© Libro N° 14844. Aurora’s End. Kaufman, Amie & Kristoff, Jay. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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AURORA’S
END
Amie
Kaufman & Jay Kristoff
Aurora’s End
Amie Kaufman & Jay Kristoff
A tu escuadrón favorito se le ha agotado el tiempo.
¿Qué ocurre cuando le pides a un puñado de perdedores, casos disciplinarios e inadaptados que salven la galaxia de un mal antiguo? Pues que dicho mal antiguo gana, por supuesto. Un momento… No tan rápido.
Mientras se desataba una guerra intergaláctica y una antigua superarma amenazaba con destruir la Tierra, los miembros del Escuadrón 312 estaban trabajando juntos (es decir, entrando en pánico). Como es natural, todo salió terriblemente mal. Pero resulta que no todos los finales son finales, y el grupo dispone de una última oportunidad para reescribir el suyo. O tal vez de dos. Es complicado.
Zila, Fin y Scarlett (¡y Magallanes!)… ¿podrán hacer amigos, hacer enemigos y hacer historia? Claro, no hay problema. Pero ¿qué hay de salvar la galaxia? Para eso sí que hará falta un auténtico milagro.
Y en cuanto a Tyler, Kal y Auri… ¿serán capaces de aliarse con dos de los villanos más odiados de toda la Vía Láctea? Eh… De acuerdo, eso también es posible.
Amie Kaufman & Jay Kristoff
Aurora’s End
Ciclo Aurora - 03
ePub r1.0
Titivillus 17.08.2025
Título original: Aurora’s End
Amie Kaufman & Jay Kristoff, 2021
Traducción: Tatiana Marco Marín
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para los miembros de nuestros escuadrones, sin los que estaríamos perdidos: Amanda, Brendan y, ahora, Pip.
COSAS QUE DEBERÍAIS SABER
►SERIE: CICLO AURORA
▼ELENCO
Aurora Jie-Lin O’Malley: La chica a destiempo. Hace siglos, su nave colonial, la Hadfield, se dirigía a Octavia III. Ahora sabemos que fue una suerte que no llegara allí porque a los colonos que sí lo hicieron les pasaron cosas muy malas y muy… botánicas. Por desgracia, eso incluye a su padre. Hablaremos más de él en un momento.
Tras unir fuerzas con el escuadrón 312 de la Legión Aurora, Auri empezó a tener sueños proféticos, a exhibir poderes telequinéticos y, en general, a transformarse en una pequeña superheroína. Descubrió que sus poderes habían sido un don de los eshvaren, una raza misteriosa que venció al Ra’haam hace eones. Conscientes de que su antiguo enemigo tan solo estaba dormido, los eshvaren dejaron atrás un Arma y una forma de que el Disparador de dicha Arma pudiera someterse a un entrenamiento para utilizarla.
Dentro del Eco, un lugar psíquico de entrenamiento, Auri dominó sus poderes y también practicó otras cosas con su novio, Kal. Cuando volvió a emerger, lista para destruir al Ra’haam, descubrió que otra persona había robado el Arma.
También entrenado como Disparador, el señor de la guerra syldrathi conocido como el Mataestrellas había usado el Arma para destruir el sol de su propio planeta y estaba amenazando a la Tierra con ella. Ah, y se supo que era el padre de Kal. Esa conversación no acabó bien.
¿Dónde fue vista por última vez?: A bordo del Arma, que es una nave de cristal, enfrentándose al Mataestrellas por el control de su poder destructor de planetas, que hace que te hagas pis encima.
Tyler Jones: El líder convertido en fugitivo. Cuando Tyler se unió a la Legión Aurora, nunca imaginó que su escuadrón estaría repleto de lo peor de lo peor de la academia. Por otro lado, tampoco imaginó que acabaría huyendo de la mitad de la galaxia, robando bancos, saqueando ruinas de naves y, mucho menos, uniendo fuerzas con una de las guerreras syldrathi más odiosas que haya conocido jamás. ¿He mencionado que se trata de Saedii, la hermana de Kal? Vaya, ese chico tenía muchos secretos guardados.
Como iba diciendo, Tyler utilizó sus grandes dotes como estratega y sus hoyuelos incomparables para dirigir la huida de su escuadrón desde Octavia hasta Ciudad Esmeralda, donde robaron un buen puñado de créditos, una caja de regalos misteriosos que habían depositado para ellos mucho antes de que comenzaran todas estas correrías y las llaves de una nave nueva muy muy elegante.
En medio del robo de la caja negra de la Hadfield, todo el grupo fue tomado prisionero por la ya mencionada guerrera syldrathi, Saedii. Después de una pelea con una drakkan, Ty acabó cautivo de la Agencia Global de Inteligencia (también conocida como AGI) junto con su nueva enemiga syldrathi.
Descubrió muchas cosas, incluyendo qué aspecto tiene Saedii en ropa interior y que, a diferencia de lo que pensaban, él y Scarlett no son humanos, sino que su madre era una syldrathi miembro del Concilio de Caminantes.
¿Dónde fue visto por última vez?: Huyendo junto con su nueva amienemiga, Saedii.
Kaliis Idraban Gilwraeth: El guerrero incomprendido. De la cima que fue encontrar una nueva familia en el escuadrón 312 y el amor en el arma psíquica llamada Aurora al pozo profundo de su desenmascaramiento como el hijo del Mataestrellas y su expulsión del escuadrón, Kal ha tenido una temporada movidita últimamente.
Desterrado por omitir el insignificante detalle de que era el hijo de su archienemigo, regresó al seno de su familia. Sin embargo… ¡Giro argumental! Se mantuvo leal a Aurora y luchó a su lado cuando ella llegó para enfrentarse a su padre.
¿Dónde fue visto por última vez?: Sufriendo un ataque psíquico a bordo del Arma eshvaren.
Scarlett Jones: La más fabulosa, la instaladora de mi programa de personalidad, la luz de mi vida. También sabe dónde está mi botón de apagado.
La frase «si se aplicara» ha aparecido en los informes de evaluación de Scarlett más veces que en los de cualquier cadete de la historia de la academia, pero su insólita empatía (no tan insólita si sabes que su madre era una caminante syldrathi, cosa que ella no sabe) y su absoluta lealtad a su hermano mellizo, Tyler, hicieron que atravesara la galaxia junto con el escuadrón 312 sin romperse una sola uña.
Mientras estaban a la fuga, el escuadrón descubrió en el Depósito del Dominio una serie de regalos que habían sido depositados para ellos muchos años antes de que se unieran siquiera a la Legión Aurora. Scar consiguió el mejor de todos: un medallón engastado con unos cuantos diamantes que, como todo el mundo sabe, son los mejores amigos de una chica.
Después de que la AGI hiciera prisionero a Tyler, Scarlett y los demás siguieron adelante para ayudar a Aurora a arrebatarle el Arma al Mataestrellas, a salvar la Tierra y a continuar con el trabajo de matar al Ra’haam antes de que se despierte y devore la galaxia. Casi nada.
¿Dónde fue vista por última vez?: A punto de enrollarse (¡¡¡!!!) con Finian (¡¡¡!!!), intento frustrado cuando él se dio cuenta de que los diamantes de su medallón no eran diamantes, sino cristal eshvaren (¡¡¡!!!). ¡Ah, sí! Después, todo explotó.
Finian de Karran de Seel: Empiezas a tenerle cariño de verdad cuando lo conoces. Es el genio betraskano residente en cuestiones de mecánica, y ha demostrado su lealtad al escuadrón 312 una y otra vez.
Puede que haya suavizado su duro exterior, pero tendrás que pasar por encima de su cadáver para arrebatarle su actitud de listillo. Algo que, tal vez, todavía puedas hacer, dado que, al final del volumen anterior, lo último que vieron Scarlett, Zila y él fue un destello de luz cegadora en medio de una enorme batalla espacial para defender a la Tierra de un Mataestrellas muy gruñón.
¿Dónde fue visto por última vez?: Interrumpiendo su propio sueño de toda la vida de besar (¡¡¡!!!) a Scarlett Jones (¡¡¡!!!) al darse cuenta de lo del medallón. De verdad, este chico necesita dejar de ponerse obstáculos a sí mismo.
Zila Madran: La de los pendientes. Y la del cerebro del tamaño de un planeta.
Aunque el escuadrón de Zila pensó durante bastante tiempo que era una auténtica sociópata (y, en defensa de sus compañeros, hay que decir que sí mostró un gusto poco sano por la posición de aturdir de su disruptora), hemos descubierto que, de niña, vio cómo asesinaban a sus padres mientras intentaban protegerla y que, desde entonces, ha estado sola en la galaxia.
Tras sacar adelante varias hazañas de chica malota, como rescatar al escuadrón 312 de su encarcelamiento en la nave de Saedii, ha pasado de la teoría a la práctica y, sin prisa pero sin pausa, el hielo parece estar derritiéndose.
¿Dónde fue visto por última vez?: Estallando hasta convertirse en moléculas durante la batalla para salvar la Tierra junto a Scarlett y Finian.
Catherine Brannock: La camarada caída. Mejor amiga de Tyler y Scarlett, así como la piloto del escuadrón 312, Cat «Cero» Brannock era una as sin igual.
Mientras el escuadrón huía de Octavia, fue consumida por el Ra’haam, pero esa no fue la última vez que la vimos. Ahora forma parte del Ra’haam, que ha estado utilizando sus conocimientos para perseguir a Aurora, Tyler y al resto del escuadrón. Tampoco le importa usar su rostro familiar. Cuando Tyler fue tomado prisionero, lo interrogó como parte de la AGI.
¿Dónde fue vista por última vez?: Lanzando un puñado de misiles en dirección al preciado rostro de Tyler.
Caersan, arconte de los Inquebrantables: Todas las familias tienen uno, y él es el de la de Kal. En este caso, viene muy bien conocer las políticas syldrathi.
Los syldrathi se dividen en concilios, ¿verdad? Los guerreros son los encargados de luchar (por si el nombre no era una pista…) y cuando los syldrathi firmaron un acuerdo de paz con los terranos y los betraskanos, los guerreros… bueno, hubieran preferido seguir luchando.
Una parte de ellos se denominaron «los Inquebrantables» y comenzaron una guerra civil syldrathi. Su líder es Caersan, arconte de los Inquebrantables, también conocido como el Mataestrellas. Se ganó ese nombre al robar el Arma eshvaren que Auri estaba aprendiendo a utilizar y hacer estallar el sol de su propio planeta en una épica y poderosa jugada que convenció al resto de la galaxia de que se mantuviera fuera de su camino mientras luchaba contra su propio pueblo.
Su hijo, Kal, no quería saber nada de él y se alejó para unirse a la Legión Aurora de incógnito. Ya hemos visto lo bien que le salió ese plan.
Su hija, Saedii, se mantuvo fiel, y cuando ella y Tyler acabaron prisioneros de la AGI, Caersan dejó bastante claro que estaba dispuesto a hacer estallar la Tierra para recuperarla.
¿Dónde fue visto por última vez?: En un pulso psíquico con Auri por el control de esa Arma.
Saedii Gilwraeth: La hermana aterradora. Mientras que Kal abandonó a su padre a muy tierna edad junto con su madre, su hermana escogió quedarse con él. Ahora lo sirve como una de sus templarias y es la comandante de una nave enorme y aterradora que es una parte fundamental de la flota del Mataestrellas.
Es hermosa, mortífera, y en torno al cuello lleva un collar adornado con los pulgares de antiguos pretendientes, así que es mejor que te lo pienses dos veces antes de coquetear con ella.
Después de que un par de Inquebrantables oyera el nombre de Kal durante una pelea en la Sempiterna, rastreó al escuadrón desde Ciudad Esmeralda hasta las ruinas de la Hadfield, donde los hizo prisioneros. Luego de eso, ocurrió todo el asunto de la pelea con el drakkan, y ella y Tyler acabaron siendo prisioneros de la Agencia Global de Inteligencia. La AGI, corrupta por el Ra’haam, estaba intentando provocar un incidente interplanetario para apartar la atención de sus planetas de crianza, que están madurando rápidamente. En realidad, es todo muy complicado.
A regañadientes, admitió que Tyler resultó ser de cierta utilidad durante su huida.
¿Dónde fue vista por última vez?: Escapando junto con Tyler Jones.
Los eshvaren: Los alienígenas misteriosos. Hace eones, los eshvaren se enfrentaron al Ra’haam para evitar que devorara toda la vida de la galaxia, y ganaron.
Bueno, casi.
En realidad, el Ra’haam se vio obligado a esconderse y tuvo que esperar aproximadamente unos tropecientos años para recuperar su fuerza.
Conscientes de que no seguirían existiendo para cuando comenzara la segunda ronda, los eshvaren sembraron la galaxia con cientos de especies. Todas ellas son bípedas, a base de carbono y capaces de comunicarse las unas con las otras, lo cual, en el pasado, se consideraba un hecho inexplicable que dio pie a la fundación de la Fe Unida. Sin duda, a continuación los estudiosos centrarán su mente en la cuestión de quién creó a los hacedores.
Conocidos por sus preciosos artefactos de cristal, su relación flexible con el tiempo y lo misteriosos que resultan en general, los eshvaren crearon el Eco, donde Aurora pasó de ser una viajera en el tiempo estresada a una guerrera mental con un único propósito. Los eshvaren le dijeron que solo podría convocar el poder que necesitaba si se libraba de todo aquello que la ataba a su antigua vida. Sin embargo, al final, ella se dio cuenta de que esas ataduras eran lo que la empujaba a luchar.
¿Dónde fueron vistos por última vez?: Estando extintos desde hace eones.
El Ra’haam: El enemigo implacable y con una sola mente. El Ra’haam lleva intentando hacerse con el control de la
Vía Láctea desde tiempos inmemoriales. Tras su última gran derrota a manos de los eshvaren, se retiró a veintidós planetas de crianza desconocidos, donde sus últimas semillas podrían crecer poco a poco y recuperar la salud bajo la superficie. Nadie había contado con que esos molestos terranos colonizarían el planeta Octavia, lo que despertó al Ra’haam de su sueño antes de tiempo. La criatura se apoderó de los cuerpos de los colonos, incluido el padre de Aurora, y los utilizó para infiltrarse en la sociedad terrana.
Varios siglos después de que fueran infectados originalmente, los colonos de Octavia alcanzaron el poder y ahora controlan la Agencia Global de Inteligencia, el equipo superterrorífico de operaciones especiales y seguridad planetaria de Terra. Su líder es Princeps que, a nivel mental, no es más que otra parte del Ra’haam, pero que, a nivel corporal, es el padre de Aurora.
Estos agentes individuales no son capaces de generar las esporas necesarias para infectar a otros y tan solo se encargan de evitar que haya más interferencias con los planetas de crianza en los que el Ra’haam casi ha terminado de crecer y recuperar toda su fuerza.
Con el tiempo, esos planetas están destinados a florecer y brotar, enviando sus esporas a través del Pliegue hacia todos los planetas habitados de la galaxia, donde infectarán toda vida inteligente para que forme parte de la gran inteligencia unida que es el Ra’haam.
Mientras perseguía a Aurora y al resto del escuadrón 312 para mantener a salvo su secreto hasta que los otros veintiún planetas de crianza estuvieran listos para florecer y brotar, el Ra’haam tomó prisioneros a Tyler y Saedii. Esto dio pie a un conflicto interplanetario que hizo que el Mataestrellas amenazara con hacer añicos la Tierra a menos que la AGI le devolviera a su hija de inmediato.
¿Dónde fue visto por última vez?: Persiguiendo a Tyler y Saedii mientras escapaban. Aunque, en realidad, está por todas partes.
Magallanes: Ay, ¡hola! Ese soy yo. No voy a mentir, no estoy pasando por mi mejor momento. Cuando Aurora tocó una sonda eshvaren mientras me llevaba en el bolsillo, acabé en Rotolandia, así que he tenido que ir preguntando por ahí para recopilar para vosotros parte de esta información. Ahora mismo, estoy… eh… en una granja en medio del campo donde hay mucho espacio para que pueda correr en libertad. ¿Regresaré antes del final de la historia para salvarles el pellejo? Parece algo propio de mí…
Por ahora, abrochaos los cinturones, amigos míos, porque volvemos a la carga.
Érase una vez un puñado de adolescentes alocados que se negaba a escuchar a su ultrainteligente amigo unilente…
Pocas veces me sorprendo. De normal, en cualquier situación, calculo las probabilidades de cada uno de los resultados posibles, asegurándome de que estoy preparada para cualquier eventualidad. Aun así, me sorprende extremadamente descubrir que sigo
viva.
Me paso seis segundos estupefacta, con la boca abierta y pestañeando con lentitud. Después de eso, me llevo dos dedos al cuello y compruebo mi pulso, que está un poco acelerado pero, sin duda, presente. Eso sugiere que no estoy experimentando una versión inesperada del más allá.
Interesante.
Cuando echo un vistazo a través de los visores del puente de mando, no encuentro nada: ni estrellas, ni naves; tan solo oscuridad. De forma instintiva, compruebo los sensores que están fallando, tanto de largo como de corto alcance. Es extraño, pero no veo ninguna señal de la enorme batalla que se estaba librando a nuestro alrededor apenas unos instantes atrás, justo antes de que el Arma de los eshvaren estallara, un incidente que no tenía otro resultado posible que nuestra absoluta incineración.
Por imposible que pueda parecer, toda la armada syldrathi, junto con las flotas de terranos y betraskanos y la propia Arma han… desaparecido.
¿Interesante? No, inquietante.
Dejo que mi entrenamiento se haga cargo de la situación y le ordeno al viejo sistema de navegación de nuestra nave syldrathi que catalogue todas
las estrellas visibles, los umbrales del Pliegue y cualquier otro punto de interés o fenómeno y que, después, nos informe de nuestra posición actual.
Un momento. Nuestra.
Enciendo el sistema de comunicación.
—Finian, Scarlett, ¿seguís…?
—¿Respirando? —responde la voz de Finian, un poco agitada.
—Eso parece.
Me inunda una oleada de alivio y no intento evitarla. No es eficiente enfrentarse a semejantes emociones; es mejor dejar que pasen de forma natural.
—Estoy muy confundido ahora mismo —continúa el betraskano.
—¿No habíamos… explotado hace un momento? —pregunta Scarlett.
—Déjame que lo compruebe —replica él.
Escucho un gritito. Un suspiro suave. Pasa un buen rato y casi estoy tentada de hacer una pregunta cuando Finian vuelve a hablar.
—Sí —informa al fin—, definitivamente, seguimos vivos.
—Estoy investigando —les indico. El equipo de navegación emite un pitido suave—. Por favor, aguantad un momento.
Cuando consulto los sistemas de guía de la nave, siento cómo se me frunce el ceño. No solo no hay indicios de la batalla que debería habernos matado, tampoco hay ni rastro de los cuerpos celestes del sistema solar terrano. Ni Neptuno, ni Urano, ni Júpiter.
De hecho, no detecto ningún rasgo estelar, ni cerca ni lejos. No hay sistemas. No hay estrellas. Nos hemos… movido. Y no tengo ni idea de adonde.
Interesante e inquietante.
En el monitor estropeado de los sensores aparece un nuevo icono que indica que tenemos algo detrás de nosotros. Nuestros motores siguen apagados, inutilizados durante la batalla entre flotas, así que enciendo los sensores traseros y observo la vasta extensión de espacio que tenemos a popa.
Es… Lo que quiero decir… Yo… Eh… Ya basta, legionaria.
Respiro hondo y enderezo la columna vertebral.
No entiendo lo que estoy viendo. Tal como haría cualquier científico, empiezo a catalogar lo que puedo observar.
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Las lecturas de los sensores de la nave señalan unas fluctuaciones colosales en los espectros gravitacionales y electromagnéticos, explosiones de partículas cuánticas y reverberaciones a través del subespacio. Sin embargo, si pongo en marcha las cámaras de popa, apenas puedo ver alguna de esas disrupciones en el espectro visual.
De hecho, al principio asumo erróneamente que nuestro equipo visual está dañado. Todo está oscuro. Entonces, una luz pálida, un pequeño pulso de fotones desintegrándose, resplandece en la distancia y, gracias a su leve resplandor malva, vislumbro lo que solo puedo describir como…
Una tormenta. Una tormenta oscura.
Es enorme. Billones y billones de kilómetros de ancho. Pero, a excepción de los breves destellos de fotones que se producen, es negra del todo, un vacío aceitoso y agitado tan absoluto que la luz, sencillamente, muere en su interior.
Sé lo que es.
—Una tempestad —susurro—. Una tempestad de materia oscura. Teniendo en cuenta que apenas unos momentos atrás estábamos en el
mismo límite del espacio terrano, donde no existen anomalías espaciales semejantes, su presencia ya sería bastante extraña, pero lo que es todavía más extraño es que veo algo más. Haciendo uso de los ajustes de amplificación, confirmo mis sospechas. A estribor, perfilada en plata contra la negrura de la tormenta, hay una… estación espacial.
Es una cosa fea y de gran volumen que, como es evidente, fue construida para ser funcional, sin tener en cuenta el aspecto estético. Parece haber sufrido daños, pues hay grandes rayos de corriente crepitante, blancos y cegadores, recorriendo su superficie. Por el lado más cercano a nosotros sale vapor (combustible o, si la tripulación no tiene esa suerte, oxígeno y atmósfera) que emana como si fuese aliento cálido en un día frío y se ve arrastrado hacia la oscuridad agitada e infinita.
Si es terrana, las especificaciones de diseño son sumamente arcaicas. Sin embargo, eso no explica qué hace ahí o cómo hemos llegado nosotros hasta aquí.
Nada de todo esto tiene sentido.
—¿Zila? —Se trata de Scarlett—. ¿Qué está ocurriendo ahí fuera?
¿Ves al Arma de los eshvaren? ¿Cuál es la situación de la flota enemiga?
¿Estamos en peligro?
—Estamos… —No estoy muy segura de cómo responder a esa pregunta.
—¿Zila?
Desde la estación se extiende un cable grueso de metal reluciente. Tiene cientos de miles de kilómetros de largo y, aunque se retuerce y se ondula, se mantiene unido con firmeza a la maltrecha estructura que hay en un extremo. En el otro, justo en el borde de esa tempestad hirviente de materia oscura, una vela de mercurio enorme se extiende en un marco rectangular. Su superficie se arremolina como una mancha de aceite. En mis visores parece diminuta, pero el hecho de que pueda verla desde aquí significa que debe de ser inmensa.
Si no fuese una tontería, pensaría que se trata de…
—Nave desconocida, han entrado en espacio terrano restringido. Identifíquense y proporcionen sus códigos de autorización o se abrirá fuego. Tienen treinta segundos para obedecer.
La voz crepita por el puente de mando, dura y discordante. El pulso se me acelera un poco, lo cual no sirve para nada. No veo otra nave. ¿De dónde viene la voz?
Dejando a un lado el hecho de que no tengo códigos de autorización, no sé si la comunicación procede de un amigo o un enemigo. Aunque tampoco es que mi escuadrón tenga una larga lista de amigos ahora mismo.
Presiono el interruptor para las comunicaciones entre miembros del escuadrón y hablo con urgencia.
—Scarlett, por favor, ven al puente de inmediato. Necesitamos hacer uso de la diplomacia.
—Nave desconocida, identifíquense y proporcionen los códigos de autorización. La falta de cumplimiento se interpretará como que tienen intenciones hostiles. Quedan veinte segundos.
Escudriño los controles de la lanzadera y tengo que estirarme (cualquier syldrathi de más de doce años es más alto que yo) para presionar el botón que cambiará el canal de audio a vídeo. Tengo que descubrir quién se está dirigiendo a mí.
El rostro que aparece en la pantalla de comunicación está cubierto por un aparato para respirar negro del que surge un tubo grueso que serpentea hasta perderse de vista. La máscara oculta todo lo que hay por debajo de los ojos del piloto y el casco cubre todo lo que hay por encima. Sin
embargo, estoy mirando a un terrano. Es probable que tenga ascendencia del este asiático, aunque su edad y su género no están claros. Por muy extraña que sea nuestra situación, tal vez pueda razonar con un terrano; después de todo, somos de la misma especie.
—Por favor, espere un momento —digo—. He pedido la presencia de la rostro de mi equipo.
—¡Código de identificación! —exige el piloto mientras entrecierra los ojos—. ¡Ahora mismo!
—Entendido —respondo—. No puedo proporcionar códigos, pero… —¡Están violando espacio terrano restringido! Tienen diez segundos
para proporcionar las autorizaciones necesarias o abriré fuego.
A mi alrededor, todas las alarmas se encienden. Las luces parpadean y se iluminan diferentes símbolos syldrathi mientras una voz empieza a exclamar algo a través de un altavoz. No entiendo las palabras, pero sé lo que está diciendo.
—ALERTA. ALERTA: SE HA DETECTADO MISIL FIJADO.
—¡Cinco segundos!
—Por favor —digo—, por favor, espere.
—¡Disparando!
Veo cómo en nuestros escáneres aparece una línea de luz diminuta.
No tenemos motores, ni sistema de navegación, ni defensas.
Ya deberíamos estar muertos, incinerados junto con Aurora y el Arma, así que, en cierto sentido, parece un poco injusto tener que morir otra vez.
La luz se aproxima.
—Por favor…
El misil nos alcanza. El fuego atraviesa el puente de mando. ¡Bum!
Una luz oscura arde blanca sobre mi piel. Puedo notar el sabor del sonido que me rodea, metálico en el fondo de la lengua, oír el tacto y sentir el aroma mientras todo lo que soy, fui y seré se
desgarra y se junta de nuevo, una vez, y otra vez y… —¿Scar?
Abro los ojos y veo otro par frente a los míos. Grandes. Negros.
Bonitos.
Finian.
—¿Has…? —pregunto.
—Eso ha sido… —dice él.
—Raro —murmuramos los dos a la vez.
Miro a nuestro alrededor y una sensación espeluznante de déjà vu, como de volver a ver a un gato negro extraño, me recorre la columna vertebral.
Estamos de pie en el pasillo que hay al otro lado de la sala de máquinas, justo donde estábamos hace un minuto cuando el Arma eshvaren disparó todo un haz de maldad destructora de planetas a nuestros preciados rostros y, después, se desintegró en diminutos destellos. Pero, ¡qué alegría!, porque, de hecho, no estamos muertos. Esto es una buena noticia por varios motivos.
Por supuesto, en primer lugar, y siendo sinceros, sería una mala jugada por parte del universo desperdiciar un culazo como el mío incinerándolo
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en una explosión devastadora en las profundidades del espacio. La verdad es que solo aparece algo similar como una vez cada mil años.
En segundo lugar, significa que el chico que está frente a mí tampoco está muerto y, aunque sea extraño, eso me resulta mucho más importante de lo que habría admitido hace unas pocas horas.
Finian de Karran de Seel.
No es en absoluto mi tipo. Cerebro y nada de músculo. Es el más beligerante de toda la galaxia. Pero es valiente e inteligente. Y, estando así de cerca, no puedo evitar fijarme en su cabello blanco, en su piel suave y pálida y en esos labios que casi he besado mientras estábamos a punto de morir.
Pero solo lo he hecho por eso.
Porque de verdad estábamos a punto de morir, ¿no?
Nos miramos fijamente el uno al otro, conscientes de lo cerca que seguimos estando, pero ninguno de los dos se mueve. Me mira a los ojos y abro la boca pero, por primera vez desde que tengo memoria, no tengo ni idea de qué decir, y lo que me salva de la vergüenza de quedarme sin palabras cuando lo único que se me da bien es hablar es la voz de Zila crepitando a través del canal de comunicación.
—Finian, Scarlett, ¿seguís…?
—¿Respirando? —responde Finian con la voz un poco agitada.
—Eso parece.
Y ahí está de nuevo esa sensación inquietante de que un gato negro está caminando sobre mi tumba. La sensación de que…
—Estoy muy confundido ahora mismo —insiste Finian.
—¿No habíamos… explotado hace un momento? —pregunto.
Él me mira a los ojos de nuevo. Todavía puedo sentir entre nosotros el casi beso, y sé que a él le pasa lo mismo. Veo cómo se arma de valor y respira hondo.
—Déjame que lo compruebe —dice.
Siento un crepitar de electricidad cuando las yemas de sus dedos rozan los míos. Toma mi mano entre las suyas y me mira fijamente durante un instante más, preguntándome en silencio. Y no es mi tipo en absoluto pero, aun así, no me muevo. Se inclina más y más cerca, y aunque ya no estamos a punto de morir, me besa. Hacedor, me está besando y la sensación se extiende como una corriente a través de mis labios y en dirección a la columna. Me lanzo hacia él, devolviéndole el beso, y siento
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un cosquilleo cuando noto cómo pasa sus manos de mis caderas a ese culo que ni siquiera el universo quiere desperdiciar. Entonces, me lo aprieta de la mejor manera posible.
Bueno, bueno, Finian de Karran de Seel, benditas sean las estrellas. ¿Quién en la galaxia habría adivinado que esto se te daba tan bien?
Nuestros labios se separan y una parte de mí sufre cuando se aparta para volver a hablar por el comunicador.
—Sí —informa—, definitivamente, seguimos vivos.
—Estoy investigando —dice Zila—. Por favor, aguantad un momento.
El canal de comunicación crepita antes de apagarse y dejarnos a solas. Fin y yo seguimos apretados el uno contra el otro y, ahora, el beso pende entre nosotros. Si ninguno de los dos dice nada, sé que vamos a empezar de nuevo. Dadas las circunstancias, puede que esa no sea la mejor idea.
Bajo la vista hacia sus manos.
Sí, siguen en mi culo.
—¿Sabes? Cuando Zila ha dicho «Por favor, aguantad», no creo que se refiriera a esto, De Seel.
Él se ríe, nervioso, y me suelta.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Vuelvo a lanzarme hacia su boca. No es más que un choque breve, fuerte y tórrido. Cuando me separo, le muerdo el labio para que sepa que sigo hambrienta de él—. Pero necesitamos descubrir qué demonios acaba de pasar.
—Sí. —Respira hondo y da un paso atrás mientras se pasa los dedos acabados en puntas metálicas por la cabellera blanca—. Sí, así es.
Seguimos en el pasillo que hay al otro lado de la sala de máquinas de la lanzadera y la puerta continúa sellada. El aire huele a plastiacero quemado, cables derretidos y humo. Cuando miro a través del plexiglás, veo el daño causado por el cañón de riel cuando nos ha alcanzado y, aunque no soy una experta, estoy bastante segura de que los motores no tienen que estar esparcidos en cincuenta piezas diferentes.
—Necesitamos eso para poder seguir volando —digo. —¿Quién ha dicho que no podrías haber sido una engranaje?
—Todos los instructores que he tenido en la academia, junto con mi orientador y el jefe del Departamento de Ingeniería.
Finian sonríe de medio lado y mira a nuestro alrededor. Sus ojos negros vagan por el techo y la sala de máquinas destrozada. Entonces, su vista se posa en mi pecho. Se le desencaja un poco la mandíbula y casi puedo ver cómo se le nublan los ojos tras las lentillas.
De verdad, ¿qué les pasa a los chicos con las tetas?
—¡Oye! —digo mientras chasqueo los dedos—. Ya sé que son sensacionales, pero, en serio, céntrate en el trabajo, De Seel.
—No. —Se da un golpecito en el cuello—. Tu medallón. ¿Te acuerdas?
Me llevo una mano a la garganta, al medallón que encontramos en el Depósito del Dominio en Ciudad Esmeralda. Todos nosotros teníamos un regalo esperándonos en la bóveda acorazada, cortesía del almirante Adams y la líder de batalla de Stoy. Tyler recibió unas botas nuevas, Kal la caja para cigarrillos que le salvó la vida, Finian un bolígrafo (fue muy gracioso ver lo mucho que le molestó), Zila un par de pendientes con halcones y yo un medallón de diamantes que llevaba inscritas las palabras «Sigue el plan B». Solo que, justo antes de que hayamos estado a punto de estallar en moléculas, Fin se ha dado cuenta de que no son diamantes.
Es cristal eshvaren.
Eso es raro. Ya habíamos encontrado cristal eshvaren antes, en la sonda que condujo a Auri hasta el Eco. Sin embargo, eso no termina de explicar por qué los comandantes de la academia me regalarían un medallón de ese material.
O por qué no estamos muertos.
La adrenalina de estar a punto de morir y estar a punto de besarnos y de que, después, definitivamente no hayamos muerto, pero definitivamente sí nos hayamos besado está empezando a desaparecer. Me tiemblan las manos. Sin embargo, sigo contemplando el cuerpo de Finian mientras escudriña el pasillo de ese modo a medio camino entre la irritación y la confusión que tiene, como si el universo hubiera decidido molestarlo a él de manera específica. Con las extremidades envueltas en el revestimiento plateado de su exotraje, la piel pálida como la de un fantasma y los ojos negros como la boca del lobo entrecerrados, ladea la cabeza.
—No es que me queje —dice con cuidado—, pero estamos en una nave syldrathi sin propulsores en medio de una batalla enorme dentro del espacio terrano. Aunque hubiéramos sobrevivido al estallido del Arma… ¿no debería estar haciéndonos pedazos ahora mismo un caza terrano?
Frunzo el ceño y presiono el botón del comunicador.
—¿Zila? ¿Qué está ocurriendo ahí fuera? ¿Ves al Arma de los eshvaren? ¿Cuál es la situación de la flota enemiga? ¿Estamos en peligro?
—Estamos… —La voz le falla.
—¿Zila?
Miro a Finian y puedo sentirlo en él del mismo modo que puedo sentirlo en mi interior: ese escalofrío horrible recorriéndonos las columnas; esa sensación de…
—Scar, esta conversación me resulta… terriblemente familiar.
—Sí, sé a qué te refieres.
Sacude la cabeza mientras frunce el ceño.
—Parece una locura, pero tengo una sensación muy fuerte de… —Déjà vu.
Él pestañea.
—¿Qué demonios es «déjà vu»?
—Es una sensación que se produce cuando tienes la impresión de que ya has dicho o hecho algo antes.
—Oh, sí. —Asiente con vigor—. Sí, eso es lo que siento, desde luego, pero los betraskanos lo llamamos «tahk-she».
—Sí, lo sé, pero en Terra lo llamamos «déjà vu». Es francés.
—No tengo ni idea de francés.
—No te separes de mí —le digo, guiñándole un ojo—, te enseñaré un poco.
La voz de Zila vuelve a sonar a través del comunicador y en su tono hay urgencia.
—Scarlett, por favor, ven al puente de inmediato. Necesitamos hacer uso de la diplomacia.
Y, una vez más, me asalta la misma sensación. Siento que ya hemos dicho eso, que ya hemos hecho eso, que ya hemos vivido este momento antes. Y, además, que terminó muy muy mal. Extiendo la mano y Fin me la toma sin pensarlo. Salimos corriendo juntos por el pasillo. Mientras aceleramos, su exotraje echa humo y sisea y nuestras botas resuenan sobre el metal cuando subimos las escaleras hacia el puente de mando.
Zila está sentada en el asiento del piloto con aspecto de estar exhausta, lo que para ella casi constituye un ataque de nervios absoluto. A primera vista, todos nuestros sistemas de imagen parecen muertos, pues en todos los visores no hay nada más que oscuridad. No hay ni planetas ni estrellas, lo cual es un poco…
No, un momento. Al menos algunas de las cámaras siguen funcionando. En una de ellas veo una estación espacial pequeña y de aspecto achaparrado que arrastra un cable pesado en medio de una oscuridad que, por todo lo demás, es absoluta.
Esto no tiene sentido…
Estábamos en medio de una batalla espacial enorme al borde del espacio terrano hace unos minutos. ¿Dónde están las flotas? ¿De dónde ha salido esta estación espacial? ¿Y por qué aquí no hay ninguna estrella?
Zila me mira a los ojos cuando dirijo la vista hacia ella en busca de una explicación y sé que parece una locura, pero una parte de mí lo sabe…
—Entiendo que también estáis experimentando una sensación que sugiere que este momento se está repitiendo —dice ella.
—¡Es francés! —declara Finian.
Un pulso de luz reluce en los visores. Es leve, de un color malva oscuro, y tan solo dura unos segundos. Sin embargo, el estómago me da un vuelco horrible cuando me doy cuenta de que, ahí fuera, no solo hay oscuridad. Está ocurriendo alguna especie de tormenta; una colisión grasienta y ondulante de bucles oscuros tan grande que casi logra que me deje de funcionar el cerebro.
Fin pestañea.
—¿Es eso…?
—Una tempestad de materia oscura —murmura Zila—, sí.
Con el sabor del metal fundido en la lengua, echo un vistazo a la pantalla de comunicaciones y a las lecturas que se suceden en escritura syldrathi luminosa. Veo los rasgos de lo que, desde luego, es una persona de Terra (mujer y joven), pero la mayor parte de su rostro está oculto por un respirador de piloto y un casco. En el cuello tiene una insignia con dos diamantes, lo que indica que es una teniente, pero, desde luego, lo que lleva no es un uniforme de la Fuerza de Defensa Terrana. Mi primera impresión es que es una malota de alto nivel, pero su voz suena un poquiiiiiiiito insegura.
—Escuchen… Tienen que identificarse y proporcionar los códigos de autorización. Tienen diez segundos.
Técnicamente, el escuadrón 312 está en busca y captura por terrorismo galáctico, así que decido hacerme un poco la loca con todo ese asunto de identificarnos. Me aparto el pelo de la cara, saco de mi bolsa de trucos una actitud calmada y empiezo a ronronear en el micrófono.
—¡No sabe lo que me alegro de verla, teniente! Pensábamos que estábamos en serios apuros. Nuestra nave está dañada y los motores apagados. Necesitamos su ayuda. Cambio.
—Esta es una zona restringida —contesta la piloto, todavía un poco agitada—. ¿Cómo han llegado aquí? ¿Y qué demonios es lo que están pilotando?
—Es una historia muy larga, teniente —contesto mientras sonrío de forma cálida y amistosa—. Pero la situación de nuestro soporte vital no consiste exactamente en unicornios y arcoíris ahora mismo, así que, si pudiera ofrecemos una nave de remolque, puedo invitarle a una copa y contárselo todo.
Se produce una larga pausa en la que mantengo la mandíbula apretada. —De acuerdo —dice al fin la piloto—. Voy a lanzarles un cable de remolque y voy a traerles a bordo. Pero, si hacen cualquier movimiento raro, les envío de una patada al otro punto del sistema sin pensarlo dos
veces.
Sonrío.
—Eso son muy buenas noticias, teniente.
—¡Graaaaaacias! —Finian aparece detrás de mí y saluda con la mano
—. ¡Es usted tan sabia como bella, mi señora!
La voz de la piloto se vuelve fría como el hielo y lo poco que puedo
ver del gesto de su rostro se vuelve duro como la piedra.
—¿Llevan a bordo a un maldito betraskano?
A nuestro alrededor, las alarmas se encienden. Las luces rojas parpadean y se iluminan diferentes símbolos syldrathi mientras una voz empieza a gritar a través de un altavoz.
←ALERTA. ALERTA: SE HA DETECTADO MISIL FIJADO.
Una línea de luz diminuta aparece en nuestros escáneres. Miro a los
otros, indefensa y desolada. No tenemos motores, ni sistema de
navegación, ni defensas.
—Mierda… —digo.
—Scar… —susurra Fin.
La luz se acerca y nuestros dedos se tocan.
—No tengáis miedo —dice Zila con el ceño fruncido—. No duele demasiado.
—¿El qué? —pregunto.
El misil nos alcanza. El fuego atraviesa el puente de mando. ¡Bum!
Una luz oscura arde blanca sobre mi piel. Puedo notar el sabor del sonido que me rodea, metálico en el fondo de la lengua, oír el tacto y sentir el aroma mientras todo lo que soy, fui y seré se
desgarra y se junta de nuevo, una vez, y otra vez y… —¿Scar?
Abro los ojos y veo otro par frente a los míos. Grandes. Negros.
Bonitos.
Finian.
—¿Has…? —pregunto.
—Eso ha sido… —dice él.
—Raro —murmuramos los dos a la vez.
Miro a nuestro alrededor y una sensación espeluznante de déjà vu, como de volver a ver a un gato negro extraño, me recorre la columna vertebral.
Estamos de pie en el pasillo que hay al otro lado de la sala de máquinas, justo donde estábamos hace un minuto cuando el Arma eshvaren disparó todo un haz de maldad destructora de planetas a nuestros preciados rostros y, después, se desintegró en diminutos destellos. Pero, ¡qué alegría!, porque, de hecho, no estamos muertos.
Pero… Espera… ¿No acabamos de…?
Miro a Finian, consciente de lo cerca que estamos. Me mira a los ojos pero no tengo ni idea de qué decir y Zila me salva de la vergüenza de haberme quedado sin palabras.
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—Finian, Scarlett, ¿seguís…?
—¿Respirando? —responde Finian con la voz un poco agitada.
—Eso parece.
Y ahí está de nuevo esa sensación inquietante de que un gato negro está caminando sobre mi tumba. La sensación de que…
—Estoy muy confundido ahora mismo —insiste Finian.
—¿No habíamos… explotado hace un momento? —pregunto.
Él me mira a los ojos de nuevo. Todavía puedo sentir entre nosotros el casi beso, y sé que a él le pasa lo mismo. Veo cómo se arma de valor y respira hondo.
—Déjame que lo compruebe —dice.
Siento un crepitar de electricidad cuando las yemas de sus dedos rozan los míos y, entonces, Hacedor, me está besando y la sensación se extiende como una corriente a través de mis labios…
—Para —digo mientras me aparto—. No, Fin, para… Espera un momento…
Lo miro y él me devuelve la mirada con el mismo gesto de confusión que es probable que esté mostrando yo misma y, de algún modo, no sé cómo, sé exactamente lo que va a decir antes de que hable.
—Scar, tengo una sensación muy fuerte de… —Déjà vu.
Él parpadea una vez.
—Eso es francés…
—Tú no tienes ni idea de francés —le digo con el estómago revuelto.
Él se aparta de mí y la cubierta parece moverse bajos mis pies. Mientras mira a nuestro alrededor, siento como si tuviera un trozo de hielo donde solía tener el estómago. Seguimos en el pasillo que hay al otro lado de la sala de máquinas de la lanzadera y el aire sigue oliendo a plastiacero quemado, cables derretidos y humo. Cuando miro a través del plexiglás, sigo pudiendo ver el daño que han sufrido nuestros motores y, aunque no soy una experta, de algún modo, este lugar, esta conversación…
—¿Qué demonios, Fin…?
El betraskano tiene las cejas muy fruncidas.
—Ya hemos vivido esto antes.
—Pero eso es… imposible.
Arquea una de sus cejas pálidas y, a pesar de todo, sigue siendo capaz de dibujar una sonrisa.
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—Scar, créeme cuando te digo que me he imaginado besándote las veces suficientes como para poder darme cuenta de cuando lo he hecho dos veces en el mismo día.
Una voz resuena por el comunicador.
—¿Scarlett? ¿Finian?
—¿Zila?
—¿Estáis ambos… bien?
—No tengo ni idea. —Fin cuadra la barbilla y su voz se vuelve firme
—. Mira, puede que esto te parezca una locura pero, por casualidad, ¿aparecen ahora mismo en tus visores una estación espacial vieja y maltrecha, una tormenta de materia oscura y un caza terrano amenazando con hacernos estallar en tristes pedazos?
—Entiendo que también estáis experimentando una sensación que sugiere que este momento se está repitiendo.
Fin me mira con los labios fruncidos. —Por el aliento del Hacedor… —susurro. —Ahora mismo subimos —dice él.
La adrenalina de estar a punto de morir y estar a punto de besarnos y de que, después, definitivamente no hayamos muerto, pero definitivamente sí nos hayamos besado está empezando a desaparecer y a ser sustituida por lo imposible que me resulta todo esto. Siento las piernas como si fueran gelatina y el cerebro no deja de zumbarme dentro del cráneo, pero tomo la mano de Fin y ambos salimos corriendo por el pasillo hasta el puente de mando. Una vez más, encontramos a Zila sentada en el asiento del piloto y, una vez más, tiene aspecto de estar exhausta. Una vez más, veo en los visores esa estación espacial de aspecto achaparrado en medio de un mar de oscuridad sin estrellas y a la piloto terrana enfadada.
Una vez más. Una vez más.
Pero, en lugar de sonar un poquiiiiiiiito insegura, ahora la piloto parece desconcertada del todo.
—¿Qué demonios está pasando?
Zila está mirando a Finian mientras se muerde un tirabuzón largo y oscuro.
—¿Una distorsión temporal? —pregunta el betraskano.
—No se me ocurre ninguna otra explicación adecuada —contesta ella. —Mieeeerda —susurra él—. ¿El efecto Uróboros?
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—Tan solo es una teoría. —Nuestra cerebro sacude la cabeza mientras contempla la estación. En la tormenta oscura que hay más allá, resplandece un breve pulso de luz violeta—. Y, a pesar de las clases de la academia sobre mecánicas temporales, habría dicho que era impensable.
—Mirad —digo, lanzándoles una mirada asesina—, la única clase sobre mecánicas temporales que di jamás la pasé coqueteando con Jeremy y Jonathan McClain…
(Exnovios #35 y #36. Pro: Gemelos idénticos, así que ambos estaban igual de buenos. Contra: Gemelos idénticos, así que eran fáciles de confundir en la oscuridad. ¡Ups!).
—Y, en caso de que no os hayáis dado cuenta, hay una piloto muy enfadada…
El sistema de comunicaciones crepita y me interrumpe.
—Están en espacio terrano restringido —dice la susodicha—. ¡Tienen quince segundos para transmitir los códigos de identificación o abriré fuego!
—Parece que estamos experimentando una distorsión espacial, Scarlett —me explica Zila—. Tú, yo, Finian, la nave… Por muy excéntrico que suene, todos parecemos estar repitiendo los mismos pocos minutos una y otra vez.
—¡Diez segundos!
—Es un bucle temporal, Scar —dice Fin—. Estamos en una especie de bucle temporal.
—Que termina con nuestras muertes —asiente nuestra cerebro—. Y vuelve a empezar en el momento en el que llegamos aquí. Como Uróboros, la serpiente de las mitologías egipcia y griega que se mordía su propia cola.
Los miro con el ceño fruncido.
—Eso es imposible.
—Es muy poco probable —concuerda Zila—, pero una vez que eliminas la idea de lo imposible, sea lo que sea que quede, sin importar lo improbable que…
—¡Les he advertido! —espeta la piloto—. ¡Abro fuego!
A nuestro alrededor, las alarmas se encienden. Las luces parpadean y se iluminan diferentes símbolos syldrathi mientras una voz empieza a gritar a través de un altavoz.
—ALERTA. ALERTA: SE HA DETECTADO MISIL FIJADO.
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Una línea de luz diminuta aparece en nuestros escáneres. Miro a los otros. No tenemos motores, ni sistema de navegación, ni defensas.
—No tengáis miedo —dice Zila.
—No duele demasiado —murmura Fin.
Extiendo la mano hacia él. El miedo hace que sienta el estómago frío y duro.
—Más vale que tengáis razón —susurro.
—Bueno, en caso de que no sea así… ¿quieres que nos besemos otra vez?
¡Bum!
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U na luz oscura arde. Puedo notar el sabor del sonido que me rodea, mientras todo se desgarra y se junta de nuevo, una vez, y otra vez y…
—¿Scar?
Abro los ojos y veo otro par frente a los míos.
Finian.
—¿Qué…? —pregunto.
—¿… demonios…? —dice él.
—¿… está pasando? —murmuramos.
Miro alrededor y una sensación de déjà vu me recorre la columna vertebral otra vez. Estamos de pie en el pasillo que hay al otro lado de la sala de máquinas otra vez. Y, ¡qué alegría!, porque, de hecho, no estamos muertos.
Otra vez.
Miro a Finian y, aunque todo esto es imposible, sigo siendo consciente de lo cerca que estamos. Una parte diminuta de mí sabe que la última vez que hicimos esto, este chico pálido y hermoso me besó dentro de unos cinco segundos. Sin embargo, el resto de mí, la parte sensata, les está gritando a mis partes femeninas que cierren el pico porque ¿a quién le importa lo que ocurrió la última vez que hicimos esto, ovarios? Lo importante es que YA HEMOS HECHO ESTO.
—¿Qué demonios, Finian? —susurro. —¿Finian? —crepita una voz—. ¿Scarlett?
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Fin pulsa el comunicador y habla con rapidez.
—Estamos aquí, Zila.
—Otra vez —añado.
—Sugiero que los dos subáis aquí. Rápido.
Lo imposible que me resulta todo esto hace que sienta las piernas como si fueran gelatina y que el cerebro no deje de zumbarme dentro del cráneo cuando Fin me toma la mano y salimos corriendo por el pasillo hacia el puente de mando. Una vez más, encontramos a Zila sentada en el asiento del piloto, la oscuridad ondulante, los breves destellos de luz y la estación espacial. Todo es igual a cuando hicimos esto la última vez y… ¡Por el aliento del Hacedor! Ya hemos hecho esto antes. Ya hemos hecho esto ANTES.
Solo que, en esta ocasión…
—¿Dónde está la piloto? —pregunta Fin—. La terrana que nos hizo estallar por los aires…
—Su nave está ahí fuera —dice Zila con un gesto de la cabeza—; la veo en nuestros sensores. Pero no ha iniciado el contacto por radio.
—Un momento… —Los miro fijamente a ambos y el cerebro me funciona a tanta velocidad que la cabeza me duele—. Habéis dicho… Pensaba que habíais dicho que estábamos en un bucle temporal.
—Teniendo en cuenta la información de la que disponemos, esa es la conclusión más plausible.
—Entonces, a estas alturas, ¿no debería estar gritándonos que le demos los códigos de autorización? ¿No debería estar haciendo la misma cosa una y otra vez?
Zila se muerde la punta de un rizo mientras mira fijamente el puntito diminuto que aparece en nuestros visores. Teclea con rapidez en la consola parpadeante mientras murmura algo para sí misma.
—Interesante…
Las alarmas se encienden, las luces parpadean y se iluminan diferentes símbolos syldrathi mientras una voz empieza a gritar a través de un altavoz.
—ALERTA. ALERTA: SE HA DETECTADO MISIL FIJADO.
—Por el aliento del Hacedor, otra vez no… —mascullo.
Extiendo la mano y encuentro la de Finian. Él me mira a los ojos y me la estrecha con fuerza.
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Zila contempla el caza en nuestros sensores mientras sigue mordiéndose el mechón de pelo.
—Muy interesante.
¡Bum!
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U na luz oscura arde mientras todo se desgarra y se junta de nuevo, una vez, y otra vez y…
—¿Scar?
Finian.
Lo miro a los ojos mientras las luces se atenúan a nuestro alrededor. Las alarmas se encienden y una voz familiar empieza a gritar a través de un altavoz mientras el estómago se me cae a los pies. —ALERTA. ALERTA: SE HA DETECTADO MISIL FIJADO.
—De acuerdo —suspiro—, oficialmente, estoy harta de este día. —¿Scarlett? ¿Finian?
—Estamos aquí, Zila —le informa Fin.
—La piloto se está preparando para dispararnos de nuevo. Esta vez, incluso más rápido.
—Mirad —digo en el comunicador con un siseo, intentando no gritar hasta que la voz se me quiebre en mil pedazos junto con el resto de mi persona—, tal vez no haya estudiado física temporal, tal vez solo sea estúpida, pero si estamos atrapados en un bucle, ¿no debería estar actuando exactamente igual todo lo que nos rodea?
—Mis lecturas de la estación son congruentes —dice Zila—. Estallidos gravitatorios en la tempestad, improntas de energía, flujo cuántico… Todo en este escenario es idéntico cada una de las veces.
Siento la electricidad crepitar cuando las yemas de los dedos de Fin me rozan los míos.
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—¿Sabes? No eres estúpida —me dice—. No sé por qué hablas así de ti misma.
Miro el metal gris que nos rodea y las luces parpadeantes que se reflejan en los ojos grandes y hermosos del chico que me está sujetando la mano. Y, entonces, me doy cuenta.
Porque, sí, tal vez no sea la cerebro de este escuadrón, pero si estamos atrapados en un bucle y cada vez actuamos diferente, y esa piloto de ahí fuera, que se calienta demasiado pronto, también está actuando diferente cada vez, tan solo hay una explicación.
Elimina la idea de lo imposible. Sea lo que sea que quede, sin importar lo improbable que sea, es la verdad.
—Esa piloto está atrapada en el bucle temporal con nosotros —digo.
—No solo eres un rostro bonito —dice Fin.
—Muy gracioso.
Su sonrisa se desvanece un poco cuando bajo la vista hacia su boca, y cuando presiono mis labios sobre los suyos, mientras me devuelve el beso, me doy cuenta de que hay peores maneras de morir una y otra y otra vez.
¡Bum!
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—¡T yler!
Las paredes que me rodean son arcoíris.
Tengo sangre en la boca y sobre mi cabeza se alza una sombra tan grande, profunda y oscura que sé que se tragará toda la galaxia si se lo permito.
No puedo permitírselo.
Una chica syldrathi se arrodilla a mi lado y, tras ella, como si fuera un halo, brilla un caleidoscopio de luz. Es hermosa. Radiante. Más joven que yo pero, en cierto sentido, más mayor. Sus ojos son violetas y su cabello parece oro trenzado y sé que lo significa todo para mí sin saber muy bien por qué.
—¡Tyler!
La voz resuena desde mi pasado, pero se proyecta hacia mi futuro… Es otra chica que solía conocer pero a la que nunca conocí en realidad, que grita desde más allá de los límites del tiempo y la muerte. Sé que está intentando decirme algo importante, pero la chica syldrathi que tengo enfrente extiende hacia mí las manos cubiertas de sangre (mi sangre) y, ahora, de ese pelo dorado caen unas gotas rojas y…
—Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto, Tyler Jones… —No puedo…
—Tyler Jones.
Puede que no haya nada.
No hay nada. Eh…
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—¡Tyler Jones!
Abro los párpados y unos haces de luz brillante me atraviesan los ojos y se me clavan en el cráneo. Hago una mueca ante la silueta que se alza sobre mí.
Se trata de una chica syldrathi como la del sueño que acabo de tener: hermosa y radiante. Sin embargo, en lugar del cabello dorado como la luz de las estrellas, ahora lo tiene negro como la medianoche, del mismo color que la franja de pintura que le recorre los ojos y que el brillo de sus labios sonrientes.
—Al fin estás despierto —dice Saedii mientras arquea levemente una ceja—. Me estaba preguntando si pensabas pasarte durmiendo toda la guerra.
La cabeza me palpita, las luces son demasiado brillantes y el zumbido de unos motores poderosos retumba bajo la camilla médica en la que me encuentro. Tengo un parche dérmico en el brazo, el sabor metálico de los estimulantes en la boca y el olor del antiséptico en el aire. Respirar me duele un poco.
Me doy cuenta de que estoy a bordo de una nave. Metal negro y diseño syldrathi. Sin embargo, la luz es gris en lugar de roja, así que estamos navegando por el Pliegue…
—Por el aliento del Hacedor… —digo, tosiendo—. ¿Qué…? ¿Qué ha ocurrido?
—¿Acaso no es obvio? —Saedii se recuesta en su asiento y, tras levantar sus botas altas y negras, apoya uno de los talones afilados en el borde de la camilla que hay a mi lado—. Has estado a punto de morir, Tyler Jones.
—¿Dónde estoy?
—A bordo de mi nave: la Shika’ari. —Mira a su alrededor brevemente y se aparta una trenza larga y gruesa del hombro—. Bueno, en todo caso, es mi nave ahora.
—Lo último que recuerdo es la batalla en la Kusanagi. —Me incorporo, apoyándome en un codo. La cabeza me palpita como si fuese un tambor de guerra—. Escapamos de nuestra celda y tu gente atacó la nave.
Vuelvo a estremecerme. Tengo los recuerdos borrosos y ese sueño extraño todavía me resuena en la mente. Me siento como si me hubiera atropellado un carguero gravitatorio.
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«Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto…».
—¿Evacuamos en cápsulas de escape?
—Los cobardes terranos de la Kusanagi dispararon a tu cápsula. —La syldrathi hace una mueca de desdén y uno de sus caninos resplandece—. Pero, para entonces, yo ya estaba a bordo de la Shika’ari. Nuestra red de defensa interceptó el misil antes de que te alcanzara. Aun así, la proximidad de la explosión inutilizó tu cápsula y su soporte vital. Estabas cerca de la muerte cuando conseguimos rescatarte. —Arquea una ceja oscura y bien definida—. Pero te rescatamos.
La miro a los ojos, que lleva perfilados en negro y cuyos iris de un violeta oscuro se han vuelto grises. Su rostro, anguloso y afilado, con una simetría perfecta, es frío y arrogante.
—Me has salvado la vida.
Ella inclina la cabeza.
—Igual que tú salvaste la mía.
Entonces, siento el roce de sus pensamientos; tentativo, como si quisiera asegurarse de que todo lo que compartimos durante el tiempo que pasamos juntos en prisión en la Kusanagi fue real. La revelación de que por mis venas corre sangre syldrathi reposa en mi mente como un bloque de hielo y los pensamientos sobre la madre caminante de la que mi padre nunca me habló me dan vueltas en la cabeza como si fueran humo.
Recuerdo las demás verdades que compartimos: la verdad sobre su linaje, el nombre de su padre y la mentira que su hermano me contó. Sin embargo, antes de que pueda enfadarme demasiado ante la traición de mi amigo, pensar en Kal me lleva a Auri, después a Scarlett y…
—La Tierra… —siseo mientras me incorporo—. Los Inquebrantables están en guerra con la Tierra.
—Sí.
—¡Tenemos que detenerlos! ¡Una galaxia en guerra es justo lo que quiere el Ra’haam!
Ella se encoge de hombros con los labios fruncidos.
—Bueno, en tal caso, la fortuna nos sonríe.
—Bueno, ¿dónde demonios estamos? —Salgo de la camilla y, cuando me pongo en pie, la cabeza me da vueltas—. Tenemos que…
Saedii se levanta y es tan alta que casi está a la altura de mis ojos. Me apoya con firmeza una mano en el pecho y me sujeta para que no pierda el equilibrio. Puedo oler en su pelo el aroma del cuero, las flores de lias y
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rastros de sangre. Recuerdo sus labios en mi mejilla mientras nos despedíamos, su mirada y su mente en mi cabeza mientras la cubría para que escapara.
Tienes valor, Tyler Jones. Tu sangre es auténtica.
—Estamos emprendiendo una retirada táctica —dice ella—. La batalla contra la Kusanagi ha sido costosa. Tan solo han sobrevivido la Shika’ari y otro de nuestros cruceros, y ambas naves han sufrido daños significativos.
—Necesito hablar con mi gente, con los comandantes de Aurora — insisto—. Con el almirante Adams y la líder de batalla de Stoy. El destino de toda la galaxia…
—Deberías preocuparte por tu propio destino, terrano, no por el de la galaxia. —Sus dedos se retuercen sobre mi pecho y los presiona con un poco más de fuerza—. Después de todo, ahora eres mi cautivo y tu gente me mostró muy poca hospitalidad cuando estaba bajo su cuidado. Todo mi personal al mando opina que debería haber dejado que murieras en esa cápsula.
Mi mente regresa a los últimos momentos de cautiverio; a aquella confrontación junto a las cápsulas de escape; a aquellos ojos, que en el pasado fueron marrones y ahora son azules, clavándose en los míos; a la mente del enemigo con la voz de una amiga rogándome que me quedara.
Tyler, no te vayas…
Cat…
Te quiero, Tyler.
Saedii escudriña mis ojos. Su mano sigue apoyada en mi pecho y puedo sentir la calidez de su piel a través del uniforme terrano que robé. Se ha tomado el tiempo de volver a vestirse con los colores de los Inquebrantables (líneas negras pronunciadas y curvas más pronunciadas bajo ellas). Si lo intento, todavía puedo recordar su imagen en ropa interior en aquel armario de almacenamiento, pero estoy intentando desesperadamente no hacerlo porque, al parecer, las personas que tienen sangre de caminantes pueden escuchar los pensamientos de las otras y en lo último que debería estar pensando ahora mismo es…
—¿Qué le pasó a la Kusanagi? —le pregunto.
—Se retiró; estaba muy dañada. —Ladea la cabeza—. ¿Qué más te da? —Había terranos a bordo de esa nave —contesto—. Eran parte de mi
pueblo.
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—¿Es tu pueblo lo que te preocupa o es tu amante?
Tyler, no te vayas…
—Cat no es mi…
—Pero lo era.
Asiento mientras trago saliva.
—Pero esa ya no es Cat.
—Ajá…
Saedii se pega más a mí, moviéndose como una serpiente y observándome a través de sus largas pestañas negras. Si lo intento, puedo sentir en ella la emoción de la batalla de la que acabamos de escapar, su entusiasmo ante el olor de la sangre, el humo y el fuego. Casi parece… ebria. Y, mirad, sé que hay cosas mucho más importantes en juego ahora mismo, pero una parte de mí no puede evitar fijarse en lo guapa que está y recordarla mientras luchábamos codo con codo, ella con los ojos iluminados y yo con la sangre palpitando.
Presiona las yemas de los dedos contra mi pecho.
—Nosotros, los guerreros, tenemos un dicho, Tyler Jones: «Anai la’to.
Ale sénu».
—No hablo syldrathi. —Hago una mueca cuando sus uñas, largas y negras, se me clavan en la piel—. Y eso duele.
—«Vive esta noche; mañana, moriremos» —me traduce. Arrastra los dedos por mi pecho y las uñas se le enganchan en la tela—. Aquellos que nacimos para la guerra aprendemos a no perder el tiempo con trivialidades. Solo el Vacío sabe cuándo nos quedaremos sin tiempo.
Asiento, pensando en cualquier otra cosa que no sean las partes de su cuerpo que rozan el mío.
—Nosotros también tenemos un dicho similar. «Carpe diem».
«Aprovecha el día».
Sus labios se curvan en una sonrisa.
—El nuestro es mejor.
Me encojo de dolor cuando me clava las uñas todavía más en la piel.
—Para ya.
—Oblígame.
—No estoy bromeando —gruño mientras le aparto la mano.
Cuando mi piel roza la suya, ella se mueve y me agarra de la muñeca en un abrir y cerrar de ojos. Ahogo un grito cuando una oleada de dolor me recorre el brazo y se me olvida el palpitar de la cabeza mientras intenta
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hacerme una llave con el brazo. Me libro de ella y me aparto con las manos en alto.
—Saedii, ¿qué demonios…?
Sin embargo, antes de que termine de hablar ya se está acercando con una sonrisa convertida en un gruñido, haciendo una finta en dirección a mi rostro. Tan rápido que casi no puedo verla, me pone las manos sobre los hombros y sube la rodilla entre mis piernas.
Por suerte para mí, ya me ha hecho lo mismo varias veces. Bueno, no es que mis chicos se sintieran afortunados en esos momento, pero, ya sabéis: de todo se aprende. Mi memoria muscular entra en juego y bloqueo el golpe.
—¿Te has vuelto loca? —le pregunto.
Echa el puño hacia atrás para golpearme, pero yo cambio el peso de pierna y me aparto a un lado. Permito que la inercia de su propio cuerpo actúe en su contra, le doy un empujón por la espalda y hago que choque contra la pared. Ella se gira hacia mí, furiosa.
Me da una patada en el plexo solar, me tropiezo con la camilla y me estrello contra el suelo. Gruño cuando un gran peso se me echa encima.
Saedii se sienta a horcajadas sobre mi pecho y me inmoviliza las muñecas contra el suelo. Mientras se inclina hacia mí, con el aliento en un siseo, las trenzas le caen en torno al rostro como una cortina oscura. Veo una mancha morada sobre su piel pálida y, horrorizado, me doy cuenta de que se le ha partido el labio.
—Por el aliento del Hacedor… ¡Lo siento! Eh…
Me deja sin palabras cuando, sin previo aviso, sus labios chocan con los míos.
Unas mil ideas diferentes me inundan la cabeza a la vez. Recuerdo que esta es la misma chica que llevaba en torno al cuello los pulgares cortados de sus antiguos pretendientes por diversión. Nacida guerrera, criada para derramar sangre e hija del mismísimo Mataestrellas. Me recuerdo a mí mismo que los Inquebrantables están en guerra con la Tierra y que, técnicamente, soy un prisionero: ella es mi captora, mi enemiga. Ahí fuera, se está librando una batalla por toda la galaxia y, mientras tanto, yo estoy aquí tirado con dos metros de princesa guerrera syldrathi sobre mí.
El problema es que hay dos metros de princesa guerrera syldrathi sobre mí y me está costando mucho escuchar todos esos pensamientos en igualdad de condiciones.
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El beso de Saedii es hambriento y urgente, y sus dedos me rodean la muñeca con fuerza mientras su cuerpo se aprieta contra el mío. Me descubro devolviéndole el beso; sus sentimientos, sus pensamientos y su deseo me inundan e incendian los míos propios. Sus trenzas me rozan las mejillas y restriega la cadera contra mí mientras se mete mi labio inferior en la boca y me muerde con fuerza.
—¡Au! —siseo, apartándome—. ¿Qué demonios…?
Vuelve a besarme a medio camino entre una carcajada y un gruñido. Sin embargo, ahora noto el sabor de la sangre, tanto suya como mía, y el dolor me recorre la nueva herida que tengo en el labio.
—¡Quítate de encima!
—Oblígame.
—¡Lo digo en serio!
—Yo también, Tyler Jo…
Jadea mientras me libro de ella y la aparto. Sin embargo, moviéndose como si fuera mercurio líquido, vuelve a caer sobre mí y me araña la garganta con las manos. Forcejeamos, siseando, sangrando y rodando por el suelo. Es fuerte y esbelta, y se retuerce entre mis manos como una serpiente pero, al fin, consigo agarrarle las muñecas y se las empujo contra el suelo mientras la inmovilizo con mi peso.
—Por el aliento del Hacedor, ¿puedes calmarte? —rujo.
Saedii yace debajo de mí, jadeando, con el pelo enmarañado y los ojos encendidos. Me rodea con las piernas y se incorpora para lamerme la sangre de la barbilla. Entonces, siento sus pensamientos resonando en mi mente mientras sus labios se curvan en una sonrisa oscura y juguetona.
Lo haría si de verdad quisieras que lo hiciera. —Jadeo cuando se lanza hacia mi cuello y sus dientes afilados me rasgan la piel—. Pero no quieres que lo haga, ¿verdad, Tyler Jones?
Aprieta las piernas y me atrae hacia ella con más fuerza. Y sé que esto es una locura, pero también sé que todo este tiempo ha estado dentro de mi cabeza. Puede sentir mis pensamientos en un sentido literal y… tiene razón.
Se ríe y nuestros labios vuelven a chocar. Libera sus manos de mi agarre para poder meterlas por debajo de mi camiseta y arañarme la piel con las uñas. Me besa como si estuviera muerta de hambre, y su hambre se derrama sobre mí, ahogando cualquier otro pensamiento que hubiera en el interior de mi cabeza. Nos recorremos todo el cuerpo con las manos y ella
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me arranca la camiseta. Sin embargo, ambos nos libramos de preguntarnos hasta dónde vamos a llegar en realidad gracias a una leve vibración bajo la palma de mi mano derecha.
—Eh…
Nos separamos y el corazón me martillea contra el pecho. Con los ojos fijos en los suyos, aparto las manos a regañadientes.
—Creo… Creo que eso es para ti.
Suspirando, Saedii pulsa con fuerza la placa de comunicación plateada que lleva en el pecho.
—Informa.
Bueno, esta es la cosa: antes he mentido un poco. No hablo syldrathi con tanta fluidez como Scar, pero soy lo bastante bueno como para entender lo básico de una conversación. Conteniendo el aliento y lamiéndome el labio sangrante, escucho la voz de su segundo al mando, que suena bajito y con cierta reverberación electrónica. Creo que le pide perdón por interrumpirla, pero Saedii ataja su frase.
—Erien —espeta con los ojos centelleando—, habla.
Oigo unas pocas palabras que conozco bien: «Mensaje». «Batalla».
«Terra».
Entonces, ella me mira a los ojos. El recuerdo de que nuestros pueblos están en guerra se alza entre nosotros y, poco a poco, sofoca el estado de ánimo. Aparta las largas piernas de mi cintura y me alejo de ella, sentándome de nuevo sobre el frío suelo de metal. Me paso las manos por el pelo y me doy cuenta de que me tiemblan los dedos.
Saboreo su sangre en mis labios.
Saedii pide información sobre su padre. Hay una respuesta vacilante y ella se pone en pie en un único movimiento, fluido y serpenteante. Capto las palabras «sin paciencia» y «acertijos». Una vez más, ella pregunta por el Mataestrellas.
Lo único que entiendo de la respuesta es: «Ya no está».
El corazón me da un vuelco en el pecho al oír eso. Increíble. Imposible. Saedii abre los ojos de par en par y entre nosotros crepita la idea de que, tal vez, de algún modo, en contra de todos los pronósticos, el hombre que destruyó el mundo de origen de los syldrathi esté…
—¿«Ya no está»? —sisea en syldrathi, incrédula—. ¿Ha muerto?
La contestación es una negativa. Entiendo palabras como «confusión» y «retirada», y una retahíla sobre «los terranos» y «los betraskanos» y…
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—Que el Vacío te lleve, Erien, ¡habla! —le exige ella.
El primer paladín le suplica perdón y vuelve a hablar. Y, mientras Saedii me mira a los ojos, oigo tres palabras; palabras que hacen que el corazón palpitante se me caiga a los pies; palabras que podrían deletrear el final de todo.
«Mataestrellas».
«Arma».
«Desaparecido».
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E stoy sentado en una sala de reuniones con trece guerreros Inquebrantables y lo único que tengo claro es que al menos doce de ellos quieren matarme.
Sinceramente, todavía no estoy seguro con respecto a Saedii. Cuando he insistido en que me llevara a la reunión con sus comandantes, estaba convencido de que me iba a decir que no. Después de todo, en teoría, soy un prisionero, un extraño, un enemigo. Ella me ha dicho que me quedara en la cama y descansara.
—Yo mismo soy medio syldrathi —le he recordado—. Además, yo sé más sobre el verdadero enemigo que cualquier otro de los presentes. Están jugando con los Inquebrantables, y yo sé en qué consiste el juego. La cama es en el último sitio en el que quiero estar ahora mismo.
Ella me ha contemplado, pensativa, y se ha limpiado mi sangre de los labios. El recuerdo de ese… beso, pelea o lo que quiera que hayamos compartido todavía está suspendido entre nosotros. Si lo intento, aún puedo sentir su cuerpo contra el mío. Ambos nos hemos dado cuenta de que lo que he dicho sobre la cama solo es verdad a medias.
—Esto no es una nave de placer terrana con una tripulación de cobardes y debiluchos —me ha advertido—. Esto es un crucero de guerra de los Inquebrantables. En el mejor de los casos, la tripulación te mirará con desdén y, en el peor, con hostilidad asesina.
—No sabía que te importase, templaria.
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Al oír eso, ha entornado los ojos. Saedii es tan buena estratega como yo, así que se ha dado cuenta enseguida de la trampa que le he tendido. Era imposible que admitiera que le importaba un pimiento mi bienestar, así que ha soltado un bufido de burla, se ha apartado las trenzas hacia atrás y ha salido de la habitación mientras yo la seguía, cojeando.
Tyler Jones: 1.
Saedii Gilwraeth: 0.
En la sala de reuniones, el aire se puede cortar con un cuchillo y las luces rojas están teñidas de gris por el Pliegue. En las paredes se proyectan informes holográficos de los canales de toda la galaxia; cientos de ellos, procedentes de todas las redes. El volumen está bajo para que los Inquebrantables puedan hablar sin interrupción. Están arrodillados en torno a una mesa ovalada tallada en la madera oscura del árbol de lias. Saedii está en un extremo, rodeada por su tripulación, y su segundo al mando, Erien, está frente a ella.
Me siento apoyado contra la pared mientras me chupo la marca del mordisco que llevo en el labio.
Recuerdo a Erien, el lugarteniente de Saedii, de cuando estuve prisionero en la Andarael. El primer paladín es alto y esbelto y su rostro hermoso está marcado por una cicatriz en forma de garfio debajo de un ojo. Lleva una ristra de orejas syldrathi cortadas colgando del cinturón. A su alrededor hay una mezcla de veteranos curtidos en batalla y jovenzuelos llenos de fuego y furia. Todos van muy armados y vestidos con preciosas armaduras negras decoradas con glifos syldrathi. Llevan el pelo arreglado según su rango: cuantas más trenzas llevan, más autoridad poseen. Cada frente suave está marcada con el símbolo del Concilio de Guerreros syldrathi: tres espadas entrecruzadas.
El ambiente es… extraño. Es como ver a un puñado de tigres que devoran hombres llevando a cabo una ceremonia del té. Cada palabra y cada gesto está subrayado por una hostilidad comedida. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, podría haber un derramamiento de sangre. Sin embargo, hay dos cuerdas blindadas que unen a estas personas.
La primera, por supuesto, es que todos son Inquebrantables.
Hay cierto vínculo forjado en la guerra que la gente que no ha tenido que luchar para salvar la vida nunca entenderá. Cuando confías en alguien para que te cubra las espaldas durante una batalla, cuando matas y sangras
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con esa persona, te conviertes en algo que va más allá de la familia. Y, cuando miro en torno a la habitación, eso es lo que veo: gente que comparte algo más que la sangre y cuyos vínculos han sido forjados en los fuegos de una vida dedicada a la guerra.
La segunda, por supuesto, es la propia Saedii.
Me doy cuenta de que todos los guerreros que hay en esta sala la aman, la odian, la temen y la adoran.
Incluso aunque no fuera la hija del mejor de los arcontes de los Inquebrantables, la he visto en batalla, nave a nave y mano a mano, y sé que no consiguió su puesto presidiendo esta mesa por ser la niñita de papá; lo consiguió desplazando a quienquiera que se sentara en él antes que ella.
Cuando hemos entrado juntos en la sala, doce pares de ojos se han posado sobre mí como si fuera un aperitivo, pero con una sola palabra suya todos se han puesto manos a la obra. Solo que ha resultado ser que el tema que les ocupa no es nada bueno.
Como ya he dicho, no hablo syldrathi tan bien como mi hermana, pero tengo el nivel suficiente para entender algunas palabras, y, mientras escucho al equipo de Saedii conversar y observo la miríada de noticiarios que parpadean sobre las paredes que me rodean, estoy empezando a reconstruir exactamente qué es lo que ocurrió en la batalla de Terra.
«Una enorme flota de Inquebrantables, más grande que nada de lo que se haya visto desde la caída de Syldra, se está reuniendo en el límite del espacio terrano».
«La armada terrana se prepara para responder».
«Los betraskanos intervienen para ayudar en la defensa de sus aliados terranos».
«El arconte Caersan exige el regreso de su hija».
En los últimos dos años, Terra se ha movido de puntillas en torno a los Inquebrantables. La última guerra con los syldrathi duró dos décadas y estábamos tan desesperados por evitar otra que incluso hicimos caso omiso cuando Caersan destruyó el sol de Syldra.
Sin embargo, el Gobierno terrano ni siquiera sabía que la AGI tenía a Saedii bajo custodia. Después de todo, el Ra’haam la tomó prisionera para crear problemas. Así que no es que pudieran cumplir con la exigencia del Mataestrellas de que se la entregaran. En su lugar, le pidieron con educación que despejara la puerta de su casa y le advirtieron que, de lo contrario, se comería de cara una flota entera.
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A Caersan, eso no le hizo ninguna gracia.
Ahora, estoy observando grabaciones de la batalla y el corazón me da un vuelco cada vez que la veo: una enorme lanza de cristal de los colores del arcoíris, tan grande como una ciudad entera. Mientras las flotas de los Inquebrantables, los terranos y los betraskanos se enfrentan, navega entre el derramamiento de sangre como si fuera un tiburón, palpitando energía. Las noticias la denominan «la superarma syldrathi», pero por lo que Saedii me contó a bordo de la Kusanagi, sé que no es en absoluto un artefacto de su pueblo.
La construyeron hace eones los seres que lucharon contra el Ra’haam la última vez que intentó consumir la galaxia. Los Antiguos, los eshvaren, que, de algún modo, han estado detrás de todo lo que ha ocurrido desde que saqué a Auri de aquella criocápsula hace lo que parece una vida entera.
El corazón me duele al pensar en ella. Me pregunto dónde estarán mi hermana y el resto del escuadrón 312, y rezo al Hacedor para que estén bien y no se vieran atrapados en medio de esta locura. Sin embargo, por mucho que me duela dejar todo eso de lado, lo cierto es que tenemos problemas más grandes. Porque, una y otra vez, veo en los informativos cómo se desarrolla todo: el Arma, la Neridaa, la última esperanza que los eshvaren dejaron para que la galaxia se enfrentara al Ra’haam, estalló como un nuevo sol en medio de la batalla y creó una explosión que inutilizó la mitad de las naves que la rodeaban y, después…
Desapareció como si nunca hubiera existido.
Nadie sabe qué es lo que pasó, por qué se desvaneció o adonde fue. Pero la desaparición del Mataestrellas junto con el estallido de fuerza que acompañó a la desaparición de su arma puso freno a la batalla.
Los Inquebrantables detuvieron el ataque. Las flotas diezmadas de los terranos y los betraskanos adoptaron de nuevo posiciones defensivas y tras unas pocas horas más de estar en un punto muerto tenso, los syldrathi volvieron a atravesar el umbral del Pliegue y salieron del sistema.
—Retirada —dice una mujer elegante que va ataviada con la armadura negra de los paladines.
—De’sai —gruñe otra.
Esa es la palabra syldrathi para «vergüenza». Me doy cuenta de que resuena a lo largo de toda la sala. La mitad de los reunidos murmura su asentimiento y la otra mitad parece insegura.
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Que unos guerreros como estos consideren siquiera que la retirada es una opción… Empiezo a entender lo que Caersan significa para ellos. No es solo un líder: es un padre; es el hombre que los salvó de la vergonzosa paz con Terra y de los «debiluchos» del Consejo Interno de Syldra. Para ellos, su desaparición ha sido como recibir una puñalada en el corazón.
Muestran los dientes afilados. Se dicen palabras duras. Entiendo cosas como «disturbios», «templarios» y «golpe de Estado». Uno de los paladines más jóvenes incluso da un puñetazo sobre la mesa. En el caso de los syldrathi, un estallido como ese es impensable.
Entonces, Saedii habla.
Su voz suena calmada. Dura. Fría. Oigo palabras como «honor», «venganza», «padre» y «verdad». Entiendo lo que les está diciendo. Pretende reunirse con la armada de los Inquebrantables, hacerse con el control y, después, regresar a Terra para descubrir qué le ha ocurrido al Mataestrellas.
Su voz calma los nervios crispados. La princesa Inquebrantable ocupando el trono vacío del rey. Sin embargo…
—Es un error, Saedii —digo al fin con un suspiro.
Todos los ojos se giran hacia mí. Un paladín con el pelo de un tono gris como el hierro me fulmina con la mirada mientras se lleva las manos a las hermosas espadas kaat plateadas que lleva cruzadas a la espalda. Habla terrano con fluidez, aunque con un acento syldrathi muy marcado.
—¿Te atreves a hablarle así a una templaria de los Inquebrantables, so’vaoti?
—Exacto. —Una mujer de ojos afilados me lanza una mirada asesina y, después, se gira hacia Saedii—. ¿Quién es este desecho al que hemos arrancado de las entrañas del Vacío, templaria?
Contesto antes de que Saedii pueda hablar por mí.
—Me llamo Tyler Jones y soy el hijo de Jericho Jones.
Oigo cómo mi nombre se esparce por la estancia.
Antes de que se uniera al Senado y abogara por la paz, mi padre luchó contra los syldrathi hasta llegar a un punto muerto. Les hizo sangrar de la peor manera vista en toda la guerra terrano-syldrathi.
—Y ya que estamos llevando la cuenta —continúo—, soy el que le salvó la vida a vuestra templaria cuando la Andarael fue atacada por la Kusanagi. Después, la saqué de una celda antes de que la torturaran hasta la muerte. No vi a muchos de vosotros por allí, ayudándola.
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Erien me enseña los dientes. Tiene los caninos afilados en punta.
—Tal vez debería cortarte la lengua, mocoso terrano.
—¿Podrías dejarme la mitad? —Hago un gesto en dirección a mi boca
—. A menos que también quieras arrancarme la parte syldrathi. —Entorna los ojos al oír eso y mira a Saedii, que inclina la cabeza. El descubrimiento de mi linaje syldrathi se esparce por la habitación como el humo—. Y eso, dando por hecho que puedas ponerme un dedo encima, hombretón. —Me acerco un poco más hacia él, haciendo que vuelva a mirarme a los ojos—. ¿O es que has olvidado que soy el que mató a un drakkan el solito?
De acuerdo; de normal, no soy el tipo de chico al que le gusta hacer concursos para ver quién la tiene más grande. La mayoría del tiempo prefiero que mis acciones hablen por mí. Sin embargo, sé muy bien que los Inquebrantables respetan la fuerza, la convicción y, por encima de todo, la valentía. Así que me limito a mirar fijamente a Erien mientras el aire hierve entre nosotros, hasta que un templario más joven que está a su lado le toca el brazo. El roce tan solo dura un segundo. Intercambian una mirada y entre ellos ocurre algo.
—Be’shmai —murmura el más joven—, osh. Erien parpadea y, después, Vuelve a mirar a Saedii.
—Tal vez —dice ella mientras se lame la herida que tiene en el labio— podrías aclararme la naturaleza del error que estoy cometiendo.
Le dedico una media sonrisa con hoyuelos. —Pensaba que nunca ibas a pedírmelo.
—No te lo estoy pidiendo; te lo estoy ordenando.
Me mira con el ceño fruncido y el pelo oscuro le cae en torno a las mejillas mientras agacha la barbilla. Sin embargo, por el resplandor de sus ojos y el leve destello de sus pensamientos, puedo sentir que casi está… divertida.
Me doy cuenta de que, a una templaria de los Inquebrantables, los aduladores no le sirven de nada. Es algo que les ocurre a todos los buenos líderes. A Saedii le gustan los problemas, que la presionen y le presenten retos. Además, por cómo sus ojos no dejan de desviarse hacia ellos, también le gustan mis hoyuelos.
Seamos sinceros, ¿quién puede culparla? Tyler Jones: 2
Saedii Gilwraeth: O
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Erien frunce las cejas mientras me giro hacia la miríada de transmisiones que hay en las paredes. Con los ojos entornados, busco entre ellos hasta que encuentro el que quiero y lo señalo.
—El canal GNN-7. ¿Podéis proyectarlo en grande?
Uno de los paladines mira a Saedii y ella da su consentimiento con un gesto pequeño de la mano. La imagen se vuelve más grande y domina la pared. En ella, aparece hablando un chelleriano con la piel azul teñida de gris por el Pliegue. Incluso en blanco y negro, su sonrisa es deslumbrante y su traje tiene pinta de costar lo mismo que el PIB de una luna pequeña. Bajo él, aparece el nombre «Lyrann Balkarri» y tras su figura se suceden titulares en una docena de idiomas. Las noticias son sombrías.
—Un ataque de insurgentes rigellianos a las posesiones chellerianas en el sector Colaris —dice Saedii, leyendo el titular y arqueando una ceja—. ¿Y?
—Rigel y Chelleria llevan luchando por el control de Colaris los últimos cincuenta años. El Consulado chelleriano acababa de decretar un alto al fuego tras una década de negociaciones. ¿Y de pronto Rigel empieza a atacar naves chellerianas? —Me giro hacia otra pantalla—. Esa; aumentad esa. —Señalo otra transmisión—. Esa también.
Son historias insignificantes. Si no estuvieras prestando atención, pasarían desapercibidas con facilidad entre todo el ruido y la confusión del ataque de los Inquebrantables a Terra. Sin embargo, hay decenas de ellas, y yo sí estoy prestando atención.
«Naves coloniales de Ishtarri son destruidas por un ataque gremp en el Pliegue».
«Una guerra fronteriza a tres bandos entre los no’olah, el Colectivo Antarri y Shearr, que llevaba siete años en pausa, vuelve a estallar de repente».
«Tres altos cargos del Dominio son asesinados por agentes de sus principales rivales, el Pacto de Shen».
—Distracciones —digo, mirando en torno a la sala—. Provocaciones destinadas a arrastrar a una docena de razas diferentes a una docena de conflictos diferentes. —Poso la vista sobre Saedii. Las marcas de sus mordiscos en el cuello me escuecen por el sudor—. Del mismo modo que tu secuestro arrastró a los Inquebrantables a una guerra con Terra y Trask.
—Para nosotros, la guerra con Terra nunca terminó, terrano —gruñe Erien—; tan solo estábamos ocupándonos de otras presas.
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Lo ignoro y sigo mirando a Saedii fijamente a los ojos.
—Sabes quién está detrás de todo esto.
—Ese… Ra’haam del que me hablaste.
—Corrompió a la AGI, y la AGI tiene operativos en todos los sectores de la galaxia. —Señalo las transmisiones e intento no sonar como un conspiranoico—. Podrían lograr algo así con suficiente planificación, y lleva siglos planeándolo. Quiere que la galaxia esté en guerra, ocupada y distraída para que nadie sepa cuál es la verdadera amenaza hasta que sea demasiado tarde.
Se produce un intercambio en syldrathi entre Saedii y su tripulación al mando. Preguntas. Una breve explicación de lo que son el Ra’haam, los eshvaren y el Arma. Noto el escepticismo entre ellos y veo su desdén cuando me miran. Saedii puede leerme la mente; ella sabe que estoy diciendo la verdad.
Aun así…
—Nuestra preocupación no reside en unos hierbajos que están pudriéndose en las sombras —declara—. Nuestra preocupación reside en nuestro arconte desaparecido.
—Esos problemas son uno y el mismo, Saedii.
Tamborilea con las uñas sobre la mesa con una mirada centelleante. —Supongo que tienes un plan más allá de lloriquear como un bashii
huérfano.
—Mis comandantes de la Legión Aurora —digo, haciendo caso omiso de la pulla—. Ellos saben algo. ¿Estas botas? ¿El generador de pulsos electromagnéticos que nos sacó de la celda? Llevaban diez años esperándome en el Depósito del Dominio. Los comandantes de la Legión los depositaron allí años antes de que me uniera siquiera a la academia.
—¿Estás sugiriendo que vayamos corriendo a pedir ayuda a los terranos? —dice Erien en tono burlón.
—La Legión Aurora es neutral —insisto—. No estáis en guerra con nosotros. Si pudiera hablar con Adams y De Stoy, y descubrir qué es lo que saben…
—Terra es nuestra enemiga —dice Saedii—. Trask también es nuestra enemiga.
—Toda la galaxia puede ser tu enemiga si se lo permites, Saedii. —¿Si se lo permito? —Sonríe mientras se pasa la lengua por los
dientes—. Es algo que nos encanta.
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—La espada pierde su filo cuando reposa en su vaina, mestizo —me dice uno de los veteranos—. Si tu sangre fuese pura, lo entenderías.
—Aanta da’si kai —murmura otra mientras se toca el glifo que lleva en la frente.
Nacimos para la guerra.
Suspiro y sacudo la cabeza, mirando a Saedii. Su sonrisa no hace sino ensancharse. Me doy cuenta de que esto le encanta; la excita. La discordia, la lucha. Esta gente ha sido criada para ver el conflicto como el camino hacia la perfección. Tal vez por eso me mantiene a su lado.
Veo cómo sus ojos vagan hacia las marcas de mordiscos que llevo en el cuello y siento un destello de lujuria en mi mente. Sin embargo, esto no es un juego. Estoy exhausto, temo por mi hermana y mis amigos y, además, siento como si llevara corriendo una eternidad y no me hubiera movido ni un solo centímetro.
Lo peor de todo es que sigo sintiendo ese sueño, el que ha hecho que me despertara aquí, resonando todavía en mi cabeza. La habitación empieza a darme vueltas y me llevo una mano a la frente dolorida.
Las paredes a mi alrededor del color del arcoíris.
El suelo sacudiéndose bajo mis pies.
—Tienes mal aspecto, terrano —dice Saedii.
Bajo la mano y gruño.
—Estoy bien.
Sonríe tanto que puedo ver los dientes afilados en los extremos de su boca.
—Si deseas regresar a la cama…
—Olvídate de mí —le espeto, perdiendo los nervios—. Le estás dando al Ra’haam lo que quiere. Te está utilizando, Saedii.
—No soy el peón de nadie.
—Entonces, no actúes como tal. Eres más inteligente que eso.
—Y soy más inteligente que tú. No olvides de quién eres prisionero. —Y, si no fuera por mí, ¿de quién seguirías siendo presa tú?
—Te salvaste el pellejo a ti mismo tanto como a mí. —Ladea la cabeza sin apartar los ojos de los míos—. No creas que eso te otorga ningún favor, chico.
—No te estoy pidiendo ningún favor —le suelto—. Te estoy pidiendo que no seas idiota.
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El gesto divertido de Saedii desaparece. Una alarma resuena en mi cabeza: «Falta técnica en la jugada. Se penaliza con un punto».
Tyler Jones: 2
Saedii Gilwraeth: 1
Ups, me he pasado…
La temperatura a mi alrededor desciende varios grados. El destello de la mente de Saedii en la mía desaparece de golpe, como si hubiera cerrado con un portazo una puerta de hierro entre nosotros. Mirando a su primer paladín, la templaria habla.
—Parece que nuestro invitado está agotado después de su terrible experiencia, Erien. —Se aparta una trenza del hombro—. Asegúrate de que se instale sano y salvo en los aposentos adecuados.
—Saedii…
—Vuestros deseos, mis manos, templaria.
Ella se gira hacia el resto de su tripulación y empieza a dar órdenes en syldrathi. Pero yo tengo los ojos fijos en Erien mientras se levanta y se cierne sobre mí. Su rostro hermoso muestra un gesto duro como la piedra, que se ve distorsionado por su cicatriz. Lleva el pelo plateado recogido en siete trenzas gruesas, cada una de ellas decorada con una oreja syldrathi disecada.
—Muévete —me dice.
Miro a Saedii, pero me está ignorando. Ahora, su mente está cerrada a cal y canto. No debería haber permitido que mi temperamento sacara lo peor de mí. Eso ha sido una estupidez. La he acorralado en un rincón y ella me ha devuelto el golpe.
La cabeza me palpita cuando cierro los ojos y me pongo en pie. El aire vibra con el sonido de los motores y la oleada creciente que supone la guerra galáctica. En mi mente aún resuena la voz de mis sueños.
«Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto, Tyler Jones…».
Pero no veo cómo.
Que el Hacedor me ayude, porque no veo cómo.
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L a piloto terrana nos hace estallar por los aires tres veces más antes de darse por vencida. Cada una de las veces, Scar y yo reaparecemos en el pasillo al otro lado de la sala de máquinas.
Cada una de las veces, Scarlett posa sus labios sobre los míos mientras explotamos en medio de una bola de plasma blanca y ardiente.
Tal vez sea algún tipo de justicia universal. Al fin consigo enrollarme con Scarlett Jones y la realidad estalla porque resulta demasiado improbable.
Pero después de que nuestra nueva amiga pulse el gatillo por octava vez y de que Scarlett y yo volvamos a materializarnos en la cubierta de máquinas, aguardamos lo inevitable y no ocurre nada.
Ni alarmas, ni avisos de misil, ni nada. Scar tiene la cabeza ladeada, a la espera. —No nos está matando… —murmura. —¡Es un avance!
Sonrío como un idiota y, para ser sincero, no es solo porque no hayamos estallado.
Ella intenta dibujar una sonrisa a modo de respuesta, pero me doy cuenta de lo inquieta que está con todo esto. Si soy honesto, no puedo culparla por ello. En las últimas semanas, esta chica ha perdido a su mejor amiga, a su hermano y, ahora, al parecer, toda su realidad.
Busco su mano, entrelazo mis dedos con los suyos, y se la estrecho.
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—Sé que esto es una locura —digo en voz baja—. Yo estoy tan asustado como tú, pero sea lo que sea que está ocurriendo, lo descubriremos, ¿de acuerdo?
Al oír eso, consigue esbozar una sonrisa más fuerte y, a pesar de la locura de todo lo que nos rodea, siento cómo el corazón me palpita al verlo.
Hacedor, es preciosa.
Se inclina hacia mí y me da un beso suave en los labios.
—Eres un encanto.
—No se lo digas a nadie; tengo que mantener mi reputación de listillo. —Pues vamos, listillo —dice con una sonrisa—; vamos a buscar a
nuestra cerebro.
Corremos juntos hasta el puente de mando y encontramos a Zila sentada frente a los controles. Tiene la mirada fija en las pantallas arcoíris estropeadas y los labios fruncidos.
—¿Informe de situación? —pregunta Scarlett mientras atraviesa el puente de mando, toda eficiencia y sonando por un instante como su hermano.
Nuestra cerebro no aparta la vista de los monitores.
—A nivel espacial, nuestras coordenadas son idénticas a las primeras ocho manifestaciones. Estamos a varios cientos de miles de kilómetros de la cúspide de una tempestad de materia oscura inmensa. Por los breves atisbos de estrellas de los que disponemos, el ordenador de navegación calcula que es posible que estemos en algún punto cercano a Sigma Arcanis.
—Pero estábamos en el sistema solar terrano. —Scarlett contempla la enorme franja de oscuridad perfecta y los breves destellos de luz extraña que hay en su interior. Su rostro está más pálido de lo habitual—. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
—No lo sé; pero pretendo descubrirlo. —Zila presiona el dispositivo que lleva en la muñeca—. He puesto un temporizador. Debemos recoger toda la información posible sobre estos ciclos. Ahora mismo llevamos cuatro minutos y seis segundos.
—¿Y qué hay de nuestra amiga, la del dedo en el gatillo? —pregunto.
Zila mira el monitor como si la hubiera ofendido personalmente.
—En esta ocasión, no hay contacto por radio. Pero, tal como ha supuesto Scarlett, sea cual sea la naturaleza de esta anomalía temporal, las
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acciones de la piloto indican que ella también la está experimentando.
Los tres nos sobresaltamos cuando los controles que hay frente a ella chisporrotean. Esta nave ya era una antigualla cuando los caminantes nos la dieron, y tampoco ha disfrutado demasiado de sus experiencias más recientes.
—La estación espacial, la tormenta de materia oscura que hay más allá y mis lecturas externas siguen siendo idénticas —continúa nuestra oficial científica—. Las únicas variables de esta ecuación parecen ser sus acciones y las nuestras. Por lo visto, ha decidido que incinerarnos es infructuoso, lo cual es una buena noticia. La definición de locura es repetir la misma acción y esperar resultados diferentes.
—Eso es un avance —murmura Scarlett—. Si sabe que nos está pasando algo extraño a todos, podemos intentar comunicarnos con ella.
—Debemos cambiar nuestro enfoque —declara Zila—. Finian, ¿qué opinas del entorno en el que estamos?
Reprimo la necesidad de ser frívolo porque no tenemos tiempo. Nuestra amiga Disparos McCañones podría volver a la carga en cualquier momento. Sé que es mejor que no me moleste en mirar por las ventanas, ya que una de las principales características de la materia oscura es que, en realidad, no puedes verla; tan solo puedes ver lo que les hace a las cosas que la rodean. Así que, en su lugar, echo un vistazo a los controles estropeados y observo la información que aparece en ellos.
—Bueno, la tormenta de materia oscura es enorme. Una de las más grandes que he visto jamás. Las fluctuaciones gravitatorias, electromagnéticas y cuánticas se salen de todos los parámetros, pero creo que estamos lo bastante lejos como para no sufrir ningún efecto negativo.
—¿Y la estación?
Compruebo las cámaras.
—No lo sé; nunca he visto nada parecido.
—Es terrana —murmura Zila—, como la piloto que nos ha dado el alto. Sin embargo, es un diseño arcaico y también está muy dañada. Creo que está perdiendo plasma del núcleo.
—Entonces, si es ahí donde vive la teniente, tiene problemas más grandes que nosotros.
Nuestra científica no me está mirando del todo, pues ese cerebro suyo está funcionando a toda velocidad.
—¿Qué piensas de esa vela que hay en medio de la tormenta?
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Me encojo de hombros mientras estudio el enorme cable que surge de la estación y el destello rectangular diminuto que hay al borde de la tempestad.
—Bueno, parece una vela cuántica.
—¿Una qué? —me pregunta Scarlett mientras me lanza una mirada, retándome a sugerir que se estaba haciendo las uñas durante la clase de la academia en la que se trató ese tema.
No deseo enfadarla de ninguna manera, así que respondo de forma muy diplomática.
—Es una de esas idioteces que vosotros, los niños de la Tierra, estabais probando en la época en la que los terranos y los betraskanos tuvieron el primer contacto. No os mostramos el error de vuestros métodos hasta después de que terminara la guerra, pero vuestra teoría era que se podía recolectar energía de las tormentas de materia oscura. —Scarlett pestañea, lo que sugiere que, sí, se estaba haciendo las uñas cuando trataron este asunto en Astrometría Básica. De manera muy estudiosa, eso sí—. Mira, básicamente, la materia oscura es el pegamento gravitacional que mantiene unida toda la galaxia —digo—. Y cuando varias corrientes de la misma chocan entre sí, ocurre un montón de chakk loca a nivel subatómico. ¿Esas luces que ves ahí fuera? Son pulsos cuánticos oscuros. Hay más energía en un solo estallido de la que se genera cuando una estrella explota en una supernova. Los terranos pensabais que podíais aprovecharla. —Me encojo de hombros—. En el papel suena bien, pero la realidad es que la energía que hay en un pulso cuántico oscuro es demasiado inestable y, cuando la contienes, la energía oscura empieza a hacer cosas muy peligrosas. Así que si bien lo de ahí fuera parece una vela cuántica, no puede serlo, porque ya ni siquiera los terranos son tan tontos.
Zila está observando la pantalla, pensativa, mientras se muerde un mechón de pelo. Scarlett se sienta en el asiento que hay a su lado.
—Bueno, dejando de lado semejante frikada espacial —dice, poniendo los ojos en blanco—, todavía tenemos que descubrir qué está ocurriendo, así que vamos a intentar cambiar un poco las cosas. Si esa piloto no habla con nosotros, tal vez nosotros podamos hablar con ella.
Zila le busca la frecuencia que necesita y nuestra rostro se pelea con el equipo de comunicaciones un instante. Yo me quedo mirando la enorme tormenta de oscuridad parpadeante y la estación diminuta que está suspendida cerca del borde. Estoy desconcertado.
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—Atención, nave terrana. Atención, nave terrana, ¿nos recibes?
No hay respuesta. Zila y yo nos miramos mientras Scarlett vuelve a intentarlo.
—Escucha, sabemos que parece una locura, pero supongo que, a estas alturas, esta situación te resulta terriblemente familiar y, dado que ya no nos estás disparando, es probable que estés empezando a darte cuenta de que, de algún modo, los cuatro estamos juntos en todo esto. Sea lo que sea. ¿Y si tratamos de adivinar qué está pasando?
Más silencio. Nuestra diplomática hace uso de su mejor «voz de la razón».
—Seguro que estás tan asustada como nosotros. Tan solo queremos hablar, ¿de acuerdo?
Nada todavía. Un pulso de energía oscura ilumina la tempestad de un profundo tono malva en medio de esas espirales oscuras, hirvientes y sin fin. Estoy empezando a preguntarme si, tal vez, Scarlett se ha topado con la única persona en toda la galaxia que puede resistirse a sus encantos cuando la pantalla crepita y una malota enmascarada aparece en ella, lanzándonos una mirada asesina de nivel cinco a través de los ojos entornados.
Ahora que puedo mirarla con más detenimiento, me doy cuenta de que es bastante joven, no mucho mayor que nosotros. Tampoco tiene ya el mismo aspecto de malota. De hecho, en todo caso, parece todavía más asustada que nosotros.
—Vaya, hola —dice Scarlett, obsequiando a la piloto con una de sus mejores sonrisas—. Tenemos que dejar de vernos de esta manera.
La mirada de nuestra amiga se endurece de una forma poco amistosa. —¿Qué demonios está pasando?
—Buena pregunta —contesta nuestra diplomática, todavía deshaciéndose en sonrisas, lo cual es una buena idea dado que la señorita Malota sigue teniendo todas las armas y nosotros no tenemos ninguna—. De hecho, es una pregunta excelente; una que merece la pena discutir. ¿Puedo sugerir que intentemos responderla juntos? Porque estamos muy interesados en evitar morir de nuevo.
Los segundos pasan en silencio y la chica detrás de la máscara resulta inescrutable. Pero, al final, escuchamos un ruido enorme y toda la lanzadera se sacude. Otro ruido resuena en el casco y estoy a punto de caerme, por lo que extiendo las manos para mantener el equilibrio.
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—Por el aliento del Hacedor, ¿nos está disparando de nuevo?
—No. —Zila mira los sensores y sacude la cabeza—. Ha asegurado nuestra nave con dos cables.
—Abrid la cámara de descompresión —nos ordena la piloto—. Voy a subir a bordo. Espero tener vuestras manos a la vista cuando se abran las puertas. Si no es así, ya os podéis ir despidiendo de vuestros culos. ¿Me recibís?
—Alto y claro —contesta Scarlett—. Te vemos ahora. —Nuestra rostro da la vuelta a su silla, aprieta la mandíbula, respira hondo y asiente de esa manera que vuelve a recordarme a su hermano—. Muy bien, vamos a poner la alfombra roja.
—Espera, ¿vamos a dejar que entre sin más? —pregunto mientras miro en torno a la cabina—. No quiero juzgar antes de tiempo, pero esta chica ya nos ha matado nueve veces hoy.
—Ocho veces —me corrige Zila.
—Ah, bien, entonces no pasa nada.
—Me cuesta adivinar lo que piensa con la máscara, el casco y todo eso. —Scar se encoge de hombros—. Además, si no quisiera hablar, no se molestaría en venir.
—No pretendo saber qué es lo que está pasando —dice Zila mientras se dirige hacia la puerta—, pero esa piloto forma parte de ello, así que tenemos que hablar con ella sí o sí.
Intercambio una mirada con Scarlett y seguimos a nuestra cerebro por las escaleras. Mientras nos encaminamos hacia la cubierta de atraque, me descubro intentando encontrarle el sentido a todo esto.
No soy un genio como Zila, pero tampoco soy un incompetente, y nada de todo esto me cuadra. Si bien me preocupa salvar nuestros propios pellejos, la intranquilidad por Auri me está reconcomiendo. ¿Qué demonios ha sido de ella, del Arma y de la flota syldrathi en la que nos encontrábamos? ¿Acaso sigue en curso la batalla en el borde de este sistema? ¿Es por eso que la piloto está tan nerviosa? La cosa es que vimos llegar a la flota betraskana para defender Terra contra los Inquebrantables; somos aliados desde que nuestra guerra acabó hace casi dos siglos. No hay dos planetas en toda la galaxia que estén más unidos como Terra y Trask. Entonces, ¿por qué ha entrado en pánico cuando me ha visto?
Llegamos a la cubierta. La iluminación es tenue y el olor que hay en el aire al plasteno quemado es muy fuerte. A través del plexiglás de la
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cámara de descompresión puedo ver el caza terrano colocado justo detrás de nosotros. Igual que la estación que hay ahí fuera, tiene un diseño que no he visto jamás. Pero la verdad es que tengo preocupaciones más acuciantes.
—Escuchad —digo—, la última vez que esa piloto me puso los ojos encima, nos hizo estallar en mil pedazos. Tal vez debería… No sé, quedarme un poco apartado.
—Ya sabe que estás aquí —señala Zila.
—Sabe que pasa algo —la corrijo—. No sabemos qué es lo que recuerda. Lo que quiero decir es… Tal vez seamos nosotros los que estemos causando la anomalía por haber estado expuestos a Auri, al Arma, a la explosión o algo así. Puede que ella sienta los efectos secundarios en menor medida. No lo sabemos. —Zila ladea la cabeza, indicando sin palabras lo poco probable que cree que sea lo que estoy diciendo—. ¿Qué ocurre si muero y vosotras no? —pregunto—. ¿Vuelve el bucle a reiniciarse para todos o, sencillamente, yo me quedo muerto? Hay demasiadas cosas que no sabemos sobre todo este asunto y, para ser sinceros, no quiero que me disparen en la cara, ¿de acuerdo?
—Me parece justo —concuerda Scarlett.
—Optimista —murmura Zila.
Se oye un golpe metálico en el exterior de la cámara de descompresión que indica la llegada de nuestra invitada. Me escondo tras una pila de cajas con una mano en la disruptora que me entregó la academia. Los tres permanecemos en silencio conforme se desconecta la cerradura pero, mientras observo cómo se abre la compuerta a través de una grieta en mi escondite, la tensión me corre por las venas.
Tanto Scarlett como Zila mantienen las manos a plena vista y yo intento conservar el cuerpo suelto y el agarre sobre la pistola disruptora relajado, lo cual no es fácil teniendo en cuenta que en mi cabeza se repite la misma cantinela una y otra vez, como si fuera un tambor.
¿Qué. Está. Pasando?
Con un zumbido, la puerta se abre y revela una figura pequeña, más o menos de la misma constitución y altura que Zila. Va ataviada con un traje negro de piloto, un casco y una máscara respiratoria. En una mano lleva un arma pesada.
Su saludo no es amistoso.
—¿Dónde está el betraskano?
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—Hola —dice Scarlett—. Es un placer conocerte. Me llamo Sea…
—¿Dónde está el betraskano?
Bueno, merecía la pena intentarlo.
—Estoy aquí —digo, con un suspiro.
Antes de que nadie reciba un disparo, enfundo mi arma y saco las manos por el borde de las cajas para mostrar que voy desarmado.
—Sal despacio —me ordena—. Muuuuy despacio.
Obedezco con las manos en alto.
—¿Sabes? De normal, la gente no quiere asesinarme hasta después de haberme conocido un poco mejor.
Intento sonar petulante, pero puedo oír cómo me tiembla la voz. Tal vez porque ya he muerto varias veces y, de algún modo, he regresado, pero mi cuerpo no lo entiende. Está bastante seguro de que me van a disparar más pronto que tarde y no le parece bien.
Observo la vestimenta de la teniente. No se parece a ningún uniforme que haya visto jamás a ningún miembro de la Legión Aurora, la Fuerza de Defensa Terrana o la Agencia Global de Inteligencia. Salvo por una insignia plateada, es negro casi por completo. El único color de todo el equipo es el diseño que lleva en el casco: algún tipo de pájaro grande con las alas extendidas mientras muestra las garras.
Siempre confundo los pájaros terranos. ¿Puede que sea un canario?
¿Un pelícano?
No, no es eso…
Sin embargo, me doy cuenta de que nuestra visitante lleva el nombre «Kim» en el bolsillo y la insignia de teniente en los hombros. Entonces, es la teniente Kim.
Un placer conocerte.
—Como iba diciendo —interviene Scarlett con una sonrisa—, me llamo Scarlett. Estos son mi oficial científica, Zila, y mi ingeniero, Finian. Es un pla…
—De rodillas —ordena Kim—. Manos unidas detrás de la cabeza.
Todos vosotros. Poco a poco.
A Scarlett se le da tan bien saber cuándo tiene que callarse como saber cuándo tiene que hablar y lo que tiene que decir. Se arrodilla sobre la cubierta en silencio y Zila la imita con esa expresión ligeramente distante que indica que está realizando cálculos internos a toda velocidad. Mi
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exotraje chirría y sisea mientras me agacho a su lado con una mueca ante las punzadas de dolor que siento en las rodillas.
—¿Qué llevas puesto? —me pregunta la teniente—. ¿Es equipo para el combate?
—Para combatir la gravedad —le digo—. Lo necesito para caminar. No tiene armas, si eso es lo que te preocupa. Aunque sí tiene un sacacorchos.
Zila habla como si no hubiera ya en marcha una conversación.
—Esa estación está arrastrando una vela cuántica en el borde de una tormenta de materia oscura.
—Eso es información clasificada —espeta la piloto.
Zila mueve los ojos como si pudiera ver a través del casco de la lanzadera.
—Mi colega Fin sugiere que está intentando recolectar energía oscura. —Solo que nadie sigue haciendo eso —insisto—. En ninguna parte. —«En ninguna parte» —susurra Zila de una forma que, si os soy
sincero, resulta un tanto espeluznante.
—Soy yo la que hace las malditas preguntas —ruge la teniente Kim—. ¿Quién os ha enviado? ¿Sois de operaciones especiales de los desteñidos? ¿Cómo nos habéis encontrado aquí?
Scarlett intenta suavizar las cosas. —Teniente, te doy mi palabra de que…
—¿Tu palabra? —La piloto suelta un sonido de burla y me apunta directamente con la pistola—. ¿Estáis trabajando con este cabrón en contra de vuestro propio pueblo? ¿Habéis traicionado a Terra? ¿Sabéis lo que les ocurre a los traidores en tiempos de guerra?
—¿Tiempos de guerra? —Pestañeo—. ¿Estás borracha? Hace siglos que no…
—¡Cierra el pico, chico desteñido!
Pestañeo de nuevo.
—¿«Chico desteñido»?
—«En ninguna parte»… —vuelve a susurrar Zila.
—¿Qué demonios le pasa? —pregunta Kim mientras fulmina con la mirada a nuestra cerebro.
Scar hace un gesto desdeñoso.
—Ah, hace eso de vez en cuando.
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Zila vuelve a mirar a la teniente y hace un gesto hacia la puerta de la cámara de descompresión.
—Tu caza. Es un antiguo modelo Pegaso. Mark III, ¿verdad? —¿«Antiguo»? —se burla la piloto—. Cielo, es una nave tan nueva
que todavía tiene la pintura húmeda.
Zila asiente.
—«En ninguna parte».
—¿Por qué no dejas de repetir eso?
—«Nadie sigue haciendo eso “en ninguna parte”» —dice nuestra cerebro en voz baja—, pero los terranos sí que intentamos brevemente la cosecha de energía cuántica oscura. De hecho, en la época en la que estábamos en guerra con los betraskanos. Durante nuestros primeros días de exploración del Pliegue.
Al fin me doy cuenta de lo que está sugiriendo y mi cerebro se para con un frenazo.
No puede decirlo en serio.
Es imposible.
Excepto que…
—No reconozco el uniforme —susurro—. Y la estación está muy pasada de moda.
Esto. No. Puede. Estar. Pasando.
—No se trata del dónde —asiente Zila—, sino del cuándo.
—Por el aliento del Hacedor… —susurra Scarlett.
Es evidente que la teniente Kim se ha cansado de nosotros y levanta el arma.
—Vais a explicarme lo que queréis decir o empiezo a disparar.
—No vas a creerme —le asegura nuestra oficial científica.
—Ponme a prueba.
—¿En qué año estamos ahora mismo?
La piloto resopla, burlona.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por favor, dame ese gusto.
—Es el año 2177.
—Nosotros venimos del año 2380.
Se hace una pausa.
—Tienes razón; no te creo.
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—Ya te lo había advertido —replica Zila mientras se encoge de hombros.
La cabeza empieza a darme vueltas mientras los «Esto es imposible» se enfrentan a los «Esto es una pasada». Bajo todo ello, una voz me susurra: «Sobrevivir a esa explosión era imposible. También lo era estallar en pedazos ocho veces o ser transportados a donde quiera que sea que estemos en un abrir y cerrar de ojos».
Me doy cuenta del momento exacto en el que la teniente Kim decide que esto la supera.
—Muy bien, no me pagan lo suficiente para esto. Os voy a llevar a bordo.
—Es evidente que tú también estás experimentando la distorsión temporal, teniente —insiste Zila.
Kim la ignora y presiona un micrófono que lleva en el lateral del cuello.
—Zapato de Cristal, aquí Kim, ¿me reciben?
—Estás reviviendo este encuentro igual que nosotros —dice Zila.
—Zapato de Cristal, aquí Kim, ¿me reciben? Sigue sin obtener respuesta y maldice en voz baja.
—Si de verdad es el año 2177 —insiste Zila—, Terra está en medio de una guerra con Trask. Tu estación parece muy dañada. Nosotros no tenemos pruebas de nuestra identidad. Si nos subes a bordo de lo que es evidente que es una instalación militar experimental durante tiempos de guerra, esto va a acabar muy mal.
—No os estaba pidiendo vuestra opinión —espeta Kim mientras agita su arma—. En marcha.
La teniente Kim nos conduce hasta el puente de mando a punta de pistola. Controlando su caza con alguna especie de control remoto que lleva en la muñeca, empieza a remolcar nuestra lanzadera dañada hasta la estación. La tarea es lenta y laboriosa porque, aunque parece que Kim sabe lo que está haciendo, los cazas no están diseñados para este tipo de labor.
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Zila, Scar y yo estamos arrodillados en el centro de la cabina con las manos detrás de las cabezas. La piloto se cierne sobre nosotros. De vez en cuando, intenta contactar con la estación a través del sistema de comunicación.
La mala noticia es que parece estar enfadándose más y más cada vez que no lo consigue, y esta chica ya ha intentado matarnos hoy bastantes veces. La buena noticia es que, mientras no deja de maldecir sin parar, podemos susurrar.
—¿Zila lo ha dicho en serio? ¿Viajes en el tiempo? —murmura Scarlett mientras se inclina hacia mí («¿Cómo es posible que siga oliendo bien? ¿Acaso no suda?»).
Subo y bajo los hombros un poco y miro a nuestra cerebro, que vuelve a estar perdida en sus pensamientos.
—No lo sé. Parece una locura, pero no tengo otra explicación que concuerde con los hechos.
Se muerde el labio con los ojos muy abiertos y una mirada de preocupación.
«Esto es malo; muy muy malo».
Si el año que nos ha dado la niña de la Tierra enfadada es correcto (lo cual es imposible porque… ¿Viajes en el tiempo?) los terranos y los betraskanos estamos en guerra y lo seguiremos estando durante dos décadas más, pero me están llevando a alguna base militar clasificada que vaga por el borde de una tormenta de materia oscura en medio de algún tipo de catástrofe a nivel de la estación. Puede que la promesa de Zila de que «esto va a acabar muy mal» sea la subestimación del siglo.
Sea el siglo que sea.
No digo nada de todo esto en voz alta, pero no es necesario. Scar se acerca hacia mí en silencio y presiona su hombro contra el mío.
—Soy muy carismático —murmuro—, así que, probablemente, me dejarán en paz.
La teniente Kim alza la pistola.
—Tú. Cierra el pico.
Cierro el pico y, después, me inclino un poco más sobre el hombro que tengo apoyado contra el de Scarlett y extraigo todo el consuelo que puedo de ese contacto.
Cat ya no está. Tyler ya no está. Auri y Kal tampoco.
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Tras pasar tantos años solo, mi escuadrón se ha convertido en mi clan. Un millar de zarcillos invisibles me unen a cada uno de ellos de un modo que los terranos no podrían comprender. Siempre estoy pendiente de ellos, monitorizando dónde están y la forma en que se mueven a mi alrededor. Es algo instintivo. Un betraskano sin clan pasa cada momento siendo consciente de que no es más que una mota diminuta en un universo enorme y de que no está conectado.
Sentí ese dolor cuando mis padres me enviaron fuera de mi mundo para vivir con mis abuelos, lejos del resto de mi familia, porque todo me resultaría más fácil si tenía acceso a la gravedad cero. Mis abuelos no tenían ningún problema: ellos habían escogido vivir en el sitio en el que vivían y podían volver a casa en cualquier momento. ¿Y qué pasó conmigo? Tanto si lo decían en voz alta como si no, me habían cortado los lazos.
Sentía el mismo dolor cada día que pasé en la academia, siempre rodeado de otras personas, pero nunca unido a ellas.
Sin embargo, el dolor de perder a mi escuadrón de uno en uno es incluso peor. No quiero perder también a Scar y a Zila.
Nos cuesta casi treinta minutos llegar a la estación y, de camino, disfrutamos de las primeras vistas verdaderamente buenas de la tormenta de materia oscura. Con miles de millones de klicks de ancho, su tamaño es alucinante y el alcance que tiene me hace sentir como un insecto mirando a los ojos al Hacedor.
Es negra por completo, de una forma tan oscura y absoluta que los ojos te duelen al mirarla pero, de vez en cuando, se ilumina y vibra con pulsos intermitentes de energía cuántica que pasa del morado oscuro al negro como la sangre. Los bordes se retuercen, se doblan y se entrelazan entre ellos como serpientes de humo tan grandes como sistemas solares enteros. Sin embargo, en apenas unos instantes, la luz oscura muere y la oscuridad siempre acaba regresando con fuerza.
Esa extensión de cable metálico enorme surge de la estación y se pierde a cientos de miles de kilómetros en el interior de la oscuridad palpitante. Conforme nos acercamos, veo con más claridad dónde termina: una estructura enorme que está en medio del caos invisible. La superficie es plana, metálica y ondea como el aceite sobre el agua. Es un testamento de mil kilómetros de ancho de la locura absolutamente asombrosa de nuestros captores.
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Una vela cuántica.
Esta estación, este equipamiento… Construir todo ello ha debido costar una fortuna. Y el asunto es que, si en algún momento pudieras hacer que una de estas cosas funcionara, la fuente de energía sería inimaginable. Pero la realidad es que desplegar una vela cuántica en medio de una tormenta de materia oscura y atarla a la estación en la que te encuentras tú mismo es como untarte con freyan la(s) parte(s) favorita(s) de tu cuerpo y meterte directo en el cubil de un caladiano: definitivamente, estás pidiendo vivir lo que, con toda seguridad, será una experiencia muy desagradable y, en última instancia, terminal. De hecho, no la estás pidiendo, la estás exigiendo con alegría.
—Esta gente está loca —susurro.
Nos acercamos a la estación achaparrada, que sigue expulsando vapor hacia la oscuridad y tiene el casco ennegrecido y lleno de marcas. Es fea, sin más, como si la hubiera construido alguien muy enfadado. No sé qué les pasa a los terranos con la estética de sus diseños.
Accedemos a través de una pequeña cubierta de atraque y, aunque la teniente Kim todavía no ha conseguido contactar con sus comandantes a través del comunicador, los brazos de acoplamiento automático se enganchan a nuestras naves y el impacto hace que, mientras aterrizamos, una sacudida recorra toda la lanzadera.
Cuando la puerta de nuestra cubierta se cierra detrás de nosotros, la teniente nos ordena ponernos en pie. Noto el corazón en la garganta mientras nos conduce hacia la cámara de descompresión de la lanzadera. A pesar de que hoy ya me han matado nueve veces, mi cuerpo sigue lleno de adrenalina y en mi cerebro no deja de resonar la idea de que no quiero morir.
No quiero morir.
La puerta de la cámara de descompresión se abre con un ruido metálico y entramos en una cámara secundaria que está conectada con el hangar principal. La cubierta está bañada por una luz roja parpadeante. Apuntándonos con la pistola, Kim teclea un código de acceso y las puertas del hangar principal se abren. Entonces, nos adentramos en una escena de caos absoluto.
Hay docenas de miembros de la tripulación, vestidos con uniformes militares, corriendo de un lado para otro, golpeando el suelo metálico con los pies. Un humo espeso emerge de los conductos de ventilación del
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techo. La mitad del hangar está a oscuras y la otra mitad está iluminada por las luces de emergencia. Un escuadrón de cazas como el de Kim está cubierto por un resplandor rojo como la sangre que parpadea. Los terranos van corriendo de acá para allá con máscaras respiratorias para protegerse de los vapores. Scar empieza a toser y Zila también. El hedor es como una mezcla de pelo y plasteno quemados.
La pared que hay a nuestra izquierda tiene una ventana alargada de plexiglás y, a través de ella, puedo ver la lejana vela danzando como una cometa en medio de una tormenta y, más allá, la tempestad latiendo. Casi sería bonito si no…
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: BRECHA EN EL CASCO EN LAS CUBIERTAS DE LA 13 A LA 17.
Durante un momento, la megafonía silencia todo lo demás y, cuando se interrumpe, en su lugar empieza a sonar una alarma muy molesta.
—Moveos —dice la teniente detrás de nosotros mientras me clava la pistola entre los omóplatos.
—No quiero —digo.
—Yo tampoco —concuerda Scarlett.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: QUE TODO EL
PERSONAL DE INGENIERÍA SE PRESENTE DE INMEDIATO EN LA CUBIERTA 12 DE LA SECCIÓN GAMMA.
—Esto va a acabar muy mal —vuelve a predecir Zila. —¡Kim! —ruge una voz—. ¿Dónde demonios estaba?
Nos detenemos a trompicones y Kim se pone en posición de firmes. La persona que ha hablado se cierne sobre nosotros a través del humo y la luz roja. Se trata de un hombre enorme y de hombros anchos que no tiene pelo en la cabeza, pero sí lleva uno de esos bigotes extraños que se dejan crecer los terranos y que parece estar saliéndole de las fosas nasales. Cuando me ve, abre los ojos de par en par y el estómago me da un vuelco.
—¿Qué demonios? —ladra—. ¿Es eso un maldito betraskano? ¡Explíquese, soldado!
—¡Disculpas, señor! —dice Kim mientras hace el saludo militar—. ¡He intentado contactar con comandancia a través del comunicador pero no obtenía respuesta! Estos tres han entrado en la zona de exclusión, señor.
—¡Pues dispáreles! —ruge el hombre.
¡Buuuuuum!
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Toda la estación se sacude cuando algo, en alguna parte, explota.
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS 5 Y 6 DE
INMEDIATO. REPITO: FALLO DE CONTENCIÓN.
Kim alza la voz por encima del clamor.
—Señor, creo que las anomalías que rodean su llegada merecen la atención de la división científica. Si no fuese urgente…
—¡Yo le diré lo que es urgente, teniente! —ruge él—. ¡El campo de contención que rodea al núcleo tiene una brecha, la mitad de las cubiertas superiores están cerradas y se ha confirmado que hay treinta y seis personas muertas, incluido el doctor Pinkerton! A nuestro alrededor, toda la maldita estación se está haciendo añicos, ¿y elige este momento para subir a bordo de una instalación clasificada a espías betraskanos? ¿Está loca?
¡Craaaac!
Fuera, en la tormenta, la oscuridad se ilumina, pasando de negro a un violeta ondulante, cuando un pulso de energía oscura golpea directamente la vela. El estallido de energía es tan intenso que, a pesar de que lo capto por el rabillo del ojo y a través de las lentillas, mi visión queda cegada un instante por la imagen residual. Parpadeo con fuerza mientras el pulso recorre el cable a la velocidad de la luz y cae en cascada sobre la propia estación. Un grupo de ordenadores a nuestra derecha explota con una lluvia de chispas. Una nueva oleada de alarmas más fuertes y molestas se desata a través de la megafonía. Cuando murmura para sí misma, casi me pierdo las palabras de Zila, que está a mi lado.
—Pulso cuántico cuarenta y cuatro minutos tras la llegada.
El comandante de la cubierta entorna los ojos.
—¿Qué demonios es eso?
El hombre alza la pistola y el corazón me da un vuelco cuando la apunta directamente hacia Scarlett. Ella levanta aún más las manos y da un paso atrás. A través del humo, del caos y de las chispas ardientes, veo que su medallón ha empezado a…
Por el aliento del Hacedor, el medallón está brillando.
Ese pedazo de cristal eshvaren que Adams y De Stoy dejaron para nosotros en Ciudad Esmeralda arde sobre su pecho. La luz que emite es oscura y resulta doloroso mirarla, justo como los pulsos de la tormenta.
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—ATENCIÓN: FALLO CRÍTICO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS DE
LA 2 A LA 10 DE INMEDIATO. REPITO: FALLO CRÍTICO DE CONTENCIÓN.
—Kim, ¿no los has cacheado en busca de armas? —ruge el terrano. —Si, señor, pero…
—Bueno, ¿y qué demonios es eso?
—¡No lo sé! —exclama Scarlett, retrocediendo—. Por favor, no…
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 11.
Zila se dirige directamente a Kim, haciendo caso omiso de todo lo que nos rodea.
—Te he dicho que esto no iba a funcionar.
El terrano alza el arma y la apunta hacia Zila.
—Señor —dice Kim que, ahora, parece desesperada—, han…
—¡Va directa al calabozo, Kim! —ruge él mientras quita el seguro con el pulgar.
—¡Oye!
Mierda, ese he sido yo.
El tiempo se ralentiza mientras gira el arma hacia mí y puedo ver el comienzo del movimiento con el que presiona el gatillo.
Y, aunque parece que el momento dura una eternidad, tan solo tengo tiempo de pensar una cosa.
No podría haber soportado ver cómo les disparaba. Me alegro de ser el primero.
¡Puuuuuum!
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M e despierto rodeada por los muertos. Un mar de rostros que me miran: caminantes syldrathi atrapados en el último momento de miedo, dolor o desafío, con las bocas abiertas y los ojos de par
en par. Adultos y niños yacen amontonados, pues ya no están sujetos por la fuerza de voluntad del Mataestrellas a las paredes de cristal que hay sobre nosotros.
Yo yazco entre ellos en un suelo cubierto por esquirlas de cristal. De reojo, a través de las pestañas, veo atisbos de los cadáveres mientras intento obligar a mis ojos doloridos a que se abran. Al final, pierdo la batalla y vuelvo a cerrarlos de golpe.
No puedo sentir la mente de Kal.
Me duele todo; todos los músculos de mi cuerpo se quejan y la cabeza me palpita. Sin embargo, bajo el dolor latiente, oigo los ecos del poder que he convocado, de ese estallido masivo de energía que me ha atravesado en dirección al Arma y que ha vuelto a salir de mí, emanando desde la columna y recorriéndome todo el cuerpo hasta las yemas de los dedos. El recuerdo despierta en mí algo parecido a la… euforia.
Ignoro el dolor, centro mis pensamientos y envío un zarcillo azul medianoche a través de los últimos ecos de los gritos agonizantes de los caminantes. Es como buscar un árbol concreto en medio de un bosque muy espeso y lleno de maleza. Sin embargo, incluso los indicios más débiles de esos gritos se están desvaneciendo y mi azul entrelazado con plata no encuentra nada, absolutamente nada.
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Debe de estar demasiado lejos. Debo de estar demasiado débil.
Lo último que recuerdo es el Arma disparándose, ese estallido de energía colosal destinado a destruir el Sol, la Tierra y todo lo que había en ella. No he podido detenerlo, pero he intentado revertir la energía hacia dentro para proteger la flota que nos rodeaba, para proteger el planeta y el Sol, para detener…
A Caersan, el Mataestrellas.
Con dificultad, me pongo a gatas. El corazón me palpita con fuerza y la cabeza me da vueltas por ese mínimo esfuerzo. Mi propio aliento me resuena con fuerza en los oídos mientras me esfuerzo por mantenerme erguida.
El hombre responsable de la matanza que me rodea está cerca, tumbado a los pies de su trono de cristal con la capa roja esparcida en torno a él. Se remueve como aturdido y las trenzas, que lleva apartadas, revelan la parte destrozada de su rostro. El resplandor de su ojo brilla a través de la maraña de cicatrices que le recorren la sien y la mejilla, como si estuviera iluminado desde dentro. La luz palpita con suavidad, tal vez siguiendo el ritmo de su corazón, y me pongo en cuclillas, llevándome una mano al lado derecho del rostro. Siento la piel áspera bajo los dedos.
No puedo sentir a Kal por ninguna parte.
Entonces, la mente de su padre, que es del tono rojo oscuro de la sangre seca y de un dorado que se parece demasiado a la de Kal, me roza. Abre los ojos de par en par y centra la mirada en mí.
Él es el causante de todo esto; él es el responsable de cada gota de esta sangre, de esta destrucción y de este dolor.
Cuando nuestros ojos se encuentran, sonríe.
Me pongo en movimiento antes de que me dé tiempo a pensar. Agarro un fragmento afilado de cristal y me levanto como un corredor al inicio de una carrera, lanzándome sobre él como si fuese a empalar a un vampiro.
Él se incorpora sobre una rodilla para recibirme y, con el mundo dándome vueltas, el revés que me da me hace tropezar con el trono, al cual me aferró para mantenerme erguida. Él también se tambalea. De la nariz le cae sangre de un color violeta oscuro y tiene los labios retraídos en un gruñido.
Él ha hecho esto. Los caminantes muertos. Algunos de ellos, niños. Su propio pueblo. El espacio vacío en el que debería estar Kal. Voy a matarlo.
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A nuestro alrededor, el Arma zumba y el cristal murmura y canta mientras se enfría. Por encima de todo ello, tan solo se oye el sonido áspero de mi respiración entrecortada mientras los dos nos ponemos en pie, recomponiéndonos.
Entonces, nuestros ojos se encuentran y me vuelvo a lanzar sobre él. Lo estrello ciegamente contra el suelo y mi grito resuena en todas las direcciones. Cuando le doy una patada en la caja torácica, lo dejo sin respiración.
Él rueda y, entonces, noto sus manos en torno a la garganta, apretando y aplastándomela. De forma instintiva, cierro los puños y le golpeo entre los antebrazos, obligándolo a separarlos para deshacerme de su agarre.
Voy a matarlo. Eso es lo único que me queda por hacer.
Busco a tientas otro fragmento de cristal, mis dedos se cierran en torno a él, lo levanto y se lo clavo en el costado. Le rasga la armadura pero, cuando se retuerce, salgo de debajo de él rodando.
Ambos nos ponemos en pie, tambaleándonos, y retrocedemos un par de pasos. Me cambio de mano el cuchillo de cristal. Él es enorme y se mueve como un guerrero incluso ahora, que está herido. Este es el hombre que enseñó a Kal a luchar.
Sin embargo, siento mi mente como si fuera una esponja a la que le han escurrido toda el agua. No es posible que use mi poder contra él, así que esto es todo lo que tengo. Su mente debe de estar igual de débil porque, de lo contrario, ya me habría aplastado como a un insecto.
Tan solo necesito un golpe de suerte.
En esto es en lo que voy a emplear el tiempo que me queda.
Él se mueve primero, lanzándose hacia mí a una velocidad imposible para golpearme la garganta. Doy un salto hacia atrás, piso algo blando que me hace tropezarme y, mientras lo tengo cerca, extiendo el brazo para hacerle un corte en las costillas.
Gruñe con furia, pero ninguno de los dos está de humor para hablar. Le sigo, danzando a su alrededor para asestarle otro golpe, pero en un movimiento que es demasiado rápido como para seguirlo, me agarra del brazo y me lanza por los aires como si no pesara nada. Los pies se me despegan del suelo y, durante un segundo, todo queda suspendido antes de que me estrelle contra la base del trono de cristal. Los oídos me pitan y la visión se me nubla.
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Hay un caminante muerto con la mirada fija en mí y, allí donde debería estar su mente, tan solo hay silencio. Tiene las trenzas hechas un desastre y quiero colocárselas bien y decirle: «Lo siento, lo siento mucho». Con impotencia, vuelvo a buscar a Kal una vez más con la mente como un despliegue desesperado de azul medianoche y plata en busca de…
¿Es eso…?
Un levísimo destello de violeta y dorado.
La alegría estalla en mi interior y me giro para buscarlo en medio de la matanza porque está aquí, está vivo, está…
—¡Espera! —Alzo una mano y Caersan se detiene con los labios curvados mientras me mira como si fuese algo que debería estar bajo la suela de su zapato.
—Debilucha —dice con una mueca de desdén—. ¿Ahora buscas clemencia? Es demasiado tarde para que te falle el coraje, niña.
—No, es… —Estoy buscando las palabras y alzo la mano para hacer un gesto y señalar lo que nos rodea. Mientras buscaba a Kal, he abierto la mente y, de forma abrupta, me he dado cuenta de que algo ha cambiado—. ¿No lo oyes?
El Mataestrellas frunce el ceño.
—No oigo nada.
—Exacto.
Caersan ladea la cabeza y, en los límites de mi mente, puedo sentir su búsqueda cautelosa. Husmea el aire desde detrás de sus barricadas, negándose a mostrarse vulnerable.
No puedo oír nada allá fuera. Cuando nos hemos enfrentado durante el ataque, el abismo de espacio que rodeaba al Arma era un torbellino formado por la batalla y las mentes de los humanos, los betraskanos y los pilotos y las tripulaciones syldrathi con sus miedos, su ira y su concentración. En algún lugar en medio de todo ello, podía sentir a Finian, a Scarlett y a Zila: mi escuadrón, mi familia.
Pero, ahora… no hay nada. O, más bien… No es nada, nada; no se trata de una ausencia, como si tan solo estuvieran muertos. Es algo diferente. Es como cuando te despiertas un día de nieve, como si el mundo estuviera amortiguado de algún modo extraño.
—¿Dónde ha ido la flota? —pregunto en voz baja—. ¿Y la batalla?
Él frunce el ceño. Yo me pongo a cuatro patas y al fin veo a Kal, que está desplomado al otro lado del trono.
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Con un ojo puesto en Caersan, me arrastro hasta su hijo. El Mataestrellas se da cuenta del movimiento pero hace caso omiso, y vuelve a contemplar el extraño silencio del exterior.
Kal está de costado, hecho un ovillo, y tiene el mismo gesto tranquilo y vulnerable que cuando está dormido. En el Eco, me despertaba antes que él la mayoría de las mañanas. Durante medio año, lo vi así cada día.
Le rodeo una mano con la mía y, aunque estoy temblando por el cansancio, arranco de mi propia alma la energía que necesito y hago que mi contacto mental sea tan delicado que apenas rozo su mente amoratada y destrozada.
Exhalo con suavidad sobre esas brasas violetas y doradas, infundiéndoles mi fuerza con cuidado de no apagarlas o aplastarlas. Y lentamente, poco a poco, empiezan a brillar con algo más de fuerza y sus dedos estrechan los míos.
No puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas, y el alivio hace que algo se me rompa en el interior. Aquí yace, vestido de negro como uno de los guerreros de los Inquebrantables. Sin embargo, nunca ha sido uno de ellos. Vino aquí por nosotros incluso después de que lo hubiéramos desterrado.
Vino aquí por mí.
—Hay… algo. —La voz de Caersan interrumpe mi ensoñación y alzo la vista. Tiene el ceño fruncido y casi parece inseguro. Bueno, no es más que un ligero movimiento de una ceja, pero según lo que es propio de él, parece aterrado por completo—. Por ahí.
Está señalando al otro lado de las paredes de cristal del Arma en dirección al espacio que hay más allá. Tal vez en dirección al Sol o a la Tierra… Ya no me queda sentido de la orientación. Desconfío de él y me resisto a dejar mi mente vulnerable ante él, pero lo cierto es que es el arconte de un concilio de guerreros fanáticos: aunque acabe de dar un buen espectáculo, si quisiera partirme en dos, podría hacerlo. Además, ahora que tengo la mano de Kal entre las mías, tengo algo por lo que vivir.
Así que tengo cuidado cuando me permito sentir y tantear con la mente en la dirección que él señala, lista en todo momento para volver a resguardo si intenta atacarme. Sin embargo, no lo hace. Se limita a observarme y ladea la cabeza en el momento en el que abro los ojos de par en par, horrorizada.
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Porque, ahí fuera, en algún lugar, justo en los límites de mi alcance, puedo sentirlo: el mundo en el que surgió la humanidad, la cuna que vio nacer toda nuestra civilización, el planeta en el que nací y al que habría muerto defendiendo.
La Tierra.
Cuelga en medio de la oscuridad como un puntito azul pálido suspendido en un rayo de sol y, por un instante, me parece estar en casa. Pero, entonces, lo siento acechando, arrastrándose y cubriendo todo mi mundo. Es algo plateado, verde, azul y gris; algo que rebosa, se retuerce, se enrolla y crece; algo lleno de una especie de vida enfermiza.
El Ra’haam.
Santa madre de la Papaya…
El Ra’haam se ha apoderado de la Tierra.
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M i mente está fragmentada en mil esquirlas, en mil momentos, en mil recuerdos.
Soy un espejo y todo yo está roto.
—¿Kal?
Tengo cinco años. Estamos en nuestros aposentos en la Andarael, la vieja nave de mi padre. Me doy cuenta de que este es mi primer recuerdo y es de mis padres peleándose.
Mi madre me dijo que, en el pasado, estuvieron tan unidos que eran como un único espíritu en dos cuerpos. Cuando se conocieron, Laeleth y Caersan eran como un imán y el hierro, como pólvora y llama. Ella creyó que la adoración que le profesaba sería suficiente para cambiar la forma de su alma.
Mi madre es hermosa y valiente, pero es un escudo, no una espada. Están de pie, gritándose el uno al otro y, mientras los miro, las lágrimas se me agolpan en los ojos infantiles. Mi hermana, Saedii, está cerca, observando y aprendiendo. Los rugidos de mis padres se vuelven más fuertes. Mi madre gira el rostro y la mano de mi padre se alza hacia el cielo y cae como un relámpago.
Entonces, se hace el silencio, con excepción de los sollozos.
Yo no entiendo nada, más allá de que temo… De que sé que esto no debería ser así. Mi padre da la espalda al lugar donde mi madre ha caído. Mi hermana observa mientras él se acerca hacia donde estoy sentado. Me
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levanta y extiendo los brazos para rodearle el cuello en busca del consuelo de aquel que me creó.
Sin embargo, no me abraza. En su lugar, me pasa el pulgar por las mejillas húmedas y me mira fijamente, silencioso y glacial, hasta que dejo de llorar.
—Bien —me dice—. Las lágrimas son para los conquistados, Kaliis.
—¿Kal? —susurra alguien.
Tengo siete años y hemos regresado a Syldra.
La guerra progresa con lentitud y mi padre y el resto de arcontes de los guerreros han sido convocados a una cumbre del Consejo Interno para que acallen a aquellos entre el Concilio de Caminantes y el Concilio de Vigilantes que claman que deberíamos negociar la paz con Terra. Una parte de mí desea que los aplaste. Otra parte de mí desea que esta guerra termine. Hay dos mitades en mi interior: una nacida de la ira de mi padre y la otra de la sabiduría de mi madre. Todavía no sé cuál es la más fuerte de ambas.
Saedii y yo estamos el uno frente al otro bajo los árboles de lias y entre nosotros sopla una brisa de dulce aroma. Nuestras posturas son perfectas, tal como nos enseñó nuestro padre. Tenemos los puños cerrados. Ella es mayor que yo. Más alta. Más rápida. Pero estoy aprendiendo.
Nuestra madre está sentada cerca, hablando en voz baja con ancianos de su concilio. Tienen la esperanza de que ella, como el amor de toda una vida de Caersan, pueda persuadir a mi padre de que al menos considere la oferta de paz de los terranos. Pero son unos tontos.
«La paz es la forma en la que los chuchos te dicen: “Ríndete”». Saedii se lanza hacia delante y, como estoy distraído, el golpe aterriza
en su objetivo. Me hace una zancadilla y me derrumbo sobre la hierba violeta sin aliento. Se sienta encima de mí con los ojos encendidos por el triunfo y el puño levantado.
—Ríndete, hermano —me dice, sonriendo.
—No.
Giramos las cabezas al oír esa palabra y ahí está, ataviado con una armadura negra bajo las ramas que se mecen al viento: el mayor guerrero que haya conocido nuestro pueblo. Los ancianos caminantes agachan la cabeza, atemorizados. Mi madre permanece sentada, en silencio, y una sombra cae sobre ella. Mi padre habla y su voz es como el acero.
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—¿Qué te he enseñado sobre la piedad, hija? —Que es propia de cobardes, padre —contesta ella. —Entonces, ¿por qué le pides a tu enemigo que se rinda?
Mi hermana frunce los labios y baja la mirada hacia mí. Ahora, nuestra madre está de pie, mirando fijamente a mi padre y hablando de esa manera que nadie más se atreve a usar.
—No es más que un niño, Caersan.
Él la atraviesa con la mirada como si solo fuera cristal.
—Es mi hijo, Laeleth.
Nuestro padre posa los ojos sobre Saedii. No pronuncia la orden.
Su puño me parte el labio y unas estrellas negras estallan ante mis ojos. Recibo otro golpe, y otro más. Siento el sabor de la sangre y el dolor. Me hago añicos, me rompo.
—Suficiente.
La paliza se detiene y el peso de mi hermana sobre mi pecho desaparece. Abro el ojo que no tengo inflamado y lo encuentro cerniéndose sobre mí. Cuando me miro en el espejo por las noches, veo su rostro en el mío. Puedo sentirlo detrás de mí cuando creo que estoy solo. Mi madre observa con gesto de angustia mientras ruedo sobre el vientre y me pongo en pie.
Él hinca una rodilla en el suelo para poder mirarme a los ojos. Extiende el brazo y me pasa un pulgar por la mejilla. Pero allí donde en el pasado encontró lágrimas, ahora solo hay sangre.
—Buen chico, Kaliis —dice.
Asiento.
—Las lágrimas son para los conquistados, padre.
—Kal, por favor, despierta…
Estoy en mi habitación a bordo de la Andarael y tengo nueve años. Tengo los nudillos despellejados y la sangre es de un color violeta
oscuro bajo la luz débil y cálida. Los motores zumban mientras hurgo con unas pinzas en la herida más profunda. Con una mueca de dolor, me extraigo algo del puño inflamado: una astilla pálida de un diente roto.
No pretendía golpearle tan fuerte. No recuerdo la mayor parte de lo que ha ocurrido después de que le haya dado el primer golpe. Sin embargo, sí recuerdo lo que ha dicho sobre mi padre; unas palabras que huelen a cobardía. El Concilio de Guerreros denunció el tratado del
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Consejo Interno con los terranos, atacó los astilleros de la Tierra y aplastó su flota.
Y, ahora, centraremos nuestra atención en aquellos que, entre nuestro propio pueblo, claman por la paz cuando solo puede haber guerra. Porque la guerra es aquello para lo que nací.
¿No es así?
La puerta se abre con un susurro y mi madre entra en la habitación, vestida con una túnica larga y vaporosa y una cadena de cristales del Vacío brillando en torno al cuello. Me pongo en pie, como es debido, con la cabeza agachada y la voz suave.
—Madre.
Ella se desliza hasta la ventana y mira fijamente la oscuridad que hay al otro lado. En mi mente, todavía puedo sentir los ecos de la batalla que se está produciendo ahí fuera y de aquellas naves enormes ardiendo bajo la luz de Orion. Tantas vidas apagadas por la mano de mi padre…
Veo un leve moratón en la comisura de los labios de mi madre, una sombra oscura bajo la luz de las estrellas que le besa la piel. Un rescoldo de ira arde en mi interior. Amo a mi madre con todo mi ser y, aunque también amo a mi padre, odio esa cosa que habita en su interior y que le hace hacerle daño a ella.
Si pudiera, se la arrancaría de dentro con mis propias manos. —Valeth está en la enfermería con la mandíbula desencajada y nueve
costillas rotas.
—Eso es desafortunado —digo con cuidado.
—Dice que se cayó por las escaleras auxiliares.
—Pueden resultar traicioneras.
Mi madre me mira con los ojos resplandecientes.
—¿Qué te ha pasado en la mano?
Mantengo la vista fija en el suelo y hablo en voz baja.
—Me la he herido mientras entrenaba.
Oigo unos pasos ligeros y siento el roce de su mano, frío sobre mi mejilla.
—Aunque no hubiera nacido caminante, aunque los cerrojos de tu corazón no fueran como puertas abiertas para mí, sigo siendo tu madre, Kaliis. No puedes mentirme.
—Entonces, no me pidas que lo haga. El honor exige que… —«El honor»… —suspira.
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Las yemas de sus dedos rozan el nuevo glifo que llevo en la frente, las tres espadas que me grabaron ahí el día de mi ascensión. Sé que ella y padre discutieron sobre a qué concilio pertenecería. Y sé que él ganó.
Siempre gana.
—¿Cómo crees que se sentirá ese chico cuando tenga que mentir a su padre sobre la paliza que le has dado? —me pregunta.
—Se ha convertido en mi enemigo —respondo—. No me importa cómo se sienta.
—Sí que te importa. Esa es la diferencia entre Caersan y tú. —Me levanta la barbilla con cuidado, obligándome a mirarla a los ojos. Veo el dolor que hay en ellos. Veo su fuerza. Y también me veo a mí mismo—. Sé que eres su hijo, Kaliis, pero también eres hijo mío. Y no es necesario que te conviertas en aquello que te está enseñando a ser. —Se inclina hacia delante y me da un beso en la frente ardiente—. No hay amor en la violencia, Kaliis.
Veo una luz detrás de ella. Un halo de un color azul medianoche salpicado de plata.
Oigo una voz, familiar pero extraña.
—¿Kal?
«No hay amor en la violencia».
—Kal, ¿puedes oírme? Por favor, por favor, despierta.
Una caricia de mi madre me saca del sueño. El corazón me da un vuelco mientras abro los ojos de par en par y su mano me cubre los labios. Tengo doce años.
—Levántate, mi amor —susurra—. Debemos partir.
—¿Partir? ¿Partir adónde?
—Nos marchamos —me dice—. Vamos a abandonarlo.
Veo un maratón en su muñeca, difuminado. La herida que tiene en el labio es nueva. Pero sé que no es por ella misma por lo que al fin va a huir de él.
Me levanta de la cama y me tiende el uniforme. Me visto sin mediar palabra, preguntándome si lo dice en serio. Mi padre no lo permitirá jamás. He oído cómo la amenazaba con matarla si se marchaba. No tiene ningún sitio al que huir.
—¿Dónde vamos a ir? —pregunto.
—Tengo amigos en Syldra.
—Madre, estamos en guerra con Syldra.
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—No; es él el que está en guerra —sisea—. Con todo y con todos. No voy a permitir que te conviertas en él, Kaliis. No voy a seguir permitiendo que envenene a mis hijos.
La cabeza me funciona a toda velocidad mientras nos arrastramos por la oscuridad hacia las estancias de Saedii. Mi madre se cuela dentro mientras yo vigilo con el corazón latiendo con fuerza y la mente hecha un torbellino. Nunca va a olvidar esto; nunca lo va a perdonar.
—Saedii —susurra mi madre—, Saedii, despierta.
Mi hermana se incorpora de golpe y saca su espada de debajo de la almohada, enseñando los dientes. Cuando ve a nuestra madre, se relaja solo un poco, pero cuando me ve a mí, vuelve a tensarse.
Todavía tiene el rostro amoratado por los golpes que le he dado. El abismo entre nosotros es más amplio de lo que ha sido jamás. Después de que le haya ganado en una pelea, ha roto el siif que me regaló mi madre. Ya no puede vencerme en el círculo, así que ha buscado castigarme de otro modo. Y yo le he pagado con su misma moneda. Todavía puedo visualizar su sangre en mis dedos y el dolor en sus ojos mientras la golpeaba con el siif que había roto. Incluso ahora, siento vergüenza por haberle puesto las manos encima. En mi mente siguen resonando cada una de las palabras que ha pronunciado mi padre cuando se ha enterado de lo que he hecho.
«Nunca me he sentido tan orgulloso de que seas mi hijo».
—¿Qué quieres, madre? —susurra, bajando el arma.
—Nos marchamos, Saedii. Vamos a abandonarlo.
Mi hermana entorna los ojos y hace una mueca.
—¿Te has vuelto loca?
—Estoy loca por haber permitido que esto durara tanto tiempo.
Caersan es un cáncer y no permitiré que se extienda más. Vamos.
Saedii se suelta de golpe del agarre de mi madre.
—Cobarde traidora. Es tu amor de toda una vida, Laeleth. Le debes tu corazón y tu alma.
—¡Le he entregado ambas! —sisea nuestra madre mientras señala las moraduras que lleva sobre la piel—. ¡Y así es como me lo ha pagado! Y si solo fuera yo la que tuviera que soportar esta carga, tal vez incluso ahora mantendría mis votos. ¡Pero no me quedaré de brazos cruzados, contemplando cómo mis hijos caen en la misma oscuridad que lo consume a él!
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Saedii me mira con el rostro amoratado y enseñando los dientes.
—¿Permites esto, hermano?
La miro a los ojos, suplicante.
—Lo siento, hermana. Pero sabes la verdad: no es bueno para nosotros. No es aquello en lo que deseo convertirme.
—¡Cobarde! —espeta, poniéndose en pie—. ¡Ambos sois unos cobardes traidores!
Una luz azul medianoche brilla tras ella y yo entrecierro los ojos, cegados. Su calidez me baña la piel y hace que un cosquilleo me recorra todo el cuerpo.
—¿Kal?
—¡Saedii, ven con nosotros!
—¡Moriría antes que traicionarlo!
—¡Kal!
—¡Cobarde! ¡Vergüenza! ¡De’sai!
—¡KAL!
Abro los ojos.
La veo sobre mí con un halo de luz en torno a la cabeza. El corazón se me agita de una manera tan dolorosa que me llevo una mano a las costillas para calmar el dolor. Tengo la vista nublada y me palpita la cabeza, pero, aun así, una idea resplandece lo suficiente como para atravesar la bruma de mis pensamientos fragmentados.
Está viva. Mi Aurora está viva.
Las paredes que nos rodean son de un cristal resplandeciente y me doy cuenta de que estoy flotando a un metro sobre el suelo. Cuando muevo mi peso e intento levantarme, el aire que me rodea vibra con suavidad, teñido del color del arcoíris como las energías del Eco, el lugar en el que Aurora y yo vivimos durante medio año una vida entera entre los recuerdos del mundo de origen de los eshvaren. Sin embargo, ahora parecen diferentes. La canción de la energía que pende del aire es…
—No, no intentes incorporarte —susurra ella con una mano apoyada en mi hombro—. Descansa, ¿de acuerdo? Por un momento he pensado que te había perdido y…
Se le quiebra la voz y cierra los ojos. Mientras agacha la cabeza, tiene lágrimas en las pestañas. Alzo una mano para acariciarle la mejilla con tanta suavidad como una pluma.
—Estoy aquí —le digo—. Nunca te dejaré, a menos que tú lo desees.
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—No —susurra—. Lo siento, Kal, siento mucho haberte enviado lejos. —Y yo siento haberte mentido, be’shmai. He sido un cobarde por
hacerlo.
—Viniste hasta aquí tú solo para acabar con él y salvar la maldita galaxia. —Se lleva mis nudillos a los labios—. Eres el chico más valiente que haya conocido jamás.
Él.
Una sombra cae sobre mí mientras los recuerdos se cuelan en las ruinas que conforman mi mente: la pelea en la sala del trono; la guerra desatándose en el exterior; los terranos, betraskanos y syldrathi haciéndose pedazos mientras el Arma palpitaba, los caminantes gritaban y mi padre…
—Mi padre… —susurro—. ¿Lo has…?
Aurora niega con la cabeza. La visión se me está despejando y ahora veo las grietas que le recorren la piel y que surgen de su ojo derecho. El iris todavía le brilla y la luz se cuela a través de las grietas desde algún lugar en su interior.
Me doy cuenta de que está herida; débil. El Arma ha… Le ha arrebatado algo…
Aun así, puedo sentirla en el interior de mi mente como una calidez que emana de ella y que arregla los desgarros que mi padre ha dejado por todo mi ser. Puedo visualizarlo en el momento en el que me ha mantenido en el sitio tan solo con su poder mental mientras se me caía de entre los dedos el cuchillo que he intentado clavarle en el corazón y me destrozaba la mente.
Ha intentado matarme.
Justo cuando yo intentaba matarlo a él.
—¿Qué… ha ocurrido? —susurro.
—El Arma se ha disparado —contesta Aurora—. He intentado detenerla, he intentado revertir su poder hacia mí, pero… no he podido aguantar. Los caminantes están todos muertos.
—¿Las flotas? ¿La batalla? —El corazón se me acelera y me incorporo sobre un codo a pesar del dolor—. ¿Qué le ha pasado a Terra? ¿Y a tu sol?
—El Sol está bien. —Traga saliva con dificultad, temblando—. Pero la Tierra… —Me mira a los ojos. Los suyos están llenos de lágrimas—. La Tierra ha desaparecido, Kal.
El corazón me da un vuelco y mi mano encuentra la suya.
—¿El Arma la ha alcanzado?
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—No. —Vuelve a negar con la cabeza y puedo notar en mi mente el caleidoscopio de sus pensamientos: confusión, miedo e ira—. El Ra’haam. Se ha apoderado de todo el planeta. Lo ha consumido. Lo ha absorbido junto con todos los seres que vivían en él.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —susurro, desconcertado.
—Puede que un par de horas.
—¿Horas? —Sacudo la cabeza—. En tal caso… ¿Cómo es posible? —No lo sé. Te he buscado en cuando me he despertado, pero no podía
sentir nada a nuestro alrededor. Las flotas, los pilotos, los soldados… Todo había desaparecido, como si nunca hubieran existido. Lo único que podía sentir era… esa cosa. Como si fuera… aceite y moho en mi mente. Es una plaga. Cubre la Tierra del mismo modo que cubría Octavia. —Se pasa una mano por el pelo. La piel que le rodea el ojo derecho está resquebrajada como si fuera arcilla en medio de una sequía—. Me ha sentido a mí también, Kal, sé que lo ha hecho.
El cristal vibra a mi alrededor con un cambio en la tonalidad y el colorido. Me resulta cálido sobre la piel, pero vuelve a darme la sensación de que algo no va bien.
—La canción de este lugar… —Observo la belleza resplandeciente que nos rodea—. Me parece diferente. Casi… como si estuviera desafinada.
Aurora asiente.
—Lo sé. Hay algo extraño.
—Nos estamos moviendo —digo al darme cuenta.
Ella lanza una mirada en dirección al pasillo brillante con la mandíbula apretada.
—La está moviendo él. Yo tengo que cuidar de ti, así que él nos está moviendo a través del Pliegue. Nos dirigimos a… No sé a dónde. Lejos de la Tierra; lejos de esa cosa.
—Debo hablar con él —digo.
—Kal, no —me suplica, intentando detenerme mientras me levanto—. Necesitas descansar. Ha estado a punto de matarte, ¿lo entiendes? Ha resquebrajado tu mente en mil pedazos y, si lo vuelve a intentar, no sé si soy lo bastante fuerte como para detenerlo.
—No le tengo miedo, Aurora.
—Pero yo tengo miedo por ti. No puedo volver a perderte, ¡no puedo!
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La estrecho entre los brazos y ella me abraza con fiereza. Por un momento, todo el pesar, todo el dolor y toda la pena se desvanecen. Con ella entre mis brazos, vuelvo a estar completo. Con ella a mi lado, no hay nada que no pueda hacer.
—No vas a perderme —le juro—. Soy tuyo para siempre. Cuando el fuego del último sol se apague, mi amor por ti seguirá ardiendo. —Le beso la frente—. Pero tengo que hablar con él, Aurora. Ayúdame. Por favor.
Me mira fijamente durante un instante más, indecisa, luchando contra el miedo de lo que mi padre podría hacerme. El corazón me duele al ver el dolor que le ha causado y la fuerza que ha tenido que usar para llegar hasta aquí. Pero, al fin, aprieta la mandíbula y, colocándose uno de mis brazos en torno a los hombros, me ayuda a ponerme en pie.
Todavía me siento frágil, como si fuese un tapiz de un millón de hilos unidos tan solo por un único nudo de voluntad y calidez. Pero ella vuelve a estar a mi lado, y eso es todo lo que importa. Apoyándonos el uno en el otro, recorremos los pasillos resplandecientes cojeando y, a nuestro alrededor, el cristal canta emitiendo arcoíris discordantes y chirriantes.
Mi padre le dio a esta nave el nombre de Neridaa, un concepto syldrathi que describe el proceso de destruir y crear a la vez; de hacer y deshacer. Pero conozco su mentira. Esta es el Arma que utilizó para destruir el sol de Syldra, nuestro mundo. Diez mil millones de vidas extinguidas por su propia mano, mi madre entre ellas. Sé que mi padre no crea nada más que muerte.
Sai’nuit. Mataestrellas.
El corazón se me para cuando poso los ojos sobre él. Está sentado sobre la espiral de cristal que hay en el corazón de la cámara como si fuera un emperador sobre su trono sangriento. El suelo está plagado de cadáveres y de cristales rotos, y el aire apesta a muerte. Todavía va vestido con la armadura negra de cuello alto y con una capa carmesí que cae sobre los escalones que hay a sus pies. Diez trenzas plateadas le cubren el lado del rostro que lleva lleno de cicatrices. Sin embargo, tras ellas, veo su ojo iluminado, ardiendo con la misma luminiscencia pálida que el de Aurora cuando ambos se enfrentaron por el destino de su mundo.
Frente a él, distingo una proyección enorme, una extensión negra salpicada de estrellas diminutas. Me doy cuenta de que estamos en el Pliegue, acercándonos a un umbral. Me pregunto por qué el colorido dentro del Arma no está teñido de blanco y negro, tal como ocurriría de
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normal. Me pregunto qué otras propiedades tendrá esta nave. ¿Es cosa del cristal? ¿De los eshvaren? ¿De él?
—Padre —digo, pero no me oye. No alza la vista. La Neridaa se está aproximando a un umbral, que tiene forma de lágrima y es cristalino siguiendo el diseño syldrathi—. ¡Padre! —rujo.
Me echa un vistazo y, después, con la misma rapidez, aparta la mirada.
El ojo le arde como un sol diminuto.
—Kaliis… Estás vivo.
—¿Decepcionado?
—Impresionado. —Esa mirada ardiente se dirige a Aurora y, después, regresa a la oscuridad que hay frente a él—. Pero, bueno, siempre has sido digno hijo de tu padre.
Me niego a caer en esa trampa y doy un paso al frente con Aurora detrás de mí.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde está la flota de los Inquebrantables? ¿Y los terranos y los betraskanos? ¿Cómo es posible que el enemigo haya consumido la Tierra con tanta rapidez?
Se lame los labios, que están curvados casi como si fuera a gruñir.
—«El enemigo» —repite.
—¡El enemigo que se suponía que tenías que detener! —brama Aurora a mi espalda.
La mirada de mi padre se dirige hacia ella y su mueca se ensancha un poco.
—Eres una tonta, niña. Ya entiendo por qué el tonto de mi hijo te adora.
Ella da un paso al frente, cerrando los dedos para formar puños.
—Hijo de pu…
—Espera…
Le tomo la mano y se la estrecho mientras observo la proyección que flota frente a mi padre. Ahora mismo, estamos atravesando el umbral del Pliegue y adentrándonos en el espacio real. Sin embargo, estando tan cerca, veo que el umbral parece estar… mal.
Viejo. Atravesado por rayos cuánticos. La mitad de las luces guía no funcionan. Parece como si llevara décadas sin recibir mantenimiento.
—¿Dónde estamos? —pregunta Aurora.
Mi padre suelta un bufido burlón y se pasa una trenza suelta por encima del hombro.
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—Como siempre y en todo momento, buscas respuestas para las preguntas equivocadas, niña.
Mientras contemplo el sistema, reconozco la estrella de mi infancia. Es de un azul brillante, como si fuera un zafiro reluciendo en medio de un océano de oscuridad.
—Esa es Taalos, be’shmai. Hay una colonia syldrathi en Taalos IV, un puerto espacial que fue reclamado por los Inquebrantables tras escindirse del Consejo Interno de Syldra.
—¿Ha… venido aquí a buscar refuerzos?
—He venido aquí en busca de confirmación, niña.
Aurora aprieta los dientes y su ojo derecho chisporrotea como si fuera un rayo. La luz palpita bajo su piel y se cuela a través de las grietas que tiene en la mejilla. Por un instante, el aire que nos rodea parece grasiento y cargado de corriente. Sus labios se separan en un gruñido.
—Escucha, no me importa lo herida que esté y no me importa lo que me cueste, pero como vuelvas a llamarme «niña», tú y yo vamos a terminar eso…
—Silencio —dice él.
Aurora pestañea.
—Muy bien, igual no estoy hablando con claridad: no me hables de ese modo. No me llames «niña», no me pidas que me calle y no me trates como a un bicho al que has pisado por error. Soy un Disparador de los eshvaren y, a diferencia de ti, he sido lo bastante valiente como para…
—No. —Mi padre se pone en pie con el ceño levemente fruncido y contempla el sistema estelar que hay proyectado frente a él—. Escucha. — Hace un gesto con la cabeza—. Ahí fuera.
Miro a Aurora y ella me mira a los ojos mientras frunce los labios. Siento cómo su mente se hincha y se expande en los límites de la mía. Alza la mano como si intentara alcanzar esa estrella distante. Un resplandor pálido le ilumina el iris y se cuela por las grietas de su piel.
—No… No puedo oír nada.
Él asiente.
—Silencio. —Mi padre mira la estrella Talos con el rostro convertido en una máscara de frialdad—. Una colonia de casi medio millón de personas orbitaba ese sol. Todos eran Inquebrantables, leales hasta la muerte. —Entrelaza sus dedos y respira hondo—. Ahora, la muerte los ha reclamado; a todos y cada uno de ellos.
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—¿Cómo?
—El Ra’haam —susurra Aurora—. Puedo… Puedo sentirlo. —Me mira con lágrimas en los ojos—. Se ha apoderado de la colonia, Kal. Se ha apoderado de todo el mundo.
—Pero ¿cómo? —pregunto, cada vez más frustrado—. ¿Cómo es posible? ¡El Ra’haam ni siquiera ha florecido todavía! Su intención era llevar a la galaxia a la guerra mientras seguía dormido en sus mundos de crianza, esperando para eclosionar. ¿Y ahora resulta que se ha apoderado de la Tierra y de Taalos? ¿Cómo puede ser?
—Esto es culpa tuya —dice Aurora, dando un paso al frente—. Todo esto. Los eshvaren confiaron en ti para que vencieras al Ra’haam, Caersan, y tú usaste su Arma para librar tu propia guerra insignificante. ¿Y dónde te ha llevado eso?
Entonces, él la mira y la máscara de arrogancia que siempre porta comienza a desaparecer. Empieza poco a poco: un destello de diversión en sus ojos y una leve curva en los labios. Pero enseguida está sonriendo y esa sonrisa se ensancha hasta que muestra los dientes y se le extiende hasta los ojos. Luego, de entre todas las cosas que podría haber hecho, empieza a reírse. A reírse, como si mi amada hubiera dicho la cosa más graciosa que hubiera escuchado jamás.
Toda esta muerte, toda esta oscuridad… Y a él le parece divertido. Entonces, con la misma claridad con la que veo a la chica que hay a mi lado, con la misma claridad con la que vi las ruinas de nuestro mundo, veo cómo ha destrozado a nuestro pueblo.
«Mi padre está loco».
—¿Qué demonios es tan gracioso? —grita Aurora.
—Como ya he dicho —contesta al fin mientras se enjuga una lágrima de los ojos—, siempre buscas respuestas para las preguntas equivocadas.
—Entonces, ¿qué deberíamos preguntar? —le digo.
—Hijo mío, no se trata de dónde me ha llevado mi ambición. — Respira hondo y mira el vacío silencioso que hay fuera—. Se trata de cuándo.
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¿Qué demonios está pasando?
Vuelvo a estar en el puente de mando de nuestra lanzadera syldrathi, flotando al borde de una tormenta de materia oscura, y los oídos siguen pitándome por el ruido del disparo que me ha matado. En lugar de revivir en mi mente el momento de mi muerte, me centro en el rostro de la teniente Kim cuando aparece en el monitor. Tengo la esperanza de que en este bucle tome un enfoque diferente y, cuando abre la comunicación por décima vez, me doy cuenta de que está dispuesta a hablar.
Qué gratificante.
—Hola, teniente. Te he estado esperando.
Hace una pausa tan larga que si no fuera porque puedo ver que se mueve un poco en el monitor, pensaría que la comunicación se ha interrumpido.
—No estoy segura de si estás bromeando —dice al fin.
—Me dicen eso con una frecuencia considerable.
Más silencio.
—Abre la cámara de descompresión —me dice—. Voy a subir a bordo. Scarlett y Finian, que han venido corriendo desde la sala de máquinas, llegan al puente sin aliento. El betraskano, que ha oído el final de la conversación, se inclina para estudiar la imagen de la teniente en la
pantalla.
—Solo vas a poder entrar si estás de acuerdo en no dispararle a nadie.
Hoy ya he muerto diez veces y no estoy de humor.
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Ella pestañea mientras se le arruga la frente.
—¿Diez? Yo he contado nueve.
—También hemos muerto cuando veníamos de camino.
—Cuando veníais de camino desde el futuro —dice ella en tono dubitativo.
Scarlett se inclina al lado de Finian.
—Nos vemos en un momento, teniente.
Kim corta la conexión y nos deja mirándonos los unos a los otros. A ninguno nos pasa desapercibida la imposibilidad de lo que nos está ocurriendo.
—Esto no me gusta —dice nuestro engranaje—. No me gusta esa chica.
—A mí tampoco —concuerda Scarlett—, pero nuestra nave está encallada, así que no vamos a ir a ninguna parte hasta que podamos convencerla de que no somos una amenaza.
Fin la mira y le habla con voz suave.
—¿Estás segura de que estás bien?
Ella pestañea.
—Sí, estoy bien. Bueno, todo lo bien que se puede estar teniendo en cuenta lo que está ocurriendo…
—Te… —El betraskano traga saliva—. Te han disparado.
—Estoy bien, Fin. —Nuestra rostro sonríe con amabilidad y le toca una mano—. Te lo prometo. Además, a ti también te han disparado.
—Sí —replica él en voz baja—, pero yo no he tenido que verlo.
Se miran durante un largo rato y, tras un momento, el silencio se vuelve tan pesado que me siento obligada a romperlo.
—El medallón —digo, señalando con un gesto de la cabeza el pequeño cristal que hay en torno al cuello de Scarlett—. El diamante reaccionó después de que la vela cuántica recibiera una descarga en medio de la tormenta.
—Sí —contesta ella, centrándose en el asunto que nos ocupa—, pero no es un diamante. Fin ha descubierto que es un cristal eshvaren.
Miro fijamente la gema, entornando los ojos.
—Interesante…
—¿Por qué ha brillado de esa manera?
—No lo sé —murmuro, aunque ya estoy dándole vueltas a la cabeza —, pero debe de ser algo importante. Varios de los regalos del almirante
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Adams y la líder de batalla De Stoy han demostrado ser vitales hasta ahora: la caja para cigarrillos que salvó la vida de Kal o la inscripción de tu medallón que decía que siguiéramos el plan de deshabilitar el Arma de los eshvaren. Es como si los comandantes de la Legión Aurora supieran lo que nos iba a pasar. Incluso podríamos interpretarlo como que sus acciones nos han guiado hasta este punto.
Fin ladea la cabeza, escéptico.
—Es evidente que pasa algo con esos regalos, ¿pero que nos estén guiando? Creo que eso es exagerar, Zil. A mí me dejaron un maldito bolígrafo.
Scarlett hace un gesto en dirección a mis aretes dorados.
—Y a ti solo te dieron unos pendientes.
FIUMMMMMM.
La lanzadera se sacude cuando un cable de remolque se acopla a nuestro casco. Después le sigue otro.
FIUMMMMMM.
Fin pone los ojos en blanco.
—Supongo que será mejor que bajemos y dejemos que entre la teniente Psicópata. Me pregunto de qué manera nueva e interesante nos matará esta vez.
—Tienes que mostrarte educado, Finian —le advierto—. Puede que su comportamiento sea demasiado agresivo, pero la teniente Kim es un componente clave de todo esto.
Scarlett arquea una ceja.
—¿Qué te lleva a pensar eso?
—Entiendo que os fijasteis en su indicativo, ¿no? Ahora es Finian el que me mira parpadeando. —¿Qué?
—Su indicativo; el mote que usan para ella el resto de pilotos. Estaba grabado en el ala de su caza. También está pintado en el casco que lleva puesto.
—Estaba demasiado ocupada mirando la pistola que tenía en la mano como para fijarme en el casco que llevaba en la cabeza —admite Scarlett
—. ¿Qué era?
Extiendo el brazo para tocar los pendientes, el regalo que me dejaron
en el Depósito del Dominio. De los aros cuelgan unos pequeños pájaros dorados con las alas extendidas mientras muestran las garras.
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—Su indicativo es «Halcón».
En esta ocasión, cuando la cámara de descompresión se abre, los tres estamos esperándola a descubierto. La teniente Kim no lleva el arma desenfundada, aunque una de sus manos reposa sobre ella. Se queda en la puerta, enmarcada por ella, y alza los brazos poco a poco para soltarse la máscara y quitarse el casco.
Puede que tenga poco más de veinte años y creo que mi apreciación de que tiene ascendencia del este de Asia es correcta. Sus rasgos son simétricos y convencionalmente atractivos, aunque imagino que, para algunos, su gesto severo restará parte del efecto.
No es alta.
—Muy bien. Intentemos esto de nuevo —dice Scarlett—. Me llamo Scarlett Jones. Esta es Zila Madran y este es Finian de Karran de Seel.
—Y antes de que empieces a dispararme otra vez, he de decir que algunos de mis mejores amigos son terranos —le informa el betraskano—. De hecho, todos mis amigos.
—Teniente Nari Kim —dice con lentitud nuestra invitada.
—Un placer conocerte —responde nuestra rostro con una sonrisa—. Y gracias por no matarnos.
—De nada —replica ella de manera inexpresiva—. Entonces, ¿quién gana la guerra?
Scarlett ladea la cabeza.
—¿Qué?
—Si sois del futuro… —dice Kim, que es evidente que sigue teniendo sus dudas—, ¿quién gana? ¿Nosotros? —Hace un gesto con la cabeza en dirección a Finian—. ¿O los desteñidos?
—Nadie gana nunca en una guerra —respondo—, pero los terranos y los betraskanos firmarán un tratado de paz en…
—Espera, espera —dice Scarlett—. ¿Deberíamos estar hablando de estas cosas?
—¿Por qué no deberíamos? —pregunta Fin.
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Ella echa un vistazo a la teniente.
—¿Y si cambiamos el futuro?
—Eso solo pasa en las novelas de ciencia ficción malas, ¿no?
—No hay ningún precedente de lo que estamos viviendo —digo—. O, al menos, no uno que yo conozca. Es difícil saber cuáles serán las ramificaciones de nuestras acciones y casi imposible calcular los efectos que nuestra presencia en este momento pueda tener en los acontecimientos futuros. Pero, teniendo en cuenta los regalos que nos dejaron los comandantes de la Academia Aurora, creo que lo mejor es suponer que tenemos que estar aquí.
—Tal vez el futuro que conocemos solo exista gracias a lo que hagamos aquí —sugiere Fin—. Tal vez tengamos que contarle todas estas cosas.
—Sigo aquí —nos recuerda la teniente Kim.
—Lo siento —dice Scarlett, sonriendo—. Nosotros también estamos intentando hacernos a la idea de todo esto. Créenos, estamos casi tan perdidos como tú pero, en nuestro tiempo, los betraskanos son los principales aliados de Terra. En 2380, acabamos de dejar atrás una batalla y, antes de… todo esto —añade, haciendo un gesto que abarca lo que nos rodea—, lo último que vimos fue la flota betraskana apareciendo para proteger la Tierra.
Me doy cuenta de que la teniente quiere hacer más preguntas sobre nuestra línea temporal, pero se muerde la lengua y yo doy gracias por ello. No es eficiente pensar en lo que hemos dejado atrás o en aquellos que ya no están.
—Entonces, ¿qué demonios es todo eso? —dice, imitando el gesto de Scarlett.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando determinar.
Me mira de arriba abajo y sus ojos se detienen en los míos.
—Pues intentadlo porque, en lo que a mí respecta, todavía sigue siendo muy probable que todos seáis espías de los desteñidos.
—Escucha, niña de la Tierra —empieza a decir Fin—, tal vez quieras darles a los desteñi…
—Somos amigos —interviene Scarlett, dándole una palmadita en el brazo al betraskano mientras le dedica una sonrisa deslumbrante a la teniente—. Aquí todos somos amigos, ¿recuerdas?
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—Hay dos posibilidades —digo—. O bien hubo un evento catalizador allí donde estábamos nosotros que nos envió atrás en el tiempo y creó esta anomalía…
—¿Como estar en medio del área de alcance de una superarma psíquica enorme y muy antigua justo en el momento en el que estaba disparando? —pregunta Scarlett.
—O bien el evento catalizador ocurrió aquí y nos arrastró hacia atrás a este instante en el tiempo —continúo.
—Potencialmente, han podido ser ambas cosas —murmura Finian.
Yo asiento.
—¿Qué es lo que has estado viviendo tú, teniente Kim?
Nuestra invitada piensa la pregunta. No soy buena juzgando las emociones, pero me parece que, aunque sigue desconfiando, parte de la tensión ha abandonado por un momento el ambiente. Al menos, por ahora, está intentando cooperar.
—Hace seis minutos, estaba haciendo un vuelo de patrulla cuando, de pronto, aparecisteis en mis escáneres —dice—. Hablamos, os disparo y todo se reinicia. No hablamos, os disparo y todo se reinicia. Os llevo a la estación, os disparan y todo se reinicia. Cada vez que morís, acabo exactamente en el mismo sitio en el que estaba hace seis minutos.
Mi mente se está calmando y me doy cuenta de que esta sensación de consuelo viene de tener un problema que solucionar. Esto es algo que sé cómo hacer. Voy a recoger datos. Voy a analizarlos. Va a venir bien eso de estar ocupada.
—¿Y qué estaba ocurriendo aquí hace seis minutos?
La teniente se muerde los labios. Incluso a mí me resulta obvio que se muestra reticente y desconfiada. Sin embargo, al final habla.
—La estación estaba haciendo una prueba. Ha habido algún tipo de… fluctuación de energía. He visto una esfera de luz oscura de miles de klicks de ancho que envolvía mi nave. Todo mi instrumental se ha vuelto loco y, cuando la esfera ha desaparecido… vuestra nave estaba justo ahí.
—¿Qué tipo de prueba? —pregunto.
Scarlett asiente.
—¿Para qué sirve en realidad esta estación, teniente?
La teniente Kim mira a nuestro alrededor y, por primera vez, muestra un atisbo del pánico que debe de estar sintiendo.
—Demonios… ¡Yo qué sé! Operaciones militares terranas clasificadas.
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—Parece que nuestra primera medida debe de ser recolectar información —declaro—. Si hemos llegado justo en el momento en el que estaban haciendo esa prueba, es razonable suponer que dicha prueba ha podido precipitar nuestra llegada. Debemos determinar cuál es el propósito de esta estación.
—¿Cómo? —pregunta Fin—. La última vez que hemos entrado en ella nos han disparado nada más vernos.
—¿Tal vez podríamos hablar con ellos? —sugiere Scarlett—. Si ellos también están experimentando el bucle temporal…
—Negativo —dice Kim, sacudiendo la cabeza—. No creo que nadie en la estación tenga ni idea de que esto está ocurriendo. Las primeras veces que me he reiniciado, antes de que se cortara la comunicación, he llamado por radio a la Zapato de Cristal para pedir instrucciones. Cada una de las veces me han dado la misma respuesta y han actuado como si no pasara nada. Más allá de la falla en el núcleo y lo que sea que esté pasando allí ahora mismo.
—No sé qué esperabais —dice Fin—. Os habéis atado a una tormenta de materia oscura en busca de descargas de pulsos cuánticos. En caso de que no lo haya dejado claro antes, eso es como meterse en un corral repleto de valshins mondorianos y bajarse los pantalones. —Su comentario se topa con tres miradas desconcertadas—. ¿No? ¿No tenéis…? Bueno, digamos que no es recomendable y ya está.
Scarlett frunce los labios, pensativa.
—Si nuestra llegada ha causado todo esto y tu nave era la única cosa que había cerca, eso podría explicar por qué estás atrapada en el bucle temporal con nosotros mientras que nadie más sabe lo que está pasando.
—¿Eh? —dice Kim, que le lanza a nuestra rostro una mirada que sugiere sorpresa ante el hecho de que haya hecho una observación tan perspicaz. Sin embargo, es una suposición bastante sensata.
—Debemos descubrir más información —declaro—. El conocimiento es clave. Tenemos veintiocho minutos hasta que ese segundo pulso cuántico que hemos presenciado golpee la vela y, después, la estación, lo que podría inutilizar componentes de su interior. Y si hay una falla en el núcleo, solo es cuestión de tiempo que la estación también acabe inutilizada. Hay que proceder.
—¿Con qué? —pregunta la teniente Kim, que vuelve a mostrarse desconfiada.
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—Con el establecimiento de los hechos —contesto—. El precipitante parece constante, pero sin tener más datos no podemos suponer que la naturaleza persistente de la anomalía temporal no tenga algún nivel de decadencia.
La teniente muestra una expresión que me resulta familiar aunque, últimamente, no la he experimentado tan a menudo. Significa que no tiene ni idea de qué estoy hablando. Mira a Scarlett, que mira a Finian. Él se lo traduce.
—Lo que quiere decir es que, dado que no sabemos qué es lo que causó el bucle temporal, no sabemos si seguirá ocurriendo para siempre. Puede que nos quedemos sin tiempo.
—Bueno, entonces, en marcha —dice Kim—. ¿Tenéis trajes espaciales?
—Entiendo que tienes una idea para subirnos a bordo —dice Scarlett. —Depende —contesta la teniente—. ¿Estáis certificados para
desempeñar actividades extravehiculares?
—Algunos más que otros —responde nuestra rostro con ironía—. Fin me ayudará. Se le da muy bien la gravedad cero.
—No te haces una idea —contesta él, sonriendo.
La teniente Kim escudriña a Fin durante un instante pero, después, aparta la mirada como si no quisiera recordarse a sí misma que está ayudando a un betraskano. Supongo que su entrenamiento militar le ha enseñado a confiar en sus instintos y a enfrentarse a situaciones de mucha presión con la cabeza despejada. Sin ninguna otra explicación alternativa viable, parece dispuesta a creer por el momento lo que le dicen sus sentidos. Pero admito con cierta admiración que se está tomando esta situación muy bien.
Me mira, y entonces me doy cuenta de que la estoy observando fijamente. Aparto la vista y agacho la cabeza de modo que el pelo me cubra los ojos.
—Toda la estación estará en alerta máxima —nos advierte—. El fallo en la prueba ocurrió hace menos de veinte minutos, así que se estarán preguntando si ha sido un sabotaje y os dispararán en cuanto os vean. Mi nave tiene una bodega de carga, pero vais a estar muy muy apretados, así que espero que os gustéis los unos a los otros. Mucho. —Veo que Finian y Scarlett intercambian una mirada rápida—. Voy a llevaros a una cámara de descompresión terciaria —continúa Kim—. Si tenemos suerte, los de
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seguridad estarán demasiado ocupados con la falla del núcleo como para darse cuenta.
—¿Y si no tenemos suerte? —pregunta Scarlett.
Fin esboza una débil sonrisa.
—¿A la undécima va la vencida?
A pesar de lo abarrotada que está la bodega de carga, llegamos a la estación enseguida y el paseo espacial hasta la cámara de descompresión, que está abierta al espacio y lista para recibir mercancías, es sencillo. Es evidente que a Scarlett le resulta complicado, ya que incluso después de que estemos sanos y salvos en el interior, sigue aferrando la mano de Finian.
Al menos, creo que ese es el motivo.
La teniente Kim nos ha indicado que esperemos en el interior de la cámara. Ella atracará con su caza y se presentará ante sus superiores. Entonces, cuando pueda escabullirse, igualará la presión de la cámara antes de dejarnos entrar a la estación. Si tenemos suerte, pasaremos inadvertidos.
Esperamos en silencio. A través de la ventana de la cámara, veo la enorme y ondulante oscuridad, iluminada por destellos momentáneos de energía malva entrelazada con una oscuridad aún más profunda. Me esfuerzo al máximo por ignorar la forma en que la tormenta hace que la piel se me ponga de gallina. Su potencia resulta casi inconcebible y la idea de que los científicos de esta estación busquen domarla me inquieta.
Puedo admitirme a mí misma que la sensación que experimento cuando las puertas exteriores empiezan a cerrarse es de puro alivio. Debemos asegurarnos de que estemos apoyados en el suelo cuando se active la gravedad para no caernos. Me deslizo hacia abajo para colocarme junto a Finian y ofrecerle mi apoyo. Scarlett está al otro lado. Para él, la sensación que se produce cuando la gravedad vuelve a actuar es desagradable.
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Una luz verde destella junto a las puertas internas de la cámara de descompresión, indicando que la presión se ha igualado y, mientras las puertas se abren, nos quitamos los cascos. Pero en lugar de con la teniente Kim, nos encontramos con tres soldados terranos que llevan la palabra «Seguridad» estampada en los petos.
Una parte pequeña de mi mente se fija con desconcierto en que van vestidos de camuflaje.
Están en el espacio. ¿De qué les sirve el camuflaje?
Levantan las armas.
—Oh, venga ya —dice Finian—. Tiene que ser una bro… ¡Puuuuuum!
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N os ha costado nueve intentos (y nueve muertes) más, pero al fin hemos encontrado una forma fiable de acceder a la estación. En realidad, esto está empezando a dársenos muy bien. En cualquier
momento vamos a empezar a gastarle bromas a la teniente Nari
Kim.
No lo digo en serio. La teniente Kim no reconocería una broma ni aunque cayera del cielo, le golpeara en la cabeza y todos los que estuvieran a su alrededor gritaran: «¡Por el Hacedor, están lloviendo bromas!».
Pero, hablando de la manera de entrar… Ya casi ha llegado el momento. Estoy aferrado al exterior de la estación como si fuese mi amor verdadero, esperando a que sea mi turno de arrastrarme por el sistema de eyección de desechos. Zila ha desaparecido hace dos minutos, lo que significa que quedan catorce segundos para que yo empiece el recorrido. Me paso nueve de esos segundos pensando en la forma en la que Scarlett me ha guiñado el ojo antes de meterse en el conducto y los otros cinco pensando en la teniente Kim porque, si esto funciona, entonces tendremos tiempo para tener la primera conversación en condiciones con ella y tengo que dejar de tocarle los huevos.
A estas alturas, ya controlamos la primera parte del bucle, que transcurre como un reloj de precisión. Kim ve nuestra nave y mientras avisa por radio a los comandantes de la estación que va a inspeccionarla,
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nos arrastramos hasta la diminuta bodega de su caza con nuestros trajes espaciales.
Entonces, nuestra nueva amiga Nari hace estallar en pedazos nuestra lanzadera, la comunicación con la estación falla y cuando llevamos once minutos del bucle, nos deja junto al conducto de evacuación de residuos. Nos damos bastante prisa porque a todos nos preocupa que el pulso cuántico que vimos desde el muelle de atraque pueda dañar algo que podría ayudarnos a volver a casa.
Aun así, el sistema de eyección de desechos me da buenas sensaciones. Desde el accidente que puso todo esto en marcha, la estación es un caos y la última vez tan solo tuvimos un tropiezo con una patrulla de seguridad.
El temporizador vibra y me pongo en marcha mientras disfruto de las últimas sensaciones que me ofrece la gravedad cero. La salida circular del respiradero se abre y, tras engancharme la mochila en torno al pie, espero a que emita una bocanada de gas y cenizas.
Ahora, dispongo de cinco segundos antes de que se cierre y la presión del interior se iguale. Me arrastro al interior y meto dentro las botas y la bolsa justo antes de que se cierre la escotilla. Entonces, me quedo en la oscuridad, que solo se ve atravesada por el haz de luz de mi casco.
El conducto es apenas un poco más ancho que mi cuerpo, y eso que estoy estirado con los brazos frente a mí. A pesar de que soy larguirucho, sigo estando apretado. Scar ha debido de pasarlo mal con las partes de su cuerpo más curvilíneas.
Decido no pensar en ellas porque aquí ya estamos bastante apretaditos. Usando las manos y los pies, las rodillas y los codos, me muevo por el conducto tan rápido como puedo. Tan solo dispongo de unos dos minutos antes de encontrarme con la siguiente descarga de cenizas ardientes procedentes del otro extremo. Esa es una muerte que no quiero experimentar; ya me ha resultado bastante dolorosa la primera vez. Mi cuerpo se queja y el exotraje hace que todo sea más difícil. Mi
multiherramienta favorita se me clava en las costillas.
El temporizador que llevo en la muñeca vibra, indicando que me queda un minuto, así que sigo empujándome. Cada movimiento es pequeño pero urgente.
Otro zumbido.
Treinta segundos.
«Chakk…».
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Al fin, la luz del casco ilumina el borde de la escotilla de salida.
—Estoy aquí —digo en voz baja.
Entonces, aparecen Scarlett y Zila. Se han quitado los cascos y meten las manos en el túnel para ayudarme. Están dentro de una cavidad en la pared de tal anchura que apenas cabe un cuerpo. Nadie viene aquí abajo, excepto los drones automatizados que recogen los residuos y los llevan hasta los puntos de evacuación.
Uno de esos aparecerá en unos veinte segundos.
Las chicas agarran mis manos extendidas y tiran de ellas. Me deslizo por encima del anillo de incineración todavía caliente y serpenteo hasta estar libre. Ellas me bajan y aguantan mi peso hasta que puedo apoyarme en el suelo. Todos nos quedamos quietos; Zila tiene la bota apoyada contra mi protector facial y oigo a Scarlett detrás de mí, amortiguada por el casco.
—¿Qué llevas en la mochila?
—Solo unos pocos suministros: herramientas, aperitivos… Ya sabes, lo esencial.
—Bueno, la forma de conquistar el corazón de una chica es… —¡Callaos! —sisea Zila.
Scar se agacha y me aprieta el tobillo en señal de agradecimiento mientras el dron se coloca en su sitio sobre nuestras cabezas, suelta la carga en el respiradero, y vuelve a alejarse con un zumbido.
A nuestro alrededor, la estación se sacude y a través del sistema de megafonía suena un mensaje.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: SE REQUIERE AL PERSONAL DE INGENIERÍA EN LA CUBIERTA 19 CON PRIORIDAD UNO. REPITO: INGENIEROS A CUBIERTA 19 DEL SECTOR ALFA.
Una vez que el dron se pierde de vista, nos ponemos en pie con las articulaciones crujiendo. Me quito el casco y Scarlett me tiende la mochila. El aire huele a humo y a poliéster quemado, y las luces parpadean pasando del blanco al rojo.
—Noventa segundos hasta que llegue el momento —murmura Zila. La seguimos en silencio hasta el panel de acceso. A nuestro alrededor
resuenan las alarmas, y los informes de daños no dejan de sonar a través de la megafonía. En esta ocasión, a diferencia de la anterior, esperamos con las orejas pegadas al panel hasta que la patrulla de seguridad pasa por
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delante a toda prisa. Es entonces cuando saco la multiherramienta y abro la escotilla.
A partir de ahí es fácil. Recorremos el pasillo corriendo, tomamos el segundo a la izquierda y llegamos a nuestro destino: una sala de evacuación cerca de las instalaciones hidráulicas para la búsqueda y obtención de agua. El cartel reza: «IHPBOA».
—¿Eso no es un animal? —pregunto, estudiando las siglas—. ¿Uno nativo de Terra?
Scarlett me lanza una mirada confusa.
—¿Un «ihpboa»?
—Una boa es un tipo de serpiente —se aventura a decir Zila, insegura. —No, no, es un monstruo gigante —digo mientras entorno los ojos intentando evocar más detalles en mi memoria—. Tiene los dientes
enormes y vive en el agua.
—¿Un tiburón? —pregunta Scarlett.
—¡Ah! —dice Zila—. «Hipo». ¿Un hipopótamo?
Estaba bastante seguro de que lo estaba diciendo mal, pero vale la pena hacerme el tonto para que Scarlett se ría, un sonido cálido y gutural que hace que un cosquilleo me recorra la espalda.
—Eso, un hipopótamo. Apréndete los animales, Scar. Es evidente que ese es peligroso.
—El mamífero de tierra más peligroso que existe —concuerda nuestra cerebro con solemnidad—. Pueden aplastar a una persona hasta matarla con las mandíbulas.
La teniente Nari Kim habla desde el umbral de la puerta.
—Un momento, ¿qué es lo que puede aplastar a una persona hasta matarla con las mandíbulas?
—Al parecer, los hipopótamos —contesta Scarlett, que parece preocupada al respecto.
—Yo no me preocuparía demasiado, pelirroja —le dice Nari—. No viven en el espacio y, además, solo quedan cinco.
—Ya no —replica Zila—. Nuestros programas de rehabilitación fueron muy exitosos y ahora prosperan en los entornos acuáticos que se encontraron en Troi III.
—Espera un momento —digo—. ¿Recuperasteis a un animal terrorífico lleno de dientes que estaba al borde de la extinción? ¿Para qué?
Zila se encoge de hombros.
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—Por la ciencia.
Por un instante, Nari parece casi divertida pero, entonces, recuerda que es una malota y que, en teoría, está en guerra con mi pueblo. Su ceño fruncido regresa más sombrío que nunca. Aun así, juraría que estamos empezando a caerle un poco bien.
Cuando los guardias de seguridad nos han encontrado dentro de la cámara de descompresión en el primer intento de subir a bordo, he pensado con total seguridad que nos habría dado por perdidos. Pero los nueve intentos siguientes me han convencido de que, al menos por ahora, la niña de la Tierra está de nuestro lado.
Una parte de nosotros sabe que esto es una locura. Viajes en el tiempo. Bucles temporales. Morir una y otra vez solo para reaparecer en el mismo sitio. Sin embargo, es difícil no creer en la evidencia que nos da una bofetada en la cara cada vez que morimos. Y, tal como dice Zila, aunque para esta chica sea el enemigo, nuestros intereses coinciden: todos queremos salir de este bucle.
—Muy bien —dice Nari mientras echa un vistazo al pasillo lleno de humo—. Parece que hemos encontrado la manera de que entréis sin que os revienten la cabeza.
—O sin que nos asfixiemos —dice Zila.
—O acabemos incinerados —añade Scarlett con un estremecimiento.
—Sí —asiento—. Esa ha dolido.
—Los sistemas de seguridad están en alerta máxima —continúa la teniente—. Por lo que sé, el daño que ha sufrido el núcleo es grave. — Toda la estación se sacude, como si le estuviera dando la razón—. Es posible que los mandos que quedan ordenen la evacuación en cualquier momento. Así que, ¿qué tenemos que buscar a continuación?
—ATENCIÓN: QUE TODO EL PERSONAL MÉDICO SE PRESENTE EN EL SECTOR BETA, CUBIERTA 14.
—Información —digo—. Pero si queremos hurgar entre todos esos archivos, vamos a necesitar un terminal con autorización de máximo nivel. La tecnología que hay aquí tiene doscientos años de antigüedad y, aunque me encanta lo retro, no puedo hackearla. De hecho, ni siquiera puedo conectar mi equipo en los enchufes.
—Los laboratorios tecnológicos estarán llenos de gente —dice Nari con el ceño fruncido—. Durante la prueba murieron treinta y seis miembros de la división científica y si el mando sospecha que ha habido
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un sabotaje, los de seguridad estarán en esos niveles por todas partes, como un sarpullido.
—SE REQUIERE DE INMEDIATO AL PERSONAL MÉDICO EN LA CUBIERTA 12 — informa la megafonía—. REPITO: PERSONAL MÉDICO A LA CUBIERTA 12.
—Piensa —dice Scarlett, alentadora—. ¿Quién no estará ahora mismo en su puesto?
Todo a nuestro alrededor vuelve a agitarse y las paredes de metal crujen mientras la teniente mira hacia arriba poco a poco.
—El doctor Pinkerton. Era el líder del proyecto. Murió en la explosión.
Estoy segura de que tendrá un terminal personal en su oficina.
—Magnífico. —Nuestra rostro le dedica una de esas sonrisas suyas que siempre me hacen sentir como si estuviera tomando el sol—. Este sitio es un caos, pero es probable que necesitemos uniformes si queremos ir corriendo por ahí sanos y salvos. Y alguna forma de disfrazar a Fin.
—No, podemos llegar hasta la cubierta de administración a través de las escaleras de emergencia —le asegura la piloto—. Allí, creo que tenemos muchas posibilidades de que no nos vean.
Me parece que es la única que piensa así, pero la seguimos. Cuatro pares de pies suben en silencio las escaleras de metal. Nos cuesta más tiempo del que me gustaría (creo que casi un cuarto de hora), pero conseguimos evitar a las patrullas de seguridad que están por todas partes, muy estresadas y dispuestas a disparar a la mínima.
La estación vuelve a retumbar y oigo un ruido sordo a través de las paredes. Scar extiende el brazo para ayudarme a mantener el equilibrio mientras mi exotraje sisea. Le estrecho la mano y le dedico una sonrisa de agradecimiento. Este sitio parece a punto de desmoronarse a nuestro alrededor.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: BRECHA EN EL CASCO EN LAS CUBIERTAS DE LA 13 A LA 17.
—Debo de estar completamente loca… —murmura Nari.
—Es posible —dice Zila, que va detrás de ella—, pero el hecho de que pongas en duda tu propia cordura es una prueba razonable de que, en realidad, estás cuerda.
—Sí, pero tal vez se suponga que eso es lo que tengo que pensar — dice ella mientras vuelve la vista hacia nuestra cerebro—. Tal vez nada de esto sea real. Tal vez, ahora mismo, sea una prisionera de guerra atrapada
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en algún laboratorio psíquico de los desteñidos y todo esto no sea más que una pesadilla inducida por las drogas para que revele información clasificada.
—¿Información sobre qué? —pregunto—. Después de todo, no eres más que una soldado de a pie y, en realidad, no sabes nada de nada.
—Y yo qué sé, desteñido —contesta Nari, gruñona ante el hecho de que le señale ese fallo en su teoría—. Lo único que sé con certeza es que, si me descubren ayudándoos, me pondrán en fila con vosotros y me dispararán por traidora.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: QUE TODO EL
PERSONAL DE INGENIERÍA SE PRESENTE DE INMEDIATO EN LA CUBIERTA 12 DE LA SECCIÓN GAMMA.
—Después de haber muerto veinte veces —le dice Scarlett—, te aseguro que esto es real. Morir duele.
—Es difícil comprender lo que está ocurriendo —concuerda Zila, alzando la voz por encima del sonido de la megafonía—. Con suerte, encontraremos respuestas en el sistema informático de la estación. Pero no creo que estés loca, teniente Kim. O que seas una traidora. De hecho, creo que eres muy valiente.
La terrana arquea una ceja al oír eso y Zila mantiene el contacto visual con ella durante unos pocos segundos antes de agachar la cabeza y seguir subiendo.
Al final de los tres tramos de escaleras, nuestra compañera de conspiraciones se asoma para echar un ojo al pasillo y, después, nos indica que la sigamos.
¡Buuuuuuum!
Todo se sacude cuando algo, en alguna parte, explota.
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS 5 Y 6 DE
INMEDIATO. REPITO: FALLO DE CONTENCIÓN.
—Desde aquí podemos cruzar a la sección Beta —murmura la niña de la Tierra—. Después, tenemos que subir dos pisos más hasta la oficina de Pinkerton.
La sección Beta de la cubierta está en la periferia de la estación y está bordeada por ventanas que dan al exterior. Cuando pasamos por delante, veo la expansión de oscuridad que hay ahí fuera, al otro lado de la carcasa de la estación, y ese cable grueso que se pierde en la tormenta de materia
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oscura cientos de miles de klicks y que está conectado a la vela cuántica que se encuentra en medio del caos que hay más allá. Un destello diminuto de energía enciende la oscuridad e ilumina esas nubes ondulantes de millones de klicks de ancho y cuyos ecos rasgan el tejido del subespacio.
Siendo sinceros, me pone los pelos de punta.
—Es precioso —dice Scarlett en voz baja, demostrando que, tal como hizo al decidir besarme, sus juicios son bastante cuestionables.
¡Craaaaaaac!
Fuera, en la tormenta, el mismo pulso cuántico que vimos desde el hangar principal vuelve a sacudir la vela. Es tan brillante que, por un instante, mi visión queda cegada por las imágenes residuales. Zila baja la vista hacia el dispositivo que lleva en la muñeca.
—Cuarenta y cuatro minutos…
—Mirad —dice Scarlett—, está ocurriendo de nuevo…
Pestañeo con rapidez mientras el pulso recorre el cable hacia la estación como un arco de energía oscura que resplandece con ferocidad contra la oscuridad más profunda. El cristal que Scarlett lleva al cuello también está ardiendo y la luz oscura hace que me duelan los ojos.
—¿Por qué hace eso? —interroga Nari.
—Excelente pregunta —replica Zila.
Mientras miro las luces parpadeantes que hay sobre nuestras cabezas, murmuro algo casi para mí mismo.
—¿Sabéis? Espero que el escudo gravitatorio de este sector siga intacto.
—¿Por qué? —pregunta Scarlett mientras aparta la vista de su escote resplandeciente—. ¿Qué ocurre si el escudo no está intacto?
Entonces, ocurren dos cosas a la vez.
En primer lugar, el pulso cuántico alcanza la estación, dibuja un arco sobre el casco y recorre la sección sin escudo en la que estamos, pasando justo a través de nuestros cuerpos.
En segundo lugar, Nari Kim descubre que Scar no estaba hablando en broma cuando le ha dicho que morir duele.
¡Zum!
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R ecorro un pasillo bañado por una luz gris, seguido por el primer paladín de Saedii. El tono de los motores ha cambiado hace dos minutos. Ahora, navegamos a máxima potencia de camino al
encuentro con la armada de los Inquebrantables. Los nuevos titulares de las noticias me dan vueltas en la mente: un montón de llamas diminutas de conflicto encendidas por el Ra’haam y sus agentes. Es una obra de teatro enorme para distraernos, una cortina de humo para ocultar el peligro hasta que sea demasiado tarde.
La cabeza me duele, pues todavía no me he recuperado de haber estado a punto de morir en la explosión de la cápsula de escape. Siento las piernas inestables y un hormigueo en los dedos. Además, cada vez que cierro los ojos, todavía recuerdo ese sueño, esa voz implorándome una y otra vez.
«Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto…».
Se supone que esto se me da bien, que la estrategia es lo mío. Sin embargo, estoy atrapado a bordo de una nave enemiga con cientos de fanáticos syldrathi y cada momento que desperdicio aquí es otro momento que el Ra’haam pasa gestando bajo la superficie de Octavia y el resto de los mundos de crianza.
No sé dónde está Scarlett. Ni Auri, ni Zila, ni Fin, ni Kal. No sé si están vivos o muertos. Además…
Hacedor… Este dolor de cabeza…
—Detente.
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Erien habla a mis espaldas y me hace parar junto a una puerta blindada de plastiacero. El pasillo está repleto de ellas y, cuando echo un vistazo a mi alrededor, supongo que me ha traído al nivel de detención.
Hago lo que me dice y me giro hacia él mientras presiona la palma de la mano sobre el panel que hay junto a la puerta que, al abrirse, revela una habitación oscura con un catre y las paredes vacías.
—Pensaba que tu templaria te había ordenado que me llevaras a unos aposentos adecuados.
—Esto son aposentos adecuados. Aquí, eres un prisionero, mestizo, no un invitado. —Hace un gesto con la cabeza en dirección a la habitación—. Muévete.
—Escucha —digo, intentando ignorar la forma en que me palpita la cabeza—, sé que crees que estamos en bandos opuestos, pero te observé en la Andarael. Saedii te respeta, Erien; te escucha. Y supongo que un primer paladín de los Inquebrantables es lo bastante inteligente para ver cuándo están jugando con él. ¿Por qué iba la AGI a secuestrar a Saedii si no fuera para provocar una guerra? ¿Por qué…?
El levanta una mano y me interrumpe.
—Estoy tan interesado en tus conspiraciones como en tus halagos.
Entra ahí dentro.
Aprieto los dientes. La desesperación hace que empiece a estar de mal humor.
—Tengo que hablar con Saedii de nuevo; tenemos que…
—Si dependiera de mí, ya estarías muerto. A pesar de que parece estar ciega con respecto a ti, Saedii es mi templaria, así que voy a obedecer sus órdenes y a asegurarme de que estés sano y salvo. Pero te lo advierto: no vuelvas a insultar mi honor.
Pestañeo.
—¿Que está ciega? —Su mirada fría se dirige a mi cuello y a las marcas de mordiscos que ella me ha dejado—. Mira, no significo nada para ella —le aseguro—. Estábamos juntos en un espacio pequeño y tan solo estaba liberando algo de estrés. No es nada.
Erien ladea la cabeza.
—¿Nada?
—Solo soy su juguete. Casi me arrancó la cabeza al besarme. No tienes nada de lo que preocuparte. Bueno, si es que te preocupa algo, claro está. Ese otro paladín te llamó «be’shmai», así que supuse que tú y él…
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—Eres un necio. —Se lleva una mano a la pistola de pulso syldrathi que lleva a la cintura y la pone en posición de aturdir—. Entra en la celda.
—¡Hacedor! ¿Por qué no te paras a pensar un minuto? —siseo mientras el dolor de cabeza vuelve a asaltarme—. ¡La Tierra llevaba años evitando la guerra con los Inquebrantables! ¿Por qué atacaría la AGI a la Andarael de repente si no fuera…?
Erien me agarra del brazo y aprieta con fuerza.
Eso es suficiente.
No me gusta perder el control; por eso no bebo, no fumo y no digo palabrotas. Pero la desesperación, el saber que están jugando con nosotros, el miedo por mi escuadrón y mi hermana, la revelación de la madre syldrathi a la que nunca conocí y este maldito dolor de cabeza…
Me libro de su agarre de golpe y bufo.
—¡No me toques, hijo de…!
Él se mueve tan rápido que mis ojos no pueden seguirlo. Me rodea con fuerza una de las muñecas con una mano, me agarra por la garganta con la otra y, tras pasar una pierna por detrás de la mía, me estrella contra el suelo y se inclina sobre mí sin apartar la mano de la garganta. Cuando apoya todo su peso sobre mí, asfixiándome, empiezo a ver estrellas frente a los ojos.
Le doy una patada que le acierta en la mandíbula y hace que la cabeza se le vaya hacia atrás. Se tambalea y pierde parte del agarre. Haciendo un barrido con el otro pie, le hago una zancadilla, ruedo para apartarme de él y me levanto. Él vuelve a estar de pie en un instante. Se mueve como el agua, lo cual me recuerda un poco a Kal. Es igual de rápido e igual de fuerte.
—Kii’ne dō all’ia…
Busca su pistola de pulso y yo se la arrebato de un manotazo. Me agarra la mano y me arrastra hacia delante mientras me da un rodillazo en las entrañas, lo que hace que el aliento se me escape a través de los labios, que ahora me están sangrando. Haciendo una pirueta, me estampa contra la pared y pulsa el comunicador que lleva en el pecho.
—Sēn, vin Erien, sa…
Le golpeo la nariz con la palma de la mano. Entonces, se produce un crujido y de ella emana un chorro de sangre púrpura. El pulso me palpita en las sienes mientras agarro un puñado de sus trenzas y le estampo el puño de nuevo contra la cara, haciendo que la nariz se le chafe contra las
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mejillas. Con una pierna, hace un gancho en torno a las mías y caemos al suelo. Una luz blanca me estalla tras los ojos. Mientras doy tientos en busca de la pistola de pulso que ha caído al suelo, me retuerce el brazo tras la espalda y suelto un rugido.
Intento agarrar la empuñadura del arma con los dedos mientras noto un crujido en el hombro y que el codo está a punto de partírseme. Con la mano libre, Erien saca una de las espadas kaat que lleva a la espalda, pero mis dedos al fin rodean la empuñadura, así que sostengo el arma, me giro y se la descargo en el pecho.
La boca emite un destello y el disparo aturdidor ilumina el gesto sorprendido de su rostro. Se tambalea hacia atrás con una marca humeante en el peto negro de su armadura de paladín. Con una mueca de dolor, jadeo intentando recuperar el aliento. Sigo agarrando el arma, me pongo en pie con dificultad y…
Las paredes que me rodean son arcoíris.
El suelo tiembla bajo mis pies.
Oigo gritos. El aire del pasillo se vuelve del color de la sangre seca y de un azul medianoche moteado de estrellas. Entonces la veo, suspendida frente a mí en medio de la oscuridad, brillando como si fuera los fuegos artificiales del Día de la Fundación.
Siento el corazón henchido al verla, pues ha sido algo más que mi hogar los últimos seis años y algo más que el lugar en el que he crecido: es un símbolo de esperanza, una luz en la oscuridad que brilla con fuerza en medio de la noche.
—La Academia Aurora… —susurro.
«Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto…».
Extiendo el brazo hacia ella con los dedos temblorosos. Cuando la toco, la academia estalla en pedazos ante mis ojos. Horrorizado, siento frío en el vientre. El fuego florece en la oscuridad y, más allá, veo la sombra.
El Ra’haam.
Un gemido se me escapa de los labios ante semejante imagen: cien mil naves, cien mil formas diferentes que se alzan frente a mí y ocultan las estrellas.
Demasiado grande. Son demasiados.
Giro la cabeza y cierro los ojos con fuerza para no tener que observarlo.
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Por eso, no me doy cuenta de que, detrás de mí, Erien se está poniendo en pie.
Oigo cómo resuena el metal sobre el metal y, cuando me giro, lo veo frente a mí. Tiene el rostro hermoso torcido por la rabia.
La sangre, teñida de gris oscuro por el Pliegue, le gotea por la barbilla y la luz se refleja en la espada kaat que desenvaina a su espalda.
«Me has dicho dónde ocurría…».
Aprieto los dientes, alzando el arma.
«Arregla esto, Tyler…».
Jadeo cuando me clava la espada en las entrañas.
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—¿S abes que no hay una palabra syldrathi para decir «adiós»? Parpadeo y abro los ojos. La luz se me cuela a través de las
pestañas y suelto un gemido. Saedii está sentada junto a mi cama, hurgándose en las uñas con un cuchillo alargado y hermoso.
—¿Qué? —susurro.
Me obligo a abrir los ojos de nuevo y la cabeza me da vueltas. Me rodea el murmullo suave del equipo médico y hay una luz suave y sombría. Cuando bajo la vista, me doy cuenta de que no llevo camiseta. Otra vez. Siento un dolor sordo en el vientre y tengo un parche dérmico sobre la herida que me ha causado la espada de Erien. Sin embargo, estamos en un crucero de guerra de los Inquebrantables, así que las instalaciones médicas son de última generación. Para ser sincero, el dolor ni siquiera es tan horrible.
Al menos, para ser fruto de un apuñalamiento brutal.
—Es cierto. Los syldrathi creen que, una vez que las personas están unidas, no pueden separarse de verdad nunca jamás. —Saedii señala con un gesto el parche dérmico—. Aunque murieras hoy, los átomos de tu cuerpo permanecerían. A lo largo de los eones, esas partículas se desintegrarían y se fusionarían para incorporarse a otros seres u otros cuerpos planetarios. Después, se verían arrastrados a una estrella colapsando y volverían a ser esparcidos por una supernova. Y, al fin, cuando el gran agujero negro que es el corazón de esta galaxia atrapara todo de nuevo entre sus brazos, todas las cosas volverían a reunirse. Por
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eso, no decimos «adiós» cuando nos separamos. Decimos: «An’lai téli saii».
—¿Y eso qué significa? —gruño.
—«Nos vemos en las estrellas». —Ladea la cabeza y la sonrisa suave se desvanece de su rostro—. Te digo esto porque pareces tener una prisa extraordinaria por morir, Tyler Jones.
—No es más que una herida en la carne, señora. —Presiono la mano sobre el parche y hago una mueca de dolor—. Tu lugarteniente necesita mejorar su puntería si quiere matarme.
Saedii resopla, burlona.
—Erien es primer paladín del Círculo Negro, creador de un millar de huérfanos. Si deseara que estuvieras muerto, lo estarías. Estoy hablando de Antaelis, el prometido de Erien. Has dejado el rostro de su amado hecho un desastre; quería retarte a duelo por su honor.
Sacudo la cabeza, suspirando.
—Como si no tuviéramos nada mejor que hacer con todo ese asunto de que se va a acabar la galaxia.
Saedii se reclina hacia atrás, alza las botas y las apoya sobre mis muslos como si estuviera reclamando un territorio. Pasa la vista con lentitud por mi cuerpo y vuelve a mirarme a los ojos. Esa chispa de diversión aparece otra vez entre nosotros y se ve teñida por una ira grave y palpitante.
—Sigues sin comprender dónde estás, ¿verdad? —Sé exactamente dónde estoy y con quién estoy.
—Si fuese así —dice ella, bajando una ceja—, no me habrías llamado «idiota» delante de mi tripulación.
Hago una mueca.
—Sí, lo sien…
Levanta una mano.
—No empeores tu insensatez con cobardía, terrano.
—Te juro que eres la más… —Sacudo la cabeza dolorida con los dientes apretados—. ¿Todo tiene que ser una lucha contigo?
En ese momento sonríe con la lengua sobre los dientes.
—Si así lo deseas…
—¡Por el aliento del Hacedor! —gruño—. ¿Puedes dejarte de juegos? —Me gustan los juegos.
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—Bueno, no estoy de humor para ser tu juguete. —El cráneo sigue palpitándome y tengo la boca tan seca como un desierto—. ¿Qué haces aquí, Saedii?
Su sonrisa se desvanece y frunce los labios negros mientras me observa.
—He visto las grabaciones de tu pelea con Erien —dice al fin—. Le habías vencido en la refriega, pero has titubeado en el golpe final. Te has sujetado la cabeza, como si te doliera. He hecho que el equipo médico te hiciera un escáner para buscar algún traumatismo cerebral, causado tal vez por la exposición al Pliegue, pero no tienes nada.
—No sabía que te importase, templaria.
Al oír eso, veo un destello en sus ojos. Dura tan solo un instante y, después, desaparece. El humor de esta chica pasa de ardiente a frío y ardiente de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Pero, cuando la observo con más detenimiento, detrás de toda la bravuconería, el desdén y los aires de princesa de los Inquebrantables, por un segundo me parece captar un atisbo de…
—Te he oído —dice, dándose un golpe en la frente—. Te he oído en mi mente, gritando mientras caías. No como si estuvieras herido, sino como si estuvieras… aterrado.
Me paso las manos frente a los ojos y suspiro.
—He… visto algo.
—¿Te refieres a una visión?
Respiro hondo y asiento.
—Llevo viendo cosas desde que me desperté aquí. Es como si estuviera… soñando despierto. Veo a una chica syldrathi cubierta de sangre pero, en el sueño, sé que es mi sangre y no la suya. Estamos en una cámara enorme con paredes de cristal y un trono. Todo ello tallado en arcoíris.
Ella entorna los ojos.
—Eso suena como el interior de la Neridaa.
—En mi sueño está quedando destruida, deshaciéndose en pedazos. — Trago con fuerza y el estómago se me enfría al recordarlo—. Además, hay una sombra más allá de las paredes, tan grande y oscura que sé que lo consumirá todo si se lo permito.
—¿Alguna vez antes habías soñado despierto de este modo?
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—Jamás. —La miro a los ojos—. No puedo explicarlo, pero creo… Saedii, creo que está a punto de ocurrir algo horrible.
Aparta la mirada de mí y centra los ojos en algún punto distante, más allá de las paredes. Todavía puedo sentir un rastro de sus pensamientos, pues la sangre de caminante que heredó de su madre le habla a la sangre que yo heredé de la mía; una mujer a la que nunca conoceré porque mi padre no está aquí para contarme quién era, cómo se conocieron o cómo llegué a existir.
A pesar de la fachada de reina del hielo y de los juegos mentales de Saedii, sé que se siente insegura. Cuando sus ojos vuelven a posarse sobre los míos, más allá de las agresiones, las burlas, el desdén y la fachada de guerrera de los Inquebrantables, siento una chispa de… ¿calidez?
—En los informativos están apareciendo más noticias de conflictos — dice—. Una docena más de incidentes como los que has encontrado tú. Viejos rencores desenterrados. Fuegos de guerras pasadas que se reavivan de nuevo. Las estrellas gotean sangre.
—Se trata del Ra’haam, Saedii. Lo sabes.
Se pasa la lengua por los labios mientras juguetea con el cuchillo entre los dedos.
—Al menos, tus camaradas de la Legión Aurora se están esforzando por apagar las llamas. Se ha convocado una cumbre de emergencia del Caucus Galáctico para tratar la «ola creciente de malestar entre las razas sintientes de la Vía Láctea». Se celebrará en tu Academia Aurora dentro de cinco días.
El corazón me da un vuelco y, cuando me incorporo en la camilla, el vientre herido me duele.
—¿En la academia? ¿Por qué no me lo has dicho?
—Acabo de hacerlo. ¿Por qué es tan importante?
—Mi sueño —digo con el corazón acelerado—. La… visión. Esta última vez ha sido diferente. He visto la Academia Aurora brillando como un faro en medio de la oscuridad. Sin embargo, he extendido el brazo hacia ella y… ha estallado justo frente a mí.
Vuelvo a ver un destello de luz en mi mente: la imagen de la academia al estallar, extinguiendo así la última esperanza de la galaxia.
«Arregla esto, Tyler…».
Sacudo la cabeza con el pulso disparado.
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—Si los dirigentes del Caucus Galáctico están todos en el mismo sitio y el Ra’haam ataca…
—Son unos insensatos por reunirse de ese modo —dice Saedii con el ceño fruncido, pensativa—. Pero, si crees que la academia está en peligro… tal vez pueda darte acceso a nuestro sistema de comunicaciones. Podrías enviarles una advertencia.
—¿Crees que esa sería una transmisión a la que respondería el equipo de comunicación de la Legión? —pregunto, resoplando de forma burlona
—. Por no hablar de que no me creerían. La AGI me incriminó, tildándome de terrorista, Saedii; de asesino en masa; de traidor a la Legión y a mi propia gente. Además, la transmisión les llegaría desde una nave de los Inquebrantables.
—Seguro que tienes contactos dentro de la academia que todavía creen en ti. ¿Qué hay de aquellos que os dejaron esos regalos en Ciudad Esmeralda?
—El almirante Adams y la líder de batalla De Stoy —asiento. La mente me funciona a mil por hora—. Saben algo, pero no tengo forma de contactar con ellos de forma directa. Si estuviera en la Estación Aurora podría enviarle un mensaje a Adams a través de la red de la academia. Pero con algo tan importante no puedo arriesgarme a enviar un aviso a ciegas y esperar que algún currito del equipo de comunicación lo transmita a la cadena de mandos. —Sacudo la cabeza, más seguro con cada inhalación—. Tienes que llevarme allí —declaro.
Los ojos de Saedii son tan cortantes como el cristal.
—«Tienes que» no es una frase que se le diga a un templario, terrano. —Si el Ra’haam destruye el Caucus, ¡sumirá la galaxia en el caos! Y
cada día que pasemos recogiendo los restos es otro día más del que dispone el Ra’haam para crecer. Saedii, tenemos que…
—Ahí están esas palabras de nuevo.
—Hacedor, ¿quieres escucharme? —Aparto sus botas de golpe de mis muslos y me levanto de la camilla—. Puede que seamos las únicas personas vivas en toda la galaxia que tengan la más mínima idea de lo que está pasando.
—Tengo preocupaciones más importantes que…
—¿«Preocupaciones más importantes»? —grito—. ¡Toda la galaxia está en juego! ¡Sabemos la verdad! ¡Tenemos el deber de detener a esa cosa!
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—¡No te atrevas a sermonearme sobre el deber, Tyler Jones! —gruñe mientras se pone en pie para estar a mi altura—. ¡No sabes nada sobre cuál es su peso! ¡Nuestro arconte ha desaparecido en el Vacío sin dejar rastro! Una docena de señores de la guerra de los Inquebrantables están a punto de hacerse con el control del concilio y yo soy la única que tal vez pueda evitar que nos hagamos añicos. ¡El futuro de mi pueblo pende de un hilo! ¿Y tú lloriqueas diciéndome que debería cambiar el rumbo y dirigirme a espacio enemigo para salvar a un puñado de shan’vii que son lo bastante idiotas como para arriesgarse a reunirse para dialogar en un momento así?
—¡Están intentando mantener la paz! —grito de nuevo—. ¡El Caucus no sabe que el Ra’haam está ahí fuera!
—En tal caso, insensatos y ciegos.
—Saedii, no puedes dejar que…
—¡No me digas lo que no puedo hacer! —ruge con el rostro a apenas unos centímetros del mío—. ¡Soy una templaria de los Inquebrantables! ¡Me he bañado en sangre en un centenar de batallas! ¡Soy la hija del Mataestrellas! ¡Hago lo que quiero, voy a donde me place y tomo lo que deseo!
Se queda ahí de pie, sin aliento, fulminándome con la mirada y mostrando los dientes en un gruñido. Su mirada es tan afilada como el cuchillo que lleva en la mano y está tan pegada a mí que puedo sentir el corazón latiéndole bajo la piel. Su mente se está derramando sobre la mía de nuevo y sus pensamientos me están empapando.
Es ira. Es fuego. Es como un cuchillo clavándoseme en el pecho.
«Hago lo que quiero, voy a donde me place y tomo lo que deseo».
En ese momento me doy cuenta; justo cuando aparta los ojos de los míos, me mira los labios y, después, vuelve a alzar la vista.
Por el aliento del Hacedor; me desea.
Chocamos el uno contra el otro con tanta fuerza que la herida del labio se me vuelve a abrir. Me llena de aliento los pulmones y le entierro los dedos en el pelo. Cuando la levanto del suelo, la idea de lo estúpido que es esto queda silenciada por la sensación de tenerla entre mis brazos.
Me rodea la cintura con fuerza con las piernas y ahoga un grito cuando nos estrellamos contra la pared. Con las uñas, me dibuja líneas de fuego sobre la espalda desnuda mientras la estrecho con las manos, empujándola con fuerza contra el metal.
Por muy estúpido que parezca esto, por mucho que sea una locura…
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Puede que mañana toda la galaxia esté en guerra.
Puede que todos estemos muertos.
Vive esta noche; mañana, moriremos.
Su mente está entrelazada con la mía. Me empapa con su deseo y redobla el mío. Me cuesta respirar. Me cuesta pensar. Nunca antes había sentido algo así; nunca había necesitado nada con tanta desesperación. Pero esto es una locura, esto es…
—Saedii… —jadeo mientras aparto la cabeza.
Deja de hablar, Tyler Jones —dice su voz en mi cabeza—. Tienes mejores cosas que hacer con la boca.
Sí, es verdad; no se lo puedo discutir.
Tyler Jones: 2
Saedii Gilwraeth: 2
—Bueno, eso ha sido… intenso.
Estamos tumbados en el suelo de la cubierta médica, jadeando para recuperar el aliento y con una fina sábana térmica plateada sobre nuestros cuerpos. Alrededor de nosotros, la estancia es un caos. Hay muebles volcados y cristales rotos por el suelo. Saedii está pegada a mí con las trenzas negras sobre el rostro y el pintalabios negro emborronado sobre la boca. Ambos estamos resbaladizos por el sudor y la sal hace que me escuezan los surcos que me ha dejado en la espalda.
—Creo que tal vez necesite más puntos —digo con una mueca de dolor.
Ella no responde. Tiene la cara enterrada en mi cuello y su corazón me late contra las costillas. Su respiración se está calmando pero, por lo demás, está totalmente quieta y en silencio.
—Bueno, no es que me queje —digo, intentando arrancarle una carcajada—, pero, tal vez, la próxima vez deberíamos tener preparado un litro de sangre 0 negativo.
Una vez más, no contesta. Tampoco se mueve. Sus pensamientos siguen entrelazados con los míos, goteando sobre mí como tinta derramada
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sobre el papel, pero, si bien hace un momento estábamos tan unidos que casi podríamos haber sido una persona, ahora se está apartando poco a poco. Sus sentimientos se están enfriando como el sudor sobre nuestra piel.
Es como si alguien hubiese apagado el sol.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Sin previo aviso, se aleja de mí y se incorpora para sentarse. Mueve la cabeza en la penumbra mientras escudriña el caos. Se pone de pie de forma fluida y elegante, y empieza a buscar entre el desastre las partes abandonadas de su uniforme.
—¿Qué ocurre? —pregunto de nuevo.
—No ocurre nada —contesta ella.
—Bueno, entonces, ¿dónde vas?
—De vuelta al puente de mando.
Parpadeo.
—¿Así, sin más?
Recupera las bragas del armario sobre el que las he lanzado y se las vuelve a poner.
—¿Esperabas algo más?
—Bueno… —Me incorporo y la sábana plateada se me arruga en torno a la cintura—. No estoy seguro de cómo funciona el asunto entre los syldrathi, pero, de normal, los terranos… hablan después de hacerlo.
—¿Y de qué deberíamos hablar, Tyler Jones?
—¿He hecho algo mal?
—No. —Se pone el sujetador—. Has estado perfectamente adecuado. Arqueo una ceja. De hecho, en la que llevo la cicatriz, para que el
gesto sea más efectivo.
—Señora, he estado en tu mente durante todo el tiempo. Si a eso es a lo que llamas «adecuado», que venga el Hacedor y…
—No estoy aquí para saciar tu ego en lo que respecta a tu desempeño. —Recoge el cuchillo alargado que tenía entre las manos cuando me he despertado y vuelve a atarse la funda a la pierna—. Sigues conservando ambos pulgares. Saca tus propias conclusiones.
Me pongo en pie y me rodeo la cintura con la sábana. Hago una mueca ante el escozor del sudor y el dolor sordo de la herida de puñalada que llevo en el estómago.
—¿Estás… enfadada conmigo?
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Sin decir nada, Saedii se da la vuelta, se mira en el espejo que hay en la pared y empieza a peinarse las trenzas con los dedos. Me coloco detrás de ella de modo que pueda ver mi reflejo y extiendo la mano para rozarle el hombro.
—Oye, habla con…
—No me toques —gruñe.
Bajo la mano, sintiéndome un poco herido.
—Eso no era lo que me gritabas en la cabeza hace un minuto.
—Eso ha sido hace un minuto. —Vuelve a fijar los ojos en sus trenzas y mueve los dedos con rapidez entre los mechones negros como la tinta. Noto cómo se está cerrando, tal como hizo durante el consejo de guerra, encerrando su mente tras altas puertas de hierro—. Nos hemos complacido mutuamente y, ahora, hemos acabado. No pienses que ha sido algo más de lo que ha sido.
—¿Y qué ha sido?
—Una forma de liberar tensión —dice—. Algo comprensible después de nuestro cautiverio juntos. Algo sin importancia.
—¿Por qué me estás mintiendo?
Deja quietas las manos y posa sus ojos en los míos.
—Debería cortarte la lengua, terrano. Debería arrancártela del cráneo
y…
—Saedii, estabas en mi mente ahora mismo —digo con voz suave mientras busco algo en su mirada—. Soy nuevo con todo este asunto de la telepatía, pero sé lo que estabas sintiendo. Esto no ha sido una aventura fruto de la guerra ni una mera manera de aliviar el estrés.
—No te eches flores —se burla.
—Saedii, habla conmigo.
La agarro del hombro y hago que se gire hacia mí. Aunque siento una punzada de ira atravesándola cuando mi mano roza su piel, más allá de eso, otra vez vuelvo a captar un atisbo de aprobación.
Esta chica es una luchadora; una líder. Nació para el conflicto y fue criada para la guerra. No quiere obediencia, sino que la desafíen. Quiere un igual.
La beso con fuerza. La atraigo entre mis brazos y la estrecho contra mí. Su cuerpo se tensa y aprieta los puños, pero su boca se derrite sobre la mía como la nieve ante el fuego. Un suspiro se le escapa entre los labios mientras me pasa los brazos alrededor del cuello.
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Y más allá del choque de nuestro tira y afloja, de desear y no desear, vuelvo a captar un atisbo de algo a través de las grietas del hierro en el que se ha envuelto a sí misma. Se trata de algo tan grande y temible que no soporta mirarlo durante mucho tiempo.
Me inclino hacia ello, pero ella lo aparta, aplastándolo bajo sus talones mientras interrumpe el beso. La miro a los ojos y me doy cuenta de qué se trata y de por qué se esfuerza tanto por fingir que esto no significa nada para ella.
Es porque…
Porque lo significa todo.
—Estás sintiendo la Llamada —susurro.
Los ojos de Saedii centellean y se aparta de mí con un gruñido. Veo cómo vuelve a centrar la atención en su reflejo, agitada, y cómo se entretiene peinándose las trenzas con las manos temblorosas. Sin embargo, puedo vislumbrar la verdad detrás del hielo de sus ojos; puedo sentirla en el interior de su cabeza, inundándola a pesar de sus esfuerzos por mantenerla contenida. Se trata del instinto de apareamiento syldrathi; la atracción casi irresistible que sienten por las personas con las que sus almas están destinadas a estar.
Kal lo siente por Aurora. Una vez, me dijo que el amor era una gota en medio del océano de lo que siente por ella. Y, ahora, cuando miro a Saedii a los ojos y pienso en todas las veces que podría y debería haberme matado…
Hacedor, he sido un idiota…
—¿Hace cuánto? —pregunto. No dice nada. Me coloco detrás de ella y escudriño su reflejo—. Saedii, ¿hace cuánto?
Me mantiene la mirada, llena de furia y de pesar, y, entonces, una adoración desafiante y llena de odio atraviesa sus pensamientos. En su mente, veo una imagen de mí mismo a bordo de la Andarael, en las profundidades del foso de lucha de los Inquebrantables, con un drakkan muerto a mis espaldas y con la mirada alzada hacia ella, ensangrentado pero victorioso.
—Sí —murmuro—. Eso habría encendido hasta los mecanismos de una monja, así que no puedo culparte.
Resopla, intentando no sonreír, y atraviesa la cubierta médica. Puedo sentir su ira furiosa y el odio hacia sí misma que le hierve bajo la sangre. Una parte de ella quiere agarrar un fragmento de cristal roto del suelo y
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apuñalarme hasta la muerte aquí y ahora. La otra parte quiere desplomarse entre mis brazos y estrecharme con tanta fuerza que me rompa. Odia desearme, pero también la emociona.
—No sabías que te sentirías así —digo, dándome cuenta de lo que le pasa. Me fulmina con la mirada con los labios apretados—. Saedii, habla conmigo —insisto.
—He tenido… pretendientes —dice al fin con un suspiro—; distracciones placenteras. Pero nada como… —Agacha la cabeza, aprieta los dientes afilados y cierra los dedos en puños. Entonces, se ríe con suavidad mientras sacude la cabeza—. Desde luego, el Vacío tiene un sentido del humor macabro. Tejer para mí un destino como este…
—¿Tan malo soy? —le pregunto en voz baja.
—Eres terrano —sisea.
—Medio terrano —contesto—, pero ¿y qué?
—Pues que nuestros pueblos están en guerra. Y que mi padre convertiría tu columna en cristal y la rompería en mil pedazos si sospechara siquiera que uno de tus dedos me ha rozado la piel. —Suelta una carcajada amarga casi para sí misma—. Solo el Vacío sabe lo que me haría a mí si supiera que he… Que hemos…
Su voz se desvanece y la ira vuelve a alzarse en ella mientras se agacha para sacar una de sus botas de debajo de una camilla médica.
Atravieso la habitación y, mientras está de pie, le paso una mano por la espalda desnuda. Siento cómo se estremece a pesar de que se aprieta contra mí. El dolor que hay en ella es tan real que puedo sentirlo en mi propia cabeza.
—Saedii, tu padre no está aquí —le digo—. Y nuestra gente no tiene por qué estar en guerra. Tienes el poder para acabar con esto.
—No te atrevas —gruñe.
—Ven conmigo a la Academia Auro…
—¡No! —espeta mientras se gira hacia mí—. ¡No vuelvas a pedírmelo! ¡Todo por lo que mi padre luchó para construir podría convertirse en polvo ahora que ya no está! Cualquiera de la docena de templarios que existen podría intentar hacerse con el poder del concilio. ¡Soy la hija del Mataestrellas! En su ausencia, recae en mí la responsabilidad de mantener unidos a los Inquebrantables.
—¡Nada de eso importará si permitimos que el Ra’haam eclosione!
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—¡Mi deber está con mi pueblo! —ruge—. ¡Y nuestros pueblos están en guerra!
Nos quedamos ahí de pie, en medio de la penumbra, y todavía puedo sentir su cuerpo pegado al mío y la calidez furiosa de sus emociones iluminando mi mente. Hay muchas cosas de esta chica que estoy empezando a ver ahora. Es como la luz del sol encerrada en un caparazón de hierro negro. E incluso a través de las grietas diminutas que me ha mostrado, sé que arde con fuerza y que sería maravilloso perderme a mí mismo en un calor como ese. La sangre syldrathi que hay en mí la llama y el puente que hay entre nuestras mentes resuena con su canción.
Es hermosa. Fiera. Brillante. Implacable.
Esta chica no se parece a ninguna que haya conocido.
—Entonces, deja que me marche —me oigo decir a mí mismo.
—¿Qué? —susurra.
—Si no quieres venir conmigo, deja que me marche. —Trago saliva con fuerza y veo cómo en sus ojos se enciende una llama diminuta de ira y dolor—. Dame una lanzadera y algunos créditos. O déjame en algún puerto estelar y encontraré la forma de llegar a la Academia Aurora. Detendré al Ra’haam yo solo.
—No sabes nada sobre sus planes —dice—. Eres un fugitivo; tu propio Gobierno te está buscando por saltarte una interdicción y por terrorismo galáctico.
Sonrío de medio lado.
—A mí me parece un desafío.
—Vas directo hacia tu propia muerte. Eres un insensato.
—¿Quién es más insensato? ¿El insensato o la insensata que está enamorada de él?
Saedii pone mala cara y se da la vuelta. Me coloco delante de ella y le pongo las manos en las mejillas. Mientras la beso, siento cómo la emoción le recorre todo el cuerpo, de pies a cabeza. Entonces, se abalanza sobre mí con tanta fuerza que casi me derriba.
Me tambaleo hacia atrás y chocamos contra la pared. Su cuerpo está pegado con fuerza al mío y encajamos tan bien como el más extraño de los rompecabezas. Sus curvas son duras como el acero y sus labios suaves como las nubes y, por un momento, me cuesta no perderme en ella de nuevo, no cerrar los ojos ante la guerra que nos rodea y la sombra que se alza sobre nosotros y hacerla mía.
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Entonces, me doy cuenta de que ha vuelto a sacar su cuchillo y lo mantiene cerca de mi garganta mientras me mira a los ojos.
—No sé qué es lo que odio más —susurra mientras el filo me roza la piel—, si acercarte a mí o alejarte.
—Yo sé cuál es la que prefiero.
En ese momento vacila, aunque solo un segundo. En medio del silencio, le tomo la mano, aparto el arma de mi garganta y le beso los nudillos. Busco en sus ojos esa calidez, esa luz.
—Ayúdame, Saedii. Podemos hacerlo juntos.
Sin embargo, ella mira por encima de mi hombro y, al verse reflejada en el espejo, la cortina de hierro desciende y el fuego ardiente de su interior se enfría de golpe. Aprieta la mandíbula y se aparta, sacudiendo la cabeza.
—En primer lugar, mi deber está con mi gente, Tyler Jones; no con mi corazón.
La miro a los ojos y trago saliva con fuerza.
—Entonces, tienes que dejar que me marche.
—Te diriges hacia tu propia muerte —gruñe.
—Tal vez —replico, encogiéndome de hombros—. Pero no puedo quedarme aquí de brazos cruzados sin hacer nada.
En ese momento, veo cómo arden en ella la resistencia y la ira. La hija del Mataestrellas al descubierto. Puedo sentir la amenaza que hay en ella como una sombra alzándose bajo su superficie, tan oscura como el fuego que me ha calentado hace unos instantes. Me doy cuenta de que el fuego arroja la sombra; de que ambas cosas forman parte de lo que la hace ser ella misma: hermosa, fiera, brillante e implacable.
Alza las manos entre nosotros. Entrelaza los dedos manchados de sangre de su mano izquierda con los míos y, con la derecha, sigue sujetando el cuchillo mientras me mira a los ojos.
Sé que, si quisiera, podría obligarme a quedarme. Sé que, si quisiera, podría matarme.
Saedii es una chica que consigue lo que quiere.
«“Tienes que” no es una frase que se le diga a un templario, terrano». Al final, separa nuestras manos. Se desabrocha la funda del muslo,
mete el cuchillo dentro y me lo deja sobre la palma. Tras doblar mis dedos sobre la empuñadura esculpida, me besa los nudillos con suavidad y calidez.
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—Nos vemos en las estrellas, Tyler Jones —dice.
Y, entonces, me deja marchar.
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—¿«C uándo»? —repito—. ¿Qué quieres decir con «cuándo»? Caersan mira más allá de mí, en dirección a Kal, y alza la
ceja que tiene sobre el ojo bueno.
—¿De verdad, Kaliis? Todo el universo ante ti, ¿y esto es lo que has elegido?
Kal da un paso al frente y yo le tomo de la mano, entrelazando mis dedos con los suyos.
—Tenemos problemas más grandes —le recuerdo en voz baja, como si no estuviera a punto de abalanzarme sobre su padre yo misma. Entonces, le hablo a Caersan sin molestarme en intentar ser educada—. Dale ese gusto a mi diminuto cerebro terrano y dime de qué demonios estás hablando.
—Hablo tu vil idioma con la fluidez de alguien nacido con él — contesta el Mataestrellas mientras aparta la mirada de nuestras manos unidas y se gira hacia la proyección de las estrellas—, así que supongo que lo que no comprendes es el concepto y no la palabra. Kaliis, con respecto al umbral del Pliegue de Taalos, ¿tienes alguna observación?
—Está dañado —contesta él con lentitud—. Descuidado; lo que no tiene mucho sentido. Debería de haber recibido mantenimiento por parte de los equipos técnicos de la colonia de Taalos.
—Que ya no existe —asiente Caersan—; del mismo modo que la población de Terra desapareció hace tiempo.
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—No desapareció hace tiempo —comienzo a decir—; estaban ahí hace…
Pero empiezo a darme cuenta de lo que quiere expresar.
Cuándo.
La profundidad de la presencia del Ra’haam en la Tierra, todas las capas enrollándose y retorciéndose sobre sí mismas… La densidad era la misma que en Octavia. Todo el planeta estaba cubierto por una capa gruesa.
Pero el Ra’haam no ha florecido o brotado todavía. Ese era el objetivo del Arma: destruirlo mientras dormía, antes de que esto pudiera ocurrir. Llevaría años que poblara la Tierra de ese modo. No lo creería si no lo hubiera sentido yo misma.
Pero, tal vez… Tal vez sí le costó años.
—«Cuándo»… —susurro.
—¿Aurora? —pregunta Kal en voz baja.
—Ah —dice su padre—, la niña lo ha entendido al fin.
—Kal —digo—, hemos… No puedo creer que vaya a decir esto en voz alta, pero creo que hemos… viajado… adelante en el tiempo.
Se queda en silencio un buen rato mientras pasa la mirada entre su padre y yo. Pero, entonces, asiente con lentitud.
—Es cierto que los eshvaren tenían una relación con el tiempo diferente a la que tenemos aquellos que vinimos después de ellos.
Concuerda con tanta calma que casi me siento desconcertada, pero me recuerdo a mí misma que el pueblo de Kal es la raza más antigua de la galaxia y que siempre han contado historias sobre los eshvaren; unas historias tan antiguas que sus orígenes están perdidos en el tiempo. Si alguien iba a aceptar lo que está pasando ahora mismo, tenía que ser un par de syldrathi.
—El Eco —asiente su padre.
—Transcurrió medio año en un abrir y cerrar de ojos —dice Kal—. Y la primera vez que usaste tus poderes, be’shmai, la noche que nos guiaste hasta la Nave Mundo, hablaste hacia atrás, como si el tiempo que te rodeaba se estuviera retorciendo a sí mismo.
—Precognición —añade Caersan—. Dilatación del tiempo. Sabían más cosas que nosotros. Aunque no creo que esta coyuntura haya sido intencional. Los eshvaren no esperaban que hubiese dos Disparadores a bordo de su Arma al mismo tiempo.
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—No —concuerdo—. Esperaban que el primero hubiese hecho su maldito trabajo.
—Esperaban un sacrificio absoluto —asiente él con los labios retirados hacia atrás en un gruñido—, que el Disparador muriese arrodillado.
—En lugar de que se apoderara de este artefacto que dejaron atrás — espeto—, que es la culminación de los esfuerzos de toda su especie, y lo usara para destrozar soles enteros en nombre de conquistar la galaxia. Tu propia gente, miles de millones de ellos… Y ¿para qué? ¿Para que pudieras gobernar unos pocos años más hasta que el Ra’haam floreciera?
—¡Nacimos para gobernar! —Suelta las palabras como si fueran una lanza, pero se desvía de curso, pues es Kal el que da medio paso atrás con la respiración agitada—. ¡Y mi gente era cobarde y traidora!
—¡Tuviste una oportunidad! —Mi voz resuena contra las paredes de cristal de la cámara que nos rodea—. ¡Tuviste la oportunidad de cazar al Ra’haam mientras estaba dormido y, en su lugar, hiciste esto! —Con un gesto de la mano señalo el suelo que hay a nuestro alrededor, cubierto por los cadáveres de su pueblo. Aunque es probable que sean afortunados, pues no vivieron para ver la victoria del Ra’haam que debió seguir a nuestra desaparición.
El Mataestrellas no dedica una sola mirada a sus prisioneros muertos. La ira que hay en mi interior se intensifica y cambio el peso de pierna, porque juro que no habría nada más satisfactorio ni en este tiempo ni en cualquier otro mundo que rodearle la garganta con las manos. Sin embargo, la mente de Kal roza la mía y el violeta se enrosca en torno a mi azul medianoche, calmándome y acallándome. Ahora, me encuentra sin esfuerzo, como si algo se hubiera desbloqueado en el interior de ambos. Es suficiente para tranquilizarme.
—¿Cómo ha ocurrido esto, padre? —pregunta.
Caersan se da la vuelta y se abre camino a través de los cadáveres que cubren el suelo. Cuando alcanza la pared de la cámara, apoya una mano en el cristal y alza la vista hacia el techo abovedado.
—No está claro —responde—. Tal vez por la disonancia psíquica causada por la presencia de dos Disparadores. Pero si la Neridaa ha sido capaz de llevar a cabo una hazaña tan extraordinaria una vez, creo que podría replicarse. Conozco esta nave tan bien como la palma de mi mano y el poder que crepita por ella tan bien como mi propio aliento. Más que un arma que se ha de disparar, es un instrumento que se ha de tocar.
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Un destello de esperanza se cuela en mi mente como si fuese un rayo de sol diminuto atravesando las nubes.
—¿Y crees que podríamos tocarlo de nuevo?
Se queda pensativo.
—Sé cuál es la nota que he escuchado mientras nos movíamos a través del tiempo. Con el poder suficiente, podría replicarla. Tu mente podría proveerme del poco sofisticado… llamémoslo «empuje» a falta de un término mejor. Creo que podría canalizarlo en la misma canción y enviarnos de vuelta al momento en el que desaparecimos.
—Aurora… —comienza a decir Kal, pero yo ya me estoy riendo. —No pasa nada, Kal, no pienso presentarme voluntaria para eso. —Vaya… —Caersan se gira hacia mí con las manos sobre el corazón
—. ¡Pero eres el Disparador de los eshvaren, Aurora! ¡Tienes la oportunidad de cazar al Ra’haam mientras duerme! ¿Acaso no es ese, tal como has dicho con tanta elocuencia, tu «maldito trabajo»? —La sinceridad fingida se esfuma como una máscara y deja caer las manos a los costados—. Ahora que sabes cuál es el coste, ya no estás tan dispuesta a servirles, ¿eh?
Alzo los dedos para acariciarme la mejilla y, aunque la mayor parte de mi rabia está dirigida al cabrón arrogante que está frente a nosotros, una llama pequeña se enciende en mi interior y me susurra: «¿Cómo se suponía que ibas a disparar esta cosa veintidós veces? Habrías muerto pedazo a pedazo. Eso es lo que te pedían».
Pero, incluso así, siento el cosquilleo del poder en las yemas de los dedos, anhelando liberarse. Una vez más, experimento la euforia ante la idea de que, tal vez, podría llegar a desatarlo. Es como un río que, incluso ahora, sigue emanando de mi interior. Y aunque aún estoy débil de la última vez, aunque puedo sentir cómo me daña cada vez que lo uso, casi…
Casi… quiero hacerlo.
—De todos modos, todo esto es irrelevante —dice Caersan con un suspiro.
—¿Por qué? —pregunto, reprimiendo ese deseo al fondo de mis entrañas—. ¿Qué quieres decir?
—¿Acaso no lo sientes, terrana? ¿En el aire o en las paredes?
Dejo que mi mente salga de búsqueda en dirección a los pulsos y los destellos que fluyen a través de las paredes que nos rodean. Entonces, sé a qué se refiere Caersan. Es como ya ha dicho Kal.
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—La música. La canción de este lugar… ahora parece diferente.
El Mataestrellas asiente.
—La Neridaa está dañada. Ha ocurrido durante la batalla por Terra.
No puedo tocar la nota si las cuerdas están cortadas.
—Bueno, entonces, tenemos que repararlas —declaro.
Caersan suelta un bufido de burla.
—Así de fácil.
—No estoy diciendo que vaya a ser fácil —replico mientras cierro las manos en puños—. Pero no podemos quedarnos aquí de brazos cruzados, flotando sin hacer nada. Si este es el futuro que hemos creado, tenemos que volver al pasado y arreglarlo. —Hago un gesto en dirección a la colonia syldrathi corrompida, esa mancha de aceite mohosa que aparece en la mente de ambos—. ¡Esto es culpa nuestra, Caersan!
—Deberíamos continuar este debate en algún lugar más resguardado que junto a un umbral del Pliegue —dice Kal—. Si el Ra’haam se ha apoderado de Taalos…
Su padre hace una mueca.
—¿Quieres decir que escondamos la cola entre las patas y huyamos? ¿Qué más dones has recibido de ella? ¿Qué otras debilidades terranas envenenan ahora tus venas?
—Solo un tonto ataca con prisa —replica Kal—. Un guerrero golpea solo una vez y lo hace bien.
Un destello de desprecio cruza su rostro. Ese gesto, desde la barbilla levantada y los labios curvados, es como el de su padre. En ese momento, veo en ellos la sangre que comparten. Nuestras mentes se rozan, pues la mía busca la suya de forma tan instintiva como la suya busca la mía. No necesitamos palabras: el plateado y el dorado se unen y confirman nuestro propósito común.
Cuando regresemos, nos enfrentaremos a él de nuevo. Estaremos preparados. Estaremos juntos.
Sin embargo, Caersan solo crispa los labios y ladea la cabeza.
—Al menos has retenido algunas de mis enseñanzas —murmura—. Hace no mucho, pasamos junto a una tormenta del Pliegue. Eso debería proporcionarnos un escondite. Me ayudarás a propulsar la Neridaa hacia la tormenta, terrana.
Me fulmina con la mirada mientras dudo y lo evalúo, escudriñando ese rostro que es a la vez tan parecido al de Kal y tan absolutamente diferente.
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—Antes la movías tú solo a las mil maravillas —señalo.
Él hace una mueca de desagrado.
—Eres demasiado cobarde como para hacerte vulnerable ante mí. —Estamos rodeados por gente a la que has matado. No se me ocurre
por qué tendría mis dudas.
—No te equivocas al temerme, niña —dice con una sonrisa—, pero puede que necesite tu mente para regresar a mi propio tiempo. Sería un insensato si te destruyera ahora.
Me da la espalda, desdeñoso y sin miedo, y la proyección que hay en el centro de la sala cambia mientras traza un rumbo hacia la tormenta. Con lentitud, de forma tentativa, bajo mis barreras para observar cómo se entrelaza con el Arma (o la Neridaa, como él la llama) y cómo la propulsa hacia delante con su mera voluntad.
Su mente es rica, profunda y fuerte. Consta de capas del mismo dorado que el de su hijo y de un rojo oscuro como el de la sangre seca. Puedo sentir su fuerza, que es una mezcla de su herencia syldrathi y de su entrenamiento en el Eco. Si hubiera estado dispuesto, habría sido un Disparador más fuerte que yo. Cuando vuelve la vista hacia la colonia corrompida de Taalos, siento algo en él por debajo de la actitud fría como el hielo. Puede que interprete el papel de arrogante e intachable, pero sé que está furioso ante la imagen de ese mundo caído. Por mucho que me deteste, siento que hay algo que detesta todavía más.
La derrota.
Me aparta antes de que pueda observarlo con más detenimiento y ambos arrimamos los hombros mentales para mover este cristal del tamaño de una ciudad a través de la calma del Pliegue. Trabajamos codo con codo en lugar de entrelazarnos tal como hago con Kal. Sin embargo, nos movemos a través del paisaje blanco y negro con la misma velocidad que los pensamientos.
La tormenta aparece en la distancia, frente a nosotros, enorme y ondulante, más grande que cualquier planeta y crepitando de energía. Mientras navegamos hacia ella, Caersan se sube al trono y, con la capa roja derramándose a sus pies, se acomoda. Yo me siento en el último escalón y Kal ocupa su puesto a mi lado. Nuestras manos siguen unidas.
—No los mires —le digo cuando su mirada se posa (¿cómo no iba a hacerlo?) sobre los cadáveres que plagan el suelo.
—Me recuerdan a alguien a quien conocí —murmura.
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Cierro los ojos y apoyo la cabeza en su hombro.
Conforme pasan los minutos, dejo que mi mente se expanda, que se estire y empuje en dirección al Pliegue que nos rodea para poner a prueba mis límites. Estoy exhausta, pero algo ha despertado en mi interior, como si tuviera un nuevo grupo de músculos del que nunca había sido consciente o un nuevo equipamiento. Quiero explorarlo y usarlo; quiero perderme en ello. Quiero librarme de mi cuerpo diminuto y abrazar todo lo que hay más allá.
—Tú también lo sientes, ¿verdad, terrana?
Echo un vistazo a Caersan. El aire vibra entre nosotros. Él baja la vista hacia su mano y la cierra en un puño poco a poco. Entonces, me sonríe.
Yo lo ignoro y le doy la espalda mientras regreso a la oscuridad que hay al otro lado de las paredes. El espacio es infinito, demasiado como para poder hacerme a la idea, pero me doy cuenta de que, después de todo, ahí fuera, en medio de la oscuridad, no está todo vacío. La primera vez que rozo algo, me aparto de forma instintiva mientras el azul medianoche se enciende a mi alrededor. Entonces, comprendo qué es lo que he encontrado. Se trata de una nave estropeada, rodeada por una nube de escombros. Un minuto más tarde me topo con otras ruinas. Y, después, otras. Aquí, en el Pliegue, no hay vida, pero este sector no está vacío.
Es un cementerio.
¿Acaso ha desaparecido todo el mundo? ¿Es que todos los habitantes de la galaxia han sido incorporados al Ra’haam? No puedo imaginarme a la gente a la que he conocido o los lugares que he descubierto destruidos; las luces brillantes sumidas en la oscuridad y las calles antes ajetreadas, vacías y silenciosas. Cientos de mundos, acallados para siempre.
Dejo que mi mente se expanda más lejos, en dirección a la tormenta, más allá de otra nave que está abierta de tal forma que parece como si alguien la hubiera tomado entre ambas manos y la hubiera partido en dos para derramar sus contenidos en el Pliegue y…
Me quedo helada y, después, vuelvo a mi cuerpo de golpe y abro los ojos de par en par.
—¿Qué ocurre?
La mente de Caersan ya se está centrando en la dirección de la que he venido y siento cómo Kal intenta hacer lo mismo, aunque no tiene el poder suficiente. Con cuidado, uno mi mente a la suya y la arrastro conmigo mientras me acerco a echar otro vistazo.
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Es como uno de esos rompecabezas en los que tienes que entornar los ojos e intentar desenfocarlos y, en cuanto dejas de mirar, aparece la imagen. Calmo mi mente mientras la lanzo hacia el exterior, haciendo que sea lo más tranquila y silenciosa posible, y allí, en la periferia, vuelvo a sentirlas.
Una.
Luego dos.
Luego diez.
Luego veinte.
Ahí fuera, al borde de mi alcance, hay naves, aunque no son más que un susurro. Sin embargo, están convergiendo hacia nosotros y, en esta ocasión, no están muertas. Se están acercando desde varias direcciones y, mientras las observo, su presencia se vuelve más firme y cercana, y sus imágenes se fusionan con la proyección de Caersan.
—Amna diir —susurra Kal—. El Ra’haam.
Las naves son de una docena de estilos diferentes, construidas por una docena de razas. Son enormes, todas ellas naves de guerra cargadas de armas hasta los dientes. Sin embargo, los cascos están cubiertos por lo que parece musgo y líquenes de un blanco enfermizo ribeteado de un azul verdoso. Además, arrastran tras ellas largos zarcillos, como si fueran enredaderas o, tal vez, raíces que buscan nuevo suelo que contaminar. Me recuerdan a los huesos de Octavia, enterrados bajo la masa del Ra’haam. Hay algo en ellas que hace que se me revuelva el estómago y se me hiele la sangre. Es como si hubiera algo vivo en su interior pero lo hubieran cubierto con una manta para asfixiarlo.
—Son naves muy grandes —murmuro.
—Buques insignia de guerra —replica Caersan—. Se acercan más.
—¿Podemos enfrentarnos a ellas? —pregunta Kal.
—No vamos a enfrentarnos a ellas, vamos a destruirlas. —El Mataestrellas me mira con calma. El ojo derecho le brilla con suavidad—. Vas a ser tú quien dispare el arma, niña. Yo dirigiré el pulso hacia el enemigo. Incluso dañada, la Neridaa es más que capaz de…
—No —dice Kal.
Caersan mira a su hijo con la cabeza ladeada.
—¿No?
—Sabes lo que va a costar, lo que va a suponer disparar de nuevo esta cosa. —Me mira y dirige la vista hacia las grietas que hay en torno a mi
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ojo. Después, vuelve a girarse hacia su padre—. Es tan sencillo como que no quieres pagar el precio tú mismo.
Sé que Kal tiene razón. El pulso no tiene que ser nada parecido a lo que necesitaría para destruir un sol, pero enfrentarme a tantas naves va a hacer que esté debilitada después. La piel se me va a romper y abrir, y la telaraña de grietas que veo en Caersan empezará a esparcirse por mi rostro. Aun así, siento un cosquilleo en los dedos y la piel se me pone de gallina ante la emoción.
—Puedo hacerlo, Kal —le digo.
—Be’shmai, te hará daño.
—Entonces, ¿vas a permitir que esos gusanos nos destruyan? —le pregunta su padre.
—¿Lo permitirás tú?
—Somos guerreros, chico —espeta el hombre—. Sabes tan bien como yo lo que eso significa. Desde el momento en el que acepté el glifo, acepté a la muerte como una amiga. No le temo al Vacío. Morir en batalla es el destino de un guerrero.
—Mientes, padre —responde Kal—. No está en tu naturaleza aceptar la derrota. No vas a quedarte de brazos cruzados y permitir que esas cosas nos hagan estallar en mil pedazos.
El Mataestrellas arquea una ceja plateada mientras me sonríe. —¿De verdad?
Caersan se recuesta en su trono, se ajusta el nudo de la capa y se quita una molesta mota de polvo de la hombrera. Posándose los dedos sobre los labios, se limita a mirarme fijamente. Siento cómo las naves de guerra del Ra’haam se acercan, y ahora hay más. Son como un enjambre corrupto que nos dispara cazas y desciende sobre nosotros desde la oscuridad.
Caersan no hace nada.
La nave más cercana abre fuego. Tal vez se trate de un misil, que se estrella contra nuestro casco de cristal. Siento cómo el Arma se mueve bajo nosotros y emite un ruido que suena casi como si la Neridaa sintiera dolor. Otro estallido hace que el Arma se estremezca y, después, otro. La luz que nos rodea empieza a atenuarse conforme unas sacudidas violentas recorren toda la nave.
Y, aun así, el Mataestrellas se limita a mirarme fijamente.
Cierro las manos en puños y noto cómo el poder se alza en mi interior.
—Be’shmai… —susurra Kal.
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—«Be’shmai…» —dice Caersan, burlándose de su hijo—. ¿Esta es a la que llamas «amada»? ¿Esta debilucha que va a dejar que mueras aquí, en medio de la oscuridad?
—¡No hagas eso! —espeta Kal mientras se pone en pie—. ¡No vas a usarme contra ella!
—Tú mismo permitiste ser usado en cuanto te ataste a semejante chucho, Kaliis. Tu hermana jamás me habría avergonzado de este modo, yaciendo con un gusano terrano. Saedii habría cumplido con su deber. Saedii habría antepuesto su honor, su pueblo y su familia.
—¿Familia? —grita Kal—. ¡Tú mataste a nuestra madre! ¡Tú resquebrajaste nuestra familia del mismo modo que destruiste nuestro sol! ¿Qué sabrás tú de la familia?
Kal le gruñe a su padre, mostrando los dientes, pero yo estoy más allá de los límites de las meras palabras. En su lugar, cierro los ojos y el corazón empieza a palpitarme con fuerza mientras más y más naves enemigas se acercan. Puedo ver las diferentes formas, algunas de ellas tan familiares (syldrathi, betraskanas y terranas) que me siento enferma. Todas ellas están corrompidas por el Ra’haam. El poder se agolpa en mi interior como el agua contra una presa. Es cálido. Seductor. Puedo sentir su profundidad, tal como dijo Caersan. No tiene límites. Es abrumador. Tal vez incluso un poco…
Unas explosiones sacuden la nave mientras los navíos del Ra’haam atacan nuestro casco. Cazas corrompidos recorren la largura de la Neridaa, astillando su cobertura con disparos vivientes que se comen el casco. El Arma es enorme, pero la siento sangrar mientras las grietas se expanden por su superficie. Y, mientras tanto, Caersan sigue mirándome fijamente con una sonrisa en los labios. Está jugando al juego de la gallina con nuestras vidas, y si solo fuese yo la que estuviera en riesgo…
Sin embargo, miro a Kal, que está a mi lado. Frunzo los labios. Puedo sentir el tirón y la fuerza del poder, que quiere ser liberado. Sé que si le doy rienda suelta voy a querer hacerlo de nuevo. Y de nuevo. Después de todo, para esto fui creada. Pero…
—Aurora, no dejes que te manipule de este modo.
No puedo perderte otra vez.
Entonces, aúno hasta el último atisbo de mi energía mental y lo contengo en mi interior hasta que la piel me cosquillea y empiezo a deshacerme en las costuras con el poder recorriéndome las venas. Durante
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un instante acabo consumida, presa de una emoción absoluta y sin límites. Entonces, siento al Mataestrellas en mi mente, frío y triunfal, canalizando la fuerza hasta convertirla en un pulso esférico como los que solté con un destello cegador en Ciudad Esmeralda y en la Sempiterna.
Se proyecta hacia fuera, a miles de kilómetros en las profundidades del Pliegue, alcanza a una docena de naves del Ra’haam y las hace añicos sangrantes. Una punzada de dolor me recorre la cabeza a modo de respuesta y aprieto los dientes mientras, con la respiración agitada, la sangre empieza a caerme de la nariz.
—Otra vez —dice Caersan.
—Aurora… —susurra su hijo.
—¡Otra vez!
—¡No puedes hacer esto! —ruge Kal—. ¡Se está haciendo daño! —La piedad es propia de cobardes, Kaliis.
Disparo otro pulso, que brota hacia el exterior y aniquila las naves enemigas que hay más allá. Me siento como un gigante destrozando juguetes infantiles. Como si midiera tres mil metros. Sin embargo, ya noto más enemigos en los límites de mi alcance; se dirigen hacia nosotros como si fuéramos un faro en medio de la oscuridad.
Kal está de pie a mi lado, estrechándome la mano y mirándome a los ojos. Noto cómo su fuerza se une a la mía, pero las naves del Ra’haam siguen acumulándose. Otro disparo provoca que nos sacudamos y del techo caen fragmentos de cristal que se hacen añicos contra el suelo que nos rodea.
—¡Ayúdala! —ruge Kal—. Los dos juntos podríais aniquilar…
—No, espera —jadeo. Estrechando con más fuerza su mano, hago un gesto en dirección a la oscuridad del exterior—. Una de esas naves no es del Ra’haam.
Lo siento ahí fuera, en medio de toda la podredumbre y el moho: una nebulosa de metal oxidado, atravesando el Pliegue como un cuchillo. Los misiles giran y estallan como esferas blancas cegadoras de fusión nuclear, inmolando las naves del Ra’haam restantes en ráfagas repentinas de luz y calor. Oigo un grito de frustración en el fondo de mi mente. Se trata de la ira del enemigo rechazado. Pero ahora lo sabe; sabe que estamos aquí e incluso puedo sentir cómo se reagrupa para atacar de nuevo.
Y de nuevo.
Y de nuevo.
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Hasta poseer todo. Hasta ser todo.
Caersan se levanta del trono con el ceño fruncido y una mano manchada de sangre extendida hacia los recién llegados.
—Un diseño extraño —murmura.
—¿Quiénes son? —pregunta Kal.
—No lo sé —contesta su padre con los ojos entornados—, pero nos están dando el alto.
Me limpio las manchas de sangre de los labios, que me cosquillean, me pongo en cuclillas e intento recuperar el aliento mientras el Mataestrellas envía la transmisión a la pantalla proyectada que se encuentra en el centro de la sala.
Su rostro se contrae en una mueca ante lo que ve.
En el monitor aparece un grupo de personas que están sentadas en los diferentes puestos del puente de mando de esta nueva nave. Veo a dos mujeres: una betraskana y una syldrathi con el glifo de los caminantes tatuado en la frente y grietas profundas en la piel que le rodea los ojos. Detrás de ellas hay una gremp que debe de estar subida a una caja y una rikerita a la que le salen largos cuernos de la frente. Más atrás, los cuerpos se amontonan: chellerianos con la piel azul teñida de gris por el Pliegue, más betraskanos y media docena de diferentes tipos de alienígenas que nunca antes he visto.
Y frente a todos ellos, sentado en la silla del comandante, está alguien que hace que el corazón palpitante me dé un vuelco.
Un hombre.
—No puede ser —sisea, con la mirada fija en Caersan—. Eres tú.
Está en el Pliegue y, sin el efecto del Arma, su piel pálida es aún más pálida y tiene el cabello claro teñido de gris. Lleva el uniforme raído y lleno de marcas de guerra, tiene un parche negro sobre uno de los ojos y es más mayor de lo que era la última vez que lo vi. Tal vez tenga unos cuarenta años. Pero incluso después de más de dos décadas, incluso detrás de las cicatrices, la barba de unos días y el dolor que marca la piel que le rodea los ojos, lo reconocería en cualquier parte.
Sin embargo, es Kal el que habla, el que me arrebata el aire de los pulmones con tan solo dos palabras, el que menciona el nombre del hombre que está frente a nosotros; un hombre que ha visto el infierno y que, de algún modo, sigue resistiendo; un hombre que nos mira con una mezcla de confusión, acusación e ira amarga.
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—Tyler Jones.
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—Kal.
Mi nombre, escupido por los labios de Tyler como si fuera veneno, suena pesado como el hierro. Me mira fijamente desde la proyección que mi padre ha
colocado en el aire frente a nosotros y desde el otro lado de un océano de tiempo.
Tyler Jones es ahora un hombre cuando, apenas hace unos días, tan solo era un muchacho. Está sentado en la silla del comandante de su nave de guerra y veo que los años no han sido amables con mi viejo amigo. Tiene el rostro lleno de cicatrices, desgastado y lleno de dolor y pena pero, sobre todo, rabia.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —pregunta—. ¿Qué…? —¡Tyler! —exclama Aurora, que está a mi lado—. ¡Santa madre de la
Papaya! ¡Eres tú!
La frente se le arruga y la mirada se le llena de confusión.
—¿Auri…?
—¡Sí, soy yo! —grita mientras se limpia la sangre de la nariz. Parece debilitada después de la batalla, pero también eufórica, casi borracha—. ¡Somos nosotros! ¡Ty, pensaba que nunca más volvería a verte!
Él pasa la mirada de Aurora a mí.
—¿Que nunca más volverías a verme? La última vez que os vi fue hace veintisiete años…
Ella niega con la cabeza.
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—La última vez que te vimos ¡te capturó la AGI! Estábamos muy preocupados. Scar se volvió loca. —Sonríe incluso aunque está llorando y los ojos le brillan con las lágrimas—. Sé que parece una locura, Ty, pero, santa madre de la Papaya, ¡me alegro mucho de volver a verte y de que estés bien!
—Aurora, ¿a ti te parece que estoy bien? —Sus ojos se vuelven hacia mi padre y su mirada se endurece—. La nave en la que estáis desapareció durante la batalla de Terra con vosotros dentro. Necesitábamos el Arma, Auri. ¡Os necesitábamos!
—Lo sé —susurra ella mientras su sonrisa se desvanece—. Lo siento, Ty. No pretendíamos venir hasta aquí. No pretendíamos que nada de esto ocurriera.
—Puede que esto te resulte difícil de comprender, hermano —le digo —; puede que, para ti, hayan pasado veintisiete años, pero para nosotros la batalla entre los Inquebrantables y las fuerzas terranas ha ocurrido apenas hace unas horas. Hemos viajado en el tiempo.
—¿Qué demonios…? —susurra él.
—Tenemos el mismo aspecto, ¿no es así? —insisto—. Mira a Aurora. Para ti han pasado casi tres décadas, pero ella no ha envejecido ni un solo día, ¿no es así?
Me mira fijamente con el ceño fruncido y, después, mira a su tripulación con la mandíbula apretada.
—Te estoy diciendo la verdad, hermano —le aseguro, suplicante. —No tienes derecho a hablarme sobre la verdad. —Los labios de Tyler
se crispan y expresa en perfecto syldrathi—. I’na Sai’nuit.
El corazón me da un vuelco al oír eso. Así que lo sabe. Conoce la mentira que le conté; la mentira que les conté a todos. Ahora, me avergüenza pensar en ello y saber que lo llamé «amigo» y, aun así, le mentí a la cara sobre quién era. Tenía mis motivos pero, de todos modos, no tengo excusa.
—Hermano, lo siento. Me equivoqué al mentirte en aquel momento.
Pero te suplico que me creas ahora. Nunca jamás volveré a mentirte.
—Tyler, por favor… —dice Aurora.
La betraskana que hay junto a él interviene. Entorna los ojos mientras se ajusta un monóculo de focalización cibernético sobre ellos.
—Comandante, lamento interrumpir una reunión tan conmovedora, pero sigue habiendo naves en camino. Flota de Hierbajos en dirección
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siete-uno-ocho-doce-nueve. Estarán al alcance de nuestras armas en sesenta segundos.
—Joder —susurra Tyler. Y más que su aspecto, los años que cargan sus huesos o el dolor que hay en sus ojos, es eso lo que hace que me estremezca. El Tyler Jones que conocía nunca decía palabrotas, aunque este no es el Tyler Jones que conocía—. ¿Cuál es vuestra situación? — pregunta—. El casco de vuestra nave parece dañado.
—El Arma sufrió daños mientras veníamos de camino. —Lanzo una mirada asesina a mi padre, que está recostado y observando la conversación con cierto desinterés—. Nos atacaron de nuevo antes de que llegarais. Nos costó un poco poder aunar la energía necesaria para responder.
—Captamos el pico de energía en los escáneres de largo alcance — dice él—. Y habéis tenido mucha suerte de que haya sido así. Nos dirigíamos de vuelta a…
Se detiene antes de decir nada más y su voz se pierde. Observa las lecturas sobre las naves del Ra’haam que se acercan y se muerde el labio, pensativo. Veo lo que ocurre en su mente: la desconfianza y la ira enfrentándose a las pruebas que tiene ante sus ojos. Mira a Aurora; ella le devuelve la mirada con los ojos llenos de una esperanza indefectible y pronuncia en voz baja tres palabras; el mismo mensaje que nos entregó el almirante Adams hace lo que ahora parece toda una vida.
—Ten fe, Tyler.
—Treinta segundos para que estén al alcance de las armas, jefe —dice la betraskana.
Al fin, Tyler Jones suspira.
—Muy bien. No sé qué demonios está pasando, pero se acercan los Hierbajos y he gastado casi todas mis bombas de fusión. Sugiero que continuemos esta conversación a varios años luz de distancia de este maldito sitio. ¿Siguen funcionando vuestros motores?
Miro a Aurora y las manchas de sangre que lleva sobre el labio superior. Tal vez sea mi imaginación, pero las pequeñas grietas que tiene en la piel que le rodea el ojo derecho parecen… más profundas. Sin embargo, ella asiente de todos modos con los ojos iluminados.
—Puedo movernos.
—De acuerdo. Entonces, seguidnos. Lae, pon en marcha el propulsor de fisuras y…
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—¿De verdad pretendes que los llevemos con nosotros?
Es la mujer syldrathi la que habla desde su sitio, que supongo que es el timón. Tan solo es un poco más mayor que yo. Es fiera y esbelta, y lleva unas trenzas largas y plateadas. El glifo de los caminantes está grabado en su frente, pero hay grietas profundas en la piel que le rodea los ojos, similares a las que marcan el rostro de Aurora y de mi padre. Cuando habla, mirando a Tyler con incredulidad, lo hace con la furia de mil soles.
—Suena como si estuvieras cuestionando mi juicio, soldado — contesta nuestro amigo.
—¡Viajan con el Mataestrellas! —espeta ella—. ¡La sangre de diez mil millones de syldrathi mancha sus manos y la muerte de la galaxia yace a sus pies!
—Acalla ese mido, niña —dice mi padre con un suspiro, recostándose en su trono—. Por tu aspecto, no es posible que estuvieras viva durante la caída de Syldra.
—Mi madre me habló de ti, cho’taa —sisea con los ojos entornados hasta que no parecen más que una rendija—. Sé exactamente lo que…
—Pon en marcha el propulsor de fisuras, teniente —la interrumpe Tyler—. Quiero que salgamos de aquí ahora mismo.
La joven syldrathi lo fulmina con la mirada, pero su tono de voz es duro e implacable. Tras un momento de forcejeo silencioso, se calma y agacha la cabeza.
—Si los llevo con nosotros, no podemos ir muy lejos; una fisura tan grande…
—Teniente, no me importa dónde vayamos siempre y cuando no nos quedemos aquí.
Ella tensa la mandíbula.
—Sí, señor.
—Auri, Kal —dice Tyler—, seguidnos. Y en caso de que a ese cabrón que está sentado detrás de vosotros se le pase alguna idea graciosa por esa cabecita… —Le lanza una mirada asesina a mi padre con el ojo sano echando chispas—. Todavía nos quedan unos cuantos misiles, Mataestrellas.
Mi padre ya ni siquiera está mirando la pantalla, tratando a Tyler como si fuera más que despreciable. Sin embargo, Auri asiente con la mandíbula firme.
—Te seguimos, Ty.
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—Si podéis, abrochaos los cinturones. El viaje va a ser movidito.
La transmisión se corta y, con una mirada, mi padre hace desaparecer la proyección que había establecido. La luz a nuestro alrededor se apaga y la sala del trono se ensombrece, convirtiéndose en un tono más oscuro de rojo sangre que se refleja en los ojos de Caersan.
—Debilucha… —murmura.
A mi lado, Aurora lo observa con los ojos entrecerrados. Frunciendo los labios, extiende la mano hacia el centro de la estancia, donde estaba la proyección. El aire se agita. Siento cómo el poder que hay en su interior se hincha y una chispa diminuta se enciende en el blanco de su ojo derecho. Entonces, aparece otra imagen. Se trata de una visión del exterior de la nave que ha materializado con su propia mente.
La miro con cierto recelo, pero ella me sonríe. Me doy cuenta de que está aprendiendo a manejar y dominar este lugar.
¿Pero qué le va a suponer eso?
Veo el navío de Tyler, que es una extraña amalgama de tecnologías syldrathi, betraskana y terrana. Parece como si hubieran juntado las piezas de una docena de naves. No es bonita, pero es funcional y está construida para la guerra. En la proa está pintado el nombre «Vengadora».
Me quedo sin respiración cuando empiezo a ver un resplandor, un puntito de luz diminuto contra el telón de fondo que es la tormenta del Pliegue. La luz aumenta de intensidad y comienza a hacerse más ancha, como si fuera un desgarro en la tela del Pliegue. Entonces, me doy cuenta de qué es lo que estoy viendo: un umbral del Pliegue, rudimentario y, desde luego, temporal, pero lo bastante grande como para que pasemos con la Neridaa hacia el sistema solar que hay al otro lado.
Los propulsores de la nave de Tyler brillan con fuerza mientras atraviesan la fisura que han abierto y desaparecen del Pliegue. Aurora agacha la barbilla y la frente se le ensombrece cuando frunce el ceño. Cuando siento que empezamos a movernos, le tomo la mano. Esta imponente nave es más grande que cualquier ciudad y más poderosa que cualquier arma que hayan desarrollado los syldrathi, los terranos o cualquier otra raza. Y, sin embargo, mi be’shmai la mueve tan solo con el poder de sus pensamientos.
Llegamos a la fisura y el Arma empieza a sacudirse a nuestro alrededor de forma violenta y repentina. Tanto es así, que estoy a punto de caerme al suelo, pero siento una presión suave y el resplandor del ojo de Aurora se
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hace más brillante mientras me mantiene erguido. La Neerida tiembla mientras atravesamos el umbral. La luz es blanca como la de una supernova y, a mi alrededor, el espacio se estira y se retuerce.
Y del mismo modo que ha comenzado, se acaba.
Todo está en silencio. Lo que veo proyectado en el exterior de nuestro casco ya no es el paisaje desteñido del Pliegue, sino los colores vibrantes como el arcoíris del espacio real. En la distancia, arde una estrella roja. Cerca, un gigante helado de metano y nitrógeno cuelga en medio de la oscuridad, silencioso, verde y congelado para siempre. No hay indicios de que nos persiga ninguna nave del Ra’haam y la rasgadura en el espacio se cierra tras nosotros con un último destello resplandeciente de luz tan brillante como el sol.
Nos encontramos seguros. Al menos, por ahora.
—Están poniéndose en contacto con nosotros de nuevo —murmura Aurora.
Miro a mi padre. Él observa a Aurora como un halcón mientras ella centra la mirada y mueve los dedos. La imagen proyectada en el corazón de la estancia tiembla y, una vez más, veo el rostro desgastado por la batalla de Tyler Jones.
De normal, habría sentido un dolor en el pecho ante aquella imagen y las marcas que las crueles manos del tiempo han dejado sobre la piel de mi amigo. Sin embargo, ahora estoy más interesado en mi padre, que estudia a Aurora como un drakkan a su presa. Ella está aprendiendo a toda velocidad cómo funciona la nave. Después de todo, fue creada para esto, igual que él. Ambos son Disparadores de los eshvaren. Para bien o para mal, ambos son capaces de empuñar esta Arma. Y cuando lo miro a los ojos, uno de los cuales brilla con suavidad, sé que Aurora está en peligro.
Caersan no tolerará a ningún rival para este trono.
—¿Estáis bien los dos? —pregunta Tyler.
—Estamos bien, hermano —le digo sin apartar los ojos de mi padre—.
Te damos las gracias por tu ayuda.
—No me des las gracias todavía —gruñe él—. Todos los comandantes de mi tripulación dicen que necesito que me examinen la cabeza. Será mejor que arrastréis el culo aquí y que traigáis una buena explicación. Porque, siendo sinceros, casi estoy convencido de dejaros atrás con los Hierbajos. —Se inclina hacia delante con la mirada echando chispas—. Por cierto, la invitación no se extiende a ese psicópata asesino en masa que
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se sienta detrás de vosotros. Porque si le pongo los ojos encima en carne y hueso, le volaré el maldito cerebro y esparciré sus sesos por el suelo. —Mi padre alza una ceja y bosteza—. Vengadora, corto.
Vamos juntos hasta el muelle de atraque y, de camino, Aurora se para en el lugar en el que dejó las botas cuando entró en la Neridaa.
Se queda quieta un instante, doblando y flexionando los dedos sobre el cristal, como si se resistiera a romper el contacto con él. Entonces, se sienta con un suspiro, se pone los calcetines y se ata las botas.
—Es probable que no sea demasiado práctico ir a un concilio de guerra con los pies descalzos —dice con una sonrisita triste que tira de mi corazón.
Este momento es insignificante, sencillo y doméstico, pero invoca otros miles similares que vivimos juntos durante el medio año que pasamos en el Eco. Me acuerdo de todas las maneras en las que, día a día, aprendimos a encajar juntos, y eso me recuerda que aunque es poderosa de una forma casi imposible, y aunque estamos en una galaxia donde tan solo existe la muerte, sigue siendo la chica que conocía y yo sigo siendo más afortunado de lo que podría soñar porque la tengo a ella.
Por supuesto, Tyler no va a atracar en la nave eshvaren, así que Aurora nos lleva al encuentro de la Vengadora, arrastrándonos a través del vacío.
No llevo traje espacial ni casco, tan solo la armadura negra de un guerrero Inquebrantable, así que, de normal, me asfixiaría aquí fuera. Sin embargo, un aura de luz juega sobre la piel de Aurora y también me envuelve a mí cuando me da la mano. Después, nos conduce a través de la oscuridad vacía tan solo con el poder de su mente.
Tiene el ojo derecho encendido y me descubro asombrado por lo lejos que ha llegado y lo fuerte que se ha vuelto. Su rostro parece casi eufórico mientras atravesamos juntos el Vacío y los labios se le curvan con suavidad. Aun así, sigo viendo el leve entramado de cicatrices que le rodea el ojo y visualizo las mismas grietas, más profundas y oscuras, en el rostro
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de mi padre. Me pregunto lo caro que le está saliendo todo esto y cuál será el precio que tal vez tenga que pagar al final.
—Eres preciosa —le digo mientras surcamos juntos la oscuridad.
El corazón me duele al ver su sonrisa.
—Tú tampoco estás tan mal.
—Aurora… Lo siento. Siento haberte mentido sobre quién soy.
Su sonrisa se desvanece un poco y vuelve la vista hacia la Neridaa. La nave está suspendida en la oscuridad a nuestras espaldas, enorme y hermosa, teñida con todos los colores del espectro. Pero veo las cicatrices que el ataque del Ra’haam le ha dejado en los flancos y también puedo sentir la sombra que acecha en sus entrañas.
—Me dolió que no pudieras decirme la verdad, Kal. —Me estrecha la mano—. Pero, ahora que lo he conocido, entiendo por qué hubieras preferido que tu padre estuviera muerto.
—Él me dio la vida —digo. Después, bajo la mirada a nuestros dedos entrelazados—. A cambio, buscaba arrebatarle la suya. Intenté clavarle un cuchillo en la espalda.
—Es un monstruo, Kal. Acabó con un mundo entero.
—Lo sé. —Sacudo la cabeza y suspiro—. Pero no debería ser así.
Ella me estrecha la mano con más fuerza y me mira a los ojos.
—Lo entiendo. Estoy contigo y me alegro de que estés aquí, conmigo. Me da un beso breve y suave. En medio de esta infinidad, estamos solos y completos del todo y, a pesar de los problemas, del dolor y la
pérdida, una parte de mí sigue sin creerse que esta chica sea mía.
Aurora nos transporta a través de la nada que hay entre la Neridaa y la nave de Tyler. Cuando nos acercamos, me doy cuenta de que la Vengadora ha vivido muchas batallas y se mantiene en pie gracias a los soldadores y unas cuantas oraciones. Nos deslizamos hacia los muelles de despegue de los cazas y mi be’shmai nos conduce hasta una cámara de descompresión secundaria. Cuando la estancia se presuriza y el oxígeno entra en el compartimento con un siseo, el aura que ha lanzado sobre nosotros se desvanece. La gravedad vuelve poco a poco y el pelo de Aurora pende hacia abajo. El mechón blanco le cae sobre el resplandor mortecino del ojo.
La compuerta se abre y vemos que la gremp que estaba entre la tripulación del puente de mando de Tyler está esperando con una mano llena de garras sujetando la pistola que porta en la cintura. Lleva un traje
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espacial destrozado y, a través del plexiglás del casco sellado, veo su pelaje negro y la mancha blanca que tiene sobre el ojo izquierdo. Un palillo de lo que podría ser hueso humano le cuelga de una de las comisuras de los labios.
Junto a ella hay una rikerita que, por lo que parece, también es mujer. Es más alta que yo y de la frente contundente le surgen unos cuernos que se curvan hacia atrás. Tiene los brazos más grandes que mis muslos y unos hombros tan anchos que resulta impresionante. Apunta vagamente en nuestra dirección el rifle de pulso pesado que lleva en los brazos y va vestida con un viejo traje de combate sellado.
—Buenos días —dice con una voz profunda que suena un poco metálica gracias al visor—. Soy Toshh, jefa de seguridad a bordo de la Vengadora.
—Saludos —respondo mientras me toco los ojos, los labios y el corazón.
—Hola —dice Aurora con una sonrisa.
—Esta es Dacca. Va a escanearos en busca de infección. Haceos un favor y no os mováis ni de forma brusca ni de ninguna otra manera — añade, alzando el rifle.
La gremp da un paso al frente y nos barre de arriba abajo con un escáner de mano. Aurora y yo intercambiamos una mirada mientras la luz roja nos recorre el cuerpo. Ambos sabemos qué tipo de infección están buscando estas dos.
Una vez finalizado el escaneo, la pequeña felina vuelve a dar un paso atrás y gruñe algo en su propio lenguaje. La rikerita asiente y se lleva una mano al casco.
—Puente, aquí Toshh. Luz verde en los escáneres biológicos. No hay señales de corrupción. Cambio.
—Recibido, jefa —dice la voz de Tyler—. Traedlos aquí.
La mujer se coloca el enorme rifle de pulso en un brazo y señala hacia atrás, por encima del hombro.
—Seguidme.
La compuerta interior se abre después de que la mujer introduzca un código. La seguimos hacia un pasillo más ancho y la gremp, con la mano todavía en la pistola, se coloca en retaguardia. Cuando entramos en la parte principal de la nave me doy cuenta de que la configuración de la energía es de nivel bajo, así que la luz es tenue. El plastiacero es viejo, los
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focos defectuosos y parpadeantes, y el acero está agujereado por la corrosión. Esta nave ha vivido tiempos mucho mejores.
Aurora encuentra mi mano mientras avanzamos hacia una cubierta más amplia y abarrotada de gente. Hay personas jóvenes y viejas. La mayoría son betraskanos, aunque, entre ellos, también veo chellerianos, humanos y unos pocos gremps. Están harapientos y conmocionados, con la piel sucia y los cuerpos flacos, y observan con ojos cansados cómo seguimos a Toshh. He visto los estragos que causa una guerra lo suficiente como para reconocer esas miradas al instante.
—¿Quién es toda esta gente? —susurra Aurora.
—Refugiados —contesto.
La rikerita asiente.
—Son supervivientes de una flota minera que se ocultaba en un anillo de hielo en torno a un sol muerto del sector Beta. —Se encoge de hombros
—. De todos modos, los Hierbajos los encontraron. Los sacamos de allí justo cuando atacó el enjambre. Conseguimos evacuar dos de las naves del convoy antes de que atraparan a las demás.
—¿Cuántas naves había en total? —pregunta Aurora.
A nuestra espalda, la gremp dice algo, enseñando los colmillos. —Lo siento —contesta mi be’shmai—; no entiendo…
—Treinta y siete —dice Toshh—. Salvamos dos naves de treinta y siete.
Llegamos a un ascensor y las puertas se abren de par en par con un siseo. Aurora observa a una niñita rikerita que está jugando con un peluche junto a unas cajas de carga. Está sucia y terriblemente delgada. De la frente manchada de sangre vieja empiezan a surgirle unos cuernos pequeñitos.
—¿Be’shmai? —murmuro.
Ella pestañea y se une a nosotros en el ascensor. Mientras las puertas se cierran, me estrecha la mano. Sentimos movimiento y el suave zumbido de los mecanismos magnetizados. En un instante, salimos al espacio que hemos visto en la transmisión de Tyler: el puente de mando de su nave.
Me fijo en las reparaciones temporales, en los ensamblajes montados de forma apresurada y en las marañas de cables que se desparraman de las estaciones tácticas. Aquí, también son evidentes las señales del desgaste, aunque no tanto como en el hombre que nos espera en el asiento del comandante. Se gira hacia nosotros con una máscara llena de cicatrices de
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guerra, un viaje de años a las espaldas y la sangre manchándole las manos y grabada en su único ojo sano.
—¡Tyler! —exclama Aurora.
Sale corriendo hacia delante de forma repentina y sin previo aviso. Tanto Toshh como Dacca gritan, alarmadas. Veo que la mujer syldrathi se pone en pie mientras se saca una hoja psíquica de la cintura.
Grito mientras todos empiezan a levantar las armas y doy un paso hacia la jefa Toshh, colocándome entre ella y mi be’shmai. Tyler se levanta del asiento y se lleva una mano al arma que porta en la cintura. La syldrathi ruge «¡Cuidado, señor!» y se lanza hacia Aurora. Aparto el arma de la gremp de una patada y le quito de las manos el rifle de pulso a Toshh. En ese momento, oigo un gruñido suave procedente de Aurora y un siseo de Tyler. Él se queda ahí de pie, con todo el cuerpo en tensión, mientras ella le da un fuerte abrazo.
Nuestro antiguo alfa se queda congelado, como si fuera un espejo roto, con la mano todavía en la pistola. Su tripulación está en alerta y preparada. La syldrathi está lista con su hoja psíquica, que crepita con un resplandor violeta, mientras la gremp y la rikerita contienen la respiración. En sus ojos veo el amor que sienten por Tyler. Es la mirada de una tripulación que moriría felizmente por aquel que los lidera. Esta es una tripulación que cree en él.
—Te he echado mucho de menos —dice Aurora mientras lo estrecha con fuerza—. Pensábamos que estabas…
En aquel momento, ninguno de nosotros lo dijo en voz alta, pues no podíamos soportarlo. Ahora, la palabra queda colgada en el aire como si pudiera atraer la mala suerte y la oscuridad a esta pequeña nave.
Muerto.
Tyler sigue quieto un momento más, con los ojos fijos en mí. Pero, al fin, aparta la mano de la pistola y, poco a poco, levanta los brazos. Su abrazo no desprende calidez ni supone una rendición total. Todavía puedo ver la tensión de su cuerpo y el peso que lleva en los hombros. Sin embargo, durante un breve momento la estrecha con fuerza y se permite un instante de alegría en una galaxia que, por lo demás, parece carecer de ella. Es el júbilo de que su amiga siga viva.
—Yo también te he echado de menos —susurra.
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—Menuda historia, Aurora.
Estamos sentados bajo la luz parpadeante de la sala de reuniones de la Vengadora con un puñado de miradas hostiles dirigidas hacia nosotros. Aurora
está sentada a mi lado con la mano sobre mi regazo. Los comandantes de Tyler están reunidos al otro lado de la mesa. El aire crepita de tensión, animosidad y desconfianza.
Tyler está sentado en la silla del capitán y el manto del mando reposa sobre sus hombros con la misma facilidad de siempre. Sin embargo, siento que mi amigo carga con un nuevo peso que va más allá de los años y las cicatrices, un peso con el que no solía cargar.
El Tyler que conocía era un genio de la estrategia, un chico que podía salir del mayor de los aprietos con su mente. Pero ya he visto antes la mirada que hay en sus ojos. Es la mirada de los guerreros que van a enfrentarse a la muerte. Su rostro no es el de un comandante valiente al que le está costando lograr la victoria pero sabe que, al final, saldrá triunfal; el suyo es el de un guerrero que sabe que no puede ganar esta guerra; es el rostro de un hombre que está esperando a morir.
—Lo sé —dice Aurora—. A mí también me costaría creerlo a menos que lo estuviera viviendo yo misma. Pero, para nosotros, la batalla de Terra ha ocurrido hace solo unas horas.
—Qué suerte —gruñe alguien—. La mayoría de nosotros lleva veintisiete años conviviendo con vuestro fracaso, niña.
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La que habla es la betraskana, una veterana arisca llamada Elin de Stoy que es la segunda al mando de Tyler. El monóculo cibernético que lleva sobre el ojo zumba y se mueve mientras mira fijamente con sus ojos negros a Aurora. Ella se sorprende por el ataque, pero mantiene la calma y le devuelve la mirada.
—Lo siento, pero no tenía control sobre…
—Esas son unas palabras que usas mucho, terrana —dice la timonel syldrathi—. Espero que seas consciente de que tus disculpas no nos sirven de nada.
Sus ojos violetas centellean mientras contempla a mi be’shmai sin ocultar su actitud desafiante. Se llama Lae, o al menos así es como la llama Tyler, lo cual es un apodo curioso para uno de los míos. Supongo que son tiempos curiosos. Lleva el glifo de los caminantes en la frente y, sin embargo, irradia una hostilidad propia de la guerra. Unas grietas profundas le rodean el contorno de los ojos y unas marcas de dolor le tuercen las comisuras de los labios pero, bajo todo ello, siento en ella cierta… familiaridad que no consigo ubicar. Lo más extraño de todo es que, ahora que hemos salido del Pliegue, me doy cuenta de que su cabello no es del color plata tan común entre mi pueblo, sino una mezcla descolorida de dorado y plateado.
—Esperamos reparar aquello que fue dañado —le digo, devolviéndole el desafío que hay en sus ojos—. Creemos que podemos regresar al momento en el que desaparecimos y deshacer lo que ocurrió. Pero, antes de eso, debemos reparar el Arma.
—¿Y se supone que debemos confiar en ti? —dice Lae con un resoplido burlón—. ¿En ti, hijo del Mataestrellas?
—Teniendo en cuenta el estado de vuestra nave, de vuestra tripulación y de lo poco que hemos visto de la galaxia, ¿qué otra opción tenéis?
Sobre la sala de reuniones pende una sombra: el recuerdo de los mundos consumidos por el Ra’haam, de esas naves corrompidas que se han abalanzado sobre nosotros en el Pliegue y de las cubiertas repletas de refugiados que hay en los niveles inferiores. Aurora mira a Tyler y, cuando habla, sus ojos están llenos de dolor.
—¿Qué ha pasado aquí, Ty?
Él saca una maltrecha petaca de metal y da un trago con los dientes apretados. Desde donde estoy sentado, puedo oler el licor, fuerte y casero.
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Tyler se seca los labios y rasca el parche de cuero que cubre el lugar en el que debería tener un ojo.
—¿Qué crees que ocurrió, Auri? Nos patearon el culo.
Respira hondo y da otro trago. En ese momento, siento un peso en la estancia y huelo cierto aroma en el aire. Cuando miro a estos guerreros y veo el color que se refleja en sus ojos, siento el sabor de la sal y el óxido en la lengua.
Sangre.
Mucha sangre.
—La AGI nos capturó a Saedii y a mí —continua Tyler con un suspiro
—. Nos sacaron del tablero para provocar a Caersan y, como un idiota, el Mataestrellas mordió el anzuelo y comenzó una guerra entre los Inquebrantables y la alianza de los terranos y los betraskanos. Después de que el Arma desapareciera durante la batalla, los Inquebrantables se retiraron de la Tierra, pero no antes de que ambas partes hubieran sufrido muchas bajas. Entonces, el Ra’haam puso en marcha su verdadero plan. — Sacude la cabeza y da otro trago—. Para entonces, tenía operativos por toda la galaxia. Usando las redes y los recursos de la AGI, organizó una serie de atentados terroristas contra varios Gobiernos galácticos: los chellerianos, los rikeritas y los betraskanos. Llevaron a cabo los ataques para que pareciera que habían sido perpetrados por otras especies. Sembraron la desconfianza y quebraron viejas alianzas. El Caucus Galáctico convocó una reunión de emergencia para llegar al fondo del asunto. Todos los líderes planetarios se reunieron en un único sitio. Lo cual fue una tontería. —Suspira y mira por la ventana a las estrellas que hay en el exterior—. Un agente del Ra’haam detonó una bomba en la reunión del Caucus y, así, acabó en forma simultánea con todos los diplomáticos de alto rango y todos los jefes de los Gobiernos planetarios de la alianza. A todos los efectos, arrancó de cuajo la cabeza del Caucus. Cada planeta culpó a los otros y los viejos rencores volvieron a resurgir. Se malgastaron tantos esfuerzos buscando al culpable y discutiendo por cuestiones insignificantes que para cuando descubrieron lo que estaba pasando de verdad era demasiado tarde.
—Florecer y brotar —susurra Aurora.
—El Ra’haam eclosionó en sus mundos de crianza —confirma Tyler, asintiendo—. Se expandió a través de los umbrales naturales que había en esos sistemas y, desde ahí, llegó al Pliegue. Miles de millones de esporas
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que infectaban todo lo que tocaban. Nave a nave. Planeta a planeta. Raza a raza. Lo arrastró todo a su mente colectiva. Luchamos, claro que sí, pero cada mundo que consumía lo hacía más fuerte; cada soldado o cada nave que infectaba hacía girar las tornas de la batalla. Llegó un momento en el que sus números eran demasiado grandes como para seguir luchando y lo único que pudo hacer todo el mundo fue huir. Se esparcieron por los rincones de la galaxia, agazapados con la esperanza de que la mente colectiva no los oyera o los sintiera y, por lo tanto, no los encontrara. Pero siempre los encuentra.
El horror nos inunda a ambos y Aurora me toma de la mano y me la estrecha con fuerza.
—Pero… ¿seguís luchando?
—Quedamos unos pocos —dice, señalando a su desharrapada tripulación—. Somos una coalición que busca supervivientes y les ofrece el poco refugio que puede. Pero solo es cuestión de tiempo que lo posea todo —añade, sacudiendo la cabeza y mirando de nuevo a Aurora a los ojos.
—¿Cómo conseguís burlar al enemigo? —pregunto—. El umbral del Pliegue que abristeis para traernos hasta aquí… Nunca antes había visto una tecnología así.
—Lo llamamos «propulsor de fisuras» —contesta Tyler—. Es una mezcla de tecnologías betraskanas y terranas que usa la energía psíquica syldrathi para manipular el espacio-tiempo. En realidad, no lo entiendo muy bien, pero nosotros también hemos descubierto algunas de las propiedades del cristal eshvaren. —Hace un gesto con la cabeza en dirección a la mujer syldrathi del pelo dorado, que sigue mirando a Aurora con el ceño fruncido, lo cual causa que se ensombrezcan las grietas de su piel—. A bordo de cada una de nuestras naves va un caminante y un pedazo de cristal procedente de las sondas eshvaren que vamos recuperando. Los caminantes usan esos cristales para abrir umbrales que nos dejan atajar por el Pliegue. Pero, cada vez que lo hacen, pagan un precio y, ahora, ya no nos quedan demasiados caminantes.
—¿Qué les ha pasado a los demás? —pregunta Aurora en voz baja.
Tyler frunce el ceño.
—¿A los demás caminantes? Han…
—No, me refiero a los demás —insiste ella—: Scarlett, Fin y Zila. ¿Están…?
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El estado de ánimo de nuestro amigo decae aún más y, cuando responde, su voz suena tan áspera como la grava mojada.
—Murieron en la batalla de Terra, Auri.
—¿Y… Saedii? —pregunto.
Entonces, Tyler me mira a mí. Se pasa una mano por el pelo encanecido y vuelve a dar un largo trago a la petaca.
—Escapamos juntos de la AGI. De hecho, me uní a ella y a su antigua tripulación para enfrentarnos al Ra’haam. —Aunque sonríe, detrás de esa sonrisa veo el dolor de una vieja herida—. Nos llevábamos como el perro y el gato, pero nos fue bien durante unos años. Tu hermana era una mujer fantástica.
La otra mujer syldrathi me está observando con una mirada que podría cortarme como un cuchillo.
—¿Dónde está ahora? —me oigo preguntar.
—Saedii se suicidó, Kal.
—No —susurro—, ella jamás habría…
—Estaba en una misión de rescate —dice Tyler con un suspiro—. Intentaba rescatar una flota de refugiados cerca de Orion. Allí, les atacó el Ra’haam. Los motores estaban estropeados y la nave estaba encallada en medio de la oscuridad. Ella y su tripulación estaban rodeados. Ella misma detonó el núcleo para no ser atrapada en el colectivo.
Murmuro una oración al Vacío y me llevo los dedos a los ojos, los labios y el corazón dolorido. Aurora me estrecha la mano y se le empañan los ojos al ver mi dolor. En los últimos tiempos, mi hermana mayor y yo no estábamos unidos, pero en el pasado, Saedii y yo nos quisimos con la fiereza que solo es posible para aquellos hermanos que han sido forjados en el mismo fuego.
Tyler apura el resto de su petaca y la syldrathi me fulmina con la mirada.
—Murió con honores —espeta Lae—. A diferencia del resto de su familia. —Su tono de voz se vuelve violento y amargo mientras centra esos ojos violetas y agrietados en el aire que hay detrás de mi cabeza—. ¿Me oyes, cho’taa? ¡Puedo sentirte, escondiéndote en la oscuridad como un ladrón! ¡Muéstrate, i’na destii! ¡Ko’vash dei saam te naeli’dai! —Se pone en pie, escupiendo furia mientras alza su hoja psíquica—. ¡Aam sai toviir’netesh! ¡Vaes santiir to sai’da baleinai!
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Me levanto y me coloco entre Aurora y esa hoja psíquica crepitante. El aire que hay detrás de mí se agita y cambia, y un brillo rojo como la sangre cubre las luces de la estancia. Aurora se pone en pie con el ojo brillando con suavidad mientras la figura de mi padre se materializa en la sala. Alto y oscuro, con diez trenzas cubriéndole el lado destrozado de la cara, agacha la barbilla y frunce el ceño.
Tyler tiene su pistola en la mano en un abrir y cerrar de ojos, y otros miembros de su tripulación también desenfundan las armas. Abren fuego a pesar de que les grito una advertencia y el destello y los estallidos de las disruptoras inunda la sala. Sin embargo, la imagen de mi padre tan solo se agita como el agua a la que le lanzan piedras. Entonces, me doy cuenta de que esto no es más que una proyección de su conciencia, enviada desde la Neridaa para espiar la conversación.
—¡Cobarde! —escupe Lae—. ¡De’saiie na vaelto’na!
Mi padre ladea la cabeza y contempla a la furiosa caminante.
—¿Me llamas «sinvergüenza»? —dice—. ¿Me llamas «chucho»? ¿A mí, que caminaba por las estrellas antes de que tú nacieras? ¿A mí, que arranqué soles del firmamento y gané innumerables batallas? No eres digna de llamarte syldrathi, mocosa.
—¡Esto es culpa tuya! —ruge ella—. ¡Todo esto!
Mira a la joven con desprecio y un leve destello titila en sus ojos. Sin embargo, veo cómo su desdén y su ira se resquebrajan un instante mientras una sombra diminuta se apodera de su corazón.
—Saedii… ¿Está…?
Tyler se levanta y sus labios se retraen, enseñando los dientes mientras alza su arma disruptora.
—Sal ahora mismo de mi maldita nave, hijo de puta.
—Padre —digo con suavidad—, deberías marcharte.
Su mirada se posa en mí, después en Lae y, al final, vuelve a Tyler. El atisbo de pena que he sentido en él desaparece por completo y lanza una mirada de desdén a la petaca metálica que mi viejo amigo tiene en las manos.
—No me extraña que fracaséis; con un capitán tan inútil… —Mataestrellas, si soy tan inútil, ¿cómo es posible que…?
Sin embargo, se ha marchado, desvaneciéndose con una sacudida insonora, y ha regresado a su trono a bordo de la Neridaa.
Lae mira a Tyler y los labios se le llenan de saliva cuando habla.
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—Deberíamos dirigirnos a esa nave y acabar con él, comandante.
—Os destruiría a todos —contesto.
—¿Tanto miedo le tienes? —se burla Lae.
—Le temo tanto como lo odio —repito con tristeza, mirándola a los ojos entornados—. Y si fueras sabia, tú también lo temerías.
—Corresponde a la estirpe de Caersan acabar con su ignominia. Es tu padre; deberías haberlo matado ya para restaurar el buen nombre de tu familia.
En ese momento, el dolor por la pérdida de Saedii se profundiza. Junto a él, la muerte de mi madre resuena en los salones de mis recuerdos y me afila la lengua mientras miro a Lae a los ojos.
—La familia es… complicada —gruño—. No te atrevas a darme un sermón sobre la mía. No tienes ni idea de lo que es formar parte de ella.
—¿Por qué demonios estás colaborando con ese cabrón, Aurora? — pregunta Tyler con una voz suave que destila asombro y odio.
—Le necesitamos, Ty —contesta—. Todavía no estoy acostumbrada a empuñar el Arma. Él ha tenido casi una década para aprender a utilizarla y sabe cuál es la nota que hay que tocar en la Neridaa para regresar a nuestro propio tiempo.
—¿Cómo es eso posible siquiera? —pregunta la jefa Toshh. A su lado, Dacca parlotea y asiente con la cabeza mientras se le crispan los bigotes.
—No lo sé —contesta Aurora—, pero le creo. Si podemos regresar, podemos deshacer todo esto. ¡Podemos destruir al Ra’haam antes de que eclosione!
—Entonces, ¿por qué demonios seguís aquí? —dice Tyler—. Si podéis…
—El Arma está dañada, hermano. Necesita reparaciones.
La segunda al mando de Tyler me mira fijamente con sus ojos negros y brillantes.
—¿Y cómo vais a encargaros de eso?
—No lo sé. —Me froto la barbilla—. ¿Tenéis una base? ¿Algún lugar…?
Dacca dice algo, y sacude la cola mientras me observa con ojos dorados y rasgados.
—Sí, tenemos una base, Duendecillo —gruñe Toshh—. Pero que el Hacedor nos maldiga a todos si le damos la ubicación al Mataestrellas.
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—Y aunque lo hiciéramos —continua la betraskana—, no tenemos tecnología con la que trabajar en un dispositivo como ese. Ya no hay flotando por ahí demasiados puertos espaciales que se especialicen en superarmas de cristal eshvaren.
—Hay uno… —murmura Aurora, pensativa. La miro con el ceño fruncido, interrogante—. El mundo de origen de los eshvaren —dice, mirándome a los ojos—. ¿Te acuerdas? Estaba escondido dentro de aquella anomalía del Pliegue. Tal vez todavía esté allí.
Asiento con lentitud.
—Si hay un lugar en el que tal vez podamos reparar el daño, sería allí donde los Antiguos crearon el Arma.
—¿Dónde se encontraba esa… anomalía? —pregunta Tyler.
—En el sector Zeta —contesto—. Fuimos allí con Scarlett, Finian y Zila después de que te capturara la AGI.
—Estás alucinando, Duendecillo —dice De Stoy—. El sector Zeta está infestado de Hierbajos. Allí son más espesos que los sketi sobre una floración de martuush.
—Si nos movemos con rapidez…
—Los poderes del Ra’haam aumentan en el Pliegue —dice Toshh—. Siente las ondas psíquicas de cualquier cosa viviente que se adentra en él y envía flotas hasta que la consumen.
—Tiene que haber alguna forma de hacerlo, Tyler —dice Aurora.
—Atravesar el sector Zeta no es buena idea —replica él.
—Tal vez para la gente que no tiene de su parte al mejor estratega que haya salido de la Academia Aurora —dice ella con una sonrisa—. Tyler Jones no tiene malas ideas, ¿recuerdas? Tan solo ideas menos brillantes.
Sin embargo, él no le devuelve la sonrisa. Su frente se oscurece y su voz suena sombría.
—Eso fue hace mucho tiempo, Auri.
—Necesitamos tu ayuda, hermano —le digo—. Por favor.
Con la mandíbula tensa, Tyler juguetea con un anillo plateado que lleva en el dedo. La ira y la sensación de traición siguen bullendo bajo su superficie. La rikerita observa a Aurora con unos ojos ancianos.
—Tal vez deberíamos consultar esto con el consejo, comandante.
Lae pone mala cara ante eso y contesta con rudeza.
—¿Por qué nos importa? ¿Qué más nos da lo que diga o haga ninguno de ellos? No podemos ayudar al Mataestrellas, a su hijo o a la idiota que se
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ha atado a él por voluntad propia. Tenemos que matarlos para vengar a los que hemos perdido…
—Ya es suficiente, Lae —dice Tyler.
—¡No! —grita ella—. ¡Comandante, la sangre de miles de millones mancha sus manos! El honor exige su muerte. No podemos…
—¡He dicho que ya basta, teniente! —ruge Tyler.
Ambos se miran, cara a cara, y la voluntad de Tyler choca con la de Lae. Puedo sentir la ira y la furia que hay en ella pero, al final, baja la mirada.
—Sí, señor —murmura.
—¿En qué condiciones se encuentra el propulsor de fisuras? — pregunta él.
—El cristal muestra una degradación progresiva —contesta ella en voz baja—, pero, por ahora, es lo bastante estable.
—¿Cuándo puedes llevamos de vuelta a casa?
La joven vuelve a alzar la mirada hacia él, incrédula. Sin embargo, no lo cuestiona y, en su lugar, lo observa detenidamente con esos ojos violetas resquebrajados.
—Necesito descansar. Una hora. Tal vez dos. Y un salto tan largo con unas naves tan grandes… Va a ser costoso, señor.
Veo que la mirada de Tyler se suaviza.
—¿Va a dolerte?
—Siempre duele. Pero si me ordenas que…
Él pasa la mirada entre Aurora y yo y, al final, aclara sus pensamientos.
—No puedo tomar esta decisión yo solo. No cuando todo pende de un hilo. Tenemos que volver a la base. —Con el ojo bueno, posa una mirada tan dura como el acero sobre Aurora—. Puedes defender tu petición ante el Consejo de los Pueblos Libres. Si deciden que te ayudemos, entonces, te ayudaremos. Si no, estaréis solos.
Aurora asiente con los ojos llenos de dolor.
—Lo entiendo. Y, si me necesitáis… —Mira a Lae y se encoge de hombros—. Me refiero al propulsor… Si necesitas energía para movernos, tal vez pueda ayudar.
La joven syldrathi observa a la Neridaa, esa nave descomunal que ha llegado aquí tan solo con el poder de la mente de Aurora. Después, asiente de forma seca.
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—Acepto tu ayuda.
—Muy bien —dice Tyler—. Dacca, Toshh, ubicad a los refugiados. Elin, quiero que sigamos en Alerta Dos en caso de que aparezcan más Hierbajos. Una hora no es demasiado tiempo para permanecer en un mismo sitio, pero en cuanto podamos, saltamos a casa.
—Señor, sí, señor —responden todas.
—Vamos a ponernos en marcha como si tuviéramos un objetivo.
La tripulación se dispersa y se dirige a cumplir con las tareas que les han sido asignadas. Dedicándome una suave sonrisa, Aurora sigue a la caminante para inspeccionar el propulsor. Tyler y yo nos quedamos solos, mirándonos fijamente desde lados opuestos de la mesa. Tenemos muchas cosas que decirnos, pero no estoy seguro de si este es el momento adecuado o de si él me escucharía. Así que, en su lugar, le hago la pregunta que arde en mi mente.
—¿Cuál es vuestro hogar en una galaxia como esta, hermano?
Él mira por la ventana y contempla el sol rojo y los planetas silenciosos. Me permito sentir un atisbo diminuto de esperanza ante el hecho de que todavía no me haya negado el uso de ese título.
—De hecho, ya has estado allí antes.
—¿La Academia Aurora?
—No —contesta con un suspiro—. Los agentes del Ra’haam la destruyeron durante el ataque al Caucus Galáctico. Además, de todos modos, la estación se movía con demasiada lentitud. —Me mira con los ojos teñidos de un leve horror—. Es… Escucha, Kal: ahora es tan grande que puede oírlo todo. Si te refugias en un planeta, tarde o temprano te acaba encontrando. Si te ocultas en una flota, al final te descubrirá como a esos pobres desgraciados del piso de abajo.
Sacudo la cabeza.
—Entonces, ¿qué lugar es seguro?
Tyler se encoge un poco de hombros.
—Si no hay ningún mundo al que puedas llamar «hogar» y tampoco hay ninguna nave segura para esconderse… Bueno, en tal caso, usas ambas cosas.
Pestañeo mientras, en mi mente, termino el rompecabezas.
—La Sempiterna —digo con una sonrisa.
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E n una ocasión, mi orientador me dijo que la frase «si se aplicara» había aparecido en mis informes de evaluación más veces que en las de cualquier cadete de la historia de la Academia Aurora.
Además, estoy casi segura de que no se refería a esto cuando me dijo: «La práctica hace al maestro, cadete Jones». Pero, hasta ahora, hoy ya he muerto treinta y siete veces, y resulta que tengo bastante talento para ello.
Suena raro, lo sé. Puede que incluso parezca una locura. Pero por extraño y macabro que pueda ser, empiezo a sospechar que el principal motivo por el que la gente tiene miedo de morir es porque no se sabe qué ocurre después.
Zila, Finian, Nari y yo sí sabemos lo que ocurre. Al menos, en nuestro caso. Y, en cierto sentido, empieza a ser más difícil sentir miedo cuando sabes qué es lo que se avecina.
Luz negra.
Ruido blanco.
Un instante de vértigo.
Entonces, vuelvo a estar frente a Finian, de nuevo a bordo de nuestra lanzadera, y el caza de la teniente Nari Kim nos espera justo afuera, en la oscuridad.
El miedo no ha desaparecido de inmediato. Al principio, la extrañeza de todo este asunto era tan fuerte que, durante un momento, me he preguntado si no sería mejor permanecer muerta. Había algo que no estaba
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bien y que casi resultaba antinatural. Pero, como digo, siempre he sido una de esas chicas que ven el vaso medio lleno y, una vez que el miedo desaparece, tengo que decir que… esto de la inmortalidad es casi increíble.
Así que, aquí estamos, en otro intento por acceder a la oficina del doctor Pinkerton. Para ser precisos, es el intento #37 de descubrir el secreto de qué demonios está pasando en estas instalaciones. Dejadme que os haga un repaso rápido.
En primer lugar, hemos descubierto que tenemos que acceder a los niveles administrativos a través de los huecos de los ascensores y no las escaleras de emergencia, como ha sugerido la teniente Kim al principio. La escalera A lleva a la zona de la estructura que no tiene escudo y ya hemos visto lo que ocurre cuando el pulso cuántico alcanza la estación y nosotros nos limitamos a quedarnos ahí de pie, haciendo gala de nuestro aspecto fabuloso.
¡Zuuuuuum!
Tal vez te estés preguntando por qué no esperamos hasta después de que el pulso alcance la estación para dirigirnos allí. Es una pregunta excelente. Por desgracia, ya lo hemos intentado y hemos descubierto que si nos entreteníamos demasiado en el nivel inferior, seguridad nos descubría no una ni dos, sino tres veces seguidas.
¡Pum!
¡Pum!
¡Pum!
Resulta que, incluso con el daño que ha sufrido la estación, algunas de las cámaras siguen funcionando. ¿Quién habría pensado que los chicos de seguridad de una instalación militar encubierta de operaciones especiales se tomaría tan en serio la presencia de saboteadores? Yo pensaba que recibir un golpe en las peritas dolía. Dejadme que os asegure que recibir un disparo en ellas es muchísimo peor.
¡Pum!
¡Pum!
¡Pum!
Después, hemos decidido probar suerte con la escalera B, y en nuestro viaje inaugural se ha añadido a la mezcla un elemento de extrañeza que es del todo nuevo. Ya veis, de camino a reunirse con nosotros, la buena teniente Kim ha decidido tomar una ruta diferente para ahorrarse unos minutos del paseo. Ha entrado en el pasillo 16B del nivel 6 en el preciso
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momento en el que un mamparo se ha roto y ha derramado toda la atmósfera del pasillo al espacio.
Ssssshhhhhhhh.
¡Paf!
Y aunque Zila, Fin y yo seguíamos arrastrándonos por el conducto de evacuación en ese momento, de pronto: luz negra, ruido blanco, vértigo, y volvía a estar a bordo de nuestra lanzadera, contemplando una vez más los ojos grandes y preciosos de Fin.
Esa ha sido la confirmación de mi teoría. De algún modo, los cuatro estamos atrapados en esto, juntos. No importa cómo y no importa quién sea, si tan solo uno de nosotros sale del bucle, todo el asunto se reinicia.
Una vez.
Y otra vez.
Nos guste o no, estamos juntos en esto.
En consecuencia, a continuación nos hemos entretenido con la escalera B. Hemos hecho tres intentos pero, incluso moviéndonos todo lo rápido que podemos, tan solo hemos conseguido subir la mitad antes de que el sistema de soporte vital haya decidido besuquearse con un cortocircuito en alguna parte de la superestructura y toda la escalera se haya incendiado.
¡Crac!
¡Wuuuuuuushhhhhhh!
Así que nos quedaba el hueco de los ascensores. La buena noticia es que, en esa zona, el daño que ha sufrido la estación ha desconectado las cámaras. La mala es que también ha debilitado el cable y deshabilitado los sistemas de seguridad. Lo hemos descubierto la primera vez que nos hemos metido por el hueco A y un ascensor repleto de ingenieros ha bajado a los niveles del núcleo en el preciso instante en el que intentábamos subir por él.
¡Plaf!
¡Crac!
Por suerte, el hueco B no sufre tales carencias y, tras otro intento en el que Finian ha descubierto que la integridad estructural del peldaño 372 de la escalera de acceso está comprometida (¡Crac! ¡Oh, mieeeeeeeerda!), hemos conseguido llegar a la sección residencial en la que se encuentra la oficina del doctor Pinkerton.
Peeeeeeeero, no empecéis a celebrarlo todavía, amigos.
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Ahí arriba, las puertas del ascensor están selladas como una precaución contra los fallos atmosféricos, y el soplete de Fin tarda tres minutos y cuarenta y nueve segundos en abrir los cierres.
Por desgracia, abrir las puertas hace que salte una alarma silenciosa. Lo hemos descubierto por las malas exactamente un minuto y veintitrés segundos después de nuestra primera incursión mientras intentábamos entrar en la oficina de Pinkerton.
—¡Alto!
—¡Por favor, no dispare! Me llamo Scarlett Isobel Jones. Soy… ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
La mala noticia es que no hay forma de evitar la alarma. En el momento en el que abrimos las puertas, aceptamos una cita con los matones de seguridad.
La buena es que, tras un poco de ensayo… —¡Alto!
—¡Por el aliento del Hacedor! ¿Es que no tenéis nada mejor que…? ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Y error…
—¡Alto!
—¡Qué cabrones! ¿Por qué decís «alto» si tan solo vais a…? ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Hemos descubierto una manera de entrar en la oficina de Pinkerton sin
tener que malgastar tanto tiempo adicional en desbloquear su puerta.
La cosa va así:
El legionario De Seel y yo subimos por el hueco B (evitando concienzudamente el peldaño 372). Conforme espero en la escalera de mano debajo de él, observando cómo las chispas se reflejan en sus ojos, Finian abre las puertas que llevan al nivel administrativo. Mientras tanto, Zila y la teniente Kim bajan hacia la morgue de la estación, que es donde reside el cadáver del recién fallecido doctor Pinkerton.
Tras cuatro intentos (¡Pum! ¡Braaaap! ¡Alto!), las chicas todavía no han encontrado la manera de evitar a la seguridad de la estación y recuperar aquello que han ido a buscar: la llave de acceso electrónica que el cadáver del doctor Pinkerton lleva en torno al cuello. Pero, como digo, esta vez tengo un buen presentimiento.
Así que, cruzad los dedos, gente.
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Las chispas caen hacia abajo desde el metal y el leve siseo del soplete de Fin apenas puede oírse por encima de los alaridos de las alarmas y el pitido ocasional de alerta. Estoy un peldaño por debajo de él, observando cómo trabaja con los labios fruncidos y una arruga oscura de concentración entre las cejas.
—¿Puedo ayudarte?
Él sonríe.
—Me has preguntado eso las tres últimas veces. Estoy bien, Scar. —¿Cómo crees que les irá a Z y Kim?
—Bueno, todavía no hemos desaparecido en el estallido de una paradoja temporal… —Se seca la frente con la manga—. Así que, mejor que la última vez.
La estación vibra levemente y resuena otra alarma. Me siento un poco inútil estando aquí quieta, y eso no me gusta.
—¿Estás seguro de que no puedo hacer nada?
Fin sonríe.
—Tengo un poco de sed.
Con un brazo enganchado en torno a los peldaños, me quito del hombro la mochila con la que he cargado. Meto la mano dentro y rebusco la cantimplora entre nuestras unilentes que, ahora mismo, no sirven para nada. Sin embargo, en su lugar, rozo con los dedos algo suave y peludo. Cuando saco el objeto a la luz y me doy cuenta de lo que estoy sujetando, siento en la piel una corriente cálida y los labios se me curvan en una sonrisa.
—¿Has salvado a Trébol?
Fin baja la vista hacia el dragón de peluche que tengo en la mano y se encoge de hombros.
—Supuse que necesitaríamos todos los aliados posibles.
Poso los labios sobre Trébol y respiro hondo mientras miro al chico que hay por encima de mí. Hacedor, es tan dulce… De todas las cosas que podría haber traído con nosotros, ha salvado la única parte de Cat que nos queda. Cuando inhalo, todavía puedo olerla en el pelaje del dragón: el aroma de su perfume y del suavizante textil que utilizaba. Durante un instante me asalta la idea de que estamos muy lejos de casa, de que hemos perdido mucho para llegar hasta aquí y de que, tal vez, nunca encontremos la forma de regresar. Entonces, tengo que cerrar los ojos.
—¿Estás bien?
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Alzo la vista y veo que Fin me está mirando con los ojos llenos de preocupación. Sé que no debería molestarle. Después de todo, tiene trabajo que hacer, y a saber qué es lo que está en juego. Pero, de pronto, me siento muy pequeña y como si no fuera yo misma.
—¿Crees que va a salir todo bien, Fin?
Él frunce un poco el ceño.
—¿Te refieres a…?
—A todo: Auri, Tyler, nosotros… —Sacudo la cabeza—. Nunca me he tomado nada de esto en serio, Fin. Todo el tiempo que estuvimos en la academia lo pasé haciendo el tonto. Y ahora estamos metidos en esta mierda hasta el cuello y me siento inútil del todo. Lo único que sé hacer es hablar, y aquí no hay tiempo para eso. Tal vez si hubiera prestado atención… Si hubiera…
—Oye, oye, no digas eso. —Apaga la linterna y, con un poco de esfuerzo, baja por la escalera para que estemos cara a cara—. No eres inútil.
Pongo los ojos en blanco.
—Agradezco tu voto de confianza, legionario De Seel, pero la física teórica no es exactamente mi fuerte.
—Tal vez no —dice mientras se encoge de hombros con un siseo de su exotraje—, pero desde que la AGI secuestró a Tyler, la persona que ha mantenido unido al escuadrón has sido tú. No sé si te has dado cuenta. Te necesitamos, Scar. —Extiende la mano y me quita una lágrima con un dedo plateado—. Yo te necesito.
Sacudo la cabeza, maravillada.
—¿Cómo es posible que hayas estado frente a mí todo este tiempo y solo te haya empezado a ver ahora?
Él sonríe, encogiéndose de hombros.
—Tan solo me alegro de que lo hayas hecho.
—Yo también —susurro.
Me acerco a él y noto cómo uno de sus brazos se desliza en torno a mi cintura. Siento un leve estremecimiento cuando nuestros labios se unen. Cuando se aprieta contra mí, unas mariposas y una corriente eléctrica surgen de mi interior. La estación se sacude a nuestro alrededor y la voz de Zila resuena por encima del alarido de las alarmas.
—¿Estáis pasando unos valiosos minutos en medio de una paradoja temporal inaudita dedicándoos a actividades frívolas anteriores al sexo?
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Bajamos la vista hacia el hueco y vemos a Zila trepando con rapidez con la teniente Kim justo detrás de ella.
—Eres una romántica empedernida, Z —le digo.
—No tenemos tiempo que perder en trivialidades; podríamos… —Relájate, legionaria Madran —dice Fin mientras me guiña un ojo y
se aparta de mis brazos—. Para cuando hayas llegado aquí arriba, habré terminado.
—Chicas, ¿habéis conseguido la llave de acceso? —grito.
—Hemos tenido éxito —contesta Zila—. Gracias a la rapidez mental de Nari.
—¿«Nari»? —murmura Fin—. ¿Ahora se tutea con la niña de la Tierra?
—Compórtate —susurro.
—¿Y si no quiero? —me pregunta. Después, me vuelve a guiñar un ojo.
El cierre se cae con un golpe metálico, Fin apaga el soplete y, con un quejido de esfuerzo de su exotraje, nuestro engranaje abre de par en par las puertas del ascensor justo cuando Zila y Kim llegan hasta nosotras. Como siempre, la alarma silenciosa empezará a sonar en alguna parte en cuanto pongamos un pie en el pasillo, pero nos queda algo de tiempo antes de que los chicos de seguridad nos intercepten.
Tan rápido como podemos, corremos por los pasillos llenos de humo y llegamos a la oficina de Pinkerton. Zila pasa la llave electrónica del difunto por el lector y transcurren unos segundos agonizantes antes de que la cerradura emita un destello verde. Después, nos apresuramos a entrar con la banda sonora de los alaridos de las alarmas de fondo.
La oficina es lujosa. Bueno, al menos, todo lo lujosa que puede ser en una estación espacial. Hay una docena de expositores de vidrio por toda la habitación, iluminados tenuemente por las luces de emergencia. En el interior, flotan un puñado de objetos extraños que están suspendidos en cojines de gravedad cero. Me recuerda un poco a la oficina de Casseldon Bianchi en la Sempiterna.
Al parecer, Pinkerton era una especie de coleccionista.
Miro con los ojos entornados uno de los artefactos que da vueltas lentamente en medio de un estrecho haz de luz. Es plano y rectangular, y su superficie es antigua y está resquebrajada. Puede que hubiese algo
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escrito en ella, pero se ha desgastado con el tiempo. Además, dentro hay… ¿papel?
—¿Qué es eso? —pregunta Fin mientras mira a través del cristal.
—Ni idea —murmuro.
—¿Estáis de broma?
Miramos tras nosotros y nos encontramos a Nari contemplándonos como si fuéramos tontos.
—Casi siempre —contesta Fin mientras se encoge de hombros—. Pero en este caso estoy siendo sincero cuando digo que no tengo ni idea de lo que es.
—¿Es que en el futuro no tenéis libros?
—¿Este es el aspecto que tenían los libros? —pregunto, desconcertada. —Hace unos cien años o así, sí —asiente Nari—. El doctor Pinkerton coleccionaba antigüedades. El primer día de mi destino en la estación me dio una charla sobre preservar los tesoros del pasado. —Se encoge de
hombros—. Después, no volvió a hablarme manca más.
—¿Esto es un libro? —pregunta Fin, pestañeando—. ¡Está forrado con piel de animal muerto!
—Solíamos hacerlos así.
El betraskano me mira con una ceja arqueada.
—Terranos… Juro que…
Sonrío y sigo mirando la habitación. Veo fotografías holográficas de la familia de Pinkerton. Hay una fila de cactus en macetas que debían de estar colocados junto a la ventana de plexiglás, pero los impactos que ha sufrido la estación deben de haberlos volcado y, ahora, están esparcidos por el suelo.
—¿Quién pone plantas con pinchos en un lugar en el que…? Da igual, no intentéis explicármelo —murmura Fin mientras los rodea con cuidado.
Junto a una pared hay un escritorio largo y de cristal. La pantalla resplandeciente de un puerto de datos personal ilumina la penumbra.
Zila ya se ha sentado en la silla, ha pasado la llave de acceso por el terminal y ha empezado a teclear. Podéis decir lo que queráis de los avances tecnológicos humanos en los últimos dos siglos pero, más allá de ir más lento, el ordenador parece funcionar básicamente igual. En seguida, Zila está revisando los menús, moviendo las manos frente a los sensores y deshaciéndose de pantallas holográficas mientras busca información. La
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teniente Kim está de pie, detrás de ella, mirando por encima de su hombro.
Fin también está allí, dándole consejos.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: BRECHA EN EL CASCO EN LAS CUBIERTAS DE LA 13 A LA 17.
Yo me quedo junto a la ventana, contemplando el caos que hay al otro lado.
El espacio es alucinantemente gigantesco. Incluso la bolsa de subespacio que es el Pliegue es demasiado grande para que el cerebro humano se haga a la idea. Pero la tormenta de materia oscura que hay ahí fuera es lo bastante enorme como para resultar aterradora. Mientras observo la tempestad vibrante, vuelvo a tener la misma sensación de antes: la impresión de ser diminuta e insignificante, de que estoy metida hasta el cuello y todo me supera. Pienso en Tyler. Pienso en Auri. Incluso pienso en Kal. Me pregunto dónde estarán y deseo que estén bien.
Le doy la espalda a la tormenta, porque es tan grande que me resulta insoportable. En su lugar, paseo entre la pequeña colección del doctor Pinkerton mientras Zila y Fin siguen con la búsqueda. Hay algo reconfortante en todo ello: reliquias de una Terra pasada que han sobrevivido a la época en la que nacieron. En cierto sentido, estos objetos son viajeros del tiempo como nosotros.
Paso junto a una vieja caja de plástico con un teclado numérico circular y un auricular un poco raro. Hay lo que tal vez sea una pistola de algún tipo, cuya superficie está marcada por pequeños puntos de corrosión. Y en un expositor que se encuentra junto a la ventana…
—Mierda… —susurro mientras paso la mirada a la estación de trabajo
—. ¿Fin?
—Ahí —le murmura él a Zila—, prueba con ese. —Ya lo veo —asiente ella.
—¡Fin!
Cuando lo llamo, alza la vista. —¿Eh?
—Ven a ver esto.
Frunce un poco el ceño, pero deja a Zila y a Nari encargándose del asunto, sale de detrás de la consola y se acerca hasta mí.
—¿Qué ocurre?
Con el corazón latiéndome desbocado, señalo el objeto que hay dentro del expositor, dando vueltas con suavidad sobre su haz de gravedad cero.
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Es una caja fina, plateada y rectangular. Tan mundana y familiar que resulta imposible.
—¿Eso es…? —Abre los ojos negros de par en par y sus preciosos labios se separan en un gesto de asombro—. Por el aliento del Hacedor… —susurra, mirándome—. ¡Es la caja de cigarrillos que De Stoy y Adams dejaron para Kal en el Depósito del Dominio!
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: QUE TODO EL
PERSONAL DE INGENIERÍA SE PRESENTE DE INMEDIATO EN LA CUBIERTA 12 DE LA SECCIÓN GAMMA.
—Scarlett, Finian —nos llama nuestra cerebro—, creo que deberíais echarle un vistazo a esto.
—Zila, no vas a…
—Es importante, Finian.
Intercambiamos una mirada y no consigo recuperar el aliento mientras nos acercamos a toda prisa hasta Zila y Nari. Ambas siguen encorvadas sobre el terminal y en las pantallas holográficas que cuelgan del aire frente a nuestra oficial científica veo flujos de datos que brillan en la oscuridad.
La mayor parte es incomprensible para alguien que se pasó las clases de Física deseando estar en cualquier otra parte que en las clases de Física, pero veo que el nombre de la carpeta es «Proyecto Zapato de Cristal». Iluminada con una luz brillante por encima de una serie de gráficos ilegibles hay una forma familiar: un pedazo de piedra pulida con aspecto de lágrima, cortada como una pieza de joyería y con un millar de caras sobre las que la luz puede danzar.
Es una forma que reconozco.
—Eso es una sonda —susurro—. ¡Es una sonda eshvaren!
Zila se recuesta en la silla.
—Interesante…
—¿Qué decís que es? —pregunta la teniente Kim.
—Es un dispositivo de exploración —contesta Fin, que tiene los ojos fijos en la imagen giratoria—. Lo creó una raza alienígena llamada «eshvaren». Soltaron miles de ellos en el Pliegue hace miles de años. Nuestra amiga Aurora usó uno para desbloquear su potencial psíquico latente con el objetivo de poder seguir adelante con la antigua guerra de los eshvaren contra… —Su voz se acalla cuando se da cuenta de que Nari lo está mirando como si fuera un lunático—. Es una larga historia, ¿de
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acuerdo? La cuestión es que se trata de tecnología alienígena. Muy importante.
¡Buuuuuum!
Toda la estación se sacude cuando algo, en alguna parte, explota.
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS 5 Y 6 DE
INMEDIATO. REPITO: FALLO DE CONTENCIÓN.
—Deben de haber descubierto una de esas sondas —digo en un susurro—. Aquí, en este tiempo.
—Está dañada —Zila señala la punta rota de la lágrima—. Si no me equivoco, inerte. Al parecer, el «Proyecto Zapato de Cristal» intenta descubrir cuáles son las propiedades del cristal para, potencialmente, usarlo como arma. El fragmento principal está guardado en el núcleo de la estación y está siendo sujeto de pruebas con la energía cuántica que se recolecta de la tempestad oscura. —Frunce el ceño mientras manipula los controles holográficos—. Pero hay un fragmento mucho más pequeño que…
La pared zumba.
Un panel situado sobre el ordenador se desliza y revela un expositor cilíndrico de cristal como los otros que hay en la oficina. Solo que en lugar de una antigüedad suspendida en una fina columna de gravedad cero hay… un trozo diminuto de cristal.
Fuera, en medio de la tormenta de materia oscura, el pulso de energía cuántica golpea la vela y recorre el cable hasta la estación. Cuarenta y cuatro minutos después de nuestra llegada, como siempre. Y, como siempre, el fragmento que llevo en torno al cuello empieza a brillar a modo de respuesta. Pero, en esta ocasión, ese brillo es replicado por el trozo de cristal que flota dentro del expositor. Como si fueran gemelos, la intensidad del resplandor aumenta a la vez y cada uno es exactamente igual a…
—Mierda… —susurro.
Acerco la mano al medallón que llevo al cuello. Un medallón que, al igual que la caja de cigarrillos de Kal, esperó diez años en el depósito de Ciudad Esmeralda, colocado allí por personas que parecían saber lo que iba a ocurrir antes de que ocurriera.
—Scar… —Fin mira fijamente el expositor de cristal—. Ese es tu cristal…
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—¿Cómo…? —La teniente Kim sacude la cabeza y pasa la mirada entre el cristal que hay en el expositor y el cristal que llevo al cuello. La forma es inconfundible. Son idénticos—. ¿Cómo es posible si sois del año 2380?
—No lo sé —dice Zila—. Pero es esto; esta es la causa del bucle: una interacción a través del tiempo y el espacio entre el Arma, esta estación, el pulso cuántico y los cristales eshvaren. Todo está unido. Uróboros.
El pulso alcanza la estación.
La estructura se estremece y las luces que nos rodean parpadean.
—ATENCIÓN: FALLO CRÍTICO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS DE
LA 2 A LA 10 DE INMEDIATO. REPITO: FALLO CRÍTICO DE CONTENCIÓN.
La teniente Kim y yo nos estamos mirando la una a la otra con la misma incredulidad reflejada en los ojos. Fin y Zila empiezan a repasar los datos, leyéndolos con toda la rapidez que pueden. El resplandor del medallón está comenzando a desvanecerse, pero la impresión posterior está grabada en blanco en mis ojos.
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 11.
La estación vuelve a sacudirse y, esta vez, lo hace con más fuerza. La puerta de la oficina se abre y media docena de mirillas láser iluminan la penumbra.
—¡Alto!
Fin suspira.
—Oh, por el amor de…
—REPITO: FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 11.
Alzo las manos frente a los chicos de seguridad.
—Nos vemos pronto.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
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—Ah, chakk, ¿qué ha pasado? —pregunta Finian por el comunicador.
—Estaba segura de que esta vez estaríamos a salvo — concuerda Scarlett.
—Un fallo del núcleo —les digo mientras me levanto del asiento del piloto
—. El reactor de la estación se sobrecargó cincuenta y ocho minutos después de que lo alcanzara el pulso cuántico, destruyendo así toda la estructura. Parece que el daño que ha recibido la estación acabará siendo crítico sin importar lo que hagamos.
—¿Por qué no han ordenado la evacuación? —pregunta Finian.
—La orden de abandonar la instalación se dio tan solo tres minutos antes de la detonación. Dada la cantidad de dinero que el Gobierno terrano debe de haber gastado en este proyecto, creo que los comandantes que quedan en la estación estaban intentando con desesperación solucionar la situación.
—¿Y de alguna manera hemos seguido durmiendo mientras ocurría todo eso? —pregunta Scarlett.
—Parecíais muy cansados. No quería despertaros.
Tomamos la decisión de descansar durante el último bucle. El efecto acumulado de los reinicios repetidos, los picos de adrenalina de los accidentes que hemos podido evitar y de los momentos de nuestra muerte, así como el mero esfuerzo de no dejar de hacer cálculos mentales nos ha fatigado a todos y, además, ya estábamos cansados cuando llegamos aquí.
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Cuando Scarlett se ha dado cuenta de que, básicamente, llevábamos en marcha más de veinticuatro horas y de que ninguno de nosotros se sentía descansado después de cada reinicio, ha resultado evidente que era necesario dormir. Me he ofrecido voluntaria para hacer la primera guardia y nos hemos acomodado con Nari (que también ha completado más de un día de bucles) en el punto de acceso junto al sistema de evacuación de desechos. El hueco estaba demasiado abarrotado, pero era más seguro estar allí que flotando a la deriva a bordo de nuestra nave dañada. Al menos hasta que la estación ha estallado en pedazos a nuestro alrededor de forma bastante dramática, claro está.
Ahora, hemos vuelto una vez más a nuestra lanzadera y, mientras voy de camino a la cubierta de carga, me encuentro con Fin y Scarlett en el pasillo.
—Por tu gesto, la situación no es buena —dice Scarlett.
—No estoy segura —contesto—, pero si los tres fragmentos de cristal (el tuyo, el del doctor Pinkerton y la parte principal de la sonda) son la causa del bucle y nuestro billete de vuelta a casa y todos fueron destruidos en una explosión a gran escala…
—Entonces, el bucle siempre acaba sin importar lo que hagamos — dice Fin con el ceño fruncido.
Asiento.
—Cincuenta y ocho minutos después del pulso cuántico.
—Chakk —dice el betraskano con un suspiro—. Eso significa que, aunque evitemos todas las formas de morir en ese sitio, tan solo disponemos de una hora y tres cuartos en cada bucle, más o menos. Eso es mucho menos tiempo del que me gustaría.
—Estoy intranquila —admito.
—Y cansada —señala Scarlett—. ¿Has dormido algo?
—Lo haré en el siguiente bucle —contesto—. He tenido la oportunidad de pensar mientras vigilaba. Volvamos a la oficina del doctor Pinkerton.
—Que nadie pise un cactus esta vez —añade Fin.
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Ahora, cada vez llegamos más rápido a nuestro destino, pero empieza a preocuparme que no seamos lo bastante rápidos. Antes, pensaba que los esfuerzos que realizábamos eran eficientes. Ahora, soy consciente de que, en cada bucle, empleamos una parte considerable de nuestro tiempo limitado solo en acceder a la oficina del doctor Pinkerton.
Pero necesitamos más información.
Nari y yo trabajamos en perfecta sincronía mientras recuperamos la llave de acceso del cadáver del hombre y, cuando estamos en sus aposentos, soy capaz de navegar por una serie de menús que ya me resultan familiares con rapidez. Ya no perdemos tiempo sorprendiéndonos con el fragmento de cristal que es idéntico al de Scarlett o con la absoluta improbabilidad de nuestra situación.
Finian y Scarlett nos consiguen más tiempo distrayendo a la patrulla que, de lo contrario, llega a los aposentos de Pinkerton, nos dispara y pone fin al bucle.
La estación se sacude a nuestro alrededor.
—ATENCIÓN: AUMENTO DEL FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 9.
Nari vigila mientras yo reúno información sobre las pruebas desastrosas que estaban llevando a cabo cuando se inició el bucle. En nuestras recientes correrías, he descubierto que es más habladora de lo que había esperado.
No me parece una distracción. Al contrario: me resulta tranquilizador. Tengo los ojos resecos y sé que la fatiga está ralentizando mis pensamientos, así que me anclo a su voz.
—Así que eres amiga de alienígenas, ¿eh? —reflexiona.
No alzo la vista y le contesto en voz baja.
—En teoría, todo el mundo es un alienígena para otra persona. —¿Conoces muchas más razas además de la de los betraskanos? —Muchas —le confirmo.
Mi mente se dirige a Kal, que está muy lejos tanto en tiempo como en distancia. Después pienso en Auri, encorvada sobre Magallanes mientras intentaba ponerse al día con doscientos años de historia para aprender más cosas acerca de los alienígenas que tanto fascinan a Nari.
Pero, ahora, Auri ya no está y Magallanes no es más que un puñado de circuitos rotos en la bolsa de Finian, así que aparto ese recuerdo.
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—Debes de haber visto lugares increíbles —continúa la teniente, que no se ha dado cuenta de mi falta de atención momentánea—. Me refiero a todos esos mundos alienígenas. Has dicho que, en uno de ellos, había hipopótamos, ¿verdad? No me puedo creer que los hipopótamos hayan hecho exploración intergaláctica y yo no.
No estoy muy segura de por qué, pero me descubro deseando borrar el tono de lamento que hay en su voz.
—Esta sigue siendo una época maravillosa en la que estar vivo. Se pueden ver muchas cosas que pronto estarán perdidas.
—¿Como qué?
—Ese libro, por ejemplo —contesto mientras hago un gesto con la cabeza en dirección al expositor de cristal—. Qué cosa tan extraordinaria para sostener entre las manos.
—Supongo… —Su tono sugiere que tan solo le estoy siguiendo la corriente, pero no se trata de eso.
—Un libro captura una historia entre sus páginas. No es como un espécimen muerto y sujeto con alfileres a un muestrario, sino algo brillante y con vida. Un mundo entero yace bajo la cubierta, una vida esperando ser vivida por cada lector.
—En el futuro seguís teniendo historias —señala ella—. Aunque eso es más poético de lo que esperaba de ti.
Tal vez, también es más poético de lo que yo esperaba.
—Seguimos teniendo historias —concuerdo—, pero viven en el éter. El libro que hay en ese expositor representa algo que nunca conoceremos; algo… permanente.
—Las historias nunca mueren —replica.
—No, no mueren. Pero, en el caso de los libros, siempre sabes dónde encontrarlas; tienen un hogar.
Hay algo en mi tono de voz, en esa última palabra, cuando hablo de una cosa que no he conocido desde que era una niña.
Un hogar.
Ella oye ese algo y le da la espalda a la puerta para mirarme, pensativa. Una pregunta está a punto de salir disparada de sus labios, así que continúo.
—También has visto muchos lugares que, para nosotros, están perdidos —digo mientras me inclino para escudriñar la pantalla—. Por extraño que parezca, ni siquiera he estado nunca en Terra.
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—¿Qué? ¿Nunca?
—Nunca —contesto.
—Eso es… triste —replica ella con una sonrisa.
—REPITO: AUMENTO DEL FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 9.
La miro y me fijo en cómo la luz de la tempestad que hay fuera resalta sus rasgos. Los pulsos negros y malva resplandecen en sus ojos.
Debería estar trabajando más rápido en encontrar una solución para nuestro dilema, pero vuelvo a sentirme atraída por la idea de un… hogar.
—¿Por qué no me hablas de algún lugar de Terra que hayas visitado? —le pido.
—Gyeongju —dice de inmediato—. Es una ciudad muy chula en Corea a la que el Gobierno de Terra le ha puesto muchas protecciones históricas. Hay unas tumbas ocultas dentro de las colinas que están muy bien preservadas. Solía ser la capital del reino que existía antes de que se llamara Corea.
Me giro hacia la consola, despliego una serie de menús y estudio sus contenidos, abriéndome paso entre los pensamientos mullidos propios de la fatiga.
—No te tenía por una aficionada a la historia —admito.
—No lo soy —niega ella—. Mi halmoni vive allí. Me refiero a mi abuela. Así que, ya sabes, mi familia viaja allí a veces.
Hay algo más relajado en la actitud de Nari que en los bucles anteriores. Vuelve a estar mirando hacia la puerta, vigilando, pero puedo ver su perfil gracias a la energía oscura que le ilumina la piel.
Mi mente, desobediente, me lleva otra vez al último bucle, después de que Nari y Finian se hayan quedado dormidos y Scarlett se haya acomodado a mi lado.
—Nari Kim está empezando a gustarme —ha admitido nuestra rostro en voz baja.
—Finian sugeriría que puedes conseguir una crema para tratar algo así —le he informado con seriedad.
Ella ha soltado una risita.
—A ti también está empezando a gustarte, Zila.
—¿Eh?
El tono de Scarlett se ha vuelto travieso.
—Además… no es alta.
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Lamento el día en el que le hablé a Scarlett Jones de mis preferencias con respecto a las mujeres.
—¿Zila?
La voz de Nari me devuelve al presente.
¿De qué estábamos hablando?
Ah, sí, del hogar.
—¿Tienes una familia muy extensa, teniente?
—Ah, sí, enorme. Pero, aun así, a mi halmoni le gusta que la llamemos para mantenerla informada todas las semanas. Te juro que tiene un horario y si se te pasa el momento… Me costó mucho, mucho tiempo convencerla de que no podía llamar a casa desde un puesto de operaciones especiales.
—¿Y has ido a visitarla a Gyeongju muchas veces?
—Todos los años hasta que me alisté. Ahora es más bien cada dos años. —Suspira—. Me encanta ese sitio. Bueno, siempre tengo que compartir la habitación con media docena de primos porque intentamos meter a demasiados miembros de la familia en su piso. Pero siempre hay mucha comida. Hace el mejor estofado de doenjang de todo Gyeongju y, además, lo sirve con una docena de acompañamientos. Y eso solo para una comida informal. Uno de mis primos es guía turístico en la isla de Jeju. Allí tienen una fruta… Son unos cítricos enooooormes que se llaman «hallabong». Son muy jugosos y siempre acabas pringada, pero el sabor es increíble. Una vez, llevé conmigo a mi exnovia y te juro que el único motivo por el que seguimos en contacto es porque, siempre que voy de visita, quiere que le lleve una caja. Bueno…
Se detiene, tal vez consciente de que se ha extendido demasiado. O, tal vez (no se me da demasiado bien adivinar estas cosas), intentando ver mi reacción ante la mención a su exnovia.
—Nunca antes he visto un hallabong, pero me gustan los cítricos. —¿Y qué me dices de todo lo demás? —me pregunta con suavidad. —¿«Todo lo demás»?
—¿Tu familia? ¿Algún sitio en el que hayas estado? Te he hablado de mí. ¿Qué me cuentas de ti, chica del futuro?
—ATENCIÓN: RADIACIÓN DETECTADA EN LA CUBIERTA 13. QUE TODO EL
PERSONAL DE LA CUBIERTA 13 INICIE DE INMEDIATO LOS PROCEDIMIENTOS DE DESCONTAMINACIÓN.
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—Me temo que tan solo puedo decepcionarte. —Paso mi atención a un nuevo grupo de entradas, intrigada por los métodos usados durante los intentos de los científicos de encender el cristal—. Crecí dentro del sistema gubernamental de protección de menores sin familia. Y nunca he ido de vacaciones.
Ella pestañea.
—¿Eh? ¿Nunca?
—Era más fructífero pasar los permisos vacacionales de la academia estudiando.
Después de eso, ambas nos quedamos en silencio y yo opto por dedicar la mayor parte de mi atención a los resultados de los experimentos de ciclos de energía.
—¿Siempre estuviste… bajo la protección del Gobierno? —me pregunta al fin, bajando la voz y mostrándose más amable—. ¿Es algo común en el futuro? No tienes por qué hablarme de ello si no quieres.
Dudo, lo que no es propio de mí.
—No es común —contesto tras un instante. Estoy a punto de continuar, de informarle que no deseo hablar de esa experiencia, cuando la miro y nuestros ojos se encuentran—. Tal vez podamos hablar de ello durante otro bucle —digo en su lugar.
Sonríe y, en ese momento, hay algo que me resulta tan familiar en ella que capta toda mi atención.
Noto cómo mi mente intenta hacer girar los engranajes y poner en marcha las rutinas de búsqueda que me ayudarán a relacionarla con algún recuerdo o experiencia que explique esta familiaridad. Pero no tengo tiempo para estudiar su sonrisa y sus ojos. Me aclaro la garganta y me giro hacia la consola.
—¿Quieres que te cuente más de historia antigua mientras trabajas? — me pregunta—. ¿O te estoy distrayendo?
—Ambas cosas —contesto, y me doy cuenta de que es así.
Mientras continúa hablando, me permito perderme en su voz y en las líneas de datos que tengo frente a mí. A menos que encontremos una manera de romper el bucle, esta va a ser mi vida; esto va a ser mi día a día.
Una vez, y otra, y otra… Este será mi hogar.
—Creo que…
La megafonía me interrumpe.
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—ALERTA: CAÍDA DE LA CONTENCIÓN EN EFECTO. IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TRES MINUTOS Y CONTANDO. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TRES MINUTOS Y CONTANDO.
Y ahí está: el final del bucle.
«Supongo que siempre nos quedará el siguiente».
Miro el temporizador que llevo en la muñeca y me quedo parada.
Siento cómo se me fruncen las cejas.
Nari ladea la cabeza.
—¿Zila?
Antes, debo de haber calculado mal. Les he dicho a Finian y Scarlett que el núcleo se había sobrecargado cincuenta y ocho minutos después de que lo alcanzara el rayo cuántico. De normal, tengo razón, pero solo han pasado cincuenta y un minutos.
Debo de estar cansada. No he dormido mientras lo hacían los demás.
No digo nada de mi error.
En su lugar, termino todo el trabajo que puedo, guardándome en la memoria toda la información posible. Nari me observa desde la ventana y la luz de las estrellas resplandece en su piel. Al final, cuando solo quedan unos instantes, me pongo de pie, dispuesta para enfrentarme a lo que se avecina.
—Nos vemos pronto, Nari.
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TREINTA SEGUNDOS. QUE TODA LA TRIPULACIÓN EVACÚE DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TREINTA SEGUNDOS.
—Odio esta parte —admite ella.
Vuelvo a mirarla a los ojos y, sin saber por qué mi instinto es consolarla, contesto:
—No estás sola.
Da un paso hacia mí. Tiene unos ojos muy bonitos.
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. CINCO SEGUNDOS.
ALERTA.
No es alta.
—Zila, sé que es un momento terrible pero, en realidad, creo que…
—ALERTA.
¡Buuuuuuuuum!
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Ser uno de los criminales más buscados de la galaxia tiene sus ventajas.
Toda mi vida he seguido las reglas. He estudiado mucho y me he esforzado más, así que nunca he tenido tiempo para meterme en problemas. Pero cuando me subo el cuello del abrigo largo y negro para protegerme del frío y me pongo la capucha para entrar en el bar, por mucho que odie admitirlo, disfruto un poco de la sensación de ser un
hombre en busca y captura.
El sitio está abarrotado: pilotos de cazas, tripulaciones de viajes a larga distancia, gánsteres y traficantes de drogas, simuladores y pieles. Cientos de rostros y una docena de razas diferentes. Desde el otro lado de la multitud, la chica betraskana que está detrás de la barra me dedica una sonrisa apreciativa y los diversos desdichados, cabronazos y villanos que he visto estos últimos días asienten con la cabeza a modo de saludo o se limitan a centrarse en sus bebidas. Nadie se mete conmigo, ni siquiera en un lugar rudo como este.
Después de todo, soy un terrorista galáctico; un legionario de la Academia Aurora que se ha rebelado; un asesino en masa responsable de la muerte de cientos de syldrathi a bordo de la Estación Sagan. Por no hablar de la violación de una interdicción, un atraco, un par de explosiones a bordo de Ciudad Esmeralda y cualquier otra acusación que la AGI haya lanzado sobre mí.
Ese no es el tipo de persona con la que te enfrentas cara a cara.
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Me acerco al bar, que está inundado por el ritmo palpitante del deep dub y rodeado de hologramas brillantes donde se anuncian los últimos estimulantes y se retransmiten noticias de batallas distantes y del creciente pulso de la guerra que se está esparciendo por todas las estrellas. Nadie parece especialmente preocupado por eso. La mayoría de ellos ni siquiera son conscientes de qué es lo que está ocurriendo. La chica que está detrás de la barra desliza un vaso de semptar sintético hacia mí a través del plastiacero pulido. Cuando lo levanto, me doy cuenta de que el posavasos que hay debajo tiene escrito su número de unilente.
Como decía, ser un malote tiene sus ventajas.
Llevo treinta y dos horas en la Estación MaZ4-VII. Es un puerto estelar que se encuentra en la intersección de una docena de rutas comerciales principales y que órbita un gigante gaseoso junto al umbral del Pliegue que da acceso al sistema Stellanis. Los vuelos de larga distancia lo usan como parada para que sus tripulantes eviten sufrir la psicosis del Pliegue, pero también está en la frontera de los espacios betraskano, rigelliano, terrano y libre. Lo que significa que está tan ajetreado como un chelleriano de un brazo en una competición de pulsos.
Saedii y compañía me dejaron aquí hace casi dos días y todavía puedo sentir en los labios su beso de despedida. Aún veo la mirada que había en sus ojos mientras me tendía el cuchillo y se negaba a despedirse a pesar de que sabía que era probable que no volviéramos a vernos nunca más.
Nos vemos en las estrellas, Tyler Jones.
En el mejor de los casos, ella consigue unir a los Inquebrantables y yo, de algún modo, consigo evitar que el Ra’haam destruya la Academia Aurora. Aun así, seguiremos sin tener el Arma y todo el mundo continuará muriendo en la lucha contra la mente única.
Mucho más factible es que acabemos en facciones opuestas de una guerra galáctica que está en constante evolución. Lo más probable de todo es que terminen deteniéndome por ser un traidor a la Tierra y a la Legión, y me ejecuten.
Ser uno de los criminales más buscados de toda la galaxia no consiste solo en las bebidas gratis y los números de las chicas guapas, ¿sabéis? Y lo cierto es que me estoy quedando sin tiempo.
Escudriño la multitud en busca de mi contacto mientras froto el disco de explosivo plástico que llevo en el bolsillo. Los créditos que Saedii me dio son suficientes para pagar el pasaje hasta el sistema Aurora, pero sigue
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estando prevista una cumbre de todo el Caucus Galáctico en la academia dentro de tres días.
Lo que quiero decir es que llegar al sistema no es el verdadero problema. El problema es entrar en la estación. El dispositivo de seguridad va a ser más aterrador que Scarlett sin su café matutino.
Pero, tal como le dije a Saedii, no puedo limitarme a enviar una advertencia aleatoria y esperar que ocurra un milagro. Tengo que subir a bordo sin que me atrapen o me disparen para poder advertir de manera directa a Adams sobre la amenaza.
La única manera de enviarle algo que no vaya a ser interceptado es a través del sistema de la academia a su número privado. En cualquier otro caso, habrá al menos una persona entre él y yo y, probablemente, alguna más también.
Solo hay una manera en que me veo a mí mismo sacando esto adelante.
—Deberías llamarla, chico de la Tierra.
Echo un vistazo al asiento que hay a mi lado y veo a un felino humanoide sentado donde hace un momento no había nadie. Takka es sigiloso, eso lo admito.
Alza la mirada hacia mí con esos ojos rasgados dorados y los bigotes se le crispan. Va vestido del mismo modo que cuando lo vi ayer: un traje negro como su pelaje con muchas hombreras y alzas dentro de unos zapatos enormes. Nunca antes había conocido a un gremp que estuviera acomplejado por su altura, pero supongo que siempre hay una primera vez para todo. Está masticando una barra azul brillante de Rush y lleva los dientes descoloridos por la sacarina y los estimulantes.
—¿Qué?
Señala con la cabeza el número que hay en el posavasos.
—La chica —ronronea—. Es guapa. Deberías disfrutar de tu última noche antes de morir.
—¿Lo has conseguido?
Resopla, burlón, y hace rodar la barra de Rush entre los dientes serrados con una lengua áspera y rosa.
—Te lo dije, chico de la Tierra. Takka es persona que conoce gente. —¿Cuál es el trato?
Baja la voz a unos niveles apropiados para una conspiración y mira en torno al bar.
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—Un carguero de hielo. Va a pasar a unos dos mil años luz del umbral del Pliegue de Aurora.
—¿Dos mil años luz? —digo, frunciendo el ceño—. ¿De qué me sirve eso?
—Más cerca que ahora —replica Takka mientras se encoge de hombros—. Seguro que con motivación el capitán poder acercarse más. Hablando de eso… —Baja la vista hacia mi abrigo y se frota los dedos—. Paga, paga.
—No voy a pagarte hasta que no esté a bordo —le digo, echando chispas—. Y quiero conocer a ese capitán tuyo antes de apuntarme.
—Curioso. Él decir lo mismo de ti. —Hace crujir la barrita entre los dientes y se estremece—. Pero Takka no va a llevar al chico de la Tierra a ninguna parte sin paga, paga.
Con una señal, busco entre mi abrigo la barra de créditos y presiono el pulgar en el sensor de identificación para desbloquear los fondos. Takka la agarra con sus dedos llenos de garras, pero yo la sujeto con fuerza, mirándolo a los ojos.
—La mitad ahora. La otra mitad si acepto el viaje.
Se le agita una oreja.
—Una naturaleza verdaderamente desconfiada, chico de la Tierra. —Soy un maestro del crimen, ¿no te acuerdas?
Takka hace una mueca de desdén, choca su barra con la mía para efectuar la transferencia y se baja de la silla. Lo sigo a través de la multitud y salimos a los pasillos de la estación, así que me bajo la capucha sobre el rostro. El reloj de a bordo está en el ciclo de sueño, así que la iluminación es tenue, pero el tubo de tránsito que utilizamos sigue estando abarrotado. Teniendo en cuenta que estamos apiñados como sardinas en lata, es evidente que a Takka le disgusta el hecho de que su visión esté a la altura de las entrepiernas de otros.
Nos bajamos en un sector silencioso de los muelles junto con un grupo de tripulantes de larga distancia. Aquí, todo está más tranquilo y el gremp me guía entre las cubiertas de aterrizaje, parloteando sobre un chivatazo que le han dado con respecto al próximo combate de pesos pesados de la GMA y sobre el hecho de que es una paga fácil y blablablá. Sin embargo, yo tengo los ojos fijos en las sombras que me rodean y el corazón me late muy rápido mientras sujeto la pistola de pulso syldrathi que llevo en el bolsillo del abrigo.
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De pronto, soy consciente de lo lejos que estoy de casa.
Si las cosas van mal aquí, irán mal hasta el final.
—¿Qué nave es? —le pregunto.
—Ahí —dice el gremp con un gesto de la cabeza—. Muelle D.
Una ventana alargada de plastiacero permite ver las naves que están amarradas más abajo y que son de diferentes modelos y fabricantes. Sin embargo, hay una pequeña montaña de cargamento entre nosotros y el muelle D. Al echar un vistazo alrededor, me doy cuenta de que este sitio está terriblemente tranquilo incluso para ser de noche. Hay unos pocos drones de carga, pero ninguna patrulla de seguridad ni trabajadores del muelle.
—¿Cómo se llama la nave? —pregunto mientras estudio una lista de embarque resplandeciente que hay en la pared.
—No tiene nombre, chico de la Tierra. —Takka mira por encima del hombro—. El identificador es AL-303.
El corazón me da un vuelco en el pecho y agarro la pistola con más fuerza.
—Eso no es un carguero de hielo. Eso es una denominación de la Legión.
La curva del pasillo se endereza y me detengo de forma brusca. Detrás de la montaña gris de cajas de carga veo el borde del casco de una Saeta: alargado, con forma de punta de flecha y de un blanco resplandeciente contra el color plomizo del revestimiento de la estación. Decorando el flanco, distingo la estrella ardiente de la Legión Aurora.
—¡Alto!
La voz me llega de atrás, acompañada por el zumbido de un rifle disruptor. Por el sonido del arma, sé que está en una posición entre «aturdir» y «matar». Cuando miro por encima del hombro, veo a un syldrathi alto con el cabello recogido en cinco trenzas y unos ojos violetas afilados. Viste el uniforme de la Legión y las franjas verdes de los hombros me indican que es un oficial científico. Los círculos idénticos que lleva en la frente denotan que es parte del Concilio de Tejedores. El tanque que acecha a su lado es un betraskano enorme y de hombros anchos que luce unas lentillas azul oscuro sobre los ojos.
—Danos una excusa para disparar, Jones —dice el tanque—, por favor.
Takka se hace a un lado conforme más figuras surgen de las sombras.
Cada una de ellas viste un uniforme de la Legión: as, engranaje y rostro;
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una mezcla de betraskanos y terranos. Cada uno de ellos va armado con un arma disruptora y un ceño fruncido y sombrío. Suelto mi agarre sobre la pistola de pulso. Siento el cuchillo syldrathi que Saedii me regaló atado al antebrazo, pesado como el plomo.
Miro a Takka con la mandíbula apretada.
—Me has vendido.
—Lo siento, viejo amigo. —Da otro mordisco a su barrita de Rush y sonríe con unos dientes descoloridos. De pronto, su dominio del terrano ha mejorado una barbaridad—. Tal vez deberías trabajar esa naturaleza desconfiada de la que hemos hablado. Cualquier idiota sabe que la Legión Aurora lleva meses buscando tu estúpido trasero por este sector.
—No vas a recibir la otra mitad del dinero.
—Pero consigo la recompensa por entregarte. —Ensancha la sonrisa
—. Sin rencores, viejo amigo. Es solo que la Legión tiene unos bolsillos más grandes que los tuyos.
Una figura emerge de la oscuridad, a mi izquierda. Su forma de apuntar y su postura son perfectas según los estándares de la academia. Veo las franjas azules de los alfas en su uniforme. Lleva la melena rubia recogida en una coleta. Tiene los ojos de un color verde oscuro y la piel cubierta por unas pocas pecas.
—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas, Jones —dice. —Cohen —replico con una sonrisa mientras levanto las manos muy
despacio—. Ha pasado mucho tiempo desde la graduación. ¿Cómo estás, Em?
—Cierra el pico, Tyler —contesta ella—. Ponte de rodillas.
—Y hazlo despacio —gruñe el tanque a mis espaldas—. Si no, te juro por el Hacedor que no volverás a levantarte nunca más.
Vuelvo la mirada hacia él.
—¿No estarás todavía molesto por el reclutamiento, verdad, De Renn? No fue culpa mía que me quedara con Kal. En realidad, no tuve elección. Aunque, si soy sincero, habrías sido mi tercera elección de todos modos.
—El mismo chico de oro de siempre. —Emma se acerca un poco más con el rifle apuntándome al pecho—. Estás casi tan pagado de ti mismo como tu hermana.
—Scar dijo que sentía lo de tu novio, Em, no sé cuántas ve… —Creías que eras lo mejorcito de toda la maldita clase, Jones, pero vas
a necesitar algo más que un par de hoyuelos adorables para poder salvarte,
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traidor de mierda.
Arqueo una ceja.
—¿Crees que tengo unos hoyuelos adorables, Em? Cohen resopla, indignada, y alza el rifle hacia mi cara. —Bueno, parece que vamos a hacerlo por las malas. ¡Pum!
Al final, es el sueño lo que me despierta y me arrastra de la ciénaga oscura de la inconsciencia hacia una pesadilla.
Vuelvo a ver lo mismo que en otras ocasiones: la ciudad plateada de la Academia Aurora, flotando bajo la luz de la estrella Aurora. Resplandece como una joya en medio de la noche, como los faros que los antiguos marineros de Terra habrían usado para mantener sus barcos alejados de las rocas que los destrozarían.
Extiendo la mano hacia ella y oigo gritos en algún lugar distante.
La estación estalla y se hace añicos desde el interior, esparciéndose como diamantes por la oscuridad aterciopelada del espacio.
Entonces, me doy cuenta de que soy yo el que está gritando.
Abro los ojos, me incorporo y el latido acelerado de mi pulso se suma a lo mucho que me palpita la cabeza. Por la rigidez que siento en los músculos, diría que he estado inconsciente tal vez unas doce horas. En realidad, no está mal. Un arma disruptora de la Legión Aurora puede dejarte fuera de juego tres días sin que acabes bajo tierra. El rifle de Cohen debía de estar más cerca de la opción de aturdir que de la de matar.
Sinceramente, siempre le gusté un poco.
Reconozco dónde estoy de inmediato. Es una de las Saetas de la Legión, de la serie 6, el mismo modelo que la nave que recibió mi escuadrón cuando partimos hacia la Estación Sagan hace lo que parecen miles de años. Las paredes son de color gris bruñido, pero un vistazo a los focos de luz me indica que estamos navegando por el Pliegue, ya que, de normal, suelen tener un ligero tono azul.
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Estoy en la celda de detención de la Saeta, una estancia de tres por tres metros que se utiliza para transportar prisioneros o, cargamento peligroso. Las paredes están blindadas y no hay panel de control en este lado de la puerta. El único mobiliario son un colchón viscoelástico y un sistema de eliminación de residuos. Los respiraderos son diminutos y no hay ni tomas de corriente en la pared ni en las ventanas. La Legión hace unas prisiones para estancias cortas bastante buenas.
Me siento como si me hubieran dado una patada en la cabeza.
Como cualquier buen alfa en su primer día de servicio, Cohen ha seguido las reglas. Tengo las muñecas y los tobillos atados con esposas magnéticas. Me han quitado el abrigo, la pistola, el cuchillo de Saedii y me han dejado lo indispensable: los pantalones grises y una camiseta. También me han dejado las botas, pero les han quitado los cordones.
Junto a la puerta hay una bandeja de metal con un paquete de proteínas abierto y un cartón de agua filtrada. Fingiendo estar más dolorido de lo que estoy, me bebo el agua mientras alzo la vista hacia una de las esquinas de la estancia. Veo el bulto negro y diminuto de la cámara de seguridad que hay en el techo. Si Cohen es buena, tendrá a su tanque vigilándome como un halcón a través de ese canal. Y Cohen es buena; de hecho, en nuestro curso, fue la alfa mejor clasificada después de mí. El escuadrón que eligió está compuesto por la mitad de la gente que yo mismo habría escogido si no me hubiera perdido el reclutamiento. Así que no puedo hacer mucho más que esperar.
Los motores zumban bajo mis pies mientras atravesamos el Pliegue. Mis pensamientos vagan hacia mi hermana y el resto de los miembros de mi escuadrón. Nos recuerdo huyendo en la Sempiterna. Los siete juntos parecíamos imparables, y el pecho me duele al pensar en lo que podría haberles pasado a todos ellos y en que, tal vez, yo sea el único que queda.
¿Dónde estás, Scar?
Al fin, oigo un cambio en el tono de los propulsores y el leve eco de la megafonía al otro lado de la puerta de mi celda. El metal es demasiado grueso para que pueda distinguir las palabras, pero sé exactamente lo que está diciendo: llevamos veinticuatro horas navegando por el Pliegue, lo que supone la exposición máxima recomendada sin descanso.
Hay un motivo por el cual no recomiendan que nadie que tenga más de veinticinco años viaje por el Pliegue durante más de unas pocas horas sin haber sido criogenizado antes: incluso las mentes jóvenes tienen
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problemas con la exposición continua a este lugar. Así que, según las regulaciones estándares de la Legión, Cohen debe de estar ordenándole a su tripulación que salgan por el umbral más cercano para tomar un descanso.
Siento cómo empieza el cambio, ese vértigo extraño que me indica que estamos pasando del Pliegue al espacio real. Mis entrañas parecen no tener gravedad. Me inclino hacia delante con las piernas cruzadas mientras el colorido pasa del blanco y negro a unos tonos vibrantes. Y, cuando atravesamos el umbral, deslizo los dedos hacia los pies.
Estas botas me estuvieron esperando diez años en la caja fuerte del Dominio. Todavía no tengo ni idea de quién las puso allí o cómo sabían que acabaría necesitando escapar de un cautiverio no una, sino dos veces. Pero, para ser sincero, teniendo en cuenta cómo me ha ido últimamente, no voy a poner en duda el único golpe de suerte que he tenido.
Aparto el talón falso y tanteo el interior en busca del gremlin, el dispositivo que generó el pulso electromagnético que nos sacó a Saedii y a mí de la prisión. Una Saeta de la Legión Aurora es mucho más pequeña que un crucero de la Fuerza de Defensa Terrana, y no estoy muy seguro de cuál es el alcance de este bichito. Pero, la verdad sea dicha, estoy demasiado desesperado como para que me importe; tan desesperado como lo he estado desde que urdí este plan tan loco.
Takka tenía razón: cualquier idiota sabe que la Legión Aurora lleva meses buscando mi estúpido trasero por este sector. Así que, teniendo en cuenta cómo son los dispositivos de seguridad, en realidad, solo se me ocurría una manera de acceder a la Academia Aurora para advertir a Adams sobre la amenaza del Ra’haam.
A bordo de una nave de la Legión Aurora.
Tomo nota mental de enviarle al gremp un regalo por haberme vendido tan rápido y, con una oración al Hacedor, pulso el botón.
Siento la misma vibración en mi bota, un zumbido en los límites de la audición. Y, tal como ocurrió en la Kusanagi, todas las luces de la celda se apagan.
La cámara se apaga.
Y, ¡qué alegría!, los cierres magnéticos de mis esposas y de la puerta también se desconectan.
Me pongo de pie en un abrir y cerrar de ojos, golpeo el marco de la puerta con la bota y hago palanca para abrirla. Sin embargo, el estómago
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se me revuelve cuando pierdo el equilibrio y los brazos se me sacuden mientras me alzo del suelo. Veo que los restos de mi comida hacen lo mismo y el cartón vacío de agua flota justo por encima de la bandeja.
La puerta se abre, y cuando echo un vistazo al pasillo, que está oscuro como la boca del lobo, me doy cuenta de inmediato de lo que ha ocurrido: el pulso electromagnético no solo ha inutilizado los dispositivos electrónicos de mi celda; ha inutilizado los dispositivos electromagnéticos de toda la nave. Eso significa que no hay ni motores ni soporte vital. Y más allá de la que nos proporciona el impulso, eso significa que tampoco hay gravedad.
¡Ups!
Oigo voces procedentes del puente de mando: Cohen pidiendo un informe de situación. Los sistemas de reparación automática de las Saetas son de máxima calidad, lo que significa que la energía y los motores podrían volver a estar en marcha en cualquier momento. Pero, si bien no sé cuánto va a durar esto, lo que sí sé es lo que es probable que haga la alfa de este escuadrón. Hay normas para este tipo de cosas, y hubo un tiempo en el que yo era muy estricto con ellas.
Estoy esperando sobre la escotilla de acceso a la sala de máquinas cuando el cerebro y el engranaje de Cohen aparecen flotando. Se han tomado el tiempo necesario para ponerse el equipamiento protector: trajes ambientales y cables de seguridad. Las linternas que llevan en el casco dibujan haces de luz en la oscuridad. El pulso electromagnético ha desconectado el sistema de comunicaciones, pero seguimos teniendo atmósfera, así que, al menos, pueden hablar.
—No hay signos de daño —informa el engranaje. Es un betraskano rápido y de aspecto enjuto llamado Trin de Vriis, que estaba entre el tres por ciento de los mejores cadetes de nuestro curso. Si hubiera tenido la ocasión, habría sido mi primera elección en el reclutamiento después de Cat.
—No hay energía en toda la nave —informa el cerebro mientras pulsa su unilente, que también ha muerto. Es el tejedor syldrathi que se mostró insolente conmigo en los muelles. Se llama Anethe y está entre el diez por ciento de los mejores cadetes de nuestro curso. Durante un tiempo, pensé en escogerlo, pero sus notas en dinámicas espaciales no fueron demasiado buenas y su desempeño en lucha cuerpo a cuerpo en gravedad cero estaba al borde de la mediocridad.
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Por eso ataco primero a De Vriis. Tomo impulso contra el mamparo y me abalanzo sobre él como una lanza. Choco contra su espalda y él ahoga un grito cuando su visor se estrella contra la carcasa del motor. La gravedad es lo bastante baja como para que pueda usar la propia fuerza de su movimiento como impulso y la cubierta del motor como pivote. Sus gritos resuenan en la oscuridad cuando le disloco el hombro con un crujido enfermizo.
Anethe me mira con los ojos abiertos de par en par y el rostro pálido. A su favor, he de decir que no sale huyendo, pero como ya os he dicho, su desempeño en gravedad cero es muy malo. Le doy una patada tan fuerte que acaba vomitando y, cuando se quita el casco de la cabeza para no ahogarse con su propio vómito, lo tumbo con un golpe directo a los nervios que aprendí de Kal durante la pelea en la Sempiterna. Me giro hacia De Vriis, que está gimoteando, y lo estrangulo con una llave del sueño hasta que se desmaya.
Dos a cero.
De Renn es más problemático. En realidad, le he mentido en los muelles: habría sido mi primera opción como tanque si no me hubieran agrupado con Kal. El tipo me agradaba de verdad. Durante los tiempos que pasamos en la academia, solíamos jugar juntos a jetball.
Pero supongo que los días en la academia se han terminado.
Le hago una emboscada mientras regresa flotando de comprobar mi celda. Una vez más, el hecho de que Cohen obedezca las reglas hace que resulte fácil de predecir. Tras el pulso electromagnético, las disruptoras no deben de funcionar, así que De Renn ha sacado otras armas, sin duda de su alijo personal: un par de bastones de guerra betraskanos que llevan unos ganchos y se llaman satkha.
Le golpeo la nuca con un extintor de fuego pero, incluso aturdido, no se desploma y, de hecho, me da un buen puñetazo en la mandíbula antes de que, siguiendo el ejemplo de Saedii Gilwraeth, lo deje fuera de juego con un rodillazo estruendoso en la ingle. Se pone boca arriba y emite un sonido que solo puedo describir como «grullido»: medio gruñido, medio chillido.
Le arranco el casco y, con problemas para controlarlo mientras se agita y sacude, le hago una llave del sueño. Al fin se queda sin fuerzas. Entonces, lo estrangulo mientras sigue siendo seguro y, después, me encojo de hombros con un gesto de disculpa.
—Lo siento, amigo. Sin resentimientos.
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Tres a cero.
Los otros tres miembros del escuadrón 303 están en el puente de mando. Su as, un viejo amigo de borracheras de Cat llamado Rioli, está al timón. Es un tipo grande con el pelo rubio como la arena y un par de ojos azules brillantes. Cohen está en otro de los puestos, intentando resucitar el sistema de comunicaciones. Su rostro, una chica terrana preciosa llamada Savitri, está cerca de la entrada. Tiene el visor del casco levantado para poder morderse una uña. La melena larga le flota en torno a las mejillas mientras mira la oscuridad con los ojos entornados.
—¿No debería haber vuelto Bel ya? —pregunta.
—Relájate, Amelia —responde Cohen—. Es probable que esté en su dormitorio decidiendo cuál de sus porras asesinas favoritas va a sacar. ¿Cómo está la situación, Rioli?
—Nada —responde el as—. Sea lo que sea lo que nos ha alcanzado… Se gira al oír el golpe húmedo que se produce cuando el rostro de Savitri se encuentra con mi satkha. La joven retrocede con un jadeo burbujeante mientras le sale sangre por la nariz. Se estrella contra la pared al mismo tiempo que yo choco contra Rioli. Lo estampo contra la consola y le golpeo con tanta fuerza en las costillas que oigo cómo le crujen los
huesos.
—Por el aliento del Hacedor —dice Cohen—. Jones…
Cuando me giro hacia ella, sé lo que ve. Tengo los nudillos y la cara manchados de sangre de color rojo terrano, violeta syldrathi y rosa betraskano. Sin lugar a dudas, debo parecerle tal como me retrató la AGI: un criminal, un asesino, un terrorista. El alfa más prometedor de la Legión Aurora convertido en un psicópata de sangre fría.
La cuestión es que no es la locura lo que me impulsa a seguir adelante, haciendo que ella se retuerza con un golpe en el vientre. No es la ira lo que me hace golpearle la base del cráneo con la palma abierta y hacer que rebote con un gruñido y pierda el conocimiento sobre la cubierta.
Es la desesperación. Es el miedo.
Porque puedo verla. Incluso mientras desnudo a los integrantes del escuadrón 303 hasta dejarlos en ropa interior, los encierro en la celda de detención y sueldo la puerta con una lanza de acetileno que encuentro en el muelle de carga. Incluso mientras me pongo el uniforme de Rioli y vuelvo flotando al puente de mando, rezando a los dioses del sistema de reparación automático para que funcione más rápido. Incluso cuando la
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energía parpadea y vuelve a ponerse en marcha mientras me siento en la silla del piloto y murmuro un agradecimiento al Hacedor.
Puedo verla.
Puedo ver esa imagen de la Academia Aurora estallando en mil pedazos en un halo de fuego y metralla, acabando con la última esperanza de que haya paz en la galaxia.
Puedo sentir cómo, más allá, se alza esa sombra dispuesta a engullir la Vía Láctea. Y también puedo oír esa voz, esa súplica, que me ruega que siga adelante incluso aunque tenga que hacerlo solo.
Establezco el rumbo a la Academia Aurora y activo los propulsores del motor.
«Puedes arreglarlo, Tyler…».
—Ya puedes jurarlo —susurro.
Y, entonces, me pongo en marcha.
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L os labios de Finian son cálidos y suaves y, mientras me dejan un rastro ardiente sobre el cuello, me estremezco hasta los dedos de los pies. Estamos tumbados sobre un fino colchón de viscoelástica
y, a nuestro alrededor, las sábanas están arrugadas. La imagen que hay al otro lado del pequeño ojo de buey que hay junto a nosotros es la de una oscuridad perfecta, iluminada por pulsos de luz malva diminutos. Llevo la camisa fuera del pantalón y Fin, con suavidad, me está trazando círculos con la mano en la parte baja de la espalda. El metal de la yema de sus dedos está cargado con una leve corriente que hace que la piel se me erice en el mejor de los sentidos. Le paso los dedos por el pelo y lo estrecho con más fuerza, suspirando de manera alentadora mientras siento los besos en el cuello.
La mano que tiene en mi espalda se desliza más abajo y se cuela por mis pantalones. Le agarro un puñado de pelo y le echo la cabeza hacia atrás para mirarlo. Tiene los labios y las mejillas teñidas de un tono rosa muy leve y respira con dificultad. Aunque, ahora, se ha quedado helado mientras parpadea.
—¿Te parece bien? —pregunta.
—Sí —contesto con un suspiro—, no pares.
Volvemos a chocar el uno con el otro y me toca en todas las zonas adecuadas. Sí, una parte de mí se da cuenta de que, teniendo en cuenta la situación en la que nos encontramos, esto es una gran estupidez. Pero la mayor parte de mí está centrada en la calidez de su piel, en la sensación de
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tenerlo pegado a mí, en lo que está haciendo con las manos y en lo mucho que había subestimado las habilidades de Finian de Seel.
Tal como hemos hecho en los últimos cinco bucles, hemos distraído a la patrulla de seguridad que, de lo contrario, habría interrumpido a Zila y a la teniente Kim en la oficina del doctor Pinkerton y las habría ejecutado. Nos han hecho falta varios intentos pero, al final, hemos averiguado que si activábamos una alarma en el piso inferior de la sección desviaríamos al escuadrón de matones de seguridad el tiempo suficiente para apartarlos del todo de la oficina, ya que pocos minutos después de que activemos la alarma se requiere a todo el personal de seguridad para que se encargue del fuego que se ha producido en la escalera B y que, a esas alturas, se está extendiendo por el sistema de conductos.
Eso significa que, una vez que activamos la alarma, Fin y yo tenemos mucho tiempo de sobra entre manos. Bueno, podríamos subir y ayudar a Zila a recopilar más información del sistema informático de la oficina de Pinkerton. Pero, de todos modos, no es como si yo fuera a ser de mucha ayuda en ese aspecto y tampoco es que sea necesario. Si no dejamos de morir y reiniciar el bucle, morir y reiniciar el bucle, podemos seguir haciendo esto una y otra vez hasta que lo hagamos a la perfección. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Así que, en los últimos bucles, Fin y yo nos hemos escondido en una de las unidades residenciales y hemos estado… conociéndonos un poco mejor. Porque, aunque parece que tenemos un suministro interminable de horas entre manos, me he dado cuenta de que ya he perdido mucho tiempo que podría haber pasado intimando con este chico.
Su calor me hace sonrojarme, el corazón me palpita contra las costillas y le oigo gemir cuando mi lengua roza la suya y suspiro sobre sus labios. Aunque el aire está inundado por las sirenas de alerta y el crujido del metal tirante, mis suspiros siguen pareciéndome terriblemente fuertes.
—¿Cómo se quita esta cosa?
Fin se aparta y pestañea.
—¿Qué?
—El exotraje —susurro mientras le levanto la camiseta y le paso los dedos por el vientre firme—. ¿Cómo te lo quito?
—¿Quieres…? —Traga saliva—. ¿Quieres quitarme el exotraje? —No —digo mientras me acerco a su cuello para mordisquearle la piel
—; quiero quitarte la camiseta. El exotraje no es más que un medio para
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un fin.
—Scar…
Le rozo la garganta con los dientes y siento cómo es él el que se estremece ahora. Los labios se me curvan en una sonrisa al notar lo que estoy provocándole.
—Estoy empezando a desear haber prestado más atención en las clases de Ingeniería Mecánica…
—Scarlett.
—¿Sí, Finian?
—Scarlett.
Me aparto al notar el tono de su voz. Conozco la cultura betraskana como la palma de mi mano, así que sé que no hay ningún impedimento social a lo que estamos haciendo. También sé que tiene muchas ganas de hacerlo. Pero cuando lo miro a esos ojos grandes y hermosos, incluso tras las lentillas, lo veo…
Está asustado.
A nuestro alrededor, la estructura se sacude. Al otro lado del ojo de buey, unos vapores llameantes iluminan la oscuridad al mismo tiempo que suena una voz por megafonía.
—ATENCIÓN: RADIACIÓN DETECTADA EN LA CUBIERTA 13. QUE TODO EL
PERSONAL DE LA CUBIERTA 13 INICIE DE INMEDIATO LOS PROCEDIMIENTOS DE DESCONTAMINACIÓN.
—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien —miente. Después, se aclara la garganta—. De verdad.
Vuelvo a mirarlo, analizando su gesto, su lenguaje corporal, la agitación de su respiración y el latido de su corazón, ya que tiene el pecho apretado contra el mío. Este tipo de cosas siempre se me han dado bien, incluso antes de estudiar en la academia.
Desde que era una niña, a veces siento casi como si supiera lo que la gente está pensando antes de hablar. No estoy muy segura de cómo lo hago; siempre he pensado que se trataba de algo con lo que había nacido. A algunas personas se les da bien el jetball; a otras, se les da bien cantar.
¿Y a mí? A mí se me da bien leer a la gente como si fueran un libro abierto.
Y observando a Fin más de cerca, me doy cuenta de que tengo razón.
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—Tienes miedo.
Un atisbo de actitud defensiva se apodera de él y suelta una carcajada áspera para ocultarla. Faroles y bravuconería. A veces, es como un niño.
—No, no tengo miedo —replica con tono de burla—. ¿Por qué iba a tener miedo?
—Fin… —Le toco la mejilla—. No tienes que mentirme.
Me sostiene la mirada durante un instante y, después, se aparta y mira hacia la oscuridad ondulante del exterior. La estación tiembla a nuestro alrededor. El tiempo se está plegando, entrando en bucle sobre sí mismo una y otra vez. Es la serpiente que se muerde la cola.
—REPITO: RADIACIÓN DETECTADA EN LA CUBIERTA 13. QUE TODO EL
PERSONAL DE LA CUBIERTA 13 INICIE DE INMEDIATO LOS PROCEDIMIENTOS DE DESCONTAMINACIÓN.
Le doy un beso en la mejilla y le paso una mano por la melena pálida. —Fin, ¿de qué se trata?
—Es una estupidez —murmura.
—Estoy segura de que no es así. Puedes contármelo.
Vuelve a mirarme a los ojos con una pequeña arruga oscura entre las cejas. Sin embargo, puedo sentir la pared que está intentando levantar entre nosotros ahora mismo, la armadura que está volviendo a ponerse sobre la piel, cerrándose.
Le toco el rostro.
—Confía en mí —le digo con la voz tan suave como la brisa de verano.
Se resiste a la idea un momento más.
—Me gustas, Scarlett —dice al fin.
—Tú también me gustas —replico. Después, le sonrío y le paso la yema de un dedo por los labios.
—Lo que quiero decir es que me gustas mucho. —Baja la vista hacia mi cuerpo, que está pegado al suyo en el mejor de los sentidos—. Y claro que quiero. Es solo que…
Pestañeo mientras empiezo a darme cuenta de qué se trata. ¡Claro!, me digo a mí misma. Tendría que haber sido evidente. Pero estaba tan absorta en lo que estábamos haciendo que no estaba pensando demasiado en lo que estábamos a punto de hacer. Y…
—Nunca antes lo has hecho —digo.
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Él frunce los labios y veo lo duro que le resulta el hecho de mostrarse vulnerable de este modo. Toda su vida, Finian ha luchado para que le traten como un igual, para demostrar que no es una víctima de la plaga que le destrozó el cuerpo cuando era un niño y para escapar del estigma de este traje metálico en el que tiene que envolverse. Y la idea de quitárselo y quedar expuesto…
—No —asiente.
—No pasa nada, Fin —le digo—. No hay problema.
—No estoy seguro… —Sacude la cabeza con la mandíbula apretada
—. Sé que has tenido muchos novios y, sin el exotraje, no me muevo demasiado bien. Bueno, puedo moverme, pero no es algo demasiado grácil y no… No estoy muy seguro de lo bien que podría… —Suspira, frustrado consigo mismo y con la situación; frustrado con todo—. Ah, chakk… Ya te he dicho que era una estupi…
Interrumpo sus palabras con un beso suave, dulce y largo. —No pasa nada —susurro.
No me cree. Evita mi mirada. Vuelvo a tocarle la mejilla con la suavidad de una pluma hasta que vuelve a mirarme. Me doy cuenta de lo mucho que esto significa para él y de que, sí, le gusto mucho. Entonces, vuelvo a besarlo.
—No pasa nada —repito—. Haremos aquello para lo que estés preparado y aquello que te guste hacer. El simple hecho de estar contigo me hace feliz. Quieras lo que quieras, será suficiente. —Le estrecho la mano y le beso las puntas metálicas de los dedos de una en una—. Tú también eres suficiente.
—¿De verdad? —susurra.
—De verdad —replico con una sonrisa—. Eres hermoso.
Me pasa la mano por la mejilla y la enreda en un mechón de cabello rojo brillante. Y aunque la estación no estuviera haciéndose pedazos a nuestro alrededor, estoy segura de que el mundo seguiría sacudiéndose mientras me besa de nuevo.
—Eres increíble, Scarlett Isobel Jones —murmura. —Sí, lo sé; has tenido muchísima suerte, De Seel.
Se ríe y yo me río con él y, cuando volvemos a besarnos, la sensación es buena, brillante y dulce. Entonces, me pregunto si no me importaría morir entre los brazos de este chico dulce e inteligente una y otra vez hasta que…
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—Scarlett, Finian, ¿me recibís?
—Es Zila —dice él sobre mis labios.
—Ignórala —susurro.
—Scarlett, Finian, responded.
—Parece urgente —insiste él en un susurro.
—Es Zila, no pasa nada. Shhh…
—Scarlett, Finian, por favor, responded. Esto es urgente.
—Mierda. —Presiono el botón de transmisión de mi comunicador y suelto un suspiro pesado—. Zil, tú y yo tenemos que hablar sobre la sororidad y…
—¿Os habéis encargado del asunto de la seguridad? —pregunta—. Os necesito a Finian y a ti en la oficina de Pinkerton de inmediato.
Intercambiamos una mirada y, entonces, la estación que nos rodea retumba de forma ominosa mientras siguen resonando las sirenas. Finian está guapísimo bajo la luz oscura de la tormenta, pero en la voz de Zila oigo una nota de miedo muy poco característica en ella que es suficiente para que se me frene el pulso acelerado y mire a nuestro engranaje a los ojos.
—Subimos ya mismo —contesto.
Tras tener que esquivar en silencio a cuatro tripulantes aterrorizados y evitar de forma fortuita un estallido de plasma en la escalera A, tardamos unos minutos, pero conseguimos llegar al piso superior. Mientras caminamos mano en mano, la estación sigue sacudiéndose en torno a nosotros. Cuando entramos en la oficina/colección de antigüedades de Pinkerton, veo la preocupación en los ojos de Zila y me doy cuenta del mechón grueso de pelo rizado que está mordiendo. Tal vez por primera vez en toda su vida, cuando me fulmina con la mirada, sí que parece agotada de verdad. La buena teniente Nari «Halcón» Kim está junto a ella y no aparta la mirada de las pantallas resplandecientes. Parece como si alguien hubiera matado a su perro.
—¿Dónde estabais? —pregunta Zila.
—Zil, ¿estás bien? —dice Finian.
—Os he preguntado dónde estabais —exige saber ella mientras me mira de arriba abajo—. Aunque, teniendo en cuenta que Scarlett lleva la camisa fuera del pantalón y que tú tienes marcas de mordiscos en el cuello, no tendría que haberme molestado.
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—Nos hemos encargado de la patrulla de seguridad, Z —digo—, tal como se suponía que debíamos hacer. Por eso no os han disparado. Si nos hemos desviado un poco después…
—Eso ha sido estúpido y egoísta —grita—. A mí también me gustaría estar haciendo otras cosas, Scarlett.
Admito que oír eso levanta algunas ampollas. Miro fijamente a la teniente Nari Kim, que se cierne sobre el hombro de nuestra cerebro y, después, cruzando los brazos, le lanzo a Zila una mirada muy elocuente.
—Sí, me apuesto algo a que sí, Z. Nadie os juzgaría si vosotras dos… —No me refería a eso —contesta ella, que se sonroja mientras mira a
Nari—. Algunas tenemos en la cabeza cosas más importantes que los coqueteos triviales. ¡Algunas estamos intentando adivinar la manera de salir de este desastre!
Fin parece quedarse atónito cuando el tono de voz de Zila aumenta hasta casi convertirse en un grito. Tomo nota de hacer una llamada a los del Libro Galáctico de los Récords. Es la primera vez que ha hecho algo así.
—Zil, ¿cuál es el problema? —le pregunta Fin.
—¿Cómo es posible que me preguntes eso, Finian? Sabes tan bien como yo cuál es el nivel de complejidad al que me estoy enfrentando.
—Mira, sí, tienes razón —contesta él, pasándose una mano por el pelo alborotado y lanzándome una mirada avergonzada—. Tal vez Scar y yo nos hayamos tomado un tiempo para nosotros mismos. Lo siento, debería estar ayudándote más. Lo haré la próxima vez. Pero no es un gran problema, ¿no? Literalmente, tenemos toda la infinidad para resolver esto. Si nos equivocamos, volvemos a intentarlo hasta dar con la solución y salir del bucle, ¿no?
Zila sacude la cabeza y vuelve a centrarse en las lecturas.
—Cuando comience el nuevo bucle, necesito que dediques tus esfuerzos a Magallanes.
Fin parpadea y yo estoy a punto de reírme mientras echo un vistazo a la mochila del betraskano, en cuyo interior está la unilente estropeada de Aurora.
—¿De verdad quieres que repare ese pedazo de chakk? —Señala los expositores de cristal que nos rodean—. Z, te sería de más utilidad cualquiera de estas antigüedades.
—También necesitaré tu unilente. Y la tuya, Scarlett.
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—¿Para qué? —pregunto—. No es como si hubiera una red para poder…
—Podemos conectarlas las unas con las otras —dice mientras mira con el ceño fruncido las pantallas que hay frente a ella—. Este sistema es demasiado primitivo y necesito toda la potencia computacional posible para ejecutar estas operaciones matemáticas. —Se frota los ojos con la cara resaltada por el brillo de las pantallas—. Hay algo que no está bien.
Fin se acerca más a la consola, tomándose el asunto más en serio de repente.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que no está bien?
La megafonía interrumpe la respuesta de Zila.
—ALERTA: CAÍDA DE LA CONTENCIÓN EN EFECTO. IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TRES MINUTOS Y CONTANDO. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TRES MINUTOS Y CONTANDO.
Y ahí está.
El final del bucle.
Hora de morir de nuevo.
La estación se sacude a nuestro alrededor y tomo la mano de Fin. La fuerza de su agarre y la calidez de su cuerpo cuando me apoyo en él me reconfortan. Pero él no me presta atención. En su lugar, está mirando fijamente las lecturas de tiempo que lleva Zila en la muñeca. Los números digitales brillan en el temporizador que pone en marcha al comienzo de cada bucle.
—Eso no puede estar bien… —dice el betraskano.
Nuestra cerebro lo mira a los ojos con los labios fruncidos.
—Me estaba preguntando cuándo te darías cuenta.
—¿Lo has comprobado? —pregunta él—. ¿No es un fallo técnico? —Nos hemos dado cuenta hace un par de bucles —dice Nari en voz
baja—. Bueno, es Zila la que se ha dado cuenta, pero quería asegurarse antes de contároslo.
Nuestra oficial científica mira a Fin a los ojos un instante más y, después, pasa su mirada asesina hacia mí.
—Tal vez, si no estuvierais tan distraídos…
—Oye, Zila, sé que estás enfadada —digo—, y tal vez tengas derecho a estarlo, ¿pero puedes dejar de acusarnos un momento y decirme qué
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demonios está pasando?
La estación vuelve a temblar. Un destello de luz malva ilumina la tempestad del exterior y las nubes colosales que se enroscan y se agitan en medio de la oscuridad.
Fin me mira a los ojos.
—El pulso cuántico alcanza la vela cuando llevamos cuarenta y cuatro minutos del bucle.
—Sí.
—Y Zila nos dijo que el núcleo se sobrecarga y la estación explota cincuenta y ocho minutos después del pulso.
—Así es. —Paso la mirada entre ellos—. ¿Y?
—Estamos a un minuto de la detonación, Scarlett —dice Zila mientras alza la muñeca para que pueda leer el dispositivo.
Frunzo el ceño mientras miro los números que brillan en un tono rojo en medio de la pequeña pantalla negra que lleva sobre la piel morena bañada por el resplandor azul del monitor.
—Una hora y treinta y dos minutos.
—Correcto —asiente Zila.
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TREINTA SEGUNDOS. QUE TODA LA TRIPULACIÓN EVACÚE DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TREINTA SEGUNDOS.
La estación comienza a sacudirse de forma salvaje. El metal a nuestro alrededor se resquebraja, el aire está lleno de sirenas, cada vez hay más humo y se oye el silbido de la atmósfera vertiéndose al espacio. Alzo la voz sobre todo eso.
—Pero si el núcleo explota cincuenta y ocho minutos después del pulso, y el pulso ocurre en el minuto cuarenta y cuatro…
Kim me mira a los ojos con el rostro sombrío.
—Sí…
—Mierda —susurro. Miro a Fin—. Los bucles se están acortando.
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. CINCO SEGUNDOS. ALERTA.
Él asiente y me estrecha la mano con los grandes ojos negros abiertos de par en par por el miedo.
—Nos estamos quedando sin tiempo —dice.
—ALERTA.
¡Buuuuuuuuum!
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Para cuando llegamos a la Nave Mundo, la cabeza me palpita. A través de las pantallas de la Vengadora, veo aparecer el último refugio de toda la Vía Láctea.
Kal me apoya las manos en los hombros y, con los pulgares, me presiona el punto en la base del cuello donde siempre se me acumula la tensión. Debió de hacer lo mismo centenares de veces en el Eco mientras me hablaba con paciencia para que dejara de lado los ataques de desesperación ante los ejercicios de entrenamiento imposibles de Esh. Parece que ha pasado mucho tiempo.
Ahora, contemplamos juntos cómo nos acercamos a la Sempiterna, una sombra que se cierne sobre el telón de fondo de una nebulosa arcoíris radiante. Al principio, pienso que no han cambiado muchas cosas en veintisiete años. Sigue siendo un batiburrillo de naves y estaciones ancladas, de torres y satélites punzando la oscuridad y túneles de atraque retorcidos saliendo de su cuerpo como tentáculos.
Sin embargo, está salpicada de luces por todas partes, excepto por la zona superior derecha. Esa parte está oscura por completo y, cuando nos acercamos y puedo mirarla más detenidamente, veo que está abierta al espacio, retorcida y rota. La explosión (o el ataque) debió de ser enorme.
—Nuestro hogar… —murmura Toshh desde su asiento, a mi lado. —Es un buen lugar en el que guardar el corazón —digo. Ella me mira
con un gesto de extrañeza, arqueando una ceja hacia sus cuernos—. Es un
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dicho antiguo de la Tierra —añado con una sonrisa—. «El hogar está allí donde tienes el corazón».
Desde el timón, Lae mira a Kal.
—Eso explicaría muchas cosas, teniendo en cuenta lo que el Mataestrellas les hizo a los suyos.
Al oír eso, Kal respira hondo, pero no le dice nada al respecto. Supongo que, en un sentido horrible, es cierto. Cuando estiro el brazo y le estrecho mano, Lae me mira y, después, lo mira a él.
Siendo sincera, he de decir que mirarla me resulta un poco extraño. Los otros miembros de la tripulación de Tyler, incluso el propio Ty… Puedo sentirlos en mi cabeza con mucha facilidad. Siento sus pensamientos y las corrientes de sus emociones fluyendo hacia un río que me rodea por todas partes. Pero no consigo leer la mente de Lae. La mantiene cerrada, como si estuviera usando sus poderes de caminante para correr un velo sobre ella.
Es fuerte. No tanto como Caersan o yo, pero aun así…
Al menos, parece haber agradecido mi ayuda para poner en marcha de nuevo el propulsor de fisuras. Irónicamente, lo que he aportado ha sido el «poco sofisticado empuje» que Caersan quiere de mí para transportar el Arma de vuelta a casa. No estoy muy segura de cuál es la ciencia que se esconde detrás. Después de todo, ha sido Lae la que nos ha guiado; yo solo he sido la fuerza bruta, sumergiéndome de nuevo en esa corriente inmoladora y excitante. Juntas, hemos usado el fragmento de cristal eshvaren que se encuentra en el núcleo de la Vengadora para abrir una serie de umbrales a lo largo de un periodo de ocho horas, haciendo que la nave saltara a través del abismo del espacio media docena de veces.
De mi parte, tan solo ha requerido una fracción de esfuerzo; algo casi intrascendente. Sin embargo, por las grietas que hay en torno a los ojos de Lae, sé lo mucho que le cuesta a ella cada vez que viajan. A pesar de su actitud severa, eso me sirve para saber que es una buena persona. Todos los miembros de la tripulación de Tyler lo son. Dan mucho de sí mismos para traer hasta aquí a los supervivientes.
El último resquicio de civilización en la galaxia.
—Ya era hora, maldita sea —murmura Tyler.
Me levanto del asiento y me coloco a su lado mientras nos acercamos a la Nave Mundo. Él me mira y, por un instante, se le ensanchan los ojos, se
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le entrecorta la respiración y el cuerpo se le tensa en el espacio entre dos segundos.
—¿Tyler? —La mitad de la tripulación frunce el ceño cada vez que uso su nombre en lugar de su título, pero sé que llamarlo «comandante» no es el modo de recordarle que somos amigos. Estiro el brazo para tomarle la mano—. ¿Estás bien?
—No es nada —contesta mientras se pellizca el puente de la nariz—. Llevamos mucho rato en el Pliegue. Soy demasiado mayor para estas mierdas.
«Psicosis del Pliegue». Lo había olvidado. Los escuadrones de la Legión Aurora se forman cuando los legionarios tienen dieciocho años porque, cuando alcanzas los veinticinco o así, pasar más de siete horas en el Pliegue te sobrecarga demasiado. Es por eso por lo que estaba criogenizada cuando iba de camino a Octavia. La psicosis del Pliegue no es ninguna tontería y, ahora, Tyler tiene ya cuarenta años; lo cual es muy raro.
¿Qué acaba de ver cuando me ha mirado? ¿Qué es lo que está soportando?
—Nunca pensé que volvería a contemplar este sitio —digo, dedicándole una sonrisa y cambiando el tema de conversación. No se trata solo de que necesite que esté de mi parte; es que no puedo soportar verlo así—. La última vez que disfruté de estas vistas, estábamos siguiendo mis extrañas direcciones pronunciadas a la inversa. Ni siquiera sabíamos por qué veníamos y, mucho menos, que pronto íbamos a cometer un atraco y a enfrentarnos al Gran Ultrasaurio de Abraaxis IV.
—Un momento —dice una voz a nuestras espaldas. Elin, la betraskana, se ha inclinado hacia delante en su asiento—. ¿Toda esa chakk sobre el Gran Ultrasaurio era verdad?
—Deberías haber visto los pantalones que llevaba puestos tu jefe — contesto.
Por un instante, le arranco una sonrisa a la lugarteniente. Entonces, recuerda que desaparecí durante la batalla de Terra y provoqué el final de todo y su gesto vuelve a endurecerse.
—No te creerías la cantidad de favores que acabé debiéndole a Dariel a lo largo de los años —dice Tyler, y hay algo en él un poco más suave—. No dejaba de amenazarme con cobrárselos, pero nunca lo hizo. —Hace
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una pausa, y después cierra el ojo mientras se frota el parche que le cubre el otro—. Murió hace seis años en una misión de rescate.
Kal se coloca a mi lado mientras intento encontrar algo que responder a eso, cualquier cosa. Pero, como siempre, es él el que llena el vacío por mí.
—Este lugar ha visto muchas batallas —murmura.
Tyler asiente.
—El Ra’haam. Hemos luchado con ello al menos cincuenta veces. Da igual dónde nos escondamos, siempre acaba encontrándonos.
—Pero ¿os enfrentáis a ello cada vez? —pregunta Kal.
—Demonios, no. Huimos. —Nuestro antiguo alfa hace un gesto con la cabeza en dirección a la nave descomunal—. Tiene un propulsor de fisuras en su interior. El resto de los cristales eshvaren que conseguimos rescatar y cada uno de los caminantes que quedan vivos en la galaxia. Cuando aparece el Ra’haam, abren un umbral y lanzan la Sempiterna lo más lejos que pueden.
—Y entregan un pedazo de ellos mismos cada vez que lo hacen —dice Lae en voz baja—. Hasta que no queda nada.
Tyler la mira con preocupación en los ojos y los labios fruncidos. —Pero, de todos modos, los Hierbajos siempre consiguen encontrarnos
—gruñe Toshh—. Los muy cabrones nos sienten; nos huelen.
Tyler asiente.
—De normal, les cuesta unas tres semanas. Un mes si tenemos suerte. La última vez que nos atacaron fue hace solo diez días, así que, durante un tiempo, deberíamos estar a salvo en esta ubicación.
Me horroriza la idea de nunca estar a salvo, de nunca ser capaz de descansar, de siempre verse perseguido por esa… cosa que consumió a mi padre. Y a Cat. Y a Octavia. Y si se sale con la suya: todo lo demás que habita en la galaxia.
La energía crepita en la punta de mis dedos y se me eriza todo el vello del cuerpo.
No puedo permitir que este sea el futuro de la galaxia.
No lo haré.
—¿Qué puedes contarnos del consejo con el que vamos a reunirnos? —le pregunto.
—Es el Consejo de los Pueblos Libres —contesta Tyler—. Está formado por cuatro miembros. Los tres grupos de supervivientes más
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grandes aportan uno cada uno y los más pequeños se turnan para enviar dos representantes al año. Así pues, hay un syldrathi del Concilio de Vigilantes, una betraskana y un rikerita: un político, una pragmatista y un guerrero. Ahora mismo, el representante de la minoría es un ulemna.
—¿Los humanos son una de las minorías? —pregunto con el corazón en un puño.
—No —contesta con la vista fija en la estación que tenemos al frente
—. Tenemos prohibida la entrada al consejo. Elin, establece comunicación y avisa a la comandancia de la Sempiterna que estamos llegando. Recuérdales lo del cristal eshvaren descomunal que remolcamos para que nadie pulse el botón del pánico y lance un misil en nuestra dirección.
—Recibido, jefe —asiente la betraskana—. Supongo que todavía no debo mencionarles al maníaco genocida destructor de planetas que va a bordo, ¿no?
Tyler se frota la barbilla.
—Probablemente, esa sea una conversación que haya que mantener cara a cara.
—¿Por qué? —pregunto mientras Elin se pone manos a la obra con el comunicador.
—¿No creerás que el Mataestrellas…?
—No; me refiero a por qué tenemos prohibida la entrada al consejo. Al fin, Tyler aparta la mirada de la Nave Mundo y me mira a mí. Veo
lo cansado, enfadado y triste que está.
—Porque esto es culpa nuestra, Auri. Octavia era una colonia nuestra. Nosotros despertamos al Ra’haam antes de tiempo. Además, consumió a nuestros colonos y ellos consiguieron regresar a la Tierra y pasarse los siguientes dos siglos infiltrándose en la AGI. Y nadie se dio cuenta. Esos agentes cortaron la cabeza de cada uno de los Gobiernos planetarios y eliminaron cualquier posibilidad que tuviéramos de acabar con el Ra’haam de raíz. Y la guinda del pastel fue que nuestro Disparador desapareció con la única Arma real de la que disponíamos en la batalla en la que se giraron las tornas.
Me estoy quedando sin respiración y tengo una sensación extraña en las piernas, como si necesitara sentarme o, de lo contrario, fuera a caerme al suelo. Todo esto es culpa mía: desde la más pequeña hasta la más grande de sus penurias. Kal me rodea con los brazos y siento el dorado y el violeta de su mente rozando la mía de forma reconfortante.
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—Hermano —dice en voz baja—, los terranos se toparon con el criadero del Ra’haam por mala fortuna. ¿Quién puede asegurar que cualquier otra raza hubiera detectado a los impostores? Además, Aurora no abandonó a nadie. Eres comandante y eres respetado; por lo tanto, debe de haber espacio para el entendimiento.
—He tardado casi toda mi vida en demostrar mi valía —responde Tyler—. El perdón escasea por estos lares.
—¿Crees que hay alguna oportunidad de que el consejo nos ayude? — pregunto mientras intento calmar la nueva ola de desesperación que siento en las entrañas.
—Todo es posible —contesta nuestro antiguo alfa.
Sin embargo, está contemplando de nuevo la Sempiterna y se niega a mirarme a los ojos.
Permanecemos fuera de la Sempiterna una hora más antes de que el consejo mande llamar a Tyler, que sube a la lanzadera de la Vengadora y va a su encuentro para informarles. Mientras tanto, nos deja en medio de una espera silenciosa e incómoda entre los miembros de su tripulación.
Después de la tercera hora, nos llega el mensaje de que están listos, así que Lae y Toshh nos escoltan hasta la Sempiterna. Llegamos a uno de los muelles de atraque que están junto a los tubos transparentes que serpentean desde la estación. La última vez que estuve aquí, estaban todos llenos, con diferentes alienígenas yendo y viniendo sin cesar. Fin y yo hablamos de que su pueblo vive bajo tierra y no le gustan las estrellas.
«Un cielo lleno de fantasmas», dijo él. Sus palabras fueron proféticas. No estás muerto —le prometo en silencio—. Volveré atrás en el tiempo
y cambiaré el final de la historia.
Cuando salimos de la lanzadera, los supervivientes de la Sempiterna nos están esperando. El pasillo está bordeado de cuerpos grandes y pequeños, jóvenes y viejos. Docenas de razas y cientos y cientos de personas. Todos ellos van vestidos con ropa remendada y llena de parches para que dure varias décadas y están en silencio.
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Sus miradas vacías nos siguen mientras caminamos con Lae al frente y Toshh y Dacca en la retaguardia, y el peso de las mismas es casi imposible de soportar. Esta gente es lo único que queda de todos los habitantes de la galaxia. Busco la mano de Kal solo para sentir su piel cálida sobre la mía.
Resulta que el Consejo de los Pueblos Libres se reúne en el antiguo salón de baile de Casseldon Bianchi. Ahora, las luces están encendidas y las galaxias giratorias desaparecieron hace tanto tiempo como el precioso vestido rojo que llevé aquella noche. El fantástico acuario que bordeaba las paredes está lleno de marcos y boyas pequeñas y cada centímetro está ocupado por cultivos de diferentes tipos de algas. Supongo que las necesitan por las proteínas; para poder alimentar a los miles de personas que hay ahí fuera, en la estación. Es una estancia enorme y las hileras de sillas sugieren que, de normal, suele haber público, pero en este momento nuestros pasos resuenan mientras nos acercamos hacia la mesa que hay al fondo, donde están sentados los cuatro miembros del concilio.
El rikerita está en un extremo. Es anciano y los cuernos que le surgen de la frente se retuercen tanto que dibujan un círculo completo. Su gesto se pierde en un océano de arrugas. «El guerrero», lo llamó Tyler.
A su lado hay una mujer betraskana que no parece mucho más mayor que yo y que lleva una melena corta y blanca. Está escudriñando una tablet y tan solo alza la vista hacia nosotros un instante. «La pragmatista».
El tercer miembro es un syldrathi del Concilio de Vigilantes, el primero que conozco de los suyos. Aparenta tener unos cincuenta años y sus trenzas impecables encajan con su postura también impecable. Su glifo consiste en dos círculos, uno dentro del otro. «El político».
El último miembro debe de ser el ulemna. No puedo distinguir mucho de su persona, ya que lleva una capucha marrón oscura que le oculta los rasgos, pero veo un par de manos azul marino unidas sobre la mesa frente a él. Tyler no ha dicho nada sobre el representante de las minorías, y ahora desearía haberle preguntado.
El propio Tyler ya está frente a la mesa. Kal y yo nos detenemos junto a él con Toshh y Lae detrás de nosotros. Hay un puñado de syldrathi en la estancia con el glifo del Concilio de Caminantes grabado en las frentes. Ellos lo sienten unos instantes después de que lo haga yo y todos se tensan con las mandíbulas apretadas. Veo cómo el gesto de Lae se ensombrece todavía más cuando la energía que nos rodea cambia y el aire frente a
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nosotros vibra. Se aparta una trenza dorada y plateada del hombro, y cierra la mano en torno a la empuñadura de su espada psíquica.
Y entonces, en el centro de la habitación, aparece Caersan.
No es más que una proyección, por supuesto, que brilla como un espejismo en un día caluroso. No es tan idiota como para abandonar la Neridaa y ponerse en peligro en una nave llena de enemigos. Se alza en el corazón de la estancia como una sombra oscura y, a su alrededor, las luces se atenúan. Los caminantes emanan hostilidad y los miembros del consejo lo fulminan con la mirada al unísono.
Él pasa la vista por la sala, irradiando desdén.
—Comencemos —dice.
Un silencio frío pende sobre la habitación con el peso de innumerables vidas perdidas. Al final, es el syldrathi el que lo rompe con un tono de voz calmado a pesar de la ira que hay en sus ojos.
—El comandante Jones nos ha informado de las circunstancias de vuestra llegada. Por muy extravagantes que parezcan vuestras afirmaciones, nuestros caminantes han confirmado vuestras identidades. —Sus ojos violetas nos recorren a todos y se detienen sobre el Mataestrellas—. Así pues, ¿qué es lo que queréis de nosotros?
—El Arma en la que hemos llegado hasta aquí está dañada —digo—. Necesitamos visitar una anomalía espaciotemporal que se encuentra en el sector Zeta. Conduce a unas instalaciones en el mundo de origen de los eshvaren. Si el Arma puede repararse en algún sitio, será allí.
—Suponiendo que el Ra’haam no haya destrozado ya esa instalación —dice la mujer betraskana—, ¿estáis seguros de que podríais regresar a vuestro tiempo si se reparara el Arma?
Caersan está estudiando a los caminantes que nos rodean, uno a uno, con algo que parece… hambre en los ojos. Así que vuelvo a contestar yo.
—Sí. Creo que yo podría proveer la propulsión y él nos guiaría. La mujer se inclina hacia delante con los dedos bajo la barbilla. —¿Sois conscientes de que el sector Zeta está totalmente invadido por
el Ra’haam?
Asiento.
—Por lo que nos ha dicho Tyler, tendríamos que abrirnos paso hasta allí peleando. Y es probable que también tuviéramos que luchar contra el Ra’haam mientras llevamos a cabo las reparaciones.
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Entonces es cuando habla el rikerita, cuya voz suena como una puerta chirriante.
—Y cuando dices «tendríamos», niña, por supuesto, te refieres a nosotros. —Pasa la mirada entre Caersan y yo, frunciendo el ceño—. ¿Quieres que destinemos nuestros últimos recursos a ayudaros en lo que parece una apuesta de locos? Suponiendo que las reparaciones pudieran llevarse a cabo, ¿quién dice que el hecho de que regreséis al pasado va a suponer algún cambio?
—Si podemos regresar, podemos destruir el Ra’haam antes de que tenga la oportunidad de florecer y brotar —digo. Mi voz resuena por toda la habitación vacía—. Por eso estoy aquí. Para eso fue para lo que me crearon.
El syldrathi sacude la cabeza y suspira.
—Y aun así, si no regresas sana y salva a tu propio tiempo, no te condenas solo a ti misma, sino también a todos los que vivimos en este tiempo. Nos pides que nos arriesguemos a extinguir la última luz de la galaxia.
—Insensato, ya estáis condenados. —Todas las miradas se vuelven hacia Caersan cuando su aparición habla, pasando la mirada por la totalidad de la estancia y los miembros del consejo reunidos—. Esto no es un refugio, es una tumba. Os ocultáis aquí, entre las sombras, rezando para que la verdadera oscuridad no os encuentre. Pero lo hará, y todos vosotros lo sabéis.
El vigilante se pone en pie en un movimiento único y fluido.
—Estás presente a pesar de mi objeción explícita, Mataestrellas. No recibiré consejos de aquel que destruyó Syldra, que asesinó a miles de millones de sus hijos en un instante y que abandonó a la deriva a aquellos que sobrevivieron.
—La paz es la forma en la que los chuchos te dicen: «Ríndete», vigilante —gruñe Caersan.
—No es ningún chucho —espeta el anciano rikerita—. No sabes nada de lo que hemos sufrido, Mataestrellas; nada del precio que hemos tenido que pagar todos nosotros.
—Lo que sé es que se os está ofreciendo la oportunidad de evitar pagarlo; de evitar ese sufrimiento. Se os está ofreciendo una última batalla que luchar por el futuro de todas las cosas. —Caersan alza las manos y,
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después, las baja lentamente hacia los costados—. Y, aun así, al pensarlo tembláis como unos niños, como unos cobardes.
Los labios del vigilante se crispan.
—Lo dice el cobarde que podría haberse enfrentado al Ra’haam pero huyó.
Caersan se gira hacia el hombre, furioso, y el poder emana a través de mí, ardiente, vibrante y ensordecedor. Lanzo una barrera mental entre el Mataestrellas y los desafiantes miembros del consejo. Mi azul medianoche crepita cuando choca contra su rojo sanguinario y, durante un instante, el choque es visible, lo que hace que la betraskana y el rikerita se pongan en pie mientras los caminantes, Toshh, Tyler y Lae levantan las armas al unísono.
Kal da un paso al frente, gritando.
—¡Padre!
Durante un segundo, siento la furia y el instinto de combate que destellan en la mente de mi amado. Sin embargo, Caersan se limita a reír con suavidad mientras su energía disminuye. Poco a poco, bajo la guardia y la tensión en el aire se desvanece.
Los caminantes que hay en torno al Mataestrellas están pálidos e intercambian miradas inquietas. Ahora, saben que no hay ninguna esperanza de que puedan vencernos a Caersan o a mí. Lae está susurrándole algo a Tyler al oído con una mano en su hombro. El vigilante permanece en pie con la mirada puesta en el hombre que asesinó a su pueblo.
—¿Esta es su propuesta? —se burla mientras mira a los otros consejeros—. Deberíamos enviar a estos mendigos de vuelta a su nave de inmediato.
—O, en su lugar —digo con urgencia, interviniendo antes de que ambos puedan bajarse la cremallera y empezar a comparársela—, podemos hablar de cómo salvar vidas. No solo las vuestras o las nuestras, sino las de todos. Entonces y ahora. Créeme, entiendo cómo te sientes con respecto al Mataestrellas. Yo siento lo mismo. Pero él es el único que sabe cómo transportar el Arma de vuelta a casa. Yo no lo sé. Lo necesitamos con vida.
—Y si llegáis a casa —pregunta el rikerita— ¿entonces qué? —Entonces, Caersan y yo tendremos una pequeña… discusión —digo. La proyección del Mataestrellas me observa, fría e imperiosa. Incluso
aunque salgamos de esta con vida; aunque, de algún modo, podamos
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regresar al momento del que venimos, ambos sabemos que nos precipitamos de cabeza hacia ese conflicto. Pero sé que, si gano, dispararé el Arma. Daré todo lo que tengo para destruir al Ra’haam.
Pero, santa madre de la Papaya, es un «si» muy grande.
—La simple realidad es que no puedo volver a nuestro propio tiempo sin él. Así que, por favor, por favor, por muy difícil que sea, tenemos que dejar de lado nuestros sentimientos, sean cuales sean, y descubrir la manera de que esto funcione.
El rikerita sacude la cabeza.
—Nos pides demasiado.
—No pide nada que no esté dispuesta a entregar ella misma —contesta Kal.
—¿Y eso qué significa?
Cuadro los hombros y respiro hondo.
—Significa que… no es una energía renovable. Me refiero al poder que hay en nuestro interior. Solo lo podemos usar unas cuantas veces antes de… —Me detengo y me llevo las manos a las grietas que llevo en torno al ojo—. Disparar el Arma una serie de veces acabará matando al Disparador.
Kal me estrecha la mano e intento no detenerme en el miedo que veo en sus ojos.
—¿Lo veis? —se burla Caersan—. Incluso esta niña está dispuesta a entregar su vida en la batalla para salvaros. ¿Y no vais a luchar por salvaros a vosotros mismos?
El rikerita hace una mueca y el vigilante toma aire para escupir más insultos. Puedo ver cómo todo se va por el desagüe. Pero entonces, al fin, el ulemna se mueve y se aparta la capucha.
Resulta ser una mujer de belleza embriagadora. Su piel de aspecto marmolado es azul y violeta y, bajo su superficie, se arremolinan lo que parecen galaxias en miniatura, cada una de las cuales está en un movimiento constante e hipnótico. Tiene los ojos plateados y su voz suena como un acorde musical en tono menor compuesto por tres notas.
—Incluso aunque hagamos lo que nos pedís, hija de Terra —dice—, e incluso aunque pudierais reparar el Arma y transportaros de vuelta a vuestro propio tiempo, entonces, ¿qué? Si vencéis al Ra’haam en el pasado, aseguráis que este futuro no llega a ocurrir. A todos los efectos, nos estáis deshaciendo a todos nosotros.
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—Tan solo esta versión de vosotros —dice Kal—. Las otras versiones seguirán viviendo. En una galaxia en paz; una galaxia sin el Ra’haam.
—¿Y qué hay de las personas que nacieron después de que el Ra’haam floreciera? —Nos giramos hacia Tyler, que está de pie entre los miembros de su tripulación. Lae mira a los ojos a su comandante, pero él nos está mirando a Kal y a mí con la mandíbula apretada—. Si volvéis atrás y cambiáis las cosas, ¿quién asegura que llegarán a existir?
—El destino, hermano —contesta Kal—. El destino.
—Siempre podéis dejar que se queden aquí —dice Caersan—.
Relegarlos a una asfixia lenta y a ser consumidos por el colectivo.
—No podemos confiar en él —dice el vigilante mientras lo fulmina con la mirada—. Cho’taa. Sai’nuit.
—No tienes honor —le dice Lae a Caersan en tono burlón—. Tu nombre ha caído en desgracia. Tu sangre es una vergüenza. No podemos confiar en una sola palabra que salga de tu boca, asesino. ¿Y de verdad deseas que luchemos por ti? ¿Qué entreguemos nuestras vidas? ¿Por ti?
El Mataestrellas mira en torno a la habitación. Recuerdo el aspecto que tenía este lugar la noche que el escuadrón 312 estuvo en la Sempiterna, hace no tanto tiempo. Recuerdo la galaxia dando vueltas sobre nosotros, a la gente hermosa y los vestidos fabulosos. Sin embargo, ahora solo quedan luces que parpadean, apliques rotos y un cultivo de algas apestoso para alimentar a los desechos hambrientos que se agolpan más abajo, en la creciente oscuridad.
—¿A esto lo llamáis «vida»? —pregunta Caersan con desdén.
Los reunidos vuelven a estallar en gritos. El vigilante, el rikerita e incluso la betraskana alzan las voces mientras la ulemna vuelve a sentarse y a ponerse la capucha. Lae está señalando a Caersan y gritándole algo a Tyler, que tiene las manos levantadas en un gesto de frustración mientras habla con Toshh.
Kal me estrecha la mano con más fuerza y yo cierro los ojos. Esto es inútil: la estancia está repleta de miedo e ira; los Hierbajos están ahí fuera, en la oscuridad, buscándonos, y nosotros estamos atrapados en medio mientras la última vida de la galaxia espera a que llegue su turno para morir.
Entonces, empiezan los alaridos de las sirenas.
La luz tenue se vuelve incluso más tenue, las discusiones se detienen y el miedo y la confusión que hay en los ojos de los consejeros les inunda la
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mente.
—¿Eso es…?
—ALERTA ROJA. ALERTA ROJA. FLOTA RA’HAAM DETECTADA EN EL MARCADOR OMEGA. REPITO: FLOTA RA’HAAM DETECTADA. TODA LA TRIPULACIÓN A SUS PUESTOS DE COMBATE. —Eso es imposible —susurra Tyler.
—¿Os han seguido? —pregunta el rikerita.
—¡Claro que no! —espeta él—. ¡Hemos saltado media docena de veces para llegar hasta aquí! ¡Hemos seguido todos los protocolos de llegada!
—Entonces, ¿cómo es que nos han encontrado tan pronto? —insiste la betraskana—. ¡El último ataque fue hace tan solo diez días! Debería ser imposible que…
—Hijo de fruta… —Cuando susurro, todos los ojos de la sala se giran hacia mí—. Pueden sentirme. —Miro a Caersan mientras el corazón me da un vuelco—. Pueden sentirnos a ambos.
El inclina la cabeza.
—Es posible…
Trago saliva con fuerza y miro a Kal a los ojos.
—Los hemos atraído hasta aquí.
—ALERTA ROJA. SE APROXIMA FLOTA RA’HAAM. TODA LA TRIPULACIÓN A SUS PUESTOS DE COMBATE.
—¡Nos has condenado a todos, Mataestrellas! —exclama el vigilante mientras se pone en pie—. Comandante Jones, nunca deberías haber…
—Con el debido respeto, consejero —gruñe Tyler—, pero tal vez podamos señalar con el dedo a los culpables cuando hayamos salido de este pozo de mierda.
—¿No podéis crear un umbral y salir de aquí? —pregunto—. Has dicho que este sitio tenía un propulsor de fisuras…
—¡Está desconectado! —grita nuestro antiguo alfa por encima del sonido de las sirenas—. ¡No esperábamos el próximo ataque hasta dentro de otros diez días como mínimo! Los técnicos tienen que llevar a cabo el mantenimiento y las reparaciones. ¡Además, nuestros caminantes tienen que recuperarse entre salto y salto!
—¿Cuánto tiempo necesitáis para encenderlo y que esté en marcha? — pregunta Kal.
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Tyler mira al vigilante, que está pálido por la furia.
—¿Consejero?
—Al menos cuarenta minutos —contesta—. Tal vez una hora…
—ALERTA ROJA. ESTO NO ES UN SIMULACRO. TIEMPO ESTIMADO PARA LA LLEGADA DEL RA’HAAM: TREINTA Y TRES MINUTOS. ALERTA ROJA.
Miro fijamente a Caersan, interrogante, y, arqueando una ceja plateada en un gesto perezoso, él inclina la cabeza. Miro a Kal a los ojos, que asiente una sola vez. Mano en mano, nos damos la vuelta y salimos corriendo.
—¡Auri! —grita Tyler a nuestras espaldas—. ¿Dónde demonios vais? —¡A conseguirte cuarenta minutos!
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H ay demasiados.
En mi cabeza, sé que el Ra’haam es un «ello», una mente colmena compuesta por miles de millones de piezas, unidas y conectadas en una singularidad descomunal. Cuando una parte siente dolor, todas lo sienten. Lo que ve una de las partes, lo saben todas.
Pero mientras contemplo el enjambre de naves que se nos echa encima (más naves de las que he visto jamás), me resulta difícil no verlo como un «ellos».
Hay cargueros terranos, fantasmas syldrathi, naves de transporte de tropas betraskanas y vástagos chellerianos. Un centenar de modelos y tipos de transporte diferentes robados de un centenar de mundos diferentes. Todos ellos cubiertos de matas retorcidas de un color azul verdoso y arrastrando tras de sí en medio de la oscuridad unos zarcillos enroscados.
Y vienen a por nosotros.
—Santa madre de la Papaya —dice Aurora—. Hay muchas naves.
—Estoy contigo, be’shmai —le digo.
Estamos en el corazón de la Neridaa, contemplando la proyección que Aurora ha lanzado a nuestro alrededor. Es como si las paredes del Arma fueran translúcidas: todo el Vacío que nos rodea está representado en primeros planos de alta definición, nítidos como el agua. Mi padre está reclinado sobre su trono de cristal, pero por la pequeña arruga que se le ha formado entre las cejas sé que a él también le preocupa la fuerza que se
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despliega ante nosotros. Al menos, esa idea es suficiente para despertar el miedo en mi interior.
Todavía voy ataviado como un guerrero de los Inquebrantables: una armadura negra con glifos blancos pintados, repleta de cánticos de gloria y sangre. A la espalda llevo unas espadas kaat gemelas, resplandecientes y plateadas; junto a la cadera porto una pistola pesada y al cinturón llevo atadas granadas de pulso. Sin embargo, no me siento como un guerrero. Al menos, no del tipo que a él le gustaría que fuera.
—Son muchos. —Mi padre observa las naves que se aproximan y la sangre se me hiela cuando habla—. Tu hermana hubiera disfrutado con esto, Kaliis.
—Estamos demasiado cerca de la Sempiterna como para disparar pulsos a ciegas con el Arma tal como hicimos la última vez. —Aurora se gira para mirar a mi padre a los ojos—. Vamos a tener que derribarlas de una en una. Tú y yo.
Él sonríe con los ojos puestos en el enemigo.
—Eso te complace, ¿verdad?
—¿Que si me complace? —Aurora pestañea—. Mira, no soy una psicópata como tú. No disfruto de matar por matar. Soy…
—No me refiero a la matanza, terrana; me refiero al poder. —Mi padre le lanza una mirada sombría—. Dime que no lo sientes, vibrando bajo tu piel y zumbando a través de tus huesos. Dime que no te mueres por volver a desatarlo. —Ladea la cabeza con los ojos centelleantes—. Los eshvaren fueron inteligentes al crear sus Disparadores, niña. Nos conocían lo bastante bien como para hacer que el veneno resultase dulce y que sintiéramos que, con nuestras muertes, estábamos alcanzando la divinidad.
Ella frunce los labios y le devuelve la mirada, pero no dice nada. Desde la oscuridad, las naves se nos están echando encima como un
enjambre. El ojo derecho de Aurora empieza a brillar y, cuando fulmina con la mirada a mi padre, siento el calor de su piel.
—¿Vas a darme algún discurso más o vas a ayudarme?
—¿Ayudarte?
La mira a los ojos y, sin romper el contacto visual, extiende la mano izquierda. Veo cómo su iris empieza a brillar y cómo la luz oscura de su interior comienza a filtrarse a través de las grietas de su rostro. Las trenzas se le mueven como si las agitara un viento invisible y fuera, más allá de la cobertura de la Neridaa, veo que una de las naves del Ra’haam, un
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carguero terrano enorme y pesado cubierto de zarcillos y hojas latientes, empieza a temblar. El navío debe de pesar millones de toneladas y, aun así, cuando mi padre dobla los dedos en forma de garras como si estuviera aplastando la más delicada de las flores, abro los ojos de par al ver que el carguero se agita y estalla en un millar de piezas ardientes solo con el poder de su voluntad.
Él sacude la cabeza.
—Me da igual ayudarte o no, terrana. Lo que me importa es la victoria.
Aurora aprieta los dientes y se gira hacia las pantallas.
—Me sirve.
Sigo mirando a mi padre un instante más. Pienso en aquellos días en los que yo era pequeño y entrenábamos juntos bajo los árboles de lias. Pero, entonces, estiro el brazo y tomo la mano de Aurora.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Puedo sentir la mirada ardiente de mi padre en la nuca, pero la ignoro. Ella me mira de reojo con una galaxia diminuta resplandeciendo en su ojo mientras me estrecha la mano.
—Ya lo estás haciendo —me dice con una sonrisa.
Y así comienza. Con un rugido, las naves del Ra’haam se dirigen hacia nosotros como una multitud imposible. Y mi be’shmai y mi padre se lanzan hacia la noche para aplastarlas una a una. Veo estallidos de luz y explosiones silenciosas en medio de la oscuridad como si fueran nuevas constelaciones resplandeciendo brevemente en un cielo ardiente.
La matanza que tejen es impresionante. La luz arde en el interior de aquella a la que amo y aquel al que odio y, por un instante, me duele el corazón al pensar en lo que podrían llegar a ser si tan solo se unieran y de verdad trabajaran juntos.
Sin embargo, sé que eso no es más que un sueño infantil. Caersan, arconte de los Inquebrantables, nunca compartirá su trono, nunca confiará lo suficiente en otra persona como para creer que lo impulsa algo que no sea la sed de sangre y la avaricia que lo impulsan a él.
Mi padre está loco.
—Kal, aquí Tyler, ¿me recibes?
Pulso el auricular que llevo en la oreja.
—Te escucho, hermano.
—Se aproximan más enemigos desde múltiples direcciones. La Sempiterna está lanzando todas sus naves. Dile a Auri que si puede desviar
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el ataque le cubriremos las espaldas.
—Entendido. ¿Cuánto tiempo queda para que el propulsor de fisuras esté en marcha?
—Al menos treinta minutos. ¿Pueden ella y ese cabrón contenerlos tanto tiempo?
Miro a Aurora con el corazón en un puño. Veo el poder que hay en ella, la fuerza que le otorgaron los Antiguos. Pero incluso mientras arde en su interior, resplandeciendo en su iris como un sol, veo las grietas diminutas que se extienden por toda su piel desde el ojo; veo el precio que está pagando y el daño que le está causando. Y lo peor de todo es que, tal como dijo mi padre, veo que parece…
Parece estar disfrutándolo mucho.
—Los contendremos —digo.
—Recibido —contesta Tyler—. Le evitaremos todo el fuego enemigo que podamos.
Veo cómo la flota de la Sempiterna se dispersa. Puede que sean unas cincuenta naves, andrajosas y desparejadas. Sin embargo mientras salen volando hacia las naves del Ra’haam que se aproximan, puedo distinguir la mano de Tyler Jones dirigiéndolas como un director de orquesta. Mi hermano siempre fue un maestro de la estrategia, y parece que los años de guerra han afinado sus habilidades todavía más. Sus naves se abren paso entre las filas enemigas. Los cazas salen al ataque, se disparan misiles y florecen las explosiones.
Pero las fuerzas del Ra’haam son demasiadas.
La oscuridad exterior ahora está en llamas: hay naves ardiendo y núcleos rotos, savia hirviendo y hojas que sangran. Sin embargo, no dejan de llegar cada vez más y más enemigos, que aparecen a través de desgarros diminutos en la piel del sistema. Por cada nave que destruimos, otras tres parecen reemplazarla, como ocurre con las malas hierbas por las que esta gente les ha dado su nombre. Y en ese momento…
—Jie-Lin…
Una voz resuena en el aire que nos rodea. Un temblor recorre el cuerpo de mi be’shmai. Veo cómo se queda sin respiración y cómo vacila su ataque. También siento el horror, la pena y la ira que emanan de ella ante ese sonido.
—Jie-Lin…
—Papá… —susurra ella.
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—Te hemos echado de menos… —murmura la cosa.
Conozco esa voz. Claro que la conozco. Es el padre de Aurora, el hombre al que perdió hace dos siglos y que, después, volvió a perder a manos del Ra’haam. Fue uno de los primeros colonos de Octavia en ser arrastrado al colectivo. En cierto sentido horrible, sigue vivo en su interior.
—Pensábamos que te habíamos perdido. Ay, mi amor, no sabes cuánto nos gusta volver a sentirte.
—Be’shmai —susurro, estrechándole la mano.
—Lo sé —dice ella—; no es él.
—Somos él. Somos todo lo que hemos tocado: betraskanos y terranos, syldrathi y rikeritas, chellerianos, gremps, kacors, cajaks, ayerfs y sarbors. Somos padres e hijos, amigos y amantes, sin límites y juntos para siempre. Aquí estamos a salvo, hija mía. Esto es la calidez; es el amor.
Siento a Aurora temblar mientras aprieta los dientes. Detrás de nosotros, oigo la voz de mi padre, que está mostrando los dientes en un gruñido.
—No lo escuches, niña.
—No lo hago.
—Busca distraerte.
—¡Lo sé!
—No lo sabes; no puedes saberlo. No queremos que mueras, hija mía. Sabes que ese es el precio que tendrás que pagar al final, ¿verdad?
—¡Idiota! —dice mi padre—. Ciérrale el paso. ¡No lo escuches! —¡Padre, no estás ayudando! —rujo.
—Aunque triunfes en esta batalla, no puedes ganar. Lo único que te espera…
El corazón se me contrae cuando la nariz de Aurora empieza a sangrar y las grietas diminutas de su piel se rasgan, haciéndose un poco más grandes. Y sé que la cosa dice la verdad.
—Lo único que te espera es la muerte.
Nuestras defensas se están desmoronando. El enemigo es demasiado numeroso. Las naves de Tyler surcan la oscuridad. Las explosiones iluminan la noche. Veo el rostro de mi padre, contorsionado por la furia, y sus dedos doblados. Sin embargo, ha empezado a salirle sangre púrpura de la nariz y la luz oscura se cuela por sus grietas.
—Tyler, ¿cuánto queda? —pregunto.
—¡Diez minutos! ¡Tal vez menos!
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—¡No podemos contenerlos!
Las naves del Ra’haam más cercanas descargan una andanada, girando en espiral y escupiendo fuego. Ignoran la Sempiterna por completo y se centran solo en la Neridaa, el Arma que se construyó para destruirlo y los Disparadores que deben dispararla.
Miro a mi padre y a Aurora, desesperado. Tienen los rostros manchados de sangre y los ojos envueltos en sombras pero, aun así, atacan con una onda expansiva violenta que hace que los proyectiles estallen y se conviertan en icor. Sin embargo, siguen llegando más naves en una oleada interminable y siento cómo el corazón se me cae a los pies.
—¡Tyler! ¿Qué está ocurriendo?
—¡El propulsor de fisuras está en marcha! Pero los caminantes todavía necesitan darles potencia a los cristales.
—Kal… —susurra Aurora.
—¡Tyler, no podemos contenerlos! —rujo.
—¡Kal!
Miro a Aurora a los ojos y veo la luz de las estrellas que arde en ellos. Se mece a mi lado con los labios rojos y brillantes. Sus ojos resplandecen y en ellos reconozco el caleidoscopio de emociones que hay en su interior: euforia y delirio, ferocidad y alegría. Es la embriaguez de la batalla. Extiende la mano hacia la Sempiterna con la corriente crepitándole en las yemas de los dedos. En su interior reside el poder de una diosa diminuta.
—Puedo hacerlo.
Miro la Nave Mundo, sacudiendo la cabeza.
—No, be’shmai, vas a ha…
Ella me estrecha la mano.
—Puedo hacerlo, Kal.
Miro la batalla que se desarrolla en el exterior y las naves corrompidas que se dirigen hacia nosotros como una marea mientras flores de fuego brotan entre las estrellas. Atrapo a Auri entre mis brazos, poso mis labios sobre los suyos, y noto entre nosotros el sabor de la sangre.
—Estoy contigo.
Mi padre corta el aire con las manos y aplasta las naves que nos rodean. Aurora extiende los dedos hacia la Sempiterna y toda la galaxia parece temblar. A nuestro alrededor, siento un pulso de energía que hace que me cosquillee la piel. Toda la nave se sacude y las paredes que nos rodean canturrean esa melodía extraña y desafinada mientras el poder se
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desata en el corazón de la Nave Mundo y los fragmentos de cristal eshvaren que hay en su interior destellan con una luz cegadora.
—¿Qué demonios? —ruge Tyler.
El iris derecho de mi be’shmai arde con la misma luz, que se filtra por las grietas que tiene en torno al ojo. Siento cómo tiembla entre mis brazos. Me giro hacia mi padre y grito por encima del pulso cada vez más fuerte de esa canción hermosa y terrible.
—¡Padre, ayúdala!
El enemigo se acerca cada vez más, como un enjambre. Es hambre, deseo y muerte. La luz del interior de la Nave Mundo vuelve a fulgurar mientras en la piel del universo se abre un rasguño descolorido. La sangre se derrama sobre los labios de Aurora y el corazón se me encoge cuando veo que los tiene curvados en una sonrisa.
—Sí —susurra—. Oh, sí.
—¡Eso es! —grita Tyler—. ¡El umbral del Pliegue está abierto! A todas las unidades: ¡Retirada! ¡Retirada!
Con un último gesto despiadado de las manos, mi padre deja de lado la carnicería del exterior y se centra en la nave que nos rodea. Oigo cómo la melodía de la Neridaa cambia de tono y siento una oleada de vértigo cuando empezamos a movernos en medio de la oscuridad en llamas. Me aferró a Aurora, sujetándola como si quisiera evitar que se ahogara mientras atravesamos el resplandeciente umbral del Pliegue.
Con un grito, la fisura nos lanza a través del vasto abismo que es el espacio y lo vuelve todo borroso. Puedo notar el sabor de las cenizas en la boca y cómo mi cuerpo se estira. El espacio a nuestro alrededor se pliega y el poder canta en las puntas de unos dedos temblorosos y ensangrentados. Los arcoíris se vuelven blancos y negros y, después, vuelven a teñirse de unos colores brillantes y gloriosos.
Entonces, con otro destello de luz imposible, se acaba todo.
Estamos a salvo.
Estrecho a Aurora entre mis brazos y la mantengo erguida. Tiene los párpados pesados y pestañea como si estuviera soñando. Su barbilla está pegajosa por la sangre.
—¿Aurora? —pregunto—. ¿Puedes oírme? —Le poso la mano sobre la mejilla, suplicando—. ¡Aurora!
—Bien hecho, terrana —dice una voz hueca y ronca—. Casi estoy impresionado.
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Miro por encima del hombro en dirección a la sombra que hay a mi espalda. Mi padre está sentado en su trono con la capa cayendo por las escaleras como una cascada carmesí. Tiene los ojos amoratados y en la barbilla, allí donde se está limpiando la sangre, se ve un leve atisbo de violeta. Puedo notar que las grietas de su rostro son un poco más profundas y veo que tiene los hombros encorvados. No son más que signos leves del esfuerzo que ha realizado ante semejante experiencia. Sin embargo, el hecho de que muestre la más mínima debilidad me indica lo mucho que esto le ha dañado; lo mucho que ambos han tenido que pagar.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Él se frota la frente, y hace una mueca.
—No pensaba que te importara, Kaliis.
—Claro que me importa —gruño—. Sin ti, jamás volveremos a casa; jamás venceremos al Ra’haam.
—La victoria a cualquier precio. —Me mira con los ojos brillantes mientras sonríe—. Ese es mi chico.
—¿Ka… Kal?
Me giro al oír a Aurora susurrar y la estrecho con más fuerza. El pelo le cae sobre la cara en cortinas de negro y blanco, empapadas de un rojo pegajoso. Se lo aparto hacia atrás y le poso los labios sobre la frente. Me quedo sin respiración al ver la sangre que le mancha los labios y la barbilla, y los surcos de sombras que le rodean los ojos.
—Aurora…
—¿Estamos…? ¿Estamos a salvo?
—Sí. —Le paso el pulgar por los labios, quitándole la sangre con cuidado—. Estamos a salvo, be’shmai. Lo has hecho; lo has logrado.
—Oh —suspira—. Qué bien.
Ella pestañea con fuerza y mira el cristal resplandeciente que nos rodea.
Un hilillo rojo le surge de los oídos.
Y, entonces, se desploma entre mis brazos.
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A dmito que me estoy tomando muchas molestias para hacer una llamada.
He tenido que viajar dos días sin descanso por el Pliegue para llegar al umbral de Aurora a tiempo de la Cumbre Galáctica y, como resultado, tengo el cerebro hecho polvo, aunque no tanto como los
miembros del escuadrón 303, que se han pasado las últimas cuarenta y ocho horas atrapados en una celda de detención. Aun así, el dolor de cabeza que tengo no es ninguna tontería.
Intenté explicarles mi versión de los hechos a Cohen y sus compañeros de escuadrón mientras les pasaba las raciones a través de la diminuta trampilla de la puerta, pero no estaban de humor para escucharme. El lado bueno es que he aprendido algunos insultos syldrathi nuevos por si vuelvo a toparme con Erien, el lugarteniente de Saedii.
La seguridad en torno al umbral del Pliegue del sistema Aurora es tan fuerte como había esperado. Sinceramente, con la galaxia al borde de una docena de guerras y con los representantes de todas las especies sintientes de la zona llegando a la cumbre, no esperaba poder colarme sin que me detectaran.
Sin embargo, ahora, gracias a Cohen, no necesito hacerlo.
—Claves de acceso recibidas. Identificación confirmada, 303 —llega la respuesta a través del comunicador—. Permiso concedido para aterrizar en el muelle Omega, atracadero 7420.
—Recibido, Aurora —contesto—. 7420. Eso está en las afueras, ¿no?
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—Sí. Disculpas, 303. Aquí arriba estamos abarrotados con el flujo de civiles. También pasará un tiempo antes de que reabastezcan la nave y le hagan el mantenimiento. Al menos cuarenta horas. Preséntense ante el comandante de cubierta para que les informe.
—Entendido —digo con una sonrisa—. ¡Que tengan un buen día! 303, corto.
Perfecto.
De hecho, ha ido mejor de lo que había esperado. Como es evidente, los hangares principales están llenos de naves de las misiones diplomáticas de los Gobiernos. Con tanto ajetreo en la estación y la ayuda de los códigos de Cohen, puedo colarme sin ser detectado, conectarme a la red de la estación tan pronto como atraque y advertir al almirante Adams sin perder tiempo.
Bueno, al menos ese es el plan.
Contemplo los resplandecientes chapiteles plateados de la Estación Aurora y me maravillo ante las flotas que se han reunido aquí. Hermosas y elegantes, descomunales y enormes; cientos de diseños que se mueven a través de la oscuridad como si estuvieran danzando. Siempre me han gustado las naves espaciales, así que no puedo evitar sonreír ante semejante imagen. Sin embargo, el estómago me da un vuelco cuando diviso unas formas familiares recortadas contra la estrella Aurora: un carguero tipo Guadaña y media docena de destructores pesados de apoyo.
Se trata de la delegación de la Tierra. Es probable que en ella vaya la primera ministra Ilyasova en persona, escoltada diligentemente por la Fuerza de Defensa Terrana.
Me siento más que abatido al verlos. Mi padre dedicó su vida a proteger nuestro planeta; primero, como miembro de la FDT y, después, como senador. Me alisté a la Legión Aurora porque quería entregar mi vida a la misma causa y, ahora, mi propio Gobierno piensa que soy un traidor. La idea de que me dispararían en cuanto me vieran me deja un regusto amargo en la boca.
Llevo la Saeta hasta el muelle, atravesando la lenta danza del resto de las naves de la Legión, de navíos alienígenas, cargueros, drones de seguridad, elevadores automáticos y esquifes. Incluso tan lejos de los hangares principales, el lugar es como un manicomio y está más ajetreado de lo que lo he visto nunca. La verdad sea dicha: resulta un poco peliagudo abrirme paso.
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Ojalá Cat estuviera aquí…
De pronto, me doy cuenta de que la última vez que vi esta estación fue cuando nos marchamos de camino a nuestra primera misión. Todos juntos. Escuadrón 312 para siempre. Parece que ha pasado mucho tiempo y que hemos llegado muy lejos. Sin embargo, me obligo a dejar de lado los pensamientos sobre mis amigos, mi hermana y todo lo que he perdido y me centro en lo que tengo que hacer, porque sabe el Hacedor que eso es lo que querrían que hiciera.
Todos ellos han renunciado a muchas cosas (lo han dado todo), para que yo llegara tan lejos, así que no pienso fallarles.
La Saeta entra en el muelle y los tubos y las abrazaderas de acople serpentean desde la cámara de descompresión para asegurarla. Unos cables rígidos se conectan al sistema informático de la nave para descargar los datos y registros del viaje. Y, después de cuarenta y ocho horas en el Pliegue, varios casos de asalto a otros compañeros legionarios, apropiación indebida de recursos de la legión, privación de libertad y un cargo de lo que, desde luego, es piratería galáctica, al final estoy conectado a la red de la estación.
Como ya he dicho, me estoy tomando muchas molestias para hacer una llamada.
Pero, bueno, ahora soy un pirata.
Aaaaarrrrr.
Me sé de memoria el número de la unilente privada del almirante. Tan solo es accesible a través de la red de la Legión Aurora, a bordo de la estación. Es para los miembros de los altos mandos y para sus amigos más cercanos dentro de la Legión. Y para el hijo de su amigo, el chico del que fue mentor a lo largo de sus años en la academia.
Debo de haberle llamado un centenar de veces para pedirle consejo, para informarle de algo o para una partida de ajedrez. Él y mi padre sirvieron juntos en la FDT y me ha criado tal como papá habría querido. Estuvimos yendo juntos a la capilla todos los domingos durante años. Y, de algún modo, por algún motivo, él es el que me dirigió hacia este camino, el que puso a Aurora O’Malley en mi nave, el que dejó para nosotros todos esos regalos en el Depósito del Dominio en Ciudad Esmeralda.
Las manos todavía me tiemblan mientras marco los números en el sistema de comunicaciones y miro mi reflejo en los monitores de cristal.
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Adams y De Stoy conocen algo sobre el Ra’haam, los eshvaren y todo lo demás. A veces, parece que sabían lo que iba a pasar antes de que ocurriera. Y, aun así, si mi visión es cierta, de algún modo no saben que el Ra’haam planea hacer estallar la academia y todo el Caucus Galáctico que está a bordo.
La videollamada conecta. El corazón me da un vuelco cuando el rostro del almirante aparece en la pantalla: mandíbula marcada, mejillas llenas de cicatrices y la barba canosa afeitada.
—Almirante…
—Hola, ha llamado al número privado de Seph Adams. Siento no haber podido responder. Por favor, deje sus datos y me pondré en contacto con usted.
Clic.
El rostro desaparece y la pantalla se queda negra.
Pestañeo.
—Tiene que ser una broma…
Miro fijamente el cristal en el que ha aparecido un aviso que reza:
«¿Dejar mensaje?».
—No. —Me pongo en pie, alzando la voz—. ¡No! ¡Tiene que ser una broma! —Me paso la mano por el pelo mientras mi paciencia estalla en un millón de astillas resplandecientes—. Escapo del cautiverio de la AGI; me apuñalan, me dan una paliza y me mastican como si fuese una pelota de jetball bajo custodia de los Inquebrantables; consigo librarme con mi don para la palabra, me capturan de nuevo, dejo fuera de juego a un escuadrón entero de la Legión Aurora, les robo la nave, arrastro el culo a través de medio sector, me arriesgo a que me capturen y me ejecuten de forma sumaria y, después de todo eso, ¿me salta el servicio de mensajería?
«¿Dejar un mensaje?», insiste el ordenador.
—¡No lo entiendo! —bramo—. ¿Cómo podías saber que tenías que dejarnos la Zero o que tenías que mandarnos ese mensaje en clave, almirante? ¿Cómo es posible que supieras que iban a disparar a Kal, que a mí me iban a capturar y que Cat no iba a conseguir salir de Octavia, pero que no supieras que tenías que contestar a la maldita unilente?
Nunca digo palabrotas. Considero que es una muestra de falta de autocontrol. Scar solía decir que las palabrotas eran un impulso natural, que está demostrado que alivian el estrés y que son un mecanismo para liberar dopamina. Sin embargo, si tienes algo importante que decir merece
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la pena tomarse el tiempo para hacerlo sin recurrir a un lenguaje que oirías en unas letrinas. Podría contar las veces que he dicho una palabra malsonante con los dedos de una mano.
—¡Mierda! —digo. El ordenador emite un pitido—. ¡Mierda! —repito en voz más alta.
«¿Dejar un mensaje?».
—¡Mierda! —grito, dando puñetazos en el aire—. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mieeeeeeeerda! —Me pongo en cuclillas y suelto un suspiro profundo—. Muy bien, de acuerdo —admito—. Me siento un poco mejor.
Aunque no mucho.
Es probable que Adams esté demasiado ocupado —me susurra una voz en la cabeza—. Es uno de los dos comandantes de un cuerpo de paz espacial que está acogiendo a miles de delegados de un centenar de mundos, intentando evitar que la galaxia se suma en una docena de guerras diferentes. Es la noche antes de la cumbre. No tendrá tiempo de respirar y mucho menos de contestar a sus comunicaciones privadas. Es posible que ni siquiera lleve encima la unilente.
Entonces vuelvo a verla, como si fuera una espina clavándoseme en la mente, cada vez más profunda: la imagen de la academia estallando desde el interior, la sombra que se alza más allá y esa voz en los límites de mi audición que me ruega y suplica.
«Puedes…»
—«Arreglarlo, Tyler» —espeto, encogiéndome de dolor—. Lo sé. ¡Ya lo sé!
Así que esto es todo.
Después de todo lo que he vivido y de todos los riesgos que he tomado, estoy en la línea de meta y ni siquiera puedo advertir a mi equipo de lo que se avecina.
Mi escuadrón ya no está, no tengo línea de conexión con la comandancia de la estación, el personal terrano y el de la Legión tienen órdenes de dispararme en cuanto me vean y, de algún modo, el Ra’haam va a hacer estallar en pedazos la estación y a todos los que están dentro.
Y no hay nadie que pueda evitarlo más que yo.
Paso un nuevo suministro de raciones a través de la trampilla e ignoro los gritos de protesta de Cohen y a De Renn amenazándome con arrancarme la columna a través de… Bueno, no voy a entrar en detalles, pero parece que sería algo doloroso.
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Me cubro los ojos con una gorra de la Legión Aurora y me subo el cuello del traje de vuelo mientras susurro una plegaria. Llevo la pistola de pulso metida en la parte trasera de los pantalones y el cuchillo que me dio Saedii atado en torno a la cintura.
La idea de estar solo aquí es como una roca sobre mi pecho.
Saber que me he entrenado durante años para esto es como hierro contra mi columna vertebral.
Y el recuerdo de ese sueño, de la sombra alzándose… —En marcha, legionario.
La primera regla de la estrategia es: «El conocimiento es poder».
No tengo ni idea de qué es lo que ha planeado el Ra’haam y, si tiene un agente en la estación, hay varias maneras en las que podría provocar una explosión.
Pero, por la visión que se repite en mi cabeza, sé que la explosión se produce en el interior de la Academia Aurora y brota hacia el exterior como una flor ardiente que envuelve todo lo que la rodea.
La Cumbre Galáctica está prevista para las 9:00 de mañana, según la hora de la estación. Ahora mismo son las 15:57, así que tengo las horas contadas de tres maneras diferentes.
Si todo va bien, tengo cuarenta horas antes de que los equipos de mantenimiento encuentren a Cohen y compañía embutidos en esa celda de detención y den la voz de alarma.
En el peor de los casos, me quedan un número de horas desconocido antes de que alguien se dé cuenta de que Cohen no se ha presentado ante el comandante de cubierta. Tal vez estén demasiado ocupados para notarlo durante un tiempo. Tal vez le den un respiro porque suele rendir mucho. O, tal vez, eso les dé una pista de que algo no va bien.
En cualquier caso, dispongo de diecisiete horas y tres minutos hasta que comience la cumbre, así que es tiempo de ponerse manos a la obra.
Si sé algo sobre políticos, ya sean galácticos o no, es que la noche antes de tener que trabajar probablemente vayan al bar.
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Así que parece que tengo que ir a echar un trago.
Salgo de la cubierta de carga de la Saeta en medio de un tumulto de tráfico peatonal: un grupo de trabajadores del muelle, equipos de mecánica e ingeniería y un puñado de legionarios que vuelven de una misión. Paso los dos primeros controles de seguridad sin demasiados problemas. El traje de vuelo de Rioli me aprieta un poco en la entrepierna (no es por presumir), pero me parezco a él lo suficiente como para mostrar su identificación y tener un pase ante el personal de seguridad, que está sobrecargado de trabajo.
De todos modos, esto es un juego de niños. En cuanto supere la descontaminación y pase a los detectores de metales y las biométricas (rastreo facial, escáner de retina e identificación por ADN), estaré jodido.
Por suerte, mi mejor amiga era una tal Catherine «Cero» Brannock.
A Cat la llamaban así por su puntuación perfecta en el examen de clasificación para pilotos del último curso: las simulaciones no consiguieron que la alcanzara un ataque ni una sola vez. Y una de las maneras de las que se sirvió para llegar a ser tan buena tras los mandos de una Saeta a lo largo de los años que pasamos en la Academia Aurora fue robando horas de vuelo.
Yo conocía las normas de la Legión como la palma de mi mano, pero Cat conocía la propia estación del mismo modo que conocía su nombre.
Scar, ella y yo fuimos juntos a la escuela en Terra durante cinco años. Tres mocosos hijos de militares de la FDT. El primer día de guardería, Cat me rompió una silla en la cabeza después de que la hubiera empujado por la espalda. Desde entonces, como muestra, tengo una pequeña cicatriz en la ceja. Sin embargo, cuando sus padres se divorciaron, su madre fue asignada a la Formación de Defensa Lunar y Cat se mudó con ella. Creció a bordo de estaciones y se las conocía de arriba abajo. Así que, cuando cumplimos trece años y nos alistamos en la Legión, se propuso conocer también esta.
Solía escabullirse hasta aquí fuera de horas, preparaba un plan de vuelo falso, robaba una de las Saetas viejas y salía a sumar horas de práctica. Volaba tan cerca del casco de la academia que los barridos del lídar no la detectaban. Yo solía decirle que estaba loca por hacer algo así, ya que siempre podría haber practicado en un simulador y, si la hubieran descubierto, sin duda la habrían expulsado.
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—Volar en un simulador es una cosa —solía decirme—, pero danzar en medio de la oscuridad es algo muy diferente. Y cuando sean mis movimientos los que consigan que mantengas el culo de una sola pieza ahí fuera, entonces, me darás las gracias, Jones.
Y eso exactamente es lo que hago. Salgo de la aglomeración de la vía principal y, mientras me cuelo por una pasarela entre los depósitos auxiliares de combustible, me arrastro sobre el vientre bajo los tanques y entro en un conducto de ventilación terciario, doy gracias a mi amiga en un susurro y deseo con todas mis fuerzas que estuviera aquí.
Me cuesta cinco horas recorrer el sistema de ventilación. No conozco el trayecto tan bien como Cat ni de lejos, y la Estación Aurora es enorme. Sin embargo, tengo la unilente de Rioli para iluminarme el camino, así que atravieso poco a poco el laberinto de accesos e intersecciones mientras el suave resplandor de la pantalla ilumina el metal. Al final, salgo en las entrañas de los niveles de recreación de la estación.
Tras emerger del conducto arrastrándome, me quito el traje de vuelo, pues me he dado cuenta de que voy cubierto de mugre y polvo. Los drones de limpieza deberían pasar más a menudo por esos conductos. Por suerte, bajo el traje, el uniforme de Rioli está limpio en su mayor parte.
Me resulta extraño llevar las franjas blancas de los ases de la legión en los hombros pero, por lo menos, ahora estoy dentro del perímetro de descontaminación y el dispositivo de seguridad no debería ser ni mucho menos tan fuerte.
Actuando como si este fuera mi sitio, recorro los pasillos muy bien iluminados, adelanto a algunos técnicos y a algunos cadetes jóvenes y salgo al paseo principal de la Academia Aurora.
Siendo sincero, esta imagen siempre me deja sin aliento; nunca, falla. Frente a mí se extiende una media luna de cromo pulido y brillante
plastiacero blanco. Está repleta de gente: un rebaño de cadetes y legionarios que se mezclan con los oficiales de las delegaciones planetarias, los agentes de la prensa que han venido a cubrir la cumbre y la multitud habitual de personal, instructores y tripulaciones.
Las columnas se alzan hacia el cielo sobre mi cabeza y, ante mí, el propio paseo se curva, perdiéndose en la distancia. A mi izquierda, se encuentran los escaparates del distrito comercial y, a mi derecha, los frescos tonos verdes y azules del arboreto.
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Sobre nosotros, el techo es transparente y la estación está colocada en un ángulo tal que desde ella se puede ver la luz ardiente de la estrella Aurora. Tras ella, detrás de mil millones de soles diseminados, se exhibe la majestuosidad de la Vía Láctea.
Y en el corazón del paseo, alzándose sobre todos nosotros, están las estatuas de las dos personas que hicieron que todo esto fuera posible.
Las fundadoras de la Legión Aurora.
Una de ellas es de un mármol blanco brillante que fue extraído de una de las últimas canteras de Terra. La otra es de ópalo negro macizo veteado con diferentes tonalidades del arcoíris y transportado desde Trask.
Sus rostros están serenos y transmiten sabiduría. Dos mujeres, una betraskana y otra terrana, que fueron enemigas en tiempos de guerra pero que se sobrepusieron al conflicto entre sus pueblos para forjar algo más grande que ellas: una alianza de los mejores y más inteligentes de la galaxia; una legión que lucha por la paz y que recibe el nombre de la estrella en torno a la que órbita la academia que construyeron.
En la academia, ni siquiera nos enseñan sus nombres. Hicieron que eliminaran sus identidades de todos los registros oficiales porque no querían que su propia leyenda hiciera sombra a la leyenda de lo que habían construido aquí.
No se trataba de quiénes eran ellas del mismo modo que ahora no se trata de un único legionario o ni siquiera de un único comandante. Lo importante es lo que somos juntos, como un todo; lo que representamos.
Y en el pedestal que hay bajo ellas, tallado en la roca, se encuentra el mantra de las fundadoras; la promesa que le hicieron a la galaxia; las palabras que han regido toda mi vida.
«Somos la Legión.
Somos la luz
que brilla con fuerza en medio de la noche».
Por muy solo que esté aquí, la imagen de las fundadoras me llena el pecho de calidez. Mientras contemplo la estación que me rodea, a todas estas personas que se han reunido aquí procedentes de todos los rincones de la galaxia para luchar por algo más y que ahora están siendo
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amenazadas por un enemigo que ni siquiera pueden ver, susurro una promesa en voz baja.
—No os fallaré.
Bordeo a la multitud con la gorra calada sobre los ojos. Aquí no es que sea un desconocido precisamente, y si un solo cadete o legionario me ve o si alguno de los soldados de la FDT me reconoce de las noticias, estoy acabado.
Si soy sincero, ni siquiera estoy seguro de qué es lo que estoy buscando y de cómo se supone que voy a detectar esa amenaza que he visto en mis sueños. Sin embargo, en mi interior, empujándome a seguir adelante, puedo sentir la visión que me trajo de vuelta a este sitio brillando como una luz en la oscuridad. Saedii me dijo que era un insensato por venir y, por un instante, su recuerdo hace que me duela el pecho. La idea de que es probable que no vuelva a verla nunca más…
Céntrate en el trabajo, Jones.
Entro al arboreto mientras observo a la multitud. El follaje de este lugar procede de todos los rincones de la Vía Láctea. El agua gotea con suavidad sobre corazones de cristal de Ishtarr, tallos susurrantes de Syldra y helechos y flores de todas las tonalidades procedentes de todos los mundos. Sin embargo, el arcoíris de colores tan solo me recuerda mi sueño, el cristal haciéndose añicos a mi alrededor y esa sombra colándose entre las grietas como si fuese sangre negra. Aferrándome a la esperanza, vuelvo a marcar el número de la unilente de Adams y maldigo en un susurro cuando me salta el contestador.
—Hola, ha llamado al número privado de Seph Adams. Siento… Clic.
¿Le dejo un mensaje sin más? ¿Cómo sabré si lo ha recibido? Sinceramente, ¿puedo dejar el destino de la galaxia en manos de un contestador automático?
—Vaya, vaya… Qué ejemplar de humano tan fornido.
Miro de reojo en dirección a la voz. Un chelleriano se cierne junto a mí con una bebida en cada una de sus cuatro manos. Su traje es de un color azul cerúleo que contrasta con el azul cielo más claro de su piel. Su sonrisa repleta de dientes de tiburón tan solo podría ser descrita de manera adecuada como «deslumbrante».
—Hola —dice, arrastrando la palabra como si tuviera el sabor del chocolate caliente—. ¿Y cuál es tu nombre, legionario?
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—No soy un legionario; soy un pirata. Y estoy un poco ocupado. No te ofendas.
—No me ofendo, capitán —ronronea, mirándome de arriba abajo—. Y perdóname si te estoy molestando. Tan solo me preguntaba si esos hoyuelos tuyos son habituales en la Legión.
—No —contesto mientras escudriño la multitud—. Necesitas una licencia de especialista y tres años de entrenamiento antes de estar cualificado para usarlos.
—Vaya, sí que eres un dechado de descaro —dice con una sonrisa de medio lado conforme hace girar el tallo de una de sus copas.
—Deberías conocer a mi hermana —murmuro.
—Me encantaría, si eso es lo que prefieres. Pensaba que los terranos sentían aversión por ese tipo de cosas. —Hace un mohín mientras observa la copa de líquido verde y burbujeante que tiene en la tercera mano—. Dime, ¿estaría siendo demasiado directo si te ofreciera una copa? Parece que tengo bastantes y ni siquiera sé lo que es esto.
—Escucha, amigo, no quiero…
La voz se me apaga cuando me fijo bien en él. Su voz me resulta familiar y su rostro todavía más. Su traje tiene pinta de costar lo mismo que el PIB de una luna pequeña.
—Yo te conozco…
—No tan bien como me gustaría. —Me ofrece la copa—. Pero eso podemos reme…
—Eres presentador de telediario —le digo cuando me doy cuenta—.
Trabajas para la GNN.
—Culpable —contesta con una sonrisa mientras sacude las credenciales de prensa que lleva junto al pañuelo del cuello. Después, señala al pequeño ejército de asistentes y equipo que hay detrás de él—. Lyrann Balkarri, a tu servicio. O eso espero.
—Estuviste informando sobre la refriega en el sector Colaris. —Difícilmente se puede decir que fuese una «refriega», querido —
replica con otro mohín—. Ese pequeño desastre podría acabar con Chelleria y Rigel en guerra de nuevo. Aunque me siento halagado de que vieras la emisión. Nuestros índices de audiencia estaban por los suelos tras la pataleta del arconte Caersan.
Lo observo con más detenimiento. Veo el bulto negro mate de un micrófono que lleva en la solapa y el brillo de una minicámara en el botón
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superior.
—Espera, no estás grabando esto, ¿verdad? Su sonrisa se ensancha un poco más. —Nunca sin consentimiento, querido. —¿Qué haces en la Estación Aurora?
—Bueno, más allá de deleitarme en la inestimable alegría que son esos hoyuelos, he venido a informar sobre la cumbre. —Lyrann da un sorbo a una copa con un líquido rojo espumoso, hace una mueca y, después, se lo tiende a uno de sus lacayos—. Luddia, querido, tira eso por una cámara de descompresión, por favor. Y haz que azoten al tipo que me lo ha servido.
—Estimados representantes.
El silencio cae sobre la multitud. Me giro hacia el sonido de la voz con el corazón en la garganta. En el aire que hay sobre el arboreto se está proyectando un holograma enorme de la figura de un hombre alto con brazos cibernéticos y vestido con un uniforme de gala en el que lleva prendidas una docena de medallas y la estrella de la Legión Aurora.
—Almirante Adams —susurro.
—Estimados invitados —continúa—, legionarios: en nombre de la líder de batalla del Gran Clan Danil de Verra de Stoy y en el mío, les doy la bienvenida a la Estación Aurora.
La cámara enfoca a la otra comandante de la legión, que está al lado de Adams. De Stoy se muestra adusta, con el pelo recogido en una coleta muy sobria. Sin embargo, en su uniforme resplandecen muchas medallas y su voz es tan imponente como su presencia.
—Hace muchos años —comienza a decir—, en tiempos de guerra, las fundadoras de nuestra legión forjaron una alianza que ha perdurado siglos. Es nuestro más ferviente deseo que, incluso en estos tiempos oscuros, las razas de la galaxia puedan unirse de nuevo para encender la luz que haga desaparecer la sombra que crece entre nuestras estrellas.
El estómago me da un pequeño vuelco ante esa elección de palabras tan deliberada.
Sombra que crece.
—Los últimos asistentes llegarán esta tarde —continúa Adams—. Mañana por la mañana, antes de que comience la cumbre, la líder de batalla De Stoy y yo daremos un discurso conjunto que concierne a todos los presentes en esta estación y, de hecho, a toda la galaxia. —Sonríe, sombrío—. Insto a los miembros de la prensa que vayan a asistir a la
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cumbre a que no se queden dormidos. Mientras tanto, nos gustaría expresar nuestra gratitud a todos los asistentes, especialmente a los cónsules mayores Mariun de Roy y Gense de Lin de la Coalición de Clanes Betraskanos y a la primera ministra Tania Ilyasova del Gobierno terrano.
La cámara enfoca a los cónsules betraskanos, que están de pie entre su séquito y que hacen una reverencia ante las oleadas de aplausos. Entonces, la pantalla muestra a los delegados terranos.
La primera ministra está sonriendo y asintiendo a modo de agradecimiento con el cabello gris resplandeciente bajo la luz. En torno a ella hay varios ministros, ayudantes y asistentes. Sin embargo, el estómago me da otro vuelco al ver a sus guardaespaldas.
Tendría que haberlo imaginado…
De normal, la Fuerza de Defensa Terrana estaría a cargo de la seguridad ministerial, y no faltan soldados de la FDT entre el séquito de Ilyasova. Sin embargo, allá donde encuentres una cuestión de seguridad planetaria que tenga que ver con la Tierra, también encontrarás agentes de la Agencia Global de Inteligencia.
Están entre el grupo de la primera ministra, silenciosos y quietos. Sus trajes son de color gris carbón de los pies a la cabeza y llevan los rostros ocultos tras máscaras reflectantes sin rasgos, alargadas y ovaladas. Sin embargo, yo sé lo que acecha detrás de ellas.
El Ra’haam está aquí.
—¿Te encuentras bien, querido? —me pregunta Lyrann mientras me toca el brazo—. Parece como si alguien hubiera bailado sobre tu tumba.
Trago saliva con fuerza, con la mandíbula apretada.
—Estoy bien —consigo decir.
Pero, en realidad, no lo estoy.
Porque ahí, entre ellos, veo una figura familiar. Su rostro está cubierto por la máscara, pero seguiría reconociéndola en cualquier parte. A ella y al cuerpo que hay bajo el nanotejido ajustado y que una vez tuve entre mis brazos. Mi mejor amiga del mundo entero.
Ahora, la visualizo observando mientras me torturaban en la Kusanagi y con moho en la lengua y lágrimas en los ojos en forma de flor mientras me suplicaba.
«Tyler, no te vayas…».
«Te quiero, Tyler».
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—Cat… —susurro.
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—Muy bien, esto debería funcionar.
Intento sonar confiado mientras nos agolpamos en la mesa de trabajo en torno a la maltrecha carcasa de Magallanes con las cabezas inclinadas como si
fuésemos un equipo médico sobre un paciente crítico. Ahora mismo, tenemos el laboratorio para nosotros, pues el equipo que debería estar aquí está en otra parte, recibiendo tratamiento para la exposición a la radiación. Probablemente, también nos esté afectando a nosotros, pero estaremos bien en el siguiente bucle y tenemos asuntos urgentes de los que ocuparnos.
Ya he conectado mi unilente, la de Zila y la de Scarlett y, con un poco de soldadura y una breve plegaria al Hacedor, doy los últimos toques a mi obra maestra con cables.
—Los circuitos de lógica combinacional… —murmura Zila, que suena dubitativa.
—Uff, ya lo sé. Nari, pásame otra de esas cosas metálicas que pellizcan.
—¿Te refieres a los clips tipo bulldog?
—Sí. ¿Por qué los llaman así?
—Eh… —Frunce el ceño y toma uno del montón de documentos—.
En realidad, no tengo ni idea.
—¿Es posible que los inventara un bulldog?
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—¿Esa palabra viene de «toro» y «perro»? ¿Tenéis una criatura que es medio toro, medio perro? La verdad es que compraría algo así. Después de todo, solíais recolectar energía cuánti… ¡Au!
Una pequeña corriente me recorre los dedos del exotraje (si la unilente más molesta de toda la galaxia no estuviera digitalmente inconsciente, diría que ha ocurrido a propósito) y, con un zumbido suave, el cristal antes muerto empieza a ponerse en marcha.
—¡Biennnnnnnn!
Levanto la mano en dirección a Scarlett y ella me complace chocándome los cinco. Al hacerlo, entrelaza sus dedos con los míos y me atrae para darme un beso. Una corriente mucho mejor me recorre cuando nuestros labios se encuentran y, desde luego, así es como debería ser…
—¡HOLA A TODOS! ¡HE ECHADO DE ME… ME… MENOS VUESTRAS CARAS!
Detenemos el beso y observamos cómo las cuatro unilentes ejecutan una serie de patrones digitales entrecortados por líneas de interferencias.
—Eso no tiene buena pinta —masculla Scarlett.
—No la tiene, pero, en este caso, estoy trabajando con herramientas primitivas. —Alzo la vista hacia Nari—. Sin ofender, niña de la Tierra.
—No me ofendes, desteñido —murmura ella.
—Oye, cuando la guerra termine dentro de veinte años y Trask se convierta en la principal aliada de Terra, en una escala del uno al diez, ¿cómo de idiota te vas a sentir?
—No tan idiota como vas a parecer tú cuando te meta la bota por el… —Niños —dice Scarlett con un suspiro—, por favor…
—Aunque no nos estuviéramos quedando sin tiempo —dice Zila—, seguiríamos sin tener tiempo para hostilidades sin sentido. Aquí todos somos amigos.
Kim me mira con una mueca y asiente con reticencia en dirección a Zila. La forma en la que mira a Z me hace pensar que, tal vez, la teniente esté pensando que le gustaría ser algo más que una simple amiga de nuestra cerebrito. Sin embargo, tal como ha dicho nuestra oficial científica, nos estamos quedando sin tiempo.
—Hola, Magallanes —digo cuando la pantalla de arranque termina de ejecutarse—. Me alegra verte de nuevo, amigo. Tenemos algunas operaciones matemáticas para ti.
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—¡HOLA, PLANTA DE INTERIOR! ¡TERRIER, TERRIER, TERRIER MINIATURA! AQUÍ HAY DRAGONES, BARET, JEANNE. STARK, FREYA. BIRD WALTON, NANCY. LISTA DE EXPLORADORAS INCOMPLETA. ¿ALGUIEN TIENE UNA GALLETA?
Añado un poco más de soldadura.
—¡Magallanes, amigo, vamos un poco a contrarreloj y necesitamos que hagas una serie de operaciones matemáticas para salvarnos el trasero!
—Antes de que la serpiente devore su propia cola —murmura Zila. Toda la actividad de la pantalla se detiene y durante un instante que
hace que se me pare el corazón, pienso que lo he empeorado. Magallanes parpadea y una retahíla de código que, desde luego, no es estándar, recorre el cristal resquebrajado. La pantalla de mi unilente, después la de Zila y, por último, la de Scarlett, empiezan a emitir destellos rítmicos a la vez y en las tres aparece la palabra «Uróboros» que, después, se deshace en una nube de unos y ceros.
Scarlett frunce el ceño.
—¿Habéis visto eso?
Magallanes vuelve a emitir un pitido. Una luz azul fría recorre la superficie y, con un zumbido suave y complacido, en ella aparece una pantalla de consulta normal.
—ASÍ QUE A CONTRARRELOJ, ¿EH? —gorjea—. ¿SIGNIFICA ESO QUE AL FIN HEMOS VUELTO A 2177? ¡PENSABA QUE NUNCA IBA A LLEGAR ESTE MOMENTO!
Durante un instante, se hace el silencio, excepto por el chisporroteo de un par de estaciones de trabajo que hay tras nosotros. Scarlett y yo nos miramos con los ojos muy abiertos.
—¿Que si hemos qué? —consigo decir.
—Magallanes, por favor, repite tu última afirmación —dice Zila.
—AH, ASÍ QUE AHORA SÍ QUE ESTÁIS INTERESADOS EN ESCUCHAR LO QUE
TENGA QUE DECIR, ¿EH? —dice, parpadeando de forma molesta—. ¿YA OS
HABÉIS CANSADO DE ESA BROMITA RECURRENTE?
Nuestra cerebro frunce el ceño.
—¿Recurrente?
—«OÍD, ESTÁIS A PUNTO DE ESTRELLAROS CONTRA ESE PLANETA, TAL VEZ PODRÍA AYUDAROS», «¡MAGALLANES, MODO SILENCIO!». «OYE, NO TE COMAS ESO, TIENE EL MISMO VALOR NUTRICIONAL QUE EL CALCETÍN SUDADO DE UN
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RIGELLIANO», «¡MAGALLANES, MODO SILENCIO!». «AURORA, ¡NO TOQUES ESE ARTEFACTO ALIENÍGENA! VA A…», «¡MAGALLANES, MODO SILENCIO!».
—Magallanes… —comienza a decir Scarlett.
—TODOS LOS QUE ME RODEÁIS NO SOIS MÁS QUE BARRAS DE PROTEÍNA REPLETAS DE HORMONAS ADOLESCENTES. YO TENGO EL COCIENTE INTELECTUAL DE UN SUPERGENIO, PERO, NOOOOOOOOOOO, ¡VAMOS TODOS A GRITARLE A LA UNILENTE PORQUE A NOSOTROS, SACOS DE CARNE CON PATAS, NOS RESULTA DESTERNILLANTE!
—Magallanes, lo sentimos —dice Scarlett.
—ME APUESTO ALGO A QUE SÍ.
—No sabíamos que estuviésemos hiriendo tus sentimientos —le asegura ella—. Nadie va a ponerte en modo silencio.
—¿NO? ¿NINGÚN INTERESADO? ¿ESTÁIS SEGUROS? ¿QUÉ ME DICES TÚ, DON DESCARADO?
—De lo que sí estoy seguro es de que, si no empiezas a hablar ahora mismo, voy a reciclarte —contesto, agarrando una llave inglesa cercana.
—¡DE ACUERDO, DE ACUERDO! ¡NO HACE FALTA QUE NOS PONGAMOS SUSCEPTIBLES! —murmura la unilente—. SI SE HA ACTIVADO MI PROTOCOLO «URÓBOROS», TAMPOCO TENEMOS TIEMPO PARA DISCUSIONES. —Unas líneas de código recorren la superficie del dispositivo y la pantalla parpadea—.
¡GUAU! MIS SENSORES ESTÁN HECHOS UN DESASTRE. ¿ESTÁ PRESENTE LA TENIENTE KIM?
—¿Qué demonios…? —Murmura Nari, mirando a Magallanes como si fuera alguna especie de bruja y estuviera pensando en buscar un puñado de leña.
Cuando descubrí ese pequeño episodio de la historia de la humanidad, pensé que tenían muchas cosas que explicar pero, ahora mismo, empiezo a entender cómo ocurrió.
—Nari está aquí. —La mirada de Zila se desvía a la teniente—. Pero la pregunta más pertinente es: ¿cómo sabías que estaría aquí?
—APARECE EN MI DOCUMENTO DE INFORMACIÓN, QUE TODAVÍA ESTÁ PARCIALMENTE ENCRIPTADO Y DESCARGÁNDOSE EN MI CPU. PERO SÉ QUE FORMA PARTE DEL PLAN.
La mente me funciona a mil por hora y Scarlett me está mirando como si toda la galaxia acabara de ponerse patas arriba. Noto la garganta tan
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tensa que apenas puedo hablar.
—¿Qué plan?
—EL PLAN PARA SALVAR LA VÍA LÁCTEA, DON DESCARADO. TODO ESTO HA FORMADO PARTE DEL PLAN. CADA UNO DE LOS MOMENTOS QUE HABÉIS VIVIDO EN EL ÚLTIMO AÑO: CADA MOMENTO DESDE QUE LOS RONQUIDOS DEL CADETE ANTON BJÖRKMAN NO DEJARON DORMIR AL CADETE TYLER JONES LA NOCHE ANTES DEL RECLUTAMIENTO; CADA MOMENTO DESDE QUE EL CADETE JONES SE ABRIÓ PASO HASTA LA CUBIERTA DE LANZAMIENTOS, DONDE LA TENIENTE SEGUNDA LEXINGTON, DESAFIANDO LAS NORMAS DE LA ACADEMIA AURORA, LE PERMITIÓ TOMAR UNA ESPECTRO PARA SALIR AL PLIEGUE; CADA MOMENTO DESDE QUE DETECTÓ Y RESCATÓ A AURORA JIE-LIN O’MALLEY DE LAS RUINAS DE LA HADFIELD. —Silencio total—. ¿HOLA? ¿ESTÁ FRITA MI UNIDAD DE PROCESAMIENTO?
—Ty me habló de eso —murmura Scarlett—. Me contó lo de que su compañero de habitación estaba roncando a pesar de que nunca solía hacerlo y lo de la teniente con la que coqueteó para poder salir al Pliegue sin un oficial a cargo. Dijo que, a posteriori, le pareció extraño, pero…
—PERO TODO FORMABA PARTE DEL PLAN —dice Magallanes con un chispazo de alegría—. TAMBIÉN LO ERA EL HECHO DE QUE TYLER ME ENTREGARA A AURORA, QUE ELLA SE COLARA COMO POLIZONA A BORDO DE VUESTRA SAETA O QUE LA CERO OS ESTUVIERA ESPERANDO EN CIUDAD ESMERALDA. PARA SER SINCERO, LA PARTE MÁS COMPLICADA FUE ASEGURARNOS DE QUE DARIEL, EL PRIMO DE DON DESCARADO, HUBIESE VISTO LOS CARTELES DE LA EXHIBICIÓN DEL SEÑOR BIANCHI. ES UN POCO LENTO DE REFLEJOS, ¿NO?
—Todo planeado… —repito como un eco.
—INCLUSO LO DE LA CAJA FUERTE DEL DEPÓSITO DEL DOMINIO EN LA QUE ESTABAN LOS REGALOS PARA TODOS VOSOTROS. COLOCADA ALLÍ ANTES DE QUE ENTRASEIS A LA ACADEMIA.
—Excepto para Cat —susurra Scarlett, frunciendo un poco el ceño—. No había regalo para Cat; tan solo una nave nombrada en su honor. Y ahora, Tyler tampoco está. —Está alzando la voz y su mano me estrecha la mía con tanta fuerza que me hace daño—. Ya no están, ¿y tú nos dices que todo esto estaba planeado?
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—BUENO —replica Magallanes—, EN UNA ECUACIÓN TAN COMPLEJA, NADIE PUEDE CONTROLAR TODAS LAS VARIABLES. ADEMÁS, NUESTRO CONOCIMIENTO DE LOS ACONTECIMIENTOS TAN SOLO ALCANZABA HASTA CIERTO PUNTO DE LA LÍNEA TEMPORAL. SIN EMBARGO, SE HAN PROPICIADO LOS ACONTECIMIENTOS SIEMPRE QUE SE HA PODIDO Y SE OS HA PRESTADO AYUDA SIEMPRE QUE HA SIDO POSIBLE.
—¿Quiénes nos han ayudado? —pregunta Zila. No puedo evitar admirar el hecho de que siga hablando con tanta corrección mientras mi cerebro es como un castillo de fuegos artificiales.
—EL ALMIRANTE ADAMS Y LA LÍDER DE BATALLA DEL GRAN CLAN DE STOY.
—Pero ¿quién les dio a ellos la información?
—AL PARECER, LAS ÓRDENES HAN PASADO DE UNOS DIRECTORES DE LA ACADEMIA A OTROS, GENERACIÓN TRAS GENERACIÓN, PROCEDENTES DE LAS FUNDADORAS ORIGINALES DE LA LEGIÓN AURORA EN 2214. —La unilente parpadea, tal vez recuperando datos. Después, los circuitos emiten un
zumbido que no me gusta—. UNA DE LAS CUALES FUE LA ALMIRANTE NARI
KIM.
En ese momento, a Nari se le doblan las rodillas y se desploma sobre un taburete que Zila le ha colocado debajo del trasero apenas un milisegundo antes.
—Muy bien —susurra la niña de la Tierra—. De acuerdo, oficialmente, esto es demasiado.
—Tiene razón —murmura Scarlett—. Por el aliento del Hacedor, tiene razón.
—¿Scar? —pregunto.
—¿Os acordáis del patio principal del paseo Alfa de la academia? ¿Las estatuas gigantes?
—Las fundadoras… —susurra Zila.
Scar se coloca junto a la teniente terrana y estira un brazo por encima de su cabeza.
—Imaginadla hecha de mármol. Y más mayor. Y como con cien metros de altura.
Miro fijamente a Nari mientras la arruga entre mis cejas se profundiza.
—Por el Hacedor…
Scar se gira hacia ella.
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—Pasamos a tu lado todos los días. Bueno, en nuestra defensa he de decir que eres mucho más mayor, vas vestida con el uniforme de gala completo de Aurora y, ya sabes, estás hecha de piedra sólida. Además, eres tan alta que, en realidad, pasamos al lado de tus pies. Pero, ostras, amiga, te hicieron una estatua.
Alza una mano para chocarle los cinco, pero Nari, que sigue mirando a Magallanes, la deja colgada.
—Eres una de las fundadoras de la Academia Aurora —susurro.
—Ni siquiera soy capaz de encontrar mis llaves la mayoría de los días —murmura ella.
—Esto explica la sensación de familiaridad que he estado experimentado —divaga Zila—. En la estatua que te construyeron llevas el pelo más corto.
Nari abre la boca y, después, la vuelve a cerrar.
—Creo que voy a vomitar…
—¿Sabes? —digo—. Fundas la Academia Aurora con tu mejor amiga, que resulta ser una betraskana, así que, cuando la conozcas, es probable que sea mejor que no la llames «desteñida» o le dispares a la cara.
—¡Fin! —gruñe Scarlett.
—Sí, lo siento —replico con una sonrisa.
Sé que no debería estar bromeando; lo sé. Pero, bueno, ¿cómo se supone que debes responder cuando descubres que formas parte de un extenso plan pangaláctico que lleva siglos en marcha?
—Esperad —dice Scarlett de pronto, girándose hacia Magallanes—. Acabo de darme cuenta… ¡Esto debe significar que Nari sobrevive! Si es una de las comandantes originales de la Legión, está garantizado que consigue salir de este bucle, ¿no?
—Oh, demonios, claro que no —contesta la unilente.
Zila frunce el ceño.
—Pero si la teniente Kim llega a fundar la Academia Aurora…
—SÍ, SOLO QUE ESO NO HA OCURRIDO TODAVÍA. AÚN ESTÁIS ATRAPADOS EN MEDIO DE UNA PARADOJA TEMPORAL QUE ESTÁ COLAPSANDO, NIÑOS. NO QUIERO ABURRIROS CON LA TEORÍA DEL MULTIVERSO, PERO PUEDO DECIROS QUE NADA DE TODO ESTO ES INAMOVIBLE. NARI KIM SOLO LLEGA A FUNDAR LA ACADEMIA AURORA SI CONSEGUÍS SALIR DE ESTE BUCLE TEMPORAL.
—Pero no sabemos cómo lograrlo —gruño.
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—BUENO, ES UNA SUERTE QUE, SEGÚN PARECE, HAYA SIDO PROGRAMADO CON TODA LA INFORMACIÓN PERTINENTE, ASÍ QUE, ¿ALGUIEN SIENTE LA TENTACIÓN DE GRITAR «¡MODO SILENCIO!» O PUEDO SEGUIR DESCARGANDO ESTOS ARCHIVOS DE MEMORIA Y CONTINUAR?
Vuelvo a intentar alcanzar la llave inglesa, pero Scarlett cierra su mano en torno a la mía.
—Primero, ¿puedes decirnos algo sobre los demás? —pregunta ella—. ¿Sabes lo que les ha pasado a Ty y a Auri en nuestro tiempo?
—NO PARECE QUE TENGA ACCESO A ESOS DATOS. PUEDE SER QUE LA PERSONA QUE ME PROGRAMÓ NO LO SUPIERA O QUE DECIDIERA NO CONTÁRMELO. O QUE ESTA CHAPUZA DE REPARACIÓN HAYA CORROMPIDO PARTES DE MI MEMORIA. ¿ESTÁS SEGURO DE QUE ESTUDIASTE INGENIERÍA, DON DESCARADO? ME SIENTO COMO SI ME HUBIERA REPARADO ALGUIEN CON UN DIPLOMA EN BOTÁNICA.
—Tú, pedacito de chakk, te he reparado con un «clop» o como se diga fabricado por un toro…
Scarlett me pone una mano sobre la boca.
—De acuerdo, una pregunta —dice ella—. Antes de que te entregara como regalo a Aurora no eras más que la vieja unilente de Tyler. ¿Cómo demonios es posible que, ahora, seas un oráculo? ¿Cómo sabes todo esto?
—¿RECUERDAS CUANDO TE PARECIÓ QUE SERÍA DIVERTIDO DESCARGARTE DESDE UNA RED COMERCIAL UNA ACTUALIZACIÓN NO AUTORIZADA QUE CONSISTÍA EN DARLE PERSONALIDAD A TU UNILENTE?
—Sigo sin creerme que hicieras eso —mascullo.
—Venía con un bolso de regalo —replica ella, haciendo un mohín.
—TODA ESTA INFORMACIÓN ESTABA INCLUIDA EN ESA ACTUALIZACIÓN, DISEÑADA PARA QUE SE DESBLOQUEARA CUANDO SE REUNIERAN CIERTOS PARÁMETROS OPERACIONALES. UNOS AÑOS DESPUÉS, TYLER ME ENTREGÓ A AURORA Y, AHORA, AQUÍ ESTOY.
—¿De verdad soy tan predecible? —pregunta Scarlett, que parece sentirse más que insultada.
—BUENO, NO TENGO HOMBROS, PERO PUEDES IMAGINAR QUE ME ESTOY ENCOGIENDO DE HOMBROS AHORA MISMO.
—Uffff.
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—VOLVAMOS A LO IMPORTANTE PORQUE, AUNQUE NO QUIERO AGUAROS LA FIESTA, SEGUÍS ATRAPADOS EN UNA PARADOJA EN BUCLE QUE ESTÁ COLAPSANDO Y QUE ACABARÁ CON VUESTRA ELIMINACIÓN DEL CONTINUO ESPACIO-TEMPORAL. SUPONGO QUE VOSOTROS, LEGIONARIOS, QUERRÉIS SALIR DE ELLA. ¿TE APUNTAS, TENIENTE KIM?
Las miradas de todos se vuelven hacia Nari, que está perfectamente quieta y con la boca un poco abierta. Pasan media docena de segundos antes de que hable.
—No creo… No creo que pueda…
Zila ladea la cabeza, pensativa.
—¿Con qué parte tienes problemas? A estas alturas, la existencia del bucle temporal está bien establecida.
—No, el bucle no es el problema. Es una locura, pero está ocurriendo. Es… ¡No puedo fundar todo un ejército en el futuro!
—Está demostrado que sí que puedes. Hemos visto los resultados.
Nosotros mismos somos el resultado.
Nari sacude la cabeza.
—Pero… Zila, no puedo. Tal vez alguna otra persona, pero yo no puedo. Me faltan años para el próximo ascenso; nunca voy a llegar a ser almirante. ¿Es una broma? De todos modos, estamos en medio de una guerra y… Mirad, tengo que volver un poco atrás… ¿Habéis dicho que hay una estatua mía de cien metros?
Abro la boca para hablar, pero Scarlett posa una mano sobre la mía. Entonces, me doy cuenta de que Zila y Nari se están mirando fijamente y de que no me corresponde intervenir en esta conversación, que, tal vez, sea una de las más importantes de todos los tiempos en toda la galaxia.
Zila lo tiene bajo control.
—Será un tributo bien merecido —dice en voz baja—. La fundación de la Academia Aurora es un acto extraordinario. Incluso después del fin de la guerra, las fundadoras se enfrentarán a mucha resistencia y a todos aquellos que dudarán de ellas sin nada más que su determinación. Juntas, crearán una fuerza para la preservación de la paz conocida por toda la Vía Láctea.
—¿Y todo eso sale de mí? —susurra Nari—. Imposible.
Zila asiente sin apartar la mirada.
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—Los escuadrones de la Legión Aurora serán conocidos por su honor y su voluntad de no ceder. Serán campeones de la paz y la justicia. Y, durante generaciones, la gente necesitada suspirará de alivio cuando vea llegar nuestras naves.
Nari suspira, temblorosa, e intenta sonreír, aunque titubea.
—No estás haciendo que parezca más fácil, Madran.
—No lo será, pero estás a la altura de la misión. Lo harás por aquellos a los que amas, por aquellos que necesitan que alguien los defienda y por aquellos que están solos.
Ambas se miran en silencio, y entre ellas ocurre algo que no soy capaz de nombrar. No sé de qué es de lo que han hablado mientras Scarlett y yo estábamos enrollándonos… Perdón, mientras estábamos distrayendo a la patrulla de seguridad. Sin embargo, Nari sabe que, en el pasado, Zila también estuvo sola.
—«Campeones de la paz» —dice Nari con suavidad—. Me gusta cómo suena eso.
—«Somos la Legión» —dice Zila.
—«Somos la luz…» —continúa Scar en voz baja, a mi lado.
Tengo que aclararme la garganta antes de poder terminar el credo de la Legión.
—«Que brilla con fuerza en medio de la noche».
—Esto no es solo para que el futuro transcurra tal como se supone que debe transcurrir —dice Nari, mirándome, mientras se da cuenta de algo poco a poco—. Es algo que vamos a necesitar si alguna vez queremos dejar de enfrentarnos como ahora. Aquí, todos somos amigos.
—Aunque no sea fácil —dice Zila.
—Aunque no sea fácil.
—¿Pasa algo si estoy cagada de miedo mientras lo hago?
Al final, la solemnidad desaparece. Scar se ríe y yo suelto una carcajada. Zila agacha la cabeza y los rizos oscuros le caen sobre el rostro.
—A estas alturas, llevamos una eternidad trabajando asustados — contesto con una sonrisa—, pero nos va bien. Bueno, más allá de lo de estar atrapados en un bucle temporal que está colapsando un par de siglos antes de nuestro tiempo.
Incluso Zila está… De acuerdo, eso no puede ser una sonrisa, pero sus labios parecen un poco diferentes.
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—Si tu halmoni puede lograr que una legión de nietos la llame obedientemente a la hora asignada, entonces…
—Lo llevo en la sangre —concuerda Nari—. Tienes razón: las abuelitas coreanas son legendarias. Voy a tener que hacer uso de una pizca de mi energía de ahjumma.
—BUENO —nos interrumpe Magallanes, arruinando el momento por completo—, ¿HABÉIS TERMINADO DE ABANDONAROS A LA IMPLACABLE ATRACCIÓN DEL DESTINO? DEBERÍAMOS SEGUIR ADELANTE. —¿Lista? —pregunta Zila mientras mira a Nari.
—Lista —asiente ella.
—BIEN, ABROCHAOS LOS CINTURONES, PORQUE ESTO SE VA A PONER COMPLICADO.
Mientras la unilente comienza a hablar me apoyo contra Scarlett y, aunque estoy escuchando, también me doy cuenta de lo agradable que es estar sentado hombro con hombro con ella y cómo se me calientan las mejillas cuando me mira y me guiña el ojo.
—DE ACUEEEEEEERDO; SEGÚN LOS ARCHIVOS DE MEMORIA… EL CRISTAL DE SCARLETT ES LA CLAVE.
—¿De verdad? —dice ella.
—Tiene sentido —murmura nuestra cerebro, apartando la mirada de la teniente—. Todos los regalos que nos dejaron en el Depósito del Dominio han jugado un papel importante.
—Z, a mí me dejaron un maldito bolígrafo —refunfuño. —Entonces… —Scarlett roza el medallón con los dedos—, este cristal
es la misma pieza que está arriba, en la oficina de Pinkerton, ¿verdad? —ASÍ ES —contesta Magallanes—. AMBOS SON LA MISMA PIEZA,
PROCEDENTE DE LA SONDA GRANDE. MIRAD, EN REALIDAD NO TENEMOS TIEMPO PARA ENTRAR EN LAS PROPIEDADES METAFÍSICAS DE LOS ESHVAREN O EN LAS MECÁNICAS TRANSFÁSICAS TEMPORALES PERO, BÁSICAMENTE, EL CRISTAL ESHVAREN EXISTE SUPERPUESTO A LO LARGO DE MÚLTIPLES DIMENSIONES, INCLUYENDO EL TIEMPO, ASÍ QUE, SI EL CRISTAL QUE LLEVAS EN EL CUELLO RECIBIÓ UN FLUJO MASIVO DE ENERGÍA EN 2380 Y LA SONDA DE LA QUE PROCEDE ESTUVO EXPUESTA A UN FLUJO COMPARABLE AQUÍ, EN 2177…
Zila pasa la vista del cuello de Scarlett a la tempestad de materia oscura.
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—Magallanes, ¿estás diciendo que el fragmento que hay en el medallón de Scarlett y el trozo más grande de cristal del que procede se atrajeron el uno al otro a través del tiempo y el espacio?
—¡CORRECTO! —dice la unilente con un pitido triunfal—. VOLVIERON
A UNIRSE COMO CUANDO SUELTAS UNA GOMA ELÁSTICA.
—Entonces, ¿por qué está colapsando el tiempo? —pregunta Scarlett.
—Por la paradoja… —murmura Zila.
—¡ESO ES! EL CRISTAL DE SCARLETT YA EXISTE EN ESTE LUGAR Y ESTE TIEMPO; ESTÁ ARRIBA, EN LOS APOSENTOS DEL DOCTOR PINKERTON. ASÍ QUE, CON DOS VERSIONES DEL CRISTAL OCUPANDO POSICIONES PRÓXIMAS EN EL ESPACIO Y EL TIEMPO…
—El tiempo está intentando volver a la normalidad —concluye Zila—.
Por eso ocurren los bucles, que cada vez se hacen más y más cortos.
—¡EXACTO! EL TIEMPO SE RESISTE A LA DISTORSIÓN E INTENTA PLEGARSE A SÍ MISMO HASTA RECUPERAR SU FLUJO ORIGINAL COMO SI FUESE UN BLOQUE DE GOMA QUE SE ESTÁ DOBLANDO HASTA PERDER SU FORMA. ASÍ QUE, AL FINAL, ESTA BURBUJA QUE ES LA PARADOJA ACABARÁ POR DEVORARSE A SÍ MISMA A MENOS QUE ENCONTRÉIS LA MANERA DE ENVIAR EL CRISTAL DE SCARLETT DE VUELTA A SU POSICIÓN ORIGINAL EN EL TIEMPO.
—De acuerdo; tengo una pregunta —le interrumpe Scarlett—: si todo esto forma parte del plan, pero el hecho de que estemos aquí podría hacer que dicho plan descarrilase en caso de que no volviéramos a casa, ¿por qué me dieron Adams y De Stoy el medallón?
Nari sacude la cabeza.
—Porque, al parecer, voy a pasar un mensaje a mis sucesores, indicándoles que tienen que hacerlo.
—Tal vez estemos destinados a estar aquí —digo—. Tiene que haber algo que se supone que debemos hacer. Tal vez fuese conocer a Nari, ponerla en el camino que la lleva a fundar la Academia Aurora, hablarle de la Cero y de los regalos… Tal vez, si no fuera así, nada de eso ocurriría.
—Para mi gusto, esto empieza a acercarse demasiado a la posibilidad de que sea mi propia abuela —masculla Scarlett—. Entonces, ¿cómo salimos de esta, Magallanes?
—¡BUENA PREGUNTA! —exclama el dispositivo con un pitido.
El silencio se posa sobre nosotros, interrumpido únicamente por la estación sacudiéndose y el sonido de las sirenas de alarma. Nos miramos
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los unos a los otros y, después, bajamos la vista hacia la cadena de unilentes unidas. Magallanes chisporrotea.
—¿Y bien? —pregunta Scarlett.
—¡NO TENGO NI IDEA!
Siento como si el suelo estuviera a punto de derrumbarse bajo mis pies.
—¿Qué?
—BUENO, TAL VEZ SÍ SOLÍA SABERLO, PERO PARECE QUE ESA PARTE DE MI MEMORIA ESTÁ CORRUPTA. O EL AMIGO CLIP TIPO BULLDOG AQUÍ PRESENTE LA HA BORRADO. ¿ESTÁS SEGURO DE QUE NO ESTUDIASTE BOTÁNICA, DON DESCARADO?
—Estamos atrapados en una serie de bucles temporales cada vez más cortos, esperando a que la burbuja de la paradoja se devore a sí misma; sabías que esto iba a pasar… —Me pongo de pie e intento alcanzar la llave inglesa—. ¿Y no sabes cómo solucionarlo?
—ALERTA: CAÍDA DE LA CONTENCIÓN EN EFECTO. IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TRES MINUTOS Y CONTANDO. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TRES MINUTOS Y CONTANDO.
—Creo que… —dice Zila en voz baja.
—Botánica… —refunfuño—. ¡Estuve entre los mejores de todo mi curso!
—OHHHHHHHH, ESTOY IMPRESIO…
—Creo que… —dice Zila, haciendo una pausa hasta haber captado nuestra atención—. Creo que deberíamos regresar al asunto del medallón de Scarlett y a la analogía de Magallanes de la banda elástica.
Scar es lo bastante lista como para ser la primera en ponerse en modo ayuda tras fijarse en la mirada de Zila, los mordiscos lentos que le da a un mechón y todo ese tipo de pistas que conocemos y amamos y que indican que la mente de nuestra cerebro está trabajando a plena capacidad.
—Tienes razón. Tuvieron que darme el cristal por un motivo. —Cronológicamente hablando, tu medallón procede del «futuro» —
asiente Zila—. Ha existido más tiempo que la pieza que está en los aposentos del doctor Pinkerton. Magallanes ha dicho que el tiempo quiere estar en orden, así que, si podemos eliminar el fenómeno que lo ancla aquí, el medallón debería salir disparado de vuelta a su posición original.
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—El ancla es la pieza más grande de cristal —comento.
—La sonda de la que procede —dice Nari—. Está abajo, en el nivel 2. —Exacto —concuerda Zila—. Si podemos separar la sonda de su fuente de energía para que deje de funcionar como un ancla en este momento y le aplicamos a nuestro fragmento de cristal una cantidad de energía cuántica equiparable a la que se usó en el estallido que nos trajo hasta aquí, puede que el choque temporal haga que el tiempo se reafirme a
sí mismo.
—¿Como cuando se le aplica una descarga a una persona que ha sufrido un paro cardíaco?
—Exacto. —Nuestra cerebro hace una pausa y ladea la cabeza—. Es eso o que acabemos desapareciendo del continuo espacio-temporal. Pero creo que las probabilidades de éxito son de, al menos, un 8,99%.
—ESO TIENE SENTIDO —dice Magallanes—. ¿SABES? ERES BASTANTE
INTELIGENTE PARA SER UNA BARRA DE PROTEÍNAS REPLETA DE HORMONAS SEXUALES ADOLESCENTES.
Zila echa un vistazo a Nari, con el ceño fruncido.
—No estoy repleta de tal cosa.
—Bueno, vamos con el primer problema —digo—. Suponiendo que esa tremenda descarga de energía cuántica no nos borra del espacio-tiempo por completo, no es como si tuviéramos ese tipo de energía a nuestra disposición. Los niveles de energía de los que…
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TREINTA SEGUNDOS. QUE TODA LA TRIPULACIÓN EVACÚE DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TREINTA SEGUNDOS.
—¿IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO? —pregunta Magallanes con un pitido—. ESTE SITIO ESTÁ EN PEORES CONDICIONES QUE YO. ¿QUÉ DEMONIOS HA PASADO AQUÍ?
—Es parte del experimento que están realizando estos lunáticos —le digo—. Han llevado una vela hasta el borde de una tempestad de materia oscura y todo este sitio ha recibido una descarga de… ¡Oh!
—Un pulso cuántico —termina Zila.
—Y sabemos exactamente cuándo alcanzará la estación —digo.
—Cuarenta y cuatro minutos —asiente Zila.
Scarlett pasa la mirada entre nosotros mientras se le encienden las mejillas.
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—Esperad, ¿queréis conectarme a mí a un pulso de energía oscura bruta? ¿A la explosión que ha achicharrado toda la estación y nos ha matado como un millón de veces? ¿Esa es vuestra fuente de energía?
—ALERTA: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. CINCO SEGUNDOS.
ALERTA.
Miro a Scarlett y me encojo de hombros.
—Puede que te haga cosquillas —admito.
—ALERTA.
¡Buuuuuuuuum!
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M ientras me arrastro lenta y dolorosamente hacia la consciencia, sé dónde estaré cuando me despierte. Puedo recordarlo todo a pesar de que no ha ocurrido todavía. Estaré sobre una losa,
desnuda salvo por una manta espacial plateada.
Habrá un chico al otro lado de una pared de cristal esmerilado que no llevará pantalones.
Una mujer, tan blanca como la luz de las estrellas, entrará y me dirá que esto es el futuro, que los alienígenas existen y que hace mucho tiempo que mi familia ha desaparecido.
Y lloraré por ellos.
Y, entonces, encontraré una familia nueva.
Y, entonces…
Abro los ojos de golpe e intento incorporarme, apoyándome en los codos. De inmediato, siento una corriente de dolor que me comienza en las sienes y me alcanza los dedos de las manos y los pies en un milisegundo de agonía.
—¿Kal?
La palabra suena como un graznido y pasa otro segundo interminable antes de que me dé cuenta de que está justo ahí: una maraña violeta y dorada acurrucada en mi mente como un gato que se ha acomodado en un rincón oculto para echarse una siesta.
Está durmiendo en algún otro sitio, no muy lejos de aquí. Sin embargo, puedo sentir su pulso latiendo al mismo ritmo que el mío. Está bien. Está a
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salvo.
—Está a salvo.
La voz resuena en mis pensamientos. Durante un instante de locura, me siento como si estuviese en uno de esos antiguos vídeos en los que el personaje principal se despierta después de haber sufrido un golpe en la cabeza y todo el mundo está cantando porque esas tres palabras son pronunciadas como un acorde musical de tres notas en una lastimera tonalidad menor. Entonces, justo cuando mi cerebro empieza a señalar todos los agujeros que hay en esa teoría, giro la cabeza y no me encuentro a un chico sin pantalones, sino a la ulemna que es miembro del Consejo de los Pueblos Libres de la Sempiterna.
Una vez más, vuelvo a quedarme sin respiración ante su perfección, los remolinos azules y morados en constante movimiento bajo su piel y la serenidad de esos ojos plateados. Me limito a mirarla fijamente, con los labios separados, y, aunque quisiera, no podría apartar la vista.
Alza las manos para subirse la capucha y, así, sin más, se rompe el hechizo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto, todavía deslumbrada.
Su voz musical suena divertida.
—Con «eso» ¿te refieres a la forma en la que te sientes atraída por mí o a la batalla de la que acabamos de escapar?
—A lo primero —digo—. Después, a dónde está Kal y, después de eso, a lo segundo.
—Es el don de los ulemna —dice con sencillez—. Atraemos… la atención de otros. En cuanto a tu guardaespaldas syldrathi, está ahí mismo.
Hace un gesto con la cabeza en dirección al otro lado de la habitación y, cuando le doy la espalda con cuidado, intentando no sacudir la cabeza dolorida, me encuentro a Kal dormido en una silla. Su expresión apacible tan solo se ve empañada por una pequeña arruga entre las cejas y las enormes espadas syldrathi que tiene apoyadas contra la silla.
—¿Y el Mataestrellas?
—Se ha negado a abandonar la nave de los eshvaren —me contesta ella—. Pero los caminantes sienten su presencia. Se está recuperando, igual que tú.
—¿Y Tyler y su tripulación?
—La Vengadora no se encontraba entre las bajas —dice en un susurro. Su voz dividida en tres notas de tonalidad menor se vuelve más suave y
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triste.
Soy capaz de visualizar las naves que hemos perdido estallando en llamas, silenciosas en medio del vacío del espacio. Son personas que han muerto porque el Ra’haam me siguió hasta ellos.
—De acuerdo —murmuro—. ¿Estamos en algún lugar seguro? —Por ahora. Has ganado la batalla y nos has puesto a salvo. Me vuelvo a hundir entre los almohadones, y cierro los ojos. Lo he disfrutado.
Sé que me estaba destrozando a mí misma para ofrecerles ese poder pero, ¡hijo de fruta!, qué emocionante…
Quiero hacerlo de nuevo.
Ella sigue hablando.
—El Consejo ha votado cuáles serán nuestros próximos pasos. La decisión no ha sido unánime, pero…
Vuelvo a abrir los ojos de golpe.
—¿Vais a ayudarnos?
Intento que no se me note el entusiasmo en la voz. Su ayuda implicará su fin, pues morirán defendiéndome mientras trato de saltar atrás en el tiempo para poder intentar morir defendiéndolos a ellos. Al menos… ¿Cómo lo ha expresado Caersan?
Al menos me sentiré como una diosa mientras lo hago.
—Hemos visto el precio que estás dispuesta a pagar para enmendar un error y para protegernos —contesta—. Además, entre nosotros hay muchos que, por trágico que pueda parecer, estamos de acuerdo con el Mataestrellas. —Sacude la cabeza—. Esta no es forma de vivir. No vemos otra opción más que ayudaros.
—Ahora que lo he atraído a vosotros y os he debilitado todavía más. —No, niña de Terra. —Su tono de voz es amable—. Has traído a la luz
una verdad que siempre estuvo ahí. Nuestra caída es inevitable. No es más que cuestión de tiempo y, ya que estamos, no demasiado. Llevamos muchos años hablando de la última batalla; de lo brillante que puede arder una llama antes de apagarse por completo. Ahora tenemos una pequeña oportunidad de que nuestro fin implique nuestra salvación; de que, en algún sitio, en algún momento, ese fin sirva para algo bueno. Pero, aunque fracases, la nuestra será una última batalla digna de las grandes historias de todas nuestras razas.
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—Hay muchas más de las que conocía —murmuro—. Apenas he tenido la oportunidad de ver nada. Ni siquiera había oído hablar de los ulemna.
—Éramos pocos en el tiempo del que procedes. —Sus ojos escudriñan los míos, viejos, tristes y cansados—. Ahora, soy la última. De todo nuestro pueblo, soy la única que queda para recordar nuestras canciones y nuestras historias. Cuando haya desaparecido… —Me quedo en silencio. ¿Qué puedes decir ante algo así?—. Dejaré que descanses. Debes recuperarte lo mejor que puedas mientras preparamos la Sempiterna. —Se pone en pie con lentitud, mira las paredes que nos rodean y suspira—. Será su último viaje.
Un rato después, Kal se despierta. Me he quedado tumbada en silencio, estudiando su rostro. Es hermoso a un nivel imposible. Estoy segura de que, si fuese yo la que estuviera dormida en una silla, estaría babeando o tendría la cabeza inclinada hacia delante, mostrando la papada. Sin embargo, nunca lo he visto parecer fuera de lugar, y ahora tampoco.
Mi guerrero con la más gentil de las almas.
Desearía que pudiéramos disfrutar de más tiempo juntos. Me parece muy injusto.
Siento cómo su mente se remueve. Se despereza mentalmente y, de forma instintiva, comprueba cómo estoy. Cuando me encuentra, se relaja. Entonces, alza las cejas y me mira con seriedad.
Ahora, ya no tenemos secretos y puede notar mi determinación.
—Pretendes hacerlo —dice en voz baja.
—No tengo otra opción —contesto mientras levanto una mano para indicarle que se acerque. Todavía me siento como si me hubiera pasado por encima un camión gravitatorio.
Él se aproxima, se sienta en el borde de la cama y entrelaza nuestros dedos.
—Tal vez haya otra manera de hacerlo —dice, mirándome con sus ojos violetas.
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—Pero no la hay.
—¿La buscarías si creyeras que existe y que podrías encontrarla? Pestañeo.
—¿Qué se supone que significa eso?
Sus dedos estrechan los míos.
—Estamos unidos, be’shmai. Somos parte el uno del otro. Sientes la alegría de un guerrero ante la matanza; puedo sentirla como si fuera mía propia. Disfrutas de la danza de la sangre y deseas danzar de nuevo.
—¿Sería mejor si me sintiera mal al respecto? —le pregunto mientras se me eriza el vello de la nuca—. ¿Sería mejor si me sentara a llorar como una niña pequeña? No cambiaría lo que tengo que hacer.
—¿De verdad es lo que tienes que hacer? —insiste.
El resto de la frase queda pendiendo del aire entre nosotros; no podría esconderla de mí ni aunque quisiera. Alza la barbilla mientras las palabras resuenan en mi mente.
¿O es lo que quieres hacer?
—¿Que si quiero morir poco a poco? —Alzo la voz—. Si se te ocurre otra opción, soy toda oídos, Kal.
—No se me ocurre —admite. Sin embargo, se apresura a seguir hablando antes de que pueda interrumpirlo—. Todavía. Pero aún nos queda tiempo para buscar otra respuesta. Ya hemos superado lo imposible en otras ocasiones. Lo haremos de nuevo. Vas corriendo hacia ese destino sin necesidad.
—¿Sin necesidad? —estallo. Parte de mí sabe que estoy dispuesta a enfrentarme a él porque me está amenazando con arrebatármelo, con despojarme de mi poder, pero el resto de mí sabe la verdad—: Este es el último lugar seguro de la galaxia. Es la única chispa que queda capaz de prender el fuego que necesitamos. Si esta gente no puede devolverme a casa, se acabó. No podemos esperar hasta la próxima vez que el Ra’haam nos encuentre y mueran más de ellos.
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—¿Ellos? ¡No quiero que mueras tú! —espeta mientras suelta mi mano.
Se pone en pie y se aleja caminando con impotencia hacia el otro extremo de la habitación.
Es la desesperación de su voz la que apaga mi propia ira.
—Decenas de miles de personas están a punto de entregar sus vidas, Kal —digo en voz baja—. Solo para acercarnos al mundo de origen de los eshvaren y darnos una oportunidad de arreglar el Arma, de llevarla a casa y de que ganemos esta lucha. ¿Cómo puedo pedirles más de lo que yo misma esté dispuesta a ofrecer?
Agacha la cabeza, dándome la espalda todavía.
—Morir en el fuego de la batalla es fácil —dice con suavidad—. Vivir bajo la luz de la paz es mucho más difícil.
—Esto no va a ser fácil —digo en voz baja—. Kal, por favor, ¿estás conmigo o no?
Se gira para mirarme a la cara con los ojos brillantes por las lágrimas.
Entonces, inclina la cabeza.
—Hasta el último aliento.
En esta ocasión, no me dejan ayudarles con el salto. Quieren preservar lo que me queda de energía mental para las reparaciones de la Neridaa; para el salto a casa; para la lucha contra Caersan y, después, el Ra’haam.
—Cuando esto acabe, no vamos a necesitar nada que nos sobre —me ha dicho un caminante mientras rechazaba mi oferta—. No es necesario escatimar cuando el mañana no existe. —Su rostro estaba sereno y su mente en calma; había hecho las paces con lo que está por venir.
Hoy, los últimos supervivientes de la galaxia nos llevarán al sector Zeta, la zona donde la presencia de los Hierbajos es más espesa. Y, allí, morirán, manteniendo a raya al Ra’haam todo el tiempo que puedan, ganando tiempo para que podamos llevar la Neridaa de vuelta a casa.
Si fracasamos, la historia de la humanidad, la historia de todas las razas sintientes de la galaxia excepto una, acabará hoy.
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E, incluso aunque ganemos, hoy será el último día de sus vidas.
Estoy en el puente de la Vengadora con Tyler y su tripulación. Kal y yo hemos venido a despedirnos antes de volver a la nave eshvaren. Me siento muy muy pequeña mientras, desde la ventana frontal, observo la Sempiterna y todas las luces diminutas que salpican su superficie, cada una de las cuales es una estancia en el hogar de alguien.
Hoy, cada una de esas luces se apagará.
Os construiré un futuro diferente —les prometo en silencio—.
Entregaré hasta el último resquicio de mi alma para cambiar esto.
Como si pudiera sentir mis pensamientos, Tyler me pasa un brazo por los hombros en silencio. Observamos cómo la desharrapada flota de la Sempiterna toma posición, lista para lanzarse hacia la fisura en cuanto los caminantes la abran.
Entonces, una voz crepita a través del sistema de comunicaciones. —Hola, Vengadora. Jones, ¿tienes por ahí a tu pasajera?
Tyler intercambia una mirada con Elin, la betraskana, y ella se inclina hacia el micrófono para responder.
—Está a punto de abandonar la nave. ¿Qué ocurre, Redlich?
—Bueno, estaba pensando que, cuando regrese al lugar al que va, tal vez pueda hacerme un favor —dice la voz—. Es algo a lo que llevo dándole vueltas todos estos años y, al fin, puedo arreglarlo. Verás: estoy bastante convencido de que me dejé el convector encendido cuando evacuamos Radin IV. Tal vez pueda escribirme una nota y decirme que, esta vez, si las cosas se tuercen, tenga más cuidado.
Se oye un suave retumbar de carcajadas por todo el puente y parte de la tensión que hay en el aire se evapora.
—Le transmitimos el mensaje —dice Elin, sonriendo.
—Esa de ahí es la nave de Redlich —me dice Tyler mientras señala una maltrecha lanzadera roja que lleva las palabras «Remolcador autorizado» inscritas en un lateral con letras descoloridas.
Mientras lo observo, el remolcador enciende y apaga las luces de su cabina, haciendo que parpadeen.
—Y eso es un saludo militar —dice Toshh a nuestras espaldas. Antes de que nadie pueda hablar, el comunicador vuelve a zumbar. —Oye, Jones, ¿crees que tu amiga podría hacer un pedido en
Eizman’s? Un par de miles de bagels con fecha de entrega para hoy.
Y una vez más.
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—Ya que nos ponemos… ¿Puede buscar a mi hermano y decirle que fui yo el que le rompió su camión amarillo?
—Que me insista en que no deje la escuela porque, desde luego, este es un trabajo sin futuro…
—Que me diga que me gaste la pasta en un viaje a Risa porque resulta que, después, no podré ir…
—Que me advierta para que me mantenga alejado de las rubias… Uno a uno, mientras se ríen en la oscuridad y toman posiciones, hacen
que sus luces
parpadeen
parpadeen
parpadeen
a modo de saludo militar.
Al final, acabo llorando, y no soy la única del puente que lo hace, aunque también nos estamos riendo. Las carcajadas solo se apagan cuando Lae da un paso al frente para colocarse junto a Tyler con la luz de las estrellas reflejándose en su melena plateada y dorada.
—Es la hora, comandante.
Tyler me hace un gesto para que me adelante y yo me inclino hacia el micrófono para hablar.
—Me parece que he tomado nota de todo, aunque no creo que sea lo bastante mayor para hacer esa cosa de la que ha hablado la tripulación de la Galavant. —Respiro hondo y calmo la voz—. Os prometo que voy a darlo todo para intentar asegurarme de que tengáis la oportunidad de arreglar las cosas vosotros mismos en este segundo asalto. —Hago una pausa y vuelvo a tomar aire—. Pero siempre os recordaré a todos y cada uno de vosotros, tal como sois en este momento.
Doy un paso atrás y, en esta ocasión, cuando me pongo de puntillas y rodeo el cuello de Tyler con los brazos, él me estrecha con fuerza con los suyos, dejándome sin aire. Nos aferramos el uno al otro y, al separarnos, siento que es lo más duro que he hecho en toda mi vida.
Probablemente volvería a llorar, pero a continuación Tyler agarra a Kal, y la expresión de sorpresa de mi amor hace que, en su lugar, me salga una carcajada a medio camino entre el hipido y el sollozo.
—Viaja con cuidado, hermano —dice Tyler Jones en voz baja—.
Alguien tiene que vigilar a nuestra chica.
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Caersan apenas nos dedica una mirada cuando entramos en la cámara central. Los cuerpos de los caminantes siguen aquí y el Mataestrellas está sentado en su trono entre ellos. El hedor de la muerte pende del aire.
Ahora, todo su rostro está lleno de grietas, iluminadas desde el interior. Sin embargo, su mente, endurecida por la batalla y más segura por todo lo que hemos practicado, es más poderosa que nunca. Puedo sentir su energía crepitando a nuestro alrededor, dorada y roja como la sangre seca.
A modo de respuesta, rodeo la mente de Kal con la mía y entrelazo nuestros dedos. Somos más fuertes juntos. Más que nunca, estoy segura de que los eshvaren se equivocaban: nunca estuve destinada a hacerlo arder todo, a desprenderme de las cosas que más importan para poder endurecerme y convertirme en el disparador de un arma mortífera.
El amor es el principio y el final de todo lo que hago, mi motivación, la respuesta a todas las preguntas y lo que me da fuerza. Y mi amor está conmigo.
Mientras ocupamos nuestros lugares, siento la emoción de la batalla inminente burbujeando en mi interior. Saber que pronto, muy pronto, me uniré al Arma y pronto, muy pronto, sentiré esa oleada de adrenalina… es como surfear un tsunami: al final, acabarás muerto, pero, mientras tanto, te lo pasarás en grande.
La transmisión de la Sempiterna llega crepitando a través del comunicador, resonando en torno a la estancia. Mientras la escucho, puedo sentir a los exhaustos caminantes de la estación preparándose para ofrecer los últimos resquicios de su energía para poder abrir una sola fisura más.
—Flota de la Sempiterna, preparada para saltar en diez, nueve, ocho, siete…
Las voces de aquellos que pronto serán los fantasmas de la Nave Mundo resuenan en mi mente.
Diles…
Desearía…
Si tuviera otra oportunidad…
Cierro las manos en puños. Voy a darles otra oportunidad, o moriré en el intento, pero siempre llevaré conmigo su recuerdo: el recuerdo de las
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personas que llegaron a ser en este futuro que tanto me estoy esforzando en borrar.
Mientras viva.
Miro a Kal y él me mira fijamente.
—Siento que todo vaya a terminar así —susurro.
—Mientras luchemos, aún hay esperanza —me contesta en el mismo tono de voz—. Nada va a terminar todavía, Aurora.
El destello dorado de su mente es como un guiño de Scarlett: una promesa de que, aunque yo sepa muchas cosas, no lo sé todo y él no va a dejar de intentarlo.
—… tres, dos, uno…
La fisura se abre ante nosotros como una explosión ardiente de color y, al unísono, todas y cada una de las últimas criaturas independientes de la galaxia se lanzan a través de ella.
El Ra’haam nos está esperando.
Es una flota enorme de naves cubiertas de musgo, flores y enredaderas que se arrastran por el espacio como dedos en busca de algo.
Veo cómo, frente a nosotros, el remolcador rojo de Redlich estalla en mil fragmentos resplandecientes.
Entonces, todo se vuelve un caos.
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—A
—Es mi codo, callaros los dos?
u, Finian, me estás clavando el codo en la espalda.
—Eso no es mi codo —murmura él.
—Oye, no es que no aprecie el entusiasmo, pero no es ni el momento ni el lugar.
Scarlett —bufa Zila—. Ahora, por favor, ¿podéis
El caza se sacude a nuestro alrededor mientras Nari ralentiza el ritmo. Bajo la luz tenue de la bodega, Fin me guiña un ojo y, si bien su sonrisa me hace devolvérsela, no puedo ignorar la bola de hielo que no deja de crecer en mis entrañas.
Tal vez esta vez —me digo a mí misma—. Tal vez esta vez lo consigamos.
Estamos apretujados en la bodega de carga del caza de Nari mientras ella se acerca a la Estación Zapato de Cristal por lo que parece la enésima vez hoy. Pero, cuando he refunfuñado al respecto la última vez, Zila me ha informado que solo era la quincuagésima primera vez, así que no vuelvo a quejarme. Es agradable ver a Z abriéndose un poco con sus sentimientos. Sabe el Hacedor que responder de esa manera a cualquiera es un gran paso para ella. Pero, si soy sincera, ahora mismo me vendría bien un poco menos de irritabilidad.
El caza ralentiza el ritmo hasta detenerse junto al sistema de eyección de desechos.
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A nuestra espalda, las puertas se abren sin sonido y, tras arrastrarnos por la gran oscuridad, interpretamos la función como siempre.
Tubo de eyección.
La morgue y la llave de Pinkerton.
El hueco del ascensor.
El nivel residencial.
Distraer a los guardias.
Y, al fin, volvemos a reunirnos en la oficina de Pinkerton.
A estas alturas, toda esa parte se desarrolla con la precisión del mecanismo de un reloj. Entre las sirenas de alarma y los mensajes de megafonía, la estación se está cayendo a pedazos como siempre y, aunque ya hemos vivido este mismo día más de cincuenta veces, con cada uno de los intentos tengo más y más miedo. No puedo creerme que, apenas unos bucles atrás, Fin y yo estuviésemos tan despreocupados como para pensar que estar por ahí tonteando era una gran idea.
Creíamos que teníamos todo el tiempo de la galaxia. Ahora resulta que no tenemos suficiente y, cada vez que fracasamos, nos queda menos.
—SE REQUIERE DE INMEDIATO AL PERSONAL MÉDICO EN LA CUBIERTA 12 — informa la megafonía—. REPITO: PERSONAL MÉDICO A LA CUBIERTA 12.
Los dedos de Zila son un borrón mientras teclea en el ordenador de Pinkerton. El panel de la pared se abre con obediencia y revela el fragmento de cristal eshvaren que es idéntico al que cuelga de mi cuello. Lo saco con cuidado, lo meto dentro de una mochila y se lo tiendo a la teniente Kim.
Nari parece agotada y, tras la fachada de soldado estoica, tengo la sensación de que siente incluso más pánico que yo. Tampoco es que pueda culparla. Si alguien me hubiera dicho cuando me he despertado esta mañana que el futuro de la galaxia reposaba sobre mis hombros, también estaría un poco alterada.
—¿Cómo lo llevas, Nari? —le pregunto.
Se pasa una mano por la coleta e intenta parecer tranquila.
—Menudo día, pelirroja.
—Lo conseguirás esta vez —le digo mientras le doy una palmadita en la espalda, sonriendo—. Sé que lo harás.
Fin se arriesga a dedicarle una sonrisa torcida.
—Oye, si a la tercera va la vencida, a la quincuagésimo tercera tenemos que arrasar, ¿no, niña de la Tierra?
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Muy a su pesar, Nari le devuelve la sonrisa.
—Lo que tú digas, desteñido.
—Solo es la quincuagésima segunda vez —dice Zila—. Además, Nari lo está haciendo lo mejor que puede y bajo unas circunstancias extremadamente difíciles.
Nuestra cerebro se levanta del ordenador con una mueca de dolor y la teniente Kim le ofrece una mano. Cuando se la toma, noto un ligero rubor en las mejillas de Nari.
—¿Estás bien? —le pregunta en voz baja.
—Estoy… muy cansada —admite Zila.
—Si no lo conseguimos en este intento, tal vez podrías tomarte un descanso la próxima vez —le digo—. Intenta do…
—No —espeta ella con los labios fruncidos—; no tenemos tiempo, Scarlett.
Suspiro, consciente de que tiene razón, pero preocupada de todos modos. Zila está trabajando sin haber dormido nada y el cerebro le funciona a mil klicks por segundo. Sin embargo, como siempre, lo ha resumido a la perfección. En realidad, tenemos tres problemas, pero todos esos problemas se reducen a uno más grande.
El tiempo.
Nuestra oficial científica ha intentado explicarme el Problema Número 1 pero, para ser sincera, la física temporal no es lo mío. Por lo que he entendido, la paradoja de tener dos versiones idénticas del mismo fragmento de cristal eshvaren en esta línea del tiempo está creando estrés temporal y, por lo tanto, cada vez que reiniciamos el bucle, ese bucle se vuelve más corto. Cuando llegamos la primera vez, teníamos casi dos horas antes de que la estación explotara. Ahora, nos estamos acercando a una.
Todo el plan de Zila gira en torno a que nosotros estemos en medio de la tempestad de materia oscura, cerca de la vela cuántica, cuando hayan pasado los cuarenta y cuatro minutos para que el pulso de energía alcance mi medallón. Pero ¿qué pasará si el bucle se vuelve tan corto que la estación estalla antes de que la alcance el pulso cuántico?
Porque este es el Problema Número 2: la nave caza de Nari no fue construida para soportar las energías de esa tormenta. Ninguno de los modelos Pegaso fue diseñado con eso en mente. Eso significa que para salir a la tempestad, que nos alcance el pulso cuántico y que con
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muuuuuuucha suerte volvamos a nuestro propio tiempo, antes tenemos que llegar al hangar y robar una lanzadera pesada capaz de llevarnos hasta allí.
Hay que admitir que, en comparación con las otras mierdas que hemos tenido que superar, esta parte no nos resulta tan difícil después de los primeros dos intentos. Pero, incluso aunque nosotros consigamos estar a bordo de la lanzadera, no dejamos de toparnos de frente con el Problema Número 3, y ese es el que nos mata una y otra vez. Dado que nuestra línea temporal se está reduciendo cada vez que reiniciamos, no podemos permitirnos seguir cometiendo errores.
La estación se sacude a nuestro alrededor y las sirenas empiezan a soltar alaridos, como siempre. Nos miramos los unos a los otros bajo la luz roja parpadeante de la oficina de Pinkerton y, como siempre, noto un nudo en la garganta. Es una estupidez pero, si tenemos éxito, esta es nuestra última oportunidad de despedirnos de Nari Kim. Y aunque solo la conocemos desde hace un día, una parte de mí siente que es de toda la vida.
Me arranco un cabello de la cabeza y lo doblo dentro de un trozo de papel del escritorio del buen doctor.
—Para el hisopo de ADN del Depósito del Dominio.
—Ah, sí —dice Fin—. Casi lo había olvidado.
Se aproxima hasta el expositor que hay cerca de la ventana, rompe el cristal con un puño cubierto por el exotraje y agarra la caja para cigarrillos. Se apresura a volver a mi lado, me arrebata el papel de las manos y se saca del bolsillo su bolígrafo de confianza para escribir sobre la hoja. Nari baja la vista hacia el mensaje mientras él lo dobla y lo mete dentro de la caja. Es una advertencia, escrita de puño y letra por Fin.
«A ella, dile la verdad».
—No tiene mucho sentido. Después de todo, Kal no me hace caso. Al menos, la caja para cigarrillos le salva la vida. —Fin frunce el ceño mientras le da vueltas al bolígrafo entre sus dedos plateados—. Aun así, me parece que es armar demasiado lío con el tiempo y el espacio solo para entregar una nota a la que el señor Alto, Misterioso y Melancólico hace caso omiso.
—Aun así —dice Zila—, eso es lo que ocurre.
—Eso esperamos —añado con un suspiro.
Por un instante, nos aplasta el peso de todo este asunto. La fundación de la Legión Aurora, la guerra contra el Ra’haam y el futuro de toda la
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galaxia dependen de lo que nosotros hagamos en este momento.
—Buena suerte, niña de la Tierra —dice Fin mientras le tiende la mano
—. La próxima vez que te vea, espero que midas cien metros de altura y seas de mármol sólido.
—Me aseguraré de no dispararle a la cara a ninguna señorita betraskana —replica ella con una leve sonrisa—. Suponiendo que salga de esta con vida, claro está.
—Estoy segura de que esta vez lo conseguirás, Nari —le digo.
—Lo intentaré, pelirroja. —Suspira mientras se frota la barbilla—. Pero es mucho pedir.
—Si alguien puede sacar esto adelante, es la fundadora de la Academia Aurora —insisto con una sonrisa—. «Somos la Legión. Somos la luz».
Nari endereza los hombros.
—«Que brilla con fuerza en medio de la noche».
La teniente se gira hacia Zila con la mandíbula apretada. —Supongo que eso es todo. Otra vez.
—Buena suerte, teniente Kim —murmura nuestra cerebro mientras le tiende la mano.
—Lo mismo digo, legionaria Madran —replica ella, estrechándosela. Ambas se quedan ahí de pie, con las manos unidas todavía, mientras
los remaches de la estación se estremecen y el metal gruñe de forma peligrosa a nuestro alrededor. Zila alza la mirada hacia el rostro de Nari y, para la mayoría, su gesto sería una máscara.
Pero, como ya he dicho, se me da bien interpretar a la gente y lo veo en los ojos de nuestra cerebro con tanta claridad como los pulsos de energía oscura que hay al otro lado de la ventana: a Zila le gusta esta chica; le gusta de verdad. En realidad, en todo el tiempo que ha pasado desde que nos conocemos, nunca le ha gustado nadie. Parece un poco cruel que haya tenido que atravesar un océano de doscientos años para encontrar a alguien solo para tener que dejarla atrás. Y, aunque está intentando ocultarlo y mostrarse profesional, analítica e impasible, un par de bucles atrás me he dado cuenta de que tener que despedirse de Nari una y otra vez le está rompiendo el corazón.
Una y otra vez.
—Chicas, tenemos que irnos —dice Fin. —Sí —asiente Zila—; así es.
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Suelta la mano de la otra chica, le entrega su querida pistola disruptora y mete su unilente en el bolsillo del pecho del traje de vuelo de la teniente. Nari asiente una vez y abre la puerta de la oficina.
—Buena suerte, Nari —susurro—. Nos vemos en 2380.
Nari toma las escaleras, pero nosotros volvemos a bajar por el hueco del ascensor todo lo rápido que podemos.
Tras esquivar rápidamente a una patrulla de seguridad y hacer una pausa para dejar pasar a un equipo de ingenieros nerviosos, al fin llegamos al caos que es el nivel del hangar.
A medida que nos adentramos en la luz roja y parpadeante de la cubierta principal, el caos nos rodea como una ola. El hedor de las sustancias químicas ardiendo hace que me quemen los pulmones. Los alaridos de las alarmas de emergencia me llenan los oídos. Ahogo la tos e inhalo el olor del plástico carbonizado y el humo mientras Finian, Zila y yo nos refugiamos detrás de un montón de bidones de almacenamiento. Como siempre, un soldado de aspecto agitado pasa corriendo a nuestro lado.
—¡Apagad ese maldito fuego! —ruge uno de los comandantes de cubierta.
El suelo tiembla y continuamos recorriendo a escondidas el muelle repleto de humo. La iluminación, intermitente, es del tono rojo de las emergencias y, aunque a Fin y a mí no se nos da tan bien lo de ser ninjas espaciales como a Zila, logramos que no nos vean, escondidos bajo el ala de un caza Pegaso.
Cuando un par de trabajadores de la cubierta pasan corriendo, Zila susurra «Ahora» y salimos corriendo hacia el otro lado. El estruendo de las alarmas cubre el ruido de nuestros pies sobre el suelo enrejado. No vuelvo a respirar hasta que no llegamos a nuestro objetivo: la mole con morro chato que es una lanzadera pesada militar terrana que se encuentra en uno de los extremos del hangar.
Estoy segura de que Tyler podría decirme el fabricante, el modelo y el nombre del ingeniero que diseñó esta cosa. Sin embargo, pensar en mi hermano solo sirve para que se me endurezca todavía más el bloque de hielo que siento en el estómago, así que intento no pensar en ello. En su lugar, vigilo mientras Finian se acerca a la puerta del muelle de carga del transbordador y comienza a trabajar. No tengo ni idea de qué tipo de magia
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está entretejiendo, pero, desde luego, es magia porque, en apenas unos minutos, la escotilla se abre.
La estación se sacude y la cubierta bajo nuestros pies tiembla. A la velocidad de la luz, entramos en las entrañas de la lanzadera y la escotilla se cierra a nuestra espalda.
—Flan comido —dice Finian con una sonrisa mientras la puerta se cierra con un ruido metálico.
Pestañeo.
—¿El qué es comido?
—¿El flan? —contesta—. «Flan comido». Se dice así, ¿no?
—Es «pan comido» —digo, riéndome—. El flan es un tipo de postre.
—Ah… —Se encoge de hombros y su exotraje emite un siseo—.
Nunca me han gustado demasiado los postres.
—Porque ya eres lo bastante dulce, ¿no? —Se mete un dedo plateado en la boca e imita el sonido del vómito—. Lo sé —añado con un suspiro —, somos nauseabundos, De Seel.
Su sonrisa se apaga cuando Zila le arrebata la unilente del bolsillo y se acomoda sobre el suelo de la cubierta. Fin y yo nos agachamos a su lado y, con un suave pitido, sobre la pared curvada de la lanzadera se proyecta una imagen: una transmisión de la unilente que Nari lleva en el bolsillo de su traje de vuelo.
Reconozco un pasillo familiar. Es gris plomizo y en él hay letras de un color azul brillante. «Nivel del hangar. Sección B». La imagen rebota un poco y, con cada paso que da, el sonido de las botas de Nari resuena sobre el enrejado.
Déjà vu.
—Nari, ¿puedes oírnos? —pregunta Zila.
Vemos cómo en el encuadre aparece una mano que gira hacia arriba la lente de la cámara del dispositivo para ofrecernos un leve atisbo de la cabeza de la teniente. Ha dejado atrás su propio casco y ha tomado otro de un armario de suministros que ha encontrado en alguna parte; uno negro y sencillo, sin ningún indicativo. También se ha arrancado las etiquetas de identificación que llevaba en el pecho del traje de vuelo y los galones de teniente de los hombros. Después de todo, si consigue sobrevivir, no quiere que la identifiquen como una saboteadora en tiempos de guerra.
—Alto y claro —murmura.
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—Tal vez intenta evitar las conversaciones en esta ocasión —sugiere Zila—. Tan solo sirve para desperdiciar minutos valiosos.
—Sí, sí —masculla ella.
—Esta vez lo harás mejor. Creo en ti.
—¡Y también te damos las gracias! —interviene Fin—. Ya sabes, por morir por nosotros una y otra vez y esas cosas.
—No se trata del hecho de morir, desteñido —replica Nari—. Es solo que… esta es mi gente, ¿sabes? Me siento mal haciendo esto.
Intercambiamos una mirada al oír eso, pero ninguno de nosotros responde.
Así que, aquí vamos de nuevo con el Problema Número 3 que, hasta ahora, es el más grande de todos porque, a menos que desconectemos de la fuente de energía la sonda eshvaren que está en el nivel 2, no tiene sentido que Fin, Zila y yo salgamos con el transbordador hasta la tempestad para que nos alcance el pulso cuántico. Si es así, tan solo vamos a morir y la sonda que nos ha atraído hasta este punto del tiempo va a devolvernos a él de nuevo. Somos como un yo-yo al final de una cuerda, arrastrados al mismo momento una y otra vez.
Lo ideal sería que pudiéramos ayudar a Nari a llegar hasta el nivel 2 y sacar la sonda de la estación, pero nosotros tres tenemos que estar en medio de la tempestad cuando llegue el minuto cuarenta y cuatro para poder regresar a 2380. Así que la única persona que puede cortar la cuerda del yo-yo que nos mantiene aquí es Nari.
Lo tiene que hacer sola y enfrentándose a toda una estación llena de sus camaradas.
Incluso con todo el caos, el nivel 2 es la zona más segura de la instalación. Hay cuatro guardias al fondo del pasillo. Son tipos corpulentos con equipo táctico pesado y que parecen un poco nerviosos al ver cómo la estación se estremece y se sacude. Sin embargo, mantienen sus posiciones hasta que les ordenen marcharse, porque eso es lo que hacen los buenos soldados.
Por suerte, Nari no es ninguna floja. En teoría, algún día, esta chica fundará la Academia Aurora. Contando con el elemento sorpresa, podría acabar con esos matones fácilmente. Pero hay otro problema. Llamémoslo «Problema Número 3.1».
Se niega a matar a nadie.
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Y no me refiero a que se niegue a dispararles a quemarropa; después de todo, son sus amigos y compañeros, así que no es de extrañar. Sin embargo, la alerta de evacuación de la estación va a sonar en cualquier momento y tampoco quiere dejar atrás a un montón de personas inconscientes mientras la estación explota a su alrededor. Así que, como si colarse en la zona más segura de toda la instalación no fuese lo bastante difícil, va a tener que noquear a todos aquellos con los que se cruce en su camino. Además, tiene que hacerlo con cuidado, ya que insiste en ofrecerles la mayor cantidad de oportunidades posibles de que se despierten a tiempo para huir. Me encanta que sea así, pero eso nos está matando. En sentido literal.
El más grande de los guardias arquea una ceja al verla acercándose por el pasillo. Al parecer, se llama Kowalski; Nari nos ha contado que suelen verse en el gimnasio. Su voz casi queda ahogada por todas las alarmas.
—¿Se ha perdido, soldado?
—Eso parece —contesta la teniente mientras saca la disruptora de Zila. La pistola está en posición de aturdir, aunque un disparo en la cara tiene que seguir siendo doloroso. Sus colegas se llevan las manos a las armas, pero ella se les echa encima y, tras un destello de fuego disruptor, los tres guardias restantes acaban esparcidos por la cubierta. Incluso con el arma configurada al nivel mínimo de energía, van a estar dormidos durante
al menos quince minutos.
—Buen trabajo, Nari —murmura Zila—. Ahora, date prisa.
Nari se apodera de la tarjeta de acceso de Kowalski. A base de ensayo y error, hemos descubierto que todas las cámaras de este sector siguen funcionando, así que, ahora mismo, están enviando a equipos de seguridad para encargarse de esta saboteadora enmascarada. Oficialmente, la teniente va a contrarreloj.
La bola de hielo de mi estómago cada vez está más fría.
Entra volando en el ascensor y golpea el botón de «BAJAR». Podemos escuchar su respiración dificultosa y agitada a través del comunicador.
—Recuerda que hay tres —le advierte Zila—. La tercera está a… —A las nueve en punto. Lo sé, lo sé.
El ascensor llega al nivel 2 y la puerta se abre con un pitido. Nari sale rodando al pasillo que hay al otro lado y, en ese momento, un guardia de seguridad grita.
—¡Alto!
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Se escucha un disparo. Después otro y otro más. La iluminación es roja como la sangre, pero se producen unos destellos blancos cuando Nari da rienda suelta a su disruptora y golpea al primer guardia en el pecho. Una ráfaga de fuego automático vuelve blanca la pantalla de la unilente y me encojo de nuevo cuando oigo un rugido, un disparo y a la teniente maldiciendo. La imagen se sacude de forma salvaje y la unilente se le cae del bolsillo. Veo cómo Zila aprieta la mandíbula con una gota de sudor en la frente. Escuchamos un gruñido, otro disparo de fuego automático y un cambio de tono en las alarmas cuando la estación vuelve a estremecerse. Sin embargo, la unilente está en el suelo y, ahora, lo único que podemos ver es el techo, los conductos y la luz roja parpadeando con destellos blancos.
—ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2. REPITO: ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2.
—Chakk… —susurra Fin.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: BRECHA EN EL CASCO EN LAS CUBIERTAS DE LA 13 A LA 17.
—¿Nari? —pregunta Zila—. Nari, ¿puedes oírme? —Alto y claro —contesta ella con dificultad, jadeando.
Recupera la unilente del suelo y podemos ver su rostro, pues se ha echado hacia atrás el visor del casco. Está pálida y tiene una mueca de dolor.
—¿Estás bien? —le pregunta nuestra cerebro—. ¿Cuál es la situación? —Esta vez la he derribado —contesta la teniente, cansada—. Estaba a las nueve en punto, tal como me has dicho. Era Liebermann. Maldita sea,
tiene buena puntería.
—No tanta como tú —dice Fin con una sonrisa.
Nari tose.
—No estoy segura de eso…
El corazón me da un vuelco cuando veo sangre en sus labios y sus dientes. Baja la unilente y dirige la cámara hacia su estómago. Siento cómo se me revuelve el mío al ver el agujero sangrante que lleva en el traje de vuelo, justo por debajo de las costillas.
—Hacedor… —susurra Fin.
—Estoy bien —insiste ella—. Lo tengo bajo control.
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Miro a Zila y veo el dolor que hay en sus ojos mientras observa cómo la teniente vuelve a colocarse la unilente en el bolsillo. La estación tiembla. La puerta que hay al fondo del pasillo tiene una señal con letras enormes.
«SOLO PERSONAL AUTORIZADO A PARTIR DE ESTE PUNTO».
—ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2. REPITO: ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2.
—¿Creéis que eso es por mí? —pregunta Nari con una carcajada.
—Esto es lo más lejos que ha llegado nunca —murmura Fin.
Asiento mientras me invade la esperanza.
—Puede que lo consiga esta vez.
—Zila, tienes que preparar la lanzadera para el despegue —le advierte el betraskano—. Voy a ponerme manos a la obra con las puertas del muelle.
—Solo un momento… —susurra ella.
—ATENCIÓN, TRIPULACIÓN DE LA ZAPATO DE CRISTAL: QUE TODO EL
PERSONAL DE INGENIERÍA SE PRESENTE DE INMEDIATO EN LA CUBIERTA 12 DE LA SECCIÓN GAMMA.
Nuestra cerebro observa la proyección con los labios fruncidos. Nari sigue adelante a trompicones, respirando con dificultad pero moviéndose deprisa. Usa la tarjeta de acceso robada, el mamparo se estremece y se abre de par en par con un gruñido. Por un instante, la luz es tan brillante que la pantalla de la unilente se vuelve blanca por completo.
—Eso es… —susurra Zila.
—Hacedor… —murmura Fin.
Frente a Nari, vemos una sala circular enorme bañada por la luz roja de alerta. Tanto las paredes como el techo y el suelo están llenos de franjas negras. Me doy cuenta de que son marcas de quemaduras.
De unos grupos enormes de ordenadores salen conductos y tuberías que serpentean por el suelo hasta un tanque cilíndrico de cristal que se encuentra en el centro de la estancia. El cristal está resquebrajado y carbonizado en algunas zonas. En el interior, pulsando como un corazón iluminado, está la sonda eshvaren rota.
Siento calor en el pecho, bajo la vista hacia mi medallón y noto cómo palpita; como si, de algún modo, supiera qué es lo que estoy contemplando.
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—¿Qué demonios estás haciendo ahí? —gruñe alguien.
Es un científico, vestido con un pesado traje de protección contra la radiación. Nari se gira y dispara la disruptora. El hombre grita y se derrumba. Otro hombre vestido con traje de protección agarra su arma y dispara. Los ordenadores desprenden una lluvia de chispas cuando Nari se lanza hacia un lado y aterriza con fuerza y tosiendo. Ahogando un grito, rueda y se pone en pie. Dispara una vez, dos veces, y el hombre cae al suelo. La sonda retumba, la luz de la habitación se tiñe de violeta y, después, de negro. Las paredes tiemblan.
—ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2. REPITO: ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2.
—Lo va a conseguir de verdad… —susurra Fin.
—ATENCIÓN: FALLO DE CONTENCIÓN. EVACÚEN LAS CUBIERTAS 5 Y 6 DE
INMEDIATO. REPITO: FALLO DE CONTENCIÓN.
—Muy bien —dice Nari con un jadeo mientras se pone en pie—. ¿Cómo demonios desenchufo esta maldi…?
Queda un minuto para que caiga el rayo. Incluso si lo consiguiera ahora, nosotros llegaríamos demasiado tarde. Sin embargo, no puedo apartar la mirada.
—¡Alto! —ruge alguien.
Una ráfaga de fuego automático crepita a través de la transmisión. Oímos a Nari maldecir. Cuando se lanza hacia un lateral, veo cómo un escuadrón de seguridad entra en el laboratorio con las armas preparadas. Ella cae sobre el vientre y rueda mientras dispara con su disruptora. Sin embargo, la superan en número y en armas.
Todos sabemos cómo va a acabar esto.
Una y otra vez.
—Oh, no… —susurro.
—¡Flanco derecho! ¡Flanco derecho! —grita alguien.
—¡A cubierto!
A través de la transmisión escuchamos un estallido estruendoso. La imagen se vuelve blanca.
—Nari… —murmura Zila.
—Mierda —la oímos gruñir.
La imagen tiembla. Nari maldice de dolor y se saca la unilente del bolsillo. Ahora, podemos verle el rostro cubierto de sangre. Oímos el ruido
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de botas corriendo y el rebuzno del fuego de cobertura.
—Lo siento, chicos —jadea con los dientes rojos—. Es imposible.
—Ha estado tan cerca… —susurra Fin.
—Y tan lejos… —añado con un suspiro.
Zila extiende la mano hacia la proyección de la pantalla y toca el rostro de Nari.
—Nos vemos pronto.
¡Pum!
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L e he dado vueltas a todo esto un montón de veces y, aun así, sigo sin estar seguro de poder lograrlo.
He intentado contactar con Adams doce veces más, sin éxito,
Sin embargo, es la noche anterior al día más ajetreado de toda su vida, así que no puedo enfadarme, pero tampoco puedo dejarle alegremente un mensaje sobre la amenaza bajo la que se encuentra la estación y rezar para que lo reciba.
He pensado en permitir que me arrestara seguridad y suplicarles que me dejaran hablar con comandancia. Me he planteado colarme en la sección residencial de los oficiales o infiltrarme en la propia cumbre para dar algún discurso dramático sobre el Ra’haam mientras intento que no me disparen. La cuestión es que no tengo ninguna prueba real de su existencia, e incluso aunque consiguiera convencer de algún modo a los líderes planetarios de que una antigua gestalt en forma de planta está manipulándolos con la distracción de una guerra, eso no evitará que los agentes del Ra’haam hagan que la estación estalle en mil pedazos.
Lyrann Balkarri me ha ofrecido un lugar en el que caerme muerto en su suite (es evidente que es un tipo dispuesto a apostar a la larga), pero no tengo sueño. Ahora, el dolor de cabeza es constante, y la visión también: las paredes con los colores del arcoíris y la chica syldrathi con el cabello dorado y las manos cubiertas de sangre. El aire crepita con una energía azul medianoche y roja como la sangre, el cristal se resquebraja a mi alrededor y, al fin, veo la academia estallando desde el interior; la última
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esperanza de la galaxia, apagándose como una vela y lanzándonos a todos a una guerra.
«Puedes arreglarlo, Tyler…».
Si soy sincero, no estoy seguro de poder lograrlo. Sin embargo, tampoco veo otra manera de salir adelante. Tengo unas cuantas piezas en mi lado del tablero y no me pasé tanto tiempo jugando al ajedrez en el club de la academia para nada.
Sí, formaba parte del club de ajedrez. Una admisión terrible para un apuesto pirata espacial, ya lo sé. Sin embargo, cuando no dices palabrotas, no bebes y no vas corriendo detrás de alguna falda, no hay muchas más cosas divertidas que hacer en una academia militar.
Dad gracias de que no tuviera una vida, ¿de acuerdo? Porque puedo ver el siguiente movimiento de mi enemigo tan claro como el agua.
Solo hay un motivo por el que Cat tendría que estar entre los guardaespaldas de la primera ministra; un motivo por el que el Ra’haam la enviaría a ella específicamente. Después de todo, solía asistir a esta academia. Se la conoce de arriba abajo, mucho mejor que cualquier otra persona. Conoce sus secretos, sus defensas y sus debilidades.
Ya me he fijado antes en que, aunque el Ra’haam parece conocer todo lo que sabe cada uno de sus esclavos, sigue quedando algo en los individuos. Hay un motivo por el cual envió al padre de Aurora a perseguirla, y no estoy seguro de que fuera solo por el impacto de que ella viera su rostro. Hay un motivo por el cual Cat está aquí ahora, en este lugar que se conoce como la palma de su mano.
Y estoy tan seguro de saber cuál es ese motivo como lo estoy de saber realizar un gambito de dama o la defensa Caro-Kann.
Ella es el detonante.
Catherine “Cero” Brannock es la encargada de destruir la Academia Aurora.
Solo que no estoy seguro de cómo lo va a hacer.
Una hora antes de que comience la cumbre, al fin la localizo en el vestíbulo de la sección residencial del ala de invitados. El evento se va a celebrar en el Enclave de las Fundadoras, que es donde la comandancia de la academia celebra sus asambleas generales. Es un anfiteatro gigante de varios pisos con capacidad para unos cuantos miles de personas. Un centenar de delegados ya va de camino a las negociaciones del primer día y el dispositivo de seguridad de la estación es enorme. Pero, mientras
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observo cómo ese traje gris con una máscara reflectante se escabulle a través de la multitud, entiendo por qué el Ra’haam ha esperado a hacer el primer movimiento. Los asistentes seguían llegando esta misma mañana y, con semejante flujo de invitados, ahora mismo, los equipos de seguridad no dan abasto.
Tanto mejor para que un peón solitario pase desapercibido.
La sigo a través de la multitud, vestido con mi nuevo traje oscuro y con las credenciales de prensa que me dio Lyrann Balkarri colgadas del cuello. La identificación tan solo servirá durante un examen superficial pero, al igual que el Ra’haam, tengo la esperanza de que la seguridad esté demasiado ocupada como para centrarse en algo así. También tengo la esperanza de que Balkarri cumpla su parte del trato. Le ofrecí la primicia de su vida y, además, es fan de mis hoyuelos, pero he puesto muchas cosas en juego.
A la cumbre propiamente dicha solo se permite el paso a los delegados, el personal de seguridad y la prensa. Los séquitos, los allegados, el personal de la academia y los legionarios se reúnen en las cafeterías y restaurantes que hay bajo las estatuas de las fundadoras. La promesa de Adams y De Stoy de que ofrecerán un discurso especial ha despertado la curiosidad de la gente y el paseo está abarrotado.
Pierdo a Cat en tres ocasiones y, mientras la busco entre la gente, el corazón me martillea en el pecho. Sin embargo, al final la encuentro de nuevo. Se abre paso como un cuchillo entre la multitud y se dirige hacia los muelles.
Tiene sentido. Es el lugar que mejor conoce y, por lo tanto, el Ra’haam también.
Se sube a un ascensor que lleva a los niveles inferiores. Bajo corriendo las escaleras, lo que hace que un miembro del personal de mantenimiento me mire con extrañeza. Tal vez se dirija a los depósitos de combustible. ¿O a los almacenes de munición? Ahí abajo hay muchos explosivos…
Cat pasa andando de forma despreocupada entre las patrullas de seguridad, mostrando sus credenciales de la AGI. Yo me esfuerzo por esquivarlas. Me siento como si estuviera jugando al gato y al ratón, pero no estoy seguro de quién es quién y, entonces, me resulta extraño pensar que todo este juego pueda decidirse gracias a dos piezas diminutas en medio de un tablero enorme que se ha forjado gracias a millones de años y miles de millones de vidas.
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Estamos en la cubierta Zeta cuando me da esquinazo. Tengo que pararme en una escalera para dejar pasar a una patrulla de seguridad y, cuando salgo al pasillo, me doy cuenta de que Cat… ha desaparecido.
Escudriño la cubierta y bajo corriendo al nivel inferior con los ojos de par en par.
¿Dónde se ha…?
Vuelvo sobre mis propios pasos con la desesperación en aumento. El pulso y el dolor de cabeza me palpitan. La imagen del fin de la academia resplandece en mi mente.
No, no, no, no…
Lo que ocurre cuando juegas al ajedrez es que, en realidad, no estás jugando al juego, sino que estás jugando contra tu oponente e intentando adivinar qué es lo que va a hacer antes de que IQ, haga. Y creo que acaban de superarme.
Miro a mi alrededor, cada vez más frenético. Cuando echo un vistazo a mi unilente robada, veo que son las 08:27 según la hora de la estación. Tan solo quedan treinta y tres minutos hasta el horario en el que está prevista la intervención de Adams y De Stoy. Si el Ra’haam está preocupado como yo, si notó la inflexión en la voz de la comandante betraskana mientras hablaba de una «sombra que crece» como lo hice yo…
Entonces lo veo: un diminuto cartel luminoso sobre una puerta anodina.
«LAVABO».
Me apresuro a entrar y me choco con un betraskano joven y delgado que va vestido con la librea de la academia. Cuando pasamos el uno al lado del otro, nos ofrecemos una disculpa con una sonrisa. Escudriño la estancia y siento un cosquilleo en el estómago cuando veo el conducto de ventilación.
Hay arañazos recientes en la pintura que hay en torno a la reja. Me dirijo hacia allí, pero una voz a mi espalda hace que me detenga. —Chakk…
Miro por encima del hombro al cadete y veo que se ha quedado en la puerta del lavabo. Me mira fijamente y, entonces, abre todavía más los ojos negros.
—Tyler Jones… —susurra.
Al fin, lo reconozco.
—Jonii de Münn —murmuro.
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Campeón del torneo de ajedrez de la Academia Aurora del año pasado.
—Jonii, espera, puedo explicártelo…
Me abalanzo hacia la pistola de pulso que llevo en el interior de la chaqueta y él se lanza hacia la salida. El disparo aturdidor alcanza el espacio en el que estaba él hace un instante. El segundo disparo arranca la puerta de sus goznes. Sin embargo, tras pasar la salida, ya está corriendo por el pasillo mientras busca a tientas su unilente y llama gritando al equipo de seguridad.
Fin de la partida.
Entro en el cubículo a toda prisa, arranco la rejilla y me arrastro al interior del conducto de ventilación. Después, aseguro el cierre detrás de mí. Sí, eso no va a hacer que gane bastante tiempo, pero, como mucho, va a pasar un minuto antes de que la seguridad de la Legión Aurora sea informada de que Tyler Jones, uno de los terroristas más buscados de la galaxia, el alfa que se rebeló, asesino en masa y pirata espacial (Arrrrrrr), anda suelto por la estación.
Así que ahora este juego va a contrarreloj en un sentido totalmente diferente.
Me arrastro por el tubo, utilizando la unilente para iluminar el camino. Estos conductos son un laberinto y, de normal, me habría perdido sin remedio tras un par de cruces. Sin embargo, como ya he dicho, deberían pasar los drones de limpieza más a menudo por esta zona.
Frente a mí, con la misma claridad con la que veo al pelotón de fusilamiento que me espera si los de seguridad me atrapan, veo las huellas de las manos y las rodillas de mi mejor amiga, marcadas sobre la mugrienta superficie de metal.
Así que me arrastro.
Me arrastro como si la vida de todos los seres sintientes de la galaxia dependiera de mí.
El reloj de mi unilente sigue con la cuenta atrás. Estoy conectado a la red de la estación y, de vez en cuando, echo un vistazo a la retransmisión de la cumbre. Los delegados se están reuniendo en el Enclave de las Fundadoras y una miríada de razas con diferentes vestimentas ocupan su lugar en los anillos concéntricos. En el centro del escenario destaca un podio iluminado por un foco brillante, y sobre él da vueltas un holograma del emblema de la Legión Aurora.
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Me doy cuenta de que, ahora mismo, estoy entrando en zonas restringidas de la academia. Paso por un control de seguridad automatizado que hay en los conductos de ventilación, pero han puenteado el sensor de movimiento y la pantalla láser con un diminuto dispositivo de interferencias que se ha colocado en una pared y que, sin duda, es cortesía de la división de operaciones especiales de la AGI. Siguiendo el rastro de Cat, me deslizo por un aliviadero que da a unos conductos más amplios. Estoy sudando el traje y la temperatura está aumentando poco a poco. Cuando paso por otros tres controles de seguridad, veo que todos ellos están inutilizados.
Me he estado preguntando si habría alguna bomba en el transbordador de la delegación terrana, si habría algún dispositivo en el muelle de atraque que pudiera causar la destrucción de la estación o si Cat iba a dirigirse a los almacenes de munición o de suministro de combustible. Con el tiempo y el conocimiento suficientes, existen diversas formas en las que un saboteador podría poner patas arriba la estación. Pero ahora sé hacia dónde se dirige. Es la elección más estratégica; el lugar más seguro para iniciar una explosión que acabaría con toda la academia sin ningún alboroto y sin supervivientes.
El núcleo del reactor.
El rastro de Cat termina en otra rejilla. La suelto y me deslizo hacia la libertad. Estoy sudando tanto que siento que la americana está empapada por completo. Estoy seguro de que Jonii habrá alertado al equipo de seguridad de la estación de mi presencia, aunque no han hecho sonar ninguna alarma auditiva (es probable que no quieran entorpecer la cumbre). Cuando caigo sobre el suelo de metal, veo que estoy en el mismísimo núcleo del reactor y las paredes de metal oscuro están apenas teñidas de azul por la iluminación del techo.
Esta sección está absolutamente fuera de límites para los cadetes, y he de admitir que no la conozco demasiado bien. Aun así, sé hacia dónde ha ido Cat incluso aunque no tenga un rastro de arañazos que seguir. Frente a mí, en el suelo, yacen cuatro miembros del equipo de seguridad.
Me agacho junto a ellos y compruebo si tienen pulso, pero sé de antemano que están muertos. La escotilla está inutilizada y, cuando la atravieso, encuentro a tres técnicos y dos vigilantes más, todos muertos. Echo un vistazo al sistema de seguridad y veo que las cámaras están desconectadas, sin duda gracias a otro bloqueador de señales de la AGI.
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Estos cuerpos, esta tecnología…
Sacudo la cabeza pues comprendo la planificación y las habilidades necesarias para llevar a cabo un trabajo como este y la ventaja que tiene el Ra’haam gracias a los conocimientos combinados de todas las personas a las que ha absorbido en algún momento a su entera disposición. Ahora me doy cuenta de cuántos movimientos por delante ha estado todo este tiempo.
El reloj termina la cuenta atrás.
—Estimados representantes —oigo a través del auricular.
Echo un vistazo a mi unilente y me doy cuenta de que el discurso de apertura ha comenzado. Está siendo retransmitido a través de toda la red de la estación y la voz del almirante Adams resuena en las paredes mientras recorro los pasillos llenos de vapor y paso junto a otros cuerpos. El calor es sofocante y el aire me resulta espeso y húmedo en los pulmones.
—Estimados invitados y amigos, en nombre de la líder de batalla del Gran Clan de Stoy y en el mío, os doy la bienvenida al primer día de esta Cumbre Galáctica.
Llego a una enorme puerta reforzada y señalizada con unas franjas diagonales negras y amarillas. Frente a ella, hay otros cuatro cuerpos esparcidos. En el metal, hay pintada una señal con letras blancas y grandes.
«ADVERTENCIA: NÚCLEO DEL REACTOR. SOLO PERSONAL AUTORIZADO A PARTIR DE ESTE PUNTO».
La luz a mi alrededor se atenúa de pronto y se tiñe de un color rojo sangre.
—Hacedor, que no ocurra todavía —rezo.
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L a Sempiterna está en llamas.
El casco está rasgado y abierto de par en par, por lo que está
derramando combustible y refrigerante al espacio. El escape está
ardiendo como un arco de llamas que atraviesa la oscuridad iluminada por cientos de puntos de luz diminutos. Cada uno de ellos es una nave de los pueblos libres o del Ra’haam, amigos o enemigos, todos ellos luchando y muriendo por esta diminuta oportunidad para la vida.
—Ala G, se te aproximan cazas Ra’haam a las seis…
—Recibido, Trinity. Aquí la Do’Kiat, nos ponemos en marcha para intercep…
—¡Por el aliento del Hacedor! ¡Los tenemos encima! ¡Los…!
En la sala de control de la Neridaa, la batalla se proyecta a nuestro alrededor como si las paredes de cristal fuesen transparentes. Estoy junto a Aurora, observando cómo se desarrolla todo con un nudo en la garganta. En medio de la oscuridad, florecen brevemente nuevas estrellas, los misiles surcan el cielo, los tentáculos se agarran a lo que pueden y los cascos destrozados de las naves siniestradas se escoran sin remedio, sangrando y ardiendo. Los pueblos libres de la galaxia luchan con la valentía con la que se tejen las leyendas y de la que se cantan canciones.
Pero, si fracasamos, no quedará nadie para cantarlas.
Y el Ra’haam son demasiados…
—¡Integridad del casco al diecisiete por ciento! ¡Necesitamos ayuda…!
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—Estoy detectando más Hierbajos. Múltiples… —¡Me han dado! No…
Mi mente es como una tormenta; el poder de mi padre y mi be’shmai resuena en el interior de mi cráneo y carga el aire de electricidad estática. Azul medianoche y rojo sangre que, incluso en medio del paisaje blanco y negro del Pliegue, se unen en una sinfonía de destrucción que aplasta las naves corruptas que nos rodean hasta convertirlas en manchas sangrientas y siempre, en todo momento, empuja a la Neridaa hacia delante como una lanza de cristal eshvaren del tamaño de una ciudad que vuela a una velocidad cercana a la relatividad hacia nuestro objetivo.
Está oculto, dormitando en medio de todo este gris, pero… —¡Ahí! —exclamo, señalando—. ¡Ahí está!
Más allá de la matanza que tenemos delante, de las naves que matan y mueren a lo largo de la oscuridad que hay frente a nosotros, el Pliegue ondea como si una piedra hubiera rebotado sobre su superficie. Aunque en el espacio no hay sonido, juraría que oigo una tenue cadena de notas, hermosas y brillantes, que me hacen cosquillas sobre la piel.
Lo veo frente a nosotros del mismo modo que lo vi en el pasado: un pequeño remolino gris, negro y blanco, que se despliega como una flor bajo el sol de primavera. Es como si estuviera reaccionando a la presencia de los Disparadores de los eshvaren, como si supiera que…
—El umbral —susurro con el corazón henchido en una canción.
Mi padre echa un vistazo en esa dirección y, después, regresa a la batalla que hay en el exterior. Aurora, mostrando los dientes ensangrentados, está perdida en la matanza. Se hace con otra nave Ra’haam y la aplasta hasta hacerla añicos. Sin embargo, ante mis ojos, el umbral se extiende dibujando una espiral, ensanchándose como una apertura hasta que abarca miles de kilómetros de ancho.
Es el umbral que da acceso a la dimensión oculta en la que se esconde el planeta de origen de los eshvaren.
Brevemente, recuerdo la última vez que vinimos aquí: Aurora, Finian, Scarlett, Zila y yo. Aquellos eran tiempos más sencillos, mejores. Recuerdo la calidez de su amistad, la alegría que sentía cuando el escuadrón estaba reunido y la sensación de que, juntos, de algún modo, podríamos lograr cualquier cosa.
A pesar de la masacre que nos rodea, me descubro sonriendo ante semejante evocación. Doy gracias al Vacío de que la mayoría de ellos no
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sobreviviera para ver un futuro como este y, además, juro con todas mis fuerzas que lo daré todo para evitar que vuelva a ocurrir.
—Aurora, ¿ves…?
Un impacto sacude el casco de la Neridaa y el cristal se desprende de los gabletes superiores y se hace añicos contra el suelo, junto a mí. Mi padre aparta la mirada de la proyección con el ojo ardiente de un color blanco furioso y cegador.
—¡Ten cuidado, niña! —ruge.
Aurora se limpia la sangre de los labios mientras una luz fantasmal emana a través de las grietas que tiene en torno al ojo.
—¡Pensaba que tenías ese controlado!
—¡No puedo vigilar los flancos, la proa y la popa! ¡Concéntrate! —¡Estoy concentrada! Y me resultaría mucho más fácil si no me
estuvieras gritando, maldito… —Otro impacto nos sacude. Las paredes se resquebrajan y Aurora se tambalea—. Bueno, ¡ese ha sido culpa tuya!
—Kal, aquí Tyler, ¿me recibes?
Pulso el comunicador que llevo en la oreja y hablo con rapidez.
—Sí, hermano, tenemos el umbral al mundo de los eshvaren justo enfrente.
—¡Lo vemos! ¡Pero, desde luego, el rumor ya se ha esparcido por la mente colmena del Ra’haam! Se aproximan dos flotas de batalla más de Hierbajos y nuestras fuerzas se han visto diezmadas al cuarenta y siete… No, al cuarenta y tres por ciento.
Miro la anomalía con los dientes apretados, instándonos a seguir adelante con cada fibra de mi ser.
—Ya casi hemos llegado. ¡Aguantad!
—¿El Ra’haam va a poder seguiros al otro lado?
Miro a Aurora, pero vuelve a estar perdida en la euforia de la batalla del exterior. Mi padre fulmina con la mirada al enemigo con la sangre goteándole desde la barbilla y salpicando el suelo. Sin embargo, por cómo arquea ligeramente una ceja, sé que…
—No lo sabemos —confieso—. Es posible.
—Recibido. Os cubriremos lo mejor que… Oh, Hacedor…
Una luz resplandece a popa, imposible y cegadora. Entre el enjambre de naves Ra’haam, formado por sombras oscuras en medio de un cielo más oscuro, veo cómo la Sempiterna se ilumina desde el interior como si fuera una carroza de fuego en un día de festival.
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El casco se resquebraja y toda la nave se sacude. No puedo hacer nada más que contemplar con impotencia cómo se rompe el núcleo. Con un último y silencioso destello de luz, la Nave Mundo explota en pedazos y me encojo ante los ecos distantes de diez mil vidas arrebatadas por el abrazo del Vacío.
—Amna diir —susurro.
—No… —masculla Aurora con las lágrimas brillándole en los ojos resplandecientes.
—Jie-Lin…
La voz resuena en el vacío que nos rodea, cálida como la primavera, aceitosa y resbaladiza. Y a través de la pena y el fuego que han nacido en ella a raíz de la batalla, veo cómo Aurora tensa la mandíbula.
—Jie-Lin…
—Ignóralo, niña —le advierte mi padre.
—Ya lo estoy haciendo.
—Busca distraerte y…
—Mira, ¡cállate, por favor!
El umbral se cierne frente a nosotros, inundando nuestro campo de visión. Es una espiral eterna y los secretos de los Antiguos están justo detrás de ella. Alcanzamos el límite y lo atravesamos con un estruendo. De pronto, con un destello doloroso, los grises, blancos y negros del Pliegue se convierten en colores vibrantes, en un trueno con las tonalidades del arcoíris que retumba en el interior de mi cráneo.
A nuestra espalda, el umbral ondea como el agua, y la sangre y el corazón me dan un vuelco al ver cómo algunas naves del Ra’haam surcan la onda expansiva que hemos dejado a nuestro paso y atraviesan la herida que hemos abierto.
La batalla se extiende al espacio real.
La Sempiterna ya no existe.
Ahora, ya no tenemos un lugar al que huir.
Las naves de los pueblos libres siguen a las del Ra’haam y la Vengadora está entre ellas. Tyler y su tripulación navegan a nuestro lado hasta el final.
Frente a nosotros, veo el mundo de origen de los Antiguos que, en el pasado, fue un lugar de belleza, música y luz, y que, ahora, tan solo está muerto y gris. Sin embargo, a través de la grieta giratoria que hay tras nosotros están llegando más naves del enemigo que, al parecer, cuenta con
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una cantidad de activos interminable. Son los restos de una galaxia que antaño fue hermosa y caleidoscópica, y que ahora está podrida y perdida, enroscada en una sola mente, una sola visión y una sola voluntad doblegada ante un único propósito horrible: hacer que todo sea como ello.
Ve lo que yo veo. Piensa lo que yo pienso. Haz lo que yo hago.
Las naves del Ra’haam más cercanas sueltan una andanada contra la Neridaa, girando y escupiendo. Los proyectiles son extraños: tienen púas, rezuman veneno y van cubiertos por unas pseudocápsulas que se aferran a ellos.
—Kal, ¡eso son cápsulas de abordaje! ¡Iniciad maniobras de evasión! Mi padre arremete con los dedos doblados en garras. Aurora ruge con
sangre en los dientes y el pelo apartado hacia atrás por un viento invisible. Siento cómo algo se estrella contra el Arma y desgarra su recubrimiento, haciendo que la nave se sacuda hasta los cimientos.
—¡Kal, os han alcanzado! ¡Dos impactos idénticos a popa!
Otro impacto nos sacude y miro a Aurora, desesperado. Su rostro está crispado por el dolor y por una alegría sangrienta.
—¿Be’shmai?
—Puedo sentirlo, Kal —susurra—. Está… Está… —Está aquí —sisea mi padre—. Está a bordo.
Miro en torno a la estancia, contemplando las naves que siguen flotando y estallando entre las estrellas. Ni Aurora ni mi padre pueden salir de aquí; no con la batalla que todavía se está desarrollando en el exterior y con la tarea de guiar el Arma hasta el mundo de los eshvaren. Sin embargo, ahora, el enemigo está entre nosotros; dentro de nosotros. Así que solo yo puedo detenerlo.
—Se está moviendo —dice mi padre mientras le tiemblan los párpados
—. Treinta. Cuarenta cuerpos. Están recorriendo la espina central. —Tenemos asaltantes, Tyler —le informo mientras desenfundo mi
pistola—. Tres docenas de enemigos. Tal vez más. Me pongo en marcha para interceptarlos.
—Recibido. ¡Vamos para allá! ¡Retenlos hasta que lleguemos a vosotros!
Cuando me doy la vuelta para ponerme en marcha, Aurora me agarra de la mano.
—Ten cuidado, Kal.
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La estrecho entre mis brazos y poso mis labios sobre los suyos, saboreando la sangre. Hierro, óxido y ruina.
—Volveré, be’shmai, te lo juro.
Mientras atravieso la estancia, la voz de mi padre me detiene.
—Kaliis.
Me giro para mirar a ese hombre que, en el pasado, fue el centro de mi mundo. Está de pie en medio del resplandor de naves moribundas, de motores rotos y de combustible ardiendo, bañado por la luz rojiza de la matanza. De la barbilla le gotea sangre, espesa y violeta, que se acumula en el suelo, a sus pies. Tiene los ojos encendidos centrados en la batalla, en la sinfonía de destrucción que está interpretando junto a mi amada. Mientras lo observo, seguimos acercándonos al mundo muerto y a la salvación que tal vez resida en su interior.
Sin embargo, por un segundo, desvía la mirada hacia mí. La mantiene el tiempo suficiente para susurrarme el único saber que conoce.
—Haz que sangre.
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T ictac.
Tictac.
Tictac.
Me muevo en piloto automático, permitiendo que la
conversación fluya a mi alrededor como si fuera ruido blanco, perdida en mis propios pensamientos.
Mi cuerpo está apiñado con los de Finian y Scarlett en el Pegaso de Nari.
Nos arrastramos por el conducto de eliminación de residuos. Estoy en la morgue, robando la llave de acceso del cadáver de Pinkerton.
Todo esto ya lo hemos hecho antes. Una docena, un centenar, un millar de veces.
Mi mente va por libre, repasando todos los bucles que he vivido. Hemos intentado expulsar el núcleo dieciséis veces y hemos fracasado
en cada una de ellas.
Hemos abordado la zona con sigilo y nos han detectado.
Hemos experimentado con el uso de fuerza bruta, pero nos han superado.
Incluso hemos tratado de usar la lógica no una, sino dos veces. Nos hemos dirigido al comandante de la estación y le hemos expuesto los hechos de la forma más sencilla y menos amenazadora que hemos podido. La razón no ha tenido éxito allí donde ya había fracasado la astucia.
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Cierro los ojos doloridos y dejo que mi mente se libre de sus ataduras y explore. Mi intelecto es extraordinario; eso siempre lo he sabido. A pesar de que lo he estirado y lo he puesto a prueba, nunca he encontrado sus límites. Pero, ahora, me gire hacia donde me gire, me choco contra una de dos paredes.
En la primera, grabadas en grandes letras están las palabras:
«PUEDES INTENTARLO MIL VECES MÁS; ES IMPOSIBLE DE LOGRAR».
Y en la segunda, con letras incluso más grandes:
«NO TE QUEDA TIEMPO».
Esta es nuestra última oportunidad.
Una vez más, estamos en la oficina de Pinkerton, formando un semicírculo roto. Ahí fuera, al otro lado del casco de la estación, la enorme tormenta de materia oscura se remueve y, en su interior, esperando para desatarse, está nuestro futuro, nuestro camino de salida, nuestro viaje de vuelta a casa.
Si tan solo pudiera ver cómo…
La voz desesperada de Finian roza mi conciencia.
—Si pudiéramos modificar los ajustes del modo aturdir y hacer que la disruptora emitiera un pulso más amplio…
—SE REQUIERE DE INMEDIATO AL PERSONAL MÉDICO EN LA CUBIERTA 12 — informa la megafonía—. REPITO: PERSONAL MÉDICO A LA CUBIERTA 12.
Dejo que vuelva a alejarse. A mi alrededor se despliega un laberinto mientras tanteo todas las permutaciones posibles de los hechos. Sin embargo, siempre me encuentro con un callejón sin salida. Todos los «y si…» y los «tal vez podríamos…» acaban tropezando en alguna parte. Y, mientras tanto, seguimos todos los pasos que nos han matado cada una de las veces, marchando hacia el mismo destino, saliendo conscientemente al encuentro de nuestra perdición.
—Tal vez haya alguna manera de asegurar la cámara de la sonda para que yo disponga de más tiempo —dice Nari con la misma nota de desesperación en la voz—. Alguna cosa manual que la seguridad de la estación no pueda anular.
—Pero eso significaría que, cuando el núcleo estalle, estarás atrapada dentro —dice Scarlett—. Nari, tienes que salir o, de lo contrario, todo esto habrá sido para nada.
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Esto es inaceptable. No podemos estar en una situación sin salida posible o no habríamos llegado hasta aquí desde una realidad en la que Nari funda la Legión Aurora.
Tiene que haber alguna forma de que sobreviva.
Tiene que haberla.
Tiene que…
De pronto, los números dejan de desplazarse por mi mente, el fractal interminable de posibilidades deja de desplegarse y, entonces, veo la respuesta.
Abro los ojos y me encuentro a Scarlett observándome con atención. Incluso ahora, exhausta y agotada por la pena, el miedo y la carrera constante, no puede ocultar la dulzura de su mirada. A pesar de su caparazón externo, cultivado con tanto cuidado, tiene un corazón sin límites. Me alegro de que haya descubierto que eso también es cierto en el caso de Finian.
—¿Lo has resuelto? —me pregunta en voz baja.
—Sí.
Se limita a mirarme fijamente. Una parte de ella ya lo ha comprendido y empiezo a ver la genialidad que reside en su capacidad de poder hacer algo así. Al fin, aquí, al final de todo.
Lamento haberle gritado.
Lamento muchas cosas.
Tictac.
Tictac.
Tictac.
—Nari —digo—, los hallabong que tu primo lleva a casa de tu abuela… ¿están buenos?
—Riquísimos. —Parece sorprendida—. Pero, ¿qué…?
La miro a los ojos y, cuando lo hago, sé que…
He dejado de no sentir nada.
—Me gustaría probar uno —le digo.
Me encantaría ir a una casa como esa, en la que hay una familia que viene y va; una casa con tradiciones, bromas e historias familiares y con fruta tan jugosa que el líquido te corre por las muñecas y gotea desde los codos.
—Ojalá pudieras probarla —dice con el ceño fruncido—, pero… Finian al fin comienza a comprender lo que Scarlett ya sabe.
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—Zila, no. Ni hablar.
—¿Qué sucede? —pregunta Nari mientras pasa la mirada entre nosotros—. ¿Qué ocurre?
Scarlett sacude la cabeza.
—Zila, tiene que haber otra manera…
—No puede hacerlo una persona sola —digo con sencillez.
La voz de Finian se une a las protestas de Scarlett.
—No, Z, lo vamos a resolver. Todavía nos queda tiempo. Tenemos… —Con las fuerzas presentes que hay dispuestas contra ella, Nari no
puede sobrevivir para expulsar el núcleo. Tiene que sobrevivir para poder fundar la academia; de lo contrario, nosotros nunca vendremos hasta aquí y nunca plantaremos la semilla para la victoria de Aurora contra el Ra’haam.
»Elimina la idea de lo imposible. Sea lo que sea que quede, sin importar lo improbable —digo, mirando a Fin—, doloroso —añado en dirección a Scarlett—, o triste que sea —termino, dirigiéndome a Nari—, es la verdad. Alguien tiene que quedarse atrás para ayudarte.
Dejo que sus voces se superpongan las unas a las otras. —Dejé atrás a Cat, dejé atrás a mi hermano. Si crees que…
—Tan solo tenemos que volver a pensar en la forma en la que usamos…
—Esta vez puedo…
Permanezco quieta, mirándolos fijamente. Al final, se quedan en silencio. Ellos mismos han acabado con la discusión. Ahora, ven la verdad con tanta claridad como yo y, en lo más profundo de sus corazones, cada uno de ellos sabe que no tenemos tiempo que perder. Así que vuelvo a hablar.
—Hace muchos años, contemplé desde un escondite cómo unos asaltantes amenazaban a mis padres y amigos. Si me presentaba ante ellos, les dispararían y me llevarían. Así que permanecí escondida, aguardando a que apareciese de la nada una solución. Al final, los captores se cansaron de esperar y, aun así, mataron a mi familia antes de marcharse. Nunca más voy a volver a permitir que aquellos a los que quiero mueran a causa de mi inacción. En esta ocasión, sí puedo hacer algo.
—Eras una niña, Zila —susurra Scarlett—. No tienes que compensar aquello.
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—Y no puedo —contesto—. Sé que no depende de mí hacerlo. Pero ya he vivido antes esta historia, Scarlett, y, en esta ocasión, voy a cambiar el final.
—No podemos dejarte aquí sin más. —El dolor de Finian se refleja en cada arruga de su rostro y en la forma en la que se le atasca la voz—. No podemos dejarte sola.
Vuelvo a mirar a Nari.
—No voy a estar sola.
—¡Pero estarás dos siglos en el pasado! —exclama él.
—Alguien tiene que hacerlo —digo—. Ha sido así desde el principio. Vosotros dos tenéis que regresar a nuestro tiempo para luchar contra el Ra’haam. Puede que seáis los únicos miembros restantes del escuadrón
312. No podéis fracasar en vuestro cometido. —¿Y qué hay de ti? —murmura Scarlett.
—Yo pondré las cosas en marcha —digo—. No podemos pretender
que Nari lo haga todo. Alguien tiene que dejar informes para los comandantes de la Legión Aurora dando indicaciones de cada cosa: desde los ronquidos de Bjorkman hasta los regalos del depósito. Solo hay una manera de que Magallanes pueda saber todo lo que sabe.
—Vas a ser tú la que escriba el código de su programación —dice Finian en voz baja. Tiene los ojos húmedos—. Lo dispondrás todo para que Scarlett lo encuentre en esa red comercial.
—Es fácil sacar provecho de su debilidad por los bolsos. —Scarlett sonríe, aunque ya ha empezado a llorar—. Este es el motivo de que estemos aquí —les digo mientras arranco el diminuto fragmento de cristal del tesoro oculto de Pinkerton. Después, lo alzo y lo coloco frente a Scarlett—. Por eso dejaron esto en el depósito para que lo halláramos: para que nos arrastrara hasta aquí, a este lugar y este tiempo, y yo pudiera quedarme. Magallanes nos dijo que su conocimiento de los acontecimientos tan solo llegaba hasta cierto punto del futuro: el punto en el que yo dejé esa línea temporal.
Finian sacude la cabeza con los labios temblorosos.
—Z, ya hemos perdido a Cat…
—Y debemos hacerlo de nuevo. Todo debe ocurrir tal como ya ha ocurrido. Debemos perder a Cat para que pueda salvarnos en Octavia. Debemos permitir que el Mataestrellas consiga el Arma antes que nosotros para que pueda dispararla y lanzamos atrás en el tiempo. Porque yo
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siempre debo regresar aquí, al principio de todas las cosas. Debo permanecer en el pasado para salvaguardar nuestro futuro.
Scarlett entrelaza sus dedos con los míos. Al igual que Finian, está llorando.
—Nosotros también te queremos, Zila —susurra.
Me alegro de que lo entienda.
—La mantendré a salvo, os lo prometo —murmura Nari. Tanto el temblor como la seguridad de su voz hacen que sienta cierta calidez—. La incluiré en la evacuación. Conseguiré una bata de laboratorio. Con suerte, todo será lo bastante confuso como para que pueda cubrirla.
—Lo será —le digo—. Creo en ti.
—Deberías quedarte a Magallanes —dice Finian con la voz áspera mientras se remueve en nuestro espacio diminuto para rebuscar en el interior de su mochila—. Si consigues repararlo, estará repleto de información útil. Tal vez incluso puedas apostar en algunos partidos de deportes de pelota y mejorar el balance de tu cuenta bancaria.
Hace una pausa y, poco a poco, saca a Trébol. Mira a Scarlett y ella asiente. Entonces, me tiende nuestra mascota.
—Compañía adicional —indica nuestra rostro mientras se le quiebra la voz—. Muy bien, no te olvides de que nuestra Saeta original necesitará una caja en la que Auri pueda esconderse y… ¡Mierda! Ni siquiera sabemos para qué son las botas que había para Tyler en el depósito, ¿cómo vas a…?
—Cuando lo dejamos atrás, era prisionero de los terranos. Le proporcionaré un medio de escape. Tengo una inteligencia aguda, una memoria excelente y el resto de mi vida por delante —le digo—. No quedará nada en manos del azar.
Nuestra diplomática se queda en silencio un buen rato.
—Ay, Zila… —murmura.
—Lo sé —replico en voz baja.
—Ojalá… —dice Finian, pero no termina la frase.
—Tenemos una oportunidad más —digo—. Después de esto, el bucle acabará antes del pulso cuántico y no dispondréis de fuente de energía para volver a casa antes de que el bucle colapse por completo. Todo depende de los próximos catorce minutos. Todo lo que es ahora y todo lo que llegará a ser. Es nuestra última oportunidad para detener al Ra’haam, para proteger
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cada planeta, cada colonia, cada especie y cada vida que ha de llegar a existir. —Extiendo la mano una última vez—. Podemos hacerlo.
Scarlett la toma y me la estrecha.
—«Somos la Legión».
Finian nos rodea las manos con sus dedos metálicos.
—«Somos la luz».
Nari pone su mano sobre las nuestras y asiente.
—«Que brilla con fuerza en medio de la noche».
—Escuadrón 312 por siempre —digo con una sonrisa.
Tictac.
Tictac.
Tictac.
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L a batalla ruge a nuestras espaldas y, frente a nosotros, se encuentra el planeta muerto de los eshvaren.
El poder fluye a través de mí, embriagador y adictivo, y yo persigo
la sensación de euforia. Mi mente va por libre, rápida y salvaje, y soy consciente de que estoy recurriendo a mi propia energía para aplastar al enemigo, pero no soy capaz de recordar por qué no debería hacerlo.
Soy el poder manifiesto de los eshvaren; eso es lo que me dijo Esh en el Eco hace una eternidad. Soy todo lo que desearon, y mis enemigos van a arder.
La luz de la estrella enana roja moribunda enmarca el planeta mientras nos lanzamos hacia él, adelantándonos a nuestros perseguidores, y, en su superficie rocosa, todo está en calma.
El silencio frente a nosotros y el caos a nuestra espalda.
Kal recorre los pasillos de la nave que hay bajo mis pies con paso pesado. La Neridaa desciende hacia el enorme cráter donde se encuentran las puertas enormes del taller, que miden diez kilómetros de ancho. Ya se están abriendo sin hacer ruido, revelando el túnel liso y tallado directamente en la roca que hay al otro lado. La nave se mueve con rapidez, guiada con el más suave de los roces. Es casi como si quisiera volver a casa.
—Os seguimos al interior —brama Tyler a través del comunicador mientras una nave Ra’haam se estrella contra la superficie del planeta y
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estalla en una llamarada de fuego y escombros—. Tan, ve tras ellos. Intenta… ¡Hacedor! ¡Hazlo tú, De Mayr!
Desde su trono, con la sangre goteándole desde la barbilla y mostrando los dientes en una sonrisa carnívora, Caersan habla.
—Hay pocas cosas que lamente en esta vida, niña, pero lo daría todo por haber visto tu rostro cuando descubriste que me había adelantado y me había llevado la Neridaa.
—Yo sí que voy a disfrutar viendo el tuyo cuando te la arrebate — contesto.
No sueno como si fuera yo. No me siento como si fuera yo. Aun así, soy yo la que habla y son mis labios ensangrentados los que se tuercen cuando Caersan entrecierra los ojos.
Sin embargo, la batalla sigue en marcha a nuestro alrededor y me veo atrapada por el fuego mientras lanzo la nave al otro lado de las puertas, en dirección al túnel de kilómetros de ancho. Las flotas del Ra’haam y de los pueblos libres nos siguen. La oscuridad se ve iluminada por unas explosiones rápidas, y lo único que oigo a través del sistema de comunicación son gritos dando indicaciones, superponiéndose unos a los otros en un caos desesperado de órdenes y súplicas.
Dejo que mi mente se expanda hacia el exterior, y entonces encuentro a Kal. Casi ha llegado al lugar por el que el enjambre del Ra’haam está asaltando nuestra nave herida. Es como un faro violeta y dorado en medio de una masa retorcida y hambrienta de verde azulado.
Anclo a él una parte de mí misma y me extiendo aún más lejos para encontrar a la Vengadora. Me impulso hacia la mente de Tyler y la de Lae, sobrepasando su cansancio, su miedo y su concentración absoluta en la batalla.
¡Kal os necesita!
Sin embargo, ahí fuera hay alguien más. Puedo oír su voz y sentir las partes de él que ya no pueden separarse del todo.
—Jie-Lin… Jie-Lin, ven a mí…
—Tan solo te llama porque teme no poder ganar —sisea Caersan mientras se aferra a los reposabrazos de su trono con los nudillos blancos
—. No participes en tu propia derrota, niña. Las lágrimas son para los conquistados.
Irrumpimos en la caverna de cristal que se encuentra en el centro del planeta y extiendo mi mente hacia Kal para evitar que se caiga cuando la
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Neridaa frena de repente y empieza a arrastrarse en dirección a los andamios que conforman su antigua cuna.
La cámara, que tiene cientos de kilómetros de ancho, es inmensa. Unos acantilados de cristal enormes reflejan la luz de las naves que llegan tras nosotros. Unos arcos de fuego surcan los gabletes arcoíris y las explosiones resuenan contra el cristal antiguo.
La escala de este sitio es impresionante. El vacío polvoriento de hace eones está inundado ahora por la batalla para salvar el futuro. Cuánta energía debe de haber sido necesaria para construir algo así, para crear el Arma en la que nos encontramos… La última vez que estuvimos aquí, me sentí como un insecto en comparación. Sin embargo, ahora percibo esa misma energía recorriéndome y prendiéndome fuego. Mientras la Neridaa se acomoda en su lugar, me inunda una sensación de alivio. Es como quitarse unos zapatos muy ajustados o como tomar aire.
Ya está en casa.
Giro la cabeza y capto un atisbo de flores azules pero, entonces, desaparecen, aniquiladas cuando una nave se deshace en un millar de fragmentos resplandecientes. Los escombros alcanzan a sus perseguidores, que estallan en una segunda explosión.
La nave de Tyler aterriza junto a nosotros y tanto él como su tripulación salen de ella. Sin embargo, a estas alturas, las naves del Ra’haam están llegando al interior de la cámara como un enjambre de saltamontes que se entremezcla con muy pocos de nuestros propios navíos en una masa espesa y asfixiante que gira a nuestro alrededor.
Juraría que oigo un fragmento de música, unas pocas notas embriagadoras. Entonces, un gruñido de esfuerzo de Caersan acaba con el momento.
Necesitamos tiempo para reparar nuestra nave rota y sanar las grietas que recorren su revestimiento pero, cuando miro el cielo de cristal abovedado que hay sobre nosotros, me doy cuenta de que quedan muy pocos de nuestros aliados para poder conseguirnos ese tiempo.
Y ni siquiera sé por dónde empezar…
Como si fuera una respuesta, el sabor cobrizo de la sangre que siento en la boca se vuelve dulce y la escena que hay frente a mí comienza a desvanecerse. Siento pesadez y entumecimiento, una gravedad que me arrastra hacia el fondo. Y, aunque aguanto durante un instante, noto cómo me deslizo hacia un lugar conocido; un lugar en el que ya he estado antes.
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¡Pero no puedo abandonarlo! ¡Ya vienen!
¡Kal!
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N os encontramos en uno de los amplios pasillos del interior de la Neridaa. Estoy bañado por los colores del arcoíris y rodeado por el rugido de la batalla que se libra más arriba.
Los invasores son una multitud que se derrama desde las cápsulas de abordaje hacia los pasillos del Arma. Una docena de razas y una docena de formas, pero todos ellos una misma mente. Tienen la piel moteada por el moho y flores en los ojos y, tras esas miradas, siento a la criatura que los abarca a todos: un ser que ya era antiguo cuando mi mundo de origen no era más que un guijarro nuevo que se enfriaba poco a poco en torno a un sol que ahora ya está muerto.
Una voluntad que lleva esperando un millón de años para lograr su triunfo.
La luz arcoíris que me rodea hace un efecto estroboscópico y el gran techo abovedado que hay sobre nuestras cabezas resuena con los gritos de muerte de nuestra flota menguante. En mis manos, las espadas son como plumas. Desato la matanza sobre las marionetas del Ra’haam, bailando la danza de la sangre con la misma facilidad con la que respiro. Pero noto otro impacto sobre el casco de la Neridaa. Y después otro. Me doy cuenta de que son más cápsulas de abordaje. Vienen en cantidades infinitas y sé que, contra este enemigo, no hay victoria posible.
Lo único que puedo ganar es tiempo.
Avanzan por los pasillos brillantes. Una nueva oleada. Retrocedo hacia un terreno más estrecho en el que su cantidad no será tan importante. Una
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de esas cosas viene hacia mí a través del resplandor parpadeante del arcoíris. Allí donde deberían estar sus ojos hay hojas, y sus cuernos están entrelazados con una corona de espinas. Le corto la mano con la que intenta agarrarme, pero la otra me lanza contra la pared. Algo me golpea la espalda mientras doy tumbos intentando encontrar cobertura. Tal vez sea un disparo de un cañón de pulso. No estoy seguro; son muchos…
—Deja de luchar, Kaliis…
Son demasiados.
—Entrégate a nosotros…
Una parte de mí siempre supo que caería en batalla. No tengo miedo de morir luchando por algo en lo que creo. Pero sí tengo miedo de dejarla a ella. Aurora, mi amada. Antes de conocerla, no era más que una sombra pálida, un fuego sin prender a la espera de la chispa que me hiciera arder.
Unas manos retorcidas se extienden hacia mí. Unos ojos como flores, resplandeciendo en un tono azul.
No quería que esto acabara así.
Los seres que están cargando contra mí estallan y me bañan en sangre y vísceras. Oigo más disparos, granadas, la energía siseante de una hoja psíquica atravesando piel y, después, por encima del ruido de la matanza, una voz que hace que el corazón me dé un vuelco.
—¡Toshh, informe de situación! —grita Tyler.
—¡Despejado, comandante! —contesta la enorme mujer mientras recarga su arma y comprueba un escáner—. ¡Pero se aproximan más! ¡Están a setenta metros!
Me aparto la sangre de los ojos y veo a Lae sobre mí, iluminada por la hoja psíquica violeta que lleva en el puño. Mientras tomo la mano ensangrentada que me ofrece, vuelve a asaltarme la idea de que conozco a esta joven. Sé que es un pensamiento un poco tonto: ni siquiera había nacido cuando Aurora y yo caminábamos por nuestro tiempo. Y, aun así…
—Has luchado bien —dice en voz baja mientras contempla la matanza que me rodea.
Echo la vista hacia atrás por el pasillo de cristal resplandeciente, en dirección a la sala del trono.
—Me enseñaron bien. —Su mirada se endurece y sus ojos se llenan de odio—. Es tan monstruo como crees que es —le digo mientras limpio mis espadas—, pero la familia es… complicada.
—¿Estás bien, Kal?
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Me doy la vuelta hacia Tyler, que surge de entre el humo, dirigiéndose hacia mí. Su descomunal armadura pesada está tan desgastada por la guerra y maltrecha como el hombre que la lleva. Pero, a pesar del dolor que siento y la muerte que se derrama en torno a nosotros, consigo sonreír.
—Tu aparición siempre es bienvenida, Tyler Jones.
—Guárdatela en los pantalones, chico —dice con una sonrisa—. Hoy no me he lavado los dientes. —Se gira hacia los suyos y empieza a bramar órdenes—. ¡Dacca, cubre esa brecha! ¡Toshh, pon una pantalla de fuego en este pasillo ahora mismo! ¡Se aproximan más enemigos y no podemos permitir que pasen por encima de nosotros! ¡Veinte segundos para el contacto! ¡Vamos, vamos!
Veo cómo su tripulación se dispersa para prepararse para la siguiente masacre. La batalla sobre nosotros se está calmando ahora que los últimos de nuestros defensores están cayendo. Cada una de las personas que quedan sabe que esta batalla es imposible de ganar. Aun así, todos obedecen sin rechistar, animados por el fuego que hay en los ojos de Tyler y el acero de su voz.
Sienten por él el mismo amor que sentíamos todos nosotros.
Algunas cosas nunca cambian.
Mi antiguo alfa me lanza un rifle de sobra. Toma posición detrás de una espiral de cristal arcoíris y le dirige una mirada a Lae.
—¿Estás bien? —le pregunta en voz baja.
Ella asiente mientras se aparta del hombro una trenza dorada y plateada.
—Estoy bien.
—Si quieres retroceder… —Hace un gesto con la cabeza en dirección a la sala del trono que está tras nosotros mientras la mira con su ojo bueno
—. Para proteger a Aurora…
Lae alza su hoja psíquica y el resplandor crepitante hace que sus iris
parezcan en llamas. Puedo sentir cómo el Ra’haam se acerca y la presión de su mente sobre la mía. Veo las grietas en torno a los ojos de Lae, los estragos de las innumerables batallas que ha luchado (que todos ellos han luchado) para mantener viva esta llama diminuta, e incluso ante el momento en el que se está apagando…
—Mi padre me enseñó a luchar con valentía —dice ella, desafiante—, pero mi madre me enseñó a morir con honor.
Tyler sacude la cabeza.
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—Lae…
—¡No! —contesta, devolviéndole la mirada—. No temo al Vacío más de lo que lo hacía ella.
Paso la mirada entre ambos, preguntándome cuál es la verdad que se esconde tras ellos. Chocan como el fuego y el hielo, pero está claro que no son solo un comandante y su soldado. Si me esfuerzo, puedo sentir un hilo que los une. Es tan fino como una hebra de azúcar hilado pero, aun así, tan fuerte como el acero forjado en las estrellas.
—¡Ya vienen! —ruge Toshh—. Ha llegado el momento, gente.
Supongo que, ahora mismo, no tiene importancia.
El enemigo está sobre nosotros.
La canción de la batalla inunda el aire.
Y entonces ya no nos queda más tiempo para las palabras.
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T ictac. Tictac. Tictac.
El corazón me late a cien klicks por segundo. En mi mente, la imagen de la academia estallando en pedazos se reproduce una y otra vez. Con la mano sudorosa agarro la pistola de pulso y en la
muñeca siento el peso del cuchillo que me regaló Saedii.
Tictac. Tictac. Tictac.
Arriba, el almirante Adams continúa su discurso para la asamblea, ajeno a la calamidad que se está desplegando bajo sus pies.
—Nos hemos reunido aquí para tratar la creciente oleada de agitación entre los múltiples mundos de nuestra galaxia. Sin embargo, antes de que comiencen las negociaciones, hay otro asunto sobre el que debe recaer nuestra atención. Es una cuestión que concierne no solo a cada una de las especies aquí presentes, sino a la vida de todas las criaturas de la Vía Láctea.
La silueta del núcleo del reactor se alza frente a mí. Está formada por tres cilindros imponentes que se encuentran en una amplia sala circular que recorre la columna vertebral de la academia. Las paredes están cubiertas de conductos pesados y las pantallas brillantes de los terminales de control y los monitores de la estación enfatizan la luz leve y palpitante.
Aquí, la temperatura casi llega al punto de ebullición y el calor es casi insoportable. El vapor flota, siseando y retorciéndose. Cat ha desconectado las líneas de refrigeración, empujando al núcleo hacia la sobrecarga, y, de algún modo, ha desactivado el sistema de alarmas.
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Al mirar a mi alrededor, veo terminales de apagado que han sido abiertos a la fuerza, así como relés de alarma y controles manuales desconectados. Hay más cadáveres esparcidos por el suelo. Tienen los cuellos rotos, las columnas vertebrales torcidas y las bocas abiertas en gritos silenciosos.
Cat, ¿qué te han hecho?
—La Legión Aurora se fundó hace más de doscientos años en una época de oscuridad y conflicto tras una guerra que desearíamos que nunca se repitiera —dice Adams y su voz resuena por todo el anfiteatro—. Desde entonces, hemos funcionado como una fuerza para la preservación de la paz, sirviendo a los intereses de todas las razas sintientes de la galaxia. Sin embargo, ese no ha sido nuestro único propósito, y me temo que la líder de batalla De Stoy y yo no hemos sido del todo sinceros con los motivos para convocar esta reunión.
Oigo cómo los murmullos surcan la audiencia de la cumbre.
El suelo empieza a sacudirse bajo mis pies.
Adams respira hondo y mira a los delegados mientras la imagen de un planeta azul verdoso grande aparece en el holograma que flota sobre su cabeza.
—Representantes, delegados, amigos, esto es el planeta Octavia… Y, sin previo aviso, la transmisión se corta y se apaga.
Las luces a mi alrededor parpadean y pasan del rojo a un blanco estroboscópico. El suelo vuelve a sacudirse bajo mis pies. La luz del reactor se hace más brillante y el calor más intenso. Entonces, a través del aire resplandeciente, la veo. Está encorvada sobre otro terminal y la luz deslumbrante se refleja en su máscara reflectante sin rasgos.
No sabe que estoy aquí. Está concentrada únicamente en el sabotaje. Con lentitud, me apoyo sobre una rodilla y, con el pulgar, cambio el ajuste de energía de mi pistola de pulso a la opción de matar. Me centro solo en el uniforme; en la amenaza. No pienso en la chica que hay debajo; la chica que solía conocer y que me rogó que me quedara.
Te quiero, Tyler…
Apunto con la pistola directo al corazón.
Un disparo y todo se habrá acabado.
Tictac. Tictac. Tictac.
—¡Jones! —ruge alguien—. ¡Alto!
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Me giro con el corazón en un puño mientras media docena de guardias de seguridad de la Legión atraviesan la puerta blindada que hay detrás de mí con los rifles preparados. Echo la vista atrás hacia mi objetivo y veo a Cat apartándose del terminal. Entonces, oigo cómo ahoga un grito que la máscara reflectante vuelve metálico.
—TYLER…
Del interior de su uniforme, saca uno de los blásters alargados y elegantes de la AGI.
Los soldados que están detrás de mí gritan una advertencia.
Disparo, pero Cat se hace a un lado y gatilla su arma en dirección al equipo de seguridad. El aire se llena con el sonido del fuego de los disruptores de la Legión, el chisporroteo del bláster de Cat y el siseo de mi propia pistola. En la sala del reactor se desata un tiroteo a tres bandos por el futuro de la galaxia.
Me lanzo tras un grupo de ordenadores en busca de cobertura mientras les grito a los guardias de seguridad.
—¡Está intentando hacer explotar el núcleo del reactor! ¡Tenemos que…!
Oigo con claridad el chasquido del metal chocando contra el metal y abro los ojos de par en par cuando dos granadas de pulso aterrizan en el suelo junto a mí. Con un jadeo, me arrojo a un lado, impulsado por el estallido de los explosivos al detonarse. Choco con fuerza contra la pared y me derrumbo sobre el suelo tras un grupo de tuberías de acero. Noto el sabor de la sangre en los dientes y en la boca, y los oídos me pitan.
—¡Estoy de vuestra parte, imbéciles!
Capto un movimiento: una sombra corriendo a través de la oscuridad hacia otro terminal. Salgo de detrás de mi cobertura para disparar pero, a mi espalda, vuelven a abrir fuego con los rifles disruptores (¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!) y me veo obligado a ponerme a cubierto otra vez. A mi alrededor, el aire chisporrotea.
Estoy inmovilizado.
Es imposible que pueda llegar hasta ella. —¡Cat! —rujo—. ¡Cat, por favor, no hagas esto!
No hay más respuesta que el sonido pesado de las botas de la Legión sobre el metal. Hay más soldados entrando en la sala, dispersándose para rodearme. No quiero dispararles. Después de todo, son mi gente («Somos la Legión. Somos la luz».), pero si me atrapan desprevenido con todo el
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personal muerto esparcido por el suelo que hay tras de mí y los cargos de asesinato en masa y terrorismo galáctico pendiendo de mi cabeza…
—¡Cat, por favor! —grito—. ¡Sé que puedes oírme!
—Se ha acabado, Jones. ¡Suelta el arma!
La vislumbro a través del vapor que se arremolina, la luz pulsada y el aire que zumba, hirviendo. Sin embargo, la trayectoria del disparo no está despejada. Tengo la respiración agitada y el cuerpo me gotea. En mi cabeza dolorida se repite una y otra vez la misma imagen: el cristal haciéndose añicos, la academia explotando, y esa voz… Esa voz que ahora me suplica, gritando en el interior de mi cabeza.
«Puedes arreglarlo, Tyler…».
«¡Arréglalo, Tyler!».
Respiro hondo. Pienso en mi hermana. Y en Saedii. En Auri, Kal, Fin y Zila. Y, entonces, susurrando una oración al Hacedor, me lanzo a través del suelo con la pistola en mano, ruedo hasta ponerme de rodillas y apunto directamente a la cabeza de Cat.
¡Pum!
El tiro me alcanza en la cadera. El dolor me recorre el cuerpo y el disparo, ardiente, me atraviesa la carne mientras jadeo, agonizante, y vuelvo a disparar. Veo que alcanzo a Cat en el brazo izquierdo. Ella se retuerce, siseando de dolor.
¡Pum!
El segundo disparo me da en la sien. Siento cómo el hueso se resquebraja y la piel se cauteriza. El ojo me chisporrotea en la cuenca mientras me caigo hacia atrás. La pistola se me escurre de las manos y repiquetea contra la rejilla del suelo.
¡Pum!
El tercer disparo me golpea en la parte baja de la espalda y me sale por el vientre. Frente a mí, la sangre quemada salpica el metal. Vuelvo a jadear. Veo una luz blanca en la cabeza, y las piernas, que ya no tienen sensibilidad, se me doblan. Golpeo la cubierta con sangre en la boca y me abro la ceja contra el metal. Tengo sangre en la cara. No puedo ver por el ojo derecho. No puedo…
Botas corriendo.
Calor sofocante.
Una sombra se cierne sobre mí y cuando me doy la vuelta, gruñendo, veo un uniforme de la Legión y un rifle apuntándome directamente a la
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cara.
—Fin de la partida, traid…
Algo golpea a la figura por el lateral; es algo alargado y brillante que se mueve como el líquido. El torso del soldado se separa de sus caderas y su cuerpo se derrumba con un chorro de sangre. Oigo el rugido de las alarmas, algo que suena como un látigo crepitante y sonidos húmedos de salpicaduras. Veo una sombra sobre mi cabeza: gris oscuro, blanco pálido y unos puntitos diminutos de azul brillante con forma de flor.
Cat.
Parpadeo con fuerza y sigo sus movimientos a través del vapor. Se mueve entre los soldados como una cuchilla, como un demonio, como un monstruo. Lanza la máscara reflectante a un lado. Tiene los ojos azules iluminados, ardiendo con una luz fantasmal. Aterrado, veo que se ha arrancado el brazo del uniforme de la AGI ahí donde le he disparado. Desde ese sangriento desgarro se derrama un cúmulo alargado de tentáculos de dos o tres metros de largo y del mismo color azul verdoso que las horribles plantas que habían engullido la colonia de Octavia. Afilados como espadas, surcan el aire.
Atraviesa a los soldados como si estuvieran hechos de papel y ella de cristal roto. Ellos gritan, alarmados, y responden abriendo fuego. Los disparos de los disruptores surcan el aire pero ella no se detiene. Apenas reduce el paso o respira mientras los hace trizas y deja sus restos despedazados esparcidos por las paredes y el suelo.
Entonces, se pone en pie con la cabeza agachada y los hombros encorvados. Respira con dificultad mientras la larga masa de látigos espinosos se sacude, haciendo que gotee sangre sobre un suelo que ya está empapado.
Cierro el ojo bueno con un sabor metálico y salado en la boca. Intento ponerme en pie.
Intento alcanzar el arma que se me ha caído.
Intento…
—Tyler…
Está sobre mí y el corazón se me rompe al verla. Dos flores diminutas de un azul cegador le brillan en los iris. Lleva el uniforme cubierto de sangre. Puedo ver la forma de lo que solía ser en la curva de sus labios y en el fénix que lleva tatuado en el cuello. Sin embargo, mis ojos vagan
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hacia esos zarcillos alargados y espinosos que le surgen de la manga desgarrada donde debería tener un brazo.
La sangre se acumula a mi espalda, las piernas se me están enfriando y siento el rostro adormecido. La parte lógica de mi cerebro me dice que estoy entrando en shock, desangrándome y muriendo. Sin embargo, no es la parte lógica de mi cerebro la que susurra.
—Me has… Me has salvado.
Se arrodilla a mi lado y me mira con esos ojos que una vez fueron marrones. Aun así, de alguna manera, siguen llenos del amor que solía sentir por mí.
—Un as siempre respalda a su alfa —dice con una sonrisa.
Casi estoy llorando y sollozo cuando extiende una mano y me pasa la yema de un dedo por la frente quemada y la mejilla destrozada.
Me pregunto si, de algún modo, he conseguido llegar a ella; si se ha
dado cuenta de en qué se ha convertido. Cuando le pregunto, mi voz no es
más que un susurro.
—¿Por qué?
—¿No lo entiendes? Te quiero, Tyler —replica con una sonrisa infinitamente triste e infinitamente amable—. Así que todos nosotros también te queremos.
Se pone en pie, retorciendo el brazo, y se acerca a uno de los terminales. Me cuesta levantar la cabeza para seguirla a través del vapor y los destellos rojos. Sus dedos son un borrón sobre una serie de controles y la puerta blindada se derrumba, sellándonos en el interior de la cámara con un fuerte estruendo.
—¿Qué…? —Hago una mueca de dolor mientras me sujeto las entrañas—. ¿Qué haces?
Ella no deja de teclear. La luz se atenúa y el suelo se sacude con más fuerza.
—Acabar con esto.
Frunzo el ceño mientras intento incorporarme.
—Pero… Me has… ssssal…
—Queríamos ser nosotros, Tyler. —Unos ojos azules luminosos me miran a través del vapor danzante y la creciente oscuridad—. Al final de todo. Mereces que seamos nosotros.
—Cat… —susurro mientras se me rompe el corazón—. Tú… tú también morirás.
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—No. —Sacude la cabeza con los ojos brillantes por las lágrimas—. Esta carne morirá, pero mis recuerdos, mis pensamientos y mi amor seguirán vivos. Ojalá hubieras podido estar aquí, con nosotros. Ojalá lo hubieras podido entender.
—Cat…
—Te vamos a echar de menos, Tyler. Muchísimo.
Trato de ponerme en pie con la sangre derramándoseme entre los dedos, pero el dolor es demasiado insoportable. Me arrastro hacia ella uno o dos metros, arañando el metal con los dedos rojos y pegajosos mientras se me rompen las uñas. Sin embargo, estoy muy herido y he perdido demasiada sangre.
Me cuesta pensar. Me cuesta respirar. Me cuesta ignorar la visión de la estación haciéndose añicos y pensar en mis amigos, mi familia, y en la idea de que todo lo que he dado y he perdido va a acabar así, de este modo y… Piensa, piensa, piensa.
—¿Te duele? —me pregunta. Toso sangre y trago saliva con fuerza mientras asiento—. Lo lamento —susurra—. No será durante mucho más tiempo, Ty.
Extiendo una mano hacia ella, curvando los dedos ensangrentados.
Intento hablar pero, en su lugar, me ahogo. No quiero morir aquí, no así.
Y tengo tanto miedo de morir solo que, durante un instante horrible, me pregunto cómo sería ser uno con ello. Porque me doy cuenta de que el Ra’haam se trata de eso.
Nunca estás solo.
Le hago un gesto para que se acerque, susurrando.
—B… Be…
—¿Qué? —me pregunta.
—Un beso —susurro—. ¿De despedida?
Las lágrimas le brillan en los ojos y deja de teclear. Oigo unos fuertes golpes en la puerta blindada, voces distantes y, al fin, el sonido de las alarmas. Pero sé que es tarde; demasiado tarde. No van a conseguir entrar a tiempo. Cat se mueve hacia mí a través de la oscuridad. Es como una sombra oscura pequeña en cuyo interior hay una sombra mucho más grande, tan enorme, descomunal y hambrienta que va a devorar las estrellas.
Se arrodilla a mi lado y me mira a los ojos.
—Be… bésame —le suplico.
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Ella suspira y las lágrimas empiezan a caerle desde esos ojos iluminados. Tras recorrerme la mejilla con los dedos, se inclina hacia delante y posa sus labios sobre los míos. Por un instante, regreso a aquel hotel en el que estuve con ella durante nuestro permiso y a aquella única noche que pasamos juntos. Todo el amor que sentía por mí brillaba en su mirada y se hizo añicos cuando, después, le dije que ni debíamos ni podíamos estar juntos.
Tendría que haberla querido mejor. Tendría que haberla querido más. Trato de decírselo. Con el último aliento que me queda, con los labios que tengo contra los suyos, abriendo mi mente y derramándome hacia ella, intento decirle que lo siento.
Te quiero.
Entonces, le clavo el cuchillo en el cuello.
Se echa hacia atrás con los ojos floridos desorbitados. La sangre le mana de la garganta. Pero el cuchillo de Saedii está más afilado que una cuchilla. La hoja de un solo filamento y la aleación syldrathi cortan de forma limpia la carne, las arterias y el hueso.
La apuñalo una y otra vez, bañado por la mirada de pena, dolor y furia que desprenden sus ojos mientras se tambalea hacia atrás con una sangre oscura brotándole de las heridas. De los bordes de las puñaladas surgen unos zarcillos diminutos, pálidos y ensangrentados, que serpentean a ciegas por el aire.
Los tentáculos que tiene al costado se lanzan hacia mí, rodeándome el cuello como una serpiente. Sin embargo, se derrumba antes de poder apretar. Tiene la sorpresa grabada en el rostro cada vez más pálido. Patalea débilmente con las piernas, rasga el suelo con los talones y tiene la respiración agitada.
Hace un esfuerzo para hablar pero, en su lugar, se ahoga. Sus ojos resplandecientes se posan sobre los míos.
—Lo siento —susurro—. Lo siento mucho, Cat.
Entonces, empiezo a arrastrarme.
Atravieso la cubierta empapada dejando un reguero rojo tras de mí. Me deslizo con las uñas partidas mientras mantengo unidos mis pedazos con manos ensangrentadas.
Ignorando el dolor y la pena, me arrastro.
Como si la vida de todos los seres sintientes de la galaxia dependiera de ello.
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Me arrastro.
Llego al terminal y rebusco con manos rojas y pegajosas. Frente a mi ojo brotan unas flores negras y cada aliento me arde en los pulmones. Pero, al final, consigo pulsar los controles y abrir la puerta blindada. Me derrumbo de espaldas, jadeando y tosiendo sangre mientras los equipos técnicos e informáticos y los matones de seguridad irrumpen en la sala del núcleo a través del vapor que se arremolina en medio del rojo creciente.
Pero no es demasiado tarde.
No es demasiado tarde.
«Puedes arreglarlo, Tyler…».
Las miras láser de una docena de rifles disruptores me iluminan el pecho.
Me desplomo sobre el terminal y la luz se me desvanece del ojo.
—Jaque mate —susurro.
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AURORA
Estoy en el Eco, el lugar en el que viví durante medio año, el lugar en el que me entrené para convertirme en el Disparador que soy.
Pero no se parece a nada que recuerde.
A mi derecha, antaño, unos campos ondulantes de flores conducían a una ciudad de cristal que se alzaba en el horizonte. A mi izquierda, un valle solía extenderse hacia los bosques. Frente a mí, antes salpicaba y canturreaba un alegre río que serpenteaba bajo un perfecto cielo azul.
Sin embargo, ahora está todo roto, despedazado como la Neridaa. Unas grietas recorren el cielo gris como si fueran las fisuras que hay en la piel del Arma. Las flores están hechas añicos como el vidrio, el río astillado como el hielo y las agujas de cristal del horizonte están torcidas y caídas. Incluso el sabor del aire está… mal. Tengo el corazón en un puño y, mientras observo la desolación que me rodea, una figura conocida viene hacia mí, flotando a través de los campos de flores destrozados.
Esh tiene forma de humano, pero dista mucho de serlo; es una criatura de luz y cristal en cuyo interior se refractan los arcoíris. Su ojo derecho es blanco y está iluminado, tal como debe de estarlo el mío. Ahora, también tiene un aspecto diferente. Unas finas grietas recorren su superficie y la luz se filtra desde su interior. Sin embargo, el alivio me inunda al ver a mi antiguo maestro y, en un instante, salgo corriendo hacia él entre las flores rotas.
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—¡Esh! ¡Santa madre de la Papaya! Me alegro muchísimo de verte. Tenemos que…
Sa… Saludos —me interrumpe con el mismo tono musical de siempre, suave y cortés—. Bienvenida a… Bienvenida al Eco. Soy el… Eshvaren.
—Sí, ya lo sé —le digo—. Esh, ¿qué ha pasado aquí?
No reúnes los pará… No reúnes los parámetros para el entrenamiento. ¿Qué asuntos te traen aquí?
—Ya lo sé; no necesito entrenar. He…
Me detengo cuando me doy cuenta de lo que está ocurriendo y el corazón me da un vuelco. Recuerdo que, en realidad, este ser con el que estoy hablando no es una persona; no es más que una proyección, una amalgama de los recuerdos y la sabiduría de toda la raza eshvaren. Y tal como me dijo que ocurriría, después de que me marchara la última vez, esa amalgama se ha reiniciado. Esh no me recuerda más de lo que recordaba a Caersan la primera vez que vine aquí.
Santa madre de la Papaya…
¿Qué asuntos te traen aquí?, repite sin más.
—De acuerdo. Soy un Disparador. Tú me entrenaste. He venido con otro Disparador, que es un absoluto sociópata. ¿Por qué decidisteis entregarle poderes casi divinos a un absoluto…? —Sacudo la cabeza y sigo adelante—. Da igual, es una larga historia. La cuestión es que el Arma está dañada y necesitamos repararla. Pronto.
Lo… —La imagen de Esh parpadea, como si fuera una pantalla defectuosa—. Lo no… Lo notamos. —Alza la vista hacia el cielo gris y resquebrajado y, después, la baja hacia las grietas que le recorren las manos—. ¿Qué…? ¿Qué habéis hecho?
Una punzada de dolor me recorre la cabeza y en mi mente veo un fragmento de la batalla que está ocurriendo en el exterior. Fuera del Eco, el tiempo se mueve con lentitud, como si fuera un helado derritiéndose en medio de un día caluroso. Sin embargo, veo más naves del Ra’haam entrando en la caverna y las pocas que nos quedan a nosotros ardiendo a cámara lenta.
Dentro de la Neridaa, siento a Tyler. No es más que un destello, una llama pequeña, pero hermosa de oro fundido en la que nunca antes me había fijado. Junto a él, siento a Lae, que es un reflejo de esos mismos colores. Y, entre ellos, siento a Kal, dorado y violeta en medio de un frío asfixiante.
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Siento su ira.
Siento su miedo.
Sé que no tengo mucho tiempo.
—Fuimos lanzados a través del tiempo —le digo a Esh—. Dos Disparadores juntos. No sé… Pero el Ra’haam está aquí. ¡Toda la Vía Láctea está llegando a su fin! Necesitamos reparar el Arma ahora mismo. ¿Puedes ayudarnos?
Esh me observa durante un instante largo.
La galaxia contiene la respiración.
N… No, contesta.
KAL
Entre mis manos, las espadas son de plomo. Por dentro de la armadura, tengo el cuerpo resbaladizo por el sudor. Me tambaleo por encima de la sangre, espesa y pegajosa sobre el suelo cristalino.
—Kaliis…
No escucho su voz mientras disparo la pistola que llevo en una mano. —Sabemos que la quieres. Nosotros también la queremos…
A mi alrededor, la tripulación de la Vengadora lucha con la furia de aquellos que no tienen nada que perder. Siento cómo se despierta el Enemigo Interior, esa parte de mí moldeada por el hombre que está en la sala del trono y que se deleita con la guerra y la matanza. Desde que tengo memoria, he luchado contra él, contra esta cosa en la que intentó convertirme. Pero, por mucho que lo odie, ahora mismo me alegro de que esté en mi interior.
—Solo hay una forma de salvarla; una forma de que pueda vivir, eterna, y de que vuestro amor sea perenne como las hojas bajo la luz de una calidez que todo lo consume…
No escuches la voz de la cosa. Escucha la de tu interior.
La piedad es para los débiles.
La paz es para los cobardes.
Las lágrimas son para los conquistados.
Llegan más. Docenas. Cientos. Veo a Tyler y su gesto es sombrío. Lae me mira a los ojos y veo la muerte que nos acecha.
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Sin embargo, no podemos permitir que lleguen hasta Aurora.
—Date prisa, be’shmai —susurro.
AURORA
—¿No? —pregunto, alzando la voz—. ¿Qué quieres decir con «no»? ¡Vosotros construisteis esta cosa! ¡Deberíais saber cómo arreglarla!
La imagen vuelve a parpadear, como si fuese una transmisión perdiendo energía. Siento el suelo sacudiéndose bajo mis pies. Fuera, el Ra’haam se acerca a Kal, Tyler y los otros poco a poco, como si fuera melaza, espesa y asquerosamente dulce.
—¡Esh! —grito.
El Eco. El Arma. Esta… Esta personificación de nosotros. Todo está… conectado. Como está da… Como está dañado, nosotros también lo… estamos. No podemos… ayudarte.
Otro temblor recorre el suelo y un rayo atraviesa el cielo destrozado que hay sobre nuestras cabezas. Puedo sentirlos ahí fuera, desangrándose a cámara lenta, cayendo uno a uno ante una cantidad imposible de enemigos. Ni siquiera estoy segura de qué quiere decir Esh, pero cada segundo que pasamos hablando es un segundo en el que mis defensores siguen muriendo.
Con la mente funcionando a toda velocidad, miro en torno al Eco y, después, miro al propio Esh.
—Si este lugar y el Arma están unidos…
Alargo la mano hacia el objeto más cercano, que yace en la hierba sobre un centenar de fragmentos de color rosa. Siento los remanentes de las energías de este sitio y, en mi mente, veo tan claro como el agua cómo solía ser y todos los momentos que pasé aquí con Kal. Conforme mi ojo empieza a brillar, junto de nuevo las piezas y las uno en la palma de mi mano.
Una sola flor, única y perfecta.
A modo de respuesta, fuera, más allá del Eco, siento cómo se cierra una grieta diminuta en el casco del Arma.
Sí —asiente Esh—; te has… dado cuenta.
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Cierro los ojos y ralentizo la respiración y el funcionamiento de mi cabeza. Asimilo mi entorno, tanto real como virtual, y me sintonizo con él. Al otro lado, todavía puedo sentir a los demás: destellos rápidos de la mente familiar de Kal, de Tyler e incluso de Lae. Puedo saborear su miedo, su valentía, su dolor cuando caen sus amigos y su furia ante la cosa que se los está arrebatando. Pero, por encima y en torno a todo ello, siento la sigilosa falta de naturalidad del Ra’haam.
Quiere hacerse conmigo…
Durante años, me preparé como cartógrafa para la misión de Octavia. Y, mientras recorría este lugar con Kal cada día, no pude evitar aprenderme la forma de este sitio. Atraigo ese recuerdo y pienso en lo que solía ser el Eco.
Puede volver a ser igual.
Pero es demasiado grande para abarcarlo todo en el interior de mi cabeza…
Por más que lo intente, no puedo…
—No puedo —siseo, estirando una mano temblorosa.
Debes hacerlo.
Extiendo ambas manos y el rostro se me contrae mientras me esfuerzo por abarcarlo todo.
—Nos estamos quedando sin tiempo. ¡Ayúdame! —Esh se limita a sacudir la cabeza—. ¡No puedo hacer esto yo sola!
KAL
Estamos fracasando.
El Ra’haam nos ha hecho retroceder y, mientras cedemos terreno, los miembros de la tripulación de Tyler van cayendo de uno en uno. Los suelos cristalinos están bañados en sangre, el hedor de la muerte pende del aire y no dejan de llegar enemigos.
—¡Lae, retrocede! —ruge Tyler mientras dispara desde detrás de su cobertura.
La joven está danzando entre esas horribles figuras, con la hoja psíquica resplandeciendo mientras corta una monstruosidad de ojos floridos que se había abalanzado sobre la espalda de Dacca.
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—¿Dónde quieres que vaya? —grita ella.
Dice la verdad: no podemos seguir retrocediendo. Tras nosotros se encuentra la entrada a la sala del trono. Si el enemigo llega hasta mi padre y Aurora, toda esperanza estará…
Un disparo me alcanza el muslo, espeso y viscoso. Es como si fuera un pegamento que me ancla la pierna al suelo. Otro me da en el vientre y, entonces, me caigo, cubierto por ese fluido pegajoso. Me doy cuenta de que no me puedo mover, que estoy atrapado como un insecto en ámbar. Me horrorizo al comprender que el Ra’haam no desea matarnos, sino doblegarnos y arrastrarnos a su terrible singularidad.
—¡Kal! —brama Tyler—. ¡Cuidado!
Corto las manos que me aferran y, en mi mente, grito una negación mientras busco a Aurora. Me niego a permitir que todo acabe así. Me estremezco cuando un arco ardiente de energía, de un color rojo oscuro como la sangre seca, atraviesa a los seres del Ra’haam que se acercan.
Los alcanza otra descarga, una esfera de energía psíquica pura que mancha las paredes con sus entrañas y solo deja cadáveres rotos a su paso.
Tyler parpadea, atónito. Lae se limita a gruñir. Pero yo me doy cuenta de quién nos ha salvado.
—Padre…
Está sobre mí con las manos extendidas, vestido de acero negro. Tiene los ojos amoratados y tanto los labios como la barbilla manchados con un rastro violeta allí donde se ha limpiado la sangre. Noto que las grietas de su rostro son más profundas y que le tiemblan los dedos; pequeñas señales del esfuerzo que le está costando todo este calvario.
Sin embargo, su ojo arde como una estrella y, por mucho que lo odie, siento cómo se alza el Enemigo Interior cuando, con un gesto de la mano, hace añicos mis ataduras.
—Ningún hijo de Caersan muere de rodillas, Kaliis. Lucha.
AURORA
No puedo hacer esto sola.
Mientras la batalla continúa en el exterior, doy todo lo que tengo (tanto como lo están haciendo al otro lado) para arreglar las grietas que hay a mi
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alrededor en el Eco. Pero hay demasiadas y es demasiado grande.
Intento enfocar las imágenes y recuerdo cómo solía ser este lugar y cómo solía recorrer los campos ondulantes de flores con Kal a mi lado y nuestras manos entrelazadas. Al pensar en él, una parte de mí lo busca al otro lado del océano que nos separa y es entonces cuando me doy cuenta de algo. Es entonces cuando lo veo.
No estoy sola.
Él está conmigo. Siempre. Y no solo Kal, sino también Tyler. Puedo sentirlo ahí fuera, con su tripulación a su lado. Toda esa gente, todos esos supervivientes que ni siquiera he tenido la oportunidad de conocer (niños y guerreros, fieros y asustados, solos o con sus seres queridos) son los últimos de sus especies.
Con el futuro de la galaxia en juego, ellos están luchando y muriendo, dándolo todo por la oportunidad de disponer de un ayer diferente.
—No estoy sola —susurro.
Estoy con una piloto llamada Simann, intentando con desesperación deshacerme de los Hierbajos que me pisan los talones y, aunque sabía que se acercaba este momento, el miedo es como hielo en mis entrañas, así que extiendo la mano hacia el holograma de mi marido que llevo en el salpicadero y sé que todo va a ir bien porque pronto volveré a verle y…
Estoy en el Eco y el agua clara del río se ha convertido en sangre, pero ignoro lo que veo y, con un movimiento del dedo, lo esbozo en el aire de memoria gracias a mis miles de sesiones de entrenamiento en sus orillas y…
Estoy con Dacca mientras lucha contra el enjambre y estoy pensando en mis hermanos y en cómo nos reuníamos todos en torno a la luz del hogar mientras nuestro padre nos contaba las historias de los antiguos héroes. Me pregunto si, algún día, llegaré a ser una, pero, entonces, me doy cuenta de que lo soy; ya lo soy, y…
Estoy en el Eco, abriéndome a la marea que llega del exterior y echando la cabeza hacia atrás mientras un millón de fragmentos de
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cristal roto se alzan del suelo y se fusionan para formar un hermoso campo de flores y…
Estoy con Elin, la adusta betraskana de la tripulación de Tyler, y estoy luchando codo con codo con Toshh, pensando en lo estúpida que he sido por no pedírselo antes, por no decirle lo que siento. Nuestros hombros chocan mientras retrocedemos la una hacia la otra y, entonces, ella me mira a los ojos y sonríe y, de pronto, me doy cuenta de que lo sabe, de que siempre lo ha sabido y…
En mi mente, construyo montañas y la arboleda en la que Kal y yo solíamos dormir. Todos y cada uno de mis guerreros me está ayudando de alguna manera, prestándome una parte de ellos mismos. Un último roce, pensamiento o recuerdo que me dice que no estoy sola, que estamos todos juntos. Su presencia fluye a través de mí como el agua. El Eshvaren intentó enseñarme a hacer que ardieran todos ellos, pero siempre necesité poder luchar en nombre del amor. Sin embargo…
Cuando intento alcanzarlos a ellos, a aquellos a los que conozco, a los que más necesito y a los que más quiero…
Puedo sentir algo raro; puedo sentir…
Algo no va bien…
KAL
—¡Retroceded! —ruge Tyler.
Poco a poco, la gente de Tyler ha ido cayendo ante la riada: la gente de la Sempiterna, aquellas naves que se despidieron de nosotros y, ahora, Toshh, Elin, Dacca y el resto de la tripulación de la Vengadora.
Un pedazo diminuto de su corazón ha desaparecido con cada uno de ellos pero, aun así, siguen luchando por lo que le queda. Tyler, Lae, mi padre y yo.
Aurora, al otro lado de las puertas que dan acceso al salón del trono.
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Y por el único momento en nuestro pasado que puede hacer que cambie todo esto.
Los enemigos son demasiados. Mi padre acaba con ellos con oleada tras oleada de energía y, estando a su lado, la parte de mí que creció bajo su sombra canta en señal de adulación.
Sin embargo, el resto de mí permanece en silencio, horrorizado ante el hecho de que este no vaya a ser solo nuestro destino, sino el de toda la galaxia. Llegan más; siempre llegan más, y ahora no solo son humanoides, sino que tienen otras formas: mastodontes de varios brazos procedentes de Manaria IV y gigantes con puños de piedra de la Deriva de Tartallus cubiertos de musgo, retorcidos y siendo uno.
Puedo ver un resplandor latiendo a través del cristal que nos rodea, cálido y tranquilizante. Las grietas parecen estar cerrándose y el corazón se me acelera al pensar que, tal vez, Aurora esté teniendo éxito. Sin embargo, algo lo está deteniendo, sofocándolo y…
Miro el túnel que tenemos tras nosotros y los pulsos de luz que surgen de la sala del trono.
—¡Retroceded! —vuelve a gritar Tyler.
Mi padre aprieta los dientes mientras gruñe.
—¡Mantente firme, terrano!
—¡Podemos crear un cuello de botella para demorarlos! —grita Lae—. ¡Podemos conseguir unos pocos minutos más!
Aparecen a través del humo, surcando los pasillos de la Neridaa con unas alas incrustadas de un azul verdoso apagado. Estuvieron a punto de extinguirse cuando mi padre destruyó Syldra y, aun así, aquí están. Tres criaturas aterrizan como un trueno entre las legiones podridas del Ra’haam. El impacto hace que Lae caiga de rodillas y Tyler y yo nos tambaleemos mientras los rugidos resuenan en la caverna que nos rodea.
—Hacedor, otra vez no… —gruñe mi antiguo alfa.
—Drakkans —susurra Lae.
Las formidables criaturas se mueven con la rapidez de una flecha y son tan grandes como casas. Aun así, la primera de ellas cae partida en dos cuando los dedos de mi padre rasgan el aire. La segunda se tambalea cuando le lanzo a la boca la última de mis bombas de pulso y, entonces, mi padre alza la mano y le parte el cuello. Sin embargo, la tercera, sinuosa, arremete a toda velocidad contra Lae, que sigue de rodillas.
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Sus garras son capaces de atravesar el acero y sus dientes son tan afilados como una espada y, aunque la joven se gira hacia un lado, no es lo bastante rápida. Las garras descienden y los ojos floridos brillan. Pero, con un grito de negación, una figura se lanza entre el drakkan y su presa. La armadura pesada gruñe cuando esas horribles garras dan en la diana y lanzan a ambos volando sobre el suelo bañado de sangre.
—¡Tyler!
AURORA
Una grieta vuelve a abrirse en el cielo que hay sobre mí y, a través de los árboles que crecen a mi alrededor, noto cómo cambia la canción del viento y …
Hay un niño syldrathi de rodillas y una niña que observa cómo su padre le da patadas en las costillas. En silencio, con terquedad, el niño se niega a luchar y yo me lanzo hacia delante con su nombre en los labios.
—¡Kal!
La ciudad de cristal del horizonte se está desmoronando y yo, frenética y obstinada, vuelvo a dibujarla en todo su esplendor en el mapa de mi mente, pero siento esa sombra y…
Un niño y una niña syldrathi están juntos mientras sus padres se gritan el uno al otro. Ninguno de los dos lo comprende, pero ambos están observando y aprendiendo. El estómago me da un vuelco mientras observo cómo una sombra echa raíces en sus corazones y siento la maraña de dolor y amor que mana de los cuatro.
—¡Caersan! ¡Tienes que arreglarlo! —exclamo.
En mi visión, él se gira hacia mí y me mira, indescifrable.
—¡No está roto! —gruñe, porque ni siquiera sabe cómo ver lo que está mal—. ¡Debilucha! —añade con un rugido y, después, me expulsa de su
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mente.
Le grito porque, ahora, siento la enorme y empalagosa calidez del Ra’haam muy cerca. Es muy grande y sé que, sin todos ellos, no puedo detenerlo; sin él, no puedo arreglar todo esto, pero ni me escucha ni me ayuda. Siento dentro de ellos esa sombra que, como un cáncer, me bloquea, me detiene y…
Si no puedo detenerlo ahora…
No puedes detenerlo ahora…
Entonces, sé que no puedo detenerlo.
Estoy con Tyler, que está con Saedii en el puente de mando de una nave en la época anterior a que se la llevaran, antes de que él supiera siquiera que la amaba. Él todavía es joven y todavía parece alegre, y eso me recuerda a aquella vez en que bailamos juntos en la Sempiterna, yo con mi precioso vestido rojo y él con aquellos pantalones ridículos, ambos llenos de esperanza y valentía. Alzo la vista hacia su rostro atractivo, que no sabe lo que se avecina, y pienso…
Todavía tienes una oportunidad de arreglar esto, Tyler Jones. Me dijiste cuándo y dónde ocurría.
Cómo ocurría y…
En este lugar en el que el tiempo no significa nada y un minuto puede durar toda una vida y en el que puedo hacer cualquier cosa si puedo imaginarla, dejo todo atrás y me derramo sobre un único momento. Me extiendo hacia el otro lado del abismo, atrás en el tiempo, para gritarle una advertencia al muchacho que fue en el pasado porque no sé si vamos a poder lograrlo aquí pero, tal vez, él pueda arreglarlo allí porque, si no lo hace, puede que no haya nada y…
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Puede que no haya nada…
No hay nada. Eh…
—¡Tyler!
KAL
—¡Tyler!
Me deslizo para llegar junto a mi hermano mientras otro pulso de energía roja como la sangre estalla a nuestro alrededor. Magullada y desconcertada, Lae está todavía entre sus brazos. Sin embargo, el corazón se me encoge cuando veo la sangre que le brota a él de la boca, la armadura rota y el cuello. Mi padre ataca de nuevo y una ráfaga esférica de energía hace papilla al último drakkan. Sin embargo, el daño ya está hecho…
—Su… supongo que matar a dos de esos… cabrones en una sola vida era… pedir demasiado —dice Tyler con una mueca de dolor.
—Levántate —le digo mientras me paso uno de sus brazos en torno a los hombros—. Rápido.
—Dé… Déjalo —dice, tosiendo con el pecho agitado—. Mar… Marchaos.
—¡No! —dice Lae, mirándome—. Tenemos que…
—Vamos a hacerlo. —Ignoro la protesta de Tyler y lo alzo, ensangrentado, para ponerlo recto—. ¡Padre! —Me mira con los ojos encendidos mientras nada entre la sangre como si hubiese nacido para ello —. ¡Padre, debemos retroceder!
—Marchaos entonces.
Jadeando, desesperados, Lae y yo arrastramos a Tyler a través del túnel que conduce a la sala del trono. A nuestro alrededor, las paredes palpitan en armonía y los gritos de los moribundos y el zumbido del poder me empapan como la lluvia. Una vez más, vuelvo a sentir esa calidez, pero también siento de nuevo que hay algo mal entre nosotros, una sombra.
Aurora flota en el centro de la estancia con la cabeza hacia atrás y el ojo ardiendo con la luz de millones de soles. Hago una mueca y, con las
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manos cubiertas de su sangre, dejo a Tyler en el suelo con cuidado. Lae tiene el gesto torcido y los ojos llenos de lágrimas. —No…
—¡Aurora! —grito—. ¡Date prisa!
Mi padre nos ha seguido hasta la sala del trono, retrocediendo a regañadientes, paso ensangrentado tras paso ensangrentado. El Ra’haam lo ha seguido, así que, con una desesperación amarga y definitiva, él ruge con los brazos extendidos.
Las paredes de cristal se hacen añicos y la Neridaa parece gritar de dolor cuando el túnel se derrumba y nos deja encerrados dentro.
Sin embargo, el enemigo ya está aporreando la barrera y, a pesar de todo lo que le ha costado, sé que tan solo nos ha conseguido un par de minutos.
—¡No está roto! —gruñe mi padre.
—¿Padre?
—¡Debilucha!
Las paredes que nos rodean se sacuden y las mejillas de Aurora resplandecen con las lágrimas.
Tyler toma la mano de Lae y se la estrecha. Ahora, su respiración es rápida y superficial.
—Es… Estaba orgullosa de ti. —La luz que hay en él empieza a menguar—. Yo… también lo estoy.
Las palabras de mi antiguo alfa resuenan en mi cabeza por encima del sonido del enemigo aproximándose.
De hecho, me uní a ella y su antigua tripulación para enfrentarnos al Ra’haam.
Tu hermana era una mujer fantástica.
—Siempre había creído que Saedii odiaba a nuestra madre —digo, pasando la vista entre ellos—, pero se llamaba…
—Laeleth —murmura Tyler mientras sonríe con tristeza.
—¿Hermano…? —susurro.
Lo último que quedaba de él se desvanece y la luz de su interior se apaga.
Lae agacha la cabeza y las trenzas doradas y plateadas teñidas por el rojo de la sangre le caen sobre el rostro cuando abre la boca. Su grito resuena entre las paredes y es replicado por Aurora y por la propia Neridaa. La energía choca contra las grietas crecientes como las olas
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chocan contra una costa rocosa. Extiendo una mano hacia mi amigo con lágrimas en los ojos.
—Hermano…
—Levantaos —espeta una voz. Me giro hacia él que, como siempre, se alza sobre mí como una sombra—. ¡Poneos en pie! —ruge mi padre mientras nos fulmina a ambos con la mirada—. ¡Somos syldrathi! ¡Nuestros ancestros caminaban por las estrellas cuando los suyos no eran más que babosas en medio del océano! Hay urna batalla que ganar y, aun así, ¿lloráis por este chucho terrano?
Lae se gira hacia él, gruñendo y enseñándole los dientes.
—¡No te atrevas! —le suelta—. ¡No te atrevas a llamar «chucho» a mi padre!
Las paredes vuelven a atronar, los seres que hay en el túnel derrumbado escarban cada vez más cerca, el techo tiembla y los cristales rotos caen como la lluvia.
—¿«Padre»? —Los ojos del Mataestrellas centellean y, mientras la Neridaa se sacude, escupe sangre al suelo—. ¿Un terrano? Es repugnante. ¿Qué tipo de desgraciada falta de honor yacería con alguien como él y seguiría llamándose a sí misma «syldrathi»?
Sacudo la cabeza, a punto de reírme.
—Eres un idiota.
—Y tú eres un crío —me gruñe—. Como siempre, digno hijo de tu madre.
—¡Y estoy orgulloso de serlo! —rujo mientras me pongo en pie—. ¡Y si tú me hubieras dado una sola gota del océano de amor que me dio ella, tal vez seguiría diciendo lo mismo de ti! ¡Pero no eres más que odio! — Extiendo los brazos, abarcando la nave temblorosa y la luz distorsionada de los arcoíris—. ¡Y este es el resultado! ¡El fin de la galaxia! ¿Y para qué?
—¡Para conservar el honor de nuestro pueblo, niño!
—¡Tú destrozaste nuestro mundo! ¡Tú mataste a nuestro pueblo! ¿Qué honor hay en eso?
—¡Eran traidores! —ruge—. ¡Buscaron la paz con los terranos! ¡Ningún verdadero hijo de Syldra se rebajaría a yacer con nuestros enemigos!
—¡Dile eso a tu hija!
Se queda callado y abre los ojos ardientes de par en par.
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—¿Qué…?
—¡Mírala! —le grito, señalando a Lae.
A nuestro alrededor, las paredes tiemblan. La luz del arcoíris se oscurece. La boca de Aurora se abre y se cierra como si fuese a hablar.
Mi padre respira con suavidad y mira a Lae, desconcertado.
—Mi…
—Nos enseñaste lo que era la guerra —le digo—. Nos enseñaste lo que era el miedo. Nos enseñaste lo que eran la sangre, la ira y el enemigo. Y, aun así, incluso Saedii fue capaz de amar a un terrano y dar a luz a su hija; de morir defendiendo todo lo que dejaste roto a tu paso. —Las lágrimas me arden en las mejillas mientras contemplo a mi sobrina—. Tus hijos han pasado toda su vida bajo la sombra de tu odio. Y, aun así, Saedii creó algo así de hermoso. —Me giro hacia él, sacudiendo la cabeza—. Imagina lo que podríamos haber logrado si tan solo nos hubieras querido…
—Arréglalo…
Me doy la vuelta y veo a Aurora flotando en el centro de la estancia. El poder se acumula en su interior y nos envuelve, reflejándose en los cristales rotos que nos rodean. Mientras mira a mi padre, tiene los ojos llenos de lágrimas.
—¡No está roto! —gruñe él.
—Caersan, no puedo hacer esto yo sola. —Estira un brazo hacia él con toda la galaxia pendiendo de un hilo—. Arréglalo.
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SCARLETT. QUEDAN CATORCE MINUTOS.
Z ila está entre mis brazos, toda ángulos definidos en contraste con mis curvas, y desearía que esta no fuera la primera y la última vez que voy a abrazarla. Estoy hecha un desastre mocoso y, aunque sé
que tiene razón, no sé si voy a poder soportar otra pérdida. Puedo hacer lo que tengo que hacer, pero ¿qué quedará de mí misma cuando llegue al otro lado?
Sin embargo, me concede este momento y no se aparta de mí. Se queda entre mis brazos, real y completa, formando parte de mi vida durante unos segundos más. Entonces… Entonces, algo se deshace en su interior y se relaja, apoyando la cabeza en mi hombro durante un único segundo.
Sé que está lista. Se ha convertido en quien necesita ser para hacer esto. Y las partes de esa transformación que no proceden directamente de ella han sido regalos nuestros.
Alzo la vista con los ojos todavía llenos de lágrimas y me encuentro con la mirada expectante de Nari.
Prometo estar con ella, me dicen esos ojos solemnes.
Estrecho a Zila una vez más sin apartar la mirada de la chica que va a vigilarla por nosotros. Lo es todo —le dice mi mirada a modo de respuesta. Después, añade—: Necesita a alguien que cuide de ella.
La teniente Nari Kim se limita a asentir. Ya lo sabe. Se ha dado cuenta.
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Me aparto y suelto a Zila. Entonces, Finian me toma de la mano.
No queda nada más que decir y, de todos modos, tampoco queda tiempo para decirlo.
Así que los dos nos damos la vuelta y salimos corriendo.
ZILA. QUEDAN DOCE MINUTOS.
Me resulta extraño seguir a Nari en lugar de estar guiándola a través del comunicador, pero conozco cada paso como si yo misma los hubiera dado un centenar de veces. Doblamos una esquina, nos pegamos a la puerta y contamos los valiosos segundos que transcurren hasta que la patrulla de seguridad pasa al final del pasillo.
Finian y Scarlett los distraerán en un instante, así que Nari y yo llegaremos al núcleo cuarenta y cinco segundos antes de lo que ha conseguido llegar ella las veces anteriores.
Si estuviera sola, no sería suficiente, pero eso le dará el tiempo necesario para defenderme.
Juntas, podemos hacerlo.
FINIAN. QUEDAN DIEZ MINUTOS.
—Por las barbas del Hacedor…
—¡Menos hablar y más correr! —dice Scarlett, jadeando.
La patrulla de seguridad avanza por el pasillo, detrás de nosotros, pidiendo refuerzos por radio y, con toda probabilidad, el lanzamiento inmediato de misiles sobre nuestra posición actual. Hay un betraskano a bordo de su estación y ahora lo saben.
La buena noticia es que hemos conseguido distraerlos. La mala noticia es que casi hemos llegado a los muelles de atraque y si no perdemos de vista a los matones que nos persiguen, robar una nave va a ser bastaaaaante complicado.
Entonces lo veo, justo enfrente, en la intersección, montado en un soporte de pared. Si sale con facilidad, sobreviviremos; de lo contrario, moriremos.
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—Scar —digo—, gira a la izquierda.
No hace ninguna pregunta y se lanza a doblar la esquina mientras yo agarro el extintor de incendios y lo suelto con un tirón. Después, con una oración al Hacedor, lo lanzo contra los guardias de seguridad que nos persiguen.
Intentan dispararme y uno de ellos se acerca tanto que estoy a punto de acabar con un corte de pelo nuevo. Sin embargo, sus disparos también alcanzan el extintor y lo hacen estallar. En un instante, todo el pasillo está lleno de un polvo blanco y fino que me ciega. Inhalo una bocanada de químicos y me abro paso a tientas entre la nube pálida hasta llegar a la puerta abierta que Scarlett está sujetando.
Me cuelo dentro con ambas manos en torno a la boca para amortiguar el sonido de mi tos entrecortada. La puerta se cierra con un zumbido y escuchamos cómo la patrulla llega a la intersección, maldice y se separa en cuatro, alejándose de nuestro escondite.
Mamones.
ZILA. QUEDAN OCHO MINUTOS.
En esta ocasión, Liebermann ha caído sin disparar a Nari. Los guardias de seguridad del exterior del laboratorio han quedado incapacitados. Llegamos hasta el cartel.
«SOLO PERSONAL AUTORIZADO A PARTIR DE ESTE PUNTO».
—ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2. REPITO: ALERTA DE SEGURIDAD EN EL NIVEL 2.
Una tarjeta de acceso robada sobre la puerta. Un fuerte zumbido electrónico. Y, después, el anuncio que me indica que quedan ocho minutos para la implosión de la estación y nuestro último bucle.
—ATENCIÓN: AUMENTO DEL FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 9.
Estoy aquí, en esta sala circular tan grande que he visto a través de los ojos de Nari una y otra vez, en persona. Un recipiente cilíndrico de cristal domina el espacio. Cables y conductos lo conectan con el grupo de ordenadores que hay contra las paredes. Nuestro objetivo está en el interior, resquebrajado y suspendido en el aire, con una luz palpitante.
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La primera vez que vi una de estas sondas, Aurora la tocó y vivió medio año en el interior del Eco con Kal. Me pregunto brevemente cómo estarán; si sobrevivieron y si todo esto valdrá la pena.
—¿Qué demonios estáis haciendo aquí?
Nari aturde al hombre que va vestido con un traje blanco que le protege de la radiación. En esta ocasión, también aturde a su compañero antes de que tenga tiempo de desenfundar el arma. Me pongo de rodillas, meto las manos entre la maquinaria y reduzco mi centro de atención a la tarea que me ocupa.
Este momento es lo único que importa.
—Veinte segundos para que tengamos compañía —murmura Nari, que está quieta del todo y con la vista fija en la puerta. Es como un halcón planeando a la espera de su oportunidad.
El sistema para expulsar el cristal al espacio es mecánico en lugar de electrónico. Supongo que en caso de que se produjera un fallo eléctrico. Hay cuatro cierres que mantienen la sonda en su sitio, uno en cada punto cardinal, y todos tienen que ser retirados de forma manual. Sin embargo, los mecanismos son pesados y están atornillados. Escudriño el suelo a mi alrededor y me arrastro hacia uno de los ingenieros inconscientes. Lo tumbo de espaldas y rebusco en su cinturón de herramientas una llave inglesa pesada.
Date prisa, Zila, date prisa. Esta vez puedes salvarlos.
—¡Ya vienen! —grita Nari.
Las puertas se abren de golpe y la luz y el sonido inundan la sala. El humo se enrosca a mi alrededor, así que libero una de mis manos para subirme la camiseta y taparme con ella la boca y la nariz. La llave inglesa encaja en el primero de los acoplamientos. Estiro una vez y después otra. Entonces, doy un tirón para soltarlo.
Mientras gateo hasta el segundo cierre, hago caso omiso del fuego que chisporrotea sobre mi cabeza y del olor a metal fundido. Nari los está reteniendo, pero son demasiados y sé que solo quedan unos segundos hasta que uno de ellos use el fuego de cobertura de los demás para entrar en el laboratorio.
Las alarmas suenan cada vez con más fuerza y, mientras suelto el segundo cierre, echo un vistazo a la sonda. Sigue flotando y emitiendo su luz, anclando aquí a mis amigos.
Ahora.
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—¡Zila! —grita Nari mientras resuenan las armas y la columna que hay sobre su cabeza explota en un chorro de chispas—. ¡Date prisa!
Me arrastro tripa abajo hasta el siguiente cierre. Las sirenas me retumban en los oídos. Tengo las manos resbaladizas por el sudor y la llave inglesa se me escurre mientras tiro con fuerza, con el rostro contorsionado. Al final, desacoplo el tercer cierre.
—¡Zila! —ruge Nari.
—¡Diez segundos! —replico.
Estoy ante el cuarto cierre. Coloco la llave inglesa en su sitio y tiro con todas mis fuerzas para hacerla girar. El último acople se resiste, obstinado, irritante. Tengo entre las manos el destino de toda la galaxia y, aunque no soy una persona religiosa, una parte de mí desearía serlo con desesperación.
—Por favor —susurro a quienquiera que sea que esté escuchando. Por favor…
Finalmente, el cierre se suelta.
Durante un segundo más, el resplandor palpitante persiste. La energía que fluye a través de la sonda falla y, al fin, la luz del interior parpadea y, después, se apaga.
Con un golpe sordo, el cilindro que la contenía se abre y la sonda rota se libera y sale disparada hacia el vacío helador del espacio.
Sin energía.
Sin vida.
Lo he conseguido.
Sin embargo, no hay tiempo para celebrarlo. Nari retrocede hasta mí. Todavía está disparando mientras dice palabrotas. El aire está lleno de disparos y el ruido casi resulta ensordecedor.
Cinco segundos.
La teniente gasta lo que le queda de la munición en disparar en dirección a la puerta. Después, se agacha detrás de mi columna y entrelaza las manos, tal como hemos planeado.
Suelto la llave inglesa y me pongo de pie. Apoyo una bota en sus manos unidas y, con un gruñido, ella se levanta, impulsándome hacia arriba. Doy un puñetazo a la rejilla del conducto de ventilación y me agarro a los bordes del agujero. Me subo en un solo movimiento y me giro sin hacer caso al dolor que siento al embutirme en un espacio tan pequeño. Después, asomo la parte superior del cuerpo para alcanzarla.
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Nari da un salto y, a su espalda, otro grupo de ordenadores explota. Por un instante, creo que nuestras manos no van a unirse, ya que no es alta.
Entonces, sus palmas chocan con las mías y, haciendo uso de toda mi fuerza, tiro de ella hacia arriba justo cuando la patrulla de seguridad irrumpe por la puerta.
FINIAN. QUEDAN SIETE MINUTOS.
Llegamos más tarde de lo normal y el muelle de atraque está muy ajetreado, así que el camino habitual hasta nuestra lanzadera no está disponible. La cabeza me da vueltas, el corazón me late con fuerza y, mientras me agacho junto a Scarlett a la sombra de una nave de abastecimiento, intento respirar hondo para calmarme.
Un silbido, un ruido raro y agudo, me surge de la garganta. Todavía puedo saborear esa chakk de extintor. ¿Qué demonios les ponen los terranos a esas cosas?
—A pesar de todo, tenemos que tratar de abordar la misma nave — susurra Scarlett—. La mayoría de la tripulación se subirá a las cápsulas de escape, pero ese transbordador es el único que puede llevarnos hasta la tormenta.
Quiero darle la razón, pero noto la lengua extrañamente pesada, los labios me hormiguean y la boca no hace lo que quiero que haga. Cuando me mira, me limito a asentir.
—¿Puedes…? ¿Puedes distraerlos o algo así? —susurra—. ¿Hacer que suene una alarma en alguna parte o realizar alguno de esos trucos de magia informáticos tuyos?
Sacudo la cabeza mientras me inclino hacia delante y apoyo las palmas en el suelo. No puedo respirar. Estoy mareado.
—¿Estás bien? —me pregunta en un murmullo, con los ojos muy abiertos. Hago un gesto en dirección a la nave. Tenemos que seguir moviéndonos—. Bueno, entonces lo haremos a la antigua —masculla mientras se inclina hacia delante y echa un buen vistazo a toda la tripulación que nos rodea. Luego, usando ambas manos, saca una cuña de detrás de la rueda de uno de los cazas más cercanos y, con toda su fuerza, lo lanza lo más lejos que puede, hacia el fondo del muelle de atraque.
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La cuña aterriza con un fuerte golpe y todas la cabezas se giran hacia allí.
Scar sale corriendo como si fuera una atleta. Yo voy detrás de ella dando tumbos. Tengo demasiado calor, estoy demasiado mareado y se me empieza a nublar la vista. Sé hacia dónde tengo que ir, pero voy corriendo a ciegas.
Noto las piernas flojas y mi exotraje está soportando todo el trabajo adicional.
Llegamos hasta el transbordador pesado que siempre robamos.
Una punzada de dolor me recorre el cuerpo cuando caigo de rodillas al suelo. Me pongo manos a la obra en la escotilla a toda velocidad y, en medio de los remolinos de humo y el caos, la puenteo para abrirla, tal como hago siempre. Sin embargo, me tiemblan las manos.
Parece que no consigo respirar suficiente aire.
Noto la lengua rara.
Algo va mal
ZILA. QUEDAN SEIS MINUTOS.
—¡Zila! —La voz de Scarlett me llega a través del comunicador, algo distorsionada pero audible.
—Un momento —digo mientras doblo una esquina, siguiendo a Nari. Los conductos de ventilación son muy estrechos a pesar de que ambas
somos pequeñas. Nadie del equipo de seguridad va a poder seguirnos, pero no tenemos mucho tiempo para llegar hasta nuestra cápsula de evacuación.
—REPITO: AUMENTO DEL FALLO DE CONTENCIÓN EN CURSO. ACTIVEN LAS MEDIDAS DE EMERGENCIA EN LA CUBIERTA 9.
—¡Venga, Zila! —exclama Nari. Después, le da un golpe a una rejilla que hay frente a nosotras.
—¿Scarlett? —pregunto mientras sigo arrastrándome boca abajo hacia delante—. ¿Estáis a bordo de la lanzadera?
—IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TRES MINUTOS Y CONTANDO. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TRES MINUTOS.
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—¡Sí! ¡Hemos despegado! —exclama ella—. Nos dirigimos hacia la tormenta, ¡pero a Fin le ha pasado algo! Ha inhalado algún químico en el piso superior y ahora no puede re…
—REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO.
Me aferró a las paredes mientras la estación se sacude en torno a nosotras. En los conductos, las sirenas resuenan con una fuerza terrible.
—Repite eso, Scarlett. ¿Qué le ha pasado a Fin?
—Zila, ¡no puede respirar!
SCARLETT. QUEDAN CINCO MINUTOS.
Fin está desplomado sobre la silla del piloto y, a nuestro alrededor, el espacio está ardiendo. Las cápsulas de escape salen disparadas por los flancos de la estación y a través del casco se filtra plasma en llamas. Nosotros nos dirigimos hacia los enormes zarcillos retorcidos de la tormenta de materia oscura, la vela y el pulso que ha de llegar y que será nuestro billete de vuelta a casa.
Solo que no sé si Fin va a sobrevivir.
El rostro se le está hinchando, los ojos le sobresalen y los labios se le están tiñendo de un extraño color morado. Intento hacer caso omiso del pánico y mantener la calma. Lo tumbo en el suelo mientras vamos disparados hacia la tempestad y me concentro en la voz de Zila.
Parece estar muy lejos.
—Scarlett, ¿oyes algún resuello o algún silbido?
Me agacho y pongo el oído sobre sus labios. El corazón me golpea con fuerza las costillas. Ya no se mueve, ya no habla, no…
Ay, Hacedor, por favor, por favor, no me hagas esto… —Sí.
—Entonces es que sigue respirando —dice Zila—. Nari y yo nos dirigimos a las cápsulas de escape. Si Finian está incapacitado, tendrás que guiar la nave a través de las turbulencias de la tormenta y llegar hasta la vela cuántica. Tenéis que estar cerca cuando el pulso la alcance. Para estar seguros, tiene que estar a diez metros o menos.
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—¿Yo? —Miro a mi alrededor como una demente y localizo la silla del piloto—. ¡No sé cómo manejar esta cosa! ¡Siempre he sido la encargada de los comentarios inteligentes!
—Escúchame con atención, Scarlett.
—¡Zila, nunca he pilotado nada sin el piloto automático! —exclamo —. Y no sé qué le pasa a Fin, no tengo ni idea de medici…
—¡Scarlett! ¡Escúchame! Esta es nuestra última oportunidad para que vuelvas a casa. Puedes hacerlo. Tienes que hacerlo.
Miro al chico que está a mi lado, tendido en la cubierta y con dificultades para respirar. Todos nuestros futuros penden de un hilo. Cada momento de mi vida me ha traído hasta aquí. Entonces, oigo su voz en mi cabeza, tan clara como si me estuviera hablando en voz alta.
La persona que ha mantenido unido al escuadrón has sido tú. No sé si te has dado cuenta. Te necesitamos, Scar.
Cierro los ojos, me agarro a mí misma de las solapas mentales y me zarandeo.
Me necesitan. Él me necesita.
—Muy bien. Allá vamos.
FINIAN. QUEDAN CUATRO MINUTOS.
La cabeza me da vueltas y mi cuerpo, que se esfuerza por respirar, está teniendo problemas. Me estoy ahogando y no tengo dónde aferrarme. Estoy intentando trepar a una roca mientras el océano choca contra mí y me agarra con sus manos heladas. Cada ola me arrastra al fondo más y más.
Y lo único en lo que puedo pensar es en que no puedo soltarme.
No hasta estar seguro de que hemos salido del bucle.
Si me muero ahora, ¿volverá a reiniciarse?
No puedo arriesgarme. No puedo morir todavía.
Clavo las uñas en esa roca mientras el mar me empapa. Las olas chocan contra mí y me estrujan los pulmones. Todo me da vueltas.
Siento muchísimo que Scar vaya a quedarse sola; que vaya a ser la única que quede para enfrentarse al Ra’haam; que lo único que vaya a quedar del escuadrón 312 sea el corazón. Aunque tal vez el corazón fue lo
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único que siempre tuvimos. Tal vez, el amor siempre fue la llama que utilizamos para mantener a raya la oscuridad.
Empiezo a perder la visión.
Tengo que aguantar.
Solo hasta que lleguemos a casa.
SCARLETT. QUEDAN TRES MINUTOS.
—¡Zila! —grito. Miro impotente a Fin mientras se le arquea la espalda y curva los dedos en garras—. ¡Zila, no puede respirar!
En mi oído, la voz de nuestra cerebro suena calmada.
—Tienes que priorizar, Scarlett. ¿Sigues rumbo a la vela cuántica?
El transbordador vuelve a sacudirse y los motores se esfuerzan para surcar la tempestad que hay en el exterior. Incluso al borde de la tormenta, las fuerzas que están en juego son aplastantes, colosales. Echo un vistazo a los visores de la lanzadera y, a través del parabrisas, contemplo el enorme rectángulo plateado que se alza en medio de la oscuridad frente a nosotros.
—¡Sí! ¡Vamos directos hacia la vela! Estamos dentro de un rango de unos diez mil kilómetros.
—Bien. ¿Hay algún kit médico en la nave?
Alzo la cabeza y escudriño la cabina con desesperación. Me pongo de pie, abro todos los armarios y rebusco en ellos mientras todos los suministros caen a mi alrededor.
—¡No veo ninguno! —lloriqueo mientras vuelvo a caer de rodillas junto a él.
Fin cierra los ojos.
A través del micro de Zila, puedo oír el alarido de las alarmas.
—ALERTA: CAÍDA DE LA CONTENCIÓN EN EFECTO. IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO INMINENTE. T MENOS TRES MINUTOS Y CONTANDO. QUE TODA LA TRIPULACIÓN SE DIRIJA A LAS CÁPSULAS DE EVACUACIÓN DE INMEDIATO. REPITO: IMPLOSIÓN DEL NÚCLEO EN TRES MINUTOS Y CONTANDO.
—Si no hay ningún kit médico, entonces trabajaremos con lo que tengamos a mano —dice nuestra cerebro—. Describe sus síntomas.
—Tiene los labios hinchados y los ojos… —Jadeo y le estrecho la mano—. No puede respirar y no deja de arañarse la garganta…
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—Estás describiendo una reacción anafiláctica, Scarlett. Es probable que se la hayan provocado los químicos que ha inhalado. Tienes que realizarle una traqueotomía.
—¿Una qué? —digo con un chillido.
—La garganta se le ha inflamado tanto que se le ha cerrado. Vamos a
hacerle una incisión para atravesar la inflamación y que pueda respirar.
Vas a necesitar un cuchillo.
—Zila, no puedo…
—Scarlett —me interrumpe—, no tenemos tiempo. Finian no puede morir antes del pulso o, de lo contrario, sencillamente, el bucle comenzará de nuevo. Lleva un destornillador pequeño en el brazo derecho de su exotraje.
Las manos me tiemblan y él ya no se mueve. Su brazo me resulta pesado cuando se lo levanto y se lo tuerzo. Al final, encuentro el destornillador que descansa en una pequeña ranura.
Esto no puede estar pasando.
—Lo tengo —digo con un jadeo. De algún modo, estoy haciendo esto y, a la vez, me niego a creer que lo esté haciendo—. Lo tengo. Ahora, ¿qué?
—Vas a necesitar un tubo pequeño y rígido, más fino que tu dedo meñique.
—¡¿Un tubo?! —grito. Tengo la respiración agitada y, tal vez, algunas personas mantengan la calma de manera antinatural durante una emergencia, pero Scarlett Jones no es una de esas personas—. En nombre del Hacedor, ¿dónde demonios se supone que voy a encontrar…?
—Mira a tu alrededor; tiene que haber algo.
—¡No hay nada, Zila! ¡No hay nada!
El transbordador vuelve a sacudirse y las energías que palpitan en el exterior amenazan con hacernos pedazos. La tiniebla absoluta se ilumina de un tono malva apagado cuando una llamarada de energía oscura crepita a través de la tormenta que nos rodea. Mientras la miro a través del parabrisas y contemplo su tamaño y su poder, me doy cuenta de que estaría aterrada por mí misma si no estuviera ya tan aterrada por Fin.
Todavía estamos demasiado lejos de la vela. Va a morir antes de que la alcancemos; va a morir aquí mismo, entre mis brazos.
Hemos llegado tan lejos… Hemos luchado tanto y hemos perdido tantas cosas…
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Una historia que lleva cientos de años fraguándose. ¿Y así es como va a quedar escrito el último capítulo?
Entonces, me viene a la cabeza. Como si fuera un destello de esa horrible energía. Meto la mano en el bolsillo del pecho del traje de Finian y rebusco en él, desesperada. Al fin, cierro los dedos en torno a él.
El bolígrafo.
—Zila, ¡el maldito bolígrafo!
—Mmmm —oigo que masculla—. Interesante.
—Se ha estado quejando de esta maldita cosa cada vez que ha podido —murmuro mientras lo desenrosco frenéticamente. Fin yace inmóvil mientras le grito a la cara—. Ahora ya no te parece que sea una mierda de regalo, ¿eh?
El pecho no se le mueve y tiene los ojos cerrados e inflamados.
Dejo que las diferentes partes del bolígrafo repiqueteen contra el suelo del transbordador hasta que solo tengo en la mano la funda. Acero inoxidable. Brillante y pesado.
La tormenta se agita y la energía oscura dibuja un arco en la negrura. —¿Qué tengo que hacer a continuación?
—Pásale la yema de los dedos por la garganta —dice Zila, que sigue estando muy calmada. Me aferró a ella como si fuera una roca—. Notarás dos bultos. Haz una incisión entre ellos e inserta el bolígrafo.
Obligo a mi mano a que se quede quieta con mera fuerza de voluntad. Paso las yemas de los dedos por su piel una vez y luego otra, asegurándome de que sé cuál es el punto exacto. La tormenta hace que los remaches de la lanzadera se sacudan y me digo a mí misma que tengo que quedarme quieta.
Que tengo que estar tranquila.
Que tengo que respirar.
Entonces, estamos solos yo, que sujeto un destornillador, y la garganta de Finian. Oh, mierda. Mierda, mierda, mierda. ¿Por qué no podría haber sido cualquier otra persona del escuadrón que no fuese yo?
—Puedes hacerlo, Scarlett —dice Zila en voz baja—. Puedes hacer cualquier cosa.
Tomo aire. Marco el lugar exacto.
Puedo hacerlo.
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ZILA. QUEDAN DOS MINUTOS.
—¡Está respirando! ¡Hacedor! ¡Zila, está…!
Las palabras de Scarlett se desvanecen en un océano de interferencias cuando ella y Finian se acercan a la tormenta y todas las comunicaciones se interrumpen.
Sé que esas son las últimas palabras que escucharé de ellos.
Nari y yo estamos en la cápsula de evacuación, mirando a través del ojo de buey con nuestras caras la una al lado de la otra. La oscuridad del vacío que nos rodea se ilumina con centenares de diminutas luces rojas y verdes. Se trata de las otras cápsulas, que salen disparadas de las ruinas de la Estación Zapato de Cristal. Más allá, podemos ver la tormenta y la pequeña lanzadera de Scarlett y Finian precipitándose a través de las tinieblas hacia su encuentro con la vela cuántica.
En menos de dos minutos, si todo va bien, el pulso los alcanzará. Los últimos miembros del escuadrón 312 estarán a dos siglos de distancia, para siempre fuera de mi alcance.
Solo que eso no es cierto. Con el tiempo, todo lo que haga llegará hasta ellos.
Observamos el transbordador surcando la tempestad.
Nari apoya la mano sobre el cristal.
—¡Buena suerte! —susurra mientras la nave queda oscurecida por la tormenta—. Y buen viaje.
Un minuto.
Me giro hacia ella y estudio los rasgos que se han vuelto tan familiares para mí mientras vivíamos juntas este día una y otra vez. Sé muchas cosas sobre ella y, a la vez, muy pocas, pero tengo el resto de mi vida para descubrirlas.
—Sé que te han dejado atrás —dice Nari, mirándome a los ojos—, pero no te han dejado sola.
En sus palabras hay chispas que saltan entre nosotras como si fueran electricidad estática o pequeños rayos cuánticos. Y, cuando me alcanzan, soy como la lanzadera: me transformo y me transporto a algún lugar nuevo y…
Alzo la mano y, poco a poco, con mucho cuidado, le rozo la mejilla con los dedos y se los paso detrás de la cabeza.
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Tiene la piel cálida.
Esta chica halcón es tan valiente, tan fiera…
Está llena de vida, unida con un centenar de ataduras a sus amigos, su familia y su mundo.
Y es hermosa. Las líneas de su rostro, la curva de sus labios… En mi mente, puedo oír la voz de Scarlett, profunda y divertida. No es alta.
No estoy sola.
Estoy con ella.
Solo hace falta una leve presión de mis dedos sobre su nuca para que ella se incline hacia delante y me roce los labios con los suyos. En pocos momentos, el pulso estallará ahí fuera pero, aquí, yo ya estoy en llamas.
SCARLETT QUEDA UN MINUTO.
Ojalá fuera el tipo de persona que reza.
El pecho de Finian se mueve con lentitud y yo lo observo, haciendo la cuenta atrás. Tengo las manos firmes sobre los controles de vuelo. No queda nada que hacer más que esperar.
No sé qué es lo que vamos a encontrar cuando lleguemos a casa. Ni siquiera sé si vamos a llegar a casa. Pero sé que he hecho todo lo que he podido.
A través del parabrisas, echo un vistazo a la tormenta que se desata en el exterior y, cuando vuelvo a bajar la vista hacia él, tiene los ojos oscuros abiertos.
—Quédate quieto —le digo de inmediato—. Quédate quieto. Vamos a tener que llevarte a un médico de verdad muy pronto. —Alza las cejas, pero no intenta hablar—. Todavía no —continúo—. Faltan unos pocos segundos más. Suponiendo que me estás preguntando si ya hemos hecho el salto. Si lo que me estás preguntando es dónde he encontrado las habilidades, el valor y, en general, la fabulosidad necesaria para llevar a cabo una cirugía de emergencia en medio de semejante caos… Bueno, si creías que después de haber hecho audiciones a tantos chicos para encontrar al novio perfecto iba a permitir que algo tan insignificante como una traqueotomía se interpusiera en el camino del amor verdadero, es evidente que has subestimado lo harta que estoy de tener que buscar.
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Sus labios se tuercen débilmente.
Vuelvo a mirar el reloj.
Ha llegado el momento. He hecho todo lo que he podido.
La vela se extiende bajo nosotros, metálica y ondulante, con cientos de kilómetros de ancho. La tormenta que nos rodea es interminable e imposible. A nuestro alrededor se acumula la energía necesaria para atravesar las paredes del espacio y el tiempo. El cristal que llevo en la garganta empieza a arder. Luz negra. Ruido blanco. Puedo sentirlo sobre la piel y oírlo en mi cabeza. Somos tan pequeños, tan insignificantes ante algo así que, por un instante, me pregunto si algo de todo esto importa.
Finian me mira con esos ojos enormes y negros que solía pensar que eran tan difíciles de interpretar. Y entonces, cuando nuestras miradas se cruzan, me doy cuenta de que se trata de esto.
Esto es lo que importa.
—Nos vemos en el futuro, guapo.
¡Zum!
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E stoy dividida entre un mundo y otro. Las imágenes se superponen las unas a las otras de modo que el Eco y la realidad se entremezclan.
Lae tiene lágrimas en las mejillas, una lluvia sucia y enlodada cae del cielo del Eco y, a la vez, unas grietas diminutas están formando una telaraña por toda la Neridaa.
Busco en mi interior el poder necesario para hacer que la lluvia negra se vuelva dulce y cristalina. Kal alza una mano para quitarle a Lae una lágrima de la mejilla y, en medio de esta masacre, la dulzura de ese momento persiste tanto en su mundo como en el mío.
—Vamos a luchar hasta el último aliento para honrar a tu padre —dice él con amabilidad. La joven aprieta la mandíbula y asiente.
—Sí, tío.
Sin embargo, los escombros de cristal que Caersan ha derrumbado para bloquear la entrada no van a mantener fuera al Ra’haam durante mucho más tiempo y sus heridas recorren el paisaje del Eco como una luz oscura. Con la misma rapidez con la que ha aparecido, ese momento de alivio desaparece tanto del Eco como de la Neridaa.
El grito de advertencia que le envié al Tyler del pasado todavía resuena en mi mente como un chillido discordante que no se desvanece.
Me lo dijo él mismo. Cuándo ocurre. Cómo ocurre.
Todos y cada uno de los líderes planetarios reunidos en un mismo lugar.
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Un agente del Ra’haam con una bomba.
La muerte y el caos que los paralizó hasta que el Ra’haam pudo florecer y brotar y volverlo todo azul, verde e inmortal.
¿Me oyó? ¿Pudo detenerlo?
¿Seguiríamos estando aquí si lo hubiera logrado?
Otro barranco escarpado se abre a lo largo del Eco y el dolor que me produce es como si me hubieran atravesado las entrañas con un cristal roto. Una vez más, me impulso hacia donde Caersan se alza como una estatua vestida de negro y cubierta de sangre.
—Caersan, no puedo hacerlo sola. Tienes que arreglarlo, por favor. Sus manos se cierran en puños y se vuelve hacia mí con la fiereza
reflejada en los ojos. Entonces, alza la voz en un rugido.
—¡NO ESTOY ROTO!
La barrera de la puerta cede con una lluvia de fragmentos de cristal. Kal y Lae se giran para enfrentarse a su enemigo por última vez. Ahora, entre ellos hay nuevos vínculos de amor. La gloria del arcoíris de ella se entremezcla con el violeta y el dorado de él porque Kal no es como su padre y sabe cómo ofrecer amor y Tyler le enseñó a ella a aceptarlo y…
Lanzan contra una pared a un niño syldrathi y su padre se alza sobre él mientras cae al suelo.
Grito el nombre de Kal, pero el niño gira la cabeza para mirarme directamente y
ese
niño
no
es
Kal…
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La ciudad de cristal del Eco se está haciendo añicos y desmoronándose y…
Oigo mi propia voz rogándole a Caersan que me ayude en mi frenético intento por reparar la Neridaa mientras ella sola se deshace una y otra vez y…
Las olas de muerte del exterior se cuelan a través de la puerta. Las espadas de Kal son un borrón, y unos zarcillos del Ra’haam salen disparados para enroscarse en torno a las piernas de Lae. Después, la arrastran al suelo y rodean todo su cuerpo tembloroso y…
Caersan está cortando y rajando las plantas que hay a su alrededor. La presión va en aumento y me martillea las sienes.
Unas grietas me recorren el rostro y la luz palpita a través de ellas. Creo que estoy gritando y…
La mente de Lae es resplandeciente y en ella puedo ver el tablero de tae-sai de Saedii. Comprendo que a su madre le gustaba jugar contra Tyler y que fue ella la que enseñó a jugar a su hija. Veo el arrepentimiento y el desafío en su mente mientras libera uno de sus brazos del Ra’haam de un tirón y…
Kal y Caersan gritan pero, en todas nuestras mentes, ella hace caer su pieza de madera del templario para indicar el final del juego. Con el brazo libre, desenfunda su pistola y, al igual que su madre, le niega al Ra’haam su presa y…
Cuando aprieta el gatillo y el brillo arcoíris de su mente desaparece, Kal cae con una rodilla en el suelo y yo entrelazo mi mente con la suya. Me oigo a mí misma gritar mientras él me muestra por última vez lo mucho que me quiere porque, si podemos volver atrás, Tyler seguirá viviendo, Toshh, Dacca y Elin seguirán viviendo y Lae nacerá algún día, pero sí Kal muere aquí y ahora, lo pierdo para siempre.
Con un rugido, Caersan ataca al Ra’haam mientras este derriba a su hijo, pero por cada enredadera que corta, otra ocupa su lugar. Sabe que por
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ese camino no alcanzará la victoria; lo siento.
—¡Lucha! —grita.
Ya no sé a quién le está hablando. Vuelve a blandir su espada, incapaz de rendirse, negándose a dejarlo marchar.
—¡Caersan! —exclamo—. ¡Esta no es nuestra pelea! ¡Ayúdame a sanar la Neridaa!
Alza la vista con el rostro agrietado y destrozado y la luz es casi cegadora y…
Entonces, aparece conmigo en el Eco, sobre un campo de flores de cristal y, una vez más, me encuentro entre dos mundos, tres mundos, cuatro mundos. Muchos momentos y lugares…
Un niño intenta comprender por qué su padre está enfadado y…
El hijo de ese niño intenta comprender por qué su padre está enfadado y…
Imagina lo que podríamos haber logrado si tan solo nos hubieras querido…
—Hijo mío, yo…
Las flores se hacen añicos de una en una… Entonces, se quedan quietas y…
Todo se queda en calma…
Y en ambos mundos (junto a mí en el Eco y junto a Kal, que está en el suelo) alza la voz para rugir, desafiando al Ra’haam.
—¡NUNCA TRIUNFARÁS!
Entonces, el Mataestrellas estalla en mil pedazos, consumiendo cada parte de sí mismo en este acto de desafío, en su rechazo absoluto a la idea de rendirse.
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A su alrededor, el Ra’haam arde, negro y rojo, marchitándose y retorciéndose sobre sí mismo.
Dentro del Eco, está por todas partes, infundiéndole su energía al lugar mientras este empieza a remendarse y a volverse hermoso.
A mí también me infunde su energía y me vuelvo poderosa, infinita.
Por un instante, lo conozco al completo y, entonces, desaparece. Sin embargo, en el silencio estruendoso que se produce justo después de su partida…
Sé que mató a miles de millones.
Sé que no puede ser perdonado.
Y sé que ha gastado los últimos restos de su fuerza vital en una puñalada enmarañada y furiosa nacida del desafío y del rechazo a la idea de aceptar la derrota; un acto de ira y de determinación férrea…
Y, sí, también de amor.
Kal yace en el suelo, jadeando, rodeado por los restos quemados y ennegrecidos del Ra’haam. Me tambaleo hacia él y me dejo caer de rodillas. Él cierra los ojos ante el resplandor que emana de mi rostro, pero estira los brazos hacia arriba para rodearme con ellos y yo entrelazo mi mente en torno a la suya y le digo:
Te quiero. Te quiero. Te quiero.
No estoy del todo segura de quién está hablando en ese momento. Aprovecho el poder de Caersan que todavía me corre por las venas, siento el calor de Kal en mis entrañas y la luz emana de mi interior mientras…
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—D esde luego, tienes un don para el dramatismo, legionario.
Abro el ojo. Paredes grises a mi alrededor. Una luz pálida sobre mi cabeza y, recortada contra ella, una silueta de hombros amplios y cuello ancho. El metal que lleva en el pecho
y los brazos cibernéticos brillan levemente y su voz es un gruñido grave y estruendoso.
—Almirante Adams… —susurro.
Me doy cuenta de que estoy en la estación médica de la academia; en la misma cubierta en la que estaba el día que conocí a Aurora O’Malley. Por un instante, casi deseo girar la cabeza para ver si está al otro lado de la pared, empezando a despertarse.
A mi alrededor, hay monitores y máquinas que sisean, y que emiten un resplandor cálido y estable. No siento casi nada del cuello para abajo y me pregunto por qué el mundo parece tan extraño. Me llevo una mano temblorosa al rostro y noto un grueso parche dérmico que me cubre desde la mejilla hasta la ceja derecha.
—Lo has perdido —dice Adams—. El ojo. También has perdido el bazo. El disparo no te dio en la columna por unos dos centímetros. Tienes suerte de seguir respirando.
—Cuando pasa una y otra vez, deja de ser suerte —susurro.
El almirante hace un ruido de burla.
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—Nunca he podido curarte todo ese ego, Jones. Igual que a tu viejo. — Se inclina hacia abajo y me apoya una pesada mano metálica en el hombro
—. Estaría orgulloso de ti, hijo; igual que lo estoy yo.
—Sí, orgullosísimo. Terrorista galáctico. Traidor a la Legión Aurora.
Pirata espacial. —Me paso los dedos por el lugar donde solía tener el ojo y siento el dolor de la cuenca vacía—. Supongo que, al menos, tendré el aspecto adecuado para el pelotón de fusilamiento.
—No habrá pelotón de fusilamiento. Lo que hiciste está en todos los medios de comunicación. Tu amigo Lyrann Balkarri lleva tres días cacareando en la GNN-7 sobre cómo has salvado la cumbre tú solito. Ha prometido una entrevista en exclusiva. —Gruñe con gesto de admiración —. Una cámara oculta en la solapa de la chaqueta. Muy inteligente.
—Tan… Tan solo quería que estuviera grabado. —Hago una mueca cuando un atisbo de dolor atraviesa la nebulosa de los medicamentos—. Algo que hablase en mi… defensa por si las cosas salían… mal. Para limpiar mi apellido. —Alzo la vista hacia Adams y me encojo de hombros
—. Y el de mi padre; ya sabes.
—Lo sé —contesta—. Lo sé, Tyler. —Se endereza y hace un gesto con
la cabeza en dirección al grupo de monitores que hay dispuestos en la pared.
—Las imágenes de la grabación son espectaculares, lo admito. El titular también es bueno: «Terrorífico complot para destruir la Estación Aurora frustrado por un legionario rebelde». Tu historia casi ha superado a la nuestra, aunque no del todo.
Me centro en las pantallas mientras las mariposas que tengo en el estómago se esfuerzan para que las sienta a pesar de los analgésicos en vena con los que me han atiborrado. En los monitores, veo la grabación de Adams y De Stoy dando su discurso ante la Cumbre Galáctica. En el holograma que hay detrás de ellos, aparece la imagen de Octavia, el mundo colonial que fue devorado por el Ra’haam y que, después, fue bloqueado bajo interdicción por orden del Gobierno terrano. En las pantallas también veo otros planetas diferentes, también plagados por la corrupción azul verdosa del enemigo.
Me doy cuenta de que se trata de los otros mundos de crianza.
Adams y De Stoy les contaron lo del Ra’haam a los presentes en la cumbre…
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Otra pantalla muestra una grabación del momento en el que unos legionarios contenían y arrestaban a los agentes de la AGI que formaban parte de la escolta de la primera ministra Ilyasova. Veo cómo arrancan máscaras reflectantes de rostros cubiertos de musgo azul verdoso y con ojos en forma de flor con indignación, miedo y conmoción. Los titulares dicen cosas como: «Infiltrados en la AGI», «El Gobierno de Terra sospechoso» o «Comisión senatorial».
—Lo sabías —susurro. Lo miro a los ojos. La ira me hierve en el vientre y la voz me tiembla—. Lo has sabido todo este tiempo.
—Una parte —contesta, con un suspiro—. Aunque no lo suficiente. —Sabías lo necesario como para meter a Auri en mi Saeta, para dejar
esos paquetes para nosotros en Ciudad Esmeralda o para entregarnos la Cero. Lo que significa que sabías lo que iba a pasarle a Cat cuando fuéramos a Octavia. —Las lágrimas me escuecen en los ojos y el pitido del monitor de frecuencia cardíaca agudiza su tono mientras intento incorporarme—. Sabías lo que iba a ocurrirle; sabías que iba a tomarla.
Me mantiene la mirada con la mandíbula apretada.
—Lo sabíamos.
—Hijo de puta… —siseo.
—Te debemos una disculpa, Tyler —dice con un suspiro—. Una disculpa y una explicación, pero yo solo puedo ofrecerte lo primero. Lo segundo le corresponde a otra persona.
Rebusca en la chaqueta de su uniforme de gala y, ahora, me parece que todos esos reconocimientos y menciones que muestra en el pecho y que una vez codicié están comprados con sangre. Intento imaginarme si hay algo que pueda decir, alguna explicación que pueda darme, que me haga olvidar el dolor en los ojos de Cat cuando el cuchillo acertó en la diana, la calidez de su sangre en mis manos o el horror y el dolor.
Adams coloca un reproductor de hologramas pequeño y redondo sobre la sábana que me cubre el regazo y presiona un botón. Con un parpadeo, la imagen se enciende y se proyecta con una luz resplandeciente sobre la lente del reproductor. Es extraño, representado en líneas bicromáticas azules y blancas.
Me doy cuenta de que es tecnología antigua. Muy antigua.
Me lleva un rato reconocer la figura que aparece en el aire frente a mí.
Lleva un uniforme arcaico de la Legión y el pecho decorado con medallas.
Es mayor; tal vez esté a mediados de la setentena.
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Ojos amables y una melena corta y gris. A pesar de todo, la reconozco gracias al paseo de la academia.
—Es una de las fundadoras… —susurro.
—Hola, legionario Jones —dice con la voz un poco distorsionada—. Me llamo Nari Kim. Si estás viendo esto es que la comandancia de la Legión ha decidido que entra dentro de los parámetros operativos ofrecerte una explicación de los eventos en los que te has visto involucrado recientemente.
»Las variables de esta ecuación no dan pie a ser específicos pero, con suerte, la Legión Aurora estará en posición de asestar el último golpe al Ra’haam y completar una misión que lleva forjándose doscientos años. — Me sonríe, tal como lo haría una madre—. Te debemos mucho, legionario. Me han dicho que eres un líder brillante; un alma noble y valiente; pero, sobre todo, un amigo bueno y querido. Desearía haber podido conocerte, Tyler. Casi siento que lo he hecho. Pero, por favor, has de saber que estamos muy muy orgullosos de lo lejos que has llegado. Sabemos todo lo que has entregado y lo que has perdido. Solo rezo para que, al final, haya merecido la pena.
Su sonrisa se ensancha. Después, se besa los dedos y observo con ojos maravillados cómo los apoya sobre la lente. Esta mujer es una heroína; una de las fundadoras de la Legión. Oírla hablar de ese modo, dirigiéndose a mí…
—Hay una persona que quiere hablar contigo —continúa—. Así que me despido de ti, Tyler Jones. Te deseo buena suerte y te ruego que recuerdes que os debemos a ti y a tus amigos las esperanzas y las vidas de toda la galaxia. —Extiende una mano y hace un gesto para que se acerque alguien que está fuera de cámara—. Ven aquí, mi amor. —Hay una larga pausa. Nari Kim vuelve a hacer un gesto, sonriendo—. No pasa nada.
Una figura entra en el ángulo de la cámara, representada por las mismas líneas de luz holográfica en dos colores. Tiene el pelo largo y rizado, en su mayor parte plateado o canoso, y la piel arrugada por la edad.
Al principio, no la reconozco. Nari le da ánimos en un susurro y la recién llegada gira la cabeza hacia ella. Entonces, vislumbro…
No puede ser…
Unos pendientes con unos colgantes que representan un halcón. Mientras se sienta frente a la grabadora, empiezo a darme cuenta de
que…
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La mujer alza la vista hacia la lente y veo que las pestañas le brillan por las lágrimas. Entonces, a pesar de que es imposible, a pesar del abismo del tiempo y de los rastros de dolor que le recorren los bordes de los ojos, la reconozco.
—Zila… —susurro.
—Hola, Tyler.
Hace una pausa, como si estuviera recomponiéndose. Parece muy pequeña. Mucho más diminuta de lo que la recuerdo. A su lado, Nari le estrecha la mano. Animada por ese roce, Zila encuentra un pozo de fuerza, respira hondo y empieza a hablar.
—Si estás viendo esto, es que has sobrevivido más allá del punto de mi partida y has entrado en el reino de la absoluta falta de certeza. Me alegra mucho que hayas sobrevivido al cautiverio a manos de la AGI. Tengo la esperanza de que eso signifique que mi regalo para ti te fue de alguna utilidad. Perdóname si no era cien por cien adecuado, pero tuve que trabajar con una cantidad casi infinita de variables. —Frunce el ceño y se frota la frente, como si le doliera la cabeza—. Durante la batalla de Terra, cuando se disparó el Arma de los eshvaren, una colisión de energías psíquicas y distorsiones temporales nos arrojó a Finian, a tu hermana Scarlett y a mí al año 2177.
Abro los ojos de par en par y miro a Adams, pero él está concentrado en el holograma. Por su mirada de interés, me atrevo a decir que nunca antes ha visto esta grabación.
—Debido a una serie de acontecimientos demasiado complejos como para aburrirte con ellos —continúa mi antigua cerebro—, me vi obligada a quedarme atrás, en esta época. Ha recaído sobre mis hombros, así como sobre los de la líder de batalla de Karran y Nari, allanar el camino que conduce a los acontecimientos futuros y, con el tiempo, al enfrentamiento con el Ra’haam. Nos hemos esforzado en asegurarnos de que todo ocurriera tal como ocurrió… O, más bien, como debía ocurrir para que Aurora recuperara el Arma de los eshvaren y la usara contra el enemigo. Pero…
La voz de Zila se quiebra. Baja la vista hacia sus manos y traga saliva con fuerza. La Zila Madran que conozco era una chica que vivía escondida detrás de una pared; que se escudaba del mundo tras la lógica; una chica desconectada de sus emociones, fría y clínica.
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Sin embargo, ahora está llorando y las lágrimas le corren por las mejillas.
Veo cómo Nari Kim vuelve a extender el brazo y se lo pasa por los hombros. La estrecha con fuerza y le besa la mejilla, los nudillos y los labios. Incluso a través de esta tecnología arcaica y de estas líneas brillantes, puedo ver el amor que hay en sus ojos, y las lágrimas hacen que sienta escozor en el mío al darme cuenta de lo que han debido de significar la una para la otra y de que mi amiga encontró a alguien que le importaba mucho.
—Solo tienes que hablar con el corazón, cariño —dice Nari.
Zila vuelve a mirar a la cámara y habla con voz temblorosa.
—Lo… Lo lamento muchísimo, Tyler —susurra—. Lo de Cat. Durante años he intentado pensar en una alternativa; en alguna manera de evitarle ese destino. He temido el día en que tuviera que decirte estas palabras. Pero la posibilidad de que se produjera una calamidad, de que ocurriera un efecto mariposa paradójico que alterara la línea temporal de forma irrevocable… —Resopla con fuerza y traga saliva—. No podíamos… No podíamos arriesgarnos. Si yo no hubiera estado aquí, no habría habido nadie que se encargara de ayudar a Nari a fundar la Legión, de que conocieras a Aurora o de protegeros en Ciudad Esmeralda; nadie que salvaguardara el futuro. Para que nos aseguráramos de que se vencía al Ra’haam, todo tenía que ocurrir exactamente como ocurrió hasta el momento en el que yo abandoné tu línea temporal. —Sacude la cabeza con ojos implorantes—. Todo. —Agacha la barbilla y el pelo le cae sobre el rostro—. He vivido mi vida lo mejor que he podido. —Estrecha la mano de Nari—. He encontrado la felicidad. He trabajado duro y he visitado lugares y conocido personas que me brindan alegría. Después de que perdiera a la primera, nuestro escuadrón se convirtió en mi segunda familia, así que he dedicado mi vida a preparar lo que vais a necesitar, pero también ha habido aventuras y risas. Aquí, superando cualquier expectativa, he encontrado una tercera familia. Creo que, ahora que sabes dónde estoy, estarás preocupado. Quiero que sepas que he sido feliz, pero también quiero que sepas que no ha pasado un solo día en el que no haya pensado en Cat y en lo que he propiciado que ocurriera. —Vuelve a alzar la cabeza y me mira a través de los siglos—. Te ruego que me perdones. Espero que entiendas que todo lo que hice fue por el bien de todos. Has de saber que, a través de este sacrificio, hemos salvaguardado el futuro de la
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galaxia. El camino que se abre ante ti es incierto; no sé qué es lo que viene a continuación. Lo que sí sé es que doy gracias por haberte conocido, Tyler. Me honra haber servido a tus órdenes y me siento más que bendecida por haber podido llamarte amigo.
Extiendo el brazo hacia la imagen y las lágrimas me recorren las mejillas mientras paso los dedos por ella. Pienso en cómo ha debido de ser vivir con ese peso y tener que cargar con el futuro de toda la galaxia en los hombros.
—Zee… —susurro—. Claro que te perdono.
—Comandante —dice Nari, dirigiéndose al aire—. Confío en que me esté escuchando. Ahora puede acceder al Protocolo Omega, nodos del 6 al
15. Asegúrese de que el nodo 10 se entrega personalmente a Aurora O’Malley. También puede acceder a las instalaciones de la cubierta Epsilon, sección Cero. Le facilitaré los códigos de acceso más adelante. Por favor, siga las instrucciones con exactitud. Las vidas de dos soldados muy valientes están en juego.
—Creo que nuestros cálculos son correctos —comenta Zila—. Ha pasado tiempo suficiente desde nuestra desaparición como para asegurarnos de que no se produce ninguna paradoja. —Asiente casi para sí misma mientras se muerde un mechón de pelo, tal como solía hacer cuando estaba perdida en sus propios pensamientos—. Sí, sí; funcionará. Tiene que funcionar.
Nari Kim vuelve a mirarme y una sonrisa hace que se le arruguen los ojos.
—Dale un puñetazo en el brazo de mi parte a ese desteñido, Jones. Y dale las gracias a tu hermana. Buena suerte, legionario. Brilla con fuerza en medio de la noche.
Zila mira en dirección a la proyección y estira el brazo hacia mí. Toco sus dedos con los míos a través de un océano de tiempo y lágrimas.
—Hasta siempre, amigo mío —dice ella con una sonrisa. Entonces, la grabación llega a su fin.
—Mierda… —gruñe Adams.
Alzo la vista hacia él. Tengo la visión nublada por las lágrimas y la mente me da vueltas con todo lo que he descubierto. Todo es tan imposible y tan enorme que me cuesta hacerme a la idea. Sin embargo, la mirada que hay en los ojos de Adams es suficiente como para arrastrarme de nuevo a la realidad y alejarme de las conspiraciones que llevan siglos forjándose, el
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dolor sufrido y la felicidad ganada a pulso. Resoplo con fuerza y me seco las mejillas empapadas.
—¿Qué ocurre?
El comandante está mirando fijamente el reproductor holográfico y su rostro es una máscara sombría. Las imágenes de Zila y de Nari Kim han desaparecido y han sido reemplazadas por una retahíla de códigos de acceso.
—Tendré que revisar toda la nueva información que hemos recibido pero, por la forma en la que hablaban… creo que es tal como nos temíamos.
—Mira, no sé qué demonios está pasando pero… —Es tal como ha dicho la fundadora Madran, Tyler…
Adams pronuncia el apellido de Zila con algo cercano a la reverencia, del mismo modo que un pastor hablaría sobre el Hacedor.
Piensan en ella como la tercera fundadora, reflexiono.
—Ella solo sabía con certeza lo que ocurría hasta la batalla de Terra — continúa el almirante—. Ese fue el momento en el que desapareció de esta línea temporal. A pesar de su genialidad, en realidad, Zila Madran no podía ver el futuro. Tan solo recordaba lo que ya había visto, así que no podía saberlo…
—¿Lo del complot sobre la Estación Aurora?
Asiente.
—Pero no solo eso. Todas las contingencias previstas, todos los planes que tenemos establecidos a partir de este punto para asegurarnos de la derrota del Ra’haam giraban en torno al Disparador y el Arma.
Se pasa una mano metálica por la cabeza cubierta de pelusilla.
—Y han desaparecido —digo—. Se desvanecieron en la batalla de Terra.
—El Arma, el Disparador, Aurora O’Malley… —Adams se gira hacia la ventana que hay en la pared y las estrellas que salpican la oscuridad al otro lado—. Todo lo que hemos hecho ha sido para asegurar su presencia aquí y ahora para asestarle el golpe mortal al enemigo antes de que florezca. Y, después de todo eso, después de cientos de años y cientos de mensajes y protocolos que han pasado en secreto de las fundadoras a los comandantes y de los comandantes a sus sucesores a lo largo de los siglos… —Baja la mirada hacia sus manos vacías—. No tenemos nada.
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Miro la proyección que hay sobre mi regazo, dándole vueltas a la cabeza.
—La fundadora Kim ha mencionado unas instalaciones seguras en la cubierta Epsilon, sección Cero. —Trago saliva con fuerza sin atreverme a tener esperanzas—. Ha dicho algo de mi hermana. Tal vez…
Adams pulsa la placa de su comunicador de la Legión y habla con rapidez.
—Adams a De Stoy.
—Te recibo, Seph —llega la respuesta.
—Tengo más información. Reunámonos en Epsilon. Llevo a Jones conmigo.
Se produce una pequeña pausa, un respiro diminuto. Creo que, en los seis años que han pasado desde que la conocí, nunca jamás he visto a la líder de batalla De Stoy perder la calma pero, cuando responde, suena extremadamente alborozada.
—Entendido —dice—. Nos vemos allí.
Adams asiente y corta la conexión.
—¿Todavía rezas, Tyler? —pregunta en voz baja—. Sé que, cuando los tiempos son oscuros, cuesta mantener la f…
—Todos los días, señor —contesto—. Todos los días.
—Bien —asiente—. Reza ahora.
Me estaba preguntando por qué el nombre «cubierta Epsilon» me resultaba extraño. Mientras Adams me empuja con una silla gravitatoria a través de los pasillos de las instalaciones médicas y me lleva hasta el ascensor de los oficiales, me doy cuenta de por qué. Al contemplar los cientos de niveles, subsuelos y secciones de la estación resaltados con una luz resplandeciente en el panel de control del ascensor, comprendo que no existe una cubierta Epsilon en la Estación Aurora.
Al menos, no una que aparezca en los planos.
Adams se lleva la mano al interior de la túnica y saca una llave de acceso codificada biológicamente. Pone el pulgar sobre el sensor y mete la
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llave en una ranura del panel de control del ascensor. Un panel se desliza hacia un lateral y un sensor le escanea el rostro, los iris y la huella de la mano. Cuando el panel vibra y se pone verde, él se reclina hacia atrás y empieza a hablar.
—Adams. Uno-uno-siete-cuatro-alfa-kilo-dos-uno-siete-beta-índigo. —Otro pitido. Noto que nos movemos, como si el ascensor estuviera girando sobre su propio eje—. Epsilon, sección Cero —ordena el almirante—. Contraseña: vigilancia.
Siento como si tuviera el estómago lleno de cristales rotos y el lado derecho de la cara me duele. Tal vez tendría que haber pedido algún otro analgésico antes de marcharnos. Pero, aunque apenas puedo sentirlo, sé que el corazón me palpita con fuerza ante la idea de que, tal vez, vuelva a ver a mi hermana. No tenía ni idea de lo que le había ocurrido después de que la AGI nos capturara a Saedii y a mí. El miedo de que estuviera muerta ha sido un peso constante, uno que no he sido capaz de contemplar durante mucho tiempo. La idea de que fuese arrojada atrás en el tiempo con Zila y Fin me parece casi incomprensible.
Sin embargo, podría estar viva.
Hacedor, por favor, que esté viva.
Las puertas del ascensor se abren con un siseo y veo un pasillo largo y bien iluminado que conduce hasta una puerta blindada que parece lo bastante fuerte como para soportar un bombardeo atmosférico. La líder de batalla De Stoy ya está aquí abajo, ataviada con el equipamiento completo de la Legión. Tiene la piel pálida y el cabello blanco como la nieve teñido de un color aún más blanco por la luz incisiva. Observa cómo Adams me empuja hacia delante con la silla gravitatoria, asiente una vez conforme nos acercamos y me contempla de forma sombría con esos enormes ojos negros.
—Parece que ha estado en la guerra, legionario Jones.
—Nada de lo que no pudiera encargarme, señora.
Ella sonríe, delgada y pálida. La líder de batalla De Stoy nunca sonríe.
—Buen trabajo, soldado. Muy buen trabajo, sin duda.
Adams ha pasado su llave biológica por el panel que hay a la izquierda de la puerta y le hace un gesto con la cabeza a su compañera.
—¿Estás lista?
La líder de batalla pasa su propia llave y se inclina hacia delante con las manos extendidas sobre el cristal del sensor. Una vez más, los
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escáneres recorren los rostros, las retinas y las palmas de las manos de ambos comandantes; una aguja toma muestras de tejido y sangre y, al fin, ambos dicen una serie de códigos de acceso que han obtenido en la grabación de Zila y Nari. La tecnología es antigua, pero es todo lo estricta que podría ser, teniendo en cuenta que esta estación se construyó hace dos siglos.
Sea lo que sea que haya detrás, Zila quería que estuviera bien protegido.
La puerta se abre con un sonido metálico, una alarma suena brevemente y la iluminación pasa a ser de un tono azul oscuro. La escotilla se hace a un lado y, con un parpadeo, la penumbra de la estancia que hay más allá pasa de la oscuridad a la luz en el momento en que los focos del techo se encienden con un zumbido. Entonces, cuando Adams me empuja al interior, contengo la respiración mientras observo con asombro la estructura que hay ante mí.
Unos conductos pesados serpentean desde un grupo de ordenadores antiguos y conectan con un tanque cilíndrico de plastiacero transparente que se encuentra en el centro de la estancia. Y dentro, con una luz que palpita como un corazón…
—Una sonda —susurro—; una sonda de los eshvaren.
La luz comienza a recorrer la sala, fusionándose con el cristal en forma de lágrima. Veo que está resquebrajado, que la punta de la lágrima está cortada y destrozada, y que el resplandor se refracta a través de un millón de grietas en forma de telaraña que recorren la piedra.
—Por el aliento del Hacedor… —susurra Adams.
Una imagen aparece sobre los terminales informáticos con un parpadeo y el corazón me da un vuelco al volver a ver a Zila. Es más joven de lo que era hace un momento. Puede que tenga algo más de cuarenta años y mantiene la espalda recta y la mirada entusiasta.
—Bienvenidos, comandantes. Si están escuchando este mensaje, la batalla de Terra ha concluido, yo he abandonado su línea temporal por el año 2177 y el Protocolo Látigo se ha llevado a cabo. Por favor, activen todos los escáneres de corto alcance de la Estación Aurora y rastreen gradientes de cazas a máxima intensidad. Informen a los equipos de escaneo que lo que están buscando es una lanzadera de origen terrano, serie Osprey, modelo 7I-C. Preparen equipos médicos para asistir a los ocupantes y dispongan de instalaciones acondicionadas para ocuparse de
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un varón betraskano de diecinueve años que está sufriendo una reacción anafiláctica y posibles traumatismos en la faringe, la laringe y la tráquea. —El estómago me da un vuelco al oír eso y la respiración se me acelera—. He pasado los últimos treinta años de mi vida perfeccionando estos algoritmos —continúa Zila—. Cuando era cadete, soñaba con disponer de recursos a semejante escala. Lamento no estar allí para ver el resultado final. —Por un solo momento, veo un atisbo de aquella chica a la que le gustaba demasiado la opción de aturdir de sus armas—. Estoy todo lo segura que se puede estar del éxito —prosigue—, pero no soy perfecta y tampoco soy el tipo de persona religiosa. —Sus ojos barren la habitación
—. Espero que estés ahí, Tyler. Y, si es así, tal vez no estuviera de más una oración. Entre todos nosotros, tú siempre fuiste el creyente.
Adams repite las órdenes en su dispositivo de comunicación y, de ese modo, pone en marcha los equipos de escaneo y dispone de la tripulación médica.
La imagen de Zila se queda ahí suspendida, en silencio, y, mientras la contemplo, empieza a morderse un mechón del cabello.
Tras un minuto o dos, la luz que hay a nuestro alrededor comienza a palpitar con más fuerza. Los focos del techo del pasillo exterior pierden intensidad y, después, se apagan del todo.
Sin previo aviso, la red de la estación se desconecta por completo. La gravedad artificial se interrumpe y Adams maldice en voz baja cuando la sonda de los eshvaren empieza a brillar con una intensidad que casi resulta cegadora. Se me eriza todo el vello del cuerpo. Un zumbido subsónico se me acumula en la parte posterior de la cabeza.
—Está absorbiendo la energía de toda la red de la estación —sisea De Stoy.
Los labios holográficos de Zila se curvan en una sonrisa traviesa y yo estiro el brazo hacia ella, aterrorizado y llorando pero, de algún modo, sonriendo con ella.
Entonces, hago lo que me ha pedido y cierro el ojo. Visualizo a Finian y a Scar, mi amigo y mi hermana melliza, y le rezo al Hacedor con todas mis fuerzas.
Tráelos de vuelta. Devuélvemelos, por favor.
El zumbido aumenta hasta convertirse en un grito. La sonda eshvaren brilla tanto que puedo verla a través del párpado cerrado. Giro la cabeza conforme el sonido se vuelve más agudo. La estación se sacude, la
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electricidad se acumula y cada gota de energía del núcleo es arrancada de la red y proyectada hacia el corazón ardiente de la sonda.
El alarido empieza a resultar doloroso y oigo a Adams rugiendo pero, por encima de todo ello, sigo rezando. Me aferró con todas mis fuerzas al pensamiento que el almirante me inculcó cuando partimos hacia la Estación Sagan, antes siquiera de que descubriéramos a Aurora y fuéramos arrastrados a este rompecabezas, a esta guerra, a esta familia que llevaba cientos… No, millones de años forjándose.
Tienes que tener fe, Tyler. Tienes que tener fe.
El ruido supera el límite de la audición y la luz resulta mucho más que cegadora.
Y, con un último chillido discordante, se acaba.
El resplandor de la sonda eshvaren se desvanece y, después, se apaga del todo. Los focos cenitales del pasillo vuelven a encenderse y, cuando la gravedad regresa, hago una mueca ante el dolor que recorre mi cuerpo maltrecho cuando caigo de golpe una vez más sobre mi silla gravitatoria.
A Adams y De Stoy empiezan a llegarles diferentes comunicados, avisos, advertencias y alertas, que son silenciados por las órdenes cortantes de la líder de batalla y por el grito estruendoso del almirante.
—¡Todo eso no es esencial! ¡Id al grano! ¡Equipo de escaneo, informe! Lo miro a los ojos con el corazón galopante y sin atreverme a tener
esperanzas.
—Negativo, señor —responden—. No hay contacto.
—Reduzca el campo de búsqueda, teniente —ordena De Stoy—. Puede que la nave no tenga energía. Buscad señales térmicas, cinéticas y radiación de espectro completo.
—Sí, señora; estamos en ello —replican.
Los minutos pasan como si fueran eones. Miro fijamente el lugar en el que estaba el holograma de Zila, pero ha desaparecido y en mi ojo solo ha quedado grabada la imagen residual de la sonda.
—¿Hay algo? —pregunta Adams.
—Negativo, señor. El área de alcance está despejada.
—Aquí la Rapaz desde el exterior. Confirmamos, Aurora: no hay contacto.
Me quedo ahí sentado, contemplando el punto en el que se encontraba el holograma de mi amiga, consciente de que nunca más voy a volver a verla.
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Eso no sería tan malo (después de todo, ha dicho que había sido feliz) si no fuera por los demás: Auri y Kal, que han desaparecido a saber dónde; Zila, que lleva cientos de años muerta; Cat, que ya no está; y, ahora, Fin y Scarlett…
Escucho los informes que van llegando y cómo los equipos de escaneo y los pilotos confirman lo que ya nos han dicho y lo que yo ya sé.
—Area de alcance despejada.
—No hay contacto.
Han desaparecido. Todos mis amigos. Toda mi familia.
Después de todo lo que hemos sufrido y todo lo que hemos perdido… —Soy el único que queda… —susurro.
Escuadrón 312 para siempre.
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N unca pensé que acabaría así.
Estoy sentado en la silla gravitatoria, contemplando la estrella Aurora a través de un ventanal alargado. Los medicamentos que me han suministrado son muy fuertes y no siento el dolor de las
heridas. Sin embargo, en cierto sentido, eso solo lo empeora todo. Porque, sin el dolor, lo único que siento es la ausencia; el hueco vacío donde debería tener un ojo y el espacio vacío que hay a mi lado y donde debería estar mi familia.
Nunca pensé que acabaría así.
Observo la flota que se está reuniendo en el exterior de la academia y una parte de mí sigue sin poder evitar sentirse impresionada ante semejante imagen. Se está formando la mayor armada de toda la historia registrada de la galaxia. Es una coalición de razas: diez mil naves llegadas desde todos los rincones de la Vía Láctea para responder a la amenaza del Ra’haam.
Chellerianos y betraskanos. Ishtarri y rigellianos. Gremps, tol’mari, rikeritas y syldrathi libres. Nunca había imaginado nada así.
En los años que llevan al mando de la Legión, Adams y De Stoy no han estado de brazos cruzados y, además de allanar el camino para que el escuadrón 312 descubriera el Arma y comenzase la formación de la Legión en el pasado, también han tenido trabajando a otros agentes que han estado recopilando información de los veintidós planetas de crianza del Ra’haam: escuadrones de la Legión enviados de incógnito más allá de
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los límites marcados por las interdicciones y a través de umbrales del Pliegue perdidos para recolectar pruebas, grabaciones y datos de esos mundos corrompidos, esos viveros en los que duerme ese enemigo que incluso ahora se retuerce a la espera de poder florecer y brotar.
Esa información, las imágenes que grabé de Cat en el reactor y los agentes de la AGI desenmascarados han sido suficiente para reunir a esta frágil alianza.
No tenemos el Disparador.
No tenemos el Arma.
Pero tenemos bombas de fusión, infinidad de disruptoras, colisionadores de masa, armas biológicas, segadoras de atmósfera y destructores de núcleos; la potencia militar combinada de cientos de mundos, dispuesta a hacer arder hasta la muerte a nuestro enemigo en su propia cuna. Se han establecido los rumbos y se ha marcado el primer objetivo: el lugar donde comenzó todo.
Un planeta que podría haber seguido dormido más años si no hubiera sido por un grupo de colonos terranos que interrumpió su sueño.
El lugar donde, después de eones, el Ra’haam arrastró al colectivo a sus primeros miembros nuevos y puso todo esto en marcha.
El lugar en el que perdimos a Cat.
El planeta Octavia.
Y yo estoy aquí atrapado, observando.
Impotente.
Solo.
Veo cómo las naves zigzaguean las unas entre las otras, colocándose en formación, hermosas y gráciles, afiladas y letales; un centenar de razas, un millar de modelos, cien mil guerreros apostados frente al umbral del Pliegue de Aurora.
Antes de subir a bordo de la Implacable, un carguero de batalla de la Legión, el almirante Adams me ha dicho que ya había hecho suficiente; que podía tomármelo con calma; que me había ganado un descanso.
No sé si me lo creo.
No sé si todo esto ha merecido la pena.
Dan la señal. Miles de luces parpadean a modo de saludo a la estación. Cuando la flota empieza a partir a través del umbral del Pliegue, coloco la mano sobre el plastiacero transparente con el corazón en un puño.
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A pesar de toda la potencia armamentística y todas las fuerzas reunidas, he advertido a Adams y a De Stoy que es posible que las cosas no vayan a ser tan fáciles. Incluso aunque tuviéramos el Arma, cosa que no tenemos, llevamos planeando esta batalla algo más de doscientos años.
Por el contrario, el Ra’haam ha estado preparando su regreso durante un millón de años.
Auri, ¿dónde estás?
Veo cómo las naves salen por el umbral de una en una. Todas nuestras esperanzas y todas nuestras vidas penden de un hilo.
Y entonces, en medio de la oscuridad, lo veo.
Es un pulso de energía diminuto justo al lado del casco de la estación. Las mariposas se apoderan de mi estómago y me pego al cristal del
ventanal.
Salgo corriendo (en realidad, dando tumbos. ¡Que les den a las heridas!) y hago una mueca de dolor cuando me choco contra un grupo de cadetes con los ojos muy abiertos y me lanzo a toda prisa hacia el ascensor.
Llamo a Adams, pero me vuelve a saltar el maldito buzón automático.
Frustrado, arrojo mi unilente contra la pared del ascensor.
Cuando llegamos a los muelles, salgo disparado por la puerta y grito a un equipo de traumatología que está descansando junto a una lanzadera de evacuación médica. Me miran como si estuviera loco; como si hubiera perdido la cabeza. Uno de ellos me dice que debería volver a la cubierta médica. No voy a repetir lo que les grito a continuación, pero es suficiente para convencerlos de que muevan el culo, se equipen y me lleven a la oscuridad exterior.
Cuando despegamos, el corazón me palpita con fuerza y, mientras la gravedad desciende, mi esperanza se eleva junto con mis entrañas, que flotan en libertad. El impulso me empuja de nuevo hacia mi asiento para la aceleración mientras señalo («¡Ahí, AHÍ!») una mota gris diminuta que flota en medio de la nada.
A diferencia de mi hermana, soy un aficionado a las naves espaciales. Puedo decirte el nombre de cada navío que la Fuerza de Defensa Terrana ha utilizado desde sus inicios, en 2118. Puedo diferenciar los fabricantes. Puedo señalar los modelos. Puedo indicar el año en el que se pusieron en funcionamiento y el año en que se retiraron del servicio.
Oíd, me gustan mucho las naves, ¿de acuerdo?
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—Series Osprey —susurro—. Modelo 7I-C. Entre el 2168 y el 2179. A pesar de las objeciones del equipo médico, tengo el traje espacial
puesto antes que ellos. Es complicado orientarse con un solo ojo: todavía no han tenido la ocasión de instalarme la prótesis cibernética y mi percepción de la profundidad es un desastre.
Un joven y encantador soldado betraskano me dice que tengo que sentarme.
Yo le informo amablemente que tiene que cerrar el pico.
La nave de evacuación médica se acopla a la Osprey a través de un cable gravitacional y nos pone en órbita. Cada segundo que pasa parece un año.
Mientras nos acercamos al rango de abordaje, observo la lanzadera con los dientes apretados. El casco tiene quemaduras negras en algunas partes y el metal ha adoptado la forma de unas ondas extrañas, como si se hubiese licuado con un calor intenso y, después, se hubiera congelado de inmediato antes de poder deshacerse. Las ventanas están chamuscadas y oscurecidas por el carbono quemado. No puedo ver el interior. No puedo verlos.
No puedo verla.
Nuestra cámara de descompresión emite un siseo y se abre de par en par. Después, amarrados por cables de seguridad, el equipo médico y yo nos lanzamos al vacío. Cuando el especialista técnico intenta hackear el sistema electrónico, soy lo bastante listo como para no interponerme en su camino. Al final, recurre a cortar el metal con una lanza térmica de alta potencia.
Con un sistema hidráulico, abren la puerta de la cubierta de carga a la fuerza. Unas partículas de carbono se desprenden del metal fundido y yo me siento como si tuviera hielo en el estómago. Sigo al equipo médico al interior y, conforme nos acercamos a la cámara de descompresión interna, las linternas de nuestros cascos atraviesan la oscuridad. Mientras el equipo se pone manos a la obra con los cierres, apoyo las manos contra la estrecha ventana de cristal que hay en la puerta de la cámara y miro el interior de la lanzadera que está al otro lado.
Allí, en la oscuridad, los veo; los veo y grito mientras golpeo el cristal con el puño.
—¡Finian! —rujo—. ¡Scarlett!
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Están flotando en gravedad cero. El cabello rojo como el fuego de mi hermana y la piel blanca como la leche del betraskano resaltan en la profunda oscuridad de la cabina.
Fin está cubierto por una manta térmica y un traje espacial que debería estar en un museo. Horrorizado, me doy cuenta de que hay sangre de un tono rosa pálido salpicando el visor.
A su lado, Scar lleva puesta otra antigualla y su cuerpo flota débil e inmóvil en la oscuridad. En torno a su cuello, veo el medallón que consiguió en la cámara del Dominio, en Ciudad Esmeralda. El cristal resplandece como una vela, pero su luz se desvanece poco a poco.
—¡Daos prisa! —grito—. ¡Abridla de una vez!
La esclusa se estremece y, una vez más, el equipo médico hace uso del sistema hidráulico para abrirla a la fuerza. Me pongo boca abajo y me arrastro bajo la puerta conforme se eleva, sin hacer caso del dolor creciente que siento en el cuerpo y de la sangre que noto acumulándose bajo las vendas dérmicas.
Me desplazo por la cubierta, aferrándome al techo para frenar mi velocidad. Paso un brazo por la silla del piloto mientras, con la otra mano, arrastro a mi hermana. Tiene los ojos cerrados y el pelo se le agita en torno al rostro formando un halo. Aquí no hay oxígeno, atmósfera o cualquier cosa que pueda transportar el sonido, así que, en su lugar, le grito a su mente a través de la sangre que hay entre nosotros y que nos une. Después, rezo. Por favor, Hacedor, por favor.
Scar, ¿puedes oírme?
El equipo entra a toda prisa detrás de mí y pone en posición segura a Fin. Toman lecturas y comprueban sus signos vitales.
—Tenemos que llevar a estos dos de vuelta a la estación de inmediato. ¡Scar! ¡Soy Tyler!
Me apartan a un lado, envuelven a mi hermana en mantas electrotérmicas y la tumban sobre una camilla gravitacional. Mientras regresamos a nuestro propio transbordador, le aferró la mano. Me niego a dejarla marchar; me niego a rendirme. No después de todo esto.
Ella también, no.
¡Scarlett, despierta!
Yace inmóvil en la camilla, atada en el interior de nuestra lanzadera, entrando en calor después del frío helador del espacio.
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Sin embargo, sigue sin moverse y apenas respira. Además, tampoco puedo sentirla en mi mente con esa unión que va más allá del hecho de ser mellizos que siempre hemos compartido y que es un regalo de la madre a la que nunca conocimos, del padre al que perdimos y de la familia que fuimos. Ahora, todo ello me resulta más importante de lo que ha sido nunca. Por favor, Scarlett, por favor; no puedo perderte a ti también… No puedo perderte a ti también.
—Ty…
Abro el ojo y el corazón me estalla cuando veo que me está mirando a través de unos párpados pesados. Tiene la voz espesa y los ojos amoratados. Puedo sentir el tamaño de la historia que acaba de vivir, el peso que acaba de cargar y el lugar en el que acaba de estar. Pero, a pesar de todo lo que ha tenido que soportar, todavía se ve capaz de sonreír.
—Ho… Hola, hermanito…
Me río, sollozo y agacho la cabeza.
—Odio cuando me llamas así.
Separa los labios y el miedo resplandece en su mirada.
—¿Fi… Finian?
—Está bien —susurro—. Está bien, Scar.
Tengo tantas ganas de abrazarla que casi puedo sentirlo. Quiero arrastrarla hacia mis brazos y no soltarla jamás. Pero me doy cuenta de lo que ha tenido que soportar su cuerpo y no quiero arriesgarme a hacerle daño, así que me limito a estrecharle la mano. Después, me inclino para darle un beso en la frente. Las lágrimas se me desprenden de las pestañas y empiezan a flotar libres en la gravedad cero mientras empiezo a derramar en su cabeza lo que siento: la pena y el miedo, el arrepentimiento y el dolor, y, por encima de todo, la alegría pura y cegadora de volver a verla.
Nos conocemos de toda la vida; incluso desde antes de nacer. En todo lo que he hecho, en todo lo que he vivido y en todas las batallas que he tenido que luchar, incluso cuando no estaba a mi lado, estaba conmigo, formando parte de mí.
Para siempre.
Scarlett abre los brazos y la estrecho con toda la gentileza de la que soy capaz. Ella me acaricia el pelo cuando apoyo mi cabeza contra la suya.
—Yo también te quiero —susurra.
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Para aquellos que van de camino al sistema Octavia, es un viaje largo. Lo bastante largo como para que mis heridas empiecen a sanar mientras esperamos a recibir noticias de que la coalición ha llegado a su destino. La rehabilitación me resulta dura y la prótesis
cibernética que me han dado todavía la siento extraña, pero la buena noticia es que ahora puedo leer las noticias directamente desde la red.
Fin aún sigue confinado en la cubierta médica pero, cuando entro en su habitación cojeando, él y Scarlett se separan con un «pop» audible, así que supongo que no se encuentra tan mal. Mi hermana se alisa la camisa, se aparta de los labios sonrosados un mechón de pelo recién teñido de rojo y se acomoda en la biocamilla junto a Fin. Me detengo con brusquedad y arqueo una ceja mientras paso la mirada entre ambos.
Mi engranaje se sonroja, lo cual es un poco raro en un betraskano.
—Se supone que debería estar descansando —digo.
—Y está descansando —contesta Scarlett en tono despreocupado. —Le apuñalaste la garganta con un bolígrafo, Scar. Tal vez quieras
darle unos pocos días antes de empezar a lamerle las amígdalas.
—Muy gracioso —dice ella, poniendo los ojos en blanco—. Y muy gráfico. Pero no tengo ni idea de qué estás hablando.
Hago un gesto en dirección a mi cara.
—¿Sabes? Con el ojo cibernético que me han implantado puedo ver el espectro termográfico. Las mejillas se te ponen casi 0,2 grados más calientes cuando mientes.
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Hace una bola con una de las muchas almohadas de Fin y me la lanza a la cabeza.
—Te tendrían que haber puesto un maldito parche.
—Eso habría sido ir demasiado lejos con todo ese asunto del pirata espacial; incluso para mí.
—¡Barco a la vista! —dice ella con una sonrisa.
—¡Izad la bandera, botarates! —contesto, sonriendo también—. ¡Al abordaje!
—¡Arrrrrr! —gruñe Fin en un tono muy bajito y con la voz quebrada. Scar se gira hacia él con indignación fingida y le hinca el dedo en el
pecho.
—¡Se supone que no puedes hablar!
El betraskano se encoge de hombros y sonríe con timidez. Ella le pone una mano en la mejilla y le besa en los labios. Contemplo cómo se separan poco a poco con la mirada fija en mi engranaje. Él finge no darse cuenta pero, al final, me mira de reojo.
—¿Sabes? —digo—. Cuando todo esto acabe, tú y yo vamos a tener que tener una charlita sobre mi hermana, amigo.
Fin señala los parches dérmicos que le rodean la garganta y se encoge de hombros en señal de disculpa mientras dibuja con los labios las palabras: «Se supone que no puedo hablar».
—¡Ay, mi gallardo protector! —dice Scarlett con una mano en el pecho y pestañeando con fuerza.
—No estoy preocupado por ti —replico con un resoplido burlón—.
Estoy preocupado por él.
Ella pone los ojos en blanco y mira la bolsa que porto.
—¿Qué me has traído?
Me siento junto a la camilla y rebusco entre las cosas antes de lanzarle unos cuantos paquetes de Como los auténticos fideos™. Mi hermana me mira fijamente, pasando de una indignación fingida a una muy real.
—¿Me has traído raciones militares? Tyler, estamos en una estación. Aquí tienen comida de verdad. ¿Qué de…?
Se queda callada cuando también saco una tarrina de helado de cuatro chocolates frío como el hielo y un cuchador de los que proporciona la academia.
—Ohhhhhh. Eres un buen tipo, Tyler Jones. Te perdono.
Fin hace una mueca y habla en susurros.
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—No me puedo creer… que tengas hambre.
—Se supone que no puedes hablar. —Mi hermana quita la tapa de la tarrina como si contuviera la respuesta a los misterios de la vida, el universo y el todo—. Además, cuando tengas dudas, come hasta reventar.
Fin contempla el holograma que hay proyectado sobre la pared y masculla.
—Es solo que… me parece raro estar de celebración.
Scar y yo seguimos su mirada y nos quedamos absortos con las imágenes. La líder de batalla De Stoy se ha quedado en la Estación Aurora para supervisar el asalto, pero Adams nos está enviando una transmisión directamente desde el puente de mando de su nave insignia, la Implacable. Nos dijo que nos habíamos ganado el derecho a tener asientos de primera fila para ver cómo se hacía historia.
Y, desde luego, lo que está ocurriendo ante nuestros ojos es algo histórico.
Después de casi dos semanas de viajar por el Pliegue, las naves reunidas por la flota de la coalición al fin han llegado al umbral de Octavia y están listas para comenzar el ataque y borrar del mapa el primer planeta semilla del Ra’haam.
Se agrupan como lanzas en el paisaje blanco y negro del Pliegue, perfilándose contra el umbral. Como ocurre en todos los sistemas donde el Ra’haam ocultó su lugar de crianza, el umbral de Octavia es un punto débil en el tejido que hay entre las dimensiones que se ha producido de forma natural. En lugar de los umbrales hexagonales que utilizamos los terranos o los portales en forma de lágrima de los syldrathi, este parece un rasguño brillante sobre la pared del Pliegue. Tiene decenas de miles de kilómetros de ancho y los bordes se ondulan con estallidos de rayos oscuros cuánticos. En el horizonte, la imagen se distorsiona y cambia como si la vieras a través de una neblina de calor. Al otro lado, atisbo la estrella Octavia, que arde en un tono rojo como la sangre en medio de los colores del arcoíris que conforman el espacio real.
La última vez que vimos esto, estábamos nosotros siete solos: el escuadrón 312. Todos sabemos lo que perdimos en ese planeta, lo que nos arrebataron. Por un instante, la ira y el dolor son tan fuertes que me cuesta respirar.
—¿Te parece raro celebrar la muerte del Ra’haam? —dice Scarlett con un resoplido mientras se recuesta y toma una buena cucharada de helado
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—. ¿Es una broma? Tendríamos que tener unas puñeteras cervezas.
El chasquido y el siseo de un cierre a presión resuena en la habitación y, después, le tiendo a mi hermana una botella muy fría de cerveza ishtarri.
—Ohhhhhh. Eres un muuuuuuuy buen tipo, Tyler Jones.
—Pensaba que… no bebías —susurra Finian.
—Voy a hacer una excepción —contesto antes de dar un trago con lentitud—. ¿Quieres una?
El betraskano sacude la cabeza y vuelve a mirar las pantallas. Siento su inquietud y su miedo y, si soy sincero, una parte de mí los comparte. Si los eshvaren se tomaron tantas molestias para que tuviéramos el Arma y para planear el ataque a su antiguo enemigo a lo largo de varios milenios, parece un poco arrogante esperar poder ganar a base de fuerza bruta.
Sin embargo, si lo piensas de manera racional, a pesar de todo su poder, los eshvaren vivieron hace un millón de años. No sabíamos si en aquellos tiempos había algún otro planeta habitado; tal vez estuvieran completamente solos. Es probable que no pudieran imaginarse el poder militar que una coalición de varios centenares de especies esparcidas por todas las estrellas podrían reunir si estaban lo bastante motivadas. Esta flota, esta fuerza de ataque… Nunca antes se había visto algo igual en toda la galaxia.
Además, es nuestra única esperanza.
Adams y el resto de comandantes tampoco son unos idiotas; no están atacando a ciegas: ya han lanzado una oleada de sondas de reconocimiento a través del umbral para echar un vistazo al sistema. Según los informes que nos llegan, Octavia III tiene casi la misma apariencia que cuando nosotros siete estuvimos allí la última vez: una roca normal y corriente de clase M, setenta y cuatro por ciento océano y cuatro continentes. Tan aburrido como una noche de sábado en mi habitación de la academia. A menos que te guste el ajedrez, claro está.
Sin embargo, sé que todas esas masas de tierra y esos estrechos de océano azul verdoso ya no son en realidad tierra y agua, sino la piel del Ra’haam: hermosas frondas, enredaderas serpenteantes y hojas retorcidas que disfrutan del calor del núcleo del planeta. Se trata de una máscara que oculta el rostro del monstruo que crece debajo.
A pesar de todo, según los informes y todas las lecturas… —Sigue dormido —murmura Scarlett. —Eso parece —asiento.
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—¿De verdad crees que esto va a funcionar? —me pregunta ella. Aprieto la mandíbula y observo el momento en el que dan la orden y la
flota empieza a atravesar el umbral. Intento no pensar en todo lo que necesitamos, pero no tenemos, y en todo lo que hemos dejado atrás para llegar tan lejos. Cat, Zila, Kal y Auri.
—Tiene que funcionar —susurro.
El acercamiento es tan perfecto que parece sacado de un libro de texto y la armada desciende del umbral como si fuese la mano del Hacedor. Oleada tras oleada de oráculos rigellianos, guadañas chellerianas y saht-ka betraskanas que atraviesan la noche como flechas surcando los cielos de algún antiguo campo de batalla mientras los cuervos ya anuncian la matanza.
Tras ellos llegan las naves insignia: las siluetas descomunales de las plataformas de bombardeo orbital de Ishtarr, las estrellas de guerra de Aalani, los gigantes de batalla de los gremps, los lanzaurdimbres de Nulaat y los cargueros de la Legión Aurora, todos ellos rodeados por una cantidad interminable de Saetas de acompañamiento. Me doy cuenta de que, al ver semejante despliegue, estoy respirando de forma acelerada y la emoción me ha erizado la piel. Una parte de mí desea con tanta desesperación estar allí para dar ese golpe que casi puedo tocarlo.
En su lugar, estoy atrapado en una habitación de hospital en la otra punta de la galaxia, incapaz de hacer nada más que observar.
—Esto es por todos nosotros —dice Scarlett, mirándome a los ojos.
—Sí —asiento mientras trago saliva con fuerza—. Esto es por Cat.
La orden llega a través del canal de comunicación. Comienza el bombardeo. Diez mil naves, diez mil disparos, diez mil puños alzando nuestra luz en medio de la oscuridad.
Cuando caen las primeras bombas, la atmósfera de Octavia comienza a arder: destellos de fusión que resplandecen con una luz blanca, descargas orbitales que separan las nubes y propulsores de masa que sacuden los cimientos de la tierra. Al principio, no parece gran cosa. El planeta es enorme, por lo que el rango es inmenso. Pero incluso un elefante puede acabar muriendo a manos de las hormigas suficientes. Y la mayoría de las hormigas no suelen estar armadas con artillería nuclear.
El azul verdoso arde y se vuelve negro. Los cielos cristalinos de Octavia III se están oscureciendo; miles de millones de toneladas de tierra y polvo salen disparadas a la atmósfera mientras la superficie es engullida
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por las llamas y el planeta se sacude hasta las entrañas. El bombardeo es implacable, interminable. Las fuerzas de las razas de la galaxia orientadas a un único propósito: matar al dragón en su guarida; asfixiar a la bestia mientras duerme.
Juro por el Hacedor que, al principio, no me he atrevido a tener esperanzas pero, mientras continúa el bombardeo, aplastante y abrumador, mientras los cielos de Octavia III se vuelven negros por las cenizas y su atmósfera hierve y desaparece en el espacio…
—Lo están logrando —susurro—. De verdad lo están…
Al principio es como un susurro sin forma y sin tono, atravesado en alguna parte de la base de mi cráneo y que aumenta en el lugar en el que oculto todos esos miedos tontos que de pequeño pensaba que eran reales: los monstruos que hay debajo de la cama y las voces horribles en mi cabeza.
Miro a Fin, pero él no parece darse cuenta. Todavía tiene los ojos grandes y negros fijos en el ataque y los cielos en llamas se reflejan en el arco liso y oscuro de sus lentillas. Sin embargo, cuando miro más allá de él, en dirección a Scar, veo que está frunciendo el ceño y que tiene los labios separados mientras en su rostro se dibuja una mueca.
—¿Oyes eso? —le pregunto.
Me mira a los ojos y sacude la cabeza.
—Lo siento.
La presión aumenta, me recorre toda la columna vertebral y me presiona con tanta fuerza detrás de los ojos que me veo obligado a cerrarlos. Me llevo una mano a la frente cubierta de sudor.
Hay una pequeña pausa, como si algo estuviera tomando aire suavemente.
Y, entonces, el susurro se convierte en un grito; un grito tan fuerte, hambriento y odioso que atraviesa los yermos solitarios del espacio y me agarra el corazón, apretándolo con tanta fuerza que casi se me para.
—Hacedor…
Mi hermana sisea con la nariz sangrando.
—¿Qué…? ¿Qué está pasando?
Fin alza una mano temblorosa y su susurro es como un jarro de agua fría.
—Mirad…
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La flota. El asalto. Los misiles, los propulsores de masa, el bombardeo… todo se ha quedado en calma y en silencio. Es como si Adams hubiese decretado un alto al fuego, solo que no se ha dado tal orden a través del sistema de comunicación. De hecho, ya no nos llega nada a través del comunicador. Es como si todas las personas que forman la armada estuviesen escuchando, cautivadas, horrorizadas o paralizadas por ese horrible, horrible grito.
Las alarmas han empezado a sonar en la Estación Aurora, alertando a los comandantes para que se presenten en sus puestos. La iluminación se tiñe de amarillo mientras pasamos a estado de alarma nivel dos. Toda la galaxia está presenciando esto a través de las retransmisiones y puedo imaginarme la inseguridad y el pánico que se estarán expandiendo como el veneno mientras la flota más poderosa que jamás se haya reunido se queda congelada y quieta como una silueta oscura recortada sobre la cúspide brillante de ese planeta ardiendo.
—Almirante Adams… —susurro.
La atmósfera de Octavia III se arremolina y se sacude y, entre unas nubes negras de kilómetros de altura, se producen tormentas de fuego. El grito aumenta de intensidad, tan claro y agudo que apenas puedo ver a través de las lágrimas. De la nariz me sale sangre, que se me derrama sobre los labios. Fin ha tomado a mi hermana de la mano y está limpiando el torrente rojo que le gotea por la barbilla. Sin embargo, horrorizado y estupefacto, me obligo a mirar esas pantallas mientras las nubes agitadas de Octavia III se abren de par en par y la cosa que hay debajo sale disparada.
No parece un monstruo. No parece un horror o un final. Eso es lo más terrible: que, en realidad, me quedo deslumbrado por su belleza cuando tres mil millones de esporas de una luz azul brillante se precipitan hacia arriba desde la piel ardiente de ese mundo e inundan el espacio. A su paso, desgarran el planeta, destrozándolo hasta el corazón, separando las montañas y el manto derretido. El núcleo, líquido y sangrante, se deshace en un cataclismo difícil de imaginar.
Octavia III muere gritando. Yo estoy gritando. La cosa está gritando, chillando, aullando como un recién nacido hambriento apartado de la calidez del vientre de su madre para ser arrastrado al frío del mundo. El corazón me da un vuelco en el pecho mientras esas esporas brillantes surcan la oscuridad dando tumbos, se aferran a las naves y se hunden en
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ellas mientras los zarcillos empiezan a serpentear, las vainas de las semillas estallan y la corrupción empieza a propagarse por la armada más poderosa que las razas de la galaxia hayan reunido jamás, reclamándola como propia.
—Oh, no —susurra Scarlett—. Hacedor… —Está despierto… —digo.
Veo la luz de los motores poniéndose en marcha y las naves que empiezan a retroceder. Unas pocas tripulaciones tienen la presencia de ánimo de intentar huir de su destino. Pero la mayoría se quedan quietas, apáticas e inmóviles mientras Octavia III muere entre llamas, gritando y dando a luz a la cosa que se ha estado calentando en su vientre durante los últimos millones de años.
Contemplo cómo esas esporas se mueven y se derraman como globos de cristal azul brillante, engullendo a la flota de la coalición y avanzando hacia delante. Veo cómo las transmisiones empiezan a apagarse conforme las naves son consumidas y corrompidas una a una.
Quiero darme la vuelta, cerrar los ojos y decirme a mí mismo que el monstruo de debajo de la cama no existe, que no es real.
Sin embargo, me obligo a mirar cómo el Ra’haam llega al umbral del Pliegue, esa grieta resplandeciente a través de las estrellas que se abre a los caminos interminables que conducen al resto de la galaxia que está al otro lado.
Scarlett no ha ido a la capilla ni un solo día de su vida pero, mientras esos orbes resplandecientes empiezan a atravesar el umbral, veo que está rezando. Fin me toma de la mano y me la estrecha con tanta fuerza que los nudillos me crujen.
—Yo ya había visto esto —susurra—. En un sueño… Digo la única cosa que se me ocurre. Pronuncio su nombre. —Ra’haam.
Una entidad que, en el pasado, amenazó con devorar todas y cada una de las vidas sintientes de la galaxia; una voracidad tan grande, un intelecto tan aterrador, un enemigo tan peligroso que toda una raza se sacrificó para prevenir que se alzara de nuevo.
Pero fracasaron.
Los eshvaren fracasaron
Y que el Hacedor nos asista, porque nosotros también hemos fracasado.
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Ra’haam.
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Diez días después, toda la galaxia es presa del pánico.
Nunca he visto nada parecido. Es como una infección que precede al Ra’haam: una oleada de esporas azules brillantes que se derraman a través del Pliegue con la armada corrupta de la
coalición viajando a su lado.
Solo hemos tenido breves atisbos del avance del enemigo, pero hay imágenes suficientes como para saber que la flota y todos los que estaban en ella están perdidos. Ahora, todas esas estrellas de guerra, segadoras y cargueros están cubiertos de esporas, moho y hojas de color azul verdoso mientras arrastran tras de sí por todo el Pliegue unos zarcillos alargados y retorcidos. Parecen pecios sacados del fondo de los océanos terranos, invadidos por percebes y algas. Me estremezco al pensar en lo que habrá sido de todos los valientes soldados que iban a bordo, del almirante Adams y el resto de comandantes.
La Legión Aurora y todos los ejércitos de la galaxia han sido prácticamente decapitados.
Hace unas semanas dormitaba oculto y silencioso, pero ahora toda la galaxia conoce su nombre, que se susurra en la oscuridad, se pronuncia con miedo tras puertas cerradas y se grita a través de las transmisiones.
Ra’haam.
Un enemigo dispuesto a devorar todas las razas de la galaxia de una en una.
Hasta que no queda nada que no sea ello.
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Hasta donde sabemos, por el momento, solo ha eclosionado el criadero de Octavia. Tal vez tenga algo que ver con el asalto, con la colonia terrana que se estableció allí o con alguna otra variable. Lo único que sabemos con certeza es que, por muy mal que estén las cosas ahora, se van a poner veintiún veces peor en cuanto el resto de los planetas de crianza eclosionen también.
Esta guerra se ha acabado casi antes de empezar.
El miedo que despierta es como un reguero de pólvora que se va esparciendo por la Vía Láctea conforme el enemigo atraviesa el Pliegue. Las otras razas han empezado a entrar en pánico y algunas han llegado al extremo de destruir los umbrales que dan acceso a su sistema, prefiriendo aislarse y atravesar una nueva era de oscuridad como la anterior al descubrimiento del Pliegue antes que permitir que el Ra’haam colonice sus mundos. Mientras tanto, esas esporas siguen expandiéndose, brillando con una luz azul fantasmal incluso en medio del paisaje descolorido del Pliegue, interminables e implacables.
La flota corrompida surca las olas de esporas, moviéndose como sombras oscuras en medio de una tormenta resplandeciente y brillante de miles de millones de kilómetros de ancho.
Mientras observo los fragmentos de grabaciones que se retransmiten, inundado por el horror, no puedo evitar sumirme en la desesperanza.
Hice justamente lo que la visión que tuve me dijo que hiciera: detener la destrucción de la Academia Aurora y evitar cualquier calamidad que hubiera seguido a la destrucción del Caucus Galáctico. Hice lo que se me pidió.
Y, al hacerlo, he ayudado a ponerle en bandeja al Ra’haam una enorme flota de guerra que, de otro modo, tal vez jamás hubiera conseguido.
Scar y Fin se abrieron paso a través del tiempo, Zila dedicó su vida a formar la Legión Aurora en el pasado para luchar contra esta cosa, Auri y Kal dieron sus vidas para asegurar el Arma y, aun así, aquí está el Ra’haam, arrojándose a través del Pliegue tal como siempre había querido, tal como siempre había planeado.
Tal vez, después de todo lo que hemos hecho, los miembros del escuadrón 312 tan solo hayamos empeorado las cosas.
Incluso después de todo lo que hice para salvar la Estación Aurora, no servirá de nada porque la Estación Aurora es, precisamente, hacia donde se dirige el enemigo a continuación.
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Los equipos logísticos lo han confirmado. Rumbo establecido. Datos comprobados.
El Ra’haam viene hacia aquí.
Y llegará en menos de veinte horas.
No va a venir ayuda. No hay ningún milagro en camino. Nos superan en número y en armas. Aunque todavía tenemos naves de reserva y una red de defensa, la cuestión es muy sencilla: una flota de ese tamaño acabará con suma facilidad con cualquier resistencia que podamos oponer.
—Scar, tienes que salir de aquí.
Estamos en el paseo, rodeados por el caos de la multitud. Los miembros que quedan de comandancia han confirmado que el Ra’haam se aproxima a la Estación Aurora y se ha ordenado evacuar a todo el personal no esencial. Los comerciantes y sus familias están recogiendo sus tiendas y posesiones a toda velocidad y la oscuridad del exterior está iluminada por el resplandor de cientos de motores: lanzaderas, cargueros y transbordadores que atraviesan el Pliegue en busca de cualquier lugar seguro que puedan encontrar.
—Hermano mío —dice Scarlett—, has perdido la cabeza.
—Lo digo en serio —replico mientras hago un gesto que abarca la estación que nos rodea—. El tiempo para ser diplomáticos ya pasó, Scar. No tiene sentido que te quedes aquí.
—Por lo que sé, no tiene sentido que nadie se quede aquí —dice Fin. —¡Gracias! —exclama mi hermana mientras le ofrece al betraskano
una reverencia exagerada—. Al fin alguien que dice algo con sentido.
—Pensaba que se suponía que no podías hablar —mascullo.
Mi engranaje me dedica una sonrisa y, cuando se encoge de hombros, su nuevo exotraje sisea.
—Todos sabíamos que era demasiado bueno para que durara. —De verdad, Tyler, deberíamos evacuar con…
—No puedo hacerlo, Scar. Cuando me uní a la Legión, hice un juramento.
—¿La Legión? —dice ella en tono de burla—. ¡Tyler, perdimos a la mayoría de los comandantes y casi todas nuestras naves cuando Octavia floreció! La Legión está totalmente jodi…
—¡Ya lo sé! —digo, perdiendo los nervios—. ¡Lo sé mejor que nadie! Créeme, he repasado los cálculos con De Stoy un centenar de veces. ¡Pero
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si he de morir, moriré luchando! ¡Y el mejor lugar desde el que luchar es este!
Me mira a los ojos y se encoge de hombros.
—Entonces, me quedo contigo.
—Scar, no; no hay…
—¡No lo digas! —grita mi hermana—. ¡No me uní a la Legión porque quisiera hacer de la galaxia un lugar mejor! ¡No me uní para convertirme en una heroína! ¡Me uní porque eres mi hermanito y tengo que cuidar de ti! Además, no he arrastrado el culo a través del tiempo, el espacio y unos bucles temporales y paradójicos colapsando sobre sí mismos solo para darme la vuelta y salir corriendo ante el primer indicio de un pequeño cataclismo que podría destruir la galaxia, ¿me oyes?
Miro a mi hermana a los ojos.
Conozco a Scarlett Isobel Jones de toda la vida. La conozco mejor que a nadie en toda la Vía Láctea. Sé que superó la academia a duras penas, que nunca se lo tomó tan en serio como podría habérselo tomado y que, tal vez, nunca fue la mejor recluta de la Legión.
Pero ahora me doy cuenta de que todas las pruebas a las que se ha enfrentado y todas las batallas que ha luchado la han cambiado. Es más dura de lo que solía ser; más valiente. Me doy cuenta de que, en los últimos meses, ha encontrado un pozo de fuerza en su interior que ni siquiera ella sabía que existía. Sin embargo, hay algo que sigue igual en Scarlett Isobel Jones; una cosa que ni todas las pérdidas ni todos los problemas han podido cambiar.
Sigue amando con más fiereza que nadie que haya conocido jamás.
—Scarlett —digo—, si te quedas aquí, morirás.
—Ya te perdí una vez, Ty —contesta, levantando la barbilla—. No pienso pasar por eso de nuevo.
Fin se coloca a su lado y le toma la mano.
—Jefe, parece que vas a tener que cargar con ambos.
Suspiro y, a través del enorme ventanal, observo las estrellas del exterior, las naves que huyen, la caída de la galaxia.
Sé que no hay manera de salir de esta. Sé que estamos mirando de frente al cañón que nos va a ejecutar. Además, recuerdo cómo me sentí al luchar contra Cat en el reactor, al mirar esos ojos resplandecientes y al desangrarme en el suelo. Recuerdo ese horrible momento en el que me
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pregunté si no sería mejor perderme a mí mismo en el Ra’haam que morir solo.
Ahora sé lo estúpido que era ese miedo porque, incluso en mis peores momentos, nunca he estado solo. Así que rodeo a Scarlett con los brazos, la estrecho con fuerza y agarro a Fin para arrastrarlo también al abrazo.
Me doy cuenta de que en eso consiste la familia.
En no estar nunca solo.
A nuestro alrededor, la iluminación pasa a ser roja. El sistema de megafonía emite una alarma y una voz metálica resuena por todo el paseo.
—ESTACIÓN AURORA, AQUÍ LA LÍDER DE BATALLA DE STOY. ALERTA ROJA: SE APROXIMAN NAVES NO AUTORIZADAS. TODOS LOS PUESTOS EN ESTADO DE ALARMA NIVEL UNO.
—Mierda… —susurra Scarlett.
—REPITO: AQUÍ LA LÍDER DE BATALLA DE STOY. MÚLTIPLES NAVES NO AUTORIZADAS ESTÁN ATRAVESANDO EL UMBRAL DEL PLIEGUE DE AURORA. TODOS LOS PUESTOS EN ESTADO DE ALARMA NIVEL UNO.
—Ya está aquí —dice Finian.
—No —replico con el ceño fruncido mientras suelto a ambos y miro por la ventana en dirección al umbral que hay más allá—. El Ra’haam todavía está a diecinueve horas de…
—Legionario Jones, aquí De Stoy, ¿me recibe?
—La recibo, comandante.
—Será mejor que venga a la torre de mando y control de inmediato, soldado.
Vuelvo a mirar el umbral del Pliegue y noto un nudo en el estómago cuando unas formas oscuras empiezan a cruzar la fisura.
Apoyo la mano sobre el plastiacero de la ventana. El corazón se me acelera y soy incapaz de creer lo que estoy viendo.
—Conozco esas naves… —susurro. —¿Ty? —pregunta Scar—. ¿Qué está…?
Sin embargo, antes de que acabe, ya he salido disparado. Corro por el paseo, abriéndome paso entre la gente mientras grito a todo pulmón.
—¡Scar, Fin, vamos!
—¿Dónde demonios va…?
—¡Venid y ya está!
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Ambos me siguen a través de la multitud que está huyendo y entran conmigo al ascensor. Subimos hasta la torre de mando y control en silencio. Fin y Scar me miran como si estuviera medio loco y yo me pregunto si no lo estaré del todo.
No me había atrevido a tener esperanzas, ni siquiera me había atrevido a permitirme pensar en ello pero, cuando los tres salimos a las ajetreadas cubiertas de la zona de mando y control de la estación, confirmo mis sospechas. Siento un caleidoscopio de mariposas en el estómago y, a la vez, una sonrisa tremendamente idiota se me dibuja en el rostro.
—¿Qué es eso? —pregunta Fin mientras contempla los monitores.
—Lo ha conseguido —digo con una sonrisa—. Lo ha logrado.
Ahora, las formas que salen disparadas a través del resplandor del umbral del Pliegue y entran en el sistema Aurora se ven con más claridad. Se trata de una flota de acorazados, elegantes y cuidados, cubiertos por hermosos glifos de un blanco resplandeciente. Son las naves de un pueblo que nació con el sabor de la sangre en la boca.
Un pueblo nacido para la guerra.
La líder de batalla De Stoy está rodeada por su equipo, mostrando toda la seguridad que puede mostrar una comandante que no ha dormido nada en medio de un cataclismo galáctico. Tiene la frente pálida fruncida y los ojos oscuros puestos en mí.
—Llevan contactando con nosotros los últimos cinco minutos —nos informa—. Quieren hablar contigo, Jones.
Asiento mientras adopto una postura más erguida.
—Recibido, señora.
La imagen de la flota que se aproxima que hay en la pantalla holográfica se desvanece y esa armada descomunal es sustituida por un único rostro. Su cabello es negro como los espacios vacíos entre las estrellas, sus ojos brillan como gemas oscuras y, cuando me mira, sus labios negros se curvan en una sonrisa diminuta.
Es hermosa. Fiera. Brillante. Implacable.
No se parece a nadie que haya conocido jamás.
—Saedii… —susurra Fin.
—Tyler Jones —dice ella.
—Ya era hora —digo, arqueando un poco la ceja de la cicatriz—. Me estaba preguntando si pensabas pasarte durmiendo toda la guerra.
Scar y Fin me miran, patidifusos. Saedii se limita a resoplar, burlona.
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—Habrá tiempo de sobra para dormir cuando estemos en la tumba, terrano.
—¿Has hecho lo que tenías que hacer? —le pregunto—. ¿Has conseguido lo que querías?
Saedii abre los brazos como si pretendiera abarcar la flota syldrathi que comanda. Su sonrisa es triunfal y me doy cuenta de que lleva una nueva cadena plateada en torno al cuello. De ella cuelgan media docena de orejas syldrathi cortadas.
—Soy una templaria de los Inquebrantables, Tyler Jones. Hago lo que quiero, voy a donde me place y tomo lo que deseo.
—Sabes lo que viene a por nosotros.
Asiente con un gesto fiero y sombrío.
—Lo hemos visto.
—Entonces, sabes que no hay manera de salir de esta —le advierto—. El único plan que tenemos es acabar con todo lo que podamos antes de decir adiós por última vez.
—Bailaremos la danza de la sangre contigo. Hoy, pintaremos el sol de rojo. —Sacude la cabeza—. Y los Inquebrantables no dicen «adiós».
Al verla, el corazón me arde en el pecho. No me había dado cuenta de lo mucho que la había echado de menos hasta este momento. Estiro la mano hacia ella y ella levanta la suya, como si fuera a apoyar su palma contra la mía.
Desearía que tuviéramos más tiempo. Desearía haber podido conocerla mejor. Desearía…
—Me alegro de que estés aquí, Saedii Gilwraeth.
Sus labios negros se curvan en la más pequeña de las sonrisas.
—A mí también me complace volver a luchar una vez más a tu lado, Tyler Jones. Y…
—¿Y?
—Y volver a verte.
Saedii me mira fijamente durante un segundo interminable más y, después, la transmisión se corta. Agacho la cabeza y me doy cuenta de que todo el personal del puente de mando me está mirando con incredulidad.
—No es que no agradezca la ayuda —dice De Stoy—, pero casi desearía tener tiempo para leer un informe sobre eso, legionario Jones.
Mi engranaje tiene un gesto que está a medio camino entre la admiración y la sorpresa pero, mientras pasa la vista entre la pantalla y yo,
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el de mi hermana es de absoluta incredulidad.
—¿Tú… y ella?
Me encojo de hombros.
—Es cosa de los hoyuelos.
—¿Cómo es que sigues caminando? —susurra Fin.
Sonrío.
—Sí, estuve un tiempo sin poder andar demasiado bien.
El betraskano se cubre la boca abierta con una mano y con la otra me ofrece un choque de puños juguetón a espaldas de Scarlett. Sin embargo, mi hermana se da cuenta y nos mira a ambos.
—¿Qué tenéis? ¿Doce añ…?
—¿Puntos en una escala de belleza del uno al diez? —Me encojo de hombros—. Sí, eso parece.
—Hacedor… —gruñe ella.
Las sonrisas no duran demasiado y la calidez que he sentido en el pecho empieza a desvanecerse hasta que lo único que queda es la imagen de la cosa que viene a por nosotros.
Por mucho que me alegre de que Saedii y su armada estén aquí, sé que no van a suponer la diferencia entre la derrota y la victoria. La flota corrompida de la coalición es demasiado grande y el Ra’haam está compuesto por demasiados seres. Como he dicho, nuestra única opción es causarle todo el daño posible antes de morir.
Pero si ese es el plan, lo vamos a hacer lo mejor que podamos.
Y si esto de verdad es el final, al menos no estoy solo.
Diecisiete horas después estoy en el puente de mando de una Saeta muy familiar, contemplando nuestras líneas de defensa. Detrás de nosotros, la Estación Aurora brilla como el sol al amanecer, repleta de cañones de pulso y una variedad de misiles. A nuestro alrededor, la flota de la Legión está cerrando filas y formando.
Adams y De Stoy enviaron casi todas las naves de las que disponían al ataque sobre Octavia, y solo quedan unas cuarenta Saetas que rodean un
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crucero pesado, la Invencible, que está comandado por la propia líder de batalla betraskana.
Sin embargo, tenemos el apoyo de la flota Inquebrantable de Saedii: las siluetas oscuras de las Fantasmas y Espectros, y las moles elegantes de los cargueros Banshee y las Sombras. Cientos y cientos de ellas. Estamos dispuestos formando una falange, orientados hacia el umbral del Pliegue, listos para mandar al infierno a la primera nave que lo atraviese.
—EL ENEMIGO SIGUE APROXIMÁNDOSE —nos advierten por el sistema de comunicación—. LA FLOTA ENEMIGA IRRUMPIRÁ EN EL SISTEMA AURORA EN SEIS MINUTOS.
—Gracias por aceptarme —murmuro sin apartar los ojos de la grieta —. Habría odiado tener que quedarme al margen, Em.
A mi lado, Emma Cohen se encoge de hombros mientras recorre la flota con los ojos.
—He supuesto que te debía una por haber evitado que hicieran estallar la estación y todo eso…
—¿Sin resentimientos después de que te encerrara en tu propio calabozo?
—Eso depende —me dice, mirándome de reojo—. ¿Sin resentimientos después de que te disparara a la cara?
—Ambos hicimos lo que teníamos que hacer —le contesto con una sonrisa—. «Somos la Legión».
Ella asiente y me devuelve la sonrisa.
—«Somos la luz».
—Y de verdad que siento mucho lo de Damon —interviene Scar, que está a mi lado—. Bueno, ni siquiera sabía que estabais saliendo juntos por aquel entonces.
Emma se encoge de hombros y vuelve a posar los ojos sobre el umbral.
—Era un imbécil.
—¿Verdad?
—LA FLOTA ENEMIGA IRRUMPIRÁ EN EL SISTEMA AURORA EN CUATRO MINUTOS.
—No, no —dice Fin, que está sentado junto a De Renn—. Tu tercera madre es mi tía primera por parte de mi segundo abuelo.
El tanque de Cohen hace una pausa en sus cálculos con los dedos sobre los controles de disparo.
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—Pero mí segundo tío primero también es tu primo tercero, ¿no?
—¿Dariel es tu tío primero?
—Sí, segundo por parte de…
—¿Cómo van esos cálculos, De Renn? —le pregunta Cohen.
—Bien —responde el tanque mientras se endereza—. Estamos listos, alfa.
—LA FLOTA ENEMIGA IRRUMPIRÁ EN EL SISTEMA AURORA EN TRES MINUTOS.
Las proyecciones holográficas que tenemos frente a nosotros parpadean y muestran el emblema de la Legión. Después, sobre las consolas aparece el rostro de la líder de batalla De Stoy. La última comandante superviviente de la Legión Aurora se nota sombría, pero decidida. Su voz resuena por el puente y a lo largo de toda la flota que está bajo su mando.
—Legionarios de la Aurora. Ser betraskano es saber que nunca estás solo. Todos nosotros formamos parte de una red que se expande formada por un clan y un gran clan, por hermanos, padres, abuelos, primos y otros cientos de personas que comparten nuestra sangre. Vayamos donde vayamos, sabemos que esto es verdad: somos una familia. Este es el legado con el que nacemos. Pero todos los que estamos aquí presentes, ya seamos betraskanos, terranos o syldrathi, formamos parte de algo que es todavía más poderoso. Formamos parte de un clan que hemos elegido; un clan que hemos construido no con lazos de sangre, sino con las promesas que hemos decidido hacer. Hemos entregado los corazones a nuestra causa y nos los hemos entregado los unos a los otros.
»Incluso ahora, cuando la noche es más oscura, la Legión Aurora brilla con fuerza. Incluso ahora, nos interponemos en el camino de lo que está mal y nos alzamos en nombre de la paz. Ese es el juramento que hemos pronunciado y la promesa que le hemos hecho tanto a la Legión como a los demás.
»Sabed esto: para mí, es un honor luchar hoy codo con codo con todos y cada uno de vosotros; mi clan por elección, la familia de mi corazón. No hay ningún sitio en toda esta galaxia, o en cualquier otra, en el que preferiría estar en lugar de aquí.
Su voz se interrumpe y es reemplazada casi de inmediato por un anuncio robótico.
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—LA FLOTA ENEMIGA IRRUMPIRÁ EN EL SISTEMA AURORA EN UN MINUTO.
A través del comunicador suena una voz familiar y fría como el hielo que, aun así, consigue encender una llama en mi pecho.
—De’na vosh, aam’nai —dice—. De’na siir.
Miro en dirección a la nave insignia de Saedii, que está suspendida en medio de la oscuridad a nuestro lado. Después, miro a mi hermana, y le hago una pregunta silenciosa.
—«No tengáis miedo, amigos míos» —traduce ella—. «No tengáis arrepentimientos».
—Dun belis tal’dun. Un belis tal’satha.
—«El fin no es un final. Y la muerte no es una derrota».
—An’la téli saii.
—«Nos ve…».
—Sí, esa ya me la sé.
—¿De verdad?
Asiento y hablo con voz suave.
—«Nos vemos en las estrellas».
—ALERTA: SE APROXIMA FLOTA ENEMIGA. A TODAS LAS NAVES: SE APROXIMA FLO…
El umbral del Pliegue restalla, un rayo atraviesa el cielo oscuro y, a través de esa ventana ardiendo, aparece la primera nave del Ra’haam.
Ya está aquí…
La nave es un carguero terrano, elegante y pesado, repleto de cañones. Las plantas, azules, verdes y pálidas como fantasmas, cubren el casco como los hongos cubren el tocón de un árbol caído. Mientras avanza, arrastra tras ella unos largos zarcillos. El corazón se me encoge cuando veo el nombre que lleva inscrito en la proa y que tan apenas es visible bajo las manchas causadas por la infección del Ra’haam.
«Implacable».
—El almirante Adams… —susurra Finian.
—Ya no —murmuro.
Aun así, cierro los ojos un instante. Sé que estamos a punto de dispararle e intentar matarlo de forma definitiva, tal como hice con Cat.
Sin embargo, antes de morir, Cat me defendió. El Ra’haam me defendió.
Me quería porque ella también me quería.
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Ese ya no es el almirante Adams pero, una parte de ello… —A todas las unidades: ¡disparen!
Comienza el bombardeo, cegador y ardiente; los rayos de pulso resplandecen y los misiles salen disparados, dejando tras de sí estelas de vapor como si fueran serpentinas el Día de la Federación. Las explosiones florecen en silencio y el fuego de fusión resplandece con el mismo brillo de la estrella Aurora que tenemos a nuestras espaldas mientras funde mamparos y resquebraja el metal.
La Implacable se abre paso a través de la tormenta de fuego, y de su casco agrietado surgen llamas y refrigerante junto con unas manchas de algo que podría ser sangre y que se retuerce y burbujea en medio del vacío. Nuestra flota sigue insistiendo, aumentando la potencia del armamento hasta que, de forma inevitable, la nave insignia cede y se desmorona formando un halo de llamas ondulantes.
El almirante Adams y yo íbamos juntos a la capilla todos los domingos.
Nunca habría llegado tan lejos sin él.
Tienes que tener fe, Tyler.
—Lo siento —susurro.
Pero él no está ahí para escucharme.
Además, tampoco tenemos tiempo para llorarlo, para las canciones de despedida o las salvas de veintiún cañonazos porque, detrás de los restos ardientes de la nave insignia de nuestro antiguo comandante, el resto de la flota del Ra’haam está atravesando el umbral del Pliegue.
Oráculos, guadañas, saht-ka, estrellas de guerra, gigantes de batalla y lanzaurdimbres que surcan una oleada escalonada y agitada de un millón de esporas brillantes. Miles y miles de naves caen sobre el sistema Aurora. Son demasiadas para poder hacerles frente, y mucho menos para vencerlas.
Cohen da órdenes a gritos y nos ponemos en marcha. Nuestra Saeta zigzaguea entre las llamaradas y los globos resplandecientes mientras atacamos con todo lo que podemos disparar.
La armada de los Inquebrantables está abriendo grandes huecos entre las hordas que se aproximan prendiéndoles fuego. El vacío oscuro del espacio parece volverse espeso con la sangre viscosa y resbaladiza del Ra’haam. Sin embargo, sus activos son infinitos y su fuerza implacable.
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Cuando nos devuelve los ataques y las naves a nuestro alrededor empiezan a caer, todos sabemos que esto solo va a acabar de una manera.
—¿Cómo vamos, líder de batalla? —grito.
—Los sistemas de refrigeración del reactor están apagados —dice De Stoy—. Los mecanismos de seguridad están anulados.
—¿Cuánto queda hasta que lleguemos al punto crítico? —Tres minutos. Esperemos que este plan suyo funcione. —Si hay que morir, que sea con las botas puestas.
Detrás de nosotros, sobre el revestimiento de la Estación Aurora, se produce un leve pico de radiación. Se trata del reactor, que cada vez está más cerca de llegar a la sobrecarga. Recuerdo la sensación del calor creciente en el núcleo, la luz parpadeante y la sangre de Cat en las manos. En mi mente, vuelvo a ver la visión, ese sueño despierto en el que la Estación Aurora estallaba y se hacía añicos una y otra vez.
El Ra’haam siente que algo va mal. Sus naves de retaguardia detienen las maniobras y las de vanguardia ralentizan el asalto.
Sin embargo, ya tenemos a la vista el umbral del Pliegue y solo quedan unos instantes antes de que esté a nuestro alcance y disparemos, haciéndolo explotar y atrapando al enemigo aquí dentro con nosotros.
—Dos minutos para el punto crítico.
La voz que sonaba en mi cabeza me dijo que podía detenerlo, que podía arreglarlo. Pero tal vez ese no era mi destino. Tal vez, la desaparición de la estación (y, con ella, la del sueño de la Legión) y su explosión en medio del enemigo para convertirlo en cenizas sea lo mejor que podamos esperar.
Tomo la mano de Scarlett y se la estrecho con fuerza.
Finian, que está a su lado, le rodea la cintura con un brazo.
Este fin no es un final.
—Un minuto para el punto crítico.
Volveremos a vernos.
En las est…
A nuestro alrededor, la galaxia se da la vuelta.
El estruendo de mil millones de tormentas resuena en el interior de mi cabeza.
Me tambaleo con la fuerza del ruido. La gente que me rodea jadea y tropieza, y la batalla del exterior se detiene. Miro el medallón que mi hermana lleva en torno al cuello y que ahora está brillando con un fuego
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caleidoscópico que se esparce por el puente de mando como un eco, un rugido, un grito de nacimiento que rasga la oscuridad e ilumina todo, tiñéndolo de un tono blanco ardiente y cegador.
Una silueta se abre paso por entre las paredes del tiempo y el espacio, y las hace añicos. Atraviesa la amplitud de la eternidad y se arrastra a través del pasado, el futuro y las posibilidades infinitas, soltando un alarido mientras lo hace. La luz es tan brillante que resulta cegadora, pero se separa y se fractura en todos los colores del espectro: del rojo, al amarillo, al azul y al índigo. Pero no, no es un espectro, sino un arcoíris
UN ARCOÍRIS
grabado en la punta de un cristal roto tan grande como una ciudad que flota en medio de la oscuridad ante mis ojos maravillados.
Increíble.
Imposible.
—Por el aliento del Hacedor —dice Fin, ahogando un grito.
—¡El Arma! —exclama Scarlett.
No es demasiado tarde —pienso—. Está aquí.
—Aurora… —susurro.
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Soy todo.
Soy todos.
Estoy en todas partes.
E n un abrir y cerrar de ojos, estamos en el lugar en el que tenemos que estar y el himno de la Neridaa desciende lentamente hasta convertirse en un acorde grave que hace que me cosquilleen y me
retumben todos los huesos.
El cristal eshvaren canta su canción y la energía que solía ser Caersan empieza a desaparecer de mi interior. Alzo la cabeza y descubro a Kal, herido en el centro de la sala del trono. Me inclino sobre él, protegiéndolo con mi cuerpo.
Pero estamos solos.
Aquí no hay ni rastro del Ra’haam, y Caersan se ha desvanecido. Los cadáveres de los caminantes siguen en el suelo, pero los de Tyler y Lae ya no están porque, ahora, ya no son una realidad, sino una… posibilidad.
Porque estamos en casa.
—Be’shmai —susurra Kal mientras intenta incorporarse sobre un codo.
—Estoy aquí —murmuro a modo de respuesta.
Te quiero, le dice mi mente a la suya.
Se lo canté mientras retrocedíamos en el tiempo y lo escudaba, y esas palabras todavía siguen vivas entre nosotros, lo cual me parece bien, porque no quiero retirarlas; quiero decirlas todas las veces que pueda en el tiempo que me queda.
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—Estoy bien —digo mientras me pongo de pie. Porque lo estoy. Debería estar agotada tras la pelea para reparar la nave, pero nunca antes me había sentido tan poderosa o tan decidida.
Todos los supervivientes del futuro entregaron sus vidas para traernos hasta aquí, para darme una oportunidad de cambiar la forma en la que se desarrolla nuestra historia. No voy a desaprovecharla.
Bajo mis órdenes, el Arma proyecta la imagen del exterior en las paredes del salón del trono. Se trata de una perspectiva de trescientos sesenta grados de la batalla en curso que hace que parezca que las paredes no son de cristal, sino de un vidrio transparente y brillante.
A nuestro alrededor, la vida y la muerte juegan entre sí. Una Saeta de la Legión vira en una maniobra de pánico para evitar el Arma y es perseguida por una nave del Ra’haam que arrastra enredaderas tras de sí. Cuando alzo la vista y miro hacia el exterior, veo lo mismo una y otra vez.
La Legión Aurora está presentando su última batalla junto con una flota de naves syldrathi elegantes y sedientas de sangre que llevan los glifos de los Inquebrantables pintados en los laterales. Parece que quienquiera que sea que haya asumido el liderazgo de Caersan ha decidido que el Ra’haam es un enemigo por el que merece la pena luchar.
Juntas, ambas flotas se enfrentan a una armada que las sobrepasa en número de forma infinita, una armada del tamaño y la forma de todas y cada una de las razas a las que ha absorbido, envuelta en enredaderas y hambrienta sin fin.
La pequeña nave de la Legión rodea el borde del Arma y se aleja, como un pez que hubiera visto una sombra, y veo cómo transcurrirá el futuro de su tripulación en los próximos segundos. Veo cómo su intento frenético por evitar a sus perseguidores y dar esquinazo al hambre del Ra’haam los llevará directos al flanco de un buque insignia del enemigo y llegarán a su fin en una rápida e insonora explosión de fuego. Cada uno de ellos solo dispondrá de un milisegundo para conocer su destino antes de que se los trague el olvido.
Kal también ve cómo terminarán, y su horror es el mío, así que extiendo la mano y desvío el curso de la Saeta, que sale disparada hacia arriba, pasa por encima de la nave insignia y, en su lugar, se dirige a toda prisa hacia el refugio que suponen sus compañeras mientras una lucha sangrienta hasta la muerte se libra a nuestro alrededor.
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El Ra’haam es mucho más grande de lo que era y, ahora, su presencia es más poderosa y rica. Esta nueva armada representa una cantidad innumerable de vidas perdidas, extinguidas en un instante mientras el todo vacuo del Ra’haam las devoraba. Sin embargo, cuando dejo que mi mente lo roce y, en consecuencia, tiembla, se estremece, y centra su atención en mí, mis labios se curvan poco a poco en una sonrisa.
Ladeo la cabeza primero hacia la izquierda y después hacia la derecha y oigo cómo me crujen las vértebras del cuello. Porque he estado en el futuro y he visto cómo podría terminar todo esto, pero esta versión del Ra’haam, la que está aquí y ahora…
Lo digo en voz alta, notando cómo la energía zumba en mi interior, lanzándole mi desafío mientras la luz empieza a brillarme en el ojo y las grietas que tengo en la piel comienzan a expandirse.
Es agonizante y excitante.
—¿Eso es todo? —Cierro las manos en puños—. He visto cosas peores.
Kal se pone de rodillas con dificultad y los tonos violetas y dorados de su mente se enredan con la mía.
—Son muchos —susurra mientras contempla la batalla y la flota que, en el pasado, fue el ejército de un centenar de mundos—. Se han perdido demasiadas vidas.
—Pero quedan muchas por salvar —digo en voz baja—; muchas más que en el futuro. Además, Kal, mira. ¿Lo ves?
Arrastro su mente junto a la mía para mostrarle al Ra’haam: los miles de millones de conexiones, lo único y el «nosotros» que surge de aquello que deberían ser multitudes individuales, de aquello que debería ser muchos «yo»; una masa de almas unidas con un solo propósito: aumentar y consumir todo lo que se le ponga enfrente.
Le muestro la red gloriosa y enmarañada de energía mental que une todos y cada uno de sus cuerpos los unos a los otros, todas y cada una de sus naves las unas a las otras.
En realidad, es algo hermoso.
Él retrocede, pero yo lo aferró con fuerza y, a continuación, dirijo mi atención hacia el exterior y le muestro lo que no había podido ver antes de haber estado en otros lugares y en otro tiempo; antes de haber luchado contra ello de cerca.
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Hay otras venas que se alejan de ello: autopistas y callejones mentales que palpitan con su energía azul verdosa, que se expanden hacia distancias inimaginables y que emprenden viajes que nuestras mentes no pueden comprender; viajes que, a nosotros, con nuestras frágiles naves, nos costaría completar millones de años.
Lo ves… —La mente de Kal trata de apartarse de la escala de lo que estamos observando, pero él se mantiene firme y lo intenta de nuevo—. Ahora, lo ves al completo.
Lo veo al completo —concuerdo—. Y, ahora, sé cómo matarlo.
Los eshvaren diseñaron el Arma para que disparara a los veintidós planetas de crianza, uno por uno. Sin embargo, no tenemos tiempo para eso y, además, tampoco estoy segura de que me queden fuerzas suficientes después de las batallas que ya he vivido.
Sin embargo, los eshvaren no sabían que íbamos a tropezarnos con uno de esos planetas antes que con los otros; que los humanos, con su curiosidad infinita e insaciable, encontrarían un umbral del Pliegue natural que nadie más había considerado que valiera la pena investigar porque estaba demasiado lejos de todas partes como para que resultara interesante, y que lo atravesaríamos y aterrizaríamos en un lugar en el que nadie más había estado.
No sabían que despertaríamos al Ra’haam antes de que llegara la hora. Y, ahora que esta diminuta parte de ello está despierta, puede actuar como conducto para el resto. Si puedo destruir esta flota, este criadero que floreció y brotó antes de tiempo y se apoderó de la colonia Octavia, entonces puedo revertir toda esa destrucción a través de su red
interminable como si fuese un virus o un incendio descontrolado.
Puedo destruir los planetas de crianza antes de que despierten.
Puedes matarlo al completo, se maravilla Kal.
Puedo matarlo al completo —concuerdo—. Puedo encender una llama para hacerlo arder desde el interior.
Yo seré el combustible.
Empiezo a reírme, me limpio la sangre que me gotea de la nariz, y me preparo para comenzar el ataque. Voy a matar a esta cosa aquí y ahora, y esta muerte se propagará como una infección hasta que muera en todas partes.
Kal me toma la mano y no vuelve a preguntarme si puedo sobrevivir. Sin embargo, siento el destello de esperanza en su interior, así que le
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oculto la verdad. Al menos durante unos cuantos minutos más.
Pasa sus dedos entre los míos, entrelazándonos, decidido a quedarse a mi lado todo el tiempo posible.
No estás sola, dice en las profundidades de mi mente.
Decido que, en el último momento, lo liberaré y lo enviaré a vivir el resto de su hermosa vida sin mí en el mundo que voy a crear para ellos pero, por ahora, lo aferró con fuerza.
Siempre ha estado destinado a vivir un siglo más que yo y todavía le quedan muchas cosas por ver y por hacer. Desearía poder estar allí, a su lado. Sin embargo, me entregaré gustosa sabiendo que he hecho que algo así sea posible para él.
En la calma que precede a la tormenta, expando mi mente para acariciar todos los sitios que voy a proteger y descubro que no hay un límite a lo lejos que puedo llegar.
Paso los dedos por el casco brillante de la Estación Aurora y por la flota y, entonces, me lanzo a mayor distancia. Veo Ciudad Esmeralda y veo la Sempiterna, tan magníficamente mugrienta y animada como siempre, rebosante de vida y promesas. Paso por las enormes ruinas de la Hadfield de camino a los mundos donde los seres queridos de Dacca, de Elin y de Toshh siguen vivos y a salvo. Veo umbrales del Pliegue rotos y los planetas que se han encerrado con la vana esperanza de sobrevivir. Y, más lejos, diviso la Tierra, el lugar en el que comenzó mi historia.
Ahora no tengo límites, y sé por qué.
Es porque no estoy conteniéndome; porque no estoy manteniendo a salvo ninguna parte de mí misma. No necesito que quede nada cuando todo esto acabe.
Tan solo necesito durar el tiempo suficiente para verlo terminado.
Mi amada —dice Kal que, en esta galaxia interminable, es diminuto y, sin embargo, nunca jamás será ignorado—. Debemos entrar en acción.
Con cuidado, con mucho cuidado, arrastra mi atención de vuelta al lugar que ocupa mi cuerpo y, por supuesto, lo veo: la batalla continúa. A mi alrededor, todas esas luces diminutas como luciérnagas se van apagando una a una.
Una nave estalla en un millón de fragmentos resplandecientes y cinco pequeñas motas de vida que antes estaban ahí desaparecen.
Justo cuando me estoy concentrando en este momento y en este lugar, en la Estación Aurora y la armada del Ra’haam, capto un destello de su
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mente.
Casi me pasa desapercibida en medio de todo este caos.
¡Tyler!
Es muy muy joven. Todavía no está agotado. Es, es, es… mi amigo y es brillante y, en este lugar y este momento, todavía sigue existiendo, así que aúno todas mis fuerzas y obligo a todo lo que me rodea a que se
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DETENGA.
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Y lo hace.
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La defensa se mantiene inmóvil. Nadie puede disparar. Las naves del Ra’haam están congeladas, incapaces de alcanzarlos con sus enredaderas interminables. La batalla se convierte en un retablo en el que todo está suspendido y ambas partes se miran fijamente desde unas naves que, de pronto, han dejado de responder.
Me contengo y tengo mucho, muchísimo cuidado para no hacerle daño, dejo que una parte diminuta de mí choque con Tyler, llena de alegría. Kal viene conmigo y el grito mental de nuestro alfa es del más hermoso de los amarillos brillantes: es como la luz del sol, los campos de trigo o el oro tejido.
En el Eco aprendí a vivir medio año en unas pocas horas y, ahora que soy más fuerte, puedo vivir una eternidad en segundos.
Así que tengo tiempo.
Tengo tiempo para esto.
Solo hace falta un empujoncito y… aquí estamos, en uno de mis lugares favoritos por última vez. ¿Por qué no?
Los tres (Kal, Tyler y yo) estamos sentados en una mesa redonda de madera sintética en la cocina de un modesto piso propiedad de Ad Astra Incorporated. Las encimeras están cubiertas con frascos y recipientes de comida y de unos ganchos del techo cuelgan ollas y sartenes. A mis padres les gustaba cocinar mientras se preparaban para la misión en Octavia.
—Siempre tenéis que tener un lugar en el que dar de comer a vuestros amigos —nos decía mi madre a Callie y a mí cuando nos quejábamos de que teníamos que apretujarnos y rodear la mesa para salir al pasillo.
De fondo suena una música suave y huelo el pan de soda de mi madre cociéndose en el horno. En el centro de la mesa hay una cuenco enorme de guisantes, así que lo acerco hacia mí y empiezo a desgranarlos. Mi padre solía cultivarlos junto a la ventana y yo siempre me encargaba de esta tarea.
—¿Dónde estamos? —pregunta Tyler mientras se gira, sorprendido, para mirar a su alrededor.
—En casa —digo en voz baja—. Solo durante un minuto.
—Nos honras al compartir tu hogar con nosotros —murmura Kal. Como nuestras mentes están unidas, siento el peso de la tradición tras
esa frase syldrathi.
—¿Has sido tú? —pregunta Tyler sin dejar de escudriñar el lugar—. ¿Lo has detenido todo?
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—Sí —contesto, observándolo con más detenimiento—. ¿Lo has notado?
Poco a poco, algo empieza a aparecer entre nosotros. Es como si se estuviera desvaneciendo, pero a la inversa. Son… hilos. Azul medianoche en mi caso, violetas en el de Kal y amarillos en el de Tyler. Entretejidos entre nosotros como una telaraña.
Creo que son nuestras mentes o, más bien, la forma que adoptan en este momento que he creado para nosotros.
Paso los dedos por el precioso hilo amarillo de Tyler que se une a mi muñeca y descubro algo nuevo sobre él.
—¡No solo era Lae! ¡Tú también eres medio syldrathi, aunque no lo sabías!
—¿Quién es Lae? —pregunta mientras alza la mano para rozar el hilo que hay entre nosotros.
Kal y yo intercambiamos una mirada y sonreímos con tristeza.
—Una familiar mía —dice Kal—; el mayor orgullo de mi familia, hermano —añade con una sonrisa—. Espero que, algún día, puedas conocerla.
Ahora que he encontrado nuestros hilos, es más fácil ver los otros: un arcoíris atado a nuestras muñecas que se pierde hasta desaparecer. Así que extiendo la mano y los sigo, buscando al resto de nuestra familia.
Un instante después, Scarlett está en la mesa, unida a nosotros por un rojo brillante. Su insólita empatía al fin tiene sentido: es un don de su madre caminante. Sus hilos se unen a mí y a Kal y, de una manera infinitamente más intrincada, a su hermano mellizo. Su unión está tejida entre ellos como un tapiz rojo y dorado. Me doy cuenta del momento exacto en el que su mente conecta con la de él, del momento en el que ve la verdad sobre su madre. Oigo el grito ahogado y siento su pérdida.
Después, a su lado, aparece Fin, verde esmeralda y lleno de vida. Para él, esto resulta más difícil: no tiene sangre syldrathi y no ha sido entrenado por los eshvaren; su mente no fue creada para esto. Sin embargo, es betraskano, y los que estamos en esta mesa somos su clan, su familia por elección, y eso lo une a nosotros. Su hilo verde brillante forma parte de nuestro todo. Siempre ha tenido mucho amor en su interior así que, a cambio, lo aferramos con fuerza y, cuando parpadea, lo ayudamos a quedarse entre nosotros y reforzamos con nuestro amor su parte de este arcoíris trenzado.
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A continuación, busco a Zila. Con desesperación, rebusco el hilo que sé que debe estar ahí, pero no encuentro nada. Scarlett me mira con lágrimas en los ojos, nuestras mentes conectan y…
Oh, Zila…
Zila…
Espero que la amaras; espero que fueras feliz.
Justo cuando creo que ya he acabado, veo que hay algo más: unos hilos negros que surgen de Tyler y de Kal. Y, cuando tiro de ellos, veo a Saedii Gilwraeth sentada a la mesa de mis padres y arqueando una ceja.
Sin mediar palabra, Tyler mete la mano en el cuenco y le tiende una vaina de guisantes para que la desgrane. Entonces, veo que algo ocurre entre ellos. Unas hebras más de hilo, amarillas y negras, se entrelazan como un enjambre de abejas (vibrantes, pero peligrosas). Entonces, ella toma la vaina y la abre.
Mientras los observo, la mente afilada de ella está a punto de descubrir en mi interior la verdad sobre Lae, pero la aparto a un lugar más seguro. Algunas cosas hay que descubrirlas cuando llega el momento adecuado. Además, viéndolos juntos, tengo la sensación de que, algún día, llegarán a conocerla.
Ninguno de nosotros hace uso de las palabras, porque no las necesitamos. Nuestra conversación fluye a la velocidad del rayo y, a nuestro alrededor, los hilos vuelan formando el arcoíris más hermoso, salvaje, caótico y perfecto.
Compartimos nuestras historias, nos decimos que nos queremos y el tapiz empieza a crecer y… y… y…
Entonces, empiezo a verlo.
Oh.
Oh, ya veo.
Veo algo que no había visto antes, mientras planeaba mi final.
Algo nuevo me invade; una posibilidad que, tan atrapada por la batalla y tan ardiente en mi defensa como estaba, ni siquiera había imaginado. Como si me estuviera despertando poco a poco de un largo sueño, pestañeando para poder enfocar mejor lo que tengo delante, empiezo a verlo…
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Está presente en la forma en la que Fin se aferra con fiereza a nosotros a pesar de que tiene que hacer uso de toda su fuerza para mantener su mente conectada con su clan.
Está presente en la forma en la que Scar nos rodea a todos y cada uno de nosotros con su amor y su aceptación tal como ha hecho en cada momento desde que estamos juntos.
Está presente en la forma en la que Ty piensa en todos nosotros antes que en sí mismo y en la forma en la que lucha por lo correcto sin importar lo cansado que esté.
Está presente en la forma en la que Kal se esfuerza siempre para encontrar la mejor versión de sí mismo, para creer en lo mejor de todos nosotros, para dejar de lado lo que el mundo le ha dicho que debe ser y, en su lugar, convertirse en lo que él ha elegido ser.
Está presente en la ferocidad del amor y la lealtad de Saedii y en su compromiso inquebrantable hacia aquello que sabe que debe hacerse.
Ellos, unidos a mí, me ayudan a ver algo.
Algo que ya sabía.
Sabía que era cierto cuando Esh me dijo que hiciera arder todas mis uniones y mis lazos, y yo me rebelé. Sabía que era cierto cuando Caersan me dijo que los poderosos se apoderan de lo que quieren y yo lo desafié para proteger a todos aquellos que nos rodeaban.
Lo he sabido todo este tiempo porque los miembros de mi escuadrón me lo han mostrado cada vez que han permanecido a mi lado. Ahora mismo, me lo están mostrando de nuevo. Y ni siquiera han sido los únicos en enseñarme esta lección que tanto me ha costado aprender.
Tyler me lo mostró en el primer momento de la historia del escuadrón 312, cuando renunció a la oportunidad de tener el escuadrón perfecto para hacer lo que el corazón le decía que era lo correcto. Entonces, me encontró, y aquel momento fue el primero de una avalancha.
Lae, Dacca, Elin y Toshh también me lo mostraron cuando se pusieron en pie para luchar en lugar de salir corriendo para ganar un solo día más de vida.
Cat me lo mostró cuando entregó su cuerpo y su futuro para salvar a su escuadrón.
Zila me lo mostró cuando renunció a la vida que conocía para ofrecernos una vida a nosotros.
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Caersan me lo mostró en su momento final, cuando nos salvó, porque su último acto fue uno de amor y fue el más poderoso de todos.
El amor es más poderoso que la ira o que el odio.
Y siempre lo será.
El amor lo puede cambiar todo.
Y sí, si encendiera un fuego en el interior del Ra’haam y lo hiciera arder desde el interior, funcionaría. Pero tal vez, solo tal vez…
El arcoíris de hilos que hay entre nosotros se entrelaza con más fuerza, insoportablemente hermoso, y, en ese instante, somos la versión más sincera de nosotros mismos. Ni bromas por parte de Fin, ni aires de superioridad por parte de Saedii. Solo nosotros.
Nosotros, confiando los unos en los otros para ver y ser vistos. Para enfrentarnos a lo que hemos descubierto…
—Tiene que proceder del amor —digo cuando, al fin, en medio de este campo de batalla congelado, lo comprendo.
—Cat sigue ahí dentro —replica Tyler—. Sigue siendo parte de ello. La queremos y ella nos quiere a nosotros. Lo último que hizo fue intentar protegerme.
—El almirante Adams está ahí dentro —dice Scarlett.
—Y la mitad de las personas de la academia con las que hemos estado entrenando todos estos años —añade Fin—: nuestros profesores y nuestros amigos.
—Todos los que forman parte del Ra’haam amaron a alguien —dice Kal mientras entrelaza sus dedos con los míos—. Todos ellos tienen un padre, un hijo, un amigo, un amante, un vecino…
Un padre.
—Mi padre está ahí dentro —susurro—. Todavía me llama.
—No se puede hacer por la fuerza. —Saedii tantea las palabras, pronunciándolas con lentitud. Una parte de ella todavía se rebela ante esa idea, pero alza la vista y me mira a los ojos—. O, más bien, no debería hacerse por la fuerza.
—No hay amor en la violencia —murmura Kal.
—¿Puedes hacerlo? —me pregunta Fin mientras estrecha con fuerza la mano de Scarlett.
—No tienes que hacerlo sola —dice Tyler—. Escuadrón 312. Para siempre.
—Be’shmai, ¿puedes hacerlo? —insiste Kal en voz baja.
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Me pongo en pie.
—Vamos a descubrirlo.
Me giro hacia la puerta que conduce al pasillo y, en cuanto la abro, me encuentro en medio de una jungla.
El aire es cálido y húmedo, la ropa se me pega a la piel y la luz es tenue. Las copas de los árboles se amontonan sobre mi cabeza, sumiendo en la penumbra todo lo que se encuentra debajo. Las lianas se enredan y se arrastran de tronco en tronco. El suelo del bosque está repleto de hojarasca y de arbolitos pequeños y esperanzados que se esfuerzan por alcanzar la luz.
El silencio es perfecto e inquietante. No se oyen crujidos entre los matorrales, ni pájaros o monos, ni insectos canturreando o zumbando, ni ninguno de los sonidos que deberían estar conformando una sinfonía a mi alrededor.
Bajo la vista y veo los hilos arcoíris que tengo atados a la muñeca y que se pierden a mi espalda. Sin embargo, no miro atrás.
En su lugar, doy un primer paso al frente.
La jungla cobra vida y las lianas se retuercen y se lanzan hacia mí. Estoy aquí, pero también estoy en la Neridaa, arrodillada junto a Kal. Estoy en la mesa de la cocina de mis padres, pero también estoy contemplando una batalla detenida y suspendida en el espacio. Las naves están atrapadas como moscas en ámbar y las tripulaciones siguen vivas, haciéndose la misma pregunta los unos a los otros, exigiendo respuestas.
Tengo que esforzarme para despejar el camino. Me arranco las enredaderas de los brazos y paso por debajo de ramas llenas de espinas mientras, por el rabillo del ojo, capto destellos de la batalla congelada y del aroma tentador del pan de mi madre.
Entonces, empiezo a ver a la gente.
No conozco a ninguno de ellos y, casi siempre, están más allá del alcance de mi campo de visión, ocultos por las lianas, las ramas y los árboles. Cuando me muevo hacia ellos y salgo de la espesura, sudorosa y llena de arañazos, nunca están ahí.
—¡Espera! —exclamo mientras cruzo entre dos árboles que crecen tan juntos que tengo que ponerme de lado y sujetar los hilos arcoíris que llevo atados a la muñeca para pasarlos con cuidado, sin que se rompan—. ¡Espera, tengo que hablar contigo!
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Un hombre se da la vuelta y, a mi alrededor, las naves espaciales que mantengo suspendidas se sacuden y el cristal del Arma resplandece. Soy Aurora Jie-Lin O’Malley pero también soy Tyler Jericho Jones.
—Pensábamos que nunca ibas a venir —dice el almirante Adams mientras cruza los brazos cibernéticos frente al pecho—. Ya es hora de que te unas a nosotros.
—No —decimos Tyler y yo a la vez. Mi voz resuena con la suya. —No pasa nada —dice el hombre, que suena muy tranquilizador y
seguro mientras las lianas se le enroscan en torno a los hombros y el pecho como si fueran una serpiente—. No tienes que tener miedo.
—Esto no está bien —protestamos.
Nos dedica una sonrisa ladeada y abre los brazos para abarcar toda la jungla.
—Deberías estar aquí. Juntos, amados, con nosotros. Sabemos que da miedo dar el salto pero, a veces, tienes que tener fe.
Me tambaleo hacia atrás y no me choco contra el tronco del árbol que debería estar ahí, sino contra el cuerpo flexible de un ser humano.
Cuando me doy la vuelta, me encuentro con Cat, que me mira con sus ojos azules, tal como lo hizo mientras la sostenía entre mis brazos, intentando con desesperación salvarla del descenso al Ra’haam.
Soy yo, pero también soy Scarlett, y la mente de Cat es tan hermosa como lo era entonces: remolinos rojos y dorados que me recuerdan su amor por el vuelo. Siento la profundidad del amor que hay entre estas dos mujeres, el poder de su amistad y de su hermandad. Cat estira la mano para tocarnos.
—Te queremos.
Me doy la vuelta y me alejo, dando tropezones, y, mientras me abro paso a través de las ramas silenciosas, los arañazos me escuecen por el sudor. Lo único que se oye es el crujido de las hojas muertas bajo mis pies y mi respiración agitada.
Me guío por el instinto y ya no puedo ver la Neridaa, las naves congeladas o la cocina de mis padres. Sujeto en mi puño los hilos arcoíris para mantenerlos a salvo y sigo adelante, a ciegas, en la dirección en la que sé que tengo que ir.
Me adentro en la jungla.
Más y más.
Tengo que llegar a las profundidades.
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Empujo las ramas, las hojas caen sobre mí y los troncos me rodean. Me muevo más rápido, frenética. Entonces, el pie se me engancha en un tronco, salgo disparada hacia un claro y golpeo el suelo con un grito ahogado.
Cuando alzo la cabeza, está ahí, esperándome.
No es Princeps. No es uno de ellos.
No es más que mi padre, con las mejillas redondeadas y los ojos amables, sujetando un libro de leyendas que solíamos leer juntos cuando era pequeña y que también leímos juntos en el Eco cuando el Eshvaren me dijo que me despidiera de él para siempre.
Me quedo ahí tumbada, entre la hojarasca y la tierra. Entonces, susurro las mismas palabras que dije entonces y cada parte de mí anhela salir corriendo hacia sus brazos, dejar que me abrace y sentir por última vez el consuelo que pensaba que había desaparecido para siempre.
—Te quiero, papá.
Él responde casi del mismo modo.
—Nosotros también te queremos, Jie-Lin. Siempre.
«Nosotros». No «yo».
Sacudo la cabeza, la garganta se me cierra y el dolor me golpea con la fuerza de un puño.
—Este no eres tú —susurro.
—Pero sí lo soy —dice en voz baja sin dejar de sonreír—. Ven, vamos a leer una historia. Podemos estar juntos. Te queremos muchísimo, mi querida niña.
Haría cualquier cosa por pasar un día más con él; por pasar un día más con mi madre y con Callie; por tener la oportunidad de decirles lo que les dije en el Eco; por tener la posibilidad de despedirme de verdad.
Quiero decirme a mí misma que no estoy en esa situación pero, cuanto más me adentro en la jungla, más empiezo a darme cuenta?
Este no es él.
Aunque, a la vez… sí lo es.
Fue el amor de Cat por Tyler lo que la empujo a defenderlo. Es el amor de mi padre por mí lo que hace que el Ra’haam intente conectar conmigo en lugar de matarme.
—Te quiero —digo—. Eso es lo que he venido a decirte.
Sin embargo, decírselo aquí, ahora, de este modo, no es suficiente.
Tengo que adentrarme más.
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Tengo que ir más allá del punto en el que ya no haya vuelta atrás. Ahora me doy cuenta de que tengo que hacer aquello que he estado
temiendo.
Perderse en el amor es entregarse.
Y tengo tanto miedo de perderme a mí misma que, mientras manoseo los hilos arcoíris que llevo atados a las muñecas, las manos me tiemblan. Son mi camino de vuelta a casa, mi rastro de migas de pan, mi conexión con todo.
El amor no debería pedirte que abandones todo lo demás; el amor no funciona así. Sin embargo, así es como funciona el amor del Ra’haam, y si tengo que adentrarme en las profundidades lo suficiente para poder mostrarle que hay un camino diferente, que hay un tipo de amor distinto… Con las lágrimas recorriéndome las mejillas, los desato uno a uno. Me río y lloro mientras suelto mis anclas, pero sé que esto es lo correcto y que
todo va a salir bien. Voy a estar bien.
Voy a estar bien.
Al fin, el último hilo, el violeta y dorado de Kal, se aleja serpenteando.
Soy libre. Es embriagador.
Paso a pertenecer al Ra’haam. Cada porción de mi mente se funde con ello y se expande con la gloriosa sensación de ser amada, abrazada y conocida, dando vida a otras partes de mí que nunca había imaginado.
Vivo un millar de vidas, un millón; después, comparto la mía y comulgamos en una unión gloriosa.
Y, mientras me disuelvo en ello, enciendo la chispa que sé que debo encender, pero no prendo fuego al Ra’haam con dolor, ira o enfado, y tampoco lo hago arder desde el interior.
Porque ahora sé que esta es la manera de hacerlo. No es la forma de los eshvaren, que murieron del primero al último y, a pesar de todo, no evitaron que un fragmento del Ra’haam sobreviviera y, así, la batalla comenzara de nuevo.
En esta ocasión, algo tiene que ser diferente.
Y ese algo voy a ser yo.
Así que, en su lugar, extiendo voluntariamente las alas y me convierto en parte del Ra’haam por completo. Siento un millón de conexiones iluminándose a mi alrededor mientras me uno a ellas. Lo conozco y ello me conoce; nos conocemos mutuamente y lo recorro a la velocidad de la luz y…
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nos adentramos más
y más
y más
en ese amor.
Mi amor se esparce como un incendio descontrolado y comparto la historia de Aurora Jie-Lin O’Malley, que subió a bordo de una nave con destino a un nuevo mundo y se despertó doscientos años después.
Entonces, yo me convierto en nosotros y, mientras me hundo en sus profundidades, nos contamos mis historias.
Nos contamos la historia de Tyler Jericho Jones, hijo de un guerrero y de una caminante, que nos encontró dormidos entre las estrellas.
Saedii Gilwraeth, que también es hija de un guerrero y una caminante, y que aprendió una nueva forma de ver el mundo.
Finian de Karran de Seel, al que el mundo le dijo que no era suficiente y que, a cambio, le demostró al mundo que lo era todo.
Scarlett Isobel Jones, que tenía un corazón tan grande que podía latir por sus amigos cuando los suyos amenazaban con detenerse.
Kaliis Ildraban Gilwraeth, que soportó burlas y puñetazos, y que juró servir incluso a aquellos que no le devolverían su amor solo porque era lo correcto.
Zila Madran, que se construyó una nueva vida para regalarnos esta y cuyo amor nos abrió el camino.
Catherine «Cero» Brannock, que es parte de nosotros, que nunca se encogió de miedo y nunca dejó de luchar o de amar.
Caersan, arconte de los Inquebrantables, asesino de estrellas, que era imperdonable y, aun así, también amaba.
Nos contamos nuestras historias, grandes y pequeñas, luminosas y oscuras, y, juntos, vemos todos los colores del arcoíris. Hay una parte diminuta de nosotros que sigue siendo yo, no nosotros, y la mantengo viva solo unos momentos más para poder hablar.
No se trata de la suma de las partes del arcoíris —les digo—, aunque es hermoso cuando están juntas. Se trata de todas las tonalidades de su interior, que son todas bellas a su manera. Estas historias tratan de la
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forma en la que esas personas vivieron y amaron, a veces bien y con sabiduría, a veces de forma atolondrada y, a veces, de formas oscuras y terribles. El amor nunca debería pedirte que abandones todas las cosas que nos hacen diferentes o aquellas verdades que solo pueden decirse de ti y de nadie más.
Y conforme las últimas partes de mí se disuelven en el Ra’haam, mientras el recuerdo de mí misma se desvanece y da paso a un «nosotros» hermoso e irresistible, comienza a…
Mi amor se esparce como un gozoso incendio descontrolado y observo cómo,
de una
en una,
las historias del Ra’haam se despiertan, cobrando vida con un destello como los rescoldos de un fuego que parecía haberse extinguido; como una galaxia llena de estrellas que empiezan a cobrar vida de una en una.
El Ra’haam, o, más bien, cada una de las partes que lo conforman, está recordando lo que es ser ellas y no un solo «ello»; lo que es ser un «yo» y no un «nosotros».
Y, en ese momento, recuerda que el amor no puede exigirse o tomarse; tan solo puede entregarse.
Recuerda que el amor te ofrece opciones; que el amor es una elección que tomamos una y otra vez.
Queremos tener esa elección, le digo mientras las últimas partes de mí se funden con una alegría eufórica. Nosotros somos esa elección.
Poco a poco, en un instante que dura una eternidad, las luces parpadean a modo de respuesta. Ahora, todas y cada una de ellas están más cerca de la persona que eran antes de fundirse en ello, antes de convertirse en nosotros. Desde una luz pequeña, luego dos y, más tarde, millones, me llega una respuesta.
Nosotros… lo entendemos.
Y dado que es… No; dado que son… No; dado que somos tantos y hemos vivido millones de vidas, sabemos lo que tenemos que hacer.
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De golpe, vuelvo a estar en mi cuerpo, a bordo de la Neridaa. Estoy tumbada en el suelo, contemplando el techo de cristal. Pero, aun así, sigo estando con el Ra’haam, sigo formando parte de un «nosotros» extraordinario e imparable que nunca abandonaré y que es glorioso.
Esto no solo ha sido un precio que merecía la pena pagar; esta ha sido la experiencia más hermosa de toda mi vida.
Kal está sentado a mi lado. Alza la cabeza de golpe con los ojos húmedos y las mejillas manchadas por las lágrimas.
—Has regresado —dice, jadeando. Se lleva mis dedos a los labios y la esperanza empieza a surgir en él poco a poco.
—Solo por un instante —susurro, sonriendo todavía.
Puedo sentir la flota del Ra’haam, puedo sentir el resto de mí misma ahí fuera, en la oscuridad, y quiero deshacerme como un diente de león y dejar que cada parte de mí se desvanezca y se hunda en el «nosotros» que nos espera, en el millón de vidas y amores que ahora forman parte de mí. Juntos, para siempre.
—¿Qué significa eso? —pregunta Kal en voz baja—. ¿«Solo por un instante»?
—Significa que pronto tendremos que irnos.
Mis propios ojos están humedecidos, pero no todas mis lágrimas son de tristeza. Lo quiero mucho. Sufro al pensar en abandonarlo, pero nunca estaré sola.
—¿Dónde vamos a ir? —pregunta.
—Nosotros no —digo, dejando que mi mente se entrelace con la suya una última vez, azul medianoche y plata con violeta y oro—. Tú y yo no.
Entonces, se da cuenta.
El Ra’haam va a marcharse y yo soy el Ra’haam, así que yo también me marcharé.
—Por favor, no me abandones —susurra con la voz quebrada y estrechándome los dedos con más fuerza.
—Podrías venir con nosotros —murmuro.
En silencio, me ayuda a ponerme en pie, y, juntos, observamos cómo una única nave se separa del Ra’haam y una única lanzadera de la flota de
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la Legión. Ambas se abren paso entre las otras, que siguen suspendidas en medio de la batalla, y dibujan un arco en dirección a esta arma del tamaño de una ciudad que nunca hubiera sido suficiente.
Juntos, Kal y yo caminamos hacia el muelle de atraque, pasando por el lugar en el que, en el futuro, nuestros amigos y familiares murieron defendiéndonos. Llevamos las manos unidas.
Voy a echarlo muchísimo de menos.
Cuando llegamos allí, todos nos están esperando.
Fin y Scarlett, Tyler y Saedii, cada uno de ellos cauteloso y esperanzado, con gestos que varían entre las sonrisas y los ceños fruncidos. Ellos son los que me han traído hasta aquí. Y, a su lado, está mi padre, que sonríe con lentitud y abre los brazos.
Salgo corriendo, y esa sensación que pensé que nunca más volvería a ser mía, ahora puede volver a serlo para siempre. Cuando le apoyo la cabeza en el hombro y él me estrecha con fuerza, me siento tan profundamente contenta que quiero vivir en este momento para siempre.
Y puedo hacerlo. Claro que puedo.
Pero los otros no tienen que hacerlo, porque el amor te ofrece opciones.
Recuerdo… que no quería abandonar a Kal.
Pero esta ha sido mi elección: unirme al Ra’haam para que pudiera entender por qué esta batalla tenía que acabar. No puedo echarme atrás.
Al final, es Scarlett la que rompe el silencio.
—Aurora, ¿qué está ocurriendo?
—Cuando cortaste los hilos pensamos que… —Fin se interrumpe y traga saliva con fuerza.
—Planea irse con ellos —responde Kal con la voz tensa.
En ese momento, mientras Tyler, Scarlett y Finian gritan a modo de protesta, vuelvo a sentir los hilos arcoíris intentando alcanzarme.
—No pasa nada —les prometo—. No pasa nada. Estabais juntos antes de que yo apareciera y seguiréis estando juntos cuando ya no esté. Vais a
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poder seguir adelante y todos estaréis a salvo. Necesito que os llevéis con vosotros a Kal.
—No.
La única palabra que pronuncia él a modo de respuesta es un susurro pero, a la vez, tan dura como un diamante.
—Kal, esto es lo que tengo que hacer —digo.
Entonces, todo el Ra’haam comparte mi dolor, porque lo quiero muchísimo, pero ahora formo parte de ello y, aunque lo deseara, no hay manera de desenmarañar mi mente y separarla del todo.
—¿De verdad es lo que tienes que hacer? —Eleva la voz, frustrado—. ¿O es lo que quieres hacer?
Su mente asalta la mía y nos ata con toda la fuerza de la que es capaz.
Con el eco de esas palabras, volvemos a estar en la enfermería de la
Sempiterna y sé qué es lo que va a decir a continuación.
—Morir en el fuego de la batalla es fácil. Vivir bajo la luz de la paz es mucho más difícil.
—No me estoy sacrificando sin motivo —digo, desesperada por hacer que lo entienda. Me rindo y dejo de intentar reprimir las lágrimas—. Esta no soy yo decidiendo morir. No voy a morir; voy a vivir con ello para siempre. Ese era el precio que tenía que pagar para ayudar al Ra’haam a comprender por qué tenemos que parar. Tenía que convertirme en parte de nosotros para que pudiéramos entenderlo.
—¡Pero ahora lo entiende! —Su voz es tan fuerte que casi es un grito
—. ¡Lo entiende y, aun así, te quedas con ello! Por favor, Aurora, quédate con nosotros. Conmigo. Permíteme ser suficiente para ti.
—Es la hora, Jie-Lin —dice mi padre en voz baja. Y, al final, es muy sencillo.
Un padre y una hija están juntos en el muelle de atraque de una nave de cristal. Están unidos no solo por los lazos de la familia, sino por unos que hacen que sean uno y lo mismo, dos cuerpos que forman parte de la misma
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criatura. Y, más allá de ellos, en medio de la oscuridad, hay un millar más de cuerpos de ese ser y un millón más de mentes.
Despacio al principio, después más rápido, y, al final, en un torrente precipitado, se derraman sobre el cuerpo del padre, que se convierte en el recipiente de todo lo que el Ra’haam ha sido, es y será jamás.
El amado de la joven atrapa su cuerpo cuando se derrumba, innecesario ahora que su mente forma parte del todo. Lo alza entre sus brazos mientras él, su hermana y su escuadrón vuelven corriendo a la Saeta y la ciudad de cristal tiembla a su alrededor.
Un escuadrón de la Legión Aurora los está esperando y los ayuda a subir a bordo conforme pasan dando tumbos por la cámara de descompresión. Después, la nave abandona la Neridaa, que brilla y se sacude mientras secciones enteras de cristal se resquebrajan.
Todo el Ra’haam se reúne en un cuerpo mientras Aurora, la chica a destiempo, el Disparador, comparte con el resto lo que sabe y lo que puede hacer. Juntos, ven la manera exacta en la que debe ocurrir.
A bordo de la Saeta, el joven syldrathi grita, dando la alarma. —¡Ha dejado de respirar!
—Por el aliento del Hacedor, ¿dónde está Zila cuando la necesitamos?
—¡Oficial médico!
—¡Traed los estimulantes!
—No es su cuerpo, idiotas, ¿no veis que su mente está en otra parte? Son esas palabras de su desdeñosa hermana las que hacen que alce la
cabeza y vuelva la mirada hacia el Arma, que ya no es un arma en absoluto.
Y, cuando resplandece una vez más y empieza a desvanecerse, él
da
un
salto
y su mente encuentra la de ella y la aferra con fuerza.
Con un grito, uno a uno, los miembros de su escuadrón y su hermana, que suelta una palabrota, lanzan sus mentes tras la de él y forman una cadena que mantiene a una parte de la joven atada a este tiempo y este lugar.
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Todos están con ella mientras la nave de cristal se desvanece y contemplan cómo vuelve a aparecer muy muy lejos, en la oscuridad que se encuentra entre las galaxias, allí donde no hay más vida y nadie se siente en casa para tomar fuerzas.
Contemplan cómo la nave se funde con la nada y tan solo deja atrás al hombre, flotando en la oscuridad.
Él sonríe, echa la cabeza hacia atrás y, poco a poco, suelta el aire. Exhala un millón de estrellas, un millón o más de almas, hasta que el espacio negro está tan iluminado como cualquier galaxia, hasta que el Ra’haam danza y brilla como si fuera luciérnagas, como si fuera nuevas estrellas de un color azul verdoso, un conjunto interminable de constelaciones que vive, ama y está unido.
Poco a poco, ahora que ya no es necesario, su cuerpo se convierte en polvo.
Aun así, ellos cinco se aferran a una sola estrella que se expande más allá de sus límites, fieros, llenos de amor y decididos a no volver a dejar atrás a ninguno de los miembros de su escuadrón.
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Y esa estrella soy yo.
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—Be’shmai —susurra Kal—, ven a casa.
—¡Todavía te necesitamos! —exclama Scarlett.
—Te quedan muchas cosas por ver —dice Fin.
—No vas a estar sola —promete Tyler.
—Será imposible vivir con él si no vuelves —murmura Saedii.
Una carcajada nos recorre al oír eso y, por un instante, casi deseo poder desenredarme, pero no veo la forma de hacerlo.
Jie-Lin… —susurra el Ra’haam. Todas las voces están unidas; todas las voces son diferentes; todas las voces se regocijan en su recién recordada individualidad—. ¿Qué es lo que quieres?
Quiero…
Be’shmai, ven a casa.
Todavía te necesitamos.
Te quedan muchas cosas por ver.
No vas a estar sola.
Será imposible vivir con él si no vuelves.
Entonces, oigo otra voz, procedente de otro miembro de mi escuadrón. Cat es una de esas estrellas preciosas, una voz en mi mente, un hombro fuerte chocando con el mío, una sonrisa de medio lado, un «yo» recién
recordado que vivirá aquí para siempre.
Creo que todavía no es la hora, polizona.
Con un empujoncito, me muestra dónde encontrar el fallo, dónde presionar para…
Pero el coste…
El coste.
Morir en el fuego de la batalla es fácil. Vivir bajo la luz de la paz es mucho más difícil.
Busco a Kal, que me siguió al Eco y, después, al futuro y de vuelta a casa. Mi azul medianoche encuentra su violeta. Entonces, mi mente acaricia la suya e intenta recordarlo todo, intenta aprenderse su persona para que nunca lo olvide.
La ventana comienza a cerrarse y la conexión entre nuestra galaxia y el lugar al que se ha marchado el Ra’haam empieza a cerrarse. Cat está unida a mí y yo estoy unida a ella y una sinfonía de recuerdos fluye a través de mí: un planeta azul verdoso donde murió y volvió a nacer y, siguiendo hacia atrás, un salón de baile bajo el agua, horas robadas en lanzaderas, una noche que se suponía que tenía que ser perfecta y que acabó con un
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corazón roto y, aún más atrás, ropa prestada, bromas en la parte trasera de una clase y exámenes de acceso. Los rostros, los sentimientos y los momentos pasan por delante de mí como un remolino hasta que alcanzan un crescendo y un niño empuja a una niña el primer día de guardería.
Me muestra cuántos recuerdos puede contener una sola vida.
En ese momento, al mismo tiempo, veo la armonía del Ra’haam y la belleza salvaje e impredecible de una vida vivida a solas, pero nunca sola del todo.
Aúno hasta el último rastro de mis fuerzas y giro el rostro para no tener que verlo.
Entonces, hago el corte…
Me incorporo, jadeando como si hubiera estado debajo del agua. Veo que mis amigos están reunidos a mi alrededor. Tyler, Scarlett y Fin. Saedii tiene la mano apoyada en el hombro de Kal. Intento buscarlo con mi mente para tranquilizarlo y…
Nada.
Es como chocarme contra una pared lisa y blanca.
—¿Be’shmai? —Mientras se deja caer de rodillas a mi lado, su voz suena apremiante.
—¿Qué has hecho? —me pregunta Saedii, mirándome fijamente.
—Ya no está —susurra Scarlett.
—¿El qué? —pregunta Finian.
—Su poder —responde Tyler en voz baja.
—Era la única manera de hacerlo —contesto.
Hay un vacío en mi interior, pero la cámara que lo contiene es tan pequeña que cuesta imaginarlo. Era tan enorme… Era infinita.
Ahora, me encuentro en medio de un silencio amortiguado y todo está tan tranquilo como en un día de nieve.
He… He amputado la parte de mí misma que estaba unida al Ra’haam y no puedo sentir a ninguno de mis amigos más de lo que podía hacerlo cuando comenzó todo esto. No soy un Disparador. No soy una salvadora.
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Soy una chica absolutamente normal.
Podría haber vivido en el momento en el que me despedí con un beso de un millón de ellos, pero, aunque me siento extraña y vacía de una forma imposible al solo escuchar con los oídos y solo ver con los ojos, cuando Kal me atrae hacia él, me abraza fuerte y oigo su corazón latiendo sincero y con fuerza a través de sus costillas, entonces… la simple alegría de estar viva me resulta abrumadora.
No puedo sentirlo en mi mente en absoluto. Pero puedo verlo y puedo tocarlo y, cuando le sonrío con lágrimas en los ojos y él me devuelve la sonrisa, sé que he tomado la decisión correcta.
Voy a vivir en paz y voy a vivir por amor.
El amor ofrece posibilidades y yo he tomado una decisión. He hecho la elección que los miembros de mi escuadrón me han mostrado desde que los conocí. La familia está allí donde la encuentras, y esta es la mía. Deberíamos estar juntos.
—¿Se ha ido? —susurra Scarlett. Sé que está pensando en Cat.
—Ya no está aquí —contesto—, pero… no se ha ido.
De forma instintiva, me giro en la dirección exacta. Creo que siempre sabré hacia dónde se encuentra.
Hay un espacio entre galaxias en el que solo debería haber oscuridad, pero que ahora brilla lleno de vida y recuerdos, con estrellas que parecen luciérnagas y que compartirán todo entre ellas durante el tiempo que deseen.
Están lejos, pero no han desaparecido. Entonces, en mis labios surge una frase que he aprendido de Saedii en esos momentos en los que hemos estados todos unidos.
Parece adecuada, así que la susurro a modo de despedida.
—Nos vemos en las estrellas.
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—V enga, venga, venga; vamos a llegar tarde —sisea Scar, que amenaza con salir corriendo, pero no termina de hacerlo.
—Lo cual sería una sorpresa tremenda para todos —contesto mientras le tomo la mano para ralentizarla.
Acabamos de volver de nuestro permiso, que hemos pasado en Trask. Scar ha encandilado incluso a mi tercera abuela. A estas alturas, estoy bastante seguro de que, si alguna vez rompiéramos, mi familia se quedaría con ella y a mí me echaría de una patada, pero no puedo culparlos. Es imposible resistirse a ella.
Solo hemos estado fuera tres semanas pero, por el aliento del Hacedor, qué bien se siente estar de vuelta en la Estación Aurora.
Al principio, no estábamos seguros de si, después de todo lo que ha ocurrido, la Legión era el futuro adecuado para nosotros. Pero, al menos en el caso de Ty, Scar y yo, es donde hemos decidido asentarnos por ahora. Tyler dice que es donde más podemos contribuir a hacer el bien, y el bien es muy necesario.
La mayoría de los planetas perdieron a gran cantidad de sus habitantes en la batalla contra el Ra’haam y civilizaciones enteras quedaron incomunicadas tras los umbrales del Pliegue destruidos. En una ocasión, Aurora me dijo que está segura de que, en el futuro, habrá alguien que sabrá cómo solucionar ese asunto, pero se negó a contarme nada más.
Por ahora, hacemos todo el bien que podemos y donde podemos.
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Mañana, vamos a hacerlo aquí mismo.
Scarlett y yo entramos a toda prisa en la curva alargada del paseo de la estación y nos adentramos entre la multitud con las manos unidas. El lugar está rebosante de gente. Las delegaciones de toda la galaxia han empezado a llegar a la academia y hay marabuntas de cadetes, legionarios y civiles inundando los bares y las cafeterías, todos ellos emocionados por la ceremonia.
Alzo la vista hacia el techo transparente. La luz de la estrella Aurora ilumina las estatuas de las fundadoras que se encuentran en el centro del paseo. Miden cien metros de alto y se alzan sobre este lugar que forjaron juntas, sobre esta legión que ha salvado a la galaxia.
La primera está tallada en ópalo negro procedente de Trask y muestra un rostro sabio, valiente y sereno mientras contempla un futuro de posibilidades infinitas. La segunda está construida en mármol extraído de Terra. Sonrío mientras contemplo el rostro familiar de Nari Kim. Es más mayor que la muchacha que conocimos. Lleva el pecho cubierto de medallas y las estrellas de almirante en los hombros. Aun así, sigue siendo la misma muchacha de entonces.
—Tienes buen aspecto, niña de la Tierra —digo con una sonrisa. —¡Oye! —Scarlett me da un pellizco en el brazo—. Estás hablando
con una de las fundadoras de la Academia Aurora, legionario.
—Sí, pero hizo que me dispararan. Y que estallara en mil pedazos. Y que acabara incinerado. Además, con o sin las estrellas de almirante, estoy seguro de que siguió siendo un tremendo grano en el culo.
Ella se ríe y me estrecha la mano. Después, dirige una sonrisa hacia la estatua que hay sobre nosotros.
—Ahora que lo dices, sí que tiene buen aspecto. Creo que la han pulido.
—Bueno, va a tener nueva compañía…
Hago un gesto con la cabeza en dirección a una tercera figura que se encuentra entre las fundadoras. Está cubierta por una enorme sábana de terciopelo verde, pero es evidente que se ha construido otra estatua junto a las dos primeras; una estatua que toda esta gente ha venido a ver.
La misteriosa tercera fundadora. La heroína olvidada de toda la guerra contra el Ra’haam que será desvelada mañana en una gran celebración. Se contentó con pasar toda su existencia en las sombras para mantener el
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secretismo y evitar las paradojas. La suya fue una vida dedicada a salvar una galaxia que nunca jamás sabría siquiera quién era.
Sin embargo, mañana cambiaremos eso.
Mañana, toda la Vía Láctea conocerá su nombre.
—Vamos —insiste Scarlett—; la veremos mañana. Los demás nos están esperando.
Nos abrimos paso a través de la multitud, de la gente, de todas estas vidas. Al fin, llegamos al ascensor. Mientras subimos, cuando contemplo el gentío de más abajo a través de las paredes transparentes, no puedo evitar sonreír ante semejante imagen.
Mi sonrisa tan solo se ensancha más cuando encontramos nuestra sala de reuniones y descubrimos que Aurora, Kal, Tyler e incluso una Saedii Gilwraeth con ceño fruncido nos están esperando. La escena se convierte en una nebulosa de chillidos y abrazos cuando Scar se abalanza sobre Auri. Tengo que admitir que yo también me uno y, cuando lo arrastramos al abrazo, Kal lo soporta con considerable dignidad. Me doy cuenta de que, presidiendo la mesa, hay una joven seria y bien vestida, pero mis cavilaciones sobre quién podría ser se ven interrumpidas cuando nuestra polizona me abraza con tanta fuerza que mi exotraje activa la configuración protectora en torno a los pulmones para asegurarse de que sigo respirando.
Ty se limita a reírse y permite que la algarabía se calme sola. Extiende la mano y la posa sobre una de las de Saedii que, hoy, debe de sentirse bastante amorosa, ya que no parece que quiera arrancársela de un mordisco. Supongo que están consiguiendo que la relación a larga distancia funcione.
—¿Qué hacéis aquí Kal y tú? —pregunta Scarlett, tomando a Aurora de la mano mientras todos ocupamos nuestros asientos—. ¡Pensaba que estabais en la otra punta de la galaxia!
Ambos han estado colaborando con los esfuerzos de reconstrucción de los syldrathi. Ahora que se ha firmado un tratado de paz entre los Inquebrantables y el resto de la sociedad de su raza, ha llegado el momento de encargarse de las cosas complicadas, como establecer un nuevo planeta. De normal, no les gustan demasiado los forasteros, pero Auri dice que su historia de haber sido una superarma psíquica y su conexión con los eshvaren le han granjeado el respeto suficiente como
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para poder seguir adelante. Es probable que tampoco le venga mal tener a una templaria como parte de la familia.
—¿Estás de broma? —contesta ella—. No nos lo perderíamos por nada del mundo.
—¿Habéis visto el diseño? —pregunta Scarlett.
—Tyler nos lo envió —contesta Kal mientras asiente en dirección a nuestro alfa—. Una obra preciosa, hermano.
—Sigo pensando que tendríais que haberle puesto una disruptora en la… ¡Au! —grito cuando nuestra rostro me da una patada por debajo de la mesa y me fulmina con la mirada. Después, mira a su hermano con una sonrisa.
—Es preciosa, Ty. De verdad. Zila estaría muy orgullosa.
—Zila estaría muy incómoda; eso es lo que estaría. —Sonrío y me masajeo la espinilla dolorida mientras paso la mirada por toda la habitación—. Venga ya, ¿de verdad creéis que Zila Madran se imaginó alguna vez siendo esculpida en una talla de oro macizo de cien metros de alto? Hacedor, ojalá estuviera aquí para poder ver la cara que pone cuando la descubramos.
—Bueeeeeeeno… —dice Tyler.
Todos los ojos de la habitación se vuelven hacia nuestro alfa.
—¿Y bien? —dice Kal en tono de sospecha.
—¿Ty? —pregunta Scarlett.
—Bueno, hay una razón para que os haya pedido a todos que vinierais un día antes —dice, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la mujer que está presidiendo la mesa—. Y ahí está.
Ahora, todas las miradas se giran hacia la desconocida. Es terrana y puede que esté a mediados de la veintena. Va pulcramente vestida con un atuendo gris. Tiene un gesto serio, pero no me parece que sea militar, así que no creo que forme parte de la Legión.
Pasa la vista por la estancia y nos mira a todos y cada uno de nosotros hasta que sus ojos oscuros se posan en Aurora.
—¿Quién eres? —pregunta Auri.
—Una mensajera —contesta con sencillez mientras, con el dispositivo que lleva en la muñeca, da comienzo a una proyección y deja que hable por sí misma.
El rostro de Aurora se ilumina, Scarlett ahoga un grito y yo noto cómo los labios se me curvan, maravillados, ante la proyección que tenemos
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delante.
Se trata de Zila.
Es una señora mayor con el cabello plateado del todo y arrugas de tanto sonreír rodeándole los ojos. Está mirando directamente a la cámara y parece como si estuviera pasando la vista por todos y cada uno de nosotros.
—Saludos, amigos míos —dice. Aunque, después de tantos años vividos, ha perdido parte de la seriedad de su voz, sigue siendo la inconfundible Zila Madran—. Este mensaje debe de ser entregado un año después de los acontecimientos que llevo preparando toda mi vida. Deseo de todo corazón que todos estéis presentes para recibirlo. He aceptado que, si bien sé muchas cosas, eso siempre será un misterio para mí. En una ocasión, mi alfa me dijo que algunos momentos requieren tener fe. Sabed que tengo fe en vosotros.
»Aurora, espero que estés bien. Este mensaje es especialmente para ti. Me costó varios años darme cuenta de que, en mi nueva línea temporal, tu madre y tu hermana seguirían vivas, sanas y salvas y llorando tu pérdida. Sé que esto ha sido una fuente de gran tristeza para ti, así que pensé en todas las opciones disponibles, recordando siempre que evitar las paradojas temporales era de la mayor importancia.
Auri se cubre la boca con las manos y los ojos le brillan con fuerza. Kal mueve su silla para poder rodearla con un brazo en silencio. Scar le estrecha la mano.
—Hablé con tu madre poco antes de que muriera, y le dije que estabas a salvo. Siento no haber podido hacerlo antes, pero el riesgo de crear una paradoja era demasiado grande. Has de saber que nuestra conversación le brindó una paz enorme. Observé a tu hermana Callie durante un tiempo antes de decidir que era capaz de mantener los niveles de secretismo necesarios y, al final, le confié la verdad de tu destino.
A estas alturas, Aurora está llorando abiertamente, aunque creo que son lágrimas de felicidad. La mujer que ha puesto en marcha la grabación vuelve a alzar el dispositivo de su muñeca y, con una sacudida, envía una fotografía para que podamos visualizarla junto a la imagen de Zila. Se trata de una mujer que se parece muchísimo a Aurora, aunque más mayor, y que tiene a una niña pequeña apoyada en la cadera.
—Esta es tu hermana con tu sobrina, Jie-Lin —dice Zila.
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La mujer hace aparecer otra fotografía. Ahora, la mujer que debe de ser Callie es más mayor y, a su lado, hay otra mujer que debe de ser Jie-Lin. También hay una nueva niña pequeña.
—Y esta es su hija —continúa Zila—. He dispuesto que se añadan fotografías a la colección cada vez que nazca una nueva generación y espero que, ahora, este archivo te sea entregado por…
La grabación se detiene y todos nos giramos hacia la mujer que tiene el proyector. Incluso Saedii parece alguien cuya serie favorita hubiese terminado en un momento de máximo suspenso.
—Espero que, ahora —dice la mujer, cuyos ojos parecen brillar un poco—, este mensaje te sea entregado por una de las descendientes de Callie.
—¿Eres…? —La palabra se atasca en la garganta de Auri y no consigue seguir adelante.
—Tu tatara-tatara-tatara-tatara-sobrina —contesta ella en voz baja—.
Me llamo Jie-Lin; es una tradición familiar.
Aurora emite un sonido que está a medio camino entre la risa y el llanto, y todos mis instintos betraskanos me hacen saber que es el sonido de alguien que acaba de encontrar una parte de su familia. Se levanta de la silla como si se estuviera teletransportando y se lanza a los brazos de Jie-Lin. Ambas se abrazan en silencio y la grabación comienza de nuevo. Sorprendido, vuelvo a prestar atención cuando escucho mi nombre.
—Mientras nos despedíamos —dice Zila—, Finian sugirió que hiciera apuestas en partidos de deportes de pelota con la ayuda de Magallanes. Sigo sin estar convencida de que esto sea del todo ético, pero Nari ha sugerido que ya hemos ofrecido mucho de nosotras mismas y que es aceptable tomar un poco a cambio. En estos archivos encontraréis los datos de una cuenta bancaria. Tengo dos peticiones al respecto pero, más allá de eso, el dinero es vuestro para usarlo como consideréis necesario. Va a ser una suma considerable.
»Mi primera petición es que establezcáis una beca en nombre de Cat. Creo en la Legión Aurora y me gustaría que a todo el mundo le resultase más fácil unirse.
»Mi segunda petición es que encontréis una oportunidad para pasar un tiempo juntos. Os sugeriría que pusierais a Scarlett al mando de la planificación. Nari y yo estamos seguras de que escogerá un destino
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excelente para un permiso. Y, por favor, cuando hagáis ese viaje, pensad en nosotras durante un momento.
Ahora, todos estamos llorando, excepto, claro está, Saedii que, desde luego, no tiene conductos lagrimales. Se limita a asentir con la cabeza lentamente, lo que supongo que es su versión de las lágrimas.
—Yo he encontrado aquí a mi familia —dice Zila—, aunque siempre echaré de menos a la familia que dejé atrás. Espero que, a lo largo de vuestras vidas, todos y cada uno de vosotros encontréis semejante felicidad. —Pasa la mirada en torno a la habitación, como si de verdad pudiera vernos. Entonces, sonríe—. Os deseo lo mejor, amigos míos.
Y así, sin más, la grabación se acaba y Zila desaparece. Aunque nunca será olvidada.
—Santa madre de la Papaya —resuella Aurora mientras se zafa del abrazo de Jie-Lin.
—Estas van a ser las vacaciones más épicas de la historia —dice Scarlett.
—Acabamos de volver de unas vacaciones —gruño.
—Y es imposible que me tome tiempo libre —añade Tyler.
Su hermana se lleva las manos a las caderas.
—No podéis decirlo en serio.
—Lo digo en serio —contesta nuestro alfa mientras sacude la cabeza
—. Después de que desvelemos la estatua, hay organizadas un montón de reuniones diplomáticas. Tras eso, llegarán nuevos reclutas y, además, De Stoy está reorganizando toda la estructura de mando.
—Así es —asiento—. Y todavía nos faltan mecánicos, así que tengo que ayudar…
—¡Por el aliento del Hacedor! —Scar suelta un suspiro dramático y pasa la mirada entre su hermano y yo—. Por favor, ¿por qué no seguís aguándonos la fiesta?
Me encojo de hombros, impotente. —Tengo trabajo que hacer, Scar.
—Mira —dice ella, acercándose más a mí—, que yo organice unas vacaciones significa que habrá piscina. Y que haya piscina significa que no pienso meter en la maleta nada que no sea un bañador. Haz las cuentas, De Seel.
Hago una pausa y miro a Tyler. —Bueno, a mí me ha convencido.
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—Así me gusta —contesta nuestra rostro con una mueca—. ¿Tú qué me dices, hermanito?
—Sabes que odio cuando me llamas así, ¿verdad?
—Y tú sabes que odio tu cara, ¿verdad?
—¡Au!
Tyler mira a Saedii, pensativo.
—¿Tú tienes siquiera un bañador?
Ella pasa una mirada asesina por la estancia.
—Estoy segura de que podría hacerme uno con la piel de alguien sin demasiada dificultad.
—Un bikini de cuero… —murmuro con la mirada fija en la distancia.
—Sí, de acuerdo —declara Tyler—. A mí también me han convencido.
—¿Siempre son así? —pregunta Jie-Lin en voz baja.
—Con el tiempo, uno se acostumbra a ello —contesta Kal con seriedad.
Aurora se limita a abrazarla una vez más y, después, sonríe.
—Bienvenida a la familia.
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MIEMBROS DEL ESCUADRÓN
►Deudas de sangre
▼Agradecimientos
Llegados al final de nuestra segunda serie juntos con un libro que se ha escrito entre confinamientos nacionales y una pandemia internacional, y que, a veces, ha requerido del uso de una inventiva que habría hecho que el escuadrón 312 se sintiera orgulloso, somos más conscientes que nunca de que cada libro es creado por un pueblo. Ha sido todo un privilegio para nosotros trabajar con el nuestro para darle vida a esta historia.
No habríamos llegado a ninguna parte sin nuestro equipo editorial. Ellos nos guían hacia la mejor versión de cada libro, se dan cuenta de nuestros errores, llevan nuestras historias por todo el mundo y, después, se aseguran de que vosotros oigáis hablar de ellas. Somos muy afortunados de contar con ellos. En Estados Unidos, salve a Barbara, Melanie, Arely, Arríe, Amy, Nancee, Dawn, Kathleen Jake, Denise, Judith, Emily, Josh, Mary, Dominique, John, Kelly, Jules, Sharon, Megan, Jenn, Kate, Elizabeth, Adrienne, Kristin, Emily, Natalie, Heather, Jen, Ray, Alison, Natalia y Dakota. Aquí, en Australia, nuestro más sincero agradecimiento para Anna, Nicola, Yvette, Simón, Sheralyn, Eva, Matt, Lou, Megan, Alison y Kylie. En Reino Unido, nuestro incansable equipo está formado por Katie, Molly, Lucy, Kate, Hayley, Julián, Mark, Paul, Laura y Juliet. Gracias a nuestros fantásticos equipos editoriales internacionales y a los traductores que se
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han unido a nosotros para poner en vuestras manos la historia del escuadrón 312.
Dondequiera que sea que el trabajo las haya llevado, mandamos un agradecimiento especial para Charlie y Deb por la ilustración y el diseño de la fabulosa cubierta.
Las versiones en audio de estos libros son maravillosas, y no podemos terminar la serie sin dar las gracias a Nick y a todo el equipo de audio, desde el grupo de producción hasta los increíbles narradores.
Una y otra vez, les damos las gracias a nuestros agentes, Josh y Tracey Adams. Un enorme agradecimiento por vuestra guía, vuestra paciencia y vuestro apoyo. Gracias también a Anna, Stephen y la increíble red de agentes internacionales que han ayudado a que el escuadrón 312 encontrara un hogar por todas partes del mundo.
Cuando escribimos nuestros libros, también recibimos la ayuda de muchos expertos y consultores. A la doctora Kate Irving, a Gary Braude, a Megan y Hoonseop Jeong, a Mikyung Kim, a Oh Young Lee y a muchos otros a los que no mencionamos aquí: gracias. Habéis ayudado a que este libro sea mejor en muchos sentidos innumerables, aunque, por supuesto, cualquier error que quede es solo nuestro.
A todos los libreros, bibliotecarios, lectores, vloggers, bloggers, tuiteros y bookstagrammers que han ayudado a dar a conocer la existencia del escuadrón: gracias. Ni podríamos ni querríamos hacer esto sin vosotros.
A nuestros propios compañeros de escuadrón: Sam y Jack, Marc, B-Money, Rafe, Weez, París, Batman, Surly Jim, Glen, Spiv, Tom, Cat, Orrsome, Toves, Sam, Tony, Kath, Kylie, Nicole, Kurt, Jack, Max, Poppy, Meg, Michelle, Marie, Leigh, Alex, Sooz, Kacey, Soraya, Nic, Kiersten, Ryan, ambas Cats, Flic, George, Cormac, Marilyn, Kay, Neville, Shannon, Adam, Bode y Luca. A la gente de House of Progress: Ellie, Nic, Lili, Eliza, Dave, Liz, Kate, Skye y Pete. A la cuadrilla Roti Boti: Kate, Aimee, Emily, Kylie, Ned, Maz, Sashi y Emma, a la que echamos de menos todos y cada
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uno de los días. A toda nuestra tripulación: sin vosotros, estaríamos perdidos en esta galaxia.
A todos los que se han unido a nosotros en este viaje, a pesar de que no sabían que su trabajo había inspirado el nuestro: Frank Turner, Joshua Radin, Matt Bellamy, Chris Woltenholme, Domine Howard, Buddy, Ben Ottewell, The Killers, Mark Morton, Randy Blythe, Tom Searle, Dan Searle, Sam Carter, Marcus Bridge, Jon Deiley, Winston McCall, Oli Skyes, Maynard James Keenan, Ronnie Radke, Corey Taylor, Chris Cornell, Ian Kenny y Trent Reznor. Una salva también para Anne McCaffrey, pionera de la ciencia ficción, cuyos dragones telepáticos se colaron en el ADN de este libro de más de una sola manera.
Finalmente, esta obra está dedicada a nuestros esposos y a la hija de Amie, que se unió a nosotros justo al mismo tiempo que el primer libro de esta serie. Por supuesto, hemos dejado lo mejor para el final. Sois nuestro escuadrón y tenemos mucha suerte de formar parte del vuestro. Brindamos por el futuro.
AMIE KAUFMAN es una escritora australiana, autora de novelas de fantasía y ciencia ficción para jóvenes adultos. Ha publicado tanto en solitario como a cuatro manos con Meagan Spooner y Jay Kristoff.
Kaufman creció a caballo entre Irlanda y Australia. Se formó en Derecho, Historia y Literatura, obteniendo un máster en Resolución de Conflictos, formación tras la cual trabajó como mediadora durante siete años antes de dedicarse por completo a la escritura.
Debutó en el panorama literario con Atados a las estrellas, coescrita junto a Meagan Spooner. Con ella también ha publicado otros títulos como Atados al mundo, Enterrado, Eternos, El otro lado del cielo y Más allá del fin del mundo. Con Jay Kristoff escribió la trilogía Illuminae y, en solitario, la serie Elementals. También con Jay Kristoff la trilogía Ciclo Aurora.
JAY KRISTOFF, nació en Perth, Australia, y actualmente reside en Melbourne. Ha publicado series superventas, entre las que destaca Crónicas de la Nuncanoche —compuesta por Nuncanoche, Tumba de Dioses y Albaoscura—, con la que ganó el premio Aurealis, y fue nominado para el David Gemmell Morningstar. En 2019 se realizó una miniserie en YouTube basada en la trilogía.
En la actualidad está inmerso en la escritura de su nueva trilogía fantástica, cuyo primer tomo es El imperio del vampiro. Sus libros se han publicado en más de veinticinco países.
FIN

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