello espero no terminar colgado en la plaza pública como un vulgar pirata de baja estofa.

—¡Por favor, no diga tal cosa ni en broma! —comentó Cynthia, poniéndose seria nuevamente y echando a caminar hacia Margarita, que desde el borde del agua le hacía señas de que se acercara para mostrarle algo que el mar había arrojado a la arena.

Mackay la observó alejarse y aprovechó la ocasión para estudiar con detenimiento a esta sorprendente Cindy Buchanan.

De que era bella no cabía duda. Su rostro era un óvalo perfecto, con cejas finas y bien demarcadas. Sus ojos, de un azul profundo, cuyas pupilas parecían estar rodeadas por un círculo más oscuro, producían un efecto embriagador cuando las fijaba sobre alguien. Las largas pestañas eran de un rubio más marcado y oscuro que el de sus cabellos, de los cuales un mechón rebelde caía continuamente sobre una frente deliciosa. La nariz, ligeramente respingona, le daba un aire infantil que sin embargo también contribuía al efecto total de armonía de su rostro. Su boca era de labios finos y, junto con el resplandor de sus ojos, traicionaba sus estados de ánimo: podía encenderse en la más esplendorosa de las sonrisas, o mostrar una profunda concentración cuando ensimismada en sus pensamientos su mente buscaba una respuesta precisa y una solución definitiva, o dejar traslucir —sin posibilidad de ocultamiento— la más negra de las furias o decepciones. Mackay llegó a estremecerse solo de pensar en la ternura y la pasión que una boca así podría entregar. Su barbilla era perfecta, pero podía también mostrar total determinación cuando creía estar en lo cierto en una discusión.

Su cabello (¡oh, su cabello!) era una poesía. Parecía tener su propia personalidad y la demostraba en todo momento. Podía estar arreglado en un sobrio peinado; o en una sola trenza —como lo lucía ahora—, que ella siempre se las ingeniaba para que cayera hacia adelante sobre uno de sus hombros y no hacia la espalda (lo que producía, al menos a Mackay, un inconsciente y enloquecedor efecto erótico); o suelto en una cascada perfecta sobre sus hombros y espalda; o hasta en un apretado moño en la nuca como el de los cuáqueros, y aun así era imposible que pasara desapercibido.

Su cuello era de una gracilidad turbadora, y descansaba sobre dos hombros torneados a la perfección. Su pecho, de senos que aunque hubiese querido disimular se insinuaban como altos y firmes, más bien pequeños, habían mostrado a Mackay sus pezones erectos a través del vestido en los momentos en que ella discutía con apasionamiento un argumento, dejando en claro lo que podrían significar en el amor.

Una cintura naturalmente estrecha, realzada por el vestido y no lograda mediante el recurso de apretarse el cinto hasta el desmayo, enmarcaba un estómago plano y unos glúteos perfectamente proporcionados que ni siquiera los cánones de la moda podían ocultar, que terminaban en un par de esbeltas piernas —y Mackay no había podido dejar de notarlas desde el primer día en que la vio—, que se insinuaban hermosamente torneadas aun a pesar de las largas faldas de la época.

De pronto Cindy se volvió a mirar a Mackay, probablemente porque de alguna manera sintió la inspección a la que estaba siendo sometida. El marino, turbado al verse sorprendido estudiándola con tal intensidad, volvió la vista apresurado procurando dirigir su atención nuevamente a la goleta. La mujer, sin embargo, casi sin darse cuenta y sin poder evitarlo, siguió mirándolo de tanto en tanto desde la distancia, mientras al mismo tiempo intentaba prestar atención al parloteo de Margarita. A William —que continuó observándola de reojo— le dio de súbito la sensación de que esta vez era él quien estaba siendo sujeto a un disimulado pero detallado análisis visual. Pero luego, sacudiendo la cabeza, se dijo que estaba empezando a imaginar cosas, por lo que tomando impulso trepó de un salto a la cubierta y reanudó su examen del lanchón.



Capítulo IV



1

La fecha de zarpe del Lady Cheryl se estaba acercando, y con ella también el tiempo para William Mackay de tomar decisiones. Apoyado en la borda de la nave, con la pipa en la boca y mirando pensativo hacia los cerros medio cubiertos por la bruma matinal, tenía muy claro que la decisión final no podía postergarse ya más.

Seguía pensando que una carrera en la marina chilena no ofrecía mayores oportunidades, por lo que el camino a la fortuna debería necesariamente seguir otro rumbo más audaz y atrevido. De su conversación con Morris y James había aprendido que el gobierno de O’Higgins estaba pensando en propiciar las actividades corsarias en la costa chilena, y que era casi un hecho que se comenzarían a conceder muy pronto patentes de corso a quienes las solicitaran y contaran con las naves para ejercer tal actividad.

Pero ahí precisamente comenzaban sus problemas: las naves. ¿Dónde obtener un buque apropiado?

«Triste corsario sería», se dijo amargamente, «si me faltara nada menos que el instrumento básico».

Tripular un corsario en realidad era la tarea más simple: en Valparaíso pululaban marineros y oficiales británicos desocupados esperando una oportunidad.

«Muchos de ellos son unos patanes a los que no les confiaría ni una chalupa, pero hay otros, como el propio James, que sí son candidatos potenciales».

En consecuencia, partió por establecer una lista de prioridades básicas en orden de importancia que le ayudaran a tomar la decisión para la cual el tiempo se le estaba agotando a pasos agigantados.

En primer lugar, decidir de una vez por todas si abandonaba o no el Lady Cheryl; en segundo lugar, si tal era el caso, encontrar una nave apropiada; a continuación, si había hallado la nave, obtener patente de corso del gobierno chileno; una vez obtenida esta, tripular y armar el buque (con James y Fleming —«¡Fleming!, ¡pero por supuesto!»—, esenciales en este punto), y, por último, hacerse a la mar a encontrar fama y fortuna («ojalá más fortuna que fama») y procurar salir con vida de la aventura («de nada sirve la fama y la fortuna si uno está muerto»).

Definitivamente había demasiados «si» condicionales en esta lista, por lo que resolvió que el primer punto era primordial y no podía seguir dilatándose más.

Analicemos esto fríamente. Está claro que esta idea se introdujo en mi cabeza desde el mismo momento en que nos cruzamos con la flotilla española. Pero también es cierto que mis deseos de desembarcarme en Valparaíso se han visto acicateados desde el minuto mágico en que descubrí a Cindy Buchanan.

Entonces (¡dijiste “fríamente”, Mackay!), ¿cuánto de mi resolución está cimentada en el absurdo deseo de permanecer cerca de esta mujer? Eres un hombre duro y realista, Mackay. En consecuencia, ¿cómo puedes pretender que algo resulte de esta relación? ¿Tanto te ha impactado como para permanecer cerca de ella solo para observarla, sin opción ni posibilidad de alguna vez acariciarla ni mucho menos poseerla? Eres un marino y un ballenero, y esta es una cruel y dura profesión. En toda tu vida, solo una vez dejaste que una mujer corriera el visillo de tu acerada existencia, permitiendo que el atractivo de una vida establecida se vislumbrara como un oasis o un espejismo a la distancia, y aunque no existió ni por asomo la pasión que esta impresionante mujer te está provocando, ya viste el resultado.

¿Qué podría resultar de esto, más que el que salieras nuevamente vapuleado? ¿Qué esperas que pueda salir de esto? Pues, nada. Y aunque pareciera que tú también algún efecto has causado en esta mujer (cosa que jamás lograré comprender), sigue solo habiendo una gran nada como resultante. Estando así las cosas, la decisión debe basarse exclusivamente en la posibilidad de enriquecerse rápidamente y a cualquier costo. Y en nada más.

Se apartó de la borda y comenzó a caminar con las manos en la espalda, espantando con el movimiento a una gaviota que se había parado en la jarcia y que se alejó volando en busca de otro sitio. Con la pipa sujeta con los dientes y el ceño fruncido, ensimismado en sus pensamientos, ignorando a un grupo de tripulantes que estaban baldeando la cubierta bajo la estricta vigilancia de Mr. Clayton, dirigió sus pasos hacia la proa del ballenero.

«Creo que no hay razón para dilatar más esto», se dijo. «En consecuencia el primer punto está decidido: me desembarco en Valparaíso, Cindy o no Cindy. La idea, en todo caso, se forjó en mi cabeza antes de saber siquiera de la existencia de esta mujer y ella es solo un accidente que no tiene nada que ver con mis planes futuros».

Tomada la decisión y muy satisfecho de su raciocinio, sintió que se sacaba un gran peso de encima, con lo que pudo con mayor claridad seguir analizando los pasos siguientes.

«Debo encontrar una nave. Con la cancelación de mi contrato y mis ahorros reuniré una cantidad interesante de dinero, pero bastante lejos de la posibilidad de adquirir un buque apropiado. Baste pensar que ni siquiera el gobierno patriota —como les gusta llamarse a sí mismos a estos rebeldes— ha podido adquirir naves, y obviamente debe contar con más recursos que los que puedo aportar yo».

Se encaramó al castillo de proa, sujetándose en los cabos que nacían del bauprés, mientras intentaba encender nuevamente su apagada pipa.

«Pero si consiguiera unos socios…, podríamos sumar nuestros aportes y mejorar de paso nuestras opciones. Imagino que James también se habrá desembarcado con algo más que la pura intención de hacerse rico. Neil Fleming, por su parte, también sorprendentemente parecía tener dinero, aunque conociendo al bribón lo más probable es que ya se lo haya gastado todo en vino, juego y mujeres, y no necesariamente en ese mismo orden».

Desistiendo en su intento de encender la pipa por culpa de la brisa, hundió las manos en los bolsillos de su gabán marino, volviendo nuevamente la vista a los cerros que circundaban la bahía, a las naves ancladas en el puerto y al tráfico de botes y embarcaciones menores entre los buques y el muelle. Observó cómo en la Whitney un sargento de marines,8 imponente en su casaca roja y dorados galones, mantenía en forma a los fusileros de la fragata británica con ejercicios de esgrima con los mosquetes con bayoneta calada. Ello le hizo dirigir la mirada hacia el navío de guerra norteamericano, para notar cómo los oficiales artilleros de la Hudson instruían a los servidores de los cañones, formados en grupos alrededor de sus armas. Seguidamente desvió su atención al tercer buque de guerra surto en la bahía, el bergantín chileno Águila, y pudo ver cómo sus oficiales enseñaban a gritos a la marinería chilena novata a maniobrar en lo alto de los palos. Los gritos llegaban distorsionados por la distancia y la brisa, pero se lograba captar que eran en su mayoría en inglés, seguidos por traducciones al castellano de los capataces en lo alto de los palos.

«Todos preparándose para la guerra, aunque sus naciones estén actualmente en paz».

Tornando sus pensamientos nuevamente a su curso original, decidió que el tema de cómo procurarse un navío tendría que ser postergado por el momento.

«Esto posterga también el asunto de la patente de corso, pero no cabe duda de que, teniendo un buque, obtenerla no será ningún problema, especialmente en las circunstancias que se están viviendo en este momento».

Ocurría que después del éxito patriota de Chacabuco y de los logros iniciales del coronel argentino Juan Gregorio de Las Heras en la campaña del sur, este había sido frenado en Talcahuano por el coronel español José Ordóñez, quien organizó una fiera resistencia y defensa de la plaza, ayudado en forma importante por las naves de guerra hispanas fondeadas en la bahía de Concepción (precisamente los buques con los que se había cruzado el Lady Cheryl antes de su llegada a Valparaíso), y se temía que más naves arribaran desde el Callao a reforzar la flota española, amén de transportar tropas, armas y suministros en cantidad suficiente como para amenazar la naciente independencia del país. De hecho, Ordóñez hasta se había atrevido a salir de su encierro intentando una sorpresa para romper el sitio, atacando a Las Heras en un lugar llamado Curapalihue, pero el comandante de las tropas chileno-argentinas había tomado las debidas precauciones y había rechazado el ataque obligando a los realistas a replegarse nuevamente al puerto.

El punto era que si Chile hubiese contado con una flota, estas incursiones navales españolas y el apoyo artillero desde el mar no podrían haber fructificado y, en consecuencia, el gobierno patriota estaba más que llano a otorgar las licencias que fueran necesarias y a quien fuera con tal de organizar algún tipo de hostilidad que coartara los movimientos hasta ahora impunes de la marina española.

«Esto me lleva al punto cuarto: tripular y armar la nave. Por armarla no me preocupo, puesto que probablemente los mismos chilenos nos proveerán del armamento y municiones necesarias. Pero tripularla…».

Estaba claro que Mr. James tendría que ser de la partida. Fleming probablemente también, y este salvaje ni siquiera necesitaría del atractivo del dinero, ya que solo la perspectiva de una buena pelea sería suficiente para atraerlo. Necesitarían por lo menos un par de oficiales más, británicos de todas maneras, o al menos norteamericanos, pero no chilenos, primero por el problema idiomático, y segundo porque todavía no conocía tanto a este pueblo como para embarcarse con ellos en una aventura corsaria en la que se requería experiencia marinera comprobada, no aprendices. Lo mismo era válido para la marinería, cuyo número dependería del tipo de nave que consiguieran, pero nuevamente la tripulación tendría que ser anglosajona y escogida cuidadosamente, tanto como pudiera permitirlo la calidad de desertores, oportunistas y ventajistas que indudablemente exhibiría la calaña de individuos que rondaban en Valparaíso a la espera de la ocasión de hacerse ricos y de donde tendrían que seleccionarse los tripulantes.

«Y luego a esperar la oportunidad para hacerse a la mar y encontrar la fama, la muerte o la gloria. Death or glory, that’s the name of the game».9



2

—¡Creo que usted ha perdido completamente la razón, Mr. Mackay! —la reacción del capitán Cooper fue de total asombro—. ¡No puedo concebir que esté usted seriamente considerando desembarcarse en este lugar olvidado de la mano de Dios para involucrarse en una guerra que no le compete, despreciando una carrera segura y honorable en esta empresa!

La sorpresa de Cooper era tal que llegaba a tartamudear en su afán de expresar su desconcierto, que comenzó a convertirse en indignación al notar la total tranquilidad y hasta impasibilidad con que lo observaba Mackay.

—¡Y ello sin mencionar su falta de responsabilidad, o peor aún, de lealtad, diría yo, para con sus armadores, sus compatriotas y principalmente hacia mí, su capitán! ¿Acaso se ha vuelto loco?

—En primer lugar, capitán, creo que nunca había estado más en mis cabales que en este momento. En segundo lugar, debo aclararle que no estoy «considerando» desembarcarme en Valparaíso: es una decisión ya tomada y lo que ahora estoy haciendo es simplemente informarle de tal decisión. Respecto a la «carrera segura y honorable» y a la «lealtad debida a los armadores», prefiero guardarme mis comentarios. Su mención a mis compatriotas no viene al caso cuando usted mismo ha podido comprobar la cantidad de súbditos británicos que hay en este momento tanto en el puerto como en las naves de la naciente marina chilena, siguiendo precisamente los mismos pasos que yo estoy iniciando ahora. Y, por último, respecto a mi lealtad hacia usted, capitán Cooper, creo haberle servido de manera cien por ciento profesional y sin lugar a quejas de ninguna especie, y por ello cumplo…, un momento por favor, déjeme continuar —Mackay alzó una mano ante el intento de Cooper de decir algo—; por ello cumplo, digo, con el deber moral de comunicarle la decisión que he tomado en lugar de simplemente reunir mis bártulos y desembarcarme sin mayores contemplaciones.

—Pero ¿cómo espera que continúe el viaje sin un segundo oficial? ¡Si ya he perdido hasta al carpintero!

Mackay tuvo que hacer esfuerzos para reprimir la sonrisa que amenazaba con escapársele ante esta última exclamación.

—Mr. McPherson o Mr. Phillips —estuvo a punto de nombrar a Johnson, pero cabía la posibilidad de que también anunciara su decisión de quedarse en Valparaíso, por lo que alcanzó a frenarse a tiempo— y hasta Mr. Clayton pueden perfectamente desempeñar tal función. Y respecto a Fleming, estoy seguro de que su ex asistente y aprendiz, Conner, podrá reemplazarlo, y si no pudiera, no me cabe duda de que en este puerto podrá fácilmente encontrar un sustituto.

—El carpintero me da lo mismo y es un problema menor —retrucó Cooper, olvidándose de que había sido él quien había sacado el tema—, pero reemplazarlo a usted es otra historia Mackay. Ni Phillips ni Williams, ni mucho menos Clayton, tienen el ascendiente que usted parece tener sobre los hombres en este buque. Por alguna razón lo aprecian y al mismo tiempo lo respetan enormemente —esto lo noté desde el primer minuto que asumí este mando—, y eso es lo que no veo cómo podré reemplazar. ¡Clayton! Usted debe de estar bromeando. ¡Ese pastor frustrado trataría de convertir este buque en un condenado templo puritano flotante y nos tendría a todos gastando más tiempo en leer la Biblia que en matar ballenas!

—Como sea, capitán, le repito que la mía es una decisión tomada y únicamente estoy cumpliendo con el formalismo de hacérsela saber. En consecuencia, le agradeceré que le comunique al doctor Kelley que en su calidad de contador y sobrecargo proceda a pagarme los montos que se me adeuden para dar por finiquitado oficialmente mi contrato. Si desea que escriba algún tipo de carta a Mr. Longstreet, estoy también dispuesto a hacerlo, aunque preferiría ahorrarme la molestia. Entretanto, reuniré mis cosas y trataré de escabullirme lo más discretamente posible para no causar mayor revuelo entre la tripulación.

Dicho esto, Mackay procedió a levantarse y se dirigió hacia la salida de la cámara. Cooper, por su parte, se dejó caer en su silla y, cuando ya el primer oficial cruzaba el dintel, musitó:

—Usted no me gustó, William. Cuando llegué a esta nave usted decididamente no me gustó. Pude captar inmediatamente que tanto la tripulación como usted mismo no estaban contentos con mi nombramiento, que ambos querían que fuera usted el nominado. Me vi forzado a ser desagradable con todos para hacerme respetar y para que se entendiera que el jefe era yo y punto. Pero luego, muy a mi pesar, tuve que reconocer su capacidad, Mr. Mackay. Es usted un hombre extraño, poco hablador, serio y taciturno, extremadamente duro en su trabajo en los botes cuando hay que usar las lanzas y los arpones, y los hombres lo admiran y respetan por ello. Y, sin embargo, lo he visto luego absorbido totalmente por alguno de esos gigantescos libracos que tiene en su cámara y que a mí con solo ver la cantidad de páginas ya me agotan. Es usted un hombre de contrastes y aún así me extraña su decisión, ya que me resisto a creer que una persona como usted esté decidida a seguir el criminal camino de un vulgar pirata, o que su decisión se deba solo a su frustración por haber sido postergado y no haber recibido el mando del Lady Cheryl. Sinceramente, creo que jamás lo lograré entender.

Mackay se había detenido en la puerta sin volverse, escuchando las últimas palabras de Cooper. Cuando este guardó silencio, simplemente reinició la marcha y salió de la cámara sin más comentarios.



—Excúseme, Tom. Pero en conformidad con lo pactado, y antes de que se entere por otro conducto, vengo a confirmarle que he decidido desembarcarme en Valparaíso. Acabo de informárselo al capitán.

—¡Por todos los cielos! ¡Usted nunca dejará de sorprenderme, Mr. Mackay, for Christ’s sake!10 —saltó Johnson—. ¿Cómo reaccionó Cooper?

—Quedó algo anonadado, creo. Pero no le di mucha opción a objetar. Como le dije, esta es una decisión y no una posibilidad sujeta a discusión, y en consecuencia la misma no da pie a diálogos de ninguna especie.

—Bueno, entonces es mi turno de entrar también en el terreno de las decisiones, Mr. Mackay —comentó Johnson, poniéndose de pie—. Y creo mi deber confidenciarle que estoy firmemente convencido de mis propósitos según se los manifesté hace ya algunos días.

—¿Quiere decir, Tom, que insiste en su idea de enrolarse en la marina chilena?

—Pues sí. He sostenido algunas reuniones con el capitán Morris y con un sorprendente marino y caballero irlandés de nombre George O’Brien, y me atrevo a decir que seguiré sus pasos y también me quedaré en Valparaíso.

—En tal caso, le recomiendo que se apresure en comunicárselo a Cooper, puesto que está pensando en zarpar a la mayor brevedad ya que el aprovisionamiento y las reparaciones terminaron, y ahora con mayor razón para evitar nuevas deserciones.

—Tiene usted toda la razón. Lo haré ahora mismo. Pero antes, y a propósito de «nuevas deserciones», una pregunta: ¿se está llevando a alguien más con usted, Mr. Mackay? ¿O es esta una decisión puramente suya? Se lo pregunto solo para saber a qué atenerme si es que el capitán menciona a otros oficiales o tripulantes.

—Ignoro si alguien más está pensando en quedarse en Valparaíso. Usted y el capitán son las únicas personas a quienes he comentado este tema. A usted en virtud de nuestro compromiso, y al capitán por razones obvias. Ahora sí, por supuesto, procederé a comunicárselo al doctor Kelley y a Jimmy.



—Ya lo sé todo, o casi todo. Y aunque no me sorprende mayormente viniendo de un personaje como usted, sí me preocupa su decisión. Aparte de que lo siento mucho por esta nave —fue la bienvenida de Kelley al aparecer Mackay frente a él.

—Pues decididamente las noticias vuelan en este buque. No hace ni media hora que sostuve mi reunión con Cooper y veo que usted ya está enterado.

—Bueno, se supone que yo soy quien debe pagarle su salario, ¿o no? En consecuencia, debo estar enterado de qué es lo que pasa. Pero, en realidad, no me enteré por el capitán: la noticia ya corre por todo el buque. Y se habla de que Johnson se desembarca con usted también.

—Lo de Tom no tiene que ver conmigo. Es su propia decisión y yo no influí para nada en ella. Por lo demás, sus motivos son absolutamente diferentes de los míos.

—Como sea. Pero la cuestión es que dos de los mejores hombres de este buque se desembarcan aquí y nadie está muy contento con ello. Empezando por mí mismo, y por razones que usted de sobra conoce.

—Gracias por lo que me toca de sus palabras. Pero creo que cada hombre se labra su propio futuro, y yo pretendo empezar a asegurar el mío aquí y ahora —fue el comentario de Mackay, al tiempo que se sentaba frente al doctor—. No voy a negar que me duele dejar este buque, que ha sido mi único hogar por tanto tiempo, así como tener que despedirme de personas como usted, doctor. Pero, le repito, creo que ha llegado la hora de seguir mis propios pasos y de arriesgar algo para conseguirlo.

—¿Aunque sea la vida? Esa es una posibilidad bastante factible cuando se realiza una actividad como la que usted pretende iniciar, William.

—Creo que en un oficio como el nuestro el riesgo de muerte está también siempre presente, y hasta ahora la suerte me ha acompañado. Simplemente espero que ese siga siendo el caso.

—Claro, pero las ballenas no responden el fuego, ¡y le aseguro que los españoles sí que lo harán!

—Gracias por su preocupación, doctor Kelley. Pero la decisión ya ha sido tomada y no quiero discutir más el tema. Ahora, si me disculpa, voy a ir a mi cámara para reunir mis bártulos y proceder a desembarcarme inmediatamente, por lo que le agradeceré que mientras yo hago tal cosa usted prepare mi liquidación final para firmarla y recibir el dinero que me corresponda, y ya —retrucó Mackay de forma cortante, al tiempo que se levantaba—. En todo caso, si se me requiere para algo mientras la Lady Cheryl esté aún en puerto, le aviso que mi hogar temporal desde esta noche va a ser la posada El Galeón.

—¡Bueno, bueno, no se ponga así, hombre, por Dios! Es que usted no sabe cómo siento el que nos abandone —acotó el médico, conciliador—. Vaya usted a reunir sus cosas en paz, que yo prepararé entretanto la terminación de su contrato.

Mackay se levantó e inició la salida sin más palabras. En tanto Kelley, mientras empezaba a buscar los papeles necesarios, masculló entre dientes, más para sí que para que el ballenero lo escuchara:

—Me pregunto cuánto tendrán que ver unos encandiladores ojos azules en esta condenada decisión.

El escocés se quedó atónito. Se dio la vuelta lentamente y, fijando unos ojos fríos como el acero en el médico, le dijo con una voz igualmente helada:

—Me gustaría que me explicara qué demonios está usted insinuando, Kelley. Y ojalá que tenga usted una muy buena explicación, porque si no la tiene, voy a verme en la obligación de romperle la nariz por estar diseminando rumores maliciosos que afectan al honor de las personas. Así es que empiece ya a explicarse.

—William, usted no parece darse cuenta de que yo lo considero mucho más que un amigo, ya que hasta la vida le debo. Sinceramente me duele que reaccione así. Usted me conoce lo suficiente, además, como para saber que no acostumbro a «diseminar rumores maliciosos» a espaldas de nadie. Ahora, si de todas maneras decide romperme la nariz, antes de hacerlo piense un poco en que con ello estaría precisamente aceptando que mi comentario dio en el clavo. Por último, aunque es obvio, mi comentario era privado, o al menos solo restringido a nosotros dos, por lo que el honor de absolutamente nadie está en entredicho. Además de que lo más probable es que la poseedora de los «encandiladores ojos azules» ni siquiera sospeche que usted está en este momento desembarcándose en Valparaíso.

Kelley se puso de pie, enfrentando a Mackay, y poniendo las manos sobre la mesa, agregó serenamente:

—Muy bien, amigo mío. Puede decidir lo que quiera: o golpearme y con ello satisfacer alguna oculta frustración, probando de paso mi teoría, o darme la mano como a un buen camarada que le desea toda la suerte del mundo en lo que sea que vaya a encontrar en estas costas.

Mackay le miró un buen rato en silencio y al cabo, extendiendo la diestra, le preguntó en voz baja:

—¿Tan obvio soy?

—No, mi buen amigo. Es que yo parece que veo siempre más de lo que debiera ver —respondió el doctor al tiempo que le estrechaba la mano y agregaba luego—: Creo no haberlos visto a ustedes juntos más de un par de veces; sin embargo algo se produjo en esos encuentros que no pude dejar de percibir y que me llevó a soltar ese comentario que le concedo que debiera haber guardado para mí. Creo, también, que su idea de desembarcarse en este país nació mucho antes de siquiera saber de la existencia de esa mujer, pero aún así, mi impresión es que ella contribuyó indirecta e inocentemente en su decisión. Solo me resta desearle toda la suerte del mundo, y que Dios se apiade de ustedes.

Mackay prefirió no agregar palabra, por lo que, mirándole a los ojos, le soltó la mano y salió del compartimiento.



3

Una vez instalado en su habitación en El Galeón, Mackay se tendió en el camastro relleno de paja que hacía de lecho y comenzó a meditar en los sucesos del día. La reacción de Cooper había sido la esperada, como la de Johnson, que se mantenía en línea con los propósitos que le había manifestado anteriormente.

Sin embargo, lo que sí le dejó preocupado fue el doctor Kelley con su comentario sobre sus verdaderos motivos y la influencia de Cindy en su decisión. «No puede ser que yo sea tan transparente. Kelley dice que un par de veces en que nos observó le bastaron para detectar algo. Ello podría, quizás, ser aceptable en lo que respecta a mí, pero por ningún motivo respecto a ella. Hasta yo he creído notar de repente de su parte un cierto interés especial por mí, pero ha sido solo una idea loca que luego descarto por inadmisible. ¡No puede ser que Kelley haya visto lo mismo! Y si fuera así, simplemente prueba, una vez más, que este mundo loco no tiene ninguna lógica. ¿Una mujer como Cindy Buchanan interesada en un plebeyo sin destino como yo? ¡Lo siento, William W. Mackay, de ningún modo!».

Aun así, la idea, en lo más íntimo de su ser, no dejaba de provocarle cierto nerviosismo, y a pesar de tener total conciencia de la imposibilidad de concretar o siquiera iniciar una relación de mayor intimidad, la esperanza de que ocurriera se le escabullía y rebasaba de su alma, haciéndolo sentirse igual que un colegial en su primer amor adolescente.

«¡Te estás volviendo loco, Mackay! ¡Un hombre duro y cínico como tú, a punto de involucrarse en una guerra a muerte en un país desconocido, dispuesto a matar o a morir en la aventura, preocupado por una mujer inalcanzable y que apenas ha dado indicios de que signifiques para ella algo más que el ser simplemente otro extranjero anglosajón con el que poder conversar en su lengua natal! ¡Nuevamente, debes de estar volviéndote loco!».

Con este último pensamiento, destinado a cerrar el tema en su mente, volvió a rememorar los detalles de la despedida de su amada Lady Cheryl.

Todos los oficiales de la nave le estrecharon la mano con sentidas muestras de aprecio. Incluso hubo algunas sorpresas especiales que jamás habría esperado, tales como el auténtico pesar mostrado por Mr. Clayton, personaje que por el agnosticismo siempre demostrado por Mackay le había hecho creer que estaba lejos de ser uno de sus favoritos y que ahora —en el momento de la despedida— parecía demostrar algo completamente distinto e indicar un profundo respeto, aun a pesar de las desavenencias religiosas que para Clayton siempre habían parecido ser más importantes que ninguna otra cosa.

Los rudos y taciturnos tripulantes, estrujando nerviosos sus gorras con sus recias manos de balleneros, le habían ofrecido una simple y humilde despedida que por alguna razón le emocionó mucho más que la de los oficiales del buque.

Pero un caso aparte fue el pobre Jimmy. El muchacho lo consideraba como un padre, especie de modelo que había que imitar y al que admiraba con toda la fuerza de su juventud; y esta deserción del ballenero escocés fue para él más que un golpe: fue una verdadera traición. Mackay estuvo casi dos horas tratando de explicarle sus motivos, y luego otra hora disuadiéndolo de la locura de seguir sus pasos. Tuvo que insistir, rogar y finalmente ponerse duro y enérgico, recordándole al muchacho que su madre y hermanas le esperaban en Inglaterra y que él era prácticamente el único sustento con que contaban, hasta lograr convencerlo de que su lugar estaba en el Lady Cheryl y no en la cubierta de un buque corsario luchando bajo un pabellón extranjero.

Estos pensamientos le trajeron nuevamente a la memoria a Johnson. «Pobre Tom. No sé por qué tengo este mal presentimiento respecto a lo que le depara el futuro. Quizás debiera insistir en que permanezca a mi lado, a pesar de que por alguna razón parece creer que el ser un oficial al servicio de una fuerza extranjera lo hace menos mercenario que a mí el ser un corsario. A lo mejor cree que voy a enarbolar el Jolly Roger11 en mi buque en lugar del pabellón chileno».

Si William Mackay hubiese contado con el don de ver el futuro, lo más probable es que hubiera insistido en su idea de mantener a Johnson a su lado.



El plan era a todas luces descabellado, pero por lo mismo era posible que funcionara. De quién fue concretamente la idea, probablemente nunca se sabrá; pero el delegado argentino, Tomás Guido; el gobernador de Valparaíso, coronel Francisco Calderón, y el comandante interino de marina, Juan José Tortel, con la entusiasta participación del comandante de la Lautaro, Mr. George O’Brien, decidieron aprovecharse de las constantes salidas del puerto de la fragata británica Amphion, que se acercaba a los buques bloqueadores para reclamar por el daño que causaban al comercio inglés.

El bloqueo era llevado a cabo por la fragata Esmeralda y el bergantín Pezuela —el mismo con el que se había cruzado el Lady Cheryl exactamente un año atrás, cuando el ballenero navegaba acercándose a Valparaíso—, y el comandante de la fragata, Luis Coig, ya ni siquiera se molestaba en poner su buque en pie de guerra cuando se le aproximaba la Amphion; simplemente se armaba de paciencia para escuchar las mismas y monótonas protestas del comodoro Bowles.

Cuando Thomas Johnson, flamante cuarto teniente de la Lautaro, se enteró por boca del teniente primero Joseph Argent Turner del plan ideado para atacar y capturar los navíos españoles, un escalofrío recorrió su cuerpo. Había llegado el momento temido y al mismo tiempo esperado; el momento en que uno sabría si cumpliría con su deber a pesar del miedo, o si sucumbiría al terror de ver la muerte cara a cara; el momento en que el honor a su compromiso firmado tendría que dictarle el camino a seguir si las cosas se ponían feas, y el riesgo de morir defendiendo una bandera extranjera se convertía en una posibilidad cierta; el momento, por último, en que sabría si su conciencia le permitiría matar a otro ser humano en cumplimiento también de ese compromiso.

A pesar de ello, no pudo evitar dejarse llevar por el entusiasmo contagioso de los demás oficiales de la fragata —todos ellos británicos y ex oficiales de la Royal Navy—, que ardían en deseos de entrar en combate con los buques españoles. Esa noche, cuando se les reveló el plan ideado por Guido y los otros, Johnson rompió su acostumbrada sobriedad y se agregó a la jarana organizada por los tenientes terceros John P. Howell y Samuel Fawconer. Luego también se les unieron William H. Walter, segundo teniente, William Mathews, su compañero de rango —cuarto teniente como él—, los pilotos John F. Robinson y John Lee, y el contador Mr. John Barton. Cuando se les sumó el oficial de marines William Miller, la cosa amenazó con ponerse tan fea como la batahola armada tiempo atrás por el carpintero Fleming, por lo que Johnson, a pesar de las protestas de sus compañeros, decidió retirarse con paso vacilante a la seguridad de su nave.

A la mañana siguiente y a plena luz del día, se inició la primera parte del plan, que consistía simplemente en convertir la Lautaro en una réplica lo más exacta posible de la Amphion, acomodando su arboladura, velamen y pintura de casco a la del buque inglés. La tripulación chilena, aún sin conocer exactamente las razones de estos extraños cambios ordenados por sus oficiales extranjeros, simplemente procedieron a cumplir las instrucciones y el buque se volvió un enjambre de actividad en el que los marineros convertidos en carpinteros y pintores acometieron con entusiasmo su labor. Ya al segundo día de trabajo algunos hombres suspicaces empezaron a comprender el objeto de esta extraña transformación y una verdadera corriente de excitación se empezó a sentir en la nave: todos intuían que se aproximaba el momento de darle una lección —y ojalá también una buena paliza— al «godo» insolente.

El temor de que Bowles protestara al observar cómo la nave chilena empezaba poco a poco a convertirse en una burda copia de su fragata, quedó descartado cuando O’Brien descubrió al comodoro inglés en el castillo de su buque comentando entusiasmado con sus oficiales los trabajos que se efectuaban en la Lautaro para hacerla aún más parecida a la Amphion.

—¡El tipo está con nosotros, muchachos! ¡Ahora no podemos perder! —les gritó feliz el irlandés a los suyos.

Por su parte, a causa de la distancia, los buques españoles bloqueadores ni siquiera alcanzaban a percatarse de las extrañas transformaciones que se estaban efectuando en la fragata enemiga.

Finalmente, el 25 de abril de 1818, la Lautaro terminaba su transmutación, y el observador atento podría haber notado la súbita aparición en la bahía de una nave gemela a la fragata británica, pero que lucía orgullosa la nueva bandera chilena tricolor de la estrella solitaria en lugar del «Union Jack» de su hermana. Todo estaba listo para iniciar la segunda etapa del plan.

Las instrucciones recibidas por O’Brien esa mañana eran precisas: en primer lugar, zarpar pegado a la costa para evitar ser visto por los navíos españoles; una vez fuera de la protección de la bahía, izar pabellón e insignias de la marina de guerra inglesa y acercarse a la Esmeralda con las partidas de abordaje preparadas; cuando los buques estuvieran lo suficientemente cerca como para que el navío español no tuviera escapatoria, arriar el pabellón británico e izar nuevamente el tricolor chileno; por último, cargar contra los españoles a toda vela y abordar la fragata, capturándola a sangre y fuego si era preciso.

Para ello se organizaron tres partidas de abordaje: la primera a cargo del segundo comandante, Mr. J. Argent Turner; la segunda a cargo del comandante de los marines, el capitán William Miller, y la tercera, de reserva, a cargo del propio comandante de la Lautaro, Mr. George O’Brien. Thomas Johnson formaba parte de esta última partida.

O’Brien era un oficial que gozaba de un especial prestigio dentro de la Royal Navy. Contaba menos de treinta años y se había hecho famoso tanto por su arrojo como por su falta de disciplina y de respeto por sus superiores, que le fue soportada solo por su absoluta temeridad. Había participado como oficial de la Phoebe en el combate contra la Essex y su comportamiento en esa acción le valieron una mención especial de su oficial superior al Almirantazgo, pero siguiendo su espíritu inquieto y aventurero decidió luego quedarse en Valparaíso, donde su intuición le susurró que existían más posibilidades de acción y libertad bajo el pabellón de la naciente república chilena que permaneciendo en la estricta y formal marina de su graciosa majestad.

Había recibido el mando de la Lautaro —antigua Windham, adquirida en Inglaterra gracias a las gestiones de José A. Álvarez Condarco y recién llegada al país—, hacía apenas veinte días, pero las atractivas características de su personalidad y su belicoso entusiasmo ya le habían granjeado la total admiración y devoción de los oficiales y la tripulación de la fragata. Sumó al prestigio que ya traía consigo una capacidad de trabajo impresionante, que demostró laborando codo con codo y como un marinero más en las tareas de reparación y puesta a punto de la nave, a la que se aumentó el armamento a cuarenta y cuatro cañones y la tripulación a un total de trescientos cincuenta hombres, incluida una compañía de fusileros a cargo de Miller.

Para Tom Johnson el hombre era sencillamente genial, y ya le había escrito con anterioridad numerosas y entusiastas cartas a su hermana sobre este personaje especial al que había conocido durante su permanencia con la Lady Cheryl en Valparaíso, y quien obviamente había desempeñado un papel importante en su decisión de desembarcarse con vistas a radicarse definitivamente en el país, labrándose un futuro para él y sus hijos en esa tierra joven y prometedora. De hecho, tras la reciente victoria de las huestes patriotas en Maipú, Tom había decidido que la paz estaba definitivamente al alcance de su mano y había comenzado una carta para su hermana, preparándola para la noticia de que pensaba contraer segundas nupcias en Chile en un futuro no muy lejano y que hasta tenía a una joven también viuda en mente, aun cuando la elegida no conocía ni por asomo las intenciones del taciturno oficial inglés que acostumbraba de vez en cuando a visitar a su padre, dueño de un negocio de velas, para compartir una taza de té de hierbas en su local.

No obstante, ahora, un día después de finalizar la «transformación» de la Lautaro, la fragata se preparaba para entrar en acción, por lo que la carta para su hermana, la viudita del negocio de velas, y hasta los hijos que lo esperaban en Inglaterra pasaban a segundo plano, y todo lo que interesaba era el momento cumbre que se aproximaba. Si la artimaña tenía éxito, era probable que su partida de abordaje, la de reserva, ni siquiera interviniera en el combate, pero conociendo a O’Brien, Tom podía estar seguro de que no iba a ser así. En consecuencia, inició sus propios preparativos para la batalla que se avecinaba y recordó los consejos que le habían ofrecido los oficiales que ya eran veteranos en estas lides.

Partió por asegurarse de que su sable salía con facilidad de la vaina. No quería sufrir el pavor de encontrarse ante el enemigo tratando desesperadamente de zafar de su funda una espada atorada, y por ello, para mayor seguridad, vertió algo de aceite en la hoja para no correr ni el más mínimo riesgo. Seguidamente revisó su pistola, una hermosa arma francesa que perteneció a algún oficial de los ejércitos de Napoleón, probablemente sustraída al cadáver en algún olvidado campo de batalla en España durante la retirada de la península ante el avance de Wellington y sus aliados hispanos, y luego tomada a su vez como botín de un oficial naval español en algún encuentro en aguas chilenas. La pistola le había sido regalada a Tom, quien jamás la había disparado contra otro ser humano, pero de sus prácticas de tiro recordó que tendía a desviarse hacia la derecha y abajo, por lo que se hizo el propósito de tenerlo presente llegado el caso de tener que usarla.

«¡Como si fuera a participar en un duelo! Un abordaje es una lucha cuerpo a cuerpo en la que se dispara a quemarropa y nadie tiene tiempo de preocuparse de si la condenada pistola se desvía a la derecha, a la izquierda o al mismísimo infierno. ¡Qué estúpido soy!».

Como sea, le quitó el percutor, revisando el mecanismo que hacía prender la pólvora y provocaba la explosión que impulsaba el bolón de plomo por el cañón, acomodó nuevamente el pedazo de cuero aceitado que ayudaba a mantener la bala en su lugar y que corregía las irregularidades de esta en caso de que no fuera exactamente del mismo calibre del cañón —cosa bastante común, a pesar de la exactitud y cuidado que se pusieran en su fundición— y, por último, limpió cuidadosamente con la baqueta el tubo del arma.

Luego recordó lo que le había mencionado un ex cirujano de la Royal Navy respecto de las heridas producidas por los bolones disparados por mosquetes y pistolas, que al hundirse en la carne se llevaban también pedazos de tela que luego infectaban las heridas, por lo que era recomendable evitar las camisas de algodón y usar solo prendas de seda al entrar en combate. Tom tenía solamente una camisa de seda, y la reservaba para alguna ocasión especial, «como para cuando me case con la viudita de la tienda de velas», pero decidió que el evitar una eventual gangrena era una necesidad más inmediata, por lo que procedió a cambiarse la camisa.

«Por lo menos seré el más elegante de los cadáveres que echen al mar», se dijo, tratando de infundirse valor con su humor negro.

Terminados sus preparativos bélicos, solo le quedaba encontrar alguna manera de detener el cosquilleo en su estómago, que le parecía que era producido por una rata caminándole dentro de las entrañas.

«Curioso descubrimiento», se dijo. «El miedo es simplemente una rata que te corroe por dentro».

De pronto el grito de «All hands on deck!»12 cortó el hilo de sus pensamientos, por lo que agradeciendo la actividad que manteniéndole ocupado le impediría pensar, se dirigió a cubierta al tiempo que con la mano izquierda en un puño se golpeaba el estómago para aquietar al roedor.

En pocos minutos la nave bullía de actividad. Oficiales y sargentos gritaban órdenes e instrucciones; la marinería trepaba por las jarcias y se repartía por los palos para desplegar las velas; los artilleros preparaban sus mechas y municiones; los powder monkeys —jóvenes muchachitos, casi niños todavía, utilizados por su estatura y agilidad para el acarreo de bolsas de pólvora para los cañones desde la santabárbara— acumulaban suficientes bolsas junto a las baterías como para sostener las primeras andanadas; los marines de Miller revisaban sus mosquetes y llenaban sus morrales de municiones, listos para trepar a las cofas y hacer llover desde ahí su mortífero fuego sobre la cubierta enemiga; y dominando todo este ajetreo, la presencia imponente del comandante O’Brien gobernaba la Lautaro, que con la bandera chilena flameando orgulloso en el tope de mesana se escabullía del puerto de Valparaíso sin ser vista por los navíos españoles.

Al cabo, Johnson se dio cuenta de que O’Brien no tenía intención de ceñirse rigurosamente al plan trazado, ya que apenas salieron de Punta Ángeles se dirigió raudo en busca de los buques enemigos. Doblando la Punta Curaumilla, ordenó arriar el pabellón chileno e izar las insignias inglesas, poniendo proa hacia donde sus vigías indicaban haber avistado la Esmeralda.

Les tomó hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente avistar sus luces. Apenas uno de los guardiamarinas dio la alerta, el comandante reunió a sus oficiales en la cámara y sin mayores preámbulos ni discursos les indicó que esperarían hasta que aclarara para iniciar la aproximación a la fragata, y que, una vez a tiro de pistola de ella, reemplazarían los pabellones, soltándole una andanada y abordándola sin más. Las partidas de abordaje se mantendrían de acuerdo al plan originalmente trazado: primero la de Turner, luego la de Miller y, por último, si fuera necesario, la suya. Seguidamente, les sirvió una ronda de ron a cada uno y deseándoles suerte los envió de vuelta a sus puestos de combate.

Tom sintió cómo el licor le iba quemando en su recorrido hacia el estómago, pero una vez ahí notó sorprendido que la rata dejaba de roer y que un calor nuevo le circulaba por la sangre. En vista de ello, reinició sus intentos de convencerse de que el temblor de sus manos se debía más a la frescura de la mañana que al miedo, porque estaba seguro de que si pensaba en que era lo contrario la rata comenzaría a roer nuevamente.

Las horas pasaron demasiado lentas para los nervios de Tom, hasta que al aclarar, con viento a un largo, O’Brien dio la orden de gobernar sobre la aleta de barlovento de la Esmeralda, que se había puesto en posición creyendo que el buque que se aproximaba era la Amphion, al divisar la bandera británica.

Cuando el comandante Luis Coig vio que el navío inglés amenazaba con venírsele encima, cogió desesperado la bocina para advertirles, justo en el momento en que era arriada la bandera inglesa y simultáneamente se izaba la chilena. Casi al unísono, se oyó el grito de «¡Fuego!», y toda la banda de estribor de la Lautaro desapareció bajo el humo y las llamaradas de una atronadora andanada que impactó de lleno en el buque español.

El efecto fue indescriptible. A los gritos de sorpresa y espanto se sumaron rápidamente los de dolor de los heridos, causados no solo por las balas de cañón que impactaban y agujereaban la nave, mutilando y desmembrando cuerpos humanos en su loco rebotar, sino también por las astillas y pedazos de madera que volaban convertidos en proyectiles y se ensartaban a diestra y siniestra. Antes de que los hispanos pudieran siquiera reaccionar, dos andanadas más sacudieron su buque, acompañadas esta vez por el nutrido fuego de mosquetería que desde cofas y palos disparaban los fusileros de Miller.

Coig, recuperándose de la sorpresa, logró devolver una débil descarga que no logró evitar que la Lautaro incrustara el bauprés en la jarcia de mesana de su nave. El choque fue violentísimo, y todos los que no estaban preparados para él fueron derribados, de manera que incluso cayeron al agua algunos tripulantes de ambos buques.

Tom había estado observando con el rostro demudado el efecto que causaba el cañoneo sobre el buque español, sobre todo el horror causado por las descargas a quemarropa de las carronadas, que, sembrando el navío de hierro y metralla, causaban una carnicería espantosa entre la tripulación. En toda su larga trayectoria por los mares del mundo, jamás le había tocado presenciar un espectáculo como ese: y a pesar de lo sucio, cruel y sangriento que era su oficio de matar ballenas, nunca había participado en un enfrentamiento entre seres humanos, que, convertidos en verdaderas fieras, ponían todo su empeño en masacrar y aniquilar a sus semejantes.

—¡Oh, dulce Jesús! —era todo lo que atinaba a decir mientras, cogido de una baranda, intentaba no perder el equilibrio, ni la poca serenidad que le quedaba.

De pronto observó con incredulidad como O’Brien —que estaba parado muy cerca de él dando evidentes muestras de que la impaciencia lo consumía—, viendo abierto el paso hacia la nave enemiga y dejándose llevar por su espíritu combativo, olvidaba el plan de abordaje que entregaba la primera partida a Turner, que en ese momento organizaba a su grupo para el asalto, y desenvainando su espada al grito de «¡A ellos, muchachos!» iniciaba la carrera por el bauprés saltando sobre el alcázar de la Esmeralda e introduciéndose en el buque español sin siquiera mirar si sus hombres le seguían.

El teniente Walter no demoró un segundo en reaccionar y, desenvainando a su vez, miró a Tom, que estaba a su lado como paralizado, y tomándolo bruscamente del brazo le gritó un estentóreo «¡A la carga!» que pareció despertarlo de un sueño, y ambos iniciaron la carrera en pos de su comandante, seguidos por una veintena de hombres armados con hachas de abordaje, picas y espadas.

O’Brien, a la cabeza del grupo, se agachó presto para esquivar el feroz sablazo de un marinero al tiempo que extendiendo violentamente el brazo derecho, lo atravesaba con su espada. Luego, por el rabillo del ojo vio a un oficial que se le aproximaba por el costado gritando con su arma en alto, por lo que casi sin apuntar le descerrajó un balazo en pleno rostro con la pistola que cargaba en la mano izquierda.

Walter, a su vez, se trabó en un salvaje duelo con otro oficial, y chocaron sus aceros con tal fuerza que hasta saltaban chispas, en tanto que los atacantes chilenos que habían abordado el buque arremetían con violencia contra los defensores españoles, convirtiendo la refriega en una batalla campal.

Tom había cruzado por el bauprés más arrastrado por sus compañeros atacantes que por impulso propio, y ahora, en la cubierta enemiga, con la pistola en la mano y su espada aún envainada, miraba como un sonámbulo los efectos espantosos de la batalla. A su izquierda, sentado contra la borda y en un charco de sangre, un muchacho de no más de quince años observaba con expresión atónita el extremo del madero astillado que incrustado en su ingle le arrancaba la vida a borbotones. Un poco más allá, un marinero de mediana edad pedía a gritos que lo remataran para terminar con el sufrimiento causado por su muñón sangrante, que mostraba donde había estado alguna vez la pierna que una bala de cañón le había arrancado de cuajo. Había cuerpos desperdigados por todos lados y en las más diversas posturas, y el terrible clamor de los heridos competía con los gritos de los atacantes y con las descargas de mosquetes y pistolas.

De pronto, el marinero que avanzaba delante de Tom soltó un grito y, llevándose las manos a la cabeza, se fue de espaldas contra él al recibir un tiro en la frente. Esto sacó a Johnson definitivamente de su estado de parálisis, por lo que buscando protección intentó ubicar al tirador, al que finalmente descubrió en la jarcia del palo mayor, tratando desesperadamente de escabullirse para recargar su mosquete. Con una calma que no habría creído poseer, levantó la pistola, apuntó cuidadosamente, corrigiendo instintivamente la tendencia de esta a desviarse a la derecha y abajo, y apretó el gatillo viendo con alborozo cómo el hombre súbitamente soltaba el mosquete y, abriendo los brazos, caía desde su altura con un grito desgarrador, aplastándose con un golpe sordo contra la cubierta.

—¡Te di, bastardo! —masculló entre dientes, sorprendiéndose a sí mismo por su repentina ferocidad.

Guardando la pistola en el cinturón, ya que no había tiempo para recargarla, desenvainó finalmente la espada y se dirigió hacia donde O’Brien y William Walter —quien ya había dado cuenta de su adversario— avanzaban hacia la driza que sostenía el pabellón español en el palo de mesana.

La furia del ataque había sido tal que los españoles, acosados además por el mortífero fuego de mosquetería que recibían de los fusileros de Miller, apostados en el castillo y las cofas de la Lautaro, fueron obligados a entregar la cubierta, descolgándose por las escotillas hacia el entrepuente para salvar la vida.

Prácticamente dueños del buque, los atacantes chilenos, siguiendo las instrucciones de O’Brien, procedieron a arriar la bandera hispana al tiempo que soltaban un sonoro «¡Viva Chile!». Un oficial español, herido en el brazo izquierdo, y el único que ofrecía resistencia en la cubierta, intentó impedir la bajada de su pabellón, pero Johnson, poniéndole la punta de su espada en la garganta, le advirtió suavemente y con respeto:

—You’ve done enough already, mister, and I admire you for that. Now give up and surrender your sword.13

El oficial, un alférez de marina de rostro muy moreno y nariz aguileña, sin soltar su espada, le contestó en castellano con voz trémula de odio y desprecio.

—Soy el conde don Sergio Isidoro de Cardemil y Laínza, y jamás entregaré mi espada a un mercenario a sueldo de insurgentes inmundos.

En ese preciso momento un golpe de mar separó bruscamente los dos buques —la impaciencia e inexperiencia de los atacantes les había hecho olvidar que debían asegurar las naves con ganchos de abordaje—, impidiendo que los hombres de la partida de Turner, que ya estaban trepando al bauprés prestos a saltar a la Esmeralda, pudieran agregarse a la fuerza atacante, que se quedó en número inferior a veinticinco hombres en la cubierta de la fragata, rodeados de enemigos.

J. Argent Turner, convertido en comandante de la Lautaro en vista de que su superior se encontraba en la nave enemiga, al ver la bandera española arriada y a O’Brien y sus hombres dueños de la cubierta, la dio por capturada por lo que ordenó arriar una chalupa y despacharla con dieciocho hombres para que reforzaran a la dotación de abordaje, y seguidamente puso proa al bergantín Pezuela que, mudo espectador de la acción anterior, se disponía a emprender la fuga sin presentar combate.

Al advertir Coig el alejamiento de la Lautaro y que el enemigo que tenía a bordo era de tan reducido número, reunió rápidamente a sus oficiales sobrevivientes para organizar una contraofensiva. Con gritos y amenazas lograron disciplinar a la desmoralizada marinería en una fuerza combatiente, la cual tomando posiciones en las escotillas y a la orden de «¡Fuego a discreción!», inició un mortífero tiroteo de mosquetería y pistola sobre los abordadores.

Casi el primero en caer fue George O’Brien, quien, tras recibir un disparo mortal en el pecho, se derrumbó exánime sobre la cubierta, al tiempo que gritaba:

—Never leave her, my boys! The ship is ours!14

Tom, descuidando al oficial español, miró horrorizado e incrédulo el cuerpo sin vida de su admirado amigo y comandante, momento que aprovechó Cardemil para levantar la espada que aún conservaba en la mano y hundírsela con todas sus fuerzas en el estómago. La estocada fue tan violenta que más de treinta centímetros de acero teñido de sangre aparecieron por la espalda del ex ballenero, quien, abriendo los ojos desmesuradamente, con una expresión de infinita sorpresa, se derrumbó sin un quejido sobre el cuerpo de O’Brien.

Cardemil no alcanzó ni a disfrutar de su victoria ni a retirar su arma del cuerpo de Johnson, ya que una nueva descarga de mosquetería que surgió de la escotilla, sin distinguir amigo de enemigo, casi lo partió en dos al recibir múltiples disparos a la altura de la cintura, pecho y garganta.

Walter y los sobrevivientes de la segunda descarga, viendo el cariz que tomaban las cosas, buscaron protección tras el mástil, tendiéndose en cubierta, e incluso tras los cuerpos de los caídos, e iniciaron una débil respuesta al fuego enemigo ya que casi toda la partida de abordaje solo portaba hachas y espadas. Aun así, lograron detener reiterados asaltos españoles, mientras gritaban desesperadamente a la Lautaro que volviera a socorrerlos.

Argent Turner, mientras tanto, había logrado dar alcance al Pezuela y lo estaba cañoneando con furia, lo que muy pronto obligó a su capitán a arriar su bandera. Alborozados, los chilenos se disponían a tomar posesión de su presa cuando de pronto alguien observó asombrado cómo el pabellón español volvía a ser izado en la Esmeralda.

—¡Pero qué demonios…! —exclamó Turner. Y luego, notando que la chalupa que se acercaba a la Esmeralda con la segunda partida de abordaje era blanco de un nutrido fuego desde la fragata, decidió abandonar el bergantín y dirigirse nuevamente a esta para abordarla por segunda vez.

A bordo de la Esmeralda la situación era desesperada para los atacantes. Agotadas las municiones, luchaban con las espadas y con los mosquetes como si fueran mazas, en una batalla cuerpo a cuerpo sin cuartel ni piedad. Finalmente, reducido su número considerablemente, algunos de los sobrevivientes optaron por saltar al agua para intentar ser rescatados por el bote de la Lautaro. Otros, por simple audacia —o por no saber nadar—, decidieron seguir combatiendo en la cubierta enemiga observando esperanzados cómo la Lautaro intentaba nuevamente poner la proa sobre la nave española.

Después de varios intentos, Turner logró nuevamente su objetivo de poner el bauprés sobre la popa de la fragata, pero esta vez el enemigo estaba sobre aviso y embriagado ya del sabor de la batalla, por lo que fue imposible hacer pasar una partida de abordaje y solo lograron saltar de regreso a la Lautaro los últimos tres resistentes de la partida original que había cruzado con O’Brien.

Frustrado y enfurecido, dolido además por haber tenido que abandonar en el buque enemigo los cuerpos de O’Brien y Johnson, de cuyas muertes había sido ya informado, Argent Turner inició un vivo fuego de cañón, carronadas y fusilería contra la Esmeralda, procediendo prácticamente a desmantelar la fragata, que apenas respondía con un débil fuego de una tripulación mermada y agotada por horas de combate. El daño sufrido por la nave española era ya muy grave y, a medida que el combate proseguía, se hacía mayor: la amurada era ya apenas un esqueleto de maderos humeantes, la cámara se había incendiado, el mayor y el mesana se veían astillados y por lo menos uno de los dos palos decididamente averiado; la proa estaba casi deshecha, la cubierta se veía perforada en varias partes, y gran parte del velamen estaba agujereado y reducido a colgajos.

De pronto Miller le llamó la atención indicándole el Pezuela, que con su bandera nuevamente izada se dirigía raudo hacia el bote de la Lautaro —todavía comprometido en la faena de recogida de la frustrada partida de abordaje de O’Brien— y abría fuego de fusilería. En vista de esto, la nave chilena corrigió el rumbo para dirigirse a recoger a su gente, lo que implicaba una maniobra que la dejaría momentáneamente a merced de sus enemigos. Los buques españoles, sin embargo, y probablemente a causa del daño sufrido o del poco espíritu combativo que les quedaba, en vez de aprovechar la oportunidad para concentrar su fuego sobre la detenida nave y batirla, utilizaron el respiro para huir rumbo al sudoeste en busca de un puerto seguro para reparar sus heridas.

Izada su embarcación, Turner inició una infructuosa persecución de los españoles, que finalmente tuvo que abandonar al no poder disminuir la distancia que le habían sacado. Por ello, solo le quedó regresar a Valparaíso no sabiendo si lamentar o maldecir la acción de O’Brien, quien, a pesar de su audacia y arrojo, había frustrado la mejor oportunidad que podría presentárseles en mucho tiempo para dar un golpe decisivo al poder naval de España en el Pacífico.

Y esto sin contar con que de paso su audacia le había costado la vida al bueno de Thomas Johnson. El idealista ex ballenero, a quien sus hijos en la lejana Inglaterra ya nunca más verían, ni siquiera tendría el consuelo de una sepultura en esa tierra desconocida que había muerto defendiendo, ya que los españoles simplemente optaron por arrojar su cadáver al mar vestido con su elegante y ensangrentada camisa de seda.



El destino o lo que le deparara el futuro a Johnson era algo que Mackay no podía adivinar, por lo que pronto el tema salió de su mente.

Lo concreto y puntual era que de ahora en adelante Jimmy, Kelley, Cooper y todos los demás serían simplemente historia pasada, a pesar de que todavía podía observarse el Lady Cheryl en la bahía, preparándose para su inminente partida.

—Respecto al futuro —concluyó, al tiempo que encendía su pipa—, el único que realmente me preocupa es el mío, y este hay que empezar a forjarlo desde ahora mismo.



Capítulo V

1

Cindy estaba sentada en su sillón favorito junto a Robbie, quien con los ojos cerrados la escuchaba leer el Robinson Crusoe de Daniel Defoe —uno de los libros regalados por el ballenero Mackay—, cuando de pronto irrumpió Margarita en el dormitorio, muy agitada y al borde del llanto.

—¡Se van! ¡Se van! ¡El Lady Cheryl está saliendo de la bahía!

Cindy levantó la vista del libro y, tratando de no mostrar mayor emoción, preguntó:

—¿Estás segura de que son ellos? Hay otros balleneros también en el puerto.

—¡Claro que estoy segura! ¡Si conozco perfectamente el buque de Jimmy! —contestó rabiosa la muchacha—. ¡No puedo creer que se haya ido sin despedirse de mí!

—Ni William de mí —musitó Cindy para sí, sorprendiéndose ante la exclamación que sin pensar se le había escapado de los labios.

Robbie abrió los ojos, fijando la mirada por un momento en el techo de la habitación. Luego, volviendo lentamente la cabeza hacia ella, la miró serenamente y con concentrada atención por un instante, como si estudiara su bello rostro por primera vez.

La mujer le devolvió la mirada sin pestañear, con un dejo de interrogación quizás, pero con los hermosos ojos azules mostrándole sin tapujos los secretos de su alma. Al cabo, cerrando los ojos con una expresión de enorme cansancio, como si el esfuerzo hubiese sido sobrehumano, Robbie volvió la cabeza, hundiéndola nuevamente en la mullida almohada.

—Vete ahora, mi amor. Id a despedir a vuestros amigos.

Cindy se levantó, pero antes de salir del dormitorio se detuvo y, volviéndose súbitamente, se inclinó para posar los labios suavemente en la frente de su marido.

—Siempre estaré contigo, querido mío. No importa qué pase.

Seguidamente, poniéndose un chal sobre los hombros, salió rápidamente detrás de Margarita, que ya corría hacia la playa para ver pasar el ballenero frente a El Almendral.

Cuando su mujer hubo salido de la habitación, Robbie abrió nuevamente los ojos. Muy a su pesar, un par de lágrimas rebeldes se formaron en ellos, amenazando con deslizarse por sus mejillas. Con gran esfuerzo, levantó la mano derecha y, cubriéndose la cara con ella, intentó enjugárselas.

«Sé que no me dejarás, mi dulce, dulce amor. No le tengo miedo a eso. Pero por primera vez he visto con terror que necesitas algo que yo ya nunca podré darte. Algo que estaba dormido en ti y que por alguna razón pareciera que ese marino escocés (qué extraño, ¿por qué él?) tuvo la cualidad de despertar. Y siento más dolor por ti que por mí, amor mío, ya que veo que ese hombre no lo comprendió o no quiso comprenderlo, prefiriendo marcharse sin más. Y ahora que descubriste que tienes esa necesidad adentro, ¡pobre de ti!, ¿cómo podrás vivir soportándolo?, ¿cómo podrás seguir soportando los días? Oh, mi amor. ¡Lo siento tanto por ti!».



Margarita ya estaba en la playa, tratando de identificar a Jimmy entre los marineros que, encaramados en los palos del Lady Cheryl, desplegaban las velas para aprovechar el viento que sacaría al ballenero de la bahía.

No le costó mucho trabajo ubicarlo, en lo alto de la jarcia del trinquete agitando desesperadamente su gorra hacia la muchacha, al tanto que le gritaba con toda la fuerza de sus jóvenes pulmones:

—¡No pude despedirme! ¡El capitán no me dejó bajar a tierra porque creyó que no volvería al buque! ¡Nunca te olvidaré! ¡Volveré! ¡Te lo prometo!

—¡No te creo nada, traidor! ¡Sé que nunca volverás! —replicó la chica enfurecida, y pateando la arena con rabia le dio la espalda al mar y a la nave.

—¡No te entiendo! ¡Háblame en inglés! —gritó Jimmy de vuelta, pero luego, al darse cuenta de la actitud de Margarita, agregó con fervor—: I love you with all my heart!15

Esta última exclamación obtuvo verdaderos aullidos entusiastas de la tripulación del ballenero, quienes seguían con regocijo este intercambio de los muchachos.

—¡Eso es, muchacho galante! ¡No te entregues!

—¡Hurra, Jimmy boy! ¡Bien por ti! ¡Esa es la verdadera vida del marinero: dejar a una novia en cada puerto!

El Lady Cheryl empezó a virar para poner la proa mar afuera, lo que causó que Margarita olvidara totalmente su ofendida actitud, por lo que volviéndose nuevamente hacia Jimmy le gritó esta vez con voz apasionada:

—¡Yo también te amo, precioso mío! I love you! I love you!

Aquí sí que el griterío de la marinería se hizo espectacular y el pobre de Jimmy recibió una verdadera andanada de bromas, risotadas y remedos de la voz de la muchacha imitando su sentida declaración de amor.

Cindy, en tanto, intentaba identificar a William Mackay entre los hombres de la cubierta, pero solo logró distinguir al capitán Cooper y al doctor Kelley —quien la miraba fijamente y muy serio—, así como a un par de oficiales que alguna vez había visto deambulando por la ciudad. Pero no había ninguna señal del marino escocés.

El ballenero comenzaba a alejarse de la costa mostrando su popa a las mujeres, y sus tripulantes se empequeñecían cada vez más en la distancia. Sin embargo, todavía podía distinguirse al pobre Jimmy, siempre colgado de la jarcia y agitando su gorra con desesperación, despidiéndose a gritos de Margarita sin que se le entendiera ya una palabra de lo que decía. La chica, por su parte, ahora sí que daba rienda suelta a su llanto y desconsuelo. —¡Nunca volverá! ¡Yo sé que nunca volverá!

Cindy trataba aún infructuosamente de comprender la ausencia de Mackay. ¿Sería que el escocés la había esquivado intencionadamente, escondiéndose bajo cubierta para evitar una quizás embarazosa despedida? No. Obviamente aquello no tenía ningún sentido, ya que jamás se insinuó absolutamente nada entre ellos. «Estás loca, mujer. Cómo se te ocurren tales cosas. Y desde cuándo estás tan preocupada por la marcha de un marino de los muchos que han pasado y se han ido desde que estás en este confín del mundo. Este es solo uno más y punto».

Margarita se le echó en los brazos llorando desconsolada, pero los pensamientos de Cindy —aunque la abrazaba maternalmente— siguieron su curso. «¿Puede ser que este hombre te haya impresionado más que cualquier otro? Es cierto que hace ya tiempo que se las arregla para introducirse en mis pensamientos, aunque solo recientemente he tomado conciencia de ello. No obstante, sin duda es solo porque demostró tener una sensibilidad un poco más desarrollada que la que me había acostumbrado a observar en este rudo mundo de balleneros y oficiales de marina que constantemente deambulan de paso por este puerto. Pero si no fuera más que eso, ¿a qué se debe la extraña mirada de Robbie? ¿Habrá visto él algo que yo misma no he notado o comprendido en su totalidad? ¡Dios mío! Si fuera así, entonces lo mejor que puede haber ocurrido es que se haya ido. Mujer, ¡estás perdiendo la cabeza! Robbie ha sido tu único y absoluto amor, ¿cómo puedes hacerle algo así?».

De forma casi maquinal y como ausente, acariciando el cabello de Margarita, empezó a caminar de regreso a la casa, alejándose de la playa, siempre sumida en el curso de sus pensamientos. «¿Puedes tener cabida para otro amor? ¿Será que te empezaste a enamorar de ese hombre? ¡Si nunca dijo nada! Pero tiene sentido del humor, cosa que siempre te ha atraído. Es capaz de emocionarse con un libro a pesar de la ruda vida que obviamente ha llevado, y eso también te atrae. Pero ¿basta eso para enamorarse? ¡Por favor, tienes que estar perdiendo la cabeza!».

Ya estaban en el sendero que conducía de regreso a la casa. Margarita estaba más calmada, pero aún sollozaba suavemente, y Cindy trataba de detener el curso peligroso que estaban tomando sus pensamientos cuando, al llegar a la huerta que hacía las veces de antejardín, la norteamericana levantó la vista y sintió que la sangre se le iba súbitamente de la cara, al tiempo que las piernas amenazaban con ser incapaces de sostenerla: ahí, parado al otro lado de la huerta, esperando verlas aparecer desde la playa, estaba nada menos que William Mackay, que las miraba con su acostumbrada seriedad.



—No puedo creer que haya tomado una decisión como esta, William. La línea que separa a un corsario de un pirata es muy tenue, según siempre ha dicho Robbie. Y ello sin considerar que, en caso de ser atrapado, dudo que los españoles se fijen en tales sutilezas.

Estaban caminando lado a lado por la huerta, dirigiéndose hacia la playa. Margarita, por su parte, para evitar presentarse en su casa llorando a mares, había decidido ir a refugiarse en la cocina de Cindy, donde doña Floripe —que cuidaba de Robbie cuando Cindy salía— trataba infructuosamente de consolarla, sin entender mucho qué estaba ocurriendo.

—Creo que usted sabe, Cynthia, que no me importan mayormente las opiniones que la gente pueda emitir respecto a mí, como tampoco las elucubraciones filosóficas relativas a las diferencias entre un corsario y un vulgar pirata, y ello con todo mi respeto al parecer del comandante Buchanan.

La respuesta de Mackay fue respetuosa, como si intentara evitar una confrontación con las opiniones del marido de la mujer. Pero luego de unos minutos caminando en silencio, el ex ballenero agregó con voz ronca, al tiempo que fijaba la vista en el horizonte, eludiendo mirar a Cindy:

—Debo decirle que odiaría descubrir que su concepto de mi persona se hubiese deteriorado por esta decisión, y solo puedo alegar en mi defensa que lo que motivó mi desembarco en este puerto estuvo muy lejos de ser únicamente el aspecto monetario.

Cindy, al escuchar esto, sintió que su corazón se saltaba un latido, por lo que prefirió no comentar nada y guardar silencio. Mackay, por su parte, no ahondó más en el tema, prefiriendo llevar la conversación por otros rumbos.

—Fue, en todo caso, bastante triste dejar a buenos amigos como el doctor Kelley, Jimmy y otros. Y ver a McPherson en mi lugar como primer oficial después de tantos años a bordo de la querida Lady Cheryl. Pero creo que cada hombre elige su destino, y el mío pareciera estar ligado a este Valparaíso perdido en el extremo del mundo.

Ya en la playa, Cindy empezó a sentirse cada vez más nerviosa caminando a solas con ese hombre desconcertante, más aún al recordar los pensamientos que se habían amontonado en su mente cuando creyó que este se había ido sin despedirse. Lo peor era que no había tenido tiempo de poner en orden sus ideas, para poder analizar este turbador descubrimiento, ni para interpretar la mirada llena de conocimiento de Robbie. Sabía que lo mejor que podría haber ocurrido era que, efectivamente, el marino se hubiese ido; sin embargo, con terror, notaba que su interior se estremecía de gozo porque estaba aún allí. ¿Se había vuelto loca, acaso? ¿Qué le estaba pasando? Se dio cuenta de que estaba empezando a temblar descontroladamente. «Por favor, Dios mío, que no se dé cuenta del efecto que me está causando. Que no me hable, y, ¡por piedad!, que no me vaya a tocar ni por accidente, porque no podría soportar el contacto de su piel. Sin embargo, perdóname, Dios, pero ¡cómo anhelo ese contacto!».

Mackay notó que algo estaba cargando el ambiente y se recriminó por haber agregado ese comentario tan fuera de lugar. «¡Maldito idiota! ¡Tenías que abrir la boca!». Trató de imaginar algo que decir, pero al mirar de reojo a la mujer la notó tan turbada que prefirió simplemente guardar silencio.

El cielo estaba nublándose rápidamente y la mañana, que había sorprendido con un tibio sol, comenzó a enfriarse, anunciando un repentino cambio de clima. A lo lejos, todavía podía distinguirse el Lady Cheryl, casi como un punto en el horizonte.

Habían llegado al lugar donde yacía varada la pequeña goleta de nombre impresionante, Nuestra Señora de las Mercedes, sin atreverse a decir palabra, cuando de pronto comenzó a lloviznar. Cindy se cubrió los rubios cabellos con el chal, en tanto que el marino se levantaba el cuello del gabán.

—Creo que es mejor que regresemos —dijo suavemente el hombre.

Cindy asintió con la cabeza, sin atreverse a abrir los labios por temor a que el temblor de su voz la delatara, y dando la vuelta inició el camino de regreso a la casa.

Mackay la siguió sin hablar y ambos apuraron el paso. Sin embargo, antes de siquiera alcanzar la huerta, la llovizna se convirtió en un verdadero aguacero que el liviano chal de Cindy no podía detener, por lo que las ropas de la muchacha empezaron rápidamente a empaparse. El marino, dándose cuenta, se despojó de su abrigo y acercándose a Cindy se lo puso sobre los hombros, arropándola con delicadeza. La mujer, musitando un tenue «Thank-you», levantó la vista y sus miradas se toparon por un momento que pareció eterno, mientras la lluvia les caía sobre el rostro.

Mackay, cuyas manos sujetaban aún por el cuello el gabán con el que la había envuelto, miró la luminosa cara de la mujer, empapada por la lluvia, y pensó que jamás había visto un rostro más bello. «Sería tan simple», se dijo, «bastaría con tirar suavemente del abrigo hacia mí, inclinarme un poco, y besar esa boca maravillosa, prólogo de toda la dulzura del mundo».

Cindy, en tanto, lo seguía mirando, como si esperara algo que ella no era capaz de iniciar y se entregara a la iniciativa del hombre. Pero no podía adivinar que el marino se estaba enfrentando a una lucha con la tentación, a una batalla con las ganas locas de sumergirse en lo imposible.

En ese momento primó la razón, o quizás fue que vieron a doña Floripe, que con un paraguas se acercaba a la pareja para llevarse a Cindy a la protección de su hogar. Como fuere, William soltó el cuello del abrigo, liberando a la muchacha de la momentánea retención, y esta, desviando turbada la mirada, inició la marcha para reunirse con la mujer.

—¡Capitán Mackay! ¡Venga usted también a secarse a la casa! ¡Estoy segura de que el comandante Buchanan le convidará gustoso a un trago de ese «fuerte» de color ámbar que toman estos norteamericanos! —le gritó doña Floripe, al tanto que cubría a Cindy con su rústico paraguas.

Mackay no entendió mucho la invitación —efectuada en idioma castellano—, pero el inconfundible gesto con la mano de la mujer, imitando el acto de empinar un vaso, no dejaba lugar a dudas de qué se trataba. Empero, prefirió esperar la reacción de Cindy antes de aceptar.

—Venga, William. No puede quedarse ahí parado bajo la lluvia. Además, tampoco puede negarle a Robbie el placer de discutir con usted su decisión de dedicarse a la piratería —consiguió decir la norteamericana, permitiéndose incluso la audacia de agregar un sarcasmo.

—Ya le he explicado que existe una gran diferencia entre un pirata y un corsario —replicó el escocés, iniciando la marcha hacia la casa y advirtiendo aliviado que la muchacha había recuperado su presencia de ánimo.



2

—Así que ha decidido quedarse en estas tierras y hacer su fortuna con la espada en la mano, Mr. Mackay. ¿Sabe usted lo que le espera si lo capturan los españoles? Para ellos será usted pura y simplemente un pirata.

—Pues sí, lo sé, comandante Buchanan. Pero aun así he decidido correr el riesgo.

Sentado al lado de la chimenea, en la que ardía un hermoso fuego que hacía chisporrotear y crujir alegremente los abundantes leños de espino, con un vaso de bourbon en la mano, Mackay se enfrentaba al oficial norteamericano, que había sido trasladado del dormitorio a aquella especie de sillón-litera en el que se hallaba ahora medio recostado y tapado con una manta. De hecho, el escocés había ayudado a Cindy en el traslado del enfermo a la antesala de la casa, sorprendiéndose de su extremada liviandad al levantarlo.

Cindy se encontraba en alguna habitación interior secándose de los efectos de la lluvia y cambiándose de ropa, y doña Floripe estaba con Margarita preparando algo en la cocina, por lo que, momentáneamente, los dos hombres se encontraban solos. Mackay recorrió con la vista la sala, deteniéndose en los pequeños detalles de decoración tanto chilena como norteamericana que mostraban la huella de Cindy y que, mezclados con otros típicamente marinos, hacían aparecer tan especial y grata la combinación al visitante. En la pared, encima del hogar de la chimenea, destacaba el mosquete y el sable de marina que ya había visto en su visita anterior, y al lado lucía en todo su esplendor la bandera con las barras y estrellas.

El ballenero tomó un sorbo de su straight bourbon whiskey, sintiendo inmediatamente cómo el calor se desplazaba por su interior. El sabor era definitivamente muy distinto del de su acostumbrado néctar de Escocia, pero no le resultaba desagradable. De hecho, tuvo que aceptar con sorpresa que, bebido solo —sin agua—, era más agradable que el propio whisky escocés, aunque se guardó mucho de reconocerlo.

Volviendo la vista hacia Robbie, notó que lo observaba con seriedad, lo que le hizo recordar la mirada de asombro que el norteamericano le dirigió —y que rápidamente disimuló— cuando Mackay irrumpió en la casa con Cindy y doña Floripe, huyendo de la lluvia. En ese momento lo atribuyó a que el americano —al igual que Cindy en su momento— creía que se había marchado con su buque, pero ahora, al notar cómo le miraba, le dio la impresión de que podría haber algo más en esa atención.

—A lo mejor usted no lo sabe, Mr. Mackay, pero las actividades de la Essex, antes de que fuera capturada por los británicos, se acercaron bastante a lo que usted está a punto de iniciar. Siempre, eso sí, estrictamente como una unidad de guerra de la U.S. Navy, bajo bandera norteamericana y tripulada por norteamericanos.

—La verdad es que no sé mucho sobre las acciones de su buque anteriores al combate de Valparaíso, comandante Buchanan. Y mi información del mismo está principalmente basada en relatos de testigos ingleses, ya que un conocido mío, oficial de la Phoebe, perdió la vida en la batalla.

—Oh, siento escuchar eso. La triste realidad es que fue un trágico día para ambos bandos —Robbie lo miró con semblante pensativo por un momento, y luego agregó, cerrando los ojos con cansancio—: De hecho, toda la llamada Guerra de 1812 no fue más que una gran tragedia.

Mackay prefirió callar y puso su atención en el fuego y en su vaso. En el exterior, la lluvia arreciaba y William no pudo dejar de pensar en la Lady Cheryl, que mar afuera debía de estar preparándose para enfrentar el temporal que sin lugar a dudas se le venía encima.

—Nuestro plan de operaciones era bastante simple —Buchanan comenzó de pronto su relato—. Teníamos que dirigirnos al Atlántico Sur y reunirnos con la USS Constitution y la Hornet, y conformar un escuadrón que arrasara cuanto navío británico encontráramos. Nuestra moral y nuestro entusiasmo eran altísimos: habíamos conocido ya la victoria al batir a la corbeta Alert casi al mismo tiempo que la Constitution había hundido a la Guerrière frente a Halifax y la United States a la Macedonian. ¡Inglaterra, la primera potencia naval del mundo, en menos de dos meses había perdido tres de sus buques, entre ellos dos fragatas, en enfrentamientos con una marina que no podía ni por asomo comparársele en tamaño ni en medios!

Mackay notó con interés cómo Robbie parecía animarse con sus recuerdos de pasadas glorias, aun a pesar de su amargo comentario anterior sobre la Guerra de 1812. Era notorio el brillo que de pronto apareció en sus normalmente apagados ojos.

—El problema fue que el Atlántico es demasiado grande, y nunca logramos reunirnos con los otros dos buques, por lo que Porter decidió que nos entretuviéramos recorriendo de punta a cabo la costa brasileña, apresando todo navío británico que avistáramos, mientras esperábamos la llegada de nuestros compañeros. Finalmente, al cabo de un mes de correrías, en enero de 1813, un mercante portugués nos informó de que la fragata Constitution se había enfrentado en combate con la también fragata inglesa Java frente a Río de Janeiro, y que —aunque vencedora— había quedado en tan precario estado que decidió volverse a Boston para hacer reparaciones. La corbeta Hornet, por su parte, estaba muy al norte bloqueando un buque en la Guayana Británica.

Robbie, indudablemente, se entusiasmaba con su relato. Le hizo una seña a Mackay para que lo ayudara a incorporarse un poco, al tiempo que continuaba con su historia.

—En vista de las noticias, David Porter reunió a los oficiales esa noche y nos dijo: «Caballeros, nos hemos quedado solos. No podemos permanecer en estas aguas porque tarde o temprano una flotilla británica nos va a dar caza. En consecuencia, tenemos dos alternativas: o regresamos a casa con la pequeña cantidad de gloria y dinero que hemos obtenido por nuestras presas, o hacemos algo decididamente audaz».

El norteamericano hizo una pausa.

—Usted comprenderá, Mr. Mackay, que todos los oficiales, al unísono, conviniéramos en que debíamos hacer lo decididamente audaz.

—¡Tontos! ¡Eso es lo que son los hombres! ¡Solo unos tontos! ¡Jamás dejan de ser unos niños necios persiguiendo una estúpida gloria que a la larga solo causa dolor y pena a aquellos que los rodean! —interrumpió Cindy, quien con una taza de té en la mano entraba en ese preciso momento en la habitación, justo para escuchar la última frase de Robbie.

—¡Cindy! ¡Cómo puedes decir eso! ¡Éramos oficiales de marina luchando con honor en una guerra por nuestra patria!

Al escuchar tal sorpresa y recriminación en la voz de su marido, Cindy pareció súbitamente reaccionar. Deteniéndose en mitad de la sala, miró con ojos de espanto a ambos hombres, como si se diera cuenta de que la mujer de un oficial de marina —y con mayor razón la de uno que pagaría por el resto de su vida el precio de ese honor que ahora ella maldecía— no podía bajo excusa alguna dejarse llevar por una emoción así.

—Tienes razón. Lo siento, Robbie. No debí decir tal cosa —musitó humildemente, sentándose con su taza de té en la tercera silla de la sala, al otro lado de la chimenea y, al igual que Mackay, frente a la litera de su marido.

El ballenero la miró con curiosidad: era la primera vez que la veía dejar entrever el sufrimiento y la angustia que indudablemente arrastraba en su interior. Desde el primer día le habían sorprendido la fuerza y entereza que siempre mostraba, sin que jamás mencionara siquiera el hecho de que su marido estaba condenado a una invalidez eterna, que al mismo tiempo la condenaba a ella misma a privarse de todo aquello que una mujer joven, sana y normal debería por derecho poder disfrutar. Y ahora, por segunda vez en una mañana, había tenido la oportunidad de ver a Cindy como una mujer vulnerable. Y comenzó a amarla aún más por ello.

Robbie también estaba mirando a su mujer con sorpresa. Nunca le había escuchado un comentario por el estilo. Desde el mismo momento en que Cindy llegó de Boston para cuidarlo y acompañarlo, jamás hubo una sola recriminación contra la Marina, la guerra o lo que fuere por la jugada que el destino les había deparado. Se preguntó asombrado si no sería esta una reacción a la inesperada decisión de Mackay de permanecer en Valparaíso. «¡Oh, mi amor! ¡Por favor, no permitas que este hombre te hiera!».

El ambiente se había enrarecido, por lo que Mackay decidió intentar retornar la conversación hasta el punto en que había quedado.

—¿Y qué se suponía que era lo «decididamente audaz», comandante Buchanan?

—Pues simplemente abandonar el Atlántico, cruzar el cabo de Hornos y atacar al enemigo donde menos lo esperaba: en el océano Pacífico. Nuestros cotos de caza serían las costas de Chile, Perú y hasta México, donde podríamos asolar el desprotegido comercio británico, acumulando en partes iguales gloria y riqueza. En otras palabras, emprender lo que hasta la fecha ningún navío solitario había intentado jamás.

El enfermo, cerrando los ojos, interrumpió su relato y apoyó suavemente la cabeza en la almohada. Cindy le miró preocupada y, pensando en que el esfuerzo lo estaba agotando en demasía, empezó a incorporarse para ir hacia él, cuando de pronto se dio cuenta de que una sonrisa empezaba a dibujarse en su rostro. Comprendiendo que Robbie estaba simplemente gozando de sus recuerdos, se acomodó nuevamente en su asiento y, mirando a Mackay con alivio, también su cara se iluminó con una de sus bellas sonrisas.

—No sé qué condiciones enfrentó usted al cruzar el cabo, Mr. Mackay. Por Cindy sé las que ella vivió en su loco peregrinaje a este extremo del mundo para acompañarme. Pero creo no equivocarme al afirmar que nuestra travesía debe de haber sido una de las peores que navío alguno haya sufrido jamás.

—La verdad es que yo encontré la experiencia bastante terrorífica —acotó Cindy—. Aparte de que perdí prácticamente toda la vajilla, la cristalería y los libros que traía. Aunque debo reconocer que los oficiales de mi buque que ya habían cruzado antes mencionaron que nuestra travesía había sido relativamente «benigna». ¡Cómo serán las travesías «no benignas», entonces!

—La mía fue decididamente mala, comandante Buchanan, y créame que no exagero. Pero el Lady Cheryl es un gran buque y resistió valientemente.

—Ambos saben de qué hablo, entonces —continuó Robbie, sin abrir los ojos—. El cabo de Hornos: el más frío y terrible de los archipiélagos, ubicado en el último y más frío confín del mundo; donde el viento del oeste sopla incesante y sin misericordia, azotando por las bandas el navío que ose enfrentarlo, arrastrándolo una milla por cada milla que logre avanzar; donde el cielo es de un gris lúgubre y el mar toma el mismo color oscuro y siniestro que debe de tener la antesala del infierno; donde las aguas, en menos tiempo del que toma arriar un foque, pueden súbitamente transformarse, alzándose para convertirse en una verdadera cadena acuática de montañas, engulléndolo todo sin dejar ni un madero como testigo. De eso estoy hablando. Del lugar que hace tiempo se coronó ya como el más temido por todos los marineros que alguna vez surcaron los mares.

Mackay entendía perfectamente lo que Buchanan explicaba. Llevándose el vaso a los labios, se tomó de un trago el resto del whiskey, al tiempo que su mente lo trasportaba a su propia experiencia en el cabo de Hornos. Se encontró de nuevo a bordo del ballenero, que, con la cubierta barrida por olas inmensas, se hundía en verdaderos precipicios acuáticos y de alguna manera afloraba nuevamente mientras el mar se escurría en cascadas por los imbornales; y él pensaba en qué momento la nave ingresaría más agua de la que pudiera eliminar. Recordó al pobre Jimmy, demudado por el espanto; al capitán Cooper a punto de dejarse llevar por el pánico y el descontrol, fatal para quien ostenta el mando; a Mr. Clayton, aferrado a su biblia y clamando al cielo piedad y arrepentimiento; a Fleming, siempre maldiciendo y obligando a los aterrados tripulantes a permanecer en sus puestos a base de insultos y golpes, labor que también desempeñaba Mr. Thomas, el único cape-horner del buque con dos travesías en su carrera. Rememoró, también, que su propio comportamiento había estado a la altura de las circunstancias, por lo menos así lo creía: jamás perdió la calma ni se dejó llevar por el pánico, aunque sí creyó en un momento que ese era el fin de la existencia del Lady Cheryl y de su tripulación. Sí, definitivamente podía afirmarse que él sí entendía claramente de qué estaba hablando el comandante Buchanan.

—La estricta verdad es que no fue solo la promesa de gloria y fortuna la que hizo a nuestra tripulación acometer con tanta osadía primero los riesgos del cabo de Hornos y luego el enfrentamiento en solitario con los ingleses —comentó Robbie, para luego detenerse mirando de reojo a Cindy y agregar algo titubeante—: Porter les aseguró también una posterior estadía en las islas Sandwich para que las muchachas polinesias los resarcieran de los sufrimientos de la travesía.

—¡Robert! ¡Modera tu lenguaje! ¡Se supone que eran ustedes oficiales y caballeros! ¡Y ello sin mencionar que Porter y varios otros oficiales eran hombres decentemente casados!

Mackay no pudo evitar reírse con ganas ante la exclamación de Cindy, que en su enojo había olvidado hasta el «Robbie» para referirse a su marido como «Robert».

—Cierto. Pero también eran hombres que llevaban más de cinco meses en alta mar y con un futuro bastante incierto por delante —Robbie inició una débil defensa, pidiendo socorro con la mirada a Mackay para sortear este terreno peligroso en el que se estaba metiendo, pero solo logró que el escocés se riera aún más ante la mirada relampagueante que le dirigió Cindy.

—Vamos, señora Buchanan —intervino finalmente, ahogando la risa—. Usted es una mujer inteligente y esposa de un oficial de marina, por lo que sabe perfectamente que un marinero de cualquier nacionalidad vive y muchas veces hasta muere por ese tipo de incentivos. No estamos hablando aquí de hombres depravados o de pervertidos de vida disipada, sino de simples seres normales enfrentados a una existencia dura y de enormes riesgos, alejados durante largos meses y a veces hasta durante años de sus hogares y esposas. ¿Cree usted realmente que es tan condenable? ¿Se atrevería usted a ser la primera en acusarlos o en juzgarlos por ello? Piénselo un momento.

Robbie lo miró con alivio y a Mackay le pareció que hasta con un poco de admiración. Cindy, por su parte, posó en él por largo rato una de esas miradas serias y concentradas que lo estremecían íntimamente, para luego musitar:

—Tiene razón, William. No sé qué me llevó a mostrarme como una mojigata escandalizada por algo que hace tiempo ya entiendo como natural. Deben de ser los resabios de una educación tradicional que posteriormente la vida se ha encargado de transformar, pero que aun así aflora naturalmente antes de que la razón y la realidad primen—. Y luego, volviendo la vista a su marido: —No te preocupes, Robbie. Nunca te ofendería poniéndote en el conflicto de tener que contestar si tú también fuiste «resarcido» de los sufrimientos de la travesía por las bellas muchachas polinesias.

Los dos marinos se miraron admirados, optando por permanecer en silencio. Afortunadamente, la tensión disminuyó con la entrada de doña Floripe, que traía un plato de humeante estofado para Robbie. Mackay se puso inmediatamente en pie e inició una despedida para retirarse de la casa, pero fue abruptamente interrumpido tanto por Cindy como Robbie, quienes insistieron en que se quedara a almorzar.



3

La lluvia no disminuía, y Mackay, aunque algo incómodo porque era consciente de que el extraño comportamiento de Cindy indudablemente tenía que ver con lo que pudo haber sucedido en la playa, decidió aceptar la invitación de los Buchanan.

El ambiente hogareño era simplemente irresistible, con su crepitante fuego y el sabroso aroma del estofado cocinado por doña Floripe, que sumado al agradable calor interno otorgado por el bourbon, más el interesante relato de Robbie, hacían la velada todavía más atractiva. Además, Mackay tuvo que reconocer que el mismo Robbie se había convertido en una incógnita, ya que no podía dejar de recordar la mirada que este le había dirigido cuando entró en la casa, y luego las otras especiales y furtivas con que de vez en cuando le sorprendía.

El ballenero tenía ya muy claro que lo que sentía por Cindy era algo más que una simple atracción física, y por la misma profundidad de ese sentimiento no podía dejar de sentir una cierta afinidad y hasta un dejo de admiración por este Robert Buchanan que había sido capaz de conquistar a esta extraordinaria mujer. Mal que mal, lo quisieran o no, algo muy solemne los ataba: ambos amaban a la misma mujer. La cuestión era: ¿lo sabía Robbie también? ¿Estaba empezando a sospecharlo? Y, más importante aún: ¿lo sabía Cindy?

La comida transcurrió sin mayor conversación. Cindy ayudaba a Robbie a causa de la inmovilidad de su brazo izquierdo, que le hacía complicado sostener el plato o beber un sorbo de vino.

Mackay encontró que el estofado chileno era un plato sencillamente delicioso y, aunque Cindy y Robbie acompañaron la comida con un vaso de vino tinto que compartieron, él prefirió continuar con el bourbon.

La gran sorpresa vino después del plato principal, cuando doña Floripe trajo como postre un tradicional American apple-pie16 preparado por Cindy, que fue servido cubierto de crema de leche y que hizo que Mackay casi irrumpiera en aplausos.

—Mrs. Buchanan, creo que esta es la mejor comida que he disfrutado en mi vida. Sinceramente. Thank-you very much!

—Me alegro mucho de que le haya gustado, William —rio Cindy, halagada—. Pero el mérito del estofado es de doña Floripe, por lo que solo me guardaré el correspondiente a la tarta de manzana.

—Felicitaciones a ambas, entonces. Esta ha sido una comida extraordinaria y lejos de las que acostumbro a tomar no solo en alta mar, sino hasta en mis cortas estadías en tierra.

—Gracias, William. Me encargaré de hacer llegar sus elogios a doña Floripe —dijo Cindy, al tiempo que se levantaba para llevar los platos a la cocina y le dirigía una de sus miradas estremecedoras, de cuyo efecto sobre él estaba seguro que ella ni siquiera tenía conciencia.

Mackay la observó ensimismado mientras se alejaba cuando, de pronto, sintió el peso de otra mirada sobre él. Al girar la cabeza, sus ojos se encontraron con los de Robbie, y comprendió que este también se había percatado del efecto que tales miradas causaban en su huésped.



—La idea de Porter era repetir la hazaña de Lord Anson, a quién estoy seguro que usted debe de recordar, Mr. Mackay —dijo de pronto Robbie rompiendo el silencio, una vez que los tres estuvieron nuevamente instalados frente a la chimenea.

Mackay estaba en ese preciso momento luchando con la idea de levantarse, agradecer la hospitalidad y proceder a retirarse de este hogar en el que estaba empezando a sentirse como un invasor, como un intruso que se interponía entre dos seres que, sin lugar a dudas, se merecían más que ninguna otra pareja que jamás hubiese conocido. Mirando a Cindy, se disponía a iniciar una excusa cuando Robbie había reiniciado su relato, y ahora ya no sabía cómo podría interrumpirlo.

—A principios de marzo de 1741, George Anson emprendió el cruce del cabo con siete naves con la intención de atacar a los españoles en el Pacífico, pero después de una de las peores travesías de que se tenga memoria, tres meses más tarde, solamente cuatro de sus buques se presentaron a la reunión en Juan Fernández. En la práctica, solo uno de ellos (su nave insignia, la fragata Centurion) estaba en condiciones de continuar el proyecto. Sin embargo, pese a todo, se las arregló para cumplir su propósito de asolar el comercio español, regresando a Inglaterra después de completar la vuelta al mundo con esa única nave, y con el mayor botín jamás recaudado por una expedición en toda la historia de la humanidad: medio millón de libras esterlinas.

—Efectivamente, sí recuerdo el caso, comandante —comentó Mackay—. De hecho, hasta recuerdo los nombres de las naves de la expedición, puesto que cuando mi buque fue destinado a estas aguas me las arreglé para conseguir todo el material posible relativo a experiencias anteriores en el cabo de Hornos. Los otros tres buques que acudieron al encuentro fueron, además de la ya nombrada Centurion, la Gloucester, la Trial y el transporte Anna, pero, tal como usted ha mencionado, lo lograron en condiciones más que deplorables. De los otros tres navíos de la expedición, uno naufragó (la famosa fragata Wager de John Byron) y los dos restantes, que Anson también dio por perdidos, fueron en realidad barridos de vuelta al Atlántico.

—¿Byron? ¿Cómo el poeta? —preguntó Cindy.

—Sí, Mrs. Buchanan, como el poeta: este John Byron, más tarde conocido en la Royal Navy como Foul-weather Jack,17 fue nada menos que el abuelo del poeta romántico Lord George Gordon Byron, aunque no alcanzó a conocer a su nieto porque murió dos años antes de su nacimiento.

—Mr. Mackay, debo decirle que sus conocimientos me asombran. Yo no sabía eso. Además, que se haya preocupado de leer la relación del viaje de Anson habla muy bien de usted, lo muestra como un hombre tremendamente previsor. Estoy comenzando a creer que su aventura corsaria podría perfectamente tener éxito —comentó Buchanan, girando la cabeza para observar al ballenero con mayor atención.

Mackay prefirió guardar silencio, pero no pudo evitar observar cómo Cindy daba un ligero respingo ante el comentario de su marido.

Buchanan ni se percató de ello, y continuó su historia.

—Aunque era pleno verano cuando enfrentamos el estrecho de Le Maire iniciando nuestro cruce, las temperaturas más elevadas no superaban los cuatro o cinco grados centígrados. Ello, en una tripulación entre la cual las medias de lana no eran precisamente abundantes y entre la que hacía tiempo que el calzado de cuero brillaba por su ausencia, causó que todos, cuál más cuál menos, sufriéramos de continuos congelamientos en los dedos de pies y manos. La constante lluvia y el granizo herían la piel como si fueran agujas de hielo, y no importaba qué clase de ropa usáramos o dónde nos refugiáramos, el agua siempre se las arreglaba para introducirse por el cuello de nuestros gabanes, dentro de nuestros sacos, en los camarotes, en los coyes de la tripulación, mojando y humedeciéndolo todo. Creo que jamás olvidaré la humedad: la aprendí a odiar aún más que al hacinamiento de 319 hombres en una nave de 140 pies de eslora por 36 pies de manga, eternamente luchando contra los elementos; más que a la miserable dieta de carne salada, sopa de arvejas medio podridas y pan lleno de gorgojos; más que a cualquier otra cosa en toda esa condenada travesía en el fin del mundo.

Robbie guardó silencio, inmerso en sus recuerdos. William, fijando la mirada en las llamas, sorbió su whiskey y en el momentáneo silencio pudo escuchar que afuera seguía lloviendo con intensidad.

—A estas alturas y luego de los hechos posteriores y de todos conocidos, creo no cometer ninguna infidencia al decir que la Essex estaba muy lejos de estar en la mejor de las condiciones para comprometerse en una aventura de este tipo: tenía ya catorce años y, aparte de no haber sido reacondicionada desde su último crucero, necesitaba con urgencia una repasada de cobre en sus fondos. Una rebelde vía de agua en la proa más el continuo filtrar de sus junturas obligaba a que las bombas de achique operaran día y noche. Los carpinteros debían estar constantemente embreando y calafateando los tablones interiores de su casco. Y, por último, como si ello no bastara, los mástiles tenían demasiado juego en sus asientos.

Mackay notó que Cindy se aprestaba a decir algo con vehemencia, pero al intuir que el ballenero la miraba pareció pensarlo mejor y optó por permanecer callada. Su marido, en tanto, cerrando los ojos un instante, apoyó la cabeza en la almohada para recuperar fuerzas. Pero al cabo, demasiado entusiasmado con su relato para interrumpirlo, continuó hablando.

—A todo lo anterior yo sumaba además una preocupación personal, la que me había perseguido desde el mismo momento en que zarpamos de Boston y que tenía que ver con el poder de fuego de la fragata, o mejor dicho, con el alcance de su artillería.

—Esta es la segunda vez que escucho esta cuestión del alcance de los cañones de la Essex —interrumpió Mackay—. ¿Me puede explicar en qué consistía realmente el problema, comandante Buchanan?

—Pues ocurre que aparentemente alguien en el Ministerio de Marina, basado en no se sabe qué experiencia tomada de las guerras napoleónicas, decidió que los combates navales del futuro se decidirían mediante el simple recurso de ponerse lado a lado con el enemigo, a la menor distancia posible, y arrojarle todo el hierro y metralla que pudiera. Como consecuencia de ello, el predecesor de Porter hizo retirar todos los cañones de doce libras (excepto seis de ellos), capaces de enviar una bola de hierro a una distancia de media milla, y los reemplazó por carronadas, que con sus tremendos proyectiles de treinta y dos libras no superaban un alcance máximo de cuatrocientas yardas. Estos smashers,18 además, afectaron la velocidad de la fragata; por su pequeña longitud tendían a incendiar las portas y los aparejos cercanos, y se recalentaban mucho más rápido que los twelve pounders,19 pero no cabía duda de que eran ideales para el combate a corta distancia… siempre que el enemigo nos permitiera acercarnos lo suficiente.

Aquí sí que Cindy no pudo contenerse:

—¡Pero esto solo puede calificarse como negligencia criminal, Robbie por Dios! ¡Jamás supe de estos antecedentes!

¡Cómo puede ser que una operación naval de esta categoría se haya intentado efectuar en tales circunstancias, con una nave decididamente fuera de toda condición marinera para una travesía como esa, y encima sin siquiera artillería adecuada para las operaciones de combate en las que pretendía involucrarse! ¡Yo sé cuánto admiras y respetas aún a David Porter, Robbie, pero creo que lo suyo fue de una irresponsabilidad inaudita en un comandante naval!

—¡Cindy, otra vez, por favor! ¡Trata de entender! Éramos una unidad de combate cuyo deber era buscar al enemigo donde pudiera estar e intentar destruirlo, sin que importaran los medios con que contáramos. Estoy seguro de que el capitán Mackay también lo entiende así.

Cindy también lo entendía. Y se recriminaba por estar portándose como una idiota no solo ante su marido sino también ante este hombre extraño que debía de creerla una loca de atar. Pero de pronto comprendió que solo estaba reaccionando ante la posibilidad de que a William Mackay le pasara algo parecido en esta aventura que iniciaba. Con espanto y estupor, se dio cuenta de que no podría resistirlo. No una segunda vez. Se llevó horrorizada la mano a la boca, para detener un quejido, mientras su cerebro intentaba rechazar este descubrimiento terrible: de verdad amaba a este hombre, hasta el extremo de la desesperación por el futuro incierto que le esperaba.

Mackay, por su parte, prefirió entender que no se le estaba preguntando su parecer, y optó por mantener la boca cerrada. De hecho, hasta le empezó a incomodar el tener que ser testigo involuntario de esta suerte de terapia que recreaba sucesos que afectaban tan dolorosa y directamente a esta pareja, y tuvo la sensación de ser un intruso sin derecho a permanecer en esa casa. («Lo que deberías hacer, maldito entrometido, es levantarte de una vez por todas y alejarte de aquí, ojalá para siempre. ¿Qué derecho tienes a involucrarte con esta buena gente? Peor aún, ¿quién te dio el derecho de irrumpir en sus vidas, poniendo a esta mujer ante una situación a la que jamás debiera de haberse enfrentado?»).

Decidiéndose de una vez por todas, Mackay levantó su vaso y se mandó el contenido adentro de un solo trago. El efecto de ese fuego líquido corriendo por su interior casi le hizo saltar las lágrimas, pero de pronto una idea atravesó fulminantemente su cerebro.

«Epa, espera un momento, claro que estás involucrado y desde el inicio: fue la misma condenada batalla que dejó inválido a Buchanan la que cambió definitivamente tu propia existencia al terminar con la vida de Colin Kerr, impidiendo que te casaras con su hermana Catherine Eileen, lo que a su vez habría evitado que te encontraras en este momento en este endemoniado puerto de Valparaíso. El destino, para los que creen en él, o lo que sea, decidió que ese fuera el curso de los acontecimientos. Y si no hubiese sido así, jamás habrías conocido a esta maravillosa y muy especial Cynthia Buchanan; por lo tanto, déjate de remilgos y goza de su cercanía, puesto que difícilmente podrás gozar de algo más de ella».

Se enderezó en su asiento, miró hacia la mujer y vio como esta —con el rostro extremadamente pálido—, lo miraba a su vez con los ojos muy abiertos y una mano crispada en la boca. Y entonces también comprendió. Comprendió que aquello era superior a ellos. Comprendió que estaban condenados.



Capítulo VI



1

Robert T. Buchanan siempre se había considerado un hombre práctico, un hombre que no acostumbraba a huir de los problemas sino que prefería enfrentarlos y buscar soluciones racionales, cuando otros optaban por ignorarlos con la vana ilusión de que así los harían desaparecer. Toda su vida había estado basada en estos principios, los que sumados a un valor a toda prueba le habían granjeado la estimación y admiración de todos sus camaradas en la marina, además de la confianza de sus superiores y la lealtad de sus subalternos. La imagen que transmitía era la del perfecto oficial y caballero, franco, valiente y honrado. Su naturaleza reservada no le impedía provocar una sincera simpatía en todos los que lo rodeaban, y —aún sin realmente percatarse de ello— el impacto que causaba en el sexo femenino era impresionante dada su elegante y atlética estampa.

Desde el momento en que vio a la hermosa Cynthia Cowen por primera vez, en una reunión social en casa de su tía Dorothy en Annapolis, se enamoró perdidamente de ella. La muchacha, originaria de Boston y que se hallaba de paso en la ciudad visitando a unos parientes, tampoco pudo resistir el atractivo de este joven oficial naval, que con su franca naturalidad y sencillez la conquistó desde el primer encuentro.

Ambas familias vieron con beneplácito este compromiso nupcial: los Buchanan por unirse a la fortuna y prestigio de los Cowen de Boston, y los Cowen por ligarse con uno de los clanes más antiguos y tradicionales de Maryland —dueños de la que podía perfectamente calificarse como la más productiva plantación de tabaco del Chesapeake—, pero además porque por fin su obstinada hija mayor (que ya estaba pasándose peligrosamente de la edad casadera con sus veintidós años) había encontrado a un hombre con el que quisiera casarse, sin importarle los deseos, imposiciones o recomendaciones de su familia.

Se amaron con pasión, pero por estar todavía en esa etapa inicial del descubrimiento mutuo, interrumpidos por sus constantes períodos de embarque y largos cruceros, no alcanzaron nunca a conocer ni a disfrutar de la perfección total de la unión física. El amor entrañable que se profesaban, sumado a ese deseo constante que los consumía como un fuego, les dolía como una herida en cada separación, pero Robert Buchanan era también un oficial de marina que amaba profundamente su carrera y, aunque con el natural dolor por tener que separarse tan seguido de su mujer, nunca dejó de embarcarse en un crucero con el corazón alegre y hambriento de aventura y gloria.

La expedición de la Essex, que Robbie emprendió como de costumbre con el corazón lleno de entusiasmo, los separó por más de dos años para finalmente terminar juntándolos de nuevo en el otro extremo del mundo, pero esta vez —a pesar de que el amor no había disminuido ni un ápice— sin posibilidad alguna de apagar ese deseo que tampoco había disminuido durante la larga separación, ya que les estaba vedado el reiniciar una vida conyugal normal. Aun así, el amor que se tenían era más poderoso que cualquier otro sentimiento, por lo que esta tragedia contribuyó a que su unión se tornara todavía más fuerte.

No obstante, ahora el comandante Buchanan reconocía que tenía un serio problema que enfrentar. Y por primera vez sintió la tentación de ignorarlo, de esforzarse por evitar pensar en él y así simplemente esperar como un iluso que desapareciera.

Era, definitivamente, el problema más serio que había enfrentado en su vida, y sentía verdadero pavor de reconocerlo: estaba perdiendo a Cindy.



El capitán del ballenero debió de pensar que todavía podía escabullirse, o simplemente no creyó en la seriedad de la advertencia, e intentó rápidamente virar para ponerse en favor del viento e iniciar su escape hacia el norte.

Sin embargo, Porter ya no se complicaba con estas cosas, por lo que sin siquiera levantar la voz dio la orden de fuego y uno de sus chasers20 de proa envió su bola de doce libras zumbando por el aire para levantar un surtidor de agua unos veinte metros delante del buque británico. Aun así, el ballenero ya había iniciado el viraje mientras desplegaba cuanto velamen le quedaba disponible, por lo que su capitán decidió jugársela e insistió en su intento de escabullirse.

Porter levantó su catalejo para observar con mayor atención el ballenero y nuevamente dio la orden de fuego, agregando casi con indiferencia:

—Más cerca esta vez, señor Buchanan, por favor.

El segundo cañón disparó estruendosamente su proyectil y todos pudieron observar la perfecta elipse que este dibujaba en el aire y cómo impactaba en el bauprés del ballenero y lo partía en dos, haciendo que su petifoque y su foque gualdrapearan enloquecidos al quedar a merced del viento, mientras su contrafoque y trinquetilla permanecían unidas a la otra mitad del palo.

—Buen tiro, Mr. Buchanan. Gracias.

El griterío indignado y los insultos de los ingleses se pudieron escuchar claramente aún a pesar de la distancia y del viento contrario, y fueron inmediatamente seguidos de los «hurras» de la marinería americana. Hasta Robbie se dejó llevar por el entusiasmo y, levantando el brazo en señal de victoria, felicitó orgulloso a sus artilleros por un disparo sencillamente genial.

El capitán inglés, maldiciendo frenéticamente, tuvo que aceptar esta vez que los argumentos americanos eran suficientemente contundentes, por lo que virando de nuevo dio claras muestras de que no intentaría otra maniobra evasiva y de que ponía su nave a disposición de sus captores. A pesar de ello, cuando estuvieron suficientemente cerca del ballenero detenido a merced del oleaje, ofreciendo la amura de babor al viento, Robbie pudo apreciar cómo la furia del hombre —un corpulento y auténtico lobo de mar— no había disminuido un ápice, ya que los recibió con la cara roja de indignación y una sarta de improperios que habrían ruborizado al mismísimo demonio.

—¡Pagarán por esto, malditos yanquis! ¡Ya lo verán!

Este nuevo ballenero capturado pasaba a engrosar la ya larga lista de la Essex, convirtiéndose en la presa número once de la fragata en su aventura de casi ocho meses en el Océano Pacífico. Con esta nave, y de acuerdo con los cálculos de David Porter, debían de llevar amasados unos dos millones y medio de dólares, siempre que pudieran confirmar sus presas en una corte legítima. El más grande de los balleneros capturados —el Atlantic— había sido armado con algunos cañones y rebautizado como Essex Junior, al mando del teniente John Downes, lo que había convertido a Robert Buchanan en primer teniente de la Essex, segundo de Porter en el mando del buque. Las presas en poder de los norteamericanos constituían por sí solas una más que respetable flotilla, conformada por cinco naves, a saber, la ya mencionada Essex Junior, de 351 toneladas; la Greenwich, de 338 toneladas; la Seringapatam, de 357 toneladas; la New Zealander, de 259 toneladas, y, por último, la Sir Andrew Hammond, de 301 toneladas. A estas debían agregarse dos naves que habían sido enviadas a los Estados Unidos, la Georgiana y la Policy, y tres más que los esperaban fondeadas en Valparaíso, la Moctezuma, la Catharine y la Hector.

Completado el ritual de la toma de posesión del ballenero, Porter puso proa a las Galápagos para reabastecerse de agua y víveres y continuar su camino. La pequeña flotilla recaló en las islas a principios de septiembre de 1813, y todos se sorprendieron con las extrañas criaturas que la habitaban, tales como gigantescas tortugas, iguanas de aspecto prehistórico y hermosísimas aves de exóticos plumajes, de las cuales Robbie tomó abundantes notas en su diario, tratando de dibujarlas de la manera más exacta posible para así poder luego describírselas a Cindy cuando volviera a casa.

El 16 de septiembre interceptaron su ballenero número doce y la Essex Junior se dirigió a Valparaíso con las nuevas presas, y regresó dos semanas más tarde con información de que tres naves de guerra británicas —la fragata Phoebe, la corbeta Cherub y el bergantín Raccoon— habían sido despachadas rumbo al cabo de Hornos para dar caza al merodeador norteamericano y poner fin a sus correrías. En vista de las noticias, Porter reunió a sus oficiales y les anunció que había llegado ya la hora del prometido descanso, para así prepararse para el ansiado enfrentamiento con la gloria, porque —claro, todos lo comprendían— en la captura de simples balleneros no había gloria suficiente.

El anuncio de que las mujeres de las islas Sandwich eran el próximo objetivo causó en la tripulación una explosión de júbilo que sorprendió y en ciertos casos hasta disgustó profundamente a Robbie, quien, a pesar de estar lejos de ser un puritano, no pudo evitar recordar que durante la espantosa travesía del cabo había visto a algunos de estos mismos hombres gritando al borde del terror el nombre de sus esposas y madres, las mismas que ahora pasaban a un olvidado segundo plano ante la expectativa de sexo desenfrenado que suponían que encontrarían en ese paraíso sensual.

—Cindy mía, nada ni nadie logrará jamás que te traicione —se decía convencido, al observar cómo incluso su hasta ahora supuestamente muy felizmente casado comandante, David Porter, se preparaba ansioso para los exóticos placeres que ya todos soñaban disfrutar de las hermosas muchachas del archipiélago del otro extremo del Pacífico, lo que se había convertido prácticamente en el único tema de conversación del buque.

Porter, sin embargo, decidió finalmente cambiar su destino y dirigirse al archipiélago de Las Marquesas, despachando primero a Downes con la Essex Junior en persecución de una nave que ya los había esquivado anteriormente frente a Valparaíso —la Mary-Ann—, y con instrucciones de esperarlo en Puerto Ana María, en Nuku Hiva, que fue también designado como lugar de encuentro para todas las naves de la flotilla en caso de que se separaran durante la navegación. Es así como, en la mañana del 24 de octubre, mientras navegaba en un calmo océano azul turquesa, una cadena de majestuosas montañas de una imponente belleza verde surgió frente a la Essex, componiendo un cuadro que dejó a Robert Buchanan simplemente sin aliento.

—¡Por Dios! ¡Si Cindy pudiera ver esto! —susurró embelesado.

El efecto causado en Robbie fue exactamente el mismo que estas hermosísimas islas habían producido en 1595 al navegante español Álvaro de Mendaña y Castro, primer europeo que puso sus ojos en ellas, y que las bautizó como Las Marquesas de Mendoza en honor a la belleza de su dueña y señora, la esposa del virrey del Perú, patrono de la expedición.

Al ser tan remotas y estar fuera de las rutas regulares, eran un mejor lugar para ocultarse que el destino original en las Sandwich —ubicadas a unas dos mil quinientas millas al noroeste— y contaban con suficiente agua, provisiones y sobre todo madera para las ya más que necesarias reparaciones que requería la fragata. Con la Essex a la cabeza, la flotilla se internó en una amplia bahía de aguas profundas pero tan transparentes que se podía hasta observar cómo los cangrejos se arrastraban por el fondo de arenas doradas. Los altos cerros proporcionaban además una protección natural contra el viento, convirtiendo el lugar en un fondeadero seguro.

Durante el tiempo que tomaron en navegar hasta el fondeadero en la bahía, escucharon cada vez con mayor claridad el rítmico tam-tam de tambores y el sonido de los mensajes transmitidos de un extremo a otro de la isla mediante instrumentos de viento fabricados con conchas marinas, de forma que cuando la Essex estuvo finalmente detenida y anclada al fondo, se pudo observar a no menos de un millar de guerreros tatuados y emplumados esperándolos en la playa.

—¡Pero no se ven mujeres! —exclamó un marinero, más desilusionado que asustado por el despliegue de guerreros.

Buchanan lo iba a hacer callar abruptamente, cuando Porter comenzó a hablar al buque:

—¡Aunque no las vean, las mujeres están ahí, muchachos! ¡Se lo aseguro!

Esta exclamación obtuvo algunos «hurras», pero también algunas nerviosas miradas a los guerreros, que seguían arribando en gran número a la playa.

—¡Ahora escuchen todos! Es mi intención crear una relación de amistad con estos nativos y luego mantenerla a toda prueba y por todo el tiempo que permanezcamos aquí. Ellos entienden la hospitalidad como una suerte de intercambio que debe revestir todas las formas de recreación y goce tanto para ellos mismos como en mayor medida para sus invitados, y en virtud de ello todo lo que poseen es puesto a disposición de esos invitados, incluyendo principalmente a sus hijas y esposas.

Aquí el griterío y los vítores de la marinería fueron estruendosos, apagando incluso el sonido de los tambores y conchas marinas de los guerreros de la playa.

—Pero óiganme bien: los invitados deben comportarse de acuerdo con las reglas de la hospitalidad y con el debido respeto por sus anfitriones. Por lo tanto, gocen de su compañía y disfruten de sus mujeres, pero jamás los insulten u ofendan… y tampoco confíen en ellos.

La tripulación se movió incómoda en sus puestos, en tanto que los oficiales se miraron nerviosos.

—Nunca olviden la suerte que corrió el capitán James Cook en las Sandwich hace poco más de treinta años, o la que corrieron otros visitantes antes y después en estas mismas islas de los Mares del Sur, terminando masacrados y cortados en pedazos por los salvajes. Que esta suerte les sirva de advertencia.

Porter hizo una pausa y miró hacia la playa, donde la multitud había quedado súbitamente en total silencio, al tiempo que se apartaba para abrir paso hacia la orilla a algún jefe o poderoso dignatario. En tanto, una canoa ocupada por cuatro hombres fue echada al agua y enfiló directamente hacia la fragata.

—Finalmente, una última advertencia: si se da el caso de que algún hombre, cualquiera que sea su rango, hace algo que ponga en peligro nuestra seguridad mientras permanezcamos aquí, tendrá que vérselas conmigo. Y les aseguro que deseará no haber nacido.

Terminado su escueto discurso, Porter se aproximó a la borda para observar la embarcación que se aproximaba. Con asombro pudieron percatarse de que tres de sus tripulantes eran hombres de raza blanca, uno de los cuales —que estaba prácticamente desnudo y solo se tapaba las partes íntimas con una especie de taparrabo de tela— tenía el cuerpo totalmente cubierto de tatuajes, lo que daba fe del largo tiempo que debía de haber permanecido en estas islas. Buchanan no dudó ni por un segundo que debían de ser desertores de algún navío que en alguna oportunidad recaló en el archipiélago, y Porter obviamente pensó lo mismo porque sencillamente se negó a recibirlos a bordo, amenazando con dispararles si se acercaban más. Sin embargo, ante su desesperada insistencia, se les permitió identificarse, resultando ser uno de ellos —para sorpresa de todos— nada menos que un guardiamarina de la propia U. S. Navy, de nombre John M. Maury, dejado en Nuku Hiva hacía ya varios meses por el mercante Pennsylvania Packer para reunir un cargamento de sándalo, pero cuya nave nunca regresó a recogerlo.

El hombre tatuado, por su parte, era un marinero inglés de apellido Wilson, que había perdido la cuenta ya de cuántos años llevaba en Las Marquesas, y que Porter —a pesar de su reticencia inicial, basada principalmente en los espantosos tatuajes que lo cubrían— finalmente decidió utilizar como intérprete, ya que hablaba el lenguaje de las islas con la misma fluidez que el idioma inglés.

Cumplido este trámite, David Porter inició la organización de la primera partida que le acompañaría a tierra para enfrentar al jefe, que esperaba tranquilamente en la playa rodeado de sus guerreros. Eligió un destacamento de marines con armamento y uniforme completo y, llevando una caja de obsequios y regalos —en su mayoría simples chucherías—, se internó entre la multitud de guerreros como si fueran solo un tropel de niños inofensivos.

Al gran jefe le obsequió con un sable, y con cuchillos, ganchos de hierro y rollos de cordelería a sus caciques y ayudantes. A cambio recibió coloridas plumas y conchas gigantescas de caracoles marinos. Luego los infantes de marina sorprendieron con una exhibición de mosquetería, haciendo brincar despavoridos a los guerreros con una estrepitosa descarga y quedando de paso claramente establecida cuál era la fuerza de los visitantes, y, una vez terminados los homenajes, todos se sentaron en círculo en la arena para recibir bebidas y frutas en señal oficial de bienvenida.

Entonces comenzaron a aparecer las mujeres.



Había muchachas por todas partes, no solo intentando llevar de la mano a los marines a sus cabañas, sino también remando en sus canoas hacia los buques, nadando desnudas o casi desnudas alrededor de las naves e invitando con gritos y risas a los hombres blancos a que las acompañaran a la playa o pidiendo que las dejaran subir a bordo. Algunas más osadas no esperaron autorización alguna y simplemente treparon a la Essex por ambas bandas, lo que causó que pronto la cubierta estuviera llena de bellísimas muchachas de cuerpos esculturales que se movían con una gracia infinita, exudando por todos los poros una sensualidad simple y natural a la que estos occidentales no estaban acostumbrados.

La disciplina comenzó a tambalear desde el mismo instante en que los oficiales dieron claras muestras de que no sabían cómo manejar una situación de esta naturaleza, con su comandante aún en la playa y a todas luces disfrutando entusiasmado de la «hospitalidad entendida como una suerte de intercambio» (como había dicho en su discurso a la tripulación) con la hija de uno de los caciques del gran jefe, y con su segundo, Robert T. Buchanan, tratando desesperadamente de quitar los ojos de los deliciosos y firmes senos de la belleza de suave color canela que lo invitaba juguetona —con los brazos extendidos, una seductora sonrisa en los labios, los negros cabellos entrelazados con un cintillo de flores de hibiscus y solo una especie de cortísima falda de tejido de hierbas y estera cubriéndole lo indispensable— a disfrutar también de la hospitalidad de los Mares del Sur.

La Essex Junior, que no había logrado dar caza a la perseguida Mary-Ann y se había quedado atrás en la aproximación a la isla —y por lo tanto no había escuchado las advertencias de Porter—, estaba ya dentro de la bahía soltando su ancla cuando fue también rodeada y literalmente tomada por asalto por una cincuentena de ruidosas muchachas que se introducían en el buque por todos lados, causando al comienzo alarma en la tripulación que no entendía a qué se debía este abordaje. Pero luego —al darse cuenta de lo que estaba pasando— los marineros irrumpieron en aullidos de excitación y se abalanzaron como locos sobre las mujeres, abandonando incluso sus labores en las faenas de fondeo y recogida de velas.

Downes, completamente sobrepasado en su autoridad, trató de mantener la disciplina a gritos mientras miraba desesperado hacia la Essex para averiguar cómo estaba Buchanan lidiando con la situación, pero al descubrirlo a popa, acorralado por una nativa desnuda y de belleza arrebatadora —y sin que le quedara ya más buque donde retroceder—, se dio cuenta de que esta era una batalla perdida.

—¡Que me condenen! ¡No puedo creer que esto esté realmente sucediendo!

Robbie no sabía ya qué hacer para zafarse de la insistente muchacha. Había intentado hablarle para que se alejara, pero ella —siempre sonriendo— no mostró ninguna indicación de que fuera a detener su sinuosa aproximación, y continuó avanzando con sus invitantes brazos extendidos mientras le susurraba algo ininteligible en su idioma. Trató entonces de disuadirla mediante el recurso de mostrarse duro y autoritario, por lo que parándose firmemente en la cubierta hizo un gesto con el brazo indicándole enérgicamente que se retirara, pero ella se rio alegremente y continuó avanzando impertérrita, con un brillo todavía más picaresco en la mirada (lo que Robbie ya no creía que fuera posible). En vista de ello, el desesperado oficial comenzó nuevamente a retroceder hasta que sus talones tocaron con la escala que conducía al castillo de popa. Allí, considerando que esto había llegado ya muy lejos, extendió el brazo hacia la muchacha decidido a detenerla de una vez, pero ella simplemente le cogió la mano y con toda naturalidad se la puso sobre el seno izquierdo, haciendo que un ramalazo de deseo incontrolable recorriera a Robbie de pies a cabeza al sentir la suave tersura de su piel y el contacto del erecto pezón contra su palma.

—¡Por favor, no haga eso! —exclamó con desesperación, al tanto que retiraba la mano como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

Presa de gran turbación y con la muchacha siempre tras él, comenzó a subir la escalinata al castillo, cayendo en la cuenta de que se le estaba acabando el buque. Pero de súbito, al notar que Downes le miraba desde la Essex Junior, tomó finalmente conciencia de lo absurdo de la situación, por lo que esta vez se decidió a actuar de una vez por todas, no solo para volver él mismo a sus cabales sino también para obligar a todos a que retornaran a ser lo que eran: un navío de guerra y no una especie de prostíbulo flotante.

—¡Atención! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, recobrando el aplomo y volviendo a su acostumbrada voz de mando.

Esta vez la chica sí se sobresaltó, al igual que otras que rondaban en las cercanías. Algunos de los marineros también parecieron reaccionar, pero otros más a proa y en el entrepuente siguieron participando entre risas y gritos de los juegos eróticos de las mujeres. Robbie incluso observó —sin poder dar crédito a sus ojos— cómo una pareja, a la vista de todos y sin ningún rubor, estaba ya comprometida en pleno acto sexual: una muchacha, de bruces sobre uno de los cañones de babor, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos y los pechos aplastados contra el bruñido hierro, recibía las entusiastas embestidas de uno de sus artilleros que, en pie detrás de ella y con los pantalones abajo, la penetraba con energía, mostrando claramente sus pálidas e indecentes nalgas que se agitaban bajo a la diáfana luz del sol de la tarde.

Buchanan se quedó absolutamente anonadado. Pero luego, notando que ahora trepaban a bordo más guerreros profusamente tatuados que mujeres, reaccionó rápidamente y, con un nuevo grito de «¡Atención!», sacó su pistola y disparó un tiro al aire, causando conmoción entre los nativos. Varios de ellos se arrojaron de inmediato al agua mientras que otros se quedaban paralizados en sus lugares, mirando con pavor al diablo blanco con su arma de fuego en la mano. En lo que respecta a la fogosa pareja, el efecto fue traumático, ya que la muchacha, al oír la sonora detonación, se apartó sobresaltada en el preciso momento en que el marinero alcanzaba el clímax, lo que provocó que este acabara salpicando vergonzosamente la cubierta con su esperma, en medio de patéticos gemidos y estremecimientos.

—¡Todo el mundo en sus puestos y preparados para revista! —rugió Robbie con esa autoridad que la tripulación había ya aprendido a respetar—. ¡Y usted, Chisholm, proceda inmediatamente a cubrir sus vergüenzas, ahorrándonos de paso el bochorno de tener que mirarlo en esa facha!

El marinero se subió los pantalones con expresión compungida y, tratando de evitar las socarronas miradas de sus camaradas, formó para la revista en su puesto, junto al mismo cañón que por un momento fugaz había cumplido una labor jamás imaginada por sus fabricantes en los Estados Unidos.

Por su parte, la chica que había acosado tan persistentemente al oficial americano, recuperada de la ensordecedora impresión causada por el disparo, le observó con una extraña mirada, mezcla de desilusión y despecho, y quizás —por lo menos así le pareció a Robbie— de hasta franca sorpresa de que alguien pudiera haberla despreciado así. Pero el teniente había ya recuperado el control, por lo que desentendiéndose de la muchacha se abocó a reunir a sus suboficiales y a retornar la disciplina y el orden a la nave.

—¡Ahora escúchenme bien, hombres! —les anunció en tono amenazante, apoyando las manos en la baranda—. ¡Este es un buque de guerra, y como tal se mantendrá! ¡Ello implica campanadas cada cuatro horas, guardias, centinelas y vigías! En otras palabras: ¡orden y disciplina! ¿Está claro?

—Aye, aye, sir —contestaron algunos de mala gana.

—¡No oigo nada! —retrucó Buchanan, vociferando nuevamente la pregunta—. ¿¡¡Está claro!!?

—Aye, aye, Sir!!

—¡Eso está mejor! ¡El comandante Porter no ha dicho que ser amistosos con los nativos implicara enviar al demonio la disciplina y el orden que deben imperar en un buque de guerra! ¡Y, en consecuencia, esta nave continuará comportándose como lo que es: una unidad de combate de la U.S. Navy! ¿¡¡¡Está claro!!!?

—Aye, aye, Sir!!! —esta vez la sonora respuesta provino de toda la tripulación, como de un solo hombre.

En ese momento apareció en la cubierta el comandante Porter, quien al escuchar el disparo desde la playa y percatarse de la situación que se estaba viviendo a bordo de su pequeña flotilla, decidió volver con su destacamento a la Essex.

—¡Atención! —gritó el primer guardiamarina que lo vio aparecer por el portalón.

—Bien hecho, Mr. Buchanan —dijo Porter, enterándose con una rápida mirada de lo que estaba sucediendo a bordo. Seguidamente, fijando los ojos con dureza en la tripulación ya formada y en sus puestos, agregó dirigiéndose directamente a ellos—: Creo que fui bien claro al advertirles que no debían confiar en los nativos: obsérvenlos como tratan de robar cualquier cosa que puedan encontrar mientras a ustedes, montón de patanes, solo les preocupaba tirarse a la mayor cantidad de isleñas posible. —Luego, mirando hacia el agua e indicando algo con un gesto de la barbilla, ordenó por encima del hombro—: Mr. Van Deezer, haga el favor de dispararle un tiro de advertencia a esos salvajes y, for chrissake!, no vaya a matar a nadie, ¿está claro?

—¡Sí, señor! —contestó el sargento de marines aludido, tomando el mosquete de uno de sus fusileros y aproximándose a la borda. Ubicado el blanco y apoyándose en la baranda, procedió a apuntar con toda calma a la canoa que se alejaba rauda de la fragata con sus seis remeros que bogaban en perfecta sincronización, transportando a una muchacha que, sentada en el centro de la embarcación, examinaba extasiada el producto de su robo.

El disparo fue preciso y partió limpiamente en dos el remo del primer guerrero ubicado a popa en la canoa, quien, sosteniendo el otro pedazo en sus manos y faltándole de pronto la resistencia ofrecida por el agua, se fue aparatosamente hacia atrás, cayendo sobre el compañero que le precedía.

Esta segunda detonación, sumada al daño causado al remo del ladrón —que todos los nativos observaron con legítimo espanto— tuvo el efecto de producir una verdadera estampida tanto desde la fragata como de los otros buques, con hombres y mujeres arrojándose por ambas bandas al agua y nadando hacia las canoas y la playa. Sin embargo, la notable excepción fue la chica de Robbie (por llamarla de alguna manera), quien —no obstante la evidente impresión que reflejaba su rostro— permaneció en el castillo, mirándole fijamente y con la barbilla levantada, en abierto desafío.



Los días siguientes fueron algo más tranquilos, primero porque prácticamente no hubo nadie a bordo que no hubiese encontrado una muchacha dispuesta a servirle de pareja y compañía, sin pedir más a cambio que pequeños y simples regalos tales como botones, botellas vacías, trozos de tela y pedazos de los bordados dorados de los uniformes que para los americanos no costaban nada, y que, sin embargo, representaban para los nativos objetos preciosos que recibían con una alegría infantil y contagiosa, y segundo, porque la abundancia de frutas y alimentos frescos volvieron rápidamente la salud a los pocos enfermos con que los buques habían arribado al archipiélago.

La disciplina naval se había restituido, probablemente no con la rigurosidad que se habría observado en Annapolis o Boston, pero a menos con la debida rutina que correspondía a navíos de la U.S. Navy. Los necesarios trabajos de carpintería, calafateo, limpieza de fondos, etc., se acometieron con la dedicación y atención que otorgaba el saber que disponían de todo el tiempo necesario para llevar a cabo un trabajo bien hecho y definitivo y no solo una reparación de emergencia. Se inició el reemplazo de la jarcia y del velamen del trinquete, mayor y mesana, utilizando para ello la gran cantidad de preciosa cordelería y velas capturadas por la fragata, y hasta se trasladó una carronada adicional a la New Zealander para reforzar su artillería en caso de que la hasta ahora amistosa actitud de los nativos cambiara súbitamente.

El único aspecto complicado se derivó de los airados reclamos presentados a Porter por el capellán de la Essex, David P. Adams, espantado por la vida disipada y de total desenfreno sexual que a su juicio estaban llevando no solo la marinería de los buques sino también la gran mayoría de los oficiales. Porter tuvo que hacerle ver de la mejor manera posible que mientras tal actitud no amenazara la seguridad de las naves no pretendía prohibirla, sobre todo porque los nativos podían entonces ofenderse e interpretar tal actitud como una forma de desprecio a su amistad. Finalmente, y en vista de la insistencia del pastor en sus demandas, accedió en al menos prohibir el contacto de los guardiamarinas —todos niños de no más de catorce años— con las mujeres de las islas, lo que produjo una desilusión indescriptible en los muchachos que con todos los estímulos sexuales que les rodeaban estaban ya al borde de la locura por iniciarse en tales misterios. Uno de los más molestos por esta «injusticia» —aunque se cuidó mucho de manifestar su descontento a su superior— era el guardiamarina David Farragut, un muchachito de a la sazón trece años de edad que estaba destinado a seguir una carrera brillante en la marina de su patria, marcando una página heroica en su historia, y que ya se había distinguido por sus capacidades marineras y su facilidad para aprender el uso de los instrumentos náuticos.

Robbie Buchanan era uno de los pocos oficiales que no se había involucrado con alguna nativa, pero sus camaradas —en virtud de la admiración y respeto que le profesaban— no hicieron comentarios sobre el particular, aunque pronto se hizo notoria la atención que le prestaba la muchacha que lo había «acosado» el día que arribaron a la bahía. La chica se las arreglaba para estar siempre cerca de él, dirigiéndole unas serias y turbadoras miradas que hacían que los marineros se dieran codazos con guiños de complicidad, y no costaba mucho darse cuenta de que ponía gran esmero para mostrarse aún más bella —si ello fuera posible— a los ojos del rubio oficial, adornando sus negros cabellos con flores, ciñendo su cintura con una especie de faja decorada con conchas de nácar y caparazones de tortugas y rodeando su grácil cuello con delicados adornos de madera con incrustaciones de colores. Robbie trataba de ignorar a la joven, pero ello era imposible ya que, no importara qué labor estuviera desempeñando, a bordo o en tierra, ella se las arreglaba para estar ahí, en los alrededores, ni muy cerca como para constituir una molestia ni muy lejos como para no sentir su presencia.

Una mañana, dirigiendo en la playa una partida que estaba embarcando madera para llevar a la fragata, no pudo evitar sonreír al verla sentada muy seria y compuesta al borde de la arena, mirándole con su acostumbrada atención. Ello bastó para que la muchacha, con la faz iluminada a su vez por una sonrisa radiante, se levantara de un brinco y echara a correr con gran agilidad hacia la aldea, volviendo al rato con una vasija de jugo de frutas que le ofreció adelantándosela con las dos manos.

El norteamericano vaciló, pero al ver la ansiedad en la mirada de la muchacha, finalmente accedió y tomando el jarro se echó un largo trago del dulce y fresco brebaje. La chica rio feliz indicándole con gestos que bebiera más, lo que Robbie hizo con gusto, devolviéndole luego la vasija con un suave «Thank you» que la chica intentó repetir, al tiempo que le apuntaba con el dedo:

—¿«San… sankiu»? ¿Sankiu?

—No, no. Mi nombre no es «Thank-you».

Pero ella no hizo mayor caso, y señalándose su propio pecho desnudo (el que Robbie hizo esfuerzos sobrehumanos para no mirar), dijo:

—«Piteenee». Yo Piteenee. Tú Sankiu.

Robbie tuvo que reírse.

—Me queda claro que tú te llamas Piteenee. Ahora, ¿cómo hago para hacerte entender que yo no soy “Sankiu”?

Como sea, la chica pareció quedar muy contenta con este descubrimiento de sus nombres, porque —probablemente creyendo que ello cubría todas las formalidades necesarias— simplemente tomó a Robbie de la mano y empezó a intentar guiarlo hacia algún lugar, que pronto el oficial descubrió que era una de las chozas de hierbas que las nativas habían levantado en el borde donde terminaba la playa y comenzaba la espesura, y cuya utilidad era ya obvia y conocida por prácticamente todos los tripulantes de los buques americanos.

Robbie se detuvo y, soltando la mano de la muchacha, trató de explicarle que no podía acompañarla a la choza.

—No, Piteenee. No puedo acompañarte, ¿entiendes? No estoy libre de compromisos como para hacer lo que tú quieres. En mi país no es así.

Obviamente la chica no entendió nada. Pero luego de un instante, comprendió que el marino estaba nuevamente rechazándola, como ya había hecho a bordo del gran navío de los hombres blancos. En vista de ello, y mirándole con la misma expresión de desconcertado desafío que le había dirigido en la popa de la Essex, empezó a alejarse hacia su aldea, sin quitarle la vista de encima, pero esta vez con un par de gruesas lágrimas más de humillación que de pena en sus ojazos negros.



—Adelante, teniente Buchanan. Entre y póngase cómodo —le invitó el comandante Porter, mientras terminaba de anotar algo en su diario.

Robbie entró en la amplia cámara del capitán, que abarcaba prácticamente toda la popa de la fragata, y procedió a sentarse frente a la mesa que hacía las veces de escritorio. Porter secó cuidadosamente la tinta con el secante, colocó la pluma sobre la mesa y, poniéndole la tapa al tintero, se arrellanó en su silla mirando fija y seriamente a su oficial.

—Probablemente lo que le voy a decir, teniente, lo pillará absolutamente de sorpresa. Pero este es un mundo extraño y que nos depara curiosas situaciones, que muchas veces hay que simplemente aceptar como vienen y sin mayores cuestionamientos. ¿Está de acuerdo, Mr. Buchanan?

—Supongo que sí, capitán. Pero le agradecería…

—Cuando le explique de qué estoy hablando creo que me entenderá mejor, teniente —interrumpió Porter, al tiempo que tomaba un sorbo de agua.

—Sí, señor.

—La paz y tranquilidad que estamos disfrutando en esta isla está basada en un trato que formalicé con el gran jefe el día de nuestro arribo en la reunión en la playa. De hecho, podría decirse que corresponde a una suerte de «alianza militar» por la cual ellos se comprometen a proporcionarnos la hospitalidad de que estamos disfrutando, libre acceso a provisiones y agua dulce, control de sus gentes para evitar robos, etc., y, lo más importante, garantía absoluta de que no existirá ningún tipo de acción hostil hacia nosotros mientras permanezcamos aquí.

—Usted mencionó «una suerte de alianza militar», capitán. ¿Qué ofrecemos nosotros a cambio, entonces?

—A eso iba, teniente. Nuestra parte del trato consiste, primero, en no hacer nada que interfiera con sus costumbres religiosas, sociales o de cualquier tipo; en otras palabras: no hacer nada que los ofenda y, segundo, en proporcionarles ayuda militar en caso de que ellos se vean amenazados por algún enemigo externo, es decir, participar de su lado en caso de que se involucren en algún conflicto bélico.

—¿Y cabe la posibilidad de que se involucren en alguna guerra?

—Esperemos que no, a pesar de que aparentemente estas islas están constantemente luchando entre sí. De hecho, hasta el capitán Cook reportó en su segundo viaje haber avistado una impresionante armada de canoas de combate de gran tamaño navegando entre las islas Sociedad y Tonga. Y nuestros anfitriones, los «tahees», están a punto de iniciar acciones hostiles contra sus vecinos más inmediatos, los «happahs», para castigarlos por alguna incursión de combate. No olvide que el archipiélago contiene ocho naciones distintas, con un total de casi veinte mil guerreros. Como sea, la idea es que podamos largarnos de aquí antes de que se inicie algún conflicto, ya que odiaría perder americanos en una guerra entre salvajes de los Mares del Sur, pero para ello es imprescindible que terminemos primero las muy necesarias reparaciones de la Essex, que —como usted muy bien sabe, Mr. Buchanan— acaban de iniciarse.

Porter hizo otra pausa para beber de su vaso de agua, y luego, mirando nuevamente con el semblante serio a Robbie (quien empezó a ponerse nervioso ya con tantos rodeos y miradas extrañas), continuó hablando.

—Pero la verdad, Robert, es que el punto primero de nuestro trato es el que me preocupa primordialmente en este momento.

—¿El punto primero, señor? —repitió Robbie, al tanto que una señal de alarma empezaba a sonar en su cerebro. («Cuidado Buchanan, este cambio de “teniente” o “Mr. Buchanan” a “Robert” me da mala espina»).

—Efectivamente, Robert. El que tiene que ver con no ofender a los nativos para poder mantener esta buena convivencia de que estamos actualmente disfrutando.

—¿Es que alguien los ha ofendido de alguna manera que amenace nuestra seguridad? —Robbie se puso tenso. («Cuidado Buchanan, nuevamente, esto definitivamente huele mal»).

—Déjeme hacerle una pregunta, Robert. ¿Conoce usted a una muchacha llamada Piteenee?

—Pues, vaya, creo que sí. La he visto a bordo y probablemente también en la playa un par de veces. Pero ¿qué tiene que ver…?

—¿Sabe usted que ella es la nieta del gran jefe Gattanewa? ¿Del rey tahee que controla un buen número de tribus en esta isla y que es el gran garante hasta este momento de nuestra seguridad mientras permanezcamos aquí?

—Pues, no, no lo sabía. Pero, otra vez, ¿puedo preguntar qué tiene que ver…?

—El gran jefe me ha hecho saber que su nieta siente una cierta atracción por un rubio oficial de nombre «Sankiu».

Robbie sintió el mismo efecto que si recibiera una descarga eléctrica. El comodoro, en tanto, se interrumpió súbitamente, volviendo todo el cuerpo hacia su subalterno.

—¡Por Jesucristo, Robert! ¡No sabe los apuros a que me enfrenté tratando de identificar a este «Sankiu»! Dígame, ¿de dónde diablos sacó esta chica tal nombre para usted? No, espere, mejor no me explique nada. Bueno, como sea, Gattanewa me explicó que este oficial ha rechazado reiteradamente a la muchacha sin mayores miramientos.

Interrumpiéndose nuevamente, y mirando a su oficial con ojos acerados, al tiempo que arrugaba peligrosamente el entrecejo, masculló:

—No necesito decirle que para Gattanewa y su familia esto es simplemente una franca y abierta ofensa. —Porter hizo una nueva pausa para terminarse de un trago el agua del vaso, agregando al cabo—: Lo peor, Robert, es que por simple casualidad vi pasar a la chica, y no cabe duda de que la muchacha es de una belleza extraordinaria. Es una verdadera princesa. ¿Me puede explicar qué es lo que le pasa? ¿Acaso no le gustan las mujeres?

—¡Señor! ¡Con todo respeto, no puedo aceptar lo que me está diciendo! ¡Claro que me gustan las mujeres, pero sucede que tengo a mi mujer esperando en casa y es a ella a quien me debo!

—Robert, no sea puritano, for chrissake! La chica nativa es un bocado de los que rara vez se encuentran y está loca por usted, al menos por el momento, ya que sabemos que estas mujeres no son precisamente un dechado de fidelidad. Pero la cuestión principal aquí es que su abuelo me está diciendo que sería muy bien visto que usted y ella forniquen hasta reventar si es preciso, y todo en aras de la convivencia y la paz. En lo que respecta a su esposa, ella está a miles de millas de aquí y jamás siquiera se va a enterar del tremendo bien que usted le va a hacer a su nave y a su país (¡y disfrutándolo, de paso!). ¿Qué más se puede pedir?

Robbie se quedó de una pieza. Abrió la boca para decir algo, y no le salió palabra. Lo intentó de nuevo con el mismo resultado. Se puso de pie, finalmente, y cuadrándose con la vista fija al frente, preguntó:

—¿Es una orden, señor?

—Sí, Mr. Buchanan. Es una orden. ¿Lo ha entendido?

—Aye, aye, sir!

Robbie saludó y salió como un sonámbulo de la cámara de su comandante.



La vista desde ese lugar en la altura era impresionante. Robbie lo había descubierto en sus excursiones solitarias por el interior de la isla y rápidamente lo convirtió en su rincón favorito. Era imposible verlo desde la playa o desde los buques —la espesura lo ocultaba completamente—, y sin embargo desde ahí se distinguían perfectamente tanto las naves como la playa, además de la hermosa bahía abriéndose al océano y hasta algunas de las islas vecinas. Mirando hacia el lado de tierra, en tanto, se podía observar el paisaje esplendoroso que ofrecía la isla y sus cadenas de cerros cubiertos de verdísima vegetación.

El oficial había convertido en una agradable costumbre el trepar al promontorio para pasar tardes enteras tomando notas en su cuaderno de apuntes, dibujar bocetos del hermoso paisaje abierto a sus ojos, leer, o simplemente gozar de la paz y tranquilidad que ofrecía ese lugar oculto en la cima de uno de los cerros sobre la bahía. Pero esa tarde, a pesar de sus esfuerzos, le era imposible concentrarse en la lectura (continuamente se descubría leyendo una y otra vez el mismo párrafo sin captar su significado), o en la escritura (no parecía poder encontrar un camino para enrielar sus ideas), y cuando trató de dibujar las naves en la bahía se percató a los primeros trazos de que no podía seguir una línea que marcara la pauta del dibujo.

Finalmente, echándolo todo a un lado, se puso de pie con irritación para intentar enlazar sus pensamientos.

—¡Esto es ridículo! —exclamó al tanto que pateaba un guijarro que tuvo la mala suerte de estar a su alcance—. ¡Las órdenes militares tienen que tener un límite!

Sin embargo, fijando la vista en la hermosa bahía, tuvo que reconocer con vergüenza que la idea de poseer a la bella Piteenee lo estremecía con un culpable e incontrolable deseo, que inmediatamente su mente y su amor por Cindy intentaban rechazar con vehemencia.

—¡¡¡Esto es ridículo!!! —repitió nuevamente, pero esta vez gritando con toda la fuerza de sus pulmones, y los marineros en la playa alzaron la vista buscando el origen del ininteligible grito que les llegó rebotando por efectos del eco.

Casi al instante, Robbie sintió a sus espaldas un sonido ahogado, como si alguien hiciera esfuerzos para contener la risa. Se dio la vuelta prestamente, recogió la pistola que había dejado junto a sus cosas y ordenó con voz amenazante:

—¡Salga inmediatamente de ahí y con las manos arriba, donde yo pueda verlas con claridad!

Los arbustos se estremecieron y de ellos emergió Piteenee, aún con la risa dibujada en su hermoso rostro.

—¡Piteenee! ¿Qué estás haciendo oculta ahí? ¿Me has estado siguiendo?

La mirada de la muchacha se dirigió de pronto a la pistola de Robbie, que todavía la apuntaba, y adelantando una mano con espanto musitó como una chiquilla asustada:

—No shoot! Sankiu, please no shoot me!21

—Veo que tu inglés está mejorando, Piteenee. Pero no temas, no te dispararé. Ahora, dime, ¿qué demonios estás haciendo aquí espiándome?

—Piteenee gusta Sankiu. Piteenee quiere «kissy-kissy» con Sankiu. ¿Es que Sankiu no quiere «kissy-kissy» con Piteenee?

—¡Oh, muchacho! ¡Esto está partiendo realmente mal! Piteenee, escucha, no quiero ofenderte, pero esto no es tan sencillo. ¡Por supuesto que quiero «kissy-kissy» contigo! ¿Quién no lo querría? Pero tienes que entender que las cosas no son tan simples como tú supones; una cosa es lo que uno quiere y otra muy distinta lo que uno debe, ¿entiendes? Pero ¡espera! ¿Qué estás haciendo? ¡Espera!

Pero la chica no quería ya más diálogos, por lo que aproximándose a Robbie empezó con toda sencillez a tironearle la camisa para sacársela de los pantalones, al tiempo que acercaba lentamente su cara a la de él invitándolo a que la besara. El marino trató de apartarla pero en el intento sus manos encontraron sus pechos y, tal como ya había ocurrido en una situación similar a bordo de la Essex, un ramalazo de deseo incontenible lo envolvió, con la diferencia de que esta vez ya no existían las mismas defensas para detenerlo.

—Piteenee, por favor —musitó una milésima de segundo antes de que sus labios se apretaran contra los suyos.

Sus manos acariciaron los turgentes senos de la chica al tiempo que devolvía el beso con furia. Ella apretó su vientre contra la parte superior de sus muslos mientras, introduciendo una mano por sus pan-talones, recorría su estómago, buscando inquieta y juguetona, ahí, más abajo, entre sus piernas, acariciando sus testículos al tiempo que él, con un ronco gemido, las entreabría para dar cabida a ese placer casi insoportable. Robbie bajó también una de sus manos y, metiéndola por debajo de su corta falda de hierba, comenzó a acariciar el suave y aterciopelado montículo, introduciendo luego suavemente uno de sus dedos en el delicioso y húmedo panal y haciendo que fuera ella la que esta vez se estremeciera y emitiera un ahogado quejido de placer.

Piteenee sacó de pronto la mano del interior de los pantalones de Robbie, y luego de un ansioso forcejeo logró finalmente abrir los complicados botones del atuendo naval, mientras continuaba besándolo con pasión al tanto que sentía como el movimiento de sus dedos dentro de ella comenzaba a enloquecerla. El miembro viril del hombre asomó inmediatamente por la abertura del pantalón, erecto como el asta de una bandera. Piteenee, agachándose súbitamente, posó sus labios en él y comenzó a darle rápidos besos, al tanto que lo recorría con la punta de la lengua, lo que hizo que Buchanan casi explotara de placer y deseo.

Inclinándose también, comenzó a bajarse los pantalones, ayudado vehemente por la muchacha, que musitaba suaves palabras de amor en su lengua nativa. Una vez desnudos y tendidos en la hierba sobre su chaqueta de uniforme, Robbie trató de penetrarla inmediatamente, pero ella, conteniéndolo con un suave «Espera, Sankiu, espera», lo detuvo en su ardor mientras continuaba acariciándolo y besándole todo el cuerpo hasta que ya, en una erupción incontenible, ambos estuvieron listos para una cópula perfecta que llegó a un clímax simultáneo como Robbie jamás había conocido.

En ese momento, como un relámpago, apareció en su mente el recuerdo de Cindy en sus brazos cuando hacían el amor. Y tuvo que reconocer que jamás había sentido con ella algo como aquello.



La «heroica» acción del teniente Robert T. Buchanan cumplió el objetivo de mantener las relaciones con los tahees en un plano amistoso, aumentando de paso en forma considerable su prestigio entre la marinería, la que no podía comprender por qué el oficial no parecía henchido de orgullo por haber conquistado a la que era indudablemente una de las muchachas más bellas de la isla, emparentada además con el gran jefe Gattanewa.

Y es que Robbie se sentía realmente avergonzado de lo que consideraba una traición a Cindy, no solo por haber iniciado una relación puramente física con otra mujer, sino porque no importaba cuánto se prometiera a sí mismo no continuarla, bastaba apenas que ella lo tocara para que el deseo lo consumiera irremediablemente, envolviéndolo en lo que le parecía una espiral de sexo desenfrenado y mareador como un torbellino. Se dio cuenta de que había descubierto una faceta desconocida en él, un segmento que actuaba en forma puramente sensorial y guiado exclusivamente por el imperio de los sentidos. Sabía que amaba a Cindy con toda el alma, y sin embargo Piteenee tenía el poder de sumergirlo en esta relación exclusivamente sexual que lo dejaba saciado, vacío y exprimido de todo sentimiento, hasta la próxima vez que ella se le acercara.

Sin embargo, el «sacrificio» del teniente Robert T. Buchanan no tuvo mayor influencia en los acontecimientos posteriores, puesto que —muy a pesar de los buenos propósitos de Porter— los norteamericanos sí terminaron tomando las armas y participando en el anunciado conflicto entre tahees y happahs, y más tarde incluso en la prolongación del mismo contra los belicosos typees. Aunque los blancos no sufrieron bajas, nadie se sintió muy orgulloso de su participación en estas guerras, sobre todo al observar los estragos que las armas de fuego causaron entre los nativos, cuyos combates consistían principalmente en arrojarse piedras y atacarse con mazas y lanzas. Robbie y sus compañeros oficiales hasta sintieron franca vergüenza de sus acciones, y ello a pesar del absoluto convencimiento de todos de que el enfrentamiento había llegado a ser inevitable y de que ya no cabía otra alternativa. En aras de la objetividad debe destacarse que su comandante David Porter hizo lo imposible para disuadir a los nativos de la necesidad de involucrarlos en el conflicto, efectuando incluso una exhibición práctica del daño que los cañones y mosquetes eran capaces de causar, usando como blanco para tales efectos la empalizada de una aldea, árboles y un montículo de tierra que fue desintegrado a cañonazos. Pero desafortunadamente —sobre todo para los nativos que sufrieron en carne propia el poder de estas terribles armas—, el conflicto estalló de todos modos.

Estaban a finales de noviembre y el momento de la partida se aproximaba. Las reparaciones mayores de la Essex se habían completado —con el raspado de sus fondos de cobre, el asentamiento de los mástiles y el reemplazo de un mastelero del mayor— y las secundarias, que incluyeron hasta el encendido de gigantescos calderos con carbón para llenar la fragata de humo y aniquilar la enorme población de ratas que infectaban el navío (se extrajeron alrededor de mil doscientos cadáveres de roedores del interior del buque), se acercaban a su fase final. Los cañones habían sido limpiados y pulidos hasta hacerlos brillar, y las cubiertas mostraban sus maderos cepillados y relucientes, con sus barandas pintadas y aceitadas. La jarcia dañada había sido reemplazada casi en su totalidad y se desplegó su nuevo velamen también adecuadamente reparado y secado. En general, la nave se acercaba a su punto óptimo para iniciar de nuevo la travesía del Pacífico.

Seguidamente, todo el aceite de ballena de los navíos capturados empezó a ser trasladado a las bodegas del New Zealander, que bajo el mando de Mr. John J. King comenzó a preparar su viaje a los Estados Unidos con el valioso botín. Por su parte, la Seringapatam, la Sir Edward Hammond y la Greenwich, todas al mando del teniente de marines John M. Gamble, fueron comisionadas para permanecer en el archipiélago al amparo del fuerte levantado por los norteamericanos en Massachusetts Bay, en la isla Madison —antigua Nuku Hiva—, donde el 19 de noviembre de 1813 David Porter había tomado posesión de estos territorios para el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

Las órdenes entregadas a Gamble establecían que debía permanecer en el archipiélago hasta que Porter regresara a buscarlos o les enviara instrucciones indicándoles a dónde debían dirigirse, ya fuera a los Estados Unidos o nuevamente a Valparaíso, pero eran claras en el sentido de que debía abandonar las islas si no recibía noticias en un plazo máximo de cinco meses y medio.

Finalmente, el 9 de diciembre de 1813, la Essex y la Essex Junior zarparon de Massachusetts Bay con suficientes provisiones, madera, agua dulce y frutas, además de una buena cantidad de cerdos amarrados en cubierta para garantizar a su tripulación un adecuado suministro de carne fresca por un período prolongado. Amarrados también zarparon tres marineros que la noche anterior a la partida habían nadado a la orilla para una última y apasionada despedida de sus «vahienas», y a los que Porter puso grilletes como castigo y a modo de escarmiento para los demás tripulantes. Un marinero de nombre Robert White, que insinuó la prohibida y fatal palabra «motín» como una solución que les permitiría quedarse para siempre en las islas, fue azotado, desembarcado encadenado con grilletes y permanecía detenido en el fuerte al cuidado del teniente Gamble. Con estas medidas la autoridad fue rápidamente restablecida.

Atrás y mirando cómo se alejaban las naves, quedaron las bellas mujeres que habían acompañado apasionadamente a los marinos americanos durante casi dos meses. Repartidas en grupos en la playa, gritaban con fingido dolor, se dibujaban lágrimas con agua de mar en las mejillas y amenazaban con cortarse la piel con inofensivos cuchillos de madera. Quedó perfectamente claro que era solo una puesta en escena, un acto con el que cumplían con lo que suponían que sus amantes esperaban de ellas, y que no esperarían ni veinticuatro horas para buscar a otro compañero de entre la guarnición que quedaba en la isla.

A bordo de la Essex, en tanto, dos oficiales observaban la costa que cada vez se alejaba más con encontrados y muy disímiles sentimientos. Uno de ellos era un orgulloso y radiante guardiamarina de la U.S. Navy, que luego de permanecer varios meses abandonado y ya casi sin esperanzas de ser rescatado volvía a estar comisionado en un buque de guerra: Mr. John M. Maury.

El otro era el teniente Robert T. Buchanan.



La despedida de Robbie y Piteenee estuvo lejos de ser romántica, y solo constituyó —como ya era costumbre entre ellos— un encuentro sexual desenfrenado que dejó al marino una vez más con esa culpable sensación de descontento que le embargaba una vez saciado el deseo y la pasión. Era una mezcla de arrepentimiento, rabia consigo mismo e insatisfacción, que se sumaba a la vergüenza que sentía por no ser capaz de controlar el impulso puramente animal que la muchacha despertaba en él.

Por su parte, la misma Piteenee parecía no sentir ya la misma atracción que la llevó a acosar al oficial desde el momento en que lo vio en la cubierta de la Essex por primera vez, pero por tratarse para ella de un sistema de interrelación arraigado y aceptado en su sociedad, simplemente continuó con el mismo. Además de que la muchacha no podía dejar de reconocer que, por alguna inexplicable razón, una vez iniciado, el acto sexual con este hombre de ultramar alcanzaba ribetes que en lo que llevaba recorrido de su vida no había tenido hasta ahora ocasión de conocer.

Pero luego, en el momento de la despedida, Piteenee recurrió al mismo tipo de estratagemas que las otras mujeres, fingiendo un dolor que no sentía realmente, y dibujándose lágrimas con saliva o agua de mar para simular un llanto que sus bellísimos ojos negros como aceitunas no eran capaces de hacer fluir en forma natural. Esto causó en Robbie una vergüenza todavía mayor, al pensar en que había engañado a la mujer que era el amor de su vida con esta muchacha medio salvaje que no era ni siquiera capaz de sentir un dolor real y verdadero por su partida. Ello le hizo sentirse miserable, bajo y ruin. Y aunque empezó a hurgar en su interior, buscando con ansia una justificación para su comportamiento, su conciencia seguía gritándole que no era nada más que un ser indigno del amor de una mujer de la calidad de Cindy.

Finalmente, sus negros y sombríos pensamientos lo llevaron a sentir la absoluta convicción de que lo que había hecho merecía un castigo ejemplar, y que este le estaba esperando en Valparaíso o donde fuere que encontraran los buques británicos. Ello lo condujo a hacerse el firme y formal propósito de enfrentar el inevitable combate como una forma de lavado espiritual que, llevándolo hasta el límite de la muerte si fuera preciso, le permitiera sentir nuevamente que era un hombre capaz de enfrentar la mirada inocente y al mismo tiempo acusadora de su esposa. Ello no era totalmente un paliativo para su vergüenza ni un consuelo de su culpa, pero por lo menos puso en su alma un propósito y en su mente un objetivo.

Sin embargo, pronto la constante actividad de un buque de guerra navegando en alta mar fue llenando su mente con esa deliciosa rutina naval que tanto adoraba, liberándolo un tanto de la angustia que lo envolvía. Hasta que una mañana, luego de algo más de un mes de navegación sin mayores imprevistos, con los días colmados de un continuo cazar y largar de velas para aprovechar de la mejor manera el viento, de tardes de eterna y fatigosa instrucción de guardiamarinas en el uso del sextante, y de estruendosos ejercicios de artillería, la isla Mocha amaneció dibujándose frente a la Essex, señalando que estaban de nuevo en la costa chilena.

Porter entró con sus naves en la bahía de Concepción y encontró un solo buque fondeado en ella, un mercante inglés que se llevó el susto de su vida al avistar los colores estadounidenses en la fragata. El comandante norteamericano, sin embargo, prefirió seguir hasta la isla Santa María y echar ahí el ancla para llenar sus barriles con agua fresca y continuar luego al norte tras finalizar la faena, arribando a Valparaíso el 3 de febrero de 1814.

Esa misma tarde, el capitán David Porter, Esq., presentó sus respetos y los del gobierno de los Estados Unidos al gobernador don Francisco de la Lastra, visita de estilo que fue retribuida al día siguiente por el funcionario chileno, quien subió a bordo de la Essex acompañado de su distinguida esposa y de otros altos oficiales. En virtud de las buenas relaciones ya establecidas en las recaladas anteriores y de las amistosas muestras de hospitalidad que nuevamente recibieron de la comunidad porteña, Porter decidió ofrecer el 7 de febrero una recepción a bordo de la fragata, para lo cual se extendieron las invitaciones correspondientes tanto al señor gobernador como a los más conspicuos ciudadanos de Valparaíso.

Aprovechando la ocasión, y después de que la marinería hubiera acabado con los preparativos para la fiesta, que incluyeron un amplio despliegue de gallardetes, banderas de señales, lámparas y otros elementos, el día elegido para el ágape se le concedió franco a más de la mitad de la tripulación, la cual bajó a tierra con el alborozo acostumbrado después de una larga navegación. Como no había ninguna noticia todavía de las naves de guerra británicas, la Essex Junior permaneció fondeada cerca de la Essex —para facilitar la asistencia a la recepción al teniente Downes y los demás oficiales del buque—, pero ubicada más hacia la boca sur de la bahía.

La cena y el posterior baile fueron un éxito total y se prolongaron hasta pasada la medianoche. Todos los ilustres invitados desembarcaron con la alegre satisfacción de una velada agradablemente disfrutada, mientras el comandante Porter, el teniente Buchanan y el oficial de guardia, el teniente John G. Cowell, los despedían formalmente en el portalón. El teniente Downes, en tanto, regresó a su nave con instrucciones de zarpar inmediatamente en busca de la flotilla enemiga.

La Essex ni siquiera había terminado de retirar las decoraciones y adornos de la fiesta cuando la Essex Junior regresó con todas sus velas desplegadas y enviando señales de que había avistado dos navíos de guerra. Se disparó inmediatamente un cañonazo —la señal convenida para que las tripulaciones en tierra regresaran apresuradamente a bordo—, y Porter se trasladó a la Essex Junior, que salió nuevamente de la bahía para efectuar un reconocimiento.

Avistados los buques, Porter los identificó a ambos como fragatas, por lo que ordenó a Downes que regresara inmediatamente a Valparaíso. Arribaron a las siete y media de la mañana —apenas dos horas después del primer contacto visual con el enemigo—, encontrando a la Essex con toda su tripulación y oficiales a bordo y en sus puestos, y con el buque en todo sentido listo para entrar en acción. La Essex Junior, en tanto, se ubicó de tal forma que cubriera una posición en que ambas naves pudieran defenderse mutuamente. Los dos buques, además, habían desplegado en sus bandas sendos lienzos con la leyenda que se había convertido ya en el motto norteamericano de esta guerra: «Free Trade and Sailors’ Rights»22.



A las ocho en punto de la mañana los buques ingleses hicieron su entrada, resultando ser una fragata —la HMS Phoebe, de treinta cañones de dieciocho libras, dieciséis carronadas de treinta y dos, un howitzer y seis cañones adicionales de tres libras, con una tripulación de 320 hombres— y una corbeta —la HMS Cherub, de dos cañones de nueve libras, dieciocho carronadas de treinta y dos y ocho de veinticuatro libras, y con una tripulación de 180 hombres. En total, una fuerza de ochenta y un cañones y 500 hombres en oposición a los cuarenta y seis cañones de la Essex —seis de doce libras más cuarenta carronadas de treinta y dos— y su tripulación de 255 hombres, ya que el resto había sido dejada en Las Marquesas o estaba navegando con la New Zealander rumbo a los Estados Unidos. La Essex Junior, por su parte, contribuía con veinte cañones —seis cortos de seis libras más diez carronadas de dieciocho libras— y una tripulación de solo sesenta hombres, puesto que su intención fue siempre la de servir simplemente como nave de aprovisionamiento.

Robert Buchanan, al igual que todos los oficiales y tripulantes de la Essex, observó calladamente y en su puesto las naves enemigas que se les aproximaban, con la fragata exhibiendo una velocidad que por lo menos al teniente le pareció excesiva y que hasta le hizo dudar de que su capitán pudiera maniobrar a tiempo para evitar una colisión. David Porter, sin embargo, no mostró ni la más leve indicación de que esta aproximación a alta velocidad le pusiera nervioso y se mantuvo estoico en su acostumbrado lugar en el castillo, observando con toda calma a sus oponentes. Contagiado de la serenidad de su comandante, Robbie se dedicó entonces a estudiar con atención la Phoebe, consciente de que había llegado ya el momento en que podría intentar lavar —gracias al inminente combate que se avecinaba— la que consideraba una mancha detestable en su alma y en su conciencia, y que se le había estampado ahí por haber fallado en algo tan sagrado como era guardar el debido respeto a su esposa, a la que había traicionado en su amor —y sobre todo en su confianza— con sus relaciones extramaritales con la bella isleña Piteenee.

La Phoebe, en un alarde exhibicionista de la habilidad marinera de sus oficiales y tripulantes, maniobró en el momento preciso para evitar el choque, pasando entre los dos buques norteamericanos y quedando a distancia de abordaje de la Essex, lo que permitió a los yanquis observar claramente que la fragata británica venía también lista para entrar en combate. El comandante inglés, el comodoro James F. Hillyar, era un antiguo conocido de David Porter, dado que los dos oficiales habían coincidido en Gibraltar, cuando las marinas británica y norteamericana estaban comprometidas en acciones punitivas contra los ataques de piratas berberiscos en el Mediterráneo, iniciando en esos días una amistad que solo las obligaciones navales y la distancia discontinuaron. En virtud de esa antigua relación, Hillyar saludó con gran cortesía a Porter y le preguntó por su estado de salud, a lo que el norteamericano respondió con las mismas muestras de amabilidad, pero advirtiéndole con firmeza que detuviera el acercamiento a su nave ya que este estaba rebasando los límites que la prudencia y la estricta neutralidad le podían permitir.

—Con el debido respeto, capitán Hillyar, debo advertirle que mi buque está preparado para entrar en acción, pero que abriré fuego solamente si me veo en la obligación de tomar acciones defensivas. Le insisto en que no toque mi nave porque de lo contrario me obligará a dispararle causándole de seguro una gran pérdida de vidas.

—Sir —replicó Hillyar, al tiempo que se reclinaba en la baranda con un elegante gesto de indiferencia—, le puedo asegurar que no está dentro de mis intenciones el abordarlo.

Al entrar en la bahía, desde un bote despachado de uno de los mercantes surtos en el puerto habían avisado a gritos a Hillyar que la Essex estaba en el más absoluto desorden como consecuencia de la fiesta de la noche anterior, además de que más de la mitad de su tripulación estaba de franco en tierra. En vista de ello, el comodoro inglés no hizo mayores esfuerzos por tomar en consideración la advertencia de Porter y como resultado, al virar, su bauprés pasó peligrosamente sobre el castillo de proa de la Essex.

—¡Atención! ¡Todo el mundo listo para abordar la cubierta enemiga cuando los cascos de los buques se toquen! —fue la orden instantánea de Porter.

La impresión en la fragata inglesa al escuchar la orden y ver con toda claridad como cada oficial y marinero de la Essex estaba ya listo para saltar al abordaje, con un sable o un hacha en la mano y un par de pistolas cruzadas al cinto, fue de absoluta y total consternación por lo inesperada. Con la Cherub todavía demasiado lejos como para poder socorrerlo, Hillyar de pronto comprendió que su arrogancia lo había dejado en una posición en la que estaba completamente a merced del enemigo: ninguno de sus cañones estaba en ángulo de tiro como para poder alcanzar a los buques norteamericanos, su proa estaba totalmente indefensa frente a las carronadas de la Essex y su popa quedaba en la misma situación respecto de la artillería de la Essex Junior.

—¡Capitán Porter, debo protestar enérgicamente! —gritó inmediatamente Hillyar, y agitó los brazos con vehemencia mientras observaba los preparativos de sus oponentes—. ¡Le aseguro que no ha existido intención alguna de abordarlo y que este acercamiento ha sido solo un lamentable accidente! ¡Puedo garantizarle que no hay intención hostil!

Robert Buchanan, con el sable en la mano derecha y su pistola amartillada en la izquierda, se dio cuenta de que nunca tendrían otra oportunidad como aquella. Bastaría una sola andanada de sus carronadas de estribor y en quince minutos el combate habría terminado con una victoria total sobre la Phoebe, y con tiempo suficiente todavía para enfrentar y abordar la Cherub. Hasta una eventual acusación de no respetar la neutralidad chilena quedaría fácilmente desvirtuada con argumentar que la amenazante aproximación de la fragata inglesa obligó a la Essex a abrir fuego en defensa propia.

Conteniendo el aliento, Robbie miró a David Porter y esperó su decisión, que aunque tardó solo un par de minutos, parecieron una eternidad.

—¡No abran fuego! ¡Atención todo el mundo! ¡No abran fuego!

Luego, tomando la bocina, Porter ordenó a Downes que no abriera fuego sobre la Phoebe, ya que se le iba a permitir que maniobrara para separarse de la Essex y se dirigiera a su fondeadero. La expresión del rostro de Downes no dejó lugar a dudas sobre su decepción, pero se le escuchó entregar inmediatamente las órdenes correspondientes a sus oficiales.

La Phoebe —aún incómodamente a merced de la artillería americana— inició la maniobra de separación de la Essex para luego dirigirse hacia el lado oriental del puerto, echando el ancla donde pudiera tener a la fragata rival al alcance de sus cañones de dieciocho libras, pero quedando fuera del rango del de sus carronadas. La Cherub, por su parte, fondeó a tiro de pistola de la amura de estribor de Porter, por lo que este instruyó a Downes para que se ubicara de tal forma que la corbeta quedara al alcance de los cañones de los dos buques norteamericanos, cosa que a su capitán, Mr. Tucker, hizo enrojecer de rabia.



Los días que siguieron confirmaron a todos que los enemigos respetarían, sorprendentemente, la neutralidad chilena y no se atacarían mientras estuvieran dentro del puerto. Aun así, las autoridades chilenas —y hasta el ciudadano de a pie— no podían comprender por qué, teniendo Porter el navío enemigo a su total merced, no había aprovechado la oportunidad para destruirlo, con principios de neutralidad o sin ellos.

El mismo día del incidente, el comodoro Hillyar y el capitán Tucker visitaron al capitán Porter para presentarle sus respetos, y Porter insistió en escuchar inmediatamente cuál era la posición británica sobre el respeto debido a la neutralidad del país anfitrión. Hillyar le miró y, levantándose de su asiento, le contestó con énfasis:

—Capitán Porter, usted ha hecho gala de tal respeto por la neutralidad de este puerto que mi honor me obliga a respetarla también.

Esto selló el acuerdo y permitió que la visita fuera luego retribuida por el comandante americano con sus tenientes Downes, Wilmer y Buchanan, lo que inició una serie de veladas sociales que se llevaban a cabo principalmente en casa del gobernador de la Lastra, quien disfrutaba enormemente de la oportunidad de ver a los oficiales de dos países en guerra compartiendo su mesa, dando muestras de una gran cortesía a pesar de que todos sabían que tarde o temprano iban a tener que terminar enfrentándose entre el humo de los cañones de sus buques.

A pesar de ello, los ingleses desplegaron en sus buques —a modo de respuesta a la leyenda colgada en las bandas de los navíos estadounidenses— su propio eslogan: «God and country; British sailors best rights; traitors offend both».23

No habían pasado ni veinticuatro horas cuando los norteamericanos agregaron un nuevo cartel, con la siguiente lectura: «God, our country and liberty: tyrants offend them».24

Este intercambio «epistolar» provocó algunas rencillas en la hasta ahora amigable relación que mantenían las tripulaciones de ambas marinas, y en una oportunidad causó una tremenda gresca entre marineros que coincidieron en una casa de dudosa reputación. No obstante, en general no hubo situaciones extremas que lamentar.

Robbie encontraba la situación absolutamente increíble y no pudo disfrutarla como parecían hacerlo algunos de sus compañeros, ya que para él esta era una suerte de comedia que indudablemente en algún momento cambiaría a drama. Aunque sus camaradas oficiales —especialmente los tenientes Downes, Wilmer y Cowell— coincidían con él en que estaban viviendo algo comparable a un Indian Summer (o «Veranito de San Juan») que no podía durar mucho, a Robbie el asunto parecía preocuparle mucho más, y sabía que esto era porque sus ansias inmensas de alcanzar la expiación de sus culpas a través del combate y de la muerte si fuera preciso —para lo que estaba más que preparado—, también significarían para gran parte de sus amigos y de la tripulación el perder la vida. Puesto que era un oficial de marina inteligente y experimentado a pesar de su juventud, tenía muy en claro que ya habían dejado que se esfumara la mejor oportunidad que podría jamás habérseles presentado, y esta fue cuando dejaron retirarse incólume a la Phoebe de la misma boca de los cañones de la Essex y la Essex Junior: nunca tendrían otra oportunidad igual. El teniente Robert Buchanan lúcidamente entendía que no tenían posibilidad alguna de victoria. Al contrario del optimismo del que parecían disfrutar los otros oficiales, que confiaban en que en un combate en igualdad de condiciones podrían vencer a los ingleses, Robbie pensaba que no era así; y la estrategia seguida por Hillyar lo convenció aún más, ya que este simplemente desplegó sus naves en la boca de la bahía en espera de que arribara el bergantín Raccoon para sumarse al bloqueo, y se sentó plácidamente a esperar a que Porter hiciera el primer movimiento.

David Porter, que también vislumbraba claramente las débiles opciones con que contaba —y coincidiendo sin saberlo con las aprensiones que experimentaba uno de sus oficiales—, comenzó a sostener interminables discusiones con Hillyar respecto de las características que podría llegar a tener un combate naval entre sus fuerzas, tratando de llevar al comodoro inglés a una confrontación de igual a igual, fragata contra fragata. Pero James Hillyar había cruzado el cabo de Hornos para llevar a cabo una misión: terminar con la amenaza norteamericana en el Pacífico. Por ello, mantuvo su estrategia sin alteraciones.

En Valparaíso seguían coincidiendo las tripulaciones y oficiales de ambas armadas y, salvo el incidente protagonizado por algunos marineros en la casa de remolienda, el único caso que pudo pasar a mayores en que le tocó participar al teniente Buchanan fue en una oportunidad en que tuvo que intervenir junto con un teniente inglés para apaciguar los caldeados ánimos de un irascible y muy joven guardiamarina de la Phoebe de apellido Kerr, que por una diferencia de opiniones en una partida de ajedrez pretendía nada menos que retar a duelo al cirujano de la Essex, Mr. Richard K. Hoffman. Afortunadamente, la situación pudo ser controlada y el muchacho finalmente desistió de su actitud.

El tiempo transcurría lentamente, y ambas partes —siempre vigilándose estrechamente— seguían respetando la neutralidad del puerto, pero poco a poco los norteamericanos comenzaron a notar un cambio de actitud en las autoridades chilenas, las cuales parecieron iniciar un acercamiento cada vez mayor hacia los ingleses. Lo que ocurría era que el comodoro Hillyar había iniciado una acción oficial como mediador entre los insurgentes chilenos y el brigadier Gabino Gaínza, comandante de las tropas españolas, lo que se tradujo en el establecimiento de una tregua entre las fuerzas patriotas y realistas, y que condujo posteriormente a la firma del tratado de Lircay, el 3 de mayo de 1814. Porter, por su parte, desafortunadamente no estaba muy al tanto de la situación reinante en el país ni de las actividades diplomáticas que su enemigo estaba desarrollando entre la corona española y los rebeldes (de hecho, entendía la cuestión simplemente como un conflicto local entre las colonias de Perú y Chile), por lo que desaprovechó una participación política que podría haber derivado en importantes dividendos para el gobierno de los Estados Unidos.

A medida que pasaban los días, la situación comenzó a complicarse aún más con el escape de uno de los prisioneros ingleses retenidos en la Essex, que aprovechando un descuido en la vigilancia se arrojó al mar saltando por la borda y fue recogido por un bote de la Cherub. El relato del prisionero sobre su cautiverio y el de los otros nueve marineros británicos aún detenidos en el buque norteamericano iniciaron una nutrida correspondencia por parte de Hillyar con sus más sentidas protestas, y reiniciaron los cánticos y chascarros que se gritaban día a día las tripulaciones de ambas marinas enemigas, contribuyendo así a que cualquier posibilidad de combate «de igual a igual» —como pretendía Porter— fuera aún más inadmisible para los británicos, quienes simplemente no pusieron más atención a lo que consideraron un absurdo requerimiento.

Estando así las cosas, llegó la noche del 27 de marzo, y David Porter decidió que ya no quedaba más remedio que jugarse todas las cartas de una vez, puesto que un mercante recién ingresado en el puerto trajo el rumor de que tres nuevos navíos ingleses, encabezados por la fragata Tagus, se sumarían al Raccoon para constituir una fuerza imponente que no dejaría oportunidad alguna de escape a la Essex si llegaban a reunirse todas en Valparaíso. En vista de ello, en conferencia con el teniente Downes, estableció un punto de encuentro para la Essex Junior y la Essex, una vez que esta última rompiera el bloqueo y arrastrara a los buques británicos a alta mar, y convocó una reunión general de oficiales en la cámara de popa. —Caballeros— inició Porter su discurso—, ha llegado finalmente la hora de intentar el escape en vista de que la opción de enfrentar al enemigo en igualdad de condiciones se ha convertido en un imposible. Nuestra única oportunidad estriba en aprovechar al máximo la brisa, largando las mayores apenas comience el viento del sureste que se ha repetido constantemente en estos últimos días, cazándolas y amurándolas para aprovechar toda su fuerza, y salir a toda velocidad de la bahía. Si tenemos suerte podremos sorprender a los británicos y arrastrarlos en nuestra persecución, dando así opción a la Essex Junior para que escape también.

Levantándose de su asiento, se aproximó a sus oficiales y, frente a ellos, con los brazos cruzados, los miró directamente a la cara, fijando sus ojos de mirada profunda en cada uno de ellos.

—De más está decir que quiero que esta nave esté en todo sentido lista para zarpar a primera hora. Quiero a todos mis oficiales y a todos los hombres de la tripulación dispuestos y en su lugar, y preparados para entrar en combate.

Haciendo una pausa, el comandante David Porter se volvió hacia el ventanal de popa y, mirando hacia el mar, dio la espalda a sus hombres y agregó muy despacio, casi en voz baja, obligando a sus oficiales a aguzar el oído:

—Señores, creo que en la guerra existe siempre un tiempo para luchar y un tiempo para correr, y aunque para nosotros el día de mañana pareciera ser el designado para correr, tengo el presentimiento de que este 28 de marzo de 1814 será simplemente el día en que alcanzaremos la gloria.



El teniente Robert T. Buchanan coincidía plenamente con su comandante en que el momento de la verdad había finalmente llegado. Un sexto sentido le decía que aquí no habría una huida seguida de una larga persecución. Su convicción era que la situación se resolvería simplemente en una batalla. Una batalla sin cuartel, sangrienta y feroz. Consecuentemente con ello, todas sus actividades de esa noche tuvieron como fin prepararle para el combate que sabía que le podía costar la vida al día siguiente.

Ordenó sus escasas pertenencias personales y escribió una larga carta a Cindy, diciéndole cuánto la amaba y cuán inmerecedor se sentía de su amor por él, de ese amor de ternura infinita que jamás entendería cómo pudo inspirar pero que lo había hecho tan inmensamente feliz. Luego juntó la carta, el retrato de Cindy, su diario de viaje y los dibujos y bocetos que había trazado del puerto de Valparaíso, de los animales de las Galápagos y de las islas Marquesas, y atándolo todo con una cinta lo puso en una caja que envolvió en una bolsa de tela impermeable. Seguidamente comenzó a preparar su uniforme y las armas: pulió hasta hacer brillar la hermosamente labrada hoja de su sable Wilkinsons de marina, heredado de su padre; limpió y aceitó sus pistolas; lustró sus botas, ahora remendadas y sin agujeros en la suela gracias al afortunado descubrimiento de un hábil maestro zapatero en el puerto; y desmanchó su dormán de oficial frotando sus botones hasta obtener de ellos reflejos dorados bajo la titilante luz del candil de aceite.

Terminadas estas labores, subió a cubierta a tomar la guardia y relevar al teniente Cowell, pero en un impulso cambió de dirección y dirigió primero sus pasos al lugar donde sus hombres, los servidores de los cañones, preparaban sus elementos para los eventos del día siguiente, que ya eran vox populi a bordo de la fragata.

—Noches, señor —le saludó el maestro artillero Adam Roach—. ¿Así que finalmente nos movemos, señor?

—Eso parece, Mr. Roach. ¿Todo en orden?

—Yes, sir. Todo listo y dispuesto para volarles el trasero a los británicos hasta el mismísimo infierno, si me perdona la gramática, señor.

—Le perdonaré su lenguaje solo si en caso de que se dé la oportunidad sea usted capaz de cumplir lo que dice, Mr. Roach —retrucó Robbie, con un guiño de complicidad que obtuvo sonrisas aprobatorias de los otros cinco hombres servidores del cañón.

Seguidamente recorrió toda la banda, intercambiando palabras y saludos con los artilleros, y subió a la cubierta superior y de ahí al castillo para iniciar sus cuatro horas de guardia.

—¿Todo en calma, John?

—Todo en calma y en paz. No hay casi viento, pero sí un ligero escarceo. Nada que merezca anotaciones especiales —contestó Cowell. Luego, mirando hacia la oscuridad, en la dirección en que debían encontrarse fondeados los buques ingleses, agregó—: Estoy cansado, hambriento y tengo frío, y como sospecho que mañana nos espera un día muy atareado voy a tratar de encontrar algo para comer y me iré derecho a dormir.

En ese preciso instante, el marinero encargado de marcar las horas hizo tañer la campana.

—Medianoche, teniente Buchanan. Le entrego la guardia.

—Gracias, teniente Cowell. Recibo la guardia.

Todo quedó en silencio. Robbie se arropó con su gabán y se apoyó en la baranda, mirando a través de la leve bruma nocturna las escasas luces que podían distinguirse en la oscuridad del poblado de Valparaíso.

—Sí —dijo en voz alta, como si le hablara a la noche—, mañana definitivamente va a ser un día muy atareado.



El viento del sur empezó a levantarse hacia el mediodía y a media tarde aumentó considerablemente su fuerza, cortó el cable de babor y empujó la fragata mar afuera, garreando el ancla de estribor. Porter, conforme con su decisión de la noche anterior de aprovechar la ocasión si se presentaba, cambió de amura haciendo girar la proa hacia sotavento al tiempo que cargaba la mayor y la mesana, acuartelando los foques y poniendo el timón de arribada progresivamente hasta llegar a un ángulo de cuarenta a cuarenta y cinco grados. Con el máximo de tripulación posible en los palos braceando el aparejo mayor y el de popa, preparándose para recibir al viento por la aleta y colocando las vergas en cruz, Porter llegó a pensar que lo lograrían y que pasarían a toda vela por entre los dos buques de guerra británicos. La marinería comprendió la maniobra inmediatamente, casi antes de recibir las instrucciones gritadas por sus capataces de alto y refrendadas con órdenes de pito, y emprendió la labor frenéticamente, conscientes de que el éxito dependía de la premura y eficiencia de la maniobra. Los oficiales —en sus puestos y uniformados como para un desfile— transmitían las seguras órdenes de Porter con voz firme, y la Essex comenzó obediente a virar buscando completar la maniobra que la pondría con la popa a barlovento. Pero entonces sucedió el desastre: una violenta ráfaga de viento partió el mastelero del mayor echándolo abajo y arrastrando al agua a toda la cuadrilla que laboraba en las vergas en las faenas de velamen.

—¡Hombre al agua! —gritó Robbie inmediatamente, pero ninguno de los hombres que desaparecieron bajo el agua volvió a la superficie.

El buque quedó totalmente a merced del viento, con el palo sobre la borda aún unido al mayor por la jarcia y con la vela medio sumergida en el mar empapándose de agua, lo que impedía cualquier maniobra destinada a volver al sitio de fondeo dentro del puerto. En vista de ello, Porter decidió entonces intentar aprovechar el viraje ya iniciado para dirigirse hacia una pequeña bahía al costado este del puerto, frente a Punta Ángeles, y una vez ahí proceder a las reparaciones necesarias. Sin embargo, los gritos de advertencia del teniente Wilmer y de la tripulación le hicieron entender que no sería posible, ya que tanto la Phoebe como la Cherub se dirigían a toda vela hacia ellos, con la totalidad de sus banderas de combate izadas.

—Bien, señores, ahora veremos si el comodoro Hillyar tiene el mismo respeto a la neutralidad chilena que nosotros le demostramos a su llegada.

—Siento decirlo, señor —replicó Wilmer—, pero su actitud dice que no la tiene. Creo que es válido suponer que Mr. Hillyar piensa que técnicamente ya estamos fuera del límite de esa neutralidad. Obviamente para él esta comprende solo el área del puerto de Valparaíso.

—Como sea, teniente, ya no hay tiempo para filosofar sobre el tema. ¡Teniente Buchanan, icen pendones de combate! ¡Mr. Bland, redoble de tambores! ¡Todos los oficiales a sus puestos!

Inmediatamente los tambores iniciaron su marcial redoble, y el buque se llenó de actividad y del sonido de cientos de pies desnudos que corrían a sus posiciones de combate. Robbie empezó a dirigirse apresuradamente a su puesto junto al twelve pounder de la primera porta de proa —uno de los escasos seis cañones de doce libras que cargaba la Essex—, sorteando a la carrera a las filas de infantes de marina que empezaban a tomar posiciones en las bordas, jarcias y cofas para iniciar su mortífero fuego de mosquete sobre las cubiertas enemigas, a los powder monkeys que acumulaban bolsas de pólvora junto a las carronadas, a los artilleros que preparaban sus mechas y a la cuadrilla de carpinteros que cortaba a hachazos la jarcia y el astillado mastelero del mayor para deshacerse de él y echarlo al agua.

Los seis sirvientes estaban ya preparados y en sus puestos junto al cañón: Mr. Roach, cuya obligación era cebarlo, apuntarlo y dispararlo; Georqe Martin, encargado de embicar y elevar la caña del cañón; Reuben Marshall, encargado de cargarlo; Jasper Reed, encargado de mojar las pavesas antes de recargar; Bennet Field, encargado de ronzar el cañón y de pasar la munición, y Alex Chisholm, encargado de suministrar la pólvora traída por los powder monkeys desde la santabárbara.

—¡Todo listo! ¡Preparados para recibirlos, señor! —le recibió Roach, lleno de entusiasmo. Luego, viendo como la Phoebe abría simultáneamente todas sus portas de babor, asomando las fatídicas y negras bocas de sus cañones, agregó—: Sí, claro. Respeto británico a la neutralidad chilena, my ass!25

Los buques ingleses comenzaron a virar para ponerse en posición de tiro, la Phoebe bajo la popa de la Essex —lo que forzó a Porter a dar urgentes órdenes de que movieran apresuradamente tres de los doce libras a sus portas de popa— y la Cherub por estribor, a proa. Ahora se podía escuchar claramente el redoble de los tambores y hasta las órdenes gritadas por los oficiales, como asimismo distinguir a los marines con sus características casacas rojas tomando posiciones para iniciar sus descargas de mosquetería desde las cofas y la jarcia.

Sin dejarse impresionar por esta demostración, el capitán de alto, Edward Barnewall, soltó el grito de «Free trade and sailors’ rights!», que fue inmediatamente coreado con tres grandes «hurras» por toda la tripulación de la Essex, e hizo que Porter se estremeciera de orgullo al ver el espíritu de lucha de sus hombres.

—¡Preparados ahora, muchachos! —gritó Robbie a sus artilleros, mirando con atención cómo la Cherub se cruzaba frente a su cañón—. ¡Apunten con cui…!

La última parte de la frase desapareció tapada por el estruendo de la descarga iniciada casi simultáneamente por ambos navíos británicos. El impacto de las balas de hierro y de metralla perforando y rebotando dentro de la fragata norteamericana fue impresionante. Una lluvia de astillas —peligrosas y aguzadas como flechas— volaron en todas direcciones, ensartándose en las cubiertas, en las velas y en los marines y tripulantes que tuvieron la mala fortuna de estar en su mortífera trayectoria. El ruido alcanzó niveles ensordecedores, y los insultos a los ingleses se mezclaron con las maldiciones y los alaridos de los heridos, en tanto que una nube de humo con olor a pólvora cubría al buque.

—¡Fuego! —fue la respuesta inmediata de Porter, y sus cañones de proa y popa arrojaron al unísono su cuota de hierro, balas encadenadas y metralla a los buques ingleses.

Eran exactamente las 15.54 horas, y un griterío entusiasta surgió de las gargantas norteamericanas para aplaudir la efectividad de la primera descarga de la Essex, ya que sus artilleros hicieron nutrido blanco en los buques británicos, especialmente en la Cherub.

—¡Les di, bastardos! —chilló Roach fervorizado, al observar cómo el proyectil de doce libras de su cañón impactaba justo en la línea de flotación de la corbeta, levantando un vistoso surtidor de agua. El fuego de las carronadas, en tanto, causaba visibles daños al buque inglés, perforándole la amura en numerosas partes y regando las cubiertas inferiores de metralla, buscando masacrar a los servidores de los cañones.

Al mismo tiempo, los smashers y dos de los tres doce libras trasladados a popa y puestos ya en posición en tiempo récord aprovechaban la oportuna cercanía de la Phoebe para descargarle el máximo de fuego posible, iniciándose así un mortífero cañoneo que estremecía a ambos buques y que empezó a poner a Hillyar nervioso cuando advirtió la eficiencia de la artillería de la Essex.

Robbie Buchanan, todavía junto a Roach y su cañón, miró hacia popa para observar cómo iba la acción contra la Phoebe en el preciso momento en que sucedieron dos cosas: uno de los proyectiles de doce libras disparado contra la línea de flotación de la fragata inglesa dio un curioso bote sobre la superficie del agua y, entrando limpiamente por una de las portas, partió en dos al joven oficial que dirigía el fuego del cañón correspondiente, cruzando luego la cubierta de lado a lado, para terminar su loca trayectoria inutilizando una carronada en la banda contraria; casi simultáneamente, el cañón del oficial británico arrojó también su bala de hierro, que dio de refilón a la base del mesana y desvió su trayectoria con un agudo chasquido, impactando contra el teniente Cowell en la pierna derecha y arrancándosela de cuajo.

El teniente Wilmer y uno de los marines cogieron inmediatamente a Cowell para llevarlo bajo cubierta al compartimiento que hacía las veces de enfermería, donde los cirujanos Richard Hoffman y Alexander Montgomery, con la abnegada ayuda del capellán David Adams, —los tres ya completamente bañados en sangre—, aserraban y amputaban miembros a destajo mientras a duras penas podían atender el flujo constante de heridos que recibían.

—¡Continúen disparando a estos malditos! —gritó Robbie, volviéndose nuevamente hacia Adam Roach y sus hombres, quienes, sin descanso y con una rapidez impresionante, continuaban el ritual de limpiar, cargar, apuntar y disparar el tubo en una secuencia agotadora e interminable.

El cañoneo británico era también implacable y sin interrupciones, a pesar de que la Cherub, mostrando los efectos del castigo recibido, para concederse un respiro comenzó a alejarse de la Phoebe, cuyo fuego era ahora de gran precisión y causaba una impresionante mortandad entre la tripulación norteamericana.

—¡Están huyendo los cobardes, señor! —gritó Marshall, señalando el movimiento de la corbeta.

—¡Desgraciadamente no lo estimo así, Reuben! ¡Yo diría que están simplemente aumentando la distancia para quedar fuera del alcance de nuestros smashers y cañonearnos a voluntad!

La mayoría de la tripulación también interpretó la retirada de la Cherub como una huida, por lo que un nuevo grito lleno de entusiasmo surgió de los norteamericanos. Por desgracia, la Phoebe, que también había iniciado un movimiento de retroceso, probó su determinación de seguir combatiendo con una andanada feroz que dio de lleno en la Essex, causándole nuevos daños y matando instantáneamente al contramaestre Mr. Bland y al capitán de alto, Mr. Christopher, además de dejar a varios marineros heridos y salvajemente mutilados.

—¡Mr. Roach! ¡Mr. Greed! ¡Todo depende de nuestros doce libras ahora! ¡Comiencen a trasladarlos para poder cubrir a la Phoebe con ellos! —ordenó Robbie, comprendiendo la situación.

—Aye, aye, sir!

Apenas iniciada la maniobra, un proyectil atravesó con gran estruendo la plancha del costado volándole la cabeza a Alex Chisholm y disparando maderos astillados en todas direcciones, uno de las cuales —aguzado como una lanza— se hundió profundamente en la espalda de Adam Roach, quien sin un gemido cayó al mar por la misma brecha abierta por el cañonazo.

Buchanan se quedó como hipnotizado mirando a Chisholm, quien, tirado en el piso como un muñeco desarticulado y aún agitándose por efecto de sus cercenados impulsos nerviosos, lanzaba un surtidor de sangre por el espantoso agujero entre los hombros donde apenas unos segundos antes había estado su cabeza. El oficial salió de su aturdimiento cuando Martin lo remeció violentamente para que le ayudara a levantar al agonizante Marshall, quien chorreando sangre por boca y oídos había caído sobre el volcado cañón, arrastrando con él a Jasper Reed e inmovilizándolo contra el humeante e hirviente metal.

Robbie se inclinó para levantar a Marshall y, al hacerlo, su cuerpo se dibujó perfectamente a través del boquete abierto en el costado de la fragata, momento que aprovecharon sin vacilar los marines ubicados en las cofas de la Phoebe para disparar sus mosquetes con gran precisión, impactando a Buchanan en el codo izquierdo y a Bennet Field en pleno pecho. Martin logró mover a Marshall, ya cadáver, y sacar a Reed de su incómoda posición, pero el marinero estaba muy malherido y solo se dejó deslizar hasta el suelo, quedando tendido junto al cuerpo mutilado de Chisholm.

El cañón había quedado fuera de combate, por lo que Robbie, sobreponiéndose al terrible dolor de su astillado codo y con la ayuda de Martin, se echó al hombro a Reed para conducirlo a la enfermería. George Martin, por su parte, el único servidor del cañón aún ileso, hizo lo propio con Field y ambos iniciaron con gran esfuerzo la marcha hacia popa. El espectáculo a bordo era espeluznante: había cadáveres y heridos por todos lados; el velamen estaba convertido en jirones colgantes y agujereados, incapaces de coger el poco viento que había ahora en la bahía para intentar alguna maniobra evasiva, y la jarcia colgaba como las inútiles lianas de un árbol ya medio seco y moribundo. El buque estaba a todas luces muy maltratado pero con su bandera al tope, por lo que seguían lloviéndole constantemente y con mortífera precisión los proyectiles de la Phoebe, en tanto que la artillería de la Essex —reducida ahora casi exclusivamente a sus carronadas de corto alcance— tan solo lograba salpicar de agua a los buques enemigos con sus pesados proyectiles de treinta y dos libras.

La Cherub, con su capitán Mr. Tucker muy malherido y su primer oficial muerto, estaba regresando para tomar posición junto a la Phoebe, pero procuraba mantenerse fuera del alcance de los cañones de la Essex. Porter decidió entonces que su única oportunidad estaba en acercarse a la fragata enemiga e intentar abordarla, por lo que envió a sus marineros jarcia arriba para captar la brisa con los restos de velamen que le quedaba y comenzó desesperadamente a maniobrar mientras ordenaba a gritos a los artilleros que se prepararan para arrojarle al enemigo todo el hierro y metralla que quedara a bordo.

Robbie había llegado ya a la enfermería y depositado a Field junto al teniente Cowell, quien blanco como el papel por la enorme pérdida de sangre le musitó, con una triste sonrisa y un hilo de voz, aludiendo a su comentario al entregarle la guardia la noche anterior:

—Esto es lo que yo llamo un día atareado, Buchanan.

—Condenadamente cierto, John. Un día realmente atareado.

Pero John Cowell le miró con ojos fijos y vidriosos, y Robbie comprendió que ya no podía escucharle.

—Ha muerto, teniente —oyó que decía a su lado el doctor Montgomery, quien se había acercado a examinar a Field—. Pero este marinero tiene posibilidades de salvarse, si le sirve de consuelo.

Robbie le miró como si no comprendiera de qué hablaba, cuando de pronto sintió el movimiento de la fragata.

—¡Estamos virando! ¡Tengo que volver a mi puesto!

—¡Teniente! ¡Déjeme examinarle ese codo!

—¡No hay tiempo, doctor! ¿No comprende? ¡Los vamos a atacar! ¡Martin, deje a Jasper y véngase inmediatamente conmigo para ayudar a Mr. Greed a poner su cañón en posición!

Ambos emprendieron la carrera hacia la cubierta de cañones, saltando por encima de los cadáveres y esquivando a los marineros que intentaban apagar las llamas de los numerosos fuegos que estaban estallando a bordo.

Porter lo divisó y le gritó desde su puesto en el castillo:

—¡Teniente Buchanan, los doce libras de proa sobre la Cherub! ¡Teniente Wilmer, las carronadas de estribor sobre la Phoebe!

Robbie llegó jadeante a su puesto en la proa, donde el quarter-gunner Mr. Leonard Greed ya tenía su cañón preparado y en posición, y hasta con una dotación completa de servidores, todos ellos con alguna herida mal vendada a la carrera y por sus propios medios.

—¡Buen trabajo, Mr. Greed!

—¡Déjelos que vengan, teniente! ¡Estamos listos para recibirlos!

—¡Fuego a discreción! —fue la orden de Porter.

Greed encendió la mecha de su cañón y el impacto en la Cherub fue casi instantáneo, remeciendo a la corbeta, que esta vez sí decidió retirarse definitivamente del combate y dejar a la Phoebe el peso de la batalla. El fuego de las carronadas, sin embargo, no fue tan efectivo sobre la fragata británica, que continuó cañoneando sin misericordia a los norteamericanos, tratando de mantener una distancia tranquilizadora.

Robbie comprendió que estaban absolutamente perdidos si no lograban mantener un fuego constante con el cañón de Greed, prácticamente el último de largo alcance en operación en la Essex, por lo que comenzó a urgir a sus servidores para que sostuvieran un ritmo de disparo agotador pero efectivo. Por desgracia los ingleses también lo comprendieron así e inmediatamente concentraron el fuego de sus marines contra las baterías de proa, al mismo tiempo que su artillería redoblaba el cañoneo sobre la ya malherida fragata norteamericana.

Un disparo de mosquete le vació el ojo derecho al encargado de embicar el cañón, dejándolo fuera de combate. George Isaacs, uno de los guardiamarinas y apenas un niño todavía, tomó su lugar para recibir casi inmediatamente un tiro en la mano, lo que obligó a Robbie a enviarlo a la enfermería a pesar de sus vehementes protestas. El sustituto de Isaacs recibió a su vez un disparo en el cuello y el mismo Greed uno en la cadera —que lo dejó inutilizado y aullando de dolor—, por lo que el propio Buchanan decidió tomar su lugar con George Martin ocupando el puesto del servidor que faltaba.

Aunque ambos buques se cañoneaban con furia, era en la Essex donde los destrozos y la mortandad aumentaban en forma espeluznante. Solo dos piezas de artillería de la fragata americana estaban en condiciones de causar algún daño a la Phoebe —una de ellas, el cañón de Robert Buchanan—, porque las carronadas ahora estaban prácticamente inservibles, y Porter, con dolor, se dio cuenta de que ya no había nada que hacer. En vista de ello, cesó en su intento de abordaje y dirigió la nave hacia la playa pensando en vararla, desembarcar a la tripulación y destruirla. Lamentablemente, en mitad de su intento y ya a tiro de mosquete de la orilla, el viento cambió y la envió nuevamente contra el enemigo. El buque era ya inmaniobrable y la suerte estaba echada.

El cañoneo, parcialmente suspendido mientras la Essex intentaba maniobrar, se reinició salvajemente y nuevos incendios estallaron a bordo, poniendo la nave en peligro de explosión si llegaban a alcanzar la santabárbara. Los muertos y heridos cubrían casi todos los rincones del buque, y era imposible caminar por las cubiertas por lo resbaloso de la sangre que en verdaderos riachuelos se escurría hacia el mar por los imbornales. Los cirujanos ya no daban abasto, pero, por otra parte, tampoco había nadie en condiciones de trasladar a los heridos para que pudieran ser atendidos.

El cañón de Robbie había perdido y renovado tres veces a su dotación completa, con la sola excepción de George Martin, que milagrosamente continuaba sin un rasguño, y seguía disparando sin cesar. El mismo oficial había recibido una nueva herida, esta vez un tiro de mosquete en el muslo, pero usando los dientes y su mano derecha —su brazo izquierdo estaba completamente inmovilizado— se había atado un trapo a manera de torniquete y continuaba en su puesto sin titubear.

David Porter, abrumado por la impotencia, reunió a los pocos oficiales sobrevivientes —los tenientes James P. Wilmer, Stephen D. McKnight, William H. Odenheimer y Robert T. Buchanan— y les confirmó lo que los cuatro sabían y que en simples palabras significaba que se aproximaba el final. Seguidamente, les ordenó informar a la tripulación que todos aquellos que lo desearan y que supieran nadar tenían libertad para saltar al agua e intentar alcanzar la orilla (los botes habían sido destruidos por el cañoneo, por lo que eran inútiles para tal propósito). Y luego, haciendo una pausa para observar su destruida nave, les informó que él, como comandante de la USS Essex, tenía la intención de permanecer a bordo y continuar el combate.

La orden fue transmitida y después de algún titubeo unos pocos hombres saltaron por la borda y empezaron a nadar hacia la playa donde los esperaban los habitantes de Valparaíso, estremecidos por el espectáculo que les había tocado presenciar. Algunos alcanzaron la orilla, otros se ahogaron en el intento y unos cuantos fueron recogidos por la Essex Junior —mudo testigo de tanto espanto— o por los botes enviados por la Phoebe. Pero la gran mayoría decidió permanecer a bordo y seguir la suerte de su comandante.

En la siguiente media hora, perdió la vida el teniente Wilmer, una explosión envió al teniente Odenheimer volando al mar y el teniente Buchanan recibió un nuevo disparo, esta vez en la clavícula izquierda, que lo dejó paralizado de dolor y con el brazo definitivamente inutilizado. A pesar de ello, y ahora con solo tres hombres, entre ellos Mr. Martin todavía sin el menor rasguño, Robbie continuó disparando incansablemente su cañón; hasta que finalmente un impacto directo destrozó la pieza, mató y mutiló espantosamente a los otros dos servidores, le alojó un enorme pedazo de metralla en la espalda y lo arrojó por la borda impulsado por la fuerza arrolladora del golpe. George Martin, increíblemente ileso y sin pensarlo dos veces, saltó inmediatamente al agua tras su superior.

El oficial se hundió como una roca y Martin tuvo que sumergirse y bucear hasta lograr agarrarlo de los rubios cabellos y arrastrarlo de vuelta a la superficie, con los pulmones a punto ya de estallar. Tratando de mantenerlo boca arriba y con la cara fuera del agua, comprendió que sin ayuda jamás alcanzarían la orilla. Giró la cabeza para ver si alguno de los botes de la Phoebe o de la Essex Junior estaba cerca, pero ya todos se habían alejado con los marineros rescatados del mar. Se dio cuenta, además, de que tenían que alejarse de los buques porque corrían el peligro de ser alcanzados por algún proyectil perdido o por los pedazos de maderos y astillas que volaban de la Essex como consecuencia del castigo que la fragata continuaba recibiendo.

En vista de ello, Martin comenzó a nadar desesperadamente, procurando alejarse del campo de tiro de los buques, al tiempo que buscaba algún desecho flotante al que pudiera sujetarse, porque sabía que las fuerzas le fallarían tarde o temprano. El cañoneo continuaba en la distancia como un incesante martilleo, pero poco a poco el artillero dejó de escucharlo ya que el agotamiento lo envolvió en una suerte de embotamiento de los sentidos, apartándole de todo lo que ocurría a su alrededor que no fuera la urgencia de mantenerse a flote y de no soltar por ningún motivo al teniente, que —por lo demás— ni siquiera sabía si aún vivía.

Fue una mera casualidad la que lo llevó a chocar de cabeza contra un gran trozo de madera medio sumergido, probablemente parte de la plancha de desembarco de la Essex que desprendida al inicio del combate flotaba en las tranquilas aguas de la bahía, bastante alejada ya del lugar de la acción. Martin instintivamente se agarró a ella con la mano izquierda, mientras que con su brazo derecho continuaba sujetando al desvanecido Robbie. Completamente agotado, el marinero permaneció largos momentos sujeto al madero intentando recuperar el aliento y las perdidas fuerzas, para luego tratar de cambiar de posición al oficial, buscando la mejor manera de subirlo a la plancha. Desgraciadamente, no contó con que su brazo derecho estaba entumecido por el tiempo que llevaba en la misma posición, arrastrando a Buchanan, por lo que el oficial se desprendió de su abrazo, desapareciendo inmediatamente bajo el agua.

—¡Oh, no! ¡No voy a perderlo ahora, señor! ¡Y menos después de tanto trabajo, for Christ’s sake! —exclamó Martin, sumergiéndose tras el oficial.

No tuvo mayores problemas para cogerlo, agarrándolo esta vez del cinturón, pero sacarlo a la superficie e intentar luego subirlo a la improvisada balsa fue otra cosa: ya no le quedaban fuerzas suficientes y Buchanan era un peso muerto que no podía ofrecer ninguna ayuda o colaboración. Agotado, procurando mantener a Robbie a flote y tragando grandes cantidades de agua en el proceso, comprendió que no sobreviviría a esta aventura y que su sino era yacer para siempre bajo el mar, durmiendo eternamente en el fondo de esa remota bahía en el confín del mundo.

Con un esfuerzo sobrehumano, Martin logró finalmente subir medio cuerpo de Robbie a la plancha, empujándole luego las piernas hasta dejarlo tendido boca abajo sobre ella. Como era obvio que no podría sostenerlos a los dos, ni siquiera intentó encaramarse también a ella, y se quedó en el agua absolutamente extenuado y sujeto con los dedos entumecidos al borde, procurando no volcarla. Pero a la postre, el agotamiento lo rindió y George Martin, ayudante de artillero de la marina de los Estados Unidos, invadido de una extraña paz y laxitud, abrió los dedos y, soltando la plancha, se dejó deslizar suavemente y se hundió bajo el acuoso manto salado del mar de Chile en el océano Pacífico.

La última desgarradora visión que tuvo de este mundo fue la de la bandera norteamericana arriándose en señal de rendición en la Essex. Eran las 18.20 horas y, después de dos horas y veintiséis minutos, todo había terminado.



El silencio se había hecho opresivo. Robbie parecía estar en otro mundo, muy lejos de ahí; Cindy, con la vista fija en el fuego, observaba el fascinante danzar de las llamas evitando sistemáticamente dirigir la mirada hacia Mackay, y este último, con su vaso de bourbon todavía en la mano, comenzó a sentirse incómodo y fuera de lugar.

Fuera de la casa la lluvia había cesado, convirtiéndose en una llovizna persistente y mojadora que invitaba a los porteños a evitar la intemperie y a permanecer en sus hogares, al calor de sus braseros. Pero el ballenero se dio cuenta de que —por lo menos en este hogar— el ambiente se había enrarecido, por lo que tomando un último sorbo de su vaso procedió a levantarse y a ponerse el gabán, iniciando un agradecimiento por la comida y la velada, y una disculpa por la tardanza en retirarse.

—No diga eso, William. Le agradecemos infinitamente su visita y esperamos que no sea la última vez que nos honre con su compañía.

—Muchas gracias, Mrs. Buchanan —respondió con una leve sonrisa el aludido, y luego, dirigiéndose a Robbie con una venia—: Comandante Buchanan, tenga usted muy buenas noches.

Notando la trémula mirada de Cindy, no se atrevió a tomarle la mano para besarla, ya que temía que el roce de sus labios sobre su piel le delatara, y ella —probablemente por la misma razón— tampoco se la extendió, limitándose a mirarlo de una manera aún más intensa.

Mackay se dirigió a la puerta y la abrió sin mirar atrás, y salió de la casa para internarse en la oscuridad y la lluvia.



CORSARIOS

Capítulo VII



1

–¡Despierta, condenado grandulón! —la chica, totalmente desnuda y medio dormida aún, remeció una vez más con energía al hombronazo que, tendido de espaldas a su lado, seguía roncando estrepitosamente, sin mostrar señales de despertar—. Están llamando a la puerta, hombre. ¿Es que no lo oyes?

El gigantón suspendió los ronquidos solo para reemplazarlos por ininteligibles gruñidos y ruidosos chasquidos de lengua, que acompañados de unas espantosas morisquetas daban fe del horrible sabor de su boca. Ante la insistencia de las sacudidas, se volteó en el camastro y dio la espalda a la muchacha; luego, soltando una ventosidad de proporciones volcánicas, procedió a acomodarse de nuevo hacia el otro lado, abrazándose voluptuosamente a la segunda chica desnuda, que dormía apaciblemente a su izquierda, sin siquiera dar indicios de haber escuchado los violentos golpes que alguien daba en la puerta.

—¡Miserable! ¡Grosero! ¡Bruto! —ahora sí que la chica despertó del todo—. ¡Cómo te atreves! ¿Pretendes asfixiarnos acaso, bribón? ¡Levántate a abrir la puerta, será mejor! ¡Y ojalá sea la tropa para llevarte preso, condenado!

Todos estos epítetos iban acompañados de furiosos golpes de puño en la enorme espalda velluda del hombronazo, quien finalmente comenzó a despabilarse, y al incorporarse casi arrojó de la cama a la segunda muchacha, que despertó sobresaltada.

—¡Elcira! ¿Qué está pasando, por Dios?

—¿Que qué está pasando, preguntas tú, Edelmira? ¿Que qué está pasando, quieres saber? ¡Pues está pasando que este bribón no solo no es capaz de levantarse a abrir la puerta, sino que además intenta asfixiarnos con uno de sus hediondos pedos del demonio protestante que es! ¡Jamás debimos involucrarnos con uno de estos bárbaros ingleses! ¡Bastaba con observarle esa satánica pelambrera colorada para darse cuenta de que este hombre no puede ser un cristiano bien nacido!

A estas alturas, Edelmira ya había detectado el fétido aroma al que se refería Elcira, por lo que con una exclamación de espanto saltó del camastro y se sumó con su cuota de golpes contra el pelirrojo hombretón.

—¡Qué demonios está pasando! —despertó finalmente sobresaltado—. ¿Qué les ocurre, mujeres del demonio? Now, stop damned whores!26

Finalmente escuchó los estrepitosos golpes en la puerta y, con un gesto de los brazos, como si espantara unos molestos insectos, apartó a las muchachas y sacó las piernas del camastro, sentándose en el borde y estirándose groseramente al tiempo que abría la boca en un gigantesco bostezo.

El hombre se levantó y, tras rascarse la barriga con indolencia, se dirigió hacia donde sus ropas estaban tiradas hechas un lío y buscó entre ellas hasta encontrar una pistola que amartilló diestramente con la mano izquierda. Después caminó hacia la puerta, sin siquiera intentar cubrir sus desnudeces. Las chicas, que hasta el momento continuaban con su incansable parloteo, al notar las medidas precautorias que tomaba su compañero se callaron de inmediato y se abrazaron con expresión de espanto en un rincón de la habitación.

—¿Quién «vivei»? —gritó el hombre con un innegable acento inglés, y se puso al costado de la puerta para evitar un eventual disparo a través de ella—. ¡Diga su «noumbre» y su «asuntou»… or I’ll shoot your fucking balls off!27 —agregó, terminando la frase en un lenguaje que le era más cómodo.

—¡Abra, hombre! ¡Soy William Mackay! ¡Hace media hora que estoy dando golpes a esta condenada puerta! ¿Está sordo, acaso?

—¡Mr. Mackay! ¡Vaya sorpresa! ¡Qué gusto oírlo! ¡Déjeme abrirle, venga, entre por favor! —exclamó el grandulón cambiando de tono y, tras ponerse la pistola aún amartillada bajo el brazo como si fuera un simple paraguas, comenzó a correr los cerrojos del pesado portón para dejar entrar al escocés.

Al abrirse la puerta, Mackay miró asombrado el espectáculo que le esperaba: Neil Fleming, más enorme que nunca y completamente desnudo, con un pistolón marino bajo la axila izquierda y una gran sonrisa en el peludo rostro colorín; dos muchachas de no más de veinte años, también absolutamente desnudas, mirándole con ojos de espanto y tratando malamente de cubrirse los generosos pechos con una mano y la entrepierna con la otra; una habitación en tal desorden que parecía haber sido azotada por un huracán, y, envolviéndolo todo, los remanentes fétidos del alivio intestinal del ex carpintero de la Lady Cheryl.

—¡Condenación, Neil! ¡Tú no mejoras nada! ¡Todo lo contrario: empeoras! —exclamó el ballenero, a quien pocas cosas podían ya sorprender—. ¡Y dos muchachas! ¿Es que no te basta con una sola, for Christ’s sake?

—Hola, Mr. Mackay —saludó Fleming feliz—. Le presento a las hermanitas Elcira y Edelmira, aunque sinceramente todavía no sé cuál es cuál. A decir verdad, a mí me da lo mismo: me las tiro a las dos y todo el mundo feliz.

—No tienes remedio, hombre. Vamos, vístete, necesito hablar contigo y mostrarte algo. Te esperaré afuera para que las chicas puedan cubrirse.

Mackay salió del cuarto y, de pie en la calle —si así podía llamársele—, encendió su pipa para matar el tiempo mientras esperaba a Fleming. La casucha era una de las tantas que se mantienen milagrosamente en pie en los cerros de Valparaíso, descolgándose por las quebradas hacia la ciudad; y aunque en conjunto parecían miserables, la vista que desde ellas se tenía sobre la bahía era de una belleza impresionante.

El día era gris, pero con una visibilidad tal que abarcaba varias millas a la redonda, permitiendo distinguir perfectamente la llamada «silla del Gobernador» —una formación de cerros ubicada más allá de la desembocadura del río Aconcagua y conocida con ese nombre por su semejanza con una silla de montar—, lo que sumado a la limpidez del aire, que permitía incluso escuchar nítidamente los martillazos de los carpinteros en el arsenal, constituía una señal clara para los porteños de que en las próximas horas comenzaría a llover.

Transcurridos más de dos meses desde la batalla de Chacabuco, la bahía acogía una buena cantidad de naves, en su mayoría balleneros británicos y norteamericanos, lo que mantenía un movimiento constante de embarcaciones menores entre los buques y el puerto y se traducía en que el idioma inglés se escuchara tanto como el español en las plazas de la ciudad. La actividad comercial en Valparaíso nunca había sido tan floreciente, y los feriantes estaban encantados con la salida que tenían sus productos, ya que habían pasado de ser meros abastecedores locales a unos verdaderos ship chandlers.28 La misma actividad naviera reportaba abundante trabajo a los talleres del arsenal, donde ahora realizaban jornadas continuas proveyendo materiales y efectuando algunas reparaciones menores a las naves surtas en la bahía.

El rumor era que muy pronto comenzarían a arribar naves mercantes europeas que traerían abastecimientos para el ejército, además de maquinaria y productos de consumo diario casi desconocidos en el país, limitado desde siempre a comerciar exclusivamente con España o las demás colonias hispanas. El mismo rumor indicaba que ello conduciría a que inminentemente la marina española bloquearía el puerto, a pesar de que hasta la fecha no se había observado mayor actividad de sus naves.

En el sur, en tanto, la guerra se había mantenido prácticamente sin variaciones, luego del fallido intento del coronel español José Ordóñez de romper el asedio a Talcahuano, frenado en Curapalihue por Las Heras. Esto supuso que los realistas consolidaran cada vez más sus posiciones en la región del Biobío sin que los patriotas pudieran evitarlo, dado que sus fuerzas, aunque casi iguales en número a las españolas, no eran suficientes como para iniciar con éxito un asalto a gran escala a la ciudad. La situación empeoró cuando el 1 de mayo de 1817 arribó a Talcahuano un convoy enviado por el virrey Pezuela, formado por la fragata Veloz y los bergantines Margarita, Palafox y El Ángel, a los cuales se unirían unos días más tarde la fragata Moctezuma y el bergantín Justiniano. Estos buques reforzaron a Ordóñez con 124 oficiales y 621 soldados —casi todos sobrevivientes de la batalla de Chacabuco y llevados al Callao en las naves que los rescataron desde Valparaíso—, así como con un importante cargamento de mosquetes, municiones, pólvora, artillería, uniformes, azúcar, tabaco y dinero en efectivo. Con estos refuerzos Ordóñez obtuvo una superioridad numérica sobre Las Heras de casi 400 soldados de línea, completando unos 1.600 efectivos contra los 1.200 veteranos de este último.

Ante esta situación, Ordóñez fue avisado por sus espías de que Bernardo O’Higgins había salido de Santiago al mando de una división y que se encaminaba a Concepción a marchas forzadas, lo que significaba que si llegaba a unir sus tropas con las de Las Heras los patriotas doblarían a los realistas en número.

En vista de ello, el coronel español decidió aprovechar su momentánea superioridad para dar un golpe decisivo y destruir a las Heras antes de la llegada de O’Higgins. Pero Juan Gregorio de Las Heras, quien ya había probado varias veces su especial olfato militar, apenas supo de los refuerzos recibidos por su contraparte presintió que iba a ser atacado. No sintiéndose seguro de poder sostener su posición, envió inmediatamente un mensaje a O’Higgins para sugerirle la conveniencia de retirarse e ir a su encuentro para luego avanzar juntos y emprender un ataque masivo contra las fuerzas españolas. O’Higgins, sin embargo, le ordenó mantenerse en su posición a todo evento y, ante el pronóstico de Las Heras de que iba a ser atacado al alba del 5 de mayo, forzó aún más el paso de su división para poder arribar a Concepción al atardecer de dicho día, pero tomando la precaución de adelantar a dos compañías de fusileros que marcharon toda la noche para unirse al coronel argentino.

Ordóñez, muy al tanto de los movimientos de O’Higgins, decidió adelantar el ataque, y a las tres de la madrugada del 5 de mayo inició el asalto contra las posiciones de Las Heras en el cerro Gavilán. Media hora más tarde, las cañoneras españolas rompían también fuego de artillería frente a la costa de Penco, supuestamente para bombardear a la avanzada de O’Higgins, lo que desconcertó inicialmente a Las Heras hasta que cayó en la cuenta que esta era solo una estratagema para distraer su atención. Al amanecer observó movimiento de tropas por el camino de Talcahuano, por lo que ordenó que la artillería rompiera sus fuegos contra ellas. Los disparos, bastante eficaces, detuvieron al enemigo por unos momentos hasta que sus propios cañones ubicados en las alturas de Chepe contestaron el fuego, cubriendo con una cortina de proyectiles a la columna realista que reinició resueltamente el avance. Esta columna, comandada por el mismo Ordóñez, se componía de 550 infantes y 218 cazadores a caballo, apoyados por dos piezas de artillería, y su misión era quebrar el flanco derecho patriota. El coronel Morgado, por su parte, al mando de otra columna compuesta de 110 infantes y 278 jinetes, con dos cañones de apoyo, avanzaba simultáneamente para caer sobre Las Heras por el flanco izquierdo. El plan de Ordóñez contemplaba además a las fuerzas del teniente coronel Antonio Martínez, que ubicadas al sur del Biobío debían cruzar el río cayendo sobre Concepción y atacando así a Las Heras por la retaguardia. Para aniquilar a los sobrevivientes y cortarles la retirada se ubicó un destacamento de caballería en el Cajón de Palomares.

La columna de Ordóñez flanqueó la extrema derecha patriota y avanzó por el costado del Biobío hacia los suburbios de Concepción, donde fue enfrentada heroicamente por el batallón de infantería número 11, que la logró detener el tiempo suficiente para que Las Heras dispusiera una furiosa carga de caballería que rompió el frente español, haciéndolos retroceder desordenadamente hasta el cerro de Chepe. La batalla pareció por un momento decantarse en favor de los patriotas, pero de pronto se sintió el violento embate de las fuerzas de Morgado, que algo atrasadas se incorporaban a la refriega golpeando duramente con sus descargas de fusilería y artillería el flanco derecho de Las Heras. El choque lo recibió directamente el comandante chileno Ramón Freire, que comandaba esa ala, pero se repuso rápidamente y desplegó en guerrilla a unos cien hombres, que sumados a dos compañías del número 11 atacaron a la bayoneta con un griterío escalofriante a los 110 infantes realistas, arrollándolos completamente. Ordóñez, por su parte, al sentir el ataque de Morgado, había logrado reorganizar a sus tropas y volvía a cargar contra el debilitado flanco izquierdo de Las Heras, iniciándose así una lucha feroz en las faldas del Chepe. Pero el desbande de la columna de Morgado había sido total, por lo que Freire dejó a su caballería la persecución y aniquilamiento de los fugitivos realistas y empezó a movilizarse en auxilio de Las Heras, al tanto que la artillería chilena era montada nuevamente y reiniciaba el bombardeo sobre los españoles.

La batalla se mantuvo en un punto neutro por un momento, pero luego se avistó a las dos compañías de fusileros de la división O’Higgins que llegaban a la carrera para incorporarse a la lucha, y ahí Ordóñez —temiendo un desastre— inició un repliegue ordenado hacia Talcahuano, donde logró refugiarse nuevamente hacia las diez de la mañana.

Luego de siete horas de furioso combate, el coronel José Ordóñez quedaba nuevamente encerrado en Talcahuano, dejando en el campo de batalla más de 120 muertos y unos 80 prisioneros, además de un generoso botín de guerra consistente en tres cañones, 200 mosquetes, 320 tiros de artillería y treinta mil cartuchos. Afortunadamente, los realistas lograron llevarse consigo unos cincuenta heridos, salvándolos así de una muerte segura a manos de los furiosos patriotas, que remataron en el mismo campo a los heridos españoles que no tuvieron la suerte de ser rescatados por sus compañeros.

Aun a pesar del aparente éxito de las armas patriotas, la victoria final seguía dependiendo de la solución del problema marítimo. Por la falta de dominio del mar, el impulso inicial había sido frenado; la marina española se reforzaba con la llegada de nuevas naves tanto desde el Perú como desde España —las cuales podían seguir impunemente desembarcando tropas para mantener para siempre viva la defensa en el sur del país—, y la recién nacida marina chilena no tenía nada con qué enfrentarla.

Para William Mackay, todo este cuadro se traducía en que ya no quedaba tiempo que perder y en que debía comenzar inmediatamente a armar una nave con la que iniciar acciones corsarias contra los navíos españoles. Estaba convencido de que la oportunidad no podía ser más propicia en vista de los sucesos recientes, los cuales —a su juicio— de seguro le garantizarían toda la colaboración y el apoyo de las autoridades chilenas. El problema era que obtener un buque de las mencionadas autoridades era un imposible: no lo tenían ni para su propia marina; en consecuencia, la única salida estribaba en usar sus propios recursos para armar una nave, ya fuera capturándola del enemigo o adquiriendo alguna embarcación visitante. Pero ambas alternativas aparecían como utópicas, la primera por razones obvias y la segunda porque no contaba con los medios financieros suficientes como para una compra de tal naturaleza.

Esto lo llevó a imaginar algo absolutamente descabellado y que mezclaba las dos alternativas anteriores, pero de una manera más viable. Y para ello necesitaba conocer la opinión del incorregiblemente mujeriego, pendenciero y bravucón ex carpintero de su antiguo buque, el gigantón Neil Fleming.



—¿Qué piensas, Neil? ¿Crees que se puede hacer algo con esto?

Estaban de pie en la playa frente a El Almendral, cerca de la casa de los Buchanan, observando los restos semienterrados en la arena de la barca Nuestra Señora de las Mercedes, la misma que Mackay había descubierto caminando por la playa con Cindy, Margarita y Jimmy poco tiempo atrás.

—Pues probablemente podrían salvarse un par de tablas para reemplazar las de alguna chalupa a medio maltraer, Mr. Mackay. Pero la pregunta es si valdría incluso la pena desgastarse en tal trabajo en vez de simplemente comprarlas ya listas y pulidas en el arsenal.

—Neil, la pregunta es si crees que esta barca puede repararse para que vuelva a navegar.

—¿¡Qué!? ¡Mr. Mackay, usted debe de haber perdido la razón! ¡Este pedazo de naufragio debe de llevar meses tirado aquí recibiendo los embates de las olas! ¿Cómo cree usted que podría repararse?

—No lo sé. Por eso te lo estoy preguntando. Tú eres el maestro carpintero, el genio que reparaba cualquier cosa en la Lady Cheryl, no importando cuán maltratada estuviera ni cuáles fueran las circunstancias. ¡Maldita sea, Neil! ¡Yo mismo te vi reparar el bote destrozado donde murió el capitán Rodgers en las islas Vrow, casi sin herramientas ni materiales y a varios grados bajo cero, gracias a lo cual salvamos ambos la vida! ¡Vamos, hombre! Deja de refunfuñar como una vieja menopáusica y dedícate a estudiar profesionalmente si esta embarcación podría ser o no reparada para echarla nuevamente al mar. Créeme que nuestra fortuna depende de ello.

Fleming calló y, mirando de reojo a Mackay, comenzó a examinar con mayor detenimiento la embarcación, mientras se restregaba mecánicamente el pedazo de lóbulo que le quedaba en su oreja izquierda. Tuvo que reconocer para sí mismo que había una buena cantidad de tablas todavía en buen estado, o por lo menos recuperables. Aun así, habría que realizar un trabajo endemoniado para reconstruirle la proa, fabricarle una suerte de castillo, calafatearla por completo, conseguirle un mástil decente, probablemente reemplazar también la botavara, y a pesar de ello encomendarse a todos los dioses para que al final de tanto esfuerzo este cascarón flotara y no hiciera agua por todos lados.

—«Nuestra Señora de las Mercedes», ¡vaya nombre! —leyó Fleming—. ¿Sabe usted qué significa, Mr. Mackay?

Mackay se lo había preguntado una vez a Cindy, por lo que conocía la respuesta:

—It means «Our Lady of Mercies», Neil.

—Pues si piensa utilizarla para lo que imagino, Mr. Mackay, ¡necesitaremos harto de eso!

—¿Significa eso que puedes repararla, Fleming?

—No he dicho tal cosa. Primero tengo que meterme dentro de ella, desarmarle parte del casco para revisar el estado de sus maderas, deshacerme de lo podrido, y aun así no podré darle un informe real. Lo que sí puedo decirle desde ya, Mr. Mackay, es que usted está mucho más loco de lo que yo creía.

—¡Bien! ¡Significa que estamos empezando a entendernos! Ahora dígame qué necesita para empezar a trabajar.



2

Algunos días más tarde, aprovechando una de las escasas mañanas asoleadas del hasta ahora demasiado lluvioso otoño porteño, Cindy salió a caminar por la playa acompañada de los dos perrazos gigantescos que por recomendación de Robbie acostumbraba a llevar en estos paseos, cuando mirando al mar vio que un mercante de respetable tamaño maniobraba recogiendo velamen y luchando contra el viento para enfilar hacia la bahía.

Cada día eran más los navíos que recalaban en Valparaíso, principalmente balleneros ingleses y norteamericanos —en su gran mayoría tripulados por una marinería de aspecto patibulario y comandada por oficiales igualmente toscos y rudos—, que sin duda daban a la ciudad un ambiente mucho más activo y dinámico que el que la norteamericana había encontrado cuando llegó para acompañar a su marido. La sensibilidad de Cindy, sin embargo, echaba mucho de menos la oportunidad de poder alternar con personas de mayor categoría, en un sentido más intelectual que social. Desde la partida de la USS Hudson, cuyo cultísimo comandante Dickinson y su agradable esposa Mildred no solo enriquecieron las veladas de los Buchanan sino que también alegraron a Robbie por la oportunidad que se le ofrecía de alternar con oficiales de la marina de su patria, ningún otro navío de guerra norteamericano había fondeado en Valparaíso. La fragata británica Whitney, por su parte, había terminado ya sus reparaciones, y su regreso a Inglaterra era inminente, y aunque los Buchanan nunca lograron congeniar demasiado con su pedante y engreído comandante Lord Carruthers, su primer oficial, Mr. Prescott —un hombre simpático y de especial inteligencia—, les había visitado en algunas ocasiones, contribuyendo también a mantener un intercambio de nivel cultural más acorde con el que habían mantenido en los Estados Unidos.

Con la partida de los dos navíos, la vida social de los Buchanan quedaría nuevamente limitada a las visitas de su compatriota Raymond Morris, capitán del bergantín chileno Águila, a las de James Hurrel y su flamante esposa doña Tomasa Godoy de Hurrel, recién casados e iniciando su vida matrimonial, y a las del ballenero escocés William Mackay, que últimamente se estaban distanciando un poco porque la tensión ambiental cuando ambos estaban juntos estaba llegando a tales extremos que —aunque jamás cruzaron una palabra sobre el particular— Mackay decidió suspenderlas para evitar despertar suspicacias o erróneas interpretaciones de terceras personas respecto de lo que ocurría entre los dos.

Cindy intuía que esa era la razón del alejamiento del ballenero escocés, y aunque agradecía su caballerosidad y preocupación, en su interior echaba terriblemente de menos el verle, el escuchar la seriedad con que daba su opinión sobre algún tema, el apasionamiento con que defendía su interpretación de algún pasaje de los libros que compartían con Robbie, su manera de sonreír, el perfil de su rostro y, sobre todo, la profundidad de su mirada cuando la observaba, como si la acariciara con los ojos, pero con un dejo de tristeza y desesperación que la conmovía hasta lo más íntimo.

La muchacha ya sabía que se había enamorado de este taciturno marino, y con una intensidad que la sorprendía en consideración al escaso tiempo que hacía que se conocían, pero lo que no sabía era cómo manejar esta situación. Se sentía horriblemente culpable por Robbie, pero ya había comprendido que esto iba más allá de su voluntad y que simplemente no podía luchar contra ello. Lo peor era darse cuenta de que a Mackay le ocurría algo parecido, porque ello la hacía preguntarse hasta cuándo podrían manejar una situación de esta naturaleza antes de que se produjera una inevitable explosión, que ciertamente podía engullirlos a ambos en un torbellino del que sería muy difícil escapar y cuyas consecuencias para todos solo podían terminar siendo inconmensurablemente trágicas.

Ensimismada en sus pensamientos, siguió caminando por la playa seguida de sus enormes perros y sujetándose el sombrero con la mano para evitar que se lo arrebatase el viento, que a pesar de todo se las arreglaba para entremeterse y alborotarle sus hermosos cabellos rubios. Pasó sin prestar mayor atención a la embarcación que tanto interés le mereciera a Mackay (y posteriormente a Fleming y luego a Mr. James, invitado especialmente por Mackay a que la examinara) y continuó en dirección a la llamada cueva del Chivato, lugar bastante peligroso de noche por constituir un refugio de rateros y asaltantes, pero que de día ofrecía una vista inmejorable de la bahía.

Al llegar cerca del lugar, se volteó una vez más para observar al buque que arribaba, y pudo notar esta vez que a popa lucía la bandera norteamericana. Intentó leer el nombre de la nave, pero a pesar de aguzar la vista y de cubrirse los ojos con la mano a modo de visera, la distancia le hizo imposible identificarla.

—¡Bien! ¡Americano! —exclamó alborozada—. Ello significa noticias de la patria, periódicos, libros, quizás hasta correspondencia. ¡Robbie va a alegrarse!

Inmediatamente cambió de rumbo y llamando a los perros se encaminó apresuradamente a casa para darle la noticia a Robbie y para tratar con la ayuda del catalejo de identificar el nombre del mercante. El buque, en tanto, gobernaba dificultosamente con la proa hacia el puerto, con sus marineros de alto perfectamente visibles y desplegados en los palos recogiendo las velas, en una escena que Cindy había visto tantas veces y que nunca dejaba de admirar por su precisión y arriesgada belleza.

Al llegar a la casa descubrió que tenían un visitante: un representante del gobernador Alvarado con una invitación oficial para las celebraciones que el gobierno patriota estaba organizando en honor del general don José de San Martín. El comandante supremo del Ejército de Los Andes estaba próximo a arribar desde Buenos Aires, y las autoridades y el pueblo de Santiago querían manifestarle públicamente su agradecimiento, aprecio y admiración. Para ello se había organizado un nutrido programa de festejos que concluiría con una gran cena y un baile en el edificio del Cabildo, y se estaban cursando invitaciones formales a todas las personalidades chilenas, argentinas y extranjeras para que se hicieran parte del homenaje.

Cabe destacar que a la fecha el prestigio de San Martín estaba en su apogeo, y como al mismo tiempo ya habían llegado a Santiago las noticias de la victoria conseguida por Las Heras en Concepción, la ocasión no podía ser más propicia para celebraciones, a pesar de la ausencia del general Bernardo O’Higgins, todavía comprometido en las acciones militares en el sur del país.

Cindy no conocía Santiago, por lo que la invitación no dejaba de ser atractiva, aun a sabiendas de que tendrían que excusarse porque Robbie por razones obvias no podía asistir a un evento de tal naturaleza, que además incluía un penoso y largo viaje desde Valparaíso a la capital.

—Bueno, querido, tenemos varias noticias simultáneas: primero, parece ser que somos considerados importantes por las autoridades de este país, ya que nos invitan a eventos tan solemnes; segundo, está entrando a la bahía un navío mercante norteamericano, lo que podría significar noticias frescas de casa, periódicos y hasta cartas, siempre, claro está, que venga de los Estados Unidos y no desde el otro extremo del mundo —dijo Cindy, tras saludar sonriente a su marido, al tanto que se inclinaba para besarlo suavemente en la frente.

—¿Un buque norteamericano? ¡Qué bien! ¿Pudiste ver su nombre y puerto de matrícula?

—No, y por eso me apresuré a regresar para tratar de identificarlo con el catalejo.

La mujer recogió el larga-vista y desplegándolo en su máxima extensión se acercó a la ventana, ajustando el instrumento a su ojo derecho e intentando enfocar la popa o la amura del mercante. Como le molestaba el sombrero que aún traía puesto, se lo quitó con un gesto rápido al tanto que sacudía de forma inconsciente su cabellera, que de inmediato cayó como una cascada rubia sobre sus hombros. Robbie la observó como a una imagen deliciosa, totalmente concentrada, con su ojo izquierdo cerrado en una especie de guiño picaresco, y con el catalejo sujeto con las dos manos pegado al otro ojo y apuntando al navío.

«Oh, Señor, qué bella que es», se repitió una vez más para sus adentros.

—«R-A-N-G-E-R»; no, no es Ranger. Es una «m» y no una «n». Pero, veamos, hay también una «l» después de la «m». ¡Vamos, buque! ¡Muéstrame tu trasero! —exclamó la muchacha, al tanto que daba pataditas impacientes en el suelo por no poder descifrar el nombre de la nave, causando la risa de Robbie.

—«R-A-M-B-L-E-R». ¡Rambler, eso es! —exclamó finalmente, alborozada y triunfante.

—No lo conozco —comentó Robbie— pero ya tendremos ocasión de saber más de ella y de su capitán.

Cindy cerró el catalejo y recogió nuevamente la invitación traída por el oficial chileno.

—Te gustaría asistir, ¿no es cierto, mi amor? —comentó Robbie, observándola con atención.

—No exactamente. Ya sabes que no me atraen actividades que signifiquen alejarme de ti. Pero sí reconozco que quisiera poder saciar mi curiosidad respecto de este tan mentado Libertador, don José de San Martín. Sin lugar a dudas, debe de ser un personaje digno de conocerse. Pero no te preocupes, amor mío: lo más probable es que alguna vez visite también Valparaíso. Y entonces ambos podremos gozar del alto honor de conocer al gran prócer de la independencia sudamericana.

—Hasta donde sé, parece ser que es Simón Bolívar el que luce con mayor propiedad ese título.

—Pues pareciera entonces que ambos se lo disputan. Como sea, es obvio que este señor San Martín goza de un bien ganado prestigio en este lado del mundo. Y por lo que he escuchado en muy discretos cuchicheos femeninos, también parece tener un enorme atractivo para las mujeres, pues se rumorea que es un hombre sumamente varonil y buen mozo.

—¿Es así? No puedo creer que con el extremado recato que muestran las mujeres chilenas alguna haya comentado tal cosa.

—Estás muy equivocado, querido. El recato que muestran las chilenas, como tú dices, no tiene nada que ver con el que no puedan apreciar a un hombre atractivo y de buena estampa.

—¿Atractivo y de buena estampa? ¿Eso es lo que dicen de San Martín? ¡Por Dios! ¡El hombre es un guerrero, caramba, no un petimetre de salón!

—Mi querido marido: tú también eres un guerrero, y sin embargo eso no te impide ser uno de los hombres más bellos que jamás he conocido. El que un hombre sea atractivo para las mujeres no lo convierte necesariamente en un petimetre de salón.

—Cindy, por favor, en mi actual estado estoy muy lejos de ser un hombre «bello», como tú dices.

—Robert T. Buchanan: para mí sigues y seguirás siendo siempre uno de los hombres más bellos que jamás he conocido. Y eso no tiene nada que ver con tu actual estado. ¿Está claro?

—Lo único que está claro es que te amo con toda mi alma, aunque Dios y yo sabemos que no te merezco.

Cindy prefirió callar. «Lo que tú no mereces, esposo mío, es que yo te traicione amando a otro hombre. Y que Dios me perdone, porque eso estoy haciendo».



3

William Mackay, inmerso en sus pensamientos, cruzaba el descuidado patio interior de El Galeón en dirección a su habitación cuando fue detenido por el propietario del establecimiento, quien, con gran ceremonia y dando muestras de un renovado respeto y admiración por su repentinamente ilustre huésped, le hizo entrega de un sobre lacrado con el sello del gobernador que había traído un uniformado funcionario oficial. El escocés recibió el sobre, leyó su nombre elegantemente escrito en él, lo volteó para observar el sello con atención e interés y, agradeciendo la entrega con una leve inclinación de cabeza, reanudó su camino sin comentarios, para gran desilusión del posadero, quien no pudo saciar así su inmensa curiosidad respecto de lo que pudiera indicar tan solemne y sin duda importante correspondencia.

—Well I’ll be damned! —exclamó William al abrir el sobre y leer la invitación—. Si entiendo esto bien significa que he sido invitado a un magno evento social. Supongo que Hurrel tendrá algo que ver en esto, puesto que a Mr. Alvarado no creo haberlo visto más de dos veces y jamás he cruzado una palabra con él. De hecho, dudo que hasta sepa siquiera quién soy.

Acercándose a una especie de cómoda donde guardaba sus escasas pertenencias, abrió uno de los cajones y hurgueteó bajo sus dos únicas camisas y sus magras mudas de ropa interior hasta encontrar una botella de whisky. Vertió un par de dedos en su jarro de peltre, se acercó a la ventana provista de los acostumbrados gruesos barrotes y, tras correr la cortina —que a falta de cristales impedía apenas que entrara la fría brisa otoñal—, miró hacia el mar, observando como un mercante norteamericano de buen tamaño maniobraba para fondear a recaudo de la bahía.

«Otro yanqui. Al menos este no es ballenero; demasiados hay alborotando este pobre puerto», se dijo al tiempo que se echaba un trago. «A propósito de yanquis, me pregunto si los Buchanan habrán sido también invitados». Y luego, con ironía no exenta de una cierta melancolía, agregó contestándose a sí mismo: «Pues claro que deben de estar invitados, si son mucho más respetables que tú, pobre ballenero escocés sin medios conocidos de vida y que no tiene ni dónde caerse muerto».

El mercante norteamericano había arrojado su ancla, y con la faena de recogida de velas terminada se encontraba ya casi completamente detenido en la bahía, agregándose a los balleneros, en su mayoría ingleses, que poblaban la rada de Valparaíso. El buque se veía bastante marinero a pesar de su tamaño, y Mackay pudo apreciar a la distancia cómo era igualmente observado con atención por los oficiales del Águila y del Araucano, los dos únicos navíos con que contaba la naciente marina de guerra chilena.

«¡Cómo desearían poseer un buque así!», no pudo evitar reír el ballenero. «No me cabe duda de que estarán discutiendo cuántos cañones y carronadas se le podrían montar y otras elucubraciones por el estilo».

Volviendo su atención a la invitación, decidió que de todas maneras asistiría. Era, sin lugar a dudas, una inmejorable ocasión para solicitar los permisos que requería para iniciar acciones de corso en Chile, partiendo por la necesaria autorización para enajenar, reparar, equipar y armar la Nuestra Señora de las Mercedes. Por otra parte, además de conocer la capital de la naciente república, Santiago, tendría la gran oportunidad de ser presentado nada menos que al General don José de San Martín, y probablemente también al propio don Bernardo O’Higgins, además de a otros personajes igualmente claves en la independencia americana.

San Martín había salido de Buenos Aires el 20 de abril y de hecho ya había arribado a Santiago, precisamente el día anterior a la entrega de las invitaciones en Valparaíso —el 11 de mayo—, por lo que estas en realidad correspondían a la gran ceremonia patriótica que, con una cena y un baile que se efectuarían el 25 del mismo mes, festejaría tanto la asistencia del libertador y director supremo argentino como el aniversario del establecimiento de la primera junta de gobierno en Buenos Aires.

La recepción en la capital había sido apoteósica: las autoridades, el vecindario noble y el numeroso pueblo que lo esperaban en el portezuelo de Colina prácticamente le obligaron a entrar en Santiago en un coche descubierto, en el cual pasó bajo innumerables arcos triunfales y encontró un eufórico recibimiento de la ciudad, engalanada con la bandera azul y blanca de las Provincias Unidas que flameaba en todas sus torres y casas. La población, fervorizada, se había volcado masivamente en la calle y se atropellaba en su afán de ver al general, contestando con vítores y aplausos a los vivas de los soldados patriotas que, al galope y luciendo también las banderas azul y blanco, precedían el carruaje en su camino al palacio. Las tropas uniformadas y desplegadas desde el puente hasta la sede del gobierno llenaron el aire de músicas marciales, en tanto que bellas muchachas esparcían flores al paso del coche.

San Martín, aunque evidentemente complacido por este recibimiento que le permitía afianzar su prestigio y confirmar el apoyo y la unión de argentinos y chilenos detrás de sus banderas, dio al mismo tiempo pruebas de austeridad y desinterés, similares a aquellas de que ya había hecho gala en Buenos Aires, las cuales —aunque algo teatrales— consiguieron el objetivo de aumentar aún más la admiración de las autoridades y del pueblo de Chile, y todo porque enfáticamente rechazó los ostentosos regalos y el sueldo que el gobierno chileno había destinado para él, manifestando en una nota genial: «V.E. entenderá que no estamos en tiempos de tanto lujo. El Estado se haya en necesidad y es preciso que todos contribuyamos a remediarla». Los obsequios que no pudo rechazar, como una finca confiscada a los realistas que le fue donada, fueron aceptados bajo condición de que la tercera parte de sus productos fueran destinados a obras sociales tales como un hospital de mujeres y la vacunación masiva contra los estragos de la viruela. El general tenía muy en claro que hasta que se obtuviese la victoria final no podía permitirse el lujo de arriesgar ni la más leve trizadura en esta complicadísima confraternidad chileno-argentina.

Pero Mackay no sabía nada de todo esto. De hecho ni siquiera sabía que O’Higgins no había regresado aún a Santiago y que de ninguna forma lo haría a tiempo para participar de los festejos. Además, aunque hubiese estado enterado de todas estas cuestiones políticas, igualmente no les habría dado mayor importancia ya que su mente se había enfocado exclusivamente en la oportunidad que la ocasión podía brindarle para materializar sus aspiraciones de hacerse con un buque con el que atacar los navíos españoles.

«Bueno, veamos, la preocupación primordial ahora es hacerse con un traje a la altura de un evento de esta magnitud», pensó al acordarse de su magro y anticuado guardarropa, más apropiado para la vida a bordo que para elegantes veladas sociales.

¿Dónde podría obtener la vestimenta adecuada? Valparaíso no era precisamente la capital de la moda en lo que a vestuario se refería. «A decir verdad», pensó Mackay con una sonrisa, «el lugar es algo así como la peor pesadilla que pudiera sufrir un elegante de la estatura de un Beau Brummell».

«¡Morris! ¡Raymond Morris! ¡Pero claro que sí! ¡Él es aproximadamente de mi contextura y con seguridad podrá proporcionarme las prendas apropiadas! ¡Bien pensado, Mackay!», exclamó, felicitándose por su ocurrencia. «Ahora bien, tengo que averiguar quiénes más han sido invitados a este evento para que viajemos todos juntos a Santiago. Mal que mal, estamos hablando de un viaje de dos días de duración y por un camino que dudo sea de los más seguros y transitables».

El camino en cuestión era en realidad en su mayor parte bastante transitable, pero pasaba por dos cerros altos y empinados llamados «la cuesta de Zapata» y «la cuesta de Lo Prado» —el segundo de considerable altura—, que efectivamente contemplaban un cierto riesgo. Esta ruta, con el fin de lograr una subida gradual para que las pesadas carretas pudieran ser arrastradas hasta la cumbre, se había construido serpenteando por las laderas de los cerros en innumerables vueltas labradas sobre un terreno áspero y rocoso, que en el caso de la cuesta de Lo Prado —con al menos cincuenta y seis de estas vueltas— apenas dejaba espacio para que pudieran pasar dos carretas a la vez. Las lluvias y los temblores producían profundas zanjas, que sumadas a los ocasionales desprendimientos de tierra frecuentemente cortaban una o las dos pistas del camino, por lo que los viajeros se preparaban adecuadamente para enfrentar el cruce de las cuestas sabiendo que tarde o temprano tendrían que trabajar ya fuera en el retiro del cascajo y las piedras que obstruían el paso, rellenando las profundas grietas capaces de quebrar el eje de un carruaje, o simplemente empujando las carretas para apurar la subida. Como, además, el lado de la cuesta en el que se desarrollaban las vueltas se alzaba perpendicular sobre el valle, había que estar siempre preparados para el caso de que fallara la fuerza de los bueyes o se cortara el pértigo, ya que ello podía significar que carreta, cargamento, bueyes y hasta algún descuidado viajero se desplomaran pesadamente por un precipicio de centenares de metros, estrellándose violentamente en el fondo.

Como precaución de estos evidentes riesgos, usualmente los viajeros que emprendían la aventura de la travesía a la capital paraban para pasar la noche en el poblado de Casablanca —situado a unas treinta millas de Valparaíso e inmediatamente después de los llanos de Peñuelas—, y se preparaban así con un buen descanso y una comida caliente para enfrentar al día siguiente muy de mañana el cruce de la cuesta de Zapata. Por ello la idea de Mackay de reunir a todos los invitados en un solo grupo para efectuar el viaje tenía bastante sentido, sobre todo teniendo en cuenta que indudablemente habría también algunas damas entre los viajeros.

Entusiasmado con la idea del viaje, se bebió de un trago el resto del whisky y, tras salir de la habitación, se encaminó a la amplia sala que cumplía la doble función de comedor y taberna —según la hora del día— para investigar quién más había sido invitado a tan magno evento en la capital.



—¡Pero Cindy, querida! ¿Cómo puedes no querer participar en esta celebración? ¡Imagínate, si vas a tener la oportunidad de asistir a un baile después de tanto tiempo, y encima de ser presentada al mismísimo general San Martín!

Una entusiasmada Tomasa, junto con su lindísima hermana doña María de los Santos Godoy, intentaban convencer a toda costa a Cindy para que viajara con ellas a los festejos en Santiago.

—No puedo, Tomasa. ¿Es que no lo entiendes? ¿Cómo esperas que desaparezca por más de una semana dejando a Robbie, como si tal cosa, totalmente abandonado? Es imposible, así es que, ¡por favor!, no insistas más y cambiemos de tema.

—Cindy, tú misma has dicho que nunca antes en todo el transcurso de su enfermedad habías visto al comandante Buchanan con mejor ánimo y semblante que el que tiene ahora. ¿No crees que él mismo estaría encantado de que disfrutaras de este viaje, que sin duda te haría mucho bien? Además, ¿de dónde sacaste eso de «dejarlo abandonado»? ¡Claro que no estaría abandonado! Doña Floripe va a estar aquí encargándose de todo, y también Margarita, quien sabes de sobra que tiene siempre la mejor voluntad para ayudar en lo que sea necesario.

—Por favor, Cynthia —intervino María de los Santos con su voz de extraordinaria suavidad que tanto llamaba la atención—, piénselo, discútalo con el comandante y luego tomen juntos una decisión, porque creo que es verdad, como dice Tomasa, que usted necesita una distracción, y no se me ocurre una mejor oportunidad que esta. ¿Le parece razonable?

—María, Tomasa, les agradezco infinitamente su interés y preocupación, pero ustedes no entienden. Simplemente no puedo alejarme de Robbie. Hay cosas de su enfermedad que son íntimas, que no puedo permitir que otras personas, otras mujeres, sobre todo, tengan que atender. ¿Es que no lo comprenden? Mi marido está paralizado de la cintura para abajo. ¿Se dan cuenta de lo que ello significa? ¿Saben a qué me refiero? Por favor, queridas mías, ¿es que no se dan cuenta?

Las hermanas se miraron, y casi al unísono se acercaron a abrazar a Cindy al ver como las lágrimas amenazaban con brotar incontenibles de sus bellísimos ojos.

—Claro que quisiera poder disfrutar otra vez de la música y del baile, como de tantas otras cosas que ya ni recuerdo cómo son. Pero tengo una responsabilidad aquí. Mi marido fue gravemente herido luchando por su país y por los ideales en los que cree, y en consecuencia yo me debo a él y no puedo simplemente dejarlo abandonado por más de una semana (de acuerdo, no exactamente abandonado, pero ustedes saben lo que quiero decir); me refiero a que definitivamente no puedo apartarme de él por tanto tiempo. Y ya está, ¿me comprenden?

—Sí, la comprendemos muy bien. Pero todavía pienso que debiera discutirlo con el comandante. ¿Por qué no confía en su criterio? Hable con él y luego tome su decisión. Estoy segura de que él tiene mucho que decir sobre el particular —habló nuevamente con su acostumbrada suavidad esta muchacha tan joven pero sorprendentemente también tan madura.

—Además estaremos perfectamente a salvo; no solo nos acompañará mi marido, por supuesto, sino también Mr. Bunster, Mr. Blest y Mr. Young. Y hasta el capitán Mackay debiera ser de la partida, ya que Santiago solicitó al gobernador que también se le extendiera una invitación —agregó Tomasa.

—¿William asistirá? —preguntó la norteamericana, ligeramente sobresaltada—. Quiero decir, Mr. Mackay, ¿él también ha sido invitado?

—Pues sí. Santiago ha congeniado muchísimo con él y le solicitó al gobernador Alvarado que lo agregara a la lista de invitación.

—Es decir que finalmente podré conocer al tan nombrado capitán Mr. William Mackay —musitó suavemente la joven María, en un tono que a pesar de sonar casual llamó poderosamente la atención de Cindy, produciéndole una incómoda sensación («¿Celos? ¿Puedo estar sintiendo celos de esta muchacha preciosa y soltera, con muchos más derechos que yo para pretender a un hombre también libre y soltero? ¿Es que estás perdiendo la cabeza, mujer?»).

—Ocurre que María ha escuchado tanto a mi marido hablar de Mr. Mackay que se le ha metido en la cabeza conocerlo. Ya te he dicho, hermanita, que es bastante mayor que tú. Además, que si no fuera porque nuestra Cindy querida está casada y evidentemente enamoradísima de su marido, no tendrías ninguna posibilidad de competir con ella —acotó Tomasa, con una sonrisa maliciosa.

—¡¡Tomasa!! —exclamaron simultáneamente ambas mujeres, una con evidente sonrojo y la otra con un dejo de espanto, como alguien a quien le ha sido descubierto un secreto profundamente guardado y jamás desvelado.

—¡Ja, ja! No se preocupen, muchachas. Estoy solo bromeando. Pero debieran verse las caras que han puesto —rio alborozada Tomasa, en tanto que Cindy y María se miraban confundidas, para finalmente terminar ambas dibujando una tímida sonrisa.

—Eres imposible, Tomasa. No debieras decir jamás cosas así. Y a Cindy menos. Mrs. Buchanan, tiene usted todo el derecho del mundo de enfadarse con esta descocada de mi hermana, pero en su defensa puedo asegurarle que lo hace solo por embromar. Así es que simplemente no le haga caso.

—No te preocupes, María. No le haré caso. Pero entonces no le prestes atención tú tampoco —contestó Cindy, recuperando su aplomo.

—Bien, creo que debiéramos irnos ya. Prométenos que conversarás el tema con el comandante Buchanan, porque estamos seguras de que él estará de acuerdo en que nos acompañes en este viaje a la capital. Y ello porque a nadie le cabe duda de que te hará bien. Veamos, ¿dónde se habrá metido este diablo de Juan? ¡Juan! ¡Dónde te has metido, hombre, que nos vamos!



Esa noche, cuando Cindy se preparaba para acostarse, Robbie giró la cabeza para mirarla y le dijo con suavidad:

—Querida mía, no pude evitar escuchar esta tarde parte de la conversación que sostuviste con Mrs. Hurrel y Miss Godoy.

(«¡Oh, mi Señor! ¿Qué parte habrá escuchado, Dios mío?»).

—Creo que Tomasa y María tienen razón. Creo que deberías asistir a esa celebración en Santiago porque te mereces un cambio de aire y algo de diversión. No puedes pasarte la vida al lado de este inválido inútil, consumiendo tu juventud sin disfrutar de nada de lo que por derecho debiera corresponderle a una mujer joven como tú.

—¡Oh, Robbie! ¡No digas eso! No estoy consumiendo mi juventud, como tú dices. Estoy al lado de mi marido porque quiero hacerlo, no porque sea una obligación. ¿Es que no lo entiendes? ¿Cómo podría irme dejándote aquí desamparado? ¡No sería justo! No lo sería ni para ti, ni para doña Floripe, que no tiene por qué tomar tal responsabilidad en sus manos. Ese es un deber que me corresponde a mí y nadie más que a mí. ¿Está claro?

—Cindy, mi dulce amor. Ya lo hablé con doña Floripe cuando tú saliste a encaminar a tus amigas. Ella también escuchó parte de la conversación y coincide plenamente conmigo. Si te preocupa que la buena señora tenga que limpiar y lavar mis partes íntimas, ya sé que otras veces ha tenido igual que hacerlo, prestándote ayuda durante mis inconsciencias para levantarme o moverme. En el estado en que estoy te aseguro que ya no tengo vergüenzas ni mucho que ocultar tampoco, y lo único íntimo que me queda son mis pensamientos, temores y culpas —Robbie calló un momento, agotado por el esfuerzo. Cuando sintió que había recuperado el aliento, continuó hablando, levantando levemente su mano útil para evitar que Cindy lo interrumpiera.

—Estoy convencido de que debes asistir a esta celebración porque mereces una distracción y difícilmente encontraremos una ocasión mejor. Mañana enviaré por Mr. Hurrel y por Mr. Mackay para que sean tus escoltas y para que respondan por tu seguridad, y ya está. ¿De acuerdo, mi amor?

Cindy lo miró con lágrimas en los ojos, sin saber qué contestar.



Capítulo VIII



1

La semana siguiente fue de febril actividad para los invitados al evento, que tenían que tener en cuenta todo lo que requería un viaje a la capital: la adecuada selección de caballos, carruajes y recuas de mulas para el equipaje, las viandas y alimentos para el consumo de los viajeros, las herramientas necesarias para reparar los carros y la misma carretera si fuera preciso, y las armas indispensables para las eventuales actividades de caza durante el trayecto, que además servirían para la defensa de la comitiva en caso de que atrajera la peligrosa atención de alguna banda de salteadores de caminos. En el caso de las damas, los preparativos consideraban, además, la importantísima tarea de seleccionar, preparar y retocar los atuendos y vestidos que usarían en las celebraciones, no solo para deslumbrar a los oficiales y caballeros presentes, sino también para apabullar y opacar a las otras mujeres, que en estas situaciones pasan a convertirse, simple y llanamente, en enconadas rivales.

La propia Cindy, a pesar de los escrúpulos que todavía sentía respecto a su asistencia a esta celebración, no pudo sustraerse de este frenesí femenino y procedió también a elegir cuidadosamente la ropa que usaría tanto para el viaje como para la serie de veladas e invitaciones que con seguridad le esperaban en Santiago y que concluirían con la gran cena y el baile del 25 de mayo. Además, para gran regocijo y entusiasmo de las eternamente agradecidas hermanas Godoy, su guardarropa —sin lugar a dudas algo más generoso que el del común de las chilenas de la época— contribuyó en gran medida a aumentar la variedad y la gracia de los atuendos que lucirían las muchachas.

Tal como Robbie había mencionado, y a pesar de las protestas de Cindy, James Hurrel y William Mackay fueron solemnemente encargados de la seguridad de Mrs. Buchanan hasta su regreso a Valparaíso. Este compromiso, que cogió absolutamente de sorpresa al marino escocés, no dejaba de revestir una amarga ironía para quien había estado precisamente rogando por una oportunidad para estar a solas con la muchacha, y que ahora —frente a lo que parecía la anhelada respuesta a sus sueños— lo dejaba atado en un compromiso de honor nada menos que con el marido de su dulce objetivo.

Finalmente, con tres días de retraso por culpa de las intermitentes lloviznas que cayeron sobre Valparaíso, la mañana del 22 de mayo la partida de viajeros a la que pertenecían el matrimonio Hurrel, María de los Santos, Cindy y William Mackay, que estaba compuesta además por los caballeros británicos Mr. Owen Bunster y Mr. Andrew Blest y por dos oficiales del ejército chileno —el capitán Gonzalo Apablaza y el teniente Germán Sáenz (en quien Mackay reconoció con sorpresa al joven militar que no hacía mucho tiempo había detenido los ímpetus pendencieros del bárbaro de Fleming mediante el simple recurso de volarle media oreja de un balazo)—, inició la marcha por el ancho camino carretero construido por don Ambrosio O’Higgins, en dirección a su primera escala en el poblado de Casablanca. Al grupo se sumaba un pequeño número de criados y peones encargados del cuidado de los animales y del carruaje, y Cindy, por su parte, había obtenido también la autorización de don Hilario Fernández-Luco para que su hija Margarita viajara con ella en calidad de dama de compañía, lo que —de más está decir— terminó por conseguirle la adoración total e incondicional de la muchacha.

A los grupos de invitados oficiales se sumaron otros que aunque no poseían invitaciones formales emprendieron el viaje a la capital, ya fuera porque no conocían la ciudad o simplemente para participar de los festejos públicos que las autoridades habían organizado para el pueblo. Entre esta gente se encontraba una gran cantidad de tripulantes de las naves surtas en la bahía, que constituían un conjunto bullicioso y pendenciero que afortunadamente se quedó a poco andar detrás de las partidas más conservadoras, evitando así el tener que tomar acciones para controlarlos. Entre ellos Mackay pudo distinguir sin mucho esfuerzo ni mayor sorpresa la rojiza pelambrera y el sonoro vozarrón aguardentoso del maestro carpintero Neil Fleming, y luego, tras empinarse en los estribos de su caballo y recorrer rápidamente con la vista el vocinglero convoy, también a las liberales hermanitas Elcira y Edelmira, cómodamente instaladas entre los fardos de paja de una de las carretas, guitarra en mano y cantando a dúo con la típica voz aguda de las cantoras populares.

—Bueno, bueno… El pobre y viejo Santiago pronto se enfrentará a las consecuencias que conlleva conocer a Mr. Neil Fleming, producto final de una desquiciada mezcla flamenco-escocesa anglosajona —fue su único comentario, que afortunadamente solo escuchó el capitán Apablaza, que en ese momento montaba a su lado y no entendía una palabra de inglés.

William no estaba muy contento ante la idea de tener que cabalgar, puesto que hacía mucho tiempo que no montaba, y se sentía mucho más cómodo en la movible e inestable cubierta de un buque que sobre la montura de un caballo, que además parecía darse perfecta cuenta de la inseguridad y poca destreza de su jinete. Mirar a Cindy le hacía sentirse aún más inepto e inseguro, debido a la evidente facilidad y gracia con la que esta dirigía su cabalgadura, y ello a pesar de estar sentada en una silla de lado como la costumbre y el decoro exigía de las damas. Los dos oficiales chilenos, por su parte, eran a todas vistas unos jinetes consumados, al igual que ambos caballeros ingleses, lo que dejaba a Mackay solo el consuelo de que James Hurrel era, sin lugar a dudas, aún peor jinete que él.

La primera casa de postas se encontraba a unas doce millas de Valparaíso, y hasta ahí les acompañó una pequeña partida de amigos y familiares —el padre de Margarita entre ellos— que les despidieron deseándoles un buen viaje y una estadía feliz en la capital para los festejos. Desde allí continuaron subiendo los cerros que bordean la bahía de Valparaíso hasta encontrarse, una vez en la cumbre, mirando hacia los llamados llanos de Peñuelas.

Estos están conformados por una gran planicie, atravesada por innumerables riachuelos, que se extiende hasta una cadena de cerros, sobre cuyas cimas son perfectamente distinguibles las nevadas cumbres de la imponente cordillera de los Andes.

—¡Qué bellísimo paisaje! —no pudo dejar de exclamar Cindy ante el impresionante espectáculo que se ofrecía a su vista.

Aunque sin decirlo, todos estuvieron absolutamente de acuerdo. Pero luego, cuando bajaron hacia la planicie y se toparon con los dispersos rebaños de vacunos que pacían tranquilamente en la llanura desprovista de árboles, terminada la cual el camino se volvía nuevamente sinuoso y serpenteaba suavemente a través de las colinas que precedían al llano de Casablanca, el paisaje obtuvo nuevamente una exclamación de uno de los viajeros extranjeros, esta vez del inglés Mr. Bunster.

—No sé a ustedes, pero este paisaje me hace recordar las verdes colinas y los rebaños de Devonshire. Y coincido con la señora Buchanan: ¡el panorama es extraordinariamente bello!

Mackay estaba lejos de ser un conocedor de plantas, flores o árboles silvestres, ya que sus escasos conocimientos se limitaban a las flores que bajo la suave lluvia de primavera cubrían las colinas de su bella y lejana Escocia —sus recordadas heathers (brezos) y bluebells (campanillas) y casi nada más—, y por ello fue grande su asombro ante los conocimientos que desplegó Cindy, quien resultó ser toda una experta en la flora y fauna silvestre de este Chile para él todavía desconocido.

—Esas flores perfumadas que cubren los campos a ambos lados del camino son mimosas, y aquellas otras son malvas. ¡Oh, pero mire qué maravilla, si aquellas flores diminutas son nada menos que geranios! Y esas de ahí son anémonas silvestres. Las de allá son onagras azules, ¿no le parecen hermosas?

El marino no tenía ni el tiempo suficiente para intentar distinguir unas de otras cuando ya Cindy estaba apuntando hacia unas nuevas, por lo que finalmente optó por observar a esta mujer cuya belleza rubia a su juicio opacaba la de cualquiera de esas flores.

Después de avanzar aproximadamente otras trece o catorce millas, llegaron a Casablanca, lugar donde estaba programado un descanso reparador para iniciar al día siguiente la travesía de las temibles cuestas. La villa resultó ser bastante agradable y pintoresca, con la acostumbrada plaza y una pequeña iglesia a un costado, una especie de fonda con pretensiones de posada en el lado opuesto, y algunas quintas y huertos de buen tamaño en los otros dos lados, todo ello sumado a una sola y larga calle rodeada de casas. Sin embargo, pronto descubrieron que la mayor parte de la población residía en los campos y cuidaba su ganado, y que producía una mantequilla que resultó ser deliciosa y le había dado justa fama al pueblo.

A pesar de haber recorrido solo un poco más de treinta millas, las mujeres —con la sola excepción de Cindy— dieron muestras de un extremo cansancio, producto de su poca costumbre de viajar en estas condiciones. Los hombres —incluido Mackay, que ya sentía que había logrado recuperar sus olvidadas dotes de jinete— podrían haber continuado hasta la falda de la cuesta de Zapata para pernoctar allí e iniciar el cruce al día siguiente, pero obviamente ello no era posible. Hurrel, por lo demás, no soportaba ya un minuto más a caballo y ni con la amenaza de las bayonetas habría seguido cabalgando.

Los dos oficiales militares y los peones, junto con los criados de la fonda, se encargaron de los caballos y de las mulas que cargaban el equipaje, en tanto que los demás se dirigían prontamente a examinar la calidad de las acomodaciones que podía ofrecer esta posada.



Pronto se dieron cuenta de que las esperadas acomodaciones, además de escasas en lo que respecta al número de habitaciones, dejaban bastante que desear en cuanto a comodidades, por lo que los dos oficiales prefirieron armar con sus mantas una especie de tienda de campaña a un lado de las pesebreras para pernoctar cerca de sus caballos, en tanto que Mr. Bunster y Mr. Blest, cediendo los limitados dormitorios de la fonda al matrimonio Hurrel y a las damas, optaron por solicitar alojamiento al alcalde de la villa, quien honradísimo por tan alto honor puso inmediatamente, de acuerdo con sus propias emocionadas palabras, su «humilde morada y todo su contenido a disposición de tan conspicuos caballeros».

Mackay fue invitado a compartir la habitación de los dos caballeros ingleses, y tras echarle una simple ojeada a la sala de blanqueadas paredes y suelo de tierra apisonada, optó por acomodar no muy convencido sus escasos bártulos en un rincón, dando por hecho que la noche que se avecinaba estaría lejos de depararle el necesario descanso preparatorio para la larga jornada que les esperaba al día siguiente. Y es que todo el mobiliario existente en la pieza estaba constituido por solo dos camastros más una tosca mesa, lo que a juicio del ballenero indicaba sin lugar a dudas que era a él a quien le correspondería dormir en el suelo, puesto que Mr. Bunster y Mr. Blest —precursores de la astuta idea de solicitar alojamiento al alcalde— daban por sentado que tal antecedente por sí solo les aseguraba los camastros, y en consecuencia no hicieron ni el menor amago de cederle alguno al marino.

Tras poco más de una hora de merecido descanso, que las damas aprovecharon para refrescarse y cambiarse de ropa, toda la partida se dirigió al amplio comedor de la fonda a disfrutar de la acostumbrada y abundante cena criolla. Un buen número de lugareños acudió a presentar sus respetos, lo que hicieron con gran cortesía y amabilidad no exenta de curiosidad, pero cuando se enteraron por los criados de que algunos de los viajeros eran ingleses, Mackay se sorprendió al escucharles repetir reiteradas veces las palabras «diablos» y «draque». Al percatarse Cindy de su gesto de extrañeza, le explicó con una sonrisa maliciosa:

—Es simplemente la fama que ustedes los británicos crearon en estas costas: las gentes de aquí todavía recuerdan las correrías de los «diablos» ingleses comandados por el sanguinario «Draque», pronunciación española de «Drake», es decir, de vuestro adorado Sir Francis Drake, quien en el siglo XVI asoló estos mares atacando navíos y saqueando e incendiando las ciudades del litoral. Más de dos siglos han transcurrido ya y todavía las madres chilenas para asustar a sus niños cuando se portan mal los amenazan con la venida del «Draque».

—¿Habla en serio? —preguntó William, asombrado.

—Así es —confirmó Mr. Bunster—. El hombre que para nosotros representa la viva imagen del héroe formidable, para los españoles y nativos de estas latitudes no es más que la personificación del demonio, y probablemente permanecerá así en la memoria de esta gente por muchos años más.

—Vaya. Entonces, para que no me incluyan en el mismo paquete que a ustedes, mis muy respetados caballeros, creo que de alguna manera tendré que explicarles que yo soy escocés y no inglés —acotó socarronamente William.

—… Y yo norteamericana —agregó Cindy con un guiño de complicidad.

—Poco les ayudaría —comentó Mr. Blest, agregándose a la broma—, ya que dudo que estos campesinos puedan diferenciar entre ingleses, escoceses y norteamericanos. Para ellos los tres somos simplemente tan «diablos» y «engendros del infierno», como en su momento calificaron a Sir Francis.

—Lo que dice Mrs. Buchanan es verdad —intervino Tomasa, con su acostumbrada gracia—, yo recuerdo perfectamente a nuestra madre amenazándonos con el «Draque» cuando no queríamos irnos a la cama de pequeñas. Nunca supimos muy bien que significaba esto del «Draque», pero sí intuíamos que debía de ser algo terrible y que más valía obedecer y ahorrarnos tal espanto. Y ahora, qué les parece, ¡terminé nada menos que casada con uno de estos «diablos» ingleses!

La carcajada fue general, empezando por el propio Hurrel, quien sin lugar a dudas disfrutaba enormemente de las siempre oportunas salidas de su esposa.

—Definitivamente nunca cambiarás, hermana mía —le reprochó con una sonrisa María de los Santos, sorprendiendo a Mackay con su suave voz y haciéndole caer en la cuenta de que era la primera vez que escuchaba decir más de dos palabras a la linda y joven cuñada de James Hurrel.

La chica, intuyendo que había atraído la atención del ballenero, le dirigió una breve mirada, pero desvió inmediatamente la vista al sorprenderlo observándola, al tanto que un suave rubor le cubría instantáneamente las mejillas.

«¡Vaya! ¿Qué está pasando aquí?», se preguntó sorprendido el escocés, recordando que durante el trayecto ya había advertido un par de veces que la chica lo observaba con timidez. «Lo único que me faltaba es una admiradora juvenil».

Cindy también captó la mirada, y recordó la ocasión en su casa en que le pareció notar ya un cierto interés de esta chica por el marino escocés, incluso antes de haberlo conocido. Mirando a los otros comensales, pudo percatarse de que para el joven teniente Sáenz tampoco había pasado desapercibido el rubor de la muchacha, y que sin lugar a dudas no parecía muy contento por ello. El oficial había dado claras muestras durante el viaje de un interés por María de los Santos que indudablemente iba más allá de la simple cortesía, y que se reflejaba en sus constantes acercamientos al carruaje de la chica para preguntar por su comodidad —y por la de las otras damas también, por supuesto—, haciendo caracolear su brioso caballo para lucir así su destreza de jinete ante la muchacha.

Aprovechando que William estaba escuchando atentamente algún animado relato de Mr. Blest, la norteamericana se dedicó a observarlo, procurando que su atención no fuera muy obvia para los demás viajeros. Era indudable que el hecho de estar viajando juntos la tenía sumida en un estado de excitación todavía mayor del que normalmente experimentaba en su cercanía, haciéndole sentir que la intimidad entre ambos crecía cada vez más, a pesar de que no habían pasado ningún momento verdaderamente solos —o siquiera de conversación más o menos privada— en todo lo que llevaban recorrido del viaje. Sin embargo, sentía que la atracción mutua había aumentado de tal forma que pronto sería evidente para todos, y ello porque tenía la impresión de que el deseo de tocarse era tan notorio que se les escapaba hasta por los poros. Este mismo deseo era capaz de producirle una mezcla de temor y de anhelante anticipación tan intensa que casi la hacía desfallecer pensando en lo que podría depararle un encuentro íntimo con ese hombre. Fríamente tuvo que reconocer que lo deseaba con todo su ser. Y lo peor de todo era que ya ni siquiera lo lamentaba. No significaba que hubiese dejado de amar a Robbie, simplemente era otra forma de amar. En su mente sabía perfectamente que nunca podría unir su vida a la de William, que nunca abandonaría a Robbie. Pero por eso mismo su amor por este marino escocés —casi un extraño, si lo pensaba bien, un hombre de cuya existencia un mes y medio atrás apenas sospechaba— era tan intenso y desesperado: porque no tenía ningún futuro. Hasta pensaba convencida que cuando llegara el inevitable momento de la separación esta sería más terrible para William que para ella, porque él se quedaría solo, en tanto que ella aún contaría con el amor y la compañía de Robbie, quien pese a estar postrado seguiría siendo siempre el dulce amor de su vida.



2

—¿Estuvo usted en Rancagua? —preguntó Margarita con voz excitada y llena de admiración, dirigiéndose al teniente Sáenz e interrumpiendo sin miramientos en mitad de una frase a Tomasa, quien le estaba explicando algo relativo a los apellidos de las familias más importantes de la capital—. Perdón, señor oficial, pero ¿ha dicho que participó usted en la batalla de Rancagua?

—Pues sí, señorita —contestó el aludido, quien estaba sentado al otro extremo de la mesa, conversando con Mr. Bunster—. A decir verdad, el sitio de Rancagua fue mi bautismo de fuego.

Todos los que entendían español dirigieron su atención con renovado interés hacia el joven oficial.

—¡Pero si usted es muy joven! —exclamó Tomasa—. ¡Debía de ser un niño todavía cuando ocurrió la batalla! ¿Le puedo preguntar qué edad tenía entonces?

—¡Diecinueve años, señora! —contestó orgulloso, pero algo avergonzado el soldado—. ¡Y con el debido respeto, mi señora, debo decir que tenía edad más que suficiente para servir como oficial del ejército patriota!

—Y usted, capitán Apablaza, ¿también luchó en Rancagua? —preguntó Cindy, agregándose a la conversación.

—No, señora Buchanan. Mi primera batalla de verdad fue la de Chacabuco como oficial del Ejército Libertador, ya que antes de ello solo participé en algunas escaramuzas sin mayor importancia en un cuerpo de milicianos. Cuando llegaron las noticias de la derrota de Rancagua mis milicias sucumbieron al pánico y se desbandaron, por lo que me uní a los dragones del coronel Andrés del Alcázar para cruzar la cordillera de los Andes y ponerme a las órdenes de don Bernardo O’Higgins y de don José de San Martín en Mendoza.

—Señor Sáenz, ¿no nos contaría cómo fue realmente lo de Rancagua? Por favor, es la primera vez que estoy con alguien que haya participado en esa batalla de la que tanto he escuchado, y sinceramente me moriría de pena si pierdo la oportunidad de oírlo de primera mano.

—¡Margarita! Por favor entiende, criatura, que una batalla no es una aventura que se cuenta y escucha como si fuera un entretenido relato de ficción. Estoy segura de que el teniente preferiría evitar recordar esos sucesos —exclamó Cindy, llamando la atención a la entusiasmada chiquilla.

—La verdad es que no me molesta, señora, pero creo que algunas cosas que ocurrieron allí no son aptas para los sensibles oídos de tan distinguidas damas.

—¡Le juro que no me horrorizaré! —acotó la impulsiva Margarita—. Por favor, vamos, cuéntenos qué pasó ahí en la «plaza de las cuatro calles».



El alférez Germán Sáenz era, sin lugar a dudas, el oficial más joven de la primera división patriota comandada por el brigadier Bernardo O’Higgins, pero ello no le impidió darse cuenta antes que nadie de que el fuego de mosquetería que estaban concentrando inútilmente sobre la caballería realista en el vado de los Robles no tenía ningún efecto, puesto que era obvio que el grueso del ejército español estaba cruzando el río Cachapoal por alguna otra parte.

Efectivamente, no pasó mucho rato para que llegara a galope tendido un mensajero confirmando la noticia de que el general Mariano de Osorio había iniciado a las nueve de la noche del 30 de septiembre la movilización masiva de sus tropas desde las casas de Requínoa, y que el par de destacamentos de húsares sobre el que Sáenz y sus hombres estaban estérilmente derrochando municiones habían sido ubicados frente a los vados de los Robles y de Baeza —este último custodiado por la segunda división al mando del general Juan José Carrera—, con el solo propósito de desviar la atención. El ardid había dado resultado, y sus fuerzas habían iniciado el cruce sin oposición por el bajo de Punta de Cortés, que debería haber estado custodiado por la tercera división pero que increíblemente estaba libre, puesto que esta no había avanzado aún a ocupar su posición por estar todavía detenida en Mostazal esperando la llegada de su jefe, el coronel Luis Carrera.

Con las primeras luces del alba de ese 1 de octubre de 1814, O’Higgins comprendió que la situación se estaba tornando desesperada: mientras sus fuerzas contenían al enemigo en el vado del río que enfrentaba a la ciudad y en el de los Robles, el grueso del ejército realista avanzaba hacia Rancagua con su flanco derecho apoyado en el río, amagando el ala derecha y la retaguardia de la primera división patriota.

Pensando en detener al enemigo el tiempo suficiente para que se le reunieran Juan José Carrera con la segunda división y José María Benavente —segundo de Luis Carrera, todavía ausente— con la tercera, O’Higgins tomó posiciones en los extramuros de la ciudad, a unas doce cuadras al poniente de la plaza ubicada en el centro de Rancagua. Para proteger este movimiento, quedó en el río conteniendo a los húsares una compañía al mando del capitán don Sergio García, cuya vanguardia la conformaba la sección del alférez Sáenz, quien abrió fuego inmediatamente y con bastante certeza sobre la avanzada realista.

—¡Eso es, muchachos! ¡Apunten con cuidado y a blancos seguros para no desperdiciar municiones!

Además de su sable y su pistola, el joven oficial cargaba con un fusil inglés Baker, arma de extraordinaria precisión que cuadruplicaba el alcance de los mosquetes y carabinas usuales en ambos ejércitos, y que había recibido como un regalo muy especial de uno de los oficiales del comodoro Hillyar, a quien asistió como escolta durante la mediación británica que llevó a la firma del malhadado Tratado de Lircay el 3 de mayo de 1814. Esta arma se cargaba a presión, introduciendo por su cañón estriado una bala cuidadosamente forrada en una envoltura de cuero, lo que la dejaba fuertemente asida en su interior y le daba la revolucionaria precisión que la distinguía entre todas las armas de fuego de la época. En cambio, tenía la desventaja de ser bastante lenta de cargar comparada con los mosquetes regulares, a los que simplemente había que introducirles un bolón y empujarlo con la baqueta. En caso de necesidad, el Baker también podía cargarse como un mosquete normal, pero de esa manera se sacrificaba gran parte de la precisión del arma en aras de la velocidad de disparo.

Pronto pudo Sáenz dar fe de las virtudes de su arma, puesto que, una vez confirmado el repliegue de O’Higgins, García ordenó a sus hombres que dispararan una última descarga y abandonaran sus posiciones en el vado de los Robles para unirse al resto de la división, que apresuradamente formaba una nueva línea de defensa poniéndose a cubierto tras unas tapias. La descarga cogió a la primera fila de húsares en la mitad del río mientras luchaban contra la corriente, por lo que las bajas sufridas —seis hombres y tres caballos, que tiñeron las aguas con su sangre— hicieron surgir un bramido de furia de la caballería enemiga, que como un solo hombre espoleó sus cabalgaduras para saltar al agua y emprender el cruce, aprovechando que la compañía patriota estaba con los mosquetes descargados y más preocupada en retroceder para alcanzar al resto de su división que en recargar sus armas.

El capitán García, que se encontraba más retrasado que los demás por haberse quedado verificando que entre sus caídos no hubiera quedado algún herido a disposición del enemigo, recibió un disparo de carabina que lo derribó mientras sangraba profusamente por un costado. Al escuchar el grito que dejó escapar el oficial, el alférez Sáenz —que esperaba a su superior cubriendo la posición de último hombre, en tanto recargaba cuidadosamente su fusil—, ordenó a su sargento que continuara con la retirada y volvió sin titubear a socorrer a García. Este era un hombre alto y corpulento, por lo que el alférez se dio cuenta de que no era posible cargárselo al hombro y regresar a sus líneas, sino que el capitán iba a tener que hacer un esfuerzo por caminar aunque fuera sostenido por Sáenz, o simplemente resignarse a quedar a merced del enemigo. Desafortunadamente, esta operación resultó lenta y penosa porque la herida era a todas luces seria, además de dolorosa.

Comprometido en sostener y prácticamente arrastrar al capitán, Sáenz no se percató de los tres húsares que lograron alcanzar la orilla y que, tras salir del agua con los sables desenvainados, emprendieron el galope hacia los dos solitarios oficiales que se encontraban en terreno descubierto y bastante alejados todavía de su compañía. Alertado por los gritos de sus hombres, el alférez se volvió para encontrarse con el primer jinete, que espoleaba frenéticamente su cabalgadura a menos de veinte metros y acortaba rápidamente la distancia con el brazo derecho extendido y apuntando el pesado sable de caballería en su dirección. Reaccionando por puro instinto, empujó bruscamente a un lado a García —quien cayó pesadamente al suelo con un verdadero aullido de dolor—, se descolgó el Baker del hombro y lo disparó desde la cintura sin prácticamente apuntar, por lo que recibió un feroz culatazo en el hueso de la cadera producto del violento retroceso del arma.

El soldado recibió el disparo en pleno rostro y estaba muerto antes de que el proyectil —que le entró por el ojo izquierdo— alcanzara siquiera a salirle por detrás de la cabeza, llevándose de paso más de la mitad de la nuca del pobre desdichado. Soltando el sable, el hombre se derrumbó de la silla y cayó del caballo por un costado, pero una de sus botas quedó atrapada en el estribo, por lo que el asustado animal continuó su loca carrera arrastrando espantosamente el cadáver de su amo por la pedregosa ribera del río.

El segundo jinete estaba ya demasiado cerca para que Sáenz alcanzara a recargar el fusil, por lo que arrojando este a un lado desenvainó su sable y se preparó para sostener el ataque. Entreabrió las piernas y se paró para enfrentar directamente el rumbo que traía el brioso caballo del húsar, y cuando este lo desvió ligeramente a un estado para poder asestar el golpe, Sáenz volvió a moverse y a ponérsele de frente. Repitió una vez más esta maniobra y en el último momento saltó hacia la izquierda del jinete para dificultarle la comodidad de ataque, ya que este sostenía su arma con la mano derecha, pero aun así el impacto del sable de caballería sobre su espada de oficial fue tan violento que la hoja de su arma se rompió limpiamente con un chasquido, y recibió aunque amortiguado un corte en el hombro izquierdo. Mientras el húsar trataba de detener la carrera para voltear su cabalgadura y volver a embestir al oficial patriota, este se encontró con el tercer enemigo prácticamente encima y contando solo con un trozo de espada en la mano para defenderse. La arrojó a un lado y trató de sacar su pistola del cinturón, pero se dio cuenta con desesperación de que ya no había tiempo para ello. Cuando el golpe era inminente y hasta podía notar como la fatídica hoja empezaba a bajar sobre su cráneo, un disparo ensordecedor sonó a sus espaldas y una bala pasó a través de la manga de su dormán, quemándole el brazo a la altura del codo, y dio de lleno en el cuello del soldado español, que cayó del caballo con un alarido ahogado por la sangre que instantáneamente le inundó la garganta. Se volteó sorprendido, y halló a un exánime capitán García que, con la vida escapándosele a borbotones por su horrible herida del costado, sostenía aún en la mano su humeante pistola.

Sin embargo, todavía faltaba un húsar, que volvía en ese momento a la carga gritando con el sable en alto, obviamente dispuesto a vengar la suerte de sus compañeros. El alférez Germán Sáenz lo esperó tranquilamente, con el sable de caballería que había soltado el primer soldado realista fuertemente asido en su mano izquierda, y la pistola —esta vez debidamente amartillada— en la mano derecha, apuntando directamente a la cabeza del jinete. Con toda calma, como si estuviera en una galería de tiro, esperó a que su atacante estuviera a unos siete u ocho metros y apretó el gatillo. La bala impactó en medio del pecho, por lo que descubrió con sorpresa que su arma tenía tendencia a desviarse hacia abajo. El soldado cayó hacia atrás con una vistosa voltereta por encima de los cuartos traseros de su caballo, y luego de unos ligeros estremecimientos quedó inmóvil en el suelo.

Los vítores entusiasmados de sus hombres lo volvieron rápidamente a la realidad, y mirando hacia el río pudo comprobar que casi todo el destacamento de húsares había alcanzado ya la orilla, iniciando la carga contra su compañía. Se acercó al capitán García y le bastó una mirada para comprobar que había dejado de vivir, por lo que, recogiendo su fusil, emprendió veloz carrera hacia sus hombres, en tanto estos abrían un nutrido aunque desordenado fuego para proteger su huida.



Sin sufrir nuevas bajas, Sáenz logró juntar su compañía con la primera división, que ubicada en las afueras de la ciudad estaba desplegando sus mil cien hombres y seis piezas de artillería para aguantar la ofensiva realista el tiempo suficiente como para dar tiempo a que se le reunieran la segunda y tercera divisiones, las cuales O’Higgins suponía alertadas por el intenso cañoneo que estaba recibiendo. Osorio, sin embargo, solo dejó unos mil fusileros y seis cañones enfrentando a O’Higgins, y dirigió el grueso de sus fuerzas a una posición en la que no solo amagaba la retirada hacia el norte, sino que además se interponía entre la división patriota y la ciudad. Esto desconcertó al general Juan José Carrera, quien en vez de reunirse con O’Higgins optó por replegarse con los mil ochocientos hombres de la segunda división hacia Rancagua. Para empeorar las cosas, su caballería —que estaba formada principalmente por milicianos armados con lanzas—, al recibir el fuego concentrado de la avanzada realista se desbandó aterrorizada, desertando en masa y arrastrando en la fuga a la mayor parte de sus inexpertos e indisciplinados voluntarios, por lo que, cuando Carrera entró a refugiarse en la ciudad y tomó posiciones en la plaza, contaba apenas con unos seiscientos hombres.

Cuando O’Higgins advirtió que no había señales de Benavente con la tercera división, y que Osorio solo estaba distrayéndolo mientras movilizaba sus tropas para coparlo, decidió abandonar su posición y dirigirse al nordeste, hacia la cuesta de Chada, lugar suficientemente seguro para utilizarlo como punto de reunión. Sin embargo, con su flanco derecho rebasado por las tropas de Osorio, ello habría significado la muerte segura para la segunda división, que quedaría abandonada a su suerte y encerrada en la plaza de Rancagua. Por otra parte, el movimiento envolvente de los realistas lo estaba dejando en una incómoda posición abierta y enfrentado a unas tropas que casi cuadruplicaban a las suyas en número. En vista de ello, y a pesar de que contaba con el tiempo suficiente como para efectuar un escape con éxito, no le quedó otra alternativa que la de entrar también en la trampa de Rancagua.

Sáenz, cansado y con el hombro sangrando a causa de la herida de sable recibida del húsar, dirigió a sus hombres a tomar posiciones en las trincheras de adobes que se habían construido en forma de bastiones para bloquear las cuatro calles de acceso a la plaza. Se sentó con la espalda apoyada en el muro, echó un largo trago de agua y procedió a sacarse la chaqueta y la camisa para examinar la herida, que a simple vista parecía ser un tajo relativamente profundo que no había comprometido ligamento ni hueso alguno, pero que sangraba bastante. Mientras una de las tantas mujeres que estaban atendiendo a los heridos en la plaza le aplicaba un trozo de tela limpia, aprovechó para recorrer sus posiciones con la vista. Le bastó una simple mirada para ver que no se requería ser un genio militar para comprender cuán comprometida era la situación de los mil setecientos hombres que se apilaban junto con caballos, forraje, cajas de municiones y algunos escasos víveres en un lugar que indudablemente no podría soportar un sitio prolongado.

Dio las gracias a la mujer por su amable curación y se levantó para vestirse, ahogando una maldición al recibir instantáneamente una punzada de dolor desde el hombro. Al tiempo que sacaba trabajosamente la cabeza por el cuello de la camisa, divisó en el centro de la plaza al brigadier O’Higgins junto al general Juan José Carrera. Se abotonó apresuradamente el agujereado dormán y se dirigió hacia ellos junto con otros oficiales. Llegó justo a tiempo para escuchar con asombro cómo el general delegaba la responsabilidad de la defensa en el primero, diciéndole con voz trémula y llena de nerviosismo:

—O’Higgins, tome usted el mando de toda la fuerza y disponga a su arbitrio.

Sin más palabras, y mientras Sáenz y los otros oficiales que se habían acercado en busca de instrucciones les observaban, Carrera se retiró a la parroquia donde ya estaban refugiándose las mujeres y los niños de la ciudad.



A pesar de lo sorpresivo e inesperado de su nombramiento, O’Higgins se abocó con gran resolución a organizar la defensa ante el inminente ataque realista.

—Señores oficiales, estimo que no es necesario que les explique lo grave de la situación que enfrentamos. El enemigo suma más de cuatro mil hombres experimentados que incluyen tropas de primera línea, como el Batallón de Talaveras y los Húsares de la Concordia, y por ello no podemos esperar ni dar cuartel. Estamos totalmente rodeados y nuestra única esperanza estriba en resistir lo suficiente como para dar tiempo a que llegue la tercera división con la reserva, al mando de nuestro general en jefe don José Miguel Carrera, sorprendiendo a Osorio por la retaguardia.

Sáenz, en la última fila de oficiales que rodeaban al brigadier, no pudo evitar escuchar con orgullo el comentario que su sargento hizo en voz baja a sus hombres:

—Muy de primera línea serán los tales húsares, pero mi alférez se las arregló para liquidar solito a tres de ellos.

—No tan «solito», Gómez. Si no fuera por mi capitán García no estaría en este momento escuchando tus desatinos. Ahora, ve a reunirte con tus hombres e inicien un recuento de municiones y víveres, que ligerito vamos a tener a los «godos» encima otra vez. ¿Está claro?

—Clarísimo, mi alférez.

Ni dar ni recibir cuartel. Eso lo comprendieron todos los defensores claramente, y por ello en las cuatro trincheras y en la torre de la iglesia de la Merced se izaron y clavaron banderas chilenas con jirones negros, en señal de que se combatiría hasta la muerte.

Trepando a la torre de la iglesia, O’Higgins obtuvo una vista panorámica de las posiciones del enemigo y pudo darse cuenta de que iban a ser atacados simultáneamente por las cuatro calles. Inmediatamente, dio órdenes para que se apostaran dos cañones por trinchera, cubriendo así con dos baterías cada una de las calles de acceso a la plaza; ubicó tiradores seleccionados de cada compañía en las torres de la parroquia y de la Merced; desplegó a otros en las ventanas y tejados de las casas aledañas; abrió troneras, y demostró tal actividad y seguridad en las medidas que tomaba que empapó del mismo entusiasmo y disposición combativa hasta al último de sus hombres.

Las mujeres y los niños que aún deambulaban por los alrededores fueron rápidamente introducidos en la parroquia y en la iglesia de la Merced; las municiones y los víveres se apilaron en el centro de la plaza a cargo de las tropas de reserva, en tanto que las demás tomaban posiciones con bayoneta calada en las cuatro trincheras, y los caballos se distribuyeron en los sitios de las pocas casas del recinto fortificado para intentar protegerlos.

Finalmente, a las diez de la mañana, Osorio dio la orden de atacar, manteniendo a gran parte de la caballería en el lado norte para interceptar la eventual huida de los defensores hacia Santiago. El asalto de la trinchera sur fue encabezado por el coronel Maroto, al mando del reputado Batallón de Talaveras, dos compañías del Regimiento Real de Lima, seis cañones y los no menos renombrados Húsares de la Concordia; el de la trinchera oriental fue comandado por el coronel Montoya, con dos batallones de Chiloé y cuatro cañones; el de la trinchera de poniente fue dirigido por el coronel Ballesteros, al mando de los batallones de Concepción y de Castro, con dos cañones de apoyo; y, por último, el bastión del norte debía ser tomado por los coroneles Carvallo y Lantaño, al mando de los batallones de Chillán y de Valdivia, con cuatro cañones.

Germán Sáenz, considerado tirador escogido en honor a las virtudes demostradas en el manejo de su Baker, estaba apostado en el tejado de una de las casas sobre la trinchera sur, con todas sus municiones ordenadamente dispuestas para batir a cuanto realista se le pusiera a tiro. Desde su privilegiada posición, pudo observar con asombro cómo los talaveras, en vez de esperar el fuego demoledor y protector de su artillería para proteger su ataque, avanzaban a pecho descubierto hacia las posiciones chilenas y entraban por la calle de San Francisco, que los conduciría directamente frente a la trinchera patriota, sin disparar un tiro y confiando probablemente en que su sola presencia bastara para hacer huir al enemigo. Al cruzar el puente elevado sobre la acequia de regadío, los talaveras quedaron al alcance del fusil de Sáenz, y este —sin esperar orden alguna— apuntó cuidadosamente al oficial que encabezaba la primera compañía y apretó el gatillo, alcanzándolo en el pecho y haciéndolo caer por encima de la baranda a las sucias aguas de la acequia. El efecto fue inmediato, y los talaveras, tras cruzar el puente, se desplegaron para cargar contra la trinchera, pero con ello quedaron expuestos al fuego cruzado de los defensores del bastión y de los tiradores de los tejados, casas y torres de las iglesias.

—¡Fuego!

La descarga de fusilería causó estragos en los talaveras, clareando sus filas y paralizando el avance. Un intento de reorganizarlo fue inmediatamente frustrado por el fuego simultáneo de los dos cañones, que llenaron de metralla la calle y dejaron una gran cantidad de muertos y heridos tendidos en el polvo, e hicieron retroceder desordenadamente a los atacantes. Pero esta era una fuerza disciplinada y veterana que reaccionó rápidamente tomando posiciones en las calles laterales, protegiéndose en las paredes y salientes de las casas e iniciando desde ahí un fuego ordenado y bastante eficaz que hizo disminuir el ímpetu de la acción defensiva patriota.

Desde su posición en el tejado, el alférez Sáenz mantenía una secuencia de fuego constante y certera —ni uno solo de sus disparos había errado el blanco—, y dirigía sus tiros principalmente contra los oficiales y suboficiales, tratando así de crear el desconcierto en las filas enemigas. Pronto, sin embargo, su posición fue descubierta y tuvo que buscar una protección más adecuada, ya que comenzó a concentrar buena parte de la reacción enemiga. Esto también estaba ocurriendo con los demás tiradores emboscados, dado que los talaveras dispusieron a un grupo de fusileros para que neutralizara la acción de estos francotiradores.

En la calle, en tanto, los talaveras iniciaron el ataque frontal contra la trinchera, intentando tomarla a la bayoneta, pero aunque algunos valientes en una ocasión hasta alcanzaron a trepar el muro de adobes, enfrascándose en una lucha cuerpo a cuerpo feroz y encarnizada con los defensores, fueron rechazados una y otra vez y dejaron tal cantidad de bajas en la tierra ya empapada de sangre que Osorio —avisado del castigo que estaba recibiendo el batallón— ordenó a Maroto que enviara a los húsares contra la trinchera.

Sáenz, que no daba crédito a sus ojos, observó demudado como los Húsares de la Concordia entraban en la calle a galope tendido, encabezados por su comandante, el coronel criollo don Manuel Barañao, quien, sable en mano, gritaba en señal de desafío a los talaveras que saltaban en todas direcciones para evitar ser atropellados por los caballos, confirmando la rivalidad existente en las huestes realistas entre los oficiales españoles y los nacidos en el Reino de Chile:

—¡Miren, cabrones! ¡Vean cómo se pelea en América!

Sin embargo, tras salir rápidamente de su estupor, Sáenz levantó el fusil y, apuntando directamente a Barañao, lo desmontó limpiamente de un disparo. El coronel intentó heroicamente levantarse otra vez, pero solo para recibir un casco de metralla que lo dejó definitivamente fuera de combate.

El fuego mortífero de la trinchera había dejado en menos de tres minutos la calle literalmente sembrada de jinetes y caballos tendidos en un confuso montón, del cual emergían solo los ahogados gritos y gemidos de los heridos junto con los lastimeros relinchos de las moribundas bestias.

El primer asalto al bastión sur había fracasado estrepitosamente.



Casi simultáneamente al ataque a la trinchera sur, el coronel Clemente Lantaño había iniciado el asalto de la trinchera norte, defendida por el capitán José Santiago Sánchez, encontrando una oposición tan violenta y eficaz que tuvo que retirarse apresuradamente y dejar a un buen número de sus infantes caídos sin siquiera haber alcanzado a acercarse con sus bayonetas al muro de adobes.

El coronel Manuel Montoya, en tanto, cargaba con solo unos minutos de diferencia contra la trinchera este, defendida por el capitán Hilario Vial, y recibió una cerrada descarga de fusilería que, sumada a la lluvia de metralla disparada por uno de los cañones, desarticuló en cosa de segundos su asalto. Aunque Vial ordenó a sus hombres un alto al fuego, la retirada de los batallones de Chiloé fue hostilizada sin tregua por los tiradores apostados en los tejados y ventanas, que además remataron a cualquier herido que osara moverse en la calle.

En cambio, en la trinchera oeste, la situación se tornó bastante más complicada en virtud del impetuoso asalto de los batallones criollos de Concepción y de Castro, que sin detenerse a medir sus bajas alcanzaron el bastión y comenzaron a treparlo usando sus bayonetas clavadas en los adobes como escalones. La primera oleada que llegó al borde del muro fue rechazada a culatazos, golpes de sable y pistoletazos a quemarropa, pero la segunda —que trepó incluso sobre los cuerpos de sus compañeros— amenazó con rebasar la trinchera, entablándose una lucha feroz en la que los dos bandos se enfrentaron en un desesperado cuerpo a cuerpo, se acuchillaron con las bayonetas y utilizaron los descargados mosquetes a modo de mazas. En vista del peligro —por un momento la batalla pareció irremediablemente perdida—, el propio O’Higgins acudió con ciento cincuenta hombres de la reserva en auxilio del capitán Francisco Javier Molina, logrando expulsar a los atacantes con su empuje.

En la trinchera sur, superada la sorpresa inicial ante la inesperada resistencia, los talaveras reiniciaron el ataque, pero esta vez cambiaron de táctica en vista del severo castigo sufrido. Evitando el choque frontal y apoyados por el fuego protector de los Reales de Lima, comenzaron a avanzar por las calles laterales y por el interior de los sitios, aproximándose peligrosamente a la posición patriota. Los húsares de Barañao, que por su parte también habían aprendido la lección, desmontaron y treparon a los techos para mantener desde ahí un fuego graneado de carabinas y tercerolas sobre los defensores. Esto obligó a Sáenz a involucrarse también en una lucha cara a cara con el enemigo, al encontrarse de súbito a menos de quince pasos con un húsar que tuvo la mala ocurrencia de subirse al mismo tejado desde donde disparaba con su Baker a los infantes de la calle. El alférez estaba recargando su arma, por lo que al ver aparecer la cabeza del soldado —quien lo descubrió al mismo tiempo que él— le disparó a bocajarro con la pistola que tenía apoyada al lado de las municiones ordenadamente dispuestas para el fusil. El apresuramiento le hizo fallar el tiro, que solo levantó esquirlas de greda rojiza de una teja a centímetros de la cara del húsar. Este llevaba la carabina terciada en bandolera para tener ambas manos libres para escalar el tejado, por lo que subiéndose de un salto al techo y sin tiempo para disponer del arma de fuego, desenvainó su sable y cargó inmediatamente contra Sáenz, quien desenvainando a su vez su recientemente «heredada» arma de caballería, se preparó para enfrentar el ataque.

El primer golpe del húsar fue un mandoble feroz que tenía como objetivo el cráneo del oficial patriota, pero este reaccionó a tiempo y lo paró con un rápido movimiento protector que transformó a su vez en una estocada dirigida a la cintura del realista, quien tampoco tuvo mayores dificultades para detenerla y devolverla con un golpe de muñeca que casi arranca el sable de la mano del joven chileno. El húsar, comprendiendo que era más ducho en este tipo de combate que su oponente, arremetió con otro sablazo formidable que Sáenz evitó con un ágil salto atrás, pero que lo dejó a tiro de la infantería apostada en la calle quienes, aun a riesgo de herir a su compañero, abrieron inmediato fuego contra el alférez, causando el efecto de una lluvia de granizo sobre el tejado.

—¡No tiréis, granujas! ¡Que me vais a dar a mí, bribones!

Aprovechando la distracción, Sáenz se inclinó y, doblando la rodilla al tiempo que extendía el brazo al máximo, alcanzó a clavar la punta de su sable en el muslo del húsar, quien —más por efecto de la sorpresa que del dolor— retrocedió estupefacto para observar el hilo de sangre que comenzó a brotarle de la herida. Esta momentánea separación de los duelistas permitió a la infantería abrir fuego nuevamente contra el oficial chileno, que esta vez sí fue alcanzado, aunque solo ligeramente, por un rebote que le causó una leve herida en la frente.

En la trinchera patriota, el sargento Gómez comprendió inmediatamente la situación apurada en que se encontraba su superior, por lo que levantando su mosquete abrió fuego contra los tiradores que tenían de blanco al alférez.

—¡Disparen, muchachos! ¡Protejamos a mi alférez Sáenz!

La andanada patriota obligó a los realistas a ponerse nuevamente a cubierto, causando además el inicio de un fuego sostenido de toda a trinchera sobre los talaveras y contra los húsares desplegados en los tejados, obligándolos una vez más a retirarse. En la altura, en tanto, proseguía sin cuartel la lucha entre los dos hombres que se acosaban como fieras, con la transpiración corriendo a chorros por los rostros. Un hilillo sanguinolento se deslizaba por la mejilla de Sáenz, goteando por el mentón, y la pernera del pantalón del húsar se mostraba también empapada en sangre. Los sables parecían haber aumentado de peso, y por ello los golpes se hacían cada vez más distanciados entre los contrincantes, que se observaban sin quitarse la vista de encima, esperando la ocasión propicia para asestar el golpe definitivo. Esta pareció llegar para el realista cuando el oficial patriota, al retroceder, trastabilló a causa de una teja suelta, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el fusil que había estado cargando al irrumpir el soldado enemigo en el techo. Con un grito de triunfo, el húsar apartó de un sablazo la hoja de su oponente y, pisándole la muñeca para inmovilizarle el brazo armado contra el piso, se aprestó para atravesarlo con una estocada mortal. Con la desesperación pintada en el rostro, Sáenz buscó con frenesí con su mano izquierda algo con qué defenderse, cerrando de pronto sus dedos sobre la larga y delgada baqueta usada para empujar la bala dentro de su Baker. En un reflejo instantáneo, sin alcanzar siquiera a pensar en lo que hacía, extendió violentamente el brazo hundiéndole a su atacante con todas sus fuerzas la varilla de metal entre las piernas.

La expresión en el rostro de este fue de completa sorpresa. Abrió los ojos desmesuradamente, y con un aullido de agonía infinita que le brotó desde el alma, soltó el sable y se llevó ambas manos al bajo vientre; miró con estupor el trozo de metal que ensartado a través de sus genitales le cortaba la arteria ilíaca, arrancándole la vida a borbotones junto con la sangre que manaba incontrolable por la terrible herida. Horrorizado, el joven alférez tiró del extremo de la baqueta para recuperarla, pero esta parecía succionada por el cuerpo del soldado, por lo que con un estremecimiento tuvo que retorcerla para intentar retirarla al tiempo que su víctima comenzaba a derrumbarse sobre el tejado. Finalmente, con un último tirón, ayudándose con el pie apoyado sobre el pecho de su agonizante enemigo —lo que contribuyó a enviarlo rodando por la pendiente del techo hacia la calle—, logró zafar su ensangrentada herramienta.

Comprendiendo que su posición en ese sector del tejado se hacía insostenible, tuvo que optar por buscar protección hacia el lado que miraba al patio de la casa para luego detenerse a tomar aliento y recargar sus armas. Con un verdadero escalofrío usó su pañuelo para limpiar la sangre de la baqueta, se ajustó la pistola en el cinturón, envainó el sable y, levantando el Baker, asomó cuidadosamente la cabeza por encima del parapeto que formaba la línea de tejas en el ángulo del techo. Una bala pasó zumbando cerca de su oreja derecha, pero antes incluso de que pudiera apuntar al tirador, que estaba oculto en la ventana de una casa en el lado opuesto de la calle, una andanada disparada desde la trinchera levantó innumerables nubecillas de polvo de las blanqueadas paredes, impactando también en el soldado español, que quedó colgando inerte del marco.

—¡Salud, mi alférez, y agache el «mate» si no quiere que se lo vuelen, iñor! —le saludó feliz el sargento Gómez.

Tras hacerle una seña de agradecimiento con la mano, Sáenz comenzó a deslizarse del tejado hacia el patio, se descolgó por el borde y cayó estrepitosamente al suelo al soltarse la teja de la cual se estaba sujetando. Se levantó cojeando al tiempo que maldecía silenciosamente, y echó una rápida mirada a su alrededor para comprobar que estaba solo. La casa había sido a todas luces abandonada apresuradamente por sus moradores —probablemente ahora ocultos en la iglesia, como la gran mayoría de los habitantes de la ciudad—, de lo que daba fe el hecho de que todos los artefactos de uso diario estaban dispuestos en sus lugares habituales, incluidos los del desayuno en la mesa de la cocina. Esto recordó al joven que hacía ya horas que no comía nada caliente, y una punzada de hambre le atenazó el estómago. Observando una hogaza de pan sobre la mesa, decidió entrar en la cocina y cruzó el dintel con toda precaución, con el fusil preparado, ya que a pesar del ruido del combate en las calles se podía claramente distinguir las voces del enemigo que seguía tomando posiciones en los tejados y aproximándose en guerrilla por los sitios traseros y patios de las casas. Cogió la hogaza, la mordió ansioso y tuvo que soltarla inmediatamente al tiempo que se echaba al piso, al ver a dos talaveras que saltando el muro divisorio entre las casas entraban en el patio de la suya. Ambos hombres llevaban sus mosquetes con la bayoneta calada y se movían con la precaución de soldados experimentados. Sáenz pensó que sus alternativas eran quedarse oculto y esperar a que continuaran su avance hacia la casa vecina o, simplemente, enfrentarlos. Desafortunadamente, la decisión fue más tomada por los españoles que por él mismo, ya que estos también decidieron entrar en la cocina en busca de algo para comer.

El primer soldado lo vio en el piso apenas entró y, tras un segundo de vacilación, se echó el mosquete al hombro y lanzó una exclamación mezcla de sorpresa y advertencia a su compañero.

—¡Pardiez!

El chileno apretó el gatillo una fracción de segundo antes que su oponente, impactándolo en el pecho y logrando que el disparo del otro se perdiera contra la pared. El segundo talavera saltó inmediatamente fuera de la habitación y disparó su mosquete contra el lugar donde apenas un momento antes había visto a su enemigo, pero Sáenz ya había rodado hacia un lado para evitar ser alcanzado. Sin tiempo para cargar el fusil y jugándosela, ya que el talavera podía tener otra arma de fuego, se levantó de un salto al tanto que tironeaba la pistola del cinturón y se arrojó en una zambullida suicida por la abierta puerta, cayendo con una voltereta en el patio. Giró el cuerpo inmediatamente, vio cómo el talavera intentaba frenéticamente recargar su mosquete —sin duda contando con que el insurgente estaba haciendo lo mismo en el interior— y, levantando la pistola, le disparó desde el suelo casi sin apuntar. El soldado recibió el tiro en el estómago y, doblándose, se fue de bruces contra la tierra apisonada.

Sin perder tiempo, el oficial se puso de pie y entró de nuevo en la cocina para recoger su fusil y el trozo de pan. Tras echarse el arma al hombro y meter el pan en su bolsa de municiones, inició la retirada hacia la trinchera en tanto recargaba la pistola, mirando de vez en cuando hacia atrás y los tejados para precaverse contra nuevas sorpresas.



La batalla se había iniciado hacía más de una hora y en todas las trincheras los ataques habían sido rechazados con éxito, aunque los bastiones del sur y de poniente —especialmente este último— habían enfrentado las acciones más violentas desde el inicio de la ofensiva realista. El general Mariano de Osorio simplemente no podía creer que esa manga de insurgentes que hasta la fecha no había demostrado ningún mérito militar, y a los que bastaba con mostrarles el color de los uniformes de los talaveras para que desertaran en masa abandonando el campo y evitando el enfrentamiento, estuviera presentándoles tal resistencia y causándoles además la elevada cantidad de bajas que constantemente le reportaban sus oficiales. Finalmente, ya cerca del mediodía, dio la orden de que las dos divisiones que estaban atacando la plaza se retiraran, recogiendo a sus heridos.

El respiro permitió a los patriotas contar sus bajas, curar a sus heridos y repartir una magra ración de almuerzo a los setecientos defensores de las trincheras, mientras la reserva tomaba ahora las posiciones de avanzada en los bastiones de adobes. O’Higgins trepó una vez más al campanario de la iglesia —que ahora lucía literalmente acribillado a tiros— para observar mejor al enemigo, y con la secreta esperanza de poder confirmar la movilización de la tercera división avanzando en su ayuda. Desafortunadamente no vio nada que indicara lo segundo, pero sí pudo darse cuenta de que esta vez Osorio preparaba un asalto en regla para romper definitivamente la resistencia patriota. Los cañones realistas fueron emplazados a una distancia de no más de tres cuadras de las trincheras, protegidos con adobes extraídos de los muros, vigas, leña y hasta con el mobiliario de las casas abandonadas; los fusileros y húsares se distribuyeron por los tejados y ventanas de todos los edificios que permitieran cubrir la plaza con un fuego certero e ininterrumpido, y se decidió el avance por el interior de las casas y patios para evitar los ataques a pecho descubierto que habían probado ser tan costosos y poco eficaces.

El alférez Germán Sáenz finalmente había logrado llegar a sus filas en la trinchera sur, reuniéndose con un eufórico sargento Gómez que ya lo daba por muerto y que lucía un ensangrentado y vistoso trapo rojo amarrado en la cabeza a modo de venda.

—¡Mi alférez Sáenz! ¡Dichosos los ojos que lo ven! ¡Si ya pensábamos que los «godos» lo habían convertido en charqui, pueh!

—Pues ya ves que no es así, Gómez. Ahora, dime dónde está mi capitán Astorga, que debo reportarle algo.

Los capitanes Manuel Astorga y Antonio Millán eran los encargados de la defensa de la trinchera sur, y hacia ellos se dirigió Sáenz para reportarles lo que ya O’Higgins había detectado desde la altura, es decir, la nueva disposición de los cañones realistas y el avance de las tropas a través de las casas y patios traseros.

—¿Está usted seguro, alférez?

—Absolutamente, señor. Yo mismo los vi y oí. De hecho, incluso maté a dos talaveras en el patio de una casa a una sola cuadra de aquí.

Los dos oficiales se dirigieron al centro de la plaza a reportar sus noticias y recibir instrucciones, en tanto que Sáenz, asistido por Gómez, buscaba algo para comer y beber.

—La custión comistrajo ta remala, mi alférez. Esta plaza no ta ná prepará pa una batalla como esta, qué quiere que le diga.

—Desgraciadamente no tuvimos muchas opciones para buscar un lugar mejor, Gómez. Pero te aseguro que a los «godos» les va a costar caro derrotarnos.

—¿Cree usted que mi general Carrera vendrá a rescatarnos?

—Buena pregunta, sargento. Y sinceramente no sé qué contestarte. De todos modos, y solo porque te conozco desde que eras un simple peón en la hacienda de mi padre, o más bien, porque tú me conoces a mí desde que nací, te voy a dar una opinión muy personal —el joven se detuvo para mirar con seriedad a su subalterno—. Creo que Carrera no va a venir. Y no porque piense que don José Miguel sea un cobarde y no tenga las agallas suficientes para enfrentarse a los «godos», sino porque yo me he convencido, y es probable que él piense igual, que no hay ni la más remota posibilidad de que sus aproximadamente mil milicianos sean capaces de derrotar a una fuerza como la que nos está sitiando. Si alguna posibilidad tuvimos de ganar esta batalla, esa posibilidad la perdimos al retirarnos del Cachapoal: ahí debimos haberlos enfrentado. Con fuerzas más o menos parejas, por lo menos en número. Pero ahora, ¿qué podría hacer mi general Carrera contra los cuatro mil soldados de línea con que cuenta Osorio? Yo te lo diré: ¡absolutamente nada!

—¿Eso significa que moriremos aquí esperando inútilmente que don José Miguel venga? ¿Que no hará ni el intento siquiera? ¡Por la gran rechupalla, mi alférez querido! Fíjese que con el debido respeto a don José Miguel, pero principalmente a usted, pienso que esa sería una tremenda mariconada que ningún chileno bien nacido podría olvidar jamás.

—¡Eh! ¡Ojo con lo que dices, Gómez!

—Lo siento mucho, mi muchacho querido, perdón, quiero decir mi alférez. Pero así es como lo veo, iñor. Ahora, una pregunta para usted, que en estos dos últimos días ha demostrado ser un gran soldado, mi alférez: ¿qué cree que hará mi brigadier O’Higgins, que de paso sí que ha demostrado tener agallas de sobra? O, mejor dicho, ¿qué haría usted para sacarnos de este aprieto?

—Obviamente no puedo hablar por don Bernardo, pero si el general Carrera se acercara por lo menos para distraer la atención de los «godos» simulando un ataque a su retaguardia, yo atacaría e intentaría romper el cerco. Pero si ello no ocurre…, bueno, qué diablos, ¡atacaría igual!

—¡Así se habla, iñor!

Los víveres eran tan escasos que Sáenz prefirió reservarlos para sus heridos, por lo que terminó recurriendo a la hogaza de pan que aún conservaba en su bolsa de municiones. Se sentó junto a Gómez, con la espalda apoyada en el muro, y tras ofrecerle un pedazo de pan le preguntó cómo se había ganado la herida de la cabeza.

—En la trinchera, mi alférez. Algunos malditos alcanzaron a escalarla y un oficial me descerrajó un balazo a quemarropa con su pistola, haciéndome una nueva partidura en mi peinado justo sobre la oreja. Pero fue lo último que hizo el condenado, porque le deshice la cara de un culatazo.

—Ni en mis peores pesadillas imaginé algo como esto, Gómez. Desde pequeño he usado armas de fuego, pero en toda mi vida jamás le había disparado a un ser humano, y sin embargo hoy he perdido la cuenta de cuántos hombres he matado. Y a algunos de ellos de una forma horrorosa —agregó al recordar con un estremecimiento al húsar del tejado.

—Y bueno, pueh. Eran ellos o nosotros, pueh iñor —sentenció filosóficamente el sargento.



A las dos de la tarde se inició el cañoneo realista a las posiciones patriotas, al mismo tiempo que los fusileros apostados en los tejados abrían fuego graneado sobre las trincheras. Las bajas comenzaron a aumentar de manera alarmante, ya que los muros de adobes probaron ser una pobre defensa ante la artillería y en la plaza no había mayores lugares donde protegerse. Luego de unos cuarenta y cinco minutos de incesante bombardeo, que le hicieron creer que la resistencia estaba quebrantada, Osorio ordenó el ataque simultáneo por los cuatro costados, pero O’Higgins y sus valientes una vez más rechazaron la embestida haciendo retroceder desordenadamente a los realistas, aunque sin las enormes pérdidas de la mañana.

Sáenz, aprovechando las ventajas del alcance de su fusil, se había parapetado durante el bombardeo tras unos carros en el centro de la plaza, dedicándose a derribar tiradores situados en los tejados. Cuando el ataque de la infantería comenzó, se ubicó al lado de Gómez en la trinchera y disparó su fusil hasta que el enemigo estuvo tan cerca como para comprometerse en el terrible combate cuerpo a cuerpo en el que las armas utilizadas eran bayonetas, sables y mosquetes a modo de mazas. Al retirarse los atacantes, cayó rendido al suelo y con el hombro terriblemente dolorido, ya que a pesar del vendaje aplicado por la amable señora esa mañana, la herida había comenzado a sangrar nuevamente. Sin embargo sus heridas no eran nada comparadas con las de algunos de los hombres de su compañía. Ya ni siquiera quería saber cuántos quedaban del número original. Las bajas eran demasiadas, y el joven comenzó a dudar seriamente de que fueran capaces de resistir otro ataque.

Sin embargo, al atardecer, se inició uno con la misma ferocidad, con oleadas de infantes aproximándose a las trincheras a través de las casas —se habían perforado los muros interiores, de tal modo que el avance se efectuaba casi sin salir a la intemperie—, y sin dar, pedir, ni recibir cuartel. Para apurar el quiebre de la resistencia patriota, los realistas cortaron la acequia que proveía de agua a la plaza, con lo que no solo no había agua para beber ni siquiera para los heridos, sino que tampoco podían enfriarse los cañones ya casi al rojo vivo por el constante fuego de metralla que se lanzaba contra el enemigo. Finalmente, la noche detuvo los combates y los realistas se retiraron una vez más sin lograr capturar la plaza.

Gómez había recibido un bayonetazo en un muslo y Sáenz otro que, por fortuna, solo le rasmilló las costillas sin mayores consecuencias, pero el resto de los defensores de la trinchera sur estaban en bastante peor situación. Sin embargo, la moral seguía alta en la plaza sitiada, y los patriotas se prepararon para enfrentar algún posible ataque nocturno, reparando el muro de adobe y tapando los boquetes con muebles, baúles y hasta carretas de forraje. Los víveres escaseaban terriblemente, y la falta de agua se convirtió en el problema más grave, porque la cantidad de heridos aumentaba con cada ataque y ni siquiera se podía calmar la sed de los pobres desventurados. Los animales —caballos y mulas de las cureñas—, ya alterados por el incesante cañoneo, bufaban desesperados también por la falta del vital elemento, contribuyendo a la intranquilidad general.

En el campo realista, Osorio estaba al borde del colapso nervioso y pensaba seriamente en terminar con el asedio y retirar sus tropas nuevamente hacia el río Cachapoal. Su confianza en el éxito de la operación militar en Chile se había desvanecido completamente, y estaba aterrorizado por las consecuencias que su fracaso le traería con el virrey Abascal. Pensar en la posibilidad de un ataque nocturno de los insurgentes conducente a romper el sitio le daba pavor, porque creía seriamente que no podría contenerlo. Sus oficiales, sin embargo, más realistas, decidieron no tomar en cuenta sus remilgos y continuaron preparando las operaciones del día siguiente, destinadas a liquidar la defensa y tomar la plaza de una vez por todas.

Si Osorio hubiese sabido lo que tramaban los oficiales chilenos Ibáñez, Maruri y Sáenz en la trinchera sur, habría insistido inmediatamente en el repliegue hacia el río. Los tres patriotas, observando las posiciones enemigas al caer la noche, notaron que parte de la dotación de talaveras que servía una de las baterías que los enfrentaba en la calle San Francisco abandonaba su posición para retirar a sus heridos. De inmediato planearon un golpe de mano para intentar apoderarse de uno de los cañones y causar la mayor confusión posible entre el enemigo. Con la forzada y no muy convencida autorización del capitán Millán reunieron un pelotón de audaces —entre ellos Gómez, por supuesto—, y protegidos por la oscuridad avanzaron pegados a ambos muros de la calle hacia la posición enemiga. El primer centinela que hallaron no alcanzó ni a darse cuenta de qué pasaba cuando ya yacía acuchillado en el suelo. Su compañero, al oír la exclamación ahogada del caído, se levantó con un «¡Quién va!», interrumpido violentamente por un feroz culatazo del mosquete de Gómez, que le destrozó el cráneo y lo mandó a mejor vida. Lamentablemente, el arma del soldado se disparó, causando la alarma de todo el sector y levantando inmediatamente de sus mantas a los demás servidores de la batería.

—¡A ellos! ¡No dejen ni un «godo» vivo, muchachos! —gritó el teniente Ibáñez, alterado por el odio desde que presenció la muerte atroz de uno de sus amigos de la infancia, herido en los primeros combates de la mañana y clamando por un sorbo de agua en el pabellón de heridos montado en la iglesia—. ¡Maten a todos los malditos!

Los españoles, aunque superados en número, ofrecieron una denodada resistencia a los osados asaltantes, confiando en la pronta llegada de refuerzos. Pero los realistas, temiendo un ataque en toda la línea dirigido a romper el cerco, demoraron el envío de ayuda a la batería y contribuyeron así al éxito de la incursión patriota.

Sáenz, sable y pistola en mano, tumbó de un balazo al enemigo más próximo y se dirigió con Gómez y otros seis soldados hacia el primer cañón, desde donde un suboficial de imponentes bigotes y patillas intentaba una desesperada resistencia junto a un grupo de talaveras. Gómez disparó a bocajarro su mosquete contra el suboficial, que se desplomó contra la rueda de la cureña, en tanto sus hombres arremetían contra los demás servidores, dos de los cuales alcanzaron a disparar sus armas e hirieron a igual número de atacantes antes de caer atravesados por las bayonetas patriotas.

Girando la cabeza a su alrededor, el alférez pudo comprobar con alborozo que la batería era suya: todos los soldados españoles yacían muertos o heridos, tres escapaban por la calle hacia sus posiciones —Gómez derribó a uno de ellos con un certero disparo en la espalda— y el cañón comenzaba ya a ser tirado hacia la trinchera chilena.

—¿Qué hacemos con estos, señor? —preguntó Gómez, apuntando hacia los talaveras heridos, entre los que se encontraba el valiente suboficial de las patillas.

—¡Pues… esto! —exclamó Ibáñez, parándose frente al suboficial y disparándole despiadadamente un tiro en la frente.

Sáenz lo miró horrorizado, pero antes de que pudiera abrir la boca para protestar, el teniente Maruri amartilló su pistola e hizo lo mismo con otro herido. Siguiendo el feroz ejemplo de sus superiores, los soldados se abalanzaron sobre los restantes talaveras y los remataron salvajemente con sus bayonetas.

—¡Ahí vienen! —el grito de Gómez, que apuntaba con la mano hacia las líneas realistas, interrumpió la masacre.

—¡Aquí! ¡Formen una línea! —ordenó Sáenz, reuniendo a su sargento y a otros cinco hombres, en tanto Ibáñez, Maruri y los restantes empujaban apresuradamente la cureña con el cañón hacia la trinchera patriota—. ¡Atención! ¡Apunten… fuego!

La descarga fue simultánea a la del contraataque realista. Tres de los hombres de Sáenz fueron alcanzados y cayeron sobre los cuerpos de sus víctimas españolas, y los otros dos emprendieron inmediatamente la carrera hacia la plaza, abandonando su posición junto al alférez y a Gómez. El joven oficial disparó su Baker contra el enemigo —que se aproximaba demasiado rápido para su gusto— y cogiendo al sargento del brazo se pegaron a las paredes de las casas para retroceder amparados por la oscuridad. El cañón capturado ya casi había llegado a la trinchera chilena y era recibido con vítores y aplausos por los defensores, entusiasmados por el éxito de la audaz incursión.

Los realistas ocuparon de nuevo su desguarnecida posición y, al observar el trato que sus compañeros habían recibido de los insurgentes, abrieron fuego con un rugido de furia sobre los dos soldados de Sáenz que habían abandonado la línea de tiro, y que a la luz de un incendio iniciado en alguna de las casas vecinas eran un blanco perfecto a medio camino entre la avanzada española y la trinchera patriota. Uno de ellos cayó muerto al instante, pero el otro fue herido en ambas piernas y quedó tirado en mitad de la calle, gritando desesperado que lo socorrieran. Con un grito triunfal, un grupo de talaveras saltó las defensas de la batería y comenzó a avanzar hacia el herido, quien cubierto de sangre y con las piernas inmovilizadas, intentaba patéticamente arrastrarse hacia las líneas chilenas. El sargento Gómez, ubicado unos metros más atrás del herido y percatándose de lo que iba a ocurrir, llamó la atención de Sáenz con un grito, y abrió fuego sobre los españoles y derribó a uno de ellos, pero desafortunadamente reveló así su posición. La reacción de los talaveras no se hizo esperar e inmediatamente una andanada surgió de la batería realista, rodeando a Gómez de nubecillas blancas causadas por el impacto de las balas contra la muralla. El sargento fue alcanzado al menos por siete proyectiles, y recibió heridas en el pecho, el vientre y las piernas, que lo dejaron medio sentado y con la espalda apoyada contra la pared, como si estuviera cómodamente instalado observando a la gente pasar. Con los ojos vidriosos y un hilo de sangre saliéndole por la comisura de los labios, levantó la vista hacia Sáenz —que lo miraba espantado— y lo conminó a que lo abandonara.

—Vete, Germán, muchacho querido. Que no te agarren los «godos» por mi culpa.

Dudando sobre qué hacer, con el fusil y la pistola descargados, Sáenz no se decidía a abandonar a su sargento, pero finalmente —ante la proximidad de los talaveras— no le quedó otra alternativa que alejarse corriendo hacia la trinchera patriota.

Los soldados peninsulares, en tanto, ya habían alcanzado al primer herido chileno y se ensañaron con él mutilándolo atrozmente, desparramando sus sesos a culatazos por la calle y golpeándolo hasta convertirlo en una masa informe de carne, huesos y cartílagos. Luego se dirigieron hacia Gómez, y al notarle insignias de suboficial, decidieron hacer algo mejor que simplemente destrozarlo a culatazos: lo levantaron por las axilas y, apoyándolo contra la pared, procedieron a crucificarlo con las bayonetas, clavándolo a la muralla por los brazos, las manos y las piernas. Como aun así tendía a irse de bruces, uno de ellos —cogiendo del suelo el fusil del infortunado— le hundió la bayoneta en el estómago con un golpe brutal, dejándolo ensartado al muro como si fuera un insecto. Seguidamente, se volvió hacia las posiciones chilenas levantando el puño en señal de desafío, para caer inmediatamente con la frente perforada por el disparo certero del alférez Germán Sáenz, que vengaba así la atroz muerte de su amigo y subalterno.



El resto de la noche transcurrió en una continua alerta, con ambos bandos esperando un ataque nocturno; los unos para quebrar la resistencia de la plaza, los otros para romper el cerco. Las pérdidas patriotas eran crecidísimas y las municiones comenzaban a agotarse, por lo que O’Higgins comprendió que ya no podría sostenerse otro día si no era socorrido. Además, la ignorancia respecto a la suerte corrida por la tercera división contribuía a elevar a un grado máximo la tensión nerviosa de los sitiados. En vista de ello, para saber a qué atenerse y así poder adecuarse a las circunstancias, pasadas las nueve de la noche O’Higgins despachó a un dragón con instrucciones de cruzar las líneas enemigas, ubicar al general José Miguel Carrera y entregarle una nota en que le solicitaba «municiones y la carga de la tercera división». El soldado se escabulló al amparo de la oscuridad y arrastrándose por los canales de desagüe y las acequias logró burlar la vigilancia realista, ubicando a la división a unos cinco kilómetros al norte, acampada en las chacras de Cuadra. Tras entregar el mensaje de O’Higgins, el valiente dragón solo esperó el tiempo que le tomó a Carrera escribir una respuesta para iniciar inmediatamente el regreso a la plaza, cogiendo apenas a la carrera algo de comer y beber. Burlando nuevamente a los centinelas realistas, se presentó a las dos de la mañana frente al brigadier Bernardo O’Higgins con el siguiente mensaje: «Municiones no pueden ir sino en la punta de las bayonetas. Mañana al amanecer hará sacrificios esta división. Chile para salvarse necesita un momento de resolución».

A pesar de lo confuso y poco claro de estas palabras, O’Higgins y sus oficiales las interpretaron como que era un hecho que Carrera atacaría a Osorio al amanecer, por lo que la noticia fue también transmitida a la agotada tropa. La admirable moral que habían mostrado estos soldados, que se habían batido heroicamente durante todo el día, que estaban pasando la noche sobre las armas, que carecían de agua, medicinas y alimentos, y cuyas municiones comenzaban a escasear peligrosamente, amenazaba con resentirse ante el cada vez más poderoso convencimiento de que no tenían posibilidad alguna de socorro, por lo que la nota de Carrera fue recibida con renovado entusiasmo y alborozo general.

Germán Sáenz, sin embargo, quizás motivado por la amargura que sentía por la terrible muerte de su amigo Gómez, no interpretó este mensaje del general en jefe con la misma confianza que sus compañeros de armas. Tal como se lo había manifestado anteriormente al mismo Gómez, su impresión era que Carrera era muy consciente de que sus mil milicianos no eran un contrincante válido para enfrentar a las aguerridas tropas de Mariano de Osorio, y que por lo tanto no pensaba arriesgarlos en un combate sin futuro. Por otra parte, si su intención era la de por lo menos insinuar un ataque a la retaguardia hispana para desviar la atención y permitir una salida a O’Higgins, entonces, ¿por qué no decirlo abiertamente en vez de enviar un mensaje tan vago, tan ambiguo? ¿Por qué ampararse en un lenguaje tan poco claro, dejando una puerta abierta a cualquier interpretación? No, el joven oficial creía que la tercera división no atacaría, y que en consecuencia la suerte estaba echada tanto para él como para O’Higgins y todos los valientes soldados que se preparaban para enfrentar el segundo y seguramente decisivo día de batalla.

El amanecer del 2 de octubre encontró a O’Higgins sobre el campanario de la Merced, oteando el horizonte en espera de la nube de polvo que anunciaría la movilización de la tercera división. Nada pudo observar que confirmara tal avance, pero sí vio claramente cómo los realistas iniciaban con furia el cuarto asalto a las trincheras de la plaza, avanzando principalmente por los caminos abiertos en el interior de las casas. Bajó a la carrera para ocupar su puesto en el combate, logrando rechazar nuevamente el envión realista, pero esta vez a costa de grandes pérdidas que dejaron los bastiones tapizados de muertos y heridos. Se estaba luchando con un denuedo y salvajismo como nunca antes se había visto desde que se iniciaran las acciones militares en esta gesta emancipadora. Tal como habían pronosticado los jirones negros cosidos a las banderas clavadas en cada trinchera al iniciarse el sitio, no se estaba dando ni pidiendo cuartel: victoria o muerte era la consigna, pero cada vez estaba más claro que la muerte le correspondería a los patriotas y la victoria a los realistas.

A las diez de la mañana, Osorio ordenó la quinta embestida simultánea por los cuatro costados de la plaza. Esta vez la infantería realista, protegida por los cañones que disparaban su terrible metralla a bocajarro, alcanzó los maltratados muros de las trincheras y se inició en ellas un combate brutal cuerpo a cuerpo en el que las armas utilizadas eran principalmente bayonetas, sables y lanzas, y en el que los hombres se acuchillaban entre nubes de humo y polvo con un espantoso furor. Entre ellos estaba el alférez Sáenz, que ya ni sentía el dolor de sus heridas, ni la sed que abrasaba su enronquecida garganta, ni el cansancio de su brazo que continuaba repartiendo mandobles a diestra y siniestra con su pesado sable de caballería. Al igual que un sonámbulo, escuchaba como en sordina los ahogados gritos de los combatientes, los alaridos de dolor de los hombres que recibían los feroces golpes de su sable, y los disparos de los soldados que alcanzaban a encontrar el tiempo suficiente para cargar sus mosquetes y pistolas. Su nublada mente le repetía: «Tu suerte ya está echada; ahora es cuestión de tiempo que llegue tu hora». La resignación era tal que ni miedo a la muerte sentía. Solo una especie de impulso básico lo mantenía en pie y combatiendo con la misma entereza que había mostrado desde que se iniciaran las acciones el día anterior. La entereza del verdadero héroe.

Casi una hora de combate había transcurrido desde que se iniciara el quinto asalto, cuando se escuchó el grito eufórico del vigía de la Merced:

—¡Viva la patria! ¡Viva la patria!

El soldado había visto una gran polvareda a lo lejos, hacia el norte, y la interpretó como la esperada carga de la tercera división. Los ayudantes de O’Higgins corrieron de trinchera en trinchera anunciando el avance de Carrera y un renovado brío y entusiasmo recorrió las posiciones patriotas. Arriesgando el pellejo, Sáenz saltó sobre el parapeto y desde ahí al tejado de la casa más próxima para tratar de observar qué ocurría realmente, y pudo comprobar un confuso movimiento de tropas en la retaguardia realista, que —a pesar de su opinión de que Carrera no atacaría— efectivamente parecía un cambio de frente para resistir el avance de la tercera división patriota. Sin embargo, no podía saber que este movimiento no era otra cosa que una nueva vacilación de Osorio, quien enfrentado al reporte de bajas que continuaba recibiendo y ante el temor de un avance patriota desde el norte, había otra vez ordenado el cese del sitio y el repliegue a la línea del río Cachapoal. El coronel Quintanilla, exasperado, le hizo ver que las fuerzas de Carrera no podrían jamás rebasarlo y lo convenció de que bastaba con derivar contra él a la tropa de caballería comandada por el coronel Clemente Lantaño, que enfrentaba la trinchera norte, para neutralizarlo sin siquiera comprometer al resto de las fuerzas que atacaban la plaza.

Cuando Sáenz vio que la caballería de la tercera división, al mando de José María Benavente y Diego José Benavente, irrumpía entre el polvo arrollando la avanzada realista, se lo reportó a gritos a O’Higgins, quien ordenó inmediatamente un ataque hacia el norte para apoyar la operación, pero la misma improvisación impidió que el movimiento tuviera éxito y fue fácilmente rechazado por Quintanilla. Casi al mismo tiempo, surgió un nuevo grito del vigía apostado en la torre:

—¡Ya corren! ¡Ya corren!

—¿Quién corre? —preguntó O’Higgins, regresando a tomar posiciones en la plaza.

—¡La tercera división es la que corre, mi brigadier! —contestó desmayadamente Sáenz desde su posición en el tejado, observando cómo el coronel Quintanilla, rechazado el débil ataque patriota desde la plaza, tomaba el mando de los cuatrocientos jinetes de la caballería realista concentrada en la cañada y emprendía la carga contra los milicianos montados de Carrera, que sin siquiera intentar enfrentarlos se desbandaron en desordenada fuga, atropellando a la infantería en su huida.

Tras contemplar la acción desde la distancia, don José Miguel impartió de inmediato a los restos de la división la orden de replegarse hacia Santiago, e inició el levantamiento de su puesto de comando. Una vez confirmada la entrega de estas instrucciones —que sellaban definitivamente la suerte de la guarnición de Rancagua—, cedió el mando y la organización de la retirada a su hermano Luis, y abandonó el campo emprendiendo apresuradamente la marcha a la capital.



Todos comprendieron que la suerte estaba echada. Sin embargo, sabiendo que las tropas enemigas no darían cuartel, nadie pensó siquiera en capitular, ya que a todas luces era preferible caer combatiendo que morir rendidos y traspasados por las bayonetas españolas. O’Higgins, por su parte, se daba perfecta cuenta de que sus novecientos supervivientes, agotados ya por más de treinta horas de combate ininterrumpido, no podrían resistir mucho más. No obstante, con orgullo y admiración pudo observar cómo sus valientes fueron capaces de rechazar una vez más el asalto masivo del enemigo. Era ya la una del mediodía, y este era el sexto asalto realista que fracasaba desde el inicio del sitio.

Para los españoles era ya una imperiosa necesidad terminar con la obstinación chilena: esta tenía a Osorio bordeando la histeria, a sus oficiales desesperados por los constantes fracasos y a las tropas enfurecidas por sus crecidas bajas, que, a pesar de la notoria superioridad numérica que mostraban sobre los sitiados, continuaban aumentando con cada fallido intento de tomar la plaza.

Decididos a aplastar la resistencia de una vez por todas, procedieron a incendiar las hileras de casas que enmarcaban la calle de San Francisco en la trinchera sur, e iniciaron el más despiadado cañoneo que se había experimentado desde el comienzo del sitio. Esto cubrió la plaza de un pesado humo negro y elevó la temperatura a un grado máximo, empeorado por la falta de agua que impedía calmar la sed o por lo menos mojarse los labios partidos por la pólvora, que al entreabrirse para maldecir e insultar al enemigo mostraban los dientes ennegrecidos de tanto morder cartuchos. El caldeamiento de los cañones patriotas hacía que las cargas se inflamaran antes incluso de acercarles el fuego a la mecha, y varios de ellos explotaron entre sus servidores. Pero lo peor ocurrió cuando un madero en llamas cayó sobre las municiones acumuladas en el centro de la plaza, causando un pavoroso estallido que repartió pedazos de cureñas, armas y cuerpos destrozados por todo el perímetro.

La detonación paralizó por un momento las acciones, y un aturdido Germán Sáenz, tras levantarse del suelo donde lo había arrojado la onda explosiva, cubierto de polvo y astillas ardiendo, escuchó como en un sueño un toque de clarín que desde las líneas realistas llamaba a parlamentar. Mirando a través de los forados abiertos por el cañón en la trinchera, vio a un oficial español que precedido de una bandera blanca avanzaba por la calle de San Francisco intimando a la rendición. Una andanada fue la fiera respuesta y la lucha se reinició inmediatamente.

Sin embargo, el enemigo ya había rebasado las defensas y, sorteando las trincheras, estaba invadiendo la plaza. Eran las tres de la tarde y la resistencia estaba llegando a su fin. O’Higgins ordenó a los dragones y a todos los que pudieran conseguir un caballo que lo montaran y se prepararan para cargar contra los españoles a través de la plazoleta de la Merced. En un santiamén se ensillaron las cabalgaduras y doscientos ochenta dragones desenvainaron sus sables, reuniendo delante de ellos a las mulas de las cureñas, los carromatos de intendencia y cuanto carro tirado por animales encontraron para lanzarlos delante de ellos a modo de punta de lanza que abriera el camino. Los infantes que estaban en condiciones de hacerlo —Sáenz entre ellos—, y todos los que lograron hacerse con un caballo, se las arreglaron para montar también preparándose para la carga que los llevaría a la libertad o a la muerte. El brigadier dio la orden y los artilleros montados sobre las mulas de las cureñas y carromatos iniciaron la embestida contra las líneas españolas, seguidos de alrededor de quinientos desesperados guiados por el capitán Francisco Javier Molina y el mismo Bernardo O’Higgins. A pesar de la confusión causada por las cureñas y los carromatos, la reacción española no se hizo esperar, y una andanada recibió a los dragones, clareando sus filas y derribando cabalgaduras en espantosa agonía. El mismo O’Higgins, cuyo espantado caballo no logró superar la trinchera tendida por los realistas, fue desmontado y corrió el riesgo de caer en manos del enemigo. Mientras su ayudante, Domingo Urrutia, retiraba el obstáculo, sus asistentes, Jiménez, Soto y Astorga, le protegían heroicamente. De estos, el último fue mortalmente herido por un disparo. Afortunadamente, el brigadier logró reemplazar su agotado caballo por el de un realista muerto por Soto y escapar finalmente del asedio.

Casi la mitad de los jinetes patriotas quedaron tendidos en el trayecto, pero emergiendo a galope tendido de entre el humo y el polvo, el alférez Sáenz se vio de pronto cabalgando nada menos que al lado del mismísimo general Juan José Carrera y embistiendo furiosamente contra la última línea realista. Sin ser alcanzados por el desordenado fuego que los recibió, el joven oficial derribó de un sablazo a un húsar que temerariamente se incorporó para dispararle su carabina a quemarropa, y con un salto simultáneo ambos jinetes rebasaron la barrera enemiga y se encontraron súbitamente libres y galopando hacia el norte a campo traviesa.

En la plaza, en tanto, los enfurecidos españoles —encabezados por los fieros talaveras— se estaban entregando a toda clase de atrocidades contra los heridos y defensores patriotas que no habían conseguido una cabalgadura. Al saqueo indiscriminado de las casas de la ciudad, siguió la ejecución de los oficiales prisioneros y el remate a bayonetazos de los heridos, la violación masiva de las mujeres que se habían refugiado en las iglesias y el incendio del hospital, donde el sadismo llegó a tanto que las tropas se divertían disparando contra los heridos que, arrastrándose, intentaban escapar de las llamas. Afortunadamente, la llegada de Osorio y su estado mayor, aunque con gran esfuerzo, logró controlar la situación y poner fin a los desmanes.

La batalla había significado a las fuerzas patriotas la pérdida de aproximadamente 1.350 hombres, de los cuales 600 murieron, 400 estaban heridos y unos 350 fueron hechos prisioneros. Un poco menos de 400 logró salvarse, pero dejaron en la plaza prácticamente todo su armamento portátil además de los cañones. Los realistas, por su parte, sufrieron alrededor de 700 bajas entre muertos y heridos.

Al ponerse el sol, y ya al paso lento de su caballo, Germán Sáenz se volteó en su cabalgadura y miró en dirección a la ciudad de Rancagua, pero solo pudo observar en el horizonte lejano una negra columna de humo que se levantaba lánguidamente en la apacible calma y el silencio de la tarde.



El mutismo que coronó el término de la relación del joven teniente fue más elocuente que mil palabras. Después de un momento, fue Mr. Andrew Blest quien rompió el silencio.

—¿Cree usted, teniente Sáenz, que la incomprensible falta de acción de José Miguel Carrera fue premeditada? ¿Que el no socorrer efectivamente a los sitiados fue una decisión planeada deliberadamente para destruir a O’Higgins y con ello al más formidable oponente a sus propias ambiciones políticas?

El capitán Apablaza dirigió una rápida mirada a Sáenz y le advirtió con voz suave pero firme:

—Cuidado, teniente…

—No se preocupe, mi capitán —y luego, dirigiéndose a Mr. Blest—: No, mi estimado señor. No creo que el general Carrera hubiera planeado deliberadamente la destrucción del brigadier O’Higgins, y con él también la vida de los mil setecientos hombres que lo acompañamos en la plaza de Rancagua. Pero sí creo que el acercamiento de sus tropas debiera de haber sido más efectivo, de tal manera que el avance de la tercera división decididamente convenciera a los españoles de que existía una amenaza de ser atacados por la retaguardia. Ello nos habría dado un verdadero respiro, que muy probablemente nos hubiese permitido romper el cerco antes y salvar así a bastantes más que los magros cuatrocientos jinetes que logramos escabullirnos de la plaza. La historia, entonces, habría sido definitivamente distinta, a pesar de que sigo siendo un convencido de que la tercera división por sí sola era incapaz de encarar adecuadamente a fuerzas tan aguerridas como las que enfrentamos ese ya lejano 1 y 2 de octubre de 1814.

El teniente hizo una pausa, para luego agregar con calor, fijando la vista en su superior con un dejo de desafío:

—Pero lo que jamás podré perdonarle es ese mensaje que envió con el valiente dragón que arriesgó su vida cruzando dos veces las líneas enemigas. Ese confuso y oscuro mensaje, que más parece una justificación ante el juicio de la historia que una confirmación de sus reales intenciones para con sus esperanzados subalternos.



Capítulo IX



1

–¡Oh, Dios! ¡Terrible relato el de este muchacho! —exclamó Cindy, después de caminar unos momentos en silencio—. Y lo peor es que esta guerra no tiene visos de terminar, por lo que son muchos más los jóvenes que todavía perderán irremediablemente la vida.

Estaban paseando por la pequeña huerta que crecía alrededor de la posada, aprovechando las bondades del atardecer otoñal que no obstante la época del año era mucho menos fría de lo que debía esperarse. Los demás viajeros de la partida estaban también diseminados por los alrededores, ya fuera investigando el poblado o preparándose para pasar la noche, por lo que William Mackay y Cindy se encontraron de pronto algo separados de los demás y caminando entre los árboles que crecían más allá de la huerta.

A pesar de que Sáenz había obviado evidentemente algunos pasajes demasiado fuertes de los sucesos que le habían tocado vivir, todos pudieron imaginar vívidamente la ferocidad con que se había combatido en esa terrible batalla casi tres años atrás.

—Cierto, Mrs. Buchanan. Pero por lo menos, en lo que respecta a este joven, ocurre que no solo sobrevivió a la batalla de Rancagua sino también a la de Chacabuco (donde no me cabe duda de que debió de batirse con la misma gallardía), por lo que dudo que se haya fabricado todavía la bala capaz de ponerlo fuera de combate —acotó Mackay.

—Probablemente todos los combatientes quieren creer eso, William: que no se ha fundido aún la bala que los borrará de este mundo. Pero, por desgracia, el destino, o lo que sea, termina por seguir sus propias leyes y unos mueren y otros no, y en esta fatal lotería no pesan ni sus creencias, ni su comportamiento en esta vida, ni su calidad de hombres buenos o malos, leales o traidores, cobardes o valientes. Y mi propia experiencia prueba que muchas veces son más los hombres buenos que los malos los que caen.

El ballenero prefirió callar, al advertir que la conversación estaba tomando un rumbo peligroso que inevitablemente conduciría a la situación personal de Cindy, cuyo marido —sin duda considerado en el campo de los «hombres buenos»— probablemente había estado también entre los que creían que la bala que llevaba su nombre no se había fabricado aún. Lejos estaba William de siquiera sospechar que Robbie hasta había deseado morir en ese combate lejano, para así expiar la que consideraba su terrible traición a Cindy. Como lejos estaba también de imaginar que en quien pensaba en ese momento la mujer era precisamente en él, y en sus descabellados planes de echarse al mar como un corsario, que lo convertían en un candidato cierto a ponerse en el camino de una bala española.

Mirándola de reojo, la sorprendió observándolo, y algo en la profundidad de sus ojos le dijo que este sería algo más que un simple viaje juntos. Sin poder contenerse, musitó quedamente, al tiempo que daba un paso hacia ella:

—Mrs. Buchanan…

Ella lo miró por un momento sin decir palabra, para luego, tras sacudir suavemente la cabeza, como si espantara un súbito pensamiento, girar sobre sus pies en dirección a la casa.

—Creo que deberíamos regresar, William.

Al pasar a su lado, William extendió la mano para coger la suya, y ella se detuvo con un ligero respingo. Sin retirarla, pero evitando levantar la vista, se quedó quieta, en silencio, como si no se atreviera a romper un encanto mágico, sin osar interrumpir la sensación cálida pero al mismo tiempo tan turbadora que se transmitía por sus dedos, que hasta la hizo estremecerse como si de pronto se hubiese expuesto a una súbita corriente de aire.

El hombre, notando la reacción, intentó atraerla hacia sí, apretando y tirando suavemente de su mano, pero ella —aunque respondiendo a la presión de sus dedos— no hizo amago de moverse y continuó en su lugar sin mirarlo, pero tampoco intentando alejarse.

—Oh, Mrs. Buchanan; Cynthia… —repitió el marino, dando otro paso hacia ella e inclinándose lentamente para besarla. Sus labios ansiosos alcanzaron a rozar los de la mujer, sintiéndolos sorprendentemente frescos, como si los acabase de humedecer en el agua dulce y fría de algún límpido manantial, pero ella, primero a punto de ceder a la caricia y luego luchando contra sus propios deseos, apartó la cara con suavidad.

—No, William, por favor. Deténgase, o no podré seguir diciendo que no. Por favor, no podemos hacer esto. No ahora. No aquí. ¡Por favor…!

En ese preciso instante, se sintió el trote de caballos que se acercaban en su dirección, por lo que Mackay —muy a su pesar— tuvo que apartarse de Cindy ante el temor de que fueran descubiertos en una situación más que comprometedora para el honor de una dama casada. Luego, al ver la expresión de la cara de la muchacha, que él interpretó como una mezcla de estupor, rechazo y turbación, balbuceó avergonzado:

—Lo siento mucho, Mrs. Buchanan. Le ruego que me perdone. Créame que estoy muy avergonzado de mi comportamiento, que simplemente no tiene excusas.

—No se disculpe, Mr. Mackay. Creo que yo tengo más responsabilidad que usted en lo que sucedió, o estuvo a punto de suceder. Por favor, le ruego que me acompañe hacia donde están los demás viajeros.

Al salir del amparo de los árboles se encontraron casi frontalmente con tres jinetes que se dirigían también hacia las casas, usando como atajo el bosquecillo que crecía junto a la huerta. Uno de ellos resultó ser el piloto del Águila, Mr. John Young —que, aunque tarde, se incorporaba a la partida de viajeros porteños invitados al homenaje a San Martín—, y sus acompañantes dos jóvenes marinos británicos que fueron presentados como Mr. Edward Budge y Mr. Thomas Martin.

—Encantada de conocerlos, caballeros. ¿Asistirán ustedes también al homenaje al general San Martín en Santiago? —saludó con absoluta naturalidad una sonriente Cindy, mientras extendía su mano a Mr. Budge, quien desmontando rápidamente de su caballo se apresuraba en inclinarse para besársela galantemente. Mackay se sorprendió de la rapidez con que la muchacha parecía haber recobrado el aplomo.

—A la recepción oficial no, Mrs. Buchanan, puesto que no estamos invitados —contestó Budge—. Pero no quisimos desaprovechar la oportunidad que se nos presentaba para conocer la capital del país.

—Lamentablemente los compañeros de viaje que escogimos resultaron ser un tanto alborotadores y bochincheros —agregó Mr. Martin—, por lo que decidimos aceptar la cordial invitación de Mr. Young a que nos uniéramos a él y continuar el trayecto en su compañía.

—Pues si sus anteriores compañeros de viaje incluían la presencia de un gigantón pelirrojo y borrachín, dueño de un vozarrón impresionante, no me cabe ninguna duda de los alborotadores, pendencieros y bochincheros que dichos acompañantes pueden haber sido —acotó Mackay, incorporándose a la conversación mientras estrechaba las manos de los dos ingleses y saludaba a Young.

—Efectivamente. El grupo está encabezado por un personaje de tales características, al que además le falta la mitad de una oreja —confirmó Martin.

—¡Fleming! —exclamó Young, riendo—. ¡Ya lo creo que la compañía debe de haber sido más que bulliciosa!

—¿No era ese el antiguo carpintero de su buque, Mr. Mackay? —preguntó Cindy.

—Así es, Mrs. Buchanan. Y más vale que su grupo llegue a Casablanca cuando ya nos hayamos ido, porque ocurre que quien le voló la oreja a Neil Fleming fue nada menos que nuestro buen amigo el teniente Sáenz, y no quiero pensar en lo que podría ocurrir cuando esos dos se vean las caras de nuevo.

—¡Buen Dios! ¡Pero no puedo creer que el teniente Sáenz sea capaz de atacar a Mr. Fleming solo por toparse otra vez con él!

—Sáenz, no. Estoy absolutamente de acuerdo con usted. Pero de un salvaje como Fleming se puede esperar cualquier cosa, y entonces Sáenz se vería obligado a defenderse. No obstante, no se preocupe, Mrs. Buchanan; lo más probable es que cuando Fleming y su gente lleguen a Casablanca nosotros ya estemos lejos de aquí. Por otra parte, aunque llegasen a coincidir, estando yo presente estoy seguro de que puedo contener a Neil como ya he hecho otras veces, además de que el hombre no es precisamente un estúpido y no va a arriesgarse a cometer una tontería mayúscula solo por dejarse llevar por su carácter explosivo.

—Espero que sea así, aunque yo no estoy tan convencido —comentó Young, moviendo la cabeza con incredulidad. Pero luego, al apreciar la mirada asesina que le echaba Mackay por debilitar sus argumentos dirigidos a tranquilizar a la señora, se apresuró en agregar—: No se preocupe, Mrs. Buchanan; Mr. Mackay es lejos quien mejor conoce a Fleming, por lo que estoy seguro de que su apreciación es la correcta.

Thomas Martin cruzó su mirada con la de William Mackay y no pudo evitar reírse de buena gana, contagiando luego a todo el grupo, que llegó de excelente humor a la posada para reunirse con los demás viajeros de la partida que aún no se habían retirado a sus habitaciones. Cindy conversaba animadamente con todos y parecía totalmente dueña de sí, de tal manera que al ballenero —que la observaba de reojo y con indisimulada admiración por su evidente aplomo—, hasta le pareció que el breve beso que le había robado no había sido más que un sueño. Tocándose los labios levemente con los dedos, miraba hacia la sonriente belleza rubia asombrándose de la capacidad innata que parecían tener algunas mujeres para disimular sus emociones, aunque estas fueran tan fuertes como, sin duda, debía de haber sido para ella la experimentada en el encuentro que acababan de tener.

Pero, de pronto, sus miradas se cruzaron, y el brillo de esos ojos azules le confirmaron que no lo había soñado, que sí había ocurrido, y que la misma emoción, el mismo palpitante amor y el mismo turbador deseo insatisfecho estaban latiendo en ella con tanta fuerza y poder como dentro de él. Y sintió ganas de gritárselo a todos.



2

Al día siguiente, a las ocho y media de la mañana, después de un descanso no tan reparador como algunos hubiesen querido —consecuencia del despiadado y constante ataque de verdaderas hordas de pulgas, que se ensañaron con los pobres viajeros que optaron por dormir en los camastros que ofrecían la fonda y la casa del alcalde—, todo el grupo se reunió para desayunar y prepararse para enfrentar la cuesta de Zapata, segunda etapa en su viaje a la capital de Chile.

Mackay —afortunadamente para él, ya que con ello evitó el ser también «cosechado» por las voraces pulgas— había rechazado finalmente el gentil ofrecimiento de los señores Blest y Bunster, cediendo su lugar en la habitación del alcalde a un emocionado y agradecido John Young (que lamentablemente, a la mañana siguiente, ya no parecía tan agradecido ni emocionado), y decidió pasar la noche con los oficiales chilenos y los recién llegados Edward Budge y Thomas Martin. A pesar de las barreras idiomáticas, los cinco hombres disfrutaron enormemente de su mutua compañía, que fue además realzada por una interesante degustación de licores nacionales típicos: media botella de ginebra inglesa, aportada gentilmente por Mr. Edward Budge; un litro de aguardiente de Doñihue, orgullosamente presentado por don Gonzalo Apablaza; una botella de ron jamaicano, cedida algo a regañadientes por Mr. Tom Martin, quien aseguró haberla salvado hasta de un huracán caribeño en espera de alguna ocasión especial, y una petaca llena de whisky escocés, como grata contribución de Mr. William Mackay.

La cara con que se presentaron a la mesa el teniente del ejército de Chile Germán Sáenz y el ex guardiamarina de la Royal Navy Mr. Edward Budge denunciaba claramente que ninguno de los dos estaba acostumbrado a estas sesiones de «degustación» de bebidas alcohólicas, sobre todo cuando Sáenz miró el par de enormes huevos fritos que pusieron frente a él y que le hicieron levantarse apresuradamente y huir despavorido del comedor, con una mano sosteniéndose el estómago y la otra sobre la boca, tratando de detener el flujo incontenible de sus náuseas.

Cindy, quien parecía no haber sufrido el embate de las pulgas, ya que se veía tan fresca y luminosa como siempre (por lo menos a los ojos de Mackay), miró al ballenero con un aire interrogativo, pero este —en señal de total ignorancia respecto a los motivos del aparente malestar de Sáenz y Budge—, le devolvió, junto con un extrañado encogimiento de hombros, la que esperaba fuera su más límpida mirada de inocencia. No obstante, el brillo risueño y burlón con que le respondieron los ojos de la muchacha le indicaron claramente que no la había engañado ni por un momento.

Finalmente, una vez pagada con generosidad la hospitalidad recibida, se armaron los carros, se ensillaron los caballos, y el grupo de viajeros —despidiéndose de las gentes del pueblo enfiló hacia la cuesta y reinició la marcha.



La ruta que enfrentaban ahora, recién transcurrido el primer tercio del viaje, consistía en un camino recto que conducía directamente desde Casablanca hasta la base de la Cuesta, corriendo entre dos filas de hermosos árboles —sauces, molles, maitenes y otros—, que formaban pequeños bosquecillos, más frondosos a medida que se acercaban a la base del cerro.

A pesar de lo agradable y soleado de la mañana, los viajeros estaban definitivamente menos conversadores que el día anterior —probablemente por los efectos de la «resaca» alcohólica que estaban sufriendo algunos de ellos—, y casi todos se limitaron simplemente a disfrutar del paisaje. La excepción la constituía la siempre inquieta Margarita, quien, mirando al teniente Sáenz —que cabalgaba a la cabeza de la columna y que esta vez no parecía sentirse con ánimos como para lucir ante las damas sus atributos de jinete—, le preguntó de pronto a Cindy:

—Mrs. Buchanan, ¿ha estado usted alguna vez enamorada de dos hombres al mismo tiempo?

Cindy casi se cayó del caballo.

—What…!? —y luego, bajando la voz al tanto que miraba sobresaltada a ambos lados, asegurándose de que nadie más había escuchado tal exabrupto—: ¿Qué dijiste, niña, por Dios? ¿Por qué preguntas algo así?

—Es que, como usted bien sabe, yo amo con toda el alma a mi dulce Jimmy. Pero ahora ocurre que tampoco puedo dejar de pensar en el teniente Sáenz…, y sencillamente no sé qué hacer. ¡Es tan valiente, tan gallardo, que no puedo evitar mirarlo sin que mi corazón se estremezca! Pero, claro, no puedo darles esperanzas a ambos, ¿cierto? Y tampoco sería justo para ellos, ¿no lo cree así?

—Bueno, claro que no sería justo para ellos —replicó Cindy, con un ahogado suspiro de alivio al darse cuenta hacia dónde apuntaba la cosa, para luego agregar muy seria, mientras extremaba sus esfuerzos para contener la sonrisa que amenazaba con escapársele—: Especialmente, mi niña, cuando ninguno de los dos siquiera sospecha el terrible dilema que tu corazón está viviendo. ¿Y desde cuándo sientes este amor tan avasallador por el teniente Sáenz? ¿Podría ser desde que escuchaste su relato de la batalla de Rancagua?

—Bueno, sí. Creo que ahí me enamoré de él.

—En tal caso, y hablando muy en serio, yo no me preocuparía tanto por ello, mi preciosa y pequeña Margarita. Puede que ahora no lo comprendas, pero lo más probable es que lo que tú crees sentir por el teniente Sáenz no pase de ser lo que en inglés llamamos una infatuation, es decir, una suerte de encaprichamiento amoroso que tiene su base, en este caso, en la admiración que sientes por su comportamiento en esa batalla. Pero esa especie de espejismo, aunque pueda inicialmente confundirse con el amor, no es precisamente amor, ya que hay otros ingredientes que agregar para que el verdadero sentimiento fluya como un torrente.

—¿Eso quiere decir que mi verdadero amor sigue siendo Jimmy? ¿Y qué hago respecto de Germán entonces?

—Pues creo que no hay nada que puedas hacer, Margarita. Solo el tiempo dirá. Pero debes darte cuenta de que tanto tú como Jimmy solo sois unos niños, y que hasta puede ocurrir que jamás lo vuelvas a ver. Sí, y lo siento, querida, pero aunque te sea doloroso tienes que recordar que el muchacho es un marino británico que navega en un ballenero que ni siquiera es seguro que vuelva a recalar en Valparaíso alguna vez.

—¿Y Germán? —musitó con los ojos llorosos la pobre muchacha—. ¿Tendré alguna esperanza con él?

—Mi pequeña, lamentablemente mi impresión es que el teniente Sáenz ni siquiera se ha percatado de tus…, bueno, veamos, llamémoslos «sentimientos» hacia su persona. Mi consejo es que no hagas nada al respecto y que simplemente dejes que las cosas pasen y se den solas. A veces esa es la mejor solución.

La chica casi se echó a llorar ahí mismo, por lo que Cindy, enternecida, acercó aún más su caballo al de la muchacha y estirando una mano le acarició la mejilla.

—Bienvenida al mundo de los adultos, mi querida niña.

El viaje continuó tranquilamente por unos veintidós kilómetros hasta alcanzar la base de la cuesta, cuyas innumerables vueltas comenzaron a subir sin dilación. Tomasa y María de los Santos —las otras dos damas de la partida—, que no montaban y preferían la comodidad del carruaje (y a quienes recién salidos de Casablanca se había sumado gustoso «Santiago» Hurrel, ahorrándose así la tortura de cabalgar), tuvieron ahora desafortunadamente que apearse en varias oportunidades para aliviar de peso al vehículo. Cada vez que ello ocurría, todos los hombres —por la cortesía y el respeto debido a las damas— desmontaban también, lo que obviamente demoraba de forma substancial la rapidez del ascenso. Así, entrando ya en la tarde, la pequeña expedición, encabezada por el capitán Apablaza y el teniente Sáenz, seguidos por los señores Budge, Blest y Bunster, luego por el carruaje escoltado por Mackay, Martin, Hurrel y Young, y por último, por las mulas que tiraban los peones y que llevaban las provisiones y bultos que no tenían cabida en el carro, serpenteaba lentamente trepando por la ladera del cerro.

En un recodo del camino, en que nuevamente las hermanas tuvieron que descender del coche para enfrentar a pie un tramo relativamente largo, Cindy y Margarita decidieron ceder a las damas chilenas sus caballos —los únicos ensillados con monturas femeninas— para que sendos peones los guiaran de la rienda, evitándoles así el tener que caminar. Inmediatamente, Mackay y el teniente Sáenz —con la evidente emoción de Margarita— se acercaron a Cindy y a la muchachita e, inclinándose, las ayudaron a montar a la grupa de sus respectivas cabalgaduras. Ambas, sentadas de costado, tuvieron que sujetarse fuertemente de la cintura de sus caballerosos jinetes para poder mantenerse sobre los caballos, sobre todo cuando estos enfrentaban tramos empinados y complicados de trepar.

Esta medida contribuyó eficientemente a mejorar el ritmo de marcha, de tal modo que muy pronto se encontraron todos observando el bellísimo paisaje que se desplegó a su vista al llegar a la cima, partiendo por el ondulado valle que yacía a sus pies —conocido como el Cajón de Zapata—, sus boscosas hondonadas y, al fondo, enmarcándolo todo desde el horizonte lejano, la imponente presencia de las montañas nevadas. Para Mackay, en todo caso, lo más excitante era sentir la presión de los senos de Cindy en su espalda, por lo que con gran pesar tuvo que resignarse a ayudarla a desmontar para que Tomasa le devolviera su caballo, quien ahora podía nuevamente retomar sin mayores complicaciones su lugar en el carruaje. El ruboroso agradecimiento de Margarita a Germán Sáenz, por su parte, dejó a este último absorto y confundido, sin entender mucho qué estaba pasando.

Tras conceder un breve descanso a los caballos y peones —que habían hecho todo el trayecto a pie—, que permitió a los que recorrían esta ruta por primera vez deleitarse a sus anchas con el asombroso paisaje, se inició el descenso hacia el Cajón, llamado así por ir el camino encerrado entre dos cerros y terminar en una quebrada. Al fondo de esta quebrada se oía correr el agua de un arroyo, pero la arboleda era tan frondosa que lo pudieron ver solo una vez, cuando ya en el llano cruzaba el camino, ocultándose nuevamente entre los bosques. En cambio sí divisaron abundante caza —principalmente perdices, torcazas y zorzales—, lo que despertó el instinto cazador de algunos viajeros y llevó al señor Bunster a sugerir que probaran puntería, bajo el pretexto de que así podría reforzarse el almuerzo que suponía sería bastante magro en la siguiente casa de postas. La sugerencia fue aceptada y el Cajón pronto se estremeció con el ruido de los disparos —que espantaron, además, grandes bandadas de unos bulliciosos loros de plumaje verde-amarillento—, con los que se lució principalmente el teniente Sáenz, quien cobró la mayor cantidad de piezas.

Saliendo del Cajón dieron inmediatamente con la casa de campo que prestaba el servicio de postas. El matrimonio dueño de la casa les invitó gentilmente a compartir su comida, que a pesar de los pesimistas pronósticos de Mr. Bunster resultó ser abundante y sustanciosa: a un delicioso charquicán (el popular plato chileno preparado con puré de papas, carne picada y legumbres, y sazonado con bastante pimienta y ají), le acompañaban una jarra de leche fresca, un buen trozo de queso y un jarrito de aguardiente (que hizo que Mr. Budge se pusiera pálido con solo olerlo). Al sumarle las perdices y torcazas aportadas por los huéspedes, este simple almuerzo tardío terminó convirtiéndose en un verdadero y aplaudido banquete.

Una vez recuperaron las fuerzas y los animales hubieron descansado, se reinició la marcha en dirección al poblado de Curacaví, enclavado en el fértil valle del mismo nombre y que se encuentra al lado de un ancho riachuelo en la base de un cerro. El pueblo resultó ser en extremo pintoresco, con sus huertas y jardines, pero en virtud de la hora se decidió simplemente vadear el río Curacaví y continuar hacia Bustamante, en la base de la cuesta de Lo Prado, para pasar ahí la segunda noche de viaje. La impericia de James Hurrel como jinete, sin embargo, casi arruinó todos los planes, ya que al cruzar el río su caballo perdió pie y el marino dio con su humanidad en el agua, emergiendo unos metros más allá empapado hasta los huesos y conteniendo a duras penas la sarta de improperios que la indignación y su lengua materna le dictaban. Pasado el susto, y al darse cuenta de lo ridículo de su aspecto —de pie en la mitad del riachuelo con el agua hasta las rodillas, una bota perdida, sin sombrero y con el desatado pelo cayéndole mojado y en total desorden sobre la cara—, cambió su indignación por una sonora carcajada que fue inmediatamente coreada por su esposa Tomasa, quien —primero asustada al ver a su marido desaparecer bajo las aguas—, ya superado el peligro, no pudo evitar reírse del pobre aspecto que su marido presentaba. El grupo entero —incluidos los peones—, se sumaron a las risas cuando escucharon el triunfante grito de «¡Victoria!» emitido por el teniente Sáenz, quien introduciendo su caballo en el río había logrado atrapar la bota perdida y mostraba su trofeo en alto en la hoja de su sable.

El grupo continuó la marcha, en tanto Hurrel se cambiaba la mojada indumentaria tras unos árboles, y alcanzó la casa de postas del villorrio de Bustamante al anochecer. Nuevamente todas las mujeres —y una vez más la excepción la constituyó Cindy— dieron muestras de extrema fatiga, por lo que luego de una frugal cena como compensación al copioso almuerzo disfrutado en el Cajón de Zapata, las damas se retiraron a descansar. Todas las habitaciones tenían suelo de tierra, aunque estaban limpias y barridas, y mostraban unos armazones de madera sobre los cuales los viajeros debían armar sus propias camas, lo que al menos tenía la ventaja de disminuir el riesgo de sufrir otro voraz ataque de pulgas como el experimentado la noche anterior en Casablanca.

William Mackay, muy a su pesar, no tuvo esta vez la oportunidad de conversar ni menos pasear con Cindy Buchanan, ya que la mujer se las arregló para evitar a toda costa un nuevo encuentro a solas. Sin embargo, la intensidad de sus miradas le dijo claramente que la promesa implícita en ese «No ahora. No aquí…» musitado en Casablanca seguía vigente. En vista de ello, ya que no tenía ganas de retirarse a dormir todavía, se dedicó a matar el tiempo fumando su pipa y compartiendo un trago con Martin, Hurrel y Budge (aunque este último esta vez prefirió beber solo agua fresca), hasta que inesperadamente la conversación tomó un rumbo interesantísimo, puesto que Tom Martin y Edward Budge resultaron estar en Chile exactamente por las mismas razones que Mackay, James y Fleming. Es decir, buscaban una oportunidad que los llevara a la fortuna con la espada en la mano, y que no pasara necesariamente por el trámite de enrolarse como oficiales en la naciente marina chilena. En otras palabras —concluyó Mackay—, como él mismo, había encontrado a un par de perfectos candidatos a corsarios.



Al día siguiente, muy temprano, cuando el reloj no marcaba todavía las siete de la mañana, la partida de viajeros abandonó Bustamante y tomó el camino que a través de un terreno abrupto y montañoso conducía a la cuesta de Lo Prado. La vegetación, esta vez, estaba constituida casi exclusivamente por el venenoso arbusto conocido como litre y por abundantes espinos, arbolitos poco agraciados de crecimiento desordenado pero que producen una pequeña flor amarilla que supuestamente ahuyenta la polilla, por lo que las chilenas acostumbran a guardarla en sus baúles, y cuya madera —según informó el capitán Apablaza— constituye la mejor leña que puede hallarse en el país «porque arde bien, no echa humo y deja una muy buena brasa». En las hondonadas cercanas a la cuesta comenzaron a mostrarse, además, pequeños bosques de aromos, árboles que pueden alcanzar troncos de bastante grosor y que florecen temprano en agosto, como un alegre anticipo de la primavera, entregando unas hermosas flores como racimos, también de vivo color amarillo y de una fragancia exquisita.

Sin que pareciera haber transcurrido mucho tiempo, pronto se encontraron de lleno subiendo la sinuosa huella labrada en la ladera de la montaña, con sus aterradores precipicios abriéndose a pique sobre las verdes y boscosas profundidades. Acariciados por la fresca brisa que el recién asomado sol era todavía incapaz de entibiar, avanzaban envueltos en un grato silencio matinal solo alterado en ocasiones por los gritos con que invisibles muleros arriaban a sus animales, que el eco les hacía llegar rebotando por la sierra. Apenas en dos oportunidades pudieron ver una de estas recuas de mulas, bastante más arriba que ellos pero igualmente serpenteando con lentitud por las cincuenta y seis vueltas de la Cuesta, conduciendo mercaderías a la capital.

El ritmo de marcha fue más rápido esta vez, ya que por la experiencia ganada en el cruce de la cuesta de Zapata se decidió que Tomasa y María de los Santos montaran desde un principio a la grupa de otros jinetes —evitando el tener que desmontar a Cindy y Margarita de los dos únicos caballos que portaban monturas femeninas y aliviando así al carruaje de una parte de su peso. De esta manera, Tomasa emprendió la subida abrazada a la cintura de su marido (aunque un peón, a pie, tiraba de la rienda, en virtud de las evidentemente limitadas dotes ecuestres mostradas por el marino), en tanto que a María de los Santos le correspondió hacer lo propio sujetándose del teniente Sáenz, lo que puso a una desilusionada Margarita en amarillos aprietos para ocultar sus celos.

La trabajosa subida les tomó toda la mañana, hasta que finalmente, sin lamentar mayores inconvenientes que los considerados normales en una ruta como esta —incluyendo el atascamiento de una de las ruedas en una grieta y todo el trabajo de descargar el coche, empujar hasta lograr zafarlo y luego cargarlo de nuevo—, el grupo alcanzó la cumbre de la cuesta de Lo Prado para encontrar uno de los paisajes más maravillosos que Chile puede ofrecer extendido a sus pies.

Al conjunto constituido por la bien cultivada llanura de Santiago —salpicada aquí y allá por manchones de frondosa arboleda y regada por los ríos Mapocho y Maipo—, la serena laguna de Pudahuel —que se distinguía claramente a la luz de la mañana junto a los riachuelos de Lampa y Colina— y la misma ciudad —que se percibía tranquila a través de sus blancas torres y campanarios—, se sumaba la imponente majestuosidad de la cordillera de los Andes que se alzaba al fondo en todo el esplendor de su cercanía, con la magnificencia de sus picos eternamente nevados reduciendo a los cerros de los alrededores a meras cumbres insignificantes, y conformaba un cuadro de tal belleza que bastaba por sí solo para causar en los espectadores un profundo recogimiento, aun en aquellos que no era la primera vez que presenciaban este espectáculo asombroso.

—¡Dios mío! ¡Qué extraordinaria vista! ¡Si son majestuosas! ¿No le parece, Mr. Mackay? ¡Y pensar que llevo tres años viviendo en este país y jamás había tenido la oportunidad de mirar estas montañas tan de cerca!

—Impresionantes en verdad, Mrs. Buchanan. Hacen que nuestras Scottish Highlands, de las que nos enorgullecemos tanto, parezcan simples colinas al lado de esta imponente cordillera.

—Pues lo mismo pensé yo cuando las vi por primera vez, capitán Mackay. Estas montañas son tan altas que, como usted debe de haber notado también, se divisan desde el océano mucho antes de que aparezca la línea de la costa. ¿Sabe usted qué altura alcanzan? —intervino Mr. Bunster.

—Tendré simplemente que aventurar una cifra: ¿unos doce mil pies?

—Pues, no estuvo mal, nada mal. Los Andes centrales tienen un promedio de altura de unos trece mil pies, aunque hay cumbres, como el Aconcagua y el Tupungato, que se supone se elevan sobre los veintidós mil pies.

—¡Veintidós mil pies! Eso supera a cualquier montaña europea, ¿no es así? —intervino Mr. Budge.

—Efectivamente, ni las cumbres más elevadas de los Alpes se aproximan a esa altura —confirmó Mr. Bunster, para agregar luego, dirigiéndose a Cindy—: Y ello supera a las montañas norteamericanas también, ya que los picos más altos de las Rocky Mountains tampoco rebasan los quince mil pies.

—Bueno, ya lo dije: son simplemente majestuosas —acotó Cindy, mientras continuaba mirando el paisaje que se ofrecía a su vista con concentrada atención.

—Disculpen, damas y caballeros, pero deberíamos continuar, pues ya falta lo menos para llegar a la ciudad —interrumpió en español el capitán Apablaza.

Las palabras del oficial y el ver tan cercana la meta causaron en los más cansados el efecto de una inyección de entusiasmo, por lo que apresuradamente el grupo reinició la marcha con alegría y renovados bríos, enfrentando una bajada que resultó ser bastante rápida, ya que la última cuesta hacia el plano era mucho más corta y acentuada que las de la subida. Una vez en terreno plano, un corto trayecto los llevó frente al estero Pudahuel —último obstáculo natural antes de la capital—, que cruzaron siguiendo las señales e instrucciones del «vadero», un viejo ladino que a cambio de unas monedas pagadas por los viajeros se encargaba de marcar el vado más seguro, ya que el continuo desplazamiento de las arenas del fondo lo cambiaban constantemente de lugar, haciendo muy peligroso el aventurarse a cruzar el torrente sin la ayuda de este personaje que lo conocía como la palma de su mano.

Cruzado el río, pudieron observar que un birlocho se les aproximaba a trote rápido desde la ciudad, y en él Owen Bunster pudo reconocer a su amigo el doctor Cox, en cuya casa estaba planeada una gran cena de bienvenida a los viajeros y donde se hospedaría una buena parte del grupo: el mismo Mr. Bunster, Andrew Blest, el matrimonio Hurrel, María de los Santos, Margarita y Mrs. Cynthia Buchanan.

—Welcome, welcome, my friends, my dear ladies!29

¡Sean ustedes muy bienvenidos a Santiago! Nos tenían algo preocupados, ya que los esperábamos tres días atrás. ¡Qué dicha ver que han llegado sin problemas!

El doctor Nathaniel Cox era un ciudadano británico que llevaba veinte años residiendo en Santiago, y que tras una larga batalla contra la superstición, los prejuicios y la natural reticencia de una comunidad fieramente católica —parte de la cual todavía consideraba a los protestantes como a unos herejes demoníacos— había logrado finalmente afianzar un merecido prestigio como médico practicante. Su amistad con Owen Bunster databa de la fecha en que este había arribado a Chile —casi trece años atrás—, y se había convertido en algo natural, considerando que eran prácticamente los únicos ingleses que vivían en Chile en esos días. A pesar de que Bunster había fijado finalmente su residencia en Valparaíso, ambos hombres y sus respectivas familias se reunían por lo menos un par de veces al año, además de intercambiar una nutrida correspondencia.

Ello explicaba su efusiva alegría al encontrarse nuevamente con su amigo y sus acompañantes y, como extensión de ella, el cordial recibimiento brindado también a los miembros del grupo que le eran desconocidos, que también fueron invitados a la cena organizada como bienvenida.



3

—Debo decirles qué estoy muy contento de tenerles aquí, mis queridas damas y caballeros. Me siento muy honrado de tenerles en mi hogar, y permítanme una vez más extenderles la más cordial de las bienvenidas a este Santiago del Nuevo Extremo, ciudad capital del antiguo Reino de Chile.

Dicho lo cual, el doctor Cox echó para atrás su silla en la cabecera de la mesa y poniéndose de pie levantó la copa hacia sus invitados.

—Por ustedes, señoras y señores. Brindo por su salud, y que Dios los bendiga.

Todos los hombres le imitaron levantándose también y alzando sus copas.

—¡Salud!

Se encontraban en un salón grande y espacioso, con una mesa de comedor enorme ubicada en el centro de la habitación y capaz de acomodar no solo al dueño de la casa y a su esposa, sino también a toda la comitiva de viajeros —incluidos los señores Edward Budge y Thomas Martin—, además de a un grupo de amigos y familiares de los anfitriones. La casa era muy agradable, y Mackay había quedado asombrado por su gran tamaño y por la ingeniosa disposición de sus habitaciones, bastante distinta de las que había visto en Valparaíso.

Como casi todas las casas chilenas, esta era de un solo piso, consecuencia natural de un país asolado por constantes temblores, lo que explicaba también las gruesas murallas de adobes de barro amasado de más de un metro de anchura. Sus blanqueadas paredes mostraban apenas una única ventana hacia la calle, fuertemente protegida con una reja de fierro ornamentado, pero el contraste con el techo de tejas rojas de amplio alero le daba al conjunto un alegre aspecto. La única entrada estaba constituida por un portón de gruesos tablones con pesados goznes de hierro, que al ser traspasado enfrentaba al visitante con un patio que conducía a un portal, desde el cual se abrían a los lados las habitaciones. Esta distribución permitía que todos los aposentos de la casa quedaran unidos por un mismo pasillo interior en cuadrángulo, cubierto también por un alero de tejas rojas y que enmarcaba un amplio jardín y huerto regado por una de las acequias que se introducían desde la calle. Una sencilla fuente de piedra, levantada en el centro de este jardín, contribuía con el tranquilizador sonido de sus aguas a realzar aún más la belleza y paz del singular ambiente.

El obligado recorrido por la ciudad hasta la residencia del doctor Cox había llamado favorablemente la atención de Mackay, quien tomando como base las pobres construcciones y magras comodidades de Valparaíso no esperaba encontrar obras tales como el puente de Cal y Canto, imponente con sus cinco arcos, ni los sorprendentes Tajamares del Mapocho, levantados para detener los desbordes del río. Las calles, anchas y pavimentadas con piedras redondas del cerro San Cristóbal, con buenas veredas a ambos lados y cortadas en ángulo recto a la manera española, tenían todas una acequia de un metro de anchura que, bien alimentada por las aguas del Mapocho, permitía conservarlas en un adecuado estado de limpieza. Por su parte, los sobrios pero hermosos edificios —entre los cuales se distinguían especialmente la Casa de Moneda, el Cabildo, la Aduana y las iglesias de Santo Domingo y La Merced—, contribuían a ofrecer al visitante una imagen de ciudad ordenada y agradable.

La plaza principal o Plaza de Armas —que sorprendió gratamente a Cindy por su limpieza, especialmente al compararla con las que había visto en Río de Janeiro y Buenos Aires— también le resultó al marino de especial atractivo. Es que, gracias a la sencillez sin aspavientos que presentaban su gran fuente de agua y los edificios que la rodeaban, constituía un entorno armónico y bastante singular. De las edificaciones que la enmarcaban se distinguían especialmente la catedral —todavía en construcción y cubierta por un verdadero laberinto de andamios, pero ya anunciando su futura belleza—, el palacio arzobispal, de sobrias pero suaves líneas, y la residencia del gobernador, que levantada junto a la maciza estructura de la prisión cerraba el lado oriental de la plaza.

Apenas llegaron a la casa del doctor Cox, y mientras los criados se hacían cargo de los caballos y de descargar el coche, los viajeros fueron llevados a sus habitaciones, previamente asignadas, para que pudieran lavarse y cambiarse de ropas, en tanto se les preparaba un pequeño refrigerio frío consistente en trozos de pollo, queso, jamón serrano y aceitunas, acompañados de suaves bebidas refrescantes y vino blanco. El capitán Apablaza y el teniente Sáenz se excusaron, prefiriendo seguir rumbo hacia la casa de su familia el primero y hacia un alojamiento de oficiales el segundo, en tanto que todos los demás hacían los correspondientes honores a la comida y bebida. Mr. Budge y Mr. Martin se retiraron también casi de inmediato para iniciar la búsqueda de algún hotel donde alojarse durante su permanencia en Santiago, no sin antes prometer al doctor Cox que regresarían para participar de la cena de bienvenida, promesa que el buen doctor también obtuvo de los dos militares chilenos. Seguidamente, los dueños de casa dejaron a los huéspedes en absoluta libertad para que pudieran ocupar la tarde en actividades tales como el placer de la lectura, de la conversación o de una siesta para recuperarse del largo viaje, y para que las damas disfrutaran de tiempo a sus anchas para arreglarse adecuadamente para la cena.

William Mackay, a pesar de que en un principio había rechazado la cordial invitación del médico a hospedarse también en su casa —fundada en su intención de no abusar de la generosidad de su anfitrión, imponiéndosele como un huésped adicional e inesperado—, había terminado por aceptar el convite, descartando su idea original de buscar una posada en la ciudad. Y todo fue por la enfática afirmación de la señora Cox de que su estancia no constituía molestia alguna, además de que había habitaciones de sobra, lo que una vez dentro de la casa pudo comprobar.

Y ahora, cuando la suave penumbra del crepúsculo se extendía por las faldas de la cordillera, cubriendo poco a poco la ciudad, el ex ballenero se encontraba brindando de pie junto a los demás caballeros frente a la bien surtida mesa del enorme comedor de los Cox, poderosamente iluminado por una infinidad de candelabros que a juicio de Mackay no lograban competir con la luz que emanaba de la rutilante belleza de Cindy. La muchacha estaba sentada a su derecha, y levantaba también su copa en honor de sus anfitriones, hermosísima en un elegante pero sencillo vestido verde oscuro, con los rubios cabellos arreglados en un peinado de suaves y delicadas ondas que le caían como una cascada dorada sobre los hombros. Lucía como únicas joyas un par de aros de brillantes que hacían juego con un colgante de preciosa simplicidad, que colgaba de su grácil cuello mediante una fina cadena de oro y jugueteaba hipnóticamente en la suave hendidura de sus senos cada vez que se movía.

Al distribuir los lugares, Mrs. Cox había ubicado inocentemente a Cindy al lado de este alto, interesante y algo taciturno marino simplemente porque pensó que hacían una atractiva pareja. A su izquierda sentó a Tomasa de Hurrel, para que así Mackay tuviera a dos damas que hablaran inglés a sus costados, y frente a él a la linda María de los Santos, quien vistiendo uno de los trajes prestados por la norteamericana se veía arrebatadora en su estilo naturalmente dulce y sencillo. La muchacha chilena, a su vez, tenía a su izquierda al teniente Sáenz y a su derecha a Thomas Martin, ambos desviviéndose por atenderla a pesar de que ella solo parecía tener ojos para el ballenero, aun cuando cada vez que este la miraba, ya fuera al pasar o por seguir el curso de la conversación, ella desviaba inmediatamente la vista. Esto tenía algo intrigado a Mackay —que ya había notado anteriormente las tímidas miradas de la muchacha—, pero como era tal la atracción que sentía por Cindy Buchanan, pronto dejó de prestar atención a la chica.

La conversación se había hecho general y bastante animada, mientras la concurrencia atacaba con entusiasmo la comida que estaba constituida por una inteligente mezcla de platos chilenos e ingleses, destacándose entre los primeros una cazuela de hirviente y substancioso caldo y el exquisito estofado que Mackay había probado en casa de Cindy, y entre los segundos un shepperd’s pie y un steak and kidney pie30 que hizo que los británicos presentes en la mesa irrumpieran en emocionados aplausos. La cena consistía en, por lo menos, seis platos distintos, más pan blanco, mantequilla, quesos y aceitunas que la servidumbre ofrecía constantemente, y se acompañaba con vinos blancos y tintos para los caballeros, y mistela, aloja y ponche para las damas, además de jarras de agua fresca. El último plato en servirse fue el pescado, y a continuación se presentaron los postres y dulces en una variedad absolutamente sorprendente.

—¿Sabía usted, William, que la preparación de dulces, confituras y mermeladas es una de las tareas más importantes que se enseña a las jóvenes en este país?

—Pues, no; no lo sabía.

—Tanto es así que las familias se enorgullecen del arte y la finura que ponen sus hijas en la preparación de estos dulces, por lo que es una regla de la cortesía chilena el celebrarlos con entusiasmo a la dueña de la casa antes de retirarse —explicó Cindy, al tiempo que tomando uno delicadamente entre el pulgar y el índice se lo mostraba al marino—. Mire usted, por ejemplo, la gracia de estos canastillos minúsculos hechos de pasta de almendras, ¿no le parecen bellísimos?

Antes de que Mackay tuviera ocasión de contestar, la muchacha se lo echó golosamente a la boca.

—Mmmm, delicioso —musitó, al tiempo que, cerrando los ojos e inclinando la cabeza a un lado levantaba la cara hacia el techo, haciendo que la rubia cabellera se le deslizara hacia un hombro y que la cadena de oro con el colgante jugueteara en la deliciosa hondonada entre sus pechos. Luego, abriendo nuevamente los ojos y posándolos sobre el ballenero, que la miraba trémulo y admirado, agregó mientras cogía otro pastelillo, esta vez con la forma de un diminuto cisne—: No olvide decírselo a Mrs. Cox, pues la llenará de gusto.

—Intentaré recordarlo —balbuceó Mackay, tratando desesperadamente de apartar los ojos del maldito colgante.

El doctor Cox, en tanto, estaba enfrascado en un relato relacionado con la vida en alta mar, de modo que Mackay —haciendo un gran esfuerzo— logró zafar la vista de la inquietante belleza de la norteamericana para prestar atención a lo que se decía.

—Nunca olvidaré esos años que, a pesar de las penurias y peligros, marcaron para siempre mi vida y mi admiración por los hombres de mar —expresaba en esos momentos el médico, alzando nuevamente su copa, esta vez hacia los marinos presentes en la mesa.

—Disculpe, doctor, pero lamentablemente me perdí parte de su relato, ¿debido a qué circunstancias estuvo en tan estrecho contacto con la vida del mar? —preguntó en ese momento Tom Martin, distraído momentáneamente por las palabras del doctor de sus esfuerzos por conseguir la atención de la linda María de los Santos.

—Navegué varios años como cirujano al servicio de la marina imperial rusa, por lo que tuve la ocasión de participar en diversas acciones navales. Desafortunadamente, poco podría contarles de ellas, ya que mi puesto bajo cubierta no me permitía presenciar mucho de lo que estaba ocurriendo, aparte de que solía estar tan ocupado operando y tratando a los heridos que ni siquiera tenía tiempo de preocuparme de si estábamos ganando o perdiendo la batalla. Como sea, me tocó servir bajo buenos y malos capitanes; compartí con oficiales honrados, rectos y valientes, y con otros pusilánimes, crueles y cobardes; conviví con tripulaciones rebeldes y constantemente al borde del motín, reclutadas a la fuerza en redadas portuarias y disciplinadas con mano de hierro, y, sin embargo, llegada la hora, casi siempre dispuestas a luchar hasta la muerte por un buque que no solo odiaban sino que les era casi como una prisión; palpé así el miedo, el dolor y el heroísmo que van siempre de la mano en un navío de guerra, cualquiera que sea su bandera, y por ello aprendí a admirar esa profesión que forja en los hombres de mar ese carácter tan especial.

—Debo decir, doctor, que el cuadro que usted pinta de la marina rusa es bastante terrible. Mi marido es un oficial naval norteamericano y creo poder asegurar que las condiciones a bordo de las naves de la U.S. Navy son bastante diferentes —comentó Cindy.

—No lo pongo en duda, mi querida señora. Pero las condiciones existentes en esos años en los navíos de guerra rusos eran bastante distintas de las que pueda haber hoy, no solo en la marina de su país, sino estoy seguro que también comparadas con las de nuestra Royal Navy.

—Desgraciadamente, doctor Cox, esas mismas condiciones, sobre todo en lo que se refiere a la leva forzada de tripulaciones y al trato que estas recibían luego a bordo, también existían hasta no hace mucho en nuestra propia Royal Navy. ¿No recuerda acaso el motín del Bounty contra el capitán Bligh? ¿O los intentos subversivos de la marinería de algunas naves de la escuadra, harta de maltratos, en plena guerra contra Napoleón? —intervino James Hurrel.

—Pues, sí, tiene razón Mr. Hurrel. Pero ello no disminuye en nada mi admiración por la marina —respondió el doctor, y agregó inmediatamente al percatarse de que William Mackay, un oficial ballenero, le escuchaba también con atención—: …en realidad por todos los hombres de mar, sean estos de la marina de guerra o no.

—Gracias, doctor Cox —intervino Mackay, sonriendo—. En lo que a mí respecta, debo acotar que mi experiencia frente al ejercicio de la medicina a bordo también me merece el mayor respeto y admiración. Tuvimos la suerte de contar con un cirujano en nuestro buque y gracias a ello se salvaron vidas que de otra manera se habrían perdido irremediablemente.

—¿Un cirujano a bordo de un ballenero? ¿No es algo poco común? No sabía que los whalers contaban con médicos.

—Pues, sí, efectivamente, es algo bastante fuera de lo común. Pero es que las circunstancias por las cuales nuestra Lady Cheryl terminó con un médico a bordo son también bastante especiales y alejadas de lo común.

—Vaya, no sé ustedes, damas y caballeros, pero yo huelo una historia interesante aquí. ¿Tendremos ocasión de escucharla, capitán Mackay?

—No soy lo que se dice un gran contador de historias, doctor Cox. Además de que mi desconocimiento del español dejaría a varias personas fuera del relato, lo que no quisiera que se interprete como mala educación por mi parte —improvisó el ballenero, maldiciéndose en su interior por haber hablado más de la cuenta y ponerse gratuitamente en esta situación.

—Tiene razón, Mr. Mackay. Dejémoslo para nuestra sobremesa, luego de la música y el baile. —¿Música? ¿Baile?— saltó entusiasmada Margarita. —¿Dijo usted que habrá baile?

—Pues sí, niña —rio la señora Cox—. Ya tendrás ocasión de bailar con algunos de estos galantes y apuestos oficiales y caballeros.

Efectivamente, desde el salón contiguo se escapaban ya los acordes con que los músicos —concentrados en afinar sus instrumentos— inundaban el ambiente; cada uno de ellos tocaba un trozo de pieza para alcanzar el tono preciso y la nota perfecta. La señora Cox se levantó de la mesa y todos la imitaron, y la siguieron al salón principal, donde la concurrencia podría bailar, beber el tradicional mate de plata con la hirviente yerba del Paraguay —que la costumbre indicaba que debía ser circulado y probado por todos a través de la misma bombilla—, encontrar licores (que el ballenero gustosamente prefirió a la poco higiénica y promiscua etiqueta del mate) o disfrutar de otros refrescos y «bajativos», tales como la manzanilla y la renombrada chicha del valle de Curacaví.

Las parejas se ordenaron rápidamente en la pista de baile, tomando posiciones para la contradanza, y a la indicación del violinista, que hacía además las veces de director, la orquesta inició la música, extendiendo sus sones alegremente por toda la casa. La gracia que mostraban las muchachas chilenas al bailar era realmente impresionante, y entre ellas destacaba Margarita —cuya natural coquetería parecía ahora escapársele hasta por los poros—, y nada menos que la dulce María de los Santos, que llevada por el embrujo de la danza se veía ahora como transformada y totalmente despojada de su acostumbrada timidez.

—¡Se ven tan hermosos! ¿No le parece, William?

—Pues sí, Mrs. Buchanan. Estaba precisamente pensando en que estas chicas parecen llevar el baile en la sangre. Mire a Margarita, observe cómo baja los ojos cuando al girar enfrenta al teniente Sáenz, y sin embargo no le quita la vista de encima al pobre muchacho. ¿Dónde puede haber aprendido esta chiquilla algo así?

—Eso no se aprende, William. Estas niñas nacen con ese don —rio Cindy—. Y usted, ¿no baila?

—Hace ya demasiado tiempo que no lo hago, por lo que mucho me temo que haría un absoluto ridículo si intentara una contradanza como la que están tocando ahora.

—¿Y un minueto? ¡O un vals! ¿Qué tal un vals? ¿Cree que se animaría a ello? ¿No bailaría un vals conmigo, William?

Mackay creyó notar una entonación especial en la pregunta, por lo que volviendo la cara hacia la mujer y tomando un sorbo del brandy que se había servido para evitar el mate, aprovechó para mirarla con curiosidad por encima del borde de la copa.

—Dios me perdone, pero me estoy muriendo por abrazarlo, William —susurró ella con voz levemente ronca, mirándole directamente a los ojos.

La intensidad de la afirmación hizo que el deseo golpeara súbitamente a Mackay, recorriéndole las entrañas con la fuerza de un impacto eléctrico.

—Cindy…

—Necesito tomar aire, William. De pronto me siento ahogada aquí. Creo que voy a salir al jardín por un momento.

—¿Quiere que vaya con usted?

—Sí, por favor.

La contradanza había terminado y la orquesta estaba ahora iniciando con entusiasmo un minueto, que atrajo incluso al matrimonio Cox a la pista entre grandes aplausos de todos los presentes, permitiendo así que la salida del salón de Cindy y Mackay pasara prácticamente desapercibida. En completo silencio cruzaron el pasillo, dirigiéndose hacia el jardín que tanto les había llamado la atención al llegar a la casa, y continuaron a través de los frutales del huerto y enfilaron en dirección a la fuente de agua que se sentía suavemente correr en la fría quietud de la noche, apenas rota por el murmullo de la música que, amortiguada, les llegaba desde la distancia. La luna nueva entregaba solo un atisbo de luz, daba un perfil especial a los árboles y se reflejaba tenuemente en el agua de la fuente de piedra.

—Hace fresco —musitó Cindy—. Estoy tiritando. No creí que hiciera tanto frío.

—Venga aquí. Permítame abrazarla.

Sin decir nada más, la muchacha se le acercó lentamente y él la recibió en sus brazos, acogiéndola contra su pecho y acariciando sus cabellos con una mano. Estaba realmente temblando de frío, de modo que, abriéndose los botones de la chaqueta, Mackay la abrazó fuertemente y la arropó con la prenda, quedando ambos estrechamente unidos por ella. Permanecieron abrazados así por un momento, sin decir palabra, hasta que el instinto masculino tomó conciencia física de la presión de los pechos de la joven y el efecto eléctrico de sus erectos pezones contra su piel, que superaba incluso la barrera de la camisa, convirtiendo la sensación en un placer casi insoportable y causando que un ramalazo de deseo lo recorriera implacablemente de pies a cabeza. Ella se dio cuenta de lo que ocurría y levantando la cara intentó apartarse, pero Mackay —sin detenerse a meditarlo— bajó súbitamente la cabeza y la besó directamente en la boca. Cindy trató primeramente de rechazarlo, aunque sin mucha convicción ni éxito, para ir poco a poco entregándose al beso, dejándose llevar por el torbellino embrujador de la caricia, y comenzó a devolverla de manera apasionada, con verdadera hambre, abriendo sus labios a la intrusión audaz de la lengua del hombre, en tanto que su grácil cintura se doblaba bajo el abrazo impaciente. Sus brazos se aferraron al cuello del ballenero y mientras sus dedos se introducían entre los cabellos de su nuca, su cuerpo se fundía contra el de William como el de la cera al calor de la llama, hasta que de pronto sintió a través de sus ropas la manifestación viva y viril del deseo del marino presionando contra su cuerpo. Ante ese contacto, su propio deseo se elevó hasta una dimensión que ella creía ya imposible, impulsándola a pegarse aún más al hombre, agregando ahora un movimiento ligeramente rotatorio que le nació desde las caderas e hizo que un gemido ahogado se escapara de los labios de William Mackay. Pero casi simultáneamente un relámpago de razón cruzó por su cerebro, por lo que, soltando súbitamente los brazos del cuello del hombre, apoyó ambas manos en su pecho tratando de separarlo y zafarse del abrazo.

—¡William! ¡William! No, deténgase, por favor. ¡No! No más, William, por favor. ¡Por favor! No podemos seguir esto aquí. Lo comprendes, ¿verdad? No podemos aquí… —balbuceó Cindy, logrando finalmente apartarse algo de él, aunque siempre sujeta por sus fuertes brazos unidos tras su espalda, lo que mantenía a su estómago y caderas presionadas contra los muslos del marino.

Por un momento se quedaron así, abrazados y en silencio, con el corazón saltándoles dentro del pecho, los ojos brillantes y la respiración entrecortada, tratando ambos de recuperar la debida compostura pero casi sin aliento por la emoción y el deseo.

—No podemos continuar con esto ahora, amor mío. Lo entiendes, ¿verdad? —susurró Cindy transcurridos unos minutos—. Tenemos que volver al salón antes de que nos echen de menos.

—Lo intento, Cindy. Te aseguro que lo intento, pero mi cerebro ordena una cosa y todos mis sentidos piden otra.

—Lo sé. A mí me ocurre lo mismo, y aunque debiera sentirme avergonzada por decirlo, creo que nunca había deseado tanto a un hombre como ahora a ti. Pero aun así tenemos que contenernos, William. No podemos cometer un desatino mayúsculo aquí y ahora. Lo entiendes, ¿verdad?

—Lo sé. Y por eso estoy tratando de que mi corazón cese su galope y de paso calme a otras partes de mi ser, que laten tanto o más desaforadamente que él —contestó el marino con voz ronca, como si se hablara a sí mismo. Pero luego, al darse cuenta de la crudeza de lo que había dicho, bajó la cara con espanto hacia la muchacha, disculpándose con premura—: ¡Oh, Cindy, Mrs. Buchanan, perdóneme! ¡Le aseguro que no fue mi intención…!

Pero para su asombro, ella simplemente se rio de su azoramiento, interrumpiéndolo con tono pícaro al tanto que le sellaba los labios con un dedo:

—Shhh, pues sí, creo que sé exactamente lo que quiere decir, capitán William Mackay, porque en estos momentos estoy sintiendo claramente esos «latidos» contra mi cuerpo. —Pero luego, un poco sorprendida de su propia audacia, y tratando sin éxito de contener la risa que se le escapaba muy a su pesar, agregó—: ¡Oh, Dios mío! ¡Qué vergüenza! ¡Jamás debiera haber dicho tal cosa!

Mackay, entre divertido y asombrado —pero sin romper el abrazo—, separó nuevamente su mejilla del rostro de la joven para mirarla esta vez con una atención no exenta de curiosidad. Sin embargo, al observar el diablillo juguetón que asomaba risueño en el fondo de esos ojos azules, no pudo evitar contagiarse de su risa a duras penas contenida, por lo que ambos terminaron soltando una carcajada cómplice que ella intentó ahogar contra su pecho y él ocultando la cara en su cabello.



Capítulo X



1

Retornaron al salón entrando por lugares distintos y a destiempo, rogando que nadie hubiese notado su ausencia ni la agitación que les animaba, sobre todo Cindy, que daba por sentado que el rubor de sus mejillas, lo entrecortada de su respiración y el retumbar de su corazón eran suficientes como para delatarla ante toda la concurrencia.

Afortunadamente no pareció ocurrir tal cosa, ya que la atención de todos estaba en esos momentos puesta en Margarita y el teniente Sáenz, quienes en el centro de la pista estaban danzando una zamacueca, el baile típico chileno, ante el entusiasmo de los asistentes. Mackay se encaminó hacia el mesón de los licores —ciertamente necesitaba algo fuerte que echarse al coleto—, en tanto Cindy se dirigía hacia el sector donde estaban reunidas la mayoría de las damas junto a la señora Cox.

—¡Mrs. Buchanan! ¡La echábamos de menos! Pero ¿se siente usted bien? Parece algo agitada. —Sí, estoy bien. Algo cansada, quizás, por lo que fui a mi habitación por un momento—. Claro, la entiendo perfectamente. No hemos considerado que llegan ustedes de un largo viaje y que no han tenido todavía la oportunidad de gozar de un verdadero descanso. Venga, siéntese a mi lado y observemos cómo bailan estos jóvenes.

—Gracias, Mrs. Cox. Es usted muy amable.

Mackay, con su copa de brandy en la mano, se había unido al grupo formado por Hurrel, Young, Martin y Budge, quienes estaban enfrascados en una discusión acerca de la Marina de Chile, tema sobre el que los dos últimos estaban obviamente interesados. Un poco más allá había otro grupo de caballeros reunidos alrededor del doctor Cox, entre ellos Andrew Blest, Owen Bunster y el capitán Apablaza. El resto de los asistentes, casi todos amigos e invitados del matrimonio Cox, prestaban toda su atención al baile de Margarita con el teniente Sáenz, animándolos rítmicamente con aplausos y gritos de «¡Vuelta!» cuando correspondían los giros indicados por los pasos de la danza.

Sin prestar mayor atención a la discusión, William buscó la mirada de Cindy al otro lado del salón, y ella le devolvió un rápido relámpago azulado para luego desviar inmediatamente la vista, fingiendo un interés que no sentía por la conversación de las mujeres, centrada completamente en las festividades programadas para la semana. Mackay la siguió observando por un momento, hasta que de pronto su mirada se cruzó con otra también proveniente del grupo de damas: la de María de los Santos Godoy.

«¡Pero, qué demonios…!», exclamó para sí, volviendo su atención del modo más casual que pudo hacia la conversación de los marinos. «¡Demonio de chica! ¿Será posible que sospeche algo?».

—¿Cree usted que tendremos ocasión de ver al general O’Higgins? —preguntaba en ese momento Budge.

—Pues lo dudo, Mr. Budge —contestó Hurrel—, porque hasta donde sabemos sigue comprometido en la campaña militar en el sur, lo que hace muy difícil que pueda asistir a estas celebraciones en Santiago.

—Qué lástima —comentó Young—. Después de lo que he escuchado sobre la batalla de Rancagua me habría gustado poder conocer al hombre que comandó tal acción.

—Y eso que no oyó usted el relato de primera mano de ese joven teniente Sáenz, el mismo que ahora baila con tanta gracia en mitad del salón.

La conversación giró en torno a la batalla de Rancagua, la guerra en el sur y la naciente marina chilena, pero Mackay pronto se desentendió de ella y se dedicó a sorber lentamente su brandy mientras observaba distraídamente a los bailarines, rememorando los momentos mágicos y apasionados del jardín, que todavía le parecían como un sueño que solo imaginara y que en realidad no había ocurrido.

Cindy, en tanto, sentada entre las damas al otro lado del salón, intentaba concentrarse en la charla insustancial de las mujeres, sin poder tampoco apartar de su mente lo sucedido junto a la fuente. Con vergüenza debía reconocer que su deseo había alcanzado una altura no experimentada antes, y que si no fuera porque afortunadamente pudo ser capaz de recurrir al mínimo de decencia y sensatez que todavía le quedaba tal vez habría aceptado que William la poseyera ahí mismo. «¡Qué horror, por Dios!», se repetía con silencioso espanto. «¡Qué terrible vergüenza!». Sin embargo, su mente y su cuerpo no podían evitar seguir recordando culpablemente las sensaciones experimentadas por las caricias del hombre. Esto hizo que su mente —siguiendo un proceso natural— comenzara a buscar razones para justificar su comportamiento. «¡Pero qué quieres, mujer! ¡Si hace ya cinco años que no sabías de besos ni caricias apasionadas! Eres de carne y hueso, ¿o no? Tienes deseos y carencias, ¿no es así? ¡Pues, que Dios te perdone, dulzura, pero maldita sea que es así!». Aun así, la conciencia de su traición a la confianza de Robbie comenzó a apoderarse de ella, y una terrible pena por él —y también por ella, por ambos, por la injusticia de todo esto— tomó poco a poco posesión de su alma.

Levantó la vista y miró hacia William, solo para sorprenderlo observándola a su vez, con una mirada de amor, de pasión, de infinito deseo contenido. Una mirada que decía que quería más, que ya habían entrado en ese juego que ahora no podría detenerse tan fácilmente. Ese juego que solo terminaría con la satisfacción del deseo que los estaba carcomiendo, pero al mismo tiempo un juego que abriría la puerta hacia una senda tan peligrosa que era mejor no imaginar. Y Cindy tuvo miedo. Un miedo íntimo que la hizo sobrecogerse de tal forma que hasta sintió cómo la iba invadiendo un verdadero pavor a lo que seguiría a continuación, y ello porque comprendió que ya no había vuelta atrás: ya había dado el paso que la llevaría fatalmente a un desenlace en el que prefería no pensar.

—Mrs. Cox, le ruego me disculpe, pero súbitamente me siento muy cansada. ¿Le molestaría si me retiro a mi habitación?

—¡Por supuesto que no, Mrs. Buchanan, faltaría más! ¿Quiere que alguien la acompañe? ¿Le envío a una doncella para que la ayude?

—No, gracias. En realidad, creo que solo necesito una buena noche de descanso en una verdadera cama y ya verá como mañana parezco otra persona. No se preocupe, por favor, que estaré perfectamente bien. Se lo aseguro.

Mackay, desde el otro lado de la habitación, observó cómo Cindy de pronto se levantaba y se encaminaba hacia la salida del salón, procurando manifiestamente no mirar hacia donde él se encontraba.

«Hey, ¿qué está pasando?», pensó preocupado, al notar cómo las otras mujeres también la observaban retirarse. Instintivamente, inició un movimiento en su dirección, pero por suerte se contuvo a tiempo, ya que por el rabillo del ojo vio que a María de los Santos parecía preocuparle más su persona que las razones del temprano retiro de la norteamericana.

—Definitivamente, está claro que jamás entenderé a las mujeres —masculló para sí—. No hace ni quince minutos que estaba en mis brazos, riendo juguetona, pícara y apasionada, y ahora se retira con el mismo semblante que podría mostrar un gato al que le acaba de caer un balde de agua encima. ¡Qué me condenen si lo comprendo!

—¿Decía usted algo, Mr. Mackay?

—No, no, Mr. Martin. No se preocupe.

Afortunadamente, el aplauso general que premió la exhibición de zamacueca brindada por Margarita y Sáenz desvió la atención de Martin, quien apartándose de Mackay se volvió también hacia los jóvenes bailarines que sonreían agitados y radiantes desde el centro del salón. Aprovechando el respiro, la orquesta inició un descanso, por lo que las damas se reunieron en grupos para comentar la danza, refrescarse con vasos de ponche y disfrutar de los dulces y pasteles, en tanto que los caballeros se alejaban para encender sus cigarros y beber el brandy que, servido en hermosas copas de cristal, ofrecían los criados del doctor Cox en dos grandes bandejas de labrada plata peruana.

Mackay seguía pensando en la abrupta retirada de Cindy, cuando notó que el doctor Cox le llamaba, haciéndole señas desde el otro lado del salón para que se acercara. Excusándose a sus acompañantes, se dirigió hacia su anfitrión, quien continuaba ahora solamente junto a Mr. Bunster y Mr. Blest, ya que el capitán Apablaza también se había alejado para fumar un cigarro junto a un grupo de compatriotas, pero procurándose sabiamente a la pasada una jarra de fresca y espumeante chicha de Curacaví para así aliviar la garganta del picor que inevitablemente producía este grueso y tosco tabaco chileno.

—Acérquese, capitán Mackay. ¿O acaso creía usted que iba a poder escabullirse tan fácilmente sin contarnos cómo fue que su ballenero terminó con un cirujano a bordo? ¡Por favor! ¡No nos cabe ninguna duda de que tiene que haber una gran historia escondida ahí, y le aseguro que estamos listos para oírla! ¿No es así, amigos míos?

—¡Definitivamente! —asintió con énfasis Mr. Bunster.

—¡Oh, sí! —contribuyó por su parte Andrew Blest.

Mackay ya se había olvidado del interés que había mostrado Nathaniel Cox durante la cena al enterarse de la poco usual existencia de un médico en la Lady Cheryl, por lo que esta abrupta e inesperada salida lo pilló totalmente por sorpresa.

—¿Perdón? —preguntó como si no comprendiera, y luego, recriminándose con ferocidad por haber tenido la maldita ocurrencia de mencionar lo del cirujano, añadió—: ¿No podríamos dejarlo para otra ocasión?

—Pero ¿qué mejor ocasión que esta? Tenemos la audiencia ideal, el licor preciso, nuestras pipas llenas y nos están preparando un salón cómodo, tranquilo y apartado para evitar interrupciones. ¿Qué más se puede pedir?

—Bueno, hablando sinceramente, la verdad es que es una historia muy privada y que por lo mismo merece la adecuada reserva que se debe a un amigo. Odiaría traicionar la confianza de un ausente, si saben a lo que me refiero…

—Pero si no traicionaría a nadie, capitán Mackay. En primer lugar, yo ni siquiera conozco el nombre de su buque como para identificar a alguien, y aunque lo supiera, entiendo que este ya zarpó de Valparaíso. En segundo lugar, usted no tiene ninguna necesidad de nombrar a su amigo, bastaría con que se refiera a él como al «doctor X», o algo por el estilo. O, mejor aún, invéntele un nombre ficticio que cubra toda posibilidad de identificación y ya está.

—Eso no serviría de nada, doctor Cox, ya que tanto Mr. Bunster como Mr. Blest conocen el nombre de mi nave. Por otra parte, es muy probable que en más de una ocasión se hayan hasta topado con el personaje en cuestión. No, definitivamente no creo que esta sea una historia para ser hecha pública.

—Aunque así sea —intervino Owen Bunster—, porque no niego que sí recuerdo el nombre de su buque, aunque nunca conocí a su médico, ¿qué daño podría causar el conocer un capítulo de la vida de un hombre al que muy probablemente jamás volveremos a ver?

—Pues digamos que siento una responsabilidad que considero válida y respetable para con un amigo ausente, y por lo mismo creo firmemente que no me corresponde divulgar su historia —respondió terminantemente el ballenero, aun a riesgo de parecer mal educado y poco agradecido con las atenciones recibidas—. Lamento mucho que mi desafortunado comentario durante la cena haya despertado tal curiosidad por escuchar un relato que suponen extraordinario y poco común, pero, señores, con el debido respeto, les ruego que comprendan que no puedo acceder a su solicitud.

Se produjo una embarazosa pausa, que finalmente rompió el doctor Cox:

—Tiene razón, capitán Mackay. En realidad, somos nosotros quienes debemos pedirle que nos disculpe por nuestra majadera insistencia. Sugiero que olvidemos el asunto y que nos reunamos con los demás para volver a disfrutar de la velada. Mr. Bunster, Mr. Blest, ¿qué les parece si nos reunimos con las damas…?

—Por supuesto.

—Pues no faltaba más —agregó Blest—. Además, ya es hora de que rellene mi copa.

Mackay, todavía algo incómodo, se agregó al trío e inició la marcha hacia la mesa de las bebidas donde un sirviente rellenaba generosamente las copas de los invitados. Pero muy pronto el anfitrión y sus dos acompañantes se excusaron —con indisimulado alivio, según le pareció al ballenero—, para acercarse a la señora Cox, quien había enviado a un criado para solicitarle a su marido que se le uniera al otro lado del salón.

«Vaya, de más está decir que no quedaste muy bien con el distinguido doctor, que digamos», se dijo Mackay, mientras miraba alejarse al médico junto a sus dos amigos. «Pero eso te enseñará a mantener la boca bien cerrada en el futuro».

Sorbió su brandy con despreocupada resignación, lamentándose de que no hubiera whisky entre las bebidas, y su mente volvió casi sin percatarse a esa ya lejana mañana frente a las costas de Cornwall, en que sus ojos vieron por primera vez al doctor Alleyne Preston Kelley, pálido como un fantasma, sentado en la bancada de un bote sin remos en medio de la bruma.



Paradojalmente, fue precisamente la bruma la que le salvó la vida a Kelley. Si esta no hubiese envuelto a la Lady Cheryl como un manto blanco y pegajoso, Mackay no habría estado de pie en la proa, casi colgando del bauprés, con los ojos entornados tratando de perforar la densa niebla y rogando para que esta se abriera lo suficiente para evitar a tiempo el eventual choque con algún navío que repentinamente se materializara frente a ellos, inmóvil en el agua, esperando pacientemente una mayor visibilidad para enfrentar la entrada a Falmouth. Gracias a ello, William notó de pronto la presencia del chinchorro, cargado ligeramente hacia la banda de estribor, pero sin lugar a dudas en el camino del ballenero, que a pesar de su poca velocidad lo volcaría sin remedio.

—¡¡Atención!! ¡La caña a babor! ¡Repito: la caña a babor! ¡Embarcación menor a proa!

La orden fue obedecida de inmediato, pero a pesar de ello la amura alcanzó a golpear el chinchorro, lo que sumado a la viada levantada por el brusco viraje fue suficiente para hacer que este se inclinara con violencia y arrojara por la borda a su único ocupante, que desapareció en las negras aguas. Mackay esperó unos segundos y luego, al comprobar que el hombre no regresaba a la superficie, corrió por la cubierta hacia estribor y, sin detenerse a pensar, se lanzó al agua en un clavado temerario, hundiéndose precisamente en el lugar por el que había desaparecido el desconocido ocupante del bote.

—¡Hombre al agua! ¡Hombre al agua! —gritó el marinero Burwell, a cargo de la caña, reaccionando súbitamente a pesar del asombro con que asistió a la escena.

Mackay, en tanto, más por fortuna que por ver algo, logró coger al náufrago de la chaqueta y se las arregló para sacarlo a la superficie. Pero este, ante el asombro del ballenero, comenzó a presentarle una feroz resistencia, a todas luces intentando que el escocés lo soltara para hundirse en el agua de nuevo.

—¿Está loco, condenado? ¿Acaso quiere que nos ahoguemos los dos? ¡Quédese quieto, maldito!

—¡Déjeme ir! ¡Suélteme, le digo! ¡No se entremeta!

—¡Pero qué demonios! —exclamó Mackay, tragando agua. Y luego, perdiendo la paciencia, al tiempo que le propinaba un feroz puñetazo al desconocido, añadió—: ¡Que se quede quieto le digo, maldito lunático!

El golpe alcanzó al hombre en plena mandíbula, dejándolo total y absolutamente fuera de combate. Gracias a ello, Mackay —bastante exasperado ya—, logró ponerlo de espaldas y comenzó a nadar trabajosamente hacia donde suponía debía encontrarse la Lady Cheryl. El grito de Burwell, en tanto, había atraído la atención de McPherson, quien ordenó mantener el viraje con el propósito de regresar al lugar donde el marinero había visto caer al agua a Mackay, mientras que el capitán Rodgers, el carpintero Fleming, Mr. Clayton, Mr. Phillips y todos los que estaban en cubierta se desplegaban por las bordas aguzando la vista, listos para arrojarle un cabo apenas lo vieran.

Afortunadamente, el mar estaba bastante calmo, pero William, que sostenía a duras penas a un hombre inconsciente mientras procuraba mantenerse a flote en unas aguas que cada vez parecían volverse más frías, pronto comenzó a darse cuenta de la temeraria estupidez que había cometido por salvar a un desconocido que, además, había demostrado a las claras que no tenía muchas ganas de que lo salvaran, precisamente.

—¡Maldición, maldición, maldición! ¡Y maldición, nuevamente! ¡Idiota, idiota e idiota! ¡E idiota nuevamente también! ¡Qué clase de imbécil eres para arrojarte al agua así por otro imbécil cuyo nombre ni siquiera sabes y que no podría importarte menos!

La retahíla de imprecaciones que produjo fue tal que terminó perdiendo el aliento, tragando agua y tosiendo furiosamente, lo que lo hizo enojar aún más. Finalmente, quedándose quieto por un instante para acomodar mejor a su rescatado, y estimando que el buque no debería de haberse alejado mucho, decidió que no le quedaba mejor recurso que intentar llamar su atención a gritos.

—¡Aquí, Lady Cheryl! ¡¡Por aquí!!

Solo el silencio le respondió. Un silencio que parecía más opresivo a causa de la espesa niebla.

—¡Ahoy, Lady Cheryl! ¡Ahoy!

Nada. Ni siquiera el eco de su propia voz.

—¡Maldición! —repitió una vez más—. ¿Dónde demonios se habrá ido?

De pronto le pareció ver que algo se dibujaba entre la niebla: un objeto oscuro que aparecía y luego súbitamente se ocultaba, para aparecer nuevamente como una sombra suspendida en la bruma. Con esfuerzo comenzó a nadar en esa dirección, procurando mantener la cabeza del hombre fuera del agua. Cuando ya creía que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, se encontró de sopetón con el bote del inconsciente desconocido.

—¡Gracias a Dios! —exclamó con toda el alma—. Ahora hay que despertar a este idiota para poder subirlo al chinchorro.

Sin muchas contemplaciones, Mackay comenzó a darle de cachetadas al náufrago, logrando que abriera los ojos. Pero el hombre, totalmente desconcertado, se soltó de su salvador y se hundió de inmediato bajo el agua. Esta vez, sin embargo, su instinto de salvación funcionó de manera automática y le llevó a patalear hasta impulsarse nuevamente a la superficie.

—¡Vaya! Parece que de pronto se le quitaron las ganas de morir, ¿eh? Vamos, zopenco, agárrese a la borda y trepe al bote mientras yo le sostengo desde aquí.

No le costó mucho al desconocido encaramarse al chinchorro, para luego, extendiendo la mano hacia Mackay, ayudarlo a subir a su vez. El escocés tomó inmediata posesión de la bancada, por lo que al hombre no le quedó otra alternativa que acurrucarse a proa de la pequeña embarcación, desde donde se quedó estudiando con indisimulada curiosidad a su salvador.

—Gracias, señor. No solo le debo la vida sino una disculpa por mi comportamiento. Créame que lamento profundamente los problemas que obviamente le estoy causando —dijo finalmente, decidiéndose a hablar. Pero luego, notando que Mackay no le contestaba y continuaba mirando a su alrededor con la cabeza inclinada, como si tratara desesperadamente de escuchar algo, agregó—: ¿Perdimos a su buque?

—¡Cállese, señor! ¡Cállese y déjeme escuchar! ¡Por supuesto que perdimos al buque! ¿O le parece que estamos en este condenado chinchorro por mi gusto, for Christ’s sake?

Mackay no era un hombre que perdiera los estribos fácilmente, y se daba perfecta cuenta de que su enojo iba dirigido más contra él mismo por no haber tomado mayores precauciones antes de saltar tan irreflexivamente al agua que contra el desconocido. El comprender tal cosa hizo que su indignación comenzara a apagarse, por lo que mirando al hombre agregó con un tono ya más calmado:

—Pues sí, el buque debe de haber virado completamente para buscarnos y con esta maldita niebla y la falta de viento nos ha perdido, mister…, ¿cuál es su nombre, a todo esto?

—Kelley. Mi nombre es Alleyne Kelley. ¿Me permite preguntarle cómo se llama usted, señor?

—Mackay. Yo me llamo William Mackay. Y ahora, ¿qué tal si nos dejamos de tanta cháchara y nos dedicamos a encontrar a nuestra hermosa Lady Cheryl?



Desafortunadamente no resultó tan simple. Ya sea porque la corriente había alejado al chinchorro más de lo que suponían, o porque el viraje del ballenero lo había apartado totalmente de la ruta original, la cuestión es que el tiempo comenzó a pasar inexorablemente sin que el buque apareciera por entre la bruma para rescatarlos.

Un par de veces Mackay volvió a gritar, esperando atraerlo en su dirección, pero solo le respondió el silencio.

—No puede ser que se hayan alejado tanto como para no escucharnos. ¿Qué demonios sucede, que no contestan?

—¿No habrán partido en dirección opuesta? —aventuró Mr. Kelley.

—De ninguna manera, señor. Le aseguro que el capitán Rodgers podría encontrar un rumbo hasta con los ojos cerrados. Algo extraño está ocurriendo aquí.

—Perdóneme, Mr. Mackay, pero ¿qué cosa extraña podría estar sucediendo? ¿A qué se refiere?

—¡Pues que me condenen si lo sé! Pero estos tipos no pueden haberse vuelto todos repentinamente sordos. Por lo que sugiero que nos callemos y agucemos la vista y el oído.

Muy a su pesar, Kelley decidió obedecer y poner toda su atención en tratar de horadar la opresora neblina, sin poder evitar empero echar de tanto en tanto curiosas miradas de reojo a este extraño marino. Sin embargo, fue precisamente él quien de pronto vio aparecer por entre la grisácea blancura la enorme sombra de un navío a tan solo unos veinte metros de distancia.

—¡Mr. Mackay! ¡Ahí! —exclamó, apuntando hacia el buque, para luego, usando sus manos a modo de bocina y antes de que Mackay pudiera reaccionar, gritar con toda el alma—: ¡Por aquí! ¡Socorro! ¡Por a…!

—¡Cállese, hombre, for Christ’s sake! —se abalanzó Mackay sobre Kelley, tapándole abruptamente la boca con una mano—. ¿No ve que son franceses?

Efectivamente, y a pesar de la poca visibilidad, ambos pudieron ver claramente el pabellón tricolor que colgaba a popa de una fragata de la marina imperial, cuyo nombre alcanzaron a leer —Vaillant— en grandes letras doradas sobre la pala del timón, antes de que el buque desapareciera otra vez lentamente en la bruma.

—Eso explica por qué el Lady Cheryl no se ha acercado: deben de haberse encontrado de sopetón con estos malditos «crapauds» y optaron por alejarse apresuradamente y en silencio, en tanto nosotros, los muy imbéciles, los atraíamos con nuestros gritos. ¡Suerte que no nos vieron!

—¿Cree usted que regresarán?

—¿Quiénes? ¿Los franceses? No por nosotros, salvo que nos vean por casualidad, pero si descubren al Lady Cheryl (y la escasa brisa se lo permite), sin lugar a dudas intentarán capturarla, ya que constituye una magnífica presa para cualquiera.

—¿Qué clase de barco es el suyo, Mr. Mackay? No de guerra, presumo, ya que usted no lleva el uniforme de la Royal Navy.

—La Lady Cheryl es una barca ballenera, Mr. Kelley. Y yo soy (o más bien era, considerando las actuales circunstancias), su segundo de a bordo.

—¿Y puedo preguntarle, señor, si estaban regresando o saliendo de Inglaterra cuando me encontraron? —continuó Kelley, haciendo caso omiso del sarcasmo.

—Estábamos zarpando. Habíamos logrado romper el bloqueo francés gracias a la niebla y nos encaminábamos al sur, rumbo a las Canarias y Cabo Verde, en la que sería nuestra última travesía antes de la llegada del verano, que es cuando cambiamos de hemisferio y nos dirigimos hacia nuestros acostumbrados cotos de caza en los Davis Straits, en el Ártico —contestó el ballenero, para luego agregar, mirando fijamente a su rescatado—: Lo que quiere decir, mi querido señor, que cuando mi amada Cheryl nos encuentre, usted iniciará el disfrute novedoso e inesperado de unas vacaciones cazando ballenas en la costa occidental del África. ¿Qué le parece? Eso, claro, si es que los «crapauds» no nos encuentran antes, en cuyo caso las pasará en alguna prisión francesa, y no disfrutándolas precisamente, a juzgar por lo que hemos oído de ellas.

El pobre hombre solo atinó a mirar a Mackay con tamaños ojos, por lo que este continuó impertérrito:

—Dígame una cosa, Mr. Kelley, ¿hay algo que usted sepa hacer y que pueda ser de ayuda en un ballenero? Por su apariencia, usted parece un caballero, pero desafortunadamente mi experiencia con respecto a los caballeros ingleses es de que no sirven absolutamente para nada, por lo que mucho me temo que usted termine siendo solamente un gran estorbo a bordo, siempre metido en el camino de los demás y enredándolo todo. ¿Será ese su caso, también?

—Mi profesión es la medicina, Mr. Mackay. Y dentro de ella, mi especialidad es la de médico cirujano, aunque mi verdadera pasión es la investigación y, específicamente, la búsqueda de una cura para algunas enfermedades catalogadas como de origen misterioso, tales como el escorbuto, por ejemplo. O, mejor dicho, lo era —agregó tristemente, parodiando a su vez al marino.

Esta vez fue Mackay el que abrió tamaños ojos.

—¡Un cirujano! ¿Y qué demonios hacía a la deriva en este bote sin remos? ¿Buscaba pacientes náufragos, acaso?

—Eso es algo de lo que prefiero no hablar. Al menos por ahora, si me lo permite, Mr. Mackay.

—¡Silencio! Que ahí vienen de nuevo esos condenados. Deben de haber escuchado sus gritos. Venga, tiéndase en el fondo.

La fragata había virado, orzando y barloventeando para ceñir la escasa brisa, evidentemente atraída por las voces de Kelley, asumiendo que estas provenían del ballenero británico con el que habían estado a punto de estrellarse no muy lejos de ahí. Con los ojos apenas asomando por la borda del chinchorro, William alcanzó hasta a distinguir a algunos marineros y oficiales franceses que forzando la vista recorrían la reducida superficie de mar visible entre la espesa niebla. Afortunadamente, su búsqueda no estaba dirigida a una embarcación tan menor, por lo que esta les pasó una vez más desapercibida.

—¡Whew! Espero que estos condenados se den por vencidos, o nos congelaremos antes de que la Cheryl regrese a buscarnos. ¿Cómo se encuentra usted?

—Aterido de frío. Pero me aguantaré. Mal que mal, todo esto es culpa mía.

—Lo de la fragata francesa no es culpa suya, así es que por lo menos por ello no tiene que sentirse responsable, doctor Kelley. Supongo que tendré que acostumbrarme a llamarle así de ahora en adelante —agregó Mackay, sonriendo muy a su pesar.

—Puede llamarme como quiera, Mr. Mackay —le contestó el médico, también insinuando una triste sonrisa.

Por un momento permanecieron ambos en silencio, y esta vez Mackay también se tendió en el fondo del chinchorro en lugar de estar sentado en la bancada, procurando así hacerse menos visible a los franceses.

—Lo más grave, doctor Kelley, es que mientras tengamos esta niebla no habrá una pizca de viento, lo que significa que nuestros amigos de la Vaillant deben de estar prácticamente inmóviles a apenas unos metros de nosotros, y probablemente no muy lejos de la Lady Cheryl también, lo que le dará una idea de lo delicado de nuestra situación. ¿Se le ocurre algo?

—Podríamos intentar alejarnos remando con nuestras manos, lo que además serviría para que entremos en calor y no nos muramos de frío tendidos aquí sin movimiento. ¿Le parece?

—Me parece que está comenzando a pensar como se debe. Muy bien, doctor, manos a la obra. La fragata está en esa dirección, por lo tanto nosotros intentaremos dirigir el chinchorro en esta otra. Ahora, cuando yo lo indique, vamos, a una, a una. ¡Eso es! Muy bien, doctor, así se hace.

Lentamente, el chinchorro comenzó a moverse en la dirección donde Mackay suponía que debía de encontrarse la Lady Cheryl, si es que Rodgers había iniciado alguna acción evasiva al encontrarse con la fragata.



Había transcurrido más de una hora y ambos hombres, agotados, continuaban remando, cada uno con un brazo en el agua. Kelley, evidentemente no acostumbrado a este tipo de actividad física, comenzó a dar claras muestras de extenuación y ya no sentía las manos, que estaban amoratadas de frío. La niebla no daba indicios de levantarse, y la escasa brisa que había impulsado a la Lady Cheryl se había detenido del todo, lo que William daba por sentado que significaba que ambos buques continuaban inmóviles en las cercanías, con la fragata al acecho de su presa.

—Ya basta, doctor. Deje de remar; supongo que nos habremos alejado lo suficiente.

—Ya…, ya no puedo más… —balbuceó el médico—. ¿Se divisa su buque por algún lado?

—Por desgracia no, doctor Kelley. O por fortuna, porque si la bruma desaparece y ocurre que está a tiro de cañón de la Vaillant…, bueno, pues eso sería el fin de nuestra aventura.

—¿Qué podemos hacer ahora?

—Nada, doctor. Solo esperar.

Mackay volvió a sentarse en la bancada, en tanto se sacudía y frotaba las manos intentando inútilmente secárselas. La ropa mojada le molestaba sobremanera, por lo que se sacó la chaqueta que tanto le había incomodado al tratar de sostener al médico en el agua y comenzó a estrujarla.

—Le recomiendo que se saque esa chaqueta mojada, doctor Kelley, y que la estruje como yo. Si las tendemos a proa y popa a lo mejor logramos que se sequen algo.

Kelley hizo lo que Mackay le recomendaba y luego volvió a sentarse en el suelo del chinchorro, frotándose también las heladas manos para restablecer la circulación.

—¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que caímos al agua? —preguntó de pronto, levantando la cabeza hacia Mackay.

—Unas dos horas, diría yo —contestó el marino, sacando del bolsillo su ahora inútil reloj y sacudiéndolo por la cadena que lo unía al chaleco—. Creo que este artefacto dejó de funcionar en el mismo momento en que toqué el mar —agregó malhumorado, observando la gota de agua que se mostraba nítida tras el cristal de la esfera.

—Dos horas. Eso significa que llevo ya unas veinte horas desaparecido. ¿Lo habrá notado alguien? Bueno, no Lucy, claro; ella no tendría cómo saberlo.

—Perdóneme, doc, pero ¿de qué demonios habla? ¿Se puede saber?

—¿Está usted casado, Mr. Mackay?

—Pues, no. No lo estoy.

—Pero ¿ha estado usted enamorado alguna vez? ¿Ha pensado en casarse? ¿En unir su vida para siempre a la de una mujer? ¿Hasta que solo la muerte los separe?

—Bueno, yo… sí. Efectivamente, sí he estado pensando en casarme —contestó Mackay intrigado, al tiempo que a su mente acudía la imagen sonriente de la dulce y primorosa Catherine Eileen Kerr—. Pero ¿qué tiene que ver…?

—Entonces, quizás, algo podrá comprender. Algo podrá entender. Algo que, aunque no justifique mis acciones, al menos contribuirá a explicarlas.

El ballenero comprendió que por alguna razón Kelley estaba ahora dispuesto a relatar qué extrañas circunstancias fueron las que lo pusieron en un bote sin remos frente a las costas de Cornwall. Sin decir una palabra, se dispuso a escuchar, sin presionar al médico, sin hacerle preguntas. Dejando que el relato fluyera libre y sin trabas.



—Ya le adelanté que soy médico. Pero, modestamente, permítame agregar que no soy cualquier médico. Sin ánimo de despreciar a mis colegas, ni mucho menos, lo que quiero decir es que no soy uno más de los tantos cirujanos que ejercen en este país, y de los cuales una buena cantidad ha terminado, por los avatares de esta larga guerra, prestando forzados servicios ya sea en la armada o en el ejército. No; en mi caso, soy casi una eminencia. Soy un reconocido, premiado y aplaudido científico e investigador de las causas y tratamiento del escorbuto, enfermedad de la que usted, por su profesión de marino con largas travesías sin alimentos frescos, debe de estar más que familiarizado.

Mackay simplemente asintió con la cabeza, no atreviéndose a interrumpir.

—Ya en la escuela de medicina en Cambridge me sentí atraído por los diarios de viaje de Sir Richard Hawkins y del comandante James Lancaster, en lo que respecta a sus observaciones sobre la eficacia del jugo de limón para prevenir y curar los brotes de escorbuto en sus naves. Especialmente las notas de este último, que estudié y analicé concienzudamente en mi cátedra en la Universidad de Edimburgo, fueron determinantes para mí, ya que constituyen un experimento cabal, aunque cruel (no intencionado, en todo caso), de que los cítricos tienen definitivamente mucho que ver en la prevención y control de esta enfermedad. No sé si conoce el caso, pero se lo relataré de todos modos.

Una vez más, Mackay prefirió permanecer callado.

—Sucede que Lancaster, para su viaje a las Indias Orientales en 1605, embarcó una gran cantidad de jugo de limón solo en su nave insignia, la Dragon, pero por alguna razón no lo hizo en sus naves menores y de apoyo. El trágico resultado fue que perdió a 105 de los 202 hombres que tripulaban estas naves, víctimas del escorbuto. ¿Puede haber mejor prueba del poder de los cítricos?

El ballenero no dijo nada, dejando que el médico, ya lanzado en su relato, continuara con el mismo.

—Todas estas experiencias fueron posteriormente reunidas en un libro ejemplar: The Surgeon’s Mate, publicado por el doctor James Woodall en 1617. Fue casi un libro de cabecera para mí en mis años de estudiante, cuando soñaba con alcanzar la gloria científica. A pesar de ello, por indolencia, por ignorancia, por displicencia o por lo que sea, los marinos han continuado durante años sufriendo enormes pérdidas por culpa del escorbuto, siendo un caso notorio por lo espantoso el de la famosa expedición de Lord George Anson, quien perdió a 626 de los 961 hombres de sus últimas tres naves por causas atribuibles a esta terrible enfermedad.

Kelley hizo una pausa para tomar aliento, fijando la mirada en la aún espesa niebla, en tanto que Mackay se preguntaba qué demonios tenía que ver el escorbuto con la posterior aparición del doctor en un bote sin remos frente a Falmouth.

—Afortunadamente —continuó Kelley después de unos minutos—, la Royal Navy comenzó a preocuparse del problema, y en 1747, tres años después de la expedición Anson, el médico de la marina James Lind demostró (esta vez en un experimento controlado) la eficacia de las naranjas y limones como antídotos para el escorbuto. El mismo capitán Cook las utilizó luego en sus viajes con singular éxito, agregando un alto consumo de sauerkraut en la dieta de sus tripulaciones, además de una bebida recomendada por el doctor McBride: un compuesto de jugo concentrado de malta no fermentada.

El médico cambió de posición, apoyando la espalda en el ángulo que formaba la proa del chinchorro, y continuó su historia.

—En la actualidad, como usted muy bien debe de saber, ya no cabe ninguna duda de la eficacia de estos alimentos en la prevención y cura del escorbuto, por lo que mis estudios (los que me dieron la fama y el reconocimiento del que hablaba antes) se dirigieron a investigar cuál era el compuesto químico o elemento común que contenían estos alimentos naturales y que en definitiva prevenía y curaba esta enfermedad. El poder llegar a aislar e identificar este elemento se convirtió en mi obsesión, en una verdadera pasión científica, a la que arrastré también a mi ayudante y discípulo en la Universidad de Edimburgo, el joven doctor Clifford McGarraty.

Kelley guardó silencio por un momento, y luego, fijando esta vez sus ojos en Mackay, le preguntó:

—¿Qué tiene que ver esto con mi presencia en el bote? ¿Con mi casi intento de suicidio? ¿Eso se está usted preguntando? Pues se lo diré: todo y nada. Todo, porque esta obsesión científica me apartó del mundo real, el de la cosa social, mundana, el de la diversión, el de los juegos del amor y las mujeres. Y nada, porque ese mundo real no tenía la culpa de que yo fuera como soy, o era, antes de que Lucy apareciera en mi vida.

«Voila! Cherchez la femme, como dicen los malditos “crapauds”», pensó Mackay. «Ahora sí que estamos entrando en materia».

—Lucille apareció en mi vida con el alborozo de un rayo de sol al romper la oscuridad de la noche de los tiempos; con la alegría de un riachuelo de aguas cristalinas surgiendo súbitamente en medio del desierto; con el efecto de la música de Mozart en los oídos de un sordo que de pronto recobra la audición. ¿Puede entender lo que le digo, Mr. Mackay? ¿Ha sentido usted alguna vez algo así por una mujer?

«Definitivamente, no», pensó William, pero se cuidó mucho de decirlo, entendiendo que Kelley en realidad no esperaba una respuesta.

—Por esos misteriosos designios del destino, emprendí un viaje a Cornwall, específicamente a Truro, para examinar a unos pacientes del hospital local que me había descrito el director del lazareto, estimando que por las extrañas particularidades de sus dolencias estas serían de mi interés. Los casos resultaron ser efectivamente interesantes, ya que constituían una variedad poco común de padecimientos originados en un escorbuto avanzado en dos antiguos miembros de la Royal Navy. En vista de las características especiales que mostraba la enfermedad en estos pacientes, decidí permanecer en Truro, ya que vislumbré una oportunidad única de continuar mis investigaciones sobre el elemento misterioso que contenían las frutas cítricas y que era (estaba seguro) el que verdaderamente curaba el escorbuto. Pero para ello requería ayuda especializada, además de algunos instrumentos de mi laboratorio en Edimburgo, por lo que solicité a mi discípulo, el doctor McGarraty, que se me uniera en Truro.

El doctor Kelley hizo una nueva pausa, como si absorbiera la importancia y el peso que ese nombre tendría en su relato.

—McGarraty. El doctor Clifford McGarraty —suspiró—. Jamás existió mejor relación entre profesor y discípulo, entre científicos y colegas, que la que se desarrolló entre nosotros dos. A pesar de la diferencia de edad (McGarraty apenas tenía treinta y dos años, contra mis cuarenta y tres), el compartir una pasión común por la ciencia en general y por el «elemento X» en particular, nos hizo cultivar y desarrollar una amistad como las que pocas veces se dan. Ambos vivíamos exclusivamente para la investigación y para nuestra cátedra en la universidad. No había cabida en nuestro círculo para diversiones mundanas, ni mucho menos para el amor, que, sin decirlo, ambos considerábamos una invención romántica para ocultar una necesidad intrínseca en la especie humana de preservarse y reproducirse. O por lo menos yo creía que ambos pensábamos así, hasta que una noche (tarde en el laboratorio y ya cansados después de una jornada agotadora), compartiendo unas copas de brandy, McGarraty confesó ante mi gran sorpresa que en realidad no era soltero sino viudo, y que su mujer había muerto en un naufragio ocurrido cuatro años atrás. La historia resultó ser harto más complicada, puesto que McGarraty, con evidente embarazo, terminó por revelarme que en realidad su mujer, Lizette, le había sido infiel y que la muerte la había sorprendido nada menos que cuando huía con su amante a establecerse en Jamaica. El buque se había ido a pique sin que quedaran sobrevivientes, y McGarraty (aun reconociendo que seguía amando a su fallecida esposa infiel) simplemente borró el suceso de su vida, dedicándose por entero, en cuerpo y alma, a la ciencia y la investigación.

Una vez más, Alleyne Kelley guardó silencio por unos momentos, como si pusiera en orden sus pensamientos. Mackay cambió de posición, sentándose también en el piso del chinchorro para poder así utilizar la bancada como apoyo para su espalda. En un gesto mecánico, sacó su mojada pipa del bolsillo y se la puso entre los dientes, disponiéndose a escuchar la continuación del relato.

—En Truro —reinició Kelley su historia—, decidí aceptar la cordial invitación del doctor Lindsay, el director del hospital, para alojarme en su casa mientras durara la convalecencia de los dos pacientes y prosiguiera mi investigación en espera del doctor McGarraty, quien por necesidades académicas tuvo que postergar su viaje por lo menos treinta días, que luego se convirtieron en dos meses. —El médico se interrumpió, levantando la vista al cielo—. Y entonces conocí a Lucy.

«Aquí vamos», pensó Mackay. «El elemento femenino que desplazó y eclipsó al “elemento X”, como le llama este lunático».

—Lucille Flanagan, viuda, de treinta años de edad y una hermosura tan natural a ella como puede serlo la de las bluebells en primavera a las colinas de Escocia: allegada en la casa de los Lindsay por razones que nunca indagué ni me importaron. Inteligente y vivaz, se interesó inmediatamente por mi trabajo y hasta parecía conocer y entender algunos términos médicos que por lo general los profanos desconocen completamente, con mayor razón aún las mujeres. ¡Qué quiere que le diga, Mr. Mackay! Me enamoré de ella con toda el alma, esa misma alma que yo negaba que existiera. Le entregué mis pensamientos en forma total, absoluta, apasionada. Y ante mi asombro noté que mis tímidos acercamientos no le eran totalmente indiferentes. No había transcurrido más que un mes desde mi llegada a Truro cuando me atreví a confesarle mi amor y admiración y le pedí que fuera mi esposa. Muy turbada no me contestó, y presa de un notorio nerviosismo que yo, en mi inexperiencia e ignorancia en estos temas del corazón, atribuí a una deliciosa timidez, huyó casi despavorida y agitada a refugiarse en su habitación. Sin embargo, al día siguiente, muy seria y evidentemente conmovida, aceptó casarse conmigo con el bien entendido de que viviríamos siempre en Truro, o por lo menos sin salir de Cornwall, y de que la nuestra sería una ceremonia privada frente a un oficial civil y la sola presencia del matrimonio Lindsay para que actuaran como testigos. No siendo un hombre religioso, lo de la ceremonia civil no podía importarme menos, pero lo de establecerme para siempre en Cornwall, abandonando Escocia y mi cátedra en la Universidad de Edimburgo, era otra cosa. Aun así, finalmente acepté (obnubilado por mi amor), ya que estimé que perfectamente podía montar mi laboratorio en el hospital de Truro para proseguir mis investigaciones y vivir de la práctica de la medicina en Cornwall, además de los ingresos percibidos por la publicación, reedición y traducción de los varios libros que había publicado, producto de mis investigaciones sobre el escorbuto y su prevención y cura.

—Mr. Mackay, por treinta días viví en el paraíso. Treinta días en los que conocí las maravillas del amor tanto espiritual como físico. Treinta días en que aprendí que era posible que dos seres de distinto sexo pudieran ensamblarse y fundirse en uno solo. No podía estar alejado de ella. A media tarde abandonaba mi laboratorio aún en proceso de formación y corría a la pequeña casa que habíamos alquilado, y hacíamos el amor hasta que la noche nos encontraba tendidos juntos, saciados, exhaustos. Además, era para mí notorio que poco a poco ella iba soltándose y liberándose de ese extraño nerviosismo que nunca la había abandonado desde el momento en que le pedí que fuera mi esposa. Mr. Mackay, permítame decirle que la felicidad total existe: yo la conocí.

—Si usted lo dice, doctor Kelley, y siendo el sabio que es, tendré que creerle —replicó William—. «Pero ello se contradice con sus recientes ganas de ahogarse perdido en alta mar en medio de la niebla», agregó para su coleto.

—Sí; existe. Pero dura poco, Mr. Mackay. No lo olvide jamás. La felicidad total puede alcanzarse pero dura poco, muy poco. En mi caso, solo treinta días. Los treinta días que transcurrieron desde la fecha de mi matrimonio hasta el arribo de mi amigo, colaborador y discípulo, el doctor Clifford McGarraty. El doctor McGarraty, ignorante de mi reciente matrimonio, acudió a buscarme al hospital de Truro, desde donde el doctor Lindsay le dio las indicaciones para que llegara a mi casa, cosa que hizo cerca de las cinco de la tarde, en uno de los maravillosos días en que yo había abandonado temprano mi laboratorio para acudir a los amantes brazos de mi mujer. De hecho, al escuchar la campanilla de la puerta, tuve que dejar apresuradamente el lecho nupcial para vestirme, arreglar mi desordenado atuendo y acudir a abrir, para encontrarme con un sorprendido e incrédulo doctor McGarraty esperándome, quien no podía creer que yo, un soltero empedernido, pudiera haber contraído el sagrado vínculo. Alborozado le hice pasar, mientras llamaba a gritos a mi amada Lucy para que viniera a conocer a mi querido y único amigo, de quien (en mi ensueño y totalmente egoísta locura amorosa) jamás había mencionado ni de nombre a mi flamante esposa.

Kelley se interrumpió, y Mackay notó cómo una nube de tristeza y total desesperación le inundaba el rostro. La misma cara fantasmal que alcanzó a verle segundos antes de que la proa de la Lady Cheryl volcara el bote arrojándolo al agua.

—Ella acudió, Mr. Mackay, y mi tragedia se desencadenó. Mi amigo y mi esposa se miraron, y soltaron un grito simultáneo de espanto. Sinceramente creí que McGarraty, a pesar de su edad, había sufrido un ataque cardíaco: tal era su palidez. Lucy, por su parte, mostrando un rostro demudado, alternaba como un muñeco de cuerda sus miradas entre Clifford McGarraty y yo, balbuceando cosas incoherentes. Finalmente, McGarraty pudo articular palabra, y un desmayado «¡Lizzy, estás viva!» salió de sus labios. «¡Cómo Lizzy!», exclamé yo. «Su nombre es Lucy, Lucille Flanagan; ahora Lucille Kelley, mi esposa». «No, doctor Kelley», me respondió él. «Ella es Lizzy, Lizette Ferguson, o mejor dicho, Lizette McGarraty, mi esposa».

—¡Que me condenen! —exclamó Mackay, sin poder contenerse—. ¡Vaya situación!

—Usted lo ha dicho, Mr. Mackay. ¿Valdrá la pena entrar en mayores detalles? ¿Valdrá la pena relatarle que lo que había ocurrido era que Lucy (o Lizzy) en definitiva nunca se embarcó en ese viaje fatal con su amante? ¿Qué víctima del arrepentimiento y la vergüenza se ocultó en el otro extremo del país, en Cornwall? ¿Que creyó que su anterior matrimonio ya era cosa olvidada y enterrada en el pasado y que por ello consintió en casarse conmigo, pensando que nunca más vería a su abandonado primer esposo? Creo que no vale la pena entrar en tales detalles, pero sí puedo decirle que McGarraty perdonó y recibió a su mujer, y que ella —aquí, un verdadero gemido de desesperación se escapó del pecho de Kelley—, ella, la luz de mi vida, enfrentada a la necesidad de elegir, lo eligió a él.

Mackay lo miraba anonadado, sin saber qué decir.

—No pude soportarlo. Como un poseso, hui de la casa a la carrera. Sin darme cuenta, me encontré en el camino entre Truro y Falmouth, desde donde un alma caritativa me recogió y me transportó en su carretón al puerto. Vagué sin rumbo por los muelles por un par de días hasta que finalmente, no me acuerdo muy bien cómo, me encaramé en este bote y empecé a remar mar afuera, supongo que buscando inconscientemente la tranquilizadora muerte. Mi impericia me hizo perder un remo, y al tratar de alcanzarlo perdí el otro. No sé cuánto tiempo permanecí sentado a la deriva en la niebla, hasta que su buque apareció de la nada y me arrojó al agua.

Sonriendo tristemente, el médico miró al asombrado ballenero.

—He ahí mi historia, Mr. Mackay. ¿Se arrepiente ahora de haberme sacado del agua?



A media tarde la neblina comenzó finalmente a disiparse, y Mackay se preparó para lo que más temía: encontrarse junto a la fragata francesa sin posibilidad alguna de escape. Sin embargo, a medida que la niebla se desvanecía, no se veía ni sombra de la fragata… ni tampoco de la Lady Cheryl. No alcanzaban a ver a una gran distancia —todavía quedaban bolsones de niebla dispersos sobre la superficie—, pero la fragata había estado tan cercana que parecía imposible que se hubiese desvanecido. En todo caso, era un alivio. Lo grave era que tampoco había señales del ballenero, por lo que William empezó a preguntarse si no lo habrían dado definitivamente por muerto, y —en vista del peligro que representaba la cercanía del buque de guerra francés— abandonado el área. Mal que mal Rodgers no podía saber que su segundo había tenido la suerte de encontrar el bote de Kelley.

Súbitamente empezó a levantarse una brisa que, transformándose en viento, terminó por despejar totalmente la neblina, y Mackay y Kelley pudieron ser entonces testigos de una sorprendente escena, en un semicírculo de menos de media milla, cuyo centro era el chinchorro, se encontraban el Lady Cheryl —al extremo del semicírculo y hacia babor del bote—, la fragata francesa Vaillant —justo a proa del chinchorro y a unos ciento cincuenta metros del ballenero— y una fragata británica aparecida de la nada, al costado de estribor del bote y a menos de doscientos metros de los franceses. El zafarrancho de combate en ambos buques de guerra era perfectamente audible para los asombrados náufragos, quienes observaron alelados cómo las respectivas tripulaciones corrían a sus puestos de combate y se levantaban las portas abriendo paso a las negras bocas de los cañones. Fueron los franceses —probablemente por estar más preparados por su anterior búsqueda del ballenero— quienes rompieron primero el fuego, lanzando una andanada de sus carronadas de estribor a los sorprendidos ingleses, y causaron una gran cantidad de bajas y destrozos también en su banda de estribor, que el capitán inglés estaba en ese momento exponiendo limpiamente al enemigo mientras intentaba tomar una adecuada posición para enfrentarlo.

—¡Buen Dios! —exclamó Kelley, espantado—. ¡Jamás había presenciado una batalla naval!

—Pues cruce los dedos, doctor, para que no nos llegue un cañonazo perdido.

El Lady Cheryl, en tanto, procuraba alejarse apresuradamente de la zona de tiro, ya que algunos disparos de la primera descarga británica de respuesta, rebasaron el navío francés y cayeron peligrosamente cerca del ballenero, salpicándolo de agua. Mackay, sin embargo, notó alborozado cómo alguien que parecía ser Mr. Phillips apuntaba en su dirección, y que el capitán Rodgers comenzaba a virar en dirección al chinchorro para recogerlos.

—¡Fantástico! ¡Al fin nos vieron!

La ventaja de la primera andanada estaba inclinando la balanza en favor de la Vaillant, por lo que Rodgers —apartando a algunos de sus hombres de las faenas de vela—, los armó con mosquetes del arsenal del ballenero y al pasar por la popa de la fragata francesa abrió temerariamente fuego contra ella, derribando a algunos de sus infantes de marina de los palos.

—¡Pero por los mil demonios! —gritó Mackay—. ¡Este loco de Rodgers se está involucrando en la batalla! ¡Parece que ya olvidó las innumerables veces que tuvimos que huir de nuestra propia Royal Navy para evitar que reclutaran a la fuerza a nuestros tripulantes!

Kelley, por su parte, miraba espantado la batalla y los destrozos que a simple vista podían observarse en ambas naves a medida que los disparos de los artilleros se hacían más precisos. Horrorizado vio cómo una descarga afortunada del navío inglés echaba abajo el palo mayor de la fragata francesa, dejándola temporalmente inmovilizada mientras los artilleros procuraban deshacerse del velamen que los cegaba y los carpinteros atacaban a hachazos el mástil para desprenderse de él y evitar el escoramiento del buque hacia babor. Esta operación se llevaba a cabo de manera frenética y desesperada, ya que el comandante francés se dio cuenta de que su par británico, oliendo una oportunidad única, se le estaba aproximando peligrosamente para soltarle una andanada a bocajarro y abordarlo.

—¡Mr. Mackay! ¡Mire, lo va a embestir!

Pero William tenía puesta toda su atención en el ballenero, que enfilaba hacia ellos y se alejaba ya de los combatientes, desplegando sus velas para dar la bienvenida al viento y abandonar a todo trapo estas aguas súbitamente peligrosas. Aunque toda la tripulación estaba ahora dedicada a ello, Mackay no pudo dejar de notar que un solitario tirador, sentado a horcajadas en la cofa de observación del trinquete, y cuya barba de rabioso color escarlata lo identificaba sin temor a equivocación como el carpintero Fleming, continuaba disparando furiosamente su mosquete contra la marinería de la Vaillant.

—¡Este Neil! ¡Por naturaleza le es simplemente imposible no involucrarse en una buena pelea!

En ese preciso momento, un cañonazo de la fragata francesa, disparado a quemarropa a través del velamen que todavía cubría la banda, alcanzó la santabárbara del buque inglés y ambos navíos desaparecieron envueltos en una pavorosa explosión que salpicó la superficie del mar de una lluvia de maderos astillados, pedazos de metal y cuerpos humanos destrozados. La fuerza expansiva fue tal que la Lady Cheryl escoró visiblemente a estribor, obligando a Fleming a agarrarse desesperadamente de la jarcia para evitar caer al vacío.

—¡Santo Cielo! —exclamó Mackay, observando atónito como los restos humeantes de las dos fragatas desaparecían tragados por las aguas.

—¡Qué horror! ¡Qué cosa más espantosa! —fue todo lo que pudo acotar Kelley, con la terrible impresión que aún se reflejaba en su voz.

Rodgers enmendó inmediatamente el rumbo para recoger eventuales sobrevivientes, pero era evidente que nadie había salido con vida de la terrible explosión.

—¿Se da cuenta, Kelley? Más de quinientos hombres acaban de desaparecer delante de nuestros ojos, y ni siquiera alcanzamos a enterarnos del nombre de la fragata británica.

Pero el doctor Alleyne Kelley no contestó. No podía apartar la vista del lugar donde solo momentos antes había dos embarcaciones repletas de seres humanos llenos de vida.



El retorno de los músicos al salón, con su discordante afinamiento de instrumentos, volvió a William Mackay de golpe al presente. Tomándose de un trago el resto de su brandy, recordó con una sonrisa el recibimiento eufórico que le brindaron tanto la tripulación como el capitán Rodgers, y la posterior aceptación e incorporación del doctor Kelley como un miembro adicional —aunque accidental y temporal— a la cámara de oficiales, en virtud de su categoría de médico y caballero. Obligados por las circunstancias, el viaje debía continuar con este nuevo número agregado al rol hasta que se diera la oportunidad de transbordarlo a alguna nave con la que se cruzaran en la ruta y que regresara a Inglaterra, o hasta el término del actual crucero si es que lo anterior no se producía. Como sea, Kelley pronto se vio envuelto en una rutina absolutamente distinta a cualquiera que jamás hubiese experimentado antes, y que lo absorbió de tal manera que poco a poco, y sin darse mucha cuenta, comenzó a desplazar al dolor profundo que le había causado su efímero matrimonio. La tripulación, por su parte, pronto descubrió los valiosos beneficios que les reportaba tener un médico experimentado a bordo, por lo que enseguida lo adoptaron y aceptaron como un superior más del buque. Por ello, cuando en la recalada en Cabo Verde para llenar los barriles con agua fresca desapareció sin dejar rastros el contramaestre Mitchell —un tipo avaro y mezquino que se encargaba además de las labores de contador y comisario—, el reemplazo de Kelley en esas dos funciones fue asumido por todos de manera tácita y sin mayor trámite. Esto confirmó al doctor como un miembro respetado e importante de la Lady Cheryl, lo que posteriormente —con el apoyo y patrocinio de Rodgers— fue oficialmente ratificado por los armadores cuando la nave retornó a Inglaterra al término de la cacería.



2

—Capitán Mackay, ¿en qué mundo interior estaba? Hace rato que lo observo y pareciera estar a kilómetros de aquí.

La suave voz de la dulce y linda María de los Santos le apartó definitivamente de sus recuerdos.

—Disculpe, señorita. No me percaté de que estaba a mi lado. Por favor, perdóneme por mi inexcusable falta de educación.

—¡Por favor! Si no es para tanto… Además, acabo de llegar a su lado, aunque debo confesarle que su involuntaria sonrisa de hace unos momentos despertó definitivamente mi curiosidad. En Chile decimos que «quien solo se ríe, de sus maldades se acuerda», por lo que espero que ese no sea su caso, capitán —agregó con una deliciosa sonrisa, aunque evidentemente turbada por este atrevimiento que rompía su acostumbrada timidez.

—Pues no, no es el caso —rio Mackay, divertido—. Es solo que estaba recordando un suceso del pasado que fue traído a colación por los señores que estaban conmigo hace unos instantes.

—Ya sé: la cuestión del cirujano de su buque. El doctor Cox no estaba muy contento por su negativa a relatar esa historia. Alcancé a escucharlo cuando se lo comentaba a su esposa.

—Pues lo lamento mucho y espero no haberlo ofendido, sobre todo después de haber aceptado su amable oferta de hospedaje. Sin embargo, sigo pensando que no le asiste ningún derecho a exigirme que relate públicamente una historia privada e íntima.

—Yo no me preocuparía más por ello, Mr. Mackay. No es para darle tanta importancia, como la misma señora Cox se encargó de decir a su marido. Pero debe reconocer, eso sí, que se metió usted solito en el atolladero, dando pie a que lo interrogaran sobre la historia en cuestión, ¿no le parece?

—Pues lamentablemente, sí. Así es —tuvo que reconocer el ballenero con una sonrisa.

De pronto se produjo una cierta agitación en el sector donde estaban ubicados el capitán Apablaza y los otros oficiales chilenos, originada por la abrupta entrada al salón de un oficial de dragones cuyo polvoriento uniforme y rostro fatigado denunciaban claramente que llegaba tras una larga cabalgata. El doctor Cox se acercó inmediatamente a recibir al recién llegado y, luego de intercambiar con él unas apresuradas palabras, lo condujo al salón que originalmente había seleccionado para escuchar la historia de Mackay, llamando a su paso a algunos caballeros y a todos los oficiales que participaban del ágape para que lo acompañaran a una improvisada asamblea.

Solo quedaron en el salón las damas y los ciudadanos extranjeros, en tanto la orquesta, comprendiendo que algo especial estaba ocurriendo, seleccionó rápidamente algunas piezas musicales más destinadas a la ambientación que al baile, y reinició sus acordes entre los murmullos intrigados de las personas que quedaron en el salón.

—¿Tiene alguna idea de quién es el oficial que acaba de llegar? Porque no cabe duda de que las noticias que trajo son importantes: prácticamente no quedó ningún ciudadano chileno en la sala.

—Ni la más mínima, capitán Mackay. Pero creo que pronto se va usted a enterar, puesto que noté que mi cuñado James también se agregó a la reunión.

En ese momento se les acercaron Young, Martin y Budge, quienes también estaban tratando de averiguar qué noticias tan importantes podría haber traído el misterioso oficial como para causar tal conmoción. La dulce María de los Santos, sintiéndose de pronto rodeada por tantos caballeros extranjeros, se excusó ruborosa y se dirigió hacia donde Mrs. Cox departía con las demás damas, no sin antes posar en William una de esas rápidas miradas que este ya no sabía cómo interpretar.

«Demonio de chiquilla», no pudo dejar de exclamar para sí, mirándola alejarse con su suave caminar.

—¿Alguna idea de qué es lo que está sucediendo, capitán Mackay? —le preguntó Martin apenas se alejó la chica.

—En absoluto. Y usted, Mr. Young, como oficial de la marina de este país, ¿tiene alguna noción de qué está ocurriendo?

—Ni la más remota, aunque supongo que tiene que ver con la guerra en el sur, o con la visita de San Martín. Pero ya nos enteraremos, puesto que Hurrel, aprovechándose de su calidad de oficial extranjero casado con chilena, se las arregló para colarse en la reunión.

Súbitamente se escucharon algunos vítores y aplausos desde el lugar donde estaban reunidos los hombres, y al poco rato irrumpieron todos nuevamente en el salón principal encabezados por el doctor Cox y el oficial de dragones, a quien un criado le aproximó una bandeja con una copa de vino. Haciendo callar a los músicos, el doctor se dirigió entonces a la concurrencia.

—Estimados amigos y huéspedes, es para mí un placer poder anunciarles que nuestro valiente amigo aquí presente, el capitán Arturo Castro, nos ha traído la noticia de que el actual Director Supremo suplente (el coronel argentino don Hilarión de la Quintana) ha presentado la renuncia a su cargo, poniéndolo a disposición de O’Higgins. Ello solo puede significar que en tanto continúe la campaña de Talcahuano, obligando a O’Higgins a permanecer fuera de Santiago, el gobierno deberá recaer de nuevo en un ciudadano chileno, como siempre debiera haber sido.

—¡A no ser que se lo entreguen a San Martín! —gritó alguien.

—Pues efectivamente se lo han ofrecido —intervino el capitán Castro—. Pero todo indica que el general rechazará tal honor.

—¡Lo cual habla muy bien de él! —volvió a gritar el mismo personaje—. ¡El gobierno suplente tiene que estar en manos chilenas, tal como el mismo coronel Quintana obviamente lo entendió!

—Damas y caballeros, propongo un brindis en honor de los dos valientes generales, y por la unión chileno-argentina en su lucha contra el enemigo común. ¡Viva la patria! —gritó otra entusiasta voz, y todo el mundo se apresuró a levantar su copa, incluidos Mackay, Martin y Budge que no entendían palabra de lo que estaba ocurriendo.

—¡Viva la patria!

—Bueno, parece que todo está aún bajo control —comentó Mackay, vaciando el resto de su copa—. Ahora esperemos a Hurrel para que nos explique qué demonios está ocurriendo.

—¡Salud por ello! —exclamó Thomas Martin imitándolo, en tanto Young y Budge soltaban la risa.



3

La conmoción causada por la llegada del capitán Castro y sus noticias cambiaron el tono de la velada, ya que todos los invitados chilenos se dedicaron apasionadamente a discutir y analizar las consecuencias políticas y militares que los nuevos acontecimientos podrían traer a la marcha de la guerra. Los visitantes británicos, por su parte —quienes en su gran mayoría no conocían ni de nombre a los personajes involucrados—, terminaron constituyendo un pequeño grupo aparte que poco a poco comenzó a disgregarse a medida que algunos decidían retirarse a sus alojamientos en la ciudad y otros, como William Mackay, a los aposentos que les habían sido asignados en la casa del anfitrión, el doctor Cox.

Mientras caminaba por el pasillo que, pegado a la casa, rodeaba los cuatro costados del jardín interior, se preguntó cuál de todas las puertas que iba flanqueando sería la del dormitorio de Cindy y si se le habría asignado una habitación para ella sola.

«Lo más probable es que no y que la esté compartiendo con Margarita, o hasta con María de los Santos, así es que no te hagas vanas ilusiones, William Walker Mackay», se contestó a sí mismo.

En general, haciendo un balance de la velada, tuvo que concluir que había resultado decididamente interesante; más que eso: sorprendente, si pensaba en lo ocurrido con Cindy junto a la fuente, cuyas aguas sentía correr en ese momento en mitad del jardín. El haber podido tenerla en sus brazos después de haber pasado tanto tiempo soñando con ello como en un imposible, para comprobar con admirado asombro cómo ella no solo aceptaba sus caricias sino que además las respondía apasionadamente, era algo que superaba todas sus expectativas. La tirante situación originada con la majadera insistencia de Cox para que relatara la historia del doctor Kelley no alcanzaba a enturbiar la emoción del otro hecho, y ello a pesar de la abrupta retirada posterior de Cindy, aparentemente originada en un repentino «ataque» de remordimientos por la infidelidad casi cometida.

—Pero ¿qué esperabas? Irrumpes a toda vela en la existencia de esta pobre muchacha atribulada, conmocionando toda su vida, una vida ya complicadísima en consideración al estado de su marido, ¿y pretendes que no sienta remordimientos por entregarse así a las caricias de otro hombre? Vamos, hombre, ¡despierta de una vez!

En ese preciso momento se entreabrió la puerta frente a la cual estaba pasando y entrevió un reflejo de cabellera rubia en el dintel.

—¡Psst! ¡Mr. Mackay! Acérquese, por favor. ¡Rápido!

Reaccionando con celeridad, al tiempo que miraba para ambos lados para confirmar que nadie lo observaba, se deslizó como una sombra por el dintel para encontrar una mano trémula que, cogiéndole de la muñeca, lo guio ansiosa hacia la penumbra de la habitación.

—¡Mrs. Buchanan! ¡Cindy…!

—Por favor no diga nada, Mr. Mackay, y solo escúcheme. He estado esperando que pase para hablarle, y creo que no es necesario decirle lo que estoy arriesgando al invitarlo a entrar en mi dormitorio. Por ello le ruego que se limite a escucharme sin interrumpirme. ¿De acuerdo?

—Bueno, de acuerdo, pero…

—Sin «peros», William, por favor.

—Bueno, sin «peros». Continúe usted.

—William: desde que abandoné el salón no he podido dejar de pensar en el irreflexivo paso que hemos dado y en las consecuencias que podrían derivarse del mismo. Creo que no le sorprenderé demasiado si le confieso que me siento terrible y peligrosamente atraída hacia usted. Debo agregar sinceramente que no sé por qué me ha causado usted esta impresión, ya que (sin pecar de falsa modestia) han sido muchos los hombres que me han pretendido, acercándose con todo tipo de intenciones que en la gran mayoría de los casos distaban mucho de ser honorables, como sin duda usted se podrá imaginar. Es que, usted sabe, la desgracia de Robbie reviste indudablemente de un poderoso atractivo para los hombres, puesto que todos parecen pensar que su invalidez me ha convertido en una mujer dispuesta y llena de pecaminosos y ardientes deseos reprimidos que solo están esperando que algún hombre (peor aún: cualquier hombre) los desate, encienda y satisfaga, transportando de paso al afortunado a un mundo pletórico de fantasías sexuales de límites insospechados. Le ruego me perdone por la franqueza, crudeza quizás, pero es que es así como lo he sentido, y por ello jamás me permití siquiera insinuar una atracción física por alguien. Reconozco que sí he tenido noches de deseo y desesperación (mal que mal soy de carne y hueso), pero ellas principalmente se han originado en la injusticia de lo que nos ocurrió a Robbie y a mí, en lo que el destino nos deparó cuando estábamos aún en la etapa de aprendizaje y conocimiento mutuo, acercándonos a la perfección del amor físico, ese que es complementario al otro, al espiritual, ya que solo cuando existe el segundo es posible alcanzar la perfección en el primero. Si no fuera así, entonces no nos diferenciaríamos mayormente de los animales, en los que solo impera el instinto.

—Cindy, le aseguro que…

—Recuerde que prometió no interrumpirme, William. Así es que déjeme continuar, por favor —la muchacha hizo una pausa para retomar el hilo de sus ideas y luego continuó con resolución—. Esas noches de deseo y desesperación a las que me refiero son distintas de las que sufría durante las ausencias de Robbie, cuando solo pensaba en su regreso y mi deseo era solo por él, es decir, era un deseo que tenía rostro, que tenía un cuerpo que anhelaba desesperadamente volver a estrechar. No, yo me refiero a las que comencé a experimentar ya en Valparaíso, tendida junto al cuerpo inválido de mi marido en esas noches interminables, cuando mi deseo se mezclaba con la rabia y con la furiosa impotencia exacerbada por el descubrimiento, a través del delirio de Robbie, del romance pasional que este mantuvo con una muchacha nativa en las Marquesas. Debo confesar que al principio me sentí burlada, vejada y traicionada, pero en su mismo delirio Robbie lloraba su arrepentimiento, pidiendo perdón a gritos por no haber perdido la vida en la batalla final de la Essex como pago por su pecado, y ello me hizo cambiar de opinión al comprender que por lo menos Robbie pudo vivir una pasión, aunque fuera solo física, hasta lujuriosa quizás, antes de convertirse en un hombre incapaz de volver a experimentar algo así en lo que le queda de vida, aunque no haya sido conmigo. ¿Entiende lo que quiero decir, William?

—Pues creo que sí, Cindy. Pero…

—Quedamos en que sin «peros», ¿recuerda? Bueno, y entonces apareció usted, William. Usted, con su rostro serio y sus ojos melancólicos. Usted, con su mirada penetrante y su sonrisa tan especial. Y las noches de desesperación y deseo regresaron nuevamente con un rostro y un cuerpo, pero ya no eran los de Robbie. ¿Puede entenderlo, William? ¿Puede?

La muchacha se interrumpió, evidentemente afectada, y caminando hacia un lado de la habitación con las manos cubriéndole el rostro, en un gesto de viva desesperación, se detuvo nuevamente, volviéndose hacia el marino y continuando antes de que este pudiese siquiera esbozar una respuesta.

—No, no creo que pueda, pues, verá, yo sigo amando a Robbie y jamás podré dejarlo. Eso es algo que está absolutamente fuera de toda cuestión, y ello significa que usted y yo no tenemos ningún futuro juntos y que solo podríamos entregarnos a una relación frustrante que terminaría por hacernos terriblemente infelices. ¿Está de acuerdo? Espero que sí, William, porque eso es lo que quería transmitirle: que no podemos continuar con esto, que debemos terminarlo ahora, antes de que se nos escape de las manos y no podamos ya pararlo. He estado pensando todo este rato en ello, William, y por eso lo he esperado para decírselo, aún a riesgo de mancillar mi honor invitándolo a mi habitación.

—Lo siento, Cindy. Pero debo partir por decirle que no puedo aceptar que me meta usted en el mismo paquete con todos esos, er, llamémosles «pretendientes» suyos. Tomando ejemplo de la franqueza de la que usted ha hecho gala, sería un embustero si negara la demoledora atracción física que usted me produce. Sí, la deseo con toda el alma, es cierto. Pero al mismo tiempo debo decirle (y puedo hasta jurárselo, si me lo pide) que empecé a enamorarme de usted desde el minuto en que la vi por primera vez, cuando sentada en la chalupa de la fragata Hudson, en la mitad de la bahía de Valparaíso, trataba desesperadamente de evitar que el viento le arrebatara su sombrero. ¿Se acuerda? Vaya, si lo que adivino en su rostro a pesar de la oscuridad es el atisbo de una sonrisa, veo que sí lo recuerda. Y luego en esa iglesia, mirándola observar los detalles del templo, creo que ahí fue donde definitivamente terminé de enamorarme de usted. Lo recuerda también, ¿no es así? Bien, pues debo decirle que en esos dos momentos yo todavía no tenía ni la menor idea del estado de su marido, y sin embargo ya la deseaba. No solo eso: ya la amaba con todas las fuerzas de mi ser. ¿Comprende lo que quiero decirle, Cindy? Pues simplemente que la condición física de Robbie no tiene nada que ver ni con mi deseo ni con mi amor por usted, y ello porque comencé a amarla y a desearla antes de saber de su marido. ¿Entiende ahora por qué me niego a que me incluya en el mismo paquete que a esos pretendientes suyos?

Cindy no dijo nada, por lo que Mackay continuó hablando.

—Ahora, respecto de nuestro futuro, ya sé que no tenemos ninguno y es por ello que trato de no pensar sobre el particular. El que usted me haya besado esta noche ha superado todas las expectativas que jamás pudiera haberme yo hecho, y sinceramente no he tenido tiempo todavía para analizar las posibles consecuencias de ese acto. La verdad es que solo sé que la amo, Cindy, y lo demás no podría importarme menos.

—Es usted un hombre muy extraño, William.

—Y usted una mujer extraordinaria, Cindy.

—Se equivoca, no tengo nada de extraordinaria.

—Pues yo creo que sí. Además, es inteligente, valerosa y extremadamente hermosa.

—Por favor, William. No siga.

—¿Por qué no? Es la pura verdad y usted lo sabe muy bien. No me diga que no se da cuenta de cómo la miran los hombres y hasta las otras mujeres, y de cómo la miro yo, que desde que la vi por primera vez no he podido quitármela de la mente.

—Cállese, William, se lo ruego.

—Lo siento, Cindy. Pero ya le dije que la amé desde el minuto en que la vi en esa chalupa tratando de sujetar su sombrero. Y la he amado cada vez más desde entonces, no me avergüenza decirlo. Cuando conocí a Robbie, y luego cuando empecé a frecuentarlo, luché contra ello. Me hice el firme propósito de quitármela de la mente. Y solo logré descubrir que la amaba y deseaba aún más que antes. Ahora, si usted lo desea, puede echarme de aquí, pero no me haga prometer que deje de amarla, porque no es algo que yo pueda controlar.

Durante todo este discurso, tan inusual en el normalmente parco ballenero, Cindy permaneció en silencio con la cabeza gacha y el rostro oculto por la penumbra del cuarto, apenas iluminado por un candil de mecha intencionalmente corta.

Mackay la miró intensamente, pero ella no levantó la vista ni emitió palabra alguna. Finalmente, sin poder resistirlo más, el marino se volvió hacia la puerta, diciendo con voz ronca:

—Creo que debería marcharme, Mrs. Buchanan. Siento mucho haberla importunado así. Le ruego que me perdone y que trate de olvidar lo que le he dicho.

No hubo respuesta. Mackay titubeó por una fracción de segundo y luego echó a andar hacia la salida, sintiéndose como un absoluto idiota.

—William —le oyó decir, tan bajo que creyó que era su imaginación.

Se detuvo con la mano ya en la manilla de la puerta, y el corazón le latía con tal fuerza que pensó que se le saldría del pecho.

—William, no se vaya.

Se volvió, anhelante, sin dar crédito a sus oídos. Pero ahí estaba ella, de pie, más hermosa que nunca, mirándole con los ojos húmedos y los labios trémulos. Con los brazos colgando a los costados y el pecho agitado.

—No te vayas. Que Dios me perdone, pero, por favor, no te vayas. Ven aquí y abrázame fuerte. Abrázame ya, antes de que la razón vuelva a mi cerebro.

En un segundo estaba a su lado. La abrazó con fuerza, y se sorprendió nuevamente de la naturalidad con que su cuerpo se amoldaba al suyo, sintiendo la flexibilidad y firmeza de su talle, la suavidad de su pelo al roce de su mano, el aroma embriagador de su perfume. Sintió como suspiraba y comprendió que sus emociones no eran muy distintas de las suyas propias. La besó suavemente en el rostro, en el cuello, bajo la oreja, y ella se estremeció en una reacción involuntaria. Buscó su boca y encontró sus labios entreabiertos, esperándolo, con la cara levantada, los ojos cerrados y la respiración entrecortada. La besó otra vez como anteriormente junto a la fuente, con toda la ternura del mundo, con todo ese amor que acababa de confesarle, escondido por tanto tiempo. Ella lo besó a su vez, con una dulzura que hasta ahora él no había creído posible que existiera. Pero, poco a poco, el beso se tornó más apasionado, más desesperado. Más ansioso. El abrazo se hizo todavía más estrecho, y ambos se fundieron casi como en un solo ser. Su cuerpo tomó conciencia del de la mujer, con sus pechos firmes y pujantes apretados al suyo, entendiendo que ella también sentía cómo su instinto respondía a este estímulo, y sin embargo se apretaba aún más contra él, tal como lo había hecho junto a la fuente, haciéndole casi gemir de placer y deseo. Su mano buscó su pecho, y ella se la apartó sin mucha convicción, pero luego, cuando insistió, le dejó hacer, estremeciéndose con el contacto, y echó la cabeza atrás mientras él la besaba en la garganta y recorría con los labios la curva de su hombro, con la mano siempre acariciando su seno, buscando con los dedos el pezón que encontró ya duro y erecto.

—¡Oh, William, espera! ¡La puerta! ¡Ponle el cerrojo a la puerta!

Sin soltarla, Mackay retrocedió un par de pasos y liberando una mano hizo lo que le pedía, por lo que casi perdieron ambos el equilibrio en el intento. Cindy se apartó un poco y luego lo volvió a besar con furia, en tanto le empujaba la chaqueta por los hombros. Él la soltó para permitir que la prenda se deslizara al suelo y luego, abrazándola nuevamente, juntó las manos tras su espalda para desatarle la cinta que ajustaba el vestido a su grácil cintura. La muchacha aprovechó la ocasión para tirarle de la camisa, sacándosela fuera de los pantalones, e introducir sus manos bajo la seda, posándolas por primera vez sobre el pecho desnudo del hombre. Este, en tanto, tras desatar la cinta y ya sintiéndose cercano a la locura por culpa de esas manos sobre su piel, se afanaba con los botones del atuendo femenino, para pronto obligar a Cindy —en vista de sus infructuosos intentos y evidente torpeza— a apartarse de nuevo para cumplir hábilmente con la tarea. Terminada esta, y mientras lo miraba intensamente a los ojos, Cindy dejó caer suavemente el vestido por la parte delantera hasta su cintura, descubriendo sus senos temblorosos a la luz del candil. Mackay, ante tal visión, se sacó la camisa de un tirón por encima de la cabeza y la atrajo hacia sí, ansioso por sentir ese contacto contra su piel. Se besaron con pasión, regocijándose en el roce de sus pechos desnudos, para luego —casi al unísono—, apartarse para terminar ambos apresuradamente de desvestirse: William se quitó los botines y los pantalones y Cindy, con gran destreza, se bajó el vestido y la ropa interior simultáneamente.

Se miraron por un instante. Ella, como una imagen celestial, divinamente hermosa en su desnudez, con la cabellera rubia cayéndole desordenada sobre los hombros, con sus pechos altivos y firmes agitándose con la respiración, con un estómago plano tal como Mackay se lo había imaginado un millón de veces en sus sueños, y luciendo un par de piernas tan hermosamente largas y torneadas que parecían irreales en su perfección. Él, bronceado por el aire marino, alto y delgado y sin embargo con brazos y piernas en los que la elástica musculatura no solo se veía sino que podía hasta intuirse, de tórax potente y ligeramente velludo, con un estómago firme como el acero, y el miembro viril erecto y destacándose como un asta de bandera en su evidente excitación.

Cindy se le acercó lentamente y lo condujo a la cama, donde se tendió de espaldas, y lo atrajo hacia sí musitando quedamente:

—Sé tierno, por favor, William. Trátame con amor y dulzura, te lo ruego.

—Te lo prometo, mi dulce amor.



Capítulo XI



1

La llegada de Neil Fleming y su grupo no pudo pasar desapercibida para la población de Santiago, ciudad que, a pesar de no ser a la fecha la más pacífica y ordenada de las metrópolis hispanoamericanas, no estaba preparada para enfrentar a tal banda de revoltosos y pillos anglosajones. Cabe destacar que luego de la huida de las tropas realistas de la capital, la seguridad de sus habitantes había quedado prácticamente entregada a la voluntad y capacidad de autodefensa de cada vecino, sin que ninguna fuerza u organización policial oficial se encargara de guardar el orden como lo habían hecho hasta antes de la batalla de Chacabuco el siniestro capitán San Bruno y sus talaveras.

Consciente del problema que esta situación causaba, y que podía conducir a la ciudad a un inevitable caos social, O’Higgins «resucitó» la antigua legislación colonial y fijó horarios estrictos para el cierre de las fondas y tabernas, ordenando el alumbrado obligatorio de las calles por cuenta de los vecinos, y sometiendo los crímenes a la justicia militar. De esta manera, los ladrones sorprendidos en hurtos por montos inferiores a cuatro dólares se hacían acreedores de doscientos azotes, en tanto que los asesinos y bandoleros participantes en robos superiores a esa cantidad eran simple y llanamente condenados a la pena de muerte. Al mismo tiempo se inició un fuerte control de armas entre la población civil. Para poder llevar a cabo con éxito estas medidas, O’Higgins instituyó un tribunal de alta policía anexo al cargo de intendente gobernador de Santiago, confiando este cargo al señor Matthew Arnold Höevel, un ciudadano sueco naturalizado norteamericano. Este Mr. Höevel, europeo progresista y enérgico, comenzó por dictar un bando de policía de doce artículos absolutamente draconianos, y continuó con la publicación de un Semanario colmado de reglamentos policiales, normas de ornato y procedimientos de higiene y aseo, que aunque evidentemente necesarios le granjearon la inmediata enemistad del pueblo, que comenzó a llamarlo el «San Bruno sueco».

Este era el panorama social que recibió a Fleming y a su banda cuando irrumpieron con su desordenado convoy de carromatos en la plaza de Armas de Santiago del Nuevo Extremo, cantando a voz en cuello sus pícaras canciones marineras, llenos hasta las orejas de alcohol barato:

Come to me, sweet lady of the night

and while you take me to your chamber

try to pretend that you remember

this lonely whaler with delight31.



Un destacamento de infantes del Octavo Batallón de Libertos Negros de Cuyo, todos de pura raza africana, que gozaban de un merecido franco con ocasión de las celebraciones en honor del general San Martín, aburridos y sin nada que hacer, dieron muestras de un profundo malestar por el bochinche proveniente del grupo de marineros británicos, probablemente más por la abundante compañía femenina de la que parecían gozar estos —y que a ellos definitivamente les faltaba— que por el tenor de sus canciones, de las que evidentemente no entendían palabra.

—¡Cerrad el pico, malditos carapálidas! —fue el primer grito provocador que surgió del grupo de soldados, emitido por un sargento negro como el betún y cuya enorme corpulencia bastaba para hacerse respetar.

Fleming, ni corto ni perezoso y dándose inmediatamente por aludido, retrucó sin titubear:

—¡Cállate tú, cara de mono! ¿Es que no ves que estoy tratando de cantar, maldito simio?

El sargento, aun sin entender inglés, comprendió claramente que le habían gritado algo ofensivo, sobre todo por las carcajadas de los acompañantes del gigante de la barba roja. En vista de ello, buscó una manera de recobrar ante sus hombres el prestigio que supuso perdido, encontrándolo en la enorme ruma de malolientes ojotas que cubrían un costado de la plaza y que eran el resultado del diario comercio del popular calzado desarrollado en ese lugar, donde la costumbre era que los compradores simplemente abandonaran sus ojotas viejas para retirarse con las nuevas recién adquiridas. El hombronazo eligió una hediondísima y destartalada ojota de gran tamaño y la arrojó con todas sus fuerzas contra el carro de Fleming, con tanta fortuna que la misma le dio en plena cara al ballenero y lo derribó desde el pescante al fondo del carromato, donde cayó encima de sus adoradas Elcira y Edelmira, que casi desfallecieron aplastadas bajo el tremendo corpachón del carpintero.

—¡Hijo de la grandísima puta! ¡Vas a morir por esto! —fue el rugido que emitió Fleming, al tiempo que saltaba desde el carromato sobre el suboficial negro y rodaban ambos por el polvo de la plaza.

Los compañeros de Fleming, ni cortos ni perezosos, saltaron inmediatamente de los carros y atacaron sin contemplaciones al resto de los soldados negros, convirtiendo la plaza en un fenomenal campo de batalla en que ambos bandos se daban golpes a diestra y siniestra sin conceder ni pedir cuartel. Los infantes, aún siendo menores en número que sus atacantes ingleses, tenían la ventaja de estar bastante más sobrios, por lo que la refriega se mantuvo en un cierto empate; destacaba especialmente la pelea que desarrollaban individualmente Fleming y el sargento negro. Esta vez el pendenciero pelirrojo tuvo que aceptar que había encontrado un contrincante a su altura, ya que era evidente que abatir a este hombronazo de color no iba a ser tarea fácil. Intentando terminar la pelea de una vez, le soltó un mazazo con la izquierda que impactó al negro en una ceja, partiéndosela en un abanico de sangre que a cualquier mortal habría descalabrado, pero solo logró enfurecer aún más al soldado, quien respondió con un furibundo patadón que alcanzó a Fleming en el bajo vientre y lo derribó con un bufido mientras se llevaba ambas manos a los genitales. Creyendo ganada la partida, el sargento cometió el error de no rematar al marinero, limitándose a mirarlo con satisfacción mientras este se retorcía en el suelo, al tiempo que intentaba restañarse la sangre de la partida ceja con un inmundo trapo multicolor.

—¿Tienes suficiente con eso, condenado barbarroja? ¿Quieres otro poco del mismo tratamiento? ¡Contesta, maldito carapálida!

Como Fleming no hacía nada, aparte de continuar sujetándose aparatosamente los testículos con ambas manos, el negro agachó la cabeza para gritarle su triunfo desde más cerca, pero entonces recibió de lleno, bajo el mentón, una letal y formidable patada que le hizo caer de espaldas mientras bregaba desesperadamente por ingresar algo de aire a sus pulmones. Fleming se incorporó trabajosamente y procedió a propinar otro feroz puntapié al caído suboficial —esta vez a la altura de los riñones—, y terminó definitivamente por ponerlo fuera de combate, pero cayó al suelo por el esfuerzo y quedó tendido junto a su contrincante.

En ese momento penetró en la plaza la recién formada policía de Höevel, atraída por la batahola y a todas luces dispuesta a establecer el orden y el decoro. Al percatarse de esta amenaza común que se les venía encima, infantes y británicos aunaron fuerzas y, utilizando la montaña de ojotas como proyectiles, recibieron con un eficaz bombardeo a los recién llegados, quienes tuvieron que frenar su ímpetu para protegerse de la lluvia de zapatazos que alegremente les disparaban los que hasta hacía pocos minutos habían sido feroces contrincantes. Fleming y el suboficial negro, en tanto, permanecían lado a lado en el suelo, tratando desesperadamente de recobrar el resuello.

Los guardianes del orden, momentáneamente abrumados por lo inesperado del recibimiento, reaccionaron con rapidez y, desenvainando los sables, atacaron resueltamente a los revoltosos, desafiando el bombardeo de ojotas que continuaban lanzándoles certeramente los soldados y marineros extranjeros, que ahora luchaban hombro con hombro. El primer agente policial que logró alcanzar la fila de combatientes le soltó un sablazo en la cara a un jovencísimo y muy borracho marinero inglés, y aunque afortunadamente solo le golpeó con la parte plana de la hoja, le derribó y le dejó aturdido y con un feo verdugón rojo que le cruzaba de lado a lado la mejilla. El policía no había alcanzado ni a buscar otro contrincante que enfrentar cuando recibió a su vez un violento golpe en pleno rostro, propinado por un soldado negro, quien desenvainando a su vez utilizó la empuñadura de su arma como una maza.

Entremezclados ya guardianes y revoltosos, la batalla amenazó con ponerse bastante más fea cuando tanto los negros como sus ahora aliados británicos desenvainaron sables, machetes y hasta hachas de abordaje para defenderse de los agentes policiales. Ambos bandos se observaron durante un instante, como si midieran las fuerzas del contrario. Entonces, los más belicosos o más osados de cada lado decidieron atacar, haciendo chocar con fuerza sus aceros hasta que dos policías y dos de los revoltosos —un soldado negro y un arponero escocés— quedaron tendidos en el polvo, sangrando y quejándose de las heridas cortantes recibidas, aunque ninguna parecía ser grave. Las bajas —que dejaban a los dos bandos empatados— detuvieron nuevamente el enfrentamiento, hasta que el oficial que comandaba la fuerza policial tuvo la mala ocurrencia de pensar que si arrestaba a Fleming y al sargento de los libertos, quienes parecían ser los cabecillas de la banda de camorristas lanzaojotas, ello bastaría para restablecer el orden en la plaza. Los dos gigantes, a pesar de estar ambos aún algo aturdidos por su reciente enfrentamiento, cuando vieron que el oficial se les acercaba y amartillaba resueltamente su pistola, simplemente se miraron y procedieron al unísono a disparar sus respectivos puños contra el pobre hombre, quien antes de poder pestañear siquiera recibió simultáneamente dos feroces puñetazos en pleno rostro, saliendo catapultado violentamente por el aire, y cayendo aparatosamente a casi tres metros de distancia.

El asombro de todos al ver el vuelo del oficial, quien luego de su poco elegante aterrizaje quedó desguañangado e inmóvil cual informe saco de patatas, duró solo unos momentos, y la gresca comenzó nuevamente con más furia si ello fuera posible. Esta vez hasta los mirones, conformados principalmente por el populacho santiaguino, participaron alegremente de la pelotera reiniciando el bombardeo de ojotas contra los cada vez menos populares vigilantes del orden, quienes ante la superioridad numérica empezaron poco a poco a abandonar el campo en busca de refuerzos.

—¡Déjenlos ir! ¡Dejen que los malditos se retiren y vámonos de aquí antes de que aparezcan más! —gritó Fleming, al tiempo que disparaba una última ojota contra el grupo policial y alcanzaba a uno de los agentes certeramente en la nuca, arrojándolo de bruces al suelo.

—¡Buena idea, barbarroja! —aprobó entusiastamente el sargento moreno, acercándose a ayudar a uno de sus infantes caídos, que mostraba una fea herida de sable en un costado.

Los dos hombres se miraron y luego soltaron la carcajada, y se dieron la mano efusivamente como si en vez de los terribles adversarios que se habían enfrentado apenas unos momentos atrás fueran un par de amigos de toda la vida.

—Take care, you fucking nigger!32 —se despidió Fleming, llevándose la mano a los aún doloridos testículos, consecuencia de la pateadura propinada por el sargento.

—¡Trata de que no te maten todavía, maldito colorín! —respondió a su vez el negro, acariciándose el hinchado mentón.

Ambos grupos se alejaron rápidamente de la plaza, los infantes del octavo por una de las calles laterales y los británicos con sus mujeres y sus carromatos por otra, buscando algún lugar donde montar su campamento y continuar la jarana.

—Ese tipo es decididamente un peligro público —comentó lacónicamente el teniente Germán Sáenz al capitán Apablaza, desde el lugar junto a la fuente que les había servido de punto de observación del recién terminado combate.

—Por eso mismo es que usted debe cuidarse de él, teniente. Solo piense en lo que podría pasar si se encontrasen ustedes dos de sopetón después del incidente en Valparaíso, el que le costó media oreja al bárbaro pelirrojo.

—No se preocupe, mi capitán. Que si ello llegara a pasar, esta vez le aseguro que no apuntaré precisamente a la oreja.



2

Cindy, quien normalmente se levantaba muy temprano para atender a Robbie, se despertó pasadas las diez de la mañana, y solo porque la sacó de su profundo sueño la doncella que entró en el dormitorio para traerle el desayuno. Sus ojos ansiosos se dirigieron inmediatamente al lado de la cama donde solo unas pocas horas antes había yacido el cuerpo de William Mackay, su apasionado y viril amante de la pasada noche, sin poner atención en el asombro y espanto de la chica campesina cuando se percató de que la rubia extranjera que le habían encargado atender dormía escandalosamente desnuda.

Con aire distraído y ausente se las arregló para despachar rápidamente a la doncella, abocándose a la difícil labor de desembrollar sus pensamientos, los que sin lugar a dudas parecían estar tan desordenados como las sábanas y cobertores del lecho en el que acababa de despertarse.

Antes de que Margarita irrumpiera con su acostumbrada vitalidad, impaciente por comentar todos los detalles de la velada y el baile de la noche anterior, la norteamericana repasó todo lo sucedido desde el momento en que introdujo al ballenero escocés en su habitación. Y ahora, mientras Margarita la ayudaba a vestirse sin parar de parlotear, Cindy seguía rememorando lo ocurrido en ese mismo cuarto y tuvo que confesarse que no sentía el más mínimo arrepentimiento. Todo había sido tan simple, tan bello, tan tiernamente salvaje y apasionado, que hasta le parecía que en alguna página invisible de su destino había estado siempre escrito que así debía ser. Tampoco sentía ninguna vergüenza por haberse entregado de la forma en que lo hizo, ni por sus gemidos de placer (que, ahora recordaba con asombro, fueron casi animales), emitidos incontrolablemente cada vez que había alcanzado el clímax en los brazos de este hombre sorprendente, y que la habían llevado al extremo de morderse con desesperación la mano para evitar que salieran desatados y libres a la complicidad de la noche: jamás había experimentado un placer igual; jamás sus orgasmos habían alcanzado tal intensidad; jamás había sospechado siquiera que pudiera vivirse una sensación física igual, y todavía se sentía mareada por las emociones de la noche.

No recordaba cuántas veces habían hecho el amor. A decir verdad, nunca le había gustado la frase «hacer el amor»: para ella el amor era un sentimiento, y como tal no podía «hacerse» sino «sentirse»; pero ahora, después de lo experimentado con este mágico misterio personificado en William Walker Mackay, podía finalmente entender lo que esta frase significaba. Y hasta se daba cuenta de que para el hombre había sido igual. Lo de la noche anterior no había sido solamente una pasión física. No, definitivamente no: la intensidad de los sentimientos encontrados en esa habitación hablaban de amor, de un amor fuerte y apasionado, pero al mismo tiempo de un amor de ternura infinita, que trascendía el mero momento pasional.

—¿Y ahora qué harás, Cynthia Cowen Buchanan? ¿Cómo enfrentarás el resto de tu vida? —se preguntó inadvertidamente en voz alta, haciendo que Margarita interrumpiera su incesante parloteo para mirarla con asombro.

—¿Qué dice, Mrs. Buchanan? ¿Qué me preguntó?

—Nada, chica, nada. No te preocupes. Creo que estoy algo dormida todavía.

—Pues quizás debería descansar otro poco. Recuerdo que anoche no se sentía usted muy bien.

—No, Margarita, no te preocupes. Estoy bien, te lo aseguro. A ver, terminemos de ordenar esto y vayamos a investigar cuál es el programa preparado para hoy.



Mackay se encontraba en esos momentos junto a la fuente en el fondo del jardín, tratando también de ordenar sus pensamientos, que invariablemente le llevaban a los sucesos de la noche anterior.

«Y ahora qué, Mackay. ¿Qué demonios se supone que vas a hacer ahora? ¿Escaparte con ella? ¡Imposible! Dejó muy claro que nunca pasaría tal cosa. ¿Y entonces? ¿Qué se supone que harás?».

Un poco antes de las seis de la mañana había abandonado cuidadosamente la habitación de Cindy, procurando evitar que algún madrugador le sorprendiera, ya que ello —de llegar a ocurrir— resultaría simplemente fatal para la honra de la muchacha y de su marido. Pero aunque pudo introducirse sin mayores problemas en su cuarto, no consiguió alcanzar el sueño reparador que esperaba y solo logró sumirse en un corto, desasosegado e intranquilo sueño, y finalmente terminó desvelado y mirando las vigas y tablas del cielorraso. En vista de ello prefirió levantarse de una vez, para luego de asearse y afeitarse —con agua demasiado fría para su gusto— dirigirse a la cocina y solicitar a la atareada criada que encontró una reponedora taza de café. Con ella humeando en la mano se encaminó al comedor, pero solo halló al doctor Cox atareado y concentrado entre un lote de papeles y recetas médicas y decididamente sin ningún interés en iniciar una conversación. Aliviado así de la responsabilidad dictada por la cortesía de mantener la que muy probablemente resultaría ser solo una forzada e insulsa charla, Mackay procedió a excusarse y salió de la casa en dirección a los establos, atraído por el alegre ruido de los peones que atendían a los caballos, para luego vagar algunos momentos por la huerta y finalmente terminar una vez más junto a la fuente del jardín.

La noche había sido excepcional, y todavía le parecía increíble que lo que había ocurrido hubiera sucedido realmente. Nunca antes había experimentado con una mujer lo que había experimentado con Cindy. Jamás pensó siquiera que él fuera capaz de entregar y entregarse como lo había hecho con Cindy. Esto no había sido un mero acto sexual. Esto no era una simple y llana cópula animal y desesperada, como las que muchas veces había experimentado en el pasado. Esto era amor. Un amor dulce, tierno y embriagador. Embriagador en tal extremo que los llevó a la máxima perfección física casi sin darse cuenta de que se estaban envolviendo en una espiral alucinante y cada vez más extrema, hasta llegar a un éxtasis que Mackay sospechaba era difícil alcanzar en la vida de algunos seres humanos. Seres que pasaban toda su existencia sin haber experimentado jamás algo así, y llegaban a la muerte sin conocer una sensación que ahora le parecía casi onírica.

«¿Lo habrá sentido ella así también? —se preguntó, hablando en voz alta sin darse cuenta—. ¡Pues claro que sí! ¿Es que acaso no viste su mirada? ¿No viste la expresión de su rostro? Lo que tenemos aquí es algo único, algo que rara vez sucede…, y no podemos hacer nada al respecto».

Metió las manos en las frías aguas de la fuente, se mojó la cara y se la frotó con fuerza y luego, exhalando el aire de sus pulmones en una especie de largo suspiro —más un gemido dolorido que un suspiro—, se encaminó lentamente hacia la casa para reunirse con los demás huéspedes.



3

El espacioso patio del Cabildo, cubierto con un gran toldo para proteger a la animada concurrencia del rocío de la noche, se mostraba profusamente iluminado y colmado de gente, en su gran mayoría militares que con impecables uniformes de parada departían con hermosas damas, que lucían también sus mejores galas. La celebración, que conmemoraba el aniversario del establecimiento de la primera junta de gobierno en Buenos Aires, estaba coronada por la presencia imponente del mismísimo general don José de San Martín, sentado en una mesa al fondo del improvisado salón y flanqueado por dos oficiales: uno chileno a su diestra, con la bandera de la llamada «Patria Vieja» creada por José Miguel Carrera, de tres franjas horizontales azul, blanca y amarilla, y uno argentino a su izquierda, con la bandera bicolor azul y blanca de las Provincias Unidas.

Desde el lugar donde se encontraban William Mackay, James Hurrel, el doctor Nathaniel Cox y otros caballeros esperando a que las damas regresaran del guardarropía, donde se había formado una larga fila de señoras que entregaban sus capas, abrigos y tapados, era posible observar sin disimulo al ilustre homenajeado, quien, muy consciente de su importancia y atractivo, conversaba afablemente con sus acompañantes en la mesa. El general era un hombre alto, bien formado y de porte marcial; con cabellos de un negro profundo que terminaban en unas patillas largas y gruesas, enmarcando un rostro sin bigote y de semblante muy moreno, casi cetrino. Sus ojos —grandes, oscuros e inquietos— lucían animados de tal fuego e intensidad que era imposible sustraerse a su embrujo, a pesar de que raramente parecían fijarse por mucho tiempo en un objeto o persona. Era patente el impacto que su apariencia física causaba en el sexo femenino, y Mackay se preguntó si Cindy también se sumergiría en la fascinación que evidentemente este hombre provocaba en las mujeres.

—¡Finalmente! ¡Aquí estamos! —Cindy apareció de pronto a su lado, seguida inmediatamente de Tomasa, la señora Cox, María de los Santos y una Margarita que a duras penas lograba dominar su entusiasmo y admiración por todo aquel ambiente maravilloso que la rodeaba. Y es que el despliegue de elegancia y solemnidad, acorde con el refinamiento esperado de una corte europea, no parecía posible en un lugar tan apartado de la civilización como este, muy remoto pero cada vez más fascinante país. Por lo menos esa era la impresión de William Mackay, que en su tosca vida de ballenero había tenido pocas veces la oportunidad de participar de eventos sociales de esta naturaleza. La variedad inmensa de comidas y bebidas que se ofrecían a los asistentes hacían difícil recordar que a menos de trescientas millas de la capital se combatía aún furiosamente, en una guerra que estaba muy lejos todavía de considerarse ganada.

William miró a Cindy, y una vez más se estremeció con solo recordar los sucesos de la noche anterior, tan vívidos aún en su mente, pero al mismo tiempo tan extraordinariamente sorprendentes que le parecía que nunca habían ocurrido. La chica lucía esta vez un vestido azul, y a pesar de su simplicidad —lo que parecía ser definitivamente su estilo—, se las arreglaba para causar una impresión tal de seducción en todos los hombres que se cruzaban con ella que hizo que Mackay súbitamente descubriera algo en sí mismo que jamás habría imaginado: que no era inmune a la terrible enfermedad de los celos.

Los nuevos amantes no volvieron a verse hasta la hora del almuerzo, suculenta comida tanto por la cantidad de platos que se presentaban como por la abundancia de los mismos. Esta comida era considerada por los Cox como un evento muy importante, casi ceremonial ya por la costumbre, en la que toda la familia —más los ocasionales huéspedes y algunos invitados muy especiales— se juntaba en una gran reunión diaria para comentar y discutir todos los acontecimientos de actualidad. Cindy estaba sentada esta vez bastante lejos de él, por lo que, aparte de cruzar un par de miradas que decían más que mil palabras, no pudieron intercambiar ni una frase sobre los sorprendentes sucesos de la noche anterior. Terminado el largo almuerzo, casi todos los comensales se retiraron a dormir la siesta o a preparar sus atuendos para la gran cena y baile de la noche, por lo que tampoco hubo ocasión alguna para que ambos pudieran reunirse. Esto no ocurrió hasta el momento en que todos, ya vestidos y engalanados para la fiesta, se juntaron en el gran patio de la casa para subir a los carruajes que les conducirían al edificio del Cabildo. La simple presión que Cindy aplicó en su mano cuando Mackay la ayudó a subir al carro le dijo todo lo que quería saber sobre sus sentimientos, y esto bastó para que ambos llegaran al gran baile en un estado de ánimo muy especial, que no tenía nada que ver con la fascinación ni el magnetismo que emanaba del gran don José Francisco de San Martín.

El grupo fue acomodado en un lateral del gran salón, a la izquierda de la mesa del general y frente a la pista de baile. La llegada de una partida tan numerosa no pudo pasar desapercibida a San Martín, quien inclinándose galante hizo una venia a las damas, deteniendo por un instante sus ojos de mirada profunda en la rubia belleza de la norteamericana. Cindy sintió la fuerza de su mirada, percatándose por primera vez de la cercana presencia del Libertador, e inclinó la cabeza en respuesta al saludo y se volvió hacia Mackay, quien sentado a su derecha no pudo dejar de notar la impresión que la muchacha había causado en el general.

—Algo impertinente el Gran Libertador, ¿no le parece, William? —le susurró disimuladamente, procurando que el resto no escuchara la observación.

—Definitivamente, Mrs. Buchanan.

—Cindy —le corrigió ella.

—Aye, aye, Ma’am…, Cindy —y ambos sonrieron mirándose a los ojos, evidentemente felices con su nueva intimidad.

—Veo que está usted de mucho mejor ánimo hoy, Mrs Buchanan —observó cazurramente la señora Cox.

—Pues así es, Mrs. Cox. No hay nada como una buena noche de descanso para curar muchos males.

—Efectivamente —intervino con voz profesional el doctor Cox—, no hay como una buena noche de descanso para curar una gran cantidad de males.

Mackay prefirió no mirar a Cindy, sabiendo que si se cruzaban sus miradas no podría evitar la carcajada, y optó por desviar su atención hacia los criados de doradas libreas que habían aparecido como por arte de magia y procedían a servir el vino. Recorrió el amplio salón con la mirada, y tuvo que reconocer que no se habían escatimado esfuerzos para llenar de solemnidad y elegancia esta celebración simultánea en honor del Libertador y del aniversario de la primera junta de gobierno de Buenos Aires. Una profusión de lámparas de pie y de candelabros de cristal colgados en distintas partes del salón iluminaban a las innumerables parejas que bailaban un vals a los sones de la orquesta, en tanto que algunos caballeros bebían licores en las piezas laterales, en las cuales era posible también servirse un bocado antes de la gran cena.

—Esta vez sí que no me negará el honor de un vals, capitán Mackay, ¿no es así?

—Ya le dije que estoy lejos de ser un gran bailarín, Mrs. Buchanan, pero ¿cómo podría negarme?

—¡Fantástico! Vamos a la pista, entonces. ¿Alguien más se anima? ¿Tomasa? ¿María de los Santos?

Contagiado por el entusiasmo de la norteamericana, James Hurrel tomó a su mujer de la mano y se dirigió también a tomar posición junto a las otras parejas. El capitán Apablaza y el teniente Sáenz, que se acercaban en ese momento a la mesa de sus compañeros de viaje, ni cortos ni perezosos aprovecharon la ocasión para invitar a su vez a María de los Santos y a Margarita.

La cantidad de parejas que colmaban la pista de baile daban fe del entusiasmo y la alegría general que campeaba en la reunión, y hasta Mackay —ya embriagado con la sensación de tener nuevamente entre sus brazos la palpitante belleza de Cindy—, se dejó llevar por la suave cadencia de la música y los giros de la danza, como si toda su vida no hubiese hecho nada más que deslizarse sobre los pulidos y brillantes pisos de los salones.

Avanzada la velada, ya durante la cena, la conversación que reunió a prácticamente todos los que habían efectuado el viaje juntos versó sobre San Martín, Bernardo O’Higgins, la renuncia de Hilarión de la Quintana, la guerra en el sur, los planes de Mr. Andrew Blest de montar una fábrica de cerveza, las condiciones higiénicas de los hospitales de Santiago y, finalmente —una noticia recién traída por un mensajero y que capturó la inmediata atención de Mackay—, de las posibles consecuencias de la aparición de naves de guerra españolas frente a Valparaíso, lo que indicaba, que esta vez se perseguía un efectivo bloqueo del puerto.

—Y nosotros con solo dos miserables barquichuelos para enfrentarlos —se quejó amargamente Hurrel.

—Ello hace más urgente que nunca la necesidad de adquirir nuevos buques —comentó el doctor Cox.

—Cierto, y por eso me pregunto qué habrá sido de los cinco buques que fletó don José Miguel Carrera en los Estados Unidos. Hasta dónde sé, por lo menos tres de ellos habían llegado a Buenos Aires entre febrero y marzo —intervino el capitán Apablaza.

—Pues por la información que logró filtrarse desde Argentina, capitán, entendemos que esa aventura terminó bastante mal, con los hermanos Carrera apresados y los yankees sin cumplir los compromisos acordados —respondió Cox.

—¡Oh! ¿Es eso cierto? ¿Mis compatriotas no cumplieron sus compromisos? —preguntó una sorprendida Cindy.

—Pues parece que no, Mrs. Buchanan. Pero tenga en cuenta que esta era una operación privada, en la que no participaba el gobierno de su país. Aparentemente los capitanes de estos buques intentaron aprovecharse de la situación para obtener un mayor beneficio comercial, lo que sumado a las ya tradicionales disputas de los Carrera con O’Higgins y San Martín terminaron por arruinar la oportunidad.

—Es decir, que la opción norteamericana puede darse por terminada —intervino esta vez Mackay—. Eso solo deja abierta la posibilidad británica, y siempre que a ese señor Álvarez no-sé-qué le vaya bien en su misión.

—¿Álvarez? ¿Qué señor Álvarez? ¿A qué misión se refiere usted, Mr. Mackay?

William procedió a relatarles la conversación que había sostenido con Mr. Prescott, segundo comandante de la fragata británica Whitney, en la que este le pusiera al tanto de la misión con la que el agente especial don José Antonio Álvarez Condarco había sido enviado a Londres.

—Vaya, Mr. Mackay, me sorprende usted. Para alguien que acaba de llegar a este país es admirable lo bien que se las arregla para estar adecuadamente informado. No sé quién podrá ser este señor Álvarez, pero indudablemente debe de ser alguien muy bien relacionado y de entera confianza para el general San Martín —comentó sin ocultar su asombro el doctor Cox, y miró con otros ojos a este hombre al que en su fuero interno había catalogado inicialmente como un simple aventurero.

—Como sea —intercedió nuevamente Apablaza—, y aun suponiendo que este señor Álvarez tenga éxito, los buques que obtenga no llegarán nunca antes de fin de año o comienzos del próximo, y por lo que sabemos el bloqueo a Valparaíso ya se inició. ¿Con qué barcos combatiremos a los navíos españoles, entretanto?

—Pues con los suyos: solo hay que abordarlos y quitárselos —replicó Mackay con una firmeza y seriedad que sorprendió a todos, y que a Cindy le hizo el mismo efecto que un cubo de hielo recorriéndole la espalda.

Se produjo un extraño silencio en la mesa, y todos los comensales miraron a William mientras este —sin advertir el efecto que había causado— se tomaba tranquilamente un sorbo de vino de su copa. Solo Mrs. Cox se percató, sorprendida, del espanto que reflejaban los ojos de dos de las mujeres, que miraban al ballenero con una expresión de casi infinito terror: los azul cielo de la norteamericana Cynthia Buchanan y los negro-aceitunados de la chilena María de los Santos Godoy.

—¿Esas son sus intenciones, capitán Mackay? —habló finalmente Andrew Blest—. ¿Es por ello que lo hemos visto rondando en el puerto en compañía del capitán James y de ese salvaje de Fleming, su ex carpintero?

—Precisamente, Mr. Blest. Apenas logremos hacernos con algo que flote y que pueda gobernarse medianamente bien (y estamos en vías de conseguirlo), y apenas el gobierno patriota nos conceda la necesaria patente de corso, nos haremos al mar, y le garantizo que volveremos a puerto con un navío respetable, o moriremos en el intento. Puedo hasta firmárselo si lo desea.

—¡Así se habla, William! By Job! ¡Así se habla! —gritó entusiasmado Hurrel—. ¡Y cuando ello ocurra, permítame ser de la partida! ¡Le aseguro que no se arrepentirá!

—¡Santiago! ¡De qué hablas, loco! ¿Se te olvida que eres oficial del Águila? ¿De dónde te salió esta vena de pirata, hombre, por Dios? —saltó inmediatamente Tomasa, causando la risa espontánea de todos, aunque sin aliviar la tensión ni de Cindy ni de María de los Santos, según notó la cada vez más sorprendida y perspicaz señora Cox.

—Corsario, señora Hurrel. Si navegan con patente de corso concedida por el gobierno patriota serían corsarios, no piratas. Y hay una gran diferencia entre ambas cosas —corrigió con una sonrisa el doctor Cox.

—Gracias por la aclaración, doctor. Pero ya en el viaje desde Valparaíso tuvimos una discusión parecida respecto del «Draque» (Sir Francis Drake, para ustedes): ocurre que sus compatriotas aquí presentes lo veneran como a un heroico corsario, en tanto que la leyenda popular en este país sigue considerándolo simplemente como un vulgar y tristemente recordado pirata. Ello me hace pensar en que todo depende del ángulo desde el cual se mire, y en que la diferencia entre una cosa y otra no es tan grande como usted quiere hacerme creer.

—Tommy, eres simplemente imposible —acotó Hurrel, riéndose y besando feliz a su mujer en la mejilla, con gran espanto de la muchacha, que no estaba educada para estas manifestaciones amorosas en público.



De regreso en la casa, ya avanzada la noche, William Mackay esperó a que cesara el movimiento de huéspedes y criados y se escabulló nuevamente hacia la habitación de Cindy, permaneciendo en sus brazos hasta que los sorprendió el alba.

Esta vez la muchacha se entregó a su amor con un frenesí rayano en la desesperación, como si quisiera borrar alguna imagen terrible, logrando que sus suaves lágrimas le sorprendieran y conmovieran profundamente, pero no consiguió que ella le explicara la razón de su dulce llanto.

Al día siguiente, inmediatamente después del almuerzo, un primer grupo, parte de la comitiva original, emprendió el regreso a Valparaíso.



Capítulo XII



1

Las semanas siguientes transcurrieron en una rutina desesperante para Mackay, quien ardía en deseos de entrar en acción de cualquier manera que fuera posible pero siempre que no implicara alistarse en la naciente marina patriota. Junto con James y Fleming, dedicó sus cada vez más escasos recursos en la reparación del lanchón Nuestra Señora de las Mercedes, aun a pesar de no haberlo reclamado oficialmente a las autoridades para conseguir su propiedad. Por otra parte, al puerto de Valparaíso continuaban llegando semana tras semana más oficiales y marineros extranjeros en busca de una oportunidad de alcanzar la esquiva fortuna que creían fácil en este remoto país en guerra —lo que ponía a William más nervioso aún por la creciente «competencia»—, y que por la falta de naves se dedicaban simplemente a deambular por la bahía causando demasiados problemas y desórdenes para el gusto del gobernador Alvarado.

En lo que respecta a la marcha de la guerra, esta tampoco estaba obteniendo resultados satisfactorios en el sur, y después de la brillante victoria de Las Heras en el cerro del Gavilán, que abortó el intento del coronel José Ordóñez de rebasarlo, las fuerzas patriotas quedaron impotentes ante las excelentes defensas y fortificaciones que el comandante español había levantado en la península de Tumbes, convirtiéndola en una fortaleza prácticamente invulnerable. Consistían en una línea de defensa en la franja que une la península con el continente, de una longitud de unos mil quinientos metros, en la que construyó un foso, montó parapetos para tiradores y ubicó más de treinta cañones en una serie de bastiones salientes. La parte alta de la península, con una superficie de aproximadamente treinta kilómetros cuadrados, quedó así protegida por el foso y unida a las tierras bajas del sur, donde pastaba el ganado, mediante un ingenioso puente levadizo. Más atrás, en la parte alta, levantó tres reductos fortificados que dominaban los caminos de acceso al foso y la primera línea de defensa establecida junto a él. A todo esto sumaba los cinco buques de guerra que anclaban en la bahía, además de un buen número de lanchas cañoneras.

Una simple inspección de las posiciones realistas, llevada a cabo junto al ingeniero Antonio Arcos y al oficial de artillería José Manuel Borgoño, le confirmaron a O’Higgins que un ataque frontal contra esas defensas no solo estaba condenado irremediablemente al fracaso sino que causaría además una enorme pérdida de vidas entre sus tropas, que por otra parte se encontraban en un estado deplorable, faltos de uniformes y caballos y con los heridos de los combates de Curapalihue, Gavilán y Chepe espantosamente abandonados a su suerte en el hospital. Impresionado por la falta de patriotismo de los ciudadanos de Concepción, O’Higgins ordenó requisar sin miramientos camas, ropas y alimentos para los heridos, y pidió a Santiago el urgente envío de vestuario, armas y caballos. Solucionado en parte ese problema, decidió ocupar el territorio español ubicado al sur del Biobío y de la plaza de Arauco, a fin de privar a Ordóñez de algunos de sus recursos, ya que el coronel realista —quien no solo mantuvo siempre expeditas sus vías de comunicación con el Callao, Chiloé y Valdivia gracias al dominio del mar— gozaba además del apoyo indio por sus concesiones a los caciques araucanos de la zona, lo que le permitía mantener un flujo constante de suministros.

A mediados de mayo, el capitán José Cienfuegos había tomado Nacimiento y San Pedro, y posteriormente, el día 26, Ramón Freire, protegido por la oscuridad y la lluvia, cruzó a nado en una acción temeraria el río Carampangue con cincuenta soldados escogidos —mientras el grueso de sus tropas desviaba la atención del enemigo—, y arrolló a la guarnición de Arauco, tomando la plaza en un feroz ataque con bayoneta. El botín obtenido incluía diecisiete cañones, noventa fusiles y un parque considerable de municiones, además de unos cuarenta prisioneros. Lamentablemente la posesión de la plaza no duró mucho, puesto que Freire —llamado de vuelta a Concepción— dejó a Cienfuegos a cargo y este fue atraído a una emboscada por los araucanos y masacrado junto a casi todos sus hombres en el río Lebu. La noticia llegó a Concepción a principios de julio, y Ramón Freire abandonó inmediatamente la ciudad con doscientos soldados, localizó las guerrillas del simpatizante realista Díaz —que era quien había organizado las montoneras araucanas responsables del ataque— y las aniquiló en un combate en las márgenes del Carampangue. En represalia por la muerte de Cienfuegos y sus tropas, y en cumplimiento de las expresas órdenes recibidas de Bernardo O’Higgins, Freiré pasó a cuchillo a todos los realistas que logró capturar.

Estas acciones produjeron un sinnúmero de levantamientos indígenas, hábilmente dirigidos y comandados por los lugartenientes de Ordóñez —entre ellos los posteriormente célebres Manuel Pinuer, Vicente Benavides y José Antonio Pincheira—, quienes movilizaron y armaron a los caudillos de la zona y atacaron prácticamente todos los poblados en posesión de los patriotas, cubriendo un área que iba desde Cauquenes hasta la Araucanía, pasando por las villas de Los Ángeles, San Carlos, Santa Bárbara, Tucapel, Quirihue, Cauquenes, Nacimiento y Santa Juana, y aprovechando su excepcional conocimiento del terreno y el hecho de que el extremadamente lluvioso invierno de 1817 obligó a las tropas patriotas a acuartelarse en Concepción. Los saqueos, incendios, asesinatos y violaciones se convirtieron en acontecimientos comunes, como asimismo las violentas represalias patriotas traducidas en ahorcamientos y fusilamientos masivos de prisioneros y simpatizantes realistas. Entre las acciones más notorias se distinguieron la marcha de mil araucanos contra Arauco, que se salvó de ser quemada gracias a la acción del sargento mayor Juan Ramón Boedo y sus doscientos patriotas; la victoria de Ramón Freire en Tubul, que dejó el campo cubierto de cadáveres de montoneros e indios y le ganó su ascenso a coronel; y posteriormente —avanzado el año—, la quema de Arauco, —que tuvo que ser abandonada por los patriotas—, la ocupación y saqueo de Santa Juana por una partida de dos mil indios y la emboscada del capitán José Antonio Fermandois a Pincheira, que estaba concentrando montoneros para atacar Chillan y fue completamente derrotado y capturado casi todo el armamento, caballos y monturas.

En Valparaíso, en tanto, desde mediados de junio las actividades de las naves españolas aumentaron, dejando a las claras que la intención de iniciar un efectivo bloqueo del puerto a la entrada de naves neutrales era ya una realidad. La primera acción propiamente dicha se dio el 1 de julio, cuando la corbeta Sebastiana se acercó a tiro de cañón y abrió fuego contra las naves del puerto, alejándose posteriormente. Casi inmediatamente salieron en su persecución el bergantín Águila, el Araucano y el mercante estadounidense Rambler que el gobernador Rudecindo Alvarado había contratado para formar parte de la expedición a cambio de la indemnización del valor de la nave en caso de pérdida y el pago del cargamento de barras de cobre que el buque estaba efectuando en el puerto. Este buque estaba armado con cuatro carronadas y se le agregaron catorce más obtenidas en la plaza, junto con el correspondiente parque de municiones. Como tanto el Águila como el Araucano estaban faltos de tripulaciones, Alvarado ofreció un premio de ocho mil pesos a los marineros extranjeros que se embarcaran en ellos si se capturaba la presa y dos mil si se batían con ella pero debían retirarse sin capturarla. Esta oferta, tremendamente generosa, le permitió completar las tripulaciones en cosa de horas, por lo que a las nueve de la noche la improvisada flotilla comandada por el teniente de marina francés Jean-Joseph Tortel, y entre cuyos oficiales se contaban los ex balleneros de la Lady Cheryl Thomas Johnson y Neil Fleming, se hizo a la vela en persecución de los españoles.

Los buques llegaron hasta Talcahuano sin avistar ningún navío español, por lo que debieron regresar a Valparaíso frustrados y desilusionados, arribando el 7 de julio el Rambler y el Araucano —con un Fleming decididamente furioso, ya que se había embarcado en esta aventura no solo por su belicosidad natural sino porque el premio habría sido esencial para armar y completar las reparaciones del lanchón Mercedes—, y dos días después el Águila.

El 13 de julio el bloqueo era un hecho cierto, con la fragata Venganza y el bergantín Pezuela apostados a la entrada de la bahía para evitar el ingreso de los buques mercantes —principalmente ingleses y norteamericanos—, que arribaban en número cada vez mayor a Valparaíso. Pese a ello varios lograron romper el bloqueo, entrando a toda vela al puerto, aunque perseguidos por los españoles que en muchos casos abrieron fuego contra los infractores. Entre los que lograron evitar el bloqueo se encontró la barca ballenera Lady Cheryl, que una mañana apareció para regocijo de Mackay fondeada en medio de la rada con la especial forma de su casco y sus característicos y largos botes colgando de sus pescantes por ambas bandas.



Esa tarde, mientras la lluvia comenzaba a caer con intensidad sobre los cerros y la bahía, William Mackay y su amigo el doctor Alleyne Kelley, reunidos en El Galeón junto a una jarra de vino caliente mezclado con azúcar y aromáticas cascaras de naranjas, se pusieron mutuamente al día de los sucesos y acontecimientos ocurridos durante los tres meses transcurridos desde el desembarque del escocés en Valparaíso.

—La caza fue bastante buena, especialmente frente a las costas peruanas y del Ecuador, por lo que no costó mucho completar todos nuestros barriles y alcanzar la máxima capacidad que las bodegas de nuestra querida Lady Cheryl permiten. Cooper está casi radiante de felicidad, y aunque podríamos haber vendido parte de nuestro aceite a otros balleneros con menos suerte con los que nos encontramos en la ruta y así aumentar nuestros ingresos continuando la cacería, ha preferido poner rumbo a casa con el beneplácito de todos, a excepción de este servidor, que por razones que no viene al caso recordar prefiere mantenerse en alta mar y lejos de Inglaterra el mayor tiempo posible. Como usted muy bien sabe, mi buen amigo, hace tiempo ya que la Cheryl pasó a constituir mi único hogar.

Kelley se interrumpió para tomar un sorbo de vino, y luego siguió hablando.

—Historia aparte merece nuestra parada en las Galápagos: jamás habría creído en la existencia de las curiosas especies animales que se encuentran allí si no las hubiese visto con mis propios ojos. ¡Si es como llegar a un sitio prehistórico, donde el tiempo se hubiese detenido millones de años atrás!

El médico hizo una nueva pausa, esta vez dedicada a atizar el brasero que el obsequioso posadero les había ubicado cerca de la mesa «para combatir el “penetro” de la noche» —según les explicó a sus huéspedes, que no entendieron palabra—, para luego de un nuevo sorbo, bastante más largo esta vez, continuar con su hablar pausado.

—Este vino es muy agradable, amigo mío, le recomiendo que lo pruebe. En cuanto a novedades especiales, aparte de lo mencionado, no ha habido muchas. Mr. McPherson lo reemplazó en sus antiguas obligaciones con más entusiasmo que conocimientos, Mr. Mackay, pero poco a poco las cosas entraron en vereda y no hemos tenido mayores problemas, salvo los que se refieren al desempeño del carpintero, ya que indudablemente Conner está lejos de tener la habilidad de Fleming, pero al mismo tiempo ganamos en tranquilidad, puesto que este es un hombre reposado, de buen genio y además extremadamente religioso, lo que para nuestro conocido Mr. Clayton, sobra decirlo, lo convierte automáticamente en el mejor hombre de la tripulación, je, je, je.

—Y nuestro querido Jimmy, ¿qué es de él?

—Jimmy está bien. Las primeras semanas después de dejar Valparaíso se las pasó lánguidamente colgado de la jarcia y mirando al sur, con una cara de enamorado que sirvió para levantar la moral de todos gracias a las burlas y chanzas que le jugaban al pobre muchacho. Pero como normalmente ocurre a su temprana edad, bastó que se le cruzara por delante la primera muchacha limeña durante nuestra estadía en Callao para que su corazón sanara milagrosamente y pronto reemplazara a la causante de sus tribulaciones por otra de suave piel canela y profundos ojos negros.

—Pues aquí creo que está ocurriendo algo parecido con la muchachita en cuestión, puesto que si no me equivoco ella también está enfrentando un serio conflicto respecto a quién es el que encabeza las preferencias de su coqueto corazón: el inocente Jimmy Duncan o un decididamente atractivo e impetuoso oficial chileno, héroe además de dos batallas, y que irrumpió como un celaje en la vida sentimental de esta niña. Será interesante ver qué va a ocurrir ahora, cuando la chica tenga que enfrentarse a ambos, aunque me inclino a creer que el chileno ganará. Mal que mal, él está aquí, mientras que Jimmy tiene que continuar viaje a Inglaterra donde lo esperan su madre y hermanas.

—Hablando de vida sentimental, mi querido amigo, ¿cómo anda la suya, si puedo preguntar? Si mal no recuerdo, unos hechiceros ojos azules lo tenían algo a mal traer la última vez que nos vimos…

—No hay nada que contar, doctor —contestó Mackay evasivamente, probando por primera vez su vino—. Mmm, tiene razón, esto está verdaderamente muy agradable.

—Su respuesta me confirma que sí hay algo que contar, pero que no quiere hacerlo. Bueno, respetaré su silencio. ¿Y de los otros dos ex tripulantes del Cheryl? ¿Qué fue de ellos?

—Pues Tom Johnson está embarcado como oficial en el Araucano, uno de los dos bergantines que posee la marina chilena; y Neil Fleming, además de pelearse con medio mundo, como es natural en él, está trabajando conmigo y con un marino inglés llamado James en un proyecto que tenemos entre manos.

—¿Proyecto? ¿Qué clase de proyecto?

—Pues uno relacionado con las razones por las cuales nos desembarcamos aquí, doctor. Estamos reparando una embarcación para echarnos al mar con una letter of marque del gobierno rebelde.

—¿Letter of marque? Como un corsario, quiere decir. ¿Y qué tal es el navío que tienen? ¿Cuántos cañones carga?

—La verdad, doctor, es que no es precisamente un «navío», como usted dice: es más bien un lanchón con algunas pretensiones de goleta, y por ello no puede «cargar» cañones. A decir verdad, hasta un miserable arcabuz sería mucho para ella. Pero llegado el momento cumplirá con su propósito.

—William, usted sabe que yo no soy marino y que las diferencias que puedan existir entre un lanchón, una gabarra, una goleta o un bergantín, no obstante los años que llevo ya en el mar, siguen siendo para mí simple y llanamente un misterio, pero en este caso algo me dice que este «proyecto» suyo tiene hartos visos de aventura suicida. ¿Me equivoco?

—No sé por qué usa el término «suicida», doctor. Le aseguro que no tengo ninguna intención de suicidarme ni mucho menos. El hecho de que estemos reparando este lanchón no significa que tengamos algún plan definido respecto de qué vamos a hacer con él. Solo queremos estar preparados por si se da alguna opción de utilizarlo, como, por ejemplo, para acercarnos a algún mercante español que esté lo suficientemente desprevenido como para permitírnoslo.

—¡Por favor, William! ¡Qué español va a ser tan estúpido como para dejarse sorprender así, hombre, por Dios! You know better than that!

—¿Quién sabe, doc? El bergantín Araucano que usted ha visto anclado en la bahía, aquel donde sirve nuestro buen amigo Johnson, fue capturado en San Antonio porque entró tranquilamente al puerto sin sospechar que este estaba en poder de los patriotas. El mismo Águila, con el que usted recordará nos encontramos cuando veníamos rumbo a Valparaíso, fue capturado porque los patriotas astutamente no reemplazaron la bandera española en lo alto del fuerte, lo que hizo que su capitán entrara ingenuamente en la bahía para encontrarse con la sorpresa de que las cosas habían cambiado gracias al resultado de la llamada batalla de Chacabuco, de la cual el pobre hombre no estaba ni siquiera enterado. Piense usted que perfectamente pueden quedar todavía algunos buques que, habiendo salido en viaje directo a América, sin recaladas intermedias y sin haberse cruzado con otras naves, ni sepan que estos puertos ya no pertenecen a la corona de España. Pues bien, esos podrían ser nuestro objetivo, ¿lo entiende?

—Lo que entiendo es que sus posibilidades son bastante remotas, Mr. Mackay. Pero me imagino que nada de lo que pueda decirle le hará cambiar de idea, ¿no es así?

—Así es, doc. Me quedaré en este puerto y triunfaré o moriré en el intento. Tan simple como eso.

La lluvia arreciaba con fuerza ahora, y en prevención de que se convirtiera en temporal, Cooper envió a Burwell a recoger a los tripulantes del ballenero —incluido el doctor Kelley— para que regresaran al buque y pudiera sacar la nave fuera de la bahía a capear. Los dos buques chilenos y el norteamericano Rambler, además de otros tres mercantes y balleneros británicos que se encontraban en el puerto, estaban preparándose para hacer lo mismo.

Mackay, por su parte, se fue en busca de Henry James y luego se encaminaron ambos hacia la suerte de astillero rudimentario que habían armado en la playa del Almendral para asegurarse de que el embate de las olas no destruiría todo el trabajo realizado ya en el Nuestra Señora de las Mercedes. Cuando llegaron allá, se encontraron con que Fleming ya había arribado y estaba, con la ayuda de Edward Budge y Tom Martin, tomando medidas para proteger la embarcación.

Completada la labor, James, Budge y Martin se volvieron al agradable refugio de la posada, en tanto que Fleming decidió quedarse a proteger el lanchón y le mostró a Mackay con un guiño de complicidad un botellón de aguardiente que se había traído para enfrentar con el combustible apropiado el penetrante frío de la noche. William, por su parte, dudó sin saber qué camino seguir. Había rechazado la invitación de James y los otros para tomarse unos tragos en El Galeón, y ahora no tenía muy claro lo que quería hacer. En realidad, sí lo sabía. Pero su conciencia le gritaba que no debía seguir esos impulsos que lo conducirían a otra desesperada y apasionada cita clandestina, que tarde o temprano serían descubiertas y causarían dolor, pena y vergüenza a seres inocentes que no se merecían tamaña traición.

Desde su regreso de Santiago, la pareja de amantes se las había arreglado para reunirse por lo menos una vez a la semana, en unos encuentros apasionados e intensos que casi siempre terminaban con una angustiosa y culpable despedida y la velada promesa de que no volverían a juntarse así. Pero su desesperado amor y la necesidad de verse era más fuerte que ellos, y pronto cualquiera de los dos tomaba la iniciativa, rompía la promesa, y el ciclo volvía a repetirse. Gracias a la valiosa complicidad de Mr. James habían podido encontrar un lugar seguro y discreto para reunirse, aprovechando que el marino inglés —aburrido de los bulliciosos huéspedes de El Galeón, que cada día parecían aumentar en número (y en decibeles)— había decidido arrendar una pequeña casita que tenía la doble ventaja de estar algo oculta y no muy apartada de la de los Buchanan. Apenas se enteró de esto, William Mackay se dio cuenta de que esa podría ser la solución para sus encuentros clandestinos; pero ¿cómo plantear algo tan delicado sin comprometer el honor de una dama, aun tratándose de un hombre con el que había iniciado una amistad que se estrechaba cada vez más? El peligro era evidente, pero la imperiosa necesidad de tenerla entre sus brazos era todavía mayor y terminó por vencer todos sus temores, escrúpulos y autorecriminaciones; debido a ello, finalmente se había atrevido a acercársele y confesarle que necesitaba un lugar seguro para sostener sus encuentros furtivos y que garantizara la mayor discreción. James no pareció sorprenderse —o por lo menos lo disimuló muy bien—, y sin hacer mayores preguntas ni comentarios le dijo que podía indudablemente contar con su cooperación. De esta manera se diseñó un sistema de señales para que James supiera cuando su casa estaba «ocupada», y otro por el cual William o Cindy avisaba a su amante de que lo esperaba. James jamás preguntó quién era la dama en cuestión, y si alguna vez se enteró o lo sospechó, tuvo la delicadeza de guardárselo exclusivamente para sí, cuidándose muy bien de siquiera insinuar su conocimiento.

La brusca caída de la noche y la intensidad de la lluvia finalmente convencieron a Mackay de que esta vez iba a ser imposible ver a Cindy, ya que para ella justificar una salida a esas horas y con tal clima sería prácticamente imposible. Con una sensación de amargura emprendió el camino hacia la ciudad, pensando cómo podía escabullirse sin ser visto hacia su habitación, evitando el sector de la taberna de El Galeón donde debían de encontrarse ya James, Budge, Martin y una buena cantidad de marinos extranjeros que utilizaban este lugar como centro de reunión antes de desperdigarse por otros lugares menos santos del puerto. Había recorrido casi la mitad del trayecto cuando se cruzó con James Hurrel, quien venía del embarcadero, completamente empapado y a todas luces bastante malhumorado.

—Buenas noches, James. ¿Está todo bien? No parece muy contento, si me permite decirlo.

—No sé qué tienen de buenas, William. Además de que no alcancé a llegar a mi buque y lo sacaron del puerto sin mí. Por suerte, Young estaba de guardia, porque si no habrían tenido que zarpar con este clima y sin ningún piloto. Y usted, ¿qué hace caminando solo bajo la lluvia? Venga, acompáñeme, le invito a comer algo caliente en mi casa. Le aseguro que Tomasa se sentirá feliz de verle.

—Gracias, Hurrel. Le agradezco la invitación y acepto encantado.

La bienvenida de Tomasa fue decididamente afectuosa y Mackay entendió rápidamente el por qué cuando al entrar en el vestíbulo de la casa se encontró con la linda María de los Santos sentada cómodamente en un sillón con una taza de té en la mano.



2

James Hurrel era definitivamente la persona con la que Mackay había establecido los lazos más fuertes de amistad desde su llegada a Chile. Mr. James, el ex oficial mercante y «socio» en su proyecto corsario, probablemente le seguía inmediatamente después —prueba fehaciente de ello era su cooperación en un tema tan espinudo como el de sus citas con Cindy—, pero con Hurrel existía una mayor afinidad en diversos campos, que se traducía en una simpatía mutua incuestionable y que como todo en las relaciones humanas había nacido de un modo natural, siguiendo los mismos caminos misteriosos que hacen que dos seres de distinto sexo de pronto comprendan que se aman. Por otra parte, la innegable fascinación que el ballenero causaba en María de los Santos —evidente para Tomasa, a pesar de las poco convincentes negativas de su hermana menor—, no le era tampoco indiferente a Hurrel, y la idea de tenerlo como cuñado le era decididamente atractiva. Este, sin embargo, ni siquiera sospechaba el tenor de las relaciones que Mackay estaba sosteniendo con Cynthia Buchanan, y aunque a Tomasa, con esa especial intuición que parecen tener las mujeres para estas cosas, no le cabía duda alguna de que existía una fuerte atracción entre ambos, tampoco se le ocurrió jamás pensar en que estos eran ya amantes.

El mismo William no ignoraba el efecto que causaba en la muchacha. En un principio, intrigado con sus furtivas miradas y sus posteriores rubores cuando la sorprendía observándolo, no había sabido interpretar correctamente la atención que parecía provocar en ella, pero luego, cuando empezó a comprender qué era lo que estaba ocurriendo, simplemente descartó divertido lo que consideró un temporal enamoramiento juvenil. Mal que mal, entre María de los Santos y él había por lo menos dieciséis años de diferencia, lo que a sus ojos la convertía en una niña apenas un poco mayor que Margarita Fernández-Luco. Sin embargo, esa diferencia de edad no preocupaba mayormente a los Hurrel ni a los padres de la muchacha —don Bernardo Godoy y doña Antonia Zuleta, que también se encontraban presentes en la casa esa noche—, a quienes el escocés les parecía definitivamente un candidato adecuado como yerno, y ello a pesar de no conocerle ningún medio honrado de ganarse la vida.

Todos estos antecedentes eran desconocidos para Mackay, a quien si había algo que ni por asomo se le había cruzado por la mente era la idea del matrimonio, primero por la índole de sus relaciones amorosas con Cindy —que por obvias razones no podían considerar tal opción—, y segundo, porque toda su atención estaba por el momento dedicada exclusivamente a la puesta a punto de su embarcación para intentar el golpe de mano que le llevaría a la muerte o la fortuna. William comprendía que estaba viviendo momentos cruciales: por una parte sabía que la mujer que amaba jamás podría ser suya, y por otra también sabía que su única oportunidad de aspirar a una existencia mejor dependía de su espada y de esas cuatro tablas desvencijadas que junto a James y Fleming estaban tratando desesperadamente de reparar.

Por todas estas razones, el interés que pudiera haber despertado en una niña, por muy dulce y linda que esta fuera, era algo que por el momento le tenía completamente sin cuidado.

—¡Capitán Mackay! ¡Qué gusto verle! ¡Pero qué mojado está usted! ¡Venga, acérquese al brasero y quítese ese gabán, que está estilando! ¡Y tú, Santiago, mírate, hombre, también vienes hecho una sopa! ¡Qué barbaridad!

—La barbaridad, Tomasa, es que no pude llegar a mi buque, que es donde debiera estar en este momento en vez de calentándome el trasero aquí mientras mis compañeros se zangolotean de lo lindo allá afuera. God damn it!

—¡Cuida tu lenguaje, hombre! ¡Mira que ya sé lo que significa la palabrota esa: una blasfemia! Y usted, William, venga, tome, aquí tiene un vaso de vino caliente. Eso le pondrá algo de calor a su organismo.

—Gracias, Mrs. Hurrel. Es usted muy amable. Buenas noches a todos: Mrs. Godoy, Mr. Godoy, María de los Santos. A su salud.

—A su salud, capitán Mackay. ¿Le puedo preguntar cómo van sus planes de hacerse al mar con el barquichuelo ese? —le preguntó el señor Godoy, y como William se mostrara evidentemente sorprendido con la consulta, Hurrel se la tradujo al inglés pensando que este no la había entendido.

—Pues, van bien, Mr. Godoy. Muy bien, pero ¿cómo conoce usted mis planes?

—No se sorprenda, capitán, esta es una ciudad muy pequeña para que algo así pase desapercibido. Además de que el tipo de aventura que usted quiere emprender ciertamente nos interesa, ya que la misma no le es totalmente ajena a nuestra familia, que en cierta forma también está involucrada en actividades parecidas.

—¡Oh! No me diga. Perdóneme, James, pero ¿me puede traducir? Esto me parece muy interesante.

—Sí, señor Mackay —continuó don Bernardo Godoy—. Sucede que un primo de mi esposa, el señor Pedro Zuleta, es apoderado en este puerto de don Vicente Anastasio de Echavarría, quien no solo es un reputado vecino de Buenos Aires sino que además es el principal armador de la fragata corsaria Argentina, antigua Consecuencia, que fue capturada frente al Callao en enero del año pasado por el capitán Hipólito Bouchard, y que recientemente zarpó en corso desde el Río de la Plata al mando del mismo Bouchard, luciendo los colores de las Provincias Unidas. Como usted puede entonces apreciar, y aunque le concedo que de manera más bien indirecta, nosotros también estamos relacionados con este arriesgado negocio del corso.

Hurrel tradujo fielmente lo dicho a Mackay, quien miró con renovada atención al matrimonio Godoy.

—¡Vaya! Puedo decirle que esto es ciertamente una sorpresa. ¿Usted sabía de ello, James?

—No tan en detalle como acabamos de escuchar, William. Pero lo que sí sé es que de ahora en adelante Tomasa no podrá nunca más molestarme con su condenado «Draque», ya que acabamos de enterarnos de que por sus venas también corre pura sangre corsaria. ¿Qué tal, eh? How about that, my dear and darling Tommy? —replicó Hurrel, causando una explosión de risas de todos.

—Padre mío, acabas de destruir uno de mis principales argumentos ofensivos en esta guerra diaria y no declarada que constituye la esencia del matrimonio —contestó Tomasa, afectando un tono dolido y dramático que produjo nuevas risas en la concurrencia.

—Hija, cuántas veces te he dicho que le debes respeto y obediencia a tu marido, y que no es correcto que te burles de él de la forma en que constantemente lo haces solo porque el pobre es un extranjero que no entiende la mitad de lo que dices —intervino la señora Godoy recriminando seriamente a su hija, lo que produjo el efecto totalmente contrario, porque hasta al propio don Bernardo le fue imposible no reírse de la observación de su esposa.

—Tiene toda la razón, señora Godoy —acotó inmediatamente Hurrel, fingiendo una gran seriedad—. Y tú, Tomasa, harías muy bien en seguir los sabios consejos de tu madre, sobre todo en lo que se refiere a la obediencia y el respeto. Aun más, yo recalcaría principalmente lo de la obediencia.

—No exageres la nota, esposo mío —le advirtió Tomasa, y le sonrió amenazante, causando nuevas risas de todos menos en la señora Godoy, a quien este intercambio entre los esposos no le parecía nada divertido sino simplemente una abierta falta de respeto a la sagrada institución del matrimonio.

La velada continuó en el mismo tono de alegre camaradería, haciendo que Mackay poco a poco olvidara su amargura y frustración previas, originadas en la imposibilidad de reunirse con Cindy, y se empapara del agradable ambiente imperante en la casa de los Hurrel. La dulce María de los Santos como de costumbre no habló mucho, pero de alguna manera sutil e inconsciente le hizo saber a Mackay que para ella era él sin duda el personaje más importante de la reunión.

En el exterior la lluvia y el viento parecieron de pronto amainar, por lo que William —estimando prudente no abusar de la hospitalidad recibida— decidió retirarse y emprender la marcha hacia su alojamiento en El Galeón. Abandonando con pesar la voluptuosa comodidad de su asiento, agradeció la gentileza de los dueños de casa y procedió a envolverse en su gabán para dejar la casa, pero antes de ello —y llevado de un súbito e inexplicable impulso— se inclinó galante y cogiendo la delicada mano de María de los Santos posó suavemente sus labios en sus pequeños nudillos. Seguidamente estrechó las manos de Hurrel y don Bernardo y desapareció en la noche.



3

A pesar de que los españoles cambiaban constantemente las naves que llevaban a cabo el bloqueo de Valparaíso, amenazando con llevar a la ruina el precario comercio que se estaba iniciando gracias a los mercantes ingleses y norteamericanos, en la práctica —y debido a la necesidad de concentrar el grueso de su flota en la bahía de Concepción como apoyo a las sitiadas fuerzas de Ordóñez—, nunca eran más de dos los buques que se apostaban a la entrada de la bahía. Uno de ellos era casi siempre el bergantín Pezuela, al mando del teniente de navío don Ramón Bañuelos, y el otro una fragata, que se alternaba entre la Veloz y la Venganza.

El gobernador Alvarado, empecinado en atacar a los bloqueadores aun a riesgo de repetir el pobre resultado de la costosa expedición anterior, obtuvo la autorización y los fondos del gobierno para intentar nuevamente una salida destinada a la destrucción o captura de los navíos «godos». Para lograrlo, y gracias a los fondos recibidos, Rudecindo Alvarado sumó al Águila y al mercante Rambler la participación de la fragata mercante inglesa Marie, ya que el Araucano tenía tal cantidad de vías de agua que no estaba en condiciones de volver a prestar servicios, y el 10 de agosto —aprovechando que las naves españolas se acercaron más de lo acostumbrado al puerto—, Tortel abandonó el fondeadero favorecido por los vientos del sur y la emprendió resueltamente contra el enemigo.

Los españoles, sin embargo, rehuyeron el enfrentamiento (ocasión que aprovechó el ballenero Lady Cheryl para escabullirse del puerto y emprender su viaje de regreso a Inglaterra) y escaparon perseguidos de cerca por la flotilla patriota, con el Rambler —que hacía las veces de nave insignia y donde nuevamente se había embarcado un impaciente Neil Fleming— encabezando la persecución y aprestando su flamante y recién instalado chaser de proa de doce libras para iniciar el cañoneo contra la Venganza.

Apenas los tuvo a tiro, Tortel abrió fuego con el chaser, pero su primer disparo fue demasiado corto y solo levantó un surtidor de agua a popa de la fragata; sin embargo, el segundo, corregida la altitud, atravesó limpiamente la vela mayor y le abrió un orificio perfectamente visible desde los buques patriotas, cuyas tripulaciones aplaudieron con estrepitosos hurras la pericia de sus artilleros. Lamentablemente, al forzar el capitán del Rambler su velamen para acortar la distancia quebró la verga del trinquete y cambió bruscamente de rumbo, cortándole la proa al Águila, que para evitar la colisión se desvió de curso perdiendo toda posibilidad de alcanzar a los fugitivos. La inglesa Marie, más retrasada que los otros dos buques patriotas, suspendió una persecución que no tenía visos de éxito, y finalmente las tres naves, frustrada una vez más su opción de causar daño al enemigo, debieron regresar a Valparaíso tras conseguir apenas la magra satisfacción de causar la retirada de las naves bloqueadoras.

Fleming se desembarcó furibundo, gritando a quien quisiera oírle que con tal manga de ineptos era imposible esperar mejores resultados, y que estaba claro que la única manera de obtener éxito iba a depender de las acciones que emprendiera él mismo con la ayuda de sus amigos los capitanes James y Mackay. A continuación se emborrachó perdidamente e inició una gresca de gran proporción en una de las recién inauguradas casas de citas del puerto, en que de nuevo se enfrentó solo y a mano limpia contra un tropel de sus enemigos favoritos: los marineros yanquis.

Aunque sin llegar al mismo tipo de manifestaciones que Fleming, Mackay y James tendían a pensar también que la captura de un buque enemigo iba a depender más de la suerte o de la audacia de un golpe de mano que del eventual éxito de un enfrentamiento directo. Ello les llevó a apurar la reparación del Nuestra Señora de las Mercedes y a iniciar la búsqueda y selección de los tripulantes para el lanchón —estimados en unos veinticinco hombres—, entre los marinos ingleses, escoceses y norteamericanos que deambulaban ociosos por Valparaíso, a pesar de las objeciones de Fleming respecto de la posible participación de sus odiados yanquis.





En septiembre, la marina chilena vio aumentados sus efectivos con la incorporación de la goleta Fortunata, construida por encargo de unos comerciantes españoles en los astilleros de Nueva Bilbao, en la desembocadura del río Maule, y que confiscada por el gobierno patriota fue armada para la guerra y entregada al comando de un alborozado y orgulloso James Hurrel, a la sazón piloto del bergantín Águila. Solo unas pocas semanas después, el 8 de octubre, se dio uno de esos golpes de suerte a los que se referían Mackay y James, cuando el Águila, navegando de regreso a Valparaíso, se encontró con la fragata española Perla, que había salido de Cádiz el 6 de mayo como escolta de un convoy con destino al puerto de Callao compuesto por otras dos fragatas —la Esmeralda, de cuarenta y cuatro cañones, y la Minerva, de veinticuatro cañones— y de tres transportes que conducían a ochocientos hombres del reputado regimiento de Burgos, doscientos lanceros y una compañía de artilleros destinados a reforzar la guarnición y fuerzas virreinales del Perú. Los violentos temporales sufridos por esta escuadra al cruzar el cabo de Hornos habían separado a la Perla del resto del convoy, y sus setenta y seis tripulantes sobrevivientes se encontraban diezmados por el escorbuto y la falta de víveres, por lo que, al recibir la primera sorpresiva andanada del bergantín chileno, su capitán, don José Antonio Chapártegui, ni lo dudó y arrió inmediatamente su bandera en señal de rendición. Enterado Raymond Morris tras interrogar a sus prisioneros de la presencia cercana de los otros transportes, que supuso que se encontrarían en las mismas precarias condiciones, decidió quedarse en esas aguas para intentar también capturarlos, pero luego cayó en la cuenta de que con la reducida tripulación con la que había salido de puerto —ya bastante inferior en número al de sus prisioneros—, le sería imposible comprometerse en un combate, custodiar sus presas y encima tripularlas para llevarlas a Valparaíso, por lo que muy a su pesar tuvo que desistir de su intento y regresar a Valparaíso escoltando a su única presa.

Sin embargo, el botín capturado, que consistía en fusiles de última generación, uniformes, ferretería y herramientas de minería, probó ser excepcional, no solo por su utilidad para la marina y el ejército, sino por el magnífico precio que pudo obtenerse del resto de las mercaderías del cargamento.

Cuatro días después, la Venganza se presentó nuevamente frente a Valparaíso y Morris salió de inmediato a enfrentarla. Hurrel, a su vez, zarpó con su flamante Fortunata y se estacionó al norte de la bahía, donde esperó que pasara para cortarle la retirada, ya que acertadamente supuso que su comandante, el capitán de navío Tomás Blanco Cabrera, rehuiría el combate. No había transcurrido una hora cuando efectivamente apareció la fragata, desplegando todas sus velas para distanciarse del Águila, y Hurrel —apenas la tuvo a tiro— abrió fuego contra ella; pero los españoles, sin ninguna intención de involucrarse en un duelo de artillería, simplemente viraron para comenzar a alejarse. El Águila la siguió también a todo trapo, acortando rápidamente la distancia y rompiendo el fuego sobre ella con su chaser de proa, pero esta vez, al percatarse el comandante Blanco de que la Fortunata había quedado demasiado retrasada para apoyar al bergantín patriota, ordenó acortar sus velas y tocando a zafarrancho de combate viró para enfrentarlo, levantando al unísono sus portas de babor y asomando las negras bocas de sus cañones. Morris, comprendiendo que sin el apoyo de la Fortunata no tenía mayores posibilidades de éxito contra una enemiga tan poderosa —cuarenta y cuatro cañones contra sus dieciséis carronadas y un chaser de doce libras—, inmediatamente viró hacia el puerto para intentar atraerla y atacarla con la ayuda de la goleta y las baterías del fuerte de San Antonio. De paso, cuando le presentó su banda de estribor mientras efectuaba la maniobra, aprovechó para soltarle una feliz aunque inocua andanada con sus carronadas de estribor. Blanco, sin embargo, demasiado astuto y experimentado para caer en la trampa, no lo siguió y puso rumbo de retirada.

La totalidad de los habitantes de Valparaíso —incluyendo Mackay, Cindy y una nerviosísima Tomasa, que esta vez había olvidado su acostumbrado espíritu de chanza y se mostraba muy preocupada por la seguridad de su marido— seguían expectantes desde la playa y los cerros los movimientos de las naves, y aplaudían y gritaban fervorizados cada vez que los buques chilenos abrían fuego contra la fragata española. Pero luego, al observar que los «godos» se retiraban evitando el combate, el populacho irrumpió en gritos y protestas desencantadas, y agregaron fuertes epítetos contra lo que consideraban una «cobardía» por parte de la marina española.

Hurrel se desembarcó casi tan molesto como lo había hecho Fleming un par de meses antes, después de su frustrada persecución a bordo del Rambler, y se recriminaba amargamente por no haber esperado un poco más antes de abrir fuego contra la Venganza, pensando que así quizás podría haberle causado suficiente daño como para haberla detenido. Tomasa, probablemente por primera vez desde el día de su matrimonio, prefirió permanecer en silencio y no rebatir a su marido.

Al día siguiente, 13 de octubre, muy temprano amaneció la fragata estacionada de nuevo frente al puerto, pero ahora acompañada de dos corbetas, por lo que el coronel Francisco de la Lastra —quien había reemplazado a Alvarado como gobernador político y militar de Valparaíso—, juiciosamente y haciendo caso omiso de la belicosa impaciencia exhibida tanto por Morris como Hurrel, decidió no autorizar la salida de los buques en consideración a su inferioridad tanto numérica como de armamento, ya que la recién capturada fragata Perla —que podría haber equilibrado las acciones— tenía su casco en tan mal estado que estaba prácticamente incapacitada para prestar servicio. El comandante Blanco, sin embargo, y a pesar de la evidente superioridad de su flotilla, no inició acción ofensiva alguna y pronto se alejó de la bahía.



En los días que siguieron, aprovechando la ausencia de los buques españoles, dos nuevas naves entraron en la bahía fondeando frente al muelle de Valparaíso. Una de ellas, que se distinguía especialmente por su línea y desplazamiento, era la hermosa fragata mercante inglesa Catherine, de ciento ochenta toneladas, que al mando del capitán John Warner había zarpado en junio de Gravesend, en el Támesis, transportando un grueso cargamento destinado a venderse en Buenos Aires y Valparaíso y consignado al joven inglés de apenas veintidós años de edad Mr. Samuel Haigh, que viajaba en el buque en calidad de apoderado y representante de una importante casa comercial de Aldermanbury. Mr. Haigh se había desembarcado en Buenos Aires y, luego de vender las mercaderías descargadas en ese puerto, había continuado el viaje a Chile por tierra, cruzando a lomo de mula la cordillera de los Andes y encontrándose a la sazón en Santiago.

El segundo buque, un ballenero norteamericano, trajo la noticia de que la Minerva —una de las fragatas que junto con la Esmeralda y la Perla habían escoltado al convoy que zarpó el 6 de mayo de Cádiz— se encontraba descargando en Arica un valioso cargamento destinado a las ciudades del Alto Perú, y esperaba una importante partida de lingotes de plata procedente de las minas de dicho país.

Esa noche, apenas conocidas las noticias, un William Mackay de ojos brillantes reunió en su cuarto de El Galeón a James, Budge, Martin y Fleming, y con voz solemne les dijo:

—Caballeros, nuestra hora ha llegado.



Capítulo XIII



1

El acto de amor fue extremadamente bello esta vez. Intenso, suave, sereno y dulce. Y ahora, con la respiración todavía agitada volviendo poco a poco a su ritmo normal, yacían estrechamente abrazados en la penumbra de la habitación, disfrutando de la paz y comunión que sigue al acto físico solo cuando este se entiende como parte de un universo amoroso compartido en plenitud.

Transcurridos unos momentos, mientras Cindy descansaba su rubia cabeza sobre el pecho de William y se dejaba adormilar por los pausados latidos de su corazón, este apartó suavemente con sus dedos un mechón dorado y rebelde que le cubría los ojos y le susurró al oído, decidiéndose por fin:

—Mi amor, tengo que decirte algo.

—Mmmm, sí; yo también tengo algo importante que contarte, querido mío. Pero, tú primero.

—Bien, debo decirte que en menos de una semana estaré zarpando rumbo al norte para atacar y abordar un navío español que se encuentra fondeado en operaciones de carga en Arica. Hemos obtenido la necesaria patente de corso del gobernador de la Lastra y solo nos falta completar unas reparaciones menores y enrolar a algunos hombres más para la tripulación y estaremos listos para irnos —le soltó de sopetón y de corrido, para evitar eventuales interrupciones.

Sintió cómo ella se ponía automáticamente tensa y se preparó para lo que pudiera venir. Sin embargo, pasados unos instantes, sintió que volvía a relajar su cuerpo, aunque permanecía en silencio, para luego —volviéndose súbitamente y mostrando por un instante la belleza de sus senos desnudos— ponerse de espaldas y apoyar la cabeza en el hombro del marino en tanto se acomodaba la sábana para cubrirse hasta la barbilla.

—La fragata Minerva, ¿no es así? —musitó.

—By Job! ¿Pero cómo puedes saber tal cosa? ¡Si apenas hace unas horas que James y yo nos entrevistamos con el coronel de la Lastra…!

—Mi dulce, dulce amor; te amo tanto y te he llegado a conocer de tal manera y tan íntimamente, que muchas veces puedo interpretar anticipadamente tus pensamientos y hasta cómo vas a actuar. Desde el momento en que me enteré de las noticias relativas a la presencia de esa fragata en Arica supe que la convertirías en tu objetivo. Aún más, sé que estabas esperando desesperadamente algo por el estilo para emprender tu loca aventura.

—¿Loca aventura? Esta no es una loca aventura, Cindy. Esta es, tal como tú misma has dicho, la oportunidad que estaba esperando, y te aseguro que no la voy a dejar escapar aunque… —se interrumpió abruptamente, sin terminar la frase.

—¿… aunque mueras en el intento? Eso ibas a decir, ¿no es cierto, William? Y ahora no estoy interpretando tus pensamientos, simplemente estoy repitiendo lo mismo que dijiste en Santiago en la recepción en honor de San Martín, ¿recuerdas? Fue algo como esto: «… y volveremos a puerto con un navío respetable o moriremos en el intento, puedo hasta firmarlo si lo desean», ¿me equivoco?

—Bueno, no, mi amor. Pero tú sabes que para eso me desembarqué en este puerto: para luchar y ganar dinero. Tú fuiste un accidente no calculado. Un accidente inesperado y maravilloso, sí, pero también (seamos realistas), un accidente que nos condujo a una relación que no tiene ningún destino y que por ello mismo no puede cambiar la razón por la que me desembarqué en este lugar. Te amo, ¡oh, cómo te amo!, y por ello no importa mayormente lo que nos ocurra en el futuro, sea que estemos separados por la distancia, o tú con tu marido y yo con otra pareja, o yo muerto como consecuencia de «esta loca aventura», como la acabas de llamar. Porque ahora sé que donde sea que me encuentre, en la tierra o en la infinita y misteriosa inmensidad de la muerte, te recordaré eternamente.

Cindy se sintió de pronto abrumada por la intensidad de la confesión de su amante, y permaneció en silencio sintiendo como las lágrimas comenzaban a agolparse en sus ojos, amenazando con manar incontrolables. Mackay la abrazó con fuerza, besándole los cabellos y girando el cuerpo hacia ella para enfrentarla, pero Cindy, ocultándole el rostro, se volvió hacia su izquierda de tal manera que ambos terminaron tendidos de costado, con el pecho y estómago del hombre apretados estrechamente contra la espalda de ella, en un abrazo desesperado. No pasó mucho rato para que sus manos encontraran la suavidad de sus pechos y comenzaran a acariciarlos, sintiendo como casi al unísono sus pezones y su miembro comenzaban a endurecerse, para finalmente terminar haciendo el amor de manera casi frenética, de una forma completamente distinta a la anterior, terminando ambos en un orgasmo intenso, profundo y simultáneo, que concluyó con un ahogado e irreprimible sollozo de la muchacha.



—Robbie y yo hemos decidido regresar a los Estados Unidos.

Mackay se quedó helado. Luego de unos momentos de silencio, preguntó:

—¿Eso es lo que querías decirme hace un rato?

—Sí, mi amor. Hemos llegado a la conclusión de que para Robbie reviste casi el mismo riesgo el permanecer aquí que el emprender el viaje de regreso a Boston. Y si ha de morir, él prefiere hacerlo en territorio norteamericano, o por lo menos en alta mar, viajando a su patria, que aquí, tan lejos de ella.

—¿Y cuándo pretendéis emprender el viaje?

—Apenas aparezca el primer navío de la U.S. Navy con rumbo a casa, o en su defecto algún mercante norteamericano con el mismo destino.

—Pueden pasar todavía meses para que ello ocurra, como debes saber.

—Sí, lo sé. Pero como sabía que emprenderías tu «loca aventura» quería que lo supieras ahora, por si a tu regreso ya no me encontrabas en Valparaíso.

—Oh, ya veo —observó Mackay, en un tono que sin mala intención sonó entre dolido y mordaz—. Eres muy considerada. Creo que entonces debiera agradecerte el que me lo digas, mi dulce amor.

Cindy lo miró rápidamente, y desvió luego la vista para susurrar:

—No me merezco ese tono, y tú lo sabes, amor mío. Por favor no me hagas esto aún más difícil y doloroso.

—Perdóname, Cindy —reaccionó él inmediatamente, al tiempo que la rodeaba con sus brazos—. Por favor perdóname. Jamás debería haber dicho tal cosa. Lo siento.

Se produjo un nuevo y opresivo silencio hasta que Cindy, cogiendo el reloj de Mackay, que estaba sobre una mesita al costado de la cama, miró la hora y, besando rápidamente a William en la frente, hizo amago de levantarse.

—Debo irme. Robbie va a empezar a preocuparse.

Pero Mackay, sujetándola de un brazo, intentó atraerla nuevamente hacia él, haciendo que la sábana se le deslizara hasta la cintura y mostrara toda la hermosura de su torso desnudo, con la desordenada cabellera rubia cayéndole como una cascada sobre los hombros.

—¡Dios, qué hermosa eres! —fue todo lo que pudo exclamar, antes de que ella se zafara de su mano y recogiendo sus ropas corriera a vestirse a la habitación vecina.



2

El lanchón estaba listo.

Fleming se las había arreglado para cambiarle los tablones podridos o en evidente mal estado, le había calafateado los fondos y costados, le montó una vela latina, le instaló chumaceras para diez remos, le fijó calzos para sujetar los indispensables barriles de agua para bebida y lo dejó en todo sentido preparado para iniciar la gran aventura.

—¿Y bueno? ¿Qué piensan ahora, caballeros? —preguntó con evidente orgullo a William Mackay, Henry James, Edward Budge y Thomas Martin, quienes habían acudido a la llamada del gigantesco carpintero para observar la obra terminada.

—Magnífico, Neil. Lo único que necesitamos es que sea capaz de llevarnos hasta Arica. Una vez allá, ya no la necesitaremos más —comentó escuetamente James.

—Cierto —asintió Budge—, pero ¿será capaz de llegar tan lejos, con veinticinco hombres a bordo?

—Exactamente; esa es la cuestión —agregó Martin.

Antes de que Fleming alcanzara a retrucar furioso ante la desconfianza mostrada por sus compañeros, Mackay habló por primera vez.

—Le falta algo —dijo con decisión.

—¿Algo? Le aseguro Mr. Mackay, que no hay espacio para ponerle nada más. ¿Qué es lo que supone usted que le falta?

—Cambiarle el nombre, Neil. Quiero que le borres ese condenado Nuestra Señora de las Mercedes y que lo remplaces por su nuevo nombre: Death or Glory. Lo quiero en grandes letras rojas, para que todo el mundo lo vea. ¿Están de acuerdo, señores?

—¡Absolutamente! ¡Y que se preparen los malditos para lo que se les viene encima!

Todos estuvieron inmediatamente de acuerdo con el nuevo nombre.

—¿Y qué hay de la bandera? Tenemos que desplegar una bandera, ¿no les parece? —preguntó Martin.

—Yo creo que la respuesta es obvia y que no debiera haber dudas al respecto: debemos navegar bajo el pabellón chileno. ¿No es así? —intervino James.

—Así es, Mr. James. Nuestra bandera es definitivamente la de Chile —asintió William Mackay.



Aperarse del armamento necesario no fue tan complicado, ya que el mismo gobernador se encargó de suministrarles las armas para la expedición —solo pistolas, ya que no había espacio para transportar fusiles ni municiones—, además de sables de marina, dagas, machetes, hachas de abordaje y picas, algunas de ellas aportadas por los mismos tripulantes.

El problema fue precisamente seleccionar los tripulantes necesarios. Aunque el puerto hervía de marineros británicos y norteamericanos desempleados, y más que ansiosos por embarcarse en una aventura de esta naturaleza, ni James ni Mackay querían correr el riesgo de rodearse de una banda salvaje e incontrolable para llevar a cabo una operación que requería de un grupo disciplinado, capaz de obedecer órdenes y acostumbrado a respetar una jerarquía naval, por muy corsaria que esta fuera.

Comenzó así una estricta selección, dirigida por el propio Mackay y llevada a cabo principalmente por Budge y Martin en su calidad de ex oficiales de la Royal Navy, y con James actuando a modo de abogado del diablo para aceptar o rechazar a los candidatos preseleccionados por sus compañeros. Al cabo de una semana se habían aceptado e incorporado al grupo los ingleses Samuel Braine, Alexander Morris, Daniel Furey y George Jenkins; los escoceses William Shea, Leslie John MacCabe y Douglas Hutchinson, y los irlandeses Charles Rivers y Paddy O’Connelly. A estos se les agregó John Burwell, el cantor ex tripulante del ballenero Lady Cheryl, quien por quedarse enredado en las sábanas con una muchacha había perdido la partida de su nave, lo que lo llevó a embarcarse en un ballenero norteamericano que acababa de regresar a Valparaíso. Apenas se enteró de lo que tramaban sus antiguos camaradas, no dudó ni un segundo en presentarse ante Mackay y Fleming y ofrecerse para acompañarlos.

—¡Vaya! ¡Bienvenido al Death or Glory, Burwell! —fue el cordial recibimiento de Fleming, al tiempo que asestaba tal palmotazo en la espalda al pobre marinero que casi lo descalabra—. No sé qué tal corsario serás, pero por lo menos podremos disfrutar de tus canciones durante la navegación.

Sin embargo, aún faltaban diez hombres y el tiempo apremiaba, ya que Mackay y James se habían hecho el propósito de zarpar a más tardar el 10 de noviembre. En vista de la premura, se solicitó a cada miembro de la tripulación ya reclutada que aportara un hombre de confianza de entre sus conocidos, y mediante tal procedimiento pudo completarse en setenta y dos horas la dotación del lanchón, quedando ésta conformada por una heterogénea mezcla de veteranos ex miembros de las marinas de guerra inglesa y norteamericana, de rudos balleneros endurecidos por años de dedicación a un oficio pesado y cruel y de avezados marinos mercantes acostumbrados a repeler ataques de corsarios y piratas en todos los mares del mundo. En definitiva, un grupo temible, audaz y dispuesto a todo, en el que las nacionalidades inglesas, escocesas e irlandesas originales se vieron aumentadas con algunos norteamericanos y hasta con dos hermanos gemelos galeses, tan idénticos como dos gotas de agua.



3

—He venido a despedirme, comandante Buchanan. Todo está listo para que emprendamos el viaje.

—Eso he oído, Mr. Mackay, y le agradezco mucho su venida, ya que es probable que a su regreso Cindy y yo ya no nos encontremos en Valparaíso. Supongo que ya sabrá que hemos decidido regresar a los Estados Unidos.

—Pues sí, lo sé, comandante Buchanan. Por ello quería despedirme de usted antes de zarpar, ya que nadie sabe cuánto tiempo nos tomará esta expedición y, peor aún, siquiera si volveremos de ella.

—No se ponga fatalista, William. Por lo que he logrado conocer de usted no me parece un hombre dado a pensamientos sombríos. Todo lo contrario, creo que usted es de los que van por la vida simplemente tomando lo que esta tiene para ofrecer, sin hacer mayor cuestión al respecto.

—Eso me hace parecer como un ser bastante inescrupuloso, Mr. Buchanan.

—Lo siento, William. No es eso lo que quise dar a entender. Me refiero a que usted no pareciera tener muchos remilgos en emprender acciones que otros meditarían mucho más tiempo, y que probablemente al final decidirían no desarrollar. Lo he visto actuar así desde que lo conocí, partiendo por la decisión de desembarcarse en este puerto, por su empecinamiento en reparar ese deshecho de naufragio que encontró en la playa, y por esta audaz acción que pretende llevar a cabo en el norte.

Robbie hizo una pausa y cerrando los ojos apoyó la cabeza en la almohada, con un gesto de cansancio. La iluminada habitación, hasta ahora alegre por el primaveral sol de la tarde, se llenó de pronto de un súbito silencio que a Mackay, sin saber muy bien por qué, le pareció hasta opresivo; pero luego de unos instantes el norteamericano giró la cabeza y volvió la vista nuevamente hacia su visitante.

—La verdad es que en cierta forma le admiro, Mr. Mackay, ya que me doy cuenta de que usted, una vez ha tomado una decisión, simplemente pone todos sus sentidos para llevarla a cabo, sin permitir que nada ni nadie le aparte un ápice de ella. Y creo que eso lo aplica a todos los aspectos de su vida: ¿me equivoco al pensar que usted, una vez que identificó al objeto de su deseo, no ceja en su empeño de poseerlo hasta finalmente lograrlo?

—De nuevo creo que sus palabras me hacen parecer como un hombre sin escrúpulos ni conciencia. Le aseguro que no es así, Mr. Buchanan. Soy tan humano como cualquier otro, pero estamos en medio de una guerra que para mí puede significar la diferencia entre continuar eternamente navegando por los mares del mundo, hasta terminar mis días probablemente destrozado por el coletazo de una ballena, y la iniciación de una nueva vida cimentada sobre unos sólidos lingotes de pura plata española. Si a eso se refiere por, ¿cómo fue que dijo?: «el objeto de mi deseo», pues sí, no cejaré en mi empeño hasta lograrlo o moriré en el intento —replicó Mackay, prefiriendo ignorar las implicaciones que sospechaba que ocultaban las palabras de Robbie.

—Perdóneme, William. Pero no me refería solo a la fragata española, sino a todos los actos de su vida. Y, por favor, le ruego que no crea que le estoy juzgando, ya que honradamente pienso que es usted una persona admirable y por ello mismo se gana tan fácilmente no solo la estimación y el respeto de los hombres… —Robbie hizo una pausa, inclinando la cabeza para mirarlo a los ojos— … sino también el amor de las mujeres.

—¿El amor de «las» mujeres? ¿No será algo exagerado el uso del plural, Mr. Buchanan? En realidad, plural o singular, no sé exactamente a qué se está usted refiriendo, ya que no son muchas las actividades sociales en las que he participado en este país (ni las que el mismo ofrece, por lo demás), como para generar los enamoramientos que usted me adjudica. Por otra parte, yo me quedé aquí para luchar y hacer fortuna, y no precisamente para buscar amores —replicó el ballenero, sin saber qué actitud asumir en vista de lo delicado que se estaba poniendo el tema.

—Creo que usted sabe exactamente a qué me refiero, Mr. Mackay. Pero no se preocupe, ¿cómo podría culpar a alguien por amarla? Yo lo sé mejor que nadie: es imposible no hacerlo.

William Mackay se quedó absolutamente anonadado.

(«¡Lo sabe! Cielo santo, no puede ser posible. ¡Lo sabe! Pero ¿cuánto sabe? ¿Todo? ¡Que me condenen! ¡Esto no puede ser!»).

—Pues —balbuceó, sin saber qué decir.

—¿Cuando me dijo que esperan zarpar? —preguntó Buchanan, cambiando repentinamente de tono, como si jamás hubiese hablado de otro tema.

—Pues, mañana, en las primeras horas de la tarde, apenas se levante el viento del sur.

En ese momento irrumpió Cindy en la habitación, quien no estaba presente en la casa a la llegada de Mackay, por lo que este había sido recibido por doña Floripe y conducido ante Robbie.

—¡William! ¡Qué agradable sorpresa!

—Gracias, Mrs. Buchanan. Discúlpeme por haber venido sin anunciarme, pero quería despedirme de su marido… —se maldijo internamente, y agregó de inmediato— …y de usted, por supuesto, ya que mañana mis compañeros y yo esperamos zarpar de Valparaíso.

—¡Mañana! ¡Oh, Dios! ¿Tan pronto? —exclamó sin poder contenerse, con el espanto reflejado en el rostro.

—Sí, Mrs. Buchanan. En estos momentos Fleming y los muchachos ya están cargando las provisiones y vituallas necesarias para el viaje.

—Vituallas… —repitió ella, como una sonámbula.

—Pues, sí. Vituallas, Mrs. Buchanan; como toneles de agua, carne salada, galleta.

—Galleta… —repitió esta vez emulando un desmayado eco, mientras lo miraba intensamente sin advertir la presencia de su marido, quien a su vez los observaba a ambos con atención desde su camastro, con el rostro que un testigo ocasional habría notado aún más pálido que de costumbre.

—Sí, mi amor —intervino entonces suavemente Robbie—, galleta. Es un alimento tradicional en la marina que se utiliza para navegaciones largas, ya que no se descompone —agregó con infinita ternura, logrando que Cindy finalmente reaccionara, como quien emerge de un sueño, aunque al mirarlo lo hizo como si lo viera por primera vez.

Indicándole a Mackay con un gesto que retomara su asiento, ella hizo lo propio y se sentó en una silla junto al lecho de Robbie, y se las arregló incluso para que sus labios finos dibujaran una triste sonrisa en su hermoso rostro, que esta vez estaba casi tan pálido como el de su marido.

—Gracias por venir, Mr. Mackay. Usted sabe que nosotros también nos marcharemos pronto, y nos habría causado mucha pena irnos antes de que usted regresara sin haber tenido la oportunidad de despedirnos adecuadamente —dijo con voz clara, para agregar inmediatamente, tras haber recobrado su aplomo—: ¿Puedo ofrecerle algo de beber?



No hubo despedida íntima para ellos.

Mackay había solicitado especialmente a James la casa para ese último atardecer; pero poco a poco la penumbra se convirtió en oscuridad, y luego en noche profunda sin que Cindy apareciera.

Desencantado, ya cerca de la medianoche, se tomó un largo y amargo trago del whisky que él mismo había obsequiado al inglés, e inició el triste retorno a su habitación en El Galeón.



Ella sabía que él la estaba esperando.

Incluso ya le había dado su acostumbrada excusa a Robbie, esa de que iba a dar uno de sus largos paseos por la playa llevando a sus enormes perros como protección. Pero el recuerdo de la expresión del rostro de su marido aquella tarde, sumada a la creciente poca confianza en sus propias fuerzas, que la hacían dudar de su capacidad para separarse de los brazos de William esta última noche, le impidieron emprender el camino a la casa de Henry James.

Y así transcurrió lentamente el atardecer, y luego la noche, y Cindy no acudió a la cita.



Capítulo XIV



1

Al día siguiente, 11 de noviembre de 1817, apenas desatado ese viento porteño típico de las tardes de primavera, el Death or Glory desplegó su única vela y poniendo rumbo al norte salió navegando lentamente de la bahía, sorteando a la media docena de mercantes ingleses y norteamericanos que se hallaban fondeados en el puerto. Consciente de las miradas escépticas y hasta compasivas que la población y las tripulaciones de los buques concentraban en sus hombres, Mackay se puso en pie e izó hasta el tope del mástil la bandera chilena creada por los Carrera, la de las tres franjas horizontales —azul, blanca y amarilla— y lanzó tres hurras que fueron fuertemente coreados por sus compañeros y espontáneamente aplaudidos por los oficiales y tripulantes del bergantín Águila que se encontraba en las cercanías.

—Good luck, poor bastards. You will certainly need it33 —fueron las lacónicas palabras de su capitán, Raymond Morris, cuando los vio pasar.

Sentimientos parecidos experimentó Samuel Haigh, quien paseando a caballo por los cerros que circundan la bahía también observó acongojado la salida de esa audaz y desesperada cuadrilla, «recta a una indudable destrucción», como consignaría luego en su diario. Los versos que agregó a su anotación dan aún mayor fe de sus pocas esperanzas en el éxito de tal empresa:

No friend upon the lessening strand

Lingered to wave the unseen hand

Or speak the farewell, heard no more;

But alone, unheeded from the bay,

The vessel took her mournful way

Like some ill —destined barque.34



Había, además, otras dos personas —dos mujeres—, que también musitaron su triste despedida a los aventureros, y una de ellas con el desesperado convencimiento de que jamás volvería a ver al capitán de la pequeña embarcación que en esa tarde esplendorosa se deslizaba por el azul profundo del mar de Chile.



Cinco días de lenta navegación pegados a la costa, con veinticinco hombres corpulentos hacinados en una embarcación de magros 12 metros de eslora por 2,5 metros de manga, apretujados entre los barriles de agua y las cajas de charqui y galleta que Fleming había fijado con calzos a la estructura del lanchón, sin privacidad ni para las necesidades más íntimas, y con la secreta percepción de que estaban emprendiendo una aventura con más posibilidades de terminar mal que bien, eran factores sobradamente suficientes como para alterar los nervios del más pintado. A pesar de ello, el buen ánimo seguía prevaleciendo entre los miembros de la abigarrada tripulación, y los escasos estallidos de mal humor e impaciencia fueron rápidamente sofocados por el natural don de mando de Mackay y la gigantesca presencia del pelirrojo carpintero. La contagiosa simpatía de Timmy y Tommy Gwynn —los gemelos galeses—, sumada a las ingeniosas canciones de John Burwell, contribuyeron a mantener el buen espíritu a pesar de las naturales incomodidades.

Los días se repetían hermosos, con cielos azules ornados de altas y blancas nubes, rojos atardeceres, y un mar que aunque algo agitado en ocasiones por efectos de los «sures», no obligaba a un desesperado achique de alguna rebelde vía de agua. Basado en tales condiciones, Edward Budge había estimado en diez días el tiempo de navegación hasta Arica, si es que se mantenían los vientos favorables como hasta entonces. Ello los pondría en la rada de Arica el 21 de noviembre, y Mackay elevó una muda súplica rogando que la Minerva aún se encontrara en el puerto.

—¿Cree que la fragata está aún fondeada en Arica, William? —preguntó de pronto James, como si adivinara por dónde iban los pensamientos de Mackay.

—Así lo espero, Henry. Porque, sinceramente, no quiero ni siquiera pensar en lo que significaría un regreso a Valparaíso con las manos vacías.

—Pues antes que ello, le aseguro que preferiría seguir navegando hasta el Callao e intentar algún abordaje allí que regresar al sur.

—Totalmente de acuerdo, Henry. Por eso insistí en el nombre de Death or Glory para este cascarón. Para mí no caben otras alternativas como resultado de este viaje: o triunfamos o morimos en el intento. Por lo tanto, si es usted un hombre religioso, le recomendaría que comience a rezar para que los condenados hispanos nos estén esperando en Arica.

—No soy muy religioso que digamos, William. Pero creo que seguiré su recomendación. ¿Qué le parece si le pido a Fleming que me acompañe en mis oraciones? —rio el inglés.

—¡No! ¡Por favor, no! Si un salvaje como Neil se pone a rezar lo más probable es que el mismo Dios termine haciendo lo contrario en prevención a que sea una maniobra del Demonio. ¡Por favor, no haga tal cosa!

—¿Qué pasa conmigo, Mr. Mackay? ¿He oído mi nombre? —intervino el gigantón desde el otro extremo del lanchón.

—No, Neil. No te preocupes. Esto no tiene nada que ver contigo.

No muy convencido, el carpintero volvió su atención a la pistola que estaba limpiando y luego le gritó a Burwell:

—¡John! ¡Necesitamos una de tus canciones para levantarnos el ánimo! ¡Anda, vamos, cántanos algo! ¡Pero que no sea una de esas malditas canciones yanquis que parecen gustarte tanto! —agregó para molestar a los cuatro norteamericanos que estaban apilados a estribor intentando pescar algo.

—Muy bien, Neil. A ver qué te parece esta tonada que creo de lo más apropiada a nuestra empresa: se llama «The Tarry Buccaneer» —le contestó animadamente el marinero, comenzando de inmediato a cantar con su agradable voz de tenor.

I’m going to be a pirate with a bright brass pivot-gun,

And an island in the Spanish Main beyond the setting sun,

And a silver flagon full of red wine to drink when work is done,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.

With a sandy creek to careen in, and a pig-tailed Spanish mate,

And under my main-hatches a sparkling merry freight

Of doubloons and double moidores and pieces of eight,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.

With a taste for Spanish wine-shops and for spending my doubloons,

And a crew of swart mulattoes and black-eyed octoroons,

And a thoughtful way with mutineers of making them maroons,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.

With a slash of crimson velvet and a diamond-hilted sword,

And a silver whistle about my neck secured to a golden cord,

And a habit of taking captives and walking them along a board,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.

With a spy-glass tucked beneath my arm and a cocked hat cocked askew,

And a long low rakish schooner a-cutting of the waves in two,

And a flag of skull and cross-bones the wickedest that ever flew,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.

—¡Vamos! ¡Repitan todos conmigo!

And a flag of skull and cross-bones the wickedest that everflew,

Like a fine old salt-sea scavenger, like a tarry Buccaneer.35



Todos corearon el último verso, aplaudiendo y riendo a rabiar con la canción pirata de Burwell.

—¡Muy bien, John! ¡Pero que muy bien!

—Mr. James: cada vez me convenzo más de que con estos hombres no podemos perder. Recuerde, la victoria será nuestra, aunque nos encontremos con toda la flota española en Arica.

—Bueno, mantengamos las esperanzas y las oraciones, Mr. Mackay. Let’s hope and pray.

Transcurrieron seis días más de navegación y ninguna señal de Arica.

—Mr. Budge, ¿está seguro de que no nos hemos pasado de largo?

—Pues, espero que no, capitán Mackay. Aunque según mis cálculos ya deberíamos estar a la cuadra de Arica.

Después de once días navegando, sucios, desgreñados, sin afeitar, con los torsos desnudos bronceados por el sol y las cejas y barbas blanqueadas por la sal de las olas, el aspecto de los corsarios era francamente patibulario. El buen humor inicial había sido reemplazado por un modo hosco que simplemente resumía el deseo de todos de terminar de una vez por todas con este condenado viaje y entrar lo antes posible en acción. Cualquier cosa con tal de abandonar el maldito lanchón y el molesto hacinamiento de los últimos e interminables días.

—Pues yo creo que nos hemos pasado —insistió Mackay—. Henry, Tom, viremos hacia la costa para intentar una mejor referencia. Por lo que sé, deberíamos de divisar un gigantesco atolón bajo el cual tendría que encontrarse el poblado y puerto de Arica.

—Y la maldita y condenada Minerva también —agregó Fleming.

El Death or Glory viró trabajosamente, crujiendo y escorándose fuertemente al recibir el viento del sur por la amura, y puso proa a la costa.

—¡Leslie, Tommy, Timmy! ¡Agarren un cubo cada uno y comiencen a achicar, que esa condenada grieta está empezando a filtrar nuevamente! ¡Y tú, Paddy! ¡En vez de mirar a tus compañeros con tu acostumbrada cara de bobo irlandés, recoge esas bolsas de pólvora para que no se sigan mojando! ¿Acaso estás ciego?

—¡Ya te he dicho, Fleming, maldito simio colorín, que no me des órdenes! ¿Quién te crees que eres? ¿Un condenado oficial de la marina? —respondió O’Connelly, pero hizo de todos modos lo que le decían.

—¡Oficial y un culo, O’Connelly! ¡Pero ya quisiera ver tu cara de bobo irlandés cuando le dispares a un metro de distancia a un «godo» armado y tu pistola solo haga «click» porque como un estúpido no te preocupaste de proteger la pólvora cuando tuviste la oportunidad de hacerlo!

Whittaker y Nolan, dos de los norteamericanos, soltaron la carcajada al oír la respuesta de Fleming.

—¿De qué se ríen ustedes, malditos yanquis? ¿No tienen nada mejor que hacer?

En ese momento Hutchinson lanzó un grito, y apuntó hacia la cada vez más cercana playa.

—¡Un bote a estribor! ¡Atención! ¡Bote a estribor!

Mackay miró en la dirección que mostraba el marinero y, efectivamente, vio una pequeña embarcación parecida a un chinchorro, con un solo tripulante a bordo, que se mecía a cubierto de los roqueríos que protegían la entrada a una pequeña ensenada, situada un poco más al sur de la playa a la que apuntaba la proa del Death or Glory.

—Henry, sugiero que nos acerquemos a investigar. ¡Atención a todos! No quiero que nadie vaya a cometer la barbaridad de dispararle a este hombre a no ser que yo dé expresamente la orden, ¿está claro?

—¡Aye, aye, Captain!

A medida que se aproximaban a la pequeña embarcación pudieron comprobar que esta se trataba de un bote hecho de cueros —de lobos marinos, supuso William—, y que su único tripulante era un indio evidentemente comprometido en faenas de pesca. Al divisar el lanchón lleno de hombres que se le aproximaba no hizo ningún amago de huir y solo recogió sus remos para esperarlos.

—Hello, there! —le gritó Mackay cuando se acercaron—. Arica? Do you understand? Arica?

El indio lo miró con un rostro absolutamente impávido, sin dar señales de entender absolutamente nada de lo que le estaban preguntando.

—¿Arica? —preguntó nuevamente Mackay, esta vez indicando primero hacia el norte y luego hacia el sur—. ¿Arica?

Esta vez el indio, aunque mantuvo la impavidez de su rostro, indudablemente comprendió lo que se le estaba preguntando, ya que levantando su brazo derecho apuntó en dirección al sur, y dijo escuetamente:

—Arica.

—¡Lo sabía, maldita sea! ¡Le dije, Mr. Budge, que nos habíamos pasado!

—Bueno, pero si así fuera le aseguro que no debemos de estar a más de diez millas de distancia del puerto —retrucó Budge, algo avergonzado.

—¡Esperen un momento! —intervino James, haciéndoles un gesto con la mano para que guardaran silencio—, que esto puede ser muy importante. —Luego, mirando al indio fijamente, le preguntó—: ¿Minerva? ¿Fragata Minerva en Arica? Yes? A big boat? A big, er, ¿gran bote en Arica? ¿Fragata española?

Todos en el lanchón contuvieron el aliento. De la respuesta de este indígena dependían todas sus esperanzas, todo su futuro; aquí sabrían si estos once días de navegación, colmados de privaciones e incomodidades, habían sido en vano o no.

El indio los miró con ojos que no traslucían nada, sin cambiar un ápice la expresión de su rostro impenetrable; sin embargo, su mente captó la avidez con que esperaban su respuesta, con un interés que se reflejaba ansiosamente en sus caras y en el brillo de sus pupilas.

—Come on, you bastard! Speak up! —no aguantó más Fleming—. Is the bloody Minerva there?36

El indio dirigió la vista hacia este nuevo interlocutor y por primera vez mostró una expresión diferente en su rostro, indudablemente porque nunca antes en su vida había visto algo como este curioso ejemplar humano de roja pelambrera y tamaño descomunal. Luego, volviendo la mirada hacia Henry James, habló claramente en español:

—Sí; la fragata Minerva está en Arica. ¿Quieren que los guíe hasta ella?

—¡¡Hurra!!

Fue un solo gran grito el que surgió del Death or Glory, ya que no se necesitaban mayores conocimientos de español para entender que su presa aún estaba descargando en Arica, y que por lo tanto no habían llegado tarde.

Arriando la vela, Mackay ordenó emplazar los remos e iniciar la boga hacia la ensenada donde el pescador había establecido su pequeño campamento. Una vez varado el lanchón en la playa, el indio hizo fuego y dispuso parte de su pesca para agasajar a estos curiosos extranjeros que hablaban una lengua ininteligible que jamás había escuchado antes.

Pero más que su idioma, era el extraño aspecto de Neil Fleming el que llamaba poderosamente su atención, como asimismo los gemelos Gwynn, tan idénticos y de nombres tan parecidos que era imposible identificarlos: Timmy y Tommy. ¡Vaya gente estrambótica!



2

Gracias al castellano de Fleming —quien era el que mejor dominio tenía del idioma, indudablemente en virtud de sus relaciones con las hermanitas Elcira y Edelmira—, pudieron obtener del pescador indio importante información respecto de la situación de la Minerva.

Supieron así que el buque todavía estaba comprometido en faenas de descarga, que por lo demás se desarrollaban con una tremenda lentitud, lo que aseguraba que prácticamente el total de su cargamento se encontraba aún a bordo. Al mismo tiempo se enteraron de que su capitán y gran parte de los oficiales acostumbraban a pasar la noche en tierra, pero que la nave se encontraba a cubierto de las baterías del puerto, lo que hacía indispensable abordarla y sacarla rápidamente del alcance de los cañones de tierra.

El indio, apenas se enteró de las intenciones de los extranjeros, se ofreció entusiastamente como guía e intérprete a cambio de participar de los beneficios del botín. Mackay y James estuvieron inmediatamente de acuerdo en incorporarlo a la partida.

—Neil, ¿cómo diablos se llama este hombre? Tenemos que saber cuál es su nombre para llamarlo de alguna manera.

—Se lo he preguntado innumerables veces y no logro entenderle. Hasta ahora lo único que he conseguido al respecto es descubrir que pertenece a una tribu o raza llamada «changos». ¿Le sirve eso, Mr. Mackay?

—¿«Changos»? No, suena muy feo, deberíamos inventarle un nombre nosotros entonces. ¿Alguien tiene alguna idea?

—Pues, capitán Mackay, yo creo que tengo algo que sugerir, si me lo permite —intervino Edward Budge—. ¿Se acuerda del guía nativo que ayudó a Sir Francis Drake en su ataque a Nombre de Dios? ¿No? Bueno, se llamaba «Diego», por lo que sugiero que «bauticemos» así a nuestro amigo aquí presente, ¿qué le parece?

—¿Alguna objeción? ¿Ninguna? Pues entonces, Diego será.



Se decidió llevar a cabo el ataque la noche siguiente, el 23 de noviembre.

Según Diego, en este momento se encontraban a unas nueve millas de distancia de la rada de Arica, por lo que Mackay estimó que podían perfectamente dedicar parte del día siguiente a preparar sus armas, e iniciar la aproximación a la fragata al caer la tarde para atacarla protegidos por la oscuridad de la noche.

Luego de un breve conciliábulo entre William Mackay, Henry James, Edward Budge y Thomas Martin, se acordó proceder de esa manera y se recomendó a todo el mundo una buena noche de descanso. A Fleming se le encomendó, además, mantener un ojo alerta sobre Diego para estar seguros de su fidelidad y compromiso.

Llegada la mañana, después de un desayuno de café (el último puñado que quedaba), galleta y pescado frito, todos se dedicaron a revisar el armamento: se aceitaron cuidadosamente las pistolas, se esmerilaron los sables y las hachas de abordaje y se secó la pólvora poniéndola al sol sobre la vela extendida.

—Recuerda lo que te dije sobre la pólvora mojada, Paddy —hostigó Fleming a O’Connelly, e hizo un guiño a Rivers que se hallaba a su lado.

—¡Oh, cállate ya, maldito seas! —le contestó el otro furioso, causando una explosión de risas en sus compañeros.

A pesar de las chanzas del carpintero, los corsarios mostraban ahora sin excepción una concentrada actividad en preparación del próximo ataque. Es así como Martin, ayudado por Fleming y Budge, fijaba nuevamente la vela al mástil; Jenkins, Furey, Whittaker y Nolan ensacaban la pólvora ya seca, y Hutchinson, Burwell y O’Connelly subían a bordo las armas, en tanto Braine, Morris, Shea y MacCabe, bajo la dirección de James, se dedicaban a forrar cuidadosamente los remos con lona. Los demás hombres, incluidos Mackay y Diego, se preparaban para empujar la embarcación para desvararla de la playa. Finalmente, a las dos de la tarde, se encontraban nuevamente en el agua y enfilando hacia Arica, caleteando pegados a la costa.



Exactamente a la misma hora, aproximadamente novecientas millas al sur, el navío mercante norteamericano Tracy Lily zarpaba de Valparaíso llevando como únicos pasajeros al matrimonio Buchanan, quienes después de tres años de permanencia en dicho puerto emprendían el regreso a su patria.



Pasada la medianoche, la oscuridad era casi total gracias a la aparición de una oportuna niebla, que cubriendo engañosamente la pálida luna menguante permitía apenas distinguir la fragata como una sombra difusa a una media milla de distancia.

Mackay ordenó absoluto silencio y dio la señal para comenzar a remar, e iniciaron la aproximación al navío por el lado de la costa, supuestamente menos vigilado. Los remos, forrados con tela, apenas producían ruido al golpear el agua, pero aún así a William le parecía que causaban el mayor de los estruendos, por lo que instintivamente comenzó a encogerse como para pasar todavía más desapercibido. Un remo se desprendió de la chumacera y el marinero que lo blandía, soltando una sorda imprecación, casi se fue de espaldas sobre el hombre que le precedía hacia proa, lo que hizo que James casi lo fulminara con la mirada y que Fleming lo amenazara con los clientes apretados.

—¡Nolan, condenado yanqui, te juro que te cortaré tus malditas bolas si vuelves a hacer ruido una vez más!

Poco a poco, la silueta de la fragata empezó a hacerse más distinguible para James y Diego, encogidos a proa de la embarcación. Mackay, en tanto, no podía creer que hubiesen podido acercarse tanto al buque sin que nadie diera aún la voz de alarma. No podía distinguirse mucho de la cubierta, pero parecía desierta. James indicó un punto prácticamente en la mitad de la banda de estribor que parecía más bajo como para intentar izarse a bordo, por lo que Mackay maniobró la caña para iniciar la aproximación final. A veinte metros, ordenó galeras con la seña previamente acordada y, girando la caña a babor, se puso de costado con la fragata, al tiempo que los hombres de la misma banda simultáneamente alzaban los remos y los introducían en el lanchón, preparándose para una perfecta operación de acoderado.

Y entonces se escuchó el grito desde la fragata.

—¡Quién vive!

—¡El rey! —contestó inmediatamente Diego, según se había acordado.

—¡Qué gente! —insistió la voz desde el buque.

—¡De paz! —volvió a contestar Diego.

—¡Qué traéis!

—¡Despachos para el capitán! —improvisó el indio. El capitán había bajado a tierra hacía apenas unas cuantas horas, por lo que el centinela —sin dudarlo— se echó el mosquete al hombro y abrió fuego contra las sombras que adivinaba a estribor, usando la voz de su interlocutor como referencia. El tiro se perdió en el agua, pero Fleming —guiándose por el fogonazo— disparó casi inmediatamente la pistola que había mantenido amartillada desde el momento en que comenzó el diálogo entre Diego y el guardia, alcanzando al marinero en el estómago. El hombre soltó un alarido y se desplomó dando gritos sobre la cubierta, en el preciso momento en que el lanchón golpeaba el costado de la fragata.

—Pull on! Pull on, ye devils! —gritó Mackay—. ¡Todos a bordo! ¡Vamos! ¡Arriba todos! ¡Tú, Diego, te quedas en el lanchón! ¡Fleming, explícale a Diego que tiene que quedarse en el lanchón!

Pero Diego ya había entendido que él era el elegido para mantenerse a bordo del Death or Glory. Fleming, por lo demás, ya estaba en la cubierta de la fragata después de haber trepado por su costado con una agilidad francamente asombrosa en consideración a su corpulencia. Con su enorme hacha de abordaje se abría camino como una tromba entre los sorprendidos españoles, que saliendo del entrepuente caían mutilados bajo sus terribles golpes sin siquiera alcanzar a comprender qué estaba pasando. Henry James saltó la borda inmediatamente después de Fleming solo para recibir en el hombro el disparo de pistola de un oficial, que a su vez cayó muerto instantáneamente con la garganta atravesada por el cuchillo lanzado por Whittaker. Un poco más a popa, Mackay, Martin, Hutchinson y MacCabe se introducían por la borda y las portas de los cañones, y usaban sus sables y picas contra la sorprendida tripulación, que totalmente confundida por el ataque intentaba una desordenada defensa del castillo de la nave. Edward Budge, por su parte, ordenó a gritos a Nolan, Shea, Furie, Jenkins, Rivers y los gemelos Gwynn que lo siguieran; se dirigió al entrepuente de proa y abrió fuego de pistola contra los tripulantes que intentaban subir a cubierta por la escotilla, neutralizándolos completamente. Braine, Morris, Burwell, O’Connelly y el resto de los corsarios, en tanto, arrasaban con la débil defensa de babor.

—¡Ríndanse para salvar la vida! —le gritó Mackay al contramaestre español que tozudamente seguía intentando resistir a popa con un grupo de marineros.

—¡Jamás, maldito pirata inglés! —contestó el hombre, y llevado de su furia abandonó la protección del castillo emprendiéndolas sable en mano contra el ex ballenero.

William se agachó prestamente para esquivar el feroz sablazo, adelantando al mismo tiempo con fuerza su espada. El contramaestre, llevado de su propio impulso, recibió la estocada en pleno pecho y con una expresión de infinita sorpresa en el rostro se desplomó sin un quejido sobre la cubierta. Mackay se quedó sobrecogido mirando el cadáver de su contrincante: era la primera vez que mataba a un hombre en una lucha cuerpo a cuerpo. Aun cuando había sido para proteger su propia vida, lo cierto era que acababa de arrebatarle la suya a otro ser humano, y sin saber por qué a su mente acudió repentinamente el recuerdo de Cindy: ella también se había visto obligada a matar a un hombre, y ahora pudo realmente comprender lo que la muchacha debía de haber sentido en ese trágico momento.

Pero entonces un salvaje grito de victoria surgido de la garganta de los corsarios le volvió a la realidad. Y es que los españoles, al observar la suerte corrida por su superior, dejaron de resistir, y abandonando la cubierta se descolgaron por las escotillas y se refugiaron en la bodega.

Eran las dos y cuarto de la madrugada y el buque estaba en su poder.



Para William Mackay era obvio que la oscuridad y la confusión reinantes impidieron a los españoles darse cuenta de cuál era el número de atacantes que abordaron el buque. De otro modo no podía explicarse el rotundo éxito de la operación, que en total no les tomó más de treinta minutos. El problema era ahora sacar la fragata lo más pronto posible del puerto, puesto que el ruido de los disparos debía de haber llamado la atención de la guarnición en tierra y lo más probable era que en ese preciso momento se estuvieran preparando para acudir al rescate.

—¿Hay alguien lastimado? ¡Atención! Repito: ¿hay alguien herido?

—¡El capitán James! —gritó Whittaker, quien atendía al herido junto al palo mayor—. ¡Herida de bala en un hombro!

—¿Alguien más?

—¡Aquí! Braine. Un corte de sable en el muslo. Duele como bestia pero nada grave.

—¡Aquí también! ¡Un tiro en un costado… y que me hice yo mismo, maldita sea!

—¿Quién fue el último que habló?

—Rivers, Mr. Mackay.

—¿Es grave, Charlie?

—No lo sé, capitán. Pero sangra mucho.

—Well I’ll be damned, Rivers! ¿Cómo diablos puedes ser tan cabeza de chorlito como para dispararte tú mismo? —intervino Fleming furioso.

—¿Qué crees, estúpido? ¿Que lo hice a propósito? Ocurre que la maldita pistola se atoró en mi cinturón cuando intenté sacarla y se disparó.

—¡Cállense los dos! ¡O’Connelly, ve a ayudar a Rivers! ¡Burwell, tú asiste a Braine! ¡Jenkins, Furey, Nolan, Morris, Shea: al cabrestante y prepárense para levar el ancla! ¡Mr. Budge!

—¡Sí, capitán!

—¡Usted tome la caña, por favor! ¡Mr. Martin!

—¡Aquí, señor!

—¡Empiece a soltar velas tan rápido como pueda! ¡Debemos largarnos inmediatamente de aquí!

—Aye, aye, sir! ¡Hanley, Ross, Hutchinson, MacCabe, Allen, a los palos!

—¡Neil! ¡Llévate a esos prisioneros y que se embarquen en el lanchón, y dile a Diego que le vuele la cabeza de un tiro al primero que intente algo! ¿Está claro?

—Yes, sir! ¿Y los heridos, Mr. Mackay?

—¿Cuántos tienes?

—Unos doce; tres se ven bastante mal. Y seis muertos. ¿Qué hago con ellos?

—Arrójalos al mar. ¡A los muertos me refiero, for Christ’s sake, no a los heridos! ¿Estás loco acaso? Haz que sus compañeros los acomoden en el Death or Glory también. ¡Tommy, Timmy, ayuden a Neil con los heridos!

—Right, sir!

—¡Mr. Mackay!

—¿Qué pasa, Tom?

—¡No tenemos suficiente velamen, ni hombres para trabajar en los palos! ¡Según Diego las velas están en la bodega, pero para ello tenemos que abrir la escotilla y obligar a los malditos que se refugiaron en ella a que nos las entreguen!

—¡Pues háganlo, maldita sea! ¡No tenemos otra alternativa!

—Aye, aye, sir! ¡Rawson, Burwell, Braine, Fleming: cojan pistolas y mosquetes y vengan conmigo!

Los cinco hombres se dirigieron a la escotilla principal y la abrieron para mirar cuidadosamente al interior. En la semioscuridad de la colmada bodega pudieron distinguir a unos treinta españoles que comandados por un teniente de marina comenzaron inmediatamente a atrincherarse entre las vigas y bultos de mercadería, aparentemente dispuestos a vender caras sus vidas.

—Now hear me carefully, you bastards! ¡«Nosoutros» querer que ustedes salir de ahí y que traer velas! Is that «clarou»? But do it right now! Immediately, you rascals! ¿Está «clarou» enough for you? —les gritó Fleming con su acostumbrado vozarrón, haciendo gala de sus «conocimientos» del idioma español.

—¡La puta que te parió, maldito pirata! —fue la respuesta que recibió, seguida de un disparo de pistola que casi le vuela la oreja sana.

—¡Dispárenle a ese condenado! —ordenó Martin.

Fleming y el norteamericano Peter Rawson abrieron fuego inmediatamente con sus mosquetes, pero solo lograron provocar una nueva descarga desde la profundidad de la bodega, que por fortuna solo arrancó astillas de los bordes de la escotilla. Martin y Braine, introduciendo a ciegas los cañones de sus armas por la abertura, dispararon a continuación, y se escuchó casi simultáneamente el grito de dolor de alguien alcanzado por uno de los proyectiles. Sin dar pausa, esta vez utilizando sus pistolas, Fleming, Burwell y Rawson volvieron a disparar al interior, pero solo para recibir nuevamente una agresiva respuesta desde abajo.

—¡Esto no está funcionando, capitán! —le gritó Martin a Mackay—. ¡Los malditos no quieren rendirse y sin velas no podremos movernos!

—Ah, ¿no? Bueno, veamos que piensan de esto. ¡Fleming, ven aquí! ¡Y ustedes, Morris, Shea, Jenkins, dejen lo que estén haciendo y ayúdenme a correr este armatoste hasta la boca de la escotilla!

El «armatoste» en cuestión era una de las carronadas de treinta y dos libras de la fragata. Los cuatro hombres se miraron incrédulos, pero luego —viendo que Mackay comenzaba a tirar del cañón para intentar moverlo—, aunaron fuerzas y comenzaron a empujarlo hacia la bodega hasta hacer aparecer su fatídica boca por la abertura.

—Mr. Martin, le agradeceré que cargue este cañón con metralla y lo apunte hacia el fondo de la bodega. Morris, please, traiga un par de lámparas para que esos tipos de allá abajo puedan ver lo que les espera si no deponen su desagradable actitud. Y tú, Fleming, trae a Diego para que les diga en buen español lo que les ocurrirá si no se rinden. Quiero que les explique claramente a estos idiotas que estamos tan desesperados que no nos importa que el cañonazo además de matarlos a ellos nos hunda con el buque, ¿está claro?

Dejando a los Gwynn en el lanchón a cargo de los prisioneros, Diego trepó a la fragata y apenas escuchó las intenciones de Mackay —sumadas a los preparativos de Thomas Martin con el cañón—, quedó absolutamente convencido de que eran mucho más que una simple amenaza, y de que el extranjero loco estaba realmente dispuesto a cañonear a los hombres de la bodega, aun a riesgo de hundir el buque.

Sin embargo, a pesar de la apasionada y auténtica urgencia que el indio estampó en su voz, el oficial español se negó a creer que el cabecilla británico pudiera estar tan demente como para abrir fuego de cañón contra la bodega de su propia nave. Al escuchar la negativa del teniente a entregar las velas y rendirse, traducida por Fleming, Mackay tomó la pavesa de manos de Martin y la acercó a la mecha del cañón. Se oyó surgir un murmullo de pavor de los marineros hispanos, y hasta pudo distinguirse cómo el rostro del oficial palidecía violentamente al ver la mecha coger la llama de la pavesa.

—¡Nos rendimos! ¡No disparen! ¡Nos rendimos!

Inmediatamente Martin tiró de la mecha encendida, que habían dejado a propósito más larga de lo normal, evitando que el cañón disparara su lluvia de metralla contra los hombres parapetados en la bodega.

—¡Ahora sí que nos entendemos! Ordénenles que traigan las velas y que se encaramen a los palos para instalarlas. Y Fleming, nuevamente, al primero que intente algo, mátalo. Que Diego se lo explique.

—Muy bien, Mr. Mackay.



3

—¿Cómo está ese hombro, Henry?

—Duele bastante, aunque según Whittaker la bala salió por el otro lado, por lo que supongo que no me rompió ningún hueso. Pero olvídese de mi hombro y dígame, ¿realmente habría disparado ese cañón a la bodega?

—Lo importante es que no hubo necesidad de hacerlo, por lo que nunca lo sabremos, ¿cierto? —rio Mackay. Pero luego, poniéndose serio y mirando hacia los palos, agregó—: Lo que sí me preocupa es esta condenada falta de viento, ya que apenas nos hemos movido. Esos españoles en Arica deben de estar locos tratando de adivinar qué diablos ha ocurrido a bordo después de los disparos y el griterío que han estado escuchando toda la noche, así es que no le quepa duda de que nos van a atacar apenas haya algo de luz.

—Por lo menos estamos fuera del alcance de los cañones de tierra, ¿no es así?

—Esperemos que así sea, pero no lo sabremos hasta que abran fuego. Por lo pronto, pretendo soltar a los prisioneros en el Death or Glory para que se vayan a tierra, de esa manera si los «dones» abren fuego arriesgarán la vida de sus hombres, que quedarán entre la costa y nosotros.

En ese momento se les aproximó casi a la carrera un Fleming de aspecto evidentemente excitado, seguido de cerca por Edward Budge y Tom Martin.

—¡Mr. Mackay, Mr. James! He examinado la carga depositada en las bodegas y cubiertas de este buque y puedo decirles que esta consiste en telas, paños, aceros, artículos de ferretería, azogue para las minas, pólvora…

—¡Pólvora! Vaya, suerte que no disparó usted ese cañón, capitán, porque si hubiese sido así no estaríamos contando el cuento en este momento —interrumpió Martin.

—… aceite, herramientas surtidas, ¡lo que usted quiera! Pero ¿sabe en cuánto estimo el valor de esta carga? ¿No tiene idea? Pues yo diría que en un millón de pesos, Mr. Mackay. ¿Se da cuenta? ¡Un millón de pesos! ¡Somos ricos, Mr. Mackay! ¡Ricos!

Budge, James y Martin se miraron atónitos.

—¿Estás seguro de lo que dices, Fleming? ¡Mira que eso es mucha plata!

—No creo que sea tanto como tú dices, Neil —intervino Mackay—. Pero aunque lo fuera, este tesoro no es nuestro aún: lo será solo cuando logremos sacar este buque del puerto, y no lo conseguiremos jamás mientras sigamos aquí sentados como un montón de viejas charlando a la hora del té. ¡Ahora, volved al trabajo y empezad a mover el culo!

Las primeras luces del alba habían comenzado ya a romper las sombras, y el espectáculo que se presentó a la vista de los corsarios no era muy alentador. La playa hervía de actividad, ya que tropas españolas de la guarnición de Arica, sumadas a los tripulantes de la Minerva que habían pernoctado en tierra, estaban en ese preciso momento embarcándose en cuanta embarcación menor se pudo reunir para intentar recuperar la fragata. Esta, por su parte, permanecía absolutamente inmóvil por culpa de la ausencia de brisa, por lo que solo cabía prepararse para el inminente ataque.

—¡Abran las portas y preparen los cañones! —ordenó Mackay—. ¡Mr. Martin! ¡Usted actuará como nuestro oficial de artillería y dirigirá el fuego a su discreción!

—Aye, aye, sir! ¡A ver, necesito ocho hombres aquí! ¡Tú también, Braine!

—¡Mr. Budge!

—¡Aquí, Mr. Mackay!

—¡Quiero que usted permanezca listo con su equipo de marineros para el momento en que comience a soplar algo de viento! ¿Está claro?

—¡Absolutamente, señor! ¡Hanley, MacCabe, Allen; ya habéis oído!

—¡Capitán James! ¿Puede usted permanecer a cargo de la caña en virtud de su herida? ¿Con Charlie Rivers?

—¡Ciertamente, William! C’mon Rivers!

—¡Fleming! Tú actuarás como oficial de marines. Prepara un grupo de fusileros para disparar a los botes cuando se acerquen y para rechazar un eventual abordaje.

—Yes, sir! ¡Nolan, Whittaker, Rawson, malditos yanquis, vengan acá! ¡Burwell, O’Connelly, ustedes también!

En ese momento una pequeña nube de humo apareció en la costa, seguida instantes después de una detonación y un surtidor de agua que se elevó a unos cincuenta metros de la fragata.

—¡Las baterías de tierra! ¡Tommy, Timmy, suelten al Death or Glory y déjenlos que se dirijan a la playa: nos servirán de escudo!

—¡Timmy! —intervino Henry James—. ¡No te olvides de rescatar la bandera! ¡Eso es! ¡Buen chico!

El lanchón que apretadamente había acomodado a veinticinco hombres, ahora colmado con más del doble de personas, se despegó pesadamente de la fragata y fuertemente escorado a babor, con la borda casi al nivel del agua, inició la lenta marcha hacia la playa. La falta de viento obligó a tender los remos y diez improvisados remeros iniciaron una lenta, descoordinada y zigzagueante boga, luchando contra la corriente.

—¡Muévanse más rápido, malditos! —les gritó Fleming, disparando un tiro de su mosquete al agua apenas un metro a popa para imprimirles más premura.

—¿Nos movemos, Mr. Budge?

—¡Desgraciadamente no, Mr. Mackay! ¡No hay brisa suficiente!

Un nuevo disparo surgió de las baterías de costa y cayó algo más cerca que el cañonazo anterior, pero todavía bastante alejado de la fragata. Un tercer tiro se acercó un poco más, pero siempre sin revestir peligro para el buque.

—¡Están fuera de alcance, Mr. Budge, pero procure que la corriente no nos acerque a la costa, porque ahí sí que estaremos en problemas! ¡Mr. Martin, Neil! ¡Prepárense para abrir fuego apenas tengan los botes a tiro!

La cantidad de embarcaciones que se estaban echando al mar daban fe de la indignación que la toma del buque había causado en los españoles, y de que no escatimarían esfuerzos por recuperarlo. Se distinguían pesados botes de doble bancada atestados de soldados; un buen número de chalupas —probablemente las mismas que habían llevado al capitán y al grueso de la tripulación a tierra—, llenas de marineros; botes pesqueros apresuradamente requisados en el puerto, acomodando ahora a grupos de fusileros, y hasta pequeños chinchorros con cuatro o cinco hombres a bordo; y todos remaban furiosamente hacia el buque. En total, alrededor de veinte embarcaciones con más de ciento cincuenta hombres decididos a recuperar la nave.

Un nuevo cañonazo desde el puerto cayó esta vez peligrosamente cerca del Death or Glory, bañando de agua a sus apretujados tripulantes que comenzaron a dar voces y agitaron los brazos con desesperación para que suspendieran el fuego. Sin embargo, todavía alcanzaron a disparar un tiro más, que casi volcó el lanchón —ubicado en ese momento precisamente en la línea de fuego— y que hizo que un par de hombres se arrojaran aterrorizados al agua antes de que los artilleros cayeran en la cuenta de que podían herir a sus propios compatriotas. Los primeros botes, por lo demás, estaban ya casi a la altura del lanchón, lo que hacía de todas maneras imposible para las baterías costeras el continuar disparando. Ahora, para los realistas, todo quedaba en manos de los hombres de las embarcaciones.

—¡Preparados! —gritó Martin, que ya había organizado a sus artilleros para atender cuatro carronadas de la banda de estribor, todas cargadas de metralla.

—¡Ustedes también, muchachos! ¡Tengan sus mosquetes preparados para hacer fuego cuando yo lo ordene! —se sumó Neil con sus improvisados marines.

Hasta Mackay cogió un mosquete y se acercó a la borda, mientras cargaba además sus pistolas, una de ellas una preciosa arma francesa sustraída al teniente que condujo osadamente la defensa de la bodega («un regalo perfecto para Tom Johnson», había pensado, «quien ciertamente necesita una»).

En ese momento desde algunos de los botes, llevados por la impaciencia, abrieron fuego de mosquete contra la fragata, pero la distancia era aún demasiada como para causar algún daño y sus disparos cayeron como granizo al agua a varios metros del costado del buque.

—¡No hagan caso, muchachos! ¡Déjenlos que gasten municiones y no disparen hasta que yo lo diga!

Instrucciones similares debieron de dar los oficiales españoles, ya que luego de algunas enérgicas órdenes nadie volvió a disparar desde el agua. Por unos instantes, todo permaneció en un silencio solo interrumpido por las imprecaciones de los remeros y algunos gritos provenientes de los botes, hasta que las primeras embarcaciones estuvieron a tiro de fusil e iniciaron esta vez un fuego nutrido y relativamente organizado contra la Minerva, aunque todavía muy impreciso y poco efectivo.

—¡Tranquilos, chicos! ¡No disparen! —ordenó Martin—. ¡Elijan sus blancos (un bote para cada cañón, empezando desde la proa), y no abran fuego hasta que yo lo ordene!

—Aye, aye, sir!

Los oficiales españoles, previendo el cañoneo que de seguro recibirían desde el buque, impartieron órdenes para que los botes más próximos a la fragata aumentaran la separación entre ellos, formando una suerte de línea de batalla que les permitiera al mismo tiempo mantener un fuego de fusil constante y mortífero.

—¡Ahora, muchachos! ¡¡Fuego!! ¡Fuego alternadamente desde proa! —ordenó Martin.

El primer cañón lanzó su mortífera carga con resultados impresionantes, ya que dio de lleno en el bote más cercano, haciéndolo desaparecer en un estallido de fuego y humo. El segundo disparó apenas unos segundos después y levantó un geiser de agua unos metros frente a su blanco, pero barrió espantosamente a los ocupantes de la chalupa con su artera carga de metralla. Inmediatamente después tronó el tercer cañonazo, que superando a su objetivo rebotó en la superficie del agua y fue a darle a la popa del Death or Glory, desparramando cuerpos despedazados en todas direcciones entre espeluznantes alaridos de sorpresa y dolor. El último disparo también rebasó su blanco y cayó entre las embarcaciones más retrasadas, pero cobró igualmente su cuota de víctimas al regar con metralla uno de los pesqueros y un pequeño chinchorro que naufragó rápidamente.

Mientras se desvanecía el estruendo y el humo de los cañones, ambos bandos permanecieron un momento anonadados por el espanto causado por la eficiente artillería corsaria, hasta que Fleming —recuperando su furia combativa— rugió a sus improvisados fusileros:

—¡Pero qué están esperando, cretinos! ¡¡Disparen!! ¡Maten a los bastardos!

Los británicos y norteamericanos salieron rápidamente de su sopor y abrieron fuego desde la borda contra los botes restantes, causando un gran número de bajas entre los soldados y marineros españoles, varios de los cuales cayeron al mar alcanzados por los disparos.

—¡Eso es! ¡Recarguen lo más rápido posible y mantengan un fuego continuo sobre los botes! ¡No los dejen acercarse! —gritó Mackay, disparando su mosquete contra un oficial que trataba de reorganizar a sus hombres, en pie temerariamente a proa de uno de los de doble bancada.

—¡Disparen apenas estén listos! —ordenaba a su vez Thomas Martin a sus artilleros, instrucción que se perdió con el estruendo del primer cañón que, ya recargado, abría fuego contra los atacantes, impactando nuevamente en un bote atestado de hombres y repartiendo cuerpos destrozados en todas direcciones. Los gritos de dolor y espanto superaron el ruido causado por las detonaciones de los fusiles y los despiadados «hurras» de los corsarios que celebraban cada blanco. A pesar de ello, los españoles continuaron disparando desordenadamente contra la fragata, aunque sin causar ninguna baja entre los corsarios. Pero luego, cuando las carronadas dos y tres abrieron fuego simultáneamente, seguidas un par de minutos después por la número cuatro, la mortandad que causaron fue tal que hizo cundir el pánico entre los atacantes, algunos de los cuales se arrojaron al agua mientras que otros remaban desesperadamente tratando de alejarse de la línea de tiro.

—¡Una ronda más, para que abandonen el intento! —instruyó James desde su sitio en la caña—. ¡Neil! ¡Ojo con ese bote que está tratando de aproximarse por la proa!

—Right, sir! ¡Whittaker, Leslie John, O’Connelly, Jenkins! ¡Vayan a liquidar a esos malditos que quieren pasarse de listos!

Los cuatro nombrados más Furey, Shea y hasta Rivers, que a pesar de su herida no quería perderse la oportunidad de participar en la pelea, corrieron con sus mosquetes preparados y, tomando posiciones a proa, abrieron fuego contra una chalupa que tras lograr evitar el fuego de los cañones había iniciado una aproximación por el sector de la fragata que quedaba precisamente sin la protección de sus carronadas. Los desdichados marineros fueron sorprendidos y prácticamente fusilados antes de que pudieran reaccionar, y la embarcación quedó a la deriva con solo un cargamento de muertos y moribundos a bordo.

—¡Bien hecho, muchachos! ¡Ahora volved a vuestros puestos!

Las embarcaciones españolas, diezmadas por el castigo recibido en la tercera andanada, suspendieron la aproximación y algunas hasta comenzaron a regresar a la playa abandonando el combate. Fleming, sin embargo, mantuvo el fuego de fusilería contra los botes más cercanos, y Martin ordenó un disparo más de la carronada de proa, lo que terminó por convencer a los realistas de que la batalla estaba perdida.

—¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! —ordenó Mackay—. ¡Muchachos, bien por ustedes, ye devils, pero hemos ganado!

—¡¡¡Hurra!!!

—¿Nos movemos, Mr. Budge?

—¡Si Fleming libera a sus fusileros para que vuelvan a ser marineros, quizás podría aprovechar mejor esta ligera brisa y comenzar a sacar el buque, Mr. Mackay!

—¡Ya lo oíste, Neil! ¡Vamos, todos a las velas! ¡Empecemos a mover nuestro buque, muchachos!

—Yes, sir! ¡Vamos, muchachos!

Henry James se acercó con un jarro de agua a Mackay, quien seguía en la borda observando el espectáculo dantesco que se extendía frente a sus ojos, consistente en restos de embarcaciones que flotaban desperdigadamente por todos lados, un par de botes a la deriva con sus ocupantes muertos o moribundos, gorras y trozos de uniformes flotando aquí y allá, náufragos cubiertos de sangre cogidos desesperadamente de pedazos de maderos o nadando hacia los pocos botes que se arriesgaban a acercarse a recoger a sus heridos, y envolviendo todo ello el grito constante y espeluznante de un pobre hombre —único sobreviviente de una chalupa medio hundida—, que aullaba su terrible agonía y mostraba el muñón sangrante de lo que había sido su brazo.

—Vaya carnicería, ¿eh, William? Tome, échese un trago para enjuagarse la boca y sacarse el gusto de la pólvora, que esto de morder cartuchos por tanto rato no es broma.

—Gracias, Henry. Usted lo ha dicho: vaya carnicería. Debemos de haberles causado unos cien muertos, por lo menos. Nunca pensé que harían algo tan estúpido como intentar recapturar la nave así. ¡Santo Dios! ¿Pero qué creían? ¿Que no sabíamos disparar cañones, acaso?

—Pues, ese es su problema y lo pagaron caro. Lo importante es que la nave es nuestra, William. Y no perdimos ni un solo hombre en la acción. By Job! ¡Éxito total!

—Cierto, Henry. Eso es lo que importa. Pero ahora necesitamos viento para largarnos de aquí y seguir rumbo al Perú, porque con esta nave sí que podemos atacar a cuánto buque español tenga la mala fortuna de cruzarse con nosotros, ¿está de acuerdo?

—¡Absolutamente, Mr. Mackay! ¡Ahora sí que estamos definitivamente haciendo carrera en este negocio!

En ese momento se escuchó una detonación y el lamento constante del español del brazo arrancado cesó instantáneamente.

—¡Ya puedes descansar en paz, pobre infeliz! ¡Y de paso dejar a nuestros nervios descansar también! —masculló Fleming, mientras procedía a apoyar el aún humeante mosquete contra la borda.

Eran las diez de la mañana.



Epílogo



1

Pasado el mediodía, el viento fue lo suficientemente favorable para que pudieran zarpar, con todas las velas desplegadas, ante la impotente mirada de la guarnición española, que luego del feroz castigo recibido no hizo ningún nuevo intento por detenerlos.

El ánimo de los corsarios no podía estar en un punto más alto después de tan rotunda victoria, conseguida sin tener que lamentar ni una sola baja y con apenas tres heridos leves. El entusiasmo general se convirtió luego en verdadero jolgorio cuando al inspeccionar el cargamento se pudo comprobar que las estimaciones de Fleming respecto del valor del botín capturado no estaban tan alejadas de la realidad después de todo.

Como el buque tenía, además, suficientes provisiones como para permitirles rápidamente olvidar la aburrida y deprimente dieta de galleta y charqui que habían sufrido durante los once días de navegación desde Valparaíso, el grupo de aventureros apoyó incondicionalmente la decisión de sus cabecillas de continuar sus correrías hacia el norte en busca de nuevas presas. Definitivamente, la Minerva podía considerarse un happy ship: una nave feliz.

Cinco días después de salir de Arica, al amanecer del 29 de noviembre, Hutchinson dio desde la cofa el grito de «¡Velas al norte!» y James dirigió la fragata al encuentro del buque desconocido, que resultó ser el bergantín español Santa María de Jesús, que los esperó confiadamente, engañado por el pabellón español que Mackay mañosamente había mantenido visible a popa. Apenas lo tuvieron al alcance de sus cañones, la bandera fue arriada y reemplazada por el tricolor chileno, al tiempo que Thomas Martin soltaba una salva a los desprevenidos españoles, y los pillaba totalmente de sorpresa, sin darles ninguna oportunidad de organizar una defensa.

Sin disparar un tiro, el bergantín se rindió, ante el alborozo de los corsarios, que no podían creer tanta fortuna. Henry James tomó posesión del buque con una partida de abordaje y envió a la Minerva a sus desconcertados capitán y primer oficial —quienes ni siquiera sabían de la existencia de la bandera que exhibían sus captores a popa—, para que fueran interrogados por Mackay.

Con Diego y Fleming actuando como improvisados intérpretes, se logró saber que el bergantín había zarpado del Callao el 5 de noviembre con destino a Panamá y México; pero luego, al interrogar a la tripulación, dieron con la explosiva noticia de que en esos precisos momentos se estaba reuniendo en el Callao una flota de veinticuatro naves para transportar a Chile a una fuerza expedicionaria compuesta por cinco mil hombres, destinada a la reconquista del país. La información recabada indicaba que la flota incluía la fragata Esmeralda y los mercantes armados Milagro, Begoña, Mariana, Águila y Rosa de los Ángeles, entre otros, y que el ejército expedicionario era comandado por el brigadier general don Mariano de Osorio, el mismo antiguo contrincante de Bernardo O’Higgins en Rancagua.



—Creo saber en qué está pensando, William. Y créame que comparto sus pensamientos: quiere regresar a Valparaíso a dar la alarma, ¿no es así?

—Precisamente, Henry. Estimo que por muy bandidos que seamos no podemos sustraernos de la obligación moral de advertir a las autoridades patriotas de lo que se les viene encima, y me alegra saber que usted piensa igual.

—Bueno, hay que considerar también que para tripular nuestra presa tendremos que desprendernos de algunos de nuestros hombres, y ello no nos deja mucha tripulación que digamos para continuar con nuestras correrías. En consecuencia, con o sin fuerza expedicionaria española, no son muchas las opciones que nos quedan, ¿no lo cree así?

—Puesto de esa manera, estamos absolutamente de acuerdo entonces. A propósito, estaba pensando en enviar al Santa María de Jesús a Coquimbo a cargo de Edward Budge, y que se llevara a algunos de nuestros hombres y completara su tripulación con los marineros peruanos y chilenos de leva forzosa del bergantín, que se han manifestado más que ansiosos por cambiar de bando, ¿le parece?

—Absolutamente. Voy a preocuparme entonces del traslado inmediato del cargamento del bergantín a este buque para que comencemos a movernos. No cabe duda de que el tiempo apremia.



2

Protegida por la bruma y la oscuridad de la noche, la Minerva comenzó a virar para enfrentar la entrada a Valparaíso. En completo silencio y con todas sus lámparas apagadas, se deslizó como una sombra fantasmal entre los navíos españoles, burlando insolentemente el bloqueo, y amaneció fondeada tranquilamente en mitad de la bahía en una hermosa y soleada mañana de alegre brisa.

Los habitantes de Valparaíso no podían creer en lo que veían: habían transcurrido solo veintisiete días desde que habían visto zarpar a estos mismos hombres desesperados en un triste lanchón desvencijado, y ahora los veían regresar eufóricos y triunfantes tripulando un buque de gran tamaño y con sus bodegas colmadas de ricas mercaderías. Cuando se supo además de la captura del Santa María de Jesús y de su posterior envío a Coquimbo, la sorpresa se convirtió en franca admiración y todo el mundo comenzó a hablar de «la fortuna de los ingleses», transformando el nombre del lanchón hasta que nadie recordó su nominación sajona original de Death or Glory para comenzar universalmente a conocerlo como La Fortuna.

Cuando Mackay y James se presentaron ante las autoridades para reclamar sus presas y dar cuenta de las importantes noticias que traían, Juan José Tortel inmediatamente comprendió la gravedad de la situación, y redactó y despachó sin perder tiempo un comunicado con carácter de urgencia.

Excelentísimo Señor Director Delegado Supremo del Estado de Chile:

Tengo el honor de participar a Vuestra Excelencia la llegada a este puerto de la fragata española Minerva, capturada por un corsario en el puerto de Arica el 24 del mes pasado, a las tres de la noche.

Esta misma fragata, ya en nuestro poder, encontró el 29 del mismo mes al bergantín español Santa María de Jesús salido de Callao el 5, lo apresó y dirigió al puerto de Coquimbo.

He examinado, Excelentísimo Señor, la tripulación del bergantín, y el resultado ha sido que quince días después de su salida debía dar vela para estas costas una expedición del Callao compuesta por veinticuatro buques y cinco mil hombres. Entre los principales barcos de esta expedición se cuentan los navíos Esmeralda, Águila, Milagro, Begoña, Mariana y Rosa de los Andes.

Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.

Valparaíso, diciembre 8 de 1817.

Juan José Tortel.



Como curiosa coincidencia, luego se supo que la mentada flota española había zarpado de Callao precisamente el mismo día en que William Mackay y sus corsarios arribaron a Valparaíso: el 8 de diciembre de 1817.



William Mackay era ahora un hombre rico: el cargamento hábil de la Minerva —deducida la parte desembarcada en Arica antes de su captura— arrojó la formidable suma de trescientos mil dólares, y fue declarado legal y adjudicado en su totalidad a sus captores. En lo que respecta al buque, fue vendido al gobierno, que lo destinó a transporte, y se convirtió posteriormente en la primera nave de la marina mercante chilena. Como ajuste de presa, una vez liquidado el cargamento, Mackay y James recibieron veinticuatro mil y dieciocho mil dólares respectivamente, en tanto que los tripulantes del Death or Glory percibieron cinco mil dólares cada uno, que casi sin excepción despilfarraron hasta el último centavo en alcohol y mujeres en unas fiestas de caracteres orgiásticos que fueron recordadas con espanto por muchos años en Valparaíso y sus alrededores.

La mayoría de estos rudos aventureros jamás habían visto tanto dinero junto y, como ni siquiera podían imaginar el valor del mismo, terminaron gastándolo en locuras de marca mayor, algunas de ellas tan descabelladas que Mr. Samuel Haigh —el mismo joven comerciante inglés que con tanto pesimismo había visto zarpar desde lo alto del puerto al Death or Glory—, no pudo evitar consignarlas en su diario. Entre ellas relata que los corsarios se desafiaban a frenéticas carreras ecuestres por la playa, para lo cual compraban sus caballos con todos sus arreos, frenos y monturas a los ladinos huasos locales —al contado y pagando el doble y hasta el triple de su valor—, para luego galopar hasta caerse enfermos de borrachos de sus recién adquiridas cabalgaduras. Esto causaba que no pocas veces los pobres animales, dejados al garete en la playa, regresaran solos donde sus antiguos propietarios, quienes ni cortos ni perezosos procedían a vendérselos nuevamente a los mismos desquiciados extranjeros.

Solo Mackay y James, quienes parecían tener sus planes futuros bastante más definidos, no cayeron en la fácil tentación del despilfarro. Neil Fleming, por su parte, apenas recibió su dinero organizó una dispendiosa y descomunal fiesta destinada a celebrar el éxito de la aventura corsaria, que aprovechó para mostrar a sus adoradas Elcira y Edelmira vestidas como él imaginaba a las elegantes damas de la corte (lo que se tradujo en que las pobres hermanas terminaran pareciendo unos verdaderos mamarrachos, atiborradas de pies a cabeza de carísimas telas multicolores donde la combinación y el gusto escaseaban), y que como de costumbre concluyó a mamporro limpio con una partida de balleneros yanquis. Pero luego de la celebración, el antiguo carpintero sorprendió a todos mostrando una postura bastante más conservadora en sus gastos.

—¿Qué piensa hacer ahora, Henry? —preguntó William Mackay, sentado con sus dos compañeros de aventuras en su acostumbrada mesa de El Galeón.

—Pues hacerme a la mar nuevamente, William. Ocurre que un tal don Felipe del Solar ha obtenido patente de corso para su bergantín Adeline, al que bautizó como Chileno, y me ha ofrecido el mando del mismo. Se le están instalando doce cañones, y apenas logremos reunir los noventa hombres necesarios para tripularlo nos iremos a la caza de cuanto buque de pabellón español encontremos en nuestro camino.

—¡Vaya! Le felicito. No me cabe duda de que tendrá éxito en tal empresa. ¿Y tú, Neil? ¿Algún plan en vistas?

—Pues por lo pronto me voy a embarcar con Mr. James, y a la vuelta de nuestro crucero decidiré qué haré luego. ¿Y qué hay de usted, Mr. Mackay? ¿Cuáles son sus planes?

—Bueno, la verdad es que pretendo iniciar una segunda acción corsaria apenas logre concretar una operación comercial para la adquisición de un buque adecuado. De hecho, estoy esperando respuesta del armador de la nave en cuestión para poder tramitar la correspondiente patente de corso, tal como ha hecho este señor del Solar que menciona Mr. James.

En efecto, Mackay se había enterado de que la hermosa fragata mercante Catherine —la misma que había traído las mercaderías que con tanto margen de utilidad había vendido Mr. Samuel Haigh en Buenos Aires, Santiago y Valparaíso— no tenía cargamento de retorno a Europa, por lo que a través del agente de Haigh, quien se encontraba visitando Santiago, le hizo una oferta para adquirir el buque.

Entusiasmado, Samuel Haigh regresó apresuradamente a Valparaíso para concretar la transacción, que después de algunas dificultades iniciales llegó a feliz término. El precio final se estableció en dieciocho mil dólares, suma que le significó a Haigh y a sus propietarios un negocio redondo, ya que el buque terminó vendiéndose con una ganancia de casi tres veces el precio pagado en Londres apenas unos meses antes.

La operación de venta se registró en Valparaíso ante el notario público señor Menares, y William Mackay constituyó inmediatamente una sociedad por acciones para la explotación del buque, asociándose con su buen amigo James Hurrel y con otro súbdito británico recién llegado al país —Mr. John Callow—, con un aporte inicial de cuatro mil quinientos dólares cada uno.

Una vez registrada la propiedad de la nave, sus flamantes dueños procedieron a cambiarle el nombre de Catherine por el de La Fortuna, y comenzaron a prepararla para su primera expedición corsaria, esta vez al mando de James Hurrel, quien renunció a su cargo en la naciente marina chilena para dedicarse a una actividad naval que prometía mayores beneficios económicos.



3

Durante todo su viaje de regreso a Valparaíso en la Minerva, Mackay había estado pensando, esperanzado, en la posibilidad de encontrar todavía a Cindy en la ciudad. Aun cuando su mente le indicaba que lo más probable era que el matrimonio Buchanan ya hubiera abandonado el país de regreso a los Estados Unidos, sus ansias de volver a verla y compartir con ella la alegría de su éxito eran más fuertes que la despiadada realidad. Pero cuando atracaron, en medio de la euforia del recibimiento, su amigo Hurrel le confirmó que los Buchanan habían abandonado el puerto a bordo de un mercante norteamericano precisamente el mismo día en que el Death or Glory había iniciado el ataque a la Minerva.

Ya en la tranquilidad de su antigua habitación en El Galeón, su descanso fue interrumpido por el propietario del local, que tras golpear su puerta con los nudillos le entregó una carta «que había dejado una hermosa señora extranjera hacía ya varias semanas». Presa de un nerviosismo mayor que el que había sentido en la cubierta de la fragata enemiga, abrió el sobre con dedos temblorosos y, reconociendo la cuidada escritura de Cindy, comenzó a leer:

Mi querido William,

Espero que esta carta haya llegado a tus manos, porque ello significaría que regresaste con vida de tu descabellada aventura en busca de la gloria y la fortuna. La dejé en El Galeón exactamente diez días después de tu partida de Valparaíso, en vísperas de embarcarme junto a Robbie de regreso a mi patria. Sé que estamos corriendo el enorme riesgo de que Robbie no resista el largo viaje hasta Boston, pero seguir esperando una milagrosa mejoría es simplemente una utopía, y lo menos que le debo a mi marido es la oportunidad de morir en su patria, o al menos en un buque de su bandera. Desgraciadamente no se presentó la oportunidad de embarcar en un navío de la U.S. Navy, por lo que el mercante Tracy Lily —una barca muy marinera y yanqui desde la perilla hasta la quilla— tendrá que servir para nuestro propósito.

Creo no equivocarme, mi dulce amor, cuando imagino la desilusión que te causé al no presentarme esa última noche en la cabaña, pero debes entender que si lo hubiera hecho es muy posible que en este momento no tuvieras carta que leer, pues estaría aún en Valparaíso, sumergida en tus brazos. Y ello —tú también lo sabes— ya no podía ser: habíamos llegado a una etapa en que la necesidad de estar juntos era más fuerte que nosotros mismos, y si continuábamos así íbamos a terminar causándole daño a personas que no se merecen tal dolor. Y tú sabes, mi amor, que estoy diciendo la verdad. Lo nuestro no podía continuar. Nunca debió siquiera empezar y menos aún llevarnos por el camino que comenzamos a recorrer; un camino lleno de amor, de pasión, de desesperación y —finalmente— de dolor. Un dolor intenso. Un dolor que jamás cesará, no importa cuántos años pasen y cuánto vivamos, porque —por lo menos en lo que a mí respecta— jamás podré olvidarte. Y no me avergüenza decirlo, William, porque te amé de una manera total, con una intensidad tal que mi deseo por ti llegaba a asustarme.

Mi amor, siempre te amaré. Y no solo te amaré siempre, sino que siempre, siempre, te recordaré. Hasta el día en que muera y me vaya de este mundo. Pero solo una cosa te pediré: no me busques. No importa si permaneces en Chile o regresas a Escocia, o decides seguir hacia el norte y venir a este país: no me busques, no trates de encontrarme, y no intentes jamás ponerte en contacto conmigo. Por favor, por favor, prométeme eso y por favor, por favor, cumple la promesa.

Sé que encontrarás a una mujer que te haga feliz, y créeme que lo deseo con toda el alma. Es curioso, pero siento que sí regresarás a Valparaíso y leerás esta carta. Y sé que entenderás lo que te estoy pidiendo, aunque no te dé mayores razones.

Cuídate mucho, mi dulce amor, y recuerda: siempre estaré pensando en ti. Te amo.

Cindy.



William Mackay puso la carta a un lado y, llevándose las manos al rostro, con un nudo en la garganta, se dejó caer pesadamente en la única silla del cuarto, mientras algunas lágrimas —libres y rebeldes— se dejaban ver sin tapujos en sus ojos de rudo marino.

—Y yo te amo también, dulce amor mío —musitó roncamente luego de un rato, y permaneció inmóvil, sin prestar atención al inexorable avance de la penumbra, hasta que la oscuridad de la noche invadió completamente la habitación.



Nota histórica



William Walker Mackay nunca regresó a Escocia.

Su corsario La Fortuna, con James Hurrel como capitán, zarpó de Valparaíso durante la segunda semana de febrero de 1818 en una expedición que terminaría arrojando resultados sorprendentes. A mediados de marzo, frente a Panamá, el buque se batió en un duelo de artillería con los fuertes que protegían el puerto, incendiando además el bergantín San Miguel. Aprovechando la confusión, Mackay desembarcó con sus hombres y atacó uno de los poblados de la costa, saqueándolo e incendiándolo. Puso luego proa al sur y los corsarios capturaron frente a Guayaquil el bergantín Gran Poder de Dios, haciéndose con un rico cargamento de azúcar y cacao que este transportaba de Paita a Panamá. Tras tomar posesión del buque, lo enviaron a Valparaíso para seguir rumbo a las costas peruanas, donde, frente a Paita, interceptaron al Pensamiento y al Rosario, naves que les reportaron un grueso botín consistente en unos trece mil dólares de plata sellada. Ya que no contaba con suficiente tripulación para ambos buques, Mackay ordenó incendiar el Rosario para luego despachar el Pensamiento a Coquimbo. Seguidamente, pusieron rumbo a Valparaíso, arribando a dicho puerto el 13 de julio de 1818 con un botín que superaba los veintidós mil dólares en metálico.

El Chileno, por su parte, al mando de Henry James, había zarpado de Valparaíso a fines de diciembre de 1817 en dirección al golfo de Guayaquil. Este bergantín corsario causó un daño tremendo al comercio español del Pacífico, partiendo para echar a pique frente a Huanchaco a dos bergantines que transportaban víveres para las tropas del virrey en Lima. Luego capturó al mercante Mercedes y seguidamente, el 6 de febrero de 1818, frente a Guayaquil, a la goleta española San Ignacio, que procedió a incendiar luego de transbordar su carga y tripulantes. Indignado, el virrey Pezuela envió dos fragatas en su persecución, pero James —en vez de rehuir la batalla— las enfrentó el 11 de febrero, presentándoles combate y obligándolas a huir. Envalentonado por su éxito, el intrépido James continuó sus correrías por las costas peruanas y apresó dos naves más: el bergantín Zaeth, que incendió y echó a pique, y la fragata mercante Inspectora, a la que obligó a seguirlo a Valparaíso, donde fondeó el 26 de junio de 1818.

En lo que respecta a la fuerza expedicionaria reportada por William Mackay al arribar con la Minerva a Valparaíso, la flota que la transportó —constituida por diez naves y no por veinticuatro, como habían exageradamente manifestado los prisioneros al ser interrogados— se presentó frente a Talcahuano el 4 de enero de 1818, y comenzó a desembarcar al día siguiente a sus tres mil quinientos hombres al mando del brigadier español don Mariano de Osorio. Estas tropas, sumadas a las del coronel José Ordóñez, que tan heroicamente había defendido la plaza por más de un año, le permitieron a Osorio reunir una formidable fuerza de cinco mil hombres veteranos con la que inició su avance hacia Santiago. Este ejército fue finalmente detenido y completamente derrotado por José de San Martín y Bernardo O’Higgins en la gran batalla de Maipo del 5 de abril de 1818, que afianzó la independencia de Chile.

El 22 de agosto, Mackay volvió a hacerse a la mar en una tercera expedición que fue coronada una vez más con el éxito, lo que terminó definitivamente por convertirlo en un hombre rico. Con un criterio comercial insospechado en alguien criado en la dura vida ballenera, invirtió el grueso de la fortuna ganada en el corso en un almacén de ferretería y artículos navales, transformándolo en el mayor y mejor surtido de los existentes en toda la costa del Pacífico, además de adquirir algunas propiedades y un sitio en la quebrada de San Agustín, todo lo cual administró con mesura y sapiencia.

El 8 de febrero de 1818, poco antes de su segunda expedición corsaria, William Mackay contrajo matrimonio con doña María de los Santos Godoy y Zuleta, hermana de doña Tomasa Godoy, esposa de James Hurrel, lo que convirtió a ambos amigos en cuñados, además de socios. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Juan Bautista Mackay y Godoy, nacido el 16 de diciembre de 1818; María Antonia de la Cruz Mackay y Godoy, nacida el 4 de mayo de 1820; José Guillermo Mackay y Godoy, nacido el 14 de abril de 1822, y Santiago Mackay y Godoy, nacido el 7 de enero de 1825.

William Walker Mackay falleció en Valparaíso en enero de 1828, once años después de su llegada a Chile. Sus restos fueron sepultados en el Panteón de Protestantes del puerto.



F I N



El autor



Edgardo Mackay Schiodtz nació en Santiago de Chile en 1947. Su padre fue un oficial de la Armada de Chile y su madre una profesora y poeta de origen escocés, nacida en Río Gallegos, en la Patagonia argentina.

Diplomado en Guerra del Pacífico, dictado por la Escuela Militar Bernardo O’Higgins.

Prácticamente toda su vida se ha visto ligada al mar, primero como cadete de la Escuela Naval «Arturo Prat» y luego como ejecutivo naviero, en la Compañía Chilena de Navegación Interoceánica S.A. representando a esa empresa en los Estados Unidos de Norteamérica con sede en New Jersey, y posteriormente en Europa, estacionado en Hamburgo, Alemania.

Notas


«¡Somos el ballenero británico Lady Cheryl de Hull!».


«¡Somos el Lady Cheryl, de Hull, y no entendemos español!».


«¡Soy el teniente José Hermenegildo Obregón y demandamos su identificación y destino!».


Hubo un buque ballenero de Bedford, armado para la caza del aceite,

Con calderos en mitad de la nave, donde pedazos de ballena podía hervir,

Y un castillo de proa húmedo y maloliente, donde los balleneros a las cartas podían jugar,

Y un capitán que provenía de Bedford y que no aportaba un centavo,

Así es que sorteando la barra de Bedford tras las ballenas se fue.

Pero durante cuarenta y ocho lunas, jamás una ballena avistaron,

Nunca arriaron sus botes ni prepararon sus arpones para la persecución,

Por lo que retornaron a Bedford, donde sus propietarios vinieron a preguntar,

«¿Cuántas toneladas de huesos de ballena hay, capitán, y cuánto aceite en los barriles?».

El capitán masticó su tabaco, cambiándolo de lado dentro de sus curtidas mejillas,

Y les dijo «Al menos la Biblia dice: benditos son aquellos que buscan.

Hemos estado en el mar por más de cuatro años, y no hemos visto una ballena jamás.

No tenemos una gota de aceite a bordo, pero vaya si hemos tenido una magnífica navegación».

John Masefield (The New Bedford Whaler).


Col fermentada en salmuera.


«Esperar y observar».


«Encantado de conocerla, mi señora».


Infantería de marina.


«La muerte o la gloria, ¡ese es el nombre del juego!».


«¡Por el amor de Dios!».


El característico pabellón negro de los piratas.


«¡Todo el mundo a cubierta!».


«Ya hizo usted bastante, señor, y le admiro por ello. Ahora entréguese y rinda usted su espada».


«¡No lo abandonen, muchachos! ¡El buque es nuestro!».


«¡Te quiero con todo mi corazón!».


Pastel de manzanas (postre típico norteamericano).


Juanito Mal-tiempo.


Pastel de manzanas (postre típico norteamericano).


Cañones de proyectiles de doce libras.


«Perseguidor». Cañón ubicado a proa muy útil en persecuciones.


«¡No dispares! ¡Sankiu, por favor, no me dispares!».


Libertad de comercio y derechos de los marineros.


«Dios y patria; los mejores derechos del marinero británico; los traidores ofenden a ambos».


«Dios, nuestra patria y la libertad; los tiranos las ofenden».


«¡Mi culo!».


«¡Ya, deténganse, malditas prostitutas!».


«…¡o le volaré de un tiro sus condenados testículos!».


Proveedores de naves.


«¡Bienvenidos, bienvenidos, mis amigos, mis queridas damas!».


Platos típicos escoceses; el shepperd’s pie corresponde a un pastel de carne picada y patatas, y el steak and kidney pie es de carne y riñones.


«Ven a mí, dulce dama de la noche,

y mientras me llevas a tus aposentos

trata de fingir que recuerdas

con cariño a este ballenero solitario».


«Cuídate, negro maldito».


«Buena suerte, pobre diablos. Que ciertamente la necesitarán».


«Sin amigos en la costa empequeñecida

que apenados agiten una mano oculta,

O musiten una silenciosa despedida,

Solitariamente, saliendo desapercibida de la bahía,

La nave siguió su melancólico camino,

Como una fatalmente destinada barca».


«Voy a ser un pirata con un brillante cañón de bronce,

Y una isla en las rutas españolas más allá del sol poniente,

Y un frasco de plata rebosante de vino tinto para beber cuando el trabajo esté terminado,

Como un sagaz depredador de los mares, como un embreado bucanero.

Con una arenosa ensenada para carenar, y un contramaestre español con coleta,

Y bajo mis tapa-escotillas una alegre y centelleante carga de doblones, dobles moidores y piezas de a ocho,

Como un sagaz depredador de los mares, como un embreado bucanero.

Con gusto por las tabernas españolas y en gastar mis doblones,

Y una tripulación de atezados mulatos y octorones de ojos negros,

Y una reflexiva manera de tratar a los amotinados y convertirlos en ermitaños en alguna isla,

Como un sagaz depredador de los mares, como un embreado bucanero.

Con un corte de terciopelo rojo y una espada de empuñadura de diamantes,

Y un pito de plata al cuello, sujeto con un cordón dorado,

Y el hábito de tomar cautivos y hacerlos caminar por el tablón,

Como un sagaz depredador de los mares, como un embreado bucanero.

Con un catalejo bajo el brazo y un sombrero de tres picos ladeado

Y una goleta baja y de palos inclinados a popa, cortando las olas en dos,

Y una bandera de calavera y huesos cruzados, la más malvada que jamás flameó,

Como un sagaz depredador de los mares, como un embreado bucanero».

(«The Tarry Buccaneer» —John Masefield).


«¡Vamos, condenado! ¡Habla de una buena vez! ¿Está la maldita Minerva allí?».

 



FIN

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