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Libro N° 14845. El Beso Y Otros Cuentos. Chéjov, Antón


© Libro N° 14845. El Beso Y Otros Cuentos. Chéjov, Antón. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © El Beso Y Otros Cuentos. Antón Chéjov

 

Versión Original: © El Beso Y Otros Cuentos. Antón Chéjov

 

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Guillermo Molina Miranda




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EL BESO Y OTROS CUENTOS

Antón Chéjov


El Beso Y Otros Cuentos

Antón Chéjov

A través de los cuentos de Chéjov (1860-1904), uno de los grandes clásicos europeos, penetramos en lo más profundo de la vida rusa. Sucesos en apariencia triviales, anécdotas sencillas y pequeños acontecimientos sirven de punto de partida a los mejores cuentos del autor, que en su conjunto forman un mosaico del modo de ser y de sentir de todo un pueblo.

Antón Chéjov

El Beso Y Otros Cuentos

ePub r1.0

Titivillus 11.02.2026

Antón Chéjov, 2021

Traducción: Heino Zernask

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

EL BESO

El veinte de mayo, a las ocho de la noche, las seis baterías de la brigada norte de artillería, que se dirigían al campamento, se detuvieron para pasar la noche en el pueblo de Mestechki. En pleno trajín, cuando algunos oficiales se afanaban junto a los cañones y otros, agrupados en la plaza junto a la verja de la iglesia, escuchaban los informes de los furrieles, detrás de la iglesia apareció un jinete vestido de civil y montado en un caballo extraño. De pelo bayo y de pequeña estatura, tenía un cuello hermoso y una cola cortada y no avanzaba de frente sino más bien de costado, haciendo con los cascos pequeños movimientos de baile, como si alguien se los fustigara con el látigo. Una vez se hubo acercado al grupo de los oficiales, el jinete se quitó el sombrero y dijo:

—Su Excelencia el teniente general von Rabbek, terrateniente del lugar, invita a los señores oficiales a tomar el té en su casa, ahora mismo… El caballo inclinó la cabeza, bailoteó y retrocedió de costado; el jinete volvió a ponerse el sombrero y un instante después desapareció detrás de

la iglesia, junto con su extraña cabalgadura.

—¡Al diablo! —rezongaban algunos oficiales dirigiéndose a sus alojamientos—. En vez de dormir habrá que ir a ver a este von Rabbek y tomar su té… ¡ya se sabe qué clase de té vamos a tomar allí!

Los oficiales de las seis baterías recordaron vivamente lo que había sucedido el año anterior, durante las maniobras, cuando ellos, junto con oficiales de un regimiento de cosacos, habían sido invitados a tomar el té por un conde, terrateniente local y militar retirado; el hospitalario y afable conde los había tratado muy bien, dándoles de comer y beber, y no les había permitido retirarse a sus alojamientos, ofreciéndoles albergue en su propia casa. Por supuesto que todo ello estaba muy bien y no dejaba desear nada mejor, pero lo malo era que el militar retirado se había alegrado sobremanera de ver en su casa a los jóvenes. Hasta el amanecer estuvo relatando a los oficiales episodios de su gran pasado; les hacía recorrer las

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habitaciones, mostrándoles cuadros de valor, antiguos grabados y colecciones de armas raras; les leía cartas auténticas de altos personajes, mientras los exhaustos y fatigados oficiales escuchaban, miraban y, anhelando la cama, bostezaban furtivamente en las mangas; cuando, por fin, el dueño de casa los dejó libres, ya era tarde para acostarse.

¿No sería así también este von Rabbek? Fuera o no, ya no había nada que hacer. Los oficiales se arreglaron, se vistieron de la mejor manera y, formando un grupo compacto, fueron a buscar la casa del general. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que podían ir por el bajo —pasando la iglesia bajar hacia el río y caminar por la orilla hasta el mismo jardín y luego las mismas alamedas ya los conducirían a la casa— o bien por el alto, directamente desde la iglesia, por el camino que a media versta[1] de la aldea tocaba los graneros de la hacienda. Los oficiales decidieron ir por el alto.

—¿Qué von Rabbek será éste? —se preguntaban por el camino—. ¿No será el que comandaba la división norte de caballería, en Plevna?

—No, aquél no era von Rabbek, sino Rabbe, a secas.

—¡Pero qué buen tiempo hace!

Junto al primer granero el camino se bifurcaba: un ramal iba derecho y se perdía en la oscuridad de la noche; otro giraba a la derecha y llevaba hacia la mansión señorial. Los oficiales optaron por este lado y comenzaron a conversar en voz más baja… Por ambos lados del camino se extendían los graneros, hechos de piedra con tejados de color rojo, macizos y sombríos, muy parecidos a los cuarteles de una ciudad provinciana. Por delante brillaban las iluminadas ventanas de la mansión.

—¡Señores, buena señal! —dijo uno de los oficiales—. Nuestro setter marcha delante de todos; quiere decir que huele alguna presa…

El teniente Lobytko, que iba delante, era un hombre alto y robusto, pero sin bigote (tenía más de veinticinco años, aunque en su redonda y satisfecha cara no se sabe por qué aún no había aparecido la vegetación). En la brigada tenía fama de saber adivinar desde lejos la presencia de las mujeres, se dio la vuelta y dijo:

—Sí, debe de haber mujeres aquí. Me lo dice el instinto.

En el umbral de la casa los oficiales fueron recibidos por el mismo von Rabbek, un anciano de respetable aspecto, de unos sesenta años, vestido con ropas civiles. Mientras estrechaba la mano a los invitados, les dijo que se sentía muy contento y feliz, pero que, encarecidamente y por el amor de

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Dios, rogaba a los señores oficiales que lo disculparan por no haberlos invitado a pernoctar en su casa; habían llegado dos hermanas suyas con hijos; varios hermanos y también algunos vecinos, de modo que no le quedaba ni una sola habitación libre.

El general les estrechaba la mano a todos, pedía disculpas y sonreía, pero en su cara se notaba que estaba mucho menos contento por las visitas que el conde del año anterior y que si había invitado a los oficiales, sólo había sido porque así lo exigían, según su opinión, las normas de cortesía. Los propios oficiales, subiendo la mullida escalera y escuchándolo, sentían que habían sido invitados a esta casa sólo porque hubiera sido incómodo no hacerlo, y a la vista de los lacayos que se apresuraban a encender las luces abajo, en la entrada, y arriba, en el vestíbulo, les pareció que introducían consigo la inquietud y la alarma. Allí donde se habían reunido —probablemente a causa de algún acontecimiento familiar— dos hermanas con sus hijos, varios hermanos y aun los vecinos, ¿puede causar alegría la presencia de diecinueve oficiales desconocidos?

Arriba, en la entrada del salón, los invitados fueron recibidos por una anciana alta y esbelta, de rostro alargado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con una sonrisa amable y majestuosa decía que se alegraba mucho de ver a las visitas en su casa y se disculpaba por verse privados, ella y su marido, de la posibilidad de ofrecerles alojamiento en esta ocasión. Por su majestuosa y bella sonrisa, que desaparecía instantáneamente cada vez que ella, por algún motivo, se volvía hacia otro lado, se notaba que en su vida había visto mucho señores oficiales, que en este momento estaba ocupada con otras cosas y que si bien los había invitado, lo hizo sólo porque lo exigían su educación y la posición que ocupaba en la sociedad.

En el gran comedor, adonde pasaron los oficiales, ocupando un lado de la larga mesa se hallaban sentados tomando el té una docena de señoras y caballeros, jóvenes y de edad madura. Un oscuro grupo de hombres, envuelto por el leve humo de cigarros, se encontraba de pie, detrás de las sillas de los comensales. Un joven delgado, de patillas coloradas, decía algo en inglés en voz alta y tartajeando.

Detrás del grupo, a través de la puerta, veíase un cuarto lleno de luz, con mobiliario azul.

—Señores, ustedes son tantos que no hay ninguna posibilidad de presentarlos —dijo el general en voz alta, tratando de parecer muy alegre

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—. ¡Preséntense ustedes mismos, señores, sin ceremonias!

Los oficiales, unos con caras serias, y hasta severas, otros con sonrisas forzadas, y todos sintiéndose muy incómodos, hicieron reverencias de cualquier modo y se sentaron a la mesa.

El que más incómodo se sentía era el capitán Riabovich, un oficial de baja estatura y algo encorvado, con anteojos y patillas de lince. Mientras algunos de sus camaradas se ponían serios y otros sonreían forzadamente, la cara, las patillas de lince y los anteojos del capitán parecían decir: «Yo soy el oficial más tímido, más modesto y más incoloro de toda la brigada». En el primer momento, al entrar en el comedor y luego, tomando el té, de ninguna manera podía concentrar su atención sobre un rostro o un objeto. Las caras, los vestidos, las talladas jarras con coñac, el vaho que se elevaba de los vasos, las esculpidas cornisas, todo ello se fundía en una inmensa impresión general que le inspiraba inquietud y deseo de esconder la cabeza. Igual que un recitador que por primera vez actúa ante el público, veía todo lo que había delante de su vista, pero lo visible no se entendía bien (tal estado, en que el sujeto ve pero no entiende, es denominado por los fisiólogos como «ceguera psíquica»). Poco después, una vez familiarizado con el ambiente, Riabovich recobró la vista y se puso a observar. Al ser hombre tímido y poco sociable, antes que nada le llamó la atención aquello que él nunca tenía, o sea el descomunal coraje de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, las damas de edad, una señorita con vestido de color lila y un joven de patillas coloradas, quien resultó ser el hijo mayor de Rabbek, con mucha habilidad, como si lo hubieran ensayado antes, se situaron entre los oficiales y enseguida entablaron una acalorada discusión, en la cual los invitados no podían menos que tomar parte. La señorita de lila comenzó a demostrar calurosamente que la vida de los artilleros era mucho más fácil que la de los oficiales de caballería o infantería, mientras que Rabbek y las dos damas de edad afirmaban lo contrario. Sobrevino una conversación entrecruzada. Riabovich miraba a la señorita de lila discutir con vehemencia sobre un tema que le era extraño y no le podía interesar, y observaba cómo aparecían y desaparecían en su cara las ficticias sonrisas.

Von Rabbek y su familia hábilmente arrastraban a los oficiales a la discusión, al tiempo que vigilaban con atención sus vasos y sus bocas para cerciorarse de si estaban todos bebiendo, si no le faltaba a alguien el azúcar, y por qué fulano no comía los bizcochos y zutano no bebía coñac.

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Y cuanto más miraba y escuchaba Riabovich, tanto más le gustaba aquella familia, poco sincera pero bien disciplinada.

Después del té los oficiales pasaron a la sala. El olfato no había engañado al teniente Lobytko: había en la sala muchas señoritas y damas jóvenes. El teniente setter ya estaba al lado de una jovencita rubia, vestida de negro, y, doblándose temerariamente, como si se apoyara sobre un sable invisible, sonreía y movía sus hombros con coquetería. Las cosas que decía probablemente no tenían ningún sentido pero, con todo, resultaban interesantes, puesto que la rubia miraba con cierta condescendencia su cara satisfecha y le preguntaba en tono indiferente: «¿Será posible?». Y por este desapasionado «será posible» el setter, si hubiese sido inteligente, habría podido deducir que difícilmente le gritarían «¡Adelante!».

Atronó el piano; un melancólico vals salió volando de la sala a través de las ventanas, abiertas de par en par, y todos, sin saber por qué, recordaron que estaban en primavera y que a las ventanas asomábase la noche de mayo. Todos sintieron flotar en el aire la fragancia de las frescas hojas de álamo, de rosas y lilas. Riabovich, en quien, bajo la influencia de la música, comenzó a ser evidente la acción del coñac que había bebido, miró de reojo hacia la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres; y le parecía ya que el aroma de rosas, álamo y lilas no provenía del jardín, sino de los rostros y los vestidos de las mujeres.

El hijo de Rabbek invitó a una joven flaca y bailó con ella dos vueltas. Lobytko se precipitó deslizándose por el parquet hacia la señorita alilada y la llevó en un giro vertiginoso por la sala. El baile había comenzado… Riabovich estaba de pie junto a la puerta, entre las personas que no bailaban, y se dedicaba a observar. En toda su vida no había bailado una sola vez y nunca había tenido la ocasión de abrazar el talle de una mujer decente. Le gustaba enormemente ver que un hombre, a la vista de todos, asía a una joven desconocida por el talle y le ofrecía su hombro como sostén, pero de ninguna manera podía imaginarse a sí mismo en la posición de ese hombre. Hubo un tiempo en que envidiaba el coraje y la desenvoltura de sus camaradas y sufría; la conciencia de que era tímido, encorvado e incoloro, de que tenía un talle largo y unas patillas de lince, lo hería hondamente, pero con los años, esa conciencia se hizo habitual y ahora, mirando a las parejas que bailaban o a las personas que hablaban en voz alta, ya no les tenía envidia y sólo se conmovía tristemente.

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Cuando comenzó la cuadrilla, el joven von Rabbek se acercó a los que no bailaban e invitó a dos oficiales a una partida de billar. Éstos accedieron y salieron con él de la sala. Riabovich, que no tenía nada que hacer y que deseaba tomar parte, de cualquier manera que fuese, en el movimiento general, se fue lentamente tras ellos. Pasaron por una sala de estar, luego por un estrecho pasillo de cristales llegaron a una habitación en la cual tres soñolientas figuras de lacayos saltaron de los divanes al verlos. Finalmente, después de atravesar toda una serie de habitaciones, el joven Rabbek y los oficiales entraron en una pequeña estancia donde había una mesa de billar. Comenzó el juego.

Riabovich, que nunca había practicado ningún juego, excepto los naipes, estaba parado junto al billar y miraba a los jugadores con indiferencia, mientras éstos, con las guerreras desabrochadas, caminaban, taco en mano, decían chistes y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no lo notaban y sólo de vez en cuando alguno de ellos, después de darle un codazo, sin querer, o rozarlo con el taco, se daba la vuelta y decía: «Pardon!». No había terminado aún la primera partida, cuando ya estaba aburrido y le parecía que sobraba allí, que estorbaba… Sintió deseos de volver al salón y salió.

En el regreso tuvo que vivir una pequeña aventura. A mitad del camino se dio cuenta de que no iba por donde tenía que ir. Recordaba perfectamente que debía encontrarse con tres soñolientas figuras de lacayos, pero había pasado ya cinco o seis habitaciones sin haberlas visto, como si hubiesen sido tragadas por la tierra. Al notar su error, desanduvo una parte del camino, tomó a la derecha y fue a parar a un despacho semioscuro, que no había visto cuando iba a los billares; después de cavilar medio minuto, abrió resueltamente la primera puerta que vio y entró en una habitación completamente oscura. Delante de él veíase la hendidura de una puerta por la que se filtraba una brillante luz; a través de la puerta llegaban los amortiguados sonidos de una triste mazurca. Igual que en la sala, las ventanas aquí estaban abiertas de par en par, y olía a rosas, álamo, lilas…

Riabovich se detuvo pensativo… En este instante oyó inesperadamente unos pasos presurosos y el murmullo de un vestido; una jadeante voz femenina susurró «¡por fin!» y dos suaves y perfumados brazos, sin duda femeninos, envolvieron su cuello; su mejilla sintió el roce de otra mejilla tibia y al mismo tiempo resonó un beso. Pero enseguida la que besaba dejó

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escapar un grito ahogado y, según le pareció a Riabovich, se apartó de él de un salto y con repugnancia. También él estuvo por lanzar un grito y se precipitó hacia la luminosa rendija de la puerta…

Cuando volvió a la sala, su corazón latía y sus manos temblaban en forma tan visible que se apresuró a esconderlas detrás de la espalda. Al principio lo torturaban la vergüenza y el miedo de que toda la sala supiera que hacía un instante lo había abrazado y besado una mujer; se encogía y miraba inquieto para todos lados, pero al convencerse de que todo el mundo seguía bailando y charlando tranquilamente, se entregó por entero a una sensación nueva, que nunca había experimentado antes. Le ocurría algo raro… Su cuello, que acababan de rodear unos brazos suaves y olorosos, estaba impregnado, según le parecía, de una esencia; sobre su mejilla, cerca del bigote izquierdo, donde lo había besado la desconocida, estremecíase un leve y agradable frescor, como de gotas de menta, y cuanto más frotaba ese sitio, más fuerte lo sentía; y todo su ser, desde la cabeza hasta los pies, se hallaba embargado por un sentimiento nuevo y extraño que iba creciendo más y más… Tuvo ganas de bailar, hablar, correr al jardín, reír a carcajadas… Se olvidó por completo de que era algo encorvado e incoloro, que tenía patillas de lince y un «aspecto indefinido» (así fue denominada una vez su apariencia exterior en una conversación entre damas que él había escuchado sin querer). Cuando la mujer de Rabbek pasó cerca, él le sonrió tan amplia y cariñosamente que ella se detuvo y le dirigió una mirada interrogativa.

—¡Su casa me gusta enormemente! —le dijo, acomodándose los lentes.

La generala sonrió y le contó que la casa pertenecía aún a su padre: luego le preguntó si sus padres vivían, cuánto tiempo estaba en el servicio, por qué estaba tan flaco y otras cosas. Después de recibir las respuestas a sus preguntas, ella prosiguió su camino, mientras que él, tras esta conversación, empezó a sonreír con más afabilidad aún y pensó que lo rodeaban magníficas personas.

Durante la cena Riabovich comía maquinalmente todo lo que le servían y bebía, y, sin escuchar a nadie, trataba de explicarse la reciente aventura. Ésta revestía un carácter misterioso y romántico, pero no era de difícil explicación. Seguramente alguna señorita o dama había concertado con alguien una cita en el cuarto oscuro, esperó un largo rato y, al estar nerviosa y excitada, tomó a Riabovich por su héroe; ello era tanto más

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probable por cuanto Riabovich, al pasar por la habitación oscura, se detuvo pensativo, o sea, tenía el aspecto de un hombre que también esperaba algo… Así se explicó Riabovich el beso recibido.

«¿Y quién será ella? —pensaba, observando las caras femeninas—. Debe de ser joven porque las viejas no van a las citas. Además, debe de ser culta, lo que se adivinaba por el roce de su vestido, por su perfume, por su voz…». Detuvo su mirada en la señorita de lila y ésta le agradó mucho; tenía hermosos hombros y brazos, un rostro inteligente y melodiosa voz. Mirándola, Riabovich sintió deseos de que aquella desconocida fuera precisamente ella y ninguna otra… Pero ella dejó oír una risa no muy franca y frunció su larga nariz que le pareció avejentada; entonces dirigió la mirada a la rubia del vestido negro. Era más joven, más sencilla y más sincera, tenía unas sienes deliciosas y bebía de su copa en forma muy elegante. Ahora Riabovich deseó que ésta fuese aquélla. Empero, encontró muy pronto que su cara era chata y fijó los ojos en la vecina de ella.

«Es difícil adivinar —pensó, soñando—. Si a la de lila le tomara sólo sus hombros y sus brazos, y agregara las sienes de la rubia y los ojos de ésta que está a la izquierda de Lobytko, entonces…».

Sumó mentalmente y obtuvo la imagen de la joven que lo había besado, imagen que deseaba —pero no podía— encontrar entre las sentadas a la mesa.

Después de la cena los oficiales, satisfechos y algo ebrios, comenzaron a despedirse y a dar las gracias. Los dueños de casa volvieron a pedir disculpas por no poder invitarlos a pernoctar.

—¡Estoy muy contento, señores! —decía el general, y esta vez era sincero (probablemente porque despidiendo a los invitados la gente suele ser mucho más sincera y bondadosa que recibiéndolos)—. ¡Muy contento! Hagan el favor de visitarnos otra vez, cuando vuelvan. ¡Sin ceremonias! ¿Pero, a dónde van? ¿Quieren ir por arriba? No, no, vayan por el jardín, por abajo, está más cerca.

Los oficiales salieron al jardín. Después de la brillante luz y el ruido, el jardín les pareció muy oscuro y silencioso. Hasta el portón caminaron callados. Estaban semiborrachos, alegres, contentos, pero la oscuridad y el silencio los volvieron pensativos por un instante. A la mente de cada uno de ellos acudió sin duda la misma idea: ¿llegaría para ellos alguna vez el tiempo en que, a semejanza de Rabbek, tuvieran una gran casa, una familia, un jardín, y que tendrían asimismo la posibilidad de agasajar a la

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gente, aunque fuese con poca sinceridad, de volver satisfechos, borrachos y contentos a los hombres?

Una vez fuera del jardín, todos se pusieron a hablar a la vez y a reír en voz alta sin ninguna causa. Caminaban ahora por el sendero que descendía hacia el río y luego corría junto a él, rodeando los arbustos costeros, los baches y los sauces inclinados sobre el agua. La orilla y el sendero eran apenas visibles, mientras que la otra orilla se hundía toda en las tinieblas. Aquí y allá, en el agua oscura reflejábanse las estrellas; temblaban y tornábanse difusas, y sólo por eso podía adivinarse el rápido correr del río. Era una noche apacible. En la otra orilla gemían las adormecidas chochas y en ésta, en uno de los arbustos, sin hacer caso al grupo de oficiales, lanzaba sus trinos un ruiseñor. Los hombres quedaron parados un rato junto al arbusto y lo tocaron, pero el ruiseñor seguía cantando.

—¡Cómo es, eh! —se oyeron las exclamaciones de aprobación—. Estamos aquí, al lado, pero no nos tiene en cuenta para nada. ¡Qué pillo!

En el final del camino el sendero iba elevándose y, al llegar a la verja de la iglesia, entraba en la carretera. Aquí los oficiales, fatigados por la marcha de ascensión, se sentaron a descansar y fumar un poco. En la otra orilla apareció una opaca lucecita roja y ellos, como no tenían nada que hacer, durante largo rato trataron de determinar si era una fogata, una luz en la ventana o alguna otra cosa… Riabovich miraba también la lucecita y le parecía que ésta le sonreía y le guiñaba de tal manera como si supiera lo del beso.

De regreso en su alojamiento, Riabovich se desvistió de prisa y se acostó. En la misma izba[2] se alojaban Lobytko y el teniente Mersliakov, un mozo apacible y taciturno, que estaba considerado en su círculo un oficial culto y que en todas partes donde era posible se ponía a leer el Noticiero de Europa que siempre llevaba consigo. Lobytko se desvistió, paseó un largo rato de un rincón a otro, con aire de hombre insatisfecho, y mandó al ordenanza a buscar cerveza. Mersliakov se acostó, colocó la vela junto a la cabecera y se sumergió en la lectura del Noticiero de Europa.

«¿Quién será ella?», pensaba Riabovich, mirando al cielo raso ennegrecido por el humo.

Le parecía que su cuello estaba aún rociado con una esencia y junto a su boca sentía el frescor de unas gotas de menta. En su imaginación pasaban los hombros y los brazos de la señorita de lila, las sienes y los ojos sinceros de la rubia vestida de negro, talles, vestidos, prendedores.

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Trató de fijar su atención en estas imágenes, pero saltaban, se diluían, parpadeaban. Cuando en el amplio fondo negro que ve todo hombre al cerrar los ojos, estas imágenes desaparecían en forma total, comenzaba a oír pasos presurosos, el rumorcillo de un vestido, el sonido de un beso, y le invadía una intensa alegría sin causa ninguna… Entregado a esta alegría, oyó regresar al ordenanza notificando que no había cerveza. Lobytko se mostró sumamente indignado y volvió a pasear por la habitación.

—¡Vaya un idiota! —decía, deteniéndose ora frente a Riabovich, ora delante de Mersliakov—. ¡Cuán necio y tonto tiene que ser uno para no encontrar cerveza! ¿Eh? ¿No es un canalla?

—Pues, claro que aquí, en la aldea, no se puede conseguir cerveza a estas horas —dijo Mersliakov, sin apartar la vista del Noticiero de Europa.

—¿Ah sí? ¿Está usted seguro? —insistía Lobytko—. ¡Por Dios, enviadme a la luna y yo no tardaré en encontrar cerveza y mujeres! Ahora mismo iré a buscarla… ¡Podrán tildarme de mentiroso si no encuentro nada!

Se estuvo vistiendo sin prisas y calzando sus altas botas, luego fumó en silencio un cigarrillo y salió.

—Rabbek, Grabbek, Labbek —murmuró, deteniéndose en el zaguán

—. No tengo ganas de ir solo, córcholis. Riabovich, ¿no quiere hacer conmigo una promenade? ¿Eh?

Al no obtener respuesta, volvió, se desvistió sin prisa y se acostó. Mersliakov suspiró, dejó a un lado el Noticiero de Europa y apagó la vela.

—Parece mentira… —barbotó Lobytko, encendiendo el cigarrillo en la oscuridad.

Riabovich se tapó la cabeza, se acurrucó y comenzó a juntar las imágenes que revoloteaban en su mente para formar con ellas una unidad. Pero no obtuvo ningún resultado.

Pronto se quedó dormido y su último pensamiento fue el de que alguien lo había acariciado y alegrado y que en su vida había sucedido algo descomunal y aun estúpido, pero sumamente bueno y festivo. Este pensamiento tampoco lo dejó durante el sueño.

Cuando despertó, la sensación de esencia en su cuello y la frescura de menta cerca de sus labios había desaparecido, pero la alegría, igual que la noche anterior, cual una ola agitábase en su pecho. Miró con entusiasmo el marco de la ventana dorado por el sol y prestó atención al movimiento que había en la calle. Cerca de la ventana, alguien hablaba en voz alta. El

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comandante de la batería Lebedetsky, quien acababa de alcanzar a la brigada, en voz muy alta —por la falta de costumbre de hablar bajo— conversaba con el sargento.

—¿Y qué más? —gritó el comandante.

—Ayer, al cambiar las herraduras, lastimaron al Palomito, señoría. El veterinario le aplicó arcilla con vinagre. Ahora lo llevan por la brida, separado.

Asimismo, señoría, el cerrajero Artemiev se emborrachó ayer y el teniente mandó colocarlo sobre el avantrén de la cureña de reserva.

El sargento informó también de que Karpov había olvidado los cordones de las trompetas y los palos para las tiendas de campaña y que anoche los señores oficiales habían estado de visita en la casa del general Rabbek. En medio de la conversación, asomó por la ventana la cabeza de Lebedetsky, con su barba rojiza. Entornando sus miopes ojos, miró las fisonomías soñolientas de los oficiales y saludó.

—¿Está todo en orden? —preguntó.

—El caballo de tiro se hizo una llaga en la cerviz —respondió Lobytko bostezando— con los nuevos arneses.

El comandante suspiró, pensó un rato y dijo en voz alta:

—Creo que iré todavía a casa de Alejandra Evgrafovna. Hay que hacerle una visita. Bueno, adiós entonces. Hacia la noche los alcanzaré.

Un cuarto de hora después, la brigada emprendió la marcha. Al avanzar por el camino, frente a los graneros, Riabovich miró hacia la derecha, donde se hallaba la mansión señorial. Las persianas estaban bajas. Por lo visto, todos dormían aún en la casa. Dormía también la que anoche había besado a Riabovich. Éste tuvo ganas de imaginársela dormida. La ventana del dormitorio, abierta de par en par; las verdes ramas que se asoman a esta ventana; la frescura matinal; el olor a lilas, álamo y rosas; la cama, la silla y sobre ésta el vestido que había murmurado anoche; los zapatitos y el relojito sobre la mesa.

Todo eso lo vio dibujado con claridad y nitidez, pero los rasgos de la cara, la deliciosa sonrisa del sueño, o sea, justamente aquello que era importante y característico se escurría de su imaginación como el mercurio entre los dedos. Habiendo pasado una media versta, miró hacia atrás: la iglesia, de color amarillo, la mansión, el río y el jardín aparecían inundados de luz; el río, con sus orillas de un intenso color verde, reflejando el cielo azul y brillando al sol aquí y allá, estaba muy bello.

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Riabovich miró por última vez el lugar y se sintió tan triste como si dejara algo muy familiar y querido.

Mientras tanto, sobre el camino extendíanse ante la vista los cuadros hacía tiempo conocidos y poco interesantes… A la derecha y a la izquierda yacen los campos de centeno y de alforfón, con los grajos que saltan; por delante uno ve polvo y nucas, al volverse atrás, se ven el mismo polvo y las caras… Delante de todos marchan cuatro hombres con sables: es la vanguardia. Detrás de ellos va la multitud de cantores y detrás de éstos los trompetistas montados. La vanguardia y los cantores, como los antorcheros de las pompas fúnebres, a cada rato se olvidan de la distancia prescrita por el reglamento y se adelantan demasiado… Riabovich se halla junto al primer cañón de la quinta batería. Ve las cuatro baterías que marchan delante de él. Para un hombre civil, esa larga y pesada caravana, que representa una brigada en marcha, parece una mezcolanza complicada y poco comprensible; no se entiende por qué hay tantos hombres junto a una pieza de artillería y por qué la llevan tantos caballos, atados con arneses extraños, como si aquélla efectivamente fuera tan terrible y pesada. Para Riabovich todo está claro y, por lo tanto, es muy poco interesante.

Sabe hace tiempo para qué delante de cada batería, junto con el oficial, marcha un pirotécnico y cómo se llaman los jinetes que le siguen y los caballos que ellos montan; también eso es muy poco interesante para él. Luego siguen dos caballos de tiro, uno de ellos montado por un conductor con el polvo del día anterior en su espalda y con un tosco y ridículo madero colgado en la pierna derecha; Riabovich conoce la función de este madero y no le parece ridículo. Todos los conductores agitan maquinalmente sus látigos y, de vez en cuando, gritan. El cañón es feo. Sobre el avantrén yacen bolsas con avena, cubiertas con una lona; hay teteras, mochilas y bolsitas colgadas sobre el mismo cañón, de modo que éste tiene el aspecto de un pequeño e inofensivo animal, rodeado no se sabe para qué, por hombres y caballos. A sus costados, agitando los brazos, marchan seis hombres de servicio. Detrás de la pieza siguen nuevamente las tres clases de conductores y se arrastra otro cañón, tan feo y poco imponente como el primero. Tras él siguen la tercera y la cuarta pieza, junto a la cuarta, otro oficial, etcétera. Hay seis baterías en la brigada, y en cada batería, cuatro piezas. La caravana se extiende a media versta y concluye con el convoy de la intendencia, junto al cual camina,

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pensativa y gacha, su cabezota de largas orejas, una figura en extremo simpática: el burro Magor, traído de Turquía por el comandante de una batería.

Riabovich miraba con indiferencia hacia adelante y hacia atrás; las nucas y las caras; en otra ocasión hubiera dormitado, pero ahora se sumergió por entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada emprendía la marcha, quería convencerse a sí mismo de que la historia del beso sólo podía ser interesante como una pequeña y misteriosa aventura; que en realidad era insignificante y que pensar seriamente en ella resultaba por lo menos estúpido; pero luego desechó la lógica y se abandonó a los sueños… Ora se veía sentado en la sala de la mansión de Rabbek, al lado de una joven parecida a la señorita de lila y a la rubia del vestido negro; ora cerraba los ojos y se imaginaba con otra joven, totalmente desconocida y con rasgos faciales indefinidos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, luego se imaginaba la guerra, la separación, el posterior encuentro, la cena con su mujer y sus niños…

—¡A los palos! —resonaba el comando cada vez que descendían una colina.

Él también gritaba «¡a los palos!» y se sentía temeroso de que este grito pudiera interrumpir sus sueños y volverlo a la realidad…

Pasando delante de una propiedad, Riabovich miró a través de la empalizada al jardín. Ante su vista corría una larga alameda, recta como una regla, cubierta de arena amarilla y bordeada por jóvenes abedules… Con el fervor de un soñador imaginó pequeños pies femeninos caminando por la arena amarilla e inesperadamente en su visión se dibujaron con nitidez los rasgos de aquella que lo había besado y que él había sabido componer en la víspera, durante la cena. Esta imagen quedó fijada en su cerebro y no lo abandonaba.

A mediodía, detrás, cerca del convoy de la intendencia, se oyó un grito:

—¡Firme! ¡La vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!

En un coche, tirado por un par de caballos blancos, pasó el general de brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó algo que nadie entendió. Varios oficiales, incluso Riabovich, galoparon hacia él.

—Y bien ¿cómo van las cosas? —preguntó el general, parpadeando con sus ojos colorados—. ¿Hay enfermos?

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Recibidas las respuestas, el general, menudo y flaco, masticó con los labios, pensó un rato y dijo, dirigiéndose a uno de los oficiales:

—En su batería, el conductor de tiro del tercer cañón sacó la rodillera y la colgó en el avantrén, canalla. Castíguelo.

Luego levantó los ojos sobre Riabovich y prosiguió:

—Examine sus arneses. Me parece que las correas centrales son demasiado largas…

Después de hacer algunas otras aburridas observaciones, el general miró a Lobytko y sonrió.

—Y usted, teniente Lobytko, tiene hoy un aspecto muy triste —le dijo

—. ¿Extraña a la señora Lopujova?

La Lopujova era una dama muy voluminosa y muy alta, que hacía

tiempo había pasado los cuarenta. El general, quien sentía ardoroso entusiasmo por las damas corpulentas, de cualquier edad que fuesen, creía que también sus oficiales profesaban la misma devoción. Los oficiales sonrieron respetuosamente. El comandante, contento de haber dicho algo gracioso y mortificante, lanzó una carcajada, tocó la espalda del cochero e hizo el saludo militar. El coche reanudó la marcha…

«Todo con lo que estoy ahora soñando y lo que me parece imposible e irreal, es en verdad una cosa muy común —pensaba Riabovich, contemplando las nubes de polvo que corrían tras el coche del general—. Es algo muy común y todo el mundo lo ha vivido… Este general, por ejemplo, ha amado en su tiempo, ahora está casado, tiene hijos. El capitán Wachter también está casado y es amado, a pesar de su nuca colorada y fea y de su figura poco esbelta… Salmanov es grosero, tiene mucho de tártaro, y sin embargo ha tenido un romance que concluyó con la boda… Soy igual que todos los demás y, tarde o temprano, pasaré por lo que han pasado todos…».

La idea de que era un hombre común y que su vida era común lo alegró y lo reconfortó. Se puso a dibujar en su mente a ella y su dicha con coraje, a su antojo, sin contener ya su imaginación…

Cuando de noche la brigada llegó a destino y los oficiales descansaban en sus tiendas, Riabovich, Mersliakov y Lobytko estaban cenando, sentados alrededor de un baúl. Mersliakov comía sin prisa y, masticando, leía el Noticiero de Europa que sostenía sobre las rodillas. Lobytko charlaba sin parar y echaba cerveza en su vaso, mientras que Riabovich, con la cabeza trastornada por los sueños del día entero, bebía en silencio.

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Después de tomar tres vasos se sintió algo embriagado y débil y tuvo un incontenible deseo de compartir con sus camaradas sus nuevas sensaciones.

—Una extraña historia sucedió conmigo en casa de aquellos Rabbek… —comenzó diciendo y trató de dar a su voz un tono indiferente y algo irónico—. Resulta que cuando me dirigí a la sala de billar…

Se puso a contar con todos los detalles la historia del beso y al cabo de un minuto se quedó callado… Lo contó todo en un minuto y se sintió enormemente sorprendido por haber necesitado tan poco tiempo para su relato. Le parecía que el caso del beso hubiera podido narrarse durante una noche entera. Después de escucharlo, Lobytko, que mentía con frecuencia y que, por lo tanto, no creía a nadie, lo miró con desconfianza y sonrió. Mersliakov movió las cejas y, sin apartar la vista del Noticiero de Europa, dijo en tono tranquilo:

—¡Qué cosa tan rara! Se arroja al cuello de uno, sin avisar… Debe de tener alteraciones psíquicas.

—Sí, debe de tenerlas… —convino Riabovich.

—Un caso parecido me ocurrió a mí una vez… —dijo Lobytko, con ojos asustados—. El año pasado me voy a Kovno… Saco el pasaje de segunda clase… El vagón está repleto y no hay ninguna posibilidad de dormir. Le doy al guarda cincuenta kopeikas de propina… Éste coge mi equipaje y me conduce a un compartimiento… Me acuesto y me cubro con la manta… Oscuridad absoluta, ¿saben? De repente, siento que alguien me roza el hombro y me respira en la cara. Muevo la mano y tropiezo con un codo… Abro los ojos y, ¡qué me dicen! ¡Era una mujer! Ojos negros, labios rojos, como un buen salmón, las aletas de la nariz respiran pasión, el pecho…

—Permítame —interrumpió tranquilamente Mersliakov—. En cuanto al pecho lo comprendo, pero ¿cómo pudo usted ver los labios, si el vagón estaba a oscuras?

Lobytko empezó a maniobrar y reír de la falta de comprensión de Mersliakov. Riabovich se sintió molesto. Se apartó del baúl, se echó en la cama y se juró a sí mismo no hablar jamás de sus asuntos íntimos.

Comenzó la vida de campamento… Fueron sucediéndose los días muy parecidos uno al otro. En todos estos días, Riabovich sentía, pensaba y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza le

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alcanzaba lo necesario para lavarse, se echaba el agua fría sobre la cabeza y recordaba que en su vida había algo bueno y cálido.

Por las noches, cuando sus camaradas comenzaban una plática sobre el amor y las mujeres, prestaba atención y se acercaba, con la expresión que suelen tener en la cara los soldados al escuchar el relato de la batalla en la que ellos mismos han tomado parte. Y en aquellas noches, cuando los oficiales, un tanto bebidos y encabezados por el setter Lobytko, efectuaban asaltos donjuanescos al suburbio del pueblo, Riabovich, que tomaba parte en ellos, cada vez estaba más triste, se sentía muy culpable y mentalmente le pedía perdón a ella… En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando tenía ganas de recordar su infancia, al padre, la madre y todo lo familiar y querido, también recordaba sin falta el pueblo Mestechki; el extraño caballo, a Rabbek y su mujer, parecida a la emperatriz Eugenia; la oscura habitación; la brillante hendidura de la puerta…

El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no con la brigada, sino con dos baterías. Durante todo el trayecto estaba soñando, emocionado, como si viajara a su lugar natal. Tenía apasionado deseo de volver a ver el extraño caballo, la iglesia, la insincera familia de los Rabbek, la habitación oscura; la «voz interior», que tan a menudo engaña a los enamorados, le susurraba que sin falta la vería a ella… Y lo torturaban las preguntas:

¿Cómo sería su encuentro con ella? ¿De qué hablarían?… ¿Recordaría ella el beso?… En el peor de los casos, pensaba, aun si no se encontrara con ella, ya sería agradable el sólo hecho de dar una vuelta por el cuarto oscuro y recordar…

Al anochecer aparecieron en el horizonte la conocida iglesia y los blancos graneros. El corazón de Riabovich comenzó a latir con más fuerza… Sin escuchar al oficial que iba montado a su lado y le contaba algo, y olvidándose de todo, escudriñaba con avidez el río que brillaba a lo lejos; los tejados de la mansión; el palomar, sobre el cual volaban en círculo las palomas, iluminadas por el sol poniente.

Aproximándose a la iglesia y, luego, escuchando el informe del furriel, esperaba a cada instante ver aparecer de detrás de la verja a un jinete que los invitara a una taza de té, pero… el informe de los furrieles había terminado, los oficiales habían desmontado sus cabalgaduras y se habían dirigido lentamente hacia el pueblo, y el jinete emisario seguía sin aparecer…

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«Ahora Rabbek se va a enterar, por los mujiks, de nuestra llegada y enviará a buscarnos», pensaba Riabovich, entrando en la izba y preguntándose con sorpresa para qué su camarada encendía una vela y para qué los ordenanzas tenían tanto apuro en preparar los samovares…[3] Lo invadió una honda inquietud. Se acostó, luego se levantó y miró por

la ventana si venía el jinete.

Pero éste no venía. Volvió a acostarse, media hora después se levantó y, sin poder contener la inquietud, salió a la calle y se dirigió a la iglesia. La plaza, cerca de la verja, se hallaba oscura y desierta… Tres soldados estaban parados junto a la bajada y guardaban silencio. Al ver a Riabovich, se cuadraron de pronto, haciendo el saludo militar. Él les contestó el saludo y comenzó a bajar por el conocido sendero.

En la otra orilla todo el cielo estaba impregnado de color purpurino, salía la luna; dos campesinas, conversando en voz alta, caminaban por la huerta y arrancaban las hojas de repollo; detrás de las huertas veíanse las oscuras manchas de varias izbas… Mientras que en esta orilla todo era igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces, inclinados sobre las aguas… sólo que el valiente ruiseñor ya no se dejaba oír ni había olor a pasto fresco ni a álamo.

Al llegar al jardín, Riabovich miró por la portezuela. El jardín permanecía oscuro y silencioso… No se veían sino los blancos troncos de los abedules cercanos y un tramo de alameda; todo el resto estaba fundido en una masa negra. Riabovich aguzó ávidamente el oído y la vista, pero al cabo de un cuarto de hora, sin haber percibido ningún rumor ni lucecita se retiró lentamente…

Acercóse al río. Vio por delante los blancos contornos de los baños del general y las toallas que colgaban de los pasamanos del puentecillo… Subió al puente, se quedó ahí parado un rato y sin ninguna necesidad tocó una toalla. Ésta era fría y áspera. Miró hacia abajo, al agua… El río corría rápido y murmuraba apenas junto a las estacas de los baños. La rojiza luna reflejábase cerca de la orilla izquierda; las pequeñas olas corrían sobre el reflejo, lo distendían, lo rompían en pedazos y, parecía, querían llevarlo consigo…

«¡Qué tontería! ¡Qué tontería! —pensó Riabovich, mirando correr el agua…—. ¡Qué poco razonable es todo esto!».

Ahora, cuando ya nada esperaba, la historia del beso, su impaciencia, sus confusas esperanzas y su desilusión se le aparecían bajo una luz más

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clara. Ya no consideraba extraño que no hubiera llegado el jinete y que nunca llegara a ver a la que lo había besado por casualidad, en lugar de otro; al contrario, sería extraño que la viese…

El agua corría sin saber a dónde ni para qué. De la misma manera había corrido también en mayo; en aquel entonces paso del riacho a un río grande; del río al mar; luego se evaporó, se convirtió en lluvia y quizás es esta misma agua que corría ante la vista de Riabovich… ¿Por qué? ¿Para qué?

Y todo el mundo, toda la vida se le aparecieron como una broma incomprensible e inútil… Habiendo apartado la vista del agua y mirando al cielo, recordó de nuevo cómo el destino, en la persona de una mujer desconocida, lo había acariciado sin querer; recordó los sueños y las imágenes del verano, y su vida le pareció sumamente pobre, miserable e incolora…

Al volver a su izba, no encontró a ninguno de sus camaradas. El ordenanza le informó que todos habían ido a la casa «del general Font Riabkin», que había enviado a un jinete para invitarlos… Por un instante, en el pecho de Riabovich encendióse la alegría, pero la apagó enseguida y, contrariando a su destino, como si quisiera fastidiarlo, se desvistió y se metió en la cama.

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UNA BROMITA

Un claro mediodía de invierno… El frío es intenso, el hielo cruje, y a Nadeñka, que me tiene agarrado del brazo, la plateada escarcha le cubre los bucles en las sienes y el vello encima del labio superior. Estamos sobre una alta colina. Desde nuestros pies hasta el llano se extiende una pendiente, en la cual el sol se mira como en un espejo. A nuestro lado está un pequeño trineo, revestido con un llamativo paño rojo.

—Deslicémonos hasta abajo, Nadeñka Petrovna —le suplico—.

¡Siquiera una sola vez! Le aseguro que llegaremos sanos y salvos.

Pero Nadeñka tiene miedo. El espacio desde sus pequeñas katiuskas hasta el pie de la helada colina le parece un inmenso abismo, profundo y aterrador. Ya sólo al proponerle yo que se siente en el trineo o por mirar hacia abajo se le corta el aliento y está a punto de desmayarse; ¡qué no sucederá entonces cuando ella se arriesgue a lanzarse al abismo! Se morirá, perderá la razón.

—¡Le ruego! —le digo—. ¡No hay que tener miedo! ¡Comprenda, de una vez, que es una falta de valor, una simple cobardía!

Nadeñka cede al fin, y advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida. La acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo. El trineo vuela como una bala. El aire hendido nos golpea en la cara, brama, silba en los oídos, nos sacude y pellizca furibundo, quiere arrancar nuestras cabezas. La presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, aullando, nos arrastra al infierno. Los objetos que nos rodean se funden en una sola franja larga que corre vertiginosamente… Un instante más y llegará nuestro fin.

—¡La amo, Nadia! —digo a media voz.

El trineo comienza a correr más despacio, el bramido del viento y el chirriar de los patines ya no son tan terribles, la respiración no se corta

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más y, por fin, estamos abajo. Nadeñka llegó más muerta que viva. Está pálida y apenas respira… La ayudo a levantarse.

—¡Por nada del mundo haría otro viaje! —dice mirándome con ojos muy abiertos y llenos de horror—. ¡Por nada del mundo! ¡Casi me muero!

Al cabo de un rato vuelve en sí y me dirige miradas inquisitivas: ¿Fui yo quien dijo aquellas tres palabras o simplemente le pareció oírlas en el silbido del remolino? Yo fumo a su lado y examino mi guante con atención.

Me toma del brazo y comenzamos un largo paseo cerca de la colina. El misterio por lo visto no la deja en paz. ¿Fueron dichas aquellas palabras o no? ¿Sí o no? Es una cuestión de amor propio, de honor, de vida, de dicha; una cuestión muy importante, la más importante en el mundo, Nadeñka vuelve a dirigirme su mirada impaciente, triste, penetrante, y contesta fuera de propósito, esperando que yo diga algo. ¡Oh, qué juego de matices hay en este rostro simpático! Veo que está luchando consigo misma, que tiene necesidad de decir algo, de preguntar, pero no encuentra las palabras, se siente cohibida, atemorizada, confundida por la alegría…

—¿Sabe una cosa? —dice sin mirarme.

—¿Qué? —le pregunto.

—Hagamos… otro viajecito.

Subimos por la escalera. Vuelvo a acomodar a la temblorosa y pálida Nadeñka en el trineo y de nuevo nos lanzamos en el terrible abismo; de nuevo brama el viento y zumban los patines; y de nuevo, al alcanzar el trineo su impulso más fuerte y ruidoso, digo a media voz:

—¡La amo, Nadia!

Cuando el trineo se detiene, Nadeñka contempla la colina por la que acabamos de descender; luego clava su mirada en mi cara, escucha mi voz, indiferente y desapasionada, y toda su pequeña figura, junto con su manguito y su capucha, expresa un extremo desconcierto. Y su cara refleja una serie de preguntas:

«¿Cómo es eso? ¿Quién ha pronunciado aquellas palabras? ¿Ha sido él o me ha parecido oírlas y nada más?».

La incertidumbre la torna inquieta, la pone nerviosa. La pobre muchacha no contesta mis preguntas, frunce el ceño, está a punto de llorar.

—¿Será hora de irnos a casa? —le pregunto.

—A mí… a mí me gustan estos viajes en trineo —dice, ruborizándose —. ¿Haremos uno más?

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Le «gustan» estos viajes, pero al sentarse en el trineo, palidece igual que antes, tiembla y contiene el aliento.

Descendemos por tercera vez, y noto cómo está observando mi cara y mis labios. Pero yo me cubro la boca con un pañuelo, toso y al llegar a la mitad de la colina alcanzo a musitar:

—¡La amo, Nadia!

Y el misterio sigue siendo misterio. Nadeñka guarda silencio, piensa algo… Nos retiramos de la pista y ella trata de aminorar la marcha, esperando siempre que yo diga aquellas palabras. Veo cómo sufre su corazón y cómo ella se esfuerza para no decir en voz alta:

«¡No puede ser que las haya dicho el viento! ¡Y no quiero que haya sido el viento!».

A la mañana siguiente recibo una esquela: «Si usted va hoy a la pista de patinaje, venga a buscarme. N.». Y a partir de ese día voy con Nadeñka a la pista todos los días y, al precipitarnos hacia abajo en el trineo, cada vez pronuncio a media voz las mismas palabras:

—¡La amo, Nadia!

En poco tiempo, Nadeñka se habitúa a esta frase, como uno se habitúa al vino o a la morfina. Ya no puede vivir sin ella. Es verdad que siempre le da miedo deslizarse por la colina helada, pero ahora el miedo y el peligro otorgan un encanto especial a las palabras de amor, palabras que constituyen un misterio y oprimen dulcemente el corazón. Los sospechosos son siempre dos: el viento y yo… Ella no sabe quién de los dos le declara su amor, pero ello, por lo visto, ya la tiene sin cuidado; poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado.

Una vez, al mediodía, fui solo a la pista; mezclado con la multitud, vi a Nadeñka acercarse a la colina y buscarme con los ojos… Tímidamente sube la escalera… Le da mucho miedo viajar sola, ¡oh, qué miedo! Está blanca como la nieve y tiembla como si se dirigiera a su propia ejecución. Pero va decidida, sin mirar para atrás.

Por lo visto, ha decidido probar, al fin: ¿Se oyen aquellas sorprendentes y dulces palabras cuando yo no estoy? La veo colocarse en el trineo, pálida, con la boca abierta por el miedo, cerrar los ojos y emprender la marcha, después de despedirse para siempre de la tierra. «Zsh-zsh-zsh-zsh»… zumban los patines. Si Nadeñka está oyendo aquellas palabras o no, no lo sé… La veo levantarse del trineo, exhausta, débil. Y se ve por su cara que ella misma no sabe si ha oído algo o no.

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Mientras estuvo deslizándose hacia abajo, el miedo le quitó la capacidad de escuchar, de distinguir sonidos, de entender…

Y he aquí que llega el primaveral mes de marzo… El sol se torna más cariñoso. Nuestra montaña de hielo se oscurece, pierde su brillo y, por fin, se derrite. Nuestros viajes en trineo se interrumpen. La pobre Nadeñka ya no tiene dónde escuchar aquellas palabras y además no hay quien las pronuncie, puesto que el viento se ha aquietado y yo estoy a punto de irme a Petersburgo, por mucho tiempo, quizá para siempre.

Unos días antes de mi partida, al anochecer, estoy sentado en el jardín. Este jardín está separado de la casa de Nadeñka por una alta empalizada con clavos… Aún hace bastante frío, en los rincones del patio exterior hay nieve todavía, los árboles parecen muertos; pero ya huele a primavera y los grajos, acomodándose para dormir, desatan su último vocerío de la jornada. Me acerco a la empalizada y durante largo rato miro por una hendidura. Veo a Nadeñka salir al patio y alzar su triste, acongojada mirada al cielo… El viento de primavera sopla directamente en su pálido y sombrío rostro… Le hace recordar aquel otro viento que bramaba en la colina dejando oír aquellas tres palabras, y su cara se pone triste, muy triste, y una lágrima se desliza por su mejilla. La pobre muchacha extiende ambos brazos como suplicando al viento que le traiga una vez más aquellas palabras. Y yo, al llegar una ráfaga de viento, digo a media voz:

—¡La amo, Nadia!

¡Por Dios, hay que ver lo que sucede con Nadeñka! Deja escapar un grito y con amplia sonrisa tiende sus brazos hacia el viento, alegre, feliz, tan bella.

Y yo me voy a hacer las maletas…

Esto sucedió hace tiempo. Ahora Nadeñka está casada con el secretario de una institución tutelar y tiene ya tres hijos. Pero nuestros viajes en trineo y las palabras «La amo, Nadia», que le llevaba el viento, no están olvidados, para ella son el recuerdo más feliz, más conmovedor y más bello de su vida…

Mientras que yo, ahora que tengo más edad, ya no comprendo para qué decía aquellas palabras, por qué hacía aquella broma…

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LA CIGARRA

I

Todos los amigos y conocidos de Olga Ivanova estaban presentes en su boda.

—Mírenlo bien: ¿verdad que hay algo de particular en él? —decía ella a sus amigos, señalando con la cabeza a su marido y como deseando explicar por qué se había casado con un hombre simple, muy común y nada destacable.

Su marido, Osip Stepanich Dimov, era médico y tenía rango de consejero titular. Prestaba servicio en dos hospitales; en uno como médico interno supernumerario y en el otro, como director. Diariamente, desde las nueve de la mañana hasta el mediodía, atendía a los enfermos y cumplía sus tareas en la sala, mientras que por la tarde tomaba el tranvía de caballos y se dirigía al otro hospital, donde realizaba la autopsia de los enfermos fallecidos. Su práctica particular era ínfima: unos quinientos rublos al año. Y esto era todo. ¿Qué otra cosa se puede decir de él? Empero, Olga Ivanova, sus amigos y sus conocidos eran personas no del todo ordinarias. Cada uno de ellos se destacaba en algo y era en alguna medida conocido, tenía un nombre y se consideraba una celebridad o bien, en el caso de que no fuera célebre aún, constituía una brillante esperanza para el futuro. Un actor del teatro dramático, gran talento, reconocido desde hacía tiempo, hombre elegante, inteligente y modesto, enseñaba a Olga Ivanova el arte de recitar; un cantante de ópera, gordo y bonachón, aseguraba, suspirando, que Olga Ivanova se anulaba a sí misma: de haber sido menos perezosa y más tenaz, hubiera sido una notable cantante; había también varios pintores encabezados por el paisajista y animalista Riabovsky, un joven rubio, muy buen mozo, de unos veinticinco años, que tenía éxito en las exposiciones y que vendió su último cuadro por

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quinientos rublos; solía corregir los bocetos que hacía Olga Ivanova y le decía que era razonable esperar de ella resultados positivos; un violoncelista, cuyo instrumento lloraba, confesaba con franqueza que entre todas las mujeres que él conocía Olga Ivanova era la única que sabía acompañarlo; había también un literato, joven pero ya conocido, que escribía novelas, piezas teatrales y cuentos. Y ¿quién más? Bueno, también Vasily Vasilich, un señor hacendado, ilustrador aficionado y viñetista que sentía hondamente el antiguo estilo ruso y los poemas épicos populares; literalmente realizaba milagros sobre el papel, la porcelana y los platos ahumados. En este corrillo artístico, libre y mimado por la suerte, que —aun siendo discreto y correcto— no se acordaba de la existencia de los médicos sino durante la enfermedad y para el cual el nombre de Dimov resultaba tan indiferente como el de un Sidorov o de un Tarasov cualquiera, Dimov parecía una figura extraña, sobrante y pequeña, a pesar de que era alto de estatura y ancho de hombros. Parecía que llevara puesto un frac ajeno y que tuviera una barbita de almacenero. Aunque si fuese escritor o pintor se hubiera dicho de él que con su barbita hacía recordar a Zola.

El actor le decía a Olga Ivanova que con sus cabellos de lino y el vestido de novia se parecía mucho a un esbelto cerezo, cuando, en primavera, está totalmente cubierto de blancas y suaves flores.

—¡Escúcheme! —replicó Olga Ivanova, cogiéndole de la mano—. Le voy a contar cómo sucedió todo esto. Escuche, escuche… Deseo aclarar que mi padre trabajaba con Dimov en el mismo hospital.

Cuando mi pobre padre se había enfermado, Dimov durante días y noches enteras hacía guardia junto a su cama. ¡Tanta abnegación! Escuche, Riabovsky… Escritor, escuche usted también, que es muy interesante. ¡Acérquese más! ¡Cuánta abnegación y cuánta compasión sincera! Yo tampoco dormía por las noches, pasándolas junto a mi padre, y de repente: ¡zas!… ¡Vencí al joven héroe! Mi Dimov se metió hasta las orejas. Francamente, el destino a veces es muy caprichoso. Bueno, después de morir mi padre él venía a verme de vez en cuando, nos encontrábamos en la calle, y en una linda noche, de repente… ¡zas!, se me declaró… como un rayo… Lloré toda la noche y me enamoré yo misma terriblemente. Y como ustedes ven, me convertí en su esposa. ¿Verdad que hay en él algo fuerte, potente, algo de oso? Ahora estamos viendo nada más que las tres cuartas partes de su cara y, además, está mal iluminada, pero cuando se

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vuelve, miren bien su frente. Riabovsky, ¿qué me dice usted de esta frente? ¡Dimov, estamos hablando de ti! —gritó al marido—. ¡Ven acá!

Tiende tu honrada mano a Riabovsky… Así. ¡Sean amigos!

Dimov, sonriendo ingenua y bondadosamente, tendió la mano a

Riabovsky y dijo:

—Mucho gusto. Conmigo regresó también un tal Riabovsky. ¿No será pariente suyo?

II

Olga Ivanova tenía veintidós años; Dimov, treinta y uno. Después de la boda llevaron una vida magnífica. Olga Ivanova adornó todas las paredes de la sala con bocetos propios y ajenos, enmarcados y sin marcos, mientras que junto al piano y los muebles dispuso una bella mezcolanza de sombrillas chinas, caballetes, trapitos multicolores, puñales, estatuillas, fotografías… En el comedor, cubrió las paredes de láminas estampadas, colgó las zapatillas y las hoces, colocó en un rincón la guadaña y el rastrillo y obtuvo así un comedor de estilo ruso. En el dormitorio, para que éste pareciera una gruta, recubrió el cielo raso y las paredes de paño oscuro, colgó sobre las camas un farol veneciano y cerca de la puerta colocó una figura con una alabarda. Y todo el mundo opinaba que los recién casados tenían un hogar muy simpático.

A diario, después de levantarse de la cama a eso de las once, Olga Ivanova tocaba el piano o, si había sol, pintaba alguna cosa al óleo. Después de las doce iba a la casa de su modista. Como ella y Dimov tenían muy poco dinero, que alcanzaba justo para los gastos indispensables, tanto ella como su modista tenían que recurrir a toda clase de astucias para aparecer con vestidos nuevos y sorprender con su elegancia. Muy a menudo, de un viejo vestido teñido, de unos cuantos trazos de tul, de encaje, de felpa y de seda resultaba un verdadero milagro, algo realmente encantador, un sueño en lugar de un vestido. De la casa de la modista, Olga Ivanova solía trasladarse a la de alguna actriz amiga para enterarse de las novedades teatrales y de paso procurarse entradas para el estreno de alguna obra o para una función de beneficio. De la casa de la actriz había que ir al estudio del pintor o a una exposición; luego a la casa de alguna

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celebridad ya fuese para formular una invitación, devolver una visita o simplemente para charlar un rato. Y en todas partes la recibían alegre y cordialmente y le aseguraban que era buena, simpática, excepcional… Aquellos a quienes ella titulaba célebres y grandes la recibían como a una igual y le profetizaban, al unísono, que con su talento, su gusto y su inteligencia podía lograr grandes resultados si no derrochaba sus habilidades en vano. Ella cantaba, tocaba el piano, pintaba al óleo, esculpía, formaba parte en los espectáculos de aficionados, y todo ello no lo hacía de cualquier manera sino con talento; ya fabricara farolitos para la iluminación, ya se disfrazara, ya anudara a alguien la corbata, todo le salía con un arte, una gracia y una exquisitez extraordinaria. Empero ningún talento suyo era tan brillante como su capacidad de trabar rápido conocimiento y estrechar relaciones con los personajes famosos. Apenas alguien se tornaba conocido en alguna medida, ella conseguía que se lo presentaran, el mismo día anudaba una amistad con él y lo invitaba a su casa. Cada nueva relación era una verdadera fiesta para ella. Deificaba a las personas célebres, se enorgullecía de ellas y las veía en sueños todas las noches. Tenía sed de ellas y nunca podía aplacarla. Los viejos se iban y se perdían en el olvido; en su reemplazo venían los nuevos, pero también a éstos ella se acostumbraba pronto o sufría una decepción; comenzaba entonces a buscar ávidamente nuevos y nuevos personajes, los encontraba y volvía a buscarlos. ¿Para qué?

Después de las cuatro de la tarde comía en casa. La sencillez, el sentido común y la bondad de su marido la conmovían y la llenaban de entusiasmo. A menudo se levantaba de un salto, abrazaba impulsivamente su cabeza y la cubría de besos.

—Eres un hombre inteligente y noble, Dimov —le decía—, pero tienes un defecto muy importante. No sientes ningún interés por el arte. Rechazas la música y la pintura.

—No las comprendo —respondía él mansamente—. Durante toda mi

vida estuve ocupado con las ciencias naturales y la medicina y no tuve

tiempo de interesarme por las artes.

—¡Pero eso es terrible, Dimov!

—¿Por qué? Tus amigos no conocen las ciencias naturales ni la medicina y sin embargo tú no les reprochas por eso. A cada cual lo suyo. Yo no soy capaz de comprender los paisajes ni las óperas, pero opino lo siguiente: si existen personas inteligentes que les dedican toda su vida y si

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hay personas inteligentes que pagan por ellos mucho dinero, eso significa entonces que son necesarios. Yo no los comprendo, pero no comprender no significa rechazar.

—¡Deja que estreche tu honrada mano!

Después de comer Olga Ivanova partía de visita a la casa de unos amigos, luego iba al teatro o a un concierto y regresaba a casa después de medianoche. Y así todos los días.

Los miércoles organizaba en su casa veladas. En estas veladas, la dueña de casa y los invitados, en vez de jugar a los naipes y bailar, se divertían dedicándose a diversas artes. El actor de teatro dramático recitaba, el cantante cantaba, los pintores dibujaban en los álbumes, que Olga Ivanova tenía en grandes cantidades; el violoncelista tocaba, y la propia dueña también dibujaba, esculpía, cantaba y acompañaba al piano. En los intervalos entre la pintura, la lectura y la música se hablaba y se discutía sobre la literatura, el teatro y la pintura. Damas no había, por cuanto Olga Ivanova consideraba aburridas y vulgares a todas las damas, excepto a las actrices y a su modista. Ninguna velada transcurría sin que la dueña de casa no se estremeciera a cada timbrazo y no dijera con una expresión victoriosa en la cara: «¡Es él!», entendiendo con la palabra «él» alguna nueva celebridad invitada. Dimov no estaba en la sala y nadie se acordaba de su existencia. Pero a las once y media en punto abríase la puerta que daba al comedor y aparecía Dimov con su bondadosa y mansa sonrisa, quien decía, frotándose las manos:

—Por favor, señores, pasen a tomar un bocado.

Todos se dirigían al comedor y cada vez veían sobre la mesa lo mismo: una fuente de ostras, jamón o ternera, sardinas, queso, caviar, setas, vodka y dos jarras de vino.

—¡Mi querido maître d’hôtel! —exclamaba Olga Ivanova con júbilo juntando las manos—. ¡Realmente eres encantador! ¡Señores, miren su frente! Dimov, ponte de perfil. Señores, miren: tiene la cara de un tigre de Bengala, pero su expresión es bondadosa y simpática como la de un ciervo. ¡Oh, querido mío!

Los invitados comían y, mirando a Dimov, pensaban: «En efecto, es un hombre simpático», pero pronto se olvidaban de él y continuaban hablando de teatro, de música y de pintura.

Los jóvenes esposos eran felices y su vida transcurría con placidez. A pesar de ello, la tercera semana de su luna de miel fue más bien triste. En

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el hospital Dimov se contagió de erisipela, guardó cama durante seis días y debió cortar del todo sus hermosos cabellos negros. Olga Ivanova permanecía sentada a su lado llorando con amargura, pero cuando él empezó a sentirse mejor, le colocó sobre la cabeza rapada un pañuelo blanco y se puso a pintar el retrato de un beduino. Y ambos se divertían. Unos tres días después de haberse restablecido y al reanudar Dimov sus tareas en los hospitales, sufrió un nuevo contratiempo.

—¡No tengo suerte, mamita! —dijo durante el almuerzo—. Hoy he hecho cuatro autopsias y me corté a la vez dos dedos. No lo noté hasta que estaba en casa.

Olga Ivanova se asustó. Pero él sonrió diciendo que eran pequeñeces y que no era la primera vez que se hacía cortes en las manos durante las autopsias.

—Me dejo llevar por el afán, mamita, y me vuelvo distraído.

Olga Ivanova esperó con angustia algún signo de infección y por las noches rezaba, pero todo terminó bien. Y volvió a fluir la plácida y feliz vida sin tristezas ni sobresaltos. El presente era magnífico y para su reemplazo se acercaba la primavera, que ya sonreía de lejos, prometiendo mil alegrías.

¡La dicha no tendría fin! En abril, en mayo y en junio, una dacha[4] lejos de la ciudad, paseos, bocetos, pesca, ruiseñores; más tarde, desde julio hasta el mismo otoño, la excursión de los pintores a la región del Volga, viaje en el cual tomaría parte también Olga Ivanova, como miembro efectivo de la société. Ya se había hecho dos vestidos de lienzo para el camino; había comprado también pinturas, pinceles, lienzos y una paleta nueva. Casi todos los días Riabovsky iba a su casa para ver los éxitos logrados por ella en la pintura. Cuando ella le mostraba su trabajo, aquél se metía las manos en los bolsillos, apretaba con fuerza los labios, resoplaba y decía:

—A ver… Esta nube es muy chillona; su iluminación no es crepuscular. El primer plano está algo desdibujado y no es lo que debería ser, ¿comprende? En cuanto a la izba, parece haberse atragantado con alguna cosa y ahora chilla lastimeramente… Ese ángulo tiene que ser más oscuro. Pero en general está bastante bien. La felicito.

Y cuanto menos comprensible era lo que él decía, tanto mejor lo comprendía Olga Ivanova.

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III

El segundo día de la Trinidad, después de almorzar, Dimov compró bocadillos y caramelos y partió a la dacha para reunirse con su mujer. Hacía dos semanas que no se veían y la extrañaba mucho. Sentado en el vagón y luego buscando su dacha en el bosquecillo, no dejaba de sentir hambre y cansancio y gozaba al pensar que iba a cenar, en libertad, con su mujer, y a echarse a dormir luego. Y le causaba alegría mirar el paquete en que llevaba envueltos el caviar, el queso y el salmón blanco.

Cuando encontró y reconoció su dacha, el sol se ponía ya. La vieja criada le dijo que la señora no estaba pero que debía regresar pronto. La dacha, de aspecto muy poco confortable, con cielos rasos bajos, recubiertos de papel blanco, y con pisos desparejos y agrietados, sólo tenía tres habitaciones. En una estaba la cama; en otra, sobre sillas y ventanas se hallaban desparramados lienzos, pinceles, papeles con manchas de grasa y abrigos y sombreros masculinos; en la tercera Dimov encontró a tres hombres desconocidos. Dos eran morenos, con barbitas, mientras que el tercero, afeitado y gordo, por lo visto era actor. Sobre la mesa, en el samovar, hervía el agua.

—¿Qué desea usted? —preguntó el actor con voz de bajo, observando a Dimov con frialdad—. ¿Necesita usted ver a Olga Ivanova? Espere, ella viene enseguida. Dimov tomó asiento y se puso a esperar. Uno de los morenos, somnoliento y apático, se sirvió un vaso de té, lo miró y preguntó:

—¿No quiere un poco de té?

Dimov tenía sed y hambre, pero, para no estropearse el apetito, rehusó. Pronto se oyeron pasos y una risa conocida; resonó un portazo y entró corriendo Olga Ivanova, con un sombrero de anchas alas y llevando una caja en la mano; tras ella, con una sombrilla grande y con una silla plegadiza, entró Riabovsky, alegre y sonrosado.

—¡Dimov! —exclamó Olga Ivanova y sus mejillas se encendieron por la alegría—. ¡Dimov! —repitió, poniendo su cabeza y ambas manos sobre el pecho de su marido—. ¡Eres tú! ¿Por qué has estado tanto tiempo sin venir? ¿Por qué?

—¿Y cuándo iba a venir, mamita? Estoy siempre ocupado y si a veces dispongo de un poco de tiempo, ocurre que el horario de los trenes no me

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conviene.

—¡Pero cuán contenta estoy de verte! Soñé contigo toda la noche y tuve miedo de que estuvieras enfermo. ¡Ah, si supieras cuán simpático eres y cuán oportuna es tu llegada! Serás mi salvador. ¡Sólo tú puedes salvarme! Mañana habrá aquí una boda sumamente original —prosiguió ella riendo y anudando la corbata al marido—. Se casa el joven telegrafista de la estación, un tal Chikeldeiev. Buen mozo, inteligente; en su cara hay algo fuerte, sabes, algo de oso… Puede servir de modelo para el retrato de un varego. Todos los veraneantes simpatizamos con él y le hicimos la firme promesa de asistir a su boda… Es un hombre de medios modestos, solo, tímido y, por supuesto, estaría mal negarle nuestra participación. Imagínate, la boda será después de la misa; luego iremos a pie hasta la casa de la novia… te das cuenta, el bosquecillo, el canto de los pájaros, las manchas de sol sobre la hierba y todos nosotros como manchas multicolores sobre el fondo verde… es sumamente original, de acuerdo con el gusto de los expresionistas franceses. Pero, Dimov, ¿qué me pondré para ir a la iglesia? —dijo Olga Ivanova con cara compungida—. ¡No tengo nada aquí, absolutamente nada! Ni vestidos, ni flores, ni guantes… Tú debes salvarme… Si has venido, quiere decir que el mismo destino dispone que me salves. Llévate las llaves, querido, vuelve a casa y saca del guardarropa mi vestido rosado. Tú lo conoces, está colgado en primer lugar… Luego, en el depósito, del lado derecho verás en el suelo dos cajas de cartón. Cuando abras la de arriba, verás que todo son tules, tules y tules y toda clase de trapitos pero debajo están las flores. Sácalas con cuidado, trata de no arrugarlas, mi amor, que luego escogeré las que necesito… Cómprame también los guantes.

—Bien —dijo Dimov—. Mañana partiré de regreso y te lo mandaré todo.

—¿Cómo mañana? —preguntó Olga Ivanova y lo miró sorprendida—. ¿Y cómo tendrás tiempo mañana para hacerlo? El primer tren sale a las nueve y la boda es a las once. No, querido, hay que hacerlo hoy, ¡hoy sin falta! Si mañana no puedes venir, mándame las cosas con un recadero. Bueno, vete, pues… Pronto debe pasar un tren. ¡No vayas a perderlo, mi amor!

—Bien.

—Me da pena dejarte ir —dijo Olga Ivanova y las lágrimas asomaron a sus ojos—. ¿Y para qué le habré dado mi palabra al telegrafista? Soy una

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tonta…

Dimov tomó de prisa un vaso de té, guardó en su bolsillo una rosquilla y, sonriendo mansamente, se encaminó a la estación. En cuanto al caviar, el queso y el salmón blanco, se lo comieron los dos morenos y el gordo actor.

IV

En una apacible noche de luna del mes de julio Olga Ivanova se encontraba en la cubierta del vapor fluvial y miraba ora al agua, ora las bellas orillas del Volga. A su lado estaba Riabovsky y le decía que las negras sombras sobre el agua no eran sombras sino un ensueño y que a la vista de esa agua embrujadora con su brillo fantástico, de ese cielo abismal y de esas tristes y pensativas orillas, sabedores de la futilidad de nuestras vidas y de la existencia de lo sublime, eterno y beatífico, uno sentía anhelo de olvidar todo, morir, llegar a ser un recuerdo. El pasado era trivial y aburrido, el futuro no tenía importancia, mientras que esta divina noche, única en la vida, iba a terminar pronto, diluyéndose en la eternidad. ¿Para qué vivir entonces?

Olga Ivanova escuchaba ora la voz de Riabovsky, ora el silencio de la noche y pensaba en que era inmortal, en que no moriría nunca. Las aguas de color turquesa, como nunca antes las había visto, el cielo, las orillas, las negras sombras y una inexplicable alegría que impregnaba su alma le decían que llegaría a ser una gran pintora y que en algún lugar, tras aquella lejanía, tras la noche de luna, en el infinito espacio, la esperaban el éxito, la gloria, el amor del pueblo… Sin pestañear miraba a lo lejos durante largo rato, imaginando multitudes, luces, solemnes sones de música, exclamaciones de júbilo y viéndose a sí misma con vestido blanco y cubierta de flores que caían sobre ella de todas partes. Pensaba también que a su lado, apoyándose en la borda, estaba un verdadero gran hombre, un genio, un elegido de Dios… Todo lo que él había creado hasta entonces era bello, novedoso y extraordinario, y lo que crearía con el tiempo, cuando la madurez afirmase su excepcional talento, sería asombroso, inmenso, y ello se notaba en su rostro, en su manera de expresarse y en su actitud hacia la naturaleza. De las sombras, de los matices crepusculares,

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del claro de luna él hablaba a su manera, en su lenguaje, de modo que involuntariamente se sentía el hechizo de su poder sobre la naturaleza. Él mismo era muy hermoso, original, y su vida, independiente, libre, ajena a todo lo ordinario, semejaba la de un pájaro.

—Empieza a hacer fresco —dijo Olga Ivanova, estremeciéndose.

Riabovsky la envolvió en su capa y dijo tristemente:

—Me siento dominado por usted. Soy su esclavo.

¿Por qué está tan cautivante hoy?

La miraba fijamente y sus ojos le causaban miedo a ella.

—La amo con locura… —susurró—. Dígame una sola palabra y dejaré de vivir, abandonaré el arte… —musitó, muy emocionado—. Ámeme, ámeme…

—No me hable así —dijo Olga Ivanova, cerrando los ojos—. Me da miedo. ¿Y Dimov?

—¿Qué Dimov? ¿Por qué Dimov? ¿Qué tengo que ver yo con Dimov? Lo que hay es el Volga, la luna, la belleza, mi amor, mi júbilo… pero no hay ningún Dimov… ¡Ah, yo no sé nada! No tengo necesidad del pasado; déme un momento… un instante.

El corazón de Olga Ivanova comenzó a latir con más fuerza. Ella quería pensar en su marido, pero todo el pasado, con la boda, con Dimov y con las veladas, le parecía pequeño, insignificante, opaco, innecesario y muy lejano… En efecto: ¿qué Dimov?, ¿por qué Dimov?, ¿qué tiene que ver ella con Dimov? ¿Existe él realmente en la naturaleza? ¿O no es más que un sueño?

«Para él, hombre simple y ordinario, es suficiente la felicidad que ya ha recibido —pensaba ella, cubriéndose la cara con las manos—. Que me condenen allí, que me maldigan, pero yo, para fastidiar a todo el mundo, me dejaré caer… eso es, me dejaré caer… Hay que probarlo todo en la vida. ¡Dios mío, qué miedo y qué deleite!».

—¿Y bien? ¿Qué? —musitó el pintor, abrazándola y besando con avidez las manos con las que ella trataba débilmente de apartarlo—. ¿Me amas? ¿Sí? ¿Sí? ¡Oh qué noche! ¡Qué noche divina!

—Sí, ¡qué noche! —susurró ella, mirándole los ojos en que brillaban las lágrimas; luego miró rápidamente hacia atrás, lo abrazó y lo besó con pasión en los labios.

—¡Nos acercamos a Kineshma! —dijo alguien del otro lado de la cubierta.

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Oyéronse unos pasos pesados. Era el camarero del bufet que pasaba cerca de ellos.

—Escuche —dijo Olga Ivanova, riendo y llorando de felicidad—, tráiganos vino.

El pintor, pálido de emoción, se sentó en un banco, dirigió a Olga Ivanova una mirada llena de adoración y de gratitud, luego cerró los ojos y dijo con una lánguida sonrisa:

—Estoy cansado.

Y apoyó la cabeza en la borda.

V

El dos de setiembre era un día templado y apacible, pero el cielo estaba cubierto de nubes. Por la mañana temprano, vagaba sobre el Volga una ligera niebla y después de las nueve comenzó a lloviznar. Y no había ninguna esperanza de que el tiempo mejorara más tarde. Durante el desayuno Riabovsky decía a Olga Ivanova que la pintura era la más ingrata y la más aburrida de las artes; que él no era pintor y que solamente los tontos lo creían hombre de talento, y de repente, sin motivo alguno, cogió el cuchillo e hizo algunos cortes en el mejor boceto suyo. Después del desayuno se sentó junto a la ventana y se puso a mirar, sombrío, sobre el Volga. Éste ya carecía de brillo y presentaba un aspecto opaco, turbio y frío. Todo hacía recordar la proximidad del tedioso y triste otoño. Y parecía que la naturaleza quitó al Volga las lujosas alfombras verdes de sus orillas, los reflejos de diamante de los rayos solares, la transparente lejanía azul y toda su vestimenta de gala, y guardó todo ello en los baúles hasta la próxima primavera; y las cornejas volaban cerca del Volga y se burlaban de él: «¡Desnudo! ¡Desnudo!». Riabovsky escuchaba sus graznidos y pensaba en que ya estaba agotado y sin talento, que todo en este mundo era convencional, relativo, estúpido y que no debería ligarse a esa mujer… En una palabra, estaba de mal humor y se abandonaba a la melancolía.

Olga Ivanova, sentada en la cama, detrás del biombo, se pasaba los dedos por sus hermosos cabellos de lino y se imaginaba ya la sala, ya el dormitorio, ya el gabinete de su casa; su imaginación la llevaba al teatro, a la casa de la modista y a sus célebres amigos. ¿Qué estarán haciendo

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ahora? ¿Se acordarán de ella? La temporada ha comenzado ya y era hora de pensar en las veladas. ¿Y Dimov? ¡Querido Dimov! Con su mansedumbre infantil y quejumbrosa le pide en sus cartas que vuelva a casa lo antes posible. Cada mes le enviaba setenta y cinco rublos y cuando ella le había escrito que debía a los pintores cien rublos, se los mandó también. ¡Qué hombre tan bondadoso y magnánimo! El largo viaje había fatigado a Olga Ivanova; se aburría y tenía deseos de alejarse de los mujiks y del olor a humedad del río y de liberarse de esa sensación de suciedad física que experimentaba continuamente, alojándose en las izbas campesinas y trasladándose de una aldea a otra. Si Riabovsky no hubiera dado a los pintores su palabra de honor de que se quedaba aquí hasta el veinte de setiembre, hubieran podido irse hoy mismo. ¡Qué magnífico habrían sido!

—¡Dios mío! —gimió Riabovsky—. ¿Cuándo hará sol, por fin? Un paisaje soleado no puedo continuarlo sin sol.

—Pero tú tienes un boceto con cielo nublado —dijo Olga Ivanova, saliendo de detrás del biombo—. En el plano derecho está el bosque y en el izquierdo, un rebaño de vacas y los gansos, ¿recuerdas? Ahora podrías terminarlo.

—¡Bah…! —frunció el ceño el pintor—. ¡Terminarlo! ¿Acaso cree usted que soy tan estúpido que no sé lo que debo hacer?

—¡Cómo has cambiado! —suspiró Olga Ivanova.

—Y bueno…

A Olga Ivanova le temblaban los labios; dio unos pasos hacia la estufa y se puso a llorar.

—Eso es… Sólo faltaban las lágrimas. ¡Basta ya! Yo tengo mil motivos para llorar y sin embargo no lloro.

—¡Mil motivos! —exclamó Olga Ivanova—. El motivo principal es que usted ya está harto de mí. ¡Sí! —dijo ella y comenzó a sollozar—. La verdad es que usted tiene vergüenza de nuestro amor. Procura siempre que los pintores no se den cuenta, aunque esto no se puede ocultar y ellos ya lo saben todo hace tiempo.

—Olga, le pido una sola cosa —dijo el pintor con voz suplicante y poniéndose una mano en el corazón—, sólo una cosa: ¡No me torture! ¡Nada más necesito de usted!

—¡Pero jure que me ama todavía!

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—¡Ah, esto es una tortura! —farfulló el pintor entre dientes y se levantó de un salto—. ¡No me quedará otra cosa que tirarme al Volga o volverme loco! ¡Déjeme en paz!

—¡Bueno, máteme entonces, máteme! —gritó Olga Ivanova—. ¡Máteme!

Volvió a sollozar y se ocultó tras el biombo. El murmullo de la lluvia sobre el techo de paja de la izba se hizo más fuerte. Riabovsky se echó las manos a la cabeza y se puso a caminar por la habitación; luego, con expresión decidida, como si deseara demostrar a alguien una cosa, se puso la gorra, se colgó la escopeta al hombro y salió de la izba.

Durante largo rato Olga Ivanova permaneció tendida en la cama, llorando. Al principio pensó que no estaría mal envenenarse, para que Riabovsky, al regresar, la encontrase muerta, pero luego sus pensamientos volaron a su casa, al gabinete de su marido, y ella se vio sentada, inmóvil, al lado de Dimov, gozando de una paz física y de limpieza, y por la noche, en el teatro, escuchando a Mazzini. Y la nostalgia por la civilización, por el ruido de la ciudad y por los personajes famosos le oprimió el corazón. Entró la campesina, dueña de la casa, y sin prisa comenzó a encender el horno para preparar la comida. El olor llenó la casa y el aire se tornó azul por el humo. Vinieron los pintores con sus altas botas sucias y sus caras mojadas por la lluvia; estuvieron examinando los bocetos, diciendo, para consolarse, que aun con el tiempo malo el Volga posee sus encantos. Un barato reloj de pared repetía su tic-tac-tic… Las moscas, adormecidas por el frío, se agolpaban junto a los iconos, zumbando, mientras que bajo los bancos, en las gruesas carretas, se afanaban las cucarachas.

Riabovsky volvió a la casa cuando el sol se ponía. Pálido, exhausto, con las botas sucias, arrojó la gorra sobre la mesa, se dejó caer sobre el banco y cerró los ojos.

—Estoy cansado… —dijo y movió las cejas en un esfuerzo para levantar los párpados.

Para demostrar que no estaba enojada con él, Olga Ivanova se le acercó, lo besó en silencio y pasó el peine por sus rubios cabellos. Sintió ganas de peinarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó él, estremeciéndose, como si lo hubieran tocado con un objeto frío, y abrió los ojos—. ¿Qué pasa? ¡Déjeme en paz, por favor!

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La apartó con las manos y retrocedió, y ella creyó ver en su rostro una expresión de fastidio y de repugnancia. En este momento entró la campesina que sostenía cuidadosamente con ambas manos un plato de sopa, y Olga Ivanova la vio mojar sus grandes dedos en el caldo. La sucia campesina, la sopa de repollo que Riabovsky comenzó a comer con avidez, la izba y toda aquella vida que al principio le gustaba por su sencillez y por su pintoresco desorden, le parecieron ahora horribles. Ella sintióse de golpe ofendida y dijo con frialdad:

—Tenemos que separarnos por un tiempo, porque si no llegaremos a reñir seriamente a causa del tedio. Esto me cansa ya. Hoy mismo me iré.

—¿De qué modo? ¿Montando un caballito de madera?

—Hoy es jueves, de modo que a las nueve y media llega el vapor. —Ah, es cierto… bueno, vete… —dijo con voz suave Riabovsky,

limpiándose la boca con la toalla a falta de servilleta—. No tienes nada que hacer aquí y te aburres… Hay que ser un gran egoísta para retenerte. En marcha, pues… Nos veremos después del veinte.

Olga Ivanova hacía los baúles con alegría y hasta las mejillas se le encendieron de satisfacción. «¿Será posible —se preguntaba— que pronto pinte en la sala, duerma en el dormitorio y almuerce con mantel?». Sintió alivio en el corazón y ya no estaba enojada con el pintor.

—Las pinturas y los pinceles te los dejo aquí, Riabusha —le dijo—. Lo que quede me lo traerás… Ten cuidado, no te hagas el haragán ni te pongas melancólico sin mí. Debes trabajar. ¡Eres un muchacho bravo, Riabusha!

A las nueve, Riabovsky la besó, para —según ella pensó— no tener que besarla en el barco, en presencia de los pintores, y la acompañó hasta el muelle.

Poco tiempo después llegó el vapor y ella partió.

Al cabo de dos días y medio llegó a su casa. Sin quitarse el sombrero ni el impermeable, jadeando de emoción, pasó a la sala y llegó al comedor. Dimov, sin levita y con el chaleco desabrochado, estaba sentado a la mesa, afilando el cuchillo contra el tenedor; delante de él, sobre el plato, yacía un faisán. Al entrar en la casa, Olga Ivanova estaba convencida de que era indispensable ocultárselo todo al marido y que para ello no le faltaban fuerzas ni habilidad, pero ahora, viendo la amplia, dichosa y apacible sonrisa y los ojos brillantes y jubilosos de Dimov, sintió que mentir a este hombre resultaba alto tan infame, asqueroso e imposible como calumniar,

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robar o matar; y en un instante decidió contarle todo lo sucedido. Después de dejarse abrazar y besar, se arrodilló delante de él y se tapó la cara.

—¿Qué? ¿Qué, mamita? —preguntó él con ternura—. ¿Me extrañabas?

Ella levantó su rostro enrojecido por la vergüenza, y lo miró con expresión culpable y suplicante, pero el miedo y la turbación le impidieron decir la verdad.

—No es nada… —dijo ella—. No… no es nada…

—Vamos, siéntate —animó Dimov a su mujer, levantándola y ayudándola a tomar asiento en la mesa—. Así… come este faisán. Tendrás hambre, pobrecita.

Y mientras ella aspiraba ávidamente el aire casero y comía el faisán, él la miraba con dulzura y reía, feliz.

VI

A mediados del invierno, Dimov, por lo visto, empezó a darse cuenta de que lo estaban engañando.

Como si él mismo no tuviera la conciencia tranquila, ya no podía mirar a su mujer a los ojos ni sonreír con alegría al verla y, para quedarse lo menos posible a solas con ella, con frecuencia invitaba a almorzar a su colega Korostelev, un hombrecillo de cabeza rapada y rostro demacrado, quien, al conversar con Olga Ivanova, desabrochaba, confundido, todos los botones de su chaqueta, volvía a abrocharlos y luego comenzaba a pellizcar con la mano derecha la guía izquierda de su bigote. Durante el almuerzo, ambos médicos se explayaban acerca de los diafragmas altos que a veces podían causar trastornos en el funcionamiento del corazón o sobre las neuritis múltiples que últimamente se observaban con más frecuencia, y comentaban la última autopsia realizada por Dimov, durante la cual éste descubrió en el cadáver un cáncer de páncreas en lugar de la anemia maligna diagnosticada. Parecía que ambos sostenían una conversación sobre temas medicinales con el único propósito de que Olga Ivanova tuviera posibilidad de callar, es decir, de no mentir.

Después de comer, Korostelev se sentaba al piano y Dimov le decía, suspirando:

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—Bueno… a ver, amigo… toca algo triste.

Levantando los hombros y separando mucho los dedos, Korostelev tomaba algunos acordes y comenzaba a entonar con voz de tenor «Enséñame una morada donde no gima el mujik ruso», mientras Dimov suspiraba una vez más, apoyaba la cabeza con el puño y se quedaba pensando.

Últimamente Olga Ivanova se comportaba de manera harto imprudente. Todas las mañanas se despertaba de pésimo humor y con la idea de que ya no amaba a Riabovsky y que, a Dios gracias, todo estaba terminado. Pero, después de tomar café, reflexionaba y se daba cuenta de que Riabovsky le había quitado el marido y que ella quedaba ahora sin marido y sin Riabovsky; luego recordaba los comentarios de sus conocidos acerca de un nuevo cuadro que Riabovsky preparaba para la exposición, algo asombroso, una mezcla de paisaje con género costumbrista, al estilo de Polenov, obra que provocaba el júbilo de todos los que concurrían en su taller; pensaba que él había creado ese cuadro influido por ella y que, en general, gracias a su influencia él había mejorado sensiblemente. Su influencia era tan benéfica y esencial que, en caso de que ella lo abandonara, él quizá se perdería. Recordaba también su última visita, cuando vino vestido con una levita gris moteada y con una corbata nueva y le preguntó en tono lánguido: «¿Soy bello?». Y, en efecto, esbelto, con sus largos bucles y sus ojos azules, era muy bello —o, quizá, le hubiera parecido así— y la trató con cariño.

Habiendo recordado y comprendido muchas cosas, Olga Ivanova se vestía y, presa de gran agitación, se dirigía al taller de Riabovsky. Lo encontraba alegre y encantado con su cuadro, que era magnífico de verdad; el pintor saltaba, hacia tonterías y a las preguntas serias respondía con bromas. Olga Ivanova, celosa del cuadro, lo odiaba ya pero, por cortesía, permanecía silenciosa ante el mismo durante unos cinco minutos y, después de suspirar, como si estuviera ante una cosa sagrada, decía en voz baja:

—Sí, nunca has pintado nada semejante. Hasta da miedo, ¿sabes? Luego empezaba a suplicarle que la amase, que no la dejara y que

tuviese lástima de ella, pobre y desdichada. Llorando, le besaba las manos, exigía que le jurase su amor y trataba de demostrarle que sin su benéfica influencia él perdería el camino y terminaría mal. Después de estropearle

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al pintor el buen estado de ánimo y sintiéndose humillada, iba a ver a la modista o a la actriz amiga para tratar de conseguir las entradas.

Si no lo encontraba en el taller, le dejaba una carta en la cual juraba envenenarse sin falta si él no iba a verla el mismo día. Él se asustaba, iba a visitarla y se quedaba a almorzar. Sin tener en cuenta la presencia del marido, le decía cosas insolentes y ella le respondía del mismo modo. Los dos sentían las ataduras que los ligaban y, comprendiendo que eran despóticos y enemigos, se irritaban y en su irritación no notaban que su conducta se tornaba indecente y que hasta el rapado Korostelev se percataba de todo. Después de comer, Riabovsky se apresuraba a despedirse.

—¿A dónde va usted? —le preguntaba Olga Ivanova en el vestíbulo, mirándolo con odio.

El pintor, frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos, nombraba a alguna dama, conocida común de ambos, y era evidente que quería fastidiarla y burlarse de sus celos. Ella se retiraba a su dormitorio y se echaba en la cama; los celos, el fastidio, la humillación y la vergüenza la hacían morder la almohada y llorar en voz alta. Dimov dejaba a Korostelev en la sala, iba al dormitorio y, confundido y desconcertado, decía en voz baja:

—No llores fuerte, mamita… ¿Para qué? Estas cosas es mejor callarlas… No deben traslucir… Lo ocurrido ya no se puede remediar, ¿sabes?

Sin saber cómo dominar los agobiantes celos, que hasta le causaban un fuerte dolor de cabeza, y creyendo que la situación podía remediarse todavía, se lavaba y empolvaba su llorosa cara y volaba a la casa de la dama conocida. No habiendo encontrado allí a Riabovsky, iba a ver a otra, y luego a otra más… Al principio tenía vergüenza de realizar estos viajes, pero con el tiempo se habituó y hubo veces en que, en una sola noche, había recorrido los domicilios de todas sus conocidas para encontrar a Riabovsky y todos se daban cuenta de ello.

Una vez, hablando con Riabovsky sobre su marido, le dijo:

—¡Este hombre me agobia con su magnanimidad!

Esta frase le gustó tanto que, encontrándose con los pintores que conocían su romance con Riabovsky, al hablarles de su marido, cada vez hacía un ademán enérgico y decía:

—¡Este hombre me agobia con su magnanimidad!

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Por lo demás, la vida transcurría de la misma manera que el año anterior. Los miércoles se realizaban las veladas. El actor recitaba, los pintores dibujaban, el violoncelista tocaba, el cantante cantaba e, invariablemente, a las once y media se abría la puerta del comedor y Dimov, sonriendo, decía:

—Por favor, señores, pasen a tomar un bocado.

Lo mismo que antes, Olga Ivanova buscaba grandes personajes, los encontraba y, al no sentirse satisfecha, seguía buscándolos. Lo mismo que antes, volvía a casa todas las noches muy tarde, pero Dimov no dormía, como el año anterior, sino que estaba trabajando en su despacho. Se acostaba a eso de las tres y se levantaba a las ocho.

Una noche, cuando ella, vistiéndose para ir al teatro, estaba de pie ante el espejo, entró en el dormitorio. Dimov, de frac y con corbata blanca. Sonreía y miraba a su mujer en la cara, con alegría, como antes. Su rostro estaba radiante.

—Acabo de presentar la tesis —anunció, tomando asiento y pasándose las manos por las rodillas.

—¿Te fue bien? —preguntó Olga Ivanova.

—¡Oh, sí! —rió Dimov y alargó el cuello para ver en el espejo la cara de su mujer, que seguía, de espaldas a él, arreglándose el peinado—. ¡Oh, sí! —repitió—. ¿Sabes una cosa? Es posible que me ofrezcan la cátedra de Patología General. Huele a eso.

Veíase por su cara, feliz y resplandeciente, que si Olga Ivanova habría compartido su alegría y su triunfo, él se lo hubiera perdonado todo, tanto en el presente como en el futuro, pero ella no sabía bien qué era una cátedra o Patología General, y temiendo además llegar tarde al teatro, no dijo nada.

Dimov permaneció sentado unos minutos, sonrió con aire culpable y salió.

VII

Fue un día sumamente agitado.

Dimov tenía un fuerte dolor de cabeza; por la mañana no tomó el desayuno ni fue al hospital, quedándose todo el tiempo acostado sobre el

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diván turco, en su gabinete. Después de las doce, Olga Ivanova, como de costumbre, fue a ver a Riabovsky para mostrarle el boceto de una nature morte y a preguntarle por qué no vino a su casa el día anterior. El boceto le parecía insignificante; lo había hecho sólo como un pretexto más para visitar al pintor.

Entró sin tocar el timbre y cuando se estaba quitando las katiuskas en el vestíbulo, desde el taller llegó a sus oídos un leve rumor de rápidos pasos y el murmullo de un vestido; al asomarse de prisa al taller, no alcanzó a ver más que el vuelo fugaz de un trozo de falda marrón, que enseguida desapareció detrás de un gran cuadro, cubierto, junto con el caballete, con percalina negra que llegaba hasta el suelo. No cabía la menor duda de que era una mujer que se escondía. ¡Cuántas veces la misma Olga Ivanova se refugiaba tras ese mismo cuadro! Riabovsky, evidentemente confuso, se mostró sorprendido y, tendiéndole ambas manos, le dijo con una sonrisa forzada:

—¡Ah, me alegro mucho! ¿Qué dice de bueno?

Los ojos de Olga Ivanova se llenaron de lágrimas. Sentía vergüenza y amargura; ni por un millón estaría dispuesta a hablar en presencia de una mujer extraña, de una rival, que estaba detrás del cuadro, riéndose seguramente, con malicia para sus adentros.

—Le he traído un boceto… —dijo tímidamente con un hilito de voz y sus labios temblaron—. Una naturaleza muerta.

—¡Ah!… ¿Un boceto?

El pintor tomó el boceto y, examinándolo, se dirigió como maquinalmente a otro cuarto.

Olga Ivanova lo siguió sumisa.

—Naturaleza muerta… qué suerte —barbotó Riabovsky buscando rimas—, huerta… puerta… tuerta…

En el taller volvieron a resonar los presurosos pasos y el rumor del vestido. Eso significaba que ella se había ido. Olga Ivanova tenía deseos de gritar, de golpear al pintor en la cabeza con algún objeto pesado e irse, pero a través de las lágrimas no veía nada, estaba aplastada por la vergüenza y ya no se sentía Olga Ivanova, sino un pequeño insecto.

—Estoy cansado… —dijo con voz lánguida el pintor, observando el boceto y sacudiendo la cabeza para vencer la modorra—. Es simpático, claro está, pero… hoy es un boceto, el año pasado un boceto y dentro de un mes habrá un boceto… ¿No le cansa? Yo en su lugar dejaría la pintura

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y me dedicaría seriamente a la música o a otra cosa cualquiera. Al final, su vocación es la música y no la pintura. Pero qué cansado estoy, ¿sabe? Voy a decir que nos traigan té…

Riabovsky salió de la habitación y Olga Ivanova oyó ordenar algo a su criado. Para no despedirse, no entrar en explicaciones y, principalmente, no romper a llorar, ella, antes de que volviera el pintor, corrió al vestíbulo, se calzó las katiuskas y salió a la calle. Allí respiró con alivio, sintiéndose liberada para siempre de Riabovsky, de la pintura y de la agobiadora vergüenza que la abrumaba en el estudio. ¡Todo había terminado!

Fue a ver a la modista, luego a casa de un conocido que acababa de volver de un viaje, de allí a la casa de música y durante todo el tiempo pensaba en la carta, fría y seca, llena de dignidad, que escribiría a Riabovsky, y en el viaje a Crimea que ella realizaría en primavera o en verano, junto con Dimov, para liberarse allí definitivamente del pasado y comenzar una nueva vida.

Volvió a casa tarde, de noche, y, sin cambiarse de ropa, sentóse en la sala a escribir la carta. Riabovsky le había dicho que no era pintora y ella le escribía ahora, como venganza, que él pintaba siempre lo mismo, todos los años, y que decía siempre lo mismo, todos los días; que estaba estancado y que no daría ya más resultado que el que ya había dado. Tenía ganas de escribirle también que en muchos aspectos su obra se debía a la influencia de ella y que si él procedía mal era porque dicha influencia se hallaba paralizada por las ambiguas personas como aquella que se había escondido detrás del cuadro.

—¡Mamita! —llamó Dimov desde su gabinete, sin abrir la puerta—. ¡Mamita!

—¿Qué quieres?

—Acércate a la puerta, pero no entres. Escucha…

Hace tres días me contagié de difteria en el hospital, y ahora… no me siento bien. Manda enseguida a buscar a Korostelev.

Olga Ivanova siempre llamaba a su marido, igual que a todos los hombres de su amistad, no por el nombre sino por el apellido; su nombre, Osip, no le gustaba, ya que le hacía recordar al criado de Jlestakov[5] y un trabalenguas ruso. Pero ahora exclamó:

—¡Osip, no puede ser!

—¡Manda buscarlo! No estoy bien… —dijo Dimov del otro lado de la puerta, y se le oyó acercarse al diván y acostarse—. ¡Manda por él! —

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resonó sordamente su voz.

«¿Qué será? —pensó Olga Ivanova, atemorizada—. ¡Eso debe de ser peligroso!».

Sin ninguna necesidad, tomó una vela y fue al dormitorio; allí, pensando en lo que debía hacer, se miró, sin querer, en el espejo. Con cara pálida y asustada, la chaqueta de hombreras altas, los volantes amarillos en el pecho y la falda de rayas insólitas, se encontró horrible y repugnante. Sintió de repente una dolorosa piedad por Dimov, por el infinito amor que le profesaba, por su joven vida y hasta por su huérfana cama en la que él hacía mucho tiempo que no dormía; recordó su acostumbrada sonrisa, mansa y resignada. Se puso a llorar con amargura y escribió una carta suplicante a Korostelev. Eran las dos de la madrugada.

VIII

Cuando por la mañana, después de las siete, Olga Ivanova, despeinada y fea, con la cabeza pesada a causa del insomnio, y con aire culpable, salió del dormitorio, cerca de ella pasó, dirigiéndose al vestíbulo, un señor de barba negra, por lo visto, un médico. Olía a medicamentos. En la puerta del gabinete estaba de pie Korostelev y con la mano derecha se atusaba el bigote izquierdo.

—Perdóneme, pero no la dejaré entrar —dijo sombríamente—. Podría contagiarse. Además, no vale la pena. Está delirando.

—¿Es la difteria? —preguntó Olga Ivanova en un susurro.

—A aquellos que se meten en la cueva del lobo, en realidad, habría que demandarlos judicialmente —barbotó Korostelev sin contestar la pregunta—. ¿Sabe usted por qué se contagió? El martes pasado estuvo succionándole a un niño, a través de un tubito, las secreciones diftéricas. ¿Para qué? Porque sí…

¡Qué tontería!…

—¿Es peligroso? ¿Muy peligroso? —preguntó Olga Ivanova.

—Sí, dicen que se trata de una forma grave. Habría que mandar por Schrek…

Primero vino un hombrecillo pelirrojo, de nariz larga y con acento judío; luego un hombre alto, encorvado, de cabellos negros, parecido a un

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protodiácono; luego un joven grueso, de cara colorada, con lentes. Eran médicos que venían a hacer la guardia junto a su compañero. Korostelev, terminado su turno, no se iba, sino que se quedaba vagando por todas las habitaciones como una sombra. La criada servía té a los médicos y a menudo iba corriendo a la farmacia, de modo que no había nadie para limpiar las habitaciones. La casa estaba silenciosa y sombría.

Olga Ivanova permanecía sentada en su dormitorio pensando que éste era un castigo de Dios porque ella había engañado a su marido. Un ser taciturno, resignado e incomprensible, despersonalizado por su mansedumbre, falto de carácter y débil a causa de la excesiva bondad, sufría en silencio, sin quejas, allí en su diván. Pero si este ser se hubiera quejado, aunque hubiese sido delirando, los médicos de guardia se habrían enterado de que la difteria no era la única culpable de lo sucedido. Hubieran podido también preguntárselo a Korostelev: él lo sabe todo y no en vano mira a la mujer de su amigo de un modo como si ella fuese la verdadera, la principal malhechora, mientras que la difteria no era más que su cómplice. Ella ya no recordaba ni la noche de luna sobre el Volga, ni las declaraciones de amor, ni la poética vida en la aldea, y sólo se daba cuenta de que por mero capricho, por simple travesura, se había ensuciado toda, de la cabeza a los pies, con algo pegajoso y repulsivo que jamás se podría lavar…

«¡Ah, qué horrible mentira! —pensó, al recordar el agitado amor que había tenido con Riabovsky—. ¡Maldito sea todo aquello!».

A las cuatro almorzó con Korostelev. Éste no comió nada; sólo bebía vino tinto y fruncía el ceño. Ella tampoco comió. Ora rezaba mentalmente haciendo promesa de volver a amar a Dimov y serle fiel, si él sanaba; ora se olvidaba por un momento y, al mirar a Korostelev, pensaba: «¿Cómo no se aburre uno de ser un hombre simple, en nada destacable, desconocido y, además, con cara demacrada y modales torpes?». O bien le parecía que Dios iba a matarla en cualquier momento porque ella, temiendo el contagio, ni una sola vez había ido a ver al marido a su gabinete. En general, la embargaba un sentimiento de sorda congoja junto con la certidumbre de que su vida ya estaba deshecha y de que no había manera de reconstruirla…

Después del almuerzo sobrevino el crepúsculo. Al entrar en la sala Olga Ivanova vio a Korostelev dormido en el sofá, la cabeza apoyada

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sobre un cojín de seda, bordado en oro. «Kji-puá… —roncaba— kji-puá…».

Los médicos que venían a hacer guardia no notaban ese desorden. El hecho de que una persona extraña durmiera en la sala, roncando; los bocetos en las paredes; la insólita disposición de los objetos y la negligencia en el vestir de la despeinada dueña de casa, todo ello no suscitaba ahora el menor interés. Por alguna razón, uno de los médicos, sin querer, se echó a reír y su risa sonó en el aire tan extraña y tímida que daba miedo.

Cuando Olga Ivanova por segunda vez entró en la sala, Korostelev ya no dormía; estaba fumando sentado.

—Tiene la difteria de la cavidad nasal —dijo a media voz—. El corazón no funciona bien. En realidad, las cosas andan mal.

—¿Y si mandara por Schrek? —dijo Olga Ivanova.

—Ya estuvo aquí. Fue él quien notó que la difteria se le había pasado a la nariz. Pero ¿qué puede hacer Schrek? En realidad, ¿qué es Schrek? Nada.

Él es Schrek y yo soy Korostelev y eso es todo.

El tiempo pasaba con una lentitud terrible. Olga Ivanova, recostada vestida en la cama sin arreglar, dormitaba. Tenía la sensación de que toda la casa, desde el suelo hasta el techo, estaba ocupada por una enorme mole de hierro y que sólo bastaría sacar este hierro afuera para que todos sintieran alivio y alegría. Al despertarse, se dio cuenta de que eso no era hierro, sino la enfermedad de Dimov.

«Naturaleza muerta, huerta… —pensó, volviendo a sumergirse en el sueño— puerta… tuerta… ¿Y entonces, Schrek? Schrek, grek, vrek, krek. ¿Dónde están todos mis amigos? ¿Saben ellos que hay desgracia en nuestra casa? Señor, sálvanos… líbranos del mal. Schrek, grek…».

Y otra vez el hierro… El tiempo era largo, pero el reloj en el piso de abajo daba la hora a menudo. A cada rato sonaba el timbre; llegaban los médicos… Con un vaso vacío sobre la bandeja, entró la criada y preguntó:

—Señora, ¿quiere que haga la cama?

Al no recibir respuesta, salió. Abajo, el reloj dio la hora, surgió la visión de una lluvia sobre el Volga, y de nuevo entró alguien en el dormitorio, al parecer, un extraño. Olga Ivanova se levantó de un salto y reconoció a Korostelev.

—¿Qué hora es? —preguntó.

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—Cerca de las tres.

—¿Cómo sigue?

—¿Cómo quiere que siga? He venido a decirle… que se está muriendo…

El doctor dejó oír un sollozo, se sentó a su lado en la cama, y se secó las lágrimas con la manga. En el primer momento ella no entendió bien sus palabras, pero se quedó fría y se persignó lentamente.

—Se está muriendo… —repitió el médico con un hilo de voz y sollozó de nuevo—. Muere porque se ha sacrificado… ¡Qué pérdida para la ciencia! —dijo con amargura—. No se le puede comparar con ninguno de nosotros… Era un gran hombre… ¡Un hombre extraordinario! ¡Qué talento! ¡Cuántas esperanzas cifrábamos en él! —prosiguió Korostelev, torciéndose las manos—. Dios mío, llegaría a ser un sabio como ya no se encuentran hoy ni con un farol… ¡Dimov! ¿Qué has hecho, Dimov? ¡Ah, Dios mío!

Presa de la desesperación, Korostelev se cubrió la cara con las manos y meneó la cabeza.

—¡Y qué fuerza moral! —continuó, cada vez más enojado con alguien

—. Un alma bondadosa, pura y amante; ¡no era un hombre, sino un cristal! Sirvió a la ciencia y murió por la ciencia. Trabajó como un buey, día y noche; nadie tuvo piedad de él; el joven científico, futuro profesor, debió buscar más y más trabajo y hacer traducciones de noche para pagar estos… ¡infames trapos!

Korostelev miró con odio a Olga Ivanova, asió la sábana con ambas manos y tiró de ella, iracundo, como si fuera la culpable.

—Él mismo no se tenía lástima ni los demás la tenían. ¡Ah!, en realidad, ¡para qué hablar!

—¡Sí, era un hombre excepcional! —dijo alguien en la sala con voz de bajo.

Olga Ivanova recordó toda su vida con él, desde el principio hasta el fin, con todos los detalles, y de golpe entendió que, en comparación con todas las personas que ella conocía, era un hombre extraordinario, excepcional, grande. Y al recordar el trato que le dispensaban el difunto padre de ella y los colegas médicos comprendió que todos ellos vislumbraban en él una futura celebridad. Las paredes, el cielo raso, la lámpara y la alfombra sobre el piso le guiñaron burlonamente, como si quisieran decir: «¡Lo dejaste pasar! ¡Lo dejaste pasar!». Sin poder

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contener el llanto, ella salió corriendo del dormitorio, atravesó la sala delante de un hombre desconocido y se precipitó al gabinete de su marido. Éste yacía, inmóvil, en el diván turco, cubierto con la frazada hasta la cintura. Su rostro, terriblemente demacrado y enflaquecido, teT2Nnía ese color amarillo grisáceo que nunca tienen las personas vivas; y sólo por la frente, por las negras cejas y por la conocida sonrisa se podía reconocer que era Dimov. Olga Ivanova le palpó rápidamente el pecho, la frente y las manos. El pecho estaba tibio aún, pero en la frente y en las manos se percibía ya un frío desagradable. Y los ojos semiabiertos no miraban a Olga Ivanova, sino a la manta.

—¡Dimov! —llamó ella en voz alta—. ¡Dimov!

Quería explicarle que se trataba de un error; que no todo estaba perdido aún; que la vida podría ser aún bella y feliz; que él era un hombre excepcional, extraordinario y grande y que ella estaba dispuesta a venerarlo, rezar ante él y experimentar un miedo sagrado durante toda su vida…

—¡Dimov! —volvía a llamarlo, sacudiéndole el hombro y resistiéndose a creer que él jamás despertaría—. ¡Dimov! ¡Pero Dimov!

Mientras tanto, en el vestíbulo, Korostelev decía a la criada:

—No tiene nada que preguntar. Vaya a la iglesia y averigüe en la casita del sereno dónde viven las mujeres del asilo. Ellas lavarán el cuerpo, lo vestirán y harán todo lo que haga falta.

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EL CAMALEÓN

A través de la plaza del mercado camina el comisario de policía Ochumelov; luce una capa nueva y lleva una cajetilla de cigarrillos en la mano. Lo sigue un sargento pelirrojo, que lleva un tamiz colmado de bayas de uva crespa confiscadas. Todo es silencio alrededor… En la plaza no hay un alma… Las puertas abiertas de los negocios y de las tabernas miran al mundo de Dios sombrías, cual fauces hambrientas; cerca de ellas ni siquiera hay mendigos.

—¡Conque tienes ganas de morder, condenado! —oye gritar de repente Ochumelov—. ¡Muchachos, no lo suelten! ¡Hoy en día no está permitido morder! ¡Agárrenlo!

Se oyen los chillidos de un perro. Ochumelov mira a aquel lado y ve a un perro que sale corriendo del depósito de maderas de Pichugin, saltando sobre tres patas y volviendo la cabeza hacia atrás. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y con chaleco desabrochado. Estirando el torso hacia adelante cae a tierra y agarra al perro por las patas traseras. De nuevo se oye el chillido perruno y el grito: «¡No lo sueltes!». De los puestos del mercado se asoman somnolientas fisonomías y pronto junto al depósito de maderas se reúne una multitud como surgida de la tierra.

—Parece que hay un desorden, señoría —dice el sargento.

Ochumelov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia la gente. Junto al mismo portón de depósito ve al hombre del chaleco desabrochado que, levantando la mano derecha, muestra a la multitud un dedo ensangrentado. En su cara semiborracha parece estar escrito: «¡Ya saldaré las cuentas contigo, canalla!», y el mismo dedo tiene aspecto triunfal. En dicho hombre Ochumelov reconoce al orfebre Jriukin. En medio de la multitud, despatarrado y temblando con todo el cuerpo, está sentado el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo con un hocico puntiagudo y con una mancha amarilla en la espalda. En sus lacrimosos ojos hay expresión de congoja y de terror.

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—¿Qué pasa aquí? —pregunta Ochumelov, irrumpiendo entre la multitud—. ¿Por qué hay gente aquí? ¿Por qué el dedo? ¿Quién gritó?

—Iba yo, señoría, andando, sin molestar a nadie… —dice Jriukin, tosiendo en el puño— por el asunto de la leña a lo de Mitry Mitrich… y, de repente, este pillo, sin ningún motivo, me agarra el dedo… Perdóneme, pero yo soy un hombre que trabaja… tengo un trabajo fino. Que me compensen por el daño, porque a lo mejor este dedo no lo podré mover durante una semana entera… Esto, señoría, no está en ninguna ley; uno no tiene por qué sufrir por causa de una bestia… Si cada uno empieza a morder al prójimo no se podrá vivir en este mundo.

—Mm… Está bien… —dice Ochumelov en tono severo, tosiendo y moviendo las cejas—. Está bien… ¿De quién es el perro? No lo voy a dejar así. ¡Les voy a enseñar eso de soltar a sus perros! Ya es hora de prestar atención a estos señores que no desean cumplir los reglamentos. Cuando le pongan una multa a ese tipo, entonces aprenderá lo que es un perro y otro ganado errante. ¡Yo le voy a enseñar todo eso! Eldyrin —se dirige el jefe al sargento—, averigua de quién es el perro y levanta el acta. En cuanto al perro, hay que liquidarlo. Sin tardanza. Debe ser rabioso… ¿De quién es este perro, les estoy preguntando?

—Parece que es del general Zhigalov —dice alguien de la multitud. —¿Del general Zhigalov? ¡Ejem!… Eldyrin, quítame la capa… Hace

un calor terrible: seguramente va a llover… Hay una cosa que no comprendo: ¿cómo pudo morderte? —se dirige Ochumelov a Jriukin—. ¿Cómo pudo alcanzar tu dedo? Es un perrito pequeño y tú eres grandote que Dios me libre. Debe de ser que te has lastimado el dedo con algún clavo y luego se te ocurrió la idea de cobrar. Ya se sabe cómo es la gente ahora… Conozco bien a tipos como tú.

—Él le metió el cigarrillo en el hocico para divertirse, señoría, y el perrito, ni corto ni perezoso, lo atrapó… ¡No es un hombre para confiar, señoría!

—¡Mientes, tuerto! Si no has visto nada ¿por qué mientes entonces? Su señoría es un señor inteligente y comprende quién miente y quién habla a conciencia, como ante Dios… Y si miento, que lo decida el juez. Así dice la ley… Hoy día todos somos iguales… Tengo un hermano gendarme… si quiere saber…

—¡Basta de explicaciones!

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—No, no es del general… —observa el sargento en tono grave—. El general no tiene perros como éste. Sus perros son sabuesos.

—¿Seguro?

—Seguro, señoría…

—Segurísimo. Los perros del general son caros, de raza; pero éste aquí, ¡qué se yo qué clase de perro es! No tiene pelo, ni aspecto ninguno… Una porquería de perro… ¡No sé cómo alguien puede tener un perro así! ¿Dónde tienen la cabeza? Si a un perro así lo agarran en Petersburgo o en Moscú, ¿saben ustedes lo que ocurriría? Allí no se molestaría nadie en consultar leyes, sino que en un santiamén: ¡zas! y listo… Tú, Jriukin, sufriste daños y no debes dejar este asunto así como así… Hay que darles una buena lección. Ya es hora.

—Puede ser que sea del general… —piensa en voz alta el sargento—.

No lo tiene escrito en el hocico… el otro día vi en su patio uno parecido.

—¡Claro que es del general! —dice una voz de la multitud.

—¡Ejem! Ponme la capa, Eldyrin… Se levantó el viento… Tengo frío… Lleva el cachorro a casa del general y pregunta, por si acaso… Dirás que yo lo he encontrado y remitido a su domicilio. Y diles allí que no lo suelten. A lo mejor es un perro caro y si cualquier cerdo le va a meter el cigarrillo en las narices, no tardarán en estropearlo. El perro es un animal delicado… ¡Y tú, estúpido, baja el brazo! ¿Para qué estás enseñando este dedo idiota? ¡Tú tienes la culpa!

—Ahí viene el cocinero del general, ahora le vamos a preguntar… ¡Eh, Projor! ¡A ver, amigo, acércate un poco! ¡Mira a este perro…! ¿Es vuestro?

—¡Qué va! ¡Nunca hemos tenido perros como éste!

—Aquí no hay nada que preguntar —dice Ochumelov—. Es un perro vagabundo. No hay nada que discutir. Si digo que es vagabundo es porque es vagabundo… Hay que liquidarlo y ya está.

—Nuestro no es —prosiguió Projor—. Es del hermano del general, que llegó hace pocos días. Al general no le gustan los galgos, pero a su hermano le gustan mucho…

—¿Así que ha llegado el señor hermano del general? ¿Vladimir Ivanich? —pregunta Ochumelov, y una sonrisa de enternecimiento inunda toda su cara—. ¡Pero, Dios mío! ¡No lo sabía…! ¿Llegó de visita?

—De visita…

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—¡Pero, Dios mío! Habrá extrañado a su hermanito… ¡Y yo no sabía…! ¿De modo que es de él el perrito? Me alegro mucho… Llévalo… Es bastante guapo el cachorro… vivaracho… A éste le agarró el dedo: ¡zas!… Ja, ja, ja… Bueno, bueno, no tengas miedo… Rrr… Rrr… Está enojado el pillo… chiquitín… tontuelo…

Projor llama al perro y se aleja con él… La multitud junto al depósito de maderas se ríe de Jriukin.

—¡Te voy a dar todavía! —lo amenaza Ochumelov y, abrochándose la capa, prosigue su camino a través de la plaza del mercado.

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ENEMIGOS

Después de las nueve de una oscura noche de setiembre, en casa del doctor Kirilov, médico del zemstvo[6], fallecía de difteria su único hijo, Andrés, de seis años de edad. Cuando la esposa del médico se arrodilló ante la camita del niño muerto y se sintió invadida por el primer ataque de desesperación, en el vestíbulo sonó ásperamente el timbre.

A causa de la difteria las criadas habían sido despedidas y el mismo Kirilov, tal como estaba, sin levita, con el chaleco desabrochado, cara mojada y manos quemadas por el ácido fénico, fue a abrir la puerta. El vestíbulo estaba oscuro y en el hombre que había entrado sólo podían distinguirse la mediana estatura, la blanca bufanda y el rostro, grande y pálido en extremo, tan pálido que parecía que con la llegada de aquella persona en el vestíbulo se hizo más luz…

—¿El doctor está en casa? —preguntó deprisa el visitante. —Estoy en casa —contestó Kirilov—. ¿Qué desea usted?

—Ah, ¿es usted? ¡Me alegro mucho! —exclamó el desconocido, se puso a buscar en la oscuridad la mano del médico, la encontró y la estrechó con fuerza entre sus manos—. ¡Estoy muy, pero muy contento! Nos conocemos… Soy Aboguin… Tuve el placer de verlo en casa de Gnuchev, en verano. Muy contento por haberlo encontrado. Por el amor de Dios, no rehúse acompañarme hasta mi casa… Mi mujer se enfermó gravemente… Tengo el coche conmigo…

Por la voz y por los ademanes del visitante se notaba en él un estado de fuerte excitación. Como asustado por un incendio o por un perro rabioso, apenas contenía su respiración acelerada, hablaba deprisa, con voz temblorosa, y algo verdaderamente sincero, infantil y temeroso resonaba en sus palabras. Igual que todos los asustados y aturdidos, hablaba con frases breves, cortadas y pronunciaba muchas palabras innecesarias, que no venían al caso.

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—Temía no encontrarlo —continuó diciendo—. Por el camino sufrí una enormidad… Por Dios, vístase y vámonos… Todo sucedió así: Vinieron a mi casa Papchinsky, Alejandro Semionovich… usted lo conoce… Charlamos durante un rato… luego nos sentamos a tomar el té; de pronto mi mujer lanza un grito, se lleva la mano al corazón y cae sobre el respaldo de la silla. La llevamos a la cama y… le froté las sienes con amoníaco, le rocié la cara con agua… estaba como muerta… Temo que sea un aneurisma… Venga, por favor… También el padre de ella había muerto de aneurisma…

Kirilov escuchaba en silencio, como si no entendiera el ruso.

Cuando Aboguin volvió a mencionar a Papchinsky y al padre de su mujer y comenzó una vez más a buscar en la oscuridad la mano del doctor, éste sacudió la cabeza y dijo con apatía, alargando cada palabra:

—Perdone, no puedo viajar con usted… Hace unos cinco minutos… ha muerto mi hijo…

—¡Es posible! —susurró Aboguin, retrocediendo un paso—. ¡Dios mío, en qué mala hora he venido! ¡Qué día tan funesto! Es sorprendente… ¡Qué coincidencia! Como si fuera a propósito…

Aboguin asió el picaporte de la puerta y bajó la cabeza, pensativo.

Vacilaba visiblemente, sin saber qué hacer: irse o seguir rogando al doctor.

—Escúcheme —dijo con calor, asiendo a Kirilov por la manga—. ¡Comprendo perfectamente su situación! Me da vergüenza tratar de atraer su atención, pero ¿qué puedo hacer? Juzgue usted mismo, ¿a dónde voy a ir? Aparte de usted, no hay aquí otro médico. ¡Venga, por amor de Dios! No se lo pido por mí… ¡No soy yo el enfermo!

Sobrevino el silencio. Kirilov volvió la espalda a Aboguin; durante un rato permaneció inmóvil y luego pasó lentamente del vestíbulo a la sala. A juzgar por sus pasos, inseguros y mecánicos; por la atención con que acomodó la pantalla de una lámpara apagada y hojeó un grueso libro que estaba sobre la mesa, no tenía en estos momentos propósito ni deseo alguno, no pensaba en nada ni, probablemente, recordaba ya que en el vestíbulo lo esperaba, de pie, una persona extraña. Por lo visto, el crepúsculo y el silencio de la sala intensificaron su aturdimiento. Al pasar de la sala a su gabinete, levantaba el pie derecho más alto de lo necesario, buscaba con las manos el quicio de las puertas y en toda su figura se sentía entonces cierta perplejidad, como si viniera a parar a una casa ajena o por primera vez en la vida se hubiera emborrachado y se entregase ahora,

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sorprendido, a la nueva sensación. Sobre una pared del gabinete, a través de los estantes con libros, extendíase una amplia franja de luz; junto con el pesado olor a éter y ácido fénico, esa luz penetraba por la puerta entreabierta y daba al dormitorio… el doctor se sentó en el sillón ante la mesa; durante un minuto contempló, somnoliento, sus libros iluminados, luego se levantó y fue al dormitorio.

Reinaba allí una quietud mortal. Todo, hasta el último detalle, hablaba elocuentemente de la tempestad, recién soportada, del cansancio, y todo reposaba ahora. Una vela, colocada sobre el taburete en el compacto montón de frascos, cajas y tarritos, y una gran lámpara encima de la cómoda iluminaban generosamente toda la habitación. En la cama junto a la ventana, yacía un niño con los ojos abiertos y una expresión sorprendida en el rostro. Estaba inmóvil; parecía, sin embargo, que sus ojos abiertos se tornaban a cada instante más oscuros y más lejanos. Con las manos sobre su cuerpo y escondida la cara en los pliegues de la colcha, la madre estaba de rodillas ante la cama. No se movía, igual que el niño, y sin embargo, ¡cuánto movimiento sentíase en las curvas de su cuerpo y en sus brazos! Con la fuerza y el fervor de todo su ser, inclinábase sobre la cama como temiendo alterar la tranquila y cómoda postura que encontró al fin para su fatigado cuerpo. Las colchas, los trapos, las palanganas, los charcos en el suelo, las cucharitas desparramadas por doquier, la gran botella blanca con agua de cal, el mismo aire, pesado y sofocante… Todo parecía sosegado y sumergido en la quietud.

El doctor se detuvo junto a su mujer, metió las manos en los bolsillos de sus pantalones e, inclinando hacia un lado la cabeza, miró a su hijo. Su cara expresaba la indiferencia y sólo por algunas gotas de rocío que brillaban en su barba, se notaba que había llorado.

El repulsivo terror con que suele hablarse de la muerte estaba ausente en el dormitorio. En la paralización general, en la postura de la madre, en la indiferencia del rostro del médico había algo que atraía, algo que conmovía el corazón, aquella leve y difícilmente asible belleza del dolor humano que aún no aprendieron a comprender y describir y que, al parecer, sólo la música sabe trasmitir. Hasta en el sombrío silencio había belleza; Kirilov y su mujer callaban, sin llorar, como si, además del peso de la pérdida, se percatasen también del lirismo de su situación; del mismo modo en que antaño había pasado su juventud, así ahora, junto con este niño, desaparecía para siempre su derecho a tener hijos. El doctor tenía

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cuarenta y cuatro años, estaba canoso y parecía un viejo; su enferma y demacrada mujer tenía treinta y cinco años. Andrés no era sólo el único, sino también el último.

En contraste con su mujer, el doctor pertenecía a la clase de naturalezas que durante el dolor espiritual sienten una necesidad imperiosa de movimiento. Después de permanecer cinco minutos al lado de su mujer, se dirigió, levantando mucho el pie derecho, a una pequeña habitación, la mitad de la cual estaba ocupada por un gran diván; desde allí pasó a continuación a la cocina. Habiendo deambulado un buen rato entre el horno y la cama de la cocinera, se inclinó y por una pequeña puerta salió al vestíbulo.

Allí vio de nuevo la bufanda blanca y el pálido rostro.

—¡Por fin! —suspiró Aboguin, asiendo el picaporte de la puerta—. ¡Vamos, por favor!

El doctor se estremeció, lo miró y recordó…

—¡Escuche, ya le dije que no puedo ir con usted! —dijo, animándose —. Me extraña…

—Doctor, no soy de piedra, comprendo perfectamente su situación… ¡lo compadezco! —respondió con tono implorante Aboguin, poniendo la mano en la bufanda—. Pero no lo pido por mí… ¡Se está muriendo mi mujer! Si usted oyera aquel grito, viera su cara, entonces hubiera comprendido mi insistencia. ¡Dios mío, yo creí que usted había ido a vestirse! ¡Doctor, el tiempo es oro! ¡Vamos, se lo ruego!

—¡No puedo ir! —dijo lentamente Kirilov y se dirigió a la sala.

Aboguin lo siguió y lo cogió por la manga.

—Usted está apenado, lo comprendo, pero no lo llamo para curar las muelas ni para una consulta, sino para salvar una vida humana —continuó rogando como un mendigo—. ¡Esta vida está por encima de cualquier dolor personal! ¡En fin, le pido un acto de valentía, de heroísmo! ¡En nombre del amor al prójimo!

—El amor al prójimo es un arma de doble filo —dijo Kirilov, irritado

—. En nombre de este mismo amor al prójimo le ruego que me deje en paz. Me sorprende, francamente… Usted trata de asustarme con el amor al prójimo, ¡a mí que apenas me sostengo en pie! En este momento no sirvo para nada… y no pienso ir a ningún lado. Y, además, ¿con quién voy a dejar a mi mujer? No, no…

Kirilov agitó las manos y dio un paso atrás.

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—¡No me lo pida! —prosiguió, atemorizado—. Perdóneme… Según el tomo trece de las leyes, estoy obligado a ir, y usted tiene derecho a arrastrarme a la fuerza… Muy bien, hágalo si quiere, pero… pero no sirvo para nada… Ni siquiera estoy en condiciones de hablar… Disculpe…

—Hace mal, doctor, en hablar conmigo en ese tono —dijo Aboguin, tomando otra vez al doctor por la manga—. No me importa el tomo trece. No tengo ningún derecho a forzar su voluntad. Si quiere, venga conmigo; si no quiere, Dios sea con usted. Pero no es a su voluntad a quien me dirijo, sino a su sentimiento. ¡Se está muriendo una mujer joven! Dice usted que acaba de fallecer su hijo, ¿quién sino usted debe comprender mi desesperación?

La voz de Aboguin temblaba de emoción; este temblor y el tono eran mucho más convincentes que sus palabras. Aboguin era sincero, pero, sorprendentemente, todas sus frases resultaban vacuas, inanimadas, de un colorido fuera de lugar, y que parecían ofender tanto el ambiente de la casa del médico como a la mujer que se moría en alguna parte. Lo sentía él mismo y por lo tanto, temiendo ser incomprendido, a toda costa trataba de dotar a su voz de un matiz de suavidad y de ternura, para imponerse, si no con las palabras, por lo menos con la sinceridad del tono. En general, la frase, por más bella y profunda que sea, sólo surte efecto sobre los indiferentes, pero no puede satisfacer a las personas felices o desdichadas; por ello la suprema expresión de la dicha o de la desgracia es, la mayoría de las veces, el silencio; los enamorados se comprenden mejor uno al otro cuando están callados, y un apasionado y fervoroso discurso pronunciado ante una tumba sólo conmueve a los extraños, mientras que a la viuda y a los hijos del difunto les parece insignificante y frío.

Kirilov callaba. Cuando Aboguin dijo varias frases más acerca de la elevada vocación del médico, de la abnegación, etc., el doctor preguntó en tono sombrío:

—¿Es largo el viaje?

—Son unas trece o catorce verstas. ¡Tengo muy buenos caballos, doctor! Le doy mi palabra de que haremos el viaje de ida y vuelta en una hora. ¡Solamente una hora!

Las últimas palabras hicieron más efecto al doctor que las menciones sobre el altruismo o la vocación del médico. Pensó un rato y dijo con un suspiro:

—¡Bien, vayamos!

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Rápidamente, y ya con paso firme, dirigióse a su gabinete y poco después volvió vestido con una larga levita. Correteando a su lado al trotecillo menudo, el reanimado Aboguin le ayudó a ponerse el sobretodo y, junto con él, salió de la casa.

Afuera había más claridad que en el vestíbulo. Ya se distinguía en las tinieblas la alta y algo encorvada figura del doctor con su barba larga y estrecha y con su nariz aguileña. En cuanto a Aboguin, aparte de su pálido rostro, se veían su cabeza grande y la pequeña gorrita de estudiante que apenas le cubría la coronilla. La blanca bufanda no se le notaba sino por delante, ya que por atrás la ocultaban sus largos cabellos.

—Créame, yo sabré apreciar su generosidad —murmuró Aboguin, ayudando al doctor a subir al coche—. No tardaremos en llegar. Lucas, querido, llévanos lo más rápidamente posible. ¡Te lo ruego!

El cochero emprendió una marcha veloz. Primero pasaron a lo largo de la fila de ordinarios edificios del hospital; todo estaba a oscuras y sólo en el fondo del patio una intensa luz irrumpía por la ventana; además, las tres ventanas del piso superior parecían más claras que el aire. Luego el coche penetró en las tinieblas más espesas; olía allí a hongos húmedos y se oía el murmullo de los árboles; las cornejas, despertadas por el ruido de las ruedas, se movieron entre las hojas y comenzaron a lanzar gritos angustiosos y lastimeros, como si supiesen que al doctor se le había muerto el hijo y que Aboguin tenía la mujer enferma. Luego pasaron raudamente árboles aislados, extensiones de arbustos; brilló melancólicamente un estanque sobre el cual dormían grandes sombras negras; un poco más y el coche rodó por una llanura. El grito de las cornejas resonaba aún sordamente y pronto cesó del todo.

Durante casi todo el viaje Kirilov y Aboguin callaban. Sólo una vez

Aboguin suspiró hondamente y masculló:

—¡Qué estado tan penoso! Uno nunca ama tanto a los seres queridos como en los momentos en que hay riesgo de perderlos.

Y cuando el coche vadeaba cuidadosamente el río, Kirilov se estremeció, como asustado por el chapoteo del agua, y comenzó a moverse.

—Escuche… déjeme ir —dijo, angustiado—. Más tarde iré a su casa. Sólo quiero avisar al enfermero para que vaya a acompañar a mi mujer. ¡Está sola!

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Aboguin callaba. El carruaje, balanceándose y golpeando contra las piedras, atravesó la arenosa orilla y continuó la marcha. Kirilov agitóse en su asiento y miró en derredor. Atrás, iluminado por la escasa luz de las estrellas, se alargaba el camino; los sauces de la orilla desaparecían en la oscuridad. A la derecha, yacía la llanura, tan ilimitada y pareja como el cielo; lejos, acá y acullá, probablemente sobre los pantanos de turba, ardían opacas lucecitas. A la izquierda, paralelamente al camino, se extendía una colina que parecía peluda por los pequeños arbustos que la cubrían; sobre la colina pendía, inmóvil, una gran media luna roja, levemente envuelta en la niebla y rodeada por menudas nubecillas que parecían observarla por todas partes y vigilarla para que no se escapara.

En toda la naturaleza se sentía algo desesperado, doliente; la tierra, igual que una mujer caída que está sola en una habitación oscura y trata de no pensar en el pasado, languidecía con sus recuerdos de la primavera y del verano y esperaba, con apatía, la inevitable llegada del invierno. Dondequiera que uno mirase, la naturaleza aparecía como un oscuro pozo, infinitamente profundo y frío, del cual no había salida para Kirilov, ni para Aboguin, ni para la roja media luna…

Cuanto más se acercaba el coche a su destino, más impaciente se tornaba Aboguin. Se levantaba de un salto, se movía, miraba hacia adelante por encima del hombro del cochero. Por fin el carruaje se detuvo ante el pórtico finamente adornado con lona a rayas, y cuando Aboguin miró las iluminadas ventanas del primer piso su respiración se hizo temblorosa.

—Si algo ocurre… no lo voy a soportar —dijo, entrando con el doctor en el vestíbulo y frotándose las manos a causa de la emoción—. Pero no se oye ningún alboroto, quiere decir que no hay nada grave aún —añadió, prestando atención al silencio.

En el vestíbulo no se oían voces ni pasos y toda la casa parecía dormida, a pesar de la intensa iluminación. Ahora el doctor y Aboguin, que hasta este momento habían permanecido en la oscuridad, ya podían verse el uno al otro. El doctor era alto, un poco encorvado, vestía con negligencia y su cara era más bien fea. Sus gruesos labios de negro, su nariz aguileña y su mirada indiferente y opaca, expresaban algo severo, duro, áspero. La cabeza mal peinada, las sienes hundidas, las canas prematuras en la estrecha y larga barba, a través de la cual traslucía el mentón; el color gris pálido de la piel y los modales, negligentes y algo

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torpes, sugerían la idea acerca de las necesidades vividas, de la mala suerte, del cansancio de la vida y de las gentes. Viendo su seca figura, uno no podía creer que este hombre tuviera mujer y que pudiera llorar la muerte de su hijo.

Aboguin, en cambio, representaba algo diferente. Era un hombre robusto, rubio, de cabeza grande, de facciones amplias pero suaves, vestido con elegancia, según la última moda. En su porte, en su levita, cuidadosamente abrochada, en su melena y en su rostro percibíase algo noble, leonino; caminaba con la cabeza erguida y con el pecho arqueado, hablaba con agradable voz de barítono, y los ademanes con que se quitaba la bufanda o arreglaba sus cabellos revelaban una finura delicada, casi femenina. Ni siquiera la palidez y el miedo infantil con que, quitándose el abrigo, miraba arriba, a la escalera, alteraban su porte ni afectaban la salud y el aplomo que respiraba toda su figura.

—No hay nadie ni se oye nada —dijo, subiendo la escalera—. No hay ningún alboroto. ¡Quiera Dios!

Después de atravesar el vestíbulo se llegaba a una gran sala, en la que había un piano negro y pendía una araña cubierta con funda blanca, ambos entraron en un saloncito bello y acogedor, sumido en una agradable penumbra rosada.

—Bueno, doctor, espéreme un poco aquí —dijo Aboguin—. Volveré enseguida… Iré a ver… y a avisar.

Kirilov quedó solo. El lujo del salón, la suave penumbra y su propia presencia en esta casa desconocida, que tenía el carácter de una aventura, no lo conmovían, por lo visto. Estaba sentado en el sillón examinando sus manos quemadas por el ácido fénico. Sólo fugazmente vio una pantalla de un color rojo muy vivo y un estuche de violoncelo; además, al volver la cabeza hacia el lado donde se oía el tictac de un reloj, notó el cuerpo disecado de un lobo, tan satisfecho y circunspecto como el propio Aboguin.

La casa permanecía silenciosa… En una habitación lejana alguien emitió en voz alta el sonido de «¡Ah!», resonó una puerta de vidrio, probablemente, de un armario, y de nuevo se hizo el silencio.

Habiendo esperado unos cinco minutos, Kirilov dejó de observar sus manos y miró la puerta detrás de la cual había desaparecido Aboguin.

En el umbral de esta puerta estaba Aboguin, mas no era el que había salido. El aire de satisfacción y de fina elegancia se había esfumado de su

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figura, y su rostro, sus manos y su porte se hallaban desfigurados por una repugnante expresión de terror o de torturante dolor físico. La nariz, los labios, los bigotes, todos sus rasgos se movían y parecían tratar de despegarse de la cara, mientras que sus ojos parecían reír de dolor…

Con pasos largos y pesados avanzó hacia el medio del salón, se encorvó, gimió y agitó los puños.

—¡Me ha engañado! —gritó, subrayando con fuerza la sílaba ña—. ¡Me ha engañado! ¡Se fue! Fingió estar enferma y me mandó a buscar al médico para poder huir con ese payaso de Papchinsky. ¡Dios mío!

Pesadamente, Aboguin dio un paso hacia el doctor, y agitando ante la cara de éste sus blancos puños, continuó vociferando:

—¡Se fue! ¡Me ha engañado! ¿Por qué esta mentira? ¡Dios mío! ¿Por qué este truco sucio, este diabólico juego de víbora? ¿Qué le he hecho yo?

Las lágrimas saltaron de sus ojos. Giró sobre un talón y se puso a caminar por el cuarto. Con su corta levita, con sus estrechos pantalones de moda, con los cuales sus piernas parecían desproporcionadamente delgadas; con su cabeza grande y su melena, la semejanza que tenía con un león era ahora extraordinaria. En el indiferente rostro del doctor encendióse una chispa de curiosidad. Se levantó y observó a Aboguin.

—Permítame, ¿dónde está la enferma? —preguntó.

—¡La enferma! ¡La enferma! —gritó Aboguin, riendo y llorando al tiempo que agitaba los puños—. ¡No es la enferma, sino la maldita! ¡Una bajeza, una infamia que el mismo Satanás no hubiera ideado mejor! Me hizo salir de la casa para escapar; escapar con ese payaso, ese estúpido saltimbanqui. ¡Dios mío, más le valdría morir! ¡No podré soportarlo!

El doctor se irguió. Sus ojos parpadearon y se llenaron de lágrimas; su estrecha barba se movió hacia la derecha y hacia la izquierda junto con la mandíbula.

—Permítame, ¿cómo es eso? —preguntó, mirando alrededor con curiosidad—. Se me ha muerto un hijo, mi mujer está sola en la casa, con su angustia… Yo mismo apenas me sostengo en pie, no he dormido tres noches… y ¿qué ocurre, ahora? Me obligan a tomar parte en una vulgar comedia, hacer el papel de un objeto de utilería. ¡No… no lo comprendo!

Aboguin abrió un puño, arrojó al suelo una arrugada esquela y la pisó como un insecto que uno tiene ganas de aplastar.

—¡Y yo sin saber nada… sin comprender! —decía con dientes apretados, agitando el puño cerca de su cara y con la expresión del hombre

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a quien pisaron un callo—. No me daba cuenta de que venía todos los días; no reparé en que hoy había llegado en la berlina. ¿Por qué en la berlina? Y yo sin ver nada… ¡Cabeza de chorlito!

—No… no comprendo… —balbuceó el doctor—. ¿Cómo es eso? No es sino una burla, un mofarse del sufrimiento humano. Es algo increíble… ¡por primera vez en mi vida veo algo semejante!

Con la embotada sorpresa del hombre que acaba de comprender una grave ofensa que le han causado, el doctor se encogió de hombros, separó los brazos y, sin saber qué decir ni qué hacer, se dejó caer, exhausto, en el sillón.

—Muy bien, me ha dejado de amar, se ha enamorado de otro, que Dios sea con ella, pero ¿para qué esta infame y traicionera maniobra? —decía Aboguin con voz llorosa—. ¿Para qué? ¿Y por qué? ¿Qué le he hecho? Escuche, doctor —dijo con vehemencia, acercándose a Kirilov—. Usted es involuntario testigo de mi desgracia y no le voy a ocultar la verdad. Le juro que amaba a esta mujer, la amaba como a una diosa, la amaba como un esclavo… Por ella lo sacrifiqué todo: reñí con mi parentela, dejé el empleo y la música; a ella le perdoné cosas que no hubiera perdonado a mi madre o a mi hermana… Nunca le dirigí una mirada recelosa… nunca le di un motivo de enojo. ¿Por qué, entonces, esta mentira? No exijo amor, pero ¿para qué este vil engaño? Si no me quiere, ¿por qué no me lo dice directa, honestamente, tanto más que conoce mi opinión a ese respecto?

Con lágrimas en los ojos y temblando con todo el cuerpo, Aboguin sinceramente abría su alma ante el doctor. Hablaba con calor, estrechando ambas manos contra el corazón; sin ninguna vacilación revelaba sus secretos familiares y hasta parecía contento de poder arrojarlos, por fin, de su pecho. De haber hablado de esta manera una hora o dos, desnudando su alma, sin duda se hubiera sentido aliviado. Y quién sabe, de haberlo escuchado el doctor, de haberlo aconsejado amigablemente, quizá se hubiera reconciliado con su pena sin protestas, como suele ocurrir, y sin hacer innecesarias tonterías… Pero sucedió en forma distinta. Mientras Aboguin hablaba, el ofendido doctor cambiaba de aspecto. En su rostro, la indiferencia y la sorpresa poco a poco cedían lugar a una expresión de amargura, de indignación y de ira. Sus facciones se tornaron aun más duras, ásperas y desagradables. Cuando Aboguin acercó a sus ojos la fotografía de una mujer joven, con un rostro bello pero inexpresivo y seco, como el de una monja, y le preguntó si uno podía admitir que ese rostro

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fuese capaz de expresar una mentira, el doctor se levantó de un salto, y, con los ojos brillantes, dijo, recalcando cada palabra:

—¿Para qué me dice usted todo eso? ¡No quiero escucharlo! ¡No quiero! —gritó, dando un puñetazo sobre la mesa—. ¡No necesito sus vulgares secretos, que el diablo los lleve! ¡No tiene usted derecho a contarme esas vulgaridades! ¿O cree usted, por ventura, que aun no estoy suficientemente ofendido? ¿Que soy un lacayo a quien se puede ofender hasta el final? ¿No es así?

Aboguin retrocedió unos pasos y fijó en Kirilov una mirada de asombro.

—¿Para qué me trajo usted aquí? —prosiguió el doctor, sacudiendo la barba—. Si a usted se le ocurre casarse y luego armar escándalos y montar melodramas, ¿qué tengo yo que ver con ello? ¿Qué tengo que ver con sus romances? ¡Déjeme en paz! ¡Ejercite su noble derecho de fuerza, dése tono con las ideas humanitarias, toque —el doctor miró de reojo el estuche del violoncelo— el contrabajo y el trombón, engorde cuanto le plazca, pero no se mofe del ser humano! ¡Si no sabe respetarlo, por lo menos, libérelo de su atención!

—Pero… ¿Qué significa todo eso? —preguntó Aboguin, enrojeciendo. —Eso significa que no se debe jugar con la gente. Es una acción indigna, despreciable. Yo soy médico; a los médicos y, en general, a los trabajadores que no huelen a perfumes y a prostitución, ustedes nos consideran como sus lacayos y hombres mauvais ton… Y bien, pueden hacerlo, pero nadie les da derecho a tratar al hombre que sufre como si

fuera un objeto de utilería.

—¿Cómo se atreve usted a hablar conmigo de ese modo? —preguntó Aboguin en voz baja y su cara volvió a estremecerse, esta vez de cólera.

—¿Cómo usted, conociendo mi desgracia, se atrevió a traerme aquí para escuchar vulgaridades? —gritó el doctor y volvió a golpear en la mesa con el puño—. ¿Quién le dio derecho para burlarse así del dolor ajeno?

—¡Está usted loco! —gritó Aboguin—. No es nada generoso de su parte… Yo mismo soy profundamente desdichado y… y…

—Desdichado, desdichado dice —sonrió despectivamente el doctor—. No toque siquiera esa palabra, ella no tiene nada que ver con usted en absoluto. Los haraganes que no encuentran dinero para pagar sus deudas

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también son desdichados. El capón agobiado por la excesiva grasa también es desdichado. ¡Menuda futilidad!

—¡Señor mío, usted se olvida! —chilló Aboguin—. ¡Palabras como las suyas se pagan a puñetazos! ¿Comprende?

Apresuradamente Aboguin metió la mano en el bolsillo, extrajo la billetera, sacó dos billetes y los arrojó sobre la mesa.

—¡Aquí tiene usted! —dijo, moviendo las aletas de la nariz—. ¡Su visita está pagada!

—¿Cómo se atreve a ofrecerme dinero? —gritó el doctor, barriendo con la mano los billetes—. ¡Una ofensa no se paga con dinero!

Aboguin y el doctor estaban frente a frente y, encolerizados, proseguían infiriéndose mutuamente inmerecidas ofensas. Parecía como si nunca en su vida, ni siquiera delirando, hubiesen pronunciado tantas palabras injustas, crueles y absurdas. En los dos revelóse marcadamente el egoísmo del desgraciado. Los desgraciados son egoístas, maliciosos, injustos, crueles y menos capaces aun que los tontos de comprenderse uno al otro. La desgracia, en lugar de unir, separa a la gente, y hasta allí donde parecería que los hombres debieran estar ligados por el dolor común, se cometen muchas más injusticias y crueldades que en un medio relativamente satisfecho.

—¡Sírvase disponer mi regreso! —gritó jadeante el doctor.

Aboguin dio un brusco campanillazo. Como nadie acudiera a su llamado, hizo sonar la campanilla otra vez y la arrojó al suelo; aquélla golpeó sordamente contra la alfombra, emitiendo el lastimero gemido de un moribundo. No tardó en aparecer un lacayo.

—¿Dónde, diablos, os habéis escondido todos? —se le echó encima el amo, apretando los puños—. ¿Dónde estaba ahora? ¡Ve a decir que traigan de inmediato el coche a este señor y que preparen la berlina para mí! ¡Espera! —gritó al lacayo cuando éste ya se disponía a irse—. ¡No quiero que mañana quede ningún traidor en esta casa! ¡Afuera todos! ¡Tomaré gente nueva! ¡Víboras!

Mientras esperaban a los coches, Aboguin y el doctor guardaban silencio. El primero había recobrado ya su expresión satisfecha y sus finos modales. Caminaba por el salón, sacudía la cabeza con elegancia y, por lo visto, tramaba algo. Su ira no se había aplacado aún, pero trataba de aparentar indiferencia hacia su enemigo… El doctor, en cambio, estaba de pie, apoyándose con una mano en el borde de la mesa, y miraba a Aboguin

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con el profundo desprecio, algo cínico y feo, con que sólo saben mirar el dolor y el infortunio cuando ven frente a sí el bienestar y la elegancia.

Cuando, poco tiempo después, el doctor tomó asiento en el coche y emprendió la marcha, sus ojos continuaban aún mirando con desprecio. La oscuridad estaba más densa que una hora antes. La roja media luna se había ocultado detrás de la colina y las nubes que la vigilaban yacían junto a las estrellas en forma de manchas oscuras. Una berlina con luces rojas se adelantó al doctor con estrépito. Era la de Aboguin, que iba a protestar y hacer tonterías…

Durante el viaje el doctor estaba pensando no en su mujer ni en su hijo, sino en Aboguin y en la gente que vivía en la casa que él acababa de abandonar. Sus pensamientos eran injustos y cruelmente inhumanos. Condenaba a Aboguin, a su mujer, a Papchinsky y a cuantos vivían en la rosada penumbra y olían a perfume, y durante todo el camino sentía en su alma odio y un doloroso desprecio hacia ellos. Y en su mente se formó una firme convicción acerca de aquellas personas.

Pasará el tiempo; pasará también el dolor de Kirilov, pero esta convicción —injusta, indigna del corazón humano— no pasará. Quedará en la mente del doctor hasta la misma tumba.

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PEQUEÑECES

Nicolás Ilich Beliaev, propietario de casas en Petersburgo y asiduo concurrente a las carreras, hombre joven, de unos treinta y dos años, bien alimentado y de sonrosadas mejillas, entró al anochecer en casa de la señora Olga Ivanovna Irnina, con la cual tenía relaciones o, según su expresión, arrastraba una larga y aburrida novela. En efecto, las primeras páginas de esta novela, interesantes e inspiradas, hacía tiempo ya que habían sido leídas; las que ahora se sucedían no ofrecían nada nuevo ni interesante.

Al no encontrar a Olga Ivanovna en casa, nuestro héroe pasó a la sala, se tumbó en un canapé y se puso a esperarla.

—¡Buenas noches, Nicolás Illich! —oyóse una voz infantil—. Mamá vuelve enseguida. Ella y Sonia fueron a casa de la modista.

En la misma sala se hallaba recostado en un diván el hijo de Olga Ivanovna, Aliosha, chicuelo de unos ocho años, esbelto, bien cuidado y vestido con una elegante chaqueta de terciopelo y largas medias negras. Tirado sobre un almohadón de raso y, por lo visto, imitando a un acróbata, a quien había observado en el circo, levantaba ya una pierna, ya otra. Cuando sus elegantes piernas se fatigaban, hacía trabajar las manos o bien se levantaba de un salto, se ponía en cuatro patas y trataba de levantar los pies. Todo lo cual realizaba con el rostro muy serio, jadeando trabajosamente, como si él mismo lamentara que Dios le diera un cuerpo tan inquieto.

—¡Ah, buenas noches, mi amigo! —dijo Beliaev—. ¿Eres tú? No me di cuenta. ¿Tu mamá está bien?

Aliosha, que había asido con la mano derecha la punta del pie izquierdo y adoptado así una pose de lo más extraña, dio una vuelta, se levantó de un salto y miró a Beliaev, escondiéndose detrás de una gran pantalla afelpada.

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—¡Qué quiere que le diga! —dijo encogiéndose de hombros—. Es una mujer y a las mujeres, Nicolás Ilich, siempre les duele algo.

Al no tener nada que hacer Beliaev se puso a examinar el rostro de Aliosha. Desde el comienzo de sus relaciones con Olga Ivanovna, ni una sola vez había prestado atención al chico ni se daba cuenta de su existencia: estaba a la vista, sí, un chicuelo, pero para qué y qué papel desempeñaba, en eso Beliaev no tenía ganas de pensar.

En las sombras crepusculares el rostro de Aliosha, con su frente pálida y negros ojos inmóviles, hizo recordar a Beliaev, inesperadamente, a Olga Ivanovna tal como era en las primeras páginas de la novela. Sintió deseos de acariciar al chico.

—¡Ven acá, gorrión! —le dijo—. Deja que te mire un poco de cerca.

El muchachito saltó desde el diván y corrió hacia Beliaev.

—Y bien —comenzó diciendo Nicolás Ilich, poniendo la mano sobre el delgado hombro del chiquillo—. ¿Qué tal? ¿Cómo va esta vida?

—Vea… Antes vivíamos mucho mejor.

—¿Por qué?

—¡Muy sencillo! Antes Sonia y yo nos dedicábamos a la música y la lectura solamente, mientras que ahora tenemos que estudiar también los versos en francés. Usted ha ido a la peluquería hace poco.

—Es cierto.

—Sí, porque noto que su barbita está más corta. Permítame que se la toque. ¿No le duele? —No, no me duele.

—¿Por qué será que al tirar de un pelito solo a uno le duele, pero tirando de muchos pelos juntos no duele ni un poquitito? ¡Ja, ja! Sabe, es una lástima que no lleve patillas. Aquí habría que afeitar y aquí, por los costados, dejar crecer los pelos…

Se arrimó a Beliaev y se puso a jugar con su cadenita.

—Cuando ingrese en el colegio —decía— mamá me comprará un reloj. Le pediré que me compre una cadenita igual que ésta… ¡Oh, qué medallón! Papá tiene uno igual, pero en lugar de estas rayitas hay letras… Y en el medio está el retrato de mamá. Papá tiene ahora otra cadenita, sin eslabones; es como una cinta…

—¿Cómo lo sabes? ¿Lo ves a tu papá?

—¿Yo? Mm… no. Yo…

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Aliosha enrojeció y, presa de una fuerte confusión por haber sido sorprendido en la mentira, se puso a rasgar con la uña el medallón. Beliaev lo miró fijamente en la cara y preguntó:

—¿Visitas a tu papá?

—¡N… no!

—Háblame con franqueza, honestamente… Veo por tu cara que no dices la verdad. Puesto que se te escapó la lengua, ya no tienes por qué andar con rodeos. Dime, ¿vas a la casa de él? ¡Háblame como a un amigo!

Aliosha pensó un rato.

—¿No se lo dirá a mamá?

—¡Qué va!

—¿Palabra de honor?

—Palabra de honor.

—¡Jure por Dios!

—¡Pero qué chico!… ¿Por quién me tomas?

Aliosha miró en su derredor, abrió mucho los ojos y comenzó a susurrar:

—Por amor de Dios, no se lo diga a mamá… En general, no se lo diga a nadie, porque es un secreto.

Si mamá llega a saberlo, estamos listos todos: Sonia, Pelagia y yo… Bueno, escuche. Sonia y yo vamos a ver a papá todos los martes y viernes. Cuando Pelagia nos lleva de paseo, antes de comer, entramos en la confitería de Apfel, donde nos espera papá… Siempre está en un reservado, donde hay una mesa de mármol y un cenicero en forma de ganso…

—¿Y qué hacéis allí?

—Nada. Al principio, nos saludamos; luego nos sentamos todos a la mesa y papá nos convida a café y pastelillos. Sonia los prefiere de carne ¿sabe?, pero yo no los paso. Me gustan con repollo y huevos. Comemos tanto que después, durante el almuerzo, tratamos de comer más aún para que mamá no se dé cuenta.

—¿Y de qué hablan allí?

—¿Con papá? De todo. Nos besa, nos acaricia y nos cuenta toda clase de historias graciosas. Usted sabe, nos dice también que cuando seamos mayores iremos a vivir con él. Sonia no quiere, pero yo estoy de acuerdo. Cierto que sin mamá va a ser algo aburrido, pero le voy a escribir cartas. Además, podremos visitarla en los días de fiesta, ¿no es cierto? Papá dice

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también que me va a comprar un caballo. ¡Es un hombre muy bueno! No sé por qué mamá no quiere que viva con nosotros y no nos deja ir a verlo. ¡Si él la quiere tanto! Siempre pregunta por su salud y sus ocupaciones. Cuando ella estaba enferma, él se tomó la cabeza entre las manos… así, mire… y se puso a correr por la habitación. Y nos pidió que la obedeciéramos y respetáramos. Escuche, ¿es verdad que somos desdichados?

—Mm… ¿Por qué?

—Así lo dice papá. Sois, dice, muy desdichados, niños. Hasta resulta extraño escucharlo. Vosotros, dice, sois desdichados, mamá es desdichada y yo soy desdichado. Rezad, dice, a Dios por vosotros y por ella.

Aliosha detuvo su mirada en un pájaro disecado y quedó pensativo. —Síi… —masculló Beliaev—. Conque esas tenemos. Realizan

reuniones en confiterías. ¿De modo que tu mamá no lo sabe?

—Noo… ¡Cómo va a saberlo! Pelagia no se lo dirá por nada. Anteayer papá nos convidó con peras. Eran dulces como la miel. Me comí dos.

—Ejem… Escúchame… esto… ¿Tu papá no dice nada de mí? —¿De usted? Mire, en realidad…

Aliosha examinó atentamente la cara de Beliaev y se encogió de hombros.

—No dice nada especial.

—Más o menos, ¿qué dice?

—¿No se va a ofender?

—¡Qué va! ¿Acaso me reta?

—No lo reta, pero, sabe… Está enojado con usted.

Dice que por su culpa mamá es desgraciada y que usted… la ha perdido. Es algo raro: yo le explico que usted es buena persona, que nunca le grita a mamá, pero él no hace más que menear la cabeza.

—¿Así que dice que yo la he perdido? —Sí. ¡No se ofenda usted, Nicolás Ilich!

Beliaev se levantó, durante un rato quedóse de pie y luego comenzó a caminar por la sala.

—Es extraño y… ridículo —barbotó, encogiéndose de hombros y sonriendo con ironía—. Él mismo es culpable por los cuatro costados y ahora resulta que soy yo quien la ha perdido, ¿qué le parece? Mire qué corderito inocente. ¿Así que te dijo sin más que yo había perdido a tu madre?

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—Sí, pero… usted me ha dicho que no se iba a ofender.

—No me ofendo… y además ¿qué te importa? Qué cosa más ridícula:

caí atrapado en una jaula y todavía resulta que soy culpable.

Se oyó un timbre. El chico dio un salto y desapareció de la sala. Un minuto después entró una dama, acompañada de una niña. Era Olga Ivanovna, madre de Aliosha. Éste seguía detrás de ella, bailoteando, canturreando y agitando los brazos. Beliaev saludó con la cabeza sin dejar de caminar.

—Claro, ¿a quién culpar ahora sino a mí? —barbotó, dejando oír una risita irónica—. ¡Tiene razón! ¡Es el marido ofendido!

—¿De qué estás hablando? —preguntó Olga Ivanovna.

—¿De qué? Escucha un poco las cosas que predica tu fidelísimo. Resulta que yo soy un canalla y un malhechor; que te perdí a ti y a los chicos. Todos vosotros sois desdichados y sólo yo soy feliz. ¡Terriblemente feliz!

—¡No te comprendo, Nicolás! ¿De qué se trata?

—Pues, escucha un poco a este joven caballero —dijo Beliaev, señalando a Aliosha.

Aliosha se ruborizó, luego de golpe se tornó pálido y todo su rostro se contrajo por el miedo.

—¡Nicolás Ilich! —murmuró—. ¡Tsss!

Olga Ivanovna miró con sorpresa a Aliosha, a Beliaev y luego otra vez a Aliosha.

—¡Anda! ¡Pregúntale! —continuó Beliaev—. Tu Pelagia, esa cabeza de chorlito, los lleva a las confiterías y les arregla entrevistas con el papaíto. Pero eso es lo de menos; el asunto está en que el papaíto es un mártir, mientras que yo soy un malhechor, un canalla que ha arruinado la vida de los dos…

—¡Nicolás Ilich! —gimió Aliosha—. ¡Usted me ha dado su palabra de honor!

—¡Déjame en paz! —Beliaev hizo un ademán de fastidio—. Estoy hablando de cosas más importantes que las palabras de honor. ¡Lo que me indigna es la hipocresía, la mentira!

—¡No comprendo! —murmuró Olga Ivanovna y en sus ojos brillaron las lágrimas—. Oye, Aliosha —dirigióse a su hijo—: ¿Ves a tu padre?

Sin oírla, Aliosha miraba espantado a Beliaev.

—¡No, no puede ser! —dijo la madre—. Voy a preguntar a Pelagia.

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Olga Ivanovna salió.

—¡Escuche, usted me ha dado su palabra de honor! —exclamó Aliosha, temblando con todo el cuerpo.

Beliaev hizo un ademán distraído y siguió caminando. Estaba pensando en la ofensa y, como antes, no se daba cuenta de la presencia del chico. Él, persona mayor y seria, no estaba para niñerías.

Mientras tanto, Aliosha, sentado en un rincón, relataba atormentado a Sonia cómo había sido engañado. Lo hacía temblando, tartamudeando, llorando; por primera vez en su vida tropezaba tan brutalmente, cara a cara, con la mentira; no sabía antes que, aparte de las peras dulces, pastelillos y relojes caros, existen en el mundo muchas otras cosas que no tienen nombre en el lenguaje infantil.

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ANA COLGADA AL CUELLO

I

Tras la bendición nupcial ni siquiera hubo merienda liviana; los recién casados bebieron una copa, cambiaron de traje y partieron a la estación. En lugar de una alegre fiesta de bodas y una cena, en lugar de música y baile, el viaje a un monasterio, a doscientas verstas de distancia. Esta actitud fue aprobada por muchas personas, las cuales decían que por cuanto Modest Alekseich era un funcionario de cierta jerarquía y ya no era joven, una boda ruidosa pudiera quizá parecer no muy decente; por otra parte, resulta aburrido escuchar música cuando un funcionario de cincuenta y dos años se casa con una jovencita que acaba de cumplir los dieciocho. Se decía también que Modest Alekseich, siendo un hombre de rígidas costumbres, emprendió este viaje al monasterio ante todo para darle a entender a su joven esposa que también en el matrimonio él otorgaba el primer lugar a la religión y a la moralidad.

Una multitud de colegas, empleados y parientes, reunida en el andén para despedir a la flamante pareja, esperaba, copa en mano, la partida del tren para gritar el «hurra», y Piotr Leontich, el padre, vestido de frac y con un sombrero de copa, ya ebrio y muy pálido, tendía su copa de champaña hacia la ventanilla y decía en tono implorante:

—¡Aniuta! ¡Ania! ¡Ania, una sola palabra!…

Desde la ventanilla Ania se inclinaba hacia él, y su padre le susurraba algo, envolviéndola con un fuerte olor a vino, le resoplaba en el oído — nada se le podía entender— y hacía la señal de la cruz sobre su cara, pecho y manos; tenía la respiración entrecortada y en sus ojos asomaban las lágrimas. Mientras tanto, los hermanos de Ania, Petia y Andriusha, alumnos del colegio, le tiraban del frac y le susurraban, confundidos:

—Papaíto, basta… Papaíto, no hagas eso…

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Cuando el tren se puso en movimiento, Ania vio a su padre correr un trecho tras el vagón, tambaleándose y derramando el vino; vio también cuán lastimera, bondadosa y culpable era su cara.

—¡Hurraaa! —gritaba.

Los recién casados quedaron solos. Modest Alekseich examinó el compartimento, distribuyó el equipaje sobre los estantes y se sentó, sonriendo, frente a su joven esposa. Era un funcionario de estatura mediana, más bien grueso, muy bien alimentado, con largas patillas y sin bigotes, y su redonda, afeitada y bien acusada barbilla se parecía a un talón. Lo más característico de su cara era la ausencia de bigote, ese sitio desnudo, recién afeitado, que se convertía gradualmente en gruesas mejillas, temblorosas como la gelatina. Se comportaba en forma circunspecta, sus movimientos eran pausados, sus maneras suaves.

—No puedo menos que recordar ahora una circunstancia —dijo, sonriendo—. Hará unos cinco años, cuando Kosorotov recibió la orden de Santa Ana, de segundo grado, y fue a dar las gracias a su excelencia, éste se expresó de esta manera: «De modo que usted tiene ahora tres Anas: una en el ojal y dos colgadas al cuello». Es que en aquella época, la mujer de Kosorotov, persona frívola y pendenciera, de nombre Ana, acababa de reintegrarse a su hogar. Espero que para la ocasión en que yo reciba la orden de Santa Ana de segundo grado, su excelencia no tenga motivos para decirme lo mismo.

Sonreía con sus ojillos. Ella sonreía también, turbada por la idea de que en cualquier momento este hombre podía besarla con sus gruesos y húmedos labios y de que ella no tenía derecho a negárselo.

Los suaves movimientos de su abultado cuerpo la asustaban; tenía a la vez miedo y asco. Él se levantó, sin prisa se quitó del cuello la orden, se sacó el frac y el chaleco y se puso la bata.

—Así estaremos bien —dijo, sentándose al lado de Ania.

Ella recordó cuán penosa había sido su boda, cuando el sacerdote, los invitados y todos los presentes en la iglesia la miraban con tristeza, según le parecía: ¿Por qué ella tan joven, simpática y bella, se casaba con este señor de edad, tan poco interesante?

Todavía esta mañana estaba entusiasmada porque todo se había arreglado tan bien, pero durante la ceremonia y ahora en el vagón sentíase culpable, engañada y ridícula. Hela aquí casada con un hombre rico, a pesar de lo cual, seguía sin dinero, el vestido de novia se hizo a crédito, y

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cuando hoy su padre y sus hermanos fueron a despedirla ella vio por sus caras que no tenían ni una kopeika. ¿Podrán cenar hoy? ¿Y mañana? Y le pareció, sin saber por qué, que el padre y los chicos estaban en casa, sin ella, hambrientos, y sentían la misma angustia que en la primera noche después del entierro de su madre.

«¡Qué desdichada soy! —pensó—. ¿Por qué soy tan desdichada?». Con la torpeza de un hombre serio, que no acostumbra tratar a las

mujeres, Modest Alekseich le rozaba el talle y le daba golpecitos en el hombro, mientras que ella pensaba en el dinero, en su madre, en la muerte de ésta. Fallecida su madre, Piotr Leontich, su padre, profesor de caligrafía y dibujo en el colegio de secundaria, se dio a la bebida; sobrevino un período de necesidades, los muchachos carecían de zapatos y de katiuskas, el padre fue llevado varias veces al juzgado, el ujier vino a la casa y embargó los muebles… ¡Qué vergüenza! Ania debió cuidar a su padre borracho, remendar los calcetines a sus hermanos, ir de compras al mercado, y cuando alguien se ponía a elogiar su belleza, juventud y elegantes modales, le parecía que todo el mundo se daba cuenta de su sombrerito barato y de sus zapatos con agujeros disimulados con tinta.

Y de noche las lágrimas y la inquieta, obsesionante idea de que al padre, a causa de su vicio, no tardarían en echarlo del colegio y que él no lo soportaría y moriría, como su madre. Pero entonces algunas damas conocidas se empeñaron en buscarle un hombre bueno. Al poco tiempo encontraron a este Modest Alekseich, que no era joven ni buen mozo, pero que tenía dinero. Tenía en el banco unos cien mil rublos y era dueño de una hacienda, entregada en arriendo. Era un hombre de principios morales y bien mirado por sus superiores; nada le costaría, según le habían dicho a Ania, conseguir una carta de recomendación de parte de su excelencia para el director del colegio y aun para el curador, para que no dejaran cesante a Piotr Leontich…

Mientras ella recordaba estos detalles se oyó de pronto una música, que penetró por la ventanilla junto con el ruido de voces. El tren se detuvo en un apeadero. Detrás del andén, entre la multitud, alguien tocaba con brío el acordeón y un barato y chillante violín, mientras que desde las dachas, bañadas por la luz de la luna, por encima de los altos abedules y álamos, llegaban los sones de una banda militar: seguramente se realizaba allí una velada danzante. Sobre el andén paseaban los veraneantes y los que venían de la ciudad para pasar un día tranquilo y respirar aire puro.

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Entre ellos se encontraba Artynov, el dueño de todo este lugar de descanso, un ricachón alto y corpulento, de cabello negro y con cara de armenio; tenía ojos saltones y vestía un traje extraño. Llevaba una camisa, desabrochada sobre el pecho, y altas botas con espuelas; desde sus hombros bajaba una capa negra que se arrastraba por la tierra como la cola de un vestido de gala. Tras él, inclinando sus afilados hocicos, iban dos perros de caza.

Las lágrimas brillaban aún en los ojos de Ania, pero ella no pensaba ya en su madre, ni en el dinero, ni en su boda, sino que estrechaba las manos a los colegiales y a los oficiales conocidos, reía alegremente y saludaba de prisa:

—¡Buenas noches! ¿Cómo le va?

Salió a la plataforma y se situó bajo la luz de la luna de modo que la vieran entera, con su magnífico vestido y su sombrero nuevo.

—¿Por qué estamos parados aquí? —preguntó.

—Porque hay un apeadero aquí —le respondieron—. Están esperando el tren correo.

Al darse cuenta de que la estaba mirando Artynov, ella entornó los ojos con coquetería y empezó a hablar en francés en voz alta, y, porque su propia voz resonaba tan agradablemente, se oía la música y la luna se reflejaba en el estanque, porque con tanta avidez y curiosidad la miraba Artynov, ese conocido donjuán y enredador; y porque todo el mundo estaba animado, de repente sintió alegría, y cuando el tren se puso en marcha y los oficiales conocidos la despidieron con un saludo militar, ella ya estaba canturreando la polca cuyos sones le enviaba aún la banda militar que atronaba a lo lejos, detrás de los árboles; y volvió a su compartimiento con la sensación de que en este apeadero la habían convencido de que sería dichosa sin falta, ocurriera lo que ocurriese.

Los desposados se quedaron en el monasterio dos días, luego volvieron a la ciudad. Se instalaron en un apartamento fiscal. Cuando Modest Alekseich se iba a la oficina, Ania tocaba el piano, o lloraba de tedio, o se recostaba en el diván y leía novelas u hojeaba una revista de modas. Durante el almuerzo Modest Alekseich comía mucho y hablaba de política, designaciones, traslados y condecoraciones; de que era necesario trabajar; que la vida familiar no es un placer sino un deber; que no puede haber un rublo si falta una kopeika y que por encima de todas las cosas él

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colocaba la religión y la moralidad. Y, sosteniendo en su puño el cuchillo, cual una espada, sentenciaba:

—¡Cada persona debe tener sus obligaciones!

Ania lo escuchaba, de miedo no podía comer y generalmente se levantaba de la mesa con hambre.

Después de comer, el marido se acostaba a descansar y roncaba ruidosamente, y ella iba a ver a los suyos. El padre y los muchachos la miraban de una manera especial, como si un instante antes de su llegada estuvieran juzgándola por haberse casado por interés, con un hombre que no amaba, fastidioso y aburrido; su vestido murmurante, sus pulseras; todo su aspecto de dama los incomodaba y ofendía; en su presencia se sentían algo confusos y no sabían de qué hablar con ella; pero la querían igual que antes y aún no se habían acostumbrado a almorzar sin ella. Ania se sentaba a la mesa y comía con ellos la sopa de repollo, la kasha[7] y patatas, fritas con la grasa de cordero, que olía a vela. Con mano temblorosa Piotr Leontich echaba vodka en su copa y la apuraba de prisa, con avidez y asco; luego bebía otra copa, luego otra más… Petia y Andriusha, muchachitos delgados y pálidos, de grandes ojos, retiraban de la mesa el jarro y decían, turbados:

—Papaíto, no bebas… Basta ya, papaíto…

También Ania se alarmaba y le imploraba que no bebiera más, mientras que él estallaba de pronto y golpeaba con el puño en la mesa.

—¡No permitiré que nadie me vigile! —gritaba—. ¡Mocosos! ¡Os echaré de la casa a todos!

Pero en su voz sentíanse la debilidad y la bondad y nadie le tenía miedo. Por la tarde empezaba a vestirse; pálido, con cortes de navaja en la barbilla, estirando su enjuto cuello, quedaba media hora ante el espejo, arreglándose. Se peinaba, se atusaba los negros bigotes, se perfumaba, anudaba la corbata, luego se ponía los guantes y el sombrero de copa e iba a dar lecciones privadas. Y si el día era festivo, se quedaba en casa pintando al óleo o tocando el armonio, que chillaba y rugía; trataba de arrancarle sonidos armoniosos y bellos, acompañándolo con su canto, o reñía a los muchachos:

—¡Pillos! ¡Canallas! ¡Habéis estropeado el instrumento!

Por las noches, el marido de Ania jugaba a los naipes con sus colegas que vivían bajo el mismo techo, en la casa fiscal. Durante el juego se reunían también las mujeres de los empleados, feas, vestidas sin gusto,

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vulgares como cocineras; en la casa comenzaban los chismes, tan feos y desabridos como sus autoras. De vez en cuando Modest Alekseich iba con Ania al teatro. En los entreactos no la dejaba dar un paso sola, sino que paseaba del brazo con ella por los pasillos y el vestíbulo. Después de saludar a alguien, se apresuraba a susurrar al oído de Ania: «Consejero civil… es recibido en la casa de su excelencia…»; o bien: «Tiene medios… casa propia…». Cuando pasaba cerca del bufet, Ania tenía ganas de comer algo dulce; le gustaban el chocolate y la torta de manzanas, pero no tenía dinero y no se decidía a pedírselo al marido. Éste cogía una pera, la apretaba con los dedos y preguntaba, indeciso:

—¿Cuánto cuesta?

—Veinticinco kopeikas.

—¡Mire usted! —decía su marido, dejando la pera en su lugar; pero como le resultaba incómodo alejarse del bufet sin comprar nada, pedía agua mineral y bebía toda la botella solo, de modo que hasta le asomaban las lágrimas a los ojos. En estos momentos Ania lo odiaba.

A veces se ponía de repente todo colorado y decía prestamente:

—¡Saluda a esta anciana dama!

—Pero si no la conozco.

—No importa. Es la esposa del director de la cámara fiscal. Salúdala, te digo —gruñía, insistiendo—. No se te va a caer la cabeza por eso.

Ania saludaba y, efectivamente, no se le caía la cabeza, pero tenía una sensación penosa. Hacía todo lo que quería su marido y estaba enojada consigo misma por haberse dejado engañar por él como una tontuela cualquiera. Se había casado nada más que por el dinero, pero ahora tenía menos aún que antes del casamiento. Por lo menos su padre solía darle una moneda de veinte kopeikas, mientras que ahora no tenía ni eso. No era capaz de tomar el dinero a escondidas, ni tampoco podía pedirlo; le tenía miedo a su marido y temblaba ante él. Le parecía que ese miedo lo llevaba ya en su alma desde hacía mucho tiempo. Antes, en su infancia, la fuerza más imponente y terrible, que avanzaba como una nube o una locomotora, dispuesta a aplastar, era el director del colegio; la otra fuerza semejante, a la que se temía y de la que se hablaba en su familia era su excelencia; había también una docena de fuerzas más pequeñas, entre éstas los profesores del colegio, con bigotes afeitados, severos e implacables; y ahora, finalmente, Modest Alekseich, hombre de rígidas reglas, quien hasta por su cara se parecía al director. En la imaginación de Ania todas

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estas fuerzas se fundían y, tomando el aspecto de un enorme y terrible oso polar, avanzaban sobre los débiles y culpables, como su padre, y ella no se animaba a contradecirlos, sonreía forzadamente y mostraba una falsa satisfacción ante las caricias toscas y los abrazos que le causaban terror.

Una sola vez Piotr Leontich se atrevió a pedirle al yerno prestados cincuenta rublos para pagar una deuda muy desagradable, ¡pero cómo debió de sufrir!

—Bien, se los daré —dijo Modest Alekseich después de pensar un rato

—. Pero le advierto que no lo voy a ayudar más hasta que no deje de beber. Para un hombre que tiene un empleo nacional semejante debilidad es vergonzosa. No puedo menos que recordarle algo que es de público conocimiento, el de que esta pasión perdió a muchas personas capaces, mientras que de abstenerse, quizás hubieran llegado con el tiempo a ser personajes de elevada posición.

Siguieron los extensos períodos que comenzaban con: «A medida que…», «Partiendo de la situación…», «En virtud de lo antedicho…», mientras el pobre Piotr Leontich sufría por la humillación y experimentaba un fuerte deseo de beber una copa.

También los muchachos, que iban a visitar a Ania con los zapatos rotos y con los pantalones gastados, tenían que escuchar preceptos aleccionadores.

—Cada persona debe tener sus obligaciones —les decía Modest Alekseich.

En cuanto al dinero, no se lo daba. En cambio, solía regalar a Ania sortijas, pulseras y broches, señalando que era bueno tener estas cosas para el caso de cualquier emergencia. Y con frecuencia abría la cómoda de ella y efectuaba una revisión para cerciorarse de que todas las alhajas seguían en su lugar.

II

Mientras tanto, llegó el invierno. Mucho antes de la Navidad, en el diario local había aparecido el anuncio sobre el habitual baile de invierno que «tendría lugar» el veintinueve de diciembre en el club de nobles. Todas las noches, después de los naipes, Modest Alekseich cuchicheaba, agitado,

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con las mujeres de sus colegas, miraba a Ania con aire preocupado y luego paseaba durante largo rato por la habitación, meditabundo. Al fin, una vez, por la noche, muy tarde, se detuvo delante de Ania y le dijo:

—Debes hacerte un vestido de baile. ¿Comprendes? Pero, por favor, consulta con María Grigorievna y Natalia Kizminishna.

Y le dio cien rublos. Ella los aceptó, pero al encargar el vestido, no consultó a nadie; sólo habló con su padre y trató de imaginar cómo se hubiera vestido para el baile su difunta madre. Ésta se vestía siempre según la última moda, a Ania le dedicaba muchas horas, la vestía con elegancia como a una muñeca y le enseñó a hablar en francés y a bailar la mazurca a la perfección (antes de casarse, durante cinco años estuvo empleada como institutriz). Igual que su madre, Ania podía transformar un viejo vestido en nuevo, lavar los guantes con bencina, alquilar las bijoux[8] o, igual que su madre, sabía entornar los ojos, tartajear, adoptar poses elegantes, entusiasmarse si era necesario y mirar con expresión triste y enigmática.

Cuando, media hora antes de partir al baile, Modest Alekseich hubo entrado, sin levita, en el aposento de su mujer para colocar la orden en el cuello ante el trumeau, hechizado por su belleza y el esplendor de su fresco y vaporoso vestido, se peinó las patillas satisfecho y dijo:

—Mira, tú… ¡mira la mujercita que tengo!… ¡Aniuta! —prosiguió de pronto en tono solemne—. Yo te hice feliz y hoy tú podrás hacerme feliz a mí. Te ruego, ¡preséntate a la esposa de su excelencia! ¡Por el amor de Dios! ¡Mediante ella podré obtener el cargo de informante mayor!

Partieron al baile. He aquí el club de nobles y la entrada con el portero. El vestíbulo con los percheros, las shubas[9], los lacayos que corren y las damas escotadas que se protegen con sus abanicos de las corrientes de aire; huele a gas de alumbrado y a soldados. Cuando Ania, subiendo las escaleras del brazo de su marido, oyó la música y en un enorme espejo se vio de cuerpo entero, iluminada por una infinidad de luces, en su alma se despertó la alegría y el presentimiento de dicha que había experimentado ya en aquella noche de luna, en el apeadero.

Iba orgullosa, segura de sí misma, sintiéndose por primera vez una dama y no una chicuela, e imitando, sin querer, a su difunta madre en su modo de caminar y en sus ademanes. Y por primera vez en su vida sintióse rica y libre. Ni siquiera la presencia de su marido la incomodaba, por cuanto, habiendo atravesado el umbral del club, adivinó por instinto que la

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compañía del viejo marido lejos de humillarla, por el contrario, le imponía el sello de un excitante misterio, que tanto les gusta a los hombres.

En el gran salón ya atronaba la orquesta y comenzaba el baile. Acostumbrada a su apartamento en la casa fiscal, Ania sintióse invadida por una impresión de luces, colores abigarrados, música y ruido; al pasear su mirada por la sala pensó: «¡Ah, qué lindo!», y enseguida distinguió entre la multitud a todos sus conocidos, a aquellos con quienes solía encontrarse antes en las veladas y los paseos, los oficiales, los abogados, los profesores, los funcionarios, los terratenientes, su excelencia y las damas de alta sociedad, vestidas de fiesta, muy escotadas, bellas y feas, que estaban ocupando ya sus posiciones en los pabellones y los quioscos de la feria de beneficencia para comenzar la venta a favor de los pobres. Un enorme oficial con charreteras —lo había conocido siendo colegiala, pero ahora no recordaba su apellido— surgió como por ensalmo y la invitó para el vals; volando ella se alejó del marido y le parecía ya navegar en un barco de vela, en medio de una fuerte tormenta, mientras que su marido se quedaba lejos, en la orilla… Bailó con pasión el vals, la polca y la cuadrilla, pasando de mano en mano, mareada por la música y el ruido, mezclando el idioma ruso con el francés, tartamudeando y riendo, sin pensar en el marido ni en nadie. Tenía éxito entre los hombres, de ello no cabía duda, y no podía ser de otro modo; se quedaba sin aliento a causa de la emoción, convulsivamente apretaba en sus manos el abanico y tenía sed. Piotr Leontich, su padre, vestido con un frac arrugado que olía a bencina, se le acercó, tendiéndole un platito con helado rojo.

—Estás encantadora hoy —dijo, mirándola con admiración— y nunca he lamentado tanto que te hayas dado tanta prisa para casarte… ¿Para qué? Yo sé que lo has hecho por nosotros, pero… —Con manos temblorosas sacó un paquetito de billetes y dijo—: A propósito, hoy cobré por mis lecciones y puedo saldar la deuda con tu marido.

Ella le puso el platito en las manos, arrastrada por alguien se alejó danzando, y por encima del hombro de su pareja vio a su padre deslizarse por el parquet, abrazar a una dama y lanzarse con ella a girar por la sala.

«¡Qué simpático es cuando no está borracho!», pensó.

Bailó la mazurca con el mismo oficial gigante; éste, pesado y grave como una mole uniformada, caminaba, movía los hombros y el pecho, y apenas daba golpecitos con los pies, ya que tenía muy pocas ganas de bailar, mientras que ella revoloteaba a su lado, excitándolo con su belleza,

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con su cuello descubierto; en sus ojos ardía el ímpetu y sus movimientos eran apasionados, pero él tornábase cada vez más indiferente y le tendía las manos con benevolencia, como un rey.

—¡Bravo, bravo…! —se decía entre el público.

Pero, poco a poco, también el oficial gigante se fue contagiando del ritmo general; se sintió animado, emocionado y, sucumbiendo al hechizo, enardecido, se movió liviano y juvenil, mientras ella no hacía más que mover los hombros y mirar con picardía, apareciendo ya como una reina y él como un esclavo, y le parecía que toda la sala los estaba mirando y que todas esas personas languidecían de envidia. Apenas le hubo dado las gracias el oficial gigante, el público se apartó de pronto y los hombres se estiraron extrañamente bajando los brazos…

Era su excelencia en persona, de frac y con dos estrellas, quien se dirigía hacia ella. Sí, su excelencia caminaba derecho hacia ella, ya que la miraba a la cara y le sonreía melosamente, masticando con los labios, cosa que solía hacer cuando veía a mujeres bonitas.

—Mucho gusto, mucho gusto… —comenzó diciendo—. A su marido lo mandaré a la cárcel por habernos escondido semejante tesoro. Vengo con un encargo de mi mujer —prosiguió, ofreciéndole el brazo—. Debe usted ayudarnos… Sí… Hay que otorgarle un premio de belleza… como se hace en América… Sí, sí… Los americanos… Mi mujer la está esperando con impaciencia.

La condujo a una marquesina que tenía la forma de una pequeña izba, donde atendía al público una dama de edad; la parte inferior de su rostro era desproporcionadamente grande, de tal modo que parecía tener en la boca una piedra de gran tamaño.

—Ayúdenos —dijo por la nariz y arrastrando las sílabas—. Todas las mujeres bonitas están trabajando en la feria de beneficencia; usted es la única que está desocupada. ¿Por qué no quiere ayudarnos?

Ella se retiró y Ania ocupó su lugar junto a un samovar de plata con tazas. No tardó en comenzar un vivaz negocio. Por una taza de té Ania cobraba no menos de un rublo, y al oficial gigante le obligó a tomar tres tazas. Se acercó Artynov, el ricachón de ojos saltones que padecía asma, pero que esta vez ya no llevaba aquel traje extraño con el cual Ania lo había visto en verano, sino que vestía de frac, como todos. Sin apartar su mirada de Ania, bebió una copa de champaña y pagó por ella cien rublos, luego tomó una taza de té y dio cien rublos más, todo ello en silencio,

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padeciendo asma… Ania llamaba a compradores y les cobraba el dinero, muy convencida ya de que sus sonrisas y sus miradas no proporcionaban a la gente más que un gran placer. Comprendió que había sido creada para esta ruidosa, brillante y alegre vida, con música, bailes, admiradores, y su antiguo miedo ante la fuerza que avanzaba amenazando aplastarla, ahora le parecía ridículo; ya no temía a nadie y sólo lamentaba la ausencia de su madre, que se hubiera alegrado junto con ella de sus éxitos.

Piotr Leontich, que ya estaba pálido, pero que se sostenía aún firmemente sobre sus piernas, se acercó a la pequeña izba y pidió una copa de coñac.

Ania se ruborizó, esperando que dijera algo impropio (sentía vergüenza de tener un padre tan pobre y tan ordinario), pero él bebió, le arrojó de su paquetito un billete de diez rublos y se alejó dignamente, sin decir una sola palabra. Poco tiempo después ella lo vio con una pareja en el grand rond y esta vez ya se tambaleaba algo y lanzaba exclamaciones, con gran confusión de su dama; Ania recordó cómo, hacía unos tres años, en un baile, su padre se había tambaleado y gritado de manera parecida, y el asunto concluyó con la llegada del subcomisario, que lo llevó a su casa a dormir y al día siguiente el director del colegio amenazó con despedirlo…

¡Qué inoportuno era aquel recuerdo!

Cuando en las pequeñas izbas se habían apagado los samovares y las fatigadas benefactoras habían entregado la ganancia a la señora de la piedra en la boca, Artynov condujo a Ania, del brazo, a la sala en que fue servida la cena para todas las participantes en la feria. Los comensales no pasaban de veinte personas, pero la cena fue muy ruidosa. Su excelencia pronunció un brindis: «En este comedor lujoso será apropiado beber una copa por el florecimiento de comedores baratos, que fueron el objeto de la feria de hoy». El general de brigada brindó «por la fuerza ante la cual afloja hasta la artillería» y todos comenzaron a colocar sus copas con las de las damas. ¡Fue una cena muy, pero que muy alegre!

Cuando a Ania la acompañaban a su casa ya amanecía y las cocineras iban al mercado. Alegre, embriagada, llena de nuevas impresiones y rendida, se desvistió, se dejó caer en la cama y se durmió enseguida…

Después de la una de la tarde la despertó la doncella, anunciándole la visita del señor Artynov. Se vistió rápidamente y fue a la sala. Poco más tarde llegó su excelencia para agradecer su participación en la feria de

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beneficencia. Dirigiéndole miradas melosas y masticando con los labios, le besó la mano, pidió permiso para visitarla otras veces y se fue, mientras que ella quedó parada en medio de la sala, sorprendida, hechizada, sin poder creer que el cambio de su vida, el asombroso cambio, hubiese ocurrido tan pronto; y en ese momento entró su marido, Modest Alekseich… Se detuvo delante de ella con la misma expresión dulzona, aduladora y respetuosa del lacayo que se ve en presencia de personas ilustres y poderosas; y con entusiasmo, con indignación, con desprecio, segura ya de que nada tenía que temer, ella le dijo, subrayando cada palabra:

—¡Váyase, imbécil!

A partir de entonces Ania no tenía ya un solo día libre, ya que, si no tomaba parte en un pic-nic, asistía a un paseo o a un espectáculo. Todas las noches regresaba al amanecer y se acostaba en la sala, en el suelo, y luego, de un modo conmovedor, contaba a todo el mundo cómo dormía bajo las flores. Necesitaba mucho dinero, pero ya no le tenía miedo a Modest Alekseich y gastaba su dinero como si fuera el suyo propio; no se lo pedía ni exigía, se limitaba a enviarle las cuentas o las esquelas: «Sírvase entregar al portador doscientos rublos» o «pague inmediatamente cien rublos».

Durante las fiestas de pascua Modest Alekseich fue condecorado con la orden de Santa Ana de segundo grado. Cuando fue a dar las gracias, su excelencia dejó de lado el diario y acomodóse en el sillón.

—De modo que usted tiene ahora tres Anas —dijo, mirándose sus blancas manos de uñas rosadas—, una en el ojal y dos colgadas al cuello.

Modest Alekseich se puso dos dedos en los labios, por cautela, para no echarse a reír en voz alta y contestó:

—Ahora lo que queda es esperar la aparición del pequeño Vladimiro.

Me atrevo a rogar a su excelencia que sea el padrino.

Aludía a la orden de San Vladimiro de cuarto grado e imaginaba ya cómo contaría en todas partes este calembour suyo tan acertado por su ocurrencia y su valentía; quería decir algo más, igualmente acertado, pero su excelencia saludó con la cabeza y volvió a sumergirse en el diario…

Entretanto, Ania continuaba con sus paseos en troika[10], iba de caza con Artynov, interpretaba papeles en piezas de un acto, salía a cenar y visitaba cada vez menos a los suyos. Éstos ahora almorzaban solos. Piotr Leontich bebía más que antes, faltaba el dinero, y el armonio hacía tiempo

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que se había vendido para pagar las deudas. Los muchachos ya no lo dejaban salir solo y lo vigilaban para que no se cayera; y cuando, durante los paseos en la calle Kievskaia, tropezaban con la troika en que iba Ania, con Artynov en el pescante, Piotr Leontich se quitaba el sombrero de copa e intentaba gritar algo, mientras Petia y Andriusha lo tomaban por los brazos y le decían en tono suplicante:

—No hagas eso, papaíto… Basta, papaíto…

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LA CORISTA

Una vez, cuando ella era más joven, más bonita y tenía más voz, Nicolay Petrovich Kolpakov, su admirador, estaba de visita en la casa de campo que ella alquilaba cerca de la ciudad. El día era muy caluroso y pesado. Kolpakov acababa de almorzar, había bebido una botella entera de Oporto, de mala calidad, y se sentía indispuesto y malhumorado.

Ambos estaban aburridos y esperaban que bajara el calor para salir a pasear.

De pronto sonó el timbre de la puerta. Kolpakov, que estaba sin levita y llevaba puestas las pantuflas, se levantó de un salto y echó a Pasha una mirada interrogativa.

—Debe de ser el cartero o, quizá, una amiga —dijo la corista. Kolpakov no se incomodaba ni ante las amigas de Pasha ni ante los

carteros, pero, por si acaso, cogió su ropa y pasó al cuarto contiguo, mientras Pasha corrió para abrir la puerta. Grande fue su sorpresa al ver que en el umbral no estaba el cartero ni tampoco una amiga suya, sino una mujer desconocida, joven, bella, bien vestida y, a todas luces, decente.

La desconocida estaba pálida y respiraba con dificultad, como si hubiera subido una alta escalera.

—¿Qué desea usted? —preguntó Pasha.

La señora no contestó enseguida. Dio un paso adelante, examinó lentamente la habitación y se dejó caer en una silla como si estuviera cansada o indispuesta; luego movió durante largo rato sus pálidos labios, tratando de pronunciar algunas palabras.

—¿Mi marido está en su casa? —preguntó al fin, alzando hacia Pasha sus grandes ojos, con los párpados enrojecidos por el llanto.

—¿Qué marido? —murmuró Pasha, y de golpe sintió tanto miedo que se le enfriaron las manos y los pies—. ¿Qué marido? —repitió, comenzando a temblar.

—Mi marido… Nicolay Petrovich Kolpakov.

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—No… no, señora… Yo… no conozco ningún marido.

Un minuto transcurrió en silencio. La desconocida se llevó varias veces el pañuelo a la boca y, para dominar el temblor interior, contenía el aliento, mientras que Pasha permanecía de pie, inmóvil, delante de ella, y la miraba con desconcierto y miedo.

—¿De modo que no está aquí? —preguntó la señora con voz firme y con una extraña sonrisa.

—No sé a quién se refiere usted.

—Es usted repugnante, infame, asquerosa… —farfulló la desconocida, observando a Pasha con repulsión y odio—. Sí, sí… asquerosa. ¡Me alegro mucho de que por fin pueda decírselo!

Pasha sintió que esta dama vestida de negro, de ojos iracundos y con dedos finos y blancos, tenía de ella una impresión muy desagradable, como de algo repelente y despreciable, y se avergonzó de sus mejillas coloradas, de su nariz picada de viruelas y del terco mechón en la frente que se resistía a los peinados. Y le pareció que si ella fuera delgada, no estuviera empolvada y no tuviera aquel mechón en la frente que se resistía a los peinados habría podido ocultar que no era una mujer decente y no hubiera tenido tanto miedo y tanta vergüenza para enfrentarse a esta dama, desconocida y misteriosa.

—¿Dónde está mi marido? —volvió a preguntar la señora—. Aunque, en realidad, me da lo mismo que esté aquí o no esté. Pero debo decirle que han descubierto un desfalco y a Nicolay Petrovich lo buscan… Quieren detenerlo. ¡He aquí lo que ha hecho usted!

La señora se levantó y presa de intensa emoción dio unos pasos por el cuarto. Pasha la miraba, pero no entendía nada a causa del miedo.

—Hoy mismo lo encontrarán y arrestarán —dijo la señora, dejando oír un breve sollozo que reflejaba la ofensa y el fastidio—. ¡Yo sé quién lo arrastró hasta esta terrible situación! ¡Asquerosa, repugnante!

¡Bestia vendible! —La señora torció los labios y frunció la nariz a causa de la repulsión—. Me encuentro impotente… escúcheme, infame mujer, me encuentro impotente, usted es más fuerte que yo, pero hay quien me defenderá a mí y a mis hijos.

¡Dios lo ve todo! ¡Él es justo! La reclamará a usted por cada lágrima mía, por todas las noches que pasé en vela. ¡Llegará el tiempo en que usted se acordará de mí!

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De nuevo sobrevino el silencio. La señora recorría la habitación, retorciéndose las manos mientras Pasha la miraba aún con torpe sorpresa, sin comprender, y esperaba de ella algo terrible.

—¡Señora, yo no sé nada! —dijo, y rompió a llorar.

—¡Miente! —gritó la señora y un brillo malicioso apareció en sus ojos

—. ¡Lo sé todo! Hace tiempo que la conozco. Sé que durante el último mes él la visitaba todos los días.

—Sí. ¿Y qué hay con eso? Me visita mucha gente, pero yo no obligo a nadie. Cada uno sabe lo que hace.

—Pero si le estoy diciendo: ¡Se ha descubierto un desfalco! Él gastó dinero que no le pertenecía. Por una… como usted, por usted decidió cometer un delito… Escúcheme —dijo la señora con un tono decidido, deteniéndose frente a Pasha—. Usted no puede tener principios, no vive sino para causar daño, éste es su propósito; pero no puedo pensar que haya caído tan bajo y que no haya quedado en usted un rastro de sentimiento humano. Él tiene mujer, hijos… Si lo condenan y mandan al exilio, mis hijos y yo nos moriremos de hambre… ¡Compréndalo! Y, sin embargo, existe un medio para salvarlo a él y a nosotros del oprobio y la miseria. Si hay un depósito de novecientos rublos lo dejarán en paz. ¡Solamente novecientos rublos!

—¿Qué novecientos rublos? —preguntó Pasha en voz baja—. Yo no sé… No he aceptado nada…

—No le pido novecientos rublos… Usted no tiene dinero y además yo no necesito lo suyo. Le pido otra cosa… A las mujeres como usted, los hombres, comúnmente, les regalan alhajas. ¡Devuélvame las que le regaló mi marido!

—Señora… ¡El señor no me regaló nada! —chilló Pasha, comenzando a comprender.

—¿Dónde está el dinero, entonces? Él gastó lo de él, lo mío y lo ajeno… ¿A dónde fue a parar todo eso? ¡Escúcheme, se lo suplico! Estuve muy indignada y le dije cosas muy desagradables, pero le pido disculpas. Usted debe de odiarme, lo sé, pero si es capaz de condolerse, comprenderá mi situación.

¡Devuélvame las alhajas, se lo suplico!

—Mm… —dijo Pasha, encogiéndose de hombros—. Con gusto lo haría, pero le juro por Dios que el señor no me dio nada. Créame. Aunque,

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espere… Tiene razón —se turbó la corista—. Una vez el señor me trajo dos cositas. Se las devolveré si usted desea…

Pasha abrió uno de los cajones de la cómoda y extrajo una pulsera de oro hueca y una pequeña sortija con un rubí.

—¡Sírvase! —dijo, ofreciendo estos objetos a la visitante.

La señora enrojeció y su cara comenzó a temblar. Se sintió ofendida. —¿Qué me ofrece usted? —dijo—. No le pido limosna, sino algo que

no le pertenece… lo que usted, aprovechando la situación, exprimió de mi marido… hombre débil y desdichado… El jueves pasado, cuando la vi junto con él en el embarcadero, usted llevaba unas pulseras y unos broches caros.

De modo que no trate de representar ante mí a un inocente corderito. Le pido por última vez: ¿me devolverá las alhajas o no?

—Por Dios, señora, lo que usted dice es muy raro… —dijo Pasha, empezando a ofenderse—. Le aseguro que de Nicolay Petrovich nunca recibí nada, aparte de esta pulsera y esta sortija. El señor solía traerme empanadas dulces.

—Empanadas dulces… —La desconocida hizo una mueca—. En casa los niños no tienen qué comer y aquí abundan las empanadas dulces. ¿Se niega usted decididamente a devolver las alhajas?

No habiendo obtenido respuesta alguna, la señora se sentó y se puso a mirar fijamente a un punto, meditando.

—¿Qué voy a hacer ahora? —musitó—. Si no consigo los novecientos rublos, él está perdido y los niños y yo también estamos perdidos. ¿Qué debo hacer? ¿Matar a esta canalla o arrodillarme ante ella?

La señora se cubrió la cara con el pañuelo y prorrumpió en sollozos. —¡Le suplico! —oíase a través de su llanto—. Usted llevó a mi marido

a la ruina y la perdición; sálvelo, pues… Usted no sentirá compasión por él, pero los niños… los niños… ¿Qué culpa tienen los niños?

Pasha vio en su imaginación a los pequeñuelos que están en la calle, llorando de hambre, y se puso a sollozar ella también.

—Pero ¿qué quiere que haga, señora? —dijo—. Usted dice que soy una canalla y que arruiné a Nicolay Petrovich, pero le juro por Dios… Le aseguro que no saco ningún provecho con él… En nuestro coro Motia es la única que tiene un protector rico; todas las demás vamos tirando, a pan y agua. Nicolay Petrovich es un señor educado y correcto, por eso lo recibía. No podemos rechazar a las visitas.

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—¡Le pido las alhajas! ¡Démelas! Estoy llorando… me humillo ante usted… ¡Me pondré de rodillas ahora mismo!

Asustada, Pasha dejó escapar un grito y agitó las manos. Sintió que esta hermosa y pálida dama, que se expresaba con tanta elegancia, como se habla en el teatro, era capaz de ponerse de rodillas ante ella a causa precisamente de su orgullo, de su dignidad, para enaltecerse a sí misma y rebajar a la corista.

—¡Está bien, le daré las alhajas! —se apresuró Pasha, secando los ojos

—. Sírvase. Pero no son de Nicolay Petrovich… Las recibí de otras visitas. Sírvase…

Pasha abrió el cajón superior de la cómoda, sacó un prendedor de diamantes, una hilera de corales, varias sortijas, un brazalete, y entregó todo ello a la dama.

—Llévelas, si quiere, pero de su marido no he tenido nada. ¡Llévelas y que le aprovechen! —prosiguió Pasha, ofendida por aquella amenaza de arrodillarse—. Y si usted es una dama respetable y su legítima esposa ¿por qué entonces no lo tiene a su lado?

Yo no lo llamé, él mismo vino a verme…

La señora examinó, a través de las lágrimas, los objetos que le fueron entregados y manifestó:

—Esto no es todo. No llegará ni a quinientos rublos.

Pasha sacó bruscamente de la cómoda un reloj de oro, una cigarrera y un par de gemelos y dijo, haciendo un amplio ademán con las manos:

—No me queda nada más… Puede revisar los muebles si quiere.

La visitante dejó oír un suspiro, con manos temblorosas envolvió las alhajas en un pañuelo y, sin decir una palabra, sin saludar siquiera con la cabeza, salió de la casa.

Se abrió la puerta del cuarto contiguo y entró Kolpakov. Estaba pálido y sacudía la cabeza nerviosamente como si acabara de tragar unas píldoras muy amargas; en sus ojos brillaban las lágrimas.

—¿Qué alhajas me ha regalado usted? —le increpó Pasha—. ¿Cuándo me las trajo, si se puede saber?

—Alhajas… ¡No se trata de eso! —replicó Kolpakov y sacudió la cabeza—. ¡Dios mío! Ella lloró y se humilló ante ti…

—Le estoy preguntando: ¿qué cosas me ha regalado usted? —gritó Pasha.

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—Dios mío, ella, tan decente, orgullosa, pura… quería ponerse de rodillas ante esta… ¡ante esta mujerzuela! ¡Y yo fui causante de ello! ¡Permití que las cosas llegaran hasta ahí!

Kolpakov se agarró la cabeza y gimió:

—¡No, no me lo perdonaré nunca! ¡Jamás! ¡Apártate de mí… basura! —gritó con asco, retrocediendo y empujando a Pasha con manos temblorosas—. Ella quería arrodillarse y… ¿delante de quién? Delante de ti… ¡Dios mío!

Se vistió de prisa y, eludiendo a Pasha con aprensión, se dirigió hacia la puerta y salió.

Pasha se acostó y se echó a llorar en voz alta. Ya tenía lástima por las alhajas que había entregado impulsivamente y se sentía ofendida. Luego recordó cómo, tres años antes, un comerciante la había pegado sin motivo alguno, y lloró aún más fuerte.

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AMORCITO

Oleñka, la hija del asesor de colegio[11] retirado Plemiannikov, estaba sentada, pensativa, en un peldaño del pórtico, en el patio de su casa. Hacía calor, las moscas insistían en molestar y resultaba agradable pensar que la noche ya estaba cerca. Desde el este avanzaban oscuras nubes y, de vez en cuando, llegaba una brisa húmeda.

De pie, en medio del patio, mirando al cielo, estaba Kukin, empresario del parque de diversiones Tívoli, quien se hospedaba en un pabellón de la casa.

—¡Otra vez! —decía con desesperación—. ¡Otra vez habrá lluvia! ¡Todos los días llueve, todos los días! Como si fuera a propósito… ¡Es la muerte!

¡Es la ruina! ¡Todos los días tengo tremendas pérdidas!

Agitó los brazos y prosiguió, dirigiéndose a Oleñka:

—Ya ve usted, Olga Semionovna, cómo es nuestra vida. ¡Es para llorar! Uno trabaja, se afana, sufre, no duerme de noche, pensando en la manera de mejorar las cosas y todo ¿para qué? Por un lado, es el público, ignorante y salvaje. Le doy la mejor opereta, la magia, excelentes cupletistas, pero ¿le interesa eso acaso? ¿Lo entiende acaso? No, lo que el público necesita es un teatro de feria. ¡Quiere vulgaridades! Por otro lado, mire usted el tiempo. Casi todas las noches llueve. Desde que empezó, el diez de mayo, siguió lloviendo sin parar todo el mes de mayo y luego también en junio, ¡es algo terrible! El público no viene, y sin embargo el arrendamiento, ¿lo pago o no? A los actores, ¿les pago o no?

Al atardecer del día siguiente el cielo volvió a nublarse y Kukin decía con risa histérica:

—¡Muy bien!… ¡Que llueva! ¡Que se inunde todo el parque y que me ahogue allí mismo! Ya sé que no voy a tener suerte en este mundo ni tampoco en el otro… ¡Que los actores me demanden ante el juzgado! ¡Que

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me manden a Siberia a los trabajos forzados! ¡Que me lleven al cadalso!

¡Ja, ja, ja!

Al tercer día sucedió lo mismo…

Oleñka escuchaba a Kukin en silencio, con expresión seria, y a veces las lágrimas asomaban a sus ojos. Al final, las desgracias de Kukin la conmovieron y terminó enamorándose de él. Era flaco, de baja estatura, con cara amarilla y el cabello peinado sobre las sienes; hablaba con una débil vocecita de tenor y al hablar torcía la boca; en su cara siempre estaba reflejada la desesperación; y a pesar de todo, suscitó en Oleñka un sentimiento auténtico y profundo. Constantemente, ella amaba a alguien y no podía vivir sin ello. Antes amaba a su papá, que ahora estaba enfermo y pasaba el tiempo sentado en su sillón, a oscuras, respirando con dificultad; luego amaba a su tía, que vivía en Briansk y los visitaba una vez cada dos años; y antes aun, cuando era alumna del colegio, amaba a su profesor de francés. Era una señorita apacible, bondadosa y compasiva, de mirada mansa y tierna; tenía buena salud. Mirando sus llenas y sonrosadas mejillas, su blanco y suave cuello, que tenía un lunar, su ingenua y bondadosa sonrisa, que aparecía en su rostro cuando ella escuchaba algo agradable, los hombres pensaban: «Sí, no está mal…» y sonreían también, mientras que las damas no podían contenerse y, en plena conversación, la asían de la mano y exclamaban, contentas:

—¡Amorcito!

La casa que habitaba desde el día de su nacimiento y que en el testamento estaba anotada a su nombre, se hallaba en un extremo de la ciudad, en el arrabal gitano, cerca del parque Tívoli; por las noches, al oír la música y el estallido de los cohetes, ella imaginaba a Kukin desafiando a su destino y acometiendo en un ataque frontal contra su principal enemigo: el indiferente público; su corazón latía con dulce ansiedad, ahuyentando el sueño, y cuando él, a la madrugada, regresaba a casa, ella, desde su dormitorio, golpeaba suavemente en la ventana y le sonreía con cariño, sin mostrarle, a través de las cortinas, más que la cara y un hombro…

Él pidió su mano y se casaron. Y cuando vio mejor su cuello y sus hombros redondeados y sanos, levantó los brazos y exclamó:

—¡Amorcito!

Era dichoso, pero como llovió el día de la boda y también por la noche, su rostro no cesaba de trasuntar un aire de desesperación.

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Después de la boda las cosas marcharon bien. Ella atendía la caja, vigilaba el orden en el parque, anotaba los gastos, se ocupaba de pagar los sueldos, y sus mejillas rosadas, junto con su ingenua y radiante sonrisa, aparecían fugazmente ya en la ventanilla de la boletería, ya entre bastidores, ya en el bufet. Y ya empezaba a decir a sus conocidos que lo más notable, lo más importante y lo más necesario que había en el mundo era el teatro y que sólo en el teatro uno podía obtener el gozo auténtico y llegar a ser culto y humano.

—Pero ¿acaso el público es capaz de entenderlo? —decía ella—. Lo que él necesita es teatro de feria.

Anoche poníamos en escena Fausto al revés y casi todos los palcos estaban vacíos; si Vanechka y yo hubiéramos ofrecido alguna obra vulgar, puedes estar seguro, el teatro habría estado repleto. Mañana Vanechka y yo representaremos Orfeo en los infiernos.

¡Venga usted también!

Todo lo que Kukin decía sobre el teatro y los actores, lo repetía ella también. Igual que él, despreciaba al público por su indiferencia hacia el arte y por su ignorancia; intervenía en los ensayos, dando indicaciones a los actores; vigilaba la conducta de los músicos, y cuando el periódico local publicaba alguna nota desfavorable al teatro, ella lloraba y más tarde iba a la redacción a pedir explicaciones.

Los actores la querían y la llamaban «Amorcito» y «Vanechka y yo»; a su vez ella los compadecía y les daba pequeños préstamos, y cuando la engañaban a veces, lloraba a escondidas, sin quejarse a su marido.

También en invierno las cosas marchaban bien.

Arrendaron el teatro de la ciudad por toda la temporada y lo alquilaban por períodos breves ya al elenco ucraniano, ya al prestidigitador, ya a los aficionados locales. Oleñka engordaba y resplandecía de satisfacción, mientras que Kukin se tornaba más flaco y más amarillo y se quejaba de las tremendas pérdidas, aunque durante todo el invierno las cosas iban bastante bien. Por las noches tosía y ella le hacía beber té de frambuesa y de tilo, le frotaba el pecho con agua de colonia y lo envolvía en sus suaves chales.

—¡Lindo mío! —le decía con absoluta sinceridad, alisándole los cabellos—. ¡Lindito mío!

Durante la cuaresma Kukin viajó a Moscú para formar la compañía y ella no podía dormir sin él y pasaba las noches junto a la ventana, mirando

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las estrellas. En aquellos momentos se comparaba con las gallinas, que tampoco duermen de noche y se sienten intranquilas si el gallo no está en el gallinero. Kukin se demoró en Moscú, le escribió que pensaba volver para la Semana Santa y en sus cartas ya hacía disposiciones con respecto a Tívoli. Pero en víspera del Lunes Santo, a avanzadas horas de la noche, resonaron de repente lúgubres golpes en el portón; alguien golpeaba el postigo y éste retumbaba como un tonel: ¡bum! ¡bum! ¡bum! La somnolienta cocinera corrió a abrir la puerta, chapoteando en los charcos con los pies descalzos.

—¡Abra, por favor! —decía del otro lado del portón una sorda voz de abajo—. ¡Un telegrama!

También antes Oleñka recibía telegramas de su marido, pero esta vez, sin saber por qué, se quedó atónita. Con manos temblorosas abrió el telegrama y leyó lo siguiente:

«Iván Petrovich falleció hoy súbitamente coratán esperamos disposiciones tepelio martes».

Así estaba en el telegrama: «tepelio» y una palabra incomprensible, «coratán»; la firma era del director de la compañía de operetas.

—¡Palomito mío! —exclamó entre sollozos Oleñka—. ¡Vanechka, querido mío! ¿Para qué te habré encontrado? ¿Para qué te habré conocido y amado? Y ¿por qué dejaste sola a tu pobre y desgraciada Oleñka?

El sepelio de Kukin se realizó el martes, en Moscú, en el cementerio de Vagañkovo; Oleñka regresó a casa el miércoles y apenas entró en su dormitorio cayó sobre la cama y comenzó a llorar en voz tan alta que se la oía en la calle y en las casas vecinas.

—¡Amorcito! —decían las vecinas, persignándose—. Amorcito, Olga Semionovna, ¡cómo se desespera la pobre!

Tres meses después, Oleñka regresaba un día de misa, triste, vestida de riguroso luto. Por casualidad, caminaba a su lado un vecino suyo, Vasily Andreich Pustovalov, encargado del depósito de maderas del mercader Babakaiev. También él salía de la iglesia; llevaba un sombrero de paja y un chaleco blanco con cadenita de oro, y más parecía un terrateniente que un comerciante.

—Cada cosa tiene su orden, Olga Semionovna —decía en tono reposado y con compasión en su voz—. Si alguno de nuestros íntimos se muere es porque Dios lo desea así, y en estos casos debemos recordarlo y resignarnos.

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Después de acompañar a Oleñka hasta la puerta de su casa, él se despidió y siguió su camino. Durante el resto del día, su reposada voz resonó en los oídos de Oleñka y apenas cerraba ella los ojos se le aparecía su oscura barba. Por lo visto, ella a su vez le causó impresión, ya que poco tiempo después fue a visitarla una señora de edad, a quien ella apenas conocía y quien, no bien se había sentado a la mesa, se puso a hablar sin tardanza acerca de Pustovalov, en el sentido de que era una persona buena y seria y que cualquier mujer estaría muy contenta, casándose con él. Tres días más tarde el mismo Pustovalov le hizo una visita; se quedó poco tiempo, unos diez minutos, y habló poco, pero Oleñka lo quería ya, lo quería tanto, que no pudo pegar ojo en toda la noche, ardía como si tuviera fiebre y a la mañana siguiente mandó llamar a la señora de edad. Al cabo de poco tiempo se comprometieron; luego celebraron la boda.

Después del casamiento las cosas marcharon bien.

Habitualmente él permanecía en el depósito de maderas hasta la hora de almorzar, luego iba a hacer diligencias y lo reemplazaba Oleñka, quien quedaba en la oficina hasta la noche, escribiendo las cuentas y despachando las mercaderías.

—El precio de la madera sube ahora cada año un veinte por ciento — decía ella a los compradores y a sus conocidos—. Figúrese, antes vendíamos maderas locales, pero ahora Vanechka tiene que viajar todos los años a las provincias de Moguilev para buscar madera. ¡Y qué tarifas! —exclamaba, cubriéndose ambas mejillas con las manos, en señal de terror—. ¡Qué tarifas!

Le parecía que desde tiempos remotos se dedicaba a comerciar en madera, que lo más importante y lo más necesario en la vida era la madera y que había algo íntimo y conmovedor en las palabras: viga, estaca, tabla, listón, alfarjía, rollizo, tirantillo, costero… Por las noches soñaba con montañas enteras de tablones y de tirantes; con interminables caravanas de carros que transportaban madera a largas distancias; soñaba que todo un regimiento de troncos, del tamaño de doce por cinco, atacaba el depósito de madera en una acción de guerra, y que los troncos, las vigas y los costeros se golpeaban, emitiendo el sonoro ruido de madera seca; todos caían y de nuevo se levantaban encaramándose unos sobre otros; Oleñka dejaba escapar un grito y se despertaba, mientras Pustovalov le decía con ternura:

—Oleñka, ¿qué tienes, querida? ¡Persígnate!

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Sus pensamientos eran los mismos que los de su marido. Si él opinaba que en la habitación hacía calor o que los negocios marchaban con cierta lentitud, lo mismo pensaba ella. Su marido no era afecto a las diversiones y en los días festivos se quedaba en casa; ella hacía lo mismo.

—Ustedes siempre están en casa o en la oficina —les decían sus conocidos—. ¿Por qué no van alguna vez al teatro o al circo?

—Vanechka y yo no tenemos tiempo para ir al teatro —respondía ella con dignidad—. Somos gente de trabajo y no estamos para estas cosas. Y además, ¿qué hay de bueno en estos teatros?

Los sábados iban a oír Las Vísperas, los días de fiesta a misa y, regresando de la iglesia, caminaban juntitos, con rostros enternecidos; los dos olían bien y el vestido de seda de ella producía un agradable murmullo; en casa tomaban té con pan de leche y con toda clase de dulces, luego comían un pastel. Todos los días, a mediodía, en el patio de la casa y aun en la calle flotaba un sabroso olor a borsch[12], cordero asado o pato; en los días de vigilia olía a pescado y no se podía pasar cerca del portón sin sentir ganas de comer. El samovar en la oficina siempre estaba con agua hirviente y a los clientes se les convidaba con té y rosquillas. Una vez por semana los esposos iban a la casa de baños y volvían caminando juntitos, los dos con rostros colorados.

—Estamos bien, gracias a Dios —decía Oleñka a sus conocidos—. ¡Ojalá que todos vivan como nosotros!

Cuando Pustovalov partía a la provincia de Moguilev para traer madera, ella lo extrañaba mucho, no podía dormir por las noches, lloraba. A veces la visitaba el veterinario militar Smirnin, hombre joven, que alquilaba un pabellón de su casa. Le contaba alguna historia o jugaba con ella a los naipes y esto la divertía. Especialmente interesantes resultaban los relatos de su propia vida familiar; estaba casado y tenía un hijo, pero se hallaba separado de su mujer porque ella lo había engañado; ahora la odiaba y le enviaba mensualmente cuarenta rublos para la manutención del niño. Escuchándolo, Oleñka suspiraba y meneaba la cabeza, y sentía lástima por él.

—¡Que Dios guarde a usted! —decía, despidiéndolo, mientras lo acompañaba con la bujía hasta la escalera—. Gracias por haber compartido mi aburrimiento y que la Reina de los cielos le dé a usted mucha salud…

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Imitando a su marido, se expresaba siempre en forma digna y juiciosa; el veterinario desaparecía detrás de la puerta, cuando ella lo llamaba para decir:

—Sabe, Vladimir Platonich, debería usted hacer las paces con su mujer. Debería perdonarla, aunque sea por el hijo… El chico, seguramente, ya entiende todo.

Y cuando regresaba Pustovalov, le contaba a media voz acerca del veterinario y de su desdichada vida familiar, y los dos suspiraban, meneando la cabeza, y hablaban sobre el chico, que, seguramente, extrañaba a su padre; luego, por un extraño correr del pensamiento, ambos se colocaban ante los iconos y, haciendo profundas reverencias, rogaban a Dios que les mandara hijos.

Y así vivieron los Pustovalov en paz, en amor y en completa concordia durante seis años. Pero una vez, en invierno, Vasily Andreich, después de beber té caliente en el depósito, salió sin la gorra a despachar madera, cogió frío y cayó enfermo. Lo atendían los mejores médicos de la ciudad, pero la enfermedad se impuso y él murió al cabo de cuatro meses. Y de nuevo Oleñka quedó viuda.

—¿Por qué me has abandonado, palomito mío? —sollozaba después del entierro—. ¿Cómo voy a vivir ahora sin ti, sola y desgraciada? Buena gente, tengan piedad de mí que soy una huérfana…

Llevaba vestido negro con crespones y desechó para siempre el sombrerito y los guantes; salía pocas veces y sólo lo hacía para ir a la iglesia o a visitar la tumba de su marido; vivía en su casa como una monja. Y sólo al transcurrir seis meses, se quitó los crespones y comenzó a abrir los postigos de las ventanas. A veces se la veía ir al mercado con su cocinera, pero cómo vivía ahora en su casa y qué pasaba ahora allí, de eso sólo podían hacerse conjeturas. Algunos, por ejemplo, adivinaban algo porque la habían visto tomar el té en su pequeño jardín, en compañía del veterinario, quien le leía el periódico en voz alta, y aun porque, al encontrarse en el correo con una dama conocida, Oleñka le había dicho:

—Nuestra ciudad carece de un adecuado control veterinario y ésta es la causa de muchas enfermedades. En todo momento se oye hablar de que la gente se enferma por causa de la leche y porque se contagian de los caballos y de las vacas. En realidad, hay que cuidar la salud de los animales domésticos de la misma manera como se cuida la de las personas.

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Repetía las ideas del veterinario y sobre cualquier asunto tenía ahora la misma opinión que tenía él. Era evidente que no podía pasar ni siquiera un año sin cariño y que encontró su nueva dicha en una ala de su propia casa. A otra mujer en su lugar la hubieran juzgado con severidad, pero nadie podía pensar mal de Oleñka, pues todo era muy claro en su vida. Ni ella ni el veterinario revelaban a nadie el cambio que se había operado en sus relaciones; más aun, trataban de ocultarlo, pero no lo lograban, ya que Oleñka no podía tener secretos.

Cuando lo visitaban los colegas del regimiento, ella, sirviéndoles el té o la cena, se ponía a hablar de la peste de los vacunos, de la perlesía, de los mataderos de la ciudad, mientras que él se sentía terriblemente confundido y, una vez retirados los visitantes, la cogía por la mano y le susurraba, enojado:

—¡Te he pedido ya que no hables de lo que no entiendes! Cuando los veterinarios conversamos entre nosotros, hazme el favor de no entrometerte. ¡Al final, esto ya resulta tedioso!

Ella lo miraba, sorprendida y alarmada, y le preguntaba:

—Volodechka ¿y de qué quieres que hable?

Y lo abrazaba, con lágrimas en los ojos, suplicándole que no se enojara, y ambos eran dichosos.

Empero, esta dicha no fue larga. El veterinario se había ido junto con su regimiento, se había ido para siempre, ya que el regimiento había sido trasladado muy lejos, poco menos que a Siberia. Y Oleñka quedó sola.

Esta vez estaba ya completamente sola. Su padre hacía tiempo ya que había muerto y su sillón se hallaba tirado en el desván, cubierto de polvo y con una pata menos. Ella estaba más delgada y menos bella, y en la calle los transeúntes ya no la miraban como antes ni le sonreían; por lo visto, habían pasado ya sus mejores años, se había quedado atrás, y comenzaba ahora una nueva vida desconocida, en la cual mejor era no pensar. Al anochecer, Oleñka se sentaba en el pórtico y desde el Tívoli llegaba a sus oídos la música y el estallido de los cohetes pero eso ya no suscitaba en ella ninguna clase de ideas. Paseaba su mirada indiferente por el patio vacío, sin pensar ni desear nada, y luego, al llegar la noche, iba a dormir; en los sueños se le aparecía su patio desierto. Comía y bebía como por obligación.

Pero lo fundamental, y lo peor, era no tener ninguna opinión. Ella veía los objetos que la rodeaban y comprendía todo lo que pasaba alrededor de

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ella, pero no podía formar su opinión sobre ningún asunto ni sabía tampoco de qué hablar. ¡Y qué terrible resulta no tener ninguna opinión! Se ve, por ejemplo, una botella en pie, o si está lloviendo, o bien un mujik está viajando en su carro, pero para qué está allí la botella o la lluvia, o el mujik y qué sentido tienen, eso ni se sabe ni se sabría explicar, aunque le dieran a uno mil rublos. En los tiempos de Kukin y de Pustovalov y más tarde con el veterinario Oleñka podía explicarlo todo y hubiera podido dar su opinión sobre cualquier asunto, ahora, en cambio, sus pensamientos y su corazón estaban tan desiertos como su patio. Y sentía miedo y amargura, como si hubiera comido ajenjo hasta hartarse.

Poco a poco, la ciudad se ensanchaba en todas direcciones; el arrabal gitano era una calle, y en el sitio donde antes tenían ubicación el parque Tívoli y los depósitos de madera, crecieron edificios y se formó una red de callejuelas. ¡Cuán rápido corre el tiempo! La casa de Oleñka se tornó más oscura, el techo está oxidado, el cobertizo tiende a inclinarse hacia un costado y todo el patio exterior se halla cubierto de maleza y de ortigas. La misma Oleñka está más vieja y más fea; en verano permanece sentada en el pórtico, y su alma, igual que antes, está vacía; sólo hay en ella un tedio y un leve sabor a ajenjo. En invierno ella se queda sentada junto a la ventana, contemplando la nieve. Y cuando llega un soplo de primavera, cuando el viento trae el tañido de las campanas de la catedral, y los recuerdos del pasado de golpe invaden su mente, su corazón se oprime con dulzura y le hace derramar abundantes lágrimas, pero sólo por un instante; luego vuelve el vacío y uno no sabe para qué vive. Bryska, la gatita negra, buscando mimos, ronronea suavemente, pero estas caricias gatunas no conmueven a Oleñka. ¿Acaso es esto lo que ella necesita? Si tuviera un amor que se apoderara de todo su ser, su alma, su mente; que le diera ideas, dirección a su vida; que calentara su sangre aletargada… Y ella echa a la negra Bryska de sus rodillas, diciéndole con fastidio:

—Vete, vete… ¡Nada tienes que hacer aquí!

Y así día tras día, año tras año, sin ninguna alegría y sin ninguna opinión. Con lo que decía Mavra, la cocinera, estaba ya todo dicho.

Al anochecer de un caluroso día de julio, cuando por la calle arreaban un rebaño y nubes de polvo llenaban el patio, de pronto alguien golpeó en el portón. Oleñka misma fue a abrir y apenas miró al visitante quedó atónita: en la calle estaba el veterinario Smirnin, ya canoso y vestido de civil. De repente ella recordó todo y, sin poder contenerse, rompió a llorar

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y apoyó la cabeza sobre el pecho de él; sin decir una palabra, presa de una fuerte agitación, no se dio cuenta cómo habían entrado en la casa y cómo se habían sentado a la mesa para tomar el té.

—¡Palomito mío! —murmuraba, temblando de alegría—. ¡Vladimir Platonich! ¿De dónde lo trae Dios?

—Quiero instalarme aquí definitivamente —contaba él—. Pasé a retiro y quiero probar suerte aquí; anhelo una vida libre y estable. Además, ha llegado el momento de mandar a mi hijo al colegio de secundaria. Ha crecido. Me he reconciliado con mi mujer ¿sabe?

—¿Y dónde está ella? —preguntó Oleñka.

—Está en una hostería, junto con mi hijo, mientras yo ando buscando un apartamento.

—Dios mío, ¿y por qué no toma mi casa? ¿Acaso no sirve para vivir? Ay Dios, si yo no pienso cobrarles… —se agitó Oleñka y volvió a llorar

—. Ustedes vivirán aquí… para mí es suficiente el pabellón. ¡Qué alegría, Dios mío!

Al día siguiente ya estaban pintando el techo y blanqueando las

paredes de la casa y Oleñka, en jarras, andaba por el patio dando órdenes. Su rostro estaba iluminado por su antigua sonrisa, y toda ella parecía animada y remozada, como si se hubiera despertado de un largo sueño. Llegó la mujer del veterinario, una dama flaca y fea, de cabellos cortos y cara caprichosa, acompañada de Sasha, un niño regordete, de claros ojos azules, con hoyuelos en las mejillas, y cuya poca estatura no correspondía a su edad (tenía nueve años cumplidos). Y apenas entró en el patio, el chicuelo se puso a correr tras la gata y no tardó en oírse su risa alegre.

—¡Tía!… ¿Es suya esta gata? —preguntó a Oleñka—. Cuando tenga crías, regálenos, por favor, un gatito. A mamá le dan mucho miedo los ratones.

Oleñka conversó con él, le hizo tomar el té y sintió de repente que entraba un calor agradable en su pecho y que su corazón se oprimía dulcemente como si el chiquillo fuese su hijo. Y cuando, por la tarde, él estaba haciendo los deberes en el comedor, ella lo miraba con ternura, susurrando:

—Palomito mío… lindito… ¡Chiquillo mío, qué inteligente que eres, qué blanquito!

—Se llama isla una porción de tierra —leyó el chico— rodeada de agua por todas partes.

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—Se llama isla una porción de tierra… —repitió ella, y era esta la primera opinión suya expresada con seguridad, después de tantos años de silencio y de vacío en la mente.

Y ya tenía sus opiniones y durante la cena conversaba con los padres de Sasha acerca de las dificultades que los niños tenían ahora para estudiar en los colegios, recalcando que, a pesar de todo, la instrucción clásica era mejor que la profesional, por cuanto el colegio ofrecía todas las perspectivas: uno podía estudiar luego lo mismo para médico que para ingeniero.

Sasha empezó a ir al colegio. Su madre había ido a Karkov, para visitar a su hermana y no volvía; su padre partía todos los días a inspeccionar rebaños y solía pasar afuera varios días, y le parecía a Oleñka que Sasha quedaba completamente abandonado, que era un extraño en casa de sus padres y que se moría de hambre; y ella lo trasladó a su pabellón y lo acomodó allí en una pequeña habitación.

Hace ya medio año que Sasha vive en su casa.

Todas las mañanas Oleñka entra en su cuarto, el niño duerme profundamente, sin respirar, apoyando la mejilla en una mano. Le da lástima despertarlo.

—¡Sasheñka, Sasheñka! —le dice tristemente—. ¡Levántate, palomito! Es hora de ir al colegio.

El muchacho se levanta, se viste, dice una oración y se sienta a tomar el té; bebe tres vasos de té y come dos rosquillas y la mitad de un pan francés con manteca. Aún no se ha despertado del todo y está de mal humor.

—Sasheñka, no conoces la fábula de memoria; no la has aprendido bien —dice Oleñka y lo mira de tal manera, como si lo despidiera para un largo camino—. Estoy preocupada por ti. Trata de estudiar bien, palomito… Hay que obedecer a los profesores.

—¡Ya lo sé, ya lo sé! —dice Sasha.

Luego él va por la calle al colegio, pequeñito, pero con una gorra grande y con un cartapacio a la espalda. Tras él camina sigilosamente Oleñka.

—¡Sasheñkaa! —lo llama.

Él se vuelve y ella le pone en la mano un dátil o un caramelo. Al doblar por el callejón en que está el colegio, el chico siente vergüenza de ser acompañado por una mujer alta y corpulenta; vuelve la cabeza y dice:

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—Regresa a casa, tía; a partir de aquí ya llegaré solo.

Ella se detiene y lo sigue con la mirada, sin pestañear hasta que el chicuelo desaparece en la entrada del colegio. ¡Ah, cómo lo quiere! Entre sus cariños anteriores ninguno había sido tan profundo; nunca su alma se había sometido de manera tan desinteresada, tan abnegada y tan placentera como ahora, al tomar cada vez más incremento su sentimiento maternal. Por este chiquillo, que le era extraño, por los hoyuelos de sus mejillas, por su gorra, ella daría su vida, la daría con satisfacción, con lágrimas de alegría. ¿Por qué? Vaya uno a saber por qué…

Después de acompañar a Sasha al colegio, regresa a casa, sin apresurarse, satisfecha, sosegada, llena de amor; su rostro, rejuvenecido en el último año y medio, sonríe, radiante; los transeúntes, mirándola, sienten satisfacción y le dicen:

—¡Buenos días, Olga Semionovna! ¿Cómo le va, amorcito?

—Ahora ya no es tan fácil estudiar en el colegio —cuenta ella en el mercado—. Figúrese, ayer, en primer año mandaron tantos deberes: una traducción del latín, un problema y una fábula de memoria… ¿Acaso es fácil para un chico?

Y ella se pone a hablar de los deberes, de los profesores, de los manuales, diciendo lo mismo que dice Sasha.

Después de las dos almuerzan juntos; al anochecer, juntos hacen los deberes y lloran. Acostándolo en la cama, lo santigua largamente y susurra una oración; luego, acostada ella misma, piensa en aquel lejano y nebuloso futuro en que Sasha, terminados sus estudios, será algún día médico o ingeniero, tendrá una gran casa propia, caballos y carruajes; se casará y tendrá hijos… Ella se duerme, pensando siempre en lo mismo, y de sus ojos cerrados se asoman las lágrimas y se deslizan lentamente por las mejillas. Y la gatita negra está recostada cerca de ella y ronronea:

—Mur… mur… mur…

De repente se oyen fuertes golpes en el portón.

Oleñka se despierta y el miedo le corta la respiración; su corazón late con fuerza. Pasa medio minuto y vuelven a resonar los golpes.

«Debe de ser un telegrama de Karkov —piensa ella y todo su cuerpo empieza a temblar—. La madre quiere que Sasha vaya a vivir con ella, en Karkov… ¡Dios mío!».

Está presa de desesperación; la cabeza, los pies y las manos se le ponen fríos y, al parecer, en todo el mundo no hay persona más desdichada

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que ella.

Pero transcurre un minuto más, se oyen voces: es el veterinario que regresó del club.

«Ah bueno, no es nada, gracias a Dios», piensa ella.

Poco a poco cae el peso de su corazón y vuelve a sentirse bien; se acuesta y piensa en Sasha, quien duerme profundamente en la habitación vecina y, de vez en cuando, dice en sueños: —¡Te voy a dar! ¡Vete! ¡No me toques!

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ZINOCHKA

Un grupo de cazadores pernoctaba en una izba, tendidos sobre el heno fresco. La luna asomábase por las ventanas; en la calle un acordeón lanzaba sus tristes quejidos y el heno exhalaba su olor dulzón y algo excitante. Los cazadores hablaban de perros, de mujeres, de primer amor, de las chochas. Una vez que fueron contadas las costillas de todas las señoras conocidas y relatados un centenar de chistes, el más grueso de los cazadores, que en la oscuridad semejaba un montón de heno y que hablaba con la espesa y baja voz de un oficial de estado mayor, bostezó ruidosamente y dijo:

—No es gran cosa eso de ser amado: ¿Para qué están creadas las damas si no para amarnos? En cambio, señores, ¿quién de ustedes fue alguna vez odiado, odiado con pasión, con rabia? ¿Alguno de ustedes pudo observar los arrebatos del odio? ¿Eh?

No hubo respuesta.

—¿Nadie, señores? —preguntó el bajo oficial—. Pues yo sí fui odiado; odiado por una joven bonita y pude observar sobre mí mismo los síntomas del primer odio. Primer odio, señores, ya que aquello era justamente lo contrario de un primer amor. Por lo demás, lo que ahora voy a contarles ocurrió cuando yo nada entendía aún de amor ni de odio.

Tenía yo entonces unos ocho años, pero eso es lo de menos: en esta historia, señores, no es él quien importa, sino ella. Pues bien, pido atención. Durante un hermoso atardecer de verano, antes de ponerse el sol, poco tiempo antes de acabar el Instituto, mi institutriz Zinochka, una criatura poética y muy agradable, y yo estábamos estudiando en el cuarto de los niños. Zinochka miraba, distraída, por la ventana y decía:

»—Bueno. Nosotros inspiramos oxígeno. Dígame ahora, Petia, ¿qué es lo que espiramos?

»—Anhídrido carbónico —contestaba yo, mirando por la misma ventana.

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»—Bien —asentía Zinochka—. Pero las plantas hacen lo contrario; inspiran anhídrido carbónico y espiran oxígeno. El anhídrido carbónico se encuentra en el agua gaseosa de Seltz y en el tufo del samovar… Es un gas muy dañino. Cerca de Nápoles existe la llamada Gruta del Perro, que contiene anhídrido carbónico; cuando dejan entrar en ella a un perro, éste muere asfixiado.

»Esta malhadada Gruta del Perro, cerca de Nápoles, constituye una sabiduría en química que ninguna institutriz se atrevería a sobrepasar. Zinochka defendía siempre calurosamente la utilidad de las ciencias naturales, pero era poco probable que supiera de química alguna otra cosa aparte de aquella gruta.

»Me lo hizo repetir. Lo repetí. Me preguntó qué era el horizonte. Le respondí. Y mientras nosotros masticábamos el horizonte y la gruta, en la calle mi padre se disponía a partir para la caza. Los perros aullaban; los caballos piafaban, impacientes, y coqueteaban con los cocheros; los criados llenaban la calesa con paquetes y enseres de todas clases. Junto a la calesa estaba la lineika[13] a la que subían mi madre y mis hermanas para ir a la casa de los Ivanitsky, donde se festejaba un cumpleaños. Sólo quedábamos en casa Zinochka, mi hermano mayor, estudiante, que tenía dolor de muelas, y yo. ¡Pueden imaginarse ustedes mi envidia y mi aburrimiento!

»—¿Qué inspiramos, pues? —preguntó Zinochka, mirando por la ventana.

»—Oxígeno…

»—Sí. En cuanto al horizonte, es el sitio donde, según nos parece, la tierra se junta con el cielo…

»Pero he aquí que la calesa se puso en marcha y tras ella la lineika… Vi cómo Zinochka sacó del bolsillo una esquelita, la estrujó convulsivamente y la apretó contra su sien; luego se puso colorada y miró al reloj.

»—Recuerde, entonces —me dijo—, que cerca de Nápoles se encuentra la llamada Gruta del Perro… —volvió a mirar el reloj y prosiguió—: donde nos parece que el cielo se junta con la tierra…

»La pobrecilla, presa de gran agitación, dio unos pasos por el cuarto y una vez más miró el reloj.

Hasta el final de nuestra lección faltaba más de media hora.

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»—Ahora la aritmética —dijo, respirando pesadamente y hojeando el manual de problemas con mano temblorosa—. Aquí tiene… Resuelva el problema número 325, mientras yo… enseguida volveré…

»Ella salió. La oí bajar corriendo por la escalera y luego vi por la ventana su vestido celeste atravesar vertiginosamente el patio exterior y desaparecer por la puertecilla que daba al jardín. La rapidez de sus movimientos, el color de sus mejillas y su agitación me intrigaron. ¿A dónde había corrido y para qué? Al tener una inteligencia superior a mi edad, muy pronto lo comprendí todo: ella corrió al jardín para, aprovechando la ausencia de mis severos padres, meterse en el cerezal y acometer contra las frambuesas. Y si era así, ¿por qué no podía yo hacer lo mismo, caramba? Tiré el manual de problemas y corrí al jardín. Pero junto a los cerezos ya no había nadie. Pasando los arbustos de frambuesa y de grosella, por delante de la choza del sereno, ella atraviesa el huerto y se dirige al estanque, pálida, estremeciéndose al menor ruido.

La sigo sigilosamente y veo, señores, lo siguiente: en la orilla del estanque, entre los gruesos troncos de dos viejos sauces, está parado mi hermano mayor, Sasha; en su cara no se nota ningún dolor de muelas. Ve acercarse a Zinochka y toda su figura irradia felicidad. Mientras que Zinochka, como si la empujaran a la Gruta del Perro y obligaran a inspirar anhídrido carbónico, camina hacia él respirando con dificultad, apenas levantando los pies y con la cabeza echada para atrás… Según todos los indicios, es la primera vez en su vida que ella va a un rendez-vous. Se acerca ya… Durante medio minuto ellos se miran en silencio, como si no creT2Nyeran en sus propios ojos. Luego una fuerza extraña empuja a Zinochka por la espalda, ella pone las manos sobre los hombros de Sasha e inclina su cabecita sobre el chaleco de éste. Sasha se ríe, farfulla algo incoherente y con la torpeza de un hombre muy enamorado coloca ambas manos sobre la cara de Zinochka. Y el tiempo, señores, es magnífico… La loma, tras la cual se esconde el sol; los dos sauces; las verdes orillas; el cielo, todo ello, junto con Sasha y Zinochka, se refleja en el estanque. El silencio… se imaginan ustedes. Sobre los juncos revolotean millones de mariposas doradas; del otro lado del jardín vienen arreando un rebaño. En una palabra, era como para pintar un cuadro.

»De todo lo que había visto ya comprendía una sola cosa: Sasha besaba a Zinochka y esto no era una acción decente. Si maman llegara a saberlo, ambos tendrían una buena reprimenda. Sintiendo una inexplicable

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vergüenza, volví a mi cuarto sin esperar el final del rendez-vous. Me quedé un rato sentado con el manual de problemas, meditando y cavilando. Una sonrisa triunfal flotaba en mi cara. Por un lado, era agradable ser dueño de un secreto ajeno; por el otro, también era muy agradable tener conciencia de que autoridades de la talla de Sasha y de Zinochka en cualquier momento podían ser denunciadas por mí y acusadas de un comportamiento incorrecto. Estaban en mi poder, y su paz se hallaba en completa dependencia de mi magnanimidad.

»Cuando me iba a dormir, Zinochka, como de costumbre, entró en mi cuarto para ver si no me había acostado vestido y si había rezado. Miré su cara bonita y feliz, y sonreí astutamente. El secreto se inflaba dentro de mí y pugnaba por salir fuera.

»—Yo sé una cosa —dije, sonriendo—. ¡Ji, ji!… »—¿Qué sabe usted?

»—Ji, ji… Los vi besándose a usted y a Sasha junto a los sauces. Yo fui detrás de usted y lo vi todo…

»Zinochka se estremeció, se puso toda colorada y, sorprendida por mi alusión, se dejó caer sobre la silla en la que había un vaso con agua y un candelero.

»Los vi besándose… —repetí, riendo y gozando con su confusión—. ¡Ya va a ver cuando se lo cuente a mamá!

»La pusilánime Zinochka me miró fijamente y, convencida de que, en efecto, lo sabía todo, me cogió la mano con desesperación y dijo en un tembloroso susurro:

»—Petia, sería una bajeza… Le imploro, por el amor de Dios… Sea un hombre… No le diga a nadie… Las personas decentes no espían nunca… Esto es una bajeza… Le ruego…

»En primer lugar, la pobrecilla le tenía mucho miedo a mi madre, que era una dama virtuosa y severa; en segundo lugar, mi hocico sonriente no podía menos que profanar su primer amor, puro y poético. Pueden ustedes imaginar entonces su estado de ánimo. Gracias a mí, no pudo dormir en toda la noche, y a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, apareció en el comedor con grandes ojeras… Al encontrarme con Sasha después del té, no pude resistir el deseo de jactarme:

»—¡Yo lo sé todo! Te vi besar a la señorita Zina.

»Sasha me miró y dijo:

»—Eres un tonto.

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»No era tan pusilánime como Zinochka y el efecto no fue logrado.

Pero eso me instigó más aún.

Si Sasha no se asustó fue, evidentemente, porque no creyó que yo lo había visto todo; pues bien, ¡ya te lo voy a demostrar!

»Al darme la clase por la mañana, Zinochka tartamudeaba y no se atrevía a mirarme. En vez de infundirme miedo, adoptó una actitud obsequiosa, poniéndome las mejores notas y pasando por alto mis travesuras. Exploté entonces el secreto a mi antojo: dejé de estudiar las lecciones, durante las clase anduve sobre las manos con la cabeza abajo y decía cosas insolentes. En una palabra, de seguir así hasta el día de hoy, me hubiera vuelto un perfecto chantajista. Bien, pasó una semana. El secreto ajeno me inquietaba y torturaba como una espina en el alma. Tenía ganas de soltarlo de cualquier manera y gozar con su efecto. Y una vez, durante el almuerzo, en el que teníamos muchos invitados, sonreí muy tontamente, miré con malicia a Zinochka y dije:

»—Yo sé una cosa… Ji, ji… Vi algo… »—¿Qué es lo que sabes? —preguntó mi madre.

»Miré a Zinochka y a Sasha con una malicia mayor aún. ¡Había que ver cómo se ruborizó la muchacha y qué mirada iracunda me dirigió Sasha! Me mordí la lengua y permanecí callado.

Poco a poco Zinochka se volvió pálida, apretó los dientes y dejó de comer. Ese mismo día, durante las clases vespertinas, noté un gran cambio en el rostro de Zinochka. Parecía más severo, más frío, más marmóreo, y sus ojos, de una manera extraña, me miraban fijamente a la cara. ¡Les doy mi palabra de honor de que ni siquiera a los perros de presa, cuando están a punto de alcanzar a un lobo, nunca les vi los ojos tan fulminantes, tan aniquiladores!

Comprendí perfectamente su expresión cuando en medio de la clase ella de repente me dijo entre dientes:

»—¡Lo odio! ¡Si usted supiera, vil y repugnante criatura, cuán asquerosas son su cabeza rapada, sus feas y vulgares orejas!

»Pero enseguida se asustó y dijo:

»—No le estoy hablando a usted… Estoy ensayando un papel… »Luego, señores, por la noche, la vi acercarse a mi cama y mirarme la

cara durante largo rato.

Me odiaba con pasión y ya no podía vivir sin mí.

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La contemplación de mi odiosa fisonomía se tornó para ella una necesidad. Recuerdo una deliciosa noche de verano… Olía a heno, había silencio y todo lo demás. Brillaba la luna. Yo paseaba por la alameda y pensaba en el dulce de guindas.

De golpe se me acerca la hermosa y pálida Zinochka, me coge de la mano y, jadeante, me declara:

»—¡Oh, cuánto te odio! ¡A nadie deseé tanto mal como a ti!

¡Compréndelo! ¡Quiero que lo comprendas!

»¿Se imaginan ustedes? La luna; el pálido rostro, impregnado de pasión; el silencio. Hasta yo, mocoso, sentí un placer. La escuché, miré sus ojos… Al principio era una sensación agradable y nueva para mí, pero luego tuve miedo, dejé escapar un grito y corrí a casa con todas mis fuerzas.

»Decidí que lo mejor era quejarse a maman. Y me quejé, relatando también cómo Sasha había besado a Zinochka. Yo era tonto y no sospechaba las consecuencias; de no ser así me hubiera guardado el secreto… Después de escucharme, maman estalló en ira y dijo:

»—No te corresponde hablar de estas cosas, eres muy joven todavía… ¡Pero qué ejemplo para los niños!

»Mi maman no sólo era virtuosa sino también discreta. Para evitar el escándalo, procedió a desalojar a Zinochka no de un golpe, sino a poco a poco, sistemáticamente, como se desaloja a las personas decentes pero indeseables. Recuerdo que la última mirada de Zinochka, al abandonar nuestra casa, estuvo dirigida a la ventana donde yo estaba sentado y les aseguro que hasta ahora no puedo olvidar esta mirada.

»Poco tiempo después Zinochka se convirtió en esposa de mi hermano. Es la Zinaida Nikolaievna que todos ustedes conocen. Volví a encontrarme con ella cuando ya era teniente. Por más esfuerzos que hiciese, no pudo reconocer en el bigotudo teniente a su odiado Petia y, sin embargo, su manera de tratarme no fue del todo cordial… Y aún ahora, a pesar de mi bonachona calva, pacífica panza y aspecto obediente, me mira de reojo y no se siente a sus anchas cuando visito a mi hermano. Por lo visto, el odio, como el amor, no se olvida… Sh, sh…

Oigo cantar al gallo. ¡Buenas noches! ¡Milord, a la cama!

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LA NOVIA

I

Eran ya las diez de la noche y la luna llena iluminaba el jardín. En la casa de los Shumin acababan de cantar la misa encargada por la abuela, Marfa Mijailovna. Desde el jardín, adonde había ido por un rato, Nadia vio poner la mesa en la sala, y a su abuela, con un pomposo vestido de seda, afanarse en las habitaciones; el padre Andrey, arcipreste de la catedral, hablaba con la madre de Nadia, Nina Ivanovna, que en este momento, con la iluminación nocturna y a través de la ventana, parecía extrañamente joven; cerca de ellos se hallaba de pie Andrey Andreich, hijo del padre Andrey, escuchando con atención.

El jardín estaba quieto y fresco, y sobre la tierra se extendían oscuras e inmóviles sombras. Lejos, muy lejos, quizá fuera de la ciudad, resonaba el croar de las ranas. Se sentía el mes de mayo, ¡amable mayo! Se respiraba a todo pulmón y daban ganas de pensar que en algún lugar bajo el cielo, por encima de los árboles, fuera de la ciudad, en los campos y en los bosques se desarrollaba la vida primaveral, misteriosa, bella, rica y santa, inaccesible a la comprensión del hombre, débil y pecaminoso.

Y daban ganas de llorar.

Nadia tenía ya veintitrés años; desde los dieciséis había soñado apasionadamente con el matrimonio y ahora, por fin, era novia de Andrey Andreich, el mismo que estaba tras la ventana; el joven le gustaba, la boda había sido ya fijada para el siete de julio y, sin embargo, no se sentía contenta, dormía mal por las noches y hasta perdió su alegría… Desde el sótano, donde se hallaba la cocina, a través de la ventana abierta se oían el apresurado golpear de los cuchillos y los portazos; olía a pavo asado y cerezas en escabeche. Y se le antojaba a Nadia que así iba a ser toda su vida, sin cambios y sin fin.

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Alguien salió de la casa y se detuvo en el pórtico; era Alejandro Timofeich o, simplemente, Sasha, huésped que hacía unos diez días había llegado de Moscú. Otrora solía visitar a la abuela una lejana parienta suya, María Petrovna, una noble empobrecida y viuda, menuda, delgadita y enferma. Tenía un hijo, Sasha. Se decía que era un buen pintor y, al morir su madre, la abuela, para la salvación de su propia alma, le costeó los estudios en el colegio Komissarov, de Moscú; al cabo de dos años el muchacho pasó a la Escuela de Bellas Artes, en la cual permaneció casi quince años; acabó los cursos, a duras penas, de la Sección de Arquitectura, pese a lo cual, no se dedicó a ésta, sino que se puso a trabajar en una litografía moscovita. Casi todos los veranos venía a la casa de la abuela para descansar y mejorar de su mala salud.

Llevaba puestos una chaqueta abrochada, un pantalón de lona, muy gastado en la parte inferior, y una camisa sin planchar. Toda su figura tenía un aspecto demacrado; era muy flaco, de ojos grandes, de tez morena, barbudo, con dedos largos y delgados; no obstante todo ello, sus facciones eran bellas.

Consideraba a los Shumin como a sus familiares y se sentía con ellos como en su propia casa. Y la habitación en la cual se alojaba, desde hacía tiempo que se llamaba «el cuarto de Sasha».

Desde el pórtico vio a Nadia y se dirigió hacia ella.

—¡Qué bien se está aquí! —le dijo.

—Claro que se está bien. Debiera usted vivir aquí hasta el otoño. —Tendré que hacerlo, según parece. Es posible que me quede hasta

septiembre.

Rió sin ninguna razón y se sentó a su lado.

—Estoy mirando desde aquí a mamá —dijo Nadia—. ¡Parece tan joven ahora! Mi mamá tiene, naturalmente, sus debilidades —añadió, después de un breve silencio— pero, a pesar de ello, es una mujer poco común.

—Sí, es buena… —consintió Sasha—. Su mamá es, a su modo, por supuesto, una mujer muy bondadosa y simpática, pero… ¿cómo le diría?… Esta mañana temprano entré en la cocina… Allí cuatro criadas duermen directamente en el suelo; camas no hay, colchones tampoco; hay andrajos, chinches, cucarachas, hedor… lo mismo que hace veinte años, no hay ningún cambio. No hablemos de su abuela, pues la abuela es abuela

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y Dios sea con ella; pero su mamá habla francés y toma parte en los espectáculos teatrales. Ella sí debiera comprender…

Al hablar, Sasha solía levantar ante su interlocutor dos largos y delgados dedos.

—Todo me parece raro aquí, por falta de costumbre —prosiguió—. ¡Nadie hace nada, caramba! Su madre no hace más que pasear durante el día entero, como si fuera una duquesa; la abuela tampoco hace nada ni usted tampoco. Y su novio. Y su novio, Andrey Andreich, lo mismo.

Nadia había oído ya estas cosas el año pasado y quizá también el anterior y sabía que Sasha no era capaz de razonar de una manera distinta; antes, eso la hacía reír, pero ahora sintió un inexplicable fastidio.

—Todo eso es viejo y me aburre —dijo ella, levantándose—. Debiera usted inventar algo nuevo.

Sasha rió y se levantó también y ambos se encaminaron hacia la casa. Alta, hermosa y esbelta, ella parecía ahora, a su lado, muy sana y elegante; no dejó de sentirlo y ello le produjo cierta confusión y lástima por él.

—Además, no debiera usted decir ciertas cosas —dijo—. Acaba usted de mencionar a mi Andrey, pero el caso es que usted no lo conoce.

—«A mi Andrey»… ¡Dios sea con su Andrey! Lo que me da lástima es la juventud de usted.

Cuando entraron en la sala, la gente ya se sentaba a la mesa. La abuela, o como la llamaban en casa, «abuelita», obesa, fea, con espesas cejas y con bigotito, hablaba en voz alta y por su manera de hablar notábase que era la persona que mandaba en la casa.

Le pertenecían varios puestos de venta en el mercado y una antigua mansión con columnas y con jardín, pero todas las mañanas ella rogaba a Dios para que la salvara de la ruina y lo hacía llorando. Su nuera, Nina Ivanovna, madre de Nadia, rubia, con la silueta muy ceñida, con lentes y con brillantes en cada dedo; el padre Andrey, anciano delgado, sin dientes y con una expresión como si se dispusiera a contar algo muy divertido, y su hijo Andrey Andreich, novio de Nadia, regordete y bien parecido, de cabello ondulado que hacía recordar a un actor o a un pintor, hablaban sobre el hipnotismo.

—En mi casa te pondrás bien en una semana —dijo la abuelita dirigiéndose a Sasha—. Pero tienes que comer más. Porque pareces no sé qué cosa —suspiró—. ¡Tienes un aspecto que da miedo! No hay nada que hacer: eres el hijo pródigo.

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—Después de dilapidar los bienes paternales —observó el padre Andrey lentamente con mirada burlona— el condenado fue a pacer con las bestias irracionales…

—Quiero a mi tata —dio Andrey Andreich y tocó el hombro de su padre—. Es un viejo simpático. Un viejo bueno.

Todos callaron. Sasha rió de repente y se cubrió la boca con la servilleta.

—¿De modo que usted cree en el hipnotismo? —inquirió el padre Andrey a Nina Ivanovna.

—Naturalmente, no puedo afirmar que creo —respondió ella, dando a su cara una expresión muy seria y hasta severa—, pero debo reconocer que en la naturaleza hay muchas cosas misteriosas e inexplicables.

—Estoy completamente de acuerdo con usted, aunque debo añadir por mi cuenta que la fe reduce en forma considerable la región del misterio.

Sirvieron un pavo grande y muy gordo. El padre Andrey y Nina Ivanovna continuaron su conversación. Los brillantes relucían en los dedos de ella; luego brillaron las lágrimas en sus ojos: se sintió embargada por la emoción.

—No me atrevo a discutir con usted —dijo ella— pero admita que hay en la vida muchos interrogantes insolubles.

—Ni uno solo, le puedo asegurar.

Después de la cena Andrey Andreich tocaba el violín y Nina Ivanovna lo acompañaba al piano.

Hacía diez años él había acabado los cursos en la facultad de Filología, pero no tuvo ningún empleo ni ocupación y sólo de vez en cuando tomaba parte en los conciertos con fines benéficos, por lo cual lo consideraban en la ciudad como artista.

Andrey Andreich tocaba; los demás escuchaban en silencio. Sobre la mesa, en el samovar, hervía con leve murmullo el agua, pero Sasha era el único que tomaba el té. Más tarde, al dar las doce en el reloj, se rompió de pronto una cuerda del violín; todos se echaron a reír, se levantaron y comenzaron a despedirse.

Después de acompañar a su novio, Nadia subió al piso alto, donde vivía con la madre (la abuela ocupaba el piso bajo). Abajo, en la sala, empezaron a apagar las luces, pero Sasha seguía tomando té. Lo hacía siempre largamente, a la manera moscovita, bebiendo unos siete vasos. Después de desvestirse y acostarse, Nadia oyó todavía durante un tiempo a

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las criadas, que, abajo, recogían la mesa, y a la abuelita, que las reprendía. Por fin, todo quedó en silencio y sólo de vez en cuando resonaba abajo la sorda tos de Sasha en su habitación.

II

Cuando Nadia se despertó, debían de ser cerca de las dos: despuntaba el día. A lo lejos resonaba la matraca del sereno. Nadia no tenía ganas de dormir ni tampoco de quedarse acostada, pues el colchón era demasiado blando, incómodo. Se sentó, pues, en la cama, como lo había hecho en todas las noches de mayo, y se puso a meditar. Y sus pensamientos eran los mismos de la noche anterior: los monótonos, innecesarios e inoportunos recuerdos de cómo Andrey Andreich empezó a cortejarla y le propuso matrimonio; cómo ella aceptó y cómo, más tarde, poco a poco, llegó a apreciar a este hombre bueno e inteligente. Y, sin embargo, sin saber por qué, ahora que hasta la boda no le quedaba más de un mes, empezó a sentir un miedo y una inquietud como si la esperara algo indefinido y deprimente.

«Tic-toc, tic-toc… —perezosamente sacudía el sereno su matraca—.

Tic-toc…».

A través de la antigua y amplia ventana se ve el jardín; más lejos, tupidos arbustos de lilas en flor, adormecidos y lánguidos por el frío; y la niebla, espesa y blanca, que se acerca flotando sigilosamente para cubrir las lilas. Sobre los lejanos árboles gritan los grajos, semidespiertos:

—Dios mío, ¿por qué estoy tan deprimida? Puede ser que todas las novias sientan lo mismo antes de la boda. ¡Quién sabe! ¿O será la influencia de Sasha? Pero ya van varios años seguidos que Sasha dice siempre la misma cosa, como si leyera un libro, y cuando habla parece ingenuo y extraño. ¿Por qué entonces la imagen de Sasha siempre está en la mente?

¿Por qué?

El sereno hace mucho que dejó de agitar la matraca. Bajo la ventana y en el jardín los pájaros comenzaron el alboroto, la niebla se ha ido y todo alrededor quedó iluminado por la luz primaveral y sonriente. Un poco más, y todo el jardín se despertó, acariciado por el sol, y las gotas de rocío,

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cual diamantes, brillaron sobre las hojas; el viejo y abandonado jardín pareció joven y vistoso aquella mañana.

Ya se despertó la abuelita. Se oyó la gruesa tos de Sasha. Abajo ya estaban preparando el samovar, alguien movía las sillas.

Las horas pasaban lentamente. Hacía mucho tiempo ya que Nadia estaba levantada y paseaba por el jardín, pero la mañana se prolongaba, interminable.

Apareció Nina Ivanovna, con los ojos llorosos y un vaso de agua mineral en la mano. Era aficionada al espiritismo y la homeopatía, leía mucho, le gustaba dilucidar las dudas que la asaltaban, y Nadia veía en todo ello un sentido hondo y misterioso.

Ahora Nadia dio un beso a su madre y se puso a caminar a su lado.

—¿Por qué has llorado, mamá? —le preguntó.

—Anoche empecé a leer una novela que trata de un viejo y de su hija. El viejo tiene un empleo y, claro, el jefe se enamora de su hija. No terminé de leer el libro todavía, pero hay un pasaje tan emotivo que una no puede contener las lágrimas —dijo Nina Ivanovna y sorbió del vaso—. Esta mañana lo recordé y lloré otra vez.

—Los últimos días me siento muy triste —dijo Nadia, después de un silencio—. ¿Por qué será que no duermo?

—No sé, querida. Cuando yo no tengo sueño de noche, cierro los ojos con fuerza, así, y me imagino a Ana Karenina, su modo de caminar y de hablar, o si no me imagino algo histórico, del mundo antiguo…

Nadia se percató de que su madre no la comprendía, no podía entenderla. Lo sintió por primera vez en su vida y hasta se asustó y tuvo ganas de esconderse; se retiró a su habitación.

A las dos se sentaron a la mesa para almorzar. Era miércoles, día de vigilia, y a la abuelita le sirvieron, por eso, sopa sin carne y sargo con kasha.

Para burlarse de la abuela, Sasha comió sopa de carne y también el borsch de vigilia. Bromeaba durante todo el almuerzo, pero sus bromas resultaban aparatosas, con infalible moraleja, y cuando, antes de soltar su ocurrencia levantaba los dedos, que parecían muertos, nadie tenía ganas de reír; todos sentían profunda piedad por él.

Después de almorzar, la abuela se retiró a su cuarto a descansar. Nina Ivanovna tocó el piano durante unos minutos y luego se retiró también.

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—¡Ah, querida Nadia! —comenzó Sasha su acostumbrada plática de sobremesa—. ¡Si usted me hiciera caso! Si me hiciera caso…

Ella estaba sentada, con los ojos cerrados, en el hondo y antiguo sillón, mientras él paseaba, sin hacer ruido, de un rincón a otro.

—¡Si usted partiera a estudiar! —decía—. Sólo las personas instruidas y santas son interesantes y necesarias. Cuanto mayor sea la cantidad de estas personas, más pronto vendrá el reino de Dios sobre la tierra. Y poco a poco, de la ciudad de ustedes no va a quedar entonces ni una sola piedra; todo se hará añicos, todo cambiará, como por arte de magia.

Y habrá entonces aquí enormes y magníficos edificios, jardines maravillosos, personas extraordinarias, notables… Pero no es esto lo fundamental. Lo principal es que la multitud, en el sentido nuestro y tal como ella existe ahora, no existirá en aquel entonces, porque cada persona tendrá fe y cada uno sabrá para qué vive; ninguno buscará apoyo en la multitud. ¡Palomita querida, márchese! Muestre a todo el mundo que esta pecaminosa vida, gris e inmóvil, la tiene harta. ¡Muéstreselo aunque sea a sí misma!

—No puedo, Sasha. Me caso. —Bah… ¿Qué necesidad tiene de ello? Salieron al jardín y caminaron un rato.

—De todos modos, querida mía, hay que meditar, hay que comprender cuán impura, cuán inmoral es su ociosa vida —prosiguió Sasha—. Trate de comprenderme… si, por ejemplo, usted, su madre y su abuelita no hacen nada, esto significa que alguien trabaja por ustedes, sacrificando su vida. ¿Acaso es éste un proceder limpio?

Nadia quería decir: «sí, es verdad»; quería decir que lo comprendía; pero las lágrimas se asomaron a sus ojos, se volvió silenciosa y tímida y se retiró a su habitación.

Al anochecer vino Andrey Andreich y, como de costumbre, estuvo tocando el violín durante mucho tiempo. En general, era parco en hablar y quizás amaba el violín porque mientras tocaba podía permanecer callado. Después de las diez, al despedirse, ya con el sobretodo puesto, abrazó a Nadia y empezó a besar con avidez su cara, sus hombros, sus brazos.

—¡Mi querida, mi amada… divina mía!… —murmuró—. ¡Cuán dichoso soy! ¡Estoy loco de júbilo!

A ella le pareció haber oído ya estas palabras hacía tiempo, hacía mucho tiempo, o haberlas leído en alguna parte… en una vieja novela, rota

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y abandonada tiempo atrás.

En la sala, Sasha estaba sentado a la mesa y tomaba té, sosteniendo el platillo sobre sus cinco largos dedos; la abuelita hacía solitarios; Nina Ivanovna leía un libro; chisporroteaba la llamita de la mariposa y, al parecer, todo era quietud y bienestar. Nadia se despidió, subió a su cuarto, se acostó y se durmió enseguida. Pero, igual que la noche anterior, se despertó con el alba. El sueño se había ido y el corazón estaba oprimido, inquieto. Sentada en la cama, la cabeza reclinada sobre las rodillas, pensaba en el novio, en la boda… Sin saber por qué motivo, recordó que en realidad su madre no amaba a su difunto marido, no poseía nada y vivía en plena dependencia de la abuelita, su suegra. Y por más que reflexionara en ello, Nadia no pudo comprender por qué hasta entonces veía en su madre algo especial, fuera de lo común, y por qué no se daba cuenta de que, simplemente, era una mujer de lo más ordinaria y desdichada.

Tampoco Sasha dormía: se lo oía toser allí abajo.

Era un hombre ingenuo y extraño, pensó Nadia; en sus sueños, en todos sus maravillosos jardines y mágicas fuentes había algo de absurdo; y, sin embargo, aun en esta ingenuidad y en este absurdo había tanta belleza que apenas ella se ponía a pensar en marcharse a estudiar, su corazón, todo su pecho, ya se sentía invadido por una fresca sensación de alegría y de júbilo.

—Mejor no pensar en ello, mejor no pensar… —susurraba—. Más vale no pensar.

«Tic-toc… —sacudía el sereno su matraca, a lo lejos—. Tic-toc… tic-toc…».

III

A mediados de junio Sasha de repente sintió tedio y empezó a preparar su regreso a Moscú.

—No puedo vivir en esta ciudad —declaraba, sombrío—. No hay agua corriente ni alcantarillado. Me da asco comer; es terrible la mugre en la cocina…

—Espera un poco, hijo pródigo —trataba de convencerlo la abuela y añadía en un susurro, como si fuera un secreto—: el siete será la boda.

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—No tengo ganas.

—¡Pero si tú querías quedarte aquí hasta setiembre!

—Sí, pero ahora no quiero. Tengo que trabajar.

El verano resultó húmedo y frío, los árboles estaban mojados, el jardín tenía un aspecto poco acogedor y, en efecto, daban ganas de trabajar. En las habitaciones, abajo y arriba, se oían voces femeninas desconocidas; en el cuarto de la abuela zumbaba la máquina de coser: había apuro con el ajuar.

Seis abrigos de piel entraban en la dote de Nadia, y el más barato de ellos, según la abuela, costaba trescientos rublos. El alboroto irritaba a Sasha y él se encerraba en su habitación, enojado; a pesar de ello, lo convencieron para que se quedara y obtuvieron su palabra de que no se marcharía antes del primero de julio.

El tiempo transcurría rápido. El día de San Pedro, por la tarde, Andrey Andreich y Nadia fueron a la calle Moscú para mirar una vez más la casa que hacía tiempo estaba alquilada y preparada para la joven pareja. La casa tenía dos pisos, pero por el momento sólo estaba amueblado el piso superior.

En la sala había sillas de Viena, un piano y un pupitre para el violín; el brillante piso estaba pintado al estilo parquet. Olía a pintura. En la pared colgaba un gran cuadro pintado al óleo, con un marco dorado: una dama desnuda y junto a ella un jarrón de color lila con el asa rota.

—Magnífico cuadro —dijo Andrey Andreich y suspiró en señal de respeto—. Es del pintor Shishmachevsky.

Más adelante se encontraba un pequeño salón de estar, con una mesa redonda, un diván y sillones tapizados de azul claro. Sobre el diván pendía una gran fotografía del padre Andrey, con capirote y condecoraciones. Luego entraron en el comedor y luego en el dormitorio; allí, en la penumbra, había dos camas, una al lado de la otra, y parecía que quienes colocaron los muebles en el dormitorio daban por sentado que todo estaría bien, por siempre, y que no podía ser de otra manera. Andrey Andreich conducía a Nadia a través de las habitaciones, sosteniéndola por el talle, mientras que ella se sentía débil y culpable; odiaba todas las habitaciones, camas y sillones; la desnuda dama le producía asco. Le resultaba claro ya que había dejado de amar a Andrey Andreich o, quizá, que no lo había amado nunca; pero cómo decírselo, a quién decírselo y para qué, esto no lo comprendía y no lo podía comprender, aunque pensaba en ello todos los

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días y todas las noches… Él la sostenía por el talle, le hablaba con cariño y con modestia y se mostraba tan feliz paseándose por este apartamento suyo; pero ella no veía más que vulgaridad; estúpida, ingenua, intolerable vulgaridad, y el brazo de él que envolvía su cintura le parecía duro y frío como un aro. Y a cada instante ella sentíase dispuesta a huir, a prorrumpir en llanto, a arrojarse por la ventana.

Andrey Andreich la llevó al cuarto de baño, tocó un grifo empotrado en la pared y de golpe corrió el agua.

—¿Qué te parece? —dijo, echándose a reír—. He mandado construir en la buhardilla un depósito para cien baldes, y ahora, como ves, siempre vamos a tener agua.

Recorrieron el patio exterior, luego salieron a la calle y llamaron a un coche. Espesas nubes de polvo volaban en el aire y parecía que iba a llover enseguida.

—¿No tienes frío? —preguntó Andrey Andreich, entrecerrando los ojos a causa del polvo.

Ella no respondió.

—Ayer, Sasha me reprochó que no hacía nada, ¿recuerdas? —dijo él al cabo de un minuto—. Pues bien, él tiene razón. ¡Muchísima razón! Yo no hago nada ni puedo hacerlo. ¿Por qué será, querida? ¿Por qué me repugna la mera idea de que algún día me ponga una gorra con escarapela y vaya a ocupar un puesto? ¿Por qué me siento tan incómodo cuando veo a un abogado, a un profesor de latín o a un miembro del Ayuntamiento? ¡Oh, madrecita Rusia! ¡Oh, madrecita Rusia, a cuántos ociosos e inútiles sobrellevas, todavía! ¡A cuántos como yo soportas sobre tu lomo, sufrida Rusia!

Y así, generalizaba su ocio; veía en él un signo de la época.

—Cuando nos casemos, querida —continuó—, iremos al campo para trabajar. Compraremos un pequeño terreno con jardín y con río, y vamos a trabajar y observar la vida… ¡Oh, qué bien estaremos allí!

Él se quitó el sombrero y el viento despeinó sus cabellos, mientras ella lo escuchaba, pensando: «Dios mío, ¿cuándo llegaremos a casa?». Casi ya cerca de la casa alcanzaron al padre de Andrey.

—¡Ahí va mi padre! —alegróse Andrey Andreich y agitó su sombrero

—. Quiero a mi padre, no lo puedo negar —dijo, pagando al cochero—. Es un viejo simpático. Un viejo bueno.

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Nadia entró en la casa indispuesta y malhumorada, pensando que toda la tarde debería atender a sus invitados, sonreír, escuchar el violín, oír majaderías y no hablar de otra cosa que no fuese la boda. Entró el padre de Andrey con su astuta sonrisa.

—Tengo el placer y el bendito consuelo de verla gozando de buena salud —dijo a la abuela y resultaba difícil comprender si hablaba en broma o en serio.

IV

El viento golpeaba en las ventanas y en el techo; se oían silbidos y en la chimenea el duende casero, con voz quejumbrosa y melancólica, canturreaba una tonadilla. Eran las doce de la noche pasadas.

Todos se habían acostado ya en la casa, pero nadie dormía y a Nadia le parecía que abajo alguien tocaba el violín. Se oyó un golpe fuerte, debía de ser un postigo, arrancado por el viento. Un minuto después entró Nina Ivanovna, en camisón, con una vela.

—¿Oíste el golpe, Nadia? ¿Qué habrá sido? —preguntó.

La madre, con los cabellos atados en una trenza y con una tímida sonrisa, en esta noche tormentosa parecía mayor, más fea y más baja. Nadia recordó que no hacía mucho consideraba a su madre una mujer extraordinaria y escuchaba orgullosa las palabras que ella decía; pero ahora no podía recordar esas palabras y lo que acudía a su memoria era flojo, innecesario.

En la chimenea resonó el canto de varias voces bajas y hasta oyóse un «¡A-ah, Dio-o-os mío!». Nadia se sentó en la cama y, de repente, asiendo con fuerza sus cabellos, rompió a llorar.

—¡Mamá, mamá querida —balbució—, si supieras todo lo que me pasa! ¡Te ruego que me dejes partir! ¡Te lo suplico!

—¿A dónde? —preguntó Nina Ivanovna, sin entender, y se sentó sobre la cama—. ¿Partir a dónde?

Nadia siguió llorando durante un rato sin poder pronunciar una sola palabra.

—¡Deja que me vaya! —dijo, por fin—. No debe haber boda ni la habrá, ¡compréndeme! No quiero a este hombre… Ni siquiera puedo

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hablar de él.

—No, querida, no —se puso a hablar rápidamente Nina Ivanovna, muy asustada—. Tranquilízate, esto te ocurre porque estás de mal humor. Pero va a pasar. Esto le ocurre a cualquiera. Seguramente has reñido con Andrey, pero ya se sabe: los que se aman, pelean.

—Bueno, mamá, vete. ¡Vete! —lloró Nadia con más fuerza aún.

—Sí —dijo Nina Ivanovna al cabo de un minuto—. No hace mucho eras una criatura, una niña, y ahora ya eres una novia. En la naturaleza se realiza una continua transformación. Ni te darás cuenta cuando tú misma te conviertas en madre y en una vieja y tengas una hija tan rebelde como la que tengo yo.

—Mi querida mamá, mi buena mamá: eres inteligente y también eres desgraciada —dijo Nadia—. Eres muy desgraciada… ¿Por qué, entonces, dices trivialidades? Dime, por Dios, ¿por qué?

Nina Ivanovna iba a decir algo, pero no pudo pronunciar ni una sola palabra y se retiró a su cuarto, sollozando. Las voces bajas volvieron a cantar en la chimenea. Nadia empezó a sentir miedo, saltó de la cama y se dirigió de prisa a la habitación de su madre. Ésta se hallaba tendida en la cama, con la cara llorosa; cubierta con una colcha celeste, sostenía en la mano un libro.

—¡Mamá, escúchame! —dijo Nadia—. Te ruego, piénsalo bien y compréndeme. Entiende hasta qué grado es vacía y humillante nuestra vida. Se me han abierto los ojos, ahora lo veo todo. ¿Qué es este Andrey Andreich? Ni siquiera es inteligente, mamá…

¡Dios mío! ¡Comprende, mamá, es un estúpido!

Nina Ivanovna se sentó con brusquedad.

—¡Tú y tu abuela me torturáis! —dijo, volviendo a llorar—. ¡Yo quiero vivir! ¡Vivir! —repitió, golpeando dos veces el pecho con su pequeño puño—. ¡Dadme libertad, pues! Soy joven aún y tengo ganas de vivir, pero vosotras habéis hecho de mí una anciana…

Lloró con amargura, se recostó y se encogió bajo la colcha, pareciendo pequeña, lastimera y tontita.

Nadia fue a su cuarto, se vistió y, sentada junto a la ventana, se puso a esperar el amanecer. Estuvo pensando toda la noche, mientras alguien golpeaba siempre en los postigos, silbando.

Por la mañana, la abuela se quejó de que durante la noche el viento había abatido todas las manzanas en el jardín y quebrado un viejo ciruelo.

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Comenzaba un día gris, opaco y desagradable, que hasta incitaba a encender la luz; todo el mundo se quejaba del frío, y la lluvia golpeaba en las ventanas.

Después del té, Nadia entró en el cuarto de Sasha y, sin decir una palabra, se puso de rodillas en el rincón, junto a la butaca, cubriéndose la cara con las manos.

—¿Qué pasa? —preguntó Sasha.

—No puedo… —murmuró ella—. ¡No comprendo, no concibo cómo he podido vivir aquí antes! Desprecio a mi novio, me desprecio a mí misma, desprecio toda esta vida ociosa y sin sentido.

—Bueno, bueno… —observó Sasha, sin saber todavía de qué se trataba—. No es nada… Eso está bien.

—Estoy harta de esta vida —prosiguió Nadia—. No la soportaré ni un día más. Mañana mismo me iré de aquí. ¡Lléveme consigo, por amor de Dios!

Durante un minuto Sasha se quedó mirándola con sorpresa; al fin, comprendió y se alegró como un niño. Agitó los brazos y se puso a taconear como si bailara de alegría.

—¡Magnífico! —exclamaba, frotándose las manos—. ¡Dios, esto sí que es bueno!

Ella, en tanto, lo miraba sin pestañear, con sus grandes ojos enamorados, esperando, como hechizada, que Sasha no tardaría en decirle algo significativo, ilimitado en su importancia; él no le dijo nada todavía, pero ella veía ya abrirse ante sí algo nuevo y amplio, algo que ella no conocía antes y por eso lo miraba, llena de esperanza, dispuesta a todo, inclusive a morir.

—Mañana me voy —dijo Sasha, después de pensar— y usted dirá que quiere acompañarme hasta la estación… Sus cosas las meteré en mi baúl y le compraré el billete; después de la tercera campanada usted subirá al vagón y listo. Viajaremos juntos hasta Moscú y luego usted seguirá sola hasta Petersburgo.

¿Tiene usted el pasaporte?

—Lo tengo.

—Le juro que no va usted a lamentarse ni arrepentirse —dijo Sasha, entusiasmado—. Irá usted a la capital, se dedicará al estudio y luego que la lleve el destino adonde quiera. Cuando le dé vuelta a su vida, todo

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cambiará. Lo principal es dar vuelta a la vida, el resto no tiene importancia. Así que ¿mañana en camino?

—¡Oh, sí! ¡Por amor de Dios!

A Nadia le parecía que estaba muy emocionada, que un peso le oprimía el alma y que hasta el momento de partir habría que sufrir y debatirse en dolorosas meditaciones; empero, apenas de vuelta en su cuarto, se recostó en la cama, se durmió enseguida y siguió durmiendo, con cara llorosa y con una sonrisa, hasta la noche.

V

Mandaron por un coche. Nadia, ya con el sombrero y el abrigo puestos, fue arriba para echar la última mirada a su madre y a todo lo suyo; en su cuarto se quedó un rato parada junto a la cama, todavía tibia, miró en derredor y luego pasó con sigilo a la habitación de su madre. Ésta dormía y el cuarto estaba silencioso. Nadia besó a su madre, le arregló los cabellos y permaneció cerca de ella unos dos minutos… Luego, sin prisa, volvió abajo.

Afuera caía una lluvia fuerte. El coche, todo mojado y con la capota levantada, esperaba junto al portón.

—No vas a caber, Nadia —dijo la abuela cuando el criado se puso a cargar las maletas—. ¡Y cómo se te ocurre ir a la estación con este tiempo! ¡Mejor te hubieras quedado en casa! ¡Mira cómo llueve!

Nadia quiso decir algo y no pudo. Ya Sasha la ayudó a subir al coche; ya le cubrió las piernas con una manta. Ya él mismo se sentó a su lado.

—¡Buen viaje! ¡Que Dios te bendiga! —gritaba la abuela desde el pórtico—. ¡Escríbenos, Sasha!

—Bueno. ¡Adiós, abuelita!

—¡Que te guarde la reina de los cielos!

—¡Qué tiempo! —dijo Sasha.

Sólo ahora Nadia empezó a llorar. Ahora vio con claridad que iba a partir sin falta, cosa que no creía del todo al despedirse de la abuela y al mirar a su madre. ¡Adiós, ciudad! Y de golpe recordó todo: a Andrey y a su padre, el nuevo apartamento y la desnuda dama con el jarrón; y todo ello ya no la atemorizaba ni la oprimía, sino que resultaba ingenuo y

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pequeño y se alejaba, retrocediendo más y más. Y cuando se instalaron en el vagón y el tren se puso en marcha, todo el pasado, tan grande y serio, se encogió, convirtiéndose en una bolita, en tanto se desplegaba un enorme y ancho futuro, que hasta ahora se hallaba apenas visible. La lluvia golpeaba en las ventanillas del vagón, por las cuales no se veía más que el verde campo y el raudo pasar de los postes telegráficos y de los pájaros posados sobre los alambres; de repente, la alegría le cortó la respiración: recordó que avanzaba hacia la libertad, que iba a estudiar y esto era igual a lo que antaño se llamaba «irse con los cosacos». Ella reía, lloraba y rezaba.

—¡No es na-ada! —decía Sasha, sonriendo—. ¡No es na-ada!

VI

Transcurrió el otoño y tras él el invierno. Nadia sentía ya una fuerte nostalgia y todos los días pensaba en su madre y en su abuela; también pensaba en Sasha. Las cartas que llegaban de la casa eran apacibles, bondadosas, y parecía que todo había sido ya perdonado y olvidado. En mayo, después de los exámenes, Nadia, sana y alegre, partió para su casa y por el camino se detuvo en Moscú para encontrarse con Sasha. Éste estaba igual que el verano pasado: barbudo, con los cabellos revueltos, llevaba la misma chaqueta y los pantalones de lona, y tenía los mismos ojos, grandes y bellos; pero su semblante era macilento, fatigado; parecía más viejo y más flaco y tosía a menudo. Sin saber por qué, Nadia pensó que él tenía también un aire gris, provinciano.

—¡Dios mío, Nadia está aquí! —dijo Sasha y se echó a reír con alegría

—. ¡Mi palomita querida!

Quedaron sentados un rato en el taller de litografía, impregnado de

humo de cigarrillos y de un fuerte, sofocante olor a tinta china y pinturas; luego fueron al cuarto de Sasha, sucio y con el mismo humo; en la mesa, junto al apagado samovar, había un plato roto con un papel oscuro, y sobre toda la mesa y en el suelo había gran cantidad de moscas muertas. Todo indicaba aquí que Sasha había edificado su vida personal en forma negligente, vivía de cualquier manera, con un absoluto desprecio hacia las comodidades, y si alguien le hablara de su dicha personal, de su vida o le confesara su amor, no comprendería nada y sólo se echaría a reír.

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—Bueno, al final, todo ha resultado bien —contaba Nadia de prisa—. Mamá vino a verme a Petersburgo en otoño; decía que la abuela no estaba enojada, pero que iba a menudo a mi cuarto y hacía la señal de la cruz.

Sasha la miraba con alegría, pero tosía a menudo y hablaba con voz quebrada; Nadia se fijaba en él, sin comprender si en efecto estaba seriamente enfermo o sólo le parecía así.

—Sasha, querido —le dijo—, está usted enfermo. —No, no es nada. Estoy algo enfermo, pero poca cosa…

—¡Oh, Dios mío! —se agitó Nadia—. ¿Por qué no trata de curarse, por qué no cuida usted su salud?

Mi querido Sasha —prosiguió y las lágrimas brotaron de sus ojos; en su imaginación surgieron, de repente, Andrey Andreich, la desnuda dama con el jarrón y todo su pasado, que le parecía ahora tan lejano como su infancia; y lloraba porque Sasha ya no le parecía tan original, inteligente, interesante como lo era el año pasado—. Querido Sasha, usted está muy enfermo. No sé qué haría yo para que usted no estuviera tan pálido y delgado. ¡Le debo tanto! ¡Usted ni puede imaginarse cuánto ha hecho por mí, mi buen Sasha! En realidad, es usted ahora para mí la persona más íntima, la más familiar.

Se quedaron sentados durante un rato, conversando; y ahora, después de haber pasado el invierno en Petersburgo, Nadia percibió en las palabras de Sasha, en su sonrisa y en toda su figura, el soplo de algo terminado, anticuado, pasado de moda y quizá ya sepultado.

—Pasado mañana pienso marcharme hacia el Volga —dijo Sasha— y luego haré un tratamiento de kumis[14]. Quiero probarlo. Iré en compañía de un matrimonio amigo. La esposa es una persona sorprendente; trato de inculcarle deseos de estudiar.

Quiero que cambie su vida.

Después de conversar, partieron a la estación.

Sasha la invitó con té y manzanas; y cuando el tren se puso en marcha y él, sonriendo, agitaba el pañuelo, hasta por sus piernas se notaba que estaba muy enfermo y que probablemente no viviría mucho tiempo.

Nadia llegó a su ciudad a mediodía. En el trayecto desde la estación hasta la casa las calles le parecían muy anchas y las casas muy pequeñas, aplastadas; no había gente en las calles y sólo se encontró con el alemán, afinador de pianos, que llevaba puesto un sobretodo rojizo. Todas las casas parecía que estaban cubiertas de polvo. La abuela, aun más vieja, igual que

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antes gruesa y fea, abrazó a Nadia y lloró largamente ocultando la cara en su hombro y sin poder apartarse de ella. También Nina Ivanovna parecía mucho más vieja, fea y demacrada, pero, igual que antes, mantenía ceñida su silueta y los brillantes relucían en sus dedos.

—¡Querida mía! —decía, temblando con todo el cuerpo—. ¡Querida mía!

Luego permanecieron sentadas, llorando en silencio. Era evidente que tanto la abuela como la madre se percataban de que el pasado estaba perdido para siempre y de manera irrecuperable; no existían ya ni la posición social, ni el honor de antaño, ni el derecho de invitar a la gente; así sucede cuando en medio de una vida fácil y despreocupada, de golpe llega por la noche la policía, realiza un allanamiento y descubre que el dueño de la casa ha cometido un desfalco o una falsificación; ¡adiós, entonces, para siempre, vida fácil y despreocupada!

Nadia fue arriba y vio la cama, la misma de siempre, las mismas ventanas con las blancas e ingenuas cortinas, y, a través de las ventanas, el mismo jardín, inundado de sol, alegre, ruidoso. Tocó su mesa, se sentó y se quedó pensando un rato. Durante el almuerzo comió bien y luego tomó té con sabrosa crema, pero algo le faltaba ya, sentía un vacío en las habitaciones y los techos le parecían bajos. Por la noche se acostó y se cubrió y le causaba gracia estar tendida en esta cama, caliente y muy blanda.

Nina Ivanovna entró un minuto y se sentó como lo hacen los culpables:

con timidez y mirando de reojo.

—Y bien, Nadia —preguntó después de un corto silencio—, ¿estás contenta? ¿Muy contenta?

—Sí, mamá, estoy contenta.

Nina Ivanovna se levantó y persiguió a Nadia y a las ventanas. —Como ves, me volví religiosa —dijo—. Ahora estudio filosofía,

¿sabes?, y siempre pienso y pienso…

Y muchas cosas se tornaron ahora para mí claras como el día. Antes que nada es necesario, según me parece, que toda la vida pase a través de un prisma.

—Díme, mamá, ¿cómo está la salud de la abuela?

—Por ahora parece que está bastante bien. Cuando te fuiste entonces con Sasha y llegó tu telegrama, la abuela, apenas lo hubo leído, se cayó

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desmayada; tres días permaneció sin moverse. Luego siempre rezaba y lloraba. Pero ahora está bien.

Ella dio algunos pasos por la habitación. «Tic-toc… —sacudía su matraca el sereno—. Tic-toc, tic-toc…». —Antes que nada, es necesario que toda la vida pase por un prisma —

dijo Nina Ivanovna—, es decir que es preciso que la vida, en nuestra conciencia, se divida en elementos simples, a modo de los siete colores principales, y cada elemento hay que estudiarlo por separado.

Nadia no oyó lo que había dicho luego su madre ni cuándo se había retirado, ya que pronto se quedó dormida.

Pasó mayo, llegó junio. Nadia se había acostumbrado ya a la casa. La abuela se afanaba con el samovar y suspiraba profundamente; por las noches, Nina Ivanovna hablaba de su filosofía; igual que antes, ella vivía en la casa como la pariente pobre y para cada moneda de veinte kopeikas debía dirigirse a la abuela. Había muchas moscas en la casa y los cielos rasos en las habitaciones parecían tornarse cada vez más bajos. La abuelita y Niva Ivanovna no salían a la calle por temor a encontrarse con el padre de Andrey o con Andrey Andreich. Nadia paseaba por el jardín, por la calle; miraba las oscuras cercas y pensaba que en la ciudad hacía tiempo ya que todo estaba envejecido, pasado de moda y que todo no hacía más que esperar su fin o el principio de algo joven, fresco. ¡Oh, si llegara pronto esta nueva y luminosa vida, en la cual uno podría enfrentar con coraje a su destino, tener conciencia de sus derechos, ser alegre y libre! ¡Tarde o temprano, esta vida ha de llegar! Llegará el tiempo en que de la casa de la abuela, donde cuatro criadas deben vivir en un sucio cuarto del sótano, no quedará ni rastro y nadie se acordará de ella. Tan sólo los chicos vecinos divertían a Nadia; cuando paseaban por el jardín, aquéllos golpeaban en la cerca y se mofaban de ella, riendo:

—¡La novia! ¡La novia!

Desde Saratov llegó una carta de Sasha. Con su alegre y danzante letra le escribía que el viaje por el Volga fue un éxito completo, pero que en Saratov se sintió algo enfermo, perdió la voz y desde hacía dos semanas se hallaba en el hospital. Nadia comprendió lo que ello significaba y la invadió un presentimiento cercano a la certeza. Le desagradaba que ese presentimiento y el pensar en Sasha no le causaran tanta emoción como antes. Tenía un apasionado deseo de vivir, de volver a Petersburgo, y su amistad con Sasha se le aparecía como un simpático pero lejano pasado.

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Durante la noche no durmió y por la mañana se sentó cerca de la ventana, aguzando el oído. En efecto, se oyeron voces abajo; la abuela, alarmada, preguntaba algo, deprisa.

Luego alguien prorrumpió en llanto… Cuando Nadia descendió, la abuela se encontraba en un rincón, rezando, y tenía la cara llorosa. Sobre la mesa había un telegrama.

Durante un buen rato Nadia estuvo caminando por la habitación, oyendo llorar a su abuela, luego tomó el telegrama y lo leyó. Se comunicaba que ayer por la mañana, en Saratov, había fallecido, por causa de la tisis, Alejandro Timofeich o simplemente Sasha.

La abuela y Nina Ivanovna fueron a la iglesia para encargar un funeral, mientras que Nadia anduvo durante un tiempo por las habitaciones, pensando.

Tenía clara conciencia de que su vida estaba alterada, como lo quería Sasha; que ella se sentía allí extraña, sola e inútil, que también a ella todo allí le resultaba inútil; el pasado había sido arrancado de ella y desapareció como si se hubiese incendiado y el viento desparramara las cenizas. Entró en la habitación de Sasha y se detuvo.

«¡Adiós, querido Sasha!», pensó, y en su imaginación surgió una nueva vida, ancha y luminosa; esta vida, de contornos no muy nítidos aún y llena de misterios, la atraía y la fascinaba.

Subió a su cuarto para preparar las maletas y a la mañana siguiente se despidió de los suyos y, animada y alegre, abandonó la ciudad para siempre.

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TRISTEZA

¿A quién confiaré mi tristeza?…

Libro de Salmos

Crepúsculo vespertino. Los copos de nieve, grandes, húmedos, giran perezosamente alrededor de los faroles, recién encendidos, y van cubriendo con una delgada y suave capa los tejados, los lomos de los caballos, los hombros, las gorras. El cochero Iona Potapov está blanco como si fuera un aparecido. Encorvado cuanto puede estarlo un cuerpo viviente, se halla sentado, inmóvil, sobre el banco. Parecería que aunque le cayese encima un montón entero de nieve, no creería necesario sacudirla… Su jaca también está blanca e inmóvil. Por su inmovilidad, por sus formas angulosas y por la rectitud de palo de sus patas parece, aun de cerca, un caballito de masa dulce que cuesta una kopeika. Con toda seguridad, está sumido en sus pensamientos. El que fue arrancado del arado, de los acostumbrados paisajes grises, y arrojado a este remolino lleno de monstruosas luces, incesante estrépito y gente que corre, no puede menos que pensar…

Hace rato ya que Iona y su jaca no se mueven del lugar. Han salido de la cochera antes de la comida y no ha habido todavía ningún pasajero. Pero he aquí que descienden sobre la ciudad las tinieblas de la noche. La palidez de las luces de los faroles cede lugar al color más vivo y el alboroto callejero se torna más ruidoso.

—¡Cochero, al barrio Viborg! —oye de pronto Iona—. ¡Cochero! Iona se estremece y a través de sus pestañas cubiertas de nieve ve a un

militar uniformado, con capucha.

—¡A Viborg! —repite el militar—. ¿Estás dormido o qué? ¡A Viborg! En señal de asentimiento Iona tira de las riendas, lo que hace caer las capas de nieve desde sus hombros y el lomo del caballo. El militar sube al

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trineo.

El cochero chasquea los labios, estira el cuello como un cisne, se levanta un poco y agita el látigo, más bien por costumbre que por necesidad. La jaca también estira el cuello, tuerce sus patas de palo y se pone en marcha, indecisa…

—¡A dónde vas, por todos los diablos! —no tarda en llegar a los oídos de Iona el grito que parte de la oscura multitud que corre hacia adelante y hacia atrás—. ¿Dónde te estás metiendo, papanatas? ¡Cuida tu derecha!

—¡No sabes conducir un caballo! ¡A la derecha! —se enoja el militar. Despotrica el cochero de un carruaje y lanza miradas furibundas un transeúnte que al cruzar la calle había rozado el hocico de la jaca y ahora se sacude la nieve. Iona se mueve, inquieto, sobre el pescante, agita los codos y mira a todos lados, aturdido, como si no entendiera dónde estaba y

para qué estaba allí.

—¡Qué banda de necios! —dice el militar, haciéndose el gracioso—.

No tratan de hacer otra cosa que tropezar contigo. Se han confabulado.

Iona se vuelve para mirar al pasajero y mueve los labios… por lo visto quiere decir algo, pero de su garganta no sale más que un ronco murmullo.

—¿Qué dices? —pregunta el militar.

Iona tuerce la boca en una sonrisa, hace un esfuerzo y murmura:

—Vea, señor… Mi hijo… Murió hace pocos días.

—¡Ejem! ¿Y de qué murió?

Iona se vuelve con todo el torso hacia el pasajero y dice:

—¡Vaya uno a saber! Debe de ser por la fiebre…

Tres días enteros estuvo en el hospital y murió… La voluntad de Dios. —¡A ver si doblas, Satanás! —se oye en la oscuridad—. ¿Dónde tienes

tus ojos, animal? ¡Vamos, muévete!

—Vamos, vamos… —se impacienta también el pasajero—. De esta manera no llegaremos ni mañana.

¡Date un poco de prisa!

El cochero vuelve a estirar el cuello, se levanta un poco y con una pesada gracia agita el látigo.

Luego varias veces se vuelve hacia el pasajero, pero éste tiene los ojos cerrados y, por lo visto, no está dispuesto a escuchar. Después de bajarlo en Viborg, Iona se detiene junto a una taberna y de nuevo se torna inmóvil, encorvado sobre el pescante… La húmeda nieve vuelve a blanquear al cochero y a su caballejo. Pasa una hora, otra…

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Tres hombres jóvenes, golpeando el suelo con las katiuskas y regañando entre sí pasan por la vereda.

Dos de ellos son altos y flacos, el tercero es pequeño y jorobado. —¡Cochero, al puesto de Policía! —grita el jorobado con voz chillona

—. Somos tres… ¡Veinte kopeikas!

Iona tira de las riendas y chasquea los labios.

Veinte kopeikas no es un precio conveniente, pero el precio poco le

importa ahora… Fuese un rublo o cinco kopeikas le da lo mismo, con tal de tener pasajeros… Los jóvenes, empujándose y jurando, suben al trineo, y los tres tratan de ocupar los dos asientos. Comienza la discusión: ¿Quiénes viajarán sentados y quién quedará de pie? Después de una larga pelea, caprichos y reproches, llegan a la conclusión de que el jorobado, por ser el más pequeño, es quien debe viajar de pie.

—¡Bueno, vamos! —chilla el jorobado, acomodándose de pie y respirando en la nuca de Iona—. ¡Dale!

¡Vaya una gorra la tuya, amigazo! Peor que ésta no se encontrará en todo Petersburgo…

—Ja… ja… —ríe Iona—. Tengo la que tengo…

—¡Bueno, la que tengo, dale! ¿Todo el camino vamos a andar así?

¿Eh? ¿Quieres ganarte un sopapo en la nuca?

—Tengo un terrible dolor de cabeza —dice uno de los altos—. Anoche, en casa de los Dukmasov, Vasily y yo tomamos cuatro botellas de coñac.

—No comprendo, para qué mentir —se enoja el otro alto—. Miente como una bestia.

—Que Dios me castigue si no es verdad…

—Es tan verdad como aquello de que el piojo tose.

—¡Jo, jo! —ríe Iona—. ¡Qué señores tan alegres!

—Pero… —grita el jorobado con indignación— ¿se dan cuenta? ¿Vas a avanzar más rápido o no, viejo decrépito? ¿Se llama esto ir en trineo? ¿Por qué no le das un latigazo? ¡Arre, Satanás! ¡Arre! ¡Dale más!

Detrás de su espalda Iona siente el movedizo cuerpo y la voz chillona del jorobado. Oye los denuestos que le dirigen, mira a sus pasajeros, y la sensación de soledad deja poco a poco de oprimir su pecho. El jorobado sigue lanzando juramentos hasta que se atraganta con una complicada expresión de seis pisos y tiene un ataque de tos. Los altos se ponen a

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hablar acerca de una Nadezhda Petrovna. Iona los mira de reojo. Espera una breve pausa, se vuelve hacia los pasajeros y murmura:

—Hace pocos días… este… se murió mi hijo.

—Todos moriremos… —suspira el jorobado, secándose los labios después de toser—. A ver, dale… ¡Date prisa! Señores, decididamente no puedo viajar así.

¿Cuándo llegaremos?

—A ver ¡dale en la nuca para animarlo un poco!

—Viejo charlatán, ¿me oyes? ¡Vas a recibir palos en la cabeza! Si uno os trata con ceremonia, tiene que andar de pie. ¿Me oyes, dragón? ¿O te mofas de nuestras palabras?

Iona más bien oye que siente el ruido de un sopapo en su nuca.

—Jo, jo —ríe—. ¡Qué señores tan alegres!… ¡Que Dios les dé mucha salud!

—Cochero, ¿estás casado? —pregunta el alto.

—¿Yo? Jo, jo… ¡Qué señores tan alegres…! Ahora me queda una sola mujer: la húmeda tierra… Jo, jo, jo… ¡La tumba! Mi hijo se murió y yo sigo con vida… Qué cosa tan rara: la muerte se equivocó de puerta… En lugar de venir a buscarme a mí, se llevó a mi hijo…

Iona se vuelve para contar cómo murió su hijo, pero en este momento el jorobado suspira con alivio, declarando que, gracias a Dios, han llegado finalmente a destino. Después de recibir veinte kopeikas, Iona sigue con la mirada a los juerguistas que desaparecen en la entrada de una casa oscura.

De nuevo se queda solo y de nuevo sobreviene el silencio para él… La tristeza que se había aquietado por breve tiempo, reaparece ahora y oprime el pecho con fuerza mayor aún. Los ojos de Iona recorren inquieta y dolorosamente la multitud que camina apresurada por ambos lados de la calle: entre esos millares de personas ¿habrá una siquiera que quiera escucharlo? La gente corre sin reparar en él ni en su tristeza. Una tristeza enorme, que no tiene límites. De estallar el pecho de Iona y de desparramarse esta tristeza, cubriría, al parecer, todo el mundo y, sin embargo, no se la ve. Supo caber en una cáscara tan ínfima que ni a la luz del día se la puede encontrar…

Iona ve al portero con un paquete y decide entablar conversación con

él.

—Querido, ¿qué hora será ahora? —le pregunta. —Las nueve pasadas… ¿Y por qué te paraste aquí?

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¡Vamos, muévete!

Iona se aleja unos pasos, inclina la cabeza y se abandona a la tristeza… Considera ya inútil dirigirse a la gente. Pero no transcurren ni cinco minutos cuando se yergue, sacude la cabeza como si sintiera un dolor agudo y tira de las riendas… no puede más.

«¡A la cochera! —piensa—. ¡A la cochera!».

Y el caballejo, como comprendiendo su pensamiento, se pone en marcha al trote. Una hora y media después Iona ya está sentado junto a una gran estufa sucia. En el suelo y sobre los bancos duermen los hombres, roncando. El aire está pesado y hace calor… Iona mira a los durmientes, se rasca y lamenta haber regresado tan temprano…

«No gané ni para la avena —piensa—. Por eso uno siente pena. El hombre que conoce su oficio… que dio de comer al caballo y comió él también, está tranquilo siempre…».

Un cochero joven se incorpora en uno de los rincones, tose, semidormido, y se estira hacia el balde con agua.

—¿Tienes sed? —pregunta Iona.

—Eso es. Tengo sed.

—Bueno. ¡Salud! ¿Sabes que se me murió el hijo?

¿Habrás oído hablar? Hace unos días, en el hospital… ¡Qué historia! Iona quiere saber qué efecto han producido sus palabras, pero no ve

nada. El joven se tapa la cabeza con la colcha y no tarda en dormirse. El viejo suspira y se rasca… De la misma manera que el joven tenía ganas de beber, él tiene ganas de hablar.

Pronto va a hacer una semana que ha muerto su hijo, pero todavía no ha podido hablar con nadie como corresponde… Hay que hablar del asunto a fondo, sin prisa… Hay que contar cómo enfermó el hijo, cómo sufrió, qué dijo antes de morir y cómo murió… Hay que describir el entierro y el viaje al hospital para retirar la ropa del difunto. En la aldea vive su hija Anicia… También hay que hablar acerca de ella… ¡Y cuántas cosas tiene ahora para contar! El oyente debe suspirar, compadecer, consolar… Mejor aún sería hablar con mujeres. Aunque son tontas, por lo menos rompen a llorar a las primeras palabras que oyen.

«Iré a ver al caballo —piensa Iona—. Para dormir hay tiempo… Ya dormirás…».

Se viste y va al establo donde está su caballo. Piensa en la avena, el heno, el tiempo… No puede pensar en su hijo cuando está solo… Podría

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hablar sobre él con alguien, pero pensar en él y dibujar su imagen a solas resulta intolerable.

—¿Rumias? —pregunta Iona a su yegua, mirándola a los ojos brillantes—. Bueno, bueno… Si no ganamos para la avena, comeremos heno… Así es… soy viejo ya para andar con el coche… Mi hijo debería llevar pasajeros en mi lugar… Aquel sí que era un cochero de verdad… No le hacía falta más que vivir…

Iona se queda callado durante un tiempo y luego continúa:

—Así son las cosas, yegüita… Se nos ha ido Kuzma Ionich… Se fue para siempre… Se le ocurrió morirse así como así… Pongamos por caso, tú tienes un potrillo… Eres la madre de ese potrillo… Y de repente, digamos, el potrillo se te muere… Le tendrías mucha lástima, ¿verdad?

La yegua sigue rumiando, escucha y resopla sobre las manos de su amo…

Iona se deja llevar por sus propias palabras y se lo cuenta todo…

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LA DAMA DEL PERRITO

I

Decían que en la avenida apareció una figura nueva: una dama con un perrito. Dmitry Dmitrich Gurov, que ya llevaba dos semanas en Yalta y se había acostumbrado al lugar, empezó, también él, a sentir interés por las caras nuevas. Sentado en el pabellón Vernet, vio pasar por la avenida a una dama joven, rubia, de mediana estatura y tocada con una boina; tras ella corría un blanco perro de Pomerania.

Después la encontraba varias veces por día en el parque de la ciudad y en el jardín público. Paseaba siempre sola, con la misma boina, acompañada por el perrito blanco; nadie sabía quién era y la llamaban simplemente: la dama del perrito.

«Si está aquí sin marido y sin conocidos —cavilaba Gurov—, no estaría de más trabar amistad con ella».

No había cumplido aún los cuarenta, pero ya tenía una hija de doce años y dos hijos colegiales.

Lo habían casado temprano, cuando cursaba el segundo año de estudios en la universidad, y ahora su mujer parecía mucho mayor que él. Era una mujer alta, de cejas oscuras, erguida, de modales graves y reposados; ella misma solía decir que era una mujer pensante… Leía mucho, escribía cartas con ortografía modernizada y al marido lo llamaba Dimitry en lugar de Dmitry, mientras que éste, para sus adentros, la consideraba estrecha, mediocre y poco elegante; le tenía miedo y sentía pocas ganas de estar en casa. Hacía mucho tiempo ya que la engañaba, lo hacía con frecuencia y por esta causa, probablemente, siempre hablaba mal de las mujeres; cuando se hablaba de ellas en su presencia, solía acotar:

—¡Raza inferior!

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Le parecía que su amarga experiencia le otorgaba suficientes derechos para llamarlas de cualquier manera, a pesar de lo cual, no podía pasar ni dos días sin la «raza inferior». La compañía de hombres le resultaba aburrida, no se sentía a gusto con ellos y se volvía parco y frío, mientras que con las mujeres era desenvuelto, sabía de qué hablar y cómo conducirse; hasta le resultaba fácil permanecer callado con ellas. En su físico, en su carácter, en toda su naturaleza había algo atrayente, inasible, algo que predisponía bien a las mujeres hacia él; sabiéndolo, también él se sentía arrastrado hacia ellas por una fuerza desconocida.

Una larga y, efectivamente, amarga experiencia le había enseñado hacía tiempo que todo acercamiento, que al principio diversifica la vida en forma agradable y constituye una aventura fácil y amable para las personas decentes —en especial los moscovitas, indecisos y sedentarios—, de forma inevitable se transforma en un problema extraordinariamente complicado, y al final, la situación se torna penosa. Pero en cada nuevo encuentro con una mujer interesante esta experiencia se escurría de la memoria, quedaba el deseo de vivir y todo parecía gracioso y simple.

Una vez, al anochecer, mientras Gurov estaba comiendo en el jardín, la dama de la boina se acercó sin prisa para ocupar la mesa vecina. La expresión de su rostro, su manera de caminar, su vestido, su peinado le decían que ella pertenecía a la sociedad, que estaba casada, que por primera vez se encontraba en Yalta, que estaba sola y se aburría… En los relatos sobre la deficiente moralidad local había mucha fantasía y él los despreciaba, sabiendo que aquellas historias, en su mayoría, son inventadas por personas que gustosamente pecarían si pudiesen hacerlo; pero cuando la dama se sentó a la mesa vecina, a tres pasos de distancia, él recordó esos cuentos acerca de las conquistas fáciles y las excursiones a las montañas y sintióse dominado por la seductora idea de una breve, pasajera relación, un romance, con una mujer desconocida, de quien no sabía ni nombre ni apellido.

Llamó cariñosamente al perro y cuando éste se le hubo acercado, lo amenazó con el dedo. El pomerania gruñó. Gurov volvió a amenazarlo.

La dama le dirigió una mirada, pero enseguida bajó los ojos.

—No muerde —dijo, ruborizándose.

—¿Puedo darle un hueso? —y cuando ella asintió con la cabeza, le preguntó afablemente—: ¿Hace mucho que llegó a Yalta?

—Unos cinco días.

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—Y yo estoy arrastrando ya la segunda semana.

Callaron un rato.

—El tiempo pasa rápidamente y sin embargo uno se aburre mucho aquí —dijo ella sin mirarlo.

—Así se dice. El hombre vive en su pueblo de Velev o en Zisdra y no se siente aburrido, pero llega hasta aquí y: «¡Ah, qué aburrimiento! ¡Ah, qué polvo!». Como si viniera de Granada.

Ella rió. Luego ambos continuaron comiendo en silencio, como desconocidos; pero después de la comida salieron juntos y comenzó la graciosa y ligera conversación de personas libres y satisfechas, a quienes les resultaba igual a dónde ir y de qué hablar. Paseaban y hablaban de la extraña iluminación del mar; el agua tenía un suave y tibio color lila, y la luna tendía sobre ella una franja dorada. Hablaban del aire sofocante que quedó después de un día de calor. Gurov le contó que era moscovita, que había hecho estudios de filología, pero que trabajaba en un banco; antes se preparaba para cantar en la ópera privada, pero luego abandonó el canto; que tenía dos casas en Moscú… De ella supo que se había educado en Petersburgo, pero que se casó en S., donde vivía desde hacía dos años; que en Yalta se quedaría un mes, y que posiblemente la vendría a buscar su marido, quien también tenía ganas de descansar. Ella tuvo dificultades para explicar en qué repartición estaba ocupado su marido: en el gobierno provincial o en la dirección provincial del zemstvo, y eso le causó gracia a ella misma. Gurov se enteró también de que ella se llamaba Anna Sergueievna.

Más tarde, en su habitación, pensó en ella, en que probablemente mañana volverían a encontrarse. Así debía ser. Al acostarse, recordó que hacía muy poco tiempo que ella era colegiala y estudiaba, como ahora estudiaba la hija de él; recordó la timidez y cierta aprensión que aún se notaba en su risa y en su conversación con personas desconocidas. Debía de ser la primera vez que se encontraba sola en semejantes circunstancias, cuando alguien andaba tras ella y la miraba y le hablaba con un propósito oculto que ella no podía menos de adivinar. Recordó su cuello, fino y delicado; sus hermosos ojos grises.

«Hay algo lastimero en ella», pensó al dormirse.

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II

Transcurrió una semana. Era un día festivo. En las habitaciones hacía un calor sofocante, mientras que por las calles el viento levantaba remolinos de polvo y hacía volar los sombreros. Durante todo el día uno tenía sed y Gurov a menudo entraba en el pabellón y ofrecía a Anna Sergueievna unas veces refrescos, otras helados. No se podía ir a ningún lado.

Al anochecer, cuando el viento se había calmado un poco, fueron al muelle para ver llegar al vapor.

En el atracadero había mucha gente paseando; un grupo de personas, con ramos de flores, se aprestaba para recibir a alguien. Y se notaban nítidamente las dos particularidades del elegante público yaltense: las damas de edad vestían como jóvenes, y había muchos generales.

El mar estaba agitado y el vapor llegó tarde, cuando ya se había puesto el sol, y antes de atracar debió maniobrar durante largo rato. A través de los impertinentes, Anna Sergueievna miraba el vapor y a los pasajeros, como si buscase conocidos, y cuando se dirigía a Gurov, sus ojos brillaban. Hablaba mucho, sus preguntas eran bruscas y ella misma las olvidaba enseguida; luego perdió los impertinentes entre la multitud.

El elegante público se dispersaba, las caras no se veían ya, el viento se calmó por completo, pero Gurov y Anna Sergueievna permanecían inmóviles, como esperando que alguien más descendiera del barco. Anna Sergueievna estaba callada ahora y olía las flores, sin mirar a Gurov.

—El tiempo ha mejorado —dijo éste—. ¿A dónde iremos ahora? ¿Y si hiciéramos un viaje de paseo?

Ella no contestó.

Entonces él la miró fijamente y, de pronto, la abrazó y la besó en los labios; lo envolvió la húmeda fragancia de las flores y enseguida miró por todos lados con temor: ¿los habría visto alguien? —Vamos a su hotel… —dijo en voz baja.

Y los dos fueron caminando con rapidez.

Había una atmósfera sofocante en la habitación del hotel, y olía al perfume que ella había comprado en la tienda japonesa. Mirándola ahora, Gurov pensaba: «¡Cuántos encuentros distintos tiene uno en la vida!». Del pasado conservaba el recuerdo tanto de las mujeres despreocupadas, benévolas y contentas, que le estaban agradecidas por la dicha, aunque

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fuese muy breve, como de otras que —igual que su esposa— amaban sin franqueza, con demasiadas conversaciones, amaneramiento, histeria y con una expresión que parecía reflejar algo más importante que el amor y la pasión, y de otras dos o tres, muy bellas y frías, en cuyos rostros aparecía de pronto una expresión feroz, un terco deseo de tomar, arrancar a la vida más de lo que ella puede dar.

Eran mujeres de cierta edad ya, caprichosas, autoritarias y poco inteligentes, y cuando Gurov perdía interés por ellas, su belleza despertaba en él un sentimiento de odio y los encajes de su ropa le parecían escamas.

Aquí, en cambio, había timidez, cierta torpeza de la inexperta juventud, la turbación; había también la sensación de desconcierto, como si alguien de repente golpeara en la puerta. Anna Sergueievna, esa «dama del perrito», interpretó lo sucedido de una manera singular, muy seria, como su caída —según parecía— y esto resultaba extraño e impropio. Por ambos lados de su rostro ensombrecido caían tristemente sus largos cabellos; su figura, pensativa y afligida, hacía recordar a la pecadora de algún grabado antiguo.

—Eso no está bien —dijo ella—. Usted mismo no me respeta ahora. Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y se puso a

comer sin prisa. Una media hora, por lo menos, transcurrió en silencio. Anna Sergueievna estaba conmovedora, irradiando la pureza de una

mujer decente, ingenua e inexperta; la solitaria vela que ardía sobre la mesa iluminaba apenas su rostro, pero se veía que estaba apesadumbrada.

—¿Y por qué debo dejar de respetarte? —preguntó Gurov—. No sabes lo que dices.

—¡Que Dios me perdone! —dijo ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Es terrible.

—Hablas como si quisieras justificarte.

—¿Cómo puedo justificarme? Soy una mujer mala, vil; me desprecio a mí misma, y ni pienso justificarme. No es a mi marido a quien engañé, sino a mí misma. Y no solamente ahora, sino hace tiempo que me engaño. Mi marido puede que sea un hombre bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué hace él allí ni en qué consisten sus funciones; sólo sé que es un lacayo. Cuando me casé, tenía veinte años, me atormentaba la curiosidad, sentía deseos de vivir mejor; existe una vida distinta —me decía—. Y tenía ganas de vivirla. Vivir… Me quemaba la curiosidad… usted no lo comprenderá, pero le juro por Dios que yo no podía dominarme; le dije a

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mi marido que estaba enferma y me vine aquí… Y aquí anduve todo el tiempo como mareada, como aturdida… y ahora he llegado a ser una mujer mala y vulgar, a quien cualquiera puede despreciar.

Gurov ya estaba aburrido de escucharla; lo irritaba su tono ingenuo, su arrepentimiento, tan inesperado e impropio; si no fuera por las lágrimas en sus ojos, se podía pensar que estaba bromeando o ensayando un papel.

—No comprendo —dijo en voz baja—. ¿Qué es lo que quieres entonces?

Ella ocultó su cara en el pecho de Gurov, estrechándose contra él con ternura.

—Créame, créame, se lo ruego —decía—. Amo la vida honesta y pura; el pecado me repugna, yo misma no sé lo que hago. La gente sencilla dice en estos casos que es el demonio quien tiene la culpa.

También yo puedo decir ahora que el demonio me ha tentado.

—Vamos, vamos… —murmuró él.

Miraba sus ojos inmóviles y asustados, la besaba, le hablaba con cariño en voz baja, y poco a poco ella se tranquilizó y recuperó su alegría; ambos se echaron a reír.

Más tarde, cuando salieron, en la avenida no había ni un alma; la ciudad, con sus cipreses, tenía aspecto muerto, pero el mar golpeaba aún ruidosamente contra la orilla; una barca se balanceaba sobre las olas y un farolito somnoliento parpadeaba en ella.

Encontraron un coche y se fueron a Oreanda.

—Abajo, en el vestíbulo, conocí tu apellido: en la pizarra estaba escrito «von Dideritz» —dijo Gurov—. ¿Tu marido es alemán?

—No, parece que su abuelo era alemán, pero él es ortodoxo.

En la Oreanda se sentaron sobre un banco, cerca de la iglesia, mirando en silencio el mar que se extendía abajo. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; las blancas nubes permanecían quietas en las cimas de las montañas. Las hojas de los árboles no se movían, cantaban las cigarras, y el monótono y sordo rugido del mar que llegaba desde abajo hablaba de la paz, del eterno sueño que nos espera. Así rugía el mar cuando no había aquí ni Yalta ni Oreanda; así ruge ahora y rugirá sordamente con la misma indiferencia cuando nosotros no estemos. Y en esta constancia, en esta total indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se oculta quizá la premisa de nuestra salvación eterna, del continuo movimiento de la vida sobre la tierra, del continuo

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perfeccionamiento. Sentado junto a la joven, que parecía tan bella aquella mañana, calmado y hechizado por el paisaje de ensueño —el mar, las montañas, las nubes, el cielo inmenso— Gurov pensó que en realidad todo es bello en este mundo, todo excepto lo que pensamos y hacemos olvidando los supremos propósitos de la existencia y nuestra dignidad humana.

Se acercó un hombre —por lo visto el sereno—, los miró y se fue. Y este detalle también parecía misterioso y bello. Luego vieron llegar un vapor procedente de Theodosia, iluminado por el alba y con las luces ya apagadas.

—Parece que hay un poco de rocío sobre la hierba —dijo Anna Sergueievna después de un largo silencio.

Y volvieron a la ciudad.

Cada mediodía se encontraban en la avenida, almorzaban juntos, paseaban, admiraban el mar. Ella se lamentaba de que dormía muy mal y que tenía palpitaciones; le formulaba siempre las mismas preguntas, instigada por los celos o por el temor de que no la respetara del todo. Y a menudo, en la plazoleta o en el parque, cuando no había nadie cerca de ellos, él la atraía de pronto y la besaba con pasión. El ocio total, los besos en pleno día llenos de cautela y de temor, el olor del mar, el calor y el constante deambular del público ocioso, satisfecho y bien vestido parecían haberlo regenerado; le decía a Anna Sergueievna cuán hermosa y seductora estaba, se mostraba impaciente y apasionado, no la dejaba sola ni por un momento, mientras que ella con frecuencia se quedaba pensativa y le suplicaba que reconociera que no la respetaba ni la amaba en absoluto y que no veía en ella más que a una mujer vulgar. Casi todas las noches partían afuera, a Oreanda o a las cataratas, y el paseo siempre resultaba placentero: las impresiones invariablemente eran magníficas, soberbias.

Esperaban la llegada del marido. Pero llegó una carta suya, en la cual notificaba que le dolían los ojos y rogaba a su mujer que regresara a casa lo antes posible. Anna Sergueievna, presurosa, comenzó a prepararse para el viaje.

—Está bien eso de que me vaya —decía a Gurov—. Es el destino.

Partió en una lineika y él la acompañó. Viajaron durante todo el día. Cuando subía al vagón del tren rápido y cuando sonó la segunda campanada, ella dijo:

—Deje que lo mire un poco más… Un poco más…

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Así.

No lloraba, pero estaba triste y parecía enferma; su rostro temblaba. —Pensaré en usted… lo recordaré —le decía—. Quédese con Dios. No

me recuerde mal. Nos despedimos para siempre, es preciso que así sea, porque no debíamos encontrarnos. Bueno, ¡adiós!

El tren se fue rápido, sus luces desaparecieron muy pronto y al cabo de un minuto ya no se oía ningún ruido, como si todos se hubieran puesto de acuerdo adrede para interrumpir de golpe ese dulce sueño, esa locura. Al quedarse solo en el andén y al mirar la oscura lejanía, Gurov escuchaba el canto de las cigarras y el zumbido de los cables telegráficos con la sensación de una persona recién despertada. Pensó que en su vida hubo una andanza más, una aventura más, que ya había terminado y que sólo quedaba un recuerdo… Estaba conmovido, triste y un poco arrepentido; esta mujer con la cual nunca más había de encontrarse, no fue feliz con él; él había sido amable, cordial con ella, pero en su manera de tratarla, en su tono y en sus caricias aparecía la sombra de una leve ironía, de una ruda soberbia de un hombre feliz, quien, además, casi le doblaba en edad. Ella siempre lo llamó bueno, extraordinario, persona de elevados sentimientos; por lo visto, él aparecía a los ojos de ella no como el hombre que era, sino como otro, y, por consiguiente, la engañaba sin querer…

Aquí, en la estación, ya olía a otoño; la noche estaba fresca.

«Ya es tiempo de que me vaya también al norte», pensó Gurov retirándose del andén.

III

En su casa de Moscú el ambiente era ya invernal: diariamente se prendía el fuego en las estufas, y las mañanas eran oscuras, de modo que cuando los niños se preparaban para ir al colegio y tomaban el desayuno, la niñera encendía la lámpara. Habían llegado ya los primeros fríos. Cuando cae la primera nevada, resulta agradable, durante el primer viaje en trineo, mirar la tierra blanca y los tejados blancos; uno respira suave y libremente y, en estos momentos, recuerda sus años mozos. Los viejos tilos y abedules, blancos por la escarcha, tienen una expresión bonachona; están más cerca

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del corazón que los cipreses y las palmeras, y junto a ellos uno ya no tiene ganas de pensar en las montañas y el mar.

Gurov era moscovita; regresó a Moscú en un día hermoso y frío, y cuando dio un paseo por la Petrovka, llevando puestos la shuba y los guantes, así como al atardecer del sábado oyó el tañer de las campanas, el reciente viaje y los lugares en que había estado perdieron para él todo encanto. Poco a poco iba sumergiéndose en la vida moscovita; ya leía con avidez tres diarios por día, ya decía que sus principios le impedían leer los diarios de Moscú. Ya lo atraían los restaurantes, los clubes, las invitaciones y los aniversarios; ya se sentía halagado de recibir en su casa a abogados y artistas conocidos y de jugar a los naipes con un profesor universitario. Ya podía comerse una sartén entera de selianka[15]…

Le parecía que al cabo de un mes una niebla cubriría el recuerdo de Anna Sergueievna y que ésta, sólo de vez en cuando, se le aparecería en sueños con su conmovedora sonrisa, como antes hacían las otras. Pero había pasado más de un mes, llegó el pleno invierno, y el recuerdo seguía tan nítido como si él se hubiera separado de Anna Sergueievna en la víspera. Este recuerdo se tornaba cada vez más fuerte, más intenso. Al oír en el silencio nocturno de su escritorio las voces de sus hijos, que preparaban los deberes; al escuchar una romanza en el restaurante o el aullido de la borrasca en la chimenea, de golpe renacía en su memoria todo lo vivido en Yalta: la escena sobre el muelle, el brumoso amanecer en las montañas, el vapor procedente de Theodosia y los besos. Durante largo rato caminaba por la habitación, recordaba y sonreía; luego los recuerdos se transformaron en sueños y el pasado en su imaginación se confundía con el futuro. Anna Sergueievna ya no se le aparecía en sueños, sino que lo seguía por todas partes como la sombra, vigilándolo. Con los ojos cerrados, se la imaginaba vivamente y ella le parecía más bella, más joven, más dulce de lo que era; también a sí mismo se veía mejor de lo que él era en aquel entonces, en Yalta.

Por las noches ella lo miraba desde la biblioteca, desde la chimenea, desde el rincón; se oía su respiración, el suave murmullo de su vestido. En la calle seguía con la mirada a las mujeres, buscando alguna parecida a ella…

Sentía un fuerte deseo de compartir con alguien sus recuerdos. Pero en casa no podía hablar de su amor y fuera de casa no había con quién.

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¿Acaso puede uno contar esto a los vecinos o a sus colegas en el banco? Y, además, ¿de qué podría hablarles?

¿Acaso había amado? ¿Hubo algo poético, bello, ejemplar o, simplemente, interesante en su actitud hacia Anna Sergueievna? No podía hacer otra cosa, por lo tanto, que hablar vagamente sobre el amor y las mujeres y nadie se daba cuenta de qué se trataba.

Solamente su mujer movía las oscuras cejas y decía:

—No te queda nada bien, Dimitry, el papel de fatuo.

Una noche, al salir del Círculo Médico con su partenaire, funcionario de una repartición pública, no pudo contenerse y le dijo:

—¡Si supiera usted qué mujer más encantadora conocí en Yalta!

El funcionario subió al trineo y emprendió la marcha, pero de pronto se volvió y llamó:

—¡Dmitry Dmitrich!

—¿Qué?

—Usted tenía razón: el esturión no estaba fresco.

Estas palabras, tan comunes, indignaron a Gurov; le parecieron despreciables y sucias. ¡Qué costumbres salvajes, qué gente! ¡Qué noches absurdas, qué días tan grises y poco interesantes! El desenfrenado juego a los naipes, la gula, la borrachera y las incesantes charlas siempre sobre lo mismo. Las innecesarias tareas y las conversaciones sobre el mismo tema se apoderan de la mejor parte del tiempo, de las mejores fuerzas, y queda al final una vida limitada y vacía, sin ningún sentido, de la cual ni siquiera uno puede escapar, como si estuviera recluido en una casa de locos o en una cárcel.

Lleno de indignación, Gurov no pudo pegar ojo en toda la noche, y luego, todo el día siguiente lo pasó con dolor de cabeza. En las noches sucesivas tampoco pudo dormir bien; permanecía sentado en la cama, pensando, o caminaba de un rincón a otro. Sus hijos lo fastidiaban, el banco lo fastidiaba; no tenía ganas de ir a ninguna parte ni de hablar con nadie.

En diciembre, durante las fiestas, hizo las maletas, dijo a su mujer que iba a Petersburgo para interceder por un joven y partió a S. ¿Para qué? Él mismo no lo sabía bien. Tenía deseos de ver a Anna Sergueievna, hablarle, concertar una entrevista si era posible.

Llegó a S. por la mañana y ocupó la mejor habitación en el hotel, cuyo suelo estaba cubierto por un soldadesco paño gris y donde había una mesa

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con un tintero gris a causa del polvo que lo cubría, y con un jinete sin cabeza que sostenía un sombrero en su mano levantada. El portero le dio los informes necesarios: von Dideritz vivía en la calle Antigua Goncharnaia, en casa propia, no muy lejos del hotel; tratábase de una persona acomodada, que tenía caballos propios y que era conocida en toda la ciudad.

El portero pronunciaba su nombre así: Dridirits.

Gurov se encaminó sin prisa a la Antigua Goncharnaia y encontró la casa. Frente al edificio, extendíase una larga cerca gris, protegida con clavos.

«Con semejante cerca ante la vista, cualquiera tendría ganas de escapar», pensó Gurov mirando ya las ventanas, ya la cerca.

»Hoy es un día festivo —cavilaba— y el marido probablemente está en casa. De todos modos sería de poco tino entrar en la casa y confundirla. Y si le mando una nota, ésta puede llegar a parar a manos del marido y entonces todo quedaría estropeado.

Lo mejor es confiar en una ocasión».

Y seguía paseando por la calle, junto a la cerca, y esperando esta ocasión. Un mendigo entró por el portón y lo atacaron los perros; una hora más tarde se oyeron los sonidos del piano, débiles, apenas perceptibles. Seguramente Anna Sergueievna estaba tocando. Abrióse de repente la puerta principal de la casa y salió una viejecita, detrás de la cual corría el conocido pomerania blanco. Gurov quiso llamarlo, pero su corazón comenzó a latir con fuerza, y, dominado por la emoción, no pudo recordar el nombre del perro.

Seguía caminando y empezaba a odiar la cerca gris; pensaba con irritación que Anna Sergueievna podía haberlo olvidado y que, quizá, se divertía ya con otro, lo que no dejaría de ser perfectamente natural, dada la situación de la joven mujer, obligada a ver durante todo el día esa maldita cerca. Volvió a su hotel y durante largo rato permaneció sentado en el diván, sin saber qué hacer; luego comió y pasó mucho tiempo durmiendo.

»Todo esto resulta bastante estúpido y molesto —pensó al despertarse y mirando las oscuras ventanas; era de noche ya—. Después de tanto dormir, ¿qué haré ahora de noche?».

Estaba sentado en la cama, cubierta por una barata manta gris, parecida a las que se usan en el hospital, y se burlaba de sí mismo con fastidio:

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«Aquí la tienes a tu dama del perrito… Aquí tienes tu aventura… ¡Quédate, pues, aquí y descansa!».

Aún por la mañana, en la estación, le había saltado a la vista un cartel con letras muy grandes: por primera vez daban La Geisha. Lo recordó ahora y fue al teatro.

«Es posible que vaya al estreno», pensó.

El teatro estaba lleno. Como en todos los teatros provincianos en general, había allí una niebla que se elevaba por encima de las arañas; el paraíso se agitaba ruidosamente; en la primera fila de la platea, antes del comienzo, estaban de pie los petimetres locales, con las manos echadas a la espalda; en el palco del gobernador, en el primer asiento se hallaba sentada la hija de aquél, con un boa al cuello, mientras que él mismo se ocultaba modestamente detrás de la cortina, de modo que sólo se veían sus manos; el telón se movía, oscilando, y la orquesta afinaba los instrumentos largamente. Mientras el público entraba y ocupaba los asientos, Gurov buscaba con los ojos ansiosamente.

Anna Sergueievna llegó también. Se sentó en la tercera fila, y cuando Gurov la miró, sintió oprimírsele el corazón, al comprender claramente que en todo el mundo no existía para él persona más íntima, más querida y más importante; aquella pequeña mujer, perdida en la multitud provinciana, sin rasgos notables y con sus vulgares impertinentes en la mano, llenaba ahora toda su vida; era su desdicha y su alegría; era la única felicidad que deseaba para sí; y a los sones de una mala orquesta, de unos pobres violines provincianos, pensaba cuán bella era. Pensaba y soñaba.

Junto con Anna Sergueievna entró y se sentó a su lado un hombre joven, de patillas cortas, muy alto, algo encorvado; a cada paso movía la cabeza, como si saludara constantemente. Debía ser el marido, a quien ella llamó lacayo en un arranque de amargura, en Yalta. En efecto, había algo de lacayo en su larga figura, en sus patillas, en su pequeña calva; tenía una sonrisa dulzona, y en su ojal brillaba, cual la chapa del lacayo, el distintivo de una sociedad científica.

En el primer entreacto el marido salió a fumar y ella se quedó en su butaca. Gurov, que también estaba en la platea, se le acercó y le dijo con voz insegura y con una sonrisa forzada:

—Buenas noches.

Ella lo miró, palideciendo; luego, sin creer a sus propios ojos, volvió a mirarlo con terror y apretó fuertemente en sus manos el abanico y los

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impertinentes, luchando consigo misma para no desmayarse. Los dos callaban. Ella se quedó sentada, mientras que él permaneció de pie, asustado por su turbación, sin atreverse a tomar asiento a su lado. Cantaron los violines y la flauta, que estaban siendo afinados; daba miedo: parecía que desde todos los palcos los estaban mirando. Ella se levantó y se dirigió deprisa hacia la salida; él la siguió, y los dos caminaron sin rumbo por los pasillos, por las escaleras, ya subiendo ya bajando; ante su vista pasaban unos hombres con uniformes judiciales, administrativos o académicos, todos ornados con distintivos; pasaban las damas y los abrigos colgados en los percheros; la corriente de aire traía el olor de colillas. Y Gurov, cuyo corazón latía con fuerza, pensaba: «¡Dios mío! ¿Para qué esta gente, esta orquesta?…».

Y en este instante recordó de golpe cómo aquella noche en la estación, después de despedir a Anna Sergueievna, se decía a sí mismo que todo había terminado y que jamás volverían a verse. ¡Pero cuán lejos estaba aún el fin!

En una estrecha y oscura escalera, donde un letrero señalaba la «entrada al anfiteatro», ella se detuvo.

—¡Qué susto me ha dado usted! —dijo, jadeando, pálida aún y aturdida—. ¡Oh, qué susto! Apenas me mantengo en pie. ¿Por qué ha venido usted? ¿Por qué?

—Compréndame, Anna, compréndame… —dijo él nervioso, en voz baja—. Le ruego que me comprenda…

Ella lo miraba con miedo, con amor, implorando; lo miraba fijamente para retener sus rasgos en la memoria con más nitidez.

—¡Sufro tanto! —prosiguió ella sin escucharlo—. Durante todo el tiempo sólo pensé en usted; la vida para mí era pensar en usted. Quería olvidarlo, olvidar… ¿Por qué ha venido? ¿Por qué?

Más arriba, en el descanso, dos colegiales fumaban, mirando abajo, pero eso tenía sin cuidado a Gurov, quien atrajo a Anna Sergueievna hacia sí y comenzó a besar su cara, sus mejillas, sus manos.

—¡Qué hace usted, qué hace! —decía ella, atemorizada, apartándolo

—. Los dos estamos perdiendo la razón. Parta hoy mismo, ahora mismo… Le suplico por lo más sagrado que tenga, le imploro… ¡Alguien viene!

Alguien subía por la escalera.

—Usted debe partir… —continuó Anna Sergueievna en un susurro—. ¿Me oye, Dmitry Dmitrich? Iré a verlo a Moscú. ¡Nunca fui feliz, no lo

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soy ahora ni nunca lo seré, nunca! Pues no me haga sufrir más aún. Le juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos. ¡Mi querido, mi bueno, mi amado, separémonos!

Ella le estrechó la mano y comenzó a bajar rápidamente, volviéndose para mirarlo, y en sus ojos se notaba que, en efecto, no era feliz… Gurov se quedó un rato parado, aguzando el oído; luego, al cesar todos los ruidos, buscó su guardarropa y se fue.

IV

Y Anna Sergueievna empezó a ir a verlo a Moscú.

Cada dos o tres meses, partiendo de S. decía a su marido que iba a consultar con el médico acerca de su dolencia femenina, y el marido la creía y no la creía al mismo tiempo. En Moscú se alojaba en el hotel Bazar Eslavo y enseguida enviaba a Gurov un mensajero de gorra colorada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú se enteraba de ello.

Una mañana de invierno se dirigía a verla (el mensajero no lo había encontrado en la víspera), acompañando a su hija al colegio, puesto que llevaban el mismo camino. Caían grandes y húmedos copos de nieve.

—Hay tres grados sobre cero ahora y sin embargo está nevando — decía Gurov a su hija—. Pero este aire templado lo tenemos sólo aquí, en la superficie de la tierra; en las capas superiores de la atmósfera la temperatura es muy distinta.

—Papá, ¿por qué no hay truenos en invierno?

Le explicó también esto. Al hablar, pensaba en que iba a una cita y que ni una sola alma viviente lo sabía ni lo sabría nunca probablemente.

Tenía dos vidas: una visible, que todos conocían, llena de una verdad convencional y de un engaño convencional, muy parecida a la de sus amigos y conocidos, y la otra, que transcurría en secreto. Y por una extraña conjunción de circunstancias, que, quizás, era casual, todo resultaba sustancial, interesante e indispensable para él; en lo cual era sincero y a cuyo respecto no se engañaba; lo que constituía la médula de su vida ocurría en forma clandestina, mientras que todo lo que era su falsedad, su envoltura dentro de la cual él se escondía para ocultar la verdad, como, por ejemplo, su trabajo en el banco, las discusiones en el

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club, su «raza inferior», la asistencia —junto con su mujer— a los aniversarios, todo ello era visible. Y sobre su propio ejemplo Gurov juzgaba a los demás, sin creer en lo que veía, y suponía siempre que cada persona vivía su verdadera e interesante vida bajo el manto del misterio, cual bajo el manto de la noche. Cada existencia personal se sostiene sobre el misterio y en parte es por eso quizá que la persona culta se afana tanto en hacer respetar el secreto personal.

Después de acompañar a su hija hasta el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo la pelliza, subió y golpeó suavemente en la puerta.

Anna Sergueievna, que llevaba puesto el vestido gris, el preferido de él, fatigada por el viaje y la espera —lo esperaba desde la tarde anterior— estaba pálida, lo miraba sin sonreír y apenas lo vio entrar, se arrojó en sus brazos. El beso fue lento, prolongado, como si no se hubiesen visto durante dos años.

—Y bien, ¿cómo te va? —preguntó él—. ¿Qué hay de nuevo? —Espera un poco… No puedo.

No podía hablar, puesto que estaba llorando. Se volvió hacia otro lado y llevó el pañuelo a los ojos.

«Bueno, que llore un poco; me sentaré mientras tanto», pensó Gurov, y se sentó en un sillón.

Luego tocó el timbre y dijo que le trajeran té; y más tarde, mientras él tomaba el té, ella permanecía de pie, mirando por la ventana… Lloraba de emoción, por la amarga conciencia de que sus destinos se presentaban tan tristes; se veían clandestinamente, ocultándose de la gente como si fueran ladrones.

¿Acaso no estaban destrozadas sus vidas?

—¡Bueno, no llores! —dijo él.

Tenía la evidencia de que este amor no terminaría pronto y no sabía cuándo llegaría a su fin.

Anna Sergueievna se encariñaba con él cada vez más, lo adoraba, y no sería posible decirle que todo ello algún día debería acabar; además, no lo hubiera creído.

Se le acercó y la tomó por los hombros para acariciarla y animarla con alguna broma, y en este momento se vio en el espejo.

En su cabeza ya aparecieron canas. Y le resultó extraño el haber envejecido y desmejorado tanto en los últimos años. Los hombros sobre

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los cuales descansaban sus manos estaban tibios y se estremecían. Sintió compasión por aquella vida, cálida y bella aún, pero que probablemente se acercaba ya al momento de la marchitez. ¿Por qué lo amaba así?

Él siempre les parecía a las mujeres alguien que no era y ellas no lo amaban en su persona por sí mismo, sino al hombre creado por su imaginación y a quien buscaban ávidamente en su vida; y luego, al darse cuenta de su error, seguían amándolo. Ninguna de ellas había sido feliz con él. Pasaba el tiempo, él trababa amistad con alguna mujer, se unía a ella, se separaba, pero no la amaba; hubo de todo menos amor.

Y sólo ahora, cuando su cabeza se había tornado canosa, llegó a amar en forma verdadera, como es debido, por primera vez en su vida.

Anna Sergueievna y él se amaban como dos personas íntimamente vinculadas; como marido y mujer, como tiernos amigos; les parecía que estaban predestinados el uno al otro y era incomprensible por qué los dos estaban casados; eran como dos aves de paso, el macho y la hembra, atrapados y obligados a vivir en jaulas separadas. Habían perdonado el uno al otro aquella parte de su pasado de la cual se avergonzaban, se perdonaban todo en el presente y sentían que su amor los había cambiado a los dos.

Antes, en los momentos de tristeza, Gurov trataba de tranquilizarse a sí mismo con cualquier razonamiento que se le ocurría, pero ahora no estaba para razonamientos; sentía una profunda compasión y el deseo de ser sincero, tierno…

—No llores, mi bien —decía—. Ya has llorado bastante… Ahora hablemos un poco, para ver si encontramos algún camino.

Y durante un buen rato examinaron las posibilidades de eludir la necesidad de esconderse, engañar, vivir en ciudades distintas, sin verse por mucho tiempo. ¿Cómo liberarse de estas intolerables ataduras?

—¿Cómo? ¿Cómo? —se preguntaba él, tomándose la cabeza con las manos—. ¿Cómo?

Y parecía que faltaba poco para encontrar la solución y comenzar, entonces, una nueva y maravillosa vida; pero ambos comprendían claramente que el final estaba todavía muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.

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APELLIDO DE CABALLO

El general retirado Buldeiev tenía dolor de muelas.

Probó enjuagarse la boca con vodka y con coñac; aplicó a la muela enferma ceniza de tabaco, opio, trementina y queroseno; untó la mejilla con yodo; en los oídos tenía algodón impregnado de alcohol; pero todo ello no surtía efecto y hasta le provocaba náuseas. Recibió la visita de un médico. Éste hurgó en la muela y recetó quinina, lo que tampoco trajo alivio. A la proposición de arrancar la dolorida muela el general respondió con una negativa. Los de la casa —la esposa, los niños, las criadas y hasta el pinche de cocina Petka— proponían cada uno su remedio. El mayordomo Iván Evseich vino también y aconsejó intentar la cura con el conjuro.

—Aquí, en nuestro distrito, excelencia —dijo—, hace unos diez años vivía un empleado de Hacienda, Iakov Vasilich. Conjuraba el dolor de muelas en un santiamén. Se vuelve hacia la ventana, susurra algo, escupe ¡y ya está! Tiene un poder especial…

—¿Y dónde está ahora este hombre?

—Pues, después de ser despedido de Hacienda, se alojó en casa de su suegra, en Saratov. Ahora no se ocupa más que de muelas. Cualquiera que empiece a sentir un dolor de muelas va a verlo, porque, en efecto, ayuda… A los enfermos de Saratov los atiende personalmente en su casa, pero si alguien es de otra ciudad, entonces lo hace por telégrafo. Mándele, excelencia, un telegrama, explicándole que la cosa es así y así…, que al esclavo de Dios Alexy le duelen las muelas y que le pide una atención. Y mándele dinero por correo, por el tratamiento.

—¡Tonterías! ¡Es un charlatán!

—Haga usted una tentativa, excelencia. Cierto, es un gran aficionado al vodka y vive con una alemana en lugar de con su mujer; además es muy blasfemo, pero no se puede negar tampoco que es un señor milagroso.

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—¡Mándale el telegrama, Aliosha! —imploró la generala—. Tú no crees en los conjuros, pero yo los experimenté sobre mí misma. Y aunque no creas en estas cosas, ¿por qué no intentarlo? No se te van a atrofiar las manos por eso.

—Está bien —consintió Buldeiev—. Tal como estoy, soy capaz de mandarle un telegrama no sólo a un empleado de Hacienda sino al mismo demonio…

¡Oh, no aguanto más! Bueno, ¿dónde vive ese hombre? ¿Cómo hay que escribirle?

El general se sentó a la mesa y tomó la pluma.

—En Saratov lo conocen hasta los perros —dijo el mayordomo—. Sírvase escribir, excelencia, a la ciudad de Saratov… A su señoría Iakov Vasilich… Vasilich…

—¿Y bien?

—Vasilich… Iakov Vasilich… y el apellido es… ¡Me olvidé el

apellido! ¡Vasilich!… ¡Diablos! ¿Cómo es su apellido? Cuando venía para

acá, recordaba…

Espere…

Iván Evseich levantó los ojos hacia el cielo raso y se puso a mover los labios. Buldeiev y la generala esperaban con impaciencia.

—¿Entonces? ¡Piénsalo pronto!

—Un momento… Vasilich… Iakov Vasilich… ¡Me olvidé! Es un apellido simple… como de caballo… ¿Caballero? No, Caballero no es… Espere… ¿Será Alazano? Tampoco. Recuerdo que es algo de caballo, pero cómo es, se me fue de la cabeza…

—¿Tordillo?

—No, no. Espere… Jaco… Jamelgo… Sabueso…

—Éste es un apellido de perro y no de caballo. ¿No será Crin? —No, Crin no es. Caballo… Cavallo… Cavalo… Nada de eso… —¿Y cómo entonces le voy a escribir? ¡Piénsalo bien! —Ahora… Casco… Potro… Bayo…

—¿Leoncavallo? —preguntó la generala. —No, señora. Carreras… Tampoco. ¡Me olvidé!

—¿Para qué diablos te metes entonces con tus consejos, si no te acuerdas de nada? —se enojó el general—. ¡Vete de aquí!

Iván Evseich salió lentamente, mientras el general se agarraba la mejilla y se ponía a andar por las habitaciones.

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—¡Ay, señor! —gemía—. ¡Ay, madre mía! ¡Esto es peor que el infierno!

El mayordomo salió al jardín, levantó los ojos hacia el cielo y trató de recordar el apellido del oficinista:

—Corcel… Cuadrúpedo… Rocín… No, no es. Yugo… Cincha… Rienda…

Poco tiempo después lo llamaron.

—¿Recordaste? —le preguntó el general.

—Todavía no, excelencia.

—¿Quizás, Tropero? ¿Anca? ¿No?

Y todos en la casa, a cual más y mejor, se dedicaron a inventar apellidos.

Recordaron todas las edades, géneros y razas de los caballos; examinaron la crin, las pezuñas y los arneses… En la casa, en el jardín, en las dependencias de servicio y en la cocina la gente andaba de un rincón a otro y, rascándose la frente, buscaban el apellido…

A cada momento, llamaban al mayordomo desde la casa. —¿Tropilla? —le iban preguntando—. ¿Galope? ¿Pezuña?

—No, no es —respondía Iván Evseich y, levantando los ojos, continuaba pensando en voz alta—: Overo… Pío… Zaino…

—¡Papá! —llegaban los gritos desde el cuarto de los niños—. ¡Troikin! ¡Cuádriga!

Toda la heredad se vio alborotada. El agotado e impaciente general prometió compensar con cinco rublos a quien diese con el necesario apellido, y una multitud asediaba al mayordomo.

—¡Trotín! —le decían—. ¡Montura!

Llegó la noche, pero el apellido no fue encontrado todavía y la gente de la casa se fue a dormir sin haber enviado el telegrama.

El general no pegó los ojos en toda la noche; andaba de un rincón a otro, gimiendo… A las tres de la madrugada, salió de la casa y golpeó en la ventana del mayordomo.

—¿No será Pegaso? —preguntó con voz llorosa.

—No, excelencia, Pegaso no es —contestó Iván Evseich con un suspiro culpable.

—¡Puede ser que no sea un apellido de caballo, sino de alguna otra cosa!

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—Mi palabra, excelencia, que es de caballo… Esto lo recuerdo muy bien.

—¡Qué desmemoriado eres, amigo! Para mí este apellido es ahora lo más importante del mundo. ¡El dolor me tiene loco!

Por la mañana el general mandó llamar al médico. —¡Que me la saquen! —decidió—. No aguanto más…

Llegó el doctor y le extrajo la muela enferma. El dolor disminuyó rápidamente y el general se sintió más tranquilo. Cumplida su tarea y cobrados los honorarios, el médico subió a la carretela y partió para su casa. En el campo se encontró con el mayordomo… Éste estaba de pie, a la vera del camino y, concentrado en sus pensamientos, miraba distraídamente sus zapatos. A juzgar por las arrugas que surcaban su frente y por la expresión de sus ojos, aquellos pensamientos eran tensos, mortificantes.

—Remo… Silla… —farfullaba—. Arnés… Recado…

—¡Iván Evseich! —lo llamó el médico—. ¿No puedes venderme, querido, unas cinco cuartillas de avena? Nuestros mujiks suelen venderme avena, pero es muy mala…

El mayordomo miró tontamente al doctor, esbozó una media sonrisa salvaje y, sin responder una sola palabra, alzó los brazos y a continuación echó a correr hacia la casa con tal rapidez como si lo persiguiera el diablo.

—¡Ya lo tengo, excelencia! —gritó con la voz alterada por la alegría, al entrar volando en el despacho del general—. ¡Ya lo tengo, que Dios dé mucha salud al doctor! ¡Avena! ¡Avena es el apellido del empleado! ¡Avena, excelencia!… ¡Mande el telegrama al señor Avena!

—¡Toma! —dijo el general con desprecio e hizo dos gestos obscenos ante la cara del mayordomo—. No necesito ahora tu apellido de caballo. ¡Toma!

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IONICH

I

Cuando los recién llegados a S., capital de provincia, se quejaban del aburrimiento y de la monotonía de la vida, los habitantes de la ciudad, como justificándose, decían que, por el contrario, en S. se estaba muy bien; que había allí una biblioteca, un teatro, un club; que había bailes y que, por fin, había familias inteligentes, interesantes y agradables, con las cuales se podía trabar conocimiento. Y mencionaban a la familia de los Turkin como la más instruida y talentosa.

Esta familia vivía en casa propia, situada en la calle principal, cerca de la residencia del gobernador.

Iván Petrovich Turkin, hombre corpulento, moreno, guapo, con patillas, organizaba espectáculos de aficionados, con fines benéficos, interpretaba él mismo papeles de viejos generales y solía toser entonces en forma muy graciosa. Conocía muchos chistes, charadas y dichos; solía bromear y decir ocurrencias, y siempre tenía una expresión que no dejaba comprender si hablaba en serio o en broma. Su esposa, Vera Iosifovna, delgada y simpática dama con pincenez, escribía largas narraciones y novelas y las leía gustosamente, en voz alta, a sus visitas. Su joven hija, Ekaterina, tocaba el piano. En una palabra, cada miembro de la familia tenía algún talento propio.

Los Turkin recibían a sus visitas cordialmente y les mostraban sus talentos de un modo alegre y sencillo. Su casa de piedra era espaciosa y fresca en verano; la mitad de las ventanas daban al viejo y umbroso jardín, donde en primavera cantaban los ruiseñores. Cuando había visitas, desde la cocina se oían los golpes de los cuchillos y en el patio olía a cebolla frita, lo que cada vez prometía una sabrosa y abundante cena.

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También al doctor Startsev, Dmitry Ionich, designado como médico del distrito y establecido en Dialich, a nueve verstas de S., se le ha dicho que, siendo una persona culta, debiera conocer a los Turkin. Una vez, en invierno, le presentaron, en la calle, a Iván Petrovich; se habló del tiempo, del teatro, del cólera; les siguió una invitación. En primavera, en un día festivo —era la Ascensión— después de recibir a los enfermos, Startsev se dirigió a la ciudad para distraerse un poco y, de paso, comprar una que otra cosilla. Iba a pie, sin prisa (no tenía aún caballos propios), y durante todo el camino canturreaba: «Cuando no bebía aún las lágrimas del cáliz de la vida…».

En la ciudad almorzó, dio un paseo por el jardín público y, al recordar de repente la invitación de Iván Petrovich, decidió hacer una visita a los Turkin para ver cómo era aquella gente.

—Buenas tardes, por favor —dijo Iván Petrovich, recibiéndolo en la puerta—. Encantado de ver a un visitante tan agradable. Venga, lo presentaré a mi fidelísima. Le estoy diciendo, Verochka —prosiguió, presentando el médico a su mujer—, le estoy diciendo que no tiene ningún derecho romano de quedarse todo el tiempo en su hospital; debe entregar su ocio a la sociedad. ¿No es verdad, querida?

—Siéntese aquí —dijo Vera Iosifovna, indicando al huésped un sitio a su lado—. Puede usted cortejarme.

Mi marido es celoso, es un Otelo, pero trataremos de comportarnos de manera que no se dé cuenta de nada.

—Qué gatita traviesa que es… —murmuró Iván Petrovich con ternura y la besó en la frente—. Su visita es muy oportuna —se dirigió nuevamente al invitado—, mi fidelísima escribió una novela grandullona y hoy la va a dar a luz en voz alta.

—Yeanito —dijo Vera Iosifovna al marido—, dites que l’on nous donne du thé.

También le presentaron a Startsev Ekaterina Ivanovna, señorita de unos dieciocho años, muy parecida a su madre y tan delgada y atractiva como ésta.

Tenía todavía una expresión infantil y un talle suave y fino; su pecho virginal, ya desarrollado, bello y sano, hablaba de primavera, de auténtica primavera.

Luego tomaron té con dulces, miel, confites y muy sabrosos pastelillos que se deshacían en la boca. Al anochecer, poco a poco se reunían las

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visitas, e Iván Petrovich, dirigiendo a cada uno sus ojos sonrientes, decía:

—¡Buenas noches, por favor!

Luego todos se acomodaban en la sala, con los rostros muy serios, y Vera Iosifovna leía su novela. «El frío arreciaba» fue la primera frase. Las ventanas estaban abiertas de par en par, se oían los golpes de los cuchillos en la cocina y se sentía el aroma a cebolla frita… Los mullidos y hondos sillones eran cómodos; las luces parpadeaban suavemente en la penumbra de la sala; en aquella noche de verano, cuando desde la calle llegaban las voces y las risas y desde el patio penetraba un aroma de lilas, era difícil imaginar el frío que arreciaba, la nevada llanura, iluminada por los últimos rayos de sol, y a un solitario caminante que avanzaba por el camino; Vera Iosifovna estaba leyendo la historia de una joven y bella condesa que en su aldea construía escuelas, hospitales y bibliotecas, y que se enamoró de un pintor ambulante; estaba leyendo cosas que no existen en la vida, no obstante lo cual resultaba agradable escucharla y la cabeza se llenaba de buenas y apacibles ideas, de modo que uno no tenía ganas de levantarse…

—No está malta… —dijo en voz baja Iván Petrovich.

Y uno de los invitados, escuchando y vagando mentalmente por lejanas e ignotas comarcas, replicó en un susurro:

—Sí… en efecto…

Transcurrió una hora, otra. Cerca de la casa, en el jardín público, había música y cantaba un coro popular. Al cerrar Vera Iosifovna su cuaderno, todos permanecieron callados durante unos cinco minutos, escuchando «La Astilla», cantada por el coro; esta canción trasmitía aquello que faltaba en la novela y que ocurre en la vida.

—¿Publica usted sus obras en las revistas? —preguntó Startsev.

—No —contestó Vera Iosifovna—, no las publico.

Las escribo y las guardo en un armario. ¿Para qué publicarlas? Tenemos medios suficientes.

Todos suspiraron, sin saber por qué.

—Y ahora, Kotik, toca algo para nosotros —se dirigió Iván Petrovich a su hija.

Levantaron la tapa del piano y abrieron las notas de música que ya estaban preparadas de antemano.

Ekaterina se sentó y con ambas manos golpeó las teclas; enseguida volvió a golpearlas con todas sus fuerzas, una y otra vez; sus hombros y su pecho se sacudían, ella seguía golpeando tercamente siempre en el mismo

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sitio y parecía que no iba a dejar de hacerlo hasta que hundiera las teclas dentro del piano.

La sala se llenó de truenos; todo atronaba: el suelo, el techo, los muebles… Ekaterina tocaba un pasaje difícil, interesante, precisamente, por su dificultad, largo y monótono, y Startsev, escuchándolo, se imaginaba piedras que rodaban desde una alta montaña, rodaban y rodaban sin cesar, y sintió deseos de que dejaran de rodar lo antes posible, pero al mismo tiempo, Ekaterina, sonrosada a causa del esfuerzo, fuerte y enérgica, con un mechón caído sobre la frente, le agradaba muchísimo. Después de un invierno transcurrido en Dialich, entre los mujiks y los enfermos, resultaba tan novedoso y tan agradable estar sentado en la sala, contemplar a esta elegante, joven, y probablemente pura criatura y escuchar esos sonidos, fuertes y fastidiosos, pero cultos de todos modos…

—Bien, Kotik, hoy has tocado como nunca —dijo Iván Petrovich, con lágrimas en los ojos, cuando su hija se hubo levantado—. No hubieras podido hacerlo mejor.

Todos la rodearon, felicitándola, asombrándose y asegurando que hacía mucho tiempo que no habían oído tan buena música, mientras ella escuchaba en silencio, con una leve sonrisa, y toda su figura expresaba el triunfo.

—¡Excelente! ¡Magnífico!

—¡Magnífico! —dijo también Startsev, contagiado del entusiasmo general—. ¿Dónde estudió usted música? —preguntó a Ekaterina—. ¿En el conservatorio?

—No, pero pienso matricularme. Hasta ahora estudié aquí, con madame Zavlovskaia.

—¿Hizo sus estudios generales en el instituto local?

—¡Oh, no! —respondió Vera Iosifovna por su hija—. Invitamos a profesores particulares, pues convendrá usted que en el liceo o en el instituto hubiera podido tener influencias perniciosas; mientras una jovencita crece, debe permanecer bajo la única tutela de su madre.

—A pesar de todo iré al conservatorio —dijo Ekaterina.

—Nada de eso; Kotik quiere a su mamá. Kotik no querrá apenar a su papá y a su mamá.

—Sí, sí. ¡Partiré! —dijo Ekaterina en tono de broma caprichosa y golpeó con el piececito.

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Durante la cena era Iván Petrovich quien mostraba sus talentos. Riendo sólo con los ojos, contaba chistes, decía ocurrencias, proponía problemas graciosos y los resolvía él mismo, hablaba siempre en su lenguaje insólito, que fue elaborado en el transcurso de largos ejercicios de agudeza mental y que había quedado, por lo visto, como una costumbre: grandullón; no está malta; buenos días, por favor.

Pero ahí no terminó la cosa. Cuando los invitados, satisfechos y contentos, se agolpaban en el vestíbulo, buscando sus sobretodos y sus bastones, junto a ellos se afanaba el lacayo Pavlusha o, como lo llamaban allí, Pava, mozalbete de unos catorce años, con la cabeza rapada y con las mejillas llenas.

—A ver, Pava, ¿cómo era aquella escena? —le preguntó Iván Petrovich. Pava se colocó en pose, levantó un brazo y dijo con tono trágico:

—¡Muere, desdichada!

Y todos rieron a carcajadas.

«Es gracioso», pensó Startsev, saliendo a la calle.

Entró todavía en un restaurante y bebió cerveza, tras lo cual se encaminó a pie hacia su Dialich. Durante todo el camino canturreó: «Mi voz va hacia ti, nostálgica y tierna…».

Después de andar nueve verstas y luego, al acostarse, no sentía el menor cansancio, sino que, por el contrario, le parecía que gustoso andaría unas veinte verstas más.

«No está malta…», recordó, al dormirse, y rió.

II

Startsev se proponía siempre volver a visitar a los Turkin, pero había mucho trabajo en el hospital y no conseguía hacerse unas horas libres. Así transcurrió más de un año en el trabajo y en la soledad; pero un día trajeron de la ciudad una carta en un sobre azul…

Hacía tiempo que Vera Iosifovna sufría de jaqueca, pero últimamente, con las diarias amenazas de Kotik de que ingresaría en el conservatorio, los ataques se hicieron más frecuentes. Todos los facultativos de la ciudad habían visitado, uno tras otro, la casa de los Turkin; por fin, tocaba el turno

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al médico del distrito. Vera Iosifovna le escribió una carta conmovedora, en la cual le rogaba que fuera a aliviar sus sufrimientos. Startsev fue a verla y luego siguió visitando la casa de los Turkin muy a menudo… Como, en efecto, supo ayudar algo a Vera Iosifovna, ésta decía a todo el mundo que era un médico extraordinario, asombroso. Pero ya no era la jaqueca la causa de sus frecuentes visitas…

Un día festivo. Ekaterina terminó sus largos y fatigosos ejercicios de piano. Mientras tomaban el té, en el comedor, Iván Petrovich contaba algo gracioso. Sonó el timbre y era necesario ir al vestíbulo para recibir una visita; Startsev aprovechó el momento y, muy agitado, susurró a Ekaterina:

—¡Por Dios, no me torture más, vayamos al jardín!

Ella se encogió de hombros, como si no comprendiera lo que él quería, pero se levantó y se dirigió al jardín.

—Usted toca el piano durante tres o cuatro horas —decía Startsev, andando tras ella—, después se queda sentada con su mamá, de modo que no hay ninguna posibilidad de hablarle. Concédame aunque sea un cuarto de hora, le imploro.

Se acercaba el otoño y el viejo jardín se hallaba silencioso y triste; las alamedas estaban cubiertas de hojas oscuras. Anochecía temprano.

—No la he visto en una semana entera —continuó diciendo Startsev —. ¡Si usted supiera qué tortura es esto! Sentémonos. Debe escucharme.

Los dos tenían un lugar predilecto en el jardín: el banco bajo un viejo y frondoso arce. Y ahora se sentaron sobre ese banco.

—¿Qué desea usted? —preguntó Ekaterina en tono seco y oficial. —No la he visto en una semana entera, no he oído su voz en tanto

tiempo. Estoy anhelando oír su voz. Hable.

Sentía admiración por su frescura, por la ingenua expresión de sus ojos y de sus mejillas. Hasta su vestido le parecía extraordinariamente simpático y conmovedor por su sencilla y candorosa gracia. Al mismo tiempo, a pesar de esa inocencia, ella parecía tener inteligencia y conocimientos superiores a su edad. Podía hablar con ella sobre literatura, el arte y cualquier cosa; podía quejarse de la vida y de la gente, aunque sucedía a veces que, en medio de una conversación seria, se ponía a reír sin causa alguna o corría a ocultarse en la casa. Como casi todas las muchachas de S., leía mucho (en general, la gente leía poco en S., y en la biblioteca de la ciudad sedecía que si no fuera por las señoritas y los jóvenes judíos habría que clausurarla), y esto agradaba a Startsev

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infinitamente; cada vez le preguntaba, con emoción, qué era lo que había leído en los últimos días y, hechizado, escuchaba sus relatos.

—¿Qué leyó usted esta semana que no nos hemos visto? —le preguntó —. Hable, le ruego.

—Leí a Pisemsky.

—¿Qué obra leyó?

—Las mil almas —respondió Kotik—. ¡Qué nombre tan gracioso tenía Pisemsky: Aleksey Feofilaktich!

—¿A dónde va usted? —Se asustó Startsev al verla levantarse y dirigirse hacia la casa—. Tengo que hablarle, debo explicarle algo… ¡Quédese aunque sea cinco minutos más! ¡Le suplico!

Ella se detuvo, como si deseara decirle algo; luego, torpemente le metió en la mano una esquela, corrió a la casa y allí se sentó de nuevo al piano.

«Esta noche, a las once —leyó Startsev—, en el cementerio, junto al monumento a la Demetti».

«Qué cosa más tonta —pensó, al volver en sí—. ¿Qué tiene que ver aquí el cementerio? ¿Para qué es eso?».

Era claro: Kotik hizo una broma traviesa. ¿A quién se le ocurre en serio dar una cita de noche, lejos de la ciudad, en el cementerio, cuando es tan fácil verse en la calle o en el jardín público?

¿Y acaso estaba bien eso de que él, médico del distrito, persona culta y seria, suspirara, recibiera esquelas, vagara por los cementerios e hiciera otras tonterías de las cuales hasta los colegiales se reían?

¿A dónde lo llevará este romance? ¿Qué dirán sus colegas cuando se enteren? Así pensaba Startsev en el club, vagando entre las mesas, y a las diez y media, de golpe, partió al cementerio.

Ya tenía una yunta de caballos y un cochero, Panteleimon, que lucía un chaleco de terciopelo.

Era una noche de luna, apacible y templada, pero ya se sentía el otoño. En el suburbio, cerca de los mataderos, aullaban los perros. Startsev dejó los caballos en una de las callejas, sobre el límite de la ciudad, y se dirigió a pie al cementerio. «Cada uno tiene sus rarezas —pensó—. Kotik es rara también y (¿quién sabe?) puede ser que no bromee» —y él se abandonó a esta remota y vacía esperanza y se sintió embriagado por ella.

Una media versta anduvo a campo a través. El cementerio se dibujaba a lo lejos, en forma de una franja oscura, como un bosque o un parque.

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Apareció el muro de piedra blanca, el portón… A la luz de la luna podía leerse la inscripción: «Llegará la hora del descanso eterno…». Startsev abrió la portezuela y penetró en el cementerio; lo primero que vio fueron las cruces blancas y los monumentos a ambos lados de la amplia alameda y las negras sombras que partían de ellos y de los álamos; lejos alrededor se veía lo blanco y lo negro y los árboles somnolientos inclinaban sus ramas sobre lo blanco.

Parecía que allí había más claridad que en el campo; las hojas de los arces, cual extrañas patas se recortaban sobre la arena amarilla de las alamedas y sobre las losas, y las inscripciones en los monumentos se veían claramente. En los primeros momentos Startsev quedó asombrado por lo que estaba viendo por primera vez en su vida y lo que, probablemente, nunca más volvería a ver: un mundo que no se parecía a nada, un mundo en el que la luz de la luna era tan tenue y hermosa como si tuviera allí su cuna; donde no había vida, ninguna señal de vida, pero en cada álamo oscuro, en cada tumba, sentíase la presencia de un misterio, que prometía una vida apacible, bella, eterna. Las losas, las flores marchitas y las hojas otoñales exhumaban un leve soplo de tristeza, de perdón y de paz.

En el silencio de la noche, las estrellas miraban desde el cielo con profundo recogimiento, y los pasos de Startsev, tan inoportunos, resonaban con aspereza. Y cuando en la iglesia el reloj comenzó a dar horas y él se imaginó a sí mismo muerto y enterrado allí para siempre, le pareció que alguien lo estaba mirando y pensó entonces, por un instante, que aquello no era ni paz ni silencio, sino una sorda angustia de no existir, una desesperación contenida…

El monumento a la Demetti tenía forma de una capilla, con un ángel encima; años atrás había pasado por la ciudad una compañía de óperas italiana, una de las cantantes murió, la enterraron allí y colocaron ese monumento. En la ciudad nadie la recordaba ya, pero la lamparilla en la entrada reflejaba el brillo de la luna y parecía arder.

No había nadie. ¿Y quién iría allí a medianoche?

Pero Startsev siguió esperando y —como si la luz lunar avivara su pasión— esperó afiebrado, imaginando los besos y las caricias. Durante media hora permaneció sentado junto al monumento, luego dio un paseo por las alamedas laterales, con el sombrero en la mano, esperando y pensando en todas aquellas mujeres, señoras y señoritas, que yacían en las tumbas y que otrora eran bellas y adorables, que amaban y se abandonaban

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por las noches a las caricias. En realidad, la madre Naturaleza hace al hombre una broma bastante pesada y no es nada alegre tener plena conciencia de ello. Startsev estaba pensando en estas cosas y, al mismo tiempo, tenía ganas de gritar que deseaba y esperaba el amor cueste lo que cueste; ya no eran los blancos trozos de mármol lo que estaba viendo, sino bellos cuerpos, formas que se ocultaban púdicamente en las sombras de los árboles; sentía su calor y una languidez que se tornaba penosa…

Y como si bajara el telón, la luna se escondió debajo de las nubes y todo se oscureció en derredor.

A duras penas Startsev encontró el portón —estaba oscuro como en una noche de otoño—, luego deambuló más de una hora buscando la calleja en la que había dejado sus caballos.

—Estoy cansado, apenas me sostienen los pies —dijo el cochero.

Y, acomodándose con placer en la carretela, pensó: «¡Ay, no debería engordar!».

III

Al día siguiente, al anochecer, se dirigió a la casa de los Turkin para hacer la petición de mano. Pero la ocasión no resultó propicia por cuanto Ekaterina se hallaba ocupada en su habitación con el peluquero. Estaba a punto de ir al baile que tenía lugar en el club.

Hubo que esperar un buen rato en el comedor, tomando el té. Iván Petrovich, al ver que su huésped parecía pensativo y aburrido, sacó del bolsillo de su chaleco algunos papelitos y leyó la graciosa carta de su administrador alemán, quien le comunicaba que en la propiedad estaban estropeadas varias «sierras duras» de las puertas y que el viento había derribado la «falla» alrededor del huerto.

«La dote no ha de ser pequeña», pensó Startsev, escuchando distraído. Después de una noche sin dormir, se encontraba en un estado de aturdimiento, como si le hubiesen dado de beber algo dulce y somnífero; en su alma había niebla, pero también calor y alegría, mientras en su

cabeza un trozo pesado y frío razonaba:

«¡Detente antes de que sea tarde! ¿Acaso es buena pareja para ti? Es mimada, caprichosa, duerme hasta las dos de la tarde; y tú no eres más que

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el hijo de un diácono, un médico rural…

»Bueno, ¿y qué? —pensó—. ¿Qué hay de malo en ello?

»Además, si tú te casas con ella —continuó el trozo—, su parentela te obligará a dejar el empleo en el distrito y a instalarte en la ciudad.

»Bueno —pensó—, viviremos en la ciudad si es necesario. Le darán una dote, compraremos los muebles…».

Por fin entró Ekaterina, con un vestido de baile escotado, tan arregladita y bonita que Startsev, entusiasmado, no pudo pronunciar una sola palabra y no hacía más que mirarla y reír.

Ella comenzó a despedirse, y como él ya no tenía ningún motivo para quedarse allí, se levantó también, diciendo que debía volver a su casa, pues lo esperaban los enfermos.

—Qué se le va a hacer —repuso Iván Petrovich—, vaya, entonces. De paso, llevará a Kotik hasta el club.

Afuera lloviznaba, estaba muy oscuro y sólo por la tos ronca de Panteleimon se podía adivinar dónde estaban los caballos. Levantaron la capota de la carretela.

—Anduve y anduve, luego me arrojé al río y naduve, naduve —decía Iván Petrovich, ayudando a la hija a subir al coche—. ¡Arranca! ¡Buenas noches, por favor!

Partieron.

—Anoche estuve en el cementerio —comenzó diciendo Startsev—. No es generoso de su parte…

—¿Usted estuvo en el cementerio?

—Sí, estuve allí y la esperé casi hasta las dos de la madrugada. Sufrí.

—Pues, sufra, si no entiende las bromas.

Ekaterina, contenta de haberse burlado con tanta astucia de su enamorado y de saberse amada con tanta fuerza, lanzó una carcajada, pero, de repente, dejó escapar un grito, ya que en ese mismo instante los caballos, haciendo un brusco viraje, entraron en el portón del club y la carretela se inclinó. Starsev envolvió con el brazo el talle de Ekaterina; ella, asustada, no se movió, y él sin poder contenerse, la besó con pasión en los labios y en la barbilla, estrechando el abrazo.

—Basta —dijo ella secamente.

Un momento después ya no estaba en el coche, y el policía estacionado en la iluminada entrada del club gritaba a Panteleimon en tono áspero:

—¿Qué estás esperando, corneja? ¡A ver si te mueves!

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Startsev partió para su casa, pero no tardó en volver. Vestido con un frac ajeno, llevaba puesta una dura corbata blanca que se arqueaba continuamente y tenía ganas de desatarse. A medianoche el doctor estaba sentado en el salón del club, junto a Ekaterina, y le decía con calor:

—¡Oh, cuán poco saben los que no han amado nunca! Creo que nadie aún describió exactamente el amor, porque es muy difícil describir este tierno, alegre y tortuoso sentimiento; quien lo haya experimentado siquiera una vez, no intentará expresarlo con palabras. ¿Para qué los preámbulos y las descripciones? ¿Para qué la elocuencia? Mi amor no tiene límites… Le ruego, le imploro —declaró, por fin, Startsev— que sea mi esposa.

—Dmitry Ionich —dijo Ekaterina, después de pensarlo un rato y con una expresión muy seria—, Dmitry Ionich, le estoy muy agradecida por el honor que me hace; lo respeto mucho, pero… —ella se levantó y continuó hablando de pie—, pero perdóneme, yo no puedo ser su esposa. Hablemos con toda seriedad. Dmitry Ionich, usted sabe que lo que más amo en la vida es el arte; adoro la música, la amo locamente, le he dedicado toda mi vida.

Quiero ser artista, quiero tener fama, éxitos, libertad, mientras que usted quiere que yo siga viviendo en esta ciudad, que continúe arrastrando esta inútil y vacía vida, que se ha vuelto intolerable para mí. Casarme, ¡oh no, perdóneme! La persona debe perseguir un propósito elevado, brillante; la vida hogareña me ataría para siempre. Dmitry Ionich —ella sonrió levemente, ya que al decir «Dmitry Ionich» recordó «Alexey Feofilaktich»—, Dmitry Ionich, usted es un hombre bueno, inteligente y noble; usted es el mejor entre todos… —las lágrimas se asomaron a sus ojos— y yo lo compadezco con toda mi alma, pero… pero usted comprenderá…

Y para no echarse a llorar, ella se dio vuelta y salió del salón.

El corazón de Startsev volvió a latir anormalmente. Una vez en la calle, antes que nada se quitó de un tirón la dura corbata y respiró con todo el pecho.

Sentía algo de vergüenza, su amor propio estaba ofendido —no esperaba un rechazo— y no podía creer que todos sus sueños, angustias y esperanzas lo hubieran conducido a ese final estúpido, propio de una obrita representada en un espectáculo de aficionados. Y le daba lástima su sentimiento, ese amor suyo; tanta lástima le daba que tenía ganas de llorar o darle con el paraguas en la ancha espalda de Panteleimon.

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Durante unos tres días todo trabajo le salía mal y no podía comer ni dormir, pero al enterarse de que Ekaterina había partido a Moscú para ingresar en el Conservatorio, se tranquilizó y volvió a vivir como antes.

Más tarde, recordando a veces cómo había vagado por el cementerio o cómo estaba recorriendo toda la ciudad en busca de un frac, se desperezaba con indolencia y decía:

—¡Qué lío que era aquello!

IV

Pasaron cuatro años. Startsev ya tenía mucho trabajo en la ciudad. Todas las mañanas atendía de prisa a los enfermos en su casa de Dialich, luego partía a ver a los enfermos de la ciudad —lo hacía ya en una troika, con cascabeles—, y regresaba tarde, de noche.

Había engordado y sufría de jadeos, por lo cual no tenía ganas de andar a pie. También Panteleimon había engordado y cuanto más ancho se volvía, más tristes se hacían sus suspiros y sus quejas acerca del amargo destino que lo condenaba a viajes eternos.

Startsev frecuentaba muchas casas y se encontraba con mucha gente, pero no intimaba con nadie.

Los habitantes de la ciudad lo irritaban con sus charlas, sus puntos de vista y aun con su aspecto.

Poco a poco, la experiencia le hizo ver que el pequeño burgués, mientras uno jugaba con él a las cartas o compartía su comida, era un hombre pacífico, bien dispuesto y hasta inteligente, pero apenas uno comenzaba a hablarle sobre alguna cosa que no se podía comer, como la política o la ciencia, se metía en un callejón sin salida o se ponía a desarrollar una filosofía tan maligna y obtusa que a uno no le quedaba otra cosa más que dejar de hablar y hacerse a un lado. Al intentar Startsev mantener una conversación con un burgués liberal acerca de que la Humanidad, gracias a Dios, progresaba y que, con el tiempo, se las arreglaría sin pasaportes y sin la pena de muerte, el hombre lo miró de reojo y desconfiado le preguntó: «¿De modo que entonces cualquiera podrá degollar en la calle a quien le plazca?». Y cuando, en la sociedad, durante la cena o el té, Startsev hablaba de la necesidad de trabajar, ya que

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no se puede vivir sin trabajo, todos lo interpretaban como un reproche, comenzaban a enfadarse y a discutir tercamente. Además, aquellos burgueses no hacían nada, absolutamente nada, y no se interesaban por nada, de manera que resultaba muy difícil encontrar un asunto sobre el cual se pudiera hablar con ellos. Y Startsev evitaba las conversaciones, limitándose a tomar un bocado y jugar al vint; si en alguna casa se celebraba una fiesta familiar y lo invitaban a la mesa, se sentaba y comía en silencio, mirando al plato; y todo lo que se hablaba durante la comida era poco interesante, injusto y mentecato; él sentía irritación y se ponía nervioso, pero seguía callado, lo que dio motivo para que en la ciudad lo llamaran «el polaco engreído», aunque jamás había sido polaco.

Se apartaba de las diversiones como el teatro y los conciertos, en cambio jugaba todas las noches al vint, haciéndolo con placer, durante unas tres horas.

Tenía una diversión más, a la que se habituó sin darse cuenta, poco a poco: por las noches, extraer de sus bolsillos los billetes cobrados a los pacientes; estos billetes —amarillos y verdes, que olían a perfume y a vinagre, a incienso y a aceite de ballena— metidos en todos los bolsillos, sumaban a veces unos setenta rublos; cuando se juntaban varios cientos, los llevaba a la Sociedad del Crédito Mutuo y los depositaba en la cuenta corriente.

En los cuatro años después de la partida de Ekaterina, sólo dos veces fue a la casa de los Turkin, por invitación de Vera Iosifovna, que aún trataba de curar su jaqueca. Cada verano Ekaterina volvía a la casa de sus padres para pasar una temporada, pero él no tuvo oportunidad de verla.

Y he aquí que han transcurrido cuatro años. En una apacible y templada mañana trajeron al hospital una carta. Vera Iosifovna escribía a Dmitry Ionich que lo echaba de menos y le pedía que la visitara para aliviar sus sufrimientos; además era el día de su cumpleaños. Al pie de la carta había un agregado: «Me sumo a la solicitud de mamá. K.».

Startsev pensó un rato y por la noche fue a casa de los Turkin.

—¡Ah, buenas noches, por favor! —le dijo Iván Petrovich, sonriendo con los ojos—. ¡Buenas suares!

Vera Iosifovna, muy envejecida ya, con cabellos blancos, estrechó la mano de Startsev y dijo con un afectado suspiro:

—Usted, doctor, no quiere cortejarme, nunca viene a vernos; yo ya soy vieja para usted. Pero ahora llegó la joven; quizá tenga más suerte que yo.

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¿Y Kotik? Estaba más delgada y más pálida; al mismo tiempo era más hermosa y más esbelta; pero ya no era Kotik sino Ekaterina Ivanovna; ya no tenía la frescura de antes ni la expresión de inocencia infantil que la caracterizara. Había algo nuevo en su mirada y en sus modales, algo tímido y culpable, como si allí, en la casa de los Turkin, ya no se sintiera en su propia casa.

—¡Cuántos veranos, cuántos inviernos![16] —exclamó, tendiendo la mano a Startsev, y se notaba que su corazón latía con inquietud; mirándole a la cara con una atenta curiosidad, prosiguió—: ¡Cómo ha engordado usted! Está bronceado por el sol y se le ve más maduro, pero en general ha cambiado poco.

También ahora ella le agradó, pero algo le faltaba o algo le sobraba — él mismo no podría decirlo con precisión—, algo le impedía sentirla como la había sentido antes. No le agradaba su palidez, la nueva expresión de su rostro, su débil sonrisa, su voz, y pocos momentos después ya no le complacía su vestido, el sillón en que estaba sentada, algo no le agradaba en el pasado, cuando poco faltaba para que se casara con ella. Recordó su amor, sus sueños y sus esperanzas que lo inquietaban cuatro años atrás y se sintió incómodo.

Tomaron el té con pastel dulce. Luego Vera Iosifovna leyó en voz alta una novela suya; leyó cosas que nunca ocurren en la vida, y Startsev, escuchándola, contemplaba su canosa y bella cabeza y esperaba que terminase de leer.

«Mediocre —pensaba— no es quien no sabe escribir novelas, sino quien las escribe y no es capaz de ocultarlo».

—No está mal —dijo Iván Petrovich.

Luego Ekaterina Ivanovna tocó el piano larga y ruidosamente, y cuando hubo terminado, la felicitaban y le agradecían durante mucho tiempo.

«En realidad, hice bien en no casarme con ella», pensó Startsev.

Ella lo miraba, esperando, por lo visto, que la invitara a pasar al jardín, pero él permaneció callado.

—Hablemos un poco —dijo ella, acercándose—. ¿Cómo está usted? ¿Qué novedades tiene? En los últimos días siempre he pensado en usted — prosiguió con nerviosismo—; quería enviarle una carta, quería ir a verlo en Dialich y ya lo tenía decidido, pero luego cambié de idea: vaya a saber

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cuál es su actitud ahora para conmigo. Hoy he estado esperándolo con emoción. Por Dios, vayamos al jardín.

Salieron al jardín y se sentaron en el banco bajo el arce, igual que cuatro años antes. Estaba oscuro.

—¿Cómo le va? —preguntó Ekaterina Ivanovna.

—Pues bien. Sin novedad —respondió Startsev.

Y no se le ocurrió nada para agregar. Callaron.

—Estoy emocionada —dijo Ekaterina Ivanovna y se cubrió la cara con las manos—, pero no me haga caso. Me siento tan bien en casa, estoy feliz de volver a ver a todos. ¡Cuántos recuerdos! Creí que usted y yo hablaríamos sin cesar, toda la noche.

Él vio de cerca su cara y sus ojos brillantes, y aquí, en la oscuridad, ella le pareció más joven y hasta creyó vislumbrar en ella su antigua expresión infantil.

En efecto, ella lo miraba con ingenua curiosidad, como si quisiera ver y comprender mejor al hombre que antaño la amaba con tanto ardor, con tanta ternura y con tan poca suerte; sus ojos le estaban agradeciendo aquel amor. Y él recordó todo lo que hubo, los menores detalles, cómo anduvo vagando por el cementerio y cómo luego, de madrugada, volvía, cansado, a su casa; sintió tristeza y lástima por el pasado. Una llamita encendióse en su alma.

—¿Recuerda cómo la acompañé aquella noche al club? —dijo—. Llovía y estaba oscuro…

La llamita en su alma se agrandaba; ya tenía ganas de hablar, de quejarse…

—¡Ah! —dijo con un suspiro—. Usted pregunta sobre mi vida. Acerca de qué manera transcurre nuestra vida aquí. Pues, de ninguna manera. Envejecemos, engordamos, nos dejamos ir. Día tras noche, noche tras día, la vida pasa opaca, sin impresiones, sin ideas… De día gano dinero, de noche mato el tiempo en el club, con los jugadores y los alcohólicos roncos que me dan asco. ¿Qué hay de bueno en ello?

—Pero usted tiene su labor, un noble propósito en la vida. Le gustaba tanto hablar de su hospital.

Yo en aquel entonces era una joven algo extraña, me imaginaba a mí misma como una gran pianista.

Ahora todas las señoritas tocan el piano y yo lo toco como todas; no tengo nada excepcional, soy tan pianista como mi mamá es escritora. Y

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claro está, a usted no lo comprendí al principio, pero más tarde, en Moscú, a menudo pensé en usted. No pensé en otra cosa. Qué felicidad la suya, de ser médico rural, aliviar a los que sufren, servir al público.

¡Qué dicha! —repitió Ekaterina Ivanovna con entusiasmo—. Cuando en Moscú pensaba en usted, me lo figuraba tan idealista, tan espiritual…

Startsev recordó los billetes que de noche sacaba de sus bolsillos con tanto placer, y la llamita se apagó en su alma.

Se levantó del banco. Ella se apoyó en su brazo.

—Usted es la mejor persona que he conocido en mi vida —prosiguió

—. Volveremos a vernos y a conversar, ¿verdad? Prométamelo. No soy pianista, con respecto a ello no me hago más ilusiones y en su presencia no tocaré ni hablaré de música.

Cuando, después de entrar en la casa, Startsev vio, a la luz de las lámparas, su rostro y sus ojos, tristes, agradecidos e interrogantes, que se dirigían a él, sintió cierta inquietud y volvió a pensar: «Es una suerte que no me casara entonces».

Comenzó a despedirse.

—Usted no tiene ningún derecho romano de partir sin haber comido — decía Iván Petrovich, acompañándolo—. Eso está bastante perpendicular de su parte. ¡A ver aquella escena! —dijo en el vestíbulo, dirigiéndose a Pava.

Pava, que ya no era un adolescente sino un joven con bigotes, adoptó la pose, levantó el brazo y dijo en tono trágico:

—¡Muere, desdichada!

Todo ello irritó a Startsev. Tomando asiento en la carretela y observando la casa y el oscuro jardín que le eran tan queridos en otro tiempo, recordó todo a la vez: las novelas de Vera Iosifovna, los ruidosos conciertos de Kotik, las ocurrencias de Iván Petrovich y la trágica pose de Pava, y pensó en cómo debía de ser la ciudad si sus habitantes de más talento eran tan mediocres.

Tres días después, Pava le trajo una carta de Ekaterina Ivanovna. «Usted no viene a vernos. ¿Por qué? —decía la carta—. Temo que

haya cambiado su actitud hacia nosotros; me da miedo pensarlo. Tranquilíceme, pues; venga y dígame que todo marcha bien. Tengo que hablar con usted. Su E. T.».

Startsev leyó la carta, pensó un rato y dijo a Pava:

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—Dile, joven, que hoy no puedo ir, estoy muy ocupado. Dile que iré dentro de unos tres días.

Pero pasaron los tres días y luego una semana sin que él se decidiera a ir. Un día, pasando cerca de la casa de los Turkin, pensó que debería entrar aunque fuera por un minuto, pero vaciló y… no fue.

Y después ya no fue nunca más.

V

Pasaron varios años más. Startsev engordó más aún, respiraba pesadamente y andaba con la cabeza echada hacia atrás. Cuando, rollizo y enrojecido, viaja en su troika con cascabeles, y cuando Panteleimon, también rollizo y enrojecido, con la nuca carnosa, está sentado en el pescante, extendiendo hacia adelante sus brazos, tan rectos que parecen hechos de madera, y grita: «¡Cuidado a tu derechaa-a!», el cuadro resulta impresionante y parece entonces que no es un hombre quien viaja, sino un dios pagano.

En la ciudad posee una clientela enorme, ni tiene tiempo para un respiro; es dueño de una propiedad y de dos casas y busca comprar una más, en condiciones ventajosas; cuando en la Sociedad de Crédito Mutuo le hablan de alguna casa destinada al desahucio, se dirige a ella sin ceremonias, atraviesa todas las habitaciones sin prestar atención a las mujeres semivestidas y a los niños, que lo miran con asombro y miedo, y, señalando con el bastón las puertas, pregunta:

—¿Es el despacho? ¿Éste es el dormitorio? ¿Y esta habitación qué es? Y, respirando con dificultad, se seca el sudor de la frente.

Está muy atareado, a pesar de lo cual no abandona su cargo de médico del distrito; la avaricia lo tiene dominado y lo hace correr de un lado para otro. En Dialich, y también en la ciudad, lo llaman ya simplemente Ionich. «¿A dónde estará viajando Ionich?» o «habría que invitar a Ionich al Concilium».

Probablemente a causa del engordamiento de la garganta, su voz cambió, tornándose aguda y áspera. También cambió su carácter: se hizo difícil e irritable. Recibiendo a los enfermos, se enfada fácilmente, con impaciencia golpea el bastón contra el piso y grita con voz chillona:

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—¡Sírvase sólo contestar a las preguntas! ¡No hable!

Lleva una vida solitaria, aburrida; nada le interesa.

Durante todo el tiempo que lleva viviendo en Dialich, el amor hacia Kotik fue su única y probablemente última alegría. Por las noches, en el club, juega al vint y luego se sienta solo a una gran mesa para cenar. Lo atiende el lacayo Iván, el más viejo y respetable; le sirven el Château-Lafite número 17, y todos —el encargado del club, el cocinero y el lacayo

— saben lo que le gusta y lo que no le gusta, y tratan a toda costa de complacerle, porque si no, puede enojarse de golpe y golpear el suelo con su bastón.

Durante la cena, a veces se vuelve hacia la otra mesa para terciar en la conversación.

—¿Dónde es eso? ¿Eh? ¿A quién?

Y cuando sucede que en la mesa vecina se habla de los Turkin, pregunta:

—¿De cuáles Turkin está hablando? ¿Es donde la hija toca el piano? Esto es todo cuanto se puede decir de él.

¿Y los Turkin? Iván Petrovich está bien, no han cambiado en nada e igual que antes dice sus ocurrencias y cuenta sus chistes; Vera Iosifovna, igual que antes, lee a las visitas sus novelas y lo hace con una cordial sencillez y con placer. Kotik toca el piano unas cuatro horas por día. Se la nota envejecida y algo enferma; cada otoño se va con la madre a Crimea. Iván Petrovich las acompaña hasta la estación y, cuando el tren se pone en marcha, se seca las lágrimas y les grita:

—¡Adiós, por favor! Y agita el pañuelo.

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UNA APUESTA

I

Era una oscura noche de otoño. El viejo banquero caminaba en su despacho, de un rincón a otro, recordando una recepción que había dado quince años antes, en otoño. Asistieron a esta velada muchas personas inteligentes y se oyeron conversaciones interesantes. Entre otros temas se habló de la pena de muerte. La mayoría de los visitantes, entre los cuales hubo no pocos hombres de ciencia y periodistas, tenían al respecto una opinión negativa. Encontraban ese modo de castigo como anticuado, inservible para los estados cristianos e inmoral. Algunos opinaban que la pena de muerte debería reemplazarse en todas partes por la reclusión perpetua.

—No estoy de acuerdo —dijo el dueño de la casa—. No he probado la ejecución ni la reclusión perpetua, pero si se puede juzgar a priori, la pena de muerte, a mi juicio, es más moral y humana que la reclusión. La ejecución mata de golpe, mientras que la reclusión vitalicia lo hace lentamente. ¿Cuál de los verdugos es más humano? ¿El que lo mata a usted en pocos minutos o el que le quita la vida durante muchos años?

—Uno y otro son igualmente inmorales —observó alguien— porque persiguen el mismo propósito: quitar la vida. El Estado no es Dios. No tiene derecho a quitar algo que no podría devolver si quisiera hacerlo.

Entre los invitados se encontraba un joven jurista, de unos veinticinco años. Al preguntársele su opinión, contestó:

—Tanto la pena de muerte como la reclusión perpetua son igualmente inmorales, pero si me ofrecieran elegir entre la ejecución y la prisión, yo, naturalmente, optaría por la segunda. Vivir de alguna manera es mejor que de ninguna.

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Se suscitó una animada discusión. El banquero, por aquel entonces más joven y más nervioso, de repente dio un puñetazo en la mesa y le gritó al joven jurista:

—¡No es cierto! Apuesto dos millones a que usted no aguantaría en la prisión ni cinco años.

—Si usted habla en serio —respondió el jurista— apuesto a que aguantaría no cinco sino quince años.

—¿Quince? ¡Está bien! —exclamó el banquero—. Señores, pongo dos millones.

—De acuerdo. Usted pone los millones y yo pongo mi libertad —dijo el jurista.

¡Y esta feroz y absurda apuesta fue concertada! El banquero, que entonces ni conocía la cuenta exacta de sus millones, mimado por la suerte y despreocupado, estaba entusiasmado por la apuesta. Durante la cena bromeaba a costa del jurista y le decía:

—Piénselo bien, joven, mientras no sea tarde. Para mí dos millones no son nada, pero usted se arriesga a perder los tres o cuatro mejores años de su vida.

Y digo tres o cuatro porque más de eso usted no va a soportar. No olvide tampoco, desdichado, que una reclusión voluntaria resulta más penosa que la obligatoria. La idea de que en cualquier momento usted tiene derecho a salir en libertad le envenenará la existencia en su prisión. ¡Tengo lástima de usted!

Y ahora el banquero, caminando de un rincón a otro, recordaba todo aquello y se preguntaba a sí mismo:

—¿Para qué esta apuesta? ¿Qué provecho hay en haber perdido el jurista quince años de su vida y en tirar yo dos millones de rublos? ¿Puede ello demostrar a la gente que la pena de muerte es peor o mejor que la reclusión perpetua? No y no. Es un dislate, un absurdo. Por mi parte ha sido el capricho de un hombre satisfecho y por parte del jurista, una simple avidez por el dinero…

Y él se puso a recordar lo que había ocurrido después de la velada descrita. Decidióse que el jurista cumpliera su reclusión bajo severa vigilancia, en una de las casitas construidas en el jardín del banquero. Se convino que durante quince años sería privado del derecho de traspasar el umbral de la casa, ver a la gente, escuchar voces humanas, recibir cartas y diarios. Se le permitía tener un instrumento musical, leer libros, escribir

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cartas, tomar vino y fumar. Con el mundo exterior, según el convenio, no podría relacionarse de otra manera que en silencio, a través de una ventanilla arreglada para este propósito. Mediante una esquela podría solicitar todo lo necesario, los libros, la música, el vino, etc., todo lo cual recibiría, en cualquier cantidad, únicamente por la ventanilla.

El convenio preveía todos los detalles que conferían al recluido la condición de estrictamente incomunicado y le obligaba a permanecer en la casa quince años justos, a partir de las doce horas del catorce de noviembre de 1870 hasta las doce horas del catorce de noviembre de 1885. La menor tentativa de infringir estas condiciones por parte del jurista, aunque fuera dos minutos antes del plazo, liberaba al banquero de la obligación de pagarle los dos millones.

En su primer año de reclusión el jurista, por cuanto se podía juzgar a través de sus breves notas, sufrió mucho a causa de la soledad y el tedio. En su casita se oían constantemente los sonidos del piano.

El vino y el tabaco fueron rechazados por él. El vino, escribía, provoca los deseos, y los deseos son los primeros enemigos del recluido; además, no hay cosa más aburrida que beber un buen vino y no ver nada. En cuanto al tabaco, vicia el aire de la habitación. En el primer año se le enviaban al jurista libros de contenido preferentemente fácil: novelas con complicada intriga amorosa, cuentos policiales y fantásticos, comedias, etc.

En el segundo año ya dejó de oírse la música en la casita y el jurista sólo pedía en sus notas libros de autores clásicos. En el quinto año se volvió a oír la música y el prisionero solicitó vino. Los que lo observaban por la ventanilla relataban que durante todo ese año no hacía sino comer, beber, quedarse en cama bostezando y conversar malhumorado consigo mismo. No leyó más libros. A veces, de noche, se ponía a escribir durante largo rato y a la madrugada hacía pedazos todo lo escrito. Más de una vez se le oyó llorar.

En la segunda mitad del sexto año el recluido se abocó con ahínco al estudio de los idiomas, la filosofía y la historia. Acometió estas ciencias con tanta avidez que el banquero apenas alcanzaba a pedir libros para él. En el lapso de cuatro años fueron solicitados por correo, a su pedido, cerca de seiscientos volúmenes. En este período el banquero recibió de su prisionero una carta que decía así: «Mi querido carcelero: Le escribo estas líneas en seis idiomas. Muéstrelas a personas entendidas. Que las lean. Si no encuentran ni un solo error, le ruego hagan disparar una escopeta en el

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jardín. Este disparo me dirá que mis esfuerzos no se perdieron en vano. Los genios de todos los tiempos y países hablan en distintas lenguas, pero arde en ellos la misma llama. ¡Oh, si usted supiera qué dicha sublime experimento ahora en mi alma porque puedo comprenderlos!». El deseo del recluido fue cumplido. El banquero mandó disparar la escopeta en el jardín dos veces.

A partir del décimo año el jurista permanecía sentado a la mesa, inmóvil, y sólo leía el Evangelio.

Al banquero le pareció extraño que el hombre que en cuatro años había vencido seiscientos tomos difíciles, hubiera gastado cerca de un año en la lectura de un libro no muy grueso y de fácil comprensión. Al Evangelio lo sustituyeron luego la historia de las religiones y la teología.

En los dos últimos años de reclusión, el prisionero leyó una extraordinaria cantidad de libros, sin ninguna selección. Ora se dedicaba a las ciencias naturales, ora pedía obras de Byron o Shakespeare.

En sus notas solicitaba a veces, al mismo tiempo, un libro de química, un manual de medicina, una novela y un tratado de filosofía o teología. Sus lecturas daban la impresión de que el hombre nadase en un mar entre los fragmentos de un buque y, tratando de salvar la vida, se aferraba desesperadamente ya a uno ya a otro de ellos.

II

El viejo banquero recordaba todo eso, pensando: «Mañana a las doce horas él obtendrá su libertad. Según las condiciones, tendré que pagarle los dos millones. Y si le pago, está todo perdido: estoy arruinado definitivamente…».

Quince años antes no sabía cuántos millones tenía, mientras que ahora le daba miedo preguntarse ¿qué era lo que más tenía: dinero o deudas? El imprudente juego en la Bolsa, las especulaciones arriesgadas y el acaloramiento, del cual no pudo desprenderse ni siquiera en la vejez, poco a poco fueron debilitando sus negocios y el osado, seguro y orgulloso ricachón se transformó en un banquero de segunda clase, que temblaba con cada alza o baja de valores.

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—¡Maldita apuesta! —farfullaba el viejo, agarrándose la cabeza—. ¿Por qué no habrá muerto este hombre? Sólo tiene cuarenta años. Me quitará lo último que tengo, se casará, disfrutará de la vida, jugará en la Bolsa y yo, como un mendigo, lo miraré con envidia y todos los días le oiré decir siempre lo mismo: «Le debo a usted la felicidad de mi vida, permítame que le ayude». ¡No, esto es demasiado!

¡La única salvación de la bancarrota y del oprobio está en la muerte de este hombre!

Dieron las tres. El banquero aguzó el oído: todos dormían en la casa y sólo se oía el rumor de los helados árboles detrás de las ventanas. Tratando de no hacer ningún ruido, sacó de la caja fuerte la llave de la puerta que no se abría durante quince años, se puso el abrigo y salió de la casa.

El jardín estaba oscuro y frío. Llovía. Un viento húmedo y penetrante paseaba aullando por todo el jardín y no dejaba en paz a los árboles. El banquero esforzó la vista, pero no veía ni la tierra, ni las blancas estatuas, ni la casita, ni los árboles. Acercóse entonces al lugar donde se hallaba la casita y llamó dos veces al sereno. No hubo respuesta. Por lo visto, el sereno, huyendo del mal tiempo, se había refugiado en la cocina o en el invernadero y se quedó dormido.

«Si soy capaz de llevar adelante mi propósito —pensó el viejo—, la sospecha recaerá antes que en nadie sobre el sereno».

En la oscuridad tanteó los escalones y la puerta y entró en el vestíbulo de la casita; luego penetró a tientas en el pequeño pasillo y encendió un fósforo. Allí no había nadie. Vio una cama sin hacer y una oscura estufa de hierro en un rincón. Los sellos en la puerta que conducía al cuarto del recluido estaban intactos.

Cuando la cerilla se había apagado, el viejo, temblando de emoción, miró por la ventanilla.

La opaca luz de una vela apenas iluminaba la habitación del recluido. Éste estaba sentado junto a la mesa. Sólo se veían su espalda, sus cabellos y sus manos. Sobre la mesa, en dos sillones y sobre la alfombra, junto a la mesa, había libros abiertos.

Transcurrieron cinco minutos y el prisionero no se movió ni una sola vez. La reclusión de quince años le había enseñado a permanecer inmóvil. El banquero golpeó con el dedo en la ventanilla, pero el recluido no hizo ningún movimiento. Entonces el banquero arrancó cuidadosamente los sellos de la puerta e introdujo la llave en la cerradura. Se oyó un ruido

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áspero y el rechinar de la puerta. El banquero esperaba el grito de sorpresa y los pasos, pero al cabo de tres minutos el silencio detrás de la puerta seguía inalterable. Decidió entonces entrar en la habitación.

Junto a la mesa estaba sentado, inmóvil, un hombre que no parecía una persona común. Era un esqueleto, cubierto con piel, con largos bucles femeninos y enmarañada barba. El color de su cara era amarillo, con un matiz terroso; tenía las mejillas hundidas, espalda larga y estrecha, y la mano que sostenía su melenuda cabeza era tan delgada que daba miedo mirarla. Sus cabellos ya estaban salpicados por las canas, y a juzgar por su cara, avejentada y demacrada, nadie creería que sólo tenía cuarenta años. Dormía… Delante de su inclinada cabeza, se veía sobre el escritorio una hoja de papel, en la cual había unas líneas escritas con letra menuda.

«¡Miserable! —pensó el banquero—. Duerme y, probablemente, sueña con los millones. Pero si yo levanto este semicadáver, lo arrojo sobre la cama y lo aprieto un poco con la almohada, el más minucioso peritaje no encontrará signos de una muerte violenta. Pero leamos primero estas líneas…».

El banquero tomó la hoja y leyó lo siguiente:

«Mañana, a las doce horas del día, recupero la libertad y el derecho de comunicarme con la gente.

Pero antes de abandonar esta habitación y ver el sol, considero necesario decir algunas palabras. Con la conciencia tranquila y ante Dios que me está viendo, declaro que yo desprecio la libertad, la vida, la salud y todo lo que en vuestros libros se denomina bienes del mundo.

»Durante quince años estudié atentamente la vida terrenal. Es verdad, yo no veía la tierra ni la gente, pero en vuestros libros bebía vinos aromáticos, cantaba canciones, en los bosques cazaba ciervos y jabalíes, amaba mujeres… Beldades, leves como una nube, creadas por la magia de vuestros poetas geniales, me visitaban de noche y me susurraban cuentos maravillosos que embriagaban mi cabeza.

En vuestros libros escalaba las cimas del Elbruz y del Monte Blanco y desde allí veía salir el sol por la mañana mientras al anochecer lo veía derramar el oro purpurino sobre el cielo, el océano, las montañas; veía verdes bosques, prados, ríos, lagos, ciudades; oía el canto de las sirenas y el son de las flautas de los pastores; tocaba las alas de los bellos demonios que descendían para hablar conmigo acerca de Dios… En vuestros libros

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me arrojaba en insondables abismos, hacía milagros, incendiaba ciudades, profesaba nuevas religiones, conquistaba imperios enteros…

»Vuestros libros me dieron la sabiduría. Todo lo que a través de los siglos iba creando el infatigable pensamiento humano está comprimido cual una bola dentro de mi cráneo. Sé que soy más inteligente que todos vosotros.

»Y yo desprecio vuestros libros, desprecio todos los bienes del mundo y la sabiduría. Todo es miserable, perecedero, fantasmal y engañoso como la fata morgana. Qué importa que seáis orgullosos, sabios y bellos, si la muerte os borrará de la faz de la tierra junto con las ratas, mientras que vuestros descendientes, la historia, la inmortalidad de vuestros genios se congelarán o se quemarán junto con el globo terráqueo.

»Habéis enloquecido y marcháis por un camino falso. Tomáis la mentira por la verdad, y la fealdad por la belleza. Os quedaríais sorprendidos si, en virtud de algunas circunstancias, sobre los manzanos y los naranjos, en lugar de los frutos, crecieran de golpe las ranas y los lagartos o si las rosas comenzaran a exhalar un olor a caballo transpirado; así me asombro por vosotros que habéis cambiado el cielo por la tierra. No quiero comprenderos.

»Para mostraros de hecho mi desprecio hacia todo lo que representa vuestra vida, rechazo los dos millones, con los cuales había soñado en otro tiempo, como si fueran un paraíso, y a los que desprecio ahora. Para privarme del derecho de cobrarlos, saldré de aquí cinco horas antes del plazo establecido y de esta manera violaré el convenio…».

Después de leer la hoja, el banquero la puso sobre la mesa, besó al extraño hombre en la cabeza y salió de la casita, llorando. En ningún momento de su vida, ni aun después de las fuertes pérdidas en la Bolsa, había sentido tanto desprecio por sí mismo como ahora. Al volver a su casa, se acostó enseguida, pero la emoción y las lágrimas no lo dejaron dormir durante un buen rato…

A la mañana siguiente llegaron corriendo los alarmados serenos y le comunicaron haber visto que el hombre de la casita bajó por la ventana al jardín, se encaminó hacia el portón y luego desapareció. Junto con los criados, el banquero se dirigió a la casita y comprobó la fuga del prisionero. Para no suscitar rumores superfluos, tomó de la mesa la hoja con la renuncia y, al regresar a casa, la guardó en la caja fuerte.

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VEROCHKA

Iván Alekseich Ognev recuerda cómo en aquella noche de agosto abrió, haciéndola sonar, la puerta de vidrio y salió a la terraza. Llevaba puestos entonces una liviana capa con esclavina y un sombrero de paja de anchas alas, el mismo que está tirado ahora en el polvo, bajo la cama, junto con las botas de montar. En una mano tenía un gran atado de libros y cuadernos, en la otra, un grueso y nudoso bastón.

En la habitación, cerca de la puerta, iluminándole el camino con la lámpara, quedaba de pie el dueño de la casa, Kuznetsov, un viejo calvo, de larga barba canosa y vestido con una chaqueta de piqué blanca como la nieve. El viejo sonreía afablemente e inclinaba la cabeza.

—¡Adiós, viejecito! —le gritó Ognev.

Kuznetsov dejó la lámpara sobre la mesa y salió a la terraza. Dos sombras, largas y estrechas, avanzaron por los escalones hacia los canteros, se tambalearon y apoyaron las cabezas en los troncos de los tilos.

—¡Adiós, amigo, y gracias una vez más! —dijo Iván Alekseich—. Gracias por su bondad, por sus atenciones, por su cariño… Nunca en mi vida olvidaré vuestra hospitalidad. Tanto usted como su hija son buenas personas y toda la gente es aquí bondadosa, alegre y atenta… Una gente tan magnífica que ni siquiera puedo expresarlo de la manera correcta.

A causa de la emoción y bajo la influencia del licor casero que acababa de beber, Ognev hablaba con cantarina voz de seminarista y estaba tan conmovido que expresaba sus sentimientos no tanto con palabras cuanto con pestañeo y movimiento de hombros. Kuznetsov, asimismo algo bebido, y conmovido, abrazó al joven y lo besó.

—Me acostumbré a esta casa como un perro —prosiguió Ognev—. Venía casi todos los días, unas diez veces pasé la noche aquí, y he tomado tanto licor que ahora da miedo recordarlo. Pero lo fundamental, lo que yo le agradezco, Gavril Petrovich, es su colaboración y su ayuda. Si no fuera por usted, yo hubiera tenido que trabajar en mis estadísticas por lo menos

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hasta octubre. Y así lo pondré en el prefacio; considero un deber expresar mi gratitud al presidente de la Dirección Rural del distrito N., señor Kuznetsov, por su gentil colaboración. ¡La estadística tiene un brillante futuro! Trasmítale a Vera Gavrilovna mi profunda reverencia, y en cuanto a los médicos, a los dos jueces de instrucción y a su secretario, dígales que jamás olvidaré la ayuda que me han prestado. ¡Y ahora, amigo mío, venga el último abrazo!

El emocionado Ognev besó una vez más al anciano y comenzó a bajar la escalera. En el último peldaño se volvió y preguntó:

—¿Nos volveremos a ver algún día?

—¡Vaya usted a saber! —respondió el viejo—. Probablemente, nunca. —Es verdad. A usted, ni aun regalándole roscas, se le podrá convencer para que vaya a Petersburgo; y en cuanto a mí, es difícil que venga a parar

otra vez a este distrito. ¡Bueno, adiós!

—¿Por qué no deja sus libros aquí? —gritó Kuznetsov—. ¡Qué necesidad tiene de llevar semejante peso! ¡Mañana se los mando con un ordenanza!

Pero Ognev no escuchaba ya y se alejaba rápidamente de la casa. Su corazón, animado por el vino, estaba alegre, cálido y, al mismo tiempo, triste… Caminando, pensaba en lo frecuentes que eran los encuentros con gente buena y que era lamentable que esos encuentros no dejaran más que unos recuerdos. Ocurre a veces que en el horizonte aparecen las grullas; una débil brisa trae su grito quejumbroso y exaltado, pero al cabo de un minuto, por más que uno escudriñe la lejanía celeste, no verá un punto ni oirá sonido alguno; asimismo las personas, con sus rostros y con sus palabras, pasan fugaces por nuestra vida y se sumergen en el pasado, sin dejar más que unas leves huellas en la memoria. Residiendo en el distrito de N. a partir del comienzo mismo de la primavera y visitando casi todos los días la hospitalaria casa de los Kuznetsov, Iván Alekseich se habituó al viejo, a su hija y a la servidumbre; llegó a conocer todos los detalles de la finca, la acogedora terraza, las curvas de las alamedas, los contornos de los árboles encima de los baños y de la cocina; pero ahora mismo atravesará la portezuela del jardín y todo ello se convertirá en un recuerdo y perderá para siempre su importancia real; pasarán uno o dos años y todas estas queridas imágenes se tornarán opacas en la mente y quedarán igualadas con las invenciones y los frutos de la fantasía.

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«¡Nada en la vida es más valioso que la gente! —pensaba Ognev, enternecido, caminando por la alameda hacia la salida—. ¡Nada!».

El jardín estaba quieto y tibio. Olía a reseda, a tabaco y a heliotropo, que florecían aún en los sembrados. Los espacios entre los arbustos y entre los troncos de los árboles se hallaban llenos de niebla, transparente y suave, impregnada de luz lunar; y lo que quedó grabado en la memoria de Ognev eran los jirones de niebla que sigilosamente, pero de manera visible, como fantasmas, atravesaban las alamedas, uno tras otro. La luna estaba en lo alto, sobre el jardín, mientras por debajo de ella pasaban flotando hacia el este nebulosas manchas. Al parecer, todo el universo se componía de siluetas negras y errantes sombras blancas, y Ognev, que contemplaba la niebla en una noche de luna de agosto poco menos que por primera vez en su vida, pensaba que en lugar de la naturaleza estaba viendo unos decorados y que torpes pirotécnicos, ocultos tras los arbustos, al intentar la iluminación del jardín con blancas luces de bengala, también llenaron el aire de humo blanco.

Cuando Ognev se acercaba a la portezuela del jardín, una sombra oscura se separó de la baja empalizada y se dirigió a su encuentro.

—¡Vera Gavrilovna! —se alegró él—. ¿Usted por aquí? La estuve buscando por todas partes; quería despedirme… ¡Adiós, me voy!

—¿Tan temprano? No son más que las once.

—Es hora ya de que me vaya. Tengo que caminar cinco verstas y luego debo todavía preparar mi equipaje. Además, mañana hay que levantarse temprano…

Ante Ognev estaba la hija de Kuznetsov, Vera, una joven de veintiún años, habitualmente triste, vestida con cierta negligencia e interesante. Las jóvenes que sueñan mucho, que pasan días enteros recostadas perezosamente, leyendo todo lo que cae en sus manos, y que se sienten aburridas y tristes, por lo general, suelen vestirse con negligencia. A las que poseen el don natural del gusto y el instinto de la belleza, esa leve negligencia en el vestir les otorga un encanto especial. Por lo menos, Ognev, recordando más tarde a la bonita Verochka, no se la podía imaginar sin su amplia chaquetilla que formaba profundos pliegues junto al talle y sin embargo no lo rozaba; sin su rizo, escapado del alto peinado y colgado sobre la frente; sin aquel chal rojo con pompones de lana en los bordes, que por las noches pendía tristemente del hombro de Verochka, cual bandera en un día apacible, mientras que de día estaba tirado en el

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vestíbulo, junto con los sombreros masculinos, o bien en el comedor sobre un baúl, donde dormía, sin ceremonias, la vieja gagá. Este chal y los pliegues de la chaquetilla exhalaban un soplo de desperezada libertad, de buena vecindad y de bien. Quizá porque Vera agradase a Ognev, éste, en cada botón y en cada volante sabía leer algo cálido, confortable, algo bueno y poético, es decir todo aquello de lo que carecen las mujeres insinceras, frías y desposeídas del sentido de la belleza.

Verochka era esbelta; tenía un perfil regular y hermoso cabello ondulado. A Ognev, quien no había visto en su vida muchas mujeres, le parecía una beldad.

—¡Me voy! —decía, despidiéndose de ella junto a la portezuela—. ¡No me guarde rencor! ¡Gracias por todo!

Con la misma voz cantarina de seminarista con la cual hablaba con el anciano; parpadeando y moviendo los hombros como lo hacía antes, se puso a dar las gracias a Vera por la hospitalidad, el cariño y las atenciones recibidas.

—En cada carta escribía a mi madre acerca de usted —le decía—. Si todos fuesen como usted y su papá, la vida sería una fiesta. ¡Toda esta gente es magnífica! Son personas sencillas, cordiales, sinceras.

—¿Hacia dónde se marcha usted ahora? —preguntó Vera.

—Ahora iré a ver a mi madre, en Orel; me quedaré allí un par de semanas y luego volveré a mi trabajo, en Petersburgo.

—¿Y luego?

—¿Luego? Trabajaré todo el invierno, y en primavera viajaré de nuevo a alguna provincia para juntar datos. Bueno, le deseo muchas felicidades y que viva cien años… No me guarde rencor. No nos veremos más…

Ognev se inclinó y besó la mano de Verochka.

Luego, embargado por una silenciosa emoción, acomodó su capa, ajustó el atado de libros, calló durante un rato y dijo:

—¡Cuánta niebla!

—Sí. ¿No olvidó usted nada en nuestra casa?

—¿Qué podría ser? Creo que nada…

Ognev se quedó callado unos segundos más, luego se volvió torpemente hacia la portezuela y salió del jardín.

—Espere, lo acompañaré hasta nuestro bosque —dijo Vera, saliendo tras él.

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Marcharon por el camino. Los árboles no ocultaban ya el espacio y se podía ver el cielo y la lejanía.

Como cubierta por un velo, toda la naturaleza se escondía tras una bruma transparente, a través de la cual asomaba alegremente su belleza; donde la niebla era más espesa y más blanca, sus jirones se recostaban en capas irregulares entre las gavillas y los arbustos o bien atravesaban el camino, arrastrándose al ras de la tierra, como si trataran de no esconder el espacio. A través de la bruma veíase todo el camino hasta el bosque, con oscuras zanjas a sus costados y con pequeños arbustos que no dejaban a los jirones de niebla vagar libremente por el camino. A media versta de distancia se extendía la oscura franja del bosque que pertenecía a Kuznetsov.

«¿Por qué habrá venido conmigo? ¡Luego tendré que acompañarla de vuelta!», pensó Ognev, pero, después de mirar el perfil de Vera, sonrió, afable, y dijo:

—Con un tiempo tan hermoso uno no tiene ganas de partir. En verdad, la noche es romántica; hay luna, hay silencio y todo lo demás. ¿Sabe, Vera Gavrilovna? Ya hace veintinueve años que vivo en este mundo, pero no he tenido un romance hasta ahora. En toda mi vida no hubo una sola historia romántica, de modo que las citas, las alamedas de suspiros y de besos son cosas que conozco sólo de nombre. ¡Eso es poco común! En la ciudad, cuando uno está encerrado en su cuarto, esta laguna no se nota tanto, pero aquí, al aire libre, se hace sentir con fuerza… ¡hasta causa cierto fastidio!

—¿Y por qué le fue así?

—No lo sé. Probablemente, porque nunca he tenido tiempo o, quizá, porque no tuve oportunidad de encontrarme con mujeres que… En general, tengo pocos conocidos y no voy a ninguna parte.

Los jóvenes caminaron en silencio unos trescientos pasos. Ognev miraba de vez en cuando la cabeza descubierta y el chal de Verochka, y en su mente renacían, uno tras otro, los días de primavera y de verano; era una época en la que, lejos de su grisáceo cuarto de Petersburgo y gozando de las atenciones de tan buena gente, con la naturaleza y con el trabajo predilecto, no se daba cuenta de cómo los crepúsculos de la noche reemplazaban las albas matutinas y cómo uno tras otro cesaban de cantar, profetizando el fin del verano, primero el ruiseñor, luego la codorniz y algo más tarde el rascón… El tiempo pasaba sin que él lo hubiera notado y ello significaba una vida buena y fácil… Se puso a recordar en voz alta la

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poca gana que tenía él —hombre de escasos recursos y poco dado a hacer viajes y tratar a la gente— de partir a fines de abril al distrito N., donde esperaba encontrar aburrimiento, soledad e indiferencia hacia la estadística, la cual, según su opinión, se colocaba en el lugar más destacado entre las ciencias. Al llegar en una mañana de abril a la pequeña ciudad del distrito N. se alojó en el hospedaje del starover[17] Riabugin, casa donde por veinte kopeikas diarias le dieron una habitación soleada y limpia, con la condición de que fumara afuera.

Después de descansar y habiendo averiguado quién era el presidente de la Dirección Rural del distrito, se dirigió sin tardanza a la casa de Gavril Petrovich.

Tuvo que caminar cuatro verstas atravesando magníficos prados y jóvenes bosquecillos. Bajo las nubes, inundando el aire de sonidos argentinos, vibraban las alondras, y sobre los verdes sembrados, agitando las alas en forma circunspecta y concienzuda, volaban los grajos.

—¡Dios mío! —se sorprendía entonces Ognev—. ¿Será posible que aquí siempre se respire este aire?

¿O, quizá, sólo hoy huele tan bien, en honor de mi llegada?

Esperando un recibimiento seco y oficial, entró a la casa de Kuznetsov con cierta timidez, frunciendo el ceño y sobando su barbita. Al principio el viejo arrugaba la frente sin entender para qué el joven con su estadística, necesitaba de la Dirección Rural, pero cuando Ognev se hubo explayado detalladamente acerca de los materiales de estadística y de la manera de reunirlos, Gavril Petrovich se animó, comenzó a sonreír y con una curiosidad infantil se puso a hojear sus cuadernos… El mismo día, por la noche, Iván Alekseich ya estaba cenando en casa de Kuznetsov; se sentía rápidamente embriagado por el fuerte licor casero y contemplando los tranquilos rostros y los pausados ademanes de sus nuevos conocidos, sentía en todo su cuerpo una dulce languidez y ganas de dormir, de desperezarse y de sonreír. Los nuevos conocidos lo miraban, entretanto, con benévola curiosidad y le preguntaban si sus padres vivían, cuánto ganaba por mes, si iba al teatro con frecuencia o no…

Ognev recordó sus viajes por diversos departamentos de la región, los picnics, la pesca, la excursión, en sociedad, al monasterio femenino, donde la madre superiora regaló a cada uno de los visitantes un monedero de abalorios; recordó las interminables y acaloradas discusiones, puramente rusas, en las que los hombres, golpeando la mesa con los puños, no se

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entienden e interrumpen unos a otros, se contradicen sin darse cuenta en cada frase, a cada momento cambian el tema y, después de discutir dos o tres horas, se echan a reír:

—¡Al diablo con la discusión! ¡Comenzamos bailando y terminamos llorando!

—¿Recuerda cuando usted, el doctor y yo fuimos a caballo hasta Shestovo? —decía Iván Alekseich a Vera, acercándose junto con ella al bosque—. Encontramos entonces en el camino a un mendigo adivino. Le di una moneda de cinco kopeikas y él se santiguó tres veces y arrojó la moneda al centeno. ¡Ah, Señor, me llevo tantas impresiones que si se pudiera juntarlas en una sola masa compacta resultaría un buen lingote de oro! No comprendo, ¿por qué las personas inteligentes y sensibles se apretujan en las capitales y no vienen acá? ¿Acaso en la avenida Nevsky y en las grandes y húmedas casas hay más espacio y más verdad que aquí? Por cierto, nuestros cuartos amueblados, desde arriba hasta abajo rellenos con pintores, sabios y periodistas, me parecían siempre un juicio.

A veinte pasos del bosque, había en el camino un estrecho puentecillo, con puntales en las esquinas, que siempre servía a los Kuznetsov y a sus huéspedes como una pequeña estación durante sus paseos nocturnos. Desde allí, los que deseaban hacerlo podían burlarse del eco del bosque; desde allí se veía también el camino perderse en un oscuro atajo.

—¡Aquí está el puente! —dijo Ognev—. Debe usted volver ahora… —Sentémonos un poco —respondió ella, sentándose en uno de los

puntales—. Antes de la partida, al despedirse, generalmente todo el mundo se sienta[18].

Ognev se acomodó junto a ella sobre su atado de libros y continuó hablando. Ella jadeaba a causa de la caminata y no miraba a Iván Alekseich, sino hacia el otro lado, de modo que él no veía su cara.

—Y, de repente, al cabo de unos diez años nos encontraremos —decía él—. ¿Cómo seremos en aquel entonces? Usted será una estimada madre de familia, y yo, autor de una estimada e inútil compilación de estadísticas, voluminosa como cuarenta mil compendios. Nos encontraremos y recordaremos el pasado… Ahora sentimos el presente, que nos impregna y nos emociona, pero entonces, cuando nos encontremos no nos acordaremos más de la fecha, ni del mes, ni siquiera del año en que nos vimos por última vez en este puente. Usted quizá cambie… Escuche, ¿cambiará usted?

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Vera se estremeció y volvió el rostro hacia él.

—¿Cómo? —preguntó.

—Le preguntaba si…

—Perdone, no sé lo que usted me decía.

Sólo en ese momento Ognev observó el cambio ocurrido en Vera. Estaba pálida, jadeaba, y el temblor de su respiración se comunicaba a sus manos, a sus labios y a su cabeza, y de su peinado escapaba hacia la frente no un mechón, como siempre, sino dos… Por lo visto, evitaba mirar a los ojos y, tratando de ocultar su emoción, ya arreglaba el cuello, como si éste la estuviera incomodando, ya pasaba su chal rojo de un hombro al otro…

—Parece que tiene frío —dijo Ognev—. No le sienta muy bien eso de estar sentada en la niebla. Venga, la acompañaré nach Hause[19].

Vera callaba.

—¿Qué le pasa? —sonrió Iván Alekseich—. Usted calla y no contesta las preguntas. ¿No se siente bien o está enfadada? ¿Eh?

Vera apretó con fuerza la palma de la mano contra la mejilla vuelta hacia Ognev, pero enseguida la retiró bruscamente.

—Es una situación terrible… —susurró, con una expresión de dolor en la cara—. ¡Terrible!

—¿Por qué terrible? —preguntó Ognev, encogiéndose de hombros y sin ocultar su sorpresa—. ¿De qué se trata?

Con la respiración entrecortada aún y estremeciéndose, Vera le volvió la espalda, miró medio minuto al cielo y dijo:

—Tengo que hablar con usted, Iván Alekseich… —La escucho.

—A usted le parecerá extraño… puede ser que se sorprenda, pero me da lo mismo.

Ognev volvió a encogerse de hombros y se dispuso a escuchar.

—Es que… —comenzó diciendo Verochka, inclinando la cabeza y sobando con los dedos el pompón del chal—. Vea, lo que yo quería decirle… A usted le parecerá extraño y tonto, pero… no puedo más.

Las palabras de Vera se convirtieron en un balbuceo poco claro, que terminó en llanto. La joven se cubrió la cara con el chal, se inclinó más aún y rompió a llorar con amargura. Iván Alekseich tosió, confundido y sorprendido, y, sin saber qué decir ni qué hacer, miró a su alrededor con expresión de desesperanza. Como no estaba acostumbrado al llanto y a las lágrimas, él mismo sintió picazón en los ojos.

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—Bueno, bueno… —balbució, desconcertado—. Vera Gavrilovna, ¿para qué sirve eso, se puede saber? Palomita, ¿está usted… enferma? ¿Alguien la ha ofendido? Dígamelo; puede ser que yo… esto… a lo mejor, podré ayudarla…

Cuando, al tratar de consolarla, él se permitió separar cuidadosamente las manos de ella de la cara, Vera le sonrió a través de las lágrimas y dijo:

—Yo… ¡Yo lo amo!

Estas palabras, simples y corrientes, fueron dichas en un lenguaje sencillo y humano, pero Ognev, muy confundido, se apartó de Vera, se levantó y, tras la confusión, sintió miedo.

El triste y sentimental estado de ánimo que le habían producido la despedida y el licor, desapareció de golpe, cediendo lugar a una desagradable y aguda sensación de molestia. Como si el alma se hubiera dado vuelta en él, miraba a Vera de reojo, y ella, que después de su declaración amorosa se había despojado de su inabordabilidad que tanto adorna a la mujer, le parecía ahora más baja de estatura, más simple, más oscura.

«¿Qué es esto? —pensó con terror para sus adentros—. Y yo, pues… ¿la amo o no? ¡Menudo problema!».

Vera entretanto, después de haber dicho lo principal y lo más difícil, respiraba ya libremente, sin ninguna dificultad. Ella se levantó también y, mirándolo, se puso a hablar rápidamente, de manera cálida e incontenible.

Así como la persona asustada de golpe no puede más tarde recordar en qué orden sucedieron los sonidos de la catástrofe que la había aturdido, Ognev no recuerda las palabras y las frases de Vera.

Sólo recuerda el contenido de su discurso, a ella misma y la sensación que producían en él sus palabras. Recuerda su voz, como apagada, algo ronca a causa de la emoción y una extraordinaria música y el apasionamiento en las entonaciones. Llorando, riendo, dejando brillar las lágrimas en sus pestañas, le contaba que desde los primeros días él la había impresionado por su originalidad, inteligencia, con sus bondadosos ojos, con sus propósitos e ideales en la vida; que había empezado a amarlo profundamente, con pasión y con locura; que cuando en verano, al pasar a veces del jardín a la casa, notaba en el vestíbulo su capa o, desde lejos, oía su voz, el corazón se le llenaba de un fresco y estremecedor presentimiento de dicha; sus bromas, aun insignificantes, la hacían reír a carcajadas; en cada cifra de sus cuadernos se le aparecía algo

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excepcionalmente sagaz y grandioso; su bastón nudoso era para ella más hermoso que los árboles.

El bosque, los jirones de niebla y las negras zanjas a la vera del camino parecían enmudecer escuchándola, pero en el alma de Ognev ocurría algo penoso y extraño… Al declararle su amor, Vera estaba seductoramente bella; también sus palabras fluían bellas y apasionadas, pero él no experimentaba el goce ni la alegría de vivir, como le hubiera gustado, sino tan sólo un sentimiento de piedad hacia Vera, el dolor y la compasión por haber hecho sufrir a una buena persona. Dios sabe si era su mente libresca la que había alzado su voz o bien se había hecho sentir su irresistible hábito de objetividad que tan a menudo impide vivir a la gente; lo cierto es que el entusiasmo y el sufrimiento de Vera le parecían exagerados y poco serios, a pesar de que el sentimiento le provocaba indignación, susurrándole que todo lo que él estaba viendo y oyendo en aquel momento era, desde el punto de vista de la naturaleza y de la felicidad personal, más serio que las estadísticas, los libros y las verdades… Y, enojado, se culpaba a sí mismo, aunque sin entender en qué, precisamente, consistía su culpa.

Para colmo de su confusión, decididamente no sabía qué decir, a pesar de que era indispensable decir algo. No tenía fuerzas suficientes para decir directamente «no la amo», pero tampoco podía decir «sí», ya que, por más que hurgara, no encontraba en su alma ni siquiera una chispa…

Y mientras él callaba, Vera le aseguraba que no había mayor felicidad para ella que la de verlo, seguirlo a donde él quisiera ir, ser su mujer y ayudante y que se moriría de pena si se marchara sin ella…

—¡No puedo quedarme aquí! —dijo, retorciéndose las manos—. Estoy harta de la casa, del bosque y de este aire. No soporto la continua calma y una vida sin objetivo; no soporto a nuestra gente descolorida y pálida, entre la cual todos se parecen uno al otro como dos gotas de agua. Todos son cordiales y benévolos porque están satisfechos, no sufren, no luchan… Y yo, precisamente, quiero vivir en grandes casas húmedas, donde la gente sufre, agobiada por el trabajo y la miseria…

También eso le pareció a Ognev exagerado y falto de seriedad. Cuando Vera hubo terminado de hablar, él no sabía aún qué decir, pero resultaba imposible seguir callado y balbució:

—Le estoy agradecido, Vera Gavrilovna, aunque sé que no merezco un… sentimiento de esa índole… de su parte. En segundo lugar, como

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hombre honesto debo decir que… la felicidad se basa en el equilibrio, es decir, cuando ambas partes… se amen de la misma manera…

Enseguida, sin embargo, Ognev se sintió avergonzado de su balbuceo y se quedó callado. Sintió que la expresión de su cara en ese momento era estúpida, culpable y vulgar y al mismo tiempo tensa y forzada…

Vera seguramente supo leer la verdad en su rostro, ya que de repente se puso seria, palideció y bajó la cabeza.

—Perdóneme —murmuró Ognev, no pudiendo soportar el silencio—. La estimo tanto que… ¡me duele!

Vera se volvió bruscamente y se dirigió de prisa hacia la finca. Ognev la siguió.

—¡No, no! —dijo Vera, haciendo un ademán—. No me acompañe, iré sola…

—Imposible… Tengo que acompañarla…

Todo lo que decía Ognev, hasta la última palabra, le parecía a él mismo repugnante y anodino. El sentimiento de culpabilidad crecía en él a cada paso. Se enfadaba, apretaba los puños y maldecía su frialdad y su torpeza para conducirse con las mujeres. Tratando de excitarse a sí mismo, miraba la bella figura de Verochka, su trenza, y las huellas que dejaban en el polvoriento camino sus piececitos; recordaba sus palabras y sus lágrimas, pero todo ello no lograba sino enternecerlo, sin excitar su alma.

«¡Ah, al fin y al cabo, uno no puede amar a la fuerza! —trataba de convencerse a sí mismo, pero al mismo tiempo pensaba—: ¿Y cuándo amaré sin que sea a la fuerza? Tengo ya casi treinta años. Nunca he encontrado mujeres que fuesen mejores que Vera ni las voy a encontrar… ¡Oh, maldita vejez! ¡Vejez a los treinta años!».

Vera caminaba delante de él cada vez más de prisa, sin mirar hacia atrás y con la cabeza baja.

A Ognev le parecía que ella se había encogido de pena y que sus hombros se habían vuelto más estrechos…

«¡Me imagino lo que acontece ahora en su alma! —pensaba, mirándole la espalda—. ¡Sentiría una vergüenza y un dolor como para morirse! ¡Dios mío, en todo ello hay tanta vida, tanto sentido, tanta poesía que hasta una piedra se hubiera conmovido, pero yo… yo soy un estúpido, un necio!».

Junto a la portezuela del jardín Vera le dirigió una fugaz mirada y, encorvándose y cubriéndose con el chal, se fue alejando de prisa por la alameda.

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Iván Alekseich quedó solo. Regresando lentamente hacia el bosque, se detenía a cada momento y se volvía para mirar la puertecilla del jardín; y toda su figura tenía una expresión de desconcierto, como si él no se creyera a sí mismo. Buscaba con los ojos las huellas de los pies de Verochka en el camino y no podía creer que la joven que tanto le gustara acabara de declararle su amor y que él la «rechazó» con tanta torpeza. Por primera vez en su vida pudo convencerse, por propia experiencia, de cuán poco depende el hombre de su buena voluntad, y experimentar él mismo la situación de un hombre decente y cordial quien, sin querer, causa a su prójimo un sufrimiento inmerecido y cruel.

Le torturaba la conciencia y, además, al desaparecer Vera en el jardín le pareció haber perdido algo muy caro, íntimo, que no volvería a encontrar más. Sintió que junto con Vera se le escurría una parte de su juventud y que los minutos que acababa de vivir de manera tan infructuosa no se repetirían jamás.

Al llegar hasta el puente, se detuvo, pensativo.

Deseaba encontrar la causa de su extraña frialdad.

Le resultaba claro que ésta no se hallaba fuera, sino dentro de él. Con sinceridad se confesó a sí mismo que no era una frialdad mental de la que tan a menudo alardean las personas inteligentes, ni tampoco la frialdad de un tonto ególatra, sino simplemente la impotencia del alma, la incapacidad de percibir con hondura la belleza, la vejez prematura, adquirida mediante la educación, la lucha desordenada por ganarse el pan y la hotelera vida de soltero.

Bajó del puentecillo y, lenta y desganadamente, entró en el bosque. Allí, donde en las negras y espesas tinieblas la luz de la luna formaba nítidas manchas y donde él no percibía nada, excepto sus pensamientos, sintió un apasionado deseo de recobrar lo perdido.

Iván Alekseich recuerda haber desandado el camino. Instigándose con los recuerdos y esforzándose para pintar a Vera en su imaginación, caminó de prisa hacia el jardín. La niebla había desaparecido ya del camino y del jardín, y una luna clara, como lavada, miraba desde el cielo; sólo el levante permanecía sombrío y nebuloso… Ognev recuerda sus pasos cuidadosos, las oscuras ventanas, el espeso aroma de heliotropo y de reseda. El conocido Karo se le acercó meneando amigablemente la cola y olfateó su mano… Era el único ser viviente que lo vio dar dos vueltas alrededor de la

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casa, detenerse junto a la oscura ventana de Vera y, con un ademán resignado y un hondo suspiro, salir del jardín.

Una hora después ya estaba en el pueblo y, fatigado, casi desfalleciente, apoyándose con el torso y con la cara ardorosa contra el portón del hospedaje, golpeaba con el aldabón. En alguna parte del pueblo despertóse un perro y se puso a ladrar, y, como en respuesta a sus golpes, el sereno de la iglesia hizo sonar su barra de hierro.

—No hace sino vagar por las noches… —rezongó el dueño del hospedaje que, vestido con un largo camisón de aspecto femenino, le abrió el portón—. En vez de merodear por ahí, mejor te hubieras quedado en casa rezando.

Una vez en su habitación, Ognev se sentó en la cama y se quedó mirando largamente la llamita de la bujía; luego sacudió la cabeza y comenzó a hacer su equipaje.

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LA PENA

El tornero Gregorio Petrov, desde hace tiempo conocido como un excelente artesano y al mismo tiempo como el mujik más desordenado del distrito de Galchinsk, conduce a su mujer, enferma, al hospital rural. Debe viajar unas treinta verstas y el camino es tan malo que ni siquiera el correo oficial podría pasar, sin hablar ya de semejante haragán como el tornero Gregorio. El viento, cortante y frío, pega directamente en la cara. En el aire, por donde uno mire, se arremolinan enjambres de copos de nieve, de modo que es difícil distinguir si la nieve cae del cielo o sube de la tierra. A través de la niebla nevada no se ven ni los postes de telégrafo, ni el campo, ni el bosque, y cuando se abalanza sobre Gregorio una ráfaga muy fuerte, entonces ni siquiera se ve el arco de los arneses. La vieja y ex-tenuada yegua apenas avanza. Todas sus energías se fueron gastando para sacar las patas de la nieve y sacudir la cabeza. El tornero está apurado. Salta inquieto sobre el pescante y a cada rato fustiga el lomo del caballo.

—No llores, Matrena… —barbota—. Ten un poco de paciencia. Si Dios quiere, pronto llegaremos al hospital y una vez allí… enseguida te van a… Pavel Ivanich te va a dar unas gotas o te hará una sangría, o, quizás, a su señoría se le ocurrirá hacerte friegas con alcohol y… entonces… se te quitará el dolor en el costado. Pavel Ivanich tratará de hacerlo. Gritará, pataleará, pero tratará de hacerlo todo bien… Es un señor bueno, tratable, que Dios le dé mucha salud…

En cuanto lleguemos, saldrá corriendo de su casa y antes que nada recordará a todos los diablos. «¿Cómo es eso?», gritará. «¿Por qué vienes a estas horas?

¿Acaso soy un perro para afanarme con vosotros todo el santo día? ¿Por qué no viniste por la mañana? ¡Andando! ¡Qué no te vea más! Vuelve mañana…». Y entonces yo le diré: «Señor doctor… Pavel Ivanich… Señoría…». ¡Arre, a ver si corres un poco, que el diablo te lleve!

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El tornero fustiga al jamelgo y, sin mirar a la vieja, continúa farfullando:

—«¡Señoría! Le juro por Dios… salí al amanecer.

Pero cómo va uno a llegar a tiempo si el Señor… la madre de Dios… están enojados y nos mandaron una borrasca. Usted mismo lo está viendo… Ni siquiera un caballo más noble pasaría aquí, y el mío, usted mismo lo está viendo, no es un caballo, sino una vergüenza». Y Pavel Ivanich, siempre enojado, volverá a gritar: «¡Os conozco! Siempre encontraréis una justificación. ¡Y en especial tú, Grishka! Te conozco muy bien. Seguramente entraste en unas cinco tabernas». Y yo le diré: «¡Señoría! ¿Acaso soy un malandrín o un hereje? Mi mujer está a punto de entregar su alma a Dios, se está muriendo, ¡y yo voy a andar por las tabernas!». Entonces Pavel Ivanich dará órdenes para que te lleven al hospital. Y yo caeré a sus pies… «Pavel Ivanich. Muy agradecidos… somos mujiks tontos, ¡perdónenos! En vez de echarnos a palos, usted se digna molestarse, mojar sus pies en la nieve». Y Pavel Ivanich me mirará como si quisiera pegarme y me dirá: «En lugar de caer de rodillas, tonto, hubieras hecho mejor en no tragar la vodka y tener lástima de tu mujer. ¡Mereces que te den azotes!». «En verdad, Pavel Ivanich, que Dios me castigue, merezco azotes. ¿Y cómo no voy a cae a sus pies si usted es nuestro bienhechor, nuestro padre? Señoría… Palabra… como ante el mismo Dios… Podrá escupirme en los ojos si le engaño: no bien mi Matrena se ponga, como se dice, buena y vuelva a su punto normal, haré todo lo que vuestra merced se digne ordenar. Si desea una cigarrera de abedul de Carelia… unas bolas de croquet… o puedo tornear un juego de bolos a la mejor usanza extranjera… ¡Haré todo por usted! Y no le cobraré ni una kopeika. En Moscú le cobrarían cuatro rublos por una cigarrera como esta, pero yo ni una sola kopeika». El doctor entonces se echará a reír y me dirá: «Bueno, bueno… comprendo…

Lástima que seas tan sólo un borrachín…». Yo sé, mujer, cómo hay que tratar a los señores. No existe un señor con quien yo no supiera hablar. Con tal de que Dios no permita que perdamos el camino. ¡Mira qué borrasca! Tengo los ojos tapados por la nieve.

Y el tornero sigue murmurando sin parar. Lo hace maquinalmente, para ahogar, siquiera en parte, el penoso sentimiento que lo embarga. Tiene muchas palabras en la lengua, pero más numerosas son las ideas y las preguntas que anidan en su cabeza. La desgracia lo sorprendió de

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golpe, inesperadamente, y el tornero se siente incapaz de volver en sí y comprenderlo todo bien. Hasta el momento vivía sin preocupaciones, en un continuo y parejo estado de ebriedad semiinconsciente, sin sentir penas ni alegrías, y ahora, de repente, su alma está oprimida por un dolor intenso. El despreocupado haragán y borrachín vino a parar, de buenas a primeras, a la situación de un hombre atareado, preocupado, apresurado y, para colmo, en plena lucha contra la naturaleza.

El tornero recuerda que su pena comenzó en la víspera. Cuando en la noche anterior regresó a su casa borracho como siempre y según la antigua costumbre comenzó a maldecir y a agitar los puños, la vieja miró al pendenciero como no lo había mirado nunca. Comúnmente, la expresión de sus ojos avejentados era resignada y sufriente, como la de los perros que reciben muchos palos y poca comida, pero ahora su mirada estaba inmóvil y severa, como la de los santos en los iconos o la de los moribundos. Fue en esos ojos, malos y extraños, donde dio comienzo la pena. El aturdido tornero pidió prestado al vecino un jamelgo y ahora lleva a su mujer al hospital con la esperanza de que Pavel Ivanich, mediante polvos y ungüentos, devuelva a la mujer su antigua mirada.

—Matrena… —murmura—. Si Pavel Ivanich te pregunta sobre… si yo te pegaba o no, dile que de ninguna manera. Porque no te voy a pegar más. Te lo juro. ¿Acaso te pegaba por maldad? Pegaba porque sí. Te tengo lástima. Cualquier otro ni lo pensaría, pero yo te cuido… me preocupo. ¡Pero mira qué borrasca! ¡Dios mío! Que el Señor no nos haga perder el camino. ¿Te duele siempre el costado?

Matrena ¿por qué estás callada? Te pregunto si te duele el costado.

Le parece extraño que la nieve no se derrita sobre el rostro de la anciana, y que este rostro, extrañamente alargado, haya adquirido un color de cirio, de tono pálido grisáceo, y se haya tornado serio, severo.

—¡Qué tonta! —murmura el tornero—. Te hablo de todo corazón, como ante el mismo Dios… pero tú… ¡Eres una tonta! ¡Mira que no te voy a llevar al hospital!

El tornero baja las riendas y se pone a meditar.

No se decide a volverse y observar a la vieja: le da miedo. También tiene miedo de preguntarle algo y no recibir ninguna respuesta. Por fin, para terminar con la incertidumbre y sin mirar a la mujer, palpa su mano fría. El brazo levantado cae como un látigo.

—De modo que ha muerto. ¡Qué embrollo!…

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Y el tornero llora. Lo que siente es más bien fastidio que lástima. ¡Qué rápido se hacen las cosas en este mundo! —piensa—. Todavía no había comenzado su pena y ya sobrevino el desenlace. Apenas había sentido deseos de expresar a la vieja sus sentimientos, de consolarla y ya ella estaba muerta. Ha vivido con ella cuarenta años, pero esos cuarenta años pasaron como envueltos en una neblina. La vida no se sentía detrás de las borracheras, las peleas y la miseria. Y para colmo, la vieja murió justo en el momento en que él tuvo lástima de ella, cuando sintió que no podía vivir sin ella, que era terriblemente culpable ante ella.

—¡Pedía limosna! —recuerda—. Yo mismo la mandaba a pedir pan a la gente, ¡córcholis! Ella, tonta, hubiera podido vivir unos diez años más, porque ahora quizá piensa que yo soy así de verdad. Virgen Santísima; ¿a dónde, diablos, la estoy llevando? Ahora no se trata de curarla, sino de enterrarla. ¡Date vuelta!

El tornero hace volver al jamelgo y lo fustiga con todas sus fuerzas. Conforme avanza el camino se hace peor. El arco de los arneses ya no se ve del todo.

De vez en cuando el trineo choca contra un joven pino, el oscuro objeto rasguña las manos del tornero, apareciendo fugazmente delante de sus ojos, y el campo de visión vuelve a ser blanco, giratorio.

«Vivir de nuevo…», piensa el tornero.

Recuerda que hace cuarenta años Matrena era una joven hermosa y alegre. Provenía de una familia campesina pudiente y la casaron con él por sus buenas cualidades de artesano. Había condiciones para una buena vida, pero, por desgracia, después de emborracharse en la boda, él se acostó a dormir y parece no haberse despertado aún. Recuerda bien la ceremonia del casamiento, pero lo que ocurrió después de la boda no lo recuerda, excepto la bebida, las peleas y el sueño. Así se han perdido cuarenta años.

Las blancas nubes de nieve poco a poco se vuelven grises. Cae el crepúsculo.

—¿A dónde vamos? —se despierta de golpe el tornero—. Hay que llevarla al cementerio y yo la llevo al hospital… ¡Ni que estuviera trastornado!

Nuevamente el tornero da vuelta a la yegua y la fustiga. Ésta junta todas sus fuerzas y corre al trotecillo, resoplando. El tornero le pega en el lomo una y otra vez… A su espalda se oyen unos golpes y él, sin mirar, sabe que es la cabeza de la difunta que golpea contra el trineo. El aire se

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oscurece cada vez más; el viento se torna más fuerte y más frío… «Si pudiera vivir de nuevo… —piensa el tornero—. Comprar herramientas nuevas, atender los pedidos… entregar el dinero a la vieja… ¡sí!».

Deja caer las riendas. Las busca, quiere levantarlas y no puede, sus manos no se mueven… «De todas maneras… —piensa— el caballo irá solo, conoce el camino. Con qué gana dormiría ahora un poco… antes del entierro o la misa podría acostarme un poco».

El tornero cierra los ojos y dormita. Poco tiempo después siente que el caballo se ha detenido.

Abre los ojos y ve por delante algo oscuro, parecido a una izba o una gavilla… Debería bajar del trineo y averiguar de qué se trata, pero todo su cuerpo está dominado por una pereza tal, que mejor es quedarse congelado que moverse del lugar… Y se duerme despreocupado.

Se despierta en un cuarto grande, con las paredes pintadas. Una intensa luz solar entra por las ventanas a raudales. El tornero ve a la gente por delante y lo primero que quiere es mostrarse serio, juicioso.

—Habría que encargar una misa, hermanos, por mi mujer —dice—. Hay que avisar al sacerdote…

—¡Bueno, bueno! ¡Quédate tranquilo! —le interrumpe una voz. —¡Padrecito! ¡Pavel Ivanich! —se sorprende el tornero al ver al

médico—. ¡Señoría! ¡Bienhechor nuestro!

Quiere levantarse de un salto para caer de hinojos ante la medicina, pero siente que ni las manos ni los pies le obedecen.

—¡Señoría! ¿Dónde están mis pies? ¿Mis manos?

—Despídete de tus pies y tus manos… ¡Congelados! Bueno, bueno, ¿por qué lloras ahora? Has vivido bastante, gracias a Dios. Unas seis décadas habrás vivido, ¿qué más quieres?

—¡Qué pena! ¡Señoría, es una pena! Perdóneme… Unos cinco o seis añitos todavía… —¿Para qué?

—El caballo no es mío, tengo que devolverlo…

Hay que enterrar a la vieja… ¡Qué pronto se hacen las cosas en este mundo! ¡Señoría! ¡Pavel Ivanich!

La mejor cigarrera de abedul de Carelia… Le haré un croquet… El médico menea la cabeza y sale del cuarto.

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EL HOMBRE ENFUNDADO

Al borde mismo del pueblo de Mironositsky, en el cobertizo del alcalde Prokofy, los retrasados cazadores se disponían a pasar la noche. Eran el veterinario Iván Ivanich y el profesor del colegio, Burkin. Iván Ivanich tenía un apellido doble y bastante extraño, Chimsha-Guimalaisky, que no le quedaba nada bien, por lo cual todos en la comarca lo llamaban simplemente por su nombre y el patronímico; vivía en la remonta, cerca de la ciudad, y salió de caza para respirar aire puro. El profesor Burkin, en cambio, todos los años pasaba el verano en la propiedad del conde P. y desde hacía mucho tiempo estaba familiarizado con el lugar.

No dormían aún. Iván Ivanich, anciano alto y delgado, de largos bigotes, estaba sentado afuera, junto a la entrada del cobertizo, fumando la pipa; se le veía iluminado por la luna. Burkin estaba adentro, tendido sobre el heno; era invisible en la oscuridad.

Contaban diversas historias. Entre otras cosas, se habló de que la esposa del alcalde, Mavra, mujer sana e inteligente, en su vida había traspuesto los límites de su pueblo, jamás había ido a la ciudad ni visto el ferrocarril y en los últimos diez años no salía a la calle sino de noche.

—¿Y qué tiene de raro? —dijo Burkin—. En este mundo no son pocas las personas solitarias por naturaleza que procuran esconderse en su concha a semejanza del caracol o del cangrejo. Puede ser que se trate de una manifestación de atavismo, de un retroceso hacia los tiempos en que el antepasado del hombre, sin ser todavía un animal sociable, vivía solo en su cueva; puede ser, sin embargo, que ello sea simplemente uno de los aspectos del carácter humano, ¿quién sabe? No soy naturalista y no me incumbe tratar semejantes problemas; sólo quiero decir que personas como Mavra son un fenómeno frecuente. Y a propósito, no necesito buscar lejos un ejemplo: hace unos dos meses falleció en nuestra ciudad un tal Belikov, profesor de griego, colega mío. Seguramente ha oído usted hablar de él.

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Era notable por su invariable costumbre de ponerse el abrigado sobretodo y las katiuskas y llevar el paraguas incluso con muy buen tiempo.

Su paraguas estaba envuelto en una funda; su reloj ocultábase dentro de una funda de gamuza gris; cuando necesitaba sacar punta al lápiz, extraía un cortaplumas de una pequeña funda; parecía que su rostro también estaba enfundado ya que lo escondía constantemente tras el cuello levantado.

Llevaba gafas oscuras y chaqueta de punto, se tapaba los oídos con algodón y cuando tomaba un coche hacía levantar la capota. En una palabra, se observaba en este hombre un constante e irresistible afán de rodearse a sí mismo de una envoltura; crear, por decirlo así, un estuche que lo aislara y lo protegiera contra toda influencia exterior. La realidad lo irritaba, lo atemorizaba, lo mantenía en un continuo estado de alarma y, quizá, para justificar esa timidez suya y su repugnancia hacia el presente, siempre alababa el pasado y lo que nunca había existido; y las lenguas antiguas que enseñaba, en verdad, eran para él las mismas katiuskas y el paraguas que le ayudaban a esconderse de la vida real.

»—¡Oh, qué sonoro, qué bello es el idioma griego! —decía con expresión dulce; y, como si quisiera confirmar sus palabras, entornaba los ojos y, levantando un dedo, pronunciaba—: Antropos!

»También sus pensamientos trataba de esconderlos Belikov en un estuche. Para él resultaban claras sólo aquellas disposiciones circulares y notas periodísticas en las cuales se prohibía algo. Cuando la circular prohibía a los colegiales salir a la calle después de las nueve de la noche o cuando algún periódico condenaba el amor físico, ello era claro y determinado; prohibido y no había más que hablar.

En cambio, en el permiso y en la autorización sospechaba la existencia oculta de un elemento dudoso, vago, inexpresado. Cuando en la ciudad permitían la creación de un círculo dramático, una sala de lectura o un salón de té, él meneaba la cabeza y decía en voz baja:

»—Sí, claro, todo eso está muy bien, pero…

»Cualquier alteración, desviación o transgresión de los reglamentos le causaba pesadumbre, aunque uno podía preguntarse qué tenía que ver él con estas cosas. Si alguno de sus colegas llegaba tarde a un tedéum, o se rumoreaba alguna travesura de los colegiales, o bien alguien decía haber visto a la preceptora acompañada por un oficial a altas horas de la noche, él se ponía nervioso y siempre advertía que pudiera ocurrir algo malo. En

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los consejos pedagógicos nos deprimía, literalmente, con su cautela, susceptibilidad y consideraciones de estuche con respecto a que los alumnos, tanto en el colegio de varones como en el de señoritas, se portaban mal y hacían mucho ruido en las clases —lo cual podía llegar al conocimiento de las autoridades y originar serios disgustos— y que con la expulsión de Petrov del segundo año y de Egorov del cuarto, todo se hubiera solucionado. ¿Y qué me dice?, con sus rezongos y suspiros, con las gafas oscuras en su pálida y pequeña cara —pequeña, ¿sabe?, como la del hurón— nos aplastaba a todos y cedíamos: les rebajábamos la nota en conducta a Petrov y a Egorov, los castigábamos con arresto y al final los expulsábamos. Tenía una extraña costumbre: visitar nuestras casas. Venía a la casa de algún profesor, se sentaba y se quedaba callado, como si espiara alguna cosa. Permanecía así sentado una o dos horas y se iba. Según él, esto se llamaba “mantener buenas relaciones con los colegas” y, por lo visto, le resultaba difícil visitarnos y estar con nosotros, y si lo hacía era porque lo consideraba un deber de compañero. Los profesores le teníamos miedo.

Hasta el mismo director le temía. Ahí tiene usted: nuestros profesores son todos personas que piensan, profundamente decentes, formados según las obras de Turguenev y Schedrin, y, sin embargo, aquel hombrecillo que siempre andaba con las katiuskas puestas y llevaba paraguas, tuvo en sus manos a todo el colegio durante quince largos años.

¿Qué digo al colegio? ¡A toda la ciudad! Los sábados, nuestras damas no organizaban espectáculos caseros por temor a que él se enterara; y los clérigos no se animaban a comer carne o a jugar a los naipes en su presencia. Bajo la influencia de personas como Belikov, en los últimos diez o quince años, en nuestra ciudad empezaron a tener miedo a cualquier cosa. Tenían miedo a hablar en voz alta, a mandar cartas, a trabar amistades, a leer libros; temían ayudar a los pobres, enseñar a los analfabetos…

Iván Ivanich, deseando decir algo, tosió, pero antes encendió la pipa, contempló la luna y afirmó pausadamente:

—Sí. Son personas decentes que piensan, que leen a Schedrin, a Turguenev, a Buckle y a otros muchos, y, sin embargo, se doblegaron e iban aguantando… Así es la cosa.

—Belikov y yo vivíamos en la misma casa —prosiguió Burkin—, en el mismo piso; su puerta estaba frente a la mía, nos encontrábamos a

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menudo y yo conocía su vida doméstica. En su casa era la misma historia: la bata, el gorro, el postigo, los cerrojos, toda una serie de prohibiciones, de limitaciones y… «¡por lo que pudiera ocurrir!». Por cuanto la comida de vigilia no resultaba provechosa, y, por otra parte, no se debía comer carne ni lácteos, ya que entonces pudiera decirse que él no observaba el ayuno, Belikov comía pescado con manteca, alimento que si bien no era de vigilia tampoco podía considerarse pecaminoso. Para que no pensaran mal de él, no tenía a su servicio ninguna mujer, sino que tomó a un cocinero de nombre Afanasy, viejo de unos sesenta años, borracho y chiflado, que antaño había estado al servicio de un militar como ordenanza y por tal motivo, bien que mal, sabía cocinar algo. Este Afanasy habitualmente estaba en la puerta, con los brazos cruzados, y suspirando, barbotaba siempre lo mismo:

»—¡Esta cría ya está en todas partes!

»El dormitorio de Belikov era pequeño como un cajón, la cama tenía una cortina. Al acostarse, él se cubría la cabeza; hacía calor, el ambiente era sofocante, en la puerta cerrada golpeaba el viento, algo silbaba en la chimenea; se oían lúgubres suspiros que provenían de la cocina…

»Sentía miedo bajo la colcha. Temía por lo que pudiera ocurrir, tenía miedo de ser asesinado por Afanasy, asaltado por los ladrones; durante toda la noche lo agitaban sueños inquietos y por la mañana, cuando caminábamos juntos rumbo al colegio, estaba pálido y taciturno, y era evidente que el colegio, con su multitud de alumnos, le daba miedo y causaba repugnancia a todo su ser, y que a él, hombre solitario por naturaleza, le resultaba penoso caminar a mi lado.

»—Hay demasiado ruido en las clases —decía, como si tratara de encontrar una explicación a su estado de ánimo—. ¡Ya no tiene nombre!

»Faltó poco, sin embargo, para que ese profesor de lengua griega, ese hombre enfundado, se casara, ¡qué me dice!

Iván Ivanich se volvió rápidamente, miró dentro del cobertizo y dijo:

—¡Bromea usted!

—Sí, a punto estuvo de casarse, por más extraño que parezca. Para nuestro colegio fue designado un nuevo profesor de historia y geografía, un tal Kovalenko, Mijail Savich, de origen ucraniano. Éste no llegó solo, sino en compañía de su hermana Vareñka.

El hombre era joven, alto, moreno; tenía manazas enormes y se le veía en la cara que su voz era de bajo profundo; en efecto, atronaba como si

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hablara desde un tonel vacío: bu-bu-bu… En cuanto a ella, ya no era muy joven —tenía unos treinta años— pero igualmente era alta, esbelta, tenía cejas negras y mejillas coloradas, en una palabra, era mermelada y, por añadidura, muy desenvuelta y ruidosa: siempre cantaba romanzas ucranianas y reía. Bastaba el más leve motivo para que estallara en una carcajada: «¡Ja, ja, ja!». Recuerdo que el primer conocimiento a fondo con los Kovalenko lo trabamos en casa del director, al festejar éste el día de su santo. Entre los serios, tensos y aburridos pedagogos, que aun a las fiestas asistían por obligación, vimos, de pronto, a una nueva Afrodita renacer de la espuma: ponerse en jarras, reír a carcajadas, cantar, bailar… Cantó con sentimiento «Soplan los vientos», luego otra romanza ucraniana y otra más y nos encantó a todos, aun a Belikov. Éste se sentó cerca de ella y le dijo con una dulce sonrisa:

»—Por su dulzura y agradable sonoridad, el idioma ucraniano hace recordar al antiguo griego.

»Ella se sintió halagada y se puso a contarle, con sentimiento y convicción, que en el departamento de Gadiach tenía una granja y que en esa granja vivía su mamaíta. ¡Y qué peras, qué melones, qué calabazas había allí…! El borsch que se preparaba allí con el agregado de berenjenas era “¡tan rico, pero tan rico que simplemente daba miedo!”.

»La escuchamos y escuchamos y, de golpe, se nos ocurrió a todos una misma idea.

»—Sería bueno casarlos —me dijo en voz baja la mujer del director. »Todos recordaron que Belikov no estaba casado y nos pareció raro

que no lo hubiéramos notado hasta entonces, ignorando por completo un detalle tan importante de su vida. ¿Cuál era, en general, su actitud hacia la mujer? ¿Cómo resolvía esta cuestión vital? Antes ello no nos interesaba en absoluto; quizá ni siquiera hubiéramos admitido la idea de que un hombre que con cualquier tiempo usaba katiuskas y durmiera tras una cortina pudiera amar.

»—Hace mucho que él ha pasado los cuarenta y ella tiene treinta… — explicó su pensamiento la directora—. Me parece que ella lo aceptaría.

»¡Qué no se haría en nuestra provincia por aburrimiento!… ¡Cuántas cosas inútiles, absurdas! Y es porque nada se hace de lo que hay que hacer. ¿Para qué, dígame, tuvimos de repente la necesidad de casar a ese Belikov, a quien ni siquiera se le podía imaginar casado? La mujer del director, la del inspector y las demás damas del colegio se animaron y hasta se

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volvieron más lindas, como si de golpe vieran la meta de su vida. La directora tomó un palco en el teatro, y así vimos en él a Vareñka, con un abanico fantástico, radiante, dichosa, y a Belikov, pequeño, encogido, como si lo hubieran sacado de la casa con tenazas. Yo daba una fiestecilla, y las damas exigían que invitara sin falta a Belikov y a Vareñka.

En una palabra, la máquina se puso en marcha. Resultó que Vareñka estaba dispuesta a casarse. La vida en la casa de su hermano no era muy alegre; no hacían otra cosa que discutir y reñir todos los días.

Aquí tiene una escena: Kovalenko va por la calle, alto, robusto, luciendo una camisa bordada y con el mechón que se le escapa debajo de la gorra, cayendo sobre la frente; en una mano sostiene un montón de libros, en la otra un grueso y nudoso bastón.

Tras él camina su hermana, con libros también.

»—Pues tú, Mijailik, no lo has leído —afirma en voz alta—. ¡Te prometo que no lo has leído nunca!

»—Te digo que sí —grita Kovalenko, golpeando la acera con el bastón.

»—Pero, por Dios, Minchik, ¿por qué te enojas?

¡Si estamos hablando de cosas sin importancia!

»—¡Te digo que lo he leído! —grita Kovalenko con más fuerza aún.

»En casa, cada vez que había alguna visita, se armaba un altercado. Semejante vida posiblemente empezaba a causarle tedio; tenía ganas de tener su propio hogar y además debía de tener en cuenta su edad: no podía ya darse el lujo de escoger largamente; en esas circunstancias una se casa con cualquiera, aun con el profesor de griego. También es verdad que a la mayoría de nuestras señoritas les da lo mismo casarse con cualquiera; lo importante es casarse. Comoquiera que sea, Vareñka empezó a mostrar hacia nuestro Belikov una evidente benevolencia.

»¿Y Belikov? Él visitaba a los Kovalenko de la misma manera como lo hacía con respecto a todos nosotros. Llegaba a su casa y se quedaba sentado, en silencio. Mientras él callaba, Vareñka le cantaba “Soplan los vientos”, o lo miraba, pensativa, con sus oscuros ojos, o lanzaba, de repente, una carcajada:

»—¡Ja, ja, ja!

»En los asuntos amorosos, y especialmente en el casamiento, la sugestión desempeña un gran papel.

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Todos —sus colegas y las damas— aseguraban a Belikov que él debía casarse, que no le quedaba otra cosa en la vida que casarse; lo felicitábamos y con caras serias le decíamos trivialidades como, por ejemplo, que el matrimonio era un paso serio; además, Vareñka era bien parecida, interesante, tenía una granja y era hija de un consejero de estado; pero lo principal consistía en que era la primera mujer que lo trató en forma cariñosa y cordial, lo cual le hizo perder la cabeza y decidir que, efectivamente, debía casarse.

—Era el momento apropiado para quitarle las katiuskas y el paraguas —acotó Iván Ivanich.

—Sin embargo, no fue posible hacerlo. Puso en su mesa el retrato de Vareñka, venía siempre a verme y me hablaba de Vareñka, de la vida familiar, de que el matrimonio era un paso serio; con frecuencia visitaba a los Kovalenko; pero no cambió en absoluto su manera de vivir. Más bien, al contrario, la decisión de casarse repercutió en él en forma casi dolorosa; se tornó pálido, adelgazó y, al parecer, se sumergió aun más en su estuche.

»—Varvara Savishna me agrada —decía torciendo su boca en una débil sonrisa— y yo sé que todo hombre debe casarse, pero… todo eso ocurrió tan de golpe, ¿sabe? Hay que pensarlo bien.

»—¿Qué es lo que hay que pensar? —le decía yo—. Cásese y ya está. »—No, no, el matrimonio es un paso muy serio; primero hay que

sopesar las futuras obligaciones, la responsabilidad… para que no ocurra luego nada malo. Ello me preocupa tanto que ahora no puedo dormir por las noches. Y le confieso que tengo miedo: ella y su hermano tienen una manera de pensar un tanto extraña, suelen razonar en forma rara, ¿sabe? Además, tienen un carácter muy vehemente. Uno se casa y luego, a lo mejor, se ve envuelto en alguna historia.

»Y no se animaba a hacer la petición de mano, postergándola, para gran fastidio de la directora y de todas nuestras damas; continuaba sopesando las futuras obligaciones y la responsabilidad, mas entretanto salía de paseo con Vareñka casi todos los días, porque, quizá, pensaba que así era como correspondía hacer en su situación, y venía a verme para conversar sobre la vida familiar. Y lo más probable es que, al fin y al cabo, hubiera propuesto el matrimonio y entonces se hubiera realizado uno de esos estúpidos e innecesarios casamientos que se realizan en nuestro país por millares —de puro aburrimiento— si no hubiera ocurrido repentinamente un Kolossalische Scandal[20]. Es de señalar que

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Kovalenko, el hermano de Vareñka, aborreció a Belikov desde el día en que lo había conocido y nunca podía soportarlo.

»—No comprendo —nos decía, encogiéndose de hombros—, no comprendo cómo ustedes toleran a ese soplón, con esa facha asquerosa. ¡Ay, señores!

¿Cómo pueden ustedes vivir aquí? Hay aquí una atmósfera mala, sofocante. ¿Acaso son ustedes pedagogos, son profesores? No son más que chupatintas y este no es un templo de la ciencia, sino un tribunal de policía y hasta hay un olor agrio como en una casilla policial. No, amigos míos… Me quedaré con ustedes un poco más y luego volveré a mi granja, donde me dedicaré a pescar cangrejos y a enseñar a los niños ucranianos. Me iré, y ustedes quédense con su Judas, y ojalá que se le críe un sapo en la panza.

»Otras veces reía a carcajadas hasta que se le saltaban las lágrimas, ya en voz de bajo, ya con un hilito de voz, y me preguntaba, separando las manos:

»—¿Pá qué se queda ése sentao en mi casa? ¿Qué quiere de mí? No hace más que mirar.

»Hasta le puso a Belikov un apodo: “la araña”.

Por supuesto, al conversar con él evitábamos toda mención acerca de que su hermana Vareñka pensaba casarse con «la araña». Y cuando una vez la directora le hizo una alusión en el sentido de que no estaría mal acomodar a su hermana con una persona tan seria y respetada como lo era Belikov, él frunció el ceño y gruñó:

»—No tengo nada que ver con el asunto. Que se case con quien quiera, aunque sea con un reptil. Yo no me meto en asuntos ajenos.

»Escuche ahora lo que pasó después. Un pícaro dibujó la caricatura de Belikov caminando bajo el paraguas, con las katiuskas puestas y los pantalones arremangados, y llevando del brazo a Vareñka; y con una inscripción debajo: “el antropos enamorado”. Su expresión fue captada en forma asombrosa, ¿sabe? El dibujante debió de haber trabajado más de una noche, ya que todos los profesores del colegio de varones y los del liceo como también los del seminario y aun los funcionarios recibieron un ejemplar cada uno. También Belikov recibió uno. La caricatura le produjo una impresión de lo más penosa.

»Salimos juntos de la casa —era el domingo primero de mayo y todos los profesores y los colegiales habíamos convenido congregarnos junto al

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colegio para luego marchar a pie hasta un bosquecillo cercano a la ciudad — y noté que estaba sombrío como una nube.

»—Hay gente muy mala y dañina —observó, y sus labios temblaron. »Hasta me dio lástima. Mas he aquí que aparece por la calle

Kovalenko montado en una bicicleta y tras él Vareñka, también en bicicleta, con cara enrojecida y fatigada, pero animosa y alegre.

»—Nosotros vamos adelante —grita—. ¡Qué tiempo hermoso hace!

¡Tan lindo que me da miedo!

»Y ambos desaparecieron. Mi buen Belikov se puso blanco; se detuvo y me miró, inmóvil…

»—Permítame, ¿cómo es eso? —preguntó—. ¿O, quizá me engaña la vista? ¿Acaso es decente para los profesores del colegio y para las mujeres montar en bicicleta?

»—¿Y qué puede haber de indecente en ello? —repliqué—. ¡Que monten todo lo que quieran!

»—Pero ¿cómo es posible? —exclamó, asombrado de mi calma—. ¡Qué está diciendo!

»Y quedóse tan impresionado que ya no tuvo ganas de proseguir el camino y volvió a su casa.

»Al día siguiente estuvo todo el tiempo frotándose las manos nerviosamente, y en la cara se le notaba que no se sentía bien. Hasta se retiró de la clase, cosa que le sucedía por primera vez en su vida. Tampoco pudo comer. Y al atardecer se puso ropas abrigadas, aunque en la calle hacía un tiempo de verano, y se encaminó lentamente a casa de los Kovalenko. Vareñka no estaba; sólo encontró al hermano.

»—Tome asiento, por favor —dijo éste con frialdad y frunció el ceño: tenía la cara somnolienta, pues acababa de dormir la siesta, y se hallaba de muy mal humor.

»Belikov permaneció sentado en silencio durante unos diez minutos. »—He venido —comenzó diciendo— para aliviar mi corazón. Estoy

muy, pero muy apenado. Un libelista ha dibujado de manera ridícula una escena en la que me representa a mí y a una persona allegada a nosotros dos. Considero mi deber asegurarle que yo no tengo nada que ver… No he dado ningún motivo para semejante injuria; más bien al contrario, me he conducido siempre como una persona correcta.

»Kovalenko, enfurruñado, no decía nada. Belikov esperó un rato y continuó con voz baja y triste:

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»—Tengo aún otra cosa que decirle. Hace mucho tiempo ya que ejerzo la profesión, usted, en cambio, está en los comienzos y considero mi deber, en calidad de su compañero mayor, hacerle una advertencia. Usted monta en bicicleta, diversión totalmente indecente para un educador.

»—¿Y por qué? —preguntó Kovalenko con voz de bajo.

»—¿Acaso es necesario explicarlo, Mijail Savich?

¿No es ello claro por sí mismo? Si el profesor monta en bicicleta, ¿qué queda, entonces, por hacer a los alumnos? ¡No les queda otra cosa que andar patas arriba! Y por cuanto ello no está autorizado por una circular, pues no debe hacerse. Ayer me quedé aterrorizado. Al ver a su hermanita, se me enturbiaron los ojos. Una señora o una señorita montada en bicicleta, ¡es algo terrible!

»—¿Y qué es lo que usted desea, en forma concreta?

»—Solamente deseo una cosa: advertirle, Mijail Savich. Usted es un hombre joven, tiene su futuro por delante, y debe, por ello, conducirse con mucha cautela. Sin embargo, está usted fallando, ¡oh, sí!

Anda usted vestido con una camisa bordada; se le ve siempre en la calle con no sé qué libros en la mano y ahora, además, esa bicicleta. Algún día el director sabrá que usted y su hermanita montan en bicicleta; más tarde el rumor llegará a oídos del médico…

¿Qué puede resultar bueno de ello?

»—Que mi hermana y yo montemos en bicicleta no debe importarle a nadie —dijo Kovalenko, enrojeciendo—. Y si alguien intenta inmiscuirse en mis asuntos privados y familiares, lo enviaré al diablo.

»Belikov palideció y se puso de pie.

»—Si usted habla conmigo en ese tono, no puedo seguir conversando —dijo—. Y le ruego que nunca se exprese de esta manera acerca de las autoridades en mi presencia. Su actitud con respecto a los superiores debe ser respetuosa.

»—¿Acaso hablé mal de las autoridades? —preguntó Kovalenko, dirigiéndole miradas furibundas—. Déjeme en paz, por favor. Soy un hombre honrado y no tengo ganas de hablar con personas como usted. No me gustan los soplones.

»Belikov se movió nerviosamente y empezó a ponerse el abrigo, con expresión de terror en la cara. Por primera vez en su vida oía semejantes groserías.

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»—Puede usted decir lo que quiera —observó, al salir del vestíbulo al descanso de la escalera—. Solamente debo advertirle una cosa: puede ser que alguien nos haya oído, y para que no interpreten mal nuestra conversación y por si ocurre algo, debo informar al señor director sobre el contenido de ella… en términos generales. Estoy obligado a hacerlo.

»—¿Informar? ¡Anda, pues!…

»Kovalenko lo agarró de atrás por el cuello y lo empujó: Belikov rodó por la escalera, haciendo ruido con las katiuskas. La escalera era alta y empinada, pero él llegó abajo con buena suerte, se levantó y se palpó la nariz: ¿se salvaron los lentes? pero justo en el momento en que él rodaba por la escalera, entró Vareñka, acompañada de dos damas; se detuvieron abajo y lo miraban. Y para Belikov fue lo peor. Mejor hubiera sido romperse el cuello o las dos piernas antes que hacer el ridículo; ahora iba a enterarse toda la ciudad, la noticia llegaría hasta el director y aun hasta el médico —podrían ocurrir cosas malas— quizá dibujarían una nueva caricatura y todo terminaría con su retiro obligatorio…

»Cuando Belikov se hubo levantado, Vareñka lo reconoció y, viendo su cara asustada, el arrugado abrigo y las katiuskas desparramadas, sin comprender lo ocurrido y creyendo que él había caído sin querer, no pudo contenerse y estalló en una carcajada que resonó en toda la casa:

»—¡Ja, ja, ja!

»Y con este sonoro y alborozado “ja, ja, ja” concluyó todo: tanto la boda como la existencia terrestre de Belikov. Las palabras de Vareñka ya no llegaban a sus oídos, ni tampoco podía ver nada. De regreso a su casa, antes que nada retiró el retrato de la mesa, luego se acostó y ya no se levantó más.

»Unos tres días después vino a verme Afanasy y preguntó si debía ir a buscar al médico, por cuanto a su amo le pasaba algo. Fui a verlo. Estaba tendido tras la cortina y cubierto con una colcha; a todas mis preguntas se limitaba a contestar sí o no y nada más. Afanasy caminaba junto a la cama, con aire sombrío, y suspiraba hondamente; tenía olor a vodka tan fuerte como si acabara de llegar de la taberna.

»Al cabo de un mes Belikov murió. Todo el mundo asistió a su sepelio, es decir, el colegio, el instituto y el seminario. El difunto yacía en el ataúd con expresión mansa, placentera, casi alegre, como si estuviera contento de hallarse en un estuche del cual ya no saldría jamás. ¡Sí, había alcanzado su ideal!

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Y como si fuera en su homenaje, el tiempo, durante el sepelio, se mantuvo nublado y lluvioso, y todos llevábamos paraguas y katiuskas. También Vareñka asistió al entierro, y cuando bajaban el féretro a la fosa, se puso a llorar. He observado que las ucranianas o lloran o ríen a carcajadas; no poseen un humor medio.

»Confieso que es un gran placer enterrar a personas como Belikov. Regresábamos del cementerio con caras serias y afligidas; nadie quería revelar esa sensación de contento, sensación parecida a la que experimentábamos hacía mucho, mucho tiempo, en nuestra infancia, cuando los mayores se iban de la casa y nosotros corríamos por el jardín una o dos horas, gozando de plena libertad. ¡Ah, libertad!… ¡Libertad! Con la sola alusión, hasta con una leve esperanza de su posibilidad, crecen alas en el alma, ¿no es cierto?

»Al volver del cementerio, estábamos de buen humor. Pero no había transcurrido aún una semana cuando la vida retomó su cauce habitual, la misma vida de antes: severa, agotadora y necia; una vida que no estaba prohibida por una circular, pero que tampoco estaba permitida del todo: no hubo mejoras. En efecto, habíamos enterrado a Belikov, pero ¡cuántos hombres enfundados quedan todavía! ¡Y cuántos habrá aún!

—Ésa es la cuestión —dijo Iván Ivanich y encendió la pipa.

—¡Cuántos habrá aún! —repitió Burkin.

El profesor salió del cobertizo. Era un hombre de baja estatura, grueso, completamente calvo y con una barba negra que le llegaba casi hasta la cintura; junto con él salieron dos perros.

—¡Qué luna! —dijo, mirando al cielo.

Ya era medianoche. Hacia el lado derecho se veía todo el pueblo, extendiéndose su larga calle a unas cinco verstas. Todo se hallaba sumergido en un apacible y profundo sueño; no había ningún movimiento, ningún ruido; hasta resultaba difícil creer que podía haber tanta quietud en la naturaleza. Cuando en una noche de luna uno ve la ancha calle pueblerina con sus izbas, sus gavillas y sus adormecidos sauces, la paz penetra en el alma; escondiéndose en las sombras nocturnas de sus labores, sus preocupaciones y sus penas, la quieta calle aldeana es mansa, melancólica y bella, y parece que también las estrellas la contemplan con dulzura y que ya no hay maldad sobre la tierra y que todo está bien. En el extremo izquierdo del pueblo comenzaba el campo; se lo veía lejos, hasta

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el horizonte, y en toda la extensión de este campo, inundado de luz lunar, tampoco había movimiento ni ruido.

—Ahí está la cosa —repitió Iván Ivanich—. Nosotros vivimos en la ciudad, sofocados, hacinados, escribimos papeles inútiles, jugamos a los naipes, ¿acaso no es eso un estuche? Y cuando pasamos toda la vida entre haraganes, pleitistas, mujeres tontas y ociosas, y escuchamos y decimos toda clase de majaderías, ¿acaso no es eso un estuche? A propósito, si desea, le contaré una historia muy aleccionadora.

—No, no, ya es hora de dormir —dijo Burkin—. Hasta mañana.

Los dos entraron en el cobertizo y se acostaron sobre el heno. Ya se habían acomodado y adormecido ambos, cuando oyéronse, de repente, unos leves pasos: tup, tup… Alguien caminaba cerca de la barraca, daba unos pasos, se detenía y poco después de nuevo: tup, tup… Los perros comenzaron a gruñir.

—Es Mavra la que camina —dijo Burkin.

Los pasos ya no se oían.

—Uno ve y oye mentiras —dijo Iván Ivanich, dándose vuelta— y todavía lo llaman tonto por haberlas tolerado; uno tiene que aguantar ofensas y humillaciones, sin atreverse a declarar abiertamente su simpatía hacia personas honradas y libres; uno mismo tiene que mentir y sonreír, y todo ello por un pedazo de pan, por un rincón caliente, por algún titulejo que no vale nada… ¡No, ya no es posible vivir de esa manera!

—Esto ya es harina de otro costal, Iván Ivanich —dijo el profesor—.

Vamos a dormir.

Al cabo de unos diez minutos Burkin ya dormía.

Iván Ivanich, empero, seguía revolviéndose de un costado a otro y suspirando; luego se levantó, salió del cobertizo, se sentó junto a la puerta y encendió la pipa.

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MUCHACHOS

—¡Llegó Volodia! —gritó alguien en el patio.

—¡Llegó Volodechka! —chilló Natalia al entrar corriendo en el comedor—. ¡Ah, Dios mío!

La familia Korolev en pleno, que desde hacía muchas horas estuvo esperando a su Volodia, corrió hacia las ventanas. Junto a la entrada había un espacioso trineo, y los tres caballos blancos parecían envueltos en una espesa nube de vapor. El trineo estaba vacío, puesto que Volodia se encontraba ya en el vestíbulo y con los dedos enrojecidos por el frío trataba de desatar la capucha. Su abrigo de colegial, la gorra, las katiuskas y los cabellos en sus sienes estaban cubiertos de escarcha, y toda su figura, desde la cabeza hasta los pies, expandía un olor a frío tan sabroso que, mirándolo, uno tenía ganas de sentir frío y decir: «¡Brrr!…». La madre y la tía se precipitaron a abrazarlo y besarlo; Natalia cayó a sus pies y se puso a quitarle los válenki[21]; sus hermanas proferían chillidos; las puertas chirriaban y golpeaban, mientras el padre de Volodia, en chaleco y con unas tijeras en la mano, entró corriendo en el vestíbulo y gritó con voz asustada:

—¡Te esperábamos ayer! ¿Has llegado bien? ¿Estás bien? ¡Pero, por Dios, dejadlo saludar a su padre!

¿Soy su padre o no lo soy?

—¡Guau, guau! —ladraba Milord, enorme can negro, golpeando la cola contra las puertas y los muebles.

Todo se fundió en un solo y alegre ruido que duró unos dos minutos. Cuando el primer arrebato de júbilo hubo pasado, los Korolev se dieron cuenta de que, aparte de Volodia, se encontraba en el vestíbulo un hombrecillo más; envuelto con pañuelos, chales y capuchas y cubierto de escarcha, permanecía inmóvil en el rincón, semioculto en la sombra arrojada por una gran shuba de piel de zorro colgada en el pechero.

—Volodechka, ¿y éste quién es? —preguntó la madre en un susurro.

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—¡Ah! —se dio cuenta Volodia—. Tengo el honor de presentaros a mi compañero, Lentejov, alumno de segundo año… Lo traje para que pase con nosotros las vacaciones de invierno.

—¡Encantados! ¡Bienvenido! —dijo el padre con alegría—. Me disculpará usted, ando vestido de entrecasa, sin levita… ¡Haga el favor! ¡Natalia, ayuda a desvestirse al señor Lemejov! ¡Dios mío, llevaos a este perro! ¡Es una calamidad!

Poco después Volodia y su amigo Lentejov, aturdidos por el ruidoso recibimiento y todavía sonrosados por el frío, se hallaban sentados a la mesa tomando té.

El sol de invierno, atravesando la nieve y los adornos de escarcha en las ventanas, temblaba sobre el samovar y bañaba sus límpidos rayos en la jofaina. El aire en la habitación estaba templado, y los muchachos sentían en sus cuerpos las cosquillas que se hacían el calor y el frío sin ganas de ceder uno al otro.

—¡Y bien, pronto tendremos la Navidad! —decía el padre con voz cantarina, liando un cigarrillo con el tabaco oscuro—. ¿Y cuánto hace que era verano y tu madre lloraba, despidiéndote? Y ya estás de vuelta… ¡El tiempo pasa rápido, amigo mío! ¡Señor Lopajin, coma, por favor, sin ceremonias!…

Las tres hermanas de Volodia, Katia, Sonia y Masha —la mayor tenía once años—, sentadas a la mesa, no apartaban las miradas de su nuevo conocido.

Lentejov tenía la misma edad y la estatura que Volodia, pero no era tan mofletudo ni tan blanco, sino más bien delgado, de tez oscura y pecoso. Tenía el cabello erizado, unos ojillos estrechos y los labios gruesos; en general, era muy feo y si no llevase el uniforme de colegial se le hubiera podido tomar por el hijo de una cocinera. Estaba sombrío, callaba durante todo el tiempo y no sonrió ni una sola vez. Las niñas, mirándolo, comprendieron enseguida que debía de ser una persona muy inteligente e instruida. Continuamente pensaba en algo y tan ensimismado estaba que, al preguntársele cualquier cosa, se estremecía, sacudía la cabeza y pedía repetir la pregunta.

Las chicas notaron que también Volodia, siempre alegre y locuaz, esta vez hablaba poco, nunca sonreía y ni siquiera parecía alegrarse de estar en su casa. Mientras tomaban té, sólo se dirigió a sus hermanas una vez y, aun así, empleando palabras extrañas. Señaló con el dedo el samovar y dijo:

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—En California, en lugar del té se toma gin.

También él estaba ensimismado y, a juzgar por las miradas que cambiaba de vez en cuando con su amigo Lentejov, las ideas de los muchachos eran iguales.

Después del té, todos se dirigieron al cuarto de los niños. El padre y las chicas se sentaron a la mesa y reanudaron el trabajo que había sido interrumpido por la llegada de los muchachos. Estaban haciendo flores y flecos de papel, de distintos colores, para el árbol de Navidad. Era un trabajo ameno y ruidoso. Cada nueva flor era recibida por las chicas con gritos de entusiasmo y hasta de terror, como si esa flor hubiese caído del cielo; también el papá expresaba su admiración, aunque a veces arrojaba las tijeras al suelo, enfadándose porque no cortaban. La mamá entraba corriendo en el cuarto de niños con la cara muy preocupada y preguntaba:

—¿Quién se ha llevado mis tijeras? ¿Has vuelto a llevarte mis tijeras, Iván Nicolaich?

—¡Dios mío, ni siquiera unas tijeras puede llevarse uno! —respondía Iván Nicolaich con voz llorosa y, reclinándose sobre el respaldo de la silla, adoptaba la pose de un hombre ofendido, a pesar de lo cual, un minuto después volvía a expresar su entusiasmo.

En sus llegadas anteriores Volodia tomaba parte en los preparativos para la Navidad o corría afuera para ver al cochero y al pastor hacer la montaña de nieve, pero esta vez ni él ni Lentejov prestaron atención al papel de colores y ni siquiera fueron al establo, sino que se sentaron junto a la ventana y se pusieron a conversar en susurro; luego abrieron el atlas geográfico y comenzaron a examinar un mapa.

—Primero a Perm… —decía en voz baja Lentejov—, de allí a Tiumen… luego a Tomsk… luego… luego… Kamchatka… Desde allí los samoyedos nos transportarán en sus botes a través del estrecho de Bering… Y ya estaremos en América. Allí hay animales de piel fina.

—¿Y California?

—California está más abajo… Lo principal es llegar hasta América; una vez allí, California no está lejos. En cuanto a la alimentación, la conseguiremos cazando y asaltando.

Durante todo el día, Lentejov eludía a las chicas y las miraba de reojo. Después del té de la noche, lo dejaron solo con ellas por unos cinco minutos. Callar resultaba incómodo. Tosió con severidad, frotó la mano

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izquierda con la palma derecha, dirigió a Katia una mirada sombría y le preguntó:

—¿Leyó usted a Mayne Reid?

—No, no lo he leído… Escuche, ¿sabe usted patinar?

Sumergido en sus pensamientos, Lentejov no contestó a la pregunta; haciendo fuerza infló las mejillas y exhaló un suspiro tan hondo como si tuviera mucho calor. Miró una vez más a Katia y dijo:

—Cuando una bandada de bisontes corre a través de las llanuras, la tierra se estremece, mientras los potros, despavoridos, relinchan y dan coces.

Lentejov esbozó una triste sonrisa y añadió:

—Sucede también que los indios asaltan los trenes. Pero no hay nada peor que los mosquitos y las termitas.

—¿Qué es eso?

—Son una especie de hormigas, pero con alas. Pican muy fuerte. ¿Sabe usted quién soy?

—El señor Lentejov.

—No. Soy Montigomo, Garra de Gavilán; soy el jefe de los invencibles.

Masha, la más pequeña, miró al muchacho, luego a la ventana, tras la cual ya caía la noche, y dijo, pensativa:

—Ayer comimos lentejas.

Las incomprensibles palabras de Lentejov, sus continuos y secretos coloquios con Volodia y el hecho de que éste, en vez de jugar, se pasara el tiempo pensando en algo, todo ello era misterioso y extraño. Y las dos chicas mayores, Katia y Sonia, se pusieron a vigilar a los muchachos. Por la noche, cuando éstos estaban por acostarse, las niñas se acercaron sigilosamente a la puerta y escucharon su conversación. ¡Las cosas que descubrieron! Los muchachos se disponían a escapar a América para buscar oro; ya tenían todo preparado para el camino: una pistola, dos cuchillos, galletas, un cristal de aumento para hacer fuego, una brújula y cuatro rublos en efectivo. Se enteraron de que los muchachos deberían recorrer varios miles de verstas a pie, enfrentándose por el camino a los tigres y a los salvajes; luego buscar el oro y el marfil; matar a los enemigos, convertirse en piratas, beber gin y, finalmente, casarse con beldades y explotar plantaciones. Volodia y Lentejov hablaban con entusiasmo, se interrumpían el uno al otro. Lentejov se titulaba a sí mismo:

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«Montigomo, Garra de Gavilán» y a Volodia lo llamaba «hermano carapálida».

—Ten cuidado —dijo Katia a su hermanita, antes de acostarse—, no vayas a decir nada a mamá. Volodia nos va a traer de América oro y marfil, pero si tú lo cuentas a mamá, no lo dejarán ir.

En vísperas de la Nochebuena, Lentejov estuvo examinando durante todo el día el mapa de Asia, anotando algo en su libreta, mientras Volodia, mustio e hinchado, como pinchado por una abeja, vagaba por las habitaciones y se negaba a comer. Y hasta una vez, en el cuarto de niños, se detuvo ante el icono, persignóse y dijo:

—¡Señor, perdóname por mis pecados! ¡Señor, guarda a mi pobre y desdichada mamá!

Al anochecer rompió a llorar sin que nada lo anunciara. Antes de retirarse a dormir, abrazó largamente a su padre, a su madre y a sus hermanas. Katia y Sonia sabían muy bien de qué se trataba, pero Masha, la más pequeña, no comprendía nada, absolutamente nada, y, mirando a Lentejov, se quedaba pensativa y decía con un suspiro:

—El aya dice que durante la Cuaresma hay que comer guisantes y lentejas.

Al día siguiente, Katia y Sonia se levantaron temprano para ver a los muchachos partir a América.

Con sigilo se acercaron a la puerta.

—¿De modo que no quieres partir? —preguntaba Lentejov, enfadado

—. Dime, ¿no vienes?

—¡Dios mío! —lloraba quedamente Volodia—. ¿Cómo voy a

marcharme? Tengo lástima de mi mamá.

—Hermano carapálida, ven conmigo, te lo ruego… Me aseguraste que partirías, más aún, fuiste tú quien propuso este viaje y ahora que hay que partir, te acobardas.

—No… no me acobardo. Me da lástima mi mamá… —Contéstame: ¿vienes o no?

—Sí, pero… espera un poco. Tengo ganas de quedarme unos días más en mi casa.

—¡En tal caso me iré solo! —resolvió Lentejov—. Me arreglaré sin ti. ¡Y todavía querías cazar tigres, combatir! ¡Devuélveme mis cápsulas!

Volodia se echó a llorar con tanta amargura que sus hermanas, detrás de la puerta, no pudieron contenerse y lloraron también quedamente.

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Sobrevino el silencio.

—¿De modo que no vienes? —una vez más preguntó Lentejov.

—Sí… ya voy.

—¡Pues vístete!

Y Lentejov, para darle ánimos a Volodia, alabó a América, rugió como un tigre, pitó como un barco de vapor, vituperó y prometió entregar a Volodia todo el marfil y todas las pieles de tigre y de león.

Este muchacho delgadito, de tez morena, de cabello erizado y con pecas, aparecía ante las chicas como un ser notable, extraordinario. Era todo un un héroe, un hombre decidido y valiente y, además, rugía de tal manera que cualquiera que lo escuchara detrás de la puerta podría pensar que era un tigre o un león.

Cuando las chicas volvieron a su cuarto y comenzaron a vestirse,

Katia, con los ojos llenos de lágrimas, dijo:

—¡Ah, tengo tanto miedo!

Hasta las dos de la tarde todo estuvo tranquilo.

Pero durante el almuerzo, se reveló de repente que los muchachos no se encontraban en casa. Se mandó a buscarlos al cuarto de peones, al establo, a la mesa del mayordomo. No estaban. Tampoco estaban en la aldea. Más tarde, para la hora del té no habían vuelto aún; al sentarse a cenar, la madre estaba muy preocupada y hasta se puso a llorar. Por la noche se reanudó su búsqueda en la aldea; también fueron al río, con faroles. ¡Se armó un alboroto tremendo…!

Al día siguiente llegó un sargento de policía, y en el comedor se escribió un papel. La madre lloraba.

Pero he aquí que frente a la entrada se detuvo un trineo tirado por una troika de blancos caballos, envueltos en un vaho espeso.

—¡Llegó Volodia! —gritó alguien en el patio.

—¡Llegó Volodechka! —chilló Natalia, al entrar corriendo en el comedor.

¡Guau! ¡Guau! —ladró Milord con voz de bajo.

Resultó que los muchachos habían sido detenidos en la ciudad, en una tienda donde querían comprar pólvora. Apenas hubo entrado en el vestíbulo, Volodia se arrojó al cuello de su madre, llorando. Las niñas, temblando y pensando con terror en lo que iba a pasar, oyeron cómo el padre condujo a Volodia y a Lentejov a su despacho y mantuvo con ellos una larga conversación; también habló la madre, llorando.

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—¡Estas cosas no deben hacerse! —reprochó el padre—. Si en el colegio llegan a saberlo —que Dios no lo permita— seréis expulsados. ¡Y usted, señor Lentejov, debería tener vergüenza! Eso no está bien.

Usted es el culpable y espero que será castigado por sus padres. No se deben hacer estas cosas. ¿Dónde pasaron la noche?

—En la estación —respondió Lentejov con orgullo.

Volodia se metió en la cama y le pusieron en la cabeza una toalla mojada con vinagre. Se mandó un telegrama y al día siguiente llegó una señora, la madre de Lentejov, en busca de su hijo.

En el momento de la partida, Lentejov tenía una cara grave, soberbia, y, despidiéndose de las chicas, no pronunció una sola palabra; pero tomó el cuaderno de Katia y escribió, en recuerdo de su visita:

«Montigomo, Garra de Gavilán».

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LA PRINCESA

Un coche tirado por cuatro hermosos y bien alimentados caballos atravesó el gran portón, denominado «Rojo», del monasterio masculino N.; los monjes-prestes y los novicios, agolpados frente al pabellón de hospedaje, junto al ala reservada para los nobles, ya desde lejos habían reconocido — por el cochero y los caballos— en la dama que venía en el coche a su antigua visitante, la princesa Vera Gavrilovna.

Un viejo criado con librea saltó del pescante y ayudó a la princesa a bajarse del coche. Ella levantó el oscuro velo y se acercó sin prisa a los prestes para recibir la bendición; luego saludó cariñosamente a los novicios inclinando la cabeza y se dirigió a sus aposentos.

—¿Qué me cuentan de bueno? ¿Han extrañado a su princesa? —decía a los monjes que introducían sus maletas—. Hace un mes entero que no vengo por aquí. Y bien, ahora he llegado, miren a su princesa.

Pero ¿dónde está el padre prior? ¡Dios mío, ardo de impaciencia! ¡Es un anciano maravilloso! ¡Deben ustedes enorgullecerse de tener un prior como él!

Cuando entró el archimandrita, la princesa dejó escapar un grito de entusiasmo, cruzó las manos sobre el pecho y se acercó a él para recibir la bendición.

—¡No, no! ¡Permítame que le bese la mano! —dijo, asiendo su mano y besándola tres veces con fervor—. ¡Cuánto me alegro, santo padre, de volverlo a ver, por fin! Ustedes habían olvidado a su princesa, pero yo, en cada instante vivía mentalmente en su simpático monasterio. ¡Qué bien se está aquí! En esta vida, entregada a Dios, lejos de la futilidad mundana, hay un encanto especial, santo padre, que yo siento con toda mi alma, pero no puedo expresar con palabras.

A la princesa se le enrojecieron las mejillas y a sus ojos asomaron las lágrimas. Hablaba sin cesar, con calor, pero el prior, anciano de unos

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setenta años, serio, tímido y feo, permanecía silencioso y sólo de vez en cuando decía bruscamente, a la manera militar:

—Así es, excelencia… la escucho… comprendo…

¿Cuánto tiempo se dignará quedarse con nosotros? —le preguntó. —Hoy pasaré la noche aquí; mañana iré a ver a Claudia Nicolaievna

(hace tiempo que no nos vemos) y pasado mañana volveré para pasar aquí tres o cuatro días. Quiero descansar espiritualmente, santo padre…

A la princesa le gustaba el monasterio N. En los últimos dos años se encariñó con el lugar y lo visitaba casi todos los meses de verano, quedándose allí dos o tres días y a veces una semana entera. Los tímidos novicios, el silencio, los bajos techos, el olor de los cipreses, la frugal merienda, las baratas cortinas en las ventanas, todo la conmovía, enternecía y predisponía para la contemplación y los buenos pensamientos. Le bastaba quedarse en sus habitaciones media hora para sentirse, ella también, tímida y modesta y creer que también ella olía a ciprés; el pasado desaparecía a lo lejos, perdía su valor, y la princesa se ponía a pensar que, no obstante sus veintinueve años, se parecía mucho al viejo archimandrita y que, como él, no había nacido para la riqueza, ni la grandeza terrenal, ni el amor, sino para una vida apacible, apartada del mundo, crepuscular como estas habitaciones…

Ocurre a veces que a la oscura celda del ayunador, sumergido en la oración, asomará de pronto un rayo de sol o se posará en la ventana de la celda un pajarillo y cantará su canción; el severo ayunador sonreirá sin querer y en su pecho, bajo el hondo pesar por sus pecados, cual un arroyo debajo de la piedra, fluirá, de repente, una apacible y pura alegría. La princesa creía traer consigo, de afuera, el mismo consuelo que traían el rayo de sol o el pajarillo. Su sonrisa, alegre y afable; su dulce mirada; su voz; sus bromas; toda ella, en fin, menuda, esbelta, con su sencillo vestido negro, debía suscitar en aquellos hombres, simples y severos, una sensación de enternecimiento y alegría. Mirándola cada uno debía de pensar: «Dios nos ha enviado un ángel…». Y, sintiendo que cada uno sin querer lo pensaba, ella sonreía con más afabilidad aún y trataba de parecer un pajarillo.

Después de tomar el té y descansar un poco, salió a dar un paseo. El sol se había puesto ya. El parterre del monasterio envolvía a la princesa con la húmeda fragancia de la reseda, recién regado; desde la iglesia llegó el suave canto de voces masculinas que, a lo lejos, parecía muy agradable

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y triste. Se cantaban las vísperas. En las oscuras ventanas, donde parpadeaban quedamente las lucecitas de los candiles; en las sombras; en la figura del anciano monje, sentado en el atrio junto al icono con cepillo, había tanta sosegada paz que la princesa sintió ganas de llorar…

Mientras tanto, del otro lado del portón, en la alameda formada por el muro y los abedules, ya era de noche. El aire se oscurecía rápidamente… La princesa dio algunos pasos por la alameda, se sentó en un banco y se quedó pensando.

Pensaba en que no estaría mal instalarse para siempre en este monasterio donde la vida es apacible e imperturbable como una noche de verano; que no estaría mal olvidarse por completo del ingrato y corrompido príncipe, de sus propias enormes riquezas, de los acreedores que la molestaban todos los días, de sus penas, de su doncella Dasha, cuya cara tenía expresión insolente aquella mañana.

Podría quedarse sentada durante toda la vida, aquí, sobre el banco, mirando, a través de los abedules, cómo los jirones de la niebla crepuscular vagan al pie de la montaña; cómo a lo lejos, por encima del bosque, los grajos vuelan hacia el lugar de descanso nocturno, formando una nube negra, semejante a un velo; cómo dos novicios —uno montando un caballo pío y otro a pie— conducen los caballos a pastar y, contentos por la libertad, hacen travesuras como dos chicos; sus voces juveniles resuenan claramente en el aire inmóvil y se puede distinguir cada palabra. Qué agradable es quedarse sentada así escuchando el silencio: ora sopla el viento rozando las cimas de los abedules, ora la rana hace un leve murmullo en la hojarasca; ora el reloj del campanario toca un cuarto de hora… Quedarse así inmóvil, escuchar y pensar, pensar, pensar…

Pasó una vieja con alforjas. La princesa pensó que no estaría mal detener a esa vieja y decirle algo cariñoso y cordial, ayudarla en algo… Pero la vieja no se dio vuelta ni una sola vez y dobló la esquina.

Poco tiempo después apareció en la alameda un hombre alto, de canosa barba y con un sombrero de paja. Pasando frente a la princesa, se quitó el sombrero y la saludó, y por su pronunciada calva y su afilada nariz aguileña la princesa reconoció en él al médico Mijail Ivanovich, quien cinco años antes prestó servicio en su propiedad de Dubovki. Recordó que alguien le había dicho que el año pasado se le había muerto la mujer y tuvo ganas de compadecerlo y consolarlo.

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—Doctor, ¿parece que no me reconoce? —le preguntó con afable sonrisa.

—Sí, princesa, la he reconocido —dijo el médico, volviendo a quitarse el sombrero.

—Ah, gracias. Pensé que también usted se había olvidado de su princesa. La gente sólo se acuerda de sus enemigos, mientras que se olvida de sus amigos… ¿Vino usted aquí para orar un poco?

—Todos los sábados paso la noche aquí, por necesidad. He venido para atender enfermos.

—Y bien, ¿cómo le va? —preguntó la princesa, suspirando—. Me dijeron que ha fallecido su esposa. ¡Qué desgracia!

—Sí, princesa, para mí es una gran desgracia.

—¡Qué se le va a hacer! Debemos soportar las desgracias con

resignación. Sin la voluntad de la providencia no cae un solo pelo de la

cabeza del hombre.

—Sí, princesa.

A la afable y dulce sonrisa de la princesa y a sus suspiros el médico respondía fría y secamente: «Sí, princesa». También la expresión de su rostro era fría y seca.

«¿Qué más podría decirle?», pensó la princesa.

—¡Cuánto tiempo hace ya que no nos vemos! —dijo—. ¡Cinco años! Durante este lapso de tiempo cuántas aguas llegaron al mar, cuántos cambios se produjeron, ¡hasta da miedo pensarlo! Sabrá usted ya que me casé… la condesa se convirtió en princesa.

Y entonces ya tuve tiempo para separarme de mi marido.

—Sí, he oído hablar.

—Dios me mandó muchas pruebas. Probablemente haya oído usted también que estoy casi arruinada. Por las deudas de mi desdichado marido han vendido mis propiedades de Dubovki, Kiriakovo y Sofino. Me quedaron solamente las aldeas Baranovo y Mijaltsevo. Da miedo mirar para atrás, ¡cuántos cambios, desgracias de toda índole, cuántos errores!

—Sí, princesa, muchos errores.

La princesa se sintió algo confundida. Conocía sus errores, pero éstos eran de carácter tan íntimo que ella sola podía pensar en ellos y hablar de ellos.

Sin poder contenerse, le preguntó:

—¿En qué errores piensa usted?

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—Usted los ha mencionado, quiere decir que los conoce… — respondió el doctor con una sonrisa—. ¿Para qué vamos a hablar de ellos?

—No, no, dígame, doctor. ¡Le estaré muy agradecida! Y, por favor, no haga ceremonias conmigo. Me gusta escuchar la verdad.

—¿Quién soy yo para juzgarla, princesa?

—¿Juzgar? El tono con que lo dice significa que sabe algo. ¡Dígamelo! —Lo haré si lo desea. Pero, lamentablemente, no sé hablar bien y no

siempre se me puede entender.

El doctor pensó durante un rato y comenzó diciendo:

—Son muchos los errores, pero, propiamente dicho, el principal de ellos es, a mi juicio, la atmósfera general que… que reinaba en todas sus propiedades. Ya ve usted que no sé expresarme. Quiero decir que lo principal era el desamor, el asco hacia la gente que se sentía literalmente en todas las cosas.

Sobre este acto estaba edificado todo su sistema de vida. El asco hacia la voz humana, las caras, las nucas, los pasos… en una palabra, hacia todo lo que compone al hombre. En todas las puertas y en las escaleras están apostados los lacayos, satisfechos, groseros y perezosos, que no dejan entrar a las personas mal vestidas; en el vestíbulo se hallan alineadas las sillas de altos respaldos para que los criados —durante los bailes y las recepciones— no manchen con sus nucas el empapelado de las paredes; en todas las habitaciones hay gruesas alfombras para anular el ruido de los pasos humanos; a cada uno que entra se le advierte sin falta que debe hablar en voz baja y lo menos posible y que no debe decir nada que pueda hacer daño a la imaginación y los nervios. Y en su despacho no suelen dar la mano al visitante ni lo invitan a sentarse, de la misma manera como ahora no me tendió usted la mano ni me invitó a tomar asiento…

—¡Sírvase, si desea! —dijo la princesa, tendiendo la mano y sonriendo —. En verdad, enojarse por semejante bagatela…

—¿Acaso estoy enojado? —rió el doctor, pero acto seguido se quitó el sombrero y, agitándolo, prosiguió, con las mejillas encendidas—: Hablando con franqueza, hace ya tiempo que esperaba una oportunidad para decirle todo… Quiero decir que usted mira a la gente de modo napoleónico; Napoleón, por lo menos, tenía una idea, cualquiera que fuese, mientras que usted, aparte del asco, ¡no tiene nada!

—¿Yo tengo asco por la gente? —sonrió la princesa, encogiéndose de hombros, sorprendida—. ¿Yo?

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—¡Sí, usted! ¿Necesita hechos? ¡Ahí los tiene! En su aldea de Mijaltsevo viven de limosna tres antiguos cocineros suyos que en sus cocinas perdieron la vista a causa del intenso calor de los hornos. Cuanto había de sano, fuerte y atractivo en la extensión de las docenas de miles de deciatinas[22] fue transformado por usted y por sus gorrones en criados, lacayos, cocheros. Todas esas bípedas bestias se educaron en el servilismo, hartaron sus apetitos, endurecieron, perdieron, en una palabra, la imagen y semejanza humanas… A jóvenes médicos, agrónomos, maestros e intelectuales en general se les aparta, Dios mío, de sus tareas, del trabajo honesto, y los obligan, por un pedazo de pan, a participar en toda clase de comedias de marionetas que hacen avergonzar a cualquier persona decente. Algunos jóvenes no alcanzan a permanecer tres años en el servicio cuando ya son hipócritas, aduladores y alcahuetes… ¿Acaso está bien eso? Sus administradores polacos, esos espías infames, los Casimiros y Caetanos, merodean de la mañana a la noche por las decenas de miles de deciatinas y, para complacerla, tratan de despellejar a cualquiera. Perdone, me expreso en forma desordenada, pero no importa. En sus dominios, las gentes sencillas no se consideran como personas. Y aun los príncipes, los condes y los obispos que la visitaban sólo fueron reconocidos por usted en su aspecto decorativo y no como hombres. Pero lo principal… lo que más me indigna es que, poseyendo una fortuna millonaria, no haya hecho nada por la gente, ¡nada!

La princesa estaba sorprendida, asustada, ofendida, y no sabía qué decir ni cómo portarse. Nunca nadie habló con ella en tono semejante. La desagradable y enojada voz del médico y su torpe y entrecortado discurso provocaban en sus oídos y en su cabeza un ruido agudo y martilleante; luego le pareció que el doctor, gesticulando, le pegaba en la cabeza con su sombrero.

—¡No es verdad! —observó en voz baja y suplicante—. Hice mucho bien a la gente, ¡usted mismo lo sabe!

—¡Vamos! —gritó el doctor—. ¿Aún sigue considerando usted su actividad benéfica como una cosa seria y útil y no como una comedia de títeres? Fue una comedia desde el principio hasta el fin, un jugar al amor del prójimo, un juego tan visible que lo entendían hasta los niños y las campesinas estúpidas. Tenemos como ejemplo (¿cómo se llamaba?) su extraña casa-hogar para ancianas solas, donde se me obligó a ser algo así como el médico jefe y donde usted misma fue la tutora de honor. ¡Dios

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mío, qué bonita institución! Construyeron una casa con pisos de parquet y con la veleta en el tejado; juntaron en la aldea una docena de viejas y las obligaron a dormir bajo las mantas de muletón y sobre las sábanas de lienzo holandés y a comer caramelos.

El doctor rió con malicia, cubriéndose la cara con el sombrero, y prosiguió de prisa y tartamudeando:

—¡Era un juego! El personal subalterno del asilo escondía las mantas y las sábanas, guardándolas bajo candado, para que las viejas no las ensuciaran —¡que duerman en el suelo estas brujas!—. Las viejas no se atrevían a sentarse en la cama, ni a ponerse la blusa, ni a dar un paso por el encerado parquet. Todo se reservaba para la parada y se escondía de las viejas como si éstas fueran ladrones; las ancianas se alimentaban y vestían clandestinamente, pidiendo limosna, y rogaban día y noche a Dios para que las liberara de la reclusión y de los benéficos sermones de los bien alimentados bribones a quienes usted había encargado el cuidado de las viejas. ¿Y qué hacía el personal superior? ¡Es algo delicioso! Unas dos veces por semana, al anochecer, llegan al galope treinta y cinco mil emisarios y anuncian que la princesa, o sea usted, hará mañana una visita al asilo. Esto significa que mañana yo debo dejar a los enfermos, vestirme y acudir a la parada. Bien, acudo. Las viejas, con ropas nuevas y limpias, están alineadas en fila y esperan. Cerca de ellas anda una rata de guarnición en retiro, el encargado, con su melosa sonrisa de alcahuete. Las viejas bostezan y cambian miradas, sin atreverse a protestar. Esperamos. Viene al galope el segundo administrador.

Media hora después, el primer administrador; luego el jefe de la oficina y más tarde alguien más y más… ¡sin fin! Todos tienen rostros solemnes y misteriosos. Esperamos y esperamos, apoyándonos ya sobre un pie, ya sobre el otro y mirando furtivamente el reloj, todo ello en un silencio sepulcral, ya que todos estamos peleados y nos odiamos. Pasa una hora, otra, y por fin, a lo lejos aparece un coche y… y…

El doctor lanzó una carcajada chillona y dijo con vocecita aguda:

—¡Usted baja del coche y las viejas brujas, obedeciendo la orden de la

rata de guarnición, se pone a cantar: «Cuán glorioso es nuestro Señor…»!

¡No está mal!

El doctor se echó a reír con voz de bajo y agitó la mano como deseando mostrar que a causa de la risa no podía pronunciar una sola palabra. Reía pesada y ásperamente, con los dientes apretados, como ríen

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las personas malignas, y por su voz, su cara y sus ojos, brillantes y algo insolentes, uno podía percatarse de que despreciaba profundamente a la princesa, al asilo y a las viejas. No había nada de risible ni alegre en lo que él había contado tan torpemente, y sin embargo, rió con placer y hasta con alegría.

—¿Y la escuela? —prosiguió, jadeando de tanto reír—. ¿Recuerda cómo quiso usted en persona enseñar a los hijos de los mujiks? Seguramente enseñó muy bien porque al poco tiempo todos los chicos huyeron, de modo que hubo necesidad de azotarlos y aun pagarles para que asistieran a sus clases. ¿Y recuerda cuando usted quiso alimentar con el biberón a los niños de pecho, cuyas madres trabajaban en el campo? Usted andaba por la aldea y lloraba porque no había niños a su disposición: las madres se los llevaban consigo al campo. Luego el alcalde del pueblo ordenó a las madres dejar a sus chicos por turno, para que usted se divirtiera con ellos. ¡Qué cosa tan rara! Todos huían de sus favores como los ratones huyen del gato. ¿Y por qué?

Muy sencillo. No porque nuestro pueblo fuese ignorante e ingrato, como usted trató de explicarlo siempre, sino porque en sus acciones, perdóneme la expresión, no hubo un ápice de amor ni de piedad.

Sólo hubo deseo de divertirse con muñecos vivos y nada más… El que no sabe distinguir entre un hombre y un perro de lanas, no debe ocuparse de beneficencia. ¡Le aseguro que entre la gente y los perros de lanas hay una gran diferencia!

A la princesa le latía terriblemente el corazón, sentía ruido en los oídos y le parecía siempre que el doctor le golpeaba la cabeza con su sombrero. El doctor hablaba rápidamente en forma vehemente y torpe, tartamudeando y con excesiva gesticulación; ella sabía solamente que estaba escuchando a un hombre grosero, maleducado, ingrato y malo, pero no entendía qué quería de ella y de qué hablaba.

—¡Váyase! —dijo con voz llorosa, levantando los brazos para proteger su cabeza del sombrero del médico—. ¡Váyase!

—¡Y cómo trata usted a sus empleados! —siguió indignándose el doctor—. No los considera personas humanas y los trata como a pillos de la peor calaña.

Por ejemplo, permítame preguntarle, ¿por qué me ha despedido? Trabajé diez años para su padre; luego para usted, sin conocer días festivos ni permisos; merecí el respeto de todo el mundo en cien verstas a la

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redonda, y, de pronto, un buen día, me anuncia que ya no estoy más a su servicio. ¿Por qué? Todavía no lo entiendo. Soy doctor en medicina, pertenezco a la nobleza, fui estudiante de la Universidad de Moscú, soy padre de familia y sin embargo ¡soy un bicho tan insignificante y pequeño que se me puede echar a patadas sin darme ninguna explicación! ¿Para qué tantas ceremonias? Más tarde me enteré de que mi mujer, sin que yo lo supiera, había ido tres veces a verla, pero usted no la quiso recibir. Dicen que lloró en el vestíbulo. Y esto no se lo voy a perdonar nunca a la difunta. ¡Nunca!

El doctor se calló y apretó los dientes tratando intensamente de encontrar alguna cosa muy desagradable y vengativa para decir. Al recordar algo, su ceñudo y frío rostro se iluminó de repente.

—Hablemos aunque sea de sus relaciones con este monasterio —dijo con vehemencia—. Jamás tuvo usted piedad de nadie y cuanto más sagrado es el lugar, más probabilidad existe de que no se salve de su misericordia y de su dulzura angelical. ¿Por qué viene usted aquí? ¿Qué busca entre los monjes?, permítame que le pregunte. ¿Qué le importa Hécuba a usted y qué le importa usted a Hécuba?[23] De nuevo una diversión, un juego, un sacrilegio con respecto a las personas. Usted no cree en el Dios de los monjes; en su corazón tiene usted a su propio dios, hasta el cual ha llegado con su propia inteligencia durante las sesiones de espiritismo; mira con condescendencia los ritos de la iglesia, no va a misa ni a las vísperas, duerme hasta el mediodía… ¿Para qué, entonces, viene usted aquí? Va a un monasterio extraño con su propio dios y se imagina que el monasterio lo considera como un gran honor para sí. ¡Qué va! A propósito, ¿por qué no pregunta a cuánto les salen a los monjes sus visitas? Usted ha efectuado su llegada hoy al anochecer, pero anteayer ya había llegado un jinete enviado por la administración suya para hacer el preanuncio de su viaje.

Durante todo el día de ayer le estuvieron preparando los aposentos y la esperaron. Hoy ha llegado la vanguardia: una camarera insolente, que a cada momento cruza corriendo el patio, hace ruido, fastidia con sus preguntas, da órdenes… ¡no lo puedo ver!

Los monjes estaban alerta todo el día porque, pobres de ellos si no la reciben con una ceremonia, ¡se quejará usted al obispo! «No me quieren los monjes, eminencia. No sé lo que puedo haberles hecho.

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Es verdad, soy una gran pecadora, ¡pero soy tan desdichada!». Ya un monasterio tuvo una reprimenda por usted. El prior es un hombre sabio, ocupado; no tiene un minuto libre y usted lo llama a sus habitaciones a cada momento, sin respetar ni su vejez ni su jerarquía. Si por lo menos hiciera muchas donaciones, no sería tan enojoso, ¡pero en todo ese tiempo los monjes no han recibido de usted ni cien rublos!

Cuando molestaban a la princesa, no la entendían, la ofendían y cuando ella no sabía qué decir y qué hacer, generalmente se ponía a llorar. También ahora se cubrió, por fin, la cara y rompió a llorar con fina vocecita infantil. El doctor se calló de golpe y la miró. Su cara se volvió sombría y severa.

—Perdóneme, princesa —dijo con voz sorda—. Me dejé llevar por un mal sentimiento. Eso no está bien.

Tosiendo con aprensión y olvidando ponerse el sombrero, el médico se alejó rápidamente de la princesa.

En el cielo ya parpadeaban las estrellas. Del otro lado del monasterio seguramente salía la luna, ya que el cielo aparecía claro, transparente, suave. A lo largo del blanco muro del monasterio volaban sigilosamente los murciélagos.

El reloj dio lentamente los tres cuartos de alguna hora. Eran quizá las nueve menos cuarto. La princesa se levantó y se dirigió despacio hacia el portón.

Se sentía ofendida y lloraba, le parecía que los árboles, las estrellas y los murciélagos le tenían lástima; y que el reloj había tocado en esta forma melódica para compadecerla. Llorando, pensaba en lo grato que sería recluirse en un monasterio para toda la vida: en los apacibles crepúsculos de verano pasearía por las alamedas, solitarias, ofendida, no comprendida por los hombres y sólo Dios y el cielo estrellado verían las lágrimas de la mártir. En la iglesia aún proseguía el oficio de la víspera. La princesa se detuvo y escuchó el canto; ¡Qué bien resonaba en el oscuro e inmóvil aire! ¡Qué agradable era sufrir y llorar al son de este canto!

De regreso en sus habitaciones, observó su cara llorosa en el espejo y se empolvó; luego se sentó a comer. Los monjes sabían que le gustaba el esturión en escabeche, las pequeñas setas, el málaga y los pastelillos de miel que dejan en la boca un olor a ciprés, y en cada visita suya le servían todo eso. Comiendo las setas y bebiendo el málaga, la princesa se imaginaba totalmente arruinada y abandonada, y ya veía cómo todos sus

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administradores, mayordomos, oficinistas y camareros, a los cuales ella había hecho tantos favores, la traicionarían, diciéndole groserías, y cómo todos los hombres que habitan sus tierras, la atacarían, haciéndola objeto de calumnias y burlas; ella renunciará a su título de princesa, al lujo, a la sociedad; se recluirá en un monasterio sin decir a nadie una sola palabra de reproche; rezará por sus enemigos y entonces todo el mundo la comprenderá y vendrá a pedirle perdón, pero ya va a ser demasiado tarde…

Después de la cena se arrodilló en el rincón ante la imagen y leyó dos capítulos del Evangelio. Luego la doncella le abrió la cama y ella se acostó. Desperezándose bajo la blanca colcha, suspiró dulce y hondamente, como se suspira después de llorar, cerró los ojos y empezó a dormirse…

Por la mañana se despertó y miró su relojito; eran las nueve y media. Sobre la alfombra, junto a la cama, se extendía una estrecha franja de intensa luz procedente del rayo que trataba de penetrar por la ventana y apenas iluminaba la habitación. Detrás de la negra cortina, en la ventana, zumbaban las moscas.

«¡Temprano!», pensó la princesa y cerró los ojos.

Desperezándose con deleite en la cama, recordó el encuentro de la víspera con el doctor, y todas las ideas con las cuales se había dormido; recordó que era desdichada. Luego acudieron a su mente su marido, residente en Petersburgo, los administradores, los médicos, los vecinos, los funcionarios conocidos… Una larga fila de conocidas caras masculinas pasó velozmente por su imaginación. Pensó, sonriendo, que si estos hombres supieran penetrar en su alma y comprenderla, todos estarían a sus pies…

A las once y cuarto llamó a la doncella.

—Ayúdeme a vestirme, Dasha —le dijo con languidez—. Aunque primero vaya a decir que preparen los caballos. Tengo que ir a casa de Claudia Nicolaievna.

Al salir de las habitaciones para subir al carruaje, cerró los ojos a causa de la intensa luz solar y rió, contenta, ¡el día era magnífico! Observando con los ojos entrecerrados a los monjes que se habían reunido junto al atrio para despedirla, los saludó afablemente con repetidas inclinaciones de cabeza y dijo:

—¡Adiós, amigos míos! ¡Hasta pasado mañana!

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Se sintió agradablemente sorprendida al notar que junto a los monjes se encontraba también el médico. Su cara estaba pálida y severa.

—Princesa —dijo, quitándose el sombrero y sonriendo con aire culpable—, hace rato que la estoy esperando aquí. Perdóneme, por amor de Dios…

Me arrastró anoche un sentimiento malo, vengativo, y le dije un montón de estupideces. En una palabra, le pido perdón.

La princesa sonrió afectuosamente y tendió la mano hacia los labios del doctor. Éste la besó, ruborizándose.

Tratando de parecer un pajarillo, la princesa subió al coche con un movimiento ligero y saludó reiteradamente con la cabeza a todo el mundo. En su alma todo era alegría, luz y calor y ella misma sentía que su sonrisa era en extremo dulce y cariñosa. Al ponerse en marcha el carruaje hacia el portón, y luego por el polvoriento camino a lo largo de las izbas y los jardines, pasando a las caravanas de los chumakos[24] y las extendidas filas de los peregrinos que se dirigían al monasterio, ella sonreía aún dulcemente, entornando los ojos. Pensaba en que no había gozo superior al de llevar consigo el calor, la luz y la alegría, el de perdonar las ofensas y sonreír afablemente a los enemigos. Los mujiks que se encontraban por el camino la saludaban, el coche producía un suave murmullo, de las ruedas se elevaban nubes de polvo llevadas por el viento hacia el centeno dorado, y a la princesa le parecía que su cuerpo se balanceaba no sobre los cojines del carruaje, sino sobre las nubes, y que ella misma semejaba una leve, transparente nubecilla…

—¡Soy feliz! —murmuraba, cerrando los ojos—. ¡Soy feliz!

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VAÑKA

Vañka Zhukov, chicuelo de nueve años, desde hacía tres meses aprendiz del zapatero Aliagin, en la Nochebuena no tenía prisa en acostarse. Una vez que el patrón y sus ayudantes se hubieron ido a los maitines, extrajo del armario un frasquito con tinta y un portaplumas con pluma oxidada, alisó una arrugada hoja de papel y se dispuso a escribir. Antes de trazar la primera letra, varias veces se volvió, con temor, hacia la puerta y las ventanas; miró de reojo el oscuro icono, por ambos lados del cual se extendían estantes con filas de hormas, y dejó escapar un suspiro entrecortado. El papel se hallaba puesto sobre un banco y el chicuelo estaba arrodillado ante aquél.

«Querido abuelo Konstantín —comenzó—. Te estoy escribiendo una carta. Te felicito por la Navidad y deseo que el Señor Dios te mande muchas cosas buenas. No tengo padre ni madre, sólo te tengo a ti».

Vañka levantó los ojos hacia la oscura ventana, en la que parpadeaba el reflejo de su vela, y se imaginó vivamente a su abuelo, Konstantín Makarich, que prestaba servicios como sereno nocturno en la casa de los señores Zhivarev. Es un viejecito menudo y flaco, pero muy vivaracho y movedizo, de unos sesenta y cinco años, con cara siempre alegre y con ojos borrachos. De día duerme en la cocina de servicio o charla con las cocineras; de noche, envuelto en un amplio zamarrón, recorre la propiedad, haciendo ruido con su matraca. Tras él caminan, con las cabezas gachas, la vieja perra Kashtanka y el perrito Anguila, apodado así a causa de su color negro y su cuerpo largo como el de una comadreja. Este Anguila es sumamente cortés y amable, y mira enternecido tanto a los de la casa como a la gente extraña, aunque no inspira mucha confianza. Debajo de su respetuosa humildad se esconde la más indignante perfidia. Nadie como él sabe acercarse con tanto sigilo y morder la pierna a uno, penetrar en el depósito de comestibles o robarle una gallina al mujik. Más de una vez recibió palos en las patas traseras, dos veces estuvo a punto de

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ser ahorcado, una vez por semana soportaba una paliza que lo dejaba medio muerto, pero siempre se recuperaba.

Ahora el abuelo está, seguramente, junto al portón, con los ojos entornados mirando las brillantes ventanas rojas de la iglesia aldeana y, dando patadas con los válenki, gasta bromas con la servidumbre.

Su matraca está atada al cinturón. A causa del frío, agita los brazos y encoge los hombros, y, con una risa de viejo, pellizca ora a la criada ora a la cocinera.

—¿Quieren oler un poco? —dice, ofreciendo a las mujeres su tabaquera.

Las mujeres huelen y estornudan. El abuelo siente un júbilo indescriptible, deja oír una alegre risa y grita:

—¡Arráncalo, que está pegado!

También a los perros les da a oler tabaco. Kashtanka estornuda, mueve la cabeza y se hace a un lado, ofendido. Anguila, en cambio, no estornuda, por respeto, y mueve la cola. Hace un tiempo magnífico. El aire es quieto, transparente y fresco. La noche es oscura, pero se ve toda la aldea con sus techos blancos y volutas de humo que salen de las chimeneas; se ven los árboles, plateados por la escarcha, los montículos de nieve. Las estrellas desparramadas por todo el cielo titilan alegremente y la Vía Láctea aparece tan nítida como si la hubieran lavado y limpiado con nieve para la fiesta…

Vañka suspiró, mojó la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer recibí una zurra. El patrón me sacó al patio, tirándome del pelo y me pegó de lo lindo con el tirapié, todo eso porque estaba acunando a la criatura de ellos y me dormí sin querer. Y la semana pasada la patrona me ordenó que limpiara el arenque y yo empecé desde la cola, y ella agarró el arenque y me lo metió en el hocico. Los ayudantes se burlan de mí, me mandan a la taberna a buscar vodka y me obligan a robar pepinos y el patrón entonces me pega con cualquier cosa. En cuanto a la comida, no hay ninguna. Por la mañana me dan pan, a mediodía un poco de kasha y por la noche otra vez pan. Pero la sopa o el té, eso se lo tragan los dueños mismos. Y tengo que dormir en el zaguán, pero si la criatura llora, entonces no duermo nada, sino que balanceo la cuna. Querido abuelo, por amor de Dios, hazme este gran favor, sácame de aquí y llévame a casa, porque ya no puedo aguantar más… Me inclino hasta tus pies y rogaré por ti eternamente, llévame de aquí porque si no me voy a morir…».

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Vañka torció la boca, se frotó los ojos con su negro puño y dejó escapar un sollozo.

«Te voy a picar el rapé —prosiguió—, rezaré a Dios, y si algo no te gusta, castígame entonces, como a una cabra que se mete en el jardín ajeno. Y si tú piensas que no existe para mí trabajo alguno, entonces pediré al mayordomo que me tome como lustrabotas o si no puedo ir como zagal de pastor, en lugar de Fedka. Querido abuelo, no aguanto más, esto es la muerte. Tengo ganas de volver a la aldea corriendo a pie, pero no tengo botas y el frío es intenso. Cuando sea mayor, yo te alimentaré y no dejaré que nadie te ofenda, y cuando te mueras, rezaré por tu alma, como lo hago ahora por el alma de mi madre Pelagia.

»Moscú es una ciudad grande. Las casas son todas de gente rica, hay muchos caballos, pero no hay ovejas y los perros no son malos. Aquí los muchachos no andan con la estrella[25], y en el coro no dejan entrar a nadie y una vez vi en una tienda que los anzuelos se vendían junto con los sedales, de muy buena calidad y para cualquier clase de peces, y hasta había un anzuelo que era capaz de aguantar a un siluro de veinte libras. Vi también otras tiendas donde había escopetas parecidas a las que tiene el señor, así que costarán no menos de cien rublos cada una… En las carnicerías hay tetraos, ortegas y liebres, pero dónde han sido cazados, eso los vendedores no quieren decirlo.

»Querido abuelo, cuando los señores tengan un árbol de Navidad con golosinas, coge una nuez dorada y guárdala en el cofrecito verde. Pídesela a la señorita Olga Itgnatievna, dile que es para Vañka».

Vañka suspiró convulsivamente y de nuevo se quedó mirando a la ventana. Recordó que siempre había sido su abuelo el encargado de cortar un abeto para los señores. Y el nieto lo acompañaba al bosque. ¡Qué tiempos aquellos! El viejo graznaba, el frío también graznaba y, mirándolos, Vañka a su vez comenzaba a graznar. Antes de hundir el hacha en el árbol, el abuelo solía fumar la pipa, tomar rapé y reírse de la helada figura de Vañka… Los jóvenes abetos, cubiertos por la escarcha, permanecen inmóviles, expectantes para saber cuál de ellos ha de morir. De repente, una liebre corre como una saeta por los montículos de nieve… Y el abuelo no puede con su genio:

—¡Atájenla!… ¡Ea!… ¡Guarda!… —grita—. ¡Dale, pillo rabón…!

El abuelo llevaba el abeto talado a la casa señorial, donde la gente se ponía a adornarlo… Más que nadie se afanaba la señorita Olga Ignatievna,

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la preferida de Vañka. Cuando Pelagia, la madre de Vañka, aún vivía y trabajaba como doncella en la casa de los Zhivarev, Olga Ignatievna solía obsequiar a Vañka con caramelos y, como no tenía nada que hacer, le enseñó a leer, escribir, contar hasta ciento y aun a bailar la cuadrilla. Una vez fallecida Pelagia, el huérfano Vañka fue entregado a su abuelo y debió permanecer en la cocina de servicio, desde donde fue trasladado a Moscú y convertido en aprendiz de zapatero…

«Ven pronto, querido abuelo —siguió escribiendo Vañka—, te imploro por amor de Cristo, sácame de aquí. Apiádate del pobre huérfano, ya que me pegan siempre y tengo mucha hambre y estoy tan hastiado que lloro día y noche. Ayer el patrón me pegó con la horma en la cabeza y me caí, apenas pude levantarme luego. Mi vida es peor que la de un perro… Saluda también a Alena, al tuerto Egorka y al cochero y no vayas a entregar a nadie mi acordeón. Tu nieto Iván Zhukov. Te espero, querido abuelo».

Vañka dobló la hoja escrita y la colocó en el sobre que había comprado la víspera por una kopeika… Después de pensar un rato, mojó la pluma y escribió la dirección: «A la aldea, para el abuelo».

Luego se rascó, pensó un rato más y añadió: «Konstantín». Contento porque nadie lo había estorbado al escribir, se puso la gorra y así como estaba, en mangas de camisa, salió corriendo a la calle…

Los dependientes de la carnicería a quienes había interrogado la víspera le dijeron que las cartas se echaban en los buzones de correo y luego se distribuían por toda la tierra llevadas en troikas con postillones borrachos y con sonoros cascabeles. Vañka llegó corriendo hasta el primer buzón y echó la preciosa carta en la ranura…

Acunado por las dulces esperanzas, una hora después estaba profundamente dormido… Soñaba con el horno de la cocina. Encima del horno, en la yacija, estaba sentado el abuelo, colgando los pies descalzos, y leía la carta a las cocineras… Cerca del horno daba vueltas Anguila, meneando la cola…

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EL OBISPO

I

En el monasterio Staro-Petrovsky se cantaban Las Vísperas del Domingo de Ramos. Cuando comenzaron a repartir las ramas, eran ya casi las diez; las luces se tornaron opacas, las velas tenían largos pabilos y todo parecía estar cubierto de niebla. En el crepúsculo de la iglesia la multitud se agitaba como el mar y al reverendísimo padre Piotr, quien desde hacía unos tres días no se sentía bien de salud, le parecía que todas las caras — viejas, jóvenes, masculinas, femeninas— eran iguales, y las que se acercaban para retirar la rama tenían la misma expresión en los ojos. La puerta se hallaba oculta en la bruma; la multitud se movía sin cesar y parecía no tener fin. Cantaba un coro femenino, y una monja leía el canon.

¡Qué sofoco y qué calor! ¡Cómo se prolongaban las vísperas! El reverendísimo padre Piotr estaba cansado. Su respiración era dificultosa, acelerada y seca; a causa del cansancio le dolía la espalda y sus piernas temblaban. Le molestaban también los gritos agudos de un mendigo adivino que de tiempo en tiempo resonaban en el coro. Además, al reverendísimo padre le pareció de repente, como si fuese un sueño o un delirio, que mezclada con la multitud se acercaba su propia madre, María Timofeievna, a quien no había visto desde hacía nueve años. La mujer, que podía ser una vieja parecida a su madre, recibió de sus manos la rama, se apartó y lo miró con una alegre y bondadosa sonrisa hasta que volvió a mezclarse con la gente. Y entonces las lágrimas corrieron por su rostro sin aparente motivo. Su alma estaba en paz y alrededor todo era normal, pero él miraba fijamente hacia el lado izquierdo del coro —donde resonaba la lectura y donde, en las tinieblas de la noche, ya no se podía reconocer a ninguna persona— y lloraba. Las lágrimas brillaron en su cara y en su barba. Alguien, cerca de él, empezó a llorar también; luego, algo más

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lejos, otro más; después otro y otro más y poco a poco la iglesia se llenó de un tenue llanto. Poco tiempo después, al cabo de unos cinco minutos, estaba cantando el coro de monjes, nadie lloraba ya y todo era como antes.

Pronto terminó también el servicio. Cuando el obispo tomaba asiento en la carroza para ir a su casa, todo el jardín, iluminado por la luna, estaba lleno del alegre y hermoso tañer de las pesadas y costosas campanas. Los blancos muros, las blancas cruces sobre la tumba, los blancos abedules, las negras sombras y la lejana luna en el cielo, detenida justo sobre el monasterio, parecían vivir ahora su propia vida, incomprensible para el hombre, pero al mismo tiempo cercana a él. Eran los comienzos de abril y, después de un templado día primaveral, el aire refrescó y hasta cayó una débil helada, pero en la suave atmósfera se percibía ya el soplo de la primavera.

El camino desde el monasterio hasta la ciudad era arenoso y había que avanzar a paso lento; por ambos lados de la carroza, a la intensa y quieta luz de la luna, caminaban por la arena los peregrinos. Todos callaban, pensativos; todo en derredor —los árboles, el cielo y hasta la luna— era afable, juvenil y cercano, y daban ganas de pensar que así sería siempre.

Por fin, la carroza llegó a la ciudad y rodó por la calle principal. Los comercios estaban cerrados, excepto la tienda del millonario Erakin, donde estaban probando la iluminación eléctrica, que parpadeaba fuertemente, atrayendo una multitud de curiosos. Luego siguieron las calles anchas y oscuras, una tras otra, desiertas; luego, la carretera, el campo, el olor a pino. Y de repente surgió ante la vista un muro blanco y dentudo, tras él un alto campanario, todo inundado de luz, a cuyo lado elevábanse cinco grandes cúpulas, doradas y brillantes; era el monasterio Pankratievsky, en el cual vivía el reverendísimo Piotr. También aquí la pensativa luna brillaba en lo alto, sobre el monasterio. La carroza atravesó el portón, chirriando por la arena; aquí y allá aparecieron a la luz de la luna las negras figuras de los monjes, resonaron pasos sobre las losas…

—Reverencia, cuando usted no estaba, vino aquí su madre —informó el hermano lego al reverendísimo, al entrar éste en su aposento.

—¿Mi madrecita? ¿Cuándo llegó?

—Antes del servicio de vísperas. Primero averiguó dónde se encontraba usted y luego partió al monasterio de las monjas.

—¡Quiere decir que fue a ella a quien yo vi en la iglesia! ¡Oh, señor! Y el reverendísimo se puso a reír de alegría.

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—Me encargó que le informara, reverencia —prosiguió el monje—, que volvería mañana. Vino acompañada de una chicuela, debe de ser la nieta. Se alojaron en el hospedaje de Ovsiannikov.

—¿Qué hora es?

—Son más de las once.

—¡Ah, qué lástima!

El reverendísimo se quedó sentado un rato en el salón, meditando, como si no creyera que era ya tan tarde. Sentía un dolor sordo en los brazos y en las piernas; también le dolía la nuca. Tenía calor y se sentía molesto. Habiendo descansado un poco se dirigió a su dormitorio, donde se quedó sentado un rato más, siempre pensando en su madre. Oyó retirarse al hermano lego y la tos del padre Sisoy, el monje preste, del otro lado de la pared. El reloj del monasterio dio un cuarto de hora.

El reverendísimo se cambió de ropa y comenzó a decir las oraciones para el reposo nocturno. Leía con atención aquellas viejas y desde hacía tiempo conocidas oraciones y al mismo tiempo pensaba en su madre. Tenía nueve hijos y cerca de cuarenta nietos.

Antaño vivía ella en una pobre aldea, con su marido, diácono; vivió allí mucho tiempo, desde los diecisiete hasta los sesenta años. El reverendísimo la recordaba desde su más tierna infancia, casi desde los tres años y ¡con qué amor! ¡Querida, preciosa, inolvidable infancia! ¿Por qué será que este tiempo, que se fue para siempre y que no volverá nunca, parecía más luminoso, más festivo y más rico de lo que había sido en realidad? Cuando de niño o en su adolescencia caía enfermo, ¡cuán tierna y atenta se tornaba su madre! Y ahora las oraciones se mezclaban con los recuerdos, cuya luz se volvía cada vez más intensa, y las plegarias no le impedían pensar en su madre.

Habiendo terminado de rezar, se desvistió y se acostó y enseguida, en la oscuridad que lo rodeó, vio a su difunto padre, a su madre, su aldea natal, Lesopolie… El chirriar de las ruedas, el balido de las ovejas, el tañer de las campanas de la iglesia en las claras mañanas estivales, los gitanos bajo la ventana, ¡oh, qué dulce es pensar en ello! Acudió a su memoria el sacerdote de la aldea, el padre Simeón, manso y bondadoso; era flaco y de baja estatura, mientras que su hijo, el seminarista, tenía un cuerpazo enorme y hablaba con estentórea voz de bajo; éste se enojó una vez con la cocinera y la increpó: «¡Eres la burra de Yehudi!»; y el padre Simeón, que lo había oído, no dijo una palabra y hasta sintió vergüenza, ya que no

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podía recordar en qué lugar de las Escrituras Sagradas había mención acerca de aquella burra. Más tarde lo sucedió el padre Demián, muy dado a la bebida; algunas veces se pasaba de la medida hasta tal punto que empezaba a ver dragones verdes, por lo que lo apodaban «Demián el drago-vidente». El maestro de escuela era un tal Matvey Nikolaich, antiguo seminarista y también bebedor, aunque persona buena e inteligente; nunca castigaba a sus alumnos, no obstante lo cual y sin ninguna razón aparente había colgado en la pared un manojo de azotes de abedul, y debajo de él una inscripción en latín, totalmente absurda: «Betula kinder balsamica secuta». Tenía un perro, negro y peludo, al que llamaba Sintaxis.

El reverendísimo rió. A ocho verstas de Lesopolie, en la aldea Obnino, había un icono milagroso. En verano, el icono se transportaba en procesión por los pueblos vecinos y las campanas tañían durante todo el día ya en una aldea, ya en otra, y al reverendísimo le parecía en aquel entonces que la alegría temblaba en el aire y él —entonces se llamaba Pavlusha— caminaba tras el icono, descalzo, con la cabeza descubierta, con fe ingenua y con una sonrisa también ingenua, infinitamente dichoso. Hasta los quince años, por lo menos, Pavlusha estuvo atrasado en los estudios, de modo que hasta se pensaba sacarlo del colegio sacerdotal y ponerlo a trabajar en un comercio; una vez en la oficina de correos de Obnino, adonde había ido a retirar cartas, miró largamente a los empleados y dijo a uno de ellos: «Permítame que le pregunte, ¿cómo reciben ustedes el sueldo, mensualmente o todos los días?».

El reverendísimo se persignó y se dio vuelta en la cama para no pensar más y tratar de dormir.

—Mi madre ha llegado… —recordó y volvió a reír.

La luna se asomaba por la ventana; el suelo estaba iluminado y sobre él yacían las sombras. Cantaba el grillo. En la habitación contigua, del otro lado de la pared, roncaba el padre Sisoy y hubo algo solitario, algo de huérfano y hasta de vagabundo en sus ronquidos de anciano. Otrora Sisoy había sido ecónomo del obispo diocesano y por ese motivo lo llamaban ahora «antiguo padre ecónomo»; tenía setenta años y vivía ora en el monasterio, a dieciséis verstas de la ciudad, ora en la ciudad misma, según la ocasión. Tres días antes pasó por el monasterio Pankratievsky y el reverendísimo lo retuvo consigo para conversar con él algún día libre, sobre las cosas y las costumbres del lugar…

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A la una y media tocaron a maitines. Se oyó la tos del padre Sisoy, quien rezongó algo, malhumorado; luego se levantó y se puso a caminar por las habitaciones, descalzo.

—¡Padre Sisoy! —llamó el reverendísimo.

Sisoy retiróse a su cuarto y poco tiempo después apareció ya con las botas puestas y con una vela en la mano; por encima de la ropa interior llevaba puesta la sotana y su cabeza estaba tocada con una vieja y desteñida escofia.

—No tengo sueño —dijo el reverendísimo, sentándose en la cama—. Seguramente estoy enfermo. Pero qué tendré, no lo sé. ¡Tengo fiebre!

—Debe de ser un resfriado, monseñor. Habría que untarlo con sebo de vela.

Sisoy se quedó un rato de pie y bostezó: «¡Oh, Señor, perdóname!».

—En la tienda de Erakin encendieron anoche la luz eléctrica —dijo—.

¡No me gusta!

El padre Sisoy era viejo, flaco, encorvado y siempre descontento; también sus ojos, saltones como los de un cangrejo, miraban enojados.

—¡No me gusta! —volvió a decir, retirándose—. ¡No me gusta nada, que Dios lo ampare!

II

Al día siguiente, Domingo de Ramos, el reverendísimo dijo la misa en la catedral de la ciudad, luego visitó al obispo diocesano; estuvo más tarde en casa de una generala, vieja y muy enferma, y, por fin, se dirigió a su casa. Después de la una, almorzaban con él los visitantes queridos: su vieja madre y su sobrina Katia, chicuela de unos ocho años. Durante el almuerzo, el sol primaveral miraba por las ventanas, iluminando alegremente el blanco mantel y los rojizos cabellos de Katia. A través de los dobles vidrios se oía el trajín de los grajos en el jardín y el cantar de los estorninos.

—Ya hace nueve años que no nos vemos —decía la anciana—, pero anoche, en el monasterio, ni bien lo vi… ¡Dios mío! No cambió ni una pizca, tan sólo enflaqueció un poco y la barbita la tiene ahora algo más larga. ¡Reina celestial, madre de Dios!

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Anoche, durante Las Vísperas, nadie se podía contener, todo el mundo lloraba. Yo también, mirándolo a usted, me puse a llorar sin saber por qué. ¡Fue la santa voluntad de Dios!

A pesar del cariño con que ella lo decía, era visible que se encontraba incómoda, como dudando si debía decirle tú o usted, reír o no, y sintiéndose más mujer de diácono que madre de obispo. Katia, mientras tanto, miraba sin pestañear a su tío, el reverendísimo, como deseando adivinar qué clase de persona era. Sus cabellos se alzaban a causa de la peineta y de la cinta de terciopelo, formando una aureola; su nariz era respingada y los ojos parecían astutos. Antes de sentarse a la mesa había roto un vaso y ahora la abuela, conversando, apartaba de ella ora un vaso ora una copa. El reverendísimo escuchaba a su madre y recordaba cómo en otros tiempos, hacía muchos años, ella lo llevaba, junto con otros hermanos y hermanas, a la casa de unos parientes, a quienes consideraba ricos; y de la misma manera que antes se afanaba con los hijos, ahora lo hacía con los nietos, con esta Katia…

—Vareñka, su hermana, tiene cuatro hijos —contaba—. Katia es la mayor y Dios sabe por qué razón, mi yerno, el padre Iván, enfermó y bueno… murió tres días antes de la Asunción. Y mi Vareñka ahora está como para pedir limosna.

—¿Y cómo está Nikanor? —preguntó el reverendísimo por su hermano mayor.

—Mal no está, gracias a Dios. Así y todo, se puede vivir, a Dios gracias. Sólo que su hijo Nikolasha, mi nietecito, no quiso seguir la línea eclesiástica y fue a la Universidad para ser doctor. Cree que es mejor, pero ¡quién sabe! Fue la santa voluntad de Dios.

—Nikolasha corta a los muertos —dijo Katia y derramó agua sobre sus rodillas.

—Quédate quieta, nena —observó con calma la abuela y le quitó el vaso de las manos—. Reza antes de comer un plato.

—¡Cuánto tiempo sin vernos! —dijo el reverendísimo y acarició con ternura el hombro y el brazo de su madre—. La eché de menos, mamaíta, en el extranjero. Me sentí muy triste sin usted.

—Muy agradecida.

—A veces, de noche, me quedaba sentado solo, junto a la ventana abierta; a lo lejos se oía la música y me invadía de golpe una nostalgia tan

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fuerte que estaba dispuesto a dar cualquier cosa por volver y para verla a usted…

La madre sonrió, resplandeciendo, pero enseguida volvió a ponerse seria y dijo:

—Muy agradecida.

El humor del reverendísimo cambió bruscamente. Miraba a su madre sin comprender cómo y para qué tenía aquella respetuosa y tímida expresión en el rostro y en la voz. No la reconocía y se sintió triste y fastidiado. Además, la cabeza le dolía igual que el día anterior; sentía también un fuerte dolor en las piernas, el pescado le pareció desabrido, soso, y constantemente tenía sed…

Por la tarde llegaron de visita dos damas, ricas terratenientes, que permanecieron sentadas una hora y media, en silencio, con caras alargadas; para tratar algunos asuntos vino el archimandrita, callado y algo sordo. Y ya tocaron las campanas, el sol se puso tras el bosque y el día terminó. Al volver de la iglesia, el reverendísimo oró de prisa, se acostó y se tapó bien.

Le era desagradable recordar el pescado que había comido en el almuerzo. La luz de la luna lo molestaba y además oyó una conversación. En un cuarto vecino, al parecer en el salón, el padre Sisoy hablaba de política:

—Los japoneses ahora están en guerra. Están peleando. Los japoneses, madrecita, son lo mismo que los montenegrinos; son de la misma tribu. Estuvieron juntos bajo el yugo turco.

Luego se oyó la voz de María Timofeievna:

—De modo que después de rezar y de tomar el té fuimos bueno… a Novojatnoie, para visitar al padre Egor y entonces…

El «tomar el té» surgía a cada rato y parecía que ella no había hecho otra cosa en su vida que tomar té. Lentamente, con apatía, el reverendísimo iba recordando el seminario, la Academia. Unos tres años fue profesor de griego en el seminario, sin lentes ya no podía leer el libro; luego tomó el hábito de monje y lo designaron inspector. Luego aprobó su tesis.

A los treinta y dos años lo nombraron rector del seminario, lo designaron archimandrita, y la vida entonces se tornó fácil y agradable y parecía tan larga que no se vislumbraba el fin. Pero su salud se empezó a

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resentir, adelgazó mucho, por poco se queda ciego y por consejo médico debió abandonarlo todo e irse al extranjero.

—¿Y luego? —preguntó el padre Sisoy en la habitación vecina.

—Luego tomamos el té… —respondió María Timofeievna.

—¡Padre, tiene usted la barba verde! —dijo de repente Katia con sorpresa, y se echó a reír.

El reverendísimo recordó que, en efecto, la barba del canoso padre Sisoy tenía un matiz verdoso y rió también.

—¡Dios mío, esta chica es un verdadero castigo! —replicó en voz alta Sisoy, enojado—. ¡A ver si te quedas quieta, traviesa!

Acudió a la mente del reverendísimo la blanca iglesia, completamente nueva, en la cual realizaba servicios mientras vivía en el extranjero; recordó el rumor del tibio mar. Su apartamento se componía de cinco habitaciones, espaciosas y claras; en el gabinete había una nueva mesa escritorio, biblioteca.

Leyó mucho; escribió a menudo. Recordó su nostalgia; todos los días una mendiga ciega tocaba la guitarra bajo su ventana y cantaba sobre el amor, en tanto él, escuchándola, sin saber por qué pensaba en el pasado. Transcurrieron ocho años, lo llamaron a Rusia y ahora ya prelado vicario, mientras el pasado se ha ido lejos, envuelto en la niebla, como un sueño…

Entró el padre Sisoy con una vela en la mano.

—¡Vaya! —se sorprendió—. ¿Está usted durmiendo ya, reverencia?

—¿Qué pasa?

—Si es temprano todavía; serán las diez o quizá todavía no. Hoy compré una vela, quería untarlo con sebo.

—Tengo fiebre… —dijo el reverendísimo y se sentó—. En efecto, habría que hacer algo. Tengo pesada la cabeza.

Sisoy le quitó la camisa y se puso a frotarle el pecho y la espalda con el sebo de vela.

—Así… así… —decía—. Cristo… Señor nuestro… así.

Hoy fui a la ciudad… fui a ver a aquel… ¿cómo se llama?… al arcipreste Sidonsky… Tomé té en su casa… ¡No me gusta ese hombre! Cristo… Señor nuestro… así… ¡No me gusta!

III

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El obispo diocesano, viejo y muy grueso, estaba enfermo de reumatismo o gota y hacía un mes que no se levantaba de la cama. El reverendísimo Piotr lo visitaba casi todos los días y recibía, en su lugar, a los solicitantes. Y ahora, al sentirse indispuesto, se asombraba de la vacuidad y la pequeñez de todo lo que se pedía y por lo que se lloraba; lo irritaban la incultura y la timidez; lo abrumaba la mole de esas innecesarias minucias y creía comprender ahora al obispo diocesano, quien, en sus años mozos, había escrito Estudios sobre la libre voluntad, mientras que ahora, al parecer, se sumergió en las fruslerías, se olvidó de todo y no pensaba más en Dios. En el extranjero, el reverendísimo por lo visto se había desacostumbrado de la vida rusa y ésta no le resultaba fácil ahora; el pueblo le parecía tosco, las mujeres pedigüeñas, aburridas y estúpidas, los seminaristas y sus maestros, incultos y a veces hasta salvajes. Y los papeles, entrados y despachados, se contaban por decenas de miles y ¡qué papeles! Los superintendentes de toda la diócesis ponían a los sacerdotes —jóvenes y viejos— y hasta a sus esposas e hijos, notas de conducta: cincos, cuatros y a veces tres y de esto había que conversar, leer y escribir serios papeles. De este modo no quedaba positivamente un solo minuto libre, el alma se hallaba en tensión durante el día entero y el reverendísimo Piotr se calmaba tan sólo cuando estaba en la iglesia.

Tampoco podía acostumbrarse al miedo que él, sin querer, suscitaba en la gente, a pesar de su carácter, apacible y modesto. Todas las personas en esta provincia, cuando las miraba, le parecían pequeñas, asustadas, culpables. En su presencia, todo el mundo tenía miedo y todos, hasta los viejos arciprestes, caían a sus pies; hacía poco tiempo, una solicitante, vieja mujer de un pope aldeano, de miedo no pudo pronunciar una sola palabra y se retiró sin conseguir nada. Y él, que en sus sermones jamás se animó a hablar mal de la gente ni a hacerle reproches, porque le daban lástima, se enojaba con los solicitantes, perdía los estribos, arrojaba al suelo las solicitudes.

Desde que se encontraba aquí, ni una sola persona había conversado con él de un modo sincero, sencillo, humano; hasta su vieja madre, al parecer, ya no era la de antes, ¡en absoluto! ¿Y por qué —se preguntaba— con Sisoy ella charlaba sin cesar y reía mucho, en tanto que con él, su hijo, se mantenía seria, solía quedarse callada y se sentía incómoda, cosa que no concordaba con su manera de ser? La única persona que se comportaba de manera natural en su presencia y decía lo que le daba la gana era el viejo

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Sisoy, quien pasó toda su vida entre obispos y sobrevivió a once de ellos. Por ese motivo resultaba fácil alternar con él, no obstante su carácter pesado y caprichoso.

El martes, después de la misa, el reverendísimo estuvo en la casa episcopal, atendió a los solicitantes, agitándose y enfadándose, y luego partió a su casa. Se sentía siempre mal y tenía ganas de acostarse; mas apenas hubo entrado en su dormitorio, le anunciaron la llegada de Erakin, joven comerciante que solía hacer donaciones, quien quería verlo para un asunto muy importante. Había que recibirlo. Erakin permaneció sentado cerca de una hora, hablaba en voz muy alta, casi gritando, y resultaba difícil comprender lo que decía.

—¡Ojalá que…! —decía al marcharse—. ¡Sin falta!

¡Según las circunstancias, reverendísimo monseñor!

¡Es mi deseo…!

Después de él vino la madre superiora de un monasterio lejano. Y cuando se hubo ido, tocaron a vísperas y fue preciso ir a la iglesia.

Por la noche el canto de los monjes era armonioso e inspirado, estando el servicio a cargo de un joven monje preste, de negra barba; y el reverendísimo, escuchando acerca del esposo que llegó a medianoche, y del palacio adornado, no sentía arrepentimiento por los pecados ni tristeza, sino paz en su alma y silencio, transportándose en sus pensamientos al lejano pasado, a su infancia y su juventud, cuando asimismo se cantaba acerca del esposo y del palacio, y ahora aquel pasado aparecía vivo, bello y lleno de alegría, como probablemente nunca había sido. Y puede ser que en el otro mundo, en la otra vida, recordemos el lejano pasado, nuestra vida terrenal, con el mismo sentimiento. ¡Quién sabe! El reverendísimo estaba sentado en el recinto del altar, en la oscuridad. Las lágrimas se deslizaban por su rostro. Pensaba en que había logrado cuanto había de accesible para un hombre de su posición; tenía fe, y sin embargo no todo era claro, algo faltaba, no tenía ganas de morir; y parecía aun que no había logrado poseer lo más importante, algo con lo que antaño soñaba vagamente; y en el presente le inquietaba la misma esperanza en el futuro que tenía en su infancia, en la Academia y en el extranjero.

«¡Qué bien cantan hoy! —pensó, prestando atención al canto—. ¡Qué bien!».

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IV

El Jueves Santo dijo la misa en la catedral y realizó el lavatorio de los pies. Cuando terminó el servicio y la gente salía de la iglesia, el día era soleado, tibio y alegre; en las acequias corría ruidosamente el agua, y desde los campos llegaba el ininterrumpido canto de las alondras, tierno y apaciguante. Los árboles se habían despertado ya y sonreían afablemente, y por encima de ellos se iba extendiendo, Dios sabe dónde, el insondable, inmenso cielo azul.

De regreso a su casa, el reverendísimo Piotr tomó té, cambióse de ropa, se acostó y ordenó al hermano lego que cerrara los postigos de las ventanas. En el dormitorio se hizo la oscuridad. ¡Pero qué cansancio, qué dolor en las piernas y en la espalda, un dolor pesado y frío!, ¡qué zumbido en los oídos! Hacía mucho que no dormía, pero alguna minucia, que despuntaba en su cerebro apenas cerraba los ojos, ahuyentaba el sueño. Igual que el día anterior, desde los cuartos vecinos llegaban a través de la pared las voces, el ruido de los vasos, de las cucharitas de té… Alegremente y usando refranes, María Timofeievna contaba algo al padre Sisoy y éste le respondía, disgustado: «¡Qué gente! ¡Qué va…! ¡A ninguna parte…!». El reverendísimo volvió a sentirse fastidiado y hasta ofendido por la manera natural con que la vieja trataba a personas extrañas, mientras que con él, su hijo, se mostraba tímida, hablaba poco y no lo que quería decir y hasta, según parecía, buscaba siempre un pretexto para levantarse, ya que la incomodaba estar sentada en su presencia. ¿Y su padre? Éste, si estuviera con vida, probablemente no hubiera podido pronunciar una sola palabra ante él…

En la habitación vecina algo cayó al suelo y se rompió; al parecer, Katia había dejado caer la taza o el platillo, puesto que el padre Sisoy, de repente, escupió y dijo, enojado:

—¡Esta chica es puro castigo, que Dios me perdone! ¡No hay vajilla que dure!

Luego sobrevino el silencio; tan sólo llegaban algunos rumores desde fuera. Y cuando el reverendísimo abrió los ojos, vio en su cuarto a Katia, que estaba de pie, inmóvil, y lo miraba. Sus rojizos cabellos, como de costumbre, se alzaban detrás de la peineta en forma de una aureola.

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—¿Eres tú, Katia? —preguntó—. ¿Quién es el que abre y cierra la puerta ahí abajo?

—No oigo nada —contestó Katia, aguzando el oído.

—Ahora mismo alguien pasó por allí.

—¡Es en su vientre, tío!

Él rio y le acarició la cabeza.

—¿De modo que tu primo Nikolasha corta a los muertos? —preguntó poco después.

—Sí. Está estudiando.

—¿Es un joven bueno?

—Sí, bastante bueno. Pero bebe mucho vodka.

—¿Y tu padre de qué murió?

—Mi papá estaba débil y muy delgado… y de pronto… la garganta… También yo me enfermé, y mi hermano Fedia también… de la garganta. Papá murió, pero nosotros sanamos.

Le tembló la barbilla, las lágrimas asomaron a sus ojos y rodaron por las mejillas.

—Reverencia —dijo con un hilito de voz y llorando ya con amargura —, ¡mamita y nosotros somos muy pobres…! Denos un poquito de dinero… sea bueno… ¡tío querido…!

También él sintió que se llenaban de lágrimas sus ojos y durante largo rato no pudo pronunciar ni una palabra; emocionado, le acarició la cabeza y le tocó el hombro, diciendo:

—Bien, bien, chiquilla. Espera, que pronto llega el Domingo de Pascua… Conversaremos entonces. Yo os ayudaré… Ayudaré…

Tímidamente y sin hacer ruido entró la madre y oró ante los iconos. Al notar que él no dormía, le preguntó:

—¿No quiere un poco de sopita?

—No, gracias… —contestó él—. No tengo ganas.

—Me parece que está usted enfermo… así me parece. ¡Claro, cómo no se va a enfermar! Todo el día ocupado, todo el día… da pena verlo. Menos mal que las fiestas están cerca, descansará, si Dios quiere; ya hablaremos entonces… por ahora no lo voy a molestar con mi charla. Vamos, Katechka, deja que monseñor descanse.

Y él recordó que hacía mucho tiempo, cuando todavía era un chicuelo, su madre solía hablar con el superintendente de la diócesis en el mismo tono, entre divertido y respetuoso… Sólo por los ojos, extraordinariamente

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bondadosos, y por la inquieta y tímida mirada que le dirigió de reojo al salir de la habitación, se podía adivinar que era la madre. Él cerró los ojos y parecía dormir, pero dos veces oyó tocar el reloj y la tos del padre Sisoy del otro lado de la pared. Y una vez más entró la madre y lo miró un minuto con timidez. Llegó un carruaje y se detuvo junto al pórtico. Se oyó un golpe de nudillo en la puerta; ésta se abrió y el hermano lego entró en el dormitorio.

—¡Reverencia! —llamó.

—¿Qué?

—Están los caballos. Es hora de partir para la Pasión del Señor.

—¿Qué hora es?

—Las siete y cuarto.

Se vistió y partió para la catedral. Durante la lectura de los doce Evangelios completos[26] tenía que permanecer de pie, inmóvil, en medio de la iglesia; él mismo leyó el primer Evangelio, el más largo, el más hermoso. Se sintió dominado por un humor saludable y animoso. Este primer Evangelio, «Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre», lo conocía de memoria; leyendo, levantaba los ojos de tiempo en tiempo y por ambos lados veía a la gente, igual que en los años anteriores, y le parecía que era la misma gente que estaba en aquellos tiempos, en su infancia y en su juventud, y que sería la misma siempre todos los años y sólo Dios sabía hasta cuándo.

Su padre había sido diácono; su abuelo, sacerdote; su bisabuelo, diácono, y toda su estirpe, quizá desde los tiempos de la conversión al cristianismo en Rusia, pertenecían al clero, y su amor al servicio religioso, al clero, al tañido de las campanas era en él innato, profundo, inextirpable; en la iglesia, especialmente si él mismo tomaba parte en el servicio, se sentía activo, animoso, feliz. Ahora ocurría lo mismo. Y sólo después de haber leído el octavo Evangelio, sintió debilitarse su voz, de modo que ya ni se le oía toser; sobrevino un fuerte dolor de cabeza y comenzó a inquietarlo el miedo de que en cualquier momento se desplomaría. En efecto, sus piernas estaban tan entumecidas que poco a poco iba dejando de sentirlas y resultaba incomprensible cómo y sobre qué se mantenía erguido y por qué no caía…

Al terminar el servicio, eran las doce menos cuarto. De regreso en su casa, el reverendísimo se desvistió y se acostó enseguida, sin siquiera haber orado. No podía hablar y le parecía que ya no podía mantenerse en

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pie. Al cubrirse con la colcha, sintió de pronto un fuerte deseo de ir al extranjero, ¡un deseo irresistible! Al parecer, hubiera dado su vida con tal de no ver aquellos miserables postigos y los bajos techos; de no percibir aquel pesado olor del monasterio. ¡Si hubiese por lo menos una persona con quien pudiera hablar, aliviar el alma!

Durante un largo rato, en la habitación contigua oíanse unos pasos y él se esforzaba en vano por recordar quién era. Por fin se abrió la puerta y entró Sisoy con una vela y con una taza en las manos.

—¿Ya se acostó usted, reverencia? —preguntó—. Vengo para hacerle friegas con vodka y vinagre.

Unas buenas fricciones dan grandes beneficios.

Cristo… Señor nuestro… así… Estuve en nuestro monasterio… ¡No me gusta! Mañana me voy de aquí, monseñor. No me quedo más. Cristo… Señor nuestro… Así.

Si soy no podía permanecer mucho tiempo en un lugar y le parecía que llevaba ya un año entero en el monasterio Pankratievsky. Al escucharlo, resultaba difícil comprender dónde estaba su casa; si amaba a alguien o algo; si creía en Dios… Él mismo no sabía por qué era monje, por lo demás, ni pensaba en ello; hacía mucho se había borrado de su memoria el tiempo en que había tomado el hábito; diríase que, directamente, había nacido monje.

—Mañana me voy. ¡Dios sea con ellos!

—Me gustaría conversar con usted… hasta ahora no he tenido tiempo para hacerlo —dijo el reverendísimo en voz baja, haciendo un esfuerzo—. No conozco a nadie aquí y no sé nada.

—Está bien, me quedaré hasta el domingo, por usted… pero no más. ¡Que queden con Dios!

—¿Qué clase de obispo soy yo? —continuó en voz baja el reverendísimo—. Debiera ser un sacerdote aldeano, sacristán, o un simple monje… Me agobia todo esto… me aplasta…

—¿Qué? Cristo… Señor nuestro… Así… Bueno, duerma ahora tranquilo, reverencia… Ya se sabe…

No hay nada que hacer… ¡Buenas noches! El reverendísimo pasó en vela toda la noche.

Y por la mañana, alrededor de las ocho, tuvo una hemorragia intestinal. El hermano lego, asustado, corrió primero a ver al archimandrita y luego viajó a la ciudad para traer al médico del monasterio, Iván

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Andreich. Éste, un anciano obeso, de luenga barba canosa, examinó largamente al reverendísimo, meneando la cabeza y frunciendo el ceño, y luego dijo:

—¿Sabe una cosa, reverencia? Tiene usted fiebre tifoidea.

A causa de la hemorragia, el reverendísimo, en el transcurso de una hora, enflaqueció de manera notable y se tornó pálido y demacrado; su rostro se arrugó, los ojos se volvieron grandes y parecía envejecido y empequeñecido; se le antojaba que ya era más flaco, más débil y más insignificante que nadie, y que todo lo que hubo se había ido lejos para no volver, para no repetirse.

«¡Qué bien! —pensó—. ¡Qué bien!».

Entró su anciana madre. Al ver su cara arrugada y sus grandes ojos, se asustó, cayó de rodillas ante la cama y se puso a besarle la cara, los hombros, las manos. También a ella le parecía, sin saber por qué, que él era más flaco, más débil y más insignificante que nadie y, sin acordarse ya de que era obispo, lo besaba como a un niño, como a una criatura íntima y querida.

—Pavlusha, querido —decía—. ¡Hijito mío…! ¿Por qué estás así? ¡Pavlusha, contéstame!

Katia, pálida y seria, estaba a su lado y no alcanzaba a comprender qué le pasaba a su tío, por qué había tanta pena en la cara de la abuela y por qué ella decía palabras tan conmovedoras y tristes. Él, en tanto, ya no podía pronunciar una sola palabra, no entendía nada, y se le figuraba que era un hombre simple, ordinario; que iba caminando por el campo, rápida y alegremente, golpeando con el bastoncito; que encima de él extendíase el ancho cielo, inundado de sol, y que él se encontraba libre como un pájaro y podía ir a cualquier parte.

—¡Hijo mío, Pavlusha, contéstame! —decía la anciana—. ¿Qué tienes? ¡Querido mío!

—No moleste a monseñor —observó Sisoy con voz enfadada, atravesando la habitación—. Que duerma un poco… ¡Qué se le va a hacer…! ¡Basta ya…!

Llegaron tres médicos, realizaron consultas y se marcharon. El día fue largo, increíblemente largo; luego sobrevino la noche y su paso fue más lento aún; y por la mañana del sábado, el hermano lego acercóse a la vieja, que estaba tendida sobre el diván, en la sala, y le pidió que fuera al dormitorio: el reverendísimo había dejado de existir.

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El día siguiente era Domingo de Pascua. En la ciudad había cuarenta y dos iglesias y seis monasterios; el sonoro y alegre tañido flotaba encima de la ciudad desde la mañana hasta la noche, sin cesar, agitando el aire primaveral; cantaban los pájaros y el sol brillaba intensamente. En la gran plaza de feria había mucho ruido, balanceábanse los columpios, tocaban los organilleros, chillaba el acordeón, resonaban voces borrachas. En la calle principal comenzaron los paseos en coches tirados por trotones; en una palabra, fue un día alegre, feliz, igual que fue el año anterior y, probablemente, como será también el año próximo.

Al cabo de un mes fue designado un nuevo obispo vicario y ya pocos recordaban al reverendísimo Piotr. Poco tiempo después lo olvidaron por completo. Y sólo la vieja madre del difunto, que vive ahora en casa de su yerno, el diácono, en un pueblecito perdido, cuando, al anochecer, sale a buscar su vaca y se encuentra, en el prado, con otras mujeres, se pone a hablar de sus hijos, de sus nietos, de que tenía un hijo obispo y lo dice con timidez, con temor de que no lo crean…

Y, en efecto, no todas la creen.

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LAS BELLAS

I

Recuerdo cómo, siendo colegial del quinto o sexto año, viajaba yo desde el pueblo de Bolshoi Krepkoi, de la región de Don, a Rostov, acompañando a mi abuelo. Era un día de agosto, caluroso y penosamente aburrido. A causa del calor y del viento, seco y cálido, que nos llenaba la cara de nubes de polvo, los ojos se nos pegaban y la boca se volvía reseca; uno no tenía ganas de mirar, ni hablar, ni pensar, y cuando el semidormido cochero, el ucraniano Karpo, amenazando al caballo me rozaba la gorra con su látigo, yo no emitía ningún sonido en señal de protesta, y sólo, despertándome de la modorra, escudriñaba la lejanía: ¿no se veía alguna aldea a través de la polvareda? Para dar de comer a los caballos nos detuvimos en Bajchi-Salaj, un gran poblado armenio, en casa de un rico aldeano, conocido de mi abuelo. En mi vida había visto nada más caricaturesco que aquel armenio.

Imagínense una cabecita rapada, de cejas espesas y sobresalientes, nariz de ave, largos y canosos bigotes y ancha boca desde la cual apunta una larga pipa de cerezo; esa cabecita está pegada torpemente a un torso flaco y encorvado, vestido con un traje fantástico: una corta chaqueta roja y amplios pantalones de color celeste claro; esta figura caminaba separando mucho los pies y arrastrando los zapatos, hablaba sin sacar la pipa de la boca y se comportaba con dignidad puramente armenia: no sonreía, abría desmesuradamente los ojos y trataba de prestar la menor atención posible a sus huéspedes.

En las habitaciones del armenio no había ni viento ni polvo, pero la atmósfera de la casa era tan desagradable, sofocante y tediosa como en la estepa y en el camino. Me recuerdo polvoriento y exhausto por el calor, sentado en el rincón sobre un baúl verde. Las paredes de madera sin pintar,

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los muebles y los pisos recubiertos de ocre expandían un olor a madera seca, quemada por el sol. En todas partes, por donde uno mirara, había moscas, moscas, moscas… El abuelo y el armenio conversaban a media voz acerca de las pasturas, el estiércol, las ovejas… Yo sabía que durante una hora entera iban a preparar el samovar, que mi abuelo emplearía no menos de una hora para tomar el té, que luego se echaría una siesta de dos o tres horas y que yo pasaría la cuarta parte del día esperando, después de lo cual volverían el calor, la polvareda y las sacudidas de la carreta. Al escuchar el murmullo de dos voces, se me figuraba que hacía ya mucho tiempo que yo estaba viendo al armenio, el armario con la vajilla, las moscas, las ventanas, en las que pegaba el cálido sol, y que no las dejaría de ver sino en un futuro muy lejano y me dominaba entonces un odio a la estepa, al sol, a las moscas…

Una mujer ucraniana, con un pañuelo en la cabeza, trajo la bandeja con vajilla y luego el samovar.

El armenio, sin prisa, salió al zaguán y gritó:

—¡Mashia! ¡Ven a servir el té! ¿Dónde estás? ¡Mashia!

Se oyeron unos pasos presurosos y entró una joven, de unos dieciséis años, llevando un sencillo vestido de percal y un pañuelito blanco. Lavando la vajilla y sirviendo el té, me daba la espalda y pude notar solamente que tenía un talle muy fino, que estaba descalza y que sus pequeños talones desnudos se escondían bajo unos pantalones que llegaban hasta el suelo.

El dueño me invitó a tomar el té. Al sentarme a la mesa, miré la cara de la joven, que me alcanzaba el vaso, y de pronto sentí como si una ráfaga de viento sacudiera mi alma, borrando todas las impresiones del día, con su tedio y su polvo. Porque vi los encantadores rasgos del más hermoso de los rostros que jamás haya encontrado o soñado. Ante mí estaba una beldad, y lo comprendí a primera vista, como comprendo el relámpago.

Estoy dispuesto a jurar que Masha o, como la llamaba su padre, Mashia, era una verdadera belleza, mas no puedo demostrarlo. Ocurre a veces que las nubes se acumulan desordenadamente en el horizonte, y el sol, escondiéndose tras ellas, las pinta con todos los colores posibles: purpúreo anaranjado, dorado lila, rosado sucio; una nubecilla se parece a un monje, otra a un pez, otra más a un turco tocado con un turbante. El resplandor abarca la tercera parte del cielo; hace brillar la cruz de la iglesia

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y las ventanas de la mansión señorial; se refleja en el río y en las charcas; tiembla en los árboles; lejos, recortándose sobre el fondo iluminado, una bandada de patos silvestres vuela en busca de un lugar para pernoctar… El zagal, que va arreando vacas, el agrimensor, que atraviesa en carretela el dique; los señores que están de paseo: todos contemplan la puesta de sol y a todos, sin excepción, les parece que es terriblemente bella, pero nadie sabe ni podría decir en qué consiste esta belleza.

No era yo sólo quien encontraba bella a la joven armenia. Mi abuelo, un anciano de ochenta años, hombre duro e indiferente para las mujeres y las bellezas de la naturaleza, miró a Masha con cariño durante un minuto entero y preguntó:

—¿Es tu hija, Avet Nazarich?

—La hija, sí. Es mi hija —contestó el dueño.

—Linda señorita —alabó el abuelo.

Un pintor llamaría clásica y severa a la belleza de aquella armenia. Era, precisamente, esa clase de belleza, cuya contemplación, Dios sabe cómo, origina en usted la seguridad de ver facciones regulares, de que los cabellos, los ojos, la nariz, la boca, el cuello, el pecho y todos los movimientos del joven cuerpo se han fundido en un solo acorde, íntegro y armónico, en el cual la naturaleza no se había equivocado ni en un ápice; no se sabe por qué, usted cree que una mujer idealmente bella debe tener una nariz exactamente igual a la de Masha, recta y levemente encorvada, los mismos ojos, grandes y oscuros, las mismas pestañas largas, la misma mirada lánguida; que sus rizados cabellos negros y sus cejas hacen el mismo juego con el blanco y delicado color de la frente y las mejillas, como el verde cañaveral con el apacible río. El blanco cuello de Masha y su pecho juvenil no están bien desarrollados aún, pero a usted le parece que para esculpirlos es necesario tener un enorme talento creador. Usted la está mirando y, poco a poco, lo invade el deseo de decirle a Masha algo muy agradable, sincero, bello, tan bello como lo es ella misma.

Al principio me sentía ofendido y avergonzado porque Masha no me prestaba ninguna atención y siempre miraba al suelo; parecía que un aire especial, feliz y orgulloso, la separaba de mí y la ocultaba celosamente de mis miradas.

«Debe de ser —pensé— porque estoy cubierto de polvo, quemado por el sol y porque no soy más que un mozalbete».

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Pero luego, poco a poco, me olvidé de mí mismo y me abandoné por entero a la sensación de belleza. Ya no recordaba el tedio de la estepa ni la polvareda; no oía el zumbido de las moscas; no percibía el sabor del té; sólo sentía que al otro lado de la mesa se hallaba una hermosa muchacha.

Percibía aquella belleza de una manera extraña.

No eran deseos, ni entusiasmo, ni tampoco placer lo que Masha suscitaba en mí, sino una honda, aunque agradable, tristeza. Era una tristeza indefinida, vaga como un sueño. Sin saber por qué, sentía lástima por mí mismo, por mi abuelo, por el armenio y por la misma pequeña armenia, y experimentaba una sensación como si los cuatro hubiéramos perdido algo importante y necesario para la vida, algo que jamás volveríamos a encontrar. También mi abuelo se puso triste. Ya no hablaba de rastrojos ni de ovejas, sino que callaba, pensativo, mirando a Masha de vez en cuando.

Después del té el abuelo se acostó a dormir y yo salí de la casa y me senté en un escalón del pórtico.

La casa como todas las casas en Bajchi-Salaj, estaba expuesta directamente al sol; no había árboles, ni toldos, ni sombra. El gran patio exterior del armenio, cubierto de armuelle y otras hierbas, a pesar del fuerte calor, se hallaba animado y hasta alegre.

Detrás de una de las bajas cercas que allá y acullá cruzaban el patio, se realizaba la trilla. Alrededor de un poste, clavado en medio de la era, uncidos en fila y formando un solo radio, corrían doce caballos. Cerca de ellos caminaba un mozo ucraniano vestido con un chaleco largo y amplios pantalones, quien hacía restallar el látigo y profería gritos, como si quisiera burlarse de los caballos y jactarse de su poder sobre ellos:

—¡A, a, a, malditos! A, a, a. ¡Ya os voy a dar! ¿Tenéis miedo?

Los caballos, bajos, blancos y píos, sin comprender para qué los obligaban a girar en el mismo lugar y aplastar la paja del trigo, corrían de mala gana, como haciendo un gran esfuerzo, y agitaban las colas, ofendidos. De debajo de sus cascos el viento levantaba nubes enteras de dorado tamo y las llevaba lejos, por encima de la empalizada. Junto a las altas y frescas hacinas se afanaban las mujeres con rastrillos y se movían los carros; más allá, en otro patio, corría alrededor del poste otra docena de parecidos caballos y otro ucraniano, igual que el primero, hacía restallar el látigo y se burlaba de los caballos.

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Los escalones en que me hallaba sentado estaban calientes; en algunos sitios del estrecho pasamanos y en los marcos de las ventanas el calor ablandaba la cola; bajo los peldaños y los postigos, en las angostas franjas de la sombra, se apretujaban insectos de color rojo. El sol me quemaba la cabeza, el pecho y la espalda, pero yo no lo notaba y sólo sentía el roce de los pies descalzos por los tablones del piso, en el zaguán, en las habitaciones. Después de retirar la vajilla, Masha bajó corriendo por los peldaños, alcanzándome con una ráfaga de aire, y se dirigió volando como un pájaro hacia una pequeña y ahumada construcción que debía de ser cocina y de donde llegaban un olor a cordero asado y un enojado parloteo armenio. Ella desapareció por la oscura puerta y en su lugar surgió en el umbral una vieja y encorvada armenia, de cara colorada, que vestía largas calzas verdes. La vieja estaba enfadada y reñía a alguien.

Pronto apareció Masha, enrojecida por el calor de la cocina y con un enorme pan negro sobre el hombro; inclinándose con gracia bajo el peso del pan, corrió a través del patio en dirección a la era, en un santiamén se coló por la cerca y envuelta en la nube del dorado polvillo, desapareció detrás de los carros.

El ucraniano que fustigaba a los caballos bajó el látigo y durante un minuto se quedó mirando, en silencio, hacia el lado de los carros; luego, cuando la muchacha volvió a aparecer junto a los caballos y saltó la cerca, la siguió con la mirada y de repente gritó a los caballos de tal modo como si estuviera muy apenado:

—¡Ea, que os lleve el diablo!

Permanecí escuchando sin cesar los pasos de los pies descalzos y viéndola correr por el gran patio, con la cara seria, preocupada. Ora descendía corriendo los escalones, echándome viento; ora volaba a la cocina, ora hacia la era, ora corría fuera del patio, de modo que yo apenas tenía tiempo de mover la cabeza para seguirla con la mirada.

Y cuantas más veces pasaba corriendo, con su belleza, ante mi vista, más fuerte se tornaba mi tristeza. Tenía lástima de mí mismo, de ella y del mozo ucraniano que la seguía con su triste mirada cada vez que ella corría hacia los carros, a través de una nube de tamo. No sé si su belleza provocaba en mí la envidia, o lamentaba que la muchacha no fuese mía, ni nunca lo sería y que yo fuese un extraño para ella; o sentía vagamente que su rara belleza era casual, innecesaria, efímera; o, quizás, era mi tristeza

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aquel sentimiento especial que nace en el hombre al contemplar éste una verdadera belleza. ¿Quién lo sabe?

Las tres horas de espera pasaron inadvertidas. Me pareció que no había tenido suficiente tiempo para ver bien a Masha, cuando Karpo ya había ido al río, bañado el caballo y ya estaba enganchándolo. El mojado caballo resoplaba contento y golpeaba con los cascos. Karpo le gritaba: «¡Atraás!». El abuelo se despertó. Masha empujó el portón y éste se abrió chirriando; nosotros subimos a la carreta y salimos del patio. Viajábamos en silencio, como si estuviéramos enojados.

Cuando, al cabo de dos o tres horas, a lo lejos se avistaron Rostov y Najicheván, Karpo, que durante todo el viaje había permanecido callado, volvióse por un instante hacia nosotros y dijo:

—¡Qué linda moza, la del armenio!

Y fustigó al caballo.

II

En otra oportunidad, siendo ya estudiante, me dirigía por ferrocarril al sur.

Era el mes de mayo. En una de las estaciones, parece que fue entre

Belgorod y Karkov, bajé del vagón para dar un paseo sobre el andén.

La sombra crepuscular había descendido ya sobre el pequeño jardín de la estación, el andén y el campo; el edificio de la estación ocultaba la puesta del sol, pero por las bocanadas superiores de humo que salía de la locomotora y que estaba teñido de un suave color de rosa, se notaba que el sol aún no se había puesto del todo.

Mientras paseaba por el andén, observé que la mayoría de los pasajeros caminaban y se detenían siempre junto a un coche de segunda clase y lo hacían con una expresión que parecía señalar la presencia en el vagón de algún personaje célebre. Entre los curiosos que encontré cerca de este vagón se hallaba también mi compañero de viaje, un oficial de artillería, hombre de lo más inteligente, cordial y simpático, como todos aquellos con quienes trabamos un casual y pasajero conocimiento en el transcurso de un viaje.

—¿Qué están mirando aquí? —le pregunté.

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Sin responder, me señaló con los ojos una figura femenina. Era una joven de unos diecisiete o dieciocho años, vestida a la usanza rusa, con la cabeza descubierta y con una pequeña mantilla negligentemente echada sobre un hombro; no era una pasajera del tren, sino, al parecer, la hija o la hermana del jefe de estación. De pie, junto a la ventanilla del coche, estaba conversando con una pasajera de cierta edad. Antes de darme cuenta de lo que estaba viendo, me invadió de repente la misma sensación que otrora había experimentado en la aldea armenia.

La joven era una notable belleza y de ello no teníamos duda ni yo ni los que la miraban junto conmigo.

Si tuviera que describir su físico por partes, como suele hacerse, debería reconocer que lo único realmente bello que tenía la muchacha eran sus rubios, ondulados y espesos cabellos, que caían libremente sobre su espalda y sólo estaban sujetos en la cabeza con una cintita negra; todo lo demás era irregular o muy ordinario. Fuese por una manera especial de coquetear o por la miopía, tenía los ojos entornados; su nariz era tímidamente respingona; la boca, pequeña; su perfil, débilmente delineado; sus hombros eran demasiado estrechos para su edad y, sin embargo, la muchacha daba la impresión de ser una verdadera beldad. Mirándola, pude convencerme de que un rostro ruso para parecer bello no necesita una rigurosa regularidad de facciones; más aún, si a la joven le hubieran cambiado su nariz respingona por otra recta y plásticamente impecable, como la que tenía la pequeña armenia, su rostro, probablemente, hubiera perdido todo su encanto.

Parada junto a la ventanilla, la muchacha, al conversar, encogía los hombros a causa del aire fresco del anochecer, con frecuencia volvía la cabeza hacia nosotros, se ponía en jarras, alzaba sus manos para arreglar los cabellos, hablaba, reía, expresaba en su cara tan pronto sorpresa como terror y no recuerdo un solo instante en que su rostro y su cuerpo estuvieran quietos. Todo el secreto y el hechizo de su belleza consistían precisamente en estos pequeños e infinitamente graciosos movimientos, en su sonrisa, en el juego de su rostro, en las fugaces miradas que nos dirigía, en la conjunción de la fina elegancia de sus ademanes con la juventud, la frescura, la pureza del alma que se revelaban en su risa y en su voz, y con esa debilidad que tanto amamos en los niños, en los pájaros, en los jóvenes ciervos, en los jóvenes árboles.

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Era una belleza de mariposa a la cual tan bien le queda el vals, el revoloteo por el jardín, la risa, la alegría, y la que no concuerda con una idea seria, ni con la tristeza, ni con la paz; y bastaría, al parecer, que un fuerte viento corriera por el andén o que cayera una lluvia para que el frágil cuerpo se marchitara de golpe y su caprichosa belleza se aventara como el polvillo de las flores.

—¡Sí, sí…! —murmuró suspirando el militar, cuando, después de la segunda campanada, nos dirigíamos a nuestro vagón.

En cuanto al significado de ese «sí, sí», no estoy en condiciones de definirlo.

Puede ser que estuviera triste y no tuviera ganas de abandonar a la bella joven y el crepúsculo primaveral para encerrarse en el sofocante ambiente del vagón; puede ser también que sintiera, igual que yo, una indefinible piedad por la bella, por sí mismo, por mí y por todos los pasajeros que lentamente, sin ganas, se encaminaban hacia sus coches. Al pasar delante de una ventana de la estación, tras la cual se hallaba sentado junto a su aparato el pálido y pelirrojo telegrafista, de cara descolorida y de pómulos salientes, el oficial suspiró y dijo:

—Apuesto a que este telegrafista está enamorado de aquella linda muchacha. Vivir en medio del campo, bajo el mismo techo con esa celestial criatura y no enamorarse de ella estaría por encima de las fuerzas humanas. ¡Y qué desgracia, mi amigo, qué burla resulta ser encorvado, desgreñado, grisáceo, decente y juicioso y enamorarse de esa muchachita linda y tontita que no le presta a uno ni la menor atención! O peor todavía: imagínese que este telegrafista está enamorado, pero al mismo tiempo está casado y que su mujer es tan encorvada, desgreñada y decente como él mismo… ¡Es una auténtica tortura!

Junto a nuestro vagón, apoyándose en el pasamanos de la plataforma, el guarda miraba hacia el lugar en que estaba la bella joven, y su hinchado y demacrado rostro, fatigado por las noches sin dormir y por el trajín del tren, expresaba ternura y profunda tristeza, como si en aquella muchacha viera su propia juventud, su felicidad, su pureza, su sobriedad, su mujer y sus hijos; miraba como si se estuviera arrepintiendo de algo y sintiendo con todo su ser que la muchacha no le pertenecía y que la común dicha humana, la de los pasajeros, resultaba tan inalcanzable para él —con su vejez prematura, su torpeza y su cara hinchada— como el cielo.

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Sonó la tercera campanada, silbaron los pitos, y el tren se puso perezosamente en marcha. Ante nuestras ventanillas pasaron primero el guarda, el jefe de estación, luego el jardín y la bella moza con su maravillosa sonrisa infantil y pícara…

Asomándome por la ventanilla y mirando hacia atrás, la vi seguir con los ojos el tren, dar unos pasos por el andén ante la ventana del telegrafista, arreglar sus cabellos y correr al jardín. El edificio de la estación ya no obstaculizaba el panorama, y el campo hacia el lado occidental se mostraba abierto, pero el sol se había puesto ya y las negras bocanadas de humo se extendían por el verde terciopelo de los sembrados. Había tristeza tanto en el aire primaveral y en el oscurecido cielo, como en el vagón.

El conocido guarda entró en el vagón y se puso a encender las bujías.

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LA CASA DEL SOTABANCO

(Relato de un pintor)

I

Ello sucedió hace unos seis o siete años, cuando yo vivía en uno de los distritos de la gobernación T en la propiedad del terrateniente Belokurov, hombre joven que se levantaba muy temprano, andaba vestido con una podiovka[27], por las noches tomaba cerveza y se quejaba siempre de que en nadie ni en ninguna parte encontraba comprensión. Vivía en una casita en el jardín, mientras que yo me alojaba en la vieja casona señorial, en una enorme sala con columnas, en la cual no había ningún mueble, excepto un amplio diván, en el que yo dormía, y una mesa, en la cual yo hacía solitarios. Algo aullaba siempre allí en las viejas estufas, aun con tiempo apacible, mientras que durante las tormentas toda la casa se estremecía y hasta parecía que se resquebrajaba en pedazos, de modo que uno sentía un poco de miedo, especialmente de noche, cuando las diez ventanas se iluminaban de repente con los relámpagos.

Condenado por el destino a un ocio constante, yo no hacía absolutamente nada. Durante horas enteras, miraba por las ventanas al cielo, los pájaros, las alamedas, leía todo lo que me traían del correo, dormía. De vez en cuando, salía de la casa y vagaba hasta el anochecer.

Una vez, cuando regresaba a la casa, penetré sin querer en una finca desconocida. El sol ya se estaba escondiendo y sobre el centeno en flor se extendían las sombras crepusculares. Dos filas de abetos, muy altos, viejos, densamente plantados, formaban una alameda sombría y bella. Sin mucho esfuerzo traspuse el cerco y avancé por esta avenida, deslizándome sobre las agujas de abeto que cubrían la tierra con una capa de una pulgada de espesor. Había silencio y oscuridad, y sólo en las cimas de los árboles

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temblaba, aquí y allá, la resplandeciente y dorada luz que reverberaba con los colores del arco iris en las telas de araña. El aroma de los abetos era muy fuerte, hasta sofocante. Luego doblé por una larga avenida de tilos. También allí se notaba el abandono y la vetustez; el follaje del año anterior rumoreaba tristemente bajo los pies, y entre los oscurecidos árboles se escondían las sombras. A la derecha, entre los añejos frutales, con voz débil y con poca gana, cantaba una oropéndola, que también debía ser viejecita. Pero ya terminaron los tilos; pasé frente a una blanca casa con terraza y con sotabanco, y de repente se extendieron ante mí un gran patio exterior y un amplio estanque con baños, una multitud de verdes sauces, una aldea en la otra orilla del estanque, con un campanario alto y estrecho en el cual ardía la cruz, reflejando los últimos rayos del sol. Por un instante sentí el hechizo de algo familiar, muy conocido, como si ya hubiese visto este mismo panorama hace tiempo, en mi infancia.

Y junto al blanco portón de piedra, por el cual se pasaba del patio al campo, junto al antiguo y recio portón con leones, estaban de pie dos jóvenes. Una de ellas —la mayor—, delgada, pálida, muy bella, con un haz de espesos cabellos castaños y una boca pequeña y voluntariosa, denotaba una expresión severa y apenas reparó en mí; la otra, muy jovencita aún —no tendría más de diecisiete o dieciocho años—, también delgada y pálida con una boca grande y con grandes ojos, me miró sorprendida, al pasar yo delante de ellas, dijo algo en inglés y se mostró confundida. Y me pareció que también estos dos agradables rostros me resultaban conocidos desde hacía tiempo. Y volví a la casa con la sensación de haber soñado con algo bueno.

Poco tiempo después, en un mediodía, paseábamos Belokurov y yo cerca de la casa cuando inesperadamente, con un suave murmullo sobre la hierba, se acercó un coche con resortes, en el cual venía una de aquellas jóvenes. Era la mayor. Realizaba una colecta en favor de los campesinos víctimas de un incendio. Sin dirigirnos la mirada, muy seria y detalladamente nos contó cuántas casas se habían quemado en la aldea Sianovo, cuántos hombres, mujeres y niños se habían quedado sin techo y cuáles serían las primeras medidas que se proponía tomar el comité de ayuda del cual ella formaba parte. Después de hacernos firmar la lista de suscripción, se la guardó y se dispuso a regresar.

—Usted se olvidó de nosotros, Piotr Petrovich —dijo a Belokurov tendiéndole la mano—. Venga a vernos, y si monsieur N. —ella dijo mi

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apellido— tiene deseos de ver cómo viven los admiradores de su talento y se digna llegar hasta nuestra casa, mamá y yo estaremos muy contentas.

Hice una reverencia.

Cuando ella hubo partido, Piotr Petrovich se puso a explicar. Esta joven, de acuerdo con sus palabras, pertenecía a una buena familia y se llamaba Lidia Volchaninova, mientras que la propiedad en la que vivía con su madre y su hermana, tenía el nombre de Shelkovka, lo mismo que la aldea del otro lado del estanque. En otros tiempos su padre ocupaba un cargo prominente en Moscú, y al morir ostentaba la jerarquía de consejero secreto. No obstante el buen pasar, las Volchaninov vivían en el campo continuamente, en verano y en invierno; Lidia era maestra de la escuela rural en su aldea y recibía un sueldo mensual de veinticinco rublos.

Para sus gastos empleaba sólo este dinero y se enorgullecía de vivir por su propia cuenta.

—Es una familia interesante —dijo Belokurov—. Habría que hacerles una visita. Ellas estarían encantadas de recibirlo a usted.

En uno de los días festivos, por la tarde, nos acordamos de las Volchaninov y fuimos a verlas. Todas, la madre y sus dos hijas, se encontraban en casa. La madre, Ekaterina Pavlovna —otrora bella, por lo visto, pero ahora prematuramente pesada y lenta, enferma de asma, triste y distraída—, trató de entretenerme con una conversación sobre la pintura.

Enterada por su hija de la posibilidad de mi visita, recordó, aprisa, dos o tres paisajes míos que había visto en las exposiciones en Moscú, y ahora me preguntaba qué era lo que yo deseaba expresar en ellos. Lidia —o Lida, como la llamaban en casa— hablaba más con Belokurov que conmigo. Seria, sin sonreír, le preguntaba por qué no prestaba ningún servicio en el zemstvo y por qué no asistía a sus asambleas.

—Eso no está bien, Piotr Petrovich —le decía en tono de reproche—.

No está bien. Debiera darle vergüenza.

—Es verdad, Lida, es verdad —asentía la madre—. Eso no está bien. —Todo nuestro distrito se encuentra en manos de Balagin —prosiguió

Lida, dirigiéndose a mí—. Es presidente de la Dirección General, repartió todos los cargos en el distrito entre sus sobrinos y yernos y hace lo que le da la gana. Hay que luchar. La juventud debe formar con sus elementos un partido fuerte, pero ya ven ustedes qué clase de juventud tenemos. ¡Debería usted avergonzarse, Piotr Petrovich!

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La hermana menor, Yenia, mientras se hablaba del zemstvo permanecía callada. Ella no tomaba parte en las conversaciones serias, en la familia no la consideraban adulta aún, y la llamaban Missus, como a una pequeñuela, porque de niña ella solía llamar así a la Miss, su institutriz. Me miraba con curiosidad y, cuando abrí un álbum de fotografías, me daba explicaciones: «Éste es mi tío… Éste es mi padrino», señalaba los retratos con el dedito, rozándome infantilmente con el hombro, y yo veía de cerca su pecho, poco desarrollado, sus finos hombros, su trenza y su cuerpo delgado, muy estrechado por el cinturón.

Jugamos al croquet y al lawn-tennis, paseamos por el jardín, tomamos té, luego cenamos largamente.

Después de la enorme y vacía sala con columnas, me sentía a gusto en esta pequeña y acogedora casa, en cuyas paredes no había oleografías y donde a los criados los trataban de «usted»; todo allí me parecía joven y puro por la presencia de Lida y Missus, y todo respiraba corrección. Durante la cena Lida volvió a conversar con Belokurov sobre el zemstvo, sobre Balagin, sobre las bibliotecas escolares. Era una joven despierta, sincera y convencida, y resultaba interesante escucharla, aunque hablaba mucho y con la voz fuerte, quizás porque se había acostumbrado a hablar así en la escuela. En cambio, Piotr Petrovich, quien desde los tiempos de estudiante tenía la costumbre de transformar cualquier diálogo en una discusión, hablaba aburrida, perezosa y largamente, con evidente deseo de parecer un hombre inteligente y avanzado. Gesticulando, volcó la salsera con la manga y se formó un gran charco sobre el mantel, pero, al parecer, nadie, excepto yo, se dio cuenta de ello.

Todo era silencioso y oscuro alrededor de nosotros cuando caminábamos de regreso a nuestra casa.

—La buena educación no consiste en no volcar la salsera sobre el mantel, sino en no darse cuenta cuando alguien lo hace —dijo Belokurov con un suspiro—. Sí, es una familia excelente y culta. Me quedé algo aislado de la buena gente, ando atrasado, ¡muy atrasado! Y todo porque estoy colmado de tareas, tareas y tareas.

Y me habló de cuánto tiene uno que trabajar si quiere ser un agricultor ejemplar, mientras yo pensé: ¡qué hombre tan pesado y perezoso! Al hablar seriamente sobre cualquier asunto solía prolongar con esfuerzo una «e-e-e-e» y trabajaba de la misma manera que hablaba: lentamente, atrasado, perdiendo plazos. Ya por el solo hecho de que las cartas que yo

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le encargaba despachar en el correo, él las llevaba en su bolsillo durante semanas enteras, no podía creer mucho en su celo.

—Lo peor es —barbotaba caminando a mi lado—, lo peor es que uno trabaja sin encontrar comprensión. ¡Ninguna comprensión!

II

Comencé a frecuentar la casa de las Volchaninov.

Solía sentarme en el primer escalón inferior de la terraza; me oprimía el descontento conmigo mismo; me daba lástima mi vida que transcurría en forma tan rápida y tan poco interesante, y pensaba en que no estaría mal arrancar de mi pecho este corazón que llegó a ser tan pesado. Y mientras tanto, en la terraza se oían voces, el rumorcillo de los vestidos, alguien daba vueltas a las páginas de un libro. Pronto me habitué a ver a Lida, durante el día, atender a los enfermos, repartir limosnas, ausentarse a menudo a la aldea, con una sombrilla sobre su cabeza descubierta, y por la noche explayarse en voz alta sobre el zemstvo y las escuelas.

Cada vez que se entablaba una conversación seria, esta delgada y bella joven, invariablemente severa, de boca finamente delineada, me decía con sequedad:

—Esto no le interesa.

Yo no le caí simpático. No me quería porque era paisajista, porque en mis cuadros no mostraba las necesidades del pueblo y porque era indiferente —según le parecía— a todo aquello en lo que ella creía tan firmemente. Recuerdo que una vez, al viajar por la costa del lago Baikal me encontré con una joven buriata[28] que montaba un caballo y vestía con una camisa y un pantalón de tela azul china; le pregunté si quería venderme su pipa, y mientras hablábamos, miraba con desprecio mi cara europea y mi sombrero; en un instante se hartó de charlar conmigo, azuzó al caballo y se fue galopando. De la misma manera, Lida despreciaba en mí a un extraño. Exteriormente no manifestaba en absoluto su desafecto, pero yo lo sentía y, sentado en el primer escalón de la terraza, experimentaba cierta irritación y decía que curar a los campesinos sin ser médico significaba engañarlos, y que no era difícil ser benefactor poseyendo dos mil deciatinas de tierra.

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Su hermana Missus no tenía preocupación alguna y pasaba el tiempo en el mismo ocio total que yo. Al levantarse por la mañana, enseguida tomaba un libro y se ponía a leer en la terraza, sentada en un hondo sillón de tal modo que sus pequeños pies apenas tocaban el suelo, o bien escondíase con el libro en una alameda, o se iba al campo. Pasaba todo el día leyendo, los ojos clavados con avidez en el libro, y sólo porque su mirada a veces se tornaba fatigada y anonadada, y porque su rostro palidecía mucho, se podía adivinar cómo esta lectura cansaba su cerebro. Cuando yo llegaba a la casa, ella se ruborizaba levemente, dejaba el libro y con animación, fijando en mi cara sus grandes ojos me contaba los acontecimientos del día: en el cuarto de los criados había comenzado a arder el hollín de las estufas, o un peón había sacado del estanque un pez grande. En los días hábiles vestía, por lo común, una blusa de colores claros y una falda azul oscuro.

Paseábamos juntos, arrancábamos guindas para el dulce, andábamos en bote, y cuando ella saltaba para alcanzar una guinda o manejaba los remos, sus delgados y débiles brazos traslucían a través de las amplias mangas. O si no, yo pintaba un boceto y ella se quedaba de pie a mi lado y me miraba trabajar con admiración.

Un domingo, a fines de julio, llegué a la finca de las Volchaninov por la mañana, a eso de las nueve.

Di vueltas por el parque, manteniéndome lejos de la casa, busqué hongos blancos, muy abundantes en aquel verano, dejando marcas cerca de ellos para recogerlos más tarde junto con Yenia. Soplaba un viento tibio. Vi pasar a Yenia y a su madre que volvían de la iglesia. Ambas llevaban claros vestidos domingueros y Yenia sostenía el sombrero a causa del viento. Luego las oí tomar el té en la terraza.

Para mí, hombre despreocupado y que buscaba justificación a su ocio constante, estas mañanas dominicales de verano en nuestras fincas resultaban siempre singularmente atrayentes. Cuando el verde jardín, todavía húmedo por el rocío, brilla al sol y parece feliz; cuando cerca de la casa se siente el aroma del reseda y del almendro, cuando los jóvenes acaban de regresar de la iglesia y están tomando el té en el jardín; cuando todos están alegres y llevan puestas ropas agradables y cuando uno sabe que todas estas hermosas, sanas y satisfechas personas durante todo el largo día no van a hacer nada, siente deseo entonces de que toda la vida fuese así. Y ahora yo estaba pensando lo mismo y paseaba por el jardín,

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dispuesto a caminar así, sin hacer nada y sin propósito, durante todo el día, todo el verano.

Vino Yenia con una canasta; tenía la expresión como si supiera o presintiera que me encontraría en el jardín. Recogíamos los hongos y conversábamos, y cuando me preguntaba algo, se me adelantaba unos pasos para ver mi cara.

—Ayer en nuestra aldea se produjo un milagro —me dijo—. La renga Pelagia había estado enferma todo el año. Ningún médico y ningún remedio podían ayudarla, pero ayer una vieja curandera le susurró unas palabras y ya está bien.

—No tiene importancia —dije—. No se debe buscar milagros solamente junto a los enfermos y los curanderos. ¿Acaso la salud no es un milagro? ¿Y la vida misma? Lo que es incomprensible ya es un milagro.

—¿Y usted no le tiene miedo a lo incomprensible?

—No. Encaro jovialmente los fenómenos que no comprendo y nunca me supedito a ellos. Soy superior a ellos. El hombre debe considerarse por encima de los leones, de los tigres, de las estrellas, por encima de todo lo que existe en la naturaleza, hasta por encima de lo que no se comprende y lo que parece milagroso, si no no sería un hombre, sino un ratón que teme a todo el mundo.

Yenia creía que yo, como pintor, sabía muchas cosas y que podía acertar en aquello que no sabía.

Quería que la introdujera en la esfera de lo eterno y de lo bello, en aquel mundo sublime que, según su opinión, me era familiar, y por eso hablaba conmigo sobre Dios, sobre la vida eterna, sobre lo milagroso. Y yo, que no podía admitir que mi ser y mi imaginación, después de la muerte, dejarían de existir por siempre jamás, le contestaba: «Sí, los hombres son inmortales», «sí, nos espera la vida eterna».

Ella me escuchaba, me creía, y no me pedía comprobaciones. Cuando nos dirigíamos hacia la casa, se detuvo de repente y dijo: —Nuestra Lida es una persona notable. ¿No es cierto? La quiero

entrañablemente y en cualquier momento podría sacrificar mi vida por ella. Pero dígame —Yenia tocó mi manga con el dedo—, dígame: ¿por qué siempre discute con ella? ¿Por qué se muestra irritado?

—Porque ella no tiene razón.

Yenia meneó la cabeza negativamente y las lágrimas asomaron a sus ojos.

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—¡Qué difícil es comprenderlo! —expresó.

En ese instante Lida acababa de regresar de alguna parte y, de pie junto a la puerta, con un látigo en las manos, esbelta y hermosa, iluminada por el sol, impartía algunas órdenes al peón. De prisa y hablando en voz alta atendió a dos o tres enfermos; luego, con aire preocupado, anduvo de una habitación a otra; abriendo un armario tras otro, se dirigió al sotabanco; durante un rato estuvieron buscándola y llamándola para almorzar y llegó cuando ya habíamos tomado la sopa. No sé por qué recuerdo y amo estos detalles, como también recuerdo vivamente todo aquel día, aunque no había ocurrido nada especial. Después de comer Yenia estuvo leyendo recostada en su hondo sillón, mientras que yo me senté en el escalón inferior de la terraza.

Permanecimos callados. El cielo se fue cubriendo de nubes y comenzó a caer una fina llovizna.

Pero hacía calor, el viento había cesado y parecía que el día nunca iba a tener fin. En la terraza apareció Ekaterina Pavlovna, somnolienta, con un abanico.

—Oh, mamá —dijo Yenia, besándole la mano—, el dormir de día te hace mal.

Se adoraban la una a la otra. Cuando una de ellas se iba al jardín, la otra ya estaba en la terraza y, mirando los árboles, llamaba: «¡E, e, a, Yenia!». O: «Mamita, ¿dónde estás?». Rezaban siempre juntas, las dos creían de la misma manera y se entendían bien hasta cuando callaban. También dispensaban el mismo trato a la gente. Ekaterina Pavlovna no tardó en acostumbrarse a mí y hasta se encariñó conmigo, y cuando yo no aparecía por dos o tres días mandaba a averiguar si estaba bien de salud. También ella contemplaba mis bocetos con admiración, y con la misma locuacidad y franqueza con que lo hacía Missus me contaba cuanto ocurría, con frecuencia confiándome sus secretos domésticos.

Veneraba a su hija mayor. Lida no era cariñosa y sólo hablaba de cosas serias; vivía una vida particular y para su madre y su hermana era el mismo personaje sagrado que para los marineros lo es el almirante que pasa todo el tiempo en su camarote.

—Nuestra Lida es una persona notable —decía la madre con frecuencia—. ¿No es cierto? —Y ahora mientras lloviznaba, estábamos conversando sobre Lida:

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—Es una persona notable —insistió la madre y añadió en voz baja y mirando con miedo en su derredor como si estuviera complotando—: A personas como ella hay que buscarlas de día con un farol, aunque, sabe, empiezo a sentirme algo inquieta.

La escuela, los botiquines, los libros, todo esto está bien, pero ¿por qué caer en los extremos? Es que ya tiene veintitrés años cumplidos y ya es hora de pensar con seriedad en sí misma. Porque si no, con los libros y con los botiquines pasará la vida misma y una ni se dará cuenta… Debe casarse.

Yenia, pálida de tanto leer, con el peinado algo desordenado, levantó la cabeza y, mirando a su madre, dijo como para sí misma:

—Mamita, todo depende de la voluntad divina.

Y volvió a sumirse en la lectura.

Llegó Belokurov, vestido con podiovka y con camisa bordada. Jugamos al croquet y al lawn-tennis, luego al anochecer cenamos largamente y Lida de nuevo habló de las escuelas y de Balagin, el que tenía todo el distrito en sus manos. Al irme aquella noche de la casa de las Volchaninov, me llevé la impresión de un día ocioso y largo, muy largo, con la triste sensación de que todo termina en este mundo, por más largo que sea. Yenia nos acompañó hasta el portón y, quizás a causa de que ella había pasado conmigo todo el día, desde la mañana hasta la noche, sentí que sin ella estaría aburrido y que toda esta simpática familia no me era extraña; y por primera vez en todo el verano tuve deseos de pintar.

—Dígame, ¿por qué lleva usted una vida tan aburrida, tan incolora? — le pregunté a Belokurov por el camino—. Mi vida sí es aburrida, pesada y monótona porque soy pintor, soy un hombre raro; estoy, desde mis años juveniles, maltratado por la envidia, por el descontento conmigo mismo, por la falta de fe en mi actividad; soy siempre pobre, soy un vagabundo; pero usted, usted es un hombre normal, sano; es un terrateniente, un señor; ¿por qué vive usted en forma tan poco interesante, por qué toma usted tan poco de la vida? ¿Por qué, por ejemplo, no se ha enamorado usted todavía de Lida o de Yenia?

—Usted olvida que yo amo a otra mujer —respondió Belokurov. Referíase a su amiga Liubov Ivanovna, que vivía con él en la casita del

jardín. Era una gruesa dama, con aire de importancia, parecida a una gansa bien alimentada; todos los días la veía pasear por el jardín con ropas rusas adornadas con abalorios, llevando una sombrilla, y a cada rato la criada la

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llamaba, ora para comer ora para tomar el té. Unos tres años antes había alquilado la casita para veranear y se quedó allí, por lo visto, para siempre. Era unos diez años mayor que él y lo manejaba con severidad, de tal modo que para ausentarse de la casa él debía pedirle permiso. A menudo sollozaba con voz de hombre y entonces yo mandaba decirle que si no dejaba de sollozar me iría de la casa; y los sollozos cesaban. Al llegar a casa, Belokurov se sentó sobre el diván y frunció el ceño meditando, mientras que yo me puse a caminar por la sala sintiendo una leve emoción, como un enamorado. Tenía ganas de hablar de las Volchaninov.

—Lida sólo puede amar a un funcionario del zemstvo, entusiasmado, igual que ella, con los hospitales y las escuelas —dije—. Oh, por una joven así no sólo se puede ingresar en el zemstvo, sino también gastar un par de zapatos de hierro, como en el cuento de hadas. ¿Y Missus? ¡Qué delicia es esta Missus!

Belokurov se puso a hablar largamente, estirando las «e-e-e-e», acerca de la enfermedad del siglo: el pesimismo. Hablaba con seguridad y en un tono desafiante como si yo discutiera con él. Centenares de verstas de la desierta, monótona y quemada estepa no pueden causar tanto tedio como un hombre que está sentado, habla y no se sabe cuándo se irá.

—No se trata de pesimismo ni de optimismo —observé con irritación

—. Lo que ocurre es que el noventa y nueve por ciento de los hombres carece de inteligencia.

Belokurov lo tomó muy a pecho, se mostró enojado y se fue.

III

—El príncipe está de visita en Malezemovo, te manda saludos —decía Lida a su madre al regresar de un viaje y quitándose los guantes—. Contó muchas cosas interesantes… Prometió volver a plantear la cuestión del puesto médico en Malezemovo, en la asamblea provincial, pero dice que hay pocas esperanzas. —Y dirigiéndose a mí, añadió—: Disculpe, siempre olvido que esto no le puede interesar.

Sentí irritación.

—¿Y por qué no me puede interesar? —le pregunté, encogiéndome de hombros—. No le place conocer mi opinión, pero le aseguro que esta

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cuestión me interesa vivamente.

—¿Sí?

—Sí. A mi juicio, un puesto médico en Malezemovo no es necesario en absoluto.

Mi irritación se transmitió a ella: me miró, entrecerrando los ojos, y preguntó:

—¿Qué se necesita entonces? ¿Paisajes? —Tampoco los paisajes. Allí no se necesita nada.

Ella terminó de quitarse los guantes y abrió el diario que acababan de traer del correo; al cabo de un minuto observó en voz baja, conteniéndose, por lo visto:

—La semana pasada Ana murió al dar a luz; de haber existido cerca un puesto médico ella hubiera salvado la vida. Y los señores paisajistas, me parece, debieran tener algunas convicciones al respecto.

—Tengo una convicción bien definida al respecto —respondí, mientras ella se escondía detrás del diario como si no quisiera escucharme—. A mi juicio, los puestos médicos, las escuelas, las bibliotecas, los botiquines, dadas las condiciones existentes, no sirven sino para la opresión. El pueblo está atado con una gran cadena, y ustedes, lejos de cortarla, le agregan nuevos eslabones. He aquí mi convicción.

Ella levantó la mirada hacia mí y sonrió burlonamente, pero yo proseguí, tratando de resumir mi idea principal:

—Lo importante no es que Ana haya muerto de parto, sino el hecho de que todas estas Anas, Mavras, Pelagias, encorvan sus espaldas desde el amanecer hasta la noche; enferman a causa del trabajo excesivo; durante toda la vida tiemblan por sus hijos, hambrientos y dolientes; durante toda la vida temen a las enfermedades y a la muerte; durante toda la vida tratan de curarse, pero se marchitan temprano, envejecen temprano y mueren en el hedor y en la suciedad; sus hijos, al crecer, recomienzan la misma historia y así transcurren centenares de años y miles de millones de personas viven peor que las bestias (sólo por un mendrugo de pan) sintiendo un miedo continuo. Lo terrible de su situación está en que no tienen tiempo de pensar en su alma; no tienen tiempo de recordar la imagen humana; el hambre, el frío, el miedo bestial, la enormidad del trabajo, cual aludes de nieve, les obstruyeron todos los caminos hacia la actividad espiritual, es decir, a lo que distingue al hombre del animal y que constituye lo único por lo cual vale la pena vivir. Ustedes acuden en su

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ayuda con hospitales y escuelas, pero, lejos de liberarlos de sus ataduras, por el contrario, los esclavizan más aún, ya que, al introducir en su vida nuevos prejuicios, ustedes aumentan el número de sus necesidades, sin hablar de que por los emplastos y por los libros, ellos deben pagar al zemstvo, o sea, doblar aún más la espalda.

—No voy a discutir con usted —dijo Lida bajando el diario—. Todo esto lo he oído ya. Sólo le diré una cosa: uno no debe quedarse sin hacer nada. Es verdad, nosotros no estamos salvando a la humanidad entera y es muy posible que estemos equivocados en muchas cosas; sin embargo, hacemos todo lo que podemos y tenemos razón. El más alto y sagrado propósito de una persona culta es servir al prójimo y tratamos de servirlo tan bien como podemos. A usted no le agrada, pero uno no puede satisfacer a todo el mundo.

—Es verdad, Lida, es verdad —dijo la madre.

En presencia de Lida, ella se mostraba siempre tímida y al hablar la miraba con inquietud, temiendo decir algo superfluo o inapropiado; nunca la contradecía sino que siempre estaba de acuerdo: «Es verdad, Lida, es verdad».

—La alfabetización de los mujiks, los libros con míseras instrucciones y máximas y los puestos médicos no pueden disminuir la ignorancia ni la mortalidad, de la misma manera que la luz de las ventanas no puede iluminar este enorme jardín —proseguí—. Ustedes no aportan nada; con su intromisión en la vida de esta gente ustedes no hacen sino crear nuevas necesidades, nuevos motivos para el trabajo.

—¡Dios mío, pero hay que hacer algo! —dijo Lida con fastidio, y por su tono se podía deducir que ella consideraba insignificantes mis razonamientos y los despreciaba.

—Hay que liberar a la gente del pesado trabajo físico —sostuve—. Hay que aliviar el yugo, darles un respiro, para que no pasen toda su vida junto a los hornos, las artesas y en el campo, sino que tengan también tiempo de pensar en su alma, en Dios, y que puedan manifestar en forma más amplia sus condiciones espirituales. La vocación de todo hombre está en la actividad espiritual, en la constante búsqueda de la verdad y del sentido de la vida. Hagan, pues, que les sea innecesario el brutal trabajo de bestias; permítanles sentirse en libertad y verán entonces que estos libritos y botiquines son, en realidad, una burla. Una vez que el hombre sea

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consciente de su auténtica vocación, sólo podrán satisfacerle la religión, las ciencias, las artes y no estas menudencias.

—¡Liberarlos del trabajo! —sonrió Lida—. ¿Acaso ello es posible? —Sí. Encárguense de una parte del trabajo de ellos. Si todos los

habitantes de la ciudad y del campo, todos sin excepción, consintiéramos en dividir entre nosotros el trabajo que en general realiza la humanidad para la satisfacción de sus necesidades físicas, a cada uno no le correspondería quizá más de dos o tres horas por día. Imagínese que todos, los ricos y los pobres, trabajamos solamente tres horas por día y el tiempo restante nos queda libre.

Imagínese también que (para depender menos aún de nuestro cuerpo y trabajar menos) inventamos máquinas que nos reemplazan en ciertas labores y tratamos de reducir la cantidad de nuestras necesidades hasta el mínimo. Nos templamos a nosotros y a nuestros hijos para no temer al hambre y al frío y no tener que temblar constantemente por la salud de ellos, como tiemblan Ana, Mavra y Pelagia.

Imagínese que no nos curamos, no mantenemos farmacias, ni fábricas de tabaco y de bebidas alcohólicas, ¡cuánto tiempo libre nos queda! Todos, en común, dedicamos este ocio a las ciencias y a las artes. De la misma manera como a veces todos los mujiks de una aldea se unen para arreglar el camino, nosotros, mancomunados todos, buscaríamos la verdad y el sentido de la vida, y (estoy seguro de ello) la verdad sería descubierta muy pronto; el hombre se liberaría de este constante, penoso y deprimente miedo a la muerte y aun de la misma muerte.

—Usted, sin embargo, se contradice —observó Lida—. Habla de las ciencias, pero antes negaba la alfabetización.

—La alfabetización que sólo sirve al hombre para leer los letreros de las tabernas y a veces libros que no entiende. Esta alfabetización se mantiene en nuestras aldeas desde los tiempos de Rurik[29]; el Petrushka[30] gogoliano hace ya tiempo que sabe leer, mientras que el campo quedó igual que en la época de Rurik. No es la alfabetización lo que necesitamos, sino la libertad para una amplia manifestación de capacidades espirituales. No son escuelas lo que necesitamos, sino universidades.

—Pero usted niega también la medicina.

—Sí. Ella sólo sería necesaria para el estudio de las enfermedades como fenómenos de la naturaleza y no para su tratamiento. Hay que curar

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no las enfermedades, sino sus causas. Anulen la causa principal (el trabajo físico) y no habrá enfermedades. No reconozco la ciencia que cura — continué exaltado—. Las ciencias y las artes, cuando son auténticas, no aspiran a lograr propósitos temporales o particulares, sino que tienden hacia lo eterno y lo universal: buscan la verdad y el sentido de la vida, buscan a Dios y el alma, pero cuando se las ata a las necesidades y los problemas del día, a los botiquines y las bibliotecas, ellas no hacen sino complicar y entorpecer la vida. Tenemos muchos médicos, farmacéuticos, juristas, mucha gente sabe ahora leer y escribir, pero carecemos totalmente de biólogos, matemáticos, filósofos, poetas. Toda la inteligencia, toda la energía espiritual se fueron gastando para la satisfacción de las necesidades temporales, pasajeras… Los sabios, los escritores y los pintores están abarrotados de trabajo; merced a ellos las comodidades de la vida crecen cada día, las necesidades del cuerpo se multiplican, mientras que la verdad queda lejos todavía y el hombre sigue siendo el animal más feroz y menos pulcro, y todo contribuye para que la humanidad, en su mayoría, se degenere y pierda para siempre su vitalidad. En estas condiciones, la vida de un pintor no tiene sentido, y cuanto más talento tiene, tanto más extraño e incomprensible es su papel, ya que resulta que él trabaja para la diversión de un animal feroz y sucio, sosteniendo el orden existente. Y yo no quiero trabajar y no trabajaré… No precisamos nada, ¡que se hunda la tierra en el infierno!

—Missus, vete a tu cuarto —dijo Lida a su hermana, considerando, por lo visto, mis palabras como dañinas para una señorita tan joven.

Yenia miró con tristeza a la hermana y a la madre y salió.

—Estas lindas cosas se dicen comúnmente cuando quieren justificar su indiferencia —dijo Lida—. Negar hospitales y escuelas es más fácil que curar y enseñar.

—Es verdad, Lida, es verdad —asintió la madre.

—Usted amenaza con dejar de trabajar —continuó Lida—. Por lo visto, aprecia usted altamente sus obras.

No discutamos más: nunca llegaremos a un acuerdo, ya que la más imperfecta de las bibliotecas o farmacias, a las cuales se refirió usted con tanto desprecio, para mí es más importante que todos los paisajes del mundo. —Y enseguida, dirigiéndose a la madre, habló en un tono muy distinto—: El príncipe está muy delgado y ha cambiado mucho desde que estuvo en nuestra casa. Lo mandan a Vichy.

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Ella contaba a su madre las cosas acerca del príncipe para no hablar conmigo. Su cara ardía y para ocultar su agitación se inclinó hacia la mesa, como miope, y aparentó leer el diario. Mi presencia era desagradable. Me despedí y me retiré.

IV

Afuera todo era paz; la aldea del otro lado del estanque dormía ya, no se veía ninguna lucecita y sólo en el estanque brillaban apenas los pálidos reflejos de las estrellas. Junto al portón de los leones, inmóvil, Yenia me esperaba, de pie, para acompañarme un trecho.

—Todos están durmiendo en la aldea —le dije, tratando de distinguir su rostro en la oscuridad, y vi sus oscuros y tristes ojos fijarse en mí—. El tabernero y el cuatrero duermen tranquilos, mientras que nosotros, gente de bien, nos irritamos el uno al otro discutiendo.

Era una triste noche de agosto, triste porque ya olía a otoño; cubierta por una nube purpurina, salía la luna y apenas iluminaba el camino y los oscuros campos. Con frecuencia caían estrellas fugaces.

Yenia iba por el camino a mi lado y trataba de no mirar al cielo, ya que el verlas caer la asustaba no se sabe por qué.

—Me parece que usted tiene toda la razón —dijo ella, temblando a causa de la humedad nocturna—. Si todos los hombres, en común, pudieran dedicarse a la actividad espiritual, no tardarían en llegar a saberlo todo.

—Naturalmente. Somos seres superiores y si, efectivamente, tuviésemos conciencia de toda la fuerza del genio humano y viviésemos sólo para propósitos supremos, al final seríamos como dioses. Sin embargo, eso no llegará a ocurrir nunca, la humanidad se va a degenerar y del genio no quedará ni rastro.

Cuando el portón desapareció de la vista, Yenia se detuvo y me dio un presuroso apretón de manos.

—Buenas noches —dijo, temblando; sólo una blusa liviana cubría sus hombros y ella se encogió de frío—. Venga mañana.

Sentí angustia al pensar que me quedaría solo, irritado, descontento con la gente y conmigo mismo; también yo traté de no mirar a las estrellas

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fugaces.

—Quédese conmigo un minuto más —le dije—. Se lo ruego.

Yo amaba a Yenia. La amaba, quizá, porque solía recibirme y me acompañaba para despedirme; porque me miraba con ternura y admiración. ¡Cuán bellos y conmovedores eran su rostro pálido, su cuello fino, sus delgados brazos, su fragilidad, su ocio, sus libros! ¿Y su inteligencia? Yo sospechaba en ella una inteligencia notable, admiraba la amplitud de sus ideas, quizá porque ella pensaba de otra manera que la hermosa y severa Lida, que no me quería. Yo le agradaba a Yenia como pintor, conquisté su corazón con mi talento, y sentía un apasionado deseo de pintar sólo para ella, soñando con ella como mi pequeña reina, que junto conmigo poseería estos árboles, los campos, la niebla, el alba, esta naturaleza maravillosa y encantadora, pero entre la cual me sentía hasta entonces desesperadamente solo e inútil.

—Quédese un minuto más —supliqué—. Se lo imploro.

Me quité el abrigo y cubrí sus hombros helados; temiendo mostrarse fea y ridícula con el gabán masculino, ella se lo quitó, riendo, y entonces la abracé y comencé a besar su cara, sus hombros, sus brazos.

—¡Hasta mañana! —susurró ella y con cuidado, como si temiera alterar el silencio de la noche, me abrazó—. Tengo que contarlo todo enseguida a mamá y a mi hermana, pues no tenemos secretos entre nosotras… ¡me da mucho miedo! No por mamá, ella lo quiere, ¡pero Lida…! —Y se dirigió corriendo hacia el portón.

—¡Adiós! —gritó.

Luego, durante unos dos minutos la oí correr.

No tenía ningunas ganas de regresar a casa, y además no había para qué regresar allá. Me quedé parado un rato, meditando, y desanduve lentamente el camino para dirigir una mirada más a la casa en que vivía ella; simpática, ingenua y vieja casa que parecía mirarme con las ventanas de su sotabanco y comprenderlo todo. Pasé por delante de la terraza, me senté en un banco junto a la plazoleta de lawn-tennis, bajo un añoso olmo, y desde la oscuridad contemplé un buen rato la casa. Las ventanas del sotabanco, donde vivía Missus, se iluminaron con una luz brillante, luego con otra atenuada y verde: sin duda la lámpara fue cubierta con una pantalla.

Se movieron entonces algunas sombras… Me sentí embargado de ternura, silencio y satisfacción conmigo mismo, satisfacción por haberme

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apasionado y enamorado; pero al mismo tiempo me molestaba un poco la idea de que allí mismo, a escasos pasos de mí, en una de las habitaciones de la casa, vivía Lida, que no me quería y, quizás, incluso me odiaba. Permanecí sentado esperando que saliera Yenia, y al aguzar el oído me parecía estar oyendo hablar a alguien en el sotabanco.

Transcurrió cerca de una hora. La verde luz se había apagado y las sombras dejaron de verse. La luna ya se encontraba alta, por encima de la casa, e iluminaba el jardín durmiente y los caminitos; las dalias y las rosas en el parterre, frente a la casa, se veían con nitidez y parecían todas del mismo color. El aire se hacía muy frío. Salí del jardín, levanté del suelo mi sobretodo y me encaminé lentamente a mi casa.

Al día siguiente, cuando llegué por la tarde a la casa de las Volchaninov, la puerta de vidrio que daba al jardín estaba abierta de par en par. Me senté en la terraza, esperando que detrás del parterre en la plazoleta o en una de las alamedas no tardara en aparecer Yenia, o bien desde alguna de las habitaciones llegara a oírse su voz; luego pasé a la sala, al comedor. No había un alma.

Del comedor, a través de un largo pasillo, fui al vestíbulo, luego me dirigí nuevamente al comedor.

En el pasillo había varias puertas y detrás de una de ellas resonaba la voz de Lida.

—En la rama… de un árbol… —pronunciaba ella en voz alta y arrastraba las sílabas, probablemente dictando—. Bien ufa-a-a-no y con-te-ento, con un queso en el pi-i-ico… esta-aba… ¿Quién está ahí? —llamó de repente al oír mis pasos.

—Soy yo.

—¡Ah! Disculpe, no puedo salir ahora, estoy dando clase a Dasha. —¿Ekaterina Pavlovna está en el jardín?

—No. Ella y mi hermana partieron esta mañana de visita a nuestra tía, en la gobernación de Penza. Y en invierno, probablemente, irán al extranjero… —añadió después de una pausa—. En la rama… de un árbol… bien ufa-a-no y contento… ¿Lo has escrito?

Salí al vestíbulo y sin pensar en nada me quedé de pie mirando el estanque y la aldea, mientras llegaba a mis oídos:

—Con un queso en el pico, estaba el señor Cuervo.

Y me fui de la finca por el mismo camino por el que había venido por primera vez, sólo que en sentido contrario: primero del patio al jardín, por

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delante de la casa, luego por la avenida de los tilos…

Allí me alcanzó corriendo un chicuelo y me entregó una esquela. «Le conté todo a mi hermana y ella exige que me separe de usted —leí—. Estaría por encima de mis fuerzas apenarla con mi desobediencia. Que Dios le dé a usted mucha felicidad, perdóneme… ¡Si supiera usted con cuánta amargura lloramos, mamá y yo!».

Luego la oscura avenida de abetos, el cerco caído… Por el campo donde aquella vez florecía el centeno y vociferaban las codornices, ahora vagaban las vacas y los caballos trabados. Allá y acá, sobre las colinas, verdeaba intensamente la sementera de otoño. Invadióme un humor sobrio y prosaico, y sentí vergüenza por todo lo que había hablado en casa de las Volchaninov; y volví a sentir el tedio de la vida. Al regresar a casa, hice las maletas y por la noche partí para Petersburgo.

* * *

No he vuelto a ver a las Volchaninov. No hace mucho, en el viaje a Crimea, encontréme en el tren con Belokurov. Igual que antes, vestía una podiovka y una camisa bordada, y al preguntarle yo sobre su salud me respondió: «La debo a sus oraciones». Nos pusimos a conversar. Había vendido su finca y comprado otra, más pequeña, a nombre de Lubov Ivanovna. Acerca de las Volchaninov contó poca cosa. Lida, según sus palabras, vivía siempre en Shelkovka y enseñaba a los chicos en la escuela; poco a poco ella logró reunir un círculo de personas que le eran simpáticas y que, llegando a constituir un partido fuerte, en las últimas elecciones del zemstvo desplazaron a Balagin, que hasta entonces tenía en sus manos a todo el distrito. En lo que atañe a Yenia, Belokurov sólo pudo comunicar que ella no vivía en su casa y que no se sabía dónde se encontraba.

Comienzo a olvidar ya la casa del sotabanco, y sólo alguna vez, cuando escribo o leo, de repente, sin causa ninguna, me acuerdo ora de la luz verde en la ventana, ora del ruido de mis pasos que resonaban de noche en el campo, cuando enamorado volvía a mi casa, frotando las manos por el frío.

Y con menos frecuencia aún, en momentos cuando me oprime la soledad y estoy triste, empiezo a recordar vagamente y me parece entonces

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que a mí también alguien me recuerda, me espera y que nos encontraremos…

Missus, ¿dónde estás?


 

ANTÓN PÁVLOVICH CHÉJOV (Taganrog, Imperio ruso, 17 de enerojul./ 29 de enero de 1860greg.-Badenweiler, Imperio alemán, 2 de juliojul./ 15 de julio de 1904greg.) ha pasado a la historia de la literatura sobre todo gracias a sus cuentos y obras teatrales, en los que destaca la creación de atmósferas por encima de la acción.

Preocupado sobre todo por el estilo, procuró siempre alcanzar un alto grado de expresividad con los mínimos elementos y, a pesar de un humorismo amargo y lúcido, siempre dejó abierta la esperanza en el futuro.

Notas

[1] Antigua medida rusa, equivalente a 1,06 km. (N. del T.) <<

[2] Casa del campesino ruso. (N. del T.) <<

[3] Samovar: máquina de hacer té. (N. del T.) <<

[4] Dacha: casa de campo. (N. del T.) <<

[5] En El inspector de Gogol. (N. del T.) <<

[6] Institución regional que se ocupaba de la construcción y el mantenimiento de hospitales, escuelas, caminos, etc. (N. del T.) <<

[7] Kasha: papilla de cereales u hortalizas. (N. del T.) <<

[8] Joyas, en francés. (N. del T.) <<

[9] Abrigos de piel. (N. del T.) <<

[10] Coche o trineo tirado por tres caballos. (N. del T.) <<

[11]Octava clase en la escala jerárquica civil rusa. (N. del T.) <<

[12] Sopa de remolacha, col y otras verduras. (N. del T.) <<

[13] Carruaje abierto con asientos laterales. (N. del T.) <<

[14] Leche fermentada de yegua. (N. del T.) <<

[15] Carne o pescado con chukrut. (N. del T.) <<

[16] Un típico saludo ruso que se usa después de una larga separación. Corresponde al «¡Cuánto tiempo!» en español. (N. del T.) <<

[17] Perteneciente a la secta religiosa de los «viejos creyentes». (N. del T.)

<<

[18] Se trata de una antigua costumbre rusa. (N. del T.) <<

[19] A casa (en alemán). (N. del T.) <<

[20] Colosal escándalo (en alemán). (N. del T.) <<

[21] Botas de fieltro. (N. del T.) <<

[22] Una deciatina: 1,092 hectáreas. (N. del T.) <<

[23] En el acto II de Hamlet, el príncipe, asombrado por las lágrimas del comediante exclama: «¿Y qué es Hécuba para él, o él para Hécuba que así tenga que llorar sus infortunios?». (N. del T.) <<

[24] Chumakos: campesinos que transportaban sal y pescado desde las regiones del Don y de Crimea. (N. del T.) <<

[25] Según una antigua costumbre aldeana, en la Navidad, los muchachos que cantaban villancicos portaban, de casa en casa, una gran estrella. (N. del T.) <<

[26] Se trata de doce composiciones hechas con diversos fragmentos extraídos de los cuatro Evangelios. (N. del T.) <<

[27] Abrigo largo y ajustado. (N. del T.) <<

[28] Buriatos: uno de los pueblos mongólicos de Siberia. (N. del T.) <<

[29] Fundador de la nación rusa, príncipe de origen escandinavo. (N. del T.)

<<

[30] Criado de Chichicov en Almas muertas de Gogol. (N. del T.) <<


FIN

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