Los Incas
Waldemar Espinoza
Reseña
Los incas, subtitulada: «Economía, Sociedad y Estado en la era del Tahuantinsuyo», fue publicada en 1987. Es una obra rigurosamente documentada, que trata sobre los incas y el Tahuantinsuyo, en el marco del desarrollo histórico de la sociedad andina. Incide en el marco ecológico, el contexto étnico del Cusco preinca, el origen de la etnia inca y la constitución histórica del Estado del Tahuantinsuyo, que apenas duró menos de un siglo (entre los siglos XV y XVI). Luego abarca la organización del ayllu, la vida cotidiana del campesino o hatunruna, la organización social, el sistema administrativo y el desarrollo cultural de los incas (tecnología, arte, ciencias, literatura y religión). Es de resaltar el enfoque que da a la teoría del origen puquina (Tiahuanaco) de los incas. Desentraña el carácter de las llactas o centros urbanos incaicos (“ciudades”) y la verdadera función de Machupicchu, que en realidad era una llacta llamada Picchu. Así como ofrece por primera vez un esclarecimiento de las relaciones de dominación existentes en el imperio.
Índice
Prólogo
Este libro trata de la civilización andina durante el Horizonte Inca, que se extendió aproximadamente por 95 años, desde 1438 hasta 1533. Es decir, se refiere a la fase final de la larga historia andina que se originó probablemente dieciséis milenios antes de Jesucristo.
Como se desprende de lo que se acaba de indicar, se resaltarán sólo algunos aspectos ocurridos desde la primera mitad del siglo XV a la cuarta década del XVI, lapso que, en el escenario andino, corresponde a la formación, desarrollo y destrucción del Estado imperial del Tahuantinsuyo. La historia anterior se tomará como valiosa referencia, y nada más.
Es recomendable recalcar que, cuando hablamos de la civilización andina: Horizonte Inca, nos referimos a una realidad histórica y geográfica concreta; porque el último Estado imperial andino se propagó y alcanzó gran auge en un ámbito y un tiempo cuya existencia ningún científico serio ha discutido ni ha negado. Su presencia temporal y espacial es tan evidente como la de los antiguos egipcios, persas, griegos, romanos, mayas y aztecas. Por eso precisamente se le prefiere denominar formación económico-social, cuya naturaleza tratan de definir y sintetizar muchos especialistas, preocupados en descubrir los diversos fenómenos que dieron unidad específica a sus relaciones económico-sociales.
Las fuentes para estudiarla ascienden a centenares. Hasta hace 25 años, escasamente se manejaban las crónicas de los siglos XVI y XVII. Pero ahora son las visitas, informaciones, memoriales, testamentos, cartas, etcétera; los que han venido a enriquecer y a revolucionar el análisis de la etnohistoria andina, desde Pasto (sur de Colombia) a los huarpes (centro de Argentina), o mejor dicho, de todo el perímetro donde la etnia Inca dejó sentir su soberanía. Entre crónicas y demás documentos, tales fuentes se enumeran, sin exageración, por docenas; a lo cual hay que agregar los brillantes aportes de la arqueología, lingüística y etnología o etnografía que, por su lado, también se cuentan por centenares.
Los acontecimientos y objetos descritos por los cronistas y los elementos que se hallan en las excavaciones contribuyen a considerar a los peruanos de los siglos XV y XVI como a seres humanos de carne y hueso, con necesidades, emociones, apetencias, vicios y virtudes similares a los de otros seres humanos del mundo, y no como a raras avis, o como a entes excepcionales diferentes a otros hombres de los demás continentes, que es lo que intentan demostrar ciertos escritores idealistas. Las evidencias documentales, arqueológicas, lingüísticas y etnográficas permiten ver cómo en el antiguo Perú los niños juegan, las niñas tienen muñecas; hombres y mujeres danzan y cantan, los varones manejan los arados (taclla) y las hachas de combate; se maquillan y adornan, los señoríos y reinos se pelean por expandir sus territorios; la gente está estratificada en rangos, clases y hasta en castas, etc.
En lo que respecta al Estado Inca se sabe, desde hace más de 90 años, que no representa otra cosa que el último eslabón de un proceso económico-social y político autóctono, cuyas raíces yacen en las inmensas profundidades de 16 000 años antes de Cristo, y tal vez más. Si recordamos que el imperio del Tahuantinsuyo tuvo tan sólo una duración, fehacientemente comprobada, de 95 años (¿1438?-1533), llegaremos al convencimiento de que tal lapso tenuemente representa el 0, 6% de la larguísima prehistoria andina. Un período diminuto, donde se conjugan y condensan milenios de experiencia creadora y tenaz a nivel científico, tecnológico y artístico de decenas de generaciones precedentes, en forma tan intensa y eficaz que la población, en la época de los incas, ya no tuvo, de hecho, nada nuevo que descubrir, ni inventar, ni crear. Ahora conocemos que ciertos elementos culturales, antes considerados como típicamente incaicos (quipus o andenes, por ejemplo) fueron creaciones y productos de pueblos muchos más antiguos. Tal situación preocupa, porque señala que realmente se había llegado a un estancamiento; una paralización que se venía notando, sistemáticamente, desde la caída de los Estados Huari y Puquina (Tiahuanaco). Los estimables progresos científicos, tecnológicos y artísticos andinos, que tanta admiración despiertan hoy, pertenecen a los Horizontes Temprano y Medio y, por consiguiente, también al Período Intermedio Temprano. Desde las postrimerías de Huari y Tiahuanaco todo es una continua repetición y adormecimiento. En otras palabras, a partir de Huari y Tiahuanaco no se percibe más desarrollo de las fuerzas productivas.
En la historia incaica, que es la última fase de ese largo proceso auténticamente nativo de nuestra historia, hasta hace poco estrechamente se distinguían sólo dos elementos novedosos con respecto a los horizontes y períodos precedentes:
1. la aparición del quipu como instrumento estadístico; y
2. la delegación hecha por Inca Roca de la administración del culto oficial a un sumo sacerdote, reservándose el Inca para sí la dirección suprema de los asuntos políticos, para lo cual incluso abandonó su residencia antigua (Inticancha), sin que ello implicara la separación del Estado y la religión. Sin embargo, se sabe ahora, que ambas cosas ya eran conocidas desde siglos antes.
No será este ensayo una descripción de las instituciones incaicas al estilo habitual, porque consideramos que tal cosa no puede prestar ya ningún servicio al estudiante contemporáneo, para quien va dirigido este trabajo. Lo que se intenta es la caracterización de la economía y sociedad andina en su última fase: el Horizonte Inca. En consecuencia, se pondrá interés en lo que toca a los objetos que producían, pero mucho más en el cómo, con qué instrumentos y para quién los producían, es decir, en poder de qué grupos permanecían los medios de producción. Sobre los artículos que elaboraban se ha escrito ya tanto desde el siglo XVI que en realidad, creemos, resultaría sin importancia sólo reiterar lo que todas conocen. En lo que incumbe a las relaciones y modos de producción, en cambio es poco lo que se ha hecho.
Por lo demás, se hará una exposición y una síntesis de conformidad a lo que proyectan e irradian las fuentes concernientes al tema, pensando siempre que esta formación económico-social corresponde a un modo de producción definido que se explicará a lo largo de estas páginas.
Los incas prácticamente, ya se dijo, no crearon instituciones nuevas, no agregaron en realidad nada a lo que ya venía funcionando y conocían las sociedades andinas desde centenares y milenios antes de la aparición de la etnia Inca en el valle del Cusco. La acción de ésta se circunscribió a consolidar y a afianzar la subordinación de los pueblos vecinos y a extender su imperio mediante la anexión de etnias o nacionalidades extranjeras. No añadieron nada. Ni siquiera adicionaron modernas prerrogativas a la autoridad del sapainca. La aparición y crecimiento cuantitativo del Estado del Tahuantinsuyo, asimismo, no provocó ninguna transformación cualitativa o estructural respecto a las sociedades anteriores sobre cuyas bases se impuso. Constituye simplemente una faceta más de un vasto proceso histórico, virtualmente estacionario y repetitivo, o mejor dicho, cíclico, que es tal como concebían al mundo y a la historia ellos mismos.
El modo de vida andino, por lo tanto, no file una creación ni una invención de la etnia Inca. Pues, se ha dicho, ella no hizo otra cosa que aplicar a nivel mucho más grande lo que ya se venía desarrollando en los ayllus, señoríos, curacazgos y reinos desde centenares de lustros anteriores a 1438. Lo que advierte que con antelación al incario ya funcionaron otros auténticos Estados de tipo imperial, con todos los mecanismos que tipifican a dicho sistema: control total por parte de una aristocracia guerrera de las actividades económica, social y política de miles de colectividades aldeanas, que en el área andina tenían exactamente el nombre de ayllus. Para lo cual fue necesario recrear un gigantesco y nimio aparato burocrático o administrativo de corte clasista, militarista, teocrático, despótico y centralista. Justo, esta aparentemente rara coexistencia de la comunidad campesina con todos los indicadores que particularizan a una sociedad perteneciente al comunismo primitivo, pero controladas, dominadas y explotadas por una cúpula o elite de privilegiados, es lo que admira y asombra, pese a que dicha figura no constituye una singularidad en el mundo, ya que otras sociedades de la antigüedad también funcionaron igual.
Los episodios más delicados y problemáticos de reconstruir son los pertenecientes a la historia política y sucesión de los supremos mandatarios cusqueños. No sólo existe el impedimento de establecer una cronología rigurosa, sino también una serie de contradicciones por parte de los antiguos informantes indígenas. A lo que hay que añadir el prurito censurador y condenador del grupo dominante y dirigente incaico, que relegaba al olvido los nombres de personas y hechos, cuando éstos denigraban o desdibujaban la imagen del linaje real. Por lo tanto, es casi seguro que de la capacuna o lista de sapaincas fueron eliminados algunos, borrándolos así de la memoria histórica, en forma total. En este aspecto, en consecuencia, lo que se
expondrá al respecto en el presente libro es, poco más o menos, una reconstrucción racional de lo que debió ocurrir.
Este ensayo, finalmente, se refiere en lo fundamental a los pueblos de las tierras altas del ámbito serrano y no a las bajas de la parte costeña, porque en ésta desenvolvíanse ya otras estructuras en los siglos XV y XVI, mucho más avanzadas que las de las altas cordilleras. El desarrollo en el Perú siempre ha sido inarmónico, y en todo caso la costa norcentro ha tenido ventaja frente a la sierra y litoral sureño.
Portada de la primera edición de la Crónica del Perú, de Pedro de Cieza de León (Sevilla, 1553). Obras como ésta son las que sirven para comprender y explicar la etnohistoria andina.
Capítulo 1
El espacio. El entorno ecológico
El territorio andino ocupa la parte occidental de América del Sur, al frente mismo del océano Pacífico. Abarca desde los trópicos hasta cerca de la Antártida, donde el paisaje, motivado por las diversas altitudes de la cordillera, brinda escenarios de todo tipo, desde el tropical con bosques sumamente húmedos hasta los páramos y nevados de características glaciales, y de vez en cuando hasta desiertos absolutos como el de Atacama, donde jamás llueve. Como es natural, entre tales extremos, de arriba abajo y de abajo arriba, existen los climas más variados dando origen a infinidad de microecologías, fáciles de diferenciar en espacios tan cortos como en 100 kilómetros, en los que se encuentran cuantas diferencias climáticas puedan existir, caminándoselo en un sólo día.
Por lo tanto, el ámbito geográfico que cubren los temas tratados en este ensayo ciñe de principio a fin el perímetro que englobó el Estado imperial del Tahuantinsuyo. Es decir una vasta parte de las superficies que en la actualidad comprenden las repúblicas del Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, Chile y, en cierto momento, también el sur de Colombia (Pasto septentrional). Es el área que modernamente implica al llamado mundo andino: un entorno geográfico sui generis, muy peculiar en el espacio peruano, sin mayores cambios en relación con la latitud, pero con muy sensibles contrastes en correspondencia con la altitud, y también en cierta manera con la longitud. Las diversidades más significativas se presentan cuando se recorre de Este a Oeste y viceversa. Es entonces cuando aparecen zonas cálidas, templadas, frías, muy frías, nevadas. Si el desplazamiento es por un valle, observamos la misma estructura desde el mar, pasando por fajas desérticas o irrigadas en pequeños sectores, cuyo paisaje comienza a transformarse rápidamente por entre quebradas, cerros altos, estrechos cañones, cerros escarpados y pongos (angosturas). A simple vista parece una orografía dura y difícil, torturada, incomprensible, impenetrable. Sin embargo, es una geografía que fue conocida y dominada por el hombre a plenitud. Así es como partiendo del mar, se sube por la costa y escalando pisos ecológicos diferentes se penetra en los Andes. Se llega a las cumbres nevadas más eminentes, para de allí descender hacia el Oriente a alturas que lindan con el nivel del mar. En menos de 20 horas se experimentan y viven los ecosistemas más variados que uno pueda imaginar, con los frutos más desemejantes, congénitos de cada piso ecológico, que, al complementarse hicieron y hacen la vida posible y agradable, bien alimentando a las poblaciones.
La ecología del combés andino, y muy especialmente el del Perú, no sólo es plural sino compleja en lo que incumbe en su distribución geográfica de climas, suelos, flora y fauna. Cada cual conforma una ecorregión, es decir, una sobrefaz geográfica que se tipifica por las mismas condiciones climáticas, edáficas, hidrológicas, florísticas y faunísticas, en estrecha interdependencia, perfectamente delimitadas y distinguibles de otras y de utilidad práctica.
A esta superficie es común y corriente dividirla en el Perú en tres regiones: Costa, Sierra y Montaña (selva), en directa alusión, respectivamente, al desértico llano costeño, a los escarpados cordilleranos y a la floresta amazónica.
El pueblo peruano, desde el siglo XVI, por su comodidad, prefiere apreciar sólo tres regiones naturales. Es la división más simple, pero perdura desde que Cieza de León la caracterizó en tal forma en 1553. Costa es la parte situada entre el mar y la cordillera de los Andes, con un paisaje desértico, llano y ondulado, regado de cuando en cuando por ríos que bajan de la sierra rumbo al océano. Sierra son las alturas de complicadas orografías, con quebradas, cuestas, mesetas y cimas muy elevadas; clima adverso y nevados. Montaña o selva es el bosque oriental.
Las tres regiones naturales del Perú, de conformidad a criterios que datan del siglo XVI.
Sin embargo, la cuestión no es tan elemental como aparenta, ya que una observación detenida permite descubrir en la zona llamada Sierra (tierras altas) una apreciable cantidad de diferentes pisos ecológicos, según su ubicación en las distintas altitudes de la cordillera, con temperaturas opuestas y, por consiguiente, con una flora y fauna inconfundibles, que también influyen en disímiles formas de vida humana.
El perfil de la orografía andina, determinado por la diversidad de alturas sobre el nivel del mar.
La región Sierra, en efecto, ofrece jirones de climas diversos, que difieren desde el subtropical de los valles y quebradas interandinos (como Cascas, Cajabamba, Balsas, Chosica, Chaupiguaranga, Yucay) hasta el ártico de las empinadas cordilleras (Junín, Choclococha); con otra infinidad de comarcas que poseen temperies intermedias. De ahí que la sierra sea descrita como un territorio de definidos contrastes. Lo sin par de la serranía peruana es que las disparejas altitudes hacen que ella, en una extensión reducida, por ejemplo de 200 kilómetros, se presente superpuesta con los más variados cultivos y los más contrarios climas. Lo que quiere decir que el término Sierra que se usa en el Perú para su segunda región natural es vano e inexacto, un error, por cuanto en la realidad comprende los más heterogéneos ambientes: en verdad un número mayor de regiones naturales o franjas ecológicas.
Los diversos nichos ecológicos o ecorregiones del perímetro andino de conformidad a lo que asegura J. Pulgar Vidal, eminente geógrafo, tienen sus nombres en lengua quechua o runashimi, lo que anuncia que sus antiguos pobladores poseían un perfecto conocimiento de ellos. Sabían diferenciar, utilizar y sacar provecho en la producción agropecuaria y distribución del espacio etnopolítico. Ellos, de acuerdo a su ordenamiento, de occidente a oriente, son los siguientes:
1. Chala (costa), parte ubicada a nivel del mar, desde su orilla a los 500 metros de altura.
2. Yunga, la localizada entre los 500 y 2300 metros de altitud.
3. Quechua, a partir de los 2300 hasta los 3500 metros.
4. Suni o Soné, desde los 3500 a los 4000 metros.
5. Puna, de los 4000 a 4800 metros.
6. Janea, de los 4800 a 6768 metros.
7. Ruparrupa (lo ardiente), emplazada al Este, entre 400 y 1000 metros sobre el nivel del mar. Es la selva alta o ceja de selva.
8. Omagua, o selva real y virgen. Etimológicamente significa “la región del pescado de agua dulce”, en directa referencia a la riqueza ictiológica de sus ríos. Se encuentra entre los 400 a 80 metros de elevación encima del mar. Es la selva baja.
Maqueta que muestra la disposición de las ocho regiones naturales del país, cada una de las cuales tiene su nombre en el idioma quechua, según los estudios de J. Pulgar Vidal.
Los nombres arriba numerados demuestran que los peruanos de los tiempos prehistóricos y protohistóricos dominaron sus contornos y entornos corográficos, de conformidad a la función que desempeñaban. O en otras palabras, usaban designaciones no sólo para situar lugares sino también regiones, grabando en el suelo tanto las características físicas como las peculiaridades económicas y sociales de tales espacios. Hay topónimos que señalan cómo en dichos parajes están connaturalizadas tales y cuales especies; o que esos puntos les sirvieron para almacenar alimentos por meses, o por años.
Es que cada región natural o piso ecológico tiene su producción típica, y por lo tanto su respectiva canasta alimentaria:
1.
La ecorregión Chala o costa posee autosuficiencia plena en la producción de proteína animal a base de la pesca para consumo humano. Gracias al abundantísimo plancton, que sirve de alimento, proliferaba hasta hace poco la anchoveta, pez que, a su vez, servía de nutriente a las demás familias ictiológicas y a las aves guaneras. Tan expectante cadena biológica determinaba que ningún poblador del litoral tuviera problemas con el suministro de proteínas de origen animal. Y aparte, obtenían crustáceos, moluscos, camotes, frijoles, pallares, choclos, zapallos, pepinos, guayabas, poroporos, caiguas, frijol loctáu, frijol de palo, atago, etc. Criaban perdices, como las que vio Miguel de Estete en Huacho, por lo cual los primeros españoles le llamaron Pueblo de Las Perdices.
Los desiertos del Pacífico costeño son de ancho variable con la altura máxima de 500 metros sobre el nivel del mar, y de temperamento cálido en verano y templado en invierno, con neblinas y alta humedad, dando origen a la pintoresca vegetación de Lomas en los cerros y colinas. El relieve de su suelo es por lo general llano y ondulado, aunque a veces escarpado en el centro y sur. En lo que ahora corresponde a la costa peruana, de norte a sur se interponen 52 ríos, algunos con aguas caudalosas y constantes, otros de escaso líquido, no faltando los de cauce seco que excepcionalmente arrastran aguas durante los meses de lluvia (diciembre-marzo).
2.
En la Yunga, de existir el líquido elemento, se produce frutales: paltas, chirimoyas, lúcumas, granadillas, papayas, tumbos grandes, tunas; que son frutos de cosechas extraordinarias, sin requerir mucha precipitación pluvial. Aquí era y es posible la crianza de cuyes. Una variedad de camote arenoso y la achira les suministraba hidratos de carbono. El frijol conocido con los nombres de pucatoro, zarandajo y pushpo, de producción permanente, facilitaba la nutrición de la gente. Su clima se prestaba al cuidado y ceba de patos y perdices. También hay pescado seco y fresco, ají y chincho.
3.
La Quechua es una ecorregión de ambiente semiárido con precipitaciones veraniegas que aumentan con la altura, la que a su turno determina la disminución de las temperaturas. El relieve es abrupto y los valles muy estrechos. Los ríos y riachuelos son torrentosos, con más agua en el verano.
La ecorregión o zona Quechua, desde la perspectiva agrícola, es la mejor surtida del territorio andino. Se han aclimatado los productos de las regiones más altas y los de las más bajas, que unidos a los propios de la ecología Quechua hacen de ésta la de más variados recursos cosechados en meses diversos; permitiendo disponer de comestibles frescos a lo largo de nueve meses del año, y de mantenimientos conservados o sencillamente almacenados en los tres meses restantes. Los habitantes del espacio y ecología Quechua también eran los mejor dotados alimentariamente.
Aquí la planta más ilustre era el maíz, que se lo ingería ora verde (choclo), ora maduro (mote, cancha, chococa, polenta, chicha). En estirpe e importancia le seguían distintas variedades de papas (como la chaucha); luego la arracacha, de la que aprovechaban sus tubérculos, hojas y tallos. En seguida la achita (o achis quihuicha o comi), un falso cereal nutritivo del que comían incluso sus hojas. El frijol poroto de varias especies, sembrado junto al maíz, al cual le suministraba el nitrógeno que acumula en sus raíces. El más común es el frijol numia.
El pescado les llegaba seco y/o salado desde la costa. Entre los frutales sembraban el tumbito o pucumpuy, tomate de árbol o guancash, papaya de olor, gangapa, pucabato, pinas del monte, capulí. Entre las verduras destacan la muña (sazonadora de chupes o sopas), el rocoto y las hortalizas silvestres llamadas sheta o ñapus, potó o mastuerzo, atago o atagua, pichiuquita. Entre los animales criaban cuyes, alimentándolos con la panca del maíz y la planta silvestre denominada magra.
4.
La ecorregión Suni es el dintorno donde fue domesticado el cuy en grandes proporciones, gracias a las hojas de la caña brava nombrada Suni. Es el edén de las carnes deshidratadas de llama (charqui). Pero lo más notable son unos vegetales riquísimos en proteínas, con aminoácidos comparables a las proteínas animales: quinua, cañagua y taure o chochos. Por igual una enorme variedad de papas, al lado de ocas, ullucos y mashuas.
Por cierto que es escasa de frutales. Apenas se cuenta,
1. al arrayán peruano o galán de racimos rojinegros, cargados con vitamina C; y
2. el cachucachu, masticatorio y perfumante.
Lo propio de la Suni, a más de 3500 metros, es su clima frío, húmedo, nublado y de altas precipitaciones e intensas heladas en algunas noches, lo que posibilita la congelación, deshidratación y asoleamiento de los tubérculos (papas) y carnes de llama (Lama glama) transformándolos en chuño y charqui, respectivamente. Con la técnica del asoleamiento se endulzan las ocas. Así es como empleando humildes tecnologías, obtenían moray de papas (o tanta: pan). Con las ocas elaboraban panes; con la mashua, shuntta; y del ulluco obtenían el chulee. En virtud a tales procedimientos podían y pueden conservar por bastante tiempo otros productos, que de ser guardados en su estado primitivo y natural se corrompen muy pronto. También preparaban y siguen preparando el tocosh (papa podrida de gran valor medicinal). En la Suni una fuente riquísima de alimentación es la quinua, cuyas hojas tiernas las comían como ensalada, opulenta en proteínas, vitaminas y calcio. Como condimento degustaban el shill-shill, semejante al guacatay, y por fin la pachamuña.
5.
La ecorregión Puna, fría y carente de agricultura activa es rica en ganadería de llamas y alpacas, y nada pobre de cuyes silvestres que reciben el nombre genérico de caris. También hay que tener en cuenta a los guanacos y venados, proveedores de buena carne.
Entre las papas hay varias especies amargas: luqui, mama, shiri, etc., que para consumirlas las sometían y someten al congelamiento, disecado y asoleamiento, hasta convertirlas en chuño: harina que ha perdido su amargor, cuyos aminoácidos son comparables a los de la leche. Con él preparaban el potaje llamado otongo. Cultivaban las papas en terrenos llanos y en andenes. Por cierto que también existían. variedades de papas no amargas, resistentes a las bajas temperaturas. Asimismo la cactácea ulluyma: opuntia de frutillos agridulces, comestibles. Por igual la totora de lagunas y pantanos, de raíz ingerible y pasto de cuyes. Propia de la Puna es una arcilla digerible llamada chago o pasa, que contiene cal y magnesia, aconsejable para el bienestar estomacal.
Paisaje característico de la árida costa.
Paisaje típico de la serranía.
Vista peculiar de la selva o montaña; flora, agua, fauna y habitantes.
La ecorregión Puna encima de los 4000 metros sobre el nivel del mar, se caracteriza por la rarefacción de la atmósfera, debido a la altura. Hay grandes fluctuaciones de temperatura día-noche, hasta de 40 °C. Su relieve es desigual, predominando mesetas y pisos serpenteados; no faltando suelos altamente escarpados sobrepasados los 4500 metros. Hay ríos y riachuelos numerosos, y más de 12 000 lagos y lagunas, casi todos con totorales. Su fauna es diversificada y original.
6.
La ecorregión Janea se tipifica por su piso escarpado, por donde se deslizan una multitud de riachuelos que nacen en los deshielos y lagunas.
7.
La selva alta o Ruparrupa es un ambiente de variadísima producción vegetal y animal, muchos de éstos de carnes exquisitas: salinos, huanganas, venados, majaces, sachavacas, monos de multiplicidad de especies, pavas, perdices, etc. Asimismo tortugas (motelo, matamata), caracolas y hormigas con abdómenes cargados de grasas y proteínas comestibles. Las lluvias son “eternas”, favoreciendo el crecimiento permanente de plantas y flores.
Entre los frutales sobresalen la guayaba, la quinilla y el ojé, que prodigan cuantiosas cantidades de frutos digeribles. La pituca (o huitina o uncucha) es una tuberosa de raíces rizomatosas que brinda hidratos de carbono. Se la prepara como harina de agradable sabor. Después de cocidas se secan al sol y se las muele, obteniendo un almidón para la alimentación. También consumían sus hojas. En la Ruparrupa similarmente abundaba la mandioca (que no es la yuca) el árbol del pan, cuyos frutos cocinados son semejantes a las castañas. Desde luego que también hay yucas. Existen pocas hortalizas debido a la abundancia de hongos e insectos. En este rubro sólo habría que mencionar a la papaya del Perú. Y entre los condimentos el ají de varios colores y sabores, desde el no picante hasta el que lo es excesivamente. Análogamente se da la cúrcuma, el palillo, el achiote, la vainilla, etc.
La ecorregión Ruparrupa, que se extiende por todo el flanco oriental de los Andes, queda entre 400 y 1000 metros sobre el nivel del mar, con oscilaciones latitudinales. Su clima es caluroso, disminuyendo conforme se sube a las alturas templadas. La atmósfera predominante es justamente la templada-moderada y la boreal. Su orografía es compleja, atravesada por ríos y contrafuertes cordilleranos, valles profundos y numerosas gargantas. Los lagos y lagunas son escasos, pero abundan ríos y riachuelos torrentosos. En sus faldas se pueden distinguir hasta tres subpisos ecológicos. Su fauna es de tipo amazónico, con pingües elementos propios y otros como influencia de la selva baja. Destacan los monos, osos, guacharros, reptiles, anfibios; infinidad de aves.
8.
La Omagua o selva baja es parecida en productos a la selva alta, y además con ríos de abundante agua y riquísima pesca, para lo que empleaban el barhasco. Hay abundancia de yucas, ñames o sachapapas, frijoles de las playas, calabazas o chiclayos (chiuchis), frutos de piguayos, coquitos de chambira, ungurahui umari, caimito, tapariba, charichuela.
La Omagua es un bosque tropical, de clima muy cálido con una temperatura media de 24 °C, alta humedad relativa y precipitaciones concentradas en el verano. Su suelo es de relieve plano y ondulado. Sus ríos, abundantes, caudalosos y de tranquilo movimiento, con tres clases de aguas: negras, cristalinas y turbias. En los meses de lluvias inundan los bosques. Pululan lagos, lagunas y pantanos. Su fauna es considerable y diversificada, al extremo de que en esta ecorregión se encuentra el 50% de las especies peruanas. Hay más de 800 especies de aves; y la ictiofauna se calcula en más de 2000.
Estas ocho regiones que se acaban de enumerar, concordándolas con la nomenclatura tradicional quedan encuadradas así:
1. La Costa, con dos pisos ecológicos: a) Chala y b) Yunga.
2. La Sierra, con cuatro ecosistemas: a) Quechua, b) Suni, c) Puna y d) Janea. Y
3. la Montaña o selva con dos grandes zonas: a) Ruparrupa y b) Omagua. En lo que respecta a la sierra, las franjas denominadas Suni, Puna y Janea constituyen las llamadas tierras altas. Y en lo que pertenece a la costa, los pisos nombrados Chala y Yunga configuran las designadas tierras bajas, La zona Quechua es la más templada de todas, por ocupar las elevaciones intermedias.
Empero, aparte de lo acabado de expresar, hay científicos como Antonio Brack Egg que, a base de estudios más meticulosos y sofisticados, escinden al territorio peruano en once ecorregiones o nichos ecológicos:
1. el mar frío de la Corriente Peruana.
2. el mar tropical.
3. el desierto del Pacífico costeño, atravesado por 52 ríos, de cero a 100 metros sobre el nivel del mar.
4. el bosque seco ecuatorial, de 100 a 150 kilómetros de ancho, con 23 y 24 °C de temperatura y entre 1000 a 1800 msnm.
5. el bosque tropical del Pacífico.
6. serranía esteparia.
7. la puna.
8. el páramo.
9. la selva alta o yunga.
10. selva baja o bosque tropical amazónico. Y
11. sabana de palmeras. Pero aquí no fenecen tan sorprendentes descubrimientos; por cuanto hay otro científico (Holdrige) que asegura haber identificado hasta 86 formaciones ecológicas, que hacen del territorio peruano el de mayor densidad ecológica del mundo.
La población andina, en un “universo” de tantas ecologías, como tenía que ocurrir, llegó a desarrollar un enorme grado de versatilidad frente al ambiente, de modo que jamás podía permanecer encasillada o acomodada a un sólo tipo de hábitat. La numerosidad de ecosistemas, tan próximos los unos a los otros, como es natural, le abrió las puertas para ramificar mecanismos de macroadaptación y de complementariedad ecológica. Tres de esos artificios fueron:
1. la trashumancia
2. el control directo de chacras enclavadas en diferentes pisos ecológicos; y
3. el intercambio interecológico de productos. En el primer caso los ganaderos de las estepas (pampas de Junín por ejemplo) practicaban una suerte de “nomadismo” estacional dentro de un circuito más o menos extenso incluyendo diversos pisos ecológicos en busca de pasto. Así es como de junio a octubre lo pasaban en Las Lomas de los valles costeños, mientras que de noviembre a mayo, meses de lluvias en la sierra, desplazábanse a las elevadas cimas de la cordillera. Es cierto que ello no constituía una pericia generalizada en el mundo andino, por cuanto hubo y hay zonas con recursos suficientes en cualquier época del año (v. g.: Cajamarca, Tarma, Guayacondo, Huamachuco), en cuyos entornos hallábanse casi todos los nichos ecológicos, hecho que impedía practicar la trashumancia y controlar parcelas de cultivo localizadas en otras etnias.
Al espacio andino ocupado por el Tahuantinsuyo, por donde corre, de sur a norte, el largo y corpulento espinazo denominado Cordillera de Los Andes, se lo secciona en grandes demarcaciones culturales: Andes Septentrionales, Andes Centrales y Andes Meridionales. La primera abraza lo que ahora es la república del Ecuador; la segunda la del Perú; y la tercera la de Bolivia, norcentro de Chile y norcentro de Argentina. De las tres, la segunda es la que se peculiariza por ser la más variada en altitud, orografía y climatología.
Mapa de las 11 zonas edafológicas del Perú, estudiadas y dadas a conocer por A. Brack Egg.
Página 80 del original de la Nueva corónica y buen gobierno, de Felipe, Guamán Poma de Ayala (Sondondo, 1585-1615). En esta carilla habla de los Tocay Cápac, líderes de la etnia Ayarmaca. También da referencias sobre Pinagua Cápac.
Capítulo 2
Los señoríos del Cusco y origen de la etnia inca
Contenido:
§. Los diminutos curacazgos del Cusco preinca
§. Ayarmacas y pinaguas
§. El origen de la etnia Inca en el Cusco
§. Los diminutos curacazgos del Cusco preinca
Antes de que llegaran los primeros emigrantes de la etnia Inca, el valle del Cusco tenía sus pobladores autóctonos. Habitábanlo una serie de pequeñas etnias, unas más antiguas que otras: Hualla, Alcahuisa, Sahuasera, Antasayac, Lare y Poque o Puqui; cada una de las cuales comprendía algunos ayllus.
La etnia Hualla habitaba en las tierras de Huaynapata, cerca al lugar denominado por los españoles Arco de La Plata, camino a Charcas, es decir, al sur de la ciudad actual. Los huellas aparecen como los más antiguos habitadores del Cusco, con sus casas agrupadas en las faldas del cerro, al oriente de la ciudad, desde los andenes de San Blas. Su aldea medular se llamaba Pachatusán.
Los sahuaseras procedían de Sutijtoco (área Masca/Paruro), y cuando arribaron al Cusco encontraron a los huallas. Tomaron posesión de lo que siglos más tarde iba a ser la parte principal de la llacta (ciudad), la lomada fértil donde después iba a ser construido el Inticancha (o Coricancha) y sus contornos. Los huallas no les hicieron resistencia; al parecer se confederaron con los invasores sahuaseras. A éstos, debido a su pacarina o lugar de origen también se les llamaba Sutijtoco Ayllu. Su pacarina o lugar de procedencia estaba pues en Pacarictambo.
Los antasayas hicieron acto de presencia después de los sahuaseras. Por su etimología se deduce que emanaban de algún sitio de las pampas de Anta. Se ubicaron en la parte norte, desde el actual monasterio de Santa Clara hasta Collcampata. Llegaron comandados por su jefe Quisco (ave agorera) y dicho arribo dio ocasión para nombrarle Cusco al paraje, debido a que allanaron el terreno, quitando piedras y peñascos. Los sahuaseras no les hicieron resistencia, y hasta se confederaron con los huallas.
Posteriormente de los antasayas advinieron al Cusco los ayaruchos, quienes aseguraban proceder de Pacarictampu (Masca), señalando como pacarina suya a Capactoco. Pararon en el Cusco jefaturados por su caudillo que tenía el mismo nombre: Ayar Ucho, estableciéndose en Pucamarca. Fueron los incas los que en fecha ulterior les cambiaron de apelativo, llamándoles alcahuisas. Al alcanzar el Cusco encontraron que allí estaban ya establecidos los huallas, sahuaseras y antasayas, con los cuales se aliaron. Los ayaruchos, desaparecido su jefe llamado también Ayar Ucho, entre otros corifeos que los gobernaron subsiguientemente, tuvieron a los famosos Apomaita y Columchima. Precisamente cuando se produjo la invasión-migración de Manco Cápac, los administraba el sinchi Columchima.
Por entonces Acamama era el nombre de una aldea de 30 chozas de pirca y paja, a la misma que se le había dado el apelativo de Cusco. La habitaban hasta 30 familias nucleares-simples y nucleares-compuestas. Su cacique y señor se llamaba Ayar Ucho. Y éstos, como los antasayas y sahuaseras llegaron, pues, cuando ya los huallas tenían ocupadas las faldas del Cusco, ubicadas al este de Acamama. Pero a los ayaruchos también se les decía Arairaca Ayllu Cusco Callán, y años más tarde alcahuisas. El topónimo de su asentamiento preciso se denominaba Pucamarca.
Pero veamos algunas cuestiones más. El hecho de que la estatua de Ayar Ucho fuera colocada en el cerro de Huanacauri, al sur del Cusco, es indicio de que allí estuvo desde un principio su adoratorio principal y que hasta allí llegaban sus tierras o posesiones. El ídolo de Ayar Ucho en la huaca de Huanacauri era, por lo tanto, la divinidad de los alcahuisas. En resumen, Ayar Ucho no es, en realidad, hermano de Manco Cápac como aparece en una leyenda tardía.
Peques y lares vivían al oriente del Cusco, donde tenían levantadas sus viviendas. Los peques estaban a uno y otro lado por donde siglos después iba a correr el camino al Antisuyo. Las fuentes españolas les llaman nación Poque y nación Lare.
Pampa y laguna de Muyna, lugares pertenecientes a la etnia Pinagua, al sureste del Cusco.
Estas pequeñas etnias con las que iba a dar o chocar Manco Cápac o Ayar Manco en el Cusco no representaban la situación típica del área, puesto que no lejos de allí existían otras de gran extensión, constituyendo respetables Estados modelo reinos, entre los cuales, según los mitos más antiguos, destacaban el Colla, el Pinagua y el Ayarmaca. Virtualmente late la hipótesis de que ayarmacas y pinaguas conformaban un solo Estado, en el que el primero representaba a Anan y el segundo a Urin. Lo que a su vez sugiere que las etnias Hualla, Sahuasera y Alcahuisa estarían, entonces, a punto de ser asimiladas por los referidos ayarmacas, o quizás ya lo estaban.
§. Ayarmacas y pinaguas
Veamos la situación de ayarmacas y pinaguas. Se trata de un gran reino que se configuró en lo que hoy son las provincias de Cusco y Anta en fecha posterior a la destrucción del imperio Huari. El territorio de los ayarmacas comenzaba en Quiquijana, por el sur, extendiéndose hasta Jaquijaguana (pampas de Anta) y Ollantaitambo, en el norte. Mientras que Pinagua dominaba desde Quiquijana hasta Quispicanchi, encerrando la pampa y laguna de Muyna. Los jefes de Ayarmaca recibían el nombre genérico de Tocay Cápac, y los otros Pinagua Cápac; pero el primero con más poder que el segundo. La cerámica Ayarmaca ha sido identificada ahora con el nombre de Quilque.
Tocay Cápac y Pinagua Cápac siempre figuran juntos. En la documentación aparecen lado a lado, lo que indica que cada uno encarnaba a una mitad o saya (anan/urin). Imagen nada insólita, sino muy común en los reinos andinos, donde en cada curacazgo de los Andes meridionales y aun en los sureños de los Andes centrales gobernaba una diarquía.
Tocay Cápac mandaba en el noreste del Cusco y Pinagua Cápac hacia el este. Y eran contemporáneos al reino de Jatuncolla o Colla a secas, y donde su rey era conocido con el mote usual de Colla Cápac. Todos los cuales estaban en pleno apogeo cuando se produjo la aparición de Manco Cápac.
En el país Ayarmaca-Pinagua, en la parte localizada al sureste del Cusco, existían “18 pueblos” a partir de Las Salinas (próxima al Cusco) cubriendo un largo de tres leguas (18 kilómetros) rumbo a Quiquijana, en lo que iba a ser el futuro camino real hacia el Collasuyo. Englobaba, en consecuencia, un espacio territorial bastante grande. Entre sus principales asientos se cuentan Maras, Tambocunga (Pucyura), Amarocancha, Aquayrocancha, Suca, Challuamarca, Chinchero, Guaypón, Acamama (Cusco), etc. Tres de sus huatas tenían por nombre Ayarmaca, Guaypón Huanacauri y Chinchero Huanacauri.
Los ayarmacas tenían su pacarina o lugar de origen ubicado en sus propios predios, en un paraje situado en la vía hacia Yucay. Lo distinguían señalándolo con una piedra, hecho que advierte que no era un Estado creado por invasores ni emigrantes, sino un reino que se hizo, formó y desarrolló gracias a un proceso político-social propio e interno, como auténticos nativos de la zona, Consiguientemente los ayllus del Cusco a que se ha hecho referencia, como se dijo eran subetnias pertenecientes al reino de Ayarmaca (Anan), o por lo menos a punto de ser políticamente anexionados.
Conviene remarcar aquí que los ayaraucas, como lo denuncia su nombre, debieron ser opositores a la etnia Inca. Por lo tanto, Ayar Auca pudo ser la designación dada por Manco Cápac al jefe de los ayarmacas. Es decir, Ayar Auca sería el mismo Tocay Cápac (o acaso el Pinagua Cápac). Los argumentos probatorios son:
1. que ya vivían por allí desde antes de Manco Cápac; y
2. un diferente dato legendario que atribuye a Ayar Auca el haber dado el nombre de Cusco al lugar de Acamama.
Como se verá más adelante, los ayarmacas cumplieron un rol muy notable durante los primeros incas, con quienes tuvieron prolongados enfrentamientos. Pero poco a poco fueron relegados, quedando sus reyes reducidos a simples caciques de ayllus, situación en la que los dejaron subsistir a través del tiempo que duró el Tahuantinsuyo.
§. El origen de la etnia inca en el Cusco
El origen y presencia de la etnia Inca en el Cusco y su valle, como ocurre en cualquier lugar del mundo, tienen su explicación histórica y también su justificación mitológica y legendaria.
La lectura de los documentos de los siglos XVI y XVII, unos publicados y otros inéditos, dejan ver que la etnia Inca no era otra cosa que una caravana de emigrantes escapados de Taipicala (ahora Tiahuanaco) que, aproximadamente a fines del siglo XII de la era actual, lograron zafarse y evadirse en busca de refugio en tierras ubicadas al norte de su hábitat primigenio. Expliquemos la cuestión.
En las postrimerías de la mencionada centuria (XII), el Estado de habla puquina, denominado más comúnmente Tiahuanaco, fue asaltado e invadido por inmensas oleadas humanas procedentes del sur (de Tucumán y Coquimbo), en forma tan repentina e impetuosa que no le dejaron tiempo para armar la resistencia. Tales invasores, a todas luces, no eran otros que los aymaras.
Los motivos del desplazamiento aymara de sur a norte y las causas de la caída de los puquinas (o tiahuanacos) pudieron ser varias. En el caso de los aymaras posiblemente cambios climáticos (baja de la temperatura) pudieron llevarlos a un desalojamiento masivo rumbo al septentrión; o tal vez la presión de otros pueblos que a su vez los acometieron y empujaron; o quién sabe una migración voluntaria en busca de mejores horizontes.
En la situación de los puquinas (o tiahuanacos), que por entonces conformaban un poderoso Estado, su rápido desquiciamiento pudo estar determinado por lo violento e inesperado de la incursión aymara, no dándoles asidero para organizar la defensa; o quizás las aristocracias o jefaturas de los pueblos conquistados y dominados por ellos, ávidos de liberación, coadyuvaron con los asaltantes dinamizando el derrocamiento. Cualquiera de estos hechos pudo acaecer, o acaso todos juntos. Lo cierto es que el Estado de habla puquina y su capital Taipicala fueron capturados y totalmente destruidos. Las evidencias arqueológicas halladas por Francis de Castelnau en 1845 y más tarde, a fines del siglo XIX, confirmadas por Max Uhle, constatan que Taipicala fue agredida y deshecha cuando estaba habitada y cuando sus alarifes y artesanos trabajaban sin intervalos, construyendo edificios. De ahí que los bloques de piedra, adjuntos y yuxtapuestos a cinceles y otras herramientas, yacían debajo de los muros, listos para ser alzados y colocados en su sitio.
Triunfante la irrupción aymara, el grupo dirigente y dominante de Taipicala fue también perseguido y casi íntegramente asesinado. Por lo menos los líderes de la mitad de Anantaipicala fueron liquidados en su totalidad, logrando huir únicamente los de Urintaipicala, mitad o parcialidad a cuyo cargo corría el culto y religión oficial. Desde luego que hubo “provincias” puquinas enteras que no fueron arrasadas, como las de Callahuaya y Capachica. La masa campesina no se preocupó por escabullir, actitud que sí era demasiado notoria entre los ayllus que componían la clase dirigente y dominante.
En fin, los jefes de Urintaipicala, con cinco ayllus pertenecientes a esta mitad, otros cinco del de Anan y tres más de otra parcialidad, dirigidos por el sumo sacerdote, con la finalidad de salvarse fugaron y como mejor pudieron se metieron en el lago de Mamacota o Puquinacocha para refugiarse en la isla de Titicaca, considerada por ellos inexpugnable a causa de su rol mágico y religioso, por ser la ínsula supersagrada de los puquinas. Y efectivamente allí lograron guarecerse y permanecer a la defensiva durante algunos años.
Pero cuando los aymaras se consolidaron en el Collao, reiniciaron sus marchas, avanzando por norte y oeste para protagonizar otra invasión que acabaría con la destrucción del Estado Huari, haciéndolo, a lo que parece, en la misma forma que desintegraron a los puquinas; pero sobre todo cuando se instauró y consolidó el reino aymarahablante de Lupaca (Chucuito-Juli-Copacabana). Ante la amenaza de éstos, comandados por el caudillo Cari, que avanzaban por Copacabana y Yampupata para meterse y tomar la isla de Titicaca, los sacerdotes y demás ayllus salvados de la hecatombe no tuvieron más opción que salir navegando en balsas de totora para desembarcar en las playas de Puno; y de allí continuar una larga, penosa y sacrificada peregrinación hacia el noroeste en busca de un abrigo más ¡o menos seguro para sobrevivir y proteger la tradición cultural y política de la clase dirigente de la barrida Taipicala. Quien dirigía la ¡caravana era nada menos que Apo Tambo, jefe de Urintaipicala; pues el jefe guerrero de Anantaipicala ya no existía, habíanlo matado los invasores durante el ataque.
Taipicala (o Tiahuanaco), tal como quedó después de la invasión y destrucción llevadas a cabo por los aymaras a fines del siglo XII y/o comienzos del XIII.
De Puno prosiguió el éxodo hasta el país de los mascas (S.O. de la hoy provincia de Paruro), deteniéndose en Pacarictampu o Tambotoco. Tal peregrinaje debió realizarse en los finales del siglo XII, y el desplazamiento debió durar un buen lapso de años. Pero cuando se detuvieron en tierras mascas, justamente encontraron ahí la pacarina o lugar legendario del origen de los maras, o sea la caverna de Marastoco. Allí permanecieron un tiempo apreciable, tanto que Manco Cápac, hijo de Apo Tambo, parece haber nacido en Tambotoco.
El Pacarictampu antiguo debe corresponder al asentamiento de Maucallacta (ciudad antiquísima) y Tambotoco debe relacionarse con el actual Pumaurco. Maucallacta está a 18 kilómetros del actual pueblo de Pacarictambo.
Navegación en el lago Puquinacocha, llamado Titicaca a partir del siglo XVI.
La ruta seguida por los legendarios hermanos Ayar desde Pacarictampu al Cusco, no es otra que la efectuada por Manco Cápac durante un largo y lento peregrinaje en busca de un lugar seguro de refugio y permanencia.
Allí residieron muchos años. Sus jefes, entonces, comenzaron a recibir el nombre genérico de Apotambos, uno de los cuales, el último, fue padre de Manco Cápac. Pacarictampu, en dicha época, se convirtió en la sede de un desmirriado señorío que mantenía en pequeño la tradición y fausto de la vieja y extinguida Taipicala. Se podría sostener que Maucallacta fue fundada por aquellos migrantes-refugiados.
Pacarictampu, lugar de albergue de los expulsados y corridos taipicalas, resultó incómodo para los ayllus cuyos individuos crecían y para los cuales se presentaba la necesidad de tierras para el sustento. Por eso dirigieron sus miradas hacia el Cusco y valle de Urubamba-Vilcamayo (río Sagrado o río del Sol), en busca de espacio vital; que para alcanzarlo estaban decididos a protagonizar invasiones y guerras irascibles de conquista si la toma de posesión resultaba imposible por vías pacíficas. La fertilidad de los valles citados les incitaba a ocuparlos.
Hay indicios de que en Pacarictampu también se produjo la escisión del grupo migrante, prosiguiendo cada cual por. rutas diversas: unos, los tampus, hacia el extremo norte (hoy Ollantaitambo), y los otros, seguidores de Manco Cápac, al Cusco. En consecuencia, la segunda faceta de la errabundez, por ser la más reciente, está menos embozada por la leyenda. El caudillo Manco Cápac empieza a figurar como líder recién en el país Masca, o en otras palabras, en Pacarictampu. Manco aglutinó en tomo suyo a los 10 ayllus migrantes, mientras que Ayar Cachi, el posible jefe de los tampus, sólo a tres. Cada cual pues, se preparó para seguir itinerarios diferentes.
El avance de los 10 ayllus de Pacarictampu (5 de Anan y 5 de Urin) en son de conquista y bajo el comando de Manco se realizó en fases sucesivas con interludios de espaciadas etapas. Llegaban y tomaban posesión de comarcas, acomodándose aledaños a ayllus autóctonos que hallaban. De Pacarictampu pasaron a Guaynacancha o Huanacancha, permaneciendo allí un tiempo bastante largo, pues incluso sembraron y cosecharon en las chacras. Manco por entonces seguía siendo jefe político, guerrero y religioso: suprema autoridad militar y sacerdotal de los emigrantes. Ahí tomó como esposa a Mama Ocllo, en mérito al pantanaco o tincunacuspa (servinacuy).
Reemprendieron su avance y la próxima estación fue Tampuquiro (ahora Tambuqui), donde nació un hijo de Manco Cápac, posiblemente el primero, acontecimiento que dio motivo a singulares fiestas rituales que acostumbraban. Ahí también se detuvieron algunos años.
La siguiente pascana (descansadero) fue Pallata (en Taray), en la cual, similarmente, permanecieron mucho tiempo. Allí celebraron el ceremonial del rutochicu o primer corte de pelo de su hijo, a quien le pusieron el nombre de Roca. Después pasaron a Huaysquirro (¿Yaurisque?). Prosiguieron el avance y llegaron a Quirirmanta, donde contrajo matrimonio con la referida Mama Ocllo de conformidad a los ritos usuales, aparte de la cual tenía otras esposas, entre ellas la aguerrida Mama Huaco.
De allí se lanzó a la captura de Huanacauri, que pertenecía al ámbito de los ayaruchos (alcahuisas) comandados por Ayar Ucho. En la contienda murió éste defendiendo sus predios ante el ataque de la etnia Inca, hecho que les abrió el camino. Tomaron posesión de Huanacauri, pasando a realizar lo mismo en Matagua (¿Matará?), punto en el que iniciaron el asedio del valle del Cusco (Acamama), zona apetecida por reunir las condiciones que buscaban: buen clima, suelos y aguas apropiados para la agricultura. Pero como el Cusco estaba habitado por varias etnias: huallas, sahuaseras y antasayas, aparte de los ayaruchos, Manco tuvo que planear un entendimiento, o un enfrentamiento con ellos. En Matagua celebraron el rito festivo del huarachico, declarando mayor de edad a Roca, a quien le comenzaron a llamar Sinchi Roca: le pusieron huaras (calzones) y le agarraron las orejas para encajarle pequeños discos de oro que representaban al Sol.
Estos migrantes, como es racional, avanzaban acarreando consigo muchísimas instituciones propias del sur, de Taipicala, de los puquinas. Los ayllus estaban divididos en dos bandos: anan y urin. La única diferencia es que los anan no tenían jefe, por haber sido victimado en la desolación de Taipicala (Tiahuanaco). En cambio los urin venían capitaneados por el sumo sacerdote. Su jefe nato, que debido a las circunstancias, se comportaba como caudillo de ambas mitades, quien a su vez estaba acompañado de su consorte y hermana: la hacendosa Mama Ocllo, y de otra esposa principal más: la bravía Mama Huaco.
Ante la inminencia de la acometividad, Manco buscó alianzas con etnias opositoras de las que poblaban el Cusco. Sus miradas e intereses los fijó en los saños, cuyo sinchi o jefe nombrado Siticguamán lo acogió con simpatía. Ambos señores ponderaron la situación y las posibilidades, cuyo corolario fue la concertación del connubio de Sinchi Roca con Mama Coca o Mama Cora, hija del mencionado jefe de Saño, de cuya unión nació un niño que llamaron después Manco Sacapa. Con tal alianza matrimonial incas y saños comenzaron a operar de acuerdo. Los huallas, como es lógico, se pusieron en pie de guerra. Pero la derrota de éstos fue total, gracias a que, en dicha campaña, tuvo una actuación descollante Mama Huaco. Muchísimos fueron empalados y asaetados por disposición de ésta. Los huallas, con su sinchi Apo Cagua, huyeron refugiándose en los lugares llamados actualmente Hualla y Vico, en los valles de Hualla y Pisaj, de clima cálido, en los cuales dedicáronse, entre otros productos, a sembrar coca. No se les dejó volver jamás al Cusco, por lo que ya no toman a figurar en ningún evento posterior. De ellos, en los ceques del Cusco, no quedó ni recuerdo de su huata.
Producida la invasión y el triunfo de Manco, al ver que despojó de tierras y aguas a los huallas, poques, sahuaseras y otros ayllus, los ayaruchos o alcahuisas, con su nuevo jefe Copalimaita, le cedieron voluntariamente algunas parcelas más, aunque Manco porfiaba en apoderarse de todas, e incluso de sus propias viviendas. La decisión de la valerosa Mama Huaco determinó que los invasores tomaran la integridad de las aguas (manantes y canales) privándoles de riego, con la finalidad de presionar a los ayaruchos o alcahuisas para la entrega de sus tierras. Entonces los ayaruchos se aprestaron y presentaron una dura resistencia, obligando a Manco Cápac a retroceder a su asentamiento de Huaynapata, que había usurpado a los huallas.
El peligro común coaligó fuertemente a alcahuisas y sahuaseras. Pero Manco los volvió a atacar, derrotándolos en forma definitiva, en seguida de lo cual les despojó de sus predios. El derrocado Copalimaita eligió el autoexilio que seguir viviendo bajo el dominio y control de los invasores y vencedores. De todos modos éstos dejaron una parte de terrenos para vivienda y reproducción de los demás ayaruchos que quedaron, quienes, como tenía que ser, mantenían una latente y profunda oposición contra Manco y su gente, mostrándoles una falsa sumisión. Ambos rivales frecuentemente se enfrentaban, cosa que iba a durar hasta la época de Maita Cápac.
Los sahuaseras también fueron expulsados de sus posesiones ubicadas en lo que después se hizo levantar el Inticancha. Sus descendientes existían en 1572, con su residencia al sur, entre esta llacta y Huanacauri, camino del Collao. Allí, en la huaca de Ayavilla o Ayavillai, estaban las tumbas de sus caciques, junto a la de los alcahuisas.
Los poques fueron arrojados al oriente, hasta las cabeceras del río Paucartambo. De ellos sólo quedó la memoria de su huaca: Poquincancha, cerca al Cusco, en la ruta a Collasuyo (donde los incas levantaron más tarde un “museo-archivo”). Del grupo, desterrado a las cabeceras del citado Paucartambo tampoco quedan relictos ahora.
A los lares se los echó hacia el noroeste, al actual valle llamado Lares, donde continuaron viviendo en humildes chozas. De éstos resta como recuerdo el actual pueblo de Lares, al fondo del valle urubambino.
A los antasayas, en cambio, recién en los tiempos de Lloque Yupanqui (siglo XIII) se los iba a expulsar a las afueras del Cusco, quedando con el nombre de ayllu Quisco, patronímico de su caudillo o jefe. Sus descendientes vivían en 1572.
Pero los ayaruchos o alcahuisas, como “aliados” de los primeros incas, quedaron ocupando la parte oeste de la llacta hasta los años de Lloque Yupanqui. (En esta época, oprimidos por el aumento de los ayllus de la etnia Inca, intentaron un ataque; pero fueron dominados por Maita Cápac, obligándoles a vivir siempre fuera de la mencionada llacta del Cusco. Parece que desde entonces tomaron el nombre único de Alcahuisa. De ellos mismos se separó otro ayllu llamado Colunchima. Sus descendientes vivían en 1572).
Ademas de los anteriormente referidos, Manco Cápac derrotó y destruyó totalmente a otras pequeñas etnias y ayllus que habitaban en los alrededores del Cusco, como al de Humanamean que moraba contiguo al Inticancha.
Los que acababan de arribar al Cusco en tales condiciones, tenían distintivos que los diferenciaba de otros pueblos. Por ejemplo el cabello muy corto que a la distancia daba la imagen de cráneos rasurados. Usaban pendientes redondos, tan largos que encajados en los lóbulos dilataban a sus orejas llegándoles hasta rozar los hombros. El jefe, además, exhibía en su frente el símbolo máximo de su encumbrada categoría: la mascaipacha y tupacuñ: una borla de color rojo
con hilos de oro, cuyos flecos le caían hasta las mismas pestañas, de modo que impedía columbrarle los ojos. Otras insignias que portaban era el napa (llama blanca), vasos rituales, el sunturpáucar (lanza o pica elaborada con plumajes coloridos sujetos a mimbres y cañas) y el hacha oyauri. Y además el ave inti: un animalito que desempeñaba el papel de mensajero entre los emigrados y los dioses del cielo: un oráculo. Todo el grupo se autotitulaba Inca, es decir, la etnia o nacionalidad Inca. Se notaba la ausencia del jefe de Anan, por haber sido liquidado en el asolamiento de Taipicala.
La ruta del desplazamiento de Taipicala a Pacarictampu y de ahí al Cusco, como se percibe, siguió el mismo periplo que las andanzas del mitológico dios Huiracocha y sus discípulos cuando venían propagando su religión y fe. Tal derrotero debió tener un sentido: hacer coincidir el rumbo del supremo dios ordenador con la de estos desdichados sobrevivientes, que iban en busca de una felicidad que aún no sabían dónde ni cómo encontrarla en forma definitiva.
Mientras tanto los tambos o tampus hacían lo mismo, avanzando hasta posesionarse del ahora llamado valle de Tambo, al oeste de Urubamba. Estos en su nuevo lar de refugio, se sentían socialmente tan importantes y nobles como el grupo establecido en el Cusco. Sin embargo, éstos iban a ser los que restaurarían siglos después el Estado imperial con el nombre de Tahuantinsuyo o Tahuansuyu.
Adueñados de las tierras del Cusco, Manco y la etnia Inca las ocuparon con el deseo de no salir nunca de ellas. He ahí por qué hizo erigir, en lo que fue la tierra de los sahuaseras, su vivienda y templo, edificio que simultáneamente comenzó a desempeñar cuatro funciones, por cuanto él seguía concentrando en su persona las jefaturas civil, militar, judicial y religiosa. Era la única autoridad, pues aún no se restablecía la diarquía. El recinto fue llamado Inticancha (cercado del Sol). Simultáneamente tomó como esposas a las cónyuges de los sinchis muertos, y a otras hijas y hermanas de éstos. Reubicó a los ayllus que habían emigrado bajo su dirección, dando inicio a una hábil propaganda para que los campesinos viesen en él y su grupo a los hijos de dios y consideraran su llegada como un hecho predeterminado por designios divinos, como enviados del dios Sol para ordenar y civilizar a los jatunrunas. Una gente superior a las demás.
La elección del sitio para levantar su aposento y templo se la llevó a cabo de conformidad a los ritos típicamente andinos: lanzando con energía el hacha, símbolo de mando que portaba el caudillo. En el lugar donde cayó, según parece esta vez bien hundida, se construyó el edificio para residencia de ese guerrero-sacerdote.
Figura izquierda. El cráneo de un hombre perteneciente a la etnia Inca. Exhibe su cabellera rasurada, es decir, con el pelo muy corto: uno de los símbolos de su identidad. Figura derecha. Los incas tenían la costumbre de horadarse los lóbulos de sus orejas y exhibir orejeras tal como aparece en la figura de la derecha. Esta figura representa a un indio coto del río Ñapo cuya etnia expresaba la misma costumbre.
Capítulo 3
La lucha por la persistencia de Manco Cápac a Inca Urco
Contenido:
§. Manco Cápac
§. Sinchi Roca
§. Llague Yupanqui
§. Malta Cápac y Tarco Huamán
§. Cápac Yupanqui
§. Inca Roca. La restauración de la diarquía
§. Yáhuar Huacac :
§. Huiracocha
§. Inca Urca (siglo XV/¿1438?). Los belicosos chancas
§. Manco Cápac
Manco Cápac es un personaje de la protohistoria andina aparentemente nebuloso por la desnuda razón de que sólo en él se quiso compendiar una larga y compleja época histórica desde la caída de Taipicala hasta el establecimiento en el Cusco de un numeroso grupo de sobrevivientes. Además, en fechas posteriores, se le abrumó de leyendas y mitos para, en torno a su persona justificar el imperio de sus continuadores. Pero en la vida real se percibe que personifica una lenta y difícil huida-migración desde Pacarictampu al Cusco, caminata que le demoró más de 20 años para cubrir una ruta de apenas 50 kilómetros. Es un personaje histórico, pero nublado con aditamentos mitológicos y legendarios que él mismo y sus proseguidores en el mando se preocuparon en fabricar y divulgar para echar al olvido entre los jatunrunas la triste derrota r de la realeza de Taipicala y su tan calamitosa escapatoria al norte. Después de todo es una saga que encubre una epopeya verídica: el éxodo del grupo que pudo escabullirse seguidamente del desastre. Así acabó transformándose en el héroe epónimo del origen de la etnia Inca en el Cusco.
Manco Cápac, conocido también con el nombre de Ayar Manco, fue pues quien logró afincar a su gente en el paraje de Acamama (Cusco). Y si bien pudo desquiciar a las etnias Hualla, Sahuasera y Ayar Ucho o Alcahuisa, no pudo hacer lo mismo con otras. El reino de Ayarmaca, que existía contiguo y se desarrollaba con gran ímpetu, resultó su más encarnizado adversario.
La vida de Manco Cápac en el Cusco fue de una indesmayable lucha contra la reticencia y oposición de los ayarmacas. Estos jamás se avenían a la presencia Inca en un sector de sus territorios que les habían invadido y despojado. Se sabe que el mismo Manco tuvo enfrentamientos con Tocay Cápac y Pinagua Cápac, destruyéndoles algunos ídolos. La lucha, pues, entre los invasores incas y los invadidos ayarmacas era tensa y sin tregua. No pudo vencer ni conquistar más ayllus; pasando el resto de su existencia en unión de sus hijos y esposas, el nombre de dos de las cuales son conocidos: Mama Ocllo y Mama Huaco. Con la primera había engendrado a Sinchi Roca.
Por lo tanto, Manco Cápac y el pueblo que comandaba apenas pudieron ocupar un espacio vital para dar alojamiento a 10 ayllus en que estaban distribuidos, ámbito que fue dividido en cuatro barrios: Quinticancha (Picaflor), Chumbicancha (Tejedores), Sairecancha (Tabaco) y Yarambuycancha (¿alisal?), donde las mitades tomaron la denominación genérica de anancuscos y urincuscos. Sin embargo, él se autodesignaba cápac (rey) sólo por el prurito de conservar el título de sus antepasados de Taipicala.
Escogió y dejó como conductor de su etnia a su hijo Sinchi Roca; y después sus descendientes fueron aglutinados en la paraca o ayllu llamado Chima. Su cadáver fue disecado (momificado) y guardado en el Inticancha hasta los tiempos de Pachacútec, quien dispuso su traslado al templo del Titicaca, quedando en el Cusco sólo una estatua del citado Manco.
Cuando murió Mama Huaco, su cuerpo también fue preservado, conducido y depositado en la chacra drenada de Sausero, al sur y pegada al Cusco, donde se le veneraba durante los ritos de siembra del maíz en rememoración de haber sido ella la primera persona de la etnia Inca que lo sembró para hacer chicha en el Cusco.
Izquierda. Mama Huaco, una de las dos esposas principales de Manco Cápac. La otra tenía por nombre Mama Ocllo. Derecha. Manco Cápac o Ayar Manco Cápac.
Los despojos mortales de Mama Ocllo, asimismo momificados, fueron transportados siglos más tarde a la isla de Coatí, en el lago Mamacota o Puquinacocha (hoy Titicaca). Así se deduce del examen de diversas fuentes. La vida de todos estos personajes debió transcurrir en la segunda mitad del siglo XII y primeros años del XIII.
Otro retrato de Manco Cápac. Este medallón, como los que siguen, hasta el fíe Huáscar, fueron impresos en 1615 a base de unas pinturas hechas en el Cusco en 1571.
Izquierda. Sinchi Roca. Derecha. Chimpu Urma, otra de las esposas principales de Sinchi Roca. Sentía gran atracción por las flores.
Otro retrato de Sinchi Roca.
§. Sinchi Roca
Sinchi Roca, como su apelativo lo indica (Sinchi) resultó un magnífico guerrero. Había nacido en Tampuquiro (país de la etnia Masca) cuando sus padres deambulaban de sur a norte en busca de algún lugar para asentarse en definitiva. Con la finalidad de ganar amigos o simpatizantes, su progenitor, antes de establecerse en el Cusco, lo casó con Mama Coca, hija del señor del ayllu de Saño (hoy San Sebastián), aledaño al Cusco. Lo que advierte que Sinchi Roca se encontró en la derrota de los huallas, sahuaseras y alcahuisas o ayaruchos, siendo ya joven y matrimoniado. Muerto su padre y posesionado del cargo, púsose con gran satisfacción la mascaipacha, parafernalia máxima del poder entre los de su nacionalidad.
Dada la contradicción de las etnias vecinas, que exteriorizaban su más orondo rechazo a estos foráneos, no pudo ensanchar nada de su reducido entorno geográfico, pese a ser un buen guerreador. El Cusco invadido y tomado por la etnia Inca sólo se expandía hasta el cerro cercano de Singa (Tambomachay). Lo que pudo conseguir fue la amistad de algunos señoríos colindantes, pero jamás la aceptación de Tocay Cápac, rey de Ayarmaca, quien, en un enfrentamiento, voló a Sinchi Roca dos dientes delanteros.
Como tenía que suceder, en la vida práctica y real sólo era un sinchi o jefe guerrero y valiente; imposible de ser llamado inca (rey/emperador), puesto que el territorio y la población que gobernaba eran muy exiguos. Sin embargo ostentaba la insignia llamada mascaipacha. Siguió aliado con los saños, etnia de su madre.
Fallecido Sinchi Roca debió continuar con el poder su hijo Manco Sacapa, nacido antes de llegar al Cusco; pero por razones que se ignoran fue depuesto, prefiriéndose en su lugar a Lloque Yupanqui. Manco Sacapa pasó a dirigir a los sucesores y descendientes de Sinchi Roca, agrupados en la denominada Rauraupanaca.
§. Lloque Yupanqui
Lloque Yupanqui, hijo de Sinchi Roca, tampoco pudo expandir mucho sy diminuto perímetro territorial. Vivió en un permanente estado d^ lucha para subsistir. Continuó la guerra con los ayarmacas, confiando sus guerreros a la dirección de su hijo Cusí Huamán Churi. Su habilidad consistía en mantener el equilibrio con los curacas de los señoríos limítrofes que veían en la etnia Inca
un grupo de extranjeros e invasores. De todas maneras se captó la: simpatía del señor de Huaro (35 kilómetros al sur del Cusco), llamado Guamay Samo. También la del cacique nombrado Pachachulla Huiracocha; y por último la de los ayarmacas de Tampucunca y la de los quilliscachis (cerca a Pucyura/Anta); éstos últimos gobernados por un jefe famoso. En lo que respecta a sus conversaciones con Pachachulla Huiracocha, parece que fue sólo una consulta al oráculo de este nombre, ubicado en un alto cerro de Urcos. Lo que no pudo alcanzar es el asentimiento del Tocay Cápac, sobrenombre con el que se distinguía entonces al rey de Ayarmaca, quien estuvo a punto de echarlo del Cusco. Pero en uno de los combates mataron a este rey, lo que determinó la conquista de las tierras del ayllu Maras, lo que representó un rotundo triunfo Inca, si bien permitieron seguir viviendo allí a los citados maras.
Siempre con miras a ganarse amistades y aliados, Lloque Yupanqui tomó como esposa a Mama Cagua, hija del curaca del ayllu de Orna, a 11 kilómetros al sur del Cusco. Fue otra boda por “razones de Estado”. Pero su territorio no era nada extenso, sino estrechamente un sector del valle cusqueño. Era en realidad un simple jefe amenazado por otros más poderosos. Lo que le daba vida era su astucia: intrigas para hacer pelear entre sí a los señores de los ayllus del Estado Ayarmaca. Apenas pudo salir más allá de lo que su padre y abuelo le dejaron como territorio.
Según la nomenclatura oficial que conservaban los de la etnia Inca de sus respectivos dirigentes, a Lloque Yupanqui le sucedió su cuarto hijo: Maita Cápac. Mientras sus demás descendientes se reunían en la panaca de Aguanin Ayllu.
§. Maita Cápac y Tarco Huamán
Maita Cápac se hizo cargo del gobierno muy joven, por lo que fue necesario que un hermano de su padre lo sustituyera en el mandato. Fue entonces cuando la etnia Alcahuisa, gobernada por los Ayar Ucho, se sublevó para recobrar su libertad y echar a los incas de esas tierras que no les correspondían. Una noche atacaron el Inticancha, morada del señor de la etnia Inca con la clarísima intención de matarlo. Ello no fue posible debido a su agilidad atlética, pero la guerra quedó encendida entre los dos contrincantes. Se llevaron a cabo tres batallas. En la última cayó prisionero Ayar Ucho, quien murió encerrado en una prisión perpetua, quedando su etnia derrotada en forma concluyente.
Izquierda. Lloque Yupanqui. Derecha. Mama Cora Odio, mujer principal de Lloque Yupanqui.
Otro retrato de Lloque Yupanqui.
Izquierda. Maita Cápac. Derecha. Chimbo Mama Cagua, una de las esposas de Maita Cápac.
Otro retrato de Maita Cápac.
La victoria afianzó la presencia de la etnia Inca en el Cusco, al extremo de meditar en una expedición hacia el país de los cuntís, situado al suroeste.
En su tiempo la presencia de los invasores incas en el valle cusqueño resultaba ya demasiado larga, lo que preocupaba a los ayllus vecinos y a los ayarmacas en especial, porque ello les mermaba tierras, aguas, pastos y otros medios de producción. Los incas, débiles' militar y políticamente, iban adquiriendo fuerza.
Maita Cápac tomó como esposa principal a Mama Tancaray, hija del jatunmallco (rey) de Collagua (Cailloma). Y cuando expiró, tal como lo había dispuesto en vida, fue declarado heredero su hijo Tarco Huamán, que fue reconocido y gobernó un tiempo. Empero, en la lucha tempestuosa por el poder, fue depuesto mediante un golpe de Estado maquinado por un primo suyo llamado Cápac Yupanqui. Tarco Huamán fue degradado, aunque después se le permitió que gobernara a los descendientes de su padre que se nuclearon para formar el linaje de Usca Maita Panaca: una de las pruebas más palpables para demostrar de que era vástago de Maita Cápac. Otro hijo de este inca, Condemaita, fue elegido sacerdote.
§. Cápac Yupanqui
Cápac Yupanqui, hijo de Curu Yaya, hermana de Maita Cápac, era pues sobrino de este inca y primo de Tarco Huamán.
Dadas las condiciones en que se enquistó en la conducción de la etnia Inca, tuvo que implementar una administración draconiana. Apuntaló el afianzamiento de su gobierno en una serie de asesinatos. Como primera medida hizo matar a nueve hermanos de Tarco Huamán, con el objetivo de que ninguno de ellos le estorbara y quitara el poder; a otros les obligó a jurarle lealtad y a un tercer grupo lo alejó del Cusco.
Por entonces el pequeño señorío Inca había ya adquirido una apreciable fuerza. De ahí que elaboró un plan de expediciones y conquistas. Con tal fin tuvo dos choques con los cuntis. Pero éstos se adelantaron y no perdieron tiempo en lanzarse a un ataque sorpresivo: Se llevaron a efecto dos combates, que acabaron con el triunfo de Cápac Yupanqui, que ocupó y recorrió parte del país Cunti. Y al punto recibió una embajada enviada por los capaccuracas (reyes) de la etnia Quichua o Quechua (Abancay), pidiendo ayuda a la etnia Inca contra los poderosos chancas de Andahuaylas que los amenazaban con invadirlos y anexarlos a su Estado. El hecho sirvió para que los anan y urincuscos se prestigiaran.
En efecto, simultáneamente los chancas por el norte y los collas por el sur agrandaban sus posesiones con victoriosas conquistas, sobre todo los primeros, que, en verdad, constituían ya un Estado poderoso que se lo puede calificar de imperial. El Cusco, en cambio, pese a la derrota de los cuntís, seguía siendo un diminuto señorío.
En fecha ulterior conquistó las etnias Cuyo y Anca, a 22 kilómetros del Cusco. Precisamente para Cuyo nombró como tucricut (gobernador) a Tarco Huamán, con el encargo expreso de remitir a Cápac Yupanqui, cada año, 1000 jaulas de pájaros de la selva y de la puna (estepas). Las avecillas eran necesarias para quemarlas en los ritos propiciatorios antes de marchar a las campañas bélicas.
Como el renombre del fogueado Cápac Yupanqui se extendía, el jefe de los ayarmacas buscó su alianza, dándole como esposa a su hija Curi Hilpay, la que fue agregada a su harén. Cusí Chimbo, entonces, otra de sus esposas, enceguecida por los celos y las pasiones, envenenó a Cápac Yupanqui, cuya desaparición motivó una crisis política en la etnia Inca. Cusí Chimbo, es evidente, fue utilizada y convertida en instrumento de una conjura fraguada de antemano por el entusiasta y convulsivo Roca, encomendando a ella el emponzoñamiento. El caos fue explotado por los chancas, quienes invadieron el reino Quechua. Con Cápac Yupanqui acabó el predominio de los urincuscos, que tenían concentrados todos los poderes, inclusive el religioso.
Cápac Yupanqui, aún vivo, había exteriorizado que su sucesor fuera su hijo Quispe Yupanqui. Pero éste fue muerto en las guerras de sucesión, y su nombre borrado de la historia oficial por los anancuscos. Cápac Yupanqui, además, fue ¡el postrer señor de la etnia Inca que vivió en el Inticancha. Sus descendientes formaron la panaca de Apo Maita.
§. Inca Roca. La restauración de la diarquía
El homicidio en agravio de Cápac Yupanqui-provocó el encumbramiento de los anancuscos. Estos asaltaron el templo del Sol (Inticancha), residencia de los timoneles de la etnia Inca, que eran autoridades civiles y religiosas.
Cápac Yupanqui, de Uríncusco. No fue hijo del jefe anterior a él, en la etnia Inca, sino uno de sus sobrinos. Murió, además, envenenado por una de sus esposas. Para reemplazarlo fue elegido el joven Roca, que tampoco era hijo suyo, sino un hombre perteneciente a Anancusco.
Otro retrato de Cápac Yupanqui.
Izquierda. Inca Roca y su hijo Guarnan Cápac. Derecha. Mama Micay, esposa principal de Inca Roca, mujer apasionada por la música y la danza.
Otro retrato de Inca Roca.
El complot tuvo tanto éxito que los anan proclamaron inca a uno de su parcialidad: Inca Roca; quien, entre las primeras medidas que adoptó fue de inmediato tomar como esposa a Cusí Chimbo, viuda del extinto Cápac Yupanqui, a quien mató haciéndole beber una pócima insuperable, hecho probatorio de que los dos tramaron y convinieron la desaparición del referido Cápac Yupanqui. Fue un perfecto golpe de Estado, con su asesinato y demás incidentes.
Inca Roca no ocultó sus desmedidas ambiciones. Restauró el sistema político de Taipicala, recuperando la jefatura de los Anan, interrumpida desde aquel año aciago en que los invasores aymaras destmyeron el Estado Puquina (Tiahuanaco), dando muerte al rey de Anantaipicala. Dividió los poderes en tal sentido que el jefe inca de la facción de Urin quedó sólo a cargo del sacerdocio del Sol, con su residencia fija en el Inticancha. Los incas de Anan, por el contrario, retomaban bajo su control la actividad civil, política, económica,, judicial y marcial. Dos incas, pero el de Anan con más potestad que el otro, dejado exclusivamente para fines espirituales, salvo en ciertas ocasiones en que podía sustituir al de Anan. De ahí por qué Roca es el primer jefe de la etnia Inca que aparece oficialmente, en efecto, ostentado el nombre de inca.
En consecuencia, los invasores incas en el Cusco, a imitación de sus antiquísimos antepasados puquinas de Taipicala, otra vez comenzaron a tener dos jefes: uno de Anan y otro de Urin. He ahí por qué Inca Roca tuvo que abandonar el Inticancha, dejando esta residencia para el sumo sacerdote; mientras él se dedicaba a dirigir la construcción de su propio aposento en otro lugar. Tales sucesos son indiscutibles. El restablecimiento del régimen político que siglos antes había imperado en Taipicala los ponía en una situación estupenda para iniciar la expansión, pese a que los rodeaban Estados poderosos. Tuvo que enfrentarse a los ayarmacas.
Se lanzó a la conquista de la etnia Masca (Paruro), amiga de los urincuscos. El rey masca, Cusi Huamán, fue apresado y confinado al j-Gusco.En seguida derrotó definitivamente a los pinaguas (Muyna), dando muerte al sinchi Muyna Pongo; en tanto el otro sinchi, Huamán Topac, fugó sin saberse adonde. Después incursionó por Quiquijana y conquistó Caitomarca a 30 kilómetros siguiendo la ruta sureña, territorio que lo perdió pronto por el error de no dejar guarniciones.
Por entonces los chancas ya estaban en las márgenes del Apurímac, esperando la coyuntura para abalanzarse sobre el reino de Ayarmaca (Anta-Jaquijaguana). Sin embargo fueron paralizados merced a que Inca Roca los contuvo gracias al auxilio de tropas mercenarias que contrató en Canas y Canchis, etnias libres y distintas a la Inca del Cusco. Años más tarde incursionó por el Este, hacia Paucartambo, sólo deteniéndose ante la floresta de la ceja de selva. Su desacierto, como el de sus antepasados, era invadir y conquistar, sin dejar guarniciones de inspección y vigilancia para apuntalar sus adquisiciones. Avanzó poniendo en fuga a los chancas, siendo posible de que haya incursionado hasta Andahuaylas, pero sin ninguna resonancia política y militar de importancia.
Sin embargo, todas ellas no pasaban de ser expediciones espectaculares, ya que sólo invadía para sacar botín, sin preocuparse por anexar esos territorios en forma definitiva. En lo que sí tenía éxito es en afianzar su gobierno frente a los Urin.
En vista de que Inca Roca abandonó el Inticancha, se hizo edificar su propio aposento en Anancusco. Estableciéndose a partir de entonces la usanza de que cada inca construyera su residencia personal, no heredando ni ocupando la de su antecesor. Los incas de Lirio, por el contrario, unos tras otros seguirán viviendo en el Inticancha, de conformidad al rol que cumplían.
Mejoró la llacta (ciudad) canalizando el Huatanay y disponiendo la apertura de canales para la conducción de agua limpia para el abastecimiento de los cuatro barrios. También se preocupó para que a los muchachos y jóvenes de la elite, como en la vieja Taipicala, se les instruyera en el arte de las armas, manejo de los quipus (nudos y cuerdas para los registros de contabilidad), conocimiento del idioma y de su historia étnica, incluyendo sus mitos y leyendas. Tomó como esposa principal a Mama Micay, hija de Soma Inca, jefe de la etnia Huallacán (Paulo/Yucay), de cuya unión le nació Tito Cusí Huallpa (Yahuar Huacac).
Pero como previamente Mamay Micay había estado prometida al rey de Ayarmaca, éste, despechado, declaró la guerra a los huallacanes. Seguidamente de algunos años de hostilidades pactaron la paz bajo la condición de que los huallanaces entregaran al niño Tito Cusí Huallpa a los ayarmacas. Para ello tejieron un ardid: invitaron al chiquillo a visitar Huallacán, terruño de su progenitora, donde, fingiendo un descuido, lo dejaron raptar por los ayarmacas, llevándoselo al pueblo de Amaro. Cuando Tocay Cápac ordenó matarlo, el niño lloró con excesivo sentimiento, al punto de caerle hasta lágrimas de sangre según la leyenda. Enternecido el capac de los ayarmacas, le conmutó la pena mandándolo a pastorear sus rebaños. De donde, para seguridad, lo condujeron al pueblo de Aguayrocancha, capital del Estado Ayarmaca. Inca Roca, por su parte, no se atrevía atacar y rescatar a su hijo temeroso de que lo mataran en represalia.
Todo esto indica que el señorío o curacazgo de los incas seguía siendo pequeño y débil, en comparación con los pujantes y activos ayarmacas. Un año permaneció allí el pequeño, hasta que Chimbo Orma, mujer de Tocay Cápac e hija del señor de Anta, que le había tomado cariño, urdió con los parientes de su etnia un plan para liberarlo. Así se hizo en efecto, pese a que alertados los ayarmacas los persiguieron hasta la laguna de Guaypón (cerca a Chinchero), donde fueron derrotados en una escaramuza. De allí fue devuelto al Cusco, donde, joven ya, fue designado correinante de su padre: una manera de investir al futuro sucesor y también una táctica para evitar luchas por la sucesión. Lo realizado por los antas fue considerado un gran favor hacia los incas, por lo que les dieron el trato de hermanos. Años después, para poner “punto final” a los líos con los ayarmacas, se pensó en un intercambio de mujeres: Mama Chiquia, hija de Tocay Cápac, fue cedida a Tito Cusí Huallpa; mientras que la ñusta (princesa) Curi Ocllo, hija de Inca Roca, fue dada como esposa al rey de los ayarmacas, con la que incrementó su serrallo. Así fue como el jefe del Cusco cimentó su poderío. Otro de sus hijos famosos fue Vicaquirao, brillante en las cruzadas conquistadoras de años posteriores. En su tiempo también nació Apo Maita, otro guerrero insigne.
Inca Roca, hombre que tuvo don de mando y que gobernó con mano dura a su etnia, dejó bastante descendencia, la que recibió el nombre de Vicaquirao Panaca.
§. Yahuar Huacac
Según la versión de los anales cusqueños, el que sucedió a Inca Roca fue su hijo Tito Cusí Huallpa, el cual, al tomar el mando ya adulto, se puso el nombre de Yahuar Huacac, en alusión a sus lágrimas de sangre, es decir, a una conjuntivitis aguda que había padecido.
En su corto reinado conquistó muy pocos ayllus, entre ellos al de Viccho. Desde un principio tuvo que hacer frente a un alzamiento de los pinaguas (Muyna), que se sublevaron con la ilusión de independizarse; pero los descalabró en mérito a la estrategia de Vicaquirao, que se convirtió en su brazo derecho. Desde entonces meditaron que para asegurar sus posesiones era ineludible dejar guarniciones de control, lo que significaba conquistar y anexar, con el objetivo de mantener o conservar lo ganado por sus antecesores.
Pronto se apoderó de algunas tierras más de los cuntís, gracias siempre a la habilidosa táctica de su hermano Vicaquirao. No tuvo problemas con los ayarmacas debido a su alianza matrimonial con Mama Chiquia. Con la misma finalidad tomó esposas en otros ayllus.
De los hijos habidos con Mama Chiquia, escogió a Paguac Huallpa para sucederle en el mando. Pero esto no agradó a los huallacanes, quienes preferían y proponían a Marcayuto, vástago procreado con una mujer oriunda de Huallacán. Para efectivizar sus fines éstos tramaron un ardid. Invitaron a Paguac Huallpa a visitar Huallacán, lo que Yahuar Huacac aceptó, enviando a su hijo correinante pero acompañado y escoltado con 40 guerreros con la orden expresa de matar a quien quiera en caso de una alevosía. Los huallacanes, no obstante, les tendieron una emboscada tan sigilosa que mataron a Paguac Huallpa y a los 40 de su séquito. Yahuar Huacac, en represalia, mandó arrasar el pueblo de Paulo, sede principal de los huallacanes, masacrando a los más culpables.
Planeó una expedición al Collasuyo; pero su empresa se le frustró debido a la sublevación de los cuntís, que estaban muy fastidiados con las mitas (turnos de trabajo) que les imponía el inca para que le generaran excedentes destinados a mantener a los nobles del Cusco. La insurrección de los cuntís fue impetuosa. Aprovechando una fiesta atacaron el Cusco y Yahuar Huacac se vio urgido a buscar refugio en el Inticancha. Pero fue atrapado, herido en la cabeza y asesinado junto a varios de sus hijos en la misma puerta de tan sagrado recinto. En el Cusco se produjo uno de los más grandes desconciertos y calamidades, que sólo calmaron cuando una tempestad cayó inesperadamente. Tomándola como un presagio providencial, los cuntís retomaron a sus tierras sin causar más daño a la etnia Inca.
Izquierda. Yahuar Huacac. Derecha. Ipahuaco Mamamachi, esposa principal de Yahuar Huacac. Sentía infinito cariño por las aves canoras, guacamayos y monitos.
Otro retrato de Yahuar Huacac.
Izquierda. Huiracocha. Derecha. Mama Yunto Cayán, una de las esposas de Huiracocha.
Otro retrato antiguo de Huiracocha.
Yahuar Huacac fue victimado sin dejarle tiempo para que hiciera levantar su casa familiar. Pero su linaje fue agrupado después en la panaca de Aucaylli. Los chancas utilizaron el incidente y avanzaron otra vez hasta el Apurímac.
La consumación de este regicidio demuestra una vez más cómo el señorío Inca del Cusco carecía todavía de la firmeza necesaria y estaba amenazado por latentes guerras y complots, al extremo que la etnia Huallacán linchó al auqui (príncipe) Paguac Huallpa, y los cuntís al propio inca y en el mismísimo Inticancha. Es que el Cusco vivía rodeado de señores y reyes más potentes. Y tales ocurrencias
envalentonaban a los chancas.
§. Huiracocha
Hubo una enorme confusión para designar al nuevo inca, por cuanto gran parte de los hijos de Yahuar Huacac acababan de ser muertos. Pero pasado el estupor, a continuación de varias dudas y debates, a propuesta de una mujer todo concluyó cuando decidieron entronizar como inca a Jatun Topac. Este no era hijo de Yahuar Huacac, pero pertenecía al partido de los anan, lo que aseguraba la continuidad del supremo poder en el citado sector social. De todos modos fue aconsejable presentarlo como hijo para no dañar la imagen del señorío Inca. Así es como quisieron borrar las huellas de la sublevación y del magnicidio.
El Cusco, como, se ve, seguía siendo un cacicazgo minúsculo, rodeado de otros más extensos y poderosos que no disimulaban sus ansias expansionistas y hegemónicas. Entre ellos destacaban los reinos Lupaca, Colla (Puno), Chanca (Apurímac), aparte de los de Chincha, Collique (Chancay), Chimor, Ayarmaca y otros.
Jatun Topac recibió la borla con el nombre de Huiracocha, patronímico que escogió para afirmar su gobierno, como lo haría Atahualpa en 1532. Aseveraba haber soñado con el dios Ticsi Huiracocha, bajo cuya protección se puso durante el huarachico (rito festivo de la madurez del hombre). Con tal apelativo pretendía dar fuerza y.renombre a su reinado, aparentando ser pariente del gran dios. A dicha ceremonia asistieron la integridad de los jefes de los ayllus y señoríos que ya tenían conquistados. Incluso concurrió como invitado especial el rey de Jatuncolla: Chuchi Cápac.
Tomó como cónyuge principal a Mama Runto, hija del señor de Anta, en quien engendró, entre otros, a Cusí Yupanqui (Pachacútec), que fue el tercero en nacer, y a Cápac Yupanqui. Mama Runto, a causa de su carácter afable no podía influenciar sobre su marido, a diferencia de otras mujeres secundarias que sí lo hacían. Entre éstas, Curi Chulpi, del ayllu Ayavilla (Sahuasera), en la que procreó a su hijo Urco, joven al que Huiracocha le cogió un entrañable afecto. Huiracocha no daba ninguna preferencia a los vástagos habidos en su compañera principal.
Su afán conquistador lo encaminó a Yucay y Calca, que los anexó con facilidad. En Calca mandó erigirse un bello y cómodo domicilio. Pero así y todo no pudo imponer una férrea autoridad. Tuvo que hacer frente a una pequeña irrupción de Pocoy Pacha (Pisaj) a 18 kilómetros del Cusco. Logró dominar los motines de los pinaguas de Muyna, a los que se plegaron Rondocancha y Casacancha. Después sofocó los ataques de los ayarmacas y guayparmarcas, todo gracias a la labor represiva de los estrategas Vicaquirao y Apo Maita. Son hechos que demuestran la reticencia a aceptar la presencia y superioridad que iba adquiriendo poco a poco la etnia Inca. Cabalmente cuando ocurrían estos acontecimientos, con el propósito de adueñarse del mando, un hermano del extinto Yahuar Huacac tramó una conjura en el templo del Sol en complicidad de los urincuscos. Asesinaron al incap ranún (sustituto del inca ausente); pero ante el escaso apoyo de la población, el conspirador pensó que lo mejor era suicidarse ingiriendo un veneno.
De todos modos para Huiracocha fue una permanente inquietud la contradicción del inca de Urin, a cuyo cargo corría el templo solar, y que desde Inca Roca había perdido la jerarquía política y militar, privado del gobierno único del Cusco, sin todos los poderes en mérito a la diarquía. Huiracocha meditó resolver el problema designando él mismo a los sumos sacerdotes, aunque siempre sacándolos del ayllu Tarpuntae (Urin), previa comprobación de lealtad. Esto dio pábulo para que el sacerdocio, con la idea de hacer prevalecer sus opiniones, llegara a confabularse con los chancas, quienes amenazaban con invadir y conquistar no sólo a los ayarmacas sino también a la etnia Inca.
Años difíciles fueron los de Huiracocha; no obstante lo cual dirigió la edificación de nuevos aposentos, aumentó las tierras de cultivo y la manufactura de textiles, productos que necesitaba para compensar los servicios de sus guerreros, servidores, amigos y parientes. Agrandó las arboledas y puso gran cuidado para que los trajes de la nobleza tuvieran tocapus (adornos geométricos de índole simbólica).
Se sabe que después conquistó Canchis tras débil resistencia. En Cacha hizo construir un templo dedicado al dios Ticsi Huiracocha Pachayachachi. Mientras tanto los collas y lupacas se fortalecían en sus sedes, sin enfrentarse unos a los otros por mutuo temor. Pero Huiracocha apoyaba a los lupacas. Hizo un viaje y visitó a éste último reino aymara, durante cuyo tiempo dejó en el Cusco a Urco en calidad de incap ranún. Y llegó al reino libre de Jatuncolla (o Colla), al que lo halló esta vez en guerra con los lupacas, lid que ganaron éstos. Asegurándose la amistad y confianza de ambos Estados volvió al Cusco. Quedaron establecidas las relaciones pacíficas con los collas y lupacas.
A su retomo del Collasuyo, entrado ya en años, fue entonces que decidió descansar y retirarse a su mansión de Calca. Precisamente por influjo de su esposa secundaria Curi Chulpi, a la que amaba con obsesión, Huiracocha designó a Urco su sucesor y heredero en el gobierno, dejando la administración soberana bajo la responsabilidad de ese bienamado hijo suyo, por lo que se llamaba ya Inca Urca, luciendo la mascaipacha o parafemalia máxima del poder de la etnia Inca. En tanto que su hijo Socso o Sucso, hermano entero de Urco, fue señalado como jefe del linaje de Huiracocha: Sucso Ranaca, suplantando a otros hijos principales. Huiracocha daba, pues, preferencia a sus hijos secundarios, y no a los principales, robusteciendo los antagonismos.
El del Cusco continuaba siendo un pequeño señorío, circundado de otros más vigorosos. Su territorio cortamente se componía de pocas leguas de contorno de extremo a extremo: un reducido señorío, cuyos jefes se autotitulaban incas para conservar ese remoto título de sus antepasados de Taipicala.
El gran problema del Cusco era la amenaza inminente de los chancas, los cuales sí habían ya conformado un imperio conquistando señoríos tras señoríos y reinos tras reinos, hasta completar un inmenso territorio que lo ensanchaban cada vez más y más. Por el Este sus fronteras llegaban ya al río Apurímac, donde, parapetados, esperaban la coyuntura apropiada para aventarse sobre los ayarmacas e incas del Cusco, con el deseo de invadirlos e incorporarlos a sus dominios.
§. Inca Urco (siglo XV/¿ 1438?). Los belicosos chancas
Aislado Huiracocha en Calca dejó en el Cusco a su hijo Inca Urco, endosándole la competencia del gobierno, cargo que lo ejerció algunos años con todos los atributos e insignias inherentes a un inca, con plena autorización de su padre recluido en Calca, de donde le envió la borla o mascaipacha, según costumbre. Este hizo los ayunos rituales en medio de las consabidas ceremonias que se estilaban en el Inticancha, con sacrificios y fiestas. Inca Urco comenzó, pues, a mandar igual que sus antecesores, ocupando más o menos el número 10 de la lista conocida de incas del Cusco, pues se presume de la existencia de otros que fueron eliminados de la historia en forma total y absoluta.
Desgraciadamente su mandato resultó uno de los más oscuros, abominables y nefasto de la historia andina. Su notoria cobardía y ausencia integral de intuición y preparación táctica no le permitieron alistar ninguna expedición ni conquista. Si es que se mantenía en el poder era por la imperiosa y absurda prepotencia de su renunciante y alejado progenitor. Entregado a placeres y vicios bajos, no se preocupaba en regir ni gobernar. La mayor parte de días los pasaba en casas de recreo; todo lo cual desagradó a los guerreros componentes de la etnia Inca. Su carácter morboso le impulsaba inclusive a buscar esposas entre mujeres pertenecientes a clases sociales bajas (campesinas, y anas), y en ocasiones hasta llegó a estuprar a algunas mamaconas (las más venerables señoras de los acllahuasis). Era habitual verle en la llacta bebiendo y hasta ebrio, vomitando y miccionando sin vergüenza alguna en las vías públicas. A cuantos se dirigía los trataba como a hijos engendrados por él dando a entender haber tenido relaciones con sus madres. En ningún instante intentó levantar su propia vivienda, ni edificar construcciones de ningún tipo. Y como guerrero resultó una nulidad completa.
El descontento era unánime entre los de la etnia Inca, que veían en Urco un jefe depravado y amilanado. He ahí porqué Apo Maita, nieto de Cápac Yupanqui, ideó una conspiración para eliminarlo; pero temeroso del poder y represalia que desataría Huiracocha se abstuvo, manteniendo silencio. Es que el inca dimitente apoyaba a su corrupto y torpe hijo, debido a las intrigas de la ignominiosa madre de éste: Curi Chulpi, a quien amaba con obsesión.
Único retrato que se conoce de Inca Urco, impreso en Madrid en 1615 a base de un grabado hecho en el Cusco en 1571. La historia oficial lo consideraba el noveno inca; pero si se tiene en cuenta a Tarco Huamán, que sucedió a Maita Cápac, Urco resulta ser el décimo inca que gobernó estando aún vivo su padre (Huiracocha).
Pero el colmo de la crisis se avivó cuando los chancas, aprovechando coyuntura tan propicia, emprendieron su marcha para embestir y echar la zarpa a los anan y urincuscos, estacionando su campamento en Vilcacunca, confiados en sus hazañas pasadas y seguros de que nadie iba a oponérseles. Tomaron posiciones de ataque.
El anciano Huiracocha, de acuerdo a su manera de ver y reflexionar, arribó al convencimiento de que todo acto de defensa sería inútil. ¿Cómo encarar a los feroces chancas, a quienes temían los propios ayarmacas? Los chancas hasta entonces eran invencibles; a más de lo cual los incas vivían permanentemente asediados por otros ayllus y señoríos vecinos. Y Urco, el inca que correinaba, con la pusilanimidad e ineptitud que lo peculiarizaban, lo que hacía era reír, salpicar burlas y, como última medida, escabullirse y huir a un confortable escondite, muy retirado.
La situación de muchos de los señores de las etnias ubicadas al Este y sur del río Apurímac era una sola: desesperada, por correr el inminente peligro de ser arrasados por los chancas. Para Huiracocha, Urco y Socso, que les faltaba talento y valor, apenas quedaba una alternativa: ¡fugar!
El desaliento fue enorme en el Cusco, mucho más cuando Huiracocha escapó a buscar refugio en Chita, llevando a sus hijos Urco y Socso, a sus mujeres o esposas y también a su servidumbre. Estos tres individuos que pensaban en la misma forma, no se sentían capaces para contender y dar cara a los chancas. Con los ánimos totalmente derrotados, dejaron desamparado a su señorío, para que fuese fácil presa de la invasión. Sin embargo, debió también influir para tal decisión la actitud de los sacerdotes, quienes, para ¡vengarse de las pequeñas reformas hechas por los anancuscos, estaban en conversaciones secretas con los chancas.
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Los chancas, según sus propias tradiciones, procedían de las alturas de Chucurpu (Chocorvos/Castrovirreina actual, al oeste de Huancavelica), pues situaban a su pacarina en el lago de Choclococha, a 4.950 metros sobre el nivel del mar. De donde, estos aguerridos pastores de altura de habla quechua, obligados por alteraciones climáticas se vieron forzados a salir y migrar siguiendo el curso de las aguas del río Pampas. Se desplazaron llevando todo lo que pudieron: semillas, ganado y enseres; es que ya no pensaban retornar. Pasaron por Paucaray, donde nació Usovilca, quien, maduro ya, iba a ser el fundador del reino Chanca. Hasta que por fin encontraron la tierra y el microclima que anhelaban, estableciéndose en Andahuaylas, para lo cual tuvieron que pelear y descalabrar a los antiguos pobladores con quienes chocaron allí. Tales acaecimientos debieron ocurrir igualmente a inicios del siglo XIII, en las décadas contemporáneas a la derrota y migración de los incas de Taipicala, rumbo al Cusco.
Radicados en lo que después fue la provincia de Andahuaylas, poco a poco se organizaron, hasta que Uscovilca y otros adalides, entre éstos Ancovilca, conformaron un reino perfecto de acuerdo a los patrones económicos, sociales, políticos y religiosos andinos, heredados, no cabe duda, del destruido imperio Huari. Así por ejemplo, estaban configurados en dos mitades (Ananchanca y Urinchanca), cada cual con su respectivo jefe o rey. Incluso conservaban los nombres de los caudillos que los guiaron en este peregrinaje: Uscovilca, líder de Ananchanca, y Ancovilca, de Urinchanca: una diarquía guerrera y ritual.
En Andahuaylas racionalizaron admirablemente su vida con un hábil control de los pisos ecológicos, desde los bajos y cálidos valles interandinos hasta las frías punas de las alturas. En su nuevo hábitat montaron todo un Estado, cuyo territorio lo ensanchaban por los cuatro puntos cardinales en forma incesante mediante invasiones y conquistas con más éxito que el de la etnia Inca afincada en el Cusco. Posteriormente, en sus indominables expediciones guerreras llevaban consigo la momia de su caudillo Uscovilca. Los chancas nunca olvidaron el nombre de siete adalides suyos, gracias a cuya táctica y estrategia dilataron sus posesiones:
1. Mallma y Rapa, que incursionaron por el oeste de Condesuyo;
2. Yanavilca y Teclovilca, que invadieron el Antisuyo;
3. Tomay Huaraca y Astohuaraca, que atacaron el Cusco; y
4. Huamán Huaraca, que negoció la cobarde rendición del inca Huiracocha y de su hijo Urco.
Los chancas, en las primeras décadas del siglo XV, fecha en la que amenazaron a la etnia Inca, eran amos de todos los señoríos y reinos ubicados en lo que ahora son los departamentos de Ayacucho y Apurímac, más el norte del de Arequipa (Condesuyos), En el lapso de 1430-1440 se preparaban para intervenir en el país de los ayarmacas, y enseguida lanzarse contra collas, lupacas y demás etnias intermedias. Por entonces los incas del Cusco estaban gobernados por Inca Urco, si bien éste era continuamente asesorado por su decrépito padre Huiracocha, que hablase retirado a Calca.
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Ante tan atormentada y dramática situación surgió la voz y figura de Cusí Yupanqui, varón de 30 años más o menos y uno de los hijos principales de Huiracocha. Intentó e invocó el regreso de su padre para organizar la defensa, pero todo fue en vano. Entonces este febril príncipe, favorecido sólo por otros dos valerosos y briosos guerreros (Vicaquirao y Apo Maita) ordenó la resistencia. Hizo un llamamiento y convocatoria general al pequeño dominio de la etnia Inca y clamó la ayuda de los señoríos y reinos vecinos. Canas acudió como aliado; pero no faltaron algunos que se abstuvieron esperando el resultado para adherirse al grupo ganador, como sucedió con los chilques (Paruro).
Los anan y urinchancas irrumpieron comandados por Asto Huaraca y Tomay Huaraca, que prosiguieron avanzando hasta Ichubamba. Enviaron como embajador a Huamán Huaraca, presentándose ante Huiracocha, quien pactó la sumisión y entrega del Cusco; después de lo cual los chancas, como es comprensible, se mofaron de los preparativos del ardiente auqui (príncipe) Cusí Yupanqui.
Más de una batalla hubo entre chancas y cusqueños. La primera, en la propia llacta del Cusco. Fue un combate cuerpo a cuerpo, presenciado por miles de espectadores de las etnias colindantes que para intervenir esperaban el lado por el que se inclinase la victoria. Y el triunfo fue de los incas.
Los chancas retrocedieron a Ichubamba, pero sin cejar en sus intentos. En secreto llamaron a sus guerreros del interior de su país. Pero la situación era ya diferente. Ahora todas las etnias que circundaban al Cusco estaban decididas a auxiliar a Cusí Yupanqui al ver que estaba triunfando. Esta vez los ayarmacas (Jaquijaguana) se aliaron con los chancas. En la batalla, Cusí Yupanqui cercenó la cabeza a Asto Huaraca, mientras Tomay Huaraca era muerto en otro sector del campo de combate. Cusí capturó al ídolo de Uscovilca, acto que, de conformidad a las costumbres, determinó la victoria de la etnia Inca. El hecho sirvió para que más señoríos y reinos, que aún seguían indecisos y espectando, se plegaran a Cusí Yupanqui. Realidad que después fue mitificada por los incas, propalando la creencia de que las piedras de Ichubamba se transformaron en hombres por voluntad de los dioses para favorecer a sus hijos predilectos: los anan y urincuscos. Tanta fue la sangre derramada que a Ichubamba se le mudó de nombre, poniéndole Yahuarpampa: Llanura de Sangre.
Escena de guerra interétnica, como la protagonizada entre incas y chancas.
Con la desaparición de sus caudillos, los chancas se dieron a la fuga. Los incas los persiguieron hasta la orilla derecha del Apurímac, a 12 kilómetros, donde todavía se llevó a cabo un tercer combate, en el que fue matado Vicaquirao, cuyo cadáver fue metido en el tronco de un árbol que ahuecaron. Cusí Yupanqui continuó hasta Andahuaylas, meollo de los chancas. Después regresó deteniéndose en Jaquijaguana, lugar en el que los ayarmacas se hallaban tremendamente afligidos, pensando en pedir clemencia, suponiendo en obtener el perdón por pertenecer a un reino de mucha antigüedad y prestigio. Otros famosos héroes chancas prisioneros fueron muertos en las alturas de Carmenca. A sus cuerpos se les convirtió en tambores, embutiéndolos con paja y ceniza para ser guardados en un depósito como trofeos de la victoria.
El triunfo inca estaba consumado. Con ello acababa el período del diminuto señorío del Cusco: ahora se daba inicio al gran imperio de los Incas. Cusí Yupanqui, el vencedor, tomó posesión de todo lo que arrebató a sus enemigos: ídolos, armas, ropas, provisiones, vajilla, joyas, hatos, prisioneros, etc. Y rápidamente se preparó a celebrar las fiestas de triunfo. Los prisioneros fueron reunidos en Yahuarpampa y llevados al Cusco para festejar la victoria, pisándoles los cuerpos. También acarrearon el rico botín Chanca. Pero Cusí Yupanqui quería que su padre fuera el que solemnizara las diversiones y a la par tomara posesión de lo ganado a sus enemigos. Precisamente cuando fue a verlo lo halló parlamentando con Huamán Huaraca, quien había ya logrado la capitulación de Huiracocha. Pero al enterarse de la verdad, Huamán Huaraca lloró con insondable sentimiento. Huiracocha, con todo, rechazó el ofrecimiento de Cusí Yupanqui, porfiando de que Urco era el llamado a recoger las palmas de la victoria por ser el cosoberano legítimo o correinante, quien, pese a lo ocurrido debía proseguir en el poder. Hecho que indignó y ofendió a los héroes, quienes se negaron con gesto tajante.
Entonces Huiracocha y Urco urdieron un plan para eliminar a Cusí Yupanqui, recelosos de que su reputación y frenesí batallador determinaran su encumbramiento en el supremo poder. El más vehemente para quitarlo de en medio era Inca Urco. Así fue como prendió la guerra civil entre los dos hermanos. Empero, ante la certeza de los hechos y frente a la inmensa popularidad de Cusí Yupanqui, reclamado y proclamado como inca, aunque éste no aceptaba por estar todavía vivo su padre a quien le reconocía como soberano, el viejo Huiracocha tuvo que convencerse y asentir, declarando y señalando esta vez a Cusí como su sucesor. Para él sólo pidió que le terminaran su casa en Calca.
Los de la etnia Inca acordaron no consentir jamás la entrada del tímido y desvergonzado Orco al Cusco, pidiendo su destitución ipso facto. Urco entonces quiso justificar su conducta, pero nadie le creyó ni escuchó. Hasta su mujer, con la que tuvo hijos, le abandonó, trasladándose al Cusco, donde Cusí Yupanqui la aceptó y admitió como una esposa más de su serrallo. Pero ante la insistencia del canalla prosiguió la guerra en forma cruel.
Urco, al verse perdido, urdió una emboscada que debía cumplirse contra Cusí Yupanqui cuando estuviera de regreso al Cusco, emboscada comandada por el mismo Urco con gente que reunió en Yucay. Pero Cusí Yupanqui y sus generales, Apo Maita entre ellos, muy prevenidos y precavidos, les salieron al encuentro en el preciso instante que iban a ser asesinados, desbaratando a los cobardes en la batalla de Paca (río Tambo). En un choque cuerpo a cuerpo, Urco cayó desde un barranco al fondo del torrente, gracias a una certera pedrada lanzada por Roca, hermano de Cusí. Urco se dejó arrastrar por la corriente hasta Chuquillusca, seis kilómetros abajo de Tambo. Allí fue cogido y luego matado en el lugar llamado Chaupillusca, donde se le hizo pedazos, arrojando los trozos de su cuerpo a la correntada. Huiracocha sintió muchísimo la muerte de Urco, al punto de no querer ver ni recibir a Cusí, no obstante que éste lo hizo descuartizar en defensa de su propia vida. Su defunción fue motivo de infinita alegría, aunque Huiracocha, atribulado y resentido por la desaparición de su bien adorado Urco no quería saber nada de nadie.
Cusí con todo, continuó llamando a su padre al Cusco. Pero éste, corrido y ruborizado, decidió seguir en Calca, hasta su deceso. En el Cusco ya, Cusí Yupanqui redistribuyó el botín chanca entre los que le ayudaron a combatir. Ante la victoria consumada, los propios partidarios de Huiracocha abandonaron y olvidaron a éste, plegándose a Cusí Yupanqui, que se había hecho muy popular.
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De haber los chancas cosechado los laureles, la etnia Inca habría pasado al anonimato y ahora todos solamente hablaríamos de la “historia del imperio y cultura Chanca” y de sus “formidables logros basados en la reciprocidad y redistribución”. Pero como los chancas fueron los derrotados, se los ha olvidado, dejándoles figurar apenas en la episódica etapa de su enfrentamiento con los incas del Cusco, arrojando al limbo todo lo que fueron y representaron antes y después de dicho acontecimiento. De los chancas no se conoce ninguna relación de sus reyes o capaes, mientras que sobre los de la etnia Inca las referencias son abundantísimas. Sin embargo, chancas e incas fueron partícipes de una misma cultura y de la misma civilización: la andina. Y con la una o con la otra, el rumbo de nuestra historia iba a ser igual.
Croquis de las construcciones fortificadas y fundiciones de plata en Curamba, lugar perteneciente al país Chanca.
Capítulo 4
El Tahuantinsuyo. Estado y política. De Pachacútec a Atahualpa
Contenido:
§. Pachacútec: conquistador del mundo y rey de reyes (¿1438-1471?)
§. El correinado de Túpac Yupanqui
§. La genial obra administrativa de Pachacútec
§. Mitos para justificar el imperio
§. Túpac Yupanqui. Otro gran período de expansión (¿1471-1493?)
§. Huayna Cápac (¿1493*1527?). Esplendor del Tahuantinsuyo
§. Huáscar y Atahualpa (¿ 1527?-l533). La caída del imperio
§. Periodificación del incario
§. Pachacútec: conquistador del mundo y rey de reyes (¿1438-1471?)
Cusí Yupanqui (El Dichoso), retoño de Huiracocha y Mama Runto, hija del señor de Anta, había nacido en los aposentos de Cusicancha, frontero al Inticancha (Cusco), motivo por el cual años más tarde fue transformado en adoratorio. Quien le educó y moldeó su carácter fue su ayo Micuymana, enseñándole historia, quipus, leyes y lengua. Cuando joyen dio muestras de una extraordinaria personalidad y madurez reflexiva, cualidades que le faltaban a su hermano Urco. Tomó Iparte en las principales empresas guerreras dirigidas por Vicaquirao y Apo Maita, destacando por toda clase de méritos y virtudes: inteligencia, valor, afabilidad, sobriedad en el hablar, gran profundidad en sus respuestas, enemigo de la mentira y deslealtad, amiguísimo de los desamparados, cumplidor de su palabra y promesas. En fin, un dechado admirable que hacían de él uno de los príncipes más publicitados y admirados por todos; pero al mismo tiempo envidiado por Urco y Socso e incluso por Huiracocha, provocando recelos.
Desaparecido Urco y neutralizado Huiracocha, se preparó la entronización de Cusí Yupanqui como inca, la que se realizó con gran pompa y esplendor, tomando posesión del ushno (trono), mascaipacha, sunturpáucar y el champú Vino a ser en realidad el número 11 de la serie conocida de los señores del Cusco, si contamos a Tarco Huamán y a Urco: dos de los reyes borrados de la lista pública de jefes cusqueños. Tomó el nombre de Pachacútec, que quiere decir persona con quien comienza una nueva era: el que cambió el destino político y militar de su Estado, convirtiéndolo de simple señorío en poderoso imperio. En el mismo Inticancha se casó con Mama Anahuarque, hija del señor de Chocó, aparte de la cual tuvo otras mujeres secundarias.
Uno de sus primeros actos fue suprimir de la historia oficial a Inca Urco, lo que no fue posible del todo ya que sus execrables fechorías eran tan indelebles que fue imposible relegarlo al olvido total por los anan y urincuscos, de modo que su imagen y recuerdo infames perduraron por más de 100 años entre los habitantes de aquella llacta, con tanta nitidez que, en 1571, un pintor cusqueño reconstruyó su retrato con suma facilidad. Lo que sí lograron fue eliminarlo de la relación pública de los incas correinantes, considerado como el peor castigo para un capac que escarneció a la etnia Inca.
Como se ve, vencidos los chancas, muy pronto la etnia Inca resultó poseedora de magníficos medios de conquista y dominación exterior, y con tanto éxito que los avances y sometimientos iban a ser unos tras otros, pese a lo abrupto de la geografía.
Fundado e instaurado el imperio, como subsiguiente paso Pachacútec emprendió sus expediciones de conquista y anexión de territorios. En primer término arremetió contra la dirigencia Ayarmaca, llevándose a cabo algunas batallas, hasta que en la última de Huamancancha la derrotó en forma concluyente. Después de lo cual, el vencedor (Pachacútec) incursionó y asoló los pueblos o ayllus ayarmacas, exterminando a una cuantiosa cantidad de opositores. Capturó al Tocay Cápac, a quien lo puso en prisión perpetua. Luego extinguió el reino de Ayarmaca de modo absoluto, fragmentando a su población y territorio en tres pequeños señoríos, cada cual libre del otro como simples cacicazgos, con lo que quedaron por completo desestructurados y abatidos, si bien se les permitió el rango de incas simbólicos o de privilegio con uso de orejeras y pelo corto. Con tal medida acabó el Estado libre e independiente de Ayarmaca, otrora vigoroso rival de los incas. Pachacútec y sus sucesores querían borrar de la historia el nombre Ayarmaca; y lo habrían logrado si es que 95 años más tarde no se produce la invasión española, tiempo muy corto para borrar de la memoria a tan importante reino. La pacarina o punto de origen de los ayarmacas fue considerado como el quinto ceque del Chinchaysuyo.
Izquierda. Pachacútec Inca Yupanqui: fundador del Estado imperial de los incas aproximadamente en 1438. Derecha. Mama Anahuarque, esposa principal de Pachacútec.
Otro retrato de Pachacútec. Clemente Markham, historiador inglés, le llamó el Alejandro Magno del Nuevo Mundo.
Por igual, al octavo ceque del Antisuyo, en lugar de llamarle Collana, Payán y Cayao, se le decía Ayarmaca. Pachacútec también permitió a los sobrevivientes derrotados tomar a su cargo la fiesta de Omarraime (agua y lluvias); y juntamente con los ayllus de Orna, Quivios (Cusco) y Tambo la celebración del huarachico. Siguieron pues, conservando cierto rango en la organización del Cusco.
Con su hermano Inca Roca sometió a los tambos (el futuro Ollantaitambo), que, como los incas, descendían de otra rama de emigrantes de Taipicala. Velozmente conquistó y se anexó a los cuyos y más vertiginosamente todavía a tres señoríos más: Amaybamba, Vitcos y Vilcabamba incluyendo Piccho. Después sometió a las etnias Cugma y Huata, gobernadas por Páucar Topac y Poma Lluqui. En seguida, a 16 leguas del Cusco, subyugó a los señoríos o ayllus de Huáncara y Toguaro. Trazándose poco después todo un plan de expediciones y conquistas por regiones más lejanas. Su idea era conformar un Estado imperial a imagen y similitud de sus remotísimos antepasados de Taipicala y si fiiera posible también a semejanza del de Huari, cuya memoria aún se mantenía viva. Para ello proyectó un meticuloso programa de incorporaciones. ¡No cabe duda, Pachacútec estaba fundando y creando el imperio de los Incas!
Resultó ser el emperador nato para establecer y organizar un Estado. En su reinado de 33 años (¿1438-1471?) iba a extender sus dominios territoriales por el norte. El mismo pensó agregar y anexionar los curacazgos y reinos de la hoya hidrográfica del Pampas (actual departamento de Ayacucho). Sus hazañas eran tan descollantes y su fama de hombre bondadoso tan visible que los señores de Cotapampa, Cótanera, Omasayo y Aymarae (hoy departamento de Apurímac) acordaron someterse pacíficamente.
Así fiie como Pachacútec emprendió su primera gran campaña, esta vez dirigida al Chinchaysuyo, para plasmar la destrucción final de los chancas (Andahuaylas) y tomar posesión de su área nuclear. Sólo halló resistencia en la fortaleza de Curamba. Para concertar la paz regaló al jefe vencido una palla (señora de la nobleza) del Cusco, en calidad de esposa. En seguida con sus generales Apo Maita y a la cabeza de sus tropas, que incrementaba con los guerreros de las etnias que iba conquistando, intervino e incorporó a los soras, lucanas y cháleos, apresando a los curacas Guacralla y Puxaico. En el espacio de los tanquiguas, éstos se refugiaron en la fortaleza de Auquimarca con la esperanza de resistir, pero fue en vano.
Pasado el invierno organizó tres ejércitos. Uno, al mando de Apo Maita fue a Huamanga; otro, capitaneado por su hermano Cápac Yupanqui, se preparó para sojuzgar hasta Chincha. Y el tercero, bajo su propio comando, se pertrechó para maniobrar en apoyo de los dos anteriores. Así fue como se consolidó la conquista de Sora, Parisa, Quinua, Tayacaja, Ancarae, Chocurpu y Pariguanacocha. Su hermano y adalid Cápac Yupanqui, entretanto, se enrumbó a la conquista de la costa y anexó Nasca, Chincha, Lunaguaná (Huarcu), donde fundó la llacta de Incahuasi. Después avanzó sobre Mala e Ishmay (Pachacamac-Rímac). Todo lo cual les significó cuatro años de campaña. Mientras por la sierra; Apo Maita prosiguió y conquistó Quinua, Parisa, Tayacaja y Ancarae.
Pachacútec visitó Tanquigua, fundando allí la llacta de Vilcashuamán. Continuó al norte y en Pomacocha le nació su hijo Amaro Yupanqui, ya que los incas acostumbraban hacer expediciones y viajes en unión de sus esposas. Pronto pasó a Quinüa, de donde retomó al Cusco. Acto continuo, fue a conquistar Acos (sur del Cusco), trasladando su población, en gran parte, a Tanquigua y Quinua (mitmas).
Triunfos tan veloces y brillantes tenían feliz a Pachacútec, quien no hacía otra cosa que celebrar victoria tras victoria, y simultáneamente dictar medidas sagaces para organizar tan poderoso Estado que día a día crecía y se ensanchaba.
Por ese tiempo falleció el anciano Huiracocha, hecho que motivó las consabidas ceremonias fúnebres.
Después de la campaña al Chinchaysuyo se llevó a cabo la primera expedición conquistadora al Collasuyo, con el fin de contener la briosidad de los reinos Colla y Lupaca, cuyos jefes, Chuchi Cápac y Apo Cari, se hacían llamar incas. Los derrotó en mérito a la pericia del general Apo Conde Maita, el cual, dejando guarniciones de mitmas, gobernadores y espías para el efectivo control del país anexado, prosiguió hacia el sur hasta someter Pacaje, en uno de cuyos parajes pudieron contemplar los escombros de lo que otrora había sido la célebre Taipicala (Tiahuanaco).
Por el oeste, mientras tanto, conquistaban Condesuyo, hasta Camaná.
En tal ocasión intentaron los anan y urincusco retomar a Taipicala, el término de sus más remotos antepasados, lo que fue imposible por diversas razones de índole táctica y estratégica.
En aquella época también se rebelaron los cuyos y cahuiñas. A iniciativa de los primeros planearon asesinar a Pachacútec, y en efecto un ollero lo turbó de una pedrada, causándole al inca una herida indeleble en el cráneo. De haber triunfado, cuyos y cahuiñas habrían proclamado su liberación. Pero como no sucedió, se les castigó ejemplarmente devastando sus aldeas, matando a unos y deportando como mitmas a otros.
Sin pérdida de tiempo emprendió la segunda campaña del Chinchaysuyo, confiándola a la habilidad y experiencia de su hermano el general Cápac Yupanqui, que persistió conquistando por este rumbo. Con la colaboración de los guerreros chancas rindió a Huanca, Huarochirí, Yauyo, Chucurpu, Atapillo, Canta, Tarma, Chinchaycocha, Checra, Cajatambo y Lampacollana. Cuando había vencido a los huaylas, los chancas se le fugaron del tambo de Huaraz, internándose por Conchucos, a Moyobamba, como medida precautoria para salvar sus vidas, pues Cápac Yupanqui tenía pensado masacrarlos, sospechoso de la importancia que iban adquiriendo.
Pero Cápac Yupanqui llegó a zonas más distantes. Por la sierra septentrional hasta Cajamarca, conquistando previamente Conchuco y Huamachuco.
Por el Este, llamado El Antisuyo, en cambio, otros efectivos avanzaban hacia Marcapata (Carabaya), en cuya oportunidad conspiraron los collas, los cuales, después de dominados, fueron conducidos a Tambo para edificar los andenes y aposentos de Pachacútec, y también la fortaleza. Amaro Yupanqui fue el que reprimió a los collas, venciéndolos en la batalla de Lampa. Tales hechos coincidían con el nacimiento de Túpac Yupanqui en el Cusco.
Posteriormente se hizo una segunda expedición al Collasuyo, en la cual Amaro Topac y Páucar Ushno, hijos de Pachacútec, conquistaron e incorporaron Quiliaca-Asanaque, Charca, Paria, Cara-cara, Pocona, Chuy y Chicha (Tarija). Amaro Yupanqui se lució como un gran conquistador.
Ulteriormente ya, unidos Pachacútec y Amaro Yupanqui ganaron para sí Yanaguara, Chumpivilca y Arone, en cuyo tiempo un terremoto destruyó las aldeas y cultivos de Arequipa. El inca mismo se trasladó allí, haciéndola repoblar con mitmas y fundando la llacta de La Chimba.
Hacia 1468, cuando Pachacútec tenía más de 60 años de edad y 30 de reinado, nombró como heredero y sucesor a su muy querido hijo Amaro Yupanqui, con el cual estableció un correinado. Hacíalo con la finalidad acostumbrada de evitar intrigas y revueltas enseguida de su fallecimiento. Pero Amaro Yupanqui, uno de los 100 hijos de Pachacútec, resultó un joven desmesuradamente prudente y amable, con un apego infinito a la agricultura y arquitectura: virtudes inapropiadas en una época de irresistibles actividades bélicas, intrigas y represiones. De todos modos, frente a la decisión de Pachacútec, Amaro Yupanqui fue reconocido como correinante, dándosele el sobrenombre de Amaro Inca Yupanqui, verdaderamente un jefe con poderes de rey. Desde un comienzo se hizo acreedor al apodo de El Bueno. Se casó con su hermana Chimpu Ocllo. Tenía por entonces algo así como 26 años de edad.
Por cierto que Amaro Yupanqui, ahora Amaro Inca Yupanqui, conocía bastante del arte militar y los mecanismos de la administración estatal. Pero el Estado imperial en plena formación, más requería un hombre de acción enérgica en el campo de la guerra para conquistar y reprimir. Y de tales atributos carecía Inca Yupanqui. De todas maneras inició su correinado. Hizo una inspección o visita al territorio para conocer las huacas o lugares sagrados. Y después se encaminó a debelar un alzamiento provocado por el rey colla (Asángaro/Juliaca). Y precisamente allí fue donde demostró carecer de toda cualidad para dirigir y controlar un Estado como el de los incas. Claro que los anan y urincuscos reprimieron la conspiración, pero gracias a la estrategia de su hermano Auqui Yupanqui y otros. Su ineptitud guerrera frente a los collas fue comentada negativamente por sus parientes y demás estrategas. Es patente, no servía para comandar un Estado ni para jefe guerrero, lo que quedó evidenciado cuando fue derrotado por los guaraníes en la frontera sureste. Lo que advertía su imposibilidad para ensanchar y tal vez ni siquiera conservar el territorio adquirido por su padre y hespíanos. De ahí que Pachacútec optó por retirarlo del correinado, transfi
riendo este cargo a otro de sus vástagos, a Túpac Yupanqui, por igual hijo de Anahuarque.
La destitución de Amaro Yupanqui fue honrosa; incluso se le permitió que instituyera su paraca o linaje (ayllu real), puesto que como coinca que acababa de ser, tenía numerosas esposas y mucha prole. Amaro se retiró sin exteriorizar ninguna pretensión; él mismo más bien se adelantó a los acaecimientos y declinó, reconociendo y aplaudiendo en su hermano las calidades que le faltaban a él. Amaro cogobernó, pues, muy pocos años; pero la historia oficial lo borró por su debilidad de carácter. Su destitución fue lo más lógico que pudo suceder, para sustituirle por un inca que reuniera auténticas dotes de gobernante y de guerrero que exigían los momentos. Garcilaso, por su parte, para esta época, habla de otro “soberano” llamado Túpac Inca Yupanqui que, al parecer, se trata solamente de un correinante más, igualmente subrogado por falta de aptitudes. De éste, por lo que refiere el citado Garcilaso, descendía su madre (Isabel Chimpu Ocllo).
§. El correinado de Túpac Yupanqui
Así es como Túpac Yupanqui, de aproximadamente 16 años de edad, fue elegido nuevo correinante. Era pues menor que su defenestrado hermano. El primero en postrarse y jurarle obediencia fue Amaro Yupanqui. Pachacútec, entonces, dispuso que su panaca, denominada Jatun Ayllu, no comprendiera a la de Amaro, sino que ésta fuera anexada a la de Túpac Yupanqui. Y le hicieron un gran aposento, concediéndole abundantes tierras.
Túpac Yupanqui, igualmente, se casó con su hermana de padre, la coya Mama Ocllo. En vida de su progenitor se lanzó a varias conquistas. El viejo Pachacútec, muy cansado y agotado, le dejó actuar solo y con libertad, por eso se deduce fácilmente que asumió todos los poderes cuando aún vivía el autor de sus días.
Túpac Yupanqui resultó un eximio auxiliar y colaborador de la obra de su antecesor. Valiente y audaz recorrió de sur a norte como un invencible conquistador. Mayor ya de edad, como jefe del ejército se enrumbó al Chinchaysuyo para anexar algunas etnias que faltaban, asesorado por otros fogosos estrategas: Tilca Yupanqui, Auqui Yupanqui y Túpac Capac, los tres hermanos del inca reinante: Pachacútec. En el reino Quechua apuntaló la rendición de las fortalezas de Tohara, Cayara y Curamba. En Huamanga aplastó definitivamente a Urcocolla; y en los huancas a Siquilla Pucara (Tunanmarca). Reafirmó la autoridad inca en Chinchaycócha, fundando allí la llacta de Pumpu o Bombón. En Huaylas desmanteló las fortalezas nativas de Chungomarca y Pillaguamarca. Conquistó Huánuco y fundó la otra llacta de Huánucopampa. Avanzó y visitó Huamachuco y Cajamarca, donde estableció su cuartel general, punto del que se encaminó a la conquista de la porción central y nuclear del imperio Chimor. Le era trabajoso atacarlo por el inconveniente de los arenales. Lo táctico fue descender de la cordillera por las quebradas para sitiar Chanchán. Para alcanzarlo hizo desviar las aguas de los ríos hacia otros rumbos para que se perdieran en los arenales.
Después marchó a la conquista de Chachapoyas, Huambos, Tabacona y Guayacondo (Ayabaca/Huancabamba). Prosiguió triunfalmente hasta Quito. Cayambe y sur del reino Carangue. Regresó al Cusco con un increíble botín, rodeado de mucho lujo y esplendor. Así acabó la primera expedición del príncipe Túpac Yupanqui, dejando caminos, tambos y llactas (hospederías y “ciudades”) fundadas con todos sus servicios (templos, acllas, mitmas, mitas, etc.).
Dos años descansó el correinante. En seguida de lo cual salió otra vez a visitar y sofocar rebeliones. Por el norte afianzó la anexión total de los guayacondos y siguió a Pacamoro, tribu selvícola de la familia jíbaro, que no pudo conquistar y de los cuales no se preocupó más debido a su cultura marginal o “salvaje”. Acto continuo pasó a Palta, reino al que desestructuró en varios y diminutos señoríos para restarle fuerza e importancia, a imitación de lo que su padre hizo con los ayarmacas. Pronto incursionó por el país de los cañares, que resistieron con heroicidad gracias a una alianza con los señoríos ¡colindantes. Pero con los refuerzos llegados oportunamente del sur losi venció. Fundó la llacta de Tumebamba y edificó la fortaleza del Quinche, en Quito-Carangue. En aquélla, tiempo después nació su hijo Tito Cusí Huallpa (el futuro Huayna Capad), habido con coya Mama Ocllo.
Pese a una sequía que asolaba al Cusco, llacta. a la que no veía ya por lo menos cuatro años, por lo que se le reclamaba, impulsado por sus incontenibles éxitos, se propuso hacer una expedición a ¡Chono, Huancavilca (Guayaquil), Paches y La Puná. Fue una ardua y complicada caminata a causa de la ecología tropical y selvícola de esas costas de calor húmedo y bochornoso, rebosantes de jungla, aguas, pantanos, animales feroces y sabandijas venenosas. Avisado por unos mercaderes sobre la existencia de unas islas lejanas, armó una impresionante escuadra de balsas y un batallón de 20.000 soldados capitaneados, entre otros, por Huamán Achachi. Fue en pos de ellas llegando a las lejanas ínsulas de Ninachumbi y Aguacchmnbi, que no se preocupó por colonizar. En esta aventura, la más grande de la historia Inca, demoraron entre nueve y 12 meses. Un tiempo enorme, al punto de que aquí se les creía víctimas de algún percance marítimo. Sin embargo, un día de esos volvieron con algunos trofeos demostrativos de su hazaña (gente negra, sillas de latón, pellejos y quijadas de caballos) que fueron llevados a Saisachuamán para su conservación. Tales objetos permiten deducir que pudo llegar a alguna isla de la Polinesia, tal vez a la de Mangareva, donde en el siglo XVIII sus habitantes contaban la tradición del arribo de un jefe llamado Inca, que les visitó viniendo del Este. Tradición que también existe en las islas Marquesas, lo que indicaría que Túpac Yupanqui recorrió varias de aquellas ínsulas.
Ulteriormente pasó a Tumebamba, donde ordenó que a las tropas y al botín se los condujera al Cusco por la vía de la sierra. El, en cambio, fue a las costas de Tallán (Piura) y Pacasmáyo, deteniéndose en Chanchán, para de inmediato continuar a Paramonga, donde dispuso la erección de un templo solar. Como quería conocer el santuario de Pachacamac, oráculo notabilísimo, prosiguió su ruta. Cuarenta días pasó aquí ayunando. Decretó el engrandecimiento de tan sacrosanto recinto y la edificación de otros. Acto seguido, ascendió por Huarochirí y Pariacaca hasta arribar a Jauja. Al acercarse al Cusco, la etnia Inca y otras, en número de 30 000 personas salieron a recibirlo hasta Vilcacunca, encabezados por el anciano Pachacútec. Fue, en efecto, una recepción extraordinaria, brillantísima. Hasta se escenificaron batallas y acontecimientos históricos. También estaban presentes el pequeño Tito Cusí Huallpa, Amaro Yupanqui y otros proceres. Todos éstos, incluyendo Túpac Yupanqui, lucían mascaipacbas y champis cual representantes de una triarquía. Los festejos duraron varios días, todo planeado por Pachacútec para simbolizar que el poder pleno del imperio estaba constituido y consolidado. Ya no quedaban reinos ni sinchis que pudieran rivalizar con ellos. Su espacio se extendía por regiones ricas y variadas. Todo estaba vencido, e incluso su sucesión asegurada. Precisamente poco después se produjo la muerte de Pachacútec.
§. La genial obra administrativa de Pachacútec
Antes de seguir adelante, veamos algunos de los frutos de la inteligencia y genial capacidad administrativa y organizadora del gobierno de Pachacútec.
En el Cusco procedió a una replanificación y reedificación total de la llacta, entre cuyos monumentos destacó el flamante templo solar, llamado desde entonces Coricancha (cercado de oro), previa la preparación de planos y maquetas, para lo que tuvieron que acarrear bloques pétreos desde las canteras de Saño. Para dichas obras proyectó con minuciosidad el servicio de mitayos (trabajadores por tumo), a quienes retribuía con alimentos, bebidas, coca y hasta ropa. También hizo erigir el templo de Quishuarcancha, dedicado al Ticsi Huiracocha Pachayachachi. Habilitó un santuario para congregar a los ídolos de los dioses de las etnias conquistadas, reteniéndolos en el Cusco en calidad de rehenes políticos para evitar sublevaciones. Enriqueció y agrandó el acllabuasi. El Cusco, en fin, crecía a base de maquetas. Hizo levantar calcas, desecar los pantanos del Cusco, abrir caminos, edificar tambos, construir puentes y fundar llactas (ciudades) con todos sus servicios en los lugares claves para la vigilancia política, administrativa, económica y civil de las zonas anexadas. Organizó y reglamentó el sistema de mitmas (traslado de poblaciones, dirigido por el Estado), en lo que hacía intervenir a orejones y a runas (campesinos). Delimitó las tierras y pastos para confiscar las sobrantes a favor del Estado, con la finalidad de dedicarlas a la producción de rentas que necesitaba el imperio. Al sistema de contabilidad le reconoció una gran importancia, decisiva en la estadística del Estado. Intensificó la construcción de andenes. En provecho suyo incautó las tierras agrícolas y sobrantes de Tambo. Replanificó las mitas agrícolas, ganaderas, textiles, etc. para ejecutar las obras estatales. Reglamentó el chaco señalando sotos de caza. Comenzó a hacer las redistribuciones a gran escala. Estableció la guardia personal del sapainca. La demarcación política quedó configurada respetando la de los señoríos y reinos incorporados. Redistribuyó las tierras y pastos, confiscando las que no aprovechaban los ayllus para adjudicarlas al Estado y al culto de las divinidades. El Cusco y sus alrededores, fue cedido a los linajes o paracas reales que estructuraban la etnia Inca.
Pachacútec, cuando reordenó o replanificó la liada del Cusco reconoció definitivamente varios privilegios a las etnias Sahuasera, Antasaya y Alcahuisa (ayaruchos), confiriéndoles el rango de nobles y parientes ceremoniales o simbólicos de la etnia Inca. Les reconoció la propiedad colectiva de sus tierras, quedando garantizados de futuras usurpaciones y muy orgullosos de ser llamados simbólicamente incas, aunque sí bajo la disciplina y sumisión de los incas verdaderos. Los alcahuisas o ayaruchos quedaron en Cayaucachi. Los mitmas cañares y chachas fueron reubicados en Carmenca.
Igualmente, Pachacútec definió el sistema de panacas y de mitades: Anancusco y Urincusco. Esta llacta fue convertida en la gran capital. Su plaza la hizo rellenar con arena acarreada desde Chincha: un simbolismo ritual por ser tierra sobrecargada de mullu (caracolas dilaceradas). En Saño instaló las cárceles pavorosas (sancaihuasis) para castigar a los delincuentes. Inició la edificación de terrazas y almacenes en el valle del Vilcamayo. Dispuso la erección de la fortaleza-templo de Sacsaihuamán, para lo cual tomó como modelo las fábricas de Taipicala (Tiahuanaco), motivo por el cual sus arquitectos hicieron un viaje a ese lugar. Dividió a su Estado en huamanis (provincias) tomando como base los señoríos y reinos que conquistaron. E implantó el servicio de tucricuts (gobernadores) y tucuiricuts (espías). Pachacútec, como se ve, fue el perfecto y nato organizador del imperio. Legisló todo y unificó políticamente al mundo andino.
Fijó el rol de los curacas, del ejército, de los funcionarios y de los administradores, desde los más encumbrados apocunas (“virreyes”) hasta los más simples visitadores y espías de “provincias”. Montó, pues, toda una organización administrativo-burocrática. Y la etnia Inca comenzó a ser preparada como casta directora y dominante. Disciplinó el ejército, y para un eficiente funcionamiento de éste y de las cuadrillas de trabajadores respetó el sistema decimal que sus hijos hallaron en plena vigencia desde lea y Huanca hasta Guayacondo y Cajamarca. Las mitas debían cumplirse de acuerdo a los grupos de edad y sexos de los individuos, a quienes retribuía y redistribuía para mantenerlos contentos. Quedó restablecido el correinado del sapainca con uno de sus hijos más hábiles. Acató las reglas de sucesión de los curacazgos regionales, con la finalidad de evitar tumultos y guerras civiles después de la muerte de cada inca y/o cacique. Si bien esto último nunca produjo los frutos deseados: las desavenencias y contiendas por el poder jamás desaparecieron del escenario social y político del país.
También tuvo que reformar el sacerdocio y el calendario. Su anhelo era disminuir el gran poder de los sumos sacerdotes del Sol, verdaderos incas o reyes del bando de Urincusco, quienes hasta antes de Inca Roca habían sido los únicos soberanos de la etnia Inca en el Cusco. Se propuso castigar la descarada felonía del clero que llegó al extremo de confabularse con los chancas para arruinar a los incas de Anan, es decir a Huiracocha y a Urco, lo que no sucedió merced a la oportuna intervención del príncipe Cusí Yupanqui. Fue la única manera de quitarles la tutela que de hecho seguían manteniendo sobre la realeza. La táctica consistió en que el sapainca hizo matar a los “falsos sacerdotes"; destituir a otros y nombrar como tales, entre ellos al sumo sacerdote, a los más manejables y obsecuentes, sacándolos de entre los más sumisos del ayllu Tarpuntae. Reorganizó e instituyó nuevas fiestas, determinando las principales y secundarias con un ordenamiento más exacto del calendario. Pero la verdad es que la oposición con el sacerdocio sólo iba a terminar durante el gobierno de Huayna Cápac. El sumo sacerdote (o inca de Urin), sin embargo, no fue marginado en su totalidad de las cuestiones políticas y militares. Podía y de hecho se convertía en el primer personaje del Estado cuando el sapainca fallecía hasta designar y dar posesión del cargo en forma oficial al sucesor previsto. Así ocurrió por ejemplo con Colla Topac, sumo sacerdote del Sol, después de la muerte de Huayna Cápac. Y hubo circunstancias en que no sólo sustituía al sapainca, sino que inclusive ejercía funciones militares, como acaeció con Villac Humo durante el asedio del Cusco por Manco Inca para arrojar a los españoles.
De las dos parcialidades o mitades de la etnia Inca (anan y urin), el bando de Anan quedó en definitiva con el mando supremo en lo político, militar, civil, económico y judicial; mientras el de Urin tan solamente para los eventos concernientes a la dirección religiosa y espiritual, salvo en las ocasiones ya anotadas. De ahí que al de Anan se le agregó el título de sapainca: el único rey. Incluso se dispuso que el apelativo de capas (hombre de más poder) fuese privativo del sapainca reinante y ya no de cualquier curaca regional.
Pachacútec fue, asimismo, un fino observador de la sicología humana y elaboró al respecto muchas máximas y sentencias. Por ejemplo: “el que procura contar las estrellas no sabiendo aún contar los quipus, es digno de risa”; “la envidia es una carcoma que roe y consume las entrañas de los envidiosos”. Son dichos que demuestran su prudencia y talentosa comprensión de la vida y de los hombres.
Así fue como Pachacútec, al simple curaca o señor del Cusco que por tradición se llamaba inca, lo transformó en el sapainca del Estado imperial, es decir en el rey de reyes, en el señor de señores, o mejor dicho en el único gran emperador o gran soberano del mundo andino, destino que les duró hasta 1533, apenas 95 años, lapso máximo de continuidad del fabuloso imperio del Tahuantinsuyo.
Pachacútec desde un principio exteriorizó su genial visión de estadista y caudillo guerrero. Consideró que la consolidación de un Estado grande y poderoso dependía de la guerra y las armas; de una sólida ideología expansionista y de objetivos qué defender. He ahí porqué formó un Estado imperial a imagen y semejanza de sus antepasados de Taipicala. Esa fue su gran tarea histórica. Dejó, pues, conformada la casta dirigente y dominante apoyada en un formidable ejército y burocracia reforzada con mitos y leyendas exprofesamente fabricados, como la de Manco Cápac y Mama Ocllo: hijos del Sol, enviados por éste para “culturizar y civilizar a la humanidad”; o la de los cuatro Ayar, en la que Ayar Ucho, Ayar Cachi y Ayar Auca, que fueron opositores de Ayar Manco Cápac, resultan convertidos en sus hermanos. Es que tales mitos los ponían en condiciones de accionar libremente.
Desde Pachacútec, en realidad, los de la etnia Inca comienzan a ser intensamente mitificados, autopresentándose como los paradigmas que dan origen y forma a la vida organizada y civilizada de la humanidad andina. Así es como Manco Cápac fue transfigurado en el ordenador inicial y Pachacútec en el ordenador definitivo. Todo con el fin de justificar la dominación y lograr la aceptación de las etnias que sojuzgaban unas en pos de otras. Cada inca anterior a Pachacútec, de los considerados en la nomenclatura oficial, fue transmutado en arquetipo. A partir de entonces todo lo bueno que existe en el área dominada por ellos es atribuido a los incas. Por ejemplo, el de haber sido los distribuidores del maíz. Y por fin, se les concibe hasta como hijos de los dioses, reverenciándoseles como a divinidades.
El gobierno del sapainca fue desde aquella fecha conceptuado como un don de los dioses. De modo que Manco Cápac resultó engendrado, criado, educado y designado por el dios Sol. Por lo tanto, todos los incas y sapaincas son divinizados, responsabilizados del bienestar y felicidad del Estado; son los guías del pueblo y al mismo tiempo “vicarios” del dios Sol, por eso las campañas represivas y guerreras que capitanean son ponderadas como un servicio a dios. Se afirma que el inca habla frecuentemente con el Sol para darle cuenta de sus actos y simultáneamente recibir instrucciones.
Pero aparte de esas argucias políticas para cimentar el poder, se ve que Pachacútec y su hijo correinante llevaron a cabo eso que se llama una “boda de conveniencia” entre la vieja civilización andina, sobre todo con la de la sierra, incapaz de renovarse a sí misma, y la etnia Inca que no destruía lo conquistado, sino que se apropiaba, lo asimilaba y se acreditaba como la legítima sucesora de los dioses estelares.
La aparición del imperio Inca, consecuentemente, no implicó la desaparición de las culturas precedentes y de las demás etnias andinas, bien que los anan y urincuscos trataban de denigrarlas. Y eso fue posible porque casi todas, prácticamente, participaban de los mismos elementos culturales. La formación del imperio fue rápida y fácil porque entre el Cusco y muchas etnias regionales existían distintos rasgos de semejanza, coincidencia en sus creencias y concepciones políticas y morales, fenómeno que venía gestándose desde los vetustos tiempos de Chavín, de tal manera que la expansión incaica venía a ser la victoria del sincretismo.
En resumen, Pachacútec extendió sus dominios por el norte hasta la hoya hidrográfica del río Pampas. Por el suroeste, hasta la mitad de los cuntís. Por el sureste hasta la planicie de Tiahuanaco. Luego, gracias a su hermano Cápac Yupanqui, hasta la costa central y la región comprendida desde Huamanga a Cajamarca y Chimor. Con Amaro Topac y Apo Páucar Ushno llegó hasta Chincha. Con el correinado de su hijo Túpac Yupanqui penetró hasta Chimbo, Cañar, Chono y Huancavilca.
Pachacútec expiró en pleno apogeo imperial. Su momia fue colocada en Tococache (San Blas/Cusco), en el templo dedicado al Trueno, que él hizo edificar. A su lado pusieron el ídolo principal de los chancas, de acuerdo a la costumbre de conservar los dioses de los pueblos vencidos como trofeos del inca que los subyugó. La citada momia también conservaba la herida que recibió Pachacútec durante la guerra con los cuyos. Exhaló el último suspiro muy viejo, completamente canoso, pese a que los runas andinos no encanecen con facilidad. En 1471 debió ocurrir el deceso del creador del imperio Inca, al que dejó bien organizado, legislado y administrado con disposiciones que duraron hasta 1533 y décadas posteriores. Todo planificó y dejó listo para que sus hijos y demás descendientes llevaran al imperio a su máximo esplendor. Los demás soberanos no harían otra cosa que seguir sus pautas. No cabe duda, fue un hombre genial. Abarcó y dominó todas las actividades. Fue el cerebro más insigne que ha producido la América precolombina, sólo comparable a Alejandro Magno, otro eximio conquistador y creador de un extraordinario imperio en el Viejo Mundo. El territorio que legó fue la base del virreinato peruano y de la república actual del Perú.
§. Mitos para justificar el imperio
A partir de entonces y con el transcurrir de los años, pero más que todo con Pachacútec (¿1438-1471?) la etnia Inca forjó mitos y leyendas con la finalidad de ocultar su fin desastroso en Taipicala. Para ellos la solución fue arrancar su tradición genealógica apenas de dos lugares: el lago Titicaca y el valle de Pacarictampu. Inventaron e hicieron creer que fueron creados y enviados por el dios Sol para “civilizar al salvaje jatunruna andino” Idearon el mito de que ellos, si bien fueron concebidos por dios en el Titicaca, de todas maneras habían emergido a la Tierra por las cuevas ubicadas a un costado de la de Marastoco, concavidades a las que precisamente les pusieron por nombre Tambotoco o Sutijtoco y Capactoco, o sea la ventana de los tambos y la ventana de los poderosos, es decir, de la gente de Manco Cápac. De todos modos, el mito oficial, desde esa fecha, relegó al olvido el peregrinaje de los tambos al Vilcamayo; ensalzando sólo el de Manco hacia el Cusco. La aparición de Manco, pues, adquiere relieve con su surgimiento en Pacarictampu. Desfiguraron tanto los hechos reales que su primera huida-migración la mezclaron con las narraciones míticas o el ordenamiento del mundo y de los hombres por el Ticsi Huiracocha Pachachayachic, haciéndolo coincidir con el peregrinaje de este dios hacia el norte, de manera que Manco Cápac aparece como un caudillo hijo de dioses* comisionado por éstos para regir a la humanidad. Inclusive aseguraron con énfasis que el dios Ticsi Huiracocha les dio las insignias de mando y que formó la etnia inca como a la elegida para administrar los destinos del mundo conocido por ellos.
Elaboraron la leyenda de que Ayar Cachi, encerrado en una de las cavernas por un tal Tampumachay, dio tan estentóreas voces que hizo temblar la tierra (terremotos); y que Tampumachay quedó convertido en piedra como maldición por su crimen de haber matado al referido Ayar Cachi. El mito también transformó en piedra a Ayar Auca, otro “acompañante” de Manco Cápac, enorme roca que quedó clavada en el Cusco como símbolo de la toma de posesión por el invasor Manco, quien aseguraba dar ejecución a los mandatos divinos.
Pero sea lo que. fuere, en esas versiones quiméricas dejaban explícita una gran verdad: su traslado o migración de Taipicala a Pacarictampu, bien que el avance de Pacarictampu al Cusco quedó menos desfigurado; conservando por igual el nombre de los ayllus trashumantes, los lugares de parada y dejando constancia de la lentitud del desplazamiento.
Ya fue explicada la verdad histórica respecto a los alcahuisas o ayaruchos, como una de las más antiguas etnias del Cusco, donde vivían desde centenares de años antes de la invasión de Manco Cápac. Sin embargo, cuando se creó la leyenda de los cuatro Ayar, fue señalada como uno de los hermanos y grupos salidos de Capactoco (Pacarictampu). Es decir, la narración oficial trató de disimular con la pretendida hermandad de los Ayar, varios periodos de sucesivas migraciones y luchas encarnizadas en el Cusco contra los invasores incas. Su conversión en piedra en Huanacauri revela que fue derrotado por Manco Cápac con ayuda de los saños. Por cierto que colocaron un monolito, al que lo convirtieron en ídolo: un oráculo para comunicarse con el Sol. Pronto hicieron creer que dicho oráculo expresó cómo el Sol dispuso que Manco debía ser llamado capcíc (rey). Inteligente medida mágico-política para solidificarse como supremos mandatarios.
También inventaron la historia de que el Cusco y sus más amplios alrededores habían sido el escenario de sólo ayllus libres y pequeñísimos curacazgos de vida todavía salvaje, los cuales habrían seguido igual de no haber arribado la etnia Inca.
Izquierda. Mama Ocllo, mujer principal de Túpac Yupanqui. Derecha. Túpac Yupanqui.
Otro retrato de Túpac Yupanqui.
Mapa de los cuatro suyos o distritos, tal como Túpac Yupanqui regionalizó al Estado.
Como se observa, la conducta e ideología del grupo dominante y dirigente del Cusco no difería nada de otros sistemas imperiales que han florecido en la historia universal.
§. Túpac Yupanqui. Otro gran periodo de expansión (¿1471-1493?)
En 1471 (¿?) Túpac Yupanqui ya estaba maduro, con más de 30 años de edad. Y una vez que aseguró su puesto y cargo en el poder supremo, anunció oficialmente la muerte de su padre para celebrar los ritos del purucaya (funerales), que incluían sacrificio de niños y llanto de mujeres especializadas en derramar lagrimones.
Hijo de la coya Mama Anahuarque, como hombre valiente y esforzado desde un comienzo continuó con el proyecto político-militar que había diseñado su progenitor. Consiguió no solamente conservar los territorios dejados por Pachacútec sino que los extendió aún más. Inició su reinado personal en 1471 aproximadamente.
Cuando llegó al poder absoluto era un hombre fogueado en la táctica guerrera y un excelente administrador, virtudes plasmadas durante su anterior correinado. Su tarea política y militar se contrajo a ensanchar sus posesiones demarcacionales y al mismo tiempo a mantener el orden y la paz, perfeccionando la organización y la administración en todos sus aspectos. En busca de tales metas puso en acción una campaña al Antisuyo (selva). Con un ejército dividido en tres sectores entraron por Aguatoma, Amaro y Pilcopata, dirigidos por él mismo y por otros dos guerreros famosos: Otoronco Achachi y Chalco Yupanqui, respectivamente. Se concentraron en Opatari, perteneciente ya al Antisuyo. Con audacia y tenacidad penetraron en la espesa selva, en cuyo interior hasta se extraviaron. Pero terminaron conquistando y anexando a las tribus de Opatari, Manú y Yanasimi (bocas negras). Avanzaron y pasando por el río Tono llegaron a Chipenaguas. El apo Cusí Rimachi, otro de sus generales, siguiendo por la ruta de Camata arribó al Paititi, al suroeste de Mapiri y a 2, 150 metros sobre el nivel del mar, donde puso las señales de las fronteras orientales por ese lado. Hay bastante probabilidad de que alcanzaron hasta Moxos, sin tomar posesión de él. Su afán por incorporar esas etnias era para proveerse de plumas de aves exóticas, yerbas medicinales, aves canoras, plantas-insecticidas, chacras para cocales y también para proveerse de la afamada chonta, árbol de madera formidable para lanzas de guerra. A partir de entonces cada que salía del Cusco dejaba como incap rantin (sustituto) a su hermano Amaro Yupanqui, su fraterno y fiel colaborador.
Precisamente cuando estaba en la selva, Túpac Yupanqui fue avisado por su hermano Amaro Yupanqui de cómo las collas se habían rebelado. Tuvo que salir dejando en la floresta a su leal y devoto Otoronco Achachi. Pasó a Paucartambo y de aquí a Vilcanota para sofocar a los sublevados que contaban con la alianza de los puquinas (Callahuaya, Capachica) y omasuyos, lo que les permitió resistir más de dos años. La oposición fue tan heroica que hasta pelearon en defensa suya las mujeres collas (huarmipucaras o huarntiaucas). Pero al fin triunfaron los incas; de modo que el señor colla fugó disfrazado de campesina para refugiarse entre los lupacas.
Túpac Yupanqui, para afianzar su poder y dominio emprendió la persecución, sobrepasando el Chacamarca (Desaguadero) y avanzando hasta Charcas. Venció en forma definitiva a los aymaras de Pacaje en la batalla de Llallagua. De Charcas pasó al sur, no parando hasta Chile, donde sometió a los sinchis Michimalongo y Tangalongo. Prosiguió a Coquimbo y por último arremetió contra El Puren, Tucapel y El Arauco, deteniéndose en el río Maulé, donde fijó los límites meridionales de su imperio. Dejando allí gobernadores y guarniciones de mitmas collas, retomó al norte. En Paucartambo lo esperaba Otoronco Achachi, con quien hizo su ingreso al Cusco.
Como se advierte, no sólo supo conservar el territorio legado por su progenitor, sino que lo amplió. En lo político dominó a todos los curacas; y en lo militar amplificó el sistema decimal al ejército. Y dividió al espacio imperial en cuatro suyos (regiones), dándole el nombre de Tahuantinsuyo: el Estado de las cuatro regiones: Chinchaysuyo, Antisuyo, Collasuyo y Antisuyo. En el cual, la jatun tupas llacta del Cusco (“magnífica y gloriosa ciudad”) fue considerada como el centro del perímetro jurisdiccional andino controlado por la etnia Inca; o como decían ellos: en el ombligo del mundo, palabras metafóricas para indicar que constituía el centro del nuevo imperio que se había generado allí, y que a su turno sería el último en la historia autóctona de los Andes. O en otros términos: la capital política, militar, administrativa, religiosa y cultural: un inaudito centralismo. Mitos hábil y vivamente elaborados la aureolaron con un hondo y penetrante prestigio sagrado, convirtiéndola en la llacta sagrada por excelencia. Se comenzó a decir y convencer entonces de que había sido fundada por el dios Ticsi Huiracocha Pachayachachi para sede de la etnia Inca, por lo que Manco Cápac tomó posesión de ella por mandato del Sol.
Estuvo casado con Mama Ocllo, aparte de una infinidad de esposas secundarias. Justamente una de éstas, llamada Chuqui Ocllo, mujer muy ambiciosa, consiguió que Túpac Yupanqui designara como correinante y heredero a su hijo Cápac Huari. Pero el sapainca titular desplazó a este príncipe, prefiriendo en su lugar a Tito Cusí Huallpa (Huayna Cápac), hijo de Mama Ocllo, nacido en Turnebamba. El incidente produjo toda una conjura del serrallo que acabó con el envenenamiento y muerte de Túpac Yupanqui mediante un brebaje suministrado por Chuqui Ocllo. Su óbito fue en los apartamientos de Chinchero, cerca al Cusco, en 1493 más o menos. Su linaje o descendencia se agrupó en la panaca denominada Cápac Ayllu, pero fraccionada en tres mitades: Collana, Payán y Callao o Cayao; quedando la primera comandada por un hijo del soberano, la segunda por su hermano Amaro Yupanqui, y la tercera por otro de sus hermanos llamado también Túpac Yupanqui Inca.
§. Huayna Cápac (¿1493-1527?) Esplendor del Tahuantinsuyo
La codiciosa Chuqui Ocllo, inconforme con la postrera voluntad de Túpac Yupanqui y no satisfecha con el envenenamiento de su marido, tejió la primera conspiración contra el joven Tito Cusí Huallpa, acabado de ser designado heredero. Aseguraba que el hijo suyo era el legítimo continuador, porque Túpac Yupanqui así lo había decretado desde años antes, y que sólo en el supremo momento de su vida, moribundo e inconsciente, había cambiado de resolución. A Chuqui Ocllo se le plegaron otras mujeres del gineceo o harén del difunto soberano, que miraban con ojeriza a Mama Ocllo, viuda principal de Túpac Yupanqui y madre de Tito Cusí Huallpa. Chuqui Ocllo vomitaba arengas incitando a la sublevación palaciega para destituir al joven príncipe y entronizar a Cápac Huari.
Persuadidos muchos orejones (nobles) con esos discursos se apresuraron a fomentar la revuelta. Y cuando la intriga estaba a punto de tener éxito surgió Mama Ocllo protestando enérgicamente por la absurda actitud de Chuqui Ocllo. Mama Ocllo, para enrostrar la sedición de las viudas secundarias (concubinas) de Túpac Yupanqui, felizmente contaba con la colaboración del fiel Huamán Achachi, militar de gran prestigio y experiencia, cuya vida habíala pasado al lado de su hermano el sapainca fallecido, asistiendo a casi todas las campañas guerreras.
Huamán Achachi enclaustró al “jovencito” Tito Cusí Huallpa en la fortaleza de Quispicanchis, para que no corriera riesgo alguno. En seguida accionó para debelar la insurrección. Exterminó a los cabecillas y arrestó a las viudas más comprometidas (Chuqui Ocllo y Curi Ocllo), condenándolas a muerte. La primera fue acusada públicamente por Mama Ocllo de haber envenenado a Túpac Yupanqui. El auqui Cápac Huari fue perdonado, por no tener culpa, pero se le desterró a Chinchero, para que muriese donde su madre atosigó a su padre.
La conspiración e intriga de alcoba fue desmantelada. Pero Tito Cusí Huallpa y Huamán Achachi quedaron muy consternados por el significado de tan terribles apetitos palaciegos. Y efectivamente, ahí no concluyó la crisis política. Debido a su “excesiva” juventud fue ineludible nombrarle un incap ranún (regente), para que gobernase en tanto durara su “minoría de edad”. Dicho cargo recayó en su tío Apo Huallpaya, quien al poco tiempo urdió a favor de un hijo suyo otra confabulación contra el príncipe para despojarle el mando. Para justificar su perfidia recalcó poniendo énfasis en la “extremada mocedad” de Tito Cusí Huallpa, y para darle fuerza a su alevosía entró en complicidad con algunos sacerdotes del Sol.
A Huamán Achachi, aposuyo del Chinchaysuyo, le fue posible descubrir la conjura gracias a unos ladrones de las pampas de Anta, quienes, al arrebatar varios cestos de coca a unos cargadores estatales que transportaban tan preciada hoja al Cusco, hallaron en su interior armas camufladas. Los salteadores denunciaron su descubrimiento. Hecha la pesquisa, Huamán Achachi entró al Cusco para acusar a los culpables de la conspiración. Los rapiñadores fueron indultados, mientras los leales a Tito Cusí Huallpa se aprestaban para defender al genuino sucesor.
Huamán Achachi apresó a los secuaces de Huallpaya, seguidamente de lo cual, a la cabeza de una gran cantidad de orejones sinceros se enrumbó al Coricancha para sacar el cápac unancha (emblema de mimbres acicalado con plumas de varios colores) y marchar sobre los subversivos hasta aplastarlos. Huamán Achachi agarró y tiró de los cabellos a Hualpaya increpándole su conducta falsa, hipócrita, pérfida, desleal, maldita. Incluso le dijo malnacido, vergüenza y baldón del linaje Inca, etc., etc.
Izquierda. Rahua Ocllo, una de las mujeres principales de Huayna Cápac. Derecha. Huayna Cápac, en cuya época el Tahuantinsuyo llegó a su máximo apogeo.
Otro retrato de Huayna Cápac.
Hualpaya, apresado, fue conducido a la casa de su padre el general Cápac Yupanqui, donde lo sentenciaron a morir por traidor. Igual pena impuso a su hijo, a quien intentó encaramarlo en el trono.
Momia de Huayna Cápac conducida desde Tumebamba, lugar de su fallecimiento, al Cusco, para ser depositada en un aposento especial.
Así finalizó la sedición, la primera llevada a cabo en el Tahuantinsuyo por un regente del propio inca. La revuelta fue, pues, ahogada.
Apagado el levantamiento, Tito Cusí Huallpa fue reconocido como sapainca titular, a partir de cuya data tomó el nombre de Huayna Cápac. Se casó y se hizo cargo directamente del gobierno, tomando como asesor y consejero al auqui Topa Inca, tío suyo. La tarea que se trazó fue una acción política en pro de la paz incaica. Su pasión era mantener a la tierra pacificada. Para ello visitó varias veces su territorio, nombró visitadores generales (encuestadores o censadores) y funcionarios administrativos en todo tipo de actividades.
Como los de la isla de La Puná, Huancavilca y Chono se rebelaron para recuperar su libertad, el sapainca salió a la represión comandando magníficas tropas. De regreso al Cusco eligió a su hijo llamado también Topa Cusí Huallpa (Huáscar) como al príncipe que debía sucederle, permitiéndole correinar. Y dejándolo como incap ranún del Cusco, preparó en seguida una expedición a regiones más lejanas. Con un ejército de 200 000 hombres, aparte de mujeres y yanas, salió rumbo al extremo norte del Chinchaysuyo. De Jatunjauja se desvió para ofrendar y pedir consejo al oráculo de Pachacamac: quería consultarle acerca de su destino. En el valle Huanca dispuso la segregación de ese reino en tres distritos o sayas autónomas, con el fin de poner coto a las rivalidades de los jatuncuracas de Anan y Urin. Con tal medida desestructuró al poderoso reino Huanca. Y luego, con los buenos vaticinios de Pachacamac penetró a Chachapoyas que otra vez habíanse sublevado en busca de su independencia; pero los reprimió con facilidad empleando crueles disposiciones militares y también otras de generosidad. De allí emprendió la conquista de Chilcho a Moyobamba.
Prosiguió con el deseo de conquistar a los belicosos pacamoros, sin lograrlo. De Tumebamba envió tropas para meter en orden a huancavilcas, chonos y punaneños. Pero esta vez le fue imposible restablecer la dominación y control directos, debido a que el clima húmedo, la floresta impenetrable y la infinidad de sabandijas ponzoñosas eran los mejores aliados de esas nacionalidades o etnias. Empero, ante la amenaza y peligro latentes de los incas, los punaneños, huancavilcas y chonos celebraron un tratado: pagar sus parias al sapainca, es decir un tributo consistente en caracolas, a cambio de lo cual el Cusco no les invadiría ni conquistaría.
En Tumebamba organizó un ejército multinacional. Avanzó hacia los tallanes y tumbesinos; preparándose con el pensamiento expreso para cargar contra los cayambes, carangues y pastos, etnias del extremo septentrional del Chinchaysuyo, que sólo pudo derrotarlas después de 10 años de una pelea titánica en la que ambos lucieron heroicidad y gallardía. Los vencidos fueron masacrados en la batalla de Cocharangue, que a partir de esa fecha se le dio el apelativo de Yaguarcocha: Lago de Sangre, en memoria de la mucha que fue derramada, quedando sus aguas teñidas de rojo. Apenas dejó con vida a niños y mujeres, que por miles desterró a distintos lugares, principalmente para confinarlos en las plantaciones de coca, ubicadas en la selva alta, introduciéndose en su lugar a miles de mitmas procedentes del Collao, Cusco y otros lugares para equilibrar la población de las etnias que acababa de conquistar con tanto trabajo y tiempo.
De allí ordenó al capitán Yasca encaminarse al sur, al Collasuyo, a contener el avance de las tribus guaraníes que, desde el Chaco paraguayo marchaban hacia el oeste en busca del utópico Paraíso, donde, según sus mitos, nadie envejecía ni fallecía. Ya habían penetrado y aniquilado la guarnición inca de Cuscotullo. En Misqui y Tomina, Yasca hizo prisioneros a decenas de guaraníes, obligando a retroceder a los restantes; pero de todas maneras no los derrotó. Reconstruyó las guarniciones de frontera, instaló otras nuevas y retomó al Cusco. Debió ocurrir entre 1522 y 1523. A los prisioneros guaraníes los trasladaron a Vilcanota, donde recibieron el nombre de Chiriguaná (escarmentados con el frío).
Mientras tanto Huayna Cápac pasó más al norte, llegando hasta Quillasinga, que sometió y anexó al imperio; pero que después abandonó por sugerencia de sus asesores y consejeros, quienes le convencieron de la inutilidad de retener a ese pueblo de “incapaces”, de cultura tan “primitiva” que más bien ocasionaba gastos al erario estatal. Retrocedieron, fijando la frontera, en forma definitiva, en el Ancasmayo, el actual río Carchi (que separa Ecuador de Colombia). Hizo una expedición por las selvas costeñas del oeste, retomando a Tumebamba, donde fue sorprendido por una epidemia.
En su época el imperio llegó a su máxima expansión y a un esplendor total. Cabalmente su nombre (Huayna Cápac), por tal razón, adquirió una nueva acepción: sol en el cénit, en directa alusión al apogeo del Tahuantinsuyo. De ahí que su figura era apoteósica, considerándosele como la encamación del dios Sol, venerándosele como a un dios viviente, con superioridad a todos los dioses regionales, a quienes los podía destruir si lo creyera conveniente.
En su época también adquirió relevante importancia la llacta de Quito, localizada al norte, residencia de connotados mitmas incas, encargados del control de la convulsiva tierra de carangues, cayambes y pastos. Pero el Cusco, núcleo de la etnia inca, seguía con su rol hegemónico con el aval de su larga historia y halo mitológico-legendario. Sin embargo, según parece, aquello determinó que, en un primer momento, Huayna Cápac pensase en dividir el territorio entre dos de sus hijos, hecho que no se llegó a materializar debido a las presiones del grupo dirigente que mantenía y defendía la predominancia y preponderancia del Cusco, donde regía el correinante Topa Cusí Huallpa de conformidad a una disposición emitida por el propio Huayna Cápac años antes.
En tal estado de cosas y pese a que, antes de dejar el Cusco, había nombrado como correinante a Topa Cusí Huallpa, o mejor dicho, su heredero, en su lecho de muerte y poco antes de exhalar el postrer suspiro en Tumebamba, modificó su dictamen, señalando a otro hijo suyo nombrado Ninan Cuyuchi. Pero éste, como el mismo sapainca, sucumbieron casi al mismo tiempo, más o menos en 1526 ó 1527, al parecer envenenados por los curacas de Chachapoyas, quienes les profesaban una inquina solapada y recóndita, hecho que se agudizó con la pandemia de viruelas traída por los españoles cuando desembarcaron en Tumbes y Pariñas durante el segundo viaje de Pizarra, y también por los mercaderes nativos que tenían contactos con sus colegas de Centro América, donde los españoles ya venían operando desde 1501. La versión oficial, no obstante, trató y logró convencer que sus decesos fueron causados por la fiebre típica de aquella enfermedad.
Frente a circunstancia tan inesperada, los orejones del Cusco acordaron exaltar como sapainca a Topa Cusi Huallpa, poniendo en ejecución la primera decisión de Huayna Cápac. Las vísceras de éste fueron inhumadas en el lugar donde había nacido (Tumebamba), su corazón pulverizado fue metido en un ídolo del Sol y su momia trasladada al Cusco. Su linaje o descendencia tomó el nombre de Tumebamba Panaca.
Huáscar y Atahualpa (¿1527?-1533). La caída del imperio Topa Cusí Huallpa, hijo de Huayna Cápac, nació en el pueblo de Huáscarquiguar o Huáscarpata, al sur del Cusco, donde lo trajo al mundo su madre Mama Ragua, segunda esposa y hermana del referido soberano. Cuando se hizo cargo del imperio no era un hombre inexperto, ya que por reemplazar a su predecesor en el Cusco durante las largas ausencias de éste, había adquirido una extraordinaria experiencia en los tejes y manejes de la administración estatal. De manera que cuando fue ungido sapainca era ya un individuo hecho y derecho. Desde aquel día tomó el nombre de Huáscar, en recuerdo del lugar donde vio la primera luz.
Inició su mandato gobernando a todo el imperio, y no a la mitad de él como se cree vulgarmente. Desde un comienzo también, todos le reconocieron como sapainca, inclusive Atahualpa, que paraba en los confines septentrionales del Chinchaysuyo, desde donde pidió a Huáscar el nombramiento de incap ranún de Quito y su área de influencia, es decir, el título de representante de Huáscar. Todo ello debió ocurrir entre 1527 y 1528.
Huáscar se casó con su hermana, la princesa Choque Huipa o Choque Huipa Coca. Y a lo largo de su reinado quiso seguir aplicando la política de su Madre. En consecuencia, fue piadoso y clemente con los que le escuchaban y obedecían, en tanto que cruel e impulsivo con los que le desacataban o querían desacatar, sin tener en cuenta que fueran o no sus parientes, bien que sabía mostrar tolerancia cuando las circunstancias las requerían. Los primeros años de su mandato fueron de paz y tranquilidad.
En su tiempo ya no restaba casi nada por conquistar. Las etnias que rodeaban las fronteras imperiales, de conformidad a los criterios de economía política de los anan y urincuscos no valían la pena anexarlas debido al bajísimo nivel económico-social. Incorporarlas más bien significaban un tremendo gasto para el erario estatal. De ahí que solamente emprendió dos expediciones, una a Pomacocha y Honda, al noroeste de Chachapoyas, encargándola a Chuquisguamán, un familiar suyo, a Tito Atauche y al tucricut Runto de Chachapoyas. Invadieron y conquistaron los referidos señoríos de Pomacocha y Honda, mientras Atahualpa hacía una incursión contra los huancavilcas y punaneños que se negaban a pagar sus parías (sal y caracolas), sofocándolos con celeridad y facilidad, por lo que regresó a Quito en son de triunfo. Para invadir y conquistar el valle de Moxos envió a su hermano Manco Inca Yupanqui.
Izquierda. El cadáver de Chuquillanto, esposa principal de Huáscar. En vida también fue muy dada a la crianza de pajaritos y guacamayos en sus aposentos. Derecha. Huáscar prisionero.
Otro retrato de Huáscar.
Funerales de Atahualpa en la iglesia de San Francisco, Cajamarca.
Pero su tiempo también, desde un comienzo, tuvo que dedicarlo a otras cosas: debelar sediciones y conjuras tejidas en su contra por opositores que pretendían el cargo de sapainca. Los que iniciaron la subversión en el Cusco fueron sus hermanos Chuquisguamán y Conono, quienes anhelaban colocar como sapainca a otro hermano suyo: Cusí Atauchi, hombre de estimación general en la capital del Tahuantinsuyo. Pero no pudieron efectivizar nada porque el mismo Chuquisguamán, arrepentido y miedoso, delató a sus hermanos. El resultado fue la veloz ejecución de Conono y Cusí Atauchi, para cortar la propagación de la conjura. Hizo lo posible para poner calma a las rivalidades existentes entre los anan y urincuscos; pero la sublevación más tremenda que tuvo que afrontar fue la de su otro hermano Atahualpa, incap ranún en las comarcas quiteñas, quien contaba con la inclinación, afinidad y simpatía de los cayambes, carangues, pastos y de los entrenados mitmas incas residentes en Quito y Carangue.
Huáscar comenzó a desconfiar de todos, inclusive de los que tiempo antes llegaron al Cusco trayendo la momia de Huayna Cápac. Los creyó cómplices de ocultos y remotos preparativos desestabilizadores de Atahualpa; los hizo apresar y torturar para obtener declaraciones, pero al no sacar ninguna revelación ordenó matarlos. Tal actitud fue motivo para que le quitaran su confianza los anancuscos, a cuyo linaje pertenecían los ejecutados, entre ellos algunos de gran influencia. Con todo esto, pues, condujo su gobierno sin brillo ni popularidad.
La guerra subversiva de Atahualpa fue provocada única y exclusivamente por las ansias de poder, una más en la historia de la etnia Inca. Para alcanzar sus designios consiguió el favor de los pastos, carangues y cayambes, aprovechando la escondida oposición de estos pueblos hacia los cusqueños, quienes años anteriores habían liquidado a sus padres y abuelos en Yaguarcocha. Los convenció para tomar la revancha y venganza por la horrenda masacre dirigida y presenciada por Huayna Cápac. Para lograr sus fines, Atahualpa adujo que su madre había sido la reina viuda de Carangue (Otavalo), con lo que le fue factible persuadirlos. También logró el apoyo de los mitmas incas acantonados en Quito y Carangue. La beligerancia fue
declarada cuando Atahualpa se negó a viajar al Cusco, desoyendo una orden de Huáscar.
Iniciada la contienda, Huáscar confió la primera campaña a su hermano Atoe, que derrotó a Atahualpa en la batalla de Mocha, pero sin lograr hacerlo prisionero. Atahualpa, prosiguiendo la lucha, ganó en la subsiguiente batalla de Ambato o Mulliambato, en la que aprehendieron a Atoe. Tal acción de armas determinó que los efectivos huascaristas fueran puestos bajo el comando del príncipe Huanca Auqui, quien sufrió reveses tras reveses en Rumichaca y Mullituro, motivando su angustiosa contramarcha a Tumebamba y Cusibamba.
Aprovechando una tregua, Atahualpa invadió y conquistó espectacularmente a los selvícolas septentrionales de Quijos, Maspa, Tosía y Cosanga, y poco después a los yumbos. Lo que impulsó a Huanca Auqui para que atacara sin ventura a los pacamoros y huambucos, quienes lo desbarataron en los combates de Callanga y altos de Huambuco. Regresó totalmente desmoralizado.
Reiniciada la lucha entre los bandos de Atahualpa y Huáscar, las victorias campales, unas tras otras fueron obtenidas por los rebeldes gracias a la destreza de los estrategas Quisquís y Chalcochimac. Ellas permitieron que Atahualpa avanzara triunfalmente hasta Huamachuco, donde destruyó el templo del dios Catequil y persiguió al sacerdocio de éste por haberse equivocado en sus augurios. De allí mismo hizo una expedición punitiva hasta Pipos, en Chachapoyas, debelando una sublevación. De regreso quedóse a descansar en los baños termales de Pultamarca (Cajamarca), en tanto sus tropas continuaban invictas hasta tomar y avasallar el Cusco.
La derrota de Huáscar fue integral, hecho que coincidía con el arribo de los invasores hispanos capitaneados por Francisco Pizarro a Cajamarca, llacta en la que tomaron prisionero a Atahualpa.
Los mitmas incas de Quito con los cayambes, carangues y pastos diezmaron a casi toda la familia de Huáscar y Túpac Yupanqui. Perpetraron destrozos increíbles en el Cusco; únicamente respetaron el acllahuasi y el Coricancha. De las momias incas, la de Túpac Yupanqui fue vilipendiada y achicharrada. Huáscar, que había perdido en la batalla de Cotabamba, la última de la guerra civil, fue sometido a un lacerante escarnio. Sus esposas e hijos eran asesinados y desmembrados en su presencia; incluso su personal de servició. En" fin, todos los que habían simpatizado con él eran perseguidos, colgados y desviscerados, exhibiendo sus cadáveres desde Jaquijaguana al Cusco. Así fue como los cayambes, carangues y pastos se vengaron de la hecatombe de Yaguarcocha, mientras que para los mitmas incas de Quito, que colaboraban con Atahualpa, significaba capturar el poder y gobierno del Tahuantinsuyo.
En la forma más indigna que pueda imaginarse, Huáscar fue extraído para llevárselo ante la presencia de Atahualpa, no en andas como estilaban los soberanos incas, sino a pie, caminando cual un insignificante plebeyo, con las manos amarradas a la espalda, jalándolo por medio de cuerdas atadas en su cuello. Pero no pudo comparecer frente a su hermano “victorioso”; porque éste ordenó victimarlo en el paraje de Andamarca, al suroeste de Huamachuco, en la hoy provincia de Santiago de Chuco. Cosa que fue cumplida por sus secuaces, tirando sus restos mortales al río Yanamayo. Así evitó que se aliara con los españoles.
Atahualpa, cautivo, farisaicamente simuló mucha congoja por la desaparición de su hermano. Pero pocas semanas después los propios españoles también lo sentenciaron a ser quemado vivo, aunque Atahualpa consiguió se le conmutara con la del garrote, a trueque de recibir el bautismo, ceremonia en la cual se le dio el nombre de Don Francisco, en homenaje a su padrino: Francisco Pizarro. Lo mataron en julio de 1533, en la llacta de Cajamarca, donde sus verdugos lo enterraron en una iglesia católica que habían hecho construir. De allí sus yertos despojos fueron exhumados por los cayambes, carangues y pastos, los cuales, por disposición de Quisquis, y cuando derrotados por cusqueños y españoles retomaban a sus patrias, lo transportaron al norte, donde había transcurrido la mayor parte de su vida.
Así acabó el imperio del Tahuantinsuyo, asumiendo el mando y poder Francisco Pizarro, que comenzó a regir el Perú a nombre de Carlos V, en una empresa en la que recibió la premeditada y deliberada colaboración de muchas etnias que ilusoriamente se imaginaban ver en él un aliado para restaurar la autonomía de sus señoríos y reinos que antaño fueron intervenidos por la etnia inca. Sentimientos y resentimientos que el invasor hispano supo explotar sacando ventajas políticas y militares. Es que éstos no venían a liberar pueblos, sino a implantar el colonialismo y la dependencia extranjera en las tierras y países que fueron del Tahuantinsuyo. Y no por breves años, sino por tres centurias.
§. Periodificación del incario
Después de lo expresado en las páginas anteriores, se llega a la conclusión de que continúa vigente la antigua cronologización de incas de Urincusco e incas de Anancusco. La primera de Manco Cápac a Cápac Yupanqui, y la siguiente de Inca Roca a Atahualpa. Efectivamente hubo una época en que los señores de Urin ejercieron el mando absoluto en las dos mitades o sayas de la etnia Inca; poder que quedó desdoblado a partir del citado Inca Roca, en que pasaron a cargo de los Anan las jefaturas supremas concernientes a lo político, militar, económico, judicial y cívico; quedando para los de Urin únicamente el sumo sacerdocio del Sol.
Por cierto que esta no es la única división. Hay otra tan efectiva e importante como la precedente. Es la separación donde se toman en cuenta dos períodos bien diferenciados: el primero que abarca aproximadamente desde fines del siglo XII al año 1438; es el tiempo de los orígenes y de los sinchis o jefes sin conquistas rutilantes, sin más dominio que el Cusco y sus entornos, o en otras palabras: sin imperio. Y luego el segundo que se inicia, más o menos en 1438, con Pachacútec. Es la etapa expansiva que corresponde a la formación, desarrollo y consolidación del Estado imperial del Tahuantinsuyo, de la unificación política del mundo andino. Duró apenas 95 años, hasta 1533, en que fue destruido por los españoles en colaboración con otras etnias de costa y sierra.
En consecuencia, la cronología del imperio es, plus minusve, la siguiente:
1. Pachacútec (1438-1471).
2. Túpac Yupanqui (1471-1493).
3. Huayna Cápac (1493-1527).
4. Huáscar (1527-1532).
5. Atahualpa (1532-1533).
Atahualpa prisionero, en poder de los españoles, en Cajamarca.
Mapa del Tahuantinsuyo en los tiempos de Huáscar y Atahualpa. En el noroeste del Chinchaysuyo, en lo que ahora es el litoral ecuatoriano, los incas no pudieron implantar una directa dominación política y militar. Lo que hicieron fue imponer un tributo de caracolas y sal, como condición para que el poderoso Estado tahuantinsuyano no invadiera ni conquistara a esas etnias norcosteñas. Es lo que en el siglo XVI recibía el nombre de sistema de parias.
Plano de una aldea de la etnia Tanquigua. Se trata de la residencia de un ayllu nucleado.
Plano de la marca o aldea de Purumachu, en la etnia Chachapoya. También se trata del asiento de un ayllu nucleado.
Capítulo 5
Ayllu, familia, tierra y otros aspectos de la vida cotidiana
Contenido:
§. El ayllu
§. Familia y parentesco
§. Uniones matrimoniales
§. Situación de la mujer
§. Alimentación
§. Bebidas
§. Recursos naturales
§. Los árboles
§. Artesanos e intercambio
§. El tupo agrario. Medidas
§. Viviendas
§. Atavíos y adornos
§. Salud y enfermedad
§. Juegos y diversiones
§. El ayllu
El ayllu es una familia extensa, en la que sus miembros aglutinados en familias nucleares-simples y familias nucleares-compuestas, estar ban y están vinculados por el parentesco real y no meramente ficticio. Regía la prohibición del incesto o endogamia entre los sujetos componentes de una familia nuclear, mas no entre los del ayllu o familia extensa; o sea que las uniones sexuales debían llevarse a cabo entre varones y mujeres pertenecientes a un mismo ayllu. Esto en lo que respecta al campesinado o jatunruna, pero no entre los señores o curacas, para quienes se permitía tanto el incesto como la exogamia, por lo que frecuentemente tomaban como cónyuges a personas nobles correspondientes a otros ayllus. La aristocracia practicaba, pues, simultáneamente, el incesto, la endogamia y la exogamia; mientras el jatunruna forzosamente la endogamia y monogamia.
Cada ayllu, integrado por varias familias nucleares, se consideraba descendiente de una sola pareja de antepasados remotos. De ahí que, por lo común, guardaban en algún lugar sacralizado (cuevas/huacas) a la momia de ese primer progenitor y fundador del grupo, al que llamaban malqui, rindiéndole culto, haciendo lo mismo con las de sus antepasados más cercanos. Y como aquel antiquísimo fundador había sido el primer guía y jefe, los del ayllu reconocían la misma autoridad en sus descendientes, a los que les daban el nombre de curaca: el mayor de todos; ocupando por tal hecho un rango superior dentro del ayllu, pero sin facultades personales imperiosas, de modo que se lo aquilataba como un auténtico primus interpares.
En general, el campesinado serrano y costeño estaba intensamente vinculado al suelo; en todo instante se sentía hermano e hijo de él, hecho que determinaba la divinización de la Pachamama o madre tierra. De ahí que el sentido de “terruño” y “patria” para ellos estaba identificado con el terreno que ocupaba su ayllu, robustecido con lazos religiosos.
La conglutinación de las unidades domésticas, denominadas más específicamente familias nucleares-simples y nucleares-compuestas para conformar ayllus o comunidades fue necesaria en la población andina, como única manera de contrarrestar la falta de herramientas y maquinarias que hubieran podido sustituir la energía humana. El trabajo colectivo era la única respuesta que tenían para organizar y controlar toda labor que redundara en bien de todos ellos. Sin esa unidad no habrían realizado las asombrosas redes de canales en los valles costeños, ni hubieran llevado a su término otras impactantes construcciones en las comarcas altas de la serranía. Pero estas tendencias unificadoras alcanzaron su pleno éxito cuando se crearon los Estados tipo reinos e imperios.
Es muy difícil determinar el número exacto de familias nucleares y de habitantes que componían cada ayllu. Pero debieron existir hasta con varios cientos de individuos en lo que toca al segundo rubro, por cuanto se trataba de una familia extensa, con parientes lejanos y cercanos. Según los pocos censos del siglo XVI que se conocen, hubo ayllus de 20 personas y otros de 600; pero tan resultante diferencia se debía a las epidemias y migraciones forzadas a que se les sometía por los conquistadores hispanos.
Tal masa poblacional estaba integrada, en orden de importancia y número, por agricultores, pastores y artesanos que vivían desde los bordes del mar, a cero metros de altura, hasta lugares que superaban los 4200, ocupando desde las playas hasta las punas o estepas, amén de una diversidad de elevaciones intermedias, donde cada cual constituía un distinto piso ecológico. Las comunicaciones para contactarse unos con Otros estaban aseguradas a través de vías naturales cercanas a ríos y por valles que corren de Este a Oeste.
La mayor cifra de ayllus estaba configurada por agricultores, cuyas familias nucleares-simples y compuestas compartían diversos pisos ecológicos; pero existían otros conformados tanto por agricultores como por ganaderos.
Hermosa vista de un sector del ayllu de Otavalo, cabecera de la etnia Carangue (o Caranqui en quechua cusqueño). Quedaba a orillas del lago Chicapán (hoy San Pablo), al norte de Quito (Ecuador). Aquí, el único elemento no andino es el arado que se ve a la izquierda.
En tal situación, los pastizales de forraje corto ubicados en las punas (estepas) permanecían indivisos, de manera que cualquier poseedor de ganado dentro del ayllu podía meter libremente a sus pastores niños y adolescentes.
En el dibujo se muestra el ámbito denominado Huacjlasmarca, sede del ayllu de Lurinhuaylla de Huacjlas. Queda en un lugar fortificado. Por el norte y este, un profundísimo acantilado lo hace inexpugnable; mientras que por el sur y oeste tiene cuatro hileras de cercas o murallas concéntricas. Todo lo cual anuncia el carácter defensivo y ofensivo de su época (preinca). Hay corrales, viviendas circulares, callejones, recintos sagrados, puestos de vigilancia, espacios abiertos (plazuelas), canales y estanques. Huacjlasmarca fue despoblado en 1572, año en que sus pobladores fueron obligados a trasladarse a la reducción de La Asunción de Mito (Jauja).
Pero también funcionaban ciertos parajes en el Collao y Chinchaycocha (Junín) en que sus ayllus eminentemente ejercían de ganaderos, basando su vida en la domesticación de llamas y alpacas, de las que utilizaban la espesa pelambre; sus carnes cecinadas y secadas al sol (charqui); sus pellejos para preparar sandalias (ojotas), correas, bolsas y sogas; sus huesos para manufacturar agujas, antaras u otros instrumentos empleados en la textilería; su excremento (taquia) como combustible en las cocinas de las apacentadoras. En algunas oportunidades ciertos ayllus de pastores tenían chacras en pisos ecológicos templados y/o cálidos; pero también hay evidencias de otros (verbigracia, en el reino Colla) en que sólo fueron única y exclusivamente ganaderos. En tales ocasiones balanceaban su dieta con la obtención de productos conseguidos mediante el trueque, para lo cual caminaban docenas de kilómetros, rumbo a tierras bajas, en los meses de cosechas.
Cada familia nuclear-simple y nuclear-compuesta poseía sus casas, unas veces situadas en forma nucleada conformando pequeñas aldeas o marcas (poblados), como puede apreciarse en sus restos que aún subsisten en las áreas de Chachapoya, Ancarae, etc. Y en otras, innegablemente la mayoría, esparcidas en los bordes de sus chacras. En el primer caso procuraban levantarlas encima de promontorios o sobre colinas, buscando de preferencia sitios pedregosos o rocosos, o mejor dicho, improductivos. Las paredes las erguían con los materiales propios de cada ecología: en la sierra de pirca (barro con piedra) y de adobe. En la costa solamente de adobitos y adobes secados al sol. En otros parajes, como en el espacio Tallán y Tumbes las hacían de sencillos bajareques (cañas sin embarrar, dejando espacios para la aireación, debido al clima muy caluroso). Como en la sierra el piso es poco parejo, las construcciones seguían las sinuosidades del suelo. Por allí usualmente las levantaban de planta circular, no faltando las cuadrangulares (y en el ámbito Chacha las ovaladas); pero eso sí, todas íntegramente cubiertas con paja. Las fabricaban en desorden e independientes unas de las otras, de manera que no había calles sino pasadizos en laberinto. Cada asentamiento, por lo común, servía de residencia a un solo ayllu; pero también hubo marcas (aldeas) que eran la estancia de varios ayllus, como sucedía en Tunanmarca, Jatunmalca y Huajlasmarca en las alturas del reino Huanca. He ahí por qué en estos lugares y en otros parecidos existen centenares de casas redondas, a diferencia de las aldeas chachas en que solamente hay de 19 viviendas y aun menos, excepto en Cuelap, donde se han contado más de 300.
Las aldeas edificadas en la sierra procuraban asentarlas al lado de acantilados; y por donde el acceso resultaba relativamente cómodo se le cercaba con muros de piedra que seguían diversos modelos: rectos, semicirculares, en zigzag. Todo lo cual es muestra palpable del estado de inseguridad y de guerra permanente en que se habían desarrollado los señoríos y reinos antes del imperio de los Incas. Estos reubicaron muchas aldeas ocupadas por ayllus, trasladándolas a parajes más llanos y accesibles; así lo hicieron por ejemplo en el ámbito Lupaca. Sin embargo, fueron los españoles (1550-1586) los que verdaderamente consumaron la desocupación de las aldeas de altura para reubicarlas en sitios planos o por lo menos en parajes más francos y alcanzables. Para que sus pobladores no retomaran, destruyeron las viejas aldeas.
Las aldeas andinas, no obstante, tenían un gran problema con el abastecimiento de agua y control de sus chacras. Casi todas veíanse obligadas a abastecerse de manantiales distantes, a varios kilómetros de lejanía; mientras sus parcelas permanecían localizadas en partes muy bajas en relación al emplazamiento de sus respectivas marcas. Lo que las hacía, a la larga, asentamientos vulnerables a los largos estados de sitio impuestos por los atacantes. Con esta táctica los incas derrocaron a varios señoríos y reinos, como a los huancas de Tunanmarca. Marca en quechua y aymara equivale a aldea en castellano.
En el ayllu el hombre no era considerado como entidad individual, separado de la masa. Lo que imperaba era el concepto de colectividad; el hombre se diluía en la multitud como la gota de agua en el mar, con derechos y obligaciones colectivos o comunes. El derecho a la tierra, vivienda, matrimonio y vestido correspondía a todos por el simple hecho de existir, porque así convenía a la comunidad y no porque fulano fuera un individuo y mengano otro. La individualidad no era concebida, porque el hombre colectivizado es una persona sin rostro, imposible de ser particularizado. No se diferenciaban por sujetos, sino por ayllus y etnias (o naciones) para lo que, estas últimas, portaban distintos modelos de tocados y a veces trajes de matices diversos.
En runashimi (idioma del hombre) a los bienes comunes del ayllu se les decía sapsi. Precisamente las tierras que reunían este carácter sólo eran administradas por sus jefes o camachic (curacas), sin jamás disponer a su arbitrio de ellas, ni de los pastos, ni de las aguas. Y si alguna vez les urgía desprenderse de alguna porción era indispensable el acuerdo unánime de los integrantes del ayllu. Así sucedió en una ocasión en Guaquis y Carania (Yauyos) en tiempos de Túpac Yupanqui. El camachic {jefe del ayllu) y demás runas (pobladores), por lo tanto, únicamente tenían derecho al usufructo de las tierras, pero no la propiedad personal de ellas, por ser colectivas o comunes.
La propiedad conjunta de los ayllus adquiría diversas modalidades. En unas las tenían localizadas en forma compacta; y en otras mediante lotes diseminados en varios parajes ubicados a la misma altura o en distintos pisos ecológicos. En la sierra o tierras altas es donde prevalecía este último sistema, mas no así en la costa. Los ayllus de mitmas también poseían sus tierras siguiendo estos mismos modelos. Pero eso sí, ya compactos o ya desperdigados todo lote o chacra estaba perfectamente linderado. Fueron el ayni y la minga, más el control de diferentes nichos ecológicos, los que permitieron al ayllu afirmar su cohesión frente a su medio ambiente, al cual fue necesario dominar. Dentro del ayllu, justo, funcionaban el ayne o ayni (reciprocidad) y la minga o mima (colectivismo), dos formas de trabajo que generaban bastante autosuficiencia. El ayni o ayuda recíproca permitía que jamás tuvieran problemas con el suministro de mano de obra, ni sintieran necesidad de poseer dinero para comprar la energía ajena; pues el ayni es el trabajo prestado que tienen que devolver en un momento dado. Mediante la minga o faenas colectivas el ayllu construía canales, puentes, senderos, templos, etc. de servicio comunal. Tanto el ayni como la minga son actividades laborales que brotan de la voluntad campesina, porque benefician a ellos. He ahí por qué al surgir el imperio Inca, éste desde un principio favoreció al ayllu, con el objeto de extraer de él la fuerza de trabajo para generar las rentas que urgía para su funcionamiento.
Entre ellos, pues, lo más notorio resultó la persistencia de la organización ciánica de las familias extensas, llamada en runashimi ayllu y en búcaro (o aymara) hatha, sobre cuyos fundamentos los españoles del siglo XVI recrearon y/o reorganizaron las comunidades de indígenas, cuyos rezagos subsisten hasta hoy.
Esto explica por qué, en la sierra principalmente, el nacimiento de un hijo, fuese varón o mujer, era imposible de que constituyera una angustia económica, ni motivo de preocupación para nadie. Los padres no tenían por qué sufrir por el presente y futuro del muchacho, ni pensar si el presupuesto familiar alcanzaría o no para otra boca que alimentar. Para solucionar la cuestión estaba la propia comunidad o ayllu, que:
1. había ya dado a cada hogar, en usufructo, sus respectivas tierras donde cultivar y cosechar sus alimentos; y
2. tenía asegurada la entrega de terrenos al joven una vez que éste llegara al grupo de edad reglamentario para unirse a una compañera o esposa.
Nadie, pues, temía a la desocupación ni al hambre, salvo durante las sequías, heladas y granizadas. Sin embargo, no había descontrol de la natalidad.
Quien pertenecía a un ayllu gozaba de todos los beneficios y derechos, siempre y cuando cumpliera con las obligaciones consuetudinarias. Y ambas figuras funcionaban ora residiera en el paraje nuclear, o ya estuviera en recintos periféricos, inclusive a centenares de kilómetros de distancia. Por eso los mitmas chupaichos (Huánuco) que iban al Cusco a cumplir sus mitas (trabajos estatales por tumos), o los mitmas lupacas (Puno) que se hallaban en su enclave de Capinota (Cochabamba/Bolivia) no perdían el derecho a las parcelas, pastos y redistribuciones a que tenían opción en sus etnias nacionales.
Lo que acabamos de decir implica que en el ayllu no todos en absoluto eran sujetos de derecho. Había algunos a quienes se les podía suspender sus beneficios, ventajas y obligaciones, por ejemplo expulsándolos por negligencias e infracciones sociales cometidas. Al hacerse acreedores a tal sanción, se convertían en vagabundos-mendigos, o en bandoleros, o en yanas. Eran los indigentes del país, auténticos desheredados, al punto de mendigar para poder sobrevivir. Hasta que su ayllu, si es que lo creía conveniente, les perdonaba y readmitía. Por lo menos así es como lo constata la fuente etnográfica, i
La unidad nuclear de tipo administrativo y local siempre fue el ayllu, cuyo número e importancia no fueron mermados antes ni durante los incas. Más bien se acrecentaban por la escisión de familias nucleares cuando la población crecía, como ocurrió con los Llucho y Pidán del valle de Condebamba (Cajabamba/reino de Huamachuco) La cantidad de ayllus en el Tahuantinsuyo sobrepasó de 2000, casi todos con tierras de propiedad colectiva para usufructuarias. Ya dispersos o ya aglutinados, dentro de ellos el usufructo más los aynis y mingas, constituyeron los únicos que funcionaban autónomamente sin intervención estatal Inca. Pero en cuanto a la prestación de mitas, allí sí permanecían controlados por sus curacas, y éstos, por los tucricuts (gobernadores nombrados por el Cusco).
Las tierras de las panacas o ayllus reales integrados por la etnia Inca también tenían el carácter de multifamiliares o colectivas. La disimilitud con los ayllus comunes es que en las de las panacas sus poseedores no trabajaban directamente la tierra, sino sus abundantes yanaconas llevados de todo el imperio. Las posesiones de las panacas estaban ubicadas de preferencia en el Cusco y cercanías; pero también las había en comarcas lejanas, como en Quinua (Ayacucho), cuando se les trasladaba a reasentamientos distantes en calidad de mitmas-incas para ejercer la vigilancia oficial en circunscripciones bien delimitadas.
Panaca es una voz que servía para designar a los linajes de gente noble, de altísima alcurnia; es decir de familias extensas pertenecientes a la etnia Inca, donde sus componentes practicaban la endogamia y la exogamia simultáneamente, a desemejanza de los ayllus plebeyos donde reinaba la endogamia. Las panacas del Cusco estuvieron oficialmente agrupadas en dos grandes mitades: Anan y Urin, según el inca del cual procedían.
Los ayllus de mitmas también recibían tierras colectivas, llevando internamente un régimen de vida idéntico a los ayllus de sus tierras de origen. Claro que entre ellos, a la larga, el supremo dominio pertenecía al inca, quien podía removerlos cuantas veces quería; pero mientras no se produjera eso, como en efecto no se produjo, los mitmas permanecían como poseedores mancomunados. Así ocurrió, por ejemplo, en Chetilla (Cajamarca), sede de los mitmas chilchos; en Millerea (Huancané), asiento de los mitmas Chuquicachi.
El ayllu, por lo tanto, conformaba el elemento sobre el cual se edificó la base de la sociedad andina. Y como los señoríos y reinos estaban integrados por varios ayllus, entre éstos existían relaciones que, evidentemente, no eran iguales o simétricas. Había rangos, de manera que la mayoría permanecía subordinada y dependiente a otro que se le consideraba el ayllu líder. Y como cada ayllu tenía su jefe o curaca (camachic), el primus interpares del ayllu reconocido como dominante, como es racional, ejercía la jefatura de todo el reino y/o señorío. Y como, cada ayllu tenía sus dioses y huacas, como lógico resultado, funcionaban huacas dominantes y huacas subalternas; lo que quiere decir que la huaca del ayllu enseñoreador desempeñaba el papel de dios tutelar de la totalidad del señorío o reino. Así, por ejemplo, aconteció en el reino de Caxamarca, llamado ahora erróneamente Cuismancu.
§. Familia y parentesco
Un ayllu integrado por agricultores, o por ganaderos, sin usufructuar tierras y pastos no hubiera podido funcionar. Sin embargo, el ayllu significaba, por igual, precisos lazos de parentesco; y no un mero parentesco simbólico o mítico, sino real, efectivo, enriquecido y vitalizado por los matrimonios ininterrumpidos entre los jóvenes que componían las familias nucleares-simples y nucleares-compuestas que, como se sabe, configuraban un ayllu. De ahí que la terminología del parentesco estaba intensamente desarrollada, como lo comprueban los vocabularios y diccionarios quechuas y aymaras de los siglos XVI y XVII:
Parientes lejanos
Caru ayllu
Tatarabuelo (paterno o materno)
Machuypa machun
Tatarabuela (paterno o materno)
Payaypa payan
Bisabuelo (paterno o materno)
Yayapa machun
Bisabuela (paterno o materno)
Mamapa payan
Abuelo (paterno o materno)
Machu
Abuela (paterno o materno)
Payu
Padre
Yaya
Hijo del padre
Churi
Hija del padre
Ususi
Nieto, nieta
Hahua
Bisnieto, bisnieta
Huillca
Tataranieto, tataranieta
Chupuyu
Madre
Mama
Hijo o hija de la madre
Huahua
Nieto, nieta
Hahua
Bisnieto, bisnieta
Huillca
Tataranieto
Chupuyu
Tío (hermano del padre)
Yaya
Tía (hermana del padre)
Caca
Tía (hermana de la madre)
Mama
Hermano del hombre
Huauque
Hermano de la mujer
Tura
Hermana del hombre
Pana
Hermana de mujer
Ñaña
Sobrino de hombre
Sobrino de la mujer
Mulla-
Primo 1ro de hombre
Prima 1ra de hombre
Sispa pana
Primo 2do de hombre
Prima 2da de hombre
Primo 3ro de hombre
Caru huauqque
Prima 3ra de hombre
Caru pana
Primo 1ro de mujer
Prima 1ra de mujer
Primo 2do de mujer
Ccaylla tura
Prima 2da de mujer
Ccaylla ñaña
Primo 3ro de mujer
Prima 3ra de mujer
Como se ve, los varones de habla runashimi (quechua) empleaban una palabra especial para designar a sus parientes femeninos, y viceversa. Y se nota asimismo que tales términos no tenían nada de vacuidad, sino que trasuntaban una verdad sentida y respetada. En primer lugar, los grados de consanguinidad eran numerosos. Otra característica es que entre las voces para señalar al padre y tío paterno no existían diferencias, siempre y cuando fueran del mismo género gramatical. Para los tíos matemos era diferente. Pero lo interesante es que los tíos estaban considerados igualmente como padres. Lo que advierte que cada individuo tenía muchos padres y madres. Los primos paternos y matemos también todos se reputan hermanos entre sí. He ahí porqué el ayllu conformaba una gran parentela, es decir, una familia extensa, que hacía del conjunto un grupo muy unido.
Gráfico estampado en 1630 para mostrar el funcionamiento de la descendencia paralela.
El porqué de usar tantos vocablos diferentes para designar los grados de parentesco según el sexo de las personas, se debía al sistema de la descendencia paralela. Y el porqué de la existencia de la descendencia paralela se hallaba en la creencia supraestructunal de que los hijos varones pertenecían al padre y las hijas mujeres a la madre. En lo que respecta, pues, a la filiación de la prole imperaba a nivel andino la descendencia paralela. En tal sentido, los hijos hombres pertenecían teóricamente al padre y las hijas mujeres a la madre; o en otras palabras: los varones se derivaban del padre y las chicas de la madre. Lo cual, es evidente, traía varias implicancias:
1. Los hombres heredaban los bienes muebles del progenitor; y las muchachas los de su progenitora.
2. Los varones cuidaban la momia de su antecesor; en tanto las chicas la de su antecesora.
3. Los hijos se hacían responsables de los compromisos dejados por sus padres fallecidos, y no de la de sus madres; ocurriendo lo contrario con las hijas. Decimos teóricamente porque, en la práctica, las progenitoras jamás dejaban de sentirse madres del hijo al que habían concebido y dado a luz. Y lo mismo acaecía con los padres respecto a sus hijas, engendrados por ellos.
La descendencia paralela tenía tantísimo aliento y eficacia que, en 1575, un doctrinero de indígenas planteó su radical extinción por considerarla perniciosa dada la desigualdad en que quedaban los hijos e hijas de un mismo matrimonio. Precisamente, por lo arraigado que estaba, el Tercer Concilio Límense de 1582 la reconoció, legislándola tácitamente en uno de sus artículos, con el agregado de que a partir de entonces los pequeñuelos llevaran el apellido del padre, y las niñas el de la madre. Esta costumbre tuvo tanto peso que persistió hasta las primeras décadas del siglo XIX y en la sierra ecuatoriana hasta hace poco. El listado que se ha expuesto es, en realidad, el léxico que usaban en la terminología de la descendencia paralela.
No obstante lo que se acaba de expresar, desde hace décadas ciertos autores vienen propugnando la teoría de que, por lo menos en la etnia Inca, debió imperar la filiación matrilineal. El iniciador y portaestandarte de esta elucubración fue R. Latchman, y los argumentos que esgrimió en su defensa fueron:
1. que los linajes reales tenían por nombre panaca, palabra que procedería de pana, es decir, hermana; y
2. que el sapainca se matrimoniaba con su hermana para legalizar su gobierno. Pero se trata tan sólo de hipótesis que aún no se las ha podido comprobar.
Para las familias unidas mediante el pantanaco o tincunacuspa (servinacuy) o por medio del matrimonio legal, fue una ansia latente el de tener por lo menos dos hijos, tanto porque urgían un complemento de ayuda para el trabajo hogareño inmediato, pero mucho más porque necesitaban quienes velasen por ellos cuando ancianos (laboreo de sus chacras) y para que hubiese quienes cuidasen del culto de sus cadáveres o momias generación tras generación; y asimismo para que no desapareciese la continuidad del ayllu. Era, pues, un deseo indeclinable el de procrear hijos. He ahí por qué criaban con gusto a sus retoños; y en caso de la imposibilidad de engendrarlos adoptaban niños ajenos, de preferencia huérfanos, ya que era bastante difícil que los padres con vida se desprendieran de los suyos. Con todo, pese al anhelo de poseer hijos y al hecho de gozar todos de un futuro asegurado, por cuanto la integridad tenía derechos a tierras y aynis, lo cierto es que en los padrones del siglo XVI no se percibe la existencia de jatunrunas con familias numerosas, Parece que la explosión demográfica no fue posible debido a una intensa mortalidad infantil.
Hubo varios modelos de familia:
1. en primer término la nuclear-simple, integrada por los padres y sus hijos solteros.
2. La nuclear-compuesta, que no era otra cosa que una familia nuclear-simple a la que se añadían algunas otras personas, como niños adoptados, o uno de los abuelos, o un huérfano o cualquier otro sujeto allegado al hogar. Pero en cualquiera de los casos conformaba una unidad simple de producción y consumo; un grupo doméstico donde ya operaba la división del trabajo según el sexo y la edad. El hombre se dedicaba a las tareas consideradas pesadas y duras; labranza, verbigracia; en tanto las mujeres a las artes caseras: culinaria, crianza de niños. Pero había situaciones en que podían intervenir los unos y los otros, como sucedía en el pastoreo, ollería y textilería.
Dentro de los ayllus a la gente se la dividía de conformidad a sus edades hasta en 10 grupos, determinados de acuerdo a la capacidad física para el trabajo. Pero dichas categorías no se las contaba a partir de los recién nacidos a los más ancianos, ni viceversa; sino arrancando de los jóvenes que bordeaban más o menos los 25 años de edad. La segunda categoría comprendía a los adultos hasta aproximadamente los 80 años de edad. Y así se iba bajando hasta los bebitos. En cuarto lugar se tomaba en cuenta a los enfermos e inválidos.
Sin embargo, los 10 grupos de edad pueden ser resumidos en tres: padres, abuelos e hijos; o en otras palabras: las tres generaciones en que generalmente se divide la vida de un hombre y de una mujer, respetando su sistema de parentesco.
(Sobre este punto volveremos con más amplitud en el párrafo referente a las formas de trabajo /mitas).
§. Uniones matrimoniales
Todo connubio entre campesinos se formalizaba después de un tiempo más o menos largo de cohabitación prematrimonial llamado tincunacuspa en el sur y pantanaco en el norte. En él se buscaba que los futuros contrayentes pudieran descubrir la compatibilidad o incompatibilidad de sus sicologías, bajo la estricta vigilancia de sus padres; por cuanto el pantanaco podía cumplirse tanto en casa del futuro esposo como en la de la futura compañera. Lo que la mujer perseguía en el varón era un tipo que no desatendiera las chacras, o sea la producción; y lo que apetecía el varón era que su cónyuge supiera manejar sin lerdería ni titubeos las cosas del hogar. Si la pareja se hallaba conforme, se realizaba el matrimonio en las fechas programadas por las autoridades estatales. Desde entonces el individuo adquiría su completa mayoría de edad y también su entera autonomía, convirtiéndose en un miembro activo del ayllu, pasando a vivir en una casa sólo para ellos, que podía ser levantada al lado de la de sus padres, o más lejos.
La edad para contraer matrimonio no era igual en todas las clases sociales. Entre el campesinado o jatunruna la costumbre la fijaba en la edad juvenil. Pero tratándose de las familias nobles, las bodas se las llevaba a cabo cuando niños, con la finalidad de precaver y garantizar la pureza de sus linajes aristocráticos. Como es de imaginar, tales matrimonios los concertaban sus padres. Como los casaban entre los cinco y nueve años, por ser cabalmente niños, en seguida del rito, cada cual iba a residir en casa de sus padres respectivos hasta esperar la edad conveniente para la relación marital. En la nobleza no había pues enamoramiento ni cortejo para estas nupcias, ya que eran arregladas y convenidas por los progenitores, o por otras personas mayores interesadas en perpetuar dicho sistema que emanaba de profundos intereses de casta y asimismo económicos. Así lo demuestran los manuscritos referentes de los señores del reino de Caxamarca.
Mujeres de la alta nobleza.
Solamente el hombre casado recibía su lote de tierra para sembrar. Mientras permanecía soltero pasaba en la morada de sus padres, dependiendo de los productos cosechados en las parcelas de éstos. Además, sólo después de desposado quedaba obligado a cumplir mitas al Estado; lo que explica por qué el incario se preocupaba y hasta presionaba para que se matrimoniaran luego de alcanzar el grupo de edad apropiado para tener una compañera.
Las autoridades estatales se encargaban de señalar las fechas para la realización de estos casorios o enlaces. En el campesinado las uniones eran monogámicas, y su disolución podía producirse por motivos muy graves.
Mujeres pertenecientes a los estratos sociales bajos (campesinas).
Estaban permitidas las segundas nupcias ulteriormente de transcurrido un buen tiempo del fallecimiento del cónyuge o de producida la separación (divorcio).
§. Situación de la mujer
La mujer no estaba totalmente descartada de la vida cívica en los ayllus, señoríos y reinos. Pero por más expectante que fuera su rol en este aspecto, siempre permanecía subordinada al varón. En algunas etnias norteñas (Tallán, Huaylas, Carangue) se les asignaba un papel preponderante, incluso hasta para suceder en los curacazgos cuando faltaban herederos hombres. Y a nivel general las viudas sin hijos adultos y/o cualquier mujer con el marido ausente, se convertían en jefas de la familia. Por lo demás para las tareas rígidamente domésticas de la casa, ellas eran las “reinas” del hogar.
Sin embargo, nunca existieron derechos iguales absolutos entre el sexo masculino y el femenino. Si es que algunas damas llegaban a puestos de gobierno es porque los hombres se lo permitían. Todos los varones de alto rango y con poder practicaban la poliginia (pluralidad de esposas). En cambio, se sabe fehacientemente, estaba prohibida la poliandria (pluralidad de esposos). La totalidad de mujeres, entre ellas las capullanas de la nacionalidad Tallán y las mamacuracas de las etnias Huaylla y Carangue tenían impuesta una ajustada monogamia; la menor sospecha de adulterio en cualquier esposa se castigaba con severidad, lo que no sucedía con los maridos.
En ciertas ocasiones las mujeres jugaban un papel importante en la política y la guerra, sobre todo las señoras de las familias que gobernaban. En este aspecto no se las consideraba seres totalmente inferiores. Las mujeres del Cusco, por ejemplo, se distinguieron en el conflicto antichanca. Así, la curaca de Chocó comandó a su gente y peleó heroicamente; se llamaba Curi Coca, quien degolló a un jefe enemigo, guardando en su poder y exhibiendo por mucho tiempo la cabeza-trofeo de su proeza.
Las mujeres campesinas igualmente fueron comprendidas en las actividades guerreras. Se las incluía en el sector servicios, haciéndolas participar en las marchas, permanentemente a retaguardia, para cumplir tareas en provecho de la tropa. Por lo común eran las esposas de los guerreros mismos, y sumaban miles; sólo en el campamento cajamarquino de Atahualpa ascendían a 5000, y en el ejército de Quisquís a 4000.
§. Alimentación
Los conceptos y prácticas nutricionales fueron abundantes. Era un sistema ejemplar el que conocían con el fin de extraer el máximo de aprovechamiento de las plantas que sembraban para su alimentación, aparte de otra gran cantidad de especies salvajes. A los vegetales, cabalmente, los clasificaban en silvestres y domesticados, como también en venenosos e ingeribles y éstos a su turno en alimentarios y mágico-medicinales, además de los de aplicación artesanal.
El número de plantas andinas cultivadas pasa de 80, sembrando sólo las que conocían por tradición y siempre y cuando sacaran utilidad en la dieta, farmacopea, tintorería o en alguna artesanía. Por eso no ponían cuidado en el sembrío de flores.
En el ayllu la gente no sucumbía de hambre. Sus proteínas las sacaban y obtenían de mariscos y peces de mar, ríos y lagos. A las especies ictiológicas las consumían inmediatamente de la pesca, o bien deshidratadas, saladas o soasadas, en cuya condición podían conducirlas para su comercialización en lo más interno de las altas serranías. El pejerrey, extraído de lagos y ríos era uno de los platos exquisitos. Comían poca carne; y entre ésta la mayor parte procedente de aves domésticas (patos, perdices) y de otras cazadas mediante diversas técnicas. En segundo lugar, carnes de venado, lobo marino, zorros, vizcachas y camélidos, especialmente llama (Lama lama). En la costa norte paladeaban con delicia iguanas y cañanes (un saurio diminuto). También consumían carne de cuy; difusamente conocido en todo el perímetro andino, hallándoseles tanto en condición salvaje como doméstica. En la selva alta comían la carne del sajino o guangana y del ronsoco y de muchos monos, en lo fundamental del capibara. Desde luego que no faltaron etnias en las que criaban perros exclusivamente para aprovechar su carne (los huancas p. e.).
De la flora alimenticia obtenían, es evidente, más provecho que los europeos. Los casos típicos están representados por las papas y el maíz, de los que hacían variadísimas preparaciones. En los siglos XV y XVI, merced a una labor precedente de milenios, dentro de las especies vegetales tenían por lo menos 80 plantas seleccionadas y domesticadas en forma intensísima, a tal punto que sin cultivo se hubieran extinguido. Y lo interesante es que cada espécimen correspondía y corresponde a determinados pisos ecológicos. Citaremos los principales: papas, quinua, porotos, maíz, ají, camotes, yucas, calabazas, maní, paltas: que reclamaban terrales templados y cálidos. Ullucos, ocas y mashuas, como también otras variedades de papas, ocupan el piso ecológico inmediatamente superior en las punas o estepas, con elevados rendimientos.
Entre los productos alimenticios propios y privativos del Perú, justamente se encuentra la papa (Solanum tuberosun), encumbrada hoy a la posición más alta en la categoría de nutrientes humanos a nivel mundial. Alimento popular por excelencia, fije la más grande de las fuentes alimentarias y la única capaz de sostener a enormes multitudes. Su valor nutritivo es excelente. No sólo es un buen vetero de proteínas de alta calidad, sino también proporcionadora de carbohidratos, hierro, magnesio, potasio y vitaminas esenciales como la C y muchas de las del complejo B. Gracias a la papa no fue posible la deficiencia nutricional en la población andina, constituyendo la comida básica de los campesinos de costa y sierra. Claro que es relativamente baja de calorías: una papa mediana con cáscara contiene 90 calorías; pero en cambio suministra 30% de vitamina C, 10% de hierro, 10% de tiamina, 3% de proteínas, 3% de calcio y 3% de riboflavina. A la papa sancochada la comían con cáscara y todo, lo que la hacía más sustanciosa.
Entre los derivados de la papa hay que mencionar el tocosh. Era preparado hasta hace poco colocando en un pozo papas crudas intercaladas con paja (ichu). No debía darles el sol porque las amargaba y verdeaba. Se lo llenaba con agua corriente, permaneciendo así varios días, hasta que se reducían y adquirían una consistencia gomosa, quedando sólo el almidón. Después se le sacaba para ponerlo dentro de un costal, donde se le pisaba para estrujarle los últimos vestigios de agua; y por fin se le dejaba bajo el peso de piedras con el mismo fin. En seguida se le secaba y guardaba en lugares sombreados para su uso como alimento.
Otros de sus derivados son la papaseca y el chuño. Para conseguir la primera se la sancochaba, pelaba y secaba, conservándola para el consumo. Y el segundo mediante ciertos procedimientos, sin cocinarlas, se las deshidrataba para guardarlo largos períodos de tiempo.
En fin, la subsistencia de la población andina dependía medularmente del cultivo de este tubérculo, del que lograron domesticar más de 200 variedades. A quienes lo ingerían se les decía papamicuc.
El cultivo de la papa, el producto más importante de las tierras altas, requería y requiere rotación y descanso: el primer año se siembra papa; al siguiente ullucus u ocas. El tercero se echa quinua (y ahora habas). Cosechada esta última siembra, se deja descansar a la parcela cinco y siete años, después de lo cual nuevamente se comienza a repetir el ciclo agrícola anterior. Tal sistema de rotación de cultivos y reposo de suelos impelía a que cada persona tuviera y tenga entre seis y siete tupos de chacras, de manera que cuatro están en uso y las dos o tres restantes en calma productiva; estos últimos sirviendo de campo de pastoreo al ganado que siempre criaban y crían los punarunas (habitantes de las estepas). Antes de empezar el siguiente ciclo de la siembra de la papa, las familias nucleares del ayllu acudían para arreglar las cercas de las chacras, en una labor que es ayni y minga al mismo tiempo. Ahora lo que buscan es defender sus labranzas de los animales. Las parcelas de papas casi nunca estaban en andenes.
Entre los tubérculos también hay que enumerar a las ocas, ullucos, Macones, yucas, pitucas, arracachas, achiras, jiquimas o ashipas, macas, mashuas, sachapapas y uncuchas. A algunas de estas raíces se las comía crudas y a otras cocidas; por ejemplo el Macón no requiere cocción.
El conocido maíz constituía el más estimado producto en cualquier parte. No es planta de estepas sino de tierras templadas, abrigadas y calientes con bastante agua, ecologías fáciles de hallar en los valles costeños y en el piso ecológico de la quechua serrana. Además de buen alimento, el maíz no faltaba en la despensa hogareña para una serie de necesidades ceremoniales y rituales; verbigracia para la elaboración de chicha (asua o aga), de imparable consumo en la vida diaria, pero sobre todo en los aynis, mingas, mitas, ritos de iniciación y fiestas en general.
Tubérculos: papas, ocas, ullucus.
Otras tuberosas andinas: camote, arracacha, achira.
Gramíneas andinas: quinua, cañihua, quihuicha.
Planta y mazorcas de maíz, producto muy apreciado en el antiguo espacio andino.
También preparaban sango (mazamorra), ingrediente ineludible en los sacrificios y ofrendas de tipo mágico-religioso. Del maíz molido confeccionaban humintas o humitas. Una vez cocido dábanle el nombre de mote; y cuando tostado, cancha: comidas infaltables en todo festejo, otorgando desde el punto de vista social prestigio a sus consumidores A sus cañas verdes, por contener jugo dulce, las degustaban niños y adultos. Es evidente, el maíz tiene mayor valor energético que la quinua. Una vez seco y tostado podía ser guardado mucho tiempo, más que las papas, ullucos, mashuas y ocas. Sin embargo, tenía un enemigo feroz: el gorgojo; cuyo peligro lo eludían, en la costa, mezclándolo con arena y almacenándolo en vasijas enterradas en el subsuelo de los arenales. Y en la sierra, mediante el empleo de plantas de efluvios repulsivos.
Entre las menestras hay que enunciar los pallares y porotos, ambos con numerosas variedades, la mayoría ya extinguidas ahora. También el tauri (o lupino o chocho), cuya preparación, para hacerlo comestible requiere de todo un proceso hasta eliminarle las sustancias muy amargas que contienen sus frutos. Para ello lo sometían en remojo varios días, de preferencia metidos en costales o costalillos que colocaban en medio de aguas corrientes, para que éstas sacaran y arrastraran el amargor. Después lo sancochaban para comerlo con sal, o con ají, o con los dos sazonadores juntos. Tiene un gran valor proteínico y alto contenido de grasa. Se lo cultiva entre los 2000 y 4000 metros de elevación sobre el nivel del mar, tanto en terrenos secos como húmedos, es decir, en la sierra, casi siempre en los bordes de los campos de maíz, quinua, papas y otros sembríos, o en rotación en la siguiente secuencia: papa, tauri. Los análisis demuestran que tiene de 39 a 42% de albúmina y de 18 a 21% de aceite.
Entre los seudo-cereales destacaban la quinua, que con la cariigua y papas conformaban los potajes propios de las estepas (punas), así como la achita lo era en la quechua (templada). De todos estos granos, al igual que del maíz, preparaban bebidas fermentadas. La quinua requiere, análogamente, precipitaciones pluviales.
La quihuicha o achita o cuto, por su lado, es de notable importancia nutritiva por contener un perfecto balance de los aminoácidos esenciales. Guardan un alto valor alimentario, semejante a la quinua, si bien sus semillas son más pequeñas y de un color amarillo claro. Tostadas aumentan de volumen, poniéndose esponjosas. Como pocos productos comestibles es admirable por su riqueza en vitaminas, sales y aminoácidos.
En su dieta, asimismo, conocían muchas hortalizas y verduras; pero por las que exteriorizaban un indiscutible deleite es por las algas marinas y por diversas variedades de ají, desde el menos picante al más ardiente, todos ellos disecados y enjutos para su larga conservación. Fueron numerosas las hortalizas consumidas. Igualmente hay que mencionar las hojas de la quinua, la achupalla, el cushuro y caiguas.
La verdolaga fue conocida tanto silvestre como cultivada. Es de ponderable riqueza en vitaminas A y C (caroteno y otros carotenoides) y por su apreciable contenido de hierro, por lo que es preventiva de la ceguera y del escorbuto. Tiene, similarmente, propiedades medicinales: diurética y laxante, con eficaces efectos en las afecciones del hígado, vejiga y riñones, y una acción enérgica en la expulsión de lombrices.
El atago o ataco (una de las especies de Amaranthm), de vasta distribución geográfica en los Andes, crece en suelos pobres y ricos, incluso en las fisuras y grietas de muros y pisos empedrados de los caminos, y hasta en los escombros de las casas abandonadas. Es una hortaliza de costa, sierra y selva. Es rústica y de crecimiento rápido. Se utilizaba sus hojas en la alimentación. Unas veces se da por sí sola y otras se la cultiva, pero siempre brota en cantidad abundante. Se las comía solas o revueltas con papas, acompañándolas con sal y ají.
A las algas marinas, de las que existen distintas variedades, se las consumía en la alimentación en su estado natural. Su denominación común era y es cochayuyo (de cocha que significa laguna o charco, y yuyo: yerba o vegetal acuático). También comprende, naturalmente, decenas de especies, conocidas todas ellas por los pescadores y campesinos con el nombre genérico, ya se dijo, de cochayuyos, en las distintas zonas del país. Las algas, sean pardas o rojas, tienen sustancias con características diferenciadas. Las rojas son las más estimadas por la esencia o materia denominada agar; por ser propias de las aguas tibias, se las halla en la costa norte.
Verduras andinas
El rocoto y el ají, dos sazonadores de alta calidad y demanda. Grabados impresos en 1640.
Otros sazonadores
Algunas frutas
Los yuyos marinos peruanos más cotizados en la alimentación eran y siguen siendo las algas rojas Girartina chamissoi (yuyos), la Porphym columbina (cochayuyo) y el alga verde Ullafasciata (lechuga de mar). Como todos los alimentos de origen marino contienen vitaminas que son útiles para el mantenimiento, conservación, defensa, reproducción y regeneración de las células, tejidos y órganos que forman el cuerpo humano. Tales sustancias son las proteínas, enzimas, carbohidratos, grasas, vitaminas, minerales, pigmentos. Como : los peces, las algas marinas nacen y crecen en forma natural. El hombre sólo las extrae.
La lechuga de mar contiene 87 mg.% de hierro, o sea 20 veces más de lo que alberga la espinaca (3, 3 mg.%); es mejor que la yema de huevo (6, 3 mg.%), que la carne de res (3, 6 mg.%) y que la soya (7 mg.%). De ahí su excelencia para combatir la malnutrición y la anemia producida por la falta de hierro. Esta misma alga concentra 750 mg.% de calcio; es decir muy superior a los 100 mg.% de la leche, al 65 mg.% del huevo, al 98 mg.% de la espinaca. Y como el calcio regula muchos procesos funcionales y metabólicos de la célula, sistema neuromuscular, funciones en el acople de la excitación con la contracción muscular, se comprenderá entonces la causa de la gran salud de los yungarunas (costeños). La lechuga de mar, además, posee 0, 63% de fósforo, 1, 15% de magnesio, 10 mg.% de niacina, 10 mg.% de vitamina C y 0, 50% de vitamina B2.
El yuyo, lechuga de mar y cochayuyo contienen 160 mg.%, 50 mg.% y 62 mg.% de yodo, respectivamente, a diferencia de los pescados, mariscos y carnes que sólo tienen 0, 29 mg.%, 0, 07 mg.% y 0, 0005 mg.% de yodo. De ahí que es suficiente comer unos miligramos de alga seca que guardan de 0, 1 a 0, 2 mg.% de yodo para prevenir el bocio en un adulto y las molestias endocrinas en las mujeres embarazadas.
El yuyo almacena 0, 354% de fósforo, 3, 80% de potasio, 0, 424 de calcio y 0, 167% de magnesio. El cochayuyo del mar arequipeño encierra 15 veces más vitamina A que las espinacas y 200 veces más que el tomate. Agrupa betacarotenos y provitamina A, similar a los becarotenos de los alimentos terrestres. La vitamina A impide las afecciones microbianas, pérdida de peso y apetito, xeroftalmia; y en las mujeres es importante durante la gestación y lactancia.
La vitamina B1 (teamina) en el yuyo, cochayuyo y lechuga de mar concentra la siguientes proporciones: 0, 116%, 0, 078% y 0.257%, respectivamente, cantidades superiores a las que retiene el trigo, que sólo posee 0, 11 mg.%. En lo que compete a proteínas, la lechuga de mar acumula 58, 19%, el yuyo de 14 a 59% y el cochayuyo 32%, en algas secas. En cambio las micro-algas de agua dulce: Scenedesmus, Chlorellay Spirulina acopian 55, 21%, 55% y 67% de proteínas, respectivamente.
En fin, estas y otras virtudes tienen las algas del mar peruano. Pero además son plantas que favorecen la digestión, y ellas mismas son muy fácilmente digeridas y absorbidas por el organismo humano. Por cierto que los habitantes andinos no conocían nada de esas sustancias químicas, ni sus porcentajes. Pero, en cambio, sentían que su ingesta les producía bienestar; por eso las buscaban, y no solamente los costeños sino también los serranos de las tierras altas, adonde las conducían deshidratadas, en forma de bloques cuadrangulares. Conformaba un activo comercio de trueque. Los yuyos de mar, en consecuencia, constituían los verdaderos sustitutos de la espinaca y acelga. Se los consumía crudos y cocidos, como parte principal de la comida y diario sustento.
Así como las especies marinas recibían el nombre genérico de cochayuyo, a las de ríos y lagos serranos se las llamaba pachayuyo y pacsayuyo. Entre las terrestres hay más de 45 especies correspondientes a géneros y familias distintas. Entre ellas el ataco o atago, que ya vimos; la chita o mortaya o yuyo de sierra; el llutuyuyo o verdolaga; el palco o amash, el vilcoyuyo o berro o michimichi; el canayuyo o cerraja; el ticsauyuyo o mastuerzo o mallao, etc. Todos se producen desde el nivel del mar a los 4000 metros de altura, e incluso hasta en los terrenos más pobres.
De todas las plantas que podían sacaban algún provecho. De los tallos de la Puya raimondi (conocido también con los nombres de chancaría, tichancana y tincana) hacían y hacen, por ejemplo, banquillos y asientos. Partidos en tamaño de diferente grosor los empleaban en techar las chozas de los pastores y para el chaclleo del cobertizo de las casas de las aldeas. La goma que segregan sus tallos, que se secan en granitos rojo-amarillos, la saboreaban los niños y adultos cual agradable cancha. Su flor es la más bella de los Andes.
De estas plantas unas se dan en la sierra, otras en la costa, y otras en ambas regiones. La quihuicha es un vegetal de altura, pero también brota en la costa cuando se la siembra.
Entre los suplementos minerales utilizaban el cloruro de sodio, que lo obtenían tanto de las aguas marinas como de manantiales salados y canteras de sal. Tratándose de las primeras conseguíanlo mediante la evaporación. De los puquios o fuentes gracias a la ebullición, o asperjándolo sobre la grama, de la cual, luego de un tiempo, ya evaporado, recogían los granos. De las canteras se lo arrancaba manipulando picos de metal. Pero la sal de canteras y manantes, por lo común, carecía de yodo, por lo que los habitantes de las tierras altas padecían con frecuencia de bocio (coto), enfermedad cuyo origen ignoraban que se producía por la falta de yodo. Ellos creían que un gusanito que se introducía en la garganta generaba el coto, aunque los de la etnia Quechua (Abancay) pensaban que lo motivaba el consumo de aguas vertidas por los deshielos.
Entre los alimentos minerales también era bastante conocido, principalmente en la sierra, la llamada pasa o chacu: una greda blanda con manchas pardas como jabón, con la que adobaban sus papas y carnes a manera de la mostaza europea. Es una pasta que contiene silicatos dobles de albúmina, con lo que suplían la carencia de otros elementos minerales. Es en realidad una arcilla, a la que también se le atribuía propiedades curativas contra el cáncer.
Unos condimentos muy saboreados, por la grata sazón que contagiaban a los potajes, eran el kuacatay, el paico y la muña. Estas yerbas, secas y desmenuzadas, frotándolas entre las palmas de las manos, se las espolvoreaba en los platos de chupe o sopa de papas. Otras veces se las molía con agua para echarlas en las ollas de la citada vianda. En otras ocasiones se las mezclaba con ají y rocoto, en cuyo menjunje embadurnaban sus yucas y papas.
La carne de camélidos, como es lógico, la consumían fresca; pero preferían deshidratarla (charqui) para guardarla por mucho tiempo. Los camélidos son buenos proveedores de proteínas y grasas, además de proporcionar pelo para sogas y tejidos, cuero, huesos, pellejos, estiércol para combustible y abono, y por último como animal de transporte pese a no soportar más de cuatro arrobas de carga y no poder caminar más de 20 kilómetros por día.
Fueron los ayllus pastoriles del Collao y Chinchaycocha los que desarrollaron toda una tecnología muy sofisticada para la crianza, crecimiento y utilización de los camélidos. En este aspecto su máxima preocupación la dirigían a las llamas y alpacas. Para criarlas y alimentarlas idearon la manera de irrigar miles de hectáreas alto andinas hasta formar los llamados ucus o bofedales o ciénegas para la producción permanente de pastos. Inclusive en la costa aclimataron una raza especial de llamas, aptas para soportar el calor. De los camélidos salvajes (vicuñas, guanacos) sacaban pelambre y carne mediante planificadas cacerías, procurando la mortandad de sólo machos y de hembras estériles y viejas. El vocabulario que tenían para las prácticas ganaderas fue amplísimo, indicador del desmesurado conocimiento que alcanzaron en dicha actividad. Con todo, el ganado salvaje y doméstico, de cuando en cuando era víctima de una epizootia llamada caracha o sama, que provocaba mortandades inmensas, sin poder detenerla por carecer de los conocimientos curativos apropiados.
En fin, el ganado no fue tanto una fuente de alimentación en términos de carne para la unidad nuclear o familiar. Lo que interesaba de él eran otros productos útiles a la economía doméstica: pelambre, cuero, guano o estiércol, huesos y su ayuda para transportar carga. Poseer ganado representaba tener una inversión importante, una reserva de productos, susceptibles de aumentar con las crías. En los pueblos pastores constituía el eje de sus reservas y en los agrarios un complemento.
También conocían frutas domesticadas: lúcumas, chirimoyas, piñas, maní, guayabas, pacaes, paltas, tumbos o poroporos, tintines o granadillas. Pero mucho más numerosa fue la cantidad de frutas silvestres, verbigracia: el paruro o paguro, achupalla, airampu, capulí, nogal, chambero, etc.
La coca era mascujada cuando caminaban y cuando participaban en aynis, mingas y mitas, es decir, en tareas que demandaban desgaste de energía muscular. La coca les daba, entonces, vigor momentáneo.
Aparte de la exposición anterior, como resumen de este sub-capítulo va un listado de los vegetales, carnes y especies ictiológicas más paladeadas por los cunas del espacio andino.
Hermosas hojas de coca ritual. La figurilla (de frente y perfil) lleva un bolo de coca en la boca.
Algunas aves andinas: tres variedades de patos de carne comestible.
Tres de las especies ictiológicas consumidas por los habitantes del litoral en su alimentación cotidiana (chita, pejerrey, jurel).
Tuberosas
Cultivadas:
Silvestres:
Arracacha
Achacana
Ashipa
Amapu
Camote
Capasu
Maca
Cochucho
Oca
Curao
Olluco
Iguana (papa)
Papa
Layo
Sachapapa
Quemillo
Uncucha
Papca
Llacón
Yuca
Cereales y falsos cereales
(gramíneas)
Achis
Cañigua
Maíz
Quinua
Menestras
Cazzas o parca
Hemico
Pallar
Poroto
Tarhui
Pashuro
Hortalizas
Chijchipa
Chonta
Chuleo
Llipcha
Hitcka
Patau
Paico
Carne de aves
Domésticas:
Silvestres:
Nuñuma o pato peruano
Pavas del monte (Piura)
Pato quele
Gallaretas
Pato choca
Gallinas de papada (Moxos)
Perdices
Suplementos minerales
Sal Chaco o pasa
Cal
Oleaginosas
Amuy Maní
Castaña de Indias
Sazonadoras
Ají
Rocoto
Muña
Huacatay
Marmaquilla
Cuyuy
Flores
Achupalla
Ahuaymantu
Airampu
Atago
Carhuancho
Chontaruro
Chañar
Carne de saurios
Iguanas (costa norte)
Caftanes (costa norte)
Carne de mamíferos
Domésticos:
Silvestres:
Cuy
Huangana (selva alta)
Perro (huancas)
Tapir (selva alta)
Llama
Ronsoco
Guanaco
Capibara
Alpaca
Venado
Vicuña
Frutas
Aguaje
Chambira
Tintín (granadilla)
Lúcuma
Macambo
Marañón
Palta
Pucha (papaya)
Pihuayo
Puruncari
Tumbo
Yacu
Poroporo
Bebidas
La bebida predilecta fue la asua o upi o aoja o yamor tocto, llamada comúnmente chicha desde 1532, palabra de origen antillano introducida por los invasores hispanos. Para prepararla, primero fermentaban el maíz seco humedeciéndolo con agua y colocándolo entre hojas de achira en un lugar abrigado de la casa. Cuando germinaba brotándole raicillas, lo retiraban para secarlo, quedando convertida en jora. Después molían la mayor parte de ella y otra la mascaban para que la diastasa de la saliva motivara el fermento. En tal estado era echada en ollas con abundante agua para hervirla por varias horas. Una vez fría, en cuyo estado recibía el nombre de sarayumbia, se la vertía en urpos o tinajas para su maceración. Para la chicha de quinua preferían la de grano colorado.
El grado de fuerza “alcohólica” lo conseguían según los días que duraba la fermentación en los mencionados urpos o botijas de cerámica, hincados en un rincón de la habitación, es decir, en el sitio más abrigado de la vivienda. Al sedimento o concho que quedaba en el fondo del urpo, se le decía mamaasua (madre de la chicha), utilizado para apresurar el fermento de las posteriores.
Peces
De mar:
De agua dulce:
Lenguado, dorado
Gona
Cazón, mero
Bagre
Sábalo, liza
Sardina blanca de Yucay
Róbalo, corvina
Chaquechacllua o dorado
Cabrilla, peje blanco
Suqui o pejerrey (Chili)
Pámpano, pejerrey
Cachule o carachi
Chita, loma
Mauri suchi
Cavinza, coco
Lluchcca
Caballa, bonito
Ahuacuyamor
Anchoveta, auja
Cacas
Borracho, peje de peña
Umani
Sardina, chalacos
Chichiñi chacllua o ispi
Bagre, bocón
Coychi
Muchuelo o machete
Coriochoque
Peje volador
Moro
Huancavilca, ayanque
Cojinova, congrio
Peje sapo, sierra
Sierra de Paita, peje ángelo.
* * * *
Algunos de los implementos para elaborar chicha.
La costumbre de mascar maíz para hacer chicha aún regía en el siglo XIX, de cuya época data este dibujo.
Se consumía chicha en cantidades gigantescas tanto en ceremonias, ritos y fiestas como en aynis, mingas y mitas. Prácticamente constituía el agua cotidiana para calmar la sed. Pero eso sí, no era estrictamente una bebida alcohólica. La bebían en queros (vasos de madera y metal) y en potos (calabazas pequeñitas) como aditamento infaltable después de los alimentos. La falta de chicha, sostenían, les producía debilidad, ausencia de entusiasmo y hasta enfermedades. Es en verdad bastante tonificante.
El Estado Inca, por su parte, requería ingentes volúmenes de chicha para brindarla a los que servían al imperio. De ahí la necesidad de la existencia de mujeres especialmente dedicadas a su fabricación: unas mascando el grano para dejar caer el bolo en enormes recipientes de arcilla; otras hirviéndolo y otras cuidando de su maceración y distribución, aparte de las que preparaban la jora. En la costa central y norteña, la chichería fue elevada a la categoría de trabajo especializado. Los chicheros profesionales del litoral la expendían en tabernas, para lo que empleaban el trueque, monedas mercancías, equivalencias e inclusive unas hachuelas de cobre que funcionaban cual dinero. En otras palabras, mientras los campesinos de la sierra apenas la confeccionaban para ellos mismos, en la costa, por el contrario, la preparaban para venderla fuera de casa.
Otras variedades de chicha las elaboraban a base de quinua, frutos del guarango, yucas y frutillas del malle. Cuando empleaban estos últimos no necesitaban mascarlos para conseguir la fermentación, por cuanto el propio frutillo concentra miel.
§. Recursos naturales
Los recursos naturales-materiales abundaban. Bancos de arcilla existían por doquiera; inagotables canteras; lavaderos de oro que competían con las minas de plata e igual con las de cobre. El estaño lo conseguían en Charcas; en tanto que a otras piedras preciosas (esmeraldas, turquesas, lapislázulis) las importaban de lugares lejanos (Chile/Colombia).
Pero faltaron algunos productos que en otras civilizaciones eran y son indispensables: el hierro y las maderas largas y gruesas.
El único hierro que conocían era el de los aerolitos, que no sabían darle ninguna aplicación. Y en cuanto a árboles, claro que los había pero de inferior calidad, de manera que cuando necesitaban maderas buenas tenían que acarrearlas desde los bosques de la selva alta en hombros de caminantes, a pie.
§. Los árboles
Como se dijo, era un país escaso de árboles; pero los pocos que existían estaban muy bien adaptados al medio, muy resistentes al frío en las altas cordilleras, arriba de los 3300 metros sobre el nivel del mar. De ellos sacaban madera, leña, ñutos, colorantes para textiles, protección y mejoramiento de suelos. He aquí las especies más aprovechadas:
El aliso, conocido en toda la serranía, proliferante en las quebradas y a veces en los linderos de las chacras de cultivo sin que interfiera el crecimiento de las plantas agrícolas, debido a su copa abierta que deja filtrar la radiación solar, ayudando a mantener la fertilidad del terreno.
El collioquishuar, también de ancha distribución, creciendo a veces hasta presentar altísimos y frondosos árboles, como en Nahuim-puquio (Angaraes). Pero corrientemente son de talla mediana. Su madera dura les servía para construcciones y herramientas. Sus hojas las empleaban en medicina para tratar los dolores reumáticos.
El chachacomo, con muchas variedades, de tronco rojizo y brillante. Sus hojas y madera las usaban para teñir telas. Sus hojas en infusión era tónico cerebral. Crece en pisos de textura media y húmeda, sin exigir fertilidad.
La charpa es un árbol que prefiere las vertientes orientales desde Paucartambo a Moyobamba, pero también se encuentra en valles interandinos con apreciable nivel de humedad ambiental y sin heladas. Es un buen protector de las laderas. Con sus flores en infusión aliviaban los resfríos.
Rama de algunos árboles andinos
El mutuy es innato de quebradas húmedas y suelos pobres, adaptándose en cualquier calidad de esos pisos. Lo empleaban para formar cercos vivos y especies de terrazas naturales en chacras ubicadas en declives (andenes), como manera muy práctica y efectiva para controlar la erosión y mejorar el suelo. Sus flores y vainas tiernas las comían en guisos, mientras que sus hojas y tallos los destinaban al teñido.
Productos artesanales: recipientes de calabazas, llamados mates en el Perú.
El saúco, principalmente en las alturas serranas, es planta poco exigente de suelos, bien que desarrolla mejor en pisos profundos y limosos. Sus frutos se comen cuando frescos y son bastante ricos en vitamina C.
El capulí, eminentemente de la sierra, sembrado y cuidado por su fuerte madera para confeccionar vigas, techar casas, labrar artefactos y como leña después de rajada. Sabían degustar su sabrosa frutilla. Capulí es una palabra mexicana; en quechua se le decía ussum.
Los árboles citados tenían connotaciones y usos sobre todo bajo la forma de leña. Pero como madera también guardaban una importancia especial para el techado de viviendas, confección de puentes y hechura de herramientas. Como tal intervenía en las relaciones de reciprocidad entre las familias, hacía parte importante de los rituales religiosos; motivo por el cual fue elevada a la categoría de tributo para el Estado. En la nacionalidad Huanca se señalan miles de rajas de leña amontonadas en almacenes. Lo cual, a su turno indica que hubo alguna política de protección a este recurso natural; por lo tanto, había cultivo de árboles y oficios ligados a dicho asunto: leñadores, carpinteros, arboricultores.
A excepción de las mesetas y estepas del Collao y Chinchaycocha, los demás valles interandinos y los de la costa estaban cubiertos de bosques, como lo sindican los cronistas del siglo XVI que recorrieron el territorio de sur a norte y de norte a sur. De todos modos, puede afirmarse que había ya depredación de bosques con escaso interés entre los campesinos en una permanente reforestación. Y si es que alguien se interesaba en plantar árboles en pequeña escala, lo hacía en puntos próximos a sus moradas y sólo de aquéllos que servían para la fabricación de sus herramientas y cobertizo de sus casas. El Estado, por su lado, cuidaba por plantar árboles en los bordes de los caminos de los valles costeños para dar frescor y sombra a los caminantes. Igualmente fijaban árboles en los bordes de los andenes para dar consistencia a los muros; asimismo en las orillas de las parcelas para generar un microclima protector contra vientos y heladas. Pero de todas maneras no hubo afanes reforestadores masivos a cargo de ayllus, ni del Estado, no se sabe por qué razón. La reforestación fue circunscrita.
En los lugares donde no hay árboles ni arbustos (Collao y Chinchaycocha/Junín), la recolección de taquia y champas para combustible representaba una pesada carga física para mujeres y niños, encargados de proveer con el referido producto al hogar.
Algunos ayllus ubicaban sus pacarinas o lugares de origen en las bases de los troncos huecos de ciertos árboles, o en los frutos de ellos. En tales ocasiones se les veneraba generación tras generación por determinados linajes. Así ocurría con los tanquiguas y con los yauyos.
§. Artesanos e intercambio
En la sierra y costa sur no hubo profesiones liberales. Médicos y artesanos especialistas por allí permanecían al servicio del Estado y de la religión (sacerdocio). Fue en la costa norcentro donde se desarrolló un estamento de hábiles artesanos independientes, que trabajaban diversas materias primas como verdaderos maestros en su arte y técnica, aunque no sabían distinguir al artista del artesano, ni tampoco diferenciar las profesiones de los oficios. En la costa norcentro había ayllus íntegros que se dedicaban a la vida del taller y lo mismo ocurría en barrios determinados de las llactas imperiales. Pero la diferencia estribaba en que los que trabajaban en estos centros urbanos elaboraban para el Estado, objetos que después los redistribuía para adornar templos y aposentos de los nobles, con la finalidad de rodear de artículos de lujo a los dioses, a los aristócratas y a su corte en general. La gran masa de la población se contentaba con cerámica rústica y textiles mínimos. A los artesanos del Estado se les retribuía con alimentos, bebidas, tierras, ganado, ropa y otras cosas.
Pescadores de las playas costeñas. En esta zona, la pesca constituía una ocupación a tiempo completo, a cargo de determinados ayllus encargados incluso de disecar y comercializar el pescado.
No obstante existir en la sierra un afán muy grande por el control de pisos ecológicos y la redistribución de bienes por parte del poder, el comercio o intercambio de productos no pudo ser suprimido. Desde luego que en las tierras altas fue menos activo que en la costa. El transporte lo resolvían cargando los productos sobre sus hombros y espaldas, o colocándolos encima del lomo de sus llamas.
El número de éstas, en las recuas, comprendía tanto a las que iban con fardaje como a las descargadas, por cuanto las que conducían peso un día tenían que descansar el otro; o mejor dicho, caminar sin peso el siguiente día. Así era la costumbre. Para los viajes a larga distancia, vgr. de Chincha a las islas ecuatoriales, usaban balsas de madera con velamen triangular, remos y timones (guares o guaras).
El trueque en un catu andino.
Pero el Estado tahuantinsuyano no estaba hecho para estimular el comercio o transacción de productos a nivel institucional ni privado. El ideal del Estado Inca era retribuir y redistribuir los bienes guardados en sus almacenes a título de recompensas y/o salarios entre sus amigos y servidores: mitayos o trabajadores, chasquis, guerreros, espías, paniaguados o aúlicos y parientes, quienes, estas donaciones las agregaban a los productos que obtenían en sus lotes ubicados en sus ayllus. He ahí la causa de la existencia de un pequeño comercio serrano, innegablemente no bien desarrollado.
Pero en la costa era diferente. Aquí la intensa vida urbana y la vigencia de grupos dedicados exclusivamente a la artesanía daba vida a un animado comercio. Incluso se abrían ventajosamente las relaciones exteriores empleando diversos mecanismos transaccionales (trueque, equivalencias, monedas mercancías y hasta hachuelas de cobre con valor de dinero). La moneda signo, indispensable para la actividad comercial, fue desconocida en la sierra de los Andes centrales y meridionales y en la costa sur, pero no en la costa norcentro de los Andes centrales ni en la sierra de los Andes septentrionales, donde manipulaban las referidas hachitas de cobre, bien que a partir de épocas tardías.
En general el comercio exterior estaba orientado a procurarse caracolas de los mares ecuatoriales del norte (inclusive de Centro América), cuyos mercaderes a su vez las traían para encontrarse con sus colegas de la costa andina en la isla de La Plata, ubicada frente a las playas de Paches (Manta/Ecuador). De modo que los peruanos no llegaban a Mesoamérica, ni los mesoamericanos aportaban al Perú; únicamente se encontraban en una ínsula para intercambiar, de donde, consumadas sus transacciones, cada cual retornaba a sus respectivas tierras de procedencia. Sorprende, pues, como en muchas oportunidades ciertas materias primas recorrían distancias extremas. Claro que se trata de productos poco pesados y destinados a fines mágicos y de lujo. Estaban conformados, en lo medular, por caracolas Spondylus, pictorumy princeps que las expendían hasta en los bordes mismos del Titicaca y aún más allá.
El comercio exterior, como se percibe, se reducía a artículos de lujo y rituales: moluscos de gran demanda para las ceremonias mágico-religiosas propiciadoras de lluvias. Todos reclamaban la presencia de las caracolas rojiblancas: nobles, sacerdotes, guerreros, administradores y jatunrunas. Desde luego que para este comercio los costeños tenían medios materiales para verificarlo: embarcaciones manufacturadas con palo de balsa, impulsadas con velas triangulares y remos y, además, bien dirigidas mediante timones llamados guares o guaras. La distribución del mullu por la sierra y costa meridional corría monopólicamente a cargo de los mercaderes chínchanos.
§. El tupo agrario. Medidas
Tupo es una palabra de origen puquina asimilada al aymara y al quechua. Ordinariamente significa medida en general. La extensión que abarca, por lo tanto, era y es variable. En lo que respecta a las parcelas usufructuadas por las familias, su tamaño dependía de la calidad del suelo y del clima; por eso eran mayores en las tierras altas y menores en las hondonadas, y todavía más pequeñas en las ecologías calientes. El tupo parcelario difería, pues, de una etnia a otra. En lo que había uniformidad es en el ideal de que produjera la cantidad suficiente para subsistir de cosecha a cosecha, de manera que padres e hijos mataran el hambre sin angustias de ningún matiz.
Entre los ayllus andinos sí se puede decir que cada niño nacía con el porvenir garantizado, porque cada hombre dentro de la comunidad tenía asegurado su tupo de tierra o chacra para sembrar en el momento dado; y cada mujer medio tupo. El joven iba al matrimonio aportando su caudal agrario. Y la flamante pareja iba recibiendo tupos conforme los necesitaba de acuerdo al descanso de los suelos labrantíos. Pero eso sí, cuando fallecían, sus hijos no los retenían por considerar que no se le había entregado en propiedad, sino en usufructo como fuente de alimentos.
El tupo, en consecuencia, venía a constituir la base de la subsistencia para cubrir las necesidades vitales del jatunruna. Y tan solamente para lo básico, porque ningún jatunruna podía ni debía convertirse en acaudalado, por cuanto la costumbre le impedía transformar su minifundio en latifundio. En el ayllu había, es incontrovertible, una mediocre uniformidad, sin deslumbramiento de ostentación; pero sin las zozobras de la miseria que caracteriza a las sociedades esclavistas, feudales y capitalistas. Empero, los curacas y señores podían disfrutar de posesiones más extensas, como requisito imprescindible para acumular productos en mayor cantidad, único modo de cumplir sus funciones de hospitalidad y generosidad, redistribuyendo sus bienes. Sobre esto se incidirá más adelante.
Este croquis demuestra la distribución de los tupus o lotes de terreno (chacras) usufructuados por un solo individuo en distintos sitios. Se trata de la llamada tenencia diseminada.
Izquierda: Una balanza de redes para pesar oro, plata, coca, algodón, lana y tinturas. Derecha: Una balanza tipo huipe, para pesar las mismas cosas que en la de redes.
Otras medidas conocidas por entonces eran:
1. Las de longitud, establecidas a partir del cuerpo humano: brazadas (riera), media braza (siquira), un codo (cuchush tupo), del codo al extremo de la mano, la cuarta o palmo (capa), el jeme (yuca), el paso (chilque), el dedo (rucana), el ancho de la mano con los dedos juntos (tkhlli).
2. Entre las medidas de capacidad se mencionan:
I. El cullopocha (1/2 fanega o 6 celemines, o sea 27, 7 litros). Lo subdividían en iscaypoccha (1/2 fanega) y patmapoccha (1/4 de fanega). Se le decía indistintamente tullo o poccha, o conjuntamente cullopoccha. Se lo confeccionaba de madera.
II. El siquis (1/2 almud) de la costa central.
III. También mates y tinajas, los últimos primordialmente para líquidos.
IV. Petacas y petaquillas (putres) de juncos y pajas para medir frutas y otras comidas.
V. Rurtco o cesto para medir la coca y el ají, de más o menos 20 libras.
VI. Media canasta (checta runco).
VII. Cuarta parte de una canasta (cutmu).
VIII. Octava parte de una canasta (sillcu).
IX. Cestillos para el algodón.
X. Cestas (isangas) para medir papayas, pepinos y otras frutas.
XI. Almozada (poctoy), es decir, el cuenco de la mano, para medir cualquier cosa que podía caber en una sola de ella, o en las dos unidas y juntas. Todo lo anterior en quechua.
En aymara quedaron recopiladas las siguientes frases:
I. “montoncito que dan como medida las vendedoras en su mercado: chala”.
II. “Una tinajita de barro llena hasta la boca, de maíz o chuño, y que es medida rasa de estas cosas cuando las venden: tanca vicchi”.
III. “Dar medida colmada: tancani, chunchuni churata”. Y
IV. “henchir la medida justa, pero raída sin colmo: tancachatha”.
3. Entre las de contabilidad tenían un significativo vocabulario: I) Cuentas: yupay. II) Tomar cuentas o hacer que las den: yupachicupuni. III) Dar más o añadir: yapani. IV) Partir la mitad de algo o dividirla en partes: patmani o pattmachani. V) Medir granos: camani. VI) Paella: hato de ganado, VII) Llalla: sacos para contabilizar los fardos de ropa almacenada. Llalla es el costal de cabuya. VIII) Huiri: el trabajo de un hombre durante el día. IX) Piernas: posiblemente la mitad de una pieza de tela. Se ignora su equivalente fonético en quechua y aymara. Y entre las medidas de área o superficie conocían:
I. La papacancha: parcelas de papas sin dimensiones rígidas.
II. El tupo ya referido, igualmente de magnitudes variables, si bien con un promedio de 25 por 50 brazas. Tenía muchas variantes: checta (1/2 tupo); sillco (1/4 de tupo); cutmu (1/8 de tupo). En la quebrada de Chaupiguaranga no se le llama tupo sino tongo, y cada tongo abarca una extensión aproximada de 800 metros cuadrados. La palabra tupo también servía para señalar a la legua andina, medida de longitud que cubría una legua y media española de largo. Se le decía asimismoyapu.
III. Chayana, un pedazo de tierra para mantener a una o dos bestias de carga, lugar donde descansaban las cabalgaduras.
IV. Acequias de tierra de sembradura.
V. Un mate de sembradura.
VI. Collo: media hanega de sembradura.
VII. Para la medición de áreas hacían uso de la chota o rini: soga estirada y tiesa que auxiliaba a definir espacios para distribuir las mingas de los ayllus que conformaban una saya o distrito. Las chotas o chutas o sayguas venían a ser espacios indeterminados que dependían del número de personas para cumplir tareas en ellos; sin embargo, procuraban que tuvieran 100 brazas por lado.
VIII. Ecca: medida de 10 brazas.
La exactitud pasmosa y fascinante del sistema contable mediante quipus está demostrada con la transcripción y traducción de los archivos huancas llevadas a cabo en 1561 ante la Real Audiencia de Lima. La precisión de las cifras y la facilidad con que las leían los quipucamayos permitían un control superexacto de los ingresos de cualquier renta estatal, comunal y familiar.
En este rubro también hay que tener en cuenta a las balanzas de platillos y redes y al muy típico huipe, algo parecido a las romanas, empleados apenas para afielar y ponderar los pesos de metales preciosos, tintes, algodón, lana y coca. Su existencia enseña que nadie se aventuraba a simples cálculos ni a operaciones de tanteo de oro, plata, tinturas, coca y lana. Las manejaban los que practicaban el comercio, la artesanía y funcionarios estatales que percibían la tributación consistente en metales preciosos y artículos ya anotados.
La cocada era una medida de tiempo y no itineraria, determinada por el lapso que duraba la masticación de un bolo de coca en determinadas horas recorridas por un viandante que portaba un bulto de cuatro arrobas sobre sus espaldas. Por cierto que el espacio andado difería según fuera en terreno quebrado, o en subidas, o en bajadas. La mascadura de cada bolo de coca demoraba de 35 a 40 minutos, transcurso que dura su acción excitante, permitiendo recorrer a un individuo cargado tres kilómetros de terreno llano y dos tratándose de cuestas. Los caminantes tenían sus lugares fijos y preestablecidos para descansar y reemplazar la bola de coca agotada. Tales lugares estaban siempre en lugares abiertos o en la cumbre de una pendiente. Como se advierte, unas cocadas eran más largas que otras. Allí sosegaban dejando caer el pesado fardaje que llevaban, quedando unos pocos minutos sin movimiento. Luego re-empezaban a mascar su dilecta hoja; y a ocho o diez minutos de nuevo se hallaban animados para reiniciar la marcha. Así avanzaban transportando un máximo de cuatro arrobas hasta la otra pascana, para recomenzar la subsiguiente cocada. La jomada de un día la cubrían consumiendo entre seis y ocho cocadas.
En lo que respecta al sistema decimal, regía desde muy antiguo en las etnias del territorio central del Chinchaysuyo, desde lea y Huanca hasta Cajamarca, Chachapoyas y Piura. Cuando los incas las conquistaron lo encontraron en pleno funcionamiento, y al percatarse de su importancia en lo administrativo lo aplicaron en todo cuanto les fue factible. Pero donde lo implantaron con más vigor y eficacia fue en la organización del ejército. Concretamente el inca que lo alentó y aplicó fue Túpac Yupanqui.
§. Viviendas
La monogamia generalizada en el jatunruna redundaba directamente en el plano y disposición de su recinto conyugal. Tanto en la costa como en la sierra, ya fueran de quincha, pirca o adobes, tenían un espacio limitado, lo suficiente para albergar a una familia nuclear-simple o a una familia nuclear-compuesta, siempre cortas. Las casas cuadrangulares de la costa y las redondas de la sierra, habitualmente exhibían de cinco a seis metros de diámetro, con techo formado de varas de madera que se juntaban en el vértice, cubierto con paja. No eran raras las viviendas cuadrangulares con cobertizos de dos aguas.
Las moradas de los hogares poligínicos (curacas y otros privilegiados), en cambio, tenían que responder a las necesidades creadas para dar alojamiento a varias esposas y numerosos hijos. He ahí por qué las residencias de los capaes (señores poderosos) ostentaban mayor tamaño, disponiendo de cuatro y más habitaciones.
Izquierda: El típico interior de una vivienda en ¡a ecozona quechua. Derecha: Una casa típica de los pastores llacuaces (sierra central del Perú).
Izquierda: Una casa chimbo (Chinchaysuyo - Bolívar - Ecuador). Derecha: Residencia de un noble inca en Ollantaitambo.
Plano del aposento del señor o curaca de Huanchihuaylas en el valle del bajo Rímac. Ahora se le llama Puruchuco.
La edificación de cualquier vivienda demandaba ritos propiciatorios.
Otra peculiaridad de los domicilios en todas las clases sociales, sea en las tierras altas o en las bajas, es que tendían a la intimidad doméstica; y dado el material del que echaban mano (piedra, adobe, quincha), mostraban una apariencia de humildad. Las casas solían tener una planta. En la sierra, para la fuga del humo dejaban un orificio o tronera en la parte más alta y central del cielo raso que, fatalmente, nunca resolvía el problema a satisfacción. No acostumbraban tener cuartos destinados a hombres y a mujeres por separado.
Muchas de las casas serranas contaban con un grupo de habitaciones independientes construidas circundando un patio central. Todo el conjunto permanecía rodeado por una cerca que sólo tenía una puerta para entrar y salir. No estilaban ponerle ventanas, y cuando la había apenas era una muy pequeña, de modo que la habitación permanecía muy oscura. La luz y el aire penetraban a través de la puerta que daba al patio o cancha. En el interior sí tenían abiertas falsas-ventanas o ventanas-ciegas (alacenas o nichos). La ausencia de ventanas-abiertas quedaba justificada para evitar el frío. El piso siempre era de tierra apisonada, salvo en las viviendas de los señores, en cuyo caso se lo empedraba.
En la construcción de las casas costeñas no preparaban bases de cimientos cavando zanjas. Las paredes se las levantaba directamente sobre la superficie, adosando los adobes uno encima de los otros. La cubierta la hacían colocando vigas de guarango (algarrobo) y encima esteras u hojas y luego un manto de barro. Si el viento y las lloviznas carcomían ese barro, volvían a poner otra capa. En el área Tallán y Tumbes veíanse, asimismo, casas de bajareques, o sea con paredes de cañas y carrizos espaciados y sin embarrar para posibilitar la aireación de la vivienda.
Las casas costeñas no requerían, por lo tanto, una intensa laboriosidad. Como hay abundancia de tierra, les bastaba aplastarla y escanciarle agua. En seguida, revuelta y aplastada con los pies quedaba convertida en barro excelente para hacer adobes pequeños (adobitos) en moldes rectangulares de madera abiertos por arriba y por abajo. Se les secaba al sol, para lo cual se les volteaba una vez deshidratados por uno de sus lados. Como en los meses de verano el calor es intenso, los adobitos se deshumedecían pronto. Pero no acostumbraban quemarlos, de modo que Si no se desmoronaban con rapidez es porque en el litoral no llueve, salvo, de vez en cuando, en el perímetro Tallán y Tumbes. Al levantar la pared, a los adobitos se los unía con barro fresco. También conocían el uso de tapiales.
Su menaje y muebles estaban conformados por ollas y vasijas grandes; estas últimas para guardar ropa y granos. No conocían baúles de madera. Se sentaban sobre bancos de piedra y tierra hechos a manera de poyos o pircas. Hacían también bancos con el tallo del maguey de la Puya raimondi. Sin embargo, ellos más habituaban tomar asiento en el suelo, a lo más sobre pellejos, esteras, petates o alfombras de pita (agave) o pelambre basta de llamas. En caso de usar bancos, estos eran privativos para los varones; las mujeres invariablemente se sentaban en el suelo. Sus camas estaban igualmente encima de poyos o en el piso mismo; no conocían almohadones ni colchones. Para almacenar su bebida favorita, la chicha, poseían tinajas llamadas urpos, muy artísticas en el Cusco, a las cuales hoy se les nombra arybalos, palabra de origen griego. En las cocinas, para que ciertos alimentos no fueran atacados por los insectos, conocían unos artefactos que en la sierra norte recibían la designación de shingas: aros con la superficie entrelazada de cabuyas y otros mimbres, colgados mediante tres cordeles unidos luego a uno solo que pendía de las trabas o tirantes más altos del techo. Otros eran redes y bolsas suspendidas por una soguilla.
Las mansiones de la elite inca, es patente, aparecían monumentales debido a la magnitud de los bloques. Cómodas y limpias, tenían varios compartimientos. Por lo usual cuatro habitaciones ubicadas alrededor de un patio central. Cada cuarto independiente del otro, de manera que quedaban frente a frente. Una de las salas se reservaba para el señor y las restantes para sus esposas, criados y despensa. Podían tener corrales contiguos. Cuando se trataba del aposento del rey en parajes donde manaban aguas termales, en el patio central abrían y adornaban una pequeña piscina. Las techumbres de las residencias señoriales del sur se confeccionaban con paja gruesa, levantándolas a manera de cúpulas, tan altas como las paredes del primer y único piso, lo que les proporcionaba belleza. Esto, de preferencia se usaba en las casas circulares que, al erguirse, simulaban pirámides. En quechua recibían el nombre de sunturbuasis.
Izquierda: Dos modelos de uncos o vestidos masculinos. Derecha:
La huara, especie de trusa la portaban los varones debajo del unco, desde cuando se les declaraba mayores de edad. Un tocado femenino del Cusco.
Izquierda: Modelos de collares, sortijas y aretes. Derecha: Adorno del tobillo y un modelo de calzado. Ambos masculinos.
§. Atavíos y adornos
En lo que hace al atavío, en los varones se reducía a un manto (yacolia) y un unco o camiseta que les llegaba hasta las rodillas, bajándoles desde el cuello. En las mujeres dicha túnica (anaco) les descendía hasta los tobillos y se la sujetaban con cinturones bastante artísticos. La segunda prenda peculiar de éstas era la lliclla (manto). Ambos sexos usaban aros y ajorcas en el antebrazo, sortijas en los dedos. Las orejas las adornaban con pendientes; portaban pectorales, collares, huinchas. Muchos de sus adornos constituían amuletos.
Los sacerdotes del Sol vestían con telas blancas, confeccionadas con pelo de vicuña, alcanzándoles desde el cuello a los tobillos: modelo y color que venían usando desde los gloriosos tiempos de Taipicala.
Sus pies los protegían con sandalias de cuero, o mocasines de piel y lanas, sujetándolos mediante correas atadas al empeine, o gracias a un filete fijado entre los dedos gordo y segundo del pie.
El vestido tenía el mismo modelo y corte desde el sapainca al más insignificante uro y chango. Todos gastaban el unco, la yacolla, el anaco y la lliclla. La moda en el vestir y de los objetos de ornato personal estaba estancada desde hacía milenios. Pero había diversidad de tocados tanto en forma como en colorido; pues cada etnia poseía y exhibía el suyo propio, dando al Tahuantinsuyo un espectáculo asaz divertido e interesante. El tocado de los costeños, al mismo tiempo que les diferenciaba étnicamente, los protegía del calor y radiación solar. En el traje, según la clase social, lo que variaba es la calidad de la fibra y los decorados.
El cabello corto de los hombres de la etnia inca influía en la higiene de sus cabezas. Como carecían de vello en el rostro, los ralos y raros pelitos que podían salirles los extirpaban sin pérdida de tiempo con pinzas ad hoc. Un servicio regular de hombres expertos en el manejo de cuchillos de obsidiana tenía por misión cortarles y atusarles el cabello a los llamados hijos del Sol.
§. Salud y enfermedad
La salud física, mental y moral la lograba el runa andino equilibrando sus actos, para lo cual procuraba conducirse armoniosamente con su medio circundante. En consecuencia, dentro de ese criterio, las enfermedades, según sus concepciones y mentalidades, sólo se generaban:
1. por actos de brujería o hechicería, motivados por rivalidades locales o conflictos interfamiliares. Y
2. por transgresiones que molestaban a los seres sobrenaturales, a las normas de la naturaleza.
A las primeras, muy frecuentes entonces, se las reputaba curables gracias a la habilidad de otros hampis o curanderos; pero a las causadas por la voluntad de las divinidades se las consideraba difíciles de parar. Las primeras, por tanto, ponían en relieve las discordias entre los individuos y/o familias; mientras las otras buscaban la paz social.
Entre las producidas por la brujería malévola estaba el envenenamiento, provocado exclusivamente por la acción humana, pudiendo afectar a una persona, o a una unidad doméstica entera dentro de un ayllu. La basaban en sustancias letales propinadas, por lo general encubiertamente, por venganza, o por envidia ante el éxito ajeno. La envidia consistía en evitar que otros cunas comunes rompieran el equilibrio de la comunidad igualitaria, acumulando excedentes.
Según los conceptos anteriores, todas las desgracias las imputaban o a la maldad ajena o a un origen sobrenatural. Las dolencias enviadas por las divinidades se adquirían luego de haber transgredido ciertas reglas de buena conducta y/o tabúes (incesto, crimen, robo, inobservancia ritual), constituyendo en realidad “enfermedades-sanción”, no producidas por represalia o revancha de los dioses, sino por castigo. Como los síntomas en ambas situaciones eran iguales, tocaba al curandero discernir la calidad del enfermo. Si la defunción la causaba una enfermedad cuyo diagnóstico la atribuía a un designio sobrenatural, el médico no se desprestigiaba por su falta de pericia para sanar; pues entre los hombres es cuasi imposible de que alguien se equipare a los dioses. Pero frente a los males y decesos desatados por la vindicta humana, la verdad era otra: se responsabilizaba al hampicamayoc impotente. En suma, cuando alguno enfermaba pensaban que había perdido o había salido de su cuerpo su camaquen: esa fuerza vital que da movimiento y potencia a las cosas.
He ahí por qué entre ellos. daban más importancia a las enfermedades estrictamente culturales que proliferaban, más, con escasísima y tal vez ninguna noción sobre las patológicas que, en efecto, también existían. La más corriente era y sigue siendo la del susto o jani, que implica la pérdida temporal de la esencia vital que da vida, movimiento y ánimo al ser humano. La autosugestión de esta enfermedad provoca flujos de vientre, sensación de frío, excesiva secreción salival y otras alteraciones. Solamente se cura con la mediación de un curandero ducho en prácticas mágicas.
Otra dolencia cultural consistía y consiste en la creencia de que, en el cuerpo de un ser vivo se introducían espíritus perversos, pertenecientes a hombres que han vivido en épocas muy antiguas. Para que se produzca este malestar basta con transitar por las sepulturas antiguas, siendo mucho más grave posarse o recostarse en sus cercanías. Dicha indisposición se tipifica por un estado de depresión que se hace más intenso con la aparición en todo el cuerpo de unas ronchas rojas que producen escozor. El paciente tiene sueños en que se le aparecen las “almas” de sus antepasados.
Otro achaque cultural era y es el shucaqui muy frecuente en la sierra norte (Cajamarca), producido por la inmensa preocupación que siente una persona que sufre un desprecio o una fuerte vergüenza causada por un equívoco o error cometido. El shucaqui es una verdadera tormenta sicosomática, cuya gravedad depende del rango o clase social u ocupación que ejerce la persona que genera la turbación y sonrojo. Se produce en realidad una alteración neurohormonal que se manifiesta con intensos dolores de cabeza y abdominales, vómitos y diarreas incontenibles. El tratamiento consistía y consiste en que el causante de la vergüenza jale los cabellos de la víctima, tomándole el mechón del centro mismo del cráneo, con tanta fuerza que se le desprenda el cuero cabelludo en ese pequeñísimo sector, cuyo ruido debe ser escuchado?
La irijúa es otra afección cultural. Es propia de los niños, que la adquieren cuando la madre tiene otro bebé, a quien se cree que le prodiga mayores cariños que al anterior. Este se toma pensativo, melancólico y malhumorado; se irrita con facilidad, llora y grita con agresividad ante todo. Pierde el apetito y el sueño, y por lo tanto enflaquece física y mentalmente. Es muy raro que la irijúa la adquieran los hijos menores. Se presenta en todas las clases sociales. Y en verdad, no es otra cosa que la envidia.
También hay que mencionar la mipa o yagua. Es propia asimismo de niños que la adquieren en el vientre de su progenitora encinta, es decir, cuando la gestante se impresiona o siente asco por un animal, verbigracia. Entonces el niño que nace presentará los signos directos de ese animal (que puede ser un perro, un venado, una perdiz). Las embarazadas, en consecuencia, deben poner cuidado en no mirar personas feas (inválidas, cojas, tuertas) para evitar que sus criaturas salgan con estos defectos. Si la gestante pasa por un río cargado, es casi seguro que su hijo saldrá llorón. Si ha visto un cadáver, su hijo nacerá con mipa de difunto: cejas pobladas y ojos hinchados, muestras de luto por el demasiado llanto. La mipa se sana diagnosticando su causa, con el fin de neutralizar su influencia transmisora.
Otra molestia cultural estaba y está producida por el arco iris (turumanya o cuichi). No se le debía apuntar con el dedo índice para evitar que éste se pudriera; no se podía reír y ni siquiera abrir la boca frente a él para no adquirir caries y piorrea. Las muchachas no debían pasar por debajo de un arco iris, ni descansar en los sitios donde éste se asentaba para evitar que las fecundara y embarazara, dando a luz seres muertos y monstruosos, que debían enterrar de inmediato para no originar enfermedades terribles en el ayllu.
El rayo, por igual, causaba y causa enfermedades. Se presenta en personas “tocadas” por él. Entonces les brotaba erupciones cutáneas generalizadas y dolorosas con un intenso olor a hierro. Los curanderos especializados las aliviaban con dietas exclusivas. Quienes sobrevivían al toque del rayo quedaban expeditos para dedicarse al chamanismo, puesto que se les reputaba elegidos por esta divinidad.
A las enfermedades culturales se las diagnosticaba a través de la cobayomancia; mientras que la identificación funcional mediante la visceroscopía a cargo de curanderos especializados. Pero en otras ocasiones se acudía a oráculos para ponerse en contacto con los espíritus de los antepasados; en tales oportunidades, como se advierte, intervenían los sacerdotes. Las prácticas curativas estaban rodeadas de muchas maniobras mágicas y místicas: adivinación, ayunos y terapia del cuerpo del enfermo con cuyes vivos e invocaciones inentendibles para los no iniciados.
Izquierda: Tumi para trepanar, escenificando la operación quirúrgica. Derecha: Y cráneo trepanado.
En cada ayllu había por lo menos un hampicamayoc (o curandero/médico) que conocía las manipulaciones mágicas y las yerbas, animales y minerales medicinales para las distintas enfermedades que también sabían diagnosticar. Su ciencia la basaban en su propia experiencia y práctica, adquiridas y transmitidas de padres a hijos siglos tras siglos.
Una mujer con ataques de epilepsia.
Pero había ayllus en los cuales sus hampicamayos, por diversas razones (vocación, mayor preocupación, etc.) tenían conocimientos más profundos sobre su ocupación, con un renombre que irradiaba extensas comarcas.
Izquierda: Calaguala, antirreumática y anticefalálgica y contra las afecciones pulmonares crónicas y viravira, para curar la bronquitis, catarros y fiebres. Derecha: chilca, para el tratamiento de resfríos, gases, insomnio, gota, heridas supurantes; canchalagua, antihepática, también para combatir la acidez estomacal, dispepsia, pulmonía, pleuresía, etc.
Eran, es inequívoco, eminentes especialistas. Los callaguayas del Collasuyo, por ejemplo, se contaban entre los famosísimos. La curandería y/o medicina la ejercían gentes de ambos sexos, pero no por personas de todas las clases sociales; por lo común pertenecían al campesinado (jatunruna).
Como se ve, existían hampicamayos que sólo ejercían en sus ayllus y otros a quienes se les solicitaba por los demás ayllus de su reino, y también a quienes venían a buscarlos de otras etnias. En otras palabras: unos médicos de fama internacional o interétnica. Los de Huaro (sur del Cusco) y los callaguayas figuraban en esta segunda categoría.
No hay que confundir a los hampicamayos o curanderos con los hechiceros o chamanes encargados de provocar el mal mediante venenos y otros métodos mágicos encaminados a tal fin. Había chamanes técnicos en hacer daño al prójimo a pedido de clientes interesados. Para ello se valían, en efecto, de diferentes medios, como el de elaborar muñecos que representaran a la víctima, para ejercer, sobre éstos, actos perversos, motivados por venganza, egoísmo y envidia. Contra la brujería proliferaban infinidad de amuletos y fetiches que para sus poseedores desempeñaban el papel de “seguros” o “pólizas protectoras”, preservándoles de la acción malévola de enemigos públicos y ocultos. Los mencionados “seguros” unas veces eran de origen vegetal y otras de procedencia animal y mineral. los colocaban en algún rincón de sus casas, o los portaban en sus talegas o quipes (atados) y chuspas (bolsas).
Había chamanes que aseguraban tener poderes para convertirse en animales. Y en verdad las versiones que referían no eran por entero imaginarias, puesto que tales personajes conocían e ingerían una serie de daturas o alucinógenos (coca, tabaco, chamico, cacto sampedro, floripondio, ayahuasca, etc.) que los hacía dormir y meterse en trance, donde veían y hacían cosas fantásticas que después contaban como si hubieran ocurrido realmente, hechos que ningún oyente ponía en duda.
En fin, en la era del Tahuantinsuyo (1438-1533) las técnicas curativas y de cirugía continuaban siendo las mismas de siglos y milenios anteriores. Entre éstas la que más ha llamado la atención es la trepanación: perforación de la capa ósea del cráneo para extraer de su interior las causas de la enfermedad, por lo corriente un espíritu introducido allí; o extirpar los huesos fracturados a consecuencia de golpes. En cualquier caso usaban anestésicos (coca, bebidas embriagadoras, drogas que adormecían). Si morían tapaban el pequeño forado con láminas de oro o plata, o con la caparazón de las calabazas. En un porcentaje bastante apreciable, por lo que se observa en las calaveras que subsisten, fueron intervenciones con éxito; pero otras, que parecen ser las más de las veces, los pacientes ya no se levantaron jamás de la mesa de operaciones. Su instrumental quirúrgico era palmariamente sencillo: por ejemplo, el vilcachina, servía para extraer los objetos de cualquier órgano de una persona o de un animal; o el tumi, para abrir los cráneos sometidos a trepanación.
En las prácticas medicamentosas hacían intervenir yerbas frescas y secas, animales vivos y muertos (disecados), minerales, oraciones incomprensibles para los neófitos, canciones, música y hasta danza. Era una terapéutica totalmente naturista acompañada con infinidad de infaltables actos mágicos. Pensaban que el olvido de cualquiera de esas cosas enunciadas hacía ineficaz el tratamiento curativo.
Algunas enfermedades, efectivamente, las trataban con danzas rituales y ceremoniales ejecutadas ante sus ídolos durante las fiestas que les dedicaban. En las danzas participaban niños, adultos y viejos, inclusive ancianos, de preferencia mujeres. Causa asombro que gente tan decrépita hayan bailado horas y horas en busca de salud. El deseo de alcanzar largos años de vida y excelente bienestar físico y orgánico también se descubre en la existencia de varias divinidades adoradas para tales fines.
Entre las enfermedades patológicas, pero que ellos no sabían distinguirlas como tales, figuran la epilepsia, la sífilis (iso, huanti), neumonía; catarro; anginas, alopecia; asma; bocio; conmoción cerebral; escalofríos; cáncer (iscuoncoy); cataratas, caspa del cabello; congestión alcohólica; coqueluche; ceguera; cólicos; convulsiones; contusiones; desmayos; dolores de huesos; flujos de vientre; delirio; demencia; difteria; debilidad; disentería; escoriación; escaldaduras; tos; erisipela; espasmo; escorbuto; fiebres; forúnculos; flujos vaginales; fracturas de huesos; gonorrea (secru); hidropesía; hinchazones; hemorragia; herpes; ictericia; infarto ganglionar (quelete); lumbago; laringitis; lepra (lleptioncoy); locura; náuseas; orzuelos; oftalmia; pus; abscesos; parálisis; heridas purulentas; resfríos; retorcijones; reumatismo; ronquera; ronchas; raquitismo (sittu); sarpullidos; sordera; sarna o caracha, tartamudez, afasia completa, idiotismo; uta, verruga; tiña; tisis; tumores; acidez estomacal; soroche o mal de altura; mal del pinto; pian. Para todas las cuales existe su respectivo vocablo quechua y/o aymara.
Tenían noción de lo que es la enfermedad (uncoy), la salud (calicay), el diagnóstico (uncoy risiy), el contagio (ratay), la convalecencia (alliyaray), la vida (causay) y la muerte (huañuy). Pero como ya se dijo, a todas estas dolencias les atribuían sólo dos causas: el castigo de sus divinidades por haber cometido faltas contra el sacerdocio o contra la organización de las costumbres ancestrales, o la maldad de otros individuos.
§. Juegos y diversiones
Los niños conocían varios juegos, pero prácticamente desde los cinco años dejaban de lado las diversiones inherentes a su edad, pasando las horas ayudando a sus padres. El niño campesino realmente no conocía la infancia, muy pronto quedaba asimilado a las tareas de trabajo, dejándoles escasísimo tiempo para sus entretenimientos infantiles, que por lo general eran a base de frijoles y piedrecillas y de alguno que otro juguete. Además, a niños y niñas les encantaba jugar imitando las labores de sus padres, escenificando la vida del hogar, de la chacra, de la ganadería, de la cacería y de la guerra. Las niñas tenían muñecas de trapo y barro, vestidas y adornadas con trajes y tocados en miniatura. Se las llamaba guauachuqui. Mucho se duda; no obstante, de que el pasatiempo con muñecas haya estado universalizado entre las chiquillas; pero las tumbas excavadas en Chancay evidencian que por allí fue normal. De todos modos, como las mujeres no acostumbraban cargar demasiado a sus hijos, ni aun para amamantarlos, ello influyó para que las niñas no imitaran en este punto a sus madres.
Entre otros divertimientos los niños conocían el cumisitta cumisina, o sea el tres-en-raya, que todavía persiste.
Los niños y muchachos agarrándose los unos a los otros por los vestidos, formando una larga hilera, corrían de un lado a otro dando vueltas, en lo que remedaban la curva de una serpiente. Tal diversión tenía por nombre acutasitha, no siendo otra cosa que el trasunto de la danza del Amaru que realizaban los adultos en determinadas ocasiones solemnes.
Izquierda: Muñecas de trapo (Chancay). Derecha: Muñecas de arcilla (Chancay)
Niños y muchachos también se distraían sentándose mutuamente sobre el cuello del amigo, con las piernas abiertas colgando sobre los pechos. Otros se recreaban dándose volatines, saltos largos o jugueteando a la ronda.
Bastante se entretenían con el juego de papirotes (golpes suaves y fuertes en la cabeza), llamado en aymara tincat asitha. Para ello se ponían unos tocados que suscitaban risa. En las imitaciones de escenas de caza, manipulaban el lihui (boleadoras) simulando matar aves, fieras y camélidos.
No eran abundantes los juegos y diversiones practicados por los niños y jóvenes en el antiguo espacio andino. En el grabado se ve El Rodadero (Cusco), conformación natural de las rocas, a las que acudían para deslizarse.
Precisamente en lo que respecta a lihuis los jóvenes del Collao se deleitaban hasta el paroxismo jugando al ayllu; es decir, haciendo maravillas con el manejo de las boleadoras. Había quienes lo efectuaban con tanta destreza que los llamaban para intervenir en competencias durante los festejos del huarachico en las llactas imperiales más cercanas.
Donde existían rocas inclinadas de superficies lisas, como el llamado Rodadero en el Cusco, los niños acostumbraban dejarse escurrir desde la altura, acurrucándose en esas suaves pendientes. Diversión en la que los modernos niños cusqueños continúan ejercitándose.
Jóvenes y adultos pasaban, asimismo, horas de esparcimiento con el juego de bolos que se lo llevaba a cabo con una pelota de madera llamada cucho, si bien igualmente las había de caucho. Dicho deporte tenía dos nombres; pecositha y pecopapa auqui.
Muchachos y adultos, empleando los frijoles llamados chuy, que son redondos y de colores, jugaban tirándolos a un hoyo, en pares y nones. Este entretenimiento tenía muchas variantes, en todas las cuales los citados frijoles poseían gran importancia. El triunfo o la derrota se medía según cayeran fuera o dentro del referido hoyo. Los niños exteriorizaban gran predilección por los frijoles de colores o con pintas intercaladas.
Los enamorados usaban el juego simpasitha, enlazando un cordel en sus dedos para, de conformidad a ello, hacer vaticinios si sus amados o amadas los querían o no.
El chaco o caza constituía un deporte de jóvenes y adultos. Participaban todos los estamentos sociales, previa convocatoria hecha por los funcionarios. La cacería mayor nunca fue mal vista ni minusvalorada, al punto que tomaban parte el mismísimo sapainca y sus parientes. De allí obtenían pelambre y carnes, y eliminaban a los animales dañinos.
Pero la diversión deportiva y ceremonial más solemne entre todas era la del huarachicuy o huarachico, donde los jóvenes de la elite demostraban su madurez física y mental a través de pruebas muy duras. Después de cumplidas se les declaraba mayores de edad, aptos para casarse y ocupar puestos en los ejércitos y en la administración.
También hay que considerar entre las recreaciones juveniles a los enfrentamientos o peleas rituales efectuados entre las parcialidades de Anan/Urin, Allauca/Ichoc, etc. Constituían porfiados pugilatos tirándose frutas compactas y secas que terminaban con heridos y muertos, pero que jamás enemistaban a los bandos, ya que la sangre vertida representaba una de las más excelsas ofrendas para la fertilidad de la tierra. Recibía el nombre de pucllay. Configuraban un auténtico ejercicio militar. Lo realizaban en diciembre, pero más en febrero-marzo. Durante la colonia lo transfirieron a la semana de carnaval.
El juego huairusitha o piscctsitha o simplemente pishca, por lo habitual en las noches de “velorio”, tenía por objetivo evitar el sueño de los dolientes. Lo llevaban a cabo con una especie de dado grande de cinco caras. En un lado tenía cinco puntos y en los otros uno, dos, tres y el último cuatro. La punta valía cinco y el suelo del dado 20. En este esparcimiento apostaban cuyes, ganado y ropa, interviniendo tanto hombres como mujeres. Se le decía pishca porque se lo realizaba únicamente en las cinco noches que duraba el “velorio” de un difunto en el espacio andino. Era, pues, un pasatiempo ritual con un dado de hueso que, antes de dejarlo caer en un sitio plano, había que batirlo entre las dos manos, formando éstas una bóveda, o metido en algún pequeño recipiente. Conformaba un juego de azar.
Por último, en unos lugares dos veces y en otros tres por mes, se reunían en un escampado para comer unos al lado de los otros y en seguida dedicarse a juegos físicos. Lo que buscaban en estas ocasiones era la reconciliación de los ánimos. En tales oportunidades cada familia acarreaba su propia alimentación.
Capítulo 6
Estructura de la propiedad y posesión de la tierra
Contenido:
§. Formas de propiedad
§. Enclaves ecológicos
§. Usufructo de tierras y posesión de la cosedla
§. Distribución de la cosecha
§. El patrimonio del sapainca y de los curacas
§. Formas de propiedad
En lo que atañe a las formas de tenencia previamente recordemos que propiedad es la suma de derechos que uno o varios hombres tienen sobre las cosas. Consecuentemente, hay distintos tipos de pertenencia:
1. de bienes inmuebles (tierras, casas, caminos, puentes, pozos, árboles).
2. de objetos domésticos, útiles de trabajo y armas, que difieren según el sexo y la edad y que por lo común se heredan de acuerdo al parentesco.
3. de efectos almacenados y acorralados (alimentos, ganado) que, en el caso de los aymaras y chinchaycochas, constituían su más preciada riqueza) y cuyo valor incluso estaba determinado por el color de la pelambre.
4. derechos sobre el uso económico (usufructo).
5. derecho sobre personas y servicios humanos (yanas, pinas, mitayos). Y
6. otras modalidades de dominio, como derechos exclusivos sobre canciones, danzas, hechizos y artesanías concretas; así por ejemplo únicamente los yaros o yarovilcas podían ejecutar el baile del Huacón por considerarse dueños de él. O en el caso de los collas y lupacas respecto a la danza de la choquela, privativa de los cazadores de vicuñas y guanacos. Pero aquí lo que más nos interesa es la tenencia del suelo, de la tierra.
En lo que concierne a este rubro hallamos derechos de personas, de grupos y de instituciones sobre el piso. Para todos ellos el uso de los terrenos conformaba un derecho fundamental, porque les permitía tener parte o la totalidad de los productos, ya directamente, o ya como renta. Existían, además, diversos tipos de tierras sobre las que se ejercía ese derecho; y lógicamente la naturaleza de tales derechos también difería. Dependía, pues de las personas, grupos e instituciones que las usufructuaban. En este aspecto funcionaban las siguientes formas de aprovechamiento territorial:
1. Del Estado.
2. Del sapainca, como patrimonio suyo.
1. De las panacas o ayllus de la realeza cusqueña.
2. Colectivas de los ayllus, ya fueran de regnícolas, o de mitmas o extranjeros.
3. Del culto, a cargo de los sacerdotes.
4. De los nobles curacas regionales y/o locales.
5. Parcelas en usufructo a cargo de yanaconas y yanayacos en tierras del Estado, del sapainca, de las panacas, del culto y de curacas.
6. Lotes en usufructo a cargo de pinas, pero únicamente en los aledaños a cocales del Estado y del sapainca.
Los únicos que no tenían acceso al usufructo de chacras eran muchos de los artesanos orfebres y plateros del litoral centro-norte, casi todos los uros del Collao, los changos de las playas de Arequipa a Chile y los moyos de Caracara (Potosí). Igual ocurría con un número bastante apreciable de personas de la costa norcentro, donde, por estar atareados en la mercadería a dedicación exclusiva habían abandonado las ocupaciones inherentes al campo, sin otro medio de vida que las ganancias de sus ejercicios transacciónales.
Los pastizales seguían el mismo orden de distribución. Pero en cuanto a minas, pertenecían todas al Estado. Las aguas eran de uso comunal. Y los bosques y salinas, además de comunal también interétnico, o sea público. Y en lo que respecta a las islas guaneras, correspondían colectivamente a las nacionalidades frente a cuyos territorios estaban, aunque en el sur (Arequipa-Moquegua) tenían por igual, singularmente, entrada en ellas los ayllus puquinas de las serranías.
En cada etnia o nacionalidad anexada, sin pérdida de tiempo, se señalaban las tierras y pastos para dedicarlos a la producción agraria y pecuaria, cuyos excedentes debían pasar a incrementar las rentas del Estado y de los sacerdotes dedicados al culto solar. En ambas situaciones bajo la responsabilidad de la población ayllal recién conquistada, o de grandes colonias de mitmas traídas de otros lugares.
Los sapaincas y el Estado basaban su potestad sobre la tierra por el derecho de conquista, pacificación y anexión de otras nacionalidades. Los curacas y demás privilegiados, en cambio, por donaciones recibidas tanto en sus zonas de residencia como en otros pisos ecológicos. Así, los señores del abra del alto Rímac tenían tierras para maíz en Huamanga y Jauja. Los funcionarios, salvo rarísimas excepciones, no percibían donaciones de parcelas para su usufructo; a ellos se les mantenía dándoles productos extraídos de los almacenes durante el tiempo de sus actividades administrativas.
La problemática estriba en especificar quiénes detentaban más extensión. En tal cuestión los documentos demuestran que no imperaban reglas únicas. Las tierras que se adjudicaba para sí el Estado y para el culto a las divinidades en cada etnia incorporada, nunca representaban el mismo porcentaje o porción que las dejadas para los ayllus. Las vastedades de cada cual diferían mucho, dependiendo del número del material humano que poblaba la etnia. De manera que en algunas partes el Estado y el sacerdocio tenían bastante amplitud, en otras una mediocre porción y en otras muy poca. Y lo mismo sucedía respecto a las tierras de los ayllus. El poder cusqueño ponía gran esmero en no dejar a los ayllus con falta de tierras; tomaba únicamente las sobrantes, las que no hacían falta a los nativos. En otras oportunidades el Estado y/o el sapainca habilitaba terrenos para sí, desbrozando la maleza con la finalidad de hacerlas productivas, tal como Huayna Cápac lo realizó en Matibamba, al sur de Aneara o Angaraes. Con el mismo, objetivo, similarmente, mandaban construir terrazas o andenes con fuertes muros pétreos de contención, rellenados con tierra vegetal, fen los que no cultivaban árboles ni arbustos, sino sólo maíz y eventualmente papas.
La prueba de lo que acabamos de decir la ofrece la documentación referente a Chincha. Allí las tierras afectadas al cultivo estatal eran mucho menos de las que disfrutaban los agricultores autóctonos: una extensión inferior a 400 fanegadas, tanto entre las de buena como de inferior calidad. Pero también hubo lugares (como Cochabamba/Bolivia, Abancay, Chaupiguaranga, El Quinche, etc.) donde íntegramente las confiscó el Estado para hacerlas producir gracias a la energía de yanayacos y mitmas multiétnicos.
Y en lo que respecta al Cusco y valle de Yucay, por allí casi la integridad pertenecía a las familias reales incaicas. De todas maneras
y en términos generales, parece que las tierras colectivas de los ayllus igualaban en tamaño a las del Estado. Los espacios territoriales conferidos para el sustento del culto, así como las propiedades “privadas” adjudicadas a los nobles provincianos no eran enormes, salvo contadísimas excepciones.
Sin embargo, para dichas concesiones a aristócratas y otros afortunados se tenía en consideración la fertilidad del suelo: a más rendimiento, menos amplitud; a menos productividad, más dimensión. Desde luego que también dependía del rango e importancia del agraciado. Por ejemplo al apo Hacho, señor de Latacunga, Huayna Cápac le donó predios inmensos, hasta donde alcanzara la vista, en lontananza.
La posesión colectiva de las comunidades sobre sus tierras, aguas, pastos y bosques, y en caso de los costeños sobre algunas islas guaneras, derivaba de un derecho ancestral. En tomo a ella tenían elaborados hermosos mitos, leyendas y creencias para justificar o sustentar su dominio. Análogamente existen pruebas documentales que constatan como ciertas comunidades podían ensanchar sus heredades adquiriéndolas a otras mediante trueque con hombres. Así aconteció entre los ayllus de Huaquis y Carania (Yauyos) durante Túpac Yupanqui. El derecho sobre sus posesiones prediales lo afianzaban con el culto a sus muertos y pacarinas ubicadas en su contorno y/o entorno. Uno de los rasgos más notables de la tenencia colectiva de los ayllus fue la de disfrutarla tanto en forma compacta como esparcida, o sea por diversos pisos ecológicos o en parajes de la misma altitud, con la finalidad de coparticipar, por igual, de todas las contingencias y ventajas que provoca la meteorología costeña y serrana.
La documentación de archivo evidencia que la totalidad de tierras, ora estuviesen localizadas de manera continua o compacta, o ya diseminadas por diferentes sitios, siempre estaban linderadas con señales naturales y artificiales para evitar disputas; las cuales, de presentarse, se las resolvía con jueces ad hoc. Como es racional, los productos cosechados iban a sus poseedores respectivos. La ubicación desperdigada en diferentes parajes y nichos ecológicos tenía una finalidad: compartir por igual entre todas las ventajas y desventajas ecológicas (heladas, granizadas, sequías), para que nadie fuera menos ni más perjudicado que otro. Ponían, pues, mucho cuidado en poseer parcelas en todos los microclimas a su alcance.
Las tierras de pastoreo y el ganado seguían casi el mismo modelo de los terrales agrícolas. Por lo tanto había pastos y ganados del Estado, del sapainca, de las divinidades y de ayllus. Pero la tenencia del ganado era mucho más amplia, porque incluso podía ser particular o individual como lo acreditan las visitas de Chucuito (lupacas) redactadas por Garci Diez de San Miguel (1567) y el frey Pedro Gutiérrez Flores (1574). Allí vivían señores que tenían centenares de cabezas de ganado, disfrutándolas como de su propiedad privada, por lo que, es incontestable, se les consideraba ricos. La documentación al respecto, en lo que toca a las áreas aymara y Chinchaycocha, es convincente.
En cuanto a la familia, la mujer, además de poder disolver su matrimonio, tenía derecho a varias cosas que consideraba de su propiedad personal, heredados por sus hijas, excepto sólo cuando hubiese tenido varones.
A diferencia de los pastizales, que no se los distribuía por familias, las tierras de cultivo sí lo eran. Cada miembro del ayllu recibía su lote en uno o más puntos; de ahí que cuando el individuo desaparecía, sus chacras retomaban al fondo común para dárselo a otro que necesitaba. Las parcelas se entregaban a las parejas que acababan de formalizar sus uniones matrimoniales, y eran chacras distribuidas en diversos parajes y/o pisos ecológicos de conformidad a las posesiones territoriales que gozaba el ayllu. Así, la producción agrícola que apetecía el hogar para su abastecimiento quedaba asegurada de por vida.
El tamaño de cada parcela difería de región a región; sus dimensiones dependían de la fertilidad del suelo. En consecuencia, el tupo, medida agraria por antonomasia, divergía; debiendo entenderse por tal el espacio suficiente que permitía mantener a una familia de cosecha a cosecha. De ahí que las chacras localizadas en tierra de secano (lluvias) daban una cosecha al año (como ocurren en las faldas y lomas de las cordilleras), a diferencia de las situadas en valles cálidos beneficiadas con riegos permanentes, que les permitía obtener hasta tres cosechas anuales, como acontecía en el valle del Chira (Tallán /Piura).
En lo que atañe a cocales, había unos que pertenecían a curacas individualmente por donación del sapainca; otros a ayllus, señoríos y/o reinos, y como es comprensible también al Estado y al sapainca.
En los pertenecientes a curacas, trabajaban sus yemas; pero en los del Estado y del sapainca, los pinas.
En la sierra, a los yacimientos de sal doméstica se los consideraba de usufructo público, de acceso libre a cualquier persona de la etnia donde estaban ubicados, o de otras pertenecientes a etnias extranjeras. No se impedía el ingreso a nadie. Así acaecía, por ejemplo, en las salinas de Yanacachi (Yaros/Pasco), Cochac (Chinchaycocha), Cachi (Cajas/Tarma) y Cachicachi (Huanca). Constituían focos de concentración multiétnica. Los interesados llegaban sin necesidad de “pasaportes”, ni licencias especiales. Pero en la costa era diferente. Aquí cada yacimiento de sal conformaba la propiedad de un ayllu de salineros, que por lo usual se tecnificaba en su explotación, transporte y comercialización.
Pero aparte del cloruro de sodio, todo gran yacimiento o centro productor de materias primas minerales estaba a cargo del Estado. Así sucedía con los lavaderos de oro y minas de plata, cobre y estaño, a donde destacaban una cantidad numerosa de mitayos (jatunrunas o mitmas) para explotados.
§. Enclaves ecológicos
Una realidad interesantísima que despertó la curiosidad de los propios españoles en el siglo XVI y sigue provocando elogios en el XX es la posesión que ejercían los reinos altiplánicos y algunos otros ubicados en distintas partes de las tierras altas, sobre terrenos emplazados o enclavados en otros reinos administrativamente autónomos, y localizados en otras ecologías aptas para producir lo que no podían cosechar en sus respectivos terrenos nucleares.
Los casos mejor conocidos al respecto son los enclaves ecológicos que gozaban los lupacas del Collao en las costas de Moquegua y Tacana o Tacna; de los chupaichos y yachas (Huánuco) en las montañas del Monzón; y de los cantas en el valle del Chillón. Pero a más de éstos también hay datos con relación a los enclaves carangas y huarochirís en Arica y Huanchiguaylas, respectivamente.
Unas veces dichos enclaves permanecían situados a corta distancia, necesitándose para llegar a ellos sólo de uno a cuatro días de caminata, como ocurría con los cantas que disfrutaban de cocales en Quives; o con los yauchas del alto Rímac que poseían también cocales en el bajo Rímac (Huanchiguaylas y Lima). Pero en contraste, en lo que incumbe a los reinos aymaras, debido a razones geográficas sus enclaves se hallaban ubicados a centenares de kilómetros, precisando de 25 a 30 días para desplazarse por trochas que se extendían y atravesaban por distintos reinos.
Plano de las salinas de Huacho.
Los lupacas, verbigracia, tenían enclaves ecológicos localizados a 300 kilómetros en Larecaja y Cochabamba, al otro lado del lago Titicaca. Sus enclaves más cercanos quedaban en el litoral de Moquegua-Tacna.
Vista panorámica de los diferentes pisos ecológicos del territorio peruano. Grabado de mediados del siglo XIX.
El aprovechamiento de nichos ecológicos de los altoandinos en las tierras bajas tenía sus objetivos y metas: la producción y abastecimiento directos, sin intermediación ni intercambio, de artículos que no podían generar en sus altiplanicies nativas por razones climatológicas y altitudinales, pero que urgían para balancear su dieta cotidiana y por la perentoriedad de una gran cantidad de coca, planta ceremonial por antonomasia. Sólo así los collas, aymaras y chinchaycochas, entre otros, podían tener acceso a maíz, coca y algunas plantas inherentes a climas tropicales y semi-tropicales.
¿Cómo lograron tener entrada a esos enclaves distribuidos en distintos pisos ecológicos, ubicados en los territorios de otros reinos y señoríos? Solamente cabían tres alternativas.
1. El convenio entre las jefaturas de las etnias o nacionalidades pactantes.
2. La torna de posesión mediante la violencia; y
3. La consumación mediante una disposición estatal emitida por el imperio. Las dos primeras, es insoslayable, ya funcionaron en la época preinca y hay documentos del siglo XVI que así lo confirman, por ejemplo los manuscritos referentes a Canta-Collique. Y en el tercer caso, eso pudo ocurrir durante la dominación y reordenamiento impuestos por los sapaincas.
Pero hay otra pregunta: ¿cuándo empezaron a aparecer los enclaves ecológicos en el espacio andino? Evidentemente que ello constituía un afán y una ilusión que inquietaba a los pueblos de las tierras altas (serranos y altiplánicos) desde épocas muy remotísimas. La arqueología ha puesto de manifiesto cómo los cazadores trashumantes del paleolítico seguían el desplazamiento de las manadas desde las estepas (punas) a las lomas costeñas durante las garúas del litoral para aprovechar los pastos; trashumancia que se siguió practicando en los estadios económico-sociales posteriores, incluso cuando la domesticación del ganado estaba ya plenamente desarrollada, y para cuya alimentación los pastores continuaron con la usanza de la trashumancia de sierra-costa y costa-sierra según las estaciones. Lo que denota que los primeros enclaves ecológicos de las tierras altas en la costa estuvieron conformados por la vegetación de lomas, buscada por los pastores de las altas mesetas. De allí debió arrancar la otra modalidad de tener también acceso a tierras agrícolas emplazadas en los valles del litoral y ceja de selva, lo que parecería demostrar que tal costumbre ya se la practicaba durante la era clásica andina (300 a.C.-600 d.C.), hecho que, a todas luces, fue ampliado y defendido por los grandes imperios del Horizonte Medio (Puquina/Tiahuanaco y Huari). De manera que después de la destrucción de estos dos organismos político-estatales, los que les sucedieron en el Collao: los aymaras, prosiguieron con la tradición, apoderándose de tierras situadas en la costa y ceja de selva, realidad que los incas, más tarde, no innovaron absolutamente en nada, sino más bien la respetaron y hasta extendieron a otras etnias que urgían de tal sistema. Lo difícil es decir qué enclaves ecológicos datan de tal época. La documentación los retrotrae, por lo general, apenas al tiempo de los incas. Pero esto ahora es inadmisible, como lo prueban las fuentes escritas referentes a Canta, Chupaicho y Lupaca. Lo que ocurre es que, en los años de la colonia, para defender dichas posesiones, las atribuían a decisiones del sapainca para así obtener del poder virreinal su reconocimiento y legalización.
El control de pisos ecológicos, por otro lado, no fue un fenómeno panandino. Las etnias costeñas, de conformidad a la documentación existente, no tenían ni se interesaban por poseer chacras en las faldas y cimas de los cerros ni en los valles interandinos, por la simple razón de que en los hábitats de las tierras bajas gozaban de una ecología ideal para producir lo vital que precisaban y porque el riquísimo mar les proveía de una gran variedad de carnes (de pescado). Y en la misma sierra hubo decenas de señoríos y reinos que tampoco se preocuparon por controlar enclaves ecológicos en la costa, porque en sus respectivos territorios detentaban todos los microclimas, como aconteció en las etnias Huaylla, Tarma, Quinua, Quechua, Aneara, Caxamarca, Huamachuco, Huambo, Guayacondo, Carangue, etc.
Ya se dijo que el deseo por disfrutar de enclaves ecológicos, muy común en los reinos aymaras y en el de Chinchaycocha, obedecía al pensamiento de tener acceso directo a recursos sin depender de intermediarios y de los mecanismos del intercambio modelo trueque: un esfuerzo por llegar al estado de autarquía, ideal ciertamente
nunca alcanzado a plenitud, por lo que era habitual, inclusive entre los mismos lupacas, una de las etnias mejor beneficiadas con enclaves ecológicos en costa y selva, ver a sus integrantes viajando para intercambiar parte de sus productos. El sistema de los enclaves ecológicos, no obstante, redujo entre los serranos en forma estimable las transacciones comerciales, quedando circunscritas a intercambios esporádicos. Esto en las tierras altas, pero no en la costa; por cuanto aquí las actividades artesanales con trabajadores a tiempo completo, desligados de las faenas agrícolas y sin acceso a pisos ecológicos en las elevadas cordilleras, había generado un activo comercio.
La producción de especies vegetales de clima subtropical y tropical en los enclaves de la costa y selva alta la realizaban con mano de obra enteramente desplazada desde los centros nucleares de la etnia o nacionalidad. Al parecer eran trabajadores migrantes o temporeros que descendían periódicamente a realizar la siembra y la cosecha mediante tumos. Quienes se movilizaban a cumplir tales faenas no perdían sus opciones en sus ayllus de procedencia; en éstos seguían conservando sus tierras de cultivo, cabezas de ganado y derecho a pastizales. En fin, eran sujetos de derecho tanto en su país como en el enclave, con obligaciones, deberes y privilegios iguales a quienes no se les trasladaba de un lugar a otro.
Los enclaves de mitmas para controlar nichos ecológicos podían estar vigilados por mitmas pertenecientes a una misma etnia, o repartidos entre varias. Modelos del último caso son las chacras ubicadas en Larecaja, donde vivían grupos salidos de todos los reinos o nacionalidades en que estaba dividida la etnia aymara. Y aunque los terrenos ocupados por ellos podían estar y de hecho estaban formando un mosaico, cada cual conformaban tupos perfectamente demarcados. No había, pues, caos, ni confusión.
Pero eso sí, los mitayos y mitmas reubicados en los enclaves ecológicos obtenían productos principalmente para que sus curacas tuvieran materiales qué redistribuir.
§. Usufructo de tierras y posesión de la cosecha
Algunos documentos hablan que los repartos de tierras que llevaban a cabo los curacas se los efectuaba anualmente. Pero otras páginas aseguran que lo hacían una sola vez, y que los hijos las “heredaban” para usufructuarias. Tales informes constituyen una aparente contradicción. Lo que se ve es que existían tierras que les asignaban de por vida y otras cada año. Las primeras correspondían a aquéllas, cuyos productos sembrados no consumían los nutrientes del suelo por ser lotes sometidos a un permanente riego y abonamiento. En cambio, cuando los terrenos se debilitaban, unas veces debido al producto cultivado y otras por no acostumbrar fertilizarlos, hacíase necesario dejarlos en descanso para reemplazarlos por otros ubicados en distintos lugares. Esto sucedía, en lo medular, con las papacanchas. Hay que tener en cuenta además, que los terrenos adjudicados para levantar sus casas y corrales eran de por vida, y por lo común “heredados” y ocupados por sus descendientes.
De ahí que cuando se dice que una persona sólo recibía un tupo (parcela), hay que explicarlo; porque en la práctica, en infinidad de casos no solamente era un tupo sino varios, porque el reparto de tierras lo hacían tomando en consideración los largos períodos de descanso a que quedaban sometidas las chacras debido a su agotamiento, en lo esencial cuando se trataba de terrenos dedicados al sembrío de papas.
En lo que toca, pues, a papacanchas (hijuelas destinadas a la obtención de papas) fue ineludible conceder de seis a siete tupos en las estepas o punas, en razón a que jamás sembraban dicho tubérculo año tras año en un mismo terral, sino ulteriormente de cinco años de inacción en climas templados y de siete en ecologías frías, y después de nueve en las punas más bravas. De ahí la necesidad de redistribuir tierras cuando se iniciaba el año agrícola y también la obligación de repartir varios tupos a un solo individuo, porque darle apenas uno habría significado dejarle en la miseria. En el Cusco cada papacancha (tupo de papas) medía 20 varas por lado, o sea 400 varas cuadradas.
Consecuentemente lo que verificaban los curacas era repartir derechos de usufructo de tierras, o en otras palabras: terrenos en usufructo. Lo que quiere decir que el suelo pertenecía al ayllu, pero lo sembrado y cosechado allí correspondía al beneficiado durante el reparto de lotes.
Pero eso sí, las parcelas señaladas al curaca eran bastante extensas, lo que vale decir que comprendían varios tupos, lo que a su vez exigía un número crecido de yapas y mitayos para hacerlas producir. Por lo tanto, en los ayllus había personas que por detentar gran cantidad de chacras obtenían abundantes cosechas, realidad que los convertía en individuos opulentos, riqueza necesitada para llevar a cabo prácticas de generosidad, o sea la redistribución de bienes, que en el mundo andino era una actividad obligatoria por parte de los grandes señores.
Las chacras estaban linderadas para su identificación. En algunos casos los linderos permanecían delineados por canales de riego; en otros por zanjas de drenaje; o por cercos de alisos y otras plantas pequeñas, de preferencia espinas; pero lo más corriente eran simples terrenos sin cultivar, por donde trazaban senderos entre una y otra chacra, que no sólo las separaba sino que permitía el desplazamiento de sus usufructuarios. Escaseaban los muros de piedra (pirca) como líneas divisorias, debido a la inexistencia de animales domésticos que motivaran daño. Sin embargo, cuando se los hacía se empleaban las propias piedras extraídas de la misma parcela, retiradas par a dejar el campo libre a la agricultura.
Un hecho muy singular de estos lotes es que cada cual tenía su propia toponimia: una palabra que reflejaba algo típico del paraje. Y cuando no tenía designación taxativa, hecho muy raro, se le particularizaba llamándole por el nombre de su poseedor.
§. Distribución de la cosecha
De los productos de la chacra familiar separaban calculando muy bien los porcentajes que necesitaban para su alimentación hasta la próxima cosecha; también lo que precisaban para ofrendar a sus divinidades; para regalar, para semillas y para trocar con otros productos, cosa, esta última, que siempre la llevaban a cabo aún en la situación de tener acceso a parcelas emplazadas en distintos pisos ecológicos.
Los alimentos logrados en las chacras familiares, comunales y estatales eran debidamente almacenados. Tenían, por consiguiente, trojes para todo. Los instalados en las propias casas o viviendas recibían el nombre de pirguas, especie de canastos o rungos hechos de totora y otras fibras vegetales. Ahí guardaban sus productos secos o deshidratados, vg. el maíz, chuño. Mientras que a las carnes secas las colgaban en una estaca, o en cuerdas.
En otras viviendas, a los productos los embodegaban en los soterrados y desvanes que recibían el nombre de marcas. Las pirguas y marcas cumplían sus funciones de almacenaje hasta la futura cosecha, configurando inclusive una apreciable reserva para los años de sequía, heladas, plagas y otras calamidades.
Para evitar el agorgojamiento o ataque de insectos dañinos, en las superficies de las coicas (almacenes) y/o entre los productos entrojados, colocaban hojas y yerbas de olores intensamente repelentes que los ahuyentaban. Entre éstas, las más utilizadas eran la coa, ishmuña o muña y el izaño.
Las coicas o almacenes del Estado eran incontables; es decir muchísimos; erigidos por lo usual en las laderas de los cerros cercanos a las llactas o asentamientos urbanos imperiales. A unos los hacían redondos, a otros cuadrangulares y hasta rectangulares. Sus formas dependían del producto guardado en ellos. Al maíz lo guardaban tanto crudo pero seco, como tostado.
§. El patrimonio del sapainca y de los curacas
Párrafo especial merece el patrimonio personal de cada sapainca. En efecto, desde Pachacútec se percibe la formación de propiedades rurales o prediales en provecho de soberanos y de curacas, separadas de las tierras estatales. Sin embargo, es imposible hablar de latifundios andinos; a lo más se les podría calificar de “haciendas”.
La confusión sobre las tierras del Estado y del inca, que se creían ser una sola cosa hasta hace poco, estriba en los cronistas, más que todo de los tempranos o del primer momento de la invasión colonial (siglo XVI), quienes, como recién venidos, desconocedores del idioma y de las mentalidades, no podían captar la realidad de las instituciones y costumbres, a más de lo cual veían a la sociedad andina de acuerdo a su propia óptica cristiana y occidental, típica del Medioevo. En este sentido a tierras del Estado y tierras del sapainca las entreveraron, como si se hubiera tratado de un solo fenómeno. Error del que, al fin y al cabo, también participaban los runas.
Pero el reestudio de las fuentes permite descubrir que el sapainca, como individuo, tenía sus propias rentas consistentes en tierras y productos que, al fallecer, pasaban a sus descendientes, que con el transcurso del tiempo se multiplicaban geométricamente. Allegaban, pues, rentas para el mantenimiento de su persona y panaca, lo que les impelía a proporcionarse suficientes territorios y servidores perpetuos (yapas). Por cierto que con tal medida también aseguraban el culto y conservación de su cadáver o momia, dotándolo de bienes suficientes.
Cada sapainca formaba, pues, su propio patrimonio. Realidad que implica, a su vez, que el patrimonio personal del sapainca no se heredaba por el jerarca sucesor en el gobierno, sirio por sus hijos y nietos que no iban a gobernar.
Casas de Tantamayo, al norte de Huánucopampa. Son de varios pisos; los superiores empleados como graneros o almacenes familiares.
De ahí que cada nuevo sapa inca tenía que incautar tierras y otros bienes para crear su flamante y propio patrimonio. Y como el sapainca sabía que sus descendientes iban a multiplicarse, de antemano procuraba acumular bastantes tierras y yanas.
Vista del valle de Yucay, cuyas tierras fueron incautadas por Huayna Cápac para adjudicarlas a su patrimonio personal.
Los derechos de un sapainca muerto eran, por lo tanto, escindidos en dos partes:
1. sus bienes heredados por todos sus familiares, excepto el sucesor del reinado; y
2. este último que sólo heredaba el cargo, pero no los recursos. Lo que anuncia que cada sapainca se iniciaba-supuestamente “pobre”, por lo que debía lanzarse a nuevas adquisiciones de recursos para él y su futura panaca o linaje. Y así acontecía sucesivamente con cada heredero.
Si el patrimonio personal de cada sapainca, a su fallecimiento, pasaba a ser propiedad de toda su panaca, esto quiere decir que ellas, por igual, tenían el carácter de tierras colectivas: de la colectividad que componía la panaca; sin que eso fuera obstáculo para que en algunos momentos, ora varones ora mujeres, individualmente se hicieran acreedores a un tupo privado en otros parajes.
Con tal finalidad Pachacútec incautó para sí las tierras de Tambo (Ollantaitambo) hasta Picchu (ahora Machupicchu); Túpac Yupanqui las de Tiobamba (Maras) y en Chincheros mismo, donde hizo construir sus aposentos; y Huayna Cápac hizo igual tomando las tierras de Yucay, Jaquijaguana, Gualaquija y Pucará, con sus correspondientes servidores. Cuando a los miembros de algunas panacas se les llevaba a otros lugares por diversos fines, también se les otorgaba tierras en sus nuevos asentamientos. A las posesiones de las panacas jamás se las dividía por individuos; su usufructo era colectivo.
En lo que respecta al grupo de poder, había pues tierras del Estado, dominios patrimoniales de cada sapainca, posesiones conjuntas de cada panaca y heredades personales concedidas a determinados hombres y mujeres de la aristocracia imperial. Y tales terrenos podían estar en el Cusco o desperdigados en diferentes etnias. En suma, los únicos que podían ser “terratenientes” eran los sapaincas y los dioses (representados por los sacerdotes), cuyos fundos o fincas les trabajaban sus yanayacos, a los cuales se les consideraba parte de sus predios.
En las tierras patrimoniales de los sapaincas se sembraba primordialmente maíz, planta de prestigio; y muy rara vez papas. En otros lugares únicamente cocales, como ocurría en Picchu, Avisca y Tono. Las trabajaban yanayacos conducidos de diferentes nacionalidades del Tahuantinsuyo. Sólo de la etnia Cañar, sin contar a otras, trabajaban allí decenas de braceros que, con sus mujeres e hijos, en la época de Huáscar y Atahualpa aún obedecían a un señor llamado Chilche.
Los curacas también tenían su patrimonio personal consistente en chacras que les donaba el Estado, en cuyo caso la concesión se les hacía en parajes ubicados en los países de otras etnias. En la situación de los señores de Picoy y Yaucha (quebrada del medio y alto Rímac) recibieron parcelas de tal condición en el valle de los huancas (Jauja-Huancayo), Quinua (Ayacucho) y Vilcashuamán.
El regalo no solamente de tierras, sino también de ganado, coca, . ropa, joyas y hombres a los curacas regionales y/o locales tenía su objetivo: fomentar y mantener alianzas. Con lo que no se hacía otra cosa que dar origen a la aparición y formación de “dominios” señoriales con la respectiva presencia y multiplicación de y anas; verdaderos siervos de la gleba. Como es natural, ello acrecentaba el prestigio de los linajes étnicos.
Como se nota los patrimonios territoriales de sapaincas y curacas constituían las primeras formas de la propiedad privada y familiar de los recursos productivos tipo "hacienda” en los Andes. Y ello se inició en forma sistemática desde Pachacútec, adquiriendo más amplitud durante Huayna Cápac. Hombres, tierras y rebaños comienzan a ser enajenados como parte de la política estatal, entregados en propiedad privada a jefes de huarangas y jatuncuracazgos. Pero es aconsejable aclarar que esto no configuraba lo dominante todavía. Frente a la exigua cantidad de tierras privadas prevalecía la tenencia colectiva de los ayllus, la estatal del imperio y la sacerdotal o bienes del culto.
En síntesis, en el imperio hubo tierras explotadas como un bien privado o personal del sapainca (y después de extinto por su panaca o descendientes); y otras que dependían directamente como bienes del Estado, sin que hubiese oposición entre lo uno y lo otro. En la práctica, no obstante, el sapainca, como hijo de dioses y supremo mandatario, disponía de todo, de la tierra y de los que vivían sobre ella. De ahí que en la vida cotidiana los jatunrunas no distinguían cuál era la propiedad personal del sapainca ni cuál la estatal, de manera que en los informes suministrados a los cronistas daban a todas la categoría de “tierras del inca”. TI jatunruna no comprendía esta diferencia planteada en teoría porque dentro de la comunidad no estaba permitida la propiedad privada del suelo. Tampoco esto pudo ser captado por los primeros españoles, debido a sus concepciones diferentes como ya se indicó.
Escena de trabajo familiar.
Capítulo 7
Organización de la fuerza de trabajo
Contenido:
§. Formas de trabajo
§. Ayni o reciprocidad
§. Minga o colectivismo
§. La mita: un trabajo estatal muy bien organizado
§. Las acllas: escogidas pero cautivas
§. Control demográfico y de otros recursos
§. Grupos de edad
§. Formas de trabajo
En el Estado Inca funcionaban varias:
1. El personal.
2. El familiar.
3. El ayni o reciprocidad.
4. La minga o colectivismo.
5. La mita o estatal.
6. El del ejército profesionalizado.
7. El servil.
8. El de los pinas o esclavos.
9. El libre de los artesanos centro y sur costeños.
10. El de los mercaderes del litoral y del extremo norte del Chinchaysuyo.
11. El indirecto de los administradores del Estado.
Salvo las dos últimas (10 y 11) todas las formas de trabajo enumeradas corresponden a sociedades de escaso desarrollo de sus fuerzas productivas. Precisamente tales formas laborales se venían ejercitando desde los lejanos tiempos de Chavín, Moche y Nasca. A partir de entonces la tecnología no avanzaba, lo que justamente determinó la persistencia de la organización ayllal o ciánica de los grupos, o sea de la comunidad, ya que. gracias a su funcionamiento eran posibles el ayne o ayni, la mita y la minga. Hecho que, a su vez, favorecía que los pueblos fueran bastante autosuficientes en lo esencial de su vida. Una serie de mitos y máximas sostenían este ejercicio.
Mientras el trabajo familiar y el ayni dependían de los compromisos y reciprocidades de cada grupo doméstico (familia nuclear); la minga, por el contrario, dependía del consenso de quienes integraban el ayllu (familia extensa), planificados y controlados por sus líderes (curacas, camachicos, camayos).
§. Ayni o reciprocidad
El ayni, una de las formas más antiguas y comunes de trabajo en el planeta, operaba en el desarrollo del ciclo agrario y en toda actividad inmanente a ella (siembra, cosecha). Y por igual cuando se trataba de la edificación de una casa; hechos que no ocurrían todos los días.
El ayni es un intercambio de trabajo entre los grupos domésticos (familias nucleares-simples y familias nucleares-compuestas) que conformaban un ayllu. En otros términos: el préstamo de trabajo que una persona o conjunto de personas hacían a otro individuo o conjunto de individuos, respectivamente, a condición de que se les devolviera en fecha oportuna y en iguales estipulaciones de tiempo y envergadura de tarea. En buena cuenta, el ayni era sólo en apariencia una ayuda recíproca o mutua, que no revestía caracteres rituales ni ceremoniales. Pero la verdad es que no constituía un simple préstamo de energía, sino que a cargo del beneficiario corría la alimentación y bebida los días que duraba la faena, amén de regalos consistentes en algunos puñados de coca. Estrictamente, entonces, no era una ayuda mutua, sino un perpetuo negocio sujeto a intereses y conveniencias personales y familiares.
Cualquier hombre de un ayllu podía eludir el ayni, negándose a prestar su ayuda al vecino; pero dicha actitud significaba que él ya no podía pedir colaboración de otro. Por eso quien quiera, como perfecto conocedor de que iba a necesitar auxilio en algún momento, no rehusaba su energía a quien la requería, sino por el contrario, más bien andaba buscando amigos para ofertarles su trabajo siempre que lo necesitaran. De modo que el ayni no era exactamente un socorro mutuo de hermandad, sino un trabajo interesado: un dar para recibir, un dame y toma sinfín.
Tenían un definido y ancho concepto de la reciprocidad generalizada e interesada: nadie debía proporcionar nada a otro por el elemental mondo y lirondo hecho de regalar. Todo lo que se daba se lo hacía con la idea de ser correspondido; o en otras frases: se lo hacía meditando en la devolución. De allí que los favores que recibían de sus dioses tenían que retribuir con ofrendas, sacrificios y oraciones. Lo mismo hacía con relación al mar y la tierra; ante el primero para sacar peces y algas, y con la otra para alcanzar buenas cosechas.
Escenas del ayni o reciprocidad interfamiliar.
La minga (o minea) sigue en plena vigencia. En la parte superior del grabado se indican tres fases de la construcción de una escuela en una de las comunidades actuales del valle del Mantaro, mientras en la inferior aparecen personas de todo sexo y edad festejando la culminación de ¡a obra.
§. Minga o colectivismo
El sujeto que pertenecía a un ayllu tenía obligaciones que cumplir en tareas de trabajo tanto del modelo ayni como de otro denominado minga o minga: faenas colectivas en obras de bienestar de toda la familia extensa (ayllu). Pero si bien por cualquier motivo se podía eludir el ayni, en cambio las mingas debían ser cumplidas obligatoriamente, salvo que se estuviera enfermo, o inválido, o ausente cumpliendo otras misiones justificadas.
Las mingas o trabajos colectivos engendraban y engendran vínculos de solidaridad. Era una ocupación que garantizaba el confort de cada ayllu mediante el ejercicio común o mancomunado, impulsado por la profunda necesidad de resolver los problemas socio-económicos: canales de riego; construcción y cuidado de andenes; edificación de puentes; apertura y vigilancia de senderos; erección de templos y otras obras urgentes. Es lógico, para resolver estas cuestiones que beneficiaban a todos, se hacía perentorio el trabajo de la totalidad. Conformaba un ajetreo al cual concurrían las familias íntegras llevando sus propias herramientas y bebidas. En medio de una cohesión comunal al ayni y minga, que tenían un origen muy antiguo a nivel universal, llevábanlos a cabo sin la intervención, imposición ni control del Estado. Sapaincas y reyes, en verdad, no mostraban ninguna preocupación para su cumplimiento y observancia. Ayni y minga, como tareas inmanentes al ayllu mismo, éste los mantenía en vigencia para resolver sus pequeñas necesidades agro-pastoriles y otras.
Otra forma de trabajo, esta vez no sujeta a devolución, era el que ejecutaban a favor de los inválidos, viudas, menores de edad, huérfanos, enfermos y ancianos. Tratándose de tales personas, todos los miembros aptos del ayllu cultivaban sus chacras sin aceptar recompensa por el trabajo ni devolución del mismo. Es otra modalidad de minga.
Otro estilo de trabajo tipo minga era el que se prestaba a los jóvenes recién casados, construyéndoles sus casas. En las mencionadas circunstancias intervenían la integridad de mujeres y hombres dispuestos de la comunidad o ayllu.
De ahí que no cumplir con las mingas convocadas por el jefe del ayllu, constituía un delito que convertía al omiso en un ser abominable. A quien esquivaba la minga primero se le amonestaba; pero de reincidir, el ayllusca o camachic (jefe del ayllu) en consenso con otros personajes influyentes y de prestigio, procedía a la aplicación de la sanción máxima: la expulsión del grupo. El que se hacía merecedor a tal pena quedaba transformado en un verdadero paria, porque de acuerdo a las supraestructuras imperantes quedaba “fuera de ley”, sin derecho al usufructo de tierras, ni al ayni de sus paisanos, y sin esperanzas para solicitar su incorporación ni asimilación a otro ayllu. De manera que sólo le restaba tres posibilidades: dedicarse a la mendacidad, o al bandidaje, o ponerse al servicio de alguien en calidad de yana. De ahí que en la sierra no era nada insólito encontrar mendigos y bandoleros que, como se ve, no constituían otra cosa que el resultado de una sanción de carácter social impuesta por los propios ayllus; y jamás el fruto de una lacra social como sucede en otros sistemas. Claro que, en múltiples veces, después de purgar su falta, si es que las partes arribaban a un entendimiento, se les indultaba, procediendo a su readmisión. Así lo constata la fuente etnográfica reportada en la serranía.
§. La mita: un trabajo estatal muy bien organizado
La mita, entretanto, estaba ordenada, planificada y supervigilada por el Estado por mediación de sus numerosísimos administradores. La mita le generaba rentas cultivando sus tierras, cuidando su ganado, explotando sus minas y lavaderos, confeccionando armas, piezas y objetos artesanales, prestando diferentes servicios personales (chasquis, tambos, puentes, caminos, levas de ejército). Consistía en una labor por turno, pero turnos llevados a efecto por millares de trabajadores, por enjambres de mitayos hábiles (18-50 años de edad) extraídos exclusivamente de los ayllus para la construcción y trabajo en obras del Estado. Este necesitaba productos alimenticios, textiles, artefactos, vías y puentes, pastos. Pero a esos productores directos les retribuía y redistribuía comidas, bebidas y otras cosas secundarias para que laboraran con satisfacción. Los millones de brazos que representaban los mitayos garantizaban el funcionamiento del Estado panandino. En otra forma no lo hubieran podido lograr por carecer de dinero para pagar servicios y de herramientas para reemplazar a los trabajadores. Los mitayos configuraban, pues, los productores directos.
Como el trabajo era en grupos, colectivamente, con suficiente comida y excitante bebida y música, se enardecían emulándose los unos a los otros, cuyo corolario era la realización de obras extraordinarias y abundantes. La mita no extinguía, pues, la competencia; ésta quedaba asegurada e incentivada con excelentes compensaciones a través de redistribuciones ordenadas por el sapainca y verificadas por sus funcionarios. De modo que a quien producía más y mejor se le premiaba con más coca, ropa y otras cosas. El esfuerzo bien retribuido a los mitayos, permitía al Estado acumular excedentes cuantiosísimos. A la mita se la planificaba por cuadrillas salidas de cada uno de los ayllus, sayas (mitades), huarangas, pachacas y nacionalidades, de manera que eran éstas las competidoras y no los individuos. Ello estimulaba la emulación durante las tareas de producción.
Claro que también hubo división del trabajo por sexo y edades y según la capacidad vocacional de la gente. Es innegable que existían especialistas, pero que trabajaban sin desligarse de la agricultura, excepto los artesanos centro-nor-costeños. El Estado sabía, por lo tanto, sacar ventaja de todos quienes poseían capacidad innata o adquirida para ciertas artesanías, por ejemplo en la platería, orfebrería, tapicería, plumería. Para ello dictaban medidas extremas de previsión, vigilancia, control y justicia. Para lograrlo el Estado tuvo que poner en marcha una miríada de administradores, un exceso de burocracia, pero una burocracia ágil, funcional, competente: unos perfectos productores indirectos.
Lo verídico es que el pleno funcionamiento del ayllu o familia extensa, colectivista y agraria, fue lo que permitió al Estado llevar a cabo obras públicas colosales, ya sea en el campo de la agricultura como de la ingeniería, textilería, etc.
Es recomendable no olvidar que los trabajos del ayni, minga y mita fueron cumplidos únicamente por los dirigidos y dominados, jamás por los grupos de control y dirigencia imperial. En otras palabras, los trabajadores directos estaban conformados por los runas (ya fueran regnícolas, o mitmas), por yanayacos, yanaconas, pinas y artesanos sin tierras; los últimos en el litoral central y norteño.
La tributación, en consecuencia, era en trabajo. Es la forma común de crear rentas al Estado. Por lo tanto había:
1. rentas estatales ordinarias generadas por los mitayos, desde su inicio hasta el almacenamiento. Y
2. rentas extraordinarias, constituidas por las mitas de los artesanos que entregaban artículos típicos de su región.
Los obligados a prestar mitas eran solamente los hombres adultos y casados (18-50 años de edad), por la simple razón de que recibían sus parcelas únicamente al casarse, jamás antes. De ahí la inquietud y presión del Estado para que los jóvenes se matrimoniasen inmediatamente que ingresaban al grupo de edad que les permitía tomar compañera.
Con el trabajo planificado y retribuido de las mitas el Estado ponía en marcha todo lo que quería y le convenía en la producción agropecuaria, textil, artesanal, arquitectónica, ingenieril, militar, etc.
Otra división que se debe tener presente es que había:
1. mitas de servicio general (construcción de fortalezas, templos, llactas, caminos, puentes, tambos). Y
2. mitas de servicios especiales (artesanos, danzantes, músicos, cargueros del sapainca, acllas, chasquis), que no las cumplían cualquier hombre o mujer, sino gente seleccionada.
Corrientemente se realizaban las mitas, trabajando en obras programadas en los territorios de los mismos señoríos y reinos de donde eran oriundos los mitayos. Sin embargo, tal figura no constituía una norma general; porque existían tambos y minas atendidos por mitayos traídos de señoríos y reinos vecinos. Por ejemplo algunas hospederías de Cajamarca y Huambo funcionaban servidos por mitayos llevados de la costa de Chimor (Chepén, Moro, Collique, Cinto); mientras que ciertas minas de Huari (Ancash) tenían entre sus trabajadores a mitayos de Ichoc Huánuco. Y en cuanto a las obras monumentales ejecutadas en el Cusco, Vilcashuamán, Huaytará, Jatunjauja, Bombón o Pumpu, Huánucopampa, Turnebamba y otras similares, requerían la presencia y asistencia de miles de mitayos sacados y llevados de etnias lejanísimas, como sucedió en Tambo, adonde entre otros, concurrieron los collas; o en el Cusco mismo, a la cual fueron llamados, a parte de otros, centenares de chupaichos (Huánuco actual).
Los chasquis o corredores adiestrados conducían las comunicaciones de un lugar a otro, muy eficaces por su rapidez. Se trataba de un servicio que proporcionaban las etnias por las rutas mientras éstas cruzaran por sus territorios. Las noticias las transmitían ora mediante quipus como a viva vote. Sólo tenían la misión de correr determinadas distancias, entregando al subsiguiente chasqui el mensaje, sin parar sino trotando simultáneamente. En dicha forma una novedad salida de Ancasmayo, en la frontera norte, podía llegar al Cusca en siete días, cubriendo una distancia de casi 2000 kilómetros.
La mujer tenía una participación decisiva en el trabajo agrícola como colaboradora del varón, tanto en labranzas familiares como en colectivas y estatales.
Pero los chasquis constituían un servicio exclusivo del grupo de poder; de ellos no hacían uso los runas comunes, y posiblemente ni siquiera los curacas, salvo cuando éstos se dirigían a las cúpulas gubernamentales del imperio.
Quienes trabajaban en las mitas de minas, lavaderos, tambos, chasquis, tierras, centros ganaderos, pastos, etc. no eran esclavos ni reclusos condenados a pasar el resto de sus vidas en las citadas unidades de producción.
Mitayos transportando y almacenando los productos del Estado.
A los minerales se los procesaba en el propio asiento minero, de los cuales se los acarreaba a las liadas bajo cuya jurisdicción estaban, o al Cusco.
Siempre han despertado asombro la técnica y arte arquitectónico, al pensar cómo movilizarían piedras tan enormes, de docenas de toneladas, sin haber conocido ruedas, poleas, ni máquinas.
Mitayos o trabajadores controlados por el Estado trasladando pedregones de un lugar a otro. En este caso llevando un bloque del Cusco a Huánucopampa.
Sin embargo, la respuesta es una sola: el potencial de la energía humana (mitas) de miles y miles de mitayos campesinos que se turnaban trabajando trimestre tras trimestre, o semestre tras semestre, o año tras año, para construir liadas (centros urbanos), caminos, puentes, templos, aposentos y fortalezas; campesinos que al terminar sus faenas o turnos retomaban a sus ayllus o comunidades.
Los mitayos trabajaban desde la salida del sol hasta el ocaso del mismo, unas 12 horas diarias, con los consabidos intervalos para comer y beber. En esos días no bregaban en sus casas. Para ir al trabajo los convocaban sus curacas mediante los broncos sonidos de los pututos o trompetas de caracola, llevándolos en seguida a las tareas preestablecidas por el poder. Invariablemente laboreaban en conjunto, es decir, por ayllus, o mitades (sayas) o grupos étnicos, cada cual en su respectiva parcialidad, con dos finalidades: que su etnia cumpliera con la faena señalada y que hubiera emulación o competencia para rendir resultados óptimos por cada lado. Un sobrestante o capataz llevaba la cuenta de todo lo que se hacía, de lo que no se hacía y de lo que se les daba de beber y comer.
Los mitayos nunca se consideraron seres desgraciados:
1° porque no estaban sometidos a un trabajo intensivo la integridad de los días de sus vidas, sino por rigurosos tumos para que nadie trabajara más ni otros menos.
2° Porque niños, mujeres, ancianos e inválidos no eran compelidos a prestar servicios pesados, por que dar éstos a cargo de los adultos de 18 a 50 años, personas con buen estado de salud. Y
3º porque en tanto se ocupaban en las mitas, el Estado les daba alimento, chicha, coca y hasta ropa a los que más destacaban. He ahí por qué los mitayos marchaban rumbo a las mitas tocando sus instrumentos musicales, cantando, danzando y exhibiendo flores en sus tocados. No arrastraban, pues, una vida miserable, ya que, además, mientras duraban las labores los mitayos no tocaban nada de sus pirguas para alimentarse, quedando dicho producto como un ahorro familiar.
Las relaciones de trabajo revestían múltiples modalidades y desempeñaban muy diversas funciones. En las mingas la beneficiaría era la colectividad; en la reciprocidad, las personas o familias; en la mita, el Estado. Estas tres formas tenían una serie de figuras internas según los casos que se reciprocaban.
El yana es un siervo considerado eufemísticamente como un “ayudante” salido de entre los individuos de la clase baja en provecho de otros de clase alta, al margen de las expectantes retribuciones y redistribuciones a que se hacían merecedores los que estaban sujetos al ayni y la mita. Sobre el yana y los pinas se tratará en un capítulo aparte.
Como en toda sociedad dividida en clases, había personas liberadas de mitas, o mejor dicho exoneradas de la fatiga física que genera el trabajo en el campo agropecuario, en la explotación minera, obras de construcción (edificios, caminos, puentes y talleres artesanales). En tal sentido los relevados del referido tipo de trabajos eran los de la etnia Inca, los curacas, los guerreros en actividad, los quipucama y los mercaderes. Todos los cuales, excepto los últimos, recibían sus raciones alimenticias de los trojes y almacenes del Estado, a los que se les reputaba también depósitos del rey.
§. Las unas: escogidas pero cautivas
El poder estatal, que se había arrogado todas las facultades al mismo tiempo que tomaba hogares y a veces ayllus íntegros para convertirlos en ganas, también levaba muchachas para concentrarlas en unos edificios singulares para entrenarlas y tecnificarlas en manufacturas que beneficiaran al Estado. A éstas se las denominaba acllacuna (o acllas, castellanizado).
Aclla es una voz quechua que vertida al español quiere decir muchacha escogida o seleccionada, pero no tanto por su belleza como engañaba la propaganda oficial del grupo de poder cusqueño, sino por su vocación artesanal en el tejido. Se las reclutaba mediante dos procedimientos:
1. como tributo a que estaban constreñidas las etnias o nacionalidades que componían el Tahuantinsuyo, en cuyas circunstancias se preferiría a las chicas mejor dotadas, las mejor parecidas de la familia y de la comarca. Y
2. por entrega o “donación” que hacían al Estado sus propios padres, por lo común grandes jefes y hasta por el mismo sapainca, desprendiéndose de una o más de sus hijas para ser encerradas en el acllahuasi (casa de las escogidas), institución aureolada con la fama convencional de ser magníficos centros de aprendizaje de refinados conocimientos culinarios y textiles.
Todas las etnias y clases sociales fueron obligadas a contribuir con un determinado número de chicas, cuya edad fluctuaba entre los ocho y diez años. Pero no era cualquier muchacha con deseos de ir, ni por cualquier hija que sus padres querían desprenderse. Tenían que ser niñas que reunieran ciertos requisitos, como pericia manual para la textilería y alguna vocación de aislamiento para ser sometidas a una ininterrumpida tarea de entrenamiento y aprendizaje en la citada artesanía u otros quehaceres domésticos (preparación de potajes y bebidas). Cosas en verdad que sólo podían conseguirlas encerrándolas desde niñas para moldearles la conducta y los hábitos que exigían tales actividades. De ahí la urgencia de unos funcionarios adhoc denominados apopanacas, los cuales salían en fechas prefijadas a practicar la selección de las chicas. Por eso se les llamaba acllas, o sea escogidas.
El poder, para encubrir la realidad, logró divulgar y propagandizar que las elegía por su belleza para dedicarlas al servicio del Sol; con lo que no solamente halagaban la vanidad de la preferida sino también de los progenitores, por imaginarse éstos de que tenían hijas lindas, con lo que al mismo tiempo fomentaban el deseo del mayor número de muchachas para ser entresacadas de sus hogares y ser metidas en el acllahuasi.
A todas estas mujeres seleccionadas se las encerraba en esos aposentos peculiares que, ya se dijo, recibían el nombre de acllahuasis, cuya estructura y planificación hacen recordar en algo a los monasterios católicos de la Edad Media, puesto que apenas tenían una puerta para entrar y salir, minuciosamente custodiada por guardas que cumplían ahí esa forma de tributo. Y tales mansiones existían en la totalidad de los centros administrativos fundados por los incas (llactas). Allí permanecían enclaustradas hasta llegar a la adolescencia bajo la tutela del Estado, educadas por las acllas mayores de edad que recibían el título de mamaconas (señoras, madres).
El sapainca disponía de ellas, extrayendo a unas para su serrallo; y a otras para regalarlas como esposas a jefes guerreros, curacas, etc., es decir a personas a quienes quería compensar servicios calificados. Ropa, esposas y coca configuraban las mejores muestras de gratitud a los fieles y sobresalientes servidores del Estado.
Los acllahuasis, en consecuencia, no eran establecimientos monjiles, sino talleres textiles a cargo de mujeres jóvenes, de cuyo trabajo se aprovechaba el Estado, el cual las compensaba facilitándoles alimentos, bebida, vestidos, joyas y aposentos con habitaciones muy confortables.
Pero aparte de fábricas en tales menesteres, como se ve, constituían verdaderos almacenes de mujeres, de donde el sapainca las sacaba para donarlas. Cumplían, por lo tanto, tres funciones esenciales:
1. El servicio al culto solar, por lo que los acllahuasis siempre estaban cerca a los templos.
2. Un importante rol económico que consistía en hilar, tejer y preparar miles de trajes con la pelambre y el algodón tanto de los rebaños como de las plantaciones pertenecientes al Sol y al Estado. El Inca necesitaba tales trajes para retribuir los servicios de los leales servidores y amigos del poder. Asimismo los requería para quemarlos durante los sacrificios al Sol y otras divinidades. Y
3. depósitos de mujeres con las que el poder, similarmente, compensaba, premiaba y halagaba a sus paniaguados, guerreros y servidores, dándoles como esposas. En suma, las acllas no venían a ser otra cosa que expertas trabajadoras textiles que producían para que el gobierno pudiera allegar las prendas más codiciadas como elemento de pago a guerreros, administradores y privilegiados en general.
Las acllas, sometidas a un régimen de alta producción textil sustentaban el sistema incaico, el cual, para lograr sus objetivos, les imponía una soltería obligado mientras permanecieran encerradas, sin libertad para tomar un marido, oprimiendo sus impulsos sexuales humanos. Y si alguna incurría en esta falta, se le aplicaba penas severísimas. Vivían dentro de medidas muy rigurosas, consagradas a las ocupaciones programadas por el Estado, en pleno aislamiento y castidad hasta que el poder dispusiese lo contrario.
Acllas en pleno trabajo de hilandería.
Plano del acllahuasi de la isla de Coatí en el lago Puquinacocha, ahora llamado Titicaca.
Fachada del acllahuasi de Coatí, tal como queda ahora.
Sus instintos los adormecían mediante un intenso trabajo y la ejecución de piezas concernientes al arte musical y rítmico (danza). Existían grupos de acllas que únicamente se dedicaban a esto último.
Sin embargo, es imposible tipificarlas como esclavas, por cuanto en los acllahuasis gozaban de bastantes comodidades y porque allí permanecían encerradas hasta ñustas y pallas (princesas y grandes señoras) de la casta inca. A lo más podríamos llamarlas mujeres cautivas. Entraban niñas y se las sacaba adolescentes y/o adultas para regalarlas a hombres que habían reunido méritos en acciones en pro del sapainca y del Estado. El mismo soberano seleccionaba también entre las acllas a sus esposas secundarias. Y por cierto que había un grupo a quienes se les respetaba su virginidad, quedando enclaustradas toda su vida con el nombre de mamaconas, mujeres expertas para instruir a otras. Vivían en medio de un nivel económico y social muy alto.
De todas maneras las acllas dan la idea de haber formado una “esclavitud doméstica”, toda vez que como productoras o trabajadoras eran propiedad del Estado, representado por la voluntad soberana del sapainca, que inclusive las podía regalar a sus amigos y servidores beneméritos. Y sin embargo de dicha evidencia, ésta no ayuda a los que propugnan caracterizar al incario como un régimen esclavista.
Justo, las acllas pertenecientes a la alta nobleza eran las que desempeñaban las labores más importantes, dirigiendo la administración o gobierno del centro manufacturero y más tarde, más o menos a partir de los 30 años de edad, pasando a ocupar el rango de mamaconas.
De ahí que lo más atinado es llamarlas mujeres cautivas, que constituían, ante todo, una fuerza productiva, cumpliendo un rol de segunda orden como “sacerdotisas del Sol”. Por eso la arquitectura donde moraban poseía toda clase de holguras para cumplir sus fines artesanales: alacenas, clavos, descansaderos o poyos tallados sobre rocas en la sierra y confeccionados de adobe en la costa, cocinas, corrales, dormitorios, talleres, etc. Los acllahuasis guardaban relaciones exclusivas y precisas entre sus formas plásticas y funciones: la producción textil, con un poco de propósito religioso, pese a que el Estado sostenía que esto último era su verdadero destino.
En la producción, las acllas empleaban la técnica de la cooperación en su forma más desarrollada y eficaz, bregando en conjunto con la mente puesta en un objetivo común. De modo que había concurrencia entre las lavanderas de pelambre que paraban en los espacios cercanos a las fuentes y/o corrientes de agua; entre las tintoreras, cuyas habitaciones poseían morteros; entre las hilanderas y las elaboradoras de tapices. Un trabajo cooperativo interno, proporcional a cada especialidad y siempre con miras a la producción estatal, realizándosela en cada sector que reunía características arquitectónicas ad hoc.
La cooperación sincronizada de las acllas, con el tiempo no solamente generó el aumento de las fuerzas productivas, sino que acabó superespecializándolas en sus técnicas ocupacionales: lavanderas, tintoreras, hilanderas, tejedoras, confeccionadoras de trajes, mantos, etc. que las efectuaban de manera artesanal y manual. Las hilanderas manejaban con habilidad husos y ruecas para producir hilos ora gruesos, ora finos, según su predefinición: para ojotas, o para tapicería, etc. Las tejedoras de tapices conocían estupendamente los secretos y técnicas de la elaboración de tocapus: motivos geométricos-ornamentales entretejidos, cada uno de los cuales simbolizaba algo y al mismo tiempo exornaban los uncus (trajes) del soberano y demás nobles de la etnia Inca. En ello ponían todo su ingenio artístico.
La materia prima que empleaban consistía en pelos de vicuña y alpaca, y por igual los de llama y guanaco. También conocían el algodón obtenido en las tierras cálidas de los valles costeños e interandinos, plantaciones controladas por el Estado. Los vestidos hechos para arropar al sapainca y a los sumos sacerdotes, análogos a los que obsequiaban a los grandes personajes, eran de preferencia de pelo de vicuña, de preparación muy ardua. Los trajes comunes se los hacía con pelo de alpaca, guanaco y llama, y también con algodón. Todo esto da idea del complejo trabajo que cumplían las acllas en sus edificios: una fabricación al por mayor, en la que los acllahuasis, es posible, hayan rivalizado entre sí para producir cada vez mejor y más.
Como en cada acllahuasi concentraban mujeres escogidas de todas las clases sociales, éstas conservaban sus diversas categorías dentro de los aposentos. Desde luego que existían acllahuasis donde la mayoría la integraban mujeres de alta alcurnia, como ocurría en el Cusco e isla de Coatí (Titicaca) por razones políticas y mágico-religiosas; la primera por ser la capital política y sagrada del Estado; y la otra por ser la sede del templo mayor dedicado a la Luna en el espacio andino. El número de mujeres que albergaba cada acllahuasi variaba. Los más poblados eran justamente los del Cusco y Coatí, cada cual con más de 1500 acllas. Pero el de Huánucopampa superó a todos: 2000.
En los mencionados acllahuasis las mujeres se distribuían en las siguientes categorías:
1. Yurac acllas, del linaje inca, consagradas al servicio ritual del Sol; no se les permitía tomar marido. Preparaban las bebidas y el sango para los ritos en que participaba el sapainca y el clero. Eran las únicas que permanecían vírgenes, perpetuamente enclaustradas. Dirigían y vigilaban a las demás.
2. Huairuro acllas, mujeres procedentes de los ayllus que circundaban el Cusco con rango de incas simbólicos, y también las hijas y/o hermanas de los curacas provincianos. De ellas el sapainca tomaba a muchas para transformarlas en sus esposas secundarias.
3. Paco acllas, hijas de caciques regionales y locales de menor categoría. De allí daban esposas a los nobles provincianos y a guerreros sobresalientes.
4. Yana acllas, que conformaban la servidumbre de los acllahuasis. Se las daba como esposas a runas comunes, por ejemplo a los jefes de grupos de yanas.
5. Taqui acllas, que por sus dotes artísticas (canto, tañido de instrumentos y danzas) no tenían más ocupación que alegrar a las otras acllas y a los incas cuando éstos las requerían.
Lo común de todas, excepto de las primeras, era que el sapainca disponía de ellas de acuerdo a su capricho, gusto y conveniencia personales, de grupo y según los intereses del Estado.
De conformidad a los informes de los cronistas, funcionaron accllahuasis en los siguientes asentamientos, donde también se erguían templos solares: Caranqui o Carangue, Quito, Latacunga, Jatuncañar (Ingapirca), Tumibamba, Tumbes, Caxas, Huancabamba, Cajamarca, Cochabamba (Leimebamba), Huamachuco, Jatunhuaylas, Huánucopampa, Bombón o Pumpu, Tarmatambo, Jatunjauja, Paramonga, Huaytará, Pachacamac, Lunahuaná, Huarcu, Chincha, Vilcas, Ollantaitambo, Cusco, Huanacauri, Vilcanota, Coropuna, Ayavirí, Jatuncolla, Chucuito, islas de Coatí y Titicaca, Paria, Chuquiapu (La Paz), Jatuncana, Charcas, Pisaj, etc.
§. Control demográfico y de otros recursos
El control minucioso de la fuerza de trabajo (mitayos, acllas) se lo alcanzaba con la realización de censos de población a intervalos muy próximos. En los quipus registraban el número de jefes de familia; la cantidad de individuos que ocupaban una casa, un ayllu, una saya, un reino, una región; también el monto de animales que les pertenecía, de las tierras en descanso y de las en producción; de los pastos, minas, bosques, lagos, ríos. Todo lo cual se sometía a inspecciones y comprobaciones permanentes. Los recursos humanos y naturales estaban, pues, inventariados.
Aquel exhaustivo conocimiento permitía al Estado asegurarse de la totalidad de medios para poder vivir y reproducirse. De ahí que cualquier tipo de mitas se las ejecutaba a nombre del sapainca, que personificaba al Estado, hecho que le permitía sacar enormes rentas del territorio, para lo cual imponía prestaciones de toda clase: para cultivos, pastoreo, caminos, puentes, represas, andenes, transportes, construcciones múltiples, chasquis, levas militares, etc. En lo que respecta a la etnia Chupaichu se conoce muy bien lo que “tributaba” al Estado y a las divinidades.
Por lo tanto, como el único recurso efectivo para generar rentas era la energía controlada y planificada de los mitayos, el poder cusqueño no podía accionar ni proyectar nada si previamente no hacía censos de los recursos humanos y naturales. Tenía necesidad de conocer el número de recién nacidos, de niños, de adolescentes, de hombres casados, de adultos, ancianos, huérfanos, inválidos, viudos, enfermos, fallecidos; de artesanos, agricultores, pastores. Sólo así podía racionalizar lo inherente a la 'economía política. De lo contrario le habría sido imposible movilizar trabajadores, mitmas, guerreros, acllas. Y eso, es racional, únicamente podía establecerlo mediante censos o empadronamientos periódicos, en forma tan completa y puntual que los márgenes de error resultaban realmente imposibles. El control demográfico llevábanlo a efecto unos especialistas llamados quipucamayos, auxiliándose con cuerdas de pelambre, algodón y cabuya a veces mezclados con pelos de venado, debidamente anudados, donde cada uno de los bultitos representaban cifras. En sus registros empleaban el sistema decimal, el mejor artificio contable, sin que esto signifique que los ayllus y etnias hayan estado en verdad divididos en un exactísimo procedimiento decimal.
Lo que se ve es que la preocupación, esencial y auténtica de la etnia inca, era extraer del vencido y conquistado el máximo de energía para crear rentas. Al invadir y anexar una etnia, el vencedor consideraba teóricamente a su civilización como superior a la derrotada, a la que trataba de conservarla y reservarla en su beneficio. Conquistaba bienes y cuerpos, desvelándose también por convencer de que el sapainca administraba y gobernaba a nombre de los dioses mayores del cosmos andino.
§. Grupos de edad
La ocupación de las personas cuyo fin incontrovertible era extraerles un plus-trabajo y un plus-producto, se la llevaba a cabo en medio de un asombroso control encaminado no sólo a la efectividad de la tarea sino a la división social de la misma, de acuerdo a los sexos y a las edades desde los cinco años. La división por edades difería según las nacionalidades andinas; pero el ideal cusqueño, que por entonces ejercía el dominio, se esforzó por uniformizarlo mediante las siguientes categorías:
Varones
Mujeres
De 25 a 50 años
1. Aucacamayoc. Mita agrícola. Artesanos. Mineros. Ejército. Mitmas.
1. Aucacamayo huarmin. Tejedoras de cumbi (tapicería) para el Estado.
De 50 a 80 años
2. Puricmachus. Leñadores. Servicio de limpieza en las casas de los nobles. Camareros. Despenseros. Porteros. Quipucamayos. Lacayos de la aristocracia.
2. Payac-cuna. Tejedoras de abasta para el Estado. Porteras. Despenseras. Camareras. Cocineras. Mayordomas. Criadas de acllas.
De 80 a más años
3. Roctomachu. Por lo general descansaban, pero quien podía trenzaba sogas, cuidaba conejos y patos. Se les prefería como porteros de los acllahuasis y casas de coyas y señoras mamacuracas. Otros trabajaban en sus chacras. Eran los narradores de mitos, leyendas y cuentos. La comunidad les pedía su consejo.
3. Puñocpaya. Por lo usual no hacían nada. Pero a quienes podían dedicábanlas como porteras, acompañantes, tejedoras de costales, criadoras de conejos y patos, cuidadoras de niños. Despenseras y porteras de las señoras de la aristocracia regional y estatal.
De cualquier edad
4. Aquí estaban comprendidos los enfermos crónicos, listados, cojos, mancos, tullidos, mudos, ciegos, enanos baldados, idiotas u opas y locos, tanto del sexo masculino como del femenino. Sin embargo, no se les dispensaba a quienes podían desempeñarse en actividades apropiadas a su estado. Los enanos por ejemplo, en la bufonería y chocarrería; los mancos como lazarillos; los tullidos como quipucamayos y tejedores. Los enanos con dotes histriónicos eran reclutados por orden del sapainca para que divirtieran a sus esposas y otras señoras de la corte. A los enanitos jorobados se les prefería como pajes de señoras y señores por creer que traían suerte. Precisamente el dios Equeco, que velaba por la buena fortuna de la gente, tenía figura de jorobado. Lo mismo sucedía con las mujeres pertenecientes a este grupo. A las que podían se las encargaba labores textiles, de bordaduría, confección de chumbis y huinchas, preparación de potajes en las cocinas de algunas familias nobles, a las que se las donaba.
De 18 a 25 años de edad
5. Sayapayac. Chasquis. Pastores, guerreros. Mitayos.
5. Allinsumasipascuna. Acllas para ser regaladas a los nobles y otros privilegiados.
De 12 a 18 años
6. Mactacuna. Caza de aves. Disecación de su carne. Obtención de plumas. Participación en el ayni interfamiliar y mingas del ayllu. Servicio al curaca.
6. Rotuscatasca. Hilado. Pastoreo. Tareas agrícolas en las tierras de los señores.
De 9 a 12 años
7. Tocllayoc huarnacuna. Caza de aves. Obtención de plumas. Hilandería. Pastores. Leñadores. Muchachos de mano o mandaderos de las autoridades.
7. Paguapallac. Recojo de flores tintoreras. Recolecta de yerbas para la dieta familiar y de los señores. Podían ser llevadas a la capacucha: sacrificios humanos.
De 5 a 9 años
8. Pucllacoc huaracuna. Ayudantes de sus padres, por lo común cuidando a sus hermanitos menores.
8. Pucllacoc huarmi huanra. En lo mismo que los varoncitos y, además, en las labores de la cocina. También como pajes de las señoras nobles.
De 1 a 5 años
9. Llullollocac huanracuna. Fuera de la producción. Niños dados al juego y para que otros los atiendan y cuiden:
9. LLucac huarmiguagua. Igual que los niños de su edad.
De 1 día a 1 año
10. Guagua quiraupicoc. Débitos de teta.
10. Llullu guagua huarmi. igual que los bebitos de su edad.
Grupos de edad según los sexos
Grupos de edad según los sexos
Como se habrá podido apreciar, estaba nítidamente reglamentado para que todos produjeran; pero el mayor peso del trabajo productivo en provecho del Estado recaía innegablemente sobre los hombres y mujeres de 18 a 50 años de edad.
En conclusión, mitayo era el hombre casado con o sin hijos. Mientras estuvieran solteros, aún en el caso de tener prole, no podían ser reputados ni reclutados como tales. A los viejos de 50-años para arriba, incluso en la circunstancia de estar matrimoniados no se les consideraba como mitayos. Pero en situaciones en que sus hijos solteros tuvieran de 16 a 20 años, éstos habituaban colaborar ayudando a sus padres adultos.
El número de años fijado en la tabla anterior a cada grupo de edad es aproximado, deducido de lo que consta en las principales crónicas de los siglos XVI y XVII. Las cifras exactas son desconocidas por las razones ya aducidas. Nadie de los señalados para ella, podía escapar a los deberes de la mita, porque sin prestaciones de este tipo el Estado se habría visto compelido a detener su marcha. Paralizar la mita o permitir que escaparan de ella, hubiera forzado a declarar en “recesión” al país. Por eso, para quien se negaba a mitar tuvieron que reelaborar un drástico derecho penal, como el de cercenar los dedos de las extremidades superiores, aparte de acusarles de “ociosos”. Se asegura que Huayna Cápac fue quien impuso esta ley, lo que sugiere que en su tiempo ciertos runas comenzaban a escabullirse de las mitas, pues de lo contrario no se les habría amenazado con una pena tan draconiana. Funcionarios especiales vigilaban para que nadie las eludiera.
Únicamente los que cumplían mitas de servicio militar, es decir, los que permanecían ocupados en las expediciones de conquista, de represión y de guarnición se hacían acreedores a estupendos privilegios: obsequios de ropa, esposas, comidas, coca, joyas, etc. No quedaban, además, constreñidos a otras prestaciones para las que se exigía entrega de energía física, Ahí estuvo la razón para qué muchos hombres prefirieran servir como soldados del Estado y no como mitayos agrícolas ni ganaderos.
Las diversas categorías de trabajo en utilidad del Estado y de los señores recibían, pues el nombre de mita, a la cual no hay que confundirla con la minga, por cuanto ésta constituía el trabajo obligatorio no en beneficio del poder, sino en provecho de la comunidad o ayllu que urgía una serie de obras de infraestructura. Tampoco hay que involucrarla con el ayni: préstamo de trabajo al
pariente o al vecino con cargo a reciprocidad igual. A nivel de runas no había entrega de plus-trabajo ni de plus-producto; aquí las relaciones eran de igual a igual, sin explotación del hombre por el hombre. Las asimetrías comenzaban a percibirse cuando las relaciones de producción se presentaban entre comuneros o jatunrunas y el poder, en lo cual, naturalmente la aristocracia dominante acaparaba lo mejor y la mayor parte.
Hay que tener esto muy en cuenta para no seguir cometiendo los errores en que cayeron los estudiosos hasta la generación anterior a nosotros, que confundieron los términos y las figuras al extremo de entender y definir la mita como un trabajo comunal que habría caracterizado al Estado del Tahuantinsuyo como una sociedad colectivista y/o comunista-agraria. Efectivamente que así lo era, pero solamente a nivel del ayllu o comunidad campesina, pero jamás a nivel del Estado imperial; el cual, como se ha visto confiscaba tierras, pastizales y rebaños a los vencidos, y en forma dulcificada y hasta compulsiva les extraía plus-trabajo y plus-producto para agenciarse de las rentas que necesitaba para poder funcionar.
Estas realidades, cabalmente, enrumban a otra conclusión: que el Estado nunca se preocupó por la suerte de los ancianos, ni de los huérfanos, ni inválidos. Las tierras de éstos eran trabajadas por los miembros hábiles de sus ayllus respectivos, como fruto de una costumbre antiquísima que los incas no pudieron ni quisieron destruir. En suma, sobre la responsabilidad de los jatunrunas recaía íntegramente el peso de todo, hasta el de mantener a sus ancianos e inválidos.
Cuando el mitayo tenía el auxilio de su mujer e hijos, el trabajo en lucro del Estado y de sus curacas le resultaba extraordinariamente leve porque la ayuda de sus parientes le abreviaba el tiempo y la pesadez de la faena. Pero cuando no ocurría eso, la cosa era diferente, ya.
que solo, sin el socorro de esposa ni hijos, tenía que hacer toda su mita. Estos eran los huaccharuna: los pobres. Los con numerosa prole eran los ricos.
La mita o cualquier otra forma de trabajo productivo, en cambio, no afectaba a los miembros de las panacas; o mejor dicho al sapainca, ni a sus familiares, ni a los sacerdotes, ni a los militares de la alta jerarquía, ni a la aristocracia imperial y curacazgal en general. El trabajo productivo sólo era compulsivo para los jatunrunas. Lo que vale decir que la actividad del trabajador era vista como una cosa indigna de las elites, propia, únicamente de las clases sociales bajas. Claro que el sapainca y sus gobernadores, que también pertenecían a la clase inca, daban inicio al año agrícola; el primero en la chacra de Sausero, tomando una taclla y abriendo surcos para echar la semilla. Pero ello configuraba apenas una mera escenificación simbólica y ritual; pues al! í comenzaba y allí concluía todo el trabajo físico del grupo dirigente y dominante. Sausero quedaba en lo que hoy está el aeropuerto internacional de la ciudad del Cusco.
Los inválidos, deformes de cuerpo y enfermos crónicos comprendían el cuarto grupo demográfico. A diferencia de los otros, pertenecían a él tanto varones como mujeres de cualquier edad, desde niños a ancianos.
Muchos son los lugares donde los habitantes construyeron terrazas o andenes para el ensanchamiento de la frontera agrícola. Aquí se muestra la distribución de los andenes en la subcuenca del rio Chaclla (hoy Santa Eulalia), provincia de Huarochirí (Lima).
Capítulo 8
Tecnologías y artes
Contenido:
§. Tecnología de la frontera agrícola. Andenes. Camellones. Mahamaes. Cochas. Canchas. Melgas
§. Plantas domesticadas
§. Clasificación de los suelos
§. Sistemas de riego
§. Instrumental agrícola
§. La tecnología de los tubérculos deshidratados
§. Tecnología de las carnes disecadas
§. Otros conocimientos
§. Tecnologías simples con rendimientos óptimos
§. Artesanía textil
§. Alfarería
§. Arquitectura
§. Estatuaria y escultura
§. Metalistería
§. Pintura .
§. Queros
§. Educación
§. Tecnología de la frontera agrícola. Andenes. Camellones. Mahamaes. Cochas. Canchas. Melgas
La producción agrícola era eficiente pese a la modestia de sus instrumentos agrícolas: mazos de madera para desmenuzar los terrones, azadas (lampas, racuanas) para aporcar y palos curvados y puntiagudos provistos de un apoyo para excavar (tullas).
Los peores enemigos de la agricultura eran y siguen siendo las irregularidades climatológicas y los accidentes naturales. Sequías prolongadas en unas ocasiones y meses diluviales en otros, exponían la producción a severísimos riesgos, arruinando en muchas oportunidades la siembra íntegra. En otras partes de la alta serranía, las heladas y granizadas eran y son un verdadero azote, como sucede en los valles de Cajamarca y El Mantara. También la ubicación de las chacras, en una gran porción, en las laderas de cerros sujetos a una fuerte e incontenible erosión. En el litoral el obstáculo número uno lo constituía la ausencia de lluvias, salvo los esporádicos aguaceros torrenciales de Piura y Tumbes que más bien originaban destrozos. De ahí la urgencia de aprovechar las aguas de riego, que desaparecían en la mayor parte de valles durante los meses de seca. A todo lo cual había que agregar la presencia de montaraces animales dañinos (aves, zorros; zarigüeyas, etc.).
Tales dificultades justamente obligaron a los runas a mantener en funcionamiento una serie de técnicas agrarias, hidráulicas y de conservación de alimentos que les permitía deshidratar papas y carnes mediante los ardores del sol y los rigores del hielo, obteniendo así chuño y charqui, respectivamente, para su almacenaje. Mantenían en vigor andenes o terrazas, mahamaes (chacras excavadas), camellones (surcos gigantescos), cochas (chacras inundadas) y canchas (corrales convertidos en chacras).
Las terrazas agrícolas, llamadas andenes en el Perú y Bolivia, son superficies de cultivo niveladas en las pendientes con muros de contención y retención normalmente de piedra, aunque también las hay de tierra y de vegetación, si bien se prefería de piedra por su durabilidad. Pueden tener una capa de cascajo debajo, o dentro, o detrás del muro para facilitar el drenaje y oxigenación. Las finalidades de las terrazas eran concretas: frenar la erosión, ampliar la frontera agrícola, retener la humedad y formar micro-climas.
Los andenes eran hechos en barrancos y laderas. Los hay compactos, cubriendo enormes extensiones, y también aislados. Las terrazas para coca confeccionábanlas más estrechas que las de maíz. Por lo habitual están en lugares donde hay épocas de seca y de lluvia (el 85%). Están hechas en forma tal que tienen desviaciones que permiten el riego, por lo que poseen canales que forman complejas redes, como pueden verse en Tarmatambo y Machupicchu.
Para el maíz fue necesario el acondicionamiento de terrazas humedecidas con una complicada red de canales. Estos andenes son impresionantes escalones cortados y elaborados artificialmente en las faldas de los cerros, obras verdaderamente ciclópeas e imponentes por su inmensa magnitud. Para su construcción intervenían miles de trabajadores concurriendo en tumos estrictos. Son obras que exigían la remoción de millones de toneladas de tierra y piedra. Los escalones siguen las sinuosidades del piso, sostenidos por muros de piedra de distinto tamaño, según el grado del declive. En el área del Cusco casi todo el maíz producido en el valle del Vilcamayo fue posible merced a los andenes localizados en los cerros colaterales, como por ejemplo en Pisaj. Allí todo fue dirigido y controlado por los incas.
También abrían grandes excavaciones para acondicionar andenes subterráneos en figura de anfiteatros, como los de Moray (Maras/ Urubamba), con el objetivo de crear microclimas adecuados, a modo de invernaderos, para el cultivo de ciertas plantas ceremoniales y de prestigio en las alturas. Una fuente de comienzos del siglo XVII habla de chacras de este modelo en la isla de Titicaca, donde sembraban maíz y coca de hoja menuda.
Uno de los varios modelos de andenes andinos.
Tecnología de los rellenos de una terraza dispuestos de tal forma que tierra, humedad y aireación funcionaron calculadamente.
El sistema de camellones, permitía a los campesinos de las alturas crear microclimas adecuados para la agricultura de tuberosas durante las noches frías.
Diagrama de una cocha circular, chacras que desempeñaron una gran utilidad en las grandes alturas.
Siempre las hacían en suelos filtrantes para prevenir anegamientos.
Las terrazas maiceras en el Cusco y en cualquier otro punto de la sierra tenían como fin primordial la labranza de este grano para la elite dirigente y gobernante, que necesitaba el mencionado cereal no para suministrar alimentos a una población abundante, sino para acumular un producto de gran estimación y prestigio, muy apreciado y preferido para los actos de retribución de servicios a guerreros, administradores y acllas, y concederlo como regalo a nobles metropolitanos y provincianos. De ahí que la mayor parte de los andenes que subsisten hasta hoy fueran obras dirigidas y mandadas a fabricar por los grupos de poder, quienes para lograrlo, aprovecharon infinidad de tecnologías precedentes a ellos. De ahí también por qué, conforme avanzaba la expansión del imperio, iban confiscando tierras laborables, para cristalizar la gran preocupación del Estado por extender cada vez más los maizales. Es que cualquier acto de retribución y redistribución sin algo de maíz era considerado incompleto. Lo mismo ocurría con las plantaciones de coca.
Los camellones, llamados en aymara y runashimi huaróhuaro y huachos, son surcos artificialmente elevados trasladando y amontonando tierra por encima de la superficie natural, con el objetivo de proporcionarse mejores condiciones de labranza. Sembraban en las partes altas del terreno o gran surco. La función principal que cumplían era la de facilitar el drenaje durante las lluvias torrenciales e inundaciones, de allí que se les construía tanto en los valles costeños como serranos. De manera que si los mahamaes configuraban chacras excavadas y dragadas, los camellones constituían las chacras elevadas. Difieren en tamaño, forma y orientación. Hay unos que son bastante bajos y anchos, y otros más altos y angostos: dependía del carácter de la inundación. Existen algunos que tienen hasta dos metros de alto por 25 de anchura y 500 de largo; de modo que entre camellón y camellón hay una zanja, simulando en conjunto el lomo de un dromedario, de donde deriva precisamente la palabra camellón. Las zanjas cumplían funciones específicas: avenamiento del subsuelo, drenaje, riego, piscicultura y fuente de nutrientes para el terreno.
Todos los camellones existentes en el área andina están en lugares sujetos a inundaciones estacionales, donde la siembra es imposible
sin ninguna clase de drenaje: bordes del Titicaca, valle de Casma, llanos de Moxos, tierras de Cayambe y Carangue, Huancavilca, etc. En Moxos las zanjas miden un metro de ancho y de 20 a 25 centímetros de hondo, con un espacio de dos a 10 metros entre ellos. Pero también confeccionaban camellones estrechos.
Otra técnica para aprovechar los suelos con fines agrícolas fue el de las hoyas o mahamaes o chacras ahondadas, privativa de los desiertos costeños. Excavábanlas retirando toneladas tras toneladas de arena, hasta alcanzar las proximidades de la napa freática para utilizar su humedad alimentada por las aguas subterráneas. Jamás pasaban de la napa para evitar anegamientos. Allí cultivaban valiéndose de las cabezas de las anchovetas o anchoas, como fertilizante.
Por poco, todos los mahamaes están ubicados en las partes bajas de los valles de los ríos, donde el nivel acuífero queda cerca de la superficie. La arena retirada se amontonaba en los costados, formando altas lomas, rodeando chacras de hasta 200 metros cuadrados, que se sucedían unas al lado de otras. Ahí sembraban maíz y árboles frutales con cosechas en cantidades paradisíacas. Los españoles se quedaron atónitos al verlos en pleno funcionamiento y rendimiento en las pampas de Viliacurí (Pisco-Ica) y Chilca; pero también los había en Virú, Chanchán y otros lugares del litoral norteño.
El antiquísimo uso de cochas es peculiar de las tierras altas localizadas en punas o estepas. Son hondonadas o depresiones artificiales abiertas en el terreno para acumular el agua de las lluvias. La siembra se la realizaba en sus orillas, que por estar siempre mojadas resultan más fértiles que los otros terrenos de la meseta. Por cierto que lo que allí cultivaban y siguen cultivando es sólo papas, con la finalidad de que los aguaceros no erosionen el piso. En tiempo de seca (que en nuestro hemisferio corresponde al invierno) la tierra queda hecha un secadal, reseca. Algunas exhiben hasta 50 metros de diámetro, por dos, tres y cuatro de profundidad; lo que indica que se las preparaba mediante el trabajo colectivo (minga): docenas de personas que invertían miles de horas para coronar con el triunfo obras tan extraordinarias, aun en el caso de aprovechar concavidades naturales. Entre cocha y cocha hay sangraderas para alimentarse de aguas unas a otras según las circunstancias. Gracias a ellas fue posible vivir en las extremas alturas.
Las canchas o corrales cercados de pircas (piedras menudas y medianas) servían y sirven para encerrar al ganado en las noches. La taquia (estiércol) acumulada allí, más la humedad de las lluvias, aprovechábanla acondicionando terrenos de cultivo, en tanto el hato era reubicado en otros rediles y majadas. También es un sistema inherente a las tierras altas de la puna o estepa, ecología propia para los tubérculos, en especial papas.
Finalmente, cabe apuntar cómo en 1972 aún seguían en uso, en el Perú solamente, 1.000.000 de hectáreas ubicadas en andenes; 78.000 hectáreas localizadas en camellones y 53.000 situadas en cochas. Total 1.1128.000 hectáreas; lo que equivale al 48.15% de la superficie agrícola de la sierra peruana en el mencionado año, que sumaba 2.342.604 hectáreas.
Como se aprecia, el suelo agrícola, ora en la sierra o ya en la costa, en un elevadísimo porcentaje fue el fruto de la preocupación y esfuerzo humano (recurso social) y no un don de la naturaleza. Los terrales andinos no llegaron a ser un obsequio de la naturaleza, debido al escenario demasiado abrupto de la geografía. Por lo tanto, fue ineludible que la sociedad los creara en gran medida, sobre todo donde no existían, e incluso donde los había pero en cantidad deficitaria. Así fue como, mediante prácticas artificiales, transformaron el sistema natural tanto biológica como edáficamente, con el deseo de extraer el máximo de provecho a corto plazo. Para asegurar el abastecimiento alimentario hacían uso de canales de riego, abonos, drenajes, rotación de cultivos y descanso de suelos, que contribuían a conservar las parcelas en forma excelente.
Otra táctica fue (y sigue siendo) el policultivo, o sea la presencia de distintas variedades y especies al lado de un sembrío principal, pero en una sola chacra ubicada en cualquier piso ecológico. A través de dicho procedimiento, que no tenía nada que ver con el monocultivo, obtenían cosechas tan numerosas y heterogéneas como son las zonas de vida en la sierra venciendo a su vez los riesgos que ocasionan los monosembríos. Los jatunrunas impusieron, pues, los policultivos, sembrando por pedazos, en un sólo lote, papas, ollucos, ocas, mashuas, quinua, tarhui, etc. Estas asociaciones de distintas semillas en una sola hijuela, en Cajamarca ahora reciben el nombre de melgas, considerándolas muy eficientes desde la óptica agrícola, porque cada especie tiene diferentes requerimientos de nutrientes. Si a ello agregamos los períodos de descanso para recuperar las materias orgánicas, la fertilidad del terreno retomaba con fuerza. Las melgas cajamarquinas son la mejor lección del ideal andino de diversificación de la agricultura, al extremo de impeler a sus poseedores a subdividir sus parcelas en lonjas de suelos destinados a una comunidad de semillas y plantas contiguas a un producto importante.
Las melgas de Cajamarca permitían obtener cosechas de varios productos en una misma parcela de dimensiones modestas. En la actualidad continúan en plena vigencia.
§. Plantas domesticadas
A manera de síntesis, he aquí un listado de las plantas domesticadas que los antiguos pobladores andinos sembraban en sus terrenos ubicados en diferentes nichos ecológicos:
Nombre quechua
Género
Nombre común
1
Abinca
Cucúrbita
Calabaza
2
Achira
Canna
Achira (Tubérculo de clima cálido)
3
Achoojche
Cyclanthera
Caiguas
4
Achupalla
Ananas
Piña
5
Ajipa
Cacara
Jicama
6
Amarucachu
Polianthas
Amarucachu
7
Amancay
Amarillis
Azucena de Indias
8
Aneara
Legenaria
Calabaza
9
Anyu
Tropaeolum
Anyu
10
Apichu, cumara
Ipomea
Camote
11
Apincoya
Passiflora
Granadilla
12
Aricona o ahorma
Polimnia
Llacón
13
Arracacha o racacha
Arracacia
Zanahoria andina
14
Ayahuasca
Banisteria
Ayahuasca
15
Ayrampu
Opuntia
Cactus
16
Cachuma o cachún
Solanum muricatum
Pepino
17
Cañigua
Chenopodium
Cañihua
18
Cantu
Cantua
Cantuta
19
Ocas
Oxalis
Ocas
20
Chachacoma
Escallonia
Chachacomo (árbol)
21
Chinchi, uchu
Capsicum
Ají
22
Chinmoya
Annona
Chirimoya (fruta)
23
Chonta
Guileilma
Chonta
24
Chuchao
Frucraea
Penca
25
Chuy
Phasaeolus
Frijol o fréjol
26
Coca
Erythroxylum
Coca
27
Cohuacho
Cucúrbita
Calabaza
28
Coimi
Amarantus
Amarantu
29
Cullash, variedad de molle
Schinus
Molle
30
Cuyuy
¿Ruda?
Ruda (condimento)
31
Huacatay
Tagetes
Huacatay (condimento)
32
Huantuc
Datura
Huantuc
33
Huayau
¿Salix?
Sauce
34
Huillca o vilca
Piptadenia
Vilca
35
Huitocj
Genipa
Vi toe
36
Inchis
Arachis
Maní
37
Jataco
Amarantus
Jataco
38
Lacayote
Cucúrbita
Calabaza
39
Lambrán o ramran
Alnus
Aliso
40
Marcu
Ambrosia
Marco
41
Masasamba
Annoa
Guanábana
42
Matti
Legenaria
Mate
43
Mullí
Schinus
Molle
44
Nucjchu
Salvia
Salvia
45
Pacay
Inga
Pacay
46
Pacpa
Frucraea
Maguey
47
Pallar
Phaeaeolus
Pallar
48
Palta
Persea
Aguacate
49
Pamuco
Crescentia
Pamuco
50
Pante
¿Polymnia?
Panti
51
Papa
Solanum
Patatas
52
Papaya
Carica
Papaya
53
Palco
Chenopodium
Paico
54
Piris
Capsicum
Variedad de ají
55
Pirca
Lycopersicum, Cyphomándra
Tomate andino
56
Pischic
Sambucos
Saúco
57
Pisonay
Erythrina
Pisonay (árbol de flores escarlatas)
58
Paro o pura
Legenaria
Calabaza
59
Purush
Passiflora
Pasionaria
60
Puruto, poroto
Phasaeolus
Fréjol, frijol
61
Quenuar o quingual
Polylepis
Quenñual
62
Quihuicha
Marantus
Quihuicha
63
Quinua, quihina
Chenopodium
Quinua
64
Quishuar
Duddleia
Quishuar
65
Rocoto
Capsicum
Rocoto, chili
66
Ruerna
Lúcuma
Lucma
67
Rumu
Manihot
Yuca
68
Sahuinto
Psidium
Guayava, guaya
69
Sapallu
Cucúrbita
Calabaza, Zapallo
70
Sara
Zea
Maíz
71
Sarasara
Paspalum
Maicillo, yerba forrajera.
72
Sairi
Nicotiana
Tabaco
73
Suchi
Plumieria
Suchi (árbol de hojas fragantes)
74
Sulloco
Sapindus
Sulloco
75
Tara, taya
Caesalpinia
Tara (árbol para teñir y de frutos comestibles)
76
Tarhui
Lupinus
Altramuz, chocho
77
Tintín
Tacsonia
Granadilla
78
Tupibo
Tacsonia
Otra granadilla
79
80 Uchú
Capsicum
Ají en general
80
Ulluco, olluco
Ullucus
Olluco
81
Uncucha
Xanthosoma
Uncucha
82
Unguna
¿Cúrcuma?
Unguna
83
Usum
Prunus
Capulí
84
Utcu
Gossypium
Algodón
85
Yacón, llacón
Polymnia
Llacón, tuberosa comestible.
§. Clasificación de los suelos
Gracias a la práctica y experiencia agrícola, poseían sus propias maneras de considerar a los suelos, basándose en el sistema natural, resultando éste de las propiedades mismas del terreno. El punto de partida era y es el perfil del suelo, tomando en cuenta su color, la temperatura, la profundidad y otros aspectos, inclusive sociales.
Sin embargo, la fuente etnográfica advierte algunas diferencias en lo que respecta a este rubro a lo largo y ancho del perímetro andino. En Cajamarca, p.e., a los suelos se les clasificaba en base a su fertilidad, a la que explicaban según el color de cada cual y de acuerdo al grado de aceptación de éstos hacia las plantas. En tal faceta, en la sierra septentrional se los dividía (y sigue dividiendo) en seis clases:
1°. Yanaallpa o tierras negras, las más propicias y convenientes para los cultivos.
2°. Ancashallpíc(o azulallpa), tierras azules, también de bastante productividad.
3°. Socoallpa o tierras marrones, de poco rendimiento.
4°. Carguaallpa o tierras amarillas, ~en las cuales casi no brotan sembríos.
5º. Shinshaallpa o tierras gredosas, totalmente improductivas. Y
6.° Yurac-cdlpa o tierras blancas: áridas, cuarteadas e improductivas en absoluto. O sea que el color de los suelos anunciaba su nivel de fertilidad o infertilidad.
Pero también hay evidencias etnográficas que señalan cómo en cada nicho ecológico tenían una clasificación específica de suelos. En el ecosistema Quechua de la zona del Cusco, verbigracia, según lo reportado por G. Rengifo, era la siguiente:
1º. De conformidad a la temperatura o clima: a) coñiallpas o tierras calientes; y b) chiriallpas o tierras frías.
Las coñiallpas son suelos de textura predominantemente fresca, de escasa pedregosidad, leve incidencia de heladas y de riesgo eventual, por lo que los sembríos proporcionaban (y proporcionan) cierto margen de seguridad y producción aceptable. Por allí los períodos largos de descanso son prácticamente desconocidos. De preferencia utilizábanlos de manera intensiva para el maíz.
Las chiriallpas, suelos de texturas diversas (francos, franco-arcillosos) tienen reducidas capas de humus, lento índice de mineralización, coloración oscura y pH ácido. El porcentaje de humedad de algunos de estos terrenos es considerable. Están, sin embargo, expuestos a fuertes incidencias de heladas y sometidas a rotación sectorial y descansos.
Tanto los suelos chiri como los coñi no gozan de similares carácter ísticas en todas partes. Y algo más: se pueden subdividir en varios tipos, ya que ciertos factores, como la humedad, generan los subtipos api y chaqui; la profundidad produce los tipos cara y atún; la topografía los tipos pampa y cata; los riegos los tipos carpaniyoc y manacarpaniyoc, Y cada variante la afecta de distinta manera.
En los suelos chiri, precisa y particularmente, es donde las fases de actividad y descanso son básicas, con un intervalo de barbecho. Pero ahí no concluye este proceso; porque en cada fase pueden existir, a su vez, estadios. Así, en la fase de actividad una chacra puede estar en su primero o segundo, o tercer período de rotación de cultivos. Y en la fase de descanso, puede estar en el estadio del segundo, o tercero, o cuarto años de recuperación.
2°. De acuerdo a la profundidad se los clasificaba en: a) atún o grueso, y b) cara o delgado.
Los atunallpas o jatunallpas o suelos gruesos o grandes se tipifican por ser de mediana fertilidad, con textura predominantemente franco-arcillosa y semiprofundos. El contenido de humus es bajo, con frecuentes problemas de drenaje interno. Las heladas los afectan en forma variable, según y cómo el lugar que ocupan. Preferentemente se los halla en las partes más altas de este piso ecológico.
Los caraallpas o suelos superficiales, localizados primordialmente en las pendientes, ya sean de zonas altas o en bajas, se singularizan por su bajo contenido de materia orgánica. Similarmente, por estar erosionados y ser de escasa cobertura vegetacional su textura es variable.
La taxonomía campesina que se acaba de referir muestra que guarda algunos puntos de contacto con los modelos clásicos de clasificación de suelos, pero también ciertas diferencias. Ambos son modelos operativos e instrumentales, por cuanto sirven para dar cuenta de las peculiaridades del terreno y de su capacidad potencial de uso. Las dos clasificaciones tienen en cuenta las propiedades físicas de los suelos: humedad, drenaje, topografía, profundidad, fertilidad. Así determinaban los tipos de calidad y sus capacidades agropecuarias. Análogamente, los dos enfoques utilizan indicadores ecológicos como otra de sus variables: presencia de heladas y temperatura. De conformidad a lo expuesto, no obstante, parecería que para la taxonomía andina el factor de importancia capital era el térmico.
Las desemejanzas se descubren en la gestión de los recursos y en la interpretación sobre la capacidad de uso de los suelos. Así tenemos, que la clasificación moderna no toma en cuenta la gestión del suelo en sí, ni tampoco le interesa si su uso esté sometido a reglas colectivas o no. En cambio, en el sistema taxonómico andino, en muchos tipos de suelos se entrecruzaban (y siguen entrecruzándose) los factores físicos y ecológicos con los sociales, conformando todos ellos una unidad, como ocurría con las áreas nucleares con sus enclaves lejanos y/o cercanos.
Croquis de los ríos, canales de riego y bocatomas del antiguo territorio nuclear de los mochicas (Lambayeque), cuyo uso siguió vigente hasta la república. Este esquema fue dibujado en 1904, por un campesino sin preparación topográfica.
Plano de los canales subterráneos de Nasca. Fueron construidos muchos siglos antes que los incas, pero continuaron en pleno apogeo en la era del Tahuantinsuyo, prolongándose su uso inclusive hasta hoy.
Para la clasificación moderna lo que más importa son los datos físico-químicos, con la finalidad de fijar la capacidad de uso, señalando dónde predominan los terrenos con gran capacidad de rendimiento, y adonde el ejercicio agropecuario es imprudente para tales y cuales productos.
§. Sistemas de riego
La agricultura componía el grande e inagotable recurso del país, de ahí la alegría y gratitud ante el arribo de las aguas. La tierra se preparaba y sembraba en medio de fiestas, evitándose toda construcción de edificios en terrenos labrantíos. Y producían una inmensidad de productos con un arado rudimentario: la taclla.
En la costa el hombre tuvo que dominar el agua, luchando contra su exceso en ocasiones y contra su ausencia en otras, tan nocivos en una como en otra situación. Mediante canales de riego y drenaje hacían retroceder al desierto y desecaban los pantanos, respectivamente. Con suma ingeniosidad disciplinaban la producción agrícola del desierto, gracias a una organización colectiva ligada al parentesco y a la magia. Las culturas y civilizaciones del litoral fueron el don de los ríos y del talento y energía de sus protagonistas o habitantes.
Durante el incario, tanto en las tierras altas (sierra) como en las bajas (costa) continuaron en pleno uso los canales de riego en Lambayeque y Chicama (de origen Mochica); en Piura (de raigambre Tallán); en Lima (de procedencia Maranga) y también los acueductos subterráneos de Nasca, verdaderas galerías filtrantes. Cuando las chacras quedaban en terrenos llanos y en la superficie del suelo, que eran la mayoría, se las regaba empleando la técnica del surco, que podían ser rectos o rectos con líneas perpendiculares para acumular el líquido. Los surcos, por ser de tierra, sólo duraban mientras la planta necesitaba humedad.
Había canales intervalles en Chicama, Lambayeque y Tallán. En este último, por ejemplo, en virtud a ello el río Chira, vertía sus aguas al Piura durante los cinco meses que éste permanecía sin suministro propio. No cabe duda, fueron unos insignes proyectistas en infraestructura hidráulica. Sin ríos ni conductos de agua la vida habría sido
imposible en el litoral; lo que para ellos fue una verdad indiscutible. Pero hay valles cuyos torrentes se secan algunos meses del año; en dichos lugares solucionaban el problema cavando pozos y haciendo mahamaes.
El agua también era represada en presas de tierra y piedra. En aquellos reservorios guardaban el líquido elemento para conducirlo a través de acequias de riego y asimismo para su empleo doméstico. Se les daba, por igual, el nombre de cochas, sobre las cuales, los mitos y manuscritos referentes a Huarochirí hacen alusiones incesantes. Las presas eran muy frecuentes en lugares sujetos a largas sequías en las tierras altas.
Cuando los lagos y raudales amenazaban con desbordamientos, los contenían edificando diques (paredes de piedra y tierra, o sólo de tierra), o construyendo represas cerradas o parcialmente cerradas, como esos vestigios que aún pueden verse en algunos sectores aledaños al lago Titicaca.
Tales tecnologías hidráulicas resolvieron la necesidad de productos alimenticios para saciar el apetito de los integrantes de los ayllus. Sin embargo, las aguas acumuladas en las cochas de las punas del Collao parece que no solamente sirvieron para abastecer a los ayllus, sino también para producir excedentes a favor del Estado, el cual los apetecía para redistribuir alimentos a sus artesanos y especialistas que vivían laborando en las ¡lactas del altiplano, pues algunas de cillas se erigían en sus cercanías, como las de Ayaviri, Jatuncolla, Paria, etc.
§. Instrumental agrícola
Conocían un instrumento agrícola de distintas formas y de diversos nombres según las zonas; pero más comúnmente se le nombraba chaquitaclla, cuya traducción al español es tirapié o arado de pie: un implemento de pie y mano para la labranza. En los Andes centrales y del sur es una herramienta muy antigua, remontándose probablemente a 2500 años antes de Jesucristo. En los Andes del norte o septentrionales recién comenzó a ser difundida por los incas, sin lograr la plena aceptación de los campesinos de dicha zona.
Las chaquitacllas, por lo general, eran y siguen siendo de tres modelos:
1. rectas, que permiten más facilidad y eficacia en terrenos de poca pendiente.
2. Semicurvas, de mayor longitud que las anteriores, pero muy funcionales en terrenos de alta pendiente. Y
3. las curvas, aptas para trabajar en suelos de poca inclinación.
En este croquis se muestra el origen y difusión de la tacita, instrumento esencial en la agricultura andina. A: Cordilleras. B: Probable foco de origen. C: Área de difusión plena. D: Área de escasa difusión.
En cualquiera de sus tipos consta de cuatro partes: timón (huiré), mancera (oisu), cuerpo bajo (takillpu) y cuchilla (corama). En conjunto tiene la figura de una barra de palo, unas veces curva y otras recta. También lleva un mango en el tercio superior del timón para apoyar la mano con la finalidad de mantener el equilibrio y guiarla durante el trabajo.
Modelos de tacllas, las dos primeras con cuchillas o rejas de madera y las dos últimas con rejas de piedra.
En cualquiera de sus tipos consta de cuatro partes: timón (huiré), mancera (oisu), cuerpo bajo (takillpu) y cuchilla (corama). En conjunto tiene la figura de una barra de palo, unas veces curva y otras recta. También lleva un mango en el tercio superior del timón para apoyar la mano con la finalidad de mantener el equilibrio y guiarla durante el trabajo. Su tamaño varía de acuerdo a las regiones, sobrepasando unas veces la estatura del trabajador; pero nunca más abajo de los hombros. Las maderas preferidas son las más duras: Hoque, chachacomo, tassta, huarango, huranhuay, queñua y quishuar.
La cuchilla es uno de sus órganos fundamentales, ya que con ella se abren los hoyos o huecos para remover la tierra y meter las semillas. Penetran de 15 a 20 centímetros gracias al impulso que se hace con el pie izquierdo, lo que permite cortar verticalmente el suelo, formando prismas de tierra (champas) para volteadas con la misma cuchilla, que en tal momento funciona como una palanca de primer género. Las mencionadas cuchillas, por tal razón, tienen que ser muy resistentes; he ahí por qué las había de piedra dura, previamente labradas y acondicionadas; también de bronce, y finalmente de madera muy consistente, tostada. Las cambiaban de continuo debido a su desgaste. El uso de una u otra cuchilla dependía de la textura del terreno.
Para que la chaquitaclla funcione, el trabajador tiene que accionar dando pequeños saltos, con la finalidad de presionar con casi todo el peso de su cuerpo para que la cuchilla se introduzca en el piso. Precisamente en esta operación influye la curvatura de la herramienta. Como se ve, arado y hombre se articulan como si fueran una sola máquina. En efecto, este modesto implemento se mueve con el pie, prácticamente como si fuera una máquina simple, abriendo pequeñas cavidades tanto en lugares llanos como en laderas. Su utilidad era y es tan enorme que la chaquitaclla les servía para preparar el terreno, sembrar tubérculos y semillas, aporcar, deshierbar, cosechar y hasta para aperturar canales de riego. En las parcelas ubicadas en fuertes declives, con superficies irregulares y espacios estrechos, sigue siendo la herramienta agraria insustituible hasta nuestros días, debido a la imposibilidad de meter allí yuntas de bueyes y equipos motorizados. Además, ayuda a detener la erosión porque no disgrega las partículas que componen las champas o prismas de tierra; tampoco modifican su contextura, como sucede con el arado de vertedera.
Pero aparte de la admirable chaquitaclla, entre otras herramientas figuran la jallmana, la raucana o racuana, la chira o sichira, las chineas o astas de taruca (venado andino), la huactana, el allachu, el huarmiepananan, la casuna y la cupana.
A la jallmana hacíanla de tres huesos unidos de llama, con filos muy cortantes en sus extremos, amarrados con fuerza a un largo palo de chachacomo. Empleando la percusión la introducían en el suelo, levantándola y dejándola caer de una altura variable. Con ella aporcaban tubérculos y maíz, deshierbaban, escardaban y mullían la capa superficial del terreno con el objetivo de conservar la humedad. En suma, las jallmanas más luengas tienen 85 centímetros con un peso de un kilo y medio.
La raucana (o racuana como se le dice en el departamento de Cajamarca) no es otra cosa que un azadón, cuya lámina es de madera dura de chachacomo, pieza que exactamente es la que lleva la designación de raucana, que traducido al castellano significa excavador. Al gastarse por un lado, se le voltea por el otro, para prolongar su duración. Su largo no excede de 40 centímetros y se la utiliza para cosechar tubérculos, en especial papas; pero también sirve para deshierbar y sembrar granos finos: quinua, cañigua, quihuicha. Escasamente pesa medio kilo.
La chira o sichira es una hoja de madera de chachacomo, plana y de figura oblonga. Lleva un mango ligeramente curvado, que sirve de empuñadura. La plancha tiene sus extremos cortantes que se hunden en el suelo. Se la utiliza en el aporque de tubérculos, maíz y apertura de canales. Es un buen complemento de la chaquitaclla. Es de poco peso (500 gr.) y de corto tamaño. Cuando se le acaba el filo por un lado, se lo cambia por el opuesto.
Otros instrumentos agrícolas
También se valían de las ramificaciones de los cachos o astas de los venados andinos (taruca) para la cosecha de tubérculos. Una de las citadas ramificaciones se la aprovechaba como mango o empuñadura y la otra para romper la tierra, cual un perfecto escarbador. Jalando el mango levantaban las tuberosas, extrayéndolas el operador por las hojas, para sacudir en seguida la tierra y apilar el producto en montoncitos. Así recolectaban papas, ullucus, ocas. Esta herramienta duraba y dura muchos años. Son pequeñas (25 centímetros en total) y apenas con un peso de 400 gramos.
Otros instrumentos agrícolas
La huactana es una pieza de madera resistente de estirada empuñadura, un tanto curvada. Les servía para trillar los manojos o gavillas de quinua mediante movimientos oscilantes de vaivén, cual cilindro trillador. No aja la paja, separando los granos con facilidad. Por lo corriente, la trilla es realizada por dos personas.
Asimismo hay que mencionar el allachu, artefacto para excavar tubérculos y sembrar créales. Es un luengo palo de chacha, como con una lámina de piedra amarrada con cueros. También hay que citar el huarmicpananan, herramienta igualmente de chachacomo, exclusiva de las mujeres, quienes las manejaban y siguen manejándolas para desterronar y como auxiliar de la tacila en el aporque de papas; en su cabo inferior lleva adherida vigorosamente una piedra circular finamente agujereada en el centro.
Y finalmente unas hachuelas de piedra, tan grandes como la palma de la mano con los dedos unidos. Las empleaban para extraer papas y fueron muy comunes en la sierra central (Huanca y Angarae).
§. La tecnología de los tubérculos deshidratados
La materia prima del chuño es la papa, pero no cualquier papa sino la amarga (tuque o ruque); y sólo en casos de faltar ésta se tomaba la negra, o la blanca. Si al chuño se lo preparaba para las elites se seleccionaban los tubérculos amargos grandes; pero cuando se lo hacía para el común utilizaban todas, incluso las malogradas y engusanadas. Existían, además, dos clases de chuño: el negro y el blanco (tunta), cada cual con su tecnología propia.
Su elaboración siempre comenzaba a fines de mayo, concluyendo a mediados de julio, tiempo propicio en las tierras altas debido a las heladas y decrecimiento de las temperaturas. Desde luego que en ese lapso, según las zonas, hay noches más gélidas que otras; así, en Ilavi (territorio Lupaca) soportaban los fríos más crueles a mediados de julio. En la isla de Amantaní (área Colla) consideraban como la "más fría” a la parte alta, mientras que al sector bajo lo reputaban “muy cálido”.
Para el procesamiento del chuño negro realizaban en el Altiplano las siguientes operaciones:
1. Escogían las papas.
2. Las acarreaban a una chacra en descanso, o a un pastizal cercano a la vivienda, considerado como el más frío. En la situación de no tenerlo pedían prestado el terreno a un pariente, para laborar mediante la ayuda mutua (ayni). En algunas oportunidades todo el ayllu trabajaba en un sólo espacio amplio que reunía los requisitos indispensables; pero no mezclados sino separados, cada familia nuclear formando su grupo respectivo. Si este sitio quedaba lejos de sus casas, levantaban temporalmente una o más chozas con palos de colli y piedras, techadas con paja, o totora si estaban en puntos aledaños a lagos. El traslado lo efectuaban en llamas y/o cargándolas (hombres y mujeres) sobre sus espaldas, en mantas.
3. Extendían las papas separadas unas de otras sobre la yerba. Pero si ésta no existía, esparcían paja exprofesamente. Ahí dejábanlas por un tiempo que difería de acuerdo a la época elegida, o mejor dicho a la intensidad de la helada y de la frialdad del lugar. De manera que durante heladas fuertemente crudas, bastaba de tres a cuatro días; pero en las que no reunían esa virulencia se necesitaban siete días y a veces más. Como es lógico, durante ese tiempo también permanecían expuestas al sol.
4. Para averiguar el estado de su “maceración”, a algunas las apretaban con la mano. Si brotaba un líquido chispeante es que estaban listas. Hacían luego montoncitos en el piso. Y ahí, las mujeres descalzas las pisaban para exprimirles el jugo. Únicamente en ocasiones excepcionales intervenían en esta faena hombres y niños. El argumento que esgrimían para tal hecho, es que las mujeres pesan menos que los varones. Y sostenían que existían ciertas mujeres más hábiles que otras para realizar el referido ejercicio.
5. Fenecida la tarea anterior, otra vez las extendían en forma raleada, quedando a la intemperie de tres a siete días, de conformidad a la fuerza de la helada.
6. Transcurrido el plazo, hombres, mujeres y niños frotaban las papas contra el suelo, hasta dejarlas peladas.
7. Tendían en el piso una manta de dos a tres metros por lado, encima de la cual colocaban el producto. Se amarraban otra pequeña manta al cuello formando un bolsón, en el que depositaban el chuño. Entonces, aprovechando el viento, tomábanlos con las manos para arrojarlos, yendo a caer a la manta desplegada en el suelo, adonde el chuño llegaba limpio, por cuanto el aire se llevaba las partículas de cáscara seca.
8. Acto seguido, lo recogían en la misma manta extendida para pasarlos a sus moradas, en donde lo metían en sus pirguas cilíndricas enmaromadas con sogas de paja, y erguidas en las partes más altas de sus despensas. En pocas ocasiones confeccionaban pirguas de cuero.
La tecnología del chuño blanco en gran parte era similar a la del negro, justo hasta el momento del pisado. Pero después de terminado éste, se proseguía con los siguientes pasos:
1. En la madrugada, antes de que el astro rey hiciera acto de presencia, recogíanlo para ponerlo en redes de cordeles hechos con una conocida especie de paja, en cuyo fondo tenían amontonado otra calidad de paja.
2. Lo conducían a charcos o a acequias corrientes si es que las había, dejándolo allí de 45 a 60 días y noches. Aunque también lo podían dejar solamente de 14 a 21 días, obteniendo un producto que recibía el nombre de moraya. A las papas frescas congeladas apenas en una noche de helada se les decía cachuchuño.
3. Transcurrido el período de 45 a 60 días lo extendían en terrenos especiales para secarlos con el sol diurno y con las heladas nocturnas. Dicha operación demoraba de dos a tres días.
4. Después recogían el chuño blanco, conduciéndolo a sus casas para almacenarlo en la misma forma que al negro. Sólo cuando se trataba de muy exiguas porciones, guardábanlos en costales de pelo de llama.
El deshidratado de las ocas era idéntico al del chuño negro, recibiendo en tal circunstancia la designación de coya. Pero si la procesaban siguiendo las fases de la moraya, se le decía umacaya.
En lo que toca a isaños y ollucos (papa lisa) no se los sometía a ningún tratamiento de deshidratación; al primero por excesivamente amargo, y al otro por demasiado pequeño. Por lo menos así aducían ellos.
El chuño tiene la ventaja de ser guardado un tiempo largo, hasta la próxima temporada de heladas; a diferencia de la papa fresca que se arruga, envinagra y lanza raíces a los pocos meses. Claro que el chuño negro sólo representa algo más de la tercera parte de la cantidad de papas empleadas en hacerlo; pero no pierde agua (19.6), calorías (321), proteínas (1.8), carbohidratos (77.6), fibra (2.0), cenizas (0.4), calcio (80), fósforo (57), hierro (3.5), tiamina (0.5) riboflavina (0.14), y grasa (0.2). Tales son los porcentajes en 100 gramos de parte comestible.
§. Tecnología de las carnes disecadas
El charqui (o chalona o cecina) es la carne deshidratada por la acción del calor y del frío, gracias a la utilización del astro del día y de las heladas nocturnales.
Para ello, cortaban la carne en lonjas, de más o menos 30 centímetros de largo. Haciendo estrías con un cuchillo, de inmediato partían los huesos con una piedra, pero sin deshuesarla. Rarísimas veces le esparcían sal, procurando que le entrara por los rebajos. La ponían en un recipiente de barro, dejándola de tres a cuatro días dentro de la vivienda, bajo techo. Después la colgaban de un cordel^, en el patio de la casa, si bien más frecuentemente la depositaban en el techo quedando a la intemperie de siete a catorce días y noches, dependiendo de la frialdad del paraje. Una vez seca se la guardaba en la despensa, suspendida de alguna varilla o estaca, o metida en canastas de paja, también colgadas para preservarla de los insectos y roedores, expeditas para ser consumidas. La apetecían todos los estratos sociales. En tal estado la podían preservar mucho tiempo para el gasto familiar y también para el trueque interecológico. A partir de entonces se le decía charqui.
Cuando se lo exponía al sol y a las heladas dos meses (60 días) podían guardarlo hasta dos y tres años. Pero como más acostumbraban dejarlo de siete a catorce días, les duraba únicamente ocho meses. El de larga duración lo hacían para el intercambio.
La carne preferida era la de la llama (cauracharqui o llamacharqui) y de vez en cuando la de venado. Los oros de las orillas de los lagos Mamacota (Titicaca) y Poopó igualmente disecaban a los peces llamados ispi, boga y carachi; y lo mismo a algunas aves lacustres (chocacbarqui), aunque éstas muy raramente.
§. Otros conocimientos.
Es imposible hacer un catálogo de cosas con las que la etnia Inca haya podido aportar a la civilización andina y más aún, a la universal. Esto se debe a que todo lo bueno que tuvieron los mismos incas fue tomado de pueblos anteriores. Ningún adelanto científico ni tecnológico se produjo en los Andes durante el incario; puesto que agro, canales, andenes, camellones, cochas, canchas, caminos, puentes, tambos, chasquis (postas), organización político-militar, formas de trabajo, clases sociales, matemáticas, quipus, astronomía, textilería, ganadería, deshidratación de tubérculos y carnes, etc. todo había sido una magnífica creación, invención y descubrimiento de sociedades más antiguas. Lo que quisieron hacer suyo, logrando que muchos les creyeran, es que ellos fueron los primeros y únicos civilizadores del Perú, con el fin de justificar su intervención e imperialismo en docenas de etnias o nacionalidades que invadían y anexaban a su Estado.
En la época o Era Inca, científica y tecnológicamente nadie intentaba descubrir, crear o inventar nuevas cosas. Lo que se nota es un total aferramiento a lo que venía del pasado. Más bien hay un rechazo a cualquier innovación, salvo a aquella que importara al afianzamiento del sistema. Por lo demás, ni siquiera les gustaba experimentar, viviendo únicamente de la antigüedad y tradición. Sus ceremonias religiosas y cívicas (huarachico, p.e.) constituían verdaderos archivos o museos vivientes, o colecciones de ritos e himnos arcaicos sin innovaciones de ningún tipo. No había desarrollo de las fuerzas productivas, ni de nuevas formas de pensamiento.
Aclarado este aspecto, hay que expresar que el nivel tecnológico andino (inventos, creaciones y descubrimientos de miles de años atrás), era el más avanzado en el continente americano, si bien mezclado con mucho de mágico, mítico y supersticioso. Sobresalieron en la agricultura intensiva con riego, terrazas, camellones, chacras excavadas, cochas y canchas; y uso de abonos en mayor escala gracias a la existencia de las islas guaneras. La ganadería era única en el continente. En metalurgia llegaron hasta el conocimiento del bronce, con el que fabricaban instrumentos de producción. Dentro de este rubro también hay que considerar la obra planificadora para la ejecución de trabajos multitudinarios (mitas) que requería la construcción de fortalezas, vías, templos. Las técnicas textiles también fueron completas.
Otra figura importante es que los runas andinos para poner nombre a las cosas, personas, animales, plantas y lugares geográficos, primero observaban y hasta analizaban el sitio y/u objeto, y sólo después de haber descubierto cuáles habían sido sus características más destacadas, más valiosas, recién entonces procedían a nombrarlas. El apelativo, por lo tanto, indicaba una o más de esas peculiaridades. De ahí que los topónimos, los patronímicos y nombres en general describen el suelo, el paisaje, la ecología, la flora, la fauna, la zoología y la anatomía y sicología de las personas. He ahí por qué los nombres, sin distingos, son una fuente importantísima de información etnohistórica.
En la zona Suni deshidrataban tubérculos y carnes, tecnología que les permitía conservarlos por mucho tiempo. En la misma región elaboraban el tocosh: papas especialmente fermentadas en agua semicorriente por varias semanas, hasta acumular microorganismos utilizados como alimento-medicina de las parturientas y enfermos en común, con resultados muy válidos, debido probablemente a sus posibilidades antibióticas.
En lo que incumbe a plantas curativas su empleo estaba intensamente extendido, continuando hasta hoy su conocimiento y uso panandino. Pero aparte de su manejo y conocimiento entre la gente, había otros que eran expertos herbolarios en su recojo y preparación, aplicando recetarios. En este tópico fueron célebres los callaguayas del noreste del Titicaca, tan afamados que de entre ellos se sacaba y nombraba a los médicos de la corte incaica. Los callaguayas tenían un estupendo conocimiento de los vegetales curativos de selva y sierra.
La defensa del territorio obligó al Estado a la necesidad de conocer la lista de etnias que lo rodeaban, como también de las que dominaba, con un perfecto entendimiento de sus ubicaciones y distancias medidas por cocadas y jornadas o días de caminata. Se impulsó, pues, un cierto desarrollo de carácter geográfico. En este aspecto, igualmente, sabían diferenciar todo tipo de accidentes: cordilleras, cerros, nevados, valles, montes, quebradas, ríos, golfos, cabos, bahías, islas, lagos, el mar, etc.
De conformidad al pensamiento andino, cielo, tierra y abismos infraterrenos no se hallaban cósmicamente distanciados. Sólo estaban divididos pero no separados. Los tres constituían un impresionante universo de notable claridad: todo un cosmos. El esquema de éste, tanto para los runas como para no pocas de las tribus selvícolas, presentaba pues con suma facilidad una estructura vertical fraccionada en tres planos: firmamento o cielo (ananpacha), tierra (caypacha) e inframundo (ucupacha).
En el mundo de arriba o cielo moraban los dioses astrales y celestiales: Sol, Luna, estrellas, las constelaciones (Pléyades, Cruz del Sur, etcétera), el Rayo, Trueno, Relámpago y otros. El firmamento o bóveda celeste era concebido como un tumi (cuchillo), cuyos bordes se unían con la tierra, determinando las márgenes del mundo. Por eso al cielo le conocían con el poético y bucólico nombre de Tumibamba (o Tumipampa): llanura cóncava como la hoja de un tumi o cuchillo andino. Por su mismo centro circulaba el camino del Sol, el cual, cuando se salía de su ruta, en dirección a la tierra, producía aquí mucho calor al punto de generar sequías y matar a la gente, como decían, ocurrió una vez, desapareciendo a la población huari de la sierra central y norteña.
A la tierra (caypacha) la consideraban plana: un disco circular cuyos lindes u orillas confinaban con la cópula celeste y, además, rodeada de una gran extensión de agua. Era la morada de los seres humanos, de las diversas especies de animales y plantas, y también de infinidad de espíritus.
El inframundo, a su vez, había sido el escenario y origen o cuna de la humanidad primigenia y por igual de algunos animales y de muchísimas semillas, todos los cuales emergieron al caypacha por huecos (puquios, lagos, lagunas, cuevas) que recibían el nombre depacarinas (lugares de procedencia). El Sol, durante las noches, se sumergía en el mar y viajaba por el interior del inframundo, siguiendo un largo túnel, para de nuevo aparecer el día siguiente.
El único ser que podía poner en contacto estos tres mundos era el sapainca, si bien antes del incario lo habían hecho los jatuncuracas o señores principales de los reinos o etnias.
En lo que atañe al origen de los animales, pensaban que muchos de éstos antes de ser tales habían sido seres humanos, por ejemplo el venado. De ahí por qué creían que dichas especies zoológicas tenían las mismas necesidades, pensamientos y sentimientos que los seres humanos.
Sus conocimientos del pasado (conciencia histórica) tenían como soporte fundamental a los mitos y leyendas sobre la vida y hechos de sus dioses y jefes. Referían listas de héroes culturales con notas acerca de sus actos más resaltantes que conservaban oralmente, o con el socorro de dibujos y quipus.
Se orientaban colocándose frente al nacimiento del Sol. A lo que quedaba a la mano derecha se le decía allauca, y a lo de la izquierda ichoc, guardando la primera más relevancia que la segunda por corresponder al órgano (brazo) que más se maneja en el cuerpo. A lo del centro se le nombraba taipi o chauin.
§. Tecnologías simples con rendimientos óptimos
Con herramientas sencillas, poco avanzadas, hacían cosas estupendas a prueba de constantes y duros esfuerzos, El desprendimiento y transporte de grandes bloques pétreos requerían disciplina y perseverancia bajo la dirección de un conductor que llevaba hacia el éxito dichas obras. Para trasladar tan enormes rocas empleaban sogas y rodillos de madera y toda la potencialidad muscular posible. Así movilizaban piedras gigantescas. Un equipo numeroso de trabajadores jalaba el pedregón, con tanta destreza que casi siempre salían airosos en sus propósitos. Escasísimos eran los sillares monolíticos que quedaban abandonados en los caminos y senderos por algún accidente, en cuyo caso solían llamarles “piedras cansadas”, inventando en tornos a ellas leyendas emocionantes. Todo se realizaba, pues, en el imperio a base de la energía muscular de millones de horas-hombre.
Cada artesano, por su parte, disponía de una cantidad de instrumentos bien diferenciados. Los tejedores, los ceramistas, los hampis (médicos/trepanadores) poseían los suyos propios.
§. Artesanía textil
En el arte textil, sin haber ya inventado nada nuevo, hubo un gran desarrollo, produciendo telas y trajes en cantidades cuantiosísimas. Al algodón en la costa y al pelo de llama, alpaca y vicuña en la sierra, previamente tinturados cuando lo querían, los hilaban en ruecas. En seguida los tejían en diversos tipos de telares rudimentarios, por lo usual en el que se compone de dos lizos colocados sobre un plano horizontal, uno de cuyos extremos fijándolo en un árbol o en un poste, mientras el otro permanecía amarrado en la cintura de la tejedora gracias a una correa o faja. Como implementos adicionales empleaban una serie de pequeños artefactos de hueso de camélidos cuidadosamente pulidos.
Telar andino y sus partes: 1. Estacas. 2. Barra del telar y cuerdas que ajustan la urdimbre. 3. Urdidera. 4. Lizo: caña hueca. 5 y 6. Peine para el cruce de los hilos. 7. Espada del tejedor o apretador de la trama. 8. Urdimbre para tejer. 9. Amarre. 10. Urdimbre. 11. Lanzadera o bobina. 12. Trama para enhebrar. 13. Tela tejida o tramas insertas. 14. Huesos de llama para tejer. 15. Cuerda (cordel o lazo). 16. Hueso para tupir el tejido. 17. Baticola. 18. Huso. 19. Tortera o piruro. 20. Eje giratorio.
En el arte textil conocíanse casi todas las técnicas ahora en uso. Los tejidos finos realizábanlos unos especialistas llamados cumbicamayos, que confeccionaban piezas destinadas a la vestimenta de las elites, del poder y para otros fines ceremoniales. Eran verdaderos tapices de delicadísima calidad.
Técnicas de cintas de punto, una de las varias conocidas en el tejido.
Ocho modelos de cerámica incaica. En el ámbito de la alfarería la pieza típica de la etnia Inca fue el hermoso urpo (llamado payanca en la sierra norte/Cajamarca). Asentado en un leve hoyo abierto en el piso de la habitación más abrigada de la casa, les servía para la fermentación de la asua o acja (chicha).
La producción textil adquirió un carácter masivo por la sencilla razón de que el Estado necesitaba raudales de vestimentas para redistribuir a sus servidores con el objetivo de compensar servicios y ganar simpatizantes cada vez más, e igualmente para sacrificadas a los dioses, principalmente fajas, uncus, anacos y llicllas. La urgencia de telas y ropas por parte del Estado fue tan impostergable que se hizo necesario establecer por aquí y por allá fábricas de textiles para producir exclusivamente en beneficio del Estado. Tales edificios recibían el nombre de acllahuasis. El ropaje de los nobles elaborábanlo intercalándole colores y ornamentándolo con tocapus: símbolos e ideogramas simétricamente dispuestos, unas veces horizontalmente y otras de manera vertical.
Alfarería
La cerámica de la etnia Inca tenía su estilo particular. Modelada a mano por la falta de tomos, fabricábanla a base de moldes dándoles diversos tamaños y formas, ya antropomorfas, o ya zoomorfas, desde objetos en miniatura hasta colosales urpos (“arybalos”) para chicha y almacenaje. Las piezas incaicas más características son las escudillas, platos hondos, vasos de paredes ligeramente convexas y botellas esferoides. Sin embargo los ejemplares auténticamente genuinos de la etnia Inca, realmente su única creación, son los referidos urpos o urpus de cuello estrecho y cuerpo voluminoso con dos asas laterales y con la base terminada en punta. Son los jarrones a los cuales Max Uhle les rebautizó con el nombre postizo de arybalos, palabra griega, totalmente extraña a las lenguas andinas. Son de pasta bastante fina y pulida. Sus proporciones volumétricas guardan armonía, ostentando decoraciones geométricas en las que sobresalen helechos estilizados y otros símbolos mágico-religiosos.
La cerámica inca en general es bella, deslumbra por su delicadeza y suavidad, destinada a una refinada clientela: curacas, incas, acllas, sacerdotes. Sin embargo, ninguno de sus cacharros sobresale ni sobrepuja a los muy estéticos especímenes de Nasca y Moche. Sus fragmentos se hallan en gran abundancia sólo en el Cusco y en las liadas de “provincias”, en barrios que estuvieron ocupados por mitmas de Anan y Urincusco y a veces en los aposentos que pertenecieron a los curacas, quienes lo recibían en vía de donación. Cerámica inca no se encuentra en las sedes de los ayllus o campesinos, lo que denuncia su nula difusión en dicha clase social.
§. Arquitectura
La arquitectura de la etnia Inca se peculiariza por el uso de la piedra, a diferencia de otras que más empleaban la pirca; o en !a situación de la costa, exclusivamente la tierra. En lo que toca al plano, sus templos y aposentos se tipifican por tener un solo piso y base rectangular. Claro que previamente los arquitectos preparaban maquetas de piedra, gracias a las cuales guiábanse los albañiles.
A los bloques pétreos los arrancaban con herramientas de cobre y bronce, para luego frotarlos con arena húmeda. Muchísima gente los transportaba jalándolos por medio de largas y poderosas cuerdas En los muros ya, se los colocaba en tal forma que encajaban a la perfección unos con otros aun en el caso de que tuvieran bordes poligonales. Muchas piedras exhibían el modelo almohadillado, es decir con la cara ligeramente abultada, produciendo una gratísima sensación estética. Con todo, la fidedigna singularidad de la arquitectura inca son las formas trapezoidales dadas a sus ventanas: anchas en la base y estrechas en el dintel, ya fuesen ciegas o abiertas; así, los lados y jambas aparecen oblicuos.
Los techos hacíanlos hasta de tres modelos:
1. de varillas y palos cubiertos con paja (Stipa ichu).
2. De bóveda falsa, confeccionadas con lajas y barro duro, como las que vieron los españoles en el aposento campestre donde descansaba Atahualpa en los baños termales de Pultamarca (Cajamarca), cuasi similar a los cielos rasos de los culpis de la sierra central y a las chuspas del Collao. Y
3. cobertizos atenazados o rectos, tapados con esteras y lodo; esto tratándose de edificios levantados en la costa, en que no llueve, como todavía pueden ser contemplados en Pachacamac y Pallasca (Tambocolorado).
De la arquitectura militar quedan algunas muestras: Ollantaitambo e inclusive Sacsaihuaman, si bien, según la fuente escrita, esta última más bien tuvo funciones eminentemente religiosas. Ambas aparecen defendidas por murallas, la primera por dos y la otra por tres, edificadas con bloques megalíticos de dimensiones ciclópeas.
El arte, como se ve, estaba al servicio de la política imperial y de la religión. Había sido una larga evolución artística, en la cual, el de los incas, resulta ser el último eslabón de lo inconfundiblemente andino. Pero los de la etnia Inca tuvieron sus genuinos prototipos, que se manifiestan en lo esencial en la arquitectura, mas no así en la escultura.
Estilo típico de arquitectura inca, caracterizado por el pulido de las piedras y la juntura perfecta de los bloques cualquiera que hubieran sido sus formas. Humboldt la calificó de sólida, sencilla y simétrica.
Las ventanas trapezoidales son otras de las singularidades que tipifican a la arquitectura de los incas.
Puma tallado en piedra. El citado felino no estaba considerado como divinidad, pero le veneraban y rendían pleitesía por haber recibido sus atributos del más importante de los dioses. Según los mitos de Huarochirí, ¡raya Huiracocha premió su franqueza y bondad (por haberle indicado la ruta que seguía Cahuillaca, una mujer a la que amaba), disponiendo que todos le respetaran y temieran. Luego le encargó la misión de castigar a los perversos devorándoles sus llamas. El mismo dios dispuso que el puma fuera honrado incluso después de muerto, conservando todo su pellejo y cráneo disecados como aditamentos medulares para ciertos bailes rituales en las fiestas más notables. Pero los danzantes, antes de ponerse este atuendo, debían sacrificar una llama.
Otros artefactos labrados en piedra.
Hornos para fundir metales, principalmente oro, plata y cobre. En quechua se les decía huayras.
Diversas piezas de plata.
Cuchillos y hacha de bronce hallados en Machupicchu por la expedición Hiram Bingham.
Otros implementos de bronce.
El poder inca, es incuestionable, está reflejado en sus realizaciones arquitectónicas, como cualquier interesado puede observar en los restos que quedan en el Cusca, . Machupicchu, Vilcashuamán, Huaytará, Tambocolorado (Pallasca), Tarmatambo, Pachacamac, Huánucopampa y Cochabamba (Leimebamba/ Chachapoyas). Son moles de piedras poligonales, labradas por sus caras exteriores.
Todos los soberanos incas desde Pachacútec, fueron unos asiduos constructores de edificios imponentes. Algunos tienen apariencia de monstruosidad, como Sacsaihuamán, lo que ha hecho imaginar a no pocos arqueólogos y arquitectos de que los incas practicaron la esclavitud en tal tipo de obras.
Pero por más bellos y formidables que sean los edificios incas, cuando se recorre y contemplan sus interiores, aparecen intensamente oscuros, tristes. Dan la sensación de una perpetua pesadez. Los escasos adornos que suelen llevar en los marcos y dinteles de sus puertas casi en nada atenúan su severidad. Se sabe que internamente los nobles procuraban combatir la lobreguez de sus cuartos pintando los muros, o revistiéndolos con tapices de cumbi, o planchas de oro y plata. Esto en cuanto a los edificios mandados erigir y ocupados por los grupos de poder. En lo que atañe a las casas de los jatunrunas, la modestia era extrema.
§. Estatuaria y Escultura
Tallaban piedras de gran dureza (granitos, dioritas), dándoles una suavidad muy delicada. Cuando utilizaban oro y plata, en los ojos incrustábanles piedras raras (turquesas, esmeraldas).
Entre la estatuaria hay que involucrar las efigies de los sapaincas, todas de tamaño natural, llamadas guaoquis (hermanos) por representar el otro yo del soberano. Constituía una de las maneras efectivas para preservar la figura y retrato de cada jefe supremo, como medida preventiva en caso de que sus momias se consumieran o fueran a parar a otro sitio, como sucedió con la de Manco Cápac. Las fuentes del siglo XVI sólo hablan de los guaoquis o estatuas de cada inca, pero no las describen ni siquiera levemente. Por lo que apenas podernos conjeturar que serían magníficas obras de arte, de gran realismo, representadas con la majestad que correspondía a la categoría de los reyes. Además, solamente se hallan referencias más concretas de los incas de Anan; de los Urin apenas queda rastro, de quienes se sabe que no eran de oro, ni plata, ni piedra, ni madera, sino de arcilla, por razones que se ignoran.
En este acápite también hay que citar el bulto de granito del dios Ticsi Huiracocha en el templo de Cacha (Urcos). De todos modos, como ya se dijo, la escultura no estuvo a tono con el desarrollo de la arquitectura.
Los ídolos o imágenes de piedra y madera de sus divinidades y héroes para ellos eran entes con vida, tan vivos como los dioses y seres que representaban. De allí que los guaoquis de cada sapainca permitían que éste siguiera sobreviviendo en la talla, por lo que recibían honores de los hombres y mujeres vivientes, quienes incluso acudían a rogarles para algo. Los ídolos tenían, según sus mentalidades, toda la plenitud, fuerza y dignidad de lo que figuraban y encarnaban. Además cada línea o dibujo guardaban un significado y cada diseño iba en su correcta posición, cosa que podíase apreciar muy bien en el altar mayor del Coricancha.
§. Metalistería
La etnia Inca y sus contemporáneas, al igual que las culturas que las precedieron en el espacio andino, no conocieron el uso del hierro. Pero a falta de él tuvieron una gran experiencia en la manipulación del oro, plata, cobre, estaño, bronce (aleación de cobre y estaño) y hasta del platino y de la atractiva tumbaga (aleación de cobre y oro).
Recogiendo viejas tecnologías de pueblos remotos, fundían los metales utilizando el viento y sopletes para producir fuego. Los hornos que empleaban para tales fines recibían el nombre de buayras. En lo que incumbe a la aleación del cobre con el estaño para producir bronce, resulta que al estaño lo utilizaban en una proporción inferior al 12% respecto al cobre, por lo que el bronce que generaban carecía de una dureza real, siendo a veces más débil que el propio cobre; realidad que ha hecho dudar de que hayan elaborado bronce intencionalmente.
Diversos procedimientos se utilizaban en la metalistería, el llamado cera-perdida, consistente en modelar en cera el objeto que se quería obtener, al que se lo revestía de arcilla. Luego de haberse secado, se lo calentaba metiéndolo en un fogón, lo que originaba el derretimiento de la cera y su expulsión por un orificio que se dejaba libre. En seguida, por el mismo hueco, se vertía en fusión el metal de oro, o plata, o cobre. Finalmente se rompía el revestimiento de arcilla, quedando libre el artefacto modelado, al que lo pintaban para darle belleza y finura.
Al oro también se lo repujaba mediante el martilleo. A las joyas y figurinas de oro, plata y tumbaga les incrustaban piedras preciosas y semipreciosas, ya que la metalistería más estaba dirigida a fines ornamentales que utilitarios.
Por cierto que la etnia Inca misma no era experta en esta artesanía, sino otros pueblos a los que conquistaba y obligaba a trabajar elaborando dichas obras de arte que precisaba. Los ishmas y chimús fueron llevados al Cusco y otras liadas para que cumplieran dicha función. Estos producían aretes, orejeras, brazaletes, ajorcas, collares, sortijas, prendedores, tumis rituales, placas, planchas, efigies de plantas, animales y seres humanos para adornar los templos solares y aposentos reales del Cusco y “provincias”. La fabricación de joyas de oro y plata fue una actividad que siempre corría a cargo de especialistas; no era de conocimiento general en los ayllus. En la costa los orfebres y plateros estaban por completo desligados de las tareas agropecuarias.
§. Pintura
Los de la etnia Incay todas las demás que componían el Tahuantinsuyo, en cuanto a pintura no llegaron al esplendor de los nascas; pero continuaron engalanando sus edificios de adobe (Tambocolorado, Pachacamac, Paramonga), queros, cerámica y textiles. A los mitos, leyendas y acontecimientos también los dibujaban y pintaban en grandes tablones para, guardarlos como testimonios gráficos en un inmueble ad hoc llamado Puquincancha, aledaño a un templo solar, en el Cusco. Allí estaban representados el mito del Ticsi Huiracocha y hechos relevantes de cada sapainca.
§. Queros
Otro artefacto propio de la artesanía típica de la etnia Inca es el quero: vaso de madera decorado con incisiones y pinturas que son escenas de la flora, fauna y vida de las elites del Cusco, agrupadas en las paracas. De ahí su extraordinario valor documental. Lo puramente autóctono pertenece a las postrimerías del incario y primer siglo colonial. Preferían hacerlos con la madera de chacha-como, o de cedro (árbol de carácter mágico). Siempre elaboraban los queros por parejas, guardando similitud en silueta y decoración. En esto también seguían la división dual que imperaba en todo.
La decoración pintada la hacían mediante el sistema llamado encáustico, lo que motivaba el craquelado de sus superficies coloreadas. La figura más común del quero es la campanulada, muy abiertos en la boca, angostos en la base y constreñidos en la cintura. Algunos tienen apariencia de cabezas humanas, de hombres selvícolas o antis, o más raramente de cráneos de osos, felinos y alpacas.
Los queros incas tuvieron una producción creciente durante la colonia, debido a que en ésta la elite cusqueña perdió su vajilla de oro y plata, sustituyéndola por la de madera. Son en verdad vasos ceremoniales o rituales.
§. Educación
Las castas incas y otras que completaban los cuadros militares recibían una educación para gobernar; y tal educación era bastante férrea. Antes de ser declarados maduros o mayores de edad pasaban por enérgicas pruebas de ejercicios físicos y de resistencia, cuya finalidad era inculcarles disciplina, agilidad, atención, aguante en las marchas forzadas, dejando de lado los aspectos atractivos. Todo lo cual tenía que ser demostrado en una fiesta ritual y deportiva llamada huarachicuy durante el capas-raimi (diciembre).
Había también quienes recibían una educación intelectual más elevada; es decir los del ayllu Tarpuntae, grupo que tenía como misión preparar a los sacerdotes del Sol. En dicho ayllu, desde niños aprendían las prácticas y todo lo referente a ritos, ceremonias, símbolos, canciones, danzas, mitos y leyendas relacionados con la religión solar. Por lo. tanto, igualmente aprendían el manejo de quipus. Una vez en condiciones de ejercer su ocupación especializada, de entre ellos el sapainca escogía y designaba al sumo sacerdote, reputado como el inca de los urincuscos.
El aprendizaje del sacerdocio se lo llevaba a efecto en el propio ayllu de Tarpuntae, donde los mayores iniciaban a los menores mediante una enseñanza eminentemente práctica tanto en el interior como fuera del templo. Cuando algún cronista (Garcilaso) habla de escuelas se refiere a este modelo de educación. Los auquis o príncipes aprendían oyendo o imitando a sus padres y familiares en sus propios aposentos y acompañándolos en tareas de gobierno fuera y dentro del Cusco.
Entre los jatunrunas el niño aprendía la ocupación de su progenitor, en tal forma que éste esperaba más tarde la ayuda de su hijo. Los padres, pues, iniciaban a sus retoños en las actitudes técnicas que conocían. Allí intervenía la exhortación y el ejemplo. Y lo mismo hay que decir en lo que respecta a las madres frente a sus hijas; quienes aprendían al lado de sus progenitoras las tareas inherentes a la vida doméstica y casera: tejer, lavar, cocinar, coser, criar a bebitos recién nacidos, la limpieza del hogar.
En el caso de la chaquitacila, p.e., su manejo lo aprendían desde niños, edad en la que sus padres les entregaban como juguetes en miniatura. Conforme el chico crecía, también aumentaba de tamaño el nuevo “juguete-herramienta”, de manera que al llegar a adulto su organismo ya estaba adaptado a este tipo de trabajo, con rendimiento muy eficiente. Así se les educaba, vinculándolos con el arado y la chacra.
Queros del Cusco, confeccionados con madera dura. La superficie la tienen decorada.
Es decir, ya en términos globales, en lo que atañe a la educación, los padres instintivamente modelaban a sus hijos a su imagen y semejanza. De acuerdo al sexo del niño los iniciaban en sus técnicas, asociándolos a su trabajo ya fuera de gobernante, de sacerdote, de campesino agricultor o ganadero en la sierra; o de un oficio artesanal y de comerciante si era costeño.
Dibujo documental en la superficie de un quero: 1 Sol. 2 Puntos blancos, o lluvia, o nieve. 3 Nubes. 4 Laguna circular. 5 Rio. 6 y 10 Cerros nevados. 7 y 11 Zorros o vizcachas. 8 Camélidos. 9 y 12 Plantas. 13, 23 y 28 Hombres sentados. 14, 17, 18, 19 y 20 Guerreros. 15 y 25 Mujeres sentadas. 21 y 31 Guerreros guardianes. 22 Columna de separación. 16 Cántaro inca. 24 y 26 Guerreros incas. 27 Hombre parado. 29 Guerrero con caracol marino. 30 Guerrero con honda. 32 y 33 Otras decoraciones. 34 Faja central. 35 Parte inferior.
La participación temprana de los niños en las labores agrícolas explicaba y explica el conocimiento prolifero que tenían (y tienen) sobre las labores de la labranza, acerca de las expectativas y problemas de la siembra y cosecha.
En los que toca a los quipucamayos, expertos en contabilidad, se adiestraban desde pequeños observando la pericia de sus progenitores. Lo que anhelaban y aprendían es el arte de componer los nudos y el secreto de descifrarlos de conformidad a cálculos precisos. Los quipucamayos representaban a las ciencias exactas: la aritmética y la matemática.
Capítulo 9
La estructura social, jerarquías, clases y castas. Señores y campesinos
Contenido:
§. La elite gobernante y dirigente
§. Alto sacerdocio
§. Incas simbólicos
§. Artesanos
§. Mercaderes
§. El jatunruna
§. El ejército profesional
§. Yanaconas y yanayacos
§. Llacuaces, uros y changos
§. Pinas o pinas (esclavos)
§. Pampayrunas o mitahuarmis
§. Una sociedad de clases
§. La elite gobernante y dirigente
El sistema de tenencia y trabajo generó (desde mucho antes de los incas) una rígida estratificación social, pese a no ser la propiedad privada de la tierra la figura predominante. Pues, ya vimos, lo que prevalecía son las tenencias colectiva y estatal. No hay que omitir que la misma tenencia de las panacas cusqueñas era colectiva, por cuanto panaca es la palabra que servía para designar a las familias extensas integradas por gente de la alta nobleza; mientras a los ayllus los componían familias extensas de personas no aristocráticas.
Las clases sociales, de acuerdo a sus concepciones, tenían un origen divino. En la costa central referían el mito de que el Sol dejó caer tres huevos: uno de oro, otro de plata y el tercero de cobre. El primero dio origen a los curacas (nobles); el siguiente a las mujeres aristocráticas, y el último a los jatunrunas. La distinción social, en esa forma, quedaba sancionada por designios sobrenaturales; y no sólo la división social sino también la desigualdad de sexos. A las mujeres, por más nobles que hubieran sido, se las consideraba hechura distinta del varón, colocándolas en un segundo lugar, subordinadas.
En el ámbito andino, es insoslayable, se constituyó una sociedad jerarquizada en castas, formada por estamentos o grupos dedicados a determinados cargos y trabajos tipo hereditario; realidad que se percibe tanto en la alta nobleza como en el jatunruna. Por ejemplo del ayllu de Tarpuntae, perteneciente a Urincusco, es del único que salían, generación tras generación, los sacerdotes del Sol para atender los templos de la capital y de “provincias”. Y lo mismo ocurría con los ayllus de artesanos, transmitiendo el oficio a sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos ad infinitum. Prácticamente inmutables, dominados por el atavismo y la herencia. Gracias a tal esquema la estabilidad de la sociedad andina se mantenía inconmovible época tras época.
1. En el lugar más encumbrado estaba la autoridad suprema, el gran mandatario denominado en puquina y quechua sapainca o capas-inca, es decir, el único rey, o mejor dicho el rey de reyes. Casi en el mismo sitial hay que considerar al sumo sacerdote del Sol: el inca de Urin, y a la coya.
2. En seguida la alta realeza compuesta por las panacas o ayllus integrados, ya se dijo, por los descendientes de cada soberano. Se trataba de linajes de alcurnia, residentes por lo habitual en el Cusco y zonas aledañas con muchas tierras y servidumbre. De entre ellos se seleccionaban muchos de los cuadros para los mandos militares, administrativos y burocracia estatal en todos sus aspectos. Eran los productores indirectos.
3. Unos privilegiados ascendidos a tal sitial por concesión especial de Pachacútec, constituida por las nacionalidades aliadas al Cusco en la guerra antichanca. El rango de “incas de privilegio” que se les dio contribuyó a ganar sus simpatías, transformándolos en un leal clientelaje. Algunas etnias así honradas, desempeñaron cargos administrativos hereditarios; verbigracia los quilliscachis, notables como dadores o proveedores de verdugos para ejecutar las sentencias emitidas por las autoridades. O los equecos, encargados de sentar la mano a los estupradores de las acllas; o los mayos, que suprimían a los envenenadores; o los antas, de donde se sacaban a los tucricuts, etc.
4. La nobleza de las nacionalidades derrotadas, lo que equivale a decir sus curacas y su parentela que conformaban la aristocracia regional y local, pero colmada de honores formales para mantenerlos complacientes. Hubo, pues, nobleza imperial (incas) y nobleza regional o nacional (curacas), entre las cuales los matrimonios secundarios no fueron raros. As(, Huayna Cápac tuvo descendencia en las hijas de los capaccuracas o reyes de Huaylla y Carangue. Hubo distintas categorías de curacas, sobre lo cual se incidirá más adelante.
El grupo de poder, que recibía el nombre de capaccuna tratándose de la etnia Inca, y de apocuna cuando se referían a las aristocracias regionales, conformaba una minoría en comparación con los jatunrunas o campesinos. Los capac y apos (reyes y señores) tenían el privilegio de vivir en hogares poligínicos (pluralidad de esposas) y de gozar de una ponderable cantidad de servidumbre, a quienes tenían que alimentar varias veces al día. Sus atavíos confeccionábanlos con las mejores fibras (pelo de vicuña por lo usual); y lucían tocados, joyas y adornos faciales y corporales hechos de oro, plata y piedras preciosas. Sus casas se componían de aposentos mucho más amplios y bellos que los del vulgo. A sus alimentos se los preparaba con productos seleccionados a base de carnes, legumbres, hortalizas, pescado, gramíneas, algas y frutas, aparte de bebidas. Los de la elite desestimaban la papa por considerarla comida de plebeyos. Y cuando los jefes salían a recorrer sus dominios lo hacían conducidos en literas y/o hamacas llevadas por cargadores sui generis, acompañados por un numeroso séquito y músicos a quienes también retribuían y brindaban bebidas refrescantes. Cuando recepcionaban embajadas, mensajeros o visitantes de su rango, siempre los agasajaban y les regalaban algo: joyas y telas de preferencia. En cuanto a sus uniones matrimoniales, las regulaban según sus grados de parentesco y de clase. En este aspecto sus prejuicios llegaron a extremos tales que jamás se casaban con hombres o mujeres de posición social inferior; y con el objeto de impedirlo hasta comprometían a sus hijos siendo niños. Vivían en medio de una auténtica endogamia familiar. Y si cierta vez algunas damas cohabitaban con un hombre corriente por error (como lo admite un mito) al descubrir la falla, tanta era la deshonra que sentían que hasta se suicidaban para no vivir en medio de una perpetua vergüenza. De ahí también la desmedida preocupación por conservar sus árboles genealógicos limpios de contaminación con clases sociales bajas.
En lo que respecta a la etnia Inca, toda ella conformada por el grupo dominante, entre las muestras exteriores de su altísima alcurnia y prosapia figuraba el de trasquilarse el cabello, atusándolo o cortándolo hasta dejarlo con la altura máxima de 2 a 3 centímetros, dando, a la distancia, la impresión de no tener pelo en la cabeza. Los de la etnia Inca, asimismo, se deformaban el cráneo en forma tubular erecta. Todo lo cual cumplía una finalidad concreta: denotar nobleza, rango, distinción, diferenciación y aire de mando o superioridad sobre los demás. Así lo expresan varios cronistas que los conocieron en el siglo XVI. Atahualpa, p.e., exhibía su testa desfigurada. Un testigo presencial manifiesta que los incas tenían “cabeza de mortero” o sea casquete sinsipital, deformación característica del cráneo puntiagudo que dependía, al parecer, de la colocación de las bandas deformadoras y no de la intensidad de la presión de las amarras.
Con todo, aparte de la etnia Inca que distorsionaba sus cabezas, había otras etnias que hacían lo mismo, si bien adoptando distintas formas, cuya imagen les pertenecía en manera tan particular que ninguna otra podía repetirla. Así sucedía con los lupacas y collaguas. Los últimos transformaban sus testas en silueta de volcán, con la achatadura en el centro. Los paltas (Lojas/Ecuador) daban a sus cráneos la apariencia de este fruto.
La deformación craneal comenzaban a moldearla desde recién nacidos, corriendo constantemente a cargo de personas conocedoras, bien que más de las veces al cuidado de la misma madre. Los implementos de que se servían eran tablas y cordeles para aplastar el frontal y el occipital hasta los cuatro años de edad, tiempo necesario para darles la figura que buscaban. No siempre dicho proceso conducía a un éxito total; las referencias a niños que fallecían con los apretones eran muy frecuente, motivo por el cual los Concilios Limenses y el virrey Toledo lo prohibieron en términos generales, extinguiéndose su uso y manía poco a poco.
En la etnia Inca, entre otras costumbres exclusivas y propias figuran ritos particulares para declarar mayores de edad a los jóvenes, con facultad para contraer matrimonio y ejercer cargos de responsabilidad inherentes a la adultez. Aquella ceremonia de transición o de madurez recibía el nombre de huamchico ohuarachicuy, del cual no escapaba ni el mismísimo sucesor del trono. Tal acontecimiento marcaba el fin de la adolescencia y el ingreso en la vida adulta en la paraca. Recién entonces recibían el vestido viril (huara: especie de trusa), armas de guerra y unos adornos redondos consistentes en pequeñas placas de metal precioso para encajarlas en los lóbulos de sus orejas que ya las venían perforando y dilatando desde niños. El ensanchamiento del referido lóbulo les llegaba hasta rozar el hombro; y dicho disquito representaba al Sol. En los de la etnia Inca era de oro; pero en los incas simbólicos o de privilegio difería de material según el grado de prestigio y fidelidad al Cusco; por eso unos lo ostentaban de plata, otros de cobre, o de madera, o de juncos. De allí emana el sobrenombre de orejones con que les bautizaron los españoles.
Izquierda. La cabeza de un noble inca. Derecha: Pinahuasi o cárcel para nobles cusqueños. Es bastante curioso que haya llevado el mismo nombre que se daba a los esclavos que trabajaban de por vida en los cocales. Significa, en todo caso, pérdida de la libertad.
Damas de la alta nobleza.
La parafernalia o insignias del sumo sacerdote del Sol. Trátase de dos aditamentos que conformaban la "mitra" del sumo sacerdote, quien se la ponía en su cabeza durante las fiestas solemnes dedicadas al Ticse o Tecse Huiracocha y al Sol. Al casquete más simple y sencillo llamábanle vilachuco ("gorro solar’’), sobre el cual colocaban el tocado más elaborado y complicado que, en verdad, venía a constituir la parafernalia más sugestiva: se la decía huámparchuco. Estaba confeccionado de oro, llevando en la frente la figura del Sol en su apogeo, rodeado de chapas de pedrería. Debajo de la barba exhibía una media luna de oro.
En esta sociedad, por consiguiente, los de la etnia Inca (anan y urincuscos) eran simultáneamente jefes guerreros y jefes sacerdotales, pues a ella permanecían adscritos el sapainca y los sumos sacerdotes del Sol. La misión a la que se sentía predestinada la aristocracia cusqueña era, en consecuencia, la dirección de la guerra y el gobierno de la humanidad. El gobierno civil y militar marchaban al unísono, en poder de la misma clase y de las mismas personas.
Incas y jatuncuracas se casaban entre hermanos para mantener la pureza de la sangre, sobre todo la del sapainca, considerada de origen divino. El incesto como la poligamia conformaba un privilegio de nobles para no contaminarse con plebeyos. Claro que desde Sinchi Roca a Pachacútec se suspendió dicha usanza, pero por tazones eminentemente de interés político y de sobrevivencia. Empero, establecido el imperio, tal conducta y tradición fue restaurada a todo dar.
Ya a partir de Túpac Yupanqui se percibe como los orejones del Cusco comienzan a perfilarse como una verdadera clase ociosa. Dueños de las mejores tierras y abundantes yanaconas, y con redistribuciones cuantiosas y continuas que percibían de los almacenes, pasaban una vida rodeados de boato, lujo y lujuria. Las tardes las transcurrían avezadamente en medio de animados toquis (diversiones con música y danza), consumiendo chicha en ingentes cantidades. Huáscar alguna vez mostró repugnancia por ese tren de vida; hasta amenazó con quitar las tierras que disfrutaban las momias incas, que precisamente daban pábulo a tanto consumismo. Pero su intento le costó caro, porque fue repudiado y abandonado por sus generales, que se plegaron a Atahualpa.
El tratamiento y la conservación del cadáver variaba según la clase social del muerto. La ostentación envolvía a las momias de los incas y curacas. La categoría de hijo de dios que detentaba el soberano, obligaba a que sus restos mortales fueran tenidos como si prosiguieran en estado vivo: lo sentaban en su trono (ushnu) lujosamente ataviado, exhibiendo su mascaipacha y demás insignias, cubriéndole su rostro con una delgadísima máscara de oro. Aunque difunto, una serie de mujeres le continuaban sirviendo en calidad de esposas. Sus tierras seguían siéndole cultivadas por yanayacos, cuyos productos servíanles para el mantenimiento de sus mencionadas “esposas” y servicio, a más de formar parte de las ofrendas rituales. Muchas tierras del Cusco no tenían otra finalidad que ésta. En las grandes solemnidades se las sacaba procesionalmente para pasearlas por las calles de la capital y la plaza de Aucaypata, para rendirles homenajes. Pensaban que contribuían a eternizar el poder y bienestar de los anan y urincuscos.
El corazón del sapainca, pulverizado, se lo guardaba en el interior del ídolo Punchao (Sol), en el Coricancha. Mientras que a sus vísceras se las enterraba en el solar donde había nacido. Si moría lejos, sus yertos despojos eran llevados al Cusco para ser guardados y cuidados en los que habían sido sus aposentos, en tanto una estatua suya se la colocaba en el interior del Coricancha. La conservación y culto de las momias referidas no demandaba gastos al erario real ni a los ayllus comunes, ya que a cada una de ellas se la sostenía con el patrimonio personal formados y acumulados por cada inca cuando vivo.
§. Alto sacerdocio
El sumo sacerdote del Sol, debido a su condición de jefe de los urincuscos, gozaba de derechos y preeminencias que, por poco, se equiparaban al jefe de Anancusco. En general el grupo sacerdotal, encargado del culto solar, componía una casta específica. Todos ellos pertenecían privativamente al ayllu de Tarpuntae. El clero del Sol estaba, por lo tanto, enquistado y configuraba una comunidad cerrada, celosa centinela de sus prerrogativas. El santuario máximo donde oficiaban tenía por nombre Coricancha.
He ahí por qué ellos y sus templos usufructuaban extensos dominios territoriales. Al igual que los nobles de Anancusco no participaban en aynis, ni mingas, ni mitas.
Pero aparte de lo que acaecía con los tarpuntaes, había templos y comunidades sacerdotales que tenían demasiados privilegios, a un nivel que parecían emular con el Estado. Por ejemplo los de Titicaca y Pachacamac. El último, a más de estar enriquecido con propiedades prediales, acumulaba cuantiosos montos de metales preciosos y otros productos en mérito a ofrendas que le llegaban y traían de todas partes.
§. Incas simbólicos
Como corolario de la elevación al rango de incas simbólicos o de privilegio a las etnias vecinas, el área denominada estrictamente Inca se extendió en un gran espacio alrededor del valle del Cusco. La etnia Inca (de sangre) los absorbió en tal forma que la asimilación fue completa, con lo que la alianza y confederación quedó consolidada desde Canas y Canchis por el sur hasta Ollantaitambo y pampas de Anta por el oeste; o sea desde el valle del Apurímac hasta el de Vilcanota.
Los incas simbólicos también quedaron permitidos para celebrar el huarachicuy, para horadarse las orejas y cortarse el cabello; por cierto con diversos tamaños y materiales según el grado de fidelidad y muestras de adhesión en la contienda antichanca. Algunos ayllus de incas simbólicos fueron señalados para cumplir funciones en la organización política y administrativa del Estado; ya se mencionó el caso de los quilliscahis, equeccos y mayos.
La estructura del Estado tahuantinsuyano motivaba que los administradores ocuparan un puesto muy alto en el orden social. Dirigían el trabajo de otros y permanecían exentos de mitas (labores que exigían desgaste de energía física).
§. Artesanos
Entre los artesanos funcionaban categorías y status. Los más expertos y más antiguos se sentían superiores a los menos avispados y novatos en el oficio. Los que servían al inca se consideraban por encima de los que fabricaban por su cuenta para el trueque. E igualmente a los artesanos orfebres y plateros se les reputaba superiores a los olleros, chicheros, carpinteros, ojoteros. Los artesanos famosos, entre ellos los célebres orfebres procedentes de la costa, o los cumbicamayos del Collao, se sentían mejores que los simples artesanos y tejedores de telas de abarca (corriente). Y así sucesivamente.
§. Mercaderes
Mención cuidadosa merecen los mercaderes, individuos que operaban primordialmente en la costa centro-norte, e incluso en la isla de La Puna y en Jos países de los huancavilcas y chonos, y asimismo en el extremo septentrional del Chinchaysuyo (Quito, Cayambi, Carangue, Pasto), donde recibían el nombre de mindalas (mindala). Esencialmente controlaban el comercio del mullu y de las caracolas coloradas. Estaban exonerados de ayni, minga y mitas. Claro que pagaban tributo a sus curacas y al Estado, pero en especies. Cuando los mindalas requerían el trabajo de otros, a éstos los contrataban y les compensaban por sus servicios entregándoles cosas exóticas y valiosas de su stock comercial. Por deambular por lejanos pueblos y conocer otras lenguas, se les utilizaba como agentes políticos y espías. Integraban un grupo rico y poderoso que, actualmente, es tema de intensos estudios por parte de los historiadores especializados en el espacio andino.
§. El jatunruna
Los jatunrunas, habitantes que componían los ayllus o comunidades eran el prototipo del habitante andino; representaban a la población del área y conformaban la mayoría de la población. De vida eminentemente rural, proporcionaban energía para todo género de trabajos: familiar, colectivo y estatal. Socialmente constituían los campesinos. De entre ellos se sacaban, por tumos y tandas, a los mitayos para todo tipo de labores y servicios. Incluso de allí se obtenían los mitmas, acllas, artesanos y leva de reclutas para los ejércitos. La vida y tranquilidad de las familias, del ayllu, del sacerdocio, de las panacas, de los curacas y del Estado descansaban en el trabajo de los jatunrunas, que dependía del calendario y minuciosa planificación de las autoridades. En lo que toca al Estado, demandaba trabajo mediante estrictos tumos debidamente remunerados para que nadie se sintiera agraviado.
Por lo tanto, todos los runas no mostraban el mismo status; unos ostentaban más rango que otros. Así, los músicos y bailarines que prestaban servicios en los aposentos reales y templos exhibían más prestancia que los músicos y danzantes que sólo las ejecutaban en sus ayllus. Igualmente a los mitmas destacados para a represión y control militar y político se les .consideraba superiores a los mitmas deportados por desleales.
No eran en realidad esclavos, como quieren ver algunos, sino más bien campesinos sometidos a prestaciones de servicios calculadas por turnos, porque a nadie se le obligaba a trabajar toda su vida. La del jatunruna constituía la mano de obra indispensable; y sin ellos todo habría perdido valor en el Tahuantinsuyo.
El jatunruna desde el instante que tomaba mujer tenía derecho a tierras de labranza y a que sus parientes del ayllu le edificaran su casa, ya aledaña, o ya lejana a la de sus padres.
Izquierda: Balsa de totora, unipersonal, llamada ahora “caballito". Muy útil para la pesca (cerámica Chimú). Derecha: Una nave de palo de balsa, en la que navegaban frecuentemente de Paita a Panamá, y también hasta Chincha.
La ruta comercial que cubrían los mercaderes de pescado algas y sal de Punta Illescas (Palta) a la cuenca del Chuquimayo (San Ignacio/Jaen).
Vivía en realidad feliz, no se sentía desgraciado porque satisfacía todas sus necesidades vitales, inclusive durante las sequías, heladas y terremotos, gracias a las donaciones que, en tales oportunidades, le hacía el sapainca de sus inagotables almacenes, siempre repletos merced a la labor de los mitayos. Ya se vio que las tareas en las mitas no eran perpetuas y además se le remuneraba con alimentos, bebidas y coca durante esos días. Tampoco iba a las mitas solo, sino con su familia nuclear y camaradas de su ayllu, donde el trato era igual para la integridad. Y por encima de todo lo hacía en servicio del sapainca: el hijo del Sol. Los únicos que se sentían amargados eran los curacas o aristócratas de las etnias conquistadas, quienes, anhelantes por recobrar sus poderes absolutos y fueros perdidos, no vacilaban en provocar revueltas contra el poder imperial, alentando sublevaciones entre sus campesinos, como aconteció con los reyes collas, tanquiguas, chachas, cayambes, carangues, huancas, etc.
§. El ejército profesional
Por igual, merecen mención especial los soldados profesionales que por sus servicios percibían tierras del rey y que cada vez obtenían una creciente influencia y poder. En ciertas zonas, como en Charcas, conformaban ya castas, legando a sus hijos sus cargos y posiciones, figura común y corriente a partir de Túpac Yupanqui en los territorios Chuy, Caranga, Charca, Caracara y otros.
§. Yanaconas y yanayacos
Otra categoría social bastante notable es la del yana, persona que deliberadamente vivía en condición servil en beneficio de los grupos elitistas y de otros privilegiados. Como todo lo demás, no fue una creación o invención de los incas, puesto que dicha institución ya existía desde épocas muy anteriores, como lo demuestran los manuscritos de Yampará y Charcas (siglo XVI). Pero en el Tahuantinsuyo, por razones explicables, adquirió un importante incremento, principalmente cuando Túpac Yupanqui avasalló y reprimió a los rebeldes tanquiguas que habían provocado una revuelta de excepcional gravedad. Por intervención de la coya no continuó con la masacre, transformando a los sobrevivientes en hombres y mujeres de condición servil, repartiéndolos entre los parientes y favorecidos del sistema. Entonces una de las fuentes del yanaconazgo era la guerra represiva, o en otras palabras, el prisionero.
Pero también hubo otras: la herencia familiar, de padres a hijos; o el simple capricho de un curaca y del sapainca de tomar individuos de cualquier comunidad para donarlos a otros en calidad de yanas, a veces en gran cantidad, como ocurrió con los caciques Cusichaca, Guacrapáucar y Apo Alanya, del valle Huanca, quienes entregaron a Francisco Pizarro decenas de subordinados suyos en condición de yanas.
El sapainca donaba yanas a jefes guerreros, a altos funcionarios, a curacas, a señores y señoras de la alta clase social. Una vez que pasaban al citado servicio, quedaban desvinculados de sus aylius y adscritos a perpetuidad a sus nuevos amos, transmitiendo su status y categoría hereditariamente, de modo que el beneficiario y sus descendientes no sólo conservaban sino acrecentaban el número de yanas con los hijos y nietos de los antiguos. Los yanas pertenecientes a personas o a familias no percibían redistribuciones.
El yana, por lo usual, era un siervo de por vida, transfiriendo su clase a sus descendientes ad infinitum. Era excepcional que alguno hubiera podido recuperar u obtener su libertad, cosa que es mencionada por el visitador Garci Diez de San Miguel; si bien no se sabe qué pasos y procedimientos se seguían para ello.
Los yanacuna (o yanas, castellanizado) desempeñaban trabajos de toda índole, pero en lo esencial tareas serviles en las labores domésticas, pastoriles y agrarias. Cuando destacaban intelectivamente, o por su fidelidad, sus señores les encargaban misiones de alta confianza y responsabilidad; así por ejemplo el poder cusqueño designó a determinados yanas para que se desempeñaran como curacas en Chachapoyas y en Collique (valle bajo del Chillón/Huaral). En tales casos se hacían acreedores a retribuciones y redistribuciones. Por lo tanto, aunque el yana constituía un trabajador servil, podía en ciertas oportunidades ejercer puestos de elevada confianza.
A su ocupación se la conceptuaba como una ayuda; es decir, como un ayudante de algo. Lo cual, es evidente, no hace otra cosa que confirmar su rol; porque todo a quien se le adjudica una tarea servil no hace otra cosa que trabajar para descargar el cansancio del otro, con lo que reafirmaba su papel de fámulo o lacayo.
Entre los yanas había rangos o status, como los hay en toda agrupación social. Así, los que se ocupaban en cargos públicos, administrativos y/o militares, incuestionablemente permanecían en el más alto peldaño de su clase, por cuanto en as “provincias” donde iban a ejercer los runas les acataban como a jefes máximos. Por igual los yanas que prestaban servicios en aposentos regios de incas y coyas se sentían y se les consideraba como sirvientes y siervos de rango superior a los yanas que asistían o “ayudaban” en tareas bajas (lavandería, barrido, cocina). La gente plebeya no tenía yanaconas, excepto los pongos de los mismos yanas.
Los yanas, por estar desligados de sus ayllus, perdían sus derechos en éstos; p.e. no se les repartía tierras, corriendo su existencia a cargo de sus señores y amos. Pero cuando algunos pasaban a desempeñar puestos prominentes (curacazgos) participaban de las retribuciones y redistribuciones del Estado. Si se les destinaba a las mansiones de grandes personajes (curacas, guerreros de la plana mayor, aristócratas), sus amos tenían que proporcionarles vivienda, ropa y alimentos. Pero cuando se les consignaba al trabajo agrario, en tal situación los señores (fuesen curacas, o el sapainca) les facilitaban un lote de terreno en usufructo para que produjeran sus víveres; la citada parcela se la señalaban dentro de las posesiones que correspondía al señor o amo, no en las del ayllu. Y cuando se les dedicaba a tareas pastoriles, se les permitía poseer alguna cabeza de ganado, que les regalaba el propio dueño o patrón. Todo eso, son hechos que sirven para reflexionar que durante los últimos incas se había iniciado el comienzo de una feudalización, sin que ello quiera decir que estemos frente a un modo de producción feudal.
Asimismo, recibían diversos nombres según a quien estuvieran sirviendo. Cuando lo hacían en beneficio de personas o familias se les llamaba vana o yanacuna; y cuando pasaban a formar parte de la servidumbre del sapainca y del Estado se les denominaba yanayaco o yanayacocuna. Otra diferencia es que cuando prestaban servicios en tierras y casas de los magnates se les conceptuaba o consideraba individual o familiarmente (padre, madre e hijos). Pero cuando paraban en las grandes posesiones territoriales del sapainca y del Estado, como acaeció en Porcón (que eran pastos estatales) y en Shultín, olleros que fabricaban también para el Estado (ambos lugares en Cajamarca), en los cuales, por ser muchas familias nucleares, conformaban un ayllu de yanayacos, pero desvinculados de sus tierras y etnias de origen. En tales circunstancias los referidos ayllus de yanayacos permanecían dirigidos por un jefe al que, corrientemente se le llamaba pongo, con derecho inclusive a tener varias esposas, y a que sus subalternos le prestaran servicios en su casa, chacra y otros menesteres. Así lo expresa también la documentación de la huaranga de Huaraz (Urinhuaillas). O sea que existió un suficiente número de yanas que disfrutaban de cargos (pongos vg.) que otorgaban prestigio y bienestar entre los de su clase; aparte de lo que sucedía con los que pasaban a desempeñar otros puestos estatales.
Los yanas desvinculados de toda obligación con sus ayllus de procedencia, dependían exclusivamente de las personas y familias a quienes el jatuncuraca o sapainca les había distribuido y adjudicado. Tratándose de yanayacos caían bajo la jurisdicción directa del sapainca, a quien le representaba su respectivo tucricut que regía a su nombre en cada circunscripción regional, el que a su vez se ponía en contacto con el ayllu de yanayacos por medio del mencionado pongo. Los yanas y yanayacos comprendían, pues, a hombres, mujeres y chicos, a familias íntegras.
Sin embargo, no obstante lo que acabamos de decir, es imposible calificarlos de esclavos por las siguientes razones:
1. porque, ya se dijo recibían una parcela para levantar su choza y sembrar sus alimentos.
2. Porque se les reconocía la propiedad de bienes muebles y semovientes (ganado).
3. Porque, tratándose de ayllus de yanayacos, tenían su jefe con un estatuto parecido al de un curaca de ayllu libre.
4. Los yanayacos al servicio del sapainca en el Cusco y otras grandes llactas gozaban de un alto nivel de vida, participando holgadamente en fiestas, banquetes y en todo acto de redistribución, a veces en mejor situación que muchos curacas de etnias lejanas que para tales acontecimientos también arribaban al Cusco y demás llactas.
Pero si bien no constituía una institución esclavista, en cambio fue, es evidente, una institución de carácter servil, por los siguientes motivos:
1. vivían en casas y chacras ubicadas en terrenos y pastos de sus señores, usufructuando parcelas de cultivo que se les asignaba.
2. Sus amos podían castigarlos y resolver sus pleitos, pues dependían de ellos.
3. El trato que se les daba no era inhumano. No se les traspasaba, ni vendía, ni alquilaba, ni empeñaba, aunque parece que sí se los prestaba a otros.
4. No se abandonaba a nadie, por viejo, ni enfermo.
5. En casos de injusticia podían apelar al sapainca.
6. Podían ser testigos.
7. Se agrupaban en ayllus de yanas, cuyos jefes a su vez podían tener sirvientes.
8. Heredaban algunas cosas de sus señores.
9. Podían ser “liberados” y reincorporados a sus comunidades de origen.
10. Se casaban solamente entre yanas y estaban reservados de determinadas ocupaciones y obligaciones (mitas).
11. A los yanayacos también se les utilizaba en la guerra como transportistas de armas y vituallas.
Un pescador de la etnia Chango, en plena navegación, costa de Arequipa Tarapacá
Una mujer yana de Quito.
El trato que se les daba divergía. Algunos gozaban de enorme confianza por parte de sus señores, hasta el punto de hacerlos espías, jefes de algunas tropas de soldados e incluso promocionándolos al puesto de curacas. Para los trabajos que desempeñaban se tenía en cuenta sus edades y sexos. Entre ellos mismos practicaban el ayni.
Usaban ropa y adornos propios de su clase. Por consiguiente, entre ellos mismos había rangos y status diferentes. No constituían mayoría frente a los mitayos, aunque a partir de Huayna Cápac parece que iba en incremento.
§. Llacuaces, uros y changos
En la sierra central y norteña vivían otros ayllus de ganaderos con su hábitat en las punas y jaleas, muy despreciados por sus vecinos por diversos motivos; entre éstos por descender de unos invasores que destruyeron a los huaris: los remotos habitantes nativos de la región; y porque su propia vida huraña y hosca, inherente a los pastores de las altas cordilleras, los hacía repelentes. Se les llamaba llacuaces, palabra muy despectiva, cuya área de dispersión cubría desde las punas de Yauyos y de los huancas hasta Cajamarca y Guayacondo (Huancabamba-Ayabaca). Se les reputaba foráneos, forasteros llegados en tiempos relativamente muy recientes.
Los llacuaces moraban en las partes altas, mientras los huaris en las bajas de la serranía. Y entre unos y otros, no obstante esa contradicción se visitaba en épocas de cosecha para intercambiar sus productos, en medio de una expectante complementariedad.
A continuación existían otras agrupaciones atrozmente marginadas y desdeñadas, víctimas de prejuicios culturales, sociales y hasta raciales. Se trata de los uros, changos y moyos, las tres pertenecientes a estadios económicos muy primitivos: pescadores, recolectores y cazadores, a pesar de vivir cerca o en medio de los aymaras, sociedad de avanzada prosperidad agropecuaria. No se les reputaba como seres humanos, sino como sabandijas e insectos. Un uro ni siquiera podía ingresar a un tambo servido por mitayos aymaras a pedir un vaso de agua, porque se le rechazaba groseramente.
§. Pinas o pinas (esclavos)
En cuanto a esclavitud el autor del presente ensayo ha llegado a la persuasión de que sí los hubo en el imperio de los Incas, pero más en las décadas postreras, a partir del referido Huayna Cápac. En quechua se les decía pina y pinacuna.
Hay, efectivamente, evidencias lingüísticas y documentales de que se practicaba la esclavitud. Los que quedaban sometidos a ella eran ciertos prisioneros de guerra, que aun en tal situación no admitían la derrota, como sucedió con algunos centenares de pastos, carangues, cayambes, quitos, cañares y chachas. Se les reubicaba en la selva alta o ceja de selva para dedicarlos de por vida a la producción de coca en ecologías verdaderamente agresivas. Se les daba el nombre de pinas, designación que se extendía a sus mujeres e hijos. Su número nunca fue elevado en comparación con la población total, bien que desempeñaban un rol notabilísimo.
No constituían un signo de lujo, por cuanto su posesión no estaba permitida a individuos ni a instituciones. A todos se les consideraba pinas del sapainca, el que únicamente los utilizaba en los cocales del Estado y en los suyos propios. No se les aplicaba en el trabajo de minas, canteras ni otras obras estatales, ya que en éstas laboraban mitayos proporcionados por los ayllus. Tampoco los regalaba a sus favoritos, ni a sus esposas, ni siquiera a los guerreros que expandían las fronteras imperiales y reprimían a los rebeldes; tampoco eran objetos de comercio, arrendamiento, ni préstamo.
La suerte del pina era muy triste en los cocales de la selva alta, pese a recibir por allí tierras de cultivo. Se trata de gente que no tenía el status de hombres ni mujeres libres. Pero lo original de a esclavitud andina es que todos eran propiedad del Estado y del sapainca solamente, quien no acostumbraba regalarlos ni venderlos a nadie. Nunca se ha encontrado a ningún pina que hubiera sido propiedad de personas (privada) o de instituciones tipo sacerdocio por ejemplo. No hubo, pues, tráfico de pinas. Pero existieron familias y ayllus enteros sometidos a esclavitud, todos con un status muy bajo y con obligaciones estrictamente conocidas. Su proporción, sin embargo, fue exigua en comparación con los runas libres e inclusive en relación con los panas. No se percibe que iba en aumento.
No se han descubierto mitos sobre el origen de los pinas Pero para su adquisición por el Estado y el sapainca sólo existieron dos formas:
1. prisioneros por delito de rebelión empecinada contra el sapainca y el imperio;
2. por nacimiento o sucesión familiar.
Además, hubo un sólo tipo de pinas, cualquiera hubiera sido su origen, por lo que el tratamiento fue igual para todos. Una sola ocupación les estuvo reservada: el trabajo en los difíciles cocales de la selva alta, produciendo para el Estado y el sapainca, distribuyéndose las faenas de conformidad a sus edades y sexos. No se les utilizaba en la guerra. No se les permitía portar armas, ni viajar. Tampoco conformaban comunidades con tierras colectivas ni privadas, aunque moraban en chozas configurando aldeas. Tenían sus jefes, supeditados a los gobernadores incaicos. Se casaban entre ellos mismos. Exhibían insignias peculiares de su clase para ser reconocidos como tales. Con todo, muy raros son los que corrían el riesgo de ser convertidos en pinas: los prisioneros recalcitrantes que no reconocían la derrota.
Únicamente el sapainca tenía derecho a la vida y muerte de los pinas. Y si bien el Estado les facilitaba tierras en usufructo para la producción y obtención de sus alimentos, arrastraban una vida cotidiana muy penosa en los cocales, debido a las aguas contaminadas, al clima caluroso y húmedo, a los enjambres de insectos mortificantes y, sobre todo, a la terrible e incurable espundia o uta que desgarraba sus rostros.
Se ha dicho ya que pertenecían al Estado; pero ellos podían ahorrar productos y trocarlos, y tenían el usufructo de las tierras estatales que ocupaban. Practicaban la endogamia y no se sabe si el sapainca concedería la libertad manumitiendo a algunos.
Un documento de 1563 expresa sobre ellos: “Sabrás por cosa muy cierta que los ingas, señores de esta tierra, cuando conquistaban una provincia de gente brava y feroz y hacían daño al ejército de los ingas, o que algunas tierras ya conquistadas y pacíficas se les rebelaban, después de muertos muchos millares de los delincuentes y hartos los ingas de sangre y matar, los que dejaban vivos, a éstos enviaban a beneficiar y criar esta coca como por castigo y destierro grandísimo. Y destos es la mayor parte de los que hallastes en el beneficio de la coca cuando entraste en esta tierra. Y así hallarás indios cañares, cayampis, quitos, pastos y de otras naciones muy remotas. Y que los ingas, señores desta tierra los trasplantaron, como está dicho, por destierro y castigo de los delitos que cometieron. Y no digas ni creas que indios de otras partes entrasen a coger, ni a sacar, o beneficiar coca”.
§. Pampayrunas o mitahuarmis
La prostitución estaba permitida, reglamentada, controlada y garantizada por el Estado. Pero no la ejercían mujeres que por su propia voluntad e impelidas por la necesidad se hubiesen metido a ejercitarla. Lo cierto es que la practicaban por imposición del gobierno en una actitud realmente esclavista, En efecto, con la finalidad de que los solteros no trastornaran el orden social estuprando a muchachas o deseando a esposas ajenas, Pachacútec dio varias resoluciones regimentando la prostitución:
1. Que los prostibularios estuviesen edificados fuera de las llactas.
2. Que allí se ganaran la vida únicamente mujeres prisioneras, capturadas en las guerras.
3. Que percibiesen un pago dado por cada cliente que las solicitara.
4. Que en caso de resultar embarazadas y dar a luz, se les quitara a los niños para alojarlos en casas especiales a cargo de mujeres honestas que carecieran de hijos.
5. Considerar a tales chiquillos, hijos de todos los hombres que habían cohabitado con sus madres; y que una vez mayores se les encaminara como trabajadores a los cocales, al lado de los pinas. Y
6. Debían vivir en chozas individuales, impedidas de entrar en las llactas y ayllus. Precisamente por parar en el campo se les decía pampayrunas, o sea, mujeres públicas, dispuestas a recibir a cuantos querían acercárseles, por lo que también se les decía mitahuarmis: mujeres de turno. Los hombres casados las trataban con desprecio; y las mujeres honestas ni siquiera les dirigían la palabra, so pena de ser calificadas con el mismo nombre, ser trasquiladas en público y declaradas infames, a más de ser repudiadas en situación de estar matrimoniadas. Así lo aseguran Betanzos y Garcilaso. Lo que no se sabe es qué ocurría cuando ancianas, edad que las imposibilitaba seguir en el oficio que les había impuesto el Estado.
§. Una sociedad de clases
Como vemos la formación económico-social andina: Horizonte Inca, fue una sociedad de clases, con grupos fuertemente cerrados, con diferentes status y derechos condicionados por la descendencia familiar y étnica. Ello determinaba la riqueza, la ocupación u oficio, la vestimenta, sus adornos, su vida cotidiana. Configuraban grupos exclusivos y permanentes con barreras sociales insalvables, con actividades económicas diferenciadas. Sin embargo, la desemejanza estricta no era racial sino económica y social. Cada grupo tenía derechos, obligaciones y privilegios; cada cual poseía sus mitos y simbolismos mágicos; sus miembros estaban sujetos a tabúes o prohibiciones. La case y la casta se heredaba. Con todo, se reconocían los méritos de los individuos de los estratos inferiores. Así, los estrategas, guerreros valerosos, artesanos habilidosos y adivinos que no se equivocaban gozaban de prestigio; pero los merecimientos de los progenitores no se transmitían a los hijos, bien que éstos podían sentirse orgullosos de sus padres.
Capítulo 10
El supremo y absoluto poder. La elite inca
Contenido:
§. El sapainca: descendiente de dioses y rey de reyes
§. Cusco: corazón del imperio y sede del poder supremo
§. Fiestas del Cusco
§. Otras llactas
§. El carácter de las llactas incaicas
§. El sapainca: descendiente de dioses y rey de reyes
Ya se sabe que había dos incas simultáneamente, uno de Anan y otro de Urin, aunque la doble presencia recién llegó a reactualizarse en el Cusco durante Inca Roca, quien separó los poderes. Hubo, pues, dos administraciones o jefes máximos, sin que ello signifique la existencia de dos monarquías paralelas, sino de una sola debidamente unificada si bien con intermitentes contradicciones internas. Los dos gobernaban paralelamente; tenían sus bienes y tesoros comparables. Sin embargo el de Anan reunía más rango por ser el que manejaba la vida cívica, política, económica, social y militar. Por eso se le decía sapainca, a diferencia del otro que concentraba en sí el más alto poder sacerdotal, dirigiendo el culto solar, pero, qué duda cabe, con una enormísima influencia. Cada cual usaba sus símbolos y parafernalias bien determinados. En el sapainca lo más resaltante era la mascaipacha, el yauri (cetro), el sunturpáucar (especie de pica emplumada) y el uslmo o trono de oro para sentarse durante los actos públicos y oficiales. En ciertas ceremonias religiosas adicionaba a los anteriores la famosa napa: una llama blanca vestida con telas rojas y adornada con cintas de colores. El otro, en cambio, ostentaba un tocado diferente y un traje talar consistente en una túnica blanca que descendía de los hombros a los pies. Pero eso sí, ambos poseían banquitos o tianas de oro, otro símbolo de alto poder. Los adornos, vestidos y cualquiera otra de sus prendas, estaban divinizadas.
Debido precisamente a la vida religiosa del inca de Urin, que siempre se desempeñaba como sacerdote del Sol, poca figuración tenía en las actividades política y militar, pese a que casi de continuo acompañaba al sapainca en sus campañas. Al sumo sacerdote se le reputaba el servidor o “esclavo” del Sol, a diferencia del sapainca a quien se le conceptuaba el “hijo del Sol”. El sumo sacerdote invariablemente pertenecía a la estirpe de Urincusco, especialmente al ayllu Tarpuntae. Podía reemplazar al sapainca en ciertas situaciones de ausencia, enfermedad y muerte, lo último en caso de no existir correinante, como acaeció con el sumo sacerdote Colla Topac, que concentró las riendas supremas del poder después de los decesos de Huayna Cápac y Ninan Cuyuchi, en tanto los orejones de Anan definían la elección de Huáscar. El supremo sacerdote llamado Huillac Huma también sustituyó a Manco Inca los meses que duró el sitio del Cusco contra los españoles.
El de Anan, al asumir el mando como sapainca se cambiaba de nombre. Su aceptación y elección debía contar con la anuencia de los orejones, o por lo menos de la mayoría de éstos. Desde luego que, en ello, las esposas del sapainca difunto jugaban un rol muy notable a través de intrigas, devoradas por la ambición de ver a sus hijos luciendo la mascaipacha.
La casta que detentaba los supremos poderes justificaba su status y posición mediante dos mitos (el de Manco Cápac y el de los Ayar) que simultáneamente cumplían dos papeles:
1. la “aclaración” de sus orígenes, y
2. la función que debían realizar en el mundo (andino). Esos mitos constituían, en definitiva, la “ley” o “carta magna” que legitimaba el ejercicio del poder desplegado por la casta Inca residente en el Cusco. De ahí que a la figura del fundador de la etnia Inca, Manco Cápac, cada vez se le legendarizaba más y mitificaba convirtiéndolo en un paradigma ejemplar, en un arquetipo, al extremo de que hoy, algunos historiadores dudan de su existencia real. Sin embargo, todo ese proceso de ficción sólo tenía una meta: reforzar la posición de la clase dominante, y ante todo la del sapainca, palabra que puede ser traducida al castellano como emperador. He allí la causa de la preocupación de cada nuevo soberano o sapainca de llevar una vida semejante a la de su predecesor, reproduciendo sus grandes rasgos e imitando sus acciones, hechos, obras, gestos y pensamientos: lo que ha dado también motivo para que varios autores apresurados crean que se trata de un solo personaje y no de tantos soberanos.
Diversos trajes del sapainca, según las funciones que le tocaba desempeñar
1) Plumas del ave Ccorekenka.- 2) Borla (púyllu).- 3) Casco (chucu).- 4) Cetro (sunturpauccar).- 5) Cordón (llauto).- 6) Arillo (tulumpi).- 7) Ra- pacejo (mascaipacha).- 8) Capelina (phullu).- 9) Pequeño cetro (maccana).- 10) Escudo con su banderín (pullcancca con su huifala).- 11) Pulsera (chchipana).- 12) Franja (tocapo).- 13) Capa (Hacedla).- 14) Flecaduras (saccsa). - 15) Sandalia (usuta).- 16) Placa metálica (accorasi).- 17) Túnica (uncu).
Así como los curacas aseveraban derivarse de un remoto progenitor (mallqui), a cuya momia se la veneraba como a la huaca del ayllu, los incas idearon y convencieron de su vínculo o parentesco con el Sol y la Luna, dos divinidades astrales y de quienes se sentían descender. Por lo tanto, el sapainca era hijo de dioses; un hombre divinizado, por lo que su vida y actos frente al público estaban sometidos a rigurosas reglas ceremoniales. De allí emana por qué al origen del poder supremo le atribuían a la voluntad y decisión divina: un mandato del Sol, el cual compadecido de la miseria e ignorancia suma en que vivía a gente, envió a sus hijos para que emprendieran una campaña civilizadora. Desde luego que los historiadores actuales no creen en estas quimeras, pero la casta Inca logró que sus autoinvenciones fueran aceptadas por las multitudes, pese a que los de la elite sabían muy bien que eso no era verdad. Así alcanzaron a realzar su presencia e imponerse sobre las demás etnias.
El sapainca, en consecuencia, por ser conceptuado hijo del dios Sol, participaba de su divinidad. Y tal entelequia constituía otra de las particularidades esenciales de la etnia Inca. Y dicha concepción perduraba hasta después de fallecido, por lo que a su cadáver se le disecaba, veneraba y rendía culto. De modo que esta credibilidad no se la recibía como una mera fantasía generada y propalada por aduladores, sino como una autenticidad creída por las masas campesinas. Afirmaban que gracias a las acciones e iniciativas del sapainca la población podía vivir, que las cosechas abundaban, que la prosperidad se tomaba inagotable. Así lo decía y propalaba el grupo dominante y la historia oficial de aquellos tiempos.
Consecuentemente el sapainca ejercía el cargo como representante de los grandes dioses. Su poder e insignias, aducían ellos, les había concedido el dios Sol; y en no pocas ocasiones llegaron a asegurar que lo recibieron del mismísimo Apo Ticsi Huiracocha Pachayachachi. Ante tales nociones se autoconsideraban propietarios directos, amos y señores de todos. Autodotados de una autoridad absoluta decidían lo que se debía hacer en el imperio, estableciendo numerosas obligaciones a cada cual, que desobedecidas equivalían a impedir el logro de la plenitud en sus más brillantes aspectos.
El sapainca venía a ser el vocero de los dioses mayores, y el Estado una hechura de esos dioses. El sapainca acababa así como el representante divino del mundo, lo que iba a determinar los deberes ilimitados del jatunruna para con el soberano y el Estado. Tales ideas iban a garantizar la estabilidad y curso del mundo. El Tahuantinsuyo, fue, pues, de acuerdo a los intereses del grupo dominante, de origen divino por ser expresión de la voluntad del dios Sol y del supremo Ticsi Huiracocha. De ahí que el jatunruna debía estar al servicio del sapainca y del Tahuantinsuyo. El supremo soberano tenía, se ve, su dios familiar: el Sol, llamado en quechua Inti, lo que le daba un poder omnímodo no sólo a él sino a todo su linaje y etnia, tanto en lo espiritual como en lo temporal.
En todo momento el sapainca configuraba el centro del Estado, el punto de partida de la autoridad, confiando el gobierno regional a parientes consanguíneos o a parientes ceremoniales suyos, mediante un engranaje de sucesivas delegaciones estructurando permanentemente un esquema administrativo de funcionarios. Encaen puquina (asimilado después al aymara), o Inca ya quechuizado, cabalmente significa el principio generador o vital, la fuente y origen de la felicidad. Lo que equivale a decir un arquetipo, un modelo original de todas las cosas, un ser sagrado, un dios. Capac corresponde a grande, poderoso, rey; o en otras frases: grupo dominante y dirigentes Yupanqui es, en cambio, memorable, digno de recordación.
Pero el sapainca, debido a las funciones prácticas que desempeñaba acabó significando lo que en castellano designamos como emperador; o sea la mayor de todas las jefaturas, o en otros términos: rey de reyes. Por ello fue necesario anteponerle, para distinguirlo a cabalidad, esa otra voz: sapa, es decir sapainca: el único rey, el rey de reyes.
Es fácil comprender que la vida de un sapainca discurría como la vida de un hijo de dios, por lo que era objeto de culto y adoración. Cotidianamente no se dejaba ver de las multitudes; pero a su paso éstas se prosternaban. Sus actos públicos estaban regimentados por estrictas reglas de etiqueta. Tenía trajes y tocados sui generis según los actos y campañas en las que intervenía. Se lo conducía en andas recargadas de joyas y adornos de oro, plata, piedras preciosas y plumajes de gratísimos colores. En público siempre aparecía con su parafernalia típica. De continuo estaba sometido a prácticas breves de purificación ritual (consistente en baños, privándose de sal, ají y chicha, a más de una corta abstinencia sexual).
Dentro del mismo plan de divinizar su persona figura el sobrenombre de intichuri que cada sapainca recibía del sumo sacerdote el día de su entronización. Dicha categoría lo convertía en el mediador privilegiado entre el mundo de aquí (caypacha) y el de las divinidades (ananpacha). La mencionada invención y concepción ideológica justamente lo transfiguraba en el ser que garantizaba el bienestar material y moral de los millares de jatunrunas.
Como resultado del pensamiento anterior, él y su esposa principal tenían que iniciar el año agrícola, para lo cual existía habilitada una chacra especial llamada Sausero, al sur y muy cerca al Cusco. Allí, cogiendo una taclla de oro abría el primer surco, con lo que esa y las demás parcelas del imperio recobraban su vitalidad productiva. En tal ideología también está la explicación del porqué una vez al año, durante la estación invernal, presidía la gran fiesta cusqueña del Sitúa, con la finalidad de echar del territorio las enfermedades y asegurar la buena salud, la felicidad y longevidad de sus habitantes. Y por fin, su condición de intichuri o hijo del Sol lo ponía en posición de ser el único ligamen entre el orden cósmico (natural) con el orden social, de manera que canalizando las fuerzas del cosmos mantenía su equilibrio, apareciendo como el único hombre que podía evitar cualquier catástrofe. Y tanta fue la vehemencia con que propagandizaron estas cuestiones supraestructurales que lograron convencer a miles de habitantes de que así era en efecto. Para ello, se aprovecharon, naturalmente, de cualquier tipo de accidentes, moldeándolos a sus intereses, como acaeció con Pachacútec cuando se produjo la erupción de un volcán que asoló Arequipa. Al respecto crearon el mito de que se hizo conducir hasta el cráter, a cuyo interior lanzó con una honda bolas de arcilla mojadas en sangre de llamas sacrificadas, con lo que el volcán se apaciguó en seguida.
El traje del sapainca era de pelo de vicuña tejido y confeccionado por los yurac acllas del Cusco y Coatí, de preferencia. Jamás se ponía un vestido y un par de calzado por segunda vez; y cuando al que portaba le caía la más simple pizca de algo que pudiera mancharlo aun en la forma más leve, de inmediato se lo cambiaba, de manera que no era nada raro de que en un solo día se mudara hasta 4 veces de ropa. Cosa que no sucedía con otros personajes; y muchos menos con los jatunrunas, quienes, corrientemente apenas tenían dos trajes, no reemplazables hasta que estuvieran hechos unas piltrafas. A la indumentaria que se sacaba se la guardaba en trajes especiales, para quemarlas en determinadas ceremonias rituales. Sus joyas quedaban para integrar los adornos de su momia. La vestimenta del sapainca tenía sus colores y decorados específicos, que tipificaban a quien la llevaba como a inca de sangre. Nadie en el imperio debía innovar su vestuario nacional o étnico, adoptando las figuras y colores de otras. Pero de dicha medida quedaba exceptuado el sapainca. Por eso Pachacútec, cuando emprendió una visita por sus posesiones, por cada etnia que atravesaba poníase el atuendo que ahí acostumbraban usar con la finalidad de ganarse las simpatías, lográndolo indudablemente.
Funcionaba a su lado un servicio singular y privativo encargado de recolectar las sobras de sus alimentos, que también eran quemados, e igual para juntar o acumular sus uñas, pelos y otros deshechos de su cuerpo, para darles el mismo fin. Todo lo cual demuestra, una vez más, que se consideraba un ser divino; pero también un hombre que ponía gran precaución para no dejar nada de lo suyo, evitando de aquella manera que algún opositor, de los que nunca faltaban, lo pudieran hechizar mediante la magia contaminante, que era practicada con excesiva frecuencia. Incluso sus esputos los arrojaba en la palma de la mano de una de sus esposas para que ella los tragara sin pérdida de momento.
El sapainca era una de las personas más aseadas. Como agarraba sus alimentos con las manos, se las lavaba antes y después de comer en una vasija de oro o plata sostenida por otra de sus esposas, secándose en seguida en servilletas o lienzos alcanzados por otra de ellas. En los caminos aledaños a aguas termales mandaba abrir pozas y piscinas para bañarse en compañía de sus mujeres. A estas pozas, como en la de Pultamarca (Cajamarca) conducían por medio de caños agua fría y caliente para temperarla a gusto. Sus esposas le frotaban el cuerpo con suaves piedras-pómez y hierbas jabonosas y aromáticas. Frecuentemente se depilaba con pinzas las ralas barbas que le brotaban en la quijada. Y permanentemente se hacía cortar el cabello.
Únicamente en su casa y en los templos solares y en algunas fortalezas se desplazaba a pie, andando bajo un quitasol portado por sus servidores enanos y jorobados. En lo restante ineludiblemente lo hacía sentado, y sólo en casos de guerra parado sobre una anda inauditamente suntuosa, combinando oro, plata y otras piedras preciosas, anda cuyo cobertizo era, justo, de hojas y ramas contranechas de oro.
Estos dibujos de Felipe Guarnan Poma de Ayala evocan algunos aspectos tanto de la vida cotidiana como de los ritos ceremoniales del sapainca.
Elegantes y finísimos cortinajes lo aislaban y cubrían por los cuatro costados de su anda, Apenas cinco etnias podían proporcionarle cargadores: los andamarcas, soras, lucanas y pariguanacochas para las expediciones guerreras y los callahuayas para sus paseos. Delante de él se movilizaba un enjambre de servidores vestidos con distintas libreas (uniformes) para diferenciar las funciones que desempeñaban: limpiadores del camino, danzantes, músicos. Casi nunca se dejaba ver por las muchedumbres, puesto que iba en su litera rodeado de colgaduras y velos que escasamente dejaban percibir su silueta algo borrosa; lo cual no era óbice para que los pueblos por donde transitara se le prosternaran en cuclillas. Y si a alguien se le permitía acercarse hasta él, tenía que hacerlo descalzo y con una carga simbólica en la espalda como signo de humildad, y sin mirarle de frente, hablándole por intermedio de un funcionario adhoc.
Cada sapainca, para mantener la pureza de su casta tenía que casarse con su hermana, la que se convertía en a mujer principal o coya, bien que podía reunir en su harén a señoras nobles pertenecientes a otras familias y etnias. Sin embargo, por razones coyunturales, desde el segundo inca de la relación oficial (Sinchi Roca) al décimo primero (Pachacútec) fue imposible de que constituyeran nupcias incestuosas, por la necesidad de matrimoniarse con hijas o hermanas de reyes o curacas de los señoríos y reinos colindantes al Cusco para generar vínculos de paz, o de ayuda, o de neutralidad mediante lazos de parentesco. Por entonces las conveniencias políticas les obligó a romper la norma consuetudinaria practicando tan sólo la exogamia. Pero una vez que Pachacútec fundó y consolidó el Estado imperial, al ver que la exogamia interesada de los jefes incas perdía algo de su utilidad política, reimplantó el incesto entre la alta realeza, o mejor dicho la endogamia familiar, tal como lo habían estilado sus remotos antepasados en Taipicala (Tiahuanaco) y tal como aún lo había practicado Manco Cápac. De ahí que Túpac Yupanqui se desposó con su hermana de padre, siguiendo análogo ejemplo Huayna Cápac. Pero aparte de esas esposas principales podían tener decenas de mujeres más, tomadas de entre las noblezas provincianas. Tal sistema no fue inherente a los incas solamente, ya que los jatuncuracas de los reinos también tenían por usanza tomar estado con sus hermanas, además de la cual, asimismo, tenían derecho a otras compañeras secundarías.
Los sapaincas o soberanos, desde el primero al último, al momento de ascender al poder se consideraban supuestamente pobres (huacchas) por excluirse de su grupo de parentesco sin llevar consigo ni retener ningún objeto como herencia, por cuanto las tierras y lo demás que pertenecieron a su antecesor quedaban para sus hermanos y demás parientes que configuraban la panaca dejada por el sapainca difunto que, por lo común, la conformaban centenares de personas, además de la numerosa servidumbre adscrita al servicio de la citada panaca. El nuevo inca, por lo tanto, tenía que agenciarse su propio patrimonio (tierras, pastos, ganado, aposentos, yanas), los que a su turno, producido su fallecimiento pasaban a sus hijos en conjunto, es decir a su linaje o panaca, que tenía entre otros cometidos el de cuidar su momia y retener en la memoria la biografía del sapainca extinto, conservando sus hechos gloriosos y manteniendo un culto permanente al cadáver divinizado. A partir de Inca Roca, los jefes máximos del Cusco inclusive tenían que edificar cada cual un particular y flamante aposento. Los cuatro anteriores a él habían residido por razones coyunturales en el propio Coricancha. Claro que panacas sólo fundaban los que en realidad habían ejercido el mando, o se les había reconocido en él. De los borrados de la historia oficial, como ocurrió con Tarco Huamán e Inca Urco, no quedó panaca alguna. Luego, debido a una guerra civil y a la invasión española, ni Huáscar ni Atahualpa tuvieron tiempo de conformar las suyas propias. Por eso en 1533 en el Cusco sólo existían once panacas.
Como ya se dijo el sapainca tenía derecho a poseer una cantidad crecida de cónyuges. Una era la principal y las demás-las secundarias. Pero eso sí, en ningún caso tomaba mujeres de la plebe; tenían que ser damas de alto rango. En caso de escogerlas en las etnias cuidaba de que fueran las hermanas, o hijas de los jatuncuracas. Y hubo ocasiones en que echaba mano de las reinas viudas, cuyos maridos habían desaparecido en las campañas de conquista. Huayna Cápac fue muy dado a este tipo de uniones.
El tomar esposas en cada etnia de las que componían el Tahuantinsuyo no era un afán machista ni un exceso de libido, sino estrictamente por razones políticas: convertirse en el yerno del rey regional sometido al Cusco y en el padre de un niño procreado en la hija, o hermana, o viuda del citado jefe regional. El infante, entonces, resultaba ser hijo del sapainca y a su vez el nieto del rey vencido. Meditaban que con tales vínculos de linaje y parentesco entre el poder imperial y el poder regional esos chiquillos iban a ser los mejores eslabones para mantener latentes las relaciones de paz y dependencia a favor del Cusco dominante.
Empero, la existencia de una esposa principal y de compañeras secundarias, no daba origen a la división de “mujeres legítimas” ni de “mujeres ilegítimas”, lo que a su vez tampoco connotaba la existencia de “legítimos” ni “bastardos” en lo que atañe a los hijos. Para ellos únicamente existían esposas e hijos principales y secundarios. Y tanto unos como otros, fueran esposas o hijos, con derechos y privilegios; ellas viviendo en múltiples oportunidades juntas, en una sola gran residencia, o distribuidas en cada etnia del Tahuantinsuyo. Ellos, además, al expirar el sapainca, pasaban a conformar la panaca o ayllu del extinto.
Por su mismo carácter de jefe guerrero, el sapainca, antes y después de hacerse cargo del supremo poder político y militar, quedaba sometido a la continua realización de prácticas deportivas, muchas veces de tinte violento para desarrollar y conservar su robustez física, necesarias durante los esfuerzos de la guerra. De ahí su habilidad para manejar las armas, hecho, por lo demás, que ya lo tenía demostrado desde las fiestas rituales del huarachico. Tomaba parte en guerras y cacerías, donde siempre se esforzaba por mostrarse hábil, fuerte y cuidadoso, para que las especies productoras de buena lana no fueran extinguidas, y para que todos los concurrentes recibieran su debida redistribución. Pero también intervenía en festejos y danzas. En sus aposentos no le faltaba servidumbre, varias esposas, abundantes y buenos potajes y bebidas, bufones, músicos, cantores y bailarines para alegrarlo a él, esposas e hijos. Entre sus acompañantes domésticos nunca faltaban jorobaditos de ambos sexos, sujetos considerados como portadores de buena suerte y dicha permanentes.
En la sucesión del supremo poder jamás tenían en cuenta el derecho de la primogenitura, ni que hubiese sido obligatoriamente engendrado en su esposa principal. Lo determinante para declarar a un hijo heredero y correinante era que el sapainca gobernante lo juzgara capaz física y mentalmente. Por lo menos esa era la teoría. En la práctica, los hechos, empero, dejaban mucho que desear. En primer lugar, las numerosas esposas del sapainca, como es comprensible, una por vanidad y otras por ambiciones, ansiaban que el sucesor fuera uno de sus hijos respectivos. Por consiguiente, influenciaban sobre su esposo, el soberano, para conseguir lo que cada una de esas codiciosas apetecía, para lo que se valían de intrigas y conjuras en las que hasta se propinaban veneno para eliminarse entre sí y a los pretendientes.
Hipotéticamente, en efecto, el correinado permitía al sapainca asegurar la sucesión designando a su heredero, asociándolo en vida como “corregente”. En la vida real, no obstante, las referidas precauciones servían para que las diversas esposas secundarias sacaran a relucir sus inclinaciones voraces hasta influir para que el soberano mostrara preferencias por otros hijos que, en realidad, no reunían las condiciones requeridas. Hubo circunstancias en que, por tales intromisiones, designaron como sucesores a sujetos innegablemente ineptos; como sucedió con Huiracocha que declaró heredero suyo al cobarde, inerme, corrompido y vil Urco, que ejerció el mando algunos años; siendo borrado después de la lista de reyes para evitar el deshonor y vergüenza de la etnia Inca.
La teoría, pues, pocas veces tenía buenos resultados efectivos, como lo constatan las endémicas intrigas del serrallo; y también las frecuentes guerras civiles provocadas por la captura del poder, como en cualquier otro Estado del mundo, aunque la etnia Inca, a través de sus voceros oficiales, trataba de negarlo u ocultarlo para no dañar su imagen a ojos de las multitudes, a quienes habían hecho creer que eran hijos de dioses y bondadosos padres de la totalidad de pobladores. De modo que el óbito de un sapainca y la entronización de otro casi nunca se llevaba a cabo en forma pacífica, porque los pretendientes y ambiciosos emergían para asaltar el poder mediante la fuerza.
Con la finalidad, pues, de que la transferencia fuera legal, ordenada y sin conjuras, se elaboraron una serie de mecanismos institucionalizados: principalmente el correinado y el secreto de la muerte de un soberano, no anunciándose tal hecho sino hasta cuando el nuevo estuviera ya seguro en el poder. El correinado consistía en que el sapainca reinante escogía a su heredero, teniéndolo a su lado, adiestrándolo en el ejercicio del mando, confiándole tareas de gran responsabilidad en lo administrativo y expediciones guerreras. En esa forma todos sabían quién iba a ser el futuro y nuevo sapainca. Sin embargo a veces se fracasaba por el fallecimiento simultáneo de ambos, como sucedió con Huayna Cápac y su bien apreciado hijo Ninan Cuyuchi; o por el deceso del soberano antes de que designara correinante.
En cuanto al sigilo que debían mantener sobre la muerte del sapainca, lo hacían con el objeto de que los avariciosos no se aprovecharan de la transferencia para dar algún golpe de Estado que pusiera en apuros o en peligro al legítimo sucesor. Este hacía su aparición cuando ya tenía asegurado el gobierno, para anunciar la celebración de los funerales de su predecesor. El mencionado secreto se mantenía durante un mes lunar.
A pesar de tantas cautelas, por regla general el final de cada reinado y el establecimiento de uno nuevo daba lugar a un período de crisis marcada por la violencia generada por algún pretendiente y conspirador cuyas ambiciones insaciables contaban con simpatizantes. Entonces aparecían los otros hijos y algunos de los hermanos del sapainca extinto para dar batallas en pos del poder absoluto en el Estado, tras de las cuales las numerosas viudas del soberano jugaban un formidable rol con intrigas de primera magnitud, e igualmente las rivalidades existentes entre las distintas panacas, en tal forma que la etnia Inca ponía en evidencia de cómo estaba dividida en facciones. La pugna, como era de esperarse, concluía con el triunfo de uno de ellos; pero mientras se decidiera eso el Cusco era un hervidero de intrigas y escaramuzas, en la que envenenamientos y homicidios campeaban a la orden del día. Crisis que no pocas veces las aprovechaban los señores y reyes de los señoríos y reinos para sublevarse con la ilusión de proclamar su independencia; lo que, si bien les parecía fácil dado el caos político, restablecido el orden caía sobre ellos sin piedad la zarpa represiva. La Chachapuya resultó ser la etnia más castigada con este tipo de acontecimientos: tres veces se rebeló y las tres fue aniquilada. De ahí que algunos incas creían que el imperio renacía con cada uno de ellos, lo que de cuando en cuando procuraban perennizar en sus nombres, como el referido Atahualpa que pensaba ponerse Ticsi Cápac Yupanqui: conclusión e inicio de un nuevo período.
Se sabe fehacientemente que los sapaincas que nombraron a sus sucesores correinantes fueron Huiracocha, Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, intentando y logrando que algunos de sus allegados les reconocieran como a tales.
Como se ha visto, la superestructura del poder podía continuar con golpes de Estado y luchas intestinas entre los diversos bandos de la etnia Inca. Todo cambio de reinado daba lugar a la intervención guerrera apoyando a determinados caudillos. Se reconocía como sapainca al que resultaba victorioso. Por eso, decir que la transmisión era sin violencia es un destemplado idealismo. De todas las guerras de sucesión, las mejor documentadas son las que enfrentaron Urco con Pachacútec y Huáscar con Atahualpa, cuyas contiendas civiles están relatadas minuciosamente por los cronistas.
Dentro del mismo rubro hay que considerar la permanente zozobra por los levantamientos de las guarniciones cusqueñas acantonadas en las etnias periféricas. Los sapaincas, para evitarlas y controlarlas, se esmeraban colocando a la cabeza de tales guarniciones a sus hermanos, tíos, sobrinos e hijos. Pero ni así podían contener a los intrigantes e insaciables, porque no pocos mitmas incas o cuscos estimulados por la lejanía, y sintiéndose con poder y prestigio guerrero se conmocionaban con ansias de ser reconocidos como sapaincas. Así le ocurrió a Huáscar, que se vio desplazado por Atahualpa. El mismo Pachacútec tuvo que eliminar físicamente a su hermano Cápac Yupanqui, estratega victorioso que después de conquistar hasta Caxamarca, había adquirido una inmensa popularidad que puso en ascuas a Pachacútec, quien, según él, optó por lo mejor: desaparecerlo de la escena.
Los que procedían al nombramiento del sapainca eran los ayllus custodios; quienes, es cierto, preferían al más capaz de los habidos en la esposa principal, pero sin desvalorar a los procreados en as cónyuges secundarias, como ya se mencionó. El nuevo sapainca para ser considerado plenamente como tal tenía antes que cumplir algunas ceremonias simbólicas: someterse a ayunos y recibir en el Coricancha las insignias del mando: mascaipacha, cetro y sunturpáucar, objetos que guardaban una enorme fuerza mágica y divina. Luego se sentaba en su trono de oro llamado ushnu. Desde ese instante también mudaba de nombre, poniéndose uno que aludiera al momento más resaltante por el que había atravesado en su vida él o su etnia. Así es como Pachacútec quiere decir persona con el que acaba una época y se inicia otra; Túpac Yupanqui: el esplendoroso y memorable; Huayna Cápac: mancebo poderoso y sol en el cénit, en directa puntada al apogeo del imperio. Atahualpa iba a ponerse Ticsi Cápac Yupanqui, palabras anunciadoras, asimismo, de una nueva era.
Cada flamante sapainca tenía que visitar y recorrer los caminos y parajes cruciales indicados por el mito de los hermanos Ayar. Pachacútec fue hasta Pacarictampu, donde ingresó a la cueva de Capactoco, de a que salió recordando y alegorizando a Manco Cápac, regresando al Cusco por la misma ruta que siguió el primer inca centenares de años antes. Sólo después de cumplir este ritual se les declaraba sapaincas, permitiéndoles el uso de la mascaipacha.
Claro que Túpac Yupanqui y Huayna Cápac solamente hicieron el trayecto desde Huanacauri al Cusco, pero de todas maneras caminaron algo.
El ascenso al trono, los momentos más críticos de su existencia (guerras, sublevaciones, enfermedades) y su muerte daban lugar a sacrificios humanos y llantos generales, esto último en lo medular a cargo de sus numerosísimas esposas secundarias que, indefectiblemente, derramaban lágrimas como único modo de publicitar y demostrar su cariño por el occiso. Cuando sucumbió Huayna Cápac más de 4000 personas, entre esposas y yanaconas, fueron inmoladas para acompañarle a su última morada, juntamente con innumerables cantidades de joyas. Otra prueba de que se le miraba como a un ser omnipotente.
Por otro lado, los propios sapaincas, con el fin de afianzar y justificar sus acciones, aprendían y realizaban una serie de prácticas adivinatorias. Unas veces ellos mismos se presentaban como que recibían revelaciones de sus dioses y como peritos en manejar maravillosos oráculos, por intermedio de los cuales sus divinidades les hablaban, aconsejaban, ayudaban y guiaban en las decisiones que debían tomar para conquistar, derrotar, reprimir, gobernar y regir a los pueblos. Afirmaban que sus dioses, en algunas oportunidades, hasta les habían enviado guerreros para derrotar a sus opositores. Así ocurrió con Pachacútec, quien porfiaba haberle caído del cielo un cristal de roca que le permitía ver el pasado, el presente y el futuro. El sapainca utilizaba con habilidad lo sobrenatural para hacer prevalecer sus propósitos políticos de conformidad a sus proyectos de dominación. De ahí también por qué las prácticas de adivinación se hicieron imprescindibles antes y después de cada acto, principalmente leyendo los vaticinios en los pulmones y corazones de cuyes y llamas sacrificados.
Así es como el sapainca, una vez que se entronizaba en el poder, daba a su gobierno un fundamento sagrado, con lo que legitimaba su posición, con el objeto de ponerse a cubierto de cualquier contingencia; a lo que añadían la fuerza de las armas y una serie de aplicaciones mágicas para obtener a ayuda de sus divinidades y neutralizar a los dioses de los pueblos enemigos u opositores. Religión, magia y ejército robustecían su poder. Así se explica como muchos jefes guerreros hayan sido al mismo tiempo sumos sacerdotes, como sucedió con Cola Topac, que acompañó a Huayna Cápac en su expedición al norte e incluso gobernó en su lugar mientras se decidía la sucesión de Huáscar.
En fin, el Tahuantinsuyo estaba identificado con el sapainca, un soberano todopoderoso, absoluto desde Inca Roca en adelante. Teóricamente gracias a él el país tenía aserrada una buena administración y una estricta justicia. Su debilidad o desaparición de inmediato generaba la idea de caos, que era aprovechada por los ambiciosos de poder y mando. Su majestad no estaba sometida a ninguna restricción por ser hijo de dioses. Por eso todo lo que ordenaba se realizaba con prontitud; casi nadie le desobedecía. Consecuentemente, sus deseos y palabras eran dogmas que se los cumplía aun en el caso de ser detestables. Las teorías que emanaban de la elite sostenían que las decisiones del rey de reyes jamás podían ser arbitrarias. Así ejercía su poder despótico. Su divinidad y absolutismo aparecen apuntalados justamente a partir de Pachacútec; por eso cualquier rebelión era sofocada con “severidad patriarcal”.
Un buen sapainca cumplía sus deberes religiosos para que los dioses nunca le negaran sus dones. De hecho era un sacerdote, aunque él ya no ejercía ese cargo oficialmente, bien que intervenía en la designación de los sumos sacerdotes. Cabalmente por eso se le creía que hablaba con las divinidades y consultaba a otros oráculos para dictar sus decisiones. Fingía pues obedecer las inspiraciones recibidas de los dieses. Su Estado constituía una teocracia, por lo que cuidaba que las divinidades tuvieran templos y sus sacerdotes gozaran de tierras agrícolas, pastos y servidores, y que constantemente se hiciera sacrificios en su nombre. Sabía aprovechar muy bien a religión para gobernar.
Otro deber primordial del sapainca era la expansión territorial y poblacional de sus dominios mediante el consenso de los pueblos, o en su defecto por medio de la agresión despiadada. Tal inquietud estaba vitalizada por dos causas:
1. el deseo de restaurar y sustentar un Estado como el que perdieron en Taipicala;
2. mantenerse alertas en una posición geográfico-política como el Cusco, rodeados de etnias que los rechazaron por centenares de años, realidad que les obligó a organizar la defensa y lograr la sumisión de los señoríos y reinos vecinos. Fue una lucha latente y creciente que acabó con la derrota de los chancas y ayarmacas, que determinó la incontenible y asombrosa expansión territorial. Por ello, el sapainca reinaba sobre todas las etnias y nacionalidades que conquistaron sus antecesores y las que incorporaban de nuevo.
La función del sapainca era gobernar. Los únicos que poseían autoridad para criticar y enjuiciar sus actos eran sus propios familiares, quienes, a veces, hasta pedían su destitución, podían hacerle la guerra y matarlo. Estas cosas, teóricamente, no podían ni debían hacerlas las otras etnias dominadas, las cuales sólo debían aceptarlo como un dios vivo, tributándole honores permanentes antes y después de fallecido.
Hubo, es innegable, un gran centralismo. Todo dependía del gran rey, de los aposuyos y de los tucricuts. Al fin de cuentas, el sapainca permanecía informado de la totalidad de cosas y sucesos. Los apocunas accionaban a su lado asesorándole, transmitiendo y ejecutando órdenes. Visitadores y espías secretos le tenían advertido, notificado y avisado de cuanto ocurría, la integridad de los cuales eran nombrados y destituidos a voluntad del sapainca, aun siendo personas de su parentela. El supremo mandatario, tenía, pues, una amplitud inconmensurable de atribuciones dentro de una moral convencional que estereotipaba su figura política: es que era la verdadera sede del poder imperial, el centro del imperio.
El centralismo, sin embargo, estaba frenado por las excesivas distancias, no obstante la velocidad de los chasquis y la excelencia de los caminos. De ahí que las etnias periféricas se rebelaban y hasta proclamaban su independencia. En otras circunstancias los mitmas incas destacados a “provincias” lejanas generaban núcleos de resistencia, como sucedió con Atahualpa que hizo tambalear y derrumbó a la administración central.
Los sapaincas, de conformidad a sus ideas, al fallecer no morían. Como seres inmortales, sus camaquenes marchaban a reunirse con su padre el Sol. Dicho privilegio exigía conservarles su momia, sus estatuas, sus esposas y demás servicios, incluyendo tierras donde sembrar para con sus cosechas mantener a tantos servidores. A sus momias se
las guardaba con gran esmero en un aposento especial, donde cada panaca trataba celosamente de protegerla con la finalidad de indicar a su más antiguo ascendiente, al cual le rendían culto: uno de los más solícitos desvelos de los antiguos peruanos.
§. La redistribución o recompensa a los amigos y buenos servidores del poder
Una actividad que enorgullecía a los señores del mundo andino era sus prácticas de generosidad, llamada ahora por los antropólogos “redistribución”, que venía a ser la devolución, no de todo desde luego, pero sí de una parte de lo que los propios mitayos habían producido con su trabajo mediante las mitas a favor del poder. Pero no vaya a creerse que las redistribuciones eran totales y continuas. Se as encaminaba de preferencia a los servidores y amigos del poder. Tampoco hay que pensar que beneficiaban a la integridad de los habitantes de las alturas. Al jatunruna no incurso en los requisitos anteriores la redistribución sólo le llegaba en épocas de crisis (sequías, heladas, granizadas, catástrofes); motivo por el cual el intercambio de productos o trueque interecológico e interétnico nunca pudo ser eliminado por las redistribuciones, y ni siquiera entre los cotidianamente beneficiados con ellas. Los uros del Altiplano, por su lado, gente contra la cual abrigaban los más profundos prejuicios raciales y sociales, tampoco participaban de redistribuciones, ni enclaves ecológicos. Lo mismo hay que decir de los moyos de Caracara; de los llacuaces de las altas estepas de la sierra-central y norteña, y de los changos y camanchacas del litoral Arequipa-Chile. Estos, por lo tanto, también intervenían en un ponderable comercio de trueque para lograr productos de otros climas.
Es claro que ni curacas ni sapaincas redistribuían la totalidad de los productos que acumulaban gracias a la energía productiva de los mitayos. Lo que explica la existencia permanente de almacenes pletóricos de los más diversos productos, destinados más bien para hacer donaciones generosas en beneficio de las elites, minorías adictas y pago a los servidores; o en otras palabras: en provecho de los que la animaban. Al campesinado, como se manifestó, apenas se le alcanzaba en ocasiones de desastre, las cuales no acontecían todos los años.
En el presente diseño se gráfica la redistribución y el trabajo de los curacas y jatunrunas (mitayos). El sapainca dona parte de lo que sus mitayos le producen.
Reconstrucción ideal de la llacta del Cusco. Grabado de fines del siglo XVI. Aquí lo único verdadero son las diez sucangas o torres que se ven al fondo. Servían para que los astrónomos determinaran el curso del Sol y las fechas del calendario.
La redistribución, en consecuencia, no funcionaba para mantener la igualdad del grupo social, sino más bien para diferenciarla, ya que el grupo de poder (capacuna/apocuna), aparecía como el principal detentador de la riqueza generada por el esfuerzo del campesinado o jatunruna, en cuyo último peldaño estaban los huacchas o pobres del ayllu.
§. Cusco: corazón del imperio y sede del poder supremo
El poder imperial, geográficamente, tenía un territorio fijo: el valle del Cusco, en uno de cuyos puntos, más o menos céntrico, se erguía la liada (“ciudad”) de igual designación. Como aldea databa de tiempos muy antiguos, de fechas anteriores a Manco Cápac, cuando todavía ni tenía el nombre de Cusco sino el de Acamama, asiento de los remotos y pequeños señoríos de Hualla, Sahuaseray y Antasayac.
Pero desde la década de 1430-1440, en que fue fundado el imperio por Pachacútec, aquel poco pintoresco villorrio fue transformado en un amplio, hermoso e imponente asentamiento urbano que se hizo merecedor al calificativo y sobrenombre de jatun tupas liada, Desde entonces no solamente iban a vivir allí individuos pertenecientes a la poderosa y aristocrática etnia Inca, sino una multitud de mitayos llevados de todos los señoríos y reinos conquistados y anexados para que trabajaran en obras de construcción, canalización, sembrío, crianza de animales, labores domésticas, etc. Llegó a ser, por lo tanto, una liada “cosmopolita”, donde a los extranjeros fácilmente se les reconocía, porque nadie podía cambiar ni alterar sus insignias nacionales, simbolizadas en el color y forma de los tocados. Es posible que durante su esplendor haya albergado entre 60 000 y 100 000 habitantes.
Cusco fue el nombre impuesto a raíz del arribo de los antasayas, en directa alusión a la tarea que tuvieron para desecar y nivelar su terreno pantanoso y pedregoso. Al crearse el imperio y ser convertido en el corazón y cerebro de tan extenso territorio, muy pronto el Cusco adquirió otra acepción y significado: ombligo del mundo, es decir del mundo dominado por la etnia inca. En lo cual no andaban nada errados, porque toda capital de cualquier Estado centralista y despótico constituye el lugar del cual se imparten y disponen la política económica, social, militar e ideológica, convirtiendo a sus moradores en el eje del funcionamiento del cosmos.
Su plano simulaba la silueta de un puma o león americano, cuya cabeza hallábase en la ciudadela de Sacsaihuamán y la cola en la confluencia de dos ríos que atravesaban la liada, uno de ellos el Huatanay. Su trazo y distribución figuraban un verdadero microtahuantinsuyo, de modo que sus espaciosos alrededores fueron dejados para distribuirlos entre los mitmas o “extranjeros” que arribaban a ella, pero racionalizados y planificados en tal manera que guardaban a misma distribución y posición de cada etnia en la geografía tahuantinsuyana, Y como eran cuatro los suyos del imperio y cuatro los barrios de la liada, cada grupo de mitmas ocupaba el sector que le correspondía.
A los ídolos o huatas de cada etnia se los tenía reunidos en un santuario ad hoc. Y como es de imaginar, cada curaca principal de cada uno de los diversos señoríos y reinos tenía edificada su casa en ese sector señalado a sus mitmas. Allí se alojaba cuando llegaba al Cusco a visitar al sapainca, y allí vivía el heredero del cacicazgo cuando paraba en la corte imperial. Como las tierras y aposentos de los mitmas guardaban una distribución que dependía de la cronología en que fueron conquistados, con sólo ver su ubicación bastaba para conocer la historia de la expansión del imperio. He ahí por qué se la considera una liada “cosmopolita”, deambulando por sus calles y plazas hombres y mujeres pertenecientes a todas las etnias incorporadas al Tahuantinsuyo, luciendo sus tocados nacionales y hablando en sus idiomas o dialectos vernáculos. Sin que aquello significase que se hubiera convertido en un crisol de pueblos, por la simple razón de que la endogamia lo impedía, igualmente los conceptos del ius sanguinis y mecanismos de la descendencia paralela.
Entre sus construcciones imponentes figuraba la de Sacsaihuamán, llamada popularmente “fortaleza”, pese a que, como dice Cieza de León, fue un templo dedicado al Sol, si bien construido con magnitudes tan monumentales que a los españoles les pareció fortaleza, dándole este falso nombre con el que ha quedado hasta hoy. Por cierto que dicha obra fue dispuesta para ser utilizada como defensa en ocasiones de emergencia. Por eso comprendía varios arsenales, casernas, terrazas, murallas, escalinatas y una torre de cuatro a cinco pisos, en a que 5000 guerreros podían dar vitalidad a una guarnición y soportar un largo asedio. Es íntegramente una obra de piedra, muchas de proporciones colosales que superan las 80 toneladas de peso. El que inició su edificación fue Túpac Yupanqui, acabándosela después de 20 años gracias a la persistente labor de 20.000 a 30 000 mitayos: una mano de obra aportada por la totalidad de las etnias, que por turno enviaban a sus trabajadores.
Plano de la gran liada del Cusco, cabecera del Tahuantinsuyo. 1: Quishuarcancha. 2: Cuyusmancu. 3: Coracora. 4: Casana. 5: Amarucancha. 6: Acllahuasi. 7: Pucamarca. 8: Coricancha. 9: Jatuncancha.
Vista de la llamada "fortaleza" de Sacsaihuamán, pese a que sus funciones estuvieron más vinculadas con la religión solar.
A la par de Sacsaihuamán, otro edificio impresionante por su imponencia y riqueza era el de Coricancha, uno de los dos templos más venerados por la etnia Inca, por estar dedicado a su progenitor mitológico: el dios Sol. El recinto nuclear de forma rectangular tenía un área de 400 pasos de perímetro. Su arquitectura, de pura piedra perfectamente tallada y ajustada, no conocía mezcla alguna. Lo que allí deslumbraba era su opulencia de oro. En su interior se veía una comisa de dicho metal precioso de cuatro palmos de ancho. Sus puertas también estaban revestidas con el mismo metal y aledaño contemplábase un jardín, en el que la integridad de las plantas, sobre todo maíz, habíaselas moldeado en oro y plata simulando su tamaño natural e incluyendo las efigies de jardineros y de otros cuidadores. Entre tan miliunanochesca vegetación se vislumbraban 20 llamas de oro de tamaño natural. En el interior del jardín se levantaban cuatro santuarios con sus muros interiores y exteriores tapizados con placas de oro. El santuario principal tenía en el testero mayor la imagen del dios Sol; y a los lados de la gran nave conservaban las estatuas de los sapaincas hechas con arte exquisito (huaoquis), sentados y vestidos con trajes como los que habían usado en vida; también con sus joyas, e incluso los cabellos y uñas de los soberanos que representaban. Solamente la estatua de Huayna Cápac veíase colocada frente a frente del ídolo del Sol, por considerar que había sido su hijo más dilecto. Los otros santuarios estaban consagrados a la Luna, Rayo, Arco Iris y estrella Venus
La Hacía del Cusco estaba dividida en dos mitades territoriales y sociales por una línea imaginaria. La parte alta recibía la denominación de Anancusco y a baja, Urincusco, repartición no inventada por los incas sino que se la venía ejercitando en las etnias centrales y meridionales desde centurias antes de que se establecieran allí. Tal separación servía para mantener un sistema muy curioso de oposición y complementariedad, como quien dice la unidad de los contrarios, una costumbre por entonces panandina.
No obstante tener de 60 000 a 100 000 habitantes exhibía un trazo muy amplio, debido a que las casas apenas mostraban un solo piso. Pero era un plano muy armonioso, ordenado por barrios, que en conjunto, ya se dijo, aparentaba el cuerpo de un puma. Como
era a sede central del grupo de poder, sus viviendas conformaban verdaderas mansiones, donde campeaba la riqueza y lo monumental. Y existían tantos aposentos reales como sapaincas se contaban desde Inca Roca en adelante. No todas las casas estaban hechas con bloques pétreos; también las había de pirca, y adobe con tan sólo la fachada de piedra; mientras as de los arrabales totalmente de pircas y adobes. Lo homogéneo de todas ellas consistía en la uniformidad de sus techos de paja. Sus calles, muy estrechas, escasamente permitían la circulación de tres a cuatro hombres en fila, y lucían adoquinadas, por uno de cuyos costados corrían canales conduciendo agua limpia y fresca. Su plaza mayor, casi pana y cuadrada, también estaba embaldosada.
La llacta cusqueña permanecía dividida por cuatro líneas imaginarias que se entrecruzaban en su citada plaza mayor, y se prolongaban hasta las fronteras más lejanas, determinando la fragmentación del territorio en cuatro secciones; hecho que valía para nombrarle Tahuantinsuyo: los cuatro distritos o regiones llamados Chinchaysuyo (Norte), Antisuyo (Este), Collasuyo (Sur) y Cuntisuyo (Oeste). Cada distrito o región se componía a su vez de un determinado número de señoríos y reinos, y a veces también de tribus. Precisamente cuando gobernaba Túpac Yupanqui es que se le dio al imperio el nombre de Tahuantinsuyo.
Pero el centro de la llacta no se consideraba a la plaza, sino al santuario del Sol o Coricancha, en cuyo entorno por igual, estaba el aposento donde se custodiaban las estatuas de los incas, cuidado que corría a cargo de sus panacas respectivas. En el mismo núcleo urbano empinábanse las casas de los linajes conspicuos que constituían la casta imperial. En otras palabras, la zona central estaba reservada únicamente a los linajes de la etnia Inca.
Plano de Sacsaihuamán.
Del Coricancha arrancaban las rayas llamadas ceques, que tenían un valor religioso y social. Constituían líneas imaginarias que delimitaban los adoratorios de los contornos de la llacta, corriendo bajo la responsabilidad de diferentes ayllus. Como santuarios antiguos y modernos se ubicaban en los cuatro suyos que abarcaba el Cusco. Existían panacas, como las de Sinchi Roca (Raurao) y la de Huayna Cápac (Tumebamba), que no tenían ceques aunque sí huacas.
El centro del Cusco era el Coricancha. De allí salían unas rayas imaginarias para contactar una serie de santuarios. El conjunto recibía el nombre de ceque, palabra quechua que quiere decir raya o línea.
Por tal motivo, el Cusco no solamente configuraba la capital política y militar del imperio, sino también una llacta profunda y totalmente sagrada, sacrosanta. Por residir allí los hijos del dios Sol, era entonces la liada donde el sapainca estaba en permanente contacto con dios, con los runas del mundo y los muertos que yacían en sus tumbas.
En consecuencia, ningún jatunruna dudaba de que en el Cusco se aparecía el Sol para hablar con su hijo predilecto, para darle consejos con la finalidad de mantener el orden. Además, la etnia Inca, de acuerdo al mito inventado por ellos, se estableció ahí porque el Sol lo había determinado. Al Cusco se lo conceptuaba en un rango tan supersagrado, que se llegó al extremo de creer que toda persona que nacía, vivía o simplemente circulaba por allí se hacía acreedora a más estima, respeto y aprecio que quien no había estado nunca. Se pensaba que el Cusco contaminaba su santidad a los que moraban o sólo pasaban por ellas A los cuscorunas se les reputaba como seres divinos. Resulta sorprendente que la etnia Inca haya logrado plasmar esta ideología en apenas 95 años que duró su hegemonía. Y si ellos pudieron hacer eso en un lapso tan corto, fácil es vislumbrar que cosas más asombrosas realizarían los puquinas (tiahuanacos) y huaris, que gobernaron casi 600 años cada cual.
En la citada liada, corazón y cabeza del Tahuantinsuyo, las huacas y lugares sagrados estaban acomodados en tal forma que integraban varios aspectos de la organización social y de la cosmovisión, siguiendo una serie de líneas o rayas inmateriales llamadas ceques, cuyo punto de partida era el Coricancha. Eran 41 líneas en las que se agrupaban 328 huacas o santuarios, donde las líneas irradiaban abarcando o cubriendo todos los rumbos de la liada. De modo que cuando dicha traza se esquematiza en un dibujo parece un enorme quipu totalmente abierto, en el cual las líneas representan a las cuerdas y cada huaca equivale a un nudo. Muchas de esas huacas, además, constituían sitios u objetos que rememoraban algún acontecimiento relacionado con la historia de la etnia loca; por ejemplo el arribo de Manco Cápac comandando a sus 10 ayllus, o los sucesos más espectaculares de la victoria contra los chancas, u ocurrencias individuales que había experimentado cada sapainca.
Cada seque o línea imaginaria permanecía confiada a la custodia de determinados ayllus, encargados de su limpieza y ritual. En la serie también se encontraban unos pilares que los astrónomos utilizaban para proyectar la sombra del sol durante el año, con el objetivo de determinar, a base de dicha observación, ciertas actividades y ceremonias (siembra, huarachico). Los ceques y sus huacas servían, pues, para muchas cosas, desde recordar mitos, leyendas y tradiciones hasta lo relacionado a la medida del tiempo.
Los ceques aparecían distribuidos de conformidad a las mitades o suyos en que estaba dividida la liada del Cusco. Se comenzaba con los ceques de Chinchaysuyo, al noroeste. Le seguía en orden el de Antisuyo, al noreste. Luego el de Collasuyo, al sureste; y por último el de Cuntisuyo, al sur-oeste. Se los categorizaba en tres rangos, que de mayor a menor eran: Collana (o capac, lo principal), Payán y Cayao. Y localizados en tal manera que había una división igual en la mitad norte o Anancusco (Chinchaysuyo y Antisuyo) y la otra mitad sur o Urincusco (Collasuyo y Cuntisuyo).
La división dentro de Anan apuntaba casi directamente al norte, de manera que los dos suyos de esta mitad eran casi similares. Cada suyo tenía tres temos (o series) y cada temo tres ceques o rayas, o sea nueve líneas cada suyo. En la mitad del sur (Collasuyo-Cuntisuyo) es donde se daban las mayores desigualdades, fácil de advertir en el número de temos y ceques: Collasuyo con tres temos agrupa a nueve ceques, semejante que los dos suyos anteriores; pero Cuntisuyo aparece con 14 líneas o ceques, que se clasificaban con los mismos nombres, pero de manera algo distinta: sólo en parte se agrupaban en temos (de 3), siendo uno de los ceques mitad Colana y mitad Cayao.
Los ceques estaban conectados con los linajes reales (panacas). Chimapanaca, integrada por los descendientes de Manco Cápac, corría a cargo de uno de los ceques de Cuntisuyo. Las panacas de Lloque Yupanqui y Cápac Yupanqui cuidaban las huacas de los ceques de Colasuyo, etc.
El Cusco, es incontestable, fue la cabeza del imperio, manteniendo dicha categoría en forma indiscutible durante Pachacútec, Túpac Yupanqui, Huayna Cápac y Huáscar. Sin embargo, el penúltimo, por razones de estrategia militar se vio constreñido a vivir en Turnebamba, llacta emplazada en el territorio Cañar (sur del Ecuador actual). La obstinada resistencia de cayambes, carangues y pastos, le compelieron a parar allí jefaturando un poderoso ejército. Tales hechos justificaban sus prolongadas ausencias del Cusco, donde quedaba su correinante y heredero Topa Cusi Huallpa, de manera que en ningún momento mermaba su importancia sagrada, porque
seguía siendo la sede de los ceques, del Coricancha y la residencia de la más rancia aristocracia, a la cual pertenecía el citado correinante.
§. Fiestas del Cusco
El Cusco también era la llacta de las continuas fiestas. Cada mes, regulado por las fases de la luna, se llevaba a cabo una con diversas finalidades. Y a cada cual la presidía el sapainca, o por lo menos algún alto dignatario que lo representaba. Las 12 festividades eran solemnes y multitudinarias, bien que había dos, las del Intirraimi (junio) y capac-raimi (diciembre), que por estar dedicadas al dios Sol cobraban mucha relevancia. Las panacas sacaban a las momias de sus fundadores, paseándolas por la llacta en literas al mismo tiempo que entonaban canciones, tañían instrumentos musicales y danzaban. En seguida escenificaban y evocaban mediante cantares la historia de sus respectivos reinados. En las dos festividades rimbombantes la gente bebía sin parar, mientras el soberano redistribuía regalos.
Una de las más notables era cuando se iniciaba el solsticio de invierno: el Intirraimi. La preparaba y la presidía el sapainca mismo con precisos ayunos consistentes en la abstención de sal, ají, chicha y sexo. Antes de que amaneciera ya estaba en la plaza principal, invadida por las panacas o ayllus reales. Al rayar el alba, el soberano de pie y tomando un quero de oro ofrecía al Sol un brindis de y amor (chicha preparada por las huairuro acllas). Sacrificaban llamas especiales, a las que quemaban en hogueras encendidas mediante los reflejos del sol en un espejo cóncavo en el que metían estopas de algodón. Ese mismo fuego sagrado se lo recogía por los sacerdotes para conservarlo en el templo todo el año, alimentándolo con combustible sin cesar.
En la del Intirraimi o fiesta del Sol por antonomasia, agradecíanle por las cosechas agrícolas, sin descartar las connotaciones políticas, ya que a manipulaban quienes ejercían el poder para desplegar mayor control y dominación sobre los gobernados. Los curacas asistían para demostrar fidelidad y dar cuenta de las mitas cumplidas por sus trabajadores. Con tal procedimiento, el Intirraimi se transformaba en una festividad aprovechada cada vez más para dominar a las etnias.
La del Capac-raimi también se la hacía en honor al sapainca, utilizando la oportunidad para celebrar el rito de la iniciación o madurez de los adolescentes. Correspondía a diciembre, inicio del calendario de la etnia Inca, coincidiendo con el solsticio de verano.
Otros regocijos notables eran los del Ornarraimi (octubre), relacionado con el culto al agua; y el Coyarraimi (setiembre) en homenaje a la Luna y a la coya o esposa del sapainca.
Las fiestas cumplían roles esenciales en la etnia Inca: la iniciación de los jóvenes en la edad madura, el bienestar del Tahuantinsuyo, la salud del soberano y del pueblo; la purificación general (setiembre), la alegría de las tareas agrícolas. De ahí que en las más importantes intervenían el sapainca, los jatuncuracas y los funcionarios.
§. Otras llactas
Una de las pruebas más fidedignas del espíritu y plan imperial y colonizador de la etnia Inca, que la sindica como un pueblo que conquistaba señoríos y reinos para dominarlos y controlarlos en forma permanente, es su programa de fundación de llactas. En dicho aspecto se comportaron como insignes constructores de asentamientos urbano-administrativos siguiendo la tradición de Huari y Puquina.
Aparte del Cusco, a lo largo y ancho del territorio, pero siempre en los bordes del camino real, establecieron una cantidad bastante notable de asentamientos para la vigilancia económica, social, política y militar, es decir llactas. Enumerémoslas de norte a sur: Carangue, Quito, Tumebamba, Caxas, Poechos, Caxamarca, Cochabamba (Leimebamba), Huamachuco, Huánucopampa, Bombón o Pumpu, Paramonga, Tarmatambo, Jatunjauja, Pachacamac, Incahuasi, Huaytará, Pallasca (Tambocolorado), Chincha, Vilcashuamán, Ollantaitambo, Ayaviri, Jatuncolla, Paria, Incarracay, etc., etc. Todas, fundadas, trazadas y construidas con numerosas prevenciones rituales y ceremoniales. Las dotaban de un templo solar, de aposentos reales con baños termales si es que era factible, cárceles, acllahuasis, almacenes. Cada llacta regional representaba una réplica de la del Cusco, la que servía de modelo para delinear las otras. Se llegaban a extremos de acarrear desde la cabecera imperial piedras y tierra para afianzar las paredes de los edificios “provincianos”. Pero ninguno de éstos, por más grandes que hubieran sido podía parangonar con los del Cusco; la que, por su sacralidad era imposible de superar por nadie, de ahí la obligatoriedad de que cada nuevo sapainca fuera entronizado en el Coricancha, y de que sus momias y estatuas fueran también conservadas allí.
Plano de la llacta de Huánucopampa, edificada en un sector de la saya de Allauca Huánuco, ahora provincia de Dos de Mayo (Huánuco).
Las llactas regionales surgieron como una necesidad para la estrecha vigilancia de los señoríos y reinos sometidos, la que aconsejaba crear centros urbanos estatales tipo fortalezas. No eran fundaciones accidentales, sino corolario de la conveniencia y estrategia estatales.
Vista de la llacta de Caxas, al norte de Huancabamba (Piura).
Por eso hubo otras llactas importantes. Las regionales tenían, pues, fines exclusivamente de control económico, social, político y militar: asentamientos estatales puestos al servicio del poder. Algunas adquirieron más importancia que otras, debido a sus posiciones estratégicas: Tumebamba, Huánucopampa, Jatuncolla y Paria, que en volumen e importancia querían imitar al Cusco.
En cada una había barrios, viviendas y administradores para todo. Dadas sus funciones, en ellas jamás faltaba la presencia de quipucamayos.
Vista de la llacta de Cajamarca.
En el caso concreto de Vilcashuamán, configuraba el centro geográfico del país tahuantinsuyano, una especie de fiel de la balanza territorial. Sabían perfectamente que constituía el verdadero punto medio del imperio; y no precisamente el Cusco a la que se le daba el metafórico significado de ombligo por ser la capital del Estado, de hecho y de derecho. Ahí descansaba también la nombradla de Vilcashuamán, asentamiento trazado según el perfil de un halcón (huamán en runashimi).
Tanto en la llacta de Ollantaitambo como en la de Machupicchu se perciben planos cuadrangulares como base de su ordenamiento, modelo que prevaleció en casi todas sus congéneres del espacio tahuantinsuyano.
En la costa el asentamiento administrativo mejor conservado, que perdura hasta hoy, es el de Pallasca (Tambocolorado), en el valle de Pisco. Es totalmente de adobes y tapiales.
Gracias a una reconstrucción, en Pachacamac también se mantiene bastante bien el sector entonces ocupado por las acllas y mamaconas.
Lo que llama la atención es que la mayoría de los centros administrativos (llactas) se encuentran en la sierra norte (Chinchaysuyo), escaseando en el Cuntisuyo y Collasuyo. Por lo que cabe la pregunta ¿por qué no erigieron polos de poder en el extremo sur, y en cambio en el septentrión muchísimos? Sencillamente porque en el sur no fue necesario concentrar masivas colonias de mitmas cuscos comandados por orejones de prestigio, como si lo fue en el norte. Fueron, por lo tanto, los mitmas incas, quienes con el deseo de disfrutar de, todas las comodidades que los orejones gozaban en el Cusco, los que decidieron el engrandecimiento de las liadas regionales del norte.
Pero hay otro aspecto notable: las liadas incaicas tienen construcciones hechas para la eternidad, incluso las de la costa, donde falta la piedra. Templos, fortalezas y aposentos son de bloques pétreos y grandes adobones y tapiales, con techumbres de madera y paja, y de vez en vez de bóveda falsa empleando lajas y barro. En la costa bastaba esteras y lodo.
Picchu (ahora Machupicchu)
Picchu es una liada que merece referencia especial por haber sido levantada en un escondrijo recóndito de las tierras pertenecientes a Pachacútec, aislada de los caminos troncales, y a más de ello al borde de gigantescos acantilados, en el filo de un cerro por cuyos lados se perfilan gargantas excavadas por el río Urubamba. Los cronistas españoles no la mencionan, lo que anuncia que nunca supieron de su existencia; y con toda seguridad ni la propia población andina, excepto los sapaincas reinantes y los de la panaca de Pachacútec. ¡Un genuino secreto militar! Es que la erigieron para escapar y refugiarse en su interior en situación de crisis, en caso de volver a repetirse otra invasión como la que eclipsó a sus antepasados de Taipicala. Por eso la liada de Picchu es una de las más efectivas desde la óptica defensiva en el incario.
Tiene un área de más de cinco kilómetros cuadrados, erigida sobre una serie de picos y riscos muy pronunciados, imposibles de salvar, a no ser por medio de caminos confidenciales y fortificados que sólo un definido grupo de incacunas lo sabían. Tiene terrazas o andenes simétricos para el cultivo del maíz, coca, ají y otros frutos, merced a un intrincado sistema de riego con fuentes y acueductos. Entre sus edificios destacan el templo del Sol, el intihuatana, la plaza y el aposento de las tres ventanas, en los que se reafirma la habilidad y perfección de sus arquitectos e ingenieros.
El plano de Picchu responde a una organización racional con todos los requisitos de una liada incaica. Es decir, no puntualmente una ciudad de conformidad al concepto que esta categoría tiene en las sociedades europeas desde el esclavismo en adelante, sino de acuerdo a las concepciones inherentes a otro modo de producción: un asentamiento humano fabricado por disposición del Estado y para el Estado.
Vista panorámica de la llacta de Picchu, ahora llamada Machupicchu.
En tal sentido guarda precisión y armonía para cumplir los fines a que se la destinó. De allí por qué su acllahuasi supera a los del Cusco, Ollantaitambo y Pisaj, por cuanto debía dar protección a todas ellas en algún momento desesperado.
Una detenida reflexión arroja como resultado que Picchu jugó un rol evidentemente defensivo, una llacta de escondite con todos sus servicios para aguantar un asedio e incomunicación de décadas.
Plano de Machupicchu.
Por eso la hicieron en un punto elevado y rodeado de floresta, con puentes secretos y levadizos, andenes con canales de regadío, templos, cuarteles, talleres artesanales, un amplísimo acllahuasi, cementerios, buen abastecimiento de agua, almacenes. En fin, no le faltó nada en lo que toca a lo administrativo. En todo pusieron allí a flote sus mejores conocimientos de planificación arquitectónica e ingenieril. Es una obra de arte completa: civil, militar, religiosa, administrativa, económica, etc., superando a cualquier otra llacta del Tahuantinsuyo.
Su función defensiva y de refugio radica en su ubicación alta y abrupta, circundada por un río torrentoso que se desliza a sus pies, encerrada por un bosque tupido conformando una cortina cuasi infranqueable desde la base del monte hasta a llacta misma; cercada por paredes de piedra y puentes levadizos que, por poco, la apartaron y confinaron totalmente del mundo.
Y en efecto durante la invasión española, cumplió su misión. Allí fueron escondidas las acllas del Cusco y contornos, mientras los guerreros combatían en el Cusco; causa por la cual, en Picchu es donde se han exhumado más esqueletos de mujeres que de hombres.
Lo interesante es que fue construida en parte de los terrenos pertenecientes al patrimonio privado o personal de Pachacútec, de seguro por estar considerado, por sus estrategas, como el punto más invulnerable para una llacta de su categoría. Dada su función, de ser alguna vez el posible escondite, su población administrativa y servil fue poca. Por lo demás, la persecución llevada a cabo por los españoles para capturar a los llamados incas de Vikabamba (15361572), fue motivo para que los peninsulares incursionaran y conocieran la llacta de Picchu, no interesándose por ella debido a su lejana ubicación, salvo por alguien preocupado en el cultivo de la coca. Al ser redescubierta en 1911 por Hiram Bingham, la rebautizó nombrándola Machupicchu. topónimo con el que se la conoce ahora.
§. El carácter de las llactas incaicas
Como se acaba de ver, entre llactas (o centros urbanos incaicos) y ciudades no incaicas se presentaban abismos de desigualdad. La principal es que las primeras, fundadas por disposición de los incas, surgieron como creaciones artificiales y nunca como centros industriales ni comerciales, no obstante haberles instalado artesanos con sus respectivos talleres. Los “ciudadanos” que vivían en las llactas imperiales apenas conocían las ocupaciones administrativas, religiosas, militares y serviles (acllas, mitayos, yanaconas): todos empleados del Estado, el que los mantienen con las rentas del imperio, pasando una existencia del modo más agradable que podían, residiendo cada grupo en barrios fijos cumpliendo las tareas señaladas por el gobierno. Allí todos eran trabajadores del inca, para quien producían directa o indirectamente.
Como frutos de una urbanización forzada, impuesta desde arriba, tenían fines estrictamente de inspección, vigilancia y represión estatal. No constituían el resultado de una evolución espontánea y paulatina. La integridad de sapaincas fundaron llactas para el control económico, político y militar de las zonas que invadían, conquistaban y sojuzgaban. Su función netamente administrativa y de control también estaba determinada por sus ubicaciones en las vías troncales del imperio, no existiendo en realidad llactas apartadas de ellas.
Sus habitantes conformaban una población flotante, cuya estancia dependía de la voluntad del Estado. Las únicas que prácticamente permanecían mucho tiempo eran las tejedoras del acllahuasi, por convenir a los intereses imperiales para el cual elaboraban ropa; hasta podían fallecer allí, por eso en Machupicchu y en el sector incaico de Pachacamac el 90% de cadáveres desenterrados son de mujeres. Sólo el Cusco tenía una población permanente de oriundos y mitmas, excepto los mitayos que se mudaban por tandas. Y nadie censuraba a dicho sistema.
A decir verdad, lo que funcionaban en las llactas incaicas son estrictamente fábricas, aunque su producción fuese siempre puramente artesanal. No es conveniente discutir las palabras, pero lo cierto es que no conocían grandes máquinas ni las colosales industrias de nuestro tiempo, pese a que, a veces, encerraban hasta 1500 trabajadoras textiles algunas de ellas (Coati, Cusco, Millerea).
En las llactas incaicas (tan diferentes en su estructura económica y social a las ciudades no incaicas) el Estado imperial acumulaba vituallas en los almacenes reales, lo que obligaba a un inmenso desarrollo de los métodos burocráticos para administrar tales reservas. Mediante inventarios, presupuestos, fijación de ingresos y egresos a gran escala, ya de materias primas para manufacturar como de las redistribuciones o “pagos” al personal. En efecto, las reparticiones en forma continua de maíz, charqui, ají, coca, papas, porotos, pescado, ropa, sal, chicha, en cantidades proporcionales extraídas de los almacenes servían para compensar los servicios prestados a la paz imperial.
Lo que quiere decir que las llactas fueron medularmente centros urbanos consumidores, debido al factor decisivo de ser únicamente residencia de conspicuos señores que administraban, dirigían, controlaban y reprimían, todos los cuales gastaban y subsistían de las rentas que generaban los mitayos que bregaban en tierras, pastos, minas y talleres del Estado. Estos producían los excedentes que el inca redistribuía o pagaba a sus favoritos y servidores.
En los asentamientos urbanos incas sus vecinos vivían, en consecuencia, en un régimen de economía natural pura o de economía doméstica más o menos absoluta, en la que la industria no se ejercía sino para satisfacer las necesidades del Estado imperial. El Tahuantinsuyo, en general, fue un país de economía natural, a pesar de que en la costa de Chincha a Paches moraban hombres que autónomamente tenían como ejercicio principal no la agricultura sino la fabricación artesanal, gente libre que se ganaba la vida a base del comercio.
Las llactas fundadas y controladas por el Estado Imperial no cumplían, pues, funciones industriales ni comerciales, a diferencia de las ciudades no incaicas. Por cierto que en las llactas paraban temporalmente artesanos, pero sólo en número imprescindible vigilados por el Estado para confeccionar artículos adecuados que necesitaban los guerreros, - administradores, sacerdotes y otros servidores del imperio. La ausencia de industrias y comerciantes permanentes en las llactas revela que tales “ciudades” cumplían, en exclusiva, fines de control, represión y administración estatal centrados en los aposentos administrativos. Allí sí se llevaba a cabo la redistribución en toda su magnitud, extrayendo los productos de sus profusos e inagotables almacenes.
El imperio Inca no concebía el comercio, no le interesaban los intercambios, sino el tributo en trabajo de sus súbditos. El incaico, como Estado, no compraba nada a países extranjeros, ni tampoco se preocupaba por exportar. Los paches, chonos, huancavilcas y punaneños estaban compelidos a pagar parias en caracolas, chaquiras y balsas, aunque se desconocen sus montos: un verdadero tributo que aportaban esos pueblos débiles en lo militar para que el más fuerte no los acometiera y conquistara. El Estado imperial se apropiaba de tierras, bosques de caza, minas, canteras, salinas, cocales, a los que metía a trabajar miles de mitayos planificados por turnos y debidamente retribuidos. El mundo serrano de los incas era diferente al escenario costeño de Chincha, Ishmay, Collique, Chimor, Lambayeque, Tallán, Tumbes, La Puná, Chono, Huancavilca y Paches.
A las llactas incas les faltó el principal factor de desarrollo y expansión: el mercado. Ninguna sirvió de modelo para las ciudades de su tiempo en la costa ni para las coloniales que trazaron los españoles. No hay auténtica continuidad económica entre ellas, salvo en algunos aspectos administrativos y religiosos, como el de ser sedes de oficinas gubernamentales y templos para la propaganda espiritual.
Así fue como el Tahuantinsuyo redujo a sus llactas o centros urbanos a una contextura vacua, sin real autonomía, ni siquiera el Cusco. Y en los territorios que sometía destruyó, a veces, totalmente las ciudades que funcionaban en forma distinta, como acaeció con Chanchán.
Por eso las llactas incaicas no podían resistir vicisitudes duras. Claro que la vida en ellas resultaba atractiva, agradable (aposentos, santuarios, plazas, calles, canales, depósitos, desfiles militares, fiestas, danzas), reinaba la agitación y el movimiento (de soldados, burócratas, sacerdotes, yanas, mitmas, acllas), se hablaba mucho y en diferentes idiomas según la procedencia de los mitmas. Exhiben, en efecto, un urbanismo extremado, con espectaculares complejos religiosos, administrativos, castrenses, lugares de recreo y de opulentas residencias para la estancia deliciosa de nobles y jefes. Pero toda aquella multitud de gente la constituían empleados del Estado, que. desconocían la industria y el comercio, sin espíritu de producción sino de gasto y consumo de toneladas de comidas, vestidos y otros bienes que el Estado les redistribuía, bienes producidos por los mitayos del contorno y por las reclutadas y enclaustradas en los acllahuasis para faenar en determinados barrios de las mismas llactas.
Tales fueron las razones para que as “ciudades” impuestas por los incas fueran consideradas por los runas como una especie de cárcel. Por eso cuando se produjo la invasión española y la caída del Estado imperial, los que las habitaban las abandonaron totalmente, saliendo de ellas como escapando de una prisión; y en algunos casos hasta las arrasaron (v.g. Cajamarca, Cochabamba/sur de Leymebamba). Demuestra que los que estaban obligados a parar en ellas lo hacían a la fuerza, gentes en todo reacias a la vida urbana, individuos con una franca aversión hacia las “ciudades”. Los serranos no habitaban por voluntad en las llactas incaicas, ni siquiera toleraban vivir en casas juntas. Por ello las llactas imperiales quedaron vacías, abandonadas. Sentían horror por las llactas, las miraban como a presidios rodeadas por muros, como a la tumba de la libertad. En la costa no sucedía así: por eso encima de las vetustas ciudades chimús y chinchas, los españoles fundaron reducciones. Y si es que Chanchán quedó desierta, es porque los incas ya la habían destrozado. Las llactas incas, en cambio, quedaron desoladas (Huánucopampa, Incarracay, Cochabamba al mediodía de Leymebamba) para siempre. Solamente en aquellas que los españoles decidieron quedarse para vivir ahí (fusco, Jauja, Vilcas, Tumbebamba, Quito, Caranqui, Cajamarca), prosiguió palpitando la actividad humana.
Con el imperio de los incas, a partir de Pachacútec, hasta el ejercicio comercial a base del trueque decreció en la sierra, porque se le reemplazó por la cesión benévola que hacían de sus bienes ceremoniales entrojados. En forma fehaciente se sabe que durante el imperio realmente se restringió el mercado de oro y plata que los serranos daban a los costeños a cambio de comestibles. Quedaron subsistiendo sólo as permutaciones a base de los trajes de algodón contra lana o pescado y otros alimentos. Pero el canje o tráfico de ropa apenas lo llevaban a cabo los principales o nobles, mientras el de comidas lo practicaban los plebeyos.
Los excesivos almacenes, nutridos prodigiosamente de todo, constituían un plus que evitaba de la integridad de preocupaciones a los incas. Maravillosos excedentes que los obtenían a precios bastante bajos en mérito al vigor de sus innumerables mitayos, yanayacos y pinas. En el primer renglón figuraban las tremendas cantidades de maíz; luego las telas, los tubérculos, quinua, alpargatas, etc. que utilizaban, en parte, en recompensar a sus servidores. Los comuneros, por lo demás, vivían en sus tierras colectivas ayudándose mutuamente. En tal sistema no les interesaba el comercio ni la moneda metálica o moneda-signo.
Una economía regulada y centralizada por el Estado, al crecer y expandirse implicó la restricción del volumen y frecuencia de las transacciones realizadas en el mercado serrano y sur costeño. Entre ellos tenían más importancia no los mercaderes y artesanos sino los administradores y guerreros, o en otras palabras: la burocracia y el ejército. De todos modos no hay evidencias de la desaparición total de catus o plazas de mercado durante el incario. La verdad es que convivían la economía política centralizada y el mercado o catu. Pero eso sí, el mercado serrano y surcosteño permaneció como un fenómeno doméstico colateral, subordinado a la economía redistributiva centralizada y sujeta a leyes estatales, de tal manera que el catu y los mercaderes fueron desplazados por la economía política. Lo que advertiría que los mandatarios si bien no tenían la intención de eliminarlos, en cambio sí pensaban someterlos a su control. La presencia de catus en determinados espacios públicos sugiere que jugaron un papel económico importante, aunque no contribuían al ensanchamiento y crecimiento del poder económico del Estado.
Por eso, desmoronado el imperio de los Incas, subsistió el intercambio comercial entre la costa-sierra-selva y de los pueblos interandinos entre sí. Por eso en la década de 1770 aún era dable ver a individuos montaraces que armados con arco y flechas, pintados por completo con achiote y añil, con sus cabezas adornadas y sus cinturones envueltos en plumas multicolores, arribaban al valle de Carangue (villa de Ibarra, al norte de Quito) con proporcioncitas de oro en grano, más o menos un puñado. Con señas, porque no había quien comprendiera su lengua, daban a entender que buscaban eslabones y pedernales. Por cada eslabón con su pedernal pagaban con medio cascarón de huevo lleno de granitos de oro.
Ushnu o ushno fue el nombre dado al trono del sapainca. Pero con la misma denominación también se conocía a unas construcciones ubicadas unas veces en los ángulos de las plazas mayores de las llactas, y otras en sus centros mismos. En la sierra las levantaban de piedra, o pirca; y en la costa, de tierra. Desde ellas las autoridades presenciaban las ceremonias cívicas y religiosas, y se pregonaban las disposiciones emanadas del Estado. En fin, en las "provincias’’ constituía el símbolo del poder inca. El que aparece en el grabado es el ushnu de Vilcashuamán.
Procedían del oeste, de más allá de los páramos del Angel y Pupiales, seguramente de a tierra de Barbacoas y Niguas. Los contactos entre punarunas y sacharunas en los Andes se prolongó igual que siempre, alargándose hasta comienzos del siglo XX.
Un barrio de la llacta de Picchu o Machupicchu. Los edificios se acomodan en planos sucesivos hasta donde el piso lo permite. En la parte inferior se ven sólidos andenes.
Los españoles y mestizos coloniales, por su parte, se acomodaron con cinismo al trueque indígena, con lo que se enriquecieron. En el área de los cocamas, p.e., por un ridículo cuchillo de carnicero, o un irrisorio anzuelo, o por un grotesco cabo de cinta de badanilla para abalorios y pendientes del labio inferior, entregaban hermosas y laboriosas camisetas muy bien pintadas, que los españoles y mestizos revendían a otros a excesivos precios. Demasiado tardaron los cocamas para darse cuenta de la deslealtad del negocio colonial; recién a partir de 1661 ya no querían dar sus vestimentas por un sólo objeto de aquéllos.
Capítulo 11
El sistema administrativo. Los agentes del poder
Contenido:
§. Los funcionarios estatales. Los apocunas
§. Los tucricuts
§. Las jefaturas nativas
§. El ejército
§. Las etnias en el contexto del Estado. La dualidad
§. Armamento
§. La guerra
§. Un imperio multilingüístico
§. Migraciones forzadas, pero bien planificadas
§. Una infraestructura famosa: vías o caminos
§. Puentes
§. Tambos y chasquis
§. Los funcionarios estatales. Los apocunas
Había en el país una extraordinaria cantidad de funcionarios, muchos permanentes y otros elegidos o nombrados temporalmente. Existían ministrantes para controlar todo: puentes, caminos, tambos, talleres diversos. Funcionaban mensajeros, informadores, inspectores, gobernadores para asegurar a marcha y articulación del Estado, etc., etc. En realidad vigilaban todo, convirtiendo a los curacas en instrumentos al servicio de los intereses del poder central.
Todo administrador que ejercía una plaza a nombre del sapainca gozaba de una inmensa autoridad y de prestigio en su sector. Los excesos de dichos conductores, sin embargo, eran corregidos y sancionados por el gobierno central.
El poder es el que organizaba y ponía en marcha a ese hormiguero de funcionarios para cumplir y dar cima a los proyectos gubernamentales. En primer lugar, el mismo sapainca designaba a cuatro hombres de su entera confianza como consultores para cualquier decisión de importancia. Permanecían cerca del soberano para asistirle sin interrupciones. Llevaban el nombre de apocunas, y cada cual representaba a un suyo del imperio; por eso sumaban cuatro. No eran cargos hereditarios; pero siempre personas de la alta nobleza y excepcionalmente de a aristocracia regional, eran acreedoras a tal puesto por su inteligencia, sagacidad, prudencia, valor y fidelidad al Estado. Por cierto que si algún hijo del titular reunía tales condiciones, podía ser preferido para sustituir al anterior. Muchas de las magníficas disposiciones de Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, en buena cuenta, no fueron otra cosa que el fruto de esos diligentes apocunas o aposuyos. Los nombres de éstos durante los primeros años del reinado de Huayna Cápac fueron Apo Ancha, Apo Chularico, Apo Cuyuchi y Apo Hualpaya; pero también se menciona a Huamán Achachi.
Los apocunas tenían bajo su dependencia a habilidosos quipucamayos, para guardar en sus nudos el registro de todo lo que podían conservar en sus cuerdas de algodón, pelo de camélidos y otras fibras. A cargo de los apocunas corrían las causas de desacato cometidos por curacas y tucricuts (gobernadores). El sapainca era la única instancia superior a los apocunas. Se desplazaban en andas.
§. Los tucricuts
Los tucricuts o totricuts o gobernadores del sapainca en cada huamani (“provincia”) constituían los delegados o agentes del poder que seguían en importancia a los apocunas. Residían en las llactas estatales erigidas en las circunscripciones a las que servían de capital. Representaban al soberano en las etnias, teniendo bajo su competencia la jurisdicción civil, penal, militar, económica y administrativa. Práctica y realmente controlaban y dominaban la totalidad de lo concerniente a esos cinco rubros, cayendo bajo su jefatura incluso los jatuncuracas regionales, los acllahuasis y colonias de mitmas. En consecuencia, tenían en su ámbito un amplísimo rol que cumplir. Inspeccionaban, vigilaban, fiscalizaban y resolvían todo. De manera que a cargo de ellos corría la apertura, construcción, funcionamiento y conservación de caminos, puentes, tambos, coicas, chasquis, mitas y censos de recursos naturales y de población, e inclusive el de casar legalmente a los contrayentes de su jurisdicción. Administraban tanto a regnícolas como a mitmas. También tenían bajo su responsabilidad a un selecto grupo de quipucamayos listos a informarles de cualquier cosa gracias a sus minuciosos registros. Los tucricuts sólo consultaban y elevaban sus informes al apocuna o aposuyo respectivo; y al sapainca cuando las circunstancias lo aconsejaban.
Administradores y funcionarios del estado
No era empleo hereditario sino designado por el supremo poder, previa consulta a los apocunas, haciéndolos recaer de preferencia en incas de la etnia Tambo, si bien no faltaron algunos sacados de entre los tíos y hermanos del soberano, o individuos tanto de Anancusco como de Urincusco; y otros de las etnias Anta, Mayo, Quiguar, Huaroc, Acó y Cahuiña.
Inspeccionaban sus jurisdicciones sin ocasionar gastos a los runas, quienes no tenían por qué recepcionarles con fiestas en honor suyo. Se los mantenía y vestía con los productos estatales almacenados en las coicas. No desempeñaban la plaza de por vida ni la ejercían por mucho tiempo en una sola demarcación; pero sí podían pasar de una huamania otra a ejercer el mismo cargo. Para prever los abusos y errores generados por la amplitud de poderes de que estaban investidos, periódicamente se les sometía a control, única vía para garantizar el orden incaico impuesto a las etnias subordinadas al Cusco.
Su competencia y jurisdicción, con todo, tenía límites. En cuanto a las faltas graves cometidas por los curacas, sólo informaban a los apocunas para que el sapainca decidiera. E igual ocurría frente a las faltas y delitos consumados por los incas de sangre, para que el soberano diera su fallo.
Tales autoridades y jueces “provinciales” iban una vez por año al Cusco, en el mes de capac-raimi (diciembre) a dar cuenta de sus gestiones y a saludar al sapainca. En sus sedes locales o llactas vivían como pequeños incas: lucían magnífica ropa, residían en buenos aposentos con servidumbre y varias esposas; practicaban la redistribución de bienes y se les llevaba de un lugar a otro en andas. Por pertenecer a las castas superiores y ejercer tan importante cargo les daban el nombre de incas, y a cualquier mandato del tucricut se le reputaba como una resolución del mismísimo sapainca. Su insignia consistía en una mascaipacha y una vara de mando tan alta como la estatura de su portador.
Sin embargo todo eso no se cumplía al pie de la letra. Hubo momentos cruciales en que los soberanos confiaban más en sus yanaconas y sujetos de otras etnias que en sus propios parientes y connacionales, quienes, en la vida diaria, mostraban ambiciones por mejores cargos. En la época de Huayna Cápac, v.g., se administró el territorio de Chachapoyas proveyendo como jefes máximos de ella a sucesivos yanaconas suyos, personas totalmente desvinculadas al linaje de los incas de sangre y de privilegio.
Por lo demás, los tucricuts disminuían el poder de los señores locales. El estado vigorizaba el gobierno de sus delegados, adoptando
el sistema decimal para la organización del ejército y las mitas. Al teniente del tutricut se le decía michos.
Por su lado, aparte de los aposuyos y tucricuts, proliferaban una inmensa cantidad de funcionarios de menor categoría, como ya quedó enunciado y graficado en las láminas respectivas.
§. Las jefaturas nativas
La frondosa administración o burocracia estatal en ningún momento prescindió del servicio de los jefes locales y tradicionales de ayllus (pachacas), huarangas, sayas y reinos, que en general recibían el nombre de curacas.
No eran otros que los líderes tradicionales en sus respectivos señoríos y reinos que se transmitían el cargo desde siglos antes que se instituyera el imperio Inca. De ahí que podían referir sus árboles genealógicos retrotrayéndolos hasta sus más remotos fundadores que, según sus mitos, habían emergido por legendarias oquedades, lagunas, puquios y cráteres. Y lo importante es que dichas genealogías las referían y exhibían con orgullo ante los conquistadores incas, con lo que no hacían otra cosa que revelar la extraordinaria antigüedad de sus estirpes, frente a las cuales los incas aparecían como un linaje relativamente moderno. Eso sucedía p.e. con los reyes de Lambayeque, que podían gloriarse de un pasado muy profundo y admirablemente documentado, gracias a una serie de registros y repertorios que sabían manejar. Tal realidad hacía de los curacas una clase social que, hasta cierto punto, defendía la identidad étnica y nacional de sus respectivos grupos.
Precisamente en la existencia de la momia o mallqui del fundador es que los curacas apoyaban su autoridad; lo que a su turno indica la gran inquietud por conservarla de generación en generación, paralelamente a las versiones orales y/o gráficas de sus prosapias; causa por la cual, asimismo, la historia entre ellos era más que todo genealógica. Deber principalísimo del curaca era retener y custodiar las momias de sus primeros progenitores, rindiéndoles permanente culto con fiestas rituales y ofrendas de coca, chicha, ropa, etc.
Los curacazgos, ya se dijo, se dividían en varias categorías.
1. En primer término aparecían los jatun o capac-curacas, verdaderos reyes en sus territorios repartidos en mitades (sayas), como ocurría con el Cuismancu o Guzmango Cápac de Cajamarca, con el zapana de Jatuncolla, el Cari de Lupaca y el Chimo Cápac de Chimor.
2. Los curacas de saya (anan, urin, chaupi o taipi, allauca, ichoc) que en conjunto conformaban un reino.
3. Curacas de huaranga, muy común desde lea y Ruanca hasta Guayacondo y Cajamarca. Y
4. curacas de pachaca o ayllu. Los de la primera categoría, habían gobernado auténticos reinos o Estados regionales.
Curac o curaca es una voz quechua que significa el primero o el mayor entre todos los de su agrupación: jefes y autoridades conquistados y anexados por los anan y urincuscos, que los incorporaban al Tahuantinsuyo señalándoles una serie de deberes, obligaciones y derechos dentro del Estado imperial según el rango y categoría que ocuparan. Se dejó a cargo de ellos una serie de obligaciones y deberes que ya tenían frente a sus conglomerados desde antiguo. Ante todo la preocupación por la seguridad material de todo ser humano sometido a su jefatura. De ahí el anhelo de repartir lotes de tierras agrícolas a toda pareja que formalizara su unión hogareña, a recuperación de las parcelas dejadas por los muertos. También para que nunca dejaran de sembrar y cosechar las chacras de los huérfanos, inválidos, viudas y ancianos sin prole, que constituían los pobres o huacchas de la comunidad, y a los cuales dirigía más a menudo su sensibilidad. También de los que estaban fuera cumpliendo misiones oficiales, por ejemplo de los guerreros en campaña. En la estación apropiada convocaba para la limpieza de acequias de riego. Velaba para que los linderos de sus tierras, sobre todo la de los pastos colectivos, no sufrieran menoscabos de ninguna índole.-Organizaba las mingas o trabajos comunales para la construcción o reparación de canales, senderos, puentes, edificios colectivos (huacas). En casos de heladas, sequía, granizada, inundaciones y terremotos que arrasaban los cultivos campesinos, satisfacía las necesidades de los más afectados de su masa grupal mediante subsidios extraídos de sus propios excedentes y reservas. Por eso sus pirguas, en no pocas ocasiones, permitían mitigar el hambre motivado por dichos accidentes naturales. La citada generosidad y liberalidad recibía el nombre de raquiy o aypuc o achurac, a la que ahora los antropólogos y etnohistoriadores prefieren denominarle empleando una palabra extranjera, que no pertenece a los idiomas andinos: redistribución. Esto, es innegable, contribuía a robustecer su prestigio e influencia. Dicha filantropía desigual o asimétrica facilitaba a los curacas mantener un servicio permanente para garantizar la estabilidad y reproducción del sistema económico-social imperante. Como curacas tenían derecho a poseer tierras y ganado de carácter privado, y acceso a pastos de la comunidad. Por igual a un determinado número de trabajadores tipo mita o mitayos, cuyo laboreo lo canalizaba en exclusivo provecho suyo en la producción agrícola, ganadera, textil, artesanal, etc. En ambos casos, retribuyendo a sus servidores mientras duraran las faenas, con comidas, bebidas, coca y otras recompensas. En otros términos, les retribuía, compensaba o pagaba. No era un trabajo gratuito. Por cierto que su “dadivosidad” institucionalizada no representaba un pago justo o simétrico, sino que el curaca invariablemente “donaba”, o mejor dicho retribuía con cantidades mucho menores de las que producían los mitayos. El curaca siempre se quedaba con la mayor y mejor parte. No cabe duda, existía plusvalía.
Cada curaca procuraba compensar con raciones alimenticias a base de productos de relativa escasez en su área de gobierno; pero de todas maneras, en cualquier parte, no se prescindía del maíz, coca y chicha, sirviéndose la última a cada momento, lo que obligaba a fabricarla en enormes cantidades. Entonces los mitayos, un poquillo embriagados, cumplían sus labores con más entusiasmo. Así se explica por qué los trabajadores concurrían felices, acompañados de músicos y portando sus tocados adornados con flores, adquiriendo tales faenas aspectos festivos con danzas y cantos. Y lo que hacía con los mitayos agrarios, el curaca también lo realizaba con los mitayos ganaderos, con los que le tejían las telas que necesitaba, y con todos los que le realizaban cualquier otra tarea. Pero eso sí, a uno y otro tipo de mitayos tenía que proporcionarles alojamiento en caso de que el desplazamiento hubiera sido muy lejos, también herramientas de trabajo por el tiempo que durara el servicio. Y cuando concluían, regresaban a sus casas no sólo después de haber estado bien comidos y bebidos, sino con algunos regalos adicionales: coca, plumas, copos de algodón y vellones de pelambre camélida, y de cuando en cuando con alguna cabeza de ganado si es que la labor del mitayo se había hecho merecedora a la dádiva. En tales condiciones, los campesinos que cumplían mitas se sentían dichosos, pese a la forma hábil con que se les explotaba, a lo cual no daban importancia, y es posible que hasta ni se hayan dado cuenta.
Izquierda: Huaman Chagua, curaca principal o jatun curaca del reino de Huánuco, dividido en tres mitades: Allauca Huánuco, Ichoc Huánuco y Huamali Huánuco. Derecha: Los curacas de Anan y Lurin Huanca, vistiendo sus atuendos y tocados típicos.
Cuando el curaca convocaba a estos servicios siempre lo hacía con gesto patriarcal, pidiéndoles como si fuera un ruego o favor. Los yanas y mitayos sólo concurrían a trabajarle cuando los llamaban. Dicho trabajo (mita) no lo ejercían pues en condiciones rigurosas. No se cumplía automáticamente, sino cuando el curaca les solicitaba formalmente en medio de una serie de actos despótico-paternales.
Retratos de otros dos curacas, en vías de aculturacíón. Siglo XVI.
Las familias nucleares-simples y nucleares-compuestas (grupos domésticos) que configuraban un ayllu, como se nota, estaban permanentemente vinculadas a sus jefes autóctonos. Tenían una serie de obligaciones que indicaban la sujeción en la que permanecían: cultivaban, cuidaban, cosechaban y almacenaban lo que sacaban de las parcelas de extensión variable poseídas por los curacas, lo que se llevaba a cabo mediante estrictas mitas o turnos de trabajo.
Izquierda: Un curaca de huaranga ya hispanizado. Jefatura típica en zona central del Chinchaysuyo. Derecha: Esposa de un curaca o señor de huaranga.
Era una labor que la ejercía todos los años de conformidad al calendario agrícola que se iniciaba en junio o en agosto. La mita a favor del curaca significaba que el ayllu tenía que poner un determinado contingente de trabajadores para que en forma permanente, pero por tandas, le aseguraran la vigilancia, producción y reproducción de sus tierras, rebaños, textiles y servidumbre doméstica. Era un servicio continuo, pero no desempeñado por los mismos individuos, sino por grupos que se relevaban luego de cumplir sus plazos y tareas, que oscilaban entre tres meses y un año. Dentro de esta obligación medularmente se comprendía a los varones adultos (18-50 años de edad), y de modo excepcional a los niños, ancianos e inválidos. Tal era el tributo que se pagaba o entregaba. De manera que los curacas no tenían derecho a percibir los bienes que cada familia campesina producía en su parcela y/o casa. En otras palabras: el curaca estaba autorizado para exigir prestaciones personales (trabajo), pero no para exigir prestaciones en especie (cosas), salvo de los mercaderes.
Al ayllu al que pertenecía, se lo reputaba el cabecilla o líder de la etnia, y vivía en una casa amplia con numerosa servidumbre de ambos sexos. También tenía varias esposas conseguidas tanto en su ayllu y en otros de su etnia como en señoríos y reinos vecinos, pues los curacas podían practicar indistintamente la endogamia como la exogamia. Empero, solamente a una de ellas se la consideraba la esposa principal, con la cual llevaba a efecto los ritos del matrimonio. A las demás as reputaban como esposas secundarias suyas.
Cada curaca, en cualquiera de sus niveles nunca actuaba estrictamente solo. Aparte de que cada saya poseía su curaca, tenían a su vez un compañero al que los españoles llamaron segunda- persona, pero que en runashimi y aru se les decía yanapaque, cuya traducción es ayudador o colega de trabajo. Era corrientemente un pariente cercano del curaca titular, por lo común su hermano, quien le reemplazaba cuando caía enfermo, envejecía, se ausentaba o caía inválido. Como se ve, era frondoso el número de jefes y administradores locales. Incluso las capullanas del espacio Tallán (Piura) tenían sus segundas-personas. Había, pues, una rigurosa jerarquía de curacas.
El símbolo supremo de su parafernalia era la tiara o dúho; un asiento de madera, o piedra, o metal, de apenas 20 centímetros de altura, objeto del que tomaban posesión el día de su entronización o aceptación oficial como curacas de su grupo. Sólo ellos tenían derecho a usar tiara o dúho.
Todo lo anterior dentro de su propia etnia o nacionalidad. Pero frente al Estado Inca, en contraste, ocupaban una posición dependiente al servicio de los intereses del Cusco. En tal sentido se les despojaba de la plena jurisdicción penal, quedando impedidos de aplicar sentencias de muerte y de mutilaciones. También del mando de las tropas en su propia etnia, y por último se les desarmaba. La facultad para aplicar penas de muerte y mutilaciones y la dirección de los guerreros pasaron a la responsabilidad de los tucricuts, o mejor dicho del gobernador estatal que regía al señorío o reino conquistado a nombre del sapainca. El Estado, como es lógico, no dejó a los curacas todas las competencias que habían detentado antes. Y hasta dictaron ciertas medidas degradantes: golpearlos fuertemente con piedras, dejándolas caer con violencia sobre sus espaldas, en caso de incurrir en desacatos o violaciones contra las disposiciones acordadas por y en el Cusco. Y en circunstancias de reincidencia, el despojo del señorío y el destierro a pastorear los ganados del Estado. Pero hay algo más dramático todavía: en la vida verdadera y cotidiana, los curacas perdían cada vez más firmeza y autoridad como resultado del sistema de mitmas, lo que mermaba enormemente el monto de familias a quienes administrar. Los forasteros o extranjeros introducidos en su territorio para sustituir a los trasladados, por lo usual ya no caían bajo su jurisdicción y competencia, sino de la del tucricut, excepto cuando el desplazamiento era a lugares colindantes. Otros reinos, por considerárseles peligrosos y sospechosos, fueron desintegrados, dividiéndolos en diminutos señoríos, como hicieron con el de Ayarmaca, Huanca, Chimor, Lambayeque, Tallán y Palta.
Los curacas, en consecuencia, quedaron circunscritos a labores inherentes a la producción de excedentes a favor del Estado y al rol de colaboradores en toda acción que redundara en pro de la casta imperial: control de mitas agrícolas, ganaderas, mineras, textiles, camineras, tamberas, domésticas, etc. O sea que se les transformó en funcionarios subalternos al servicio del Estado y de los cusqueños. El papel que se les dejó fue el de mayordomos subordinados. Claro que representaban a su etnia, y era frecuente que reclamaran cosas a favor de ella. Pero lo real es que los incas los mantuvieron en sus cargos con fines específicos de interés estatal: poner en marcha y ejecución los contingentes de mitayos para el trabajo agrícola, ganadero, minero, textil, artesanal, vial y de obras públicas en general. En tal sentirlo no hacían otra labor que ejecutar las órdenes del tucricut, el cual a su vez no hacía otra cosa que poner en acción lo que los aposuyos o apocunas y el sapainca disponían. Los curacas, por lo tanto, cumplían el rol de bisagras contactando el poder hegemónico con los ayllus de su señorío o reino. De manera que si podían desplegar alguna capacidad de maniobra o iniciativa, apenas era posible a ese nivel de dependencia y subordinación. Aparte de las restricciones mencionadas, en lo restante los curacas quedaron con la jurisdicción y competencia de siempre para resolver cualquiera de los problemas elementales dentro de sus ayllus, sayas y reinos.
Como es comprensible, se generó una realidad que hería los sentimientos y el pundonor de los que habían sido reyes; por lo que en algunas ocasiones, para recuperar sus poderes perdidos, sublevaban a sus etnias para restaurar sus autonomías, como aconteció con los tanquiguas, chachapoyas, collas, pomaaucas, etc. Los incas, no obstante, trataban y lograron en gran parte neutralizar ese descontento mediante una serie de medidas, principalmente colmándolos de regalos consistentes en yanas, ropas, joyas, coca, vajilla de oro y plata, tierras, ganado, enviándolos al Cusco para participar en ceremonias de fidelidad hacia el sapainca, dándoles una educación proinca. También donándoles esposas cusqueñas, sentándolos lado
a lado del sapainca para que comieran juntos o desplazándose a la misma altura en sus respectivas andas, permitiéndoles capitanear a los guerreros de sus etnias (pero bajo el comando de generales incas) en las campañas de conquista y represión en otras nacionalidades, como ocurrió con Huayna Cápac y apo Guagal, rey de los guayacondos. Pero la ocurrencia más pasmosa y notoria se presentó con el rey de Chincha, a quien se le permitía tener una anda más lujosa y ostentosa que le del propio sapainca.
Algunas cosas que donaba el poder supremo (ropas, esposas, tierras), pasaban a pertenecer al curaca o beneficiario, quien no podía enajenarlas ni regalarlas. Dichos bienes apenas podía transmitirlos por herencia al que le sucedía en el puesto de curaca. Esta figura es de meridiana transparencia en las Informaciones del cacique Guarache de Quillaca-Asanaque, las cuales enfatizan que a las piezas de cumbi forradas con plumas y joyas de oro y plata que sus señores recibieron de Túpac Yupanqui, les dieron tal tratamiento. Además, eran artículos que trataban de conservarlos el máximo de tiempo posible, luciéndolos únicamente en actos indiscutiblemente solemnes.
Y algo más. El sapainca en cada etnia anexada tomaba como esposa o esposas a una de las hermanas, o a una de las hijas del rey vencido; y en ciertas oportunidades a la propia reina viuda (capacmama), cuyo marido había sucumbido en la guerra de conquista, como sucedió con la gran señora de Otavalo, que fue tomada como esposa por Huayna Cápac. Ello tenía su finalidad: generar vínculos de parentesco entre el Cusco cesáreo y las noblezas regionales, de modo que los vástagos habidos en esa forma, como hijos del sapainca y nietos del rey vencido pudieran convertirse en los eslabones idóneos de la unión y paz entre el imperio y la etnia o curacazgo. Como se ve, los cusqueños aplicaban diversos mecanismos para contentar y adormecer a las aristocracias regionales o locales.
Otra táctica para debilitar al curaca vencido consistía en capturar a la huata o ídolo del dios principal del señorío o reino, transportándolo al Cusco para guardarlo en uno de los tantos santuarios de la capital. En esa forma no hacían otra cosa que convertirlo en rehén, sujeto a escarnios en caso de que el curaca jefaturara una revuelta proindependentista. De conformidad a la mentalidad andina de la época, constituía una de las represiones más audaces y efectivas para dominar y acallar a as aristocracias provincianas.
Pero las relaciones entre curacas sapaincas estaban establecidas de manera muy personal. No se las desplegaba utilizando a la burocracia intermedia. De ahí que los curacas, cada año, posteriormente de las cosechas, viajaban al Cusco acarreando ellos mismos, simbólicamente, parte de los bienes producidos en las tierras del Estado y del sapainca, como muestras indiscutibles del trabajo o mitas cumplidas por sus etnias. Lo que a su turno daba motivo a que el soberano les retribuyera con una generosidad espectacular, porque les colmaba de obsequios consistentes en ropa, joyas, coca, caracolas y hasta esposas, algunos de las cuales (excepto los vestidos y las esposas) el curaca, una vez de regreso a su pueblo, podía redistribuirlos entre los curacas subalternos a él (de saya, de huaranga, pachaca, ayllu). Y es posible que ello hubiera dado sus frutos al modo que lo quería el máximo grupo de poder; pero en los escasos 95 años que duró el Tahuantinsuyo no pudieron cristalizar tales deseos, por eso cuando los conquistadores españoles hicieron acto de presencia, los disgustos ocultos salieron a flote dando lugar a alianzas con Pizarro para derrocar a los incas. Tal aconteció con los huancas, chachas, cañares, huayllas, tarmas, carangues, quillacas, huarochirís, etc.
Las reglas de sucesión de los curacazgos, en términos globales, eran parejas en el Tahuantinsuyo. No existía derecho de primogenitura; pero sí cuidaban de que el continuador perteneciera a la familia del curaca difunto. En consecuencia, lo que buscaban es la capacidad del heredero. Las mujeres estaban descartadas del poder curacal, salvo en algunas etnias determinadas del Chinchaysuyo: Tallán, Tumbes, Huancavilca, Chono y Carangue. Los incas no intervenían innovando ni avalando las pautas de transmisión del mando curaca’. Dejaban que las etnias la hicieran de acuerdo a sus costumbres ancestrales y locales. Así lo dispuso, p.e., Túpac Yupanqui después que apresó y llevó prisionero al Cusco al rey Lupaca que se había insurreccionado; los lupacas pacificados y privados de su jefe, quedaron libres para designar un nuevo molleo o capas-curaca de conformidad a su derecho consuetudinario.
A los curacas les sucedían, pues sus hermanos, hijos y sobrinos. Desde luego que se prefería a uno de Jos hijos; pero cuando quedaba niño o no lo había, el cargo ocupábalo el hermano del extinto; y cuando faltaban hermanos se echaba mano de los sobrinos.
El hijo escogido por el curaca titular le ayudaba a gobernar y administrar. Así todos sabían de antemano quien iba a ser el próximo señor o apo; pese a lo cual no faltaban a veces algunos ambiciosos que conjuraban para alzarse con el cargo.
Con todo, el poder estatal podía también destituir y nombrar curacas según las circunstancias. Esto se aplicó en forma continua en Chachapoyas en todo el tiempo que duró el imperio Inca. Para ello el soberano designaba como a capaccuracas incluso a sus yanaconas más fieles. En el valle de Lima Huayna Cápac también hizo lo mismo, nombrando a su yana Caxapaja como curaca de una de las parcialidades. Claro que fueron en coyunturas excepcionales.
El curaca declarado como sucesor tenía que ser reconocido por el poder imperial, a quien el curaca estaba obligado a hacerle muestras de adhesión y fidelidad. Y para que la fidelidad pudiera echar raíces y mantenerse firme, el hijo del curaca a quien se le sindicaba como heredero se le encaminaba rumbo al Cusco, para que residiera allí cierto tiempo, con la finalidad de inculcarle una mentalidad proinca, asimilando el modo de vida y comportamiento dominante del grupo de poder imperial, de manera que al retornar a su terruño fuera un obediente servidor y cumplidor del sistema.
En suma, los curacas perdieron mucho de su importancia práctica, quedándoles el cargo en algunas ocasiones sólo como título honorífico, como sucedió con el Chimo Cápac, cuyo Estado fue fragmentado en tal forma que cada valle y pueblo fue convertido en un cacicazgo “autónomo”, dejando al referido Chimo Cápac apenas con mando en el pueblito de Mansiche (aledaño a la ciudad de Trujillo). El mismo procedimiento aplicaron contra los reinos Huanca, Palta y Ayarmaca.
Una prueba de que los curacas jamás estuvieron interna y plenamente satisfechos con el rol de “funcionarios” subalternos y dependientes, cumpliendo el papel de formidables administradores de los servicios personales a favor del Estado Inca, es la actitud que tomaron frente a los conquistadores hispanos: los recibieron como a libertadores para sacudirse de la hegemonía del Cusco. La documentación al respecto es muy apreciable, como lo constatan las fuentes concernientes a Carangue, Cañar, Cajamarca, Chachapoyas, Huaylla, Mama, Picoy, Huanca, Chanca, Charcas, Quillaca- Asanaque, etc.
§. El ejército
Los ejércitos estaban integrados por campesinos convocados para cumplir su mita o servicio militar obligatorio, aunque sin ninguna estrictez para los yungas de la costa y algunas guarangas de Cajamarca. Acabado el servicio cada cual retornaba a sus ayllus. Pero el alto comando estaba constituido por una oficialidad permanente, integrada por incarunas.
Sin embargo, aparte de los levados eventualmente, según una fuente escrita del siglo XVI (1582) se sabe con toda seguridad que, a partir de Túpac Yupanqui, se habían conformado pelotones con militares profesionalizados, desligados por completo de las tareas productivas y serviles. Nos referimos concretamente a la guardia personal del sapainca integrada por cañares, chachas y en otras épocas por carangues y huancas. Pero la figura mejor documentada y en verdad impresionante es la de los charcas, caracaras, chuyes y chichas (en el Collasuyo) que fueron convertidos en una casta guerrera permanente y hereditaria, desvinculados absolutamente de todo otro tipo de trabajo; llegando, por lo tanto a tener un sitio especial en la pirámide de clases andina.
El ejército, entonces, se componía de dos sectores: uno flotante y otro duradero. El primero conformado por los que cumplían su servicio o mita militar de carácter transitorio. Y el otro, el fijo, constituido por el alto comando, guardias personales del soberano y por ciertas nacionalidades o etnias que alcanzaron aquel status. Consecuentemente, había un ejército profesional como institución, no obstante que los soldados de la plana baja se alternaban con frecuencia entre las faenas agropecuarias y las armas.
El ejército mismo no estaba unificado racionalmente, por cuanto cada unidad correspondía o representaba a una nacionalidad o etnia. Fehacientemente se sabe que jamás se produjo una amalgama. El por qué actuaban configurando unidades étnicas, se debe a que el Estado era un ente plurinacional o pluriétnico, y porque manteniéndolos divididos por nacionalidades se fomentaba la competencia o emulación, anulando las ambiciones de los jefes inferiores. Cuando fallecía un guerrero en campaña, su etnia tenía que enviar un reemplazante de inmediato.
El ejército, empero, tenía una minoría de nobles cusqueños, bien que era una minoría selecta, entre los cuales se distribuían y concentraban los cuadros y altos mandos que dirigían a una numerosa tropa compuesta por escuadrones levados en todas las etnias que integraban el Estado imperial, escuadrones que marchaban bajo la responsabilidad de sus propios curacas, supeditados a la oficialidad cusqueña. Así es como conducían y obtenían aplastantes victorias y éxitos rutilantes.
A los efectivos se los nucleaba por secciones de acuerdo a los ayllus, sin mezclarlos unos con otros. Luego se agrupaban de conformidad a sus sayas o huarangas (mitades). Y por fin todos reunidos formaban el batallón de la etnia o nacionalidad. Pero como todos siempre se dividían por lo menos en dos mitades cada cual tenía su propio jefe, que competían para lucirse cada vez mejor; pese a lo cual trabajaban en gran convivencia y complementariedad. Además el jefe de Anan, o el de la huaranga principal, invariablemente tenía un rango y status más elevado. Así por ejemplo, los chancas, que se separaban en Anan y Urin, tenían dos jefes; y los cajamarcas, distribuidos en seis huarangas, poseían seis altos jefes, siendo uno de ellos, el de la huaranga de Cuismancu o Guzmango, el principal. Los ejércitos eran, pues, multitudinarios y multinacionales. Pero había un supremo comando integrado por incas del Cusco, porque de lo contrario hubiera sido un revoltijo.
Las unidades estaban acuarteladas en campamentos y galpones ubicados en las llactas estatales y en los campos abiertos durante las campañas, donde armaban carpas o toldos (tiendas de campaña). La organización prohibía en forma terminante el acampamiento en tierras útiles de los ayllus, no pudiendo tomar y peor saquear nada de los pueblos que vivían en paz. Era un método para que no incubaran odio ni desconfianza hacia el poder. La manutención y vestuario de los guerreros corrían a cargo exclusivo de los almacenes del Estado.
Algunas guarniciones de frontera, en tiempos de paz, se comportaban como colonias de trabajo, cultivando sus chacras y practicando aynis y mingas.
La disciplina militar, por consiguiente, la aseguraban colocando a los efectivos bajo la jefatura de la encumbrada aristocracia cusqueña, consiguiendo, éstos, imponerse ventajosamente, mientras la plana subalterna únicamente acataba lo que se le ordenaba, por cuanto así lo prescribía la subordinación.
Cuatro retratos de militares o guerreros en actitudes inherentes a su profesión o dedicación.
A base de los restos arqueológicos de un galpón ubicado en Huánucopampa (arriba) se ha diseñado una representación ideal del mismo (abajo) que como se ve, servía para alojar a las tropas. Edificios de este género existían en las plazas principales de todas las llactas.
Pero el alto comando, totalmente en manos de los más enaltecidos príncipes del Cusco, era alcanzado por sujetos que demostraban condiciones físicas y mentales idóneas, fáciles de descubrir durante las pruebas rituales del huarachico.
El ejército tahuantinsuyano cumplía tres funciones principales:
1. el ensanchamiento del territorio mediante conquistas planificadas.
2. La defensa de la soberanía territorial, mediante el rechazo a invasores e incursiones de pueblos y tribus fronterizas. Y
3. el mantenimiento del orden establecido por la etnia Inca del Cusco. Dadas las circunstancias históricas del período 1438-1533 la guerra fue, consecuentemente, en esos tres frentes desde que surgió Pachacútec hasta que cayó Atahualpa. Merced a esos tres objetivos el Estado pudo mantener su supremacía durante 95 años.
La gran cantidad de voces concernientes a la vida y actividades castrenses recopiladas en los diccionarios quechuas y aymaras del siglo XVI y comienzos del XVII, denuncian tangiblemente el grado sumo de militarismo a que había llegado el último imperio andino, como corolario de las tres finalidades fundamentales que cumplió, ya enumeradas. Y ello, a su turno demuestra que los incas habían hecho de la guerra el mejor expediente para cristalizar sus metas políticas, como cualquier otro Estado imperial del mundo de ayer y de hoy.
Es incuestionable que sin guerreros los incas nunca hubieran podido construir un Estado imperial con territorios tan extensos (casi 2 millones de kilómetros cuadrados) y aproximadamente 12.000.000 de habitantes. Ello ineludiblemente, tuvo que ser conseguido, consolidado y conservado a base de conquistas y represiones permanentes en la forma descrita por los informantes del virrey Toledo (1570- 1572) y Pedro Sarmiento de Gamboa. En tales aspectos su rol fue brillante. De ahí que en la vida rutinaria y sustantiva el poder del Estado descansaba y se mantenía gracias al Ejército y las armas. Lo sabían perfectamente los incas; por eso establecieron la mita militar obligatoria y grandes privilegios para éstos y para los soldados profesionalizados.
Es lógico. El poder inca había nacido de la violencia, agresión e invasión, por lo que tenía que mantenerse gracias a ella. De allí que cada sapainca tenía gran esmero en incrementar y controlar el ejército, que poco a poco se lo convertía en una institución profesional. El ejército se engrosaba con reclutas conforme iban anexando señoríos y reinos. He ahí también las causas de por qué los guerreros eran
los que obtenían más notoriedad y status que cualquier otro runa. Pero no todos gozaban del mismo rango; entre ellos imperaba la jerarquización que dependía de la clase social de la que procedían. El jatunruna reclutado conformaba la tropa, la cual era dirigida por sus curacas; y por fin el alto comando siempre en manos de los incas del Cusco. Pero hay algo que diferenciaba al guerrero del no guerrero: aquél estaba muy bien retribuido, se le permitía hasta participar del botín y saqueo de los pueblos vencidos y reprimidos.
La ocupación militar gozaba, pues, de reputación. Quien iba a prestar servicios en tal ejercicio no perdía sus derechos en sus respectivos ayllus, donde, mientras duraba su empleo, la comunidad les cultivaba sus parcelas, de manera que podían contar con reservas o ahorros. Y a más de ello, en los campamentos donde actuaban, recibían de los almacenes estatales abundantes raciones periódicas. Aparte de lo cual los jefes no olvidaban de redistribuirles, sin parar, artículos de prestigio (maíz, coca, ropa, joyas, etc.). Una vez que el imperio quedó constituido olvidaron para siempre el uso de mercenarios. Ser guerrero en actividad, por lo tanto, ofrecía suculentas ventajas, hay que ver que percibían rentas del Estado y seguían conservando los productos de sus parcelas.
Y como a los guerreros se les homenajeaba y retribuía con creces para tenerlos adictos al sistema, trataban de distinguirse con sus hazañas para lograr más dádivas y privilegios; que para conseguirlos, muchas veces con más vehemencia que los mismos incas, pugnaban para emprender nuevas conquistas, con miras a mejor status,
En el Estado inca, dice Murúa, se tenía mucho aprecio por el “el ejercicio de la milicia”, como “el más grave y noble de todos”. Lo que advierte que configuraba un Estado imperial, sostenido por batallones de guerreros bien provistos, motivo por el cual el gobierno les abastecía y aprovisionaba hasta la saciedad; y no solamente a ellos sino también a sus familiares, siempre y cuando estuvieran en el servicio activo. Los incas reflexionaron que de otra manera habría sido impracticable convertirlos en buenos servidores del orden establecido. Pero los premios y distinciones se acrecentaban para los guerreros que observaban una conducta valerosa, inteligente y leal, cuyas acciones aumentaban a celebridad y poderío del Estado Inca. En tales compensaciones se involucraba, inclusive, ya se dijo, el obsequio de una o más esposas adicionales.
§. Las etnias en el contexto del Estado. La dualidad
Desde antes del Tahuantinsuyo hubo zonas en el espacio andino donde existían ayllus auténticamente autónomos, sin reconocer más jefe que el de su propia unidad de parentela extensa. En tales circunstancias los españoles les dieron el nombre de behetrías; como fue en Chachapoyas, Chimbo, Pasto y otros ámbitos más.
En otros espacios, diversos ayllus, por razones explicables, comúnmente para defenderse de ataques externos, o para controlar equitativamente los recursos (v.g., las aguas de riego), habíanse agrupado o aliado o confederado dando lugar a la aparición y formación de señoríos, donde varios ayllus con sus jefes permanecían bajo la dependencia de uno de esos ayllus, en quien reconocían el liderazgo. Es posible que esto lo haya detentado el ayllu dador de la idea o iniciador de la unión, o el de mejor comportamiento durante la defensa. En tales casos, pues, se habían configurado señoríos que, como vemos, eran agrupaciones de algunos ayllus que acataban al curaca de uno solo de ellos. En dicha situación, el curaca líder o superior reproducía, pero en grande, los deberes, obligaciones y derechos que disfrutaban los curacas subalternos de su señorío o dominio. Como sus obligaciones habían crecido, tenía derecho a más tierras, más ganado, más prestaciones de servicio (yanas, mitayos) y, por consiguiente, también más compromisos para regalar, retribuir y redistribuir bienes.
Pero ahí no terminaba la cuestión, porque varios señoríos podían y de hecho se unían bajo la superioridad de uno de ellos para constituir uno mayor, una organización ya de tipo Estado (reino), figura que estaba bastante generalizada en los siglos XIV y XV. Cuando sucedieron esos hechos, los señoríos que se aunaban para conformar un reino, se asociaban en sayas (mitades), unas iban a Anan (arriba) y otras a Urin (abajo); o a Allauca (derecha), o a Taipi (medio o centro) e Ichoc (izquierda); aunque otros preferían aglutinarse tomando como base el sistema decimal de pachacas (cien/micromundo) y huarangas (mil). En dichas circunstancias el señorío mayor o líder reproducía en forma más ampliada la estructura económico-social que imperaba a nivel de los otros, como ellos a su turno habían reproducido lo que funcionaba en el ayllu. Era, pues, una repetición de abajo hacia arriba, caminando el sistema como una rueda dentro de otra rueda: toda una jerarquía de curacas subordinados unos a otros, operando en la totalidad de los niveles el mismo régimen redistributivo, cada vez más amplificado. Pero eso sí, todos aquellos jefes, en cualquiera de sus escalones piramidales recibían la misma denominación: curacas, si bien para diferenciarlos se anteponía a dicho título el nombre de la unidad que jefaturaban: ayllucamayoc o ayllusca o ayllucuraca, pachacacuraca, huarancacuraca, sayacuraca, allaucacuraca, taipi-curaca, ichocuraca, y por fin el capaccuraca o jatuncuraca (rey). Así sucedió en Huambos, Cajamarca, Huamachuco, Huanca, Chanca, Huánuco, etc.
En consecuencia, estos últimos (capaccurazgos o jatuncuracazgos), que evidentemente se trata de reinos (como el Lupaca, Huanca, Cajamarca, Chanca, etc.) eran sistemas que, en múltiples veces, cubrían espacios demasiado extensos y no en pocas oportunidades con una densa población (100 000 habitantes en el ejemplo Lupaca) y muchos disfrutando dentro de sus fronteras de la integridad de microclimas y pisos ecológicos (como ocurría en Cajamarca, Huamachuco, Tarma, Aneara, Chanca). Pero también existían otros de mediana territorialidad (Chupaichu, Yacha), e incluso otros de pequeñísima superficie (Tabacona, Lacha, Pimampiro, Honda, Pomacocha).
Pero aparte de los reinos, como los que se acaban de mencionar, había ciertas regiones donde uno de ellos, mediante conquistas e invasiones, se había anexado el territorio y población de otros reinos. En tal particularidad la terminología correcta para distinguirlos es el de imperios; pues no otro nombre merece el Estado que invade e interviene en el destino de sus vecinos. Y eso ocurrió justamente con los chimor y los chancas y, finalmente, con los incas del Cusco. Los Chimor, cuyo foco nuclear floreció en el valle de Moche (Trujillo) logró conquistar los reinos y señoríos costeños hasta Tumbes por el norte y hasta Collique (Carabayllo/ Lima) por el sur; de manera que dentro de su órbita cayeron inclusive los reinos de Lambayeque, Tallán, Huaura y Collique entre otros. En cuanto a los chancas, emigrantes salidos de Chucurpo (Castrovirreina/Huancavelica) también mediante invasiones y conquistas habían conseguido anexar los señoríos y reinos por entonces localizados en lo que hoy son los departamentos de Ayacucho y Apurímac. Cuando exactamente se lanzaban a la conquista de los ayarmacas y de la etnia Inca, fue que comenzó a declinar y desmoronarse su poderío; heredando sus glorias y esfuerzos los incas del Cusco, quienes, empleando los mismos métodos, se desplazaron por la totalidad de la esfera andina, no parando hasta conformar el Estado imperial de territorio más amplio y de población más numerosa, como nunca se había conocido antes en ninguna parte del subcontinente. Incluso conquistó y desestructuró a los Chimor.
Mujer perteneciente a la etnia Pasto, ubicada en el extremo septentrional del Chinchaysuyo, (norte del Ecuador/sur de Colombia).
La organización del Estado tahuantinsuyano generó su propia administración. Básicamente mantuvo intacta la existencia de los ayllus y la división de las macroetnias en dos o más mitades: Anan, Urin, Jatun, Allauca, Taipi, Ichoc, Payán, Collana, Cayao, Pachaca y Huaranga. Diversos apelativos según la región, pero una sola realidad supraestructural. Y cada jurisdicción con sus respectivos linderos ya naturales, o ya artificiales, o simultáneamente los dos a la vez.
Esquema que muestra el funcionamiento de las seis huarangas del reino de Huamachuco. Cuatro eran nativas, de origen preinca; y dos creadas por la administración cusqueña, agrupando en una a los mitmas yungas (costeños) y en otra a los mitmas serranos. En total, allí operaban más de 70 funcionarios.
Así lo permite afirmar el examen de los juicios de sucesiones y de tierras colectivas llevados a cabo desde mediados a fines del siglo XVI.
La dualidad o sistema de mitades estaba presente en todas partes y actos de la vida política, laboral, cívica, militar y religiosa. Como ya quedó enunciado hasta había dos incas, uno de Anan y otro de Urin. Inclusive los individuos tenían un “otro yo”, cuya imagen se reflejaba en el espejo de las aguas y en las superficies de metales pulidos (plata y piedra gallinazo). El ideal de los jatunrunas fue que todo anduviera en pareja; la idea de lo disparejo (1, 3, 5, 7, etc.) no les atraía demasiado.
Pero como ya se vio había también casos de trisecciones: Allauca, Taipe e Ichoc; Jatun, Anan, Urin; Collana, Payán, Cayao. En tales esquemas los jefes tenían asimismo rangos teóricamente iguales, pero siempre uno de ellos (Allauca, Jatun, Anan, Collana) con más peso que los otros.
En fin, el procedimiento de mitades, ya sea en dos, tres o más divisiones intervenía en cualquier modelo de organización económica-social-política-religiosa. Entre los arriba señalados los más importantes eran Anan, Allauca, Jatun y Collana. Tal regla y método servía para diferenciar a la gente de acuerdo a sus roles jerárquicos; arrastrando a su vez la permanente emulación y oposición, sin que significara forzosamente una guerra a muerte; sino, sencillamente, una latente pugna por los cargos y por hacer mejor las cosas. Al fin y al cabo redundaba en una gran complementariedad: a unidad de los contrarios.
Empero, como el territorio estaba dividido en cuatro regiones, se hizo necesario el funcionamiento de cuatro aposuyos que representaban al sapainca en cada cual. Así se agilizaba Ja administración.
En seguida cada sector o sección de los respectivos suyos tenían sus directores especiales en estricta jerarquía, es decir dependiendo de un superior, incluso los bienes patrimoniales del sapainca tenían sus “mayordomos” o administradores propios.
La burocracia estaba, pues muy desarrollada, un aparato gerencial de gran capacidad y fidelidad, de cuya incorruptibilidad y honradez se gloriaban y envanecían los sapaincas. El Estado tenía funcionarios para todo: control de mitas, almacenamiento de productos; vigilancia de caminos, puentes, tambos, canales, andenes, talleres artesanales; para la dirección de trabajos públicos, de realización incesante y por doquier, etc. La burocracia hacía lo posible para la marcha del imperio, ya que gracias a ella las disposiciones y órdenes del gran rey se cumplían.
Podemos afirmar que en términos generales era una organización respetuosa de las fronteras étnicas que hallaban conforme iban dilatando sus posesiones; bien que no siempre era así. Hay referencias, p.e. de como a la etnia Huambo (Cutervo-Jaén) se la fragmentó, agregando una gran parte de sus tierras y ayllus de su porción norte a Tabacona, con la finalidad de crearle a éste un macroambiente, pues era demasiado pequeño. Pero en lo que incumbe a los chimús, lambayeques, tallanes y paltas los desestructuraron en tal forma que cada valle y/o pueblo fue convertido en un diminuto señorío “autónomo”. Sin embargo en otras partes, como en Chachapoyas, Chimbo y Pasto, donde encontraron que cada ayllu funcionaba independiente de otro, los aglutinaron bajo el mandato de un sólo jatuncuraca nombrado por los propios sapaincas.
El poder inca no se inmiscuía en los asuntos internos de los ayllus, ni señoríos, ni reinos. Los dejaban regirse y vivir de acuerdo a sus costumbres milenarias y consuetudinarias. Y si alguna vez lo hacían era por la imprescindibilidad de poner orden, como cuando Túpac Yupanqui intervino entre los aymaraes y los parihuanacochas con el objeto de deslindar sus fronteras, poniendo fin a una lid bastante sangrienta; o como cuando Huayna Cápac terció por las mismas razones en el área del reino Huanca.
§. Armamento
Entre las armas conocidas entonces hay que mencionar en primer instancia las ofensivas:
1. Estólicas. que exhibían hasta cuatro modelos, y éstos mismos otras variantes, muy sencillas por la simplicidad de sus mecanismos y facilidad de manejo. También se les da el nombre de tiraderas. Tenían mangos de madera de longitud fluctuante entre 60 y 90 centímetros para hacerlos reposar en el antebrazo, simulando la prolongación de dicho miembro. Permitían el lanzamiento de la flecha o dardos con velocidad y dirección fijas.
2. Hondas o huaracas, compuestas por un lazo de longitud y ancho ponderable. Al proyectil se lo colocaba en la zona media. Se doblaba el lazo, cogiéndolo por ambas puntas. Con ligereza se lo batía alrededor de la cabeza, soltando luego uno de los cabos, de manera que el proyectil salía disparado gracias a la fuerza centrífuga, siguiendo la dirección de la tangente.
3. Lihuis o ayllus, que no son otra cosa que las boleadoras: dos o tres cuerdas sueltas, calculadamente de uno o dos metros de largo, unidas en uno de los extremos para formar una sola cuerda trenzada que podía tener de seis a ocho metros de longitud, uno muy largo, unicorde al principio y tricorde al fin. En las puntas de las tres cuerdas sueltas se ataban tres piedras redondeadas y acinturadas. Para accionarlas se las batía alrededor del cráneo, igual que las hondas; pero al lihui se lo lanzaba con cuerdas y todo para enredar las piernas del enemigo y las patas de los camélidos, evitando, su fuga. Las impulsiones certeras podían fracturar los huesos.
4. Clavas o mazas de chonta, guayacán, Hoque y mutoy, maderas bastante duras. Son una especie de mangos de 60 a 80 centímetros de largo y de distinto grosor, de cinco a ocho centímetros. Con el gran mango se descargaban golpes sobre los cuerpos y cabezas del contrincante, produciendo gravísimas heridas.
5. Arcos y flechas ponderablemente generalizado entre los batallones conformados por guerreros provenientes de la selva alta, y principalmente de antisuyos (Amarumayo). A los arcos fabricaban los con listones de chonta y mutuy: leños fibrosos. A las flechas con varillas livianas, por lo general con cañas y carrizos. Las puntas confeccionábanlas de hueso, o trozos de guayacán tostados; habíalas también de sílex; pocas veces las hacían de metal. Su longitud variaba de 120 a 150 centímetros.
6. Hachas o champis, temible arma ofensiva de piedra y de metal.
7. Lanzas de madera dura, llamadas chuquis. Las adornaban con borlas y haces de plumas. Quienes las llevaban también portaban rodelas o adargas de madera forradas con cuero, único modo de defenderse de los ataques cuerpo a cuerpo a que daban lugar as peleas con lanzas.
Entre las armas defensivas hay que enumerar:
1. los cascos de madera, en figura de conos, a veces protegidos con anillos de metal. Más se los usaba por la oficialidad.
2. Las pecheras de cobre, también propias de la oficialidad, si bien más eran adornos que objetos de resguardo personal.
3. Escudos de madera forrados con cuero y exornados con planchetas de cobre y plata.
4. Petos usados para guarecerse de dardos y hondazos. Iban embutidos con algodón con la finalidad de proteger sus pechos y espaldas.
Todo ello conformaba el equipo defensivo y ofensivo de los guerreros en campaña. Y era el Estado el que les proveía de tales artefactos, que igualmente habían sido elaborados por milayos especialmente señalados. No se sabe que hayan portado ni ostentado en los combates otros arreos ni piezas para defenderse ni para impresionar a sus contrarios.
§. La guerra
A la guerra, teóricamente, la consideraban un azote. Sin embargo, en la práctica el ataque y la muerte figuraban a la orden del día. Parece que estaban convencidos que toda acción guerrera era urgente e ineludible para hacer prevalecer la paz. Es innegable que a toda maniobra de conquista, represión y combate antecedía una invocación o requerimiento para evitarlas; pero como los atacados y reprimidos usualmente rechazaban los ataques, entonces se sucedían los sangrientos actos de ferocidad. La historia incaica está muy bien ejemplificada al respecto. P.e. el trato despiadado que se dio a los rebeldes tanquiguas (ahora provincias de Víctor Fajardo y Cangallo), a quienes se les desapareció casi totalmente, convirtiendo en yanaconas a los sobrevivientes gracias a la compasiva intercesión de la coya. En el área de los cayambes-carangues-pastos a mortandad también fue sin clemencia, una verdadera hecatombe. Y en cuanto al plan de deportaciones masivas, los incas no tuvieron rivales; etnias casi íntegras eran movilizadas de un sitio a otro, a centenares de kilómetros, como sucedió con los chachas y cañares; y a veces para ubicaras en zonas de ecologías tan agresivas en condiciones de verdadera esclavitud (pinas), como ocurrió con no pocos de los mitmas cayambis, quitos, pastos, cañares y chachas en los cocales de la selva alta.
A los vencidos, asimismo, se les encaminaba a la capital con sus armas y sus ídolos para ser pisoteados por los vencedores, por cuanto acostumbraban celebrar su victoria de ese modo. A otros los encarcelaban en las temibles sancaihuasis (“casas del pavor”): unas concavidades subterráneas repletas de fieras, serpientes, alacranes, arañas y otras sabandijas.
De los cráneos de sus opositores hacían copas para beber; de sus huesos, flautas; de sus dientes y orejas, collares; de su piel, tambores. Aspectos, por lo demás, que fueron característicos o típicos de todas las etnias andinas y otras del mundo, y no solamente de la Inca.
Diversos tipos de armamento: Proyectiles. Boleadoras, Hachas. Hondas, Porras.
En efecto, cuando los ejércitos retomaban victoriosos al Cusco, los conquistadores y represores ingresaban motivando un desfile por las calles principales y a plaza mayor (Aucaypata).
Escena de guerra.
La integridad de la etnia Inca, gente de todo sexo y edad, salía de sus casas para saludar y recibir a sus héroes. Se llevaba a cabo un desfile triunfal en medio de los sonidos emitidos por múltiples instrumentos musicales. La multitud se apiñaba a los lados de las calles y plazas. Mientras los soldados penetraban con el botín de guerra, entre el cual figuraban en sitio preferencial las estatuas de los dioses capturados, las momias o mallquis de los fundadores míticos de los pueblos subyugados y también los caudillos derrotados. Todos en andas y en orden, de acuerdo a sus rangos; y detrás los centenares de prisioneros a pie, jalados por una soga atada a sus cuellos. Había sacrificios y danzas. El sapainca y los héroes eminentes pisoteaban, simbólicamente, los cuerpos de los rendidos y los trajes de sus enemigos muertos.
La guerra, como los guerreros, se hacían necesarios para:
1. ampliar el territorio del Estado.
2. Para la estabilidad del orden establecido al interior del imperio.
3. Para repeler cualquier invasión foránea.
4. Para mantener en el gobierno al grupo de poder, reprimiendo a los provocadores de conjuras.
El mencionado grupo de poder, para hacer realidad sus propósitos, confiaba más en el ejército. No se preocupaba por lo que ahora llamamos el “apoyo popular”, porque a las comunidades o ayllus, de vida aislada y bastante autárquica, les importaba un bledo lo que acaecía a nivel político y militar del Estado imperial. No había, pues, contradicción entre ayllu/Estado; pero si con las aristocracias regionales, quienes, pese a tantos halagos que les prodigaba el Cusco, mantenían palpitante la nostalgia por sus pérdidas independencias. De ahí que la guerra y los guerreros se convirtieron en uno de los resortes más importantes del régimen. Como toda pax imperial, la paz inca se sostenía gracias al accionamiento de los ayllus, a las permanentes retribuciones y redistribuciones y a las guarniciones que forzaban a aceptar la supremacía del Cusco.
Las tropas tahuantinsuyanas para ir a los enfrentamientos bélicos no se pintarrajeaban la cara ni otras partes descubiertas del cuerpo, cosa que sí sucedía en algunas etnias regionales, sobre todo en las periféricas. Lo que éstas buscaban con tal actitud era causar pavor en sus contrincantes, como arma sicológica para extenuarlos. Lo que sí estilaban en forma común y general era lanzarse al ataque profiriendo una ensordecedora gritería, acompañada de atronadores ruidos producidos por pututos y otros instrumentos musicales, que conducían ambos contendientes.
Según las fuentes, fue en la época de Huayna Cápac y de Huáscar que se llevaron a cabo más expediciones guerreras, pero no para conquistar nuevos territorios sino para contrarrestar las violentas convulsiones locales. Análogamente en dichos reinados más campañas militares fueron puestas en movimiento para debelar conspiraciones generadas en el seno del grupo de poder, que para anexionar otras etnias. Era pues un peligro incesante, motivado por el ensanchado imperio edificado sobre la fragilidad de un mosaico plurinacional o pluriétnico y multilingüístico.
Pero a los pueblos rebeldes no se les exterminaba literalmente. No les convenía desaparecer a las multitudes porque necesitaban su energía para generar un plus o excedente a favor del Estado. Lo que hacían es extraerlos y trasladarlos a otros lugares con diversos fines: destierro, colonización, producción, guarnición, etc. Sólo en circunstancias excepcionales se procedía a aniquilamientos horrendos.
§. Un imperio multilingüístico
A la vez que multiétnico, funcionaba también un Estado plurilingüístico. El idioma más extendido era el quechua o runashimi, que sin ser el habla originaria de la etnia Inca, ella lo cogió como oficial de sus dominios para imponerlo forzosamente entre la administración y burocracia con la obligación de conocerlo. El área geográfica del quechua abarcaba práctica y realmente todo por donde antes se había extendido el imperio Huari, lugares por los que, igualmente, existían otros dialectos.
La segunda lengua en extensión era el aru (haque-aro) hablada por los pueblos de filiación aymara, en un ámbito que no solamente cubría lo que había sido el imperio Puquina (Tiahuanaco), sino también por otros del norte, v.g. hasta Yauyos, Huarochirí, Canta y Cajatambo. Precisamente en Yauyos queda un rezago del aymara más arcaico: el cauqui, residuo de las oleadas de los migrantes-invasores aymaras de los siglos XII-XIII después de Cristo.
La tercera lengua en importancia la constituía el puquina, hablado exactamente en los lugares por donde antiguamente se expandió el Estado puquina (Tiahuanaco), con su base nuclear en el Altiplano del Collao. Este idioma entró en crisis en los propios siglos XII-XIII ante las oleadas invasoras protagonizadas por los aymaras, los cuales si bien no liquidaron al puquina, pero por haberlo convertido en el habla y expresión de las mujeres, poco a poco devino en una lengua de segundo orden en la zona.
Otros idiomas notables en el imperio fueron el mochica (Lambayeque- Chepén, Pacasmayo, Trujillo); el culli (Huambo, Cajamarca, Huamachuco, Conchucos); el colic (Moquegua); el cunza (Atacama); el uro (lagos y ríos del Titicaca-Poopó); el sec (pescadores de Sechura); el tallón (Piura); el quignam (Trujillo). En el norte del Chinchaysuyo descollaban el cañar y el purguay o puruhae.
Una característica que uniformaba a dichas lenguas es que todas eran aglutinantes y polisintéticas. Es decir, con una pequeña frase podían significar ideas y conceptos mucho más amplios.
§. Migraciones forzadas, pero bien planificadas
Los mitmas (o mitmacuna en quechua castizo) eran unas veces enormes y en otros pequeños grupos de migrantes controlados por el Estado. El traslado comprendía a hogares conformados por familias nucleares-simples y nucleares-compuestas, y en ocasiones a ayllus íntegros. Jamás se dispuso migraciones de hombres ni de mujeres solos. Por ¡o tanto, en 1 os desplazamientos se incluía a sujetos de toda edad. El número de migrantes dependía de lo planificado por el poder. De ahí que en ciertos lugares era masivo y en otros mínimo. Los mitmas chilques en el país Tanquigua sumaban miles; en cambio Jos mitmas cayampis en el área Chupaichu no pasaban de 20.
Los mitmas cumplían varias funciones:
1. En unos casos se les pasaba de un extremo a otro para colonizar, conformando colonias en puntos neurálgicos. Explotando minas, salinas, maizales y cocales. En el último caso sometidos a un auténtico régimen de esclavitud, si bien constituían los menos numerosos.
2. En otros, para configurar guarniciones de fronteras, con la misión precisa de contener las invasiones de “pueblos bárbaros”.
3. Destierro de grupos peligrosos por subversivos.
4. Como asentamientos político-militares fieles al sistema para mantener la paz del imperio y garantizar el orden establecido por el Estado, sobre todo en las etnias lejanas o periféricas.
5. Como deportados, para así disminuir el volumen poblacional y la fuerza de las etnias altaneras.
6. Para equilibrar la demografía, descongestionando zonas superpobladas e incrementar las raleadas.
7. Para controlar enclaves ecológicos localizados en terrenos de otras etnias, en beneficio de las jefaturas étnicas de las alturas.
8. Para controlar pastos y ganados situados también en otras etnias: a) unas veces usufructuados por los grupos étnicos, y b) otras explotados por el Estado.
9. Desplazamiento de artesanos (olleros, plateros, orfebres, tejedores, plumereros), sacados de sus terruños para mudarlos a lugares donde se necesitaba su producción.
10. Despoblar valles y llanuras para adjudicar sus terrenos a los nobles incas, al Estado y al sapainca mismo.
11. Traslados a lugares sagrados para el servicio dé las huatas (Copacabana p.e.).
12. Reubicación de grupos en el Cusco para la guardia personal del sapainca y servicio doméstico de las aristocracias.
13. Mudanza de familias pertenecientes a etnias consideradas social y racialmente muy bajas, para dedicarlas al consumo de los deshechos de los animales sacrificados.
Las distancias oscilaban desde pocos a miles de kilómetros. Así, los mitmas de Cajamarca en Huambo realmente estaban en etnias contiguas; en contraste con los pastos movilizados a Copacabana (sur del Titicaca), casi a 2500 kilómetros.
En cuanto a lo que ocurría en el Cusco está documentado de que, a partir de Pachacútec, los habitantes oriundos del valle, poco a poco fueron expulsados casi en su totalidad con el objetivo de dejar las tierras vacantes para su ocupación y posesión en beneficio de la etnia inca. Pachacútec, en efecto, reinició el sistema de mitmas; pero los que lo llevaron a extremos inimaginables fueron Túpac Yupanqui y Huayna Cápac. La documentación existente sobre ayllus de mitmas, cuando refieren sus orígenes, invariablemente se remontan a estos dos. Pero Huáscar y Atahualpa también continuaron con dicho mecanismo.
En el mapa se muestra la procedencia de los mitmas que, por disposición estatal, fueron reubicados en los valles de Pachachaca y Abancay (Apurímac).
Vista de Copacabana, al sur del lago Puquinacocha, península donde los incas dispusieron el reasentamiento de 44 ayllus de mitmas para el servicio de las huacas de las islas de Titinana y Coatí.
Hubo un sapainca (Huayna Cápac) que hizo despoblar los valles de Yucay (norte del Cusco), Cochabamba (Bolivia), Cusibamba (Palta), Chaupihuaranga (Pasco-Huánuco) y El Quinche (Quito), para concentrar allí colonias multiétnicas procedentes de distintos parajes del Tahuantinsuyo, para dedicarlas a la producción maicera en provecho suyo y del Estado, que cada vez necesitaba más y más para retribuir servicios y practicar sus reglas de hospitalidad y generosidad (redistribución). Como es lógico, a los desalojados de aquellos sitios los hizo reubicar en otros lugares.
Los mitmas en sus nuevas tierras de asentamiento recibían chacras para levantar casas y cultivar sus productos. Continuaban conformando ayllus, reproduciendo la misma estructura que habían tenido en sus comarcas de origen: curacas, aynis, mingas y mitas. Por cierto que a quienes cumplían funciones en beneficio del Estado se les dejaba muchos privilegios, mas no así a los desterrados por subversivos. De todos modos, a nadie se les dejaba sin medios de producción, ni siquiera a los mitmas esclavos de las plantaciones cocaleras (pinas). La situación de los mitmas salineros de Cachipuquio (Cajas/Tarma) es muy especial. Es cierto que no se les otorgó chacras; pero, en cambio, se les compensó bien con otros productos, sin perder sus derechos en sus ayllus de origen.
Los mitmas-artesanos tenían ventajas y preeminencias, como los ishmas en Ayarmaca que, al ser reasentados por Huayna Cápac en la pampa de Picoy (Anta) no solamente los alojaron en aposentos y les proporcionaron la materia prima, sino que les dieron algo que los plateros costeños no acostumbraban tener: tierras, pastos y ganado, con lo que resultaron en una situación superior a los artesanos yungas del litoral que prosiguieron viviendo en sus lares nativos.
De acuerdo a su economía política, a las diversas modalidades de mitmas enunciados se las puede agrupar en tres tipos.
1. los que pasaban a otros lugares en calidad de runas libres;
2. los llevados a terrenos pertenecientes unos al Estado y otros al soberano, en condición de semilibres; y
3. los confinados en los cocales de la ceja de selva, verdaderamente esclavizados.
En el primer caso se les otorgaba tierras o pastos de usufructo colectivo, bien delimitados, donde quedaban conformando ayllus con derechos y obligaciones, bajo la jefatura de un curaca que obedecía directamente al gobernador o tucricut. En aquellas tierras y pastos rehacían sus vidas. En el segundo caso, los reasentados o transferidos a tierras del Estado y del inca, lo hacían en calidad de yanas, si bien recibían el nombre específico deyanayacos (siervos del inca, o del Estado). No recibían el usufructo de tierras colectivas; pero se les daba un tupo dentro del gran patrimonio territorial que pertenecía al sapainca o al Estado, para su usufructo solamente, de manera que permanecían conformando unos verdaderos siervos de la gleba. Así vivían los mitmas-yanayacos en Cajamarca. Los mitmas recluidos en los cocales, llamados pinas, aunque recibían tierras en usufructo estaban sometidos a una virtual y real esclavitud, como quedó explicitado.
Con el sistema de mitmas los señoríos y reinos se vieron muy mermados no solamente en su potencialidad demográfica, sino también en el espíritu étnico y nacional; porque sus curacas quedaban por lo general sin jurisdicción ni competencia sobre los otros mitmas o “extranjeros” que les metían en sus tierras, quienes más bien llegaban a “espiar” para informar a los grupos de poder.
Para los traslados, teóricamente se propugnaba que fueran a comarcas ecológicamente similares a las suyas, con lo que, según parece, querían evitar los malestares y/o trastornos biológicos reubicando a personas de las tierras bajas en las altas serranías, y viceversa. En la práctica, no obstante, tal propósito fue imposible de cumplir en toda su dimensión. Por eso es corriente hallar en la documentación yungas costeños en las altas cordilleras, como los colliques de Chiclayo en Cajamarca, o los talanes de Piura en Cayambe (Quito), o los chinchas del norte de lea en las orillas del lago Titicaca. Bien que los casos más y mejor conocidos lo constituyen las colonias lupacas, collas y carancas del altiplano que paraban en el litoral de Moquegua, Tacna y Arica controlando chacras emplazadas en ecologías cálidas, en un ambiente en todo contrario a los suyos.
Todos intervenían en el sistema de mitmas, desde los pertenecientes a la etnia Inca hasta los despreciados uros. En lo que corresponde a éstos últimos, fueron arreados al valle del Vilcamayo para que allí devoraran las sobras que dejaban otros y las vísceras de cuyes y llamas que arrojaban los sacrificadores. Como gente de mentalidad mágica y supersticiosa, pensaban evitar todo acto de hechicería obligando a que los uros ingirieran sus desechos.
En el programa de mitmas no estaban exceptuados, pues, ni los incas de sangre ni los simbólicos o de privilegio. Justo, con la finalidad de afianzarse en la integridad de las etnias ocupadas, forzosamente desplazaban a los lugares estratégicos a individuos de su linaje y case para que allí ejercieran una firme administración y control económico, social, político y militar. Como lo constata la documentación de archivo, se hallaban mitmas incas en la totalidad de cabeceras de “provincias”, instalados en los mejores barrios de las llactas, al alcance de puentes, almacenes, fortalezas y caminos para garantizar su seguridad y defensa en casos de revueltas. Los tucricuts regionales pertenecían a esos ayllus de mitmas incas.
Otra particularidad notable es que a los incas simbólicos o de privilegio, como mitmas en tierras distantes se les concedía las prerrogativas inherentes a los de sangre. Los oriundos de las etnias les miraban como a verdaderos incas; bien que sabían guardar las distancias de rango por saber perfectamente de donde fluían.
Los mitmas incas que vivían en provincias estaban muy satisfechos de pertenecer a la casta de los poderosos, ora de sangre, ora simbólicos, se ufanaban de ser parientes del sapainca, del hijo del Sol. Sin embargo, hubo épocas en que, por parar demasiado lejos del Cusco, esos lazos se aflojaban convirtiéndose en los peores opositores. Tales noblezas, vigorizadas por la distancia, usurpaban los derecho? del sapainca y hasta declarábanle la guerra logrando, a veces, el apoyo de los regn (colas), generando anarquía. Así acaeció con Atahualpa frente a Huáscar.
En todas las etnias del Tahuantinsuyo fueron instalados grupos de mitmas de uno u otro modelo. En algunos su presencia era intensamente masiva, como acontecía en el país de los tanquiguas, donde apenas el 10% lo componían nativos; pero cosa todavía más sobrecogedora sucedió en la península de Copacabana, en la que el 100% lo componían mitmas. Pero hay un hecho notable respecto a los mitmas cañares y chachas, grupos de los cuales fueron reubicados en casi todo el territorio del Tahuantinsuyo. ¿Con qué fines? Pues, para ocuparlos en puestos de confianza del sapainca; y en el Cusco inmutablemente formando parte de su guardia personal. Empero, el trasfondo era disgregarlos en lo máximo para debilitar a sus jefes, sobre todo a los chachas, que jamás estuvieron contentos con la dominación inca, contra la cual conspiraron en tres ocasiones.
Entre mitmas y oriundos las relaciones no se mantenían tan armoniosas que digamos. El propio grupo de poder se comedía por fomentar rivalidades, como hábil medida para mantenerlos desunidos, previendo así cualquier concertación entre ambos, que es precisamente lo que querían evitar, y para lo cual, en !o fundamental, se procedía a las migraciones. He aquí porque en algunos lugares como en Carabuco (Titicaca) los naturales fueron aglomerados en Urin y los mitmas o forasteros en Anan, viviendo los dos en una permanente pero velada hostilidad por considerar a los anan “extranjeros” y usurpadores, realidad que aún prevalecía en 1620, a más de 120 años de su migración.
Pero en el Tahuantinsuyo, donde, ante todo, imperaban las relaciones de parentesco y no las territoriales, los mitmas, por más distantes que se los hubiera desplazado y por más generaciones que transcurrían no perdían su etnicidad (o nacionalidad). Es que en las formaciones andinas el terruño, etnicidad y nacionalidad dependían del linaje, del parentesco, de la sangre, y no del lugar donde nacían y vivían, Por eso el tataranieto de un mitma Cusco en Cajamarca en la segunda mitad del siglo XVI pese a haber ya nacido aquí él, su padre, abuelo y bisabuelo, seguía siendo cusqueño como lo había sido su tatarabuelo llegado en la segunda mitad del siglo XV. En las formaciones económico-sociales andinas, el terruño, etnicidad (o nacionalidad) se adquirían pues, por el ius sanguinis y no por el ius solis.
Cabalmente por imperar el ius sanguinis, los mitmas seguían perteneciendo a su etnia de origen, continuando bajo la competencia y jurisdicción de sus curacas nativos. A las mitas que cumplían en sus nuevos habitats, se las reputaba y contabilizaba dentro de las que realizaban sus connacionales que continuaban residiendo en sus territorios étnicos. De todas maneras estas concepciones supraestructurales funcionaban muy bien tratándose de mitmas que radicaban en territorios de etnias colindantes a las suyas; pero con mucha dificultad cuando el desplazamiento era sumamente lejano, como p.e. los pastos del extremo norte reasentados en Copacabana, o los huamachucos en Jauja, o los quitas en Chucurpo, o los collas y lupacas en Carangue, etc., etc. En tales oportunidades parece que en la práctica quedaban desligados en lo económico y político, pero no parentalmente. Entonces conformaban ayllus endógamos que podían ser colocados bajo la jefatura del capaccuraca de la etnia a donde migraban. Así por lo menos ocurrió en Cajamarca y Huamachuco. Pero eso sí, continuaban bajo la competencia de los curacas propios que regían a cada ayllu de mitmas. Pero en uno y otro caso, todos caían bajo el control y vigilancia del tucricut o gobernador estatal.
De todos los mitmas, los que innegablemente padecían más que cualquier otro de los habitantes tahuantinsuyanos eran los confinados en los cocales de la ceja de selva. Ahí, el clima húmedo, las aguas contaminadas, la proliferación de insectos y más que todo la presencia de la mortificante uta que desgarraba sus rostros representaba una auténtica penitencia de la que nadie escapaba. Y lo peor es que los mitmas de los cocales estatales y del sapainca permanecían ahí de por vida. Claro que también recibían tierras para producir sus alimentos, pero éstas no mitigaban su vida atormentada. En consecuencia, los que trabajaban en los cocales de la selva alta no eran mitayos o braceros que se mudaban por tumos, sino laborantes perennes, una verdadera esclavitud. Por eso quienes bregaban por ahí, no eran runas extraídos de ayllus pacíficos, sino rebeldes, sublevados y subversivos que en forma recalcitrante habían rechazado la dominación del Cusco; en otras palabras: prisioneros condenados y forzados a vivir trabajando en un medio tan horrible. Dichos mitmas eran los pinas o esclavos a que- hacen alusión tres fuentes del siglo XVI. En suma, los mitmas de los cocales constituían los esclavos del Tahuantinsuyo. Por felicidad, su número no ascendía a muchos miles en el imperio.
Hay atisbos de cómo ciertas categorías de mitmas estaban conformando una nueva clase social, pero con diversos rangos y status de acuerdo a la función que ejercían. Si se les desterraba por castigos político-militares, ocupaban un peldaño bajo; si se trataba de espías y vigilantes a favor del Estado, su posición era expectante; en caso de artesanos sucedía igual. Parece que en tomo a los últimos estaba emergiendo una nueva categoría social.
Ni caminos ni chasquis contribuyeron a difundir la lengua, como creen algunos historiadores; puesto que ambos servicios eran eminentemente burocráticos. Los incas, además, nunca tuvieron un proyecto para extinguir las lenguas regionales, ni tampoco sus peculiaridades materiales y espirituales. Lo que buscaban era el fácil cumplimiento de las mitas, y nada más. Y si es que alguna vez hubo difusión de algo, ese fue un mérito que hay que adjudicárselo y reconocérselo a los mitmas.
§. Una infraestructura famosa: vías o caminos
Existían varias vías; pero dos eran las famosas: las longitudinales de la costa y sierra. La primera se prolongaba de Tumbes al Maulé, y a otra desde Pasto a Cuyo (Mendoza/Argentina). Pero, aparte, funcionaban una gran cantidad de rutas transversales que enlazaban los valles costeños con las tierras altas y ceja de selva, contactando las dos “carreteras” longitudinales y ligando costa, sierra y montaña (selva).
Los caminos exhibían algunas técnicas inconfundibles. Procuraban, en lo posible, que en su trazo persistiera la línea recta con la finalidad de acortar las distancias, circunstancias muy notable para disminuir el tiempo de los caminantes y la transmisión de noticias. He ahí por qué las rutas bajaban, recorrían, subían, volvían a bajar y ascender por cerros, cumbres, laderas, valles, etc. Se extremaban también para abrirlas por zonas de más fácil drenaje con el objetivo de excusar deterioros y lograr una larga duración. Como las más importantes eran las longitudinales, en la sierra seguían la dirección de las cadenas montañosas, por eso no pocas avanzaban por las cimas. Su ancho variaba de 2, 5 a 6 metros.
Muchos mapas viales del Tahuantinsuyo han sido elaborados; pero a éste, de J. Hyslop, se lo considera el más exacto.
Los lugares moderadamente empinados se los vencía con rampas; y aquéllos con mucha pendiente mediante escaleras, cuyos pasos siempre los hacían inclinados hacia abajo, con una altura por lo habitual de 30 centímetros de grada a grada. Para ello cortaban la roca, o colocaban piedras superpuestas.
Perspectiva de la ruta caminera costeña, con muros de tapiales en los costados para defenderla, en lo posible, del avance de las arenas y servir de guía a los transeúntes.
A los pantanos cubríanlos con rellenos de piedras y arena, formando una especie de calzabas, como la de Jaquijaguana (pampas de Anta) o la del itinerario que corría por la vera lacustre del reino Lupaca. Cuando proseguía no vertical sino paralelamente por las laderas, no abrían tajos en el cerro mismo sino levantaban plataformas utilizando relleno, la mayoría de las veces con muros de piedra seca.
Como estaban hechos a escala humana y no mecánica, ofrecían diversas perspectivas según la orografía y ecología por donde pasaban: angostos senderos en las abruptas quebradas y al borde de precipicios, con escalones de piedra en las empinadas cuestas, como las que se veían en la subida de Pariacaca, donde se contaban hasta 3000 peldaños. Su ancho, en las pampas, alcanzaba hasta seis metros. En los desiertos costeños ponían señales de madera y adobe para evitar el extravío de los viandantes; en tanto en los valles de la misma región se deslizaban delimitados por altos tapiales y sombreados por frondosos árboles que contagiaban frescor al ambiente. En las zonas lluviosas y pantanosas elaboraban sistemas de drenaje y colocaban pisos de baldosas para evitar charcos y fangos. Y por último, un servicio de mitayos permanentes, proporcionado por los habitantes de su contorno, velaban para su mantenimiento, evitando que jamás sufrieran menoscabos, todo bajo la vigilancia de unos administradores especiales y ad hoc. Fue una de las obras que más admiración causó a los españoles, para quienes las vías del imperio romano apenas aparecían como lánguidas sombras comparándolas con las del Tahuantinsuyo.
La extensión de las citadas vías cubría más de 30.000 kilómetros entre longitudinales y transversales. Por cierto que los incas no hicieron otra cosa que rehabilitar, reabrir o perfeccionar muchísimos de los viejos itinerarios de los imperios Huari y Puquina (Tiahuanaco); pero, es indudable, superándolos en magnitud. Su reapertura fue iniciada por Pachacútec y continuada por los demás sapaincas: Túpac Yupanqui, Huayna Cápac, Huáscar y Atahualpa.
Con todo, es necesario no eludir que los caminos eran de propiedad estatal, única y exclusivamente al servicio del poder:
1. Su función consistía en facilitar el rápido y fácil traslado de los guerreros que iban a conquistar, reprimir o a contener invasiones extranjeras,
2. Para que los chasquis pudieran movilizarse con agilidad, presteza y sin estorbos conduciendo los mensajes y noticias que interesaban al gobierno.
3. Para que los mitayos-cargueros pudieran caminar sin problemas transportando los productos generados por los mitayos-productores a las coicas de las llactas regionales y al Cusca mismo. Y
4. para que cualquier funcionario o administrador estatal, incluido el sapainca, pudiera trasladarse cuantas veces quisieran a cumplir sus roles.
Los caminos, como se advierte, no fueron abiertos ni estaban mantenidos con fines de “unificación nacional”, ni para propiciar el desarrollo de un mercado interno, ni para que los pueblos o campesinos pudieran cómodamente comunicarse con sus vecinos. Por el contrario, el Estado restringía el tránsito de la gente. El ideal era que nacieran, vivieran y murieran en sus propios terruños. Cuando se suscitaban movimientos migratorios, es porque el Estado los proyectaba y permitía, después de minuciosos estudios sobre su conveniencia o inconveniencia.
A las rutas camineras no sólo se las reparaba y cuidaba solícitamente por mitayos, a quienes los controlaban funcionarios exclusivos, sino que cuando convenía al régimen abrían otros nuevos, paralelos a los antiguos, quedando éstos virtualmente abandonados. Huayna Cápac fue el soberano que tuvo interés en los cambios de itinerarios; de ahí que en algunas partes se hablaba del camino de Túpac Yupanqui y del camino de Huayna Cápac, y así por el estilo, indicando quien había sido su promotor.
En fin, así file como las vías permitieron vigilar más estrechamente a las etnias; enviar mensajeros y recepcionar informes con pasmosa rapidez; desplazar tropas a las fronteras y a etnias sublevadas sin pérdida de tiempo. Los caminos, en dichos aspectos, cumplieron un papel formidable asegurando la paz imperial en todas partes. Permitieron también la consolidación del centralismo cusqueño y la intervención de la etnia Inca por doquier. Gracias a las vías el Estado dejaba sentir su acción y peso en todas partes.
§. Puentes
Ríos, quebradas y otro género de hondonadas vencíanlos gracias a varias tipologías de puentes, para lo cual dominaban una ponderable tecnología. Los construían según las características topográficas del terreno, de acuerdo a los materiales disponibles en la región y de la importancia de la obra. De conformidad a tales considerandos los había hasta de cinco modelos:
1. de troncos o palos;
2. de piedras;
3. de una o dos cuerdas (huaros, oroyas, tarabitas);
4. flotantes y
5. colgantes.
Los más sencillos y corrientes eran los de troncos apoyados sobre rocas o torres de albañilería levantadas intencionalmente y emplazadas en sitios donde las orillas se estrechaban más.
El impresionante puente colgante sobre el río Apurímac, en la ruta de Curahuasi al Cusco.
A los troncos, por lo general dos o tres, los extendían de una a otra vera. Luego, atravesados, ponían otros palos amarrados con cuerdas de cabuya, o de paja, o de lana, o de cuero. Encima colocaban ramas y tierra, apisonándola; quedando listo para el tránsito. (Todavía se los hace en gran cantidad en los caseríos de la sierra).
Puente flotante de Chacamarca. Desaguadero del Titicaca.
Para los de piedra seguían el procedimiento anterior, sólo reemplazando las vigas por largas losas pétreas, sobre las que ya no necesitaban poner nada. Un ejemplo típico de tal espécimen existía en Chavín de Huántar, el mismo que fue destruido por el aluvión de 1943.
Oroya o cables para el transbordo de personas, animales y cosas. Habitualmente tenía una cesta, si bien no figura en el dibujo.
Las oroyas o huaros se reducían a un cable tirado de una margen a otra, pero atados fuertemente a árboles, o pilares o muros de piedra construidos exprofesamente. Por el referido cable se deslizaba una canasta de mimbres suspendida por una argolla de madera. Con una persona y cosas metidas en la cesta, se los jalaba del borde opuesto por medio de sogas. Pero cuando el individuo era experto en los citados trajines, él solo podía impulsar el cestón a lo largo de la cuerda.
A los puentes flotantes los confeccionaban ligando balsas de totora unas al costado de otras. Encima disponían algunas tablas y suficiente totora y luego una capa de tierra, quedando expeditos para el servicio, boyando sobre las aguas. Requería un asiduo cuidado para renovarlos oportunamente, antes de que la podredumbre los deshiciera. En el Tahuantinsuyo se mencionan dos puentes famosos de esta índole: uno en el Desaguadero (sur del Titicaca) y otro en Balsas, en el río Marañón, entre Celendín y Leimebamba (Cajamarca-Chachapoyas).
Los colgantes constituían los más abundantes y característicos en las vías estatales. Miguel de Estete, cronista del siglo XVI, asegura que eran dos en cada lugar donde funcionaban: uno destinado al pasaje de los nobles, y el otro al de la gente común. Cosa que ha sido puesta en duda hace poco, admitiendo más bien que, por tratarse de estructuras íntegramente vegetales, de corta duración, el gobierno, para que nunca se detuviera el tránsito, mientras se reemplazaba el puente principal, su semejante seguía prestando servicios. Consistían de dos a cinco gruesos cables de fibras trenzadas (paja, o cabuya ¡Agave americano), que alcanzaban el volumen de un cuerpo humano (0.60 centímetros de diámetro), amarrados a resistentes muros de piedra erigidos frente a frente en ambas riberas. Las cuerdas soportaban un piso conformado por ramas ligadas que atravesaban las maromas. Los parapetos estaban hechos con otras dos sogas a manera de barandas, llenado el espacio con un tejido de fibras que iba de la baranda al tablero. Cuando los tendían o construían en ríos de gran fondo, como el Apurímac, ofrecían un aspecto impresionante, mucho más cuando oscilaban a los impulsos del viento y del vaivén del caminar
de los transeúntes. Por eso también les denominaban simpachaca, es decir, pasaderas de crisnejas o trenzas.
Aparte de lo indicado, hacían uso de algunos instrumentos flotantes para cruzar los ríos de apreciable y enorme caudal: balsas de totora y palo; e incluso conocían flotadores de calabazas, como los que manejaban los chimbadores del Yaucha o Santa (Chimbote). En Piura y Tumbes, como en la selva, para el mismo fin, hacían uso de canoas.
§. Tambos y chasquis
Cada cierta distancia, a lo largo de los caminos frieron establecidos unos edificios particulares llamados tambos (tampu) con la función de servir de albergue, descanso y aprovisionamiento a quienes transitaban cumpliendo mitas y comisiones encargadas por el poder estatal: chasquis, guerreros, funcionarios, administradores, visitadores, etc.
Los tambos también corrían a cargo de un servicio de mitayos, cuya cifra fluctuaba según el número de compartimentos y la magnitud del edificio, Dichos mitayos, por su cuenta y riesgo, por igual, podían expender algunas cosas en canje con otros productos (trueques) o a cambio de monedas mercancías. A los mencionados mitayos tamberos se los sacaba de los ayllus y señoríos cuya área atravesaba la carretera, o de etnias vecinas por cuyos territorios los caminos no eran muy transitados.
Los chasquis (corredores, postas) hicieron posible que las noticias fueran transmitidas a la mayor velocidad posible. El chasqui que llegaba corriendo a un punto no se detenía a referir el informe al otro chasqui que lo esperaba, sino que le comunicaba el recado continuando la carrera. Para que esto pudiera llevarse a cabo, precisamente el chasqui que se acercaba anunciaba su presencia tocando una bocina de caracola (huayllaquepa o pututo), y como el otro chasqui siempre se encontraba alerta, esperando y preparado con sus sandalias puestas, su bolsa lista y su manta liada en su casita levantada en las orillas del camino, salía de inmediato a darle el encuentro. Y lado a lado, sin detener el trote, avanzaban dando el uno y recibiendo el otro los mensajes.
El tambo de Chuquipuquio, mostrando el estilo y forma de las casas chimbos.
Las distancias fijas a correr por cada chasqui variaban de conformidad a las calidades del terreno. En los llanos adelantaban más kilómetros que cuando agitaban los talones por cuestas y graderíos. De todas maneras la velocidad era portentosa. Se sabe de un mensaje que llegó de Chuquiapu (La Paz) a Tacna en tres días, luego que los chasquis trotaron una distancia de más o menos 300 kilómetros. Gutiérrez de Santa Clara y Pedro Pizarro hablan de unas cartas enviadas del Cusco que llegaron a Quito en cinco días. Y Fernández de Oviedo se refiere a otras comunicaciones remitidas de Cajamarca que arribaron al Cusco parejamente en cinco días.
Chasqui o posta en plena acción, llevando noticias de un lugar a otro. Porta su vestimenta característica.
Capítulo 12
La tradición andina. Literatura, historia y ciencia
Contenido:
§. Literatura
§. Música, Canto y Danza
§. Historia y mito. La narración oral
§. Derecho
§. Ciencia en general
§. Ciencias naturales
§. Aritmética. Quipus y registros
§. Astronomía y astrología. Calendario
§. Literatura
De la vida intelectual poca huella es lo que se encuentra en los documentos, lo que aparentaría demostrar que sus realizaciones en este campo fueron escasas. Piezas de su literatura no quedan en abundancia, y las poquísimas que fueron recogidas por algunos cronistas están dirigidas a exaltar y a rogar a las divinidades, lo que indicaría que su musa estuvo encaminada más hacia lo eminentemente religioso. Las recitaban cantándolas, igual que las epopeyas. Quienes preparaban dichas composiciones, los amautas, quipucamayos y haravec, gozaban de gran prestigio.
Los géneros líricos, poéticos, coreográficos, miméticos y recitados fueron bastante notables en el repertorio. Existían varios géneros de canto y numerosos subgéneros. Enunciaremos a los más conspicuos:
1. el haylli o canto de victoria;
2. el harahui o canción amatoria, amorosa;
3. el huañupac harahui o huacapayapuni: endechas; y
4. el huacaylli o canto plañidero solicitando lluvias.
Los pocos rezos e himnos que han llegado a nosotros fueron recogidos por Cristóbal de Molina, Juan Santa Cruz Pachacútec y Guamán Poma de Ayala. En ellos aparecen mezclados problemas morales y materiales, como el siguiente por ejemplo; '
¡Oh Señor! antiguo Señor, diligente Señor, gran Señor,
Tarapaca Señor, quien dice: “haya reyes, haya incas”,
guarda en paz y seguridad al rey que tú has puesto, al mea que tú has creado.
Que aumente su gente, sus sirvientes, que derrote a cada uno de sus enemigos. Para siempre y jamás, sin interrupción guarda sus hijos, y sus descendientes también, en paz ¡oh Señor!
En poesía es muy tierna y expresiva la amorosa, a la que apreciaban sobremanera. En ella evocan la nostalgia por la amada ausente, y lamentan al que ama sin esperanzas. A tales piezas, por lo frecuente, también las cantaban con notas pentatónicas.
Como los pueblos andinos no tuvieron escritura no dejaron testimonios escritos de sus composiciones literarias, de modo que no se sabe de manera fehaciente si sus himnos sagrados adquirían la forma de la prosa, o tal vez la de las estrofas poéticas. Los cronistas, cuando coleccionaron algunos, los transcribieron en prosa, sin que sea prueba concluyente de que sus referidos himnos hayan tenido ese modelo; por cuanto en el siglo XVI y primeros años del XVII, quienes redactaban en el Perú, sobre todo los indígenas (Santa Cruz Pachacútec y Guamán Poma) desconocían las reglas pertinentes, y ni siquiera por entonces habíanse establecido las pautas ortográficas.
§. Música, canto y danza
La música tenía objetivos profanos, religiosos y guerreros. Los dos primeros con letra y tonalidad espirituales.
Música y danza estaban bastante extendidas en todos los sectores sociales y en cualquier tipo de actividades. En la corte, el sapainca y la coya tenían sus músicos y danzantes. Lo mismo ocurría en los acllahuasis, donde un grupo social de ellas, las toqui acllas, se dedicaban a tal ejercicio. Incluso cuando el jefe supremo iba de paseo, hacía el camino con músicos y bailarines; aspecto en el cual los curacas se le diferenciaban muy poco. Las acllas también danzaban y cantaban durante las fiestas solemnes ante la presencia del soberano. Y si bien todas las clases sociales gustaban del baile, ello no quiere decir que se mezclaran para divertirse; la separación de clases era rígida hasta en eso.
Música, canto y danza en conjunto recibían el nombre genérico de taqui, palabra que, estrictamente, significa canto. Allí se conjugaban ritmo, literatura y plasticidad corporal. Había infinidad de danzas; prácticamente cada actividad humana tenía dedicada una, en cuyas figuras y gestos se simbolizaban o reproducían las escenas más importantes e impactantes: la agricultura (siembra, cosecha, limpieza de canales), ganadería, pastoreo, la guerra, la vida de las aves y animales domésticos y salvajes; el matrimonio, los funerales, ritos de pasaje o de iniciación, erotismo (fecundidad). En sus danzas y cantos también escenificaban y relataban sus hechos históricos, míticos y legendarios. En ambas situaciones guardaban un hondo sentido religioso, como p.e. las danzas del Huacón, Mama Rayguana y otras que enumera Ávila para la etnia Huarochirí.
Ni música, ni danza, ni teatro se habían independizado de lo religioso; no estaban en realidad secularizadas. Entonces se ponían sus mejores tocados, sus trajes de gala que sacaban de sus vasijas o los descolgaban de las estacas de madera y piedra que se veían en las paredes interiores de sus casas oscuras. En los documentos más antiguos se mencionan el arahui; el huayno; la llamaya (pastores); el harahuayo (agricultores); la cashua o cachua (alegría y galanteo); el haylli arahui (victoria guerrera). Todas las cuales siempre estaban relacionadas con las fiestas rituales y agropecuarias, por lo que invariablemente los ejecutantes consumían increíbles cantidades de chicha (cerveza andina), hasta perder el conocimiento. En las realizadas para provocar la fertilidad de a tierra y el ganado revestían un vigoroso carácter orgiástico, como ocurría en Huarochirí en la danza de casayaco, en homenaje a la diosa Chaupiñamca, protectora de la fecundidad. La ejecutaban desnudos, aunque portando uno que otro adorno. Pensaban que la diosa rebosaba de felicidad al contemplar los genitales masculinos, lo que agrandaba su poder fertilizador.
En la sierra central eran muy típicas las danzas:
1. de la vecosinay amna, para dar vitalidad agrícola a la tierra.
2. Del chanco, otra danza erótica dedicada a Chaupiñamca, diosa de a fertilidad, propiciadora de lluvias.
3. Del huari, baile y canto en homenaje a. este dios. Practicábanlo a lo largo de los canales de riego.
4. La airigua, antes y después de las cosechas de maíz. Y
5. el ayño, danzada por los que habían cazado con éxito.
El huauco en el Chinchaysuyo también era un canto entonado por doncellas y mozos percutiendo una tinya (tamborcito). Se les unían varones que respondían soplando una calavera de venado. En el Cuntisuyo tenían notabilidad las sainatas: danzas y canciones armonizadas por mujeres y hombres. También conocían la taquicachigua o cachua, danza erótica pero elegante que gustaba a todo el ayllu. El haylly arahui, en cuyos versos, ya sabemos, exteriorizaban el triunfo guerrero. El llamaya, modulado por los pastores. El pachaca huarayo, cantado y danzado por los labradores. El quisquiría collina, muy preferido por las collas, Y el aymarama, cuando iban a las chacras.
En la sierra central, en efecto, eran muy populares las danzas rituales denominadas Mama Rayguana y Huacón. En la primera se rememoraba y rendía homenaje al pajarito zorzal (chicuaco)y al picaflor (quinti), que hicieron posible el conocimiento de las semillas alimenticias en el mundo, robándolas a Mama Rayguana cuando dormía, según el mito. La del Huacón escenificábanla con trajes especiales y máscaras de narices largas; se la ejecutaba para verificar el control social, denunciando y castigando a quienes no habían cumplido con las buenas costumbres de la comunidad durante el año que terminaba. Principalmente publicitaban la conducta de las mujeres.
Danzas según las regiones del tahuantinsuyo
Las danzas agrícolas, ganaderas y guerreras tenían un insondable objetivo propiciatorio: congraciarse con las divinidades y mallquis para obtener apoyo en las buenas cosechas, abundante caza y protección del ganado doméstico y silvestre y el triunfo en los ataques y batallas. Otras para atraer las lluvias y aguas; o para ahuyentar los aguaceros, las heladas y granizadas.
Música y danza llenaban un fulgente rol en el ayni, minga y mitas, porque entretenían, divertían y generaban el ambiente artificial de ser trabajos fáciles. De ahí la costumbre de que quienes organizaban dichas faenas cuidaban para que no faltaran músicos, aparte de las constantes retribuciones con chicha, comidas y coca.
La música era pentatónica; y el canto siempre estaba acompañado con instrumentos de viento, o rimados con tintineos de cencerros, percusión de tambores, y toques de caracoas marinas y quenas o flautas. Los instrumentos musicales más comunes eran:
1. los tamboreros o pomatinyas de piel de puma.
2. Las trompetas de caracola o guayllaquepas.
3. Trompetas de calabaza o legendaria: pototo.
4. Una especie de flauta traversa: pincullo,
5. Flautas de pan o antaras. Y aparte de ellos otros que en las fuentes aparecen unas veces bien y otros mal descritos: pipas, catahuis, quenaquena, chiuca, nucaya, sonajas, maichiles, silbatos, etc.
Algunos instrumentos musicales
Tenían tambores de dos modelos: los grandes (huancar) y los pequeños (tinya) Los primeros para uso de hombres y los otros para ser tañidos por las mujeres. Se los hacía de cuero de llama, y en ocasiones con piel humana. Había algunos tan enormes que necesitaban cuatro tañedores adultos. Los hechos con piel humana los confeccionaban empleando la de los caudillos rebeldes y enemigos derrotados en las batallas o ejecutados.
Igualmente preparaban unos instrumentos musicales con los cráneos de los venados y perros que, como las trompetas de oro, plata y cobre, servían para las danzas rituales y para convocar a las fiestas en homenaje a sus huacas. Mientras más antiguos, acumulaban más mérito. A los de calavera de venado se les decía huauco.
Por cierto que no todas las piezas musicales y danzas eran idénticas o unas solas a lo largo y ancho del Tahuantinsuyo. Existían abundantes y visibles variantes según las zonas; y había etnias propietarias de sus danzas, no permitiendo que fuesen bailadas y ni siquiera imitadas por otras. De modo que puede afirmarse sobre la existencia de piezas musicales y danzas que eran propiedad colectiva de algunas etnias, como la llamaya y chaqueta que sólo las cabrioleaban los pastores aymaras.
La etnia Inca, por supuesto, tenía por igual sus propias danzas para ejecutarlas durante las solemnes festividades del Intirraimi, Capacraimi, Sitúa y otras. Los incas tenían, incluso, almacenes donde concentraban sus instrumentos musicales. En el Cusco dos eran los bailes de más aceptación: el huayno, ejecutado por parejas, y la cashua o cachua, danzada en coro. Ninguno de los dos tenía expresiones grotescas.
Entre las representaciones se encuentran la aranyani, danza de enmascarados, y la puruc aya: procesión funeraria. El puruc aya era el llanto general por la muerte del sapainca, llevando su vestido y estandarte real. Conformaba un marco ceremonial apropiado para las representaciones de la historia incaica.
§. Historia y mito. La narración oral
Los mitos y leyendas, e inclusive los cuentos y fábulas, constituían para el runa historias verdaderas. No ponían en duda los relatos que referían el ordenamiento del mundo, del hombre, de los animales, plantas y diferentes accidentes de la naturaleza y de la propia vida social y conducta personal. Las narraciones citadas también explicaban sus ritos y ceremonias para garantizar su producción y reproducción. Los campesinos nunca recelaban de que tales exposiciones fueran productos de la imaginación de los sacerdotes, de los grupos de. poder y de los narradores en general. Creían que los animales pensaban y hablaban, por la simple razón de que los mitos aseveraban de que antes de ser animales habían sido seres humanos.
Y a consecuencia de ello se suscitaba otra cosa que debernos tener en cuenta, y es que aquellos eruditos narradores mezclaban hechos francamente históricos con otros de la ficción (mitos, cuentos). Así, por ejemplo, los prodigios del pequeño niño Maita Cápac, conversiones de hombres en piedras y animales, de dioses que descendían a la tierra para ordenar el mundo o para dialogar con los incas y sacerdotes. En fin, hablaban a veces hasta de entes que jamás existieron en la tierra: supais, visscuchus, sacras, japiñuñosy humapurics, o sea fantasmas, duendes y sombras tenebrosas. Pero eso sí, nunca tuvieron idea del “diablo” al estilo del lucifer del Viejo Mundo.
Sus relatos mitológicos y legendarios los recitaban acompañados de música y canto muy rítmicos, y lo mismo hacía con sus cantares históricos referentes a hechos de incas y otros proceres. Eran cantos épicos y dramáticos con notas líricas y eglógicas o pastoriles. Sus relatos épicos estaban escoltados de mucha ritualidad. A otros se los escenificaba y dramatizaba conformando un auténtico teatro. Procuraban representarlo todo.
Las versiones históricas no eran tan fidedignas. Al igual que hoy había una historia oficial en contraste con las explicaciones orales populares y/o campesinas. La etnia inca, como otras nacionalidades regionales, exageraban y magnificaban falseando su historia con el objeto de justificar sus acciones y tener el camino libre para lanzarse a sus empresas de conquista y dominación. Además, como tradiciones que pasaban de padres a hijos durante generaciones, sufrían cambios adrede y no adrede, como ocurre con los relatos acerca de Manco Cápac y los Hermanos Ayar; sobre todo la de los últimos,
que habiendo sido enemigos de la etnia inca, la historia oficial los modificó de conformidad a sus conveniencias, presentándolos como a hermanos que por fuerzas y designios extraterrestres acabaron apoderándose del Cusco y convirtiéndose en piedras.
Hasta ahora nadie ha podido probar en forma fehaciente de que los incas hayan tenido escritura. Los tocapus o adornos geométricos que les placía estampar en los trajes de los soberanos y grabar en las superficies de los queros rituales, son solamente ideogramas o símbolos, pero de ninguna manera escritura. De modo que la retentiva de los acontecimientos únicamente podían confiarla a dos elementos: la memoria y los quipus, y de cuando en cuando a pinturas. Sin embargo no hay que olvidar que la memoria humana tiene sus límites; por lo usual se puede memorar y evocar con bastante fidelidad sucesos de hasta 150 años de haber transcurrido. Pasado este lapso la transmisión oral se hace vulnerable, hasta transformarse, quedando meros residuos y, por fin, perderse por completo. Pero los antiguos peruanos, que poseían un perfecto conocimiento de tan ingrata verdad, trataron de conservar y salvar los hechos que les interesaba del pasado, ayudando a su memoria con nudos y dibujos de determinados sucesos y personajes de la antigüedad.
De tal manera que existían tantos “historiadores” como acontecimientos les convenía rememorar, sujetos que tenían el encargo de relatarlos con frecuencia a sus hijos y descendientes para que continuaran reteniendo el recuerdo del hecho. Como cada cual apenas se especializaba en uno de ellos, era entonces bastante fácil la transmisión de los eventos. Por lo tanto, cada sapainca tenía su biógrafo en su respectiva panaca. Y lo mismo ocurría en los ayllus, sayas, señoríos y reinos. De suerte que no habían “historiadores” que dominaran todos los anales del imperio, sino historiadores particulares, exclusivos en sucesos concretos o casuísticos. Cuando los cronistas españoles quisieron escribir las biografías y fastos andinos, tuvieron que entrevistar y escuchar a cada uno de aquéllos, en lo posible.
Como se notará, ello daba pábulo a la elaboración de una “historia oficial, podada, porque ningún descendiente era ni es capaz de conservar ni publicitar hechos que deshonran a su pueblo, linaje y antecesores. Y si es que algunos acontecimientos nefastos se transmitían a la posteridad era a través de los historiadores o biógrafos pertenecientes a los bandos contrarios y opositores. Gracias a ellos es dable hoy saber sobre la vida y obra de Inca Urco y Apu Ollanta, o acerca de los asesinatos de Cápac Yupanqui y Túpac Yupanqui. Merced a los referidos métodos es, pues, como pudieron retener los hechos selectivos de cada sapainca, de cada coya y de muchos curacas regionales.
Los personajes oficiales encargados de custodiar la tradición oran legendaria, ora verídica, recibían en el Cusco el nombre de pacariscap villa, personas que no tenían más ocupación que relatar a modo de cantares la vida gloriosa de cada soberano, sus hazañas guerreras, las bondades para con su pueblo. Si había alguien de vida totalmente repudiable y abominable, de inmediato se lo borraba de los cantares, pasándolos al olvido. Era, pues, una historia expurgada, sometida a la censura oficial. Pero así y todo, era una manera de seleccionar los hechos vividos, desterrando lo indigno y no acreedor a la posteridad, Los pacariscap villa, pertenecientes al grupo de los amautas, autores de relatos y cantares históricos, recibían colosales retribuciones, lo que les permitía vivir en el Cusco y otras llactas en un desahogado tren de vida. Entonces, fácil es colegir el tipo de historia que referían, para no desagradar a quienes les subsidiaban tan opíparamente.
El oficio de pacariscap villa se transmitía de padres a hijos en el seno de determinadas familias. Y precisamente por eso, por pertenecer a panacas y familias fijas, es que entre la versión de unos y otros se presentaban diferencias y contradicciones tan flagrantes que ahora ponen en aprietos a los más avispados etnohistoriadores del incario, por cuanto los cantares más tendían a celebrar las glorias que no a presentar relatos concatenados cronológicamente de los hechos, donde los historiadores se esforzaban por exhibir a sus biografiados mejores que a los demás, Cada paraca mostraba mucho ahínco en el mencionado aspecto.
A los conocimientos históricos, en realidad, los utilizaban sin consideración al verdadero devenir. No existía un método científico que entremezclara el aparato conceptual y el mundo de la práctica, por eso en sus conocimientos históricos no sólo metían eventos que realmente sucedieron, sino análogamente ocurrencias ficticias fabricadas por la imaginación premeditada o no de alguien. No conocían, pues, la “ciencia histórica”. El desarrollo histórico, como correspondencia entre causa y efecto les era irreconocible. De ahí que no descubrieron ni inventaron ningún método, para cronologizar las fechas calendáricas de los acontecimientos; tan despreocupados marchaban en esto que ni siquiera contaban sus edades personales por años solares ni lunares. En la cronología de sus señores y reyes se contentaban con saber quiénes fueron antes y quiénes después, sin interesarles cuándo o en qué año fue el cambio. En este aspecto, después de un largo período de ciertos reinados, se iniciaba el advenimiento de una nueva época, como acaeció con Pachacútec, quien puso fin al “caos” político antiguo dando principio a un nuevo orden en el mundo andino; pero sólo en lo político, por cuanto en lo restante la totalidad seguía igual que siempre.
De la historia oficial se extraía y hasta borraba todo aquello que no aseguraba el auténtico curso del mundo. A cualquier personaje o acontecimiento que contradecía la gloria del Estado o del grupo dominante se lo consideraba inexistente. Ahí reside la verdadera causa de por qué el incario nunca pudo desarrollar una “ciencia histórica”. No les interesaba el suceder real de los hechos, sino que los hechos transcurrieran de acuerdo a lo relatado por los mitos.
Conocían, pues, dos formas recitadas: el hucaripuni y el hahuari cuycuna, dos formas importantes de versificar. Mediante el primero contaban, referían y relataban a muchas personas lo que pasó o sucedió, entonando el relato en alta voz. El segundo servía para narrar cosas dantescas o extraordinarias de los antepasados. En el primero se daba mucha importancia a acontecimientos de la historia oficial. En cambio, en el otro, imperaba la exposición tipo pasatiempo (sausa sauca hauuaricuycuna) y los relatos maravillosos o admirables (hahua ricuy simi), también de entretenimiento. Aparentan, por lo que se ve, dos modos fundamentales de narración: el histórico y el prodigioso. Es lo que los cronistas llamaban, en cuanto al primero, cantares épicos o de gesta, y a los segundos fábulas o ficciones.
El hucaripuni no era, pues, otra cosa que la epopeya, abarcando los cantares de los hechos pasados y recientes, donde se incluían los mitos de Manco Cápac y de los Hermanos Ayar. Una de las funciones del hucaripuni era la epopeya de las hazañas del sapainca reinante, compuestas por quipucamayos y pacariscap villas especiales para dirigirlos a asistentes que concurrían a tertulias o reuniones específicas. La mayor parte de su contenido se transmitía oralmente, la que en una gran porción fue recogida por los cronistas del siglo XVI.
Derecho
Así como la medicina era un muestrario de experiencias, el derecho también constituía lo mismo. Que se sepa, no existieron códigos armónicamente establecidos. Se regían por la memoria de casos precedentes. Es lo que se denomina derecho consuetudinario. Sin embargo, lo común era igualmente la casuística: para cada situación una solución distinta de conformidad a las circunstancias; por eso hechos similares tenían desenlaces diferentes.
En suma, el derecho basábase en las costumbres y en las disposiciones del gran rey o de sus representantes. La administración de los funcionarios iba pareja con el derecho, política, control económico y militar. O sea que una sola persona podía tener todas esas jurisdicciones y competencias, como ocurría con los tucricuts o gobernadores de “provincias”. A ellos se les concedía facultad para ventilar todo lo que sucediera dentro de sus dependencias; lo que motivaba el desconocimiento de un sólo código para la integridad del país. Cualquier proceso era oral, en el que a autoridad escuchaba a las partes y a los testigos, procurando hacerlo en el lugar mismo de los incidentes y accidentes.
Por lo demás, el sapainca constituía la cabeza de la administración estatal. De su persona salían y en ella concluían la totalidad de los hilos de la misma en que correspondía a unas u otras jurisdicciones y competencias.
Costumbre y norma jurídica tenían naturaleza coercitiva, amibas funcionaban ante la inobservancia de lo que disponían los ayllus, los curacas y las ordenanzas emitidas por el Estado. Las costumbres normaban a través de sentencias o frases transmitidas generación tras generación, con el objetivo de regular la vida humana. Como se dijo, en cada curacazgo, donde venían ya funcionando, local y regionalmente, grupos dominantes y dirigentes, éstos, independientemente de la voluntad popular, muchas veces imponían sus normas.
Exactamente, al constituirse el Estado inca mediante conquistas, impuso sobre las costumbres regionales su propio derecho. Para la etnia Inca (o nacionalidad Cusco, como también se la llama), primaba ante todo la subordinación política encaminada a la producción de rentas estatales en medio de un extraordinario ordenamiento social, de tal manera que a cualquier infracción la reputaba como delito público.
Sancayhuasi o casa pavorosa: la temible cárcel donde metían a delincuentes y sospechosos no pertenecientes a la nobleza Inca. Estaba acondicionada en subterráneos oscuros y húmedos, en el que concentraban sabandijas ponzoñosas, aves rapaces y cuadrúpedos feroces. En tal realidad, la muerte venía ineludible. Se cuenta, no obstante, el caso excepcional, del joven Chusquisguamán, hijo de Chuquimis, curaca de Chachapoyas, que no fue lesionado por dichos animales, motivo por el que se le puso en libertad, declarándosele inocente. Chuquimis había sido acusado de haber envenenado a Huayna Cápac.
Basándose en viejas costumbres y tradiciones de Taipicala penaban a todo lo que alteraba el statu quo de lo establecido por el supremo gobierno. No aceptaban violaciones a su derecho, ni atentados contra los dioses de la etnia gobernante, ni menos contra quienes comandaban la nave del Estado, o en agravio de personas que merecían un respeto especial (ancianos, acllas) y peor contra los que amenazaban a marcha económica del país.
Para lograr el último objetivo revivificaron una legislación que convertida en refranes o máximas pasaban a desempeñar el papel de órdenes o mandatos comunicados oralmente: “No seas ladrón, no seas mentiroso, no seas ocioso”, sentencias que pronunciaban sus jefes usualmente y sin cansarse, con la finalidad de conseguir su cumplimiento escrupuloso, vivo y pleno en beneficio del Estado.
El derecho local consuetudinario que no se oponía a los dictados de la etnia Inca, no fue tocado ni cambiado en nada. Por eso el poder de la totalidad de los curacas o señores regionales fue palmariamente disminuido, dejándoles una jurisdicción limitada, supeditados al control de los gobernadores y otros funcionarios destacados desde el Cusco, Concretamente, los curacas quedaron sin competencia para aplicar penas de muerte y mutilaciones de cualquier miembro corporal. También se les desarmó, privándoles de la atribución militar en sus propios territorios étnicos o nacionales.
Danzas según las regiones del tahuantinsuyo
1
Las leyes tahuantinsuyanas se caracterizaban por su severidad extrema. No permitían que las disposiciones dadas por el jefe supremo, a quien se consideraba hijo de los dioses y rey de reyes, pudieran ser incumplidas o transgredidas, porque eso connotaba ir contra las divinidades mismas y su dilecto hijo: el sapainca. No había más opción que imponer férreamente las leyes. Todo lo cual explica el por qué reglamentaron la integridad de las actividades económicas, sociales y públicas en forma tan nimia. Y asimismo el por qué toda contravención o desobediencia tenía que ser castigada de manera tal que la sanción fuera escarmentadora y ejemplarizadora, no tanto para el inculpado (que por lo común desaparecía mediante la pena de muerte), sino para los que quedaban vivos. El propósito, por lo tanto, era evitar el desajuste del sistema económico, social y político, el que debía funcionar en forma tan exacta y precisa que nada ni nadie diera motivos a deploraciones ulteriores. Tal era la teoría y la praxis.
La gama de puniciones fluctuaba desde las simples reprensiones hasta el asolamiento cruel de pueblos enteros. Como más importancia daban a los delitos que atentaban contra el Estado, aquéllos tenían el carácter de públicos. Razón por la cual los juzgaban y sancionaban de oficio, y no a solicitud de parte. Lo que vale decir que infringir una ley equivalía a quebrantar una disposición del sapainca. Por eso, culpas y excesos que ahora consideramos de índole privada, entonces se los tenía como públicos. Por ejemplo el asesinato de un mitayo, por redundar en la merma de la producción estatal, debido a la supresión de dos brazos que trabajaban creando excedentes o rentas al imperio.
Pero como el derecho era escarmentador, la pena de muerte se aplicaba de manera cotidiana a rebeldes, homicidas, adúlteros, hechiceros o envenenadores, sodomitas, estupradores de acllas, a mitmas huidos, y hasta en casos menores de holgazanería y embriaguez contumaces.
Es evidente que trataban de individualizar a los culpados, considerando los atenuantes (edad, robo por necesidad), arrepentimiento y agravantes (reincidencias, mala fe, alevosía y ventaja), y también la complicidad voluntaria o involuntaria. No obstante, de cuando en cuando penaban colectivamente a sayas y ayllus íntegros en casos de rebeldía pertinaz, o de envenenadores y homosexuales activos. En estas ocasiones llegaban al máximo de arrasar hasta las casas, chacras y objetos de los reos, con la intención de no dejar ni memoria de los desdichados. En otras coyunturas, por la culpabilidad de un individuo se castigaba a toda su familia, alcanzando a los cadáveres de sus antepasados, violando las tumbas y quemando las momias para esparcir sus cenizas, o reubicándolas en sitios degradantes, como hizo Atahualpa con la familia de Huáscar, o como hizo Colla Topa con los restos mortales de dos curacas chachapoyanos acusados de haber emponzoñado a Huayna Cápac. Las penas, es innegable, estaban encaminadas a intimidar a los demás, Lo que buscaban con ellas, decían los incas, era conseguir el bien. En consecuencia, las cárceles tenían como nieta la expiación de los delitos y no la seguridad.
En la ejecución de las penas también funcionaban los prejuicios de clase. A los nobles se les metía a “prisiones doradas” y cuando se les sentenciaba a muerte se les degollaba; mientras que a los campesinos o plebeyos se los arrojaba a fosas subterráneas colmadas de animales feroces y venenosos, y de ser ejecutados se les ahorcaba o quemaba vivos.
Igualmente existían penas de afrenta (castigos en público verbigracia), de destierro. Pero, además, aplicaban el perdón y el indulto a los que escuchaban los exhortas del soberano o de sus representantes, arrepintiéndose.
No existían árbitros, ni abogados defensores de los acusados. Es cierto, como se mencionó, que los tucricuts o gobernadores de “provincias” reunían en sus personas todas las jurisdicciones y competencias; pero ello no era óbice para que dejaran de funcionar jueces. Por el contrario, existían jueces para todo; incluso jueces especiales para ventilar los casos motivados por los holgazanes, con la finalidad de mantenerlos ocupados en alguna de las mitas. También jueces para asuntos religiosos.
Y era bastante común el funcionamiento de ordalías o “juicios de dios”. O mejor dicho, el sometimiento del encausado a pruebas terribles y crueles, de las cuales, si salían indemnes, es porque eran inocentes: como el de introducirlos en esas bóvedas subterráneas ya citadas (sancaihuasis/casas pavorosas) llenas de sabandijas ponzoñosas y otras fieras bravísimas, donde, si el presunto malhechor no perdía la vida, es porque no era responsable, liberándosele de inmediato.
No conocían la imposición de multas, por considerar que los bienes u objetos no tenían por qué ser castigados. Las sanciones se imponían pronunciándolas efectivamente contra los individuos que infringían, ya que de no escarmentar a los verdaderos delincuentes significaba no atacar las transgresiones de los perversos.
Por igual, tenían en cuenta los daños ocasionados a cualquiera, existiendo costumbres y dispositivos definidos. Así, a quien se le dejaba inválido o incapacitado físicamente durante una pendencia o por simple maldad, e incluso en forma casual, el culpable quedaba obligado a sembrarle y cosecharle su parcela hasta que el damnificado se recuperara, o hasta que falleciera en caso de no sanar. A quien se le prendía fuego a su casa, tenían que reconstruirla. Si los animales de uno causaban averías en los bienes de otros, había que reponer los productos dándolos en la misma cantidad y de la misma calidad.
Con todo, existían, sorprendentemente, castigos injustos, como el de sancionar a un cargador de la litera del sapainca que tenía la desgracia de tropezar o caer. En lo restante, las averiguaciones delictivas muchas veces llevaban consigo la aplicación de torturas.
Por argumentos de carácter metodológico y didáctico, ahora, quienes repasarnos la civilización andina de la era del Tahuantinsuyo, tipificamos los delitos hasta en 10 categorías:
1. Contra la seguridad del Estado.
2. Contra el sapainca.
3. Contra la religión.
4. Contra la organización administrativa.
5. Contra la administración de la justicia.
6. Contra los deberes de función.
7. Contra el honor sexual y las buenas costumbres.
8. Contra la vida y la salud.
9. Contra los bienes ajenos. Y 10° Contra la honra u honor.
§. Ciencia en general
La etnia Inca y muchas otras de su tiempo en el Tahuantinsuyo realmente no aportaron casi nada. No inventaron, ni descubrieron, ni crearon cosa alguna. Lo que hicieron fue recoger la herencia espiritual y material de un largo pasado, desde Chavín en adelante. Cuando emergió la etnia inca y fundó el Imperio del Tahuantinsuyo después, todas las artesanías, tecnologías y creencias ya estaban inventadas, experimentadas y desarrolladas hasta su más perfecta expresión. Por eso hablar de cualquier: cosa (tenencia, clases, instituciones, ideologías, artesanías, arte, tecnologías, etc.) atribuyéndolas a ellos es un error. El mérito de la etnia Inca es que supo aprovechar costumbres, conocimientos y técnicas anteriores, logrando restablecer un Estado imperial, que de haber funcionado algunos siglos tal vez habría acabado unificando al espacio andino en forma definitiva, cosa que, parece, tampoco lo alcanzaron los Estados imperiales precedentes (Huari y Puquina/Tiahuanaco).
Por lo restante, las etnias regionales, frente a la intervención inca vieron interrumpidos sus desarrollos políticos, pero sin modificar sus otras tradiciones ni usanzas. Más bien los incas se vieron poco a poco impelidos a alterar su rutina cotidiana conforme hallaban pueblos de vida más refinada: chinchas, chimús, lambayeques; a quienes imitaban. Pese a lo cual, como maniobra política para justificar su expansionismo, propalaban su gran programa y proyecto “civilizador”.
Todos los conocimientos científicos de las etnias andinas, desde hacía milenios estaban orientados a la aplicación práctica, incluso la división del año solar en 12 meses lunares. Su ciencia la dirigían a la práctica; no quedan pruebas de que alguna vez hayan participado de determinada reflexión teórica. No hay evidencias de que hayan tenido fórmulas matemáticas. Sus problemas geométricos los resolvían excelentemente en forma empírica, Todo su interés en estos aspectos exprofesamente lo orientaban a lo que tenía un significado pragmático: cálculo de dimensiones agrarias; recuento de adobes, de bloques, de la población y de los soldados; monto de los egresos e ingresos a los almacenes. Las medidas y el agro mismos eran una recopilación de experiencias sin consideración teórica ni investigación sistemática, si bien ahora se ha elaborado la hipótesis de que los andenes subterráneos de Moray (Cusco) pudieron cumplir una función experimental encaminada a la mejor producción, sobre todo del maíz; pero solamente es una hipótesis, todavía no demostrada plenamente.
Por su lado, en todos los dominios de la ciencia y técnica se inmiscuía la magia y religión. En todo se hallaba presente. La siembra había que hacerla en las fases de luna llena o plenilunio. Cualquier suministro de medicamentos iba protegido con actos mágicos, mucho más cuando se trataba de recapturar el camaquen (alma) que le había salido a alguien (susto). En las ciencias no iba el conocimiento en pos de la deducción; sólo buscaban la eficacia práctica.
El sacrificio de animales, los vaticinios mediante la observación de sus vísceras y la momificación de sus muertos, efectivamente favoreció el conocimiento anatómico de los seres vivos. Verdaderamente
conocieron y tuvieron un nombre para cada órgano y parte del organismo humano y animal en general. Pero en cuanto a su fisiología lo ignoraban totalmente. Creían que en el corazón (sonco) residía ese elemento vital llamado camaquen que da vida y movimiento a un ser humano y a los animales en su integridad. Inclusive pensaban que en el corazón residían todas las facultades del hombre En el campo fisiológico no sabían ni el más mínimo rudimento científico.
El arco iris, por su lado, para ellos constituía una “faja” de apenas tres colores: verde, rosado y lila (opapatica: flor de papa). No podían distinguir más tonalidades por carecer del instrumental pertinente. Se le consideraba una larga serpiente bicéfala, cuyas cabezas tenían a figura de un gato montés, muy peligroso para niños y mujeres jóvenes, pudiendo dejarlas a éstas embarazadas, dando lugar a partos de bebitos deformados. El arco iris (o cuychi o lurumanya) -decíanse originaba en un manantial, elevándose para formar una abrazadera y descender e introducirse en otro manantial.
No obstante el alto nivel alcanzado por la cultura andina desde milenios anteriores, en los siglos XV y XVI sus descubrimientos tecnológicos fueron sorprendentemente nulos. Sus construcciones monumentales eran llevadas a cabo mediante métodos simples. Las rocas pulidas las arrastraban y elevaban gracias a rampas, sogas y fuerza humana, sin poleas. Seguían usando as guayras para fundir metales; y continuaron sin interesarse por a función de cada órgano en el cuerpo humano, aunque bien sabían de la existencia de cada uno de ellos.
Hacían mapas descriptivos de comarcas internas y extranjeras, tanto en piedra como en telas; pero no por curiosidad científica, sino también práctica: para conocer sus recursos naturales y proceder luego a su explotación.
Mapa en alto relieve de los recursos naturales de una provincia. Se trata de la famosa “Piedra de Sayhuite" en el departamento de Apurímac.
En cuanto a química todos sus conocimientos se reducían a una actividad y técnica empírica basadas en la experiencia inveterada. En tal aspecto conocían qué elementos minerales, vegetales y animales podían producir tintes, y calculaban las porciones en forma admirable para obtener matices a gusto y satisfacción. Igualmente para la preparación y cocción de masas de arcilla con fines alfareros, y lo mismo para alear metales; pero nadie sabía explicar “científicamente” por qué esos elementos tenían tales propiedades. Para eso existían ya hermosos mitos.
En las ciencias naturales también partían de la práctica, y carecieron de toda preocupación sistemática, Hasta la observación de los astros obedecía a una necesidad práctica: determinar las épocas tocantes a la agricultura, a las fiestas y otros actos administrativos. La necesidad de medir el tiempo por meses los condujo a la continuidad del uso de las sucangas (pilares), pero sin inquietarse por observar los panetas.
Muchas de sus enfermedades las sabían tratar con yerbas medicinales de costa, sierra y selva, en cuyo logro los curanderos o hampicamayos llevaron a cabo un constante comercio de trueque. Conocían purgantes, vomitivos, abortivos, alucinógenos y calmantes.
El arte de la adivinación agorera cumplía idénticamente un fin práctico, como p.e. la descifración de los sueños. Se adivinaba para saber el destino, a suerte del individuo, de la cosecha, del ganado, etc.
Y aunque existían sabios y eruditos que conocían al dedillo los mitos, leyendas, cuentos, farmacopea y vida de los animales, en cambio carecían de una sistemática, ignorando el análisis, las teorías, la crítica y la interpretación científica. Su ciencia no desarrollaba una teoría. Solamente compilaban experiencias milenarias de aplicación práctica, en cuyo aspecto desplegaban una eficiente tecnología para dominar muy bien su medio ambiente. Los sabios recibían el nombre de amautas y yachas, por lo habitual hombres adultos.
Izquierda: Canshalud o zarigüeya. Derecha: Pareja de perdices
Veamos algunos puntos concretos más, descubiertos, inventados y creados miles de años antes, conocimientos que perduraban con todo su brío durante el Tahuantinsuyo:
§. Ciencias naturales
En el campo científico desde centenares de años atrás eran ya unos magníficos naturalistas, con una contribución a las ciencias naturales notabilísima en el Perú. Es patente que tenían una inclinación particular para observar a la naturaleza. Por cierto que no poseían el instrumental ni medios técnicos y doctos que ahora emplean los científicos; pero lo verídico es que desde las más antiguas épocas, todo objeto, pero principalmente en Jo que respecta al mundo de las plantas, llamó su atención. En lo que incumbe a los vegetales averiguaron sus propiedades, sacando partido de un gran número de ellas, empleándolas en la economía doméstica, en la tintorería, en las construcciones, y más que todo en Ja curación de diferentes enfermedades que afligían a Ja población.
La prueba para demostrar que los runas, más que cualquier otro pueblo del mundo, poseyeron una inclinación singular para la observación de las pantas son los nombres etimológicos y objetivos que les aplicaron. Su nomenclatura indica alguna similitud con la científica de nuestros días. Los nombres que dieron a las plantas casi siempre están integrados por dos radicales que, en forma invariable, expresan alguna cualidad. He aquí dos ejemplos:
1. quimsacucho, cuya traducción literal es tres esquinas (quimsa: tres, cucho: rincón o esquina); y su nominación técnica o científica es Baccaris genislellaides, designación que los botánicos europeos le pusieron precisamente por la figura particular de sus ramas: tres esquinas.
2. El otro es la ticllahuasa, que quiere decir espalda pintada (ticlla: pintado, huasa: espalda), cuyo nombre científico latino es Calcitium discolor, que traducido equivale a “tiene dos colores”, por sus hojas que son verdes en su parte superior y moradas en su cara inferior. Observando con detenimiento se ve que el apelativo quechua (“espalda pintada”) expresa mejor que el latino discolor: particularidad que ofrecen por su matiz las hojas de la mencionada planta.
La fuente etnológica reportada en Cajamarca aclara que a las plantas silvestres las clasificaban:
1. según el sexo (ollco y huarmi).
2. Por el color (negras, blancas, amarillas, plomas, marrones, rojas, verdes, azules, moradas, multicolores).
3. Por el tamaño (grandes y chicas).
4. Por el grosor (delgadas y gruesas).
5. Por la textura (suaves y ásperas).
6. Por el olor (agradables e insípidas). Y
7. por la sonoridad (calladas y bulliciosas/semillas alojadas en cáscaras secas: maichiles p.e.).
Como muestra veamos la clasificación de los ollucos, a base del color: colorados, blancos, rosados, multicolores, morados, marrones, rojos, amarillos y verdes. Por la forma y tamaño, en larguitos, grandes, pequeños y pequeñitos.
En cuanto a la flora cultivada, siempre para usarla en las comidas, en su clasificación más peso tenían los elementos descriptivos del sexo, color y forma, y no los referentes al tamaño, ni lugar de origen.
En lo que atañe al sexo de las plantas, estaban persuadidos de su existencia. A todas las separaban en masculinas y femeninas.
Por eso las cultivaban de dos en dos, dando el atributo de varón a una simiente y de mujer a la otra. Incluso las semillas esparcidas al voleo, pensaban que después de sembradas, se buscaban para poder germinar. Tal concepto seguramente derivó de sus observaciones en lo que toca a la reproducción de los animales y seres humanos.
Creían también que entre las pantas funcionaban relaciones de parentesco. Por ejemplo los tubérculos considerados como hermanos eran los que se les sembraba empleando los mismos métodos y maneras.
A los animales cuadrúpedos los dividían en domésticos y silvestres. Y a ellos, a su vez, en machos y hembras: principio fundamental para la reproducción. Asimismo por el color y tamaño. A los silvestres (como zorros, luichus o venados, huayhuash o comadrejas, canshaluds o zarigüeyas) se los reputaba dañinos o perjudiciales. Zorros, huayhuash y canshaluds son maléficos porque atacan a las aves y despensas. Los venados, pese a ser las bestias de carga de los huamanis o jircas (según sus creencias), se les veía como a dañosos por comer los sembríos.
A las aves las clasificaban:
1. por el tamaño (grandes y pequeñas); pero estas últimas subdivididas, a su turno, en pishgos o pájaros (pequeñitos) y pugas o palomas (grandecitas), terminología que tenía (y tiene) una gran connotación sexual, por cuanto la palabra pishgo la empleaban para designar a los genitales masculinos y puga a los femeninos. Los pajaritos o pishgos, empero, motivaban otras subdivisiones de acuerdo al color, tipo de trino, o por su relación con los seres sobrenaturales. Y
2. en aves de buen y mal agüero.
A las aves grandes (cernícalos, perdices, águilas, cóndores, búhos o tucos, shingos o gallinazos, lidies, etc.) se los dividía al interior de cada una de sus especies:
1. de conformidad al color.
2. A su hábitat (peñas, montes, punas o pajonales, zarzales, totorales, pantanos).
3. Por la forma de agrupamiento. Y
4. por el sexo.
A las aves acuáticas, debido a su extraordinaria capacidad para sumergirse en lagos y lagunas, las imaginaban capaces de penetrar en las recónditas profundidades de la tierra, hasta as pacarinas o lugares de origen.
Las aves, en general, estaban asociadas con el cielo.
§. Aritmética. Quipus y registros
Todos sus cálculos basábanlos en el sistema numérico decimal. Y sus operaciones llevábanlas a efecto mediante dos tecnologías:
1. el ábaco de cinco hileras y de cuatro casilleros, en los que redistribuían series de cinco granos de maíz. Y
2. los quipus, cuerdas en cuyos nudos anotaban los guarismos. En éstos cada nudo figuraba el número 1; y conforme aumentaban los bultitos también crecían las cifras.
Dependía de la colocación de los nudos para saber si equivalían a unidades, decenas, centenas y millares. En el Cusco cada manojo de quipus tenía su color respectivo, los cuales representaban algo. Por ejemplo el rojo significaba guerra; el amarillo, oro; el blanco, plata; y así sucesivamente. Sin embargo los colores y muchos nudillos no tenían un valor universal en todas las etnias del Tahuantinsuyo. De manera que si el amarillo simbolizaba al oro en el Cusco, en Carangue tenía otra connotación, y en Cajamarca una distinta, y así subsiguientemente. Los quipus, por lo tanto, sólo podían ser leídos en sus respectivas sedes y por sus propios quipucamayos. Por eso un quipucamayoc de Quito no podía leer los quipus de Lipes; y los de Lipes no entendían a los de Guayacondo. Con todo, es dable de que hayan existido algunos quipucamayos que dominarían las técnicas y secretos de las cuerdas de otras áreas. El hecho alerta de que en caso de descubrirse la clave para leerlos quipus del Cusco, ella no valdría para descifrar los quipus de Chachapoyas ni demás etnias andinas.
Los que confeccionaban y leían los nudos tenían, en efecto, el nombre de quipucamayos, quienes transmitían su conocimiento práctica y oralmente a sus herederos o a otras personas interesadas.
Había quipucamayos para anotar todo lo concerniente a las cuestiones contables, en lo cual los quipus eran infalibles, aunque servían también como instrumentos nemotécnicos en lo que atañe a la conservación de relatos literarios, jurídicos, históricos, etc.
Izquierda: Escultura de piedra. Sobre su función existen tres hipótesis: 1 ° puede tratarse de un artefacto para operaciones de cálculo. 2° puede ser la maqueta de algún edificio; y 3° o quizá un implemento de juego infantil o juvenil. Derecha: Un pequeño manojo de quipus o cuerdas mostrando los numerales y la técnica decimal.
Pero es en el cálculo donde mostraban mucha preocupación para registrar las cuentas del Estado. De allí que la formación de quipucamayos ocupaba un lugar importante. Y si bien aplicaban el sistema decimal no consiguieron inventar un símbolo para indicar el cero. Sabían sumar y restar con gran pericia.
El ábaco o yupana (contador): un excelente tablero rectangular de cálculo de los matemáticos andinos, quienes se colocaban en la parte más larga de la tabla, al lado de los casilleros con más círculos para evitar movimientos innecesariamente largos. Lo usaban utilizando piedrecillas y granos (quinua, maíz), movilizándolos de unos hoyuelos a otros, según sus colores (blanco y negro). Con la yupana llevaban a cabo operaciones de suma, resta, multiplicación y división. Constituía una calculadora perfecta. El cronista José de Acosta (1590) se quedó perplejo ante la destreza y exactitud puntualísima de los yupanacamayocs, que nunca erraban ni en una tilde, más rápidos que los mejores contadores españoles que empleaban papel y tinta, y a los cuales aventajaban enormemente.
La geometría, eminentemente práctica, marchaba al margen de toda argumentación teórica, pero con asombrosa exactitud en la apertura de canales, construcción de caminos y puentes; erección de llactas (“ciudades”) con fortalezas, calles, plazas y barrios bien distribuidos. Elevaban grandes casas con instrumentos y medios empíricos. Conocían la plomada para nivelar las paredes de sus edificios.
Los quipucamayos, como funcionarios integraban los cuadros subalternos no obstante ser una función extraordinaria y altamente especializada. Llevaban la contabilidad de lo más mínimo de lo que entraba y salía de los bienes del Estado. Apuntaban con exactitud encomiable las estadísticas demográficas del Estado de acuerdo a los grupos de edad, desde el nacimiento hasta a muerte, el número de efectivos militares, el material logístico, de mitayos en actividad, de los próximos a mitar, de los recién casados, de los exceptuados de mitas, etc. Existían quipus para todo, a los que guardaban tanto los quipucamayos residentes en el Cusco como otros pertenecientes a cada etnia. En este aspecto funcionaban auténticas quiputecas, como lo evidenciaron los señores huascas en 1560-1562 sacando sus cordones para probar ante los poderes del Estado colonial cómo habían auxiliado a Francisco Pizarro para destruir el imperio de los Incas. Tales cuerdas, que fueron vertidas al castellano en los años indicados, patentizan también que podíanse conservar en ellas la ubicación de los acontecimientos históricos, en el sentido de conocer que ocurrió antes y que sucedió después de tal o cual hecho; pero nunca los años, meses ni días precisos. Incas, aposuyos, tucricuts, visitadores y curacas tenían sus quipucamayos; siendo, por lo tanto, unos magníficos archiveros y hasta “historiadores”.
Las constataciones arqueológicas han demostrado que al quipu ya se lo manejaba desde el Horizonte Medio (Huari, Puquina/Tiahuanaco). Pero los informes, más excelentes corresponden al incario, en el cual tuvieron un amplísimo desarrollo debido al control demográfico y contable que exigía el Estado para vigilar las cantidades de personas y de productos que entraban y salían de sus almacenes, talleres y granjas estatales y de las adjudicadas a las divinidades. El desarrollo del quipu no tuvo razones mágicas ni sagradas, sino exclusivamente prácticas.
§. Astronomía y astrología. Calendario
Un pueblo fundamentalmente agricultor como el andino había dado motivo a una constante observación de los astros desde los más vetustos tiempos de Chavín. Y en esto su conocimiento se circunscribió al ámbito de los astros que poseían una utilidad práctica.
En tal sentido el cielo fue objeto de permanentes observaciones por ser la morada de todos ellos, en su integridad divinizados. En dicho rubro se distinguían los tarpuntaes, como sacerdotes del Sol sus templos resultaron ser los mejores observatorios astronómicos. Daban mucha importancia a los eclipses de Luna y Sol, que imaginaban ser unas veces el resultado del acto genésico de los dos astros, y en otras el enojo o la agonía de los mismos, víctimas de un ataque de animales feroces. Pero como no estaban decididos a permitirlo, para salvarles y devolverles a vida, consultaban a los agoreros y sin pérdida de minutos realizaban profusos y costosos sacrificios. Ofrendaban figuras de oro y plata, mataban ganado e inmolaban a muchachos de ambos sexos. Para el pensamiento de los runas, el eclipse solar también anunciaba el deceso de algún gran jefe, que incluso podía ser el mismísimo sapainca; causa por la cual, el Sol, por desaparición tan sentida, se ponía de luto para denotar su pena.
Esquema de cómo los sacerdotes astrónomos del templo solar de Paramonga debieron proceder para observar y calcular el tiempo a base de los movimientos del astro del día.
Las acllas ayunaban, se vestían con trajes que simbolizaban tristeza y ofrecían sacrificios continuos. El sapainca, por su parte, se recogía en un lugar secreto, apartado de todos, para ayunar varios días y llevar a cabo ritos. Durante aquel lapso nadie prendía fuego en el Cusco.
Los eclipses solares eran explicados, por igual, bajo el argumento de que se producían por el enojo del gran astro del día, por algún pecado cometido contra él. En tal situación, el eclipse en sí, constituía el rostro turbado y molesto que anunciaba un gigantesco castigo.
El eclipse de Luna estaba motivado, según sus mentalidades, por una enfermedad o por el ataque de un feroz puma y una bravía serpiente. Temían angustiosamente que acabara de oscurecerse, hecho que, de llegar a producirse, representaba su muerte y caída desde el firmamento, aplastando a todos los runas hasta matarlos y destruir el mundo. Un eclipse lunar, en consecuencia, provocaba pánico. Por eso, desde que se iniciaba tocaban trompetas (pututos o bocinas de caracolas marinas), tambores de diversos tamaños y todo instrumento con el que podían hacer ruido. Amarraban a sus perros grandes y chicos, dándoles de palos para que ladrasen y aullasen a la Luna. Creían a puño cerrado que la Luna guardaba muchísima estimación a los canes por cierto servicio que le habían hecho estos cuadrúpedos. Obligaban a sus hijos y a cualquier otro muchacho para que llorasen a voces pronunciando a gritos “¡mamaquilla!” (madre Luna), implorándole no desfalleciese para evitar la desaparición de la humanidad y del planeta. Suscitaban una confusión y un ruido ensordecedor, en verdad indescriptibles.
El hermoso Intihuatana de Machupicchu. Fue un adoratorio donde el sapainca oraba e imploraba al Sol. Pero de acuerdo a la tradición también sirvió para calcular las horas del día y los meses del año. La palabra Intihuatana es quechua y aparece ya en documentos de la época colonial.
La gravedad del desmejoramiento de la Luna la ponderaban según el tiempo que duraba el eclipse. En las circunstancias de ser total, se desesperaban hasta grados excesivos por imaginarse que el satélite de la noche ya se les venía encima y perecer hecho añicos con tierra y todo. Ahí el llanto, quejidos, horror y espanto alcanzaban extremos inenarrables.
El calendario era determinado observando al sol y a la luna. Para fijar las fechas exactas del año y meses, Pachacútec dispuso la edificación de 12 torres o pilares localizados al Este de la llacta del Cusco, llamados sucangas.
Las intihuatanas (palabra ya castellanizada) son unos pequeños espigones o puntas de piedra que se yerguen sobre otras más o menos panas. En quechua clásico se pronunciaba intiguata (singular) e intiguatacuna (plural). Inti es sol y huata año. Su correcta traducción, por consiguiente, es año calendárico, ciclo solar; o sea “encasillar los movimientos del sol, por sus sombras, en el curso de un año calendárico”. Constituía un instrumento para definir los meses del año e incluso las horas del día. Es una palabra que ya aparece en algunos documentos coloniales.
Sabían distinguir el año solar, mientras que a los meses los ponderaban según las fases de la luna. Pero el año no comenzaba por la misma fecha en todas las etnias del territorio. En unas empezaba en diciembre (solsticio de verano). Sin embargo, para los campesinos y agricultores, pero con más incidencia en el Collao, el año se iniciaba en agosto-setiembre, coincidiendo con las actividades agrarias de la siembra, acabando en junio-julio, después de las cosechas. En el Chinchaysuyo, no obstante, al año se le principiaba a contar en junio, con la aparición de las Pléyades, finalizando en mayo, mes del aymoray o cosecha del maíz. Pero cualquiera que haya sido a fecha del inicio y la conclusión del año, todos lo computaban en 12 meses, cuyos nombres en el Cusco, según la tradición histórica, habían sido señalados por Maita Cápac, y cada cual conllevando una serie de actividades espirituales de carácter mágico, económico y religioso, acompañado de festejos. He aquí la relación de los referidos meses de conformidad al calendario usado en el Cusco por la etnia Inca:
1.
diciembre
Raimi, la gran pascua del Sol. Huamchicuy.
2.
enero
Camay, penitencias y ayunos de los incas.
3.
febrero
Jatunpocoy, mes de las flores, sacrificios con oro y plata en abundancia.
4.
marzo
Pachapucuy, mes de mucha lluvia, sacrificio de animales.
5.
abril
Arihuaquis, maduración de papas y maíz.
6.
mayo
Jatuncusqui, mes de la cosecha, en que se almacena.
7.
junio
Aucaycusqui, mes de la gran fiesta del intirraimi en honor al dios Sol.
8.
julio
Chaguahuarquis, mes del reparto de tierras para preparar los sembríos.
9.
agosto
Yapaquis, el mes de la siembra.
10.
septiembre
Coyarraimi, fiesta de la coya (reina) y del situa para expulsar a los malos espíritus y a las enfermedades.
11.
octubre
Humarraimi, para invocar las lluvias.
12.
noviembre
Ayamarca, para rendir culto a los muertos.
Empero, no determinaban el año y meses únicamente valiéndose del curso del sol, fases lunares y aparición de las Pléyades, sino también, y esto era lo más frecuente entre el campesinado, llevando la cuenta mediante la observación del brote de ciertas flores y frutos silvestres que crecían y crecen en sus entornos; e igualmente por la aparición de determinados animalillos, v.g. sapitos.
Los seis primeros meses del calendario cusqueño
A los años, por ejemplo, los computaban según el número de floraciones de los árboles o de conformidad al número de cultivos y cosechas obtenidas para su subsistencia que, en la sierra, era y es por lo común una en cada año.
Consecuentemente, cuando un padre o una madre sostenían que su hijo o hija ya vivían el lapso en que la luna había muerto tres veces, querían significar que tenían tres meses de edad. Y cuando afirmaban que tal planta o tales vegetales habían florecido tres veces, equivalía a expresar que el chiquillo o chiquilla acababan de cumplir tres años.
Pero lo evidente es que después de cuatro o cinco años de dicha enumeración, comenzaban a embrollarse en sus cálculos, perdiendo la cuenta de la floración de las plantas y el número de cosechas, al punto que, con el correr del tiempo, olvidaban sus edades y las de sus hijos. El tiempo, pues, transcurría sin que siquiera se percataran, discurriendo meses y años sin reparar en ellos, envejeciendo y muriendo sin preocuparse por medir la distancia de la cuna a la tumba.
La población andina, incluso la perteneciente a las élites sacerdotales, era por completo nula en materia de computación de años, realidad en la que se asemejaban a los habitantes de la selva amazónica.
Los últimos meses del calendario cusqueño
Sin embargo, de conformidad a un documento de 1571, en lo que respecta excepcionalmente a los últimos sapaincas, se deduce que ciertos quipucamayos observaban y/o contaban el número de las floraciones de las plantas y el curso del Sol, con el propósito de registrarlos en cuerdas para computar las edades pero únicamente de los citados soberanos. Un declarante cusqueño refirió que gracias a los enunciados quipus y “otras tablas” sabía que Pachacútec murió a los 100 años de vida, Túpac Yupanqui a los 58 o 68 y Huayna Cápac a los 70. El presente testimonio indicaría que sólo en el caso singular de los sapaincas ponían un extremo cuidado en anotar la duración de sus vidas, cosa que no ocurría con el resto de la población.
(Con todo, cuando en este ensayo se dan edades de personas y fechas históricas, se as emite como calculadamente aproximadas).
El campesinado, en cuanto a horas del día las distinguían, por lo general, gracias al grito o canto de algunos animales, en especial aves, que acostumbraban proferirlos cada día a la misma hora invariablemente. En ciertos parajes medían las “horas” por los vientos o brisas que solían -y suelen presentarse por las tardes. Y por último, de acuerdo a las sombras que proyectan los cerros de conformidad al alance del astro rey. Son prácticas, por lo demás, que subsisten hasta; hoy.
En lo restante, as fases de la luna regaban la celebración de algunos ritos. En enero las ceremonias tenían lugar durante la luna nueva y la luna llena. En setiembre, igualmente el sitúa se iniciaba al salir la referida luna nueva.
Hay referencias documentales de cómo cada mes tenía un período fijo de 30 días, divididos a su tumo en semanas de 10 días cada cual, con uno de ellos para descansar y celebrar el catu (mercadillos de trueque). Al día y la noche similarmente se los fraccionaba: amanecer, pleno día, medio día, atardecer, anochecer, etc.
La observación del Sol era parte esencial de los astrónomos tarpuntaes. De ahí que lo relacionado con los solsticios daba lugar a dos fiestas importantes dedicadas al astro rey (capacraimi en diciembre e intirraimi en junio). La primera muy importante por corresponder a la estación en que comienzan a crecer los días. Había otras festividades de índole agrícola concernientes a la maduración y cosecha. En diciembre, cuando los días comienzan a ser más largos, se inauguraban los ritos de iniciación masculina (huarachicuy) que marcaba la entrada de los muchachos a la plenitud viril, aptos para ejercer ocupaciones y funciones de hombres adultos.
El calendario cumplía su rol definiendo las etapas del ciclo anual y relacionando las actividades humanas con las fuerzas naturales que las gobiernan. Constituía, en consecuencia, un principio ordenador fundamental que coordinaba las conexiones entre las divinidades, las actividades humanas, el espacio y el tiempo.
Pero en el calendario de la etnia inca del Cusco había algunas cosas más que merecen aclaración. El año solar no coincidía con exactitud con los 12 meses lunares. Siempre sobraban 10, 9 días más que el año lunar; fenómeno que lo resolvían distribuyendo los días supernumerarios entre los diferentes meses. Pero no se sabe fidedignamente cómo hacían estos cálculos que tanto preocuparon a Huiracocha y Pachacútec.
De acuerdo a las fuentes escritas y etnográficas conocían la vía láctea, que la denominaban Mayu (río) que fluye en el sombrío cielo, nocturno. Distinguían dos tipos distintos de constelaciones:
1. las de estrella a estrella; y
2. las constelaciones negras. Las primeras semejantes a las de Europa occidental, cuyas figuras las conceptuaban y conceptúan según la vecindad de las aludidas estrellas. La mayoría queda cerca a la vía láctea: Pléyades (Colca/almacén); Cruz del Sur; Amaro (Scorpio); Pachapacaric (Altaer); Chacana (Orion); etc. Las constelaciones negras las localizaban donde las estrellas de la vía láctea están bastante aglomeradas y son más luminosas: Llama (raya negra entre la Cruz del Sur y Scorpio); Yuto (saco de carbón, contiguo a la Cruz del Sur); Ampatu (sapo/ mancha negra cercana a la Cruz del Sur); Atoc (zorro/mancha negra entre la cola de Scorpio y Sagitario); Machacuay (serpiente/ raya negra entre Adhara y la Cruz del Sur); etc.
Los astros, de acuerdo a su entender, ejercían influencia en la vida de los seres humanos, y aseguraban que revelaban algo para los hombres. La luna, según su posición, anunciaba la lluvia fertilizante, o la sequía. La luna llena era propicia para la siembra, cosecha, elaboración de obras que requerían el empleo de madera (techados de casa) para evitar el apolillamiento. La luna, en fin, según sus creencias, desplegaba una considerable influencia en las actividades humanas. En la guerra sus fases ejercían mucho peso. En cada luna llena atacaban por todos los flancos, por considerar al plenilunio como el período más propicio para los asuntos militares. Pero durante el novilunio (o luna nueva), en cambio, las tropas en contienda se retiraban 18 o 24 kilómetros cada cual, a un sector apartado para descansar y realizar determinados sacrificios.
La presencia y paso raudo de cometas presagiaba guerras, desastres, epidemias y muerte de personajes importantes. La aparición de las siete cabrillas (Pléyades) anunciaba el inicio del año agrícola. En esta forma la observación de los astros más interesaba a los agricultores y ganaderos. Los “políticos” no le daban mucha importancia, porque tenían otros medios de prevención y vaticinio.
Croquis del adoratorio del fortificado Templo solar de Paramonga.
Algunas de las constelaciones que aún siguen distinguiendo los pobladores del Cusco.
Capítulo 13
La superestructura ideológica. Dioses y sacerdotes
Contenido:
§. Crearon dioses a su semejanza. El rol de la religión
§. Dioses mayores
§. Huiracocha
§. Tunupa
§.¿Hubo dios creador del mundo y de la humanidad?
§. El dios Sol y su gran templo
§. El rayo
§. Pachacamac
§. Pariacaca
§. Huari
§. Catequil y Piquerao
§. Chicopaec y Aiapaec
§. Las diosas
§. Oráculos y héroes
§. Pacarinas
§. Achachilas o huamanis o jircas
§. Los guardianes del culto. El sacerdocio
§. La muerte. El cadáver. La otra vida
§. Crearon dioses a su semejanza. El rol de la religión
La cultura y civilización andina es una desde sus orígenes, persistiendo durante milenios. Por eso cuando la etnia inca gobernaba el Tahuantinsuyo, todos los otros señoríos y reinos dominados por aquélla seguían rindiendo culto a sus dioses antiquísimos, venerados en templos de construcción también remotísima (v.g. Chavín, Pachacamac, Tunupa, Apo Catequil), en cuyos interiores los ritos continuaban siendo los mismos de antaño. Estas religiones que se mantenían intactas a través de tantas invasiones y cambios políticos-militares sólo entraron en crisis a la llegada de los invasores españoles.
Toda su vida material estaba reproducida en su ideología religiosa. Por lo tanto, los dioses, en lo primordial los antropomorfos, tenían la misma conducta que los seres humanos: participaban de sus acciones, afectos, odios, sentimientos y pensamientos; pero en sus dioses tales atributos estaban enaltecidos, sobre todo tratándose de sus divinidades mayores. Así como los mandatarios en la tierra tenían sus esposas, que eran las coyas y mamacuracas, los dioses también poseían sus mujeres e hijos. Y si los supremos mandatarios se casaban con sus hermanas, los dioses hacían Jo mismo; de ahí que el dios Sol tenía como cónyuge a su hermana la Luna. Son las parejas divinas.
Había dioses inmortales, como el Ticsi Huiracocha, Pachacamac, el Sol, la Luna, el Rayo, etc. Pero otros fallecían, como Tunupa, que expiró en una balsa cuando navegaba por el sur del lago Titicaca. Dicha embarcación, según el mito, al ser llevada por el viento, chocó en las orillas de Chacamarca, abriendo con su proa el río Desaguadero. En honor de ellos componían oraciones y odas o himnos bellísimos, expresando lo que sentían e indicando a función de cada cual, su fe y esperanza frente a ellos. En tal sentido producían una literatura pulida, noble y sincera.
Pero, como ya se dijo, bien analizados los mitos y leyendas se ve que la vida y hechos de los dioses no hacían otra cosa que reproducir la vida y acciones de los grupos étnicos. Las guerras entre seres sobrenaturales (verbigracia Pariacaca versus Huallallo Carguancho) simbolizan el enfrentamiento de diversos grupos étnicos (yaros/yauyoshuancas), los unos invasores y los otros invadidos. De manera que a base del estudio de los mitos que relatan avances y/o retrocesos de dioses se puede establecer la cronología histórica de las etnias, exhumando sus éxitos y reveses. Así ocurre cuando se examinan los mitos de Huamachuco, Huarochirí y de otros sitios visitados por los tristemente célebres extirpadores de idolatrías en la sierra central desde Huanca a Cajatambo en los siglos XVI-XVII. Es un método idóneo para entender la etnohistoria andina. El dios vencedor personifica a la etnia triunfadora.
Las ideas mágico-religiosas tenían mucho vigor y tales creencias intervenían en todo. Para ellos, la religión ofrecía incluso la justificación del origen de la etnia inca, del sapainca, del Estado y de la organización general; por eso los dioses tenían sus propiedades territoriales trabajadas por yanas y mitayos, cuyos bienes producidos permanecían administrados por sus respectivos sacerdotes. La magia y religión influían en la totalidad de los aspectos de la vida cotidiana y pública desde los individuos pertenecientes a las clases sociales más bajas hasta los personajes e instituciones del más alto nivel; y desde la concepción y embarazo hasta la conservación del cadáver, e incluso hasta cuando determinaban las rutas de sus conquistas, o las fechas en que debían llevarlas a cabo. Pero donde se dejaba exteriorizar con más frecuencia es en las prácticas agropecuarias; y aun en este campo las más notorias constituían las concernientes al maíz y las papas, como también los atinentes a la salud y fecundidad del ganado, para lo cual ofrendaban e invocaban al Sol, al Huamani y a la Mamapacha.
Hubo divinidades, en efecto, asociadas a la vida agrícola, tal como la Pachamama (madre tierra). Cada planta alimenticia tenía un protector llamado conopa, merced al cual el fruto rendía al máximo. A la conopa del maíz se le nombraba saramama (madre del maíz); a la de la papa: papamama; al del ají: uchumama; a la de a coca: cocamama; y así sucesivamente. A la conopa que protegía la casa y hogar se le decía huasicamac. Las conopas vegetales eran los mejores frutos de la respectiva planta: del maíz por ejemplo las mazorcas más grandes de semillas graneadas, a las que guardaban en el núcleo de sus pirguas, prodigándoles atenciones.
Las conopas de los animales domésticos recibían a designación de illas. Confeccionadas en piedra representaban en miniatura al respectivo animal. Se las enterraba en los corrales y sitios mágicos de los cerros en honor al Huamanipaiz conseguir la reproducción continua de los hatos.
A las figurillas naturales de piedra simulando cuerpos humanos o de animales, que hallaban casualmente a su paso, las recogían y guardaban como amuletos y fetiches protectores de sus suertudos descubridores y de sus familiares. También se les decía conopas y/o illas.
Supersticiones y ritos aseguraban, pues, las diversas acciones de la vida humana, animal y vegetal. En el ámbito andino existían muchas adoraciones para garantizar la buena marcha de a labranza, para cuya finalidad tenían un servicio personal ad hoc. La ganadería también tenía su ritual. Y además, cada acto ritual su significado.
La función del culto reafirmaba el bienestar de la gente; lo que implicaba a necesidad de mantener contentas a las divinidades con oblaciones y ceremonias. Por eso la organización religiosa no podía ir separada de la administración civil o laica. El jatuncuraca en cada etnia y el sapainca a nivel imperial tenían que velar por ambas; o sea que vigilaban la religión para asegurar a buena marcha de lo primero. No se concebía que los dos poderes caminasen desunidos; por ello el jefe de Urincusco era el sumo sacerdote y en ciertas oportunidades el representante del sapainca. Este, de continuo, invocaba a voluntad de los dioses, recibiendo, aducía él, respuestas a través de los oráculos, contestaciones que las tomaba como guía para regir los destinos del Estado a nombre de dios. Los oráculos, entonces, encaminaban la política del rey; lo que explica el funcionamiento de múltiples donaciones del sapainca a los dioses y a los sacerdotes.
En cuanto a ideología religiosa imperaba el politeísmo: una infinidad de divinidades, a cuyos templos e ídolos se les daba el nombre genérico de huacas: lo sagrado. Les atribuían fuerzas congénitas y vitales causantes de sus impulsos y actuaciones, fuerzas a las que las conocían con la denominación de camascao camaquem. Sin embargo, toda case de animales y plantas también tenían esa fuerza vital (camaquem). No era precisamente el alma tal como se la entiende en las religiones del viejo continente; sino más bien un principio de movimiento de las cosas (tanto seres humanos como objetos del mundo.
El camaquen del dios o ídolo, según decían, era una sustancia primordial, un fluido inmaterial, suma de fuerzas sobrenaturales. Pero estas cosas sólo las entendían y explicaban las élites sacerdotales. Para el jatunruna un dios era simplemente una huaca que castigaba sino se le ofrendaba y respetaba, un ser poderoso que otorgaba bienes, por lo cual había que oblarle.
El número de dioses era inmenso y las funciones que cumplían muy variadas. Pero esa muchedumbre permanecía ordenada con roles específicos, estableciendo una jerarquía, igual a como se reglaban los grupos de poder aquí en la tierra.
Cielo y tierra estaban poblados de dioses para todos y para todo. Y cada cual tenía su huaca o templo. Creían que sus dioses habitaban en sus estatuas o ídolos de arcilla, piedra, madera y metal, a las que infundían vida, por lo que podían dar respuestas a las preguntas (oráculos). Estaban persuadidos que las divinidades no debían equivocarse en sus contestaciones; por eso cuando los acontecimientos resultaban al revés de lo que auguraban los oráculos, renegaban de ellos y hasta los destruían; así procedió Atahualpa con el oráculo de Catequil en Porcón (Huamachuco).
La aceptación de tantísimos dioses por los incas y demás etnias, cuyas estatuas las concentraban en un panteón ubicado en el Cusco, indica que no existían dogmas ni especulaciones sobre cada uno de ellos. Desconocemos sus juicios de abstracción al respecto, al igual que el manejo de sus metáforas y símbolos. De lo que sí estamos seguros es que cada etnia creía que su dios o dioses respectivos eran lo suficientemente calificados y ricos para proteger a su pueblo y/o adoradores.
La multiplicidad de dioses revela la centuplicación de etnias. Y así como las etnias tuvieron reyes rivales que se pelearon por la hegemonía, también existían dioses antagónicos. Y así como hubo reyes que triunfaron, reconociéndoseles como a únicos señores, también militaban divinidades que por las mismas razones se les daba idéntica categoría. Los de la etnia inca utilizaban a su madre Luna y al Sol con este fin, colocando sus figuras en los sitios preferidos de sus templos. Y si no lograron propagandizarlos en forma total fue porque el imperio apenas tuvo 95 años de vigencia en su área nuclear y 25 en las zonas periféricas, tiempo insuficiente para inculcar sus propias ideologías dominantes.
Coexistían dioses panandinos, regionales, locales, familiares y personales. Los universales por excelencia eran Huiracocha y Pachacamac. Huiracocha y el Sol constituían los dioses oficiales del imperio o Estado, con un culto organizado y dirigido por el grupo de poder. Si bien es cierto que todos los demás estaban favorecidos, conservando cada cual su status antiguo en sus áreas respectivas.
Para los jatunrunas, los ídolos de sus dioses locales les resultaban más afectivos y efectivos. Por ello mostraban y sentían más interés por sus propios dioses, cuya presencia les venía a ser más cercana. Por ejemplo los cerros prominentes, en especial los de vértices coronados con nieve, en cuyas faldas y/o cumbres erigían santuarios o huacas dedicados al Huamani. Pensaban que los oídos de sus divinidades siempre estaban atentos a las súplicas, antes que la de los grandes dioses lejanos. De ahí que el culto a los Huamanis o Jircas revestía un fervor extraordinario. Los campesinos confiaban en sus dioses, e igual las élites en los suyos. Su piedad la exteriorizaban brindándoles ofrendas, cultivando las chacras de los sacerdotes. Todos, incluyendo los grupos de poder, consultaban con frecuencia a los oráculos, entre los cuales los más célebres fueron los de Vilcanota, Titicaca, Pachacamac, Pariacaca, Porcón.
La lista de dioses locales era, pues, inmensa. Pero dentro de aquella infinidad, desde los vetustos tiempos de Chavín y Huari se percibe que por razones de dominación y control crearon una jerarquía, cuya idea se mantenía latente durante el reinado de los incas, dando la ilusiva impresión de que las élites se acercaban a un monoteísmo. Pero todo sólo era un artificio para alinear bajo la subordinación de las divinidades del grupo de poder a los dioses de las etnias sojuzgadas. Lo que ocurre es que en los Estados monárquicos y diárquicos jamás puede tolerarse la existencia de numerosos gobernantes con la misma supremacía, concepto o idea que lo trasladaron al mundo de los dioses para robustecer el rol hegemónico de la etnia mandataria aquí en la tierra. Como los millones de jatunrunas no querían a los dioses de otras etnias, las élites establecieron una categoría de dioses mayores y menores; los primeros representando al grupo de poder y los otros a las etnias anexadas. Las únicas excepciones eran Ticsi Huiracocha y Pachacamac.
Desde luego que todos los dioses tenían superioridad por creerlos poseedores de un mana o principio superior; pero ello no quiere decir que la totalidad hubieran sido iguales. Unos poseían más fuerza que otros, de modo que unos influían en cualquier parte y otros apenas en las etnias donde se los adoraba. Pero, por ahora, es todavía difícil explicar qué es lo que ellos entendían por divinidad en sentido riguroso.
Realmente sus dioses tenían figura humana. Se afirmaba que descendían a la tierra y conversaban como personas, de ahí que sus estatuas guardaban esta forma, como sucedía con Huiracocha, Tunupa, Pachacamac y Coniraya. Sin embargo, en términos generales fueron incapaces de abandonar los ídolos zoomorfos. Pero corrientemente, tratándose de dioses mayores les daban silueta e imagen humana, atribuyéndoles las mismas pasiones, virtudes, apetitos, sentimientos, talentos e ideas del hombre. Por consiguiente, pensaban que sus divinidades se alimentaban, contraían nupcias, practicaban la poliginia, procreaban hijos y hasta intervenían en guerras.
Claro que veneraban a muchos animales; pero estrictamente no se les consideraba como a dioses, sino como a seres vinculados a los dioses por algún motivo. La zoolatría andina se mantuvo vigente como un rezago ideológico muy antiguo, muy primitivo. Estampas de serpientes, falcónidas y felinos se ven labradas en los ídolos y en los templos desde las lejanísimas épocas de Chavín (1000 a.C.), pulidas y colocadas en tal forma que es evidente su significado religioso. Los propios incas veneraban al pájaro inti (una especie de lorito), por ser el mensajero para comunicarse con el Sol. En Pachacamac se guardaba a momia de una zorra. En las serranías centrales se homenajeaba a los pájaros chihuaco oyucyuc (zorzal) y picaflor, por haber intervenido en la propagación de las semillas en la tierra. Los del litoral en común rendían pleitesía a la ballena. A muchas aves se las sindicaba como mensajeras de los dioses.
Pero en cuanto a vegetales, pocos estaban deificados. Los tanquiguas profesaban culto a un árbol por cuyo tronco ahuecado, según la leyenda, salieron sus primeros antepasados (paca-riña). Al oro lo santificaron y adoraron por creerlo las lágrimas del Sol; y a la plata, los lagrimones de la Luna.
Es posible que para algunas etnias periféricas y “primitivas” ciertos animales hayan constituido su única y verdadera religión, convirtiendo a tales especies en bestias y alimañas sagradas. Un verdadero inmovilismo cultural en las masas campesinas, mientras los amautas y los sumos sacerdotes del Cusco y Pachacamac ya rio pensaban en la sacralidad de tales bichos, como lo demuestran los himnos a Huiracocha y al Sol que transmiten Cristóbal de Molina, Santa Cruz Pachacútec y Guamán Poma de Ayala, en los cuales hay una total ausencia de alusiones al culto de los animales. No hay duda que había una religión “tribal-campesina-popular” y otra sofisticada, perteneciente a las élites, lo que no hace otra cosa que confirmar cómo el Tahuantinsuyo configuraba una sociedad clasista, a más de plurilingüística y multiétnica.
Y por último, existían también hombres divinizados, o en otras palabras, fundadores de ayllus, sayas y reinos, a cuyas momias (mallquis) guardaban y adoraban sus colectividades. Al respecto, a todos los reyes incas y a sus esposas se los conceptuaba como dioses.
Las mansiones (templos) edificadas a sus seres todopoderosos y las fiestas y ofrendas continuas que realizaban en su honor las efectuaban, precisamente, por creer que tenían las mismas aspiraciones que los hombres. En tal sentido la huaca o templo representaba la casa del ente divino, donde residía su bulto o ídolo que daba respuestas y conversaba (oráculo) con sus servidores más íntimos (sacerdocio). Una multitud de asistentes y colaboradores no tenían más dedicación que servirles con la finalidad de satisfacer sus gustos a plenitud con ropaje, alimentos, bebidas, adornos y diversiones, para lo cual preparaban y celebraban festividades. El culto, con oraciones y sacrificios era casi diario; pero en ocasiones especiales y solemnes se les sacrificaba animales (cuyes, aves, ganado) e inclusive seres humanos. En dichos festejos se danzaba, cantaba y tañían instrumentos musicales, donde cada gesto, movimiento y nota significaban algo relacionado con la versión mitológica de la divinidad homenajeada. Algunas fiestas duraban varios días y noches.
Los dioses Ticsi Huiracocha y Pachacamac, empero, no tenían santuarios en todas partes; lo que advierte que no recibían un culto cotidiano fuera de sus sedes centrales.
§. Dioses mayores
Como se nota, habían inventado dioses mayores, dioses menores, héroes culturales y ayudantes de divinidades. Poseían también dioses varones y diosas mujeres; y desde luego parejas de dioses (marido y esposa).
Entre los dioses mayores hay que enumerar a Tunupa, Ticsi Huiracocha Pachayachachi, el Inti (Sol), Illapa (rayo), Pachacamac, Pariacaca, Huari, Libiac (rayo), Catequil, Piquerao, Chicopaec y Aiapaec. Entre los superhombres o héroes a Tomayrricapa y Tumayhanampe; a Raco y Yanacolca; y a Yanarramán y Libiac Cancharco. Y entre las parejas divinas a Urpayhuachac y Auca Atama, Condortocas y Coyahuarmis.
Al Sol, Luna, trueno, rayo, relámpago, tierra y mar los conceptuaban dioses porque sentíanse débiles ante esas fuerzas, situación que los impulsó a divinizarlas. Les preocupaba hacerse acreedores a sus bondades con miras a tener alimentos, salud y larga vida, cosas que siguen inquietando a la humanidad hasta hoy. Por eso eran dioses de gran ventura.
§. Huiracocha
Como dios panandino debió ser difundido e impuesto seguramente desde el Horizonte Medio, cuando huaris y puquinas configuraban Estados de gran extensión territorial en el perímetro andino. Los incas no lo eliminaron, porque también lo veneraban y tenían mitos que vinculaban a ese dios con ellos mismos. Fue elevado a un sitial tan encumbrado que se le convirtió en un dios mayor de la más alta importancia. Los incas, una vez establecidos en el Cusco, lo siguieron honrando, haciéndole estatuas y levantándole por lo menos siete templos (Cacha, Urcos, Quishuarcancha (Cusco), Amaibamba, Huaypar, Chuquichaca y Tambo), todos en el área cusqueña.
§. Tunupa
Llamado también por algunos Tonapa, era un dios propio del altiplano del Collao y del Colesuyo (Arequipa-Moquegua), factiblemente desde la época prepuquina o pretiahuanaco, ya que, según se desprende de su mito, es anterior a Ticsi Huiracocha, divinidad de huaris y puquinas.
Izquierda: La presente escultura (ahora en el Museo de América (Madrid), según las más recientes evidencias corresponde a la cabeza de la estatua del dios Huiracocha, cuyo templo principal estaba ubicado en Cacha, al sur del Cusco. Es de granito y tiene 39 centímetros de altura, Fue exhumada del subsuelo de la iglesia de la Compañía de la ciudad del Cusco, donde fue enterrada por los españoles a mediados del siglo XVI durante sus primeros afanes por extinguir las religiones andinas. Derecha: Otra figura de un dios mayor. No se sabe a ciencia cierta si representa a Huiracocha o tal vez al Sol. Lo cierto es que el dibujo data de tiempos preincaicos.
Hay bastante probabilidad de que este edificio, localizado en Machupicchu, haya constituido el templo dedicado al dios Huiracocha, pues solamente tiene tres paredes.
Tenía dos ayudantes: Tarapacá y Taguapaca. Se le pintaba como a un dios que vino a poner orden en el mundo, por lo que sus hechos se confunden con los del Ticsi Huiracocha. Tunupa estuvo bastante identificado con el rayo y los volcanes; o sea con Illapa, Libiac, Pariacaca (Yaro) y Catéquil. Gobernaba a los volcanes, pero también a las aguas controlando los aluviones.
Tunapa, de acuerdo al mito, al igual que todo dios que se comporta como los seres humanos, tuvo aventuras eróticas con dos hermanas (práctica del sororato) que después se convirtieron en peces, de donde proceden todas las especies ictiológicas del lago Titicaca y lagunas andinas.
§. ¿Hubo dios creador del mundo y de la humanidad?
Se percibe la ausencia de un dios creador y hacedor de todo. Cuando Tunupa y Huiracocha se presentaron, el globo terráqueo ya existía. Y en cuanto al ser humano, éste había emergido al mundo surgiendo del interior de la tierra, haciendo su aparición por cavernas, manantiales, cráteres, lagunas, o cualquier otra oquedad. Inclusive ciertos animales habían tenido el mismo origen, por ejemplo las lamas (Lamaglama); si bien la mayoría de las especies zoológicas, según sus mitos, no eran otra cosa que personajes humanos transformados en gusanos, aves y cuadrúpedos por alguna razón que la explicaban con bellas narraciones míticas. Algunas plantas, por su parte, suponíanlas haberse originado gracias a la mutación de los órganos de determinadas divinidades. Al respecto tenían elaborados lindos relatos.
En consecuencia, Huiracocha y sus ayudantes fueron héroes y sabios dedicados a ordenar las cosas, modelándolas de acuerdo a un esquema general de representación del que eran señores. Así expresaban la gran sabiduría de aquellos héroes, con lo que daban forma a todos los objetos que existían. Lo que hizo el aludido Huiracocha fue señalar a los hombres, animales y vegetales el rol o función que debían cumplir en la tierra.
La etnohistoria ha concluido, pues, de que fueron los misioneros católicos de España quienes colocaron a Huiracocha el disfraz del dios único y creador de todo, impelidos por los siguientes considerandos:
1. para continuar con la vieja teoría griega que el catolicismo hizo suya (a partir de San Agustín de Hipona), en el sentido de que todos los pueblos del mundo, y en especial los de alto nivel cultural, tenían forzosamente la concepción de un Dios Supremo Creador, que llamaban principio o primera causa o móvil; y
2. utilizando, entonces, dicha tesis los aludidos misioneros coloniales justificaban su empresa y campaña argumentando la facilidad de imponer el conocimiento del verdadero Dios, que para ellos era único, universal y todopoderoso. Para eso se aprovecharon de todas las ventajas posibles con que topaban a su paso, como la reflexión filosófica de un inca que dudó de la divinidad poderosa del Sol, por tener que viajar diariamente de Este a Oeste y ser ocultado por las nubes de vez en cuando: indicio de que sobre él existía otro dios más grandioso y en verdad superior.
El que Huiracocha sea dios hacedor y creador de las cosas es, por lo tanto, una exageración e invento, un fruto de los tristemente célebres “extirpadores de idolatrías”, nombre con el que se conoce a los que persiguieron y destruyeron las religiones andinas.
Ticsi Huiracocha, como guía y ordenador de hombres, animales y plantas se confunde mucho con Tunupa. Pero lo que se capta es que Huiracocha es un dios puquina. También se le llamaba Imaimana Huiracocha, atribuyéndosele la existencia de siete ojos alrededor de su cabeza, lo que le permitía ver todo lo que ocurría en el mundo, Tenía un hermano llamado Caylla Huiracocha. Los nombres dependían de la función que le atribuían según las zonas y ocupaciones. Huiracocha era venerado para todo. Los artesanos del telar lo reverenciaban para no errar en sus finos tejidos de cumbi con adornos llamados tocapus: el Tocapu Huiracocha. Los herbolarios, por su parte, preferían a Imaimana Huiracocha: el que lo ve todo.
§. El dios Sol y su gran templo
El dios privativo de la etnia inca era el Sol, del que se creían descender. Conforme avanzaban sus conquistas, en cada llacta o centro administrativo que fundaban hacíanle levantar un templo, pero sin tratar de imponerlo a la fuerza en los pueblos anexados, a cuyos dioses locales respetaban. También en determinados espacios territoriales de los señoríos y etnias señalaban tierras para hacerlas producir en beneficio de su culto. El Sol y la Luna eran hijos de Pachacamac y la Pachamama, de acuerdo al mito del Huacón.
Vista del Coricancha, según la reciente reconstrucción isométrica hecha por Gasparini y Margolies.
Ídolo del Sol llamado Punchao, vaciado en oro y del tamaño de un niño.
Placa procedente de Catamarca (Argentina). Según todas las evidencias representa otra manera de figurar a! dios Sol.
Al Sol se le consideraba como un dios fertilizador de la tierra e inclusive para fecundar a ciertas mujeres, como sucedió en la costa de Ishmay (Lima) con una dama creada por Pachacamac. Se le imaginaba un dios que también daba salud, vida y paz. Todo lo cual lo exteriorizaban en sus oraciones: " ¡Oh Sol! que estás en paz y salvo, alumbra a estas personas que apacientas; no estén enfermas, guárdalas sanas y salvas”.
Al Sol se le adoraba, asimismo, por ser eterno. A su ídolo o imagen le conocían con el nombre de Punchao, es decir, señor del día o criador de la luz. Estaba confeccionado con oro de los más altos kilates, realmente puro, con oro procedente no de minas sino de lavaderos. Mostraba figura humana, con un tamaño que parecía ser de un niño de ocho a diez años de edad. Toda su silueta y parafernalia exhibía a forma de un sapainca: orejas horadadas y largas; con sus respectivos disquitos encajados en los lóbulos; una borla o mascaypacha con su llauto ceñidos en la cabeza. A ambos lados, o sea a derecha e izquierda, veíanse dos serpientes bicéfalas y dos pumas o leones que le hacían guarda y defensa; y una patena pectoral con facetas. La efigie aparecía sentada sobre un duho o tiana, igualmente de oro puro. Pero también la mencionada imagen ofrecía una aureola colocada encima de los hombros y tras la cabeza, rolde que representaba o simulaba al Sol en la misma disposición en la que surge en el cielo todos los días: un disco de oro inmaculado, al que le añadían rayos; y sin ningún otro aditamento que lo circundara. Según algunas fuentes, el interior de la estatua del Sol era fofa, para meter allí los corazones de los incas fallecidos; pero de acuerdo a otras tal recipiente estaba conformado por una caja de modestas dimensiones, instalada en la parte inferior de la pequeña estatua solar.
Se les había metido en la cabeza que el referido dios tenía su familia, en la que la Luna desempeñaba el papel de su esposa y las estrellas la de su corte. Por ser el símbolo de la vida de la naturaleza entera se le expresaba gratitud de manera permanente. Su alba cara o gran disco refulgía en la parte superior de los templos que le erigieron en el Cusco y demás llactas. Su alegoría en figura de una rodaja pequeñita, de oro también, lo conducían los incas metidas en los lóbulos ensanchados de sus orejas.
Es irrefutable que los incas guardaban, hasta cierto punto, una gran deferencia a los dioses locales y regionales, a pesar de estar convencidos de la superioridad del suyo: el Inti o Sol. Tal concepción los arrastró a la devastación de algunas huacas regionales, cuando las respuestas de sus oráculos resultaban falsas. El que más se distinguió en actividad tan iconoclasta fue Atahualpa. Ordenó, p.e., la destrucción e incendio de la huaca dedicada al Apo Catequil en Porcón (Huamachuco), a cuyo sacerdocio persiguió y asesinó en gran parte. ¿Las causas? Una sola: los “pitonisos” habían vaticinado que la guerra civil la ganaría Huáscar, lo que no fue así. En consecuencia, una divinidad que se equivocaba no podía ser dios; por lo que, lógicamente, cayó en el descrédito, proscribiéndola. Y de no haber arribado Pizarro en 1532, tal vez hubiera tomado medidas similares contra el sacerdocio de Pachacamac, quienes habían desacertado también cuando auguraron sobre la salud y tratamiento a seguir para salvar a Huayna Cápac durante una enfermedad que padecía. Atahualpa, además, tenía el peor de los conceptos acerca de los sacerdotes “mercaderes” de Pachacamac.
La diosa Luna, hermana y esposa del Sol, era la señora del mar, de los vientos, de las esposas de los sapaincas y de las ñustas, del parto de las mujeres. Como reina del cielo, estaba vinculada e identificada con la Mamapacha y Mamacocha. Sol y Luna, creaturas de Ticsi Huiracocha, según las creencias de los puquinas, eran los progenitores de la etnia inca. Muchas supersticiones giraban en torno a la Luna.
El Inticancha o Coricancha, casa del Sol, de la Luna y otros astros, obedecía a un plan político y religioso de suprema dominación. En su fábrica y distribución todo fue calculado con meticulosidad. Tenía varios cuerpos: el templo solar propiamente dicho; luego cuatro capillas menores consagradas a la Luna, estrella Venus, al rayo y arco iris, más los aposentos del sumo sacerdote que, hasta el mandato de Cápac Yupanqui, habían ejercido al mismo tiempo como jefes civiles, políticos, militares, judiciales y religiosos. Y otros cuartos más para vivienda de gran número de sacerdotes y personal de servicio.
Era un templo de enormes dimensiones, con una arquitectura consistente en voluminosas piedras pulidas. Allí se encontraban el ídolo y gran disco del Sol despidiendo rayos, todo de oro macizo. De vez en cuando colocaban, a uno y otro lado, las momias de los incas. En su área también existía otro compartimiento destinado a panteón imperial.
Figuras del altar del Coricancha. Dibujos reelaborados a base de uno dejado por Pachacuti Yanqui Salcamaygua (1613), único autor que graficó dicho altar. Llama la atención, sin embargo, que Pedro Sancho, cronista que vio y recorrió el Cusco en 1533; y después Juan de Betanzos (1551), Garcilaso de la Vega (1609) y Guamán Poma (1615), que recogieron pormenorizadas informaciones de sus parientes indígenas, no digan nada de tales figuras cosmogónicas.
Reconstrucción bastante idealizada del interior del Coricancha. Aquí lo único veraz es la disposición de las estatuas de los incas a cada lado de la gran nave. El bulto del centro es el de Huayna Cápac, colocado en ese sitio por habérsele considerado el hijo más amado del Sol.
Las paredes interiores permanecían cubiertas con planchas de oro. Por la cara exterior del frontispicio circunvalaba por su perímetro un friso del mismo metal, con un ancho más o menos de 83 centímetros. En la capilla de la Luna estaba el disco del satélite nocturno.
En su área también veíase un vergel de maravilla: pantas, árboles, flores, aves y otros animales vaciados en oro y pata. En ese jardín, el césped, mariposas, sabandijas (serpientes, caracolitos), hortalizas, legumbres y maizales estaban contrahechos de oro y plata. E igual la vajilla y las herramientas; y hasta estatuas de hombres, mujeres y niños que simulaban ser hortelanos y zagales.
Por las razones que quedan aducidas constituía el templo del imperio, con un poder espiritual, político y económico de primera. Su tamaño, monumentalidad y riqueza conformaban el mejor testimonio de la situación económica, social, política y cultural del Cusco. Estaba muy vinculado a la institución diárquica, ya que el sapainca era el hijo predilecto y favorito del Sol.
La etnia inca no tuvo oportunidad de convertir al Sol en un dios panandino de costa, sierra y selva alta. Pudo ser un dios unificador del país, pero la falta de tiempo impidió su plasmación. La invasión española detuvo su difusión. Derrocado el imperio, su culto fue perseguido y aniquilado por el clero hispano, quedando escasamente recluido en algunos ayllus de la sierra, como en Cajatambo y Vilcabamba hasta mediados del siglo XVII.
El Sol, dispensador de la vida, pudo ser transformado en el mejor de todos los númenes, no obstante de que al jatunruna le era imposible concebir la idea de un dios único; para éstos resultaba indiscutible el funcionamiento de innumerables fuerzas divinas, bien que muchas de ellas podían estar ligadas entre sí. De lo que estaba persuadido el jatunruna común y corriente es que el Sol configuraba el gran dios de la etnia inca y que el sapainca y la coya conformaban sus hijos favoritos. Consecuentemente, el gran dios era el Sol, mientras que el sapainca, su prolongación, el que lo representaba en la tierra. Por eso le decían intichuri.
§. El Rayo
El Rayo ocupaba el tercer lugar, después del Sol. Se le llamaba Catequil, Libiac, Illapa, Chuquilla, Catuilla e intiillapa, según los lugares y las circunstancias. Se le figuraba como un varón residente en el cielo, que con su honda y porra hacía tronar y llover. Se le consideraba un dios panserrano en las cordilleras y estepas, sacrificándole llamas y niños. Tuvo muchos templos, como uno muy notable en el Cusco, contiguo al Coricancha, y otro en Porcón (Santiago de Chuco/Huamachuco.
Al Rayo, Trueno y Relámpago se les percibía como elementos conformantes de una sola unidad, por manifestarse los tres en una sola simultaneidad, dándose concatenados al interior de una totalidad. Pero a los tres momentos, en Cajamarca, se les conocía (y conoce) con el nombre genérico y unitario de Lanya o Ranya. Lo conceptuaban como el arma de ese dios, de modo que el trueno venía a ser el sonido producido por dicha arma, el relámpago la luminosidad generada por la contundencia de aquel golpe. Una tormenta con rayos, truenos y relámpagos invadía de miedo a los hogares. Aquí, la familia se acurrucaba frente o alrededor del fogón, esperando que terminara el aguacero, en medio de un silencio profundo, temeroso de que el rayo pudiera caer sobre ellos y aniquilarlos. Eran (y son) momentos en los que tomaban conciencia de su insignificancia en el mundo.
Se le atribuía el control de las tempestades. Y quienes más le veneraban eran los Ilacuaces de la sierra central, ayllus de pastores que también recibían el nombre de yaros. Estos se sentían herederos y descendientes del rayo, fijando su pacarina en Huariaca. El dios Rayo o Libiac de los ilacuaces enviaba lluvias. Los ilacuaces vivían en las punas de Yauyos, Huarochirí, Huanca, Tarma, Canta, Cajatambo, Chinchaycocha, Huánuco, Huaylas, Cajamarca y Guayacondo; o sea de las alturas huancas a la serranía piurana. Le homenajeaban con ofrendas y fiestas.
§. Pachacamac
A Pachacamac no se le consideraba el creador del universo o cosmos, sino la divinidad que daba ánimo o movimiento a la tierra. He ahí por qué se le tenía como el dios controlador de las conmociones sísmicas, por lo que se le respetaba y oblaba mucho en la costa, zona muy castigada por temblores y terremotos. Por eso más le veneraban desde Tumbes a Arica. Su templo mayor estaba edificado en ishmay (valle de Lurín), donde constituía un oráculo famosísimo, consultado hasta por los propios sapaincas.
Izquierda: El ídolo del dios Pachacamac tenía un solo cuerpo y dos brazos; pero su cabeza poseía dos caras: una mirando a! oriente y otra al poniente. Aquí se reproduce el rostro que miraba al Este. Derecha: La montaña de Pariacaca, donde se veneraba al dios del mismo nombre. Antiguamente se le llamó Yaro.
Entre sus esposas figuraban la Pachamama, en la que tuvo hijos: un niño y una niña que, cierta vez, fueron perseguidos por el monstruo llamado Huacón El chiquillo, para salvarse, trepó al cielo, convirtiéndose en el Sol. En el mito de Pachacamac y el dios Con, el héroe Vichama está vinculado al origen de las plantas. El ídolo de Pachacamac estaba en una habitación muy oscura, simbolizando ser invisible.
En esta forma figuraban en Cajamarca y Huamachuco al dios Apo Catequil. El aparente tocado es el huevo mítico de donde salió. Lleva dos hondas, con las que derrotó a sus émulos y producía rayos y truenos.
De acuerdo al mito, como se acaba de ver, Pachacamac tenía esposas e hijos. Sin embargo parece que iba en pos de ser conceptuado un dios andrógino (bisexual). De ahí que su efigie hincada en el recinto principal de su templo, exhibía por un lado una cara y por el otro un segundo rostro, los dos unidos en un mismo cuerpo de dos brazos y dos piernas. Por lo menos en su alto clero ya bullía este pensamiento.
§. Pariacaca
Pariacaca, llamado Yaro en sus orígenes, fue el dios de las lluvias torrenciales generadoras de los temibles huaycos (aluviones); pero también podía y de hecho producía a los rayos. Le rendían adoración los ilacuaces de las punas de la sierra central en templos muy notables, como el de Pariacaca, entre Huarochirí y Jauja. Su ídolo era un oráculo; a cuyo lado estaba la otra estatua del dios Shamuna o Xamuna.
§. Huari
Huari constituía un dios de la sierra central con templos en diversos lugares, como el de Chavín de Huántar y el de Singa (Ichoc Huánuco). Tenía facultades para transmutarse en hombre, o serpiente, o en aire veloz. Su ídolo también poseía dos caras: una conocida con el nombre de Cápac Huari y la otra con la de Ascay Huari. De conformidad al mito, prodigaba abundantes cosechas, aguas de riego y buena salud. Comúnmente se le representaba como un monolito (huanca) que clavábanlo en el centro de una parcela, dándole el apelativo de Chacrayoc: el guardián de los sembríos. Tenía gran popularidad entre los oriundos de la sierra central, agricultores por antonomasia.
§. Catequil y Piquerao
Dioses hermanos reverenciados con gran acatamiento en la sierra norte hasta Cayambe y Carangue. En Porcón (Santiago de Chuco/Huamachuco) erigíase un templo célebre dedicado en su honor, donde a su ídolo de piedra se le reputaba como un oráculo de enorme influencia. Se le relacionaba con el rayo, trueno y relámpago, y por lo tanto también con las lluvias y tormentas, o mejor dicho, con el agua que humedece las chacras.
§. Chicopaec y Aiapaec
Respetados por los habitantes de Lambayeque (mochicas protohistóricos). Mientras al primero se le presentaba como a una divinidad criadora, al otro se lo conceptuaba como hacedor.
§. Las diosas
Hubo diosas femeninas, a las que se las creía encargadas de velar por el mantenimiento humano. Sostenían que gracias a ellas, el mar y la tierra, las dos fuentes más grandes y pródigas de recursos alimenticios, eran de fecundidad inagotable. Se las denominaba Mamacocha y Mamapacha: madre mar y madre tierra, respectivamente.
Las diosas femeninas estaban muy vinculadas a la producción agraria y a la pesca. Pero también hay que considerar entre ellas a la Luna, que con las dos anteriores conformaban el trío de las diosas panandinas. Se la veneraba 'mucho por las ñustas, pallas y coyas de la etnia inca. Tenía infinidad de templos, pero los más conspicuos estaban en la isla de Coatí y en la Hacía del Cusco. Los incas incluso le dedicaron una fiesta: la de Coyarraimi. Los yungas de Pacasmayo, por igual, adoraban a la Luna en un templo celebérrimo construido en lo que ahora está el santuario de la Virgen de Guadalupe. Sin embargo había una diferencia: los chimús lo reputaban como varón . en contraste a los serranos que lo imaginaban mujer.
Diversas maneras con que fueron representados Aiapac y Chicopac, divinidades veneradas por el pueblo Chimor o Chimú.
Todo el reino Chimor fue dedicado a la Luna. Chimor o Shimor quiere decir justamente Tierra de la Luna.
Pero a nivel regional admitían a otras. En la sierra norcentro a Mama Rayguana, guardiana de distintos alimentos: papas, ocas, ollucos, mashuas y quinua. De acuerdo al mito, con la finalidad de obtener dichos productos como semillas, el zorzal (chihuaco/tordus) logró que un picaflor (quindi, sirhuar) le recibiera un puñado de pulgas que echó en los ojos de Mama Rayguana. Esta, con la ocurrencia sufrida, con la desesperación de rascarse los párpados, soltó a su hijo llamado Conopa. Entonces un águila arrebató al pequeño, ofreciendo devolverlo sólo cuando Rayguana repartiera aquellos frutos a los hombres.
La diosa tuvo que ceder, donando a los serranos sus papas, ollucos, ocas, mashuas y quinua: en tanto que a los costeños les dio maíz, yucas, camotes y frijoles, comenzando a partir de aquella fecha el sembrío en los Andes. El ídolo de Mama Rayguana era de piedra, pequeña y prieta. La homenajeaban cuando limpiaban las acequias.
Urpayguachac fue otra esposa de Pachacamac, posiblemente una de sus mujeres principales. Se la consideraba madre de los peces y de las aves marinas. Tuvo varios hijos, entre ellos Aucatama: protector del agro y del ganado. Urpayguachac tenía poderes para convertirse en paloma y volar por el firmamento.
Tamputoco: la pacarina o lugar de origen de los maras, sutijs e incas, según el mito. Tamputoco es un cerro ubicado cerca de Pacariptampu, perteneciente en los siglos XII-XV a la etnia Masca. Ahí existían tres oquedades, por cada una de las cuales, de conformidad a un mito oficial del Tahuantinsuyo, emergieron a la superficie de la tierra los primeros antepasados de tres etnias famosas: Maras, Sutijs o Tampus y los cuatro Hermanos Ayar, uno de los cuales tenía por nombre Manco Cápac. El suceso mítico convirtió al citado gran promontorio peñascoso en un auténtico santuario, donde realizaban ceremonias religiosas con todos los rituales característicos. Constituía, ideológicamente, la huaca oficial por excelencia, por haber jugado un rol muy importante en el renacimiento de la etnia Inca, después de haberse refugiado allí luego de su éxodo que siguió a la caída de Taipicala. A Tamputoco actualmente se le llama Pumaorco, y queda en Mollebamba, provincia de Paruro, al suroeste del Cusco.
Cataguan fue otra diosa femenina de Huamachuco y Cajamarca. Pero debieron existir muchas diosas femeninas más. Solamente en el área de Huanchor (alto Rímac) los extirpadores de religiones andinas, citan a Mamañamca (mujer de Huallallo Carguancho); a Chaupiñamca, protectora del agro y de la fecundidad, por lo que en sus festividades campeaban las escenas eróticas. Otra fue Cahuillaca, una especie de diosa del amor; etc.
§. Oráculos y héroes
Como oráculos se tenía no únicamente a los ídolos de los dioses sino también a los mallquis o momias de los progenitores de los ayllus y etnias o nacionalidades.
En efecto, a los proceres y caudillos fundadores de ayllus y señoríos se les veneraba después de muertos, conservando sus cuerpos momificados con el nombre de mallquis. Los caciques y señores posteriores perpetuaban su memoria y estaban felices de descender de aquéllos. Cuidaban de rendirles un culto permanente mediante ofrendas y ritos que también comprendían fiestas y sacrificios. Los paseaban procesionalmente por sus chacras para obtener buenas cosechas y llevábanlos a las campañas guerreras para conseguir victorias. Así ocurrió con los chancas, que siempre acarreaban consigo en sus expediciones a Uscovilca y Ancovilca.
Las momias o mallquis estaban categorizados según fuera de una familia extensa o ayllu; de una saya, de un reino, o de un imperio. Pero no sólo poseían mallquis preservados de manera momificada, sino otros convertidos en piedra, como el caso de Ayar Ucho y Ayar Auca, considerados análogamente oráculos muy acatados.
En otras situaciones a los héroes fundadores los convertían en cerros, como sucedía con los nevados de Raco y Yanacolca (Huariaca/Yaros/Pasco), considerados como los dioses de las comidas guisadas, invocándolos durante las cosechas. Entre los héroes apreciados y adorados asimismo hay que mencionar a Yanarramán y Libiac Cancharco, venerados en el área Yacha (Huánuco) y que no son otra cosa que el rayo que al caer en la tierra, de acuerdo al mito, se transformaron en cerros, cerros que los yachas los consideraban sus pacariscas o pacarinas: lugares de origen o procedencia.
§. Pacarinas
Cada grupo étnico, integrado siempre por varios ayllus, señalaba con gran facilidad y conocimiento el lugar de su origen mítico que, igualmente, tenían la categoría de huacas. Habitualmente eran cerros, puquios u ojos de agua (manantiales), lagunas, cráteres de volcanes, cuevas o cavernas, o huecos existentes en ensanchados troncos de árboles añosos. Tales lugares podían estar ubicados en los sitios más inesperados: en las cumbres, en las faldas de las cordilleras, en acantilados, en llanuras. Y podían estar localizados en los territorios de la propia etnia o en los de otras; a veces en parajes muy lejanos. Así, los chancas de Andahuaylas (Apurímac) consideraban como su pacarina a la laguna de Choclococha situada en Chucurpu (Chocorvos/Castrovirreina/Huancavelica). Los incas del Cusco indicaban como su pacarina a la cueva de Capactoco (Masca/Paruro). Tales figuras anuncian movimientos migratorios y/o invasiones.
A las pacarinas se las respetaba y rendía culto. Acudían a ellas con ofrendas para pedirles la perpetuidad del grupo étnico en la tierra.
Pero eso sí, a la totalidad de pacarinas en el espacio andino se las creía subterráneamente comunicadas con el lago Mamacota o Puquinacocha (llamado Titicaca por los españoles).
§. Achachilas o huamanis o jircas
Entre los campesinos había una divinidad muy popular: el Huamani o Jirca, que gozaba y goza de inmensa aceptación. Le rendían cuito y le invocaban de una manera particular para lograr su apoyo en la fecundidad humana, animal y vegetal. Se le imaginaba ser un ente que moraba en los cerros más altos de la comarca, tanto nevados como carentes de nieve. Protegían a la etnia, y recibían diversos nombres según la zona: Achachila y Yaya en el sur, Huamani en el centro y Jirca en el norte.
La enorme mole del Imbabura, morada de un Jiro a o Huamani (Taita), protector de la etnia Carangue (o Caranqui en quechua cusqueño). Queda al norte de Quito (Ecuador).
El imponente cerro y nevado del Illimani, al norte de La Paz (Bolivia), sede de otro poderoso Huamani, llamado, más comúnmente por allí, Achachila.
Pero también usaban un término generalizado: Taita o sea Padre. De ellos dependía, sobre todo, el abastecimiento de agua (a través de lluvias, lagos, ríos y manantiales), elemento vital para la existencia y reproducción de todo ser vivo. Protegía asimismo de las heladas y granizadas. En fin, era y es una deidad controladora de los fenómenos meteorológicos: aguaceros, nieve, relámpagos y truenos. Los altares ceremoniales, para su culto, estaban construidos unas veces en las cumbres y otras en las faldas y bases de determinados cerros.
§. Los guardianes del culto. El sacerdocio
Tenían mucha gente consagrada al servicio de los dioses. Unos para dirigir los ritos; otros para custodiar los oráculos; otros para administrar sus rentas; o para mantener la limpieza. Poseían sirvientes, chacareros y pastores para cuidar sus terrenos de cultivo y rebaños; y asimismo artesanos con sus respectivos talleres; y hasta bailarines, cantores y tañedores de instrumentos musicales. En fin, no les faltaba ningún tipo de auxiliares para cualquier clase de actividades y servicios, lo cual, evidentemente era mucho más notorio y abundante en los grandes templos, v.g. en los del Titicaca, Coricancha y Pachacamac.
El sacerdocio mismo era muy abundante y se dividía en varias categorías, a cuya cabeza estaba el sumo sacerdote de cada una de las respectivas divinidades (Sol, Pachacamac, Huari). El clero tenía sus esposas y descendencia, transmitiéndose la ocupación en gran parte de padres a hijos.
Las huacas, ya hubiesen sido de ayllu, de saya, de reino o del Estado, disfrutaban, pues, de un cuerpo sacerdotal y servidumbre. Los cuales, para subsistir, ofrendar y retribuir trabajos ajenos también gozaban de tierras de pansembrar y de pastizales con sus respectivos ganados, cultivados y pastoreados por mitayos o trabajadores rotativos, a quienes se les compensaba y retribuía por las tareas ejecutadas, tan semejante como lo hacían los curacas y sapaincas.
El sacerdocio del Sol se reclutaba y formaba dentro de los miembros de un ayllu específico: el de Tarpuntae, perteneciente a la saya de Urincusco, una de las que conformaban la etnia inca o cuscoruna (cusqueña). Hasta el quinto jefe conocido según la relación oficial,
Cápac Yupanqui, la alta jerarquía política y sacerdotal se confundía en un solo individuo; pero a partir de Inca Roca (sexto jefe de la lista oficial) se dividieron los poderes: retomando los de Anan la jefatura civil, política, militar y judicial, quedando los de Urin solamente con la potestad religiosa. Desde entonces cada sapainca de Anan trataba de ejercer más y más control sobre la jerarquía sacerdotal; hasta que por fin, a partir del gobierno de Pachacútec en adelante, éste fue autoproclamado sapainca: el único rey con poder para intervenir inclusive en asuntos religiosos. Por último, Túpac Yupanqui se arrogó el privilegio y facultad de nombrar y destituir a los sumos sacerdotes, escogiéndolos entre sus allegados más próximos. Y en el caso de Huayna Cápac, en algunos momentos llegó a ejercer ambos cargos.
El sumo sacerdote del Sol, escogido, elegido y preferido entre los del ayllu Tarpuntae, tenía a su cargo la totalidad de lo relacionado al culto solar. Bajo su potestad accionaban toda una multitud de otros sacerdotes residentes en el Cusco y en las demás llactas del imperio, por donde tenían sus respectivos templos. En su elección entraba a talar en gran manera la propensión y lealtad hacia el sapainca. De todos modos se trataba de sujetos con cualidades especiales que les daba mucho prestigio y fuerza moral. Se comportaban igual que un funcionario civil; algunos documentos les llaman mayordomos del Sol. Eran, pues, los taipuntaes los dueños de la enunciada profesión.
Los sacerdotes no estaban totalmente dedicados a sus deberes del templo. Ya se vio que, igual que los demás hombres se casaban, tenían su esposa e hijos. El sacerdocio de Pachacamac hasta se dedicaba al comercio, y con gran éxito. He ahí por qué los prelados de Urincusco, a más de tener a su cargo la religión también se comportaban como políticos. Entre otros de sus deberes, se ocupaban del calendario, anunciando cuándo debían celebrarse las festividades. Los miembros de la etnia inca y nacionalidades vecinas estaban pendientes de esas fechas.
Asimismo accionaba un sacerdocio femenino, aunque las fuentes en tal aspecto no proporcionan demasiada información. Entre ellas podemos contar a la yuracacllas, consideradas esposas del Sol, perpetuamente recluidas en los acllahuasis, las mismas que, en su edad adulta y madura, eran llamadas mamaconas, versadas en la enseñanza de ritos y prácticas textiles y domésticas a otras acllas en general. Las mamaconas ineludiblemente pertenecían a las clases sociales altas (incas y curacas). Fueron muy afamadas las mamaconas de la isla de Coatí, Cusco y Pachacamac.
También hay que citar a ciertas sacerdotisas a cuyo cargo corrían algunos oráculos, como el de Apurímac, en un templo que hallábase emplazado en el sitio de Panca, precisamente en el borde izquierdo del río y célebre puente del Apurímac.
Por lo demás, es de presumir que todo templo dedicado a una diosa haya tenido un clero también femenino, si bien ello no fue ni es forzoso en todas las religiones del mundo.
§. La muerte. El cadáver. La otra vida
La muerte para ellos era sencillamente el pasaje de esta a la otra vida. Por eso nadie se atormentaba frente a ella, porque estaban seguros de que sus descendientes y su ayllu cuidarían de su cadáver momificado, o simplemente disecado, llevándole comidas, bebidas y ropajes durante todos los años del futuro. En dicho aspecto lo único que les acongojaba era que pudieran ser quemados o pulverizados, porque eso si significaba su desaparición total.
No tenían la menor idea del paraíso celestial, tampoco del infierno y peor del purgatorio ni de la existencia de diablos al estilo de las religiones del Viejo Mundo. Tampoco pensaban en la resurrección de los muertos. Sin embargo, creían en otras cosas: que el camaquem o fuerza vital muere o desaparece cuando al cuerpo vivo o al cadáver se lo quemaba o desintegraba. La etnia Huaro, al sur del Cusco, concebía la reencarnación o transmigración del camaquem de un sujeto que acababa de morir a otro que recién nacía.
En el sur, una vez fallecido, al cuerpo yerto se le bañaba para purificarlo. Luego se le sobaba con sebo y maíz blanco molido, mullu y otros ingredientes. Acto seguido, se le vestía. Los parientes lloraban y después lo llevaban al machay (cueva) para colocarlo junto a otros difuntos del ayllu. El camaquem no se retiraba del lado de los restos mortales sino cinco días más tarde de finado; fecha en la que los parientes iban al río o arroyo más próximo a lavar los atuendos y otras telas dejadas por el occiso, los que, una vez limpios, se los guardaba para seguir vistiendo a la momia. Procedían así por estar convencidos de que ulteriormente de exhalar el último suspiro, esa fuerza vital de su propio ser seguía con vida, y creían igualmente que en el cadáver seguían latentes muchos atributos del ser vivo: sed, hambre, calor, frío. De ahí porque para el jatunruna era de primordial importancia la conservación del cadáver, lo que resultaba fácil en costa y sierra dadas las condiciones ecológicas, que coadyuvaban a su disecación y momificación.
Consecuentemente, para que no padecieran hambre ni sed, colocaban adyacentes al muerto vasijas de alimentos y bebidas, cosas que se le continuaba llevando cada cierto tiempo, en fechas conocidas. Tal hecho explica la necesidad de dejar hijos y descendientes para asegurar el abastecimiento permanente al fallecido. Tanta era su obsesión que, para evitar que en alguna vez del futuro el cuerpo muerto quedara, por alguna razón, sin descendientes y, por lo tanto, abandonado, que colocaban a todos los cadáveres en una sola tumba común (machay), para que allí recibieran culto y cuidado la totalidad de extintos por la integridad viviente del ayllu, quienes, por respeto y tradición, les llevaban coca y les mudaban de vestimenta. Era un desvelo el que sus cadáveres no desaparecieran, porque su conservación significaba seguir viviendo. Fue, pues, la idea de la supervivencia después de la muerte lo que condujo a la preservación de los yertos despojos. Entre los jatunrunas, el muerto era envuelto con telas, dejándole el rostro libre; pero entre los sapaincas se les colocaba una máscara de oro delgado, que de seguro reproduciría los rasgos fisonómicos del difunto.
En lo que respecta a la momificación de un inca, el resguardo de su momia en sus aposentos solariegos, rodeada de esposas y yanas vivos, afianzaba su continuidad. Para el runa andino no había nada más angustioso que la desaparición de los cuerpos de sus antepasados, o pensar que el suyo propio iba a correr ese luctuosísimo destino. Constituía la peor desgracia que podía sucederle a alguien. Por eso Atahualpa prefirió y soportó el bautismo, bajo la condición del cambio de pena, de la hoguera por la de garrote, ya que le iba a permitir la persistencia prolongada de sus restos mortales.
Funerales. El cadáver momificado era acondicionado en forma fetal para llevarlo al cementerio.
Tumbas ubicadas en cuevas, en los alrededores de Pisaj (Cusco).
Cámaras funerarias abiertas bajo el suelo en la costa central. Se las techaba para que el cadáver no sufriera con el peso de tanta tierra y piedras.
Es así como los cadáveres recibían cuidados especiales. Se los disponía en tal forma para que se secaran y pudieran conservarse centenares de años. En la sierra, como se ha visto, los pobladores de habla quechua por lo común no acostumbraban enterrarlos en el subsuelo. Previamente de arropados y acondicionados en posición fetal, sentábanlos con los codos entre las rodillas, y las manos sujetando el mentón; postura en la que se los colocaba en las cuevas naturales o artificiales llamadas macháis, ubicadas en cañones y laderas de los cerros. Rodeábanlos con objetos familiares: vajilla, herramientas, comidas, bebidas. Quedaban, pues, prácticamente al aire libre, a la vista de todos. Hasta allí acudían sus parientes colaterales y directos llevándoles y dejándoles mates de alimentos, derramando chicha y poniendo hojas de coca en las bocas de las momias. También a sacrificarles cuyes y llamas. En la costa, en cambio, sepultábanlos bajo tierra y arena en posición de cúbito dorsal o fetal; pero dispuestos en tal forma que a cámara funeraria, holgada, no aplastara al muerto, para evitar que padeciera con el peso de tanto material encima. Y por fin, se acondicionaba un tubo de caña para conectar la boca del cadáver con la superficie exterior para verterle chicha ritual en las fechas que tenían acostumbradas.
Los pueblos aymara hablantes conservaban a sus muertos ilustres sobre el suelo, alrededor de los cuales construían unos mausoleos de piedra y/o tierra dura que recibían la denominación de chulpas y pucullos, En el ámbito Chachapuya, a los nobles se les inhumaba en pintorescas urnas funerarias hechas de arcilla pero con apariencia de cuerpos humanos, incluyendo una cabeza. Urnas a las que instalábanlas en altas cuevas u oquedades, cuyas vías de acceso las destruían totalmente, para eludir su profanación. Enterrar a un noble bajo el suelo, entre los chachas, era signo de vilipendio.
Y mientras en la sierra se arreglaba a los cadáveres acomodándolos en posición fetal, en la costa también se los acondicionaba en posición de cúbito dorsal. El muerto costeño era enterrado conservando los mismos gestos con que había fallecido. Por lo demás, las tumbas constituían lugares sagrados; y las momias de los antepasados seres sacralizados, acudiendo a ellas para solicitarles buenas cosechas y aguas, o la detención de éstas cuando se excedían.
Como se advierte, existían dos categorías principales de culto: el divino y funerario. El último en lo que toca a los difuntos. Implicaba cuidarlos y conservarlos, visitarlos por lo menos una vez al año para cambiarles de vestimenta y sacarlos para llevarlos cargados, en las espaldas o sobre una parihuela, procesionalmente rumbo a la comunidad, para danzar con el cadáver. Pensaban que aquel rito contribuía a dar bienestar y eternidad al ayllu. He ahí por qué guardaban con gran respeto a los muertos y por qué tenían la obligación de no olvidarlos. Un oficiante exprofesamente encargado hacía recordar las fechas y el compromiso intangible de llevarles alimentos y bebida: un deber ineludible de los hijos, ulteriormente por los hijos de éstos y así sucesivamente, una cadena sinfín, eterna. Por cierto que la preservación y culto de las momias de los plebeyos no demandaba tanto servicio y gasto como la de los sapaincas y grandes curacas.
El esmero y precaución que ponían en los cadáveres y a frecuencia con que llegaban sus descendientes hacia ellos portándoles potajes, chicha y coca es prueba de que creían en la vida sobrenatural. Se imaginaban que los muertos seguían sintiendo casi todos los problemas y necesidades que los seres vivos, incluso hambre y sed. Y además, daban por hecho de que sus “espíritus” o camascas, por ser tan numerosísimas las defunciones a lo largo de la vida y trayectoria de los ayllus y etnias, ya no tenían como caber en el mundo de los muertos, por falta de tierras y de viviendas para todos. Suponían también que los camascas se agrupaban en ayllus, igual que los jatunrunas vivos.
En la sierra, el espacio o recinto de los camascas estaba aquí mismo, en la caypacha; unos paraban en campos floridos y otros en cumbres nevadas, a los cuales, para llegar los citados camascas tenían que caminar por trochas y puentes llenos de dificultades y obstáculos. Precisábanles, por ejemplo, atravesar por escaleras de cuerdas y palos. Dicha vía, además, era oscura, pudiendo vencérsela sólo gracias a un perro-guía, de preferencia negro, animalito que tenía y tiene la facultad de ver a los camascas en la noche. Como resultado de tal creencia mataban por lo menos un perro durante los funerales. Los que tenían ganado sacrificaban una Rama, para que el “alma” del citado cuadrúpedo ayudara a transportar la carga del muerto.
En la costa, por su lado, estaban persuadidos que las almas iban a descansar en las islas ubicadas frente a sus playas, en la mamacocha o mar.
En el Chinchaysuyo estaban seguros de que las “almas” se alejaban de los cadáveres a los cinco días del fallecimiento. Y después, una vez por año, en el mes que conmemoraban a sus difuntos (noviembre), visitaban las casas de sus parientes vivos tomando la forma de moscones que, durante el vuelo, emitían un suave y característico zumbido. El hecho explica por qué no mataban a los referidos animalillos.
Si el culto a los ancestros determinó la conservación del cadáver, lógicamente que su preservación generó la técnica de la momificación. A veces extraían las vísceras y el cerebro. Lo restante les resultaba fácil merced a las condiciones ecológicas de la sierra y costa, en la primera por el gélido frío de las mesetas, y en la segunda por la sequedad de los arenales salitrosos. Las vísceras acostumbraban enterrarlas en los sitios donde habían nacido, de preferencia en el punto donde sus madres los arrojaron al mundo el día del parto.
Creían también que el sapainca muerto podía sobrevivir en una estatua, a la que se la repultaba su segundo cuerpo. La mencionada efigie recibía el nombre de guaoqui o huaoqui, a la que se le adicionaba el nombre del soberano a quien simbolizaba y encarnaba. Bastábanles entonces con mencionar dichas palabras para que la estatua, que tenía vida, escuchara, El culto que practicaba cada panaca en tomo a ellas, garantizaba su supervivencia. Así pensaban ellos.
Mausoleos o chulpas aymaras de Quellenata (Acora/Lupaca). En sus abiertos espacios interiores colocaban a las momias de sus señores.
Interior de una chulpa aymara, en el cual yacen los cadáveres momificados de sus jefes, señores y reyes. Una ventanita mirando al oriente permitía, cada mañana, la entrada de los rayos solares para iluminar y calentar a los yertos despojos.
Capítulo 14
El estado, sociedad e ideología
Contenido:
§. La élite en el poder
§. La naturaleza del Estado
§. La elite en el poder
Se ha visto que la etnia inca, en el Cusco, en sus primeros siglos no era la única que abrigaba ansias expansionistas y hegemónicas de tipo imperial. Había también otras, y algunas en camino ya muy avanzado; basta citar a los costeños chimús, con territorios desde Tumbes al valle del Chillón; a los chancas, que dominaban todo lo que ahora son los departamentos de Ayacucho y Apurímac, más algunos sectores del norte de Arequipa. En el altiplano del sur sobresalían los reinos Lupaca y Colla, que también pretendían asumir roles de supremacía. Sin embargo, la diminuta etnia inca del valle del Cusco fue la que se impuso sobre todas, fundando y desarrollando un Estado imperial de magnitudes nunca vistas hasta entonces en el área andina.
Por qué les tocó desempeñar este papel a los anan y urincuscos y no a los chancas, collas y otros de más poder y antigüedad en los Andes, es un tema para discutir y aclarar. Se nota que la razón era una sola: el deseo incontenible de restaurar o reconstruir el Estado poderoso que gobernaron sus antepasados de Taipicala, Estado destruido por los aymaras. Era un recuerdo inacabable, era imposible olvidar el pasado preeminente de sus abuelos. Y para lograrlo elaboraron todo un aparato justificatorio que mantuviera latente la conveniencia de poder y dominio en los miembros de su grupo, auto apareciendo como el pueblo predestinado y elegido por los dioses, frente a las etnias ubicadas en torno suyo, a las que de nuevo querían subyugar. Para ello, en primer término, se auto declararon y auto presentaron como hijos y enviados del dios Sol e incluso del Apo Ticsi Huiracocha; es decir como la casta escogida para una “misión civilizadora”.
Como es racional, para efectivizar su apología se esforzaron por borrar todo lo referente al pasado “histórico” de las otras etnias andinas, con la ilusión de hacer creer que la integridad de lo anterior a ellos se encontró en un nivel de supino salvajismo y barbarie. De ahí por qué la versión oficial reelaboró toda una cuidadosa “historia” con el fin de hacer aparecer a las etnias no incas coma antropófagas, adoradoras de inmundicias; desconocedoras de la agricultura, ganadería, textilería, cerámica, viviendo en un estado permanente de guerras calamitosas, peor que animales. Los incas, entonces, según sus planes e intereses, habían llegado enviados por las potencias divinas para cambiar las relaciones sociales de producción, generar auténticas relaciones de parentesco, el arte humano de vivir; en otras palabras: acabar con el estado de salvajismo y brutalidad o de animalidad en el que permanecían. Así es como los incas del Cusco fabricaron todo un cartel para auto presentarse como los salvadores de los pueblos. Y todo lo hacían con una sola mira: recapturar el poder y la dirigencia política en el caypacha: en la tierra conocida por ellos.
Como se ve, auto propagandizaron presentándose como los únicos depositarios del progreso y la perfección; reclamando para sí la exclusiva representación de la verdadera humanidad, de la auténtica civilización. Todo con la indudable pretensión de reasumir y continuar con su rol hegemónico. Claro que ello no fije suficiente. Por eso tuvieron que inventar algunas cosas más: se autoproclamaron como un grupo excepcionalmente paternal, exaltando la tradicional generosidad y hospitalidad practicada por los señores; al igual que la paz, considerando a la guerra como un flagelo, pese a que en la práctica las campañas de conquista y represión y las mismas luchas que tenían entre ellos por el poder, daban lugar a episodios sangrientos y hasta patéticos.
Así fue como en 1438 (más o menos), un dirigente y descendiente de aquel remoto grupo fugado de Taipicala y refugiado en el Cusco, logró práctica y realmente restaurar el imperio, pero esta vez superando en grandeza a todos los Estados precedentes (Huari y Puquina/Tiahuanaco), Al arribo de los españoles su territorio se
extendía desde el Ancasmayo al Maulé, cubriendo más de 4000 kilómetros de longitud, con una superficie aproximada de 2 millones de kilómetros cuadrados. Controlaba una luenga costa marítima por el Oeste; mientras por el Este, una serie de tribus selvícolas eran contenidas y expelidas por una hilera de fortificaciones guarnecidas por colonias de mitmas.
Pero el Estado inca o imperio del Tahuantinsuyo desde la óptica político-militar no representa la culminación de la civilización andina. Es apenas uno de sus momentos más culminantes, el más cognoscible, interrumpido bárbaramente por la invasión colonialista de España. Era el fruto de un largo y fecundo proceso cultural, cuyos antecedentes más remotos arrancaron probablemente desde hacía 18 000 años antes de Jesucristo. Los incas, en consecuencia, sólo eran los herederos de largas e intrincadas aventuras y sucesos protagonizados por ayllus, señoríos, reinos e imperios, que con la debida anterioridad, desarrollaron los conceptos e ideas que tipifican a la civilización andina. Si bien de todos ellos, el mejor conocido es el imperio de los incas, debido a la abundancia de fuentes arqueológicas, lingüísticas, etnográficas y documentales.
La etnia inca (como su contemporánea la chanca tenía vocación imperial, la que se definió, cimentó y acrecentó inmediatamente de su triunfo sobre los referidos chancas, cristalizando considerablemente con sus éxitos incontenibles por donde expedicionaban. El Cusco, entonces, tomó a su cargo el liderazgo político y militar en los Andes. Pero no obstante haber llegado a una posición tan predominante, permanentemente sentíase conturbado con las alzadas de mano de las elites de algunos señoríos y reinos anexados, las cuáles añoraban su independencia, anhelantes por sacudirse de la dominación cusqueña.
La etnia inca, según parece, conquistaba señorío tras señorío y reino tras reino, entre otras razones:
1. porque no debían dejar Estados que pudieran poner en peligro la estabilidad del Tahuantinsuyo.
2. por la necesidad, cada vez que agrandaban sus territorios, de tener más trabajadores (mitayos) entre a gente joven y adulta (18 a 50 años de edad), ejerciendo alguna ocupación y generando algún producto. Y
3. porque no debían existir pequeños Estados sin acatar las disposiciones del Cusco. De manera que una conquista y anexión provocaba de inmediato otra conquista y anexión. De allí que los incas deteníanse tan sólo donde chocaban con pueblos o sociedades de bajísimo nivel productivo. Por tales razones se abstuvieron de invadir a más tribus de la selva; por eso también desistieron de incorporar definitivamente a los pastos septentrionales, quillasingas y a otras del sureste del Tucumán; y similarmente a los pomaacuas del sur de Chile, etc.
Pero como todo hecho tiene su excepción, por aquí también hay salvedades. Por ejemplo, pese a su “primitivismo” conquistaron y anexionaron a los pastos meridionales, a los guijos, a las tribus de Moyobamba, a las del Amarumayo (Madre de Dios) y a los churumatas del Este de Jujuy (Argentina). Pero ello se debió a que la posesión de tales territorios les redundaba otras ventajas:
1. adquisición de productos que no podían obtener con facilidad en los señoríos y reinos aledaños de cultura avanzada;
2. porque estratégicamente les permitía doblegar desde ellos a otros Estados de mayor desarrollo económico, social y político.
Es patente que no todo señorío y reino fue forzosamente agregado al Tahuantinsuyo mediante conquistas violentas. Se sabe de varios que, conscientes de su debilidad para defenderse y de su aislamiento, en forma deliberada pusiéronse bajo o dentro de la esfera del Cusco. Así sucedió con el reino de Chincha, con los tallanes, tabaconas, cotabambas, omasayos y yanahuaras. En esas ocasiones agasajaban a los señores locales con suntuosos regalos de ropa, coca, joyas, tierras, siervos y esposas adicionales. Pero en otras oportunidades, que fueron las más, los enfrentamientos tomaron visos de crueldad, tal como ocurrió con los caxamarcas, guayacondos, pariaguanacochas, tanquiguas, collas, chachas, chimús, cayambes, carangues, pastos, etc. Con los tres últimos los incas tuvieron que batallar 10 años.
Pero haya acaecido de uno u otro modo, la velocidad con que se formó el imperio a partir de Pachacútec es incontestable. La rapidez de esta expansión tuvo sus razones: la simplicidad y habilidad de la etnia inca para adaptarse a las realidades económico-sociales de los reinos que anexaba, ya que las costumbres e ideologías no diferían profundamente entre ellos y muchísimos de los pueblos que invadían; los problemas y las soluciones eran los mismos en la mayor parte. Lo que hacían es ensamblar, rectificar y organizar las afinidades que compartían los ayllus y señoríos. Cada señorío y reino tenía, además, una larga experiencia de invasiones, conquistas y dominaciones de Estados imperiales anteriores. El de los incas sólo era uno más de esa profunda historia. De allí también la gran comodidad con que los españoles conquistaron y dominaron al Perú. Y por último los propios incas tenían por igual una intensa tradición, por ser herederos de grupos de poder que dominaron el Estado de los puquinas desde Taipicala (Tiahuanaco). Por eso siguieron aprovechando la vitalidad del ayllu y aprendiendo de los pueblos que conquistaban lo que les resultaba provechoso, sin alterar en lo sustancial la vida de los pueblos. De los chimús captaron el boato, el refinamiento de las clases, mucho del sistema administrativo, el avanzado trabajo de los especialistas, beneficiándose de éstos con su traslado masivo al Cusco y otras llactas. De los chimús y chinchas también tomaron las fórmulas del ceremonial cortesano y los ritos de la mocha o mucha: actos por el cual, cada año, los curacas viajaban al Cusco a renovar su fidelidad al sapainca.
Es difícil imaginar que la etnia inca haya pensado en una unidad de la especie humana del mundo que conocían y de la necesidad de realizarla. La prehistoria había conocido muchos Estados panandinos (Huari, Puquina, Yarovilca), cuyos orígenes, apogeos y caídas habían dejado huellas y experiencias de las que sabían sacar partido los Estados que surgían después, con la ventaja de que los posteriores siempre dominaban más territorios que los precedentes. Cada nuevo imperio que aparecía rebasaba al anterior, y con gran fuerza. Todo induce a pensar que el impulso aumentaba en cada nueva era de conquistas, con el ansia de formar un imperio cada vez más “universal”. De no haberse producido la invasión española, es posible que ahora el mundo andino no sólo sería una unidad territorial sino igualmente nacional.
Constituía un Estado multiétnico, o mejor diríamos multinacional. No comprendía 100 grupos como se dice usualmente, sino más de 100, pues tan sólo en la selva alta existían más de 30 grupos diferentes, aunque de área geográfica pequeña en comparación con los de la sierra y costa. No se puede decir que todos estaban al mismo nivel económico, social y político, por cuanto el desarrollo inarmónico o desigual ya prevalecía desde aquellos tiempos en el espacio andino. Por ejemplo, los uros y moyos del Collasuyo, más los changos y camanchacas de la costa sur, como los pastos del extremo norte y los grupos que paraban en el perímetro de Moyobamba, Amarumayo y Mojos, aún no salían de sus estructuras “primitivas” como cazadores, recolectores y pescadores. Mientras los chinchas y otros de la costa central y norteña ya habían alcanzado estructuras inclusive de corte feudal. Es, pues, falso hablar de absoluta unidad cultural en el Tahuantinsuyo, porque configuraba un conglomerado económico, social y político bastante dispar, en lo cual, es indudable, predominaban los reinos y señoríos de avanzado crecimiento.
Así fue como el Estado del Tahuantinsuyo cumplió un rol importante colocando dentro de las fronteras de un solo imperio a numerosísimos señoríos, reinos y algunas tribus que venció y sometió. Ahora es imposible aceptar que haya conformado una federación o confederación de señoríos y reinos; y la prueba cierta es que no tenían los mismos derechos que los hubieran igualado a la etnia vencedora. Las aristocracias “provincianas” quedaron virtualmente decapitadas de sus poderes, puestos en un peldaño subalterno y dependiente del Cusco.
El territorio del Tahuantinsuyo, el imperio de las cuatro regiones (tahua: cuatro, suyo: región, dirección, distrito) tenía forma alargada, desde el Ancasmayo al Maulé; es decir desde las actuales fronteras colombo-ecuatorianas hasta el departamento de Constitución, ubicado al sur de Santiago de Chile. Alcanzaba una extensión máxima de 2 000 000 de kilómetros cuadrados, con una longitud de 4000 kilómetros y una población calculada en 12 000 000 de habitantes. Era el Estado imperial más grande y mejor organizado en el continente americano. En lo que hoy es Perú y Bolivia, comprendía costa y sierra, más la ceja de selva, hasta los llanos de Moyobamba, río Amarumayo (Madre de Dios) y Mojos. Por lo que ahora es el Ecuador, coincidía más o menos con los límites naturales de la sierra. Por lo que en la actualidad es Chile, abarcaba hasta el Maulé, tierra araucana. Y por el sur de Argentina hasta los huarpes de Cuyo (Mendoza). Su espacio encerraba todo tipo de ecologías y de etnias con diversos grados de desarrollo económico-social, como ya se dijo desde tribus pertenecientes al comunismo primitivo, hasta las más evolucionadas y avanzadas del litoral centro-norte, de clara estructura feudal. Pero eran zonas y pueblos que, pese a sus diferencias socio-económicas mantenían una perenne conexión transversal y vertical de Este a Oeste y viceversa, sirviéndose de los valles como vías de intercomunicación.
Lo que se acaba de expresar patentiza como los simples jefes incas del Cusco, poco a poco restauraron sus glorias y poderes desvanecidos cuando Taipicala fue asaltada por los aymaras, no parando hasta reinstalar la diarquía divina como un ejercicio del poder panandino, impuesto holgadamente gracias al desarrollo económico y social del Estado a partir de Pachacútec, utilizando en forma brillante tanto las experiencias de sus antepasados como de las etnias que iban incorporando una tras otras. Pusieron varios mecanismos en práctica para neutralizar la resistencia y descontento de las aristocracias de los señoríos y reinos anexados al imperio; y todos ellos aplicados simultáneamente:
1. Cederles como esposas a pallas y ñustas del Cusco.
2. Regalarles ropa, joyas, coca y víveres procedentes de la capital imperial, con valor y prestigio social y ritual.
3. Concesión de tierras en otros nichos ecológicos con sus respectivos yanas y mitayos.
4. Encaminar a sus hijos al Cusco para, so pretexto de tenerlos en la corte, propinarles un lavado cerebral proincaico.
5. Colocar en el territorio conquistado colonias de mitmas de guarnición.
6. Desterrar a buen número de pobladores vencidos por diferentes lugares.
7. Instalar tucricuts. Y
8. Haciéndolos observar mediante tucuiricuts (espías).
Y sobre todo eso, la elite cusqueña se propuso y consiguió forjar todo un aparato propagandístico y una “historia” en la que auto aparecían como el pueblo organizador del mundo andino, gracias a cuya sabiduría lo sacaron del caos. Según su ideología, por lo tanto, fuera de su área de influencia sólo funcionaban el desorden, la barbarie, el salvajismo. La etnia Inca y el sapainca en lo medular se auto presentaban como los integradores del orden cósmico. Claro que reconocían a las jefaturas tradicionales de cada región y curacazgo, pero sobreponiéndose a ellas como remate de una pirámide de mandos, en cuya base permanecía el ayllu. Así configuraron un repertorio de autoridades de abajo hacia arriba, siempre robusteciéndolo a favor de la etnia Inca.
La clase dominante y dirigente tahuantinsuyana actuaba en medio de una indiscutible conducta paternalista, con la finalidad de adormecer todo germen de descontento que hubiera podido concluir con un eventual movimiento subversivo. Esa estrategia insensibilizadora
se llama hoy redistribución: dones y regalos practicados única y exclusivamente para mantener vigentes los intereses del poder, contentando y domesticando a los mitayos y caciques con el objetivo de garantizar la reproducción de la economía estatal. En aquella forma, ayllus y caciques quedaban y estaban encasillados al servicio de la economía del Estado y de las cases dirigentes. Es indubitable: los incas supieron dominar y al mismo tiempo dirigir su país. Consistía en repartir productos agrícolas, vestidos, telas vellones de lana, alhajas, adornos y otros frutos y artefactos que tenían acumulados en sus depósitos merced al trabajo de miles de mitayos en tierras, pastizales, minas y talleres del Estado. La redistribución, efectivamente, fue el arma magistral aplicada con el objetivo de que las obligaciones de los mitayos, curacas, guerreros y demás funcionarios y servidores frieran fielmente cumplidas. De ahí que las redistribuciones sólo funcionaban en bien de quienes trabajaban a favor de! poder. Consecuentemente, a referida redistribución no era una bondad ni generosa dadivosidad de los señores poderosos, sino el pago y precio para que la energía humana de los ayllus no se interrumpiera, única manera de obtener los excedentes que necesitaban para hacer frente a tantas necesidades, como la de mantener a miles de guerreros y administradores. La redistribución, sin embargo, tampoco fue una invención de los incas, sino una reproducción amplificada de lo que ya venía funcionando en las jefaturas locales y regionales desde siglos antes.
Cuando arribaron los españoles, el Estado imperial había ya alcanzado sus límites definitivos. No quedaba nada qué conquistar por ninguno de los puntos cardinales del mundo que conocían; por cuanto las etnias tribales, ubicadas más allá de sus fronteras establecidas, no les provocaban ningún atractivo por su incapacidad de generar rentas al Estado imperial. De todas maneras se había extendido mucho por norte y sur, y en un tiempo demasiado rápido. Pero el extremo septentrional, por lo que se sabe, resultó el más problemático para dominar y controlar, motivando la urgencia de coparlas con guarniciones y colonias de mitmas incas, con excesivos privilegios, tan análogos a los de la etnia Inca residente en el Cusco. Lo que iba a originar una oposición entre el Cusco y esos lejanísimos focos periféricos de control, es decir, entre la capital y Quito-Carangue, cuyo corolario fue la guerra civil iniciada por Atahualpa contra Huáscar, el legítimo sapainca.
§. La naturaleza del Estado
Esta formación económico-social constituía un Estado imperial multinacional. Se componía de una multiplicidad de nacionalidades, a las que algunos etnohistoriadores prefieren llamarlas “grupos étnicos”, sin que tal hecho configure una singularidad en la historia universal, ya que el imperio de Alejandro, el de Roma, el de Gengis Khan y otros pasaron por la misma experiencia. En el Tahuantinsuyo algunas nacionalidades fueron famosas, tales como la Lupaca, Caranga, Cañar, Chanca, Chincha, Ishmay, Huanca, Caxamarca, Chachapoya, Chimor, Caranque, etc. Cada una conformando pequeños Estados tipo reinos, con estructuras y superestructuras internas que no sufrían modificaciones desde hacía centenares de años, por cuanto en sus interiores seguían vigentes las comunidades o ayllus con tierras colectivas, pero con líderes o autoridades y escindidos en clases, a cuyas lenguas y culturas el Estado imperial guardaba gran respeto.
¿Qué es lo que determinó el conservadurismo de las estructuras económico-sociales a partir del Horizonte Medio? ¿La falta de herramientas y de alta tecnología? ¿O la abundante mano de obra, que habría hecho innecesaria la creación e invención de nuevos mecanismos de trabajo, sustitutorios de la energía humana? Lo verídico es que ello dio como fruto una inmovilidad económica, social y política que consterna. Sobre esa base fue configurado el Estado soberano del Tahuantinsuyo.
El imperio se dejaba sentir en los ayllus y reyes de las nacionalidades incorporadas a su extenso territorio por medio de gobernadores (tucricuts), de espías, guarniciones, visitadores y de grupos de mitmas con diversas finalidades. Pero todos con la meta final de vigiar el trabajo por tumos y debidamente retribuido llevado a efecto por los runas de los ayllus para producir rentas al Estado imperial.
En seguida, para determinar la naturaleza de la referida formación económico-social, hay que recordar cumplidamente los siguientes aspectos trascendentales, ya indicados páginas atrás:
1. las formas de .tenencia o propiedad de los medios de producción; y
2. as formas de trabajo. Ellas proporcionaron las pautas para señalar sus clases sociales, lo que nos permitió fijar si hubo o no esclavos y siervos. Únicamente tal análisis accede al descubrimiento del carácter de la sociedad inca.
Pero antes de continuar es aconsejable esclarecer que estoy refiriéndome exclusivamente a las áreas serrana y costa sur. No se toca, por ahora, la costa central y norteña, ya que por aquí el desarrollo económico-social era diferente, tan distinto que merece un tratamiento separado.
En fin, por lo demás, el de los incas configuró un fidedigno Estado imperial, con una superestructura que reflejaba muy bien sus bases estructurales económicas y sociales que brevemente han sido compendiadas en el presente ensayo. Poseía todo un andamiaje político y administrativo perfecto y un ejército profesional (como se ha podido demostrar últimamente con el hallazgo y publicación del Memorial de Charcas de 1582), una planificación admirable de llactas o asentamientos estatales, un sistema jurídico y carcelario minucioso y una ideología religiosa y filosófica sofisticadas que nada tiene de menos frente a las arcaicas monarquías del Viejo Mundo, sobre todo ante las orientales.
Por eso muchos se preguntan ¿qué tipo de sociedad fue la andina y especialmente la Inca? Y aquí es donde ha surgido uno de los más expectantes y tensos debates, en el que han intervenido antropólogos, arqueólogos, economistas, historiadores y políticos progresistas y de izquierda. Para ello ha sido y es necesario llevar a cabo una serie de pasos preliminares, así por ejemplo:
1. Identificar el número y naturaleza de los distintos modos de producción que se hallaban combinados en la sociedad.
2. Reconocer los diversos elementos de su superestructura (organización del espacio verbigracia).
3. Descubrir y definir el modo de producción predominante, el que manejaba y controlaba a los otros, integrándolos a su mecanismo, Y
4. Definiendo los fenómenos de cada elemento de la superestructura, sea cual fuere su origen, de conformidad a cómo se articulan los modos de producción.
Al concluir, unos han opinado que fue un comunismo agrario; otros un socialismo totalitario. Un tercer sector de autores piensa que se trata de un esclavismo patriarcal; y otros piensan que tal vez pudo ser un feudalismo temprano. Y por fin, un quinto grupo de estudiosos la encajan dentro de los moldes del modo de producción comunal-tributario, provisionalmente conocido como modo de producción asiático. No faltando quienes propugnan que conformó un sistema sui generis, único o singular o excepcional en la historia del mundo, bautizándolo por tal razón con el nombre de modo de producción andino o modo de producción inca.
El examen de la frondosa documentación exhumada hace pocos años, sin embargo, permite afirmar que en el ámbito andino se dieron todos los modos de producción anteriormente mencionados, simultáneamente. La problemática reside en determinar cuál de ellos preponderaba sobre los otros, y cómo se articulaban entre sí. Y esto es lo que se trata hacer actualmente. Por ahora cada cual discierne sobre el aspecto que enfoca. Y así tenemos que quienes han estudiado únicamente el ayllu o comunidad agraria, concluyen que la sociedad inca fue un Estado comunista y/o socialista. Y quienes sólo examinan sus superestructuras políticas, jurídicas e ideológicas apenas ven un sistema esclavista. Y quienes rechazan el materialismo histórico y esquivan la historia universal comparada, la califican de modo de producción andino o inca.
Pero todo este debate, por su extensión e importancia, bien podría constituir el tema de otro ensayo. Con todo, si alguien preguntase cuál es la posición asumida por el autor del presente trabajo, la respuesta sería que lo predominante en la sociedad andina fue el denominado modo de producción comunal-tributario. Esta asunción no niega que al interior de dicha sociedad funcionaran tanto elementos del comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y socialismo como muchos elementos típicamente andinos.
Es necesario explicar cómo se ha llegado a tal conclusión, recordando adecuadamente una serie de realidades y argumentos expuestos a lo largo de estas páginas. Ya se sabe que la etnia Inca en ningún momento meditó en la vigencia de una nación andina o tahuantinsuyana; por eso la correcta terminología para definir al Estado creado y dirigido por la aristocracia guerrera del Cusco debe ser el de: Tahuantinsuyo, un imperio multinacional. Frente a tal realidad, la etnia inca se había erigido como el grupo dominante del imperio, si bien le faltaba todavía algo para ser una clase estrictamente dirigente. De su grupo salían los personajes para ejercer los cargos claves en la administración política, militar, civil, judicial, sacerdotal y burocrática en general. Para los empleos subalternos se echaba mano de los incas de privilegio y a veces de la aristocracia regional, y en ocasiones hasta deyanas fieles.
En este aspecto fueron inteligentes creando una magnífica burocracia estatal no hereditaria, aunque si privilegiada con donaciones de esposas y constantes retribuciones sacadas de los almacenes del Estado como pago por sus prestaciones. Gozaban de un servicio de yemas, pero no podían disfrutar ni disponer libremente en provecho suyo del trabajo de los jatunrunas, ni de los productos entrojados en las coicas. Por cierto que podían recibir en calidad de gratificación algunas parcelas ubicadas en los territorios de sus etnias de origen, o donde ejercían el cargo, con facultad para constituir microdominios o minifundios privados, cómo acaeció con el príncipe Inga Yupangui: tucricut de Quito, a quien Huayna Cápac le concedió tierras en aquellas comarcas.
Los gobernantes incas poseían la habilidad de aprovechar todo lo antiguo, sin destruir realmente nada de las estructuras y superestructuras del pasado. Rescataban todo, aplicándolo y perfeccionándolo para dar cuerpo a su nuevo Estado. Consecutivamente, mantenían incólumes los conglomerados sociales llamados ayllus o pachacas, el sistema decimal de huarangas, sayas y curacazgos de distintas categorías; igualmente los principios fundamentales que normaban la función de la estructura productiva: reciprocidad, mingas y mitas a favor del poder, con sus respectivas retribuciones y redistribuciones. Maniobraban sabiamente con la religión y los mitos preexistentes y otros fabricados ad hoc para poner en acción sus planes y proyectos de dominación. Para ellos, el manipuleo constituía uno de los elementos claves en la expansión y conservación de su imperio.
El Estado Inca, verdaderamente no se inquietaba por la vida interna del ayllu, cuya existencia estaba apuntalada por la posesión de tierras, pastos, bosques, aguas y el ejercicio de aynis y mingas controlados por sus propios curacas. Lo que sí se nota es la preocupación del Estado por dejar a cada ayllu las tierras necesarias para su producción y reproducción agropecuaria mediante el trabajo familiar, intervecinal y colectivo. Internamente el ayllu vivía, pues, en medio de una gran racionalidad, organizados sus miembros desde la escala de la familia nuclear y extensa hasta el reino étnico y el Estado macroétnico. Así es como resultaba y quedaba garantizada a supervivencia desde el individuo hasta el Estado imperial, todo en su conjunto.
Como en otros lugares donde imperaban las mismas estructuras y superestructuras, el ayllu, siglo tras siglo; milenio tras milenio, se mantenía inmovible. Se sabe que explosionaban subversiones violentas, que acaecían migraciones, derrumbe de imperios y aparición de otros nuevos, guerras civiles y cambios de mandatarios; pero nada era capaz de estimular para que los campesinos pudieran trastrocar o cambiar sus estructuras. Los cimientos de la vida de los habitantes, la actividad diaria, las fiestas y creencias proseguían imperturbables. Nacían, vivían y morían según costumbres invariables e inmemoriales; todas las generaciones continuaban adorando a los mismos dioses. Los templos se caían y se les volvía a levantar en el mismo sitio. Todos los dioses recibían ofrendas, sin distinción de superiores e inferiores. Las “ciudades” (liadas) seguían siendo del Estado en la integridad de sus aspectos. Los artesanos se aferraban fielmente a sus tradiciones. Mitos, leyendas y cuentos resonaban como siempre a través de los milenios.
El Tahuantinsuyo en la época de Huayna Cápac, Huáscar y Atahualpa (1493-1533) constituía un Estado en el cual los yanas, yanayacos, acllas y pinas configuraban una notabilísima fuerza de trabajo, asegurando al poder una producción en masa de los principales productos que necesitaban (para retribuir y redistribuir), dentro de cuyo sistema la etnia Inca radicada en el Cusco y en las liadas regionales, cada vez exteriorizaba más acentuadamente su carácter de casta, cada día más desligada de las tareas productivas, recargándolas a la responsabilidad de los mitayos de los ayllus. De ahí la táctica de la etnia Inca de anexarse primordialmente nacionalidades de alto nivel productivo (señoríos y reinos); es decir, pueblos sedentarios, dedicados al agro y/o pastoreo, acostumbrados ya previamente a los aynis, mingas y mitas, salvo que algunos territorios ocupados por tribus “primitivas” hubiesen sido juzgados estratégicos para controlar a otras etnias más avanzadas, o para sacar productos que no los podían obtener en la costa y sierra, como ocurrió con los guijos, pastos, churumatas y cuenca del Amarumayo.
El campesinado o jatunruna, adscrito en ayllus (comunidades) de organización colectiva y mutua era, entonces, la masa que soportaba la casi totalidad del peso de la producción, gracias, evidentemente, al control de las autoridades nombradas por el poder central. La fuerza laboral del campesinado (productores directos) permitía mantener la maquinaria estatal integrada por un cuerpo considerable de administradores, un formidable ejército, un numeroso clero y por las panacas reales del Cusco de vida cada vez más ociosa y suntuosa, en la que incluíase el servicio a las momias de los reyes antiguos. Es patente y palmario que funcionaba una explotación llevada a cabo por el teocrático y aristocrático grupo de poder, sacando excedentes de las comunidades o ayllus de organización solidaria, a los cuales se les endulzaba con dádivas y generosidades (retribuciones y redistribuciones) siempre asimétricas, puesto que nunca retornaban a los runas todas las descomunales cantidades que éstos producían.
Las retribuciones no venían a ser otra cosa que los “sueldos” que el rey pagaba a sus servidores. La generosidad con la que se gratificaba la llevaban a efecto con los productos que generaban los mismos mitayos extraídos de los ayllus. De ahí por qué se desvelaban en tener trojes repletos de metales preciosos, telas para vestimenta, granos y pescados secos, carnes y papas deshidratadas, botijas llenas de chicha, etc., etc. frente a los cuales actuaba un enjambre de quipucamayos para llevar la contabilidad nimia de egresos e ingresos.
En lo que respecta a recursos vitales o de primera necesidad, el Tahuantinsuyo, a nivel de Estado, sí era autárquico, porque en su inmenso territorio, con diversidad de climas y alturas, podían obtener los productos más variados. Sólo cosas de lujo y prestigio las conseguían fuera de sus fronteras, como acaecía con las caracolas de los mares del norte y las plumas multicolores de exóticas aves selvícolas. Todo ello colocaba al sapainca en una posición equivalente a los grandes administradores y empresarios, cuya finalidad era acumular bienes. No se sabe cuánto sumaría su colosal riqueza hacinada en almacenes; pero superaría a la que los españoles vieron en 1532-1533 en la ruta de Jauja a Huancayo, como lo demuestra la traducción de los quipus huancas en 1560-1561, texto que sirvió para probar ante Felipe II las cantidades dadas a Pizarro para agilizar la conquista y destrucción del imperio Inca.
La etnia Inca implantó un Estado absolutista. Lo apoyaba en el derecho divino, lo que le permitía un funcionamiento en extremo enérgico. Consideraban al país, por lo menos teóricamente, como de su propiedad, despojando de tierras, recursos y hombres según las conveniencias del Estado. Las elites aumentaban gracias a la poliginia, para quienes se urgía cada vez más tierras y productos generados por yanas y mitayos.
En suma, la nobleza cusqueña, que era la clase gobernante y dirigente, como auténtica aristocracia guerrera, consolidó su dominio en un gran pilar: la preservación de las comunidades o ayllus colectivistas e igualitarios, donde el ayni y la minga (o sea la colaboración recíproca y mancomunada de sus miembros) les facilitaba y resolvía la satisfacción de sus necesidades vitales; sobre las cuales se sobrepuso e imperó un Estado imperial comandado por príncipes que practicaban la retribución y la redistribución de sus bienes entre sus servidores. El Estado respetaba la propiedad y la continuidad de los ayllus a cambio de que los jatunrunas le crearan rentas para sostener a las instituciones y asistentes del imperio. Por eso no hay huellas de oposición entre campesinos y Estado por cuestión de tierras. Los campesinos labraban sus parcelas en usufructo y las de sus señores y divinidades mediante mitas, entregando la totalidad de lo cosechado, corriendo a cargo de los citados señores y sacerdotes el sustento de los trabajadores durante aquel lapso.
Ya se vio cómo el poder estatal, para mantener y mejorar sus alianzas con las autoridades tradicionales de los grupos étnicos, les daba tierras, ganado y hombres, aparte de lo que ya cada curaca poseía. Con lo cual no se hacía otra cosa que reconocer y desarrollar el prestigio personal de los señores regionales, porque al concederles recursos productivos privados se comenzaba a desestabilizar las estructuras comunitarias, creando embrionarios poderes feudales en la sierra. Las consecuencias de las donaciones que se producían conforme aumentaban el valimiento de los señores locales, a la larga ¿habrían desmoronado el poder central y se habría pasado a un nuevo modo de producción?
El mérito de la cultura andina, cuyo último protagonista fue el Tahuantinsuyo, fue que logró reordenar la economía y la sociedad hasta refinados niveles estatales, sin influencias de otras civilizaciones del mundo. Elaboraron una cultura y civilización alejadas geográficamente de otras, al extremo que ignoraban la existencia del resto de la humanidad, salvo ligeros atisbos sobre la presencia de pueblos ubicados al norte de la línea ecuatorial, con los que tenía levísimos contactos. Como decía Toynbee, la andina fue una civilización sin antecedentes. Poquísimos pueblos en el mundo se han desarrollado en forma tan solitaria. Es cierto, estuvo al abrigo de influencias extranjeras. Sus relaciones con Mesoamérica estaban reducidas al mínimo. Por eso, en muchísimos aspectos, exhibía una admirable originalidad. El comercio a larga distancia mantenido entre costandinos y mesoamericanos, no favoreció que los naturales de allá llegaran hasta aquí, ni viceversa. Sus encuentros los realizaban en la isla de La Plata, frente a Manabí (Ecuador).
Por lo demás, el Estado tahuantinsuyano conformó un genuino imperio, y tal realidad está demostrada porque:
1. Fue poderosamente centralista en lo político, militar y económico, sobre todo en lo que atañe a la consecución de rentas para el erario gubernamental.
2. Logró expandirse y constituirse mediante conquistas, unas veces pacíficas y otras gracias a la agresión.
3. Tenía muchas dependencias mantenidas bajo su sujeción y dominio.
4. La etnia Inca se consideraba la de más elevada cultura en comparación a las nacionalidades o curacazgos que anexaba y sojuzgaba.
5. El status de las “provincias” o etnias sometidas no funcionaba igual que la de la etnia predominante, la que consideraba a aquéllas sus tributarias.
6. En las etnias conquistadas quedaban vigentes e intactas las instituciones sociales y jurídicas que convenían a la sumisión política y económica al Cusco.
7. El personal gobernante nativo continuaba en el poder, pero integrado a los intereses del sistema.
8. El principal objetivo del Estado frente a las etnias anexionadas era la mita o tributo en trabajo.
9. Tenía programas colonizadores (mitmas), poblando o repoblando zonas con gente procedente de la etnia gobernante y otras de declarada lealtad, de manera efectiva y como elementos políticos y militarmente preponderantes.
10. Los citados mitmas cumplían y acataban las disposiciones del Cusco, cuyos mandatarios los endulzaban con algunos privilegios.
11. Había un ejército profesionalizado y hereditario, como acontecía con los batallones de Charcas, Chichas, Caracara y Chuy.
12. Los prisioneros empecinados en no rendirse ni reconocer la derrota, quedaban convertidos en pinas o pinas (esclavos en las plantaciones de coca) e
13. Impusieron el régimen de parias a La Puná, Chono, Huancavilca y Paches, etnias a las que no podían anexárselas por motivos ecológicos, pero que las amenazaban frecuentemente. Es decir: la obligación de pagar un tributo al Cusco, consistente en caracolas y sal, para que el poderoso Tahuantinsuyo no invadiera ni conquistara a esas inermes etnias que acabamos de enumerar.
Ciertamente que había mucha distancia entre la teoría y la realidad. El inca Garcilaso de La Vega nos ha transmitido la historia oficial, es decir, la versión del Estado ideal, utópico. Desde luego que Garcilaso no mintió al respecto por iniciativa propia; por cuanto lo que hacía era recoger con fidelidad la narración forjada por sus parientes, los príncipes y princesas de la etnia Inca.
La alta cultura andina se mantuvo sin novedad, intacta, desde los siglos de Chavín al de los incas: más de 2500 años, una compacta creación cultural que sólo se desarticuló o desestructuró cuando llegaron los españoles. Sin embargo, cuando éstos hicieron acto de presencia, los únicos que emergieron contra los invasores fueron los cusqueños radicados tanto en el Cusco como en las demás liadas del territorio, donde cumplían funciones de guarnición y control. En lo restante, las aristocracias de casi todos los reinos y señoríos recibieron a la hueste pizarriana como a oportunos personajes de cuya ayuda debían aprovecharse para, en colaboración con ellos, lanzarse contra el poder inca, con el deseo de aniquilarlos y proclamar masivamente sus independencias. Pero las cosas no resultaron como las imaginaban; de ahí que pasado el fragor de la guerra, los curacazgos sólo iban a cambiar de amos.
Comenzó una nueva era, que, comparándola con la del Tahuantinsuyo, ésta resultó, para los jatunrunas, paradisíaca, y la de la colonia un verdadero infierno. A partir de entonces comenzaron a añorar a los incas. Así es como los pueblos rígidamente andinos de hoy (indígenas), víctimas del dislocamiento, desquiciamiento y caos causado por la presión colonialista y neocolonialista, evocan con nostalgia el pasado, atribuyendo apresurada y falsamente todas las perfecciones de él únicamente a la etnia inca. El aniquilamiento del poder inca, por lo tanto, es juzgado como una catástrofe, y piensan que sus dolores y tormentos sólo acabarán cuando retome el inca (incarrí) a poner orden a tantísima desorganización y turbación (expoliación, discriminación, prejuicios, etc.), para de nuevo dar comienzo a un flamante ciclo de bienestar.
La ruptura cataclísmicas la exteriorizan en lacerantes clamores a través de canciones, cuentos, leyendas, mitos y teatralizaciones recordando el tiempo pretérito, al que no dejan de confrontarlo con el presente. Para el genuino y legítimo campesino andino (indígena) colonial y neocolonial (siglos XVI-XX) el incario significó la tranquilidad y seguridad de todos. De ahí su apego al pasado. Al incario se lo ha mitificado, convirtiéndolo en una utopía: en algo que en realidad no fue así.
La historia antigua (o prehispánica) del espacio andino no ha sido ni podrá ser olvidada, y ni siquiera soslayada; no sólo porque su memoria ha quedado registrada en numerosos monumentos arqueológicos y en centenares de fuentes escritas de los siglos XVI, XVII y XVIII, sino porque una inmensa cantidad de elementos culturales suyos siguen en plena vigencia, al lado de millones de hombres y mujeres de ascendencia netamente andina, que representan y materializan en los modernos Estados andinos las raíces de las identidades nacionales, constituyendo, al mismo tiempo, los pilares de la integración de los hoy denominados países andinos.
En los ya casi cinco siglos transcurridos de la destrucción del Tahuantinsuyo, muchísimos elementos culturales andinos ya han desaparecido. Pero otros todavía sobreviven, fundamentalmente en la esfera de las tecnologías agrícolas, ganaderas, textiles, alfareras y farmacológicas, y también en el ámbito de las ideologías mágico-religiosas. Inclusive perduran algunas danzas. En este dibujo se ve a uno de los huacones que, en enero de todos los años, aún bailan en el pueblo de Mito (Jauja). Lleva su vestimenta típica y su rostro cubierto con una máscara nariguda, igual que sus semejantes de los siglos XII y XIII, bien que ahora portan dos elementos no andinos: sombrero y zapatos. Los huacones cumplieron y siguen cumpliendo una función social; el control de la conducta de las mujeres, denunciando públicamente sus faltas y errores consumados, con el propósito de que no vuelvan a cometerlos.
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Notas
Así en el original. Evidentemente hay un error (PB)
FIN
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