/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14850. Después De Muchos Inviernos. Izaguirre, Marian.


© Libro N° 14850. Después De Muchos Inviernos. Izaguirre, Marian. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © Después De Muchos Inviernos. Marian Izaguirre

 

Versión Original: © Después De Muchos Inviernos. Marian Izaguirre

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/despues-de-muchos-inviernos/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/despues-de-muchos-inviernos/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

DESPUÉS DE MUCHOS INVIERNOS

Marian Izaguirre


Después De Muchos Inviernos

Marian Izaguirre

Un misterioso asesinato sacude Madrid a mediados de los años sesenta: una mujer aparece muerta en un lujoso domicilio del barrio de Salamanca. Los orígenes del crimen se remontan a un encuentro anterior, cuando en 1959, en una playa cercana a Bilbao, la joven Henar Aranguren, que viste de Balenciaga y prepara su puesta de largo, se enamora perdidamente de Martín, hijo único de una familia de clase obrera y aspirante a escritor, que todas las tardes se acerca al muelle para pescar.

Arrastrados por un amor imposible al que no son capaces de renunciar, Henar y Martín huyen a Madrid para juntos cumplir sus sueños: él, ser un escritor de éxito, y ella, convertirse en la modista más importante de una nueva época. Pero la pobreza, la ambición y el duro juicio de una sociedad conservadora empezarán a abrir grietas insalvables en la pareja.

Tres décadas de la historia de España y un permanente suspense recorren esta novela que también explora las corrientes subterráneas del amor, el arte de la costura en el vestuario de cine y la emancipación femenina.

Marian Izaguirre

Después De Muchos Inviernos

ePub r1.0

Titivillus 21-11-2019

Título original: Después de muchos inviernos

Marian Izaguirre, 2019

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Algunos pensamientos y sentimientos se avinagran muy rápidamente y deben desecharse de inmediato. Algunos siguen fermentando dentro de la botella hasta que estallan provocando una explosión de astillas asesinas. Pero un sentimiento con cuerpo, con un buen corcho, solo se hace más profundo y complejo mientras reposa en el fondo de la bodega. Lo difícil es saber cómo destapar la botella.

URSULA K. LE GUIN

En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.

ERICH FROMM

La felicidad siempre parece mentira, es como el agua, y se comprende solo cuando se ha perdido […]. Incluso el mal que hacemos es así: parece mentira, parece una tontería, agua fresca, mientras lo hacemos; si no, la gente no lo haría, tendría más cuidado.

NATALIA GINZBURG

Hay una mujer de espaldas junto a la ventana, lleva una bata de motivos geométricos que parece un cuadro de Robert Delaunay. Fuma. El humo sale en bocanadas horizontales que se estrellan contra el cristal. Reina un extraño silencio en la habitación. Cuando la mujer se gira, vemos que lleva la bata abierta y que el pubis y los pechos dibujan un triángulo. Se vuelve hacia la cama, en la que hay un hombre joven. Está dormido. Su miembro descansa sobre el muslo derecho, inerme y plácido como él.

El silencio se rompe cuando alguien abre la puerta. De pronto, todas esas voces, esos gritos, esos susurros de disculpa. La mujer retrocede y se apoya en una cómoda de madera de palo rosa y cajones de marquetería. Es fácil imaginar que esta mujer sofisticada guarda en esos cajones sus prendas más íntimas. Sobre la cómoda hay una pequeña escultura de bronce, una Diana cazadora con el arco elevado hacia el cielo; cuerpo y flecha trazan una sola línea, recta y tensa, dispuesta para matar.

El tiempo se quiebra. Quizá no sea el mismo día, aunque esta escena parezca la continuación de la otra.

La mujer está en el suelo, aún consciente, cuando la vuelven a golpear con la figura de bronce en plena cabeza. La sangre tiñe de rojo la moqueta blanca. Debajo de la bata entreabierta de esa mujer, que ahora ya parece definitivamente muerta, vemos de nuevo sus pechos y la forma del pubis, esta vez cubierto por unas bragas de satén rosa. Los sonidos del terror vagan estancados por la habitación. La cama está vacía. El hombre joven ha desaparecido.

Esta podría ser la escena principal. Quizá no la primera, y posiblemente tampoco la última. Nada empieza en el punto donde creemos que empieza. Las cosas siempre vienen de algún momento anterior, lejos de nosotros, y terminan en un futuro que ni siquiera sospechamos.

Página 6

Edificio Torres Blancas

Madrid, 1986

—Pero ¿de verdad no quieres ir?

Íñigo había dejado de fumar hacía tiempo, pero aun así cogió el encendedor que había sobre la mesa. El gesto tenía algo de extremadamente familiar: el pulgar en la lengüeta de encendido, la base apoyada con firmeza contra la yema de los otros dedos…; era fácil imaginar que iba a apretar y a acercarse la llama a los labios.

—¿A Creta? —respondió Martín mirando a su cuñado con contrariedad —. Por supuesto que no.

Íñigo ya no era aquel muchacho rubio cuya vida parecía aletear despreocupadamente entre el club de tenis y las regatas del náutico. Se había hecho mayor, como todos, pero no envejecía bien. Estaba gordo, la cara se le había vuelto sanguínea, como si fuera a sufrir una apoplejía de un momento a otro, y todo en su persona rezumaba un aire pesado.

Martín fue a por la botella de Calvados y llenó de nuevo las copas. Íñigo no esperó a que Martín dejara la suya en la mesa. La cogió con sus manos rechonchas y se la bebió de un trago.

—Tienes que ir —insistió—. Aunque solo sea por tu propio interés.

—¿Y enfrentarme con ese tipo? Ni hablar.

—A lo mejor no hay ningún enfrentamiento. Eso no puedes saberlo hasta que estés allí.

—¿Qué crees que pasará cuando le diga que tiene que irse? Soy el heredero legal. Piensa que Henar y yo seguíamos casados cuando murió. Soy su viudo. El otro no es más que su amante.

Íñigo se removió inquieto en el sofá. Sabía que estaban sentados sobre una de aquellas grandes losas en voladizo que sostenían la estructura del emblemático edificio Torres Blancas.

—Un amante nada ocasional —dijo—. Te recuerdo que llevaba más de veinte años con ella. Que la cuidó hasta su muerte. Pudo dejarle algo en el

Página 7

testamento. La casa, por ejemplo.

—Lo dudo —respondió Martín—. O no conozco a tu hermana, o ni siquiera se molestó en hacer testamento. A Henar no le importaba nadie más que ella misma. Lo que sucediera después de su muerte le traía sin cuidado.

—Bueno, hace mucho tiempo que no os veíais. Supongo que la gente cambia.

—Ella no.

Página 8

Desde el muelle de Arriluce

Bilbao, 1959

Entonces todos los teléfonos eran negros. Anchos y negros.

El padre se había quitado el jersey nada más colgar.

—Dicen que van a llamar a la policía.

La madre se santiguó.

—Por Dios —dijo agarrándose a los brazos del sillón con tanta energía que pareció que fuera a incorporarse de golpe. Pero no lo hizo. Como tantas otras veces solo estaba malgastando gestos de desesperación—. Llámales otra vez. Tienes que convencerles de que no lo hagan.

Estaban los dos en el vestíbulo, junto al aparato negro —sí, ancho y negro

— y la guía telefónica de hojas blancas, abarquilladas en las puntas por los dedos ansiosos de toda la familia. Él de pie. Ella aún sentada.

—No, Sagrario, no pienso hacerlo. Esa chica tiene diecisiete años. —Pues por eso mismo.

—No es una niña. A esa edad tú ya estabas casada.

—¿No ves que es menor? ¿Que a tu hijo pueden meterlo en la cárcel? Llama a los padres, por favor.

El hombre no levantó la voz al responder:

—Estoy hasta las narices de tu hijo, ¿sabes? Es un inconsciente.

El tono era sordo y seco por parte de los dos, aunque había un grito oculto en cada palabra. Él se dirigió al salón. El jersey seguía sobre el brazo de la silla tapizada. La mujer lo siguió con pasos cortos y apresurados.

—Mi hijo es también tuyo. —La voz ahora sonaba claramente desafiante —. Que no se te olvide. ¿Qué quieres? ¿Que una tontería de jóvenes enamorados le estropee la vida para siempre?

—Él sabrá.

—No, él no sabe. Está ciego por esa muchacha.

—Pues ya abrirá los ojos cuando quiera. Tiene veintiún años, yo a su edad ya estaba casado.

Página 9

—Santiago, me vas a hacer enfermar. No puedo soportar la idea. Ella es menor, ¿no te das cuenta de lo que eso significa? Puede ir a la cárcel.

—Bueno pues, ya que conseguiste librarle de la mili, a lo mejor allí hacen de él un hombre.

—No digas bobadas, por favor. Nadie sale de la cárcel mejor de lo que entró. ¿Recuerdas las cosas que contaba tu padre, todos esos crímenes y venganzas, esa degeneración?

—Eran otros tiempos. Además, ya sabes lo que piensa tu hijito: nada es bastante bueno para él; no, señor, trabajar en un banco es demasiado vulgar para el señorito. Ojalá a mí me hubieran dado esa oportunidad de joven. ¿Sabes lo que te digo?, que no le vendría mal trabajar como su padre en una fábrica y levantarse todos los días a las cinco de la mañana. Eso tendríamos que haber hecho con tu hijo antes de buscarle una recomendación para el banco y que luego nos dejara con el culo al aire a los dos meses. A tu hermano en primer lugar y a nosotros…, a nosotros ¿qué? ¿Cómo nos deja eso a nosotros?

La madre se había desplomado en el sillón en el que cosía por las tardes. Era como si solo pudiera aguantar la situación yendo de un asiento a otro. El padre recorría nervioso la galería una y otra vez, de ese modo que en las novelas se compara siempre con un león enjaulado. Al otro lado de los cuarterones del mirador se distinguía el barrio de La Peña y una montaña verde, rota por el tajo gris de una cantera.

Nunca pregunté a mis padres los detalles, pero no me costaba mucho imaginar tanto esa escena como la que tendría lugar en casa de los Aranguren. A la misma hora. Al mismo tiempo que Henar y yo cogíamos el tren de Madrid en la estación de Abando.

La otra casa no estaba en Zabalbide. Estaba en Las Arenas, frente a El Abra. Un palacete de principios de siglo, no muy grande, dos plantas y una pequeña torre en la que estaba instalado el despacho del padre.

Sí, en esa casa los teléfonos también eran negros.

—Pero ¿quiénes son?

—No sé decirte, creo que son de Burgos. O de Álava, no sé. Se apellidan Leibar. El padre trabaja en la fábrica de tapones.

—¿Ese apellido no es vasco?

Página 10

—Y yo qué sé. Qué más dará eso ahora.

—Es que yo conocí a unos Leibar que eran de Oñate. ¡Menudo palacio tenían!…

—Pues estos no son, desde luego. Lo único que sé es que tu hija ha llegado demasiado lejos esta vez, tanta libertad, tanta libertad, tantas miras, tantos sueños descabellados… para acabar con uno que solo es maestro de escuela.

—¿No has dicho que trabajaba en el Banco Atlántico?

—Tú lo has dicho, trabajaba. Lo dejó a principios del verano, porque según tu hija quiere ser escritor.

—¿Escritor? Eso no es un trabajo.

—Pues mira, en eso estamos de acuerdo. Pero para una fantasiosa como tu hija debe de ser lo más romántico del mundo.

—Ay, señor. ¿Y de qué van a vivir?

—Henar dice que le van a hacer una entrevista para ser profesor en un colegio de Madrid.

—¿Y de verdad vas a llamar a la policía?

El padre se había levantado y también daba vueltas como un león enjaulado. No había mirador, ni ventana de cuarterones. Solo un ventanal amplio que daba al paseo de Zugazarte.

—No, mujer, ¿crees que estoy loco? Se lo he dicho porque me han cabreado. Que se preocupen ellos también, que aquí la principal damnificada es tu hija.

—Nuestra hija.

El padre se paró en seco.

—Sí, claro, ahora es nuestra hija, pero cuando te empeñabas en reírle todas las gracias a mí no me pedías opinión. Esa estúpida puesta de largo…

La madre cabeceó un par de veces. ¿Estaba arrepentida? Recordó por un instante la emoción de encargar el vestido a Balenciaga, las sesiones de peluquería, las charlas con sus amigas sobre los detalles. Ahora todo aquello le parecía una absurda frivolidad.

—Entonces ¿están viajando a Madrid? —preguntó con cautela. —Exacto. A Madrid. Le he pedido a mi hermana que vaya a la estación y

que se los lleve a casa, pero tenemos que pensarlo con calma porque no creo que casarse sea la mejor solución.

Esos eran los otros, los padres de ella.

Página 11

Las cortinas también estaban descorridas en esa casa, y al otro lado del ventanal se veía la popa de un carguero que avanzaba hacia mar abierto. El cielo era gris como una placa de zinc y seguramente no corría una brizna de aire.

Recuerdo haberla visto algunas otras veces antes. Me había fijado en ella, claro, pero sin especial interés. Era una chica guapa, con el pelo negro y liso. Solía llevar una cola de caballo, que decíamos entonces, y vestidos sencillos, amarillos, rosas o azules, con escote cuadrado y falda de vuelo. Era fina y elegante, como uno de esos dibujos estilizados de las revistas; en realidad no era nada especial y al mismo tiempo llamaba la atención de cualquiera que tuviera ojos en la cara.

La veía volver de la playa con sus amigas. Todas guapas, esbeltas, bien peinadas, niñas bien de Las Arenas que apenas reparaban en mí. No era de extrañar, ¿quién iba a fijarse en un chico con los pantalones de mahón remangados hasta la pantorrilla y la vieja camisa de cuadros de mi padre? La cesta y las cañas tampoco ayudaban mucho a mi imagen de conquistador, lo sé. Uno que va a pescar a la caída de la tarde. Ese era yo.

Aquella tarde había ido al rompeolas antes que de costumbre. Me había despedido del banco, no quiero seguir, les dije, y ellos, que hablarían con mi tío, que las cosas no se hacen así, que no se deja un trabajo de un día para otro. Y yo, que me iba. Sin más explicaciones.

Llegué a casa antes de que mi padre saliera de la fábrica. Mi madre cosía en el mirador.

—Vienes pronto hoy.

—Sí, hemos salido antes. —Crucé la salita y me metí en mi cuarto. Era una alcoba oscura, sin ventanas, tan solo un ventanuco que daba a la habitación de mis padres. Estaba separada de la sala de estar por una cortina gruesa—. Voy a pescar esta noche, ¿me haces un bocadillo?

La camisa sudada, los pantalones arrugados, las botas de goma embarradas. Las había dejado en el felpudo para no manchar la casa.

—¿Te hago la tortilla con cebolla?

—¿Francesa?

—Claro que francesa. No me voy a poner a hacer ahora una tortilla de patata. Si quieres te echo un poco de perejil.

Creo que mi madre era la única persona de este mundo que le ponía perejil a la tortilla francesa. Luego Henar también lo hacía, un guiño a mis

Página 12

costumbres.

La chica.

Para mí aún no tenía nombre.

Era la chica de los vestidos bonitos.

Aquel día fue el primero en que hablamos. Yo me había sentado en el banco corrido del Club Marítimo. ¿Por qué elegí ese banco? No creo que fuera solamente por ella. Pero también. Quizá buscaba en secreto verla pasar con sus amigas.

El sol no se había puesto y, aunque su bola roja casi rozaba los montes más allá del puerto grande, aún quedaba luz de día. Una luminosidad mágica, de recuerdo o de un sueño quemado. Había recortado del periódico las mareas de ese día. La bajamar sería a las 22.53; por lo tanto, tenía que esperar aún un poco si quería aprovechar las mejores horas de la bajante, las dos últimas. Y, sobre todo, las mejores de la subida, que son las dos primeras. Aunque siempre iba a pescar al muelle de Arriluce, me bajaba del tren en Las Arenas y no en Neguri, porque así me salía un poco más barato el billete y porque el paseo me tonificaba y rebajaba la ansiedad de la pesca.

Ese era yo. Uno que se sienta en el banco corrido del Club Marítimo, a espaldas de los palacetes de la gente rica. Uno que espera con las cañas y la cesta a que baje la marea.

No sé de dónde salió. Seguramente del interior del edificio. Quizá estaba allí, en la rotonda de cristales emplomados, tomándose uno de esos suculentos batidos de vainilla con sus amigas. Yo acababa de encender un cigarrillo. Se dejó caer pesadamente en el banco, cerca de mí, aunque no demasiado, y me dijo a bocajarro:

—¿Me das uno?

Me sorprendió.

—Son Celtas —dije, un poco avergonzado.

Ella se encogió de hombros y sonrió. Tenía una sonrisa infantil, clara, tan espontánea como un cambio de tiempo.

—El Chester obrero —dijo sin ninguna mala intención, como si reconociera la marca solo por eso, por el nombre que le daban las señoritas de Las Arenas.

Le tendí el paquete, y ella lo golpeó en la base para que asomaran un par de cigarros. Se lo encendí con mi mechero de gasolina.

—Qué bonito —dijo arrebatándomelo suavemente y manteniéndolo un rato entre sus dedos finos.

Página 13

Era un Ronson de níquel, con un guilloché con forma de roseta, que me había comprado con mi primer sueldo del banco.

—Gracias —musité bajando la cabeza—. Era de mi abuelo.

Una pequeña mentira. ¿Qué importancia podía tener? Ella no se dio cuenta de que el diseño era demasiado moderno para que hubiera pertenecido a mi abuelo. No sabía manejarlo, intentó apretar el martillo, pero lo hacía sin fuerza y al final tuve que ayudarla. La llama parpadeó varias veces cerca de sus labios.

—¿Has pescado algo?

Señalaba la cesta.

—No, voy ahora, con la bajamar. —Ah… ¿Y qué sueles coger? ¿Lubinas?

—Ojalá —respondí, súbitamente animado—. Lo que más entran son brecas y mojarras. Muy de cuando en cuando, alguna dorada.

—A mí lo que me gusta son los salmonetes porque saben a roca.

Iba a decirle que si algún día cogía uno se lo pensaba regalar cuando sus amigas salieron del Club Marítimo.

—Venga, Henar, vámonos que es tarde.

Ella se levantó con desgana y aplastó la colilla en el cenicero de la entrada. Nadie hacía algo así, todos tirábamos las colillas al suelo o las lanzábamos con un chasquido de los dedos al centro del paseo. Entonces supe que la chica de los vestidos bonitos se llamaba Henar.

Esa noche me metí en mi cuarto y me puse a escribir en una libreta de tapas negras. Quería explicar las sensaciones confusas que me habían producido el encuentro y la breve conversación. Podía parecer algo anodino, solo era una chica como muchas otras, pero no para mí. Había llegado en un momento en que mi vida tenía un hueco profundo y amenazaba con meterse dentro. Cigarrillos; peces; los zapatos que llevaba, planos y escuetos como zapatillas de ballet; su olor a colonia de verbena (eso lo supe después, en aquel momento pensaba que era de limón); su sonrisa sin artificio. Pero sobre todo aquella naturalidad con la que me hablaba, que parecía acortar la distancia entre ella y yo, la misma que había entre un paquete de Chester y uno de Celtas.

Página 14

Aguanté sin decir que me había despedido del banco casi una semana. Pero no pude mantenerlo en secreto más tiempo porque mi tío se fue de la lengua y en casa se montó una bronca monumental. Al final conseguí que mis padres se aplacaran y les convencí de que estaba dispuesto a buscar trabajo durante el verano. Como maestro, insistí; al fin y al cabo, tenía el título de Magisterio y sabía que a mi madre también le parecía un desperdicio usarlo solo para trabajar como chupatintas en un banco. Mi madre había sido maestra durante la República y siempre estaba hablando de eso: de lo importante que eran la cultura y la educación para el progreso de una sociedad. Y de cómo el régimen de Franco había acabado con todos los adelantos que se habían hecho en las escuelas. Lo decía bajando mucho la voz, desde luego, tanto que a veces yo casi ni la oía.

No pude ir a pescar hasta una semana más tarde. Antes saqué unos ahorros de mi libreta y me compré una camisa de manga corta, de las de llevar por fuera, y un paquete de Chester.

Me quedé un buen rato en el banco del Club Marítimo, pero ella no apareció. Estaba bajando mucho la marea cuando decidí irme hacia el faro de Arriluce. Y allí, nada más pasar la Casa de Náufragos, nos encontramos. Como siempre, Henar iba custodiada por sus insistentes amigas. No sabía si debía pararme.

—Hola —dijo al verme.

Me paré.

—Hoy vas más tarde —dijo deteniéndose a mi lado mientras las otras dos seguían unos pasos.

Luego ellas se volvieron entre murmullos y risas, pero eso no pareció importarle mucho.

—Me he retrasado.

—Si te acompaño hasta el muelle, ¿me invitas a uno de tus cigarrillos? Estábamos en 1959. Las chicas no se ofrecían a acompañar a los hombres

sin arriesgarse a que las tomaran por lo que no eran. Pero en ella eso resultaba tan inocente, tan desprovisto de cualquier posible intención que me sentí más confuso que si la hubiera tenido.

Me dijo que no quería volver tan pronto a casa, que sus padres estaban de viaje y que su hermano hacía una fiesta con sus amigos. Que no tenía ganas de encerrarse en su habitación, que los amigos de su hermano eran todos unos imbéciles y que no se podía tener con ellos ninguna conversación mínimamente interesante.

Página 15

Nos sentamos en uno de los bancos encastrados del pretil. Yo llevaba la cajetilla de Chester abierta, pero sin empezar, en el bolsillo del pantalón. No quería que Henar se diera cuenta de que la había comprado solo por ella. Me había costado nueve pesetas y no pensaba malgastarlas fumándomelos yo. Le ofrecí uno. Solo pensaba en el anuncio que había visto en el estanco de Zabalbide: un chico y una chica, en un paisaje de playa, muy cerca el uno del otro, con sendos cigarrillos y una pequeña nube de humo flotando entre sus bocas sonrientes. Ella llevaba un bañador rojo. El eslogan decía: «Put a Smile in Your Smoking». Lo sé porque hace unos años compré uno de esos anuncios en una subasta. Está enmarcado en mi despacho, como si fuera una foto que alguien nos hubiera hecho a Henar y a mí ese día.

—¿No tienes Celtas?

¿Celtas? ¿Ahora quería un Celtas?

—Los Celtas no son para las señoritas —dije.

Sí: de los dos, el único cursi y cándido era yo. El único que tenía pegadas al cerebro las telarañas de lo convencional.

—Es que el Chester ya se lo robo a mi hermano.

Pero ¿qué clase de chica era esta? Robaba cigarrillos, se iba con desconocidos, no tenía que llegar a las diez a casa… Y sin embargo, yo no le habría puesto una mano encima por nada del mundo.

Le encendí el Celtas con el mechero que le gustaba.

No estábamos tan cerca como en el anuncio y al mismo tiempo lo estábamos. Cerca el uno del otro. Como dos antenas de radio que emiten en la misma frecuencia.

Ese día ni saqué la carnada. A las diez y media recogí las cañas y la acompañé a casa.

Sencillo. Chico conoce chica, se enamoran, vencen todos los obstáculos que se interponen entre ellos, saltan por encima de las cajetillas de Celtas y vuelan como inocentes mariposas entre las casas de Zabalbide y Las Arenas. Puede parecer ingenuo, pero fue exactamente así.

Nos besamos por primera vez en el embarcadero de la Casa de Náufragos. Había verdín, era casi de noche, todas las barcas dormían inclinadas sobre el lecho sin agua y la grúa Titán se elevaba contra el cielo como un coloso protector. Henar llevaba una chaqueta sobre los hombros y se le cayó al agua.

Era la víspera de su puesta de largo. Una de esas fiestas en el Club Marítimo en las que las jóvenes encargan vestidos a los mejores modistos y

Página 16

sus madres sacan las tiaras del joyero de la familia. Una de esas noches en las que la gente común se peleaba por un hueco en el banco corrido desde el que se podía escuchar la música de Xavier Cugat y su orquesta. Me hizo prometer que iría a verla.

—Llevo un vestido de Balenciaga. En cuanto acabe el primer baile, me escapo y salgo a fumar un cigarrillo contigo.

A veces podía ser asombrosamente frívola. Su vestido era más importante que el hecho de que yo perdiera el último tren y tuviera que dormir en un banco del muelle de Churruca. Pero fui, claro. Desde luego que fui.

Llegaron un poco después de las diez. Ella, sus padres y una mujer a la que podría describir como la más hermosa y turbadora que había visto nunca. Supe después que era su tía Cecilia, la hermana del padre, una actriz muy reconocida en el panorama teatral. Iba enfundada en un vestido de seda, ajustado en las caderas y con vuelo a partir de los muslos. Tenía el pelo oscuro y corto, peinado hacia atrás en grandes y espesas ondas, y los labios de un rojo tan intenso que incluso de noche podían verse como ardientes bolas de fuego. Henar, envuelta en tules, parecía una muñeca a su lado. No se acercó. Me saludó con la mano, visiblemente contenta, y todos miraron hacia el banco, seguramente sin discernir a quién de los mirones saludaba la niña.

Primero solo se oía una música suave, melódica, y un murmullo creciente de voces. Luego empezó el baile. Una pieza. Otra. Y otra más. Eran más de las doce cuando Henar cumplió su promesa. Salió acalorada entre las notas torrenciales de un baile que llamaban «el bayón» y que tampoco parecía lo más indicado para una puesta de largo.

—Ay, no te has ido, qué bien.

Se desplomó en el banco como aquel primer día.

—¿Cómo me iba a marchar sin verte? —respondí sacando la cajetilla de tabaco.

—¿Hoy no tienes Chester?

—No —dije secamente. Estaba empezando a cabrearme.

Ella parecía no darse cuenta de nada. O quizá no le importaba lo más mínimo.

—Espera —dijo mirando hacia la entrada—. Voy a pedirle un Camel a mi tía Cecilia.

Allí estaba ella, con sus labios rojos y sus uñas largas. Sosteniendo un mechero con la llama encendida. Y así también fue como supe ese otro nombre, el indicador de un camino que destellaba como las bengalas y podía quemar de verdad.

Página 17

Henar me hizo un gesto para que me acercara. Subí los cuatro escalones hasta situarme a su altura.

—Es mi novio —dijo antes de que su tía y yo pudiéramos siquiera saludarnos—. Se llama Martín y va a ser escritor.

Me sorprendió el hecho de que me presentara como su novio, y creo que eso me extirpó las pocas palabras que podría haber pronunciado para no quedar como un absoluto imbécil. No sé cuáles eran, cuáles podrían haber sido; solo recuerdo que tenía la garganta seca y un nudo en la lengua.

—Vaya, así que escritor… Una gran aspiración, desde luego.

No supe si Cecilia se burlaba de mí o simplemente pretendía ser cordial. De cerca no era tan guapa como me había parecido: tenía la nariz aguileña y un rostro cuadrado, demasiado masculino para mi gusto. Pero los ojos eran grandes, de largas y pobladas pestañas, como redes, y toda ella rezumaba un aire de lo que entonces llamábamos sensualidad. Ahora lo llamaríamos de otra forma.

Ellas hablaban, Cecilia me miraba burlona y yo quería que me tragase la tierra. Casi me alegré cuando acabaron los cigarrillos, se despidieron y volvieron al baile. Recuerdo haberme fijado en el culo de Cecilia, bamboleándose como si estuviera a punto de bailar un merengue bajo la batuta de Xavier Cugat.

A veces piensa en su vida como en una película. El tiempo ha hecho un buen trabajo: la ha convertido en trozos de celuloide endurecido. De pronto, las imágenes son irreales, ficticias como en cualquier novela. Pero también se han vuelto adictivas. No consigue pensar en otra cosa. Ve escenas, dispersas, inconexas, aparentemente sin sentido y sin ningún nexo común, pero poseen toda la dimensión de lo trágico. Ve figuras cubiertas por la niebla del amanecer, los arcos de los muelles llenos de moluscos insalubres, hojas marchitas aplastadas contra el suelo y pisadas cien veces hasta convertirse en calcomanías, Henar secándose al sol mientras el nacimiento del pelo se le encrespa ligeramente, y luego sus dedos cogiendo un mechón al azar y rompiendo en dos las puntas, un vicio que tuvo siempre y que la volvía aún más niña, más inconsciente…

Cuando Íñigo llamó para decir que había muerto, apenas recordaba a aquella Henar de los primeros tiempos. La otra, la Henar cruel e implacable, había ocupado su lugar. No pensé que fuera posible volver atrás para rescatar las cosas extraviadas por el camino.

Página 18

¿Cuándo se produce el proceso de envilecimiento que nos convierte en otros? ¿Estaban agazapadas nuestras miserias en algún rincón oscuro? Ella no era como yo la veía. Tampoco yo. Pienso ahora en esa Henar alegre, atrevida, franca, sin recovecos para la traición, y sé que no era así. Pero necesitaba que fuera así. ¿Para enamorarme de ella con coartada? ¿Para tener un motivo que me eximiera de otras intenciones menos sublimes? El tiempo lo descompone todo. Hasta lo que creemos haber visto con nuestros propios ojos.

Seguimos con besos clandestinos y citas improductivas todo el verano. Ahora me parece increíble. No sé qué era aquello que crecía entre los dos. Tenía los bordes difusos, no parecía llevar a ningún lado. Pero estaba loco por ella. Henar me emborrachaba de optimismo y al mismo tiempo me sumergía en una charca de confusión.

Cuando la acompañaba a su casa y veía a través de la verja los macizos de hortensias, los magnolios y las ventanas con cortinas de encaje, se me aferraba una zarpa al estómago. Recomponía el interior con las cosas que ella me contaba, visualizaba escenas familiares llenas de contención y voces susurrantes, de buenas maneras, y las comparaba con el ambiente de mi propia casa, con los platos desportillados y el olor de mi padre al volver de la fábrica. Con la falta de futuro que se adivinaba nada más entrar en el portal de la calle Cuatro de Enero.

Mi prórroga respecto a un nuevo trabajo había llegado a su fin. Durante el verano no había hecho nada, así que al comenzar septiembre tuve que aguantar el chaparrón que me cayó en casa. Las cosas estaban difíciles. Normalmente era mi padre el que me montaba unas broncas de aquí te espero y mi madre la que sacaba la cara por mí. Pero esa vez estaban los dos de acuerdo. Intentando aplacarles, probé en varios trabajos temporales. Cuanto más temporales, más me gustaban porque amparaban mis sueños de ser escritor bajo el paraguas de la provisionalidad. Lo malo que tenía el empleo que había dejado en el banco es que apestaba a definitivo. Probé como vendedor a domicilio de una enciclopedia de clásicos populares, pero no conseguí vender nada y lo dejé a las dos semanas. La verdad es que los títulos eran para echar a correr y no parar. Aparte de varias obras de Dostoievski, una de Balzac y al menos seis de José María de Pereda, todo parecía diseñado para disuadir a cualquier amante de la lectura que tuviera aspiraciones. Luego lo intenté con el Diccionario Ilustrado Sopena y ahí tuve mejor suerte. En una casa de la calle Henao me compraron uno. Ofrecía ciento setenta y cuatro mil

Página 19

artículos, ciento setenta mapas, cincuenta láminas en color y blanco y negro, con lista alfabética de los verbos españoles y paradigmas de su conjugación, pero valía ochocientas pesetas. Aunque se podía pagar a plazos, a razón de setenta pesetas al mes, yo me preguntaba quién tenía ochocientas pesetas en aquella época para destinarlas a un diccionario, por muy enciclopédico que fuera.

Henar había cumplido los diecisiete a finales de agosto. En octubre iría a la Escuela de Bellas Artes.

—Mis padres quieren que estudie en Deusto —me dijo una tarde en el banco que había frente a los Tamarises; ahora solíamos sentarnos allí, mirando la playa vacía, todavía con las casetas y algún sillón de mimbre desperdigados por la arena—, pero yo les he dicho que ni hablar. Bellas Artes me va más; por nada del mundo querría ser abogado, como mi padre; menudo tostón.

Le dije que yo iba a empezar con las clases a los presos de la cárcel de Larrínaga.

—¿Y no te da miedo?

—¿Miedo por qué?

—No sé, son criminales.

—También hay presos políticos. Y obreros. Algunos no han cometido otro delito que pensar de forma diferente al régimen.

—¿Y de qué vas a darles clases?

—Enseño a leer a los que no saben.

Henar se quedó mirando la playa, como si allí hubiera algo que no entendía muy bien.

—No sé cómo, a estas alturas, todavía puede alguien ser analfabeto —dijo de una forma que me pareció cruel.

Ella vivía en otro mundo, tan cerrado sobre sí mismo que todo lo demás no existía. Quizá debería haberme dado cuenta entonces de su auténtica incapacidad para aceptar cualquier cosa que quedara fuera de ese espacio cerrado.

Decidimos escapar cuando la noticia de nuestro supuesto noviazgo llegó a oídos de sus padres y cuando, como habíamos temido, le prohibieron tajantemente que volviera a verme. Era una prohibición absurda porque nadie vigilaba lo que Henar hacía o dejaba de hacer. Pero, aun así, al llegar noviembre las cosas se volvieron mucho más complicadas para ambos.

Ella me propuso escapar a Madrid, donde sin duda podría ser escritor. Me dijo que iba a coger un dinero que le había dejado su abuela y que con eso

Página 20

podríamos salir adelante hasta que consiguiera escribir mi libro y hacerme famoso. Qué ingenuos éramos entonces.

Dejamos sendas cartas a nuestras familias, explicando nuestros motivos de una manera bastante atolondrada, y cogimos el tren en la estación de Abando. En el fondo éramos menos ilusos de lo que ellos pensaban. No llegamos a Madrid, donde sospechábamos que podía estar esperándonos Cecilia, la Guardia Civil o el propio padre de Henar hecho un basilisco. Nos bajamos en Miranda del Ebro y allí tomamos un autocar de línea que nos dejó en una zona de la capital que nos pareció fea, estrecha y pueblerina. Tardamos horas en encontrar una pensión en la que no nos pidieran el libro de familia. Henar se había cambiado la ropa y el peinado en una cafetería; cuando salió del baño, llevaba un traje de chaqueta con la falda muy ajustada y el pelo recogido en un moño alto. Se había pintado los labios de un rojo intenso que a mí me pareció el mismo carmín que usaba su tía, y de pronto tenía cinco años más. Pero, aun así, nos echaban con cajas destempladas de todos los hostales y pensiones en cuanto nos miraban.

Al final, cuando ya estábamos desesperados, Henar entró en una panadería de la calle Toledo y estuvo mucho rato allí, gesticulando y sonriendo a una mujer que llevaba una toquilla sobre los hombros. Salió con una dirección. Antes vi con preocupación que le daba un fajo de billetes a la mujer.

—No es una pensión —me dijo—, pero ya verás. Está aquí al lado. Entramos en un patio con escaleras de madera y corredores de puertas

idénticas.

—Es una corrala —dijo Henar, como si de pronto se hubiera convertido en una experta del casticismo—. He pagado seis meses de alquiler, así que podemos estar tranquilos.

La casa era pequeña pero agradable. Tenía mucha luz. La parte de la cocina y el comedor daba al patio abierto en el que vi un par de bicis viejas apoyadas contra la pared y una fila de macetas de barro con geranios. La parte del dormitorio se abría a un solar en el que había una carbonería. Los trozos de antracita dibujaban una pendiente negra y brillante debajo de la tejavana de hojalata. La habitación no era muy grande: una cama de matrimonio con el jergón hundido, una cómoda de patas torneadas, un armario ropero con espejo y dos mesillas. Si todas las casas eran iguales, me pregunté cómo dormiría la familia a la que cinco minutos antes habíamos visto subir al tercer piso. Además de la madre, eran cuatro niños y una abuela que parecía a punto de morir de vieja antes de llegar a su piso.

Página 21

—¿Qué opinas? Aquí no nos piden el libro de familia.

El ruido de cacharros y la copla que salía de una radio se me antojaron música celestial.

En nuestra primera noche de amor yo tenía más miedo que ella. Luego ya no fue así. En aquella época a los hombres no nos dejaban mostrar nuestras debilidades ni nuestros miedos, teníamos que ser valerosos y dirigir la familia con seguridad y aplomo. Pero el miedo era un bien común. Todos disfrutábamos de él. Nuestra vecina, la señora Emilia, era viuda de guerra, bueno, no de guerra, porque las viudas de guerra eran solo las del Frente Nacional, las demás eran viudas a secas y, aunque sus maridos hubieran muerto en el frente, nadie se compadecía de ellas ni les otorgaba ningún privilegio; además, la guerra había quedado tan atrás que nadie quería volver la vista y descubrir que aún quedaban heridas abiertas. Tenía tres hijas preciosas que muy pronto se hicieron amigas de Henar porque le copiaban los vestidos y los cosían con una vieja Singer que hacía el mismo ruido que mi máquina de escribir. Todo el día aquel sonido, tactactac, pausa, tactactac… ¿Qué pensaba Henar? ¿Añoraba su vida distinguida y sin preocupaciones? Nunca lo supe. Ella decía que era muy feliz, y posiblemente lo era, porque siempre estaba sonriente y a menudo cantaba canciones de las que se oían en la radio del primero, siempre a todo volumen. Ahora me emociona recordar cómo canturreaba aquella canción de Dalila que se titulaba «Los niños del Pireo». El entusiasmo que ponía al llegar a «Este es mi puerto / en un rincón del mundo / en donde en un segundo / se puede ser feliz». Quién iba a decir que, muchos años después, ella viviría en Grecia y que el Pireo sería su entrada y salida de la isla en la que se había confinado. Cuando hacía la cama, cantaba un estribillo que decía: «Ola, ola, ola / no vengas sola». En fin, aquellas canciones siguen sonando en mi cabeza como si todavía formaran parte de la lista de grandes éxitos del momento. Sin embargo a veces, en la radio, también sonaban los himnos de la Falange, aparentemente inofensivos, pero tan exaltados que a la señora Emilia y a mí nos daban miedo: «De Isabel y Fernando / el espíritu impera / moriremos besando / la sagrada bandera / nuestra España gloriosa / nuevamente ha de ser / la nación poderosa / que jamás dejó de vencer». En muchas ocasiones, la señora Emilia salía al corredor y pegaba un grito: apaga esa mierda, le decía a la del primero, y alguna de sus hijas también salía a toda prisa y se la llevaba para dentro. El miedo. Ese bien del que disfrutábamos todos.

Página 22

Henar y yo construimos una rutina doméstica. Ella iba todos los días a comprar al mercado de la Cebada; yo cocinaba, siempre lentejas con chorizo, garbanzos o patatas en salsa verde, apenas pescado o carne, para eso no teníamos dinero, y además en la cocina de carbón era mejor preparar platos de larga cocción, pues no merecía la pena el trabajo de encenderla para hacer unas simples sardinas. Por las tardes yo desaparecía. Iba caminando hasta el Café Gijón, con el dinero justo para un café con leche, y allí pasaba la tarde tratando de escribir mi novela en una libreta de tapas de hule mientras contemplaba con envidia las tertulias con escritores de verdad. Sabía que un joven actor llamado Fernando Fernán-Gómez había tenido la iniciativa de impulsar un concurso literario con el nombre del café, que ya habían ganado escritores como César González Ruano, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite. Como quería presentarme, me di prisa en terminar la historia, pero no llegaba a tiempo, así que dejé lo que entonces se conocía como «un final abierto». No era tal, solo una novela inacabada.

El mundo no era como ahora creemos que era. La vida costaba bastante esfuerzo, pero la gente se empeñaba en disfrutar de lo que tenía. Un día vi bajar a los del tercero con un colchón; lo llevaban entre los dos, el marido delante y la mujer detrás. Le pregunté a la señora Emilia si se mudaban. Ella me miró con sorna.

—No, hombre, no. Lo llevan a empeñar porque esta noche quieren ir al teatro.

Yo había vuelto a fumar Celtas. Todos los días compraba dos pesetas en la tienducha que la señora Emilia regentaba cerca de la Fuentecilla. Su hija Clara, la pequeña, atendía el negocio. Era muy guapa: labios gruesos y bien dibujados, ojos oscuros como el pelo, y una cintura estrecha en la que lucían de maravilla los vestidos que le copiaba a Henar.

¿Ya estaba en marcha? La destrucción, quiero decir. ¿Por qué no me di cuenta de que empezaba a resbalar, de que la cuesta era larga y abrupta y yo demasiado débil e inconsciente para frenar a tiempo?

No tenía una mala opinión de mí mismo. Quería ser escritor. Brillar sin tensión, sin ansiedad, como aquellos viejos a los que veía alrededor de una mesa del Café Gijón, relajados en su propio yo y a los que nadie cuestionaba, pero yo no había demostrado nada y nadie podía asegurar entonces que tuviera talento. Solo yo creía en mí.

Quizá pensaba en eso cuando entré a comprar tabaco.

Página 23

—¿Tus dos pesetas de Celtas? —preguntó Clara con una sonrisa cómplice.

No sé por qué los hombres somos tan vanidosos. Cada vez que una chica guapa nos sonríe tendemos a pensar que se nos está ofreciendo en bandeja. Y a veces solo intenta cuidar su negocio.

Me gustaba Clara. Estaba enamorado de Henar, pero miraba a otras mujeres. Con ese deseo fantasioso que no iba más allá de un simple juego. De las tres hijas de la señora Emilia, Clara era la única que me atraía de verdad. Todas eran guapas y simpáticas, pero la mayor, Carmen, parecía demasiado formal; y Lupe, la mediana, un poco exuberante. Además, a Clara yo le caía bien, y eso se notaba.

Me fijé al entrar. Una de las revistas que colgaban con pinzas de un alambre de la puerta llevaba en portada una foto de Cecilia, la tía de Henar. Se la veía salir de un restaurante con un tipo con sombrero y gafas de sol en plena noche. «La afamada actriz Cecilia Aranguren, sorprendida en compañía de Stéfano Giarre».

—¿Puedo? —le dije a Clara mientras descolgaba la revista de la puerta.

Ella me miró extrañada.

—Es muy guapa, ¿no? —preguntó sin titubeos—. ¿Has visto qué pieles lleva?

Pasé las hojas. En el interior de la revista solo había más fotos de archivo, primeros planos de Cecilia, con su cabello negro, corto y ondulado al estilo de Ava Gardner.

—¿Quién es ese tal Giarre?

—Un millonario italiano. Creo que es conde o algo así.

Vaya. Cecilia había encontrado a su príncipe azul.

—Pero él está casado —dijo Clara—. Y dicen que es más joven que ella. No leí los textos. Solo miré las fotos un par de minutos. Algo se me

removió por dentro, una especie de nudo en el estómago que me violentaba. Era como si Cecilia me estuviera traicionando. Afortunadamente, Clara no se dio cuenta de nada.

—Esta tarde voy a tu casa —dijo mientras me entregaba los cigarrillos—. Tengo una invitación de alto copete y Henar me va a prestar un vestido de fiesta.

—Ah, ¿sí? ¿Y adónde vas?

—Al Pasapoga.

—¿Un pretendiente?

—Algo así —respondió ella bajando la vista.

Página 24

Me sentí celoso. Por segunda vez en cosa de minutos. De dos mujeres diferentes y ninguna era la mía.

—Pues debe de ser un pez gordo si te invita al Pasapoga. Ten cuidado, que ese tipo de hombres solo buscan una cosa.

¿Qué sabía yo? ¿Y acaso lo que suponía no era lo mismo en lo que pensaba cada vez que la miraba?

Me he arrepentido muchas veces de estas fantasías, que solo eran un burdo intento de reafirmación por mi parte. Henar era guapa, divertida, inteligente. Yo no necesitaba nada más. Y sin embargo, no podía poner freno a aquella codicia secreta. Quería más. Ansiaba el peligro. Seguramente para salir airoso de una fantasiosa infidelidad sin riesgos y demostrarme a mí mismo que no dependía de ella tanto como era evidente. Me fastidiaba que me tuviera prisionero de aquella manera voraz. Era una cárcel amable, estimulante, pero cárcel, al fin y al cabo. Y yo empezaba a necesitar ciertas dosis de evasión, tenía pretensiones. ¿Quién puede culparme por ello? Solo eran anhelos imprecisos.

Una escena, revivida mil veces.

Me despierto de la siesta y salgo del dormitorio siguiendo el recorrido de dos voces de mujer que apenas puedo oír. Están en la salita, Clara subida en un taburete con el vestido de Balenciaga que Henar llevó el día de su puesta de largo. Me quedo apoyado contra el quicio de la puerta, en camiseta interior, y enciendo un cigarrillo. Las dos se vuelven.

Parece una película italiana. Yo un Rocco cualquiera.

—¿A que está preciosa?

No, Henar. Tu vestido no le hace justicia, deja de prenderle alfileres porque Clara no es esa muñeca asexuada que tus padres se empeñaban en que fueras tú. Ella es de verdad.

¿Por qué pienso esto? ¿Cuándo me he cansado de Henar, de sus buenos modales de señorita de Las Arenas, de su artificiosa inocencia? ¿Por qué Clara me tienta más que ella?

—Te queda muy bien —digo, a pesar de todo—. Estás muy guapa.

Clara sonríe complacida. Y yo sigo en el quicio de la puerta mientras fumo uno de los cigarrillos que me vendió esta mañana.

Soy el siniestro galán de una película que acabará mal.

—¿Vas a salir? —me pregunta Henar. Creo que quiere librarse de mí.

Quizá las dos piensan que estoy estorbando.

Página 25

—Sí, la semana que viene es el fallo del concurso. Voy a ver qué comenta la gente.

Se prende los alfileres en la almohadilla colgada en el pecho y viene a darme un beso.

—Tendrás suerte, ya verás —dice sin convicción.

Salgo para el Café Gijón. Todavía sueño con ser escritor.

Cinco meses. Había llamado en varias ocasiones a mis padres para asegurarles que estaba bien. Henar no dio señales de vida con los suyos, ni siquiera se puso en contacto con su tía Cecilia hasta la tarde en que se la llevaron.

Era el 22 de marzo de 1960.

Se había fallado el premio del Café Gijón y, como era de esperar, no había ganado. Ni siquiera estaba entre los ocho finalistas. Un tal Jorge Ferrer-Vidal fue el agraciado al que todo el mundo agasajaba, mientras yo masticaba un malestar mitad aceptación de mi mediocridad, mitad rabiosa envidia.

Un tipo se me enganchó cuando supo que yo también me había presentado al premio. Estuvimos bebiendo y charlando de mi novela en la barra de un bar de la calle Almirante.

—Tienes que escribir como un hombre —me dijo—. Nada de blandenguerías sobre el amor y los recuerdos. Escribe una novela de suspense, con detectives y eso, o de guerra, con héroes capaces de dar la vida por la patria. A los jurados les gusta eso. ¿No ves que están hartos de leer? Si les das algo que les entretenga y les enganche, el premio es tuyo, te lo aseguro.

El tipo había escrito algo sobre los nazis, una especie de novela de misterio en la que los malos eran muy malos y los buenos muy buenos, aunque todos buscaban un cuadro muy famoso que la SS había confiscado a un banquero judío. Pero él tampoco había ganado, así que sus consejos cayeron en una caja llena de interrogantes.

Volví a casa bastante deprimido. No había metido la llave en la cerradura cuando la señora Emilia salió al corredor.

—Se la han llevado.

No sabía a quién se refería. Ni a quién se habían llevado, ni quiénes lo habían hecho. No era difícil adivinarlo, pero no sé por qué pensé solo en Clara y en su acompañante secreto. Era absurdo, completamente absurdo, lo sabía, y, aun así, no era capaz de imaginarme la verdad.

Página 26

—La policía. Han venido y se han llevado a tu mujer. ¿Qué habéis hecho? Pensé que me iba a hundir en las tablas del corredor y que atravesaría los dos pisos de madera antes de poder reaccionar. También pensé, como en un sueño que no fuera mío, que necesitaba experiencias traumáticas si quería ser un buen escritor. Aprovecharlo todo. Hacerme con vidas que en principio no me pertenecieran y sacar enseñanzas literarias de ello. En mi cabeza resonaba el ridículo título El día que perdí a la mujer que amaba. Eso. Pensar cosas absurdas y no hacer frente a la realidad hasta mucho tiempo después. Vivir en

mundos de ficción para huir de algo que ni siquiera sabía qué demonios era.

Me veo a mí mismo en aquel Madrid de 1960, llamando al timbre de la casa de General Oráa. Una puerta de madera rojiza, señorial y barnizada, con tiradores de latón cuyo brillo era desconcertante. ¿O era yo el que acarreaba con el desconcierto? Alguien se había llevado a Henar de nuestra casa en la Puerta de Toledo y yo no sabía dónde buscarla salvo allí. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo se suponía que tenía que comportarme?

Me abrió la propia Cecilia. Llevaba traje de chaqueta y zapatos de tacón, como si fuera a salir en aquel instante.

—Pasa —dijo apartándose.

Luego me cogió de la mano y bajó la voz.

—Síguenos el juego a Henar y a mí —me dijo al oído; noté que olía muy bien, a algo más intenso que la colonia de verbena—. Y si no sabes qué decir, guarda silencio, te lo suplico.

Pasamos al salón —¿sonaba un disco de jazz o solo lo imagino?—. Allí estaba Henar con su padre. Esperaba encontrarla deshecha en llanto, pero sonreía feliz.

—Se lo he dicho.

Asentí en silencio, tal y como Cecilia me había recomendado. Entonces el padre se levantó.

—Y bien, jovencito, ¿cuáles son ahora tus intenciones? Porque… Henar le interrumpió:

—Nos queremos casar, papá. Antes de que se me note el embarazo. ¿Embarazo? Eso no era posible. Yo había puesto siempre los medios para

evitarlo. Luego supe que solo era una treta que Cecilia había ideado para que no me acusaran de corrupción de menores y nos separaran para siempre. Desde luego, dio resultado.

Página 27

—Tendréis que casaros en Madrid —oí decir a aquel tipo con bigote, chaqueta cruzada y porte altivo que sería mi suegro—. Y que sea lo más rápidamente posible. No estoy dispuesto a que mi hija ande en boca de todos.

No podía creerlo. Por fin nos íbamos a casar. Ahora no entiendo cómo me sorprendió tanto. Henar siempre se salía con la suya. Por otra parte, no sé realmente si yo quería casarme. Estar con ella sí, pero atarme de por vida era otra cuestión. En algún momento tuve la extraña sensación de que me cortaban las alas en pleno vuelo.

Página 28

Una corrala en Madrid

Henar, 1960

Cuando conocí a Martín, su cuerpo se me hacía raro. Tenía el vientre y el pecho hundidos, los hombros anchos, como inclinados hacia delante, y las piernas ligeramente arqueadas. Le veía venir por el muelle de Arriluce, con las cañas y la cesta, y pensaba que era un cuerpo primitivo, de luchador. Me recordaba a esos gladiadores de las películas de romanos. Poseía lo que entonces llamábamos un aspecto varonil, nada que ver con los muchachos flacos y un poco andróginos que luego serían el canon de los años setenta.

En mi casa todos teníamos cuerpos estilizados, se lo oí decir siempre a mi madre, que tanto ella como mi padre eran personas de físico esbelto y que Íñigo y yo habíamos heredado su elegancia natural. Entonces pensaba que eso era cierto y me sentía orgullosa, pero también vigilante. En la playa observaba a mi padre, su vientre un poco curvo, no demasiado, y estaba siempre atenta al hecho bochornoso de que, más pronto que tarde, se le abombaría como a sus amigos. Algunos tenían tanta tripa que se tenían que colocar el bañador por debajo del ombligo, muy cerca de los genitales, y yo me partía de risa esperando el momento en que una ola les hiciera enseñar sus cosas mientras fumaban en la orilla.

Martín estaba hecho hacia dentro. Preparado para cobijarme.

Lo cierto es que cuando me besó por primera vez en la rampa de la Casa de Náufragos, sentí que me absorbía, que me tragaba entera. En la cama, mientras pensaba en él, me ponía boca abajo y trataba de meter mucho la tripa para notar si podía ser yo también una luchadora, pero solo conseguía sentir el pubis latiendo con fuerza contra el colchón. Y eso me perturbaba.

Un día fuimos de acampada. Me llevó en tren y luego andando a través de un bosque de robles. Era finales del verano. Lo recuerdo porque nunca había dormido en una tienda de campaña. Me gustaba la naturaleza, pero mis amigas y yo no solíamos ir al monte; eso era de aldeanos. Había árboles de ramas planas como horizontes y hojas secas en el suelo. Martín dijo que eran

Página 29

hayas. Encontramos una seta enorme, grande y marrón. También sabía su nombre: un hongo beltza; es temprano, dijo, como si tuviera el calendario de las setas junto al de las mareas.

Subimos por una pista forestal entre troncos de hayas y robles, una herida abierta por la que el hombre podía circular. En la cima se veía despejado. El cielo como promesa o como incógnita.

—¿Qué se ve desde allí? —pregunté—. ¿El mar?

—No, espera y verás.

Estábamos solos. Yo sentía su olor característico, la imagen de su cuerpo abovedado cargando la mochila y la tienda enrollada; un paso, otro, se adaptaba a mi ritmo sin hacérmelo notar, me daba cuenta, y eso me producía una curiosa sensación de poder, como si ya estuviéramos bajo la tienda de campaña y me adueñara de él. Por completo. Esa sensación algo insana me satisfacía. Estaba hecho para mí; alguien lo había creado para coserlo a mi cuerpo; sus pensamientos y los míos estaban destinados a conectarse como neurotransmisores que intervienen en los centros de recompensa del cerebro, inundados de dopamina, una pleamar de dopamina que lo convirtió para mí en algo tan adictivo como la peor droga.

Nunca le hablé de eso a Martín. Es curioso. Él creía que lo importante de aquella escapada fue que dormimos en el mismo saco, aunque no ocurriera nada salvo los consabidos besos. Dormir ya era una transgresión, un peligro que había corrido por él y que le hacía especial, distinto de cualquier otro. Pero nunca supo que mientras subíamos por la pista yo sentía que el cuerpo se me arqueaba hacia dentro, que me volvía como él, que las ganas de abarcarle por completo, a lo ancho y a lo largo, me hacían creer que podía hacerle mi prisionero. No era la primera vez, desde luego, pero sí la primera en la que sentí que aquel cuerpo ajeno podía ser también mío.

Y luego todo sucedió muy deprisa. Era yo la que tomaba la iniciativa, la que le propuso huir a Madrid para que cumpliera su sueño de ser escritor. La que le metió en un tren antes de que pudiera pensarlo dos veces, la que consiguió una casa en una corrala de la calle Toledo. Era yo. Y ahora también me había vuelto cóncava.

En aquella cama fue mi primera vez. No tenía miedo y quizá tampoco verdadero deseo, solo curiosidad. Cuando Martín se quitó la ropa, yo no esperaba que aquello fuera así, no lo imaginaba tan grande, porque había visto a Íñigo desnudo y desde luego no tenía el mismo tamaño. Ni siquiera la

Página 30

misma forma, así, apuntando hacia arriba, casi rozando la tripa. Tampoco pensé nunca que fuera a tocarlo, pero lo hice. Estaba húmedo y le salían unas pequeñas gotas que lo volvían resbaladizo y suave. Martín se sobresaltó y soltó un «oh» rotundo, como un quejido bronco. Casi me da la risa. Pero luego ya no. Él puso la mano en el contorno de mis pechos, en esa parte baja y redonda, deslizó los dedos por mi vientre, recorrió un hueco que había entre la pala de mi cadera y el ombligo, sentí cosquillas, nada de risas, solo silencio. El vientre se me contrajo hacia dentro mientras su sexo se proyectaba hacia arriba y, por un momento, sentí que pretendía volverme cóncava como él, yo también una gladiadora, alguien capaz de tragarse al otro. El descubrimiento mayor no fue realmente el tacto, o no solo; había otra cosa fascinante: sentí que el cuerpo entero se me atomizaba, se descomponía en partes muy pequeñas, diminutas, y que todo eso se conectaba con fragmentos de mi cerebro, zonas que habían estado dormidas hasta entonces y ahora despertaban para entrelazarse con la carne y los fluidos que aparecieron por sorpresa. Los sentimientos y la repentina necesidad del cuerpo, todo en uno, como las puntadas invisibles en una tela con costuras que no se ven porque solo se aprecia el vestido. Una operación por la que él y yo quedábamos emulsionados e indisolubles. En silencio, eso sí. Todavía clandestinos. Solo se oían los rumores de la vida en los otros pisos, cosas normales como la radio del primero, más baja que de costumbre, y el ruido de cacharros en casa de la señora Emilia.

Lo mejor de nuestra casa de Madrid era que todos estábamos muy cerca los unos de los otros. También era lo peor. La intimidad no reinaba precisamente en aquella corrala de la calle Toledo. Se oía todo, hasta los susurros. La radio, los gritos y reprimendas de la del tercero a sus hijos, el estertor con el que acababan todas las noches las embestidas furiosas y breves de Pascual a su mujer… Pero, sobre todo, yo oía cualquier conversación que tuviera lugar en la casa de mi vecina, la señora Emilia. A veces me parecía que estábamos todos juntos en la misma habitación. Distinguía cada voz, cada estado de ánimo. Había aprendido a reconocer el tono de la madre, firme y un poco chulesco, castizo, diría ella, que era una madrileña orgullosa de serlo; las palabras graves y certeras de su hija Carmen y la voz extrañamente aguda y un poco rota de Lupe, que siempre parecía alegre. Era un poco irritante aquel cacareo constante que a veces nos hacía enmudecer a Martín y a mí mientras cenábamos. Y luego, la voz dulce y armoniosa de Clara, la pequeña, que era con la que yo tenía más confianza. Aquellas cuatro mujeres me hacían sentir

Página 31

en un mundo íntimo y seguro, donde la escasez o la pobreza no significaban nada que pudiera avergonzarte.

Yo. Una chica de Las Arenas que nunca había abandonado el calor de una vida confortable. Carecía de preparación para enfrentarme a lo que vendría.

No le dijimos a nadie que no estábamos casados. Quizá no habría importado, allí no, pero no queríamos llamar la atención. Una vez estuve a punto de hacerlo. Clara y yo copiábamos modelos que podíamos coser en la máquina Singer. Cosas sencillas que se podían hacer con retales baratos.

Clara tenía un talento que acaso ni ella misma sabía apreciar: dibujaba muy bien, casi tan bien como yo. Le faltaba formación, horas de práctica con un buen profesor, pero su instinto era innato. Me di cuenta un día en la tienducha en la que ella trabajaba, vendiendo golosinas y periódicos, y me la encontré copiando figurines de una revista ilustrada. Me sorprendió.

—¿Qué te parece? —preguntó tímidamente.

El anuncio del que había sacado el modelo decía: «Este verano la moda no ha dictado ningún exceso. Cintura en sitio. Falda, de cuarenta y ocho a cincuenta centímetros del suelo. Flou para los vestidos de mañana. Camisero para blusas y trajes plisados. Para tarde y noche, estilo juvenil». El modelo que había dibujado a partir de la foto era un vestido con la cintura drapeada y la falda de vuelo. Le faltaba algo y se lo dije.

—Creo que quedaría mejor si fuera estampado. ¿Tienes acuarelas?

Abrió un estuche de doce pastillas que tenía para vender. Sabía que no se lo podía permitir, así que insistí en comprarlo. Le dije que nos vendría bien tenerlo en casa.

Coloreé el dibujo con pequeñas pinceladas y unos cuantos trazos rojos sobre las líneas del drapeado. Luego cogí su cuaderno y reproduje, a partir de una foto, un traje de noche de Pierre Balmain. Con las acuarelas intenté conseguir la textura de la organza.

—Qué bien lo haces —dijo Clara—. Tendrías que trabajar para una revista de patrones. O para un modisto bueno.

Así que a las dos nos gustaba dibujar… A las dos nos atraía la moda. Eso hizo que pasáramos muchas horas juntas, cosiendo los modelos que Carmen, su hermana, nos cortaba. Lupe compraba retales baratos en una tienda de la calle Esparteros, donde le hacían un buen precio, y cosíamos la ropa de temporada para las tres hermanas.

Un día, mientras pedaleaba en la máquina de coser, Clara se puso a hablar de las mujeres que salían en las revistas.

Página 32

—¿Sabes quién es la más elegante de todas? Cecilia Aranguren, esa actriz tan guapa. Me encantan sus trajes, siempre lo combina todo a la perfección. No sé cuánto se gastará cada temporada en ropa.

Fingí que no sabía quién era.

—Pero ¿cómo no la vas a conocer…? Si sale en todas las revistas. Mira, es esa que lleva el pelo corto, como Ava Gardner, la que ahora está con ese millonario italiano.

¿La tía Cecilia tenía novio?

—Pero él está casado, así que dicen a la prensa que solo son amigos. Pero a mí no me la dan. Mi hermana Lupe los ha visto entrar en el hotel en el que trabaja y dice que ella se marchó casi al mediodía. Ya me dirás tú.

Por un instante recordé que tenía una familia y que habíamos huido como criminales. Se me había olvidado. Tuve el impulso de llamar a Cecilia y decirle que estaba en Madrid. Pero no lo hice. Desde luego que no.

A Martín y a mí nos gustaba Clara. Pero la señora Emilia nos tenía fascinados. ¿Cómo era posible que una mujer viuda, con tres hijas, las hubiera sacado adelante con esa dignidad a pesar de los escasos medios que la vida había puesto a su alcance? Entonces la pobreza era para mí una gran incógnita, un juego, solo un juego infantil y fantasioso.

También la desdicha me era totalmente ajena, algo que les pasaba a los otros, no a mí.

Un día, solo hacía tres semanas que vivíamos allí, la señora Emilia salió dando voces al corredor.

—¡Quita esa mierda! —le gritó a la del primero.

En la radio estaba sonando el himno de las JONS. Yo me sabía hasta la última estrofa.

—¡Que lo quites o lo pongas más bajo! —gritaba la señora Emilia mientras unas voces de tenores esparcían por el patio que «nuestra España gloriosa / nuevamente ha de ser / la nación poderosa / que jamás dejó de vencer».

Martín y yo salimos al corredor.

—Se va a buscar un buen lío como siga gritando así —dijo Martín mientras intentaba que la señora Emilia entrara en razón.

Consiguió que se callara, pero entonces ella se le encaró:

—¿Tú sabes lo que esa gente nos hizo? No, tú qué vas a saber si eres un mocoso. Mira…

Nos hizo entrar en su casa y señaló la mesa de la cocina.

—De esta misma mesa lo arrancaron ante mis narices.

Página 33

—¿A quién?

—A mi marido. Se lo llevaron delante de sus dos hijas a golpe de culata, un mes antes de que terminara la guerra. Como si fuera un criminal. Ni siquiera sabemos dónde está enterrado.

Luego cogió de la mano a Martín y lo llevó a nuestra alcoba.

—¿Y ves esa cama? —le preguntó—. Esa en la que duermes todas las noches. Pues los falangistas le descerrajaron dos tiros al señor Antonio, el zapatero, ahí mismo, sin darle tiempo a levantarse. Un pobre hombre que ni siquiera sabía leer, ya ves qué peligro podía tener. Y todavía andan por ahí los que hicieron eso. A lo mejor hasta les han puesto una medalla. «Nuestra España gloriosa»…, la madre que los parió.

A mí, todas esas historias me estremecían un poco cuando las escuchaba en la voz vehemente de la señora Emilia, pero también me parecían absurdamente anacrónicas. ¿Quién se acordaba ya de la guerra? Estábamos en 1960, habían pasado muchos años; algunos, como yo, ni siquiera habíamos nacido. Además, en mi casa nunca se hablaba de la guerra. Era solo un eco lejano, algo que podías creer que nunca había existido.

Recuerdo que, de toda la perorata de la señora Emilia, solo una cosa se me quedó grabada: «delante de sus dos hijas». ¿Y Clara? No podía haber nacido en 1939, eso desde luego. De vez en cuando pensaba en ello y me imaginaba a la señora Emilia con otro hombre, pasando por la vergüenza de tener una hija cuatro años después de que su marido muriera. Quería preguntar, pero no me atrevía.

Lo cierto es que las cosas no eran tan placenteras como me empeño en recordar. Las medidas de higiene eran bastante elementales; casi todos teníamos retretes y lavabos en cada casa, eso sí, pero no había bañeras. Habían hecho un baño común al final del corredor, con una de esas bañeras de asiento que nunca estaba suficientemente limpia. A veces quedaban cercos de roña alrededor de la porcelana. Me repugnaba bañarme en el mismo asiento en el que había puesto el culo Pascual. Quién sabe lo que hacía allí dentro.

Esa falta de medios lo contaminaba todo. Clara, por ejemplo, que era preciosa, con una elegancia natural al moverse y un cuerpo magnífico, muchas veces olía fuerte. No se afeitaba los sobacos y la oscura pelambrera mantenía su olor personal como el Shalimar bañaba con insistencia los lugares por los que pasaba mi tía Cecilia. A mí nunca me ocurriría eso, me prometí; compré un gran barreño de zinc y una jarra lechera, y con esos dos simples utensilios conseguí sentirme igual de bien que en casa de mis padres, donde teníamos dos estupendos baños completos. Cuando Clara me pedía

Página 34

prestado un vestido, sabía que me lo devolvería oliendo a ella. A veces no me molestaba, incluso tengo que reconocer que alguna vez me lo puse sin lavarlo y que me acerqué a Martín para ver su reacción. Creo que él no se daba cuenta de nada.

Mi única preocupación en aquellos días era el amor: un descubrimiento nuevo que se abría en mil partes, una dentro de otra, como una de esas cajas chinas que había visto de niña en casa de la tía Cecilia. La última caja siempre contenía el secreto de los cuerpos.

Clara me lo preguntó una vez.

—¿Cómo es?

Al principio no supe a qué se refería. —Eso, ya sabes… ¿Cómo es hacer el amor?

Estábamos entallando el vestido de mi puesta de largo para adaptarlo a su cintura, algo más estrecha que la mía. Clara tenía que ir al Pasapoga con un pretendiente y me había pedido prestado el vestido. La velada le hacía mucha ilusión, porque actuaba la orquesta de Manny Kelly, pero creo que también desconfiaba de las intenciones del tipo en cuestión y no quería que su madre se enterara por nada del mundo. Era un jefe de la Oficina de Espectáculos que su hermana Lupe había conocido en el hotel donde trabajaba.

¿Por qué me preguntaba eso precisamente aquel día? Martín se acababa de marchar a sus cosas, pero antes había aparecido en el vano de la puerta con su camiseta interior y el cuerpo sudoroso por la siesta. Cuando lo vi, me recordó enseguida lo que me turbaba mientras nos besábamos en el embarcadero de la Casa de Náufragos: olía a él, un olor que nadie más tenía, dulce y amargo a la vez, intoxicante como el humo de las chimeneas de Erandio. ¿Se había dado cuenta Clara de lo que sentí al verle allí? ¿Lo había notado? ¿Cómo?

—Debe de ser estupendo hacerlo con alguien a quien de verdad quieres. Clara lo dijo con un poco de tristeza, y eso me preocupó. ¿Estaba

pensando en acostarse con aquel tipo que la había invitado al Pasapoga o solo eran ganas de inmiscuirse en nuestra intimidad? Ninguna de las dos cosas me dejaba muy tranquila, la verdad.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo bajando aún más la voz—. ¿Por qué no tenéis hijos?

Nunca me lo había preguntado nadie.

—Es pronto. Martín dice —me justifiqué— que primero quiere abrirse camino como escritor.

Clara asintió en silencio.

Página 35

—¿Y cómo lo evitas? —preguntó a continuación; parecía un poco avergonzada—. Ya sabes… ¿Qué hacéis?

—Usamos esas gomas que se compran en la farmacia, los llaman preservativos.

—¿Siempre?

—Sí, siempre. Martín no quiere arriesgarse.

—Pero estáis casados. No pasaría nada.

No, Clara, no lo estamos, pero nadie lo sabe. Tú no lo sabes, tu madre no lo sabe, tus hermanas tampoco. Y esa actriz a la que tanto admiras es la hermana de mi padre. Mi tía. Pero eso tampoco lo sabes.

Era feliz con muy poco. La casa, la presencia de Martín, esperarlo ansiosa cuando él se iba al Café Gijón, las noches abrazados sin despegar los cuerpos ni un segundo, incluso en el sueño, él siempre boca arriba y yo recostada en su hombro, uno de mis muslos por encima de los suyos, comprar de vez en cuando unas flores en el mercado de La Cebada, dibujar vestidos en un cuaderno de papel de acuarela, hablar con Clara. Gastar mi dinero a escondidas de todos.

Un domingo, mientras Martín estaba absorto en sus escritos, le propuse a Clara que me acompañara al cine.

—Me gustaría ver La ventana indiscreta, porque sale Grace Kelly. ¿No te parece una actriz maravillosa?

—Sí, es muy guapa, pero…

Yo sabía lo que significaba aquel «pero».

—Yo te invito —aclaré—. Es que quiero ver los vestidos que lleva, y a Martín eso le deja bastante frío.

Clara aceptó encantada. No sé cuánto tiempo haría que no iba al cine, pero cuando salimos estaba entusiasmada.

—¿Has visto el escote en uve? ¿Y la gasa bordada de la falda? El próximo vestido me lo hago con ese tipo de escote, me parece muy elegante.

—¿Vamos a merendar? —propuse.

Clara arqueó las cejas. Sabía que le daba apuro el tema del dinero, pero no le di ocasión para negarse. Fuimos andando hasta la Puerta del Sol y entramos en La Mallorquina. Olía muy bien, a mantequilla derretida, a vainilla, a trufa… En los mostradores se amontonaban las bandejas de cartón apoyadas sobre pequeñas peanas de aluminio: ensaimadas, napolitanas de crema, palmeras recubiertas de chocolate… y las famosas bambas de nata que mi madre no paraba de ensalzar cada vez que hacía un viaje a Madrid. Clara

Página 36

miraba las pastas de té cuando le indiqué que subiéramos al salón del primer piso.

—Un café nos sentará bien —dije—. Aunque a lo mejor prefieres chocolate.

Ella no decía nada. Y a mí me hacía sentir mal, perversamente superior por algo que, desde luego, no era mérito mío. Tenía dinero y podía gastarlo. No me veía obligada a ganar cada céntimo vendiendo chucherías y revistas en un local de la Fuentecilla.

Cuando pedí dos cafés con leche y dos bambas de nata, ella dijo en voz muy baja:

—A mi madre antes le encantaban las bambas de La Mallorquina.

—Y pónganos también cuatro más para llevar —le pedí a la camarera.

Luego, volviéndome hacia Clara, añadí—: Para que se las lleves a tu madre.

—¿Cuatro? —dijo ella.

—Es que si le compro solo una se va a empeñar en compartirla con vosotras.

Esa noche no se hizo cena en casa de la señora Emilia y por la mañana, muy pronto, mi vecina me dio las gracias conmovida. Era bonito ver a aquella mujer de rompe y rasga emocionarse por unos simples bollos.

Me gustaba salir con Clara. Martín no disfrutaba con las películas que yo prefería. Sabrina, por ejemplo. A Martín le había encantado La tentación vive arriba, pero yo creo que era por esa escena en la que a Marilyn Monroe se le levantaba la falda. Todos los hombres andaban locos con ella. Pero Sabrina no. La había visto una vez y no quería repetir. Creo que aquella película le molestaba especialmente, y no solo porque fuera una comedia romántica. Me imaginaba por qué: quizá se sentía como la hija del chófer respecto a mí y a mi familia. Así que, a veces, cuando la ponían en una sesión doble, iba yo sola, únicamente por ver los vestidos que ella traía de París.

La había visto ya tres veces, pero le dije a Clara que Audrey Hepburn sacaba unos trajes preciosos y quedamos en ir el domingo siguiente.

Esa tarde no merendamos bambas de nata. Al salir me empeñé en tomar un vermut de grifo en un bar de la calle Toledo, enfrente de su tienda. Servían bocadillos de calamares, algo que en Bilbao no había visto nunca, allí tomábamos las rabas de aperitivo, y desde luego no estaban cortadas en anillas. Olía a fritanga y todo el mundo hablaba muy alto. Pensé en mi madre, en el gesto de repugnancia que habría hecho al ver que lavaban los vasos en un grifo sobre el mostrador de zinc y que el agua corría entre los que estaban limpios sin ninguna higiene. Casi obligué a Clara a que pidiera un vermut y

Página 37

nos comimos uno de aquellos bocadillos a medias. Ella no solía beber, yo tampoco, la verdad, pero me había emborrachado un par de veces en los guateques que organizaba Íñigo, así que conocía la sensación de tener nubes en la cabeza. Cuando salimos del bar, Clara estaba más parlanchina que de costumbre.

—Qué envidia —dijo sin que viniera a cuento—. Ahora llegarás a casa y tu marido te abrazará.

—¿Y por qué lo dices con esa pena? —Porque yo no tengo a nadie que me quiera. —Vaya tontería… Tu madre te quiere mucho. —No, ella quiere más a Carmen y a Lupe.

Seguimos caminando calle abajo. «Se lo llevaron delante de sus dos hijas a golpe de culata»… ¿En qué circunstancias había nacido Clara? ¿Quién era su padre?

—¿Y ese pretendiente que te invitó al Pasapoga? —le pregunté al cabo de un rato.

Clara dio un traspié.

—Ese es un sinvergüenza —dijo agriamente—. Martín tenía razón. —¿Martín?

—Sí. Me dijo que sus intenciones no podían ser buenas y era verdad. ¿Cuándo hablaba ella con Martín de esas cosas? ¿Por qué con él y no

conmigo?

Yo todavía creía en lo que me habían enseñado, que había cosas de hombres y cosas de mujeres, y que era difícil compartirlo todo. Había llegado a aceptar que Martín y yo no podíamos estar las veinticuatro horas del día juntos, y aunque lo cierto es que eso era lo único que mi ingenua mente anhelaba, sabía perfectamente que él necesitaba su espacio, su libertad. En mi cabeza aceptaba que su tiempo era más importante que el mío. Sus lecturas más exigentes que las mías. Él detestaba mis revistas, el Hola que le compraba todas las semanas a Clara y que amontonaba encima del aparador del comedor. No protestaba, pero yo lo sabía. Muchas tardes, cuando volvía de tomarse un café, yo estaba tan tranquila mirando las fotos de la princesa Margarita o de Farah Diba. Un día sí lo confesó. Lo recuerdo porque hizo que me sintiera ofendida.

—¿Cómo puedes perder el tiempo con eso? —dijo dejando con brusquedad su libreta encima de mis revistas.

—Me entretienen.

—Pues sería mucho mejor que te entretuvieras con un buen libro.

Página 38

Yo estaba dispuesta a admitir que llevaba razón, que quizá, si iba a ser la mujer de un escritor, debería mostrar algún tipo de afán intelectual; pero qué diantres, a mí me gustaba ir a los museos y a él no. Y eso también era cultura.

Menos mal que por lo menos tenía a Clara para hablar de trajes y de fiestas a las que, seguramente, ninguna de las dos iría nunca.

Pasábamos tanto tiempo juntas que era chocante que no habláramos de sus amores, pero había cierta reticencia por su parte. La verdad es que nunca me contó gran cosa de ningún hombre, ni siquiera de aquel del Pasapoga. A veces Clara me parecía demasiado inocente y otras me hacía pensar que quizá supiera mucho más que yo de la vida.

De esos días recuerdo algo especialmente desagradable. Pascual. Nuestro vecino. Uno de esos tipos guarros, que te miran como si estuvieran babeando directamente sobre tu cuerpo. De esos que te contaminan sin tocarte.

A veces, cuando Clara y yo sacábamos las sillas al corredor para coser, pasaba por delante, muy despacio, camino del retrete. Si alzaba la vista, veía sus ojos lascivos a través del ventanuco y un ligero movimiento que yo sabía perfectamente lo que significaba. Clara parecía no darse cuenta de nada.

—Ese hombre está siempre en el retrete —dijo un día—. No sé qué come, pero debe de tener la tripa muy suelta.

No, Clara, no. No va allí por eso.

Su mujer acabó por darse cuenta y una tarde en la que él asomaba solo la coronilla por el ventanuco abierto, se nos plantó delante a Clara y a mí.

—Qué envidia me dais —dijo sin que aparentemente viniera a cuento—. Tan jóvenes y tan bonitas. Todavía no se os han estropeado las manos de lavar calzoncillos con palominos.

Yo no sabía lo que era eso, pero Clara sí. Me lo contó más tarde. Y cómo me reí al imaginarme a Pascual en el retrete, oyendo que su mujer nos contaba que se cagaba en los calzoncillos.

He pensado muchas veces en ese tipo de revancha, en la humillación de esos machos arrogantes que se creen con derecho a todo. En su falta de vergüenza y en las ganas con las que yo, una chica educada para ser distinguida y correcta, deseaba hacerles morder el polvo. Yo también, sí. Como la mujer de Pascual. En eso éramos iguales.

Clara era distinta. No tenía malicia. Tampoco mucho carácter, la verdad.

Un día. Quizá fue el último de esta inofensiva vida.

Clara y yo estamos sentadas en el corredor, como tantas veces. Pascual no ha vuelto a darnos la lata. He sacado las banquetas de la mesa de la cocina. Cosemos botones como dos viejas de pueblo, ella en la parte baja del vestido,

Página 39

yo desde el escote. Meter la aguja por el agujero, pillar la tela, apretar, tener cuidado de no desplazar mucho la puntada, rodear la base del botón con tres vueltas de hilo y rematar.

Tocan con la aldaba cuatro veces y me sorprendo, porque la puerta de la calle siempre está abierta. Al cabo de unos minutos oímos el vozarrón de un hombre:

—¡Señora Manuela!

Clara se asoma a la barandilla. Unos minutos más y de nuevo la aldaba, de nuevo el vozarrón impaciente:

—¡Señora Manuela, que soy el carbonero!

La señora Manuela es una anciana que vive en el cuarto piso y apenas sale de casa, pero hoy no da señales de vida, por más que la aldaba suene cuatro veces. El hombre resopla y deja el cubo de antracita y el saco de astillas en el suelo.

Ahora yo también me asomo.

—Si puede, súbaselo y déjelo en la puerta —le digo—. Que la mujer tiene ochenta años.

El hombre alza la cabeza.

—Sí, claro —dice, cabreado—. Hasta el cuarto. Y si no está, ¿a mí quién me lo paga? Bastante que se lo traigo hasta aquí.

—Espere, que bajo.

En el patio no parece tan fornido, ni tan arrogante.

—Déjelo ahí, en el rincón. Luego lo subiremos entre mi marido y yo.

Me mira con sorna.

—Vaya —dice bajando la voz—, parece usted muy joven para estar casada.

Me irrita tanto que respondo:

—¿Cuánto es?

El hombre se rasca la mejilla con sus dedos ennegrecidos.

—¿Es que va a pagarlo usted?

—¿Cuánto? —repito.

—Con las astillas, cuatro pesetas.

Clara lo ha visto todo desde la barandilla. Cuando subo no dice nada del dinero, pero me propone:

—¿Se lo llevamos nosotras? No pesará mucho si lo cogemos entre las dos. Subimos primero el balde del carbón, con una mano agarrada a uno de los

extremos del asa metálica.

Página 40

Aunque descansamos en cada rellano, al llegar al cuarto estamos exhaustas. Llamamos. La señora Manuela no responde. Entonces bajamos a por el saco de las astillas y volvemos a subir los cuatro pisos. Nada. La puerta sigue cerrada.

Después de llamar sin éxito varias veces, miro por la ventana que tiene las cortinas descorridas. La señora Manuela está en el suelo, con una toquilla negra sobre los hombros y una de las sillas volcada a sus pies. No se mueve. No se queja. En las baldosas hay un pequeño charco de sangre.

Fuimos rápidamente a dar aviso al parque de bomberos de la plaza Toledo. Abrieron la puerta y estaba muerta. Luego vino la policía, que nos interrogó a todos los vecinos. Me pidieron los papeles. El inspector miró con atención mi carnet de identidad. Entonces había cuatro categorías, dependiendo del nivel económico del titular. Naturalmente, el mío era de primera clase.

—Vaya —dijo—, ¿y qué hace una señorita de posibles en este vecindario?

Clara se indignó. Supongo que no le hizo ninguna gracia el tono que aquel hombre usó para referirse a su casa.

—Señora —dijo con rabia—. Es señora.

—¿Está casada? —preguntó el policía mirando mi tarjeta verde—. Aquí, en el estado civil, figura como soltera.

Clara tuvo que bajar a por su documentación, porque no la llevaba en el bolsillo como yo.

—Es que me lo saqué antes de casarme —respondí.

El inspector volvió a mirar mi carnet.

—Aranguren —dijo sin ninguna emoción—. ¿Dónde he oído yo este apellido? Ah, ya…, ¿no será usted pariente de Cecilia Aranguren, la actriz de cine?

—Es mi tía —reconocí.

No sé por qué lo dije. Quizá porque Clara no podía oírme en ese momento. Quizá porque no era capaz de mentir dos veces a aquel hombre y a lo que representaba.

Me lo devolvió, y cuando Clara regresó con sus papeles, empezó a hacernos preguntas sobre la señora Manuela: que si habíamos accedido a la vivienda, que si habíamos tocado algo, que si habíamos visto a alguien sospechoso. Dijimos a todo que no y le contamos lo del carbonero. Eso fue todo.

Página 41

Cuando Martín llegó a casa, la policía ya se había ido y un furgón se había llevado el cuerpo sin vida de la señora Manuela, cubierto aún por su toquilla negra. No le dimos importancia a la visita de la policía porque no sospechábamos que fueran a volver al día siguiente.

Página 42

Una casa en Creta

Henar, 1972

Luca y ella han empezado por fin la reforma. Después de varios años viviendo en la precariedad, arreglar la casa se había vuelto más que necesario. Paredes, electricidad, fontanería… Huecos que ya no existen y otros que cambian de lugar. La cocina está ahora donde antes estaba el salón, el baño que daba al sur es ahora su cuarto de trabajo y el dormitorio se ha emplazado de cara al huerto. Y durante muchos días contempla el resultado final un poco sorprendida y desconfiada. Todo el tiempo tiene la impresión de haber cometido algún error y busca tenazmente sin acabar de encontrarlo. Pero la sensación no se desvanece; al contrario, se diría que va creciendo.

Cuando llegaron a Chania y alquilaron esa casa, solo tenían intención de pasar allí un invierno. Luego Luca la convenció de que se quedaran también durante la primavera y el tórrido verano; total, decía él, la casa está en la esquina del saliente y el aire del mar entra de lleno por delante y por detrás, no pasaremos calor. Claro, él era napolitano, podía aguantar los despiadados veranos griegos mejor que una chica que se ha criado bajo los cielos grises y los agostos lluviosos de Bilbao. Se quedaron todo el verano. Y luego todo el invierno. Luca encaló la fachada de la casa, arregló los grifos, la cisterna del baño, cambió unas cuantas tejas y luego mandaron limpiar la chimenea. Cuando el deshollinador vio el interior, dijo que podían haber ardido mientras dormían y que estaban perdiendo más del veinte por ciento del rendimiento. No parecía que mintiera. Les enseñó las formaciones vitrificadas que el hollín y los sulfatos habían creado en las paredes interiores, una bomba de relojería, dijo el hombre en su mal italiano, porque había trabajado en el puerto de Brindisi cuando era joven y fuerte, caricando fagotti, cargando fardos, decía extrañamente conmovido. Por algún raro motivo añoraba su época de estibador en Italia, quizá porque entonces era joven y no tenía responsabilidades. Henar sabe muy bien lo que esa añoranza significa.

Página 43

Después de un invierno llegó otro y tras un verano su otoño. Comían al aire libre, en una mesa de piedra en la que siempre había un mantel de cuadros y dormían en una habitación por cuyas vigas de madera correteaban a veces los ratones. Se los veía desde la cama. Se precipitaban a su escondrijo en cuanto el sol asomaba por el horizonte.

Luca plantó tomates. Y luego calabacines, zucchine, decía él. Y al año siguiente, Henar le pidió que pusiera vainas, y él se reía porque no sabía lo que eran. Luca era feliz porque pensaba que, en ese apartado lugar, ella podía olvidar lo que había pasado en Madrid. Al final compraron la casa. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, todo parecía indicar que iban a quedarse mucho tiempo.

Está tumbada en la cama, tapada con el edredón. Aún lleva el jersey gris que se ha echado sobre el pijama al levantarse para desayunar. Se ha lavado los dientes y se ha vuelto a acostar. Tiene un libro sobre el estómago, pero no lee. Mira los enchufes que el electricista ha puesto en la pared de enfrente, bajos, grises, de plástico falsamente metalizado y preparados para poner un teléfono y quizá dos lámparas.

Se levanta como una autómata y se sienta frente a la pequeña mesa junto a la pared. ¿Cuándo pintaron de verde pastel esa vieja mesa? ¿Cuándo decoró las curvas del contorno con ese dorado que se va perdiendo en los bordes? Recuerda que la compró en un almacén del puerto, un trasto sin ningún encanto que se empeñó en restaurar.

—¿Qué haces?

Luca estaba en el umbral del dormitorio. Llevaba las mangas de la camisa recogidas por encima del codo, los faldones fuera del pantalón y un cinturón de herramientas colgando de las caderas.

—Escribo —respondió sin mirarle.

—¿Puedo preguntar a quién?

Henar dejó el bolígrafo sobre el papel y se encogió de hombros.

—A nadie. Escribo cosas que recuerdo.

Él se quedó allí, sin entrar. De pronto se apoyó en el quicio de la puerta. —¿Otra vez con eso? —Henar no contestó, lo que era en sí mismo una

respuesta—. ¿Es que nunca lo vas a dejar? ¿No puedes olvidarte de ello? Vinimos aquí para que pudieras pasar página.

Henar apartó la vista. Pasar página… La frase flotaba en el dormitorio, esperando para posarse en algún lugar concreto, como el polvo.

Página 44

Luca cruzó los brazos sobre el pecho. El movimiento desató una serie de sonidos metálicos que surgían de algún lugar entre su cintura y sus caderas.

—Te han llamado otra vez de esa productora española —dijo lentamente

—. Estabas dormida.

—¿Y qué quieren ahora?

—Supongo que convencerte, como siempre.

—¿Les has dicho que no tengo intención de volver a España? No sé a qué viene tanta insistencia.

Luca dejó el vano de la puerta y se sentó en una esquina de la cama, de cara a la mesa verde. Los sonidos metálicos le acompañaron durante el trayecto.

—¿Y por qué no lo reconsideras? —dijo al cabo de unos segundos—. Han pasado casi cuatro años. Las cosas tarde o temprano se olvidan. Y siempre será mejor que hacer vestidos en esa dichosa cooperativa. Parece que tuvieras algo que esconder.

Claro que tenía algo que esconder: su propio ego carcomido y vapuleado. A nadie le hace bien verse así. Mostrarse así. Algunos, incluido el bueno de Luca, pretendían obligarla a hacer cosas que se había prometido a sí misma no hacer más. Había realizado el vestuario de una obra de teatro y de seis películas. La habían llamado de Hollywood y allí había vestido a Serena Warren y a Marion Lee. En 1969, una de las películas para la que había diseñado el vestuario fue nominada a los Oscar, y aunque no había ganado, en España hubo una verdadera conmoción. No eran tiempos en los que los españoles tuvieran demasiada presencia en el extranjero. Mucho menos en Hollywood. Cualquier éxito, por pequeño que fuera, se amplificaba hasta la extenuación. Luego sucedió lo de Martín, y su vida cayó por un precipicio. No quiso volver a España. Huyó. Y cuando reencontró a Luca, decidieron refugiarse temporalmente en Creta. Al principio era bonito, días enteros mirando el mar, paseos por la playa, contemplarle mientras él revelaba sus fotos… Pero luego ella se encontró con las manos vacías y la cabeza llena de preguntas. Pensar y pensar. Y más pensar. Solo eso. La indolencia no era lo suyo, la autocompasión tampoco, así que puso en marcha una cooperativa con las mujeres del pueblo.

Habían pasado dos o tres meses desde que llegaron a Creta. Henar estaba como paralizada, y ese estado no era propio de ella; le gustaba la acción, tener proyectos, hacer cosas. Una mujer de Chania venía a ayudar con la casa una vez a la semana. Se llamaba Daria.

Página 45

Un día, Henar estaba en el porche acortando los tirantes de un vestido de fiesta que siempre se le deslizaban por el hombro. Era una tela de gasa, muy escurridiza. Daria se acercó. Dijo algo que Henar no entendió. Se sonrieron. La mujer extendió las manos y le pidió el vestido. Con gestos precisos indicó que se lo pusiera, y cuando Henar lo hizo, soltó los tirantes que ella había hilvanado y los cruzó por la espalda. Hizo que se mirara en el reflejo de la ventana. Ya no se caían.

También había que estrecharlo de talle. ¿Cómo consiguieron entenderse para que Daria la dejara ir a la sastrería de su marido a usar la máquina de coser? No puede acordarse. El caso es que se ve allí, en el pasaje Armeni, con su amiga Rute, que está intentando que se habitúe a la vida en Creta. Llegan las vecinas. Todas quieren opinar sobre el vestido. Rute traduce lo que las mujeres dicen:

—Oleisia tiene boda de hermana. Quiere vestido como tuyo. ¿Puedes dejar copiar?

Henar no solo les deja el vestido, sino que va con Daria y con Oleisia a comprar la tela. Luego toma medidas, hace el patrón; Daria lo corta con cuidado y la buena de Oleisia cose ella misma su traje. Ese fue el comienzo. En cosa de un mes eran cuatro. Luego seis. Daria cortaba aceptablemente bien porque había ayudado siempre a su marido. Las demás hacían el resto. Les propuso crear una cooperativa y vender los vestidos.

El taller era un lugar curioso. Estaba en el barrio judío de Ovriaki, en un destartalado patio situado al fondo del pasaje Armeni; no se veía desde la calle, pero habían puesto una pizarra de tijera a la entrada del arco de acceso que anunciaba la venta de ropa con diseños únicos. En la puerta colocaron dos grandes maceteros con buganvillas que trepaban por las paredes y minimizaban el aire decrépito del patio. Los turistas obstruían las callejuelas aledañas, y mientras las mujeres cortaban, cosían o festoneaban, siempre había algún extranjero mirando la ropa expuesta al otro lado del mostrador. Henar se sentía orgullosa de este modesto proyecto. Era un sitio que le recordaba a Clara, al corredor de la vieja corrala.

Luca no entendía nada. No se daba cuenta de que la cooperativa significaba volver al tiempo en que la vida era sencilla y manejable. No quería más periódicos, más entrevistas dañinas, no más hurgar en lo que tenía mucho que ver con ella y muy poco con su profesión. Trabajaba con cuentagotas, solo una película al año para que no se olvidaran del todo de ella, y nunca en España. Allí no había vuelto a poner los pies. Aceptaba proyectos que le llevaran pocos meses y en países en los que pudiera pasar inadvertida.

Página 46

El resto del tiempo vivía en esta isla griega, apartada y prácticamente ilocalizable, como una prófuga, y curiosamente eso, lejos de disuadirles, agitaba de cuando en cuando la lámpara y despertaba al genio.

—La cooperativa me hace feliz —dijo sin ganas de seguir con el tema—.

Y creo que deberías entenderlo.

Luca se frotó furiosamente la frente, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Luego se levantó de la cama.

—Sí, feliz, pero todavía estás atascada en resolver lo que no tiene solución —dijo, irritado—. Prueba con otra cosa. Intenta mirar hacia delante y no hacia atrás.

Probar… ¿No sabes que soy un Goofus bird y que ya no me importa adónde voy, sino dónde estuve?

Probar.

Traer el tiempo de vuelta.

Hasta aquel odioso día en que mi madre nos obligó a acompañarla a la fábrica de jabones. A mi hermano y a mí. Yo solo tenía quince años.

—¿Quieres vestirte de una vez?

Parecía enfadada.

—¿Y a Íñigo no le dices nada? Que yo sepa, todavía no ha salido de su cuarto.

—Que acabes de una vez, te digo. Que me estás haciendo perder la paciencia.

No entendía por qué se había empeñado en que fuéramos en tren. —Pero ¿no podemos ir en coche?

—No, no vamos a ir en coche. Estoy demasiado nerviosa para conducir. Sentí fastidio y ganas de negarme, pero algo me decía que aquello no era

normal, que había una amenaza extraña sobre mi familia y que mi madre estaba empeñada en compartirla con nosotros. ¿Qué demonios le pasaba? Ella nunca quería ir a la fábrica, desde que yo tenía memoria no recordaba haber oído que le apeteciera poner un pie allí; de hecho, alguna vez que mi padre quiso llevarnos a Íñigo o a mí para que viéramos cómo se hacían los nuevos jabones de tocador, ella se puso hecha una furia; allí solo hay obreros y mierda, decía con desprecio, pues vaya tonterías se te ocurren, como si eso de los jabones tuviera algún secreto. Su padre, mi abuelo, había sido socio fundador de La Naval, y para ella hacer barcos era algo mucho más distinguido que fabricar jabones, eso estaba claro, pero yo había ido de pequeña a la botadura de un buque escuela y el astillero me pareció espantoso. Había grúas por todas partes, amenazantes como colosos, y

Página 47

grandes trozos de metal oxidado que, si te cortabas con eso, te tenían que poner la inyección del tétanos. Incluso vi una rata. Era enorme y se escondió detrás de unos bidones. Así que no podía entender qué tenía de malo una fábrica de jabones, y menos ahora que el negocio estaba creciendo gracias a los polvos para lavadora. Las obreras llevaban uniforme y un gorro en el pelo. Mi padre estaba muy orgulloso de su fábrica. Y con razón.

El día anterior mis padres habían tenido una de sus peleas habituales, esta vez por una chaqueta Barbour que él se había comprado en su último viaje a Inglaterra y que mi madre detestaba, no sé por qué. Era una prenda de algodón encerado que aislaba del viento y de la lluvia, y que mi padre se empeñaba en ponerse todos los días sobre la americana de tweed. A mí me gustaba verle con esa chaqueta, mucho más que con sus relamidos abrigos cruzados, porque me recordaba a Steve McQueen. Que si te crees que vas de caza, que menudo ridículo, una prenda de sport para ir a la fábrica, eso nunca se ha visto en mi familia; pues que sepas que fue el uniforme oficial de la armada inglesa y que la lleva el propio duque de Edimburgo; ya, y te creerás que con eso ya eres noble, hay que tener más clase que tú para llevar una cosa así. Peleas. Por cualquier cosa. Yo esperaba siempre con pavor el momento en que la cosa se les fuera de las manos y alguno dijera algo tan grave que ya no hubiera vuelta atrás. Me hacían daño. Me asustaban. Y entonces decidía meterme en mi cuarto y pasar de ellos hasta que se calmaran. Una chaqueta inglesa. Menuda estupidez.

Fuimos en tren, evidentemente. Tuvimos que viajar de pie, porque la gente que volvía de la playa ocupaba todos los asientos. En condiciones normales, mi madre habría estado despotricando todo el trayecto, pero aquel día solo miraba al frente con la barbilla levantada y ese gesto suyo tan arrogante. Llevaba un casquete de pétalos color rosa que parecía una hortensia seca. Era muy cursi, pero yo había visto en una revista que Grace Kelly tenía uno igual. Creo que por aquella época odiaba a mi madre y adoraba a mi padre.

Dimos la vuelta a la nave y entramos por la zona de visitas. Había unas escaleras y una puerta de cristal entreabierta. Mi madre le pegó un empujón y nos hizo pasar.

—¡Señora Aranguren! ¡Qué sorpresa verla por aquí!

Era un tipo al que yo conocía porque había estado un par de veces en casa. Remilgado, con un anticuado traje de hombreras anchas que parecía sacado de una revista de figurines de los años cuarenta.

—¿Está Ignacio en su despacho?

Página 48

—Creo que está abajo, pero permítame que la acompañe y mande a decirle que ha venido usted. ¿Desea un café?

A mi madre aquel individuo no le caía bien, y eso se notaba.

—No —dijo, tajante. Y luego se dirigió a nosotros—: Niños, bajad a buscar a vuestro padre.

Íñigo y yo salimos por el pasillo que daba a la zona de contabilidad. Desde allí se veía toda la planta. Había muchas mujeres. Todas llevaban bata azul cielo y una cofia blanca en la cabeza.

—Tú ve a los almacenes —dijo Íñigo—. Yo recorreré la planta.

Bajamos y me dirigí a la izquierda. Toda la nave olía a grasa y a alguna clase de perfume que no pude identificar porque los dos olores se mezclaban, se hacían uno después de la primera impresión y ya no había forma de separarlos. No recuerdo que yo supiera de antemano dónde estaban los almacenes, pero atravesé un pasillo y de pronto oí la voz de mi padre. Hablaba más bajo que de costumbre, pero pude entender perfectamente lo que decía.

—No seas tonta, que no es para tanto.

Me paré en seco y asomé la cabeza con precaución. Mi padre estaba de espaldas hablando con una chica que podía tener mi edad. Ella también llevaba uniforme azul y cofia blanca. Estaban muy cerca el uno del otro. Entonces él hizo eso, meter la mano por el escote desabrochado de la chica y tocarle los pechos. Me dio tanto asco que pensé que iba a vomitar allí mismo. No recuerdo más. Solo que, a partir de ese instante, todo cambió. Empecé a comprender a mi madre y a odiar a mi padre. Luego no pude sentir amor por ninguno de los dos. La niñez había terminado en aquella maldita fábrica y aquel desafortunado día.

Me había prometido a mí misma que jamás me pasaría nada parecido, que no lo consentiría. La idea de los celos y la infidelidad me había llegado como experiencia diferida, pero tan intensa que me envenenaba por dentro. Y, mira por dónde, Martín resultó ser igual que mi padre.

Maldito Martín. ¿Ya eras así cuando te veía cargado con la caña y la cesta camino del espigón? Ahora pienso que sí, que yo era una más y que te podías haber ennoviado con cualquiera de mis amigas, porque tú solo ansiabas salir de la mediocridad de tu familia y aspirar a cosas mejores. Cualquier chica de Las Arenas te habría servido. Pero fui yo, una estúpida que se había fabricado un sueño en el que un muchacho de pelo ensortijado podía ser lo que no era. Te pedí un cigarrillo y me senté a tu lado. Ese fue el primero de mis errores.

Página 49

Porque ahora sé que dentro de ese inofensivo aspecto tuyo, dentro de nuestra naturalidad ignorante y joven, había un líquido inflamable que podía acabar con «la yo» que era yo y con «el tú» que eras tú. Compartíamos también eso, sin que ninguno de los dos lo supiera.

Haber amado y haber maldecido el amor nos da una idea nociva del futuro, pero también nos inclina a guardar el pasado como un tesoro. A salvo de la furia. He querido a Luca de una forma distinta a como te quise a ti. Él es un hombre de verdad, no un muchacho desorientado y débil. Luca me conoce, me mide, me pone en mi sitio sin aspavientos, con esa sonrisa irónica que me obliga a reconsiderarme. Es cierto que huye cuando yo quiero huir, pero también me anima a coger un avión y volar al otro extremo del mundo para hacer una película, no una cualquiera, una de las de verdad, de las que te hacen crecer y mantienen viva la gracia y la belleza del trabajo. Sí, Martín, él vale mil veces más que tú. Mil veces. Y sin embargo… Ahí sigues. No exactamente tú, más bien el reflejo de la persona que era yo cuando te amaba. He conseguido, aun odiándote con todas mis fuerzas, preservar ese fulgor que sobrevive atado con un alambre de púas.

Tú me llamabas tu cisne. Decías que tenía el cuello largo y atento, como un ave que mira de soslayo. En el parque de Doña Casilda me hacías observar a aquellos cisnes blancos que se deslizaban sobre el agua y no nos perdían de vista. Cisne mira cisne, me decías. Todo era un cuento, un maldito cuento fabricado por un aspirante a escritor.

Yo también sé cosas sobre aves, ¿sabes? Frases sobre aves. Sé, por ejemplo, que Borges dice que el Goofus bird es «un pájaro que construye su nido al revés y vuela hacia atrás, porque ya no le importa adónde va, sino dónde estuvo». Bien, eso es lo que hago: volar hacia atrás y mirar las cosas desde lejos.

—¡Chicos, traigo huevos!

Henar tuvo que interrumpir sus recuerdos y salió de la habitación al oír la voz de Rute. Fue hacia la cocina y allí estaba ella, con su pelo rubio metálico y una cesta de alambre llena de huevos. Como siempre, la besó en los labios. No había nada sexual, era un acto de intimidad especial en esos tiempos, todos jugando a ser hippies, sin normas, provocadores y dispuestos a poner del revés el mundo. Rute tenía los ojos más increíbles que Henar había visto

Página 50

nunca. No eran claros, tampoco oscuros; tenían el fulgor y la profundidad del lapislázuli, como los pigmentos que usaban los pintores renacentistas.

—Están recién puestos, pero guarda en nevera igualmente.

Rute y Damen eran sus mejores amigos. Vivían a pocos kilómetros, en Vrises, y los dos eran músicos. Tocaban unos instrumentos rarísimos, Damen la lira cretense, que había que tocar en posición vertical, apoyándola sobre las piernas, y cuya forma recordaba ligeramente a una viola. Rute era finlandesa, pero había aprendido a tocar el laúd barroco en su país, y ahora acompañaba a Damen con el lauto, un laúd local que en Creta formaba parte del folclore autóctono. Ambos admiraban a Mikis Theodorakis y a Nikos Xilouris, no solo por su música, sino también por sus ideales políticos, y aunque Henar no compartía sus actividades clandestinas, le gustaba ir con ellos a recitales y encuentros musicales. Le fascinaba el modo en que unos cuantos jóvenes músicos intentaban socavar la dictadura de los coroneles a golpe de versos decapentasílabos.

—¿Y Damen? —preguntó mientras colocaba los huevos.

—Pequeño griego cabezota —exclamó Rute—. Está insoportable, asunto de escuela de música vuelve como un loco.

Damen quería montar una escuela de música tradicional, pero aún no habían conseguido financiación. Mientras tanto, tenían gallinas y un huerto y Rute hacía su propio pan. Eran esos tiempos.

—Pensé que se había desanimado.

—¡Qué va! Ya sabes tú, es más cabezón que el niño de Gabias.

A Henar le hacía gracia el español de Rute, se comía algunos artículos, cambiaba los pronombres de lugar, y sin embargo, usaba refranes y términos coloquiales que Henar no entendía. Rute había vivido en Granada y allí fue donde ella y Damen se conocieron, en un festival de música étnica. Él, un griego moreno y ancho, y ella, una finlandesa rubia y esbelta como una valquiria. El niño de Gabias venía de esa época, seguro.

—¿Por qué vas tan abrigada?

Henar se dio cuenta de que su amiga llevaba una camiseta de tirantes y un pareo atado a la cintura.

—No sé —respondió arqueando la espalda—. Tenía frío.

—Pues hace calor infernal. Vas a coger sarampión y luego tú sabes:

mocoso con sarampión, su borraja y al rincón.

—Por Dios, Rute, ¿de dónde sacas esos refranes? Rute cerró la nevera en la que había dejado los huevos. —De tu país, ¿de dónde si no?

Página 51

Salieron al porche. Todavía no había ningún emparrado, solo un techo de cañizo y varias moreras de hojas anchas con el tronco encalado. Luca lo hacía siempre a finales del invierno para proteger del calor los árboles. Cal apagada con agua. Así lo llamaba.

Efectivamente, fuera hacía calor. Henar se quitó el jersey y se quedó con el pantalón de rayas y una camiseta dada de sí.

—¿Dónde anda Luca? —preguntó Rute retirándose el pelo de la cara. Tenía una mancha en el pómulo, una especie de marca de nacimiento en forma de isla. A Henar le resultaba muy curiosa, sobre todo porque Rute bromeaba diciendo que era la señal de que había nacido en una pequeña isla del archipiélago de Turku.

—No sé, andará por ahí. Hace media hora me estaba tocando las narices con el tema de la cooperativa.

—¿Por qué no le gusta?

—Cree que desperdicio mi talento.

—Pues a mí parece proyecto maravilloso. Esas mujeres no han tenido vestido bonito en su vida. Y ahora son sus propias jefas y venden su ropa en calle Theophanus.

Durante un instante, Henar sintió aquello, esa sensación de bondad que le producía la cooperativa de mujeres y que le hacía tanta falta. Las mujeres le devolvían a Henar algo que había perdido, pero que de algún modo seguía siendo suyo. No lo hacía por ellas, lo hacía para recuperarse, para sentirse una buena persona. Pero eso no lo dijo en voz alta.

—Y lo mejor: no tienen que andar recogiendo aceitunas en el campo o remendando redes —comentó.

—Eso. Es hermoso proyecto colectivo —dijo Rute—. Muy feminista. —Luca es napolitano —añadió con sorna Henar—. El feminismo todavía

le parece una amenaza.

—Ay —Rute suspiró—, estos hombres nuestros… ¿Martín también era así?

Henar se quedó pensativa.

—Martín era peor —dijo con amargura.

¿Fue ese día cuando le contó a Rute lo de Cecilia, lo del bebé, todas las mentiras y desgracias? Posiblemente. El dolor iría saliendo a borbotones, enterrado en algo más denso y peligroso: un resentimiento intenso y afilado que convertía cada palabra en un cuchillo. Uno de esos falsos alfanjes otomanos que vendían en las tiendas de souvenirs de Chania.

Página 52

La casa de su tía Cecilia. Para ella no había una frontera clara entre la vida en Creta y los años en Madrid. Todo iba y venía; era fácil trepar por el péndulo del tiempo, ir de una década a otra, porque todo estaba perfectamente ordenado en algún recodo secreto de su cabeza. ¿Es ahí donde guardamos la experiencia? ¿Quién nos suministra el alambre de púas? ¿Sirve para algo conservarlo todo?

—Es una recepción en la embajada de Estados Unidos.

Estaban las dos sentadas en el salón de la casa de General Oráa. Henar acababa de llegar de comprar botones en la mercería y Cecilia aún estaba sin vestir. Llevaba su bata art decó, de figuras geométricas, corta, de una seda tan envolvente que a Henar le daban ganas de quitársela, desnudarse del todo y ponérsela sobre la piel.

—¿Y no te acompaña Stéfano?

—No, él no estará en Madrid el miércoles. Tiene que viajar a Milán.

—Pues no sé…, me gustaría, la verdad, nunca he estado en una embajada.

Cecilia encendió un cigarrillo.

—Te encantará. Es una fiesta para artistas y gente de la cultura. Está invitado todo el que es alguien en Madrid. Incluso he oído que pueden venir Rita Hayworth y Rex Harrison, que están rodando una película aquí.

¿Qué significaba ser alguien? ¿Pertenecer al régimen? ¿Ser una actriz de Hollywood? ¿Y qué iba a hacer ella en medio de aquella gente?

—Al que le vendría muy bien ir es a Martín. ¿Por qué no le pides que te acompañe?

Cecilia apoyó el brazo a lo largo del sofá y alzó la vista hacia las molduras del techo. Como si pensara seriamente en ello.

—¿Sí? ¿Tú crees que le gustaría?

—Claro. Apenas conoce a nadie aquí. Al menos a nadie que le pueda ayudar con sus escritos. Y nunca va a ningún sitio que no sea el dichoso Café Gijón.

—Tú tampoco sales mucho y, la verdad, prefiero ir contigo. Podrías ponerte mi Dior.

—Uf, no. No me veo. Y además me quedará grande, ¿no crees?

Henar debería de saber que nunca le puedes decir a otra mujer que está más gorda que tú. Cecilia no lo estaba, era alta, esbelta, pero evidentemente tenía más curvas que Henar, que todavía parecía aprisionada en su cuerpo adolescente.

Si acusó el golpe, Cecilia no lo demostró en ese momento. O quizá sí.

Página 53

—Bueno —dijo aplastando el cigarrillo contra el cenicero—, pues se lo diré a Martín. Pero a él no puedo prestarle ningún traje.

Es en las comunidades pequeñas donde se producen las tragedias más graves.

Y muchas veces es la propia ingenuidad lo que conduce al desastre.

Al principio Martín se negó cuando me empeñé en comprarle un esmoquin en una tienda de la Carrera de San Jerónimo. Era de segunda mano, pero yo no quería que desentonara al lado de Cecilia y su flamante Dior.

Los hombres no entienden lo que un buen vestido significa para nosotras. No es un simple acto de coquetería; nuestra ropa no es algo práctico que te pones sin más, es una segunda piel, un envoltorio casi carnal que cubre nuestros pechos, rodea nuestras caderas, tapa la mitad de las piernas y deja la otra mitad al descubierto. Como si nos hubieran cortado. Con cada vestido nos sentimos una mujer distinta, unas veces atrevida, otras modesta o práctica; la ropa es una manera de representarnos. Podemos transformarnos, mutar en otra, simplemente cambiando de vestido. Eso los hombres no lo sienten. Ellos se ponen un traje gris y son capaces de comprarse otro exactamente igual cinco años más tarde. Van siempre de uniforme.

Ojalá hubiera podido hacerle a Martín un esmoquin a medida, algo solo suyo, una segunda piel con la que sentirse a gusto en aquella recepción de la embajada.

¿Cómo le fue? Apenas me contó nada. Dijo que al principio se había sentido bastante fuera de lugar y que Cecilia le había presentado a un editor, pero que nadie le había hecho mucho caso. Había vuelto un poco borracho, y aunque a mí me habría gustado hacer el amor esa noche, él se durmió nada más meterse en la cama. El esmoquin quedó en la silla, mal doblado, como un pellejo de cabra con el que alguien fuera a hacer unos zapatos.

Página 54

Ese otro Madrid

Martín, 1962

No estoy orgulloso de mí.

Tampoco de ella, pero eso no me redime en absoluto.

Y sin embargo, cuando pienso en nosotros sigo contemplándonos como un día fuimos. Transparentes y sinceros. Nuevos. Permanecemos anclados en el tiempo, colocados en un banco del muelle de Arriluce, en una disposición intencionada, como objetos escogidos por alguien que tiene un plan perverso para nuestras vidas.

Luego vinimos a Madrid y la fantasía adquirió volumen. Realidad. Me di cuenta de que no éramos tan inocentes como me empeñaba en creer. Ni ella ni yo. Lo turbio ya vivía con nosotros y de cuando en cuando asomaba la cabeza como un pez con dientes afilados. Dispuesto para soltar una dentellada antes de que lo metieran en la cesta. Pescábamos cosas del fondo, de ese fondo sin luz que hay en todos los mares. Cuanto más profundas son las aguas, más monstruos contienen.

El padre de Henar se fue, pero entonces vino la madre para ayudarnos con la boda y fue aún peor.

—Mi hija no vuelve a ese chamizo en el que habéis estado viviendo hasta ahora. Os quedáis aquí, con Cecilia.

Era una mujer horrible, deslenguada y soberbia; nunca tenía en cuenta a nadie y sus opiniones eran como columnas del templo de la verdad. Todo el mundo estaba equivocado, menos ella. En nuestra boda tuvo un par de roces con mi madre, que tampoco era de callarse nada, y nunca entendí que Cecilia y ella se llevaran aparentemente bien. Creo que a la madre de Henar le tenían fascinada los éxitos de Cecilia y toda la gente importante que la rodeaba. Solo por eso le gustaba venir a Madrid.

Y así fue como nos encontramos viviendo en la casa de General Oráa. Stéfano Giarre se esfumó de la noche a la mañana. Todos sabíamos que él no

Página 55

podía aparecer mientras su cuñada estuviera allí, pero Cecilia no dijo nada, nos acogió encantada.

Nos compraron una casa. Un verdadero chollo, dijo mi suegra, que solo tenía un problema: en ella vivían unos ancianos que llevaban treinta años pagando religiosamente el alquiler.

—Solo hay que esperar a que se vayan a casa de algún hijo. Y no creo que tarden mucho.

De todos modos, mi suegro contrató a un abogado e inició los trámites para echarles. Era por mí y era para mí, por eso me sentía de algún modo culpable. Mis padres también vivían de alquiler. Creo que me habría parecido una canallada que alguien los expulsara de su propia casa después de tantos años.

Pero callé. De esos días solo recuerdo que siempre estaba callado.

Aceptando sumisamente lo que ellos decidieran.

Henar, ¿tú de qué lado estabas?

Fui a aquella fiesta de la embajada de Estados Unidos con Cecilia. Nada era exactamente como había imaginado, pero tampoco me sorprendió. Al llegar acapararon a Cecilia y me quedé solo, dando vueltas alrededor de los camareros que, conscientes de mi desafección, me tendían copas y canapés a cada minuto.

Supongo que Cecilia se dio cuenta de que me sentía totalmente fuera de lugar porque en un momento dado me hizo un gesto para que me acercara. Me presentó a un tipo muy gordo que, según dijo, se llamaba Maximiliano no sé qué y era editor. Me sorprendió que llevara una chaqueta jaspeada y una corbata vieja. Cecilia se apartó con delicadeza y nos dejó para que pudiera hablar con él de mis aspiraciones.

El dichoso esmoquin. Era como un maldito arnés, me tenía colgado de un alambre que no era mi centro de gravedad. Sentía que iba a resbalar.

Y aquel hombre hablaba.

—Buscamos nuevos autores. Gente joven. Nueva savia que nos acerque a lo que se hace en otros países, pero sin perder nuestra identidad; buscamos escritores que hablen de la España de hoy, no de la Guerra Civil ni esas cosas; necesitamos dar voz a la nueva década, encauzar el futuro, experimentar sin aburrir. Quizá pueda interesarte.

Se me encendieron todas las esperanzas. Como bombillas en una verbena. Hablé de mi idea de la literatura, de mi única novela, le conté la trama y vi su decepción tan claramente como si me estuvieran mandando una carta de

Página 56

rechazo. Confesé mi admiración por Sánchez Ferlosio y cuánto deseaba parecerme a él. Aquello tampoco me ayudó mucho.

—Todos no podemos ser autores de categoría —dijo abruptamente—, algunos tenemos que participar en esta aventura desde otra posición. Te lo digo claramente: tan importante es el autor como el editor que lo descubre, que lo alienta y lo acompaña. ¿No te interesaría probar suerte en ese campo? Mientras tanto puedes seguir escribiendo, pero el hecho de leer manuscritos de autores contemporáneos y debatir con ellos te ayudará mucho con tu propia escritura. Eso seguro.

Editor. Bueno, aprendiz de editor. Chico de los recados posiblemente. ¿Y la gloria? ¿Y el reconocimiento? ¿Tenía que renunciar a eso tan pronto?

Dije que le iría a ver a su despacho. Que me podía interesar. Que tenía mucho que aprender. Todo era mentira; me sentía herido y decepcionado, pero también pensé que quizá podía intentar quitarme el arnés y pisar tierra firme. Aquello significaba futuro.

Luego la fiesta cambió para mí. Me sentía parte de aquel desfile de egos y vanidades que invadían los salones, expandiéndose como un gas noble. Fue como si me hubieran insuflado presencia. Con toda tranquilidad me uní a un grupo de gente joven, pintores y escultores, aparentemente livianos y superficiales, pero cuyos códigos también me resultaban ajenos. Hablaban de personas que no conocía; de unas casas colgantes en Cuenca, y de un tal Zóbel, que pensaba montar allí un museo de arte abstracto; de situaciones que no había vivido y de las que ni siquiera tenía noticia. Cuando alguien me preguntó a qué me dedicaba, dije que era editor. Me di cuenta enseguida de que eso no produjo la más mínima impresión a nadie.

Cuando ya tenía bastantes ganas de irme, vi a Cecilia salir a la terraza con un tipo. Al cabo de un rato, él volvió a entrar en el salón, solo y con el gesto contrariado. Cecilia regresó unos minutos después. Parecía que había bebido más de la cuenta, andaba con torpeza y el tirante de su traje negro se le había caído hasta medio brazo. Aun así, al pasar por delante de un camarero cogió al vuelo una copa de champán de la bandeja, casi sin detenerse, titubeó un segundo y al final cayó de rodillas en el suelo. No hizo falta que fuera a ayudarla porque, al instante, media docena de caballeros vestidos con esmoquin como yo, el impostor, se arrodillaron a su lado. Cecilia estalló en una estridente carcajada y ellos sonrieron divertidos. Nada, no había pasado nada.

O quizá sí pasó…

Página 57

Cecilia estaba demasiado borracha cuando nos subimos en el taxi. Apoyó la cabeza en mi hombro y, sin que mediara palabra, deslizó su mano por el interior de mi muslo hasta llegar a la entrepierna. Tuve una violenta erección y ella soltó un gruñido de placer. Antes de bajar del coche, nos besamos y tocamos mutuamente. ¡Qué sensación! Pecado, lujuria, traición. Y qué secreto e intenso placer. En el ascensor volvimos a besarnos, ya sin miedo a la mirada del taxista, ella volvió a tocarme de aquella manera y yo manché el pantalón del esmoquin. Como un puñetero crío.

Y esa noche, cuando me metí en la cama, cuando Henar me abrazó medio dormida y me preguntó qué tal me había ido, fingí que tenía mucho sueño. No podía hablar de lo que realmente había ocurrido. Ni siquiera era capaz de decirle que tenía un trabajo.

Al día siguiente, Cecilia se comportó como si nada hubiera ocurrido; le contó a Henar chismes de la fiesta, comentó los trajes de las mujeres y la generosidad del cóctel, habló de todo menos de su salida a la terraza y de lo que había hecho en el ascensor conmigo. Por un instante pensé que lo había olvidado. Y eso me tranquilizó un poco. Era ridículo, lo sé; pero si no te descubren es como si nunca hubiera pasado. Sabía que la situación podía explotarme en plena cara. Pensé que debíamos irnos cuanto antes de su casa.

El piso de la calle Ibiza seguía dando problemas. Los inquilinos se negaban a irse. Los abogados esgrimieron que el propietario necesitaba la vivienda para su hija, pero el proceso amenazaba con eternizarse porque los arrendatarios eran un matrimonio mayor que carecía de recursos. Y en contra de lo que argumentaba mi suegra, no tenían hijos. Me daban pena, pero yo necesitaba recuperar mi vida con Henar, doblar la esquina del tiempo y volver a la época en la que éramos una pareja feliz y sin preocupaciones. Si hubiera sido posible hacerlo, me habría fugado otra vez. Esta vez de la casa de la calle General Oráa. Así de atrapado me sentía.

Un día hablé con Stéfano a solas. Henar y Cecilia habían ido al modisto, un tipo famoso que le hacía la ropa a la mismísima duquesa de Alba, las dos alteradas por la emoción, mientras Stéfano y yo prolongábamos la sobremesa fumando y bebiendo coñac.

Stéfano Giarre no me resultaba simpático y, a decir verdad, él tampoco había hecho gran cosa por ser algo menos distante. Pero aquel día estaba inusualmente hablador. Me preguntó por el piso de la calle Ibiza.

—Va piano —le respondí haciendo del italiano un juego que me pareció cómplice y solo era patético—. El trámite legal amenaza con ser más largo de lo que pensamos en un principio. Quizá no los echemos nunca.

Página 58

—Nada es imposible —dijo él sonriendo—. Donde hay voluntad hay una forma, decimos en Italia.

Stéfano fumaba unos puritos pequeños, que apestaban, y yo me surtía de la pitillera de mesa que Cecilia llenaba de sus Camel con filtro. La pitillera y el coñac iban bajando como las mareas en el Cantábrico. Rápida e inexorablemente.

—¿Y vuestra antigua casa?

La pregunta me desconcertó. Stéfano se dio cuenta enseguida.

—Quiero decir que si volveríais allí.

¿Y esa insistencia? ¿Sabía algo? ¿Cecilia le había hablado de la fiesta en la embajada?

—Yo sí —dije sin dudar—. Pero me temo que para Henar sería difícil.

Era una vida muy modesta y ella no está acostumbrada a pasar calamidades.

—Una vez lo hizo.

Era cierto. Y lo hizo por mí, pero Stéfano no podía comprender que el ímpetu de nuestros comienzos se había esfumado. Aunque posiblemente lo sospechaba.

—O sea, que no crees que esa sea la solución.

—Me parece que no. Ya no.

—¿Otro espresso?

Stéfano tocó la campanilla y Rosa, la sirvienta, apareció al instante. Ordenó que nos trajera más café y una botella de agua con gas. Luego dejó la colilla de su purito sobre el cenicero, sin apagarlo. El humo me venía directamente a la nariz.

Y de pronto, lo dijo.

—Ya sé que gota a gota se desgasta la piedra, pero en este caso creo que no deberías esperar milagros. Ese matrimonio es muy mayor y la legislación española muy rígida al respecto. Será complicado echarles. Fallecerá uno y el otro se quedará en la vivienda hasta que le llegue el día. ¿Por qué comprasteis una casa con inquilinos dentro?

—Era barata —respondí—. Y no era yo el que la pagaba.

Llegó el café. Él se lo bebió de un sorbo.

—Pues ahora puedes hacer algo. Si quieres, claro.

¿Hacer? ¿Qué podría hacer yo?

—Si dejas el asunto en mis manos, te aseguro que tendrás tu casa libre en menos de un mes.

Aquello sonaba un poco mafioso. Me imaginé a Stéfano mandando a la calle Ibiza a unos matones y a los pobres viejos temblando de miedo.

Página 59

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, hay formas de convencer a unos viejos.

Me asustó lo que entendí.

—Gracias, pero no soy partidario de hacer las cosas por la fuerza.

—Sería simplemente una pequeña disuasión. Sin violencia.

Fue la primera vez, en mucho tiempo, que me sentí mejor y más digno que la gente que nos rodeaba a Henar y a mí. Como en una ráfaga, pensé en la señora Emilia, en Clara, y creí que ellas también aplaudirían mi decisión.

—Si pudiera convencer a Henar de volver a la calle Toledo… —dije sin demasiada convicción—. Ahora tengo un trabajo. Podríamos vivir de mi sueldo.

Stéfano pareció sorprendido.

—¿Un trabajo? ¿Desde cuándo?

—Me lo ofrecieron el otro día en la fiesta de la embajada, cuando acompañé a Cecilia.

—Ah…, no sabía que habías ido con ella.

No sé por qué, me sentí en peligro. Stéfano no era un tipo con el que se pudiera jugar.

—Henar me lo pidió. Para que Cecilia no tuviera que acudir sola. Tú no estabas.

Pues sí. Ahora me veía a mí mismo en una posición superior.

—¿Y en qué consiste ese trabajo?

—Es en una editorial —respondí—. Empezaré desde abajo, pero no me importa. Puede ser interesante.

Stéfano volvió a llenar las copas. Creo que siempre pensó que yo era un pobre tipo sin ningún talento y, lo que es peor, sin ambición.

—Tu mujer no lo sabe, ¿verdad?

No. Henar aún no lo sabía. Había mantenido enterrado todo lo que ocurrió esa noche porque tenía miedo de empezar a hablar y acabar confesando que me dejé arrastrar por algo que no había previsto y que me había causado un enorme placer.

Seguí.

Con los secretos.

Guardar verdades peligrosas era a su vez guardar nuestra relación, mantenerla a salvo. Pero, claro, con un secreto se escondía el otro. Me parecía justo. El precio que debía pagar por ser un farsante. Empecé a trabajar en la

Página 60

editorial sin decir nada a mi mujer. A veces ella me preguntaba, con gesto preocupado, dónde había estado todo el día, y yo me explayaba en respuestas absurdas: una conferencia sobre literatura contemporánea, la visita al incendio de la plaza de las Ventas, un recorrido por el mercado de Santa Isabel, todo para la ambientación de mi novela, incluso los juegos de naipes en el Círculo de Bellas Artes… Mi mente confeccionaba el tapiz falso de la novela que no estaba escribiendo. Sobre lugares en los que nunca había estado.

Cecilia se fue de gira. Respiré. La casa quedó solo para nosotros, libre de ella y lo que significaba. Henar compró aquel disco de Miles Davis que se titulaba Kind of Blue. Lo ponía a todas horas, especialmente la tercera canción, «Blue in Green», y a veces bailábamos. Me gustaba bailar con ella. Se pegaba a mí de un modo completo, y yo podía moverme con la sensación de tener que guiar un solo cuerpo a través del salón de Cecilia, que, en mi tonta cabeza, tenía forma redonda y era un enorme long play sobre el que girábamos abrazados. Porque eso era lo que ocurría: nos deslizábamos por la música como si fuéramos la aguja recorriendo los surcos.

Esos días fueron buenos.

Íntimos.

Nuestros.

Y entonces se produjo una pequeña catástrofe. Invité a mis padres para que vinieran a vernos, pero la madre de Henar anunció que llegaba a Madrid un día antes. Mis padres solo habían venido una vez, para la boda, y fue tan violento que no les quedaron muchas ganas de volver. Por eso quería que estuviéramos a solas con ellos, enseñarles Madrid y resarcirles de aquella pantomima en la que todos tuvimos que fingir lo que no éramos.

—Pues a mi madre va a ser difícil convencerla de que no venga —se resistió Henar—. Ya tiene el billete.

—Los míos también —respondí de malos modos—. Y para ellos es mucho más gravoso perder dos billetes que ya están pagados, ¿no te parece?

Estábamos en la cama. Vueltos el uno de cara al otro. Yo veía sobre todo su pelo, hebras negras revueltas en la almohada, y su determinación futura oscilando ahora en un ojo, luego en otro. Veía su desconocida dureza en la oscuridad. ¿Era la misma chica que se sentaba a mi lado en el muelle de Arriluce, la que parecía tan alegre y despreocupada?

—Pues haz lo que quieras —dijo dándose la vuelta—, pero si hay que convencer a mi madre, tendrás que hacerlo tú. Yo no pienso decírselo.

Llamé a mis padres y les pedí que retrasaran el viaje. Bastó explicarles que estaría también la madre de Henar para que a ellos tampoco les apeteciera

Página 61

venir.

Estaba muy cabreado. Henar, por su parte, también parecía disgustada, o enferma, yo qué sé. Decía que estaba mareada y andaba en bata por la casa como Cecilia en sus peores días. Cada vez me resultaba más lejana. Su espontaneidad se había transformado en la actitud indolente de una niña caprichosa.

La llegada de la madre de Henar no mejoró en nada las cosas. Muy al contrario. Si mi suegro era un fantoche engreído, su mujer no le iba a la zaga. A veces pensaba que Henar no podía ser buena si tenía unos padres como aquellos.

Empecé a llegar tarde a casa. Al salir del trabajo, después de leer manuscritos, corregir ferros y hacer viajes a la imprenta, cansado como un perro, deambulaba sin ton ni son por las calles de la ciudad. Algún día me acercaba al taller de Clara y me sentaba en una butaca de cretona que había junto al mostrador. Era lo más parecido a volver a casa después de una jornada agotadora. Ella solía enseñarme sus dibujos y las telas con las que pensaba hacer cada modelo. Siempre llena de un entusiasmo que yo no me sentía capaz de compartir, aunque fingía hacerlo. ¿Qué les pasaba a las mujeres con la ropa? ¿Es que de verdad creían que era tan importante? A veces, su hermana Lupe nos miraba desde la trastienda con ojos maliciosos, y yo solo tenía ganas de que ella también desapareciera y nos dejara solos.

Era un cretino que se dejaba atrapar en una red de malentendidos. Mi mujer había vuelto a ser la implacable hija de los Aranguren y yo tenía un trabajo, pero fingía ser un vago que se pasa todo el día fuera de casa. ¿No había encontrado el momento de decírselo a Henar? ¿Ni siquiera cuando mi suegra hacía todo tipo de comentarios sobre mis incomprensibles ausencias? ¿Qué nos pasaba?

Un día, el único que había decidido volver a casa a las siete de la tarde, directamente del trabajo, encontré a Clara en nuestra casa. Henar y su madre parecían alteradas.

—La va a contratar Belmonte —dijo Henar nada más ver mi cara de extrañeza—. Hemos ido a su atelier y le ha enseñado su cuaderno. Ha decidido darle una oportunidad.

¿Belmonte? ¿Quién demonios era Belmonte? Tenía nombre de torero. —Jasón Belmonte, criatura —exclamó mi suegra—. Pero ¿tú en qué

mundo vives? Es uno de los mejores modistos de España. Viste a la hija del caudillo.

Ya estábamos. Otra vez con la ropa y las costuras.

Página 62

Henar seguía estando muy delgada y pálida, pero aquella tarde tenía las mejillas sonrosadas. Y al menos estaba vestida de calle.

—Martín no entiende nada de moda —dijo con gesto divertido—. Pero si supiera algo de la vida de Jasón, creo que le infundiría un gran respeto. Fíjate que ahora mismo es uno de los hombres más influyentes de la alta sociedad, aunque es de origen muy pobre, casi miserable. Era vaquero en Asturias; pastor de vacas, vamos. Y nunca en su vida fue al colegio. Todo lo que sabe lo aprendió por su cuenta.

Clara había permanecido en silencio, sentada en el sofá, con las rodillas muy juntas y las manos inmóviles sobre la falda.

—Sale siempre en las revistas —dijo tímidamente.

La madre de Henar andaba de un lado al otro del salón, fumando sin parar. Miró a Clara como si no tuviera ningún derecho a hablar.

Intenté que alguien me explicara de qué iba aquello.

—Ayer estuvimos encargando la ropa de verano —me aclaró Henar—. Mi madre necesita un vestido para la boda de los Bergareche y yo le llevé a Belmonte mi cuaderno de dibujo con el estilo que quería para mí. Entonces él se fijó en uno de los bocetos, precisamente uno que había hecho Clara. Le pareció excelente. Le comenté que solo era una costurera de barrio y curiosamente eso le interesó aún más. Supongo que pensaba en sus propios orígenes.

Clara había bajado la cabeza. Pensé que se sentía humillada. Y con razón. —Total —continuó mi suegra quitándole la palabra a su hija, que la hemos llevado antes de que se arrepienta. Le ha ofrecido trabajo en su taller, nada importante, una temporada de prueba para que aprenda y ver si realmente vale. ¿Sabes que tiene casi doscientas modistas trabajando allí? Es impresionante. Hileras e hileras de mujeres cosiendo, hilvanando,

sobrehilando…

Le pregunté a Clara si eso era lo que quería hacer. Y me preocupé por el taller de la Fuentecilla. ¿Iba a dejarlo? ¿Podría Lupe seguir sin ella? ¿Tendrían que cerrar?

Entonces Henar dijo algo que me dejó helado:

—Claro, tú también tienes voz y voto en este asunto; al fin y al cabo, creo que eres el socio capitalista, ¿no?

¿Cómo lo sabía? ¿Se lo habría dicho Clara? Supuse que sí.

Clara y yo nos miramos. En silencio. Como cómplices. Por un instante, mientras el parloteo de mi suegra llenaba todo el salón, me pareció que esbozaba una mueca clandestina.

Página 63

—… Y no veas cómo ha elogiado la figura de Henar: que si tiene una elegancia innata, que parece un cisne, que su cuello es como el de Audrey Hepburn, porque a él le habría gustado vestir a Audrey Hepburn, pero a esa se la llevó Givenchy, y le ha suplicado, ¡suplicado!, que no engorde nunca, como si eso se pudiera elegir; qué más quisiera yo que estar delgada como cuando era joven, pero claro, tienes hijos y…

—Mamá, ha sido a Clara a quien le ha pedido que no engorde; recuerda que también ha dicho que tenía la cintura más divina que ha visto nunca.

—Cintura, cintura…, ya se le rellenará, ¿qué te crees?, como a todas.

El parloteo no cesaba: que si el vestido para la boda, que aquel verde era espectacular, un aguamarina delicadísimo, y el talle, armado con ballenas, tan elegante…

Clara no apartaba los ojos de mí. La sonrisa se le había convertido en un rictus. Casi tuve ganas de abrazarla.

—Bueno, el caso es —decía ahora mi mujer— que Clara va a aprender el oficio con uno de los mejores couturiers de Madrid.

—Balenciaga sí que es bueno, dónde va a parar.

—Pero, mamá, Jasón viste a la duquesa de Alba. Y tú misma lo has dicho, a la hija de Franco también. Jasón Belmonte es bueno, te pongas como te pongas. Y moderno.

—Pues yo de ellas me vestiría en Pertegaz, que también es muy moderno, lo que pasa es que no puedo. Menudo se pondría tu padre… A él todo le parece un dispendio.

Era una escena absurda. Parecíamos personajes de una de esas comedias de Alfonso Paso que a veces protagonizaba Cecilia.

Clara dijo que tenía que irse. Les dio las gracias a Henar y a su madre, pero parecía a punto de echarse a llorar.

—Espera, que te acompaño a casa —le propuse.

—Pero si vamos a cenar…

—Pues me guardáis algo para cuando vuelva —respondí, cabreado—.

Creo que no os importará mucho cenar sin mí.

En ningún momento le dijeron a Clara que se quedase. Yo, desde luego, lo preferí.

Fuimos en metro. Clara estaba francamente disgustada y no dijo una palabra. Cuando nos bajamos en La Latina, musitó mirando fijamente las escaleras de piedra:

—Henar ha cambiado mucho.

Página 64

Parecía que lo pensara en voz alta. No supe qué contestar. Cruzamos el paso de peatones, y yo intenté encontrar una disculpa que hiciera ver a Clara que no participaba de lo ocurrido aquella noche. No la encontré.

Y sin embargo, quería consolarla. Como fuese. Me sentía en cierto modo responsable y solo podía pensar en acariciarla con ternura, poner mis manos en aquella cintura prodigiosa y atraerla hacia mí, dejando que sus penas se desvanecieran entre mis brazos. Cargar con ellas, llevarlas de vuelta a la casa de General Oráa y arrojarlas sobre la cama en la que mi mujer dormía.

No hice nada de aquello; solo lo imaginé. El resultado fue que mentalmente ya había dado el paso y no habría vuelta atrás.

Página 65

Un taller en la Fuentecilla

Henar, 1962

Aparentemente es cierto que resulta más fácil señalar el comienzo exacto de las cosas que su final. Pero la vida no está organizada así; en nuestra memoria los acontecimientos se mezclan, se confunden, y lo que parecía el principio ya no lo es. Los detalles secundarios lo alborotan todo.

Llevamos más de un año viviendo en casa de Cecilia. El piso que nos regalaron mis padres cerca de El Retiro, y que se suponía que iba a ser nuestro hogar de casados, ha resultado un fiasco. No hay manera legal de echar a los inquilinos y todavía no sabemos, ni por aproximación, cuándo se podrá empezar con la reforma. Mi madre está que echa humo. Martín no dice nada de volver a nuestra antigua casa de la calle Toledo, pero sé que lo piensa a todas horas. De hecho, he descubierto que de vez en cuando se pasa por allí.

Era un día de finales de marzo, pero aún no se había ido del todo el invierno. Hacía frío y el cielo estaba cubierto con una plancha de acero. Alguien dijo que iba a nevar.

Cecilia andaba por la casa sin arreglar, se había levantado muy tarde y apenas había desayunado, solo un zumo de naranja y una zanahoria cruda. La noche anterior había tenido estreno y luego una larga velada en un local cercano al teatro que permanecía abierto de madrugada solo para los actores. Posiblemente había bebido más de la cuenta.

La sirvienta todavía no había podido arreglar su cuarto ni el salón. Todo era un desastre. Cuando Cecilia Aranguren tenía que actuar, daba lo mismo que fuera en una película que en una obra de teatro: el mundo se distorsionaba y los horarios se volvían tan caóticos que era difícil compartir la vida con ella. Esos días era un caballo sin nombre.

Henar sí estaba vestida. Peinada. Maquillada. Martín había desaparecido a primera hora de la mañana. Las cosas no iban bien entre ellos, vivían sobre

Página 66

las tablas de un escenario que compartían con Cecilia, y eso les estaba pasando factura; la farsa se iba agrandando y se estaba convirtiendo en un malentendido que, precisamente por su inconsistencia, nadie se molestaba en aclarar.

Cecilia estaba recostada en el sofá, fumando uno de sus Camel con filtro:

—¿Adónde vas?

—A dar una vuelta —respondió Henar abrochándose el abrigo—. Quiero comprar una tela para ese traje del que te hablé el otro día.

—¿El de chaqueta?

—Sí, el de la falda acampanada.

Cecilia apartó las hojas de un guion que estaba leyendo y puso los pies descalzos sobre la mesa.

—Me gustan más las faldas de tubo. Son más femeninas.

—Y más anticuadas —respondió Henar sin miramientos.

Luego se fue.

Mentir. ¿Era intencionado o le salió de improviso?

No fue a ninguna tienda de telas. Caminó como perdida por las calles del barrio de Salamanca, hacia Cibeles. Se paró en un anticuario que tenía en el escaparate una colección de pisapapeles ingleses que mostraban vistas antiguas del mar, los acantilados, las playas bordeadas de franjas de hierba descolorida, y echó en falta sus paseos por el muelle de Arriluce y la playa de Ereaga. Su vida despreocupada. Su inocencia, que también estaba encerrada en una circunferencia de vidrio espeso. Luego bajó por el paseo del Prado hasta Atocha. La plaza había estado en obras un tiempo y ya habían inaugurado la nueva glorieta. Ahora los tranvías circulaban por ambos laterales y los coches por las dos calzadas del centro. Las obras de la estación de metro aún no habían concluido. Pensó que el mundo estaba cambiando, modernizándose. Que los años sesenta olían a futuro, pero era un futuro que ella no controlaba.

Desde el Price hasta la Puerta de Toledo fue pensando en eso, en el tiempo que se estaba ensanchando y estrechando a la vez como la glorieta de Atocha. ¿Dónde quedaba la sorpresa? ¿Dónde sus planes con Martín? Habían tenido que mentir de nuevo cuando, por más que lo intentaron, no consiguió quedarse embarazada. Dijeron que había perdido al niño, que había sido en plena noche, en el baño, que un vecino de la casa que era médico la auxilió, y sus padres les creyeron porque Cecilia respaldó la historia. Esa nueva mentira

Página 67

ya no tenía nada de artilugio insensato: era macabra y cruel. La idea de que no podía tener hijos empezó a circular alrededor de Henar como una estúpida maldición que iba contaminando su matrimonio. ¿Iban a estar siempre así? ¿Solos ellos dos? ¿Desprovistos de continuidad?

Llegó a la corrala casi sin darse cuenta. A un malestar se le sumó otro: el hecho de comprobar que sus recuerdos felices ya no tenían un escenario real en el que permanecer a salvo. Encontró las cosas tan cambiadas que por un instante creyó que nunca había vivido allí. El patio estaba en silencio. No se oía la radio. Subió los dos pisos, los zapatos de suela gruesa avanzando por los peldaños de madera, chirriando con cada pisada, y ella percibiendo el olor de las comidas que ya ni siquiera le parecieron familiares.

La señora Emilia estaba zurciendo unas medias. La vio desde la ventana, a través de los cristales limpios como una patena que ella o cualquiera de sus hijas limpiaban con amoníaco y periódicos viejos. Allí, sentada en su cocina, con la lata de los hilos junto a ella.

—¡Mira a quién tenemos por aquí!

Le había abierto la puerta nada más ver su silueta en el corredor. Henar no pudo decir una sola palabra, porque la señora Emilia la abrazó con tanta fuerza que estuvo a punto de dejarla sin aliento, y luego la obligó a que se sentara a la mesa mientras envolvía una media con otra y prendía la aguja en el acerico.

—Hija, no sabes la alegría que me da verte, quería darte las gracias también a ti.

¿También? ¿Por qué? Esta vez no le había mandado bambas de nata.

Esperó pacientemente a que la señora Emilia se explicara.

—Después de lo de Lupe estábamos destrozadas. Ya te puedes imaginar lo que significa para nosotras perder un sueldo. Y cuando Martín tuvo la idea del taller y se ofreció a costear la reforma, vimos el cielo abierto. No os hacéis una idea de lo que habéis hecho por esta pobre familia.

¿Lupe sin trabajo? ¿Taller? ¿Reforma? ¿Con qué dinero?

—¿Y por qué se quedó Lupe sin trabajo? —pregunté sin pensar si quería una respuesta—. ¿Es que cerraron el hotel?

La señora Emilia la miró asombrada. Luego achicó los ojos, la traspasó con ellos, y Henar supo que acababa de meter la pata.

—¿Martín no te lo ha dicho? —Acto seguido, con calma, le cogió la mano por encima de la mesa—. Pobre niña…, estoy segura de que quiso ahorrarte esa historia tan fea.

Henar esperó. Ya no se atrevía a seguir preguntando.

Página 68

La mujer se levantó nerviosa. Fue hacia el fogón y cuando estuvo delante se dio la vuelta.

—Si tu marido no te lo ha contado no sé si yo debería hacerlo, pero qué diantres, no va a ser la primera ni la última. Y supongo que tampoco te vas a escandalizar demasiado. —Entonces volvió a sentarse junto a Henar—. Pues mira, mi Lupe se quedó preñada —aclaró bajando la voz—. Como lo oyes. Una de mis hijas, ya ves, yo siempre pensé que les había enseñado cómo protegerse de los hombres. Porque estamos expuestas, ¿entiendes? Nosotras siempre perdemos, ellos nunca arriesgan nada.

Henar recordó otra vez que Clara había nacido varios años después de que el marido de la señora Emilia muriera. Algo a lo que nadie parecía darle demasiada importancia, pero que ahora estaba ahí, sobre la mesa de la cocina. Entre esa mujer y ella.

—¿De quién? —preguntó con una voz que quería desvanecerse antes de salir por la boca.

—De un sinvergüenza que se desentendió de todo en cuanto lo supo. Un huésped del hotel, uno de esos señoritos de provincias que vienen a Madrid a correrse la juerga padre.

Henar soltó el aire que le oprimía el pecho. Sonó como un globo desinflándose.

—Lupe se lo quitó, ¿qué otra cosa podía hacer la pobre? —prosiguió la señora Emilia—. Y mira, a pesar del disgusto, yo pensé que eso era lo mejor. Así que cuando Martín nos prestó el dinero para el aborto, porque a ella ya la habían echado del hotel, ya sabes cómo es Lupe, montó una escena con el tipo en cuestión, creo que le gritó a la cara delante de todos lo que le había hecho y le pidió el dinero para deshacerse de la criatura, pero él nada, salió hacia su pueblo corriendo como un conejo, sin darle un céntimo… Pues eso, que con el escándalo la echaron. Y cuando tu marido les propuso a las chicas que convirtiéramos la tienda de golosinas en un taller de costura, se nos encendió una luz en medio de tanta oscuridad.

Henar no daba crédito. ¿Por qué Martín le había ocultado todo eso? ¿Desde cuándo iba por la corrala? ¿Cómo había sido capaz de disponer de su dinero sin decirle una palabra?

—¿Lupe está bien? —preguntó.

—Tuvo sus más y sus menos —dijo la mujer a regañadientes—. Como todas.

Henar no podía imaginar cómo era eso de abortar. ¿Quién se lo habría hecho?

Página 69

—¿Y la reforma de la tienda? —preguntó—. ¿Qué tal va?

—Casi acabada. Tienes que pasarte a verla si tienes tiempo. Ya verás, parece más grande que antes. Han comprado una máquina de segunda mano y van a poner un rótulo en la fachada, están muy ilusionadas. Aunque mi Clara siempre dice que sería una suerte si tú les dibujaras nuevos modelos. Se han repartido los quehaceres: ella y Lupe atenderán a las clientas y Carmen cortará los fines de semana. Creo que con el tiempo podremos devolveros algo de dinero.

Cuando salió de su antigua casa, habían empezado a caer los primeros copos. El cielo seguía teniendo aquel brillo amenazante. Fue calle Toledo arriba, pero antes de llegar a la Fuentecilla paró un taxi. No podía enfrentarse a esa Clara de ojos tiernos que seguramente se mostraría, como la señora Emilia, sumamente agradecida. Porque estaba demasiado furiosa. Y esa furia incipiente la hacía volver a los tiempos en que Íñigo la hacía rabiar y ella tenía ganas de estrellarle una silla en la cabeza.

Hay cosas, sí. Sueltas. Inconexas. Y de pronto cobran su verdadero significado.

Stéfano, el novio de Cecilia, era alto y elegante. Tenía porte, que diría mi madre. Cuando el taxista paró delante de la casa de General Oráa, vi a Stéfano acercarse a paso ligero. Los faldones de su abrigo aleteaban en el aire mientras los copos de nieve se posaban con insistencia en sus relucientes zapatos. Él no me vio hasta que el portero me abrió la puerta.

Subimos juntos en el ascensor.

—Vaya tiempo —dice él.

No contesto. Quizá asiento levemente con la cabeza. Sin ganas de conversación. Todavía estoy en la calle Toledo, imaginándome a Clara en la tienda que no he visto pero he financiado con mi dinero.

—Tienes mala cara —me dice—. ¿Te encuentras bien?

Entonces me echo a llorar. Sin previo aviso.

—Venga, venga, cálmate. —Stéfano me abraza. Mi cabeza llega justo a su clavícula. El hueso me incomoda, no es una almohada.

—No quiero entrar así —acierto a decir con la mitad de mi voz—. No quiero que Martín o Cecilia me vean.

—Está bien.

Cuando el ascensor se detiene en el ático, Stéfano pulsa de nuevo el botón del bajo. Me lleva a un café. Pienso que se avergonzará de entrar con una

Página 70

chica llorosa, pero parece que no le importa. Nos sentamos a una mesa, la más retirada, y me pide un té con leche, sin consultar.

Al principio no me pregunta nada, deja que me calme, que beba mi té, que entre en calor. Luego espera pacientemente.

—Estoy embarazada.

¿Por qué a Stéfano? ¿Por qué precisamente a él?

—Pero bueno…, eso es una gran noticia. ¿No es lo que queríais? —Ahora ya no lo sé —acerté a decir—. He descubierto que Martín me

engaña.

Stéfano apoya los codos en la mesa y se inclina hacia mí.

—¿Quieres decir con otra mujer?

—No exactamente —respondí—. Me ha ocultado que saca dinero de nuestra libreta y se lo da a otras personas. Me ha dejado prácticamente sin un céntimo. Quiere ser el buen samaritano, el más generoso, pero todo a mis expensas.

—Bueno, es tu marido. En cuanto te casas le concedes el derecho a disponer de todo lo tuyo.

—Ya lo sé. Tendrá derecho legal, pero no moral. Y él antes no era así, nunca se preocupó por cuánto teníamos o cuánto dejábamos de tener, no era codicioso. Además, si quieres que te diga la verdad, lo que realmente me fastidia es su desidia; quiere ser escritor, quiere ser escritor…, pero después de dos años no ha conseguido publicar nada. Ni siquiera se plantea buscar un empleo.

Él se dio cuenta de que la clave de mi desasosiego estaba ahí. En la falta de futuro, en la debilidad de Martín.

—Y claro, lo de ser escritor le viene grande —aventuró.

—Exacto. A Martín le falta…, no sé…, ¿grandeza?

—Bueno, a mí me parece un buen chico; y creo que te quiere mucho. Eso se nota.

Yo todavía estaba ofuscada por el descubrimiento de aquel taller de costura en la Fuentecilla. El rencor había hecho su aparición. La desconfianza. Mi vida se estaba dando la vuelta y se veían las dobleces de las costuras que quizá no estaban tan bien hilvanadas como yo pensaba.

—Ya sé que me quiere —respondí—, pero desde que vivimos con Cecilia está raro. Más distante. No me dice lo que piensa y parece constantemente acobardado, temeroso, se le ha instalado una sombra alrededor que no me deja llegar hasta él. Antes no era así.

Página 71

—Es que vivir con Cecilia tiene que ser complicado, ¿te crees que no lo sé? Es invasiva, caótica, exagerada, siempre la prima donna que ocupa todo su espacio y también el de los demás. No te extrañe que Martín se sienta empequeñecido.

—Pero yo también vivo aquí. Soy su mujer, duermo todas las noches a su lado. ¿Por qué no me habla de cómo se siente? Si quiere que nos vayamos, podemos hacerlo.

—¿Quieres volver a vuestra antigua casa?

Volver… ¿Quería? Ser de nuevo la amiga íntima de Clara, de Lupe, coser con ellas, dibujar en un cuaderno de papel de acuarela y escuchar las historias de la señora Emilia. ¿Bañar a mi hijo en un caldero de zinc?

No acababa de entender por qué me estaba sincerando de aquel modo con Stéfano. Ni siquiera me caía bien. Era distante y prepotente, siempre con aquella actitud de superioridad que hacía que te sintieras una mierda; aunque lo cierto es que en ese momento había dejado de parecerme un soberbio presuntuoso. Además, llevaba una doble vida. Nunca pude entender por qué Cecilia se plegaba sin más a ello. Sin embargo, él parecía dispuesto a aclarármelo más pronto que tarde.

—Los hombres tenemos secretos —argumentó—, y supongo que las mujeres también. Nos hace falta cierto grado de intimidad, guardarnos cosas para nosotros mismos. Necesitamos ese espacio libre del otro; si no, sería asfixiante. Yo también le oculto cosas a tu tía Cecilia; muchas, a decir verdad; de lo contrario, ya habríamos roto definitivamente. Estoy casado, creo que ya lo sabes. Tengo una familia a la que atender. Cecilia acepta de mala gana ese espacio en el que ella no tiene ningún derecho, pero no le queda más remedio; sabe que no puede intervenir ni modificar lo que ya era así cuando nos conocimos.

—Ya, pero tú no dependes económicamente de Cecilia. Ni ella de ti. Así es más fácil.

Stéfano asintió en silencio. Luego, como si hubiera encontrado la solución, me recomendó:

—No le des tanta importancia al dinero. Solo es dinero. Yo de ti hablaría con él, sin discusiones, solo tratando de encontrar el clima adecuado para que se sincere contigo. Le conocerás mejor si no te enfrentas a él. Y sobre todo no pongas en cuestión su derecho a tomar decisiones sobre vuestras finanzas, sería tanto como atentar contra su papel como cabeza de familia. Y más ahora que va a ser padre.

Página 72

Intenté hacerlo. Pero los trajes no sientan bien cuando llevan las costuras a medio hacer. Afortunadamente, dos días más tarde, Cecilia nos dijo que tenía una gira y que estaría fuera de Madrid varios meses.

Página 73

De isla en isla

Henar, 1977

Creta. Es aquí donde vivo.

Sigo haciendo alguna película de vez en cuando, pero solo si de verdad me apetece. Puedo elegir. No tengo una mala vida, después de todo.

Hace una semana se nos cayó una parte del tejado. Solo el alero exterior del dormitorio, pero Luca lleva dos días encaramado a la escalera intentando sujetar las tejas nuevas. Rute y Damen están empeñados en que vayamos a pasar con ellos una temporada. Se han mudado a Matala, en el sur de la isla, un pueblo que se ha puesto de moda y al que a diario llegan hippies de todas partes, como un día llegaron Zeus y Europa. Joni Mitchell estuvo allí hace unos años y compuso una canción que ha hecho famosa Matala Beach en el mundo entero. Rute la canta una y otra vez: «The night is a starry dome. / And they’re playin’ that scratchy rock and roll / Beneath the Matalla Moon».

Pero yo no quiero irme de mi casa. Me da igual que el tejado se hunda por completo y tengamos que dormir a cielo abierto. Tengo demasiados proyectos. El más urgente es la Ifigenia que hará Irene Papas con Starenios. Aún faltan seis meses, pero me gusta ocuparme de ello con calma. No quiero ir a ningún sitio ahora mismo. Aunque Rute cante sin parar que «están tocando este rock and roll rasgado bajo la luna de Matala» y eso sea una tentación… Rute cuenta que en Matala Beach nadie tiene identidad, allí los problemas no existen.

Íñigo me escribió ayer. Dice que las elecciones han sido un éxito rotundo, sobre todo porque ahora la izquierda ya no será solo el temido Partido Comunista, sino el PSOE, que le parece menos peligroso. Está muy contento porque su coalición ha obtenido ocho escaños y ahora es diputado. Mi hermano… Tan conservador siempre, tan poco arriesgado, y ahora va y se mete en política. Está contemplando la idea de irse a vivir a Madrid o, al menos, alquilar allí una casa, ya que tendrá que asistir regularmente a las sesiones del Congreso.

Página 74

Mi madre repite una y otra vez que si Martín no se hubiera quedado con nuestro piso de la calle Ibiza, mi hermano podría instalarse allí. Pero para eso ya no hay remedio… Solo si existiera una ley del divorcio…, entonces quizá podríamos echarle de la casa que me compró mi padre. Lo que no sabe ninguno de los dos es que jamás consentiré en divorciarme de Martín. No tengo la más mínima intención de dejarle el camino libre después de lo que hizo.

De pronto, todo se complicó. Ni Matala, ni Atenas, ni Chania. Quizá era lo que tenía que ocurrir, pero lo único que puedo decir es que no pude negarme cuando Rute me pidió que la acompañara a Finlandia. Ahora pienso en ello como una mala jugada del destino. Láquesis, la moira que mide el hilo de la vida, ya daba vueltas a mi alrededor.

Sucedió de una manera demasiado repentina. Solo iban a ser cuatro o cinco días. Su padre había muerto y ella tenía que asistir al funeral. No quería ir sola, y mucho menos que Damen la acompañara.

—No, no quiero que Damen soporte locuras de mi madre, aunque sean pocos días, no quiero meter en eso.

Su madre era una reconocida pintora que sufría algún tipo de trastorno. Por lo visto se pasaba largas temporadas ingresada en clínicas psiquiátricas, y cuando estaba bien, era terrible convivir con ella.

—Tienes que ver —me dijo Rute antes de salir—, pinta frenéticamente, no come, no sale, bebe mucho. Luego insulta a todos. A veces desaparece y hay que buscar por tugurios de isla.

Rute alquiló un coche nada más llegar al aeropuerto de Helsinki. Viajamos hasta Turku y allí tomamos el transbordador. Era junio, pero hacía demasiado frío para alguien procedente de Grecia. En la proa del transbordador el aire del Báltico cortaba como un cuchillo.

—Pero si aquí —dijo Rute cuando me quejé— es buen tiempo en verano… Pronto quejarás tú de calor, ya verás. Tenías que ver diciembre, todo esto helado y árboles cubiertos con fundas de nieve.

Quería imaginar el mar y los islotes en invierno, pero mi mente no podía alcanzar el termómetro de una memoria que no era la mía. Bajo cero. Hielo. Carámbanos cayendo como agujas de los árboles que se veían en los escasos promontorios… ¿Alces? ¿Renos?

La isla me sorprendió. Desnuda, vacía, toda la escasa vida de aquel lugar parecía pivotar en torno al puerto. Tomamos una sidra en uno de los bares del embarcadero, donde dos tipos que llevaban bermudas y camisetas sin mangas

Página 75

saludaron a Rute efusivamente. La miraban con ojos irónicos, perversos; no me gustaron. Parecía que se estuvieran burlando de ella.

—Ensio y Jaakko fueron mis novios en instituto —me explicó en cuanto cogimos de nuevo el coche para viajar hacia el oeste de la isla—. Uno un verano y otro al siguiente. Dos verdaderos gilipollas. Igual que yo entonces.

Entendí muchas cosas de Rute en cuanto llegamos a su país. La envidiada sociedad nórdica era en realidad un mundo pequeño, estrecho y neurótico. En la isla se conocían todos, conocían los secretos y vergüenzas de todas las familias, oteaban la desdicha ajena como cazadores furtivos que esperan que la pieza baje la cabeza para asestarle un tiro en el costado. Uno puede ahogarse ahí.

La casa de la familia de Rute estaba en el extremo occidental. En un puerto solitario que parecía solo destinado al verano. Era la más grande. Construida con una buena base de piedra, era la única que podía llamarse casa. Las demás parecían simples cabañas de vacaciones. Madera roja, amarilla, verde. Como un parchís en las heladas aguas del mar de Botnia.

—Casa de mis abuelos —explicó Rute—, padres de mi madre. Tenían industrias pesqueras, ricos, y se hicieron casa con piedras que traían en barco desde cantera de Pargas.

No salió nadie a recibirnos. La casa estaba abierta. Rute gritó de nuevo:

mamá, pero tampoco esta vez hubo respuesta.

—Espero que no estén ya en cementerio.

Dejamos el equipaje en dos de las habitaciones superiores, y desde la ventana vi a Rute caminar por el jardín trasero hacia una construcción de madera que había al fondo. Seguía dando voces.

Al final salió la madre de su escondrijo. Un mono de trabajo manchado de pintura y el pelo pajizo recogido de cualquier manera en lo alto de la cabeza. Lo sostenía con un pañuelo doblado y anudado en la frente. En la mano tenía un pincel grueso. Era más joven de lo que yo había imaginado.

No se besaron. No se abrazaron. Hablaron escasamente un minuto, distantes, y luego la madre entró de nuevo en lo que debía de ser su estudio. Rute la siguió.

Esa noche sin noche, con el sol de verano todavía en lo alto y nuestros biorritmos adaptados a otra isla en la que a esas horas ya era noche cerrada, Rute y yo desistimos de acostarnos y dimos un largo paseo por los caminos de tierra que se adentraban en un bosque de robles. La madre se había quedado en la cocina, anclada a su botella de vodka.

Página 76

—Mañana es el entierro —dijo Rute como si necesitara justificarla—. Se está preparando para no sentir nada.

Sabía que la vuelta al hogar la estaba afectando, que necesitaba desahogarse. Y lo hizo.

—Cuando yo pequeña, sentía fatal por no tener hermanos. Luego descubrí que mejor no compartir vergüenza con otros.

—¿Vergüenza? —pregunté.

—Mi padre era bueno, pero bruto. Ella le hacía perder paciencia, le…, ¿cómo decís?…, le chinchaba. Siempre tenía en boca palabras más hirientes para él. Era superior en inteligencia, una artista, ya sabes; él solo un trabajador de explotación de madera, tenía que pasar muchas noches fuera de casa y, cuando volvía, yo ponía muy contenta, pero mi madre siempre encontraba modo de hacerle pagar ausencia. En esos momentos tenía lengua envenenada. Peleas. Él la zurraba cuando perdía paciencia. Ella parecía buscarlo como si también tuviera algo que pagar. Luego hacían paces, se metían en la cama, mi madre lanzaba gemidos y, al día siguiente, vuelta a empezar.

El sol bajaba tan lentamente que parecía que nos hubieran detenido en aquel camino boscoso. Yo intentaba unir a esa Rute martirizada por las broncas de sus padres con la Rute que conocía, con su sensato y plácido amor por Damen, sus risas espontáneas y sus ganas de vivir. En Creta nada parecía indicar que existiera una infancia plagada de sobresaltos.

Una isla.

Otra isla.

Pensé que posiblemente las dos habíamos aterrizado en Creta con la intención de cambiar nuestras vidas desde un lugar que estaba muy dentro de nosotras.

Era un mundo confuso para mí. Quizá triste. Deprimente. Las desavenencias conyugales no me resultaban ajenas, pero mis padres nunca habían llegado a las manos. Lo suyo era más sofisticado, quizá más dañino si tenemos en cuenta que nunca había reconciliaciones con sábanas revueltas y cuerpos sudorosos.

La mañana amaneció con un cielo de carbón. Oscuro y triste. El mejor día para un entierro.

Rute y yo fuimos solas a la funeraria porque su madre dijo que prefería ir directamente al cementerio. Por el camino siguió hablando de su padre, de los juegos que inventaba para ella, del cuerpo enorme, los hombros anchos, el pecho ligeramente hundido…

Página 77

—Era como cuna, un lugar donde cobijarte.

Yo pensé en Martín. El pecho cóncavo donde había soñado permanecer para siempre, y luego en Luca, en cuyo hombro real dormía por las noches.

El ataúd estaba abierto detrás de una urna. Lo habían vestido con un traje gris y camisa blanca. Sin corbata. Los de la funeraria habían tenido el acierto de no maquillarlo en exceso, y la impresión era la de un hombre guapo, joven y dormido. Rute tocó el cristal con la punta de los dedos y dijo algo en aquel idioma extraño que, por lo visto, era el que hablaban en la zona. No lloró. Parecía tranquila. Luego esperamos en la sala a que cerraran el ataúd y lo llevaran hasta el coche fúnebre. Fuimos tras él al cementerio.

Había una capilla sin imágenes. Desnuda. Un compañero del padre hizo un breve discurso, luego lo transportaron entre varios hombres hasta la parte de atrás de la iglesia. Había bastante gente, todos los de la isla, dijo Rute. Ensio y Jaakko también habían venido, esta vez sin bermudas, con trajes anticuados y oscuros.

En un prado cercano a la iglesia había dos caballos pastando. Era solo una parcela pequeña, rodeada de dos filas de cable electrificado. ¿También en Finlandia había caballos? ¿Qué hacían con ellos en una isla?

Llegó la madre. Se había vestido totalmente de negro y parecía ausente, como drogada.

—Está representando su papel de Norna —me dijo Rute al oído.

—¿Norma? —pregunté.

—No, chica, Norma no, Norna. ¿Tú conoces moiras de mitología griega? Conocía a las moiras. ¿Quién no? Damen había compuesto una canción que hablaba de una hilandera que medía el hilo de nuestras vidas. Era una canción preciosa. Damen le preguntaba a la moira cuán largo era el hilo de la suya y la hilandera le miraba hierática y no respondía. Según él, esa mujer

misteriosa se llamaba Láquesis.

—En mitología escandinava también existen. Son las nornas. Se llaman Urðr, Verðandi y Skuld. Mi madre creía que ella dueña de destino de mi padre, sabía poder sobre él. Decía que tenía hilo de su vida. Y ahora dice una y otra vez que es ella quien lo ha cortado. Está muy loca.

De pronto, el cielo se oscureció aún más y los caballos se lanzaron a trotar por la hierba y a elevar las patas delanteras cuando se les acababa el espacio. Pensé que yo no había asistido al entierro de mi padre. Y ahora estaba en el archipiélago de Turku, un lugar del que antes ni siquiera había oído hablar, despidiendo a un muerto al que no conocía. Rodeada de todos esos extraños. Empezó a llover justo cuando el ataúd descendía hacia la herida abierta en el

Página 78

césped, pero nadie se movió hasta que Rute y su madre echaron el primer puñado de tierra. Luego, con una formalidad absoluta, los habitantes de la isla fueron desfilando ante la viuda y su hija para expresarles sus condolencias. Los cabellos empapados se les pegaban al cráneo y yo me entretenía adivinando quién iba a tardar menos en su perorata de pésame. Una mujer peinada con un complicado moño de nido de cigüeña se quedó hablando con Rute más tiempo de lo que su peinado podía resistir y, en cosa de segundos, la masa de pelo negro se le cayó hacia un lado de forma bastante grotesca. No pareció importarle demasiado.

Esa noche tuve fiebre. Por la mañana me quedé en la cama mientras Rute se fue a nadar. Dormía. Me despertaba. La nariz me goteaba continuamente y el pecho me dolía al toser. La madre de Rute apareció en algún momento, no sé qué hora era ni cuánto había dormido, me puso la mano en la frente y dijo algo que no entendí. Cuando abrí los ojos, había más gente en la habitación: Rute, que me miró esbozando una sonrisa débil, su madre y un hombre con barba rubia que me estaba auscultando.

Habló con ellas. Extendió una receta. La madre la cogió y le acompañó escaleras abajo.

—Tienes que guardar cama y tomar antibióticos. Tú ayer mojaste mucho y ahora principio de neumonía.

—¿Tendremos que quedarnos? —pregunté.

—Cama diez días mínimo, ha dicho médico.

¡Diez días! Allí. Tan lejos y tan extraño todo.

—Hay que avisar a Luca —dije sin pensarlo mucho—. Y a Damen.

—Tranquila, ya pondré telegrama cuando veamos cómo evolucionas.

Ahora preocuparían en vano.

Las sábanas eran de hilo. Vigorosas y suaves. Yo me acurrucaba en el sueño, y cuando despertaba, dirigía la mirada hacia la ventana sin cortinas. Fuera había un abedul de tronco blanco y hojas temblorosas. Se agitaba con el aire. Habría querido ver más allá, más lejos del bosquecillo de robles… Pero mi estancia en Finlandia iba a ser aquella habitación y poco más.

Rute pasaba las tardes conmigo. Me leía, o charlaba de cualquier cosa; a veces se quedaba allí, junto a la cama, impidiéndome ver el abedul, y se ponía a recordar cosas en voz alta. Eran recuerdos íntimos de una irregularidad tan dispersa que más parecían pensamientos que palabras. En esos momentos era como si yo no estuviera presente.

—… me dejó que le acompañara. Yo solo debía de tener siete u ocho años. Atravesamos dunas, arena estaba helada y dura, y entramos en bosque.

Página 79

Pinos tenían una funda de nieve blanda. Cada uno la suya. En los que estaban solos, se había formado una especie de cabeza en lo alto de copa, como muñeco de nieve. Disparó primer tiro nada más llegar. Una takiainen, ¿cómo llamáis?, ganso, creo, pero no este, este no hay en España, cayó metros más allá, entre árboles. Quedó en suelo blanco, una mancha negra y roja, como escupitajo de tísico. Mi padre dijo que era una rezagada, que ya tenía que haber emigrado y que eso había costado vida.

Oía a Rute entre la somnolencia de la fiebre. A veces me dormía y, cuando despertaba, no sabía si sus relatos eran reales o estaba soñando.

—… empezamos a buscarla y vimos que se había llevado lancha grande. Todavía no había hielo, así que papá sacó la otra, la pequeña, y fuimos rápido hasta puerto.

Poco a poco, iba haciendo mi propia versión de su infancia, de sus padres, de la Rute que desconocía y que solo allí, en la isla, se había descubierto.

—… así que tuve que separarlos. Hasta entonces había asistido a sus peleas escondida en rincón, paralizada en cama, pero ese día no pude más y me metí en medio. Papá me sacudió un puñetazo en plena cara. Fue sin saber qué hacía, pero mi madre llamó a policía igualmente. Esa noche no hubo reconciliación. Se llevaron a mi padre y estuvo nueve meses en cárcel. Ella nunca fue a ver.

Ya no era la ardiente finlandesa que quiere vivir como una hippy en Matala, ya no la compañera de Damen, ni la que toca el laúd con él, ya no la que bebe ouzo mientras lía un porro. Ya no. Ahora yo asistía a retazos de una vida más honda y secreta, la verdad descorría un velo denso, y esa niña que también se llamaba Rute me ponía los pelos de punta.

—Mi madre creía que tenía hilo de su vida. Y ahora dice una y otra vez que es ella quien lo ha cortado. Está muy loca…

No, Rute, no está loca. Yo también hice eso un día y no sé si me arrepiento o no.

Quizá no fue aquel día en que apareció con el pareo y los huevos en nuestra casa de Chania cuando le conté lo que había ocurrido con Cecilia y con Martín. Quizá lo hice entonces en Turku, confidencia por confidencia, ella borracha de niñez y yo enfebrecida por la neumonía. Puede que fuera aquí.

No tuve mucha relación con la madre. Todos los días, sobre las doce, me traía la comida, eso sí; me palpaba la frente con su mano llena de manchas de pintura, sonreía y se iba. Algunas veces olía a alcohol, un aliento perfumado que no me resultaba desagradable.

Página 80

Un día, cuando ya pude levantarme, salí al jardín. Rute se había ido a hacer esquí acuático, creo. Se ponía un traje de neopreno que le llegaba hasta la rodilla y la mitad del brazo, y se iba a bucear o a practicar cualquier deporte veraniego. No podía parar quieta. En eso sí era la misma Rute de siempre. Ese día hacía una mañana radiante. La temperatura era buena, no demasiado calor, pero tampoco aquel viento helado del principio. La puerta del estudio estaba abierta, así que pensé que no habría nadie.

Me equivoqué.

La madre de Rute estaba en camisón. Se había puesto un delantal de cocina y pintaba con rápidos movimientos del brazo, extendido y rígido como un madero. Solo movía la muñeca. Desde lejos parecía que estuviera jugando un partido de bádminton. De vez en cuando se alejaba del lienzo, como si necesitara una perspectiva que estaba fuera del alcance del propio cuerpo. Yo tenía esa perspectiva. Podía ver ambas cosas, la pintura y a la pintora. Si me quedaba allí, en silencio, me convertiría en el centinela de un rito mágico por el que una simple tela de lino basto se transforma en mundo. Como cuando Clara y yo cosíamos vestidos. No era lo mismo, lo sé, pero me recordó ese proceso en el que algo que solo existe en tu cabeza de pronto se hace real. Lo puedes ver y lo puedes tocar.

Era Rute. La reconocí al instante. Su pelo rubio metálico, sus enormes ojos de lapislázuli, ¿habría usado la madre el azul ultramar de los renacentistas?; la mancha con forma de isla que tenía en un pómulo. Yacía en la cama, cubierta por sábanas blancas como sudarios, y las manos, apoyadas sobre el embozo, contenían un corazón con los tubos de las venas colgando. Por debajo de los hombros le salían los picos puntiagudos de unas enormes alas mal plegadas. Eran como las de los patos, irisadas en verde y azul, suaves y duras al mismo tiempo. Una parecía rota. El cuadro era limpio y desnudo, muy conceptual en los trazos, pero escrupuloso en los detalles. Creo que pretendía hacer algo más que un retrato.

Al final notó que yo estaba allí. Bajó el pincel y sonrió. Me parece que también esa mañana había bebido.

—Rute —dije.

Ella respondió en un inglés áspero.

—Un ángel también puede ser destruido. Rómpele un ala y nunca más volará.

Me dio miedo ese cuadro, tengo que admitirlo. Por un instante pensé en el poder de esa mujer sobre el destino de los otros. Ella cortaba el hilo de la vida. Y ahora soltaba aquello… ¿Quién nos rompía las alas?

Página 81

Tenía que deshacerme como fuera de la impresión que el cuadro me había causado. Era Rute y también yo. Probé con mi inglés, pero la voz me temblaba. El cuadro había despertado el recuerdo incendiario de la habitación de Cecilia. Una combustión que hacía arder el pasado en sí mismo.

Sobreponerme.

Salir de ese fuego. Olvidarles.

—En Madrid hay unos frescos de Goya —dije al fin—. ¿Ha visitado España?

—Ah, sí, Madrid… Yo lo conozco. También Granada, cuando Rute vivía allí.

—Los frescos están en la ermita de San Antonio de la Florida. Goya pintó unas mujeres bellísimas con alas grandes de colores. Como estas. Les llaman «ángelas».

No sé si se sintió ofendida o halagada, pero no le gustó que quitara originalidad a su obra. Me dio la espalda y siguió pintando el embozo. Habría querido decirle que el cuadro era demasiado misterioso, pero ya no me atreví.

—Dice mi madre que habéis hablado de Goya.

Yo ya estaba de nuevo en la cama. Rute se acababa de duchar. Tenía el pelo todavía mojado, unos cuantos mechones oscurecidos se mezclaban con las hebras de oro de la parte que ya estaba seca. Lucía un bronceado salvaje, demasiado oscuro para su piel.

—Sí —respondí, temerosa—. No sé si le ha gustado mucho que comparara su cuadro con las ángelas de Goya.

—¿Qué cuadro? ¿Te ha enseñado cuadro?

—Enseñado exactamente, no. Lo he visto mientras pintaba.

—Raro. Porque ella nunca deja ver a nadie hasta que acaba.

No le dije que era su retrato. Pero como si lo hubiera sabido murmuró:

—Ella ahora cree que tiene hilo de mi vida. Está loca.

Me dormí cuando Rute se marchó de nuevo con la lancha. Le encargué que me comprara un chubasquero para Luca en la tienda del puerto, de los que se pueden plegar y meter en un bolsillo. Debí de soñar con lo de siempre. Una presencia que no quería contemplar cuando estaba despierta.

Maldito Martín.

En sueños parece inofensivo. Y entonces quiero recordar cómo era cuando todavía estábamos juntos y no puedo; pero aun así se me aparece, viene sin que le invoque y no dice nada, se queda quieto y en silencio, también él como

Página 82

un retrato inverosímil dispuesto a cobijarse bajo unas sábanas de hilo. Esos sueños que no quiero soñar me desconciertan. Me gustaría estar triste, pero solo estoy furiosa.

Cecilia volvió temporalmente a casa. Habían acabado las representaciones en Valencia y Barcelona y pronto se iría de nuevo, pero esta vez a América. Maletas y más maletas, el neceser lleno de cremas y un par de bañadores que yo no le había visto nunca.

—Mira —me dijo sacando un dos piezas de la maleta pequeña—. Ahora todo el mundo usa biquini. Tendrías que comprarte uno.

Yo estaba ya de dos meses y medio. Pensé en que mi vientre sería al cabo de poco un globo hinchado, que mi pecho se desbordaría y que me convertiría sin remedio en otra mujer.

—¿No es demasiado atrevido? —dije sin convicción.

—Bobadas —respondió Cecilia, que se había quedado desnuda y metía los brazos dentro de su bata de seda. Se había afeitado el pubis—. No puedes ser tan remilgada, pareces tu madre.

Mi madre… Se había marchado a Bilbao, después de decirme mil veces que me había equivocado al casarme con Martín, que era un pusilánime y que jamás se sacaría de encima la clase a la que pertenecía. Añadió que tuviera cuidado con la modistilla, que Martín la miraba demasiado embobado.

Yo ya tenía el veneno dentro. Se me había inoculado el día en que vi a mi padre meter la mano por el escote de una de sus obreras.

No soy de las que se quedan quietas ante la amenaza de un desastre. Me pongo en marcha en cuanto sospecho que me ocultan algo. Me fui a la calle Toledo, así, sin avisar. Clara ya había empezado a trabajar en el atelier de Belmonte y sabía que había pocas posibilidades de que me encontrara con ella en la Fuentecilla. En efecto, allí estaba solo Lupe. Ella y su mirada maliciosa.

Hablamos del taller, de la clientela, de si se podrían arreglar sin Clara. Lupe era todo quejas, mucho trabajo para tan poca caja, que en ese barrio la gente no se gastaba dos pesetas si podía gastar una, que si algunas clientas pedían costuras anchas por si engordaban… Que quizá tardaran más de lo previsto en devolvernos el dinero. Pero yo no había ido allí por eso.

—Quería encargaros un par de vestidos de verano —dije mientras asentía a su rosario de calamidades.

Lupe se sorprendió.

—Amplios y cómodos —añadí—. De embarazada.

Página 83

Entonces se sorprendió aún más. Soltó un gritito feliz. Y yo pensé en su aborto, en si alguna vez se sentía culpable o solo liberada.

—¿Para cuándo? —preguntó—. No sabía nada. Martín no nos ha dicho una palabra.

Yo todavía flotaba en lo irreal de la maternidad, unas veces del lado de aquellas mujeres, aparentemente felices con sus retoños, y otras junto a las madres malogradas como Lupe. Estaba presa en ese limbo.

—Para diciembre. El médico dice que nacerá a mediados, si todo va bien. —¿Y Martín? Estará contentísimo —aventuró atropelladamente antes de que yo pudiera decir que Martín ni siquiera lo sabía, que la que quería que lo supiera era Clara—. ¿Y qué queréis, niño o niña? ¿Has pensado en los nombres? No, claro, es demasiado pronto… ¿Y tu familia? ¿Qué dice tu

madre de ser abuela?

—Pues fíjate que todavía no se lo he dicho. Quería estar segura, ya sabes…

—Claro, claro. Los primeros meses son los más delicados. Ven que te tome medidas. ¿Cómo los quieres, con canesú o con talle imperio?

—Uno con canesú, pero sin demasiado frunce, que luego te hace parecer un globo. Y el otro, cortado al bies.

—¿Al bies? Eso supondrá un montón de tela desperdiciada. ¿No prefieres que te lo cortemos a contrahilo? De orillo a orillo.

—¿Tendrías suficiente tela para el bies?

—Sí, eso no es problema.

—Pues entonces, al bies. Ya tengo bastante con el bombo para andar escatimando.

Lupe torció el gesto, pero no dijo nada. Cogió el metro, lo desenrolló y lo pasó desde un hombro al otro. Luego me hizo separar los brazos y deslizó la cinta amarilla alrededor de mi pecho, dejando un poco de holgura.

—Pero si se no te nota nada —exclamó—, apenas has engordado.

Después bajó a la cintura.

—Aquí le daremos más margen. —Sonrió con picardía—. Y ahora, las caderas. También se engorda de esa parte, no te creas.

Acabamos con las medidas y empezamos con las telas.

—A mí para el verano me gusta el piqué —dijo Lupe como si hablara consigo misma—. Pero a estos modelos no les va bien.

—Se abombará demasiado.

—Sí, quedará un poco tieso. ¿Qué tal un crespón para el vestido del canesú? Tengo unos metros a buen precio. Y para el otro quizá un organdí.

Página 84

—¿No se transparentará?

—Te puedo hacer un forro de seda. O puedes llevarlo con combinación. —Se dio la vuelta hacia la estantería en la que tenía los rollos de tela—. Lisos, ¿verdad?

Sacó dos piezas de tela y las puso sobre el mostrador. Una era un azul zafiro, quizá más de otoño que de verano, y la otra de un vistoso tono coral. Cogió un extremo y tiró con fuerza. La tela ondeó sobre sí misma, viva y dúctil. La imaginé en contacto con mi cuerpo, flotando sobre el vientre en el que dormía el bebé.

—Perfecto —admití—. Las costuras las harás francesas, ¿verdad? Es que no soporto que se deshilachen.

Lupe me miró indecisa.

—Planas —aclaré—. Ya sabes, dos pespuntes, uno por el derecho y otro por el revés.

—Desde luego —admitió molesta por mi insistencia; luego bajó los ojos y, como si no tuviera importancia, añadió—: Y, por cierto, ¿qué tal le va a Martín en su nuevo trabajo?

El que busca el mal, normalmente lo encuentra. Yo había ido allí para enviarle un mensaje secreto a Clara, para que supiera que esperaba un hijo y dejara de frecuentar tanto a mi marido. Y me había encontrado con que mis antiguas vecinas sabían de mi propia vida más que yo. Martín no me había dicho nada de un trabajo… Entonces hilé una cosa con otra: ese salir todas las mañanas a la misma hora, ese volver tarde con mil excusas. Me sentí tan abochornada que temí que Lupe se riera a carcajadas de mí.

Aquel junio de 1963… Mi cuerpo se preparaba para ser madre y yo no encontraba el camino para afrontarlo. Había estado intentando quedarme embarazada durante casi un año, sintiéndome menos mujer que las otras, y ahora que ya lo estaba, no podía notar ninguna alegría especial, ninguna emoción.

—¿Y cómo te sientes? ¿Tienes molestias? —me preguntó Lupe.

Supuse que se refería a las del cuerpo.

—Algunas mañanas vomito sin tener nada en el estómago. Me da la impresión de que se me va a salir el niño por la garganta.

—Ah —exclamó como si aquello la divirtiera—, pues tienes suerte, porque ahora hay unas pastillas nuevas que te quitan por completo las náuseas. Si quieres, tengo una caja casi sin estrenar.

No le pregunté por qué tenía esas pastillas. Lo sabía perfectamente.

Abrió el cajón del dinero y sacó unas tabletas. Se llamaban Talidomida.

Página 85

—Quédatelas —dijo—. Y, por cierto, ¿te has enterado de lo del Papa? Volví de la Fuentecilla con el encargo de dos vestidos nuevos, una caja de

tabletas contra las náuseas y la noticia de que el papa Juan XXIII había muerto. Todas las campanas de la ciudad sonaban a la vez. La gente lo comentaba en el metro. Y yo solo pensaba en qué trabajo era ese que tenía mi marido.

Dos días más tarde, Clara había dado el recado, el que no sabía que yo le había enviado a través de Lupe: Martín se había enterado de que esperábamos un hijo y yo, a mi vez, de que la había visto.

Llegó tarde a casa. Ya me había acostado y él entró en el dormitorio hecho una furia.

—¿Quieres decirme qué demonios te pasa? —preguntó plantándose junto a la mesilla de noche.

Estaba tan cerca y se le veía tan agrandado por la perspectiva que me dio miedo.

Me incorporé. El tirante del camisón se me deslizó por el hombro, pero no me molesté en devolverlo a su sitio.

—¿Y a ti? —dije, dispuesta a tener nuestra primera discusión violenta. —¿A mí? ¿Qué me va a pasar? Que no entiendo por qué me has estado

ocultando que estás embarazada.

—Vaya, veo que ya has hablado con Clara. ¿Cómo lo haces? ¿La llamas todos los días por teléfono? ¿La vas a esperar por las tardes al trabajo? ¿La acompañas a casa como un novio con pretensiones? Aquí todos hemos estado ocultando algo. Tienes un trabajo, ¿no? ¿Tampoco tú ibas a decirme nada?

Martín estaba desconcertado. Saltaba a la vista.

Se sentó en la cama con calma. Ya no parecía tan grande, sino el de siempre, ancho y compacto, con su cara de niño y su pelo ensortijado. Un chico que va de pesca con una camisa de cuadros y los pantalones remangados. Recuperé esa imagen que casi se me había extraviado.

—Esto no puede ser, Henar.

El tono conciliador y benigno me sorprendió.

—Pues tú dirás —respondí, todavía desafiante.

—No puedes estar celosa de Clara. Es nuestra amiga, tu amiga, ¿recuerdas?

—¿Quién está celosa?

Hizo un gesto. ¿De aceptación? ¿De incredulidad? —No hay nada entre Clara y yo. Te lo aseguro. —¿Entonces?

Página 86

Mi rabia empezaba a aflojar. Yo me di cuenta y él también.

Pero no me respondió. Sí recuerdo que me cogió la mano y me la acarició durante un buen rato. Yo no sabía cómo continuar, qué decir, cómo conseguir que siguiera sintiéndose culpable.

—La verdad es que no sé por qué no te lo dije —reconoció, apesadumbrado.

Pensé que se refería a Clara. Todavía me escocía aquel espacio del que yo no participaba.

—Lo del trabajo. No sé por qué no te lo conté la misma noche que me lo ofrecieron. Quizá quería estar seguro de que podía encajar. Imagina que me hubieran echado a la semana… O al mes.

El trabajo que había estado manteniendo en secreto ocultó por un instante el rostro de Clara. Si Martín desactivaba un reproche, yo enseguida encontraba otro.

—¿Cuándo fue?

—En la fiesta de la embajada. Cecilia me presentó a un editor.

—¿Trabajas en una editorial? ¿De libros?

—Sí, claro. Todavía estoy aprendiendo, pero me gusta mucho.

Se puso a hablar de la gente con la que trataba a diario. Escritores que para mí eran absolutos desconocidos, la mayoría presencias ambiguas que me llegaban a través de Martín.

—… Es muy simpática. Va siempre con una boina gris. Y su marido, o exmarido, no sé muy bien, es un tío realmente interesante. Un poco huraño, pero una vez que le coges el punto, puedes aprender mucho. Es un gran intelectual.

—Vaya —reconocí, volviendo rápidamente a mi mundo feliz—, parece que por fin las cosas empiezan a irnos bien. Un trabajo, un hijo, pronto tendremos nuestra propia casa…

Habíamos estado a punto de estropearlo todo, pero ahora nos encontrábamos allí, en la habitación de la casa de Cecilia, yo en camisón, sentada en la cama, con los brazos rodeando las rodillas y él a mi lado, satisfecho y parlanchín, dichoso de tener una vida propia. Se quitó los zapatos y se tumbó a mis pies. La cabeza apoyada en un brazo, mirándome embelesado.

—Hoy estás muy guapa. Estos días atrás estabas como demacrada… —Son las náuseas —admití—. Me paso el día vomitando. —¿Has ido al médico?

—Sí, al ginecólogo de Cecilia.

Página 87

—¿Y te ha dicho que es normal? ¿No puede recetarnos algo?

Recetarnos, dijo.

—Dice que se pasa hacia los dos o tres meses. Pero no retengo nada en el estómago, todo me da asco.

Martín se incorporó y se situó a mi altura. Me abrazó. Su pecho me cobijó como tantas otras veces.

—Pues tendremos que volver. Pide hora lo antes posible, no quiero verte

así.

Tendremos, dijo. De nuevo en plural. De nuevo conmigo.

—Lupe me ha dado unas pastillas. Dice que son mano de santo y que se compran sin receta. Mira…

Saqué la caja de mi mesilla de noche y se la tendí. Martín las miró y luego se incorporó de golpe.

—¿Lupe te ha dado esto? Pero ¿está loca o qué? ¿Las has tomado?

—Sí —respondí alarmada—. ¿Por qué?

—Producen deformaciones en el feto, se ha demostrado. Los niños nacen sin brazos o sin piernas, a veces con defectos en los órganos internos. Pero ¿es que no lees los periódicos? Creo que las retiraron de las farmacias a principios de año. Tienes que pedir hora con ese médico lo antes posible. Y no tomes ni una más.

Toda la magia de nuestra reconciliación se había ido al traste. O quizá no. Me eché a llorar y Martín volvió a resguardarme en sus brazos. Me sentía desolada y reconfortada al mismo tiempo. No podía pensar con claridad, ni siquiera en un niño deforme; era algo ajeno a mí y a mis sentimientos. Martín sí era real. Lo demás apenas importaba, quedaba lejos. Mi embarazo había sido desde un principio una consecuencia de lo único que de verdad me concernía: Martín. El futuro, algo diseñado inconscientemente en algún recóndito lugar de mi cerebro y en el que no acababa de encontrar hueco para un niño. Y ahora…

Maldito Martín.

Volvimos de Finlandia a finales de junio. Allí, en nuestros asientos, parecíamos dos ángelas con las alas rotas. Me envolví en el anorak de plumas que me prestó Rute y dormí todo el vuelo. Soñé. Claro que soñé. Por primera vez en mucho tiempo, Martín no apareció en mis sueños; solo recuerdo a una mujer toda azul, envuelta en una sábana blanca, como una momia. En el sueño yo repetía todos los nombres del azul:

Página 88

Índigo.

Añil.

Azul de Persia.

Ultramarino.

Cobalto.

Egipcio.

Cuando aterrizamos en Heraklion, sentí que, a pesar de la neumonía, en Finlandia había respirado por primera vez en años porque viví de cerca la tortura interior de Rute, no solo la mía. Las historias ajenas nos liberan siempre de la cárcel del yo.

Luca me dijo que mi hermano había escrito. La carta contenía otra de Martín que tampoco me molesté en abrir. Fue a parar al cajón de un armario y allí se quedó con otras, como pañuelos que amarillean.

También mis recuerdos están doblados en trozos y destiñéndose poco a poco.

Fue cosa de Stéfano. Cecilia continuó con su gira, esta vez por Argentina. Mientras estaba fuera, mi embarazo seguía adelante, y Martín y yo habíamos retomado nuestra relación de una manera menos magnética que antes, pero satisfactoria. Era mi marido. Y yo su mujer. Esperábamos un hijo y tarde o temprano nos mudaríamos a nuestra propia casa. Mientras tanto, vivíamos en la de Cecilia con todas las comodidades posibles. También Clara había dejado de ser un problema, porque se había echado un novio que trabajaba en el atelier de Belmonte, como encargado de sala. Lupe me lo escupió a la cara en cuanto pudo.

Stéfano. Sí. En cierto modo, se le ocurrió a él.

Vino una tarde. No a comer, ni a cenar, solo a tomar una copa y a traernos noticias de mi tía.

—Está histérica. Dice que va a dejar la obra, que no puede más con ese personaje.

—¿La reina de Chipre? —pregunté—. ¿Por qué? Me pareció que le encantaba. Una mujer independiente en un mundo gobernado por los hombres, una mecenas, amante de la cultura… Es ideal para ella.

—No dice más que tonterías: que el vestuario es horrible, que los trajes pesan demasiado y así no puede moverse por el escenario, que huelen a sudor…

—Pues que se los cambien.

Página 89

—Eso le he dicho yo.

Saqué mi cuaderno de acuarelas y tracé un esbozo. Intenté respetar el aire renacentista de la época, pero simplificándolo.

—Mira, con algo así estaría mucho más cómoda. Lo importante es que las telas sean de calidad, seda natural y algún lino de mucha caída, como el de los manteles.

Dibujé una silueta de formas rectas, la seda azul recubría el cuerpo por fuera, ajustándose a la cintura en un escote abierto que dejaba ver la camisa.

—Aquí una tira bordada con hilo de oro, que se puede comprar en cualquier tienda de tapicerías, rematando la camisa de batista. La batista es lo que se les pone a los bebés —dije mientras adornaba el escote del figurín con tres trazos rápidos—, estará muy cómoda con ella. La saya, de lino. Fresca y con cuerpo, para que proporcione volumen. Nada de encajes ni terciopelos.

Stéfano y Martín me miraban asombrados. Reconozco que el diseño me había quedado perfecto, y la hoja estaba llena de anotaciones precisas que cualquier modista podría interpretar a la perfección.

—¿Puedo mandárselo? —dijo Stéfano.

—Claro. Por mí encantada, pero no creo que lo admitan.

—¿No conoces a tu tía? Harán lo que ella diga, faltaría más.

Sí. Todos hacíamos lo que Cecilia quería.

Cinco días más tarde llamó por teléfono.

—Sácate un billete de avión y vente rápido para Buenos Aires. Tienes trabajo.

—¿En mi estado? —objeté—. Estoy casi de seis meses.

—Tonterías. Aquí tengo a la peluquera, que está a punto de parir y tan contenta porque dice que va a tener un «argentinito».

—Pero ¿para hacer qué?

—Para que te encargues del nuevo vestuario de toda la compañía, no solo del mío.

—Puedo dibujarlo aquí y que te lo confeccionen en Buenos Aires. No creo que tengan ningún problema.

—¡Ni hablar! Hay que elegir bien las telas, buscar por las tiendas, ver lo que le sienta bien a cada uno, no quiero a los actores vestidos como fantoches. Además, es una oportunidad para ti; ¿tú sabes lo que se cobra por un trabajo de estas características?

Fui. Claro que fui. Martín puso el grito en el cielo, pero luego se conformó al ver lo que me pagaban. Creo que siempre pensó que yo no me lo merecía.

Página 90

Cuando le confesé a Stéfano que apenas sabía nada de la época de Caterina Cornaro, me compró un libro. En la cubierta había un retrato que Giovanni Bellini había hecho de la reina de Chipre cuando ya era una mujer madura.

Allí se contaba su azarosa vida: hija de un patricio veneciano, la casaron por poderes con Jacobo II, rey de Chipre, cuando solo tenía catorce años para establecer lazos comerciales entre Venecia y Chipre. Cuatro años más tarde, la joven Caterina viajó a Chipre y se casó de nuevo, esta vez en persona, con el que legalmente ya era su marido. Me hacía gracia eso de que una pudiera casarse dos veces con el mismo hombre. Jacobo II murió solo unos meses después. En esos momentos ella ya estaba embarazada del que sería durante un breve tiempo Jacobo III, pero también el niño murió al año de nacer. Tuvieron que proclamarla reina de Chipre cuando el papel de regente ya no tenía ningún sentido, en una corte carcomida por las intrigas y los complots. La joven reina inclinaba demasiado la balanza del lado de los venecianos mientras las revueltas pronapolitanas se sucedían y las naves de uno y otro países amenazaban la isla desde el mar. Finalmente, los mismos poderosos venecianos que la habían casado forzaron a la reina para que abdicase y cediera su corona al Dux de Venecia. Abandonó Chipre y fue a refugiarse en el señorío de Asolo, una ciudad del Véneto que sería su verdadera corte. Allí reinó rodeada de artistas y literatos, sin obedecer a nadie, gobernando su propia vida. Pensé entonces que un retiro como aquel era lo mejor para una mujer como ella. Tiempo después, yo haría lo mismo en Creta.

Había visto la obra de teatro varias veces, así que la historia no me era del todo ajena. En la versión que protagonizaba Cecilia, la reina de Chipre vivía en un castillo, rodeada de hombres que escribían sobre el amor, y en cuyas estancias se representaban los diálogos de Platón junto a comedias y dramas de principiantes. El personaje de Cecilia era grandioso. Convertía, en un abrir y cerrar de ojos, a la joven y manipulable reina en una poderosa mujer, segura de sí misma, que despreciaba las intrigas y la maldad, para encontrar consuelo en su pequeña corte de intelectuales.

Yo me sentía insegura con el encargo de Cecilia, pero Stéfano parecía tener siempre una rápida solución para todo.

—Me falta visualizar cosas sobre la época —le dije un par de días después de que me diera el libro—. Los adornos, los complementos, los tejidos… Sobre los trajes de los hombres no tengo ni idea.

Stéfano asintió.

Página 91

—Vete al Museo del Prado —me aconsejó— y date una vuelta por la pintura renacentista. Presta especial atención a los cuadros de Lotto, Tiziano y Giovanni Bellini. Está todo allí.

Lo hice. No me resultó difícil porque me apasionaba la pintura. No podía entender cómo Martín y yo no habíamos ido nunca al Museo del Prado. Me entró una especie de ansia que me llevaba de sala en sala. Estaba deseosa de aprender. Iba, dibujaba esbozos y en casa los materializaba en bocetos que podía colorear a mi antojo. Los trajes de los hombres, los de las criadas; fui sacando inspiración para un vestuario sencillo del que desterré las mangas abullonadas, aunque mantuve los acuchillados, que aumentaban la flexibilidad de la prenda. Pensé que a Cecilia le gustarían los cortes por los que asomaba la ropa interior. Desdeñé por completo las gorgueras y los cuellos alechugados. En la pintura religiosa encontré, curiosamente, una fuente inagotable para la parte que yo tenía más floja: la de los personajes humildes.

Pero no todo era trabajo. Recuerdo que me quedé prendada de un pequeño cuadro de Andrea Mantegna, en el que la Virgen aparecía muerta en su cama, ya anciana, rodeada por los apóstoles. Sé que pensé: los amigos de correrías de su hijo. Y seguramente, esa idea irreverente surgía porque había una sorprendente normalidad en el cuadro, una escena naturalizada que no pretendía ser bíblica, ni suceder en Palestina, parecía más propia de la época del pintor, con arquitecturas de fondo que nos situaban en una estancia abierta al paisaje veneciano. Una podía creer fácilmente que no había nada divino en esa pintura, solo una mujer muerta, tan plácidamente muerta que parecía dormida. También pensé, por un momento, que yo quería morir así. Y que era eso lo que tenía que hacer con el figurinismo de La reina de Chipre. Antes y ahora. La época, sí, pero volcada sobre el presente. Una ropa que fuera de hoy, aunque hablara de ayer.

Cuando terminé los bocetos, cogí el avión y me fui a Buenos Aires. Con mi tripa, que crecía y crecía.

Página 92

Madrid es áspero

Martín, 1963

Unos luchamos y otros se dejan llevar. Pero eso no hace más que dejarte a la deriva, a merced del oleaje.

No tenía ni idea de lo que había que hacer en una editorial, pero no fue difícil dominar lo básico.

Ferro.

Cubierta.

Pliego.

Tinta plana.

Colofón.

Eso lo aprendí rápido. Otra cosa era lo intangible, lo que de verdad podía convertirme en editor. Era una profesión demasiado laberíntica y exigente para mi escasa experiencia, y mucho más para mis torpes conocimientos del «mundo literario». A veces hacía el ridículo por no estar a la altura, y entonces me acordaba de la pobre Clara cuando la llevaron al taller del tal Belmonte; la veía en el salón de Cecilia, con su vestido casero y las manos en el regazo, mientras Henar y su madre hablaban alegremente de modistos y marquesas. Yo no sabía idiomas, no tenía relaciones, no conocía a nadie en persona.

—Tú lee manuscritos —me decía Maximiliano, mi jefe—. Lee todos los que puedas, me haces un informe de lectura, y acabarás distinguiendo un buen libro de uno malo. Al final, eso es lo importante.

No. Eso no era lo importante. Todos los manuscritos que me pasaban eran malos. ¿Cómo era posible? Empezaba cada novela con la esperanza de encontrar un argumento interesante, un lenguaje propio, una estructura original. Y no había forma.

Tardé en comprender que él usaba mis informes de lectura para rechazar manuscritos de autores a los que no tenía ninguna intención de publicar. Y que prefería las obras cuyos derechos hubieran entrado en dominio público o

Página 93

a los escritores que llevaran las ventas a la espalda, es decir, aquellos que ya se habían hecho un nombre en otro sello. Pero esos manuscritos no me los pasaban a mí.

Maximiliano sabía mucho del negocio, es decir, lo sabía todo. Era un buen editor, conocía a todo el mundo y tenía buen olfato, aunque su tendencia a rebajar los costes de producción le hacía ser un poco miserable.

Un día me encargó que buscara traductores.

—Llama a siete. Vamos a hacer una selección para traducir ese libro de Chateaubriand, ya sabes.

Llamé a los siete traductores. Maximiliano les entregó un capítulo a cada uno para ver a quién de ellos podía encargarle la traducción. Eso dijo. Pero lo cierto es que, cuando tuvo los siete capítulos, lo mandó tal como estaban a la imprenta y luego les dijo a los aspirantes que ninguno había pasado la prueba. Un gasto menos.

Henar y Cecilia estaban en Buenos Aires. Mejor. No me habría gustado nada que me vieran por la noche, cuando volvía derrotado por el ímprobo esfuerzo y la frustración. Pensé si no sería bueno tirar la toalla y buscarme un sencillo trabajo como profesor. Imaginaba mi otra vida. La que nunca iba a tener:

No me he movido de Bilbao y nunca me voy a ir. Soy un maestro al que sus alumnos adoran. Les doy claves para aprender y también para ser buenas personas. Tengo una mujer que me considera el mejor hombre del mundo y a la que no le importa nada pasar penurias económicas porque es de mi estrato social. Ella no conoce Las Arenas. Ahorramos, como mis padres durante toda su vida, y nos compramos un piso en Recaldeberri, un piso nuevo y soleado en un barrio lleno de matrimonios jóvenes que empiezan a tener hijos. Nunca salimos de vacaciones, pero cuando llega el verano vamos todos los días a la playa de Ereaga; mi mujer tiene un bonito bañador de lunares y mi hijo un cubo y una pala de plástico. Llevamos una tartera de aluminio con la tortilla de patata y los pimientos fritos; comemos bajo los pinos, a la sombra. Algunos fines de semana escribo. Estoy lleno de historias y aspiraciones, mis sueños aún permanecen intactos…

Ese podía haber sido yo.

Y en cambio… En mi fuero interno sabía que había huido de esa vida a tiempo, de la plácida mediocridad en la que nadie esperaba nada especial de mí, ni siquiera yo. Fantaseaba con algo que al mismo tiempo detestaba.

Empecé una nueva novela. Pero solo la empecé, porque a cada página que mecanografiaba veía a otro pobre incauto como yo elaborando el informe de

Página 94

lectura con el que me la iban a rechazar. Así que el mundo editorial acabó con mis aspiraciones literarias. Dejé de acudir al Café Gijón y me convertí en el perrito faldero de Maximiliano. Salíamos cada tarde de la editorial y nos lanzábamos a «pulsar el ambiente», como decía mi jefe. Básicamente se trataba de recorrer los lugares en los que podíamos charlar con unos y con otros y enterarnos de los chismes de la profesión. Empezábamos por el Comercial (donde con suerte podíamos encontrarnos con Gabriel Celaya o con Gloria Fuertes), seguíamos con unas cañas bien tiradas, sin una sola burbuja y toda esa espuma que no era espuma sino crema, en la cervecería Santa Bárbara. Patatas fritas de El Patio de Chueca, las mejores de Madrid según mi jefe, boquerones en vinagre con aceitunas de Camporreal y mejillones o berberechos que Maximiliano rociaba con una salsa que se llamaba Espinaler y era catalana. Reconozco que algunas noches habría preferido unos huevos fritos con patatas, incluso una sopa de picadillo, pero entendía que de esas peregrinaciones salían los contactos, sobre todo con las copas de medianoche, cuando recalábamos en Oliver. Un día sí y otro también volvía a casa de madrugada y medio borracho.

En general, me sentía bastante solo. Aunque Henar me llamó un par de veces desde Buenos Aires para contarme cosas de la obra, no fui capaz de sincerarme con ella. Aparenté estar contento con el trabajo, incluso simulé un entusiasmo que obturaba aquella horrible sensación de sentirme un pelagatos. Recitaba los nombres de escritores con los que había mantenido profundas y estimulantes conversaciones y que, en realidad, solo se molestaban en hablar con Maximiliano. Seguía sin ser nadie. Describía charlas nocturnas al calor de las copas, frases ingeniosas que solo se habían articulado en mi mente, encuentros con actrices y pintores en la terraza de Riscal, donde por supuesto no había estado nunca, todo un mundo ficticio con el que intentaba paliar la bisoñez de mi vida madrileña. La ciudad había cambiado para mí en muy poco tiempo. Henar y yo habíamos llegado a un Madrid en el que todavía era visible la escasez de la posguerra y, en cosa de meses, habíamos desembarcado en el otro Madrid, ese en el que reinaban Cecilia y los hombres como Juan Huarte, que era un constructor y un mecenas muy importante, al que Maximiliano saludó en la presentación de una revista llamada Nueva Forma.

—He visto lo de esas torres de la avenida de América, señor Huarte.

Dicen que es un proyecto de una modernidad asombrosa.

Yo no sabía entonces que estaban hablando de Torres Blancas, el proyecto de Sáenz de Oiza.

Página 95

Huarte solo dijo:

—Paco es un genio. ¿Sabe usted que no llevan pilares? Ochenta y un metros de altura y ni un solo un pilar.

Cuando el constructor se alejaba, Maximiliano comentó en voz baja:

—Mírale. Está podrido de dinero y le interesa todo: la música, la escultura, la arquitectura, el cine experimental… Es el mecenas de ese escultor vasco, Oteiza, ya sabes.

No, yo no sabía. ¿Qué iba a saber?

—Tenemos que conseguir —añadió con el mismo tono— que nos financie la nueva colección, esa de autores jóvenes que te has empeñado en hacer. Porque yo no pienso poner un duro en eso.

—Pero si me dijiste que te gustaban los cuentos de Ortega y de Méndez… —Gustar, gustar… Pues sí, algunos me gustan. Lo cual no quiere decir que vea negocio en ello. Esos chavales solo se están preparando para escribir su primera novela y su único valor podría ser que los tengamos en catálogo cuando alguno dé en la diana. Venga, ve a hablar con Huarte, a ver si le

convences.

Le convencí. Y él me persuadió a mí de que Torres Blancas era el destino de cualquier hombre que amara la renovación del arte, cualquier tipo de arte. Me tuvo más de una hora escuchando las bonanzas del edificio. Huarte estaba seguro de que en ese lugar especial acabarían viviendo artistas y gente del mundo de la cultura. En un momento dado tuve la fantasía de que, si conseguíamos desalojar a los inquilinos de la calle Ibiza, podría vender ese piso y comprar uno en Torres Blancas.

Un día fui con Clara a un almacén de fornituras. Ella tenía que encargar unos botones y llevaba la plantilla con el número de agujeros, el diámetro del taladro, la distancia al centro, las diagonales. Yo no imaginaba que unos simples botones tuvieran tantas posibles combinaciones. El almacén estaba en el barrio de Prosperidad, en una transversal de López de Hoyos. Cuando acabamos el encargo, y puesto que estábamos a pocas manzanas, le propuse que nos acercáramos a la avenida de América para ver la construcción de las torres.

El coloso estaba a medio hacer. Había discos de varios tamaños y grandes columnas a la vista. Parecía el mecano del hijo del rey de los gigantes.

—Qué feo —dijo Clara.

—Bueno, está sin acabar. ¿Sabes que no tiene pilares? Ochenta metros de altura y ni un solo pilar. Y eso que por debajo hay un túnel. Mira el cartel: «Huarte». Es el constructor. El otro día le conocí.

Página 96

Clara no se sentía nada impresionada por mis relaciones.

—No viviría ahí por nada del mundo —dijo.

Nos fuimos antes de que pudiera explicarle lo que había visto en el NODO. Cosas del organicismo, jardines en altura, un árbol con la vida corriendo por los vasos de su tronco y una sarta de cosas que ni siquiera entendía. Entonces yo era una esponja seca que se empeñaba en absorber todo el conocimiento a mi alcance. Clara siempre me ponía en mi sitio con una simple mirada. Ella prefería sus botones a mis delirios de grandeza.

Página 97

La reina de Chipre en Buenos Aires

Henar, 1978

Septiembre es un mes benigno en Creta. Hace calor, pero no tanto como en julio o agosto. El agua está más caliente que a principios de verano y las calles menos colapsadas por el turismo. En Chania, los comerciantes se quejan de que disminuyen las ventas y salen a fumar a las puertas de sus tenderetes, como Láquesis midiendo el hilo de la vida.

Toser. Expectorar. El pecho todavía se me abre en dos cada vez que toso. Me doy asco a mí misma y me avergüenza que Luca me vea así. El calor de Creta no ayuda nada, tengo que dormir siempre con las ventanas abiertas de par en par porque me falta oxígeno, y el sol me despierta todos los días abrasándome la cara. Luego apenas salgo de casa. Bajar a la playa se me hace un calvario, pero un baño tranquilo me devuelve temporalmente el bienestar, aunque luego, al subir, me siento como Sísifo cargando con el mundo.

—Es por la neumonía que tuve en Finlandia —digo para que Luca se tranquilice—. Pronto se me pasará.

Damen está empeñado en que vayamos a Heraklion para que me vea un buen especialista.

—Quizá tengas que tomar más antibióticos —dice quitándole importancia al asunto, pero su gesto desmiente su despreocupación.

No puedo. Está la cooperativa de mujeres y hay mucho trabajo que hacer.

Y además, me gusta.

Todavía…

Las moiras andan sueltas.

¿Por qué? ¿Qué quiero recuperar?

Luca tiene razón, no puedo seguir dando vueltas a lo mismo. Pero él no lo entiende, habla desde fuera porque nunca le ha pasado nada parecido a lo que nos ocurrió a Martín y a mí. ¿No puedes entenderlo, Luca? No puedo mover su fantasma. Es terco como una piedra clavada en la tierra. Y sigue ahí,

Página 98

siempre, año tras año, como esa Diana cazadora que nunca desaparece del todo.

Estuve mes y medio en Argentina. Fue entretenido. Echaba de menos a Martín, pero me satisfacía estar allí, sola, como una mujer moderna e independiente. Con mi embarazo y mi desconocimiento de lo que haría en el futuro.

Fabulaba en secreto sobre mi papel como madre. Era confuso. Por un lado, no quería hacer planes reales; pero, por otro, no podía dejar de imaginar qué vida le daría al ser que crecía dentro de mí. Eso me redimía de la improvisación. ¿Cómo había llegado aquel niño después de tanto tiempo intentándolo? ¿El método ogino era una estafa? Martín y yo habíamos mantenido relaciones durante meses en la mitad de mi ciclo menstrual sin ningún éxito. Y cuando abandonamos, cuando lo hicimos antes de los días fértiles, o casi inmediatamente después, cuando adoptamos aquella despreocupación liberadora, el embarazo cuajó. Una contradicción enorme, una paradoja. Así que ahora no me atrevía a planificar nada, pero mi yo secreto se hacía preguntas: ¿tendríamos dinero para alquilar un piso decente?, ¿se morirían por fin nuestros inquilinos de la calle Ibiza?, ¿estaríamos siempre en casa de mi tía, con un trato ventajoso para ambas partes, ella una solterona sola y nosotros la familia que Stéfano le negaba? De pronto me veía trabajando, diseñando trajes de época, ganando mi propio dinero. Y entonces surgían nuevas preguntas: ¿necesitaría una niñera? Me contestaba casi sin darme cuenta. Sí, tendría una niñera, una chica de pueblo, regordeta y sonrosada que se quedaría en casa hasta que se echara un novio y nos dejara para tener sus propios hijos. Le daría mucha pena, desde luego, y derramaría lágrimas por alejarse de nuestro hermoso niño. Luego nos conformaríamos con una au pair, inglesa, desde luego, que le enseñaría su idioma y le llevaría al colegio. ¿Qué colegio? ¿El Liceo Francés? ¿El Colegio Alemán?

Eso solo sucedía por las noches, después de la función, cuando me quedaba a solas y los actores a los que había vestido se diluían como fantasmas. Por el día, estaban vivos. Algunos demasiado vivos.

Vestir a los hombres no era tan difícil como pensaba. Pude aprovechar muchas prendas del antiguo vestuario, pero acorté los calzones, preparé mangas desmontables que cambiaban el traje sin cambiarlo realmente; muchas las hice con las capas bordadas que había desechado, de manera que los ropajes eran ahora vistosos y coloridos, aunque sobrios de forma y más

Página 99

acordes con el nuevo vestuario de Cecilia. A los venecianos era sencillo reconocerlos por sus turbantes de seda en colores vivos, que solo tenían el desafío de enrollarlos convenientemente en torno a algún tipo de casquete, y a los napolitanos por sus trajes oscuros, sus cruces bordadas y sus bonetes planos. En general, los actores eran gente amable, colaboraban gustosos en el vestuario y nadie me hizo sentir en ningún momento que fuera una aficionada. Creo que les divertía el soplo de novedad que imponía a la obra. Solo había uno con el que no conseguí congeniar: el primer actor, el que interpretaba al Dux de Venecia. Se llamaba Guillermo Mendoza y era un tipo insoportable. Seguía manteniendo la pose de galán que acaso le había granjeado cierta fama de donjuán en el pasado y lo cierto es que era alto, de alguna manera distinguido, y desde luego muy arrogante, tanto en escena como fuera de ella. A mí simplemente me parecía un viejo verde. Cuando le probaba, siempre hacía insinuaciones, a pesar de mi embarazo, a pesar de mi tripa. Eso lo volvía más perverso. Las más molestas eran cuando me arrodillaba para prender alfileres a sus calzones o a sus casacas. Disfrutaba. Eso se veía a la legua. Y, desde luego, no hacía nada por ocultarlo; al revés: se recreaba en su posición y me hacía notar mi inexperiencia, que se mezclaba de forma peligrosa con mis deseos de agradar.

No sé las demás mujeres, pero yo había desarrollado una especie de defensa contra tipos como él. Instintivamente, había llegado a la conclusión de que la distancia, los ojos bajos y el silencio no daban ningún resultado. Desde siempre les había mirado de frente y, por dentro, buscaba una manera sutil de humillarlos sin que pareciera una provocación, pero procurando que se dieran cuenta. Recordé a la mujer de Pascual cuando nos contó lo de sus calzoncillos.

Por aquella época había encontrado en la calle Corrientes una librería que liquidaba libros de arte. Compré varios. Gracias a uno de esos libros, y a los apuntes que había tomado en el Museo del Prado, incluí las braguetas en el vestuario de los hombres. En principio, las braguetas no llevaban botones ni cremalleras, se ataban con un lazo y su primera función fue guardar en ellas las monedas. Mis actores vestían calzas muy ajustadas y faldones abiertos en la entrepierna, así que les hice braguetas rellenas de guata y sujetas al jubón por una agujeta. El falso Dux montó en cólera cuando vio la suya.

—¡No pienso ponerme eso! ¡Qué disparate!

—Es propio de la época —justifiqué.

—¿Pretendes que haga el ridículo en escena? Ni lo sueñes.

Página 100

Cecilia tuvo que mediar cuando vio que yo había diseñado su bragueta con una protuberancia claramente con forma de pene erecto. Creo que a ella también le hizo gracia, pero fingió tomar cartas en el asunto.

—Bueno, Henar, reconoce que es un poco provocativo.

—De eso nada. Es simplemente histórico —respondí sacando mis libros de arte—. Mira.

Le mostré el retrato de Giovanni Battista Moroni que se encontraba en una pinacoteca de Milán. Era un retrato de hombre, con un vestido de seda roja y una zamarra negra ribeteada de piel. La bragueta era idéntica a la que yo había cosido.

Mendoza lo miró con atención.

—¡Esto es absurdo! Este cuadro es de 1565, aquí lo dice, casi cien años después de la época de nuestra obra. El vestuario está mal documentado.

Era cierto. Pero yo no lo iba a reconocer. Afortunadamente, Cecilia salió en mi defensa:

—Pero es audaz —reconoció—, algo que en España no podríamos hacer de ninguna manera. Y le da al personaje un toque tragicómico. ¿No crees que sería una forma de aumentar el poder del Dux? Sutilmente visual, reforzaría mucho tu interpretación.

Mendoza me miró sopesando la situación. Intenté que no notara que aquello era una venganza.

—Las braguetas se resaltaban para potenciar la virilidad de los grandes hombres —añadí pasando varias páginas del libro y mostrándole otros cuadros—. Eran un signo de notoriedad.

Sus ojos recorrieron las páginas abiertas del libro y se detuvieron en el retrato de Enrique VIII, cuya bragueta asomaba por debajo de los faldones reales.

Alzó la mano.

—Está bien. Lo pensaré.

Y todos los días salió a escena con su ridícula bragueta en erección.

Pero no todo fue divertido en Buenos Aires. La vida acostumbra mezclar cosas, alternar lo cómico con lo trágico.

Seguir las huellas de Caterina Cornaro me costó demasiado caro: mi hijo murió allí. Dentro de mi vientre. El médico dijo que tenía contracciones y que debía de expulsar al bebé muerto por mis propios medios, que eso era mejor que una operación. Di a luz a un cadáver que ni siquiera me dejaron ver. Martín vino inmediatamente y no se apartó de mi lado un segundo. Le echaba

Página 101

la culpa a la Talidomida, pero yo sospechaba que era el destino, que mi vida no encajaba en el grupo de las madres.

¿Por qué ahora me cuesta tanto recordarme en aquellos confusos días? Quisiera haber preservado la intensidad que me llevaba como un péndulo de un sentimiento a su opuesto. Era tan grotesco lo que pensaba que enseguida fabricaba otro pensamiento que me sacara del anterior. Estaba triste y abatida, e inconscientemente todavía me aferraba a los sueños de criar a nuestro hijo, del Liceo Francés, de la au pair, del niño de cabello ensortijado como Martín… Pero luego invocaba la imagen amenazante de un bebé sin manos, sin pies, sin pulmones, y entonces el terror me liberaba del abatimiento. Imaginaba que ese niño crecía y que yo tenía que sacarlo en las tardes de verano, sus muñones al aire, la gente mirándonos, los viajes a Bilbao y las amigas de mi madre murmurando a mis espaldas. Un monstruo del que me había librado. Seguramente no había vivido por culpa de la Talidomida y era mejor así. No me habían dejado verle y nunca supe si tenía brazos y piernas.

Cuando me repuse, estaba destrozada física y mentalmente. Pero sobre todo estaba desorientada. No sabía cómo reaccionar. Desde luego que me sentía culpable, pero también liberada. Pensaba en Lupe con frecuencia, no como la responsable de la muerte de mi hijo, que era lo que repetía una y otra vez Martín, sino como la mujer que había abortado y se había liberado de una carga que acaso no había podido, o no había querido, soportar.

Las desgracias nunca vienen solas.

Íñigo llamó al teatro mientras yo aún estaba en el hospital. Habló con Cecilia. Nuestro padre había muerto y nuestra madre se negaba a salir de la cama, cosa sumamente extraña tratándose de ella. Íñigo no quiso contarle lo que me había pasado para no hundirla aún más.

Cecilia era implacable cuando se trataba de su trabajo. Le dijo a mi hermano que no podíamos asistir al funeral, yo no estaba en condiciones de viajar y ella no podía suspender las representaciones por nada del mundo. Aunque quizá no debía de haber tomado la decisión por mí, se lo agradecí. Prefería esconderme de todos y fingir que no había pasado nada.

Pero Martín sí estaba. Al pie de mi cama. Haciendo planes para llevarme a España lo antes posible. Llegó de Madrid apresuradamente y se le veía tan hundido que parecía que la pérdida del bebé le hubiera afectado a él más que a mí. ¿Por qué? ¿Es que no era yo, y solo yo, quien había tenido aquel cuerpecillo dentro del vientre? ¿Es que fueron sus contracciones las que lo expulsaron? ¿Acaso su carne sabía lo que se siente cuando la muerte te toca por dentro? Siempre me ha asombrado el modo en que algunos hombres se

Página 102

apropian de la maternidad. Por favor… Si ellos solo contribuyen con un par de empujones para lograr un instante de placer.

Martín puso el grito en el cielo cuando le dije que no pensaba ir a Bilbao. —No puedes faltar al funeral de tu padre, ¿es que te has vuelto loca? Le pediremos al médico indicaciones para que no te pase nada. Si no vas, te

arrepentirás toda la vida.

Qué poco me conocía… ¿Arrepentirme? ¿De qué? ¿De llorar por un hombre que metía la mano por el escote de sus obreras? ¿De aguantar a mi madre lamentándose por haberse casado con él? ¿De soportar a la familia, todos preguntando cuándo pensábamos tener hijos, o de que Martín me cuidara cuando en realidad quería reprocharme que hubiéramos perdido al niño? Necesitaba librarme de él, de su lastimoso duelo, que me tiraba de los pies hacia abajo y me impedía remontar. Sus caricias y su consuelo eran un lastre. Que se fuera. Por favor, que se fuera y me dejara en paz.

Y se fue. El bueno de mi marido asistió al entierro de mi padre en mi nombre y encargó una corona en nombre de Cecilia. Yo le di una carta para mi hermano y mi madre, explicándoles la situación como pude. Mintiendo.

¿En quién me estaba convirtiendo? No sentía ningún remordimiento; todo lo que hacía, las decisiones que tomaba, me parecían lógicas y convenientes. Y sufrir también me parecía lógico. Tanto como sobreponerme.

No sé cómo explicarlo. Cómo explicármelo a mí misma. A veces finjo que hablo con Martín desde el otro tiempo en que los dos éramos mejores y sé que él puede entenderme. Luca me acepta, pero Martín me conocía. Sabía algo de mí.

La reina de Chipre tuvo un gran éxito en Buenos Aires. El vestuario dio un nuevo giro a la obra, y la crítica destacó el trabajo de Cecilia y la moderna concepción del ambiente renacentista. Una obra de hoy, decían las críticas, la actualidad feminista de Caterina Cornaro, un fastuoso viaje en el tiempo, desde Asolo hasta el teatro Colón, regio vestuario, Cecilia Aranguren podría salir de la función y asistir a una gala en la Casa Rosada con el mismo vestido con el que aparece en escena, un acierto pleno…

En la primera entrevista que hicieron a Cecilia después del cambio del vestuario, en la televisión, el locutor le preguntó por qué creía ella que su interpretación iba creciendo en riqueza y vitalidad.

—Es que su país me inspira —contestó con estudiada amabilidad—. Y, además, hemos hecho un gran esfuerzo por adaptar la escena a los tiempos de

Página 103

hoy. Decorados, vestuario, todo ese entorno que favorece que los actores nos movamos mejor, estemos más vivos y cercanos.

—Han destacado la elegancia y la versatilidad de sus trajes en escena.

¿Qué modisto se los hizo? Un diseñador español, tenemos entendido.

—Diseñadora —dijo ella—. Una joven con muchísimo talento, como han podido ver.

—¿Famosa?

—Lo será.

Toda mi vida he pensado que no tendría que haber ido a Buenos Aires. Bueno, no era yo la que lo pensaba, era Martín el que lo repetía una y otra vez hasta que me contagió sus pensamientos.

Culpable.

De tomar Talidomida, de no ser capaz de aguantar unas simples náuseas.

Culpable.

De poner la vida de mi hijo en peligro por volar al otro lado del mundo para hacer unos malditos trajes.

Soy terca. Lo sé. No puedo hacer las cosas a medias. Una costura francesa es una costura perfecta. Y un pespunte doble mejor que uno sencillo. Así que acepté hacer el nuevo vestuario cuando se materializó el proyecto de una película sobre La reina de Chipre.

Cecilia estaba entusiasmada.

—Un productor americano, ¿sabes lo que eso significa? Stéfano va a poner dinero en la película, así que negociará por nosotras; tú y yo solo tendremos que diseñar y actuar. Es una locura, una verdadera locura… Stéfano dice que harán un nuevo guion, distinto de la obra, con el personaje de Caterina Cornaro como protagonista absoluta. Tendrás que hacerme algo distinto, más alegre y sofisticado, nada de azules, tonos rojos mejor, y sobre todo que me hagan parecer joven porque ahora el guion se centra en la historia de amor con uno de sus protegidos y, ya sabes, no quiero parecer la madre de mi amante. Esta vez dispondrás de un equipo como Dios manda, a lo grande, como se hace en el cine, y estarás al mando de todo lo que concierne al vestuario. Pero lo mejor es que vamos a rodar en Hollywood y los exteriores en una isla griega, Creta, me parece que han dicho. ¿Te das cuenta? Hollywood…

Faltaban casi seis meses para eso, así que regresé a casa.

¿La casa de General Oráa ya era mi casa?

Página 104

Martín se estaba haciendo un hueco en el mundo editorial. Tenía el salón lleno de manuscritos y había instalado un escritorio en nuestra habitación. Por lo visto, organizaba cenas con sus autores cada dos por tres. Parecía el dueño de la casa.

Hablaba con frecuencia de fundar su propia editorial, con escritores jóvenes, de llevarse la colección que había puesto en marcha gracias a ese mecenas que no recuerdo cómo se llamaba, pero de la noche a la mañana el dueño decidió retirarse definitivamente y puso el sello a la venta. Martín necesitaba dinero.

—Ahora que vas a cobrar ese dineral, podríamos comprar la editorial. Estoy seguro de que Maximiliano no me pedirá una suma desorbitada; es un hombre razonable, y creo que le gustará que yo me quede al frente del negocio. Estoy convencido de que aceptará varios plazos. ¿Qué te parece?

Yo todavía intentaba creer en él. Me pareció que quería progresar y que por fin iba a ser alguien. De nuevo puse mi dinero a su disposición. Incluso el que aún no tenía. Solo es dinero, me repetía una y otra vez, recordando lo que había dicho Stéfano.

Cuando ya habíamos firmado el contrato de la película, y cobrado una especie de anticipo, me entrevisté con un tipo que vino a Madrid desde Los Ángeles. Gordo y grande como un toro. Se llamaba Carson y quedamos en el Palace.

¿Cuántos años tenía yo entonces? ¿Veintitrés? ¿Sabía cómo tratar a un hombre de negocios? No. Decididamente, no.

El caso es que aquel hombre echó un vistazo a los bocetos que yo le había llevado, allí mismo, en su suite del Palace. Los extendió sobre la cama y yo fui explicando como pude los tejidos, sus cualidades, y él fue poniendo las objeciones en las que yo, con mi desconocimiento sobre el mundo del cine, no había reparado.

—Este rojo satura mucho la imagen, hay que buscar algo menos contundente.

Yo no tomaba notas y eso le irritó.

—Apunte, jovencita; no tenga miedo de emborronar sus preciados bocetos. Tendrá que hacer muchas versiones del mismo traje si quiere dedicarse al cine.

Se paró frente a un vestido que había ideado para Cecilia y que a ella le encantaba. Lo cogió un momento, lo miró con atención, y luego volvió a arrojarlo sobre la cama.

Página 105

—Por Dios…, nada de amarillos. Saque el amarillo de su preciosa cabecita.

—Pero es un tono muy apagado, casi parece dorado. Y lo haríamos en seda salvaje.

Me había inspirado en el cuadro Noli me tangere, de Correggio, que estaba en el Museo del Prado. Le había simplificado las mangas, aunque había respetado el tul del escote y el sencillo estampado de la seda. Me gustaba mucho ese boceto. Al parecer, a Carson mi preocupación por la verosimilitud histórica no le interesaba lo más mínimo.

—Pero, chica, ¿tú crees que eso importa frente a la cámara? —Había pasado a tutearme y a usar un tono que no me gustó—. Si es seda como si es nailon. La cuestión es que a la actriz le favorezca.

Nailon. Este tipo estaba loco. Nailon en un vestido como aquel, con una falda cortada al bies y una cola corta que tiraba de la figura tensándola, irguiéndola… Nailon para el traje de una reina. Cecilia me iba a matar.

—Y a Linda Macy —añadió con demasiada contundencia—, con esos ojos grises como el acero y esa melena rubia, el amarillo solo va a conseguir que parezca una tísica. Prueba con otro color.

¿Linda? ¿Quién era Linda Macy?

—Pero el vestido es para Cecilia Aranguren —objeté—. Y es morena. —El vestido es para la reina de Chipre —respondió él—. Y esa es Linda. Lo entendí todo de golpe y sentí que la amenaza no alcanzaba solo a

Cecilia. Carson dudaba también de mí.

—Todo esto lo veo muy verde —dijo—. Vamos a hacer una cosa: durante la fase de preproducción, tendrás que estar en Los Ángeles, es lo habitual. Te quiero trabajando mano a mano conmigo. Y con todos, con el equipo de arte, maquillaje y peluquería, attrezzo; tienes que ponerte de acuerdo hasta con los carpinteros que hagan el decorado. ¿Sabes lo que pasa cuando el traje de un protagonista empasta? Pues una toma catastrófica, eso pasa. Yo lo supervisaré todo y, cuando vea los resultados definitivos, hablaremos de ti.

Sabía que podía irse todo al traste. Si Cecilia se caía del proyecto, ¿quién iba a luchar por mí? Aquellos tíos de Hollywood me comerían viva. O peor: me quitarían de en medio y pondrían en mi lugar a cualquier experto yanqui que supiera del negocio. Cuando ya cogía el bolso y me disponía a marcharme, Carson dijo de improviso:

—Por cierto, los bocetos son buenos. Creo que has dado con el punto que necesitamos.

Página 106

En cuanto salí de aquella habitación, llamé a Stéfano. Ni siquiera esperé a llegar a una cabina de la calle, lo hice desde el teléfono del vestíbulo.

Creo que Stéfano lo sabía, porque no pareció sorprenderse demasiado. —Pues a ver cómo se lo decimos a tu tía. Va a montar un escándalo. —¿No puedes hacer nada? Hay un contrato, ¿no? Stéfano lo pensó un instante.

—Estos tipos te pagan indemnizaciones, lo que sea con tal de salirse con la suya. Tengo que estudiar el asunto y hablar con un par de personas. De momento no le digas nada a Cecilia.

Martín andaba desorientado con aquello del cine y el teatro. Durante años me había hecho creer que mi afición por la ropa era una tontería, caprichos de niña rica que no tenía otra cosa que hacer. Y de pronto me citaban en el Palace, firmaba contratos y tenía que viajar a Hollywood. De pronto podía llegar a pagarle su propia editorial.

Volví al Museo del Prado. Un día y otro. Dibujé tejidos, collares, tocas, escudos y calzas. Pero no era suficiente. Necesitaba más. Mucho más. Tenía el desafío de algo que era demasiado grande para mí y necesitaba pisar tierra firme, tocar, palpar, algo real en lo que apoyarme. Stéfano me habló de una sastrería de teatro que estaba en la calle de la Magdalena y que tenía trajes de todas las épocas.

—¿Recuerdas la película El Cid?

—¿La que hicieron Charlton Heston y Sophia Loren?

—La misma.

No la había visto, pero había leído en las revistas que se había rodado en España. Y que los príncipes Juan Carlos y Sofía habían visitado a los actores durante el rodaje. En una revista que me enseñó una vez Clara había una foto de Sophia Loren enseñándole la pierna a la princesa, como si se le hubiera hecho una carrera en la media. No sé, a lo mejor era una herida.

—Pues el productor Samuel Bronston —continuó Stéfano—, uno de los tipos más importantes de Hollywood, les encargó el vestuario a esos sastres. Bueno, la verdad es que, como era una coproducción, estaban obligados a invertir cierta cantidad de dinero en España. Y les fue bien, porque la mano de obra aquí es barata. Echa un vistazo. Tienen un amplio vestuario de cine, teatro, zarzuela… Quizá puedas comprar algo que no esté en demasiado mal estado.

Lo que encontré allí… Percheros llenos de prendas que se habían confeccionado Dios sabe cuándo. Telas ajadas, cotas de malla, zapatos de

Página 107

todas las épocas, sombreros y capas… Cuando volví a casa estaba borracha de emoción.

Martín aún no había llegado. Cecilia había ido a la peluquería. Allí solo estaba Stéfano, con un vaso lleno de un líquido tan rojo que parecía hecho con sangre desleída. A pesar del calor, llevaba la chaqueta puesta.

—¿Qué tal te ha ido?

—Fenomenal. Es un sitio increíble, hay de todo.

—¿Y has comprado algo? —Señaló la bolsa de papel que yo llevaba. —Solo unos chales de gasa para adornar los escotes. Pero tengo que

volver, porque me han dicho que puedo alquilar los trajes que quiera y copiar el patrón. O que podemos encargar que nos los confeccionen a medida. Como tú mismo dijiste el otro día, saldría mucho más barato que hacerlos en América.

Entonces todos decíamos América. No había más América que Estados Unidos.

—El problema son las medidas y las pruebas —añadí, pesarosa—. Cualquiera le dice a Carson que su Linda Macy tiene que venir a probarse los trajes a Madrid. Es absurdo, desde luego.

—No propongas nada de eso —me aconsejó Stéfano—. No te conviene. No acabé de entender del todo su advertencia, pero me quedó claro que mi

posición no era del todo estable. ¿Cómo irían las negociaciones? Al final, ¿quién sería la protagonista de la película?

—Por cierto, ¿se sabe algo de lo de Cecilia?

—Estoy en ello. No te preocupes. De momento te han cogido a ti, y eso ya es un paso. Creo que acabarán por entrar en razón. ¿Te apetece uno de estos? —preguntó señalando su cóctel.

—¿Qué es?

—Un negroni. Vermut, ginebra y Campari.

Dije que sí, y en buena hora. Aquello era dinamita pura. A la media hora, cuando llegó Cecilia, yo ya estaba borracha perdida. No sé qué estábamos haciendo Stéfano y yo. Creo que nos reíamos a carcajadas a propósito de algo que él había dicho. Vi a Cecilia muy seria, con ese gesto torvo suyo de dama profundamente ofendida.

—¿Qué hacéis? —preguntó sin ocultar su desagrado.

Stéfano estaba menos borracho que yo, él estaba acostumbrado a beber a media tarde. Miré el peinado de Cecilia y casi suelto otra carcajada, porque le habían cardado mucho el pelo y parecía que llevara un casco.

Página 108

—Henar ha ido a Cornejo —dijo Stéfano— y ha encontrado algunas cosillas.

Seguramente pensó que así se ablandaría. Yo también lo pensé. —Ah, ¿sí?

Le enseñé los chales de gasa.

—Para rematar los escotes.

Cecilia los apartó con un gesto de asco.

—Están usados —dijo—. No me gusta Cornejo porque allí todo se lo ha puesto antes alguien.

Encendió un cigarrillo. El cenicero estaba lleno de nuestras colillas. Sé que lo vio. Se lo noté en la cara, un achicamiento calculado de los ojos, una rabia contenida.

—Quiero que mi vestuario lo hagas tú —me ordenó en cuanto dio la primera calada—. Nuevo y solo para mí.

Pensé en lo ridícula que resultaba su pose de diva, en Carson, en aquella desconocida Linda Macy y en la posibilidad más que probable de que la retiraran del proyecto. Pensé que era el momento adecuado para que Stéfano dijera algo.

Pero no fue así. Cecilia nos anunció que había contratado a un fotógrafo amigo de Stéfano para que le hiciera un reportaje a la medida de Hollywood, sofisticado y atrevido, y que pensaba pasar las fotos a varios periodistas conocidos. Iba demasiado deprisa. Si finalmente la tal Linda Macy se llevaba el papel, Cecilia quedaría como una verdadera idiota. Me preocupó. Al fin y al cabo, era mi tía, y Martín y yo estábamos en deuda con ella.

—Supongo que el tal Luca Tuzzi será tan bueno como dices —le espetó a Stéfano—. Que esto me va a costar un dineral.

Página 109

Yo solo en Bilbao

Martín, 1964

Bilbao estaba igual que siempre. El calor bochornoso, la fachada ennegrecida del teatro Arriaga donde Henar y yo habíamos visto Casa de muñecas, la ría con sus detritus y sus viejos noráis de la Ribera donde ya nadie amarraba ningún barco. Me subí a uno de esos trolebuses de dos pisos que nos gustaba coger de improviso, sin que fuéramos a un sitio concreto, solo para trepar escaleras arriba y besarnos sin que nadie nos viera. Entonces se les salía la pluma cada dos por tres y el conductor tenía que bajarse, tirar de la barra rígida y conectarla de nuevo al tendido. Se ve que seguía pasando, al menos me pasó a mí. En la curva de El Arenal se salió el trole y allí estuvimos un buen rato, el conductor bajo la lluvia, maldiciendo a media voz, y los pasajeros con el mismo gesto de impaciencia de antaño. El trayecto se me hizo eterno, quizá porque ya estaba acostumbrado al metro de Madrid.

Pero aun así me gustó volver.

Solo.

A casa.

Creo que en el fondo mis padres se alegraron también de que Henar siguiera en Buenos Aires. Mi madre se quejó abiertamente de su insensibilidad, pero la realidad es que nos sentó bien a todos. Si Henar hubiera venido conmigo, me habrían convencido entre unos y otros para que nos quedáramos en la casa de Las Arenas y yo necesitaba recuperar el que había sido mi hogar. Mi habitación de soltero. Un viejo óleo, cuyos colores se habían apagado por el humo de la cocina de carbón y los cigarrillos, colgaba de la pared del comedor y era una ventana abierta a la infancia y a la juventud. Mis cañas, en un armario, los carretes y la cesta de mimbre con el cierre roto. El olor a humedad vieja.

Allí, ni Henar ni su familia tenían cabida. Eran espacios que me pertenecían a mí.

Página 110

—Gracias por venir.

Íñigo estrechó primero la mano de mi padre y luego se inclinó a besar la de mi madre. Ella pegó un respingo, porque no le gustaban nada esas cosas de señoritingos. Busqué con la vista a la viuda, pero no la vi. Sabía por Íñigo que se negaba a levantarse de la cama, así que deduje que ella tampoco había ido al entierro.

—Ay, hijo —decía mi madre a Íñigo—. ¡Cuánta desgracia junta! Primero el niño de estos dos y ahora vuestro padre… Y la pobre Henar allí, sin poder despedirse siquiera.

Una hora antes, en la cocina de la calle Cuatro de Enero, no había sido tan clemente con ella.

—¿Es que está loca tu mujer? Primero se marcha a Argentina embarazada de seis meses, te deja tirado como un guiñapo y pierde al niño, y ahora ni siquiera vuelve para dar tierra a su padre.

Intenté justificar el comportamiento de Henar, pero lo cierto es que tampoco encontraba una explicación convincente. Ningún trabajo es tan importante para faltar al entierro de un padre.

El funeral fue de cuerpo presente. Un ataúd abierto con el que había sido mi suegro vestido con un elegante traje oscuro y camisa de cuellos almidonados, las manos cruzadas sobre el pecho como si nunca hubiera roto un plato y el gesto algo más amable de lo que nunca tuvo en vida. Al menos delante de mí. Es curioso cómo la muerte nos cambia, nos dignifica, nos vuelve mansos como terneros de leche.

Íñigo y yo ayudamos a llevar el ataúd hasta el coche fúnebre. Nos dejaron las dos primeras asas del féretro. No pesaba tanto como había imaginado. Luego, mientras todos salían hacia el cementerio de Derio, nos quedamos fumando un cigarrillo.

—¿Va todo bien entre Henar y tú?

Me extrañó la pregunta.

—Sí —respondí, cauteloso—. Todo lo bien que puede ir cuando pierdes un hijo.

—Y ella ¿cómo está?

—Creo que le viene bien tener un trabajo que la distraiga, aunque sea esa tontería de los trajes, ya sabes. Así no se viene abajo.

—¿Y tú? ¿Sigues con eso de la editorial?

—Sí. Estoy empezando a poner en marcha varios proyectos. Quiero ampliar el catálogo con más escritores jóvenes que todavía no hayan fichado con la competencia, y trato de incorporar también algunos nombres argentinos

Página 111

para darle cierto prestigio. Pero está esa mierda de la censura que me tiene amargado.

—Bueno —Íñigo se rascó la mandíbula, perfectamente rasurada, como correspondía a un chico de buena familia que va a enterrar a su padre—, piensa que no se puede dejar que la gente tenga acceso a todo, sin discriminar. Nuestra sociedad se pondría patas arriba. Imagínate que los periódicos pudieran hablar de todo… Enseguida estaríamos invadidos de proclamas soviéticas.

Yo sabía cómo pensaba la familia de Henar, pero ¿también Íñigo? Era más joven que nosotros y había ido a la universidad. Pensé en lo que dirían mis padres si le oyeran hablar así.

—Leer no hace daño a nadie —respondí tranquilamente—. Incluso puede que no sea tan nocivo para el régimen como se empeñan en creer. Si abrieran la mano, es posible que dejaran de parecer unos neandertales.

Íñigo tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó.

—Pues creo que te gustará saber que Fraga está empeñado en preparar el borrador de una nueva ley de prensa e imprenta. Parece que sí, que van a abrir la mano.

Pensé en el libro que más me gustaría editar si eso llegaba a ser cierto. El túnel, de Ernesto Sábato. En mayo de ese mismo año, la censura había rechazado su publicación porque no era «más que una novela pornográfica, en la que se relatan un adulterio y un asesinato». Yo tenía la versión que había publicado la revista Sur en Buenos Aires; me hice con un ejemplar cuando estuve allí cuidando de Henar y lo leí en el hospital. Me quedé fascinado por la fineza con la que se trataba la complejidad de un amor ilícito, quizá porque sabía muy bien de qué hablaba Sábato. La insensatez del protagonista, asombrosamente consciente de que se precipitaba en un abismo al dejarse arrastrar por una mujer que ni siquiera le amaba, me recordaba demasiado a mi turbia relación con Cecilia. Quería publicar ese libro. Querría, incluso, haberlo escrito yo.

Me quedé unos días en Bilbao, a pesar de que en Madrid tenía muchas cosas que hacer. No sé por qué, pero sentía la imperiosa necesidad de recuperar algo que había dejado atrás. El yo que fui antes de volverme un ser vil, lleno de secretos y deseos inconfesables. Necesitaba verme de nuevo como ese chico que va a pescar con sus cañas y una cajetilla de Celtas, el que en los ratos libres iba a enseñar a leer a los presos de la cárcel de Larrínaga, un yo que me perteneciera por completo, sin fracturas, una identidad compacta de la que echar mano para sentirse seguro.

Página 112

Bilbao era eso.

La calle Cuatro de Enero era eso. Mi vida sin corromper. Yo sin sentir esa asquerosa división de la conciencia que me inclinaba a ser perverso mientras pedía auxilio a un ser más puro que también vivía dentro de mí. Quería que Henar regresara de Buenos Aires y que volviera a ser la misma chica que se sentaba conmigo en los trolebuses de dos pisos. Quería que Cecilia desapareciera de nuestras vidas. Si hubiera sido el protagonista de una novela de Ernesto Sábato, la habría matado con mis propias manos.

La vida no atiende a deseos. Se impone sin más.

En Madrid sentí de nuevo el arrollador empuje de la gente en las escaleras del metro, una sensación que curiosamente me resultó reconfortante. Nada más verme, el portero dejó el mostrador y salió a recibirme a las escaleras del portal.

—Creí que no había nadie.

Yo llevaba una maleta pequeña y se la señalé.

—Llego ahora mismo.

—Es que acaba de marcharse una joven que venía preguntando por la señora Henar y por usted. Le pasaba algo serio, porque no paraba de llorar. Le tuve que dar un poco de agua.

—¿Cómo era? —pregunté, temeroso.

—Morena, con el pelo ondulado. Muy guapa. Dijo que habían sido vecinos.

Dejé la maleta en el piso y volví rápidamente al metro.

En la calle Toledo solo estaba Carmen, la hermana mayor de Clara, pero el ambiente era tan denso como si en algún lugar del inframundo hubieran abierto las compuertas para que salieran todos los fantasmas retenidos.

—Mi madre —dijo Carmen ahogando los sollozos—. La vamos a enterrar esta tarde en el cementerio civil de la Almudena. Clara pensó que Henar y tú querríais saberlo.

Habían cambiado los muebles. La pesada mesa del comedor era ahora un modelo de formica, sencillo y ligero, en el que alguien había depositado algunas pertenencias de la difunta. Las camas en las que dormían Lupe y Clara seguían pegadas a los dos ángulos de la pared, aunque ahora tenían colchas nuevas y cojines de colores, de modo que parecían divanes.

Me quedé con Carmen hasta que llegaron sus hermanas. No podía concebir aquella casa sin la señora Emilia. Me contó que Lupe propuso enterrarla en el Sacramental de San Justo, porque era el cementerio del barrio, pero que Clara había insistido en que su madre querría descansar en tierra no

Página 113

religiosa, junto a los que pensaban como ella; que ya había tenido que soportar demasiado tiempo a los que habían matado a su marido.

La muerte me abría de par en par las puertas de algo que no quería ver, ni sentir, el dolor me rozaba la piel y yo habría deseado, de haber podido, untarme el alma con brea, impermeabilizarla, cubrir las rendijas con un ungüento que la dejara tan aislada como el casco de un barco. Tantas desgracias me estaban dejando en carne viva.

Las tres estaban destrozadas. Aunque la situación era muy incómoda y yo me sentía como un invasor de duelos privados, me pareció que debía quedarme al entierro.

Clara no sabía nada de lo del niño. Lupe se hizo la sueca cuando mencioné la Talidomida y yo no insistí, porque no me parecía el momento adecuado para echarle nada en cara. Aun así, mi antipatía por ella crecía a pasos agigantados.

—¿Y dices que está haciendo el vestuario de una obra de teatro? — preguntó con su estridente tono de voz—. Pero si no sabe cortar…

Clara intervino rápidamente.

—Henar puede hacer cualquier cosa que se proponga. Es muy inteligente.

Y muy hábil.

Tenía razón, y yo lo sabía. Todos en aquella casa lo sabíamos.

¿Fue entonces cuando lo sentí? ¿La primera vez? No. Seguro que no. La extraña escocedura ya estaba dentro de mí.

Henar.

Ella siempre iba por delante.

Iniciaba nuestra primera conversación, me arrastraba a Madrid, decidía dónde viviríamos, me metía en su familia y me despojaba de la mía; su vida siempre iba varios pasos por delante. Ni siquiera Clara quedaba a salvo de su influjo.

Sentí más emoción en el sencillo entierro de la señora Emilia que en el de mi propio suegro. Fueron todos los vecinos de la corrala, incluida la del primero, lo cual, al recordar las agrias discusiones a viva voz a cuenta de la radio, me resultó una verdadera sorpresa. Pascual, con todo lo bruto que era, hizo una arandela de hierro que soldó a la pared del nicho, y su mujer colocó una maceta con dalias rosas que habían comprado entre todos.

—Como pronto empezarán las lluvias, no habrá que regarlas durante el otoño —le dijo a Carmen—. Y el año que viene, ponéis bulbos nuevos.

Página 114

Volver a la editorial fue un auténtico respiro. Trabajo. Libros. Manuscritos. Correspondencia pendiente. Maximiliano me dijo que andaba delicado del corazón y que el médico le había recomendado que se tomara un par de meses de reposo. Su mujer le estaba presionando para que vendiera cuanto antes. Me preguntó si podía quedarme al frente hasta que tomara una decisión, y esa fue la mejor noticia que alguien me había dado en los últimos tiempos.

Si Maximiliano vendía la editorial, yo podía quedarme de nuevo sin trabajo. Quise hacer algunos cambios, le consulté, y él, cansado como estaba, me dio carta blanca aunque me pidió que le mantuviera informado.

Había escrito varias cartas a Mercè Rodoreda porque quería incorporarla al nuevo catálogo, pero su respuesta fue más que ambigua. No decía si tenía una nueva novela terminada, aunque yo suponía que algo tendría en el cajón, o si desconfiaba de mi proyecto. Pensé que se animaría si le contaba que quería iniciar una colección solo de mujeres en la que pretendía incluir a Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, que me había dicho que sí un día en el Gijón, y probablemente Rosa Chacel. Pero nada.

Maximiliano no era muy partidario de los cambios. Con frecuencia iba a su casa, no porque necesitara su visto bueno, sino porque él conocía a todo el mundo.

—¿A qué viene ese empeño con las escritoras? —me dijo cuando le expliqué el plan—. Eso no vende. Y los periódicos no te apoyarán. La crítica mira hacia los hombres —añadió con suficiencia—. Tienes que conseguir la nueva novela de ese chico que es amigo de Barral, Juan Marsé. Los que la han leído dicen que es un bombazo. Ve a Barcelona, entrevístate con él, y deja a la Rodoreda en paz. Y, por cierto, Chacel está fuera de nuestras posibilidades, creo que está viviendo en Brasil.

Estábamos en su casa de la calle Prim. El salón tenía una galería que daba al cuartel del Ejército de Tierra. Maximiliano estaba sentado, con su enorme tripa, en un sillón con la tapicería gastada y el respaldo sucio de lo que parecía grasa de la cabeza. Había sacado un Farias de un estuche escondido en la bata y me ofreció otro. Lo rechacé porque no soportaba el olor de los Farias y saqué mi cajetilla de Chester. Había dejado los Celtas atrás, como tantas otras cosas.

Él seguía siendo el jefe, dentro de mi conciencia. Pero yo sabía que se había quedado anticuado, que mis ideas eran más avanzadas que las suyas, aunque él conociera los entresijos del negocio infinitamente mejor que yo.

Página 115

—¿Qué opinas de Ernesto Sábato? —le pregunté—. ¿Crees que habría alguna posibilidad con la censura?

Dejó el puro en el cenicero de aluminio. Debía de haberlo robado en algún bar, porque tenía en un costado la publicidad de Cinzano.

—Olvídate de eso. Tenemos buenos escritores aquí y están acostumbrados a sortear los escollos de los censores; no necesitas pelear por alguien del otro lado del mundo y a quien ni siquiera podemos pagar el viaje a España.

—Bueno, a Martín Santos le censuraron veinte páginas de Tiempo de silencio, así que también podríamos tener problemas con uno de aquí.

—¿Y qué esperaba Martín Santos? ¿Tú la has leído? Era una auténtica bomba en la línea de flotación del régimen.

—Pero eso fue en 1962… Ahora me han dicho que Fraga y Robles Piquer pretenden abrir la mano. ¿No te parece que un desembarco de escritores sudamericanos en España podría ser interesante?

—Chorradas. ¿A qué español le van a interesar historias sobre la selva o el altiplano? Para aventuras exóticas ya tenemos las novelas de Emilio Salgari. Que, por cierto, se venden como rosquillas.

—No son localistas, hablan de cosas universales y, además, en este caso ni siquiera habría que pagar traducción. Mira, en Buenos Aires te compré esto. A mí me ha gustado mucho.

Le entregué un ejemplar de Bestiario, de Julio Cortázar, publicado por la Editorial Sudamericana. La portada era muy sencilla, blanca con dos gruesas líneas verticales en un rojo descolorido. Lo había comprado de segunda mano, pero estaba en buen estado. Maximiliano lo abrió con desagrado.

—¿Cuentos? Te comerás la edición entera.

¿Por qué no podía estar más seguro de mí mismo? ¿Por qué no era capaz de mantener mis opiniones a salvo de la influencia de los demás? Ese libro me había fascinado, para mí era el símbolo absoluto de la modernidad. Tenía que haber añadido algo sobre cómo se mezclaban la fantasía y lo racional, cómo había en él espacios claramente visibles y otros más ocultos, señales del inconsciente que se iban haciendo nítidas hasta que el lector quedaba atrapado y entraba a formar parte de la historia. Pero no lo hice. El modo en que Maximiliano cogió el libro consiguió que me empequeñeciera en el sillón. Solo era un aprendiz, un iluso que pretendía asomar el hocico al mundo exterior sin calibrar los riesgos.

Mi jefe se inclinó hacia delante. El respaldo dejó al aire la huella sucia de su cabeza.

Página 116

—Mira, hazme caso —insistió—. Si quieres apostar sobre seguro, intenta fichar a Delibes, aunque será muy difícil, y si quieres arriesgarte, habla con ese tal Marsé o con los Goytisolo, que ya son bastante experimentales. Olvídate de las mujeres y de los extranjeros.

Salí de aquella casa mucho más inseguro de lo que había entrado cuando acudí a pedir consejo. No había tierra firme. Unas malditas mareas iban y venían a su antojo.

En la casa de General Oráa no habría nadie con quien deshacerme de la triste amenaza del fracaso. O me arriesgaba a vender tan solo una docena de libros o me conformaba con seguir publicando sagas familiares y novelas sobre dramas rurales de dudosa actualidad.

Pero la calle Prim no estaba lejos del atelier de Belmonte, así que me acerqué a ver si Clara había acudido a trabajar. Esperé en el bar de la esquina hasta que la vi. Salió sola y se quedó en la acera. Me acerqué justo en el momento en que un tipo con un ridículo chaleco ajustado la cogía del brazo.

Clara se sorprendió al verme.

—¡Martín! —exclamó abriendo mucho sus enormes ojos.

No sé cómo sucedió. Creo que fue ella la que despidió a su supuesto novio, una disculpa sobre el fallecimiento de su madre quizá, la mención a una mujer, la mía, que neutralizaba cualquier sospecha, y la explicación de nuestro pasado como vecinos de la misma casa. La cuestión es que, media hora después, ella y yo estábamos sentados frente al estanque de El Retiro. Las barcas se deslizaban por el agua y las parejas se besaban en las orillas.

Clara no tenía una opinión sobre lo que yo debía hacer respecto a la editorial, dijo que ella no entendía de esas cosas, pero añadió:

—Tú nos animaste a Lupe y a mí a poner la tienda de ropa. Era un riesgo porque no teníamos un céntimo y no sabíamos si podríamos devolverte el dinero que nos prestaste, pero ya ves, al final todo salió bien. Arriésgate tú también.

Era un planteamiento muy sencillo. O caminas o te paras. No había más. ¿Qué quería exactamente de Clara? Conservo imágenes perdidas en una

nebulosa. No era simple atracción sexual, o al menos no solo. Ella mantenía algo que yo había tenido una vez: limpieza, decencia, dignidad. En su presencia me sentía bueno.

La jodida identidad. Cuánto tiempo me había ocupado…

Y estaban las portadas.

Página 117

Quería cambiar también el diseño de la colección de narrativa, que era el buque insignia de nuestra pequeña editorial. Entonces, nadie dedicaba demasiado interés a las portadas, pero yo pretendía hacer algo que identificara nuestros libros y los hiciera destacar en las librerías. Algo propio, distinto, llamativo. Como aquella inconfundible colección Austral, cuyos géneros se distinguían por colores y el distintivo común era el carnero de la constelación de Capricornio que, según había leído, se veía mejor desde el hemisferio Austral. Y encima eran baratos de editar, tapa blanda, pequeño formato… Eso sí que era un hallazgo comercial.

—¿Por qué no me dibujas algo, no sé —le propuse a Clara—, un fondo geométrico, para la nueva colección de escritoras?

—¿Yo?

—Sí, tú. Dibujas muy bien.

—¿Y por qué no se lo pides a Henar? Ella estuvo a punto de ingresar en Bellas Artes, me lo contó una vez.

—Henar está demasiado ocupada con sus cosas —respondí con amargura

—. Y demasiado lejos para ayudarme. Podría contratar a un ilustrador, pero no puedo pagar mucho y prefiero que lo hagas tú. Te vendrá bien un poco de dinero extra.

Clara me prometió pensarlo. Tres días más tarde, me llamó al despacho. —Me he dado una vuelta por las librerías y creo que tengo una idea, no sé

si te servirá.

Quedamos en un bar frente a su trabajo. Yo quería invitarla a cenar, pero ese sitio era demasiado caro. Ella se había arreglado mucho, como si fuera a una cita importante. Llevaba un abrigo ligero, a juego con el vestido, y se había recogido el pelo en un moño bastante complicado.

Nos sentamos, pedí dos Coca-Cola y ella sacó unas telas del bolso. —Mira, ¿qué te parecería esto como fondo de portada?

Eran pequeños rectángulos de tela, una de espigas, otra estampada con lo que parecían estrellas simplificadas, y la tercera con semicírculos y un minúsculo trazo dentro, que podía representar una coma. Clara sacó un trozo de tela blanca y lo puso sobre esta última.

—¿Ves? Luego puedes poner una franja con el nombre del título y el autor. Y cambiarla sin tener que tocar el fondo.

Supuse que ella también se había inspirado en la colección Austral. No era lo mismo, pero resultaba igual de práctico.

—Me gusta —reconocí—. Tienes buenas ideas.

Página 118

Durante unos minutos fuimos moviendo las telas y la franja blanca, para ver cuál quedaba mejor. A ella le gustaba la de las estrellas y a mí la de la coma. A final decidí usar las dos: una para la colección de escritoras y la otra para el resto. Si en el futuro ampliábamos el catálogo con clásicos o teatro, podía usar la tercera.

La llevé a cenar a un restaurante al que había ido una vez con Cecilia y con Stéfano, Los Alemanes, lo llamaban. Hacían codillo con chucrut y salchichas blancas. Clara no había probado ninguna de las dos cosas.

Estábamos contentos. Bebimos vino blanco, comimos demasiado y luego fuimos caminando hasta su casa. Cuando la dejé en la calle Toledo, me dio pena separarme de ella.

Así eran las cosas. Había algo entre Clara y yo que quizá no tenía mucho que ver con lo que me unía a Henar, y oscuramente a Cecilia, pero que se alimentaba de ambas. A veces limpio, otras no tanto, porque no era tan tonto para no saber reconocer que allí había algo prohibido que me podía complicar la vida, pero al mismo tiempo me producía un innegable placer. Con Clara yo era alguien más completo, más exacto, de bordes más nítidos. Clara dejaba que fuera el yo que quería ser, aunque no siempre lo lograra.

Puse en marcha la colección de escritoras. Maximiliano tenía razón. La crítica me dio la espalda. Solo una reseña en los periódicos, más bien demoledora, que hablaba de literatura femenina como un género menor y citaba de pasada a Corín Tellado y a María Teresa Sesé. Curiosamente, yo no tenía en catálogo a ninguna de las dos. Ni nada que se le pareciera.

Seguía empeñado en publicar a Sábato y a Cortázar. Mientras me carteaba con sus editores argentinos, la lista se fue ampliando; de pronto conocí a Carlos Fuentes, a Julio Ramón Ribeyro y a Onetti. Aquello era el mundo en mil dimensiones… Todo lo que leía me fascinaba.

Pero eran cuentos… Historias mágicas y breves.

«Te comerás la edición entera», había dicho Maximiliano a propósito de Bestiario. Había acertado en el caso de la colección de mujeres y temía que también pudiera acertar con el tema de los sudamericanos. No había mercado para el cuento en España. Fuera de la novela, todo lo demás eran subgéneros.

Henar y Cecilia llegaron a primeros de diciembre. El 7, creo. Recuerdo que todas las portadas de los periódicos traían imágenes del papa Pablo VI y del patriarca ortodoxo Atenágoras I. Aterrizaron en Madrid con vestidos de verano y los abrigos en la mano. Esa tarde nevó intensamente.

Página 119

Stéfano y yo las dejamos deshaciendo las maletas y nos instalamos en el salón. No fui a trabajar. Cecilia tenía una carpeta repleta de recortes de periódico, con críticas, entrevistas y fotografías en papel couché, y Henar la cabeza llena de pájaros. Hablaban de hacer una película en Hollywood, y al principio pensé que se trataba solo de una absurda fantasía, pero parecía que Stéfano también andaba en el asunto y era parte del proyecto. Eso me preocupó. ¿Es que había infravalorado el tema ese de los trapos? ¿De verdad era un buen negocio?

La primera noche con ella.

Henar usaba una nueva colonia. No era Shalimar, pero se parecía demasiado a la de su tía. También había traído de Buenos Aires un nuevo comportamiento en la cama. Parecía más mujer, más como Cecilia, y tomaba la iniciativa haciendo cosas que yo siempre había deseado hacer también con ella y nunca me había atrevido a proponerle. Me sentí un poco desorientado, sobre todo cuando me besó todo el cuerpo, lamiendo con sensualidad la línea del esternón y fue bajando sin reparo hasta que todo lo que yo era en esos momentos cayó dentro de su boca. Y más cuando me pidió abiertamente que hiciera lo mismo con ella. No sé si me gustaba que mi mujer fuera tan atrevida, pero pensé que quizá ahora no necesitara a nadie más.

De aquellos días recuerdo sobre todo el placer de haber recuperado a Henar. Tengo que reconocer que era divertida, impredecible, ágil. A veces me sorprendía su profundidad emocional, sepultada bajo aquella actitud de quien no tiene más problemas en la vida que decidir qué zapatos hacen juego con el abrigo. Dábamos vueltas alrededor de los días y, cuando yo empezaba, ella ya estaba llegando al final. Henar iba en otro carrusel de feria.

También debo admitir que me irritaban algunas de sus cosas. El modo en que decidía todo sin consultarme, como si mi vida fuera una anécdota en comparación con la suya. Sabía que no iba a cambiar, así que me callaba y rumiaba cada situación con todos los dientes…

Pasamos la Nochebuena en Bilbao, con su madre y su hermano. Fue un suplicio, como siempre; pero el día de Navidad comimos con mis padres y luego regresamos a Madrid para ayudar en la fiesta de cumpleaños que Cecilia le estaba preparando a Stéfano. Desde luego, las cosas en el matrimonio de Stéfano no debían de ir muy bien si él celebraba el cumpleaños en casa de su amante. Yo ya me había hecho a todas esas transgresiones morales, el mundo era así; pero cuando pasaba unos días en Bilbao, con mis padres, sentía que mi vida iba por el camino equivocado.

Página 120

Fue Henar la que me lo propuso, porque Henar siempre quiere salir indemne de todo. Ella dirá que no, pero yo lo recuerdo muy bien.

Aquella fiesta…

Era el 3 de enero y la gente parecía harta de celebraciones. Había algo así como un estado de resaca general y la música estaba tan alta que Miles Davis y su «Blue in Green» nos sumió a todos en una especie de melancolía colectiva.

Henar y yo nos sentamos en un sillón pegado a la pared, junto a la mesita del teléfono. Yo en el asiento y ella en el brazo.

—Pues si Maximiliano quiere vender la editorial —me dijo acariciándome el pelo—, podrías hacerle una oferta. Me van a pagar bastante por la película. ¿No te gustaría?

—No sé —respondí, dubitativo—. Quizá aún no estoy preparado. —Bobadas —respondió dándome un golpecito en el hombro—. Eres

demasiado precavido, ¿sabes? Hay que arriesgarse por aquello que uno quiere hacer con su vida. Y tú has encontrado una ocupación que te gusta por encima de cualquier otra cosa. ¿O es que prefieres ser maestro?

Desde luego que no lo prefería. Me gustaba el mundo de los libros.

—Habla con Maximiliano. A ver cuánto pide.

¿Ya no iba a escribir nunca una gran novela? Mi mujer se había olvidado de ello, y en el fondo yo también.

Hubo sus más y sus menos con la dichosa película, pero al final Henar y Cecilia firmaron una especie de preacuerdo con los americanos y les dieron un buen anticipo. Eso me permitió hacerle una oferta a Maximiliano, que aceptó seguramente porque su mujer estaba empeñada en que se retirara de una vez.

Henar se pasaba el día en la sastrería Cornejo, en las tiendas de telas y en el Museo del Prado. Ya no existía para ella nada más que los dichosos trajes renacentistas.

Y al final se fue.

Otra vez.

Ahora a Los Ángeles.

Página 121

Matala Beach

Henar, 1977

Luca acaba de instalarme una hamaca de tela entre las moreras recién podadas. Es de color rojo con grecas blancas.

—Para que te tumbes cómodamente a pensar en tus tormentas —ha dicho; supongo que quería decir «tormentos», habría sido más adecuado—. Y de paso respires un poco de aire fresco en lugar de estar todo el día entre las musarañas.

A veces es sarcástico y eso me gusta. Usa la ironía en lugar del ataque directo y así evita que discutamos abiertamente.

Le miro.

Está desnudo de cintura para arriba y lleva un pantalón vaquero que él mismo se ha cortado a medio muslo. Parece un turista. Tiene el pelo largo, desteñido por el sol, y la barba que siempre se dejaba crecer en verano. Ahora lleva todo el día unas gafas de sol redondas, de montura metálica.

—¿Cuándo te vas a Italia? —le pregunto.

—Dentro de cinco días. Tengo que ver el local y preparar las fotografías.

Creo que las enmarcaré en Milán, aunque me saldrá más caro. Pesan

demasiado para facturarlas.

—Ojalá lo vendas todo.

—Ojalá. Pero el objetivo es tener un nuevo catálogo. Y aprovecharé para hacer ese rollo de publicidad que me compensará los gastos de la exposición. ¿Estás segura de que no quieres venir conmigo? Tendré que quedarme en Milán bastante tiempo, un mes al menos.

Sí. Estaba segura.

—Creo que iré unos días a Matala, con Rute y Damen —le dije. —¿A Matala? No me gusta ese sitio. ¿Qué vas a hacer allí? —Cantaremos un rock and roll bajo la luna —añadí parodiando la

canción de Joni Mitchell.

—Pues te llevo y te dejo allí antes de irme.

Página 122

Siempre así. Siempre dispuesto a cuidarme como un padre. Nunca sé muy bien si su dedicación me complace o me agobia. No me gusta que los hombres me protejan. Es como si me dejaran desarmada y me arrebataran algo que yo también poseo, esa fuerza, esa resistencia; no soy inferior, ni siquiera más débil, que los hombres que me rodean. Dentro de mí sé muy bien de lo que soy capaz.

Nos fuimos. A Matala Beach, el paraíso hippy en el que todo simulaba ser tan nuevo como un vestido sin estrenar.

¿Fue aquí adonde llegó Zeus cuando raptó a Europa? ¿Cuántos siglos han pasado desde que alguien inventara la leyenda…? Porque los dioses no existen. Y si existen, cambian tanto que no parecen muy dignos de confianza. Siglos.

Y más siglos.

Una verdadera eternidad desde que la pobre Europa fuera raptada en Fenicia y traída a Creta a lomos de un suntuoso toro blanco que no era otro que el propio Zeus fingiendo ser inofensivo para ganarse la voluntad de una inocente mortal. Dice la mitología que fue en Matala donde el toro recuperó la forma humana y donde por fin la poseyó. Hombres y deseo, mujeres cuyos sentimientos no se nombran. Siempre lo mismo. ¿Qué sintió la joven Europa sobre el lomo palpitante de aquel toro? ¿Sentía deseo? ¿Los dioses esperan a seducirnos o simplemente se cobran su tributo? Ovidio no decía nada de esto.

Me gustaba esa leyenda. Pertenecía a Creta tanto o más que la civilización minoica, y prefiero la fantasía a la realidad: deja más margen.

Matala. Las cuevas excavadas en la roca. Los hombres habitándolas siglo tras siglo… Y si Matala seguía en su lugar, ¿por qué yo tenía que avanzar, correr hacia lo desconocido, desbrozar nuevos territorios que solo contenían maleza? ¿Por qué no podía quedarme en una grieta del tiempo y permanecer para siempre ahí, donde ya estaban trazados los caminos? ¿Quién me obligaba?

Todos los nombres del azul.

Índigo.

Añil.

Ultramarino.

Cobalto.

Azul egipcio.

Real.

Eso me obligaba. La pasión que puse en aquella película en la que vestí a todos los actores con diferentes tonos de azul. Seda, algodón egipcio, cáñamo

Página 123

teñido, tafetán, lino… Carson se empeñaba en que usara terciopelos, pero al principio me negué con la misma tozuda seguridad con la que ahora me niego a mí misma la posibilidad de volver a España. Tuve que cambiar de opinión cuando me di cuenta de que todo lo que veía en el museo y en los libros hablaba a favor del terciopelo. Los dioses se transforman a su conveniencia. Zeus seduce a sus presas convertido en cisne, en toro, en águila. Yo también muto. Yo también cambio. Pero para transgredir hay que conocer muy bien lo que se quiere evitar. No pretendía hacer un vestuario estrictamente histórico, cuerpos de mujer con forma de cono, rígidos como armaduras dentro de sus sayas españolas; aquello no sentaba bien a nadie, quería una versión actual de la vestimenta de la época.

Diseñé un traje de terciopelo azul Oxford y compré una pieza entera de un tejido fino en el que el nudo cortado apenas se apreciaba si no era al tacto. El traje para el que lo quería era muy sencillo: escote redondo a la altura de la clavícula, rematado por una cenefa de tapicería en tonos cobre; talle estrecho que se abría desde la cintura a lo largo de toda la falda y dejaba ver un falso forro, en rico damasco púrpura que contrastaba a la perfección con el tono del terciopelo y lo iluminaba desde dentro. Las mangas, a su ser en la parte delantera y largas hasta la rodilla en la trasera, también iban forradas con la tela de damasco. Todavía no había llegado a Hollywood, pero desde luego no pensaba aparecer allí con las manos vacías.

Cornejo se convirtió en mi destino de todos los días. Compré basquiñas, jubones, corpiños, justillos…, todo lo que pudiera doblar y meter en las maletas. Me habría gustado hacerme con algunas prendas solemnes: chaquetas ribeteadas de piel, cotas de malla, gorros con plumas, pero eso no era posible. Las telas. Los tejidos. La ropa interior que siempre asomaba bajo la vestimenta. Ese era mi principal objetivo. Con ellas podía obrar milagros. Tenía cuatro maletas para facturar y un espíritu de sabueso que me hacía recorrer las tiendas de Madrid en busca de cualquier tejido singular. Todos los domingos iba al Rastro. A la plaza de Vara del Rey, donde la ropa vieja se amontonaba en torres y cada prenda hablaba de una vida anterior. Era incansable. A veces, aunque no le digo nada a Luca, echo en falta todo eso. Que se abra un corte en mi testaruda cabeza y entren en ella universos desconocidos. Pero para eso hay que ser muy joven, estar en disposición de estrenar la vida. Y la mía ya lleva varias funciones.

Yo seguía adelante y Cecilia estaba cada vez más atrás.

Página 124

—Me marcho dentro de dos días —le dije a Martín una noche que mi tía había salido—. Ya me han reservado el vuelo.

Él estaba en el sofá, leyendo uno de aquellos tochos mecanografiados que subrayaba con un lápiz grueso, rojo por un extremo y azul por el otro.

Él levantó la cabeza, contrariado.

—¿Tan pronto? Cecilia dijo anoche que no empieza a trabajar hasta dentro de cuatro meses.

¿Empieza? ¿Stéfano todavía no se lo había dicho? Fui hacia el tocadiscos y puse «Blue in Green».

—Ella sí, pero yo no —respondí con cautela—. Tengo que conocer a los actores y al equipo de arte —me justifiqué; ¿a él qué le importaba, si solo estaba pendiente de su futuro como editor?—. Hay muchas reuniones y sesiones de trabajo entre los diferentes equipos antes de empezar.

No habíamos vuelto a tener relaciones completas desde la pérdida del niño. Primero por la cuarentena, luego no sé. Me gustaba Martín. Estaba enamorada de él, pero no quería quedarme embarazada por nada del mundo. Si tenía que pasar de nuevo por todo aquello me moriría. Así de simple. Ya no era la chica tonta que se acuesta por primera vez con un hombre. Mi cuerpo había aprendido cosas, unas por la práctica, otras por vía indirecta, porque las oía o las veía en los demás, algunas por puro instinto; así que durante un mes me las ingenié para que Martín no echara de menos nada y yo tampoco. Cecilia le llamaba a eso sexo oral. A Martín le resultaba excitante, se notaba; incluso me dijo que por fin había dejado de ser una niña, pero para mí no era lo mismo. No es que no me gustara, que sí; es que me parecía demasiado orgánico, casi sucio. Ya no constituíamos un solo órgano cosido con un pespunte firme: ahora parecía que siempre nos dejábamos la costura a medio hilvanar, quizá cogida con alfileres. Nos abrazábamos todas las noches, pero los cuerpos que dormían en la habitación de invitados de Cecilia no eran los mismos que botaban sobre los muelles del jergón de la calle Toledo. No. Aquel pesado deseo se había licuado en mi sangre. Cuando hablé con Cecilia de lo que nos pasaba, dijo algo que me preocupó:

—Pues eso puede hacer que caiga en brazos de otra, ándate con ojo.

¿Con ojo? Si me marchaba a América… Y, además, Clara ya tenía novio.

Podía irme tranquila.

Cosas que observo en mi interior tiempo después. ¿Estaba todo dibujado sin que yo lo supiera? ¿Alguien había hecho ya los bocetos de mi vida?

Página 125

Llego un día a casa. Es la casa de Cecilia, pero nosotros vivimos allí desde hace tanto tiempo que ya me parece más nuestra que suya. Martín no está. Casi nunca está.

Llego. Sé que el verano toca a su fin, pero hace mucho sol. Incluso a las siete de la tarde.

Todo está manga por hombro en el salón. Hay una chica pelirroja, con pantalones capri y una blusa sin mangas anudada en la cintura. Se le ve el estómago. ¿Qué hace con esos focos? Y esa especie de sombrilla plateada, ¿para qué es?

—¡Vale, ya lo tengo!

Entonces sale él. Un chico alto y desgarbado, como un árbol que aún no ha dejado de crecer. También es joven, tiene la nariz aplastada, el pelo con mechones rubios, decolorado por el sol, y la barba más oscura, como esos marineros nórdicos que atracaban en el puerto de Bilbao. Martín nunca se ha dejado barba, aunque alguna vez se lo he propuesto porque me parece muy moderno, muy francés. Me gustaría que viera a estos dos, que fuéramos como ellos.

Mientras intento saber quiénes son, observo que el chico lleva una cámara en la mano y la está montando sobre un trípode. Entonces entra Cecilia. Su aparición en escena es como si estuviéramos todos en el teatro. Traje de noche. Tacones muy finos. Cabello recogido en un moño alto que sin duda es postizo. Toneladas de laca. El chico de la nariz aplastada sale a recibirla, la coge sutilmente por el codo, casi sin rozarla, y la acompaña hasta el sofá.

—Primero haremos unas cuantas aquí. —Abre la pitillera que hay en la mesa y se la tiende—. Con un cigarrillo estaría bien, completa el aire sofisticado.

El fotógrafo y su ayudante hablan en italiano. Supongo por eso que pueden ser los amigos de Stéfano, pero él no está aquí.

Empieza la sesión. El fotógrafo se llama Luca Tuzzi. La chica no sé. —Así, preciosa, maravillosa, no sonría todavía, entreabra los labios,

flojos, los labios flojos, eche hacia atrás la cabeza y mire a la cámara, así, con los ojos entornados, ahora apoye levemente la barbilla en la mano, perfecto, bellísima.

Cuando toca cambio de traje, Cecilia me pide que la acompañe a su habitación.

—¿Qué te parece este?

Saca del armario un Balenciaga blanco, forrado como solo él sabe hacerlo, armado desde dentro para corregir las caderas de Cecilia y potenciar la

Página 126

cintura. Me gusta, es elegante. Antes de ponérselo duda.

—¿Y el Pertegaz? ¿No sería más llamativo?

No lo descuelga de la percha. Coge un cigarrillo, lo enciende y se queda mirando el vestido estampado que ha colgado de la puerta. Cuando deja el encendedor sobre la cómoda, me doy cuenta de que es el Ronson de Martín.

Dejo que se vista. Que se retoque los labios. Cuando sale, cojo el encendedor. No sé cómo ha llegado hasta su habitación, pero no quiero dejarlo al alcance de Cecilia porque Martín le tiene mucho aprecio a ese mechero de su abuelo y ella es un desastre, siempre lo pierde todo.

Carson fue a esperarme con una limusina al aeropuerto de Los Ángeles.

Cuando recogimos mis cuatro enormes maletas de la cinta, me espetó:

—Pero ¿adónde crees que vas con todo eso?

En aquellos tiempos no era como ahora, la gente viajaba con mucho equipaje, sobre todo si había que cruzar el charco. Cecilia, por ejemplo, llevaba dos baúles solo con sus cosas. Eso sin contar el vestuario de la obra, que iba aparte.

Le expliqué a Carson que había comprado algunas prendas de ocasión en Madrid y que tenía las facturas. Me miró atentamente.

—Vaya, parece que eres una chica con iniciativa —dijo mientras lo cargaba todo en un carro con ruedas.

Esa noche empezaron los encuentros y las presentaciones.

—Ponte lo más elegante que tengas —me advirtió al dejarme en el hotel

—. Bueno —rectificó enseguida—, lo más elegante no, lo más original. Me guiñó un ojo.

—Hay que causar impresión.

Entendí lo que quería decir solo con ver a la gente que había por el vestíbulo: demasiadas Jackie Kennedy con trajes de tipo Chanel, jóvenes con vaqueros acampanados y camisas de flores, vestidos cortos que yo solo llevaría para ir a la playa, túnicas hasta los pies…; aquello era el caos del vestir.

No tuve ninguna duda: Elio Berhanyer. Aquel precioso vestido largo cuyo patrón Carmen me había copiado sin ningún reparo. Era un estampado de hojas de bambú, en seda cruda, con las mangas asimétricas y mi consabida tira de brocado rematando el escote. El aire de aquel vestido me recordaba un poco al que yo misma había diseñado para la película, el azul Oxford forrado en damasco púrpura, solo que este no era de época.

Página 127

Carson me llevó a las colinas, a una fiesta en casa de un actor del que no había oído hablar nunca. Si el vestíbulo del hotel y lo que había visto por las calles desde la limusina eran una mezcla atronadora de estilos, el jardín de aquella casa era la auténtica torre de Babel de la ropa. Vestidos de satén, ceñidos y largos hasta los pies, de gasa y cortos a medio muslo, mujeres tan delgadas que parecían enfermas, hombres gordos como focas, sudorosos y colorados, vaqueros con corbatas de cordón y sombreros de ala ancha… Nada parecía fuera de lugar allí.

No conocía a nadie, y aunque había pasado varios veranos en un colegio de Irlanda, me costaba hacerme con el inglés americano. Carson no se separó de mí al principio, hasta que localizó a Linda Macy; nos presentó y nos dejó un rato a solas para que intimáramos. ¿Intimar con aquella cabeza hueca? Era como Lupe, pero peor.

Se reía a carcajadas, siempre con un tono excesivamente alto mientras miraba a su alrededor buscando a algún hombre que se fijara en ella. Era guapa, desde luego. Ojos grandes, grises y con una tonelada de rímel que juntaba artificialmente sus pestañas, los párpados maquillados en un brillante azul alrededor de la órbita, tanto el de arriba como el de abajo (algo que yo no había visto nunca) y un traje espantoso de enormes lentejuelas que temblaban sobre su pecho cuando se movía.

Me explicó que había hecho una película de vampiros y, sin ningún recato, confesó que Carson y ella eran amantes. Pobre Cecilia, sus posibilidades de protagonizar la película se esfumaban a cada minuto. —Me han dicho que eres de España. Eso está en México, ¿no?

—No —respondí, asombrada—, España está en Europa.

Ella ni se dio cuenta de la metedura de pata.

—Oye —dijo frunciendo un poco el entrecejo—, ¿no tienes calor con ese vestido?

Tocó mis mangas con gesto de agobio.

—Es seda cruda —respondí, muy digna.

—A mí no me gusta la moda europea. Es demasiado…, ¿cómo decirlo? Solemne. Eso, demasiado solemne.

Me pareció que había aprendido esa palabra hacía muy poco y que pensaba que me impresionaría.

—No conozco a los modistos norteamericanos —dije sin ocultar mi mala leche—, pero sé que un modisto francés ha hecho el vestuario de Desayuno con diamantes. ¿Sabes quién es Givenchy?

Página 128

Ella negó con la cabeza mientras en su boca se dibujaba una especie de puchero.

—Pues también viste a Grace Kelly y a Jacqueline Kennedy. ¿Recuerdas el traje de chaqueta que llevaba Jackie en el funeral de su marido? ¿De quién dirías que era?

—¿De ese Given…?

—Muy bien, muy bien. Has acertado.

Nos caímos mal, desde luego. Carson se acercó a ver cómo iba la cosa y se encontró con cuatro ojos gélidos y dos bocas fruncidas. Linda Macy parecía a punto de echarse a llorar.

—Voy a por una copa —dijo a toda prisa.

Carson y yo nos quedamos mirando cómo se bamboleaban las lentejuelas en su culo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—No sé —dije con ironía—, quizá le gustaría hacer otro tipo de película, una en la que pudiera enseñar más cuerpo que cabeza.

La seguí viendo durante toda la noche mientras Carson me presentaba a personas tan poco interesantes como Linda, que iba de grupo en grupo, riéndose como una loca. Bebía una copa tras otra y me fijé en que a Carson le molestaba su actitud. Cuando fui al lavabo la sorprendí dentro con un hombre más joven que su amante. Tenían un espejito en el borde del lavabo y ella aspiraba un polvo blanco por la nariz. Se sorprendió tanto que tiró el espejo dentro. El polvo se hizo grumos contra los restos del agua.

—Pero ¿qué haces, idiota? —dijo el joven intentando recoger lo que pudo. Ella me miró con una sonrisa estúpida. Tenía restos blancos en las aletas

de la nariz.

Me fui. Empezaba a sospechar que aquel ambiente no me iba a gustar nada.

Pero cuando volvía a la fiesta se me acercó una mujer. Llevaba un traje pantalón en seda plisada que se anudaba al cuello y dejaba al descubierto la espalda. Era mayor que Linda y, desde luego, mucho más elegante. Me gustó su mirada. Tenía algo de penetrante curiosidad.

—Bonito vestido —dijo sin presentarse—. Muy original. ¿Dónde lo has comprado?

—Lo he hecho yo.

Me callé el hecho de que se lo hubiera copiado a Elio Berhanyer. Ella me miró sorprendida mientras yo intentaba saber por qué me resultaba tan conocida.

Página 129

—¿Eres mexicana?

—No —respondí riendo—. Soy de España.

—Ah… —Suspiró—. Me encanta Europa. Quiero irme a vivir a Inglaterra. ¿Conoces Inglaterra?

—No mucho, pero he estudiado en Irlanda.

—Ah, por eso tu inglés es tan… británico. ¿A qué te dedicas? ¿Eres actriz?

Me reí.

—No, soy diseñadora de vestuario.

Cómo sonaba aquello… Verbalizarlo era convertir en real algo que ni yo misma me creía.

Carson me miraba desde lejos. De pronto asintió con la cabeza.

Luego, cuando se reunió conmigo de nuevo, me preguntó, visiblemente complacido:

—¿Qué hacías hablando con Marion Lee?

—¿Era Marion Lee? ¿La protagonista de Cruce de caminos?

—La misma. ¿Qué te ha dicho?

—Me ha preguntado quién me parece la actriz mejor vestida del cine. Y yo le he dicho que Grace Kelly y Audrey Hepburn. Las dos a partes iguales.

—Tienes buen gusto —admitió Carson a regañadientes.

—¿Quién las viste? —pregunté a mi jefe.

—No, querida —respondió él con su típica arrogancia—, no te equivoques. En el cine se viste la película, no se viste a la estrella. ¿Recuerdas el Givenchy que llevaba la Hepburn en Sabrina?

—¿Cuál de ellos? —pregunté—. Todos los trajes de esa película eran maravillosos.

—Uno de fiesta, de color blanco y bordado en negro.

Lo recordaba. Ella aparecía con ese traje y William Holden se quedaba de piedra. Es cuando todos decíamos: ¡por fin! Pero luego, cuando Sabrina le está esperando en la pista de tenis, el que aparece es Bogart. En esa escena la Hepburn se colocaba bien la sobrefalda en un gesto que parecía natural, pero en el fondo quería decir: admirad mi vestido, es de Givenchy… Cuando vi la película reparé en eso, en el modo en que la actriz rendía tributo al modisto con un simple gesto.

—Claro —reconocí—. Siempre se habla de ese traje. Le dieron un Oscar al mejor vestuario en blanco y negro.

—Cierto, pero el Oscar se lo dieron a Edith Head, que era la diseñadora del vestuario de la película. Ni siquiera se citó al modisto en la recogida del

Página 130

premio. Esto es Hollywood, cariño, no una casa de alta costura. —Pero esa actriz, Marion Lee…

—¿Qué? ¿Te ha pedido que le hagas un traje?

Su tono me parecía humillante.

—No —respondí, rabiosa—, pero se ha interesado cuando le he contado que diseñé yo sola el vestuario de una obra de teatro. Dijo que el vestuario histórico tiene muchísimo mérito.

—Vaya —exclamó, sarcástico—, así que tenemos amor propio. Bueno, guapa, debes tener muy claro que cine y teatro son cosas distintas. Diga lo que diga Marion Lee. Mira, sin ir más lejos, ella acaba de triunfar en Broadway con una obra de teatro, un éxito total que ha hecho que compren los derechos para el cine. Pero la película no la va a protagonizar Marion Lee, sino tu admirada Audrey Hepburn. Así es el cine.

Sí, así era. Sentí que Cecilia quedaba definitivamente fuera de juego.

Al día siguiente el coche de producción vino a recogerme al hotel para llevarme a un local, una nave donde se había instalado el taller de vestuario. Todavía no íbamos a empezar el rodaje, pero todo el mundo tenía mucha prisa. La gente se movía de aquí para allá, los mozos transportaban máquinas de coser y estanterías metálicas para las telas. ¿De dónde había salido todo aquello?

Carson tenía su despacho en la entreplanta, como mi padre en su fábrica. —Bueno, ¿qué te parece?

Ni se había molestado en darme los buenos días.

—Es enorme —reconocí—. ¿Quién ha organizado todo esto?

Levantó la vista de los figurines que tenía esparcidos por la mesa y me miró.

—Yo, querida, yo —dijo sin contemplaciones—. ¿Todavía no te has enterado de que soy el jefe?

Sí, me había enterado. Si nos daban un Oscar lo recogería él. Ya había aprendido cómo funcionaba aquello.

—Esto no vale —dijo tirando a la alfombra uno de mis bocetos—. Te dije que no quiero nada amarillo. Y quiero pieles. Armiños, visones, martas. Cuellos y capas ribeteadas de piel, eso es lo que quiero. Maldita sea, estamos hablando de una reina, no de Holly Golightly.

Vio mi cara de no saber qué hacer y soltó un bufido.

—¿Y qué hago? —pregunté.

Página 131

Otro bufido.

—¿Ni siquiera sabes lo que tienes que hacer? —gritó—. ¡Dibujar! ¡Te pagan por dibujar el vestuario!

—¿Dónde?

—Búscate un sitio, maldita sea.

«Maldita sea» eran sus palabras favoritas. Las oiría muchas veces a partir de ese momento.

Un par de días más tarde llamé a Martín. Supongo que le desperté, porque en Los Ángeles era la hora de comer, así que en España debían de ser las tres de la madrugada. No tenía voz de sueño, pero parecía cohibido.

Me eché a llorar.

—No puedo con esto —le dije—, son odiosos. Y me tratan como a una inútil.

No le confesé que eso era lo que yo realmente pensaba de mí misma, que por muchos dibujos que hiciera y por mucho que me gustara la moda, no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo del cine.

Martín guardó silencio. Se cortó un momento la comunicación. Oí que, bajo un taponamiento que podía ser su mano en el auricular, decía mi nombre.

—Vuélvete a casa —me dijo—. No necesitas ese trabajo si te hace desgraciada.

Ese momento… Yo sabía lo que el dinero que iba a ganar significaba para él: su propia editorial. Y era capaz de sacrificar su sueño por mí. Sentí que se aflojaban todos los nudos que me habían estado oprimiendo el estómago. ¿Era realmente tan horrible trabajar en Hollywood? ¿No debía sobreponerme y tirar para adelante? Siempre lo había hecho y no entendía por qué no podía lograrlo también esa vez.

—¿Stéfano ha hablado con Cecilia? —pregunté.

—Sí, ya lo sabe.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—Imagínate.

Por un momento supuse que mi tía también se había levantado al oír el teléfono y que estaba allí, justo delante de él.

Al mes ya tenía todos los bocetos y los maniquíes con el tallaje de los actores principales. Conocía a todo el equipo. Solo Linda Macy se me resistía. Me ponía de los nervios.

Página 132

En la primera prueba había engordado tanto que tuvimos que tirar la toile de prueba a la basura. Afortunadamente, era un burdo retor, todavía no habíamos usado la seda de verdad.

—Me tomaron mal las medidas —decía una y otra vez.

—No es cierto, Linda. Has engordado por lo menos cuatro kilos.

Carson echaba humo.

—Maldita sea, esta estúpida se está jugando el papel —dijo un día que estaba más cabreado que de costumbre—. Seguro que tu tía es mucho más profesional.

Aproveché la situación.

—Ella sería la reina de Chipre perfecta. Yo la he visto actuar, llena la escena.

Entonces se revolvió.

—Te lo he dicho mil veces: aquí no necesitamos a Sarah Bernhardt. No nos hace falta una diva, aquí solo queremos una cara bonita y joven. Aunque actúe como el culo, maldita sea.

Me pusieron una asistente para que me acompañara a las tiendas de tejidos y a los Cornejo de allí (porque había alquiler de vestuario, ¿cómo no?, también en Los Ángeles). Era una puertorriqueña que se llamaba Gloria y que llevaba tres años trabajando para Carson. Pronto me di cuenta de que podía contar con ella para las cosas más sencillas, los botones, las hebillas, los cuellos, los escarpines, y también para las más complejas, porque conocía a la perfección la trastienda del mundo del vestuario y siempre sabía qué terreno pisaba.

Fue ella la que me contó lo de Linda Macy.

—Está en el hospital.

—¿Por qué?

—Un aborto. Provocado. No saben cuándo se va a recuperar, ha tenido complicaciones y está bastante mal.

—¿La van a sustituir?

—He oído que están pensando ofrecerle el papel a Bette Davis. Pero no creo que acepte.

Esa noche llamé a Stéfano. A su despacho de Madrid.

Le conté lo que pasaba.

—Es inútil, Henar. Ya han indemnizado a Cecilia —me dijo, y lo noté que lo aceptaba sin demasiado disgusto—. No podemos hacer más.

—Pero ¿por qué? Es el momento adecuado.

Página 133

—Lo que han argumentado para rechazarla es que es vieja para el papel. ¿Te imaginas lo que eso supondría para ella si se llega a enterar?

Sí, claro que me hacía una idea.

—Pues están hablando de Bette Davis. Y Cecilia no es mayor que ella.

—Déjalo, Henar. De verdad. Déjalo.

Recordé cómo posaba para aquel fotógrafo italiano cuando creía que el papel era suyo. Los dioses mutan mientras que los humanos acumulan inútilmente puñados de esperanza.

Luca y yo hemos llegado a Matala al anochecer. Nuestro viejo coche no da mucho de sí, es cierto, pero aquí, con estas carreteras, no merece la pena tener un coche decente.

En la ladera sur, en el contrafuerte del muelle, hay una pintada: LA VIDA ES HOY. MAÑANA NUNCA LLEGA. Letras grandes y azules, seguramente hechas con una brocha de encalar. Me siento como Europa a lomos del toro blanco.

Los dioses mutan.

Se transforman constantemente, según les dictan sus caprichos o sus estados de ánimo.

¿Hago yo lo mismo? Unos días me siento Caterina Cornaro intentando escapar de todos los que me han estado utilizando, otros la chica del cuadro de la madre de Rute con el corazón extirpado y un ala rota, o una Virgen de Mantegna… Luca no sabe nada de esto, porque si lo supiera diría que tengo fantasías narcisistas.

Nos han dicho en el café que Rute y Damen están en la playa. El sol se está poniendo sobre el mar de Libia y las nubes han teñido de púrpura el cielo; un grupo subido a una roca construye una bóveda que parece tan artificial como un brocado. Oímos la canción de Joni Mitchell desde lejos:

El viento sopla desde África.

Anoche no pude dormir.

Oh, ya sabes que es difícil salir de aquí, Carey, porque en realidad no es mi casa.

Mis uñas están sucias, tengo arena en los pies.

Y echo de menos mi ropa blanca y limpia y mi colonia francesa.

Es Rute la que canta. Damen toca su lira apoyándola contra las piernas. El cielo rojizo, la noche que se acerca, mis amigos… Dentro de poco, yo

Página 134

también tendré las uñas sucias y los hombros quemados.

Damen y ella ocupan una casucha de pescadores, pero mucha gente vive en las cuevas. Algunas están abiertas, otras tienen una tela a modo de cortina o un entramado de cañas como puerta. Todos hacen algo para que parezca que están allí de forma definitiva. Pero no es verdad. Jugamos. Es un juego sin ningún riesgo, porque todos sabemos que tarde o temprano vamos a volver a casa.

Parece como si de pronto todo el mundo se hubiera puesto en marcha. La gente viaja constantemente. Hay una generación de jóvenes vagabundos que pasan por Matala con la mochila y acaso una rudimentaria tienda de campaña. A veces solo es un saco de dormir. Llegan en pequeñas oleadas desde Londres o Amsterdam. Todos sueñan con el paso Khyber que les llevará a Peshawar y a Lahore, y después a Delhi o a Goa. Nadie tiene prisa. Por eso recalan en Matala. Quedan aquí unos con otros, en el café Mermaid; se citan para intercambiar experiencias porque muchos de los que llegan traen grabado en los ojos un paisaje que todavía no han visto. Me gusta la idea de ser una de ellos. Me tienta desde la distancia. Pero yo no valgo para eso.

Tengo treinta y cuatro años. ¿Tan solo? ¿O son demasiados?

Los días de Matala… Largos como amarras, finos como ovillos de seda. Una vida ligera, sin peso, tan vacía de realidad que uno casi podía sentir que flotaba en el aire.

Entre los que viven en las cuevas hay una chica muy joven con su bebé de apenas seis meses. Me asombra su valentía. ¿Qué hace allí? ¿Hasta cuándo aguantará? ¿Es una vida adecuada para un niño que todavía mama del pecho firme de su madre? Nos hicimos amigas. Sigo recordando a esa chica americana como si nunca hubiéramos dejado de serlo, como si me escribiera cartas desde su vida posterior, la imagino en una pequeña ciudad de los Estados Unidos, casada con un tipo vulgar que la devuelve al mundo convencional y que detesta lo que ella ha hecho en el pasado. Yo era mayor. Una mujer hecha y derecha. Tenía una profesión, una casa con moreras, un coche, dinero para subsistir, tenía días atesorados y experiencias traumáticas, largos mechones de conocimiento que me permitían defenderme del futuro. Y sobre todo tenía a Luca. Ella era tan solo una niña con un bebé en brazos. ¿Cuántas veces he recordado a esa chica y me he preocupado por su futuro?

Hace calor y estamos tumbadas en los guijarros. Ella ha puesto al bebé a la sombra de una de las grandes rocas de arenisca, pero el niño llora, y cada

Página 135

vez que lo hace ella se lo pone al pecho. Me hace revivir mi malograda experiencia como madre. ¿Qué habría sido de mí si mi hijo no hubiera nacido muerto? ¿Seguiría con Martín, en España, yendo a casa de mi madre en Navidad y pasando los veranos en Las Arenas? ¿Qué demonios cosería? ¿Quién estaría ahora en mi lugar, durmiendo al lado de Luca? ¿Yo sería yo?

Unos días más tarde…

Alguien ha hecho un toldo con cuatro ramas de tamarisco y una tela india. Nos metemos allí, la chica, Rute y yo. Le hemos traído una fuente de pulpo de la taberna y ella come vorazmente. Luego enciende un porro y fuma sin preocuparse de lo que la marihuana hará en el cuerpo del bebé que se alimenta de su leche.

—No le pasa nada. Así duerme mejor.

Acaricio el collar de coral nepalí que llevo desde hace años. Estoy desnuda, solo con esas cuentas rojas ensartadas en hilo de pita. La chica tiende la mano y lo toca.

—Qué bonito —dice—. ¿Me dejas ponérmelo?

Dejo que se lo pruebe mientras recuerdo a la muchacha que me lo vendió en Sunset Strip. Por un momento las confundo, me parecen la misma persona.

—¿Habéis ido a la cueva marina? —pregunta sin que venga a cuento.

No sabemos a qué cueva se refiere.

—Solo se puede llegar nadando —añade—. Dicen que dentro hay una playa secreta, que al principio las aguas son tan profundas que al entrar parecen negras y que luego, cuando alcanzas la playa interior, se vuelven de un color turquesa transparente. Un pescador me ha dicho que es allí donde nació Zeus.

Sé que no es verdad. La leyenda dice que Zeus nació en Creta, es cierto, pero no en esa cueva de la que ella habla, sino en el monte Dicte, en la zona de Lasithi, en otra cueva escondida que tiene un lago en su parte más profunda. Esa chica no sabe nada. Yo he estado allí con Luca, hemos bajado hasta las profundidades del lago y hemos visto las enormes estalactitas que penden sobre el agua oscura. No sé si ella cree todo lo que le cuentan, pero me confunde su ingenuidad. Como la de aquella otra muchacha de Sunset Strip que insistía en que el valle de Katmandú estuvo cubierto por las aguas durante el diluvio universal. Todas estas chicas se parecen demasiado entre sí.

Rute pregunta por la cueva marina. Veo el desafío en sus ojos. Es peligroso, pero somos gente sin miedo. Dos días más tarde, Rute se empeña en ir nadando y me pide que la acompañe. Me niego. El mar, tan azul e inofensivo, me sigue dando miedo.

Página 136

Índigo.

Añil.

Ultramarino.

Cobalto.

Esos colores contienen miles de naufragios, cuerpos arrojados a la arena a través de los siglos. No es cierto que los toros puedan andar sobre sus aguas.

Desde que estuvimos en Finlandia, Rute ya no es la que me protege; ahora conozco sus debilidades, su fragilidad, y soy yo muchas veces la que intenta hacerla entrar en razón.

—No. Y tú tampoco deberías ir.

Ese presente eterno que convierte los recuerdos en un permanente hoy. No sé por qué, pienso en las tres moiras.

Así que va. Se sumerge, voltea el saliente de roca caliza con largas brazadas de sirena y desaparece de mi vista. Es buena nadadora y aguanta mucho bajo el agua; pero dos horas más tarde cuando todavía no ha vuelto, aviso a Damen. Él consigue que Nicos, un pescador que a veces nos presta su barca, le acompañe a la cueva.

Vuelven con Rute. La veo recostada sobre las maderas rojas de la barca, tapada con una manta andrajosa, y recuerdo el cuadro que pintaba su madre. ¿Qué es eso terrible que pienso? ¿Esa mujer borracha ha pretendido cortar el hilo de su vida pintando un cuadro? Son demasiadas casualidades no solo fruto de la ansiedad o del miedo. Rute ha estado a punto de ahogarse. Vuelve tan maltrecha de su aventura que en cualquier momento podría salirle el ala rota por debajo de la manta que la cubre. Está consciente. Cuando me ve en la orilla, sonríe débilmente y me guiña un ojo. Luego la llevamos a casa para que entre en calor y Damen prepara un té. Nos deja a solas y lo único que se me ocurre es poner mi collar de la buena suerte alrededor de su cuello. No quiero decir nada recriminatorio, pero Rute se siente culpable y eso se nota, porque intenta explicarme lo que sentía nadando bajo el sol y la sensación oscura de entrar buceando en la cueva.

—No puedes imaginar, era alucinante, como colocón de ácido.

No he nombrado el peligro, ni mis temores, ni siquiera lo preocupado que estaba Damen, pero le contesto con uno de esos refranes que tanto le gustan.

—Ya sabes lo que dicen: el sueño y la muerte, próximos parientes.

En Matala resonaban ecos que venían de todas las direcciones del tiempo. Las de atrás, como presagios: una Rute yacente con el corazón en la mano que, si miraba atentamente, quizá se transformara en un mal agüero. Sin más.

Página 137

Finlandia en el pasado. Matala en el presente. Una hamaca de tela roja con grecas blancas en la que pasaría los peores días de mi futuro.

Toso.

Todo el tiempo.

Desde Finlandia tengo el pecho como un caldero hirviendo.

—Tienes que ir al médico —me dice demasiadas veces Damen—. Esa tos no me gusta nada.

No le hago ningún caso. Los médicos son para el mundo real y aquí estamos en otro sitio. Matala no requiere médicos, ni diagnósticos; esto no es Turku. La vida aquí consiste en probar toda clase de drogas, caer en agujeros dorados, flotar por corrientes de aire, desvanecerte como si te hubieras roto en pedazos y aún faltara mucho para recomponerte. Buscamos coartadas para hacer todo lo que no haríamos sin ellas. Me acuesto en la playa con un australiano del que al principio ni siquiera sé el nombre. Pienso que es alguien que llega y que desaparecerá poco después. Lo hacemos sobre los guijarros, bajo la cúpula estrellada, y creo que es más por la situación que por él mismo. Vivo dentro de una canción y luego me traslado a una cueva que ha quedado libre con ese muchacho que ahora sé que se llama Peter y que pasa el día tocando una enorme flauta de eucalipto que llama didyeridú. A Damen no le parece bien, lo sé; piensa en Luca, también lo sé, pero yo no tengo ningún sentimiento de culpa, ninguna certeza de traición, solo la preciosa sensación de que puedo hacer cualquier cosa, ahora me he convertido en una especie de Cecilia con hambre de juventud. Puedo vivir experiencias locas y olvidarlo todo a la mañana siguiente. Las cosas pasan, los dioses mutan, todo nos está permitido. Aquí también está prohibido prohibir, querido Damen.

Fue en Matala donde por fin me deshice del resentimiento. Cuando me vi haciendo lo mismo que había reprochado a Cecilia y a Martín durante años. Yo también era capaz de saltarme las normas, engañar a Luca, acostarme con un hombre más joven que yo. Pero no iba a matar a nadie. Eso no. Simplemente me estaba limpiando de negrura.

Peter se ha instalado en la entrada de la cueva con su didyeridú. El sonido no es nada agradable, diga él lo que diga. Parece algo viejo; no ancestral, solo viejo. No me concierne.

—Qué bien suena.

Página 138

La chica que tiene un bebé se ha acercado a nuestra cueva. Esta vez no lleva al niño con ella. No sé dónde lo habrá dejado. Se sienta frente a Peter con los ojos cuajados de una absurda admiración que tampoco me concierne. Los dos son irritantemente jóvenes, nuevos; el hambre de vida palpita bajo las pieles quemadas por el sol de Matala. Me resultan ajenos.

Me voy de allí. Sola. Con mis treinta y cuatro años.

Veo a Rute en la playa. Está fumando algo en una pipa de cristal.

—¿Quieres? —me dice cuando me siento a su lado.

Sí, esa noche sí quiero. Cojo la pipa y aspiro con fuerza. Creo que no es marihuana porque el efecto es demasiado repentino. Mi cerebro no está preparado para esta súbita liberación de dopamina. Me acuerdo de Martín y de nuestra excursión al monte. Me acuerdo de todo lo que me ha hecho feliz. Y luego, como en sombras, lo que me arrebató la felicidad. El amor y las drogas parecen producir el mismo efecto en mí.

Quizá no fue aquel día en que apareció con el pareo y los huevos en nuestra casa de Chania cuando le conté lo que había ocurrido con Cecilia y con Martín. Puede que tampoco fuera en Finlandia, mientras todo estaba distorsionado por la fiebre. Quizá lo hice en Matala, las dos en la playa, mareada por aquella desconocida droga, mirando el mar oscuro y el cielo estrellado. Puede que fuera allí.

Coartadas. Somos los dueños de la vida, los jefes absolutos de nuestro destino, el mundo se ablanda tanto…; la vida se derrite en Matala; no son los días, es otra cosa, una especie de sueño que soñamos al unísono; por eso podemos jugar a ver quién tiene la mayor dosis de atrevimiento, quién se adentra más en las cuevas que contienen playas secretas.

Y luego, cuando regreso dando tumbos a la cueva, encuentro a la chica del bebé dormida al lado de Peter. El didyeridú permanece mudo contra la pared de piedra. No pienso en nada, no me preocupa lo que haya pasado, me tumbo junto a ellos y me duermo. El rencor y la clemencia han entrado en colisión dentro de mí. Ni siquiera es una batalla, más bien un reconocimiento de que ambas cosas existen y las dos me pertenecen. No sé si podré seguir odiando a Martín por ese empeño oscuro de creer que fue él quien mató a Cecilia. ¿Cómo viviré ahora que ya no dispongo del resentimiento? Ese día perdí mi collar nepalí. Supe enseguida que la chica del bebé me lo había robado.

Rute anda todo el día colocada. Fuma hachís, marihuana, toma ácido, lo que sea. Casi siempre está pegada a su laúd, improvisando melodías que luego no

Página 139

recuerda. Parece demasiado ausente y creo que Damen está preocupado. Pero yo no. He estado con ella en Finlandia y la he visto afrontar cosas a las que yo no he sido capaz de enfrentarme. No fui al funeral de mi padre. No veo a mi madre desde hace años. Ni siquiera soy capaz de abrir las cartas de Martín.

Rute no es así.

Ella habla de su infancia, explica con frialdad sus traumas infantiles, correlaciona el pasado con el presente como si las tres moiras trabajaran al unísono. Creo que, de algún modo secreto, incluso para ella misma, siempre está en el archipiélago de Turku. ¿Por qué son tan importantes los padres? ¿Por qué siempre están ahí, como una incógnita sin resolver?

Una tarde pasó una cosa que hizo que el pueblo se nos pusiera en contra. Rute había tomado algo, no sé, seguramente un ácido, porque andaba desnuda por la playa, se metía entre las olas y jugaba como una niña. Nos miraba desde la orilla como si fuéramos fantasmas, sin vernos. Cuando el sol se puso por detrás de las cuevas, Damen la sacó del agua y ella se tumbó obediente en la arena, que se le pegaba a la piel como el barro a los elefantes africanos de los documentales. Se quedó boca abajo. La brisa soplaba desde el mar tan tenue que parecía inexistente.

—Qué calor —dijo con un inesperado acento de hastío—. No soporto sol. Se levantó repentinamente. Empezó a andar hacia el muro, con grandes zancadas, desnuda como estaba. Pensé que no saldría de la playa, pero lo hizo. Subió la rampa, dio la vuelta a la primera casa y debió de meterse en el café. Damen se alarmó y fue tras ella. La encontró en medio de cinco o seis hombres que la miraban con regocijo y al mismo tiempo con desaprobación.

Bebía un vaso de agua.

Damen tuvo que llevársela casi a la fuerza después de pedir disculpas a los parroquianos. Creo que alguno les increpó antes de que Damen pudiera cubrir el cuerpo desnudo de Rute con una toalla deshilachada.

—Nos vamos.

Rute y Damen habían venido a buscarme a la playa. Me había bañado y tenía el pelo pegado a la nuca. Recuerdo eso. Esa humedad desconcertante y el collar que había arrebatado a la chica que me lo había robado.

—¿Adónde? —pregunté.

—A casa —dijo Rute. Por un momento pensé que se refería a Finlandia. —Se acabó la aventura hippy —añadió Damen con una gravedad nada

propia de él—. Tenemos que volver a Vrises y continuar con nuestras vidas.

Esto se nos ha ido de las manos.

Página 140

Rute y el hachís. Rute y la marihuana. Rute y las pequeñas pastillas que la tienen horas alucinando. Esa pipa india. Supe que era por eso.

—Tú tampoco deberías quedarte.

Ah… ¿Le preocupaba a Damen que viviera en una cueva con aquel australiano? ¿Pensaba en Luca? ¿En el celoso corazón napolitano de Luca?

—Tienes que ir a Heraklion a que te vea un médico.

Vaya…, no era por Luca. Era por la maldita tos.

El día que nos marchamos miré Matala Beach por última vez. Las cuevas estaban bañadas por una luz lechosa que las volvía más claras de lo que realmente eran. Espacios blancos con huecos oscuros. Gente que se refugiaba allí para conservar algo que parecía verdadero. Pensé en Chania. En mi casa con árboles de troncos encalados a los que habrá que poner una red bajo la copa para poder recoger las moras. En la mesa que había comprado en un almacén del puerto y que tenía que pintar. En las cartas de Martín que estaban en el cajón de esa mesa y que me negaba a abrir. No las quería perder. En mi vida siempre había algo a lo que no estaba dispuesta a renunciar.

Nos miré. A Rute, a Damen y a mí. A ellos por fuera y a mí por dentro. La fatiga se había apoderado de nosotros. En la playa el sol asomaba tímidamente, el café Mermaid permanecía cerrado, las sillas recogidas; el amanecer ya no era el comienzo de un nuevo día sino el final de una vida. Me invadió una sensación fea y desabrida, como cuando se acaban las vacaciones. ¿Dónde estaba la gente? Los que cantaban, los que reían, los que se amaban… La chica con su bebé ahíto de marihuana y el sonido del didyeridú. Muchos se habían ido ya, unos hacia otro paraíso recién descubierto, otros a casa. Porque todos teníamos una casa a la que volver. La mía estaba en Chania.

Luca también regresó de Milán. La exposición había tenido más éxito del que esperaba y le habían pagado muy bien por el trabajo de publicidad. Dijo que Milán se estaba convirtiendo en la capital del diseño. Se acabó París, comentó, ya solo cuenta Milán en el mundo de la moda.

—El ready-to-wear se consolida a pasos agigantados —añadió—. Se acabó definitivamente la alta costura francesa. Ahora, todo lo importante ocurre en la Via Montenapoleone, no en los Champs Elysées ni en Bond Street. ¿Has oído hablar de un tipo llamado Giorgio Armani?

No. Nunca había oído hablar de ese tal Armani.

—Pues ojo, que va a dar la campanada. Creo que se convertirá en el nuevo Dior.

Página 141

A veces me irritaba la forma en que Luca quería devolverme al mundo en que me había movido profesionalmente. Él conocía mis intereses, lo que me fascinaba, y lo usaba contra mis propias decisiones.

No le pregunté qué tipo de ropa hacía Armani, imaginé que un prêt-à-porter o, como él decía, un ready-to-wear, listo desde fábrica en todas las tallas posibles. Los modistos de mi época habrían maldecido mil veces. ¿Dónde quedaría la precisión de la cintura, el talle, la curva de cada cadera; dónde los largos que mejor sentaban a cada mujer; dónde las mangas francesas o los escotes de barco, en uve, cuadrados, que se imponían después de la primera prueba? Luca entendía de moda, pero solo había fotografiado los resultados finales; no sabía nada del proceso.

—Tendrías que acompañarme alguna vez a Milán —insistió—, no está tan lejos. Y no te preocupes, allí no encontrarás muchos periodistas españoles.

Me parecía raro que existiera una realidad fuera de Creta, que el mundo siguiera dando vueltas y que las cosas se transformaran sin que yo estuviera presente. Luca llamaba a esto «adanismo». Decía que era una reflexión pueril y que solo los niños acostumbran creer que el mundo no existe antes de ellos, que por eso les resulta tan difícil admitir que sus padres han sido jóvenes o también niños alguna vez. Me fastidiaba el tono paternalista que usaba a veces conmigo. Él no lo sabía todo, no estaba presente cuando ocurrió, así que no podía comprender cómo me sentía al respecto.

Página 142

Dos hombres frente a frente

Creta, 1986

La isla era más verde de lo que había imaginado. Grandes montañas, desnudas en las cimas, pero con laderas y colinas cubiertas por un denso manto de olivos, tupidas franjas de adelfas en las cunetas y grandes sicomoros que amenazaban con volcar sus ramas sobre la carretera. Cada pocos kilómetros asomaba el mar, de un azul tan intenso y primario que podía haber sido pintado por un niño con ceras de colores. Entre algunas fincas abandonadas había retamas, higueras y algarrobos dispuestos en absoluto desorden, como lindes mal trazadas.

¿Cuándo supe de él? El maldito italiano, un mascalzone que había forjado músculo en los suburbios de Nápoles y que estaba dispuesto a aguantar cualquier humillación con tal de vivir del dinero de Henar. Ella le trataba mal, como a un siervo, me dijo Íñigo. Yo me alegré por los dos, por ella, que debía de ser muy infeliz si necesitaba humillar al hombre con el que vivía, y por él, porque me lo imaginaba bravucón y asquerosamente viril, oliendo a esperma retenido y agachando la testuz como un carnero obligado a entrar en el corral.

La casa estaba más allá de la ciudad de Chania, en un lugar demasiado apartado para encontrarlo a la primera. Me perdí entre las casas de veraneo de las playas, todas con patios delanteros y grandes buganvillas, hasta que decidí meter el coche por una pista sin asfaltar que amenazaba con desembocar en el mismo mar. Era un paraje tan solitario que me sorprendió. No esperaba que la dichosa casa fuera así: una construcción sin ninguna gracia, dos cubos de igual tamaño, pegados el uno al otro, a diferente nivel, con ventanas pequeñas y paredes mal encaladas. Hacía mucho que nadie se había ocupado de ella. ¿Murió Henar en ese lugar infecto? ¿Tan lejos de todo?

Cambié de opinión en cuanto di la vuelta a la casa y vi el emparrado del porche y la panorámica detrás de las moreras. Aunque no se podían ver el puerto veneciano ni el antiguo faro, ocultos ambos por recovecos de tierra firme, el inacabable mar era azul y verde, todo a la vez, y el color se expandía

Página 143

con la brisa en suaves ondas superficiales que lo hacían oscilar de más intenso a casi transparente. Las lenguas rocosas que penetraban en el mar se abrían en un rosario de playas que me recordaba al levante español de hace treinta años.

De pronto salió. Tampoco a él lo esperaba así. Era más joven que yo pero parecía más viejo. Más endeble. Tenía el pelo blanco, barba entrecana y gafas. ¡Gafas! Como un inofensivo profesor que hubiera venido a la isla para estudiar la civilización minoica.

—¿Es usted Martín? —preguntó desde la puerta.

Me acerqué y le tendí la mano.

—Martín Leibar —me oí decir con más amabilidad de la que en verdad pretendía.

—Yo soy Luca —dijo estrechándomela—. Luca Tuzzi. ¿Quiere pasar o prefiere que nos sentemos fuera?

Lancé una mirada al mar turquesa y a las playas lejanas.

—Esto es impresionante —dije.

—Pues aquí estaremos bien. Las vistas son lo único bueno de esta casa. Me senté en una silla que oscilaba bajo mi peso y él sirvió una botella de

vino sin etiqueta, dos vasos, y un pequeño cuenco con olivas negras y arrugadas. Las puso sobre la gran mesa de piedra. Debajo de las moreras se apiñaban los frutos deshechos y viscosos, aplastados contra el suelo. La sangre negra de las moras teñía la tierra con un tono arcaico.

Estaba nervioso, tengo que confesarlo. A mi izquierda, la ladera descendía tapizada por matas de salvia, tomillo y orégano. Ese olor incitaba a esperar que alguien te sirviera una suculenta comida, pero el estómago se me había encogido como cuando tenía que enfrentarme a la mirada inquisitiva del padre de Henar. Era infantil y absurdo.

Bebimos, después de que él alzara su vaso por Henar, y cada uno esperó a que el otro iniciara la conversación. Lo más indicado habría sido comentar alguna cosa sobre la isla, las costumbres ancestrales o el reciente terremoto que había tenido lugar en la ciudad de Kalamata y en el que habían fallecido seis personas. Pero no ocurrió así. La mano que apretaba mi estómago lo impidió.

—¿Cómo murió? —pregunté antes de que la mano invisible subiera hasta la garganta y me dejara mudo.

Luca Tuzzi me miraba directamente a los ojos. Eso me ponía más nervioso si cabe, pero no estaba dispuesto a perder el tiempo.

—Tenía cáncer desde hacía años, pero le hicimos frente. Al final fue una metástasis en el cerebro lo que se la llevó. Pesaba cuarenta kilos y ni siquiera

Página 144

podía hablar.

«Le hicimos frente»… Esa frase me desarmó por completo. Venía dispuesto a sentir compasión por mi mujer muerta y ahora la complicidad de aquel hombre se estaba instalando sobre cualquier pensamiento previo.

—¿Sufrió mucho?

Luca hizo un gesto ambiguo, encogiendo los hombros. No era un sí, pero era una respuesta afirmativa.

—Solo a partir de un momento, muy al final —aclaró—. Perdió el control de los esfínteres y eso hizo que abandonara cualquier resistencia. Se dejó llevar.

—Pobre Henar —dije sin darme cuenta de que estaba hablando con el hombre que había pasado los últimos años con ella—. Era tan alegre, siempre elegante y llena de vida…

—Alegre… —murmuró él, pensativo.

Se hizo un silencio. Seguramente hablábamos de dos mujeres diferentes, aunque las dos fueran la misma.

—He pedido hora con el notario. —La voz de Luca Tuzzi aplastó mis pensamientos—. Para dentro de dos días.

No entendí lo que quería decir.

—Usted ha venido por el tema de la casa, ¿no?

Una nueva pregunta. Desconcertante, aunque también era algo que tarde o temprano tenía que surgir.

—En cierto modo —respondí.

No estaba seguro de que me importaran demasiado mis derechos como heredero legal. En el fondo, era otra cosa lo que yo había venido a buscar a Creta.

—No vale mucho —dijo Luca llenando los vasos de nuevo—, en esta zona no se puede construir. Ni siquiera podrá ampliar la vivienda; ahora las cosas no son como antes, hay planes urbanísticos para proteger la costa, ya sabe, por el turismo masivo… Le aconsejo que pida una tasación, no le llevará mucho tiempo; luego me gustaría hacerle una oferta.

—¿Quiere quedarse aquí? —pregunté, incrédulo.

—Quedarme quizá no, pero conservarla sí.

Fue entonces cuando oí que se acercaba un coche. Tenía que ser un coche viejo porque armaba un ruido de mil demonios. Fui consciente cuando se apagó el motor al otro lado de la casa.

Apareció una mujer en el porche. Era muy alta, rubia, con el pelo entreverado de finos mechones blancos, y llevaba una fuente de cristal tapada

Página 145

con un paño de cocina. Se acercó sonriente y besó a Luca en los labios. Así que él también tenía a otra. ¿Desde cuándo?

—Es Martín —aclaró Luca—. El marido español de Henar.

—Yásas —exclamó alegre en lo que supuse que era un saludo en griego —, soy Rute. Amiga de casa. —Luego se volvió de nuevo hacia Luca, que parecía completamente relajado—. Te he hecho musaka. Damen vendrá luego, con camioneta. Él trae pan y rollos de canela que te gustan.

Supongo que se dio cuenta de que había interrumpido una conversación importante y reaccionó de inmediato.

—Voy a buscar unos tomates a huerto y prepararé ensalada.

Luca la miró alejarse mientras me decía:

—Rute es finlandesa. Ella y Damen se empeñan en cuidarme. Eso parecía, porque Rute asomó por la puerta y dijo gritando: —¿Os apetece un poco de música?

Tres minutos más tarde estaba sonando Miles Davis y su «Blue in Green». ¿Era simple casualidad?

—Era el disco favorito de Henar —dijo Luca.

Frené el impulso de soltar que lo sabía muy bien, que ese disco lo habíamos escuchado juntos docenas de veces en casa de Cecilia, que nos habíamos apretado el uno contra el otro y que habíamos girado juntos sobre los surcos de vinilo. Pero ¿para qué? En esos momentos solo podía pensar en Henar, en el mar turquesa y en las ganas que tenía de decirle: ¿qué haces muerta?, no puedes perderte estos tonos de azules en verde. De la casa también salía un empachoso olor a aceite frito. Recordé que en Chania, unas horas antes, había pasado por delante de un restaurante que, como reclamo de su comida, lucía un cartel en varios idiomas. El español no figuraba, pero la versión italiana decía: NO CALAMARI. Luego comprobé que el resto de los restaurantes turísticos anunciaban platos de calamares fritos en sus paneles. ¿Estaba la finlandesa preparando aquellos anillos tan poco apreciados? El olor, desde luego, era el mismo que el de las freidurías españolas. La posibilidad desdibujó la belleza de Miles Davis. La sepultó en aceite usado.

El tal Damen llegó al cabo de un rato en una destartalada camioneta que en algún momento debió de ser roja. Ahora, llena de abolladuras y con la pintura comida por el sol, solo parecía un trasto rescatado del desguace.

—¿Qué hay por aquí?

La pregunta tenía, sin duda, algo que ver con mi presencia.

—Martín Leibar —me presentó rápidamente Luca—. Ya te he hablado de

él.

Página 146

El griego asintió con cara de pocos amigos.

—¿Qué estáis bebiendo? ¿Vino? ¿Con el calor que hace? —Su español era impecable y, desde luego, mejor que el de su mujer—. Si no os importa, yo voy a por una cerveza.

Estuve a punto de pedir otra, porque el vino, además de malo, estaba demasiado caliente.

—¿Qué me dice de la casa? ¿Le interesaría vendérmela? Henar le tenía mucho cariño a este sitio, más que yo.

Me la imaginaba allí, trasteando entre las macetas resecas y cantando a media voz. Me la imaginaba con aquel hombre, recostada en su hombro, queriéndole quizá y pensando en mí mientras hacían el amor con la ventana abierta.

Mis recuerdos de ella. Hechos de ella.

Fatigosos. Ásperos. Siempre esquivos y descuartizados.

Ahora, mientras el disco de Miles Davis toca a su fin, estoy en Chania y también en la casa en la que sucedió todo.

Alargué la mano y tropecé con su cuerpo. La cama no era la mía. El cuerpo no era el de Henar. La traición se retorcía, informe, bajo las sábanas. Debilidad. Faltas. Necesidades.

En ese instante nadie lo sabía excepto yo, así que aún era inocente.

Rute y Damen salieron a la vez, ella con los platos y los cubiertos, él con una botella de cerveza que chorreaba espuma. Qué sencillo parecía el mundo allí, ligeramente elevados sobre el nivel del mar, con los amigos de la que un día había sido mi mujer, una calurosa mañana de mayo.

Pensaba que no podría probar bocado, pero al final se me contagió el apetito de los amigos de Luca, el modo en que parecían disfrutar de cada bocado.

Todos bebíamos.

Todos reíamos.

La botella de ouzo sobre la mesa de piedra. Damen era divertido. Contaba chistes y anécdotas de cuando había vivido en Granada y lo hacía con bastante gracia. Rute le seguía el juego. Los dos hablaban un castellano correcto, aunque salpicado de palabras que yo no entendía. Las copas se llenaban una y otra vez y la botella de aguardiente iba y venía por la mesa como si estuviéramos jugando a la ouija.

Página 147

Cuando pregunté por el lavabo, Luca se levantó un poco borracho y me acompañó al interior de la casa. Todavía no la había visto por dentro, así que me sorprendió la amplitud del vestíbulo y el hecho de que no hubiera puertas, solo arcos abiertos que separaban una estancia de otra. De las paredes colgaban fotografías de gran tamaño. Muchas. Todas las de la entrada eran del mismo paisaje: el mar azul, el mar verde, el mar gris, una mata de espliego florecida, sin flores, seca; y los barrios de Chania al fondo, a veces iluminados por el sol sesgado del invierno y otras abrazados por una luz cenital que hacía brillar los edificios como trozos de hojalata.

—¿Son tuyas? —le pregunté a Luca.

—Sí, hago una cada año. Siempre desde el mismo punto. ¿Ves aquel saliente? —Señaló un lugar a la derecha de la mesa en la que habíamos comido, justo al borde del terraplén—. Pues allí pongo la cámara.

—Interesante —reconocí—. Da una idea muy precisa del paso del tiempo. —Sí. Lo que permanece y no obstante cambia. Curioso, ¿verdad? Eso del

tiempo es una enorme putada. Nos deja demasiado indefensos.

Habría querido responder, pero las palabras se me atragantaron. Entendía a aquel hombre y la complicidad se estaba haciendo más grande de lo que en un principio deseaba permitir. Él y Henar. Henar y yo. Era un trago de ouzo demasiado largo.

Me llevó a través de una sala destartalada, en la que había un sofá tapizado de rojo, sucio y descolorido, y una mesa cubierta de periódicos y revistas.

—Solo tenemos un cuarto de baño.

Lo que sin duda quería advertir Luca era que para llegar al baño había que cruzar el dormitorio principal. Entré sin mirar apenas la habitación. El pudor me lo impedía. O la impresión de que si volvía la vista hacia la cama vería en ella a Henar. Muriéndose.

En el baño recordé lo que había sentido cuando Íñigo me dijo que Henar tenía cáncer. Una conmoción llena de contradicciones, deseos de verla, quizá de despedirme de buena manera después de tantos años de conflictos, y también una inconfesable sensación de libertad final: por fin me soltaba, me dejaba vivir mi vida sin ella. Todo confuso, los sentimientos llegaban en oleadas ingobernables, mi mente iba y venía de una cosa a su contraria y ambas parecían verdad. Luego ella no murió, como yo había presentido, se repuso y creo que no volví a preguntar por su salud en dos o tres años. La guerra que enfrentaba todos aquellos delirios se extravió dentro de mí, solo para volver intactos después de su muerte. Cuando ya no se podía hacer nada.

Página 148

Al salir del baño ya se oía la música. Sus voces. Damen y Rute.

Esta vez sí me demoré en el dormitorio. Sabía que no era correcto, que no me convenía, pero no pude evitarlo. La cama que seguramente todavía conservaba el hueco de su cuerpo. Una mesa pintada de verde. Una silla de madera. Más fotos. Allí estaba ella, viva, joven, tercamente presente tras el objetivo implacable de Luca, que había fotografiado sus incipientes arrugas de la cuarentena, sus finas hebras plateadas entre el cabello aún negro, con todo detalle, sus manos que ya apenas recordaba… Y de pronto, el rostro deformado por la hinchazón y la cabeza cubierta con un pañuelo colocado a modo de turbante. Allí. Una vida entera en la que yo no había participado.

La música seguía sonando en el exterior. La lira cretense y el laúd. Una canción cantada a dos voces, palabras que no conocía, pero con una entonación que era tan próxima a la española que me pareció que podía comprender lo que decían Damen y Rute si prestaba la debida atención. Aqueos, sidonios, fenicios, romanos, luego los sarracenos expulsados de Al-Andalus, todos aquí, un trozo de tierra entre el mar de Creta y el mar de Libia que ha conocido todos los pueblos y todas las culturas. Los venecianos compraron la isla, ¿a quién?

Salí. La imagen era exactamente como la había imaginado. El sol poniéndose detrás de la invisible ciudad de Chania, un hueco en el paisaje que se podía recomponer sin esfuerzo, y ellos tres alrededor de la mesa de piedra. El aire cálido. Los vapores del alcohol. Una sensación de amistad que seguramente era falsa pero que parecía tan real como la ciudad escondida detrás de los promontorios. Y, sobre todo, Luca.

El otro.

No puedo centrar las imágenes. De pronto el sonido cesó. Quedaron notas sueltas del laúd mientras Damen caía de lado. Lentamente, con la lira aún entre las manos.

Esa noche la pasamos los tres en el hospital de Rétimo. Damen había sufrido un infarto y su situación sería crítica en las siguientes cuarenta y ocho horas. Aunque habíamos ido en mi coche de alquiler, mucho más moderno que la vieja camioneta pickup, tardamos más de una hora en llegar. Las carreteras eran infernales y no había ningún coche que fuera a más de cuarenta. Rute no decía nada, estaba extrañamente serena. Su silencio me conmovió mucho más que si hubiera gritado y maldecido en su idioma incomprensible. Después de toda una larga noche en vela, incluso nos convenció a Luca y a mí para que fuéramos a tomar un café mientras ella esperaba noticias de los médicos.

Página 149

Dimos un largo paseo, bordeando la costa, hasta los pies de la pequeña colina donde se encontraba la fortaleza Veneciana. Amanecía y el aire fresco nos vino bien a los dos.

—Fumaba demasiado. Y había engordado, no se cuidaba.

Luca también estaba muy preocupado. Quería distraerle, así que eché mano de lo que verdaderamente ocupaba mi cabeza en esos momentos: Henar había estado allí, en ese mismo lugar, cuando todavía era mi mujer.

—Fue aquí donde rodaron aquellas escenas de La reina de Chipre, ¿verdad?

—Sí —respondió limpiándose las gafas con el borde de la camisa—. En ese castillo.

—Nunca entendí por qué tuvieron que venir tan lejos.

—Por la isla —respondió él—. Querían ambiente veneciano y algo que se pareciera a Chipre, pero allí no era posible rodar por la guerra.

Recordé. Greco-chipriotas, turco-chipriotas, noticias en los periódicos y en la televisión, Papadópoulos, el arzobispo Makarios, una ciudad que se llamaba Nicosia…

Luca echó un vistazo a la colina de Paleokastro. Los muros inclinados y los bastiones sobre la roca desnuda. Me pareció que quería acordarse de algo que quedaba muy atrás, algo escondido detrás del tiempo.

—A Henar le fascinó este lugar —añadió con nostalgia—. Me dijo que si un día dejaba España, solo querría vivir en Creta.

—¿Tú también estuviste? No lo sabía.

—Sí. Stéfano me pidió que hiciera algunas fotos del rodaje. Para la publicidad.

—¿Stéfano Giarre? —Mi sorpresa iba en aumento.

—Sí. Un tipo bastante singular, la verdad —comentó con desgana—. Al principio me caía bien, pero luego me pareció que le gustaba demasiado manejar a todos a su antojo. Se forró haciendo negocios no demasiado lícitos, ¿sabes?

—Era el novio de la tía de Henar —expliqué, pero él ya lo sabía—, aunque estaba casado. A mí tampoco me pareció nunca trigo limpio.

—Ya —concluyó—. Es que no lo era.

El sol intentaba asomar tímidamente. El este de la antigua ciudad se llenaba de una luz tibia, como si la estuvieran limpiando del polvo de siglos.

—¿Y fue aquí donde os conocisteis Henar y tú? —pregunté mientras un escalofrío de vigilia me sacudía el cuerpo.

Página 150

—Bueno, en realidad no —reconoció Luca—. Ya nos habíamos visto una vez en Madrid. Precisamente en casa de Cecilia Aranguren.

¿En Madrid? ¿Antes? ¿Cuándo empezó lo de estos dos?

—Pero lo cierto es —reconoció tristemente— que yo no me acordaba en absoluto de ella. Parece imposible, pero así fue. Creo que eso no le hizo ninguna gracia.

Podía imaginármelo. Perfectamente.

Regresamos al hospital por el paseo de la costa. Seguramente ninguno de los dos tenía demasiada prisa por volver. Supongo que no queríamos enfrentarnos a la posibilidad de otra muerte.

Página 151

En la fortaleza de Rétimo

Henar, 1966

Exaltación y pánico. Ninguna calma. Yo misma me iba complicando la vida a medida que avanzaba y resolvía los desafíos del vestuario. Era una carrera frenética en la que mi propia inexperiencia me impulsaba hacia delante: en cuanto resolvía un problema iba a buscar otro allá donde lo hubiera. Nada era suficiente, tenía una película que vestir y, en sitios como Alvarado Street o las calles del West Park, había tiendas y almacenes de segunda mano en los que una se podía pasar días enteros.

Gloria, mi asistente, fue fundamental a la hora de abordar el asunto de las joyas y los complementos. No sé por qué me empeñé en reproducir la joyería y los tocados de época con tanto ahínco. Como si no fuera bastante con las telas y los cueros… Carson no se enteró de que encargué rosarios de ámbar y una estola de marta cibelina auténtica, y que mandé hacer una cabeza enjoyada para completarla. No tomé las medidas de los dedos, pero compré anillos que podían usarse, al gusto de la época, en todas las falanges. Gloria me consiguió la dirección de un joyero que reprodujo el collar con un mondadientes que Lorenzo Lotto había pintado en el retrato de Lucina Brembati y que, según el libro que me había regalado Stéfano, se encontraba en la Academia de Carrara. ¿A qué venía tanta minuciosidad? ¿Por qué no abordaba el asunto con los sencillos rasgos que me habían dado tan buen resultado en la obra de teatro?

—Carson me ha preguntado en qué andamos metidas —me dijo Gloria

una tarde—. No le he hablado de las joyas, pero le he contado lo de las

capigliari.

—¿Y?

—Pues te puedes imaginar…, se ha puesto como una furia: que si eso no es cosa tuya, que para algo están peluquería y maquillaje… Bueno, se oían los gritos en San Francisco.

Página 152

Hablé con Carson. Le expliqué que necesitaba ese tocado y que, aunque estuviera hecho de cabello recubierto por una redecilla, no era un postizo sin más.

—Es una especie de rodete —le expliqué— que puso de moda Isabel de Este cuando su marido le contagió la sífilis y se le cayó el pelo. Se adorna con lazos y con pedrería…

—Pues cojonudo —me interrumpió—. ¿Ahora vas a querer que todo el mundo piense que la reina de Chipre tiene sífilis?

No se podía discutir con él, así que me olvidé de la capigliara. A cambio, conseguí que aceptara la estola de marta cibelina. En buena hora…

De Los Ángeles nos fuimos a Creta. El rodaje comenzó allí.

Rodar primero los exteriores, trasladar a todo el equipo hasta una remota isla griega, llenar contenedores, enviarlos por barco a través de medio mundo… No entendía por qué lo hacíamos así. Intenté sugerirle a Carson si no sería mejor empezar en plató, que los actores se familiarizaran con el vestuario y no tuvieran que asarse bajo el sol de Creta.

—¡Maldita sea! —exclamó Carson—. ¿Tú quién diablos eres? ¿La productora ejecutiva? Porque no me había enterado…

No obstante, haciendo acopio de una paciencia que no tenía, al menos conmigo, me explicó que no se podían rodar los exteriores al final, porque si nos fallaba el tiempo o surgían complicaciones, habríamos agotado el presupuesto y él tendría un auténtico problema.

—Siempre se pueden hacer cambios de última hora en plató, es más fácil ajustar los costes.

Así que nos fuimos a Creta. Mi futuro comenzó allí.

Quejas y más quejas. No empecé la película con buen pie. Los trajes pesaban, el calor era insoportable… Al joven actor que hacía de amante de la reina le sudaban las manos y le daban alergia las joyas falsas. Serena Warren, una actriz de segunda a la que no conocía nadie y que finalmente había sido elegida para sustituir a Linda Macy, se negaba a ponerse sobre los hombros la estola de marta cibelina.

—¡Qué asco, por Dios! Si se le ven hasta las garras… Yo no toco a ese bicho inmundo.

Intenté explicarle que la marta cibelina era un símbolo de distinción y poder, que en aquella época las mujeres de los patricios venecianos las consideraban una protección contra los malos augurios y un símbolo de fertilidad. Había mandado hacer una cabeza dorada, tal y como había visto

Página 153

que se completaba la piel para darle más esplendor, pero ella fue a buscar a Carson y se puso a gritarle como una loca.

Carson me dijo que prescindiera de la dichosa estola.

—Pero es un detalle que tengo muy documentado —respondí—, y dirá mucho del rigor histórico del vestuario. El propio Rembrandt cubrió a algunos de sus modelos más ilustres con martas cibelinas.

—Ya, querida, ya. Muy bien por Rembrandt. Y por tu amplio conocimiento artístico. Pero no vamos a optar al Oscar en vestuario, así que olvídate del tema. Solo me falta que esa chiflada de Serena salga con cara de asco en las tomas.

La estola volvió al baúl, la cabeza enjoyada volvió al baúl, con la capigliara. Mi frustración crecía a medida que se instalaban los equipos de rodaje en la fortaleza veneciana de Rétimo y los miembros del equipo nos íbamos conociendo unos a otros, desenterrando rostros anónimos entre los cables, tras la carpintería de las estancias reales, bajo los abrasadores focos. Creo que fue entonces cuando reparé en él. Muy al principio. Un chico con el pelo rubio y la barba oscura, como un marinero que sale de pesca y vuelve cubierto de experiencias y salitre. Así era. Alguien que había visto muchas cosas y que conocía el mundo a través de su cámara. La chica de los pantalones capri no estaba esta vez.

Luca.

Alto.

Desgarbado.

Discreto.

El hombre intermitente, lo llamaba yo por aquel entonces.

Vino a la sala (que no era propiamente una sala, sino más bien un ensanchamiento del pasillo al que habíamos puesto unas cortinas) y me dijo que tenía que hacer algunas fotos de las pruebas de vestuario para la publicidad de la cinta. La cinta, dijo. No la película.

Enseguida hicimos buenas migas. Nos gustamos. Luca Tuzzi no se acordaba de mí, pero recordaba haber estado en casa de Cecilia y dijo que era una pena que al final ella no hubiera conseguido el papel.

—No comprendo cómo Stéfano no se ha impuesto; al fin y al cabo, su dinero es lo que mantiene esta película en pie. Mira, yo mismo estoy aquí por él y, desde luego, la presencia de Cecilia Aranguren no tiene nada que envidiar a la de esa actriz novata. Giarre debe de tener algún motivo importante para que su novia no trabaje en Hollywood; si no, no lo entiendo.

Página 154

Habíamos salido a dar un paseo al atardecer. Llegamos hasta el viejo faro y luego entramos por las callejuelas de la ciudad vieja. Nos sentamos en el borde de una fuente con tres caños. El agua me salpicaba los brazos y a Luca le había mojado el faldón de la camisa.

—¿Estás diciendo que Stéfano no quería que Cecilia hiciera la película? —le pregunté.

Luca se alisó el pelo con la mano.

—Podría ser… Los italianos somos celosos —añadió guiñándome un ojo

—. Nos gusta tener el control. Él no parecía así. Y no lo era. Nunca lo fue.

Salíamos a pasear por las noches, cuando acababa el rodaje. Nos escapábamos del ambiente cerrado de la plantilla de técnicos y actores, como si los dos quisiéramos huir de algo y buscáramos algo también.

Resultaba singular, con aquellas gafas redondas de montura metálica y la barba crecida. Siempre llevaba unas camisas estampadas por fuera de los pantalones, llenas de dibujos, como el cliché de un pintor bohemio que se hubiera refugiado en el trópico. La nariz aplastada le daba un aire un poco canallesco y contrastaba radicalmente con el resto de su cuerpo, con su expresión contenida y elegante, con su actitud. Desde luego, era raro, incongruente. Hasta en el mundo del cine resultaba un poco excéntrico. Y a mí siempre me ha gustado la originalidad.

Hablábamos. Yo más que él. Le contaba cosas de mi vida antes de Martín, de mi familia. Pienso que utilizaba detalles de una pretendida singularidad para captar su atención.

Le hablé de mi infancia, los gigantes y cabezudos en el paseo de El Arenal, un pasacalles de txistularis aficionados y esos gigantes bailando con sus cuerpos reales, porque yo sabía que había alguien dentro de aquella estructura de alambres, no me engañaba en absoluto: es más, por encima de la fantasía que pretendían proyectar yo buscaba el funcionamiento: ¿pesaban mucho?, ¿era difícil mantener el equilibrio?, ¿se caían alguna vez?, ¿cómo te elegían para ir dentro de un gigante?

Le dije que había momentos en la vida que resultaban proféticos. Muchas veces, lo que ignoras se convertirá en algo que no tendrás más remedio que conocer. Yo quería saber cómo funcionaban las cosas, qué había dentro de los gigantes, de sus ropas de farsa, y añadí que quizá ese era uno de los motivos que me habían hecho aterrizar en el cine. Ver las cosas desde dentro,

Página 155

participar de la fiesta y no como una simple espectadora. Contribuir. Me fascinaba la posibilidad de tener un papel en los actos colectivos.

Luca me escuchaba atentamente. Yo sentía una gran necesidad de despertar su interés, quizá su admiración.

También le conté lo que era el Gargantúa, una imagen de cartón piedra con una boca enorme por la que entraban los niños, él se los comía y luego salían, por lo que se suponía que era el culo. Yo nunca me metí. Me daba pavor. ¿Qué habría en el interior de ese monstruo ficticio con cara de aldeano? ¿Habría tripas, comida descomponiéndose?, ¿al salir te manchabas de caca? Me quedaba mirando a los que se atrevían. Entraban con cara de susto, otros con un gesto terco de desafío, y luego, cuando salían, a todos se les iluminaba la cara. No le dije que, a veces, yo me sentía como el Gargantúa y veía a Martín como uno de esos niños que se atrevían con lo desconocido.

Tonterías como esas… Hablar en la noche era reconocerse en voz alta. Luca era más reservado, correspondió a mis confidencias con apenas unas

pinceladas sobre Nápoles, sobre un estudio que tenía su padre y en el que se hacían retratos de bodas y bautizos. Sus comienzos como fotógrafo, desde muy joven, en el cuarto oscuro de una calle donde había una estatua del río Nilo. Yo ponía imágenes encima de sus palabras.

Luego se quedaba en silencio, y yo sentí más de una vez deseos de tocarle. Qué distinto de Martín, y sin embargo… No era algo del todo sexual, pero sí era un impulso que me costaba dominar. Acercarme a aquel cuerpo, traspasar su malla y llegar más adentro. Nada de candor ni de romanticismo. Tan solo el deseo de un cuerpo. Y de su mente secreta.

Pero una noche, cuando ya estábamos en la puerta de mi alojamiento, me desnudé del todo. Ya no eran tonterías sobre los gigantes y cabezudos. Le hablé de mi matrimonio, de las cosas en las que Martín me había defraudado, de las que yo creía que eran culpa mía. Las palabras me salían a borbotones, no podía dejar de hablar. La pérdida del niño, mi falta de responsabilidad, le hablé de la Talidomida y de un hospital en Buenos Aires donde tuve que dar a luz a un hijo muerto.

—¿Por qué te culpas? —dijo, comprensivo—. Eres la víctima, no el verdugo.

Pensé que me iba a abrazar. Inconscientemente, quería provocar que me abrazara. Le había hablado de todo, me había abierto en dos. Ahora él tenía que hacer algo. Pero no lo hizo. Se mantuvo a una prudente distancia y eso provocó un mayor deseo en mí, un sentimiento mestizo de peligro y apetencia. Mi voluntad se golpeaba contra sí misma.

Página 156

Luca Tuzzi no era Martín. Yo no podía manejarle, y eso hizo que su nombre empezara a crecer en mi interior.

Fueron dos largas semanas de intenso rodaje. Suficientes. El presupuesto no daba para más. Los baúles de vestuario volvieron a Los Ángeles, porque había que mandar algunas prendas al tinte, y yo a Madrid durante unos días. En una semana escasa debía volar a Los Ángeles de nuevo. Tenía muchas ganas de ver a Martín. Ganas de aprovechar su pecho lenticular y de cobijarme en él. Ganas de recuperarnos. Creo que Luca tenía mucho que ver en ello.

Llegué a casa sin avisar a nadie. Rosa salió del cuarto de la cocina en cuanto me oyó abrir la puerta.

—Ay, señorita Henar, si no la esperábamos…

Fui hacia los dormitorios. El nuestro estaba vacío y el de Cecilia tenía la puerta abierta de par en par. La cama estaba hecha, con los almohadones colocados y, sobre la colcha, varios vestidos aún en sus perchas.

—¿Dónde están todos?

Era domingo. Martín no podía estar en la editorial.

—Los señores han ido a pasar el fin de semana a la sierra —respondió, dubitativa—. A casa de unos amigos, según dijeron.

—¿Qué señores?

—Pues… el señor Martín y la señorita Cecilia.

—¿Y Stéfano?

—Habrá ido también, claro.

Pero no. Stéfano no había ido. Me acosté. Había pasado la noche de avión en avión: primero un breve vuelo de Heraklion a Atenas y allí dos horas de espera hasta coger el de Madrid. Estaba agotada.

No me dormí. Me encontraba muy cansada, pero no podía dejar de pensar. La mente iba de una imagen a otra: los trajes de terciopelo aplastados en el baúl, el pelo de Luca removido por el suave viento procedente del mar de Creta, la nave de Hollywood con los maniquíes vestidos solo con el retor, el rostro asqueado de Serena Warren apartando de un manotazo la marta cibelina… Todo aquello. Al final supongo que cogí el sueño, porque eran las siete de la tarde cuando Martín entró en la habitación.

Se sentó en el borde de la cama. Sonreía.

—Hola.

—Hola —respondí.

No dijo nada más. Se desnudó y se metió bajo las sábanas. Esa vez no hubo restricciones, todo era como antes, cuerpos jóvenes y hambrientos

Página 157

encontrándose sin pensar en las consecuencias. Mi matrimonio volvía a ser un paisaje reconocible, seguro, sin reticencias ni sospechas. Sí, todavía era así.

—No te vayas. No quiero que te vayas. ¿Cómo puedes pensar que eso de los vestidos es más importante que estar juntos?

Me presionaba y a mí me gustaba esa presión. Qué boba era al creer que aquello era una manifestación del amor y que no podía ser de otra manera. Había más cosas, vaya si las había…

Tenía la impresión de que había algo falso a mi alrededor. Todo en mi vida estaba teñido de tonos blanco, malva, rosa, pastel… Colores impropios para una verdadera mujer. Las cosas marchaban aparentemente bien y yo me empeñaba en ver la vida como un lugar suave, un poco mágico, cuando en realidad había negros, morados y marrones paseando amenazantes por cada escena de cada día. ¿Es que estaba ciega?

Cuando nos levantamos, Cecilia y Stéfano estaban en el salón.

—Hola, tortolitos —exclamó Cecilia al vernos—, ¿os apetece una copa? Noté un ligero tono sarcástico, amargo, aunque aparentara complicidad.

Llevaba un vestido verde botella, ajustado y con demasiado escote, y tacones de aguja, más altos que de costumbre. Ya nadie llevaba zapatos así. Y menos en casa.

Martín aceptó un negroni. Yo lo rechacé.

Mientras Stéfano preparaba los negronis me acerqué al mueble bar. Medía la ginebra, el vermut y el Campari con un pequeño vaso de metal.

—¿Qué tal el fin de semana? —pregunté—. ¿A casa de quién fuisteis? Stéfano me miró como si no supiera de qué le hablaba. Dijo que no tenía

ni idea de a qué fin de semana me refería.

—Cecilia y Martín me han dicho que estuvisteis en Cercedilla, en casa de unos amigos.

Me di cuenta de que Martín y Cecilia habían ido solos. Stéfano también. Su rostro adquirió un tono lúgubre, amenazante. Pensé que debía cambiar de tema. Fui hacia el sofá y le di su vaso a Martín.

—Vamos al cine —dije, irritada—. ¿Queréis venir?

—¿Qué vais a ver? —preguntó Cecilia quitándose los zapatos y subiendo perezosa las piernas al sofá.

—Doctor Zhivago.

—Ah —en la boca de Cecilia se dibujó una sonrisa engreída—, ya la he visto. La estrenaron hace unos meses, ¿no?

Era cierto.

Página 158

—Ya —respondí con un poco de rabia y porque la sospecha aleteaba a mi alrededor aunque no quisiera aceptarlo del todo—, pero es que yo estaba rodando cuando la estrenaron en Madrid, ¿recuerdas? Y es la película ganadora del Oscar al mejor vestuario.

Era cierto. En abril le habían dado el Oscar a Phyllis Dalton, una mujer bastante singular de la que había oído hablar mucho a Gloria cuando recorríamos los almacenes de Hollywood. Al parecer, durante la Segunda Guerra Mundial, Phyllis Dalton había trabajado descifrando códigos enemigos en un lugar llamado Bletchley Park y eso la convertía casi en una espía. A Gloria le encantaban esos rumores sobre la gente del cine, era una máquina expendedora de secretos.

La noche anterior a mi partida me alegré de poder estar a solas con Martín. Fuimos en metro hasta el Monterrey, un cine que estaba en la calle Embajadores, casi en Legazpi. Era una sala de sesión continua, de esas en las que la gente comía pipas con un ruido bastante irritante. Durante los momentos más emotivos de la película, Martín me cogía la mano y la apretaba, luego aflojaba y la devolvía a mi regazo como si no pudiera atender a dos cosas a la vez. Cuando se encendieron las luces, yo estaba tan entusiasmada que le pedí ver de nuevo las primeras escenas.

—Solo las del taller de la madre.

Pero nos quedamos atrapados de nuevo hasta que pasaron las secuencias del hospital de guerra. La película daba vueltas a nuestro alrededor sin fin.

Salí entusiasmada y creo que a él le gustó también, porque se interesó por mis comentarios sobre el diseño de vestuario. Mientras volvíamos caminando, Martín habló de la novela de Borís Pasternak. Era de noche y ya empezaba a hacer frío. Aun así, cruzamos El Retiro por el paseo central. En la fuente del Ángel Caído, mientras se enzarzaba en reflexiones sobre la revolución bolchevique, dijo que en la Unión Soviética ni siquiera se había publicado el libro porque Nikita Jruschov lo había censurado sin leerlo.

—No lo entiendo, la verdad, porque a Pasternak le concedieron el Nobel en 1958 y eso era un escenario de visibilidad que los rusos no estaban en condiciones de rechazar. Pero, imagínate, no pudo acudir a recogerlo por presiones de su propio gobierno. ¿No te parece espantoso?

—¿Tú la has leído? —pregunté.

—Claro. La novela es distinta de la película, tiene mayor contenido histórico y muchas más reflexiones sobre la existencia, la política y la condición humana.

—A mí me ha parecido que la película también trata esos temas.

Página 159

—Ya, pero se recrea demasiado en el asunto amoroso.

—¿Y eso es malo?

—Digamos que puede ser una concesión al gran público. Y esa balalaika… ¡Qué empacho, por Dios!

Me quedé perpleja. A mí me habían encantado la música y la historia de amor. De hecho, me sobraban algunas grandes escenas de guerra.

—Es más comercial así —repliqué.

Yo no veía nada malo en que atrajera al mayor número posible de espectadores. En el cine, el éxito siempre se medía en taquilla.

Martín seguía con sus comparaciones cuando enfilamos la calle Castelló. Creo que no habíamos hablado tanto en años, aunque no lo hacíamos sobre nosotros, sino de nosotros a través de una película.

—Lo curioso de Pasternak —decía él— es que, entre unos y otros, han convertido su novela en el típico caso de la guerra fría. El primer editor fue Feltrinelli, un italiano que tiene mucho olfato y mucho dinero, y, según dicen, bastantes simpatías comunistas; pero que los rusos impidieran a Pasternak recoger el Nobel fue definitivo. Los americanos se lanzaron sobre la historia como buitres. Seguramente vieron ahí una buena posibilidad de desacreditar al enemigo. Y desde luego, una película es un arma cultural muy efectiva. Seguro que la CIA ha estado detrás de ello.

¿Desde cuándo pensaba así mi marido? ¿Y qué sabía él del mundo del cine? No me imaginaba a Carson considerando las ventajas y desventajas políticas de una película. Pero entonces Martín añadió algo:

—Lástima que aquí la hayan editado ya, porque habría sido un bombazo comprar los derechos. Después de la película las ventas de la novela se han disparado.

Vaya… ¿Así que a él también le interesaba hacer caja?

Cuando atravesamos Hermosilla, miré el reloj. Eran las once y cuarto y no habíamos cenado.

—¿Por qué no tomamos algo en un bar? —propuse—. Estoy muerta de hambre.

—Pero si estamos llegando…

No era cierto. Pero sabía que a Martín no le gustaba gastar dinero en comer fuera. Lo consideraba un dispendio. Claro, era mejor sentarse a la mesa de Cecilia y que Rosa le sirviera como a un marqués. En el fondo a veces me parecía un poco mezquino.

Curiosamente, esa noche cedió. Bajamos hasta Serrano, donde yo sabía que había un pub inglés, y tomamos perritos calientes bañados en mostaza y

Página 160

ketchup. Una chica pelirroja puso en la mesa dos enormes cervezas negras.

—Cerramos dentro de veinte minutos —dijo sin mirarnos.

Martín levantó las cejas contrariado. Queríamos seguir hablando. Era una conversación que se producía en dos planos distintos, aparentemente conectados en torno a la película, aunque todo indicaba que él veía un lado y yo otro de la misma historia. En ciertos momentos parecía que hubiéramos entrado en cines diferentes.

Nos fuimos del pub cuando nos apagaron las luces sin previo aviso, algo que se hacía en aquella época en la que los horarios de los bares eran tan rígidos que la hora de cierre parecía un toque de queda. Y seguimos quitándonos la palabra el uno al otro por la acera de la calle Serrano, donde yo miraba de reojo los escaparates de las tiendas de moda que también estaban apagados.

Creo que fue Martín quien sacó el tema de la encrucijada en la que se encontraba el protagonista cuando llegamos a la esquina de Maldonado. Entre dos mujeres: un amor plácido y convencional, y una pasión incontrolable. Martín dijo que la película se decantaba claramente por el amor prohibido, pero que era muy interesante el modo en que el personaje de Geraldine Chaplin permanecía fiel a Zhivago y hacía todo lo posible por salvar su matrimonio. Que al final el bien siempre pone las cosas en orden.

Me pareció una forma muy anticuada de plantear aquel dilema. ¿Por qué obviaba tan descaradamente el caso del personaje que interpretaba Julie Christie? ¿Es que Lara no tenía al fin y al cabo el mismo dilema? No parecía digno de Martín. Él no era así. Entonces no supe entender. Ahora sí.

Al día siguiente me fui a Hollywood. Tenía mucho trabajo. Carson empezó a suministrar problemas como si él también fuera una máquina expendedora.

—Quiero tres trajes idénticos para la toma del trono. El blanco ese que te has empeñado en hacer.

—¿Tres?

—Sí, tres, maldita sea. Esa imbécil de Serena tenía la regla y lo ha manchado de sangre. No pienso hacer una sola toma más con ese cerco que han dejado los del tinte.

—Pero con dos bastaría, ¿no? Son los que he hecho.

—Pues no, querida, no. No bastan. ¿O es que no has leído el guion? Todavía nos falta la escena del apuñalamiento y ahí sí que va a haber más

Página 161

sangre. Quiero tres. Salva los adornos y el velo si no los manchan, pero el traje lo haces completo.

No había ninguna seda ni siquiera parecida en las tiendas a las que fui con Gloria, así que quité un poco del vuelo de la falda y confeccionamos dos piezas desmontables que podían colocarse con un simple hilván tanto en el cuerpo como en la falda. Carson ni siquiera se dio cuenta.

Durante el rodaje en los estudios hubo momentos muy tensos. Se acercaba la Navidad, yo tenía que quedarme en Hollywood, Martín me presionaba para que volviera; al parecer, nuestro piso de la calle Ibiza por fin estaba libre, la mujer había fallecido en un oportuno accidente y el marido se iba a ir a casa de unos sobrinos, una desgraciada situación que a nosotros nos devolvía la independencia. Martín estaba tan contento que me dije que esto se había acabado, que si tenía que seguir trabajando en el cine, solo lo haría en España. Pero nunca fui demasiado consecuente en lo que se refiere a mis promesas.

La verdad es que acudí a varias fiestas. Detestaba esos desmadres colectivos y, al mismo tiempo, me hechizaban. Todos estaban locos, hacían cosas insólitas, los límites no existían y, aunque yo estaba familiarizada con el mundo de los actores a través de Cecilia, los americanos eran de otro planeta.

Pero el detonante fue la fiesta de final de rodaje. Ya estábamos en febrero y yo no había podido volver a España en ningún momento. Martín se había hartado. Tan enfadado debía de estar que Íñigo me llamó desde Bilbao. Dijo que le parecía fatal, que él no permitiría bajo ningún concepto que su mujer se pasara cinco meses seguidos fuera de casa y que nuestra madre no paraba de decir que eso era que nos estábamos distanciando. Le tranquilicé como pude, le aseguré que era cosa de días, que el rodaje ya había terminado y que mi madre se equivocaba: Martín y yo no pensábamos separarnos.

—Además —añadí—, él también está muy ocupado con su editorial. —Ya —respondió agriamente mi hermano—, pero al menos tu marido

duerme todas las noches en casa.

Me tenían harta. ¿Es que nadie se daba cuenta de lo que había conseguido? ¿Por qué mi familia no valoraba nada de lo que hacía? Me puse mi mejor vestido y me fui a la fiesta sin saber que en la entrada me encontraría con una suplicante Linda Macy.

Iba muy maquillada y vestida a su estilo: un traje de raso más ceñido de lo que el más bajo de los cánones de la elegancia podía soportar y una boa de plumas que parecía arrancada de las manos a Mae West dos décadas antes.

Me cogió del brazo.

Página 162

—Por favor, di que vengo contigo —rogó, angustiada—. No me dejan entrar.

—¿Por qué?

Ella me miró como si yo tuviera que saberlo.

—Carson —respondió escuetamente.

Yo no pensaba volver a trabajar con Carson, así que me compadecí de Linda y la metí en la fiesta. Estaba decidida a volver definitivamente a España y pensaba que mi corta trayectoria en esto del cine me abriría algunas puertas en el limitado panorama nacional.

La fiesta.

Linda me daba pena. Parecía un perro apaleado. Se pegó a mí como si temiera que alguien fuera a agarrarla por los codos para sacarla a empujones a la calle. Sí, es cierto que era un poco tonta, bastante ingenua, pero también tenía ese punto de maldad soterrada que muchas veces poseen las personas débiles. Dame una víctima y sacaré un malicioso canalla de debajo de su inofensivo aspecto. Son los peores.

Linda y yo acabamos de coger la primera copa de la bandeja de un camarero. Ella recorre ávidamente el salón con sus predecibles ojos grises.

—Mírala —dice señalando a Serena Warren; por fin ha descubierto a su presa—, ahí está esa comadreja robapapeles. Yo tenía que haber hecho la protagonista, ¿recuerdas?

—Sí —reconocí—, y antes que tú hubo otra reina de Chipre, Cecilia Aranguren, a la que tú robaste el papel, y te aseguro que lo habría hecho mejor que ninguna de vosotras dos.

Linda me miró repentinamente asustada por mi dureza. Acto seguido alguien se nos acercó.

—Hola. —Era Marion Lee. Sonriente y afable—. Eres la chica española que ha hecho el vestuario, ¿verdad? —Y, sin esperar respuesta, me apartó de Linda Macy—. Buen trabajo, me ha encantado.

—Gracias.

—¿Podrías dedicarme un minuto?

—Claro.

Esa noche Marion Lee llevaba un traje verde, con un bonito escote drapeado. Los pliegues caían casi hasta la cintura, de menor a mayor, dejando el nacimiento del pecho a la vista, pero sin desvelar si llevaba sujetador o no. Era atrevido y elegante a la vez.

Página 163

—Verás, tengo una película en ciernes, pero no estoy conforme con el vestuario. Me dan cierta libertad para elegir mis trajes y he pensado que quizá querrías echar un vistazo al proyecto. Sería solo vestirme a mí, no al resto del elenco.

Ya he dicho que nunca he sido demasiado consecuente. Me dejo tentar por las novedades.

—¿Podemos salir fuera? —propuse al ver que Linda se dirigía hecha una furia hacia el pequeño círculo en cuyo centro estaba Serena Warren. Temía que, tarde o temprano, Carson se enterara de que yo la había llevado a la fiesta.

Salimos a la terraza.

—Tengo un problema —dijo Marion con cautela—. Con la actriz de reparto. Va a sustituir a Mia Farrow y me temo que será mucho más espectacular que ella.

Me preparé para una nueva pelea de gatas. El tema de los celos profesionales entre actores era el pan nuestro de cada día.

—¿Quién es? —pregunté.

—No la conocerás, es nueva. Se llama Jacqueline Bisset. Esperó mi reacción, pero efectivamente yo no la conocía aún. —¿Francesa?

—Inglesa de madre francesa. Muy guapa, muy joven. Muy elegante.

Especulé sobre cuál podía ser el problema de fondo, pero no hizo falta.

Marion era muy directa.

—Se me comerá viva —concluyó—. En cuanto aparezca me volveré invisible. Todo le sienta tan bien…

Yo había visto actuar a Marion Lee y no creía que ninguna actriz novata pudiera hacerle sombra. Pero a veces los fuertes también tenemos rendijas.

—¿Y qué querrías exactamente para tus trajes? ¿Es un vestuario de época?

—No, en absoluto. Pero tengo que desmarcarme de las curvas sensuales y los pechos ajustados. Digamos… ¿Sabes ese vestido de terciopelo azul que hiciste? El que tenía el forro de un damasco púrpura.

—Bueno, era un modelo de inspiración medieval…

—Ya. Pero simplificaste la línea sin ocultar el cuerpo de la mujer y fue un verdadero acierto. Ha sido el traje que más me ha gustado.

—Verás, Marion —dije antes de que continuara, porque no quería crear falsas expectativas, ni a ella ni a mí—, el caso es que dentro de tres días

Página 164

regreso definitivamente a Madrid. Mi marido está allí y me echa mucho en falta.

—Vaya…, estás casada. Pero si eres muy joven…

Sonreí, creo que ladeando la cabeza. Me recuerdo en ese gesto involuntario, mientras veo de refilón la silueta enorme de Carson asomándose a la terraza. Giró la cabeza hacia un lado y al otro, pero no nos vio.

—Bueno, pues tenemos tres días —dijo en ese momento Marion Lee—. Y ahí viene la segunda parte del asunto: creo que te gustará saber que los exteriores se van a rodar tu país, en esa ciudad andaluza, Granada.

No acepté exactamente, pero me presté a echar un vistazo al proyecto. Vi los diseños que habían hecho para ella. Tenía razón: era un vestuario sin clase, cinturas entalladas y pechos prominentes que pretendían reducirla al estereotipo de sex symbol, cuando el atractivo de Marion Lee residía precisamente en su elegante naturalidad. Llamé a Martín y le dije que retrasaba mi viaje una semana.

No le gustó.

Me dijo que ya no aguantaba más y que yo debía pensar muy seriamente si quería que siguiéramos juntos.

Aquella noche lloré a lágrima viva.

No retrasé el viaje, no cambié los billetes. Tenía tres días y podía hacerlo. Dibujé media docena de bocetos para Marion. Telas adaptables, que se pegaran a los muslos cuando ella se moviera, pero formas simples, escotes asimétricos, cinturas con fajín bordado, y para darle un poco más de atrevimiento, acorté las faldas al estilo de lo que Courrèges había hecho esa temporada. Cotilleé los bocetos de Jacqueline Bisset y vi que habían apostado por los shorts, los biquinis y las faldas muy cortas. En una de las escenas aparecía solo con una camisa de hombre. Decían que poseía las piernas de Betty Grable, largas y perfectas, pero no íbamos a competir en eso. Marion tenía que desmarcarse de esos muslos y esa melena inconformista. Le diseñé un conjunto de vestido y abrigo en color blanco, muy elegante y sofisticado que, lejos de parecer frío, pensé que destacaría la tensión que ella desprendía. Hay que conocer a una actriz, verla moverse entre la gente, escuchar su tono de voz y estudiar sus gestos si quieres acertar con los tonos de su vestuario.

Marion se quedó con los figurines y prometió que me llamaría en cuanto aprobaran mis bocetos, aunque la decisión dependía en gran parte de ella y ya estaba tomada. Martín se pondría muy contento en cuanto viera que finalmente le había hecho caso y no había cambiado el billete. Pensaba en la sorpresa que iba a darle.

Página 165

Si hubiera sido capaz de pararme un segundo a reflexionar…, de haber sido más cauta…, me habría ahorrado muchos sufrimientos.

Madrid por fin.

Martín no estaba en el salón ni en nuestro cuarto. Rosa debía de librar ese

día.

La habitación de Cecilia se encontraba cerrada, pero oí un rumor de pasos, un taconeo que identifiqué con las chinelas que usaba para salir de la cama. El pasillo olía a tabaco.

¿Qué hice?

Entré.

Sin llamar.

En aquella habitación donde una vez había encontrado el Ronson del abuelo de Martín.

Cecilia está frente a la ventana, con su bata de seda que por detrás es como un cuadro de Robert Delaunay, motivos geométricos y colores chillones que destacan bajo su pelo negro y ondulado como el de Ava Gardner. Fuma, y el humo se estrella contra el cristal de la ventana. Fuera es de noche.

Se vuelve sorprendida. Primero hacia la puerta, alertada por el sonido del picaporte. Luego, su rostro conmocionado se gira hacia la cama donde está Martín. Desnudo. Con las piernas abiertas y el sexo a la vista, pegajoso, como me gusta cuando acabamos y me quedo con él en la mano. Está dormido.

Primero esa agitación que pone en movimiento a Cecilia, susurrando disculpas que no entiendo, que ni siquiera oigo, camina hacia mí con sus malditas chinelas de plumas y los brazos extendidos. No pretenderá abrazarme, ¿verdad?

Creo que grito.

Martín se despierta y salta de la cama.

Ahora todos gritamos. Ahora unos se disculpan y yo acuso.

Caos. Mi vida estalla en tantos pedazos y tan pequeños que no podré recomponerla nunca.

Página 166

Es medianoche en Vrises

Martín, 1986

Luca y yo llegamos al hospital justo cuando un médico se preparaba para darle a Rute la noticia: Damen había tenido un nuevo infarto y esta vez no lo había superado. Fue terrible, pero todo sucedió tan deprisa que apenas hubo tiempo de asimilarlo. La nueva viuda, la recién y estrenada viuda, parecía artificialmente serena, los ojos como el hielo que debe de haber en esos glaciares de su país, una capa más acuosa que contiene el duro azul dentro. Decía cosas raras, cosas que ni Luca ni yo éramos capaces de entender. Su falta de coherencia hizo que Luca tomara las riendas. Él se encargó de todo. Estábamos en Rétimo, había que llevar el cadáver al cementerio de Vrises, donde vivían entonces y donde Rute decidió enterrar a Damen. Con su lira. Los dos en el ataúd de cedro bossé, madera contra madera y la carne pudriéndose en medio. Fue duro. Un tipo al que apenas conocía y cuya muerte, sin embargo, rompía tantas cosas a mi alrededor.

¿Por qué he venido a Creta? ¿Por qué estoy viviendo el resto de la vida que Henar no pudo vivir?

Me quedé en Vrises. Luca se acostó en la cama de Rute, ocupando el hueco de Damen para que ella no estuviera tan sola, lo cual no me pareció ni bien ni mal, porque posiblemente yo habría hecho lo mismo en aquellas circunstancias. Quitar el dolor. Compartirlo en la medida de lo posible.

La casa. El campo. El río con sus terrazas circulares, como pequeños lagos comunicados por la corriente.

Siempre son los otros los que mueren.

Yo solo soy el testigo.

Es medianoche en Vrises. En la taverna que hay junto al río están recogiendo las mesas. Un camarero coloca las sillas una sobre otra y me sorprende que encajen perfectamente, que consiga hacer torres con diez, doce sillas de mimbre. Mañana abrirán de nuevo y ese mismo hombre volverá a

Página 167

repartir las sillas de cuatro en cuatro, una a cada lado de la mesa. Es un Sísifo de la hostelería.

Desde lo alto del puente se ven las terrazas artificiales dentro del agua. Perfectas. Escrupulosamente repartidas para que no se toquen. Por las aberturas se canaliza el agua, se controla el cauce.

¿Estás muerta, Henar? ¿De verdad estás muerta? Entonces ¿por qué todavía siento esta desconcertante sensación de haberme quedado atascado contigo en un pliegue del tiempo? Como aquel día… Siempre estás en medio, eres un poste anclado en mitad de mi camino.

Clara acabó por dejar a su novio. Me enteré, como tantas otras veces, por casualidad.

Cuando salió el primer volumen de la nueva colección, la que había diseñado ella a partir de unas simples telas estampadas, me acerqué al taller de Belmonte. Pensé que tendría que sortear la presencia de aquel sujeto del chaleco y decidí que me daba igual, no había nada malo en darle a Clara unos ingresos extra. Quizá hasta les venía bien para casarse de una vez.

Clara salió. El tipo salió. No iban juntos, él ni siquiera la miró.

—¿Qué pasa? —pregunté señalando al novio enfurruñado.

—Nada. Ya no estamos juntos.

—¿Y eso?

Clara frunció el entrecejo. No conocía su gesto de enfado.

—Cosas —dijo, molesta.

No insistí. La invité a tomar una copa y le entregué un ejemplar del libro, dentro del cual había metido una cantidad que me pareció justa para pagar su contribución al proyecto. Clara miró los billetes con indiferencia y no dijo si le parecía bien o mal. Temí haberme quedado corto. El bar era uno de esos locales de cuero y terciopelo que había en aquella época por el barrio de Salamanca. Oscuro, con una barra vacía en la que solo destacaban un cuenco de cristal con guindas en almíbar y un plato con rodajas de naranja.

—¿Qué quieres tomar? —le pregunté.

—No sé, una Coca-Cola.

—¿Una Coca-Cola? Vamos, mujer, toma algo especial. ¿Te pido un negroni?

Asintió. Y yo, estúpido de mí, me puse a demostrar que me había vuelto un hombre sofisticado.

Página 168

—Está dulce —dijo Clara después del primer trago. Debí pensarlo antes de dejar que Clara se bebiera ese cóctel explosivo.

Se le fue ablandando la cara, mientras yo continuaba agitando estandartes como un cretino y ella me miraba con ojos inexpresivos. Era una Clara sin defensas, enmudecida por el alcohol y por mi verborrea de editor novato. Allí estaba el libro, sobre la mesa, con el dinero dentro, cuando decidimos salir del bar. No parecía muy predispuesta a la conversación, pero aun así me ofrecí a acompañarla a casa, como tantas otras veces.

Cogimos el metro y Clara se desplomó en un asiento con la enajenación del negroni en la sangre. Sin voluntad.

¿Cómo sucedió?

No fue tan espontáneo como siempre he pretendido justificar porque ya había ocurrido en mi cabeza cientos de veces. Hemos salido del metro en Latina y estamos bajando por la calle Toledo. Clara va cabizbaja, yo hablo de la editorial con un parloteo incesante que incluso a mí mismo me aburre. De pronto se echa a llorar. ¿Qué he dicho? No puedo recordarlo. La abrazo. Ella se recoge entre mis brazos como si también lo hubiera hecho muchas veces antes.

—Le he dejado —dice con la cara oculta en mi chaqueta—. No podía seguir con él.

—¿Por qué? —pregunto.

Ella se despega de mi abrazo, me mira con los ojos llorosos y el gesto desafiante.

—Por qué, no —responde—: por quién.

—¿Estás enamorada de otro? —digo con asombro.

Me da un golpe en el pecho, allí donde ha estado su preciosa cara un minuto antes.

—Eres idiota, Martín.

Sé lo que pasa, no voy a fingir que no lo sé. Aun así, me quedo sin poder reaccionar mientras una pareja joven sale riendo del bar La Paloma y nos mira con curiosidad. La cabeza me va a toda velocidad, imagino que la beso y que ella se escandaliza; imagino que no hago nada, que la llevo a casa y que ella y sus hermanas se ríen de mí… Clara no me provoca emociones imprevistas como Henar, Clara es más como yo, alguien cercano y reconocible, sin sorpresas, que nunca me va a perturbar. Ahora sí es verdad. Ahora sí pasa. En la calle Toledo, por fin, la cojo por la cintura y la beso. Frente al bar donde un rato después estamos tomando gambas y vino, como dos novios de verdad.

Pero luego…

Página 169

Caí en la realidad. Me acobardé. Cuando salimos del bar y nos dirigíamos

a su casa, cuando aquello que llevaba tiempo oculto por fin había dado la

cara, dije avergonzado:

—No podemos.

Estábamos a escasos minutos del portal. Ella se paró en seco. —Ya lo sé. ¿Qué te crees? —dijo elevando la voz—, ¿que no lo sé?

—Yo quiero a Henar —confesé de una forma tan drástica que a mí mismo me producía recelo. Sabía que eso le dolería. Y me importaba, claro que me importaba, pero no podía renunciar a la chica de los vestidos bonitos que caminaba por el muelle de Arriluce siempre segura de sí misma, ocurrente y atrevida. Porque esa Henar todavía vivía dentro de mí y yo no concebía el futuro sin ella.

Ante la puerta de la que antes había sido mi casa, preguntó: —¿Y ella a ti? Nunca está a tu lado cuando la necesitas. Una pregunta que era más bien una respuesta.

—Es complicado, Clara —acerté a decir—. Me gustas mucho, pero no podemos seguir adelante porque tarde o temprano alguien saldrá dañado y no quiero que seas tú.

La puerta de entrada al patio. No quería obviar el dolor en absoluto; es más, deseaba apretar el punto del dolor con todas mis fuerzas para comprobar si era real, o conveniente, no sé… Separarme de Clara esa noche, después de que ocurriera lo que inconscientemente había estado buscando durante años, iba a abrir una herida que podía tardar el mismo tiempo en volver a cerrarse.

Luca estaba preparando el desayuno cuando me levanté. Rute seguía en su habitación.

—Se tomó una pastilla y creo que dormirá hasta tarde.

—Sí. Es lo mejor de momento.

Apartó la cafetera del fuego y se me plantó delante. Tan cerca que veía la dirección de los pelos de su barba, hirsutos y enmarañados.

—¿Podrías quedarte unas horas con ella? —preguntó—. Solo hasta la noche. Es que tengo que solucionar un asunto en Chania.

Lo pensé. No me gustaba mucho la idea, pero ¿qué podía hacer? Negarme no era una opción.

—Claro. ¿Crees que querrá salir a comer algo? A esa taverna del río. —Imagino que no se sentirá con fuerzas, pero si consigues que le dé un

poco el aire, sería estupendo.

Página 170

Abrió la vieja nevera y echó un vistazo al interior. Yo también me acerqué. Había huevos en una cesta, leche, un bote de tomate abierto y algunas verduras.

—Puedo preparar algo —dije como si pensara en voz alta, considerando mis pobres aptitudes para la cocina—, el arroz me queda bastante bien. ¿Hay alguna tienda donde pueda comprar un poco de carne?

—Al lado del estanco, en la misma acera.

—Llévate mi coche, si quieres —le ofrecí—. Nosotros no lo necesitaremos.

—No, iré en autobús y traeré la camioneta de Damen. Así Rute no se quedará aislada.

—¿Es que la vamos a dejar aquí? ¿Sola?

Luca me miró como si yo no entendiera de qué iba la cosa.

—Rute es fuerte y muy independiente. Estará bien.

¿Era así como trataba a Henar? ¿Dejándola libre? ¿Soltando amarras? Quizá yo me había equivocado desde el principio, quizá los lazos se anudan de otra manera. Es posible que así resistan más.

Mientras Rute dormía y escapaba inconsciente de su repentina soledad futura, compré costillas de cerdo y preparé un arroz con verduras. A las dos de la tarde la desperté.

—Te he hecho un zumo —le dije con el vaso en la mano.

Ella se desperezó.

—¿A qué huele? —preguntó mientras se incorporaba en la cama.

—Comida. Arroz con verduras y costillas.

Se levantó y se bebió el zumo de un solo trago. Llevaba una camiseta grande, de un envejecido tono gris, que supuse era de Damen. Le llegaba hasta medio muslo.

Se me hace extraño estar con esta mujer a solas.

Hemos comido. Ella también, a pesar de todo. Luca tenía razón: parece muy fuerte. Sabe dominar las emociones.

—¿Quieres acostarte un rato? —le pregunto. No me siento muy cómodo con el duelo ajeno.

—No, ya no —dice—. Pero podíamos salir al jardín, un poco de sol me vendrá bien.

Llevo el café allí. Para Rute, una taza con una infusión de frutos rojos que ella misma me facilita.

Página 171

Hay dos tumbonas de resina, sucias, y una mesa metálica pintada de un ambiguo color que no es verde ni azul. Henar diría que es aguamarina. Rute se instala en una de las tumbonas, se quita la camiseta y se queda solo con las bragas. Ya no es joven, pero tiene un cuerpo fibroso y firme. Los pechos se le caen levemente y, aun así, resulta estimulante mirarla. Me acuerdo de lo que decíamos de las nórdicas en los sesenta. Qué lejos y qué confuso está todo…

Corté de un tajo cualquier posible relación con Clara. Fue más fácil que con Cecilia porque Clara no llevaba las riendas, ni estaba tan cerca ni tenía dentro la electricidad que hacía discurrir por el cuerpo de Cecilia una corriente excesivamente sensual. Con Cecilia no había ninguna posibilidad de negarse, seguramente había que ser mucho más fuerte y decidido de lo que era yo, tener más carácter. Una relación basada únicamente en la atracción física y en la morbosa clandestinidad me parecía mucho menos peligrosa en el fondo.

Fui tan idiota que me engañaba a mí mismo creyendo que Henar nunca nos descubriría. Pensaba que mis secretos estaban tan a salvo como los pensamientos, eran míos y de nadie más. En las tentaciones los otros no intervienen, es un calor interno que va de las tripas a la cabeza y de allí, en forma de impulsos difícilmente controlables, a nuestros estúpidos actos. Escarceos con Cecilia. Detrás de una puerta entornada mientras Rosa pasaba el aspirador, en la entrada de la cocina cuando tenía invitados, en su dormitorio… Cada vez más largos, más arriesgados. La noria daba vueltas a mayor velocidad a medida que yo conseguía dominar el vértigo.

Creo que Cecilia disfrutaba viendo cómo me cagaba de miedo. Me ponía a prueba, me hacía arriesgar un poco más cada vez. Parecía ciertamente cruel, perverso, quizá una venganza. Pero ¿de quién quería vengarse? ¿De Henar por haber conseguido trabajar en Hollywood? ¿De Stéfano, que tenía una familia a la que no pensaba renunciar? ¿De mí, quizá? ¿Por qué? ¿Porque era demasiado ingenuo, una presa fácil, o porque percibía el deseo incontrolable que me hacía tener una erección en cuanto ella se me aproximaba?

Stéfano me inquietaba más que Henar. Ella estaba de nuevo en Los Ángeles con aquella dichosa película, pero Stéfano no era un tipo al que se pudiera convencer con dos arrumacos y unas caricias. Por aquellos días sucedió algo que me inquietó mucho. Nuestros inquilinos habían sufrido un accidente, la mujer había caído por las escaleras y una semana después había muerto. El hombre aceptó dejar el piso e irse a vivir con unos sobrinos. Por fin íbamos a tener nuestra casa. Por fin podíamos alejarnos de Cecilia y de lo

Página 172

que significaba. Se lo dije a Henar intentando que volviera a Madrid para ayudarme con la reforma, pero ella dijo que no podía. La maldita película…

El deseo.

Aquel deseo.

Esa palabra contiene mundos que ya he perdido, reveladores paisajes prehistóricos, tiempos bíblicos. Y solo los recupero en cuanto pienso en Henar, en cualquier Henar, no solo en la del principio. Ella es mi pasado. Ella me conduce al yo que he extraviado. Tengo intacta el ansia de su cuerpo separado del mío desde hace mucho tiempo, los bordes, la textura de la piel, un poco rugosa al principio, resbaladiza después, el sabor salado del sudor que retrocede y aumenta, en oleadas. Tengo eso.

Estalló.

La vida estalló de improviso.

Henar entró en la habitación cuando nadie la esperaba y todo se partió en trozos minúsculos. Irrecuperables.

Le dije que solo la quería a ella, lo cual era cierto, que me había dejado arrastrar por Cecilia porque me sentía terriblemente solo… ¡Por Dios! Era su tía. La mujer que nos había acogido en su casa, alguien de nuestra propia familia.

Henar no era tan tonta como yo. No aceptó las explicaciones y no me extrañó: todas eran falsas.

Se marchó. No dijo adónde. Me dejó allí, con la situación incontrolable, con aquello que había explotado y salpicado las paredes con restos de desesperación. Antes de que se fuera arremetí contra Cecilia, dije que ella tenía la culpa de todo, que me perseguía desde hacía tiempo y que si pudiera arreglar las cosas con eso, la mataría con mis propias manos como a un pez recién salido del agua.

Sí.

Lo dije. Y Henar lo oyó.

—¿Qué se hace cuando todo se acaba?

Rute había hecho la pregunta sin moverse de la tumbona. Tenía los ojos cerrados.

Página 173

—Volver a empezar —le dije.

Era un diálogo que en algún momento anterior yo había mantenido… ¿con quién?

—Creo que no podré —declaró Rute.

Su tono no era desesperado, más bien parecía provenir de una larga reflexión. Se sabe cuándo una reflexión es sincera porque despide un eco palpitante, aunque provenga de una voz sorda y apenas audible.

—Después de un tren puede venir otro —dije, convencido.

Rute seguía inmóvil. Me pareció bella de nuevo, con una belleza impasible y extraña. El sol también seguía en lo alto y dejaba el cielo desteñido en una franja de azul más clara a su alrededor. Se incorporó.

—Tú has casado otra vez, ¿verdad?

Supuse que lo sabía por Luca y que a él se lo había contado Íñigo. Una cadena de comentarios en los que yo no estaba presente pero que trataban de mí.

—Sí. Con Clara, la mujer con la que llevo viviendo veinte años.

—Entonces para ti no es empezar de nuevo —dijo.

—No, en realidad no.

Rute cogió un tubo de crema y se la extendió por el torso desnudo.

—He oído que cuando un hombre se casa por segunda vez, es porque adoraba a su primera mujer —dijo mientras sus dedos bajaban por los muslos.

—Bueno, yo lo único que sé es que no me casé antes porque Henar se negaba a firmar el divorcio. Le mandé los papeles varias veces en los tres años siguientes a la aprobación de la ley en España, pero ella ni siquiera respondía.

—No abría cartas, ¿sabes?

Me quedé perplejo. ¿Así que era eso?

Rute se puso de nuevo la camiseta y se instaló junto a mí. Le pregunté si alguna vez habían hablado del porqué de la incansable inquina que Henar demostró a lo largo de veinticinco años. Desapareció después de encontrarme en la cama con Cecilia, se había negado sistemáticamente a hablar conmigo, nunca quiso volver a Madrid y no valieron de nada las intermediaciones de Íñigo, ni las explicaciones que me empeñé en darle en aquellas cartas que por lo visto no abría. Tuve que iniciar un procedimiento judicial, demostrar que llevábamos más de tres años separados y luego solicitar el divorcio de forma unilateral. Henar no respondió a nadie, ni a mí, ni a los abogados, ni a los requerimientos del juzgado. Pero no pudo evitar lo que ya era legal. Un juez me concedió el divorcio y yo me casé de nuevo. Ella ni siquiera reclamó la

Página 174

separación de bienes. Yo vendí la casa de la calle Ibiza y compré para Clara y para mí uno de aquellos exclusivos pisos de Torres Blancas. Y ahora vivimos allí, en el coloso de hormigón que no tiene un solo pilar, con habitaciones redondas como las hojas de un árbol de Judas.

El calor no había amainado apenas. Yo me había bañado en la alberca que Damen y Rute tenían en el patio; el agua no estaba tratada, me advirtió Rute, pero con ese clima abrasador uno no mira en qué aguas se mete.

—Desde luego, es mejor que río —reconoció Rute—. Más limpio. Parecía algo más repuesta, porque cuando salí de la alberca vi que había

sobre la mesa una botella de vino rosado.

—Retsina —aclaró Rute—. Prueba, es frío.

Efectivamente, el vino desprendía un ligero aroma a pino. Me sorprendió.

—¿Tú sabes qué es retsina?

—Vino, ¿no?

—Sí, pero no como español o italiano. Griegos antiguos tapaban ánforas con resina para impedir aire dentro. Ahora cubren con eso interior de las cubas, así sabe mejor y dura más tiempo.

No me interesaban sus disertaciones sobre la historia del retsina. Yo quería otra cosa de ella. Era la mejor amiga de Henar y debía de tener respuesta a las preguntas que yo me hacía constantemente. Insistí. Al final, tuvo que hablar:

—Henar decía que tú eras único culpable, que tú habías matado a Cecilia. —¿Te dijo eso?

—Una vez, sí. Tú tenías un libro…, ¿cómo decís?…, de cabecera. Libro que cuenta cómo un hombre mata a su amante.

—El túnel —aclaré.

—Sí, Henar me contó que lo habías hecho por eso, que eras cobarde y no podías enfrentarte a tus propios actos. Como protagonista de libro.

¿Es que Henar había leído a Sábato? No me cuadraba. Ella detestaba verme siempre con ese libro.

—¿Crees que soy tan tonto? —protesté—. ¿Un suicida? En la vida no se cometen asesinatos siguiendo lo que alguien escribe en una novela. Mira, además, me detuvieron y me soltaron, porque pude demostrar que no estaba en Madrid.

—Henar decía que tú eres gran mentiroso.

No me gustó oír eso. No me gustó nada.

Página 175

—¿Sabes qué? —dije con rabia—, Henar era la que tenía motivos reales para hacerlo. Y hasta te diría que, de los dos, ella era la única capaz de cometer un asesinato y seguir con su vida como si nada.

Rute se quedó pensativa. Asintió varias veces en silencio.

—Una vez dijo que ella era culpable, recuerdo muy bien. Yo creí entender que no de muerte con propias manos. Más bien de haber induc…, ¿cómo se dice?

—¿Inducido?

—Eso. Solo inductora.

—¿La creíste?

—No sé, Martín, yo no sé…

Apuró su copa de vino. Era la tercera. Yo solo esperaba que no se emborrachara con aquel retsina que entraba como el agua. Luego fue cuando lo soltó. Lo recordaré siempre:

—¿Sabes qué dijo un día?, que tú y ella erais dos buenas personas a las que vida volvió peores de lo que tenían que haber sido. Y que solo alejados el uno del otro podíais volver a ser decentes.

Estuvimos en el patio trasero hasta que el sol dio la vuelta al tejado y luego entramos en la casa cuando oímos que Luca aparcaba en la entrada la vieja camioneta de Damen.

Página 176

La huida de Madrid

Henar, 1968

La cómoda con forma de copa. La escultura de bronce, Diana cazadora con el arco elevado hacia el cielo. Un cuerpo tenso, dispuesto para matar.

Afortunadamente, no tuve que hacer ninguna maleta porque la acababa de dejar en la entrada. Solo tenía que cogerla y salir de allí. Martín se ponía los pantalones mientras decía incoherencias, Cecilia suplicaba, lloriqueaba como si estuviera interpretando a Nora Helmer cuando en realidad las dos sabíamos que era lady Macbeth.

Toda la precipitación de los hechos.

Yo en un hotel.

Yo sin querer ver a ninguno de los dos.

Nunca más.

No soy una persona que se paralice fácilmente. Ni siquiera cuando todo se viene abajo, por eso ahora mismo quiero huir, mi instinto poderoso me dicta lo que debo hacer: escapar. Cuanto antes. Lo más lejos posible. Llamo a Marion Lee para decirle que acepto el trabajo, que llegaré en cuanto encuentre un vuelo a Los Ángeles. Huyo como si fuera culpable.

Me siento agredida en alguna parte demasiado vulnerable de mí misma. Soy imbécil, no vi ninguna de las señales, los fines de semana en el campo, el mechero Ronson en la habitación de Cecilia, las conversaciones de teléfono en las que se oyen dos respiraciones a las tres de la mañana…, nada. Y seguramente ya había sucedido decenas de veces. Maldito Martín.

Madrid sin él. Me escondo.

¿Cuántas cosas se pueden pensar en un momento así? La habitación del hotel era oscura, daba a un patio grande con forma de U en el que se veían otras habitaciones, puntos de negrura que a veces se iluminaban. A mi pensamiento le faltaba una pared para estar completo, como a ese patio; Martín era el chico que me había llevado al monte, a quien yo codiciaba y quería poseer de forma tan intensa, y de repente se borraba y aparecía su

Página 177

cuerpo dormido en la cama de Cecilia, con el sexo a la vista, totalmente ajeno a mí. Y sí. Tan pronto le amaba como le odiaba. El deseo de llamarle y escuchar sus explicaciones, sus súplicas, flotaba por aquella habitación de hotel. Que Cecilia tuviera la culpa de todo y que él fuera solo un pobre hombre perdido entre las garras de una mujer perversa. Incluso, en alguna parte secreta de mí, deseaba ardientemente ser la culpable de todo: yo no estaba nunca en casa, le dejaba por vestir cuerpos extraños de gente a la que no volvería a ver, me iba al otro lado del mundo y no había conseguido mantener viva la llama de mi matrimonio. Ni siquiera había sido capaz de mantener vivo a nuestro hijo. Y luego… Pensaba que yo también había tenido ocasiones de serle infiel, muchas… Rétimo. Luca Tuzzi. El set de vestuario y los paseos nocturnos por el borde del mar. Yo también tenía pulsiones y deseos de otros cuerpos, pero los había sabido controlar. ¿Y para qué? ¿Para estar sola y llena de rabia en la habitación de un triste hotel?

Lloré. Mucho.

El llanto era solo una manera de soltar lastre. La rabia era lo importante. Y la estupefacción. No el dolor. Más bien la extrañeza de estar incompleta, defectuosa, un cisne con el ala rota. ¿Y qué más daba si los cisnes casi nunca salen del estanque?

Lloro. Y también dejo de llorar. Todo se acaba en algún momento. ¿Cuándo pedí en recepción que me sacaran un billete para Los Ángeles?

Antes de que pudiera tener conciencia de los pasos que daba ya estaba dentro del avión.

Huir era la única solución.

Huir era tener las alas intactas y emprender de nuevo el vuelo.

Luca Tuzzi dijo una vez que yo era la víctima. Y no me gusta verme como una víctima. Es demasiado pasivo. Yo tenía una vida al margen de ellos. La había construido solo con mi esfuerzo y sin ningún apoyo. Pero nadie consideraba que mi trabajo fuera importante. Era importante el de Martín, todo el mundo sabe que los libros son importantes, o el de Stéfano, porque los grandes negocios también son muy importantes, y el de Cecilia, una actriz siempre es alguien importante, las fotos en las revistas lo certifican semana tras semana. Pero ¿qué significa hacer vestidos, aunque sea para el cine? No dejas de ser una sastra. Un oficio que yo había intentado contagiar del arte de los grandes pintores. No me tentaba vestir a Marion Lee en una película moderna, con eso no aprendía nada; quería más reinas de Chipre en mi

Página 178

camino profesional. Pero era lo único que tenía. ¿Dónde estaría aquel extravagante de Luca Tuzzi?

Sí, pensé en él.

Un clavo saca otro clavo, decía siempre mi madre. Ella hizo de la rabia su

lema y a mí me estaba pasando lo mismo. No quería. Mi cuerpo no lo

aceptaba.

Luca.

Alto.

Desgarbado.

Complejo e impasible. Ajeno.

El hombre intermitente.

En Los Ángeles me puse en contacto con Gloria. No quería llamar a Stéfano por nada del mundo, aunque sabía que esa habría sido la forma más directa de encontrar a Luca. Quería saltar por encima de la cama de Cecilia, usar mis alas.

—Consígueme el teléfono de aquel fotógrafo que vino a Creta con La reina de Chipre —le pedí a Gloria—. ¿Podrás?

—¿El larguirucho? —preguntó ella con sorna—. Era muy raro, pero tenía un no sé qué…

—Ya —dije, molesta.

¿Gloria también estaba al tanto de mis intenciones? ¿Tan transparente me había vuelto? Era cuestión de tiempo.

—¿Dónde te alojas? —me preguntó.

—Estoy buscando —respondí.

Gloria no se lo pensó.

—Bueno, mi apartamento tiene dos habitaciones. Si quieres… Está cerca de Plummer Park.

Todo se ordenaba. Solo tenía que ponerme al alcance de la suerte y ella me encontraría.

Empezamos con el vestuario. Solo había que vestir a Marion Lee. No había que documentar la época, ni hacer arreglos después de una herida de sangre. No había un Carson con el que pelear por el presupuesto, ni una Serena Warren que odiara las martas cibelinas. De hecho, no había martas cibelinas. Qué fácil era todo de pronto.

Marion propuso ponerse una faja. No es que la necesitara exactamente, pero aquel vestido blanco le marcaba demasiado la tripa.

Página 179

—Tengo que adelgazar —dijo, comprensiva, en la primera prueba de vestuario.

—Nada de eso —respondí—. Es la tela. Pondremos un refuerzo interior, como hacía Balenciaga. No será complicado y te dejará el cuerpo más libre que una faja.

Me caía bien aquella mujer. Era todo lo contrario de una diva, ella que podía serlo y no las Linda Macy de aquel Hollywood lleno de excesos.

Gloria entró apartando la cortina de un manotazo.

—Nada —dijo de mal humor—. Carson se niega a darme los datos del italiano. Se me ha reído en plena clara, es un mal bicho.

Marion se desprende del vestido. Hasta la combinación le queda estrecha.

Su cuerpo se estremece incómodo bajo los tirantes.

—¿Al final vendrás a España? —me pregunta.

—No puedo.

—Me han dicho que Granada es una ciudad interesante, ¿la conoces? —No, la verdad es que no.

—Pues anímate. Piensa que te necesito; mira mi cuerpo, pronto no me quedarán bien ni los segundos arreglos.

Insistía. Gloria, en la esquina, se abombó la tripa con las dos manos y puso un gesto de malicia en sus ojos rasgados.

Otra vez no. Le pregunté abiertamente a Marion:

—¿No estarás…?

Ella se volvió hacia Gloria justo cuando mi ayudante salía del set. Esperó unos segundos a que desapareciera.

—No puede enterarse nadie —dijo, preocupada—. No hasta que acabe la película. Sería una catástrofe.

Le aseguré que nadie iba a enterarse por mí. También le prometí que pensaría lo de Granada. Pero ya he dicho que muchas veces, demasiadas, mis promesas no valen gran cosa.

Marion estaba agradecida y quería presentarme a todo Hollywood.

—Ven esta noche, tienes que conocer a William.

William era William Travilla, el hombre que había cosido el vestido dorado a Marilyn Monroe sobre su propio cuerpo. Me lo habían contado muchas veces, tantas que pensé que se trataba de un truco publicitario que entre todos habían conseguido convertir en leyenda.

Página 180

Marion vivía en Los Feliz, en una casa de estilo colonial que lindaba con Griffith Park. Estaba muy alejada de nuestro apartamento, pero me envió un coche a recogernos a Gloria y a mí.

Allí sí que había gente importante. Gloria me iba susurrando nombres al oído, y aunque yo no conocía ni a la mitad, ella insistía:

—Ese es Walter Plunkett, diseñador de la RKO Pictures. Lo que el viento se llevó y Cantando bajo la lluvia. —Iba enumerando los éxitos de cada uno

—. Nueve nominaciones a los Oscar. Dicen que se ha retirado, así que no merece la pena, ¿no crees?

El sueño de Gloria era entrar a formar parte de la plantilla de unos estudios. Conocía a todo el mundo y era muy decidida, así que yo no podía entender cómo no lo había conseguido ya.

—Y ese del bigote, John Hench. Es la mano derecha de Walt Disney. Hizo los efectos especiales y la animación de 20.000 leguas de viaje submarino, Dumbo, Peter Pan, yo qué sé… Daría lo que fuera por trabajar en la Disney.

Me obligó a que nos acercáramos. Sin disimular. Yo me sentía como una starlette que quiere que algún director se fije en ella. Nunca se me han dado bien esas cosas, creo que por un problema de orgullo, y no me gusta verme suplicando nada a nadie. Aunque me interese.

Gloria se plantó delante de John Hench.

—Señor Hench, es un honor para mí conocerle en persona. No sabe lo feliz que me hizo de niña con sus películas. Creo que me dedico al cine gracias a usted.

—¿Es usted actriz, jovencita? Gloria fingió avergonzarse.

—Oh, no, ¿cómo podría? No tengo presencia para eso.

Era bajita y quizá tenía unos rasgos demasiado hispanos que no estaban precisamente de moda en Hollywood. Allí todavía gustaban las rubias exuberantes.

Hench reaccionó como un caballero y, sin llegar a resultar empalagoso, dijo:

—Si lo dice por su estatura, le recuerdo que Judy Garland apenas sobrepasa el metro y medio. Dicen que la propia Cleopatra era una mujer bajita. La cuestión no es la altura: lo importante es el talento, la ambición. ¿A qué se dedica usted exactamente?

—Soy asistente de vestuario. Ahora estamos trabajando para Marion Lee.

Página 181

Gloria me presentó. Dijo que yo había hecho un vestuario soberbio para La reina de Chipre, de un gran rigor histórico y muy atrevido.

—¿Y en qué escuela de arte se ha formado usted, señorita? —me preguntó Hench sin que pareciera que la pregunta tuviera una segunda intención.

—Soy autodidacta —respondí sabiendo que no era lo que esperaba—.

Como Coco Chanel.

He descubierto que solo soy arrogante cuando me siento claramente en inferioridad de condiciones. Él solo dijo:

—Ah…

Aquel «ah» era algo así como «entonces usted nunca llegará a nada». Lo certificó con sus siguientes palabras.

—Hay en Los Ángeles una buena escuela, el Otis Art Institute, ¿por qué no le echa usted un vistazo? Le aseguro que adquirirá las herramientas necesarias para ejercer con solvencia su profesión.

Pensé que era el momento de alejarme de la humillación, así que busqué a Marion y le pregunté por William Travilla. Quizá con él pudiera encontrar compensación a mi insignificancia. Los genios siempre nos hacen sentir terriblemente mediocres. No entendía por qué mi autoestima estaba tan baja. Quizá la habitación de Cecilia tenía algo que ver.

—No le he visto —dijo, disgustada, Marion—, creo que no ha venido.

Pero te presentaré a alguien que te va a interesar.

Ese alguien resultó ser Theadora Van Runkle, la mujer que había diseñado los trajes de Bonnie and Clyde. Según Marion, teníamos mucho en común. Me causó muy buena impresión. Era más joven que la mayoría de las diseñadoras que había en Hollywood, no tanto como yo, es cierto, pero también había llegado al cine por un golpe de suerte. Su padre era uno de los Schweppe, aunque ella se había criado con su madre y había comenzado dibujando para unos grandes almacenes. Hablamos un buen rato y le comenté que me acababan de aconsejar que estudiara diseño en una escuela de Los Ángeles, el Otis Art Institute.

—¿Qué piensas? Porque Marion me ha dicho que tú empezaste sin tener ningún vínculo con el cine y que Bonnie and Clyde fue tu primera película.

—Sí —dijo ella—, pero una buena formación técnica siempre resulta conveniente. Mira, yo empecé como ayudante de Dorothy Jeakins, que precisamente se formó en el Otis Art Institute, y te puedo asegurar que tiene tantos recursos que a su lado te sientes una analfabeta total. Aunque me despidió, debo reconocer que es buena, muy buena.

—¿Mejor que Edith Head?

Página 182

—Mejor que la Head no hay nadie. Aunque —dijo bajando la voz—, ¿sabes lo que me recomendó cuando nos encontramos en una tienda de tejidos y le dije que estaba buscando vestuario para una película de los años treinta sobre unos gánsteres?, pues me dijo: «Oh, querida, hazlo todo en gasa. No te dará problemas».

Nos reímos con ganas, porque ella había hecho todo lo contrario: faldas lápiz, cárdigans, boinas y zapatos planos. Parece que al principio Faye Dunaway protestó porque pensaba que no se vería favorecida. Pero luego resultó que aquel estilo se puso de moda, y Theadora y ella se hicieron inseparables.

Theadora era alegre y desenfadada. Llevaba una falda negra metalizada, muy corta, y un chaleco del mismo tejido. Tenía el pelo largo y respiraba ese aire hippy que empezaba a estar de moda también en el mundo del cine.

—¿Cómo te inspiraste? —pregunté. Me interesaba saber el modo en que surgían los hallazgos de los demás, de dónde venían, cómo se accedía a la mina del talento ajeno. Tenía miedo de que se me agotaran las ideas y me quedara seca.

—Es una historia real —respondió—, no sé si lo sabes, y había fotos de esos dos. Eran tan presumidos que se fotografiaban continuamente con sus metralletas y su Ford. No fue tan difícil, después de todo.

Marion tenía razón: Theadora Van Runkle me resultó más útil que Travilla.

—¿Sabes a quién te interesaría conocer? —propuso mirándome fijamente —, a Hal B. Wallis. Me han dicho que la Universal está preparando una película sobre Ana Bolena. Eso es de la misma época que la que tú hiciste, ¿verdad?

—Más o menos —respondí recordando el retrato de Enrique VIII que yo había usado en Buenos Aires para convencer a aquel actor que no quería ponerse la bragueta.

Un paso tras otro. Esa era la decisión adecuada. No parar, no pensar demasiado, no exponerse al remordimiento. Hollywood era el lugar adecuado para vivir sin conciencia.

En casa de Marion había mucha gente interesante. No era una fiesta como aquellas a las que me llevaba Carson, llenas de muñequitas ambiciosas y viejos verdes. Aquí me asomé al cine moderno y a la nueva forma de ver el mundo. Solo fue una noche, pero se abría ante mí una época que parecía fascinante.

Página 183

Contactos, sí. Puertas que mostraban caminos desconocidos. El mundo del cine estaba cambiando. Recuerdo especialmente la conversación con Dennis Roy, un director que, según me explicó Marion, se había iniciado en la televisión y formaba parte de un movimiento que se conocía como el Nuevo Hollywood. Lo primero que me preguntó era qué pensábamos en España de la guerra de Vietnam. Él había estado quemando cartillas militares y fotos del presidente Johnson en las protestas de la Universidad de Berkeley.

Luego se nos unió una actriz con una larga melena y gafas redondas. Parecía una intelectual. Hablaba como una intelectual. Mencionó a un tal Grotowski y dijo muy enfadada que no entendía cómo Marion no le había invitado. Cuando se fue, Dennis Roy me dijo:

—En Hollywood se acabaron los tiempos de Doris Day, ahora las actrices son así. Muchas proceden del off-Broadway y saben actuar de verdad, en directo, sin tanta tontería pretenciosa. Se acaba una época y empieza otra.

¿Qué habría sido de mi vida si me hubiera conformado solo con ser la mujer de Martín? Había visto a esas actrices dejarse la piel y la salud mental intentando hacerse un hueco; la propia Gloria, que era tremendamente eficaz, seguía sin conseguir su sueño. Yo ni siquiera tenía un sueño concreto, lo iba dibujando con las oportunidades que la vida ponía a mi alcance. Me había dejado llevar por la improvisación y había acabado en el salón de Marion con todos aquellos genios. Tenía que sentirme orgullosa.

Han pasado muchos días y todavía acaricio la turbia esperanza de que Martín se eche a mis pies pidiéndome perdón. Porque eso es lo que imagino una y otra vez: Martín suplicando y yo deseando perdonarle. Encuentro un inexplicable placer en esa imagen recurrente. Algo que me produce un dolor intenso y al mismo tiempo supone la reparación de ese mismo dolor. Los sentimientos contradictorios me están envenenando.

El resentimiento. Guía mis pasos como un siniestro ángel de la guarda. ¿Dónde acaba el amor propio y empieza la venganza?

Finalmente llamé a Stéfano con la excusa de preguntar por Luca Tuzzi. Pero quizá tenía otras intenciones, no lo sé. Los días y sus esquinas en punta se pierden en una apariencia ficticia de normalidad. Nada era normal, yo no era yo, un caldo espeso y negro me había invadido.

Página 184

Al principio no entiendo por qué Stéfano está tan irritado conmigo. ¿A él qué le importan mis asuntos matrimoniales?

—Así no se hacen las cosas —repite al otro lado del teléfono—, te comportas como una cría. No puedes coger la puerta y marcharte sin más.

—Tengo mis motivos, créeme.

—¿Motivos? ¿Qué motivos? Tu marido te necesita, y más ahora.

Por un momento pienso que ya se ha enterado.

—¿Ahora? —pregunto con cautela.

—¡Pues claro que ahora! —exclama furioso Stéfano—. ¿O no sabes lo que ha pasado?

—No sé a qué te refieres.

—Pero ¿no te lo ha dicho Martín? ¡Tu casa! Vuestra casa de la calle Ibiza. Recuerdo… La inquilina se había matado al caer por las escaleras y el

marido se iba por fin. Yo había regresado de Los Ángeles por eso.

—Tienes que volver a hacerte cargo de las cosas. Ha costado mucho solucionarlo para que tú lo estropees ahora con una rabieta de niña.

—Yo no estoy rabiosa. —Las sienes me palpitan, la ofuscación me obtura el cerebro, las manos empiezan a temblarme—. Por mí, Martín puede quedarse con la casa, con Cecilia y con lo que le dé la real gana. No pienso volver a verle en mi vida.

Entonces se hace ese silencio. Stéfano está desatando malentendidos.

—¿Por qué metes a Cecilia en esto? —pregunta con voz ronca.

—Les pillé en la cama, entérate. Y por mí como si se van a vivir juntos a la calle Ibiza el resto de sus días.

Stéfano dice algo que no recuerdo y cuelga.

No llegué a preguntarle por Luca.

La normalidad. Por fuera no parecía que yo tuviera tanta borrasca dentro.

Nubes negras como esos cuerpos que absorben toda la radiación que reciben.

Por fuera era normal, mi vida era normal. Pero yo no lo era en absoluto.

Antes de que pudiera darme cuenta estaba preparando unos bocetos de prueba para el ambicioso vestuario de Ana Bolena, la nueva película de Hal B. Wallis, mientras dejaba definitivamente listos los trajes de Marion. Si salía la película de la Universal, tendría trabajo para mucho tiempo. Otra vez los trajes de época, los acuchillados, las mangas de farol y las muselinas que asoman por el escote. Hice medio centenar de bocetos. De hombre, de mujer, del rey, de las hermanas Bolena, de Catalina de Aragón, del cardenal Wolsey,

Página 185

de Cromwell. Era demasiado para mí. Pero lo peor es que tuve la impresión de que me repetía y a pesar de eso me quedaba corta. No brillaba. Mi proyecto solo era una triste versión de La reina de Chipre.

No salió. Me rechazaron, y casi me alegré porque tuve que dirigir mis pasos hacia otro desafío. Margaret Furse hizo un magnífico trabajo y obtuvo por ello un merecidísimo Oscar al mejor vestuario. Cuando vi la película, me quedé embelesada apreciando cómo vestía a los actores que compartían una misma escena con una paleta perfecta, creando una riqueza cromática que la cámara supo aprovechar. Me sentí pequeña. Acomplejada. Insignificante de nuevo. ¿Tendría que volver a España?

No lo hice.

Llamé a Theadora Van Runkle y quedé con ella en el Nick’s, un bar de Sunset Strip que se había puesto de moda a finales de los sesenta.

—¿Salió lo de Ana Bolena?

—No —respondí—. Me han dicho que la hará Margaret Furse.

Theadora dio vueltas a su vaso.

—Vaya, un peso pesado…

Hacía girar el vaso sobre el mostrador, como si fuera una mala noticia que también la afectara a ella.

—¿Y tienes algún otro proyecto?

—No —reconocí a mi pesar.

La música estaba demasiado alta en aquel bar. Los gritos desgarrados de Janis Joplin recorrían toda la profundidad del local y saturaban el aire que ya parecía estar demasiado viciado de desesperación… «Soy una mala, mala mujer, y no necesito a ningún hombre, uno bueno, no…» Se me iba la cabeza a aquella música. Era imposible separar las palabras de la voz rota y amarga… «No soy del tipo de mujer que haría de tu vida una cama de facilidad…» Tenía que recordar que yo era la víctima, la víctima…

Theadora no sospechaba la contienda que se producía en mi interior. Ella seguía dando vueltas a su vaso. Creo que ni siquiera oía a Janis Joplin.

—Estoy muy liada con esa película de Elia Kazan, así que he tenido que decir que no a algunos proyectos. ¿Conoces a Dennis Roy?

Después de Bonnie and Clyde, Theadora se estaba convirtiendo en la diseñadora de moda. En un solo año había hecho Te quiero, Alice B. Toklas, Bullitt, y el vestuario de Faye Dunaway en Un lugar para los amantes y El caso de Thomas Crown. Si alguien estaba en la cresta de la ola era ella.

—Sí —respondí—. Nos conocimos en la fiesta de Marion.

Página 186

Dennis Roy era aquel director que me había preguntado por la guerra de Vietnam.

—Pues ve a verle. Está buscando diseñador de vestuario para una película que tiene buena pinta. No es de época, eso quizá sea un inconveniente para ti.

—En absoluto. Es una fase que ya he experimentado y me gustaría probar otras cosas.

No le dije a Theadora que necesitaba un proyecto más fácil, menos horas de investigación histórica, algo más intuitivo. Todavía tenía que decidir si iba a acompañar a Marion en el rodaje en Granada.

Además, ¿por qué me había empeñado en creer que solo eran importantes las películas de época? Es cierto que el vestuario presentaba mayores desafíos, más oportunidades de aprender, pero ese no era el verdadero motivo. Yo había seguido atentamente los comentarios de las revistas especializadas y sobre todo las nominaciones a los Oscar. El vestuario de época acumulaba galardones y había más oportunidades de aparecer en las listas de nominados, aunque no era la única manera de conseguirlo. Una inconfesable necesidad de éxito seguía dándome empujones.

—¿Quieres comprarlo?

Me di la vuelta sorprendida. Había una chica a mi espalda. Sostenía en la mano un collar con abalorios rojos.

—Es auténtico coral nepalí —añadió.

Negué con la cabeza, molesta porque nos hubiera interrumpido. Era rubia, alta y muy delgada, demasiado. Llevaba un chaleco de rejilla dorada sobre una camisa india y varios collares sobre el pecho. Tenía hematomas en las venas de ambos brazos.

—En Nepal no hay mar, querida.

Me miró como si yo fuera una auténtica ignorante.

—Ahora no —dijo con gesto cansado—. Pero hubo un tiempo, cuando el diluvio universal, cuando el valle de Katmandú estuvo cubierto por las aguas. ¿Has oído hablar de la historia de Noé?

¿Noé? ¿Diluvio universal? ¿Qué clase de chaladura era esta?

—Estas cuentas son muy antiguas, protegen contra el mal de ojo, las enfermedades y la violencia —recitó la chica como una autómata—. Ayudan a encontrar la serenidad, el amor, la sabiduría y atraen la buena suerte.

Theadora le hizo un gesto para que se acercara.

—¿Cuánto pides? —preguntó.

Ella dijo una cifra cualquiera. Creo que ni siquiera había pensado en el valor del dichoso collar.

Página 187

—Vale, te lo compro.

Me extrañó. Las cuentas tenían diferentes tamaños y, es cierto, parecían viejas, llenas de imperfecciones y muescas. El precio era realmente ridículo.

—¿Por qué lo has comprado? —pregunté, extrañada—. Seguramente es falso.

—¿Y qué? —dijo con una sonrisa—. Esa chica necesitaba el dinero. ¿Te fijaste en sus brazos?

Entonces me lo colgó del cuello. Estaba caliente.

—Para que te dé buena suerte —dijo.

He llevado ese collar muchos años. No me lo quito ni para dormir ni para ducharme, nunca. Está hilado con hilo de pita, como la que usaba Martín en sus cañas de pescar. Él nunca llegó a verlo, pero Luca suele acariciar las cuentas cuando estamos en la cama, un gesto que parece algo obsesivo, como si rezara el rosario sobre mi piel. Lo he perdido dos veces y siempre lo he vuelto a encontrar.

Fui a ver a Dennis Roy, le comenté que me quedaba libre y que estaba buscando una nueva película en la que colaborar. Le enseñé el trabajo que había hecho para Marion. Me contrató. Un film actual, un director del Nuevo Hollywood. Con esa película me nominaron al Oscar. Pero eso fue meses más tarde, y para entonces yo ya no estaba en Los Ángeles.

Ocurrió uno de aquellos trepidantes días… ¿Cómo me enteré?

Por Gloria, claro está.

Una noche. Estoy acostada cuando oigo la puerta. Ha sido un día duro.

Gloria entra en mi dormitorio sin llamar.

—No te asustes.

Es la mejor manera de decir esto te va a asustar. Mucho.

—Ha pasado algo.

Me tiende un periódico arrugado. Es un periódico hispano, de esos que solo sacan chismes y cotilleos. La noticia ocupa un recuadro pequeño, bajo una entrevista con Sal Castro, uno de los líderes de las protestas estudiantiles. Al principio no entiendo, pero luego veo la foto de Cecilia en él. En el suelo, sobre un charco de lo que parece sangre. No está de frente, han tomado la foto desde atrás, quizá para esquivar la censura; no habría podido reconocerla a no

Página 188

ser por la bata de motivos geométricos y una de las chinelas que se le ha salido del pie. ¿Qué significa esto? Leo. No entiendo. «Detenido el asesino de la actriz». Vuelvo a leer. «Podría tratarse de un crimen pasional». Busco nombres, miro a ver si me mencionan. Sí, lo hacen, pero solo soy la sobrina, no escriben mi nombre, solo el de Martín. Martín Leibar, porque para ese periódico tan solo soy la mujer del principal acusado. Y luego la vida de Cecilia reducida a unos cuantos datos biográficos. Fin.

Silencio. Tengo que pensar. Martín está en la cárcel.

Pero no pienso. Imagino.

Los cielos de otoño. Podrían ser grises, cenicientos, soleados incluso. Pero aquel era blanco como la tiza. Como los copos de algodón en el bote del baño de Cecilia. Llevo dos días refugiada en ese hotel en el que me consumo mientras él vuelve a la casa de General Oráa. Seguramente ha estado vagando por las calles y ahora va hacia esa casa en la que Cecilia se pasea con su bata de motivos geométricos. El portero no está, es su hora de comer. Rosa tampoco está, es su día libre. Cecilia sí está.

Tiene las llaves. Puede entrar.

Va directo a su habitación. Ella lleva la maldita bata, claro que la lleva.

Esta vez ha tenido cuidado de ponerse las bragas. Rosas. De satén.

—Martín, querido. Has vuelto.

Le tiembla la voz. Sabe que es alguien miserable, una mujer que está entrando en declive y necesita alimentarse de vidas más jóvenes. De Martín. De mí. En esa escena que imagino paso a ser alguien semejante a la desconocida esposa de Stéfano, esa a la que él no abandona, y Cecilia necesita por encima de todo suplantarnos, robarnos algo que nosotras tenemos y ella no. El pecho visible, pezones oscuros y bragas de satén que brillan a intervalos bajo el bies de la bata entreabierta. La odio. Con todas mis fuerzas.

—Tenemos que hablar —supongo que dice—. No podéis culparme a mí. No habría pasado nada si tú no hubieras querido, eso lo sabes ¿verdad?

¿Ahora qué quiere? ¿Sacrificar a Martín? ¿Inmolarle para salir indemne? No puedo decir nada porque solo estoy imaginando. La rabia me ahoga.

Cecilia no para de hablar, se justifica, endulza la voz hasta resultar empalagosa, se retuerce las manos, ladea la cabeza.

Página 189

Cuando Martín avanza hacia ella, sonríe débilmente, se afloja, se distiende.

—Sabes que no querría haceros daño por nada del mundo —continúa con ese impostado tono lastimero—, sois mi familia. Pero, mira, ahora tú y yo ya no tendremos que escondernos.

Martín está furioso. Aparta la vista, y sus ojos tropiezan con la escultura que hay sobre la cómoda, una Diana con un arco; ella también va semidesnuda; solo cincuenta centímetros de altura y qué letal resulta su fino cuerpo de bronce…

La mano de Martín se adapta con facilidad a ese breve talle, cabe perfecta entre la pierna doblada y el brazo que sostiene el arco. Pesa más de lo que se había imaginado…

Luego va a nuestra habitación. Cecilia debe de estar inmóvil en su charco de sangre. Como la señora Manuela cuando la encontramos muerta en el cuarto piso de la única casa que he tenido.

Busca.

El libro de Sábato. El nombre de mi marido aparece escrito de su puño y letra nada más abrirlo. Martín tiene la manía de atesorar libros como si fueran fajos de billetes. O joyas grabadas.

Pasa las hojas, una tras otra. Hasta casi el final. En la página 149 encuentra un párrafo subrayado: «Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma».

Sé lo que piensa en esos momentos. Piensa: lo he hecho, he tenido el valor de solucionar esto de una vez por todas. Me he librado de ella.

El cielo seguía siendo blanco cuando sale de nuevo a la calle. Blanco lechoso. Blanco algodón. Blanco como una camisa extendida. Seguramente le tiemblan las piernas.

—¿Vas a ir?

Miro a Gloria como si acabara de proponer algo tan desproporcionado como viajar a la luna. A Neil Armstrong aún no le conoce nadie.

—De ninguna manera —respondo—. No pienso volver.

—¿Y tu marido? Aquí dice que le han detenido.

Le imagino con la policía, insistiendo en que él no fue, que no sería capaz… Pienso si le creerán.

Página 190

—Que se las apañe como pueda —concluyo.

El resentimiento todavía dicta mis palabras. El libro, el nombre de Martín escrito al principio de su puño y letra… El párrafo que le condena.

Con ese pensamiento se acaban el Martín suplicante y el turbio deseo de que me pida perdón. El odio se abre paso desde el lugar en el que lo había arrinconado al volver a Los Ángeles. Tengo un trabajo que puede ser mi coartada para no mirar atrás.

Estoy lejos. Quizá pueda vivir con las alas rotas y el alma envenenada.

Dos días después de ver el periódico, en otro impulso incontrolable, llamo a Íñigo.

Era un domingo. No sé qué me pasa con las tardes de los domingos, me llenan de un pesar tan grande que es como si el mundo se tuviera que acabar necesariamente cada semana. Mil trescientos setenta y ocho puñeteros domingos pesaban sobre mí. De todas las clases: fríos, cálidos, emocionantes, aburridos… Pero sobre todo inquietantes. Ahora me aplastaban los más recientes: tardes de largas siestas en la cama aprovechando que Rosa libraba, desnudos y llenos de una pereza hecha de piel y sudores, de olores mutuos; otras de cine en sesión continua, largas fantasías frente al frío del exterior o paseos desolados por la calle Serrano, donde todas las tiendas permanecían cerradas y los escaparates apagados. Pensamientos extraños a los que no podía poner palabras y que solo me dejaban deseos de que llegara la noche para poder escapar a través del sueño. Todos esos domingos constituían un solo y sobrecogedor domingo. Lastimosamente largo, tanto que me alcanzaba en esta ciudad en la que todo estaba abierto y podías bajar a comprar la cena a las diez de la noche en el vietnamita de la esquina.

Voy al teléfono y pido la conferencia.

Íñigo está alterado, muy alterado. Lo comprendo.

—¿Dónde demonios estás? —dice en cuanto oye mi voz.

—En Los Ángeles.

—¿Y se puede saber qué haces ahí?

—Trabajo.

—¿Te has enterado?

—Sí —respondo escuetamente.

—Pues todo el mundo te está buscando. La policía también preguntó por

ti.

—Ha sido Martín —digo de pronto.

Página 191

Se trata de Íñigo. A mi hermano puedo decirle cualquier cosa, las palabras se desvanecen en la farsa de una infancia permanente. Todo, aunque sea mentira.

—Él asegura que no ha sido —se apresura a contestar Íñigo.

—Martín miente más que habla.

—Vale —concede mi hermano—, pero en este caso puede demostrarlo: estaba con una tal Clara en Palencia. Mamá dice que tú la conoces, que era vecina vuestra.

Clara.

¿También Clara? ¿Desde cuándo?

Todas mis sospechas se confirman, el malestar que en ciertos momentos quise creer injustificado adquiere cuerpo y realidad. Yo no estoy trastornada, solo soy más lista que él. Las veo venir.

El furor que se había mitigado con la muerte de Cecilia reaparece. Tengo miedo de que ya nunca me abandone. Yo no soy así, no me dejo derrotar por adversarios invisibles, no claudico, no suelo ponerme zancadillas a mí misma. El rencor es una trampa. Y lo sé.

Pero Íñigo sigue.

—Ella ha testificado y han soltado a Martín. Hasta tenían la factura del hotel. Y tú deberías volver y explicar dónde estabas ese día.

¿Qué? ¿Ahora sospechaban de mí? Hice memoria. El hotel, las ventanas como huecos oscuros, el llanto y la rabia… Yo no tenía que dar explicaciones. Yo era la víctima.

Página 192

La sombra de Stéfano en Creta

Martín y Luca, 1986

—Bueno, yo tendría que irme.

Pensé que no pasaba nada si dejaba a Rute con Luca. Ellos eran amigos, no me necesitaban en absoluto.

Luca había llegado una media hora antes con la camioneta de Damen. Rute parecía cansada, pero aun así se animó a beber una última copa con nosotros. Se notaba que la presencia de Luca le resultaba beneficiosa. Se percibía en su mirada, en la laxitud de su rostro, en la forma amplia que adquiría la mancha que tenía en la mejilla.

—Puedes dormir aquí esta noche —me dijo—. No es bueno andar de noche por carreteras.

—Y todavía nos queda el asunto del notario —añadió Luca—. Hoy he conseguido que nos cambiaran la cita, pero no será antes de dos días. ¿Podrás esperar?

Claro que podía. Lo cierto es que todavía me quedaban algunas cosas que aclarar. No quería irme de Creta sin solucionarlas.

—Es agosto —respondí—. Cerramos la editorial todo el mes.

Rute se había ido a la cama. Nos quedamos Luca y yo, otra vez frente a frente. Tal y como habíamos empezado. Hacía bastante calor en el patio. Unas polillas revoloteaban obsesivamente alrededor de la lámpara. Luca puso sobre la mesa un paquete que había comprado y cortó el queso que contenía, allí mismo, sobre el propio papel encerado.

—He estado hablando con Rute —le digo con precaución—. Dice que Henar seguía empeñada en creer que yo maté a Cecilia. Sabes que no fui yo, ¿no? A ti tuvo que decirte la verdad en algún momento.

Luca me miró con gesto cansado.

—¿Qué verdad? ¿Cómo iba a saber ella cuál es la verdad? Casi ni me atrevía a decirlo. No se discute con los muertos.

Página 193

—Porque siempre he sospechado que pudo ser ella; a pesar de que aseguró que estaba en Los Angeles, yo no me he podido quitar de la cabeza la idea de que tuvo algo que ver. Y he pensado que tú tenías que saberlo; una cosa así no se puede ocultar durante mucho tiempo.

Luca se revolvió molesto. El aire no era del todo translúcido, el calor lo espesaba como si estuviera cargado de los sedimentos de los días y sus penosos recuerdos.

—Y eso ya qué más da —dijo al cabo de unos minutos.

—Me detuvieron, ¿sabes? —respondí súbitamente irritado por su indiferencia—. Si Clara no llega a testificar que estaba con ella en Frómista, podría haberme pasado quince o veinte años en la cárcel. Henar no hizo nada por evitarlo.

Estaba con Clara porque había vuelto a verla. No podía dejar de hacerlo por mucho que me lo propusiera. Me empeñaba en creer que seguía enamorado de Henar y seguramente todavía lo estaba, pero ese sentimiento era algo viejo, con el tiempo y las ausencias se había ido agujereando como un abrigo comido por las polillas. Quedaba una dependencia a la que no sé si se podía llamar amor. Era fuerte, no obstante. Y había un libro de familia que nos habían dado para que lo compartiéramos el resto de nuestros días. En cambio, mi relación con Clara crecía de forma espontánea, a mi pesar, por encima de mi culpa. Clara me hacía crecer y ver el mundo con otros ojos.

—¿Y qué querías que hiciera? —preguntó Luca.

Me quedé pensativo. Nunca tuve muy claro lo que esperaba de Henar. Que me exculpara. Que no me creyera capaz de matar a Cecilia. Que me defendiera contra todo aquello. Entonces, yo todavía la consideraba mi mujer. Aún no había conseguido desatar los nudos que nos mantenían unidos.

Luca estaba molesto, su rostro se iba ensombreciendo al mismo tiempo que la noche acumulaba oscuridad.

—No era tan malvada como te empeñas en creer —dijo con calma—. Cuando me pidió que viniéramos a Creta, estaba destrozada y solo deseaba huir. Le daba vueltas a todo, una y otra vez, obsesivamente. Pero al llegar aquí, lo primero que hizo fue ayudar a las mujeres más pobres de Chania.

Ella le pidió que vinieran a Creta… A mí me pidió que nos fuéramos a Madrid. Pensé que Luca y yo éramos un espejo doble en el que Henar se medía. Estábamos los dos solos, allí, en Vrises, en una casa que ni siquiera era la suya, y yo aún percibía su fantasma. Insistente e implacable. Quería saber más, quería saberlo todo de ellos dos.

—¿Cuándo fue eso? ¿Cuándo te lo pidió?

Página 194

Se hizo un silencio. Luca desvió la mirada.

—A finales de los sesenta me la encontré en Granada. Ella estaba rodando una película, y yo había ido con Rute y Damen a un festival de música étnica.

No podía apartar los ojos de su rostro introvertido y melancólico. El pasado estaba invadiéndole, y él se dejaba anegar como si fuera una de esas esclusas que Clara y yo habíamos visitado en aquel viaje a Frómista.

—Fue una completa casualidad —continuó, como si yo no estuviera allí

—. Estábamos en aquella cueva, frente a la Alhambra; recuerdo la música de guitarras y las carcajadas de los turistas borrachos. Ella apareció con esa actriz, Marion Lee; alguien las había llevado al Sacromonte al finalizar el rodaje, ya sabes, esa pasión de los españoles por mostrar la miseria disfrazada de palmas y alegría… Fue una sorpresa para ambos. Dijo que me había estado buscando. Me lo contó todo, a borbotones; decía que necesitaba librarse de algo demasiado horrible. Se me echó en los brazos y me pidió ayuda.

—¿Algo horrible?

—Te pilló en la cama con su tía. ¿No te parece suficiente?

Yo había preguntado… Ahora no me podía quejar de oír lo que estaba oyendo.

Siguió hablando. En Vrises parecía más culpable que nunca. A medida que Luca recordaba aquel encuentro, yo también iba abriendo compuertas. Sentí celos. Yo, el que había engañado a Henar casi desde el principio. Escuché pacientemente a aquel hombre que había permanecido al lado de Henar durante más de veinte años. Todos sus recuerdos del principio. Granada. El olor a azahar. Una cueva frente a la Alhambra y la noche caliente como una bolsa de agua entre las sábanas.

Y luego vinieron a Creta. Él también la siguió a donde ella quiso. —No te lo tomes a mal, pero Henar me atraía bastante.

Sonreí a mi pesar.

—Era divertida —dije, conmovido.

—Bueno, en aquellos días no estaba precisamente divertida. Me contó lo del asesinato —Luca hizo entonces una pausa—, y sí, dijo claramente que tú eras el culpable.

—Pues ya ves que no —insistí. —Y entonces ¿quién?

—No se sabe. Oficialmente, la muerte de Cecilia Aranguren ha quedado como el típico caso sin resolver. Cada equis tiempo sale un reportaje sobre ese tipo de cosas y allí está de nuevo, todo a la vista. Cecilia, Henar y yo.

Página 195

Vuelven a ponernos en el escaparate de los horrores. No me extraña que ella no quisiera volver. Es desesperante.

Luca se levantó, recogió los vasos, arrugó el papel del queso y añadió:

—Os habéis pasado la vida echándoos la culpa el uno al otro y ¿sabes qué

creo?, que nadie interrogó a Stéfano sobre el asunto.

—¿Por qué demonios iban a hacerlo? ¿Qué motivos iba a tener Stéfano?

—¿Celos? ¿Venganza?

—Imposible. Hasta que Cecilia apareció muerta nadie sabía que ella y yo…

Luca se paró a medio camino de la puerta de entrada. Las polillas seguían dando vueltas en su tiovivo de luz.

—Te equivocas. Stéfano lo sabía. Henar se lo dijo.

—¿Cuándo?

Luca me miró como quien mira a un niño sin demasiadas luces. —Cuando os pilló en la cama. Le costó mucho tiempo sacarse esa imagen

de la cabeza. Se lo dije tantas veces…, que tenía que olvidar, pasar página, vivir sin ese lastre absurdo. Yo sabía que ella no había sido, no era capaz, solo era la víctima de un confuso y vulgar triángulo. No erais nada originales, ¿sabes?

Stéfano… No podía ser. Me habría matado a mí, o habría mandado a cualquiera de sus matones a que me partiera la cara, como supongo que había hecho con la pobre vieja de la calle Ibiza. Era su forma de arreglar los asuntos. Él no se manchaba las manos, siempre tenía quien lo hiciera. Los hombres como él no cometen crímenes pasionales, son más listos, más retorcidos, menos impacientes. Stéfano tenía otros recursos.

Y el caso es que después de la muerte de Cecilia Stéfano había desaparecido. Entonces pensé que no quería que le identificaran como su amante, que eso ponía en peligro su matrimonio verdadero. Pero las palabras de Luca abrieron una nueva posibilidad.

Por un instante pienso en la maldad que habita en cada uno de nosotros. Es inexpugnable y clandestina, siempre latente a la espera de que las circunstancias la despierten. No sabemos lo verdaderamente buenos o lo verdaderamente malos que podríamos llegar a ser hasta que nos vemos frente a una situación que desafía nuestras convicciones.

El aire de la noche resulta un poco asfixiante. Rute estará tendida sobre las sábanas que aún huelen a Damen, afilada y fría como un carámbano. Y luego vuelvo a pensar en Henar. Es un camino inevitable. Circular y opresivo.

Página 196

Los acontecimientos sin resolver tienen algo de eternos. Se quedan con nosotros por los tiempos de los tiempos.

Dejo que Luca crea lo que le conviene creer. Él necesita salvar la imagen de Henar porque Henar está muerta y él la quiso mucho más y seguramente mejor que yo. No es preciso remover la tierra donde yacen los muertos.

Me gustaría decir que el final de esta historia es uno y solo uno, y que por fin hemos podido saber la verdad. Pero no es cierto. Yo sé mi verdad: nunca empuñé aquella Diana cazadora. Pero desde luego no puedo decir que no tuve nada que ver en la muerte de Cecilia. Tanto si fue Henar como si finalmente fue Stéfano, el fuego de ese incendio lo prendí yo. Por mera puerilidad, por inconsciencia, por pensar que las cosas podían salir bien si uno callaba tercamente, si mentía y jugaba en dos pistas a la vez.

Página 197

Fuego de carbón bajo las moreras

Rute y Luca, 1987

Un año más tarde.

Es el subtítulo impreso sobre una imagen que anuncia el final de la historia. Si es que existe un final.

El coche alquilado avanza por el arcén ancho de una carretera de doble dirección. Hay, ya lo sabemos, olivos, retamas y adelfas. Algunas higueras y grandes castaños de ramas frondosas. Tras la ventanilla del asiento donde va Clara se ve el mar intermitente, de ese azul profundo que solo existe en el Mediterráneo y sus pequeños mares, que abrazan otros nombres. He vuelto a Creta, pero esta vez he traído conmigo a Clara.

—¿Por qué vas por el arcén? —me pregunta Clara.

—Aquí se conduce así. Solo los turistas van por el centro y se juegan el tipo, te lo aseguro. Hay que dejar libre el carril central para los adelantamientos en una y otra direcciones.

—Pero si hay línea continua…

—Ya lo sé. Pero fíjate y verás que no hay un solo coche local que vaya por el centro. Mira ese…

Un coche que viene de frente hace un adelantamiento que en España produciría en mí una furiosa ráfaga de luces y una pitada insistente, y sin embargo aquí es el pan nuestro de cada día. Nadie se altera. Yo tampoco. Voy por el supuesto arcén, que en mi cabeza ya es un segundo carril por el que circular seguro, y me siento sumamente dichoso de conocer las costumbres de la isla. Me considero el viajero experimentado que recorre un destino turístico por segunda vez. Es como si al volver a un lugar en el que ya hemos estado se perdiera una parte de la magia asociada a la novedad para dar paso a una especie de maestría ridícula en la que creemos estar en el segundo ciclo de un estudio complejo y arduo. Alguien debería escribir un libro sobre los turistas reincidentes.

Página 198

Sé que Clara no acepta estas normas no escritas de conducción. A ella le cuesta admitir según qué cosas, sobre todo las que tienen que ver con la seguridad física. Siempre está pendiente de que a las niñas no les pase nada, que no se caigan, que no se suban, que no se asomen, como si con su preocupación constante pudiera evitarnos los envites de la vida.

El paisaje es ondulado, vivo, variado.

—¿Es por aquí? ¿Seguro?

He cogido la pista de tierra que aparentemente desemboca en el mar. Los olivos se retuercen entre los bancales. Rodeo uno de esos muros de viejas y tambaleantes piedras y esquivo a un par de cabras que andan sueltas. Al fondo se ve la casa, dos cubos pegados el uno al otro. Ahora es cuando imagino que Clara hará un comentario no muy generoso del lugar. Pero no dice nada.

—Mira, ahí están.

Rute y Luca han salido a recibirnos.

—Qué alta es ella —exclama Clara.

Me emociona ver a los dos allí, en la entrada de la casa, cogidos de la mano. Rute se ha trasladado a vivir aquí y ambos han decidido empezar de nuevo.

Rute me abraza riendo y ella misma se presenta a Clara. Yo me quedo un segundo delante de Luca y después nosotros también nos abrazamos. Esta vez todo es menos doloroso.

Entramos en la casa. La atravesamos hasta el porche. Veo que Clara mira de refilón los cuadros y luego, ya en el quicio de la puerta que da al mar, suelta una exclamación.

—¡Qué maravilla!

El mar de Creta se ha vestido de gala para ella. El azul es tan intenso que vuelve a parecerme falso. Indica pureza, inocencia, franqueza. Luca y yo nos quedamos un momento en el porche mientras Rute y Clara se acercan al borde del talud de rocas y matojos que desciende hacia el mar. Luca hace un gesto señalando a Rute, su barbilla se eleva y las gafas despiden un breve destello que es como una flecha irisada.

—Heredo las mujeres de otros, ¿ves?

Me río. No puedo evitarlo. Él también suelta una breve carcajada. Está algo más gordo que el año pasado y seguramente mucho más feliz.

—Clara va a probar ouzo —dice Rute cuando regresan—. ¿Quieres tú también?

El mantel está colocado sobre la mesa de piedra. Veo que han puesto una barbacoa bajo las moreras.

Página 199

—Yo preferiría vino.

—¿Retsina? —pregunta Rute con una sonrisa cómplice.

—Lo que tengas.

Clara acompaña a Rute a la cocina. Parece que está a gusto. Sé que le ponía nerviosa este encuentro. En el barco se cambió tres veces de vestido. Luca y yo nos sentamos a la mesa y nos quedamos en silencio, como dos hermanos que se vieran todos los días. ¿De dónde sale este afecto que siento por él? Recuerdo lo que pensaba antes de conocerle, un mascalzone napolitano, un bravucón aprovechado… Y ahora he convencido a Clara para que vengamos de vacaciones a Creta, a Chania, a casa de Luca y Rute. Esta casa que durante unos pocos días fue legalmente mía.

—Mañana iremos a Elafonisi —dice Luca—. Os gustará. Comeremos allí, si os parece bien.

Hace planes. Rutas turísticas secretas, si tenemos mucho interés Knosos, pero hará mucho calor y estará atestado de turistas. Según Luca, es mejor ir hacia los pueblos del interior, hacia las montañas Blancas, y a las playas de acceso difícil. Cuando Rute y Clara vienen con las bebidas y el consabido cuenco de aceitunas, recuerdo fugazmente a Damen. Su lira de cuatro cuerdas. Su voz. El aire cobra un grosor extraordinario.

—Yo no sé si esto se me va a subir a la cabeza —dice Clara.

—Rebaja con agua —aconseja Rute—. Es más refrescante.

Observo cómo Clara conversa brevemente con uno y otra, de esa forma tan natural que tiene ella de afrontar las situaciones más complejas. Sigue siendo alguien con los pies en la tierra, poco dada a complicaciones. ¿Qué sentirá al estar en casa de Henar? ¿Percibirá su presencia? No. Clara se niega a los fantasmas.

—Me encanta la simplicidad de esta casa —está diciendo ahora—. Nosotros vivimos en un piso imposible, un edificio vanguardista, con un montón de paredes redondas… No hay forma de colocar los muebles.

Clara nunca ha soportado ese edificio. Ella no sabe, ni quiere saber, quién es Sáenz de Oiza. Cuando le expliqué que Torres Blancas había ganado el premio de la Excelencia Europea, en 1974, se encogió de hombros. Se deja llevar por mi fascinación sin oponerse, pero en el fondo de sus ojos yo veo siempre un destello burlón con el que me baja al suelo.

Ahora está con Luca tras las moreras. Veo sus siluetas abrasadas por el sol entre los troncos encalados, a uno le falta una pierna y un brazo; la cabeza y el hombro del otro asoman a través de las hojas grandes y verdes; una visión

Página 200

incongruente que la distancia y la perspectiva hacen coincidir. Aquí no pasa nada salvo el tiempo.

Y entonces Rute me coge de la muñeca y dice:

—Ven. Tengo que enseñar algo.

Voy con ella al interior de la casa. En el dormitorio ya no quedan fotos de Henar. Por la habitación se expande el calor asfixiante… Pesa como un aliento retenido. Rute abre el armario y saca unas hojas cuadriculadas del bolsillo de un anorak de plumas. Son tan vulgares que me sorprende. Habría esperado un cuaderno, cartas en un sobre con membrete o algo así. Me las entrega súbitamente seria.

—Creo que tenías razón —dice—. Siempre tuviste razón.

Me precipito sobre esos papeles. Rute me señala una de las hojas. Leo.

Los cielos de otoño. Podrían ser grises, cenicientos, soleados incluso. Pero aquel era blanco como la tiza. Como los copos de algodón en el bote del baño de Cecilia. Llevo dos días refugiada en ese hotel en el que me consumo y por fin salgo a la calle. Voy hacia esa casa en la que Cecilia se pasea con su bata de motivos geométricos. El portero no está, es su hora de comer. Rosa tampoco está, es su día libre. Cecilia sí está.

Tengo las llaves. Puedo entrar.

Voy directa a su habitación. Lleva la maldita bata, claro que la lleva. Esta vez ha tenido cuidado de ponerse las bragas. Rosas. De satén.

—Henar, cariño. Has vuelto.

Le tiembla la voz. Sabe que es alguien miserable, una mujer que está entrando en declive y necesita alimentarse de vidas más jóvenes. De Martín. De mí. Paso a ser alguien semejante a la desconocida esposa de Stéfano, esa a la que él no abandona, y Cecilia necesita por encima de todo suplantarnos, robarnos algo que nosotras tenemos y ella no. El pecho visible, pezones oscuros y bragas de satén que brillan a intervalos bajo el bies de la bata entreabierta. La odio. Con todas mis fuerzas.

—Tenemos que hablar —dice—. No puedes culparme a mí. No habría pasado nada si Martín no hubiera querido, eso lo sabes, ¿verdad?

¿Ahora qué quiere? ¿Sacrificar a Martín? ¿Inmolarle para salir indemne? No puedo decir nada. La rabia me ahoga.

Cecilia no para de hablar, se justifica, endulza la voz hasta resultar empalagosa, se retuerce las manos, ladea la cabeza.

—Y tú nunca estabas. Como Stéfano, que solo viene cuando le conviene; tienes que entenderlo, Martín y yo nos hemos sentido muy solos.

Ve que avanzo hacia ella, sonríe amablemente, se afloja, se distiende.

—Sabes que no querría hacerte daño por nada del mundo —continúa con ese impostado tono lastimero—, eres de mi familia.

No, Cecilia: tú eres de la familia de mi padre, tienes su naturaleza. Pienso en aquella escena, no seas tonta, que no es para tanto, y las manos de tu hermano entrando por la blusa de una joven obrera desasistida…

Aparto la vista, y mis ojos tropiezan con la escultura que hay sobre la cómoda, una Diana con un arco; ella también va semidesnuda; solo cincuenta centímetros de altura y qué letal resulta su fino cuerpo de bronce.

Mi mano se adapta con facilidad a ese breve talle, cabe perfecta entre la pierna doblada y el brazo que sostiene el arco. Pero pesa más de lo que me había imaginado…

Página 201

Luego he ido a nuestra habitación. ¿Qué busco allí si ya lo he hecho? Cecilia debe de estar inmóvil en su charco de sangre. Como la señora Manuela cuando la encontramos muerta en el cuarto piso de la única casa que he tenido.

Busco.

El libro de Martín. Su nombre aparece escrito nada más abrirlo. Tiene la manía de atesorar libros como si fueran fajos de billetes. O joyas grabadas.

Me demoro pasando una hoja tras otra. Hasta casi el final. En la página 149 encuentro un párrafo subrayado: «Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma».

El cielo seguía siendo blanco cuando salí de nuevo a la calle. Blanco lechoso. Blanco algodón. Blanco como una camisa extendida. Había arrojado el libro sobre el cuerpo inerme de Cecilia. Nadie había usado un cuchillo en aquel caso, pero la idea era bastante buena. Me tiemblan las piernas. Pero por dentro me siento bien, maravillosamente bien.

Apenas reconozco la letra de Henar. Redonda y grande, de buena chica, caligrafía de colegio de monjas sin evolucionar. Dejo las cuartillas sobre la mesa verde. Me asquean, me repugnan. Tomo aire. Lleno los pulmones antes de responder:

—Es horrible. Y dice que «pesa más de lo que me había imaginado»… Lo hizo de forma premeditada, ¿te das cuenta?

—No saques conclusiones todavía —me interrumpe Rute—. Mira esto otro.

Coge los papeles de la mesa y rebusca entre esas hojas horribles. El pasado se revuelve vertiginosamente. Y leo de nuevo. Sin acabar de entender.

Llamé a Stéfano nada más llegar a Los Ángeles.

Estoy furiosa, quiero vengarme, pero todavía acaricio la turbia esperanza de que Martín se eche a mis pies pidiéndome perdón. Porque eso es lo que imagino una y otra vez: Martín suplicando y yo deseando perdonarle. Encuentro un inexplicable placer en esa imagen recurrente. Algo que me produce un fuerte dolor y al mismo tiempo supone la reparación de ese mismo dolor. Los sentimientos contradictorios me están envenenando.

Al principio no entiendo por qué Stéfano está tan irritado conmigo. ¿A él qué le importan mis asuntos matrimoniales?

—Así no se hacen las cosas —repite al otro lado del teléfono—, te comportas como una cría. No puedes coger la puerta y marcharte sin más.

—Tengo mis motivos, créeme.

—¿Motivos? ¿Qué motivos? Tu marido te necesita, y más ahora.

Por un momento pienso que ya se ha enterado.

—¿Ahora? —pregunto con cautela.

—¡Pues claro que ahora! —exclama furioso Stéfano—. ¿O no sabes lo que ha pasado? —No sé a qué te refieres.

—Pero ¿no te lo ha dicho Martín? ¡Tu casa! Vuestra casa de la calle Ibiza.

Recuerdo… La inquilina se había matado al caer por las escaleras y el marido se iba por fin. Yo había regresado de Los Ángeles por eso.

—Tienes que volver a hacerte cargo de las cosas, ha costado mucho solucionarlo para que tú lo estropees ahora con una rabieta de niña.

Página 202

—Yo no estoy rabiosa. —Las sienes me palpitan, la ofuscación me obtura el cerebro, las manos empiezan a temblarme—. Por mí, Martín puede quedarse con la casa, con Cecilia y con lo que le dé la real gana. No pienso volver a verle en mi vida.

Entonces se hace ese silencio. Stéfano está desatando malentendidos.

—¿Por qué metes a Cecilia en esto? —pregunta con voz ronca.

—Les pillé en la cama, entérate. Y por mí como si se van a vivir juntos a la calle Ibiza el resto de sus días.

Stéfano dice algo que no recuerdo y cuelga.

Me alegro de que lo sepa. Ahora a ver cómo se lo explica Cecilia. Ojalá le dé su merecido.

Pero ¿qué demonios era esto? ¿Fantasías de Henar? Las dos cosas no podían ser ciertas, una tenía que ser verdad y la otra mentira. Me siento como si alguien se estuviera burlando de mí. Huele a carbón, y caigo en la cuenta de que Rute y yo llevamos mucho tiempo dentro. Clara y Luca han debido de encender la barbacoa.

—No he dicho nada a Luca —musita en voz baja, con una extraña complicidad que tampoco entiendo del todo—. Quería hablar contigo antes.

—¿Es que él no ha visto esto?

Rute niega en silencio. Su cabeza va apesadumbrada de derecha a izquierda.

—¿Y cómo lo has encontrado?

—En taller de la cooperativa de mujeres. Creo que Henar escribía estas cosas allí. A espaldas de Luca.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunto, inseguro.

Rute me mira con gravedad.

—Decide tú. Es tu vida.

Tengo los papeles en la mano. Apenas hay nada en lo que pensar. El gesto surge casi sin que yo recapacite. Es el cerebro el que emite la orden, pero las manos actúan con tanta rapidez que apenas soy consciente de haberlo pensado. No necesitamos entenderlo todo; ¿para qué? Rompo la letra de Henar en dos, en cuatro, en ocho trozos. Las cuadrículas serán para siempre ilegibles.

Eso que estaba ya no existe.

Volvemos al espacio real del futuro. Hemos estado en un antes que es infinitamente más confuso e incierto que lo que aún no hemos vivido. Clara ríe en voz alta. Luca parece más feliz que hace un año. Las dudas se desvanecen bajo el calor, contra el aire denso y turbio del calor. Oigo dentro de mí las palabras de Rute en Vrises: «¿Sabes qué dijo un día?, que tú y ella

Página 203

erais dos buenas personas a las que vida volvió peores de lo que tenían que haber sido. Y que solo alejados uno de otro podíais volver a ser decentes…».

Esas palabras acaso ya no tienen sentido, pero aún tiemblan bajo las hojas de las moreras.

MARIAN IZAGUIRRE nació en Bilbao y en la actualidad reside entre Madrid y Barcelona. En 1991 vio la luz su primera novela, La vida elíptica, con la que obtuvo el Premio Sésamo. Desde entonces ha publicado Para toda la vida (1991), El ópalo y la serpiente (1996), que le valió el Premio de Andalucía de Novela, La Bolivia (2003, Premio Salvador García Aguilar) y La parte de los ángeles (2011), merecedora del LVII Premio Ateneo-Ciudad de Valladolid. También es autora de la colección relatos cortos La reina de Chipre (2015, Premio Caja España). En 2013 Lumen publicó su novela La vida cuando era nuestra, traducida a diez lenguas y que tuvo una espléndida acogida por parte del público y la crítica, tras la cual siguieron Los pasos que nos separan (Lumen, 2015), la edición revisada de El león dormido (Lumen, 2015, que había obtenido en 2005 el IX Premio de Novela Ciudad de Salamanca), y Cuando aparecen los hombres (Lumen, 2017). Después de muchos inviernos es su última novela.



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com