© Libro N° 14852. María Estuardo. Zweig, Stefan. Emancipación. Febrero 28 de 2026
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MARÍA
ESTUARDO
Stefan Zweig
María Estuardo
Stefan Zweig
Reseña
La figura de María Estuardo, reina de Escocia,
continúa siendo para los historiadores un enigma, ya que su personalidad ha
sido descrita de formas muy divergentes en diferentes biografías. Reina de
Escocia, fue reconocida reina cuando apenas contaba con siete días. Su adhesión
al catolicismo en la época de las revueltas presbiterianas, sus matrimonios
breves, las intrigas palaciegas y sus enfrentamientos con la reina Isabel I, de
la que fue cautiva durante 18 años, tiñen su biografía del dramatismo de la política
de la época. Desde su cautiverio, según se cuenta, mantuvo relación epistolar
con príncipes católicos, sobre todo con Felipe II de España y con don Juan de
Austria, con quien proyectaba casarse hasta que finalmente, la soberana inglesa
la hizo juzgar como promotora de una conjura organizada por un católico llamado
Babington, y fue condenada a muerte y ejecutada en 1587.
Fuera cual fuese la 'verdadera' historia de María
Estuardo, Stefan Zweig trenza un conjunto de suposiciones verosímiles
apoyándose en los datos históricos fiables existentes para elaborar una obra
brillante. La prosa del autor, también novelista, clara para una obra de
divulgación pero no exenta de rigor, consigue que el lector se sumerja en la
época y las circunstancias de este personaje. María Estuardo alcanza así la
categoría de uno de los grandes personajes de la historia rivalizando con
Napoleón.
Entre 1925 y 1940, Zweig dio al mundo lo mejor de
su producción literaria: apasionadas biografías de personajes históricos como
Fouché, María Antonieta o Erasmo de Rotterdam
Índice
1. Reina desde la cuna 1542-1548
2. Juventud en Francia 1548-1559
3. Reina, viuda y aun así reina (Julio de 1560 a agosto de 1561)
4. Retorno a Escocia Agosto de 1561
5. La piedra empieza a rodar 1561-1563
6. El gran mercado matrimonial político 1563-1565
8. La noche fatal de Holyrood 9 de marzo de 1566
9. Los traidores traicionados Marzo a junio de 1566
10. Terrible enredo De julio a Navidad de 1566
11. La tragedia de una pasión 1566-1567
12. El camino hacia el crimen 22 de enero a 9 de febrero de 1567
13. Quos deus perdere vult…Febrero-abril de 1567
14. Callejón sin salida De abril a junio de 1567
15. La destitución. Verano de 1567
16. Adiós a la libertad Verano de 1567 a verano de 1568
17. Se teje una red 16 de mayo a 28 de junio de 1568
18. La red se estrecha Julio de 1568 a enero de 1569
19. Los años en sombras 1569-1584
21. Punto final Septiembre de 1585 a agosto de 1586
22. Isabel contra Isabel Agosto de 1586 a febrero de 1587
23. «En mi final está mi comienzo» 8 de febrero de 1587
Introducción
Lo que resulta claro y evidente se explica por sí
solo, pero el misterio tiene efectos creadores. Por eso, siempre son aquellas
figuras y acontecimientos de la Historia que están envueltas en un halo de
incertidumbre las que reclaman nueva interpretación y recreación. La tragedia
vital de María Estuardo puede considerarse un ejemplo clásico de ese inagotable
estímulo que supone el misterio para un problema histórico. Prácticamente
ninguna otra mujer de la Historia Universal ha producido tanta literatura: dramas,
novelas, biografías y debates. A lo largo de más de tres siglos, ha atraído sin
cesar a los poetas, ocupado a los eruditos, y su figura sigue imponiendo nuevas
interpretaciones sin que por ello disminuya su fuerza. Porque el sentido de
todo lo confuso es anhelar la claridad, y el de todo lo oscuro buscar la luz.
Sin embargo, el secreto de la vida de María
Estuardo ha sido conformado e interpretado de forma tan frecuente como
contrapuesta: quizá no haya ninguna mujer cuyos rasgos hayan sido trazados de
manera tan divergente, ora como asesina, ora como mártir, ora como necia
intrigante, ora como santa celestial.
Curiosamente, esa variedad de su imagen no es culpa
de la falta de material acerca de su figura, sino de la desconcertante
abundancia del mismo. Los documentos, actas, expedientes, cartas y relatos
conservados ascienden a miles y decenas de miles: desde hace tres siglos, año
tras año, el proceso acerca de su culpabilidad o inocencia ha sido reabierto
por personas siempre distintas, y siempre con renovado celo. Pero cuanto más a
fondo se investigan los documentos, tanto más dolorosamente se advierte en ellos
el carácter cuestionable de todo testimonio histórico (y por tanto, de toda
representación histórica). Porque aunque un documento sea un manuscrito
auténtico, antiguo y certificado por la archivística, eso no hace que sea
fiable y humanamente cierto.
Pocos casos hay más claros que el de María Estuardo
para constatar con qué furiosa divergencia los observadores contemporáneos
pueden relatar al mismo tiempo mismo un acontecimiento.
Contra todo «Sí» atestiguado documentalmente se
alza aquí un «No» atestiguado documentalmente, contra toda acusación, una
disculpa. Lo falso es auténtico, lo inventado se mezcla de forma tan confusa
con lo ocurrido que en realidad todo tipo de interpretación está en condiciones
de ser demostrada del modo más creíble: el que quiera probar que ella fue
cómplice del asesinato de su esposo puede aportar docenas de testimonios, y lo
mismo el que se esfuerce en presentarla al margen del mismo; los colores necesarios
para pintar su personaje están mezclados de antemano. Si a tal confusión de
relatos se añade el partidismo de la política o el del nacionalismo, la
desfiguración del cuadro aún ha de ser mayor. De todos modos, la naturaleza
humana apenas puede sustraerse a la tentación —en cuanto hay una disputa por el
ser o no ser de dos personas, dos ideas, dos concepciones del mundo— de tomar
partido, dar la razón al uno y quitársela al otro, llamar a uno culpable y al
otro inocente. Y si, como en el presente caso, los autores del relato
pertenecen en la mayoría de los casos a uno de los dos bandos, religiones o
visiones del mundo enfrentadas, su partidismo viene predeterminado de manera
casi forzosa; en general, los autores protestantes echan toda la culpa a María Estuardo,
los católicos a Isabel. Entre los autores ingleses aparece casi siempre como
asesina, entre los escoceses como víctima inmaculada de una vil calumnia. Las
cartas de la arqueta, el objeto de debate más disputado, las presentan los unos
como auténticas tan inconmoviblemente como los otros dicen que son una
falsificación, la tonalidad partidaria se inmiscuye hasta en el menor de los
acontecimientos. Quizá por eso quien no sea inglés ni escocés, aquel que
carezca de todo posicionamiento y vinculación de sangre, tenga una posibilidad
de ser objetivo de forma más pura y carente de prejuicios; quizá le sea dado
acercarse a esta tragedia exclusivamente con el interés, al tiempo apasionado y
no obstante imparcial, del artista.
Naturalmente, también él sería osado si pretendiera
saber la verdad, la exclusiva verdad sobre todas las circunstancias de la vida
de María Estuardo. Lo que puede alcanzar no es más que un máximo de
probabilidad, e incluso aquello que según su leal saber y entender considere
objetivo seguirá siendo siempre subjetivo. Porque, como las fuentes no fluyen
puras, tendrá que extraer claridad de lo que es turbio. Dado que los relatos
simultáneos se contradicen, en cada detalle de este proceso tendrá que elegir
entre los testimonios a favor y en contra. Y, por cauteloso que sea al optar, a
veces lo más honesto será anteponer un interrogante a su opinión y confesar que
este o aquel hecho de la vida de María Estuardo se mantiene oscuro en lo que a
su veracidad se refiere, y probablemente así se mantendrá para siempre.
Por eso, en el presente intento se ha observado de
forma estricta el principio de no valorar todos aquellos testimonios que fueron
obtenidos en el potro de tortura o mediante otra forma de miedo o coacción:
quien realmente busque la verdad no puede aceptar como plenas y válidas
aquellas confesiones obtenidas por la fuerza. Asimismo, los informes de espías
y embajadores (que eran casi lo mismo en aquel tiempo) sólo se han empleado con
extrema cautela, y se ha puesto en duda de antemano cualquier escrito; si de
todas maneras aquí se sostiene que hay que considerar auténticos los sonetos y,
en su mayoría, también las cartas de la arqueta, ello se hace después del más
severo examen y exponiendo los motivos personales de tal convicción. Allá donde
en los documentos archivísticos se cruzan afirmaciones contrapuestas, se
analizó con precisión el origen y la motivación política de ambas y, cuando era
inevitable decidir entre la una y la otra, se empleó como última ratio la
consonancia psicológica de la acción concreta con el carácter global del
personaje.
Porque, en sí mismo, el personaje de María Estuardo
no es tan misterioso: tan sólo carece de uniformidad en sus evoluciones
exteriores, pero interiormente es claro y rectilíneo de principio a fin. María
Estuardo forma parte de esa clase de mujeres, muy rara y sugerente, cuya
capacidad de experiencia real está concentrada en un plazo muy corto de tiempo,
que tiene una corta pero vehemente floración que no se agota en una vida
entera, sino en el espacio angosto e hirviente de una sola pasión. Hasta los veintitrés
años, sus sentimientos tienen una respiración tranquila y plana, y desde los
veinticinco tampoco se alzan ni una sola vez, pero entretanto, en esos dos años
escasos, ruge huracanada una explosión de grandeza elemental, y un destino
mediocre se eleva de pronto hasta convertirse en una tragedia de dimensiones
clásicas, grande y poderosa como la Orestiada. Sólo en esos dos años es
María Estuardo una figura trágica, sólo bajo esa presión se alza sobre sí
misma, destruyendo su vida por esa desmesura y a la vez conservándola para la
eternidad. Y sólo gracias a esa pasión que la aniquiló como ser humano, su
nombre sigue vivo en la literatura y la interpretación.
Con esa forma especialmente comprimida de vida
interior, en un único instante así de explosivo, toda representación de María
Estuardo tiene ya una forma y un ritmo prescritos de antemano; el que va a
realizarla sólo tiene que esforzarse en poner de manifiesto, en su carácter
único y sorprendente, esa curva vital de tan empinado ascenso y abrupto
desplome. Por eso no se siente como una contradicción que, dentro de este
libro, los amplios períodos de tiempo de sus primeros veintitrés años y los
casi veinte de su prisión no ocupen, juntos, más espacio que los dos años de su
apasionada tragedia. Porque en la esfera de un destino el tiempo exterior y el
interior sólo en apariencia coinciden; en realidad, sólo la plenitud de
experiencias determina la medida de un alma…
desde dentro, cuenta el pasar de las horas de
manera distinta que el frío calendario. Embriagada por el sentimiento,
dichosamente relajada y fecundada por el destino, puede experimentar una
infinita plenitud en el plazo más breve y, al liberarse de esa pasión, sentir a
su vez el vacío durante interminables años, como una sombra que se desliza,
como una sorda Nada. Por eso en una biografía sólo cuentan los momentos tensos,
los decisivos, por eso sólo es posible contarla bien en ellos y desde ellos.
Sólo cuando un ser humano pone en juego todas sus energías está realmente vivo
para sí y para los otros; sólo cuando su alma arde y hierve por dentro, cobra
forma también desde fuera.
Primer escenario: Escocia 1542-1548
Segundo escenario: Francia 1548-1561
Tercer escenario: Escocia 1561-1568
Cuarto escenario: Inglaterra 1568-1587
ESCOCIA
JACOBO V (1512-1542), padre de María Estuardo.
MARÍA DE GUISA-LORENA (1515-1560), su esposa, madre
de María Estuardo.
MARÍA ESTUARDO (1542-1587).
JAMES ESTUARDO, CONDE DE MORAY (1533-1570), hijo
ilegítimo de Jacobo V y Margret Douglas, la hija de lord Erskine, hermanastro
de María Estuardo, regente de Escocia antes y después del gobierno de María
Estuardo.
HENRY DARNLEY (ESTUARDO) (1546-1567), bisnieto de
Enrique VII, hijo de lady Lennox, la sobrina de Enrique VIII. Segundo esposo de
María Estuardo y, como tal, elevado a la categoría de rey consorte de Escocia.
JACOBO VI (1566-1625), hijo de María Estuardo y
Henry Darnley. Después de la muerte de María Estuardo (1587), legítimo rey de
Escocia; después de la muerte de Isabel (1603), rey de Inglaterra con el nombre
de Jacobo I.
JAMES HEPBURN, CONDE DE BOTHWELL (1536-1578),
posterior duque de Orkney, tercer esposo de María Estuardo.
WILLIAM MAITLAND DE LETHINGTON, canciller de María
Estuardo.
JAMES MELVILLE, diplomático, hombre de confianza de
María Estuardo.
JAMES DOUGLAS, conde de Morton, regente de Escocia
tras el asesinato de Moray; ejecutado en 1581.
MATTHEW ESTUARDO, conde de Lennox, padre de Henry
Darnley, principal acusador de María Estuardo después del asesinato de éste.
Argyll
Arran
Morton Douglas
Erskine
Gordon
Harries
Huntly
Kirkcaldy de Grange
Lindsay
Mar
Ruthven
Los lores, tan pronto adeptos como oponentes de
María Estuardo, en constantes alianzas los unos contra los otros, que
terminaban casi exclusivamente de forma violenta. Mary Beaton
Mary Fleming
Mary Livingstone
Mary Seton
Las cuatro Marys, compañeras de juventud de María
Estuardo. John
Knox (1505-1572), predicador de la kirk, principal
adversario de María Estuardo.
David Rizzio, músico y secretario en la corte de
María Estuardo, asesinado en 1566.
Pierre de Chastelard, poeta francés en la corte de
María Estuardo, ejecutado en 1563.
George Buchanan, humanista y preceptor de Jacobo VI
autor de los más odiosos panfletos contra María Estuardo.
FRANCIA
Enrique II (1518-1559), rey de Francia desde 1547.
Catalina de Médici (1519-1589), su esposa.
Francisco II (1544-1560), su hijo mayor, primer
esposo de María Estuardo.
Carlos IX (1550-1574), hermano menor de Francisco
II, a su muerte rey de Francia.
Cardenal de Lorena
Claudio de Guisa
Francisco de Guisa
Enrique de Guisa
Los cuatro Guisa. Ronsard
Du bellay
Brantôme
Los poetas, autores de obras en honor de María
Estuardo.
INGLATERRA
Enrique VII (1457-1509), rey de Inglaterra desde
1485. Abuelo y bisabuelo de María Estuardo y Darnley.
Enrique VIII (1491-1547), su hijo, rey desde 1509.
Ana Bolena (1507-1536), segunda esposa de Enrique
VIII, declarada adúltera y ejecutada.
María I (1516-1558), hija de Enrique VIII, de su
matrimonio con Catalina de Aragón, reina de Inglaterra a la muerte de Eduardo
VI (1553).
Isabel (1533-1603), hija de Enrique VIII y Ana
Bolena, declarada bastarda mientras vivió su padre, pero reina de Inglaterra a
la muerte de su hermanastra María (1558).
Eduardo VI (1537-1553), hijo de Enrique VIII, de su
tercer matrimonio con Jane Seymour, prometido de niño a María Estuardo, rey
desde 1547.
Jacobo I, hijo de María Estuardo, sucesor de
Isabel.
William Cecil, Lord Burleigh (1520-1598), el
todopoderoso y fiel canciller de Isabel.
SIr Francis Walsingham, secretario de Estado y
ministro de Policía.
William Davison, segundo secretario.
Robert Dudley, Conde de Leicester (1532-1588),
amante y hombre de confianza de Isabel, propuesto por ella como esposo de María
Estuardo.
Thomas Howard, Duque de Norfolk, el primer noble
del reino, pretendiente a la mano de María Estuardo.
Talbot, Conde de Shrewsbury, encargado por Isabel
durante quince años de vigilar a María Estuardo.
Amyas Poulet, el último carcelero de María
Estuardo.
El verdugo de Londres.
Reina desde la cuna
1542-1548
María Estuardo tiene seis días cuando se convierte
en reina de Escocia; ya desde el principio se cumple la ley de su vida:
recibirlo todo del destino demasiado pronto, y sin la alegría de ser consciente
de ello. En ese sombrío día de diciembre de 1542 en el que nace en el castillo
de Linlithgow, su padre, Jacobo V, yace al mismo tiempo en su lecho de muerte
en la vecina fortaleza de Falkland, con sólo treinta y un años de edad y sin
embargo ya quebrado por la vida, cansado de la corona, cansado de luchar. Había
sido un hombre bravo y caballeroso, al principio alegre, apasionado amigo de
las artes y de las mujeres, familiarizado con el pueblo; a menudo había ido,
disfrazado, a las fiestas de las aldeas, había bailado y bromeado con los
campesinos, y algunas de las canciones y baladas escocesas que escribió han
seguido viviendo mucho tiempo en la memoria de su patria. Pero ese desdichado
heredero de una desdichada estirpe había nacido en una época salvaje, en un
país rebelde, y estaba destinado de antemano a una trágica suerte. Un vecino
desconsiderado y de fuerte voluntad, Enrique VIII, le apremia a implantar la
Reforma, pero Jacobo V se mantiene fiel a la Iglesia, y enseguida los nobles
escoceses, siempre inclinados a crear dificultades a su soberano, aprovechan la
disputa y empujan sin cesar, contra su voluntad, a ese hombre alegre y pacífico
al disturbio y la guerra. Ya cuatro años antes, cuando Jacobo V pretendía por
esposa a María de Guisa, había descrito claramente la fatalidad que supone
tener que ser rey contra esos clanes tercos y rapaces: «Madame —había escrito
en esa carta de petición de mano, conmovedoramente sincera—, sólo tengo
veintisiete años, y la vida me agobia ya tanto como mi corona… huérfano desde
la infancia, he sido prisionero de nobles ambiciosos; la poderosa casa de los
Douglas me ha esclavizado durante largo tiempo, y odio ese nombre y todo
recuerdo suyo. Archibald, conde de Angus, Georg, su hermano, y todos sus
parientes desterrados, incitan sin cesar al rey de Inglaterra contra nosotros,
no hay un noble en mi reino al que no haya seducido con sus promesas o
corrompido con dinero. No hay seguridad para mi persona, ni garantía de que se
haga mi voluntad y de que se cumplan las justas leyes. Todo esto me espanta,
madame, y espero de vos fuerza y consejo. Sin dinero, limitado tan sólo a los
apoyos que recibo de Francia o a los escasos donativos de mis ricos clérigos,
trato de adornar mis castillos, mantener mis fortificaciones y construir
barcos. Pero mis barones consideran un rival insoportable a un rey que
realmente quiera ser rey. A pesar de la amistad del rey de Francia y del apoyo
de sus tropas y a pesar del afecto de mi pueblo, temo no ser capaz de alcanzar
la decisiva victoria sobre mis barones. Superaría todos los obstáculos para despejar
el camino de la justicia y la paz para esta nación, y quizá alcanzaría mi meta,
si los nobles de mi país estuvieran solos. Pero el rey de Inglaterra siembra la
discordia sin cesar entre ellos y yo, y las herejías que ha plantado en mi
reino avanzan devoradoras hasta en los círculos de la Iglesia y el pueblo.
Desde siempre, mi fuerza y la de mis antepasados ha estado únicamente en la
burguesía de las ciudades y en la Iglesia, y me veo obligado a preguntarme:
“¿Seguirá mucho tiempo esta fuerza a nuestro
lado?».
Todas las desgracias que el rey prevé en esta carta
profética se cumplen, e incluso caen cosas peores sobre él. Los dos hijos que
le da María de Guisa mueren en la cuna, y en sus mejores años Jacobo V sigue
sin ver un heredero para la corona que de año en año oprime más sus sienes.
Finalmente, contra su voluntad, sus barones escoceses lo llevan a la guerra
contra la poderosa Inglaterra, para luego dejarlo traidoramente en la estacada
en la hora decisiva.
En Solway Moss, Escocia no sólo pierde una batalla,
sino su honor: sin combatir de verdad, las tropas sin caudillo, abandonadas por
sus jefes de clan, se dispersan de forma lamentable; pero, en esa hora
decisiva, hace mucho que el rey, ese hombre antaño tan caballero, ya no lucha
con enemigos ajenos, sino con la propia muerte. Febril y cansado, yace en cama
en el castillo de Falkland, harto de la lucha insensata, de la molesta vida.
Entonces, en ese turbio día de invierno, el 9 de
diciembre de 1542 —la niebla oscurece las ventanas—, un mensajero llama a la
puerta. Comunica al enfermo, al hombre mortalmente agotado, que ha tenido una
hija, una heredera.
Pero el alma extenuada de Jacobo V ya no tiene
fuerzas para la esperanza y la alegría. ¿Por qué no es un hijo, un heredero?
Ese hombre próximo a la muerte ya no ve más que desdicha por doquier, tragedia
y derrota. Resignado, responde:
«De una mujer nos llegó la corona, con una mujer se
perderá». Esa oscura profecía es al tiempo su última frase. Suspira, se vuelve
de cara a la pared y ya no responde a pregunta alguna. Pocos días después está
enterrado, y María Estuardo, antes de haber abierto los ojos a la vida, es ya
la heredera de su reino.
Es una herencia doblemente oscura ser una Estuardo
y una reina de Escocia, porque hasta ahora ningún Estuardo ha sido feliz o
duradero en ese trono. Dos de sus reyes, Jacobo I y Jacobo III, han sido
asesinados; dos, Jacobo II y Jacobo IV, han caído en el campo de batalla, y a
dos de sus descendientes, esta niña que nada sospecha y su nieto, Carlos I, el
destino les tiene reservado algo aún peor: el patíbulo. A ninguno de los
miembros de este linaje átrida le ha sido concedido alcanzar la plenitud de la vida,
para ninguno brillan la dicha y la estrella. Los Estuardo siempre tienen que
luchar contra enemigos exteriores, contra enemigos en su propio país y contra
sí mismos, siempre hay inquietud a su alrededor e inquietud en ellos. Su país
carece de paz tanto como ellos, y los más desleales son precisamente aquellos
que debían ser los más leales: los lores y los barones, esa estirpe
caballeresca tenebrosa y fuerte, salvaje y desenfrenada, rapaz y belicosa,
obstinada e inflexible… «un pays barbare et une gent brutelle», como se queja
disgustado Ronsard, el poeta, después de ir a parar a este país de nieblas.
Pequeños reyes en sus feudos y castillos, arrastrando como a reses a sus
campesinos y pastores a sus eternas pequeñas luchas y rapiñas, estos
indiscutidos jefes de clan no conocen otra alegría de vivir que la guerra, la
disputa es su placer, los celos su acicate, el ansia de poder su idea vital.
«Dinero y ventaja —escribe el embajador francés— son las únicas sirenas a las
que prestan oídos los lores escoceses. Querer predicarles el deber para con sus
príncipes, el honor, la justicia, la virtud, las nobles acciones, sería
invitarlos a la risa.» Iguales a los condotieros italianos en su amoral ansia
de camorra y rapiña, pero menos cultivados y más desenfrenados en sus
instintos, los antiguos y poderosos clanes de los Gordon, los Hamilton, los
Arran, los Maitland, los Crawford, los Lindsay, Lennox y Argyll conspiran y
disputan incesantemente por la preeminencia. Ora se enfrentan en enemistades
que duran años, ora se juran en solemnes alianzas una corta lealtad para unirse
en contra de un tercero; forman constantemente camarillas y bandas, pero nadie
guarda interiormente lealtad a nadie, y todos, aunque emparentados y casados
entre sí, guardan a los otros implacables envidia y enemistad. Algo pagano y
bárbaro sigue viviendo intacto en sus salvajes almas, sin importar que se
llamen a sí mismos protestantes o católicos, según sea la ventaja que esperen
obtener; en realidad, todos son nietos de Macbeth y Macduff, la sangrienta
Thane, como Shakespeare vio de manera grandiosa.
Sólo hay algo que une de inmediato a esta banda
celosa e indomable: someter a su señor común, a su propio rey, porque para
todos es igual de insoportable la obediencia e igual de desconocida la lealtad.
Cuando esta “parcel of rascals», esta partida de bribones —como los
estigmatizó Burns, el escocés por antonomasia—, tolera un reinado aparente
sobre sus castillos y posesiones, es únicamente por celos de un clan contra
otro. Los Gordon sólo dejan la corona a los Estuardo para que no caiga en manos
de los Hamilton, y los Hamilton por celos hacia los Gordon. Pero ¡ay si un rey
de Escocia se atreve de veras a ser el soberano e imponer la disciplina y el
orden en el país, si en el primer ardor de la juventud trata de oponerse a la
arrogancia y la codicia de los lores! Enseguida esa chusma hostil se agrupa
fraterna para volver impotente a su soberano, y si no lo consigue con la
espada, el puñal del asesino se encarga, fiable, de este servicio.
Es un país trágico, desgarrado por lúgubres
pasiones, tenebroso y romántico como una balada, este pequeño reino insular
rodeado por el mar en el último norte de Europa, y además es un país pobre.
Porque la eterna guerra destruye todas las energías. Sus pocas ciudades, que en
realidad no son tales, sino grupos de casas de gente pobre arracimadas bajo la
protección de una fortificación, jamás logran alcanzar la riqueza o tan
siquiera el bienestar burgués, porque son saqueadas y quemadas una y otra vez.
Los castillos nobles a su vez, cuyas ruinas se alzan aún hoy sombrías y
violentas, no son verdaderos palacios, con esplendor y ornato cortesano; han
sido pensados como inexpugnables fortalezas de guerra, y no para el dulce arte
de la hospitalidad. Entre esas pocas grandes familias y sus deudos falta
completamente la fuerza nutricia y mantenedora del Estado, de una clase media
creativa. El único territorio densamente poblado entre el Tweed y el Firth está
cerca de la frontera inglesa y se ve destruido y despoblado constantemente por
los ataques. Pero en el norte es posible caminar durante horas junto a lagos
abandonados, a través de páramos desiertos u oscuros bosques nórdicos, sin ver
un pueblo, un castillo o una ciudad. Allí no se apiñan pueblo tras pueblo como
en los repletos países europeos, no hay anchas carreteras que lleven el tráfico
y el comercio al país, no parten, como en Holanda, España e Inglaterra, barcos
desde astilleros cubiertos de gallardetes para traer oro y especias de lejanos
océanos; la gente se abre paso en la vida entre escaseces, criando ovejas,
pescando y cazando, como en los tiempos patriarcales: en cuanto a ley y
costumbres, en cuanto a riqueza y cultura, la Escocia de entonces va al menos
cien años por detrás de Inglaterra y de Europa.
Mientras en todas las ciudades costeras los bancos
y las bolsas empezaron a florecer con la llegada de la Edad Moderna, aquí, como
en los días bíblicos, la riqueza se sigue midiendo en tierra y ovejas; diez mil
posee Jacobo V, el padre de María Estuardo, son todas sus propiedades. No posee
un tesoro de la corona, ni un ejército, ni una guardia personal para asegurar
su poder, porque no podría pagarlos, y el Parlamento, en el que deciden los
lores, jamás concederá a su rey verdaderos medios de poder. Todo lo que este
rey posee por encima de la desnuda miseria le ha sido prestado o regalado por
sus ricos aliados, Francia y el Papa; cada alfombra, cada gobelino, cada
candelabro de sus aposentos y castillos ha sido comprado al precio de una
humillación.
Esa eterna pobreza es la úlcera supurante que chupa
las energías políticas de Escocia, ese hermoso y noble país. Porque debido a la
necesidad y a la codicia de sus reyes, de sus soldados, de sus lores, no pasa
de ser la sangrienta pelota con la que juegan las potencias extranjeras. Los
que luchan contra el rey y a favor del protestantismo reciben su soldada de
Londres, los que lo hacen por el catolicismo y los Estuardo, de París, Madrid y
Roma: todas esas potencias extranjeras pagan gustosas y de buen grado por la
sangre escocesa. La decisión última sigue vacilando entre las dos grandes
naciones, Inglaterra y Francia, por eso este vecino inmediato de Inglaterra es
para Francia un compañero insustituible en el tablero de juego. Cada vez que
los ejércitos ingleses se abren paso en Normandía, Francia dirige con celeridad
ese puñal contra la espalda de Inglaterra; enseguida los escoceses, siempre
dispuestos a guerrear, se lanzan contra los border, contra sus auld
enimies, e incluso en tiempos de paz constituyen una constante amenaza.
Fortalecer militarmente a Escocia es la eterna preocupación de la política
francesa, y, por eso, nada más natural que, por su parte, Inglaterra trate de
romper ese poder instigando a los lores a constantes rebeliones. De este modo, este
desdichado país se convierte en sangriento campo de batalla de una guerra de
cien años, que sólo quedará definitivamente decidida en el destino de esta
niña, todavía ignorante de lo que le espera.
Es un símbolo espléndidamente dramático que esa
lucha comience de hecho en la cuna de María Estuardo. Esta niña aún no puede
hablar, pensar, sentir, apenas sus diminutas manecitas se mueven sobre la
almohada, cuando ya la política echa mano a su cuerpo sin desarrollar, a su
alma ingenua. Porque la fatalidad de María Estuardo es ser eternamente presa de
este juego de cálculos.
Nunca le será concedido desarrollar sin ser
molestada su yo, su ego, siempre estará enredada en la política, siempre será
objeto de la diplomacia, juguete de ajenos deseos, reina, pretendiente al
trono, aliada o enemiga. Apenas ha llevado el mensajero a Londres las dos
noticias juntas de que Jacobo V ha muerto y su hija recién nacida es la
heredera y reina de Escocia, cuando Enrique VIII de Inglaterra decide pretender
a toda prisa esa valiosa novia para su hijo menor y heredero Eduardo; se
dispone como de una mercancía de un cuerpo aún sin terminar, de un alma que aún
duerme. Pero la política no cuenta jamás con sentimientos, sino con coronas,
países y derechos hereditarios. Para ella no existe el individuo, no cuenta
frente a los valores visibles y materiales del juego mundial. De todos modos,
en este caso en particular la idea de Enrique VIII de prometer a la heredera de
Escocia con el heredero de Inglaterra es una idea razonable e incluso humana.
Porque hace ya mucho que esa guerra incesante entre países hermanos ha dejado
de tener sentido. Alojados en la misma isla en el océano, protegidos y
asediados por el mismo mar, de razas emparentadas y similares condiciones de
vida, sin duda a los pueblos de Inglaterra y Escocia se les ha impuesto una
única tarea: unirse; la Naturaleza ha declarado aquí su voluntad de manera
patente. Sólo los celos de las dos dinastías, los Tudor y los Estuardo, siguen
siendo un obstáculo a este objetivo último; si se lograse transformar en unión,
mediante un matrimonio, la disputa entre las dos casas reales, los comunes
descendientes de los Estuardo y los Tudor podrían ser a un tiempo reyes de
Inglaterra, Escocia e Irlanda, una Gran Bretaña unida podría participar en una
lucha superior: la lucha por la hegemonía en el mundo.
Más, oh, fatalidad: siempre que, excepcionalmente,
aparece en política una idea clara y lógica, su necia puesta en práctica la
echa a perder. Al principio, todo parece ir a las mil maravillas. Los lores, a
los que rápidamente llenan los bolsillos de dinero, aprueban satisfechos el
contrato matrimonial. Pero al astuto Enrique VIII no le basta con un mero
pergamino. Ha puesto demasiadas veces a prueba la hipocresía y codicia de estos
hombres de honor como para no saber que un contrato jamás les vincula y que, de
recibir una oferta superior, estarían dispuestos de inmediato a vender la reina
niña al heredero de la corona de Francia. Por eso exige a los negociadores
escoceses, como primera condición, la entrega inmediata de la niña a
Inglaterra. Pero si los Tudor son desconfiados para con los Estuardo, los
Estuardo no lo son menos para con los Tudor, y ante todo la madre de María
Estuardo se resiste a ese trato. Educada, siendo una Guisa, en un estricto
catolicismo, no quiere entregar a su hija a una fe herética, y no le cuesta
mucho trabajo descubrir en el contrato un peligroso escollo. Porque, en un
artículo secreto, los negociadores escoceses sobornados por Enrique VIII se han
comprometido, en caso de que la niña muriera tempranamente, a actuar en el
sentido de que de todos modos «todo el poder y la propiedad del reino»
recayeran en Enrique VIII: y este punto es muy discutible. Porque de un hombre
que ya ha puesto en el tajo la cabeza de dos de sus esposas cabe esperar que,
para hacerse más rápido con una herencia tan importante, haga que la muerte de
esa niña se anticipe y no sea del todo natural; así que la reina, madre
cuidadosa, rechaza la entrega de su hija a Londres. La petición de mano casi se
convierte en guerra. Enrique VIII envía tropas a apoderarse por la fuerza de la
valiosa prenda, y su orden al ejército da una cruel imagen de la desnuda
brutalidad de aquel siglo: «Es la voluntad de Su Majestad que todo sea
exterminado por el fuego y la espada. Quemad Edimburgo y arrasadla en cuanto
hayáis cogido y saqueado cuanto podáis… saquead Holyrood y cuantas ciudades y
pueblos deseéis en tomo a Edimburgo, saquead y quemad y someted Leith y todas
las demás ciudades, exterminad sin compasión a hombres, mujeres y niños allá
donde se os oponga resistencia». Como una horda de hunos, las bandas armadas de
Enrique VIII cruzan las fronteras. Pero en el último momento la madre y la niña
son puestas a salvo en el fuerte castillo de Stirling, y Enrique VIII tiene que
conformarse con un tratado en el que Escocia se compromete a entregar a
Inglaterra a María Estuardo (que sigue siendo negociada y vendida como un
objeto) el día en que cumpla los diez años.
Una vez más, todo parece dispuesto del modo más
feliz. Pero la política es en todas las épocas la ciencia del contrasentido. Le
repugnan las soluciones sencillas, naturales, razonables; las dificultades son
su mayor placer, la disputa su elemento. Pronto el partido católico pone en
marcha ocultas maquinaciones acerca de si la niña —que aún no sabe más que
balbucear y reír— no debería ser adjudicada al hijo del rey francés en vez de
al del inglés, y cuando Enrique VIII muere la inclinación a observar el tratado
es ya muy escasa. Pero ahora el regente de Inglaterra, Somerset, exige en
nombre del rey menor Eduardo la entrega a Londres de la novia niña, y como
Escocia opone resistencia hace enviar un ejército para que los lores escuchen
el único lenguaje que entienden: la violencia. El 10 de septiembre de 1547, en
la batalla —o más bien matanza— de Pinkie Cleugh, el poder escocés es
aplastado, más de diez mil muertos cubren el campo. María Estuardo aún no ha
cumplido cinco años, y ya se han derramado ríos de sangre a causa suya.
Ahora Escocia está abierta, indefensa, para
Inglaterra. Pero ya queda poco que robar en el saqueado país; para los Tudor,
sólo tiene una cosa de valor: esa niña, que encama en su persona la corona y
sus derechos. Pero, para desesperación de los espías ingleses, María Estuardo
ha desaparecido sin dejar rastro del castillo de Stirling; nadie, ni en los
círculos de mayor confianza, sabe dónde la tiene escondida la reina madre.
Porque el nido protector ha sido escogido de forma insuperable: de noche y en
el mayor de los secretos, servidores de entera confianza han llevado a la niña
al monasterio de Inchmahome, situado en una pequeña isla en el lago de
Menteith, oculto en un lugar inaccesible “dans le pays des sauvages», como dice
el embajador francés.
Ninguna senda conduce a ese romántico lugar: hay
que llevar en un bote la valiosa carga hasta la orilla de la isla, donde la
guardarán personas devotas que jamás abandonan el convento. Allí, en total
clandestinidad, apartada del agitado e inquieto mundo, la ignorante niña vive a
la sombra de los acontecimientos, mientras por encima de países y mares la
diplomacia teje activamente su destino.
Porque entretanto Francia ha salido a escena,
amenazante, para impedir el total sometimiento de Escocia por Inglaterra.
Enrique II, el hijo de Francisco I, envía una poderosa flota, y en su nombre el
teniente general del cuerpo expedicionario francés pide la mano de María
Estuardo para su hijo y heredero Francisco II. De la noche a la mañana, la
suerte de la niña ha dado un vuelco gracias al viento político que sopla fuerte
y belicoso sobre el canal: en vez de para reina de Inglaterra, la pequeña
descendiente de los Estuardo ha sido escogida para reina de Francia. Apenas se
concluye formalmente este nuevo y más ventajoso negocio, el 7 de agosto el
valioso objeto de la subasta, la niña María Estuardo, de cinco años y ocho
meses de edad, es embalado y enviado a Francia, vendido de por vida a otro
esposo igualmente desconocido. Una vez más, y no será la última, la voluntad
ajena conforma y transforma su destino.
La ignorancia es la bendición de la niñez. ¿Qué
sabe una niña de tres, de cuatro, de cinco años, de la guerra y la paz, de
batallas y tratados? ¿Qué significan para ella nombres como Francia e
Inglaterra, Eduardo y Francisco, qué toda esa locura del mundo? Con los rubios
cabellos al viento, una muchachita de largas piernas corre y juega en las
habitaciones luminosas y en las sombrías de un castillo, con cuatro amigas de
su edad a su lado. Porque —una idea encantadora en mitad de una época bárbara—
desde el principio se le han asignado cuatro compañeras de juegos de su misma
edad, elegidas entre las más distinguidas familias de Escocia, el trébol de las
cuatro Marys: Mary Fleming, Mary Beaton, Mary Livingstone y Mary Seton. Niñas,
hoy son alegres compañeras de juegos; mañana lo serán en el extranjero para que
no le resulte tan ajeno; luego se convertirán en las damas de su corte y, en
tierno estado de ánimo, prestarán el juramento de no casarse antes de que ella
no haya elegido esposo por sí misma. Y cuando las otras tres la abandonen en la
desdicha, una seguirá acompañándola al exilio y hasta la hora de su muerte: un
resplandor de la niñez dichosa seguirá brillando así incluso en su hora más
oscura. Pero ¡qué lejos está aún ese tiempo turbio y sombrío! Ahora las cinco
niñas siguen jugando día y noche juntas en el castillo de Holyrood o de
Stirling, y nada saben de soberanía, dignidad y reinos, nada de su orgullo y de
sus peligros. Pero una noche la pequeña María es sacada de su camita, un bote
espera junto a un estanque, y la lleva a una isla en la que se está tranquilo y
bien… Inchmahome, lugar de paz. Allí la saludan hombres extraños, vestidos de
manera diferente que los otros hombres, de negro y con anchas y ondeantes
cogullas. Pero son dulces y amables, cantan hermosos cánticos en la alta sala
de ventanas de colores, y la niña se acostumbra. Una vez más, se la llevan una
noche (María Estuardo siempre tendrá que viajar y escapar así, de noche, de un
destino a otro), y de pronto se encuentra en un alto barco de blancas y
crujientes velas, rodeada de guerreros extranjeros y barbudos marinos. Mas ¿por
qué iba a tener miedo, la pequeña María? Todo el mundo es dulce, amable y
bueno, su hermanastro James, de diecisiete años —uno de los numerosos bastardos
que Jacobo V engendró antes de su matrimonio—, le acaricia los rubios cabellos,
y allí están las cuatro Marys, sus queridas compañeras de juegos. Así que entre
los cañones del barco de guerra francés y los exasperados marineros corren y
ríen despreocupadas cinco niñas pequeñas, extasiadas y felices, tal como los
niños se muestran ante todo cambio inesperado. Arriba, en todo caso, en la
cesta del mástil, un marino otea temeroso: sabe que la flota inglesa patrulla
el canal para hacerse en el último momento con la prometida del rey inglés
antes de que se convierta en prometida del heredero del trono francés. Pero la
niña sólo ve lo cercano, lo nuevo, no ve nada más que el mar azul, a los
hombres amables, y, fuerte, respirando como un gigantesco animal, el barco se
impulsa por entre la marea.
El 13 de agosto los galeones atracan al fin en
Roscoff, un pequeño puerto cercano a Brest. Los botes se dirigen a la orilla.
Entusiasmada por la aventura, riendo, ignorante y traviesa, la reina de
Escocia, que aún no tiene seis años, salta a tierra francesa. Pero con eso ha
terminado su niñez, y comienzan el deber y las pruebas.
Juventud en Francia
1548-1559
La corte francesa tiene larga experiencia en
costumbres distinguidas y es irreprochable en la misteriosa ciencia de las
ceremonias. Un Enrique II, un Valois, sabe cuál es la dignidad que corresponde
a la prometida de un Delfín.
Incluso antes de su llegada, firma un decreto por
el que la reinette, la pequeña reina de Escocia, habrá de ser saludada a
su paso por todas las ciudades y pueblos de su camino con los mismos honores
que si fuera su propia hija. Así, ya en Nantes espera a María Estuardo una
plétora de encantadoras atenciones. No sólo se levantan en todas las esquinas
galerías con emblemas clásicos, diosas, ninfas y sirenas, no sólo se mejora el
humor de su tropa de escolta con unas cuantas barricas de sabroso vino, no sólo
se disparan en su honor fuegos artificiales y salvas de artillería… incluso un
ejército liliputiense de ciento cincuenta niños, todos ellos menores de ocho
años, desfila ante la pequeña reina con sus blancas ropitas, reunido en una
especie de regimiento de honor, con pífanos y tambores, con picas y alabardas
en miniatura. Y así va sucediendo de pueblo en pueblo: en una ininterrumpida
sucesión de festejos, la reina niña María Estuardo llega finalmente a
Saint-Germain. Allí, esa niña que aún no tiene seis años ve por primera vez a
su prometido, un chiquillo de cuatro años y medio, débil, pálido y raquítico,
al que su sangre envenenada destina de antemano a la enfermedad y la temprana
muerte, y que saluda tímido y huidizo a su «novia». Tanto más cordialmente la
reciben los otros miembros de la real familia, extasiados por su encanto
infantil, y Enrique II la llama entusiasmado en una carta “la plus parfayt
entfant que je vys james», la niña más perfecta que jamás ha visto.
La corte francesa es en aquellos años una de las
más esplendorosas y grandiosas del mundo. Acaba de terminar la sombría Edad
Media, pero aún hay un último resplandor romántico de la moribunda caballería
en esta estirpe en transición. Todavía la fuerza y el valor se manifiestan
viriles en el gusto por la caza, las luchas y torneos, la aventura y la guerra,
a la antigua y dura manera, pero el mundo espiritual ya se ha ganado sus
derechos en los círculos gobernantes y el Humanismo ha conquistado los palacios
reales, después de haber ganado los monasterios y las universidades. Desde
Italia, el amor por el fasto de los papas, el sibaritismo intelectual y sensual
del Renacimiento, el gusto por las bellas artes han penetrado victoriosos en
Francia, y en este instante de la Historia del mundo surge aquí una conjunción
casi única de fuerza y belleza, de valor y despreocupación: el elevado arte de
no temer a la muerte y aún así amar sensualmente la vida. El carácter francés
conjuga de manera más natural y libre que ninguno temperamento y ligereza,
la Chevalerie gala se aúna de forma espléndida con la cultura clásica
del Renacimiento. A un noble se le exige al mismo tiempo embestir con fuerza la
coraza de su adversario en el torneo y ejecutar, modélico, con giro encantador,
los más artísticos pasos de baile; tiene que dominar tanto el áspero arte de la
guerra como las delicadas leyes de la cortesía; las mismas manos que alzan la
pesada espada en el combate cuerpo a cuerpo tienen que saber pulsar con ternura
el laúd y escribir sonetos a una mujer amada; el ideal de la época es ser ambas
cosas a un tiempo: fuerte y delicado, áspero y cultivado, experto en el combate
y formado en las artes. A lo largo del día, el rey y sus nobles persiguen
durante horas, en espumeantes corceles, a los ciervos y los jabalíes, se
quiebran jabalinas y se rompen lanzas, pero por la noche los nobles y las damas
se reúnen en intelectual conversación en los salones de los palacios del Louvre
o de Saint-Germain, Blois y Amboise, grandiosamente reformados. Se leen versos,
se cantan madrigales, se hace música, se despierta en bailes de disfraces el
espíritu de la literatura clásica. La presencia de las muchas mujeres hermosas
y enjoyadas, la obra de poetas y pintores como Ronsard, Du Bellay y Clouet dan
a esta corte principesca un colorido y una alegría únicos, que se expresan con
derroche en todas las formas del arte y de la vida. Como toda Europa antes de
las desdichadas guerras de religión, Francia se encuentra entonces a punto de
dar un salto hacia la gran cultura.
Quien vive en tales cortes, y sobre todo quien está
destinado a ser un día soberano de tales cortes, tiene que adaptarse a esas
nuevas exigencias culturales.
Tiene que aspirar a la perfección en todas las
artes y ciencias, tiene que saber forjar su espíritu tanto como su cuerpo.
Siempre será uno de los timbres de gloria del Humanismo el haber convertido la
familiaridad con todas las artes en un deber de aquellos que querían actuar en
los círculos más elevados de la vida social. Casi ninguna otra época ha
prestado una atención más intensa a la completa educación no sólo de los
hombres de clase alta, sino también de las mujeres nobles, con lo que empezaba
una nueva era. Lo mismo que María e Isabel de Inglaterra, María Estuardo tiene
que estudiar las lenguas clásicas, el griego y el latín, así como las
contemporáneas: italiano, inglés y español.
Gracias a una mente clara y ágil y al gusto por la
cultura heredado de sus antepasados, cualquier esfuerzo es como un juego para
esta niña llena de capacidades. Ya a los trece años recita delante de toda la
corte, en el salón del Louvre, un discurso escrito por ella misma en el latín
aprendido en los Coloquios de Erasmo, y su tío, el cardenal de
Lorena, puede informar orgulloso a la madre de María Estuardo, María de Guisa:
«Vuestra hija ha crecido tanto, y crece tanto cada día en grandeza interior,
belleza e inteligencia, que ya es todo lo completa que se puede ser en todas
las cosas buenas y honorables, y ninguna de las hijas de la nobleza o de los
otros estamentos de este reino puede comparársele. Puedo deciros que el rey
halla tanto gusto en ella que a menudo pasa más de una hora a solas con ella,
que le habla con tanta inteligencia y de forma tan razonable como una mujer de
veinticinco años». De hecho, la evolución intelectual de María Estuardo es
inusualmente precoz. Pronto domina el francés con tal seguridad que incluso se
atreve a la expresión poética, y es capaz de responder de forma digna a los
versos de homenaje de un Ronsard y un Du Bellay; y no sólo en algún ocasional
juego cortesano, sino precisamente en los momentos de agobio interior, preferirá
desde ahora confiar su sentimiento a los versos, amante de la poesía y amada de
todos los poetas. Pero también en otras formas artísticas revela un gusto
extraordinario: canta con gracia, acompañada por el laúd, su forma de bailar es
ensalzada por hechicera, sus bordados son obra de una mano no sólo hábil, sino
especialmente dotada, su vestimenta es discreta y nunca parece sobrecargada,
como los pomposos vestidos de campana con los que se pasea Isabel I; tanto
vestida con el kilt escocés como con la sedosa ropa de Estado, su
encanto adolescente resulta igual de natural. Desde el principio, el tacto y el
sentido de la belleza son dotes naturales en María, y esta hija de los Estuardo
conservará esta pose elevada, y sin embargo no teatral, que le confiere el aura
de lo poético para toda la eternidad, incluso en las peores horas de su vida,
como valiosa herencia de su sangre real y de su educación principesca.
Pero tampoco en cuestiones deportivas cede a los
más versados de esta corte caballeresca: amazona incansable, apasionada
cazadora, hábil danzarina; su alto, esbelto y gracioso cuerpo de muchacha no
conoce la languidez ni el agotamiento. Alegre y luminosa, despreocupada y
feliz, bebe de todas las copas de esta juventud abundante y romántica, sin
sospechar que con eso está agotando ya inconscientemente la más pura dicha de
su vida: el ideal de mujer del Renacimiento francés apenas ha encontrado
expresión tan romántica y caballeresca como en esta princesa alegre y fogosa.
Más no sólo las musas, sino también los dioses,
bendicen esa infancia.
Además de sus satisfactorias dotes intelectuales,
María Estuardo posee también un inusual encanto físico. Apenas la niña se
convierte en muchacha, en mujer, todos los poetas compiten en ensalzar su
belleza. «En el decimoquinto año de su vida, su belleza empezó a brillar como
la luz del mediodía», proclama Brantôme, y aún más apasionado Du Bellay:
En vôtre esprit le ciel s’est surmonté
Nature et art ont en vôtre beauté
Mis tout le beau dont la beauté s’assemble.
En vuestra alma el cielo se ve sobrepujado
Naturaleza y arte habitan vuestra belleza
Lo bello con la belleza se reúne.
Lope de Vega se entusiasma: «Las estrellas
arrebatan a sus ojos su más hermoso brillo, y a sus rasgos los colores que tan
bellas las hacen», y Ronsard pone en boca de Carlos IX, a la muerte de su
hermano Francisco, las siguientes palabras de admiración casi envidiosa:
Avoir joui d’une telle beauté
Sein contre sein, valoit ta royauté
Gozar de tal belleza
Pecho a pecho, valió tu realeza.
Y Du Bellay resume todos los elogios de las muchas
descripciones y poemas existentes en la extasiada exclamación:
Contentez vous mes yeux,
Vous ne verrez jamais une chose pareille.
Contentaos, ojos míos,
Jamás veréis cosa parecida.
Sólo que los poetas son exagerados profesionales,
especialmente los poetas cortesanos, cuando se trata de ensalzar las
excelencias de su soberana; por eso hoy miramos con curiosidad los cuadros de
aquel tiempo, a los que otorga fiabilidad la mano maestra de Clouet, y no
quedamos ni decepcionados ni completamente ganados por aquel entusiasmo
elegiaco. No se ve una belleza resplandeciente, sino más bien chispeante: un
rostro ovalado de un delicado encanto, al que la nariz, algo puntiaguda,
confiere esa leve irregularidad que siempre hace especialmente atractivo un
rostro de mujer. Unos tiernos ojos oscuros miran con secreto y velado
esplendor, la boca descansa silenciosa y discreta; hay que reconocer que en
verdad la Naturaleza ha derrochado su más valioso material en esta princesa:
una piel maravillosamente blanca, tersa, reluciente, un cabello rubio y
abundante, que gusta de adornarse con perlas, unas manos largas, finas y
níveas, un cuerpo alto y flexible,
“dont le corsage laissait entrevoir la neige de sa
poitrine et dont le collet relevé droit decouvrait le pur modelé de ses
épaules»,
«cuya blusa deja entrever la nieve de su pecho y
cuyo erguido cuello descubre el fino modelado de sus hombros».
No cabe encontrar falta alguna a este rostro, pero
justo porque es tan fríamente perfecto, tan rotundamente bello, le falta todo
rasgo decisivo. Nada sabemos de esa encantadora muchacha cuando miramos su
retrato, y ella misma aún no sabe nada de su verdadero ser. Ese rostro aún no
está penetrado de alma y sensualidad, la mujer todavía no se expresa en esta
mujer: amable y cordial, siente uno que le mira una interna guapa y dócil de un
colegio de señoritas.
Ese carácter incompleto, esa inmadurez, la
confirman también, a pesar de su locuaz exaltación, todos los testimonios
verbales. Porque precisamente al ensalzar siempre el carácter irreprochable, la
educación especialmente buena, el celo y la corrección de María Estuardo, nos
hablan de ella como de una estudiante aventajada. Sabemos que destaca en los
estudios, que su conversación es amable, que es formal y devota, excelente en
todas las artes y juegos sin poseer por ello dotes especiales ni decisivas para
ningún arte en especial, sabemos que domina de forma correcta y obediente el
compendio de instrucción prescrito para una prometida real. Pero siempre son
las excelencias sociales, las cortesanas, las que todos admiran; siempre lo
impersonal en vez de lo personal; de la persona, del carácter, nadie da
especial noticia, y eso atestigua que lo peculiar, lo esencial de su naturaleza
sigue por el momento oculto a las miradas, sencillamente porque aún no ha
florecido. Durante años, la buena educación y la cultura mundana de la princesa
no permiten sospechar la violencia interior de la pasión de la que será capaz
el alma de esta mujer una vez se remueva y desarrolle su poso más hondo. El
brillo de su frente sigue siendo liso y frío, su sonrisa amable y delicada, sus
ojos reflexionan y buscan, oscuros, mirando sólo al mundo, y aún no a las
propias profundidades: todavía ni los otros ni María Estuardo saben nada de la
herencia que lleva en la sangre, aún no saben nada de sus propios riesgos.
Siempre es la pasión la que revela el espíritu más escondido de una mujer,
siempre es en el amor y en el dolor en los que alcanza su propia medida.
Antes de lo que estaba realmente previsto, como la
niña evoluciona de forma tan prometedora hacia su condición de futura princesa,
se prepara la boda; una vez más, María Estuardo está destinada a que el reloj
de su vida corra más deprisa en todos los sentidos que el de sus coetáneos. Sin
duda el Delfín, que le ha sido asignado por contrato, tiene apenas catorce
años, y además es un chico especialmente débil, pálido y enfermo. Pero la
política es más impaciente que la Naturaleza, no quiere ni puede esperar. En la
corte francesa tienen una prisa en verdad sospechosa por rematar el negocio
conyugal, precisamente porque los preocupados informes de los médicos dan
cuenta de la debilidad y peligrosa condición enfermiza de ese heredero. Y para
los Valois lo más importante en esta boda es asegurar la corona escocesa; por
eso arrastran al altar a los dos niños con tanta prisa. En el contrato
matrimonial acordado con los enviados del Parlamento escocés, el Delfín recibe
la matrimonial crown, la corregencia de Escocia, pero al mismo tiempo sus
parientes, los Guisa, arrancan en secreto y bajo presiones a la quinceañera
María, que no es consciente de su responsabilidad, un segundo documento que ha
de quedar oculto al Parlamento escocés, y en el que se compromete de antemano,
en caso de muerte prematura o si muriera sin herederos, a legar su país —como
si fuera su propiedad privada—, e incluso sus derechos hereditarios sobre
Inglaterra e Irlanda, a la corona francesa.
Desde luego que este contrato —el mismo secreto en
que se firma lo prueba — es una deshonra. Porque María Estuardo no tiene ningún
derecho a cambiar la sucesión de manera arbitraria y legar su patria, en caso
de muerte, a una dinastía ajena, como se lega una capa o cualquier otra
posesión; pero sus tíos fuerzan a firmar a esa mano aún inocente. Trágico
símbolo: la primera firma que María Estuardo pone en un documento político, al
dictado de sus parientes, representa al mismo tiempo la primera mentira de esta
naturaleza sincera, confiada y transparente en lo más hondo de su ser. Pero
para ser reina, para seguir siendo reina, desde ahora ya no le estará permitido
seguir siendo del todo veraz: una persona que se ha comprometido con la
política ya no se pertenece a sí misma, y ha de obedecer a leyes distintas de
las sagradas de su naturaleza.
El fastuoso espectáculo de la boda oculta de manera
grandiosa ante el mundo estas secretas maquinaciones. Desde hace más de
doscientos años, ningún Delfín de Francia se ha casado en su patria; así que la
corte de Valois se siente obligada a dar a su pueblo, normalmente nada
malacostumbrado, una muestra de inaudito esplendor. Catalina de Médici conoce
de su patria las fiestas diseñadas por los primeros artistas del Renacimiento,
y tiene la ambición de superar en la boda de su hijo hasta las más fastuosas de
su infancia: este 24 de abril de 1558, París se convierte en la capital festiva
del mundo. Delante de Notre Dame se ha levantado un pabellón abierto con un
ciel-royal de seda azul de Chipre entretejida de flores de lis, hasta el que
conduce una alfombra azul igualmente bordada con flores de lis. Los músicos
marchan en cabeza, vestidos de rojo y amarillo, tocando variados instrumentos;
luego viene, saludada con júbilo, vestida con las ropas más valiosas, la
caravana real. Los esponsales se llevan a cabo a los ojos del pueblo, miles y
miles de miradas saludan admirativas a la novia, al lado del chiquillo lánguido
y pálido, al que la pompa de sus ropajes casi ahoga. Los poetas de la corte
compiten también en esta ocasión en descripciones extasiadas de su belleza: «Se
mostró —escribe en tono elegíaco Brantôme, que normalmente prefiere contar sus
propias anécdotas galantes— cien veces más hermosa que una diosa del cielo», y
quizá sea verdad que en esa hora el brillo de la dicha daba un aura especial a
esa mujer de apasionada ambición. Porque en esa hora esa muchacha sonriente que
saluda complacida en todas direcciones, esa muchacha espléndidamente joven y
floreciente, disfruta quizá del momento de máximo esplendor de su vida. María
Estuardo nunca volverá a verse tan rodeada de riqueza, admiración y júbilo como
ahora que, al lado del primer príncipe de Europa, recorre a la cabeza de sus
jinetes, ricamente ataviados, las calles que retumban hasta los tejados de
entusiasmo y alegría. Por la noche, en el Palacio de Justicia, se sirve un
banquete abierto a todo el mundo, todo París puede admirar, apiñándose
entusiasta, a esa muchacha que añade una nueva corona a la corona de Francia.
Termina la gloriosa jomada un baile para el que los artistas han ideado las más
fantásticas sorpresas. Invisibles maquinistas guían hacia la sala seis barcos
adornados por entero de oro, con velas de tela plateada, que imitan
artísticamente los movimientos de una travesía tempestuosa. En cada uno de
ellos se sienta, revestido de oro y llevando una máscara de damasco, un
príncipe, y cada uno de ellos hace subir a su barco, con gesto galante, a una
de las mujeres de la corte: Catalina de Médici, la reina, María Estuardo,
heredera del trono, la reina de Navarra y las princesas Isabel, Margarita y
Claudia. El espectáculo pretende simbolizar la feliz travesía de la vida, en
medio del ornato y el esplendor. Pero el destino no se deja gobernar por los
deseos humanos, y el barco de la vida de María Estuardo pondrá proa a otras
costas más peligrosas desde ese único instante despreocupado.
El primer peligro llega de manera completamente
insospechada. Hace mucho que María Estuardo ha sido ungida reina de Escocia, y
el rey Delfín, el heredero de Francia, la ha hecho su esposa; de este modo,
flota invisible sobre su cabeza una segunda corona, aún más valiosa. Entonces
el destino le presenta, como corruptora tentación, una tercera corona, y de
forma pueril, con manos malaconsejadas, con manos deslumbradas, ella se inclina
hacia su engañoso resplandor. En ese mismo año de 1558 en el que se convierte
en esposa del heredero al trono francés muere María, la reina de Inglaterra, y
enseguida sube al trono su hermanastra Isabel. Pero ¿es realmente Isabel la
reina legítima? Enrique VIII, el barba azul de las mil mujeres, ha dejado tres
hijos: Eduardo y dos hijas, de las que María lo es de su matrimonio con
Catalina de Aragón e Isabel de su matrimonio con Ana Bolena. Tras la temprana
muerte de Eduardo, María, la mayor, nacida de un matrimonio indiscutiblemente
legal, se convierte en heredera del trono, pero ¿lo es ahora Isabel, al morir
María sin hijos? Sí, dicen los juristas ingleses, porque el obispo celebró el
matrimonio y el Papa lo reconoció. No, dicen los juristas franceses, porque
Enrique VIII hizo posteriormente declarar nulo su matrimonio con Ana Bolena y a
Isabel bastarda por acuerdo del Parlamento. Y si, según ese criterio —con el
que está de acuerdo todo el mundo católico—, Isabel es indigna del trono por
ser bastarda, los derechos al trono de Inglaterra no corresponden ahora a nadie
más que a María Estuardo, la bisnieta de Enrique VII.
De este modo, una decisión de enorme trascendencia
para la Historia Universal recae de la noche a la mañana en las manos de una
inexperta muchacha de dieciséis años. María Estuardo tiene dos posibilidades.
Puede ser flexible y actuar de forma política, puede reconocer a su prima
Isabel como reina legítima de Inglaterra y reprimir sus propias pretensiones,
que sin duda sólo se podrán reclamar por las armas. O puede, con audacia y
decisión, calificar a Isabel de usurpadora y movilizar a los ejércitos francés y
escocés para derribarla por la fuerza del trono. De manera funesta, María
Estuardo y sus asesores eligen el tercer camino, el más desdichado que puede
haber en política: el camino intermedio. En vez de un golpe fuerte y decidido
contra Isabel, la corte francesa lanza un fanfarrón fustazo al aire: por orden
de Enrique II, los príncipes herederos incluyen en su escudo de armas la corona
real inglesa, y en lo sucesivo María Estuardo se hará llamar en público y en
todos los documentos “Regina Franciae, Scotiae, Angliae et Hiberniae». Así
pues, se plantea la pretensión, pero no se defiende. No se hace la guerra a
Isabel, implemente se la irrita. En vez de una verdadera acción con el hierro y
la espada, se elige el gesto impotente de una reclamación sobre madera pintada
y papel escrito; de este modo se crea una permanente ambigüedad, porque la
pretensión de María Estuardo al trono inglés está y no está. Se oculta o se
saca a la luz, según conviene. Así, cuando conforme a los tratados Isabel exige
a Enrique II la devolución de Calais, este responde: «En este caso Calais ha de
ser entregado a la esposa del Delfín, la reina de Escocia, a la que todos
consideramos reina de Inglaterra». Pero por otra parte Enrique II no mueve un
dedo para defender esa pretensión de su nuera, sino que sigue negociando con la
supuesta usurpadora como con una monarca igual a él en derechos.
Con este gesto necio y vacío, con ese escudo
puerilmente pintado, María Estuardo no ha conseguido nada y lo ha echado a
perder todo. En la vida de toda persona, hay errores que ya no es posible
enmendar. Con esta torpeza política, cometida en su infancia más por
obstinación y vanidad que por reflexión consciente, María Estuardo ha
destrozado toda su vida, porque con esa única ofensa convierte en su enemiga
irreconciliable a la mujer más poderosa de Europa. Una verdadera soberana puede
permitir y tolerar cualquier cosa salvo que otra ponga en duda sus derechos.
Por eso, nada más natural —no se le puede reprochar a Isabel— que desde este
momento considere a María Estuardo su más peligrosa rival, la sombra detrás de
su trono. Desde este momento, se diga lo que se diga y se escriba lo que se
escriba entre ambas, no será más que revoco y engañosa palabrería para ocultar
el íntimo enfrentamiento, pero debajo sigue, irreparable, la grieta. En la
política y en la vida, las medianías e insinceridades siempre causan más daños
que las decisiones enérgicas y claras. La corona inglesa pintada de manera tan
sólo simbólica en el escudo de armas de María Estuardo ha causado más sangre
que una verdadera guerra por la verdadera corona. Porque una lucha abierta
hubiera decidido la situación de una vez y definitivamente, pero esta lucha
soterrada se renueva sin cesar, y perturba el gobierno y la vida de las dos
mujeres.
Ese funesto escudo de armas con el emblema de la
soberanía inglesa lo llevarán, orgulloso y visible, el rey Delfín y la reina
Delfina en julio de 1559 a un torneo en París, organizado para celebrar la Paz
de Cateau-Cambrésis. El caballeroso rey Enrique II no se priva de romper en
persona una lanza “pour l’amour des dames», y todo el mundo sabe a qué
dama se refiere: Diana de Poitiers, que desde su palco mira orgullosa y bella a
su real amante. Pero el juego se vuelve de pronto terriblemente serio: en ese
combate se decide la Historia Universal. Porque el capitán de la guardia de
corps escocesa, Montgomery, después de haber roto su lanza, corre con el trozo
que le queda contra su adversario, el rey, con tan torpe violencia que una
astilla penetra en su ojo por la visera y el rey cae inconsciente del caballo.
Al principio se considera que la lesión no es peligrosa, pero el rey no recobra
el conocimiento, la familia rodea horrorizada el lecho del enfermo sumido en la
fiebre. Durante algunos días, la robusta naturaleza del bravo Valois lucha
contra la muerte; finalmente, el 10 de julio, su corazón se para.
Pero incluso en medio del más profundo dolor, la
corte francesa sigue rindiendo tributo al protocolo como supremo señor de la
vida. Cuando la familia real abandona el palacio, Catalina de Médici, la esposa
de Enrique II, se detiene de pronto en la puerta. Desde esa hora que la ha
convertido en viuda, la preferencia en la corte ya no le corresponde a ella,
sino a la mujer que esa misma hora ha convertido en reina. Con paso titubeante,
tímida y confusa, María Estuardo, la esposa del nuevo rey de Francia, ha de
pasar delante de la reina de ayer. Y con ese paso, a sus diecisiete años, ha
dejado atrás a sus coetáneas y alcanzado el máximo escalón del poder.
Reina, viuda y aun así reina
Julio de 1560 a agosto de 1561
Nada da un giro tan trágico a la trayectoria de
María Estuardo como el hecho de que el destino ponga todo el poder temporal en
sus manos de forma tan engañosamente fácil. La ascensión se produce de forma
tan meteórica —a los seis días reina de Escocia, a los seis años prometida de
uno de los príncipes más poderosos de Europa, a los diecisiete años reina de
Francia— que ya tiene en sus manos el máximo de poder exterior antes de que su
vida interior haya realmente comenzado. Todo cae sobre ella desde un invisible
cuerno de la abundancia, en apariencia inagotable, y nada es adquirido por su
propia voluntad, arrebatado con sus propias fuerzas, nada es esfuerzo y nada
mérito, todo es herencia, don y regalo. Como en un sueño, en el que todo pasa
de manera fugaz y colorida, se ve vestida para la boda y para la coronación, y
antes de que pueda comprenderla con unos sentidos despiertos esta primavera
anticipada ha pasado ya, marchita, ida, y ella despierta defraudada, expoliada,
saqueada, trastornada. A una edad en la que otras empiezan a desear, a esperar,
a codiciar, ella ya ha recorrido todas las posibilidades del triunfo sin haber
tenido tiempo ni trabajo para comprenderlas intelectualmente. Pero esa
prematura velocidad de su destino encierra también el germen secreto de su
inquietud e insatisfacción: quien ha sido tan pronto la primera persona de un
país, de un mundo, ya nunca podrá conformarse con una forma de vida inferior.
Sólo las naturalezas débiles renuncian y olvidan, las fuertes no se someten, y
retan a combate incluso a un destino superior en fuerzas.
De hecho, ese breve período de reinado en Francia
pasa como un sueño, como un sueño apresurado, inquieto, lleno de temor. La
catedral de Reims, en la que el arzobispo ciñe la corona a la cabeza de ese
chico pálido y enfermo y la joven y hermosa reina, adornada con todas las joyas
del tesoro real, reluce en medio de la nobleza como una estrecha, esbelta flor
de lis que aún no ha alcanzado su plenitud, le brinda un instante único, de
radiante colorido; la crónica no habla de más fiestas ni alegrías. El destino
no concede a María Estuardo tiempo para crear la corte trovadoresca de las
artes y la poesía con la que soñaba, no da tiempo tampoco a los pintores para
retener en fastuosos retratos la imagen del monarca y su bella esposa, no da
tiempo a los cronistas para describir su carácter, no da tiempo al pueblo para
conocer a su soberano, y mucho menos aprender a amarlo; como dos sombras
presurosas perseguidas por un mal viento, estas dos figuras infantiles pasan de
largo por la extensa lista de los reyes de Francia.
Porque Francisco II está enfermo, señalado desde el
principio para una muerte prematura como un árbol del bosque. Temeroso, de ojos
pesados, cansados, como recién despertados del sueño, un niño pálido mira desde
un rostro redondo e hinchado al espectador, y un crecimiento repentino y por
tanto antinatural debilita aún más su resistencia. Los médicos velan
constantemente a su alrededor y le aconsejan con insistencia que se cuide. Pero
dentro de ese niño late una ambición tonta y pueril: no quedarse a la zaga de
su esbelta y correosa esposa, que ama con pasión el deporte y la caza. Se
fuerza a fogosas cabalgatas y esfuerzos físicos para fingir ante sí mismo salud
y virilidad; pero la Naturaleza no se deja engañar. Su sangre está
incurablemente agotada y envenenada, mala herencia de su abuelo Francisco I;
las fiebres le asaltan una y otra vez, en cuanto hace mal tiempo tiene que
quedarse en casa, impaciente, temeroso y cansado, una sombra lamentable rodeada
de la preocupación de muchos médicos. Tan pobre rey despierta en su corte más
compasión que respeto, pero entre el pueblo en cambio pronto corren rumores de
que está enfermo de lepra y, para curarse, se baña en la sangre de niños recién
ejecutados; los campesinos miran sombríos al pobre muchacho cuando pasa trotando,
pálido y lento, en su corcel, y los cortesanos, anticipando el futuro, empiezan
a arremolinarse en tomo a la reina madre, Catalina de Médici, y el heredero del
trono, Carlos. Con tan cansadas y débiles manos no se pueden tensar mucho
tiempo las riendas del poder; de vez en cuando, con rígida y torpe caligrafía,
el muchacho pinta su «François» al pie de documentos y decretos, pero en
realidad gobiernan los parientes de María Estuardo, los Guisa, en vez de él,
que solamente lucha por una cosa: retener el mayor tiempo posible su poquito de
vida y de fuerza.
Apenas se puede llamar matrimonio feliz, si es que
hubo tal matrimonio, a semejante convivencia en la habitación de un enfermo, a
tan constante preocupación y vigilancia. Pero tampoco nada permite suponer que
esos dos medio niños no se llevaran bien, porque ni siquiera una corte tan
malvadamente charlatana, de la que Brantôme reseña cada amorío en su «Vie des
dames galantes», tiene una palabra de reproche o sospecha para la conducta de
María Estuardo. Mucho antes de que la razón de Estado los uniera ante el altar,
Francisco y María habían sido compañeros de juegos, una camaradería infantil
les unía desde hacía mucho, y por eso el elemento erótico apenas habrá
representado un papel especial entre ellos: pasarán años antes de que despierte
en María Estuardo la capacidad de entrega apasionada, y Francisco, ese niño
agotado por la fiebre, habría sido el último capaz de despertarla en esa
naturaleza contenida, profundamente encerrada en sí misma. Sin duda, conforme a
su carácter compasivo y complaciente, María Estuardo cuidó a su esposo del modo
más atento, porque, si no por sentimiento sí por razón, tenía que saber que
todo su poder y esplendor estaba unido a la respiración y al latir del corazón
de ese pobre muchacho enfermizo, y que al guardar su vida defendía su propia
felicidad. Pero en ese reinado no hay espacio para estar realmente feliz; en el
país se agita la revuelta hugonote, y tras el tristemente famoso tumulto de
Amboise, que amenaza en persona a la real pareja, María Estuardo tiene que
pagar un triste tributo a sus obligaciones de soberana. Tiene que presenciar la
ejecución de los rebeldes, tiene que ver —y el momento quedará profundamente
grabado en su alma, quizá la iluminará como un mágico espejo en otra hora, la
suya— cómo un hombre que lleva los brazos atados es forzado a poner la cabeza
en el tajo, cómo con el duro golpe del verdugo, con un sonido sordo, rechinante
y tronante, el hacha cae en la nuca y una cabeza rueda sangrando por la arena:
una imagen lo bastante espantosa como para apagar todo el brillo de la
coronación de Reims. Y una mala noticia sigue a la otra: su madre, María de
Guisa, que administra Escocia para ella, ha muerto en junio de 1560, dejando el
país sumido en la disputa religiosa y el disturbio, la guerra en las fronteras,
las tropas inglesas penetrando en las marcas fronterizas, y María Estuardo ya
tiene que llevar vestimentas de luto, en vez de las festivas con las que había
soñado como una niña. Su amada música tiene que callar, el baile detenerse.
Pero la huesuda mano ya vuelve a llamar a su corazón y a su casa. Francisco II
se debilita de día en día, la sangre envenenada que corre por sus venas
martillea inquieta detrás de las sienes y ruge en los oídos. Ya no puede andar,
no puede cabalgar y tiene que ser llevado en litera de un lugar a otro. Por
fin, la infección se hace purulenta en sus oídos, los médicos no saben qué
hacer, y el 6 de diciembre de 1560 el infeliz muchacho deja de sufrir.
Y otra vez se repite —trágico símbolo— la escena
entre las dos mujeres, Catalina de Médici y María Estuardo, junto a un lecho de
muerte. Apenas ha exhalado Francisco II su último aliento, María Estuardo, que
ya no es reina de Francia, cede el paso en la puerta a Catalina de Médici, la
joven viuda real debe ceder la preferencia a la mayor. Ya no es la primera
mujer del reino, sino que vuelve a ser la segunda; en un solo año, el sueño ha
terminado y María Estuardo ya no es reina de Francia, y es tan sólo lo que fue
desde el primer momento y lo que será hasta el último: reina de Escocia.
Según el ceremonial de la corte francesa, el luto
más severo de una viuda real dura cuarenta días. Durante esa implacable
clausura, no puede abandonar sus aposentos ni por un instante; durante las
primeras dos semanas, nadie salvo el nuevo rey y sus parientes más próximos
puede visitarla en su tumba artificial, en su habitación oscura, iluminada con
sólo dos velas. Durante esos días, la viuda real no se viste de lúgubre negro,
el eterno color del luto, como las mujeres del pueblo; sólo a ella le corresponde
el deuil blanc, el duelo blanco.
Blanca la cofia sobre el pálido rostro, de brocado
blanco el vestido, blancos los zapatos, las medias, oscuro tan sólo el crespón
que cubre esa extraña lámpara de minero, así viste María Estuardo durante
aquellos días, así nos la muestra Janet en su famoso cuadro y así la describe
Ronsard en su poema:
Un crespe long, subtil et délié
Ply contre ply, retors et replié
Habit de deuil, vous sert de couverture,
Depuis le chef jusques à la ceinture,
Qui s’enfle ainsi qu’un volle quand le vent
Soufle la barque et la cingle en avant,
De tel habit vous étiez accoutrée
Partant, hélas! de la belle contrée
Dont aviez eu le sceptre dans la main,
Lorsque, pensive et baignant votre sein
Du beau cristal de vos larmes coulées
Triste marchiez par les longues allées
Du grand jardín de ce royal château
Qui prend son nom de la beauté des eaux.
Una larga gasa, sutil y fina,
Pliegue sobre pliegue, retorcida y doblada.
Vestimenta de duelo os sirve de mant
Desde la cabeza hasta la cintura
Que se infla cual vela cuando el viento
Empuja la barca y la azota hacia delante.
Con tal vestimenta ibais vestida
Cuando partíais, ¡ay!, de este hermoso país
Del que habías tenido el cetro en la mano
Cuando, pensativa y bañando vuestro pecho
En el bello cristal de vuestras lágrimas,
Triste andabais por los largos paseos
Del gran jardín de este real castillo
Que de la belleza de las aguas toma su nombre.
De hecho, en ningún otro cuadro se representa más
victoriosa la simpatía y suavidad de ese joven rostro que aquí, donde una
expresión seria y pensativa transfigura los ojos normalmente inquietos, y el
color uniforme y sin adornos hace resplandecer más luminosa la palidez pura de
su piel; en el luto se siente la nobleza, el carácter real de su persona, con
más claridad que en los cuadros de antaño, que la representan en el fasto y
esplendor de su dignidad, cargada de joyas y adornada con todas las insignias del
poder.
Esa noble melancolía se desprende también de las
estrofas que ella misma dedica en esos días al fallecido esposo como lamento
fúnebre, versos que no son indignos de su maestro y profesor Ronsard. Aunque no
hubiera sido escrita por una mano real, esta suave elegía hablaría al corazón
por el tono sencillo de su sinceridad. Porque la superviviente no se jacta en
modo alguno de un amor apasionado por el fallecido —María Estuardo nunca mintió
en la poesía, sólo en la política—; tan sólo da voz a su estado de abandono y
desorientación:
Sans cesse mon coeur sent
Le regret d’un absent
Si parfois vers les cieux
Viens à dresser ma veue
Le doux traict de ses yeux
Je vois dans une nue;
Soudain je vois dans l’eau
Comme dans un tombeau
Si je suis en repos
Sommeillant sur ma couche,
Je le sens qu’il me touche:
En labeur, en recoy
Toujours est près de moy.
Sin cesar siente mi corazón
El pesar de un ausente.
Si a veces a los cielos
Se dirige mi vista.
Los dulces rasgos de sus ojos
Veo en una nube.
De repente le veo en el agua
Como en un sepulcro.
Si estoy descansando
Adormecida en mi cama,
Siento que me toca;
Durante la labor, en mi recogimiento,
Siempre está cerca de mí
No cabe duda de que ese luto de María Estuardo por
Francisco II es más que una ficción poética, que fue un lamento honesto y
sincero. Porque con él María Estuardo no sólo ha perdido a un compañero
bienintencionado y dócil, a un tierno amigo, sino también su posición en
Europa, su poder, su seguridad. Pronto la viuda niña sentirá la diferencia
entre lo que significaba ser la primera en una corte, haber sido la reina, y lo
poco que significa ser de pronto la segunda, una pensionista dependiente de la
gracia de su sucesor. Esta situación en sí misma agobiante se ve empeorada por
la hostilidad mostrada por Catalina de Médici, su suegra, apenas vuelve a ser
la primera mujer de la corte; parece ser que María Estuardo ofendió mortalmente
en una ocasión, con una tonta frase, a esta Médici arrogante y perversa, al
comparar de forma despreciativa el bajo origen de la «hija del mercader» con su
propia dignidad real, heredada de generación en generación. Tales faltas de
consideración —también frente a Isabel esta muchacha impetuosa y mal asesorada
se hará culpable de cosas parecidas— son entre mujeres más funestas que los
insultos directos. Y apenas Catalina de Médici, que durante dos décadas tuvo
que calmar su ambición, primero a causa de Diana de Poitiers y luego de María
Estuardo, alcanza el poder político, hace sentir su odio a las dos caídas de
forma imperativa y desafiante.
Pero María Estuardo —ahora sale a la luz con
claridad el rasgo decisivo de su carácter: su orgullo varonil, indomable,
inflexible, duro— nunca se quedará donde no es más que la segunda, su arrogante
y vehemente corazón jamás se conformará con una pequeña posición, con un rango
a medias. Prefiere elegir la Nada, prefiere la Muerte. Por un momento, piensa
en retirarse para siempre a un convento, renunciar a todo rango, una vez que ya
no puede alcanzar el máximo en este país. Pero la seducción de la vida aún es
demasiado grande, la eterna renuncia iría en contra de la naturaleza interior
de una mujer de dieciocho años.
Y además: siempre puede cambiar la corona perdida
por otra igual de valiosa. El embajador del rey de España se presenta ya como
pretendiente en nombre de don Carlos, el futuro señor de dos mundos, la corte
austríaca envía ya secretos negociadores, los reyes de Suecia y Dinamarca
ofrecen su trono y su mano. Y, al fin y al cabo, sigue siendo suya la corona
hereditaria, la de Escocia, y sigue pendiente la reclamación de la otra, la
vecina, de la corona inglesa. Sigue habiendo inconmensurables posibilidades para
esta viuda real adolescente, esta mujer que acaba de alcanzar su plena belleza.
Sólo que ya no son, como antes, regalos que acerca el destino, desde ahora todo
tiene que ser conseguido, arrebatado a duros adversarios con habilidad y
paciencia. Pero con tanto valor en el corazón, con tanta belleza en el rostro,
con tanta juventud en el cuerpo ardoroso y floreciente, se puede apostar sin
reparos al mayor de los juegos. Y, con espíritu decidido, María Estuardo sale a
luchar por su herencia.
Desde luego que la despedida de Francia no le
resulta fácil. Ha vivido doce años en esta corte principesca, y ese país
hermoso, rico, sensualmente alegre, se había convertido ya más en su patria que
la Escocia de los olvidados días de su infancia. Aquí están los parientes
matemos que la protegen, los palacios en los que ha sido feliz, los poetas que
la ensalzan y comprenden, el alígero encanto caballeresco de la vida para la
que, en lo más profundo de su ser, se siente nacida. Por eso, aunque hace mucho
que la llaman del modo más apremiante, duda mes tras mes acerca del retomo a su
propio reino. Visita a sus parientes en Joinville, en Nancy, asiste en Reims a
la coronación de su cuñado, de diez años, Carlos IX; como advertida por un
misterioso presentimiento, busca un pretexto tras otro para retrasar el viaje.
Es como si esperase algún giro del destino que le ahorrase viajar a Escocia.
Porque, por nueva e inexperta que esta muchacha de
dieciocho años pueda ser en asuntos de Estado, María Estuardo tiene que haber
sabido que en Escocia le esperaba una dura prueba. Desde la muerte de su madre,
que administraba su herencia como regente, los lores protestantes, sus peores
enemigos, han ganado peso, y apenas ocultan su oposición a llamar al país a una
católica creyente, a una adepta de la odiada misa. Declaran abiertamente —el
embajador inglés así lo comunica con entusiasmo a Londres— que «habría que
retrasar algunos meses más el viaje de la reina de Escocia, y que, si no les
obligase la obediencia, no tendrían muchos deseos de verla». En secreto, hace
mucho que están tramando una jugarreta: han intentado ofrecer a la reina de
Inglaterra al siguiente en la línea de sucesión, el protestante conde de Arran,
como esposo, para poner de forma ilegítima en manos de Isabel una corona que
indiscutiblemente pertenece a María. Tampoco puede confiar en su propio
hermanastro, James Estuardo, conde de Moray, que acude a visitarla a Francia
por mandato del Parlamento escocés, porque está preocupantemente próximo a
Isabel y quizá incluso a sueldo a su servicio. Tan sólo su rápido regreso puede
acabar a tiempo con todas esas oscuras y sordas intrigas, sólo con el valor
heredado de sus antepasados, los reyes de la casa Estuardo, podrá afirmar su
realeza. Así que, para no perder en el mismo año la segunda corona después de
la primera, María Estuardo se decide, con un peso en el corazón y un sombrío
presentimiento, a atender una llamada que no procede de un corazón sincero y
que ella misma escucha con poca confianza.
Pero incluso antes de poner pie en su propio reino,
María Estuardo ha de sentir que Escocia limita con Inglaterra y que su reina no
es ella. Isabel no tiene ningún motivo, y aún menos inclinación, para hacer la
vida fácil a esta rival y pretendiente a su trono, y con cínica sinceridad su
ministro de Estado, Cecil, refuerza todo proceder hostil: «Cuanto más tiempo se
mantenga incierta la cuestión de la reina escocesa, tanto mejor para la causa
de Vuestra Majestad».
Porque aún no se ha dirimido la disputa referente a
aquella pretensión al trono pintada sobre papel. Sin duda los legados escoceses
habían firmado en Edimburgo un tratado con los ingleses en el que, en nombre de
María Estuardo, se comprometían a reconocer a Isabel “for all times coming», es
decir, para siempre, como legítima reina de Inglaterra. Pero cuando el tratado
fue llevado a París y llegó el momento de poner la firma al pie de ese acuerdo
sin duda válido, María Estuardo y su esposo Francisco II rehuyeron hacerlo; ese
reconocimiento no quiere acudir a su pluma; ella, que un día hizo llevar como
un estandarte en sus armas su pretensión a la corona inglesa, jamás abatirá ese
estandarte. Está dispuesta en todo caso a postergar sus derechos por razones políticas,
pero nunca será posible moverla a renunciar abierta y sinceramente a la
herencia de sus antepasados.
Isabel no puede soportar semejante ambigüedad del
«Sí» y el «No». Los enviados de la reina escocesa han firmado en su nombre el
Tratado de Edimburgo, y en consecuencia, declara, María Estuardo está obligada
a estampar su firma. Un reconocimiento sub rosa, un callado asentimiento,
no puede bastar a Isabel, porque para ella —una protestante la mitad de cuyo
reino sigue profesando apasionadamente el catolicismo— una pretendiente
católica no sólo es un peligro para el trono, sino para su vida. Si la antirreina
no renuncia con claridad a toda forma de reclamación, Isabel no será realmente
reina.
Nadie puede negar que sin duda Isabel tiene razón
en este pleito; pero ella misma la pierde a toda prisa al tratar de resolver un
conflicto político tan grande de una forma pequeña y mezquina. Las mujeres en
política siempre tienen la peligrosa cualidad de herir a sus rivales con
alfilerazos y envenenar los enfrentamientos con maldades personales; también
ahora esta soberana, por regla general clarividente, comete ese eterno error de
las mujeres políticas. Para el viaje a Escocia, María Estuardo ha solicitado
formalmente un safe conduct —hoy diríamos un visado—, lo que puede
interpretarse incluso como un acto de cortesía oficial y formal por su parte,
ya que el camino recto hasta su patria a través del mar le está abierto: si
quiere viajar a través de Inglaterra, al hacerlo está ofreciendo tácitamente a
su adversaria la posibilidad de una conversación amistosa. Pero Isabel
aprovecha enseguida la ocasión para dar un puyazo a su rival. Responde a la
cortesía con una burda descortesía, y declara que negará el safe
conduct a María Estuardo hasta que no haya firmado el Tratado de
Edimburgo. Para golpear a la reina, ofende a la mujer. En vez del gesto
enérgico de la amenaza, elige el malvado y carente de fuerza de la ofensa
personal.
Ahora el velo que ocultaba el conflicto interior de
estas dos mujeres ha sido arrancado, orgullo y orgullo se enfrentan con ojos
duros y ardientes. Enseguida, María Estuardo llama a su presencia al embajador
inglés y le increpa apasionadamente: «Nada me duele más que haber podido
olvidarme de mí misma hasta el punto de pedir a vuestra soberana, la reina,
este favor que no necesitaba pedir. Necesito su autorización para mi viaje tan
poco como ella la mía para los suyos, y puedo regresar a mi reino sin su salvoconducto
y su permiso. Porque aunque el fallecido rey puso en marcha toda clase de
obstáculos para atraparme cuando llegué a este país, sabéis muy bien, señor
embajador, que llegué aquí a salvo, e igualmente hallaría buenos medios y vías
para regresar de la misma manera si quisiera llamar a mis amigos… Vos me habéis
dicho que la amistad entre la reina y yo sería deseable y ventajosa para ambas.
Ahora tengo motivos para suponer que la reina no comparte esa opinión, porque
de lo contrario no habría rechazado mi petición de forma tan poco amistosa. Da
la impresión de que concede más importancia a la amistad de mis súbditos
desobedientes que a la mía, la de la soberana igual en rango a ella, menor en
experiencia e inteligencia, pero aun así su pariente y vecina más próxima… No
pido de ella más que su amistad, ni perturbo sus Estados ni negocio con sus
súbditos, y sin embargo sé que habría bastantes de ellos en su reino que
escucharían gustosos mis ofertas».
Se trata de una fuerte amenaza, quizá más fuerte
que inteligente. Porque antes de haber puesto pie en Escocia, María Estuardo ya
revela su secreta intención de trasladar en caso necesario a Inglaterra su
lucha con Isabel. El embajador rehúye cortésmente el asunto. Todas las
dificultades surgen tan sólo de la circunstancia de que María Estuardo
incluyera en su momento en su escudo las armas de Inglaterra. María tiene
preparada una respuesta para esa acusación:
«Señor embajador, yo estaba entonces bajo la
influencia del rey Enrique, mi suegro, y del rey mi señor y esposo, y lo que
ocurriera ocurrió por orden y disposición suya. Desde su muerte, vos lo sabéis,
nunca he vuelto a llevar ni las armas ni el título de reina de Inglaterra. Creo
que esa forma de actuar tendría que ser una garantía para la reina. Por lo
demás, para mi prima la reina no tendría que ser ningún deshonor que como reina
llevara también las armas de Inglaterra, porque sé que también otros que son
inferiores a mí en rango y no son parientes tan cercanos llevan esas armas. Al
fin y al cabo, no podéis negar que mi abuela era una de las dos hermanas del
rey, su padre, y además la mayor».
Una vez más, bajo la forma amable relampaguea una
peligrosa advertencia: al recalcar que desciende de la línea de mayor edad,
María Estuardo vuelve a poner el énfasis en sus derechos. Y como ahora el
embajador le ruega, apaciguador, que para liquidar el insatisfactorio incidente
mantenga la palabra dada y firme el Tratado de Edimburgo, María Estuardo se
refugia en dilaciones, como siempre que se toca ese delicado punto: no puede
hacerlo en modo alguno antes de haber deliberado con el Parlamento escocés, y por
su parte el embajador tampoco quiere darle garantías en nombre de Isabel.
Siempre que las negociaciones llegan al punto crítico en el que una reina o la
otra debe renunciar claramente a alguno de sus derechos, comienza la
insinceridad. Cada una de ellas sostiene convulsiva sus triunfos en la mano; de
este modo, el juego se prolongará hasta hacerse interminable y trágico. María
Estuardo rompe abruptamente las negociaciones sobre el salvoconducto; es como
el sonido agudo que se produce al rasgarse un paño: «Si mis preparativos no
estuvieran tan avanzados, quizá la descortesía de la reina, vuestra señora,
hubiera podido impedir mi viaje. Pero ahora estoy decidida a ir, pase lo que
pase. Espero que el viento sea tan favorable como para que no me vea forzada a
tocar la costa inglesa. Pero si esto ocurriera, la reina, vuestra señora, me
tendrá en sus manos.
En ese caso podrá hacer conmigo lo que quiera, y si
su corazón es tan duro como para exigir mi muerte, que actúe siguiendo su
albedrío y me sacrifique. Quizá esa solución fuera para mí mejor que vivir. En
este asunto se hará tan solo la voluntad de Dios».
Vuelve a resonar en estas palabras ese tono
peligroso, seguro de sí mismo y decidido. Por naturaleza más bien tierna,
dejada, frívola y más entregada al goce de la vida que a la lucha, esta mujer
se vuelve férrea, obstinada y audaz en cuanto se trata de su honor, en cuanto
se tocan los derechos que exige como reina. Mejor sucumbir que doblegarse,
mejor una real necedad que una mezquina debilidad. Consternado, el embajador
comunica su fracaso a Londres, y a toda prisa Isabel, inteligente y flexible,
cede. Se expide un pasaporte y se envía a Calais. Pero llega dos días demasiado
tarde. Porque entretanto María Estuardo ha decidido arriesgarse al viaje aunque
los barcos ingleses patrullen el canal; prefiere elegir, libre y osada, el
camino peligroso antes que el más seguro al precio de una humillación. Isabel
ha perdido una oportunidad única para eliminar con generosidad el conflicto
amenazante, para comprometer como huésped a la que teme como rival. Pero la
razón y la política raras veces transitan por el mismo camino: quizá el
dramatismo de la Historia Universal surja siempre de las posibilidades
desperdiciadas.
Una vez más, al igual que el engañoso sol del
atardecer vuelve dorado un paisaje, en esta hora de la despedida María Estuardo
vive todo el fasto y esplendor del ceremonial francés en su honor. Porque ella,
que pisó este país como prometida del rey, no debe abandonar sin compañía ni
séquito el lugar de su perdida soberanía; ha de hacerse público que no regresa
a su patria como pobre viuda abandonada, como mujer débil e indefensa, sino que
el honor de Francia se encuentra, armado, detrás de su destino. Desde Saint-Germain
le sigue hasta Calais una grandiosa cabalgata. En caballos adornados con ricas
gualdrapas, derrochadoramente vestidos con el exuberante ornato del
Renacimiento francés, tintineantes de armas y con arneses dorados y
artísticamente repujados, con la viuda real cabalga la élite de la nobleza
francesa: delante, en coches de gala, sus tres tíos, el duque de Guisa y los
cardenales de Lorena y Guisa. Ella misma va rodeada por las cuatro fieles
Marys, mujeres de la nobleza y sirvientas, pajes, poetas y tambores; siguen a
la abigarrada caravana pesadas cargas de valioso ajuar, y en un cofre cerrado
las joyas de la corona.
María Estuardo se marcha de la patria de su corazón
como reina, tal como vino, con todo su prestigio y honores, esplendor y
grandeza. Sólo falta la alegría que un día iluminó con tan espléndida
despreocupación los ojos de la niña. Una despedida siempre tiene el brillo de
una puesta de sol, que ya sólo a medias es luz, y a medias es ya oscuridad.
En Calais, queda atrás la mayor parte de la
caravana principesca. Los nobles regresan a sus hogares. Mañana, en el Louvre,
servirán a otra reina, porque a los cortesanos sólo les importa la dignidad, y
no la persona que la ostenta. Todos olvidarán a María Estuardo en cuanto el
viento hinche las velas de los galeones, la abandonarán en su corazón todos los
que ahora doblan la rodilla con mirada extasiada y prometen eterna lealtad
mirando a lo lejos: para los caballeros, este acompañamiento de despedida es una
solemne ceremonia, como una coronación o un entierro, y nada más. Los únicos
que sienten verdadero luto, verdadera nostalgia ante la marcha de María
Estuardo son los poetas, porque están dotados de un sentido más fino de la
premonición y la advertencia. Ellos saben que con esta joven, que quería crear
una corte de alegría y belleza, las musas se van de Francia; ahora vienen años
oscuros para ella y para todos: tiempos de política, pleito y disputa, las
luchas hugonotes, la Noche de San Bartolomé, los camorristas, los zelotes. Con
esta figura juvenil, se va lo caballeresco, lo romántico, lo luminoso y
despreocupado, el triunfo de las artes. La constelación de la Pléiade, las
siete estrellas de la creación, pronto palidecerá en el ensombrecido cielo de
la guerra. Con María Estuardo se va, se lamentan, la gracia, la alegría del
espíritu:
Ce jour le même voile emporta loin de France
Les Muses, qui songoient y faire demeurance.
En este día, la misma vela se lleva lejos de
Francia
Las musas que soñaban con permanecer en ella.
Una vez más Ronsard, cuyo corazón rejuvenecía ante
toda juventud, todo encanto, ensalza en su elegía «Au départ» la belleza de
María Estuardo, como si quisiera retener cuando menos en versos lo que su
ardiente mirada ha perdido para siempre, y en la sinceridad de su lamento da
forma realmente conmovedora a esta queja elocuente:
Comment pourroient chanter les bouches des poètes,
Quand, par vostre départ les Muses sont muettes?
Tout ce qui est de beau ne se garde longtemps.
Les roses et les lys ne règnent qu’un printemps.
Ainsi votre beauté seulement apparue Quinze ans en
notre France, est soudain disparue, Comme on voit
d’un éclair s’évanouir le trait,
Et d’elle n’a laissé sinon le regret,
Sinon le déplaisir qui me remet sans cesse
Au coeur le souvenir d’une telle princesse.
¿Cómo podrán las bocas de los poetas cantar
Cuando por causa de vuestra partida enmudecían las
Musas?
Lo bello no permanece largo tiempo,
Las rosas y los lirios sólo reinan por una
primavera,
Y así vuestra belleza, que sólo quince años
apareció
En nuestra Francia, ha desaparecido de repente
Como se desvanece el rasgo de un relámpago,
Y de ella ha quedado tan sólo el pesar,
Tan sólo el continuo descontento que deja
En el corazón el recuerdo de una princesa.
Mientras la corte, la nobleza y los caballeros de
Francia pronto olvidan a la ausente, tan sólo los poetas siguen al servicio de
su reina, porque para los poetas la desgracia es un nuevo timbre de nobleza, y
ahora amarán doblemente en su tristeza a la soberana que ensalzaron por su
belleza. Fieles hasta el final, cantarán y acompañarán su vida y su muerte.
Siempre que un ser humano en una posición elevada termine su vida como poema,
como drama, como balada, habrá poetas para darle nueva forma y vida siempre
renovada.
En el puerto de Calais espera un fastuoso galeón
pintado de blanco; a esa nave almirante, que iza la bandera real francesa junto
a la escocesa, la acompañan los tres tíos príncipes, los caballeros más
escogidos de la corte y las cuatro Marys, las fieles compañeras de juegos;
otros dos barcos forman la escolta. Pero aún no ha salido el barco del interior
del puerto, aún no se han izado las velas, cuando la primera mirada de María
Estuardo al mar incierto da con un mal presagio: una de las barcazas del práctico
se estrella, sus tripulantes corren riesgo de ahogarse. La primera imagen,
cuando María Estuardo abandona Francia para iniciar su reinado, se convierte en
un turbio símbolo: una nave que, mal pilotada, se ve arrastrada a las
profundidades.
Ya sea por el secreto temor causado por ese
presagio, ya por la sensación de haber perdido una patria, ya porque presiente
que no regresará, María Estuardo no puede apartar su mirada velada por las
lágrimas de la tierra en la que ha sido joven, inconsciente y por tanto feliz.
Brantôme describe de forma conmovedora el sordo dolor de su despedida: «En
cuanto el barco salió del puerto y se alzó una brisa, izaron las velas. Con los
dos brazos apoyados a popa, junto al timonel, prorrumpió en un violento llanto,
volviendo una y otra vez sus hermosos ojos al puerto y al lugar del que habían
partido, y repitiendo una y otra vez las tristes palabras: “Adiós, Francia”,
hasta que empezó a hacerse de noche. Le propusieron retirarse a descansar y
bajar para ello al camarote de estribor, pero lo rechazó todo con decisión. Así
que le prepararon un lecho en cubierta. Ordenó expresamente al segundo piloto
que, en cuanto se hiciera de día, la despertara enseguida si se veía Francia en
el horizonte, aunque fuera a lo lejos, y no dudara en gritarle con fuerza si
hacía falta. Y en verdad la suerte favoreció su deseo.
Porque, como el viento se calmó y hubo que buscar
la ayuda de los remos, esa noche no se avanzó mucho. De hecho, al romper el día
la costa francesa seguía siendo visible. Apenas el piloto cumplió sus órdenes,
se levantó de su lecho y estuvo mirando a tierra mientras fue visible,
repitiendo una y otra vez las palabras “Adiós, Francia; adiós, Francia. Creo
que nunca volveré a verte”».
Retomo a Escocia
Agosto de 1561
Una niebla, tan espesa como raras veces cae en
verano sobre esas riberas norteñas, oculta la costa cuando María Estuardo
desembarca en Leith, el 19 de agosto de 1561. Pero qué distinta es esta llegada
a Escocia de la despedida de la douce France. Allí la había acompañado, en
majestuosa caravana, la flor de la nobleza francesa; príncipes y condes, poetas
y músicos le rendían, cortesanos, reverencia y saludo. Aquí no la espera nadie;
sólo cuando los botes llegan a la playa se reúne el pueblo, asombrado y curioso:
unos cuantos pescadores vestidos con sus ásperas ropas de faena, unos cuantos
soldados que holgazanean, unos cuantos buhoneros y campesinos que han venido a
vender sus ovejas a la ciudad.
Más temerosos que entusiastas, contemplan cómo, con
ricos vestidos y adornos de ceremonia, bajan de las barcazas principescas
mujeres y nobles. La extrañeza y la extrañeza se miran desde uno y otro lado.
Es una áspera bienvenida, dura y severa como el alma de esta tierra nórdica. Ya
en las primeras horas, María Estuardo advierte dolorosamente la terrible
miseria de su patria, y que en esos cinco días de viaje por mar ha retrocedido
en verdad un siglo, desde una gran cultura, rica, exuberante, derrochadora y
autocomplaciente hasta un mundo estrecho, oscuro y trágico. Saqueada y quemada
docenas de veces por ingleses y rebeldes, esta ciudad no tiene ni un palacio,
ni una casa noble, que pueda recibirla dignamente: la reina tiene que pernoctar
en casa de un simple mercader para tener un techo sobre su cabeza.
Las primeras impresiones tienen un gran poder sobre
el espíritu, se graban de manera profunda y fatal. Quizá esta joven no sepa lo
que la conmueve de tal manera al volver a poner pie en su reino, como una
extraña, después de trece años de ausencia. ¿Es nostalgia, un inconsciente
deseo de aquella calidez y dulzura de la vida que aprendió a vivir en tierras
francesas, es la sombra de ese cielo gris y ajeno, es el presentimiento de
venideros peligros? En cualquier caso, apenas se queda sola —cuenta Brantôme—, María
Estuardo rompe a llorar. No pone pie en las islas Británicas como Guillermo el
Conquistador, fuerte, segura de sí, con un auténtico sentimiento de soberanía…
su primer sentimiento es la timidez, el presagio y el miedo de los futuros
acontecimientos.
Al día siguiente, informados entretanto, llegan
cabalgando a toda prisa el regente —su tío James Estuardo, conocido por el
nombre de conde de Moray—y algunos otros nobles para darle una escolta digna a
medias hasta el cercano Edimburgo. Pero no se trata de una caravana festiva.
Con el pretexto de andar en busca de piratas, los ingleses han retenido uno de
los barcos, en el que se encontraban los caballos de la corte, y en la pequeña
ciudad de Leith se consigue para la reina un caballo a medias útil y tolerablemente
domado; en cambio, sus damas y nobles acompañantes tienen que conformarse, muy
indignadas, con toscos pencos campesinos, reunidos a toda prisa de entre los
graneros y establos circundantes. A María Estuardo se le saltan las lágrimas
ante tal visión, una vez más se le hace sentir cuánto le ha quitado la muerte
de su esposo, y cuánto menos significa ser solamente reina de Escocia que de
Francia, como ha sido. Su orgullo le impide mostrarse a sus súbditos en tan
pobre e indigna procesión. Por eso, en vez de hacer una joyeuse
entreé por las calles de Edimburgo, se dirige enseguida con su séquito al
castillo de Holyrood, fuera de los muros de la ciudad. La casa construida por
su padre, con sus redondas torres, yace oscura al fondo del paisaje, del que
tan sólo se destaca, obstinado, el almenado de la fortaleza; desde fuera, a
primera vista, resulta grandioso, en sus claras formas y con sus robustos
sillares.
Mas ¡qué frías, qué vacías, qué poco solemnes
saludan sus estancias a esta mujer malcriada por Francia! Ni un gobelino, y ni
un candelabro que se refleje de pared a pared en espejos italianos, ni una tela
valiosa, ni un resplandor de plata y oro. Hace años que la corte no está aquí,
ninguna risa anida en estas estancias abandonadas, ninguna real mano ha
restaurado y adornado esta casa desde la muerte de su madre: desde aquí la mira
con ojos hundidos la pobreza, la vieja maldición de su reino.
Apenas se enteran los habitantes de Edimburgo de
que su reina ha llegado a Holyrood, cuando todos acuden esa misma noche a darle
la bienvenida. No cabe sorprenderse de que ese saludo sea algo bronco y
campesino para el gusto refinado y malacostumbrado de los nobles franceses; los
ciudadanos de Edimburgo no tienen musiciens de la cour para alegrar a
la discípula de Ronsard con tiernos madrigales y artísticas canzone. Sólo
pueden festejar a la reina de su país a su antigua manera, amontonando en las
plazas tocones de madera, lo único que esta región inhóspita ofrece en
abundancia, para que ardan en bonfires durante la noche. Luego se
congregan ante sus ventanas y organizan con gaitas, pífanos y toscos
instrumentos algo que a ellos les parece música, pero que a los cultivados
huéspedes les parece un ruido infernal; lo acompañan cantando, con roncas voces
masculinas, salmos y cantos devotos, porque los textos profanos les han sido
prohibidos por sus sacerdotes calvinistas; no tienen, a pesar de su mejor
voluntad, nada más que ofrecer. Pero a María Estuardo le alegra la bienvenida,
o por lo menos muestra amabilidad y alegría. Y al menos en esa primera hora de
su llegada vuelve a reinar, por primera vez desde hace decenios, la armonía
entre la soberana y su pueblo.
Ni la reina ni sus consejeros se engañan en cuanto
a que a esta soberana carente por entero de experiencia política le espera una
tarea inconmensurablemente difícil. De manera profética, Maitland de
Lethington, la mejor cabeza de la alta nobleza escocesa, escribió de la llegada
de María Estuardo que causaría sin cesar extraordinarias tragedias («it could
not fail to raise wonderful tragedies»). Ni siquiera un hombre enérgico,
decidido, con puño de hierro, podría imponer aquí paz a la larga, ¡cómo va a
hacerlo una mujer de diecinueve años, extraña para su propio país y tan
inexperta en el gobierno! Un país pobre, una nobleza corrupta a la que
cualquier excusa es buena para la sublevación y la guerra, un sinnúmero de
clanes que viven en eterna disputa y pelea y no esperan sino una razón para
transformar su odio en guerra civil, un clero católico y uno protestante que
pelean con furia por el predominio, una vecina atenta y peligrosa que atiza con
mano hábil cualquier motivo de disturbio, y además la hostilidad de las grandes
potencias, que quieren arrastrar sin piedad a Escocia a su sangriento juego:
ésa es la situación que se encuentra María Estuardo.
En el momento en que pone pie en su país, esa lucha
está en el filo de la navaja. En vez de unas arcas repletas, asume de su madre
una funesta herencia, una en verdad damnosa hereditas: la disputa
religiosa, que aquí perturba las almas de forma más encarnizada que en ningún
otro sitio. Durante los años que pasó en Francia, ignorante y feliz, la Reforma
logró penetrar victoriosa en Escocia. Ahora, esa terrible grieta se abre por
entre la corte, los pueblos y las ciudades, los clanes y las familias: una
parte de la nobleza es protestante, la otra católica, las ciudades se vuelven a
la nueva fe, el campo a la antigua. Clan contra clan, estirpe contra estirpe, y
sacerdotes fanáticos atizando constantemente el odio de ambas partes, con el
apoyo político de potencias extranjeras. Pero lo más peligroso para María
Estuardo es sobre todo que la parte más poderosa e influyente de la nobleza
está en el campo contrario, en el del calvinismo; la ocasión de apoderarse de
los ricos bienes de la Iglesia ha tenido un mágico efecto sobre esta horda
codiciosa y rebelde. Por fin, tienen un magnífico pretexto pseudoético para
oponerse a su soberana como protectores de la verdadera iglesia,
como Lords of the Congregation, y para esa resistencia hallan en
Inglaterra a un auxiliar dispuesto en todo momento. La normalmente ahorrativa
Isabel ha gastado ya más de doscientas mil libras para arrancar Escocia,
mediante rebeliones e incursiones, a los católicos Estuardo, e incluso ahora,
después de firmar solemnemente la paz, una gran parte de los súbditos de María
Estuardo está en secreto a sueldo suyo. Ahora María Estuardo podría restablecer
de un golpe el equilibrio, convirtiéndose a la religión protestante, a lo cual
le intima del modo más vehemente una parte de sus asesores. Pero María es una
Guisa. Procede de una familia de ardientes paladines del catolicismo, y ella
misma, aunque no sea devota como un zelote, sí es leal y está apasionadamente
entregada a la fe de sus padres y antepasados. Jamás se alejará de sus
convicciones, ni siquiera en el peligro más extremo, conforme a su audaz
naturaleza; preferirá elegir la eterna lucha antes que una sola acción cobarde
contra su conciencia. Pero esto creará una fractura incurable entre la nobleza
y ella; siempre es peligroso que un soberano pertenezca a una religión distinta
de la de sus súbditos. Porque la balanza no puede oscilar eternamente entre
unos extremos tan grandes, la decisión tiene que producirse en un momento u
otro; en realidad, a María Estuardo no le queda más remedio que hacerse con la
Reforma o sucumbir a ella. Un curioso azar hace que la incesante confrontación
entre Lutero, Calvino y Roma se traslade de forma dramática a su destino; la
lucha personal entre Isabel y María Estuardo, entre Inglaterra y Escocia,
decide también —y por eso es tan importante— entre Inglaterra y España, entre
la Reforma y la Contrarreforma.
Esta situación, en sí misma ya tan funesta, se ve
agravada por la circunstancia de que la disputa religiosa llega hasta su
familia, hasta su castillo, hasta los cuartos en los que delibera. El hombre
más influyente de Escocia, su propio hermanastro James Estuardo, conde de
Moray, al que tiene que confiar la dirección de los asuntos de Estado, es un
decidido protestante y protector de esa kirk que ella, católica,
tiene que condenar por hereje. Hace ya cuatro años, ha sido el primero en
estampar su firma al pie del juramento de los protectores, los Lords of
the Congregation, que se comprometían a «abjurar de la doctrina de Satán, su
superstición y su idolatría, y declararse desde ese momento sus abiertos
adversarios». Esa religión de Satán (Congregation of Satan) de la que abjuran
no es otra que la católica, es decir, la religión de María Estuardo. Con esto
se abre desde el principio entre la reina y el regente una escisión en cuanto a
la concepción última de la vida, la más esencial, y semejante situación no promete
paz alguna. Porque en lo más hondo de su corazón la reina sólo tiene un
pensamiento: reprimir la Reforma en Escocia; y su regente y hermano sólo tiene
una voluntad: elevarla a la categoría de religión única y dominante. Tan
abrupto enfrentamiento de convicciones tiene que conducir al conflicto abierto
en la primera oportunidad.
Este James Estuardo está destinado a ser uno de los
personajes decisivos en el drama de María Estuardo, el destino le ha asignado
un gran papel, y lo representará de forma magistral. Hijo del mismo padre, pero
de su larga relación de amor con Margaret Erskine, hija de una de las más
nobles familias de Escocia, parece llamado por la Naturaleza, por su sangre
real, pero no menos por su férrea energía, para ser el más digno heredero de la
corona. Tan sólo la debilidad política de su posición había obligado en su
momento a Jacobo V a renunciar a un matrimonio legal con su muy amada lady
Erskine y a casarse con una princesa francesa, la madre de María, para afirmar
su poder y sus finanzas.
Así que sobre este ambicioso hijo de rey pesa la
mancha de su nacimiento ilegítimo, que le cierra para siempre el acceso al
trono. Aunque a megos de Jacobo V el Papa ha reconocido públicamente, junto a
otros cinco hijos del amor de su padre, su sangre real, Moray sigue siendo un
bastardo, y está excluido de toda pretensión a la corona paterna.
La historia y su gran émulo, Shakespeare, han
reproducido innumerables veces la tragedia espiritual del bastardo, ese hijo y
sin embargo no hijo al que una ley estatal, religiosa o terrena le quita
inmisericorde el derecho que la Naturaleza estampó en su sangre y su rostro.
Condenados por el prejuicio —el más duro, el más inflexible de los juicios—,
estos ilegítimos no engendrados en el lecho conyugal son postergados,
eternamente rechazados y expulsados y condenados a la pobreza, cuando debían
ordenar y poseer, en beneficio de unos herederos en la mayoría de los casos
débiles, porque no fueron engendrados por amor sino por cálculo político. Pero
una vez que se le pone a un ser humano el sello de inferioridad en un lugar
visible, ese constante sentimiento de inferioridad tiene que debilitarlo o
fortalecerlo de forma decisiva; semejante presión puede quebrar un carácter o
endurecerlo de manera fantástica. Los caracteres cobardes y tibios se hacen aún
más pequeños de lo que eran con tal humillación; mendigos y aduladores, dejan
que los legítimos reconocidos les hagan regalos y les concedan cargos. En
cambio, en las naturalezas fuertes la postergación incrementa todas las fuerzas
oscuras y sometidas; donde el camino recto hacia el poder no se les franquea de
buen grado, aprenderán a crear el poder por sí mismos.
Moray es una naturaleza fuerte. La furiosa decisión
de sus antepasados reales, su orgullo y su voluntad de poder se agitan fuertes
y tenebrosos en su sangre; como hombre, supera en una cabeza en porte,
inteligencia y clara decisión la pequeña estirpe de rapiña de los otros lores y
barones. Sus objetivos son amplios, sus planes están pensados desde una
perspectiva política; inteligente como su hermana, este hombre de treinta años
es inconmensurablemente superior a ella en prudencia y experiencia varonil. La mira
como quien mira jugar a un niño, y la deja jugar mientras su juego no perturbe
sus movimientos. Porque, como hombre maduro, no obedece como su hermana a
vehementes y nerviosos impulsos románticos, no tiene nada de heroico como
gobernante, pero a cambio conoce el secreto del saber esperar y tener
paciencia, que es mayor garantía del éxito que el entusiasmo rápido y
apasionado.
El primer signo de verdaderas dotes para la
política siempre será que un hombre renuncie de antemano a exigir para sí lo
inalcanzable. Esto inalcanzable es para este bastardo la corona real. Moray, él
lo sabe, nunca podrá llamarse Jacobo VI. Así que este político prudente
renuncia de antemano a la pretensión de convertirse nunca en rey de Escocia,
para seguir siendo con tanta mayor certeza soberano de Escocia… regente, dado
que nunca podrá ser rey. Renuncia a las insignias del poder, al brillo
aparente, pero sólo para sujetar con más fuerza en sus manos el poder real. Ya
siendo un muchacho, se hace con la forma más palpable del poder: la riqueza;
hace que su padre le deje mucho en herencia y que otros le regalen mucho,
aprovecha la desamortización de los bienes eclesiásticos, aprovecha la guerra,
cada vez que se sale a pescar su red es la primera que se llena. Acepta
subvenciones de Isabel sin ningún reparo, y cuando su hermana María Estuardo se
convierte en reina encuentra ya en él al hombre más rico y poderoso del país,
lo bastante fuerte como para no permitir que nadie le eche a un lado. Más por
necesidad que por verdadera inclinación, busca su amistad; para asegurar su
propio poder, pone en manos de su hermano todo lo que desea, alimenta su ansia
insaciable de riqueza y poder. Esas manos de Moray son ahora —por suerte para
María Estuardo— realmente de confianza, saben sujetar y saben ceder. Estadista
nato, Moray resulta ser un hombre de centro: es protestante pero no es ningún
iconoclasta, patriota escocés y sin embargo en buena relación con Isabel, tiene
buena amistad con los lores y sin embargo sabe enseñarles los puños en un
momento dado… en conjunto, se trata de un hombre calculador, frío y carente de
nervios, al que el brillo del poder no deslumbra y sólo el poder mismo
satisface.
Tal hombre extraordinario será de un enorme
beneficio para María Estuardo mientras esté de su lado. Y un peligro inmenso en
cuanto se le enfrente. Unido como hermano por la misma sangre, Moray también
tiene todo el interés, desde un punto de vista egoísta, en mantener a su
hermana en el poder, porque un Hamilton o un Gordon en su lugar jamás le
dejarían tal poder ilimitado y libertad a la hora de gobernar; por eso le cede
gustoso las tareas de representación, ve sin envidia cómo en las ocasiones
solemnes esgrime el cetro y la corona, mientras tenga en sus manos el poder
real. Pero en el momento en que ella intente gobernar por sí misma y reducir la
autoridad de él, el orgullo Estuardo chocará con dureza de roca contra el
orgullo Estuardo. Y no hay enemistad más temible que la que se produce cuando
lo similar lucha contra lo similar por el mismo motivo y con la misma fuerza.
También Maitland de Lethington, el segundo hombre
en importancia de su corte, el secretario de Estado de María Estuardo, es
protestante. Pero también él está al principio de su lado. Maitland, una fina
cabeza, un espíritu flexible y cultivado —”the flower of wits», le llamaba
Isabel— no ama como Moray el poder, no es autoritario y orgulloso. Como
diplomático, lo que le gusta es el juego intrincado y desconcertante de la
política y la intriga, el arte de la combinación; no le interesan los rígidos
principios, la religión y la patria, la reina y el reino, sino el arte de tener
una mano en todas partes y atar o soltar los hilos a su capricho. No es ni
verdaderamente leal ni verdaderamente desleal a María Estuardo, por la que
siente una curiosa inclinación personal —una de las cuatro Marys, Mary Fleming,
se convertirá en su esposa—; la servirá mientras tenga éxito, y la abandonará
al llegar el peligro; en él, en esta abigarrada veleta, puede ella distinguir
si el viento es favorable o desfavorable. Porque, como un verdadero político,
no la servirá a ella, la reina, su amiga, sino únicamente a su suerte.
Así pues, a su llegada María Estuardo no encuentra
un amigo de confianza ni a su derecha ni a su izquierda — ¡mal presagio!—, ni
en la ciudad ni en su propia casa. De todos modos, con un Moray, con un
Maitland se puede gobernar y pactar… en cambio, desde el primer momento se le
pone en contra, irreconciliable, implacable, con dura y criminal animadversión,
el hombre más poderoso del pueblo: John Knox, el predicador popular de
Edimburgo, el organizador y señor de la kirk escocesa, el maestro de
la demagogia religiosa.
Con él empieza una lucha por el ser o no ser, a
vida o muerte.
Porque el calvinismo de John Knox no representa en
modo alguno una mera renovación y reforma de la Iglesia, sino un rígido sistema
teocrático, y por tanto, en cierto modo, un protestantismo superlativo. Se
muestra autoritario e imperativo; como un zelote, exige hasta del rey
subordinación absoluta a sus mandamientos teocráticos. Con un anglicanismo, con
una Iglesia luterana, con cualquier otra forma más suave de la Reforma, María
Estuardo quizá habría podido entenderse, conforme a su naturaleza suave y flexible.
En cambio, el carácter autocrático del calvinismo excluye de antemano toda
posibilidad de entendimiento para un verdadero soberano, e incluso Isabel, que
se sirve políticamente de Knox para crear problemas a su rival, siente
repugnancia personal hacia él por su insoportable arrogancia. ¡Hasta qué punto
tiene que escandalizar este siniestro fanatismo a las concepciones humanas y
humanistas de María Estuardo! Nada podría resultar más incomprensible a su
alegría de vivir, a su carácter hedonista, a su inclinación por las musas, que
el sobrio rigor, la hostilidad a la vida y el odio iconoclasta hacia el arte,
el odio a la alegría de esa doctrina ginebrina, nada más insoportable que esa
arrogante obstinación, que prohíbe la risa y condena la belleza como un crimen,
que quiere destruir todo lo que le es querido: las alegres formas de las
costumbres, la música, la poesía y el baile, y que encima adopta una especial
lobreguez en un mundo ya de por sí sombrío.
En Edimburgo, ése es el carácter pétreo y de
Antiguo Testamento que impone a la kirk John Knox, el más terco,
zelote e implacable de todos los fundadores de iglesias, que supera en
inclemencia e intolerancia incluso a su propio maestro, Calvino.
Originariamente un pequeño sacerdote católico de bajo rango, se había lanzado a
la Reforma, con todo el salvajismo y furia de su espíritu egocéntrico, como
discípulo de George Wishart, al que la madre de María Estuardo había hecho
quemar vivo por hereje. Esa llama en la que sucumbió su maestro sigue ardiendo
en su alma. Al ser uno de los caudillos de la sublevación contra la regente, es
apresado por las tropas expedicionarias francesas y enviado a galeras en
Francia. Pasa largo tiempo encadenado, pero su voluntad pronto será tan férrea
como esas cadenas. Puesto en libertad, se refugia en tierras de Calvino; allí
aprende la fuerza de la palabra y el implacable odio puritano contra todo lo
luminoso y helénico, y apenas regresa a Escocia, el genio de su actividad violenta
empuja en pocos años a los lores y al pueblo a la Reforma.
John Knox es quizá el tipo más logrado de fanático
religioso que conozca la Historia; más duro que Lutero, al que a veces una
alegría interior agitaba el alma; más severo que Savonarola, porque carecía del
brillo y la iluminación mística de su discurso. Honesto en su carácter
rectilíneo, ese terrible pensamiento con anteojeras hará de él uno de esos
espíritus estrechos y rigoristas para los que sólo la propia verdad es cierta;
sólo la propia virtud, virtuosa; sólo el propio cristianismo, cristiano. Quien
no piensa como él es un criminal, quien se aparta un milímetro de sus
exigencias un siervo de Satán. Knox tiene el oscuro valor del poseído de sí
mismo, la pasión del místico estrecho de miras y el apestoso orgullo del
fariseo: en su dureza arde al mismo tiempo una peligrosa alegría por su propia
dureza; en su intolerancia, un oscuro placer por su propia infalibilidad. Con
su barba desbordante, sube cada domingo al púlpito de St. Giles convertido en
un Jehová escocés y truena odio y maldiciones contra todos los que no escuchen
su prédica; iracundo, él, el kill joy, el asesino de la alegría, arroja
calumnias contra la «estirpe de Satán» de los indiferentes, de los
despreocupados, que no sirven a Dios exactamente al pie de su letra y de sus
personales concepciones. Porque este viejo fanático no conoce otra alegría sino
el triunfo del egocentrismo, ninguna otra justicia que la victoria de su causa.
Celebra de forma completamente infantil la derrota
o la humillación de cualquier católico o de otro adversario, y cuando un
enemigo de la kirk ha sido eliminado por mano asesina, naturalmente
ha sido Dios el que ha querido y propiciado este acto elogiable. Knox entona en
su púlpito cantos triunfales cuando al pobre muchacho Francisco II, el esposo
de María Estuardo, le brota el pus mortal del oído «que no quiso escuchar la
voz de Dios», y cuando muere María de Guisa, la madre de María Estuardo,
predica entusiasmado: «Quiera Dios, en su misericordia, libramos pronto de los
otros miembros de la estirpe de los Valois.
¡Amén! ¡Amén!». En su discurso jamás se percibe
nada de la dulzura y la bondad divina del Evangelio, que agita amenazante como
un látigo; su Dios sólo es el Dios de la venganza, celoso e implacable, su
verdadera Biblia no es más que el Antiguo Testamento, sangriento y bárbaramente
riguroso. Su discurso parte amenazante de Moab, de Amalek, de todos los
enemigos del pueblo de Israel, que habían de ser eliminados por el fuego y la
espada, y se dirige por tanto contra los enemigos de la verdadera fe, es decir,
la suya. Y cuando fustiga con furiosas palabras a la reina Jezabel de la
Biblia, sus oyentes saben muy bien a qué reina se refiere en realidad. Como una
tempestad, oscura y grandiosa, que entenebrece el cielo despejado y atemoriza
el alma con sus palpitantes relámpagos y aplastantes truenos, el calvinismo ha
cubierto Escocia, y en cualquier momento la tensión puede descargarse,
destructiva.
Con un hombre a tal punto imperturbable e
insobornable, que no quiere más que dar órdenes y sólo acepta la credulidad
obediente, no hay compromisos; todo cortejo y todo esfuerzo por atraérselo no
hará más que volverlo más duro, sarcástico y exigente. Todos los intentos de
entendimiento se estrellan contra ese pétreo bloque de terquedad satisfecha de
sí misma. Aquellos que dicen pelear por Dios siempre son los hombres menos
pacíficos de este mundo; como creen oír el mensaje celestial, sus oídos están
sordos a toda humanidad.
María Estuardo aún no lleva una semana en su país
cuando ya se ve obligada a sentir la siniestra presencia de ese fanático. Antes
de llegar al trono, no sólo había asegurado plena libertad de religión a todos
sus súbditos —lo que apenas representaba un sacrificio para su tolerante
temperamento—, sino que incluso había aceptado la ley que en Escocia prohíbe la
celebración pública de la misa, una dolorosa concesión a los adeptos de John
Knox, conforme a sus palabras «mejor ver desembarcar en Escocia a diez mil
enemigos que saber que se dice una sola misa». Pero por supuesto la estricta
católica, la sobrina de los Guisa, se ha reservado la posibilidad de poder
ejercer su religión en su propia capilla sin ser molestada, y el Parlamento ha
dado sin reparos su aprobación a esa justa exigencia. Sin embargo, al primer
domingo, cuando se prepara en su propia casa, en la capilla de Holyrood, para
escuchar la misa católica, una excitada multitud se apiña amenazante contra las
puertas; le arrebatan y rompen con violencia los cirios consagrados al
sacristán que los llevaba al altar. Un rumor creciente reclama la expulsión e
incluso el asesinato del «sacerdote idólatra», los gritos contra el «servicio
de Satán» se hacen cada vez más excitados, en cualquier momento puede producirse
un asalto en la propia casa de la reina. Felizmente lord Moray, aunque paladín
de la kirk, se lanza contra la masa fanatizada y defiende la entrada.
Terminada la misa a pesar del miedo, acompaña al asustado sacerdote de vuelta a
sus aposentos; se ha evitado una desgracia, se ha salvado a duras penas la
autoridad de la reina. Pero las alegres fiestas en honor de su llegada, las
“joyousities», como se burla furiosamente Knox, han sido brutalmente
interrumpidas: por primera vez, la romántica reina siente en su país la
resistencia de la realidad.
Un estallido de ira de María Estuardo responde a
esta ofensa. Su contenida amargura desborda entre lágrimas y duras palabras. Y
esto vuelve a arrojar una luz más clara sobre su carácter, todavía indefinido.
Esta joven malcriada por el destino desde su primerísima juventud es tierna y
delicada, indulgente y accesible en su ser más íntimo; desde el primer noble de
la corte hasta sus criadas y doncellas, todo el mundo elogia su carácter
afable, cordial y carente de orgullo. Sabe ganarse a todo el mundo, porque no
se muestra dura y arrogante ante nadie y, con su natural soltura, hace olvidar
lo elevado de su posición. Pero esta liberal cordialidad asienta sus cimientos
sobre una fuerte conciencia de sí misma, invisible mientras nadie la sacuda,
pero que irrumpe apasionada en cuanto alguien osa contradecirla u oponérsele. A
menudo, esta extraña mujer ha sabido olvidar ofensas personales, pero jamás la
menor infracción a sus derechos de reina.
Por eso, ni por un momento tolerará esta ofensa.
Semejante atrevimiento ha de ser aplastado desde el principio. Y ella sabe a
quién tiene que dirigirse, conoce a ese barbudo de la Iglesia herética que
instiga al pueblo contra su fe y ha propiciado ese motín en su propia casa.
Enseguida decide proceder a fondo contra él. Porque María Estuardo,
acostumbrada desde su infancia a la omnipotencia real de Francia, a la
obediencia, crecida en el sentimiento de la gracia de Dios, no puede imaginarse
que se le oponga un súbdito, un burgués.
Está preparada para cualquier cosa excepto para que
alguien se atreva a contradecirla abiertamente e incluso de forma descortés.
Pero John Knox está dispuesto a ello, incluso desea hacerlo. «¿Por qué iba a
asustarme la bonita cara de una mujer noble, a mí que he mirado a los ojos a
tantos hombres iracundos y jamás me he asustado?» Acude a palacio con
entusiasmo porque discutir — según él cree, discutir por Dios— es el mayor
placer de todo fanático. Si Dios ha dado su corona a los reyes, a sus
sacerdotes y enviados les ha dado la palabra fogosa. Para John Knox, por encima
del rey está el sacerdote de la kirk, como guardián del derecho divino. Su
misión es defender el reino de Dios en la Tierra, no puede dudar a la hora de
castigar a los rebeldes con el duro bastón de su ira, como antaño hicieran
Samuel y los jueces bíblicos. Así, se produce una escena como las del Antiguo
Testamento, en la que el orgullo real y la arrogancia sacerdotal chocan testuz
contra testuz; no son una mujer y un hombre los que luchan aquí por la
supremacía, sino que dos ideas antiquísimas se enfrentan por milésima vez en
encarnizada lucha. María Estuardo intenta ser suave. Desea alcanzar un
entendimiento, oculta su amargura, porque quiere la paz en su país; inicia
cortésmente la conversación. Pero John Knox está decidido a ser descortés y
enseñar a esa idolatress que no se inclina ni una pulgada ante los
poderosos de este mundo. Mudo y sombrío, no como un acusado, sino como un
acusador, escucha a la reina hacerle reproches a causa de su libro The
first blass of trumpet against the monstrous regiment of women, en el que
niega a las mujeres todo derecho a reinar. Pero el mismo Knox que luego se
disculparía humildemente por el mismo libro ante la protestante Isabel persiste
en su opinión ante su soberana «papista» con toda clase de palabras ambiguas.
Poco a poco, la conversación se va volviendo más enérgica. María Estuardo
pregunta frontalmente a Knox si los súbditos tienen que obedecer de forma
incondicional a sus soberanos o no. En vez de responder con el «por supuesto»
que María espera, el astuto táctico restringe la obligación de obediencia con
una parábola: si un padre perdiera la razón y quisiera matar a sus hijos, ellos
tendrían derecho a atarle las manos y quitarle la espada. Si los príncipes
persiguen al Dios de sus hijos, éstos tienen derecho a resistirse. De
inmediato, la reina percibe en esa formulación la resistencia del teócrata
contra su derecho de soberanía:
—Entonces —pregunta—, ¿mis súbditos tienen que
obedeceros a vos y no a mí? ¿Es que soy yo vuestra súbdita, y no vos el mío?
Ésa es sin duda la opinión de John Knox. Pero es
demasiado cauto como para expresarla con toda claridad en presencia de Moray:
—No —responde, elusivo—, ambos, el príncipe y los
súbditos, deben obediencia a Dios. Los reyes deben ser los que alimenten a la
Iglesia; y las reinas, sus nodrizas.
—Pero no es vuestra Iglesia aquella a la que yo
quiero alimentar —responde la reina, indignada por su ambigüedad—. Yo quiero
cuidar a la Iglesia católico-romana, a la que considero la Iglesia de Dios.
Ahora golpea el hierro contra el hierro. Se ha
alcanzado el punto en el que no hay entendimiento entre una católica creyente y
un fanático protestante. Knox se vuelve fuertemente descortés y califica a la
Iglesia católica romana de puta que no puede ser la esposa de Dios. Y como la
reina le prohíbe tales palabras porque ofenden su conciencia, responde
desafiante que «la conciencia requiere conocimiento», y teme que a la reina le
falte el adecuado conocimiento. En vez de una reconciliación, lo único que consigue
esta primera conversación es un endurecimiento de las posiciones encontradas.
Knox sabe ahora que «este Satán es fuerte» y no puede esperar indulgencia de la
joven soberana. «En la confrontación con ella, topé con una decisión como hasta
ahora no había visto a esa edad. Desde entonces la corte se ha acabado para mí,
y yo para ella», escribe amargado. Por otra parte, la joven ha sentido por vez
primera los límites de su poder real. Knox abandona la estancia con la cabeza
levantada, satisfecho de sí mismo y orgulloso de haber ofrecido resistencia a
una reina, y María Estuardo se queda trastornada y, amargamente consciente de
su impotencia, estalla en ardientes lágrimas. Pero no serán las últimas. Pronto
advertirá que el poder no se hereda sin más, sino que ha de ser reconquistado
incesantemente, mediante lucha y humillaciones.
La piedra empieza a rodar
1561-1563
Los primeros tres años que la joven reina pasa en
Escocia como reina viuda transcurren con bastante calma y carencia de
acontecimientos: forma parte de la especial modulación de su destino el que
todos los grandes acontecimientos se concentren siempre (y es lo que tanto ha
atraído a los dramaturgos) en episodios muy cortos, dotados de la fuerza de los
elementos. Moray y Maitland gobiernan, María se encarga de las tareas de
representación durante esos años, y ese reparto del poder se revela espléndido
para todo el reino. Porque tanto Moray como Maitland gobiernan de manera
inteligente y cauta. María Estuardo cumple a su vez magníficamente con sus
tareas de representación. Dotada por la Naturaleza de belleza y encanto,
versada en todas las artes caballerescas, amazona de audacia viril, hábil
bailarina, apasionada cazadora, su apariencia misma despierta general
admiración: el pueblo de Edimburgo mira orgulloso a la hija de los Estuardo
cuando por la mañana temprano, con el halcón en el puño alzado, sale al campo
en medio de su abigarrada cabalgata y responde amable y cordial a cada saludo:
algo alegre, algo conmovedor y romántico, un rayo de juventud y de belleza ha
llegado con esta reina adolescente al severo y oscuro país, y la belleza y la
juventud de un soberano siempre se gana, misteriosamente, el amor de una
nación. Los lores a su vez aprecian la audacia varonil de su carácter.
Durante días, esta joven es capaz de preceder a su
séquito en un furioso galope, la primera y la más incansable; igual que bajo
esa amabilidad que se gana a los corazones hay un orgullo férreo aún sin
desplegar, ese cuerpo de mujer esbelto como una vara, delicado, ligero y
tierno, esconde una inusual energía. Ningún esfuerzo es excesivo para su
ardiente valor, y en una ocasión, en medio del placer de la agitada cacería a
caballo, dice a un acompañante que quisiera ser un hombre para saber cómo es
pasar toda la noche al raso. Cuando el regente Moray va a la guerra contra el
clan rebelde de los Huntly, ella cabalga decidida a su lado, con la daga al
costado y las pistolas al cinto; la ardiente aventura, con su nuevo y fuerte
estímulo de furia y peligro, le complace, porque el más íntimo secreto de esta
naturaleza decidida es el deseo de emplear a fondo toda su energía, todo su
amor, toda su pasión. Pero por otra parte, igual que tiene la sencillez y
resistencia de un cazador, de un guerrero en esas cabalgatas y viajes, es capaz
de ser en su palacio la soberana en el más alto arte y la cultura, la más
alegre, la más amable en su pequeño mundo; su corta edad reúne, de manera
modélica en verdad, el ideal de su época: valor y ligereza, fuerza y suavidad,
en una figura romántica y caballeresca. Una última luz de la caballería
trovadoresca resplandece con ella en el frío y neblinoso mundo nórdico,
cubierto ya por la sombra de la Reforma.
La imagen de esta romántica mujer niña o viuda niña
nunca ha brillado más radiante que en esos sus veinte o veintiún años: también
aquí su triunfo llega demasiado pronto, por incomprendido y desaprovechado.
Porque su vida interior sigue sin haber despertado por completo, la mujer que
hay en ella aún no conoce la voluntad de su sangre, su personalidad no se ha
conformado, no se ha desarrollado. La verdadera María Estuardo sólo se revelará
en la emoción, en el peligro, pero esos primeros años en Escocia no son más que
un tiempo de espera indiferente, un pasar el tiempo juguetón y carente de
objetivo, un período de preparación, sin que la voluntad interior sepa para qué
y para quién. Es como el momento de coger aire para un gran esfuerzo, un
esfuerzo decisivo; un pálido instante, un punto muerto. Porque a María
Estuardo, que siendo apenas niña ya pudo llamar suya a Francia, no le basta en
modo alguno con la pobre condición de reina de Escocia. Ella no ha regresado a
su patria para gobernar este país pobre, angosto, apartado; desde el principio,
sólo considera esta corona como la apuesta para ganar en el juego del mundo
otra más brillante, y se equivocan de medio a medio todos aquellos que opinan o
afirman que María Estuardo no deseaba otra cosa sino gobernar tranquila y
pacíficamente la herencia de su padre como buena administradora de la corona
escocesa. Quien le atribuye tan estrecha ambición empequeñece sus dimensiones
espirituales, porque dentro de esta joven habita una voluntad indomable,
incontenible, de tener más poder; la que con quince años se casó en la catedral
de Notre Dame con el hijo de un rey de Francia, la que fue festejada con fastos
en el Louvre como soberana de millones de personas, nunca se contentará con ser
monarca sobre dos docenas de condes y barones levantiscos y medio campesinos,
reina de unos centenares de miles de pastores de ovejas y pescadores. Nada más
artificial e inverosímil que inventarle a posteriori un sentimiento nacional
patriótico, que en realidad es un descubrimiento de siglos posteriores. Los
príncipes del siglo XV, del XVI —con la excepción de su gran adversaria Isabel—
no piensan entonces en sus pueblos, sino tan sólo en su poder personal. Los
reinos se cosen y descosen como prendas de ropa, la guerra y el matrimonio es
quien conforma los Estados, no el interior destino de la nación. Así que no hay
que admitir engaños sentimentales: María Estuardo estaba dispuesta a cambiar la
corona de Escocia por la española, la inglesa, la francesa y cualquier otro
trono, probablemente despedirse de los bosques y lagos y románticos castillos
de su patria no le hubiera costado una sola lágrima; porque su apasionada
ambición nunca valoró su pequeño reino más que como un trampolín hacia un
objetivo mayor. Por herencia se sabe llamada a ser monarca; por belleza y
cultura, digna de cualquier corona de Europa, y con la misma pasión inconcreta
con la que otras mujeres de su edad sueñan con un amor inconmensurable, su
ambición no sueña más que con un inconmensurable poder.
Por eso al principio cede a Moray y Maitland los
asuntos de Estado sin ningunos celos e incluso sin verdadero interés; sin
envidia —¿qué le importa a ella, tempranamente coronada, malcriada demasiado
pronto por el destino, este pobre y angosto país?—, les deja imperar y
gobernar. La administración, el incremento de sus posesiones, ese supremo arte
político, nunca fue el punto fuerte de María Estuardo. Ella sólo sabe defender,
no conservar. Sólo cuando su derecho se ve amenazado, cuando su orgullo se ve desafiado,
cuando una voluntad ajena echa mano a sus pretensiones, despierta, salvaje e
impulsiva, su energía; sólo en los grandes momentos es grande y enérgica esta
mujer, todos los períodos intermedios los encuentra mediocres e indiferentes.
Durante este tranquilo período también se mantiene
tranquila la animadversión de su gran rival; porque siempre que el ardiente
corazón de María Estuardo mantiene la calma, se calma Isabel. Una de las más
importantes ventajas políticas de esta gran realista fue siempre aceptar los
hechos y no oponerse a lo inevitable. Se había opuesto con todas sus fuerzas al
retomo a Escocia de María Estuardo y había hecho todo lo que estaba en su mano
para aplazarlo; ahora que ha ocurrido, Isabel no sigue luchando contra el hecho
irrevocable y prefiere hacer todo lo posible para mantener una relación
amistosa con su rival, mientras no pueda eliminarla. Isabel, como mujer
inteligente —una de las cualidades positivas más fuertes de su carácter fatuo y
arbitrario— que es, no ama la guerra, teme las decisiones violentas y cargadas
de responsabilidad; como naturaleza calculadora, prefiere sacar ventaja de
negociaciones y tratados, y trata de ganar mediante un juego hábil e
inteligente. Apenas era seguro el retomo a Escocia de María Estuardo, lord
Moray había invitado a Isabel, en expresivos términos, a mantener con ella una
amistad sincera: «Las dos sois reinas jóvenes y espléndidas, y vuestro sexo no
debería permitiros pretender aumentar vuestra fama mediante la guerra y el derramamiento
de sangre. Cada una de vosotras sabe qué motivo ha tenido el sentimiento hostil
entre vosotras, y afirmo ante Dios que desearía que mi señora la reina jamás
hubiera planteado pretensiones o títulos al reino de Vuestra Majestad. Aun así,
ambas tendríais que ser y seguir siendo amigas. Pero como ella ha expresado una
vez ese pensamiento, temo que entre vosotras reine siempre ese malentendido
mientras no se elimine ese obstáculo. Vuestra Majestad no puede ceder en ese
punto, y por su parte a ella le resulta duro, puesto que por su sangre
Inglaterra le está tan próxima, ser tratada en ella como una extranjera. ¿No
sería posible encontrar un camino intermedio?». Isabel no se muestra
inaccesible a tal propuesta; como mera reina de Escocia y bajo la tutela de
Moray, a sueldo suyo, María Estuardo ya no es tan peligrosa como cuando era
doble reina de Francia y de Escocia.
¿Por qué no atestiguarle su amistad, sin sentirla
en lo más hondo del corazón?
Pronto se pone en marcha un intercambio epistolar
entre Isabel y María Estuardo, en el que una de las “dear sisters» transmite a
la otra sus más cordiales sentimientos sobre el papel, que todo lo soporta.
María Estuardo envía a Isabel como prenda de amor un anillo de brillantes, al
que ésta responde con otro más valioso aún; ambas representan ante el mundo y
ante sí mismas el satisfactorio espectáculo del afecto familiar. María Estuardo
asegura que «no tiene mayor deseo en la Tierra que ver a su buena hermana»,
quiere disolver su alianza con Francia porque aprecia el afecto de Isabel “more
than all uncles of the world»; Isabel a su vez escribe en su gran y solemne
caligrafía, que sólo emplea en ocasiones importantes, las más abrumadoras
protestas de afecto y lealtad. Pero en cuanto se trata de llegar realmente a un
acuerdo y fijar un encuentro personal, ambas lo rehúyen cautelosas. Porque en
el fondo las viejas negociaciones siguen en el mismo punto muerto: María
Estuardo sólo firmará el Tratado de Edimburgo, con el reconocimiento de Isabel,
cuando Isabel haya reconocido su derecho sucesorio; a su vez, esto es para
Isabel como firmar su propia sentencia de muerte. Ninguna de las dos cede una
pulgada de sus derechos, así que en última instancia todas estas floridas
frases sólo encubren un abismo infranqueable. «No puede haber —decía con
decisión Gengis Khan, el conquistador del mundo—, dos soles en el cielo ni dos
Khan en la tierra.» Una de las dos tendrá que ceder, Isabel o María Estuardo;
ambas lo saben en lo más hondo de su corazón, y ambas esperan el momento
adecuado. Pero mientras no haya llegado la hora, ¿por qué no disfrutar de esa
pequeña pausa en medio de la guerra? Cuando la desconfianza se mantiene
imborrable en el fondo del alma, no faltarán motivos para hacer que la oscura
llama se convierta en fuego devastador.
Durante aquellos años, a veces hay pequeñas
preocupaciones que agobian a la joven reina, a veces le disgusta la pesadez de
los asuntos de Estado, con creciente frecuencia se siente extraña en medio de
estos nobles duros y belicosos, le repugna la disputa con los celosos curas y
los secretos intrigantes: en tales horas vuelve a huir a Francia, la patria de
su corazón. Desde luego no puede abandonar Escocia, así que ha fundado una
pequeña Francia en su castillo de Holyrood, un diminuto trozo de mundo donde puede
entregarse libremente y sin ser observada a sus inclinaciones predilectas, su
Trianón. En la torre redonda de Holyrood, instaura al gusto francés una corte
caballeresca, una corte romántica; ha traído gobelinos de París, y alfombras
turcas, fastuosas camas, muebles y cuadros, sus libros bellamente
encuadernados, su Erasmo, su Rabelais, su Ariosto y su Ronsard. Aquí se habla y
se vive en francés, se hace música a la luz de las velas, se organizan juegos
de sociedad, se leen versos, se cantan madrigales. Por primera vez en esta
corte en miniatura se ensayan aquí los “Masques», las pequeñas obras clásicas
de ocasión, a este lado del canal, hasta que después el teatro inglés las
desarrolle en su máximo florecimiento.
Hay bailes de disfraces hasta pasada la medianoche,
y en uno de esos bailes, “The purpose», la joven reina aparece incluso
disfrazada de hombre, con unos negros y ajustados pantalones de seda, mientras
su pareja —el joven poeta Chastelard— salía disfrazado de dama, una visión que
probablemente habría suscitado el amargo espanto de John Knox.
Pero esas horas de buen humor están
precautoriamente vedadas a los puritanos, zelotes y otros gruñones, y en vano
se indigna John Knox ante estos souparis y dansaris y
truena desde el púlpito de St. Giles, mientras su barba oscila como un péndulo:
«Los príncipes saben más de hacer música y sentarse
en banquetes que de leer y oír la sagrada palabra de Dios. Los músicos y
aduladores, que siempre echan a perder la juventud, les gustan más que los
hombres ancianos y sabios —¿en quién estaría pensando este egocéntrico?—, que
con sus santas admoniciones tratan de abatir una parte del orgullo en el que
todos hemos nacido».
Pero ese joven y alegre círculo siente poca
necesidad de «santas admoniciones» del kill joy, del asesino de la
alegría; las cuatro Marys y unos cuantos caballeros de educación francesa son
felices de olvidar aquí, en el espacio cálido e iluminado de la amistad, la
tristeza de este país severo y trágico, y María Estuardo sobre todo de poderse
quitar la fría máscara de la majestad y ser simplemente una joven alegre en el
círculo de unos compañeros de la misma edad e igual forma de ser.
Es natural que sienta tal necesidad. Pero para
María siempre es un peligro ceder a su dejadez. El fingimiento la agobia, la
cautela le resulta a la larga insoportable, pero precisamente esa virtud del
«no saber callar», ese “je ne sais point déguiser mes sentiments» (como
escribió en una ocasión), le crea políticamente más incomodidades que a otros
el peor de los engaños y la más furibunda dureza. Porque la naturalidad con la
que la reina se mueve entre estos jóvenes, aceptando sonriente sus homenajes y
quizá incluso provocándolos inconscientemente, engendra en esos chicos una
inadecuada camaradería, y para las naturalezas apasionadas se convierte incluso
en un atractivo. Algo tiene que haber sido sensualmente excitante en esta
mujer, cuya belleza no se aprecia del todo en los cuadros; quizá algunos
hombres presentían ya entonces, en signos imperceptibles, que bajo la forma de
ser, suave, accesible y en apariencia segura de sí misma de esa muchacha, se
ocultaba una inmensa capacidad para la pasión, como un volcán bajo un paisaje
apacible; quizá, mucho antes de que la propia María Estuardo reconociera su
propio secreto, habían intuido y venteado esa falta de autodominio por instinto
masculino, porque había en ella alguna clase de poder que apremiaba a los hombres
hacia lo sensual con más fuerza que hacia un amor romántico. Es posible que,
precisamente porque aún no era adulta en sus instintos, les permitiera pequeñas
confianzas físicas —una mano que acaricia, un beso, una mirada que invita— con
más facilidad que una mujer consciente, que conoce lo que de alcahueteo y
peligro hay en tales desenvolturas: en cualquier caso, a veces permite olvidar
a los jóvenes que la rodean que, como reina, la mujer que hay en ella tiene que
seguir siendo inaccesible a todo pensamiento osado. Ya en una ocasión, un joven
capitán escocés llamado Hepburn se había permitido inconveniencias torpes y
descaradas, y sólo la fuga le había salvado de la pena máxima. Pero María
Estuardo pasa con demasiada suavidad por encima de este enojoso incidente, lo
disculpa con ligereza como un pecado venial, y al hacerlo da nuevo valor a otro
noble de su pequeño círculo.
Esta aventura tiene una conformación romántica;
como casi todos los episodios que suceden en esta tierra escocesa, adopta la
forma de una balada oscura como la sangre. El primer admirador de María
Estuardo en la corte real francesa, monsieur Danville, había confiado sus
ensoñaciones a su amigo y acompañante, el poeta Chastelard. Ahora monsieur
Danville, que junto con los otros nobles señores había acompañado a María
Estuardo en su viaje a Escocia, tiene que regresar a Francia con su esposa,
llamado por el deber; pero el trovador Chastelard se queda en Escocia, por así
decirlo, como suplente de la inclinación ajena. Y no carece de riesgo componer
siempre tiernos versos, porque el juego fácilmente se convierte en realidad.
María Estuardo acepta sin reflexionar los homenajes poéticos del joven
hugonote, versado en todas las artes caballerescas, incluso responde a sus
versos con sus propios poemas; ¿qué mujer joven y sensible a las musas, aislada
en un entorno áspero y atrasado, no se sentiría halagada al oírse celebrada en
estrofas tan admiradas como:
Oh, Déesse immortelle
Escoute donc ma voix
Toy qui tiens en tutelle
Mon pouvoir sous tes loix
Afin que si ma vie
Se voie en bref ravie
Ta cruauté
La confesse périe
Par ta seule beauté.
Oh, diosa inmortal
Escucha pues mi voz
Tú que sometes
Mi poder a tus leyes
Para que si mi vida
Se viese trancada
Tu crueldad
Confiese que ha muerto
Sólo por tu belleza
Especialmente si no se siente culpable? Porque
Chastelard no puede jactarse de encontrar verdadera correspondencia a su
pasión. Melancólico, ha de confesar:
Et néansmoins la flâme
Qui me brûle et enflâme
De passion
N’émeut jamais ton âme
D’aucune affection.
Y sin embargo la llama
Que me quema e inflama
De pasión
Jamás conmueve tu alma
Con sentimiento alguno
Probablemente María Estuardo, que como poetisa
conoce la exageración que subyace a todo lirismo, acepta sonriente, como mero
homenaje poético en medio de tantas otras adulaciones cortesanas y amorosas,
tales estrofas de su guapo amante sentimental, y sin otro humor que el juguetón
tolera galanterías que nada significan en una corte de mujeres románticas. A su
ingenua manera, bromea con Chastelard con la misma inocencia que con sus cuatro
Marys. Le distingue con pequeñas gentilezas inofensivas, lo elige (a él, tan
lejano en rango) como pareja de baile, se apoya en su hombro durante un paso,
la Falking-Dance, le permite hablar con más libertad de la habitual en
Escocia, a tres calles del púlpito de John Knox, que la censura diciendo que
“such fashions more lyke to the bordell than to the comeliness of honest
women»; en una ocasión, durante un juego de disfraces o de prendas, incluso
concede a Chastelard un beso fugaz. En sí mismas ingenuas, tales confianzas
tienen la mala consecuencia de que por su parte el joven poeta, de forma
parecida a Torquato Tasso, deja de percibir con claridad las fronteras entre
reina y criado, entre el respeto y la camaradería, entre la galantería y la
conveniencia, la seriedad y la broma, y sigue sus impulsos con cabeza caliente.
De forma insospechada, se produce un enojoso incidente: una noche, las
muchachas que sirven a María Estuardo encuentran escondido a Chastelard detrás
de las cortinas del dormitorio de la reina. Al principio no sospechan nada
inadecuado, sino que consideran esa locura juvenil como una travesura; con
palabras vivaces y de aparente indignación, el atrevido es expulsado del
dormitorio por las muchachas. También María Estuardo se toma esa falta de tacto
con más indulgente suavidad que verdadera indignación; el incidente es
cuidadosamente silenciado por el hermano de María, y pronto deja de hablarse de
castigar seriamente tan increíble atentado contra todos los usos.
Pero esa indulgencia era errónea. Porque o bien el
loco se siente animado a repetir la broma por la frivolidad del círculo de las
jóvenes, o una verdadera pasión hacia María Estuardo le priva de todas las
inhibiciones… en cualquier caso, sigue secretamente a la reina en su viaje a
Fife, sin que nadie en la corte tenga idea de su presencia, y sólo cuando María
Estuardo se encuentra ya medio desnuda vuelve a descubrirse al insensato en su
dormitorio. En el primer sobresalto la ofendida mujer grita, su grito agudo
resuena en la casa, desde el cuarto vecino entra corriendo Moray, su
hermanastro, y ahora ya no es posible disculpar ni callar. Se supone que María
Estuardo exigió a Moray (no parece probable) que matara enseguida al osado con
su daga. Pero Moray, que al contrario que su apasionada hermana medita con
inteligencia y cálculo todas las consecuencias de cualquier acción, sabe muy
bien que el asesinato de un joven en el dormitorio de una reina mancharía con
su sangre no sólo el pavimento, sino también su honor. Semejante delito tiene
que ser objeto de una acusación pública y ha de ser expiado en la plaza pública
para dejar clara ante el pueblo y el mundo la completa inocencia de la
soberana.
Pocos días después, Chastelard sube al cadalso. Su
descarada osadía ha sido valorada por los jueces como crimen, su frivolidad
como perversidad. Por unanimidad, le condenan a la pena más dura: la muerte por
el hacha. Aunque quisiera, María Estuardo ya no tiene ninguna posibilidad de
indultar al insensato; los embajadores ya han informado del incidente a todas
las cortes, en Londres, en París se observa su conducta con curiosidad.
Cualquier palabra en su favor sería interpretada como confesión de culpa. Así que
tiene que mostrarse más dura de lo que probablemente se sienta, y dejar en su
hora más difícil sin esperanza ni ayuda al compañero de horas más alegres y
complacientes.
Chastelard muere, como corresponde a la corte de
una reina romántica, de manera impecable. Rechaza toda asistencia de sacerdote
alguno, sólo la poesía debe consolarle, y la conciencia de que
Mon malheur déplorable
Soit sur moy immortel.
Mi deplorable desgracia
Se inmortalizará en mí.
El valiente trovador camina erguido hasta el
patíbulo, y en vez de rezos y salmos recita en voz alta por el camino el famoso
«Epitre à la mort» de su amigo Ronsard:
Je te salue, heureuse et profitable Mort
Des extrêmes douleurs médicin et confort.
Te saludo, feliz y provechosa Muerte
De los extremos dolores médico y consuelo.
Delante del tajo, vuelve a levantar la cabeza para
emitir un grito que es más un suspiro que una acusación: “O cruelle dame»,
luego se agacha, contenido, para recibir el golpe asesino. El romántico muere
al estilo de una balada, de un poema.
Pero este infeliz Chastelard es sólo uno de un
oscuro rebaño, no es más que el primero que muere por María Estuardo, sólo
precede a los otros. Con él empieza la fantasmagórica danza de la Muerte de
todos aquellos que por esta mujer caminan hacia el cadalso, atraídos por su
destino y llevándolo a su propio destino. Proceden de todos los países, se
arrastran sin voluntad, como en un cuadro de Holbein, detrás de los negros
tamborileros de hueso, paso a paso, año tras año, príncipes y regentes, condes
y nobles, sacerdotes y guerreros, jóvenes y viejos, todos sacrificándose por
ella, todos sacrificados por ella, inocente y culpable de su lúgubre desfile,
que le está destinado a ella misma como expiación. Raras veces ha puesto el
destino tanta magia mortal en una mujer: como un oscuro imán, atrae de la
manera más peligrosa a todos los hombres de su entorno a su funesta senda. El
que se cruza en su camino, da igual si en el favor o en la desgracia, sucumbe a
la desdicha y a la muerte violenta. A nadie trajo suerte odiar a María
Estuardo. Y aún peor expiación tuvieron aquellos que se atrevieron a amarla.
Por eso, este episodio de Chastelard es sólo en
apariencia un azar, un mero incidente: por primera vez, se revela aquí —sin que
ella lo entienda todavía— la ley de su destino, que jamás le dejará ser ligera,
frívola y confiada sin castigarla por ello. Desde el primer momento, su vida
está dispuesta para que tenga que ser una figura representativa, reina, siempre
y únicamente reina, con carácter público, una pelota en el juego del mundo, y
lo que al principio parecía un don, su temprana coronación, su rango innato, es
en realidad una maldición. Porque siempre que intenta pertenecerse a sí misma,
vivir conforme a su capricho, a su amor, a sus verdaderas inclinaciones, es
terriblemente castigada por su error.
Chastelard es sólo la primera advertencia. Después
de una infancia sin niñez, en el estrecho intervalo antes de entregar su cuerpo
y su vida por segunda, por tercera vez a un hombre desconocido a cambio de
alguna corona, intenta por unos meses no ser más que joven y despreocupada,
nada más que respirar, vivir y disfrutar; y unas duras manos la arrebatan a ese
ligero juego. Inquietos a causa del incidente, ahora el regente, el Parlamento,
los lores, la presionan para que vuelva a casarse. María Estuardo debe elegir
un esposo: naturalmente, no uno que le guste, sino uno que acreciente el poder
y la seguridad del país. Las negociaciones iniciadas hace mucho se aceleran,
porque a los responsables les ha acometido una especie de miedo a que esta
mujer imprudente termine por destruir completamente su valor y reputación con
una nueva necedad. Una vez más, los casamenteros comienzan a actuar en el
mercado matrimonial: María Estuardo vuelve a ser empujada al círculo hechizado
de la política, que circunda implacable su destino desde su primera hasta su
última hora. Y siempre que trata de romper ese frío anillo que rodea su
verdadera y cálida vida, rompe el destino ajeno y su propio destino.
El gran mercado matrimonial político
1563-1565
Dos jóvenes mujeres son en este momento las más
cortejadas del mundo: Isabel de Inglaterra y María de Escocia. Si alguien en
Europa tiene derechos sobre un trono y no tiene esposa, envía sus
pretendientes; Habsburgos y Borbones, Felipe II de España y su hijo don Carlos,
el archiduque de Austria, los reyes de Suecia y Dinamarca, ancianos y niños,
hombres y adolescentes: hacía mucho que el mercado matrimonial político no
estaba tan surtido. Porque el matrimonio con una princesa sigue representando
para un soberano la forma más cómoda de ampliar su poder. No fue mediante la
guerra, sino a través del matrimonio, como se construyeron los grandes derechos
hereditarios en tiempos del absolutismo, la Francia unida, la España universal
y el poder dinástico de los Habsburgo. Ahora, insospechadamente, atrae el
brillo de las últimas joyas valiosas de Europa. Isabel o María Estuardo,
Inglaterra o Escocia, quien gane un país u otro mediante matrimonio habrá
ganado en el juego del mundo, y al mismo tiempo que la competición entre
naciones se decidirá otra guerra, una guerra intelectual y espiritual. Porque
si por el matrimonio de una de las dos soberanas las islas Británicas caen en
manos de un rey católico, el fiel de la balanza que mide la lucha entre
catolicismo y protestantismo se habrá inclinado definitivamente del lado de
Roma, la ecclesia universalis volverá a ser victoriosa en la Tierra.
Por eso, esa apasionada caza de la novia significa inconmensurablemente más que
un asunto familiar; en ella se simboliza una decisión de alcance mundial.
Una decisión de alcance mundial, pero para estas
dos mujeres, para estas dos reinas, también una decisión de alcance vital.
Porque las líneas de su destino están indisolublemente entrelazadas. Si una de
ambas rivales se ve elevada por un matrimonio, el otro trono empezará a
vacilar, si uno de los platillos de la balanza sube, el otro tiene que bajar.
La tregua de la amistad aparente entre María Estuardo e Isabel sólo puede durar
mientras ambas continúen solteras, sólo reina de Inglaterra la una, sólo reina de
Escocia la otra; si el peso se desplaza, una de ellas tendrá que ser la más
poderosa, la vencedora. El orgullo se enfrenta decidido al orgullo, ninguna
quiere ceder ante la otra y ninguna lo hará.
Sólo la lucha a vida o muerte podrá disolver este
lazo terrible.
La historia ha elegido dos interlocutoras de
primera fila para el fastuoso espectáculo de esta lucha entre hermanas. Ambas,
María e Isabel, son talentos especiales e incomparables. Al lado de sus
enérgicas figuras, los otros monarcas de su tiempo —el rígido y monacal Felipe
II de España, el pueril y caprichoso Carlos IX de Francia, el insignificante
Femando de Austria— parecen planos actores secundarios; ninguno de ellos
alcanza ni de lejos el alto nivel intelectual en el que se enfrentan estas
extraordinarias mujeres. Ambas inteligentes —y, en su inteligencia, frenadas a
menudo por caprichos y pasiones femeninas—, ambas ambiciosas hasta lo indómito,
desde su más temprana juventud se han preparado especialmente para su elevado
rango. La actitud de ambas, modélica en cuanto a la representación externa, la
cultura de ambas a plena altura de su época humanista. Las dos hablan de forma
fluida latín, francés e italiano además de su lengua materna, e Isabel además
griego, y las cartas de ambas superan con mucho en expresividad plástica a las
de sus mejores ministros: las de Isabel son mucho más abigarradas y gráficas
que las de su inteligente secretario de Estado, Cecil, las de María más astutas
y peculiares que las puramente diplomáticas de un Maitland o un Moray. La
inteligencia de ambas, su sentido artístico, su principesca forma de vida,
puede resistir el juicio del más severo juez, y si Isabel forzó la admiración
de un Shakespeare y un Ben Jonson, María Estuardo, la de un Ronsard y un Du
Bellay. Pero con esa común altura en su nivel cultural se acaba toda similitud
entre estas mujeres; tanto más se marca la interior contradicción que los
poetas han sentido y conformado desde siempre como típicamente dramática.
Esta contradicción es tan total que las propias
líneas de su vida la expresan de manera visualmente geométrica. Diferencia
decisiva: Isabel tiene las dificultades al comienzo, y María al final. La dicha
y el poder de María Estuardo ascienden con facilidad, claridad y rapidez, como
una estrella matinal en un cielo claro; nacida reina, será ungida reina por
segunda vez siendo aún una niña. Pero su caída será igual de abrupta y dura. Su
destino se concentra en tres o cuatro catástrofes, es decir, de forma típicamente
dramática —por eso será elegida una y otra vez para ser la heroína de
tragedias—, mientras el ascenso de Isabel se lleva a cabo de manera lenta y
testaruda (y por eso sólo una representación épica le hace justicia). Nada le
ha sido regalado ni entregado por Dios con mano ligera. Declarada bastarda de
niña, arrojada a la Torre por su propia hermana, amenazada con la pena de
muerte, ha tenido que conquistar, con astucia y temprana diplomacia, la pura
existencia y el ser tolerada. A María Estuardo se le otorgó desde el principio
su dignidad por herencia, Isabel se la ha ganado con su cuerpo y con su vida.
Dos líneas vitales tan diferentes tienen que
divergir necesariamente. Pueden cruzarse y solaparse de vez en cuando, pero
nunca unirse de verdad. Porque en cada vibración y tonalidad del carácter tiene
que revelarse la diferencia fundamental de que una ha nacido con la corona
puesta igual que el pelo y la otra ha luchado, conquistado, logrado con astucia
su posición, que la una ha sido desde el principio reina legítima y la otra
dudosa. Cada una de estas dos mujeres desarrolla una fuerza distinta a partir
de su peculiar destino. En María Estuardo, la facilidad, la falta de esfuerzo
con la que todo le ha sido dado —¡demasiado pronto!— engendra una inusual
ligereza y seguridad en sí misma, le brinda esa audaz osadía que es su grandeza
y su fatalidad. Dios le ha dado la corona, nadie puede quitársela. Ella tiene
que mandar, los otros obedecer, y aunque el mundo entero pusiera en duda su
derecho, ella siente arder en su sangre su soberanía. Se deja entusiasmar con
facilidad y sin análisis, toma sus decisiones con la rapidez y calor con que se
empuña una espada, e igual que como audaz amazona supera vallas y obstáculos
con un tirón de las riendas, un salto o un retroceso, cree también poder
superar todas las dificultades y peligros de la política con su mero y alado
valor. Si para Isabel gobernar es una partida de ajedrez, un juego intelectual,
una tensión constante, para María Estuardo es un disfrute, un incremento del
placer de vivir, un torneo caballeresco. Tiene, como el Papa dijo de ella en
una ocasión, «el corazón de un hombre en el cuerpo de una mujer», y
precisamente a esa frívola audacia, a esa soberanía egoísta que la hace tan
atractiva para el poema, la balada, la tragedia, debe su temprana decadencia.
Porque Isabel, un carácter enteramente realista,
una conocedora casi genial de la realidad, vence a su caballeresca adversaria
tan sólo explotando con inteligencia sus irreflexiones y necedades. Con sus
claros y agudos ojos de ave rapaz —no hay más que mirar sus retratos—, mira con
desconfianza al mundo, cuyos peligros ha aprendido a temer muy temprano. Ya de
niña ha tenido ocasión de observar lo rápido que sube y baja la rueda de la
fortuna, y que sólo hay un paso del trono al patíbulo y otro desde la Torre,
antesala de la muerte, a Westminster. Por eso, sentirá eternamente el poder
como algo que fluye, y todo lo seguro como amenazado; cautelosa y temerosa,
Isabel sujeta con fuerza la corona y el cetro, como si fueran de cristal y
pudieran escurrirse de sus manos en cualquier momento; en realidad, pasa toda
la vida en medio de la preocupación y la indecisión. Todos los retratos
completan de manera convincente las descripciones de su carácter que nos han
llegado: en ninguno de ellos mira con la claridad, libertad y orgullo de una
verdadera soberana, su nervioso rostro siempre está tenso, temeroso e inquieto,
como si escuchara, como si esperase algo; la sonrisa de la certidumbre jamás
brilla alegre en tomo a su boca. Tímido y vanidoso a un tiempo, su pálido rostro
destaca del pomposo adorno de los vestidos relucientes de joyas, congelado por
así decirlo bajo ese desbordante esplendor. Apenas se siente sola, apenas la
vestimenta de Estado resbala de sus huesudos hombros, apenas el colorete
desaparece de las estrechas mejillas, la grandeza también cae de ella, y lo que
queda atrás es una pobre mujer trastornada, tempranamente envejecida, un ser
humano solitario que apenas sabe controlar su propia angustia, y mucho menos un
mundo. Semejante actitud titubeante no puede resultar muy heroica en una reina,
y ese eterno dudar y titubear y no poder decidir no resulta sin duda
mayestático; pero la grandeza de estadista de Isabel estaba en un plano
distinto del romántico. Su fuerza no se ponía de manifiesto en osados planes y
decisiones, sino en un duro, minucioso y constante trabajo de acrecentamiento y
aseguramiento, de ahorro y acumulación, en virtudes, en realidad, burguesas y
domésticas: precisamente sus errores, su pusilanimidad, su cautela, fueron
productivos para el Estado. Porque si María Estuardo sólo se vive a sí misma,
Isabel se vive con su país, asume su reinado como una profesión vinculante;
María Estuardo, en cambio, la romántica, ve su reinado como una vocación
completamente no vinculante. Cada una de ellas es fuerte y débil de un modo
distinto. Si para María su osadía heroica y necia se convierte en fatalidad,
para Isabel su duda y titubeo terminan convirtiéndose en beneficio. Porque en
política la lenta persistencia siempre vence a la fuerza incontrolada, el plan
elaborado al impulso improvisado, el realismo al romanticismo.
Pero la contraposición es aún más profunda en esta
lucha de hermanas. No sólo como reinas, sino como mujeres, Isabel y María
representan tipos completamente polares, como si la Naturaleza hubiera querido
llevar a la práctica una gran antítesis universal en dos grandes figuras,
marcando contrapuntos hasta en el último detalle.
María Estuardo es como mujer completamente mujer,
mujer en primer término y en último término, y precisamente las más importantes
decisiones de su vida vienen de esa fuente subyacente de su sexo. No es que
fuera una naturaleza constantemente apasionada, una naturaleza dominada tan
sólo por sus instintos… al contrario, el primer rasgo de carácter que llama la
atención en María Estuardo es su larga contención femenina. Pasaron años y años
antes de que la vida sentimental despertara siquiera en ella. Durante mucho
tiempo tan sólo se ve (y los cuadros lo confirman) a una mujer amable, tierna,
dulce, relajada, con una ligera languidez en los ojos, una sonrisa casi
infantil en la boca, un ser indeciso e inactivo, una mujer niña. Es
llamativamente sensible (como toda naturaleza de verdad femenina), su ánimo
vibra con facilidad, puede ruborizarse o palidecer con el menor de los motivos,
y las lágrimas le brotan con rapidez y facilidad. Pero esas olas rápidas y
superficiales de su sangre no revuelven sus profundidades durante mucho tiempo;
y precisamente porque es una mujer completamente normal, una auténtica,
verdadera mujer, María Estuardo sólo descubre su auténtica, su verdadera fuerza
en una pasión… por completo, una sola vez en su vida. Pero entonces se siente lo
enormemente mujer que es, su carácter instintivo, la forma en que está
encadenada sin voluntad a su sexo. Porque en ese gran momento de su éxtasis
desaparecen de pronto, como arrasadas, las fuerzas superiores de la cultura en
esta mujer hasta entonces fría y medida; todos los diques levantados por la
educación, la dignidad y las costumbres se rompen, y, obligada a elegir entre
su honor y su pasión, María Estuardo, como una auténtica mujer, no opta por su
realeza, sino por su feminidad. El manto real cae con brusquedad, y tan sólo se
siente desnuda y ardiente como una de las incontables personas que toman amor y
quieren dar amor, y nada da a su figura tanta grandeza como el hecho de que, en
aras de esos instantes de su existencia plenamente vividos, haya tirado a un
lado con desprecio el reino, el poder y la dignidad real.
Isabel en cambio jamás fue capaz de una entrega
como ésa, por razones misteriosas. Porque físicamente —como lo formulaba María
Estuardo en su famosa carta rebosante de odio— no era «como todas las demás
mujeres». No sólo le estuvo vedada la maternidad, sino probablemente también la
forma natural de total entrega femenina. No fue la reina virgen (“virgin
Queen») tan voluntariamente como aparentaba, y aunque ciertas noticias
contemporáneas (como las transmitidas por Ben Jonson) sobre una malformación
física de Isabel son dudosas, es cierto que una inhibición física o psíquica la
trastornó en las zonas más secretas de su feminidad. Semejante desdicha tiene
que determinar de manera decisiva la esencia de una mujer, y en ese secreto
están contenidos, en germen, por así decirlo, todos los demás secretos de su
carácter. Ese carácter voluble, vacilante, distraído y veleta de sus nervios,
que sumerge su ser constantemente en una vacilante luz de histeria, lo desigual
e imprevisible de sus decisiones, ese eterno cambio del fuego al frío, del «sí»
al «no», todo lo que tenía de comediante, de refinado, de traicionero, y no
menos aquella coquetería que jugaba las peores pasadas a su dignidad de
estadista, procedían de esa inseguridad interior. Sentir, pensar, actuar de forma
inequívoca y natural estaba vedado a esta mujer herida en lo más hondo, nadie
podía contar con ella, y ella misma era la que menos segura estaba de sí misma.
Pero aunque mutilada en sus ámbitos más íntimos, aunque de nervios vacilantes,
aunque peligrosa en su astucia de intrigante, Isabel jamás fue cruel, inhumana,
fría y dura. Nada es más falso, superficial y banal que la idea, que ya se ha
vuelto esquemática (como la recogía Schiller en su tragedia) de que Isabel jugó
como un gato malvado con una dulce e indefensa María Estuardo. Quien mire con
más atención percibirá en esta mujer, helada de solitario frío en medio de su
poder, que no hace sino atormentarse histéricamente con sus medio amantes
porque a ninguno puede entregarse por completo, un calor oculto y disfrazado, y
detrás de todas sus extravagancias y vehemencias una voluntad sincera de ser
generosa y bondadosa. La violencia no casaba con su naturaleza temerosa,
prefería refugiarse en las pequeñas artes nerviosas de la diplomacia, el juego
de menor responsabilidad entre bastidores; en cambio, titubeaba y se estremecía
ante cualquier declaración de guerra, cada sentencia de muerte pesaba como una
losa sobre su conciencia, y empleó lo mejor de sus energías en preservar la paz
en su país. Si combatió a María Estuardo fue únicamente porque se sentía (no
sin razón) amenazada por ella, y aun así hubiera preferido rehuir la lucha
abierta, porque era jugadora y tahúr por naturaleza, pero no luchadora. Ambas,
María Estuardo por dejadez e Isabel por temor, hubieran preferido mantener una
falsa paz a medias. Pero la constelación del momento no permitía convivencia
alguna.
Indiferente a la voluntad más íntima del individuo,
la voluntad de la Historia, a menudo más fuerte, empuja a los hombres y a las
potencias a su criminal juego.
Porque, detrás de la interior diferencia entre las
personalidades, se alzan, imperativas, como sombras gigantescas, las grandes
contradicciones de la época.
No se puede calificar de azar que María Estuardo
fuera la defensora de la vieja religión católica e Isabel protectora de la
nueva, la reformada; esa toma de partido pone de manifiesto de manera simbólica
que cada una de estas dos reinas encamaba una distinta visión del mundo. María
Estuardo, el mundo moribundo, caballeresco y medieval; Isabel, el naciente, el
de la Edad Moderna. Con su disputa se lleva a término todo un cambio de época.
María Estuardo —y esto es lo que hace tan romántica
su figura— es el último y osado paladín en sostener una causa pasada y superada
y en caer por ella. Obedece tan sólo a la voluntad de la Historia cuando,
mirando hacia atrás, se alía políticamente con aquellas potencias que ya han
superado su cenit, España y el papado, mientras, clarividente, Isabel envía a
sus embajadores a los países más lejanos, Rusia y Persia, y con un sentimiento
profético vuelve las energías de su pueblo hacia los océanos, como si intuyera
que había que levantar en los nuevos continentes los pilares del futuro imperio
universal. María Estuardo se mantiene rígida en la tradición, no va más allá de
la concepción dinástica de la monarquía. En su opinión, el país está unido al
soberano, no el soberano al país; en realidad, durante todos esos años María
fue tan sólo reina sobre Escocia, pero jamás una reina para Escocia. Las cien
cartas que escribió se refieren tan sólo al fortalecimiento y ampliación de su
derecho personal, pero se echa de menos por completo una sola de ellas que se
ocupara del bienestar del pueblo, del fomento del comercio, la navegación o el
poder militar. Así como su lengua, en la poesía y la conversación, siguió
siendo la francesa durante toda su vida, su pensamiento y su sentimiento
tampoco fue nunca escocés, nacional: no vivió ni murió por Escocia, sino
únicamente para seguir siendo reina de Escocia.
En última instancia, María Estuardo no dio a su
país nada más creativo que la leyenda de su vida.
Este estar-por-encima-de-todo de María Estuardo por
fuerza tenía que convertirse en soledad. Personalmente, era muy superior a
Isabel en valor y decisión. Pero Isabel no luchaba sólo contra ella. Partiendo
de su sentimiento de inseguridad, había aprendido a tiempo a fortalecer su
posición rodeándose de gentes tranquilas y clarividentes; a su alrededor hubo
todo un Estado Mayor en esta guerra, que le enseñaba táctica y práctica y, a la
hora de las grandes decisiones, la protegía de la inconstancia y volubilidad de
su temperamento.
Isabel supo crear a su alrededor una organización
tan perfecta que hoy, después de siglos, es casi imposible distinguir sus
logros personales de los logros colectivos de la época isabelina, y la fama
inconmensurable que va unida a su nombre encierra en sí el logro anónimo de sus
magníficos asesores. Mientras María Estuardo sólo es María Estuardo, Isabel es
siempre Isabel más Cecil, más Leicester, más Walsingham, más la energía de todo
su pueblo, y apenas es posible distinguir quién fue el genio de aquel siglo
shakesperiano, Inglaterra o Isabel, a tal punto se encuentran fundidos en una
espléndida unidad. Nada dio a Isabel un rango tan alto entre los monarcas de
aquella época como el no querer ser soberana de Inglaterra, sino mera
administradora de la voluntad del pueblo inglés, servidora de una misión
nacional; entendió la comente de los tiempos, que iba de lo autocrático a lo
constitucional. Reconoce voluntariamente las nuevas fuerzas que se desarrollan
a partir de la transformación de los estamentos, de la ampliación del mundo
debida a los descubrimientos, fomenta todo lo nuevo, los gremios, a los
mercaderes, a las gentes del dinero e incluso a los piratas, porque abren a
Inglaterra, su Inglaterra, el predominio sobre los mares. En innumerables
ocasiones, sacrifica sus deseos personales (cosa que María Estuardo no hizo
jamás) a los colectivos, al bien nacional. La mejor forma de salvarse de la
angustia interior es volcarla hacia lo creativo; a partir de su desdicha como
mujer, Isabel conformó la dicha de su país. Esta mujer sin hombres y sin hijos
dirigió hacia el sentido nacional todo su egoísmo, toda su pasión por el poder;
ser grande ante la posteridad a través de la grandeza de Inglaterra fue la más
noble de sus vanidades, y sólo vivió realmente esa Inglaterra más grande y
venidera. Ninguna otra corona podía atraerla (mientras María Estuardo cambiaría
entusiasmada la suya por cualquier otra mejor), y mientras María se inflamaba
grandiosa en el presente, en el momento, ella, la ahorrativa, la de amplias perspectivas,
consagraba toda su energía al futuro de su nación.
Por eso, no fue ningún azar que la lucha entre
María e Isabel se decidiera a favor de la reina progresista y mundana, y no de
la conservadora y caballeresca; con Isabel triunfaba la voluntad de la
Historia, que empuja hacia delante, que arroja tras de sí las formas gastadas
como cáscaras vacías y prueba, creativa, sus energías en otras siempre nuevas.
En su vida encarna la energía de una nación que quiere conquistar su sitio en
el universo; con el final de María Estuardo muere, espléndido y heroico, un pasado
medieval. Pero, aun así, en esa lucha cada una de ellas alcanza plenamente su
sentido: Isabel, la realista, vence en la Historia; María Estuardo, la
romántica, en la poesía y la leyenda.
Ese enfrentamiento en el espacio, en el tiempo y en
sus figuras sería grandioso de no ser tan miserablemente mezquina la forma en
que se libró.
Porque a pesar de su espléndida talla, esas dos
mujeres siguen siendo mujeres, no pueden superar las debilidades de su sexo a
la hora de librar sus enemistades de manera mezquina y traicionera, en vez de
sincera. Si en vez de María Estuardo e Isabel se enfrentaran dos hombres, dos
reyes, enseguida se produciría un abierto combate, una guerra clara. La
pretensión se enfrentaría abrupta a la pretensión, el valor al valor. En
cambio, el conflicto entre Isabel y María Estuardo se sustrae a esta clara y
varonil sinceridad, es una pelea entre gatas, un acecharse y vigilarse con las
garras escondidas, un juego traicionero y deshonesto. Durante un cuarto de
siglo, estas mujeres se han mentido y engañado incesantemente (sin engañarse en
realidad ni por un instante). Nunca se miran a los ojos de frente, nunca su
odio se hace abierto, cierto y claro; se saludan y cubren de buenos deseos,
entre sonrisas, adulaciones e hipocresías, mientras cada una de ellas mantiene
el cuchillo a la espalda. No, la crónica de la guerra entre Isabel y María
Estuardo no presenta batallas dignas de la Ilíada, situaciones gloriosas;
no es un poema épico, sino un pérfido capítulo de Maquiavelo, sin duda muy
excitante desde el punto de vista psicológico, pero moralmente repugnante,
porque es una intriga de veinte años, y nunca una lucha sincera y sonora.
Este juego indecente empieza enseguida, con las
negociaciones matrimoniales de María Estuardo, y salen a la palestra
principescos pretendientes. María Estuardo estaría de acuerdo con cualquiera,
porque la mujer que hay en ella aún no ha despertado y no se inmiscuye en la
elección. Tomaría de buen grado al quinceañero don Carlos, aunque los rumores
le describen como un muchacho pérfido y rabioso, e igual de gustosa al niño
Carlos IX. Joven, viejo, repelente o atractivo, a su ambición le es indiferente
mientras el matrimonio la eleve por encima de la odiada rival. Personalmente
casi desinteresada, cede las negociaciones a su hermanastro Moray, que las
lleva con celo en extremo egoísta, porque si su hermana llevara una corona en
París, Viena o Madrid, se libraría de ella y volvería a ser el rey sin corona
de Escocia. Sin embargo, impecablemente servida por sus espías escoceses,
Isabel se entera muy pronto de estas negociaciones ultramarinas e interpone
enseguida un enérgico veto. Con toda claridad, amenaza al embajador escocés
diciéndole que en caso de que María Estuardo acepte una candidatura de Austria,
Francia o España lo considerará un acto hostil, lo que en absoluto le impide
escribir al mismo tiempo las más tiernas admoniciones a su querida prima para
que confíe tan sólo en ella, «por más que los otros le prometan montañas de
dicha y esplendor terreno». Oh, no tiene nada que objetar contra un príncipe
protestante, contra el rey de Dinamarca o el duque de Ferrara —en cristiano:
contra pretendientes que no sean peligrosos y carezcan de valor—, pero lo mejor
sería que María Estuardo se casara «en casa», con algún noble escocés o inglés.
En ese caso, puede estar eternamente segura de su amor fraterno, de su ayuda.
Naturalmente, esa postura de Isabel es un
claro foul play, y todo el mundo se percata de sus intenciones: la
involuntaria virgin Queen no quiere nada más que echar a perder las
buenas posibilidades de su rival. Pero María Estuardo devuelve la pelota con
mano igual de ágil. Por supuesto, no piensa ni por un instante en reconocer a
Isabel un overlordship, un derecho de veto en sus asuntos conyugales. Pero
aún no ha sido concluido el gran trato, aún duda don Carlos, el principal
candidato. De manera que al principio María Estuardo finge su más íntima
gratitud por el esmerado interés de Isabel. Asegura que ni «for all
uncles of the world» cuestionaría la valiosa amistad con la reina inglesa
mediante una conducta arbitraria, ¡oh, no, oh, en modo alguno! Está dispuesta,
con sincero corazón, a seguir lealmente todas sus propuestas, e Isabel no tiene
más que comunicarle qué pretendientes considera allowed y cuáles no.
Esa docilidad es conmovedora; pero en medio de ella María Estuardo esparce la
sobria cuestión de en qué modo va a indemnizarla Isabel por su docilidad. Bien,
dice en cierto modo, acepto tus deseos, no me casaré con un hombre de rango tan
elevado que supere tu posición, queridísima hermana. Pero ahora, dame seguridad
y ten la bondad de ser clara: ¿cómo está la cuestión de mis derechos
sucesorios?
Con eso, el conflicto regresa felizmente al viejo
punto muerto. En cuanto Isabel ha de decir algo respecto a la sucesión, no hay
quien le fuerce a una manifestación clara. Con extremos circunloquios, balbucea
que, «ya que su propia inclinación corresponde por entero a los intereses de su
hermana», quiere ocuparse de María Estuardo como de una hija; durante páginas y
páginas fluyen las más dulces palabras, pero la única comprometedora, la
decisiva, no es pronunciada. Como dos mercaderes levantinos, las dos quieren
hacer el negocio con rapidez, pero ninguna es la primera en abrir la mano.
Cásate con quien yo te proponga, dice Isabel, y te nombraré mi sucesora.
Nómbrame tu sucesora y me casaré con quien tú me propongas, responde María
Estuardo. Pero ninguna se fía de la otra, porque las dos quieren engañar a la
otra.
Las negociaciones sobre la boda, los pretendientes,
la sucesión, se arrastran a lo largo de dos años. Curiosamente, las dos
jugadoras de ventaja trabajan la una para la otra sin darse cuenta. Isabel sólo
quiere hacer esperar a María Estuardo, y desdichadamente María Estuardo tiene
que vérselas con el más lento de los monarcas, el cunctator Felipe
II. Sólo cuando las negociaciones con España embarrancan y hay que tomar otra
decisión, María Estuardo considera necesario terminar con el bizqueo y las
miradas de reojo y poner la pistola en el pecho a su querida hermana. Así que
manda preguntarle clara y directamente a quién propone Isabel como un esposo
adecuado a su condición.
Nada puede gustar menos a Isabel que una exigencia
de información precisa, especialmente en este caso. Porque hace mucho que ha
dado a entender a quién considera adecuado para María Estuardo. Ha murmurado,
ambigua, que «quería darle a alguien de quien nadie creyera que ella podía
decidirse por él». Pero la corte escocesa hace como si no entendiera, y exige
una propuesta positiva, un nombre. Entre la espada y la pared, Isabel no puede
seguir escondiéndose detrás de alusiones. Por fin, dice entre dientes el nombre
del escogido: Robert Dudley.
Por un instante, la comedia diplomática amenaza con
convertirse en farsa.
Porque o esa propuesta de Isabel es un espantoso
insulto o una espantosa broma.
La mera idea de exigir a una reina de Escocia, una
reina viuda de Francia, que se case con un subject, un súbdito de su
hermana, un pequeño noble sin una gota de sangre de su mismo rango, es casi un
insulto conforme a las concepciones de la época. Pero aún se vuelve más
impertinente con la elección de la persona propuesta; en toda Europa se sabe
que Robert Dudley es desde hace años el compañero de juegos eróticos de Isabel,
y que por tanto la reina de Inglaterra quiere ceder a la de Escocia, como una
falda vieja, precisamente al hombre al que ella considera demasiado pequeño
para un matrimonio. En todo caso, hace unos años la eterna indecisa aún jugaba
con la idea de casarse con él. (Siempre se limita a jugar con la idea.) Sólo
cuando la esposa de Dudley, Amy Robsart, fue encontrada muerta en
circunstancias muy extrañas, retrocedió a toda prisa para evitar toda sospecha
de complicidad. Entre los muchos gestos bruscos y sorprendentes de su reinado,
ofrecer como esposo a María Estuardo a ese hombre que ha estado dos veces en
apuros ante el mundo, una por aquel oscuro asunto y luego por su relación
erótica, fue quizá el más asombroso.
Nunca sabremos del todo qué perseguía íntimamente
Isabel con esa abstrusa propuesta: ¡quién puede atreverse a formular de manera
lógica los confusos pensamientos de una naturaleza histérica! ¿Quería,
sinceramente enamorada, legar a su amante, con el que no se atrevía a casarse,
lo más valioso que poseía, su reino? ¿O quería tan sólo librarse de un Cicisbeo
que se había vuelto aburrido? ¿Esperaba contener mejor a su ambiciosa rival
utilizando al hombre de su confianza? ¿Quería tan sólo poner a prueba al fiel
Dudley? ¿Soñaba con una partie à trois, un amor compartido? ¿O ideó esa
absurda propuesta sólo para poner a María Estuardo en mala situación con su
evidente rechazo? Todas esas posibilidades se dan, pero la más probable es que
la caprichosa mujer ni siquiera supiera íntimamente lo que quería:
probablemente sólo jugueteó con la idea, como gustaba de hacer siempre con
personas y decisiones. Nadie sabe qué hubiera ocurrido si María Estuardo
hubiera considerado seriamente la abusiva propuesta de tomar por esposo al
amante abandonado por Isabel. Quizá entonces, en un rápido giro, Isabel habría
prohibido la boda a su Dudley y añadido al escarnio de la propuesta la
vergüenza del rechazo a su rival.
María Estuardo siente la propuesta de Isabel de
casarse con alguien que no tenga en las venas sangre real como una blasfemia.
Sarcástica, en el primer acceso de ira pregunta al embajador si su señora
propone realmente en serio que ella, una reina ungida, se case con un mero
«lord Robert». Pero rápidamente oculta su disgusto bajo una mirada amable; no
puede enfurecer antes de tiempo con un abrupto rechazo a una adversaria tan
peligrosa. Una vez que el heredero del trono español o francés sea su esposo, se
podrán ajustar cuentas a fondo por esta ofensa. En esta lucha entre hermanas,
siempre una insinceridad responde a la otra, a una pérfida oferta de Isabel le
sigue enseguida una amabilidad igual de fingida de María Estuardo. Así que en
modo alguno se rechaza enseguida en Edimburgo a Dudley como pretendiente, no,
oh no, la reina hace como si se tomara en serio la farsa, y eso le da pie a un
magnífico segundo acto. Con mandato oficial, sir James Melville es enviado a
Londres, supuestamente para abrir las negociaciones a causa de Dudley, pero en
realidad para enredar aún más a conciencia esa maraña de mentiras y disfraces.
Melville, el más fiel de los nobles de María
Estuardo, tiene una hábil mano diplomática, que además sabe escribir y
describir bien, por lo que le estamos especialmente agradecidos. Porque su
visita brinda al mundo la descripción más plástica e impresionante de la
personalidad privada de Isabel, y al mismo tiempo un espléndido acto de comedia
histórica. Isabel sabe muy bien que este hombre cultivado ha vivido largo
tiempo en las cortes francesa y alemana; y hace todo lo que está en su mano
para impresionarle precisamente como mujer, sin sospechar que él transmitirá a
la Historia, con cruel memoria, cada una de sus debilidades y coqueterías.
Porque la vanidad femenina juega a menudo una mala pasada a su dignidad real:
también en esta ocasión la mujer coqueta, en vez de convencer políticamente al
embajador de la reina de Escocia, trata de impresionar al hombre con sus
excelencias privadas. Despliega una cola de pavo real tras otra.
Elige de entre su gigantesco guardarropa —después
de su muerte se contaron tres mil vestidos— los más valiosos trajes, se muestra
vestida ora a la manera inglesa, ora a la italiana, ora a la francesa, muestra
generosa un escote bastante ilustrativo, y entretanto deslumbra con su latín,
su francés y su italiano y recoge con celo insaciable la en apariencia
desmedida admiración del embajador. Pero todos los superlativos, lo hermosa, lo
inteligente, lo culta que es, no le bastan: quiere —«espejito, espejito, dime
una cosa, ¿quién es en todo el reino la más hermosa?»— hacer decir precisamente
al embajador de la reina de Escocia que la admira más como mujer que a su
propia señora. Quiere oír que es más bella, o más inteligente, o más culta, que
María Estuardo. Así que le muestra sus cabellos pelirrojos maravillosamente
ondulados y pregunta si el pelo de María Estuardo es más bello… ¡embarazosa
pregunta para el embajador de una reina!
Melville, el más fiel de los nobles de María
Estuardo, tiene una hábil mano diplomática, que además sabe escribir y
describir bien, por lo que le estamos especialmente agradecidos. Porque su
visita brinda al mundo la descripción más plástica e impresionante de la
personalidad privada de Isabel, y al mismo tiempo un espléndido acto de comedia
histórica. Isabel sabe muy bien que este hombre cultivado ha vivido largo
tiempo en las cortes francesa y alemana; y hace todo lo que está en su mano
para impresionarle precisamente como mujer, sin sospechar que él transmitirá a
la Historia, con cruel memoria, cada una de sus debilidades y coqueterías.
Porque la vanidad femenina juega a menudo una mala pasada a su dignidad real:
también en esta ocasión la mujer coqueta, en vez de convencer políticamente al
embajador de la reina de Escocia, trata de impresionar al hombre con sus
excelencias privadas. Despliega una cola de pavo real tras otra.
Elige de entre su gigantesco guardarropa —después
de su muerte se contaron tres mil vestidos— los más valiosos trajes, se muestra
vestida ora a la manera inglesa, ora a la italiana, ora a la francesa, muestra
generosa un escote bastante ilustrativo, y entretanto deslumbra con su latín,
su francés y su italiano y recoge con celo la insaciable, en apariencia,
desmedida admiración del embajador. Pero todos los superlativos, lo hermosa, lo
inteligente, lo culta que es, no le bastan: quiere —«espejito, espejito, dime
una cosa, ¿quién es en todo el reino la más hermosa?»— hacer decir precisamente
al embajador de la reina de Escocia que la admira más como mujer que a su
propia señora. Quiere oír que es más bella, o más inteligente, o más culta, que
María Estuardo. Así que le muestra sus cabellos pelirrojos maravillosamente
ondulados y pregunta si el pelo de María Estuardo es más bello… ¡embarazosa
pregunta para el embajador de una reina!
Melville se escapa hábilmente respondiendo,
salomónico, que en toda Inglaterra no hay una mujer comparable a Isabel, y en
toda Escocia ninguna que supere a María. Pero semejante mitad y mitad no le
basta a esta loca vanidosa; una y otra vez exhibe sus encantos, toca el
clavecín y canta acompañada por el laúd: finalmente Melville, bien consciente
de su encargo de engañarla políticamente, se deja arrebatar la concesión de que
el cutis de Isabel es más blanco, que toca mejor el clavecín y baila con más
gracia que María Estuardo. A cuenta de esta celosa auto exhibición, Isabel ha
olvidado el verdadero asunto que le trae allí, y cuando Melville toca al fin el
espinoso tema, ella, envuelta ya en la comedia, saca de un cajón un retrato en
miniatura de María Estuardo y lo besa con ternura.
Con voz vibrante, habla de lo mucho que le gustaría
conocer en persona a María Estuardo, su querida hermana (cuando en realidad
hizo todo lo posible por echar a perder la posibilidad de semejante encuentro),
y quien creyera a esta audaz actriz tendría que quedar convencido de que para
Isabel no hay nada en este mundo más importante que la felicidad de su reina
vecina. Pero Melville tiene una cabeza fría y una mirada clara. No se deja
engañar por todos esos espejismos, y contará a Edimburgo, resumiendo, que Isabel
no había hablado ni actuado con sinceridad y que sólo había mostrado gran
disimulo, excitación y temor. Cuando Isabel por su parte pregunta qué piensa
María Estuardo de la boda con Dudley, el experimentado diplomático evita tanto
un abierto «No» como un claro «Sí». Habla, en términos elusivos, de que María
aún no ha considerado seriamente tal posibilidad. Pero cuanto más retrocede,
tanto más presiona Isabel. «Lord Robert —dice— es mi mejor amigo. Lo amo como a
un hermano, y jamás me casaría con otro si es que me hubiera podido decidir a
casarme. Pero como no puedo optar en ese sentido, deseo que por lo menos mi
hermana lo elija, porque no sé de nadie de quien quisiera más que comparta mi
sucesión con él. Para que mi hermana no le subestime, dentro de unos días voy a
elevarlo a la dignidad de conde de Leicester y barón de Denbigh.»
De hecho, unos días después —tercer acto de la
comedia— se lleva a cabo con enorme fasto la ceremonia anunciada. Lord Robert
Dudley se arrodilla delante de su reina y amiga, en presencia de toda la
nobleza, para levantarse convertido en conde de Leicester. Pero en ese momento
solemne la mujer que hay en Isabel ha vuelto a jugar una mala pasada a la
reina. Porque mientras la soberana pone en la cabeza del fiel servidor la
corona condal, la amante no puede evitar acariciar confiada y tiernamente el
cabello de su amigo; la solemne ceremonia se ha convertido en farsa, y Melville
sonríe para sus adentros: enviará un alegre informe a su señora en Edimburgo.
Pero Melville no ha venido a Londres sólo para
divertirse como cronista de una comedia real, él mismo representa un papel
especial en este quid pro quo. Su valija diplomática oculta algunos
compartimientos secretos que no piensa abrir ante Isabel, y la cháchara
cortesana acerca del conde de Leicester no es más que una maniobra de
distracción para encubrir su verdadera misión en Londres.
Sobre todo, ha de llamar enérgicamente a la puerta
del embajador español para saber de forma definitiva si don Carlos acepta o
rechaza, pues María Estuardo ya no quiere seguir esperando. Además, debe
establecer un discreto contacto con un candidato de segunda clase, con Henry
Darnley.
Este Henry Darnley está por el momento en una vía
secundaria; María Estuardo lo mantiene en reserva para el caso extremo de que
todos los matrimonios mejores se rompan. Porque Henry Darnley no es ni rey ni
príncipe, y su padre, el conde de Lennox, fue desterrado de Escocia como
enemigo de los Estuardo, y sus bienes confiscados. Pero por parte de madre,
este muchacho de dieciocho años lleva en las venas sangre buena y válida,
sangre real, sangre Tudor; como bisnieto de Enrique VII, es el primer prince
de sang en la corte real inglesa y, por tanto, puede ser considerado digno
de casarse con cualquier monarca; además, tiene la ventaja de ser católico. Así
que el joven Darnley entraría en cuestión como tercera, cuarta o quinta
posibilidad, y Melville mantiene toda clase de conversaciones no vinculantes
con Margaret Lennox, la ambiciosa madre de este candidato de emergencia.
Ahora bien, forma parte de la esencia de toda
comedia entera y verdadera que en ella todos los actores se engañan mutuamente,
pero nunca tanto como para que de vez en cuando uno no eche una mirada de reojo
a las cartas del otro.
Isabel no es tan simple como para creer que
Melville ha ido a Londres expresamente para hacerle cumplidos acerca de su pelo
y la forma en que toca el clavecín: sabe que la propuesta de elegir a su
abandonado amante no puede entusiasmar especialmente a María Estuardo, y conoce
también la ambición y actividad de su querida pariente lady Lennox. Además,
puede que sus espías le hayan contado unas cuantas cosas. Y cuando, en la
ceremonia de armar caballero a Henry Darnley como primer príncipe de la corte,
se le presenta la espada real, la taimada se vuelve hacia Melville en un
repentino acceso de sinceridad y le dice a la cara: «Sé muy bien que este joven
infante os gusta más». Pero Melville no pierde su sangre fría ante este
repentino acceso a su bolsillo secreto. Sería un mal diplomático si no
conociera el arte de mentir con descaro en los momentos delicados. Así que se
limita a dejar que una arruga despreciativa surque su inteligente rostro y
responde, mirando con menosprecio a ese mismo Darnley a cuya cuenta ayer aún
negociaba activamente: «Una mujer de espíritu jamás elegirá a un infante así,
tan guapo, esbelto y barbilampiño que más parece una mujer que un hombre».
¿Se deja Isabel engañar de verdad por esta fingida
subestimación? ¿Ha adormecido de veras su desconfianza esta hábil salida del
diplomático? ¿O mantiene en todo el asunto un doble juego aún impenetrable? En
cualquier caso, lo inverosímil sucede; primero, lord Lennox, el padre de
Darnley, obtiene permiso para regresar a Escocia, y en enero de 1565 lo obtiene
el propio Darnley. Isabel envía pues —nunca sabremos por qué capricho o
astucia— a casa precisamente al candidato más peligroso de María Estuardo. Curiosamente,
el paladín de esa autorización no es otro que el conde de Leicester, que a su
vez practica un doble juego para librarse sin ser visto del lazo de la boda que
su señora ha trenzado para él. Ahora, el cuarto acto de la farsa podría
desarrollarse alegremente en Escocia, pero de repente el azar desborda a todos
los participantes. De pronto se rompe el hilo de esta confusión artificial, y
la comedia de los pretendientes llega a un final sorprendente e insospechado
para todos.
Porque la política, ese poder terrenal y
artificial, se ha topado ese día de invierno con otro eterno y elemental: el
pretendiente que ha ido a visitar a María Estuardo encuentra insospechadamente
a una mujer en la reina. Después de años y años de paciente e indiferente
espera, por fin ha despertado. Hasta ahora no ha sido más que hija de rey,
novia de rey, reina y viuda de rey, juguete de la voluntad ajena, criatura
obediente de la diplomacia. Pero ahora, por vez primera, brota en ella un
verdadero sentimiento, de golpe se quita su ambición como un pesado vestido
para disponer libremente de su joven cuerpo, de su vida. Por primera vez, no
escucha a otros, sino tan sólo al pulsar de su sangre, al deseo y la voluntad
de sus sentidos. Y con esto comienza la historia de su vida interior.
La segunda boda
1565
Lo inesperado que en este momento sucede es en
realidad lo más normal del mundo: una joven se enamora de un joven. A la larga,
la Naturaleza no se deja reprimir: María Estuardo, una mujer de sangre caliente
y sanos instintos, está en ese punto de inflexión del destino, a comienzos de
ese año, en el umbral de sus veintitrés años. Como viuda, ha vivido cuatro años
en actitud completamente irreprochable, sin ningún episodio erótico serio. Pero
toda contención de los sentidos tiene su punto final: también en una reina la
mujer exige un día su derecho más sagrado, el derecho a amar y ser amada.
El objeto de este primer afecto de María Estuardo
—caso raro en la Historia Universal— no es otro que el pretendiente político,
Darnley, que por orden de su madre llega a Escocia a principios de febrero de
1565. A María Estuardo este joven no le es completamente desconocido: hace
cuatro años, cuando tenía quince, había ido a Francia para llevar a la cámara
oscura del deuil blanc las condolencias de su madre. Pero desde
entonces ha crecido hasta convertirse en un muchacho esbelto, fuerte, rubio,
con un rostro femeninamente liso y lampiño, pero también de una belleza
femenina, desde el que dos grandes y redondos ojos de niño miran algo inseguros
hacia el mundo: “Il n’est possible de voir un plus beau prince», no es
posible un príncipe más bello, le describe Mauvissière, y también la joven
reina le declara “the lustiest and best proportioned long man», el chico más
simpático y mejor proporcionado que jamás ha visto. Forma parte del carácter
fogoso e impaciente de María Estuardo ilusionarse con facilidad.
Los románticos que sueñan despiertos como ella
raras veces ven en su verdadera medida a los hombres y las cosas, sino que la
mayoría de las veces las ven como desean verlas. Oscilando sin descanso entre
la sobrestimación y la decepción, estos incorregibles nunca se dejan
decepcionar del todo, y al salir de una ilusión siempre vuelven a ser víctimas
de otra, porque la ilusión, no la realidad, es su verdadero mundo. Así, en su
simpatía rápidamente inflamada por el joven lampiño, María Estuardo no observa al
principio que la bella superficie de Darnley esconde poca profundidad, que no
hay verdadera fuerza bajo los tensos músculos, ninguna cultura intelectual bajo
su habilidad cortesana. Sólo ve, poco acostumbrada a ello por su entorno
puritano, que ese joven principesco monta maravillosamente, baila con
flexibilidad, adora la música y la alegría y, en caso necesario, es capaz de
componer agradables versos. Semejante toque de inclinación artística siempre
hace impresión sobre ella; se alegra sinceramente de encontrar en este joven
príncipe un agradable compañero para el baile, la caza y todos sus juegos y
actividades artísticas, su presencia trae variedad y el luminoso aroma de la
juventud a una corte un tanto aburrida. Pero también los demás acogen
amablemente a Darnley, que conforme a las instrucciones de su inteligente madre
se comporta con extrema humildad; pronto es un invitado bien visto en
Edimburgo, “well liked for his personage», como dice ingenuamente Randolph, el
espía de Isabel. Más hábil de lo que cabía esperar en él, representa el papel
del pretendiente no sólo ante María Estuardo, sino ante todo el mundo.
Por una parte, hace amistad con David Rizzio, el
nuevo secretario privado de la reina y hombre de confianza de la
Contrarreforma; durante el día juegan juntos a la pelota, por las noches duerme
en su misma cama. Pero mientras se acerca al partido católico, halaga al mismo
tiempo al protestante. Los domingos, acompaña a la kirk al regente
reformado Moray para escuchar, profundamente impresionado en apariencia, las
prédicas de John Knox; a mediodía, para alejar de sí cualquier recelo, come con
el embajador inglés y ensalza la bondad de Isabel, por la noche baila con las
cuatro Marys; en pocas palabras, este muchacho alto, no inteligente, pero bien
instruido, hace bien su trabajo, y precisamente su mediocridad personal le
protege de toda precipitada sospecha.
Más de repente ha saltado la chispa y ha prendido,
de pronto es María Estuardo, la cortejada por reyes y príncipes, la que corteja
a este tonto muchacho de diecinueve años. Esta inclinación brota de ella con
violencia represada e impaciente, como siempre ocurre con las naturalezas
plenas que no han empleado y derrochado su energía sentimental en pequeñas
aventuras y amoríos; con Darnley, María Estuardo siente por primera vez el
deseo femenino. Porque su matrimonio infantil con Francisco II no fue nada más
que una especie de camaradería sin resolver, y en todos los años transcurridos
desde entonces la mujer que hay en ella ha vivido tan sólo en una especie de
oscurecimiento sentimental: ahora, de repente, hay allí una persona, un hombre,
sobre el que puede caer como un torrente salvaje este exceso de sentimientos
represados y acumulados. Sin pensar, sin reflexionar, ve, como a menudo sucede
a las mujeres, al hombre único, al definitivo, en este que tan sólo es el
primero. Sin duda sería más inteligente esperar, poner a prueba los valores de
este hombre.
Pero pedir lógica a la pasión de una joven
enamorada sería buscar el sol a medianoche. Porque forma parte de la esencia de
la verdadera pasión el que sea inanalizable e irracional. No se puede prever,
ni siquiera interpretar a posteriori.
Sin duda María Estuardo ha sido alcanzada más allá
de su normalmente claro entendimiento. Nada en el carácter de ese chico
inmaduro, vanidoso y meramente guapo, hace comprensible su desbordamiento: como
innumerables hombres que fueron amados por mujeres intelectualmente superiores
mucho más allá de su medida interior, Darnley no tiene ningún otro mérito,
ninguna otra fuerza mágica, que ser casualmente aquel que en el momento
decisivo sale al paso de la dormida voluntad de amar de una mujer.
Ha pasado mucho tiempo, demasiado, antes de que la
sangre de esta orgullosa hija de los Estuardo empiece realmente a hervir. Pero
ahora tiembla y vibra de impaciencia. Cuando María Estuardo quiere algo, nunca
espera ni reflexiona. ¿Qué le ofrecen Inglaterra, Francia, España, el futuro,
que no le ofrezca un presente amado? No, ya no quiere seguir la aburrida
comedia con Isabel, no quiere insistir al somnoliento pretendiente de Madrid,
aunque le aportara la corona de dos mundos: ¡aquí tiene a ese chico luminoso,
joven, tierno y voluptuoso, con su boca roja y sensual, sus tontos ojos
infantiles, su ternura que está empezando a tantear! En ese estado de
irracionalidad dichosa y sensual, el único pensamiento que la llena es atarse
ahora con rapidez, pertenecerle pronto. Al principio, sólo una persona en toda
la corte conoce su inclinación, su dulce angustia: el nuevo secretario privado,
David Rizzio, que hace todo lo posible para llevar con habilidad el barco de
los amantes hasta el puerto de la mítica Citera. Este hombre de confianza del
Papa ve fundarse en un matrimonio con un católico el futuro predominio de la
Iglesia en Escocia, y su celoso casamenterismo sirve menos a la dicha de la
pareja que a los fines políticos de la Contrarreforma. Sin que los cancilleres
del reino, Moray y Maitland, sospechen la intención de María Estuardo, escribe
ya al Papa para pedirle una dispensa, necesaria porque María es pariente de
Darnley en cuarto grado. Pregunta ya a Felipe II, considerando cauteloso todas
las consecuencias, si María Estuardo podrá contar con su ayuda en caso de que
Isabel pusiera dificultades a ese matrimonio; día y noche trabaja este seguro
agente, que de lograrse el proyecto conyugal verá ascender en el cielo su
propia estrella y el triunfo de la causa católica. Pero por afanoso que sea su
revolver y laborar para dejar despejado el camino, para la impaciente todo
sigue siendo demasiado lento, demasiado prudente, demasiado cauteloso. No
quiere esperar. Semanas y semanas hasta que las cartas lleguen como caracoles a
través del mar y la tierra; está demasiado segura de la dispensa del Santo
Padre como para que un pergamino tenga que confirmar lo que su voluntad quiere
tener ya. En sus decisiones, María Estuardo siempre tendrá esa ciega
incondicionalidad, esa espléndida y necia desmesura.
Finalmente, el hábil Rizzio sabe dar cumplimiento a
ese deseo, como a todos los demás de su señora; hace venir a su cuarto a un
sacerdote católico, y aunque no pueda demostrarse que realmente tuviera lugar
un matrimonio anticipado tal como la Iglesia lo entiende —en la historia de
María Estuardo nunca se puede confiar del todo en los relatos individuales—, sí
tiene que haberse producido algún tipo de promesa o vínculo entre ambos;
porque, “Laudato sia Dio», el espabilado ayudante Rizzio exclama que ahora nadie
puede “disturbare le nozze», impedir la boda. Antes de que el resto de la
corte sospeche en Darnley al pretendiente, en realidad ya es señor de su vida,
y quizá también de su cuerpo.
El secreto de este “matrimonio segreto» se
mantiene, porque sólo fue confiado a los tres y al sacerdote, obligado al
silencio. Pero, igual que el humo permite intuir una llama invisible, así la
ternura siempre deja intuir un sentimiento oculto; no pasa mucho tiempo antes
de que en la corte empiecen a observarlos cuidadosamente. Había llamado la
atención la forma temerosa y atenta en que María Estuardo cuidó a su pariente
cuando de pronto el pobre joven tuvo paperas… extraña enfermedad para un novio.
Día tras día se sentó junto a su lecho, y apenas sanó no se apartó de su lado.
El primero que mira con malos ojos es Moray. Había fomentado honestamente (y
sobre todo mirando por sí mismo) todos los planes conyugales de su hermana,
incluso había aceptado, a pesar de ser estricto protestante, que se casara con
el máximo protector del catolicismo, el hijo de los Habsburgo españoles, porque
Madrid está lo bastante alejado de Holyrood como para no molestar. Pero este
plan de Darnley atraviesa como un cuchillo sus intereses. Moray es lo bastante
clarividente para darse cuenta de que en cuanto ese vanidoso chiquillo Darnley,
tierno como una ciruela, sea el real esposo, querrá ejercer también el poder
real. Además, tiene suficiente olfato político como para intuir adonde apuntan
las intrigas secretas del escribano italiano y agente papal: al
restablecimiento del predominio católico y la aniquilación de la Reforma en
Escocia. En su alma decidida, la ambición personal se mezcla con la convicción
religiosa, la pasión del poder con la preocupación nacional; ve con claridad
que con un Darnley empezará en Escocia un dominio extranjero, y tocará a su fin
el suyo. Por eso, aconseja a su hermana y le advierte contra un matrimonio que
tendrá que traer inconmensurables conflictos al apenas pacificado país. Y
cuando ve que no se atienden sus admoniciones, abandona la corte.
También Maitland, el otro probado asesor, ensaya la
resistencia. También él ve amenazada su posición y la paz de Escocia, también
él se resiste, tanto como ministro como en calidad de protestante, contra la
instauración de un príncipe católico, y poco a poco los nobles reformados del
país se reúnen en tomo a ellos dos. Finalmente también a Randolph, el embajador
inglés, empiezan a abrírsele los ojos. Por vergüenza de haberse dormido durante
las horas decisivas, describe en sus informes la influencia del guapo muchacho
sobre la reina como brujería, como witchcraft, y redobla con fuerza los
tambores pidiendo ayuda. Pero ¡qué son todo el disgusto y el refunfuñar de
estas gentes pequeñas junto a la ira furiosa, vehemente, perpleja de Isabel en
cuanto se entera de la elección de María Estuardo! Porque en verdad se le ha
hecho pagar amargamente su doble juego, se le ha estafado hasta el ridículo en
este juego matrimonial. Con el pretexto de negociar por Leicester, se le ha
hecho soltar de la mano al verdadero pretendiente y se le ha pasado de
contrabando a Escocia; ahora ella se sienta con su diplomacia superior en
Londres y le toca mirar lo que sucede. En el primer arranque de furia, encierra
en la Torre a lady Lennox, la madre de Darnley, como instigadora de todo el
cortejo, y ordena amenazante a su «súbdito» Darnley que regrese inmediatamente
a casa; amenaza a su padre con la confiscación de todos sus bienes, convoca un
Consejo de la corona que, a petición suya, declara el matrimonio peligroso para
la amistad entre los dos países, amenaza pues, en veladas palabras, con la
guerra. Pero en lo más profundo de sí misma la engañada está tan asustada y
trastornada que al mismo tiempo apuesta por regatear y por actuar. Para superar
su vergüenza, arroja sobre la mesa su último triunfo, la carta que hasta ahora
sostenía convulsiva entre los dedos: por vez primera, ofrece a María Estuardo
de manera abierta y vinculante (ahora que el juego está perdido) la sucesión al
trono de Inglaterra, envía incluso —de pronto le ha entrado la prisa— a un
embajador con la promesa válida de que “if the Queen of Scots would accept
Leicester, she would be accounted and allowed next heir to the crown as
though she were her own born daughter», si la reina de los escoceses acepta a
Leicester, será reconocida heredera del trono como si fuera la propia hija de
Isabel. Fantástica prueba de la eterna contradicción de toda diplomacia: lo que
María Estuardo ha querido obtener de su rival durante años, con la mayor
inteligencia, insistencia y astucia, el reconocimiento de su derecho a la
corona, puede obtenerlo de golpe ahora precisamente por medio de la mayor
tontería de su vida.
Pero forma parte de la esencia de las concesiones
políticas que lleguen siempre demasiado tarde. Ayer María Estuardo aún era
política, hoy no es más que mujer, no es más que enamorada. Hasta hace poco,
aún era su deseo más ardiente convertirse en sucesora al trono de Inglaterra,
hoy toda esa ambición real ha quedado olvidada ante el deseo, menor pero más
impulsivo, de la mujer de tener a ese muchacho esbelto, guapo, joven, de
poseerlo. Es demasiado tarde para las amenazas, las ofertas de herencia de Isabel,
demasiado tarde también para las advertencias de sinceros amigos, como el duque
de Lorena, su tío, que le dice que debe apartarse de ese “joli hutaudeau», ese
«guapito». Ni la razón ni la razón de Estado tiene ya poder sobre su indomable
impaciencia. Con ironía, responde a la furiosa Isabel, enredada en su propia
red: «La insatisfacción de mi buena hermana es para mí realmente asombrosa,
porque esta elección que ahora objeta ha ocurrido conforme a sus deseos. He
rechazado a todos mis pretendientes extranjeros, he elegido a un inglés que
procede de la sangre real de ambos reinos y es el primer príncipe de
Inglaterra». Isabel no puede responder nada a eso, porque María Estuardo ha
accedido a sus deseos al pie de la letra…aunque, naturalmente, de otro modo. Ha
escogido a un noble inglés, e incluso a uno que ella le ha enviado a casa con
ambigua intención. Como a pesar de ello, en su descontrolado nerviosismo, sigue
apremiando a María Estuardo con ofertas y amenazas, finalmente ésta habla con
dureza y claridad. Han estado haciéndola esperar tanto tiempo con hermosos
discursos y defraudando sus expectativas, que ahora, con el consentimiento de
todo el país, ha hecho su propia elección.
Indiferente a las cartas de Londres, ya sean dulces
o agrias, en Edimburgo se prepara la boda a todo ritmo y se nombra rápidamente
a Darnley duque de Ross; el embajador inglés, que en el último momento llega al
galope con un montón de protestas de Inglaterra, llega justo a tiempo de oír la
proclamación de que desde ahora Henry Darnley será llamado rey y con tal título
habrá que hablarle (“namit and stylith»).
El 29 de julio redoblan las campanas de los
esponsales. En la pequeña capilla católica de Holyrood, un sacerdote bendice la
unión. María Estuardo, siempre ingeniosa cuando se trata de ceremonias
solemnes, aparece con ese motivo, para general sorpresa, vestida de luto, con
la misma ropa que llevó en el entierro de su primer esposo, el rey de Francia;
con eso pretende manifestar en público que no ha olvidado fácilmente a su
primer marido y sólo vuelve ante el altar para satisfacer el deseo de su
pueblo. Sólo después de haber oído misa y haberse retirado a sus aposentos se
deja mover por los tiernos ruegos de Darnley —la escena está magníficamente
preparada, y las ropas festivas están ya a mano— a dejar la ropa de luto y
elegir los colores de la fiesta y la alegría. Abajo, la multitud jubilosa rodea
el castillo, el dinero se arroja a manos llenas, y con el corazón despejado la
reina y su pueblo se entregan a la alegría. Muy para disgusto de John Knox, que
sin dudar a sus cincuenta y seis años ha tomado a una muchacha de dieciocho
como segunda esposa, pero al que ninguna alegría más que la suya le parece
legítima; durante cuatro días y cuatro noches vibra el anillo de las fiestas,
como si las tinieblas hubieran pasado para siempre y empezara el dichoso
reinado de la juventud.
La desesperación de Isabel no conoce límites cuando
ella, la soltera, la incasable, se entera de que María Estuardo se ha
convertido en esposa por segunda vez. Porque con sus manejos y tergiversaciones
ha estado maniobrando en la oscuridad. Ha ofrecido a la reina de Escocia su
amistad cordial: se le ha rechazado delante de todo el mundo. Ha presentado
objeción contra Darnley: se ha pasado con toda indiferencia por encima de ella.
Ha enviado un embajador con una última advertencia: se le ha hecho esperar ante
las puertas cerradas hasta que la boda terminase. Ahora, tendría que hacer algo
para salvar su prestigio.
Tendría que romper las relaciones diplomáticas o
declarar la guerra. Pero ¿con qué pretexto? Porque María Estuardo tiene clara e
inequívocamente razón: ha dado satisfacción a los deseos de Isabel de no elegir
un príncipe extranjero, el matrimonio es irreprochable, Henry Darnley un esposo
digno de la corona, en tanto que pretendiente al trono de Inglaterra como
bisnieto de Enrique VII. Toda protesta a posteriori haría en su impotencia más
visible ante el mundo la irritación privada de Isabel.
Pero la ambigüedad es, y será durante toda su vida,
la actitud propia de Isabel. No se aparta de su método ni siquiera después de
esta primera y mala experiencia. Naturalmente, no declara la guerra a María
Estuardo, no retira a su embajador, pero de manera subterránea trata de deparar
las mayores dificultades a esta pareja más que feliz. Demasiado temerosa,
demasiado cauta como para disputar abiertamente el poder a Darnley y María
Estuardo, trabaja contra ellos en la oscuridad. En Escocia siempre es fácil encontrar
rebeldes y descontentos cuando se trata de ir contra su señor, y en esta
ocasión incluso hay entre ellos un hombre que supera en una cabeza, en energía
y odio sincero, a toda esta pequeña camada. Moray no ha asistido, de forma
ostentosa, a la boda de su hermana, y su ausencia ha sido observada por los
iniciados como un mal presagio. Porque Moray —y esto es lo que hace su figura
enormemente atractiva y misteriosa—tiene un asombroso instinto para los cambios
del viento político, adivina con una percepción increíblemente segura el
momento en que las cosas giran hacia el peligro, y en esos casos hace lo más
inteligente que puede hacer un político refinado: desaparece. Aparta la mano
del timón, de repente se vuelve invisible e inencontrable. Igual que la
repentina desaparición de los ríos, la desecación de los cursos de agua,
anuncia en la Naturaleza grandes catástrofes elementales, así en todo momento
la desaparición de Moray —la historia de María Estuardo lo demostrará— anuncia
una desgracia política. Al principio, Moray aún adopta una actitud pasiva. Se
queda en su castillo, evita con terquedad la corte para demostrar que, como
regente y protector del protestantismo, desaprueba la elección de Darnley como
rey de Escocia. Pero Isabel quiere más que una mera protesta contra la nueva
pareja real. Quiere una rebelión, así que corteja a Moray y a los asimismo
descontentos Hamilton. Con el estricto mandato de no comprometerla, “in the
most secret way», encarga a uno de sus agentes apoyar con tropas y dinero a los
lores “as if from himself», como si fuera por iniciativa suya y ella no supiera
nada. El dinero cae en las codiciosas manos de los lores como el rocío en una
pradera quemada, su valor se yergue, y las promesas de ayuda militar pronto
ponen al día la sublevación deseada en Inglaterra.
Quizá el único error que comete Moray, normalmente
un político inteligente y de amplia perspectiva, es confiar en la menos fiable
de las reinas y ponerse a la cabeza de esta sublevación. Sin duda este hombre
cauteloso no golpea enseguida, por el momento se limita a reunir aliados: en
realidad, quiere esperar a que Isabel se declare públicamente a favor de la
causa de los lores protestantes, para no aparecer como rebelde, sino como
defensor de la Iglesia amenazada por su hermana. Pero María Estuardo, inquieta
por la conducta ambigua de su hermano y, con razón, nada dispuesta a tolerar su
alejamiento visiblemente hostil, le cita a comparecer de manera solemne ante el
Parlamento para justificarse. Moray, no menos orgulloso que su hermana, no
acepta semejante citación como acusado, niega con arrogancia su obediencia; así
que él y sus seguidores son declarados proscritos («put to the horn») en la
plaza pública. Una vez más, tendrán que decidir las armas en vez de la razón.
En las decisiones fuertes, siempre se pone
espléndidamente de manifiesto la diferencia de temperamento entre María
Estuardo e Isabel. María se muestra decidida, su valor siempre es impaciente,
de corto aliento y rápido. Isabel, en cambio, conforme a su naturaleza
temerosa, titubea a la hora de tomar sus decisiones. Antes de que termine de
pensar en si da a su tesorero la orden de equipar un ejército y apoyar
abiertamente a los rebeldes, María Estuardo ya ha descargado el golpe. Dicta
una proclamación en la que ajusta cuentas con los rebeldes: «No están
satisfechos acumulando riqueza sobre riqueza y honor sobre honor, quieren
tenemos por entero en sus manos a Nos y a Nuestro reino, para disponer de él a
su gusto y forzamos a Nos a actuar tan sólo conforme a su consejo… en pocas
palabras, quieren ser reyes ellos y permitimos a Nos como mucho el título, pero
reservándose la administración del reino». Sin perder una hora, esta brava
mujer salta a la silla de montar. Con las pistolas al cinto, su joven esposo a
su lado sobre un arnés dorado, rodeada por los nobles que le siguen siendo
fieles, cabalga contra los rebeldes a la cabeza de su ejército, rápidamente
reunido. De la noche a la mañana, la caravana de los esponsales se ha
convertido en campaña bélica. Y esa decisión demuestra su eficacia. Porque la
mayoría de los barones adversarios se inquieta ante esta nueva energía, tanto
más cuanto que la ayuda prometida por Inglaterra no se produce e Isabel sigue
enviando confusas palabras en vez de un ejército. Uno tras otro, todos vuelven
con la cabeza baja ante su soberana legítima, tan sólo Moray se niega a
doblegarse y no lo hará; pero antes de que, abandonado por todos, pueda reunir
un verdadero ejército, ya ha sido batido y tiene que huir. La victoriosa pareja
real le sigue hasta la frontera, en duras y audaces cabalgadas. A mediados de
octubre, se salva a duras penas refugiándose en territorio inglés.
La victoria es total, todos los barones y lores de
su reino cierran filas junto a María Estuardo, por primera vez Escocia vuelve a
estar por entero en manos de un rey y una reina. Por un instante, el
sentimiento de seguridad llega a hacerse tan fuerte en María Estuardo que
pondera si no deberá pasar al ataque y avanzar hacia Inglaterra, donde sabe que
la minoría católica la recibiría con júbilo como libertadora; a sus
inteligentes asesores les cuesta trabajo contener su pasión. Pero sea como
fuere se han acabado las cortesías desde que su adversaria ha mostrado todas
las cartas, las abiertas y las escondidas. Su matrimonio ha sido su primer
triunfo sobre Isabel, el aplastamiento de la rebelión el segundo; ahora, con la
conciencia libre y despejada, puede mirar a los ojos a su «buena hermana» del
otro lado de la frontera.
Si la situación de Isabel ya no era envidiable
antes, después de la derrota de los rebeldes promovidos y animados por ella se
vuelve terrible. Sin duda era y será siempre un uso internacional desautorizar
a posteriori a los rebeldes que el país vecino ha animado en secreto en caso de
que sean derrotados. Pero como en la desgracia el azar se encadena siempre con
el azar de la peor manera posible, uno de los envíos de dinero de Isabel a los
lores ha ido a parar, por medio de un osado golpe de mano, a Bothwell, mortal
enemigo de Moray, así que la prueba de la complicidad de Isabel está clara. Y
segundo inconveniente: en su huida, Moray se ha refugiado como es natural en el
país que le aseguró su apoyo por activa y por pasiva, Inglaterra; de pronto, el
vencido aparece incluso en Londres.
¡Terrible situación para quien ya ha quedado
demostrado que practica un doble juego! Porque si recibe en la corte a Moray,
el rebelde, aprobará la revuelta a posteriori. Si, en cambio, somete a su
secreto aliado al público oprobio de rechazarle, con cuánta facilidad ese
hombre amargado contará sobre su financiadora todo lo que es mejor que no se
sepa en las cortes extranjeras…pocas veces se vio Isabel en mayores apuros por
su ambigüedad que en este momento.
Pero, felizmente, este siglo es un siglo de
magistrales comedias, y no es casualidad que Isabel respire el mismo aire
vital, fuerte y osado que un Shakespeare y un Ben Jonson. Actriz nata, domina
el teatro y los grandes escenarios como ninguna otra reina: en Hampton Court y
Westminster no se veían peores representaciones que en los teatros del Globo y
la Fortuna. Apenas se entera de la llegada del incómodo aliado, Moray es
instruido por Cecil, en una especie de ensayo general, en lo que al día
siguiente tiene que representar para salvar el honor de Isabel.
Es difícil imaginar algo más descarado que la
comedia que tiene lugar a la mañana siguiente. El embajador francés está de
visita, y charla con Isabel — ¡cómo puede suponer que ha sido invitado a una
farsa!— sobre asuntos políticos.
De pronto, entra un criado y anuncia al conde de
Moray. La reina frunce el entrecejo. ¿Cómo? ¿Ha entendido bien? ¿De verdad es
lord Moray? ¿Cómo viene a Londres ese vil rebelde contra su «buena hermana»? ¿Y
cómo se atreve —¡inaudita osadía!— a dejarse ver ante ella, que —el mundo lo
sabe— es un corazón y un alma con su querida prima? ¡Pobre Isabel! ¡Al
principio no puede contener su asombro y su ira! De todos modos, tras un
siniestro titubeo, decide recibir al «osado», ¡pero, por Dios, no a solas! No,
retiene expresamente al embajador francés para tener un testigo de su «sincera»
indignación.
Ahora le toca actuar a Moray. Y, con severa
seriedad, representa la escena ensayada. Su aparición ya indica notablemente
bien la conciencia de su culpa. Se presenta humilde y titubeante, sin su paso
habitual, tan erguido y osado, vestido enteramente de negro, dobla la rodilla
como un peticionario y empieza a hablar a la reina en lengua escocesa.
Enseguida, Isabel le interrumpe y le ordena hablar en francés, para que el
embajador pueda seguir su conversación y nadie pueda afirmar que ha tenido
ninguna clase de secretos con un rebelde tan despreciable.
Moray balbucea, aparentemente confuso, pero
enseguida Isabel saca un registro áspero: no entiende cómo él, un fugitivo y
rebelde contra su amiga, puede osar acudir a su corte sin ser llamado. Sin
duda, a veces ha habido malentendidos entre ella y María Estuardo, pero no han
sido graves en modo alguno. Siempre ha considerado a la reina de Escocia su
buena hermana, y espera que siga siéndolo. Por eso, si Moray no puede darle
pruebas de que sólo se ha levantado contra su soberana por necedad o en defensa
propia, lo hará encarcelar y le pedirá responsabilidades por su conducta
rebelde. Que Moray se defienda, pues.
Moray, aleccionado por Cecil, sabe muy bien que
puede decir lo que quiera menos una cosa: la verdad. Sabe que tiene que cargar
todas las culpas sobre sí mismo, sólo sobre él, para descargar a Isabel ante el
embajador y hacerla aparecer totalmente al margen de la rebelión ordenada.
Tiene que proporcionarle una coartada. Así que en vez de quejarse de María
Estuardo, ensalza desmedidamente a su hermanastra. Ella le había concedido
tierras, honores y recompensas que superaban con mucho sus méritos, y por eso
él siempre le había servido del modo más leal, y sólo el temor a una
conspiración contra su persona, sólo la preocupación de poder ser asesinado, le
había movido a su absurda actitud. Sólo ha venido ante Isabel para que le
ayude, en su bondad, a obtener el perdón de su soberana, la reina de Escocia.
Esto suena ya espléndidamente exculpatorio para la
verdadera organizadora de la sublevación. Pero Isabel aún necesita más. Porque
esta comedia no ha sido preparada para que Moray cargue con todas las culpas
ante el embajador, sino para que declare como testigo de cargo que Isabel no ha
tenido ni lo más mínimo que ver con el asunto. Una mentira enérgica nunca le
cuesta más a un político hecho que un soplo de aire, así que Moray asegura
solemnemente ante el embajador que Isabel «no sabía ni lo más mínimo de esta
conspiración, y jamás le animó a él o a sus amigos a negar obediencia a su real
soberana».
Ahora Isabel tiene la coartada que deseaba. Está
completamente limpia. Y, con el más bello énfasis teatral, puede tronar a su
cómplice ante el embajador:
“¡Ahora habéis dicho la verdad! Porque ni yo ni
nadie en mi nombre os ha instigado contra vuestra reina. Tan vil traición sólo
podía dar un mal ejemplo y animar a mis propios súbditos a rebelarse contra mí.
Por eso, cuidad de desaparecer de mi presencia. Sois un indigno traidor».
Moray inclina la cabeza, quizá para ocultar que sus
labios sonríen levemente.
No ha olvidado las muchas libras entregadas a su
propia esposa y a los otros lores en nombre de la reina, ni las cartas, las
invocaciones de Randolph, las promesas de la cancillería. Pero sabe que, si
acepta ser chivo expiatorio, Isabel no le arrojará al desierto. También el
embajador francés guarda silencio, respetuoso en apariencia, como hombre de
cultura sabe apreciar una buena comedia. Sólo al llegar a casa sonreirá,
sentado a solas ante su atril, cuando informe a París de la escena. Quizá en
ese momento tan sólo Isabel no se divierte; probablemente ni ella cree que
nadie le haya creído. Pero por lo menos nadie se ha atrevido a dudar
abiertamente, se han guardado las apariencias, ¡qué importa la verdad! Soberana
y muda, sale de la estancia haciendo susurrar sus amplios vestidos.
Nada muestra con más fuerza el poder de María
Estuardo en ese instante que el hecho de que su rival tenga que recurrir a tan
pequeños trucos para asegurarse al menos la retirada moral después de haber
perdido la batalla. Orgullosa, la reina de Escocia puede alzar la cabeza, todo
ha salido según su voluntad. El hombre que ha elegido lleva la corona. Los
barones que se alzaron contra ella se han echado atrás o vagan proscritos por
el extranjero. Las estrellas se muestran favorables, y si esta nueva alianza tuviera
un heredero, se habrá cumplido el último de sus sueños, el mayor: un Estuardo
como pretendiente al trono de Escocia e Inglaterra unidas.
Las estrellas se muestran favorables, la calma cae
como una extraña bendición sobre el país. Ahora María Estuardo podría descansar
y disfrutar por fin de la dicha alcanzada. Mas sufrir inquietud, crear
inquietud es la ley de su indómita naturaleza. A un corazón salvaje no le sirve
de mucho que el mundo exterior quiera brindarle dicha y paz. Impetuosa, crea
constantemente nuevas fatalidades y otros peligros.
La noche fatal de Holyrood
9 de marzo de 1566
Forma parte de la esencia de todo sentimiento pleno
que no cuente ni ahorre, no dude y no pregunte: cuando una naturaleza
principesca ama, eso significa plena entrega y derroche. En las primeras
semanas de matrimonio, María Estuardo no se cansa de mostrar su favor a su
joven esposo. Cada día sorprende a Darnley con nuevos regalos: ora un caballo,
ora un traje, cien cosas pequeñas y tiernas después de haberle dado todas las
grandes, después de haberle dado el título de rey y su inquieto corazón. «Se le
ha dado plenamente todo lo que una mujer puede hacer en honor de un hombre
—informa a Londres el embajador inglés.
Todos los elogios, todas las dignidades que podía
otorgar, le han sido hace mucho reconocidas. No le gusta nadie que no le guste
a él, no puedo decir sino que está completamente subordinada a su voluntad.»
Conforme a su vehemente naturaleza, María Estuardo no puede hacer nada a
medias, sino que todo lo hace por entero y más que por entero: cuando se
entrega, no lo hace de forma titubeante y temerosa, sino que es el suyo un
darse sin medida, furioso y despilfarrador. «Se ha puesto completamente bajo la
voluntad de él —escribe Randolph— y se deja guiar y conducir como a él le
place.» Como apasionada amante, entrega toda su vida en obediencia y extasiada
humildad. En una mujer enamorada, sólo un orgullo enorme puede convertirse de
un modo tan grandioso en una enorme entrega.
Mas los grandes regalos sólo son un don para aquel
que es digno de ellos, para cualquier otro se convierten en un peligro. Los
caracteres fuertes se hacen más fuertes con el poder del que de pronto disponen
(porque el poder es su elemento natural), los caracteres débiles sucumben a su
suerte inmerecida. El triunfo no los vuelve humildes, sino altaneros, y con
pueril necedad confunden un regalo con su propio mérito. Pronto la rápida e
ilimitada prodigalidad de María Estuardo se revela fatalmente despilfarrada en
este joven estrecho de miras y vanidoso, que necesitaría un preceptor en vez de
sentirse señor de una reina generosa y de gran corazón. Porque apenas observa
Darnley el poder que ha adquirido se vuelve arrogante y descarado. Acoge los
regalos de María Estuardo como un tributo que se le debe, la gracia de ese amor
real como el derecho que le corresponde como hombre; convertido en Señor, cree
tener derecho a tratarla como a una inferior. Interiormente una naturaleza
mísera, un corazón de cera —“heart of wax”», como más adelante la propia María
Estuardo dirá con desprecio de él—, ese muchacho malcriado pierde todas las
inhibiciones, se hincha y se inmiscuye imperativo en los asuntos de Estado. Se
acabaron los poemas y los tiernos modales, ya no son necesarios, ahora se
impone en el Consejo, habla con rudeza y en alta voz, bebe con sus amigos y,
cuando en una ocasión ella trata de apartarlo de tan indigna compañía, sermonea
a la reina de forma tan vergonzosa que ella, públicamente humillada, rompe a
llorar. Porque María Estuardo le ha dado el título de rey —el título, nada
más—, cree ser realmente rey, y exige tercamente la corregencia,
el matrimonial crown; antes de que le haya salido barba, ese muchacho de
diecinueve años ya quiere gobernar como soberano irrestricto de Escocia. Pero
todo el mundo se da cuenta de que detrás de ese aire desafiante no hay
verdadero valor, detrás de ese fanfarroneo no hay una voluntad decidida. Pronto
tampoco María Estuardo podrá seguir sustrayéndose a la vergüenza de haber despilfarrado
su primer y más bello sentimiento de amor en un fatuo ingrato. Demasiado tarde,
como tantas veces sucede, puede arrepentirse de haber despreciado las
bienintencionadas advertencias de sus mejores asesores.
No hay más profunda humillación en la vida de una
mujer que haberse entregado precipitadamente a un hombre indigno de su amor:
una verdadera mujer nunca podrá perdonarse tal culpa a sí misma ni al culpable.
Pero después de tanta pasión entre dos personas, la mera frialdad y la lisa
cortesía sería antinatural: una vez prendido el sentimiento tiene que seguir
ardiendo, sólo puede cambiar de tonalidad, quemarse oscuramente en el odio y el
desprecio en vez de arder luminoso como incendio de amor. Así que María Estuardo,
siempre desenfrenada en su sentimiento, en cuanto le reconoce como indigno
retira su favor a Darnley con más rusquedad y más repentinamente de lo que lo
haría una mujer reflexiva y calculadora. Cae de un extremo al otro. Pieza a
pieza, le va quitando a Darnley lo que le dio en el primer impulso de su
pasión, sin reflexionar, sin contar. De pronto, ya no cabe hablar de una
corregencia fáctica, del matrimonial crown que había trasladado en su
momento a un Francisco II de dieciséis años. Lleno de irritación, Darnley
observa que ya no se le invita a sesiones importantes del Consejo de Estado y
se le niega el derecho a llevar en su escudo de armas las insignias reales.
Degradado a mero príncipe consorte, representa de pronto en la corte, en lugar
del soñado papel principal, el del irritado protestón. Pronto ese trato
despreciativo se traslada a los cortesanos; su amigo David Rizzio ya no le
enseña documentos de Estado y sella sin preguntarle todas las cartas con
el iron stamp, la firma real; el embajador inglés le niega el título de
«Majestad», y en Navidad, apenas un semestre después de la luna de miel, ya
puede informar de strange alterations en la corte real escocesa:
«Hace poco aún se decía: el rey y la reina; ahora
sólo se habla del esposo de la reina. Ya se había acostumbrado a ser mencionado
en primer lugar en todos los edictos, ahora va en segundo lugar. Hace poco se
acuñaron ciertas monedas con las dos cabezas “Henricus et Maria”, pero pronto
fueron recogidas y se emitieron otras nuevas. Entre ambos hay ciertas
discrepancias, pero como es amantium irae o household words, como dicen entre
el pueblo, todo esto aún no significa nada, siempre que las cosas no empeoren».
¡Pero empeoran! A las sensibles postergaciones que
ese rey de papel tiene que sufrir en su propia corte, se añade la secreta
sensibilísima de su cónyuge.
Desde hace años, María Estuardo, que es íntimamente
una naturaleza sincera, ha tenido que aprender a mentir en política: pero no
puede disimular en lo que atañe a sus pensamientos personales. Apenas se da
cuenta de en qué nulidad ha derrochado su pasión, apenas tras el Darnley de su
fantasía de las semanas de noviazgo emerge el joven necio, vanidoso, descarado
e ingrato, el amor físico se transforma bruscamente en repugnancia física. Se
le hace por entero insoportable seguir concediendo su cuerpo a ese esposo desde
que sus sentimientos se han apartado de él.
Así que, en cuanto se siente embarazada, la reina
se sustrae a su abrazo con toda clase de pretextos. Ora se dice enferma, ora
cansada, siempre encuentra excusas nuevas para negársele. Y mientras en los
primeros meses (el propio Darnley revela en su ira todos estos detalles) era
ella la que despertaba sus sentidos, ahora le avergüenza con su frecuente
rechazo. Incluso en esta esfera, la más íntima, la primera en la que obtuvo
poder sobre esta mujer, Darnley se siente de pronto —la más profunda ofensa, por
ser la más torturadora— privado de sus derechos y rechazado.
Darnley no tiene la fuerza espiritual para ocultar
su derrota. Necio, relata y grita su postergación a los cuatro vientos, gruñe y
amenaza, fanfarronea y anuncia terrible venganza. Pero cuanto más tremenda es
la expresión de su irritación, tanto más ridículos resultan sus desatinos, y al
cabo de unos meses, a pesar de su título de rey, sólo pasa por ser un fisgón
molesto y malhumorado, al que todo el mundo da la espalda con indiferencia. Ya
nadie se inclina, sino que sonríe, cuando este Henricus, Rex Scotiae quiere,
desea o exige algo. Y ni siquiera el odio es tan funesto para un soberano como
el general desprecio.
Pero la terrible decepción que María Estuardo ha
sufrido con Darnley no sólo es humana, sino también política. Había esperado,
al lado de un esposo joven, entregado en cuerpo y alma a ella, independizarse
al fin de la tutela de Moray, Maitland y los barones. Pero todas las ilusiones
desaparecen con la luna de miel.
Por Darnley rechazó a Moray y Maitland, y ahora más
que nunca está sola. Una naturaleza como la suya, por más profundamente
defraudada que esté, no puede vivir sin confianza; una y otra vez, busca una
persona segura en la que poder confiar. Preferirá elegir a alguien que proceda
de un rango inferior, que no tenga el prestigio de un Moray y un Maitland, pero
sí una virtud que le es más necesaria en esta corte escocesa, el más valioso de
los dones de un servidor: una lealtad y fiabilidad incondicionales.
El azar ha traído al país a un hombre así. Cuando
el embajador de Saboya, el marqués de Moreta, visita Escocia, en su séquito va
un joven piamontés de piel oscura, David Rizzio («in visage very black»), de
alrededor de veintiocho años, ojos redondos y despiertos y una boca fresca que
sabe cantar («particolarmente era buon musico»). Como sabemos, los poetas
y los músicos siempre son bienvenidos en la corte romántica de María Estuardo.
Por su padre y su madre, lleva en la sangre la apasionada inclinación a las
bellas artes, nada la extasía y satisface más, en medio de la lobreguez de su
entorno, que disfrutar de las hermosas voces, del sonido del violín y del laúd.
Por aquel entonces faltaba un bajo en su coro, y como el “Seigneur Davie» (así
le llamarán desde ahora en la intimidad) no sólo canta bien, sino que sabe
componer hábilmente palabras y notas, ruega a Moreta que le ceda a ese “buon
musico» para su servicio personal.
Moreta está de acuerdo, y también Rizzio, que es
contratado con un sueldo anual de sesenta y cinco libras. El hecho de que en
los libros de contabilidad aparezca como “David le Chantre», entre la
servidumbre como “valet de chambre», como ayuda de cámara, no tiene en sí mismo
nada de humillante, porque hasta los tiempos de Beethoven los músicos, incluso
los más divinos, se cuentan en las cortes entre la servidumbre. Todavía
Wolfgang Amadeus Mozart y el viejo Haydn, con sus blancos cabellos, no comen,
aunque famosos en toda Europa, en la mesa de la nobleza y los príncipes, sino
en la carente de manteles de los mozos de cuadra y los camareros.
Junto a su buena voz, Rizzio ha traído consigo una
cabeza clara, un entendimiento fresco y ágil y una buena cultura artística.
Domina el latín de forma tan fluida como el francés y el italiano, escribe con
buen estilo; uno de sus sonetos conservados muestra gusto poético y verdadero
sentido de la forma.
Pronto se presenta la deseada oportunidad de salir
de la mesa de los criados. El secretario privado de María Estuardo, Raulet, no
se había mostrado muy resistente a la enfermedad endémica en la corte escocesa:
el soborno inglés. La reina tuvo que despedirlo. Ahora, su lugar en su cuarto
de trabajo lo ocupa el ágil Rizzio, y desde ese momento sube y sube con
rapidez. De mero escribano pasa en poco tiempo a ser su asesor. Pronto María
Estuardo deja de dictar las cartas a su secretario piamontés, que las redacta a
su propia discreción; al cabo de pocas semanas, su influencia personal se hace
sentir en los asuntos de Estado escoceses. La rápida boda con el príncipe
católico Darnley fue en buena parte obra suya, y la extraordinaria firmeza con
la que la reina rechaza indultar a Moray y los otros sublevados escoceses la
atribuyen éstos, no sin razón, a sus maquinaciones. Que además Rizzio sea
agente del Papa en la corte escocesa quizá sea un hecho, quizá mera sospecha;
pero aunque sea apasionado partidario de la causa papal, de la católica, sirve
a María Estuardo con más entrega de lo visto hasta ahora en Escocia. María sabe
recompensar dignamente a aquel en el que percibe lealtad, y muestra su mano
abierta a aquel a quien puede abrir su corazón. De forma visible, demasiado
visible, distingue a Rizzio, le regala valiosas ropas, le confía el sello del
reino y todos los secretos de Estado. No pasa mucho tiempo antes de que el
criado David Rizzio se haya convertido en un gran señor, que come con sus
amigas a la mesa de la reina, ayuda resueltamente como maître de plaisir,
igual que en su día Chastelard (funesta hermandad en el destino), organizando
en la corte fiestas musicales y otras distracciones, y cada vez más la relación
de servicio se convierte en relación de amistad. Hasta entrada la noche, para
envidia de la servidumbre, ese extranjero de baja cuna es el único que puede
entrar en el más estrecho círculo de confianza de los aposentos reales; con
ademanes principescos, rechazante arrogancia, ejerce el máximo cargo del Estado
un hombre que sólo hace unos años había llegado a esta corte completamente
pobre, con gastada vestimenta de lacayo, con nada más que un poquito de tono y
armonía en la garganta. Ahora, en el reino de Escocia no se toma ninguna
decisión sin el concurso de su voluntad y sin su conocimiento. Pero, aunque
señor sobre todos los demás. Rizzio se mantiene al mismo tiempo el más fiel
servidor de su reina.
Y, segundo y seguro pilar de la autonomía de la
reina: no sólo el poder político, sino también el militar, está ahora en manos
seguras. También aquí hay a su lado un hombre nuevo, lord Bothwell, que en su
juventud luchó ya por la causa de su madre, María de Guisa, contra los lores de
la congregación protestante —aunque él era protestante—, y hubo de abandonar
Escocia a causa del odio de Moray. Retomado después de la caída de su mortal
enemigo, se pone él mismo y a los suyos a disposición de la reina, y ese poder
no es pequeño.
Aunque él es un guerrero insignificante, dispuesto
a cualquier aventura, una naturaleza férrea, tan apasionada en el amor como en
el odio, Bothwell tiene detrás a sus borderers, sus gentes de la frontera.
Y su persona significa por sí sola un ejército decidido; agradecida, María
Estuardo le nombra gran almirante y sabe que, sea contra quien sea, él estará a
su lado para defenderla a ella y su derecho.
Con estos dos leales a su persona, María Estuardo
tiene al fin, a sus veintitrés años, ambas riendas del mando firmes en su mano,
la política y la militar. Ahora podría atreverse por vez primera a reinar sola
contra todos, y esta imprudente siempre se ha atrevido a todo.
Pero siempre que en Escocia un rey quiere reinar de
verdad, los lores se oponen. Nada puede resultar más insoportable a estos
obstinados rebeldes que una monarca que ni les corteja ni les teme. Desde
Inglaterra, Moray y los otros proscritos presionan para que se les llame. Hacen
saltar todas las minas, incluso las de oro y plata, y como María Estuardo se
mantiene inesperadamente firme, el disgusto de los nobles se dirige en primer
término contra su asesor Rizzio; pronto circula por los palacios un secreto rumor
y malhumor. Llenos de amargura, los protestantes perciben que una diplomacia de
finas redes, de escuela maquiavélica, está actuando en Holyrood. Sospechan más
que saben que Escocia va a ser incluida en el gran plan secreto de la
Contrarreforma, quizá sea cierto que María Estuardo se ha comprometido ya con
la gran unión católica.
Responsabilizan de ello ante todo al intruso
Rizzio, que sin duda posee la ilimitada confianza de su señora pero no tiene
ningún otro amigo en esta corte.
Las personas inteligentes siempre son las que menos
inteligentemente actúan. En vez de ocultar con modestia su poder, Rizzio
—eterno error de todos los advenedizos— lo muestra con fanfarronería. Pero
sobre todo para el orgullo de la nobleza escocesa es insoportable tener que ver
cómo un antiguo criado, un músico itinerante del más dudoso origen, puede pasar
horas y horas en los aposentos de la reina, junto a su dormitorio, en secretas
conversaciones. Se hace cada vez más rabiosa la sospecha de que estas secretas
conversaciones tienen como meta la erradicación de la Reforma y la implantación
del catolicismo. Y para interceptar a tiempo tales planes, una serie de lores
protestantes se reúnen en una conspiración.
Desde hace siglos, la nobleza escocesa conoce un
solo método para hacer frente a incómodos adversarios: el asesinato. Sólo
cuando la araña que ha tejido esos secretos hilos sea aplastada, sólo cuando
ese aventurero italiano, flexible e impenetrable, haya sido eliminado, volverán
a tener las riendas en la mano, sólo entonces María Estuardo volverá a ser
dócil. Este plan de quitar de en medio a Rizzio mediante el crimen parece haber
ganado adeptos entre la nobleza muy pronto, porque meses antes del hecho el embajador
inglés ya comunica a Londres: «O Dios le depara a él un rápido final o a ellos
una vida insoportable».
Pero durante mucho tiempo los conjurados no
encuentran el valor necesario para una resistencia abierta. Siguen teniendo muy
metido en los huesos el susto de la rapidez y firmeza con que María Estuardo
aplastó la última rebelión, muestran pocos deseos de compartir el destino de
Moray y los otros emigrantes. Pero no temen menos la férrea mano de Bothwell,
que gusta de golpear con dureza y al que saben demasiado arrogante como para
mezclarse en complots con ellos. Así que sólo pueden refunfuñar y apretar los puños,
hasta que por fin uno de ellos —es una idea diabólicamente genial— concibe el
plan de convertir el asesinato de Rizzio de acto de rebeldía en acto legal y
patriótico, poniendo a Darnley, el rey, a la cabeza de la conspiración. A
primera vista, la idea parece absurda. ¿El soberano de un país en conspiración
contra su propia esposa, el rey contra la reina? Pero la combinación se
demuestra psicológicamente correcta, porque, como en todos los débiles, en
Darnley la vanidad insatisfecha es el resorte de todas sus acciones. Y Rizzio
ha acumulado demasiado poder como para que el derribado Darnley no sienta
envidia contra su antiguo amigo. Ese muerto de hambre venido a más mantiene
negociaciones diplomáticas de las que él, Henricus, Rex Scotiae, no es informado,
se sienta en los aposentos de la reina hasta la una y las dos de la mañana, es
decir, en las horas que una esposa debería pasar con su esposo, y su poder
crece de día en día en la misma medida en que el suyo disminuye ante toda la
corte. Darnley atribuye —probablemente con razón — a la influencia de Rizzio la
negativa de María Estuardo a concederle el derecho de corregencia,
el matrimonial crown, y ya eso sería suficiente como para incitar al odio
a un hombre ofendido e interiormente carente de nobleza.
Pero los lores echan todavía unas gotas de veneno
aún más ardiente en la herida abierta de su vanidad, irritan a Darnley allá
donde más sensiblemente está herido, en su honor varonil. Mediante toda clase
de alusiones, despiertan en él la sospecha de que Rizzio comparte con la reina
no sólo la mesa, sino también la cama. Esa conjetura, en sí misma
indemostrable, resulta especialmente creíble para el irritado Darnley debido a
la circunstancia de que María Estuardo se ha negado al trato conyugal con él
con frecuencia creciente en los últimos tiempos.
¿Habrá sido —cruel pensamiento— porque prefiere a
ese músico de piel oscura?
La ambición ofendida que no tiene valor para una
queja abierta y clara siempre es fácil de ganar para la sospecha; una
naturaleza que no confía en sí misma pronto desconfiará de cualquier otra. Los
lores no tienen que pincharle mucho para confundirlo e indignarlo. Pronto
Darnley está convencido «de que se le ha inferido el mayor deshonor que puede
ocurrirle a un hombre». Y así se produce el increíble acontecimiento: el rey se
pone a la cabeza de la conspiración contra su propia esposa, contra la reina.
Nunca se ha demostrado ni se demostrará que David
Rizzio, ese pequeño músico de piel oscura, fuera de hecho el amante de María
Estuardo. Pero precisamente el claro favor que la reina otorga ante toda la
corte a su secretario privado es el que habla de forma más enérgica contra tal
sospecha. Incluso admitiendo que entre la intimidad espiritual de una mujer y
un hombre y la entrega física sólo hay una estrecha frontera, que a veces un
minuto de inquietud, un ademán tenso, puede saltar de pronto, María Estuardo,
que por aquel entonces estaba ya embarazada, muestra una seguridad y
despreocupación en su real amistad para con Rizzio que una verdadera adúltera
jamás habría manifestado. Si realmente hubiera mantenido relaciones ilegítimas
con Rizzio, lo primero y lo más natural habría sido evitar toda apariencia de
sospecha; no habría hecho música con él y jugado a las cartas en sus aposentos
hasta entrada la noche, no se habría retirado a solas con él a su gabinete de
trabajo para redactar la correspondencia diplomática. Pero, como en el caso de
Chastelard, también en esta ocasión es precisamente su más simpática cualidad,
su desprecio del on dit, su soberano pasar por encima de toda cháchara y
cotilleo, su natural ingenuidad, lo que se convierte en peligro. Casi siempre
el valor y la falta de cautela van unidos, como el riesgo y la virtud, anverso
y reverso por así decirlo de la misma moneda: sólo los cobardes e inseguros
temen la apariencia de la culpa y actúan de forma cautelosa y calculadora.
Mas, por perversa y absurda que sea su invención,
una vez lanzado un rumor sobre una mujer ya no se apacigua. Salta de boca en
boca y se alimenta del aliento de la curiosidad. Todavía medio siglo después
Enrique IV aceptará la calumnia, y se burlará de Jacobo VI de Inglaterra, el
hijo que María Estuardo llevaba entonces en su seno, diciendo que en realidad
debería llamarse Salomón, porque, como aquél, era hijo de David. Por segunda
vez la reputación de María Estuardo sufre graves daños, no por culpa suya, sino
por su falta de precaución.
El hecho de que los conspiradores que incitaban a
Darnley no creían en su propia fábula lo demuestra además que dos años después
proclamaron solemnemente rey a ese supuesto bastardo con el nombre de Jacobo
VI. Esos arrogantes nunca habrían prestado juramento al retoño adúltero de un
músico ambulante. En medio de su odio, los embusteros sabían ya entonces la
verdad, y la calumnia tan sólo les sirve para cocer en su salsa a Darnley. Pero
la mera sospecha tiene la fuerza de los elementos en alguien ya sobreexcitado y
confundido por su complejo de inferioridad: como el fuego, la ira le abrasa los
sentidos, y como un toro se lanza a la muleta que sostienen ante él y corre así
ciegamente hacia la cerca del complot. Sin reflexionar, se deja enredar en la
conspiración contra su propia esposa, y a los pocos días nadie ansia tanto la
sangre de Rizzio como su antiguo amigo, que compartió con él la mesa y la cama
y al que ese pequeño músico venido de Italia ayudó a obtener una corona.
Un crimen político es una solemne ocasión para la
nobleza escocesa de aquel tiempo: no se golpea en la primera ira, con ardor y
con prisa, sino que los socios se unen precautoriamente —el honor y los
juramentos no les darían bastante seguridad, se conocen demasiado bien como
para eso— con sello y cédula para esté extraño negocio caballeresco, como si
fuera un negocio legal. Para todas las empresas violentas se prepara
limpiamente, como para un contrato de compraventa, un pergamino con lo que se
llama un “covenant» o “bond», por el que los principescos bandidos se unen para
bien o para mal, porque sólo como grupo, como camarilla, como clan, sienten el
valor suficiente como para levantarse contra su soberano. Esta vez —por primera
vez en la Historia escocesa— los conspiradores tienen el honor de contar con la
firma de un rey en un bond como ése. Entre los lores y Darnley se
firman dos contratos completamente honestos y legales, en los que línea a línea
el desplazado rey y los excluidos barones se comprometen mutuamente a quitar el
poder de las manos de María Estuardo. Darnley promete en el
primer bond dejar en cualquier caso “shaithless», impunes, a los
conspiradores, y protegerlos y defenderlos personalmente incluso en presencia
de la reina. Admite además que los lores desterrados sean vueltos a llamar y se
les perdonen todas sus “faults» en cuanto a él se le transfiera el poder real,
el matrimonial crown que hasta ahora le ha negado María Estuardo;
además, declara que defenderá la kirk contra toda disminución de sus
derechos. A cambio, en el segundo bond —la «contracédula», se diría
en el lenguaje de los negocios— los lores conjurados prometen otorgar a Darnley
ese matrimonial crown e incluso (se verá que no tienen en cuenta en
vano tal posibilidad) a dejarle el privilegio real en caso de muerte prematura
de la reina. Pero detrás de estas palabras claras en apariencia centellea más
de lo que Darnley comprende —el embajador inglés enseguida interpreta el
verdadero texto—: la intención de librarse de María Estuardo y neutralizarla
junto con Rizzio mediante un «desdichado azar».
Apenas se han puesto las firmas al pie de este
oprobioso comercio de ganado cuando los mensajeros galopan a informar a Moray
de que se prepare para el regreso. Y por su parte el embajador inglés, que
colabora activamente en el complot, cuida de que Isabel conozca a tiempo la
sangrienta sorpresa que han pensado para su reina vecina. «Sé con certeza —ha
escrito a Londres el 13 de febrero, es decir, mucho antes del crimen— que la
reina se arrepiente de su matrimonio y le odia a él y a toda su estirpe. Sé también
que él cree tener un socio en su juego (“partaker in play and game” ) y
que están en marcha ciertas maquinaciones entre padre e hijo para darle la
corona contra la voluntad de ella.
Sé que, si estas llegan a buen fin, en los próximos
diez días le habrán cortado el cuello a David con el consentimiento del rey.»
Pero este espía también parece tener información exacta de las intenciones más
ocultas de los conspiradores.
«Aún han llegado a mis oídos cosas peores, incluso
de ataques contra su propia persona.» Después de esta carta, no pueden caber
dudas de que esta conspiración tiene más objetivos que los confiados al tonto
de Darnley, y de que el golpe supuestamente dirigido sólo contra Rizzio va
contra la propia María Estuardo y amenaza su vida casi tanto como la de él.
Pero el estúpido Darnley —las naturalezas más cobardes siempre son las peores
en cuanto sienten poder detrás de ellas— aspira a una venganza especialmente refinada
contra el hombre que le ha arrebatado su sello y la confianza de su mujer.
Exige que, para humillar a su esposa, el crimen sea cometido en su presencia…
locura de un débil que espera doblegar con un «castigo» a una naturaleza fuerte
y volver a domesticar a una mujer que le desprecia mediante un brutal acto de
fuerza. Conforme a sus deseos, la matanza se ubica en los aposentos de la
embarazada, y se elige el 9 de marzo como día adecuado: la torpeza de la
ejecución superará incluso la vileza del atentado.
Mientras Isabel y sus ministros conocen en Londres
todos los detalles desde hace semanas (sin que, fraternal, advierta a la
amenazada), mientras Moray tiene el caballo ensillado en la frontera y John
Knox prepara ya el sermón para ensalzar el crimen como un acto “most worthy of
all praise», María Estuardo, traicionada por todos, nada sospecha. Precisamente
en los últimos días Darnley ha mostrado una inusual docilidad —el disimulo
siempre hace una traición especialmente repugnante—, y nada puede hacerla suponer
qué noche de espanto y de fatalidad, cuyos efectos durarán años, empieza al
caer la tarde del 9 de marzo. Rizzio en cambio ha recibido una advertencia de
mano desconocida, pero la pasa por alto, porque por la tarde, para calmar su
desconfianza, Darnley le invita a jugar una partida de pelota; alegre y
despreocupado, el músico acepta esta invitación del que fuera su buen amigo.
Entretanto anochece. María Estuardo se ha hecho,
como siempre, servir la cena en el cuarto de la torre que está en el primer
piso, junto a su dormitorio: es una habitación pequeña, que sólo tiene espacio
para la más íntima reunión. Un estrecho círculo familiar —unos cuantos nobles y
la hermanastra de María Estuardo— rodea la pesada mesa de roble, iluminada por
velas colocadas en candelabros de plata. Enfrente de la reina se sienta David
Rizzio, vestido como un gran señor, con un sombrero à la mode de France y
una casaca damasquinada y forrada de piel; charla alegremente, y quizá después
de la cena hagan un poco de música o se distraigan de cualquier otra forma.
Tampoco resulta inusual que de pronto la cortina que da al dormitorio de la
reina se descorra y entre Darnley, el rey, el esposo; enseguida todos se
levantan, en la apretada mesa se hace sitio al infrecuente huésped junto a su
esposa, a la que coge levemente por la cintura y saluda con un beso de Judas.
La conversación prosigue alegremente, los platos y las copas tintinean con la
amable música de la hospitalidad.
Entonces, la cortina se aparta por segunda vez.
Esta vez todos dan un respingo, sorprendidos, irritados, sobresaltados, porque
detrás de la puerta está, como un ángel negro con todas sus armas, uno de los
conjurados, lord Patrick Ruthven, generalmente temido, con fama de hechicero,
con la espada desnuda en la mano. Su rostro está especialmente pálido, porque
se ha levantado de la cama, febril, gravemente enfermo, sólo para no perderse
la loable acción, y en sus ojos ardientes brilla una dura decisión. La reina,
que enseguida intuye que algo malo ocurre —porque nadie más que su esposo puede
servirse de la secreta escalera de caracol que conduce a su dormitorio—,
increpa a Ruthven: con permiso de quién se presenta ante ella sin anunciarse.
Pero Ruthven responde con sangre fría, con tranquila relajación, que no hay
nada contra ella ni contra ningún otro.
Su llegada afecta únicamente a «yonder poltroon
David».
Rizzio palidece bajo el fastuoso sombrero y se
aferra convulsivo a la mesa.
Ha entendido enseguida lo que le espera. Ahora sólo
su señora, sólo María Estuardo puede protegerle, ya que el rey no hace
intención alguna de echar al insolente, sino que se queda allí sentado, frío y
confuso, como si el asunto no fuera con él. Enseguida, María Estuardo intenta
mediar. Pregunta qué se reprocha a Rizzio, qué crimen ha cometido.
Ruthven se encoge de hombros, despreciativo, y
dice: «Preguntad a vuestro esposo», “Ask your husband».
María Estuardo se vuelve involuntariamente hacia
Darnley. Pero en el momento decisivo ese hombre débil que desde hace semanas
instiga este crimen se acobarda y derrumba. No tiene el valor de respaldar con
claridad a sus compinches. «No sé nada de todo este asunto», miente, confuso, y
aparta la mirada.
Pero ahora se vuelven a oír duros pasos y
entrechocar de armas detrás de la cortina. Los conjurados han subido uno tras
otro la estrecha escalera y cortan la retirada a Rizzio como un muro blindado.
Ya no es posible escapar. Así que María Estuardo trata de salvar mediante
negociaciones a su fiel servidor. Si hay algo que reprochar a David, ella misma
se lo reclamará ante el Parlamento de la nobleza reunida, pero ahora, ordena,
que Ruthven y todos los demás salgan de sus aposentos. Mas la rebelión no obedece.
Ruthven ya se acerca a Rizzio, cadavérico, para sujetarle, otro le tira un lazo
en tomo al cuerpo y empieza a tirar. Se produce un terrible tumulto, en el que
la mesa es derribada y las velas se apagan. Rizzio, desarmado y débil, ni un
guerrero ni un héroe, se agarra al vestido de la reina, lanza estridente un
grito de terror por entre el tumulto:
“Madonna, io sono morto, giustizia, giustizia!».
Uno de los conjurados apunta la pistola cargada contra María Estuardo, y
apretaría el gatillo si otro no le apartara a tiempo, y el propio Darnley
sujeta con ambos brazos el pesado cuerpo de la embarazada hasta que los otros
han sacado del cuarto al hombre que grita furiosamente y se revuelve presa de
un pánico mortal. Una vez más, cuando ya le arrastran por el dormitorio vecino,
se aferra a la cama de la reina, que escucha indefensa sus peticiones de auxilio.
Con violencia, implacables, le golpean los dedos para que se suelte y siguen
arrastrándolo hasta el gabinete; allí, caen juntos sobre él como lobos
furiosos. Se supone que su intención sólo era prender a Rizzio y colgarlo de
forma solemne al día siguiente en la plaza del mercado.
Pero la excitación los vuelve locos. Compiten en
clavar sus puñales en el indefenso, una y otra vez, borrachos de sangre,
finalmente tan enloquecidos que se hieren los unos a los otros. El suelo está
ya rojo y empapado, y siguen enloquecidos. Sólo cuando han arrancado el último
aliento de vida al cuerpo palpitante, que sangra por más de cincuenta heridas,
del desdichado, lo dejan.
Convertido en una masa de carne cruelmente
desfigurada, el cadáver del más fiel amigo de María Estuardo es arrojado por la
ventana al patio.
María Estuardo oye, llena de amargura, cada grito
de muerte de su devoto servidor. Incapaz de soltar su pesado cuerpo de
embarazada de Darnley, que la sujeta férreo entre sus brazos, se revuelve con
toda la energía de su alma apasionada contra la inaudita humillación que se le
hace en su propia casa, a la vista de sus súbditos. Darnley puede sujetarle las
manos, pero no los labios; entre espumarajos de furia insensata, escupe al
cobarde su mortal desprecio. Le llama traidor e hijo de un traidor, se acusa de
haber elevado al trono a tan gran nulidad como él: lo que hasta ahora en esta
mujer había sido mera aversión hacia su esposo se endurece en esos minutos
hasta convertirse en odio inolvidable e imborrable. Darnley trata en vano de
disculpar su conducta. Le reprocha que desde hace meses se le ha negado
físicamente, que ha concedido más de su tiempo a Rizzio que a él, su esposo.
María Estuardo tampoco ahorra las más terribles amenazas contra Ruthven, que ha
entrado en la estancia y, agotado por su acción, se deja caer en una silla. Si
Darnley pudiera leer en sus miradas, retrocedería espantado ante el odio
asesino que brilla al descubierto en ellas. Y si sus sentidos estuvieran más
despiertos y fueran más inteligentes, tendría que comprender lo peligroso de su
anuncio de que ya no se consideraba su esposa y no descansaría hasta que el
corazón de él estuviera tan lleno de luto como el suyo en esa hora. Pero
Darnley, que tan sólo es capaz de pasiones cortas y pequeñas y no sabe lo
mortalmente que ha herido el orgullo de María Estuardo, no sospecha que en ese
momento ella ha dictado su sentencia. Ese pobre y pequeño traidor que se deja
engañar por todo el mundo cree que, ahora que esa mujer agotada enmudece y se
deja llevar a su cuarto, en apariencia sin voluntad, ha quebrado la espina
dorsal de su energía y volverá a someterse a su voluntad.
Pero pronto sabrá que un odio que sabe callar es
aún más peligroso que el más furibundo de los discursos, y que quien ha
ofendido mortalmente una vez a esa mujer orgullosa se ha puesto él mismo a la
Muerte en la nuca.
Los gritos de auxilio del arrastrado Rizzio, el
tumulto de amias en los aposentos reales, han despertado a todo el castillo:
espada en mano, los fieles seguidores de la reina, Bothwell y Huntly, acuden
corriendo desde sus aposentos.
Pero los conjurados han previsto esa posibilidad:
Holyrood está rodeado por todas partes por sus sirvientes armados, todos los
accesos están cortados para que a la reina no pueda llegarle ayuda de la
ciudad. Para salvar su vida y traer refuerzos, a Bothwell y Huntly no les queda
otro camino más que saltar por las ventanas. A su alarma de que la vida de la
reina está en peligro, el preboste de la ciudad hace tocar las campanas a
rebato, la ciudadanía se congrega y se encamina a las puertas de Holyrood para
ver a la reina y hablar con ella. Pero en su lugar les recibe Darnley, que les
calma con embustes diciendo que no ha ocurrido nada, que tan sólo se ha
eliminado a un espía extranjero que quería traer al país tropas españolas. Por
supuesto el preboste no se atreve a poner en duda la palabra de un rey, los
bravos ciudadanos regresan en silencio a sus casas, y María Estuardo, que se ha
esforzado en vano en hacer llegar un mensaje a sus fíeles, sigue encerrada en
sus aposentos bajo guardia rigurosa. Se les niega la entrada a sus damas, a sus
sirvientas, todas las puertas interiores y exteriores del castillo tienen
triple guardia: por primera vez en su vida, esa noche María Estuardo se ha
convertido de reina en prisionera. La conspiración ha tenido éxito hasta el
último detalle. En la corte nada en un charco de sangre el cuerpo descamado de
su mejor servidor, a la cabeza de sus enemigos está el rey de Escocia, porque
ahora la corona está en sus manos, desde el momento en que ella ya no tiene
derecho ni a abandonar sus aposentos. De un golpe ha sido derribada del escalón
más alto, impotente, abandonada, sin ayuda, sin amigos, rodeada de odio y
escarnio. Todo parece perdido para ella en esa noche terrible; pero bajo el
martillo del destino un corazón ardiente se endurece. En los momentos en que
está en juego su libertad, su honor, su reino, María Estuardo siempre encuentra
en sí misma más energías que en todos sus ayudantes y servidores.
Los traidores traicionados
Marzo a junio de 1566
En sentido humano, el peligro siempre es una suerte
para María Estuardo.
Porque sólo en los momentos decisivos en los que se
ve forzada a emplear hasta la última de sus energías se advierten las
extraordinarias capacidades que se ocultan en esta mujer: una decisión
incondicional y férrea, una mirada rápida y despierta, un valor furioso y hasta
heroico. Sin embargo, para poner en juego estas fuerzas extremas antes tiene
que ver duramente afectado lo más hondo, lo más sensible de su ser. Sólo
entonces estas energías espirituales normalmente dispersas se concentran para
constituir verdadera energía. El que trata de humillarla, la hace erguirse;
cada prueba del destino se convierte para ella en beneficio y regalo en un
sentido profundo.
Esa noche de la primera humillación transforma el
carácter de María Estuardo, y lo transforma para siempre. En la ígnea fragua de
esa terrible experiencia, cuando su confianza demasiado ligera se ve engañada
en el mismo instante por su esposo, su hermano, sus amigos, sus súbditos, todo
en esta mujer normalmente tierna y femenina se endurece como el acero y, al
mismo tiempo, adquiere la flexibilidad de un metal bien forjado en el fuego.
Igual que una buena espada tiene dos filos, su carácter también tendrá dos
caras desde aquella noche en la que toma su origen toda la desgracia posterior.
La gran tragedia sangrienta ha empezado.
Solamente la idea de la venganza llena sus sentidos
ahora, cuando, encerrada en sus aposentos, presa de súbditos traidores, camina
sin descanso arriba y abajo, pensando tan sólo una cosa, ponderando tan sólo
una cosa: ¿cómo romper el círculo de sus enemigos, cómo vengar la sangre de su
fiel servidor, que aún gotea caliente de las tablas del suelo, cómo poner de
rodillas o delante del patíbulo a todos aquellos que acaban de levantarse
contra ella y han puesto la mano sobre la reina ungida? En vista de la injusticia
sufrida, desde este momento a esta combatiente hasta ahora caballeresca
cualquier medio le parecerá justo y legítimo. Se produce un cambio interior: la
que hasta ahora había sido incauta se vuelve cautelosa y taimada, la que hasta
ahora había sido demasiado honesta como para mentir a nadie aprende a
disimular, la que hasta ahora había jugado limpio con todo el mundo empleará
todas sus extraordinarias capacidades intelectuales en golpear a los traidores
con sus propias armas. A menudo en un solo día una persona aprende más que en
meses y años; ahora María Estuardo ha recibido una de esas lecciones decisivas
para toda su vida: los puñales de los conspiradores no sólo han asesinado ante
sus ojos al fiel servidor Rizzio, sino la despreocupada disposición a la
confianza y la ingenuidad de su carácter. ¡Qué error haber sido crédula con los
traidores, honesta con los mentirosos, qué necedad mostrar su corazón a los que
no tienen corazón! ¡No, ahora hay que disfrazarse, negar sus sentimientos,
ocultar su ira, mostrarse amable con aquellos que son sus enemigos para
siempre, y esperar con odio encubierto la hora en que se pueda vengar al amigo
asesinado, la hora de la revancha! Ahora hay que emplear todas las energías en
velar sus verdaderos pensamientos, en anestesiar a sus enemigos mientras aún
están borrachos celebrando su éxito, ¡mejor humillarse uno o dos días ante unos
canallas, para luego humillarlos definitivamente! Tan espantosa traición sólo
se puede vengar traicionando a los traidores de forma aún más osada, aún más
audaz, aún más cínica.
Con esa genialidad como un relámpago que el peligro
de muerte otorga a menudo incluso a las naturalezas apagadas y negligentes,
María Estuardo concibe su plan. Su situación es, eso lo advierte de un solo
vistazo, completamente desesperada, mientras Darnley y los conjurados se
mantengan unidos. Sólo una cosa puede salvarla: lograr meter a tiempo una cuña
en el bloque de los conjurados. Como no puede arrancarse de un golpe la cadena
que la ahoga, tiene que intentar limarla con astucia en su punto más débil: tiene
que hacer que uno de los traidores se convierta en traidor a los otros. Y ella
sabe funestamente bien quién es el más débil de espíritu de todos esos
embusteros: Darnley, ese heart of wax, ese corazón de cera que se deja
moldear por cualquier mano.
La primera medida que idea María Estuardo es ya
psicológicamente magistral. Dice estar atacada por fuertes contracciones de
parto. La excitación de la noche pasada, un crimen brutal ante los ojos de una
mujer embarazada de cinco meses, tiene que hacer creíble la posibilidad de un
parto prematuro. María Estuardo finge terribles espasmos, se tiende en cama, y
nadie que no quiera arrostrar el reproche de la más brutal de las crueldades
puede negar a la embarazada la ayuda de sus criadas y del médico. De momento
María Estuardo no pretendía más, porque con eso ha roto la estricta clausura.
Ahora tiene al fin la posibilidad de enviar un mensaje con sus fieles criadas a
Bothwell y Huntly, y prepararlo todo para la fuga que pretende. Además, la
amenaza de un parto prematuro pone a los conjurados, especialmente a Darnley,
en un serio apuro moral. Porque el niño que ella lleva en su seno es el
heredero del trono de Escocia, el heredero del trono de Inglaterra; a los ojos
del mundo entero, caería una inmensa responsabilidad sobre su propio padre si
por el sadismo de llevar a cabo el crimen ante los ojos de una embarazada el
niño que está en su seno también muriera. Lleno de preocupación, Darnley acude
a los aposentos de su esposa.
Y entonces empieza una escena de dimensiones
shakesperianas, comparable tan sólo, en su grandiosa inverosimilitud, a aquella
en que Ricardo III, ante el sarcófago del esposo asesinado por él, corteja a su
viuda y la consigue. También aquí el asesinado continúa insepulto, también aquí
el asesino y sus cómplices están ante una persona contra la que han cometido la
traición más honda que quepa imaginar, también aquí el arte del disimulo
alcanza una elocuencia demoníaca. Nadie fue testigo de aquella escena; tan sólo
se conocen su comienzo y su final. Darnley acude al cuarto de su esposa, a la
que ayer humilló mortalmente y que, en la primera y más auténtica sinceridad de
su indignación, le anunció mortal venganza. Como Crimilda junto al cadáver de
Sigfrido, ayer aún apretaba los puños contra los asesinos, pero como Crimilda,
en aras de la venganza ha aprendido en una noche a ocultar su odio. Darnley ya
no encuentra a la María Estuardo de ayer, la adversaria vengativa que se yergue
orgullosa, sino a una mujer pobre y quebrada, mortalmente agotada, dispuesta a
ceder, enferma, una mujer que alza la vista, sometida y tierna, hacia él, el
hombre fuerte y tiránico que le ha demostrado que es su dueño. El vanidoso
idiota encuentra todo el triunfo con el que ayer soñaba: por fin, María
Estuardo vuelve a cortejarle. Desde que ha sentido su férrea mano se ha vuelto
sumisa la orgullosa, la arrogante. Desde que ha echado a un lado a ese truhan
italiano, vuelve a servir a su verdadero señor y maestro.
A un hombre inteligente, superior, tan veloz
transformación tendría que resultarle sospechosa. Aún tendría que sonarle en
los oídos el estridente grito con el que ayer esta mujer, con los ojos
relampagueantes como acero asesino, le llamó traidor e hijo de un traidor.
Tendría que acordarse de que esta hija de los Estuardo no conoce el perdón para
el oprobio ni el olvido para la ofensa. Pero Darnley es crédulo como todos los
vanidosos cuando se le halaga, y olvidadizo como todos los tontos. Este
muchacho ardoroso —curiosa complicación— es, de todos los hombres que María
Estuardo conoció nunca, el que más apasionadamente la amó desde un punto de
vista físico; este muchacho codicioso depende con un sometimiento canino de su
cuerpo, y nada le ha irritado ni amargado tanto como que en los últimos tiempos
ella se negara de pronto a sus abrazos. Y ahora —inesperado milagro—, la
codiciada vuelve a prometérsele por entero. La rechazante le apremia a que se
quede con ella esa noche, y enseguida las fuerzas de él se disuelven, enseguida
vuelve a ser tierno y dócil, su esclavo espiritual, su servidor, su fiel
criado. Nadie sabe con qué refinado engaño lleva a cabo María Estuardo el
milagro de san Pablo de la conversión, pero antes de que pasen veinticuatro
horas desde el crimen, Darnley, que acaba de engañar con los lores a María
Estuardo, ya está dispuesto a todo, sin voluntad, y hará lo que esté en su mano
para engañar a los compinches de ayer: con más facilidad aún de la que ellos
habían tenido para atraérselo, la mujer vuelve a atraer a su siervo. Le
proporciona los nombres de todos los implicados, se muestra dispuesto a
permitir la fuga de María Estuardo, se entrega, débil, para ser herramienta de
una venganza que finalmente tiene que alcanzarle a él mismo, como traidor entre
los traidores. El que creyó entrar en los aposentos como dueño y señor los
abandona como dócil instrumento. De un solo golpe, pocas horas después de la
más profunda humillación, María Estuardo ya ha roto las cadenas; el más
importante de los conspiradores está, sin que ellos lo sospechen, conjurado
contra los conjurados, un genial disimulo ha vencido sobre la maldad del otro.
La mitad del trabajo de la liberación ya está hecho
cuando Moray llega a Edimburgo con los otros lores proscritos; conforme a su
manera de ser, táctico y calculador, no estaba presente durante el crimen y no
había participado de forma demostrable en el hecho… jamás se logrará sorprender
a este astuto en un sendero peligroso. Pero como siempre que otros hacen el
trabajo sucio, él llega ahora con las manos limpias, tranquilo, orgulloso,
seguro de sí mismo, a cosechar los frutos. Precisamente ese 11 de marzo, según
las medidas tomadas por María Estuardo, iba a ser declarado públicamente
traidor en el Parlamento, pero mira por dónde, la hermana prisionera ha
olvidado de pronto todo su odio.
Espléndida actriz por desesperación, se arroja en
sus brazos y le da el mismo beso de Judas que ayer recibió de su esposo.
Apremiante y tierna, implora al hombre al que proscribió hace poco fraternal
consejo y ayuda.
Moray, buen psicólogo, se percata con claridad de
la situación. No pueden caber dudas de que deseaba y aprobó el asesinato de
Rizzio a fin de interceptar la secreta política católica de María Estuardo,
para él ese oscuro intrigante era nocivo para la causa protestante y la
escocesa, y además una molesta piedra en el zapato para su propia ansia de
poder. Pero ahora que Rizzio ha sido felizmente quitado de en medio, Moray
querría arreglar deprisa todo ese turbio asunto, y por eso propone un arreglo:
la oprobiosa vigilancia de la reina por los lores rebeldes será levantada de
inmediato, y se devolverá a María Estuardo su irrestricta dignidad real. A
cambio, ella debe olvidar lo ocurrido y perdonar a los patrióticos asesinos.
María Estuardo, que de acuerdo con su traidor
esposo ha preparado ya la fuga hasta en sus últimos detalles, no piensa,
naturalmente, perdonar a los asesinos. Pero, para adormecer la vigilancia de
los rebeldes, se declara generosa.
Cuarenta y ocho horas después del asesinato, todo
el incidente parece enterrado junto con el cuervo desgarrado de Rizzio; se hará
como si no hubiera pasado nada. Han matado a un pequeño músico, nada más. Se
olvidará a ese muerto de hambre extranjero y volverá a haber paz en Escocia.
El pacto verbal está cerrado. Pero aun así los
conjurados no acaban de decidirse a retirar sus puestos de guardia ante las
puertas de María Estuardo.
Alguna sensación incómoda les inquieta. Los más
inteligentes de entre ellos conocen demasiado bien el orgullo de los Estuardo
como para creer, a pesar de todos los hermosos gestos de reconciliación, que de
verdad María va a perdonar y olvidar generosamente el vil asesinato de su
servidor. Les parece más seguro retener de manera permanente a esa mujer
indómita y quitarle toda posibilidad de venganza: en cuanto se la deje en
libertad, lo perciben, seguirá siendo peligrosa. Y hay otra cosa que no les
gusta, y es que Darnley suba una y otra vez a sus aposentos y mantenga allí
largas conversaciones privadas con la supuesta enferma. Saben por propia
experiencia la leve presión con la que se ablanda a ese mísero débil. Empiezan
a manifestar abiertamente la sospecha de que María quiere atraérselo. Advierten
de manera expresa a Darnley de que no se crea ni una de sus promesas, le
exhortan a mantener su lealtad a ellos, porque de lo contrario —proféticas
palabras— ambos tendrán que lamentarlo. Y aunque el embustero les asegura que
todo está perdonado y olvidado, no se muestran dispuestos a retirar la guardia
de los aposentos de la reina antes de que María Estuardo ponga por escrito la
promesa de su impunidad. Igual que para el crimen, estos extraños amigos del
derecho quieren también para la absolución un papel escrito, un bond.
Se ve que estos expertos y experimentados
quebradores de juramentos conocen la volatilidad y falta de valor de una
palabra meramente dicha, exigen seguridad documental. Pero María Estuardo es
demasiado orgullosa y demasiado cauta como para vincularse a asesinos con su
firma. Ninguno de esos rufianes debe poder jactarse de poseer
un bond de su mano. Pero precisamente porque está decidida a no
conceder esa cédula a los conspiradores, finge su alegre disposición a hacerlo…
¡tan sólo hay que ganar tiempo hasta esa noche! Darnley, que vuelve a ser por
entero cera en sus manos, es encargado de la miserable tarea de mantener con
falsa cordialidad en jaque a sus compinches de ayer y engañarles con la firma.
Se presenta como hombre de confianza a los rebeldes, elabora con ellos la
solemne cédula conforme a sus deseos, hasta que no falta más que la firma de
María Estuardo. Ah, esta noche ya no podrá estamparla, declara Darnley, la
reina, profundamente agotada está dormida. Pero se compromete —¿qué importa al
mentiroso una mentira más?— a entregarles el escrito firmado por la mañana
temprano. Cuando un rey empeña de tal modo su palabra, la desconfianza sería
una ofensa. Así que, para sellar el pacto, los conjurados retiran los guardias
de los aposentos de María Estuardo. La reina no quería nada más. Ahora, el
camino a la fuga está abierto.
Apenas su puerta deja de estar rodeada de guardias,
María Estuardo se levanta a toda prisa de su supuesto lecho de enferma y toma
con energía todos los preparativos. Bothwell y los otros amigos fuera del
palacio han sido informados hace mucho, a medianoche caballos ensillados
esperarán a la sombra del muro de la iglesia. Ahora queda relajar la vigilancia
de los conjurados, y una vez más el oprobioso papel de hacerse el tonto y
atontar con el vino y la confianza corresponde, como todos los otros asuntos despreciables,
a Darnley.
Por orden de la reina, invita a sus compinches de
ayer a un rotundo banquete, se bebe en abundancia y se celebra fraternalmente
la reconciliación hasta avanzadas horas, y cuando al fin los camaradas se
marchan a descansar, con la cabeza y los pies pesados, Darnley evita, para no
despertar sospechas, ir a los aposentos de María. Pero los lores se sienten
demasiado seguros como para seguir siendo cautelosos. La reina les ha prometido
el perdón, el rey se lo ha garantizado, Rizzio está bajo tierra y Moray vuelve
a estar en el país: ¿qué más hay que pensar y espiar? Se tiran en sus camas y
duermen a conciencia, después de un día tan agotador, la embriaguez del vino y
del triunfo.
A medianoche, hace mucho que reina el silencio en
los pasillos del dormido palacio, arriba se abre sigilosa una puerta.
Atravesando los aposentos de la servidumbre y bajando luego la escalera, María
Estuardo avanza a tientas hasta el sótano, desde el que un pasadizo subterráneo
conduce a las catacumbas de la iglesia, un terrible camino por una bóveda
gélida, cuya humedad gotea. La antorcha arroja una luz palpitante sobre las
paredes negras como la noche, pasando de largo ante los ataúdes y los huesos amontonados.
¡Por fin aire libre, abierto, han ganado la salida! Ahora sólo queda cruzar el
cementerio hasta el muro, donde esperan sus amigos con los caballos ensillados.
De pronto Darnley se detiene y casi tropieza, la reina topa con él, y con
espanto advierten que aquello con lo que han tropezado es un montón de tierra
recién echado, la tumba de David Rizzio.
Éste es el último martillazo destinado a endurecer
el ya férreo corazón de esta mujer ofendida. Sabe que sólo tiene que hacer dos
cosas: salvar su honor real con esa fuga y traer al mundo un hijo, un heredero
de la corona… pero luego, ¡venganza para todos los que han contribuido a
humillarla! ¡Venganza también de aquel al que ahora la necedad convierte en
ayudante! Sin dudar un instante, esa mujer embarazada de cinco meses se sienta
en una silla de montar de hombre detrás de Arthur Erskine, el fiel capitán de
su guardia: con ese extraño se siente más segura que con su esposo, que, sin
esperarla, sale de estampida para ponerse a salvo a sí mismo. En un solo
caballo, Erskine y, aferrada a él, María Estuardo, recorren a galope tendido
veintiuna millas hasta el castillo de lord Seton. Allí ella consigue al fin un
caballo propio y una escolta de doscientos jinetes; al alborear el día, la
fugitiva ha vuelto a convertirse en soberana. Por la mañana, llega a su
castillo de Dunbar. Pero en vez de entregarse al descanso, en vez de concederse
un respiro, pone enseguida manos a la obra: no basta con llamarse reina, en
horas tales hay que combatir para serlo de veras.
Escribe y dicta cartas a todas partes para
congregar a los nobles que le siguen siendo fíeles, para reunir un ejército
contra los rebeldes que han ocupado Holyrood. ¡La vida se ha salvado, ahora se
trata de la corona, del honor! Siempre que se trata de venganza, siempre que la
pasión hace hervir sus venas, esta mujer sabe vencer todas las debilidades,
todo el cansancio, siempre en esos instantes grandes y decisivos su corazón
está a la altura de sus fuerzas.
A la mañana siguiente, en el castillo de Holyrood,
mal despertar para los conjurados: la habitación vacía, la reina huida, su
compañero de bond y protector Darnley también ido. En el mismo
momento no comprenden aún la entera profundidad de su caída, siguen creyendo en
la palabra de rey de Darnley, en el perdón general que ayer por la noche
redactó con ellos. Y de hecho hace falta mucho para considerar posible la
traición de que han sido objeto. No, aún no creen que han sido engañados.
Envían humildemente a un embajador, lord Sempill, a Dunbar, para pedir que se
entregue el escrito. Pero María Estuardo hace esperar tres días al
parlamentario, como si estuviera a las puertas de Canossa: no negocia con
rebeldes, y menos cuando Bothwell ha reunido ya sus tropas.
Ahora el miedo corre por la nuca de los traidores,
las filas clarean con rapidez. Uno tras otro, se acercan a implorar el perdón,
pero los jefes de la banda, como Ruthven, el primero que agarró a Rizzio, y
Fawdonside, que apuntó la pistola contra la reina, saben que para ellos nunca
habrá perdón. Huyen a toda prisa del país; con ellos desaparece también John
Knox, que había aprobado demasiado pronto y de forma demasiado ruidosa el
crimen como un acto benéfico.
Conforme a su fuerte deseo de venganza, a María
Estuardo le gustaría ahora dar ejemplo y mostrar a los nobles eternamente
levantiscos que no se conspira impunemente contra ella. Pero la situación ha
sido lo bastante peligrosa como para enseñar que en el futuro hay que actuar de
forma más circunspecta y más astuta. Moray, su hermanastro, conocía sin duda la
conspiración, como demuestra su puntual venida, pero no ha colaborado
activamente; María Estuardo se da cuenta de que es más inteligente cuidar a este
hombre fuerte.
«Para no tener a muchos a la vez en mi contra»
prefiere hacer la vista gorda.
Porque, si quisiera llevarlos de verdad a juicio,
¿no sería el primero al que habría que acusar Darnley, su propio esposo, él,
que guió a los asesinos hasta sus aposentos, que la sujetó durante el crimen?
Pero una vez que su reputación ya quedó gravemente dañada por el escándalo con
Chastelard, María Estuardo tiene todos los motivos para no dejar que su esposo
aparezca como el suspicaz y celoso vengador de su honor. Semper aliquid
haeret, calumnia, que algo queda; es preferible falsificar ahora todo el asunto
como si él, el principal organizador de todo el daño, no hubiera tenido parte
alguna en el asesinato. Sin duda es difícil hacer creíble tal cosa en alguien
que ha firmado dos bonds, que ha concluido un contrato en toda regla en el
que garantiza de antemano total impunidad a los asesinos, que ha prestado
amablemente su propio puñal —se encontró en el cuerpo desgarrado de Rizzio— a
uno de los matarifes. Pero las marionetas no tienen voluntad ni honor, y en
cuanto María Estuardo tira de los hilos, Darnley baila obediente. Deja que se
anuncie solemnemente en la plaza del mercado de Edimburgo, «por su honor y su
palabra de príncipe», la mentira más descarada del siglo: que nunca participó
en esa “treasonable conspiracy», en esa traidora conspiración, que sería
mentira y calumnia acusarle de haber «aconsejado, ordenado, consentido o
aprobado» la actuación de los conspiradores, cuando en la ciudad y en todo el
país todo el mundo sabe que no sólo la ha “counseled, commanded, consented,
assisted», sino incluso “approved» con sello y documentos. Si era posible aún
superar la mezquindad que este embustero sin voluntad demostró durante el
crimen, con tal declaración lo había logrado; con ese juramento ante el pueblo
y el país, en la plaza del mercado de Edimburgo, se ha juzgado a sí mismo. De
todos aquellos de los que juró tomar venganza, María no se venga de nadie de
forma más terrible que de Darnley, al forzar a aquel al que despreciaba
secretamente desde hacía mucho a hacerse despreciable para siempre ante el mundo
entero.
Ahora, un blanquísimo paño de mentiras ha quedado
tendido sobre el crimen. De forma ostentosa y triunfal y entre fanfarrias, la
pareja real, otra vez maravillosamente unida, entra en Edimburgo. Todo parece
tranquilo y calmado.
Para mantener un mínimo resplandor de justicia y
sin embargo no atemorizar a nadie, se cuelga a unos cuantos pobres diablos,
pequeños servidores y soldados ignorantes de todo, que montaban guardia en las
puertas por orden de sus jefes de clan mientras éstos clavaban los puñales
arriba: los propios señores se marchan impunes. Rizzio obtiene, magro consuelo
para un muerto, una tumba decente en el cementerio real, su hermano ocupa su
puesto en el séquito de la reina; con eso, todo el trágico episodio ha de quedar
perdonado y olvidado.
Después de todos esos peligros y emociones, a María
Estuardo aún le queda algo por hacer para asentar su fuertemente sacudida
posición: traer al mundo sano y salvo al heredero del trono. Sólo cuando sea la
madre de un rey será intocable, y no como esposa de semejante muñeco
lamentable. Inquieta, espera el momento decisivo. Una curiosa oscuridad y
desánimo se apodera de ella en las últimas semanas. ¿Agobia aún su alma la
sombra de la muerte de Rizzio?
¿Tiene, conforme aumentan sus fuerzas, el
presentimiento de que se aproxima una desgracia? En cualquier caso, hace un
testamento en el que deja a Darnley el anillo que él puso en su dedo al
casarse, pero tampoco olvida a José Rizzio, el hermano del asesinado, Bothwell
y las cuatro Marys; por primera vez, esta mujer normalmente audaz y
despreocupada teme la muerte o algún otro peligro.
Abandona Holyrood, que, como demostró aquella
trágica noche, no ofrece suficiente seguridad, y se retira al castillo de
Edimburgo, más incómodo, pero altanero e inexpugnable, para dar la vida allí al
futuro heredero de las coronas escocesa e inglesa, incluso al precio de su
propia vida.
La mañana del 9 de junio, los cañones de la
fortaleza anuncian a la ciudad la alegre noticia. Ha nacido un varón, un
Estuardo, un rey de Escocia; se acabó, en adelante, el peligroso reinado de las
mujeres. El sueño más anhelado de la madre, el deseo del país de un heredero
varón, se ha cumplido a las mil maravillas. Pero apenas ha dado la vida a este
niño, María Estuardo siente la obligación de asegurar también su honor. Tiene
que haber visto con demasiada claridad que los venenosos rumores que los conspiradores
escanciaron en los oídos de Darnley, las sospechas de que se había entregado de
forma adúltera a Rizzio, se han filtrado hace mucho a través de los muros de
palacio. Sabe con cuánta alegría se acogería en Londres cualquier pretexto para
poder disputar a este heredero su origen legítimo, y quizá luego la sucesión;
por eso, quiere aplastar a tiempo y ante el mundo entero esa mentira insolenta
de una vez por todas. Hace llamar a Darnley a su lecho y le enseña ante todos
los congregados al niño, con las palabras: «Dios nos ha dado a ti y a mí un
hijo, que no ha sido engendrado por nadie más que tú».
Darnley está confuso, porque precisamente él, con
sus parlanchines celos, ha ayudado a difundir el deshonroso rumor. ¿Qué puede
responder a tan solemne declaración? Para ocultar su vergüenza, se inclina
sobre el niño y le besa.
Pero María Estuardo coge al niño en sus brazos y
repite en voz alta: «Juro ante Dios, como si estuviera ante el Juicio Final,
que éste es tu hijo y de ningún otro, y deseo que los hombres y mujeres aquí
presentes sean testigos de que hasta tal punto es tu hijo que casi temo que
después eso pueda ser malo para él».
Éste es un gran juramento, y a la vez un extraño
temor: incluso en hora tan solemne, la mujer ofendida no puede ocultar su
desconfianza hacia Darnley.
Tampoco ahora puede olvidar lo profundamente que
ese hombre la ha defraudado y herido. Después de estas palabras cargadas de
significado, entrega el niño a uno de los lores, sir William Standon: «Éste es
el hijo del que espero que será el primero en reunir los dos reinos de Escocia
e Inglaterra».
Algo confuso, Standon responde:
—¿Por qué él, madame? ¿Por qué iba él a preceder a
Vuestra Majestad y a su padre?
Y, reprochante una vez más, María Estuardo dice:
—Porque su padre ha destruido nuestra unión.
Darnley, avergonzado delante de todos, trata de
calmar a la indignada.
Inquieto, pregunta:
— ¿No va esto en contra de tu promesa de perdonarlo
y olvidarlo todo?
—Lo perdonaré todo —responde la reina—, pero nunca
lo olvidaré. Si Fawdonside hubiera apretado el gatillo, ¿qué habría sido de él
y de mí? Sabe Dios lo que entonces habrían hecho contigo.
—Madame —advierte ahora Darnley—, esas cosas
quedaron atrás.
—Bien, no hablemos de eso —responde la reina, y con
esto termina esta relampagueante conversación, que anuncia peligrosamente una
tormenta. Incluso en su hora más baja, María Estuardo sólo ha dicho a medias la
verdad al declarar que no había olvidado pero perdonaría; porque ya no habrá
paz en este palacio, en este país, mientras la sangre no haya sido expiada con
sangre y la violencia vengada con violencia.
Apenas la madre ha quedado liberada, apenas ha
nacido el niño, a las doce de la mañana, sir James Melville, siempre el
mensajero de más confianza de María Estuardo, salta a la silla de su caballo.
Por la tarde ya ha llegado a la frontera de Escocia, pasa la noche en Berwick,
y a la mañana siguiente sigue a galope tendido. El 12 de junio por la tarde
—magnífica marca deportiva— entra con los caballos cubiertos de espuma en
Londres. Allí, se entera de que Isabel da un baile en Greenwich; así que
nuevamente, burlándose del cansancio, salta a otro corcel y ¡adelante, a dar la
noticia esa misma noche!
La propia Isabel ha estado bailando en ese baile;
después de una larga y peligrosa enfermedad, disfruta de las recobradas
fuerzas. Alegre, animada, maquillada y empolvada, se planta en el círculo de
sus fieles caballeros como un tulipán enorme y exótico, con su ancho y pomposo
vestido acampanado.
Entonces Cecil, el secretario de Estado, se abre
paso por entre las filas de los danzantes, seguido de James Melville. Se acerca
a la reina y le susurra al oído que María Estuardo ha tenido un hijo, un
heredero.
Normalmente Isabel, como gobernante, es una
naturaleza diplomática, maestra del autodominio y experta en el arte de ocultar
sus verdaderos sentimientos. Pero esa noticia alcanza a la mujer que hay en
ella. Se clava como un puñal en su aspecto humano. Y, como mujer, Isabel es
demasiado apasionada como para mantener el control de sus nervios rebeldes. La
sorpresa es tal que sus ojos furiosos, sus labios apretados, se olvidan de
mentir. Por un instante su expresión se vuelve completamente rígida, la sangre
desaparece bajo el maquillaje, la mano se aprieta convulsiva. Enseguida ordena
callar la música, el baile se detiene de golpe, y la reina abandona
apresuradamente la sala de la fiesta, porque siente que no podrá controlar sus
nervios por más tiempo. En sus aposentos, rodeada por sus excitadas damas,
pierde la compostura. Gimiendo, aplastada por su propio dolor, se deja caer en
una silla y solloza: «La reina de Escocia ha dado la vida a un hijo, yo en
cambio no soy más que un tronco extinguido».
En ningún momento de sus setenta años se ha
revelado más la profunda tragedia de esta infeliz mujer que en este instante;
nunca se revela tanto su secreto, nunca se ha visto más cuánto tiene que haber
sufrido esa mujer atrofiada por su incapacidad para amar, cruelmente consciente
de su infertilidad, que en ese grito que sale como una hemorragia de lo más
femenino, de lo más hondo, de lo más sincero de su corazón. Se siente que esta
mujer habría dado todos los reinos de este mundo por la suerte sencilla, clara
y natural de poder ser por entero mujer, por entero amante y madre; quizá
entonces, a pesar de todos sus celos, habría podido perdonar a María Estuardo
cualquier poder y cualquier otro éxito. Pero esto se lo envidia mortalmente,
con un desesperado sublevarse de su más íntimo sentimiento, sólo esto: ser
madre.
Sin embargo, a la mañana siguiente Isabel vuelve a
ser completamente reina, completamente mujer política, diplomática. Domina de
forma modélica el arte, tantas veces acreditado, de ocultar su rencor, su
disgusto, su más profundo sufrimiento, bajo palabras frías y mayestáticas.
Magníficamente maquillada con una amable sonrisa, recibe a Melville con grandes
honores, y oyendo sus palabras habría que pensar que pocas veces ha recibido un
mensaje más alegre.
Le ruega que transmita su más cordial felicitación
a María Estuardo, renueva su promesa de amadrinar al niño y, si es posible, ir
en persona al bautizo.
Precisamente porque envidia en lo más íntimo su
dicha a su hermana en el destino, desea —eterna actriz de su propia grandeza—
aparecer ante el mundo como benefactora y generosa.
Una vez más la hoja se ha vuelto a favor de los
valientes, todos los riesgos parecen superados y todas las dificultades
resueltas del modo más fantástico.
Una vez más la nube que desde el principio pende de
modo trágico sobre el destino de María Estuardo se retira, clemente; pero los
peligros superados nunca hacen más sabios a los audaces, sino más audaces.
María Estuardo no ha nacido para la calma ni para la dicha, una funesta
violencia la impulsa desde su interior.
Jamás un destino cobra sentido y forma a partir de
los acontecimientos y azares del mundo exterior. Siempre son las leyes innatas
y primigenias las que dan forma a una vida o la destruyen.
Terrible enredo
De julio a Navidad de 1566
El nacimiento del niño significa, por así decirlo,
el final del primer acto en la tragedia de María Estuardo. De pronto la
situación se ha vuelto dramática y tiembla de interiores indecisiones y
tensiones. Ahora aparecen nuevos personajes y caracteres, el escenario cambia,
la tragedia se transforma de política en personal. Hasta ahora María Estuardo
había luchado contra los rebeldes dentro de su país, contra la hostilidad de
más allá de las fronteras, ahora cae sobre ella un nuevo poder, más fuerte que todos
sus lores y barones: sus propios sentidos entran en agitación, la mujer que hay
en María Estuardo entra en guerra contra la reina. La voluntad de poder pierde
por vez primera la prevalencia contra la voluntad de la sangre. Con pasión y
frivolidad, la mujer que despierta destruye lo que la monarca había conservado
pasablemente hasta el momento con su circunspección: como a un abismo, se
arroja derrochándose a sí misma a un éxtasis de pasión como pocos en la
Historia Universal, olvidándolo todo, arrastrándolo todo consigo, honor, ley y
moral, su corona, su país… otra alma trágica, apenas visible, ni en la
trabajadora y valiente princesa ni en la viuda real que espera y pierde sin
mover un dedo. En un solo año, María Estuardo eleva su vida a dimensiones mil
veces más dramáticas; en este único año destroza su vida.
Al comienzo de este segundo acto vuelve a aparecer
Darnley, también él transformado hacia lo trágico. Aparece solo, porque nadie
le da, a él que los ha traicionado a todos, ni su confianza ni un saludo
sincero. Una profunda amargura, una furia impotente revuelve el alma de este
ambicioso joven. Ha hecho lo máximo que un hombre podía hacer por una mujer,
pero creía obtener a cambio al menos gratitud, un poco de humildad, entrega y
quizá incluso amor.
En vez de eso, Darnley sólo encuentra en María
Estuardo una acrecentada repugnancia, en cuanto ya no le necesita. La reina se
mantiene implacable. Para vengarse del traidor, los lores huidos le habían
hecho llegar secretamente la carta de compromiso en la muerte de Rizzio firmada
por Darnley, para que advirtiera la complicidad de su esposo. Sin duda
este bond no le dice nada nuevo a María Estuardo, pero cuanto más
desprecia el lado traicionero y cobarde de Darnley tanto menos puede perdonarse
esta orgullosa mujer haber amado alguna vez semejante belleza hueca. En él odia
a un tiempo su propio error, hace mucho que el hombre que hay en Darnley le da
asco como una criatura viscosa y pegajosa, como una serpiente, un caracol, al
que no se quiere ni tocar con la mano, y no digamos dejar que se acerque al
cuerpo cálido y vivo. Su presencia y su existencia le pesan en el alma como una
pesadilla. Una sola idea domina sus días y sus noches: ¿cómo quitárselo de
encima, cómo librarse de él?
Al principio esta idea no implica ni el sueño de un
acto de violencia: lo que le ocurre a María Estuardo no es nada especial. Como
otras mil mujeres, se siente, tras un breve matrimonio, defraudada de forma
demasiado dolorosa como para que el abrazo y la proximidad de ese hombre que se
le ha vuelto ajeno puedan seguir siendo soportables. En un caso así, la
separación es la solución natural y lógica, y de hecho María la discute con
Moray y Maitland. Pero el peligroso cotilleo acerca de sus supuestas relaciones
con Rizzio se opone a una separación tan poco tiempo después del nacimiento del
niño: enseguida llamarían bastardo a su hijo. Para que se mantenga inmaculado
el nombre de Jacobo VI, que sólo puede aspirar al trono como retoño de un
matrimonio completamente inatacable, la reina —espantosa tortura— tiene que
olvidarse de esta solución, la más natural.
Pero queda aún otra posibilidad, el acuerdo
confidencial y tácito entre marido y mujer para seguir apareciendo cara afuera
como rey y reina pero devolviéndose interiormente la libertad el uno al otro.
Con eso María Estuardo quedaría libre del enamorado apremio de Darnley y
mantendría ante el mundo la apariencia de un matrimonio. Que María Estuardo
también intentó esta forma de liberación lo demuestra una conversación con
Darnley, cuyo contenido nos ha llegado, en la que le proponía que tomara una
amante, a ser posible la mujer de Moray, su mortal enemigo; con esta propuesta
disfrazada de broma, quería indicarle lo poco que la ofendería si quisiera
mantenerse al margen de cualquier otra forma. Pero, espantoso enredo: Darnley
no quiere a ninguna otra, la quiere a ella y solamente a ella, ese pobre y
lamentable muchacho depende, con misteriosa obediencia y ansiedad, precisamente
de esta fuerte y orgullosa mujer.
Nunca se irá con otra, no puede ni quiere tocar a
ninguna más que a esta que se le sustrae. Sólo este cuerpo le vuelve lascivo y
loco, implora sin cesar sus derechos conyugales, y cuanto más ardiente, más
importunamente la corteja, tanto más vehemente es su rechazo, y tanto más
insidiosa y furiosa se hace la exigencia de él, tanto más canina es su
insistencia; la mujer paga con terrible decepción su desdichada prisa en haber
concedido la potestad conyugal a este niño sin compostura ni altivez, porque, a
pesar del rechazo de sus sentidos, está insalvablemente unida a él.
En esa terrible situación espiritual, María
Estuardo actúa como suelen actuar la mayoría de las personas al carecer de
escapatoria: rehúye la decisión, elude la lucha abierta, sustrayéndose a él.
Curiosamente, casi todos los biógrafos califican de incomprensible que María
Estuardo no mantuviese un cierto tiempo de descanso después del parto, sino que
abandonara el castillo y a su hijo al cabo de cuatro semanas, sin previo aviso,
para encaminarse en barco en viaje de placer a Alloa, una finca del conde de Mar.
En realidad, nada es más explicable que esta fuga. Porque con esas semanas
terminaba el plazo de respeto dentro del cual podía negar su cuerpo sin
especial pretexto al no querido esposo; ahora pronto volvería a acercarse,
volvería a acosarla cada día, cada noche, y su cuerpo no quiere, su alma no
puede soportar a un amante al que ya no ama; por eso, ¡qué más natural que el
que María Estuardo huya de su proximidad, que ponga espacio y lejanía entre él
y ella, que se haga exteriormente libre para ser interiormente libre! En todas
las siguientes semanas y meses, durante todo el verano y hasta entrado el
otoño, se salva mediante este peregrinar de castillo en castillo, de cacería en
cacería, mediante esta fuga. Y el hecho de que trate de divertirse, de que en
Alloa y en todas partes María Estuardo, que aún no tiene veinticuatro años,
charle alegremente, que los viejos bailes de disfraces y las extravagantes
distracciones sirvan otra vez a la incorregible, como en tiempos de Chastelard
y de Rizzio, para pasar el tiempo, no hace sino confirmar la rapidez con la que
esta mujer peligrosamente despreocupada olvida las peores experiencias. En una
ocasión Darnley hace el tímido intento de reclamar sus derechos conyugales.
Cabalga hasta Alloa, pero es despachado en breve y ni siquiera se le invita a
pasar la noche en el castillo; interiormente, para María Estuardo está acabado.
Como un fuego fatuo se alzó en ella el sentimiento, y como un fuego fatuo se ha
esfumado. Un error en el que causa disgusto pensar, un molesto recuerdo que se
preferiría borrar… eso es en adelante para ella Henry Darnley, al que su
enamorada necedad convirtió en soberano de Escocia y en señor de su cuerpo.
Darnley ya no cuenta, pero tampoco está ya
completamente segura de Moray, su hermano, a pesar de todas las
reconciliaciones; a Maitland, indultado también después de largo titubeo, ya no
lo considera de confianza, y sin embargo necesita a alguien en el que pueda
confiar sin reservas, porque todo lo mediano y cauteloso, todo lo contenido y
titubeante es imposible y ajeno a esta impulsiva naturaleza. Sólo puede darse
por entero, sólo puede negarse por entero, desconfiar del todo o confiar del
todo. Como reina y como mujer, durante toda su vida María Estuardo buscará
consciente o inconscientemente la contrafigura de su ser inquieto, el hombre
fuerte, duro, resistente y de confianza.
Así que Bothwell es el único en quien puede confiar
tras la muerte de Rizzio.
La vida ha zarandeado sin consideración a este
hombre fuerte. Ya de joven, el motín de los lores le echa del país por negarse
a hacer causa común con ellos; fiel hasta el último momento, defendió a María
de Guisa, madre de María Estuardo, contra los Lords of the Congregation, y
opuso resistencia incluso cuando la causa de los católicos Estuardo ya estaba
completamente perdida. Por fin, la superioridad del adversario se hizo
demasiado grande y lo echó de su patria. En Francia, el desterrado se convierte
enseguida en comandante de la guardia escocesa, su honrosa posición en la corte
refina sus modales, pero sin debilitar la fuerza elemental de su carácter. Sin
embargo, Bothwell es demasiado guerrero como para conformarse con una prebenda,
y en cuanto Moray, su mortal enemigo, se alza contra la reina, cruza el mar y
lucha por la hija de los Estuardo. Siempre que María necesita ayuda contra sus
intrigantes súbditos, él ofrece alegremente su fuerte y acorazada mano. En la
noche del asesinato de Rizzio, salta decidido por las ventanas del primer piso
para buscar ayuda, su cautela colabora a la audaz fuga de la reina, su energía
militar inspira tal terror a los conjurados que capitulan a toda prisa. Hasta
ahora, nadie en Escocia ha prestado mejor servicio a María Estuardo que este
audaz soldado de unos treinta años.
Este Bothwell es un personaje que parece tallado en
un solo bloque de mármol negro. Como Colleone, su hermano condotiero italiano,
se alza en pose enérgica y desafiante por encima de los tiempos, un hombre de
una pieza, con toda la dureza y brutalidad de su virilidad exacerbada. Lleva el
nombre de una antiquísima estirpe, los Hepbum, pero se podría pensar que por
sus venas fluye aún sangre indómita de vikingos y normandos, esos ásperos
guerreros y bandidos. A pesar de toda la cultura adquirida (habla un magnífico
francés y colecciona libros), ha conservado el ansia elemental de pelea del
rebelde nato contra el pacífico orden burgués, el loco gusto por la aventura de
aquellos hors la loi, de aquellos corsarios románticos a los que
amaba Byron. Alto, de anchos hombros, de extraordinaria fuerza física —maneja
la pesada espada de dos filos como si fuera un ligero puñal, y es capaz de
pilotar él solo un barco en medio de la tempestad—, esa seguridad física le da
también una grandiosa audacia moral, o más bien inmoral. Este hombre violento
no retrocede ante nada, sólo la moral de los fuertes es la suya: coger, retener
y defender sin consideración alguna. Pero esa ansia natural de pelea nada tiene
que ver con el vil camorrismo y las calculadoras intrigas de los otros barones,
a los que él, el irreprochable, desprecia porque siempre se reúnen cautelosos
para sus rapiñas y recorren cobardes su camino en la oscuridad. Él en cambio no
contrae alianzas, no se pone de acuerdo con nadie; solo, altanero y desafiante,
recorre su camino pasando de largo ante la ley y la moral, golpeando en el
rostro con el puño acorazado a todo el que se atreve a oponérsele. Sin
preocupación alguna, hace lo que quiere, permitido o no, a plena luz del día.
Pero aunque sin duda sea un violento de la clase más carente de reparos, un
clarísimo amoral, Bothwell tiene al menos frente a los otros la ventaja de su
sinceridad. En medio de los caracteres ambiguos y equívocos de todos esos lores
y barones, resulta como un animal impetuoso y sin embargo regio, una pantera,
un león entre todos esos lobos y hienas que se arrastran, no es una figura
moral, un personaje humanamente simpático, pero sí un hombre, un hombre de una
pieza, primitivo, belicoso.
Por eso le odian, por eso le temen los otros
hombres, pero esa fuerza desnuda, clara, brutal, le da un poder inconmensurable
sobre las mujeres. No sabemos si este seductor fue guapo; no nos ha quedado
ningún retrato fiable de él (y, sin embargo, uno se lo imagina
involuntariamente pintado por Franz Hals, como uno de esos desafiantes y osados
guerreros, con el sombrero echado hacia el rostro, la mirada descarada y
directa). Algunas fuentes dicen que era de una fealdad repelente. Pero para
ganarse a las mujeres no se necesita belleza, ya el fuerte aroma de lo varonil
que emana de tales naturalezas, lo salvaje y arrogante, lo violento y
desconsiderado, el aura de la guerra y la victoria, actúan como seducción
sensual; a ningún hombre aman las mujeres con más pasión que a aquel al que a
un tiempo temen y admiran, aquel en el que una ligera y cosquilleante sensación
de espanto y peligro aumenta el placer al hacerlo misterioso. Cuando uno de
esos hombres no es sólo un mâle, un animal salvaje como un toro, sino que,
como sucede en Bothwell, la brutalidad desnuda está por así decirlo envuelta en
una cultura cortesana, en una cultura personal, si además le son propias la
inteligencia y la desenvoltura, su violencia se vuelve irresistible. Este
aventurero tiene sus aventuras por doquier, y en apariencia sin esfuerzo. En la
corte francesa es famosa su popularidad, ya se ha hecho con algunas damas
nobles del círculo de María Estuardo, en Dinamarca una mujer le ha sacrificado
su esposo, sus bienes y su dinero. Pero a pesar de todos esos triunfos Bothwell
no es en modo alguno un verdadero seductor, un donjuán, un cazador de mujeres,
porque no las caza en serio. Las victorias de esta naturaleza son demasiado
poco peligrosas y demasiado fáciles para su naturaleza de luchador. Bothwell
toma a las mujeres a la manera rapaz de los vikingos, sólo como botín
ocasional, las toma en cierto modo de pasada, igual que bebe y juega o monta a
caballo y pelea, como una prueba de fuerza para aumentar la intensidad de la
vida, como el más viril de los juegos viriles, las toma pero no se entrega a
ellas, no se pierde en ellas. Las toma porque tomar y tomar con violencia es la
forma más natural de su ansia de poder.
Al principio María Estuardo no ve en este hombre
que hay en Bothwell a uno de sus vasallos de confianza. Tampoco Bothwell ve en
la reina a la mujer joven y deseable; con su despreocupado descaro, en su
momento incluso se había manifestado de manera bastante cruda acerca de su
personalidad privada: «Ella e Isabel juntas no darían una mujer decente». Ni se
le pasa por la cabeza considerarla desde el punto de vista erótico, y tampoco
ella siente inclinación por él. Al principio incluso quería prohibirle el regreso,
porque había difundido en Francia rumores descarados acerca de ella, pero en
cuanto lo pone a prueba como soldado se sirve de él con gratitud y lealtad. Un
favor sigue al otro, es nombrado comandante en jefe de la Marca del Norte,
luego lugarteniente de Escocia y comandante en jefe de las fuerzas armadas en
caso de guerra y rebelión. Se le entregan los bienes de los rebeldes
proscritos, y como especial signo de su amistosa disposición la reina elige
para él —la mejor prueba de lo nada eróticas que eran sus relaciones al
principio— a una joven de la rica estirpe de los Huntly.
A un hombre de poder nato sólo hay que darle poder
para que lo reclame por entero. Pronto Bothwell es el primer consejero en todos
los asuntos, el verdadero regente del reino, y el embajador inglés comunica
receloso que «su prestigio ante la reina es mayor que el de todos los demás».
Pero esta vez María Estuardo ha elegido bien, ha encontrado al fin a un
mandatario demasiado orgulloso como para dejarse comprar por Isabel con
promesas y sobornos o aliarse con los lores por una pequeña ventaja; con este audaz
soldado como fiel servidor, alcanza por vez primera el predominio en su propio
país. Pronto los lores sienten cuánta autoridad ha dado a la reina la dictadura
militar de Bothwell. Ya empiezan a quejarse de que «su arrogancia es tan grande
que David nunca fue tan odiado como él», y con gusto se librarían de su
persona. Pero Bothwell no es ningún Rizzio que se deje matar sin defenderse,
ningún Darnley al que se pueda echar a un lado sin resistencia. Conoce las
prácticas de sus compañeros los nobles; por eso se rodea constantemente de una
fuerte guardia personal, y a una señal suya sus borderers están
listos para empuñar las armas. Le es indiferente si esos intrigantes de la
corte le aman o le odian. Basta con que le teman y, mientras él lleve la espada
al cinto, esa banda inquieta y ladrona obedece a la reina rechinando los
dientes. Por deseo expreso de María Estuardo, su más encarnizado enemigo,
Moray, ha tenido que reconciliarse con él; con esto se cierra el círculo del
poder, los pesos están repartidos con claridad. María Estuardo, desde que está
asegurada en el poder por Bothwell, se conforma con la mera representación,
Moray sigue llevando la administración interior, Maitland el servicio
diplomático y Bothwell, el hombre de confianza, es all in all. Gracias a
su mano de hierro vuelven a reinar la paz y el orden en Escocia; un solo hombre
de verdad ha obrado ese milagro.
Pero cuanto más poder reúne Bothwell en sus duras
manos, tanto menos queda para aquel al que pertenecía en derecho, para el rey.
Y gradualmente incluso este poco se contrae hasta quedar en un mero nombre, en
una Nada. Un año tan sólo y ¡qué lejos está ya el tiempo en el que el hermoso y
joven soberano Darnley era apasionadamente escogido, en que se le proclamaba
rey y cabalgaba en dorada armadura contra los rebeldes! Ahora, después del
nacimiento del niño, una vez cumplida su obligación, el infeliz se ve cada vez
más desplazado y despreciado. Se le deja hablar y no se le escucha, se le deja
ir y no se le acompaña. Ya no se le convoca al Consejo de Estado, ya no se le
invita a las recepciones, siempre anda solo, y un frío espacio de soledad le
acompaña como una sombra. Por todas partes siente a sus espaldas una aguda
corriente de escarnio y odio. Extranjero, enemigo, está entre enemigos en su
propio país, en su propia casa.
Este completo dejar caer a Darnley, este abrupto
cambio del calor al frío, puede ser comprensible desde la repugnancia
espiritual de la mujer, pero manifestar su desprecio de forma tan pública fue
una necedad política de la reina. La razón le imponía dejar a ese vanidoso y
codicioso por lo menos un hilo de prestigio, y no exponerlo de forma tan
implacable a la descarada ofensa de los lores. Porque siempre el insulto tiene
el mal efecto de sacar fortaleza hasta de los más débiles; también Darnley,
hasta ahora meramente blando, se va haciendo perverso y peligroso. No puede
contener su amargura por más tiempo. Cuando sale a cabalgar durante días
enteros con sirvientes armados —desde el asesinato de Rizzio ha aprendido a ser
cauteloso—, los invitados a sus cacerías escuchan abiertas amenazas contra
Moray y alguno de los lores. Escribe por propia iniciativa cartas diplomáticas
al extranjero, en las que inculpa a María Estuardo de ser «poco segura en la
Fe» y se ofrece a Felipe II como verdadero protector del catolicismo. Como
nieto de Enrique VII, exige su derecho al poder y a tener voz, y por plana y
blanda que pueda ser su alma de niño, en su fondo más profundo arde un
titilante sentido del honor. Sólo se puede llamar falto de carácter, no de
honor, a este infeliz, y probablemente Darnley cometió hasta los más
despreciables de sus actos por ambición contrariada, por una sobreexcitada
voluntad de importancia. Finalmente —el arco se ha tensado demasiado— el
rechazado toma una decisión desesperada. A finales de septiembre, cabalga
repentinamente de Holyrood a Glasgow, sin ocultar su intención de abandonar
Escocia y marcharse al extranjero. Ya no juega, dice. Le niegan el poder que le
corresponde como rey; bien, entonces les tira el título a la cara. No se le
concede un círculo de influencia digno en el reino y en su casa; bien, entonces
se va del palacio real y de Escocia. Por orden suya, hay un barco en el puerto
constantemente listo para zarpar.
¿Qué quiere Darnley con esta sorprendente amenaza?
¿Le ha llegado ya una advertencia? ¿Le ha llegado una seña acerca de un
complot, y tiene la intención —incapaz de revolverse contra el motín— de huir a
tiempo a algún sitio en el que el veneno y el puñal no puedan alcanzarle? ¿Le
atormenta una sospecha, le persigue el miedo? ¿O fue todo el anuncio un mero
hincharse, un gesto de resistencia diplomática para asustar a María Estuardo?
Todas esas posibilidades son imaginables, e incluso todas a la vez —en una decisión
se mezclan siempre muchos sentimientos—, nadie puede afirmarlas o negarlas de
manera resuelta.
Porque aquí, cuando el camino empieza a descender
hacia el sombrío inframundo del corazón, el brillo de las luces históricas es
más turbio; en este laberinto sólo se puede avanzar a tientas, con cautela y
apoyados tan sólo en conjeturas.
Pero es evidente que María Estuardo se sobresalta
ante la anunciada partida de Darnley. Para su buena fama, sería un golpe mortal
tan malvada huida del país del padre inmediatamente después del solemne bautizo
del hijo. Y ¡qué peligroso justo ahora, poco después del escándalo Rizzio! ¿Qué
ocurrirá si este tonto muchacho irritado por el fuego blanco de la ira dice, en
la corte de Catalina de Médici o en la de Isabel, cosas que no convengan al
honor de ella? ¡Qué triunfo para las dos rivales, qué escarnio ante el mundo
entero, si el bienamado esposo saliera así corriendo de la mesa y de la cama!
Enseguida, María Estuardo reúne a su Consejo de Estado, y a toda prisa, para
adelantarse a Darnley, se acumulan de antemano toda clase de acusaciones sobre
las espaldas del fugitivo en un gran escrito diplomático a Catalina de Médici.
Mas se ha tocado alarma demasiado pronto, porque
Darnley no se ha ido.
Este débil muchacho siempre encuentra fuerzas para
gestos viriles, pero nunca para un acto varonil. El 29 de septiembre, el mismo
día en que los lores enviaron su carta de advertencia a París, aparece
inesperadamente en Edimburgo, ante palacio; pero se niega a entrar mientras
sigan en él varios de los lores. ¡Otra vez una conducta extraña y apenas
explicable! ¿Teme Darnley el destino de Rizzio, no quiere entrar al castillo
por cautela, mientras sepa en él a sus mortales enemigos? ¿O tan sólo quiere
que María Estuardo le pida públicamente que vuelva a casa?
¿Ha venido quizá sólo para saborear el efecto de su
amenaza?
¡Secretos, como todos los demás que rodean la
figura y el destino de Darnley!
María Estuardo se rehace con rapidez. Ahora ya
tiene a mano una determinada técnica para acabar con ese hombre débil cuando
quiera hacerse el señor o el rebelde. Sabe que lo que tiene que hacer
—exactamente igual que aquella noche, después del asesinato de Rizzio— es
arrancarle la voluntad antes de que él cause algún daño en su pueril terquedad.
Así que ¡fuera las consideraciones morales y los reparos melindrosos! Vuelve a
escenificar la indulgencia. Para domesticarlo, María Estuardo no rehúye ni el
medio más extremo: despide a los lores, sale al encuentro de Darnley, que
espera terco a las puertas, y no sólo le lleva a palacio con toda solemnidad,
sino puede que incluso a la isla de Circe, a su propio dormitorio. Y he aquí
que la magia funciona como entonces y como siempre en ese muchacho que depende
de ella con toda su pasión sensual; a la mañana siguiente Darnley está
amansado, María Estuardo vuelve a llevarlo de las riendas.
De manera implacable, como después de la noche de
Rizzio, el engañado tiene que pagar un amargo precio. Darnley, que ya vuelve a
sentirse amo y señor, se encuentra de repente en la sala de recepciones al
embajador francés y a los lores: María Estuardo, exactamente igual que Isabel
para la comedia con Moray, se ha procurado testigos. Ante ellos, en voz alta e
insistente, pregunta a Darnley “for God's sake» por qué quería abandonar
Escocia, y si ella le había dado algún motivo para hacerlo. Es una dura sorpresa
para Darnley, que se siente aún amante y amado, ser llevado como un acusado
ante los lores y el embajador. El alto muchacho, con su pálido y lampiño rostro
infantil, se queda allí sombrío. Si fuera un hombre de verdad, tallado en dura
madera, ahora sería el momento de dar un paso al frente, exponer sus quejas en
tono imperativo y presentarse ante esa mujer y ante sus súbditos como juez y
rey, en vez de como acusado. Pero, con su corazón de cera, no se atreve a
oponer resistencia. Como sorprendido en una mala acción, como un colegial que
teme que en cualquier momento se le salten lágrimas de ira impotente,
Darnley se queda en medio de la gran sala, se muerde los labios y calla y
calla. No da respuesta alguna. No acusa, pero tampoco se disculpa. Poco a poco
los lores, incomodados por ese silencio, empiezan a decirle cortésmente que
cómo podía abandonar “so beautiful a queen and so noble a realm». Pero en
vano; Darnley no se digna darles respuesta. Ese silencio lleno de terquedad y
secreta amenaza resulta cada vez más agobiante para los congregados, se siente
que el desdichado tan sólo se contiene a duras penas para no salir corriendo, y
sería una terrible derrota para María Estuardo que reuniera las fuerzas para
mantener ese fuerte y acusador silencio. Pero Darnley es débil. Como el
embajador y los lores le apremian una y otra vez “avec beaucoup de propos», al
fin se deja arrancar, en voz baja y disgustada, la confesión de que no, su
esposa no le ha dado ningún motivo para irse. María Estuardo no quería más que
esa declaración, que le pone a él en situación de haber sido injusto. Ahora su
buena fama ha quedado asegurada ante el embajador francés. Ahora puede volver a
sonreír tranquila y constatar, con un movimiento de la mano que marca el final
de la reunión, que esa declaración de Darnley le satisface por completo.
Pero Darnley no está satisfecho; la vergüenza le
oprime el corazón por haber sucumbido una vez más a esta Dalila, por haberse
dejado arrancar del bastión de su silencio. El entonces seducido y engañado
tiene que sentir un inconmensurable tormento cuando ahora, con gesto altivo, se
le «perdona» en cierto modo, mientras probablemente él tendría más razones para
haber podido representar el papel de acusador. Demasiado tarde, recobra algo de
compostura.
Interrumpe abruptamente la conversación. Sin un
saludo de cortesía hacia los lores, sin abrazar a su mujer, duro como un
heraldo que entrega una declaración de guerra, sale de la estancia. Sus únicas
palabras de despedida son: «Madame, no volveréis a verme tan pronto». Pero los
lores y María Estuardo se sonríen aliviados los unos a los otros, porque
ese proud fool, que ha venido rebelde y descarado, vuelve a irse con la
cabeza baja; su amenaza ya no asusta a nadie. Si quiere mantenerse lejos, cuanto
más mejor para él y para todos.
¡Pero no! Vuelve a necesitarse al que no se
necesitaba para nada. Vuelve a llamarse con urgencia a aquel al que nadie
quiere en casa. Tras largo retraso, el 16 de diciembre ha de tener lugar, en el
castillo de Stirling, el solemne bautizo del joven príncipe. Se han hecho
grandiosos preparativos. Desde luego Isabel, la madrina, no ha venido en
persona —durante toda su vida evitó cualquier ocasión de encontrarse con María
Estuardo— pero, superando excepcionalmente su famoso carácter ahorrativo, ha
enviado un valioso regalo con el conde de Bedford, una pesada pila bautismal
con preciosos repujados de oro puro, con el borde cubierto de joyas. Están
presentes los embajadores de Francia, España y Saboya, ha acudido la nobleza
entera; aquel que tiene nombre y prestigio no quiere faltar en esta fiesta. De
tan representativo despliegue no se puede, ni con la mejor voluntad, excluir a
un personaje sin duda en sí mismo insignificante, Henry Darnley, el padre del
niño, el soberano del país. Pero Darnley, que sabe que se le necesita por
última vez, no se deja atrapar tan fácilmente. Ya ha sufrido bastante vergüenza
en público, sabe que el embajador inglés tiene órdenes de negarle el título de
«Majestad», y el francés, al que quiere visitar en sus aposentos, le manda decir,
con asombroso atrevimiento, que saldrá por una puerta de la estancia en cuanto
Darnley entre por la otra. Por fin, el orgullo se revuelve en el pisoteado;
naturalmente, sus energías sólo alcanzan para un gesto de enfurruño infantil.
Pero esta vez el gesto es eficaz. Darnley se queda en el castillo de Stirling,
pero no se muestra en público. Opone resistencia con su ausencia. De manera
ostentosa, no sale de sus aposentos, no participa en el bautizo de su hijo, en
el baile, en la fiesta y el baile de máscaras; en vez de él — un murmullo de
irritación recorre las filas— es Bothwell, el odiado favorito, el que recibe a
los invitados vestido con nuevos y espléndidos ropajes, y María Estuardo tiene
que desbordar amabilidad y simpatía para que nadie piense en el esqueleto que
hay en la casa, en el señor, padre y esposo que en el piso de arriba se sienta
en un cuarto cerrado y ha logrado arruinar la fiesta a su mujer y a sus amigos.
Una vez más, ha vuelto a demostrar que está ahí, que sigue ahí; precisamente
con su ausencia, Darnley se hace presente por última vez.
Pero el castigo por esta conducta infantil y terca
es administrado con rapidez.
Unos días después, en Nochebuena, se abate con un
áspero chasquido. Lo inesperado ocurre: María Estuardo, hasta ahora
irreconciliable, se decide, por consejo de Moray y de Bothwell, a indultar a
los proscritos asesinos de su Rizzio. Con ello regresan al país los más
encarnizados y mortales enemigos de Darnley, los conspiradores a los que mintió
y engañó. Por simple que sea, Darnley advierte enseguida el mortal peligro para
su persona. Si esa banda — Moray, Maitland, Bothwell, Morton— se reúne, eso
significa una cacería, y él estará definitivamente eliminado. Tiene que tener
un sentido que su mujer se entienda de pronto con sus más encarnizados
enemigos, un sentido y también un precio, que él no está dispuesto a pagar.
Darnley ha entendido el peligro. Sabe que ahora van
contra su vida. Como una pieza que sabe que los galgos andan cerca de su
rastro, Darnley huye del castillo a refugiarse en casa de su padre, en Glasgow.
Este año fatal que empezó cuando enterraron a Rizzio aún no ha terminado, y los
asesinos han vuelto a congregarse fraternales, algo espantoso se acerca cada
vez más. Los muertos no gustan de dormir solos en sus profundidades, siempre
reclaman junto a sí a quienes los empujaron a ellas, siempre envían el miedo y
el espanto como heraldos suyos.
En verdad, algo oscuro y pesado como una nube en un
día de bochorno, algo agobiante y escalofriante, pende sobre el castillo de
Holyrood desde hace unas semanas. Esa noche del bautizo real en el castillo de
Stirling, cuando cientos de velas recibían a los huéspedes, cuando se quería
mostrar a los extraños el esplendor de la corte y a los amigos amabilidad,
María Estuardo, dueña de su voluntad siempre por cortos períodos, ha vuelto a
reunir todas sus fuerzas. Ha hecho que sus ojos resplandecieran de fingida alegría,
ha hechizado a sus huéspedes con su humor chispeante y su cordialidad que
conquista; pero apenas se apagan las luces, se apaga también su fingida
alegría, se hace un silencio temible en Holyrood, una curiosa calma en su
espíritu; alguna misteriosa preocupación, una impenetrable timidez se apodera
de la reina. Una melancolía que suele serle ajena cae de pronto como una turbia
sombra sobre su rostro, lo más hondo de su ánimo parece perturbado por algo
inexplicable. Ya no baila, ya no pide música, también su salud parece alterada
desde aquella cabalgada de Jedburgh en la que la bajaron como muerta del
caballo. Se queja de dolores en el costado, se queda días enteros en la cama y
evita toda distracción. Pasa poco tiempo en Holyrood, y semanas enteras en
apartados alojamientos y en otros castillos, pero en ningún sitio pasa mucho
tiempo, una terrible inquietud la mantiene en constante movimiento. Es como si
dentro de ella trabajase un elemento destructor, como si escuchara con terrible
tensión y curiosidad a eso que se revuelve doloroso dentro de ella… algo nuevo,
algo distinto ha comenzado en ella, algo hostil y malvado ha obtenido fuerza
sobre su alma antes tan luminosa. En una ocasión, el embajador francés la
sorprende tumbada en su cama entre amargos sollozos; ese hombre viejo y
experimentado no se deja engañar cuando la reina, avergonzada, empieza a
hablarle a toda prisa de dolores en el costado izquierdo que la atormentan
hasta hacerla llorar. Se da cuenta enseguida de que está ante penas del alma y
no del cuerpo, penas no de la reina, sino de una mujer desdichada. «La reina no
se siente bien —comunica a París—, pero creo que la verdadera causa de su
enfermedad es un profundo dolor para el que no hay olvido. Repite una y otra
vez: “Quisiera morir”.»
Tampoco a Moray, Maitland y los lores se les escapa
el entristecimiento de su señora. Pero, mejor adiestrados para la guerra que
para la psicología, sólo ven el motivo tosco, exterior, palpable, de la
decepción conyugal. «Para ella resulta insoportable —escribe Maitland— que él
sea su esposo, y no ve forma de librarse de él.» Pero Du Croc, viejo y
experimentado, ha visto mejor cuando hablaba de un «profundo dolor para el que
no hay olvido». Otra herida en su alma, interior e invisible, atormenta a esa infeliz
mujer. El dolor para el que no hay olvido es que se ha olvidado de sí misma, de
su honor, de la ley y la moral, que una pasión la ha asaltado de pronto desde
la oscuridad como un animal arrollador y ha desgarrado su cuerpo hasta las
vísceras, una pasión desmesurada, insaciable, imposible de calmar, que empezó
como delito y nada puede solucionar sino más y más delitos. Y ahora lucha,
asustada de sí misma, avergonzada de sí misma, ahora se atormenta ocultando ese
terrible secreto, y sin embargo siente y sabe que no se puede ocultar ni
callar. Ya esa voluntad tiene sobre ella más fuerza que su deseo consciente, ya
no se pertenece a sí misma, sino, desvalida y perpleja, a esa pasión
abrumadora, a esa pasión insensata.
La tragedia de una pasión
1566-1567
La pasión de María Estuardo por Bothwell está entre
las más memorables de la Historia; apenas las clásicas y proverbiales la
superan en virulencia y furia. Se alza como una abrupta llama, y llega hasta
las purpúreas zonas del éxtasis, hasta las nocturnas oscuridades del crimen.
Cuando los estados del alma alcanzan semejante desmesura, sería una simpleza
medirlos por la lógica y la razón, porque siempre forma parte de la esencia de
los instintos indomables que se manifiesten de manera contraria a la razón. A
las pasiones, como a las enfermedades, no se las puede acusar ni disculpar:
sólo es posible describirlas, con ese asombro siempre renovado con el que se
mezcla un leve espanto ante la fuerza primitiva de los elementos, que a veces
explota como una tormenta en la Naturaleza y a veces en una persona. Las
pasiones de este grado extremo ya no están sometidas a la voluntad de las
personas a las que atacan, ya no forman parte, con todas sus manifestaciones y
consecuencias, de la esfera de su vida consciente, sino que suceden por así
decirlo por encima de ellas y más allá de su responsabilidad. Pretender una
valoración moral de una persona dominada de tal modo por su pasión sería tan
absurdo como pedir cuentas a una tempestad o formar juicio a un volcán. Así que
durante su estado de esclavitud sensual-espiritual tampoco se puede hacer
responsable de su forma de obrar a María Estuardo, porque su insensata
actuación durante este período está completamente al margen de su forma de
vida, normal y más bien moderada; todo lo hacen sus sentidos embriagados sin su
voluntad e incluso contra su voluntad. Con los ojos cerrados, con los oídos
sordos, camina como una sonámbula, atraída por un magnético poder que lleva su
camino hacia la fatalidad y el crimen. Ningún consejo puede alcanzarla, ningún
grito es capaz de despertarla, y sólo cuando la llama interior se haya
consumido en su plenitud volverá a despertar, pero quemada y destruida. Quien
haya atravesado una brasa así, quemará su vida.
Porque una pasión de tal desmesura jamás se da una
segunda vez en la misma persona. Igual que una explosión consume todo el
explosivo, semejante erupción consume siempre y para siempre las interiores
reservas de los sentimientos. En María Estuardo, el fuego blanco del éxtasis
apenas dura más de medio año. Pero en ese breve plazo su alma se alza y tiende
hacia tales fogosidades que luego ya no puede ser más que sombra de esa luz que
ardía sin medida. Al igual que algunos poetas (Rimbaud) y algunos músicos (Mascagni)
se dan por entero en una sola obra genial y luego
se derrumban sobre sí mismos, consumidos y sin fuerzas, hay mujeres que en un
solo ataque de pasión derrochan de un golpe toda su posibilidad de amar, en vez
de repartirla a lo largo de los años como las naturalezas más moderadas, las
naturalezas burguesas.
Disfrutan concentrado y en extracto todo el amor de
su vida, se lanzan de golpe, genios del propio despilfarro, al abismo último de
la pasión, del que no hay salvación ni regreso. María Estuardo siempre será un
perfecto ejemplo de esa clase de amor, al que, porque no teme el peligro y la
muerte, puede en verdad llamarse heroico; no supo vivir más que una pasión,
pero la vivió hasta el último extremo del sentimiento: hasta la autodisolución
y la autodestrucción.
A primera vista, puede parecer extraño que
semejante pasión elemental, como la de María por Bothwell, siga con tanta
rapidez a su anterior inclinación por Darnley. Y, sin embargo, precisamente esa
evolución es la única lógica y natural. Porque, como cualquier otro gran arte,
también el amor ha de ser aprendido, puesto a prueba y experimentado. Nunca o
casi nunca —como en el arte— el primer intento da la solución perfecta: esa ley
eternamente válida de la psicología, de que una pasión de máximo grado presupone
una anterior e inferior como escalón previo, la mostró de manera grandiosa en
su obra el mejor conocedor del alma humana, Shakespeare. Quizá el punto más
genial de su inmortal tragedia de amor es que no empieza (como lo habría hecho
un artista menor y alguien menos conocedor) con la inflamación repentina del
amor de Romeo por Julieta, sino, de forma en apariencia paradójica, con Romeo
enamorado de una tal Rosalinda. Conscientemente, se antepone un error del
corazón a la ardiente verdad, un estadio previo, escolar y medio inconsciente,
precede a la maestría; Shakespeare muestra en su espléndido ejemplo que no hay
conocimiento sin previa intuición, no hay placer sin previo placer y, para que
un sentimiento eleve su llama hasta el infinito, tiene que haber sido excitado
y prendido ya una vez. Cuando Romeo se encuentra interiormente en un estado de
tensión, porque su alma fuerte y apasionada anhela pasión, la voluntad de amar
se tiende al principio de forma tonta y ciega hacia el primer objeto, esa
Rosalinda completamente casual, y sólo entonces, cuando se ha vuelto visionario
y consciente, cambia ese amor a medias por el amor completo, a Rosalinda por
Julieta. Exactamente así le ocurrió al principio a María Estuardo con su
sentimiento todavía ciego hacia Darnley sólo porque, joven y guapo, llegó en el
momento oportuno. Pero su pobre aliento era demasiado débil para alimentar la
brasa interior de ella. Él no era capaz de elevarla a los cielos del éxtasis,
ella no podía arder y abrasarse. Así que esa brasa seguía ardiendo oscuramente,
excitando los sentidos y sin embargo defraudando el alma, un atormentado estado
de consunción interior con la llama ahogada. Pero en cuanto llegó el hombre
adecuado, aquel al que le estaba dado terminar con ese tormento, el que dio
aire y alimento a ese rescoldo ahogado, el fuego contenido se alzó en una única
llamarada hasta todos los cielos y los infiernos. Exactamente igual que el
sentimiento de Romeo por Rosalinda se disuelve sin dejar rastro en su verdadera
pasión por Julieta, así María Estuardo olvida enseguida su insensata
inclinación por Darnley a manos del entregado éxtasis por Bothwell. Porque
siempre es la forma y el sentido de toda pasión última alimentarse de la
anterior. Todo lo que una persona toma por pasión se hace realidad tan sólo en
un verdadero amor.
Tenemos dos clases de testimonios de la pasión por
Bothwell de María Estuardo. Los primeros son los anales contemporáneos,
crónicas y documentos, los otros una serie de cartas y versos atribuidos a
ella; ambas formas, la proyección exterior de los hechos y el testimonio
interior del impulso espiritual, concuerdan al milímetro. Aun así, todos
aquellos que creen tener que defender a María Estuardo en nombre de una moral
posterior, contra una pasión contra la que ella misma no supo defenderse, se
niegan a reconocer la autenticidad de esas cartas y poemas. Las califican lisa
y llanamente de falsificadas y carentes de fiabilidad histórica. Sin embargo,
tienen sin duda un cierto móvil, en un sentido procesal. Porque esas cartas y
sonetos de María Estuardo sólo nos han llegado en textos traducidos, e incluso
quizá mutilados. Los originales faltan y jamás saldrán a la luz, los propios
manuscritos de María Estuardo —es decir, el testimonio último e irrefutable—
fueron destruidos, y sabemos por quién. Jacobo I, su hijo, entregó al fuego
esos escritos, acusadores en el sentido burgués para el honor de mujer de su
madre, nada más acceder al trono. Desde entonces se libra una enconada disputa
acerca de la autenticidad o falsedad de las llamadas «cartas de la arqueta» con
todo el partidismo que los motivos religiosos y nacionales han formado a la
hora de valorar a María Estuardo; por eso, precisamente el que expone los datos
sin partidismo necesita ponderar prueba contra prueba. Pero su decisión siempre
tendrá que ser personal, individual, porque la última prueba científica o
judicialmente válida, la presentación de los originales, ya no es posible, y
sólo se puede afirmar o negar su autenticidad desde un punto de vista lógico y
psicológico.
Sea como fuere: aquel que quiera ver y representar
de verdad a María Estuardo en su ser interior tiene que decidir si considera
estos poemas, estas cartas, auténticos o no. No puede pasar de largo ante la
cuestión encogiéndose de hombros con un “forse che si, forse che no», porque
aquí está el núcleo espiritual de su evolución interior; tiene que ponderar los
pros y los contras con plena responsabilidad, y si se decide por la
autenticidad y valora esos poemas como testimonios válidos para su exposición,
tiene que fundamentar su convicción de forma abierta y clara.
Se llama a aquellas cartas y sonetos «cartas de la
arqueta» porque, tras la precipitada fuga de Bothwell, fueron encontrados en
una arqueta de plata cerrada. Está fuera de duda que de hecho María Estuardo
regaló a Bothwell la arqueta, que había recibido de su primer esposo, Francisco
II, y también que Bothwell conservaba en este lugar seguro sus documentos más
secretos, entre ellos por supuesto las cartas de María Estuardo. También es
indiscutible que aquellas comunicaciones de María Estuardo a su amante tuvieron
que ser imprudentes y comprometedoras, porque, en primer lugar, durante toda su
vida María Estuardo fue una mujer audaz y poco reflexiva, y jamás supo contener
sus sentimientos, de palabra o por escrito. En segundo lugar, la desmedida
alegría de sus adversarios al encontrar estas cartas atestigua que tenían que
contener algo inculpatorio o vergonzoso para María. Pero los defensores de la
hipótesis de la falsificación ya no discuten seriamente la existencia de tales
cartas y poemas, sino que afirman que en los pocos días transcurridos entre su
revisión común y su presentación al Parlamento los lores cambiaron malvadamente
los originales por falsificaciones, y que por tanto las cartas publicadas no
son en modo alguno las mismas que las originariamente halladas en el cofre
cerrado.
Aquí se plantea la cuestión: ¿quién de sus
contemporáneos hizo esta acusación? Y la respuesta es acusadora: en realidad,
nadie. El día en que la arqueta cayó en manos de Morton, los lores la abrieron
juntos y juraron que el contenido era auténtico, el Parlamento en pleno
(incluyendo amigos cercanos a María Estuardo) lo examinó y no manifestó ninguna
duda, fue mostrado por tercera y cuarta vez en York y Hampton Court y cotejado
con otros originales de puño y letra de María Estuardo, y considerado auténtico.
Pero sobre todo pesa en la convicción que Isabel envió los textos impresos a
todas las cortes, y por dudoso que pueda haber sido su carácter, la reina de
Inglaterra jamás hubiera patrocinado una abierta y descarada falsificación, que
cualquiera de los implicados hubiera podido revelar algún día: esta política
era demasiado cautelosa como para dejarse sorprender en pequeñas mentiras. La
única persona que entonces, en aras de su honor, habría estado obligada a
llamar en su ayuda al mundo entero en caso de una falsificación, María
Estuardo, la principal implicada, la supuesta inocente calumniada, protestó
—causa asombro— de manera muy, muy tibia y en absoluto convincente. Al
principio, trata de impedir mediante negociaciones secretas que las cartas sean
siquiera enseñadas en York —¡por qué, habría que preguntar, cuando una
falsificación demostrable no habría hecho más que reforzar su posición!—, y que
finalmente dé a sus representantes orden de rechazar “en bloc» por inverosímil
y de antemano todo lo que pudieran presentar contra ella no significa mucho en
María Estuardo, que en cuestiones políticas se atenía poco a la verdad y
simplemente exigía que su “parole de prince» tuviera más valor que todas
las pruebas. Pero incluso cuando las cartas son publicadas en el libelo de
Buchanan y corren acusadoras a los cuatro vientos, cuando son leídas con avidez
en todas las cortes, no presenta una furiosa protesta, no pronuncia una sílaba
quejándose de falsificación de sus documentos, sino que se limita a llamar a Buchanan,
de manera muy general, «repugnante ateo». En ninguna carta, ni al Papa, ni al
rey de Francia, ni a sus parientes, escribe una sola palabra en el sentido de
que hayan falsificado cartas y poemas suyos, y tampoco la corte francesa, que
desde el primer momento tuvo en sus manos copias de los originales, adoptó
postura alguna en una cuestión tan escandalosa para María Estuardo. Ninguno de
los contemporáneos dudó pues ni por un momento de la autenticidad, ninguno de
sus amigos de la época denunció públicamente una injusticia tan monstruosa como
habría sido la presentación de documentos falsos. Sólo cien, sólo doscientos
años después, cuando los originales habían sido destruidos hacía mucho tiempo
por su hijo, la hipótesis de la falsificación se ha abierto paso poco a poco en
relación con el esfuerzo de presentar a esta mujer audaz e indómita como
víctima ignorante e inmaculada de una vil conspiración. Así pues, la actitud de
los contemporáneos, el argumento histórico, habla claramente en favor de la
autenticidad, e igual de claro es, en mi opinión, el argumento filológico y el
psicológico. Porque —para empezar por los poemas— hay que preguntarse quién en
la Escocia de entonces habría sido capaz de redactar en un plazo tan corto y en
una lengua extranjera, en francés, un ciclo de sonetos que ponen de manifiesto
el más íntimo conocimiento de los acontecimientos privados de la vida de María
Estuardo. Sin duda la Historia Universal conoce innumerables casos de
documentos y cartas falsos, también en la literatura han aparecido, a menudo de
forma misteriosa, toda clase de poemas apócrifos, pero siempre se trata, como
en los poemas de Ossian de Macpherson o en el caso de la falsificación
caligráfica de Königinhofer, de reconstrucciones filológicas de épocas y siglos
desaparecidos. Nunca se había intentado atribuir a una persona viva un ciclo
completo de poemas. ¡Y qué absurda es la idea de que unos terratenientes
escoceses, para los que la poesía era lo más ajeno del mundo, fueran a redactar
a toda prisa once sonetos en lengua francesa para comprometer a su reina!
¿Quién fue pues el hechicero sin nombre —ninguno de los paladines ha respondido
nunca esta pregunta— que pudo hacer en una lengua extranjera, de forma tan
perfecta y con un estilo tan preciso, una serie de poemas de la reina que
concuerdan palabra por palabra, sentimiento por sentimiento, con los más
secretos de esta mujer? ¡Ni siquiera un Ronsard, un Du Bellay, hubieran logrado
hacerlo tan deprisa y con tanta verdad espiritual, y cómo iban a hacerlo los
Morton, los Argyll, Hamilton y Gordon, que sabían manejar la espada, pero
difícilmente sostener una conversación en francés!
Pero si la autenticidad de los poemas es segura (y
hoy en día apenas la discute seriamente nadie), es forzoso reconocer también la
autenticidad de las cartas. Admitiremos que con su re-traducción al latín y al
escocés (solamente dos cartas se han conservado en la lengua original) hayan
podido modificarse algunos detalles, quizá de hecho incluso se haya añadido
este o aquel pasaje.
Pero en su conjunto los mismos argumentos resultan
convincentes a la hora de probar la autenticidad de las cartas, y muy
especialmente un último argumento de tipo psicológico. Porque si un supuesto
«consorcio criminal» hubiera pretendido falsificar por odio cartas acusadoras,
habría sido evidente que hubiera fabricado confesiones que hicieran
despreciable a María Estuardo y la presentaran como una mujer lujuriosa,
taimada y pérfida. Sería en cambio completamente contradictorio el absurdo de
que, para perjudicar a María Estuardo, se inventaran cartas y poemas como los
que nos han llegado, que más bien la disculpan que la inculpan, porque expresan
de manera humanamente conmovedora sobre todo el espanto de María Estuardo ante
el conocimiento y la complicidad en el crimen. Porque no es el placer de esta
pasión, sino su más terrible angustia, lo que revelan estas cartas, que son
como los gritos ahogados de alguien que se está quemando vivo. Precisamente el
hecho de que estén escritas con tal torpeza, con tan confuso fluir de los
pensamientos, que estén lanzadas con tan visible prisa y perturbación por una
mano que, se siente, tiembla de excitación al escribir, corresponde por entero
al sobreexcitado estado anímico que atestiguan las acciones de María Estuardo
en esos días; sólo el más genial de los psicólogos hubiera podido inventar de
forma tan perfecta semejante base psicológica para los hechos revelados. Moray,
Maitland y Buchanan, a los que los salvadores profesionales del honor de María
Estuardo acusan a la buena de Dios de falsificación, no eran ningún
Shakespeare, ningún Balzac, ningún Dostoievski, sino almas pequeñas, capaces
sin duda de pequeñas estafas de truhán, pero incapaces de construir en sus
covachuelas un andamiaje de tan conmovedora verosimilitud psicológica como son
para todos los tiempos estas cartas de María Estuardo; aún está por encontrar
el genio que hubiera inventado tales cartas. Así que el espectador imparcial
sólo puede reconocer de buena fe a María Estuardo, a la que sólo la necesidad y
la más íntima presión del alma convirtió en poeta, como autora de aquellas
cartas y poemas, e invocarlas como el más seguro testimonio de su hora más
amarga.
Tan sólo la traición a sí misma en el poema permite
conocer el comienzo de esa desdichada pasión. Únicamente gracias a esas líneas
ardientes se sabe que ese amor no se forma de manera lenta y cristalina, sino
que cae de golpe sobre la mujer desprevenida y la arrastra para siempre. La
causa inmediata la constituye un burdo acto físico, un asalto de Bothwell, una
media o completa violación. Los versos de su soneto iluminan como un relámpago
la oscuridad:
Pour luy aussi j’ay jette mainte larme,
Premier qu’il fust de ce corps possesseur,
Duquel alors il n’avoit pas le coeur.
Por él he derramado más de una lágrima,
Primero, cuando se apoderó de mi cuerpo,
Del que entonces aún no poseía el corazón.
La situación entera se aprecia a simple vista.
Desde hace semanas, María Estuardo pasa cada vez más tiempo con Bothwell; la
acompaña como primer consejero del reino, como comandante de su fuerza militar,
en sus viajes y recorridos de placer de palacio en palacio. Pero ella, que ha
elegido para este hombre a una hermosa mujer de la nobleza y ha asistido a su
boda, no ha visto ni por un momento a un pretendiente en este joven esposo; con
ese matrimonio, tenía que sentirse doblemente segura e intocable frente a su
fiel vasallo. Podía viajar con él sin recelo, estar con él sin preocuparse.
Pero siempre ese sentimiento de imprudente seguridad y confianza, justo la más
valiosa propiedad de su carácter, se convierte en peligro para ella.
Probablemente —uno cree estar viendo la escena— se permite a veces con él una
de esas frívolas confianzas, uno de esos coquetos descuidos femeninos, que en
su momento ya fueron fatales para Chastelard y para Rizzio. Quizá se queda a
solas largo tiempo con él en sus aposentos, charla con más confianza de lo que
la prudencia impone, bromea, juega, se chancea con él. Pero este Bothwell no es
ningún Chastelard, no es un romántico que toca el laúd y un trovador, no es un
Rizzio, un advenedizo adulador: Bothwell es un hombre de sentidos ardientes y
duros músculos, un hombre instintivo que no retrocede ante ninguna osadía. A un
hombre así no se le puede desafiar y excitar a la ligera. Abruptamente, la
coge, aferra a la mujer, que se encuentra ya hace mucho en un estado espiritual
vacilante e irritado, cuyos sentidos están excitados por su primera y necia
inclinación y aún no se han calmado. “Il fust de ce corps possesseur», la toma
por sorpresa o la viola.
(¿Quién puede medir la diferencia en tales
momentos, en que el querer y el defenderse concurren en medio de la
embriaguez?) Apenas cabe dudar de que tampoco por parte de Bothwell este asalto
fue premeditado, no fue la realización de una ternura largamente contenida,
sino un acto impulsivo sin ningún énfasis espiritual, un acto puramente camal,
un acto de pura violencia física.
Pero su efecto en María Estuardo es instantáneo y
demoledor. Algo completamente nuevo entra como una tempestad en su tranquila
vida: con su cuerpo, Bothwell ha violado también sus sentimientos. En ambos
esposos, el quinceañero esposo niño Francisco II y el lampiño Darnley, sólo se
había encontrado hasta la fecha caracteres semi viriles, blandos y débiles. Se
le había convertido en evidente ser la que daba, la que satisfacía generosa, la
señora y soberana incluso en esa esfera íntima, y nunca la que tomaba, la
tomada, la abrumada. Pero en ese brutal acto de violencia se ha encontrado de
pronto —y sus sentidos se tambalean aturdidos ante esta sorpresa— a un hombre
de verdad, por fin uno que ha aplastado todas sus fuerzas femeninas, su
vergüenza, su orgullo, su sentimiento de seguridad, por fin uno que le ha
abierto su propio mundo volcánico, que hasta entonces desconocía. Antes de que
haya advertido el peligro, antes de que haya intentado oponer resistencia, ha
sido ya vencida, la severa cáscara se ha roto, y la brasa interior se desborda
abrasadora, consuntiva.
Probablemente su primer sentimiento ante este
asalto sólo es de ira, de indignación, sólo un odio furioso y mortal contra
este asesino de su orgullo de mujer. Pero siempre será uno de los más profundos
misterios de la Naturaleza el que los polos del sentimiento extremo se toquen.
Así como la piel apenas puede distinguir el calor extremo del frío extremo,
igual que el hielo puede quemar como si fuera fuego, así los sentimientos
encontrados se confunden a veces. En un instante, en el alma de una mujer el odio
puede convertirse en amor y el orgullo ofendido en furiosa humildad, su cuerpo
puede con el deseo último querer y afirmar lo que un segundo antes rechazaba
con la última repugnancia.
Sea como fuere, desde ese momento esta mujer, hasta
ahora pasablemente circunspecta, arde y se consume por completo en esta llama
interior. Todos los pilares que hasta ahora han sustentado su vida, honor,
dignidad, decencia, orgullo, seguridad en sí misma y razón, se derrumban; una
vez derribada y arrastrada, sólo quiere hundirse más y más, sólo caer y
perderse. Un nuevo placer, un placer ajeno ha venido sobre ella, y lo saborea
hasta la autodisolución, codiciosa y embriagada: besa humildemente la mano del hombre
que aniquiló el orgullo de su feminidad y le enseñó a cambio el nuevo éxtasis
de la entrega.
Esta nueva pasión insuperable es
inconmensurablemente mayor que la primera que sintió por Darnley. En Darnley
sólo había descubierto y ensayado su ansia de entrega, ahora la vive a fondo;
con Darnley sólo quería compartir: la corona, el poder, la vida. A Bothwell ya
no quiere darle cosas concretas, no esto y aquello, sino todo lo que posee
sobre la tierra, hacerse pobre para enriquecerlo, humillarse placentera para
elevarle. En un misterioso éxtasis se desprende de todo lo que la ata y limita
para cogerlo y retenerlo a él. Sabe que sus amigos la abandonarán, que el mundo
la difamará y despreciará, pero precisamente eso le da, a cambio de su orgullo
pisoteado, un nuevo orgullo, y anuncia entusiasta:
Pour luy depuis j’ay mesprise l’honneur,
Ce qui nous peust seul pourvoir de bonheur.
Pour luy j’ay hazar de grandeur & conscience,
Pour luy tous mes parens J’ay quitte & mis,
Et tous autres respectz sont a part mis.
Pour luy tous mes amis, j’estime moins que rien,
Et de mes ennemis je veux esperer bien.
J’ay hazardé pour luy nom & conscience,
Je veux pour luy au monde renoncer,
Je veux mourir pour le faire avancer.
Por él he renunciado al honor,
Único que en la vida da verdadera dicha,
Por él he puesto en riesgo conciencia y poder,
Por él abandonado parientes y amigos,
Toda cautela había de ceder ante él.
Ningún amigo cuenta cuando pienso en él,
Ningún enemigo, ningún odio me hará ya temblar,
Disfruté entregando todo esto por él,
Porque por él yo quiero renunciar al mundo,
Y morir por hacerle avanzar a él.
Ya nada para sí, todo para él, al que por vez
primera se siente completamente
entregada:
Pour luy je veux rechercher la grandeur,
Et feray tant que de vray congnoistra
Que je n’ay bien, heur, ne contentement,
Qu’a l’obeir & servir loyaument.
Pour luy j’attendz toute bonne fortune,
Pour luy jé veux garder sante & vie,
Pour luy tout vertu de suivre j’ay envie,
Et sans changer me trouvera tout’une.
Por él alcanzaré la grandeza,
Y no descansaré hasta que se dé cuenta
De que ningún otro placer mi corazón inflama,
Más que servirle sin cesar lealmente.
Por él quiera guardarme la fortuna,
Por él conservarme la salud y la vida,
Para poder seguirle y a él unirme,
Y ser eternamente una con él.
Todo lo que posee, todo lo que es, su reino, su
honor, su cuerpo, su alma, lo arroja al abismo de su pasión, y en la
profundidad de su caída disfruta al mismo tiempo de todo el vibrar de sus
sentimientos.
Tan furiosa tensión y sobreexcitación del
sentimiento tiene que transformar a un alma. La desmesura de la pasión extrae
fuerzas únicas y desconocidas de esta mujer hasta ahora frívola y contenida. Su
cuerpo, su alma, viven decuplicados en estas semanas, salen de ella
posibilidades y capacidades que no había tenido antes ni alcanzó después. En
esas semanas, María Estuardo es capaz de galopar dieciocho horas, y luego pasar
la noche en vela sin cansancio y escribir cartas.
Ella, normalmente autora de pequeños epigramas y
fugaces versos de ocasión, es capaz de escribir en un arranque de la más fogosa
inspiración aquellos once sonetos en los que testimonia todo su placer y su
tormento con una fuerza verbal y una elocuencia que no tuvo antes ni tendrá
después. Ella, normalmente imprudente y despreocupada, es capaz de disimular de
forma tan perfecta que durante meses nadie observa sus relaciones con Bothwell.
Puede hablar con frialdad delante de la gente, como con un subordinado, con el
hombre ante cuyo menor contacto se inflama, es capaz de mostrarse alegre
mientras en su interior los nervios le tiemblan y arden y el alma se le escapa
de desesperación. Algo demoníaco, un super-ego ha brotado de pronto en ella y
la lleva mucho más allá de sus propias fuerzas.
Pero esos excesos del sentimiento, impuestos con
violencia a la voluntad, se pagan con terribles derrumbamientos. Entonces,
durante días, yace en cama débil y agotada, vaga durante horas por sus
aposentos con los sentidos aturdidos, gime sollozando en su lecho: «Quisiera
estar muerta», y grita pidiendo un puñal para matarse. Igual que esas fuerzas
han venido, desaparecen en ciertas horas de manera igualmente misteriosa.
Porque a la larga su cuerpo ya no puede soportar ese furioso sobreponerse, ese
rabioso querer salir de sí mismo, se revuelve, se rebela, los nervios arden y
tiemblan. Nada muestra con más claridad hasta qué extremo su cuerpo está
conmocionado por el desmedido exceso de la pasión que el famoso episodio de
Jedburgh. El 7 de octubre, Bothwell ha sido gravemente herido en lucha con un
cazador furtivo; la noticia alcanza a María Estuardo en Jedburgh, donde está
celebrando audiencia del Tribunal Real. Para no suscitar expectación, se
abstiene de saltar enseguida a la silla y correr las veinticinco millas que la
separan de Hermitage Castle. Pero no cabe duda de que la mala noticia la
perturba por completo, porque el más imparcial observador de su entorno, el
embajador Du Croc, que por entonces aún no tenía la menor idea de que pudiera
tener una relación íntima con Bothwell, anuncia a París: “Ce ne luy eust
esté peu de perte de le perdre». También Maitland observa su ausencia y
confusión, pero ignorando también la verdadera causa dice que «esos turbios
pensamientos y ese malestar pueden tener su origen en su relación con el rey».
Sólo unos días después la reina corre en furiosa
cabalgada junto a Bothwell, acompañada de lord Moray y algunos de sus nobles.
Se queda dos horas junto al lecho del herido y regresa igual de alocadamente,
para superar en esa loca carrera su atormentada inquietud. Pero entonces su
cuerpo, socavado por una pasión que arde interiormente, se desploma. Cuando
baja de la silla, cae inconsciente y queda así dos horas. Luego tiene un acceso
de fiebre, una típica fiebre nerviosa, se revuelve y delira. De repente su cuerpo
se queda petrificado, ya no ve, ya no siente, los nobles y el médico rodean
perplejos a la enigmática enferma. Se envían mensajeros en todas direcciones a
traer al rey y al obispo, para que en caso necesario administre la
extremaunción. María Estuardo pasa así ocho días, entre la vida y la muerte. Es
como si la secreta voluntad de no querer seguir viviendo hubiera roto sus
nervios, destrozado sus fuerzas. Pero —y esto demuestra con claridad clínica
que esa quiebra fue esencialmente espiritual, típicamente histérica— apenas
traen a Bothwell en un carromato se siente mejor, y —nuevo milagro— dos semanas
después la que ya se creía muerta vuelve a estar en la silla. De dentro ha
venido el peligro, desde dentro lo ha superado la que lo sufría.
Pero, aunque físicamente sana, en las semanas
siguientes la reina está cambiada y trastornada. Hasta los más extraños
advierten que se ha convertido en «otra». Algo en sus rasgos, en su ser, ha
cambiado de forma permanente, la habitual ligereza y seguridad ha desaparecido.
Camina, vive y actúa como una persona sometida a una fuerte presión. Se
encierra en una habitación, y a través de la puerta las camareras la oyen gemir
y sollozar. Normalmente confiada, esta vez no confía en nadie. Sus labios están
sellados, y nadie sospecha el terrible secreto que lleva a través de sus días y
sus noches y que poco a poco le asfixia el alma.
Porque en esta pasión hay algo terrible, algo que
la hace al mismo tiempo tan grandiosa y tremenda… el hecho insuperable de que
la reina sabe desde el primer momento que su amor es delictivo y completamente
carente de escapatoria. El despertar del primer abrazo tiene que haber sido
espantoso, un instante digno de Tristán, cuando, envenenados por el filtro de
amor, los amantes salen de su estupor y recuerdan que no viven solos en la
infinitud de sus sentimientos, sino que están unidos a este mundo, al deber y
el derecho.
Espantoso despertar, en que los sentidos se
concentran y deslumbra el reconocimiento de la locura cometida. Porque ella, la
que se ha entregado, es la esposa de otro hombre, y él, al que se ha entregado,
es el marido de otra mujer.
Es adulterio, doble adulterio, el que han cometido
sus sentidos furiosos, y cuántos días hace, catorce, veinte o treinta, que ella
misma, María Estuardo, ha dictado y firmado solemnemente como reina de Escocia
un edicto que castiga con la muerte en su país el adulterio y cualquier otra
forma de placer prohibido.
Desde el primer momento esta pasión está marcada
como criminal, si quiere perdurar sólo puede afirmarse y llevarse a cabo
repitiendo el delito. Para poderse unir eternamente, ambos tienen que empezar
por librarse con violencia, la una de su esposo, el otro de su esposa. Este
amor pecaminoso no puede producir más que un fruto envenenado, y María Estuardo
sabe con cruel lucidez desde el primer momento que desde ahora no habrá para
ella ni descanso ni salvación.
Pero precisamente en esos momentos desesperados
despierta en ella un último valor para intentar incluso lo absurdo e inútil y
desafiar al destino. No retrocederá cobarde, se ocultará y esconderá, sino que
recorrerá con la cabeza erguida el camino hasta el abismo. Puede que todo esté
perdido, su dicha en ese tormento será haberlo sacrificado por él.
Entre ses mains, & en son plain pouvoir,
Je mets mon fils, mon honneur, & ma vie,
Mon pais, mes subjets, mon ame assubjettie
Est tout à luy, & n’ay autre vouloir
Pour mon objet, que sans le decevoir
Suivre je veux, malgré toute l’envie
Qu’issir en peut.
En sus manos y en su poder
Pongo todo lo que tengo en el mundo,
Mi hijo, mi país, vida, dicha y honor,
Porque mi alma quiere mostrarse
Sólo y exclusivamente suya,
Unirse sólo a él, dichosa de su cercanía,
Fiel hasta la muerte, pase lo que pase.
«Pase lo que pase», tentará el camino hacia lo
desesperado. Como se ha perdido por entero, cuerpo, alma y destino, por él, el
indeciblemente amado, esa amante desmedida sólo teme una cosa en el mundo:
perderle.
Pero lo más espantoso de este espanto, el peor
tormento de este tormento, aún le está reservado a María Estuardo. Porque, con
toda su ceguera, es demasiado clarividente como para no advertir pronto que
también esta vez se derrocha en vano, que el hombre por el que ahora arden
todos sus sentidos no la ama en realidad. Bothwell la ha tomado como a muchas
otras mujeres: de forma sensual, rápida y brutal. Pero está dispuesto a
abandonarla con la misma indiferencia con la que ha desechado a todas las demás
mujeres después del primer enfriamiento de los sentidos. Para él, esa violencia
es un instante ardiente, una rápida aventura, y la infeliz pronto tiene que
confesarse a sí misma que ese amado señor de sus sentidos no siente especial
adoración por ella:
Vous m’estimez legiere, que je voy,
Et si n’avez en moy nulle asseurance,
Et soupconnez mon coeur sans apparence,
Vous meffiant a trop grand tort de moy.
Vous ignorez l’amour que je vous porte.
Vous soupconnez qu’autre amour me transporte.
Vous despeignez de cire mon las coeur.
Vous me pensez femme sans jugement;
Et tout cela augmente mon ardeur.
Vos me creéis ligera, y no tenéis
En mí —lo sé— confianza alguna.
Vos creéis, y me hacéis gran injusticia,
Mi corazón de cera e inconstancia.
Vos ignoráis el amor que os tengo.
Vos suponéis que otro amor me transporta,
Vos me creéis débil y vacilante.
Vos me pensáis mujer débil de juicio;
Y todo eso hace aumentar mi ardor.
Pero en vez de apartarse orgullosa del ingrato, en
vez de controlarse y dominarse, esta mujer embriagada por su pasión se arroja
de rodillas ante el indiferente para retenerlo. Su antigua arrogancia se ha
transformado horriblemente en una furiosa auto humillación. Implora, ruega, se
ensalza a sí misma, se ofrece cual mercancía al amado, que no la quiere amar.
Ha perdido tan por entero, tan hasta la última humillación el sentido de la
dignidad, que ella, antaño tan real, regatea como una verdulera lo que ha sacrificado
por ella, le asegura insistente —hay que decir incluso importuna— la más
esclava sumisión:
Car c’est le seul desir de vostre chere amie,
De vous servier, & loyaument aimer,
Et tous malheurs moins que rien estimer,
Et vostre volonte de la mienne suivre
Vous cognoistrez aveques obeissance,
De mon loyal devoir n’obmettant la science,
A quoy J’estudiray pour tousjours vous complaire.
Sans aimer rien que vous, soubs la subjection
De qui je veux san nulle fiction,
Vivre & mourir.
Porque el solo deseo de vuestra amiga
Es serviros y amaros lealmente,
Igualar por entero su voluntad a la vuestra
Y no eludir mal alguno por vuestra causa,
Veréis cuán obediente es mi entrega,
Con qué celo, con qué ansiedad
Quiero aprender a cumplirme a vuestro servicio
Amada y disuelta en vuestra voluntad,
Sólo a ese precio quiero vivir y morir.
Resulta espantosa y estremecedora esa total
aniquilación del sentido de sí misma en esta mujer valerosa, que hasta ahora no
había tenido miedo a ningún soberano de este mundo ni a ningún peligro sobre la
Tierra, y que ahora se humilla a las prácticas más oprobiosas de unos celos
malignos y envidiosos. En algún signo, María Estuardo tiene que haber advertido
que Bothwell está interiormente más inclinado a su propia y joven esposa, la
que ella misma le escogió sin pensar, que a ella, y que no piensa serle infiel
por ella. Y ahora intenta —es espantoso cómo precisamente un gran sentimiento
puede volver mezquina a una mujer— denigrar a la esposa del modo más innoble,
lamentable y malvado. Trata de excitar la vanidad erótica y viril de Bothwell
recordándole (al parecer basándose en íntimas confesiones) que su esposa no
demostraba bastante ardor en sus abrazos, que en vez de con fervor pleno y
apasionado sólo se le entregaba titubeante. Ella, que antaño era todo
arrogancia, compara en lamentable autoelogio cuánto más sacrifica ella, la
adúltera, por Bothwell que su propia esposa, que sólo obtiene ventajas y placer
de su grandeza. No, debe quedarse con ella, con María Estuardo, sólo con ella,
y no dejarse engañar por las cartas, las lágrimas y las súplicas de esa «falsa»
mujer:
Et maintenant elle commence à voir,
Qu’elle estoit bien de mauvais jugement,
De n’estimer l’amour d’un tel amant,
Et voudroit bien mon amy decevoir
Par les ecrits tous fardez de scavoir…
Et toutes fois ses paroles fardeez,
Ses pleurs, ses plaincts remplis de fictions,
Et ses hautz cris & lamentations,
On tant gaigné, que par vous sont gardeez
Ses lettres, escrites, ausquels vous donnez foy,
Et si l’aimez, & croiez plus que moy.
Pero ahora empieza a observar seriamente
Lo mal aconsejada que ha estado
Al despreciar el amor de tal amado.
Con falsas cartas trata de asustarlo,
De apartar de mí hacia sí al amigo,
Y, ay, ya veo que sí logra,
Con mentirosas lágrimas, gritos y quejas,
Enredarte otra vez en la red vieja,
Porque guardas contigo las falsas cartas
Y crees, más que en mí,
En sus mentirosas palabras escritas.
Sus gritos se vuelven cada vez más desesperados. No
debería confundirla a ella, la única digna, con la indigna, debería rechazarla
para unirse a ella, porque sucediera lo que sucediese ella estaba dispuesta a
atravesar con él la vida y la muerte. Puede exigir de ella, le implora de
rodillas, lo que quiera en prueba de lealtad y eterna entrega, todo está
dispuesta a sacrificarlo: casa, hogar, propiedades, corona, honor y a su hijo.
Todo, todo puede cogerlo y retenerla sólo a ella, enteramente perdida por él,
su amado.
Por primera vez se aclara el trasfondo de este
trágico paisaje. La desbordante auto confesión de María Estuardo aclara por
completo el escenario. Bothwell la ha tomado de forma incidental, como a muchas
otras mujeres, y con esto para él la aventura ya ha terminado. Pero María
Estuardo, que ha sucumbido a él en alma y sentidos, toda fuego y éxtasis,
quiere retenerlo, y retenerlo para siempre.
Pero una mera relación amorosa tiene poco encanto
para ese hombre felizmente casado y ambicioso. En el mejor de los casos,
Bothwell proseguiría algún tiempo por ventaja, por comodidad, la relación con
una mujer que tiene para dar todas las dignidades y honores de Escocia, quizá
toleraría a María Estuardo como concubina junto a su mujer. Pero eso no puede
ser bastante para una reina con el alma de una reina, y menos para una mujer
que no quiere compartir, que en su pasión quiere tener a ese hombre para ella sola.
Pero ¿cómo tenerlo? ¿Cómo atar eternamente a ella a ese furioso y desbocado
aventurero? Las promesas de lealtad y entrega ilimitadas no pueden más que
aburrir y atraer poco a un hombre así, las ha oído de otras mujeres con
demasiada frecuencia. Tan sólo un premio puede excitar a este codicioso, el
máximo premio, por el que tantos han competido y rivalizado: la corona. Por
indiferente que pueda ser Bothwell ante la idea de seguir siendo amante de una
mujer a la que interiormente no ama, una fuerte seducción emana de la idea de
que esa mujer es reina y, a su lado, él podría convertirse en rey de Escocia.
Sin duda a primera vista semejante idea parece
absurda, porque el esposo legítimo de María Estuardo, Henry Darnley, vive aún:
no hay lugar para un segundo rey. Y, sin embargo, esta absurda idea es la única
que encadena desde este momento a María Estuardo y Bothwell, porque ella,
infeliz, no tiene otro atractivo con el que sujetar al indomable. Por nada en
el mundo se dejaría comprar y amar este hombre libre e independiente por una
mujer totalmente entregada a él, salvo por la corona. Y no hay ningún precio que
la embriagada, que hace mucho que ha olvidado el honor, el prestigio, la
dignidad, la ley, no estuviera dispuesta a pagar. Si María Estuardo tuviera que
comprar esa corona a Bothwell con un crimen, no dudaría, deslumbrada por esa
pasión, en cometer ese crimen.
Porque igual que Macbeth no tenía otra opción, para
convertirse en rey y hacer realidad la diabólica profecía de las brujas, que la
opción sangrienta de eliminar violentamente a toda la familia real, igual
Bothwell no puede convertirse en rey de Escocia de forma honesta y legal. El
camino pasa únicamente sobre el cadáver de Darnley. Para que la sangre y la
sangre se unan, ha de ser derramada la sangre.
Sin duda Bothwell sabe, con total seguridad, que no
ha de esperar de María Estuardo ninguna resistencia seria cuando exija, tras su
liberación de Darnley, su mano y su corona. Incluso si aquella promesa expresa,
escrita, que supuestamente se encontró en la famosa arqueta de plata y en la
que ella promete «casarse con él incluso contra cualquier objeción de sus
parientes y otras personas» fuera apócrifa o una falsificación, incluso sin
carta y sello está seguro de su obediencia. Con demasiada frecuencia se ha
quejado ante él —como ante todos los demás— de lo mucho que sufre bajo la
agobiante idea de que Darnley es su esposo, con demasiado ardor anuncia en los
sonetos, y quizá lo hiciera con aún más fervor en algunos instantes de amor, lo
mucho que desea unirse a él, Bothwell, eternamente y para siempre, como para
que él no esté dispuesto a llegar hasta el límite, a intentar lo más insensato
por ella.
Pero sin duda Bothwell también se ha asegurado el
consentimiento —al menos tácito— de los lores. Sabe que todos están unidos en
su odio contra ese muchacho incómodo e insoportable que los ha traicionado a
todos, y que no podría ocurrirles nada mejor que el que fuera alejado de
Escocia de algún modo lo antes posible. El propio Bothwell ha asistido a esa
curiosa conversación que tuvo lugar en el mes de noviembre en el castillo de
Craigmillar, en presencia de María Estuardo, y en la que por así decirlo se jugó
el destino de Darnley con dados trucados. Los máximos dignatarios del reino,
Moray, Maitland, Argyll, Huntly y Bothwell, se habían puesto de acuerdo en
proponer a la reina un extraño negocio: si ella pudiera decidirse a llamar a
los nobles proscritos, los asesinos de Rizzio —Morton, Lindsay y Ruthven—,
ellos por su parte se comprometían a librarla de Darnley. Al principio, ante la
propia reina sólo se habla de una fórmula legal “to make her quit of him», de
un divorcio. Pero María Estuardo pone la condición de que esa liberación se
produzca de un modo que, por una parte, sea legal, y, por otra, no cause ningún
perjuicio a su hijo. A esto responde Maitland, de forma extrañamente oscura,
que ella debe dejarles la forma y modo a ellos, que arreglarán el asunto de
forma que su hijo no sufra perjuicio alguno, e incluso Moray, aunque como
protestante menos delicado (scrupulous) en estas cuestiones, sería
«indulgente». Extraño anuncio éste, tan extraño que María Estuardo recalca que
no debe hacerse nada «que pueda pesar sobre su honor o su conciencia». Detrás
de estos oscuros discursos se esconde — y Bothwell sería el último en no darse
cuenta— un oscuro sentido. Pero está claro que ya entonces todos, María
Estuardo, Moray, Maitland, Bothwell, los principales actores de la tragedia,
estaban de acuerdo en quitar de en medio a Darnley, y tan sólo no estaban de
acuerdo en cuál era la mejor forma de librarse de él, si mediante la bondad, la
astucia o la violencia.
Bothwell, el más impaciente y audaz, está a favor
de la violencia. No puede ni quiere esperar, porque a él no le importa tan
sólo, como a los otros, quitarse de encima al pesado muchacho, sino heredar de
él la corona y el reino. Mientras los otros sólo desean y esperan, él tiene que
actuar con decisión; parece que, de alguna forma encubierta, ha buscado ya
cómplices y ayudantes entre los lores.
Pero una vez más al llegar aquí las luces
históricas adquieren un resplandor turbio, la preparación de un crimen siempre
tiene lugar entre las sombras o en la penumbra. Nunca se sabrá cuántos y cuáles
de los lores estaban enterados del proyecto y de cuáles obtuvo realmente su
complicidad o tolerancia. Parece que Moray sabía y no participó, y que Maitland
por el contrario fue más imprudente.
En cambio, es de fiar el testimonio de Morton,
pronunciado en su lecho de muerte. Bothwell va a verle, a él, que acaba de
regresar del destierro y alberga un odio mortal contra Darnley, que le ha
traicionado, y le propone lisa y llanamente el asesinato en común de Darnley.
Pero después de la última empresa, en la que sus compinches le dejaron en la
estacada, Morton se ha vuelto cauteloso. Titubea a la hora de aceptar y exige
garantías. Primero pregunta si la reina está de acuerdo con el crimen. Para azuzarle,
Bothwell dice que sí, de manera totalmente alocada. Pero desde el asesinato de
Rizzio, Morton sabe lo fácil que es negar post festum los acuerdos
verbales, así que antes de comprometerse exige ver sobre el papel el
consentimiento de la reina. Quiere, conforme a los viejos usos escoceses,
un bond en toda regla, que pueda enseñar en su descargo en caso de
haber incómodas consecuencias. También eso se lo promete Bothwell. Pero
naturalmente él jamás puede aportar el bond, porque el futuro matrimonio
sólo será posible si María Estuardo se queda completamente en segundo plano y
puede parecer «sorprendida» por los acontecimientos.
Así que la acción vuelve a recaer en Bothwell, el
más impaciente, el más osado, y él es lo bastante decidido como para llevarla a
cabo solo. De todos modos, la ambigüedad con la que Morton, Moray y Maitland
acogieron su plan ya le dejó intuir que no habría que esperar resistencia
abierta de los lores. Si no con sello y cédula, todos se han declarado
conformes con su comprensivo silencio y su amigable asistencia. Y desde ese día
en que María Estuardo, Bothwell y los lores se ponen de acuerdo, Darnley lleva
en vida su mortaja puesta.
Todo está dispuesto. Bothwell ya se ha puesto de
acuerdo con algunos de sus compinches de mayor confianza, el lugar y la forma
del crimen han sido fijados en conversaciones secretas. Pero aún falta una cosa
para el sacrificio: la víctima.
Porque Darnley, por tonto que sea, tiene que haber
intuido sordamente de algún modo lo que le espera. Ya semanas antes se ha
negado a pisar Holyrood mientras los lores estuvieran armados dentro del
edificio; tampoco se siente ya seguro en el castillo de Stirling desde que los
asesinos de Rizzio, a los que él dejó en la estacada, vuelven a estar en el
país gracias al significativo acto de clemencia de María Estuardo. Inconmovible
a todas las invitaciones y señuelos, se queda en Glasgow. Allí está su padre, el
conde de Lennox, allí sus fieles, una casa sólida y segura y en caso necesario,
si sus enemigos se abrieran paso por la fuerza, un barco en el puerto en el que
puede huir. Y, como si el destino quisiera protegerlo en los momentos más
difíciles, en los primeros días de febrero le envía la varicela, y con ella un
bienvenido pretexto para quedarse semanas y semanas en Glasgow, en su hogar y
puerto seguro.
Esa enfermedad se atraviesa inesperadamente en los
ya muy avanzados planes de Bothwell, que espera impaciente a la víctima en
Edimburgo. Por alguna razón que no sabemos y sólo podemos sospechar, Bothwell
tiene que haber tenido prisa con su acción, ya sea porque le apremiara la
impaciencia por la corona, ya porque temiera, con razón, que una conspiración
con tantos cómplices poco seguros podía ser traicionada si duraba más, ya
porque sus íntimas relaciones con María Estuardo empezasen a mostrar sus consecuencias…
sea como fuere, no quiere esperar más. Pero ¿cómo atraer al enfermo, al
desconfiado, al lugar del crimen? ¿Cómo sacarlo de la cama y de la casa
amurallada? Una convocatoria pública haría dudar a Darnley, y ni Moray ni
Maitland ni ningún otro en esta corte están humanamente lo bastante próximos al
proscrito, al odiado, como para poder moverle a regresar de forma voluntaria.
Sólo una persona, la única, tiene poder sobre este
hombre débil. Por dos veces ha logrado someter a su voluntad a este infeliz,
que depende de ella en cuerpo y alma; María Estuardo es la única que puede, si
finge amor hacia quien no quiere más que su amor, llevar al desconfiado a su
perdición. Sólo ella, entre todas las personas del mundo, tiene la posibilidad
de llevar a cabo ese monstruoso engaño.
Y como a su vez ella ya no es señora de su
voluntad, sino que obedece cada orden de su señor, Bothwell no tiene más que
ordenarlo, y lo increíble, o más bien lo que el sentimiento se niega a creer,
sucede: el 22 de enero, María Estuardo, que hace semanas que evita, temerosa,
todo contacto con Darnley, cabalga hacia Glasgow, supuestamente para visitar a
su esposo enfermo, pero en realidad para atraerlo por orden de Bothwell a la
ciudad de Edimburgo, donde la Muerte ya le espera impaciente con el puñal afilado.
El camino hacia el crimen
22 de enero a 9 de febrero de 1567
Ahora empieza la estrofa más oscura de la balada de
María Estuardo. Este viaje a Glasgow, desde el que llevó a su esposo aún
enfermo en medio de una conspiración asesina, es la acción más discutida de
toda su vida. Una y otra vez, se plantea la pregunta: ¿fue María Estuardo
realmente una figura atrídea, una Clitemnestra que, con hipócrita preocupación,
prepara el baño caliente a su esposo Agamenón mientras Egisto, el asesino y
amante, se esconde en las sombras con el hacha recién afilada? ¿Fue otra lady
Macbeth, que con palabras suaves y halagüeñas guía al rey Duncan hasta el sueño
durante el que Macbeth le asesinará, una de esas criminales demoníacas como las
que la extrema pasión extrae a menudo de las mujeres más valerosas y
entregadas? ¿O fue tan sólo criatura sin voluntad de ese brutal rufián de
Bothwell, actuando inconsciente en el trance de una orden irresistible,
marioneta obediente y de buena fe, inconsciente de todos los preparativos para
el terrible acontecimiento? De forma involuntaria, al principio el sentimiento
se resiste a considerar cierto el crimen, a acusar a una mujer, hasta ahora de
sentimientos humanos, de conocimiento y complicidad. Una y otra vez, uno busca
una interpretación humanamente más suave de este viaje a Glasgow. Una y otra vez
se dejan a un lado por poco fiables todos los testimonios y documentos que
acusan a María Estuardo, y se revisa, con la sincera voluntad de dejarse
convencer, todas las interpretaciones exculpatorias halladas o inventadas por
sus defensores. ¡Mas en vano! Por más que uno quisiera creerlos, todos esos
argumentos de leguleyo carecen de fuerza de convicción: el eslabón del acto
cometido engarza perfectamente en la cadena de los acontecimientos, mientras
toda interpretación exculpatoria se rompe en las manos en cuanto se la aferra
con más fuerza.
Porque ¿cómo aceptar que una amante preocupación
había llevado a María Estuardo hasta el lecho de enfermo de Darnley, para
sacarlo de su seguro refugio y cuidarlo mejor en su casa? Desde hace meses, el
matrimonio vive completamente separado. Darnley está expulsado de su presencia
de forma permanente, y por más que ruega con toda humildad poder volver a
compartir su lecho como esposo suyo, sus derechos conyugales se le niegan de
forma abrupta.
Los embajadores de España, de Inglaterra, de
Francia, hablan hace mucho en sus informes del alejamiento de la pareja como un
hecho evidente e inalterable; los lores han pedido en público el divorcio y
ponderado en secreto incluso soluciones más violentas. Ambos viven tan
indiferentes el uno al otro, que incluso al recibir la noticia de la
peligrosísima enfermedad de María Estuardo en Jedburgh el tierno esposo en modo
alguno se apresura a visitar a la que ya ha recibido los últimos sacramentos.
Ni con la más aguda de las lupas puede distinguirse en este matrimonio ni el
más tenue hilo de amor, ni un átomo de ternura: así pues, resulta insostenible
suponer que una amante preocupación movió a María Estuardo a hacer este viaje.
Pero —éste es el último argumento de sus
defensores à tout prix— ¿y si precisamente con este viaje María Estuardo
quería liquidar el desdichado pleito?
¿Y si sólo había ido hasta su cabecera para
reconciliarse con él? Pero, por desgracia, también esta ultimísima
interpretación favorable para ella queda aniquilada por un documento de su
propia mano. Porque un día antes de partir hacia Glasgow, esta imprudente
—nunca pensó María Estuardo que sus cartas darían testimonio en contra suya
frente a la posteridad—, en una carta al arzobispo Beaton, se manifiesta del
modo más odioso e irritado acerca de Darnley: «En lo que concierne al rey
nuestro señor, Dios sabe cómo nos hemos comportado siempre con él, y no saben
menos Dios y el mundo de sus intrigas e injusticias hacia nosotros; todos
nuestros súbditos lo han visto, y no dudo de que le condenan en sus corazones».
¿Habla así la voz cordial de la reconciliación?
¿Es ésta la actitud de una mujer amante que corre
preocupada junto a su esposo enfermo? Y, segunda circunstancia irrefutablemente
inculpatoria, María Estuardo no emprende este viaje sólo para visitar a Darnley
y regresar a casa, sino con la decidida intención de devolverlo enseguida a
Edimburgo: ¡también eso es demasiada preocupación como para resultar honesta y
convincente! Porque ¿acaso no se burla de todas las leyes de la medicina y de
la razón sacar de su cama a un enfermo de varicela, un enfermo de fiebres, cuyo
rostro aún está completamente hinchado, y transportarlo en lo más duro del
invierno, en enero y en un coche abierto, a la distancia de dos días de viaje?
Pero María Estuardo ha llevado consigo un carromato para quitar a Darnley toda
posibilidad de objeción y llevarlo así lo antes posible a Edimburgo, donde la
conjura asesina contra él está en plena marcha.
Pero ¿y si María Estuardo —siempre hay que dar un
paso hacia sus defensores, porque ¡qué responsabilidad, acusar injustamente a
alguien de un crimen!— no sabe nada de esta conspiración? Funestamente, también
una carta de Archibald Douglas dirigida a ella excluye cualquier duda en ese
sentido.
Porque Archibald Douglas, uno de los principales
conspiradores, trató de verla personalmente en ese trágico viaje a Glasgow para
obtener su abierto consentimiento al criminal complot. Y aunque no le hiciera
ninguna promesa y rechazara todo consentimiento, ¿cómo puede una esposa callar
ante tal petición cuando conoce que están en marcha semejantes manejos? ¿Cómo
pudo no advertir a Darnley? ¿Cómo pudo incluso, a pesar de la convicción, ahora
segura, de que había algo en contra suya, convencerle para que regresara a la
atmósfera del crimen? En un caso así, callar es más que saber, es complicidad
secreta y pasiva, porque quien conoce de un crimen y no trata de impedirlo es
culpable al menos de indiferencia. Así que lo mejor que se puede decir de María
Estuardo es que no sabía nada del crimen planeado porque nada quería saber, que
cerró los ojos y miró hacia otro lado para luego poder decir y jurar: no he
tenido parte en esta acción.
Así que el sentimiento de cierta culpa de María
Estuardo en la eliminación de su marido es innegable para un investigador
imparcial: quien quiera disculparla sólo puede alegar la disminuida voluntad de
esta mujer, no su ignorancia. Porque no actúa con alegría, de forma descarada,
consciente, por su libre voluntad, sino por otra voluntad, por una voluntad
ajena. María Estuardo no fue a Glasgow fría, calculadora, taimada y cínicamente
para atraer a Darnley, sino que en el momento decisivo —lo atestiguan las cartas
de la arqueta— sintió repugnancia y horror ante el papel que se le imponía.
Cierto, discutió con Bothwell el plan para traerlo hacia Edimburgo, pero la
carta pone espléndidamente de manifiesto cómo en el mismo instante en que está
a un día de viaje de quien se lo manda, y por tanto la hipnosis de su presencia
se debilita, se agita la conciencia adormilada de esta magna peccatrix. En
la encrucijada, siempre se distingue la acción de una persona impulsada al
crimen por un misterioso poder, de la del verdadero criminal, el criminal
interior, la empresa pérfida y premeditada del espontáneo crime
passionnel, y la acción de María Estuardo es quizá uno de los ejemplos más
perfectos de esta clase de crimen que no comete una persona, sino su
dependencia de otra voluntad más fuerte. Porque en el momento en que María
Estuardo debe llevar realmente a cabo el plan discutido y aprobado, cuando se
encuentra frente a la víctima a la que se le ha ordenado llevar al matadero,
todo odio y todo sentimiento de venganza se extingue de pronto en esta mujer y,
desesperadamente, lo más humano de su naturaleza emprende una lucha con lo
inhumano de su encargo. Pero ya es demasiado tarde, y en vano: en este crimen,
María Estuardo no es sólo la cazadora que acecha astuta a la pieza; ella misma
es una perseguida. Tras ella siente el látigo que la impulsa. Tiembla ante la
ira de rufián de su amante si no le lleva la víctima acordada, y tiembla ante
la idea de perder su amor por desobediencia. Sólo el hecho de que una persona
sin voluntad no quiera en lo más hondo de sí misma cometer su acción, que una
persona espiritualmente indefensa se revuelva contra la acción que se le
impone, sólo esto permite, si no perdonar este acto en el sentido de la
justicia, sí al menos entenderlo en sentido humano.
El espantoso acontecimiento tan sólo se vuelve
comprensible, en este indulgente sentido, al leer la famosa carta que ella
dirige a Bothwell desde la cabecera del enfermo Darnley, y que sus defensores
siempre querrán negar tontamente: sólo ella da un brillo conciliador de
humanidad a lo espantoso del acto. Gracias a esta carta tenemos acceso, como a
través de una grieta en la pared, a las horas terribles de Glasgow. Hace mucho
que ha pasado la medianoche, María Estuardo está sentada a su mesa, en camisón,
en una habitación ajena. Un fuego arde en la chimenea, las sombras se
estremecen en las altas y frías paredes. Pero el fuego no calienta la solitaria
estancia ni el alma que se hiela. Una y otra vez, un escalofrío corre por la
espalda de la mujer escasamente vestida: hace frío y ella está cansada, querría
dormir, y sin embargo la excitación y la emoción no le dejan dormir. Ha vivido
mucho, y cosas demasiado estremecedoras, en estas últimas semanas, estas
últimas horas, aún le tiemblan y le arden los nervios hasta las más dolorosas
terminaciones.
Horrorizada ante la acción, pero obediente sin
voluntad al señor de su voluntad, la esclava de Bothwell ha emprendido ese
horrendo viaje para llevar a su esposo desde la seguridad a una muerte aún más
segura, y no le han puesto fácil el engaño. Ya ante las puertas la detiene un
mensajero del padre de Darnley, Lennox. Al anciano le parece sospechoso que la
mujer que lleva meses evitando a su hijo, llena de odio, acuda de repente tan
enternecida a su lecho de enfermo.
Los ancianos presienten la desgracia; y quizá
Lennox también se acuerde de que cada vez que María Estuardo se sometía en
apariencia a su hijo siempre trataba de conseguir una ventaja personal para
ella. Ha logrado trabajosamente rechazar todas las preguntas del mensajero, ha
llegado felizmente hasta la cabecera del enfermo, que también —ha jugado con él
demasiado a menudo— la recibe con espíritu desconfiado. Para qué ha traído un
carromato, pregunta enseguida; la sospecha todavía palpita inquieta en sus miradas.
Y ella tiene que controlar férreamente su corazón para no traicionarse con una
palabra balbucida, palideciendo o ruborizándose. Pero el miedo a Bothwell la ha
enseñado a disimular. Con manos acariciantes, con palabras aduladoras, ha
adormecido poco a poco la desconfianza de Darnley, le ha arrebatado la voluntad
y hecho a cambio la suya, la más fuerte. La primera tarde de su llegada la
mitad del trabajo ya está hecho.
Y ahora, por la noche, se sienta sola en su oscuro
dormitorio, frío y vacío, las velas parpadean fantasmagóricas, y hay tal
silencio en el aposento que se oyen sus más secretos pensamientos y los
suspiros de su conciencia pisoteada. No puede dormir, no puede descansar, la
necesidad de confiar a alguien el peso que lleva sobre su alma, de hablar con
alguien, se hace inmensa en ella en esta última y más solitaria angustia. Y
como no está cerca él, el único en el mundo al que puede hablar de todas estas
cosas que nadie más que él puede saber, de estas cosas terribles, criminales,
que ella misma tiene miedo de confesarse, coge unas cuantas hojas y empieza a
escribir. Va a ser una carta interminable. No la terminará esta noche ni al día
siguiente, sólo la noche siguiente; en medio de un crimen, una persona lucha
con su propia conciencia. En medio del cansancio más profundo, de la más
extrema confusión se ha escrito esta carta, obra del aturdimiento y el
agotamiento, en ella todo se entremezcla: la necedad y la más profunda
sensatez, el grito, la cháchara vacua y la queja desesperada, los negros
pensamientos vuelan en zigzag como murciélagos. Ora habla de tontos detalles,
ora la angustia de su conciencia se arquea en un grito, relampaguea el odio, la
compasión lo abate, y en medio afluye grande e hirviente el desbordante amor
hacia ese único cuya voluntad la domina y cuya mano la empuja hacia ese abismo.
Luego observa de pronto que se le ha terminado el papel. Y así sigue
escribiendo, simplemente sigue, porque siente que el horror la ahogaría, el
silencio la asfixiaría, si no se aferrase al menos con palabras a aquel al que
está encadenado, la criminal al criminal, la sangre a la sangre. Pero mientras
la pluma, en la temblorosa mano, corre como liberada sobre las hojas, ella se
da cuenta de que todo lo que escribe no está dicho como quería decirlo, que no
tiene fuerzas para frenar los pensamientos, para ordenarlos. Eso lo sabe al
mismo tiempo en otra esfera de la conciencia, y por eso pide a Bothwell que lea
dos veces la carta. Pero precisamente el hecho de que esa carta de tres mil
palabras no haya sido pensada y escrita de forma clara y despierta, que los
pensamientos sean confusos y balbucientes, como cuando se tienen los ojos
cerrados, es lo que hace de ella un documento único de la historia del
espíritu. Porque aquí no habla la persona consciente, sino el yo interior,
salido de un trance de cansancio y de fiebre, aquí habla el subconsciente, al
que normalmente nunca se escucha, el sentimiento desnudo, que ya no está
envuelto en vergüenza alguna. Voces superiores y voces inferiores, pensamientos
claros y otros que ni siquiera se atrevería a expresar en toda su veracidad se
alternan en este estado desconcentrado. Ella se repite, se contradice al
escribir, lo mezcla todo de manera caótica en este vapor y niebla de la pasión.
Nunca o muy raras veces nos ha llegado una confesión en la que se revele de
forma tan plena el estado de sobreexcitación espiritual, intelectual, que
acompaña a un crimen… no, ni Buchanan ni Maitland, ninguna de esas cabezas
simplemente inteligentes hubiera podido idear con su instrucción y astucia, con
precisión tan mágica, el alucinado monólogo de un corazón trastornado, la
escalofriante situación de la mujer que en medio de su acción no ve otra salvación
de su conciencia que escribir y escribir a su amado para perderse, olvidarse,
disculparse y explicarse, que se refugia en este escrito para no escuchar en el
silencio su corazón latir tan furiosamente dentro del pecho. Una vez más, no se
puede evitar pensar en lady Macbeth, vagando entre escalofríos en la oscuridad
del palacio, también en camisón, asediada y agobiada por espantosos
pensamientos, revelando su acción en un estremecedor monólogo sonámbulo. Sólo
un Shakespeare, sólo un Dostoievski pueden escribir así; ellos y su más sublime
maestro: la realidad.
Qué tono grandioso, que alcanza hasta las últimas
profundidades del corazón, ya en esta primera frase: «Estoy cansada y
somnolienta, y sin embargo no puedo contenerme mientras me quede papel… Perdona
que escriba tan mal, tendrás que intuir la otra mitad… Y, sin embargo, estoy
contenta de poder escribirte mientras los otros duermen, porque siento que yo
no podría por culpa de mi deseo que me empuja a tus brazos, vida mía». Con
energía irresistible, describe cómo el pobre Darnley se alegró de su insospechada
venida, con el rostro ardiente de fiebre y todavía enrojecido por la erupción.
Ha pasado solo noches y días, roto el corazón porque ella, a la que adora en
cuerpo y alma, le ha rechazado y abandonado. Y ahora está de pronto ahí, la
amada, la joven, la hermosa mujer, de pronto vuelve a sentarse tiernamente en
su lecho. En su alegría, el pobre tonto cree «estar soñando», y confiesa «ser
tan feliz de verla que cree que va a morirse de alegría». Naturalmente, a veces
arden dolorosas en él las viejas heridas de la desconfianza. Esta venida le
parece demasiado insospechada, demasiado inverosímil, y, sin embargo, su
corazón es demasiado pobre como para imaginar tan inmenso engaño, por más veces
que ya se le haya engañado. Porque para un hombre débil es tan dulce creer,
confiar, es tan fácil convencer a un hombre vanidoso de que es amado. No pasa
mucho tiempo antes de que Darnley se vuelva débil, conmovido; completamente
obediente, como entonces, en aquella otra noche que siguió al asesinato de
Rizzio, el buen muchacho le pide perdón por todo lo que le ha hecho. «Tantos de
tus súbditos han cometido errores y tú se los has perdonado, y yo soy tan
joven. Dirás que ya me has perdonado a menudo y que siempre he vuelto a recaer
en mis errores.
Pero ¿no es natural que alguien de mi edad, mal
aconsejado, recaiga dos o tres veces en sus errores, incumpla sus promesas y
finalmente sólo sus experiencias le impongan contención? Si esta vez alcanzo tu
perdón, juro que jamás volveré a cometer una falta. Y no pido otra cosa que
poder vivir juntos como hombre y mujer en el hogar y el lecho, y si no quieres
nunca me levantaré de esta cama…
Dios sabe cuánto he sido castigado por haber hecho
de ti un Dios y no pensar en otra cosa más que en ti.»
Esta carta permite volver a mirar dentro de esa
lejana estancia en sombras.
María Estuardo se sienta a la cabecera del enfermo
y oye esa explosión de su amor, esa inundación de su humildad. Ahora debería
estar contenta, porque su plan ha salido bien, ha ablandado el simple corazón
del joven. Pero se avergüenza demasiado de su engaño como para alegrarse, en
mitad del hecho la ahoga la náusea ante lo miserable de su acción. Sombría, con
ojos ausentes, con los sentidos trastornados, se sienta junto al enfermo, e
incluso a Darnley le llama la atención que algo oscuro e incomprensible agobia
a esa mujer amada. El pobre engañado traicionado trata aún —¡genial situación!—
de consolar a la traidora, la embustera, quiere ayudarla, la quiere alegre, la
quiere contenta, quiere hacerla feliz. Le implora que se quede con él esa noche
en su habitación, vuelve a soñar, el loco infeliz, con el amor y la ternura. Es
conmovedor sentir a través de esa carta cómo ese débil vuelve a aferrarse,
crédulo, a ella, cómo se siente completamente seguro detrás de ella. No, no
puede dejar de mirarla, disfruta inmensamente del placer de esa intimidad
renovada de la que ha estado privado tanto tiempo. Le pide que le corte la
carne, habla y habla y cuenta, en su torpeza, todos los secretos; menciona los
nombres de todos sus enlaces y espías, confiesa, sin sospechar que ella está en
cuerpo y alma en manos de Bothwell, su mortal odio contra Maitland y Bothwell.
Y —se comprende— cuanto más confianzudo, cuanto más amante se revela, tanto más
difícil hace a esta mujer traicionar al ignorante, al desvalido. Contra su voluntad,
le conmueve la falta de resistencia, la credulidad de su víctima. Y tiene que
violentarse para seguir representando esta despreciable comedia. «Nunca
hubieras podido oírle hablar mejor y con más humildad, y si no hubiera sabido
que su corazón es tan blando como la cera, y si no fuera el mío como un
diamante, ninguna orden que no fuera de tu mano hubiera conseguido que no
sintiera compasión de él.» Se ve que ella misma hace mucho que ya no siente
odio contra ese pobre hombre, que la mira desde su rostro inflamado por la
fiebre con ojos tiernos y hambrientos; ha olvidado todo lo que ese pequeño y
tonto embustero le hizo antes, en lo más hondo de su ser le gustaría salvarlo.
Por eso, con vehemente rechazo, devuelve la pelota a Bothwell: «Por mi propia
venganza yo no lo haría». Sólo por su amor y a ningún otro precio llevará a
cabo la espantosa crueldad de explotar la infantil confianza de este hombre, y
de ella brota espléndido el grito acusador: «Me obligas a tal disimulo que yo
misma estoy llena de espanto y de horror, y me haces representar el papel del
traidor. Pero acuérdate de que si no fuera por obedecerte, preferiría morir. Mi
corazón sangra».
Pero un esclavo no puede defenderse. Sólo puede
gemir mientras el látigo le impulsa furibundo a avanzar. Y, con humilde
lamento, ella vuelve a bajar la cabeza ante el señor de su voluntad: «¡Ay de
mí! Jamás he engañado a nadie, pero todo lo hago por ti. Envíame una palabra
diciéndome qué he de hacer, y me ocurra lo que me ocurra te obedeceré. Piensa
también en si no puedes encontrar un procedimiento más secreto mediante la
medicina, porque debe tomar medicinas y baños en Craigmillar». Se ve que por lo
menos quería una muerte más suave para el infeliz, y evitar el burdo y grosero
acto de violencia; si no estuviera tan fuera de sí y tan enteramente entregada
a Bothwell, si todavía le quedaran fuerzas, una sola chispa de autonomía moral,
se nota que ahora salvaría a Darnley. Pero no se atreve a desobedecer, porque
teme con eso perder a Bothwell, con el que se ha comprometido, y al mismo
tiempo teme también — genial psicología, que ningún poeta podría idear— que
Bothwell pueda terminar despreciándola por aceptar tan miserables tratos.
Implorante, alza las manos pidiéndole que «no la aprecie menos por esto, ya que
él es la causa», y su alma se deja caer de rodillas en un último y desesperado
llamamiento a que le compense con amor todo el tormento que ahora padece por
él. «Lo sacrifico todo, honor, conciencia, dicha y grandeza, acuérdate de eso y
no te dejes convencer por tu falso cuñado contra la más fiel amante que jamás
has tenido ni tendrás. Y no la escuches tampoco a ella [la mujer de Bothwell]
con sus falsas lágrimas, sino a mí y al acto de entrega que soporto para
merecer su lugar, y en aras del cual engaño a todos, en contra de mi propia
naturaleza. Que Dios me perdone y te conceda a ti, mi querido amigo, toda la
dicha y la clemencia que te desea tu amante más fiel y sumisa, que pronto
espera ser aún más tuya como recompensa a sus tormentos.» Quien oiga hablar en
estas palabras al corazón atormentado de esta desdichada mujer no la llamará
asesina, aunque todo lo que esta mujer hace en esos días y noches sirve a un
crimen. Porque se nota que mil veces más fuerte que su propia voluntad es su
oposición, su repugnancia; quizá en algunas de estas horas esta mujer ha estado
más próxima al suicidio que al crimen. Pero, fatalidad del sometimiento: quien
ha entregado su voluntad ya no puede elegir su camino. Sólo puede servir y
obedecer. Así que avanza tambaleándose, sirvienta de su pasión, inconsciente y
sin embargo cruelmente consciente sonámbula de sus sentimientos, hacia el
abismo de su acción.
Ese segundo día, María Estuardo ha hecho ya todo lo
que se le había impuesto hacer; la parte más fina, la más peligrosa de la tarea
ha sido felizmente resuelta. Ha apaciguado la sospecha en la mente de Darnley,
el pobre, enfermo, tonto muchacho, que de pronto está alegre, seguro,
tranquilo, contento, hasta feliz. Ya ensaya, aunque todavía débil, agotado y
desfigurado por las marcas de la varicela, pequeñas ternuras con su esposa. Le
gustaría besarla, abrazarla, y a ella le cuesta trabajo ocultar su repugnancia
y contener su impaciencia.
Obediente a los deseos de María Estuardo,
exactamente igual de obediente que ella misma a las órdenes de Bothwell, se
declara dispuesto, esclavo de una esclava, a regresar con ella a Edimburgo.
Confiado, se deja llevar de su seguro castillo al carromato, con el rostro
cubierto con un fino paño, para que nadie vea su desfiguración: ahora la
víctima está por fin de camino a casa del matarife.
Bothwell puede hacer el trabajo más sucio, el
sangriento, y a ese hombre duro y cínico le resultará mil veces más fácil que a
María Estuardo la traición a su conciencia.
El carro avanza con lentitud, acompañado de
jinetes, por el frío camino invernal; aparentemente reconciliada después de
meses de incansable disputa, la pareja real regresa a Edimburgo. A Edimburgo…
pero ¿dónde? ¡Naturalmente, a Holyrood Castle, se podría pensar, a la
residencia real, al confortable y principesco palacio! Pero no, Bothwell, el
todopoderoso, lo ha dispuesto de otra manera. El rey no debe vivir en su propia
casa, en Holyrood, supuestamente porque el peligro de contagio aún no ha
pasado. ¿Mejor en Stirling o Edimburgh Castle, la orgullosa e inexpugnable
fortaleza, o en todo caso como huésped de otra casa principesca, por ejemplo el
palacio episcopal? ¡Otra vez no! De manera en extremo sospechosa, se elige una
casa completamente insignificante, apartada, en la que hasta ahora nadie ha
pensado, una casa nada principesca, una casa en una zona de mala reputación,
fuera de los muros de la ciudad, en medio de huertos y praderas, medio derruida
y sin habitar desde hace años, una casa difícil de vigilar y de proteger…
extraña y muy significativa elección.
Involuntariamente, uno se pregunta quién puede
haber elegido para el rey justo esta casa sospechosamente apartada en Kirk
o’Field, a la que sólo lleva el Thieves Row, una senda de bandoleros nocturnos.
Y, vaya por dónde, ha sido Bothwell, que ahora es “all in all». Una y otra vez
se encuentra el mismo hilo rojo dentro del laberinto. Una y otra vez, en todas
las cartas, documentos y testimonios, el rastro de sangre termina
exclusivamente en esta sola y única persona.
Esta casita indigna de un rey en medio de unos
campos sin cultivar, de la que sólo es vecino un hombre del séquito más íntimo
de Bothwell, contiene en su conjunto tan sólo una antesala y cuatro
habitaciones. Abajo se improvisa un dormitorio para la reina, que de pronto
manifiesta la apremiante necesidad de cuidar del modo más tierno al esposo
hasta ahora temerosamente evitado, y un segundo para su servidumbre; la
habitación del primer piso se prepara como dormitorio del rey y la adjunta para
sus tres criados. En cualquier caso esas pequeñas estancias de esa casa de mala
reputación se equipan con riqueza: se traen de Holyrood tapices y alfombras, se
traslada expresamente para el rey una de las camas más espléndidas, que María
de Guisa trajo de Francia, y una segunda para la reina en el piso de abajo. Y
ahora María Estuardo no da abasto en testimoniar del modo más visible su
preocupación y ternura por Darnley.
Todos los días sube varias veces con todo su
séquito a hacer compañía al enfermo, de cuya proximidad —hay que recordarlo una
y otra vez— lleva meses huyendo. Incluso pasa las tres noches del 4 al 7 de
febrero en esta casa apartada, en vez de en su cómodo palacio. Así pues, todo
el mundo en Edimburgo puede apreciar que el rey y la reina han vuelto a
convertirse en amantes esposos, el nuevo acuerdo entre la pareja enemistada se
difunde por toda la ciudad de forma ostentosa, incluso con sospechosa insistencia:
hay que pensar en lo extraño que tiene que haber resultado este cambio de
inclinaciones sobre todo a los lores, que poco antes habían ponderado con María
Estuardo todos los medios de librarse de Darnley. ¡Y ahora, de pronto, este
amor tempestuoso, este amor demasiado enfatizado entre esposo y esposa! El más
inteligente de entre ellos, Moray, se hace secretamente su composición de
lugar, como su conducta no tarda en poner de manifiesto; no duda ni por un
instante de que en esa casa llamativamente apartada está en marcha un sucio
juego, y toma sus medidas en silencio y de forma diplomática.
Quizá sólo hay una persona en toda la ciudad y el
país que cree sinceramente en el cambio de humor de María Estuardo: Darnley, el
desdichado esposo.
Halaga su vanidad la preocupación de la que ella le
rodea, ve orgulloso que de pronto los lores, que hasta ahora le rehuían
despreciativos, vuelven a acercarse hasta su lecho con la espalda inclinada y
rostros comprensivos. Agradecido, ensalza el 7 de febrero, en una carta a su
padre, lo mucho que su salud ha mejorado gracias a la preocupación de la reina,
que se comporta con él como una verdadera y amante esposa. Ya los médicos le
han dado la feliz garantía de su curación, ya empiezan a desaparecer los últimos
rastros de la deformante enfermedad, ya se le permite el traslado a su palacio,
los caballos ya han sido llamados para el lunes por la mañana. Un día más y
volverá a su trono de Holyrood, para compartir “bed and board» con María
Estuardo y volver por fin a ser soberano de su país y de su corazón.
Pero antes de este lunes, 10 de febrero, viene un
domingo, el 9 de febrero, y por la noche está fijada una alegre fiesta en
Holyrood. Dos de los más fieles servidores de María Estuardo celebran su boda;
con este motivo se han preparado un gran banquete y un baile, al que la reina
ha prometido asistir. Pero no es este acontecimiento público el verdadero
acontecimiento de la jomada, sino otro cuya importancia sólo se advertirá
después; esa mañana, el conde de Moray se despide de pronto de su hermana por unos
días, se supone que para visitar en uno de sus castillos a su esposa enferma. Y
éste es un mal signo.
Porque siempre que Moray desaparece de pronto del
escenario político es porque tiene buenas razones. Siempre ocurre entonces un
derrocamiento o una desgracia, siempre puede demostrar a su retorno, glorioso,
no haber tenido parte en el asunto. El que tenga olfato para las tempestades
tiene que inquietarse al ver despedirse una vez más a este hombre calculador y
de amplia perspectiva antes de que la tormenta descargue. Aún no ha pasado un
año desde que, a la mañana siguiente del asesinato de Rizzio, entró en Edimburgo
en apariencia igual de ignorante como se va ahora, con fingida ignorancia, la
mañana de un día en el que va a ocurrir un hecho aún más terrible, dejando a
otros el peligro, guardándose el honor y el beneficio.
También un segundo signo podría dar que pensar. Se
supone que María Estuardo ya ha dado orden de volver a llevar su valiosa cama
con mantas de piel de su dormitorio de Kirk o’Field a Holyrood. En sí misma la
medida parece normal, porque durante esa noche de la fiesta la reina no dormirá
en Kirk o’Field, sino en Holyrood, y al día siguiente la separación habrá
terminado. Pero esa cautela de trasladar tan aprisa la valiosa cama tendrá una
peligrosa interpretación o malinterpretación en virtud de los acontecimientos.
Por el momento, a lo largo de la tarde, no se aprecia el más mínimo indicio de
sombríos acontecimientos o verdadero peligro, y el comportamiento de María
Estuardo es todo lo normal posible. Durante el día visita con sus amigos al
esposo ya casi curado, por la noche se sienta, muy sociable, con Bothwell,
Huntly y Argyll, entre sus servidores, en el círculo de los invitados a la
boda. Pero, qué conmovedor: una vez más —qué llamativamente conmovedor—, aunque
Darnley regresará a la mañana siguiente a Holyrood, ella vuelve en la fría
noche de invierno a la abandonada casa de Kirk o’Field. Interrumpe ex profeso
la alegre fiesta para sentarse un poco junto al lecho de Darnley y charlar con
él.
María Estuardo se queda hasta las once de la noche
—hay que fijarse bien en la hora— en Kirk o’Field, sólo entonces regresa a
Holyrood: ampliamente visible en la noche oscura, la cabalgata reluce y arma
mido con sus antorchas, luces y risas. Las puertas se abren, todo Edimburgo
tiene que haber visto que la reina ha regresado, después de su atenta visita a
su esposo, a Holyrood, donde entre violas y gaitas baila la servidumbre. Una
vez más, la reina se mezcla amable y locuaz entre los invitados a la boda. Sólo
después, es ya pasada medianoche, se retira a dormir a sus aposentos.
A las dos de la mañana, la tierra tiembla. Una
terrible explosión, «como si se hubieran disparado veinticinco cañones a la
vez», estremece el aire. Y enseguida se ve, a toda prisa, figuras sospechosas
que vienen de la dirección en que está Kirk o’Field: algo violento tiene que
haber ocurrido en casa del rey. El espanto y la excitación se apoderan de la
ciudad arrancada del sueño. Sus puertas se abren.
Los mensajeros se precipitan hacia Holyrood a
comunicar lo ocurrido: la casa solitaria de Kirk o’Field ha volado por los
aires, con el rey y todos sus servidores. Bothwell, que se hallaba presente en
la celebración de la boda —es evidente que para tener una coartada, mientras su
gente preparaba la acción—, es despertado de su sueño, o más bien sacado de la
cama en la que aparentaba dormir. A toda prisa, se viste y corre con gente
armada al lugar del crimen. Se encuentran los cadáveres de Darnley y su criado,
que dormía en su cuarto, vestidos tan sólo con una camisa, en el jardín, la
propia casa ha sido destruida completamente por una explosión de pólvora.
Bothwell se conforma con esa constatación, en apariencia muy sorprendente e
indignante. Como conoce los verdaderos hechos mejor que ningún otro, no se toma
más molestias en desvelar toda la verdad. Ordena meter los cadáveres en ataúdes
y regresa al castillo después de media hora escasa. Y allí se comunica a la
reina, despertada también de su ignorante sueño, el hecho desnudo de que su
esposo, el rey Enrique de Escocia, ha sido asesinado de forma incomprensible
por autor o autores desconocidos.
Quos deus perdere vult…
Febrero-abril de 1567
La pasión es capaz de muchas cosas. Puede despertar
energías indecibles, sobrehumanas, en una persona. Puede extraer con su fuerza
irresistible fuerzas titánicas del alma más tranquila e impulsarla por encima
de todas las normas y formas de la moral, hasta el crimen. Pero forma parte de
la esencia de la pasión que tras tan violentos estallidos su repentino
encabritarse se desplome agotado.
En eso se distingue básicamente el criminal por
pasión del verdadero criminal, el criminal nato, el criminal por costumbre. El
que sólo comete un crimen, el criminal pasional, sólo suele estar a la altura
del hecho, raras veces a la de sus consecuencias. Actuando tan sólo bajo un
ardiente impulso, mirando fijamente el hecho que se ha impuesto, dirige todas
sus energías a esa sola y única meta, y en cuanto la alcanza, en cuanto la
acción se ha cometido, su energía desaparece, su decisión se quiebra, su inteligencia
falla, precisamente en el momento en que el criminal frío, el sobrio, el
calculador, emprende flexible la lucha con acusadores y jueces. Él ahorra la
máxima tensión de sus nervios no para el hecho, como el criminal pasional, sino
para la defensa después del hecho.
María Estuardo —y esto no disminuye, sino que
realza su figura— no está a la altura de la situación criminal a la que le ha
llevado su obediencia a Bothwell porque, aunque criminal, lo ha sido únicamente
por la irresponsabilidad de su pasión; no por su voluntad, sino por voluntad
ajena. No ha tenido fuerzas para evitar a tiempo la desgracia, y ahora, después
del hecho, le falla por entero la voluntad. Hay dos cosas que podría hacer: o
separarse, decidida y asqueada, de Bothwell, que ha hecho más de lo que ella
quería interiormente, distanciarse pues del hecho, o ayudar a encubrirlo; pero
para eso tendría que fingir y aparentar dolor, para apartar la sospecha de él y
de ella. En vez de eso, María Estuardo hace lo más absurdo, lo más necio en una
situación tan sospechosa: nada. Se queda rígida y muda, y se traiciona
precisamente por su perplejidad.
Como uno de esos juguetes mecánicos que, una vez se
les ha dado cuerda, ejecutan de forma automática cierto número de movimientos
prescritos, durante el trance de su subordinación ha hecho sin voluntad todo lo
que Bothwell exigió de ella; ha viajado a Glasgow, ha apaciguado a Darnley, se
lo ha traído con halagos. Pero ahora la cuerda se ha acabado, la fuerza se
acaba. Precisamente ahora, cuando tenía que ser la actriz de sus sentimientos
para convencer al mundo, deja caer la máscara, cansada; una especie de
petrificación, una terrible rigidez del alma, una incomprensible indiferencia
ha caído sobre ella; sin voluntad, deja que la sospecha se abata sobre ella
como una espada desenvainada.
Este curioso fenómeno de rigidez espiritual, de que
justo en el momento en que sería más necesario el disimulo, la defensa y la
prontitud intelectual, el entero ser de la persona amenazada se congele en una
absoluta pasividad e indiferencia, no es en sí mismo nada inusual. Esta rigidez
del alma es un necesario retroceso de su excesiva tensión, una pérfida venganza
de la Naturaleza contra todos los que superan su medida. Todas las demoníacas
fuerzas de la voluntad de Napoleón desaparecen la noche de Waterloo, se queda
allí sentado mudo y quieto y no toma ninguna medida, aunque precisamente en ese
momento de la catástrofe es cuando sería más necesaria. De pronto, todas las
fuerzas han huido de él como el vino de un tonel agujereado. De igual modo se
encierra en sí mismo Oscar Wilde poco antes de ser detenido; sus amigos le han
advertido de que aún tiene tiempo, tiene dinero, puede coger el tren y cruzar
el canal. Pero también a él le ha acometido la rigidez, se queda sentado en la
habitación de su hotel y espera y espera no se sabe qué, si el milagro o la
aniquilación. Sólo a partir de tales analogías —y hay miles de ellas en la
Historia — puede explicarse la conducta de María Estuardo, su conducta absurda,
necia, provocativamente pasiva en esas semanas, la conducta que la hace
sospechosa.
Porque hasta que ocurrió el crimen nadie podía
intuir que se entendiera con Bothwell, la visita a Darnley pudo pasar de hecho
por un deseo de reconciliación. Pero inmediatamente después del crimen la viuda
del asesinado queda bajo el foco de la atención pública, ahora la inocencia
tiene que manifestarse de forma evidente o ha de incrementarse el disimulo
hasta la genialidad. Sin embargo, un terrible asco ante esas mentiras e
hipocresías tiene que haberse apoderado de esa desdichada mujer. En vez de defenderse
de la sospecha, al fin y al cabo justificada, su total indiferencia la hace a
los ojos del mundo quizá aún más culpable de lo que realmente era. Como una
suicida que se arroja al abismo, cierra los ojos para no ver, para no sentir,
buscando ya tan sólo el final en el que ya no existe el tormento del
pensamiento y la reflexión, sólo la nada, sólo la ruina. En pocas ocasiones
registra la criminología una imagen patológica más completa de un criminal
pasional, que ha agotado sus fuerzas en el acto y se desploma con él. Quos
deus perdere vult… Los dioses confunden los sentidos de aquellos a los que
quieren perder.
Porque ¿cómo actuaría una esposa inocente, honesta,
amante, cómo actuaría una reina, si una noche un mensajero le llevara la
espantosa noticia de que su esposo acababa de ser asesinado por desconocidos?
Tendría que retorcerse como si le aplicaran un hierro al rojo. Tendría que
enfurecerse, gritar, tendría que exigir que atraparan enseguida a los
culpables. Tendría que arrojar a las mazmorras a todo aquel sobre el que pesara
la menor sombra de sospecha.
Tendría que llamar al pueblo en su ayuda, enviar
suplicatorios a los príncipes extranjeros, detener en las fronteras a cualquier
fugitivo de su reino. Como cuando murió Francisco II, tendría que encerrarse
día y noche en sus aposentos, sin permitir idea alguna de alegría, juego y
distracción durante semanas y meses, y, sobre todo, no tener paz ni descanso
hasta que el último autor y el último cómplice del crimen hubieran sido
atrapados y condenados.
Más o menos así tenía que ser la actitud de una
esposa sinceramente sorprendida, verdaderamente ignorante y amante. Y por otra
parte, de forma paradójica pero lógica, una mujer cómplice tendría por lo menos
que aparentar por cálculo tal sentimiento, porque ¿qué salvaguarda más de la
sospecha a un criminal que hacerse el inocente y el ignorante después del
hecho? En vez de eso, tras el crimen María Estuardo muestra una indiferencia
tan espantosa que tiene que resultar llamativa incluso al mejor dispuesto hacia
ella. No se ve nada de la excitación, de la lúgubre furia que la animó cuando
asesinaron a Rizzio, nada de la melancólica actitud que sucedió a la muerte de
Francisco II. No escribe en memoria de Darnley, como para su primer esposo, una
conmovedora elegía, sino que, pocas horas después de dársele la noticia, firma
ya con pleno autodominio sinuosos escritos a todas las cortes en las que se da
al mundo una explicación del crimen, por supuesto encaminada tan sólo a apartar
toda sospecha de ella. En esa curiosa exposición se falsifican conscientemente
los hechos como si el atentado no se dirigiera contra el rey, sino en primer
término contra ella misma. Según esta versión oficial, los conspiradores creían
que ambos esposos pernoctaban en Kirk o’Field, y sólo el azar de haber salido
de la casa para asistir a las celebraciones de la boda había salvado a la reina
de saltar por los aires junto con el rey. Sin que la mano le tiemble ante la
mentira, María Estuardo firma, obediente: «La reina no sabe quiénes son los
autores de este crimen, pero confía en el esfuerzo y el celo de su Consejo para
que lo investigue, y tiene la intención de hacer un escarmiento que servirá de
ejemplo para todos los tiempos».
Naturalmente, esta forma de retorcer los hechos es
demasiado tosca como para engañar a la opinión pública. Porque en realidad
—todo Edimburgo ha sido testigo— la reina abandonó la casa solitaria de Kirk
o’Field a las once de la noche con gran alboroto, con antorchas que se veían
desde muy lejos. Era obvio para toda la ciudad que ya no estaba con Darnley,
así que los asesinos que acechaban en la oscuridad no podían en modo alguno
atentar contra su vida cuando tres horas después volaron la casa por los aires.
Además, esa voladura de la casa sólo fue una maniobra de distracción, meramente
destinada a ocultar el verdadero hecho: que Darnley había sido previamente
estrangulado. La evidente torpeza de la versión oficial no hace más que
reforzar la impresión de complicidad.
Sin embargo, es extraño: Escocia permanece muda, y
lo que en esos días extraña al mundo no es la indiferencia de María Estuardo,
sino la del país entero.
Imagínese: ha sucedido algo espantoso, algo
inaudito incluso en los anales de esta Historia escrita con sangre. En su
propia capital, el rey de Escocia ha sido asesinado y volado por los aires
junto con su casa. Y ¿qué sucede? ¿Tiembla la ciudad de excitación y rabia?
¿Vienen de sus castillos los nobles y barones a defender a la reina, que podría
estar también amenazada? ¿Elevan los sacerdotes acusaciones desde sus púlpitos,
toma el tribunal sus disposiciones para que se desenmascare a los autores? ¿Se cierran
las puertas de la ciudad, se detiene y tortura a centenares de sospechosos? ¿Se
cierran las fronteras, se lleva por las calles en triste procesión, seguido por
los nobles del reino, el cadáver del asesinado? ¿Se levanta un catafalco en un
lugar público, rodeado de velas y de cirios? ¿Se convoca al Parlamento para que
escuche y juzgue públicamente el relato de esta espantosa acción? ¿Se congregan
los lores, los defensores del trono, para prestar el solemne juramento de
perseguir a los asesinos…? Nada de todo esto, nada sucede. Un incomprensible
silencio sigue al trueno. La reina se esconde en sus aposentos, en vez de
hablar en público. Los lores callan. Ni Moray ni Maitland se mueven, ni uno
solo de entre todos los que habían doblado la rodilla ante su rey. No reprueban
la acción y no la ensalzan, esperan en peligroso silencio la evolución ulterior
de los acontecimientos; se nota que por el momento a todos les resulta incómodo
discutir en voz alta el asesinato del rey, porque más o menos todos lo sabían
de antemano. Los burgueses a su vez se encierran cautelosos en sus casas y
murmuran sus sospechas de boca en boca.
Saben que en todas las épocas es poco aconsejable
para la gente pequeña mezclarse en los asuntos de los grandes señores, con
tales indiscreciones es fácil pagar el pato ajeno. Así que en un primer momento
ocurre exactamente lo que los asesinos esperaban: todo el mundo toma el
asesinato como un pequeño y enojoso incidente. Tal vez nunca en la Historia de
Europa una corte, una nobleza, una ciudad, hayan intentado pasar tan de
puntillas y tan cobardemente ante un magnicidio; del modo más llamativo,
incluso se omite con toda intención tomar las medidas más primitivas para
esclarecer el crimen. No se produce ninguna investigación oficial ni judicial
en el lugar del crimen, no se levanta acta alguna, no se emite un informe claro
ni se dicta ninguna proclama en la que se detallen las circunstancias del
asesinato; la oscuridad se arroja a propósito sobre el hecho. El cadáver no es
objeto de un dictamen médico ni oficial, de forma que hasta el día de hoy no se
sabe si Darnley fue estrangulado, apuñalado o (se encontró el cadáver desnudo
tumbado en el jardín, con el rostro ennegrecido) envenenado antes de que los
asesinos volaran la casa con gigantesco gasto de pólvora. Y, para que no se
difundan rumores y no haya demasiados que puedan contemplar el cadáver,
Bothwell acelera el entierro con indecente apresuramiento. ¡Bajo tierra con
Henry Darnley! Hay que despachar a toda prisa todo ese oscuro asunto antes de
que la peste alcance el cielo.
De este modo sucede lo más llamativo, que confirma
ante el mundo entero que altas manos han tenido que colaborar secretamente en
ese crimen: se omite dar a Henry Darnley, el rey de Escocia, unas exequias
convenientes. No se lleva el ataúd por la ciudad en fastuosa caravana, después
de introducirlo solemnemente en él, seguido por la viuda, los lores y barones.
No atruenan los cañones ni redoblan las campanas, sino que en secreto y con
nocturnidad se lleva el ataúd a la capilla. Sin fastos ni honores, con temerosa
prisa, Henry Darnley, rey de Escocia, es bajado a su cripta como si él mismo
fuera un criminal y no el asesinado por el odio ajeno y la codicia desatada.
¡Luego una misa, y basta! ¡Ese alma en pena no debe seguir perturbando la paz
de Escocia! Quos deus perdere vult…
María Estuardo, Bothwell y los lores quieren que
ese oscuro asunto quede cerrado con la tapa del sarcófago. Pero para evitar que
los curiosos pregunten demasiado, que por ejemplo Isabel se queje de que no se
ha hecho nada para descubrir al criminal, se decide hacer como si se hiciera
algo. Para evitar una verdadera investigación, Bothwell ordena una
investigación aparente; precisamente ese pequeño gesto debe poner de manifiesto
que se investiga seria y celosamente la pista de los «desconocidos asesinos».
Desde luego, toda la ciudad conoce sus nombres; demasiados compinches
participaron rodeando la casa, comprando pólvora en grandes masas y llevándola
en sacos al lugar de los hechos, como para que nadie se diera cuenta; también
los guardias recuerdan con incomodidad a quién abrieron las puertas de
Edimburgo aquella noche, después de la explosión. Pero como el Consejo de la
corona ya sólo está formado por Bothwell y Maitland, el autor y su cómplice, y
no tienen más que mirarse al espejo para reconocer a los instigadores, se
insiste de manera convulsiva en la suposición de los «autores desconocidos» y
se promete en una proclama dos mil libras escocesas a quien pueda dar el nombre
de los culpables. Dos mil libras escocesas son sin duda una suma importante
para un pobre ciudadano de Edimburgo, pero todo el mundo sabe que si empezara a
hablar, en vez de dos mil libras en el bolsillo recibiría instantáneamente una
puñalada en las costillas.
Porque Bothwell ha instaurado de inmediato una
especie de dictadura militar, y sus seguidores, los borderers, recorren
las calles en pose amenazante. Las armas que llevan a la vista constituyen una
intimidación demasiado clara para todo aquel que ose hablar abiertamente.
Sin embargo, siempre que se quiere aplastar con
violencia la verdad, ésta se defiende con astucia. Si no se la deja expresarse
a la luz del día, lo hace en medio de la callada noche. La mañana siguiente a
la proclamación aparecen en la plaza del mercado, e incluso en la puerta del
palacio real de Holyrood, carteles con los nombres de los asesinos. En esas
octavillas se señala abiertamente como asesinos a Bothwell y James Balfour, su
compinche, así como a los criados de la reina Bastien y José Rizzio; otras listas
mencionan otros autores más. Pero dos nombres aparecen una y otra vez en todos
los carteles: Bothwell y Balfour, Balfour y Bothwell.
Si un demonio no se hubiera apoderado completamente
de sus sentidos, si toda la razón y consideración no hubiera sido arrastrada en
ella por aquella furiosa pasión, si su voluntad no estuviera completamente
dominada, María Estuardo tendría que hacer ahora lo que la voz popular tan
claramente dice: tendría que apartarse de Bothwell. Tendría, si quedara tan
sólo un ápice de comprensión en su alma ensombrecida, que alejarlo de ella.
Tendría que evitar todo trato con él hasta que una hábil maniobra certificara de
forma «oficial» su inocencia, y enviarlo lejos de la corte con cualquier
pretexto. Tan sólo hay una cosa que no puede hacer: seguir dejando a este
hombre, al que en plena calle llaman en voz alta y en voz baja asesino del rey
y de su esposo, gobernar la casa del rey de Escocia, y sobre todo no puede
confiarle precisamente a él, al que la opinión pública califica de forma
unánime de jefe de los asesinos, la investigación contra los «desconocidos
autores» del crimen. Pero hace aún más, y aún más necio: en las proclamas se
mencionaba como cómplices, junto a Bothwell y Balfour, a sus dos criados
Bastien y José Rizzio (el hermano de David Rizzio). ¿Cuál sería ahora el primer
deber de María Estuardo?
Naturalmente, entregar al tribunal a estos
acusados. En vez de hacerlo —aquí la necedad linda ya con la locura y la
autoinculpación— despide secretamente a ambos, se les expiden salvoconductos y
se les hace cruzar la frontera a toda prisa. Así que ha hecho exactamente lo
contrario de lo que tenía que hacer en aras de su honor: sustraer a los
sospechosos al tribunal en vez de entregárselos, y con esa maniobra de
ocultación la propia María Estuardo se ha sentado en el banquillo de los
acusados. ¡Pero aún habrá más locura asesina de la reputación!
Porque en esos días nadie ve a María Estuardo
derramar ni una lágrima, ni se queda encerrada en su cuarto de deuil
blanc durante cuarenta días, como aquella vez —aunque esta vez tendría que
fingir siete veces más pena—, sino que al cabo de una escueta semana abandona
Holyrood y se va al castillo de lord Seton.
La viuda ni siquiera puede forzarse a un gesto de
luto meramente social, y como última provocación —es como un guante arrojado al
rostro del mundo— permite que en Seton la visite… ¿quién? James Bothwell, el
hombre cuyo retrato se reparte por las calles de Edimburgo con la inscripción:
«Éste es el asesino del rey».
Pero Escocia no es el mundo, y aunque los lores,
conscientes de su culpa, y la intimidada ciudadanía, callen temerosos y hagan
como si con el cadáver del rey hubiera desaparecido todo interés por su
asesinato, en las cortes de Londres, París y Madrid en absoluto se toma con tal
indiferencia la terrible acción. Para Escocia, Darnley no era más que un
incómodo extranjero al que, en cuanto se volvió molesto, se dio el pasaporte
por la vía usual; pero para las cortes de Europa, como rey coronado y ungido, es
miembro de su ilustre familia, de su intocable rango, y su causa es por tanto
su propia causa. Naturalmente, nadie ha dado el menor crédito a la embustera
versión oficial, y para toda Europa está claro desde el primer momento que
Bothwell ha sido el instigador del crimen y María Estuardo ha tenido que ser su
confidente: incluso el Papa y su legado se manifiestan en irritados términos
respecto a la cegada mujer. Pero lo que más ocupa e irrita a los príncipes
extranjeros no es tanto el crimen mismo, porque aquél no es un siglo moral ni
especialmente escrupuloso respecto al valor de una sola vida humana. Desde
Maquiavelo, el crimen político se considera disculpable en todos los Estados,
casi todas las familias reales europeas tienen prácticas similares en sus propios
anales. Enrique VIII no era melindroso cuando se trataba de eliminar a sus
esposas. A Felipe II no le gustaba que le preguntasen por el asesinato de su
propio hijo don Carlos, los papales Borgia deben a sus venenos una parte de su
siniestra fama. Pero la diferencia es que en todas partes estos príncipes se
guardan de la menor sospecha de culpa o mera complicidad; se hace que otros se
encarguen de los crímenes y se conservan las manos limpias.
Así que lo que se espera de María Estuardo no es
más que un intento visible de auto justificación, y lo que exaspera es tan sólo
su necia indiferencia. Con mirada primero extrañada y después indignada, los
príncipes extranjeros miran a su tonta y deslumbrada hermana, que no hace ni lo
más mínimo para apartar de sí la sospecha, que, en vez de hacer colgar y
descuartizar a unos pocos cabezas de turco como se hace en esos casos, juega
tranquilamente a la pelota y elige al principal culpable como compañero de sus
distracciones. Con sincera irritación, el fiel embajador de María Estuardo le
informa desde París de la mala impresión causada por esa actitud pasiva: «Vos
misma sois calumniada aquí diciendo que sois la principal causa del crimen y lo
habéis ordenado vos misma». Y con una sinceridad que honra para siempre a este
hombre de Iglesia, el despierto embajador dice a su reina que si no castiga
definitivamente este crimen del modo más enérgico y desconsiderado, «sería
mejor para vos haber perdido la vida y todo lo demás».
Son las claras palabras de un amigo. Y si quedara
un grano de razón en esta mujer perdida dentro de sí misma, si quedara en su
alma una chispa de voluntad propia, tendría que rehacerse. Pero aún es más
enfática la carta de condolencia de Isabel. Porque, curiosa coincidencia:
ninguna mujer y ningún hombre de este mundo fueron tan capaces de entender a
María Estuardo en esta espantosa crisis y en este acto, el más espantoso de su
vida, que precisamente aquella que fue su más dura adversaria durante toda su
existencia. Isabel tiene que mirar en este acto como en un espejo; exactamente
en la misma situación, en la misma sospecha quizá igual de justificada, se
encontró ella en la época de su ardiente pasión con su Dudley-Leicester. Si
aquí era un esposo, allí había sido una incómoda esposa la que había de ser
eliminada para despejar el camino al matrimonio; con o sin su conocimiento
—nunca se sabrá—, se había llevado a cabo el mismo acto terrible: una mañana,
se encontró asesinada a Amy Robsart, esposa de Robert Dudley, a manos de tan
«desconocidos autores» como los de Darnley. Enseguida, como ahora hacia María
Estuardo, todas las miradas se dirigieron acusadoras hacia Isabel: ella misma,
María Estuardo, entonces todavía reina de Francia, se había burlado con ligereza
de su prima diciendo que quería «casarse con su caballerizo (“Master of the
Horses»), que había matado a su propia esposa». De manera tan obvia como ahora
sucede con Bothwell, el mundo había visto al criminal en Leicester y en la
reina a su cómplice. El recuerdo de la angustia sufrida tiene pues que
convertir a Isabel en la mejor asesora, la más sincera, de su hermana en el
destino. Porque entonces Isabel había salvado su honor con inteligencia y
presencia de espíritu, ordenando enseguida una investigación, por supuesto sin
éxito, pero investigación, al fin y al cabo. Y por fin había hecho callar todo
rumor negándose a sí misma su más íntimo deseo, casarse con el tan
llamativamente involucrado Leicester. De ese modo, el crimen había perdido ante
el mundo toda relación con ella; la misma conducta espera y desea Isabel ahora
de María Estuardo.
Esta carta de Isabel del 24 de febrero de 1567
también es notable porque es de verdad una carta de Isabel, una carta de la
mujer, una carta del ser humano.
«Madame —escribe en esa carta de sincera
condolencia—, estoy tan aturdida, horrorizada y espantada por la terrible
noticia del repugnante crimen cometido en la persona de vuestro fallecido
esposo, mi primo muerto, que apenas estoy aún en condiciones de escribir al
respecto; y por mucho que mis sentimientos me impulsan a lamentar la muerte de
tan próximo pariente consanguíneo, no puedo ocultaros, si he de expresar
sinceramente mi opinión, que estoy más triste por vos que por él. ¡Oh, madame!
No sería vuestra fiel prima y vuestra verdadera amiga si me tomara más
molestias en deciros cosas agradables que en guardar vuestro honor; y por eso
no puedo ocultaros lo que la mayoría de la gente dice: que haréis la vista
gorda a la hora de castigar esta acción y os guardaréis de atrapar a quienes os
han hecho este servicio, de manera que da la impresión de que los asesinos
hubieran cometido su acción con vuestro consentimiento. Os imploro que me
creáis si os digo que ni por todo el oro del mundo albergaría tal pensamiento
en mi corazón. Jamás dejaría habitar en mi corazón a tan mal huésped como tener
tan mala opinión de príncipe alguno, y menos aún de aquella a la que tanto bien
deseo como mi corazón pueda imaginar o como vos misma podáis desear. Por eso os
advierto, aconsejo e imploro que toméis a pecho esta cuestión, que no temáis
golpear incluso a aquel que os esté más próximo, si es culpable, y que ninguna
persuasión os impida dar una prueba al mundo de que sois tanto una noble
princesa como una mujer como es debido».
Quizá esta mujer normalmente ambigua no haya
escrito jamás una carta tan sincera y humana; tuvo que estremecer a la aturdida
como un tiro de pistola, y despertarla al fin a la realidad. Otra vez se señala
con el dedo a Bothwell, otra vez se le demuestra irrefutablemente que toda
consideración hacia él la estampilla como su cómplice. Pero el estado de María
Estuardo en aquellas semanas —hay que repetirlo una y otra vez— es de una total
falta de libertad.
Está tan “shamefully enamoured», tan
vergonzosamente enamorada de Bothwell que, como escribe a Londres uno de los
espías de Isabel, «se le ha oído decir que lo dejaría todo en la estacada para
ir en camisa con él hasta el fin del mundo».
Todo consejo halla oídos sordos, la razón ya no
tiene fuerza alguna sobre el rugir de su sangre. Y, como se olvida de sí misma,
cree que también el mundo se olvidará de ella y de su acción.
Durante algún tiempo, todo el mes de marzo, María
Estuardo parece tener razón en su pasividad. Porque toda Escocia calla, los
jueces se han vuelto ciegos y sordos y Bothwell no puede —extraño azar— ni con
la mejor voluntad encontrar a los «desconocidos autores», aunque en todas las
calles, en todas las casas, los ciudadanos pronuncian sus nombres en voz baja.
Todo el mundo los conoce, todo el mundo los menciona, pero nadie quiere
arriesgar la vida para ganar la recompensa estipulada. Por fin, se alza una voz.
Al padre del asesinado, el conde de Lennox, uno de los nobles de mayor
prestigio del país, no se le puede negar una respuesta cuando presenta la
justificada queja de por qué después de semanas no se ha hecho nada serio
contra los asesinos de su hijo.
María Estuardo, que comparte la cama con el
asesino, y Maitland, el cómplice, que guía su mano, dan naturalmente una
evasiva por respuesta; sin duda ella hará cuanto pueda, y encargará el asunto
al Parlamento. Pero Lennox sabe muy bien lo que significa ese aplazamiento, y
renueva su exigencia. Hay que empezar, exige, por prender a todos aquellos
cuyos nombres estaban en las octavillas difundidas por Edimburgo. La respuesta
a una exigencia tan concreta se hace aún más difícil. Una vez más, María
Estuardo se sale por la tangente: le gustaría hacerlo, pero se han mencionado
tantos y tan distintos nombres que nada tenían que ver entre sí que es mejor
que él mismo señale a aquellos a los que considera culpables. Sin duda espera
que el terror que el todopoderoso dictador militar ejerce asustará a Lennox a
la hora de pronunciar el mortalmente peligroso nombre de Bothwell. Pero
entretanto Lennox ha buscado seguridades y se ha guardado las espaldas. Se ha
puesto en contacto con Isabel, y por tanto se ha puesto por así decirlo bajo su
protección. De forma extremadamente minuciosa, escribe con toda claridad los
nombres de todos aquellos contra los que reclama una investigación. El primer
nombre es Bothwell, luego vienen Balfour, David Charmers y algunos miembros de
la servidumbre de María Estuardo y Bothwell a los que sus señores han puesto
hace mucho al otro lado de la frontera, para que la tortura no pudiera
volverlos locuaces. Ahora, muy a su pesar, María Estuardo empieza a darse
cuenta de que esta comedia de «hacer la vista gorda» no puede mantenerse por
más tiempo. Detrás de la testarudez de Lennox, reconoce a Isabel con toda su
energía y autoridad. Pero también Catalina de Médici le ha hecho saber
entretanto, con cortante claridad, que considera “dishonoured» a María Estuardo
y que Escocia no puede esperar la amistad de Francia mientras este crimen no
haya sido castigado por medio de un procedimiento judicial honesto y ordenado.
Ahora hay que cambiar de rumbo a toda prisa y empezar, en vez de la comedia de
las investigaciones «carentes de éxito», otra comedia, la de un juicio público.
María Estuardo tiene que declararse conforme con que Bothwell —de los pequeños
se ocupará después— se defienda delante de un tribunal de nobles. El 28 de
marzo, el conde de Lennox recibe una citación para que acuda a Edimburgo y
presente el 12 de abril su acusación contra Bothwell.
Pero Bothwell no es hombre para comparecer delante
de jueces en vestimenta de penitente, tímido y humilde. Si se declara dispuesto
a responder a la citación, lo hace tan sólo porque está decidido a forzar por
todos los medios, en vez de una sentencia, una absolución, un cleansing.
Enérgico, toma sus medidas. Primero, hace que la reina le transfiera el mando
de todas las fortalezas: con eso tiene en sus manos todas las armas disponibles
y toda la munición del país. Sabe que quien tiene el poder tiene el derecho, y
además llama a Edimburgo a toda la horda de sus borderers y los arma
como para una batalla. Sin vergüenza ni temor, con la osadía propia del amoral,
instaura un auténtico reinado del terror en Edimburgo. Hace saber que «si
pudiera enterarse de quiénes han sido los que han pegado aquellos carteles
acusadores, se lavaría las manos con su sangre»… Es una recia advertencia a
Lennox. Él y su gente llevan abiertamente la mano en el puñal, y no ahorran
claros discursos en el sentido de que no están dispuestos a dejar que se prenda
a su jefe de clan como a un criminal. ¡Que Lennox venga y se atreva a acusarle!
¡Que los jueces intenten condenarlo, a él, el dictador de Escocia!
Tales medidas son demasiado evidentes como para que
Lennox pueda dudar de lo que le espera. Sabe que sin duda podrá ir a Edimburgo
para acusar a Bothwell, pero también que Bothwell no le permitiría volver a
dejar vivo la ciudad. Una vez más se vuelve a su benefactora Isabel, y sin
titubear ésta envía una carta urgente a María Estuardo para advertirle, en el
último momento, de que no vaya a hacerse sospechosa de culpabilidad permitiendo
tan evidente violación del derecho:
«Madame, no sería tan desconsiderada —escribe en un
estado de máxima indignación— como para molestaros con esta carta si no me
obligara a ello el mandamiento del amor al prójimo con respecto a los pobres y
el mego de los infelices. He sabido que habéis dictado una proclama, madame,
conforme a la cual el procedimiento judicial contra los sospechosos de
participar en el asesinato de vuestro esposo y primo mío debe tener lugar el 12
de este mes. Es en extremo importante que este asunto no se vea ensombrecido por
el secretismo o la astucia, lo que fácilmente podría ocurrir. El padre y los
amigos del muerto me han rogado humildemente que os pida que aplacéis la fecha,
porque han observado que esas vergonzosas personas se esfuerzan en obtener con
violencia lo que no podrían alcanzar en derecho. Por eso no puedo actuar de
otro modo, por amor a vos, que es a quien más importa, y para tranquilidad de
aquellos que sean inocentes de crimen tan inaudito. Porque si no estuvierais
libre de culpa, sería motivo suficiente para quitaros vuestra dignidad como
princesa y entregaros al desprecio del populacho. Si hubiera de ocurriros una
cosa así, preferiría desearos una tumba honrosa que una vida carente de honor».
Semejante nuevo disparo en mitad de la conciencia
tendría que despertar incluso un sentimiento adormecido y muerto. Pero no es
del todo seguro que ese escrito admonitorio haya llegado a tiempo a María
Estuardo. Porque Bothwell está en guardia, este hombre audaz hasta la locura,
este tipo inflexible no teme ni a la Muerte ni al Diablo, y menos aún a la
reina de Inglaterra. El embajador especial inglés que tiene que entregar esta
carta a María Estuardo es retenido a las puertas de palacio por sus esbirros y
no se le permite el acceso. Se le explica que la reina duerme aún y no puede
recibirle. Desesperado, el embajador que lleva la carta de una reina a una
reina se ve obligado a vagar por las calles.
Finalmente llega hasta Bothwell, que abre con
descaro la carta dirigida a María Estuardo, la lee y la guarda en el bolsillo
con indiferencia. No sabemos si luego la entregó a María Estuardo, y además da
igual, porque hace mucho que esa mujer esclavizada no se atreve a hacer nada en
contra de su voluntad, y se cuenta incluso que comete la torpeza de decir adiós
desde la ventana cuando él se marcha a Tolbooth acompañado de sus bandidos a
caballo, como si quisiera desear éxito al evidente asesino en su comedia ante
la justicia.
Sin embargo, aunque María Estuardo no recibiera
esta última advertencia de Isabel, en modo alguno está inadvertida. Tres días
antes se le ha presentado su hermanastro Moray para despedirse de ella. Le ha
acometido un repentino deseo de emprender un viaje de placer a Francia e
Italia, “to see Venice and Milan».
María Estuardo ya debería saber, por repetida
experiencia, que tan apresurada desaparición de Moray del escenario político
siempre es un barómetro, y que con su ostentoso alejamiento quiere desaprobar
de antemano esta vil comedia judicial. Por lo demás, Moray no oculta los
verdaderos motivos de su partida.
Dice a todo el que quiere oírlo que ha intentado
prender a James Balfour como uno de los principales implicados en el crimen, y
que Bothwell, que quería encubrir a su compinche, detuvo su brazo. Ocho días
después, explicará con franqueza en Londres al embajador español De Silva que
«no le era posible seguir en el reino de forma honorable mientras un crimen tan
terrible y extraño pudiera seguir impune». Quien habla públicamente así,
también podría haber hablado claro a su hermana. De hecho, llama la atención
que María Estuardo tiene lágrimas en los ojos cuando se despide de él. Pero no
tiene fuerzas para retenerle. Ya no tiene fuerzas para nada, desde que se ha
vuelto esclava de Bothwell. Sólo puede dejar que suceda lo que esa voluntad más
fuerte exige, la reina que hay en ella se ha vuelto súbdita indefensa de la
mujer ardiente y dominada.
El 12 de abril, comienza desafiante la comedia
judicial, y desafiante toca a su fin. Bothwell cabalga hacia Tolbooth, la sede
de los tribunales, como si se tratara de tomar por asalto una fortaleza, espada
al costado, puñal al cinto, rodeado por sus seguidores, cuyo número se calcula
—probablemente exagerando— en cuatro mil. A Lennox en cambio se le ha
permitido, invocando un viejo edicto, llevar consigo seis personas al entrar a
la ciudad; el partidismo de la reina queda de tal modo de manifiesto. Lennox no
tiene la intención de aceptar semejante vista bajo puñales desenvainados; sabe
que la carta de Isabel con la exigencia de aplazar la sesión ha sido entregada
a María Estuardo, y que tiene tras él un poder moral. Así que se limita a
enviar a uno de sus feudatarios a Tolbooth para que dé lectura a su protesta.
En ese alejamiento personal del acusador, los jueces, por una parte
intimidados, por otra sobornados con fuertes recompensas en tierra y dinero,
descubren felices el bienvenido pretexto para librarse de una forma cómoda del
incómodo juicio, y se quitan así una pesada carga. Tras una deliberación en
apariencia minuciosa —en realidad, hace mucho que todo está tramado—, declaran
unánimemente a Bothwell libre de “any art and part of the said slauchter
of the king», con el vergonzoso fundamento de que «no existe acusación alguna».
Pero Bothwell convierte enseguida esta sentencia bastante fútil, que no podría
bastar a un hombre honorable, en un patético triunfo. Con estrépito de amias,
cabalga por la ciudad, desenvaina su espada, la blande en el aire y desafía en
público y en alta voz a singular combate a todo aquel que siga osando acusarle
de culpa o complicidad en la muerte del rey.
Ahora, la rueda corre hacia el abismo con furioso
giro. Consternados, los ciudadanos murmuran y refunfuñan acerca del escarnio
sin parangón infligido al derecho, los amigos de María Estuardo parecen
perturbados y tienen “sore hearts», el corazón sombrío. Les resulta
doloroso no poder advertir a la enloquecida. «Era —escribe Melville, su más
fiel amigo— un feo asunto tener que ver cómo esa buena princesa corría hacia su
ruina sin que nadie la avisara del peligro.» Pero María Estuardo no quiere oír,
no quiere dejarse advertir, un oscuro placer a la hora de arriesgarse a lo más
absurdo la sigue impulsando, no quiere mirar a su alrededor, no quiere
preguntar ni escuchar, tan sólo avanza hacia su perdición, ménade de sus
sentimientos. Un día después de que Bothwell haya desafiado a la ciudad, ofende
a todo el país concediendo a este notorio criminal el más alto honor que
Escocia puede dar; de manera solemne, hace que en la apertura del Parlamento
Bothwell lleve los símbolos de la nación, la corona y el cetro. ¿Quién puede
dudar aún de que mañana Bothwell se pondrá en la cabeza esa corona que hoy ya
se le permite llevar en las manos? Y, de hecho, Bothwell —es algo que no deja
de fascinar en este hombre indómito— no es hombre de secretos. Descarada,
enérgica y abiertamente, se dirige a reclamar su premio. No tiene vergüenza en
hacer que el Parlamento le regale «por sus distinguidos servicios», “for his
great and manifold gud service», el castillo más fuerte del país, Dunbar, y
como ya ha reunido a los lores y los ha hecho dóciles a su voluntad, les pone
con dureza el puño en la cerviz para arrancarles lo último que le falta: su
consentimiento a la boda con María Estuardo. Por la noche, cuando el Parlamento
cierra sus puertas, invita, como gran señor y dictador militar, a toda la
pandilla a una cena en Ainslies Tavern. Allí se bebe a conciencia, y cuando la
mayoría ya están borrachos —uno piensa en la famosa escena
de Wallenstein—, presenta a los lores un bond que no sólo les
obliga a defenderle contra cualquier calumniador, sino también a designarlo, a
él, el “noble puissant Lord», como digno esposo de la reina, después de que
Bothwell ha sido declarado inocente por los Peers y dado que «por
otra parte Su Majestad carece actualmente de marido», dice este famoso escrito,
y «el bien común exige que descienda a casarse con uno de sus súbditos,
concretamente el lord mencionado arriba». Se comprometen, «tan cierto como que
han de rendir cuentas a Dios», a apoyar a dicho conde y defenderlo contra todo
el que quiera impedir o perturbar esa boda, y a dar por ello sus bienes y su
sangre.
Un solo lord aprovecha la confusión producida tras
la lectura del bond para escurrirse sigiloso fuera de la taberna; los
otros firman obedientes la hoja, ya sea porque la horda armada de Bothwell
rodea la casa, ya porque están decididos en su corazón a romper el juramento
impuesto en un momento dado. Saben que lo que está escrito con tinta puede ser
borrado con sangre. Por eso, ninguno pone especiales reparos —¿qué importa un
rápido trazo de pluma para estos tipos?—, se firma y se sigue armando ruido,
bebiendo y charlando, y el más alegre puede que sea Bothwell, porque ahora ha
sido pagado el precio, ahora ha llegado a la meta. Unas semanas más, y lo que
en el Hamlet de Shakespeare parece exageración increíble y poética se
hará realidad: que una reina avance ante el altar del brazo del asesino de su
esposo «antes de que se hayan gastado los zapatos con los que caminó tras el
cadáver de su marido». Quos deus perdere vult…
Callejón sin salida
De abril a junio de 1567
Involuntariamente —es como una tensión interior—,
es preciso pensar una y otra vez en Shakespeare conforme la tragedia de
Bothwell avanza hacia su punto culminante. Es imposible ignorar ya la similitud
externa de la situación con la de la tragedia de Hamlet. Aquí como allá un rey
pérfidamente eliminado por el amante de su esposa, aquí como allá una prisa
indecente por parte de la viuda para correr hacia el altar con el asesino de su
esposo, aquí como allá la fuerza persistente de un crimen que cuesta más trabajo
ocultar y negar de lo que antes se necesitó para llevarlo a cabo. Ya esta
similitud es sorprendente. Pero aún lo es más, y aún domina más el sentimiento,
la asombrosa analogía de algunas escenas de la tragedia escocesa de Shakespeare
con la histórica. El Macbeth de Shakespeare ha sido creado consciente o
inconscientemente a partir de la atmósfera del drama de María Estuardo; lo que
en la literatura sucede en el castillo de Dunsinan había ocurrido antes en el
de Holyrood. Aquí como allá, una vez cometido el crimen, la misma soledad, la
misma sombra que pesa en el alma, las mismas espantosas fiestas en las que
nadie se atreve a alegrarse y en las que los unos rehúyen a los otros porque
los negros cuervos de la desgracia vuelan graznando en torno a la casa. A
veces, casi no se puede distinguir si es María Estuardo la que vaga por las
noches por sus aposentos, insomne, perturbada, mortalmente atormentada por su
conciencia, o es lady Macbeth, que quiere quitarse la invisible sangre de las
manos. Si es Bothwell o es Macbeth el que se vuelve cada vez más decidido, cada
vez más duro, una vez cometido el acto, el que desafía cada vez más osado, cada
vez más audaz la enemistad de todo el país, y sin embargo sabe que todo valor
es inútil y los fantasmas siempre son más fuertes que el hombre vivo. Aquí y
allá la pasión de una mujer como fuerza motora y el hombre como autor, y
terriblemente similar sobre todo la atmósfera, la presión que pesa sobre las
almas confundidas y atormentadas, hombre y mujer encadenados por el mismo
crimen, arrastrándose el uno al otro al mismo abismo escalofriante. Nunca en la
Historia Universal y nunca en la Literatura Universal se ha representado de
manera tan grandiosa la psicología de un crimen y la misteriosa fuerza del
asesinado sobre un criminal como en estas dos tragedias escocesas, de las que
la una es inventada y la otra vivida.
Esta similitud, esta curiosa analogía, ¿es
realmente un azar? ¿O no cabe más bien suponer que en la obra de Shakespeare se
literaturiza y sublima en cierto modo la tragedia vital de María Estuardo? Las
impresiones de la infancia siempre tienen un imborrable poder sobre el alma
poética, y el genio transforma misteriosamente los tempranos estímulos en
realidad que superan al tiempo; Shakespeare tiene forzosamente que haber tenido
conocimiento de los acontecimientos del castillo de Holyrood. Toda su infancia
tiene que haber estado llena de los relatos y leyendas de aquella reina
romántica, que perdió el reino y la corona por una pasión insensata y que, como
castigo, es llevada de un castillo inglés a otro. Probablemente estaba en
Londres, un joven, ya casi un hombre y del todo un poeta, cuando las campanas
repicaron jubilosas sobre los callejones de la ciudad porque finalmente había
caído la cabeza de la gran adversaria de Isabel, y Darnley había arrastrado
consigo a su tumba a su desleal esposa. ¿No encontraría luego en la crónica de
Holinshed la historia de la sombría reina de Escocia, no actuó
inconscientemente, de forma misteriosa, el recuerdo de la trágica mina de María
Estuardo en poética química, uniendo un material con otro? Nadie puede afirmar
con certeza, ni tampoco negar, que la tragedia de Shakespeare estuviera
determinada por la tragedia vital de María Estuardo. Pero sólo quien haya leído
y sentido Macbeth podrá entender del todo a María Estuardo en
aquellas jomadas de Holyrood, el abismal tormento de un alma fuerte que no
estuvo a la altura del más fuerte de sus actos.
Dentro de estas tragedias, la inventada y la
vivida, es sobre todo estremecedora la similitud de la transformación de María
Estuardo y lady Macbeth, una vez cometido el hecho. Antes, lady Macbeth es una
mujer amante, ardiente, enérgica, llena de voluntad y ambición. Tan sólo quiere
ver la grandeza de su amado esposo, y las líneas de los sonetos de María
Estuardo podrían haber salido de su mano: “Pour luy je veux rechercher la
grandeur…».
De su ambición emana toda la fuerza motora que
conduce al hecho, lady Macbeth actúa con astucia y decisión mientras el hecho
sólo es voluntad, intención y plan, mientras la sangre roja y ardiente aún no
ha corrido por sus manos, por su alma. Con palabras igual de halagadoras que
las que María Estuardo empleó para llevar a Darnley a Kirk o’Field, atrae a
Duncan al dormitorio donde le espera el puñal. Pero inmediatamente después del
hecho es otra, con la energía quebrada, el valor destrozado. Como un fuego arde
la conciencia en su cuerpo, con mirada petrificada, loca, vaga por los
aposentos, estremeciendo a sus amigos, espantándose a sí misma. Una única y
loca ambición envenena su cerebro atormentado: la ambición del olvido, una
enfermiza nostalgia del dejar de saber, del no tener que pensar en ello, de la
mina. Eso mismo le ocurre a María Estuardo tras el asesinato de Darnley. De
pronto está transformada, cambiada, e incluso sus rasgos muestran tal extrañeza
en comparación con su ser anterior que Drury, el espía de Isabel, escribe a
Londres: «Nunca se ha visto a una mujer cambiar tanto en un tiempo tan breve,
sin mediar una grave enfermedad, como a la reina». Ya no recuerda en nada a la
mujer alegre, prudente, locuaz, segura de sí misma, que era aún hace algunas
semanas. Se encierra en sí misma, se oculta, se esconde. Quizá sigue esperando,
como Macbeth y lady Macbeth, que el mundo callará si ella calla, y la ola negra
pasará clemente sobre su cabeza. Pero cuando las voces empiezan a preguntar, a
apremiar, cuando por las noches, desde las calles de Edimburgo, llegan a sus
ventanas los nombres de los asesinos, cuando Lennox, el padre del asesinado, e
Isabel, su enemiga, y Beaton, su amigo, cuando el mundo entero exige de ella
explicaciones, respuestas y sentencias, se sume poco a poco en la confusión.
Sabe que tendría que hacer algo para ocultar el
hecho, para disculparlo. Pero le falta fuerza para dar una respuesta
convincente, para decir una palabra inteligente y engañosa. Como a través de un
sueño hipnótico, oye las voces de Londres, de París, de Madrid, de Roma, que le
hablan, le amonestan y le advierten, y no puede salir de su rigidez espiritual,
oye todos esos gritos como un enterrado vivo los pasos sobre la tierra,
indefensa, impotente y desesperada.
Sabe que ahora tendría que jugar a ser la viuda
enlutada, la esposa desesperada, sollozar y lamentarse en voz alta para que
creyeran en su inocencia. Pero tiene la garganta seca, ya no puede hablar, no
puede disfrazarse por más tiempo. Y así pasan semanas y semanas, hasta que ya
no puede soportarlo. Igual que una fiera acechada por todas partes se revuelve
contra sus perseguidores con el valor del miedo más extremo, igual que Macbeth,
para protegerse, acumula nuevos crímenes sobre el crimen que clama venganza,
así María Estuardo sale al fin de ese estupor que ya no puede soportar. Se le
ha vuelto del todo indiferente lo que el mundo piense de ella, si es
inteligente o insensato lo que emprenda. Tan sólo quiere acabar con esa
inmovilidad, hacer algo, seguir, seguir más y más rápido para huir de las
voces, las que advierten y las que amenazan. Tan sólo adelante, adelante, no
detenerse y no reflexionar, porque entonces tendría que advertir que ya no hay
astucia que pueda salvarla. Uno de los secretos del alma es que durante breve
tiempo la velocidad aturde el miedo, e igual que un cochero que siente crujir y
astillarse un puente bajo el coche fustiga a los caballos, porque sabe que sólo
la huida hacia delante puede salvarle, así María Estuardo espolea desesperada
el caballo negro de su destino para atropellar cualquier reparo, para pisotear
cualquier objeción. ¡Tan sólo dejar de pensar, dejar de saber, dejar de ver,
dejar de oír, tan sólo avanzar y avanzar hacia la locura! ¡Mejor un fin con
horror que un horror sin fin! Ley eterna: una piedra cae cada vez más rápida
cuanto más se acerca al abismo, y así un alma actúa también de forma cada vez
más apresurada e insensata cuando ya no conoce escapatoria.
Todo lo que María Estuardo hace en esas semanas que
siguen al crimen no se puede explicar con una razón clara, sino únicamente a
partir de la perturbación de un miedo desmedido. Porque incluso en medio de su
locura tendría que decirse que ha destruido y derrochado para siempre su honor,
que toda Escocia, toda Europa, tienen que considerar una provocación sin
precedentes contra el derecho y la moral una boda pocas semanas después del
crimen, y precisamente con el asesino de su esposo. Quizá después de un año, de
dos años de secreta contención, el mundo habría olvidado tal relación; con una
inteligente preparación diplomática, se podrían hallar toda clase de razones
para elegir por esposo precisamente a Bothwell. Sólo una cosa puede y tiene que
precipitar a la perdición a María Estuardo, y es, sin guardar el luto, con tan
provocativa prisa, ceñir la corona del asesinado en las sienes del asesino. Y
precisamente eso, precisamente lo más enloquecido, es lo que María Estuardo
quiere hacer ahora, con el más llamativo apresuramiento.
Sólo hay una explicación para tan inexplicable
conducta de una mujer normalmente inteligente y pasablemente prudente: María
Estuardo está sometida a presión. Está claro que no puede esperar porque algo
no la deja esperar, porque la espera y el titubeo tendrá que revelar
imparablemente un secreto que por el momento nadie conoce aún. Y no se puede
hallar ninguna otra explicación para su loca carrera hacia el matrimonio con
Bothwell —y los acontecimientos confirmarán esta sospecha— que el que esta
desdichada mujer se sepa embarazada ya entonces. Pero no es un hijo póstumo del
rey Henry Darnley el que siente en su seno, sino el fruto de una pasión
prohibida, criminal. Una reina de Escocia no puede traer al mundo a un hijo
ilegítimo, y menos aún en circunstancias que escriban en todas las paredes, con
ígneos colores, la sospecha de su culpa o complicidad. Entonces se pondría
irrefutablemente de manifiesto cuán placentero ha sido el luto con su amante, y
hasta el peor matemático podría contar en meses si María Estuardo —¡vergonzoso
lo uno y vergonzoso lo otro! — ha tenido trato con Bothwell antes ya del
asesinato de Darnley o poco después de él. Sólo una rápida legitimación
mediante el matrimonio puede salvar el honor del niño y a medias el suyo.
Porque si cuando el niño venga al mundo es ya la esposa de Bothwell se podrá
disculpar la anticipación, y siempre habrá alguien dispuesto a dar su nombre al
niño y defender su derecho. Por eso cada mes, cada semana que se retrasa la
boda con Bothwell es tiempo insalvablemente perdido. Y quizá —terrible
elección— la monstruosidad de tomar por esposo al asesino de su propio marido
le parezca menos oprobioso que confesar su delito al mundo con un niño sin
padre. Sólo si se asume como probable esta elemental coacción de la Naturaleza
se vuelve comprensible lo antinatural de la conducta de María Estuardo en esas
semanas; todas las demás interpretaciones son artificiales y oscurecen la
imagen espiritual. Sólo si se comprende ese miedo —un miedo que millones de
mujeres de todos los tiempos han vivido, y que ha impulsado incluso a las más
puras y audaces a actos insensatos y criminales—, sólo si se comprende ese
torturante temor a que se descubran sus relaciones debido a un inoportuno
embarazo, puede entenderse la prisa de su alma trastornada. Sólo eso, y eso
sólo, da un cierto sentido a la locura de su apresuramiento, y permite al
tiempo una mirada trágica a la profundidad de su angustia interior.
Espantosa, estremecedora situación, ni el Diablo
podría idear una más terrible. Por una parte, como la reina se siente
embarazada, el tiempo apremia a la prisa, y a la vez esa prisa la hace
cómplice. Como reina de Escocia, como viuda, como mujer de decencia y honor,
observada por la ciudad y el país y todo el mundo europeo, María Estuardo no
puede elevar a la categoría de esposo a un hombre de tan mala reputación y tan
sospechoso como Bothwell. Y como mujer desvalida, en su desesperada situación
no tiene otro salvador que él. No puede casarse con él, y sin embargo tiene que
casarse con él. Pero para no dejar que el mundo intuya esa interior presión que
le impulsa al matrimonio, hay que inventar otra presión exterior que haga un
poco más explicable esa absurda prisa.
Hay que idear algún pretexto que dé un sentido a lo
que es legal y moralmente absurdo y obligue a esta boda a María Estuardo.
Pero ¿cómo se puede obligar a una reina a casarse
con un hombre de rango inferior? El código de honor de su época sólo conoce una
posibilidad: si a una mujer se le roba el honor con violencia, el ladrón tiene
la obligación de restablecerlo mediante el matrimonio. Sólo si ha sido
previamente violada como mujer, María Estuardo tendría un reflejo de disculpa
para casarse con Bothwell.
Porque sólo entonces se crearía ante el pueblo la
ilusión de que no había cedido por su voluntad, sino bajo la presión de lo
inevitable.
Tan fantástico plan sólo podría surgir de una
desesperación última y sin escapatorias. Sólo la aberración podría dar a luz
tal aberración. Incluso María Estuardo, normalmente valiente y resuelta en los
momentos decisivos, retrocede estremecida cuando Bothwell le propone esa
trágica farsa. «Quisiera estar muerta, porque veo que todo va a salir mal»,
escribe la atormentada. Pero sea lo que sea lo que los moralistas puedan pensar
acerca de Bothwell, sigue siendo el mismo en su espléndida audacia de desesperado.
En absoluto le asusta tener que hacer de pillo desvergonzado ante toda Europa,
de violador de una reina, de salteador de caminos que se pone con cinismo por
encima de la ley y las costumbres. Aunque le estuviera esperando el Infierno,
no es hombre para detenerse a mitad de camino cuando está en juego una corona.
No hay peligro ante el que tiemble, y no se puede menos de pensar en el Don
Juan de Mozart, en su ademán audaz y descarado cuando desafía a la mortal cena
al comendador de piedra. Junto a él tiembla su Leporello, su cuñado Huntly, que
ha aceptado a cambio de unas cuantas prebendas el divorcio de su hermana de
Bothwell. A ese hombre menos atrevido le horroriza esa loca comedia, corre a
ver a la reina e intenta disuadirla. Pero a Bothwell le es indiferente que haya
una persona más en contra suya, después de tan abierto desafío al mundo entero;
tampoco le asusta que el plan de asalto haya sido ya probablemente revelado —el
espía de Isabel lo comunica a Londres un día antes de que se lleve a efecto—,
no le preocupa en absoluto que el rapto se considere auténtico o fingido si le
acerca a su meta de ser rey. Lo que quiere lo hace —a pesar de la Muerte y a
pesar del Diablo—, y aún tiene fuerzas para arrastrar consigo a la reina, que
no quiere hacerlo.
Una vez más, las cartas de la arqueta permiten
apreciar lo desesperadamente que el instinto de María Estuardo se rebela contra
la dura voluntad de su señor.
La intuición le dice con claridad que con este
nuevo engaño no engañará al mundo, sino sólo a sí misma. Pero, como siempre, la
esclava obedece al hombre al que ha entregado su voluntad. Obediente, igual que
ayudó a sacar a Darnley de Glasgow, está dispuesta, con el corazón afligido, a
dejarse «raptar», y escena tras escena se lleva a cabo, conforme al plan
trazado, la comedia de esta violación de mutuo consentimiento.
El 21 de abril, pocos días después de la forzada
absolución por el tribunal y de la «recompensa» otorgada a Bothwell en el
Parlamento, el 21 de abril, apenas dos días después de que Bothwell arrancara
en Ainslies Tavern el consentimiento de la mayoría de los lores a su boda, y
exactamente nueve años después de haberse desposado, siendo aún medio niña, con
el Delfín de Francia, María Estuardo, hasta ahora una madre poco preocupada,
siente la apremiante necesidad de visitar a su hijo pequeño en Stirling. La recibe,
con desconfianza, el conde Mar, a cuya custodia ha sido entregado el príncipe
heredero, porque probablemente se hayan filtrado ya toda clase de rumores. Sólo
en compañía de otras mujeres se permite a María Estuardo ver a su hijo, porque
los lores temen que pueda apoderarse del niño y entregárselo a Bothwell; para
todos es ya evidente que esta mujer obedece con total sumisión cualquier orden
del tirano de su espíritu, así sea la más criminal de las órdenes. Acompañada
por unos pocos jinetes, entre ellos Huntly y Maitland, que sin duda están
involucrados en el plan, la reina regresa. Entonces, a seis millas de la
ciudad, se les acerca de pronto una fuerte tropa de jinetes, con Bothwell a la
cabeza, y «asaltan» a la comitiva de la reina. Naturalmente no se produce
lucha, porque «para evitar derramamiento de sangre» María Estuardo prohíbe a
sus fieles oponer resistencia. Basta con que Bothwell coja las riendas de su
caballo para que se dé «presa» de buen grado y se deje llevar, en dulce y
sensual prisión, al castillo de Dunbar. Un capitán demasiado celoso de su
deber, que quiere traer refuerzos y liberar a la «prisionera», es disuadido a
toda prisa, y el resto de los asaltados, Huntly y Maitland, son liberados del
modo más amable. A nadie debe hacérsele el menor daño, sólo ella tiene que
quedar en «prisión» del amado violentador.
Durante más de una semana, la «violada» comparte el
lecho del escarnecedor de su honor, mientras al mismo tiempo en Edimburgo, con
prisa volandera y fuertes sobornos, se impulsa ante los tribunales
eclesiásticos el divorcio de Bothwell de su legítima esposa, entre los
protestantes con el miserable pretexto de que él ha cometido adulterio con una
criada, entre los católicos con el tardío descubrimiento de que está
emparentada en cuarto grado con su mujer, Jane Gordon. Por fin se concluye
también ese oscuro trato. Ahora puede anunciarse al mundo que Bothwell ha
atacado como un salteador de caminos a la desprevenida reina y la ha manchado
con su ansia furiosa: sólo el matrimonio con el hombre que la ha poseído contra
su voluntad puede restablecer el honor de la reina de Escocia.
El «secuestro» ha sido fingido de forma demasiado
tosca como para que nadie crea seriamente que la reina de Escocia se ha dejado
de verdad «hacer violencia»; incluso el embajador español, el mejor dispuesto
de todos, comunica a Madrid que todo el asunto está apañado. Pero,
curiosamente, son justo aquellos que con más claridad ven el engaño los que
hacen ahora como si creyeran en un verdadero «acto de fuerza»: los lores, que
ya han vuelto a agruparse en un bond para librarse de Bothwell,
cometen la maldad, casi ingeniosa, de tomar solemnemente en serio la comedia
del rapto. De pronto conmovedoramente fieles, anuncian con terrible indignación
que «la reina del país está siendo retenida contra su voluntad, y eso pone en
peligro el honor de Escocia». De pronto vuelven a estar unidos para liberar
como honrados súbditos al desvalido cordero de las garras del lobo malo
Bothwell. Ahora tienen al fin el pretexto, que llevaban buscando mucho tiempo,
para caer sobre el dictador militar bajo la máscara del patriotismo. A toda
prisa, se agrupan para «liberar» de Bothwell a María Estuardo e impedir por
tanto la boda que ellos mismos exigían hace menos de una semana.
Nada puede resultarle más penoso a María Estuardo
que esa repentina e importuna diligencia de sus lores a la hora de protegerla
de su «raptor». Porque eso le quita de las manos las cartas que tan
tramposamente barajaba. Como en realidad no quiere ser «liberada» de Bothwell
sino, por el contrario, quedar unida a él para siempre, tiene que retirar a
toda prisa la mentira de que Bothwell la ha violado. Si ayer quería manchar su
nombre, hoy tiene que volver a lavarlo; con lo cual se pierde todo el efecto de
la farsa. Para que no se persiga a Bothwell, para que no se le acuse, se
convierte a toda prisa en la más elocuente abogada de su raptor. Sin duda ha
sido «tratada de manera singular, pero tan bien que no tiene motivo alguno de
queja». Como nadie le había prestado ayuda, «se había visto obligada a calmar
su disgusto inicial y pensar en la propuesta que él le hacía». La situación de
esta mujer enredada en las zarzas de su pasión se vuelve cada vez más indigna.
El último velo que cubre su vergüenza se queda enganchado en esta espesura, y
cuando se rasga ella queda desnuda ante el escarnio del mundo.
Una profunda consternación se apodera de los amigos
de María Estuardo cuando a principios de mayo ven volver de Edimburgo a la
reina hasta entonces tan reverenciada por ellos: Bothwell sostiene las riendas
de su caballo, y para indicar que le sigue voluntariamente, sus soldados
arrojan las lanzas al suelo. En vano los pocos que realmente quieren a María
Estuardo tratan de advertir a la ciega. Du Croc, el embajador francés, le
explica que si se casa con Bothwell la amistad con Francia habrá terminado; uno
de sus fíeles, lord Herries, se arroja a sus pies, y al siempre probado
Melville le cuesta trabajo salvarse de la venganza de Bothwell por querer
impedir en el último instante la desdichada boda. A todos les oprime el corazón
ver a esta mujer bravía y libre entregada indefensa a la voluntad de un salvaje
aventurero, y prevén preocupados que María Estuardo va a perder la corona y el
honor por su prisa insensata en casarse con el asesino de su marido. En cambio,
es un buen momento para sus adversarios. Ahora, todas las lúgubres profecías de
John Knox se han vuelto terriblemente ciertas. Su sucesor John Craig se niega
al principio incluso a clavar en la iglesia las pecaminosas amonestaciones,
llama a ese matrimonio, sin pelos en la lengua, “odious and slanderous befare
the world», y sólo cuando Bothwell le amenaza con la horca acepta negociar.
Pero María Estuardo tiene que inclinarse más y más bajo el yugo. Porque ahora
que todos saben con qué impaciencia ha acelerado la boda, cada uno de ellos le
exige, en desvergonzada extorsión, lo máximo a cambio de su consentimiento y
ayuda. Huntly recibe todas las fincas que la corona le había quitado a cambio
del divorcio de su hermana de Bothwell, el obispo católico se hace pagar con
cargos y dignidades; pero el precio más feroz lo exige el clero protestante.
Como duro juez, y no como súbdito, el pastor se presenta ante la reina y
Bothwell y exige la pública humillación: tiene que declararse dispuesta, ella,
la princesa católica, la sobrina de los Guisa, a llevar a cabo los esponsales
conforme al rito reformado, es decir, herético. Con ese oprobioso compromiso,
María Estuardo entrega la última carta que le quedaba, el último apoyo que aún
tenía, el sustento de la Europa católica; ha perdido el favor del Papa, las
simpatías de España y Francia. Ahora está sola frente a todos.
Las palabras del soneto se han vuelto terriblemente
ciertas:
Pour luy depuis j’ay mesprise l’honneur,
Ce qui nous peust seul pourvoir de bonheur.
Pour luy j’ay hazarde grandeur & conscience,
Pour luy tous mes parens J’ay quitte & amis.
Pero ningún medio puede salvar al que se entrega a
sí mismo; los dioses no atienden sacrificios absurdos.
Pocas veces en cientos de años ha proporcionado la
Historia una escena de boda más trágica que la de aquel 15 de mayo de 1567: la
entera humillación de María Estuardo se refleja en esa sombría imagen. El
primer matrimonio con el Delfín de Francia se había concluido a plena luz del
día: una jomada de esplendor y de honor. Decenas de miles de personas habían
jaleado a la joven reina, de la ciudad y el campo habían acudido los más nobles
de Francia, los embajadores de todos los países, para poder ver cómo, rodeada
por la familia real y lo más selecto de la caballería, la Delfina entraba en
Notre Dame. Había pasado ante rugientes tribunas, ante ventanas que saludaban,
un pueblo entero la miraba con veneración y alegría. La segunda boda había sido
ya más silenciosa.
Ya no a plena luz del día, sino al amanecer, a las
seis de la mañana, el sacerdote la había unido con el bisnieto de Enrique VIL
Pero aun así la nobleza había estado presente, igual que los embajadores
extranjeros, las fiestas habían durado días, la alegría atronaba Edimburgo.
Pero ésta, su tercera boda, con Bothwell — nombrado a toda prisa, en el último
momento, duque de Orkney—, se produce en secreto como un crimen. A las cuatro
de la mañana, la ciudad aún duerme, la noche yace aún sobre los tejados, unas
pocas figuras se deslizan tímidas hasta la capilla de palacio, en la que —aún
no han pasado tres meses, María Estuardo aún viste de luto— se bendijo el
cadáver de su asesinado esposo. La estancia está vacía esta vez. Muchas
personas han sido invitadas, pero ha venido un número ofensivamente pequeño,
nadie quiere ser testigo de cómo la reina de Escocia pone el anillo en el dedo
de la mano que mató a Darnley. Casi todos los lores de su reino están ausentes
sin disculpa alguna, Moray y Lennox han dejado el país, incluso Maitland y
Huntly, a medias fieles, se mantienen a distancia, y el único hombre al que
hasta ahora la creyente católica podía confiar sus más secretos pensamientos,
su padre confesor, se ha ido para siempre; con tristeza, el guardián espiritual
de su corazón reconoce que ahora la da por perdida. Nadie que tenga en algo el
honor quiere ver cómo el asesino de Darnley contrae matrimonio con la mujer de
Darnley, y esa alianza blasfema es bendecida por un sacerdote de Dios. En vano
María Estuardo ha pedido al embajador francés que asista para salvar un atisbo
de representación. Este amigo siempre tan bondadoso se niega, decidido. Su
presencia significaría el consentimiento de Francia, «se podría creer —dice—
que mi rey había tenido parte en este asunto»; además, no quiere reconocer a
Bothwell como esposo de la reina. No se dice misa, no suena el órgano, la
ceremonia se despacha con rapidez. No se iluminan con velas las estancias para
el baile, no se sirve banquete alguno. No se lanza dinero al pueblo, como en la
boda con Darnley, al grito de “Largesse, largesse!», la capilla, fría, vacía y
oscura, se asemeja a un ataúd, y los testigos asisten serios como dolientes a
esta extraña fiesta. La comitiva no recorre luego la ciudad en orgullosa
subida, a lo largo de luminosos callejones de júbilo: estremecidos por el
espanto de esa vacía capilla, los desposados se retiran aprisa a sus aposentos,
tras de puertas cerradas.
Porque justo ahora que ha llegado a la meta hacia
la que corría, ciega, perdiendo los estribos, María Estuardo se desploma
espiritualmente. Ha conseguido su más loco deseo, tener a Bothwell, retenerlo;
con ojos ardientes, ha temblado de fiebre esperando esta hora de desposorio en
la locura: su cercanía, su amor vencería todo el miedo. Pero ahora que ya no
tiene un objetivo hacia el que mirar, febril, sus ojos se despiertan, mira a su
alrededor y ve de pronto el vacío, la Nada. También entre él, el insensatamente
amado, y ella parecen empezar las discordias después de la boda… Siempre que
dos personas se han unido en el crimen, la una echa la culpa a la otra. La
misma tarde de ese trágico día de bodas, el embajador francés encuentra a una
mujer completamente trastornada y desesperada; la noche aún no ha caído y entre
los dos cónyuges hay ya una fría sombra. «Ya ha empezado el arrepentimiento
—informa Du Croc a París—; cuando el jueves Su Majestad envió por mí, me llamó
la atención la extraña conducta entre ella y su esposo. Ella quiso disculparla
diciendo que si la veía triste era porque ya no quería más alegrías y sólo
deseaba una cosa: la muerte. Ayer, cuando estaba encerrada en un cuarto con el
conde de Bothwell, se le oyó gritar pidiendo un cuchillo para matarse. La gente
lo escuchó en el cuarto de al lado y temió que si Dios no acudía en su ayuda
ella se haría algo, en su desesperación». Pronto nuevos informes anuncian
graves discrepancias entre los cónyuges, se dice que Bothwell considera
prácticamente nulo el divorcio de su joven y guapa esposa, y pasa las noches
con ella en vez de con María. «Desde el día de la boda —comunica otra vez a
París el embajador— las lágrimas y quejas de María Estuardo no tienen fin.»
Ahora que la deslumbrada ha obtenido todo aquello que tan fervientemente pedía
al destino, sabe que todo está perdido e incluso la Muerte sería la salvación
de ese tormento que ella misma se ha buscado.
Tres semanas dura en total esta amarga luna de miel
de María Estuardo y Bothwell; tres semanas de miedo y agonía. Todo lo que ambos
hacen para sostenerse, para salvarse, es en vano. Bothwell trata en público a
la reina con ostentoso respeto y ternura, finge amor y humildad, pero las
palabras y los gestos ya no cuentan después de una acción tan terrible; muda y
sombría, la ciudad observa a la criminal pareja. En vano el dictador corteja al
pueblo, ya que los nobles se mantienen alejados, se hace el liberal, el
bondadoso, el devoto; acude a los sermones reformados, pero el clero
protestante se mantiene tan hostil como el católico. Escribe sumisas cartas a
Isabel: no responde. Escribe a París: se vuelve la vista hacia otro lado. María
Estuardo convoca a los lores: se quedan en Stirling. Reclama a su hijo: no se
lo entregan. Todo el mundo calla, todo el mundo guarda un terrible silencio
para con ambos. Para fingir cierta seguridad y alegría, Bothwell organiza a
toda prisa un baile de disfraces y una batalla acuática; él mismo cabalga en el
torneo, en la tribuna se apoya, pálida, la reina, y le sonríe; el pueblo,
siempre curioso, se agolpa, pero no jalea. Sobre el país pesa una parálisis de
miedo, una espantosa rigidez, que ha de transformarse en ira y amargura al
primer movimiento.
Pero Bothwell no es hombre que se entregue a
sentimentales fingimientos.
Como experto marino, siente ya en ese agobiante
silencio la tempestad que se aproxima. Decidido como siempre, toma sus medidas.
Sabe que hay quien anda detrás de su vida, y la última palabra la dirán las
armas; por eso, reúne a toda prisa jinetes y soldados de infantería para estar
armado contra el ataque. María Estuardo sacrifica de buen grado todo lo que
tiene que sacrificar por sus mercenarios, vende joyas, toma prestado,
finalmente incluso —una vergüenza para la reina de Escocia, una ofensa para la de
Inglaterra— hace fundir el regalo de Isabel, la pila bautismal de oro, para
obtener tan sólo unas cuantas monedas de oro y prolongar la agonía de su
reinado. Pero los lores se congregan en esa mudez cada vez más amenazante, algo
como una nube se cierne sobre el palacio real, el rayo puede caer en cualquier
momento. Bothwell conoce demasiado bien la alevosía de sus compañeros como para
confiar en esa tranquilidad, sabe que los pérfidos planean un golpe de mano
contra él; no quiere esperar su ataque en Holyrood, que carece de
fortificaciones, y el 7 de junio, apenas tres semanas después de la boda, huye
al fuerte castillo de Borthwick, donde sabe más próxima a su gente. Allí, María
Estuardo convoca para el 12 de junio, en una especie de último llamamiento, a sus
“subjects, noblemen, knights, esquires, gentlemen and yeomen», con todas
sus armas y provisiones para seis días; al parecer, Bothwell plantea aplastar
en un ataque relámpago a toda la banda de sus enemigos antes de que se hayan
reunido.
Pero precisamente esa fuga de Holyrood da valor a
los lores. Rápidamente atacan Edimburgo y toman la ciudad sin hallar
resistencia. El que ayudó al crimen, James Balfour, traiciona a toda prisa a
sus compinches, entrega a los enemigos de Bothwell el inexpugnable palacio, y
mil o dos mil jinetes pueden correr sin ser molestados hacia Borthwick para
apoderarse de Bothwell antes de que sus tropas estén listas para el combate.
Pero Bothwell no se deja atrapar como un conejo, rápidamente salta por la
ventana y huye a todo galope, sólo la reina se queda en el castillo. Al
principio los lores no quieren levantar las armas contra su monarca, sólo
intentan convencerla de que se aparte de quien la ha perdido, de Bothwell. Pero
la desdichada mujer sigue entregada en cuerpo y alma a su violador; en medio de
la noche, se pone a toda prisa ropas de hombre, salta a la silla y cabalga sin
acompañamiento alguno, dejando todo atrás, hacia Dunbar, para vivir con
Bothwell o morir con él.
Una señal significativa debería enseñar a la reina
que su causa está perdida sin remedio. El día de la huida a Borthwick Castle
desaparece de pronto, “without leave-taking», su último consejero, Maitland de
Lethington, el único que incluso en esas semanas de ceguera se ha mantenido
unido a ella por una cierta buena intención. Maitland había recorrido con su
señora un trecho considerablemente largo de su mal camino, quizá nadie ayudara
con tanto celo a tejer la red mortal para Darnley. Pero ahora siente que el
viento sopla en contra de la reina. Y como buen diplomático, que siempre
orienta las velas hacia los que tienen el poder y nunca hacia los que no lo
tienen, no quiere seguir del lado de una causa perdida. En medio del barullo
del traslado a Borthwick, aparta en silencio su caballo del séquito y se pasa a
los lores. La última rata ha abandonado el barco que se hunde.
Pero nada puede intimidar o advertir ya a María
Estuardo, la incorregible. El peligro no hace más que aumentar en esta mujer
extraordinaria ese valor salvaje que da a sus más necias locuras una belleza
romántica. En Dunbar, donde entra vestida de hombre, no encuentra vestimentas,
arneses, armaduras reales. ¡Da igual! Ya ha pasado la corte y la
representación, ahora estamos en guerra. Así que María Estuardo toma prestada
de cualquier pobre mujer la sencilla vestimenta habitual en el campo, un corto
kilt, una bata roja, un sombrero de terciopelo; puede resultar inconveniente,
poco real, con tal de poder cabalgar junto a él, junto al hombre que lo es todo
para ella en el mundo desde que lo ha perdido todo. Bothwell reúne a toda prisa
su improvisada horda. Ninguno de los caballeros, nobles y lores convocados ha
venido, hace mucho que el país ya no escucha a su reina… sólo los doscientos
arcabuceros mercenarios marchan como núcleo de la tropa contra Edimburgo, y
junto a ellos trota una chusma mal armada de campesinos y borderers, que
no reúnen más de mil doscientos hombres. Tan sólo la viril voluntad de Bothwell
los impulsa para adelantarse a los lores. Sabe que sólo una audacia insensata
puede servir a veces donde la razón ya no encuentra ninguna escapatoria.
En Carberry Hill, a seis millas de Edimburgo, se
encuentran ambas hordas (apenas se las puede llamar ejércitos). Los fíeles de
María Estuardo son superiores en número, pero ninguno de los lores, ninguno de
los nobles de espléndidas monturas del país se pone bajo el estandarte del león
real, desplegado en señal de desafío; salvo los arcabuceros mercenarios, sólo
las gentes de su propio clan, mal armados y poco combativos, siguen a Bothwell.
Frente a ellos, a no más de media milla de
distancia, tan cerca que María Estuardo puede llamar por su nombre a cada uno
de sus adversarios, se alinean en brillante grupo los espléndidos caballos de
los lores, acostumbrados a la guerra y que disfrutan de ella. Su estandarte,
que plantan obstinados frente al real, es extraño: sobre campo blanco está
pintado un hombre que yace asesinado al pie de un árbol. Junto a él se
arrodilla un niño que alza llorando las manos al cielo, con las palabras:
«¡Juzga y venga mi causa, oh Dios!». Con ello los lores, los mismos que han
contribuido a instigar la muerte de Darnley, se anuncian de repente como sus
vengadores, y hacen ver que sólo están en armas contra sus asesinos, y no en
rebelión contra la reina.
Los dos estandartes ondean al viento, luminosos y
abigarrados. Pero no hay un verdadero valor que anime a los guerreros a uno y
otro lado. Ninguno de los dos grupos se lanza al ataque cruzando el pequeño
arroyo, ambos se mantienen a la espera y se observan mutuamente. Los campesinos
fronterizos reunidos a toda prisa por Bothwell muestran poca inclinación a
dejarse matar por una causa de la que nada saben y nada entienden. Los lores a
su vez sienten una creciente incomodidad ante la perspectiva de cabalgar abiertamente,
lanza en ristre y espada desenvainada, contra la reina legítima. Dar carpetazo
a un rey por medio de una buena conspiración —luego se hace colgar a unos
pobres diablos y se declara solemnemente la inocencia de uno—, una de esas
prácticas en la oscuridad, nunca ha sido especialmente gravoso para la
conciencia de estos lores. Pero atacar a plena luz del día, con la visera
alzada, contra su monarca, es algo que contradice de forma en exceso penosa la
idea de feudalismo que sigue dominando el siglo con incólume poder.
Al embajador francés Du Croc, que se ha presentado
en el campo de batalla como observador neutral, no se le escapa la poco
belicosa disposición de las dos partes; a toda prisa, se ofrece como mediador.
Se despliega bandera de parlamento, y aprovechando la hermosa jomada de verano
los dos ejércitos acampan pacíficamente cada uno por su lado. Los jinetes
desmontan de los caballos, la infantería deja a un lado sus pesadas armas y
come, mientras Du Croc, acompañado de una pequeña escolta, cruza el arroyo y cabalga
hacia la colina donde está la reina.
Es una extraña audiencia. La reina, que normalmente
siempre ha recibido al embajador de Francia bajo el baldaquino, ataviada con
valiosas vestiduras, está sentada en una piedra, vestida con una abigarrada
falda campesina; el corto kilt ni siquiera le tapa las rodillas. Pero la
dignidad y el salvaje orgullo que habitan en ella no son menores que cuando
lleva ropas cortesanas. Excitada, pálida y falta de sueño, no puede controlar
su ira. Como si aún fuera dueña de la situación, dueña del país, exige que los
lores le presten obediencia de inmediato.
Primero absolvieron solemnemente a Bothwell, ahora
le acusan del crimen.
Primero ellos mismos se lo habían propuesto en
matrimonio, ahora declaran crimen esa boda. Sin duda María Estuardo tiene
motivos para estar indignada; pero la hora del derecho siempre ha pasado en
cuanto se han alzado las armas.
Mientras María Estuardo trata con Du Croc, Bothwell
se acerca. El embajador le saluda, pero no le tiende la mano. Entonces Bothwell
toma la palabra. Habla con claridad y sin reservas, ni una sombra de miedo
enturbia su mirada libre y audaz; contra su voluntad, Du Croc tiene que
reconocer la firme actitud de este desesperado. «Tengo que confesar —dice en su
informe— que vi en él a un gran guerrero que hablaba con conciencia de sí mismo
y sabía conducir a su gente con audacia, osadía y habilidad. No pude por menos
de admirarle, porque veía que sus adversarios estaban decididos y él apenas
podía contar con la mitad de su gente. Y aun así se mantenía impertérrito.»
Bothwell ofrece resolver todo el asunto por medio de un combate singular con
cada lord de igual rango. Su causa es tan justa que sin duda Dios estará con
él. En medio de esa desesperada situación, se mantiene incluso lo bastante
alegre como para proponer a Du Croc que vea el combate desde una colina, se
divertirá. Pero la reina no quiere ni oír hablar de un combate singular. Sigue
esperando que se sometan; como siempre, a esta romántica incurable le falla el
sentido de la realidad. Pronto Du Croc sabe que su paseo ha sido en vano; ese
anciano distinguido quisiera ayudar a la reina, a la que se le llenan los ojos
de lágrimas, pero mientras no se aparte de Bothwell no habrá salvación para
ella, y no quiere apartarse de él. Así que ¡adiós! Cortés, se inclina en una
reverencia y regresa lentamente junto a los lores.
La hora de las palabras ha pasado, debería empezar
la batalla. Pero los soldados son más inteligentes que sus caudillos. Ven que
los grandes señores negocian amistosamente. ¿Por qué van ellos, pobres diablos,
a matarse los unos a los otros en un día tan bello y caluroso? Remolonean de
forma llamativa, y en vano María Estuardo, que ve hundirse su última esperanza,
ordena el ataque. La gente ya no obedece. Poco a poco la horda reunida, que
lleva seis o siete horas esperando ociosa, se desmorona, y apenas lo observan
los lores hacen avanzar a doscientos jinetes para cortar la retirada a Bothwell
y la reina. Sólo ahora comprende la soberana lo que les amenaza. Y, como
verdadera enamorada, en vez de en ella misma sólo piensa en el amado, en
Bothwell. Sabe que ninguno de sus súbditos osará poner la mano sobre ella; pero
a él no le perdonarán, aunque sólo sea para evitar que diga algunas cosas que
no pueden serles bienvenidas a los tardíos vengadores de Darnley. Así que —por
primera vez en todos estos años— domina su orgullo. Envía a los lores un
mensajero con bandera de parlamento y pide al jefe de los jinetes, Kirkcaldy de
Grange, que se adelante solo.
El respeto a la sagrada orden de una reina aún
sigue siendo poder y magia.
Kirkcaldy de Grange ordena a sus jinetes detenerse
enseguida. Se adelanta solo hasta María Estuardo y, antes de tomar la palabra,
dobla la rodilla. Pone una última condición: que la reina abandone a Bothwell y
regrese con ellos a Edimburgo. Entonces dejarán a Bothwell irse donde quiera,
sin perseguirle.
Bothwell —¡espléndida escena, espléndido hombre!—
asiste mudo. No dice una sola palabra a Kirkcaldy, ni una sola palabra a la
reina, para no influir en su decisión. Se nota que estaría dispuesto a cabalgar
él solo contra los doscientos que, al pie de la colina, las manos en las
riendas, sólo esperan que Kirkcaldy levante la espada para arrollar la línea
enemiga. Sólo cuando oye que la reina acepta la propuesta de Kirkcaldy,
Bothwell se adelanta y la abraza… por última vez, pero ninguno de los dos lo
sabe. Luego salta a su caballo y se marcha de allí a galope tendido, acompañado
tan sólo por un par de criados. El obtuso sueño ha terminado. Ahora viene el
completo, el terrible despertar.
El despertar llega, terrible e implacable. Los
lores han prometido a María Estuardo devolverla con honores a Edimburgo, y
puede que ésa fuera su honesta intención. Pero apenas la humillada mujer se
acerca, con sus pobres ropas polvorientas, al séquito de mercenarios, el
escarnio se alza siseando con lengua de serpiente. Mientras el férreo puño de
Bothwell protegía a la reina, el odio del pueblo se había doblegado. Ahora que
ya nadie la protege, se alza descarado y carente de respeto. Una reina que ha
capitulado ya no es una soberana para los soldados rebeldes. Las filas se
aprietan cada vez más, primero curiosas, luego desafiantes, y por todas partes
suena: «¡Quemad a esa bruja! ¡Quemad a la parricida!». En vano Kirkcaldy golpea
con la espada de plano, no sirve de nada, cada vez se congregan más gentes
amargadas y la bandera con el retrato del esposo asesinado y el hijo que pide
venganza es llevada en triunfo ante la reina.
De seis de la tarde a diez de la noche, de Langside
a Edimburgo, dura este calvario. De todas las casas, de todas las poblaciones,
acude el pueblo a ver el espectáculo único de una reina prisionera, y a veces
la presión de la masa de curiosos se hace tan fuerte que las filas de soldados
se rompen y la marcha sólo puede seguir en fila india; jamás María Estuardo
vivió mayor humillación que en ese día.
Pero sólo se puede humillar a esa mujer orgullosa,
no es posible doblegarla.
Igual que una herida sólo empieza a quemar cuando
se ensucia, así María Estuardo sólo siente su derrota desde que la envenenan
con escarnio. Su sangre ardiente, la sangre de los Estuardo, la sangre de los
Guisa, hierve, y en vez de disimular, María Estuardo hace responsables a los
lores de los insultos del pueblo. Como una leona irritada, les dice que los
hará colgar y crucificar, y de pronto coge la mano de lord Lindsay, que cabalga
junto a ella, y le amenaza:
«Juro por esta mano que tendré tu cabeza». Como en
todos los momentos de peligro, su valor excitado crece hasta lo insensato.
Escupe abiertamente su odio y su desprecio a los lores aunque tienen su destino
en sus manos, en lugar de callar con inteligencia o adularlos cobardemente.
Quizá esa dureza vuelva a los lores aún más duros
de lo que al principio pretendían. Porque ahora que observan que nunca podrán
esperar perdón de ella hacen todo lo posible para que la indómita sienta
amargamente su indefensión.
En vez de llevar a la reina a su castillo de
Holyrood, que está fuera de los muros de la ciudad, la obligan —el camino pasa
ante Kirk o’Field, el lugar del crimen — a entrar en la ciudad por la calle
mayor, repleta de mirones. Allí, en la High Street, es expuesta en la casa del
preboste como en la picota. El acceso se mantiene rigurosamente vedado, no se
permite el paso ni a una de sus camareras y sirvientas. Comienza una noche de
desesperación. Hace días que no se ha cambiado de ropa, desde por la mañana no
ha probado bocado. Es inconmensurable lo que esta mujer ha vivido desde la
salida a la puesta del sol: ha perdido un reino y a su amado. Fuera, bajo su
ventana, se concentra como ante una jaula una sucia multitud a burlarse de la
indefensa, los insultos del excitado populacho le llegan como un estridente
granizo, y sólo ahora que los lores la creen humillada tratan de negociar. En
realidad, no piden mucho. Tan sólo exigen que María Estuardo se libre de
Bothwell definitivamente. Pero esta obstinada mujer lucha con más audacia por
una causa perdida que por una con posibilidades de éxito. Despreciativa,
rechaza la propuesta, e incluso uno de sus adversarios no puede por menos de
confesar después: «Jamás he visto una mujer más brava y osada que la reina durante
estas escenas».
Una vez que los lores no pueden obligar con
amenazas a la reina a abandonar a Bothwell, el más inteligente de entre ellos
lo intenta con astucia. Maitland, su viejo y normalmente incluso fiel
consejero, emplea métodos más refinados. Trata de excitar su orgullo, sus
celos, le informa —quizá sea mentira, quizá verdad, ¿quién sabe con un
diplomático?— de que Bothwell la ha engañado en su amor, e incluso durante la
semana de sus esponsales ha mantenido el tierno trato con su joven esposa
divorciada, incluso le ha jurado que la considera su única mujer legítima, y a
la reina tan sólo como concubina. Pero María Estuardo ha aprendido a no creer a
ninguno de estos embusteros. La noticia no hace más que aumentar su amargura, y
así Edimburgo asiste al espantoso espectáculo de que la reina de Escocia
aparezca de pronto tras de las rejas de las ventanas, con el vestido
desgarrado, el pecho desnudo y el cabello suelto como una loca, y grite entre
sollozos histéricos al pueblo, conmocionado en medio de su odio, que la libere,
que sus propios súbditos la tienen presa.
Poco a poco la situación se vuelve insostenible. A
los lores les gustaría encauzarla, pero sienten que han ido demasiado lejos
como para poder retroceder. Ya no es posible llevar a Holyrood como reina a
María Estuardo. En casa del preboste, en medio de la excitada multitud, tampoco
se la puede dejar sin asumir una terrible responsabilidad y desafiar la ira de
Isabel y todos los soberanos extranjeros. El único que tendría el valor, la
autoridad, para tomar una decisión, Moray, no está en el país; sin él, los
lores no se atreven a resolver nada.
Así que acuerdan empezar por llevar a la reina a un
lugar seguro, y se elige como el más seguro el castillo de Lochleven, porque
este castillo está en medio de un lago, cortado de toda comunicación con tierra
firme, y su señora es Marguerite Douglas, la madre de Moray, de la que cabe
esperar que no esté demasiado bien dispuesta hacia la hija de María de Guisa,
que hizo a su Jacobo V renegar de ella. Cuidadosamente, en la proclama de los
lores se evita la peligrosa palabra «prisión»; según se declara, el encierro
tan sólo pretende servir para que «la persona de Su Majestad quede apartada de
todo contacto con el llamado conde Bothwell, y no se entienda con personas que
quieren protegerle contra el justo castigo de su crimen». Es una medida a
medias, una medida provisional, engendrada por el miedo y nacida de la mala
conciencia: todavía la revuelta no se atreve a llamarse rebelión, todavía se
echa toda la culpa al fugitivo Bothwell y se oculta cobardemente bajo fórmulas
y frases hechas la secreta intención de echar para siempre del trono a María
Estuardo. Para engañar al pueblo, que ya espera el juicio y ejecución de la
“whore», María Estuardo es llevada a Holyrood en la noche del 17 de junio, con
una guardia de trescientos hombres. Pero apenas los ciudadanos se han ido a la
cama se forma una pequeña caravana para llevar a la reina a Lochleven, y la
solitaria y triste cabalgata dura hasta el amanecer. Por la mañana temprano,
María Estuardo ve ante sí el pequeño y reluciente lago y en medio el castillo,
fuertemente fortificado, solitario, inaccesible, que —¿quién sabe por cuánto
tiempo?— ha de custodiarla.
La llevan hasta él en un bote de remos, y las
puertas con herrajes se cierran con dureza. La apasionada y sombría balada de
Darnley y Bothwell toca a su fin; ahora empieza la sombría y melancólica
extinción de la música, la crónica de una eterna prisión.
La destitución
Verano de 1567
Desde ese punto de inflexión del destino, ese 17 de
junio en que los lores pusieron a su reina bajo llave en Lochleven, María
Estuardo nunca dejará de ser objeto de la inquietud de Europa. Porque en su
persona se ha anticipado un problema de nuevo cuño, ni más ni menos que
revolucionario, de imprevisibles repercusiones: ¿qué se hace con un monarca que
se pone en abrupta oposición a su pueblo y se demuestra indigno de la corona?
En este caso, es indiscutible que la culpa es de la soberana: con su apasionada
ligereza, María Estuardo ha creado una situación imposible, insostenible.
Contra la voluntad del pueblo, de la nobleza, del clero, ha elegido por esposo
a un hombre —y además un hombre casado— al que la opinión pública califica de
forma unánime de asesino del rey de Escocia. Ha despreciado la ley y la moral,
e incluso ahora se sigue negando a declarar no válido ese matrimonio insensato.
Hasta los amigos mejor intencionados están de acuerdo en que con ese asesino a
su lado no puede seguir siendo soberana de Escocia.
Pero ¿qué posibilidades existen de obligar a la
reina a abandonar a Bothwell o renunciar a la corona en favor de su hijo? La
respuesta es abrumadora: ninguna. Porque los manejos jurídico-políticos contra
un monarca son nulos en aquella época, aún no se permite a la voluntad del
pueblo objeción o reproche alguno contra su soberano, toda jurisdicción termina
ante los peldaños del trono.
La corona aún no se encuentra dentro del espacio
del derecho civil, sino fuera y por encima de ese derecho. Consagrada como los
sacerdotes, no puede ni transferir ni regalar su cargo. Nadie puede despojar de
su dignidad a un ungido, y desde la concepción absolutista del mundo es más
fácil quitarle la vida a un soberano que la corona. Se le puede asesinar, pero
no deponer, porque ejercer coacción sobre él significaría romper la estructura
jerárquica del cosmos. Con su matrimonio adulterino, María Estuardo ha puesto
al mundo ante esta decisión de nueva planta. En su destino no se decide sólo un
conflicto individual, sino un principio espiritual, un principio ideológico.
Por eso los lores, aunque por carácter más bien
intratables, buscan de manera tan febril una solución amistosa. Desde la
distancia que dan los siglos se siente todavía con claridad su incomodidad ante
el propio acto revolucionario de haber puesto bajo llave a su soberana, y de
hecho al principio se facilita el retomo a María Estuardo. Bastaría con que
declarase ilegal su matrimonio con Bothwell y confesara así su error. Entonces,
aunque sin duda muy debilitada en su popularidad y autoridad, podría regresar de
forma en alguna medida honorable, podría volver a vivir en Holyrood y elegir un
nuevo y más digno esposo. Pero María Estuardo sigue estando ciega. En su nube
de infalibilidad, sigue sin comprender que con la rápida sucesión de escándalos
de Chastelard, Rizzio, Darnley y Bothwell se ha hecho culpable de una
lamentable ligereza. No admite la menor concesión. Defiende al criminal
Bothwell contra su propio país, contra el mundo entero, y afirma que no puede
separarse de él, porque entonces el hijo que está esperando vendría al mundo
como bastardo. La romántica sigue viviendo en una nube, sigue sin querer
entender la realidad. Pero esa obstinación, que según se quiera puede llamarse
necia o grandiosa, provoca todos los actos de violencia que se cometen contra
ella, y por tanto una decisión que tendrá alcance incluso después de siglos: no
sólo ella, sino también su nieto, Carlos I, pagará con su sangre esa exigencia
de ilimitada arbitrariedad real.
Sea como fuere, al principio aún puede contar con
cierta ayuda, porque un conflicto visible desde tan lejos entre una princesa y
un pueblo no puede dejar indiferentes a los otros afectados, sus hermanos de
clase, los otros monarcas de Europa; sobre todo Isabel se pone, decidida, de
parte de su antigua adversaria. A menudo se ha considerado signo de la
volubilidad e insinceridad de Isabel el que de pronto se pusiera tan
incondicionalmente de parte de su rival, pero en realidad su conducta es
inequívoca, completamente clara y lógica. Porque si ahora apoya de forma
enérgica a María, con eso en modo alguno —hay que poner énfasis en esta
diferencia— toma partido por ella, partido por la mujer, partido por su
conducta oscura y más que sospechosa. Como reina, toma partido por la reina,
por la invisible idea de la intangibilidad del derecho real, y por tanto por su
propia causa. Isabel está muy poco segura de la lealtad de su propia nobleza
como para tolerar que en el país vecino se dé impunemente el ejemplo de unos súbditos
levantiscos que toman las armas contra una reina y la meten en prisión; en
abrupta oposición a su Cecil, que hubiera prestado protección a los lores
protestantes, está decidida a obligar a toda prisa a tomar a la obediencia a
los rebeldes contra la majestad real, porque con el destino de María Estuardo
está defendiendo su propia posición, y esta vez, excepcionalmente, se le puede
creer cuando dice que se siente conmovida hasta lo más hondo. Enseguida anuncia
a la reina derrocada su fraternal apoyo, pero no sin reprochar a la mujer su
culpa con enérgico rigor. Distingue claramente su postura privada de su actitud
como estadista: «Madame —escribe—, siempre se ha considerado un especial
principio de la amistad que la dicha crea amigos, y la desdicha en cambio los
pone a prueba; y como ahora tenemos ocasión de probar con hechos nuestra
amistad, hemos considerado correcto, tanto por nuestra posición como por la
vuestra, mostraros nuestra amistad en estas pocas palabras… Madame, os digo
abiertamente que nuestra preocupación no fue pequeña cuando en vuestra boda
demostrasteis tan poca contención, y tuvimos que constatar que no teníais un
solo amigo en el mundo que aprobase vuestra conducta; y mentiríamos si os
dijéramos o escribiésemos otra cosa. No podíais manchar más vuestro honor que
casándoos con tal prisa con un hombre que, aparte de otras cualidades de mala
reputación general, es acusado por la opinión pública de haber matado a vuestro
esposo y os hace por tanto sospechosa de complicidad, aunque esperamos y
confiamos en que esto no sea cierto. ¡Y entre qué peligros os habéis casado con
ese hombre, cuya mujer aún vive, de forma que no podéis ser su legítima esposa
conforme a ley divina ni humana, y tampoco vuestros hijos serán legítimos! Veis
pues con claridad lo que pensamos de este matrimonio, y lamentamos sinceramente
no poder formamos mejor opinión, por más fundadas que fueran las razones que
vuestro mensajero adujo para convencemos. Deseábamos que, después de la muerte
de vuestro esposo, vuestra primera preocupación fuera atrapar y castigar a sus
asesinos. Si esto hubiera ocurrido —y habría sido fácil, en asunto tan
público—, quizá muchas cosas de vuestro matrimonio habrían resultado más
llevaderas. Así pues, por amistad a vos y por los lazos naturales de la sangre
que hay entre nosotros y vuestro fallecido marido, sólo podemos decir que
haremos todo lo que esté en nuestro poder para castigar el crimen como
corresponde, sea cual sea aquel de vuestros súbditos que lo haya cometido y lo
cercano que esté a vos».
Son palabras claras, agudas y cortantes como un
cuchillo, palabras en las que no hay nada que interpretar ni sutilizar.
Muestran que Isabel, que sin duda conocía por sus espías y por las
comunicaciones privadas de Moray los acontecimientos de Kirk o’Field de forma
más fiable que, siglos después, los apasionados lavadores del honor de la
reina, estaba enteramente convencida de la complicidad de María Estuardo. Con
el dedo extendido, señala a Bothwell como asesino, y es muy significativo que
en esta carta diplomática sólo emplee la cortés expresión «esperamos» —y no,
por ejemplo, «estamos convencidos»— que María Estuardo no sea cómplice del
crimen. «Espero» es una palabra extremadamente tibia para semejante acción
criminal, y un oído fino desprende del tono que Isabel no quiere en modo alguno
respaldar la pureza inmaculada de María Estuardo, sino que tan sólo desea, por
solidaridad, que ponga fin al escándalo lo antes posible. Pero por más enérgico
que sea el rechazo personal de Isabel a la conducta de María Estuardo, con
tanta mayor terquedad protege su dignidad —sua res agitur— de soberana.
«Sin embargo —prosigue esta significativa carta—, para consolaros en vuestra
desgracia, de la que hemos oído hablar, os aseguramos que haremos todo lo que
esté en nuestro poder y consideremos adecuado para proteger vuestro honor y
seguridad.»
Y de hecho Isabel mantiene su palabra. Da orden a
su embajador de presentar una áspera protesta contra todas las medidas de los
sublevados contra María Estuardo; hace saber con claridad a los lores que, en
el caso de un acto de violencia, está dispuesta incluso a la guerra. En una
carta dura y cortante, rechaza el atrevimiento de querer juzgar a una reina
ungida. «¿Dónde se halla en la Sagrada Escritura un pasaje que permita a los
súbditos deponer a sus príncipes? ¿En qué monarquía cristiana hay una ley escrita
según la cual los súbditos toquen la persona de su príncipe, lo pongan en
prisión o puedan juzgarlo…? Condenamos tanto como los lores el asesinato de
nuestro primo, el rey, y la boda de nuestra hermana con Bothwell nos ha
disgustado más que a ninguno de ellos. Pero no podemos permitir ni tolerar la
ulterior actuación de los lores contra la reina de Escocia. Dado que conforme a
los mandatos de Dios ellos son los súbditos y ella la soberana, no pueden
obligarla a responder a su acusación, porque no corresponde a la Naturaleza que
la cabeza se someta a los pies.»
Por primera vez, aunque la mayoría de ellos están
desde hace años secretamente a sueldo suyo, Isabel topa con abierta resistencia
entre los lores.
Desde el asesinato de Rizzio, saben demasiado bien
lo que les espera si María Estuardo regresa al poder, porque hasta ahora
ninguna amenaza ni ninguna tentación han podido moverla a apartarse de
Bothwell, y las estridentes maldiciones que lanzó en el camino hacia Edimburgo,
con las que la humillada juraba venganza, siguen sonando en sus oídos
prometiendo desgracia. No han quitado de en medio primero a Rizzio, luego a
Darnley y después a Bothwell para volver a ser súbditos mansos e impotentes de
esta mujer imprevisible: para ellos, sería muchísimo más cómodo coronar rey al
hijo de María Estuardo, un niño de un año, porque un niño no puede dar órdenes,
y durante las dos décadas de su minoría de edad volverían a ser los
indiscutidos dueños del país.
Pero a pesar de todo los lores no tendrían el valor
de oponer resistencia abierta a su pagadora, Isabel, si el azar no pusiera en
sus manos un arma inesperada, un arma en verdad asesina contra María Estuardo.
Seis días después de la batalla de Carberry Hill, gracias a una vil traición,
les llega una noticia muy bienvenida. James Balfour, el compinche de Bothwell
en el asesinato de Darnley, que ahora que el viento ha cambiado se siente
incómodo, sólo ve una posibilidad de salvarse: por medio de una nueva trapacería.
Para asegurarse la amistad de los que tienen el poder, traiciona a su proscrito
amigo. En secreto, hace llegar a los lores la importante noticia de que el
fugitivo Bothwell ha enviado a Edimburgo a uno de sus criados con el encargo de
sacar del castillo sin llamar la atención una arqueta que contiene importantes
documentos. Enseguida el criado, llamado Dalgleish, es atrapado, sometido a
tortura, y en medio de su pánico el atormentado indica el escondite. Conforme a
sus indicaciones, se descubre escondida debajo de una cama una valiosa arqueta
de plata, que en su día Francisco II regaló a su esposa María Estuardo y que
ella a su vez le ha dado, como todo lo que poseía, al inconmensurablemente
amado, a Bothwell. En ese firme cofre, que se abre tan sólo con unas ingeniosas
llaves, Bothwell suele guardar desde entonces sus documentos privados,
probablemente la promesa de matrimonio, las cartas de la reina, pero también
toda clase de documentos que comprometen a los lores. Probablemente —nada más
comprensible— le resultase demasiado peligroso llevar consigo escritos de tal
importancia en la fuga hacia Borthwick y a la batalla. Así que había preferido
esconderlos en un lugar seguro en palacio, para hacer que en un momento dado se
los llevara un criado de confianza. Porque tanto el bond con los
lores como la promesa de matrimonio de la reina y sus cartas confidenciales
podrían servirle bien, en momentos difíciles, para la extorsión o la
justificación: con tales confesiones escritas tenía por una parte a la reina en
sus manos, si mostrara la voluble inclinación a librarse de él, y por otra a
los lores, si quisieran acusarle del crimen. Por eso, apenas a salvo, lo más
importante para el proscrito tenía que ser volver a apoderarse de esas
evidentes pruebas de convicción. Ésa es la razón de que precisamente en este
momento tan insospechada presa sea una suerte sin parangón para los lores:
ahora pueden eliminar sin que nadie lo impida todos los escritos que les
implican, por una parte, y emplear sin reparos contra la reina todo lo que la
inculpa, por otra.
Durante una noche, el jefe de la banda, el conde de
Morton, guarda en su poder la arqueta cerrada; al día siguiente se convoca a
los otros lores, entre otros también —el hecho es importante— católicos y
amigos de María Estuardo, y en su presencia se fuerza la arqueta. Contiene las
famosas cartas y los sonetos de puño y letra de la reina. Y, sin volver a
discutir la cuestión de si los textos impresos coinciden por entero con los
originales, enseguida se aprecia que el contenido de esas cartas tiene que ser
seriamente inculpatorio para María Estuardo. Porque desde ese momento la
actitud de los lores es distinta: más osada, más segura, más rígida. En el
primer júbilo, lanzan la noticia a los cuatro vientos; ese mismo día, antes de
haber tenido tiempo de copiar los documentos—y no digamos de falsificarlos—,
envían un mensajero a Moray, a Francia, para comunicarle verbalmente el
contenido aproximado de la principal carta inculpatoria. Informan al embajador
francés, interrogan bajo tortura al criado prisionero de Bothwell y levantan
acta: una actitud tan segura de la victoria, tan decidida, sería inimaginable
si los papeles no hubieran probado de forma convincente desde el punto de vista
procesal la peligrosa implicación de María Estuardo y Bothwell. De golpe, la situación
se ha ensombrecido peligrosamente para la reina.
Porque el descubrimiento de esas cartas en ese
instante crítico significa un enorme refuerzo para la posición de los rebeldes.
Les da por fin la motivación moral largamente anhelada para su insubordinación.
Hasta ahora se habían limitado a calificar a Bothwell de culpable del asesinato
del rey, pero al mismo tiempo se habían guardado muy mucho de perseguir
seriamente al fugitivo, por temor a que pudiera echarles en cara su propia
complicidad. Contra la reina en cambio no habían podido hasta ahora alegar otra
cosa que haberse casado con ese asesino. Pero ahora, gracias a esas cartas,
«descubren» de golpe, inocentes e ingenuos, que la reina era cómplice, y con
sus imprudentes confesiones escritas estos cínicos y expertos extorsionadores
disponen de un poderoso medio para doblegar la voluntad de la reina. Ahora
tienen por fin en sus manos la palanca que puede obligarla a ceder
«voluntariamente» la corona a su hijo o, si se niega, acusarla públicamente de
adulterio y colaboración en el crimen.
Acusarla y no acusarla. Porque los lores saben muy
bien que Isabel nunca les concedería jurisdicción sobre su reina. Así que se
mantienen cautelosos en segundo plano y prefieren que terceros instrumenten la
exigencia de un proceso público. De esa tarea de excitar a la opinión pública
contra María Estuardo se encarga gustoso por ellos, con sincera y dura alegría
y odio, John Knox. Tras el asesinato de Rizzio, el fanático agitador se había
ido, prudente, del país. Pero ahora que todas sus sombrías profecías sobre la
«sangrienta Jezabel» y la desgracia que su frivolidad causaría se han cumplido
y superado de forma asombrosa, regresa a Edimburgo revestido con el manto del
profeta. Ahora se plantea desde el púlpito, en voz alta y clara, la exigencia
de un proceso contra la pecaminosa papista, el sacerdote bíblico exige que se
juzgue a la reina adúltera.
De domingo a domingo, los predicadores reformados
adoptan tonos cada vez más ásperos. Igual de imperdonable, gritan desde los
púlpitos a la entusiasmada multitud, es el adulterio y el crimen cometido por
una reina que por la mujer más insignificante del país. Exigen con claridad la
ejecución de María Estuardo, y esa constante provocación no carece de efecto.
Pronto el odio desciende de la iglesia a la calle. Excitado por la idea de ver
conducida al patíbulo, en las ropas de un pobre pecador, a una mujer a la que
ha mirado con miedo durante tanto tiempo, el populacho, al que hasta ahora en
Escocia nunca se había dado voz ni voto, exige un proceso público, y con
especial celo braman las mujeres contra la reina.
“The women were most furious and impudent against
her, yet the men were bad enough». Porque cada pobre mujer de Escocia sabe
que su destino habría sido la picota y la hoguera si se hubiera entregado a un
placer adúltero con la misma audacia… ¿es que va esta mujer, por ser reina, a
fornicar y asesinar y escapar impune del fuego? Cada vez más furioso ruge el
grito «¡Quemad a la puta!»
—”Burn the whore!»— por todo el país. Y, lleno de
sincero temor, el embajador inglés informa a Londres: «Es de temer que esta
tragedia termine en la persona de la reina como empezó con David el italiano y
el esposo de la reina».
Los lores no querían nada más. Ya se ha emplazado
la artillería pesada para aplastar cualquier resistencia de María Estuardo a
una abdicación «voluntaria».
Ya se han preparado los expedientes para cumplir la
exigencia de John Knox de que se acuse a la reina, y se va a acusar a María
Estuardo de «violación de las leyes» y —se elige una palabra cautelosa—
«conducta inapropiada con Bothwell y otros» («incontinence with Bothwell and
others»). Si la reina se sigue negando a abdicar, se podrán leer en la sala del
tribunal las cartas encontradas en la arqueta, y revelar su vergüenza. Con
esto, la rebelión quedaría suficientemente justificada ante el mundo. Isabel y
los otros monarcas no podrían presentarse como defensores de una cómplice de un
crimen y concubina convicta de su propio puño y letra.
Armados con esta amenaza de un tribunal público, el
25 de julio Melville y Lindsay viajan a Lochleven. Llevan tres pergaminos que
María Estuardo debe firmar si quiere salvarse del oprobio de una acusación
pública. En el primero, María Estuardo tiene que declarar que está cansada de
gobernar y «contenta» de deponer la carga de la corona, que no tiene ni fuerzas
ni deseo de llevar por más tiempo. El segundo documento contiene el
consentimiento a la coronación de su hijo, en el tercero acepta ceder la regencia
a su hermanastro Moray u otro regente.
Lleva la palabra Melville, aquel de los lores
humanamente más próximo a ella. Antes, ya ha venido dos veces para solucionar
el conflicto de manera amistosa y convencerla de que renuncie a Bothwell; las
dos veces lo ha rechazado porque, de lo contrario, el niño que de Bothwell
lleva en su seno vendría al mundo como bastardo. Pero ahora, después de
encontradas las cartas, la situación se agrava. Primero la reina opone
resistencia del modo más apasionado. Rompe a llorar, jura que prefiere
renunciar a la vida que a la corona, y su destino hará realidad el juramento.
Pero, sin reservas y con los más vivos colores, Melville pinta lo que le
espera: la lectura pública de las cartas, la declaración del criado preso de
Bothwell, el tribunal, con interrogatorio y condena. Con un escalofrío, María
Estuardo se percata de su imprudencia y de la suciedad y la vergüenza en que ha
caído. Poco a poco, el miedo a la humillación pública quiebra sus fuerzas. Tras
largos titubeos, tras furiosos estallidos de ira, de indignación, de
desesperación, cede al fin y firma los tres documentos.
El acuerdo ha quedado concluido. Pero, como siempre
ocurre con los bonds escoceses, ninguna de las partes piensa
seriamente atenerse al juramento y la palabra dadas. Los lores no van a dejar
de leer ante el Parlamento las cartas de María Estuardo y de gritar al mundo su
culpa, para hacerle imposible echarse atrás. Por su parte, María Estuardo
tampoco se considera destronada por haber puesto un trazo de tinta en un muerto
pergamino. Todo lo que da realidad y esencia a este mundo, honor, fidelidad,
juramentos, ha sido siempre nulo para ella frente a la interior verdad de su
derecho real, que considera tan indisoluble de su vida como la sangre caliente
que fluye por sus venas.
Pocos días después es coronado el pequeño rey: el
pueblo tiene que conformarse con un espectáculo menor de lo que hubiera sido un
alegre auto de fe en la plaza pública. La ceremonia tiene lugar en Stirling;
lord Atholl lleva la corona; Morton, el cetro; Glencairn, la espada, y Mar, en
sus brazos, al niño que desde esa hora será llamado Jacobo VI de Escocia. Y el
hecho de que John Knox se encargue de bendecirlo debe testimoniar ante el mundo
que ese niño, ese recién coronado rey, ha sido arrancado por todos los tiempos
a las trampas de la herejía romana. Delante de las puertas lo celebra el
pueblo, las campanas resuenan festivas, se encienden hogueras por todo el país.
Por el momento — siempre es sólo por un momento— vuelve a reinar la paz y la
alegría en Escocia.
Ahora que los otros han hecho todo el trabajo burdo
y sucio, Moray, el hombre del juego fino, puede regresar como triunfador. Una
vez más, su pérfida política de mantenerse en segundo plano cuando hay que
tomar decisiones peligrosas ha demostrado su eficacia. Estuvo ausente durante
el asesinato de Rizzio, durante el de Darnley, no ha participado en la
sublevación contra su hermana: ninguna mancha ensucia su lealtad, ninguna
sangre sus manos. El tiempo lo ha hecho todo por este hombre inteligentemente
ausente. Como sabe esperar y calcular, todo aquello a lo que aspiraba se le
otorga del modo más honroso y sin esfuerzo. Unánimemente, los lores le ofrecen
la regencia como al más inteligente de entre ellos.
Pero Moray, nacido para gobernar porque sabe
dominarse, en modo alguno la aferra ansioso. Es demasiado inteligente como para
dejar que hombres sobre los que después quiere gobernar le entreguen semejante
dignidad como si fuera un don. Además, quiere evitar la impresión de que él, el
hermano amante y sumiso, reclama un derecho que ha sido arrebatado por la
fuerza a su hermana.
Es ella —golpe psicológico maestro— la que debe
imponerle esa regencia: quiere que las dos partes le nombren y le nieguen, los
lores rebeldes y la reina destronada.
La escena de su visita a Lochleven es digna de un
gran dramaturgo.
Impulsiva, apenas lo ve la desdichada mujer se
arroja sollozando en brazos de su hermano. Ahora espera por fin encontrarlo
todo: consuelo, apoyo, amistad y, sobre todo, el consejo sincero del que por
tanto tiempo ha carecido. Pero Moray mira su excitación con fingida gelidez. La
lleva a su habitación, le reprocha con duras palabras lo que ha hecho, no le da
indulgencia ni esperanza ni con una sola de sus palabras. Completamente
trastornada por su cortante frialdad, la reina rompe a llorar y trata de disculparse,
de explicarse. Pero Moray, el acusador, calla, calla y calla con sombría
frente; quiere mantener vivo el miedo en la desesperada mujer, como si su
silencio ocultara un mensaje aún peor.
Durante toda la noche, Moray deja a su hermana en
el purgatorio de ese miedo; el terrible veneno de la inseguridad que le ha
administrado debe arder hasta el fondo de ella. Esa mujer, embarazada,
ignorante de los acontecimientos del mundo exterior —se ha negado el derecho de
visita a los embajadores extranjeros—, no sabe lo que le espera, si la
acusación o el tribunal, el oprobio o la muerte. Pasa la noche en vela, y a la
mañana siguiente su resistencia está completamente quebrada. Entonces Moray
empieza poco a poco a administrarle suavidad. Indica, cauteloso, que en caso de
que no haga ningún intento de huir o entenderse con potencias extranjeras, y
sobre todo si no sigue aferrándose a Bothwell, quizá —quizá—, lo dice con tono
inseguro, aún se podría intentar salvar su honor ante el mundo. Ya este tímido
brillo de esperanza anima a esta mujer apasionada y desesperada. Se arroja en
los brazos de su hermano, le ruega, le implora que asuma la regencia. Sólo
entonces su hijo estará seguro, el reino bien administrado y ella misma fuera
de peligro. Ruega y mega, y Moray se hace rogar largo tiempo y delante de
testigos antes de aceptar por fin, generoso, lo que ha venido a buscar de su
mano. Ahora puede marcharse satisfecho, María Estuardo se queda consolada, porque
ahora que sabe el poder en manos de su hermano puede esperar que aquellas
cartas se mantengan secretas y por tanto su honor quede a salvo ante el mundo.
Pero no hay compasión para los indefensos. En
cuanto Moray tiene el poder en sus duras manos, lo primero que hace es impedir
para siempre el retomo de su hermana: como regente, tiene que liquidar
moralmente a la incómoda pretendiente. Ya no cabe hablar de libertad de la
prisión, al contrario, se hace todo lo necesario para mantener permanentemente
presa a María Estuardo.
Aunque ha prometido tanto a Isabel como a su
hermana proteger su honor, tolera que él 15 de diciembre, en el Parlamento
escocés, las cartas comprometedoras y los sonetos de María a Bothwell sean
sacadas de la arqueta de plata, leídas en voz alta, cotejadas y reconocidas
unánimemente como de puño y letra de la reina. Cuatro obispos, catorce abades,
doce condes, quince lores y más de treinta miembros de la pequeña nobleza,
entre ellos varios amigos cercanos de la reina, corroboran con su honor y su
juramento la autenticidad de las cartas y sonetos; ni una sola voz, ni siquiera
de sus amigos —importante hecho—, plantea la más mínima duda, y con ello la
escena se convierte en tribunal: invisible, la reina es sometida a juicio por
sus súbditos. Todo lo ilegal que ha ocurrido en los últimos meses, la
sublevación, el apresamiento, se convierte en legal después de la lectura de
las cartas, se declara expresamente que la reina merece su destino, porque ha
tenido «arte y parte» en el asesinato de su legítimo esposo, y esto «queda
demostrado por las cartas que escribió de su puño y letra, antes y después de
la ejecución del hecho, a Bothwell, el principal autor de ese crimen, así como
por ese indigno matrimonio inmediatamente después del crimen». Para que el
mundo entero tenga noticia de la culpa de María Estuardo y todos sepan que los
leales y honrados lores sólo se han convertido en rebeldes por pura indignación
moral, se envían copias de las cartas a todas las cortes extranjeras; con eso,
María Estuardo ha quedado marcada públicamente con un sello de infamia. Y con
esa roja marca en la frente, es lo que esperan Moray y los lores, nunca más se
atreverá a reclamar la corona para su culpable cabeza.
Pero María Estuardo está demasiado amurallada en su
real seguridad en sí misma como para que el insulto o la vergüenza puedan
humillarla. Ninguna marca, siente, puede deformar una frente que ha ceñido la
corona y que está ungida con el santo óleo de la vocación. Ninguna sentencia y
ninguna orden le harán inclinar la cabeza; cuanto mayor sea la violencia con la
que se le quiera imponer un destino pequeño y carente de derechos, tanto mayor
será la decisión con la que se resista. Semejante voluntad no se puede encerrar
a la larga; rompe todos los muros, desborda todos los diques. Y si se la
encadena, sacudirá impetuosa las cadenas, haciendo temblar los muros y los
corazones.
Adiós a la libertad
Verano de 1567 a verano de 1568
Sólo Shakespeare habría podido representar las
oscuras y trágicas escenas de la tragedia de Bothwell; la romántica y
conmovedora del epílogo en el castillo de Lochleven la ha compuesto otro
inferior, Walter Scott. Y, sin embargo, para quien la haya leído de niño
seguirá siendo interiormente más cierta que la verdad histórica, porque en
algunos casos raros y agraciados la hermosa leyenda triunfa sobre la realidad.
¡Cuánto hemos amado, cuando éramos jóvenes y apasionados, estas escenas, cómo
las hemos acuñado, plásticas, en nuestro ánimo, cómo han llenado de compasión
nuestra alma! Porque todos los elementos de ese estremecimiento romántico
estaban por así decirlo ya preparados en especie; ahí están los feroces
guardianes que vigilan a la inocente princesa, los calumniadores que manchan su
honor, ahí está ella misma, joven, bondadosa y bella, transformando por arte de
magia en suavidad el rigor de sus enemigos, embriagando los corazones de los
hombres para que le presten caballeresca ayuda. Y romántico, igual que el
motivo, es también el escenario: un castillo sombrío en medio de un apacible
lago. Desde su azotea, la princesa puede bajar la mirada velada hacia su
hermoso paisaje escocés, con sus bosques y montañas, su encanto y su
apacibilidad, y en alguna parte se agita a lo lejos el mar del Norte. Toda la
fuerza poética que alberga el corazón del pueblo escocés podría reunirse
cristalino en tomo a este romántico instante del destino de su amada reina, y,
una vez creada, semejante leyenda penetra profunda e indisolublemente en la
sangre de una nación. Cada generación la cuenta y certifica, echa año tras año
nuevas hojas, igual que un árbol inmarcesible, y al lado de esa verdad superior
yacen pobres y despreciados los documentos de papel de los hechos, porque lo
que una vez se creó con belleza conserva sus derechos por su belleza.
Y más adelante, cuando uno se ha vuelto más maduro
y más desconfiado e intenta encontrar la verdad que hay detrás de esa leyenda
conmovedora, resulta sobria hasta lo blasfemo, como si se escribiera el
contenido de un poema en prosa fría y seca.
Sin embargo, el peligro de toda leyenda es que
silencia lo verdaderamente trágico a favor de lo meramente conmovedor. Así,
también la romántica balada de la prisión de María Estuardo en Lochleven
reprime su verdadera angustia, la más íntima, la más humana. Walter Scott
olvidó obstinadamente contar que esta romántica princesa estaba entonces
embarazada del asesino de su esposo, y que ésta fue en verdad su más terrible
angustia durante aquellos terribles meses de humillación. Porque cuando el niño
que lleva en su seno venga al mundo antes de tiempo, como es de esperar, se
podrá contar sin compasión en el inequívoco calendario de la Naturaleza cuándo
se entregó físicamente a Bothwell. El día y la hora no se sabe, pero fue en
cualquier caso en un tiempo ilegítimo para la moral, en que el amor o bien era
adulterio o falta de control, quizá durante el luto del fallecido esposo, en
Seton y en sus extraños viajes de castillo en castillo, quizá y probablemente
antes, todavía en vida de su esposo… oprobioso lo uno y oprobioso lo otro. Y
sólo se comprende toda la angustia de esta mujer desesperada cuando se recuerda
que el nacimiento del hijo de Bothwell hubiera descubierto al mundo entero, con
la claridad de un calendario, el comienzo de su criminal pasión.
Pero el velo de ese secreto nunca se levantó. No
sabemos hasta qué punto había avanzado el embarazo de María Estuardo cuando la
llevaron a Lochleven, ni cuando se alivió el miedo de su conciencia, ni si el
niño nació vivo o muerto, no sabemos nada con claridad, no sabemos cuántas
semanas o meses contaba este fruto del amor adúltero cuando fue eliminado. Todo
aquí es oscuridad y sospecha, porque un testimonio contradice al otro, y sólo
es cierto que María Estuardo tenía que tener un buen motivo para oscurecer las
fechas de aquella maternidad. En ninguna carta, ni con una palabra —ya esto es
sospechoso— se vuelve a hacer mención de este hijo de Bothwell. Según el
informe elaborado por el secretario de María Estuardo, Nau, cuya redacción ella
supervisó personalmente, trajo al mundo antes de tiempo gemelos incapaces para
la vida…antes de tiempo, y se podría añadir la conjetura de que antes de tiempo
de forma no del todo casual, porque se llevó con ella a su prisión precisamente
a su farmacéutico. Según otra versión igualmente carente de garantías, la
criatura, una niña, habría llegado viva al mundo, habría sido llevada en
secreto a Francia y habría muerto allí en un convento de monjas, ignorante de
su real ascendencia.
Pero de nada sirve ante este territorio insondable
murmurar ni adivinar, en este punto los hechos se mantienen en la sombra para
toda la eternidad. La llave de este último secreto suyo se ha hundido en las
profundidades del estanque de Lochleven.
Sin embargo, el hecho mismo de que sus guardianes
ayudaran a ocultar el secreto del nacimiento o nacimiento prematuro de aquel
bastardo en el castillo de Lochleven, un secreto tan peligroso para el honor de
María Estuardo, demuestra que no eran los malvados carceleros que la leyenda
romántica ha dibujado en negro. Lady Douglas de Lochleven, a la que se confió a
María Estuardo, había sido hacía más de treinta años la amante de su padre y
había dado seis hijos a Jacobo V —entre ellos, el mayor, el conde de Moray—
antes de casarse con el conde Douglas de Lochleven, al que dio a su vez siete
hijos. Una mujer que había pasado ya en trece ocasiones por las penalidades del
parto, que había padecido ella misma la angustia de no ver reconocidos a sus
primeros hijos, estaba en condiciones de entender mejor que cualquier otra la
preocupación de María Estuardo. Toda la dureza que se le atribuye podría ser
fábula e invención, y puede sospecharse que trató a la prisionera
exclusivamente como a un huésped honroso. María Estuardo habita toda un ala de
estancias, tiene consigo a su cocinero, su farmacéutico, cuatro o cinco mujeres
a su servicio, su libertad de movimientos dentro del castillo no está limitada
en modo alguno e incluso parece ser que se le permite salir de caza. Si
intentamos ver de manera justa, liberándonos de toda la emotividad romántica,
hay que calificar de indulgente el trato que se le da. Porque al fin y al cabo
—el romanticismo hace que lo olvidemos— esta mujer se ha hecho culpable al
menos de grave negligencia al casarse tres meses después del asesinato de su
esposo con el asesino de éste, y un tribunal moderno podría absolverla de
complicidad, en el mejor de los casos, gracias a la circunstancia atenuante de
enajenación mental o sujeción a la voluntad de otro. Así que si por un tiempo
se impuso el descanso a esta mujer, cuya escandalosa conducta había llevado la
intranquilidad a su país y había indignado a toda Europa, se le hacía un bien
no sólo a su país, sino a ella misma. Porque en estas semanas de encierro la
alterada mujer tiene al fin ocasión de calmar sus nervios sobreexcitados, de
recobrar la fortaleza interior, la voluntad perturbada por Bothwell; en
realidad, esa prisión de Lochleven ha protegido durante unos meses a esta mujer
demasiado audaz del peor de los peligros: de su propia impaciencia e inquietud.
Hay que calificar a esta prisión romántica de suave
castigo por tantas necedades, sobre todo si se lo compara con el de su cómplice
y amante. Porque ¡de qué distinto modo se ceba el destino en Bothwell! A pesar
de la promesa dada, el proscrito es perseguido por mar y tierra por la jauría,
se ofrecen mil coronas escocesas por su cabeza, y Bothwell sabe que hasta el
mejor de sus amigos de Escocia le traicionaría y vendería por ellas. Pero no es
fácil atrapar a este hombre audaz: primero intenta reunir a sus borderers para
una última resistencia, luego huye a las islas de Orkney para desatar desde
allí la guerra contra los lores. Pero Moray le persigue con cuatro barcos hasta
las islas, y sólo a duras penas el perseguido escapa a mar abierto en un barco que
es una lamentable cáscara de nuez. Allí, le alcanza una tempestad. Con las
velas destrozadas, esa barcaza pensada tan sólo para la navegación de cabotaje
deriva hacia Noruega, donde finalmente es capturada por un barco de guerra
danés.
Bothwell trata de disfrazarse para escapar a la
extradición. Toma prestado un traje de marino a la tripulación, prefiere pasar
por pirata antes que por el buscado rey de Escocia. Pero al fin es reconocido,
llevado de un sitio a otro, puesto en libertad por un tiempo en Dinamarca, y ya
parece felizmente salvado. Entonces, una insospechada Némesis alcanza al
ardoroso raptor de mujeres; su situación empeora cuando una mujer danesa a la
que, en su momento, sedujo bajo promesa de matrimonio, presenta una demanda
contra él. Entretanto también se han sabido detalles en Copenhague respecto a
la clase de crimen de que se le acusa, y desde ese momento el hacha pende
siempre sobre su cabeza. Los correos diplomáticos van de un lado a otro, Moray
exige su extradición, y aún lo hace más tempestuosamente Isabel, para tener un
testigo de cargo contra María Estuardo. Sin embargo, en secreto los parientes
franceses de María Estuardo se encargan de que el rey de Dinamarca no extradite
a ese peligroso testigo. La prisión que se le aplica es cada vez más severa, y
sin embargo la cárcel es su única protección contra la venganza. Todos los
días, este hombre que en la batalla se hubiera enfrentado, audaz y temerario, a
cien enemigos, teme ser cargado de cadenas y ejecutado por regicida entre todos
los tormentos imaginables. Cambia sin cesar de cárcel, encerrado en lugares
cada vez más angostos, mantenido de forma cada vez más severa tras de rejas y
muros como un animal peligroso; pronto sabe que sólo la muerte lo liberará. En
terrible soledad e inacción, este hombre fuerte y pletórico, el terror de sus
enemigos, el favorito de las mujeres, pasa semanas y semanas, meses y meses,
años y años, y este gigantesco trozo de vida se pudre y perece en carne mortal.
Para este hombre indomable, que sólo se siente pleno en la desmesura de la
fuerza, en la libertad ilimitada, que ha corrido por los campos para cazar,
cabalgado al combate con sus leales, tomado a las mujeres en todos los países y
disfrutado de los bienes del espíritu, esta espantosa e inactiva soledad entre
frías, mudas y oscuras paredes, esta vaciedad del tiempo que asfixia su
plenitud vital es peor que la tortura, peor que la muerte. Los informes cuentan
—y cabe calificarlos de creíbles— que se lanzaba furioso contra los barrotes de
hierro, y pereció miserablemente hundido en la locura. De todos los muchos que
sufrieron el martirio y la muerte por María Estuardo, este hombre, aquel al que
más amó, fue el que pagó un precio más terrible y durante más tiempo.
¿Sigue María Estuardo pensando en Bothwell? ¿Actúa
incluso desde lejos el hechizo de la sumisión, o se disuelve lenta y
silenciosamente el ardiente anillo?
No se sabe. También esto se ha mantenido en
secreto, como muchas cosas en su vida. Tan sólo una cosa se ve con sorpresa:
apenas recuperada del parto, apenas liberada de su carga materna, María vuelve
a ejercer su viejo hechizo como mujer, una vez más la inquietud emana de ella.
Una vez más, por tercera vez, atrae a un hombre joven al círculo de su destino.
Hay que repetirlo y lamentarlo una vez más: las
imágenes de María Estuardo que nos han llegado, obra en su mayoría de pintores
mediocres, no nos permiten apreciar su verdadero ser. Siempre nos muestran,
frío y plano, un rostro encantador, tranquilo, amable y tierno, pero no
permiten intuir nada del encanto sensual que esta extraña mujer tiene que haber
tenido. Algún especial poder femenino tiene que haber irradiado de ella, porque
en todas partes gana amigos, incluso en medio de sus enemigos. Mientras es novia
y mientras es viuda, en cualquier trono y en cualquier prisión, sabe crear a su
alrededor un aura de simpatía y volver el ambiente cómodo y agradable. Apenas
llega a Lochleven cuando ya el joven lord Ruthven, uno de sus guardianes, se
vuelve de tal modo sumiso a ella que los lores se ven obligados a apartarlo de
allí. Y apenas abandona el castillo cuando ella ya ha hechizado a otro, el
joven lord Georges Douglas de Lochleven. A las pocas semanas, el hijo de su
guardiana ya está dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, y de hecho será su
más fiel y entregado auxiliar a la hora de la fuga.
¿Fue tan sólo auxiliar? ¿No fue más el joven
Douglas en esos meses de prisión? ¿Se mantuvo esa inclinación de verdad del
todo caballeresca y platónica? Ignorabimus. En cualquier caso, María
Estuardo aprovecha del modo más práctico la pasión del joven y no ahorra
engaños y argucias. Aparte de su encanto personal, la reina sigue teniendo otro
atractivo: la tentación de ganar con su mano también el poder ejerce una
magnética atracción sobre todo el que sale a su encuentro. Parece ser que María
Estuardo —aquí sólo se pueden arriesgar conjeturas, no afirmaciones— fingió
ante la halagada madre del joven Douglas la posibilidad de un matrimonio para
que fuera más transigente con ella, porque poco a poco la vigilancia se va
relajando, y María Estuardo puede al fin poner manos a la obra que ocupa todos
sus pensamientos: su liberación.
El primer intento (el 25 de marzo) fracasa, aunque
estaba planeado con habilidad. Cada semana, una lavandera cruza el lago con
otras criadas en un bote y regresa. Douglas la convence, y se declara dispuesta
a intercambiar sus ropas con las de la reina. Con los toscos vestidos de la
criada y protegida por un grueso velo, María Estuardo logra atravesar las
vigiladas puertas del castillo. La llevan al otro lado del lago, a esa otra
orilla en la que Georges Douglas debe estar esperándola con caballos. Entonces,
a uno de los remeros se le ocurre coquetear con la chica delgada cubierta por
un velo. Trata de ver si es guapa, de levantarle el velo. María Estuardo le
contiene con fuerza, irritada, con sus manos esbeltas, delicadas, blancas,
finas. Pero precisamente la delicadeza, la finura, el cuidado de los dedos,
inadecuado en una lavandera, la traiciona. Enseguida los hombres del bote dan
la alarma, y aunque la reina les ordena furiosa llevarla a la otra orilla, la
conducen de vuelta a su prisión.
El incidente es comunicado de inmediato, y se
refuerza la guardia. Georges Douglas ya no puede entrar en el castillo. Pero
eso no le impide mantenerse en las cercanías y en contacto con la reina; como
fiel mensajero, transmite noticias a sus adeptos. Porque, aunque proscrita y
rechazada como asesina, después de un año de gobierno de Moray la reina vuelve
a tener adeptos. Algunos de los lores, los Huntly y Seton sobre todo, se han
mantenido fieles a toda costa a la reina, en parte por odio contra Moray. Es curioso
que María Estuardo encuentre sus mejores seguidores precisamente entre los
Hamilton, que hasta entonces habían sido sus más enconados adversarios. Sin
duda existe una antiquísima enemistad entre los Hamilton y los Estuardo. Los
Hamilton, como linaje más poderoso después de los Estuardo, siempre han
envidiado la corona escocesa y han aspirado a ella para su clan; ahora, de
repente, atisban la posibilidad de convertir a uno de los suyos en soberano de
Escocia mediante un matrimonio con María Estuardo. Y enseguida —la política
nada tiene que ver con la moral— se pasan al lado de la mujer cuya ejecución
como asesina reclamaban hace sólo unos meses. Es difícil suponer que María
Estuardo se tomara en serio (¿ha quedado ya olvidado Bothwell?) la idea de casarse
con un Hamilton. Probablemente sólo ha dado su consentimiento por cálculo, para
quedar en libertad. Georges Douglas, al que se ha prometido con la otra mano
—audaz doble juego de una mujer desesperada—, sirve de mensajero en este asunto
e inicia la acción decisiva. El 2 de mayo, todo está a punto; y siempre que se
trataba de mostrar valor en vez de inteligencia, María Estuardo jamás falló.
La fuga es tan romántica como corresponde a una
reina romántica: María Estuardo o Georges Douglas han conseguido, entre los
habitantes del castillo, la ayuda de un muchacho, William Douglas, que sirve
allí como paje, y ese muchacho ágil y despierto hace su tarea con habilidad. El
severo reglamento de la casa exige que durante las cenas en común en el
castillo de Lochleven, como medida de seguridad, todas las llaves de las
puertas de salida se dejen en la mesa junto al gobernador del castillo, que se
las lleva por la noche para meterlas debajo de la almohada. Pero incluso
durante las comidas quiere tenerlas visibles y a mano: así que también esta vez
están ante él, pesadas y metálicas, encima de la mesa. Mientras se sirven los
platos, el ingenioso muchacho tira una servilleta sobre las llaves del
gobernador, y mientras los comensales, después de haber tomado vino en
abundancia, siguen charlando despreocupados, él al recoger se lleva las llaves
junto con la servilleta. Todo se hace con la prisa prevista; María Estuardo se
disfraza con las ropas de una de sus criadas, el muchacho la precede, abre las
puertas por dentro y las cierra por fuera tan cuidadosamente que nadie podrá
seguirlos con rapidez; él mismo tira las llaves al lago. Antes, ha atado entre
sí todos los botes disponibles, y los saca al lago con el suyo; con eso, la
persecución se vuelve imposible. Ahora sólo tiene que llevar la canoa a la otra
orilla, en la cálida noche de mayo, y allí están esperando Georges Douglas y
lord Seton con cincuenta jinetes. La reina, sin titubear, salta al caballo y
galopa toda la noche hasta el castillo de los Hamilton. Con la libertad, ha
vuelto a despertar en ella la antigua osadía.
Ésta es la famosa balada de la fuga de María
Estuardo del castillo rodeado por las aguas, gracias a la entrega de un joven
ardiente y al sacrificio de un chiquillo; uno puede leerla, con todo su
romanticismo, en algunos pasajes de Walter Scott. Los cronistas piensan algo
más fríamente al respecto. Creen que la severa vigilante lady Douglas no estaba
del todo ignorante del caso, como se demostró y se verá, y sólo ideó esta
hermosa historia a posteriori para disculpar la tibieza y deseada ceguera de
los guardias. Pero no se debe destruir las leyendas cuando son hermosas. ¿Por
qué oscurecer esta última luz romántica y crepuscular en la vida de María
Estuardo? En el horizonte ya se alzan las sombras. Se han terminado las
aventuras, y esta joven y osada mujer ha suscitado el amor y experimentado el
amor por última vez.
Al cabo de una semana, María Estuardo ha reunido un
ejército de seis mil hombres. Una vez más las nubes parecen ir a despejar, por
un instante vuelve a tener una estrella favorable sobre su cabeza. No sólo han
venido los Huntly, los Seton, los viejos compañeros, no sólo se ha puesto a su
servicio el clan de los Hamilton, sino, asombrosamente, también la mayoría de
la nobleza escocesa, ocho condes, nueve obispos, dieciocho lores y más de cien
barones.
Asombrosamente y sin embargo no asombrosamente,
porque en Escocia nunca se puede ser verdadero señor sin que la nobleza se
subleve. La dureza de Moray ha vuelto levantiscos a los lores: prefieren una
reina humilde, aunque sea cien veces culpable, a ese estricto regente. También
el extranjero confirma enseguida en su posición a la reina liberada. El
embajador francés visita a María Estuardo para rendirle homenaje como legítima
soberana. Isabel envía un embajador especial al recibir la «alegre noticia de vuestra
huida». Su posición se ha fortalecido y tiene muchas más expectativas un año
después de su apresamiento, las tomas se han vuelto de manera fantástica. Pero,
como si una sombría intuición la moviera, María Estuardo, normalmente tan
valerosa y dispuesta a la lucha, trata de evitar que las armas decidan,
preferiría una reconciliación tranquila con su hermano; un pequeño y tenue
resplandor de realeza, si él se lo concediera, y esta mujer duramente probada
le dejaría el poder. Algo de la energía —los próximos días lo demostrarán— que
vivía en ella mientras la férrea voluntad de Bothwell la forjaba parece rota, y
después de todas las preocupaciones, angustias y tormentos, después de todas
las furiosas enemistades, sólo anhela una cosa: libertad, paz y descanso. Pero
Moray ya no piensa compartir el poder. Su ambición y la ambición de María
Estuardo son hijas del mismo padre, y hay buenos ayudantes que contribuyen a su
decisión.
Mientras Isabel envía sus felicitaciones a María
Estuardo, Cecil, el canciller inglés, le apremia por su parte de manera
enérgica a terminar definitivamente con María Estuardo y el partido católico en
Escocia. Y Moray no lo duda: sabe que mientras esa mujer inflexible esté en
libertad no habrá paz en Escocia. Le apetece ajustar cuentas para siempre con
los levantiscos lores escoceses y dar ejemplo. Con su energía habitual, reúne
de la noche a la mañana un ejército, inferior en número al de María Estuardo, pero
mejor dirigido y disciplinado. Sin esperar refuerzos, parte desde Glasgow y el
13 de mayo, en Langside, se produce el definitivo ajuste de cuentas entre la
reina y el regente, entre hermano y hermana, entre Estuardo y Estuardo.
La batalla de Langside es breve, pero decisiva. No
empieza, como la de Carberry Hill, con largos parlamentos y titubeos; las
hordas de jinetes de María Estuardo se lanzan a la carga contra el enemigo.
Pero Moray ha elegido bien su posición, la caballería enemiga es destrozada por
un violento fuego antes de haber podido asaltar la colina y, en un
contraataque, es derrotada en toda la línea.
Al cabo de tres cuartos de hora, todo ha terminado.
El último ejército de la reina se dispersa en una fuga desbocada, dejando atrás
sus cañones y trescientos muertos.
María Estuardo ha visto el combate desde una
elevación; en cuanto observa que todo está perdido, baja corriendo la colina,
salta a caballo y escapa acompañada de unos pocos jinetes. Ya no piensa en
resistir, un pánico terrible se ha adueñado de ella. Sin descansar, en una loca
cabalgada por pastos y ciénagas, por bosques y campos, huye durante todo el
primer día, animada por el único pensamiento de salvarse. «He sufrido
—escribirá después al cardenal de Lorena — insultos, calumnias, prisión,
hambre, frío, calor, he huido sin saber adónde, noventa y dos millas a través
del país, sin comer ni descansar. He tenido que dormir sobre la tierra pelada,
beber leche agria y comer porridge sin pan.
Durante tres noches he vivido en el campo como un
búho, sin una mujer que me ayudara.» Y así, en la imagen de esos últimos días,
como audaz amazona, como figura heroica y romántica, ha quedado en la memoria
de su pueblo. Hoy, han quedado olvidadas en Escocia sus debilidades y
tonterías, disculpados y perdonados los delitos de su pasión. Solamente ha
quedado una imagen, la de la dulce prisionera en el castillo solitario, y luego
esta otra de la audaz jinete que, para salvar su libertad, recorre la noche a
lomos de un caballo que echa espumarajos y prefiere mil veces la muerte a
entregarse, temerosa y cobarde, a sus enemigos. Tres veces ya ha huido así en
medio de la noche, la primera con Darnley de Holyrood, la segunda, vestida de
hombre, de Borthwick Castle al encuentro de Bothwell, la tercera con Douglas
del castillo de Lochleven. Tres veces ha salvado, con tan rigurosa y audaz
cabalgata, la libertad y la corona.
Ahora ya no salva más que la pura vida.
Al tercer día de la batalla de Langside, María
Estuardo alcanza la abadía de Dundrennan, en las cercanías del mar. Aquí
termina su reino. La han perseguido hasta el límite de sus territorios como a
una pieza de caza fugitiva. Para la reina de ayer ya no hay ningún lugar seguro
en Escocia, no hay vuelta atrás; en Edimburgo espera intransigente John Knox, y
una vez más el escarnio del populacho, una vez más el odio de los clérigos y
quizá la picota y la hoguera. Su último ejército ha sido derrotado; su última
esperanza, destruida. Ahora, ha llegado la hora difícil de la elección. A su
espalda está el país perdido, al que ningún camino de vuelta conduce, ante ella
el mar infinito, que lleva a todos los países. Puede pasar a Francia, puede
pasar a Inglaterra, puede pasar a España. En Francia se ha criado, allí tiene
amigos y parientes, allí viven aún muchos que la quieren, y poetas que le han
cantado, los nobles que la han acompañado; ya en una ocasión ese país la acogió
hospitalaria y la coronó con fasto y esplendor.
Pero precisamente porque allí ha sido reina,
adornada con todo el esplendor de este mundo, elevada como la suprema sobre los
más altos del reino, no quiere regresar como mendiga, como suplicante, con las
ropas rasgadas y el honor manchado. No quiere ver la sonrisa burlona de la
odiosa italiana Catalina de Médici, no quiere aceptar limosna alguna o dejarse
encerrar en un monasterio.
También la huida junto al gélido Felipe de España
sería una humillación: jamás perdonaría esa corte beata que hubiera dado su
mano a Bothwell ante un sacerdote protestante, que hubiera recibido la
bendición de un hereje. Así que, en realidad, solamente le queda una elección,
que ya no es elección, sino coacción: pasar a Inglaterra. ¿Acaso no le ha dicho
Isabel, precisamente en los días más desesperados de la prisión, que «podía
contar en todo momento con la reina de Inglaterra como con una amiga segura»?
¿No le ha prometido solemnemente reinstaurarla en el trono? ¿No le ha enviado
un anillo como signo de que debe servirse de él en cualquier momento para
apelar a su sentimiento fraternal?
Pero aquel cuya mano ha sido tocada una vez por la
desgracia siempre coge el dado equivocado. Apresurada en todas las decisiones
importantes, María Estuardo decide también apresuradamente en ésta, la más
importante; sin recibir garantías previas, desde el mismo convento de
Dundrennan, escribe a Isabel:
«Sin duda, queridísima hermana, estarás al
corriente de una gran parte de mis desdichadas circunstancias. Pero las que hoy
me mueven a escribirte han ocurrido hace demasiado poco como para que hayan
podido llegar a tus oídos.
Por eso tengo que informarte, lo más escuetamente
posible, de que algunos de mis súbditos, aquellos en los que más confiaba y a
los que había elevado a los puestos de máximo honor, han tomado las armas
contra mí y me han tratado del modo más indigno. De forma inesperada, el
Todopoderoso me ha liberado de la cruel prisión a la que estaba sometida. Pero
desde entonces he perdido una batalla en la que la mayoría de aquellos que me
seguían leales han caído ante mis ojos. He sido expulsada de mi reino y puesta
en tales apuros que, fuera de Dios, no tengo esperanza más que en tu bondad.
Por eso te ruego, queridísima hermana, que hagas que me lleven ante ti, para
que pueda confiarte todos mis asuntos.
»Al mismo tiempo, ruego a Dios que te envíe todas
las bendiciones celestiales y a mí paciencia y consuelo, que espero y suplico
obtener ante todo de ti. Para recordarte la razón por la que confío en
Inglaterra, envío a su reina esta joya, este signo de prometida amistad y
ayuda. Tu amante hermana, M. R.».
Con mano rápida, como para convencerse a sí misma,
María Estuardo escribe estas líneas que deciden su futuro para siempre. Luego
sella el anillo dentro de la carta y entrega ambos a un mensajero a caballo.
Pero en esa carta no sólo va sellado el anillo, sino su destino.
Los dados han caído. El 16 de mayo, María Estuardo
sube a un pequeño bote de pescadores, atraviesa el golfo de Solway y desembarca
en tierra inglesa, en las cercanías de la pequeña ciudad portuaria de Carlisle.
En esos días decisivos todavía no tiene veinticinco años, y sin embargo su
verdadera vida toca a su fin.
Todo lo que el mundo podía darle lo ha vivido y
padecido, ha subido a todas las cumbres de la tierra, ha bajado a todas las
profundidades. En el más ínfimo espacio de tiempo, en las más espantosa tensión
espiritual, ha recorrido todas las contradicciones, ha enterrado dos maridos,
perdido dos reinos, estado en prisión, caminado por el negro camino del crimen
y subido una y otra vez los peldaños del trono y del altar con renovado
orgullo. En llamas ha vivido esas semanas, esos años, en una llama tan alta y fanática
que su resplandor sigue brillando a través de los siglos. Pero ahora ese
incendio se derrumba y apaga, y lo mejor de ella se ha consumido en él: lo que
queda no es más que escoria y ceniza, un pobre resto de esa ascua grandiosa.
Sombra de sí misma, María Estuardo camina hacia el crepúsculo de su destino.
Se teje una red
16 de mayo a 28 de junio de 1568
No cabe duda de que Isabel recibe con sincera
consternación la noticia de la llegada de María Estuardo a Inglaterra, porque
esa indeseada visita la sume en amarga confusión. Es cierto que durante el
último año había tratado de proteger a María Estuardo, por solidaridad
monárquica, contra sus súbditos rebeldes. Le había asegurado de forma dramática
—el papel es barato y la cortesía escrita fluye fácilmente de la pluma
diplomática— su comprensión, su amistad, su amor. Exaltada, demasiado exaltada,
le había prometido que en cualquier circunstancia podía contar con ella como
fiel hermana. Pero jamás Isabel había invitado a María Estuardo a ir a
Inglaterra, al contrario, desde hacía años y años siempre había evitado la
posibilidad de un encuentro personal. Y ahora esa molesta mujer ha desembarcado
de pronto en Inglaterra, en la mismísima Inglaterra, cuya verdadera reina se
preciaba arrogante de ser hasta hace poco. Ha venido sin previa consulta,
invitación o ruego, su primera palabra es ya una reclamación de aquella antigua
promesa de amistad, puramente metafórica.
María Estuardo ni siquiera pone en cuestión en su
segunda carta si Isabel desea recibirla o no, sino que lo exige como su
evidente derecho: «Os mego que mandéis a buscarme lo antes posible, porque me
hallo en un estado que no sólo sería lamentable para una reina, sino hasta para
una simple hidalga. No tengo más que mi vida, que sólo pude salvar cabalgando
por los campos sesenta millas el primer día. Vos misma lo veréis cuando, como
espero, tengáis compasión de mi inconmensurable desdicha».
La compasión es, de hecho, el primer sentimiento de
Isabel. Tiene que haber sido una gran satisfacción para su orgullo que esa
mujer a la que quería derrocar se haya derrocado ella misma sin que haya tenido
que mover un dedo. ¡Qué espectáculo para el mundo, poder incorporar de su
genuflexión a la que antaño era tan orgullosa y abrazarla desde arriba en sus
brazos, como protectora! Por eso también su primer instinto, su verdadero
instinto, es invitar, generosa, a la derrocada. «He sabido —escribe el embajador
francés— que la reina ha tomado partido en el Consejo por la reina de Escocia,
y ha dado a entender a todo el mundo que tenía intención de recibirla y de
rendirle honores como correspondía a su antigua dignidad y grandeza, y no a su
actual estado.» Con su fuerte sentido de la responsabilidad histórica, Isabel
quiere mantener su palabra. Y si hubiera seguido su impulso espontáneo habría
salvado la vida a María Estuardo y a sí misma el honor.
Pero Isabel no está sola. Junto a ella está Cecil,
el hombre de los ojos fríos y acerados, que mueve sin pasión, jugada a jugada,
en el tablero del ajedrez político. Cautelosa, esta mujer temperamental, en la
que cada soplo de aire influye, ha puesto a su lado a este sobrio y duro
calculador, que, totalmente ajeno a las musas, totalmente ajeno al
romanticismo, odia desde el profundo puritanismo de su naturaleza todo lo
apasionado, lo desenfrenado de María Estuardo, que como riguroso protestante
desprecia a esa católica, y además — sus notas privadas lo demuestran— está
completamente convencido de su culpabilidad y coautoría en el asesinato de
Darnley. Enseguida sujeta el brazo que Isabel ofrece solícita. Porque como
político ve con claridad las amplias obligaciones que para el gobierno inglés
se derivarían de la unión con esa plañidera pretenciosa, que desde hace años y
años no crea más que problemas allá donde aparece. Recibir a María Estuardo en
Londres con honores reales significaría implícitamente el reconocimiento de su
derecho a Escocia e impondría a Inglaterra la obligación de actuar con armas y
dinero contra Moray y los lores. Cecil no siente la menor inclinación a hacer
tal cosa, porque él mismo ha acicateado a los lores a la revuelta. Para él,
María Estuardo es y seguirá siendo la archienemiga del protestantismo, el
archipeligro para Inglaterra, y logra convencer a Isabel de su peligrosidad;
con disgusto, la reina inglesa se entera de con qué honores han recibido sus
propios nobles a la escocesa en su territorio. El más poderoso de los lores
católicos, Northumberland, la ha invitado a su castillo, el más influyente de
sus lores protestantes, Norfolk, le hace una visita. Todos parecen hechizados
por la prisionera, y como Isabel es desconfiada por naturaleza y, como mujer,
vanidosa hasta la locura, pronto abandona la generosa idea de traer a su corte
a una princesa que le hará sombra y podría servir de bienvenida pretendiente a
los descontentos de su reino.
Así que sólo pasan un par de días e Isabel ha
abandonado ya sus sentimientos humanos y está firmemente decidida a no admitir
en la corte a María Estuardo, pero tampoco a echarla del país. Isabel no sería
Isabel si en cualquier circunstancia pudiera expresarse y actuar de forma
clara. Tanto en lo humano como en lo político, la ambigüedad es la forma más
desdichada, porque confunde los espíritus, intranquiliza el mundo. Y aquí
empieza la gran, la innegable culpa de Isabel frente a María Estuardo. El destino
le ha puesto en la palma de la mano la victoria con la que soñaba desde hacía
años: su rival, que pasaba por ser el espejo de todas las virtudes
caballerescas, ha caído sin obra suya en vergüenza y oprobio, la reina que
aspiraba a su corona ha perdido la suya, la mujer que se le enfrentaba con
arrogancia con el sentimiento de su legitimidad está ante ella pidiendo ayuda.
Ahora Isabel podría hacer dos cosas.
Podría ofrecerle como a una mendiga el asilo que
Inglaterra siempre concedió con generosidad a cualquier fugitivo, y por tanto
ponerla moralmente de rodillas.
O podría negarle la estancia en su país por motivos
políticos. Tanto una conducta como la otra llevarían la sagrada corona del
derecho. Se puede recibir a alguien que pide ayuda, se le puede rechazar. Pero
hay una cosa que va contra todo el derecho del cielo y de la tierra: atraer a
alguien que pide ayuda y luego retenerlo por la fuerza en contra de su
voluntad. No hay ningún pretexto ni ninguna disculpa para la imperdonable
perfidia de que Isabel, a pesar de sus claras exigencias en ese sentido, ya no permitiera
a María Estuardo abandonar Inglaterra, sino que la retuviera con astucia y
mentiras, con pérfidas promesas y secreta violencia, y con esa taimada prisión
empujara a una mujer ya humillada y vencida a ir más lejos de lo que ella
quería por el sombrío camino de la desesperación y la culpa.
Esta evidente lesión del derecho, y además del modo
más feo, por ser el más taimado, será siempre un punto oscuro en la historia
del carácter de Isabel, y es aún menos disculpable que la sentencia de muerte y
el patíbulo que vendrán después. Porque para esa prisión por la fuerza no había
ni la más leve sombra de justificación. Cuando Napoleón —se ha elegido a veces
este ejemplo en contra — huye en el Bellerophon y reclama la
hospitalidad inglesa, Inglaterra puede rechazar como una farsa patética
semejante exigencia. Porque ambas naciones, Francia e Inglaterra, estaban
entonces en guerra declarada. Napoleón era el comandante del ejército enemigo y
había buscado incesantemente la yugular de Gran Bretaña a lo largo de un cuarto
de siglo. En cambio, entre Escocia e Inglaterra no hay guerra alguna, sino
absoluta paz, hace años que Isabel y María se llaman hermanas entre ellas, y
cuando María Estuardo se refugia en Isabel puede mostrarle el anillo,
el token, la piedra de toque de su amistad, puede invocar sus palabras,
«ninguna persona en el mundo os prestará oídos de tan buen grado». También
puede apelar a que hasta la fecha Isabel ha dado asilo a todos sus súbditos que
huían a Inglaterra, Moray y Morton, los asesinos de Rizzio, los asesinos de
Darnley, a pesar de sus crímenes. Y, finalmente, María Estuardo no viene
reclamando el trono de Inglaterra, sino con el modesto ruego de poder quedarse
tranquilamente en el país o, si esto no le gusta a Isabel, poder seguir viaje a
Francia. Naturalmente, Isabel sabe que no tiene ningún pretexto que oponer a
María Estuardo, y hasta Cecil lo sabe, como demuestra una nota de su puño y
letra («Pro Regina Scotorum»). «Hay que ayudarla —escribe— porque ha acudido
voluntariamente y en confianza a la reina del país.» Ambos son pues conscientes,
en lo más hondo de su conciencia, de que no puede hallarse un hilo de derecho
con el que hacer tan gruesa soga de injusticia. Pero ¿cuál es la tarea del
político, más que construir en situaciones delicadas pretextos y evasivas,
hacer de algo nada y de nada algo? Como no hay verdaderas razones para prender
a la fugitiva, hay que inventar una; como María Estuardo no tiene culpa alguna
frente a Isabel, hay que hacerla culpable. Esto sólo puede hacerse de forma
cautelosa porque, fuera, el mundo observa y vigila.
En silencio y de forma traicionera, hay que tender
la red sobre la indefensa, más y más estrecha, antes de que advierta la
intención. Y cuando luego —demasiado tarde— intente liberarse, ella misma se
enredará aún más con cada movimiento apasionado.
Este tejer y tramar empieza con cortesanías y
cortesías. Dos de los más ilustres nobles de Isabel, lord Scrope y lord
Knollys, son enviados a toda prisa —¡qué delicada atención!— a Carlisle para
ser caballeros de honor de María Estuardo. Pero su verdadera misión es tan
oscura como polifacética. Tienen que saludar en nombre de Isabel a la
distinguida huésped, expresar a la reina derrocada lo que lamentan su desdicha,
y al mismo tiempo deben contener y calmar a esa excitada mujer para que no
espabile demasiado pronto y llame en su ayuda a las cortes extranjeras. Pero el
encargo más importante, el verdadero encargo, les ha sido dado a los dos en
secreto, y les ordena vigilar cuidadosamente a la que en realidad ya es
prisionera, evitar todas las visitas, incautarse de la correspondencia, y no
por casualidad ese mismo día son enviados a Carlisle cincuenta alabarderos.
Además, Scrope y Knollys tienen que comunicar inmediatamente a Londres todo lo
que diga María Estuardo. Porque nada se espera tanto y con tanta impaciencia
como que María descubra al fin un punto débil y se pueda construir a posteriori
un pretexto para la que ya es prisión de hecho.
Lord Knollys cumple a las mil maravillas su misión
de informar: debemos a su hábil pluma una de las descripciones
caracteriológicas más gráficas y plásticas de María Estuardo. Una y otra vez se
observa que esta mujer, en los raros instantes en que concentra su gran
energía, fuerza al respeto y la admiración incluso a los hombres más
inteligentes. Sir Francis Knollys escribe a Cecil: «Sin duda es una mujer
espléndida, porque ningún halago la engaña, y tampoco una franca observación la
ofende si considera al que la hace persona decente». Considera que en sus
respuestas demuestra una lengua elocuente y una buena cabeza, ensalza su
«sincero valor» y su “liberal heart», su trato accesible.
Pero observa también el furioso orgullo que consume
a esta alma, que «aquello de lo que más sedienta está es la victoria, y
comparadas con ella todas las otras cosas de la Tierra le parecen despreciables
y pequeñas»… Puede imaginarse con qué sentimientos lee su rival, la desconfiada
Isabel, esta caracterización, y lo rápidamente que se endurecen su corazón y su
mano.
Pero María Estuardo también tiene un oído fino.
Pronto advierte que los amables discursos de condolencia y protestas de respeto
de esos embajadores saben a pan sin sal, y que ambos conversan con ella tan
celosa y amigablemente con el único fin de ocultar algo. Tan sólo poco a poco,
como una amarga medicina, gota a gota y fuertemente endulzada con cumplidos, se
le comunica que Isabel no está dispuesta a recibirla antes de que haya quedado
limpia de todas las acusaciones. Ésa es la vacua excusa que entretanto han
ideado en Londres para poner un manto de moralidad a la desnuda y gélida
intención de mantener marginada y en prisión a María Estuardo. Pero, o María
Estuardo no ve de verdad la trampa, o hace como si no entendiera la perfidia de
ese aplazamiento. Con ardiente entusiasmo, se declara dispuesta a justificarse,
«pero naturalmente ante la única persona a la que reconozco como mi igual, ante
la reina de Inglaterra». Cuanto antes mejor, no, enseguida, quiere ir y
«arrojarse confiada en sus brazos». Insta a que se le admita en Londres «a toda
prisa y sin más rodeos, para exponer sus quejas y arrebatar su fuerza a la
calumnia que han osado lanzar contra su honor». Porque acepta con alegría a
Isabel, desde luego sólo a ella, como juez.
Isabel no necesitaba oír más. Con su asentimiento
de principio a la idea de justificarse, ha puesto en su mano el primer gancho
con el que arrastrar poco a poco a esa mujer, que ha llegado como huésped a su
país, hacia un proceso.
Naturalmente, eso no puede hacerse de forma
repentina, sino muy cautelosa, para que esa mujer ya inquieta no dé la voz de
alarma demasiado pronto; antes de la decisiva operación que amputa
definitivamente el honor a María Estuardo hay que anestesiarla mediante
promesas, para que se ponga bajo la hoja tranquilamente y sin resistencia. Así
que Isabel escribe una carta cuyo tono sería conmovedor si no supiéramos que al
mismo tiempo hace mucho que el Consejo de Ministros ha decidido el
prendimiento. Se envuelve entre algodones el rechazo a recibir personalmente a
María Estuardo. «Madame —escribe la taimada—, lord Herries me ha transmitido
vuestro deseo de defenderos en mi presencia de todas las acusaciones que pesan
sobre vos. Oh, madame, no hay nadie en el mundo que desee más que yo escuchar
vuestra defensa. Nadie oiría de mejor grado cualquier respuesta encaminada a
restablecer vuestro honor. Pero no puedo poner en juego mi propio prestigio por
vuestra causa. Para seros sincera, ya se dice de mí que estoy más dispuesta a
defender vuestra causa que a abrir mis ojos a las cosas de las que vuestros
súbditos os acusan.» A este hábil rechazo sigue, aún más refinado, el señuelo.
Isabel promete solemnemente — hay que subrayar estas líneas—, «por mi honor
real, que ni vuestros súbditos ni ningún consejo que pueda recibir de mis
consejeros me moverá a pediros algo que pueda perjudicaros o afectar a vuestro
honor». La carta se hace cada vez más apremiante, cada vez más elocuente. “¿Os
parece extraño que no os permita verme? Os ruego que os pongáis en mi lugar. Si
quedáis absuelta de esa sospecha os recibiré con todos los honores, hasta
entonces no puedo. Pero luego, lo juro por Dios, no habrá un ser humano con
mejor voluntad y, de todas las alegrías de este mundo, ésta será la primera
para mí.»
Son palabras consoladoras, cálidas, tiernas,
redentoras. Pero ocultan un hecho seco y duro. Porque el enviado que lleva ese
mensaje también tiene el encargo de dejar de una vez claro a María Estuardo que
en modo alguno entra en consideración que pueda justificarse ante Isabel, sino
que se va a llevar a cabo una investigación en toda regla de los
acontecimientos de Escocia, desde luego aún oculta solemnemente bajo el más
honroso nombre de «conferencia».
Ante las palabras «proceso», «investigación»,
«arbitraje», la orgullosa María Estuardo se revuelve como tocada por un hierro
al rojo. «No tengo más juez que Dios —solloza en lágrimas de ira—, nadie puede
juzgarme. Sé quién soy, y conozco los derechos de mi rango. Es cierto que por
mi propia voluntad, y por la entera confianza que tengo en la reina, mi
hermana, he propuesto hacerla juez de mi causa. Pero ¿cómo puedo hacerlo si no
permite que acuda ante ella?»
Amenazante, anuncia (¡qué ciertas fueron sus
palabras!) que Isabel no obtendrá beneficio alguno de retenerla en su país. Y
luego toma la pluma: «Hola, madame —responde excitada—, ¿dónde habéis oído
nunca que pueda censurarse a un príncipe cuando ha oído personalmente las
quejas de aquellos que reclamaban haber sido injustamente acusados…? Olvidad,
madame, la idea de que he venido hasta aquí para salvar mi vida. Ni el mundo ni
Escocia entera me han negado, sino que he venido a recuperar mi honor y encontrar
apoyo para castigar a mis falsos acusadores, pero no a responderles como a
iguales. Os he elegido entre todos los príncipes, como mi pariente más cercano
y “perfaicte Amye” , para poder acusarlos a ellos ante vos, porque
creía que consideraríais un honor ser llamada a restablecer el honor de una
reina». No ha escapado de su prisión para ser mantenida aquí “quasi en un
autre». Finalmente, exige impetuosa precisamente aquello que todo el mundo
siempre exigirá en vano de Isabel, es decir, una conducta clara, o ayuda o
libertad. Ante Isabel no tiene inconveniente, “de bonne voglia», en
justificarse, pero no en forma de un proceso contra sus súbditos, salvo que la
lleven a él con las manos atadas. Con plena conciencia de su gracia divina, se
niega a ser puesta a la misma altura que sus súbditos: prefiere morir.
Ese punto de vista de María Estuardo es
jurídicamente inatacable. La reina de Inglaterra no tiene ninguna clase de
soberanía sobre la reina de Escocia, no tiene investigación ninguna que hacer
acerca de un crimen ocurrido en un país extranjero, no puede inmiscuirse en un
conflicto entre una princesa extranjera y sus súbditos. Isabel lo sabe
perfectamente, y por eso redobla sus halagadores esfuerzos por arrancar a María
Estuardo de su firme e inexpugnable posición y llevarla al terreno resbaladizo
de un proceso. No, no como juez, sino como amiga y hermana desea esa
aclaración, ah, es necesaria para su deseo de ver por fin cara a cara a su
querida prima y reinstaurarla como reina. Para sacar a María Estuardo de su
segura posición, Isabel hace una solemne afirmación tras otra, como si no
hubiera dudado ni por un minuto de la inocencia de la calumniada, como si el
proceso no tuviera nada que ver con María Estuardo, sino que se incoara
únicamente contra Moray y los otros rebeldes. Una mentira sigue a la otra. Se compromete
de forma vinculante a no tratar en esta investigación nada que vaya en contra
del honor de María Estuardo, “against her honour»… Luego se verá cómo se
cumplió esta promesa. Y expresamente Isabel finge ante los negociadores que sea
cual sea el resultado de la investigación, la posición real de María Estuardo
está asegurada. Pero mientras Isabel se compromete por su honor con María, al
mismo tiempo el canciller Cecil se pasa alegremente a la otra acera. Por su
parte tranquiliza en secreto a Moray, para que acepte la investigación,
diciendo que en modo alguno se contempla una reinstauración de su hermana… se
ve que la técnica del doble fondo que emplean los prestidigitadores no es un
invento político de nuestro siglo.
María Estuardo pronto se percata de este secreto
tira y afloja; igual que Isabel no se deja engañar por ella, también ella tiene
claras las intenciones de su querida prima. Se defiende y opone resistencia,
escribe cartas ora dulces, ora amargas, pero desde Londres ya no se afloja el
lazo, al contrario, poco a poco se va apretando más y haciéndose más cortante.
Poco a poco, para reforzar la presión psicológica, se toman toda clase de
medidas para demostrarle que se está decidido a ejercer la violencia en caso
necesario, en caso de disputa, en caso de negativa. Se le restringen las
comodidades, ya no puede recibir visitas de Escocia, en cada salida a caballo
la acompañan no menos de cien jinetes, y un día la sorprende la orden de
trasladarse desde Carlisle, desde el mar abierto — donde al menos la vista
puede vagar libre hacia lo lejos, y quizá un barco amigo se la lleve—, al
sólido castillo de Bolton, en el Yorkshire, a una “very strong, very fair
and very stately house». Naturalmente, también este duro mandato está endulzado
con miel, todavía la garra afilada se oculta temerosa tras la aterciopelada
pata: se asegura a María Estuardo que Isabel sólo ha ordenado el traslado por
la tierna preocupación de saberla más próxima y para acelerar su
correspondencia. Aquí en Bolton tendrá «más alegría y libertad, y estará
completamente a salvo de todo peligro causado por sus enemigos». María Estuardo
no es tan ingenua como para creer en tanto amor, se defiende y se sigue
negando, aunque sabe que ha perdido el juego. Pero ¿qué remedio le queda? Ya no
puede regresar a Escocia, no puede ir a Francia, y su situación externa se va
haciendo cada vez más indigna: vive del pan ajeno, y las ropas que lleva han
sido prestadas por Isabel. Completamente sola, apartada de todos sus verdaderos
amigos, rodeada tan sólo de súbditos de su adversaria, María Estuardo va poco a
poco perdiendo la seguridad en su resistencia.
Por fin, y con eso contaba Cecil, comete el gran
error que Isabel esperaba con tanta impaciencia; en un momento de dejadez,
María Estuardo se declara conforme con que se lleve a cabo una investigación.
Es el mayor error, el más imperdonable que ha cometido nunca, dejarse alejar de
su intocable punto de partida de que Isabel no puede juzgarla y no puede
privarla de su libertad, de que como reina y como huésped no tiene por qué
someterse a ningún arbitraje ajeno.
Pero María Estuardo siempre tiene fogosas
explosiones de valor de corto aliento, y nunca la fuerza de la dura
resistencia, tan necesaria para una princesa. Con la sensación de haber perdido
suelo bajo los pies, trata en vano de poner condiciones a posteriori y, después
de haberse dejado arrancar la promesa, de aferrarse al menos al brazo que la
empuja al abismo. «No hay nada —escribe el 28 de junio— que yo no hiciera a una
palabra vuestra, porque jamás he dudado de vuestro honor y lealtad real.»
Pero no hay palabras ni ruegos que ayuden a
posteriori a quien se ha entregado a la clemencia o la inclemencia. La victoria
reclama sus derechos, y siempre se transforma en injusticia para los
vencidos. Vae victis!
La red se estrecha
Julio de 1568 a enero de 1569
Apenas María Estuardo se ha dejado arrancar, con
ligereza, el consentimiento a un «tribunal arbitral imparcial», el gobierno
inglés aplica todos los recursos de su poder para convertir el procedimiento en
parcial. Mientras a los lores se les permite comparecer en persona, armados con
toda clase de pruebas, a María Estuardo sólo se le permite hacerse representar
por dos personas de su confianza; sólo desde lejos y a través de intermediarios
puede presentar sus acusaciones contra los lores rebeldes, que por su parte
pueden hablar libremente y en voz alta y pactar en secreto… Mediante esa
perfidia queda desplazada desde el principio de la posición del que ataca a la
del que se defiende. Sin hacer ruido, las hermosas promesas van cayendo una
tras otra debajo de la mesa de negociaciones. La misma Isabel que acababa de
declarar incompatible con su honor admitir a María Estuardo en su presencia
antes de que termine el proceso recibe sin reparos al rebelde Moray. De pronto
ya no se habla de consideraciones para con su «honor». Sin duda la intención de
llevar a María Estuardo al banquillo de los acusados sigue disfrazándose de
manera pérfida —es preciso tener cautela ante el extranjero—, y la fórmula para
ello es que los lores tienen que «justificarse» por su rebelión. Pero esa
justificación que Isabel exige, hipócrita, a los lores significa, por supuesto,
que deben exponer los motivos por los que se han alzado en armas contra su
reina. Por tanto, se les invita implícitamente a exponer toda la cuestión del
crimen real, y con eso la punta de la espada se vuelve por sí misma contra
María Estuardo. Si los lores aportan suficientes acusaciones contra ella, en
Londres se podrá cavar el cimiento jurídico para seguir reteniendo a María
Estuardo, y lo imperdonable de su prisión quedará felizmente perdonado ante el
mundo.
Sin embargo, pensada como juego de engaños, esta
conferencia —a la que no se puede calificar de procedimiento judicial sin
ofender a la justicia— degenera de forma inesperada en comedia, en un sentido
completamente distinto del que Isabel y Cecil deseaban. Porque, apenas se ha
llevado a las partes a la mesa redonda para que se acusen mutuamente, ambas
muestran pocos deseos de sacar a la luz sus datos y sus fechas, y ambas saben
muy bien por qué. Porque — es la extravagancia que vuelve único este proceso—
en el fondo aquí acusadores y acusada son cómplices del mismo crimen, ambos
preferirían pasar sobre ascuas sobre el delicado asunto del asesinato de
Darnley, en el que todos tuvieron «arte y parte». Si Morton, Maitland y Moray
abrieran aquella arqueta y afirmaran que María Estuardo había sido cómplice o
al menos tenía conocimiento del hecho, sin duda los honorables lores tendrían
razón. Pero también tendría razón María Estuardo si acusara a los lores de
haber conocido el hecho de antemano y haberlo aprobado al menos con su
silencio. Si los lores ponen sobre la mesa aquellas lamentables cartas, María
Estuardo, que conoce por Bothwell a los firmantes del criminal bond y
quizá tenga incluso esa hoja en sus manos, puede arrancar la máscara a esos
tardíos patriotas del rey. Por eso, nada más natural que el mutuo disgusto a la
hora de proceder con dureza los unos contra los otros, nada más comprensible
que su común interés por tratar à l’amiable el penoso asunto y
dejar al pobre Henry Darnley descansar tranquilo en su tumba. Requiescat
in pace es la devota oración de ambas partes.
Así, ocurre algo extraño y —para Isabel—
extremadamente inesperado: en la apertura del procedimiento, Moray acusa tan
sólo a Bothwell —sabe que ese hombre peligroso está a mil millas de distancia y
no dirá los nombres de sus cómplices—, pero, con curiosa discreción, evita
acusar a su hermana en modo alguno. Parece haber olvidado por completo que hace
un año, ante el Parlamento, la declaró culpable de auxilio al crimen. Estos
extraños caballeros, en modo alguno tan impetuosos como esperaba Cecil, se retiran
detrás de la barrera, no arrojan sobre la mesa las cartas acusadoras, y
—segunda extravagancia, y no será la última de esta ingeniosa comedia— también
los comisarios ingleses se mantienen consideradamente mudos y no preguntan
mucho. Como católico, quizá lord Northumberland está más próximo a María
Estuardo que a Isabel, su reina, lord Norfolk a su vez trabaja por motivos
privados, que sólo poco a poco se irán revelando, en un arreglo pacífico; ya se
han trazado las líneas básicas del entendimiento: se devolverá a María Estuardo
el título y la libertad, y Moray retendrá a cambio lo único que le importa: el
poder de hecho. Allá donde Isabel deseaba el relámpago y el trueno para
aplastar moralmente a su adversaria, sopla un suave airecillo. Se charla
cordialmente a puerta cerrada en vez de discutir en alta voz los hechos, el
ambiente se vuelve cada vez más cálido y amigable. Y al cabo de unos días
—¡extraño proceso!—, en vez de celebrar rigurosa sesión de un tribunal,
acusadores y acusados, comisarios y jueces, están de acuerdo en dar un honroso
entierro de primera a la conferencia que Isabel pretendía como campaña política
y de Estado contra María Estuardo.
El mediador, el intermediario vocacional para este
tira y afloja entre ambas partes, es el secretario de Estado escocés Maitland
de Lethington. Porque él ha representado en ese oscuro asunto de la muerte de
Darnley el más oscuro de los papeles, y naturalmente, como diplomático nato, un
doble papel. Cuando en Craigmillar los lores acudieron a María Estuardo y le
propusieron separarse de Darnley mediante el divorcio o de otra manera,
Maitland había sido el portavoz y había hecho la oscura promesa de que Moray
haría «la vista gorda». Por otra parte, había fomentado el matrimonio con
Bothwell, había sido «casualmente» testigo del rapto y sólo se había vuelto a
pasar a los lores veinticuatro horas antes del fin. En caso de fuerte tiroteo
entre la reina y los lores, adivina la lúgubre expectativa de que va
encontrarse en mitad del campo de tiro; por eso, emplea a toda prisa todos los
medios legítimos e ilegítimos para alcanzar un acuerdo.
Empieza por intimidar a María Estuardo diciéndole
que los lores están decididos a emplear sin escrúpulos, si se muestra
inflexible, todo lo que les sirva para defenderse, aunque a ella le acarree la
vergüenza. Para demostrarle qué clase de armas mortales para la reputación
tienen en sus manos, manda a su mujer, Mary Fleming, copiar secretamente la
principal prueba de cargo de la acusación, las cartas de amor y sonetos de la
arqueta, y hace llegar las copias a María Estuardo.
Naturalmente, esa secreta entrega del material
acusador que ella aún desconoce a María Estuardo es una jugada de Maitland
contra sus compañeros, y además una grave violación del orden de cualquier
proceso normal. Pero se ve rápidamente compensada por la misma inconveniencia
por parte de los lores, que a su vez pasan las «cartas de la arqueta» a Norfolk
y los otros comisarios ingleses, por así decirlo, por debajo de la mesa. Esto
es un duro golpe contra la causa de María Estuardo, porque los jueces que hace poco
querían mediar quedan influidos personalmente contra ella de antemano.
Especialmente Norfolk queda consternado ante el mal olor que emana de esa
abierta caja de Pandora.
Enseguida, comunica a Londres —lo que a su vez
tampoco podía hacer, pero en este extraño proceso vale todo salvo el derecho—
que «el amor sucio y desenfrenado entre Bothwell y la reina, su repugnancia por
el hombre asesinado y la conspiración contra su vida eran de tal modo evidentes
que toda persona buena y bienintencionada tenía que estremecerse y retroceder
espantada».
Mala noticia para María Estuardo, muy bienvenida
para Isabel. Porque ahora que sabe qué material inculpatorio que afecta al
honor puede ponerse encima de la mesa, no descansará hasta darlo a conocer.
Cuanto más insista María Estuardo en un arreglo pacífico, tanto más insistirá
ella en la vergüenza pública. Debido a la actitud hostil de Norfolk, a su
sincera indignación desde que ha visto las cartas de la tristemente famosa
arqueta, la partida parece perdida para María Estuardo.
Pero, en la política y en el juego, no se da la
partida por perdida mientras se tenga una sola carta en las manos. Precisamente
en ese instante, Maitland da un sorprendente giro. Visita a Norfolk, tiene una
larga y confidencial conversación con él. Y, asombroso, casi no se da crédito a
los relatos, de la noche a la mañana ocurre un milagro, Saulo se transforma en
Pablo, el indignado, escandalizado, parcial juez Norfolk se convierte en el más
celoso auxiliar y partidario de María Estuardo. En vez de trabajar en pro de
las intenciones de su propia reina, que quiere una vista pública, se esfuerza
en interés de la escocesa; de repente insiste a María Estuardo en que no
renuncie a la corona escocesa y la pretensión al trono inglés, la respalda,
fortalece su mano. Al mismo tiempo, advierte a Moray de que no se le ocurra
mostrar las cartas de la arqueta, y, mira por dónde, también Moray cambia
abruptamente después de mantener una conversación secreta con Norfolk. Se
vuelve suave y conciliador, está completamente de acuerdo con Norfolk en que
sólo se debe responsabilizar a Bothwell y no a María Estuardo; un dulce viento
parece haber pasado durante la noche por los tejados, se ha roto el hielo; unos
días más, y la primavera y la amistad resplandecerán sobre esa extraña casa.
Hay que preguntarse: ¿qué puede haber movido a
Norfolk a girar de la noche a la mañana ciento ochenta grados, a convertirse de
juez de Isabel en traidor a su voluntad, de adversario de María en su más
vehemente amigo? Primer pensamiento: Maitland tiene que haber sobornado a
Norfolk. En un segundo momento, esto parece improbable. Porque Norfolk es el
noble más rico de Inglaterra, su familia está poco después de la de los Tudor;
ni Maitland ni toda la pobre Escocia pueden conseguir tanto dinero. Y, sin embargo,
como casi siempre, la primera impresión era correcta… de hecho, Maitland ha
conseguido sobornar a Norfolk. Ha ofrecido al joven viudo lo único que puede
atraer a alguien tan poderoso: más poder. Ha ofrecido al duque la mano de la
reina, y con ella al mismo tiempo el derecho hereditario a la corona inglesa. Y
de la corona sigue emanando una magia que hace valientes hasta a los más
cobardes, ambiciosos a los más indiferentes y necios incluso a los más
circunspectos.
Ahora se entiende por qué Norfolk, que ayer aún
acosaba a María Estuardo para que renunciara voluntariamente a sus reales
derechos, la insta de pronto de tan llamativa manera a defenderlos. Porque sólo
quiere casarse con María Estuardo por esa pretensión, que lo pondría de golpe
en lugar de los Tudor, los mismos que hicieron ejecutar por traidores a su
padre y su abuelo. Y no se puede censurar al hijo, al nieto, que cometa
traición a una familia real que aniquiló con el hacha del verdugo a la suya.
Cierto, nuestros actuales sentimientos titubean en
un primer momento antes de comprender la monstruosidad de que ese mismo hombre
que ayer aún se espantaba ante la asesina, ante la adúltera, ante María
Estuardo, que se indignaba ante sus «sucios» amoríos, se decida con tanta
rapidez a tomar por esposa a esa mujer. Y naturalmente los defensores de María
Estuardo han deslizado aquí la hipótesis de que, en aquella conversación
secreta, Maitland tiene que haber convencido a Norfolk de la inocencia de María
Estuardo y haberle demostrado que aquellas «cartas de la arqueta» eran
falsificaciones. Pero los documentos conservados no contienen una sola palabra
a ese respecto, y en realidad, semanas después, Norfolk seguirá calificando a
María Estuardo de asesina delante de Isabel. Pero nada sería más erróneo que
querer aplicar las concepciones morales con una diferencia de cuatro siglos,
porque el valor de una vida humana no es absoluto en las diferentes épocas y
los diferentes espacios, cada época lo mide de otro modo, la moral siempre es
relativa. Nuestro mundo es mucho más indulgente con el crimen político de lo
que lo fue el siglo XIX, y del mismo modo el siglo XVI no fue una época de
grandes reparos. Los escrúpulos de conciencia eran completamente ajenos a una
época que no extraía su moral de las Sagradas Escrituras, sino de Maquiavelo:
quien quería un trono no solía agobiarse mucho con consideraciones
sentimentales y fijarse en si sus peldaños aún estaban mojados con sangre
derramada. Al fin y al cabo, la escena de Ricardo III en la que la reina tiende
la mano al hombre que sabe un asesino es obra de un contemporáneo, y a los
espectadores no les parecía en absoluto inverosímil. Para ser rey, uno
asesinaba, envenenaba a su padre, a su hermano, se lanzaba a la guerra a miles
de inocentes, se arrebataba, se eliminaba sin preguntar por el derecho, y casi
no se encuentra una sola casa real en la Europa de entonces en la que no se
cometieran abiertamente tales crímenes. Cuando había una corona en juego, niños
de catorce años se casaban con matronas de cincuenta y muchachas impúberes con
ancianos que podían ser sus abuelos, no se preguntaba demasiado por la virtud,
la belleza, la dignidad y la moral, se contraía matrimonio con imbéciles,
jorobados y paralíticos, sifilíticos, lisiados y criminales; ¿por qué iban a
esperarse especiales reparos precisamente de este vano y ambicioso Norfolk, si
esa joven, hermosa y ardiente princesa se declaraba dispuesta a ascenderlo a la
condición de esposo suyo? Cegado por su ambición, Norfolk no se detiene en lo
que ha hecho María Estuardo, sino únicamente en lo que puede hacer por él; en
su mente, este hombre débil y no muy inteligente se ve ya en Westminster en
lugar de Isabel. De la noche a la mañana, la tortilla se ha dado la vuelta. La
hábil mano de Maitland ha aflojado la red que se tejió para María Estuardo, y
donde cabía esperar un riguroso juez ha encontrado de pronto un pretendiente y
una ayuda.
No obstante, Isabel tiene buenos espías y un
entendimiento despierto y muy desconfiado. “Les princes ont des oreilles
grandes qui oyent loin et près», dice triunfal en una ocasión al embajador
francés. En cien pequeños signos, ventea que en York se están destilando toda
clase de oscuros brebajes que no le sentarían bien a ella. Al principio, hace
llamar a Norfolk y le dice, burlona, que ha oído decir que se ha convertido en
pretendiente. Norfolk no es ningún héroe.
En voz alta y audible canta el gallo de Pedro:
enseguida niega del modo más miserable a María Estuardo, a la que ayer aún
cortejaba. Todo es mentira y calumnia, él jamás se casaría con semejante
adúltera y asesina y, con grandiosa mendacidad, declara: «Cuando me marcho a
dormir, mi almohada tiene que ser segura».
Sin embargo, Isabel sabe lo que sabe, y más
adelante podrá decir con orgullo: “lls m’ont cru si sotte, que je n'en
sentirais rien». Cuando esta mujer, con su fuerza indomable, agarra furibunda a
una mosquita muerta de su corte, enseguida se le caen de las mangas las cartas
marcadas. De inmediato, procede con energía. Por orden suya, el 25 de noviembre
las negociaciones se trasladan de York a la Camera Depicta de
Westminster. Aquí, a pocos pasos de su puerta y directamente bajo sus
desconfiados ojos, Maitland ya no lo tiene tan fácil como en Yorkshire, a dos
días de viaje y lejos de los guardias y los espías. Además, desde que ha
advertido su falta de fiabilidad Isabel añade a sus comisarios otros con los
que puede contar en todo momento, sobre todo su favorito Leicester. Y ahora que
su dura mano ha empuñado las riendas, el proceso sigue a ritmo rápido el curso
ordenado. Moray, su antiguo huésped, recibe con toda claridad la orden de
«defenderse», y no rehuir para ello la peligrosa animación del proceso, la “extremity
of odious accusations», es decir, presentar las pruebas del adulterio con
Bothwell, las cartas de la arqueta. La solemne promesa a María Estuardo de que
no se presentaría nada que fuera “against her honour» ha desaparecido por
completo. Pero los lores siguen sin encontrarse cómodos. Siguen titubeando y
titubeando a la hora de sacar las cartas, y se limitan a sospechas generales. Y
como Isabel no puede ordenarles abiertamente que enseñen las cartas porque su
parcialidad quedaría demasiado clara, idea una hipocresía aún mayor. Hace como
si ella misma estuviera convencida de la inocencia de María Estuardo y sólo
conociera un camino para salvar su honor, exigiendo con fraternal impaciencia
el total esclarecimiento del caso y la presentación del material probatorio de
todas las «calumnias». Quiere que las cartas, los sonetos de amor a Bothwell,
se pongan encima de la mesa. María Estuardo ha de ser liquidada
definitivamente.
Sometidos a esa presión, los lores terminan por
ceder. En el último momento se representa una pequeña comedia de resistencia,
porque Moray no pone en persona las cartas sobre la mesa, sino que se limita a
enseñarlas y luego se las deja arrebatar «violentamente» por un secretario.
Pero ahora, triunfo para Isabel, están sobre la mesa, ahora van a ser leídas,
una vez, y al día siguiente, ante una comisión reforzada en número, una
segunda. Desde luego hace mucho que los lores han certificado su autenticidad
con un eik, pero sigue sin bastar con eso.
Como si presintiera con siglos de antelación todas
las objeciones de los salvadores del honor de María Estuardo, que declararán
falsificadas esas cartas, Isabel ordena que se lleve a cabo una exacta
comparación de la caligrafía de las mismas con la caligrafía de las que ella
misma ha recibido de María Estuardo, en presencia de toda la comisión. Durante
este examen, los representantes de María Estuardo abandonan la vista (un
importante argumento a favor de la autenticidad de las cartas) y declaran —con
mucha razón— que Isabel no ha mantenido su palabra de que no se presentaría
nada que fuera “against the honour» de María Estuardo.
Mas ¿qué importa el derecho en este proceso, el más
ilegal de todos, en el que la acusada principal no tiene derecho a comparecer,
mientras sus enemigos, como Lennox, pueden formular libremente su acusación?
Apenas se retiran los representantes de María Estuardo, los comisarios reunidos
adoptan ya por unanimidad el «acuerdo provisional» de que Isabel no puede
recibir a María Estuardo antes de que ésta haya quedado limpia de todas estas
acusaciones.
Isabel ha alcanzado su objetivo. Por fin se ha
fabricado el pretexto que tanto necesitaba para apartar de sí a la fugitiva;
ahora, no será difícil encontrar también la excusa para seguir reteniéndola “in
honourable custody»… una hermosa perífrasis para «prisión». Triunfante, uno de
sus leales, el arzobispo Parker, puede exclamar: «¡Ahora nuestra buena reina
tiene cogido al lobo por las orejas!».
Con esa «constatación provisional», con el
asesinato público de su reputación, se ha hecho doblar la cabeza a María
Estuardo, se ha dejado la nuca al descubierto. Ahora la sentencia puede caer
como un hacha. Puede ser declarada asesina y extraditada a Escocia, y allí John
Knox desconoce el sentido de la palabra clemencia. Pero en ese momento Isabel
alza la mano, y el golpe mortal no desciende. Siempre que hay que tomar una
decisión última, en lo bueno como en lo malo, esta enigmática mujer no acaba de
encontrar el valor para hacerlo. ¿Es por la generosa humanidad que a menudo la
inunda, cálida, es por la vergüenza de haber roto su real palabra de
salvaguardar el honor de María Estuardo? ¿Es por cálculo diplomático o —como
suele ocurrir en esta naturaleza insondable— por una mezcla de sentimientos
encontrados? Sea como fuere, Isabel vuelve a retroceder ante la ocasión de
eliminar por completo a su adversaria. En vez de pronunciar con rapidez una
dura sentencia, aplaza el fallo definitivo para negociar con María Estuardo. En
el fondo, Isabel sólo quiere el silencio de esta mujer terca, inflexible e
imposible de intimidar, sólo quiere encogerla y acallarla; así que le propone,
antes de tomar la última decisión, que proteste contra los documentos, y bajo
mano se comunica a María Estuardo que si abdica de buen grado se le absolverá y
podrá quedarse en Inglaterra, libre y con una pensión. Al mismo tiempo, se le
asusta —el palo y la zanahoria— con la noticia de una condena pública, y
Knollys, el hombre de confianza de la corte inglesa, informa que la ha asustado
tanto con amenazas como estuvo en sus manos. Isabel vuelve a trabajar
simultáneamente con sus dos recursos favoritos: la intimidación y la tentación.
Pero María Estuardo no se deja intimidar y ya no se
deja tentar. El peligro siempre tiene que quemarle la piel para que haga acopio
de sus fuerzas, pero entonces, con su valor, crece su compostura. Se niega a
revisar los documentos.
Demasiado tarde, advierte la trampa en que ha
caído, y se retira a su viejo punto de partida: que no puede enfrentarla a sus
súbditos en pie de igualdad. Su mera palabra de reina de que todas esas
acusaciones y documentos son falsos tiene que valer más que todas las pruebas y
afirmaciones. Rechaza abruptamente el trato ofrecido de comprar la absolución,
al precio de su abdicación, a un tribunal que no reconoce. Y, decidida, lanza
al rostro de los negociadores las palabras que hará realidad con su vida y su muerte:
«¡Ni una palabra más sobre la posibilidad de una renuncia a mi corona! Antes de
aceptar eso prefiero morir, y las últimas palabras de mi vida serán las de una
reina de Escocia».
La intimidación ha fracasado, María Estuardo ha
opuesto su valor decidido al valor a medias de Isabel. Otra vez Isabel titubea,
y a pesar de la inflexibilidad de María Estuardo no se atreve a dictar una
condena abierta. Isabel siempre se asusta ante las consecuencias últimas de su
propia voluntad (ocurrirá una y otra vez). La sentencia se produce, no tan
aniquiladora como estaba previsto, pero sí pérfida como todo el proceso. El 10
de enero se anuncia solemnemente la torcida y floja sentencia diciendo que contra
Moray y sus seguidores no se ha alegado nada que afecte a su honor y a su
deber. De este modo se aprueba claramente la rebelión de los lores. La
declaración resulta inconmensurablemente equívoca para María Estuardo: los
lores no han podido probar las acusaciones contra la reina lo bastante como
para que la reina de Inglaterra se forme una mala opinión de su hermana. Leído
de manera superficial, esto se podría considerar una salvación de su honor y se
podría considerar la prueba como no presentada, no lograda. Pero el envenenado
se oculta en las palabras “been sufficiently». Con ellas se desliza la idea de
que se han aportado toda clase de cosas altamente sospechosas e inculpatorias,
pero nada «suficiente» para convencer a una reina tan buena como Isabel. Cecil
no necesita más para sus fines: la sospecha pende aún sobre María Estuardo, y
se ha encontrado un motivo suficiente para mantener presa a esa mujer
indefensa. Por el momento, Isabel ha vencido.
Más se trata de una victoria pírrica. Porque
mientras mantenga presa a María Estuardo habrá dos reinas dentro de Inglaterra,
y el país no tendrá paz mientras ambas estén vivas. La injusticia siempre
engendra inquietud, siempre lo ideado con astucia está mal hecho. El día en que
roba su libertad a María Estuardo, Isabel se priva de su propia libertad. Al
tratarla como a una enemiga le da el derecho a cualquier acto hostil, romper su
palabra la autoriza a romper la suya, su mentira, a cualquier mentira. Isabel
tendrá que expiar durante años y años el error de no haber cedido a su primer y
más natural instinto. Demasiado tarde advertirá que en este caso la generosidad
también habría sido inteligencia.
Porque ¡cuán miserablemente habría embarrancado la
vida de María Estuardo si tras la barata ceremonia de un frío recibimiento
Isabel hubiera expulsado de su país a la suplicante! ¿Adónde hubiera podido ir
esa mujer despedida con desprecio? Ningún juez y ningún poeta se hubiera vuelto
a ocupar de ella; infamada por el escándalo, humillada por la generosidad de
Isabel, hubiera vagado sin rumbo de corte en corte; en Escocia, Moray le habría
cortado el paso, ni Francia ni España hubieran recibido con especial respeto a
esa incómoda quejicosa. Quizá, conforme a su temperamento, se hubiera enredado
en nuevos asuntos amorosos, tal vez hubiera seguido a Bothwell a Dinamarca.
Pero su nombre hubiera desaparecido en la Historia, o en el mejor de los casos
se lo habría mencionado de forma poco honrosa como el de una reina que se casó
con el asesino de su marido. De todo ese destino oscuro y bajo la salvó
únicamente ante la Historia Universal la injusticia de Isabel. Sólo su enemiga
devolvió la grandeza a su destino y, al tratar de humillar a María Estuardo, la
elevó en realidad y rodeó la cabeza de la ya derrocada con el nimbo del
martirio. Ninguna de sus propias acciones elevó a María Estuardo a una estatura
tan legendaria como la injusticia innecesariamente padecida, y ninguna redujo
tanto la estatura moral de Isabel como el haber perdido la ocasión de ser
verdaderamente generosa en los grandes momentos.
Los años en sombras
1569-1584
Nada es más difícil de describir que el vacío, nada
más complicado de ilustrar que la monotonía. La prisión de María Estuardo es
uno de esos no aconteceres, una noche yerma y sin estrellas. Con la sentencia,
se rompe definitivamente el gran ritmo, el ritmo ardiente de su vida. Los años
pasan como las olas pasan en el mar, ora más excitados, ora nuevamente laxos y
calmados; pero jamás volverá a agitarse su fondo más profundo, la solitaria no
volverá a vivir ni la dicha completa ni el tormento. Su destino, antaño tan
apasionado, languidece carente de acontecimientos y por eso doblemente
insatisfactorio, a un trote cansado y mortecino llegan y pasan los veintiocho,
los veintinueve, los treinta años de esta mujer joven y sedienta de vida. Luego
empieza otra década, igual de vacía y tibia: los treinta y uno, los treinta y
dos, los treinta y tres, los treinta y cuatro, los treinta y cinco, los treinta
y seis, los treinta y siete, los treinta y ocho, los treinta y nueve… ya tan
sólo escribir las cifras sucesivas cansa. Pero hay que mencionarlas, una a una,
para poder intuir la duración, la desmoralizadora y agotadora duración de esa
agonía del alma, porque cada uno de esos años tiene cientos de días, y cada día
demasiadas horas, y ni una de ellas está realmente viva y alegre. Luego llegan
los cuarenta años, y ya no es una mujer joven la que vive ese punto de
inflexión, sino una mujer cansada y enferma; lentamente se arrastran los
cuarenta y uno, los cuarenta y dos y los cuarenta y tres, y al fin la Muerte
tiene más piedad que los hombres y saca de su prisión a ese alma cansada. Hay
cosas que cambian en esos años, pero siempre son pequeñas e indiferentes. A
veces María Estuardo está sana, a veces enferma, a veces tiene esperanzas y
cien veces decepciones, ora la tratan con algo más de dureza, ora con algo más
de cortesía, ora escribe a Isabel cartas furiosas, luego otra vez tiernas, pero
en el fondo todo es lo mismo, correcto e irritante, el mismo rosario gastado de
horas incoloras que se escurren vacías por entre sus dedos.
Exteriormente cambian las cárceles, ora retienen a
la reina en el castillo de Bolton, ora en los de Chatsworth y Sheffíeld y
Tutbury y Wingfíeld y Fotheringhay, pero sólo los nombres y las piedras y las
paredes cambian, en realidad todos esos castillos son uno y el mismo, porque
todos encierran la libertad. Con perversa obstinación, las estrellas, el Sol y
la Luna giran describiendo grandes trazos en tomo a ese estrecho círculo, pasan
el día y la noche y el mes y el año; los reinos mueren y se renuevan, los reyes
vienen y sucumben, las mujeres maduran, paren y se marchitan, detrás de las
costas y de las montañas el mundo cambia incesantemente. Sólo esta vida sigue
siempre en sombras; cortada de la raíz y de las ramas, ni da flores ni fruto.
Lentamente, consumida por el veneno de la nostalgia impotente, se marchita la
juventud de María Estuardo, se le va la vida.
Lo más cruel de esta interminable prisión fue,
paradójicamente, que en sus signos externos jamás fue cruel. Porque una mente
orgullosa puede defenderse contra el tosco acto de violencia, la humillación
inflama la indignación, el alma se crece en la furiosa resistencia. Tan sólo al
vacío sucumbe impotente mientras se agota; la celda acolchada contra cuyas
paredes no se puede golpear con los puños siempre es más difícil de soportar
que la más dura de las mazmorras.
Ningún látigo, ningún insulto arde tan
profundamente en un corazón elevado como la violación de la libertad hecha
entre reverencias y devotos títulos de Alteza, ningún escarnio humilla de forma
más terrible que el de la cortesía formal. Pero precisamente esa falsa
consideración que no es para el ser humano que sufre, sino para su rango, se le
rinde tercamente a María Estuardo, siempre esa respetuosa vigilancia, ese
oculto acecho, la guardia de honor de la honourable custody que, con
el sombrero en la mano y la mirada baja y servil, se pega a sus talones. En
todos estos años nunca se olvidará un minuto que María Estuardo es reina, se le
conceden todas las comodidades carentes de valor, todas las pequeñas
libertades, todo menos una cosa, la más sagrada, la más importante de la vida:
la libertad. Isabel, preocupada por su prestigio de soberana humanitaria, es lo
bastante inteligente como para no tratar de forma vengativa a su rival. ¡Oh,
ella cuida de su buena hermana! Cuando María Estuardo está enferma enseguida
llegan de Londres temerosas peticiones de noticias, Isabel ofrece su propio
médico, desea expresamente que las comidas sean preparadas por la servidumbre
personal de María Estuardo. No, no hay que permitir que se murmure de forma vil
que trata de eliminar a su incómoda rival mediante el veneno, no debe oírse la
queja de que encierra a una reina ungida en una prisión: ¡tan sólo ha ofrecido
con insistencia, con irresistible insistencia a su hermana escocesa habitar de
forma permanente en sus hermosas posesiones inglesas!
Cierto, para Isabel sería más cómodo y más seguro
encerrar a esa inflexible en la Torre, en vez de mantener su costosa corte en
castillos. Pero, más mundana que sus ministros, que insisten sin cesar en que
se tomen burdas medidas de seguridad, Isabel evita la hostilidad. Insiste en
que ha de mantenerse a María Estuardo como a una reina, pero sujeta y atada a
una cola de respeto, con cadenas de oro. Con harto dolor de su corazón, esta
mujer ahorrativa domina en este único caso incluso su codicia presupuestaria,
permite, entre gemidos y maldiciones, que su indeseada hospitalidad le cueste
cincuenta y dos libras a la semana durante todos esos veinte años. Y como
además María Estuardo percibe de Francia la considerable pensión de mil
doscientas libras al año, en verdad no tiene por qué pasar hambre. Puede
residir como una princesa en esos castillos.
No se le niega el derecho a poner en su sala de
recepciones el baldaquino real, puede mostrar de manera visible a cualquier
visitante que allí vive, aunque presa, una reina. Come exclusivamente con
cubiertos de plata, las habitaciones están iluminadas con caros cirios puestos
en candelabros de plata, las tablas del suelo están cubiertas de alfombras
turcas, que entonces eran de un lujo extremo: su ajuar es tan abundante que
cada vez que hay que trasladarlo de un castillo a otro hacen falta docenas de
carros con tiros de cuatro caballos. María Estuardo tiene a su propio servicio
un tropel de damas de honor, doncellas y camareras; en los mejores tiempos, no
la acompañan menos de cincuenta personas, toda una corte en miniatura con
chambelanes, sacerdotes, médicos, secretarios, contables, ayudas de cámara,
encargados del vestuario, sastres, tapiceros, cocineros, que la tacaña soberana
del país trata desesperada de reducir y María Estuardo defiende con encarnizada
dureza.
El hecho de que no se había previsto ninguna
mazmorra cruel y romántica para la soberana derrocada lo demuestra desde un
principio la elección del hombre a cuya constante vigilancia se le confía.
George Talbot, conde de Shrewsbury, es un auténtico noble y caballero. Y
además, hasta ese mes de junio de 1569 en que Isabel lo elige, se le podría
llamar un hombre feliz. Son suyas grandes propiedades en las provincias
nórdicas y centrales, nueve castillos, vive tranquilo en sus propiedades como
un pequeño príncipe, a la sombra de la Historia, lejos de cargos y dignidades.
La ambición política nunca ha asediado a este hombre rico, que ha vivido su
vida serio y feliz. Su barba ya ha encanecido ligeramente, ya cree poder
descansar, cuando Isabel le carga de repente con el vidrioso mandato de vigilar
a su ambiciosa rival, amargada por la injusticia. Su predecesor, Knollys,
respira aliviado apenas Shrewsbury es nombrado y a él se le quita ese peligroso
negocio: «Como hay Dios en el cielo que preferiría sufrir cualquier pena antes
que seguir con este empleo». Porque es un cargo ingrato, esta honourable
custody, cuyos derechos y límites son en extremo imprecisos, y la ambigüedad de
tal nombramiento exige un tacto inconmensurable. Por una parte, María Estuardo
es reina y a la vez no es reina, es huésped de palabra y prisionera de hecho.
Así que Shrewsbury tiene que mostrarle como caballero todas las cortesías del
señor de la casa, y a la vez, como hombre de confianza de Isabel, restringirle
cuidadosamente toda libertad. Es su superior, y sin embargo sólo puede
comparecer ante la reina doblando la rodilla, tiene que ser severo, pero bajo
la máscara de la sumisión, debe atender a su huésped y a la vez vigilarla
permanentemente. Esta situación en sí misma enmarañada la agrava además su
esposa, que ya ha enterrado tres maridos y ahora lleva al cuarto a la
desesperación con sus incesantes manejos, porque intriga ora en contra ora en
pro de Isabel, ora en contra ora en pro de María Estuardo. Este hombre honesto
no lleva una vida fácil entre esas tres excitadas mujeres, súbdito de una,
unido a la otra, atado a la tercera por invisibles y forzosas cadenas; en
realidad, durante esos quince años el pobre Shrewsbury no fue el guardián, sino
el compañero de prisión de María Estuardo, y también en él se cumple la secreta
maldición de que esa mujer trae la desgracia a aquel que encuentra en su
trágico camino.
¿Cómo pasa María Estuardo todos esos años vacíos y
absurdos? En apariencia, muy tranquila y cómodamente. Vista desde fuera, su
tarea diaria en nada se distingue de la de otras mujeres distinguidas que viven
durante años en sus feudos rurales. Cuando se siente sana, sale a sus queridas
cacerías, rodeada por supuesto por esa ominosa «escolta de honor», o trata de
mantener la frescura del cuerpo ya algo cansado jugando a la pelota o con otros
deportes. Compañía no le falta, a menudo vienen huéspedes de los castillos
vecinos a mostrar su reverencia a la interesante prisionera, porque —nunca se
puede perder de vista esto—, aunque impotente por el momento, esta mujer sigue
siendo en derecho la siguiente en la línea de sucesión, y si a Isabel le
ocurriera algo mañana podría ser reina en su lugar. Por eso las personas
inteligentes y con visión de futuro, sobre todo el guardián permanente
Shrewsbury, se cuidan muy mucho de estar en el mejor de los acuerdos con ella.
Incluso los favoritos, los amigos más íntimos de Isabel, Hatton y Leicester,
envían a espaldas de su benefactora cartas y saludos a su más encarnizada
adversaria y rival, sólo para mantener una ficha en el tablero: quién sabe si
mañana mismo no habrá que doblar la rodilla ante ella e implorarle prebendas.
Así, aunque encerrada en su círculo rural, María Estuardo siempre conoce con
todo detalle todo lo que sucede en la corte y en el gran mundo. Lady Shrewsbury
le cuenta incluso intimidades de Isabel que haría mejor en callar, y por muchos
caminos subterráneos a la prisionera no hacen más que llegarle ánimos. Así que
no hay que imaginar el exilio de María Estuardo como una estrecha y oscura
celda, como un abandono total. En las noches de invierno se hace música:
naturalmente, ya no hay jóvenes poetas componiendo tiernos madrigales como en
tiempos de Chastelard, y han terminado definitivamente los galantes bailes de
disfraces de Holyrood; este corazón impaciente ya no tiene sitio para el amor y
la pasión… el tiempo de las aventuras siempre pasa al pasar la juventud. De sus
soñadores amigos sólo queda el pequeño paje William Douglas, el salvador de
Lochleven, y de todos los hombres de su corte —ah, ya no están en ella Bothwell
y Rizzio— al que más quehacer da es al médico.
Porque María Estuardo está enferma a menudo, sufre
de reumatismo y de un extraño dolor en el costado. A menudo tiene las piernas
tan hinchadas que apenas puede moverse, tiene que buscar alivio en manantiales
cálidos, y la falta de movimiento refrescante hace que su cuerpo, antaño tan
grácil y esbelto, se vuelva poco a poco flácido y corpulento. Raras veces la
voluntad se tiende con el viejo y enérgico impulso, pasaron para siempre las
ardientes galopadas de doce horas por el campo escocés, pasaron los alegres
viajes de placer de castillo en castillo. Cuanto más dura el encierro, tanto
más busca la prisionera distracción en las ocupaciones domésticas. Pasa horas
sentada, vestida de negro como una monja, junto a bastidores de bordado, y hace
con sus finas manos, todavía de un hermoso cutis blanco, esos maravillosos
tejidos bordados en oro cuyas muestras aún podemos admirar hoy, o lee
tranquilamente sus queridos libros. No se le conoce una sola aventura en esos
casi veinte años; desde que la fuerte ternura de su ser ya no puede derrocharse
en un Bothwell, en un hombre amado, se orienta, más suave y atenuada, a esos
seres que nunca decepcionan, a los animales. María Estuardo se hace traer de
Francia los perros más mansos e inteligentes, spaniels y perdigueros, tiene
constantemente pájaros cantores y un palomar, cuida en persona las flores del
jardín y se preocupa por las mujeres de sus criados. Quien la observara sólo
fugazmente, sólo viniera como invitado y no mirase la profundidad de las cosas,
podría creer que aquella salvaje ambición que un día estremeció el mundo se ha
extinguido completamente en ella, que todo deseo terreno ha perdido su fuerza.
Porque esta mujer que envejece poco a poco cada vez va más a misa envuelta en
el velo de viuda, a menudo se arrodilla en el reclinatorio de su capilla, y
sólo a veces, muy raras veces, escribe versos en su devocionario o en una hoja
de papel en blanco. Pero ya no son ardientes sonetos, sino versos de devota
entrega o melancólica resignación, como por ejemplo:
Que suisie helas et quoy sert ma vie
Ien suis fors qun corps priue de cueur
Un ombre vayn un obiect de malheur
Qui na plus rien que de mourir en uie…
Da cada vez más la impresión de que esta mujer
duramente probada hubiera superado toda idea de poder terrenal, como si ya sólo
esperase, devota y tranquila, a la que trae la paz, a la Muerte.
Sin embargo, no hay que equivocarse: todo esto no
es más que apariencia y juego de disfraces. En realidad, esta mujer orgullosa,
esta fogosa princesa, sólo vive de un y para un pensamiento: recuperar su
libertad, su poder. María Estuardo no piensa en serio ni por un instante en
conformarse cobardemente con su destino. Todo este sentarse al bastidor, leer y
charlar, todo ese soñar indiferente, sólo oculta su verdadera actividad
cotidiana: la conspiración. Sin cesar, desde el primer hasta el último día de
su prisión, María Estuardo organiza complots y entabla relaciones diplomáticas,
su cuarto se convierte en todas partes en una secreta cancillería política. En
ella se trabaja día y noche de manera febril. A puerta cerrada, María Estuardo
escribe de puño y letra con sus dos secretarios instrucciones secretas para los
embajadores francés, español y papal, sus adeptos escoceses y los Países Bajos,
y naturalmente, por precaución, al mismo tiempo envía cartas suplicantes o
tranquilizadoras, humildes o rebeldes, a Isabel, que hace mucho que ésta no
responde. Los mensajeros van y vienen sin cesar, envueltos en cien disfraces, a
París y Madrid. Se acuerdan contraseñas, se elaboran y se cambian todos los
meses sistemas enteros de cifrado, día tras día se pone en marcha un auténtico
correo ultramarino con todos los enemigos de Isabel. La casa entera —Cecil lo
sabe, y por eso trata constantemente de reducir el número de sus leales—
trabaja como un Estado Mayor en la eterna tarea de liberación, los cincuenta
criados reciben o hacen visitas a los pueblos más próximos para traer o llevar
noticias, la población entera recibe sobornos periódicos so pretexto de
limosnas, y gracias a esta refinada organización la estafeta diplomática llega
hasta Madrid y Roma. Las cartas son pasadas ora con la ropa sucia, ora entre
libros, en bastones ahuecados o bajo la tapa de arquetas decorativas, a veces
incluso tras el azogue de los espejos. Se idean sin cesar nuevas argucias para
eludir a Shrewsbury, ora se cortan suelas de zapatos para insertar en ellas
mensajes escritos con tinta invisible, ora se fabrican especiales pelucas en
las que se colocan rollitos de papel. En los libros que María Estuardo manda
traer de París o de Londres están subrayadas letras sueltas conforme a un
código determinado, que al unirlas arrojan un sentido; los documentos más
importantes van cosidos a la estola de su padre confesor. María Estuardo, que
ya en su juventud ha aprendido a escribir en clave y a descifrarlas, dirige en
personas todas las acciones principales y de Estado, y ese juego emocionante de
burlar las órdenes de Isabel tensa sus energías espirituales, sustituye para
ella el deporte y cualquier otra emoción. Se lanza con toda su fogosidad e
imprudencia a estas conspiraciones y negociaciones, y en algunas ocasiones,
cuando de París, Roma y Madrid llegan hasta su cuarto mensajes y promesas por
vías siempre nuevas, la humillada puede volver a sentirse como un verdadero
poder, incluso como centro del interés de Europa. Y precisamente el hecho de
que Isabel sepa de su peligro y aun así no pueda doblegarla, de que a pesar de
todos los guardianes dirija campañas desde su cuarto y ayude a conformar el
destino del mundo, es quizá el único placer que mantiene tan grandiosamente
erguido el espíritu de María Estuardo durante aquellos largos y vacíos años.
Esa inconmovible energía, esa fuerza encadenada, es
maravillosa, pero trágica al tiempo en su inutilidad. Porque haga lo que haga e
idee lo que idee María Estuardo, lo hace sin suerte. Todas las muchas
conspiraciones y complots que organiza sin cesar están destinadas al fracaso de
antemano. La partida es demasiado desigual. Contra una organización cerrada, el
individuo siempre es el más débil; María Estuardo trabaja sola, y detrás de
Isabel hay todo un Estado Mayor, con cancilleres, consejeros, policías, soldados
y espías, y desde una cancillería se lucha mucho mejor que desde una prisión.
Cecil dispone de recursos ilimitados en dinero y medios defensivos, puede tomar
sus medidas con las manos libres y vigilar a esta mujer sola e inexperta con
mil ojos de espías. La policía conoce todos los detalles de casi cada una de
las tres millones de personas que habitaban entonces Inglaterra, y cualquier
extranjero que arriba a la costa inglesa es examinado y observado: se envían
informadores a las fondas, a las cárceles, a los barcos, se ponen espías en los
talones de cualquier sospechoso, y cuando esos medios de bajo nivel fracasan,
enseguida se aplica el más duro: la tortura. Pronto se pone de manifiesto la
superioridad de la violencia colectiva.
Uno tras otro, los sacrificados amigos de María
Estuardo son enviados, a lo largo de los años, a las sombrías mazmorras de la
Torre, y el potro les arranca la confesión y los nombres de los demás
participantes; la tenaza del martirio aplasta duramente un complot tras otro.
Incluso cuando, a veces, María Estuardo logra enviar sus cartas y propuestas al
extranjero a través de las legaciones, ¡cuántas semanas pasan antes de que una
de esas cartas llegue a Roma o Madrid, cuántas semanas hasta que en las cancillerías
se deciden a contestarle, y cuántas semanas otra vez hasta que esa respuesta
llega! ¡Y qué débil es entonces la ayuda, qué insoportablemente tibia para ese
corazón ardiente e impaciente que ya esperaba ejércitos y armadas para su
liberación! La prisionera, la solitaria, ocupada día y noche con su propio
destino, siempre tiende a creer que también los otros, en el mundo libre y
activo, se ocupan exclusivamente de ella. Por eso, es en vano que María
Estuardo presente una y otra vez su liberación como el acto más necesario de la
Contrarreforma, como la primera y más importante acción de salvamento de la
Iglesia católica: los otros calculan y racanean y no se ponen de acuerdo. La
Armada no se equipa, su principal ayuda, Felipe II de España, reza mucho, pero
arriesga poco. No piensa declarar una guerra incierta en aras de la prisionera,
de vez en cuando él o el Papa envían un poco de dinero para comprar a unos
cuantos aventureros que organicen sublevaciones y atentados. Pero ¡qué
lamentables complots son siempre, qué mal organizados y cuán pronto
traicionados a los despiertos espías de Walsingham! Sólo unos cuantos cuerpos
martirizados y mutilados en el patíbulo de Tower Hill recuerdan de vez en
cuando al pueblo que en alguna parte, en un castillo, sigue viviendo una
prisionera que reclama tercamente ser la reina legítima de Inglaterra, y por
cuyos derechos hay héroes y locos que arriesgan la vida una y otra vez.
Hace mucho que todos sus contemporáneos saben que
ese incesante tramar y conspirar tendrá que arrastrar finalmente a la perdición
a María Estuardo, que la eterna osada ha empezado un juego perdido de antemano
cuando desafía desde una mazmorra a la reina más poderosa de la Tierra. Ya en
1572, después de la conspiración de Ridolfi, su cuñado Carlos IX manifiesta
irritado: «Esa pobre loca no tendrá paz hasta que haya perdido la cabeza.
Acabarán ajusticiándola.
Pero veo que es culpa y locura suya, no conozco
remedio para ella». Son duras palabras de un hombre que en la Noche de San
Bartolomé, desde una segura ventana, ordenó disparar sobre fugitivos
indefensos, y sabía muy poco de lo que era una actitud heroica. Pero sin duda,
desde el punto de vista de la razón calculadora, María Estuardo actúa
neciamente al no elegir el cómodo aunque cobarde camino de la capitulación, y
preferir con decisión un camino carente de expectativas. Quizá en verdad una
renuncia a tiempo a sus derechos la hubiera liberado de su prisión, y
probablemente durante todos esos años tuvo en sus manos las llaves de la
cárcel. Sólo tenía que humillarse, renunciar solemne y voluntariamente a sus
derechos al trono escocés, al inglés, e Inglaterra la habría dejado ir
aliviada. Isabel intenta varias veces —en modo alguno por generosidad, sino por
miedo, porque la acusadora presencia de esa peligrosa prisionera pesa en su
conciencia como una pesadilla— construir para ella puentes de plata, una y otra
vez se negocia y se le ofrecen fáciles acuerdos. Pero María Estuardo prefiere
seguir siendo una prisionera coronada antes que una reina sin corona, y Knollys
miró hasta el fondo de su alma cuando, en los primeros días de su prisión, dijo
de ella que tenía suficiente valor como para resistir mientras le quedase un
gramo de esperanza. Porque su elevado sentido había entendido la pequeña y
miserable libertad que, como soberana abdicada, la esperaba en algún rincón, y
que sólo la humillación podía darle una nueva grandeza ante la Historia. Se
sentía mil veces más atada que a su prisión a su propia promesa: que nunca
abdicaría, y que sus últimas palabras serían las de una reina de Escocia.
La frontera que separa el valor de la loca audacia
es dura, porque lo heroico siempre es al mismo tiempo lo más necio. Sancho
Panza siempre es más sensato que Don Quijote, Térsites más prudente que Aquiles
a los ojos de la razón; pero las palabras de Hamlet, que lucharía hasta por una
pajilla si afectaba al honor, son en todos los tiempos la piedra de toque de
una naturaleza heroica. Sin duda la resistencia de María Estuardo carecía casi
de expectativas contra tan inmensa superioridad, y sería injusto llamarla
absurda porque no tuvo éxito. Porque durante todos esos años, e incluso cada
año más, esta mujer en apariencia impotente y solitaria encama, precisamente
por su terquedad, una enorme fuerza, y, precisamente porque sacudía sus
cadenas, en algunos momentos toda Inglaterra se estremeció y el corazón de
Isabel tembló. Siempre se miran los acontecimientos históricos desde un ángulo
erróneo cuando se los juzga desde el cómodo punto de vista de la posteridad,
que conoce ya sus resultados; es demasiado fácil llamar necio al vencido porque
arriesgó un combate peligroso.
En realidad, durante casi veinte años, la decisión
entre estas dos mujeres estuvo constantemente en el filo de la navaja. Algunas
de las conspiraciones que se organizaron para dar la corona a María Estuardo
hubieran podido ser mortales para Isabel de haber tenido algo más de suerte y
habilidad, dos o tres veces el golpe pasó realmente cerca de ella. Primero es
Northumberland el que se lanza con los nobles católicos, todo el Norte se
subleva, y a Isabel le cuesta trabajo controlar la situación. Luego empiezan,
mucho más peligrosas, las intrigas de Norfolk. Los mejores nobles de
Inglaterra, entre ellos incluso los más íntimos amigos de Isabel, como
Leicester, apoyan su plan de casarse con la reina escocesa, que, para
espolearle —¿qué no haría ella por ganar?— le escribe ya las más tiernas cartas
de amor. Por mediación del florentino Ridolfi, ya hay tropas francesas y
españolas listas para desembarcar, y si ese Norfolk —ya lo había demostrado
antes con su cobarde negativa— no fuera un débil, si el azar hostil, el viento,
el clima, el mar y la traición no jugaran en contra del proyecto, la tortilla
se habría dado la vuelta, los papeles habrían cambiado y María Estuardo
residiría en Westminster, e Isabel estaría en la Torre o en la tumba. Pero ni
siquiera la sangre de Norfolk, el destino de Northumberland y el de todos los
demás que en esos años pusieron la cabeza en el patíbulo por María Estuardo,
asustan a un último pretendiente. Vuelve a aparecer un candidato a conseguir su
mano. Don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V, hermanastro de Felipe
II, el vencedor de Lepanto, modelo de caballería, el primer guerrero de la
cristiandad: excluido de la corona española por su nacimiento ilegítimo,
primero trata de fundar un reino propio en Túnez, luego la otra corona de
Escocia le hace señas con la mano tendida de la prisionera. Ya está armando un
ejército en los Países Bajos, ya están listos todos los planes para liberarla,
para salvarla, cuando —eterna desgracia de María Estuardo con todos los que la
ayudan— una malvada enfermedad lo abate, y perece de prematura muerte. La
suerte no alumbró el camino de ninguno que pretendiera o sirviera a María
Estuardo.
En última instancia, para decirlo con claridad, eso
fue lo que realmente decidió entre Isabel y María Estuardo: en todos estos
años, la suerte se mantuvo fiel a Isabel y la desgracia fiel a María. Fuerza
contra fuerza, personaje contra personaje, ambas son casi iguales entre sí.
Pero las estrellas les son dispares. Lo que María Estuardo, derrocada,
abandonada por su suerte, emprende desde su prisión, fracasa. Las flotas
enviadas contra Inglaterra se estrellan en medio de la tempestad, sus
mensajeros yerran el camino, sus pretendientes mueren, sus amigos no muestran
presencia de espíritu en el momento decisivo, y aquel que la quiere ayudar está
labrando su ruina.
Por eso, resultan estremecedoramente ciertas las
palabras de Norfolk en el patíbulo: «Nada que partiera de ella o se emprendiera
por ella terminó nunca bien». Una luna sombría alumbra cada uno de sus pasos
desde el día en que encontró a Bothwell. Quien la ama sucumbe, quien la ama
cosecha amargura.
Ella trae la desgracia a quien la quiere bien,
quien la sirve, sirve a su propia muerte. Igual que la negra montaña magnética
de la leyenda atrae los barcos, así ella atrae, funesta, destinos a su destino;
poco a poco, rodea su nombre la tenebrosa leyenda de la magia mortal. Pero
cuanto más desesperada es su causa, tanto más apasionada es su energía. En vez
de doblegarla, la larga y triste prisión no hace más que fomentar la
obstinación de su alma. Y por propia voluntad, aunque consciente de su inutilidad,
es ella la que provoca la última, la definitiva decisión.
La última ronda
1584-1585
Los años fluyen, semanas, meses, años pasan como
las nubes sobre esta vida solitaria, en apariencia sin tocarla. Pero el tiempo
cambia imperceptiblemente a las personas y el mundo que las rodea. Ha llegado a
la cuarentena, punto de inflexión en la vida de una mujer, y María Estuardo
sigue prisionera, sigue sin ser libre. La ancianidad la roza ya sigilosamente,
la raya del pelo se vuelve gris, el cuerpo más rollizo, más corpulento, los
rasgos más tranquilos y de matrona, su carácter empieza a llevar el sello de
una cierta melancolía, que se traduce de preferencia en lo religioso. Pronto,
la mujer tiene que sentirlo en su interior, habrá pasado irrevocablemente el
tiempo del amor, el tiempo de la vida: lo que ahora no se haga ya no se hará,
la tarde ha llegado, oscurece ya la cercana noche.
Hace mucho que no se aproxima ningún pretendiente,
quizá nunca llegue uno: un poco más, y la vida estará definitivamente perdida.
¿Sigue teniendo sentido esperar y esperar el milagro de la liberación, la ayuda
de un mundo titubeante y descuidado? En estos últimos años, aumenta por
momentos la sensación de que esta mujer duramente probada ya está interiormente
harta de luchar, y empieza a estar dispuesta al acuerdo y la renuncia. Con
frecuencia creciente, hay horas en las que se pregunta si no es necio languidecer
tan inútilmente, tan sin quererlo, como una flor en la sombra, si no será mejor
comprar la libertad quitándose de forma voluntaria la corona de la cabeza que
empieza a encanecer. En el cuadragésimo año, María Estuardo empieza a cansarse
cada vez más de esa vida pesada, vacía, poco a poco la furiosa voluntad de
poder se afloja y se convierte en una suave y mística nostalgia de la muerte;
en una de esas horas escribe, a medias queja, a medias oración, estas
conmovedoras líneas en latín en una hoja:
O Domine Deus! speravi in Te
O care mi Jesu! nunc libera me.
In dura catena, in misera poena, desidero Te;
Languendo, gemendo et genu flectendo
Adoro, imploro, ut liberes me.
Como los libertadores vacilan y dudan, la mirada se
vuelve al redentor. Es preferible morir, todo menos este vacío, esta
incertidumbre, este esperar y esperar y desear y anhelar y quedar defraudada
una y otra vez. ¡Un final, bueno o malo, ya sea mediante triunfo o mediante
renuncia! Imparable, la lucha se acerca a su fin porque María Estuardo quiere
ese fin con todas las fuerzas de su alma.
Cuanto más dura esta lucha terrible, pérfida y
cruel, grandiosa y dura, tanto más abrupto es el enfrentamiento de las dos
viejas adversarias, María Estuardo e Isabel. Isabel cosecha éxito tras éxito en
su política. Se ha reconciliado con Francia, España sigue sin atreverse a la
guerra, ha mantenido la supremacía frente a todos los descontentos. Sólo un
enemigo, mortalmente peligroso, sigue en pie en este país, y es esa mujer
vencida y sin embargo invencible. Sólo cuando la haya eliminado será de verdad la
vencedora. Pero tampoco a María Estuardo le queda más objeto para su odio que
Isabel. Una vez más, en una hora salvaje de desesperación, se ha vuelto a su
pariente, a su hermana en el destino, y ha apelado a su humanidad con
arrolladora pasión. «No puedo soportarlo más, madame —grita en ese grandioso
escrito—, y como estoy muriendo tengo que llamar por su nombre a los culpables
de mi muerte. A los más viles criminales en sus cárceles se les permite ser
oídos para justificarse, y se les dice el nombre de sus acusadores y fiscales.
¿Por qué se me niega ese derecho precisamente a mí, una reina, vuestra pariente
más próxima y legítima heredera? Creo que precisamente esta última exigencia ha
sido hasta ahora la verdadera causa por parte de mis enemigos… Pero tienen, ay,
pocos motivos y ninguna necesidad de seguir torturándome por esa razón, porque
juro por mi honor que ya no espero ningún otro reino que el reino de Dios, para
el que estoy interiormente preparada, porque es el mejor fin de todas mis
angustias y tormentos.» Por última vez, en este fervor de la más íntima
veracidad, conjuraba a Isabel a liberarla de su prisión: «Por el honor y los
sufrimientos de nuestro Salvador y Redentor, os invoco una vez más a que me
permitáis retirarme desde este reino a algún lugar tranquilo, a buscar un poco
de reposo para mi cansado cuerpo, que está agotado por las incesantes penas, y
que me permitáis preparar mi alma para Dios, que ya me está llamando a su
presencia todos los días… Concededme este favor antes de morir, para que mi
alma, en cuanto quede apaciguada toda disputa entre nosotras, no se vea
obligada, desprendida del cuerpo, a llevar vuestras quejas ante Dios y acusaros
del mal que me habéis hecho padecer en este mundo». Pero Isabel se mantiene
muda ante esta conmovedora apelación, no está dispuesta a pronunciar ni una
sola palabra de aliento. Entonces, también María Estuardo aprieta los labios y
los puños. Ya sólo conoce un sentimiento, el odio, frío y caliente, un odio
pertinaz y ardiente contra esta mujer, y desde ahora ese odio apunta, tanto más
afilado y más mortal, contra esa única persona, porque todos sus demás
adversarios y enemigos han desaparecido; todos han caído unos a manos de otros.
Como si esa misteriosa maldición que emana de María Estuardo, alcanzando a
todos aquellos a los que odia o ama, quisiera hacerse visible, todos sus
adeptos o enemigos, todos los que lucharon por ella o contra ella, la han
precedido. Todos los que la acusaron en York, Moray y Maitland, han muerto de
forma violenta, todos lo que iban a juzgarla en York,
Northumberland y Norfolk, han puesto la cabeza en
el tajo; todos los que un día se conjuraron contra Darnley y después contra
Bothwell se han quitado de en medio mutuamente, todos los traidores de Kirk
o’Field y Carberry y Langside se han traicionado a sí mismos. Todos esos
obstinados lores y condes de Escocia, toda esa horda salvaje, peligrosa,
sedienta de poder, se han matado los unos a los otros. El campo de batalla está
vacío. Ya no queda nadie al que poder odiar más que Isabel. La gigantesca lucha
entre pueblos de hace dos décadas se ha convertido en un combate singular. Y en
esta lucha de mujer contra mujer ya no hay negociación, ahora es cuestión de
vida o muerte.
En esta última lucha, la lucha a cuchillo, María
Estuardo consume sus últimas energías. Aún hay que arrebatarle una esperanza,
la última. Todavía hay que ofenderla, y en lo más hondo, para que se concentre
en suprema fuerza.
Porque María Estuardo siempre encuentra su
grandioso valor, su indomable decisión, cuando todo está o parece perdido.
Siempre se vuelve heroica ante lo desesperado.
Esta última esperanza que aún hay que arrancar del
alma a María Estuardo es la esperanza de un entendimiento con su hijo. Porque
durante todos esos años vacíos, espantosamente carentes de acontecimientos, en
que no hace más que esperar y siente que las horas se le escapan como arena de
un muro que se desmorona, durante ese tiempo infinito en el que termina cansada
y vieja, está creciendo un niño, el hijo de su sangre. Dejó a Jacobo VI siendo
un bebé cuando salió de Stirling, cuando a las puertas de Edimburgo Bothwell la
rodeó con sus jinetes y la arrastró a su destino; en esos diez, en esos quince,
en esos diecisiete años transcurridos ese ser indefinido se ha convertido en
niño, en muchacho, en adolescente y casi en hombre. Jacobo VI lleva en su
sangre algunas propiedades de sus padres, pero muy mezcladas y ensombrecidas,
un niño de carácter singular, de lengua torpe y balbuciente, cuerpo pesado y
macizo y un alma tímida y temerosa. A primera vista, el muchacho parece
anormal. Rehúye toda compañía, se asusta al ver cualquier cuchillo, teme a los
perros, sus modales son torpes y toscos. En principio, no se aprecia en él nada
de la finura, del encanto natural de su madre, no tiene ninguna predisposición
artística, no le gustan la música ni el baile, no tiene dotes para la
conversación agradable y ligera. Pero aprende idiomas de forma espléndida,
tiene buena memoria e incluso cierta inteligencia y dureza en cuanto atañe a
sus ventajas personales. En cambio, sobre su carácter pesa funesta la innoble
naturaleza de su padre. De Darnley hereda la debilidad de espíritu, la
insinceridad y la falta de firmeza. «Qué se puede esperar de un individuo tan
falso como ése», truena en una ocasión Isabel; como Darnley, sucumbe por
completo a cualquier voluntad superior a la suya. A este triste egoísta le es
completamente desconocida la generosidad del corazón, una fría ambición externa
determina todas sus decisiones, y sólo se puede entender su gélida actitud ante
su madre si se considera más allá de todo sentimentalismo y piedad. Educado por
los más encarnizados enemigos de María Estuardo, instruido en latín por George
Buchanan, el hombre que escribió la Detectio, el famoso panfleto contra su
madre, apenas ha oído otra cosa acerca de esa mujer prisionera en el país
vecino más que el que ayudó a eliminar a su padre y que le discute a él, el rey
coronado, su derecho a la corona. Desde el principio se le ha inculcado que ha
de ver a su madre como a una extraña, como un impedimento que se opone,
irritante, a su ansia de poder. E incluso si Jacobo VI hubiera albergado el
sentimiento infantil de ver por una vez a la mujer que le dio la vida, la
vigilancia de sus guardianes ingleses y escoceses hubiera impedido toda
aproximación entre los dos prisioneros… María Estuardo, la prisionera de
Isabel; Jacobo VI, el prisionero de los lores y del regente de tumo. De vez en
cuando, pero muy raras veces en tantos años, circula alguna carta en una u otra
dirección. María Estuardo envía regalos, juguetes y, en una ocasión, un monito,
pero la mayoría de sus cartas y mensajes no son recibidos porque, en su
obstinación, no acaba de decidirse a dar a su propio hijo el título de rey, y
los lores rechazan por ofensivas todas las cartas que se dirigen a Jacobo VI
meramente como príncipe. Madre e hijo no van más allá de una tibia relación
formal, porque tanto en él como en ella el ansia de poder tiene más fuerza que
la voz de la sangre, porque ella insiste en ser la única reina de Escocia, y él
a su vez el único rey.
La aproximación sólo puede empezar cuando María
Estuardo deja de insistir en considerar inválida la coronación de su hijo por
parte de los lores y está dispuesta a concederle cierto derecho a la corona.
Naturalmente, tampoco ahora piensa en renunciar por entero y ceder su título de
reina. Quiere vivir y morir con la corona en la cabeza ungida pero, al precio
de la libertad, estaría dispuesta a compartir por lo menos el título con su
hijo. Por primera vez, piensa en un compromiso. Que él gobierne y se llame rey
si a ella se le permite seguir llamándose reina, si se encuentra una forma de
dorar su renuncia con un ligero resplandor de honor. Poco a poco, se ponen en
marcha negociaciones secretas.
Pero Jacobo VI, cuya libertad los barones amenazan
constantemente, las conduce como un frío calculador. Con entera carencia de
escrúpulos, negocia al mismo tiempo en todas direcciones, lanza a María
Estuardo contra Isabel y a Isabel contra María Estuardo y una religión contra
la otra, ofrece indiferente su favor al mejor postor, porque no le importa el
honor, sino únicamente seguir siendo rey de Escocia, y asegurarse al mismo
tiempo su aspiración al trono de Inglaterra; no quiere heredar sólo a una de esas
dos mujeres, sino a las dos. Está dispuesto a seguir siendo protestante si ello
le trae ventajas, pero por otra parte también se inclina a convertirse en
católico en cuanto se le pague un precio mejor, este muchacho de diecisiete
años ni siquiera se asusta, sólo para llegar antes a rey de Inglaterra, ante el
repugnante plan de casarse con Isabel, esa mujer desarbolada que es nueve años
mayor que su madre y su más encarnizada enemiga y rival. Para Jacobo VI, el
hijo de Darnley, todas estas negociaciones son fríos ejercicios de cálculo,
mientras María Estuardo, eternamente ilusa, apartada del mundo real, arde y se
inflama con la última esperanza de llegar a ser libre mediante un entendimiento
con su hijo y seguir siendo reina.
Sin embargo, Isabel ve el peligro de que madre e
hijo se pongan de acuerdo.
Eso no debe ocurrir. Con rapidez, rompe la
telaraña, todavía fina, de las negociaciones. Con su aguda y cínica visión de
los hombres, pronto sabe por dónde agarrar a este muchacho inconstante: por sus
debilidades humanas. Envía al joven rey, loco por la caza, los más hermosos
caballos y perros. Soborna a sus consejeros y le ofrece al fin, lo que dada la
eterna penuria económica de la corte escocesa es un argumento decisivo, una
renta anual de cinco mil libras, además de agitar ante él el acreditado cebo de
la sucesión a la corona inglesa. Como ocurre la mayor parte de las veces, el
dinero inclina la decisión. Mientras María Estuardo, ignorante de todo, sigue
negociando en el vacío y ya diseña, junto con el Papa y los españoles, planes
para una Escocia católica, Jacobo VI firma en total secreto con Isabel un
tratado de alianza que establece con todo detalle el dinero y las ventajas que
le reporta este turbio negocio, pero en modo alguno contiene la esperable
cláusula de la liberación de su madre. No se recuerda ni en una sola línea a la
prisionera, que le es enteramente indiferente desde que ya no tiene nada que
ofrecer: pasando por encima de ella, como si no existiera, el hijo se entiende
con la más encarnizada enemiga de su madre. ¡Que ahora que ya no tiene nada que
darle la mujer que le dio la vida haga el favor de mantenerse alejado de él! En
el instante en que se firma el tratado y el despierto hijo tiene su dinero y
sus perros en casa, las negociaciones con María Estuardo se interrumpen de
golpe. ¿Para qué mantener cortesías para con alguien que carece de poder? Por
mandato real, se redacta una dura carta de rechazo que, en el tono
grandilocuente de las cancillerías, niega a María Estuardo de una vez por todas
tanto el título como los derechos de una reina de Escocia. Ahora, después del
reino, de la corona, del poder, de la libertad, la mujer sin hijos ha
arrebatado a su rival lo último: su propio hijo. Ahora se ha vengado
definitivamente.
Este triunfo de Isabel es la puntilla para los
últimos sueños de María Estuardo. Después de su esposo, de su hermano, de sus
súbditos, se le ha privado del hijo de su propia sangre, ahora está
completamente sola. Su indignación es tan ilimitada como su decepción. ¡Basta
de consideraciones! ¡Ya no habrá consideración para con nadie! Como su hijo la
niega, ella niega a su hijo. Como ha vendido su derecho a la corona, ella vende
el suyo. Llama a Jacobo VI degenerado, ingrato, desobediente y maleducado, le maldice
y anuncia que en su testamento no sólo va a negarle la corona escocesa, sino
también el derecho a la sucesión de Inglaterra. Es mejor que la corona de los
Estuardo vaya a parar a manos de un príncipe extranjero que de este hijo
herético, de este hijo traidor.
Decidida, ofrece a Felipe II los derechos
sucesorios sobre Escocia e Inglaterra si se declara dispuesto a luchar por su
libertad y humillar definitivamente a Isabel, asesina de todas sus esperanzas.
¡Qué le importa su país, qué su hijo! ¡Tan sólo vivir, tan sólo ser libre y
vencer! Ahora ya no teme a nada, ni lo más audaz le parece lo bastante audaz.
Quien lo ha perdido todo ya no tiene nada que perder.
Durante años y años, la ira y la amargura se han
ido acumulando en esta mujer atormentada y humillada, durante años y años ha
esperado y negociado y pactado y conspirado y buscado vías de mediación. Ahora,
la medida se ha colmado. Como una llama, el odio reprimido se lanza al fin
contra su atormentadora, contra la usurpadora, la carcelera. Ahora, en un
último arrebato de furia, María Estuardo ya no sólo se lanza contra Isabel
reina contra reina, sino mujer contra mujer, por así decirlo enseñando las uñas.
El motivo lo brinda un pequeño incidente: la esposa de Shrewsbury, una chismosa
intrigante y perversa, ha acusado a María Estuardo, en un ataque de histeria,
de estar en tierno acuerdo con su esposo. Naturalmente no se trata más que de
un miserable cotilleo de criadas, ni siquiera la esposa de Shrewsbury lo toma
en serio, pero Isabel, siempre empeñada en rebajar ante el mundo el prestigio
moral de su rival, se encarga a toda prisa de que esa nueva historia
escandalosa se difunda por las cortes extranjeras, exactamente igual que antes
había enviado a todos los príncipes el libelo de Buchanan junto con las «cartas
de la arqueta». Ahora, María Estuardo lanza espumarajos. Así pues, no basta con
haberle quitado el poder, la libertad, la última esperanza puesta en su hijo,
también quieren manchar pérfidamente su honor; ¡intentan ponerla en la picota
ante el mundo como adúltera, a ella, que vive encerrada como una monja, sin
placer y sin amor!
Furioso, su orgullo herido se solivianta. Reclama
sus derechos, y la condesa de Shrewsbury se ve obligada a retirar de rodillas
su infame mentira. Pero María Estuardo sabe muy bien quién ha utilizado esa
mentira para calumniarla, ha sentido la maliciosa mano de su enemiga, y
devuelve a la luz pública el golpe dado a su honor desde la oscuridad. Hace ya
demasiado tiempo que su alma arde de impaciencia por decir la verdad, de mujer
a mujer, a esa reina supuestamente virgen que se hace festejar como espejo de virtudes.
Así que escribe a Isabel una carta, en apariencia para comunicarle
«amistosamente» las calumnias que la condesa de Shrewsbury esparce sobre la
vida privada de Isabel, en realidad para gritar a la cara a su «querida
hermana» lo poco en condiciones que está precisamente ella de hacerse la
moralista y el árbitro moral. Golpe tras golpe graniza en esta carta de odio
desesperado. Todo lo que una mujer puede decir contra otra con cruel sinceridad
es dicho aquí, todas las malas cualidades de Isabel le son arrojadas con
escarnio a la cara, sus últimos secretos femeninos quedan desvelados sin
piedad. María Estuardo escribe a Isabel —se supone que por amante amistad, en
realidad para herirla mortalmente— que la condesa Shrewsbury ha dicho de ella
que es tan vanidosa y tiene tan alta opinión de su belleza como si fuera la
reina del cielo. Que no se cansa de recibir adulaciones y obliga sin cesar a su
servidumbre a hacer los más exagerados gestos de admiración, mientras maltrata,
en sus ataques de ira, a sus criadas y camareras. A una le ha roto el dedo, a
otra le ha golpeado con el cuchillo en la mano por atender mal la mesa. Pero
todo esto no son más que tímidos dardos si se los compara con las terribles
revelaciones de la vida más íntima, de la vida física de Isabel. La condesa de
Shrewsbury, escribe María Estuardo, afirma que Isabel tiene una úlcera
supurante en la pierna —una alusión a la herencia sifilítica de su padre—, que
su juventud ha pasado ya, que tiene faltas, pero que ello no hace que abandone sus
distracciones con los hombres. No es sólo que se haya acostado con un “infinies
foys» (el conde de Leicester), sino que además busca otras placenteras
distracciones en todas las esquinas y rincones y no quiere “jamais perdre la
liberté de vous fayre l’amour et avoir vostre plésir tousjour aveques
nouveaulx amoureulx». Por las noches se escurre en las habitaciones de los
hombres, en camisa y chal, y disfruta de todos esos placeres. María Estuardo
menciona nombre tras nombre y detalle tras detalle. Y no ahorra a la odiada el
golpe más terrible en su más secreto secreto: burlona, le reprocha (cosa que
Ben Jonson también contaba abiertamente en las tabernas) que
“undubitablement vous n’estiez pas comme les autres femmes, et pour ce
respect c’estoit follie à tous ceulx qu’affectoient vostre mariage avec le
duc d’Anjou, d’aultant qu’il ne se pourroit accomplir». Sí, Isabel debe
saber que su secreto más temerosamente guardado, su falta de plenitud femenina,
es conocido, que sólo le está permitida la lujuria y no el auténtico placer,
sólo el juego insuficiente y no la plenitud, y que eso la excluye para siempre
del matrimonio con un príncipe y de la maternidad. Nunca una mujer sobre la
Tierra ha dicho tan terriblemente la verdad última a esta mujer, la más
poderosa de la Tierra, como la prisionera desde su celda: veinte años de gélido
odio, de ira ahogada y fuerza contenida, se lanzan de pronto en un terrible
golpe contra el corazón de su atormentadora.
Después de esta carta de furiosa ira ya no hay
reconciliación. La mujer que ha escrito esta carta, la mujer que la ha
recibido, ya no pueden respirar el mismo aire y seguir viviendo en un mismo
país. A cuchillo, como dicen los españoles, guerra a cuchillo, guerra a
vida o muerte es ahora la única, la última posibilidad.
Después de un cuarto de siglo de duro y terco
acecho y hostigamiento, la lucha histórica entre María Estuardo e Isabel ha
llegado a su punto culminante, y en verdad puede decirse que ese punto es la
punta de un puñal. La Contrarreforma ha agotado todos los medios diplomáticos,
y los militares aún no están listos. En España se está construyendo una armada
de forma lenta y trabajosa, pero a pesar de los tesoros de las Indias en esa
desdichada corte siempre falta dinero, siempre falta decisión. ¿Por qué —piensa
Felipe el Devoto, que, como John Knox, sólo ve en la eliminación de un
adversario infiel un acto que place al cielo— no elegir el camino más fácil y
comprar unos cuantos asesinos que quiten rápidamente de en medio a Isabel, la
protectora de la herejía? La era de Maquiavelo y sus discípulos no tiene muchos
reparos morales cuando se trata del poder, y aquí está en juego una decisión
inmensa, fe contra fe, Norte contra Sur, y una sola puñalada en el corazón de
Isabel puede liberar al mundo de la herejía.
Cuando la política alcanza el máximo grado de
pasión se amortiguan todos los reparos morales y jurídicos, desaparece la
última cautela derivada de la decencia y el honor, e incluso un alevoso
asesinato parece un espléndido sacrificio. Con la excomunión de Isabel, en
1570, y el príncipe de Orange, en 1580, se ha abierto la veda de los dos
principales enemigos del catolicismo y, desde que el Papa ensalzó la matanza de
seis mil personas en la Noche de San Bartolomé, todo católico sabe que no lleva
a cabo más que una acción grata a Dios al quitar de en medio mediante el crimen
a uno de esos archienemigos de la fe. Una estocada firme y valerosa, un rápido
pistoletazo, y María Estuardo saldrá de su prisión para subir los peldaños del
trono, Inglaterra y Escocia habrán quedado unidas bajo la verdadera fe. Para
una apuesta así no hay titubeos: con total desvergüenza, el gobierno español
eleva el pérfido asesinato de Isabel a la categoría de acción política y de
Estado. Mendoza, el embajador español, califica repetidamente en sus muchos
despachos el “killing the Queen» como una empresa deseable, el comandante en
jefe de los Países Bajos, duque de Alba, declara expresamente su
consentimiento, y Felipe II, señor de ambos mundos, escribe de puño y letra
acerca del plan de asesinato que «espera que Dios lo favorezca». La decisión ya
no se busca empleando las artes de la diplomacia, ni en una guerra libre y
abierta, sino con el puñal desnudo, con la daga del asesino.
En una y otra parte están de acuerdo acerca de los
métodos: en Madrid se decide en consejo de ministros secreto el asesinato de
Isabel y es aprobado por el Rey, en Londres Cecil, Walsingham y Leicester están
de acuerdo en que hay que acabar violentamente con María Estuardo. Ya no quedan
rodeos ni escapatorias: la raya al pie de la cuenta largamente pendiente sólo
puede trazarse con sangre.
Ahora sólo se trata de una cosa: de quién actúa más
rápido, si la Reforma o la Contrarreforma, Londres o Madrid. Si María Estuardo
es eliminada antes que Isabel o Isabel antes que María Estuardo.
Punto final
Septiembre de 1585 a agosto de 1586
«Hay que poner punto final a esto», “the matter
must come to an end»… Con esa acerada fórmula resume impaciente un
ministro de Isabel el sentimiento de todo el país. Nada soporta peor un pueblo
o una persona que la permanente incertidumbre. El asesinato del otro paladín de
la Reforma, el príncipe de Orange (junio de 1584), a manos de un fanático
católico ha mostrado a Inglaterra con claridad a quién irá dirigida la próxima
puñalada, y una conspiración sigue a la otra con rapidez creciente… así que ¡vamos
de una vez a por la prisionera, de la que emana toda esta peligrosa inquietud!
¡Ataquemos por fin «la raíz del mal»!
En septiembre de 1584, casi todos los lores y
funcionarios protestantes se reúnen en una association y se
comprometen «en presencia del eterno Dios, por su honor y su palabra», no sólo
«a dar muerte a toda persona» que participe en una conspiración contra Isabel,
sino también a hacer personalmente responsable a «todo pretendiente en cuyo
favor conspiren esas gentes». El Parlamento da forma legal a estos acuerdos en
una “act for the security of the Queen’s Royal Person». Todo aquel que haya
tomado parte en un atentado contra la reina o —este paso es importante— haya
dado en principio su asentimiento a él, estará desde ahora bajo el hacha del
verdugo. Además, se establece que «cualquier persona que sea acusada de
conspiración contra la reina será juzgada por un tribunal formado por
veinticuatro jueces nombrados por la corona».
Con esto, a María Estuardo se le avisa claramente
de dos cosas: primera, que en el futuro su rango real no seguirá protegiéndola
de una acusación pública; segunda, que un atentado logrado contra Isabel no le
reportará ninguna ventaja, sino que la llevará de manera implacable hasta el
patíbulo. Es como el último toque de fanfarrias que intima a la rendición a una
fortaleza renuente. Un titubeo más, y se perderá la ocasión del perdón. Ha
pasado el momento de la penumbra y las ambigüedades entre Isabel y María
Estuardo, ahora sopla un viento áspero y cortante. Ahora reina por fin la
claridad.
María Estuardo pronto puede advertir en otras
medidas que ha pasado el tiempo de las cartas amables y la cortés hipocresía, y
ha llegado el último asalto de una lucha de décadas que ya no tolera la
compasión: a cuchillo. Porque después de todos esos atentados la corte
inglesa ha decidido atar más corto a María Estuardo y arrebatarle
definitivamente toda posibilidad de seguir conspirando e intrigando.
Shrewsbury, que como caballero y gran señor ha sido un carcelero demasiado
indulgente, es “released» de su cargo —la palabra «liberado» tendría aquí su
auténtico sentido—, y de hecho agradece de rodillas a Isabel que después de
quince años de enojo haya vuelto a hacerle un hombre libre. En su lugar se
nombra a un fanático protestante: Amyas Poulet. Ahora, por vez primera, María
Estuardo puede hablar con razón de la servitude, de la esclavitud en que
ha caído, porque en vez de un amable guardián se le ha metido en casa a un
implacable carcelero.
Amyas Poulet, un puritano de la más dura madera,
uno de esos justos y más que justos que la Biblia exige pero Dios no ama, no
oculta su intención de hacer difícil e insatisfactoria la vida de María
Estuardo. Con plena conciencia, incluso con alegre orgullo, toma sobres sus
hombros la obligación de arrebatarle sin contemplaciones cualquier atisbo de
favor. «Jamás rogaré indulgencia —escribe a Isabel— si por cualquier medida
traidora o astuta pudiera escaparse de mis manos, porque esto sólo podría
ocurrir gracias a una burda negligencia mía».
Con la fría y clara sistematización de un hombre
con sentido del deber, asume la tarea de vigilar y hacer inofensiva a María
Estuardo como si le fuera encargada por Dios. Desde ese momento, en ese hombre
estricto no habita otra ambición salvo la de cumplir de manera modélica su
obligación de carcelero, ninguna seducción puede llevar a la caída a este
Catón, pero tampoco ningún estímulo de bondad, ninguna onda de calidez puede
relajar por un instante su fría y rígida actitud. Para él esa mujer cansada y enferma
no es una princesa cuya desdicha exige respeto, sino tan sólo una enemiga de su
reina, a la que hay que hacer inofensiva como al Anticristo de la verdadera fe.
El hecho de que esté ya muy caduca y le cueste trabajo moverse debido al reuma
de sus piernas lo califica cínicamente de «ventaja para sus guardianes, que no
tienen que preocuparse especialmente de que pueda salir corriendo». Punto por
punto, con una maliciosa alegría ante su propia eficiencia, lleva a cabo su
deber de carcelero, y todas las noches anota limpiamente en un libro todas sus
observaciones igual que un funcionario. Y aunque la Historia Universal ha
conocido carceleros más crueles, más violentos, más perversos y más injustos
que este archijusto, ha conocido pocos que supieran transformar de tal modo su
obligación en placer funcionaríal Primero se socavan implacablemente los
canales subterráneos que hasta ahora seguían uniendo de vez en cuando a María
Estuardo con el mundo exterior.
Cincuenta soldados vigilan ahora día y noche todos
los accesos al castillo; la servidumbre, que hasta ahora podía ir de paseo sin
trabas a los pueblos vecinos y transmitir mensajes verbales y escritos, se ve
también privada de toda libertad de movimientos. Los miembros del séquito de la
reina sólo pueden abandonar el castillo después de recabar permiso para hacerlo
y acompañados por soldados, se suspende el reparto de limosnas que María
Estuardo hacía en persona de forma regular: el perspicaz Poulet se ha dado
cuenta de que se trata de un medio para ganarse a los pobres para que sirvan de
mensajeros a cambio de esas devotas donaciones. Una medida severa sigue a la
otra. La ropa, los libros, toda clase de envíos son revueltos como en una
aduana de hoy en día, toda correspondencia queda estrangulada por un control
cada vez más preciso. Nau y Curle, los dos secretarios de María Estuardo, se
sientan inactivos en sus habitaciones. Ya no tienen cartas que descifrar ni que
escribir, ya no se filtra noticia alguna de Londres, de Escocia, de Roma o de
Madrid, ya no llega una gota de esperanza al abandono de María Estuardo. Y
pronto Poulet le quita incluso la última alegría personal: sus dieciséis
caballos tienen que quedarse en Sheffield, se acabaron las amadas cacerías y
los paseos. El espacio vital se ha vuelto muy angosto en este último año, bajo
Amyas Poulet la prisión de María Estuardo se parece cada vez más —oscuro
presentimiento— a una mazmorra, un ataúd.
Por voluntad suya, Isabel hubiera deseado un
carcelero más suave para su hermana reina. Pero hay que reconocer, aunque sea
irritante, que no podría encontrar a nadie mejor para su seguridad que este
frío calvinista. Poulet se encarga de forma modélica de la tarea encomendada de
aislar del mundo a María Estuardo. Al cabo de unos meses, está herméticamente
separada del mundo como bajo una campana de cristal, ni una carta, ni una
palabra más llega hasta su celda. Isabel tiene todos los motivos para estar tranquila
y satisfecha con su subordinado, y de hecho agradecerá en términos entusiastas
a Amyas Poulet sus excelentes servicios: «Si supierais, mi querido Amyas, con
cuánta gratitud saludo y reconozco vuestros impecables esfuerzos e
irreprochables acciones, vuestras inteligentes órdenes y seguras medidas en una
tarea tan peligrosa y difícil, ello aliviaría vuestras preocupaciones y
alegraría vuestro corazón».
Curiosamente, los ministros de Isabel, Cecil y
Walsingham, no están al principio muy agradecidos a ese precise fellow, al
excesivamente minucioso Amyas Poulet, por sus grandes molestias. Porque ese
total aislamiento de la prisionera contradice paradójicamente sus más secretos
deseos. A ellos no les conviene en absoluto que se quite a María Estuardo toda
oportunidad de conspirar, que con su estricta clausura Poulet la proteja de su
propia imprudencia; al contrario, Cecil y Walsingham no quieren una María Estuardo
inocente, sino una culpable. Quieren que ella, en la que ven la eterna causa de
toda la inquietud y las conspiraciones de Inglaterra, siga conspirando y se
enrede al fin en la mortal red. Quieren llevar “the matter to an end», quieren
el proceso de María Estuardo, su condena, su ejecución. El mero encarcelamiento
ya no les basta. Para ellos no hay otra garantía que la definitiva eliminación
de la reina de los escoceses, y para forzarla, para atraerla falsamente a un
complot, tienen que hacer tanto como Amyas Poulet ha hecho con sus duras
medidas para aislarla de toda participación. Lo que necesitan para este fin es
una conspiración contra Isabel y la clara y demostrada participación de María
Estuardo en ella.
En sí misma, esta conspiración contra la vida de
Isabel ya existe. Porque trabaja, se podría decir, de forma permanente. Felipe
II ha organizado en el continente una central de conspiración anti inglesa en
toda regla, en París está Morgan, hombre de confianza y agente secreto de María
Estuardo, y organiza sin cesar, pagado con dinero español, peligrosas tramas
contra Inglaterra e Isabel.
Capta constantemente jóvenes, a través de los
embajadores español y francés se establecen secretos entendimientos entre los
nobles católicos descontentos de Inglaterra y las cancillerías de la
Contrarreforma. Sólo hay una cosa que Morgan no sabe, y es que Walsingham, uno
de los ministros de Policía más capaces y carentes de escrúpulos de todos los
tiempos, le ha metido en el despacho algunos de sus espías camuflados de
apasionados católicos, y que precisamente aquellos mensajeros que Morgan
considera los de mayor confianza han sido en realidad comprados por Walsingham
y están a sueldo suyo. Lo que hace María Estuardo está ya revelado a Inglaterra
antes de que el plan llegue a ejecutarse, y también a finales del año 1585 el
gobierno inglés sabe —la sangre de los últimos conspiradores aún no se ha
secado en el patíbulo— que está en marcha una nueva acción contra la vida de
Isabel. Walsingham conoce nombre por nombre los de todos los nobles católicos
de Inglaterra que han sido cortejados y ganados por Morgan para instalar en el
trono a María Estuardo. No tendría más que alargar la mano y con el potro, con
la tortura, podría descubrir a tiempo la conspiración.
Pero la técnica de este refinado ministro de
Policía tiene unas miras mucho más amplias y es mucho más pérfida. Cierto,
ahora podría estrangular a los conspiradores con sólo alargar la mano. Pero
hacer descuartizar a unos pocos nobles o aventureros no tiene ningún valor
político para él. ¿Para qué cortar cinco o seis cabezas a la hidra de esas
eternas conspiraciones, si vuelven a crecer durante la noche? Carthaginem
esse delendam, es el lema de Cecil y Walsingham, hay que acabar con la propia
María Estuardo, y para eso no basta como pretexto una acción inofensiva, sino
una acción muy ramificada, demostrablemente criminal, en favor de la
prisionera. Así que en vez de asfixiar en su origen la llamada conspiración
Babington, Walsingham hace todo lo posible para dejarla extenderse
artificialmente: la abona con benevolencia, la alimenta con dinero, la promueve
mediante una aparente negligencia.
Únicamente gracias a sus artes de provocación, una
conjura de aficionados dirigida por unos cuantos nobles de provincias contra
Isabel se convierte en el famoso complot Walsingham para eliminar a María
Estuardo.
Para este asesinato legal de María Estuardo a manos
de los parágrafos dictados por el Parlamento se necesitan tres etapas. Primero
hay que llevar a los conspiradores a planear demostrablemente un atentado
contra Isabel. En segundo lugar, hay que moverlos a informar expresamente de su
intención a María Estuardo. En tercer lugar —y esto es lo más difícil—, hay que
conseguir que María Estuardo apruebe expresamente y por escrito el plan del
crimen. ¿Para qué matar a una inocente sin un motivo claro? Eso resultaría
demasiado penoso para el honor de Isabel ante el mundo. Mejor inculparla de
manera artificial, mejor ponerle astutamente el puñal en la mano para que se
mate con él.
Este complot de la policía inglesa contra María
Estuardo comienza con la infamia de que, de pronto, se dan facilidades a la
prisionera. Al parecer, a Walsingham no le costó mucho trabajo convencer al
devoto puritano Amyas Poulet de que era mejor atraer a María Estuardo a una
conspiración que apartarla de todas las tentaciones. Porque Poulet cambia de
pronto su táctica, tal como lo desea el plan del Estado Mayor de la policía
inglesa: un día el hasta entonces implacable se presenta ante María Estuardo y la
informa con toda amabilidad de que está previsto trasladarla de Tutbury a
Chartley. María Estuardo, totalmente incapaz de adivinar las maquinaciones de
sus adversarios, no puede ocultar su sincera alegría. Tutbury es una oscura
fortaleza, más parecida a una cárcel que a un palacio, Chartley en cambio no
sólo está situado en un lugar más hermoso y despejado, sino que en sus
cercanías —el corazón le late con más fuerza al pensarlo— viven familias
católicas amigas suyas, de las que puede esperar ayuda. Allí podrá por fin
volver a cabalgar y a cazar, allí quizá incluso recibir noticias de sus
parientes y amigos al otro lado del mar, y conquistar con valor y astucia lo
único que le importa: la libertad.
Y, mira por dónde, una mañana María Estuardo queda
asombrada. Apenas da crédito a sus ojos. Como por arte de magia, el terrible
hechizo de Amyas Poulet se ha roto. Le ha llegado una carta, una carta cifrada,
la primera después de semanas, de meses de encierro. Oh, qué astutos han sido
sus amigos, circunspectos e inteligentes, para haber vuelto a encontrar un
camino para engañar al implacable vigilante Amyas Poulet. Qué insospechado don:
¡ya no está aislada del mundo, puede sentir la amistad, el interés, la compasión,
puede volver a saber de todos los planes y preparativos que están en marcha
para su liberación! En todo caso, un misterioso instinto hace ser cautelosa a
María Estuardo, que responde la carta de su agente Morgan con la apremiante
advertencia: «Guardaos de inmiscuiros en cuestiones que puedan acusaros y
aumentar la sospecha que aquí albergan contra vos». Pero su desconfianza se
dispersa en cuanto se entera de cuál ha sido el genial medio de información que
sus amigos —en realidad sus asesinos— han encontrado para hacerle llegar las
cartas sin impedimentos. Todas las semanas, la cercana cervecería suministra un
tonel de cerveza para los criados de la reina, y al parecer sus amigos han
logrado convencer al conductor del carro de que lleve siempre en el tonel lleno
una botella de madera tapada con un corcho; en esa madera hueca se ocultan las
cartas secretas para la reina. Con la regularidad de un correo ordinario, la
correspondencia discurre de manera inobjetable. Todas las semanas, este hombre
despierto —«the honest man», se llama en los informes— lleva su cerveza
con su valioso contenido hasta el castillo, el bodeguero de María Estuardo
pesca en el sótano el recipiente y lo devuelve al tonel vacío relleno de más
correo. El bravo conductor no tiene motivos de queja, porque el contrabando le
reporta el doble de beneficio. Por una parte, los amigos extranjeros de María
Estuardo le pagan bien, por otra, le cobra la cerveza al despensero al doble de
su precio.
Sin embargo, hay algo que María Estuardo no
sospecha, y es que aquel honesto transportista cobra una tercera vez por su
oscuro negocio. Porque además le paga la policía inglesa, y naturalmente Amyas
Poulet conoce todo el asunto. No son los amigos de María Estuardo los que han
ideado este correo cervecero, sino Gifford, un espía de Walsingham, que delante
de Morgan y el embajador francés pasa por ser el hombre de confianza de la
prisionera; con ello —una ventaja inconmensurable para el ministro de Policía—,
toda la correspondencia secreta de María Estuardo está bajo el control de sus
enemigos políticos. Cada carta a María Estuardo y de María Estuardo es atrapada
por el espía Gifford, al que Morgan considera su hombre de máxima confianza,
antes de que llegue al tonel y salga de él, descifrada de inmediato por Thomas
Phelippes, el secretario de Walsingham, copiada y enviada a Londres con la
tinta de las copias aún húmeda. Sólo entonces son enviadas con prontitud a
María Estuardo o a la legación francesa, de forma que los engañados no puedan
sospechar ni por un instante y la correspondencia prosiga sin cuidado alguno.
Fantasmagórica situación. Ambas partes disfrutan
engañando a la otra. María Estuardo respira aliviada. Por fin ha burlado a ese
frío e inaccesible puritano de Poulet, que revisa cada prenda de ropa, que
corta cada suela de zapato, que la tutela y tiene prisionera como a una
criminal. ¡Si pudiera sospechar, sonríe para sí, que a pesar de todos los
soldados, barreras y cavilaciones todas las semanas recibe mensajes importantes
de París, Madrid y Roma, que sus agentes trabajan esforzadamente y ya hay ejércitos,
flotas y puñales equipados para servirla a ella! A veces la alegría habla quizá
con demasiada imprudencia, con demasiada claridad en sus miradas, porque Amyas
Poulet reseña sarcástico su creciente complacencia y bienestar desde que
alimenta el espíritu con ese veneno de la esperanza. Pero qué justificada está
la áspera sonrisa en tomo a los fríos labios, cuando todas las semanas ve
llegar la provisión de cerveza con su esforzado carretero, cuando observa con
perversidad con qué prisa el activo despensero de María Estuardo baja el tonel
al oscuro sótano, para pescar sin ser visto el valioso contenido de la
correspondencia. Porque lo que María Estuardo va a leer ha sido leído hace
mucho por la policía inglesa, en Londres Walsingham y Cecil se sientan en su
sillón y tienen ante sí al pie de la letra la correspondencia secreta de María
Estuardo. En ella ven que María ofrece la corona de Escocia y sus derechos
sobre la de Inglaterra a Felipe II de España si le ayuda a recobrar la
libertad… una carta así, sonríen, puede ser útil para calmar a Jacobo VI si se
procede con demasiada dureza contra su madre. Leen que María, en su propia e
impaciente caligrafía, reclama incesantemente a París una invasión de tropas
españolas a su favor. También eso puede servir para un proceso. Pero lo más
importante, lo esencial, lo que esperan y necesitan para una acusación, sigue
por desgracia sin descubrirse hasta ahora en estas cartas, y es que María
Estuardo apruebe algún plan de asesinato contra Isabel. En términos legales todavía
no se ha hecho culpable, para poder poner en marcha la maquinaria criminal de
un proceso aún falta un único y diminuto tomillo, el consent, el
consentimiento expreso de María Estuardo al asesinato de Isabel. Y Walsingham,
este peligroso maestro en su oficio, se pone decidido a la tarea de insertar
este último y necesario tomillo. Y con esto comienza una de las perfidias más
inverosímiles — y sin embargo, documentadas— de la Historia Universal: el cebo
de Walsingham para convertir a María Estuardo en cómplice de un crimen que él
mismo ha fabricado, la llamada conspiración Babington, que en realidad fue la
conspiración Walsingham.
El plan de Walsingham —su éxito lo atestigua— ha de
ser calificado de magistral. Pero lo que lo hace tan repugnante como para que
hoy, centenares de años después, el asco estremezca el alma, es que Walsingham
se sirve para su canallada precisamente de la fuerza más pura de la humanidad:
de la credulidad de las naturalezas jóvenes y románticas. Anthony Babington, al
que en Londres se ha escogido como herramienta para hacer caer a María
Estuardo, tiene derecho a ser contemplado con compasión y admiración, porque
sacrifica su vida y su honor movido por el más noble de los impulsos. Un
pequeño noble de buena familia, acaudalado y casado, este hombre joven y
soñador vive feliz con su esposa y un hijo en su finca de Lichtfield, muy cerca
de Chartley… y ahora se comprende de pronto por qué Walsingham ha escogido
precisamente Chartley como lugar de residencia de María Estuardo. Hace mucho
que sus espías le han comunicado que Babington es un católico convencido, un
seguidor dispuesto al sacrificio por María Estuardo, y que le ha ayudado ya
varias veces a enviar en secreto sus cartas: siempre ha sido privilegio de la
noble juventud estremecerse ante el destino trágico. Un idealista así de
inocente, con su pura tontería, puede ser mil veces más útil a un Walsingham
que cualquier espía alquilado, porque la reina se confiará con más facilidad a
él. Ella sabe que ningún ansia de beneficio atrae a este noble sincero, quizá
un tanto confuso, a su servicio caballeresco, y menos aún una inclinación
personal. Es una romántica invención que antes, como paje en casa de
Shrewsbury, conociera ya personalmente a María Estuardo y se hubiera enamorado
de ella; probablemente nunca la vio, y sólo la servía por el placer de
servirla, por fe en la Iglesia católica, por el soñador placer de participar en
la peligrosa aventura de la mujer en la que él veía a la reina legítima de
Inglaterra. Ingenuo, imprudente y charlatán como todos los jóvenes apasionados,
hace propaganda entre sus amigos de la prisionera, unos cuantos jóvenes nobles
católicos se le adhieren. Extraños personajes se reúnen en su círculo en
vehementes conversaciones: un fanático sacerdote llamado Ballard, un tal
Savage, un audaz desesperado, y otros jóvenes nobles ingenuos y tontos que han
leído demasiado a Plutarco y sueñan vagamente con acciones heroicas. Pero
pronto aparecen en la liga de los honestos algunos hombres que son o se
muestran mucho más decididos que Babington y sus amigos, sobre todo aquel
Gifford al que Isabel recompensará después con una renta anual de cien libras
por sus servicios. A ellos no les parece suficiente salvar a la encerrada
reina. Con curioso ímpetu, apremian a llevar a cabo una acción mucho más
peligrosa, el asesinato de Isabel, la eliminación de la «usurpadora».
Naturalmente, estos amigos valientes y en extremo
decididos no son más que espías al servicio de Walsingham, que el ministro sin
escrúpulos ha infiltrado en la liga secreta de jóvenes idealistas no sólo para
enterarse a tiempo de todos sus planes, sino sobre todo para llevar al
fantasioso Babington más lejos de donde él quiere ir. Porque este Babington
(los documentos no dejan duda al respecto) no ha planeado al principio con sus
amigos nada más que liberar desde Lichtfield a María Estuardo de su prisión, con
un golpe de mano decidido durante una cacería o en alguna otra oportunidad; un
acto tan inmoral como un crimen no estaba en modo alguno en la mente de esta
naturaleza políticamente exaltada, pero completamente humana.
Sin embargo, el mero secuestro de María Estuardo no
es lo que Walsingham necesita para sus fines, porque sigue sin ofrecerle el
deseado pretexto para una acusación conforme a la ley. Necesita más, para sus
oscuras metas necesita un complot para un asesinato en toda regla. Hace que sus
viles agentes insistan e insistan, hasta que por fin Babington y sus amigos
consideran realmente la posibilidad del atentado contra Isabel que Walsingham
necesita. El 12 de mayo el embajador español, en contacto constante con los
conjurados, comunica al rey Felipe II el satisfactorio hecho de que cuatro
nobles católicos de altura, que tienen acceso al palacio de Isabel, han
prestado ante el altar juramento de quitarla de en medio, ya sea empleando el
veneno o el puñal. Se ve que los agentes provocadores han hecho bien su
trabajo. Por fin el complot puesto en escena por Walsingham está en marcha.
Sin embargo, ésa es sólo la primera parte de la
tarea que Walsingham se ha marcado. La cuerda de la trampa sólo está atada por
un extremo, ahora se trata de amarrar el otro. El complot para el asesinato de
Isabel ha quedado felizmente construido, ahora empieza el trabajo más difícil,
incluir en él a María Estuardo y arrancar el consent a la prisionera,
ignorante de todo. Así que una vez más Walsingham llama a su cebo. Envía a su
gente al centro de la conspiración católica, a París, a ver a Morgan, el agente
general de Felipe II y María Estuardo, para quejarse de que Babington y los
suyos son demasiado tibios. No ponen manos a la obra del crimen, son vacilantes
y dubitativos. Es urgente animar a esos tibios y flojos en interés de la santa
causa; y eso sólo puede hacerlo de forma eficaz una palabra de acicate de María
Estuardo.
Si Babington estuviera seguro de que su
reverenciada reina aprobaba el asesinato, sin duda daría el paso a la acción.
Así que para que la gran obra salga adelante es imprescindible, dicen los
agentes a Morgan, que pida a María Estuardo que escriba unas palabras de
aliento a Babington.
Morgan duda. Es como si en un instante de lucidez
hubiera penetrado el juego de Walsingham. Pero los espías insisten e insisten
que se trata tan sólo de unas pocas líneas formales. Finalmente, Morgan cede
pero, para protegerla de cualquier imprudencia, escribe a María Estuardo el
texto de la carta a Babington.
Y la reina, que confía en su agente, copia al pie
de la letra ese escrito a Babington.
Ahora se ha establecido felizmente la conexión que
Walsingham buscaba entre María Estuardo y la conspiración. Al principio la
cautela de Morgan demuestra su eficacia, porque a pesar de toda su calidez
aquella primera carta de María Estuardo a su ayudante sigue siendo poco
vinculante e inofensiva. Y Walsingham necesita imprudencias, confesiones claras
y el consent descarado al previsto atentado. Por mandato suyo, sus
agentes vuelven a inclinarse hacia el otro extremo. Gifford apremia al infeliz
Babington, le dice que ahora que la reina le ha manifestado tan generosamente
su confianza es su obligación contarle con la misma confianza sus intenciones.
Una empresa tan peligrosa como un atentado a Isabel no puede llevarse a cabo
sin el consentimiento de María Estuardo; ¿para qué se tiene una vía segura, a
través del bravo carretero, si no es para acordar sin problemas con ella todos
los detalles y recibir sus instrucciones?
Babington, un verdadero idiota, más audaz que
prudente, cae torpemente en la trampa. Envía un largo escrito a su tres
chère souveraine, a su querida soberana, en el que revela hasta el último
detalle del plan previsto. ¿Por qué no va a alegrarse la desdichada? ¿Por qué
no va a saber de antemano que la hora de su liberación está próxima? Tan
despreocupado como si mensajeros celestiales llevaran sus palabras por
invisibles vías a María Estuardo, y en total ignorancia de que espías y agentes
acechan, criminales, cada una de sus palabras, el pobre loco explica en una
larga carta el plan de guerra de la conspiración. Cuenta que él mismo con diez
nobles y cien ayudantes va a sacarla de Chartley mediante un audaz golpe de
mano, mientras al mismo tiempo seis nobles en Londres, todos ellos sus buenos y
fiables amigos, y devotos de la causa católica, eliminarán a la «usurpadora».
Una fogosa decisión, una plena conciencia del propio riesgo, arde en esta carta
insensatamente sincera, que realmente sólo se puede leer con emoción. Haría
falta un corazón frío, un espíritu pobre y prosaico, para dejar sin respuesta y
aliento, por cobarde cautela, tal confesión de caballerosa disponibilidad.
Walsingham cuenta con esa misma fogosidad, esa
imprudencia más que demostrada de María Estuardo. Si se da por enterada y
aprueba el anuncio de asesinato de Babington, él habrá alcanzado su objetivo.
María Estuardo habrá vuelto superflua la molestia de asesinarla en secreto.
Ella misma se habrá puesto la cuerda al cuello.
La funesta carta ha partido. Gifford, el espía, se
la ha entregado enseguida a la secretaría de Estado, donde ha sido
cuidadosamente descifrada y copiada.
Exteriormente intacta, es enviada a María, que nada
sospecha, vía barril de cerveza. El 10 de julio, María Estuardo la tiene en sus
manos, y con la misma emoción hay dos hombres en Londres que esperan a ver si
la responderá, y cómo: Cecil y Walsingham, los inventores, los directores de
este criminal complot. Ha llegado el momento de máxima emoción, el tembloroso
instante en que el pez mordisquea ya el cebo. ¿Lo atrapará? ¿Lo soltará? Es un
momento espantoso, pero a pesar de todo el método político de Cecil y
Walsingham se puede admirar o despreciar, según se prefiera. Porque por viles
que sean los medios que quiere emplear en la aniquilación de María Estuardo,
Cecil, el hombre de Estado, sirve a una idea; para él, la eliminación de la
archienemiga del protestantismo es una inaplazable necesidad política. Y de
Walsingham, de un ministro de Policía, no se puede exigir que renuncie al
espionaje y se sirva exclusivamente de métodos morales.
¿E Isabel? ¿Sabe ella, que en cada uno de los actos
de su vida mira temerosa a la posteridad, que entre bambalinas se está
construyendo una máquina asesina más pérfida y más peligrosa que cualquier
patíbulo? ¿Ocurren estas miserables prácticas de sus consejeros de Estado con
su conocimiento y voluntad? ¿Qué papel —hay que plantear esta pregunta— ha
representado la reina de Inglaterra en este miserable complot contra su rival?
La respuesta no es difícil: un doble papel. Sin
duda tenemos claros testimonios de que Isabel conocía todas las maquinaciones
de Walsingham, de que desde el principio hasta el final toleró, aprobó y quizá
incluso fomentó con alegría, paso a paso y detalle a detalle, las prácticas de
espionaje de Cecil y Walsingham; la Historia nunca podrá absolverla de la culpa
de haberse quedado mirando o incluso haber colaborado a que la prisionera
confiada a ella fuera vilmente atraída a su perdición. Pero —hay que repetirlo
una y otra vez— Isabel no sería Isabel si actuara de forma unívoca. Capaz de
cualquier mentira, de cualquier ocultación, de cualquier engaño, esta mujer, la
más extraña de las mujeres, no carece en modo alguno de conciencia y jamás fue
inequívocamente inmoral y carente de generosidad. En los momentos decisivos,
siempre se apodera de ella cierta generosidad del corazón. También esta vez
siente malestar al obtener beneficio de tan bajas prácticas. Porque de pronto,
mientras sus propios servidores enredan a la víctima en su tela de araña, da un
giro sorprendente en favor de la amenazada. Hace llamar al embajador francés,
que facilita toda la correspondencia de María Estuardo desde Chartley y hacia
Chartley sin sospechar que Walsingham se sirve de gentes compradas como
mensajeros. «Señor embajador —le dice lisa y llanamente—, mantenéis un
frecuente contacto con la reina de Escocia. Pero creedme, yo sé todo lo que
ocurre en mi reino. Yo misma era una prisionera cuando mi hermana gobernaba
como reina, y conozco muy bien las ingeniosas vías que los presos encuentran
para ganar servidores y alcanzar secretos acuerdos.» Con esas palabras, Isabel
ha calmado su conciencia. Ha advertido claramente al embajador francés, y con
él a María Estuardo. Ha dicho tanto como podía decir sin traicionar a su propia
gente. Si María Estuardo no da marcha atrás, ella siempre podrá lavarse las
manos y decir con orgullo: La avisé hasta el último momento.
Sin embargo, María Estuardo no sería María Estuardo
si se dejara advertir y amonestar, si actuase alguna vez de manera cautelosa y
circunspecta. Sin duda al principio no confirma la carta de Babington más que
con una línea que, como anuncia defraudado el enviado de Cecil, aún no expresa
“her very heart», su interior predisposición respecto al plan del crimen.
Titubea, vacila sin saber si debe confiarse, y también su secretario Nau le
aconseja con insistencia que no ponga una sola palabra por escrito en un asunto
tan comprometedor. Pero el plan es demasiado atractivo, la llamada demasiado
prometedora, como para que María Estuardo pueda resistirse a su funesto gusto
por la diplomacia y la intriga.
“Elle s’est laissée aller à l’accepter», va a
aceptar, anota Nau con visible malestar. Durante tres días, María se encierra
en su cuarto con sus secretarios privados Nau y Curle y responde por extenso y
punto por punto a cada propuesta. El 17 de julio, pocos días después de recibir
la carta de Babington, su respuesta es enviada por el acostumbrado canal del
tonel de cerveza.
Pero, esta vez, la desdichada carta no irá muy
lejos. Ni siquiera llega hasta Londres, donde normalmente siempre se descifra
la correspondencia secreta de María Estuardo, en la secretaría de Estado. En su
impaciencia por conocer antes la decisión, Cecil y Walsingham han enviado a
Chartley al secretario encargado de la cifra, Phelippes, para que traslade la
respuesta por así decirlo del papel húmedo. Un curioso azar quiere que, durante
una salida en coche, María Estuardo vea a este mensajero de la Muerte. El
visitante desconocido le llama la atención. Pero como ese tipo feo y picado de
viruelas (ella describe su rostro en una carta) la saluda con una ligera
sonrisa —no puede ocultar su alegría por el mal ajeno—, María Estuardo, nublada
por la esperanza, cree que es un enviado de sus amigos que se ha acercado a
inspeccionar el terreno para la pretendida liberación. Sin embargo, este
Phelippes tiene cosas mucho más peligrosas que inspeccionar. Apenas se saca la
carta del barril de cerveza, se pone ansiosamente a la tarea de descifrarla. Se
ha cobrado la presa, ahora hay que destriparla a toda prisa. Frase tras frase,
el descifrado se hace con rapidez. Al principio no aparecen más que
generalidades. María Estuardo da las gracias a Babington y hace tres propuestas
distintas para el golpe de mano que debe sacarla por la fuerza de Chartley.
Esto es interesante para el espía, pero aún no lo más importante, lo decisivo.
Pero luego, a Phelippes se le para el corazón de malvada alegría: por fin ha
llegado al pasaje que contiene, negro sobre blanco, el consent de
María Estuardo al asesinato de Isabel, el que Walsingham lleva meses deseando y
provocando. De manera fría y objetiva, María Estuardo responde a la
comunicación de Babington de que los seis nobles abatirán a Isabel en su
palacio con la indicación: «Entonces hay que enviar a esos seis nobles a hacer
su trabajo y dar orden de que, terminada su empresa, se me saque enseguida de
aquí…antes de que mi vigilante sea informado». No hace falta más. Con eso María
Estuardo ha revelado her very heart, ha aprobado el plan de asesinato,
ahora al fin ha salido adelante la conspiración policial de Walsingham.
Encargantes y cómplices, señores y criados, se estrechan felicitándose
mutuamente las manos sucias, que pronto estarán manchadas de sangre. «Ahora
tenéis bastante con sus papeles», escribe triunfante Phelippes, criatura de
Walsingham, a su señor.
También Amyas Poulet, que intuye que pronto se
librará de su oficio de carcelero con la ejecución de la víctima, es presa de
una devota emoción: «Dios ha bendecido mis esfuerzos —escribe—, y me alegro de
que haya recompensado así mis fieles servicios».
Ahora que el ave del paraíso ha caído en la red,
Walsingham no tendría por qué esperar más tiempo. Su plan ha salido adelante,
su mísero negocio ha quedado hecho; pero ahora está tan seguro de sí mismo que
puede permitirse el siniestro placer de jugar con sus víctimas unos días más.
Hace llegar a Babington la carta (ya copiada) de María Estuardo; no puede ser
malo, piensa Walsingham, que la conteste y aumente en un documento el dossier
de la acusación. Pero entretanto Babington tiene que haber notado en algún
signo que un ojo perverso mira en sus secretos. Un miedo absurdo acomete de
pronto a este hombre audaz, porque hasta el más valiente siente temblar los
nervios cuando es atacado por un poder invisible, inaprensible. Corre de un
lado para otro como una rata acosada.
Coge un caballo y galopa tierra adentro para
escapar. Luego regresa de repente a Londres y se presenta —un instante digno de
Dostoievski— precisamente al hombre que está jugando con su destino, a
Walsingham, incomprensible y sin embargo comprensible fuga de un trastornado
hacia su más peligroso enemigo.
Está claro que quiere sacarle a Walsingham si se
alberga ya alguna sospecha en contra suya. Pero el jefe de la policía, frío y
relajado, no se traiciona, le deja ir en paz: es mejor que este loco aporte más
pruebas por imprudencia. Pero Babington siente la mano que le acecha en la
oscuridad. A toda prisa, escribe a un amigo un billete en el que, para darse
valor, escribe palabras realmente heroicas, dignas de Roma: «Ya está preparado
el horno de fuego en el que se pondrá a prueba nuestra fe». Al mismo tiempo,
tranquiliza con unas últimas palabras a María Estuardo, le pide que tenga
confianza. Pero Walsingham ya tiene suficientes pruebas, y golpea. Uno de los
conspiradores es detenido, y en cuanto Babington se entera sabe que todo está
perdido. Propone a su compañero Savage un acto último y desesperado, ir
directamente a palacio y matar a Isabel. Pero ya es demasiado tarde, los
esbirros de Walsingham ya van tras ellos, y sólo una audaz decisión les permite
huir en el momento en que van a prenderlos. Pero ¿adónde?
Todas las carreteras están cortadas, todos los
puertos advertidos, y no tienen ni víveres ni dinero. Durante diez días, se
esconden en St. John’s Wood, entonces cerca de Londres y hoy en mitad de
Londres, diez días de espanto, de miedo sin escapatoria. Pero el hambre es
implacable; finalmente, la necesidad les lleva a casa de unos amigos, donde se
les da pan y la última comunión; allí son detenidos y llevados, cargados de
cadenas, por la ciudad. A estos jóvenes audaces y crédulos les espera la
tortura y la ejecución en una mazmorra de la Torre, pero sobre sus cabezas las
campanas de Londres doblan celebrando el triunfo. La población celebra con
hogueras y desfiles la salvación de Isabel, la destrucción de la conspiración y
el hundimiento de María Estuardo.
Entretanto, en su castillo de Chartley, ignorante
de todo, la prisionera vuelve a vivir horas de alegre excitación que no vivía
desde hacía años. Tiene todos los nervios en tensión. En cualquier momento
llegará el jinete con la noticia del desseing effectué, de que sus
designios se han llevado a cabo; hoy, mañana, pasado mañana, la prisionera será
llevada a Londres, al palacio real, ya sueña en cómo la burguesía y la nobleza
la esperarán vestida con ropas de fiesta a las puertas de la ciudad, cómo las
campanas tocarán jubilosas. (No sabe, la desdichada, que las campanas ya están
tocando y resuenan en las torres para celebrar la salvación de Isabel.) Un día,
dos días más, y todo estará consumado, Inglaterra y Escocia estarán unidas bajo
su corona real, la fe católica habrá sido devuelta a todo el mundo.
No hay médico que conozca remedio tan fuerte para
un cuerpo cansado, para un alma martirizada, como la esperanza. Desde que María
Estuardo, siempre crédula y confiada, se cree tan cerca del triunfo, se produce
en ella una completa transformación. Una nueva frescura, otra clase de juventud
la acomete de pronto, y ella, que en los últimos años sufría constantemente de
agotamiento, que apenas podía caminar media hora sin quejarse de dolores en el
costado, cansancio y reumatismo, vuelve a montar a caballo. Asombrada ella
misma por la sorprendente renovación, escribe (mientras la guadaña ha caído ya
sobre la conjura) a su good Morgan: «Doy gracias a Dios porque aún no
me haya hundido tanto y aún pueda sostener mi ballesta para matar un ciervo y
cabalgar detrás de los perros».
Por eso, acepta como bienvenida sorpresa la
invitación de Amyas Poulet, normalmente tan poco amable —ah, ese tonto puritano
no sospecha, piensa ella, lo pronto que va a terminar su oficio de carcelero—,
para tomar parte el 8 de agosto en una partida de caza en el vecino castillo de
Tixall. Se equipa un imponente séquito: el chambelán, sus dos secretarios, su
médico, montan a caballo; incluso Amyas Poulet, especialmente accesible y
amable en este día, acompaña con algunos de sus oficiales la alegre caravana.
La mañana es espléndida, radiante y cálida, los campos están verdes y
henchidos. María Estuardo pica espuelas a su caballo para sentir con más dicha
el sentimiento de la vida, de la libertad, en esa cabalgada y esa prisa. Hacía
semanas, meses, que no se sentía tan joven, nunca en todos esos sombríos años
se había sentido tan alegre y fresca como en esta espléndida mañana. Todo le
parece hermoso, todo fácil; aquel a cuyo corazón la esperanza da alas se siente
bendecido.
A las puertas de Tixall Park afloja el galope, los
caballos pasan a un trote suave. De pronto, a María Estuardo le late con fuerza
el corazón. A las puertas del castillo espera un gran número de hombres a
caballo. ¿Son —¡oh, mañana dichosa!— por fin sus amigos, Babington y sus
compañeros? ¿Se cumplirá tan pronto la secreta promesa de la carta? Pero, es
extraño: sólo uno de los jinetes que esperan se separa del grupo, se acerca
trotando con lentitud y extraña solemnidad, se quita el sombrero y hace una reverencia:
sir Thomas George. Al instante siguiente, María Estuardo siente que se le para
el corazón, que hasta ese momento latía con tanta fuerza. Porque sir Thomas
George le comunica en escuetas palabras que el complot de Babington ha sido
descubierto, y tiene orden de prender a sus dos secretarios.
María Estuardo se queda sin palabras. Cada «Sí»,
cada «No», cada pregunta, cada queja podría traicionarla. Quizá aún no intuye
todo el alcance del peligro, pero pronto tiene que acometerla una cruel
sospecha, porque observa que Amyas Poulet no da señas de querer volver con ella
a Chartley. Sólo ahora comprende el sentido de esta invitación a cazar: querían
apartarla de su casa para registrar sus aposentos sin ser molestados. Sin duda
ahora están revolviendo y examinando todos sus papeles, vaciando toda la secretaría
diplomática que ella ha llevado, con su soberana seguridad en sí misma, de
forma tan abierta como si aún fuera reina, y no una prisionera en país ajeno.
Pero va a tener tiempo suficiente, y más que suficiente, para reflexionar
acerca de todos esos errores y omisiones, porque durante diecisiete días la
retienen en Tixall, sin darle la ocasión de escribir o recibir una sola línea.
Todos sus secretos, lo sabe, han sido traicionados, toda esperanza ha sido
aniquilada. Ha vuelto a caer un escalón más abajo: ya no es prisionera, sino
acusada.
María Estuardo es otra cuando, diecisiete días
después, regresa a Chartley.
Ya no cruza la puerta en alegre galope, jabalina en
mano, rodeada de sus amigos de confianza, sino lentamente, sin decir palabra,
entre rigurosos vigilantes y enemigos, una mujer cansada, defraudada,
envejecida, que sabe que ya no tiene nada que esperar. ¿Está realmente
asombrada de encontrar todos los baúles y armarios abiertos, todos los
documentos y cartas que dejó desaparecidos? ¿Le sorprende que los pocos fieles
de su corte la saluden con lágrimas y miradas de desesperación? No, sabe que
ahora todo ha pasado, todo ha terminado. Pero un pequeño acontecimiento
insospechado le ayuda a superar la primera y sorda desesperación. Abajo, en los
cuartos de la servidumbre, hay una mujer con dolores de parto, la esposa de
Curle, su fiel secretario, al que se han llevado a Londres para que preste
testimonio contra ella y ayude a perderla. La mujer está sola, no se ha podido
hallar ningún médico que la ayude y ningún sacerdote. Así que la reina
desciende, en la eterna hermandad de las mujeres y de los desdichados, a ayudar
a la parturienta, y como no hay un sacerdote a mano ella misma da al niño, con
el bautismo, la bienvenida cristiana a este mundo.
María Estuardo está aún unos días en ese odiado
castillo, luego llega la orden de llevarla a otro, donde estará aún más segura,
aún más apartada del mundo.
Han elegido para ella Fotheringhay, el último de
los muchos castillos por los que María Estuardo pasará como huésped y como
prisionera, como reina y como humillada. La peregrinación ha terminado, pronto
se concederá descanso a la inquieta.
Pero todo esto, que parece ya la última tragedia,
no es más que una suave dolencia comparada con los espantosos tormentos que
esperan estos días a los desdichados jóvenes que han arriesgado su vida con
sacrificio por María Estuardo. La Historia Universal se escribe siempre de
forma injusta y asocial, porque casi siempre describe tan sólo la angustia de
los poderosos, el triunfo y la tragedia de los príncipes de este mundo. Sin
embargo, pasa de largo indiferente ante los otros, los pequeños que están en la
oscuridad, como si el tormento y el martirio no fueran iguales en un cuerpo
mortal que en los otros. Babington y nueve de sus compañeros —¡quién conoce,
quién menciona hoy sus nombres, mientras el destino de la reina se eterniza en
incontables escenarios, en libros y cuadros!— padecen en tres horas de
espantosa tortura más tormento físico que María Estuardo en los veinte años de
su desgracia. Conforme a la ley, sólo les estaría destinada la muerte en la
horca, pero eso les parece a los instigadores del complot demasiado poco para
aquellos que se dejaron instigar por ellos. Junto con Cecil y Walsingham, la
propia Isabel establece —otra mancha oscura en su honor— que la ejecución de
Babington y sus compañeros debe ser prolongada en mil muertes por torturas especialmente
refinadas. Seis de esos jóvenes crédulos, entre ellos dos medio niños, que no
habían hecho otra cosa que dar un trozo de pan a su amigo Babington cuando fue
a mendigarlo ante su casa, son colgados por un instante para dar satisfacción a
la ley, pero luego son descuartizados vivos, para que todo el carácter
demoníaco de un siglo bárbaro pueda desfogarse en sus cuerpos sensibles, en sus
cuerpos indeciblemente atormentados. El horrendo trabajo de carnicero del
verdugo empieza. Las víctimas son descuartizadas vivas con tal lentitud y de
forma tan dolorosa que incluso la hez del populacho londinense es presa del
horror, y es preciso acortar los martirios de los otros al día siguiente. Una
vez más, un patíbulo queda inundado de sangre y horror por esta mujer, a la que
el destino ha dado el mágico poder de arrastrar a su ruina a nuevas
generaciones de jóvenes. ¡Una vez más, pero por última vez! Porque ahora ha
terminado la gran danza de la Muerte que empezó con Chastelard. Ahora ya no va
a venir nadie a sacrificarse por su sueño de poder y grandeza. Ahora ella misma
será la víctima.
Isabel contra Isabel
Agosto de 1586 a febrero de 1587
Por fin se ha alcanzado el objetivo. María Estuardo
ha caído en la trampa, ha dado el consent, se ha hecho culpable. Ahora,
Isabel ya no tendría que preocuparse de nada, la justicia decide y actúa por
ella. Ha terminado un cuarto de siglo de lucha, Isabel ha vencido, podría
alegrarse como el pueblo que festeja ruidoso y entusiasta por las calles de
Londres la salvación de su soberana del peligro del crimen y el triunfo de la
causa protestante. Pero toda plenitud está siempre misteriosamente trufada de
amargura. Precisamente ahora que Isabel podría golpear, le tiembla la mano. Ha
sido mil veces más fácil atraer a la trampa a la incauta que matar ahora a la
que está atada e indefensa. Si Isabel hubiera querido quitar de en medio
violentamente a la incómoda prisionera, hace mucho que se le habrían ofrecido
cien posibilidades de hacerlo sin llamar la atención.
Ya hace quince años el Parlamento había exigido dar
la última advertencia con el hacha a María Estuardo, y desde su lecho de muerte
John Knox había conjurado a Isabel: «Si no atacáis la raíz, las ramas volverán
a tener brotes, y antes de lo que podéis imaginar». Pero ella siempre había
respondido que «no podía matar al pájaro que había huido hasta ella buscando
refugio del azor». Ahora en cambio no queda otra elección que la clemencia o la
muerte, ahora la decisión siempre aplazada, y sin embargo inaplazable, apremia.
Isabel se estremece ante ella, sabe el enorme alcance, imprevisible, que tendrá
su sentencia. Desde hoy en día, apenas podemos percibir el peso revolucionario
de aquella decisión, que en aquel entonces conmovió todas las jerarquías del
mundo. Porque poner bajo el hacha del verdugo a una reina ungida significa nada
menos que exponer ante los hasta ahora obedientes pueblos de Europa que también
el monarca es una persona justiciable, ejecutable, y no intocable: por eso, en
la decisión de Isabel no se está poniendo en cuestión a un mortal, sino una
idea. Durante siglos, para todos los reyes de este mundo servirá de advertencia
el precedente de que ya en una ocasión ha caído en el patíbulo una testa
coronada; no cabe imaginar la ejecución de Carlos I, el nieto de los Estuardo,
sin invocar este ejemplo; ni la de Luis XVI y María Antonieta sin el destino de
Carlos I. Con su amplia mirada, con su fuerte sentido de la responsabilidad,
Isabel intuye lo irrevocable de su decisión, duda, titubea, vacila, aplaza y
difiere. Una vez más, y de manera más apasionada que nunca, empieza en ella la
lucha de la razón contra el sentimiento, la lucha de Isabel contra Isabel. Y
siempre es un espectáculo conmovedor ver a una persona luchando con su
conciencia.
Agobiada por ese dilema entre querer y no querer,
Isabel intenta por última vez evitar lo inevitable. Siempre ha apartado de sí
la decisión, una y otra vez ha caído en sus manos. Así que en el último momento
vuelve a intentar descargarse de ella y trasladar la responsabilidad a María
Estuardo. Le escribe una carta (que no se ha conservado) en la que le sugiere
que le dirija en un escrito privado una clara confesión de su participación en
la conjura, de reina a reina, y se someta por tanto a su juicio personal, mejor
que al de un tribunal público.
Esa propuesta de Isabel representaba de hecho la
única solución que aún era posible encontrar. Sólo ella podría ahorrar a María
Estuardo la humillación del interrogatorio público, la condena y la ejecución.
Para Isabel a su vez significaba una inconmensurable garantía tener por así
decirlo bajo custodia moral a la incómoda pretendiente mediante una confesión
comprometedora escrita de su puño y letra. En ese caso, María Estuardo podría
probablemente vivir tranquila en algún oscuro lugar, indefensa debido a su
confesión, e Isabel tranquilamente a la luz y en la cumbre de su poder. Los
papeles quedarían repartidos de forma permanente, ya no estarían una al lado de
la otra en la Historia, Isabel y María Estuardo, sino que la culpable estaría
de rodillas ante la clemente, la indultada ante la salvadora de su vida.
Pero María Estuardo ya no quiere ser salvada. Su
mayor fuerza siempre fue el orgullo, y antes doblará la rodilla ante el
patíbulo que ante una protectora, mejor negar de forma insensata que confesar
con claridad, mejor sucumbir que humillarse. Así que María Estuardo responde
con un orgulloso silencio a esa oferta que quiere al mismo tiempo salvarla y
humillarla. Sabe que como soberana ha perdido la partida; solamente le queda un
poder en el mundo: poner a Isabel, su adversaria, en situación de ser injusta. Y
como, viva, ya no puede hacer daño a su enemiga, aferra con decisión esa última
arma: hacer culpable a Isabel ante el mundo por implacable y avergonzarla con
una muerte gloriosa.
María Estuardo ha rechazado la mano tendida; ahora
Isabel, apremiada por Cecil y Walsingham, tiene que recorrer el camino que más
odia. Para dar fundamento legal al procedimiento previsto, se empieza por
convocar a los juristas de la corona, y los juristas de la corona casi siempre
toman de manera obediente la decisión que exige el correspondiente portador de
la corona.
Revuelven celosamente la Historia en busca de
precedentes de que anteriormente se halla sometido a un rey a un tribunal
ordinario, para que la acusación no represente una ruptura demasiado visible
con la tradición, una innovación. Pero los ejemplos que arañan son muy pobres:
Cayetano, un pequeño tetrarca de la época de César, el igual de desconocido
Licinio, suegro de Constantino, y por fin Conradin de Hohenstaufen y Juana de
Nápoles… son los únicos príncipes que, demostrablemente, fueron empujados por una
sentencia de la vida a la muerte.
En su servil diligencia, los juristas llegan a ir
tan lejos como para declarar superfluo el tribunal nobiliario propuesto por
Isabel; su dictamen basta para poner a María Estuardo, dado que su «crimen» ha
sido cometido en Staffordshire, ante el jurado habitual de ciudadanos de este
distrito. Pero a Isabel no le conviene en absoluto un procedimiento jurídico
así de democrático. Le importan las formas, quiere que una nieta de los Tudor e
hija de los Estuardo sea eliminada de manera en verdad real, con dignidad y
honores, con pompa y circunstancia, con todo el respeto y toda la reverencia
que corresponden a una princesa, y no por el veredicto de unos cuantos
campesinos y tenderos. Furiosa, estalla contra el exceso de celo de sus jueces:
«Eso sería en verdad hermoso proceder contra una princesa. Considero correcto,
para evitar tales absurdos (como la condena a manos de doce burgueses),
trasladar el examen de causa tan importante a un número abundante de las
personas más nobles y los jueces de este país. Porque nosotras las princesas
hemos sido puestas a la vista del mundo en el escenario del mismo». Un proceso
real, una ejecución real, un entierro real, quiere para María Estuardo, y por
eso convoca un tribunal nobiliario, elegido de entre los mejores y más distinguidos
hombres de la nación.
Sin embargo, María Estuardo no muestra inclinación
alguna a dejarse interrogar o condenar ni siquiera por los súbditos de sangre
más azul de su reina hermana. «¡Cómo! —increpa a los legados que recibe en sus
habitaciones, sin dar un solo paso hacia ellos—. ¿Es que vuestra señora no sabe
que he nacido reina? ¿Creéis que rebajaré mi posición, a mi Estado, a la
estirpe de la que desciendo, al hijo que me sucederá, a los reyes y príncipes
extranjeros cuyos derechos van a ser humillados en mi persona, acudiendo a
semejante citación?
¡No! ¡Jamás! Por doblegada que pueda parecer, mi
corazón está erguido y no se someterá a humillación alguna.»
Sin embargo, eterna ley: ni la dicha ni la desdicha
pueden cambiar por completo un carácter. Las virtudes y los defectos de María
Estuardo siempre serán los mismos. Siempre mostrará una pose grandiosa en los
momentos de peligro, pero siempre será demasiado dejada como para mantener su
firmeza inicial contra una presión sostenida. Igual que en el proceso de York,
vuelve a renunciar finalmente a su punto de partida de la soberanía intocable,
y se deja con eso quitar de las manos la única arma que Isabel teme. Después de
larga y dura lucha, se declara dispuesta a responder a los enviados de Isabel.
El 14 de agosto, el vestíbulo del castillo de
Fotheringhay ofrece una solemne estampa. En la pared del fondo de la sala se ha
levantado un baldaquino sobre un fastuoso sofá, que estará vacío durante todas
esas trágicas horas; este sillón sólo está destinado a ser, con su muda
presencia, símbolo de que, invisible, la reina de Inglaterra, Isabel, preside
este tribunal, y la definitiva sentencia se dicta en su nombre y con su
conformidad. A derecha e izquierda del estrado se sitúan, ordenados por rango,
los distintos miembros del tribunal, en el centro de la sala hay una mesa para
el fiscal general, el juez de instrucción, los juristas y escribanos.
A esa sala conducen a María Estuardo, vestida como
siempre en estos años de negro riguroso, del brazo de su chambelán. Al entrar,
lanza una mirada a la concurrencia y dice, despreciativa: «Cuántos expertos
juristas, y ni uno de mi parte». Luego avanza hacia un sillón que se le ha
destinado, a pocos pasos del baldaquino, pero unos cuantos peldaños más abajo
del vacío trono. La overlordship, el siempre discutido privilegio de
Inglaterra sobre Escocia, se hace visible por medio de esta pequeña disposición
táctica, que sitúa el sillón de Isabel por encima del suyo. Pero incluso a un
palmo de la muerte, María Estuardo no reconocerá esa primacía: «Soy reina
—dice, lo bastante alto como para ser oída y entendida—, he estado casada con
un rey de Francia, y mi lugar debería estar ahí arriba».
La vista da comienzo. Igual que en York y
Westminster, el proceso es puesto en escena con desprecio de los más
elementales principios jurídicos. Una vez más, se ha ejecutado antes del
proceso, con sospechosa prisa, a los principales testigos —entonces los criados
de Bothwell, esta vez Babington y sus compañeros—: sobre la mesa sólo están sus
testimonios escritos, obtenidos bajo la coacción de las angustias de la Muerte.
Otra quiebra del derecho: incluso los documentos de la acusación, por los
cuales va a ser condenada María Estuardo, sus cartas a Babington y las de
Babington a ella, no son, inexplicablemente, leídas en su versión original,
sino en copia. Con razón María Estuardo increpa a Walsingham: «¿Cómo puedo
estar segura de que no se ha falsificado mi código de cifrado para condenarme a
muerte?». Desde el punto de vista jurídico, la defensa podría emplearse a fondo
en esto, y si María Estuardo hubiera aceptado tener un abogado le habría sido
fácil señalar tan evidentes irregularidades. Pero María Estuardo está sola ante
los jueces, ignorante de las leyes inglesas, sin conocimiento del material
probatorio, y funestamente comete el mismo error que en su momento cometiera en
York y Westminster: no se limita a discutir los hechos realmente sospechosos,
sino que lo niega todo en bloque, discute incluso lo indiscutible. Empieza por
negar haber conocido jamás a Babington, y al segundo día, bajo el peso de las
pruebas, tiene que admitir lo que antes había negado. De este modo empeora su
posición moral, y es demasiado tarde cuando en el último minuto vuelve a
refugiarse en el viejo punto de partida, y exige «como reina, el derecho a que
se conceda credibilidad a mi real palabra». De nada sirve ya que exclame: «He
venido a este país confiando en la amistad y en las promesas de la reina de
Inglaterra, y aquí, milores —al decir estas palabras se saca del dedo un anillo
y lo muestra a los jueces—, está el símbolo del afecto y la protección que he
recibido de vuestra reina». Pero estos jueces no quieren defender el derecho,
el eterno e indisputable, sino únicamente a su propia reina, quieren traer la
tranquilidad a su país. Hace mucho que la sentencia está dictada, y cuando el
28 de octubre los jueces se reúnen en la Starchamber de Westminster solamente
un lord, Zouche, tiene el valor de declarar que no está completamente
convencido de que María Estuardo haya atentado contra la vida de la reina de
Inglaterra. Con esto priva sin duda a la sentencia de su más hermoso adorno, la
unanimidad, pero los otros reconocen obedientes la culpabilidad de María
Estuardo. Así que un escribano toma asiento y escribe con hermosas letras la
sentencia en un pergamino: «La llamada María Estuardo, que reclama la corona de
este reino de Inglaterra, ha aprobado e ideado distintos planes con la finalidad
de herir, destruir o matar a la real persona de nuestra soberana, la reina de
Inglaterra». Y la pena para un delito así —el Parlamento lo ha acordado de
antemano— es la muerte.
La obligación del tribunal de nobles era dictar
sentencia y pronunciar la condena. Lo ha hecho, declarando culpabilidad y
muerte. Pero a Isabel, la reina, le corresponde aún otro derecho por encima del
terrenal, el derecho superior y sagrado, humano y generoso, de conceder
clemencia para la culpa declarada. Tan sólo depende de su voluntad transformar
en vida la muerte proclamada, una vez más la odiada decisión recae en ella y
sólo en ella. ¿Cómo va a defenderse? Una vez más, Isabel se enfrenta a Isabel.
E igual que en la tragedia antigua los coros se disponen en estrofa y
contraestrofa a derecha e izquierda del hombre agobiado por su conciencia, así
ahora se alzan las voces exteriores e interiores, las unas exhortando a la
dureza, las otras a la indulgencia. Pero por encima de ellas está, invisible,
el juez de nuestras acciones terrestres, la Historia, que siempre calla frente
a los vivos, y sólo cuando ha terminado su existencia pondera sus actos ante la
posteridad.
Las voces de la derecha repiten, implacables y
audibles: muerte, muerte, muerte. El secretario de Estado, el Consejo de la
corona, los amigos más próximos, los lores y los ciudadanos, el pueblo, todos
ven una sola posibilidad de conseguir paz para el país y descanso para su
reina: que caiga la cabeza de María Estuardo. De manera solemne, el Parlamento
pide: «Rogamos del modo más humilde, de cara a la pervivencia de la religión
que profesamos, a la seguridad de la real persona y al bien común del reino, que
Vuestra Majestad dé lo antes posible orden de que se anuncie públicamente la
condena de la reina escocesa, y exigimos, ya que no conocemos otro medio de
garantizar la seguridad de Vuestra Majestad, la justa y rápida ejecución de la
mencionada reina».
A Isabel le resulta bienvenida esa exigencia. Nada
desea más que demostrar al mundo que no es ella la que persigue a María
Estuardo, sino que el pueblo inglés insiste en la ejecución de la sentencia. Y
cuanto más fuerte, cuanto más audible, cuanto más visible se haga ese clamor,
tanto mejor. Porque de ese modo se le da ocasión de entonar una gran aria de
bondad y humanidad en el «teatro del mundo», y como buena y experta actriz
aprovecha al máximo la ocasión que se le ofrece. Conmovida, escucha la elocuente
exhortación del Parlamento, da gracias a Dios humildemente porque su voluntad
la ha salvado del peligro; mas luego alza la voz y habla, por así decirlo por
encima de la estancia, cara al mundo entero y cara a la Historia, para quedar
exenta de toda culpa en el destino de María Estuardo: «Aunque mi vida ha sido
amenazada, confieso aquí que nada me ha dolido más que el que alguien de mi
estirpe, del mismo rango y origen que yo y tan próxima a mi sangre haya cargado
tan gran culpa sobre sus hombros. Estaba yo tan lejos de toda perfidia, que en
cuanto descubrí los actos criminales contra mí dirigidos le escribí en secreto
que, si me los confesaba en una carta confidencial, todo quedaría resuelto en
silencio. No se lo escribí en modo alguno para atraerla a una trampa, porque
para entonces yo ya sabía todo lo que podía confesarme. Pero incluso ahora que
las cosas han llegado tan lejos, si ella quisiera testimoniar arrepentimiento y
nadie reclamara en su nombre pretensiones en mi contra, estaría de buen grado dispuesta
a perdonar si de ello dependiera tan sólo mi vida, y no también la seguridad y
el bienestar de mí reino. Porque sólo deseo vivir para vosotros y para mi
pueblo». Confiesa abiertamente cuánto influye en sus dudas el temor al juicio
de la Historia: «Porque nosotros los príncipes estamos igual que en un
escenario, ante las miradas y la curiosidad del mundo entero. La menor mancha
de suciedad en nuestra ropa es observada, cualquier debilidad en nuestros actos
advertida con rapidez, y por eso tenemos que ser especialmente prudentes para
estar seguros de que nuestra forma de actuar siempre es justa y honorable». Por
esa razón, solicita al Parlamento que le disculpe que no decida de inmediato,
porque «es mi costumbre, incluso en asuntos de mucho menor rango, reflexionar
largamente aquello que al fin ha de ser acordado».
¿Es sincero ese discurso, no lo es? Ambas cosas,
porque dentro de Isabel habita una doble voluntad: quisiera librarse de su
adversaria, y sin embargo aparecer ante el mundo como clemente y generosa. Al
cabo de doce días, dirige nuevamente al lord canciller la consulta de si no
existe una posibilidad de salvar la vida de María Estuardo y asegurar al tiempo
la propia. Pero una vez más el Consejo de la corona, el Parlamento, renuevan
sus apremios, no hay otra escapatoria. Y una vez más Isabel toma la palabra. Un
fuerte y casi convencido tono de veracidad —nunca ha hablado de forma más
bella— vibra esta vez en sus palabras. Su más íntimo sentimiento se expresa
cuando dice: «Hoy me encuentro en una mayor división conmigo misma que nunca en
mi vida, entre si debo hablar o callar. Si hablara y me quejara, sería
hipócrita; si callara, todo vuestro esfuerzo habría sido en vano. Puede
pareceros extraño que me queje, pero confieso que era mi más íntimo deseo
encontrar alguna otra escapatoria que la propuesta para proteger vuestra
seguridad y mi bienestar… Pero como ha quedado constatado que mi seguridad no
puede ser garantizada más que por su muerte, tengo una profundísima impresión
de pena por ser precisamente yo, que he indultado a tantos rebeldes y pasado de
largo en silencio ante tantas traiciones, la que deba mostrar crueldad contra
tan elevada princesa…». Ya deja intuir que se inclina a dejarse convencer si se
le insiste pero, inteligente y ambigua como siempre, no se vincula a un claro
«Sí» o «No», sino que termina su discurso con las palabras: «Os ruego que os
conforméis por el momento con una respuesta sin respuesta. No me opongo a
vuestra opinión, comprendo vuestras razones, pero os ruego que aceptéis mi
gratitud, disculpéis mi duda interior y aceptéis con amabilidad que os responda
sin dar una respuesta».
Las voces de la derecha han hablado. Alto y claro,
han dicho muerte, muerte, muerte. Pero también las voces de la izquierda, las
voces del lado del corazón, se hacen cada vez más elocuentes. El rey francés
envía una legación y apela al interés común de todos los reyes. Recuerda a
Isabel que al defender la inviolabilidad de María Estuardo está defendiendo la
suya, advierte que el principio supremo para reinar bien y felizmente es no
derramar sangre. Recuerda el derecho de asilo, sagrado en todos los pueblos,
que Isabel no puede proceder contra Dios atentando contra la cabeza de una
reina ungida. Y como Isabel, a su astuta manera, sólo da garantías a medias y
se pierde en giros impenetrables, el tono de los enviados extranjeros es cada
vez más áspero. Lo que al principio era un mego aumenta hasta advertencia
imperativa, hasta amenaza abierta. Pero Isabel, con experiencia del mundo y
familiarizada desde hace un cuarto de siglo con todos los circunloquios de la
política, tiene un oído muy fino. En todos esos discursos enfáticos, sólo
escucha una cosa: si los embajadores llevan entre los pliegues de su toga el
mandato de romper las relaciones diplomáticas y declarar la guerra. Y pronto
advierte que detrás de las fuertes y sonoras palabras no vibra hierro alguno, que
ni Enrique III ni Felipe II están seriamente decididos a desenvainar la espada
en cuanto el hacha del verdugo caiga sobre la nuca de María Estuardo.
Así que finalmente sólo responde con un indiferente
encogerse de hombros al teatral tronar diplomático de Francia y España. Desde
luego, hay que mostrar más habilidad para dejar a un lado otra objeción, la de
Escocia. Si hay alguien en el mundo que tenga la sagrada obligación de evitar
el ajusticiamiento de una reina de Escocia en un país extranjero es Jacobo VI,
porque la sangre que se va a derramar es su propia sangre, la mujer a la que se
va a quitar la vida es la misma que le dio la suya: su madre. En cualquier
caso, Jacobo VI no deja mucho margen al amor filial. Desde que se ha convertido
en asalariado y aliado de Isabel, su madre, que le niega el título de rey, que
le ha repudiado solemnemente y ha intentado entregar su derecho hereditario a
reyes extranjeros, no es en realidad más que un obstáculo. Apenas se entera de
que se ha descubierto la conspiración Babington, se apresura a transmitir sus
felicitaciones a Isabel y dice malhumorado al embajador francés, que le molesta
en medio de su ocupación predilecta, la caza, con su exigencia de que ejerza su
influencia a favor de su madre, que ella «debe tomarse ahora la sopa que ha
cocinado» («qu’il fallait qu’elle but la boisson qu'elle avait brassé»).
Declara expresamente que le resulta indiferente «el rigor con que se la trate y
que ahorquen a todos sus viles servidores». Pero lo mejor sería que «no se
dedicara ya a otra cosa más que a rezar a Dios». No, todo ese asunto no le
incumbe, e inicialmente este hijo poco sentimental se niega incluso a enviar
una delegación a Londres. Sólo cuando ya se ha producido la condena de María
Estuardo y en toda Escocia se alza un movimiento de indignación nacional ante
el hecho de que una reina extranjera quiera atentar contra la vida de la reina
ungida de Escocia, no tiene más remedio que advertir el triste papel que liaría
si siguiera mudo y no hiciera algo, cuando menos pro forma. Desde luego no va
tan lejos como reclama el Parlamento escocés, que en caso de ejecución exige la
inmediata suspensión de la alianza e incluso la guerra. Pero se sienta a la
mesa y escribe enérgicas, excitadas y amenazantes cartas a Walsingham, y envía
una legación a Londres.
Naturalmente, Isabel contaba con esa protesta. Pero
también en este caso tan sólo presta oídos al mensaje subterráneo. Los
delegados de Jacobo VI se dividen en dos grupos. Uno, el oficial, exige alto y
claro que la sentencia de muerte no se ejecute en ningún caso. Amenaza con la
disolución de la alianza, hace tintinear las espadas, y los nobles escoceses
que transmiten tan duras palabras tienen el énfasis de una sincera convicción.
Pero no sospechan que, mientras ellos atruenan y amenazan en la sala de recepciones,
otro agente, un representante personal de Jacobo VI, se desliza por una puerta
trasera en los aposentos privados de Isabel y negocia en voz baja sobre otra
exigencia mucho más importante para el rey escocés que la vida de su madre: el
reconocimiento como heredero del trono inglés. Ese secreto negociador de Jacobo
VI tiene el mandato 5/—según relata el bien informado embajador francés— de
decirle que si James amenaza tan alto y fuerte lo hace sólo por su honor y
reputación («for his honour and reputation»), y le ruega que no se tome
esa vehemencia “in ill parte» como algo inamistoso. Así, a Isabel se le
ratifica lo que probablemente sabía hace mucho: que Jacobo VI está dispuesto a
tragarse en silencio («to digest it») la ejecución de su madre mientras se le
siga enseñando el cebo de una garantía mediana o completa en lo referente a la
sucesión al trono. Y pronto empieza entre bastidores un regateo de la más baja
especie. La enemiga y el hijo de María Estuardo se aproximan, unidos por vez
primera por la misma oscura intención, porque secretamente ambos quieren lo
mismo y ambos quieren que no se manifieste al mundo. Para ambos María Estuardo
es un obstáculo, pero ambos tienen que hacer como si lo más sagrado, lo más
importante, lo que más hondo les llega, fuera defenderla y protegerla. En
realidad, Isabel no lucha por la vida de su hermana en el destino y Jacobo VI
no lucha por la vida de su madre, sino que ambos luchan por componer una
hermosa figura «en el teatro del mundo».
De facto, hace mucho que Jacobo VI ha dejado
entrever que incluso en el peor de los casos no pondría dificultades a Isabel,
y con eso ha dado ya carta blanca para la ejecución de su madre. Antes de que
la extranjera, la enemiga, la envíe a la muerte, su propio hijo la ha
sacrificado.
Isabel sabe ahora que ni Francia ni España ni
Escocia le impedirán realmente poner fin al asunto. Sólo hay una persona que
quizá podría salvar aún a María Estuardo: la propia María Estuardo. Tan sólo
tendría que pedir clemencia, y probablemente Isabel se daría por satisfecha con
ese triunfo interior. En lo más hondo de su ser quizá espera en secreto esa
llamada, que la libraría de sus tormentos de conciencia. Durante esas semanas
se intenta todo para quebrar el orgullo de María Estuardo. En cuanto se dicta la
sentencia de muerte, Isabel le envía el documento de la condena, y Amyas
Poulet, ese funcionario seco, sobrio y aún más repulsivo en su cargante
decencia, aprovecha enseguida la ocasión para ofender a la condenada, que para
él ya sólo es “une femme morte sans nulle dignité», una mujer muerta sin
dignidad alguna. Por primera vez, mantiene en su presencia el sombrero puesto
—pequeño y necio descaro de un alma subalterna, a la que la desgracia ajena
vuelve arrogante en vez de humilde—, y ordena a los criados de María Estuardo
que retiren de inmediato del trono el baldaquino con las armas de Escocia. Pero
la servidumbre se niega a obedecer al carcelero, y cuando Poulet hace arrancar
el baldaquino a sus propios subordinados, María Estuardo cuelga un crucifijo en
el lugar del que hasta ahora pendían las armas de Escocia, para manifestar que
la respalda un poder mayor que el de ese país; para cada pequeña y vejatoria
ofensa de su adversario tiene un gesto de fuerza. «Se me amenaza si no pido
clemencia —escribe a sus amigos—, pero yo os digo que si ella me ha destinado a
morir, que recorra el camino de su injusticia.» ¡Que Isabel la mate, tanto peor
para Isabel! ¡Mejor una muerte que humille a su adversaria ante la Historia que
una suavidad hipócrita que corone a su enemiga con el aura de la generosidad!
En vez de protestar o pedir clemencia cuando se le entrega la sentencia de
muerte, da humildemente como cristiana las gracias a Dios por la decisión, pero
a Isabel le responde orgullosa como reina: «Madame, agradezco a Dios de todo
corazón que, a través de vuestras medidas, se complazca en poner fin a la larga
peregrinación de mi vida. Por eso no ruego que se prolongue: he tenido
demasiado tiempo para experimentar la amargura de la vida. Tan sólo, ya que no
puedo esperar favor alguno de los ministros que ostentan los primeros puestos
de Inglaterra, ruego de vos (y de nadie más) los siguientes favores: »Primero,
solicito que mi cuerpo sea llevado por mi servidumbre, en cuanto mis
adversarios se hayan saciado de mi sangre inocente, a tierra consagrada para
ser enterrada allí, de preferencia a Francia, donde descansan los huesos de la
reina, mi venerada madre, para que este pobre cuerpo que jamás conoció el
descanso mientras estuvo unido a su alma encuentre ese descanso en cuanto se
haya separado de ella. En segundo lugar pido a Vuestra Majestad, en aras de la
preocupación que albergo ante la tiranía a cuya violencia me habéis entregado,
que no se me ejecute en algún lugar oculto, sino en presencia de mi servidumbre
y de otras personas que puedan dar testimonio de mi fidelidad a la verdadera
Iglesia y defender el final de mi vida y mi último suspiro contra todos los
falsos rumores que puedan esparcir mis adversarios. En tercer lugar, ruego que
mis criados, que con tanta lealtad me han servido en medio de tantas
adversidades, puedan ir sin ser molestados donde lo deseen, y disfruten de las
pequeñas posesiones que mi pobreza les ha dejado en mi testamento.
»Os conjuro, madame, por la memoria de Enrique VII,
nuestro antepasado común, y por el título de reina que llevaré hasta mi muerte,
a que no dejéis de cumplir tan justos deseos y me los garanticéis con una
palabra de vuestra mano.
Entonces moriré como he vivido. Vuestra bien
dispuesta hermana y prisionera, María, reina».
De forma sorprendente, y contra toda expectativa,
en los últimos días de esa lucha de décadas se han invertido los papeles: desde
que María ha recibido la sentencia de muerte, se siente segura y consciente de
sí misma. Su corazón tiembla menos al recibir el mortal documento que la mano
de Isabel al firmarlo.
María Estuardo tiene menos miedo de morir que
Isabel de matarla.
Quizá en lo más hondo de su alma no cree que Isabel
tenga la osadía de hacer que un verdugo levante la mano contra ella, la reina
ungida, quizá su exterior seguridad sea engañosa; en cualquier caso, hasta un
observador tan receloso como Amyas Poulet es incapaz de advertir en ella el más
mínimo signo de inquietud. No pregunta, no se queja, no pide un favor a ninguno
de sus guardianes. Ya no intenta ningún secreto entendimiento con sus amigos
extranjeros, toda su resistencia, negativa y defensa ha tocado a su fin, de
manera consciente devuelve su voluntad al destino, a Dios: que él decida.
Pasa sus horas en la más seria preparación. Hace su
testamento, reparte de antemano sus posesiones terrenales entre su servidumbre,
escribe cartas a los príncipes y reyes del mundo, pero ya no para incitarlos a
enviar ejércitos y armarse para la guerra, sino para asegurarles que está
dispuesta a morir con el alma erguida en la fe católica y por la fe católica.
Una gran calma ha caído al fin sobre este corazón inquieto, el temor y la
esperanza, «los peores enemigos del hombre», como los llama Goethe, ya no pueden
nada contra su alma fortalecida.
Exactamente igual que su hermana en el destino,
María Antonieta, tan sólo en presencia de la Muerte comprende su verdadera
tarea. El sentido de la responsabilidad histórica eleva de manera grandiosa su
anterior dejadez, ya no se prepara para la clemencia, sino para una muerte
eficaz, ostentosa, para un triunfo en el último momento. Sabe que sólo una
muerte heroica y dramática puede expiar ante el mundo el trágico error de su
vida, y que ya sólo se le ha concedido un triunfo más en esta existencia: un final
digno.
Y, grandiosa contrapartida de esta contenida y
altiva calma de la condenada de Fotheringhay: la inseguridad, el furioso
nerviosismo, la rabiosa e iracunda confusión de Isabel en Londres. María
Estuardo está decidida, e Isabel lucha por decidirse. Su rival nunca le ha
hecho sufrir tanto como ahora que la tiene por entero en sus manos. Durante
esas semanas Isabel pierde el sueño, pasa días en un lúgubre silencio, se le
nota ocupada sin cesar con esa única e insoportable idea de si debe firmar la
sentencia de muerte, de si debe hacerla ejecutar. Da vueltas a la idea como
Sísifo a la roca, pero una y otra vez cae con toda su fuerza sobre su pecho y
le oprime el alma. En vano le hablan los ministros, su conciencia sigue
hablando más fuerte. Rechaza todas las propuestas y exige sin cesar otras
nuevas. Cecil la encuentra «variable como el tiempo», ora quiere la muerte, ora
la gracia, pregunta una y otra vez y apremia a sus amigos con que si no habría
«otro camino», mientras en lo más hondo de su alma sabe que no lo hay. ¡Si
pudiera ocurrir, si pudiera hacerse sin su conocimiento, sin su orden
expresa, por ella en vez de a sus manos! Continuamente la
estremece el miedo a la responsabilidad, compara sin cesar las ventajas y
desventajas de acto tan llamativo, y para desesperación de sus ministros aplaza
sin fecha la decisión con palabras ambiguas, irritadas, nerviosas y oscuras.
“With weariness to talk, her Majesty left off all till a time I know not
when», sin ganas de hablar, Su Majestad lo deja todo para un momento que no sé
cuándo será, se queja Cecil, que como frío e inteligente calculador no
comprende la angustia de esta alma estremecida. Porque aunque le ha puesto un
duro carcelero a María Estuardo, otro mucho más duro, el más cruel que hay en
el mundo, tiene presa ahora día y noche a Isabel: su conciencia.
Tres meses, cuatro meses, cinco meses, casi medio
año dura ya esta lucha interior de Isabel contra Isabel entre obedecer a la voz
de la razón o a la de la humanidad. Y ante tan insoportable tensión nerviosa,
es natural que la decisión se produzca un día de forma tan repentina como una
explosión.
El miércoles 1 de febrero de 1587, el escribiente
Davison —Walsingham tiene la suerte o la inteligencia de estar enfermo en esos
días— recibe de repente, en el jardín de Greenwich, la llamada del almirante
Howard, que le ordena presentarse enseguida ante la reina y ponerle a la firma
la sentencia de muerte de María Estuardo. Davison coge el documento redactado
por el propio Cecil y se lo entrega enseguida a la reina junto con otra serie
de papeles. Pero, es extraño, Isabel, la gran actriz, parece de repente no
tener prisa en firmar. Se muestra indiferente, charla con Davison acerca de
cuestiones muy apartadas del caso, mira por la ventana para admirar la
luminosidad de la mañana invernal. Sólo entonces pregunta como de pasada —¿ha
olvidado de veras que le ha ordenado expresamente venir con la sentencia de
muerte?— qué le trae por allí. Davison responde: documentos para la firma,
entre ellos aquel que lord Howard le ha ordenado especialmente someterle.
Isabel coge las hojas, pero se guarda de leerlas. Rápidamente las firma una
tras otra, entre ellas por supuesto la sentencia de muerte de María Estuardo;
al parecer, al principio había tenido la intención de hacer como si firmara el
mortal documento sin darse cuenta, entre otros papeles.
Pero en esta voluble mujer el viento cambia pronto
de dirección. Al instante siguiente revela lo muy consciente que era de su
acción, porque declara expresamente a Davison que tan sólo ha dudado tanto
tiempo para que a todos les sea evidente lo a disgusto que ha dado su
consentimiento. Ahora debe entregar al canciller la sentencia firmada, y hacer
que se le estampe el gran sello, sin que nadie más se entere, y luego entregar
el warrant a las personas destinadas a ejecutarlo. La orden es clara,
no deja a Davison ninguna posibilidad de dudar de la decidida voluntad de
Isabel. Y hasta qué punto hace mucho que se ha familiarizado con la idea lo
atestigua de forma todavía más clara la circunstancia de que ahora discute con
Davison todos los detalles con total frialdad y claridad. La ejecución debe
tener lugar en el gran salón del castillo, el patio exterior o el interior no
le parecen lo bastante adecuados. Además, le advierte de que la firma de la
sentencia debe ser mantenida en secreto. Después de tan largo tormento, haber
tomado una decisión alivia siempre el alma. La seguridad por fin adquirida
parece ponerla incluso de buen humor; Isabel se divierte, porque le dice a
Davison en broma que sin duda el dolor de la noticia matará a Walsingham.
Davison cree —y es comprensible— que el asunto está
liquidado. Hace una reverencia y se dirige hacia la puerta. Pero en realidad
Isabel nunca está claramente decidida a nada, y con ella un asunto jamás está
cerrado. En la misma puerta, hace volver a Davison: el buen humor, la auténtica
o fingida decisión de esta mujer vacilante han vuelto a desaparecer por
completo. Inquieta, Isabel camina arriba y abajo. ¿No habrá otro camino? Al fin
y al cabo, los Members of the Association habían jurado matar a
cualquier persona que participase en un atentado contra ella. Y como Amyas
Poulet y su compañero de Fotheringhay son miembros de
esa Association… ¿no sería su maldita obligación llevar a cabo el
acto y quitarle a ella, la reina, la odiosa tarea de una ejecución pública? Que
Walsingham, le pide a Davison, les escriba a ambos en ese sentido.
El buen Davison se va sintiendo incómodo. Se da
cuenta de que la reina ha dado ya el paso y sin embargo no quiere tener nada
que ver con él; probablemente lamenta no tener testigos de esta importante
conversación. Pero ¿qué va a hacer? La orden es clara. Así que primero se
dirige a la cancillería y hace estampar el sello en la sentencia de muerte, y
luego va a ver a Walsingham,
que enseguida redacta la carta a Amyas Poulet en
los términos que Isabel desea.
La reina, escribe, ha observado y lamentado en él
cierta falta de celo porque, visto el peligro que María Estuardo significa para
Su Majestad, no haya encontrado un medio, «por sí mismo y sin ulterior
mandato», para eliminarla.
Podría llevar a cabo tal eliminación con la
conciencia en paz, puesto que prestó el juramento de la asociación, y aliviaría
de ese modo a la reina, cuya aversión a derramar sangre es generalmente
conocida.
Casi no ha podido llegarle la carta a Amyas Poulet,
y en modo alguno puede haber llegado la respuesta de Fotheringhay, cuando el
viento ha vuelto a cambiar en Greenwich. A la mañana siguiente, jueves, un
mensajero llama a la puerta de Davison con una nota de la reina; si aún no ha
entregado la sentencia de muerte al canciller para ponerle el sello, debe dejar
de hacerlo hasta que haya vuelto a hablar con él. Davison corre a ver a la
reina y le explica que ejecutó enseguida su orden, la sentencia de muerte ya
está sellada. Isabel parece descontenta. Calla, pero no hace reproches a
Davison. Y, sobre todo, esta mujer ambigua no da la contraorden de que se le
devuelva el documento sellado. Tan sólo se vuelve a quejar de que esa carga
vuelva sobre sus hombros una y otra vez. Inquieta, camina de un lado a otro por
la habitación. Davison espera, espera una decisión, una orden, una
manifestación clara e inequívoca. Pero de repente Isabel abandona la
habitación, sin haberle ordenado nada.
Vuelve a ser una escena de corte shakespeariano la
que Isabel representa ante los ojos de este único espectador, uno vuelve a
pensar en Ricardo III, cuando se queja a Buckingham de que su adversario vive,
pero no da claramente la orden de asesinarlo. La misma mirada ofendida de
Ricardo III porque su vasallo le entiende y sin embargo no le quiere entender
ha centelleado contra el infeliz Davison. El pobre escribiente nota que está
pisando terreno resbaladizo, y hace desesperados esfuerzos por agarrarse a otro:
¡no quiere llevar sólo tan inmensa responsabilidad ante la Historia Universal!
Primero visita a Hatton, el amigo de la reina, y le explica su espantosa
situación: Isabel le ha dado orden de ejecutar la sentencia de muerte, pero por
toda su conducta él se da cuenta de que después negará la orden ambiguamente
formulada. Hatton conoce demasiado bien a Isabel como para no advertir su doble
juego, pero tampoco tiene ninguna gana de decir claramente «Sí» o «No» a
Davison. Como en un juego de pelota, el uno le pasa la responsabilidad al otro.
Isabel se la ha pasado a Davison, Davison trata de pasársela a Hatton. Hatton
por su parte informa a toda prisa al secretario de Estado Cecil. Tampoco él
quiere hacer suyo el asunto, pero convoca para el día siguiente una especie de
Consejo de Estado secreto. Sólo están invitados los amigos y hombres de
confianza más próximos a Isabel: Leicester, Hatton y otros siete nobles, que
conocen por su trato familiar y frecuente la poca fiabilidad de Isabel. Aquí se
habla claro por primera vez: Isabel, constatan todos, trata de evitar, en aras
de su prestigio moral, la apariencia de que la ejecución de María Estuardo haya
sido orden suya. Para procurarse una coartada, quiere «sorprenderse» a los ojos
del mundo ante los hechos consumados. Así que la obligación de sus leales es
participar en esta comedia y llevar a cabo, en apariencia en contra de la
voluntad de la reina, lo que en realidad está exigiendo.
Naturalmente, la responsabilidad de esa aparente
pero deseada extralimitación es grande, y por eso el empuje de su auténtica o
fingida ira no debería caer sobre uno solo. Así que Cecil propone que ordenen
todos juntos la ejecución, pero asuman también juntos la responsabilidad por
ella. Lord Kent y lord Shrewsbury son escogidos para supervisar la ejecución de
la sentencia, y el secretario Beale es enviado a Fotheringhay con las
correspondientes instrucciones. Ahora la culpa pesa sobre los diez miembros del
Consejo de Estado, que al saltarse sus competencias —secretamente instigados
por Isabel— han quitado por fin la «carga» de los hombros de la reina.
Una de las cualidades esenciales de Isabel es por
otra parte su curiosidad.
Siempre quiere saber, y saberlo enseguida, todo lo
que sucede en el entorno de su palacio y en todo el reino. Pero, qué extraño:
esta vez no se informa ni con Davison, ni con Cecil, ni con nadie, de qué haya
podido ocurrir con la sentencia de muerte por ella firmada. En esos tres días,
parece haber olvidado por completo lo único que lleva meses ocupando sus horas.
Como si hubiera bebido en las aguas del Leteo, el importante asunto desaparece
sin dejar rastro de sus pensamientos. Incluso a la mañana siguiente, cuando le
comunican la respuesta de Amyas Poulet a aquella propuesta, pasa completamente
por alto la existencia de una sentencia firmada.
La respuesta de Amyas Poulet brinda poca
satisfacción a la reina. Ha entendido enseguida el ingrato papel que se le
adjudica, y comprende al instante la mala recompensa que le espera si de hecho
elimina a María Estuardo: la reina le insultará públicamente llamándolo asesino
y le pondrá delante de un tribunal.
No, Amyas Poulet no espera ninguna gratitud de la
casa Tudor, no tiene la menor inclinación a dejarse elegir como chivo
expiatorio. Pero, para no parecer desobediente ante su reina, el inteligente
puritano se esconde detrás de una instancia superior, detrás de su Dios.
Rápidamente, envuelve su negativa en el manto de la moralidad. «Mi corazón se
llena de amargura —responde con patetismo— al ser tan desdichado de haber visto
el día en que mi bondadosa soberana me invita a cometer un acto que prohíben
Dios y el derecho. Mis bienes y posesiones, mi posición y mi vida están a
disposición de Vuestra Majestad, y estoy dispuesto a entregároslas mañana si lo
deseáis, porque no estoy sino agradecido a su bondadoso placer. Pero que Dios
me guarde de sufrir tan lamentable naufragio de mi conciencia y dejar a mi
descendencia tan gran mancha como haber derramado sangre sin el consentimiento
de la ley y sin una orden pública. Espero que Vuestra Majestad acogerá
cordialmente, con su bondad acostumbrada, mi humilde respuesta».
Pero Isabel no piensa acoger con bondad esta carta
de Poulet, al que hace poco ensalzaba entusiasta por sus “spotless actions,
wise orders and safe regards»; furiosa, recorre su cuarto de un lado a
otro burlándose de esos «tipos delicados y precisos» («dainty and precise
fellows») que todo lo prometen y nada hacen. Poulet, ruge, es un perjuro, firmó
aquel Act of Association que le obliga a servir a su reina incluso
con riesgo de su vida. Hay otros que lo habrían hecho por ella, un tal Wingfield,
por ejemplo. Su ira, auténtica o fingida, cae sobre el infeliz Davison
—Walsingham, astuto, ha escogido la mejor parte y se ha declarado enfermo— que,
con lamentable ingenuidad, le propone recorrer el sincero camino del derecho.
Gentes más inteligentes que él, le increpa, son de otra opinión. Es hora de que
el asunto quede liquidado de una vez, y es una vergüenza para todos que aún no
se haya llevado a cabo.
Davison calla. Podría jactarse de que la ejecución
está ya en marcha. Pero siente que no podría hacerle a la reina peor favor que
hacerle saber honestamente algo que de forma deshonesta sabe probablemente
desde hace mucho: que el mensajero con la sentencia de muerte sellada está ya
en camino hacia Fotheringhay, y con él un hombre robusto y rechoncho que debe
transformar las palabras en sangre, las órdenes en ejecuciones: el verdugo de
Londres.
«En mi final está mi comienzo»
8 de febrero de 1587
“En ma fin est mon commencement», es la frase,
entonces todavía incomprensible, que María Estuardo bordó hace años en una
labor de brocado.
Ahora su intuición se hace realidad. Sólo su
trágica muerte es el verdadero comienzo de su fama, sólo ella borrará a los
ojos de la posteridad sus culpas juveniles, transfigurará sus errores. Con
cautela y decisión, la condenada se prepara desde hace semanas para su prueba
más extrema. Siendo una joven reina, ha tenido que ver por dos veces cómo un
noble moría bajo el hacha, es decir, ha experimentado muy temprano que el
espanto de tan irreversible e inhumano acto sólo se puede superar con una
actitud heroica. El mundo entero y la posteridad, María Estuardo lo sabe,
examinarán su actitud cuando sea la primera reina ungida en inclinar la nuca
sobre el tajo; cualquier temblor, cualquier duda, cualquier cobarde palidez en
ese momento decisivo sería traición a su real fama. Así que en esas semanas de
espera reúne toda su fuerza interior.
Esta mujer normalmente tan impulsiva no se ha
preparado para nada en su vida tan tranquila y conscientemente como para esta
su última hora.
Por eso, no se aprecia en ella signo alguno de
espanto o de mero asombro cuando el martes 7 de febrero sus criados anuncian
que los lores Shrewsbury y Kent han llegado con algunos magistrados. Precavida,
ordena a sus damas y a la mayoría de sus criados que entren. Sólo entonces
recibe a los enviados. Porque desde este momento desea en cada instante la
presencia de sus fieles, para que un día puedan atestiguar que la hija de
Jacobo V, la hija de María de Lorena, por cuyas venas fluyen la sangre de los
Tudor y los Estuardo, fue capaz de resistir erguida y gloriosa incluso lo peor.
Shrewsbury, el hombre en cuya casa ha vivido casi veinte años, dobla la rodilla
e inclina la gris cabeza. Le tiembla un poco la voz cuando anuncia que Isabel
no ha podido evitar ceder al ruego insistente de sus súbditos y ordenar la
ejecución de la sentencia. María Estuardo no parece sorprendida ante la mala
noticia; sin el menor signo de conmoción —sabe que cada gesto quedará dibujado
en el libro de la Historia— hace que le lean la sentencia, se santigua con
calma y dice: «Alabado sea Dios por esta noticia que me traéis. No podría
recibir otra mejor, porque anuncia el final de mis sufrimientos y la gracia que
Dios me brinda de morir en honor de su nombre y su Iglesia, la católico-romana».
No gasta ni una palabra en discutir la sentencia. Ya no quiere defenderse como
reina contra la injusticia que le inflige otra reina, sino aceptar como
cristiana el sufrimiento, y quizá considera el martirio el último triunfo que
le queda en esta vida. Sólo tiene dos ruegos: que su confesor pueda asistirle
con su consuelo espiritual y que la ejecución de la sentencia no tenga lugar a
la mañana siguiente, para tener ocasión de tomar con cuidado sus últimas
disposiciones. Ambas peticiones son rechazadas. No necesita un sacerdote de la
herejía, responde el conde de Kent, fanático protestante, pero gustosamente le
enviará un clérigo reformado para que la instruya en la religión verdadera.
Naturalmente, en la hora en que va a dar testimonio
de su fe ante todo el mundo católico, María Estuardo rechaza recibir lecciones
sobre la verdadera fe de un clérigo hereje. Menos cruel que esta necia
pretensión a una condenada a muerte es el rechazo del ruego de que se aplace la
ejecución porque, como sólo se le concede una noche de preparación, las pocas
horas que le quedan están de tal modo repletas que no le queda tiempo para el
miedo o la inquietud. El tiempo, y éste es un regalo de Dios a los hombres,
siempre es demasiado corto para un moribundo.
María Estuardo reparte sus últimas horas con una
circunspección y un cuidado que, funestamente, no tuvo antaño. Como una gran
princesa, quiere una muerte grandiosa, y con el impecable sentido del estilo
que siempre la distinguió, con su sentido artístico heredado y su innata
grandeza en los momentos peligrosos, María Estuardo prepara su salida de escena
como una fiesta, un triunfo, una gran ceremonia. Nada debe ser improvisado,
nada debe quedar al azar, al humor del momento, todo debe estar calculado en su
efecto, ser mayestáticamente espléndido e imponente. Cada detalle está colocado
con precisión y pleno sentido, como una estrofa emocionante o estremecedora en
el poema épico de una muerte modélica en el martirio. Para que le quede tiempo
de escribir con calma las cartas necesarias y ordenar sus ideas, María Estuardo
ha pedido la cena antes que de costumbre, y simbólicamente le da el solemne
formato de una última cena. Después de comer, reúne en círculo a su alrededor a
la servidumbre y hace que le sirvan una copa de vino. Con rostro serio pero
despejado, alza el cáliz lleno sobre sus leales, que han caído de rodillas.
Bebe a su salud y pronuncia una alocución en la que les exhorta a mantenerse
fieles a la religión católica y vivir en paz los unos con los otros. Pide —es
como una escena de una vita sanctorum— a cada uno de ellos perdón por
todas y cada una de las injusticias que les haya infligido alguna vez, de
manera consciente o inconsciente. Sólo entonces hace entrega a cada uno de
ellos de un regalo especialmente elegido: anillos, piedras preciosas, collares
y encajes, todas las pequeñas exquisiteces que han alegrado y adornado su vida
que se acaba. De rodillas, en silencio y sollozando, los destinatarios de los
regalos aceptan sus dones, y contra su voluntad la propia reina se conmueve
ante el doloroso amor de sus leales.
Por fin, se levanta y pasa a su habitación, donde
ya arden las velas ante el escritorio. Todavía queda mucho que hacer entre la
noche y la mañana: releer el testamento, tomar disposiciones para el duro
trayecto y escribir las últimas cartas. La primera, la más apremiante, ruega a
su confesor que se mantenga despierto toda la noche y rece por ella; sin duda
sólo está a dos o tres habitaciones de distancia, en el mismo castillo, pero el
conde de Kent —el fanatismo siempre es implacable— ha prohibido al sacerdote
salir de sus aposentos para que no pueda administrar la extremaunción «papista»
a María Estuardo. Luego la reina escribe a sus parientes, a Enrique III y al
duque de Guisa; pero hay una especial preocupación, que le honra especialmente,
que le agobia en esta última hora: que después de extinguirse su pensión
francesa de viuda real, la servidumbre de su casa quede desatendida. Así que
ruega al rey de Francia que asuma la obligación de hacer cumplir sus legados y
mande leer misas «por una reina cristianísima», que va a la muerte «como
católica y despojada de todos sus bienes». Antes ya ha enviado cartas a Felipe
II, al Papa.
Sólo le quedaría escribir a una soberana de este
mundo, a Isabel. Pero María Estuardo ya no le dirige una sola palabra. Ya no
quiere pedir nada más ni agradecer nada; sólo puede avergonzar a su vieja
adversaria con un orgulloso silencio y una muerte grandiosa.
Es mucho después de medianoche cuando María
Estuardo se tumba en la cama. Ha hecho todo lo que tenía que hacer en la vida.
Sólo quedan al alma unas horas de derecho de hospedaje en el cansado cuerpo. En
un rincón de la estancia, sus doncellas están arrodilladas y rezan con mudos
labios; no quieren molestar a la durmiente. Pero María Estuardo no duerme. Con
los ojos abiertos, mira hacia la gran noche; sólo deja descansar un poco los
miembros para poder presentarse mañana, erguida y con el alma recia, ante la
Muerte aún más recia.
María Estuardo se ha vestido para muchas fiestas,
para coronaciones y bautizos, para bodas y juegos caballerescos, para viajes,
guerras y cacerías, recepciones, bailes y torneos, siempre envuelta en fastos y
consciente del poder que lo bello difunde sobre la tierra. Pero nunca se ha
preparado de manera tan minuciosa como para la hora más grande de su destino,
para su muerte. Tiene que haber pensado con días y semanas de antelación en el
ritual más digno para la muerte y haber elegido cada detalle con intención.
Tiene que haber revisado su guardarropa pieza a pieza en busca de la etiqueta
más digna para esta ocasión irrepetible: es como si también como mujer
quisiera, en un último arrebato de vanidad, dar para todos los tiempos el
modelo de la forma en que una reina tiene que avanzar hacia el patíbulo. Sus
sirvientas la visten durante dos horas, de seis a ocho de la mañana. No quiere
subir al cadalso como una pobre pecadora, temblando dentro de un mal vestido;
para su último recorrido elige un vestido solemne, un vestido de fiesta, el más
serio y el mejor, en terciopelo marrón oscuro con ribetes de marta cibelina,
subido el cuello blanco y ondeantes las anchas mangas. Un abrigo de seda
envuelve este digno esplendor, y su pesada cola es tan larga que Melville, el
chambelán, tiene que sostenerla con reverencia.
Un velo de viuda ondea blanco desde la raya del
pelo hasta el suelo, escogidos escapularios y rosarios con joyas engastadas
sustituyen toda joya terrena, zapatos de cuero blanco deben hacer sus pasos
silenciosos en medio del esperable silencio en el que caminará hacia el
patíbulo. La reina ha escogido con sus propias manos el pañuelo con el que
habrá que vendarle los ojos, un tejido tenue cual tela de araña, de la más fina
batista, con flecos dorados, bordado probablemente por ella misma. Cada hebilla
de su vestido ha sido escogida de manera ingeniosa, cada pequeñez ajustada de
forma casi musical a la ocasión, y se ha pensado incluso en que ese oscuro
esplendor tendrá que caer de sus hombros ante el tajo, en presencia de hombres
desconocidos. Para ese último y sangriento minuto María Estuardo se ha hecho
preparar ropa interior roja como la sangre y guantes largos rojos como el
fuego, para que cuando el hacha caiga sobre su nuca la sangre que salte no
reluzca demasiado sobre la ropa. Jamás una mujer condenada se ha preparado para
la muerte de forma más artística y soberana.
A las ocho de la mañana llaman a la puerta. María
Estuardo no responde, sigue arrodillada en su reclinatorio y lee en voz alta el
oficio de difuntos. Sólo cuando termina sus oraciones se incorpora, y a la
segunda llamada la puerta se abre. Entra el alguacil, con su blanca vara en la
mano —pronto estará rota—, y dice respetuoso, con una profunda inclinación:
«Madame, los lores os esperan y me han enviado a buscaros». «Vamos», responde
María Estuardo. Se prepara.
Comienza el último trayecto. Apoyada a derecha e
izquierda en uno de sus criados, camina lentamente con sus miembros paralizados
por el reuma. Se ha guarnecido por partida triple con las armas de la fe para
que ningún asalto del miedo pueda estremecerla: lleva al cuello un crucifijo de
oro, del cinturón le cuelga un rosario con joyas engastadas y en la mano lleva
la devota espada de una cruz de marfil: el mundo ha de ver cómo muere una reina
en la fe católica y por la fe católica. Han de quedar olvidadas las culpas y
necedades de su juventud, y que se la conduce ante el verdugo como cómplice de
un premeditado crimen: quiere poner en evidencia para toda la eternidad que cae
como mártir de la causa católica, víctima de sus herejes enemigos.
Sólo hasta la puerta, eso es lo previsto y lo
acordado, la acompañan y sostienen sus propios criados. Porque no debe dar la
impresión de que participan en la odiosa acción y conducen a su propia soberana
al patíbulo. Sólo en su propio espacio quieren ayudarla y servirla, pero no ser
cómplices de su espantosa muerte. Desde la puerta hasta el pie de la escalera
tienen que ser dos subordinados de Amyas Poulet los que la sostengan:
exclusivamente enemigos, adversarios, han de ser los que tomen parte en el crimen
de llevar al cadalso a una reina ungida. Abajo, junto al último peldaño de la
escalera, ante la entrada al gran salón donde tendrá lugar la ejecución, se
arrodilla Andrew Melville, su chambelán; a él, como noble escocés, le incumbe
la tarea de informar a su hijo de que la ejecución se ha llevado a cabo. La
reina le hace levantarse y lo abraza.
Ese fiel testigo le es bienvenido, porque su
presencia no hace sino reforzarla en la firme actitud que se ha jurado. Y
cuando Melville dice: «Será la peor tarea de mi vida comunicar que mi venerada
reina y señora ha muerto», ella le responde: «Más bien has de alegrarte de que
haya llegado al fin de mis trabajos. Lleva únicamente la noticia de que he
muerto fiel a mi religión, como una verdadera católica, una verdadera escocesa,
una verdadera princesa. Que Dios perdone a aquellos que han exigido mi fin. Y
di a mi hijo que nunca hice nada que pudiera causarle daño, y jamás entregué
nuestro derecho de soberanía»
Tras estas palabras se vuelve a los condes de
Shrewsbury y Kent y les pide que también las damas de su séquito puedan estar
presentes en su ejecución. El conde de Kent pone reparos: las mujeres causarían
disturbios con sus llantos y gritos y quizá dieran pie a escándalo mojando
pañuelos en la sangre de la reina.
Pero María Estuardo no se deja privar de su última
voluntad. «Os doy mi palabra —replica— de que no harán tal cosa, y estoy segura
de que vuestra señora no negaría a otra reina tener consigo a sus damas para
que la asistieran en el último momento. No es posible que haya impartido tan
dura orden. Aunque mi rango fuera inferior me lo permitiría, y soy su pariente
más próxima, de la sangre de Enrique VII, viuda real de Francia y reina ungida
de Escocia.»
Los dos condes deliberan; finalmente, se le
autoriza a ser acompañada por cuatro de sus criados y dos de sus damas. A María
Estuardo le basta. Seguida por ese séquito, el más escogido y más fiel, y por
Andrew Melville, que le lleva la cola del manto, entra al gran salón de
Fotheringhay tras el alguacil, Shrewsbury y Kent.
Durante toda la noche han resonado los martillazos
en este salón. Han quitado las mesas y las sillas, y al final de la sala se ha
levantado una plataforma de dos pies de altura, cubierta con una tela negra,
como un catafalco. Delante del tajo revestido de negro que hay en su centro se
ha colocado ya un escabel negro con negros cojines, en el que la reina habrá de
arrodillarse para recibir el golpe mortal. A la derecha y a la izquierda hay
sendos sillones para los condes de Shrewsbury y Kent, como representantes de
Isabel, y en pie junto a la pared, rígidos como piedras, vestidos de terciopelo
negro y cubiertos con máscaras negras, dos figuras sin rostro: el verdugo y su
ayudante. A este escenario de espantosa grandeza sólo pueden subir la víctima y
el verdugo: pero al fondo de la sala se apiñan los espectadores. Vigilada por
Poulet y sus soldados, se ha tendido allí una barrera tras de la cual están
doscientos nobles, venidos a toda prisa de la vecindad para ver el espectáculo
único, y hasta ahora insólito, de una reina ungida ejecutada. Ante las puertas
cerradas del castillo se apretujan además cientos y cientos de personas del
pueblo bajo, atraídas por la noticia; pero a ellos les está vedado el acceso.
Sólo la sangre noble puede mirar cómo se derrama sangre real.
Relajada, María Estuardo entra en el salón. Reina
desde su primer año de vida, ha aprendido desde el principio a comportarse como
tal, y ese elevado arte no la abandona en este su peor momento. Con la cabeza
erguida, sube los dos peldaños hasta el patíbulo. Así subió a los quince años
hasta el trono de Francia, así los escalones del altar de Reims. Así habría
subido al trono de Inglaterra si otros astros hubieran regido su destino. Con
esa misma humildad y orgullo al mismo tiempo se había arrodillado junto a un
rey de Francia, al lado de un rey de Escocia, para recibir la bendición del
sacerdote, lo mismo que ahora inclina la cabeza para aceptar la de la Muerte.
Indiferente, oye al secretario que vuelve a leer la sentencia. Sus rasgos
muestran una expresión tan cordial y casi alegre que incluso Wingfield,
furibundo adversario, no puede por menos de mencionar en su informe a Cecil que
escuchó el anuncio de su muerte como un mensaje de clemencia.
Sin embargo, aún le espera una dura prueba. María
Estuardo quiere que esta última hora sea pura y grandiosa; debe brillar sobre
el mundo como un fanal de la fe, como una gran llama del martirio católico.
Pero a los lores protestantes les importa evitar que el último gesto de su vida
se eleve a impresionante confesión de una devota católica; así que en el último
momento intentan empequeñecer la pose soberana de María Estuardo por medio de
pequeñas hostilidades. En el corto camino de su cuarto a la sala de ejecución,
la reina había mirado varias veces a su alrededor para ver si su confesor
estaba entre los presentes, para poder recibir su absolución y bendición al
menos mediante un mudo gesto. Pero es en vano, su confesor no ha podido
abandonar su cuarto. Ahora que ya se prepara a sufrir la ejecución sin consuelo
religioso, aparece de pronto en el patíbulo el párroco reformado de
Peterborough, doctor Fletcher: hasta en el último segundo de su vida se abre
paso hasta ella la cruel y espantosa lucha entre las dos religiones que ha
perturbado su juventud y destruido su destino. Desde luego los lores saben de
sobra, porque la ha rechazado tres veces, que la creyente católica María
Estuardo prefiere morir sin asistencia sacerdotal que con la asistencia de un
sacerdote hereje. Pero igual que María Estuardo quiere honrar su religión ante
el patíbulo, también los protestantes quieren hacer honor a la suya, también
ellos exigen la presencia de su Dios. Con el pretexto de la delicada
preocupación por la salvación de su alma, el párroco reformado da comienzo a un
sermón más que mediocre, que María Estuardo, impaciente por morir con rapidez,
trata en vano de interrumpir. Por tres y cuatro veces ruega al doctor Fletcher
que no se esfuerce, que persiste en la fe católico-romana, en cuya defensa, por
la gracia de Dios, va a derramar su sangre ahora. Pero el curita tiene poco
respeto a la voluntad de una moribunda, y mucha vanidad. Ha preparado su sermón
y se siente muy honrado de pronunciarlo ante tan distinguido auditorio. Sigue
parloteando y salmodiando, y por fin a María Estuardo no se le ocurre otro
remedio contra la adversa prédica que coger en una mano el crucifijo como si
fuera un anua y en la otra su devocionario, caer de rodillas y rezar en voz
alta en latín para sobreponerse con las sagradas palabras al tonsurado. En
lugar de alzar juntos la voz a un Dios común por el alma de una persona
sacrificada, a dos pasos del patíbulo se enfrentan las dos religiones; como
siempre, la hostilidad es más fuerte que el respeto ante la angustia ajena.
Shrewsbury y Kent, y con ellos la mayoría de los congregados, rezan en inglés.
María Estuardo y su servidumbre, en latín. Sólo cuando el párroco calla al fin
y retoma el silencio, María Estuardo vuelve a tomar la palabra en inglés y
pronuncia una sonora intercesión por la golpeada Iglesia de Cristo. Da las
gracias por el fin de sus padecimientos y declara en voz alta, apretando el
crucifijo contra el pecho, que espera ser salvada por la sangre de Jesucristo,
cuya cruz sostiene en sus manos y por el que está dispuesta a derramar la suya.
Una vez más, el fanático conde de Kent trata de perturbar su pura oración, la
exhorta a dejar a un lado esas “popish trumperies», esas mentiras
papistas. Pero esta moribunda está ya demasiado lejos de toda disputa terrenal.
No responde con un solo mido, una sola mirada, sino que alza audiblemente la
voz sobre la sala para decir que perdona de todo corazón a todos sus enemigos,
que tanto tiempo llevan buscando su sangre, y mega a Dios que los guíe hacia la
verdad.
Se produce un silencio. María Estuardo sabe lo que
vendrá ahora. Una vez más, besa el crucifijo, pone los brazos en cruz y dice:
«Igual que tus brazos, Jesucristo, están abiertos en esta cruz, así recíbeme en
tus brazos compasivos y perdona todos mis pecados. Amén».
La Edad Media es cruel y violenta, pero no por ello
carente de alma. Y en algunas de sus costumbres ha conservado una conciencia
más honda de su inhumanidad que nuestro tiempo. Por aquel entonces toda
ejecución, por bárbara que sea, tiene un breve instante de grandeza humana en
medio del horror; antes de que el verdugo extienda su mano para matar o
torturar, tiene que pedir perdón a su víctima por el delito que va a cometer
sobre su cuerpo vivo. Así que ahora el verdugo y su ayudante se arrodillan
cubiertos por sus máscaras ante María Estuardo y le piden perdón por la muerte
que están obligados a darle. Y María Estuardo responde: «Os perdono de todo
corazón, porque espero que esta muerte ponga fin a todos mis sufrimientos».
Sólo entonces el verdugo y su ayudante se levantan y se preparan para su tarea.
Al mismo tiempo, las dos damas han empezado a
desvestir a María Estuardo; ella misma ayuda a quitarse el collar con el
agnusdéi. Lo hace con mano firme y —como dice el mensajero de su enemigo Cecil—
«con tanta prisa como si estuviera impaciente por dejar este mundo». Cuando el
manto negro y el vestido oscuro caen de sus hombros, resplandece la ropa
interior de seda roja, y cuando sus servidoras le ponen los guantes rojos, se
alza allí de pronto como una llama sangrienta, figura grandiosa, inolvidable. Y
ahora llega la despedida. La reina abraza a sus servidoras y las exhorta a no
sollozar ni quejarse. Sólo entonces se arrodilla en el cojín y pronuncia en voz
alta el salmo latino: “In te Domine, confido, ne confundar in aeternum».
Ya no hay mucho que hacer. Sólo le queda inclinar
la cabeza sobre el tajo, que agarra con ambos brazos, amante de su muerte.
Hasta el último instante, María Estuardo ha mantenido la grandeza real. Ni con
un movimiento, ni con una palabra ha revelado temor. Con dignidad, la hija de
los Estuardo, de los Tudor, de los Guisa, se ha preparado para morir. Pero ¡de
qué sirve toda la dignidad humana, toda una actitud aprendida y heredada,
contra el espanto que se adhiere a todo crimen! Nunca —en esto mienten todos los
libros y relatos— puede ser romántica y pura la ejecución de un ser humano. El
hacha del verdugo siempre transforma la muerte en cruel espanto y vil
carnicería. El primer golpe del verdugo ha fallado, no ha cortado la nuca, sino
que ha dado de plano en la parte de atrás de la cabeza. Un estertor, un gemido
sale ahogado de la boca de la martirizada, pero no alto. El segundo golpe
penetra en la nuca y hace que la sangre salpique estridente. Pero sólo el
tercero separa la cabeza del tronco. Y, nuevo horror: cuando el verdugo va a
coger la cabeza por los cabellos para enseñarla, coge solamente la peluca, y la
cabeza se desprende. Como una pelota, rueda y atruena cubierta de sangre por el
entarimado, y cuando el verdugo vuelve a cogerla y la levanta, la que se ve
—fantasmagórica visión— es la de una anciana de cabellos cortos y grises. Por
un instante, el espanto ante la matanza paraliza a los espectadores, nadie
respira ni habla. Por fin, el párroco de Peterborough logra con esfuerzo
articular el grito: «Dios salve a la reina».
Pálida, la cabeza extraña y calcárea de ojos
quebrados mira a los nobles que, de haber caído los dados de otro modo, habrían
sido sus más fíeles servidores y celosos súbditos. Durante un cuarto de hora,
aún tiemblan convulsivos los labios que el miedo de la criatura apretó con
fuerza sobrehumana, y entrechocan los dientes. Para aliviar el espanto de la
imagen, rápidamente se echa un paño negro sobre el tronco y la cabeza de
medusa. Y en medio del silencio petrificado los corchetes ya van a llevarse la
oscura carga, cuando un pequeño incidente desata el horror. Porque en el
momento en que los verdugos levantan el torso cubierto de sangre para llevarlo
a la habitación vecina, donde será embalsamado, algo se mueve bajo los
vestidos. Sin que nadie lo viera, el perrillo favorito de la reina se ha
escurrido hasta allí y se ha apretado contra su cuerpo, como si temiera por su
destino. Ahora salta, cubierto y empapado por la sangre derramada. Ladra y
muerde y gime y aúlla, no quiere apartarse del cadáver. Con violencia, los
verdugos tratan de apartarlo. Pero él no se deja ni coger ni atraer, salta
furioso contra las desconocidas y grandes bestias negras que le han herido de
forma tan ardiente con la sangre de su amada dueña. El animalito combatió por
su ama con más pasión que todos y mejor que su hijo y los millares que le
habían jurado lealtad.
1587-1603
En el drama griego, a la sombría y lenta tragedia
siempre sigue una corta y descarada sátira: tampoco falta un epílogo así en el
drama de María Estuardo. La mañana del 8 de febrero cayó su cabeza, y a la
mañana siguiente todo Londres conoce que se ha ejecutado la sentencia. Un
júbilo sin límites saluda la noticia en la ciudad y el campo. Y si el oído
normalmente agudo de la soberana no se hubiera vuelto de pronto obtuso y sordo,
Isabel tendría que informarse de qué fiesta fuera del calendario celebran sus súbditos
tan tempestuosamente. Pero se guarda sabiamente de preguntar; se envuelve de
manera cada vez más hermética en el manto mágico de su ignorancia. Quiere ser
informada oficialmente de la ejecución de su rival, o más bien verse
«sorprendida» por ella.
El turbio negocio de informar a la supuestamente
ignorante de la ejecución de su dear sister corresponde a Cecil. No
se siente feliz. Desde hace veinte años, en ocasiones similares, sobre los
acreditados consejeros ha caído más de una tormenta, auténtica en su furia y
fingida en cuanto a la política de Estado; también esta vez este hombre
tranquilo y serio se arma interiormente con una especial relajación antes de
penetrar en el salón de recepciones de su soberana para informarla al fin,
oficialmente, de que se ha producido la ejecución. Pero la escena que ahora se
produce no tiene parangón. ¿Cómo? ¿Se han atrevido a ejecutar a María Estuardo
sin su conocimiento, sin su orden expresa?
¡Imposible! ¡Inconcebible! Ella nunca habría tomado
en consideración tan cruel medida, salvo que un enemigo extranjero hubiera
hollado el suelo de Inglaterra.
Sus consejeros la han engañado, traicionado, han
actuado con ella como unos canallas. Ese acto pérfido y vil ha ensuciado de
forma incurable su prestigio, su honor, a los ojos del mundo entero. ¡Ah, su
pobre y desdichada hermana, víctima de un lamentable error, de una infame
canallada! Isabel solloza, grita y patalea como una loca. Insulta del modo más
rudo a ese hombre de grises cabellos, diciendo que él y otros miembros del
Consejo se han atrevido a hacer ejecutar sin su expreso consentimiento la sentencia
de muerte firmada por ella.
Cecil y sus amigos no habían dudado ni por un
momento de que Isabel reprobaría la «ilegal» acción de Estado urdida por ella
como un «error de instancias inferiores». Conscientes de su deseada
desobediencia, se habían reunido para asumir juntos la «carga» de la
responsabilidad de la reina. Pero pensaban que Isabel sólo se serviría de esa
excusa ante el mundo y sub rosa, en el salón donde concedía las audiencias
privadas, les daría incluso las gracias por la rápida eliminación de su rival.
Pero Isabel ha preparado interiormente su fingida ira de tal modo que, contra
su voluntad o al menos más allá de su voluntad, se vuelve auténtica. Y lo que
ahora se abate sobre la inclinada cabeza de Cecil no es una tormenta teatral,
sino una aplastante descarga de verdadera furia, un huracán de insultos, un
aguacero de improperios. Isabel casi llega a las manos con su más fiel
consejero, le ofende con palabras tan inauditas que el anciano ofrece su
dimisión, y de hecho, como castigo por su supuesta indiscreción, no se le permite
presentarse en la corte durante algún tiempo. Sólo ahora queda claro con cuánta
habilidad, con cuánta previsión ha actuado Walsingham, el verdadero instigador,
al preferir estar enfermo o hacerse el enfermo durante las jomadas decisivas.
Porque todo el cuenco de la ira real se derrama ardiente sobre su
lugarteniente, el desdichado Davison. Se convierte en chivo expiatorio, en
objeto de demostración de la inocencia de Isabel. Nunca ha tenido derecho, jura
ahora Isabel, a entregar la sentencia de muerte a Cecil y ponerle el sello del
Estado. Ha actuado por propia iniciativa, contra su deseo y voluntad, y le ha
causado un daño inconmensurable con su insolente urgencia.
Por orden suya, se presenta en la Starchamber
pública acusación contra el desleal funcionario, que en realidad ha sido
demasiado leal; mediante una resolución judicial, ha de quedar solemnemente
establecido a los ojos de Europa que la ejecución de María Estuardo tan sólo es
culpa de ese truhan, e Isabel la ignoraba por completo. Naturalmente, los
mismos consejeros de Estado que han jurado compartir como hermanos la
responsabilidad dejan vergonzosamente en la estacada a su compañero; corren
para salvar sus propios puestos de ministro y prebendas de la real tormenta.
Davison, que no tiene más testigos de la orden de Isabel que las mudas paredes,
es condenado a diez mil libras, una suma que nunca podrá pagar, y arrojado a
las mazmorras; sin duda se le asigna en secreto una pensión, pero durante el
resto de su vida no podrá presentarse en la corte de Isabel, su carrera está
rota, su vida definitivamente acabada. Siempre es peligroso para un cortesano
no entender los secretos deseos de su rey. Pero aún más funesto resulta a veces
haberlos entendido demasiado bien.
La bella leyenda de la inocencia e ignorancia de
Isabel es demasiado osada como para pasar por cierta a los ojos del mundo.
Quizá sólo hay una persona que acaba creyéndose esta fantástica representación,
y, asombrosamente, es Isabel.
Porque una de las más curiosas características de
las naturalezas histéricas o con tendencia a la histeria es no sólo su
capacidad de mentir sorprendentemente bien, sino también de engañarse a sí
mismas. Consideran cierto lo que quieren que lo sea, y su testimonio puede ser
a veces la más sincera de las mentiras, y por eso la más peligrosa.
Probablemente Isabel se considera del todo sincera cuando explica y jura a
quien quiere oírlo que jamás ordenó o siquiera quiso la ejecución de María
Estuardo, porque realmente había media voluntad en ella, que no quería hacerlo,
y el recuerdo de ese no querer desplaza poco a poco la participación en un
hecho insidiosamente deseado. Su estallido de ira al recibir la noticia, que
sin duda quería que ocurriera, pero no conocer, no fue sólo un golpe de teatro
ensayado, sino a la vez —en su naturaleza todo es ambiguo— una ira genuina,
sincera, un no poder perdonarse haber violado sus más puros instintos, una ira
genuina también contra Cecil, que la había arrastrado a esa acción y sin
embargo no había sabido ahorrarle su responsabilidad. Isabel se emplea tan
apasionadamente en su autosugestión de que lo ocurrido ha tenido lugar contra
su voluntad, que desde ahora vibra en sus palabras un acento casi convincente.
Ya no parece un engaño cuando recibe vestida de luto al embajador francés y le
jura que «ni la muerte de su padre ni la de su hermana le habían afectado de
tal modo», pero es «una pobre y débil mujer, rodeada de enemigos».
Si los miembros de su Consejo de Estado que le han
jugado esta lamentable pasada no llevaran tanto tiempo a su servicio, sus
cabezas habrían rodado en el cadalso. Ella sólo había firmado la sentencia de
muerte para calmar a su pueblo, pero no la hubiera hecho ejecutar salvo que un
ejército extranjero hubiera penetrado en Inglaterra.
Isabel mantiene esa media verdad y media mentira de
que en realidad no quería la ejecución de María Estuardo incluso en las cartas
que escribe de su puño y letra a Jacobo VI de Escocia. Una vez más, le encarece
su extremo dolor ante el «vil error» que se ha producido contra su voluntad y
sin su consentimiento («without her knowledge and consent»). Pone a Dios por
testigo de que es «inocente en este asunto» y jamás pensó ejecutar a María
Estuardo («she never had thought to put the Queen, your mother, to death»),
aunque sus consejeros le calentaban los oídos con ese asunto todos los días. Y,
anticipando el natural pretexto de poner a Davison como pantalla, dice
orgullosa que ningún poder de la Tierra podría moverla a echar sobre los
hombros de otra persona algo que ella misma hubiera ordenado.
Pero Jacobo VI no tiene especial interés en saber
la verdad, por su parte no quiere más que una cosa: apartar de sí la sospecha
de que no ha defendido con suficiente énfasis la vida de su madre.
Naturalmente, no puede decir enseguida que sí y amén, sino que, como Isabel,
tiene que mantener la apariencia de sorpresa e indignación. Así que adopta un
ademán grandioso; declara solemnemente que semejante acción no puede quedar
impune. Al enviado de Isabel se le prohíbe pisar suelo de Escocia, y su carta
es recogida en la ciudad de Berwick por un mensajero enviado ex profeso: el
mundo ha de ver que Jacobo VI enseña los dientes a los asesinos de su madre.
Pero hace ya mucho que el gabinete de Londres ha mezclado los polvos digestivos
adecuados para que el iracundo hijo se «trague» en silencio la noticia de la
ejecución de su madre. Al mismo tiempo que la carta de Isabel destinada «al
teatro del mundo», sale hacia Edimburgo otra privada, por valija diplomática,
en la que Walsingham comunica al canciller escocés que Jacobo VI tiene
asegurada la sucesión al trono de Inglaterra y por tanto el oscuro negocio se
ha llevado a cabo de manera perfecta.
Este dulce brebaje hace milagros en el en
apariencia tan dolorosamente indignado Jacobo VI, que ya no dice una palabra de
romper la alianza. No le importa que el cadáver de su madre continúe insepulto
en una esquina de la iglesia. Tampoco protesta por el grosero desprecio a su
última voluntad de hallar el descanso en tierra francesa. De pronto, como por
arte de magia, está convencido de la inocencia de Isabel, y acepta de buen
grado la embustera versión del «error». «Con esto quedáis libre de complicidad
en ese desdichado episodio» («Ye purge youre self of one unhappy fact»),
escribe a Isabel, y desea, como buen asalariado de la reina inglesa, que su
«honorable conducta sea reconocida para siempre en el mundo». Un dorado viento
de promisión ha calmado con toda rapidez la ola tempestuosa de su disgusto.
Desde ahora, reina una vanidosa paz y concordia entre el hijo y la mujer que
firmó la sentencia de muerte de su madre.
Moral y política llevan caminos separados. Por eso,
siempre se juzgará un acontecimiento desde planos completamente distintos según
se valore desde el punto de vista de la humanidad o de la ventaja política.
Desde el punto de vista moral, la ejecución de María Estuardo sigue siendo un
acto completamente indisculpable: contra todo derecho internacional, se prendió
en plena paz a la reina de un país vecino, se le tendió una trampa y se la
engañó de la forma más pérfida. Pero tampoco se puede negar que, desde el punto
de vista político, la eliminación de María Estuardo fue una medida correcta
para Inglaterra. Porque en política —¡por desgracia!— no decide la justicia de
una medida, sino su éxito. Y en sentido político, en la ejecución de María
Estuardo el éxito aprueba a posteriori el crimen, porque no causa inquietud,
sino paz para Inglaterra y para su reina. Cecil y Walsingham evaluaron
correctamente la relación de fuerzas positivas. Sabían que los Estados
extranjeros se volverían débiles ante un gobierno realmente fuerte, y
disculparían de manera cobarde sus actos de violencia y hasta sus crímenes.
Contaban, correctamente, con que el mundo no se indignaría ante esa ejecución,
y de hecho las trompetas de venganza de Francia y Escocia se congelan de
pronto. Enrique III no rompe en modo alguno, como había amenazado, las
relaciones diplomáticas con Inglaterra, y ni un solo soldado va a cruzar el
canal para rescatar a una María Estuardo muerta, menos aún que cuando se
trataba de salvar a la viva. Como mucho, hace que se diga en Notre Dame una
hermosa misa de difuntos, y los poetas escriben algunas estrofas elegiacas;
pero con eso María Estuardo queda liquidada y olvidada para Francia. En el
Parlamento escocés se arma un poco de ruido, Jacobo VI se viste de luto; pero
pronto vuelve a salir de caza cabalgando a lomos de los caballos regalados por
Isabel, acompañado de los perros de raza regalados por Isabel, y sigue siendo
el vecino más cómodo que Inglaterra ha conocido nunca. Sólo Felipe el Lento de
España se anima y equipa su Armada. Pero está solo, y en su contra juega la
suerte de Isabel, que forma parte de su grandeza como de la de todos los
soberanos gloriosos. Antes de que empiece la batalla, la Armada encalla en
medio de la tempestad, y con ella se viene abajo el largamente planeado ataque
de la Contrarreforma. Isabel ha vencido definitivamente y, con la muerte de
María Estuardo, Inglaterra ha superado su máximo peligro. Han pasado los
tiempos de la defensa, ahora su flota podrá extenderse, poderosa, por los océanos
en dirección a todos los continentes, y conectarla, magnífica, con su imperio.
La riqueza aumenta, un nuevo Arte florece en los últimos años de la vida de
Isabel. Nunca ha sido la reina más admirada, nunca más querida y venerada que
después de la peor de sus acciones. Siempre se han construido los grandes
edificios del Estado con los sillares de la dureza y la injusticia, siempre se
han amasado sus cimientos con sangre; en política, los únicos que no tienen
razón son los vencidos, y con paso broncíneo la Historia pasa por encima de
ellos.
Desde luego, el hijo de María Estuardo no se ahorra
una enojosa prueba de paciencia: no llega de un salto al trono inglés, como
había soñado, no se paga el precio de su venal indulgencia tan aprisa como él
había esperado. Tiene —la más dura prueba para el ambicioso— que esperar,
esperar, esperar. Quince años, casi tanto como su madre estuvo en prisión
encerrada por Isabel, tiene que dormitar inactivo en Edimburgo, y esperar,
esperar, esperar, hasta que al fin el cetro cae de la mano fría de la anciana. Se
sienta malhumorado en sus castillos de Escocia, va de caza a menudo, escribe
tratados sobre cuestiones religiosas y políticas, pero su principal ocupación
sigue siendo la larga, vacía y enojosa espera de que llegue cierta noticia de
Londres. Durante mucho tiempo, no llega. Porque es como si la sangre derramada
de su rival avivara las venas de Isabel. Se vuelve cada vez más fuerte, cada
vez más segura, cada vez más sana desde la muerte de María Estuardo. Han pasado
sus noches insomnes, la febril inquietud de la conciencia que sufrió en los
meses y años de indecisión se compensa con la paz que ahora se ha regalado a su
país, a su vida. Nadie más en el mundo se atreve a disputarle el trono, e
incluso a la Muerte le opone una energía apasionada, incluso a ella le niega su
corona. La septuagenaria, dura e inflexible, no quiere morir, vaga durante días
de una estancia a otra, no aguanta en el lecho, no aguanta en su cuarto. De
manera terrible y grandiosa, se defiende para no dejar a nadie en el mundo el
sitio por el que tan dura y despiadadamente luchó.
Y sin embargo al fin llega su hora, al fin la
Muerte abate a la inflexible en dura lucha; pero aún jadean los pulmones, aún
late, aunque sin duda más y más cansado, el viejo e indomable corazón. Al pie
de la ventana, el caballo ensillado, un enviado del impaciente heredero de
Escocia espera cierta señal convenida.
Porque una de las damas de Isabel ha prometido
bajarle un anillo en el mismo momento en que Isabel expulse el último aliento.
Tarda mucho. En vano el mensajero alza la vista; la vieja reina virgen que
tantos pretendientes rechazara no deja que la Muerte toque su cuerpo. Por fin,
el 24 de marzo, la ventana tintinea, una mano de mujer se asoma rápida, el
anillo cae. Enseguida el correo monta a caballo, galopa hasta Edimburgo de un
tirón en dos días y medio, una cabalgada famosa en esos tiempos. Con el mismo ardor
con que el lord Melville cabalgó treinta y siete años antes desde Edimburgo a
Londres para anunciar a Isabel que María Estuardo había dado la vida a un hijo,
este otro mensajero corre hacia Edimburgo junto a ese hijo para anunciarle que
la muerte de Isabel le depara una segunda corona. Porque Jacobo VI de Escocia
es por fin en esta hora rey al mismo tiempo de Inglaterra, se ha convertido al
fin en Jacobo I. En el hijo de María Estuardo, las dos coronas quedan reunidas
para siempre, la desdichada lucha de muchas generaciones ha terminado. La
Historia recorre a menudo caminos oscuros y extraviados, pero siempre se acaba
cumpliendo el sentido histórico, las necesidades siempre acaban por forzar su
derecho.
Jacobo I se instala satisfecho en el palacio de
Whitehall que su madre soñó que sería suyo. Por fin se ha librado de angustias
económicas, y se ha enfriado su ambición; sus sentidos no apuntan más que al
placer, no a la inmortalidad. Sale a menudo de caza, gusta de ir al teatro para
proteger, lo único bueno que se puede decir en su honor, a un tal Shakespeare y
otros dignos poetas. Débil, vago y carente de talento, sin esa gracia
intelectual que le había sido dada a Isabel, sin el valor y la pasión de su romántica
madre, administra honradamente la herencia común de las dos mujeres enemigas:
lo que ambas codiciaban con la más ardiente tensión del espíritu y de los
sentidos le ha caído sin lucha en el regazo a él, que esperó con paciencia.
Pero ahora que Escocia e Inglaterra están unidas cabe olvidar también que una
reina de Escocia y una reina de Inglaterra se perturbaron mutuamente la vida
con odio y enemistad. Ya no hay una que tiene razón y otra que no, la muerte
les ha devuelto a ambas igual rango. Así que, finalmente, las que tanto tiempo
se enfrentaron pueden descansar juntas. A la solemne luz de las antorchas,
Jacobo I hace trasladar el cadáver de su madre del cementerio de la iglesia de
Peterborough, donde yacía sola como una repudiada, a la cripta de los reyes de
Inglaterra, a la abadía de Westminster. Cincelada en piedra la estatua yacente
de María Estuardo, cincelada en piedra la de Isabel, cerca de la suya. Ahora el
viejo pleito ha quedado calmado para siempre, ya no se discuten la una a la
otra el derecho y el sitio. Las que en vida se evitaron con hostilidad y jamás
se miraron a los ojos descansan al fin juntas como hermanas, en el mismo sueño
sagrado de la inmortalidad.
F I N
Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil,
1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y
biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la
Es sin duda, uno de los grandes escritores del
siglo XX, y su obra ha sido traducida a más de cincuenta idiomas. Los
centenares de miles de ejemplares de sus obras que se han vendido en todo el
mundo atestiguan que Stefan Zweig es uno de los autores más leídos del siglo
XX. Zweig se ha labrado una fama de escritor completo y se ha destacado en
todos los géneros. Como novelista refleja la lucha de los hombres bajo el
dominio de las pasiones con un estilo liberado de todo tinte folletinesco. Sus
tensas narraciones reflejan la vida en los momentos de crisis, a cuyo
resplandor se revelan los caracteres; sus biografías, basadas en la más
rigurosa investigación de las fuentes históricas, ocultan hábilmente su fondo
erudito tras una equilibrada composición y un admirable estilo, que confieren a
estos libros categoría de obra de arte. En sus biografías es el atrevido pero
devoto admirador del genio, cuyo misterio ha desvelado para comprenderlo y
amarlo con un afecto íntimo y profundo. En sus ensayos analiza problemas
culturales, políticos y sociológicos del pasado o del presente con hondura
psicológica, filosófica y literaria.
Stefan Zweig, enero de 1934
FIN

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