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Libro N° 14842. Lady Mayfield. Klassen, Julie.


© Libro N° 14842. Lady Mayfield. Klassen, Julie. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © Lady Mayfield. Julie Klassen

 

Versión Original: © Lady Mayfield. Julie Klassen

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LADY MAYFIELD

Julie Klassen


Lady Mayfield

Julie Klassen

¿Lady Mayfield? Pero ¿quiénes son todos estos extraños? Un accidente en un carruaje y un oscuro secreto llevarán a Hannah a correr un grave peligro y, tal vez, a encontrar el amor.

Cuando Hanna Rogers acude a casa de los Mayfield para cobrar el resto de su salario, se lo encuentra todo patas arriba. La familia ha decidido dejar Bath y marcharse al campo. Lady Mayfield, encantada de verla, le pide que la acompañe en el viaje. Como necesita dinero, acepta, y esta última decisión demuestra ser fatal, pues el carruaje sufre un grave accidente. Al despertar, se encuentra rodeada de extraños, en una habitación acogedora y confortable, y todos la llaman lady Mayfield… Ella, que sufre amnesia, irá recuperando poco a poco la memoria y, al hacerlo, descubrirá que guarda un secreto… Algo que la pone en peligro, algo que no podrá contar a nadie en esa casa… a no ser que aquel que la ama salga de entre las sombras.

Julie Klassen

Lady Mayfield

ePub r1.0

Titivillus 28.11.2025

Título original: Lady Maybe

Julie Klassen, 2015

Traducción: Ana Andreu Baquero

Diseño de cubierta: Gemma Martínez Viura

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Cubierta

Lady Mayfield

Dedicatoria

Cita

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Nota de la autora

Sobre de la autora

Notas

A Betsy, Gina, Patty, Suzy y Lori. Doy gracias a Dios por habernos reunido hace tantos años, cuando todas teníamos niños recién nacidos.

Por las amistades que perduran, desde los primeros pasos hasta las primeras citas y más allá.

«Tres cosas hacen temblar la tierra,

y una cuarta la hace estremecer:

el siervo que llega a ser rey,

el necio al que le sobra comida,

la mujer rechazada que llega a casarse, y la criada que suplanta a su señora».

—PROVERBIOS 30, 21-23

«SE OFRECE DAMA DE COMPAÑÍA

Joven dama de veinticuatro años desea fervientemente un empleo como el mencionado. Con habilidades musicales, buena lectora, hogareña y trabajadora, y en condiciones de presentar excelentes recomendaciones. Sería especialmente adecuada para una señora de edad avanzada.

Interesados diríjanse a A. R. A. Oficina de correos, High Wycombe».

ANUNCIO aparecido en

The Times of London, 1847

Capítulo 1

Bath, Inglaterra, 1819

Lady Marianna Mayfield estaba sentada en su tocador debidamente vestida, peinada y con el rostro empolvado. Fingía interesarse por su imagen en el espejo, pero en realidad observaba cómo la doncella se afanaba a sus espaldas por guardar en maletas todas y cada una de sus

pertenencias.

A primera hora de la mañana, sir John se había presentado en sus aposentos y le había anunciado que dejaban Bath aquel mismo día. Había rehusado confesarle adónde iban por miedo a que, de alguna manera, pudiera decírselo a Anthony Fontaine. También le había negado la posibilidad de llevarse consigo a los criados, ya que, como es natural, habrían querido saber adónde se dirigían y hubieran podido desvelar su destino.

A Marianne se le encogió el estómago. ¿De veras creía que un nuevo cambio de residencia la haría desistir? ¿Que haría que él desistiera?

Se puso en pie de un salto y se dirigió a la ventana. Apartó las cortinas de gasa y frunció el ceño. Abajo, en las caballerizas de la parte posterior de la casa, un mozo de cuadra y un cochero preparaban el nuevo carruaje con vistas a su partida, sustituyendo los cirios de los apuracabos de los candelabros de latón para revisar después las ruedas y la suspensión.

En ese momento entendía por qué había encargado una diligencia diseñada ex profeso para trayectos largos. Era un tipo de carruaje muy costoso, pero un hombre como sir John Mayfield no se inmutaba ante semejante desembolso, y menos aún cuando su intención era llevársela consigo de manera furtiva, burlando así a todo el que tuviera intención de seguirlos.

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«Anthony me encontrará». Por supuesto que lo haría. Lo había logrado sin la menor dificultad la última vez que se habían mudado, cuando se habían instalado allí, en Bath. Aun así, no perdía la esperanza de que regresara de Londres con antelación, antes de que se marcharan. Quizás esa vez le plantara cara a sir John, le dijera por fin lo que podía hacer con sus vanas maquinaciones y acabara con aquel absurdo matrimonio de una vez por todas.

Oyó que alguien daba unos golpecitos en el marco de la puerta abierta. Con el ceño todavía fruncido, levantó la vista, esperando ver a sir John con una nueva imposición.

Pero a quien vio fue a Hopkins, el mayordomo.

—Tiene usted visita, excelencia.

A Marianne le dio un vuelco el corazón.

—Es la señorita Rogers —añadió—. ¿Se encuentra usted en casa o debo decirle que se marche?

Su momentáneo alborozo se desinfló, aunque no del todo.

—¡Oh, cielos, no! No le diga que se marche —pidió—. Hágala pasar a la salita.

—Como guste, excelencia. —Hopkins hizo una reverencia y se marchó.

Considerando lo repentinamente que había dejado su empleo seis meses atrás, la llegada de su antigua dama de compañía era, ciertamente, una sorpresa, pero en ningún caso una sorpresa desagradable. Tras echar un vistazo al armario y los cajones vacíos, con el corazón en un puño, salió de su alcoba y se encaminó escaleras abajo.

Apenas entró, fue recibida por una esbelta y familiar figura que, al verla, se puso en pie de inmediato, provocando en Marianna una nostálgica oleada de afecto, seguida por una punzada de decepción, porque se había marchado sin decir ni una palabra. Tragándose el nudo de resentimiento que le oprimía la garganta, exclamó:

—¡Hannah! ¡Santo cielo! No esperaba volver a verte.

La joven la miró a los ojos con gesto tenso.

—Milady.

La dama esbozó una sonrisa radiante.

—Tu llegada es una auténtica bendición; incluso diría que es un regalo del cielo si creyera en ese tipo de cosas. ¡Qué oportuno que hayas regresado precisamente ahora!

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Hannah Rogers juntó las manos y, apretándolas con fuerza, bajó la mirada.

—Emmm… Nunca llegué a recibir mi última asignación.

Las damas de compañía percibían un modesto salario al que se le denominaba «asignación» en lugar de «paga», que sonaba mucho más vulgar. A Marianna le sorprendió aquella petición extemporánea, pero no puso ninguna objeción.

—¡Oh, por supuesto! ¿Cómo no? Jamás entendí por qué te marchaste sin cobrar tus honorarios. —Agitó una campanilla que reposaba sobre la mesa auxiliar y Hopkins apareció.

—Dígale al señor Ward que traiga los emolumentos que le dejamos a deber a la señorita Rogers, si es tan amable.

Una vez que el mayordomo abandonó la estancia, se volvió hacia

Hannah y le preguntó:

—Bueno, ¿y qué tal te ha ido?

—¡Oh! —La señorita Rogers esbozó una tenue sonrisa—. Bastante bien, gracias.

No muy convencida, Marianna se sentó y la observó, reparando en la mirada recelosa, el cutis pálido y los pómulos pronunciados. Las mejillas le parecieron bastante más hundidas de lo que recordaba.

—Te veo muy bien —declaró—, aunque algo fatigada. Y más flaca.

—Gracias, milady.

—Por favor, toma asiento. Te ofrecería un refrigerio, pero sir John ha tenido a bien despedir ya a la mayoría de los sirvientes. Solo han quedado Hopkins, el señor Ward y una doncella.

Hannah permaneció de pie, pero la señora no insistió. Solo le preguntó con cautela:

—¿Encontraste otra colocación? Esperaba recibir noticias tuyas o alguna petición de referencias, pero nunca llegó nada.

—Sí, tengo un nuevo puesto; o, mejor dicho, lo tenía. Hasta hace poco.

—¡Oh! —Con actitud cada vez más esperanzada, Marianna inquirió—:

¿Quieres decir que no tienes ningún compromiso laboral vigente? —No.

Lady Mayfield se puso en pie y tomó la mano de la mujer con entusiasmo.

—Lo dicho, ¡qué visita tan oportuna! Precisamente me encuentro bajo una necesidad imperiosa de encontrar una dama de compañía para que

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venga conmigo.

—¿Para que vaya con usted?

—Sí. Sir John insiste en que nos mudemos de nuevo. Justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida social de Bath. Pero no ha habido manera de que dé su brazo a torcer, así que debemos marchamos. —Soltó una risa fingida—. Dime que vendrás conmigo, Hannah. No permite siquiera que me lleve a mi doncella personal. Ya la ha despedido.

Sabía que, muy probablemente, tampoco consentiría que la señorita Rogers los acompañara, pero tenía que intentarlo.

Hannah sacudió la cabeza.

—No puedo dejar Bath, milady. No ahora.

—Pero debes hacerlo. Te… te pagaré el doble de tu asignación. Si sir John no lo aprueba, lo haré con mi propio dinero.

Hannah vaciló y, acto seguido, añadió con voz titubeante:

—Yo… Ni siquiera sé adónde van.

—Ni yo tampoco. No se ha dignado a informar de nuestro destino ni a su propia esposa. ¿Verdad que es ridículo? Está convencido de que se lo diré a un pajarito. Y, evidentemente, no le falta razón.

Hannah sacudió de nuevo la cabeza.

—En estos momentos no puedo marcharme. Tengo familia aquí… —Tu padre vive en Bristol —le recordó lady Mayfield—. Y lo dejaste

cuando nos mudamos aquí.

—Sí, pero… Aquello fue diferente.

—¡Oh! No pienses que será muy distinto —repuso Marianna con despreocupación—. Dudo mucho que nos vayamos muy lejos. La última vez solo nos mudamos de Bristol a Bath. ¡Como si unas cuantas decenas de millas pudieran separarnos!

Sabía que Hannah entendería la alusión velada a su primer amor, con quien la señorita Rogers había coincidido en varias ocasiones.

A pesar de ello la antigua dama de compañía siguió dudando. —No sé…

—¡Oh, Hannah! ¡Vente! No sería para siempre. Si no te gusta el lugar o si necesitas regresar con tu familia, podrás hacerlo. Al fin y al cabo, ya te marchaste antes, cuando te pareció oportuno.

Marianna sonrió para suavizar sus palabras, una mezcla de dardo y carantoña.

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—No puedo soportar esto sola —continuó—; viajar con sir John a un lugar desconocido…; sin ninguna compañía reconfortante con nosotros; sin ningún rostro agradable, familiar. Insiste en que contrataremos a nuevos sirvientes cuando lleguemos. Hopkins no viene, ni siquiera el señor Ward.

Como si hubiera sabido que se hablaba de él, la puerta se abrió y entró el secretario de su esposo. Marianna notó como Hannah se incomodaba.

—¡Ah, señor Ward! Imagino que recuerda a Hannah Rogers…

El delgado sujeto, con el cabello aún más fino que él mismo y el rostro picado de viruela, dirigió la mirada hacia ella con gesto impasible.

—Sí, milady. Por lo que recuerdo, se marchó sin decir nada.

—Sí, bueno; eso no importa ahora. Ha venido a reclamar su asignación y es de justicia que la reciba, así que le ruego que no ponga objeciones.

Sus ojos brillaron con desagrado, o tal vez rebeldía.

—Sí, milady. Hopkins ya me ha informado.

Seguidamente se volvió con actitud rígida hacia la señorita Rogers. —He deducido una parte de sus honorarios como penalización —

comenzó en tono paternalista—, por marcharse sin previo aviso; además de los once días que dejó de trabajar ese trimestre. Aquí tiene el remanente.

La señorita Rogers extendió la mano con recato, cabizbaja, como si estuviera mendigando. El hombre depositó varias coronas y algunos chelines sobre la palma abierta con una sonrisa de aparente satisfacción.

—Gracias —musitó la joven.

Él se dio media vuelta y, sin decir palabra, abandonó la sala. Mientras observaba cómo se marchaba, Marianna sintió un escalofrío. —No puedo decir que lamente que no nos acompañe. ¡Qué hombre tan

detestable! Va a regresar a Bristol. Se encargará de velar por los intereses de sir John allí.

Hannah bajó la mirada y miró las monedas de su mano.

—Le agradezco la oferta, milady, se lo aseguro. No obstante… tengo que considerarlo.

Marianna Mayfield la escudriñó. Había algo diferente en la señorita Rogers. ¿Qué era?

—Bueno, pero no te lo pienses demasiado —advirtió—. Según sir John, nos vamos esta tarde, a las cuatro. A menos que consiga convencerlo de que deseche esa absurda idea. ¡Estúpido celoso!

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Hannah alzó la vista y la miró con expresión apesadumbrada. Casi afligida.

—Si para las tres y media no he vuelto —repuso—, no me espere.

Querrá decir que no la acompañaré.

Las horas pasaron demasiado deprisa. La doncella prosiguió con la preparación del equipaje y Marianna continuó paseando nerviosa de un lado a otro. Anthony seguía sin aparecer. Igual que Hannah.

Lady Mayfield se asomó a la ventana de la habitación que daba a la calle. Habían movido el carruaje a la parte delantera de la casa y habían enganchado cuatro caballos, el primero tiraba alguna que otra coz impaciente.

La doncella, el mayordomo y un mozo al que habían contratado para aquellos menesteres apilaban sus pertenencias en la baca, como si de una maleta larga y estrecha se tratara. Otras piezas del equipaje iban atadas al asiento de la parte posterior, donde podrían haber viajado perfectamente dos sirvientes si sir John le hubiera permitido llevarse alguno consigo.

En aquel preciso instante el susodicho irrumpió en la habitación, con actitud imponente y vestido con su chaqueta de caza. Con gesto severo insistió en que Marianna reuniera su equipaje de mano y se dispusiera a partir, para que Hopkins pudiera empezar a cerrar la casa. Luego se giró sobre los talones y se marchó, con un gesto adusto que daba a entender que no toleraría objeción alguna.

Una de las amigas de Marianna le había dicho una vez que era afortunada por tener un marido con una actitud tan decidida y autoritaria, pero ella no estaba de acuerdo. A pesar de eso, sabía que seguir insistiendo en que se quedaran no le serviría de nada. La casa ya se había vendido. Echó un vistazo al reloj de broche prendido en su vestido. Las tres y veinte.

«Diez minutos más».

Sin perder la esperanza de que su antigua dama de compañía se presentara a tiempo, recogió sus cosas y salió.

Junto al carruaje, su esposo hablaba con un postillón que había contratado para montar el caballo delantero durante la primera etapa del viaje. No llevarían ningún mozo, ni tampoco escolta. Cuando su esposa se aproximó, sir John alargó la mano y extrajo un rifle de chispa de un cajón oculto del carruaje. Tras examinarlo, lo devolvió a su escondite. Al parecer, tenía intención de hacerse cargo él mismo de su protección.

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Después de todo, tal vez debía alegrarse de que Anthony no hubiera aparecido.

Miró una vez más el reloj de broche. Las tres y media. «¡Diantre!». ¡Había confiado tanto en que Hannah acabara presentándose…!

De pronto su figura surgió al fondo de Camden Place, donde la calle de trazado semicircular se encontraba con la de Lansdown. A Marianna le dio un vuelco el corazón. Mientras la observaba, un hombre alto de pelo oscuro se aproximó corriendo a la joven y la agarró por el codo. Estaban demasiado lejos para poder oír la conversación, pero vio que Hannah sacudía la cabeza y, con mucho cuidado, apartaba el brazo, zafándose del caballero. Su rostro mostraba resignación, pero no miedo. ¿Un pretendiente, quizá? En ese caso, no era de extrañar que hubiera dudado si abandonar Bath.

Hannah le dio la espalda y echó a andar con determinación hacia el carruaje.

—John, mira —dijo Marianna—. La señorita Rogers viene con nosotros.

Su espigado marido se puso rígido y se volvió para mirar con expresión inescrutable.

La joven aceleró el paso, con una maleta golpeándole la pierna.

A la dama se le iluminó el rostro.

—¡Oh, Hannah! ¡Qué alegría verte! Me da pavor emprender este viaje, pero será más fácil de sobrellevar contigo a mi lado.

—¿La oferta sigue en pie? —preguntó la joven, jadeando por la falta de aliento.

Lady Mayfield pasó por alto la mirada aviesa de su esposo y sonrió a la que esperaba que fuera de nuevo su dama de compañía.

—Por supuesto.

—¿Y podré regresar si la ocupación no me satisface?

—Bueno, nadie te retendrá en contra de tu voluntad. Ojalá pudiera decir lo mismo sobre mí. —Entonces lanzó una elocuente mirada a sir John, temiendo que se opusiera, que insistiera en que viajarían solos.

Él apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

El mozo que habían contratado ató la maleta de Hannah junto a las demás y los tres subieron al carruaje y se acomodaron sobre los cojines de terciopelo del suntuoso interior. Marianna alargó la mano y acarició las borlas doradas de las cortinas azules que cubrían las ventanas.

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—Bonita jaula —murmuró para sí.

Viajaron durante toda la noche en un tenso silencio, parando en diferentes casas de postas para cambiar los caballos. Incómoda y somnolienta, lady Mayfield, que estaba sentada lo más lejos posible de sir John en el asiento que compartían, se apoyó en el costado del carruaje y miró por la ventanilla evitando su mirada.

Los candelabros de latón relucían inalterables al otro lado del cristal. Finalmente, la noche se diluyó y el amanecer comenzó a teñir el cielo de rojo, mientras seguían su rumbo hacia el oeste en paralelo al canal de Bristol.

La señorita Rogers, que viajaba en un asiento plegable aledaño, parecía cada vez más inquieta. Tenía el ceño fruncido y no hacía otra cosa que morderse el labio y retorcer los largos dedos sobre el regazo. Fuera empezaba a caer una ligera llovizna y Marianna tuvo la impresión de que los ojos de su dama de compañía comenzaban también a humedecerse.

Al adentrarse en otra desconocida aldea y cruzar traqueteando el centro de la localidad, los tres se asomaron a la ventana y contemplaron una imagen que les dio que pensar: un par de cepos bajos de madera. En la parte posterior había dos mujeres sentadas en el suelo e inmovilizadas por los tobillos. Una de ellas miraba a los transeúntes con cara de pocos amigos e insultaba a aquellos que se burlaban de su situación. La otra, en cambio, permanecía con la mirada perdida en el horizonte, con toda la discreta dignidad que aquella humillante posición le permitía. Marianna se preguntó de qué se les había declarado culpables y le asombró la manera tan diferente de afrontar las consecuencias de sus actos, fueran cuales fuesen. Un escalofrío le recorrió la nuca. ¿Tendría que afrontar ella las consecuencias de sus actos? Aquel incómodo pensamiento la hizo estremecer. No, no le iba a pasar nada. Ella no había tenido ninguna culpa. Y tampoco había sido idea suya. Además, al fin y al cabo, hacía más de dos años de aquello y no les había sucedido nada.

Un rato después se detuvieron en otra casa de postas. Hasta aquel momento habían viajado con un grupo de cuatro caballos guiados por postillones que se relevaban. Pero en aquella posada solo tenían dos animales disponibles, y bastante dispares. El agotado postillón se marchó y fue sustituido por un joven de unos diecinueve o veinte años. Este convirtió el cajón delantero de la diligencia en un pescante y desde allí alzó las riendas.

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—Ya falta poco —dijo sir John, sin dejar de inspeccionar el camino que se extendía detrás de ellos con gesto de preocupación—. Estamos empezando el último tramo corto del viaje.

Poco después de abandonar el patio de la posada, la llovizna arreció hasta convertirse en una lluvia torrencial. El viento soplaba cada vez con más fuerza, rugiendo y zarandeando el carruaje.

De repente los tres pasajeros sintieron una sacudida cuando el joven conductor desvió a los caballos hacia un lado del camino y detuvo la diligencia. Se volvió en su asiento para mirarlos a través de la ventanilla frontal. Sir John abrió la portezuela para oír lo que tenía que decirles. El viento y la lluvia distorsionaban sus palabras.

—Los caminos están en muy mal estado, señor, y la tormenta empieza a arreciar. No creo que sea sensato seguir.

—Vamos, muchacho. No puede quedar mucho.

—Tres millas, más o menos.

—¿Y no hay ninguna casa de postas antes?

—No, señor. Pero algún campesino podría dejar que nos resguardásemos en su granero.

—¿Un granero? ¿Con las damas? No. Debemos continuar. Tengo motivos personales para ello.

—Pero, señor…

—Se lo recompensaré con creces. —A través de la portezuela sir John entregó al joven una bolsa de tela bastante abultada—. Y la misma cantidad cuando lleguemos a nuestro destino sanos y salvos.

El joven abrió mucho los ojos.

—Sí, señor. —Luego se enjugó la lluvia del rostro y se dio media vuelta dejando que la portezuela se cerrara sola.

Marianna protestó:

—John, el muchacho tiene razón. Es una locura seguir adelante.

Acabaremos todos muertos.

De repente, Hannah se irguió en su asiento.

—Déjeme bajar, se lo ruego. No debería haber venido. Ha sido un error.

Lady Mayfield se quedó mirándola, atónita. Y lo mismo hizo sir John. —Tengo que volver —insistió la joven en un tono rayano en la

desesperación.

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Con los labios apretados y expresión severa, sir John sacudió la cabeza.

—No vamos a regresar.

—Lo sé. Solo déjeme bajar. Ya encontraré yo misma el camino.

Se levantó y se abalanzó hacia la puerta, pero él le cerró el paso extendiendo uno de sus brazos con firmeza.

—No puedo dejar que se apee aquí —dijo—. Mi conciencia no me lo permite. No en este tramo solitario del camino y en mitad de una tormenta.

—Hannah —intervino Marianna con voz suplicante—, estuviste de acuerdo en venir conmigo. Te necesito.

—Pero yo necesito…

El cochero hizo restallar el látigo, los caballos se movieron y el carruaje se puso en marcha con una nueva sacudida. Para alivio de Marianna, su dama de compañía había perdido la oportunidad de abandonarlos sin previo aviso por segunda vez.

A Hannah se le llenaron los ojos de lágrimas, que pronto empezaron a descender por sus delgadas mejillas.

—¿Ves lo que has hecho, John? —Marianna miró a su esposo con el ceño fruncido—. La has disgustado. La única amiga que tengo en este mundo y tú has hecho que se disguste. —Después añadió con expresión huraña—: Sabes que no funcionará. Me encontrará igualmente.

Sir John apretó la mandíbula y miró hacia delante, aunque no se veía gran cosa a través de la ventanilla delantera, excepto el gabán del cochero ondeando al viento. Mariana volvió a contemplar a Hannah y se dio cuenta de que desviaba el rostro para ocultar las lágrimas.

Lady Mayfield se preguntó qué sería lo que había disgustado tanto a la joven, que siempre se había comportado de manera tan estoica y contenida. Pero en aquel momento tenía sus propios problemas en los que pensar. Volviéndose hacia la ventana, se quedó mirando las ráfagas de lluvia, el borde cubierto de maleza que separaba el camino del escarpado litoral y la imagen grisácea del canal de Bristol, que se vislumbraba de tanto en tanto. «Me encontrará», volvió a decirse a sí misma. «Ya lo hizo en otras ocasiones».

Pero esa vez sir John había tomado nuevas medidas, lo que daba a entender que su determinación era más fuerte que nunca. Pues bien, la de ella también era más férrea que nunca. Las cosas habían cambiado; estaba su hijo, y tenía que pensar en él. Y estaba decidida a amar a aquel niño

Página 18

mucho más de lo que su padre la había amado a ella. Al pensarlo, el corazón se le encogió. Ojalá se le hubiera ocurrido alguna manera de hacérselo saber a Anthony. Pero era demasiado tarde.

De repente, las ruedas del carruaje patinaron como si rodaran sobre un manto de hielo, perdiendo la tracción en el camino embarrado. El vehículo dio un bandazo. Los caballos soltaron un relincho. Y Marianna chilló. —¡Dios todopoderoso! —gritó Hannah—. Auxílianos. Protégenos.

El carruaje se inclinó hacia un lado. Luego se oyó un fuerte chasquido seguido de un relincho y el vehículo quedó suspendido en el aire, ingrávido. Un segundo después volcó, deslizándose hacia el canal. Se acercaban al borde del acantilado a toda velocidad. Un enorme estruendo la confundió y la estremeció hasta los huesos. Una rueda pasó volando junto a la ventana. Instantes después volvían a flotar en el aire hasta que el carruaje golpeó una roca. El vehículo dio varias vueltas de campana y ella terminó perdiendo toda noción del espacio. Todo a su alrededor se agitó con violencia para acabar con un golpe cegador. Y no fue consciente de nada más.

Página 19

Capítulo 2

Dolor. Frío. Un peso que la oprimía con fuerza. Dificultad para respirar…

Escudriñando a través de unas estrechas aberturas vio unas relucientes franjas de colores, como si mirara a través de un prisma de cristal. El blanco amarillento del sol. El agua azul. «¿Agua?». Un resplandor rojo. Luego, otra vez el color azul. Un destello violeta y dorado. Confusión. Una mano en la suya, soltándose. Metal clavándose en sus dedos.

«¿Por qué no logro despertar de este sueño?».

Mucho frío. Demasiado peso. La oscuridad descendiendo… —¿¡Hola!? ¿Puede oírme?

Una voz masculina. «Tengo que librarme de este peso insoportable».

Inspiró de manera superficial, con desesperación.

—¿Lady Mayfield? ¿Me oye?

Abrió los ojos con dificultad y atisbó unos rostros por encima de ella. Más confusión. ¿Por qué estaba la ventana lateral sobre su cabeza?

—No pasa nada. Estamos aquí para ayudarla. Soy médico. El doctor Parrish. —El hombre hizo un gesto con la barbilla, indicando hacia otro rostro, más joven, que se cernía junto al suyo—. Este es mi hijo Edgar. Vamos a sacarles a usted y a su marido de aquí.

«Su marido…». Bajó la mirada y descubrió a sir John tumbado, inerte junto a ella. ¿Vivo o muerto? Su sombrero oscilaba lentamente sobre el agua que inundaba la mitad inferior del carruaje. Tenía las piernas abiertas; una de ellas, doblada de una manera antinatural.

No había nadie más dentro de lo que quedaba del carruaje. ¿Dónde estaba ella? Volvió la cabeza y un dolor punzante le atravesó el cráneo. No podía moverse mucho, apresada como estaba. A través del agujero situado

Página 20

donde anteriormente había estado el techo observó las agitadas aguas del canal.

El hombre joven que se cernía sobre ella miró en la misma dirección y señaló con el dedo.

—Padre, mire. ¿Hay alguien allí?

El otro hombre entrecerró los ojos.

—No sabría decirte. Está demasiado lejos.

Pero ella sí sabría decirle. Una capa roja flotaba en la marea, llevando lejos de la orilla la forma que envolvía.

El hombre de mayor edad bajó de nuevo la mirada hacia ella. —¿Había alguien más con ustedes?

Asintió con la cabeza, sintiendo cómo el dolor se apoderaba de todo su ser. Fue como si le clavaran cientos de agujas en el cuero cabelludo.

El hombre se quitó el sombrero con actitud respetuosa.

—Está demasiado lejos para ir hasta allí. Aunque supiéramos nadar.

Los oídos le zumbaron. No podía ser.

—¿Una sirvienta quizá? —preguntó él.

Una dama de compañía era más que una sirvienta, pensó. Era una joven de buena familia. Abrió la boca para decirlo, pero no emitió sonido alguno. El cerebro y la lengua parecían desconectados. Se llevó una mano al pecho dolorido y volvió a asentir con la cabeza.

—No podemos hacer nada por ella. Lo siento mucho. Pero a ustedes les sacaremos de aquí.

La oscuridad le nubló la vista de nuevo y se abandonó a ella.

La siguiente vez que abrió los ojos se encontró el mismo rostro a su lado, en esa ocasión más cerca. El semblante del hombre más maduro no la miraba a los ojos, sino que tenía la vista puesta en una parte inferior de su cuerpo. ¿Quién era? Le había dicho su nombre, pero se le había olvidado. No lograba ver gran cosa de la habitación sin mover la cabeza, pero el cuarto no le resultaba familiar. ¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Se sentía aturdida, como si su mente no respondiera como debía y no fuera del todo consciente del resto de su cuerpo.

—Ha abierto los ojos —dijo una voz femenina que no reconoció.

Página 21

Intentó volver la cabeza hacia la mujer, pero un dolor lacerante la cegó momentáneamente.

La voz del hombre denotaba tensión.

—¿Milady? ¿Cómo se encuentra?

—Dolorida, George —le espetó la mujer—. Hasta yo puedo verlo.

Entreabrió los labios e intentó hablar.

—El… tumbado…

El hombre le tomó la mano con gesto de preocupación.

—Sir John está gravemente herido, milady. Pero está vivo, así que hay esperanza. Déjelo en mis manos, ¿de acuerdo? No se apure. Usted también ha sufrido varias heridas de consideración, pero se recuperará.

—Y… y…

El hombre hizo una mueca como si la hubiera entendido.

—Me temo que el cochero está muerto. Los arneses se rompieron cuando el carruaje volcó y los caballos echaron a correr despavoridos. El joven no tuvo tanta suerte.

Ella apretó los ojos con fuerza. «Pobre hombre», pensó. Aunque en realidad no lo recordaba.

—No es culpa suya, milady. No se sienta mal. —El hombre sacudió la cabeza—. Vimos a los caballos desbocados, agitando los arneses al viento, y supimos que lo primero que teníamos que hacer era buscar el carruaje. El blasón nos confirmó quienes eran, aunque, por supuesto, les estábamos esperando. —Le dio unas palmaditas en la mano—. Y ahora debe descansar. La señora Parrish y yo cuidaremos de usted y de su esposo.

«Esposo…». Cerró los ojos y apartó de su mente aquel incómodo pensamiento.

Estaba tumbada, flotando en una niebla entre la vigilia y el sueño. El amable doctor le había dado láudano para el dolor. Tenía un brazo roto, según le había dicho. Y una brecha en la cabeza, acompañada de una conmoción cerebral. De vez en cuando alguien la agarraba cuidadosamente por la nuca y la obligaba a dar pequeños sorbos de agua o de caldo, pero sentía como si el tiempo apenas transcurriera.

—Sir John está muy grave —dijo la voz femenina—. Me sorprendería que llegara al final de la semana.

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Una segunda mujer hizo callar a la primera.

—¡Chist! Te va a oír.

A pesar de la distancia que existía entre ellos, jamás habría deseado que sufriera un daño semejante. «Pobre sir John», pensó.

Tumbada como estaba, con los ojos cerrados, intentó recordar su rostro. Lentamente echó la vista atrás hasta que una serie de imágenes inconexas acudieron a su mente…

Sir John agarrando un atizador y removiendo un tronco de leña con frustración.

Sir John mirándola con la mandíbula apretada.

—Lo que quiero es una esposa que me sea fiel. ¿Es mucho pedir? Otro destello. Otra imagen. Su rostro habitualmente malhumorado se

suavizó y se quedó inmóvil en su mente como un retrato, atrapado en óleos y recuerdos cubiertos de telarañas. Un semblante atractivo, pensó, si su memoria no le engañaba. Los ojos de un tono gris azulado y unos rasgos fuertes y masculinos enmarcados por un cabello castaño claro.

Entonces cayó en la cuenta de que, tiempo atrás, se había sentido atraída por él. ¿Qué había cambiado entre ellos? ¿Alguna vez habrían sido felices?

Intentó rememorar su vida anterior, en el lugar del que provenían. Bath, pensó. Y anteriormente Bristol. Recordó con vaguedad el momento en el que sir John le anunció que se mudaban a Bath. Y sus dudas. ¿Debía obedecer a sus deseos? ¿Debía irse con él?

No había querido hacerlo, pero al final él se las había llevado a las dos. A su esposa y a su dama de compañía. Del mismo modo en que las había embarcado en aquel viaje. Sí, recordaba Bath, la bonita casa en Camden Place. Y otra espantosa en la lúgubre calle Trim. ¿La calle Trim? ¿Qué diantre la había llevado hasta allí…? Hizo una mueca intentando pensar. Pero su mente seguía siendo una maraña.

Debió de emitir algún sonido inquieto, porque una tierna voz femenina la apaciguó:

—Tranquila, tranquila. No pasa nada. Estás a salvo. —Una delicada mano le levantó la cabeza—. Beba un poco de esto…

El borde de una taza le rozó los labios y dio un sorbo.

—Así me gusta —dijo la mujer—. Muy bien, querida.

El tibio caldo le calmó la garganta dolorida. Las cálidas palabras aplacaron su alma atormentada.

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Sabía que era un sueño, pero no lograba despertar. Estaba soñando que había abandonado a una criatura indefensa en una cesta a orillas del canal de Bristol. Había intentado volver de inmediato a por el niño, pero permaneció tumbada, como si estuviera paralizada, incapaz de lograr que su cuerpo petrificado se moviera. La marea se acercaba. Se aproximaba cada vez más, bañando los costados de la cesta. De pronto vio una mano que intentaba asirla. Era una mano de mujer. Pero se encontraba dentro del agua y la resaca tiraba de ella, arrastrándola, al tiempo que su vestido y su capa, totalmente empapados, dificultaban sus esfuerzos por mantenerse a flote.

Aferró la mano de la mujer intentando salvarla, pero sus dedos mojados se resbalaron entre los suyos. Entonces recordó al niño y se volvió, pero era demasiado tarde. La cesta se alejaba flotando por el canal…

De repente sintió una sacudida y, con un jadeo, abrió los ojos. Parpadeando, miró a su alrededor. Aquella cama de medio dosel no era la suya. Y no recordaba haber visto nunca aquel tocador decorado con blondas.

Cerró los ojos con fuerza e intentó pensar. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? El accidente con el carruaje. Eso era. Ya no estaban en Bath. Ni en Bristol. Debían de encontrarse en algún lugar del sudoeste, pero no tenía ni idea de dónde. ¡Oh! ¿Qué diantres le pasaba? ¿Por qué no podía recordar? Sentía como si una cálida manta oscura le cubriera la mente, bloqueando su memoria, impidiéndole pensar con claridad.

Pero había una cosa que sí que sabía con absoluta y aterradora seguridad. Había olvidado algo. Algo importante.

La puerta se abrió y la amable mujer entró con una jofaina y unos paños doblados.

—Buenos días, milady —la saludó afectuosamente. Dejó la jofaina sobre una mesa auxiliar y se acercó al palanganero a por el jabón.

—Buenos días, señora… Lo siento. He olvidado cómo se llama.

—No se preocupe, milady. Yo también olvido los nombres. Soy la señora Turrill.

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La atenta mujer debía de rondar la sesentena, a juzgar por las numerosas arrugas que poblaban su afinado y afable rostro. Su cabello seguía siendo castaño, pero tenía el tronco considerablemente más ancho de lo habitual en una mujer más joven.

La señora Turrill la ayudó a lavarse la cara, las manos y los dientes. Luego abrió uno de los cajones del armario ropero y extrajo un camisón limpio y una bata.

—Es una suerte que su ropa no se echara a perder en el accidente, milady. Su baúl debió de salir disparado por los aires.

En ese momento otra imagen acudió a su mente. Los baúles y maletas atados al asiento trasero.

—Sí… —murmuró.

—Ya falta poco. En apenas unos días estará caminando por ahí, luciendo sus elegantes vestidos. —El ama de llaves levantó el corpiño de un traje de satén azul—. ¡Oh! ¡Qué bonito es este! ¡Parece nuevo!

¿Lo era? Debía de serlo, porque no recordaba haberlo visto antes.

—Y aquí tenemos un encantador vestido de día. —La gobernanta sacudió una práctica prenda de muselina y se quedó mirando el escote con una mueca—. Le falta un botón. No es que sea muy diestra como costurera, pero sabré ponerle remedio.

Aquel vestido de día, de color rosa pálido, sí que le resultaba familiar. El hecho de reconocerlo le produjo un gran alivio. Al menos no había perdido la memoria por completo.

Levantó una mano para apartarse un mechón del rostro y se detuvo en seco al descubrir un anillo en su dedo anular. Se quedó mirando la mano suspendida en el aire por encima de ella, como si fuera una entidad separada, la mano de otra persona. En ella relucía una sortija de oro con una amatista y varios zafiros morados. Reconoció la joya de inmediato y suspiró agradecida. Estaba empezando a recuperar los recuerdos.

Pero, una vez más, aquella pesada sombra se abatió sobre ella. Aquel miedo persistente. Quizás estuviera recuperando los recuerdos, pero seguía olvidando algo. Algo mucho más importante que un vestido o un anillo.

El alegre doctor pasó a verla aquella mañana y la encontró mirando de nuevo el anillo.

—Estuvo a punto de perderlo —dijo—. Lo tenía en la palma mano, agarrándolo con fuerza. Yo mismo se lo puse de nuevo en el dedo.

Ella titubeó.

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—¡Oh! Emmm… gra… gracias.

El doctor examinó su rostro.

—¿Cómo se siente?

—Confundida.

—No me extraña, milady. Ha sufrido usted un shock tremendo. Es muy posible que la conmoción cerebral la tenga aturdida durante varios días.

Tal vez aquello explicaba los pensamientos desordenados y los recuerdos esquivos. La apacible confianza del doctor aplacó sus miedos. Entonces paseó la mirada por la soleada habitación y preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En la mansión Clifton, entre Countisbury y Lynton, en el condado de Devon.

—¿Devon? ¿Sabía ella que sir John pretendía alejarse tanto? El nombre «Clifton» no le decía nada.

—¿Es esta su casa? —preguntó.

—¡Oh, cielos! No. Es «su» casa —respondió, enfatizando el posesivo

—. Pertenece a la familia de su esposo desde hace siglos, aunque nunca había residido aquí. Mi hijo ha estado ocupándose del mantenimiento desde el año pasado, cuando se marcharon los últimos inquilinos.

—Entiendo… —farfulló ella, aunque en realidad no entendía nada en absoluto.

—No se apure, milady. Con el tiempo acabará recordándolo todo. — Entonces se frotó las manos y la miró con expresión radiante—. Bueno, imagino que querrá ver a su esposo.

La débil sonrisa que esbozó a modo de respuesta acabó flaqueando hasta desvanecerse. No, no quería verlo. A decir verdad, la idea hacía que se sintiera abrumada por las dudas.

—No… no lo sé —respondió.

—La comprendo, pero no debe preocuparse por su aspecto. Presenta algunos cortes y hematomas en la cara, la cabeza y las manos, pero la mayoría de las heridas son internas.

¿Eran sus heridas lo que hacía que se mostrara reacia a verlo o había algo más? Sir John nunca le había hecho daño, ¿o sí? ¿De qué, si no, tenía miedo?

El doctor la tomó por el brazo sano y la ayudó a incorporarse. La habitación se movía mientras se apoyaba en él en busca de apoyo.

—¿Mareada?

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—Sí —respondió jadeando.

En aquel momento apareció la señora Turrill, acarreando un cesto de costura, y chasqueó la lengua con desaprobación.

—Todavía no está lista para levantarse y caminar, doctor.

—Tiene usted razón. Solo pretendía ayudarla a cruzar el pasillo para que viera a sir John. Pero creo que tendremos que esperar un día o dos.

—Yo también lo pienso. Además, me gustaría cepillarle el cabello y vestirla adecuadamente antes de que lo visite.

—Me temo que, de momento, él no se encuentra en condiciones de apreciarlo.

—Tal vez no —respondió la señora Turrill—, pero a una mujer le gusta arreglarse para ver al hombre al que ama.

Juntos la ayudaron a regresar a la cama.

Sabía que se referían a sir John, pero en su mente afloró otro rostro. Mientras se acomodaba bajo las sábanas desechó los pensamientos sobre su esposo e intentó concentrarse en aquella trémula imagen de ojos azules y sonrisa afectuosa. Pero otras visiones seguían apartando a un lado aquel semblante: una capa roja flotando sobre la superficie del canal, una mano resbalándose de la suya… ¿Era solo de un sueño o estaba recordando algo que había sucedido realmente?

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Capítulo 3

Al día siguiente por la tarde, el doctor Parrish entró en la habitación y se sentó junto a su cama.

—¿Cómo se encuentra hoy, milady?

—Mejor, creo.

—¿Todo el mundo la trata bien?

—Sí —respondió con un gesto de asentimiento—. La señora Turrill es muy amable.

El rostro del doctor se iluminó.

—Me alegra oírlo. Sally Turrill es mi prima y fui yo quien la recomendó para el puesto. Aunque no todo el mundo estaba de acuerdo con la propuesta.

—Me alegro de que lo hiciera.

—No imagina cuánto me reconfortan sus palabras. Como sabe, a los hombres nos gusta tener razón —dijo, guiñándole un ojo.

Seguidamente le contó que la señora Turrill se había ocupado de preparar la casa para su llegada y que, después del accidente, se había ofrecido como enfermera y doncella, además de como cocinera y ama de llaves.

—Al parecer —añadió—, sir John le pidió a Edgar que contratara solo el personal indispensable, porque planeaba seleccionar él mismo al resto del servicio a su llegada. Pero, dadas las circunstancias… —Levantó las manos con gesto de impotencia—. Sally ha empleado a un joven criado y a una ayudante de cocina. Del resto de tareas se encarga ella, y se las arregla bastante bien.

—Espero que no esté siendo demasiado trabajo para una sola persona —repuso.

—No la he oído quejarse ni una sola vez. A Sally le gusta mantenerse ocupada.

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En aquel momento la sonrisa del doctor se desvaneció. Apoyó las manos sobre las rodillas y se aclaró la garganta.

—Y ahora… emmm… Tengo algo que decirle…

En aquel momento una mujer pasó por delante de la puerta abierta y, al verlos a los dos juntos, se detuvo en el umbral. Imaginó que sería la enfermera de sir John, aunque no estaba segura de cómo se llamaba.

La mujer los miró con el ceño fruncido.

—Debe de ser magnífico poder sentarse a charlar mientras otros se ocupan de cambiar la ropa de cama y los vendajes o de atender y alimentar a sus pacientes. Ya he tenido más que suficiente por hoy, doctor. Ahora le toca a usted.

La mujer se marchó con gesto altivo y el taconeo retumbó en el pasillo y por los peldaños de las escaleras.

Cuando estuvieron a solas ella preguntó:

—¿Es la enfermera de sir John?

—Emmm… no —respondió él con una débil risita—. Se trata de mi esposa.

—¡Oh, lo siento! Es decir, no me había dado cuenta… Él alzó una mano para cortar en seco sus disculpas.

—Un malentendido perfectamente comprensible —la tranquilizó—. La señora Parrish accedió… emmm… amablemente a ejercer de enfermera. Se ocupa de sir John durante mis ausencias, mientras yo visito a otros pacientes. Es solo temporal, hasta que la enfermera que trabaja conmigo habitualmente termine de asistir a su paciente actual.

—¡Oh! Ya veo.

El doctor se puso en pie.

—Bueno, será mejor que vaya a ver a sir John. Ya continuaremos nuestra charla en otro momento, ¿de acuerdo?

Pasados unos minutos, la señora Turrill entró en la habitación acarreando una bandeja con comida, ataviada, como era su costumbre, con un sencillo vestido cubierto por un delantal. —Buenas tardes, milady. ¿Qué tal está?

—Mejor, creo. Gracias. Precisamente hace un momento el señor Parrish y yo hemos estado hablando de usted.

—Ah, ¿sí? Eso explica por qué me pitaban los oídos. Bueno, George es un buen hombre, pero si le cuenta alguna historia sobre mis locos años de juventud, me veré obligada a devolverle el favor —dijo con una sonrisa

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—. Lo conozco desde que éramos niños. Él también era una buena pieza, ya lo creo que sí.

—Pero su acento… me resulta familiar.

—Tiene usted muy buen oído, milady. Yo nací en esta parroquia, como George, pero estuve trabajando en Bristol durante muchos años.

—¡Ah!

La señora Turrill la ayudó a incorporarse en la cama, recolocándole las almohadas detrás de la espalda. Luego extendió un mantelito de lino sobre las sábanas y la asistió mientras se tomaba la sopa y se bebía el té.

Al terminar, el ama de llaves se llevó la mano al bolsillo del delantal. —Edgar ha estado excavando en el lugar donde se produjo el

accidente. Quería ver si conseguía recuperar algo. —Mientras hablaba extrajo un guante negro y se lo acercó.

—Probablemente sea de sir John —dijo ella, alargando la mano instintivamente para alcanzarlo. Luego lo apoyó sobre su regazo y acarició su tersa piel. Sintió que las mejillas se le encendían al ver un guante de hombre sobre su pierna, pese a que aquella parte de su cuerpo estuviera cubierta por las sábanas. «¡Serás tonta!», se recriminó a sí misma. Entonces agarró el guante e intentó recordar si alguna vez había tenido la mano de sir John en la suya.

Una imagen apareció en su mente como un destello. Sir John tomando su mano, casi con brusquedad. Parpadeó. Aquello no tenía sentido. ¡Oh! ¿Cuándo cesaría aquel estado de confusión mental?

La señora Turrill rebuscó en su bolsillo y extrajo otro pequeño objeto. —¿Reconoce esto?

En la palma de su mano había una pieza de joyería, un broche. Llevaba un diminuto retrato del ojo de alguien cubierto por un cristal y estaba enmarcado por gemas.

—Es uno de esos ojos de amante —concluyó el ama de llaves—. Tengo entendido que son muy populares. Pensé que podía ser suyo, puesto que está decorado con diferentes tonos de granate: rojo por el amor y todo eso. Es el ojo de sir John, ¿verdad?

¿Lo era? No recordaba haberlo llevado puesto, aunque le resultaba familiar. Tenía la sensación de haberlo visto antes. El espesor de la ceja sugería que se trataba del ojo de un hombre, con el iris marrón. Cerró los ojos con fuerza intentando recordar el color y la forma de los de sir John. Creía recordar que eran de un tono gris azulado. ¿Tanto le fallaba todavía

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la memoria o, por alguna extraña razón, el miniaturista se había equivocado? ¿O tal vez no era la reproducción del ojo de su esposo, sino de un amante, como su nombre sugería?

¿Acaso tenía un amor clandestino? ¿Era ese tipo de mujer? Si su padre se enteraba, más le valdría que Dios se apiadara de ella.

—Pues… no lo sé —farfulló, frustrada y confusa.

La señora Turrill le dio unas palmaditas en la mano.

—No se preocupe, milady. Ya verá como acaba acordándose de todo.

El ama de llaves recogió los platos.

—Cuando tenga tiempo intentaré ver si encuentro más cosas suyas, milady. Podrían ayudarle a recordar. Y tal vez algo de esa pobre muchacha para enviárselo a su familia.

—Sí… pobrecita —dijo adoptando un tono compasivo. El rostro sonriente de una joven se le apareció por instante, y luego se desvaneció. Se avergonzó al admitir que no recordaba su nombre.

Aquella noche estaba todavía sentada en la cama con la espalda reclinada sobre los cojines cuando el doctor Parrish regresó a su habitación.

—¡Cuánto me alegra verla incorporada, milady! —Exclamó sonriente. Acto seguido anunció—: Me he tomado la libertad de pedir prestada una silla de ruedas. Edgar está esperando abajo para ayudar a subirla si accede a intentarlo. He pensado que podríamos usarla para llevarla hasta el cuarto de sir John, pues no me cabe duda de que estará impaciente por verlo.

—Yo… —Se humedeció los labios secos—. Sí, me gustaría verlo — añadió, forzando una sonrisa para complacer al amable doctor, pese a no saber por qué se le había encogido el estómago.

Unos minutos más tarde padre e hijo aparecieron de nuevo en la puerta sujetando en volandas una silla para inválidos con el respaldo de mimbre. El doctor resoplaba por el esfuerzo, mientras que su fornido vástago permanecía impasible.

—Gracias, Edgar —dijo ella, dirigiéndose al joven con una sonrisa.

—Milady —respondió el joven, tocándose tímidamente la visera de la gorra justo antes de marcharse.

El doctor empujó la silla hasta situarla junto a la cama. Luego la tomó por el brazo sano y la ayudó a ponerse en pie. Sintió de nuevo que la

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habitación daba vueltas y se apoyó en él para no caerse.

Él la miró con preocupación.

—¿Todavía se marea?

Ella asintió con la cabeza y se acomodó aliviada sobre la silla.

—En ese caso no estaremos mucho tiempo. No quiero que se fatigue. La condujo por un pasillo con las paredes recubiertas de madera y se

detuvo ante una puerta. Una vez allí, rodeó la silla para abrirla y la ayudó a cruzar el umbral con cuidado.

La habitación estaba en penumbra y las cortinas corridas. Una lámpara de aceite ardía sobre la mesita de noche.

Con las manos sudorosas entrelazadas sobre el regazo, miró hacia la cama. Sir John yacía inmóvil sobre ella, con una quietud antinatural, con sus furibundos ojos cerrados, una magulladura en la sien, un pómulo inflamado y la boca entreabierta. Estaba muy cambiado respecto a la última vez que lo había visto, como si combatiera con todas sus fuerzas por no rendirse. Llevaba un sencillo camisón de noche, con los botones superiores desabrochados, en lugar de su habitual corbatón. Tenía el cuello desnudo, con la barba sin afeitar. Tenía un aspecto tan vulnerable… Tan frágil…

—¿Sobrevivirá? —preguntó con voz queda.

El médico vaciló.

—Solo Dios lo sabe. He hecho todo lo que he podido por él. Le he recolocado y vendado el tobillo roto, y le he inmovilizado la clavícula y las costillas. Solo espero que no haya ninguna hemorragia interna. —El doctor Parrish hizo una mueca de desazón—. Lo que más me preocupa es la herida de la cabeza. He mandado a buscar a un cirujano de Branstaple para que me dé su opinión. Debería estar aquí mañana.

Ella mostró su conformidad con un leve movimiento de cabeza. Sentía lástima por sir John. Quizás incluso dolor. Pero más allá de eso, no estaba segura de lo que sentía. Se quedó mirando fijamente a aquel hombre desvalido, con las emociones enredadas en una confusa maraña. ¿Lo amaba? Creía que no. Cerró los ojos con fuerza intentando recordar un enlace o la noche de bodas. Nada.

Entonces… algunos recuerdos fragmentados comenzaron a aflorar. Botones y horquillas cayendo al suelo. La fría lluvia sobre su piel. Unas manos cálidas. Un hombre tomándola en brazos. Pero el hombre no tenía rostro. ¿Era sir John? No estaba segura.

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El recuerdo se desvaneció. Una boda habría complacido a su padre, pero habría decepcionado al otro hombre. Porque había alguien más…, ¿o no? Cerró de nuevo los ojos e intentó recordar, pero no lo logró.

Sí vio otra escena difusa, como si caminara por un teatro y se marchara a mitad de la función…

Allí estaba ella, sentada con actitud incomoda en la sala matutina de la casa de Bristol.

Sir John estaba de pie, con los brazos cruzados, y no la miraba a ella, sino que tenía la vista puesta al otro lado de la ventana.

—Entonces, ¿qué te parece el acuerdo? —le preguntó—. ¿Estás dispuesta?

—Sí —respondió ella, sabiendo que su padre daría su aprobación.

Él hizo una mueca.

—Pero ¿y yo? ¿Debería acceder?

—Solo si es tu deseo.

—¿Mi deseo? —repitió con una breve risotada cargada de sarcasmo—.

Dios no suele tener a bien atender mis deseos.

—Puede que el problema es que deseas las cosas equivocadas.

En aquel momento se volvió hacia ella y sus ojos pétreos le sostuvieron la mirada.

—Puede que tengas razón. ¿Y tú? ¿Qué es lo que deseas tú?

La escena se desvaneció. ¿Había sido real o un mero producto de su imaginación? No hubiera sabido decir cómo había respondido ella a su pregunta, ni si lo había hecho. Ni siquiera recordaba los términos de su acuerdo.

Lo que sí recordaba era su altura y su porte rotundo. Pero la triste figura envuelta en sábanas que yacía ante ella parecía haber encogido. Entonces se preguntó qué era lo que con tanto ahínco había deseado sir John. Dadas las circunstancias, le parecía poco probable que lo consiguiera. Porque, sin lugar a dudas, nadie habría deseado acabar de aquella manera.

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Capítulo 4

Al día siguiente el doctor Parrish y la señora Turrill entraron juntos en su habitación con el semblante inusualmente serio. Imaginó que había sucedido algo. O que estaba a punto de suceder.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Se trata de sir John?

—No. Su estado no ha sufrido ningún cambio —la tranquilizó el doctor, sin su habitual sonrisa. Luego tomó asiento junto a la cama, le preguntó cómo se encontraba y miró a su prima con expresión elocuente.

La señorita Turrill se volvió hacia ella y comenzó:

—Edgar ha traído algunas cosas más de la zona del accidente y creo que hemos encontrado una de sus pertenencias, milady.

—¡Oh! —exclamó mirando a la mujer con interés—. ¿Y qué es? Ella le mostró una bolsa de tela bordada.

—Halló esto entre las rocas. Aparentemente se trata de una bolsa de labor.

La señora Turrill ensanchó la abertura fruncida y extrajo una madeja de lana y un par de agujas de madera todavía prendidas a una labor de punto. La extendió con ambas manos.

—Creo que es un gorrito de bebé —dijo el ama de llaves—. ¿Lo hizo usted?

Tomó entre sus manos el húmedo e irregular semicírculo y examinó sus puntos sueltos y desiguales.

—No… No creo —respondió, preguntándose si habría pertenecido a la pobre mujer del carruaje.

El doctor Parrish volvió a mirar a la señora Turrill y comenzó a decir con cautela:

—Verá, cuando escribió, sir John mencionó que estaba usted encinta, pero…

—Ah ¿sí? —lo interrumpió ella, sorprendida.

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El doctor intercambió una mirada incómoda con su prima y continuó:

—Sin embargo, cuando la examiné… —Hizo una pausa, como si no

encontrara las palabras para expresar lo que estaba a punto de decir.

Pero ella no le estaba prestando atención. Miraba fijamente el gorrito de lana. No lo reconocía y, aun así…, contemplarlo le provocaba una enorme inquietud.

¿Había estado tejiendo aquella prenda? ¿Estaba esperando un niño? ¿Cómo podía haber olvidado algo tan trascendental, algo que habría cambiado su vida para siempre? ¿Qué diantres le sucedía? ¿Tendría el cerebro dañado? Instintivamente se llevó la mano al abdomen. Estaba plano. Demasiado plano.

El doctor se aclaró la garganta y prosiguió:

—Mucho me temo que descubrí que… ha perdido el bebé.

Ella lo miró de hito en hito.

—¿Perdido?

Con expresión apesadumbrada, el doctor asintió con la cabeza y le apretó la mano.

El dolor la atravesó; fue como si hubiera recibido una docena de puñaladas en el corazón, sumiendo su alma en un oscuro pozo de amargura. Se le olvidó respirar. Y entonces, con los pulmones abrasándola por dentro, abrió la boca y soltó un sollozo estremecedor.

Logró reprimir el grito que tanto ansiaba liberar, pero no hubo manera de detener las lágrimas, que empezaron a brotar con fuerza de sus ojos.

La señora Turrill alargó el brazo y le apartó de la cara un mechón de pelo húmedo.

—Lo siento mucho, milady. Sin duda es una terrible pérdida. Yo misma perdí un niño y sé cómo debe de sentirse. Pero tiene que dar gracias a Dios, porque usted y sir John se salvaron, y puede que tengan otros hijos.

Percibió vagamente que el doctor lanzaba una mirada circunspecta a la mujer, como si le aconsejara que no alimentara sus esperanzas, pero lady Mayfield seguía absorta en sus pensamientos. Recordó el sueño, el del bebé en una cesta, flotando sobre la superficie del agua y alejándose de ella. ¿Había perdido a su hijo? ¿Antes incluso de que pudiera respirar? ¿Y entonces, por qué resonaba en su cabeza el llanto de un bebé que provocaba en ella la misma sensación de familiaridad que su propia voz?

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La cabeza empezó a darle vueltas, liberada como un globo terráqueo que han arrancado de su base con un fuerte golpe y rueda por la habitación.

Entonces dejó de llorar y una serie de recuerdos empezaron a descender sobre su mente como cellisca, clavándose uno tras otro cual astillas punzantes. Soltó un grito ahogado, sintiéndose envuelta por una sensación de alivio y un nuevo dolor. Había perdido a su hijo, pero eso no significaba que estuviera muerto, ¿o sí? «Dios mío, no».

—¿Milady…? —dijo la señora Turrill, con los ojos muy abiertos y semblante preocupado.

—Estoy… estoy bien —logró decir—. O, al menos, lo… lo estaremos.

Espero.

Unos pasos resonaron con fuerza en la escalera y Edgar irrumpió en la habitación, franqueando la puerta abierta.

—Padre, venga. Rápido —dijo con voz jadeante—. El chico de los Dirksen se ha caído del árbol del camposanto y no tiene buen aspecto.

El doctor Parrish se puso en pie de inmediato. —Iré a por mi maletín. ¿Has avisado a tu madre? Edgar hizo un gesto de asentimiento.

—Ya está en la calesa. —El joven la miró con timidez y sus mejillas se ruborizaron—. Siento haberla interrumpido, milady.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados, sintiendo que la confusión volvía a apoderarse de ella.

—No te preocupes…

El doctor se volvió hacia la señora Turrill.

—Por favor, ocúpate de vigilar a sir John.

—Por supuesto.

Luego la miró y le dio unas palmaditas en la mano.

—Y ahora, procure descansar, milady. La señora Turrill cuidará de usted y de su esposo hasta que volvamos.

Ella asintió levemente con la cabeza mientras él se daba media vuelta y se marchaba. La palabra «esposo» resonó en su mente. ¿Esposo? Ella no estaba casada.

Notó que su ceño se contraía y sus pensamientos se enredaban entre sí ante lo que acababa de decir el doctor. Su aturdido cerebro se había negado a aceptarlo antes. Las palabras del médico, de Edgar y de la señora Turrill carecían totalmente de sentido. Era como si se estuvieran dirigiendo a otra

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persona situada detrás de ella, fuera de su vista. En ese momento, de improviso, la cabeza dejó de darle vueltas, y aquellas palabras, la deferencia con que la trataban y la elegante habitación cobraron sentido. Pensaban que era lady Mayfield. Que ella, Hannah Rogers, era la esposa de sir John.

Aquella noche Hannah se pasó horas dando vueltas en la cama, intentando entender cómo se había producido aquel malentendido y cuál era la mejor manera de comunicarles la noticia. Le aterraba pensar cómo reaccionaría aquella gente respetable cuando descubrieran la verdad.

Cuando por fin se quedó dormida, el sueño volvió a visitarla. Su bebé en una cesta cerca de la orilla. Había querido regresar de inmediato a recogerlo, pero en vez de eso estaba allí tumbada, incapaz de moverse. La marea estaba subiendo. Se encontraba cada vez más cerca, golpeando los costados de la cesta. Una mano intentó asir la canasta, era la mano de lady Mayfield. ¿Pero cómo era eso posible? Lady Mayfield estaba en el agua, arrastrada por la corriente; la capa y el vestido empapados tiraban de ella hacia el fondo. Hannah le agarró la mano, intentando salvarla, pero los dedos de la mujer se le resbalaron. Al recordar a su hijo, Hannah se volvió alarmada, pero era demasiado tarde. La cesta se alejaba ya por el canal, bamboleándose.

Entonces el sueño cambió. Aquella terrorífica escena imaginaria fue reemplazada por otra, igual de terrorífica, pero tremendamente real…

Hannah corrió hasta la vieja casa adosada a la mansión Trim donde había transcurrido los días posteriores al parto y llamó a la puerta hasta dañarse la piel de los nudillos. Finalmente se abrió una estrecha rendija y aparecieron un par de ojos irritados.

—Se lo ruego, señora Beech. Necesito verlo.

—¿Tienes el dinero?

—Todavía no. Pero lo tendré.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—Eso mismo dijiste ayer, y antes de ayer, y hace tres días.

Hannah se esforzó al máximo por mantener la calma.

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—Lo sé. Lo siento. Por favor…

—Se me ha acabado la paciencia. Cuando me pagues lo que me debes, lo verás. Antes no.

—No puede hacer eso. Soy su madre. Necesito…

—Y yo necesito el dinero. Esto no es una casa de caridad, chica. Sé muy bien cómo tratar a las jovencitas como tú. Sé por experiencia que la compasión no lleva a ninguna parte. Lo único que funciona con vosotras es la mano dura. Estáis acostumbradas a saliros con la vuestra y conseguir lo que queréis de vuestros débiles padres o de vuestros enamorados. Pues bien, yo no soy tu madre ni tu enamorada. Dame lo que es mío y yo te daré lo que es tuyo.

—Pero no tiene ningún derecho…

—Tengo todo el derecho —replicó, mirándola con expresión furibunda

—. ¿No me crees? Ve a hablar con el jefe de policía, si quieres. Dile que tengo a tu hijo y explícale por qué. Al señor Green no le gusta nada la gente que no paga lo que debe. Ya veremos si no acabas en el asilo de pobres. O en la prisión de deudores.

La joven ahogó un grito. —Usted no…

—¿¡Que yo no qué!? No tengo por costumbre mantener a mocosas que no pagan sus caprichos. ¿Y qué sería de tu pequeño entonces?

El terror se apoderó de ella. ¿Qué amenazaba con hacer? Le costaba reconocer en aquella mujer a la benevolente partera que la había recibido con tanta amabilidad hacía apenas unos meses.

—Tengo un nuevo empleo —le contó apresuradamente, llevada por la desesperación—, pero no me pagarán hasta el final del trimestre. ¿Qué sugiere que haga? ¿Mendigar por las calles?

—No. No resulta nada rentable. Al fin y al cabo, soy una mujer de negocios. Haz lo que hacen la mayoría de jóvenes en tu misma situación.

Hannah se estremeció.

—Yo jamás haría algo así, señora Beech. Independientemente de lo de lo que piense usted de mí.

—No tengo por qué dudarlo, pero, en ese caso, tal vez ha llegado el momento de empezar. Estoy segura de que Tom Simpkins te daría trabajo en un abrir y cerrar de ojos.

—Tom Simpkins es un…

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—Tom Simpkins es mi hermano, así que mucho cuidado con lo que dices, bonita.

—Disculpe, señora Beech. Pero, por favor… Los ojos de la mujer se apartaron de la rendija. —Vuelve cuando tengas el dinero.

—¿Quién se está ocupando de él? —quiso saber antes de que desapareciera.

—Becky.

«¿Becky?» La dulce, sencilla e inestable Becky.

Hannah tragó saliva.

—Conseguiré el dinero, lo haré. Hasta el último chelín. Pero prométame que cuidará de él hasta mi vuelta. Por favor. No es culpa suya. Cuídelo mucho. Se lo ruego.

—Por cada día más que lo dejes aquí, será otro chelín. El precio aumenta cuando te atrasas con los pagos.

La rendija se cerró con un sonido metálico. Qué definitivo sonaba. Hannah se estremeció. ¿Un chelín al día? Era prácticamente todo lo

que ganaba. Nunca lograría ponerse al corriente con los pagos. Se quedó allí de pie, en el zaguán, petrificada por el miedo. Empezó a sentir pinchazos en los pechos. Se los había vendado tras aceptar el nuevo empleo, escapándose para amamantar a su hijo una vez al día y dos los domingos. La leche había disminuido, pero la acumulación todavía resultaba dolorosa. Sin embargo, aquello no era nada en comparación con el dolor que sentía en el corazón…

Hannah dio un respingo y abrió los ojos de golpe. Expulsó todo el aire de los pulmones y miró a su alrededor aturdida. ¿Dónde estaba Danny? Volvió la cabeza a derecha e izquierda, con el pulso acelerado. Entonces recordó con gran pesadumbre que su hijo no estaba con ella. Se encontraba en casa de la señora Beech, lejos.

«Becky cuidará de él», se dijo para sus adentros. «Becky se asegurará de que no pase hambre».

En ese momento recordó las manos temblorosas de la nodriza, el rostro pálido y la mirada ausente, el día en que había visto por primera vez a la afligida joven deambulando por las calles de Bath, buscando a su propia hija, ya fuera porque lo había olvidado o porque se negaba a aceptar que su niña había muerto.

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¿El bienestar de su preciado hijo estaba en manos de aquella muchacha? «Dios misericordioso, protégelo. Tenlo bajo tu cuidado hasta que pueda regresar a por él».

Regresar. Tenía que regresar. De inmediato. ¿En qué estaba pensando cuando lo había abandonado? Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que los Mayfield pretendían irse tan lejos, jamás habría aceptado. Y para colmo, sir John se encontraba al borde de la muerte y su esposa se había ahogado, por lo que ella no recibiría la generosa asignación que lady Mayfield le había prometido. ¿Cómo iba entonces a recuperar a su niño?

Las lágrimas empezaron a resbalarle desde las comisuras de los párpados y, tras recorrerle las sienes, le mojaron los cabellos. Alzó una mano para enjugárselas, la mano que lucía una voluminosa sortija. Un anillo de oro, una amatista y zafiros morados.

Lo reconoció de nuevo, solo que no recordaba por qué… Marianna lo llevaba puesto casi siempre. ¿Cómo había terminado el anillo de lady Mayfield en su mano? Intentaba que algunos recuerdos fragmentados cobrasen sentido, pero apenas lograba ver una serie de piezas desordenadas, como a través de un cristal empañado. Había creído que solo era un sueño, pero quizá había sucedido realmente. ¿Había sido lo bastante sensata como para agarrar la mano de la señora Mayfield antes de que se viera arrastrada por la resaca y, teniendo en cuenta lo débil que estaba, había terminado salvando solo aquel anillo?

Parpadeó una y otra vez. No lograba ver con claridad. ¡Qué sensación tan inquietante y aterradora no ser capaz de distinguir los sueños de la realidad!

Pero había algo que sí recordaba y que sabía con total seguridad. Necesitaba encontrar la manera de regresar a Bath lo antes posible y con el suficiente dinero para saldar su deuda con la partera de la que dependía la vida de su hijo. Una deuda que no paraba de aumentar. Aunque, a decir verdad, no solo tenía miedo de la despiadada señora Beech, sino también de la atormentada Becky.

Las piedras preciosas de la sortija captaron la luz del sol que penetraba por un resquicio de la ventana, enviando destellos de colores que bailaban en el techo.

¿Sería una señal o una tentación?

Sin duda un anillo como aquel debía de valer mucho dinero. Un anillo que, en caso de que sir John sobreviviera, creería que se lo había llevado la

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marea, que se habría perdido para siempre junto a su esposa. ¿Se atrevería?

Algo más tarde, el doctor Parrish y su esposa pasaron a ver cómo se encontraba. Él le informó con sumo placer que el niño que se había caído del árbol se recuperaba satisfactoriamente.

—El pequeño tunante se ha dislocado la clavícula, pero se la he recolocado. Estará como una rosa en un abrir y cerrar de ojos.

—Si es que su pobre madre consigue que guarde cama unos cuantos días —añadió la señora Parrish con desconfianza.

Hannah esbozó una tenue y dócil sonrisa, aunque tenía el estómago y los pensamientos revueltos.

—¿Puedo preguntarle una cosa, doctor Parrish? —Empezó diciendo tímidamente—. ¿Conoce usted… bien a sir John?

Él se sentó en un sillón cercano, claramente encantado de quedarse a charlar. Su esposa se mantuvo en el umbral.

—Pues no —respondió el doctor Parrish—. Solo por carta. Jamás habíamos coincidido, y supongo que se podría decir que seguimos sin hacerlo. O, al menos, no exactamente.

—Pero… —dijo ella con el ceño fruncido—. Creo recordar que me contó que su hijo…

Él asintió con la cabeza.

—Edgar sí que coincidió con sir John cuando vino a inspeccionar el lugar hace unos meses.

—Así es —confirmó la señora Parrish—. El doctor y yo estábamos fuera, asistiendo a un parto de gemelos.

—¿Y sir John vino solo?

—Iba acompañado de un hombre, según dijo Edgar. Un hombre de negocios, creo. Aunque no lo recuerdo muy bien —admitió el doctor. A continuación, con expresión animada, añadió—: Pero usted no estaba con él, milady. Edgar no hizo mención alguna a la encantadora lady Mayfield. Eso lo recordaría.

La señora Parrish frunció el ceño y cruzó los brazos.

Hannah abrió la boca para corregirlo y de pronto se contuvo. El hecho de que, sin la existencia de una señora de la casa, la dama de compañía sería despedida con cajas destempladas hizo que se lo pensara mejor. Y el anillo. Y no solo eso, la propia situación también la hizo recapacitar. Pero

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su conciencia se rebelaba, instándola a contar la verdad y encontrar la manera de recuperar a Danny de manera honesta.

—Doctor Parrish —dijo—, ¿puede decirme cuándo cree que estaré en condiciones de viajar?

Él la miró con los ojos muy abiertos. —¿Viajar? Pero si acaban de llegar…

—Lo sé, pero tengo que regresar a Bath lo antes posible.

La señora Parrish frunció todavía más el ceño.

—¿Por qué, si se me permite preguntar? Si olvidó algo, quizás podríamos enviar a alguien a buscarlo.

Los dos la miraron expectantes en espera de la respuesta.

Ella tragó saliva.

—Mi hijo. Me avergüenza decir que durante un tiempo me olvidé de su existencia.

Los ojos del doctor se abrieron aún más.

—¡Por Dios bendito! Cuando la examiné di por hecho que se había malogrado el embarazo. Aunque considerando, digamos, varios factores, debería haber sabido que ya había dado a luz. Siento mucho haber metido la pata diciéndole que había perdido el bebé. ¡Debe de pensar que soy un incompetente!

—De ninguna manera —farfulló Hannah—. Recuérdeme, ¿cómo supo de la existencia de un bebé?

—Sir John comentó en una de sus cartas que su esposa estaba encinta. —¡Ah! —Hannah levantó la barbilla en señal de comprensión, pero en su fuero interno sus pensamientos se rebelaron. ¿Cómo no se había dado

cuenta de que Marianna se encontraba en estado de buena esperanza? —¡Gracias a Dios que no trajo al bebé consigo! —continuó el médico

—. Me estremezco solo de pensar en una pobre criatura involucrada en ese accidente. ¿Ha dicho que era un niño?

—Sí, yo… lo dejé con la niñera.

—¿Hasta que se instalaran y prepararan la casa? —preguntó la señora Parrish—. De momento no disponemos de una habitación infantil propiamente dicha. Me sorprende que sir John no le pidiera a Edgar que habilitara una con vistas a su llegada.

Hannah no supo cómo responder a aquello. Había estado a punto de contar la verdad sobre su hijo y su situación cuando de pronto había descubierto que los Parrish estaban al corriente de que lady Mayfield

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estaba encinta, aunque su embarazo no era tan avanzado. Se sintió hecha un lío, atormentada por la indecisión… Si con ello lograba rescatar a su hijo, ¿se atrevería a dejar que siguieran pensando que era lady Mayfield, aunque fuera solo durante un breve periodo de tiempo? ¿Hasta que recuperara a su niño y pudiera abrazarlo de nuevo?

—La verdad… —dijo con voz vacilante— es que no lo sé. Solo sé que necesito regresar con mi hijo.

El doctor asintió con la cabeza.

—Y traerlo aquí cuanto antes. Sí, será un consuelo para usted en estos días inciertos.

—Sí, un gran consuelo —convino con él.

—Entiendo su impaciencia, pero debo insistir en que aguarde unos cuantos días antes de emprender un viaje semejante. Tiene que esperar a que la herida en la cabeza mejore un poco más. Le he entablillado el brazo y se lo he cubierto con vendas empapadas en una solución de almidón. Pero requiere de varios días para que se seque lo bastante para inmovilizar el hueso. No querrá arriesgarse a que quede inservible…

No, no podía permitirse perder la capacidad de mover el brazo. ¿Cómo iba a trabajar entonces para mantenerse ella y mantener a su hijo?

¿Y si dejaba que el malentendido se prolongara unos cuantos días más? Pasado ese tiempo se marcharía, vendería el anillo si fuera necesario y desaparecía para no volver jamás.

¿Le perdonaría Dios semejante engaño? Había una sola razón por la que habría llevado a cabo un ardid semejante, y era el bienestar de su hijo. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, o casi cualquier cosa, para recuperarlo.

—Buenos días, milady —la saludó al día siguiente la señora Turrill, cuando entró con la bandeja del desayuno. Era su saludo habitual, pero sus palabras, y sobre todo el tratamiento, sonaron de pronto de lo más discordantes a oídos de Hannah.

La mujer llevaba un vestido de manga larga de color ciruela, un pañuelo con volantes atado al cuello y un largo delantal. Dejó la bandeja sobre un sillón y se volvió hacia ella.

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—¿Le gustaría intentar sentarse en un sillón, milady? Si le apetece, claro está.

Tenía una voz cantarina, con una amplia gama de tonos dependiendo de su estado de ánimo. Oírla hizo que Hannah sintiera nostalgia de su tierra natal. Aunque su madre había hablado siempre con un acento de clase alta y su padre había vivido en Oxford en sus años como profesor y coadjutor, la mayoría de sus amigos de la infancia hablaban como la señora Turrill. Entonces se preguntó cuánto tiempo habría vivido en Bristol, por qué había regresado y cómo había perdido al niño que esperaba. Pero no preguntó. No quería agravar sus pecados entablando amistades o incitar a la mujer a plantearle, a su vez, otras preguntas personales.

De manera que se limitó a esbozar una sonrisa lánguida y decir:

—Sí. Creo que puedo hacerlo.

El ama de llaves la ayudó a trasladarse desde la cama hasta el sillón y, una vez allí, empezó a dar cuenta de su desayuno mientras la mujer no paraba de parlotear alegremente.

Hubiera preferido poder hacerse la dormida y fingir así la inconsciencia que justificaba su deslealtad. Pero tenía que demostrar que se estaba recuperando lo suficientemente bien como para viajar lo antes posible.

Aquella misma mañana, aunque algo más tarde, Hannah seguía sentada en el sillón, mirando por la ventana, cuando el doctor Parrish se pasó por la habitación con su maletín.

—¡Qué bien se la ve fuera de la cama! —exclamó con expresión radiante.

Le examinó la herida de la cabeza, declaró que se estaba curando bien y decidió que había llegado el momento de retirar los puntos. Hannah se mordió el interior de la mejilla para evitar que se le saltaran las lágrimas durante el desagradable procedimiento y exhaló aliviada cuando hubo terminado.

Él le dio unas palmaditas en la mano.

—Bien hecho. Ha sido usted muy valiente. —A continuación, dejando a un lado los cumplidos, le preguntó—: ¿Intentamos andar un poco más, milady? Imagino que está impaciente por volver a ver a su esposo.

Se le hizo un nudo en la garganta.

—No lo sé. ¿Cree que es… seguro?

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—¿Seguro?

Ella inventó rápidamente una excusa.

—Lo digo por el brazo.

—Sí, diría que sí. Iremos despacio, teniendo mucho cuidado de no moverlo mucho.

Estaba claro de que no había manera de rechazar ver a su marido y salir airosa del trance, así que dijo en un susurro:

—De acuerdo.

El doctor la ayudó a levantarse. Como de costumbre, la habitación le dio vueltas y sintió que las piernas le flaqueaban.

Él agarró el brazo sano con algo más de firmeza.

—¿Está mareada o le fallan las fuerzas?

Ella se esforzó por sonreír.

—Un poco de ambas cosas.

—Entonces quizás deberíamos esperar a mañana —sugirió el doctor

—. ¿O quiere que usemos de nuevo la silla de ruedas?

Estuvo tentada de alegar que estaba cansada para cancelar la visita a

sir John, pero se reafirmó en su resolución, consciente de que cuanto antes demostrara que estaba lo bastante recuperada, antes podría marcharse.

—Deme solo un momento. —Inspiró hondo—. Sí. El mareo está remitiendo.

Él esperó pacientemente, mirando su rostro. ¿Qué vería? ¿Estaría pensando para sus adentros que había imaginado que las damas serían más hermosas? ¿Más refinadas? Volvió a inspirar hondo dos veces más.

—De acuerdo. Estoy lista.

Él la agarró del codo para ayudarla a mantener el equilibrio y la guio por la habitación hasta el pasillo. Con cada paso, el corazón se le aceleraba. Cuanto más se acercaban al dormitorio de sir John, más nerviosa estaba. No sabía qué le daba más miedo: ver a aquel hombre accidentado, magullado y al borde de la muerte o que pudiera recobrar el sentido, abrir los ojos y declarar que era una impostora.

Al llegar a la puerta de la estancia, el doctor Parrish la abrió y la hizo pasar.

La esposa del médico, con sus facciones angulosas, estaba sentada en una silla a los pies de la cama, con una madeja de lana y unas agujas en su regazo, vigilando al paciente.

—¿Algún cambio, señora Parrish?

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—Ninguno, doctor Parrish.

Consciente de lo que se esperaba de ella, Hannah se volvió hacia la cama, con la mano sana presionando su abdomen. Qué falta de caridad, pensó, alegrarse de que aquel hombre estuviera inconsciente. Permanecía exangüe y con los ojos cerrados. Los hematomas del rostro empezaban a cambiar de color, el pómulo parecía algo menos hinchado y seguía teniendo la boca entreabierta. No le habían afeitado y el vello facial le oscurecía el rostro con tonos marrones y grises. Siempre había pensado que aparentaba menos edad de la que tenía, pero en aquel momento se le veía mayor de sus cuarenta años. Lo único que no parecía haber cambiado era su pelo, grueso y castaño, con algunas canas en las patillas.

De pronto fue consciente de que el doctor se encontraba de pie junto a ella y sintió cómo su esposa la observaba expectante. Sin saber muy bien que decir, musitó:

—Está… cambiado.

El médico asintió con la cabeza.

—Ya me imagino.

—¿Qué ha dicho el cirujano? —preguntó en un susurro.

El doctor Parrish sacudió la cabeza con pesar.

—No es partidario de operar en este momento. Está convencido de que el cerebro de sir John se ha inflamado hasta un punto peligroso. Mucho me temo que no cree que su esposo pudiera superar una intervención, aunque la considerase necesaria. Está demasiado débil.

La pena se apoderó de ella.

—Entiendo.

La señora Parrish ladeó la cabeza.

—Es extraño que las heridas del señor revistan semejante gravedad, mientras que las suyas no son tan serias, milady. Sospecho que su cuerpo le hizo de parapeto cuando se produjo el primer impacto violento, antes de que el carruaje rodara.

Hannah recordó que, en el momento en que había despertado, había encontrado el cuerpo inerte de sir John sobre ella. Si la teoría de la mujer era correcta, se sentía agradecida, y algo culpable por haber resultado relativamente bien parada.

La señora Parrish añadió:

—Vino el párroco a visitarlo. Espero que no le importe que se lo pidiera.

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—Por supuesto que no —musitó Hannah.

—También rezó junto a su lecho.

Hannah levantó la mirada de golpe.

—Ah, ¿sí? No lo recuerdo.

—Estaba dormida. No quisimos despertarla.

—¡Oh! —Al pensar en ello una sensación de incomodidad le recorrió la espina dorsal.

—Si lo desea, puede tocarlo, milady —le propuso el doctor con gentileza—. No le hará daño.

Hannah tragó saliva. Suponía que una esposa debía querer tocar a su marido. Retirarle el pelo de la frente, apretarle la mano, susurrarle al oído que lo amaba. Pero ella no era su esposa. Y sabía que la auténtica lady Mayfield tampoco habría querido hacerlo de haber estado allí. Además, era reacia a hacerlo bajo la atenta mirada del doctor y de su esposa. Hubiera sido llevar demasiado lejos aquel «papel». ¿Recordarían el hecho de que se hubiera tomado semejante libertad cuando se hubiera marchado, una vez que se conociera la verdad?

Mientras permanecía allí de pie, sin moverse, sin tocarlo, notó la mirada inquisitiva de la señora Parrish observándola atentamente.

Hannah se mordió el labio, dio un paso adelante y alargó la mano con indecisión. ¿Se darían cuenta de que le temblaba? Tocó ligeramente el brazo del sir John, temerosa de despertarlo, y se retiró rápidamente.

El doctor Parrish seguía de pie junto a ella.

—Quiera Dios que, con el tiempo, se acabe recuperando.

—Eso espero —respondió con solemnidad. Y no mentía, aunque planeaba encontrarse muy lejos de allí cuando sucediera.

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Capítulo 5

Ala mañana siguiente Hannah le comunicó a la señora Turrill que quería vestirse en vez de pasarse el día en camisón y bata. La mujer sonrió y respondió que le parecía una excelente idea. El vestido que llevaba puesto el día del accidente estaba manchado y con jirones, y

entre el equipaje apilado en una esquina no veía su maleta. Se la habría llevado la marea. De todas sus pertenencias, lo único que se había salvado era el bolsito que reposaba sobre la mesilla de noche, gracias a que las cintas estaban atadas a su muñeca, de manera que le pidió al ama de llaves que le ayudara a ponerse uno de los vestidos de muselina más antiguos de Marianna, cuya tela había dado un poco de sí para que así resultase más sencillo introducir el brazo vendado. No quería ponerse ninguno de los trajes más elegantes y ajustados de Mariana, que muy probablemente le habrían quedado grandes. Y, además, le parecía un atrevimiento.

Se sentó en un taburete auxiliar mientras la mujer la ayudaba con las medias. La señora Turrill sacó después un par de escarpines de piel con la punta afinada y tacón bajo. Hannah tragó saliva.

—Emmm… Quizás será mejor que me ponga los botines. Los que llevaba cuando… llegamos.

El ama de llaves sacudió la cabeza.

—¡Oh, no! Acabaron destrozados después el accidente, milady. El agua salada es malísima para la piel.

Seguidamente se arrodilló delante de ella e intentó ponerle el zapato, pero era demasiado estrecho. Hannah contuvo la respiración mientras sentía los latidos de su corazón palpitando con fuerza en los oídos. ¿Estaban a punto de descubrirla?

La señora Turrill se mordió el labio, mirando fijamente el obstinado apéndice.

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—Tiene el pie hinchado, milady. Apostaría a que se debe al accidente, o quizás al hecho de haber estado guardando cama. ¿Quiere que se los lleve al zapatero para que los ensanche?

Hannah soltó un suspiro de alivio.

—Sí, por favor.

Entre tanto, la mujer aflojó las lazadas de un par de zapatillas de satén y se las puso en los pies.

Entonces Hannah preguntó si podía bajar a desayunar al piso de abajo. Afirmó que ya no era una impedida como para necesitar que le llevaran la comida a su cuarto en una bandeja.

El ama de llaves le dijo que estaría encantada de complacerla y de dar uso por fin al luminoso comedor. No obstante, insistió en agarrarle el brazo y ayudarla a bajar las escaleras.

Había pasado una semana desde el accidente y era la primera vez que Hannah veía la planta baja de Clifton House. Admiró el amplio vestíbulo con su escalera imperial y, cuando pasaron por delante, atisbó parte del salón, verde y blanco, y de una salita de estar cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de caoba.

Una vez en el comedor, la señora Turrill retiró una silla para que tomara asiento y le presentó a Ben Jones, un joven criado de unos diecisiete años, que abrió las contraventanas y encendió la chimenea para aumentar la temperatura de la estancia.

Cuando acabó de comer, le dio las gracias a Ben y a la señora Turrill y se dirigió al vestíbulo, donde se sentó en un sillón a esperar al doctor Parrish, dispuesta a contarle su propósito.

Cuando, pasado un rato, el médico entró por la puerta lateral, el hombre se detuvo en seco y echó la cabeza ligeramente hacia atrás.

—Buenos días, milady. Qué sorpresa verla aquí abajo. Debo decir que tiene muy buen aspecto.

—Gracias, me encuentro muy bien.

—Y ahora que ha visto más de su nuevo hogar, ¿se podría decir que está a la altura de lo que esperaba?

—Sí, es preciosa. Pero estoy impaciente por regresar a Bath a buscar a mi hijo. Como se podrá imaginar, lo echo mucho de menos. Si hubiera alguien que me llevase a la casa de postas más cercana, podría tomar una diligencia desde allí.

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—Por supuesto que está usted deseosa de recoger a su pequeñín. Es comprensible. Pero no puedo consentir que viaje sola. Una dama como usted… Lo siento, pero no me parece correcto.

—Aprecio su preocupación, doctor Parrish, pero estaré bien. No será la primera vez que hago algo semejante.

El doctor alzó mucho las cejas.

—¿De veras? Me sorprende… me sorprende mucho que sir John accediera.

—Fue… antes de conocerlo.

—¡Ah! Entiendo. Pero ahora es usted lady Mayfield y no me quedaría tranquilo si permitiera que viajara sola, en especial después de haber sufrido una conmoción cerebral, por no hablar del brazo roto. Yo no puedo ir con usted, porque el pobre señor Higgerson está en su lecho de muerte, pero alquilaremos un carruaje en la casa de postas y Edgar la acompañará. Posee conocimientos de medicina, de manera que podría asistirla en caso de que sufra una recaída o se produzca algún contratiempo.

—Doctor Parrish, es usted muy amable, pero no puedo…

—No debe preocuparse. La señora y yo hemos estado hablando de esto desde que supimos de la existencia del pequeño. Ella pensó que tal vez no se sintiera cómoda viajando con un hombre joven al que apenas conoce, así que le he pedido a la prometida de Edgar que los acompañe. Nancy es una muchacha encantadora, ya lo verá.

—Se lo digo sinceramente, no es necesario.

Él la miró perplejo, claramente ofendido por el hecho de que se opusiera con tanta vehemencia.

—No es molestia. Insisto.

Hannah se sintió abrumada por la amabilidad y las buenas maneras del doctor y por su idea preconcebida de la exquisitez con que debía de comportarse lady Mayfield. ¡Cómo se notaba que no la había conocido!

—En ese caso, se lo agradezco de todo corazón, señor Parrish, aunque siento mucho causarles tantos problemas.

—No se apure por eso, milady. Para eso están los vecinos. Además, creo que Nancy disfrutará enormemente de la excursión.

Hannah esbozó una sonrisa forzada. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a zafarse de Edgar y Nancy una vez que llegaran a Bath? Porque no podía llevárselos consigo a la repugnante calle Trim. Su engaño quedaría al descubierto de inmediato.

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—¿Puedo sugerir también que se ponga en contacto con el abogado de sir John o con el administrador de sus asuntos mientras está en Bath? — añadió el doctor—. O, como mínimo, debería escribirle y ponerle al corriente de la situación aquí.

—Ajá —farfulló sin comprometerse, alzando la barbilla para dar a entender que había captado la sugerencia aun cuando no tenía intención de llevar a cabo ninguna de las dos cosas.

La partida se organizó para el día siguiente. Se trataba de un viaje largo, así que planearon pasar una noche en una posada antes de regresar. La señora Turrill preparó un cesto con comida y unas mantas extra a pesar de que la temperatura era bastante agradable. Hannah, por su parte, se llevaría su bolso de mano y una maleta pequeña, en apariencia para pasar la noche en la posada, además de algunas cosas para el bebé. En realidad, había guardado lo estrictamente necesario para salir adelante sola: un vestido de repuesto, un traje, un sombrero, un cepillo y los polvos para limpiarse los dientes y el par de escarpines que le quedaban estrechos. Llevaba puestos sus botines, pese a la rigidez y las manchas. Y bajo los guantes, el anillo.

Poco después del amanecer, el carruaje que habían alquilado, tirado por cuatro caballos y con un postillón montando uno de ellos, recorrió el camino de acceso a la casa y se detuvo frente a la entrada principal. Edgar abrió la puerta desde dentro de un empujón y se apeó para ayudar a bajar a una agradable joven ataviada con un sencillo pero impecable vestido de viaje.

Hannah bajó los escalones para a saludarlos. Cayó en la cuenta de que era la primera vez que ponía el pie fuera de Clifton y se detuvo a contemplar la construcción de piedra con torreones, rodeada por mostellares en flor y setos de alheña, para sentir sobre su piel el sol primaveral y para respirar el dulce aroma de los jacintos y las campanillas.

El señor y la señora Parrish salieron de su casa, situada justo al lado — la Casona—, para despedirlos y desearles buen viaje.

El doctor Parrish se la llevó a un lado y le preguntó en voz baja:

—Milady, ¿dispone usted de suficientes fondos para el viaje?

Hannah vaciló, mirando el relieve de la sortija bajo el guante, y luego fingió inspeccionar el interior de su bolsito de mano. Revisó sus pocas

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monedas, lo que quedaba de las que le había dado el señor Ward a regañadientes. Había pagado a la señora Beech una parte de lo que le debía antes de marcharse de Bath con los Mayfield y le quedaba solo una pequeña suma.

—¿Cuánto cree que necesitaré? —le preguntó en voz queda. —Debería llevar suficiente para las casas de postas, las tarifas de

tránsito, los caballos y los postillones; pero tampoco demasiado, para no tentar a la suerte.

—No había pensado en todo eso —lamentó, frunciendo el ceño—.

Mucho me temo que no tengo suficiente para cubrir esos gastos.

Las arrugas del rostro del doctor se acentuaron con la preocupación. —Con su permiso —le dijo amablemente—, tomaré unas diez libras o

así de la bolsa de su esposo, suponiendo que disponga de una cantidad como esa en metálico.

Ella tragó saliva. Era mucho dinero. Viajar en carruaje debía de ser verdaderamente costoso.

—Si le parece a usted… adecuado.

—Estoy convencido de que será suficiente. Puede que incluso le sobre.

—Entonces sí. Hágalo, por favor. Muchas gracias, doctor.

Pasó por alto la punzada de culpabilidad y evitó pensar en cómo reaccionaría el doctor Parrish cuando se enterara de que le había entregado semejante fortuna a una simple dama de compañía.

Unos minutos más tarde, una vez reunido el dinero y tras las despedidas de rigor, el médico le ofreció la mano para que subiera al carruaje. Ya dentro, Nancy se sentó junto a ella en el asiento orientado hacia delante y Edgar justo enfrente. Ben, por su parte, se acomodó en el asiento de fuera, situado en la parte trasera.

A Hannah no le apetecía nada compartir aquel reducido espacio con una pareja a la que apenas conocía y que la tomaba por otra persona. Tenía miedo incluso de entablar una conversación superficial; sin duda, aumentaría las posibilidades de acabar delatándose. No obstante, habría sido de mala educación permanecer callada durante horas.

Le preguntó a Nancy por su familia y a Edgar sobre las otras fincas en las que trabajaba como guardés, pues la costa del condado de Devon era una zona muy popular entre los artistas y las clases adineradas para tener una segunda residencia. Ella, a su vez, respondió a sus preguntas sobre

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Bath y sus encantos, pero respondió de manera vaga a las cuestiones más personales.

Transcurrido un tiempo pararon en una casa de postas para cambiar de caballos. Se alegró de poder tomarse un descanso, pues sentía un fuerte dolor en el brazo vendado por culpa de los vaivenes.

Edgar sugirió que entraran a tomar un refrigerio y todos estuvieron de acuerdo. Una vez sentados en el salón, mientras degustaban una taza de té, el joven intentó retomar la conversación. Al percibir sus reservas y su actitud distraída, terminó por dirigir su atención a la dulce y tímida Nancy, emocionada por la cercanía del vecino condado de Somerset, ya que era la primera vez que lo visitaba.

Después, de nuevo en el oscilante carruaje, Hannah se pasó el tiempo sujetándose el brazo dolorido, haciéndose la dormida para evitar la conversación e intentando planear lo que haría al llegar a Bath. Indudablemente, no quería que vieran en qué tipo de establecimiento había dejado a su hijo ni el vecindario en el que se encontraba. Pero ¿cómo iba a disuadirlos de acompañarla hasta la casa de la señora Beech? ¿Y cómo iba a darles esquinazo si se empeñaban?

Decidió que les agradecería el que la hubieran llevado a Bath e insistiría en ir a recoger a Danny sola. Luego pagaría a un mensajero para que les llevara una nota en su nombre, diciendo que había surgido un imprevisto y que alguien de su familia la acompañaría de vuelta a Clifton en unos días.

Si para entonces sir John había muerto, «lady Mayfield» no tendría ninguna obligación moral de regresar a aquella casa en el condado de Devon, un lugar que no había pisado nunca antes del accidente. Podía decir que iba a instalarse en su antigua casa, para refugiarse con su familia y amigos. Pero ¿qué tipo de esposa dejaría a su marido solo cuando se encontraba al borde de la muerte? Se estremeció al suponer lo que pensarían de ella.

Odiaba todas aquellas mentiras. ¿Y si les confesaba a Edgar y Nancy que no era quien ellos creían? Pero, en ese caso… ¿no sería culpable de haber robado a sir John y acabaría arrestada por fraude o vaya usted a saber qué otros graves delitos? ¿Y qué sería entonces de Danny?

Lo único que quería era rescatar a su hijo de las garras de la señora Beech y desaparecer. Alejarse lo más posible de ella, de sir John, e incluso del amable señor Parrish y su familia. Lo que no sabía era cómo iba a

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ganarse la vida. Y menos aún con el brazo hecho trizas. Pero no quería pensar en eso. Tenía dinero suficiente para recuperar a Danny y eso era lo único que importaba. Al menos de momento.

Hannah rezó de nuevo por que Becky se ocupara de cuidar al niño hasta que regresara. Sabía que la joven tenía un interés especial por él. Aquel pensamiento le trajo a la mente lo sucedido hacía menos de dos semanas, el día en que la nodriza se había presentado en la casa de su nueva señora. ¡De qué manera tan drástica había cambiado su vida desde entonces…!

Cuando Danny tenía más o menos un mes, Hannah había aceptado un empleo como dama de compañía de una anciana y avinagrada viuda. La mujer vivía lo suficientemente cerca de la señora Beech como para poder escabullirse de vez en cuando sin demasiados problemas para darle de mamar a su hijo. Detestaba haberse visto obligada a dejarlo allí, pero consideraba que no tenía alternativa.

Un día estaba hojeando unos libros en la biblioteca de la casa de anciana, seleccionando algunos para leérselos en voz alta, porque era corta de vista, cuando la remilgada ama de llaves acudió en su busca.

—Hay una joven en la entrada de sirvientes que pregunta por usted, señorita Rogers. Una tal Becky Brown.

A Hannah le dio un vuelco el corazón.

—¿Becky? —preguntó alarmada.

«¡Por el amor de Dios! Que no le haya sucedido nada a Danny».

Tras musitar un apresurado «gracias» al ama de llaves, bajó precipitadamente las escaleras hacia la entrada de sirvientes. Encontró a Becky de pie junto a la puerta, con la cabeza gacha y los hombros encogidos, acobardada por las miradas inquisitivas de la cocinera y su ayudante.

—Becky —dijo en un susurro, llevándola hasta el pasillo donde nadie pudiera oírlas—. No deberías estar aquí. ¿Por qué has venido? ¿Ha pasado algo?

—El crío de Jones se ha puesto malo y le ha subío la fiebre. Y ahora Molly no deja de berrear. Y a mí me ha entrao el canguelo. ¿Y si se lo pega a toa la casa?

A Hannah se le encogió el estómago.

—¿Y Danny? ¿Cómo está Danny?

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—Bien. De momento. Esta mañana se ha puesto morao a comer. Casi no ha dejao leche pa los demás. Le he dao la teta primero a él. Lo he hecho por usté, ¿sabe?

Hannah se sintió agradecida, aunque se mantuvo cautelosa. —Gracias, Becky. Significa mucho para mí. De veras. Pero ¿estás

segura de que no está enfermo?

—No, señorita. Aún no. Pero he pensao que querría saberlo. —Señorita Rogers…

Al oír aquella voz, Hannah se volvió bruscamente. No se había percatado de que la habían seguido.

Era la astuta ama de llaves que, con los ojos entrecerrados y expresión malévola, le espetó:

—Cuando la señora se entere de que tiene un hijo sin estar casada, acabará de patitas en la calle. Y en menos que canta un gallo.

Dicho esto, se dio media vuelta y se marchó escaleras arriba.

A la nodriza se le descompuso el gesto.

—Lo siento mucho, señorita Hannah.

—Te dije que no vinieras, Becky —le recriminó—. Deberías haber enviado una nota y nos habríamos visto en algún otro lugar.

—Lo siento. Es que estaba muy preocupá. —A la joven se llenaron los ojos de lágrimas.

Hannah se mordió el labio superior para no dejar escapar otro reproche.

—Lo sé. Ha sido un detalle que pensaras en Danny. Y en mí. Y ahora deja de llorar. Lo has hecho con la mejor de las intenciones.

—Pero ¿cómo va a pagarle a la señora Beech si se queda sin trabajo? Hannah parpadeó para no echarse a llorar ella también. —No lo sé.

En aquel momento le vino una idea a la mente. Pero era una posibilidad que ya había desechado anteriormente.

Como había vaticinado el ama de llaves, la viuda la despidió poco después de que Becky se hubiera marchado y le aseguró que haría todo lo que estuviera en su mano para que nunca más volvieran a emplearla en ninguna casa decente de Bath.

Hannah tragó bilis ante los duros epítetos que aquella mujer le dedicó, entre los que se encontraban los de «indigna» y «embustera», por no hablar de otros peores. Después guardó sus pertenencias en una maleta y

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se marchó apesadumbrada, sabiendo lo que tenía que hacer. Se había prometido a sí misma que jamás regresaría y, a pesar de ello, allí estaba, caminando hacia el norte por la calle Lansdown hasta llegar a Camden Place. Una vez allí se dirigió hasta aquel número, aquella puerta, aquella casa; la casa de la que se había marchado seis meses antes.

Franqueó la pequeña cancela de hierro forjado esperando no encontrarse con el señor Ward, que con toda la probabilidad la habría recibido con una proposición lasciva o despachado con algún comentario desagradable antes incluso de que pudiera ver a lady Mayfield.

Ante la puerta principal dudó si llamar o no y tuvo que recordarse a sí misma que no había formado parte del servicio, sino que había sido la dama de compañía de lady Mayfield. Una dama, aunque fuera pobre.

Sin apenas inmutarse, Hopkins, el estoico mayordomo, la hizo pasar y, tras invitarla a dejar la maleta en el armario del vestíbulo, la acompañó a la salita para que aguardara mientras comprobaba si lady Mayfield se encontraba en casa y si aceptaba recibir visitas. Afortunadamente no había ni rastro del señor Ward. Aun así, Hannah se estrujó las manos enguantadas temiéndose que su antigua señora se negara a verla, sobre todo tras haberse marchado de forma tan repentina.

Trascurridos unos minutos, lady Mayfield irrumpió en la habitación.

—¡Hannah! ¡Santo cielo! No esperaba volver a verte.

Seguidamente Marianna le manifestó con entusiasmo lo encantada que estaba de verla. Después la examinó de pies a cabeza y le pareció ver un destello de elucubración en sus ojos marrones.

—Te veo muy bien, aunque algo fatigada. Y más flaca.

¡Oh, sí! Estaba considerablemente más delgada que la última vez que se habían visto.

Hannah apretó las manos entrelazadas con el corazón desbocado por encontrarse de nuevo ante un Mayfield. Fue entonces cuando le pidió con timidez su última asignación.

Marianna accedió y, sin perder ni un minuto, hizo llamar al señor Ward para que se la entregase.

Al oír su nombre, Hannah se estremeció. El señor Ward, junto con otros sirvientes, había llegado a Bath con los Mayfield desde su residencia inicial en Bristol. ¡Oh! ¡Cómo detestaba sus miradas lascivas y aquellas manos excesivamente largas!

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Mientras esperaban, escuchó en silencio y sin dar crédito cómo lady Mayfield le rogaba que la acompañara en el viaje que tenían previsto emprender, hasta el punto de ofrecerle el doble de su asignación anterior. Vaciló. Era una buena oferta. Pero no. ¿En qué estaba pensando? No podía marcharse. Ahora tenía un hijo, aunque no tuviera el valor de decírselo a Marianna.

Sin embargo, ¿podía permitirse rechazar una propuesta semejante? Además, la dama le había asegurado que podía dejarlo cuando quisiera, algo que habría hecho en cuanto hubiera ganado lo suficiente. Y, considerando la cantidad que le había ofrecido, no tardaría mucho. Siempre y cuando la señora Beech no volviera a subir el precio. Pero ¿y si Becky iba a buscarla de nuevo con alguna noticia preocupante y no sabía dónde encontrarla? ¿Y si le sucedía algo a Danny antes de que pudiera regresar? ¿Qué pasaría entonces?

El señor Ward apareció con su asignación —menos lo que había descontado por haberse marchado antes de tiempo y sin previo aviso—. Ella evitó su gélida mirada y extendió la palma abierta, sintiéndose como una mendiga. «Me lo gané honradamente», se recordó a sí misma, aunque no consiguió mitigar la incomodidad. Él dejó caer varias coronas y algunos chelines en su mano con cuidado de no tocarla. No había sido tan precavido en otras ocasiones.

Cuando se marchó, observó las monedas. Aquello ayudaría. Reduciría la cantidad que le debía a la codiciosa señora Beech. No era suficiente, pero le permitiría ganar algo de tiempo, asegurarse cierto grado de protección para su hijo hasta que reuniera lo que faltaba.

Le había dicho a lady Mayfield que le agradecía la oferta, pero que necesitaba tiempo para recapacitar.

—Bueno, pero no te lo pienses demasiado —había respondido—. Según sir John, nos vamos esta tarde, a las cuatro. A menos que consiga convencerlo de que deseche esa absurda idea. ¡Estúpido celoso!

Sir John tenía motivos para estar celoso, y Hannah lo sabía. Se mordió el labio y se quedó pensando. ¿De veras iba a arriesgarse a vincular su destino al de la impetuosa lady Mayfield, su astuto amante y su imponente marido? Se había prometido a sí misma que no volvería a hacerlo, pero ¿tenía elección?

—Si para las tres y media no he vuelto —dijo—, no me espere. Querrá decir que no la acompañaré.

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Desde allí se fue directamente a la calle Trim. ¡Qué atmósfera tan opresiva se respiraba en aquella siniestra callejuela! No era de extrañar que se rumoreara que en aquel vecindario el tifus campaba a sus anchas. Solo de pensarlo se le encogió el estómago.

Llegó a la casa de la señora Beech y llamó a la puerta. Cuando se abrió la mirilla la señora Beech gritó:

—¿Quién es?

Hannah introdujo las monedas por la rendija y oyó cómo caían al suelo.

—Pronto tendré más.

Los ojos de la señora Beech aparecieron en la rendija.

—Seguiste mi consejo, ¿verdad?

Hannah se mordió la lengua para no responderle con un exabrupto. No podía permitirse enojar todavía más a aquella mujer.

—He conseguido un nuevo empleo. Uno en el que pagan mejor.

—Ya, claro.

—¿Puedo ver a Danny antes de irme? Es posible que no pueda volver en un tiempo.

—Lo siento, ya te lo dije. O me pagas lo que me debes o te vas sin él. —Solo quiero verlo. Con mis propios ojos. Comprobar que está bien. La mujer vaciló. ¿Tendría un corazoncito después de todo?

—De acuerdo, pero solo un momento. ¡Becky! Baja al hijo de Rogers. Hannah esperó que se abriera la puerta, pero permaneció cerrada. A través de la mirilla atisbó una camisa y un delantal —de Becky, supuso— bajando las escaleras con un bulto envuelto en una manta. La imagen le

rompió el corazón. Debían ser sus brazos los que lo sostuvieran.

—Enséñaselo. Por aquí —le ordenó la mujer.

El enjuto cuerpo se volvió y se acomodó el bulto. Entonces lo vio. Allí estaba, aquella carita despierta, atenta. Su cutis era tan claro que se le transparentaban las venas de debajo de los párpados, lo que hacía que los ojos se vieran aún más azules. Tenía los labios fruncidos y los movía ligeramente, como si esperara la siguiente toma. Y luego estaban sus tiernas mejillas y los finos mechones de pelo. El corazón se le desbordó de emoción y los ojos empezaron a escocerle. En respuesta, los pezones se le endurecieron y sintió unos leves pinchazos, pese a que, por aquel entonces, ya no tenía leche.

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—Hola, Danny —le susurró en tono arrullador a través de la rendija, sin importarle lo estúpida que podía resultarle a los viandantes o a la cruel partera—. Hola, amor mío. Mamá te quiere mucho. Muchísimo. Nunca lo olvides. —La voz se le quebró—. Volveré a buscarte muy pronto. En cuanto pueda…

—Ya es suficiente, Becky —sentenció la señora Beech—. Llévate al niño.

La joven vaciló y después se dio media vuelta.

Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas a Hannah, pero permaneció inclinada hacia delante, con los ojos puestos en la mirilla, esperando vislumbrar a su hijo una vez más, grabar en su memoria una imagen para sobrellevar la situación, que alimentara su alma.

En lugar de eso, unos ojos centelleantes reaparecieron en la mirilla, bloqueándole la visión.

—No volverás a verlo hasta que no pagues todo lo que me debes.

Con el ruido metálico que había hecho la mirilla de la señora Beech al cerrarse resonándole en los oídos y sin parar de llorar, echó a andar hacia la plaza de la abadía para ver a Fred Bonner, que paraba allí dos veces por semana en su ruta de reparto desde Bristol.

Encontró un banco y se sentó a esperar hasta que, finalmente, vio aparecer el carro. Al llegar a la plaza, Fred se apeó de un salto y ató el caballo en el lugar de costumbre. Ella se levantó y se encaminó hacia donde estaba.

El rostro del joven se iluminó al verla.

—¡Hannah! —exclamó con una sonrisa infantil. Luego echó a correr hacia ella, pero la sonrisa se desvaneció cuando se aproximó y vio sus mejillas surcadas de lágrimas—. ¿Qué ha pasado, Han?

—Necesito hablar contigo —dijo armándose de valor. Le costaba pedirle ayuda, al igual que le sucedía con su padre. O casi.

—Parece serio. —Fred le echó un vistazo a su maleta y frunció el ceño.

—Lo es. Necesito ayuda.

—Sabes que haría cualquier cosa por ti, Han. Todo lo que esté en mi mano. Lo que sea.

Hannah lo sabía muy bien. Le había pedido que se casara con él en más de una ocasión. Si se ofrecía a ayudarla esta vez, aceptaría. Le contó

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que la señora Beech se negaba a devolverle a Danny y que la fiebre se estaba extendiendo por la casa.

El espigado joven la atendió, mirándola con sus ojos marrones de sabueso cargados de preocupación.

—Freddie, necesito dinero —reconoció—. Me avergüenza decirlo, pero es lo que hay. Si quieres ayudarme… ayudarnos… Eso es lo que me hace falta. Nunca te he pedido nada, pero ahora me veo obligada a hacerlo.

Él hizo una mueca.

—¡Oh, Hannah! Me gustaría mucho ayudaros, pero tenía unas pocas libras ahorradas y me las he gastado todas en el carro.

Con los ojos anegados de nuevo en lágrimas, Hannah se dio media vuelta y se alejó por la plaza, pero Fred fue tras ella.

—Ganaré más con la nueva ruta, verás. En cuanto le pague a mi padre el caballo, todas las ganancias serán solo mías y podré ayudarte en todo lo que necesites.

—¿Y cuándo será eso?

—En medio año. Más o menos. Y entonces podremos casarnos. Dime que te casarás conmigo, Han. Sabes que te quiero.

Y tanto que lo sabía. Fred Bonner llevaba enamorado de ella desde su más tierna infancia, cuando eran vecinos en Bristol. Pero el amor no bastaba.

—¡Oh, Freddie! Lo siento mucho, pero Danny y yo no podemos esperar tanto tiempo.

Muy a su pesar, se dio media vuelta y echó a andar hacia el norte, por la calle Lansdown.

—¿Y tu padre no podría ayudarte? —preguntó él mientras se alejaba.

—No. —Y tampoco pensaba pedírselo si podía evitarlo.

Al llegar al inicio de Camden Place, Fred la agarró del brazo y la obligó a detenerse.

—En ese caso, deja que hable con mi padre. Quizá pueda echarnos una mano.

—¿De veras? —dijo ella, volviéndose para mirarlo fijamente a los ojos

—. ¿Después de que se lo hayas contado todo?

Él apretó la mandíbula, pero no contestó. Luego, bajando la voz,

preguntó:

—¿Qué piensas hacer, Han?

Con delicadeza, ella apartó el brazo para que la soltara.

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—Lo que debo.

Luego, con actitud resolutiva, echó a andar por Camden Place dejando a Fred allí de pie, abatido y solo.

En el coche de alquiler Hannah se despertó sobresaltada. Se había quedado dormida y los recuerdos se le habían entremezclado con los sueños. La mano también se le había quedado dormida. Junto a ella, Edgar roncaba suavemente. Nancy, en cambio, estaba despierta, mirándola de una manera extraña. Hannah se irguió en el asiento y sonrió a la joven con gesto de preocupación. ¿Habría hablado en sueños? Esperaba no haber dicho nada que la delatara.

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Capítulo 6

Al llegar a las afueras de Bath a Hannah se le aceleró el pulso. Tuvo que recordarse a sí misma que solo había estado fuera una semana. Seguro que Danny seguía bien.

El postillón guio a los caballos hasta el patio de la Westgate, una antigua casa de postas cerca del centro de la ciudad. Una vez allí, los posaderos lo eximieron de sus obligaciones y condujeron a los animales de alquiler hasta los establos para que gozaran de un merecido descanso.

Ben ayudó a Hannah y a Nancy a apearse del carruaje. Ambas estaban deseosas de estirar las piernas después de tantas horas aprisionadas en el vehículo.

Edgar ordenó a Ben que esperara en la venta, vigilando el carruaje, durante su ausencia acompañando a las damas. Mientras terminaba de instruir al joven, Hannah miró a su alrededor intentado orientarse.

Entonces inspiró hondo y, señalando el otro lado de la calle, dijo alegremente:

—Las termas están ahí mismo. —Luego se volvió hacia Edgar y le puso varias monedas en la palma de la mano—. No puedes traer a Nancy a Bath y no enseñarle la sala de bombas y los baños romanos. Yo iré a recoger a Danny. Necesitaré algo de tiempo a solas para explicar cuál es la situación y el estado en que se encuentra sir John.

Edgar frunció el ceño.

—Pero mi padre dijo que tenía que acompañarla hasta su destino y ayudarle con sus cosas.

—Y has cumplido tu promesa; me has traído a mi destino y te estoy enormemente agradecida —aseguró—. Voy aquí mismo, a la vuelta de la esquina, y apenas llevo peso. Y ahora, marchaos y pasad un buen rato. Os veré aquí en… ¿dos horas?

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Edgar se quedó pensativo y a Hannah le pareció que estaba a punto de negarse, sin embargo, en aquel preciso momento, Nancy lo tomó del brazo y se lo llevó emocionada hacia el otro lado de la plaza, hacia la sala de bombas, sonriendo y parloteando con entusiasmo. Cuando estaban a medio camino, el joven volvió la cabeza para mirarla por encima del hombro, con una expresión preocupada y dubitativa que recordaba mucho a la de su padre. Hannah sonrió y, tras animarlo con un gesto de la mano, se quedó mirándolos hasta que desaparecieron por la puerta de arco del sofisticado establecimiento.

Hannah escudriñó subrepticiamente la plaza y la calle adyacente en busca de Freddie, aunque no creía que fuera uno de sus días habituales de reparto. Sintió un gran alivio al no ver ni rastro de él ni de su carro.

Satisfecha, dio media vuelta y echó a andar con paso enérgico. Su destino no estaba precisamente «a la vuelta de la esquina». Se encontraba a siete u ocho manzanas de allí. Cruzó la calle Westgate y recorrió a toda prisa Bridewell hasta llegar, jadeante, a la angosta callejuela Trim. Llamó a la puerta de la vieja casa con el corazón desbocado por la carrera y por el miedo a que Danny se hubiera puesto enfermo o hubiera sufrido alguna otra calamidad durante su ausencia.

Dentro, unas fuertes pisadas hicieron retumbar el suelo. La mirilla se abrió y aparecieron un par de ojos bajo unas pobladas cejas. Eran los ojos de un hombre.

—¿Sí? ¿Qué quiere?

Hannah parpadeó sorprendida.

—He venido a ver a la señora Beech.

Los ojos se pasearon por su rostro y su cuello y, de pronto, oyó correr el cerrojo. La puerta se abrió de par en par. Hannah dio un paso atrás y arrugó la nariz ante la apariencia y el olor del hombre barrigón y desaliñado que se recortaba en el umbral.

—No está —dijo sin dejar de escudriñar su rostro y su figura—. Pero apuesto a que puedo ayudarte.

—¿No está? —A Hannah se le cortó la respiración—. Pero… tiene a mi hijo. He venido a recogerlo.

—¿Cómo te llamas, bonita?

—Hannah Rogers.

—¡Ah! —Sus ojos se iluminaron—. La muchacha que le debe a Bertha una buena suma de dinero.

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—Lo he traído, señor. ¿Cuándo volverá la señora Beech?

—No va a volver. Pero puedes dármelo a mí.

Hannah desconfió de inmediato.

—Perdone, señor, pero mi deuda es con la señora Beech.

—Entonces tu deuda también es conmigo. Soy su hermano, Tom Simpkins. Puede que hayas oído hablar de mí.

Un escalofrío de repulsión la recorrió de arriba abajo. Aquel era el explotador que inducía a las jóvenes desesperadas a una vida de prostitución para su lucro personal.

—Mencionó que tenía un hermano, pero… —Ese soy yo. Ahora regento el local.

«No…». Aquel hombre no le daba buena espina, pero ¿tenía elección? Debía recuperar a Danny. A cualquier precio. Abrió el bolso y le entregó el dinero que adeudaba.

Él lo aceptó con avidez.

—¿No falta nada? ¿Seguro?

Era todo lo que estaba dispuesta a darle. No iba a sugerirle que revisara los libros de su hermana o mencionar que la había amenazado con incrementarle de nuevo la tarifa.

—Sí, seguro —respondió—. Y ahora tráigame a mi hijo o déjeme entrar para recogerlo yo misma.

Él se embolsó el dinero y se cruzó de brazos apoyándose en el umbral.

—Lo siento, pero no puedo hacer eso.

El pánico y la rabia se apoderaron de ella.

—¿Por qué no?

Por detrás de aquel sujeto lascivo, Hannah vio pasar a una mujer, vestida solo con una bata y un corsé, que tiraba de un hombre conduciéndolo escaleras arriba.

Simpkins se encogió de hombros.

—Porque no está. Aquí ya no hay mocosos, ni tampoco nodrizas. Ya te he dicho que ahora el local es mío. Bertha se metió en líos, ¿sabes? Ahora está pasando una temporadita entre rejas, en espera de juicio.

Hannah lo miró de hito en hito, estupefacta. Podía entender que hubieran descubierto sus sucios negocios como matrona, pero… ¿aquello?

—¿Y qué ha sido de los niños? —farfulló.

—¡Oh! Están repartidos por ahí.

El corazón estaba a punto de salírsele del pecho.

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—Pero ¿dónde? ¿Dónde se encuentra Daniel Rogers? ¿Está seguro de no tener un registro?

—Lo único que sé es que los separaron. A algunos los llevaron al asilo de pobres de Walcot, en London Road. A otros los mandaron a Bradford o a Bristol.

Hannah levantó la barbilla con gesto desafiante.

—No le creo.

Apartó de un empujón a aquel tipo mugriento, irrumpió en el vestíbulo y subió las escaleras enfurecida hacia la habitación de los bebés. Al llegar abrió la puerta de golpe y retrocedió espantada al descubrir a una pareja encamada. Ni rastro de cunas. Ni de recién nacidos.

Con los nervios a flor de piel corrió a la habitación contigua e hizo lo mismo. En el interior, una mujer desaliñada la miró boquiabierta desde un tocador. Su rostro arrugado estaba cubierto de colorete y de una gruesa capa de polvos en un intento de parecer más joven —o menos ajada—.

—¿Dónde están los niños? —le preguntó Hannah—. Los bebés.

La mujer sacudió la cabeza.

—Aquí no hay bebés, cariño. Este es el local de Tom. ¿No te lo ha dicho? —En ese momento examinó a Hannah con los ojos inyectados en sangre—. Espero que no estés buscando trabajo. No es que seas una belleza, pero si consigue a alguien como tú, más joven y fresca, no tendrá reparos en deshacerse de mí en un abrir y cerrar de ojos.

—Solo estoy buscando a mi hijo.

—Pues llegas tarde. Los pocos que quedaban se han ido esta mañana. «¿Tarde? ¡Dios mío, no…!». ¿Por qué se había demorado? ¿Por qué

había seguido el consejo del doctor Parrish de esperar un tiempo? ¿Qué era su brazo comparado con su hijo… sangre de su sangre, su vida entera?

Aterrorizada y sin parar de temblar, bajó las escaleras corriendo y pasó de largo, haciendo caso omiso a aquel tipo repugnante que, con una sonrisa intimidatoria, le ofrecía que se quedara y disfrutara de una vida de lujos bajo su protección. Tenía que salir de aquella casa antes de ponerse a vomitar. Antes de perder el último rastro de autocontrol y derrumbarse entre inútiles sollozos en aquel suelo mugriento.

De un salto bajó el peldaño de la entrada y dobló a toda prisa la esquina de la casa hacia un estrecho callejón entre dos edificios. Inspiró hondo varias veces para llenar sus pulmones de aire fresco con el fin de aplacar las náuseas, pero no le sirvió de nada. Un miedo intenso le oprimía

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el estómago y la bilis le subía por la garganta. Entonces se inclinó hacia delante y vomitó.

Durante unos instantes se quedó allí, encorvada, empapada en sudor, con la cabeza dándole vueltas. «¿Y ahora qué?». Podía ir caminando hasta el asilo de pobres de London Road, pero no creía que aceptaran internos de tan corta edad. Le parecía recordar que el de Bristol tenía casa cuna. ¿Tendría que aceptar que Fred la llevara de vuelta a casa, confesarle todo a su padre y rogarle que la ayudara? Lo haría si fuera necesario para salvar a su hijo. Pero dudaba que su padre la asistiera. Antes se habría muerto de vergüenza.

«¡Oh, Danny! ¿Dónde te encuentras? ¿En manos de quién estás?». ¡Qué aturdido debía de sentirse! ¡Qué abandonado! «¡Oh, Dios mío!

¿Es este mi castigo? Perdóname. Sé que me lo merezco, pero Danny no. Él es inocente; por favor, protégelo. Ayúdame a encontrarlo». De repente sintió una fuerte opresión en el pecho, como si se le encogieran los pulmones, hasta que apenas pudo respirar. Su cuerpo empezó dar sacudidas.

Y entonces oyó algo… un sollozo. Por un momento pensó que su propio dolor se había desbordado y gemía ella misma sin ser consciente. Pero no, provenía de un lugar situado a cierta distancia, en algún punto del callejón. ¿Sería otra madre que se había enterado de la desaparición de su hijo? ¿Cuántas mujeres estarían llorando en aquel momento?

Miró hacia el estrecho pasadizo en penumbra y vio una figura arrebujada sobre el poyo de una puerta trasera. Tenía la cabeza gacha y se abrazaba las piernas.

De repente, un destello traspasó el dolor de Hannah. Con suma cautela, dijo:

—¿Becky?

La trémula figura alzó la vista, revelando el pálido rostro ensombrecido por el portal. Al ver a Hannah, la nodriza abrió mucho los ojos y los temblores cesaron.

Hannah echó a andar hacia ella con un resquicio de esperanza brotando en su maltrecho corazón. Tal vez sabía dónde encontrar Danny.

—Becky, vengo de casa de la señora Beech. ¿Dónde está Danny? ¿Tú lo sabes?

La muchacha entreabrió la boca, pero no dijo nada. Hannah se acercó un poco más y vio que no solo se abrazaba a sí misma, sino que también

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sujetaba un bulto envuelto en una manta.

La esperanza se transformó en rabia. ¿Había recurrido a acarrear una muñeca arropada para soportar la pérdida que en ocasiones la trastornaba y le hacía perder el contacto con la realidad?

—¿Becky…? —insistió.

La muchacha se puso en pie.

—Señorita Hannah, yo… creí que… que no la vería nunca más — balbució—. La señora Beech me dijo que no iba a volver.

—Dije que regresaría y aquí estoy. —Le mostró el brazo vendado—. Resulté herida en un accidente con un carruaje; de no ser por eso, había venido antes.

Pero Becky no parecía interesada en su brazo.

—Es mi favorito, ¿sabe? —dijo con la mirada puesta en algún punto lejano—. La señora Beech dijo que yo no servía pa cuidar una criatura y que por eso Dios se llevó a mi niña. Que estaría mejor en el asilo de pobres.

A Hannah volvió a encogérsele el estómago vacío.

—¿Llevó Danny a un asilo de pobres? ¿A cuál?

—Eso quería. Pero yo me lo llevé primero. Les dije que trabajaría pal señor Simpkins y me dejaron volver a entrar.

El hatillo que sujetaba a la altura del pecho emitió un gemido y a Hannah se le aceleró el pulso.

«¿Danny?» ¿Cómo debía actuar? ¿Cómo podía echarle un vistazo al bebé que sostenía entre sus brazos sin hacerle daño a ninguno de los dos?

Esbozó una sonrisa forzada.

—Becky, ¿has rescatado a Danny para mí? ¿Es eso lo que has hecho? La muchacha la miró fijamente.

—¡Oh, Becky! —exclamó entusiasmada—. La señora Beech no tenía razón. ¡Mira, si no, lo bien que se te dan los niños! ¡Has salvado a Danny!

Alargó las manos para abrazarla sin pensar en su brazo lesionado. La joven se puso rígida, pero Hannah rodeó igualmente su diminuta figura, dejando a Danny entre ambas. O al menos esperaba de corazón que así fuera. Todavía tenía que verlo bien.

—¡Queridísima Becky! ¿Cómo podré agradecerte lo que has hecho? Cuando he vuelto a la casa de la señora Beech y he visto que los niños no estaban, he creído que el corazón se me rompía en mil pedazos. Pero

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¿quién mejor que tú, pobrecita mía, sabe lo que se siente? Tú perdiste tu niña.

—Mi niña… —repitió la nodriza.

—Sí, que Dios la tenga en su gloria. Y ahora has salvado a mi hijo. Mi Danny. ¡Te estoy tan agradecida!

Becky bajó la mirada y observó al bebé que en aquel momento se removía en sus brazos.

El corazón de Hannah dio un brinco al atisbar por fin el rostro que tanto amaba.

—¡Hola, Danny! ¡Qué contenta estoy de verte de nuevo! Becky te ha cuidado estupendamente. Déjame ver lo grande que estás.

Apoyó con cautela las manos a ambos lados del cuerpecito que la joven apretaba contra su pecho.

Durante unos instantes los delgados brazos de la muchacha permanecieron rígidos.

—Debe de pesar mucho, Becky. ¿Quieres que lo coja yo un poco? Una vez más se obligó a sí misma a sonreír e introdujo los dedos entre

el niño y la escuálida nodriza.

Finalmente cedió y Danny acabó en sus brazos. Sin cuidado para evitar el dolor, Hannah apoyó al niño como pudo en el recodo de su brazo entablillado y lo volvió hacia sí, impaciente por disfrutar de su rostro. Su carita, contraída por un gesto de incomodidad, su cabeza prácticamente calva y sus mejillas manchadas le parecieron el culmen de la belleza. Tuvo que esforzarse al máximo para no caer desplomada en el suelo de puro alivio. «Gracias, Dios mío. Gracias. Gracias».

Entonces miró a Becky y su euforia se desinfló. La muchacha, que en realidad era poco más que una niña, se abrazaba a sí misma. Tenía la mirada perdida y el rostro imperturbable.

Un sentimiento de compasión se apoderó de ella. —Becky, ¿qué vas a hacer ahora? ¿A dónde irás? La joven se encogió de hombros. —No lo sé.

Vio un pequeño bolso de tela a los pies de la muchacha.

Probablemente contenía sus únicas posesiones.

—¿Intentarás encontrar un nuevo empleo? —le preguntó.

Ella volvió a encogerse de hombros.

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—La señora Beech no me dio referencias. A lo mejor aún puedo trabajar pal señor Simpkins.

—Becky, no… —replicó. Luego se quedó pensando unos instantes mordiéndose el labio—. ¿Todavía puedes amamantar?

—Pos claro. Le estao dando la teta a Danny, ¿no? Me lo ponía primero a él, pa que no pasara hambre.

Sujetando a su hijo con la mano sana, Hannah alargó la otra desde el cabestrillo y, con torpeza, le dio a Becky unas palmaditas en el brazo.

—Y yo te estoy muy agradecida por ello.

¿Qué debía hacer? Por una parte quería distanciarse de aquella pobre desdichada lo antes posible. Marcharse de allí y emprender una nueva vida, solo ella y su hijo. Pero lo cierto era que ya no tenía leche y apenas disponía de dinero para alimentar a Danny. Y menos aún a sí misma.

Ni siquiera sabía adónde ir o cómo se ganaría la vida. ¿Cómo iba a mantener a una tercera persona?

Becky levantó la vista y la miró con sus pequeños ojos oscuros, ensombrecidos por la inminente decepción.

—¿Y usté, señorita Hannah? ¿Ande irá?

—Tampoco lo sé.

Becky esperó unos segundos más con las cejas levantadas. Al comprobar que Hannah no decía nada más, se desinfló y sus hombros se desplomaron.

¿Qué debía hacer? ¿Buscar a Fred, pedirle que la llevara de vuelta a Bristol y presentarse en casa de su padre con la esperanza de no la echara con cajas destempladas? ¿O ir a uno de los asilos de pobres o de las casas de caridad donde habían llevado a los otros niños? Solo de pensar en cualquiera de aquellas posibilidades, se estremeció.

Inspiró hondo.

—Puedes venir conmigo si quieres, Becky. No puedo garantizarte que comamos, ni dónde dormiremos, pero si estás segura de que no encontrarás otro trabajo aquí…

—¡Oh, gracias, señorita Hannah! ¡Gracias!

El rostro de la joven se iluminó como si le hubiera ofrecido algo que realmente mereciera la pena. Luego se inclinó y agarró su raído bolso de tela. Hannah esperó que dentro hubiera al menos uno o dos pañales de repuesto.

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Apenas habían salido del callejón cuando la señorita Rogers soltó un grito ahogado y se detuvo en seco. Frente a ella se encontraba Edgar Parrish, con Nancy caminando tras él a poca distancia.

Petrificada, se preguntó qué hacer. ¿Darse media vuelta y echar a correr…? ¿Con el niño en brazos? ¿Confesarlo todo?

—Milady, por fin la encuentro —exclamó el joven, aliviado.

Ella permaneció inmóvil, contiendo la respiración. No sabía cómo reaccionar.

—Edgar, ¿qué estáis haciendo aquí? ¿Por qué no seguís en la sala de bombas?

—Cuando se ha marchado, yo… me he dado cuenta de que no debería haberla dejado sola. Mi padre no lo aprobaría. Tenía miedo de no encontrarla. Si no llego a echar un vistazo a este callejón…

Se obligó a sí misma a adoptar un tono desenfadado.

—Bueno, no tenías por qué hacerlo…

La mirada de él recayó sobre el niño que sostenía en brazos.

—¿Es su hijo?

—Sí, este es Daniel.

El semblante del muchacho se suavizó.

—Un niño muy guapo.

—Gracias.

Luego miró con interés a su acompañante y de nuevo a Hannah.

Ella apretó sus labios secos y añadió:

—Esta es Becky Brown. La nodriza de mi hijo.

Él asintió con la cabeza.

—Ah.

—Becky, te presento a Edgar Parrish y a su… amiga, Nancy Smith.

Las dos muchachas se saludaron con sendas reverencias.

Edgar volvió la cabeza y, con el ceño fruncido, miró por encima de su hombro la ruinosa casa con la pintura de las paredes desconchada.

—No viviría usted aquí, ¿verdad?

—No. —Esperando justificar así su presencia en aquel lóbrego vecindario, se inventó—: Becky estaba visitando a un pariente pobre cerca de aquí. Por eso he tardado un poco en dar con ella.

—Entiendo. ¿Y su nodriza vendrá en la diligencia con nosotros? Yo puedo volver en el asiento trasero con Ben si es necesario. No tengo inconveniente.

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Hannah miró a Becky.

—Emmm… No estoy segura. Precisamente ahora lo estábamos discutiendo.

—¡Pero yo me voy con usted! —exclamó Becky, presa del pánico—. ¡Me ha dicho que podía!

«Pero eso ha sido antes de que supiera que me habían pillado y que tal vez me vería obligada a regresar al condado de Devon», pensó Hannah. A pesar de ello respondió:

—Lo sé, pero has de tener en cuenta que Lynton está muy lejos. ¿Estás segura de que quieres abandonar Bath y a todos tus conocidos?

—No tengo amigos aquí. Ya no.

No había escapatoria posible. Se encontraba entre la espada y la pared. —¿Nos disculpa un momento, señor Parrish? Desearía hablar con

Becky en privado, antes de que tome una decisión tan importante.

Edgar torció el gesto.

—¿No sabía adónde se habían mudado sir John y usted?

—Eeeh… solo quiero asegurarme de que realmente quiere venir con nosotros.

—La esperaremos aquí mismo. —Edgar extendió los brazos—. Deje que sostenga yo a Danny. A padre no le gustaría que forzara ese brazo.

—¡Oh! —vaciló ella—. Gracias, pero no me importa. Lo he echado de menos. —¿Habría detectado en su mirada la intención de salir huyendo?

—Solo mientras ustedes dos hablan —propuso el joven—. Así ira cogiendo confianza conmigo —dijo con una afable sonrisa—. No podré hacerlo durante el viaje de vuelta, porque iré sentado fuera.

¿Cómo podía negarse? A regañadientes y mordiéndose el labio inferior, le entregó a su hijo. Nancy rápidamente se acercó y empezó a sonreírle y a hacerle carantoñas.

Hannah tomó a la nodriza del brazo y se la llevó unos metros más allá, deteniéndose junto a un barril abandonado.

—Becky —le dijo en voz baja—, si vas a venir conmigo, con nosotros, hay algo que debes saber. ¿Recuerdas el accidente con el carruaje del que te he hablado?

La joven asintió con expresión extrañada. —¿Fue así como se hizo daño en el brazo?

—Sí. Viajaba con mi antiguo patrón y su esposa. Ella murió en el accidente. El doctor que nos encontró creyó que yo era la esposa del señor.

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Permanecí inconsciente por algún un tiempo y durante varios días ni siquiera estaba segura de quién era. Al final me di cuenta de que me habían tomado por la dueña de la casa…

—¿Por eso la llaman «milady»?

—Sí.

—Ya me extrañaba a mí…

—No les he sacado de su error. Era la única manera que se me ocurría de volver a por Danny. En cualquier caso, lo que importa es que creen que soy lady Mayfield. Si vienes con nosotros, no podrás delatarme. Ni utilizar mi verdadero nombre. Nunca.

La joven frunció el ceño.

—Pero no podrá engañarlos para siempre.

—Lo sé, y no lo pretendo. Solo quiero cuidar de Danny. —Mientras hablaba, empezó a tomar conciencia de la realidad de su situación—. Pero aquí, siendo yo misma, no tengo trabajo, no dispongo de un lugar donde dormir ni nada que llevarme a la boca. En Lynton soy lady Mayfield, tengo una casa, la posibilidad de pagarte un salario y toda la comida que Danny, tú y yo podamos necesitar. Será solo hasta que se me cure el brazo y pueda encontrar trabajo y un alojamiento para los tres. Sé que lo que estoy haciendo no está bien, que es una estafa, y entenderé que no quieras tener nada que ver. Si prefieres quedarte aquí, hazlo. No te culparé. Pero, por favor, no se lo cuentes a nadie. ¿Me lo prometes?

Becky la miró confundida.

—Pero ¿y el marido? Tiene que saber que no es usté su esposa.

Hannah sacudió la cabeza.

—No se ha despertado. Al principio el doctor ni siquiera sabía si sobreviviría, pero ahora tiene esperanzas.

—Pero, cuando se despierte…

Hizo un gesto de asentimiento.

—Entonces Danny, tú y yo tendremos que marcharnos de inmediato.

No creo que tengas problemas por participar en esto, pero yo sí.

Becky se quedó pensativa.

—Puede que encontremos trabajo por allí. Nadie nos conoce.

—Esa es mi esperanza, pero primero tendrás que regresar con nosotros haciéndote pasar por la nodriza de Danny. Si es que sigues queriendo venir.

—No tengo otro sitio ande ir.

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Hannah lanzó una mirada a su hijo, que seguía en brazos de Edgar.

—Y, al parecer, yo tampoco.

Regresó hacia donde esperaba Edgar y esbozó una sonrisa forzada. —Al final Becky viene con nosotros. Espero que no suponga un

problema.

—En absoluto. ¿Necesita que vayamos a recoger los enseres de su hijo?

—No, no hace falta —dijo con despreocupación—. Tenemos suficiente para el viaje y ya compraré todo lo necesario cuando lleguemos.

Durante unos instantes Nancy y Edgar se quedaron mirándola con gesto de extrañeza.

—Será como empezar de cero en su nueva casa —sentenció alegremente. Se giró y echó a andar en dirección a la casa de postas antes de que ninguno de los dos tuviera oportunidad de seguir preguntando, aunque oyó que Nancy le susurraba algo a Edgar mientras caminaban. Probablemente estaría relacionado con la actitud derrochadora de la gente con posibles. Mejor eso, pensó Hannah, a que sospecharan la verdad.

Cuando llegaron a la Westgate estaban terminando de enganchar unos caballos nuevos y lozanos al coche de alquiler. Cuando estuvo listo, Ben ayudó a Hannah, Becky y Nancy a subir.

Una vez dentro, Edgar le entregó a Danny.

—Aquí tiene —dijo con una sonrisa—. Llevemos a este muchachito a su hogar.

Hogar… La palabra resonó en la mente de Hannah. Lynton no era su hogar. Ni tampoco Bath. Tiempo atrás, la casa de su padre en Bristol sí que lo había sido, pero ya no. ¿Tendrían algún día Danny y ella un lugar al que llamar «hogar»?

Recostó a su hijo sobre una pequeña manta de viaje en el regazo. Cuando el sol empezó a ponerse, se detuvieron a pasar la noche en una posada. Antes de unirse al resto para cenar, se excusó con ellos y se acercó a una tienda cercana para comprar algunas cosas para Danny: un pijama limpio, un gorrito y tela para los pañales. Volvió a considerar la idea de abandonar al joven señor Parrish y a su amada, pero la posada estaba en las afueras de una pequeña aldea que no parecía ofrecer muchas oportunidades desde el punto de vista laboral. Además, su brazo todavía no se había curado lo suficiente como para poder trabajar. Y debía tener en cuenta a Becky. Finalmente tuvo que resignarse a la poco apetecible idea

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de volver al Lynton, a la casa de sir John Mayfield, y ver qué le deparaba el destino.

¿Qué sucedería si sir John se había despertado? Se estremeció al pensar en el doctor Parrish informando al caballero de que su esposa había regresado a Bath para recoger a su hijo.

«¿Recoger a nuestro hijo?», habría dicho él, estupefacto. «¡Pero si aún no ha nacido!».

Después de eso vendrían las preguntas, las explicaciones, y el asombroso descubrimiento de que la dama de compañía de su esposa había tenido la osadía de asumir su identidad. Y que su verdadera esposa había muerto. ¡Qué terrible desengaño sufriría el amable doctor Parrish! ¡Y qué furioso se pondría sir John! ¿Estaba regresando a su «hogar» para acabar siendo expulsada o, peor aún, arrestada por impostora? ¿Qué sería de Danny entonces?

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Capítulo 7

Ala mañana siguiente emprendieron de nuevo el viaje y pasaron por la aldea en la que habían visto aquellas dos mujeres en los cepos. En esa ocasión los cepos estaban vacíos, pero, aun así, un

escalofrío recorrió a Hannah de arriba abajo.

A medida que cruzaban Countisbury y se aproximaban a Clifton le empezaron a sudar las manos y su respiración se aceleró, volviéndose cada vez más superficial. En aquella zona, el camino parecía abrazar con más fuerza los acantilados y daba la sensación de que el carruaje se escoraba demasiado hacia el borde. Se estremeció al sentir cómo algunos recuerdos atravesaban su mente en ráfagas. El carruaje rodando por el precipicio, gritos, una capa roja agitándose en el aire, las ventanas dando vueltas, retazos del canal al otro lado de los cristales…

Hannah se puso nerviosa y buscó un asidero.

—¿Es aquí donde se produjo el accidente? —preguntó con la voz algo tomada.

Nancy miró por la ventanilla estudiando el terreno.

—Sí, señora. Muy cerca de aquí.

Se estremeció de nuevo y agarró a Danny con más fuerza.

Cuando la diligencia arribó por fin a Clifton, el corazón le latía con tal fuerza que tuvo miedo de que Nancy lo oyera. El postillón tiró de las riendas y detuvo el coche delante de la casa. Ben les abrió la puerta y desplegó el escalón. Edgar le tendió la mano a Nancy para ayudarla a bajar. Hannah se apeó con las piernas temblorosas y se volvió para tomar a Danny de los brazos de Becky.

Sujetando a su hijo firmemente contra su pecho, miró hacia Clifton conteniendo la respiración y con el pulso acelerado, dispuesta a salir corriendo en caso de que fuera necesario. Becky bajó y se situó junto a ella, procurando no alejarse demasiado. Notaba la mirada inquieta de la

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joven observando una y otra vez su perfil, pero estaba demasiado nerviosa para brindarle algún gesto de aliento.

El doctor Parrish y su esposa aparecieron por la puerta seguidos del ama de llaves, la señora Turrill. No lograba descifrar la expresión de su rostro. ¿Era acusadora o de bienvenida?

Nancy los saludó con la mano y Edgar levantó el pulgar.

—Aquí estáis —dijo el doctor Parrish—, debisteis de salir pronto. No os esperábamos todavía.

Con un nudo en la garganta, Hannah preguntó:

—¿Cómo está sir John?

El doctor la miró con expresión grave. O tal vez no. En realidad, parecía más bien enfadado.

—Más o menos igual. Esperaba que a estas alturas ya presentara alguna mejoría. Me habría gustado poder recibirla con buenas noticias, pero…

—¿No se ha despertado?

—Me temo que no.

Hannah se sintió aliviada. ¿Había sonreído? No había sido su intención, pero tuvo la impresión de que el señor Parrish la miraba con recelo. Entonces se apresuró a añadir:

—Pero sigue con vida, y eso ya es, de por sí, una buena noticia. No se imagina lo mucho que me preocupaba lo que podía encontrarme.

Aquello era totalmente cierto.

—Sí, y debemos dar gracias a Dios —convino la señora Turrill, con una sonrisa—. Mientras hay vida, hay esperanza. —Luego se aproximó y alargó los brazos—. Aquí lo tenemos. El pequeñín. Déjemelo, milady. No veía la hora de conocerlo.

Muy a su pesar, Hannah le entregó a Danny.

El rostro del ama de llaves se iluminó.

—¡Hola, cielo! ¿Eres tú el apuesto caballero? Mírenlo, es igualito a su mamá. ¡Oh! Y también tiene algo de su padre. La nariz y un poco de la boca.

Al oír aquello, Hannah sintió una ola de calor subiéndole por el cuello y tuvo que recordarse a sí misma que era normal que la mujer asumiera con naturalidad que era hijo de sir John.

La señora Turril se dio media vuelta y se dirigió hacia la casa con el niño en brazos. De repente, al pensarlo, a Hannah le fallaron las piernas y

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la cabeza le dio vueltas.

El señor Parrish la agarró al instante.

—Tranquila, milady. No se precipite.

—Tenga cuidado, señor Parrish —advirtió su esposa—. Parece que esté a punto de desmayarse.

—Lo siento —murmuró Hannah, avergonzada.

—No me sorprende. Después de un viaje tan largo y con unas lesiones tan recientes… Venga dentro, milady. Le ayudaremos a ponerse cómoda. Lo que ahora necesita es una buena comida y una buena noche de descanso en su propia cama.

Al ver todo aquel revuelo, Hannah se dio cuenta de que tenía que sacar fuerzas de flaqueza. Debía afrontar la situación que ella misma había creado.

Los Parrish la invitaron a cenar en la Casona, su pintoresca vivienda con techo de paja situada en el terreno adyacente a Clifton. Ella alegó que estaba cansada y declinó educadamente la oferta. Luego manifestó su agradecimiento a Edgar y a Nancy por haberla acompañado a recuperar a su hijo y, finalmente, sin parar de repetir fórmulas de bienvenida e insistiendo en que ahora debía descansar, la señora Parrish, Edgar y Nancy se marcharon.

El doctor Parrish, que se había quedado para echarle un último vistazo a sir John, abrió la puerta principal y, tras cederle el paso a las mujeres, las siguió dentro. Con Danny todavía en brazos, la señora Turrill observó la figura escuálida de Becky y le ordenó que bajara a la cocina a tomar un poco de té y unas tostadas.

El médico invitó a Hannah a acompañarlo al piso de arriba a visitar al paciente. Consciente de que habría resultado antinatural no querer ver a su «esposo», tomó el brazo del hombre y dejó que la ayudara subir las escaleras y la acompañara hasta el dormitorio de sir John. Una vez allí, conoció a la nueva enfermera, la señorita Weaver, que había llegado durante su ausencia. La señorita Rogers la saludó con una sonrisa lánguida y la mujer se disculpó y abandonó la estancia para que tuvieran un poco de privacidad.

El doctor Parrish se aproximó a la cama, pero Hannah se mantuvo a cierta distancia, observando cómo llevaba a cabo su rutina habitual, revisándole los ojos, el pulso y la respiración.

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Cuando hubo terminado, ella se acercó un poco más y miró al hombre accidentado. Sus patillas habían crecido un poco más y le pareció que, en cierto modo, la inflamación había remitido. Pese a ser consciente de que estaba mal sentirse aliviada porque todavía no hubiera recobrado la conciencia, se alegraba de que siguiera con vida. «Todo está bien. He recuperado a mi hijo», se animó para sus adentros. «Ahora ya puede despertarse».

El doctor Parrish se volvió hacia ella.

—Si no le importa, me gustaría echarle un vistazo a ese brazo. Quiero asegurarme de que no se haya movido nada durante el viaje.

—De acuerdo.

Se sentó en la silla que le indicó y él revisó el estado de los vendajes, comprobó la circulación de la mano y palpó la parte del brazo por encima del cabestrillo.

—¿Todavía duele?

Ella se mordió el labio para no soltar un quejido.

—Un poco.

Después le agarró la barbilla y le miró los ojos.

—¿Dolor de cabeza?

—A veces.

—Le daré algo para remediarlo. Tómeselo la próxima vez que coma algo e intente descansar esta noche.

—Lo haré. Gracias.

Él sonrió, le dio unas palmaditas en el brazo sano y se marchó a casa con su familia.

Hannah bajó a buscar a Danny. Lo encontró en la cocina, donde la señora Turrill y la criada llenaban una tina con agua caliente. Juntas bañaron a su hijo y lo vistieron con la ropita limpia recién comprada. Si la criada había notado que el pequeño no olía todo lo bien que debería, había sido lo bastante educada como para no hacer ningún comentario.

—Habrá que comprar algunas cosas y emplearnos a fondo con la costura —dijo el ama de llaves—. Tenemos que prepararle un buen ajuar a este caballerete. Me he tomado la libertad de traer mi vieja cuna. La tenía guardada en la casa que comparto con mi hermana. Sin duda preferirá algo más refinado, pero de momento…

—Estoy segura de que irá de maravilla, señora Turrill. Muchísimas gracias.

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Se alegraba de que el ama de llaves no la asediara con preguntas de por qué no había traído más enseres y cómo no le había pedido que preparara un cuarto para el niño antes de su llegada. Al parecer la amable señora había dado por hecho que la decisión de sir John de no hacerse acompañar de sirvientes explicaba también por qué no habían llevado consigo ninguna pieza de mobiliario y la escasez de ropa para el niño. ¡Qué extraños e insensatos debían de parecerle!

Mientras la ayudante de cocina iba a tirar el agua, las demás mujeres subieron a la pequeña estancia que la señora Turrill había empezado a amueblar para que sirviera de cuarto infantil. Había instalado la cuna, una mesa auxiliar, una cómoda y una mecedora. También le había pedido a Ben que la ayudara a subir una cama individual para Becky. Unas cortinas de gasa y una alfombra trenzada de alegres colores le aportaban un toque luminoso a la habitación.

—Es preciosa, señora Turrill. Gracias.

—Becky, ¿por qué no pones tus cosas también en la cómoda? O, si lo prefieres, podemos traer una solo para ti de otra habitación.

La nodriza sacudió la cabeza y dijo tímidamente:

—Así está bien. No quiero molestar.

—No es ninguna molestia. Ahora esta habitación es tuya y de Danny. Aunque, si prefieres tener tu propio dormitorio, hay un cuarto libre justo en la puerta de al lado.

—¿Un cuarto entero solo para mí? ¡Oh, no! No sabría qué hacer.

Hannah volvió a descubrir al ama de llaves observando a Becky. Luego la miró a ella, con las cejas muy levantadas, como si tuviera muchas cosas que preguntarle.

La señorita Rogers no se dio por aludida.

Una vez que hubo guardado las pocas posesiones de Danny, la señora Turril le pidió a Becky que bajara a llenar el aguamanil. Cuando la joven abandonó corriendo la estancia para cumplir con su cometido, la mujer se volvió hacia Hannah y dijo:

—Milady, tengo curiosidad. Una muchacha como Becky… Sin duda, es un encanto, pero… ¿no es un poco… simple? Parece perdida. ¿Cómo se le ocurrió contratarla como niñera?

A Hannah se le aceleró el pulso. A pesar de estar viviendo una mentira, detestaba cada vez que tenía que contar un embuste. ¿Qué podía decir que no fuera una falsedad sin mencionar la casa cuna? Al recordar la

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mirada de angustia de Becky cuando la encontró en el callejón, tragó saliva y respondió:

—Becky nos necesitaba… necesitaba a Danny… tanto o más de lo que nosotros la necesitamos a ella.

La señora Turrill consideró su respuesta con expresión sombría.

—Su bebé murió, ¿verdad?

Hannah asintió con la cabeza.

—Una niña.

El ama de llaves hizo un gesto de comprensión.

—Se diría que ella también es prácticamente una niña. Me sorprende que su familia fuera capaz de separarse de ella.

—No tiene familia. Al menos que yo sepa. Creo que está sola en el mundo.

Al ama de llaves se le empañaron los ojos.

—En ese caso, de ahora en adelante, ya no lo estará.

Unas horas más tarde, Hannah dio cuenta de una cena frugal en el comedor. Lo hizo sola, pues, pese a que había sugerido comer en la pequeña salita de los sirvientes con los demás, la señora Turril no había querido ni oír hablar de ello.

Después se dirigió al piso superior e hizo compañía a Becky mientras amamantaba a Danny. Cuando la joven empezó a recolocarse el vestido, Hannah se levantó y, con sumo cuidado, tomó al pequeño.

—Y ahora, directa a la cama. Ya me encargo yo de mecer a Danny hasta que se duerma.

—Pero la niñera soy yo. Me corresponde a mí hacer eso. La señora Turril dice que tengo que aprender las tareas de una auténtica nodriza.

—Y lo harás. Pero esta noche vas a caer redonda del agotamiento.

Anda, acuéstate y descansa.

La joven obedeció. Mientras Hannah recostaba alegremente a Danny sobre su brazo sano y se sentaba en la mecedora, Becky se desvistió hasta quedarse en enaguas y se metió en la cama. Hannah tomó nota mentalmente de que tenía que comprarle un camisón en cuanto pudiera.

Tras subirse las mantas hasta la barbilla, la niñera dijo con tono melancólico:

—La señora Turrill es muy amable, ¿verdad?

—Sí, mucho.

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—Es raro oír cómo la llama «milady» o «lady Mayfield».

Hannah lanzó una mirada a la puerta y luego susurró:

—Becky, no debes hablar de eso. Acuérdate. Ese es mi nombre aquí.

Tú también tienes que llamarme «milady» o «señora».

Becky suspiró.

—Lo intentaré, señorita Hannah. —Cerró los ojos y no dijo nada más. «Que Dios nos asista», pensó Hannah. Su secreto estaba en manos de

aquella pobre muchacha.

La noche transcurrió sin incidentes y Hannah comenzó a respirar algo más tranquila. Disfrutó del desayuno en el soleado comedor, paseó por el jardín y regresó para saber cómo estaba Danny. Pasado un rato, la señora Turrill subió a la habitación infantil y la encontró meciendo al niño y hablando en voz baja con Becky.

—Ha venido un caballero, milady —comenzó sin su sonrisa habitual —. Pide, o mejor dicho, exige ver a la señora de la casa.

Hannah dio un respingo.

—¿Quién es?

—Se niega a dar su nombre. ¿Quiere que lo despache?

¿Quién rehusaría identificarse y por qué motivo?, se preguntó Hannah. Notó la mirada de espanto de Becky, pero fingió no verla, obligándose a sí misma a adoptar un tono de voz lo más calmado posible.

—¿Le ha contado lo del accidente? ¿Le ha dicho que el señor está… incapacitado?

—No, señora. No le he dicho nada, porque no ha preguntado por sir John; solo por usted.

—¡Qué extraño! —Se agolpaban los pensamientos en la mente—. ¿Qué aspecto tiene?

—Tiene el cabello oscuro y rizado y es atractivo, a su manera. Viste como un caballero —la señora Turrill resopló—, aunque sus modales contradicen esa impresión.

A Hannah se le contrajo el estómago. ¿Sería posible? La descripción, a pesar de no ser muy específica, podía corresponderse perfectamente con el amante de lady Mayfield, el señor Anthony Fontaine. De ser así, ¿cómo había descubierto que se había marchado? Y tan pronto. No podía negarse

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a recibirlo, porque Marianna nunca habría hecho algo semejante. Y era poco probable que se marchara después de una única negativa. Probablemente daría por sentado que sir John estaba poniendo trabas a que su esposa lo recibiera y se mantendría en sus trece.

¿Merecía el señor Fontaine saber que su amante había fallecido? Hannah no le debía nada, pero tampoco quería tenerlo rondando por allí, dando guerra y causándoles problemas a todos.

Se levantó y dejó a Danny en brazos de Becky.

—Lo recibiré, señora Turrill.

La mujer observó su semblante.

—¿Quiere que vaya con usted?

—No, gracias. Si es quien creo que es, será mejor que le hable en privado. Debo encontrar la manera de decirle lo del accidente con delicadeza. Lo del… ahogamiento.

El ama de llaves pareció menos preocupada. —Un amigo de aquella pobre muchacha, ¿no? —Si es quien yo creo, sí.

La señora Turrill la siguió hasta la misma puerta de la sala de estar. Hannah echó un vistazo a través del estrecho resquicio entre las dos hojas. De pie, mirando hacia las ventanas, estaba Anthony Fontaine. El perfil no dejaba lugar a dudas. Con su nariz aguileña, los oscuros rizos cayendo sobre la frente y aquel aire taciturno pero innegablemente atractivo.

Hannah se volvió hacia la señora Turrill.

—No se apure —le susurró—. Lo conozco —añadió confiando que la mujer no se quedara escuchando al otro lado de la puerta.

Esperó a que el ama de llaves respondiera con un gesto de asentimiento y se diera media vuelta.

Una vez a solas se quedó allí de pie, rememorando las veces que había estado en compañía del señor Fontaine. Normalmente lady Mayfield utilizaba cualquier pretexto para salir e ir a reunirse con él. Sin embargo, en las contadas ocasiones en que sir John se encontraba en el club o visitando alguna de sus otras propiedades, Marianna aprovechaba para invitar a sus amigos a casa. Por lo general se trataba de otras damas o, como mucho, otra pareja. Pero alguna que otra vez había tenido el descaro de recibirlo a él en la casa de Bristol de sir John.

Y Hannah recordaba demasiado bien una noche en concreto…

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Cuando Hopkins anunció su llegada, el señor Fontaine saludó a lady Mayfield con una simple reverencia, como si se tratara de un mero conocido.

—Buenas noches, lady Mayfield. Gracias por su amable invitación.

—¿Dónde está la señora Fontaine? —preguntó Marianna.

—Mi querida esposa se ha quedado en casa con intención de irse a la cama pronto. —Luego, tras mirar de reojo al lacayo que colocaba los decantadores en la mesa auxiliar, añadió—: Pero ha insistido en que yo debía venir. Ha dicho que habría sido muy maleducado por nuestra parte decepcionar a lady Mayfield después de que hubiera tenido la inesperada gentileza de invitarnos.

—Espero que la señora Fontaine se encuentre bien de salud. —Descuide. Se trata solo de una ligera indisposición. Lo único que

anhela en esta gélida noche es una bebida fría y una cama caliente.

Lady Mayfield inclinó la cabeza con coquetería.

—¿Lo único que anhela?

Hannah se puso en pie con intención de marcharse, pero lady Mayfield insistió en que se quedara. La dama de compañía conocía muy bien la razón: no quería que sus sirvientes fueran por ahí con el cuento de que habían tenido un tête-à-tête. Si llegaba a oídos de otros sirvientes, muy pronto todo Bristol estaría al corriente de que había recibido a un caballero en ausencia de su esposo. Ya circulaban bastantes rumores sobre ella y Anthony Fontaine como para permitirse algo así.

Muy a su pesar, Hannah había acatado órdenes y, tras acomodarse en una silla situada en un rincón de la sala, había retomado su labor de aguja. Pero le estaba resultando muy difícil concentrarse. Su mirada se desviaba hacia la pareja más veces de lo debido. Los dos estaban sentados en el sofá, bebiendo oporto, conversando con las cabezas muy cerca. ¿Acababa de besarla en la mejilla…, en la oreja? Bajó la mirada y se dio cuenta de que iba a tener que deshacer las últimas puntadas, porque no había dado ni una.

En aquel momento, el señor Fontaine levantó la mano del brazo del sofá para acariciar la rodilla de lady Mayfield por encima del vestido. Marianna le lanzó una ojeada a Hannah y la sorprendió mirando, pero no se enojó ni le pidió que se marchara. Más bien al contrario, sonrió con un destello de picardía en sus grandes ojos marrones.

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La señorita Rogers fue la primera en apartar la vista.

Lady Mayfield no solo era bella, sino que tenía una figura voluptuosa. Un hecho que resultaba más que ostensible gracias al generoso escote de su vestido de noche y su excelente corsé. Cuando Hannah volvió a levantar la vista, se dio cuenta de que la mirada de Anthony Fontaine se deslizaba por sus senos. Acto seguido, uno de sus dedos hizo lo mismo.

La dama de compañía se levantó de golpe.

—Lo siento, milady, pero me gustaría retirarme.

—¡Oh, vamos, Hannah! ¡Cómo puedes ser tan pudorosa! —Luego, tras una breve pausa, continuó—: Está bien… Si no hay más remedio… Pero sal por la puerta lateral para que no te vean los sirvientes.

Anthony Fontaine le guiñó un ojo.

Hannah abandonó la sala mirando hacia otro lado y se retiró a su habitación en el piso superior, esforzándose por no imaginar lo que estaba sucediendo en la estancia de abajo…

Y en ese momento Anthony Fontaine se encontraba allí, en la salita de estar de Clifton. Esperando ver a Marianna. ¿Acaso no le importaba ponerla en evidencia? ¡Santo Dios! Aquello no iba a ser nada fácil.

Inspirando hondo, abrió la puerta de doble hoja, la cerró tras de sí y afrontó al amante de lady Mayfield. Se alegraba de llevar puesto un vestido anodino de muselina y no uno de los trajes más memorables de Marianna.

El señor Fontaine se volvió y una expresión de sorpresa cruzó su atractivo semblante.

—¿Señorita Rogers? —preguntó frunciendo el ceño. Luego la saludó diligentemente con una reverencia—. No esperaba verla aquí. He preguntado por la señora de la casa.

Hannah se llevó un dedo a los labios.

—Por favor, baje la voz.

—¿Dónde está? —inquirió con las manos en las caderas.

—¿No desea sentarse?

—No. —Se pasó una mano nerviosa por el flequillo—. ¿Le ha prohibido él que baje?

—Si con «él» se refiere a sir John, no ha prohibido nada. —Por alguna razón, no estaba segura de querer revelarle el delicado estado del herido a aquel hombre. A su enemigo—. No puede bajar porque no está aquí.

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Él la miró con gesto de desagrado.

—No intente engañarme. Sé que la trajo aquí. Ya he estado en sus otras propiedades. Vaya a decirle que he venido.

—Por favor, tome asiento.

—No. No lo haré hasta que no me diga dónde está.

Hannah volvió a inspirar hondo.

—Mucho me temo que se produjo un terrible accidente.

Él la miró fijamente a los ojos. Alerta. Tenso.

—Durante el viaje hasta aquí, nos enfrentamos a una tormenta. El carruaje se salió de la carretera, cayó por el acantilado y fue a parar al mar.

—¡Santo cielo! —exclamó, poniéndose rígido. Era evidente que se estaba preparando para recibir un duro golpe.

A la señorita Rogers le horrorizaba la idea de contárselo.

—El doctor dice que, muy probablemente, murió en el impacto, así que no sufrió.

El señor Fontaine ahogó un grito y, a continuación, se dejó caer lentamente sobre el sofá, estrujando el sombrero que tenía entre las manos. Y entonces, de repente, su mirada de endureció.

—¿Se está inventando esta historia para conseguir que me marche? Hannah levantó el brazo entablillado y se retiró el pelo de la frente

para mostrarle la cicatriz.

—No. Por desgracia, el accidente fue muy real.

Él bajó la vista y se quedó mirándose las manos. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un susurro.

—¿Dónde está? —Eran las mismas palabras, pero esta vez buscaban un tipo de respuesta muy diferente.

Ella vaciló.

—Me temo que todavía no han recuperado el cuerpo.

Él levantó la barbilla de golpe.

—¿Entonces cómo sabe que está muerta?

—El doctor y su hijo vieron una figura flotando mar adentro, arrastrada por la marea. Una figura con una capa roja. Recuerdo perfectamente que Marianna llevaba puesta la suya aquel día. Creen que pudo salir disparada del carruaje mientras se despeñaba, o que la marea la arrastró fuera por un amplio agujero que había en el lateral.

Él abrió la boca, incrédulo.

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—¿Y él dónde estaba? —En aquel instante torció el gesto—.

Probablemente fue él quien la empujó por el precipicio.

Ella sacudió la cabeza.

—Sir John estaba inconsciente, al igual que yo. De hecho… —Vaciló

—. Él todavía no ha vuelto en sí.

—Pero… ¿cuánto tiempo ha pasado?, ¿once, doce días? Ella asintió con la cabeza.

—Más o menos. —¿Sobrevivirá?

—El doctor espera que sí, pero no es seguro.

Su apuesto rostro se contrajo.

—Espero que muera. Que sufra durante toda la eternidad. Permanecieron un buen rato sin decir nada, hasta que el tictac del reloj

de caja alta rompió el tenso silencio.

Él la miró con gesto hosco.

—No recuerdo que hablara de usted. ¿Cuándo regresó?

—El día que dejaron Bath.

Él asintió con la cabeza, con la mirada perdida.

—Me alegro de que estuviera con ella. Siempre le tuvo mucho cariño. Hannah sintió una punzada de culpabilidad. Ella no podía decir lo

mismo.

El hombre se levantó, sin dejar de estrujar el ala de su sombrero, incapaz de mirarla a los ojos.

—Es culpa de él, ¿sabe? No mía. Yo no tengo la culpa.

Hannah no estaba segura de que se pudiera acusar a sir John de lo sucedido. Pese a que, al menos en parte, era el principal responsable de que dejaran Bath y de las prisas, no lo era del accidente. Pero ¿quién era ella para absolver a nadie?

El señor Fontaine se volvió hacia la ventana con expresión sombría. —Marianna no puede… no puede haber muerto. Yo lo sabría. En mi

corazón, lo sabría.

Le sorprendió lo auténtico que le pareció su dolor. Tal vez, después de todo, había sido algo más que una aventura, más que pura atracción física. Aunque Hannah no soportaba a aquel hombre por consideración hacia sir John, a ella personalmente no le había hecho ningún mal.

—Lo siento, señor Fontaine. De veras.

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Él se quedó allí de pie, mirando al vacío a través de los cristales, sin hacer amago de marcharse.

Ella le preguntó con cautela:

—¿Puedo ofrecerle un refrigerio antes de que se vaya? Debe de estar cansado después del viaje.

—No, no podría comer ni beber nada. —Rebuscó en el bolsillo de su abrigo en busca de una tarjeta y se la entregó con manos temblorosas—. Si averigua algo, si… la encuentran, por favor, escríbame y hágamelo saber.

Hannah no tenía planeado quedarse allí mucho más tiempo, pero no podía rechazar la petición de aquel hombre afligido.

—De acuerdo.

—Gracias —respondió en un susurro. Seguidamente abandonó la sala dando tumbos y se marchó de la casa con expresión aturdida, como si estuviera completamente perdido.

Ella se quedó de pie junto a la ventana observando cómo se alejaba vacilante en dirección a la ciudad. La señora Turrill apareció a su lado.

—Le ha afectado mucho, ¿verdad?

—Sí —convino—. Mucho.

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Capítulo 8

Al día siguiente, apenas abrió los ojos, Hannah descubrió a la señora Turrill abriendo las contraventanas de su habitación. Después, el ama de llaves se dirigió al armario y empezó a examinar el

contenido.

Se incorporó en la cama sujetándose el brazo entablillado y su mirada recayó en la bandeja con pan tostado y chocolate caliente que reposaba en la mesita de noche.

El ama de llaves miró hacia el mismo lugar.

—He pensado que querría echarse algo a la boca al despertar. Ayer cenó muy poco.

—Gracias, señora Turrill. Usted siempre haciendo cosas por mí. — Bebió un sorbo de chocolate.

—Así es —dijo la mujer con un guiño de atrevimiento—. Y precisamente por eso he contratado a una criada para que empiece mañana. Se llama Kitty. Espero que no le importe.

—Por supuesto que no. Necesita ayuda para llevar la casa y hacerse cargo de mí con tanto tesón. —Le dio un pequeño mordisco al pan tostado.

—Lo hago con mucho gusto. —En aquel instante volvió a mirar dentro del armario—. Milady, lleva usted los mismos dos atuendos desde que se levantó y empezó a moverse por la casa. Hoy probaremos uno de sus bonitos trajes.

«Los bonitos trajes de Marianna», se recordó. Tras el accidente, había alternado dos de los vestidos de día más sencillos y gastados, insistiendo en que eran los que le resultaba más fácil ponerse con el brazo vendado.

El ama de llaves descolgó un traje de tafetán lila.

—¿Qué le parece este? Seguro que le favorece mucho con su tono de piel.

Hannah miró el canesú cruzado con recelo.

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—¡Oh, no hace falta, señora Turrill! Hoy no necesito vestirme con especial esmero.

—Debo insistir. ¿Acaso no recuerda que la señora Parrish y la esposa del vicario vienen esta tarde a tomar el té?

¡Oh, sí! ¿Cómo podía haberse olvidado?

—Mmm… No estoy segura…

—Vamos, milady, hágalo por mí. Es una lástima desaprovechar una ropa tan bonita.

Se bajó de la cama con paso vacilante y empezó a asearse. Luego permitió que su asistenta le ayudara a anudarse el corsé y a sujetarse las medias con las ligas. Cuando el ama de llaves alzó en volandas el vestido lila, intentó resistirse una vez más.

—De veras, no creo que me vaya a quedar bien…

Haciendo caso omiso a sus protestas, la mujer se lo pasó por encima de la cabeza y lo deslizó hasta los hombros. Con los nervios a flor de piel, Hannah metió el brazo sano por una de las mangas y el ama de llaves la ayudó con suma delicadeza a introducir el entablillado en la otra. Permaneció de pie, frente al espejo, mientras la señora Turrill se ocupaba de cerrárselo por detrás.

Empezaron a sudarle las palmas de las manos. Sabía que lady Mayfield y ella no tenían la misma constitución. Hannah era ligeramente más alta y estilizada, mientras que Marianna tenía bastantes más redondeces. Los camisones, las enaguas y los corsés ajustables le permitían cierto margen, pero aquel vestido ceñido, hecho a propósito para Marianna y adaptado a sus medidas, sin duda la delataría.

—Nunca me he puesto este vestido —masculló. Y, desde luego, no mentía.

—¿Se lo han hecho hace poco? —preguntó la señora Turrill.

—Ajá.

Cuando hubo acabado de cerrárselo, el ama de llaves la miró por encima del hombro en el espejo basculante de cuerpo entero. Entonces tiró de la cintura adornada con cinta de raso y de la tela sobrante que cruzaba el pequeño seno de Hannah.

—No le queda muy bien, milady —sentenció, frunciendo el ceño—. ¿Ha perdido peso desde la última vez que se lo probó?

—Después de dar a luz, sí. Del pecho, principalmente.

El ama de llaves arrugó el entrecejo.

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—Me temo que no soy muy ducha con la aguja que digamos. Y menos aún con una prenda tan delicada.

—No importa, señora Turrill. Intentaré ocuparme yo misma cuando recupere la movilidad de ambas manos. Por ahora, será mejor que me ponga el de muselina estampado. Creo que ese… todavía… podría sentarme bien.

Aquella misma mañana, algo más tarde, Edgar Parrish llamó con los nudillos a la puerta abierta de la habitación infantil. Acarreaba una caja llena de ropa de bebé de cuando él mismo era niño: faldones, gorritos, polainas, una manta de punto tejida a mano y un conejo de trapo algo maltrecho.

—Pero necesitarás todo esto algún día, cuando tengas tus propios hijos —protestó Hannah.

—Algún día, pero hoy no.

—Es muy amable por tu parte, Edgar, pero mucho me temo que los estropearemos.

Él se encogió de hombros con expresión despreocupada y paseó la mirada por la habitación infantil.

—Sé que no ha sido fácil para usted acondicionar este cuarto para Danny, con el brazo como lo tiene y los dolores de cabeza.

¿Por qué tenían que ser todos tan amables con ella?

—Espero que a tu madre no le importe.

Por un breve instante su rostro mostró un atisbo de duda.

—No… pero no creía que una dama como usted fuera a aceptar unos presentes tan humildes.

—Por supuesto que lo haré. Y te estoy sumamente agradecida.

Luego le sonrió y él le devolvió el gesto.

Minutos más tarde, cuando se hubo marchado de la habitación, Becky se asomó a la ventana para verlo marchar.

—Edgar es muy apuesto, ¿verdad?

—Supongo.

Hannah empezó a sacar las prendas de la caja. Al darse cuenta de que Becky permanecía callada, levantó la vista. La expresión ilusionada que percibió en su rostro la llenó de inquietud.

—Becky —dijo con cautela—, tú sabes que él y Nancy están prometidos, ¿verdad?

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La muchacha se encogió de hombros.

—Bueno, pero toavía no se han casao.

—No, todavía no.

—Ni se casarán, si de mi depende —repuso con una leve risita. —Ve con cuidado. Los Parrish han sido muy amables con nosotros. —¿Y eso que tié que ver? A la señora Parrish no le agrada Nancy. Está

más claro que el agua. Así que puede que al final no se casen.

«A la señora Parrish no le agrada nadie», pensó Hannah. No obstante, se limitó a decir:

—No nos quedaremos aquí mucho más tiempo. No vayas a formar vínculos que no pueden durar.

Hannah pensó que tal vez debía seguir sus propios consejos, pues ella misma se había encariñado con el doctor Parrish y la señora Turrill, y sabía que era recíproco. Detestaba el hecho de que pronto los defraudaría, se desengañarían y perdería todo su afecto. Y cuanto más tiempo se prolongara aquella farsa, más difícil resultaría. ¡Oh! ¡Ojalá se le curara pronto el brazo para poder marcharse! Pero el doctor Parrish había dicho que tardaría seis semanas en sanar del todo y solo habían pasado dos. E incluso entonces, ¿de veras pensaba desaparecer con Danny y Becky sin más explicaciones? El doctor Parrish y la señora Turrill se preocuparían mucho. Seguro que incluso organizaban una partida de búsqueda. No. Al menos tendría que dejar una carta aclarándolo todo. Disculpándose. Y esperaba de corazón que pudieran entenderla y, de algún modo, perdonarla.

Sin embargo, dejar una carta le parecía un acto de cobardía. Era mucho mejor hablar abiertamente, sincerarse y admitir que se había equivocado, pero esperaba que fueran capaces de entender que su motivación no había sido el beneficio propio, sino el bienestar de su hijo. La señora Parrish, sin duda, pondría el grito en el cielo. Edgar se sentiría herido, al igual que su padre. ¿Y la señora Turrill? No tenía la menor idea de cómo reaccionaría la amable mujer, pero, por algún motivo, pensaba que sería la más comprensiva de todos. Al menos esperaba que así fuera.

Después de pasarse toda la mañana enredada en sus pensamientos, tomó una decisión. Se lo confesaría todo al doctor Parrish. Pretendía abordarlo en el vestíbulo; sin embargo, para cuando pudo reunir el valor, oyó cómo se abría y cerraba la puerta de la habitación de sir John.

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Entonces inspiró hondo, salió de su cuarto y cruzó el descansillo. Luego llamó a la puerta y entró.

El doctor Parrish tenía la espalda encorvada y el oído pegado al pecho de sir John. Cuando entró, levantó la vista.

Hannah hizo una mueca a modo de disculpa y aguardó cerca de la puerta. El herido tenía más o menos el mismo aspecto de siempre y sus ojos seguían cerrados.

Unos instantes después, el doctor Parrish levantó la cabeza y se irguió. —Hola, milady. ¿Ha venido a ver cómo está pasando la tarde sir John?

—Se volvió para buscar algo en su maletín. Al ver que ella no respondía ni se acercaba a la cama, la miró por encima del hombro—. ¿Necesita algo?

Ella se humedeció los labios resecos, con el corazón a punto de salírsele del pecho.

Él se volvió para verla mejor, con gesto preocupado. Era evidente que había notado su ansiedad.

—¿Está todo bien?

—No. —Hannah tragó saliva y sacudió la cabeza—. Doctor Parrish, tengo que contarle una cosa.

Él encogió la barbilla.

—¿Y bien?

Ella juntó las manos y las apretó con fuerza.

—¿Recuerda cuando nos encontró, a sir John y a mí, en el carruaje volcado? ¿Cuando nos rescató?

—Por supuesto que lo recuerdo. Mucho mejor que usted, imagino — respondió con una sonrisa.

—Sí, desde luego. Pero ¿recuerda la primera vez que me llamó «lady Mayfield»?

El doctor frunció el ceño en un gesto de reflexión.

—No exactamente, aunque creo que lo hice para hacerle saber que Edgar y yo estábamos allí para ayudarles.

—En efecto. Verá… Usted, muy amablemente, dio por hecho que yo era lady Mayfield, cuando yo…

Sus palabras se desvanecieron y la respiración se le entrecortó. Se quedó mirando fijamente más allá del doctor Parrish, a los ojos de sir John Mayfield.

—Cuando usted… ¿qué? —la alentó el doctor con gentileza.

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Pero Hannah no podía apartar la vista de sir John. Agarró el brazo del doctor.

—Tiene los ojos abiertos.

Él se volvió bruscamente hacia la cama.

—¡Dios mío! ¡Tiene usted razón! Hola, sir John. —El doctor Parrish dio un paso adelante y luego volvió la cabeza—. Milady, me pregunto si sería usted tan amable de presentarnos.

—¡Oh! —Hannah vaciló—. ¡Cómo no! Sir John, este es el doctor Parrish, que ha estado ocupándose de sus cuidados desde el accidente. Doctor Parrish, sir John Mayfield.

—¿Cómo está usted, señor? —El doctor Parrish sonrió mientras escrutaba el rostro de su paciente, a la espera de su reacción. Pero no hubo ninguna, al menos que ella pudiera ver.

—Si me lo permite, sir John, voy a tomarle la mano. —El doctor hizo lo que acababa de anunciar—. Si puede, por favor, responda apretando la mía.

Los ojos del convaleciente no reaccionaron para seguir los movimientos del doctor. Parecían fijos en Hannah, ¿o simplemente miraban al vacío en dirección a donde ella se encontraba? Quería apartarse, alejarse de aquella mirada desconcertante, vacua, pero estaba paralizada, como si tuviera los pies clavados al suelo.

Sir John no siguió las indicaciones del doctor.

—No pasa nada. Tenemos mucho tiempo por delante. Estamos muy contentos de que haya abierto los ojos. Ha estado, por decirlo así, dormido durante casi una quincena.

¿Acababa de parpadear a propósito o se había tratado tan solo de un gesto involuntario?

—¿Está consciente o…? —preguntó Hannah.

El doctor levantó una mano y chasqueó los dedos delante de los ojos de sir John. Él no reaccionó.

—No parece. Tal vez los músculos de los párpados se han contraído en un acto reflejo, provocando que se abrieran. —Justo en ese preciso momento, como si quisiera darle la razón, los ojos de sir John se cerraron de nuevo—. Aun así, se trata de una novedad. Una buena señal, creo.

El doctor Parrish prosiguió con su exploración, mientras Hannah se mordía el labio y sopesaba sus opciones.

Él se irguió.

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—Bueno, tengo que ir a informar a la enfermera y a la señora Parrish. ¿Le importaría quedarse con él hasta que vuelva la señora Weaver? Le diré que suba directamente. —Una vez en la puerta, se dio media vuelta—. Lo siento, milady. ¿Qué era lo que quería decirme?

Hannah entreabrió los labios para volver a cerrarlos.

—Eeeh… No importa. En comparación con lo sucedido, no era nada.

Ya se lo contaré en otro momento.

Él esbozó una sonrisa distraída y se marchó apresuradamente.

Hannah había perdido su oportunidad. Y también el valor.

Hannah decidió que quizás se trataba de una señal. La señal de que debía dejar una carta en lugar de intentar decírselo al doctor Parrish en persona.

Pero primero tenía que afrontar la visita de la señora Parrish y conocer a la esposa del párroco. Había sugerido que la señora Turrill se uniera a las damas para tomar el té —al fin y al cabo, eran parientes—, pero el ama de llaves había dicho que aquel no era su lugar.

Las visitas llegaron a la hora acordada y se acomodaron en la salita de estar. La señora Turrill sirvió el té en silencio, pasando por alto la sonrisa condescendiente de la señora Parrish, y se marchó de inmediato.

Hannah decidió que la esposa del párroco, la señora Barton, parecía una mujercita tímida y agradable, el contrapunto perfecto para la segura y franca señora Parrish.

Las damas bebieron algunos sorbos de té y mordisquearon sendas galletas de mantequilla. Entonces la señora Barton dijo:

—Milady, ¿puedo preguntarle qué iglesia frecuentaba usted en Bath? —¡Oh! —Hannah titubeó—. Yo… esto… Me temo que en Bath no

asistíamos a la iglesia muy a menudo. —Seguidamente, para reparar su error, añadió—: Pero de niña, cuando vivía en Bristol, pasaba mucho tiempo en la iglesia. Mi padre era… —Se interrumpió, consciente de que estaba a punto de contestar como ella misma y no como Marianna—. Muy devoto —concluyó con poca convicción.

—Ah… —La señora Barton asintió débilmente; estaba claro que no sabía muy bien cómo responder.

La señora Parrish puso los ojos en blanco.

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Hannah se propuso hablar lo menos posible, por miedo a cometer otro error, lo que sin duda decepcionaría a sus invitadas y le haría parecer una pésima anfitriona.

La esposa del doctor aprovechó para tomar la palabra, contando que tenía algunos amigos en Bath y que estaba segura de que lady Mayfield habría oído hablar de ellos.

Pero «lady Mayfield» se vio obligada a decir que no. Hannah podía, al menos, hablar con confianza de su vida anterior en Bristol, y de la zona de Bath donde habían residido, la exclusiva Camden Place. ¿Pero podía contarles algo de los visitantes ilustres y de los acontecimientos sociales de la temporada anterior? No, desgraciadamente no.

Después de una hora de tediosa conversación sobre su supuesta vida y la sociedad de Bath, Hannah tenía los nervios destrozados y estaba exhausta. Quizás porque se había dado cuenta de ello, la esposa del párroco cambió de conversación y le preguntó si podría conocer a su hijo. Aliviada y encantada de complacerla, fue a buscar a Danny al dormitorio infantil y las damas se deshicieron en educados elogios hacia él. Poco después se marcharon.

Una vez que se hubieron ido, la señora Turrill le preguntó:

—¿Cómo ha ido?

—Me temo que no he logrado impresionarlas.

—Aquí no necesita impresionar a nadie, milady. Basta que sea usted misma.

¡Ay! ¡Ojalá fuera tan sencillo!

Aquella noche se fue a la cama temprano con uno de los peores dolores de cabeza desde hacía días.

A la mañana siguiente Hannah comenzó la carta.

Queridos doctor y señora Parrish, estimada señora Turrill:

He abandonado Clifton y me he llevado a Danny y a Becky conmigo.

Sin duda estarán sorprendidos, pero les ruego que no se apuren…

Hizo una pausa. ¿Por qué no debían apurarse? Era ella quien no podía estar más apurada. Aún no tenía ni idea de adónde irían. ¿Dónde iba a encontrar un trabajo que, además, le proporcionara los suficientes ingresos para pagarse un alojamiento y procurarse comida suficiente?

Alguien llamó enérgicamente a la puerta. Dio un respingo y ocultó la carta bajo el papel secante.

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—¿Lady Mayfield? —Era la voz del doctor Parrish—. Es sir John. Ha vuelto a abrir los ojos. Y parece que reacciona.

Un intenso pavor le bajó por la espina dorsal y se le aferró al estómago. ¿Por qué no se lo había confesado todo al señor Parrish antes? Se puso en pie y, con las piernas temblorosas, abrió la puerta.

—¿Está despierto?

—Venga conmigo y verá.

Con expresión ilusionada, le cedió el paso para que fuera delante por el pasillo. Su instinto le decía que huyera, que se diera media vuelta y echara a correr en dirección contraria. Que fuera a buscar a Danny y a Becky y se marchara de Clifton de inmediato, antes de que sir John la denunciara. Pero se dejó llevar por el aturdimiento y permitió que el doctor Parrish la condujera hacia la habitación del enfermo. Hacia la revelación de su secreto.

Una vez más, la enfermera se excusó y los dejó a solas. Los ojos de sir John estaban mucho más abiertos que la vez anterior y parecían vagamente enfocados.

—Bien, sigue teniendo los ojos abiertos —empezó a decir el doctor—. No estoy seguro de si está completamente consciente. Todavía tiene que hablar, pero, cuando he llegado, parecía algo agitado.

Hannah cerró con fuerza el puño de la mano sana y se clavó las uñas en la palma. Habría permanecido a varios metros de distancia de la cama de no ser porque el señor Parrish la apremió para que se acercara.

—Aquí la tiene, sir John. Su esposa. Como puede ver, está bien. No tiene que preocuparse de nada, excepto de su propia recuperación.

A Hannah se le hizo un nudo en la garganta. Los ojos de sir John se desplazaron hasta ella y el corazón se le encogió de miedo. Entonces se llevó la mano sudorosa al abdomen y se obligó a sí misma a respirar.

Intentaría aclararlo todo. No justificándose, sino pidiendo disculpas… Él la miraba fijamente, con los ojos de un cambiante azul argentado, como un lago frío y profundo. Durante un brevísimo instante arrugó el entrecejo y, con la misma velocidad, el gesto se disipó. ¿Desagrado,

confusión, o ambos?

Ella se mantuvo inmóvil, rígida, con todos los músculos en tensión, esperando que frunciera el ceño y dijera: «Ella no es mi esposa».

—Vamos, milady —la exhortó el doctor Parrish—. Venga aquí y hable con él.

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Ella vaciló.

—Yo… no sé qué decir. ¿Por qué no habla?

—Es posible que no pueda. Su cerebro todavía no está recuperado del todo. Tal vez está luchando por recobrar la memoria, como le sucedió a usted. Anímelo. Recuérdele quién es. Quién es usted.

Qué palabras tan diferentes habrían salido de su boca de no haberse encontrado allí el doctor Parrish. Habría confesado, le habría rogado que la perdonara, que mantuviera el secreto hasta que pudiera marcharse furtivamente… En vez de eso comenzó a decir:

—Es usted el señor Mayfield. Recientemente estuvo viviendo en Bath, y antes en Bristol. ¿Recuerda Bath? ¿Su encantadora casa en Camden Place? ¿Y la de Bristol? ¿Su propiedad en la calle George? Fue allí donde empecé a familiarizarme con su… hogar.

Él se limitó a mirarla con el rostro impasible.

—Recuérdele quién es usted —le susurró el doctor Parrish.

Ella titubeó.

—Y, por supuesto, sabrá quién soy yo —acertó a decir tímidamente. Era incapaz de pronunciar la frase «soy su esposa» o «soy Marianna, lady Mayfield». Tenía la sensación de que, si se obligaba a sí misma a soltar aquello por la boca, acabaría echando también el desayuno.

El doctor se inclinó hacia sir John.

—Sin duda, sabrá que esta es lady Mayfield, su esposa.

Los ojos de sir John se desplazaron lentamente de su rostro al del doctor sin cambiar expresión.

El médico se giró de nuevo hacia ella.

—Háblele de Danny, de cómo se encuentra. Dígale que está aquí… —¡Oh! —Ella tragó saliva. ¿Debía hacerlo? Sir John ni siquiera

conocía la existencia del niño—. Sí. Verá, regresé a Bath para traerme al pequeño Danny y a su niñera. Fue un gran alivio encontrarlo.

En aquel momento atisbó por el rabillo del ojo la mirada atónita del doctor.

—Encontrarlo sano —añadió apresuradamente—. Descubrir que seguía gozando de buena salud. Me siento muy afortunada por tenerlo de nuevo conmigo, con nosotros. La señora Turrill se ha encariñado con él. Pero bueno, todavía no conoce a nuestra ama de llaves, así que, de momento no diré nada más de ella.

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¡Cómo podía ser tan necia! Sentía como si su mente estuviera tan perdida como la mirada vidriosa de sir John.

—Quizás deberíamos traer al pequeño Danny para que vea a su padre.

Ella volvió a vacilar.

—Emmm… Está durmiendo la siesta. Tal vez en otra ocasión.

—Oh, sí —respondió él—. Me temo que ya hemos cansado bastante a sir John. —Seguidamente, dándole unas palmaditas en el brazo al enfermo, añadió—: Ahora descanse, señor. Y no se preocupe. El cerebro humano es maravilloso y no le quepa duda de que estará como una rosa en menos que canta un gallo. Y cuando lo esté, su esposa y su hijo estarán aquí para celebrar su recuperación.

El doctor Parrish le sonrió y ella se obligó a corresponder con una media sonrisa, pese a saber que ni su esposa ni su hijo estarían allí cuando sir John volviera en sí.

Dio las gracias al médico y regresó a su habitación, temblando de la cabeza a los pies. Había logrado esquivar la tormenta, al menos de momento, pero se había comportado como una sinvergüenza en toda regla. «¡Oh, Dios mío! ¿Podrás perdonarme alguna vez?», preguntó para sus adentros. «¿Qué voy a hacer ahora?». Era consciente de que no tardarían mucho en descubrirla. Y, conforme pasaban las horas, el delito se agravaba y su destino se volvía cada vez más negro.

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Capítulo 9

Hannah subió al dormitorio infantil para hablar con Becky y empezar a allanar el camino hacia su inevitable partida. Sin embargo, una vez allí, descubrió que en el cuarto estaba también la señora Turrill.

Tenía a Danny en brazos y lo mecía mirándolo con una tierna sonrisa.

Al oírla entrar, Becky se volvió.

—Hola, señorita Hannah.

Se quedó petrificada. Lanzó una mirada atónita a Becky y el rostro de la joven palideció.

La señora Turrill se volvió hacia la joven niñera con el ceño fruncido. Lo que quiera que viese en el semblante de Becky hizo que su gesto de extrañeza se acentuara.

—¿Por qué has llamado a la señora Mayfield «señorita Hannah»?

La muchacha se quedó inmóvil, parpadeando y con la boca abierta de par en par.

—No debemos dirigirnos a nuestros superiores por su nombre de pila a menos que se nos invite a hacerlo. Además, creo que el nombre propio de lady Mayfield es Marianna.

—Yo… —dijo la nodriza titubeando—. Lo había olvidado.

Hannah intentó encontrar una excusa creíble.

—¿Ha dicho Hannah? —preguntó con despreocupación—. Me había parecido que decía «Anna», el diminutivo de Marianna. O quizás… ¿No se llamaba Anna tu hijita, Becky? ¿Es eso? ¿Estabas pensando en ella y has dicho su nombre por error?

La señora Turrill la miró con semblante perplejo.

A Hannah se le aceleró el pulso. ¡En menudo lío se habían metido! —¿Anna? —murmuró Becky como si estuviera paladeando el nombre

para comprobar cómo sabía—. Anna es un nombre muy bonito. Y le habría quedado bien. Nunca vi una criatura más bella.

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—Y volverás a verla, Becky. En el cielo —la consoló—. Ahora está al cuidado de Dios, sana y feliz.

—¿Cómo puede estar feliz sin mí? —replicó la muchacha con la barbilla temblorosa.

¡Cielo santo! No debería haber dicho aquello.

—Porque sabe —añadió apresuradamente— que volverá a verte algún día. ¡Seguro que lo está deseando!

—En ese caso, quizá debería reunirme con ella pronto —dijo la joven —. Tal vez yo…

—No. No vuelvas a decir eso. Te necesitamos aquí, Danny y yo.

—Y yo —agregó el ama de llaves con cariño—. Eres como una hija para mí.

Becky se volvió hacia la mujer con los ojos muy abiertos.

—¿De veras? Es usté muy amable, señora Turrill. Mi propia madre no fue nunca ni la mitad de amable que usté. Aunque no debería hablar mal de los muertos…

—Vamos, Becky, querida. A partir de ahora y durante el resto del día hablaremos solo de cosas agradables, ¿de acuerdo? —dijo la señora Turril apretándole el brazo—. Y dejaré que seas la primera en probar mi primera tanda de tofe.

—¿En serio? ¡Oh, gracias!

Hannah dejó escapar un suspiro entrecortado. Era la segunda vez en dos días que esquivaba la tormenta. Aunque la mirada especulativa del ama de llaves la había dejado algo inquieta. No estaba segura de que la hubieran engañado.

Al salir al pasillo estuvo a punto de chocar con la señora Parrish. «¡Oh, no!». El desaliento la invadió. ¿Cuánto tiempo llevaría allí?

—Solo quería informarle de que voy camino de la ciudad, por si les hacía falta algo. —Lanzó una ojeada a Becky, que seguía dentro de la habitación, y volvió a mirar a Hannah, que forzó una sonrisa.

—No, gracias. Tenemos todo lo que necesitamos.

La señora Parrish hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se volvió hacia las escaleras, dejando a Hannah preguntándose cuánto habría oído la esposa del doctor.

Sea como fuere, supo que había llegado la hora de planear la escapada, independientemente de cómo estuviera su brazo.

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Le asustaba la perspectiva de marcharse hacia un futuro incierto, pero, por otra parte, estaba deseosa de huir antes de que la tormenta que aguardaba a la vuelta de la esquina estallara definitivamente.

Hannah pasó los siguientes dos días estrechando la cintura de uno de los abrigos de Marianna para adecuarlo a su talla y empezó a reunir discretamente las cosas que pensaba llevarse cuando se marcharan. Eran solo artículos de primera necesidad y procuraba que, en la medida de lo posible, no pertenecieran a lady Mayfield. De no ser porque sus efectos personales se habían perdido, no habría tomado nada que no fuera suyo, pero no podía irse sin la indumentaria adecuada. Además, su propietaria ya no la necesitaba.

Al día siguiente, a media tarde, la señora Turrill llamó a la puerta y anunció desde el pasillo:

—Ha venido un caballero que desea ver a sir John.

A Hannah se le pusieron los nervios de punta. ¿Habría regresado el señor Fontaine? Con la punta del zapato dio un empujoncito a la maleta a medio llenar y la escondió bajo la cama. Después abrió la puerta, le hizo un gesto al ama de llaves para que entrara y cerró la puerta tras ella.

—¿Se trata del mismo hombre de la otra vez?

—No. Es un tal señor Lowden.

¿Lowden? El nombre le resultó remotamente familiar, pero no supo de qué. En cualquier caso, estaba segura de no conocerlo en persona. Por otro lado, ¿acaso sir John no había mantenido en secreto el lugar al que se mudaban? Pese a eso, el señor Fontaine se las había arreglado para encontrarlos, y bastante rápido.

—¿Le ha informado de por qué sir John no puede de recibirlo? —No, señora. He pensado que era mejor que se lo dijera usted. Hannah se preguntó si el tal señor Lowden conocería a lady Mayfield. —Por favor, dígale que en este momento sir John no puede recibirlo y,

si es tan amable, pregúntele qué desea.

La señora Turrill vaciló y una pequeña arruga apareció en su ceño. Probablemente se preguntaba por qué no lo hacía ella misma, pero era demasiado educada para expresarlo en voz alta.

—Por supuesto, milady.

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Durante el tiempo que el ama de llaves estuvo ausente, no paró de deambular de un lado a otro. Lo que faltaba… ¿Por qué no se había marchado antes si ya lo tenía decidido?

La señora Turrill regresó unos minutos más tarde y le entregó una tarjeta de visita.

—Dice que es el abogado de sir John. De Bristol.

Hannah empezó a darle vueltas a la cabeza. ¿Le había comunicado sir John su paradero? ¿O quizás los periódicos habían informado del accidente y se había presentado allí por iniciativa propia?

—¿Cómo ha sabido del accidente? —preguntó.

—No creo que lo sepa. Dice que ha venido para tratar unos asuntos. Me ha parecido bastante desconcertado cuando le he contado que sir John no podía recibirlo y ha dicho que, en ese caso, le gustaría verla a usted. A propósito, ha venido en su propio caballo, así que Ben se lo ha llevado al establo para atenderlo. Vaya usted a saber si quedará algo de forraje. Tendremos que pedirle un poco a los Parrish…

Pero Hannah ya no la oía. Contemplaba la tarjeta de visita con el corazón desbocado.

JAMES LOWDEN

LOWDEN & LOWDEN

ABOGADOS Y PROCURADORES

7, QUEEN’S PARADE, BRISTOL

Miró las letras impresas con los ojos entrecerrados, como si tratara de evocar el rostro de aquel hombre en la tarjeta. ¿Había coincidido alguna vez con el abogado de sir John? De nuevo pensó que el nombre le resultaba familiar. Le parecía que, en una ocasión, en la casa de los Mayfield de Bristol, había visto fugazmente al abogado del señor, pero era un recuerdo muy vago. Sabía que era un hombre de cierta edad, vestido de manera elegante. ¿La habría visto él? Era poco probable. ¿Conocería a lady Mayfield? Casi con toda seguridad.

«¿Y ahora qué?».

No tenía ninguna posibilidad de ir a la habitación infantil, recoger a Danny, a Becky y sus cosas y salir huyendo; no con el ama de llaves allí de pie, mirándola con cara de preocupación, y con el señor Lowden esperando abajo.

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No tenía escapatoria.

—De acuerdo, señora Turrill. Lo recibiré. —Seguidamente, ocultando su miedo, dijo con toda la despreocupación de que fue capaz—: Espero que no se arrepienta de haber hecho un viaje tan largo en vano.

El ama de llaves asintió, abrió la puerta y la sujetó para que pasara. Hannah bajó las escaleras lentamente, con el corazón latiéndole a una

velocidad vertiginosa. Cuando entró en la sala se llevó una mano al pecho e inspiró hondo, a pesar de que lo mucho que le costaba respirar.

El hombre que se puso en pie al verla no se parecía en nada a lo que había esperado. No era mayor, no tenía el pelo canoso y tampoco le resultaba familiar. Estaba bastante segura de no haber puesto sus ojos en él en toda su vida. Era un caballero apuesto, de unos treinta años, con el pelo rubio, las patillas tirando a castaño y unos increíbles ojos verdes. Llevaba botas de montar, un abrigo oscuro y tenía… el ceño fruncido.

Durante unos instantes se limitó a mirarla fijamente. ¿Sabría que ella no era Marianna Mayfield?

—Señor Lowden —dijo con la garganta seca—. ¿Cómo está? Él hizo una mueca de aparente incredulidad. —¿Lady… Mayfield?

Hannah se sujetó el brazo entablillado con la mano libre.

—Me temo que ha venido usted a vernos en un momento no muy afortunado.

—Su ama de llaves ha mencionado que sir John estaba indispuesto.

Enfermo, supongo. Espero que no sea nada serio.

—Lamentablemente, debo informarle de que no es así. Tuvimos un accidente con el carruaje que nos traía hasta aquí. Sir John resultó gravemente herido. Hace solo un par de días que abrió los ojos y todavía no ha recuperado el habla.

El hombre pareció estupefacto.

—¡Santo cielo! ¿Por qué nadie me había informado? ¿Se recuperará?

¿Lo ha visto un doctor?

Hizo las preguntas atropelladamente, y Hannah las respondió una por una con voz calmada.

Al final el señor Lowden respiró aliviado.

—Gracias a Dios nadie perdió la vida.

Hannah vaciló.

—En realidad… el conductor falleció y…

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—¿Fue así como se lesionó el brazo?

Ella bajó la mirada y contempló su maltrecho miembro.

—Sí. Acabé con un brazo roto y una herida en la cabeza que, afortunadamente, ya se ha curado. —Deliberadamente, se llevó la mano a la sien. La hendidura había desaparecido dando paso a una rosada línea de bordes dentados, pero sin duda quedaría una cicatriz—. Nada en comparación con los traumatismos de sir John.

Él frunció los labios con expresión adusta. —Sí, él siempre sale peor parado, ¿verdad?

Lo miró fijamente, sin entender muy bien qué quería decir. Luego le preguntó:

—¿Usted y yo habíamos coincidido alguna vez, señor Lowden? —No.

—Eso pensaba.

—Mi padre fue el abogado de sir John durante años —recordó él—, pero falleció hace dos meses.

—¡Ah! Ya me parecía a mí. Creía recordar que el abogado de sir John era un caballero mayor.

Hannah percibió un curioso destello en sus ojos verdes.

—Y yo recuerdo haber oído una descripción de usted de boca de mi padre, lady Mayfield. —El tono del abogado no era precisamente halagador.

—¿De veras?

—Y no se parece usted en nada a la idea que me había forjado.

—Lo siento.

El joven levantó una de sus cejas rubias.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué?

Hannah se corrigió de inmediato.

—Siento mucho su pérdida.

Él inclinó ligeramente la cabeza, examinándola con una desconcertante osadía y, aparentemente, también reprobación.

—¿Cómo supo de nuestro paradero? —le preguntó.

Él se encogió de hombros con expresión despreocupada.

—Sir John me informó de que se instalarían en Lynton y me pidió que viniera a visitarlo en cuanto creyera conveniente.

—Ah, ¿sí? —¿Debería reconocerle que ella, o al menos Marianna, había creído que se trataba de un gran secreto?

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—¿Le sorprende? —inquirió él.

—La verdad es que sí.

El abogado la observó más de cerca.

—Me confió su intención de mudarse y me reveló las razones que la motivaron.

Hannah tragó saliva, sintiéndose tan culpable como si realmente fuera la infiel Marianna, aunque su culpa fuese de una naturaleza muy diferente.

—Ya veo. —Acto seguido, en un intento por reconducir la conversación, preguntó—: ¿Conocía sir John el fallecimiento de su padre?

—Sí. Le informé por carta y él respondió pidiéndome que siguiera mirando por sus intereses en sustitución de mi padre.

—Ah, ¿sí? —«¡Que mala suerte!», pensó Hannah.

Él joven frunció todavía más el ceño.

—Si no me cree, puedo enseñarle su misiva.

—¿Por qué no iba a creerle?

—Puede que no desee hacerlo cuando haya oído lo que me pidió que hiciera en esa carta.

—¡Oh!

—Pero no importa. No es necesario que hablemos de eso ahora. ¿Puedo verlo?

Hannah consideró rápidamente su petición.

—No veo por qué no. Pero ¿le importaría esperar unos minutos? Su doctor, nuestro vecino, suele venir a examinarlo aproximadamente a esta hora y me gustaría pedirle primero su opinión.

—De acuerdo.

Ella se acomodó en una silla y él ocupó el sofá. Durante unos breves instantes permanecieron en un tenso silencio, mientras Hannah, cohibida, se retorcía los dedos y se alisaba la falda. Al final, cuando no pudo soportar más aquella situación, se levantó.

—Voy a pedir que nos traigan un refrigerio. Debe de estar cansado y sediento después del viaje.

—No le rechazaré una taza de té. Gracias.

Ella asintió y se dirigió hacia la puerta, lamentando que no se le hubiera ocurrido antes ofrecerle algo para tomar. Hubiera podido limitarse a tirar de la campanilla cuya cuerda pendía junto a la chimenea, pero en aquel momento no deseaba otra cosa que escapar de la mirada penetrante y escrutadora del abogado de sir John.

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Un cuarto de hora más tarde, después de que les hubieran servido el té y hubiera dado algún que otro sorbo nervioso, Hannah sintió un gran alivio al oír que, por fin, había llegado el doctor Parrish. Al parecer, un terrateniente enfermo había necesitado sus cuidados más tiempo del que había previsto en un principio.

Hannah le presentó al recién llegado.

—Doctor Parrish, este es el señor Lowden, el abogado del sir John en Bristol.

—¡Ah! Así que al final contactó con él, tal y como le sugerí. Bien. Ella esbozó una sonrisa poco convincente y, pasando por alto el ceño

fruncido del señor Lowden, continuó:

—El doctor Parrish y su esposa son nuestros vecinos y han sido la amabilidad en persona desde que llegamos. Él y su hijo fueron quienes nos encontraron después del accidente. Nos rescataron, nos trajeron hasta la casa y desde entonces han cuidado de nosotros.

—Qué detalle, señor —celebró el señor Lowden—. Muy noble por su parte.

El doctor Parrish bajó la barbilla, claramente complacido por el elogio. —Doy gracias a Dios por haber divisado los caballos huyendo desbocados. Me estremezco solo de pensar qué habría sido de ellos de no haberlos visto. Mucho me temo que habrían corrido la misma suerte que el

pobre conductor y la sirvienta.

La cabeza del señor Lowden se giró bruscamente hacia ella.

—¿La sirvienta? No ha mencionado usted a ninguna sirvienta.

—Ah, ¿no? —masculló—. En realidad, era una dama de compañía. — ¿¡Le estaba mintiendo a un abogado!? Que Dios la amparara.

—La pobre muchacha se ahogó —precisó el doctor—. El carruaje cayó desde la carretera de los acantilados y una parte de él fue a parar directamente en el agua.

—Sir John no decía nada de una sirvienta o una dama de compañía en su última carta —señaló el señor Lowden—. Aludió a que planeaba contratar de nuevas a todo el servicio.

—Y así era —respondió Hannah—. Pero yo… Fue un acuerdo en el último minuto.

—¿Se ha informado a la familia de la joven?

El doctor Parrish intervino:

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—Lady Mayfield no sabía nada de su familia, pero yo me ocupé de enviar una nota a los periódicos de Bath.

—¿Y a la del conductor?

—Sí —respondió el doctor—. A él sí que lo conocíamos. Sus padres regentan la casa de postas de Porlock. Yo mismo les llevé al pobre muchacho en mi coche. —Hizo una mueca de disgusto—. Qué desgracia. Imagínese, fue un golpe terrible.

El señor Lowden miró a Hannah con el gesto torcido.

—¿Y cómo se produjo el accidente? —preguntó recalcando la última palabra—. ¿Les perseguía alguien que sir John pretendía evitar?

Hannah sacudió la cabeza.

—No nos perseguía nadie. Fue un accidente, señor Lowden. Nos vimos envueltos en una terrible tormenta, pero sir John estaba impaciente por llegar.

—Sí, tenía motivos para abandonar Bath, y rápido —dijo dirigiéndose a ella con una mirada elocuente. Luego se volvió hacia el doctor y preguntó—: ¿Puedo verlo?

—Por supuesto —convino el médico—. ¿Y ha conocido ya al joven Mayfield?

El señor Lowden lo miró extrañado.

—¿El joven Mayfield?

—El hijo de sir John y de lady Mayfield —aclaró el doctor.

El señor Lowden entreabrió la boca.

—¿Hijo? No sabía nada de un hijo.

Al ver la expresión desconcertada del doctor, Hannah se apresuró a ofrecer una explicación.

—Hace relativamente poco que el señor Lowden ejerce como abogado de sir John. Empezó a hacerse cargo de sus asuntos tras la muerte de su padre y desconoce los acontecimientos más recientes.

—Ah.

El gesto de extrañeza del señor Lowden se acentuó aún más. —Sí que mencionó que su esposa estaba encinta, pero creía que… El doctor Parrish lo interrumpió con un gesto de asentimiento.

—Yo pensé lo mismo. Fue una sorpresa descubrir que el joven señor ya había nacido. Es un estupendo mozalbete. Debería conocerlo.

El abogado la miró fijamente a los ojos, como si estuviera retándola.

—Me encantaría.

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El doctor Parrish condujo al señor Lowden al piso superior. Hannah los oyó hablar en voz baja mientras subían las escaleras. Pensó que debía acompañarlos, por si el herido se despertaba de nuevo y decía algo que la pusiera en evidencia. De ese modo, si la situación empeoraba, sería consciente del peligro. Pero se quedó en la sala. Aunque no fuera juez, el señor Lowden era abogado, un representante legal que no solo conocía la ley, sino que estaba supeditado a ella. Su aparición incrementaba los riesgos para ella y, en consecuencia, también para Danny. Necesitaba actuar de manera inteligente, abandonar el lugar con la mayor cautela.

Unos minutos más tarde, el señor Lowden regresó solo con gesto meditabundo.

Hannah se levantó, toqueteando nerviosamente el cabestrillo con la mano libre.

—¿Cómo lo ha encontrado?

—Muy mal, la verdad. Es impactante.

—Sí, todo esto está siendo impactante.

El abogado permaneció allí de pie, sin hacer el más mínimo amago de recoger su sombrero de la mesa auxiliar y marcharse. ¿Esperaba tal vez que lo invitara a quedarse? Supuso que era su deber. Y probablemente, de haber sido Marianna Mayfield, a la que nada divertía más que la compañía de un apuesto caballero, lo habría hecho. Pero no quería tener a aquel hombre bajo su mismo techo, observando cada movimiento que hacía, sopesando y analizando cada una de sus palabras para utilizarlas después en su contra. Descubriéndola en su huida…

El señor Lowden se aclaró la garganta.

—Disculpe la pregunta, pero ¿mencionó su esposo que me había invitado a alojarme aquí cuando viniera?

El corazón le dio un vuelco.

—No, lo siento. Ni siquiera mencionó que fuera usted a venir. —Le envié una carta. ¿No la recibió? Ella sacudió la cabeza.

—Que yo sepa, desde nuestra llegada no hemos recibido correo alguno.

—¡Qué extraño! Le escribí para informarle de cuándo llegaría y agradecerle su invitación para hospedarme en su casa.

Hannah vaciló y luego tragó saliva nerviosamente.

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—En ese caso, desde luego que puede quedarse, señor Lowden. Le pediré a la señora Turrill que prepare una de las habitaciones de invitados. Eso sí, debo advertirle que en este momento andamos algo cortos de personal de servicio. Con el accidente, aún no he tenido tiempo de contratar más.

—No será un problema. Estoy acostumbrado a arreglármelas solo. Pero no quiero suponerle ninguna molestia. Si le crea demasiados inconvenientes, supongo que debe de haber algún lugar cercano…

—No se preocupe, señor Lowden. —Hannah forzó una sonrisa—. No es molestia. Yo no tengo hambre, pero le diré a la señora Turrill que le suba algo de cenar en una bandeja.

Deseaba preguntarle cuanto tiempo tenía planeado quedase, pero no quería parecer maleducada. ¿Sería más sensato esperar a que se marchara para escapar?

Unos minutos más tarde, el ama de llaves lo acompañó a uno de los cuartos reservados para los huéspedes, pero Hannah esperó al doctor Parrish. Lo interceptó cerca de la puerta lateral, cuando estaba a punto de irse.

—Doctor Parrish, tengo una pregunta. El señor Lowden mencionó que había enviado una carta a sir John informando de su llegada, pero yo no tengo conocimiento de que hayamos recibido correo desde nuestra llegada. ¿Sabe algo de cómo funciona el servicio postal aquí, en Clifton?

Él frunció los labios.

—Recibimos la correspondencia con bastante regularidad. Y estoy convencido de que Edgar informó al cartero de los nombres de los nuevos inquilinos. Mañana por la mañana, apenas me levante, iré al pueblo y hablaré yo mismo con el señor Mason.

—Si no le supone un problema…

—Claro que no, milady.

—Gracias, doctor Parrish. Es usted muy amable.

Él se llevó la mano al ala de su sombrero y la tocó levemente con él índice y el pulgar.

—Es un placer.

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Capítulo 10

Ala mañana siguiente Hannah se levantó temprano, se vistió con ayuda de la señora Turrill y bajó con sigilo al comedor, esperando disfrutar de su desayuno a solas antes de que apareciera el señor Lowden. Pero apenas se había servido un poco de café y una tostada del aparador cuando su huésped franqueó la puerta con el periódico bajo el

brazo.

—¡Señor Lowden! Buenos días —exclamó, obligándose a sí misma a esbozar una sonrisa—. Espero que haya dormido bien.

—Perfectamente, como siempre. Pero claro, cuento con el privilegio de tener la conciencia tranquila.

La sonrisa de Hannah se congeló.

Él tomó un plato y una taza, se los llenó y tomó asiento. Los dos desayunaron en un silencio incómodo, lo que provocó que cada vez que ponían una tapa en su sitio o utilizaban los cubiertos sonaba como si alguien estuviera tocando los platillos. Cuando hubo acabado de comer, el abogado se rellenó la taza, desdobló el periódico y comenzó a leer mientras daba pequeños sorbos al café.

—Tal vez pueda utilizar el gabinete de día mientras está aquí —le propuso, esperando que captara la indirecta y se retirara en aquel mismo momento a la sala sugerida. Pero Hannah tuvo que esperar impacientemente a que diera buena cuenta de la tercera taza de café, ansiosa por abandonar el lugar en cuanto las normas de educación lo permitieran.

El doctor Parrish apareció en el umbral y ella suspiró aliviada.

—Siento interrumpir su desayuno —se disculpó.

—No se preocupe, doctor. Acabamos de terminar. ¿Puedo ofrecerle algo?

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—No gracias. —Agitó en el aire un pequeño fajo de cartas—. Me he tomado la libertad de recoger su correo cuando he estado en la ciudad. El señor Mason se ha mostrado reacio a dármelas. Según él, cuando sir John lo visitó antes de mudarse aquí, le pidió que le guardara la correspondencia y que no la llevara a la casa, porque la recogería él en persona. Sin embargo, cuando le he contado el estado en que se encuentra, ha terminado cediendo; eso sí, a regañadientes. Es extremadamente puntilloso nuestro cartero. —En ese momento le tendió las cartas—. Aquí tiene mil…

El señor Lowden lo interrumpió:

—Doctor, dado que resulta evidente que sir John tenía ciertos reparos acerca de en qué manos acabaría su correspondencia, quizás yo, como abogado suyo, debería examinarlas primero.

El doctor Parrish frunció el ceño.

—No las he leído, si es eso lo que insinúa. Imagino que sir John tan solo quería que le guardaran el correo hasta que él y su familia se hubieran instalado en la casa. Estoy convencido de que su excelencia lady Mayfield puede entregarle todo lo que ella considere que su esposo querría que viera.

—Pero ¿y si fuera ella la persona que no quisiera que leyera su correo? El doctor lo miró extrañado.

—¿Su esposa? Sinceramente, señor Lowden, eso ha sido muy maleducado. —Con una mirada defensiva hacia el recién llegado, le entregó las cartas a Hannah.

El señor Lowden estiró el cuello para verlas.

—La primera es mía, y está dirigida a sir John. No hay nada en ella que necesite ver.

Haciendo caso omiso a su mano tendida, Hannah empezó a revisarlas una a una. Tras pasar la segunda, se sobresaltó al reconocer la caligrafía de la tercera y las dejó sobre su regazo.

—Gracias, doctor Parrish —dijo con una sonrisa dirigida a su vecino

—. Es usted muy amable.

Seguidamente se disculpó con un ceñudo señor Lowden y acompañó al

doctor escaleras arriba para que reconociera a sir John.

—Parece como si ese hombre la tuviera tomada con usted.

—¿Usted también lo ha notado? Lo encuentro extraño. Sobre todo teniendo en cuenta que no lo había visto nunca hasta que llegó aquí.

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Una vez en la estancia, encontraron al herido durmiendo profundamente y, cuando el doctor intentó despertarlo, apartó la cabeza.

—También eso es una respuesta, milady. Otra buena señal.

Acto seguido saludó a la enfermera y contó que la señora Weaver había empezado un régimen de masajes y estiramientos para evitar que los músculos de sir John se atrofiaran por estar acostado día y noche. El tratamiento parecía estar ayudando a incrementar su capacidad de respuesta.

—En cuanto a eso, doctor —le interrumpió la señora Weaver con cautela—, ¿podría hablar con usted en privado antes de que se marche?

—Por supuesto.

Hannah los dejó solos para que pudieran departir con tranquilidad y se marchó a su habitación a leer la correspondencia. Primero abrió la carta cuya caligrafía le había resultado familiar. Le temblaban los dedos. ¿Cómo diantres había averiguado Freddie el nombre de la localidad en la que se encontraban? Iba dirigida a sir John Mayfield, oficina de correos de Lynton, Devon.

Querido señor:

He leído en el periódico un anuncio sobre el fallecimiento de una tal Hannah Rogers. El artículo tan solo decía: «Una doncella, de nombre Hannah Rogers, que anteriormente residía en Bath, murió ahogada. Quienquiera que conozca el paradero de sus parientes más cercanos, por favor escriba al respecto a la oficina de correos de Lynton».

No tendría la conciencia tranquila si no le dijera que Hannah Rogers era mucho más que una doncella y más que una dama de compañía: era una querida amiga, una joven inteligente y educada, la hija de un clérigo y una auténtica dama. Cantaba como los ángeles y era una amable vecina, una amiga leal y una madre afectuosa. Describirla solo como una «doncella» no le hace justicia. Sin ánimo de ofender, señor, le diré que no solo se la echará de menos porque ya no estará ahí para cargar con las pertenencias de su esposa, sino porque el mundo es un lugar más oscuro sin ella, y el futuro, más aciago.

Le transmití la noticia en persona a su padre, que reside en Bristol, el cual la recibió con gran pesadumbre y aflicción. Si Hannah dejó algún objeto personal, le ruego que lo envíe al señor Thomas Rogers, 37 Hill Street, Bristol.

Atentamente,

Fred Bonner

«¡Oh, Freddie…!». Las lágrimas le empañaron la vista. Pobre hombre. No se había parado a considerar cómo le habría afectado la noticia de su

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«muerte», ni había imaginado que le trasladaría la noticia a su padre. Pobre Fred, ignoraba que nada de aquello era cierto. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saberlo? Por supuesto que se lo había dicho a su padre; habría pensado que era su deber ponerlo al corriente, pese a que estuvieran distanciados. ¿Se habría mostrado de verdad apesadumbrado y afligido? Al pensarlo, los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas.

Conocer cuál era su situación real no le habría servido de consuelo. Le echó un vistazo a la carta del señor Lowden. ¿Debía devolvérsela

sin abrir? ¿O dejarla en la habitación de sir John para cuando… si… recobraba el sentido por completo? Entonces recordó el malestar del abogado al ver el sobre en sus manos. ¿Qué habría en él para que no quisiera que lady Mayfield lo leyera? Tragándose el amargo sentimiento de culpa, desprendió el lacre y la leyó.

Muy señor mío:

Acabo de recibir su carta y acepto su encargo con suma gratitud. Aprecio la confianza que deposita en mí, a raíz de la recomendación de mi padre, teniendo en cuenta que apenas nos conocemos.

Viajaré al condado de Devon en cuanto tenga oportunidad, lo cual es poco probable que suceda antes de final de mes. Me temo que tengo muchos asuntos que resolver en lo que se refiere a mi padre, tanto profesional como personalmente. Sus condolencias y su comprensión significan mucho para mí en este momento.

El difunto señor Lowden era muy cuidadoso con la privacidad de sus clientes y no compartió conmigo ningún detalle sobre la situación que menciona en su carta. No obstante, teniendo en cuenta que me ha pedido que gestione sus negocios, me he tomado la libertad de revisar los informes y la correspondencia entre usted y mi progenitor. Siento que la situación se haya deteriorado tanto y no lo quepa la menor duda de que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarle y protegerle, tanto a usted como a sus propiedades, en el caso de que, tal y como usted teme, le suceda lo peor.

Gracias por ofrecerme que me aloje en su casa durante mi estancia en Lyton. Espero con impaciencia poder estrechar nuestra amistad.

Quedo a su entera disposición:

James Lowden

Hannah se frotó los párpados con el índice y el pulgar. Al menos había contado la verdad acerca del ofrecimiento que le había hecho sir John para que se quedara en Clifton. No es que no lo hubiera creído, sino que simplemente no le hacía ninguna gracia tenerlo allí. En las discretas y veladas frases del señor Lowden le había parecido entender que estaba al corriente de las… tendencias de lady Mayfield. Una sensación de

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vergüenza le recorrió la espina dorsal y se asentó en sus mejillas; tuvo que recordarse a sí misma que la procacidad de Marianna no era la suya. Ella tenía una propia con la que cargar.

Abrió la última carta, que también iba dirigida a sir John Mayfield y que había sido franqueada hacía poco.

Sir John:

Acabo de estar en su casa del condado de Devon y la señorita Rogers me ha dicho que lady Mayfield ha fallecido. Sin embargo, no he visto ningún anuncio de su defunción en los periódicos de Bristol o Londres. ¿Está usted esperando a recuperar su cuerpo o acaso me han mentido? Puede que me considere usted un necio, pero el auténtico necio es usted si piensa que me hará desistir tan fácilmente. Descubriré la verdad y si averiguo que le ha hecho usted algún daño, lo mataré con mis propias manos, algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

A. Fontaine

¡Santo cielo! ¡Qué temerario! ¿Cómo se le ocurría poner algo así por escrito? Entonces recordó lo abatido que se había quedado el señor Fontaine cuando le había dado la noticia. Ahora se aferraba a una última esperanza… y hasta estaba dispuesto a llevarse por delante a sir John.

¿Qué sucedería si el señor Lowden leía aquella carta? Sin lugar a duda, ella acabaría en prisión en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué debía hacer, entonces? ¿Quemarla? La tentación era enorme, pero, por alguna razón, vaciló. La amenaza parecía seria… tal vez podía servir de prueba para incriminar a aquel hombre en caso de que regresara e hiciera daño a sir John o que viera la misma nota que había leído Freddie en el periódico de Bath e intentara utilizarla en su contra. Tenía que ponerla a buen recaudo. Pero ¿dónde esconderla sin que nadie que se pusiera a limpiar —o a registrar— la habitación diera con ella? Su dormitorio parecía el lugar más seguro, le permitiría tenerla a mano y nadie debería entrar allí salvo a su «esposo», que en aquel momento se encontraba postrado en la cama.

Consideró los libros de la estantería, pero eran demasiado pocos y resultaba demasiado sencillo dar con ella si te ponías a rebuscar. La urna encima de la cómoda… demasiado obvio. Debajo del colchón… demasiado fácil de encontrar cuando cambiaran las sábanas. ¿Quizá dentro de uno de los sombrereros de lady Mayfield? Se levantó y se dirigió a la pila de cajas junto al armario ropero. Abrió la que estaba en medio y extrajo un sombrero de copa alta rodeado por una cinta ancha. «Sí…».

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Introdujo la carta doblada bajo la cinta, recolocó el alfiler que la sujetaba y observó el sombrero desde todos los ángulos. Efectivamente, era posible mirar en el interior de la caja y en el sombrero y no notar nada. Serviría.

La carta de Fred resultaba menos incriminatoria, de hecho, era bastante halagadora. No obstante, le avergonzaba pensar que la tuviera en tan alta estima teniendo en cuenta el engaño que estaba perpetrando. No merecía aquellos elogios en vida, ni tampoco «en muerte». Aun así, no quería que el señor Lowden tuviera acceso a la dirección de su padre, de manera que la escondió en un cajón de la cómoda bajo su ropa interior.

Entonces contempló la del señor Lowden… No quería que la señora Turril o la nueva doncella la leyeran y se forjaran una mala opinión de lady Mayfield, y que, en consecuencia, la miraran a ella con desdén. Sí, era culpable de su propia inmoralidad, pero no le apetecía cargar también con la de Marianna. Depositaría aquella carta junto a las cosas de sir John en su dormitorio.

Cuando regresó a la habitación del enfermo con intención de llevar a cabo su plan, le sorprendió descubrir que el doctor Parrish seguía allí, conversando en voz baja con la enfermera.

—¡Ah, milady! —el doctor levantó la vista y esbozó una sonrisa de disculpa—. Me temo que la señora Weaver se ve obligada a presentar su renuncia. Nos dejará a finales de la semana que viene.

La mujer le contó que su hija iba a dar a luz pronto y quería echar una mano en el nacimiento de su primer nieto.

—Lo entiendo —dijo Hannah—, aunque lamento mucho su marcha. Luego le agradeció todo lo que había hecho y se preguntó inquieta

quién la sustituiría. ¿Regresaría la señora Parrish o se esperaba que fuera ella quien asumiera su función? Solo de pensarlo, se estremeció.

Hannah regresó a la planta baja y encontró al señor Lowden sentado a la mesa del gabinete de día, inclinado sobre una pila de papeles. Era obvio que no había tardado en sentirse como en casa.

Al verla esbozó una sonrisa arrogante.

—¿Ha descubierto algo interesante en el correo?

Ella se enfrentó a su mirada retadora con expresión fría.

—No, no especialmente.

—¿Y mi carta?

—La he dejado en el dormitorio de sir John.

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—¿La ha leído?

—Sí.

—¿Y las demás?

—No había nada en ellas que le concerniera. —Pero ¿estaba en lo cierto? Hannah se volvió para abandonar la habitación con mala conciencia. ¿Acaso el cliente del señor Lowden no había recibido serias amenazas en una de aquellas misivas?

—Cartas de amor del señor Fontaine, supongo —soltó él a sus espaldas.

Ella se dio media vuelta. Se había acabado lo de actuar con tacto y disimulo.

—Le puedo asegurar que no había ninguna carta de amor.

—¿Sabe que sir John confiaba en evitar que Fontaine descubriera su paradero?

¿Se atrevería a decírselo?

—En ese caso, su plan fracasó, porque el señor Fontaine ya ha estado aquí.

Al abogado le relampaguearon los ojos.

—Ah, ¿sí? Me pregunto cómo lo averiguaría tan rápido.

—No tengo ni idea.

El hombre resopló.

—Está bien. ¿Y cuál fue el resultado de su visita?

—Se marchó. Decepcionado.

—¿De veras?

—Sí.

—¿No será que simplemente está… esperando? —preguntó, con los ojos verdes brillando como escamas de pez bajo el sol.

—¿Esperando?

—Ahora que el destino de sir John es incierto, ¿para qué marcharse sin un penique cuando cree que, si espera un poco, podrá gozar de una suculenta herencia? —Esbozó una mueca de desprecio.

Ella lo miró fijamente, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

—¿Sabe lo que me pidió sir John que hiciera? —preguntó él.

—Dígamelo usted.

—Me pidió que cambiara el testamento.

Hannah se encogió de hombros.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

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—Todo.

Tal vez con Marianna, pero no con ella. ¡Oh! ¿Por qué había tenido que quedarse?

—Cambiarlo… ¿en qué sentido? —preguntó.

—Imagino que para excluirla de él. Para evitar que pudiera beneficiarse en caso de que falleciera inesperadamente y de manera accidental.

—¿Está sugiriendo que yo podría hacerle algún daño a sir John?

—¿Acaso desmiente haberle causado ya un terrible daño?

—No físicamente. De ninguna manera. No creerá… que alguien… haría algo así…

—Creo que él lo consideraba posible. Tal vez incluso tenía miedo de que sucediera; de que usted o el señor Fontaine se sintieran tentados de librar al mundo del único hombre que se interponía entre ustedes.

Ella lo miró fijamente, pensando en la carta amenazante del señor Fontaine. ¿Era posible? ¿Habían contemplado algo así el señor Fontaine y Marianna? Lo que estaba claro es que nadie podía haber provocado el accidente con el carruaje.

—No le creo —dijo en un susurro.

—Aquí tiene la carta de sir John. Léala usted misma.

Intrigada, aceptó la misiva y se la llevó hasta la ventana para disponer de más luz.

Querido señor Lowden:

Antes de nada, permítame expresarle mis más profundas condolencias por el fallecimiento de su padre. Era un hombre extraordinario y me considero un privilegiado por haberlo tenido como consejero y amigo durante todos estos años. Usted y yo no nos conocemos mucho, pero su padre confiaba plenamente en sus habilidades y, por lo tanto, yo también. Espero que continue ejerciendo como mi abogado sustituyéndolo.

Hay algunas cuestiones que me gustaría discutir con usted. Desgraciadamente las circunstancias son tales que he decidido que abandonemos Bath de inmediato y no puedo acudir a sus oficinas antes de nuestra partida. Espero que me haga el honor de venir a visitarme cuando más le convenga una vez que haya resuelto sus asuntos —y los de su padre

— y haya finalizado el luto. No le he dicho a nadie más a donde vamos y por supuesto lady Mayfield tampoco lo sabe por razones que le resultarán obvias si su padre le puso al tanto de mi situación. Si no lo hizo, bastará con decir que mi esposa ha mantenido una relación con un tal Anthony Fontaine, un vínculo poco recomendable que, para mi desgracia, no se rompió ni con nuestro matrimonio ni cuando nos mudamos de Bristol a Bath. El sujeto en cuestión siguió sus pasos, y sé perfectamente que

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intentará hacerlo de nuevo. Para mayor complicación, lady Mayfield está encinta.

Por el momento nos instalaremos en Clifton, una casa que heredé, pero en la que no he residido nunca. Estoy seguro de que los detalles se encuentran en los archivos de su padre, pero le diré en pocas palabras que la propiedad se encuentra en el condado de Devon, a doce millas de Porlock, entre Countisbury y las aldeas gemelas de Lynton y Lynmouth. La casa está situada al sur de la carretera de los acantilados, justo antes del descenso que lleva hasta Lynmouth. Si tiene algún problema, recuerde que somos vecinos de un conocido galeno, el doctor George Parrish. Si pregunta por su residencia encontrará la nuestra.

Para evitar que se conozca nuestro destino, he decidido no llevar a ninguno de nuestros actuales sirvientes, que, de manera comprensible, desearían hacer partícipes a sus parientes y amigos del lugar al que nos dirigimos. Contrataremos personal nuevo en el condado de Devon. El guardés de la propiedad, el hijo de nuestro vecino, se encargará de emplear al personal indispensable para preparar la casa antes de nuestra llegada.

Cuando venga, me gustaría, entre otras cosas, revisar mi testamento, así que le ruego que traiga los documentos necesarios para proceder a ello. Por supuesto, le compensaré por su tiempo y le reembolsaré los gastos del viaje. No se preocupe de buscar alojamiento. La casa dispone de varias estancias libres y será un placer tenerlo como huésped durante su visita.

Hasta entonces, confío en su discreción.

Atentamente,

Sir John Mayfield

—No dice nada de que temiera por su vida —observó Hannah—.

Tiene usted una imaginación muy calenturienta.

Aunque lo que sir John había escrito resultaba de por sí bastante reprobable, Hannah, en su fuero interno, se vio obligada a admitir que podía ser cierto. ¡Con razón James Lowden la miraba de aquel modo! Tuvo que recordarse a sí misma que no la veía a ella, sino que veía, o creía ver, a Marianna, la infiel, manipuladora y egoísta Marianna. La mujer que había roto el corazón de su cliente y que tal vez intentaba causarle un daño irreparable, pese a que ella la considerara incapaz de una maldad semejante. Pero ¿y el señor Fontaine? No lo conocía lo suficiente como para juzgarlo. No obstante, sabía que a lo largo de la historia el deseo y los celos había conducido a los hombres a cometer actos extremadamente violentos.

Detestaba pensar que el señor Lowden tuviera tan mala opinión de ella, pero ¿qué podía hacer? ¿Acaso su verdadero yo y lo que había hecho podían considerarse mucho mejores?

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La señora Turril bajó las escaleras con Danny en brazos y una tierna sonrisa dibujada en el rostro.

—Aquí tiene a su mamá, caballerete.

Hannah le devolvió la carta al señor Lowden y cruzó la estancia para recibir al pequeño. El ama de llaves le ayudó a acomodar al niño sobre su brazo sano.

—Espero que no le importe. Becky no se encuentra muy bien esta mañana. Sufre de unos calambres terribles. La he obligado a meterse en la cama con una botella de agua caliente.

—No pasa nada, señora Turrill. No me supone ninguna molestia tener a Danny conmigo.

—Eso mismo había pensado yo. Es usted una madre excelente, milady —añadió, lanzando una elocuente mirada al abogado antes de retirarse al piso inferior.

El señor Lowden se levantó y se aproximó a ellos.

—¿Es este su hijo?

—Sí, este es Daniel.

Él estudió su diminuto rostro con expresión escrutadora.

—Se parece a usted. —Seguidamente la miró de reojo y preguntó—:

¿Se parece también a su padre?

Ella sopesó las implicaciones de la pregunta y consideró que lo más sensato era no responder.

El señor Lowden regresó a su asiento.

—Todavía no entiendo por qué sir John no mencionó en su carta que su esposa estaba a punto de dar a luz.

—Quizás estaba equivocado respecto a la fecha prevista del parto, o tal vez la ignoraba.

—¿Tenía usted alguna razón para inducirle a error?

Ella lo miró con cara de pocos amigos.

—Es usted muy grosero, señor Lowden. ¿Qué educación le dio su madre?

Por un instante pareció quedarse sin palabras, pero entonces entrecerró los ojos y dijo:

—Mi madre era una persona buena y piadosa. Le importaban muy poco las apariencias y no me educó para que fingiera que respeto a alguien cuando no es así.

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—¿Qué derecho tiene a juzgar a una persona a la que no conoce, con la que no ha hablado jamás y a la que ni siquiera ha visto?

—¿Y qué necesidad tengo de hacerlo cuando mi cliente me ha dejado claro que no confía en su esposa y que tiene razones para sospechar que el hijo que llevaba en su seno no es suyo?

Hannah no respondió. ¿Sería verdad? ¿Estaba Marianna embarazada de Anthony Fontaine? Y de ser así, ¿lo sabría el propio Fontaine? Entonces se preguntó por un momento si realmente sir John tenía la certeza de que así era y cómo había llegado a esa conclusión, pero imaginó conocer la respuesta.

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Capítulo 11

James Lowden no estaba seguro de qué pensar o qué hacer. Era una circunstancia en la que raras veces se encontraba, y no le gustaba. Por lo general era un hombre de gran perspicacia, certero en sus

primeras impresiones, que actuaba con celeridad. Sin embargo, en esa ocasión se sentía desestabilizado, extrañamente inquieto y sin saber cómo proceder. Había viajado hasta el condado de Devon con una idea muy clara de lo que se esperaba de él: que acudiera en auxilio del marido traicionado y tomara las medidas legales para asegurarse de que ella y su amante no ganaran nada con su futura muerte más allá de la asignación de viudedad estipulada en el acuerdo matrimonial. Naturalmente, en ningún momento se le había pasado por la cabeza la posibilidad de encontrar a sir John privado de sus sentidos y al borde mismo de la muerte. Incluso si redactaba un nuevo testamento, sir John no podría firmarlo, y él tampoco podría sostener que en ese momento su cliente se encontraba en plenas facultades mentales. Sí, tenía en su poder la carta de sir John en la que quedaba patente su intención de desheredar a su esposa infiel, pero la había escrito con un ápice de discreción; según supuso James, para protegerse de un escándalo en caso de que cayera en las manos equivocadas. Una carta como aquella podía presentarse ante un tribunal, pero era poco probable que prevaleciera por delante del último testamento firmado por sir John. Especialmente cuando había tanto dinero en juego. Sir John Mayfield era un hombre acaudalado. En el pasado se había dedicado al comercio en Bristol, donde había amasado una considerable fortuna y se había granjeado el honor de ser nombrado caballero por el rey.

No obstante, el estado de sir John no había sido lo único que le había sorprendido, sino también la propia lady Mayfield. Había llegado hasta allí esperando encontrarse con un determinado tipo de mujer. Engreída, caprichosa y manipuladora. Bella pero indigna de estima. ¿Por qué tenía

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aquel vago recuerdo de un amigo describiéndola como una belleza de cabello oscuro? ¿Se habría equivocado o no lo recordaba bien? Porque el cabello de la dama era castaño rojizo. Tenía unos bellos ojos de color azul verdoso y su tez clara presentaba algunas pecas. No le faltaba atractivo, pero, desde luego, no se la podía definir como una «belleza de cabello oscuro». Por el color de piel y sus pómulos prominentes parecía tener ascendientes escoceses, o tal vez irlandeses, aunque se expresaba como cualquier dama elegante de Mayfair. También era algo más joven de lo que había imaginado. Debía de tener unos veintitrés o veinticuatro años, aunque podía aparentar menor edad de la que realmente tenía. Había imaginado que sería coqueta; sin embargo, intentaba mantener las distancias siempre que podía y, cuando no le era posible, se mostraba fría y reservada. Se vestía de manera modesta, con escotes discretos que ocultaban el encaje, llevaba el cabello recogido de forma sencilla y poco o nada de cosméticos. Era evidente que no tenía intención de seducirlo. Tal vez conocía la razón de su visita antes de que mencionara el testamento. No parecía despechada, sino, más bien, a la defensiva. Sí, definitivamente, estaba ocultando algo.

¡Y cómo cuidaba a su hijo! La había oído cantarle con suma dulzura la noche anterior. Desde luego, no le parecía una mujer caprichosa y poco maternal que dejara el cuidado de su pequeño en manos de otros. ¿Qué estaría tramando? ¿Se trataría de una estratagema para llevárselo a su terreno? Se recordó a sí mismo que era conocida por su habilidad para atraer y manipular a los hombres. Tal vez la capacidad para parecer dulce y amable era parte de sus dotes para el engaño. Debía procurar mantenerse firme frente a ella. Su función era la de proteger a sir John y sus intereses, no la de cuestionarlo. Ni cuestionarse a sí mismo.

Hannah sabía que no podía volver a saltarse la cena y que evitar al señor Lowden solo conseguiría levantar sus sospechas, pero le tenía pavor a quedarse a solas con él. La comida en sí, que en el sudoeste del país se servía antes que en la capital, transcurrió sin incidentes. De vez en cuando el señor Lowden abría la boca como si fuera a preguntarle algo, pero entonces vacilaba y volvía la mirada hacia la señora Turrill, que servía los platos o que indicaba mediante gestos a Ben que se llevara una fuente u

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otra. Al final, permaneció la mayor parte del tiempo en silencio, excepto para pedir que le pasaran algo o para felicitar a la cocinera por las excelentes viandas.

Al acabar, Hannah se levantó aliviada y se retiró a la sala de estar, donde el ama de llaves lo había dispuesto todo para que tomaran el café. Esperaba que el señor Lowden se entretuviera en el comedor tomándose un oporto y fumándose un puro o lo que quiera que hiciesen los hombres después de cenar. De hecho, le habría gustado que se fumara toda una caja de puros. Pero, en vez de eso, la siguió hasta la salita y se ocupó de servir dos cafés.

Hannah se propuso tomar una taza, después alegaría que estaba cansada y se retiraría temprano. Se sentó en un sillón, dio un sorbo y dejó la taza con su correspondiente plato sobre la mesa auxiliar. Luego tomó una novela para disuadirlo de entablar conversación, pero era incapaz de concentrarse en lo que estaba escrito. Sentía los ojos de él mirándola por encima de las páginas. Cuando finalmente levantó la vista, él le sonrió como si con aquel gesto acabara de darle pie para tomar la palabra.

—Pese a que no habíamos coincidido hasta que llegué a Clifton, tengo entendido que conoce usted a un antiguo amigo mío.

Hannah se puso en guardia de inmediato. ¿Se pondría en evidencia al no recordar al supuesto conocido en común?

Volvió una página y fingió una actitud despreocupada.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién sería este amigo?

—El capitán Robert Blanchard —respondió, mirándola atentamente a la cara—. Un tipo alto y delgado. Con el pelo rubio y rizado. Primo de lord Weston, o eso dice él.

—Lo siento… No lo recuerdo.

—¿No? Al parecer tuvo el placer de conocerla el año pasado, en Bath.

En una recepción organizada por lord Weston.

Hannah intento hacer memoria. Recordaba que Marianna había asistido sola a una recepción en casa de lord Weston, mientras sir John estaba en viaje de negocios. Después se había quejado de que el señor Fontaine no había aparecido y de que había tenido que entretenerse de otro modo. Coquetear con un oficial era decididamente el tipo de diversión que más le gustaba a Marianna; no obstante, por lo que Hannah sabía, nunca había tenido otro amante que Fontaine.

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—Tal vez su amigo me tomó por otra persona —dejó caer—. Había mucha gente…

El señor Lowden miró por encima del hombro para asegurarse de que estaban solos y dijo:

—Pero usted le causó una notable impresión a este caballero en particular. Vi a Blanchart poco después y me dijo que había conocido a la encantadora lady Mayfield, cuya mirada «lo atraía como cantos de sirena», y me habló de la manera en que había coqueteado con él, acariciándole las solapas y susurrándole al oído. Parecía bastante convencido de que si hubiera tenido el atrevimiento de sugerirle que abandonara la fiesta con él, lo habría hecho.

A Hannah se le formó un nudo en el estómago y comenzó a cavilar. Si refutaba la acusación, alegando que estaba fuera de toda posibilidad, jamás la creería. Pero si reconocía aquel hecho en particular, podía tratarse de una trampa. E incluso en caso de que fuera verdad, habría resultado de lo más humillante admitir un comportamiento tan censurable delante del abogado de sir John.

Cuando se quedó callada, él apuntó con picardía:

—Es oficial de caballería…

Hannah sabía que tenía que proceder con cautela y responder como lo habría hecho Marianna.

—¡Ah! ¡Un oficial de caballería! ¡Haberlo dicho antes! Debo admitir que siento debilidad por los hombres con uniforme, pero mucho me temo que no recuerdo a este en particular. ¿Blanchard, ha dicho?

Él alzó sus cejas rubias con expresión de sorpresa.

—¿Coquetea usted tan descaradamente con todos los oficiales que conoce?

—Yo… bueno, me gusta mostrar mi admiración por los valerosos miembros del ejército.

Él hizo una mueca.

—¡Qué patriótico por su parte!

Hannah se obligó a sonreír y volvió a concentrarse en el libro, esperando que cambiara de conversación.

Pero no lo hizo.

—Pues Blanchard sí que la recordaba. Y no sabe cómo ensalzó su incomparable belleza.

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—¿Lo ve? —dijo con despreocupación—. Debía de estar refiriéndose a otra persona.

La mirada del abogado recorrió su rostro, su cuello, su escote… La vergüenza la invadió, abrasando cada centímetro de piel por el que vagaban sus ojos.

—Sí. Entiendo sus argumentos —dijo—. Supongo que es posible que cometiera un error. Admitió que había bebido considerablemente aquella noche. Lo hace a menudo.

En lugar de sentirse exonerada, a la vergüenza ajena se sumó la ofensa personal y, con las mejillas encendidas, Hannah bajó la cabeza y fingió interesarse por el libro.

Pero el señor Lowden insistió:

—Pero usted tiene fama de ser una mujer muy coqueta. ¿O también va a negarme eso?

Ella lo miró fríamente.

—No me molestaré en negarlo. Usted ya ha tomado una decisión sobre mí y ha emitido su veredicto sin el beneficio de un proceso judicial.

Él esbozó una sonrisa autocomplaciente.

—¿Quién ha dicho que no esté siendo sometida a juicio?

Al oír aquello, Hannah se puso en pie y se excusó, diciendo que tenía que ir al dormitorio de su hijo. Tras comprobar que Danny se encontraba bien, bajó a su habitación para recobrar la serenidad. El señor Lowden la sacaba de sus casillas como ningún otro hombre lo había hecho. La manera en que la miraba, las cosas que decía en aquel tono burlón y desafiante… Detestaría tener que afrontarlo en un tribunal.

En aquel momento oyó pasos y voces quedas provenientes del pasillo. Eran el doctor Parrish y su esposa, que iban a ver a sir John. Inspiró hondo varias veces, esperó a que las manos dejaran de temblarle y fue a reunirse con ellos. En el interior del cuarto del herido encontró a ambos hablando con expresión circunspecta mientras observaban el cuerpo inerte de su paciente.

El doctor Parrish alzó la mirada.

—¡Ah, milady! Mi buena esposa y yo estábamos discutiendo acerca de los cuidados de sir John ahora que la señora Weaver está a punto de dejarnos. La señora Turrill se ha ofrecido a ocuparse de alguna de sus obligaciones, aprovechando que usted ya no necesita tanta asistencia. Y contará con la ayuda de la nueva criada. No obstante, en lo que se refiere

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al tratamiento para atenuar su pérdida de fuerza… Ahí es donde entraría usted.

—¿Cómo? —Se puso tensa—. Me temo que no estoy familiarizada con ese tipo de tratamientos.

—Al igual que la mayoría de la gente. —El doctor Parrish se acarició la barbilla y añadió—: Verá, en el hospital donde estudié, un doctor que trabajaba para la Compañía Británica de las Indias Orientales nos enseñó los beneficios del masaje, o la «fricción terapéutica», como se la denomina en ocasiones. Se trata, básicamente, de un régimen de estiramientos para evitar que los músculos se atrofien. Había pensado que, tras la marcha de la señora Weaver, la señora Parrish se ocupara de llevar a cabo la técnica, pero ella ha señalado, y no le falta razón, que sería más apropiado que fuera usted la que se hiciera cargo. Le prometo que será de gran ayuda para su esposo y que, tal y como todos esperamos, contribuirá a mejorar su salud y a que recupere la conciencia.

Hannah alzó el cabestrillo, aliviada por contar con una excusa. —Desgraciadamente, con el brazo como lo tengo…

—Ya lo había pensado, pero sigue habiendo muchas cosas que puede hacer con una sola mano, hasta que le retiremos las vendas.

—Ya veo… —Hannah tragó saliva—. Nunca he hecho nada parecido, doctor. Si la señora Parrish tiene experiencia, yo no tendría inconveniente…

—No es que me suponga ninguna molestia, milady —alegó la señora Parrish con una sonrisa poco convincente—, pero tengo una casa y una familia de la que ocuparme, por no hablar de las veces que he de asistir al doctor en partos difíciles y circunstancias semejantes. Mientras que usted… bueno, dispone de más tiempo para practicar. Además, ¿quién mejor que su propia esposa? Ya sabe, carne de su carne…

Hannah apartó la vista de la mirada desafiante de la mujer y la dirigió hacia el amable rostro del doctor.

—¿Es difícil? —preguntó.

—Ni mucho menos. Si está usted dispuesta, puedo mostrárselo ahora mismo. Después iré controlando de vez en cuando sus progresos para ver cómo se las arregla. ¿Qué me dice?

¿Cómo podía negarse a ayudar a «su esposo»?

—De acuerdo.

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El doctor levantó la ropa de cama y destapó el brazo izquierdo de sir John.

—Otro de mis profesores enseñaba en Suecia. Los suecos van muy por delante de nosotros en la aplicación del ejercicio y la fricción terapéutica.

«Cuánto me alegro por ellos», pensó Hannah con cierto desdén.

En cuanto el doctor empezó a mostrar cómo estirar y masajear los músculos, la señora Parrish se disculpó, aduciendo que debía ir a casa a preparar una cena tardía.

Apenas se hubo marchado, Hannah se relajó. No sabía por qué, pero la esposa del doctor no le tenía ninguna simpatía. ¿Sospecharía que no era quien afirmaba ser?

Con el doctor Parrish, en cambio, se sentía muy a gusto. Era muy agradable en el trato y lo consideraba un amigo. Ojalá hubiera podido disfrutar de aquella amistad siendo ella misma. Tal y como estaban las cosas, muy pronto perdería su estima, y no solo eso.

Siguió el ejemplo del doctor, retirando las sábanas del otro brazo de sir John, estirando la mano y masajeando los dedos y los músculos. A continuación, armándose de valor, pasó a su pierna sana. Utilizando la mano libre, le empujó los dedos del pie en dirección al tobillo para estirar la pantorrilla y luego comenzó a trabajar los músculos. No era difícil, aunque seguro que le habría costado menos si hubiera podido utilizar las dos manos.

Pasado un rato, el doctor dio un paso atrás y agarró su maletín.

—Bueno, ahora ya sabe cómo hacerlo. Le dejo con ello.

—Gracias, doctor.

Hannah siguió masajeando el gemelo de sir John sintiéndose acalorada y cohibida. Se recordó a sí misma que estaba actuando como una enfermera, una «maseajeadora» terapéutica, e intentó no concentrarse en el hecho de que su mano estaba tocando la pierna desnuda de sir John.

Y entonces, mientras estaba allí de pie, aquella escena despertó en ella un recuerdo que había quedado relegado en el olvido…

Lady Mayfield y ella habían estado paseando por Bristol y se habían detenido en una sombrerería. De vuelta a casa, Marianna sugirió una ruta alternativa y le indicó el camino a seguir. Pasaron por edificios de ladrillo y establecimientos que ofrecían servicios específicos para caballeros: tabaquerías, quioscos de prensa, barberías y un club de esgrima.

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En un momento dado lady Mayfield se detuvo y Hannah se volvió para ver lo que había captado su atención. El sonido amortiguado de piezas de metal entrechocando hizo que dirigiera la mirada hacia las ventanas de un edificio cercano. Dentro, dos hombres practicaban esgrima.

Marianna sonrió.

—Este es el club de esgrima de sir John. Vamos a echar un vistazo. —No, milady —repuso casi en un susurro—. El cartel dice: «solo

caballeros».

Lady Mayfield resopló.

—Eres una aguafiestas, Hannah —rezongó—. Igual que mi esposo.

Acto seguido se acercó a la ventana.

Hannah se situó junto a ella con sumo sigilo, sintiéndose avergonzada y esperando que ninguno de sus conocidos pasara por allí y las viera, en especial su padre.

Los hombres que estaban dentro llevaban trajes de esgrima, chaquetas acolchadas, guantes de piel cubriendo sus vigorosas manos y máscaras de malla metálica que les que ocultaban el rostro. Los contendientes avanzaban y retrocedían, arremetiendo el uno contra el otro y golpeando una y otra vez a un ritmo extenuante. Estaban tan concentrados en el combate que no se percataron de que tenían público.

Hannah admiró su destreza y agilidad, y la manera en que los músculos de sus piernas se tensaban contra los ceñidos pantalones blancos con cada zancada. En una ocasión había oído decir a sir John que la esgrima le ayudaba a mantenerse en forma y liberar su frustración, y al verlo allí, comprendió a qué se refería.

El contendiente más alto asestó un golpe certero que el otro reconoció como tal y el combate terminó. Los dos caballeros se saludaron, se dieron la mano y se retiraron las máscaras. Hannah se quedó boquiabierta. El hombre más alto era sir John Mayfield. Respiraba con dificultad y estaba sudando, pero tenía un aspecto juvenil, masculino y enérgico. Su oponente se apartó, pero él se quedó allí, desabrochándose la chaqueta y retirándosela. El segundo hombre le tiró una toalla y, con ella, se secó el rostro y el torso. Hannah no pudo evitar quedarse mirando el pecho musculoso de sir John, su abdomen y sus hombros, esperando que lady Mayfield no le leyera el pensamiento.

Junto a ella, Marianna suspiró:

—¿Verdad que es increíble?

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A Hannah le sorprendió la admiración que destilaba su voz y, en su fuero interno, le dio la razón. Sin embargo, cuando levantó la vista, descubrió que los ojos de Marianna no estaban puestos en sir John, sino en su oponente…

Los recuerdos se desvanecieron y Hannah volvió a cubrir la pierna de sir John con la ropa de cama. Con razón practicaba la esgrima con tanta frecuencia, pensó. Tenía mucha frustración que liberar.

A la mañana siguiente, cuando se dirigía al gabinete de día, James se detuvo frente al umbral de la salita de estar y vaciló. Había oído a Marianna Mayfield dentro, arrullando a su hijo. ¿Al hijo de Anthony Fontaine?

—Mi chiquitín. Mamá te quiere mucho, ¿sabes?

Echó un vistazo desde la puerta. Lady Mayfield estaba sentada en una silla, con el niño en su regazo. Tenía la cabeza del pequeño apoyada en las rodillas y le sujetaba las piernas en alto, entrechocando suavemente sus piececitos mientras entonaba una canción infantil.

James irrumpió en la estancia.

—Me estaba preguntando, milady, si sentiría la misma devoción por él si fuera el hijo de sir John.

Ella volvió la cabeza de improviso, claramente desconcertada por su presencia y sus palabras.

—Buenos días a usted también, señor Lowden. —A continuación, levantando ligeramente la barbilla con actitud defensiva, añadió—: Y sí. Lo haría. —Se sonrojó.

A él le sorprendió que su comentario le hubiera provocado rubor. ¿Estaba admitiendo que el niño no era de sir John? Él también estaba desconcertado.

Ella volvió la mirada hacia la criatura.

—¡Uy! Alguien necesita que le cambien el pañal. —En lugar de llamar a una criada, se puso en pie y se llevó al niño al piso de arriba para cambiarlo ella misma. O quizás, tan solo pretendía huir del insidioso abogado de su marido.

Sabía que había contratado una nodriza, pero era evidente que a menudo se ocupaba personalmente de cambiar y cuidar al bebé. ¿Cuál de ellas era la auténtica lady Mayfield? ¿La esposa infiel o la madre devota?

Al parecer, era posible que ambas coexistieran.

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Capítulo 12

Aquella noche James Lowden volvió a sentarse a la mesa con la esposa de su cliente. Resultaba algo violento cenar los dos solos, pero estaba ansioso por aprovechar la oportunidad para hablar con

ella sin que nadie los molestara. Aunque, por supuesto, contarían en todo momento con la presencia de un miembro del personal doméstico que les serviría los platos. Aun así, gozaría de su atención en exclusiva, y solo pensar en ello le resultaba de lo más estimulante, pues todavía le quedaban algunas preguntas en el tintero.

Lady Mayfield se había puesto un traje de color verde esmeralda ribeteado con cinta de raso tanto en la cintura alta como en las mangas. Le daba un aspecto reservado y digno. Llevaba el pelo recogido en la parte posterior de la cabeza, como era habitual en ella, pero aquella noche le caían dos tirabuzones a ambos lados de la cara. Lowden se dio cuenta de que el detalle suavizaba los rasgos de la joven. Y el color debía de realzar el tono de su piel, pues estaba especialmente bella. O quizá tenía que ver con la copa de Madeira que se había tomado antes de cenar.

Cuando hubieron acabado la sopa y mientras empezaban a dar cuenta del plato de pescado, él le preguntó:

—¿Qué puede decirme de su dama de compañía, la que falleció?

Ella, que estaba a punto de llevarse el tenedor a la boca, se detuvo a medio camino.

—¿Por qué lo pregunta?

—Simple curiosidad.

—¿Qué quiere saber? —inquirió ella, dejando el trozo de pescado intacto sobre el plato.

Él bebió un trago de vino.

—En primer lugar, qué hacía con ustedes. En su carta sir John especificó que no tenía intención de traer a ninguno de sus sirvientes de

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Bath. ¿Y no le llama la atención que nadie haya respondido al anuncio que el doctor Parrish envió al Bath Journal? A menos que recibiera usted alguna misiva que no haya mencionado.

Tras mirar de reojo a la señora Turrill, que se encontraba junto al aparador, lady Mayfield respondió:

—Ya le dije que se trató de una decisión tomada en el último momento. La señorita Rogers había sido mi dama de compañía en Bristol. Se había mudado con nosotros a Bath, pero nos dejó poco después. Hacía tiempo que no sabíamos de ella cuando se presentó en nuestra puerta. Le supliqué a sir John que le dejara venir con nosotros. Siempre le había tenido mucho cariño y detestaba la idea de ir quién sabe a dónde sin compañía.

James esperó a que la señora Turrill abandonara la estancia con una bandeja de platos y se inclinó hacia lady Mayfield.

—¿No le bastaba con la compañía de su esposo?

—Señor Lowden, no es necesario que finja desconocer la naturaleza de nuestra relación. Me mostró la carta, ¿recuerda? La nuestra no era una unión basada en el amor.

—Nada más lejos de la realidad. Tengo razones para pensar que el amor es un elemento fundamental en su matrimonio, al menos en lo que se refiere a sir John.

La mujer se mordió el labio.

—Preferiría no discutir sobre el matrimonio con usted, señor Lowden. —De acuerdo. Volviendo a Hannah Rogers. ¿Accedió sir John a que se

uniera a ustedes?

—Sí. Resulta más que obvio.

—¿No tenía familia? ¿No hay nadie que pudiera estar preguntándose qué ha sido de ella? ¿Nadie que pudiera tener interés en venir hasta aquí para visitar su tumba o llorar su pérdida?

—Para empezar, no existe ninguna tumba que visitar, porque todavía no se ha recuperado el cuerpo. En cuanto a su familia, por lo que sé, solo uno de sus progenitores sigue con vida y no mantenían relación.

—¿Le ha escrito? ¿Para informarle del triste destino de su hija? Aunque no mantuvieran relación, un padre debería saber algo así.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Quién le ha dicho que me refería a su padre?

—Lo he dado por hecho.

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Ella lo miró como si no lo creyera y respondió con toda tranquilidad: —No le he escrito personalmente, pero sé que ha sido informado. —Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo sabe?

—Recibimos una carta de un amigo de Hannah que había visto el anuncio. Escribió para decirnos que se encargaría personalmente de comunicarle la noticia a su progenitor.

—¿Y quién sería ese amigo?

—No creo que sea asunto suyo.

—¿Puedo ver la carta?

Ella entrecerró los ojos.

—Su curiosidad me deja perpleja, señor Lowden. Al parecer, le sobra el tiempo.

No respondió, pero la observó muy de cerca, reparando en su expresión irritada. El reloj emitió un tictac, luego otro y otro más.

Finalmente sacudió la cabeza.

—Oculta usted muchas cosas, milady. Me pregunto por qué.

A la mañana siguiente Hanna se cepilló su larga melena pensando en la cena con el señor Lowden, como había hecho durante la mayor parte de la noche. De hecho, le había costado conciliar el sueño porque su conversación no dejaba de repetirse una y otra vez en su mente. Estaba más que claro que sospechaba algo, pero no creía que se le hubiera pasado por la cabeza la posibilidad de que la dama de compañía sobre la que había hecho tantas preguntas estuviera sentada frente a él al otro lado de la mesa. Esperaba que sus respuestas hubieran aplacado su desconfianza, pero, por alguna razón, dudaba que así fuera.

Subió a la habitación infantil y se sorprendió al encontrar a Danny solo, sin rastro de Becky. Su hijo estaba despierto en la cuna, balbuciendo con satisfacción y agitando sus piernecitas. Al oír su voz, el pequeño volvió la cabeza y le sonrió mostrando sus encías desdentadas. Hannah sintió un inmenso amor, lo agarró como pudo y le cambió el pañal, aunque, al no poder utilizar debidamente los dos brazos, tardó el doble de lo normal.

Cuando hubo terminado descendió con él a la planta baja en busca de Becky. Al pasar por delante del gabinete de día oyó unas voces dentro.

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Eran las de James Lowden y Becky. Pero ¿qué diantres…?

—Si se me permite preguntar, señorita Brown, ¿cómo se convirtió usted en nodriza? —Oyó decir al señor Lowden.

Becky vaciló.

—Yo… esto… como todo el mundo, supongo.

Hannah asomó la cabeza y vio a la niñera con la mirada baja, claramente avergonzada.

—Deje que se lo exprese de otra manera, ¿dónde la encontró lady Mayfield?

—¿Que dónde me encontró?

—¿A través de una agencia o…?

Ella asintió vagamente.

—De la señora Beech.

—Y su bebé…

Becky se quedó en silencio. Luego respondió en un susurro:

—Murió.

—Lo siento. ¿Había trabajado usted de niñera anteriormente? ¿Con alguna otra familia?

—No, señor. Con otra familia no. Pero sí que…

—Señor Lowden —la interrumpió Hannah cruzando el umbral—, ¿qué significa esto?

—¿Que qué significa? Solo estoy hablando con la señorita Brown.

—Por la manera en que expresa, yo diría que la está interrogando.

Becky sacudió la cabeza.

—No le he contado nada, de verdad que no.

—Por supuesto que no, Becky. No hay nada que contar. Nada que le incumba al señor Lowden. ¿Por qué no te llevas a Danny al jardín para que tome un poco el aire mientras yo hablo con el señor Lowden?

—Sí, seño… eh… milady.

La joven tomó al pequeño en brazos y abandonó la habitación como alma que lleva al diablo.

James Lowden se quedó mirando a la esposa de su cliente. Lady Mayfield tenía los labios apretados, sus ojos centelleaban y el rubor teñía sus marcados pómulos. Apretó las manos con fuerza y esperó hasta que dejaron de oírse los pasos apresurados de la muchacha.

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—Señor Lowden, si necesita saber algo, puede preguntármelo a mí directamente. No es necesario que vaya interrogando a los sirvientes a mis espaldas. ¿No es consciente de lo dolorosas que pueden resultarle ciertas preguntas a una joven en la situación de Becky? Perdió a su criatura —su pequeña hija— poco después del nacimiento. ¿Cómo cree usted que las nodrizas acaban ejerciendo de tales? O bien porque han perdido a sus bebés, o porque renuncian a sus propios hijos para amamantar al hijo de otra mujer. En ambos casos, no son historias alegres de las que se sientan orgullosas o sobre las que les guste hablar. ¿¡Cómo se puede ser tan cruel!? No tiene usted corazón.

Sus palabras hicieron que le remordiera la conciencia.

—Tiene usted toda la razón, y le pido disculpas. Lo he hecho sin pensar. Le pediré perdón también a la señorita Brown.

—Yo misma le transmitiré sus disculpas, señor Lowden. Usted la pone nerviosa, y no me extraña.

—El estado emocional de la muchacha es cuestionable, así que ¿puedo preguntarle por qué la contrató para hacerse cargo de su hijo?

Lady Mayfield pareció dudar.

—Porque… necesitaba un empleo y nosotros la necesitábamos a ella. —¿No podía amamantarlo usted misma?

Ella dejó escapar un grito ahogado. Bajo sus pecas, la tez se le encendió.

—¿¡Cómo se atreve!?

—Le ruego me disculpe. Eso ha sido muy grosero de mi parte. Por supuesto, soy consciente de que muchas damas prefieren no…

—No es una cuestión de preferencias —le espetó—. Si hubiera podido amamantar a Danny yo misma, lo habría hecho. Lo hice durante su primer mes de vida. Después las circunstancias cambiaron y no me fue posible, muy a mi pesar.

La rabia, su profundo malestar y el sentimiento de culpa le sorprendieron. Estaba claro que había tocado una fibra sensible.

—Insisto en que disculpe mi insolencia —pidió—. No he debido hacerle semejante pregunta. No tengo derecho a juzgarla, ni a usted ni a nadie.

—Pues yo diría que lo hace cada vez que se le presenta la ocasión. Usted, que nació con un pan debajo del brazo y al que se lo han dado todo hecho: una profesión, un sustento…

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—¿De qué está hablando? No sabe nada de mí. Sí, recibí una educación, pero tuve que trabajar duro para conseguir el título. Y entonces mi padre pensó que necesitaba conocer mundo, así que me dio de baja en el despacho. Acepté un empleo en la Compañía de las Indias Orientales y viví en el extranjero: en China y en la India. Y durante los últimos años he trabajado en las oficinas de Londres. Todavía seguiría allí de no ser porque mi padre falleció. Pero, aun así, no he logrado hacerme cargo de sus negocios, porque sus clientes no me conocen y tampoco se fían de un hombre joven. Muchos han optado por contratar a otros abogados de mayor renombre. Sir John es de los pocos que me ha dado un voto de confianza. ¿Por qué cree que he podido dejar el despacho en manos de mi escribano y venir aquí?

—No había caído en la cuenta.

—Por supuesto que no. ¿Cómo iba a hacerlo? No es algo de lo que vaya vanagloriándome por ahí. Algo que una dama consentida como usted, la hija única de una familia pudiente, pudiera comprender.

Ella entreabrió la boca. ¿Acaso pretendía refutar sus acusaciones?

En vez de eso dijo:

—Gracias por contármelo, pero quizás debería regresar a su despacho. Le informaré cuando sir John esté en condiciones de comunicarle sus deseos.

—Ah, ¿sí? ¿Ahora que sabe lo que me pidió que hiciera?

—Sí.

Él la miró con una mueca de desagrado.

—¿Me está diciendo que ya no soy bienvenido aquí? ¿Que quiere que me vaya?

James se dio cuenta de que lady Mayfield cerraba la mano formando un puño.

—Por supuesto que no, señor Lowden. Tan solo pienso que sería más beneficioso para sus intereses que regresara a Bristol.

—¿Y qué me dice de los intereses de sir John?

—¿No le parece que el señor Parrish es perfectamente capaz de atenderlos? ¿Acaso duda de que sir John esté en buenas manos?

—No son las manos en las que está sir John las que me preocupan. Durante unos instantes se quedaron mirándose el uno al otro. Las

mejillas de lady Mayfield estaban enrojecidas, ya fuera por la vergüenza,

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por la rabia o por ambas. Inspiró hondo, intentando, claramente, no perder el control.

—Si me disculpa, señor Lowden, voy a ver cómo se encuentra mi hijo.

Y su vilipendiada nodriza.

Con el rostro congestionado por la rabia, Hannah salió del gabinete de día con paso firme y se dirigió apresuradamente al jardín en busca de Becky y de Danny. Quería tranquilizar a la muchacha y decirle que no había hecho nada malo. Y de paso recordarle con delicadeza lo que no tenía que decir. Sin embargo, una vez allí, no vio ni rastro de ellos.

Regresó a la casa y subió las escaleras. La muchacha debía de haber subido a hurtadillas al cuarto infantil sin que ella se diera cuenta en medio de la acalorada discusión.

Pero el cuarto estaba vacío y en todo el piso no se oía ni el más mínimo ruido. Mientras se dirigía de nuevo a la planta inferior, miró en su dormitorio, en el de sir John y en todas las demás estancias. Cada vez que pasaba por una habitación vacía, su pulso se aceleraba.

Bajó corriendo a la salita del ama de llaves.

—Señora Turrill, ¿ha visto a Becky? Ha salido al jardín con Danny, pero ya no están.

La anciana señora la miró desde su asiento con expresión preocupada. —¿Ha mirado en el cuarto del pequeño?

—Es el primer sitio donde he mirado. He buscado por toda la casa menos aquí, en el sótano.

—Probablemente habrá ido paseando hasta casa de los Parrish. ¿Quiere que le diga a Kitty que vaya a comprobarlo?

—Sí, por favor. Yo volveré a mirar en el jardín y en el bosquecillo de detrás. Me acabo de acordar de que a Becky le gustan las campanillas que crecen allí.

La señora Turrill asintió con la cabeza.

—Me temo que es culpa mía. Le dije que eran mis favoritas. Revisaré otra vez el resto de la casa —dijo, poniéndose en pie.

El miedo se apoderó de Hannah. Un presentimiento. Un temor…

Se dirigió a toda prisa fuera y recorrió el jardín llamando a Becky. Al recordar la mirada trastornada de la joven la última vez que la había visto, comenzó a rezar: «Por favor, Dios mío. No permitas que haga ninguna locura».

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El señor Lowden salió de la casa y se quedó mirándola con preocupación y expresión apesadumbrada. Solo entonces se dio cuenta de que tenía las mejillas empapadas de lágrimas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él—. ¿Se trata de sir John?

—No. ¿Ha visto a Becky? Se ha llevado a Danny al jardín cuando usted… mientras usted y yo hablábamos. Y ahora no los encuentro.

—¿Ha mirado dentro? ¿Y en casa de los Parrish?

Ella asintió.

—La sirvienta ha ido corriendo a la Casona y la señora Turrill está revisando de nuevo dentro de la casa.

Ben, el joven mayordomo, salió de los establos con un roano ensillado. —Aquí tiene su caballo, señor. Listo para el paseo matutino. —Gracias, pero Becky Brown ha desaparecido llevándose consigo al

pequeño que tiene a su cargo. ¿Los has visto?

—No, señor —respondió Ben, con los ojos muy abiertos.

—Toma un caballo de los Parrish y recorre el camino costero hacia Countisbury —le ordenó el señor Lowden—. Yo iré hacia Lynton. Pregunta a todo el que encuentres si la ha visto. Date prisa.

Al joven le bastó una mirada al rostro empañado de lágrimas de lady Mayfield para darse la vuelta y correr hacia la Casona. El señor Lowden se subió a su caballo.

—Quédese aquí por si regresa —dijo dirigiéndose a Hannah.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo estarme quieta sin hacer nada. La señora Turrill se quedará aquí. Yo voy a buscar en el bosque.

—Cabalgaré unos kilómetros y, si no los veo, daré la vuelta y me reuniré con usted.

Ella asintió, se volvió y corrió colina abajo, adentrándose en el cercano bosque, alfombrado de campanillas azules. «Dios bendito, por favor, haz que Danny esté bien. Ayúdame a encontrarlos. Te lo ruego, ten misericordia. Por favor».

Hannah abrió la boca para llamar a Becky, pero entonces vaciló. ¿Cabía la posibilidad de que saliera huyendo al oír su nombre por miedo a estar en un aprieto? Quizá debía actuar con más cautela. Prosiguió su camino en silencio cuando, de repente, pisó una rama seca. Esta se rompió emitiendo el mismo sonido que habría producido un disparo en el silencio del bosque. Adiós a la estrategia del sigilo.

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—¡Becky! —gritó.

Siguió adelante, cada vez más angustiada. ¿Dónde se habría metido? ¿Qué habría hecho? ¿En qué momento se le había ocurrido dejar que saliera de casa con su hijo? Si le sucedía algo, nunca se lo perdonaría. A lo lejos, oyó la voz de la señora Turrill llamando:

—¡Becky! ¡Becky, hija mía!

Hannah apretó los ojos con fuerza. No la habían encontrado en la casa, ni tampoco en la de los Parrish. Siguió caminando, saltando troncos y apartando ramas, mirando a un lado y a otro, buscando alguna señal de que alguien hubiera pasado por allí.

«Escucha», le dijo una voz en su interior. Luego volvió a repetirle:

«Escucha».

Hannah se detuvo en el sitio, cerró los ojos y escuchó con toda la atención.

¿Qué era aquel ruido? ¿El suave arrullo de una paloma? No. Era el murmullo de agua en movimiento. Siguió el sonido sin estar muy segura de por qué lo hacía, pues no tenía idea de hacia dónde dirigirse.

El río Lynn discurría por allí cerca, en dirección a Lynmouth y al canal de Bristol. ¿Se habría sentido Becky atraída por el agua? Era poco probable que supiera nadar. Agua y un bebé… Al pensar en aquellas dos palabras juntas, el terror le atenazó el corazón. Tuvo que apartar de su mente imágenes de Danny arrastrado por la marea como le había sucedido a lady Mayfield. O simplemente hundiéndose…

—¡Becky! —gritó con todas sus fuerzas.

Tropezó con una zarza y cayó de bruces. Un dolor penetrante se apoderó de su brazo entablillado. Entonces oyó un gemido familiar y levantó la vista desde donde se encontraba. Intentó gritar, pero la caída le había hecho expulsar todo el aire de los pulmones y la voz se atascó en la garganta.

Delante de ella se encontraba Becky. Estaba de pie junto a la orilla del río, con Danny en un brazo y el otro extendido para mantener el equilibrio. Alargó la pierna e intentó apoyar uno de los pies, calzados con unas simples zapatillas de andar por casa, sobre una roca que se encontraba en mitad del río, cuyas aguas discurrían a toda velocidad. Hannah inspiró hondo emitiendo un sonido sibilante y gritó:

—¡Becky, para! ¿¡Qué estás haciendo!?

La joven se volvió.

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—Me lo llevo a un lugar seguro.

Hannah se incorporó con dificultad y echó a andar. Jamás lograría alcanzarla a tiempo…

De pronto, el señor Lowden apareció desde detrás de un árbol. Becky chilló y saltó de la orilla a la roca. Al ver que Danny estaba a punto de escurrírsele de las manos, Hannah ahogó un grito.

—Por fin, Becky. Me alegro de haberte encontrado —dijo el señor Lowden, alzando las manos para indicar que iba en son de paz—. Quería disculparme. Siento haber sido grosero contigo. Espero que me perdones.

La niñera apartó la mirada de él y observó una roca un poco más alejada con gesto indeciso.

El abogado continuó con calma:

—El señorito Daniel parece haber disfrutado de su paseo por el bosque. Bien hecho. Ahora devolvámoselo a lady Mayfield.

Becky lo miró con el ceño fruncido.

—No es hijo de lady Mayfield.

El pánico se apoderó de Hannah.

—¡Becky! —gritó—. Danny sí que es mi hijo. Tú sabes que sí. Solo estás disgustada.

—Becky —la tranquilizó el señor Lowden—, míralo. Nadie podría contemplar a este precioso caballerete y no saber quién es su madre.

La joven bajó la mirada y observó a la criatura.

—Deja que te ayude —dijo el hombre alargando el brazo—. Eso es, agarra mi mano.

Con una mirada hacia Hannah, la niñera posó la mano con cautela en la del señor Lowden. Él la sujetó y la ayudó a saltar desde la roca hasta la tierra firme.

Hannah respiró aliviada.

—¿Quieres que lo sujete yo? —preguntó Lowden—. Debes de tener los brazos muy cansados después de cargar con él durante tanto tiempo.

A Becky se le contrajo el rostro en un gesto de aflicción.

—En ningún momento he querido hacerle daño. De verdad.

—Por supuesto que no —respondió él, agarrando al pequeño con delicadeza—. Si te parece, me gustaría mucho que me dejaras llevarlo hasta la casa. ¿Te apetece subirte a mi caballo?

—¿A su caballo, señor? Nunca en mi vida he montado a caballo.

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—Bueno, siempre hay una primera vez para todo. Tal vez lady Mayfield prefiera tomar a Danny mientras yo sujeto las riendas. Aunque tienes que prometerme que te agarrarás con fuerza. No quiero que te hagas daño. Sé que lady Mayfield depende de ti. De hecho, después de que te fueras, me ha estado diciendo lo mucho que Danny y ella te necesitan.

—Ah, ¿sí?

Hannah se aproximó, sacudiéndose la suciedad de las manos. Cruzó la mirada con James Lowden y vio un sutil gesto de asentimiento.

—Así es, Becky —dijo—. Te necesitamos. Nos hemos llevado un buen susto cuando os habéis ido tan lejos de casa los dos solos. Tienes que prometerme que no volverlas a hacerlo nunca más. De ahora en adelante, si quieres salir a pasear por el bosque, estaré encantada de acompañaros.

—De acuerdo, seño… emmm, milady.

Por encima del hombro de la joven, dibujó con la boca un «gracias» dirigido al señor Lowden, sintiendo que en aquel momento le habría gustado abrazarlo en señal de gratitud. No obstante, el sentido común y un brazo dolorido evitaron que se dejara llevar por aquel estúpido impulso y rogó que el hueso no estuviera roto de nuevo.

Al recordar las palabras de Becky cuando había dicho «no es hijo de lady Mayfield», Hannah se preguntó si había resultado dañado algo más que su brazo. ¿O quizá el señor Lowden había creído la explicación que había dado ella a la metedura de pata de Becky?

Cuando Hannah y la niñera fueron a llevar a Danny al cuarto infantil, la señora Turrill se encontraba allí esperándolas. Estrujó a la nodriza contra su pecho y luego hizo lo mismo con el pequeño.

—Lo siento. Soy una estúpida —dijo la muchacha con la barbilla temblorosa—. No quería asustar a nadie. De verdá.

La señora Turrill frunció el ceño.

—No eres ninguna estúpida, Becky. ¿Quién te ha dicho eso? La joven se encogió de hombros.

—Tó el mundo. Mi madre, la señora Beech, y luego ellos, los que… — Las palabras de la joven se desvanecieron y una mirada atormentada ensombreció su rostro.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? —quiso saber la señora Turrill, con expresión de dolor y la mandíbula apretada.

Becky apartó la mirada del rostro desencajado del ama de llaves.

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—Los hombres que… —La muchacha se mordió el labio—. No importa —dijo encogiéndose de hombros—. Estoy segura de que tenían razón.

El ama de llaves sacudió la cabeza, con los ojos brillantes.

—No, no tenían razón. Estaban equivocados. La gente malvada está equivocada. Tú no eres estúpida, Becky Brown. Tú eres inteligente, buena y valiosa. ¿Me oyes?

—Oooh… —exclamó la muchacha, como si no creyera sus palabras; como si en realidad apenas las hubiera oído. Como un perrito sumiso que reconocía una voz alentadora tras haber conocido solo golpes inmerecidos. Entonces tocó con un dedo la mejilla de la mujer y susurró:

—Por eso la quiero.

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Capítulo 13

Aquella noche después de cenar, Hannah y el señor Lowden se sentaron en la salita de estar cerca del fuego con una actitud algo más amigable que antes del trauma compartido. El abogado estaba

leyendo un libro a la luz de la lámpara, mientras ella cosía lo mejor que podía con una mano limitada por el cabestrillo. Antes, al regresar del río, James había insistido en que el doctor Parrish le examinara el brazo. El médico le había aplicado unos nuevos vendajes almidonados por precaución, aunque le había asegurado que el hueso se estaba soldando bien.

De pronto el señor Lowden pareció inquietarse, dejó el libro a un lado y se levantó. Luego se detuvo junto a la mesa de juegos, que tenía un tablero de ajedrez incorporado con casillas de roble y arce. Entonces agarró la reina y volvió la vista de la pieza hacia ella.

—Recuerdo que mi padre mencionó que, en una ocasión, sir John y usted lo visitaron.

Ella levantó la vista de su labor de costura y se puso alerta de inmediato.

—Sí, los invitó a cenar, creo que poco después de su enlace.

Se quedó mirándolo y esperó a que continuara, preguntándose a dónde quería ir a parar.

—En aquella época yo estaba en Londres, en las oficinas de la compañía. Pero creo recordar que días después me contó que la había retado a una partida de ajedrez y que usted le ganó con bastante facilidad. ¿Es eso cierto?

Lo miró mientras intentaba pensar con rapidez.

¿Debía arriesgarse a admitir que recordaba la ocasión? Al fin y al cabo, James Lowden no había estado presente y hablaba solo de lo que le había contado su padre. Pero entonces recapacitó. No recordaba haber

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visto nunca a Marianna jugando al ajedrez y sabía que no le gustaban los juegos de naipes que exigieran una estrategia. Pero ¿por qué iba a contar el señor Lowden una historia semejante si no fuera verdad? ¿Le estaba tendiendo una trampa? ¿Y qué sucedería si le daba la razón y él la retaba a una partida?

—Mucho me temo que no lo recuerdo, señor Lowden —dijo—. Tal vez su padre estaba siendo excesivamente caballeroso… u olvidadizo.

Durante varios tictacs del reloj James Lowden le sostuvo la mirada.

Luego devolvió la pieza a su sitio.

—A decir verdad, creo que el olvidadizo soy yo. Ahora que lo pienso, estaba hablando de la esposa de otro cliente. Entiendo que usted no juega al ajedrez…

—No muy bien, no.

—Ya. Ha sido un error mío.

La miró con un extraño brillo en sus tiernos ojos verdes, del color del musgo claro. Curvaba las comisuras de la boca como diciendo: «Ha superado usted otra prueba, pero no será la última». La sonrisa enfatizó las profundas hendiduras que tenía a ambos lados de la boca. No eran hoyuelos, sino largos surcos; masculinos y atractivos.

«Para, Hannah», se reprendió a sí misma. No podía confiar en aquel hombre. Si comenzaba a sentirse atraída por él, estaba perdida.

Hannah estaba masajeando el gemelo de sir John con una mano tal y como el doctor Parrish le había enseñado, cuando el médico se presentó para su revisión diaria.

—¡Oh! ¡Qué diligente es usted, milady! Bien hecho. Ya verá cómo le es de gran ayuda.

Ella levantó la vista para agradecerle su apoyo y se quedó petrificada. Sir John tenía los ojos abiertos. Y con la mirada puesta en ella. Pero no con la expresión vacía que había visto en otras ocasiones. La estaba mirando de verdad.

—¡Vaya, vaya! —exclamó el doctor Parrish con una sonrisa de satisfacción—. ¡Mire quién ha vuelto por fin con nosotros! ¡Alabado sea Dios! Esto habrá que celebrarlo. Hola, sir John.

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La mirada del paciente se deslizó lentamente hacia el doctor y luego regresó a ella.

Con cierto rubor, Hannah comenzó a bajar las sábanas para tapar su pierna descubierta.

—Se preguntará qué estoy haciendo. Qué extraño debe de ser despertarse y descubrir a alguien frotándote la pierna.

—¡Oh! No creo que ningún hombre pusiera ninguna objeción a algo así. —El doctor le guiñó el ojo a sir John—. ¿Verdad, señor?

El paciente no reaccionó.

—¡Ah! Olvidaba que no sabe quién soy. Puede que no recuerde haberme visto antes, pero he tenido ocasión de conocerle bastante. Soy George Parrish, su doctor y vecino. Mi hijo Edgar le mostró el lugar la primera vez que vino.

Un fugaz atisbo de comprensión apareció en los ojos de sir John antes de fijarse nuevamente en Hannah.

El doctor la señaló con un ademán y sonrió.

—A la que, sin duda, sí conocerá es a esta maravillosa criatura.

Al ver que no respondía, ni con la voz ni con una sonrisa, ni siquiera con un gesto de asentimiento, el doctor le pidió que siguiera su dedo, que parpadeara una vez para asentir y dos para negar o que le apretara la mano.

—No hay prisa, sir John. Ya hablará cuando esté listo para ello. Se está usted recuperando de maravilla y no tengo ninguna duda de que muy pronto volverá a ser el de siempre.

De repente su rostro se iluminó.

—¡Ya sé! Tal vez le gustaría que esta encantadora dama le leyera. Tiene una voz de lo más dulce. De hecho, anoche oí cómo le leía al señorito Daniel. —En aquel momento se volvió hacia ella—. ¿Tiene sir John un libro favorito?

Hannah vaciló.

—Esto… encontraré algo.

—Creo que leerle todos los días durante aproximadamente una hora es una excelente idea. Estimulará su cerebro y le ayudará a redescubrir las palabras que, aparentemente, de alguna manera lo han abandonado.

Hannah le leyó a sir John aquella misma tarde. Para su satisfacción, entre sus pertenencias recuperadas encontró el primer volumen de La historia de

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sir Charles Grandison. La copia de Hannah, en cambio, se había perdido para siempre junto con su maleta.

Se sentó en el sillón situado cerca de su cama y empezó a leer. Sir John abrió los ojos y la observó mientras lo hacía. Los hematomas y la hinchazón seguían disminuyendo, y la barba castaña jaspeada con tonos plateados, espesándose.

Cerca de una hora más tarde, la señora Turrill llamó a la puerta y entró con una bandeja.

—¿Tomará el té aquí con sir John, milady? ¡Oh! ¡Santo Dios! ¡Está despierto!

—Sir John, ¿ha conocido usted a la señora Turrill, nuestra ama de llaves?

La mujer lo saludó con una inclinación de la cabeza y sonrió.

—¡Qué maravilla! ¡Hoy es un día muy feliz! Bueno, ahora les dejo. Si desea cualquier cosa, milady, solo tiene que llamar, ¿de acuerdo?

Hannah reprimió una mueca de disgusto. La palabra «milady», a la que había empezado a acostumbrarse, pronunciada en presencia de sir John había sonado como un toque de trompeta.

—Gracias, señora Turrill.

El ama de llaves se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Hannah se quedó observando unos instantes la puerta cerrada, durante los cuales no dejó de sentir la mirada escrutadora de sir John. Al final, lentamente y con resignación, se volvió. Con las manos sudorosas y apoyadas sobre el regazo, afrontó de mala gana a su patrón, el antiguo esposo de su señora, el primer hombre del que había estado enamorada, pese a que nunca hubiera llegado a saberlo. La expresión de él se mantuvo imperturbable.

Entonces exhaló un suspiro y empezó con cautela:

—Cuando nos encontraron a los dos solos en el carruaje, después del accidente, dieron por hecho que yo era lady Mayfield. Al principio yo estaba inconsciente, al igual que le ha sucedido a usted. Y cuando recuperé la conciencia y me di cuenta… Bueno, debería haberlos corregido, pero no lo hice. Tenía un niño pequeño en el que pensar. Y con el brazo roto no resultaba fácil, por no decir imposible, encontrar un trabajo para el que resultara apta. Pensé que no tenía más elección que quedarme aquí. Tras la desaparición de lady Mayfield, ¿de quién iba a ser dama de compañía? Me había quedado sin empleo, sin un lugar donde dormir y sin medios para

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mantenernos mi hijo y yo. Así que permití que el malentendido se prolongara. Estuvo mal por mi parte, lo sé. Tengo intención de marcharme tan pronto como mi brazo esté lo suficientemente recuperado para encontrar trabajo en algún sitio. Mientras tanto, espero que me perdone.

Él entrecerró los ojos y frunció el ceño, pero Hannah no supo decir si su semblante expresaba rabia, desconcierto o elucubración. ¿Se acordaría de ella?

¡Santo Dios! De repente cayó en la cuenta de que había dicho «tras la desaparición de lady Mayfield». ¿Era aquella la primera vez que oía hablar de la muerte de su esposa? No era la manera más adecuada de darle la noticia en el transcurso de su propia confesión. Pero era demasiado tarde. ¿Y quién más, aparte de ella, le habría contado que su mujer había fallecido?

—Sí, siento tener que decírselo. Lady Mayfield perdió la vida en el accidente. El doctor Parrish cree que no sufrió. —Sin atreverse a mirarlo a los ojos, cerró el libro y se levantó—. Bueno, una vez más, lo siento. Siento su pérdida. Lo siento todo.

Se dio media vuelta y abandonó la habitación, consciente de que era solo cuestión de tiempo que recuperara el habla y le ordenara que se marchase. O algo peor.

Sin duda el señor Lowden regresaría pronto a Bristol. No podía desatender su despacho durante mucho tiempo. Tan pronto como lo hiciera, ella también se marcharía. Si se iba en aquel momento, el abogado sospecharía lo que había hecho y enviaría a alguien en su busca. Volvió a pensar en las dos mujeres que había visto en aquella aldea, en los cepos, y se estremeció, consciente de que pagaría un alto precio por su engaño.

Al día siguiente, el señor Lowden entró en el dormitorio de sir John Mayfield y cerró la puerta tras él. Se acercó a la cama de su cliente, sintiéndose menos compasivo de lo debido.

Sir John lo observó mientras se acercaba y el abogado percibió un destello en sus ojos que le dio a entender que lo había reconocido. Aparentemente, su capacidad de discernimiento era mayor que en sus anteriores visitas.

—Hola, sir John. ¿Cómo se encuentra hoy?

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El hombre levantó una mano lánguida e hizo un débil gesto, indicando que así así.

—Dado que todavía no está en condiciones de exponer sus deseos respecto a su testamento —dijo James—, creo que debería regresar a Bristol por unos días para ocuparme de unos asuntos. Pero si usted desea que me quede, lo haré.

El hombre volvió a levantar la mano, en esta ocasión para manifestar, al menos en apariencia, que no era necesario.

—¿Se sentirá usted… cómodo… quedándose solo aquí? Bueno, solo exactamente no, pero ¿sin que yo vele por usted y por sus asuntos?

Sir John asintió con la cabeza.

—Por supuesto, el doctor Parrish viene todos los días. Y también está la señora Turrill. Es una mujer excelente. Le he pedido al doctor que me escriba en cuanto recupere la capacidad de expresar sus deseos, ya sea de palabra o por escrito. En cualquier caso, volveré al final de la semana.

Sir John volvió a asentir.

Lowden se despidió con una leve reverencia y se dio media vuelta para marcharse. Cuando tenía la mano en el picaporte, miró por encima de su hombro.

—Le deseo una pronta recuperación.

Aquello no era del todo cierto.

James no tenía nada en contra de su cliente, pero deseaba disponer de un poco más de tiempo con lady Mayfield. Había disfrutado de sus conversaciones relativamente privadas, algo que se esfumaría tan pronto como su esposo recuperara la movilidad, si es que lo hacía. Aquella mujer le intrigaba, aunque estaba claro que escondía algo. Y quería averiguarlo, como si se tratara de un complicado caso legal. Como el misterio que era.

Nunca había sentido algo así por una mujer casada, lo que le causaba un cierto malestar consigo mismo. Le atraía lady Mayfield, pese a que no dejaba de repetirse una y otra vez que era la esposa de otro hombre, aunque fuera una esposa infiel. No estaba muy seguro de qué era lo que le fascinaba de ella. Había conocido a mujeres más hermosas, con mayor capacidad de seducción, más cautivadoras. ¿Tendría que ver con el reto que representaba? ¿Era posible que no quisiera ser el único hombre con el que no coqueteara? Esperaba no ser tan superficial.

¿Era atracción correspondida lo que veía reflejado en sus ojos de color azul verdoso o estaba engañándose a sí mismo? Probablemente producía el

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mismo efecto en la mayoría de los hombres, en especial en Anthony Fontaine. Y era bastante factible que suscitara de manera deliberada aquellos sentimientos para conseguir sus propósitos. Pero a él no le parecía aquel tipo de mujer, a pesar de todo lo que había oído decir de ella.

Sí, tenía algunos asuntos que atender en Bristol, pero también sabía que tenía que alejarse de lady Mayfield antes de acabar diciendo o haciendo alguna estupidez, algo de lo que ambos se arrepintieran. También deseaba encontrar a la familia de la dama de compañía, Hannah Rogers. Había diversas cuestiones acerca de ella y varios cabos sueltos que deseaba aclarar. Y podría aprovechar la visita para preguntar por el paradero de Anthony Fontaine.

Recogió sus cosas y bajó la maleta al comedor, donde lady Mayfield estaba sentada cerca de la ventana, acabando su desayuno. La luz del sol le iluminaba el rostro y resaltaba los reflejos rojizos de su pelo rizado.

Cuando se acercó, ella levantó la vista.

—Buenos días, señor Lowden. —Su mirada recayó sobre la maleta y levantó las cejas—. ¿Nos deja?

—Solo durante una semana más o menos. Mi caballo se queda aquí, pues he decidido tomar la diligencia. Le he pedido al doctor Parrish que se ponga en contacto conmigo si sir John recupera el habla o si pregunta por mí antes de mi regreso.

—Entiendo. Al parecer no confía en que yo lo hiciera.

Él vaciló.

—No, no del todo. A pesar de ello, me arrepiento de haber sido tan grosero con usted y le pido disculpas.

Ella se levantó y rodeó la mesa.

—Lo entiendo, señor Lowden. No le guardo rencor. Y gracias de nuevo por su ayuda para encontrar a Danny y a Becky el otro día.

—Fue un placer poder serles de ayuda —dijo él, sin moverse de su sitio, haciendo girar entre las manos el ala del sombrero.

De repente ella le tendió la mano. Él soltó la suya de inmediato del sombrero para tomar sus delicados dedos.

—Adiós, señor Lowden, y buen viaje —dijo—. Espero que su despacho progrese y que muchos clientes se den cuenta de sus capacidades y su saber hacer a pesar de su juventud. Le deseo una larga y próspera vida.

¡Qué semblante tan serio! ¡Qué expresión tan sobria!

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—¡Santo cielo! —exclamó él con una media sonrisa—. Me marcho solo para una semana. Volveremos a vernos.

Ella se sonrojó y agachó la cabeza.

—Por supuesto.

Mortificado por haberla avergonzado de nuevo, le apretó la mano. —Pero se lo agradezco. Sus buenos deseos significan mucho para mí,

sobre todo teniendo en cuenta que empezamos con muy mal pie.

Ella esbozó una sonrisita de arrepentimiento, pero luego volvió a bajar la mirada.

Incapaz de resistirse, acercó la mano a sus labios y la besó, demorándose un segundo más de lo adecuado, pero sin preocuparse lo más mínimo. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía el decoro para una mujer como ella? ¿O su despreocupación solo se daba con un determinado caballero?

—Adiós, señor Lowden —dijo.

Su mirada quedó prendida en la de ella, y entonces lady Mayfield le soltó la mano.

—Simplemente diremos «hasta que nos volvamos a ver», ¿de acuerdo? Ella esbozó una sonrisa poco convincente.

¿Por qué le dio la sensación de que le estaba diciendo adiós para siempre?

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Capítulo 14

Al día siguiente, Hannah le leyó otro capítulo del libro a sir John. En un momento dado levantó la vista y se quedó mirándolo. Estaba allí tumbado, inmóvil, con los ojos abiertos y la vista puesta en el

techo. Dado que era un hombre bastante alto, los pies le asomaban por el extremo inferior de la cama. Parecía atento, pero era difícil intuir su reacción o hasta qué punto entendía.

¿Recordaría haberle regalado por Navidad aquel mismo libro dos años atrás? La historia de sir Charles Grandison era el único presente que había recibido, salvo un trozo de cinta de raso por parte de Freddie. No era raro que, con motivo del día de San Esteban, el patrón les diera unas monedas a sus empleados o que les hiciera un pequeño obsequio, pero ¿un regalo tan personal y considerado? Sin duda, era algo excepcional.

Cuando le había retirado el envoltorio él le había dicho: «Sé que te gustan las novelas. Yo no suelo leer muchas, pero esta es mi favorita. El personaje principal es un hombre bueno y honorable al que resulta imposible no admirar».

«Como usted», recordaba haber pensado en aquel momento. Pero ella era la hija de un clérigo, y sabía de sobra que no estaba bien codiciar al marido de otra mujer, así que se había esforzado por reprimir su admiración por él. Y durante la mayor parte del tiempo, lo había logrado. Además, el hecho de que él no hubiera mostrado ningún tipo de intención hacia ella fue de gran ayuda.

Recordar aquellos sentimientos la hacía sentirse casi desleal a la memoria de Marianna. No obstante, seguía considerándolo un hombre bueno y admirable. Incluso en aquel momento. Después de todo lo sucedido.

Alguien llamó suavemente a la puerta y la señora Turrill entró en la habitación con Danny en brazos. Hannah dejó a un lado su libro y

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rápidamente se levantó para interceptarla, pero el ama de llaves ya estaba acercándose a la cama, orientando al niño hacia sir John.

—Mire a quién tenemos aquí.

El hombre volvió lentamente la cabeza hacia ellos. —Sabe quién es este precioso mozalbete, ¿verdad?

Sir John se quedó mirando con la boca entreabierta y sin expresión. —Es el señorito Daniel. Y no me extrañaría que no lo reconociera, con

lo rápido que crece. —Miró al herido, luego al niño y volvió a mirar al caballero—. El parecido es evidente, ¿verdad?

Hannah contuvo la respiración.

Sir John volvió de nuevo la cabeza.

—Sin duda ha salido a su madre, pero también al padre, ¿no les parece? —insistió la señora Turrill.

«Ha llegado el momento…», pensó Hannah, removiéndose nerviosamente en su asiento.

Sir John la miró y, con voz áspera, pronunció su primera palabra desde el accidente:

—No.

El corazón de Hannah latía con fuerza. ¿Qué había esperado?

Sintió la mirada de indecisión de la señora Turrill. Sin duda debía pensar que algo raro ocurría. Se preguntó si sospecharía de qué se trataba. Ojalá hubiera podido quitarle importancia y, con una sonrisa, soltar alegremente: «Sir John siempre ha mantenido que Danny se parece a mi familia». Pero era incapaz. Todas las mentiras que había contado habían empezado a pudrirse y a oler mal, hasta el punto de resultar nauseabundas, y no se veía con ánimo de contarle otra patraña a aquella encantadora mujer.

Se acercó a la cama y alargó los brazos para tomar a Danny, pero el ama de llaves lo sujetó con firmeza y esbozó una sonrisa demasiado radiante para resultar natural.

—¡Qué alegría oír su voz, sir John!

Luego insistió en llevar ella misma a Danny de vuelta a su habitación para que echara la siesta.

—Usted siga leyendo. Parece que le está siendo de mucha ayuda al señor. Acaba de hablar. Es una muy buena noticia.

«No para mí», pensó Hannah. En adelante, era solo cuestión de tiempo que…

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Se quedó allí de pie, sin saber qué hacer, mientras la señora Turrill se marchaba cerrando la puerta tras de sí. Deseosa de escapar de la tensión de la habitación, se dio media vuelta, pero sir John la agarró del brazo.

Ella ahogó un grito y miró la mano que apresaba su muñeca, tan sorprendida como si, estando junto al mar, un cangrejo le hubiera trepado por el brazo. Parpadeó y se atrevió a echar un vistazo al rostro de sir John. Le pareció soliviantado, desconcertado, con una mirada inquisitiva. Pero… ¿enfadado? No estaba segura. La miraba fijamente a los ojos y ella hizo lo mismo. Cuando notó que aflojaba la presión, se soltó de su mano y salió apresuradamente de la habitación.

Durante el resto del día Hannah evitó el dormitorio de sir John. Le pidió a la señora Turrill que lo atendiera en su lugar, alegando que le dolía la cabeza. El dolor era real, aunque no fuera aquella la razón por la que eludía al caballero. Imaginó que al ama de llaves y al doctor les parecería extraño y poco compasivo por su parte.

Mientras la señora Turrill estaba ocupada en la habitación del herido, Hannah subió a ver a la nodriza.

—Becky, recoge tus cosas sin hacer ruido. Yo me ocuparé de las de Danny. Es hora de marcharse.

—Pero a mí me gustar estar aquí —protestó la muchacha haciendo pucheros—. Y la señora Turrill dice que soy como una hija para ella.

—Lo sé, y lo siento, pero sir John está empezando a hablar. Nuestra estancia aquí ha llegado a su fin. Te dije que no nos quedaríamos para siempre.

—¿Y adónde iremos?

—A Exeter, creo. Es una ciudad de un tamaño considerable. Imagino que habrá mucho trabajo.

A Becky le empezó a temblar la barbilla.

—Pero yo no quiero irme…

Hannah esbozó una sonrisa forzada y le dio unas palmaditas en el brazo. No podía permitir que la joven tuviera un ataque de pánico.

—Vamos, vamos. No pasa nada, Becky —la tranquilizó—. Tú túmbate y descansa un poco, ¿de acuerdo? Lo hablaremos más tarde.

La nodriza asintió con la cabeza, aliviada.

Hannah la dejó y bajó a su habitación para terminar de prepararlo todo. Sacó la maleta medio llena de debajo de la cama y metió algunas cosas

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más. Estaba punto de recuperar la carta escondida en la sombrerera cuando la señora Turril llamó a la puerta y asomó la cabeza.

—Sir John pregunta por usted, milady.

Hannah sintió que el corazón le daba un vuelco.

—El doctor Parrish está con él. Ya habla muy bien y desea que se reúna con ellos.

El ama de llaves la observó detenidamente. —También ha pedido que lleve usted a Danny. —Ah, ¿sí?

—Sí, pero no lo ha llamado por su nombre. Se ha referido a él como «el niño».

La mujer parecía muy preocupada. ¿Habría adivinado la verdad? Hannah se obligó a sí misma a sonreír.

—Gracias, señora Turrill. Deme solo un poco de tiempo para refrescarme.

Cinco minutos más tarde, puso la maleta junto a la puerta de su habitación y subió al cuarto infantil en busca de Daniel. Sobre su vestido de día llevaba la pelliza larga de Marianna, pues la suya no había sobrevivido al accidente.

Vistió a Danny con la ropita que había comprado durante el viaje y una chaquetita de lana que la señora Turrill había tejido para él. Dejó en la habitación todas las cosas que los Parrish le habían prestado, debidamente lavadas y planchadas. Becky, que dormía en su pequeña cama ajena a todo, siguió haciéndolo sin que nadie la molestara.

Hannah había decidido dejarla en Clifton, consciente de lo unida que estaba a la señora Turrill, y la señora Turrill a ella. Sabía que la atormentada joven estaría en mejores manos con la amable ama de llaves que con ella. Tendría que destetar a Danny de un modo más abrupto de lo que le hubiera gustado, pero, por suerte, ya había empezado a comer pequeñas porciones de gachas diluidas y fruta machacada. Becky había seguido amamantándolo, pero Hannah había notado que las tomas no duraban mucho y que el niño se ponía nervioso y soltaba el pecho pronto. Sí, el final estaba cerca. En más de un sentido.

Regresó a su cuarto a por la maleta. Tendría que sujetarla con la mano buena y apoyar a Danny en el pliegue de su brazo entablillado. No había más remedio. Simplemente bajaría las escaleras, saldría por la puerta lateral y se dirigiría a la casa de postas más cercana. Una vez allí, utilizaría

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el dinero que le había sobrado del viaje a Bath para marcharse lo más lejos que pudiera de Clifton.

Cruzó el umbral. «Pero… ¿irse así? ¿Sin dar explicaciones? ¿Sin ningún tipo de disculpa?». Ya en el pasillo vaciló, con el corazón latiéndole a toda velocidad. A la derecha tenía las escaleras y la libertad. A la izquierda, el dormitorio de sir John.

«Afróntalo», le susurró una voz en su cabeza. No podía afirmar con seguridad si era la suya, la de Dios o la del diablo.

«Tengo miedo», respondió Hannah para sus adentros.

¡Y cómo no tenerlo!

Una vez que hubo tomado una decisión, dejó la maleta en el suelo, se cambió a Danny de brazo y se volvió, no hacia la desconocida libertad, sino hacia el dormitorio de sir John, hacia una condena segura.

Oyó sus voces antes de llegar a la puerta entreabierta. La de sir John, baja y ronca, respondía de vez en cuando a la del doctor Parrish, mucho más locuaz. ¿Estarían hablando de ella? ¿Se lo habría contado ya el paciente?

Cuando entró, el médico se dio media vuelta. Al verlos, su rostro se iluminó.

—¡Oh! ¡Aquí está su familia! Su encantadora esposa y su hermoso y lozano hijo.

Estaba claro que sir John todavía no lo había sacado de su error.

Hannah tragó saliva.

—Doctor Parrish, me alegro de encontrarlo aquí. Hay algo que… —Siempre es un placer ser de ayuda, especialmente a mis vecinos —

continuó el médico—. Además, le he cogido mucho cariño a este muchachito, no me importa admitirlo. Mírelo. ¡Dios mío! ¡Qué parecido!

—¿Parecido a quién? —preguntó sir John, con la voz áspera después de tanto tiempo sin hablar.

El doctor Parrish alzó las cejas.

—¿A quién? ¡Esa es buena, señor! A usted, por supuesto. Con esa nariz tan propia de los Mayfield.

—Eso no es lo que yo veo.

O lo hacía en aquel momento, o no lo haría nunca, pensó Hannah. Tenía que dar sus razones, disculparse. Era mejor confesar voluntariamente que esperar a que la descubrieran y, entonces, intentar defenderse.

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—Verá, doctor Parrish —comenzó apresuradamente—, cuando nos encontró usted en el carruaje accidentado y vio que dentro estábamos solo nosotros dos, dio por hecho, como es natural, que éramos… que yo era…

—¡Qué escena! —la interrumpió él—. Nunca la olvidaré. Qué imagen tan tierna en mitad de la tragedia. A pesar de que ambos estaban malheridos e inconscientes, su esposa le sostenía con ternura la cabeza en su regazo.

¿Por qué tenía que interrumpirla siempre aquel hombre? Hannah inspiró hondo y continuó:

—Doctor Parrish, es usted muy amable, pero eso fue fruto únicamente de la manera en que quedó el carruaje, la posición a la que nos empujó la caída.

—¡La posición a la que les empujó el destino! —replicó él—. ¿O acaso cree que ese tipo de cosas suceden por casualidad?

—¿Destino? ¿Ternura? —Hannah sacudió la cabeza, incrédula—. No entiendo cómo pudo parecerle tierna una situación tan espantosa.

El doctor suspiró.

—Bueno, todavía no había visto al cochero, que había salido disparado y estaba a una distancia considerable de la diligencia. Ni tampoco habíamos divisado a la pobre criatura arrastrada por la corriente.

Sir John hizo una mueca de dolor y murmuró con voz quebrada:

—Fue culpa mía. Solo mía.

—No se crea, su esposa también sufrió sus heridas —prosiguió el doctor—, pero mire lo bien que se ha recuperado. La brecha de la cabeza… Muéstresela, milady, si es tan amable. Aquí. Yo mismo le di los puntos y luego se los quité. Tenga en cuenta que no soy cirujano, pero es imposible encontrar uno en muchas millas a la redonda, así que mi esposa y yo hicimos lo que pudimos. Mucho me temo que le quedará una cicatriz, pero nada que un poco de cabello bien colocado no pueda ocultar. Y el hueso se está soldando muy bien. Eso sí, necesitará recuperar la fuerza, de la misma manera que usted necesitará recuperar la fuerza y el uso de las extremidades.

Hannah cerró los ojos, incómoda. ¡Resultaba tan tentador dejar las cosas como estaban! ¡No reconocer la verdad! Exhaló un suspiro angustiado.

—Doctor Parrish, se lo ruego, déjeme terminar. Debo disculparme. Usted malinterpretó la situación y yo permití que el malentendido se

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prolongara en el tiempo. Yo no soy…

—Milady… —Sir John le lanzó una mirada de reojo—. ¿No se encuentra bien? —Luego se volvió hacia el señor Parrish—. Doctor, ¿es posible que la herida en la cabeza la haya dejado confundida? Mi esposa no parece la misma de siempre.

Hannah lo miró de hito en hito, notando cómo la boca se le abría de par en par. Miró por encima de su hombro. ¿Había aparecido Marianna milagrosamente? ¿Estaba viendo una aparición? Se volvió de nuevo y se topó con su mirada imperturbable. ¿La herida de la cabeza lo había dejado confundido o…? ¿O qué? «Mi esposa no parece la misma de siempre». ¿Qué significaba aquello? ¿Estaba ciego o había perdido la cordura? Pero aquellos ojos clavados en los suyos mostraban un desconcertante destello de complicidad. ¿Le estaba diciendo que no le revelara al doctor Parrish su verdadera identidad? ¿Y por qué razón haría algo así?

Como si necesitara una aclaración, sir John preguntó: —¿La pobre criatura arrastrada por la corriente…? El doctor Parrish respondió:

—La dama de compañía de su esposa. Hannah Rogers.

Hannah ya le había mencionado la muerte con anterioridad, aunque no le había quedado claro hasta qué punto la había entendido.

—¡Ah! —Sir John levantó la barbilla como si acabara de caer en la cuenta—. Por supuesto.

—Una triste pérdida —añadió el doctor Parrish—, pero al menos podemos dar gracias de que usted y lady Mayfield se salvaran.

Hannah abrió la boca en un último intento de contar la verdad, pero las palabras se desvanecieron bajo la intensidad de la mirada de sir John, que alargó la mano y agarró la suya libre. Probablemente parecía un gesto de consuelo, pero ella lo interpretó como una advertencia.

Como si sintiera su inquietud, Danny empezó a quejarse y a impacientarse, y a darle dolorosas patadas en el brazo.

En aquel momento sir John, con un tono despreocupado que a Hannah le resultó de lo más inquietante, dijo:

—El pequeño está intranquilo, querida. Tal vez deberías acostarlo y aprovechar para descansar tú también. Pero ven a verme de nuevo en una hora o así.

¿Quería hablar con ella en privado? ¿Era eso? ¿Para evitar un escándalo que manchara el buen nombre de los Mayfield? Sin duda, para

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decirle exactamente lo que pensaba de ella sin que nadie pudiera oírlo.

Hannah regresó al cabo de una hora, tal y como se le había indicado. Estaba deseosa de conocer los motivos por los que sir John no la había delatado y, a la vez, tenía miedo. Era más que obvio que no la estaba encubriendo a propósito, ¿o sí? No, era una tontería albergar aquella esperanza. No obstante, cuando asomó la cabeza por la puerta y vio que estaba dormido, le faltó el ánimo —y el valor— para despertarlo.

Entonces le vino a la memoria la primera vez que habían hablado en privado, cuando habían negociado sus condiciones laborales como dama de compañía. Sir John le había ofrecido una generosa asignación, pese a que, desde el primer momento, sus reticencias a contratar a una asistenta para su esposa resultaban más que evidentes. Se recordaba a sí misma sentada en el gabinete de día de la casa de los Mayfield en Bristol, mientras él permanecía de pie en el otro extremo de la habitación. Y en vez de mirarla a ella, tenía la vista puesta en la ventana.

—¿Acepta?

—Sí —repuso ella.

Él había hecho una mueca, como si la contestación no hubiera sido de su agrado, aunque Hannah no sabía por qué.

—Pero… —continuó él como si hablara consigo mismo—. ¿Y yo?

¿Debería acceder?

—Solo si ese es su deseo.

—¿Si es mi deseo? —En aquel momento dejó escapar una risa seca y breve que no tenía nada de jovial—. Le puedo asegurar que Dios no suele concederme lo que deseo.

—Tal vez sea —dijo ella con gesto grave— porque desea las cosas equivocadas.

Entonces él la había mirado como si fuera la primera vez.

—Quizá tenga razón. ¿Y qué es lo que usted desea?

Hannah percibió un destello desafiante en sus ojos de color azul plateado, y por un momento se sumergió en ellos, sintiéndose cohibida e intimidada.

Antes de que pudiera dar con una respuesta adecuada, él se cruzó de brazos y continuó:

—Sería injusto pedirle que me informe de adónde va lady Mayfield y con quién se encuentra, pero al menos puedo esperar que sea una buena

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influencia para ella. —Seguidamente añadió con sequedad—: A diferencia de la mayoría de la gente con la que se relaciona.

Ella levantó la barbilla.

—Tiene razón, señor. No puedo ser la dama de compañía de su esposa y al mismo tiempo espiarla, pero siempre que esté en mi mano le ofreceré consejo, tal y como haría una amiga, para evitar que pueda dañar su propia reputación o su matrimonio.

—¡Ja! —se había burlado él, al tiempo que sus fríos ojos se tornaban aún más gélidos—. Demasiado tarde.

Si Hannah hubiera sabido todo lo que ocurriría en aquella casa, ¿habría aceptado el acuerdo? ¡Qué ingenua había sido al pensar que podría controlar el comportamiento de Marianna con los hombres! Ni siquiera había logrado controlar el suyo.

Movida por la curiosidad, decidió que no se marcharía hasta oír lo que sir John quería decirle en privado.

A la noche siguiente entró, intentado no hacer ruido, en el dormitorio de sir John mientras el doctor Parrish recogía sus enseres y los guardaba en el maletín. Él levantó una mano para indicar que había advertido su presencia y luego retomó su tarea. Ella se sentó con la espalda rígida en la silla que había utilizado el día anterior para leer, pero no tomó el libro. Entrelazó sus manos temblorosas en el regazo y se preguntó qué le esperaba. Sir John llevaba una elegante bata encima de la camisa de noche y estaba peinado. Probablemente de joven había sido rubio, pero a sus cuarenta años su cabello era castaño claro, y en aquel momento necesitaba un buen corte.

Él le lanzó una mirada irritada.

—Le pedí que volviera anoche.

—Lo hice. Estaba dormido.

Con una expresión que daba a entender que no estaba muy convencido, dirigió su mirada calculadora al doctor.

—El… emmm… masaje médico que mi amable esposa me ha estado dando con tanta habilidad… ¿Hay alguna razón para no continuar con eso?

Hannah se estremeció al notar la ironía mordaz en su voz, pero el buen doctor no pareció darse cuenta.

Este sacudió la cabeza.

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—Ninguna en absoluto. No hasta que pueda ponerse en pie y hacer ejercicio por sí mismo.

—Excelente. —Sir John le lanzó una mirada desafiante—. Y, doctor, una cosa más…

—¿Sí?

—¿Hay alguna razón por la que no pueda reanudar mis… deberes conyugales… con mi esposa?

Hannah ahogó un grito y bajó la cabeza, con las mejillas ardiendo.

El doctor abrió la boca, claramente sorprendido. Miró primero a sir

John y después a Hannah y luego comenzó a juguetear con su maletín.

Terminó mostrando en su mejilla un indulgente hoyuelo.

—Sir John, doy por hecho que está usted bromeando. Por lo que veo, le gusta tomarle el pelo a lady Mayfield. Pero me temo, señor mío, que la ha avergonzado, y creo que, en el futuro, debería esforzarse por ser más discreto.

Sir John no le devolvió la sonrisa.

—No estoy bromeando. Hablo muy en serio.

A Hannah le daba vueltas la cabeza. ¿Qué estaba haciendo aquel hombre? ¿Avergonzarla a modo de castigo por su engaño? No era propio de él. ¿Acaso el accidente le había afectado a la cabeza y al carácter de la misma manera que a su cuerpo? ¿Pensaría que ella era realmente su esposa?

El doctor vaciló.

—Bueno, en ese caso, preferiría tratar esas cuestiones en privado.

—¿Por qué? Su respuesta la concierne a ella tanto como a mí.

El médico frunció el ceño.

—A decir verdad, no. No exactamente. Ella se ha recuperado por completo, mientras que usted no, aunque mejora día a día. Creo que, teniendo en cuenta el estado de sus costillas y del tobillo, cualquier… actividad… extenuante… podría resultar bastante molesta. Incluso dolorosa. —Sacudió la cabeza—. No; desde un punto de vista profesional, ahora mismo no se lo aconsejo.

—Ah, ¿no? Qué lástima. ¿Y qué me dice de compartir cama? Solo por una cuestión de afecto y confort. ¿Hay algo de malo en ello?

—¡Sir John! —protestó Hannah—. Está yendo usted demasiado lejos.

El convaleciente examinó su rostro con frialdad.

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—Al parecer, a lady Mayfield le preocupa hacerme daño durante la noche.

Ella percibió el sarcasmo en el tono de su voz, pero el doctor no. Este apretó los labios con expresión meditabunda.

«Por favor, diga que no», suplicó Hannah para sus adentros. A pesar de que en el pasado se había sentido atraída por sir John, en ese momento lo único que sentía era miedo y vergüenza. Nunca le había hablado en un tono tan grosero ni se había mostrado tan displicente con ella.

—Si tiene cuidado de no darle demasiados empujones, no veo por qué no —decidió el doctor—. Y no me cabe duda de que supondrá un agradable cambio para ambos después de tanto tiempo separados. Sí, creo que es una buena idea.

—Pero, yo… —balbució Hannah—. No puedo.

Los dos caballeros volvieron la cabeza y la miraron fijamente. —Quiero decir… —vaciló—. ¿Qué dirá la señora Turrill? Sabrá que

no he dormido en mi cama y…

El doctor Parrish la interrumpió con delicadeza.

—Mi queridísima dama, nosotros no somos tan remilgados como la gente de ciudad. Le puedo asegurar que aquí, en el suroeste, la gente no se escandaliza por el hecho de que un hombre y su esposa compartan lecho.

—¡Oh, qué alivio! —exclamó sir John con una sonrisa paternalista—.

Ahí lo tiene, mi señora, objeciones resultas y asunto zanjado.

—Pero, sir John… —empezó a decir ella.

Él la interrumpió una vez más.

—Muchas gracias, doctor Parrish. Desde luego, hoy se ha ganado usted sus honorarios con creces.

El confiado doctor los miró alternativamente con cierta perplejidad, quizá notando por fin el sarcasmo de sir John, aunque sin comprender del todo el motivo o su significado. Sin duda era consciente de la incomodidad de «lady Mayfield», pero probablemente la atribuía al pudor y no a una verdadera inquietud o temor hacia su voluble esposo.

Una vez que el médico se hubo marchado, sir John dijo con expresión maliciosa:

—Supongo que querrá cambiarse y ponerse la ropa de dormir.

Ella sacudió la cabeza.

—¿Por qué hace esto?

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—Porque estoy empezando a recuperar la memoria y, con ella, también la imaginación. —Su tono sardónico la acompañó hasta la puerta—. No tarde, querida «esposa».

Abandonó la habitación con paso rígido y tuvo que hacer un esfuerzo para lograr recorrer el pasillo. ¿Cómo había llegado a aquello? ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Negarse y montar una escena? ¿Recoger a Danny y salir por la puerta justo cuando estaba empezando a oscurecer? Sin duda, no esperaría que de verdad compartiera cama con él. ¿Acaso el ver a Danny y caer en la cuenta de que había tenido un hijo sin estar casada había suscitado en él determinadas ideas? El que hubiera caído una vez no significaba que fuera a hacerlo de nuevo.

Durante varios minutos permaneció de pie en su habitación sin saber qué hacer. Entonces unos suaves golpes en la puerta le hicieron darse media vuelta.

Era el ama de llaves, que la miraba con expresión interrogante. —Espero que no le importe, pero el doctor Parrish me ha comentado la

petición de sir John. He pensado que le gustaría que le ayudara a cambiarse.

—Gracias, señora Turrill.

La amable mujer la ayudó a ponerse la ropa de dormir y le cepilló el cabello.

—¿Está segura de que estará bien? —La luz que despedían sus ojos y su expresión cautelosa hicieron que Hannah se preguntara a qué se debía aquella pregunta; cuánto sabía exactamente, o cuánto sospechaba.

Esbozó una sonrisa forzada.

—Sí, por supuesto.

«Dormiré en el sillón tapizado junto al fuego», se dijo. En la misma habitación, para tranquilizar al doctor Parrish. Y lo bastante cerca de sir John como para apaciguarlo también a él, o eso esperaba, y superar así aquella extraña prueba que parecía estar imponiéndole. Si su intención era provocarla para que confesara quién era, ¿por qué no se lo había permitido cuando estaba a punto de hacerlo? ¿Intentaba obligarla a soltar la verdad de golpe… y huir?

Se sintió tentada de hacerlo.

Pero ¿qué sería de Danny, entonces?

Cuando entró en la habitación de sir John, notó que se había desplazado hacia un lado —o tal vez la señora Turrill lo había ayudado—,

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dejando espacio en la cama para ella. Aun así, no se le escapó el atisbo de sorpresa en sus ojos al verla regresar en ropa de dormir. Al parecer, no esperaba que transigiera.

Sin embargo, un instante después, su expresión volvió a endurecerse, y dio unas palmaditas en el colchón.

—Ven aquí, esposa mía.

—Sir John… —Hannah volvió la cabeza en señal de reproche.

—Fue usted la que empezó esto. Si prefiere marcharse, hágalo. No tema, no estoy en condiciones de perseguirla.

Recorrió con la mirada el camisón y la bata. Ella había esperado una mirada lasciva o pasional, pero había supuesto mal, porque hizo una mueca de dolor.

—Eran de Marianna ¿verdad?

Así que, después de todo, sí que recordaba a su esposa.

—Sí. Lo siento, pero mis cosas se perdieron en el accidente.

Él volvió la cabeza y se quedó mirando al techo. Tenía los labios apretados, como conteniéndose.

—Se perdieron muchas cosas.

De repente a Hannah se le encogió corazón. Hasta aquel momento no había dado ninguna muestra de dolor por Marianna. Empezaba a pensar que no lo sentía. Pero se había equivocado.

—Lo siento —repitió, con las palabras cargadas de un nuevo significado.

Vio que le brillaban los ojos a causa de las lágrimas, pero parpadeó y se deshizo de ellas.

—¿De verdad… —preguntó entonces con voz ronca— se ha ido para siempre?

—Sí —respondió ella en un susurro.

—¿Se ha ido… o ha muerto?

Ella lo miró fijamente, sorprendida por la pregunta.

Él apartó la vista antes de volver a fijarla en el techo.

—Vamos. No irá a fingir que desconocía que pasaba los días deseando encontrar la manera de librarse de mí. Una oportunidad para marcharse y regresar con su amante. —Escupió la última palabra como si fuera carne podrida—. Cómo se habrán reído las dos de mí, burlándose a escondidas del condecorado caballero rechazado por su esposa.

Hannah negó con la cabeza.

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—Jamás me reí de usted, señor.

—Dígame la verdad —continuó él—. ¿La ayudó a planear su escapada? Visto lo visto, al menos estuvo de acuerdo en participar, puesto que está aquí, haciéndose pasar por ella.

Ella lo miró boquiabierta.

—¿Por eso hace esto? Se lo prometo, señor. Yo no tuve nada que ver.

Fue un accidente. Un accidente terrible, imprevisible.

Él le mantuvo la mirada, como si estuviera calibrando su honestidad.

Luego exhaló un suspiro.

—Si de verdad está muerta… si se ahogó… entonces es verdaderamente cruel por mi parte decir algo así, incluso pensarlo. Y me disculpo por ello. Sin embargo, conociéndola como la conocía… sabiendo cómo me despreciaba, no puedo evitar hacerme preguntas.

Hannah permaneció allí de pie, incómoda.

—Sir John —intervino entonces—, no sé qué decir. El doctor Parrish cree que ya estaba muerta cuando la marea la arrastró desde el carruaje destrozado. O quizá salió disparada cuando el carruaje se estrelló y terminó en el canal. Pero no creo que eso sea cierto.

Él la miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué?

Ella cerró los ojos, intentando capturar aquel recuerdo fugaz, que se desvaneció de inmediato.

—No lo sé. Creo que la vi alejarse con la marea… El doctor Parrish y su hijo me contaron que la vieron flotando, hundiéndose lentamente, sin ofrecer resistencia. Me aseguraron que no sufrió.

¿Debía contarle lo del anillo? Si lo hacía, tendría que devolvérselo de inmediato. En realidad, siempre había sido su intención, pero una vez que encontrara un trabajo remunerado. El anillo era su seguro de vida. Si en algún momento no tenía cómo alimentar a Danny o se veía obligada a prescindir de una medicina que pudiera necesitar… siempre podría venderlo o empeñarlo. Detestaba la idea de robar. Sabía que estaba mal. Pero le costaba renunciar a lo único que podría salvar a su hijo del hambre hasta que encontrara una forma de mantenerse.

—Me estuve debatiendo entre la conciencia y la inconsciencia. Del accidente solo consigo evocar algunas imágenes y lo que sucedió después. Pero tengo un vago recuerdo de intentar agarrarle la mano, de intentar tirar de ella, pero no tenía fuerzas.

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Él asintió levemente con la cabeza, como en un estremecimiento. Tenía la mirada perdida, como si intentara ver la escena por sí mismo.

—No fue culpa suya —susurró—. Fue mía. Solo mía. Nunca debí insistir en que siguiéramos adelante.

—Tal vez, pero fue un accidente. No podía saber lo que sucedería. Ni que estábamos tan cerca del acantilado. Si lo hubiera sabido, sus decisiones habrían sido otras.

—¿Usted cree? Confía más en mí que yo mismo. En aquel momento lo único que me importaba era alejarla de él. No quería que el más mínimo retraso le diera la oportunidad de alcanzarnos. Estaba decidido a separarlos para siempre. —Soltó una risa seca y su voz se quebró—. Y al parecer, lo logré, ¿verdad?

De nuevo, el corazón se le llenó de compasión por él. Sufrir una pérdida como aquella ya era bastante difícil. Pero ¿tener que conjugar esa pérdida con el sentimiento de culpa por considerarse responsable de la muerte de su esposa? Aquello podía hacer que se desmoronara hasta el hombre más fuerte. Entonces se preguntó si sus graves heridas contribuirían a incrementar el tormento, pero supuso que probablemente, de algún modo, le servían de consuelo. Si hubiera resultado ileso, su culpa probablemente sería diez veces mayor.

Estuvo tentada de preguntarle por qué no la había delatado, por qué había permitido que siguiera haciéndose pasar por alguien que no era, pero tenía miedo de que no le gustara la respuesta. En aquellos momentos parecía tan agotado, tan destrozado por el dolor, que no podía soportar la idea presionarlo. Y tampoco quería provocar que recobrara a su insensible crueldad.

No había prisa. Esperaría al día siguiente para preguntárselo.

Con cautela, dio un paso hacia aquella cama a la que tanto miedo había tenido de acercarse apenas un cuarto de hora antes. No sabía muy bien con qué intención. No iba a acostarse en ella, no. Pero quería ofrecerle algún tipo de consuelo.

Él la observó con expresión desconfiada.

—¿Agua, sir John? —preguntó, señalando con un gesto la jarra y el vaso sobre la mesita de noche.

Él extendió lentamente la mano, con el codo apoyado en la cama. Hannah llenó el vaso con los dedos temblorosos y se lo tendió, pero él

no lo tomó. Se limitó a mirarla con el brazo levantado. Entonces desvió la

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mano del vaso, pero la dejó extendida hacia ella.

—¿No? —Devolvió el vaso a su sitio y lo miró nerviosa. Recordó haber tomado su guante tras el accidente y haberse preguntado si en algún momento le había agarrado de la mano. Tímidamente, deslizó los dedos de la mano sana sobre la de él y la apretó con delicadeza. Esperó hecha un manojo de nervios, pero él no la agarró con fuerza ni tiró de ella hacia la cama. Tampoco reiteró su deseo de que se acostara con él. Durante unos instantes permanecieron así, ella de pie y él tumbado, mirándose a los ojos con los dedos entrelazados.

Entonces ella dijo:

—¿Quiere que me siente aquí, junto al fuego, y le haga compañía hasta que se quede dormido?

Con un resignado gesto de asentimiento, él le soltó la mano y bajó el brazo.

Ella se sentó en el sillón tapizado, cerca de la lumbre, pero con el asiento orientado para ver mejor a sir John. Luego se cubrió las piernas con una mantita y se recostó.

—Y ahora duérmase, sir John.

—Es lo único que hago, dormir… —murmuró, mientras sus ojos se cerraban lentamente.

Se despertó sobresaltada muchas horas después, sorprendida al ver la tenue luz del amanecer filtrándose a través del montante y de las contraventanas. Dirigió la mirada hacia la cama y encontró a sir John observándola, con una almohada extra que le ayudaba a mantener la cabeza erguida.

Avergonzada, se enderezó en el sillón, acompañando el movimiento con una mueca de incomodidad debida a la rigidez del cuello y al brazo entumecido. Luego bajó la vista y comprobó, aliviada, que su ropa de dormir estaba en su sitio y la cubría pudorosamente.

—Yo… no era mi intención dormir aquí toda la noche.

—Me alegro de que lo haya hecho —dijo—. Me gusta tenerla aquí, aunque no debe de haber sido muy confortable.

«En más de un sentido», pensó, poniéndose en pie, precavida. —Ahora sí que tomaré un poco de agua —añadió él—. Si no le

importa.

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Ella vaciló. Si se las había arreglado para poner una segunda almohada bajo la cabeza, muy probablemente era capaz de deslizarse y servirse un vaso de agua él mismo.

Se aproximó lentamente. No le importaba ayudarlo, pero desconfiaba de sus intenciones. ¿O quizás se debía solo a que estaba acostumbrado a que le sirvieran?

Le entregó el vaso y esta vez él lo aceptó y bebió un trago. Su mirada se posó sobre las manos de Hannah. Solo entonces se dio cuenta de que, inconscientemente, se estaba frotando una mano con la otra, intentando recuperar la sensibilidad y deshacerse del hormigueo y el entumecimiento. De alguna manera sus esfuerzos se estaban viendo obstaculizados por el rígido vendaje.

Él le devolvió el vaso y ella lo dejó en la mesita.

—Siéntese —le ordenó.

—¿Qué?

—Que se siente —insistió, indicándole la cama con un gesto de la barbilla. Ella obedeció nerviosa y se sentó en el borde con cautela, dispuesta a levantarse de un salto al menor indicio de peligro.

—Su mano —dijo, extendiendo la palma abierta de la suya para recibirla.

Afortunadamente no llevaba el anillo de su esposa. ¿Querría solo agarrársela de nuevo, como había hecho la noche anterior? Le parecía infantil negarse cuando ya lo había hecho en una ocasión, pero, por alguna razón, a plena luz del día el acto le parecía más inapropiado y atrevido.

Tragó saliva y, con recato, posó su mano adormecida en la de él. Él también alzó la otra mano y empezó a frotarle y masajear con suavidad la palma y los dedos.

Pequeñas punzadas de placer y dolor recorrieron su brazo, seguidas de una oleada de vergüenza.

—Sir John, no es necesario que haga eso. Solo se me había dormido. Yo…

—Chist. Es lo mínimo que puedo hacer después de todos sus cuidados. Quería retirar la mano. Era consciente de que debía hacerlo, pero el

placer y el alivio resultaban tan agradables que no fue capaz.

Así fue como los encontró la señora Turrill cuando entró con la bandeja del desayuno: Hannah sentada en la cama, con la mano entrelazada con la de sir John. Le avergonzó que los sorprendieran tan

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cerca el uno del otro, e intentó retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza.

El ama de llaves sonrió con los labios cerrados, dejando ver los hoyuelos de las mejillas. Por un segundo, Hannah vio la escena como si la contemplara a través de los ojos de aquella mujer. Qué imagen tan tierna y doméstica debían de componer. Marido y mujer tomados de la mano. Si hubiera sabido la verdad… su sonrisa se habría desvanecido.

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Capítulo 15

La noche siguiente, Hannah regresó al dormitorio de sir John. No para dormir en su cama, ni tampoco en la incómoda butaca, sino para hablar con él un rato antes de darle las buenas noches.

Le sorprendió encontrarlo erguido en la cama, apoyando la espalda en unos almohadones, con un escritorio portátil sobre el regazo y pluma en ristre.

—Buenas noches, señorita… milady. Qué agradable sorpresa.

Ella bajó la mirada, avergonzada al oír que la llamaba por el título.

—Si está ocupado, me marcho.

—En absoluto. Venga a hablar conmigo. Será todo un placer. —Su cálida voz parecía sincera. ¿Lo era?

Se aproximó.

—¿Puedo preguntarle qué está escribiendo?

—Una carta al señor Lowden.

—¡Ah! —Hannah sintió una extraña punzada al oír su nombre.

Sir John dejó a un lado sus útiles de escritura y dio unas palmadas en el borde de la cama.

—Por favor. Venga y siéntese a mi lado. Prometo comportarme —dijo. Las palabras retumbaron en su pecho. Casi había olvidado lo profunda y envolvente que era su voz de barítono.

Con cautela, se sentó en el borde de la cama. Él le tomó la mano entre las suyas, entrelazando los dedos. ¿Acaso no había anhelado aquel gesto alguna vez?

—¿Cómo está Danny? —preguntó.

—Está bien, gracias —respondió ella.

—Me alegra oírlo. —En aquel momento vaciló y luego añadió con delicadeza—: Qué sorpresa descubrir que se había convertido en madre. No teníamos ni idea.

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Ella evitó su mirada.

—Lo sé.

—No… Supongo que no es de buen gusto preguntar por… el padre del niño, ¿verdad?

Hannah sintió que le ardían las mejillas. En lugar de responder, le planteó la pregunta que llevaba tiempo rondándole la cabeza:

—Perdone que mencione algo tan triste, sir John, pero me sorprendió oír al doctor Parrish decir que lady Mayfield estaba encinta.

Él se estremeció.

—Sí. Un médico en Bath lo confirmó.

—Entonces fue una doble pérdida para usted.

Él exhaló un suspiro.

—Por supuesto —dijo—, lamento cualquier pérdida, especialmente la de alguien tan joven e inocente. Pero cuando pienso que estuvo en mis manos evitarlo…

—Sir John, no puede usted saberlo.

—El caso es que el niño que Marianna llevaba en su seno no era mío —continuó con tono sereno—. No podía serlo. No obstante, como ella y yo habríamos estado casados en el momento de su nacimiento, el niño —si era varón— habría sido el heredero legítimo de mis bienes vinculados. Y, si Marianna me lo hubiera pedido, la habría perdonado y habría amado a esa criatura como si hubiera sido carne de mi carne.

Un anhelo melancólico le recorrió el pecho al oír aquellas palabras. —¿Qué dijo Marianna cuando el doctor confirmó la noticia? Debió de

temer que se diera cuenta de que el niño no era suyo.

—No se mostró arrepentida, si es eso lo que está pensando. Me dijo:

«¿Qué esperabas?».

Hannah negó con la cabeza.

—¿Y a pesar de eso esperaba alejarla del señor Fontaine? ¿Confiaba en que venir aquí le ayudaría a recuperarla? —Se dio cuenta del tono de incredulidad de su voz, pero era incapaz de reprimirlo.

—Era mi esposa. Y yo, su marido. Ante Dios. En lo bueno y en lo malo. Aunque jamás se me pasó por la cabeza que lo malo pudiera llegar a ser tan malo. Ni imaginé hasta qué punto aquella promesa me pondría a prueba como ninguna otra que haya hecho en mi vida.

Sir John esbozó una mueca de disgusto y continuó:

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—¿Qué fue lo que hice para que Marianna me despreciara tanto?

¿Alguna vez le dijo algo?

Hannah vaciló.

—No creo que tuviera que ver con nada que hiciera, sir John. Creo que ella ya sentía algo muy especial por el señor Fontaine cuando lo conoció a usted.

—Entonces, ¿por qué se casó conmigo?

Ella misma se lo había preguntado muchas veces, y había llegado a una conclusión, al menos parcial, a partir de las cosas que Marianna le había confesado.

—Como bien sabe, su padre, mientras vivió, ejerció una gran influencia sobre ella —comenzó con delicadeza—. Y usted es un hombre de mayor prestigio que el señor Fontaine… riqueza, propiedades, título. No es de extrañar que el señor Spencer se mostrara tan partidario del enlace.

Sir John asintió pensativo.

—Y Marianna estuvo de acuerdo, creyendo que no habría impedimentos para continuar su aventura con Fontaine en secreto.

Hannah se encogió de hombros.

—No sé si desde el principio pensó en seguir viéndolo o no.

—En cualquier caso —repuso sir John—, estoy bastante seguro de que nunca sospechó lo lejos que llegaría yo para evitar que eso sucediera. —Se frotó los ojos con la mano libre—. Pensé que si lograba alejarla de él, de su influencia, quizá me daría a mí —a nosotros— una oportunidad. Pero nunca lo hizo.

Bajó la vista hacia sus dedos entrelazados y luego le lanzó una mirada de soslayo.

—Qué hipócrita debo de parecerle ahora.

—Lo siento, sir John.

—¿Cómo puede sentirlo? Después de todo lo que he hecho… Soy yo quien debería suplicarle que me perdone.

Qué cohibida se sentía, sentada allí, con su pequeña mano dentro de la suya, mucho más grande. Y, sin embargo, no podía negar que la sensación le resultaba agradable. Permanecieron así, en silencio, durante varios minutos.

Después, la joven respiró hondo, temiendo su reacción ante lo que estaba a punto de decir.

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—Por cierto —comenzó—, mientras usted aún estaba inconsciente, el señor Fontaine vino aquí, exigiendo ver a Marianna.

Sus cejas se fruncieron con una expresión airada.

—¿¡En serio!? Pero… ¡qué diablos!

—Sí. Fue más o menos una semana y media después del accidente.

Insistió en verla, pero le dije que no era posible. Y le aclaré por qué.

—¿Y qué dijo?

—Estaba conmocionado, por supuesto. Y… destrozado.

Sir John se tomó un tiempo para asimilarlo, mordiéndose pensativo el labio.

—Naturalmente, me reconoció —añadió Hannah—. Pero se quedó muy poco tiempo y nadie se refirió a mí como lady Mayfield mientras estuvo aquí.

Él asintió, con gesto de compresión.

—Pero si se le ocurriera regresar… —Las tímidas palabras de Hannah se desvanecieron.

—¿Y por qué iba a hacerlo ahora que ella ya no está?

—Espero que tenga razón —dijo ella. Odiaba pensar en lo que haría Fontaine cuando se enterara de que había estado suplantando a su amada fallecida. Pero, por el momento, apartó aquella idea de la mente.

Sir John le acarició los nudillos con el pulgar.

—¿Sabe? Me sorprende que algún apuesto pretendiente como Fontaine no haya reclamado ya su corazón. Diría que lamento saber que no se casó después de su marcha… pero mentiría.

—Quizás debí haberlo hecho. Por el bien de Daniel. —Volvió a preguntarse qué habría querido decir sir John cuando había concluido: «Eso no es lo que yo veo», después de observar detenidamente a Danny, cuando el médico hablaba de su parecido. No creía que hubiera conocido a Fred Bonner. ¿Habría notado la manera en que su secretario, el señor Ward, la miraba y sospecharía de él? Esperaba que no.

Él le soltó la mano y le pasó un dedo por la delicada piel de la muñeca, provocando un cosquilleo leve que le recorrió el brazo.

—Un lugar sin pecas —observó.

Luego lo deslizó por su brazo, que estaba desnudo hasta la manga abombada que le cubría el hombro, y lo recorrió de nuevo hacia abajo.

—Eres una mujer hermosa, Hannah. Espero que lo sepas.

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Ella se encogió de hombros. Siempre se había considerado bastante normalucha, aunque Fred solía decirle lo guapa que era. Se había sentido atraído por ella, e incluso le había pedido matrimonio. En aquel momento se alegraba de haberlo rechazado.

—No valgo nada en comparación con Marianna, lo sé —dijo.

—Era extraordinariamente bella, tanto por su rostro como por su figura.

Hannah notó cómo la mirada de sir John se detenía en su escote y se sintió cohibida e insegura. La naturaleza había dotado a Marianna con un busto generoso. Y un generoso… todo en ella era generoso.

De repente inspiró hondo. La palma de él estaba ejerciendo una ligera presión contra su corsé. La mirada, sin embargo, permaneció fija en su rostro.

—Eres hermosa, Hannah. Tal y como eres. Nunca lo dudes. Delicada, femenina y grácil.

Con el corazón acelerado, permaneció allí, rígida, en el borde de la cama. Indecisa entre huir o inclinarse más hacia él.

Él retiró la mano y ella soltó la respiración temblorosa que había estado conteniendo. Torpemente, se levantó.

—Bueno… Buenas noches, sir John.

—¿Te vas?

—Sí. Creo que es lo mejor, ¿no?

Él negó lentamente con la cabeza, con un destello en los ojos.

—No creo que quieras oír mi respuesta a eso.

A la mañana siguiente, Hannah se descubrió a sí misma cantándole a Danny y disfrutando del sentimiento más parecido a la felicidad que había experimentado en mucho tiempo. Mientras miraba el adorado rostro de su hijo, en su corazón brotó una esperanza irracional y, de pronto fue consciente de que estaba albergando un sueño muy poco realista.

Más tarde dejó a Danny al cuidado de Becky y bajó a buscar un libro infantil para leerle y otro sencillo para Becky, quien le había confesado que no sabía leer. Le hubiera gustado también salir a recoger algunas flores para alegrar la habitación infantil y el dormitorio de sir John, pero llovía de manera persistente.

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En un momento dado, cuando pasaba por el vestíbulo, oyó que llamaban a la puerta principal y decidió acudir ella misma. Cuando abrió, tuvo la sensación, por unos breves instantes, de que su vista y su mente no lograban conectar. Había olvidado lo alto que era. Qué extraño, qué irreal verlo allí, fuera de su elemento habitual. Él era parte de su vida pasada; ¿cómo había logrado aparecer en el escenario de su vida presente?

—Hannah —susurró Fred, con los ojos muy abiertos—. Lo sabía.

Sabía que no podías estar muerta.

—Chissst. Freddie, aquí no. Vamos al jardín.

Él vaciló, con la boca entreabierta.

—Está lloviendo.

—Lo sé, pero… solíamos disfrutar de la lluvia, ¿recuerdas?

—Entonces éramos unos niños, Han.

Ella agarró un abrigo impermeable de una percha cerca de la puerta y se lo echó por encima de los hombros. Fred, delgado y de cabello oscuro, se subió el cuello, se volvió a poner el sombrero y la siguió.

Ella tomó la delantera y lo guio por el sendero de piedra hasta detenerse bajo la celosía en forma de arco cubierta de enredaderas, que hacía las veces de puerta entre Clifton y el jardín y tras la que se abría una vereda que conducía hasta la Casona. La densa hiedra y las hojas entrelazadas los protegían en parte de la lluvia.

—¿Qué es todo esto, Han? —preguntó él—. ¿Qué haces aquí? Sabes que se corrió el rumor de que habías muerto, ¿verdad? Apareció en el periódico.

—Sí, lo sé. Recibí tu carta.

—¿Tú recibiste la carta? Pero si yo le escribí a sir John…

Hannah procedió a contarle lo del accidente, el ahogamiento, las heridas de sir John y las suyas, y la suposición del médico de que ella era lady Mayfield.

Él la miró incrédulo, con los ojos cargados de dolor.

—¿Y tú dejaste que siguieran creyéndolo? ¿Y permitiste que yo siguiera pensando que estabas muerta? ¡Le dije a tu padre que habías fallecido! ¿Cómo pudiste hacer algo así, Han?

—Necesitaba encontrar la manera de recuperar a Danny. Y no se me ocurrió nada mejor.

—¿Nada mejor? —En sus ojos se percibía un destello de furia—. ¿Nada mejor que mentir y fingir estar muerta? ¿Engañar a la gente

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haciéndoles creer que eres otra mujer, la esposa de otro hombre? —En el tono de su voz, la incredulidad luchaba contra la ira.

—¿Qué otra cosa debería haber hecho, Freddie? —preguntó alzando la voz—. Tú no podías ayudarme. Nunca habría sido capaz de ganar lo suficiente por mí misma, y mucho menos con el brazo roto. —¿Y tu padre? —la desafió él—. Él te habría ayudado.

—¿De veras? Aunque hubiera tenido el dinero, ¿realmente lo habría hecho… sabiendo todo lo que sucedió?

Fred lo pensó un momento y luego desvió la mirada.

—Tal vez.

Por un momento, los dos permanecieron allí de pie, en un incómodo silencio, con la lluvia golpeteando las brillantes hojas de la celosía.

Finalmente, Fred preguntó:

—¿Danny está bien? No sabía si te lo habías llevado contigo o no. Me quedé tan preocupado cuando fui a esa casa en la calle Trim y no encontré a ningún niño…

—Sí, está conmigo. Y bien, gracias a Dios.

—¿Qué harás cuando sir John despierte y descubra lo que has hecho? —Ya ha recobrado el sentido. Y no me ha desenmascarado.

—¿Qué? ¿Y por qué diablos no lo ha hecho? —De repente, Fred frunció los labios y sus ojos se opacaron—. No creo que quiera saberlo.

—No es por eso —dijo ella, confiando en que fuera cierto. La manera en que sir John había accedido a no desvelar su farsa le parecía casi… protectora. ¿Podría querer decir algo más? Apretó el brazo de su viejo amigo.

—Mira, lo siento, Freddie. Por todo. Pero esto ha llegado demasiado lejos. Sé que no puedo hacerme pasar por Marianna mucho tiempo, pero tampoco puedo irme sin más. Todavía no. No hasta que sepa cuáles son las intenciones de sir John y cómo asegurar el porvenir de Danny.

Él alzó la mirada y observó la mansión.

—Parece que eso ya lo tienes bastante claro.

Hannah se estremeció.

—Por favor, déjalo estar de momento, Fred. Le contaré todo a mi padre a su debido tiempo. Aunque, en realidad, ¿no sería más fácil para él seguir pensando que estoy muerta? ¿No sería eso más llevadero que saber todo lo que he hecho?

Él se pasó una mano por la cara.

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—No lo sé. —Durante unos instantes se quedó mirando fijamente el jardín, con su verdor empapado por la lluvia. Luego dijo:

—Por cierto, vino un hombre haciendo preguntas sobre Hannah Rogers, y preguntando por qué había dejado de trabajar para los Mayfield. No recuerdo su nombre. Creo que dijo que era abogado.

Le dio un vuelco el corazón.

—¿Qué le dijiste?

—Nada.

—Bien.

De pronto Hannah advirtió cierto movimiento al otro lado de la celosía. Un atisbo de un abrigo verde y un paraguas negro. Un rostro anguloso. «¡Oh, no!». Era la señora Parrish. ¿La habría visto allí, hablando a solas con un extraño? Sin duda pensaría lo peor y no perdería ni un momento en propagarlo por todo el condado.

Se volvió de nuevo hacia Freddy.

—Te invitaría a comer después de un viaje tan largo, pero detesto pedir que finjas que eres solo un amigo que pasaba por aquí.

—¿Un amigo de quién? —preguntó con gesto de desprecio—. ¿Yo, amigo de lady Mayfield? Eso tiene gracia.

—Al menos ven conmigo a la puerta de la cocina. Te prepararé algo para el camino de vuelta.

—¿A la puerta de la cocina, como un mendigo? No, gracias, Hannah. ¿O debería decir milady?

Su sarcasmo la desarmó.

De pronto, él le sujetó los brazos; sus grandes ojos castaños la miraban con expresión suplicante.

—Esto es una locura, Hannah. Vente conmigo. Ahora mismo. Ve a buscar a Danny y te llevaré a casa. Nos casaremos. Mi padre nos ayudará, y tal vez el tuyo también.

Por un instante fugaz, lo consideró, permitió que su mente recorriera aquel camino de posibilidades. Lo que ganaría, lo que perdería. Le tenía cariño a Fred, pero ahora sir John era viudo. ¿Existía alguna esperanza…?

Sintió cómo su amigo la escrutaba. ¿Percibiría la vergüenza en sus mejillas encendidas, en su dificultad para sostenerle la mirada?

Su súplica se transformó en un ceño fruncido.

—No quieres casarte conmigo. ¿Por qué ibas a renunciar a todo esto? —Alzó la barbilla, indicado hacia la casa—. ¿Para ser la esposa de un

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simple carretero? Jamás me habría esperado algo así de ti. —Negó con la cabeza—. ¿Es mejor ser la amante de un hombre rico que la esposa de un hombre pobre?

Hannah lo miró estupefacta, sin saber qué decir, y de repente se le nubló la vista. Se sentía mareada, enferma. Su querido Fred nunca le había hablado con semejante crueldad. Consideró por un momento propinarle una bofetada, como habría hecho una dama a la que hubieran difamado. Pero, siendo sincera consigo misma, ¿qué otra cosa podía pensar? ¿Acaso tenía alguna virtud, alguna honra que defender?

Él se mordió el labio y su mirada se suavizó.

—Lo siento, Han. No he querido decir eso. Es que estoy disgustado.

Decepcionado.

—Lo entiendo —admitió en voz baja. Luego inspiró hondo, intentando mantener la calma, y preguntó—: ¿Por qué has venido, Fred?

Él se encogió de hombros.

—No podía creer que fuera cierto; que ya no estuvieras. Necesitaba venir y ver dónde había ocurrido. Averiguar si alguien había presenciado el accidente y si tu cuerpo ya había sido recuperado. Preguntar a los Mayfield si se había salvado alguna de tus pertenencias, para llevárselas a tu padre. O conservarlas yo mismo, para recordarte. —Sacudió la cabeza

—. Qué necio soy.

Ella le apretó el brazo, con los ojos llenos de lágrimas. —No eres necio… eres un hombre bueno.

—Al parecer, no lo suficientemente bueno para ti. —Exhaló un suspiro —. Si tienes claro que no vas a cambiar de idea, me iré. Pero te lo advierto, Han: cuando la gente descubra que ha sido engañada, se va a armar una buena.

Ella asintió, convencida de que tenía razón y atemorizada por lo que eso suponía.

—Lo sé.

Ojalá no hubiese permitido que todos creyeran que era Marianna. ¡Qué trampa se había tendido ella misma!

Fred extendió la mano hacia ella, dudó a medio camino, y luego la dejó caer.

—Adiós, Han. Otra vez.

Con una sonrisa triste, se dio media vuelta. Pasó por debajo del arco, salió del jardín… y, al mismo tiempo, también de su vida. Dejándola allí,

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de pie, en el umbral. Sola.

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Capítulo 16

Hannah pasó el resto de la tarde dudando de sí misma y rezando por no haber cometido otro error al no marcharse con Fred. La esposa de sir John acababa de morir. Era demasiado pronto para esperar

algo de él. ¿Había sido una necedad quedarse un poco más, aumentando así el riesgo de ser descubierta? Especialmente sabiendo que el señor Lowden estaba en Bristol haciendo preguntas sobre ella. ¡A saber qué información podría descubrir y llevar consigo al regresar! Entretanto, limitó sus visitas al dormitorio de sir John, pues si los sirvientes o los Parrish llegaban a pensar que su relación se había vuelto íntima, todo sería mucho peor cuando saliera a la luz la verdad… Aquella idea la hizo estremecer y, una vez más, la apartó de su mente.

Unos días después, sir John extendió una invitación formal para que «su señora e hijo» se reunieran con él para cenar en su habitación. La señora Turrill sonrió como una colegiala y se apresuró a planear una comida tan festiva como un pícnic. Kitty exclamó entusiasmada:

—Qué romántico por parte de sir John. Es usted una mujer afortunada, milady.

Hannah no estaba tan segura de eso, pero logró esbozar una sonrisa nerviosa, preguntándose qué tramaría esa vez sir John. Esperaba que no estuviera jugando con ella con algún fin. Volvió a pensar en sus halagos, en la manera en que la había tocado, y en el hecho de que le hubiera preguntado al doctor Parrish si podían compartir cama… ¿Acaso deseaba ejercer los «derechos» maritales de aquel matrimonio ficticio que los unía?

La doncella insistió en volver a hacerle tirabuzones en el cabello y en ponerle un poco de colorete en las mejillas. Como si su rostro no estuviera ya lo bastante rojo entre la timidez y las pecas.

Becky bañó a Danny y lo vistió con un faldón y un gorrito limpios, mientras que Hannah se puso un sencillo vestido blanco de muselina,

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negándose sutilmente, pero con firmeza, a ponerse uno de los trajes más elegantes de Marianna. Recordaba demasiado bien la reacción de sir John al ver la ropa de noche de su esposa.

A la hora acordada, Hannah llevó a Danny al dormitorio del convaleciente. Los días empezaban a alargarse y la habitación estaba bañada en una dorada luz vespertina. Alguien había ayudado a sir John a sentarse en la silla de ruedas y se encontraba junto a una pequeña mesa de té dispuesta con un mantelito de lino, vajilla de porcelana y flores frescas. Llevaba un banyan abierto y una corbata suelta. En lugar de chaleco, tenía el torso vendado con gruesas fajas alrededor de las costillas. Le habían cortado el cabello —seguramente la señora Turrill— y lo tenía peinado hacia atrás, dejando el rostro y la frente despejados. Su barba había sido cuidadosamente recortada, lo que le acentuaba los pómulos y el aire masculino. Era muy apuesto, y por un momento, a Hannah le recordó a un pirata.

—Buenas noches, mi… —Se detuvo, se mordió el labio, y luego, de manera abrupta, extendió los brazos para tomar a Danny.

En el suelo junto a su silla, había una canastilla con mantas, para que pudieran acostar al niño y comer con mayor comodidad, pero él insistió en tenerlo en brazos.

Hannah tomó asiento y se secó las palmas sudorosas con la servilleta. Luego echó un vistazo a la comida dispuesta ante ellos: pastel de ternera con jamón, pollo asado, ensalada, compota de fruta y galletas. —La señora Turrill se ha superado a sí misma —comentó.

Él asintió.

—Desde luego.

Sostenía a Danny en el hueco de un brazo mientras comía con el otro, dándole de vez en cuando trocitos de galleta o de fruta. Era evidente que empezaba ya a recuperar fuerzas, gracias a la excelente cocina del ama de llaves.

Después de varios bocados, él comenzó:

—¿Puedo preguntar qué has estado haciendo? Has estado algo ausente estos últimos días.

—Ah, ¿sí? —Hannah pensó rápidamente—. Bueno, yo… me he propuesto enseñar a leer a mi joven nodriza. La encontré mirando su ejemplar de Sir Charles Grandison, y cuando le dije que podría leerlo

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cuando termináramos, confesó que no sabía leer. Así que he empezado a darle clases.

—Eso es muy generoso por tu parte.

Ella bajó la cabeza, como quitándole importancia. —No lo hago para presumir, ni para impresionarle. —Aunque tal vez sí como excusa para evitarme…

Se le atragantó un pedazo de corteza de pan seca y rápidamente tomó un sorbo de limonada. Al dejar el vaso, alcanzó una cesta cercana y se la ofreció.

—¿Un panecillo, sir John?

Él se dio cuenta de su intento de cambiar el rumbo de la conversación y no insistió. Desvió la atención hacia Danny, hablándole en voz baja y meciéndolo suavemente sobre la rodilla para mantenerlo tranquilo.

Aliviada, Hannah se concentró en la comida. El pastel estaba delicioso y saboreó cada bocado. Luego intentó cortar un trozo de pollo asado, pero le resultó difícil usar el cuchillo y el tenedor con el brazo en cabestrillo.

El niño se quedó dormido en los brazos de sir John, y él se inclinó con cuidado para dejarlo en la canastilla. Luego extendió la mano hacia el cuchillo de Hannah.

—Déjame ayudarte con eso.

Ella se sonrojó.

—No, no soy ninguna niña.

Él posó su cálida mano sobre la de ella para que desistiera en sus intentos y la miró a los ojos.

—Eres una mujer, de eso soy muy consciente. Pero, al menos en parte, soy responsable de tu lesión, así que, por favor, permíteme este pequeño gesto.

Ella cedió y lo observó mientras le cortaba la carne, sintiéndose como una niña indefensa, una sensación que no le resultó nada agradable.

Cuando hubo acabado, depositó los cubiertos y preguntó:

—¿Te duele mucho?

—No, casi nada.

—¿Y la herida de la frente? —preguntó, alargando la mano hacia ella. Ella se echó hacia atrás, sorprendida, y al ver la expresión de

decepción que cruzó sus ojos, se arrepintió de inmediato de su reacción.

—Solo quería verla. Asegurarme de que estás sanando bien —alegó él.

—Estoy bien. Lo prometo.

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Él extendió la mano de nuevo. Esa vez, ella se quedó quieta mientras él apartaba con delicadeza el cabello que Kitty había arreglado con tanto esmero para ocultar la marca rojiza.

—¿Lo ve? Casi ha curado —dijo ella.

Él frunció el ceño.

—Dejará una buena cicatriz —repuso, sacudiendo la cabeza con pesar

—. Otra herida causada por mí. —Sir John, no es nada. —¿Y la otra?

A Hannah se le secó la garganta de golpe y las palabras se le atragantaron, igual que antes el pan.

Desde la canastilla, Danny lloriqueó. Agradecida por la distracción, se inclinó para levantarlo.

—Probablemente tenga el pañal mojado.

Se puso de pie.

—Le agradezco la cena, sir John, pero será mejor que lo lleve de vuelta a su habitación.

Sir John le lanzó una mirada elocuente.

—¿Ya estás huyendo, señorita Rogers? Sabía que era solo cuestión de tiempo.

Al día siguiente, por la tarde, Hannah bajaba las escaleras después de haber dejado a Danny en la cuna para que durmiera la siesta y de impartir una clase de lectura a Becky, cuando oyó abrir la puerta principal y oyó a la señora Turrill saludar a un visitante. Se puso nerviosa. ¿Habría regresado Fred?

Bajó de puntillas los últimos escalones y se detuvo en el rellano para observar el vestíbulo. Desde allí, vio cómo James Lowden le entregaba su sombrero al ama de llaves. Justo en ese preciso instante, él alzó la mirada y sus ojos verdes se encontraron con los de ella. Su expresión no era fácil de descifrar.

La señora Turrill volvió la cabeza para ver qué había llamado su atención.

—Ah. Milady, mire quién está aquí.

—Ha vuelto —musitó Hannah, algo sorprendida.

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—Así es. Dije que regresaría en una semana más o menos. ¿No lo recuerda?

—Sí. Es solo que… bueno, el tiempo ha pasado volando. —Y a diferencia de lo que había planeado, ella no se había marchado.

—No parece… que le alegre verme.

—Por supuesto que sí, es usted más que bienvenido.

Él la observó con las cejas fruncidas por la curiosidad, ¿o quizá era un gesto de sospecha?

Ella fue la primera en apartar la mirada y vio a la señora Turrill observándola; sus ojos oscuros y expresivos denotaban una evidente preocupación.

El ama de llaves se excusó, dejándolos a los dos en un silencio expectante. Hannah dijo torpemente:

—Su antigua habitación está lista para cuando quiera ocuparla. Y tiene el gabinete de día a su entera disposición. Todo sigue igual que antes.

Lowden ladeó la cabeza, con un extraño brillo en los ojos.

—No todo.

Ella tragó saliva, sin saber a qué se refería y temerosa de preguntar. ¿Qué habría averiguado sobre ella durante su ausencia? Forzó una

sonrisa.

—Bueno, ahora le dejaré para que pueda ponerse cómodo. Tengo entendido que esta noche tendremos pato asado para cenar. ¿Le gusta el pato?

Curvó los labios dibujando una media sonrisa.

—¿Doméstico o de señuelo?

Ella parpadeó confundida.

—Yo… no tengo ni idea.

—Pobre animal —dijo—. Acabar atrapado por medio de un señuelo que tendió él mismo.

Su gélida mirada desmentía el tono aparentemente despreocupado. Hannah se quedó desconcertada por el extraño intercambio de frases y

dolida por la indirecta. Esperaba que fueran imaginaciones suyas.

Él se quitó los guantes y dijo:

—Bueno, subiré a saludar a sir John, si no le importa. ¿Sigue con vida, supongo?

—Por supuesto que sí —replicó ella, a la defensiva—. De hecho, lo encontrará mucho más recuperado y hablando.

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—Bien. —Golpeó sus guantes contra el aparador y subió las escaleras.

James Lowden subió las escaleras sintiendo cómo la irritación se apoderaba de él. Estaba molesto consigo mismo, con ella y con sir John. ¿Cuánto debía contarle a su cliente de lo que había averiguado en Bristol? Se detuvo ante la puerta del dormitorio, respiró hondo y llamó.

—Adelante —respondió el caballero.

Su voz firme sorprendió a James. Era la primera vez que lo oía hablar desde el accidente.

Entró en la habitación, sorprendido una vez más al ver a su cliente sentado en la cama, con una elegante bata de dormir color burdeos y una colcha cubriéndole las piernas. Llevaba la barba bien recortada y alguien le había cortado el pelo. Parecía más joven que la última vez que lo había visto.

—Buenas tardes, sir John.

—Señor Lowden. Bienvenido de vuelta.

James sacudió la cabeza.

—Escribió diciendo que se estaba recuperando, pero… ¡cielos! Qué bien se le ve. —Ciertamente se apreciaba la mejoría, y James sabía que debía alegrarse por ello.

—Gracias. ¿Ha tenido un buen viaje?

—Oh, ya sabe… La habitual experiencia tediosa y traqueteante. Sin accidentes ni contratiempos, si se refiere a eso.

—No, no me refería a eso.

El abogado sintió que se le encendía el cuello. Qué comentario tan insensible.

—No he querido decir… No era mi intención…

Sir John quitó importancia al comentario con un gesto despreocupado de la mano.

—No importa. Como puede ver, no me ha sucedido nada malo durante su ausencia. Se preocupó sin motivo.

—Ah, ¿sí?

—Por lo visto, sí.

—¿Y… en qué se basa?

—¿En qué? En que la dama en cuestión no me desea ningún mal, se lo aseguro.

—¿De veras?

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Negó con la cabeza.

—De hecho, ha sido bastante amable atendiéndome y satisfaciendo mis necesidades, en cuerpo y alma.

«¿En cuerpo y alma?». Desconcertado, Lowden titubeó: —Pero aún desea modificar su testamento, ¿verdad? —De momento, lo dejaremos en suspenso.

—Pero… —El abogado se mordió la lengua. Luego se aclaró la garganta, deseando poder aclarar su confusión con la misma facilidad—. Bueno, es su decisión, por supuesto, pero debo decir que me sorprende.

¿Pero era eso cierto? ¿Realmente le sorprendía?

—Vaya a instalarse, señor Lowden. Ya tendremos tiempo de hablar más tarde.

Aquella noche Hannah cenó con el señor Lowden. Entre ellos se había instaurado una especie de formalidad incómoda, y el pato asado le supo a serrín. La camaradería incipiente que había surgido entre ellos parecía haberse desvanecido. Se dio cuenta de que su actitud con ella había cambiado. ¿Habría descubierto durante su ausencia algo desagradable sobre lady Mayfield… o tal vez sobre Hannah Rogers?

Casi al final de la comida, el señor Lowden alzó su copa de vino, pero en lugar de beber, la mantuvo suspendida en el aire.

—En una ocasión me dijo usted que había recibido una carta de un amigo de la señorita Rogers que se había encargado de informar a su padre sobre su muerte.

Nerviosa, miró de reojo a la señora Turrill, que servía el arroz con leche en el aparador, y asintió.

—¿Ese «amigo» era Fred Bonner? —preguntó Lowden.

Hannah se volvió hacia él de inmediato, adoptando una actitud defensiva.

Sin esperar una respuesta por su parte, el abogado añadió:

—¿Y su padre era un tal señor Thomas Rogers, antes de Oxford y ahora vicario de St. Michael, en las afueras de Bristol?

Ella se limitó a mirarlo fijamente, con el corazón desbocado.

—La madre de Hannah Rogers, la señora Anne Rogers, murió hace diez años de gripe, si no me equivoco —continuó él—. Hannah tenía dos

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hermanos mayores, ambos se hicieron a la mar. ¿Sabía que el mayor, Bryan Rogers, ha aprobado su examen de teniente?

Ella negó con la cabeza, en silencio.

—Por lo visto, sé más sobre esa entrañable amiga suya que usted misma, milady.

—¿Cómo lo…? —titubeó.

—Cuando regresé a Bristol, descubrí una carta que sir John escribió a mi padre el año pasado, mientras vivía en Bath, pidiéndole que investigara la desaparición de la dama de compañía de su esposa. Como usted misma me contó, Hannah Rogers se marchó de forma repentina, lo cual, al parecer, preocupó a sir John, ya que siempre había sido una persona constante y de fiar. Según las notas de mi padre, temía que le hubiera sucedido algo, o que alguien en su casa le hubiera hecho algo que la hubiera ofendido o que le hiciera temer por su integridad; algo lo suficientemente grave como para que una persona tan fiable actuara de una manera tan inusual.

A Hannah le daba vueltas la cabeza. ¿Sir John se había preocupado por ella? ¿En quién pensaba cuando había dicho que alguien en su casa hubiese podido hacer algo que la ofendiera o asustara? ¿En el señor Ward, en Marianna y el señor Fontaine o en sí mismo?

El Sr. Lowden continuó:

—Mi padre le preguntó a sir John si esa tal señorita Rogers había robado algo o si echaba algo en falta. Pero él le aseguró que no se trataba de nada de eso. Parecía confiar plenamente en ella.

—¿De veras? —murmuró, sorprendida y complacida al oírlo.

—Sí. Revisé la poca correspondencia que pude encontrar relacionada con la señorita Rogers. Al parecer, mi padre no investigó demasiado el asunto. Así que decidí hacerlo yo mismo. Fui a la casa de su padre, pero el señor Rogers no había visto a su hija desde que se había mudado a Bath con los Mayfield. También conocí a un amigo suyo, un tal Fred Bonner. Se mostró bastante reacio a hablar conmigo. Era evidente que el joven tenía mucho aprecio por la señorita Rogers, tal vez incluso la amaba, y lamentaba profundamente su pérdida. También resultaba evidente que ocultaba algo sobre su pasado. Me hizo preguntarme si Hannah se había metido en algún embrollo con aquel joven. Si había dejado el servicio de los Mayfield para ocultar cierta… circunstancia.

A ella se le hizo un nudo en la garganta.

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—¿Qué le hace pensar eso?

—Solo una suposición. Una sospecha. ¿Nadie notó nada inusual en ella? ¿La señorita Rogers no confió a alguien algo sobre un joven o sobre sus planes futuros? ¿No se sentía mal por las mañanas? ¿Había ganado peso?

Sintió cómo el rubor le subía por el cuello hasta las mejillas.

—Esos no son temas de conversación habituales entre gente educada. Se oyó el ruido metálico de una cuchara y Hannah miró hacia el lugar

del que provenía, descubriendo, para su sorpresa, que la señora Turrill seguía en la habitación. Frunció los labios.

—Eso es todo, señora Turrill. Muchas gracias.

—Sí, una cena excelente —añadió el señor Lowden—. Gracias.

Con una mirada preocupada, primero a uno y luego al otro, el ama de llaves salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

El señor Lowden continuó:

—Pedí que me describieran a Hannah Rogers. —Sacó una pequeña libreta del bolsillo y pasó varias páginas—. ¿Le gustaría saber lo que dijeron de ella?

—No.

Él hizo oídos sordos y empezó a repasar sus notas.

—«Delgada. Cabello castaño rojizo. Ojos claros. Modesta en el vestir y en el comportamiento» —leyó—. Eso lo dijo el señor Rogers. En cuanto a Fred Bonner, la describió como: «una chica bonita, con cabello rojo oscuro y pecas. Una sonrisa encantadora».

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero el pánico hizo que se evaporaran al instante. No tenía ni idea de qué decir.

Él alzó la mirada hacia ella.

—¿Es una descripción acertada?

En lugar de responder, ella preguntó:

—¿Ha compartido esta información con sir John?

—Todavía no. ¿Cree que le parecerá interesante?

—No lo sé —respondió ella, aun pensando que no había gran cosa en aquellos testimonios que pudiera sorprender a sir John. Entonces, ¿por qué estaba tan asustada?

James Lowden se recostó sobre el respaldo de la silla y la sorprendió cambiando el rumbo de la conversación.

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—Sir John está con buen ánimo. Me ha dicho que usted lo ha atendido «en cuerpo y alma». ¿Qué habrá querido decir con eso?

Ella se humedeció los labios resecos.

—Supongo que se refiere a que he seguido el tratamiento que el doctor Parrish recomendó, para ayudar a fortalecer sus extremidades después de haber estado tanto tiempo en cama. Estiramientos sencillos y masajes musculares. Nada más.

—¿Nada más?

Parpadeó para alejar de su mente las imágenes de sir John tomándole la mano, apartándole el cabello de la frente y tocando su corpiño.

El señor Lowden la observaba con atención.

—Muy… de esposa —consideró él—. Muy íntimo. Debo decir que me sorprende.

—No tuvo nada de íntimo —se defendió ella—. No de esa manera.

La doncella llamó a la puerta de la habitación con un golpecito y asomó la cabeza.

—Disculpe, milady, pero sir John desea saber si volverá a visitar su alcoba esta noche.

Un calor repentino le invadió el cuello y el rostro. Se vio incapaz de sostener la mirada sorprendida del señor Lowden.

Hannah sí acudió al dormitorio de sir John aquella noche, pero fue más temprano, antes de haberse puesto la ropa de dormir y decidida a no quedarse mucho tiempo. El regreso del abogado había sido como un jarro de agua fría, haciendo que su situación, ya de por sí frágil, le resultara menos esperanzadora y más sórdida. Sabía que él había subido a ver a su supuesto esposo de nuevo después de la cena. Se preguntaba si habría compartido con él alguno de sus hallazgos: su visita a su padre o sus teorías sobre ella y Fred Bonner. ¿Debería hacerlo ella misma?

Una vez más, lo encontró sentado en la cama con el escritorio portátil sobre el regazo y una pluma en la mano. Alzó la vista con una sonrisa. Luego desvió la mirada hacia el reloj de la repisa y la dirigió de nuevo hacia ella. La miró de arriba abajo y reparó en el vestido de noche verde esmeralda, uno de los que habían pertenecido a Marianna y que había arreglado para adaptarlo a su figura, más menuda.

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—Buenas noches, milady. Llegas… temprano —dijo.

—Buenas noches, sir John —respondió.

Entonces se acercó a la cama sin esperar invitación y se paró al lado. Él la miró, deteniéndose en el generoso escote del vestido de noche, en

el cabello recogido y en el rostro receloso.

—Ese color te favorece. Estás preciosa —dijo en voz baja—.

Preciosa… y triste.

Ella bajó la cabeza.

Con la pluma aún en la mano, la alzó suavemente, haciéndole cosquillas bajo la barbilla.

—Mírame —le pidió con dulzura—. ¿Qué ocurre? ¿Está bien Danny? —Tiene algunos cólicos, pero por lo demás está bien —respondió, alzando por fin la vista y esbozando una tenue sonrisa—. Gracias por

preguntar.

Sin dejar de sostenerle la mirada, él deslizó lentamente la pluma desde la parte inferior de su barbilla, pasando por el cuello, hasta llegar al hueco que se formaba al final de su esternón.

Ella se retiró de golpe, apartándose de la cama. Su familiaridad, que antes la había reconfortado, ahora la ponía nerviosa.

Él frunció el ceño.

—Perdona, pensaba que… ¿Qué sucede? ¿Ha ocurrido algo?

—El señor Lowden vuelve a estar aquí, con nosotros, y resulta… incómodo. Está haciendo preguntas.

—¿Sobre nosotros?

—Sobre… Hannah Rogers.

—Ah… —Él meditó durante unos instantes y luego dijo en voz baja —: Recuerda, querida, el señor Lowden trabaja para mí. No tienes nada que temer de él.

Inclinó la cabeza hacia un lado y la observó con cautela. —¿O acaso no es miedo lo que sientes? ¿Hay algo más?

—No lo sé —susurró ella—. Al principio la tomó conmigo, pero después pareció como si hubiéramos alcanzado una tregua. Pero ahora… su actitud hacia mí ha cambiado. Creo que sabe la verdad, o al menos la sospecha.

—Deja que me ocupe yo de él. A menos que… —Observó su rostro—. ¿No te habrás encariñado con mi abogado?

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Ella lo miró, sorprendida por la sugerencia, y sin embargo…, ¿podía decir honestamente que no sentía nada por aquel hombre?

—Yo… Nosotros… No hay nada de eso entre nosotros. Pero él parece… enfadado conmigo; o, como mínimo, desconfía de mí.

Él asintió y, con voz grave y envolvente, dijo:

—Tal vez le cueste conciliar la imagen de lady Mayfield que le transmití en mis cartas con la mujer modesta y serena que ha encontrado aquí. Una dama mucho más refinada que la propia Marianna Spencer.

Hannah disfrutó de sus elogios, aunque un nudo de inquietud le agarrotaba el estómago.

Durante aquellos últimos días había estado viviendo un sueño. Un sueño irreal, inalcanzable.

Sir John extendió la mano. Ella dudó unos instantes, pero al final posó la suya sobre la de él. En ese momento, alguien llamó a la puerta y Hannah se apartó rápidamente, avergonzada. No quería que James Lowden los encontrara en una situación que pudiera interpretarse como íntima.

Pero no era el abogado. La señora Turrill entró con Danny en brazos, vestido con una pequeña camisa de noche y un gorro, con el rostro enrojecido y contraído por el dolor.

—Siento interrumpirles —dijo el ama de llaves—, pero son otra vez los cólicos. Becky no ha logrado calmarlo y yo tampoco puedo.

Hannah tomó al bebé de las manos de la señora Turril y comenzó a mecerlo suavemente. Ya era capaz de soportar un peso considerable en el brazo entablillado sin sentir dolor.

—Gracias, señora Turrill. Ya me encargo yo. ¿Por qué no se retira usted? Parece exhausta. Yo subiré pronto, pero Becky puede ayudarme a cambiarlo.

—Estoy completamente agotada, lo admito —dijo la mujer—. De acuerdo. Si a usted le parece bien…

—Por supuesto. Buenas noches, señora Turrill.

—Buenas noches, milady. Señor…

Cuando el ama de llaves se hubo marchado, Hannah volvió a mirar a sir John. Danny seguía quejándose.

—Bueno, no le molesto más. Estoy segura de que no querrá oír sus quejas.

—¡Tonterías! Trae aquí. —Dejó a un lado los útiles de escritura y abrió los brazos—. Dámelo.

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¿Qué estaba haciendo sir John? ¿Y qué estaba haciendo ella? Abrir su corazón a esperanzas y sueños ilusos, eso era lo que estaba haciendo. Aun así, no pudo rechazar la oferta, la expresión cálida y los brazos extendidos.

Le entregó a Danny y él acostó al niño sobre su regazo, con los pies hacia él. Lentamente, con suavidad, levantó las rodillas del niño hacia su abdomen y repitió el movimiento varias veces. A Hannah le recordó, en cierto modo, los ejercicios de estiramiento que había practicado con el propio sir John.

Al principio, el rostro del niño siguió contraído, pero después de varias repeticiones más, el pequeño empezó a expulsar el aire. Su madre se sintió aliviada y avergonzada a la vez. A medida que la presión disminuía, el diminuto abdomen del niño parecía más relajado.

Sir John sonrió.

—Ahí lo tienes. Mucho mejor, ¿verdad, pequeño?

Danny se calmó y sir John le bajó las piernas, manteniendo sus grandes manos sobre los piececitos regordetes del bebé, que miró a su salvador y emitió un pequeño gorjeo.

Hannah sintió que le estallaba el corazón.

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Capítulo 17

Ala mañana siguiente, James alargó el desayuno con la esperanza de que la señora de la casa se uniera a él. Cuando finalmente entró en la sala, se mostró indecisa, seguramente porque no sabía qué tipo

de recibimiento la esperaba. No podía culparla por no alegrase de verlo después de la conversación del día anterior.

—Buenos días, señor Lowden.

—Buenos días. —Dio un sorbo a su café tibio y esperó mientras ella se servía una taza en el aparador y untaba el pan con mantequilla.

Se sentó frente a él y notó que sus dedos temblaban al tomar la delicada taza de porcelana.

La observó, sentada con aquella postura tan perfecta, el meñique levantado… Era la imagen misma de una dama refinada. Aquello le molestó.

Luego tomó un trozo de pan diminuto y lo masticó con delicadeza. El silencio entre ellos se alargó.

Con el ceño fruncido, él se puso a tamborilear con los dedos sobre la mesa y, tras mirar a su alrededor para asegurarse de que estaban solos, dijo en voz baja:

—Entiendo por qué lo hizo; lo que no acabo de comprender es… por qué sir John lo permite.

La miró, esperando que ella lo aclarara, preguntándose si fingiría que no sabía de qué le estaba hablando.

Ella suspiró y susurró:

—No estoy segura.

—¿No se lo ha preguntado?

Él se levantó y se quedó de pie junto a la ventana, entrecerrando los ojos hacia el sol de la mañana.

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—¿Por qué un hombre permitiría que otra mujer ocupara el lugar de su esposa? —Habida cuenta que ella no respondía, continuó—: Desafortunadamente, se me ocurren varias razones. —Frunció el ceño y volvió a mirarla—. Pero ¿y el niño? El doctor Parrish mencionó que regresó a Bath a buscarlo después del accidente. ¿Ha dicho algo sir John sobre él?

—Solo que no ve ningún parecido entre Danny y él.

James sintió que se le levantaban las cejas.

—¿De veras? ¿Cuándo fue eso?

—Justo después de despertarse. La señora Turrill y el doctor Parrish no paraban de decir que Danny se parecía a él, pero en ambas ocasiones dijo que no veía semejanza alguna.

—Debió de ser muy incómodo.

—Sí, lo fue. —Levantó el mentón, con expresión desafiante—. ¿Alguna otra pregunta, señor abogado?

Él se quedó mirando sus brillantes ojos, el rubor de sus mejillas y los labios apretados…

—Solo una. Por ahora. ¿Cuánto tiempo planea seguir con esto? Ella exhaló un profundo suspiro.

—No lo sé. Jamás planeé llegar tan lejos. Lo único que quería era recuperar a Danny. En ningún momento esperé que sir John hiciera nada más por nosotros. Pensaba quedarme hasta que mi brazo sanara. Pero él despertó antes de que pudiera irme. Y no me delató. De hecho, parecía como si quisiera continuar con la farsa.

—¿Por qué?

—Al principio pensé que era por el golpe en la cabeza, que estaba confundido. Pero ahora… —Sus palabras se desvanecieron y se encogió de hombros. James se preguntó si habría algo más en aquella historia que ella no estaba dispuesta a contarle.

—¿Está enamorado de usted? —preguntó.

—No; nunca lo ha dicho.

—No creerá que se va a casar con usted. —El abogado se dio cuenta del desdén que traslucían sus palabras. La incredulidad.

Ella levantó la barbilla.

—¿Tan inferior a él me considera? ¿Tan inconcebible sería?

—Si de algo sirve mi opinión, sí. Especialmente después de toda esta farsa suya.

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Ella palideció.

—¿Significa eso que le desaconsejará que lo haga?

«Significa que la quiero para mí», pensó James, sofocando aquellas palabras carentes de sentido. Después de lo que había descubierto, debería despreciarla. No podía pretender seriamente casarse con una mujer como aquella. Supondría un gran escándalo, lo que de ninguna manera contribuiría a reflotar su despacho legal.

Sin embargo, se limitó a decir:

—Sí. Le desaconsejaré que lo haga.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué le importa?

—No me importa —mintió él—. Pero es mi deber proteger los intereses de mi cliente.

—¿Protegerlos de mí?

—Sí.

—Ya veo. Bueno, gracias por ser sincero conmigo.

Él le sostuvo la mirada.

—Debería intentarlo alguna vez.

Ella fue la primera en apartar la vista, pero él no lo vivió como una victoria. A fin de cuentas, tampoco había sido completamente honesto con ella.

Aquella tarde se esperaba de nuevo la visita de la señora Parrish y de la esposa del vicario. Hannah se obligó a sí misma a sonreír cuando la señora Turrill le recordó el compromiso y le abrochó el sobrevestido de batista bordada que se había puesto encima del de muselina estampada, que resultaba de lo más apropiado para recibir visitas. Sin embargo, en su fuero interno, estaba muerta de miedo. ¿Cómo iba a enfrentarse a ellas, a fingir delante de todos, especialmente con el señor Lowden viviendo bajo el mismo techo?

La esposa del doctor fue la primera en llegar. Hannah esperó a que el ama de llaves la condujera al salón y abandonara la estancia. Entonces inspiró hondo y dijo:

—Señora Parrish, me alegro de disponer de un momento para hablar a solas con usted. Sé que vio a un viejo amigo mío que se pasó por aquí la

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semana pasada. Vino solo a saludar, aprovechando que se encontraba por los alrededores, y no querría que pensara usted que…

—¿Un viejo amigo? —la interrumpió la mujer con una sonrisa maliciosa—. Muy amigo, a juzgar por lo que vi.

—No es lo que cree, señora Parrish. Fue solo una visita breve, amistosa. Completamente inocente.

—Si usted lo dice. Pero entonces… ¿para qué esconderse en el jardín como si fueran amantes furtivos?

Se obligó a sostener la mirada desafiante de la mujer. ¿Pero qué podía responder a aquello?

Nada.

Los ojos de la señora Parrish brillaron con aire triunfante.

Instantes después, la señora Turrill hizo pasar a la esposa del vicario al salón. Intercambiaron saludos y la conversación adoptó un tono ligero y animado mientras el ama de llaves servía el refrigerio.

A juicio de Hannah, la señora Parrish no acudía a Clifton porque disfrutara de su compañía, sino porque a la orgullosa esposa del médico le complacía ver a la prima de su marido atendiéndola como si fuera una criada.

La mujer traía consigo un ejemplar del Bath Journal, que una amiga suya que vivía allí le había enviado por correo. Le encantaba leer sobre los movimientos y chismorreos de la alta sociedad de Bath, aquella pequeña ciudad hermana de Londres. También traía el periódico local, con sus noticias de aprendices fugados, barcos que habían arribado al puerto, esquelas y avisos varios.

—Atiendan a esto —dijo la señora Parrish, sorbiendo ruidosamente el té antes de dejar la taza con un tintineo sobre el platillo—. «El lunes falleció el señor Robert Meyers hijo, un acaudalado carnicero. El viernes anterior estuvo cenando en una taberna con unos amigos, degustando una sopa de tortuga falsa[1], cuando dos de los presentes, de forma imprudente, echaron una cantidad de jalapa[2] en su plato, lo que le provocó efectos tan violentos que acabaron ocasionándole la muerte».

—¡Oh, no! —exclamó la tímida esposa del vicario, visiblemente escandalizada.

La señora Parrish asintió con gravedad.

—Podía haberse previsto un desenlace semejante. La jalapa es un purgante bien conocido; algo que, por supuesto, sé de sobra después tantos

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años asistiendo al doctor Parrish.

—Aaah… —murmuró la señora Barton, impresionada—. Si hubiese estado usted allí para advertirles…

—Muy cierto, señora Barton. Muy cierto. —Le dio la vuelta al pliego de noticias—. Bancarrotas. Siempre vienen bien como llamada de atención para ser ahorradores. —Deslizó el dedo por la lista de nombres, pronunciándolos con un regocijo apenas disimulado—: «QUIEBRAS: Robert Dean, de Stamford, hostelero. William Castle, de Chichester, calderero. John Keates, de Stanwell, fabricante de papel. Anthony Fontaine, de Bristol, caballero».

Aquí la señora Parrish soltó un resoplido.

—¿Caballero? En todo caso, lo sería. Pero ya no, después de que su nombre haya aparecido en la gaceta.

La señora Barton se tapó la boca y soltó una risita contenida tras su diminuta mano, como una niña que sabe que no está bien reírse de la desgracia ajena.

Hannah, sin embargo, apenas les prestaba atención. Su mente seguía repitiendo un solo nombre: «Anthony Fontaine». ¿Podía ser que quien era amante de Marianna estuviera arruinado?

La señora Barton mordisqueó una galleta.

—Le ruego que continúe, señora Parrish.

—Muy bien —respondió la esposa del doctor, repasando con la vista otra columna del periódico.

—¡Oh, qué lástima…! —exclamó—. «PERDIDO entre Bristol y Bath, un ANILLO DE ORO, con incrustaciones de amatistas y zafiros morados, grabado con el nombre del fabricante: John Ebsworth, Londres. Quien haya encontrado dicho anillo y lo lleve a la imprenta, recibirá una recompensa de una guinea».

—¿Solo una guinea por un anillo así? —murmuró con desaprobación la esposa del vicario—. Dudo mucho que alguien devuelva una joya tan valiosa pudiendo venderla por mucho más.

—Mucho me temo que tiene razón, señora Barton. La codicia humana es lo que es —repuso la señora Parrish.

Su interlocutora asintió con un suspiro.

—A menos que Dios decida obrar en el corazón de quien lo encuentre.

La mujer del doctor volvió la mirada hacia Hannah.

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—Amatistas y zafiros morados… ¿No es muy parecido a su anillo, lady Mayfield?

Hannah tragó saliva y asintió.

—Sí, así es. Se trata de un anillo de familia.

—¿Sabe quién lo fabricó?

—No, no lo sé.

—¿No sería curioso —intervino la señora Barton— si resultara que también lo hubiera hecho ese tal John Ebsworth de Londres?

—Imagino que debe de haber muchos anillos parecidos repartidos por el país —respondió Hannah con ligereza, fingiendo que bebía un sorbo de té.

La señora Parrish frunció el ceño, pensativa.

—¿Es ese el anillo que mi esposo encontró en su mano después del accidente?

—Sí. Me lo puso en el dedo para que no se perdiera.

—Que extraño que lo tuviera en la mano y no en el dedo —comentó la mujer, mirándola con suspicacia.

Hannah se encogió de hombros, incómoda bajo las miradas escrutadoras de ambas mujeres.

—Recuerdo tan poco del accidente…

Cuando por fin concluyó aquella visita tan incómoda, Hannah subió a su habitación y sacó la sortija de una pequeña caja guardada en su maleta. Se puso junto a la ventana, buscando la luz del sol para poder leer la diminuta inscripción grabada en el interior. El corazón le dio un vuelco. «John Ebsworth, London». Sin duda, debía tratarse de una mera coincidencia. Seguramente nadie había denunciado la pérdida de «aquel» anillo en concreto. Era de suponer que se habrían fabricado muchos parecidos. Ella misma había dicho algo parecido a sus invitadas.

Mientras la señora de la casa atendía a las visitas, James subió al dormitorio de sir John con la correspondencia del día. Al llegar lo encontró sentado en la silla de ruedas, enfrascado en la lectura.

El abogado le entregó una carta del señor Ward, su secretario, en la que le ponía al corriente de las cuentas del hogar en la propiedad de Bristol y solicitaba un giro postal para cubrir algunos gastos imprevistos.

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—¿Quiere que me ocupe de ello, señor? —se ofreció Lowden.

—Sí, si no le importa. Gracias.

James vaciló.

—¿Está listo para hablar de su testamento? —«La razón por la que me hizo venir», pensó para sus adentros.

—Si realmente es necesario… He decidido no modificarlo.

—¿Ya no desea desheredar a su esposa más allá de lo estipulado en las capitulaciones matrimoniales?

—No, ya no.

—Pero…

Lowden dio media vuelta, pasándose una mano por el pelo.

Se dirigió a la puerta, se aseguró de que no hubiera nadie merodeando por allí, y volvió a cerrarla.

—Sir John, creo que es mi deber decirle que sé que la joven que vive en esta casa no es Marianna Mayfield. Es Hannah Rogers, la antigua dama de compañía de su esposa. Ya sospechaba que algo no encajaba cuando estuve aquí la última vez y me tomé la libertad de investigar por mi cuenta. Hablé con sus amistades y con su padre en Bristol. Me la describieron con todo detalle, desde su figura esbelta hasta sus pecas.

Tomó aire antes de continuar:

—Su padre no sabe nada del niño, y yo no se lo he contado. Se distanciaron hace tiempo y, por lo visto, la señorita Rogers le ocultó tanto su embarazo como el nacimiento, por razones evidentes.

Sir John no dijo nada, pero el abogado advirtió que se le tensaban los músculos de la mandíbula.

James prosiguió:

—Y aunque puedo entender que se hiciera pasar por lady Mayfield

para encontrar refugio para ella y su hijo, no puedo, en conciencia,

permitir que esta farsa continúe.

Sir John frunció el ceño.

—¿Y quién le ha pedido que «investigue» ese asunto como si fuera de su incumbencia?

Lowden se puso a la defensiva.

—Usted mismo escribió a mi padre pidiéndole que investigara su paradero después de que se marchara sin dar explicaciones —le recordó—. Y ahora, en calidad de abogado suyo…

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—Eso fue hace casi un año —lo interrumpió—. Y solo para saber qué había sido de ella. No para escarbar en asuntos que sería mejor dejar enterrados.

James dio un paso atrás, desconcertado.

—¿Acaso tiene algún tipo de influencia sobre usted, señor, para que acceda a algo así? ¿Le está extorsionando o…?

—¡Dios santo, no! Qué imaginación la suya, señor Lowden. Y qué inclinación a ver delitos donde no los hay. Quizá se equivocó de profesión. Una carrera como policía, o incluso como juez, le habría ido mucho mejor.

—Señor, no sé qué decir. Usted sabe que ella no es su esposa.

—Por supuesto que sé que no es Marianna Mayfield. No estoy ciego ni loco.

—Bueno, estuvo sin conocimiento durante un buen tiempo, así que pensé que…

—Pensó mal. Fue el doctor Parrish quien asumió que la señorita Rogers era lady Mayfield cuando nos encontró solos en el carruaje hecho pedazos. Y ella permitió que aquella falsa impresión continuara solo porque le preocupaba cómo iba a mantener a su pequeño.

—¿Y no se le ocurrió otra manera mejor que hacerse pasar por su difunta señora?

Sir John hizo una mueca.

—Exagera, Lowden. Tampoco es tan grave.

James negó con la cabeza.

—No lo entiendo, señor.

—No le pago para que me entienda. Como ya le he dicho, por ahora dejaremos lo del testamento.

—Pero ¿y el niño?

—Bien pensado. Incluya al niño también.

James apretó los puños. ¿A qué estaba jugando aquel hombre? ¿Realmente estaba dispuesto a arriesgarse a que el hijo ilegítimo de aquella mujer se convirtiera en heredero de su propiedad?

—Pero usted mismo lo dijo, sir John. No ve ningún parecido entre usted y el pequeño. Él entrecerró los ojos.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Su madre. Me lo dijo ella misma. Al parecer, oyó que se lo comentaba tanto a la señora Turrill como al doctor Parrish.

—Es cierto, lo dije.

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James tuvo la sensación de estar hablando con un niño pequeño… o con un majadero.

—Si admite que no se parece en nada a usted, sir John, es porque…

—Sí, pero se parece mucho a alguien que conocí hace tiempo.

—¿El señor Fontaine? —El nombre se le escapó sin poder evitarlo.

Sir John frunció el ceño.

—No. No me refería Fontaine.

Al ver el enfado en el semblante de sir John, James pensó que lo más prudente sería no aventurarse a plantear otra conjetura imprudente.

El doctor Parrish encontró a Hannah en el cuarto infantil y le pidió que lo acompañara a la habitación de sir John, porque iba a necesitar su ayuda.

—Hoy es el gran día, milady. ¡Sir John va a intentar dar sus primeros pasos!

Un torbellino de emociones la invadió. ¿Podría caminar después de haber pasado tantas semanas en cama?, se preguntó. Ella, el doctor Parrish y la enfermera Weaver habían procurado que conservara cierta fuerza y agilidad en las piernas, especialmente en la del tobillo sano. Pero ¿y la otra? Esperaba que no se llevara una decepción.

Cuando llegó, sir John se deslizó hasta el borde de la cama.

El doctor Parrish lo tomó por uno de los brazos y la miró expectante. —¿Milady?

—Oh, claro —respondió Hannah, dando un paso hacia el otro lado del herido y sujetando su codo con suavidad.

—Muy bien, sir John. Cuando usted diga. Estamos aquí para ayudarle a mantener el equilibrio. No esperamos ninguna hazaña, señor. De momento solo queremos que se ponga de pie, nada más. ¿Está listo?

Él apretó los dientes, deslizándose un poco más hacia adelante y separando los pies a la altura de los hombros.

—Listo.

—A la de tres. Uno, dos, tres…

Lo ayudaron a incorporarse. Hannah sintió un temblor que recorría todo el cuerpo de sir John y llegaba hasta ella a través del brazo que le sujetaba. Cambió la postura para ofrecer mayor firmeza, pensando: «Por favor, Dios, ayúdalo a mantenerse en pie».

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—¡Lo ha conseguido! —exclamó el médico con entusiasmo, y él y Hannah compartieron una sonrisa cómplice—. ¿Y el tobillo? ¿Duele?

—No mucho —respondió entre dientes. Justo en aquel preciso instante sus piernas comenzaron a temblar con fuerza.

—Vamos, siéntese. Con calma, sin apuros.

—Quiero caminar —repuso él.

—Mañana será otro día, señor. No hay que apresurarse —recomendó el doctor.

—¿Tiene que estar ella aquí? —gruñó él, señalando con la cabeza a Hannah.

—¿Su esposa? Yo había pensado que querría tenerla aquí para apoyarlo.

—Es que… ¡maldita sea! No me gusta que me vea así. Tan débil. —¿Débil? ¡Vamos, hombre! Las heridas que sufrió usted habrían

acabado con muchos otros, incluso con hombres de la mitad de su edad. No veo ni una pizca de debilidad en usted, señor. ¿Y usted, milady?

—No. Ninguna. Sir John siempre ha sido un hombre fuerte. Físicamente y en todos los sentidos. Y volverá a serlo —afirmó con dulzura.

Por un momento, los ojos del aludido se encontraron con los suyos. Se sintió conmovida por la vulnerabilidad que vio en su mirada, mientras él intentaba medir la sinceridad de sus palabras. Ella le apretó la mano.

—Estoy orgullosa de usted —dijo en voz baja.

Entonces, a él le brillaron los ojos con otra emoción. Algo profundo y sobrecogedor. Fue Hannah quien apartó la mirada primero.

James despertó bruscamente de un sueño profundo, sobresaltado por unos golpes en la puerta. Su habitación seguía sumida en la oscuridad propia de la madrugada. Alarmado, apartó las sábanas y se levantó de la cama. Antes de poder alcanzar la bata, la puerta se abrió con un chirrido, y una figura apareció llevando un candelabro.

—¿Señor Lowden?

La señorita Rogers estaba en el umbral, vestida con un camisón y un chal, el cabello trenzado cayéndole sobre un hombro. El corazón le dio un vuelco. Por un instante, de un modo irracional, el deseo chispeó en su

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interior. Pero al ver más de cerca su rostro pálido y los ojos muy abiertos, comprendió que no se trataba de una visita amorosa: algo iba mal.

—Siento despertarlo, pero se trata de Danny. Y de Becky. Los dos están terriblemente acalorados e inquietos. La nodriza se ha aferrado a la señora Turrill, presa del pánico, y no quiere soltarla. He mandado a Kitty a por paños fríos, pero esperaba que usted pudiera…

Él tomó la bata del respaldo de una silla. —¿Quiere que vaya a buscar al doctor Parrish?

—Por favor. No quiero dejar a Danny ni un momento más.

—Lo entiendo. Vuelva con él. Traeré al doctor lo antes posible.

—Gracias.

A la luz temblorosa de la vela, sus fervorosos ojos se encontraron con los de él. Luego se dio la vuelta y desapareció de su vista, con el golpeteo rápido de sus pies descalzos subiendo las escaleras.

Se vistió con un pantalón y los zapatos a toda prisa. Se puso el abrigo como buenamente pudo sobre la camisa de dormir, bajó corriendo las escaleras y, tras salir por la puerta lateral, echó a correr hacia la Casona.

Diez minutos más tarde, Hannah estaba sentada en la mecedora, con un quejumbroso Danny en brazos. Le pasaba un paño húmedo por la cara y el cuello, intentando, en vano, calmarlo y bajarle la fiebre. Al otro lado de la habitación, la señora Turrill aplicaba el mismo tratamiento a Becky, rezando en voz baja mientras lo hacía. Kitty, después de haberles entregado los paños, permanecía de pie, impotente, retorciéndose el delantal con las manos.

Hannah esperaba que el doctor Parrish llegara pronto. Seguro que él sabría qué hacer. Sus miedos aumentaban, revolviéndose en su interior y atormentando su imaginación. ¿Y si no había nada que pudiera hacer? ¿Podría Danny sucumbir como aquellos niños en casa de la señora Beech? ¿Se trataría de la misma fiebre? ¿Había permanecido latente en Danny y Becky para atacarlos justo en aquel momento, cuando pensaba que ya estaban completamente a salvo de los efectos de aquel lugar?

Oyó pasos resonando por el pasillo y sintió alivio. Eran los pasos de una única persona. ¿Habría regresado el señor Lowden a su habitación después de llamar al médico? Fue el abogado quien golpeó la puerta y luego entró en el cuarto infantil.

—¿Dónde está el doctor Parrish? —preguntó Hannah, alarmada—. ¿Está en camino?

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El señor Lowden negó con la cabeza, serio.

—Él y la señora Parrish llevan fuera toda la noche, atendiendo un parto complicado. Edgar ha ido a caballo para traerlo de vuelta o, al menos, para que le dé instrucciones sobre cómo proceder hasta que él mismo pueda venir.

—¡Oh, no!

El abogado se agachó frente a la mecedora. Colocó el dorso de la mano sobre la frente de Danny y frunció el ceño.

—Está ardiendo. Retírele esa manta de encima. —Se levantó—. Y vamos a dejar que entre el fresco. —Se quitó el abrigo y comenzó a abrir las contraventanas. Iba vestido solo con pantalones y en mangas de camisa, y llevaba el cabello desordenado.

La señora Turrill habló desde la cama de Becky.

—¿No se resfriarán?

—No lo sé. Solo sé que necesitamos bajarles la fiebre.

Él recorrió la habitación con la mirada hasta que sus ojos se posaron en la sirvienta, acurrucada en un rincón.

—Trae toda el agua fría que puedas cargar. ¿Queda algo de hielo? —Quizá un poco, señor. A estas alturas, lo más seguro es que la mayor

parte sea paja[3].

—Si queda algo, tráelo rápidamente.

Kitty salió corriendo a cumplir el encargo. Él se acercó de nuevo y volvió a arrodillarse frente a Hannah. Esta vez levantó la mano hacia ella, que se echó hacia atrás, sorprendida, antes de darse cuenta de su intención. Se le tensó el gesto, pero no hizo comentario alguno mientras él apoyaba los dedos fríos en su frente.

—Usted también está demasiado caliente. No creo que tenga fiebre; seguramente será por los nervios, pero conseguirá que a él le suba aún más la temperatura.

—¿Qué sugieres?

—Un baño frío. No le gustará, pero le ayudará.

—¿Cómo lo sabe?

—Para mi desgracia, he pasado por esto antes.

—Ah, ¿sí?

—Mi hermana menor.

—No sabía que tuviera una hermana.

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—Ya no. Hasta después de lo ocurrido no supimos qué es lo que deberíamos haber hecho.

—Lo siento mucho —susurró Hannah.

—Yo también.

Por un momento, sus miradas se encontraron. Ambas compartían una temerosa empatía.

Desde la cama, Becky gimió y gritó:

—¡Hannah, oh, señorita Hannah! ¡Es la fiebre!

La señora Turrill, sentada al borde de la cama, dirigía la mirada hacia su señora, al otro lado de la habitación, con los ojos brillantes y un semblante que mostraba una mezcla de desconcierto y compasión.

Hannah la calmó:

—Chist… ya pasó, Becky. Es la fiebre la que habla. Estás bien.

El ama de llaves retomó sus palabras:

—Así es, querida Becky. La señora Turrill está aquí contigo. No hay nada que temer. Toma, bebe un poco de esto.

Le acercó una taza a los labios.

Hannah sintió el gesto cómplice del señor Lowden, pero evitó cruzar la mirada con él.

Retiró la manta del cuerpecito de Danny y le sacó sus diminutos puños por las mangas del camisón.

Becky se agitaba de un lado a otro.

—Es la fiebre… la que se llevó al niño de Jones y a la pequeña Molly.

Tenemos que salir de aquí.

Él preguntó en voz baja:

—¿Dónde cree que está?

—En el lugar donde murió su hija —respondió.

Sumergió la toalla una vez más en la palangana de agua tibia, deseando que la criada se apurara con el hielo. Si Becky seguía así, la señora Turrill se daría cuenta de quién era realmente, tal como lo había hecho el señor Lowden. Tal vez ya lo sabía. Pero en aquel momento lo único que le importaba realmente era ayudar a Danny. Esperaba que Dios no se lo llevara para castigarla por sus muchos pecados.

De nuevo se encontró con la mirada preocupada del ama de llaves, que luego se dirigió al abogado:

—Señor Lowden, ¿sería tan amable de ensillar el caballo e ir a la casa de mi hermana en Lynmouth? Es la casita amarilla al final de la colina,

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pasando la cuadra. Acabo de recordar que quizás tenga algo de polvo para la fiebre que sobró de la última enfermedad de nuestra madre.

—¿De veras? Excelente. Iré de inmediato.

Sin decir una palabra más, se dio media vuelta, tomó su abrigo y salió apresuradamente de la habitación. Hannah se volvió hacia la señora Turrill y sus miradas se cruzaron mientras el sonido de la puerta cerrándose resonaba en la habitación. Si la mujer ya sabía o sospechaba la verdad, no dijo nada.

—Gracias, —susurró. Y su agradecimiento no era solo por la medicina, sino que iba mucho más allá.

La mañana amaneció clara y luminosa, y con ella también mejoró el ánimo de Hannah. El señor Lowden había conseguido el polvo para la fiebre y, aunque se lo habían administrado a Becky, habían dudado si dárselo a Danny, pues desconocían cómo podría afectar a una criatura tan pequeña. En vez de darle la medicina, había seguido el consejo del abogado y había sometido al pobre niño a breves inmersiones en la bañera de agua fría. Había llorado, pero, finalmente, lograron que le bajara la fiebre.

Cuando ambos pacientes pasaron de sudar a tiritar, el señor Lowden cerró las ventanas y, tras subir leña y carbón con la ayuda de Ben, se puso a atizar el fuego con las mangas remangadas, como si fuera un criado más.

James y Ben habían salido a buscar leña cuando el doctor Parrish entró a toda prisa en el cuarto infantil, jadeando, con el rostro enrojecido y exhausto. Aun así, asumió el control de la situación con eficacia, aprobando las medidas que se habían tomado hasta el momento y recomendando líquidos y otra dosis de un polvo para la fiebre que él mismo elaboraba.

Hannah musitó una oración de agradecimiento, aliviada por poder dejar a Danny y Becky en las competentes manos del médico.

Al salir de la habitación para tomarse un breve respiro, encontró al señor Lowden sentado en una silla del pasillo, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos.

Se levantó en cuanto la vio salir.

—¿Daniel está bien?

—Lo estará, sí.

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Él exhaló un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios.

La preocupación en su rostro, la amabilidad y toda la ayuda que había prestado, hicieron tambalear la precaución de Hannah. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

De inmediato, él le sujetó los hombros con ambas manos y buscó su mirada.

—¿Qué sucede? ¿Se encuentra bien?

Asintió, con lágrimas surcando sus ardientes mejillas.

—Tenía tanto miedo…

Y entonces él la rodeó con los brazos, estrechándola en un abrazo reconfortante.

—Lo sé. Yo también.

Durante varios segundos, se quedó allí, apoyada contra su pecho, sintiendo el calor firme de su cuerpo bajo la mejilla. Saboreando la sensación de sus brazos rodeándola, atrayéndola hacia él.

Quería quedarse así para siempre.

Pero dio un paso atrás y se secó las lágrimas. Con voz temblorosa, dijo:

—Gracias, señor Lowden. No sé qué habría hecho sin usted.

Aunque sabía muy bien que pronto tendría que averiguar cómo arreglárselas sin él.

James Lowden volvió a la cama intranquilo y en conflicto consigo mismo. Su comportamiento le había sorprendido. No había tenido intención de estrechar a la señorita Rogers entre sus brazos. También le había desconcertado la oleada de ternura que le había invadido, aquel deseo de protegerla y consolarla. Unas semanas atrás, tales sentimientos le hubieran resultado inconcebibles.

Se recordó a sí mismo que aunque la mujer que había conocido en Clifton no era Marianna, la esposa infiel, Hannah Rogers tampoco era precisamente un dechado de virtudes. Por lo visto, era tan capaz de engañar y tan propensa a hacerlo como lo había sido su señora. No podía —ni debía— confiar en ella. Ni acercarse demasiado.

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Todavía no tenía del todo claro por qué se sentía atraído por ella. Sí, tenía un cabello espeso y hermoso, y unos ojos llamativos, pero su nariz era demasiado larga, y su boca demasiado ancha. Y luego estaban sus pecas… Sin embargo, al recordar cómo se había sentido al tenerla entre los brazos, estuvo a punto de dejar de lado tanto la lógica como la prudencia.

Aún podía sentir su figura esbelta a través del camisón, la marcada curva de su cintura, la presión de sus pequeños pechos.

«Basta», se dijo a sí mismo.

Se estremeció al recordar a la niñera gimiendo entre alusiones a «la señorita Hannah» y al lugar miserable del que provenían. Había visto la mirada suspicaz en el rostro del ama de llaves. Solo era cuestión de tiempo que se diera cuenta de quién era realmente la señorita Rogers y de que les había mentido a todos. ¿Realmente quería verse envuelto en todo aquello? ¿Qué pasaría si la gente se enteraba de que él conocía la verdad y aun así había guardado silencio? ¿Se le consideraría cómplice de su engaño? ¿Qué efecto tendría aquello en su carrera como abogado y en su reputación?

«Utiliza la cabeza, Lowden». Lo más sensato era mantenerse a una distancia prudencial de aquella mujer. Sin duda.

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Capítulo 18

Hannah pasó los días siguientes intentando no alejarse demasiado de la habitación infantil; y mucho menos de Danny. Necesitaba vigilarlo. Asegurarse de que estuviera mejorando. Pensar.

El doctor Parrish pasó a visitarlos con frecuencia y declaró que ambos pacientes se recuperaban bien. Preocupado, sir John pidió ver al niño, pero el doctor no lo consideró conveniente, por si la fiebre era contagiosa. No quería arriesgarse cuando por fin estaba recuperando fuerzas. Mientras tanto, el señor Lowden fue a Barnstaple, una ciudad algo más grande a cierta distancia de allí, para hacerle un giro postal al señor Ward. Durante su ausencia las horas transcurrieron muy lentamente. Hannah solo lo había visto de pasada en los últimos días.

Teniendo en cuenta que el señor Lowden sabía la verdad y que la señora Turrill probablemente la sospechaba, era consciente de que debía dejar de hacerse pasar por lady Mayfield y marcharse, pero seguía dudando. La realidad de su situación la había golpeado con fuerza. El episodio de fiebre de Danny le había dejado claro que, cuando se fuera, iba a sentirse muy sola. Muy vulnerable.

No tendrían a ningún sir John que las acogiera en su casa, a ninguna señora Turrill que les preparara la comida, ni a ningún apuesto abogado que corriera a buscar polvos para la fiebre. ¿Qué haría si su hijo volvía a enfermar mientras se encontraba en alguna sórdida posada o en una pensión de mala muerte? Ningún médico en condiciones se mostraría dispuesto a atenderlos. Y los boticarios y cirujanos no trabajaban gratis. La verdad era que tenía miedo de marcharse. Especialmente con Danny todavía debilitado por la fiebre y su brazo aún en proceso de curación. ¿Qué sería de ellos si sufría una recaída? Además, ¿realmente quería desaparecer nuevamente de la vida de sir John? ¿O de la del señor Lowden?

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Una tarde, mientras una tormenta se gestaba en la costa, el ama de llaves subió a hacerle compañía. Observó el rostro de Hannah, con los ojos cargados de preocupación.

—Se la ve fatigada y turbada, milady. La fiebre ha pasado y todo está bien. Estoy segura de ello.

—Gracias, señora Turrill. Lamento no estar de mejor ánimo.

—No tiene que disculparse. Es lo más natural del mundo… han sido días muy difíciles para usted. —De pronto sus ojos se iluminaron—. Ya sé. Lo que necesita es un buen baño caliente. Pediré a Ben y a Kitty que lleven la bañera a su habitación y comiencen a calentar el agua. Usted, mientras tanto, vaya y acuéstese.

—No es necesario. No quiero ocasionarle más trabajo. Ya está cuidando de sir John. Por no hablar de todo lo demás.

—¡Tonterías! No es ninguna molestia. El señor se dio un buen baño ayer y le sentó de maravilla.

—¿De verdad? Confieso que suena a música celestial, pero me incomoda pedirlo.

—No está usted pidiendo nada. Se lo estoy ordenando yo. —Le guiñó un ojo—. Hala, milady. Póngase en marcha. No tenemos todo el día.

Una hora más tarde, Hannah se encontraba sentada en la gran bañera de metal, con las rodillas dobladas, deliciosamente sumergida en agua tibia hasta el pecho, con el brazo vendado descansando sobre el borde de la tina. Normalmente se conformaba con lavarse con una esponja o darse un baño de asiento, pero se dio cuenta de que la señora Turrill tenía razón. Sentía cómo la tensión se desvanecía de su cuerpo. Se lavó con jabón de lavanda y sosa, y luego Kitty entró para lavarle el cabello. El masaje en el cuero cabelludo le sentó tan bien que tuvo la sensación de que el agua de enjuague se llevara consigo todos sus miedos.

—Creo que voy a quedarme un poco más, si no te importa, Kitty. —Estese tranquila, milady. Voy a ayudar a la señora Turrill a cerrar

bien las contraventanas por la tormenta, pero volveré enseguida para ayudarla.

—No hay prisa.

La muchacha se marchó, cerrando la puerta tras de sí. Fuera el viento aullaba, pero allí dentro la temperatura era muy agradable y tenía la sensación de estar a salvo. Y Danny también. Se recostó y apoyó la cabeza contra el paño doblado sobre el borde de la bañera. «Aaah…».

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La puerta se abrió de golpe y Hannah se incorporó de un respingo y, ahogando un grito, se cubrió el pecho con un brazo. Se volvió para ver quién se había atrevido a entrar tan bruscamente, pero el umbral y el pasillo seguían vacíos. Llegó a la conclusión de que había sido el viento. Alguien debía de haber abierto una ventana o la puerta principal, provocando que la suya se abriera también. Esperó un minuto, suponiendo que Kitty o la señora Turrill habrían oído el estruendo, irían a ver y cerrarían la puerta por ella. Luego aguardó un poco más, sintiéndose incómoda sentada allí, con la parte superior del cuerpo parcialmente descubierta y enfriándose con rapidez.

No acudió nadie. Con un suspiro, se incorporó, usando el brazo sano para ayudarse a levantarse. Con el otro, todavía entablillado, sostuvo la pequeña toalla sobre la que había estado recostada, cubriéndose el torso lo mejor que pudo. La toalla grande de lino estaba fuera de su alcance. Reposaba sobre una silla, a varios pasos de distancia.

Salió del agua con cautela, apoyando primero un pie sobre la alfombra trenzada, y luego el otro.

Se oyeron pasos en el pasillo. ¡Por fin! Se volvió hacia la puerta, intentando cubrir su espalda descubierta.

Alzó la vista, con una sonrisa incómoda en el rostro, lista para contarle a Kitty lo que había sucedido. Pero aspiró una bocanada de aire y se quedó boquiabierta al ver a James Lowden.

Él se detuvo de golpe, sorprendido, inmóvil, con el sombrero en la mano, el abrigo abierto y el cabello alborotado por el viento. Abrió la boca, pero no se sonrojó, y tampoco se volvió ni sonrió. Puso la mirada en su rostro para descender luego lentamente por el cuello, los hombros y el cabello suelto, más allá de aquella toalla demasiado pequeña, hasta terminar en sus largas piernas…

Hannah era incapaz de moverse, apenas podía respirar. Un rubor ardiente le cubrió la piel de arriba abajo.

Lowden cruzó el umbral y el corazón le dio un vuelco. ¿Qué haría ahora? Por un instante permaneció quieto, clavando en ella la mirada. Su expresión era casi… desaprobatoria: la mandíbula apretada y los labios tensos. Si la encontraba mínimamente atractiva, desde luego no lo demostraba.

—Tenga cuidado, milady —advirtió con voz baja y amenazadora.

—El viento la ha abierto —se justificó ella.

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Sus ojos chispearon.

—¡Vaya! ¡Qué oportuno el viento!

En ese momento extendió la mano y ella dio un respingo. No obstante, se limitó a agarrar el picaporte y retroceder, para después salir de la estancia al tiempo que tiraba lentamente de la puerta hacia sí. Finalmente se detuvo en el umbral, con su penetrante mirada clavada en la suya, hasta que la puerta se cerró de golpe.

A la mañana siguiente, a Hannah le costó levantarse. Había dormido profundamente la noche anterior —gracias, sin duda, al baño relajante— a pesar de aquel extraño y embarazoso encuentro con el señor Lowden. Desde que había acudido en su ayuda durante el episodio de la fiebre, lo miraba con otros ojos. Él, por su parte, alternaba entre la calidez y la frialdad de manera impredecible. ¿Estaría luchando contra sus propios sentimientos como le sucedía a ella? Probablemente se engañaba a sí misma. Tal vez aquel hombre no tuviera sentimientos. Al menos, no por ella. Lo cual, pensándolo bien, era lo mejor para todos, considerando que seguía haciéndose pasar por la esposa de sir John.

Después de que Kitty la ayudara a ponerse el vestido de día de color rosa pálido, se sentó ante el tocador para cepillarse el cabello. Su melena recién lavada estaba suave, densa y limpia; en el espejo iluminado por el sol, los reflejos rojizos brillaban más intensamente de lo habitual.

Después de desayunar sola, subió al cuarto infantil y tomó a Danny en brazos. Becky le anunció entonces que se sentía completamente recuperada y que estaba lista para seguir con sus clases de lectura. Hannah accedió y, tras acostar al niño en la cuna, se sentó junto a la joven en la cama ya hecha. La nodriza abrió A Little Pretty Pocket-Book[4] y comenzó a leer las rimas sencillas para cada letra del alfabeto.

—¿Milady? —dijo Becky un rato después. Seguidamente tiró del brazo de Hannah y repitió con más fuerza—: ¡Milady!

—¿Eeem? Oh, perdón.

—¿Qué sucede? Parece… distinta. ¿Es por el señor Lowden? ¿O acaso se está enfermando? ¿Está todo bien?

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—No es nada de lo que debas preocuparte, Becky. Pero gracias por preguntar.

Algo más tarde, dejó a Danny durmiendo plácidamente la siesta y a la niñera leyendo. Al pasar frente a la puerta abierta del dormitorio de sir John, vio que estaba junto a la ventana, sentado en la silla de ruedas, con un libro en las manos. La señora Turrill probablemente estaba ocupada en la cocina y creía que el señor Lowden había salido a cabalgar. Con todos aparentemente tranquilos por el momento, decidió que podía tomarse un poco de tiempo para sí misma.

Salió al jardín, dejando que el aire cálido y perfumado la envolviera. Llevaba un tiempo dándole vueltas a las numerosas decisiones que debía tomar, pero por unos minutos no quiso pensar, ni preocuparse, ni hacer planes. Solo quería estar, y respirar.

El señor Lowden se acercó a grandes zancadas desde el establo. Al verlo, sintió una punzada de vergüenza. ¿Qué clase de recibimiento podía esperar de él después de lo ocurrido la noche anterior? Aun así, no pudo evitar admirar su porte seguro, el brillo de sus botas de montar, el corte ceñido de su levita y el sombrero de castor que le cubría parcialmente el semblante. Él alzó la vista, como si hubiese entendido el significado de su mirada, y levantó una mano en señal de saludo. Le gustaba aquel rostro: los profundos surcos verticales a ambos lados de la boca, la nariz recta, el carnoso labio inferior.

—Hola, milady —saludó él.

Ambos se miraron. El tono de su voz y el énfasis en la palabra «milady», hizo que el corazón se le acelerara. Había pensado que quizás, sabiendo la verdad, empezaría a llamarla Hannah o señorita Rogers. Se sintió aliviada, en parte, de que no lo hiciera, pero por otro lado anhelaba oírlo pronunciar su verdadero nombre.

—Señor Lowden —respondió ella, inclinando levemente la cabeza.

Él bajó la voz.

—Lamento lo de anoche.

—No fue culpa suya.

—Quizá no, pero podría haberme comportado de una forma más caballerosa —inclinó la cabeza hacia un lado y le dedicó una sonrisa ladeada—. O menos caballerosa.

La vergüenza volvió a asomar. Y tal vez también una pizca de placer.

Ella cambió de conversación:

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—¿Ha disfrutado de su paseo?

—Mucho, gracias. —Sus ojos, de color verde musgo, recorrieron lentamente su rostro—. Está usted muy hermosa, si me permite decirlo.

—Lo mismo digo —respondió Hannah sin pensarlo demasiado, y de inmediato sintió el rubor que le subía a las mejillas.

—Gracias. Creo —dijo él, sonriendo, y los hoyuelos en sus mejillas se marcaron más profundamente.

Luego entrecerró los ojos y, mirando a lo lejos, dijo: —Montar…, el movimiento… me ayuda a pensar. Ella asintió.

—Caminar tiene el mismo efecto en mí.

Sus ojos centellearon.

—¿Le gustaría saber en qué estaba pensando? —preguntó él.

La forma en que la miró la desconcertó.

—No. No creo que quiera saberlo.

A su alrededor, el viento comenzó a soplar más fuerte, dispersando por el aire semillas de diente de león y meciendo los pesados racimos de hortensias en sus tallos. Él se quitó uno de los guantes, extendió la mano y atrapó un mechón de su cabello que flotaba con la brisa.

Luego se quedó mirándolo un momento.

—Todos los colores del otoño —murmuró, sonriendo de nuevo. Recogió con delicadeza el mechón y se lo colocó detrás de la oreja. Los dedos permanecieron unos segundos sobre su mejilla.

Estaba cerca. Muy cerca. Su mirada le acarició el rostro, hundiéndose en sus ojos, y después bajó hasta su boca. Ella contuvo el aliento. ¿Iba a besarla? ¿Justo allí, a la vista de su entrometida vecina, la señora Parrish, o de cualquiera que pudiera estar observando desde las ventanas? Una parte de ella deseaba que lo hiciera. Anhelaba acercarse, presionar sus labios contra los de él. Y entonces, con una pequeña punzada de culpa, recordó a sir John.

Como si adivinara sus pensamientos, el señor Lowden miró por encima de su hombro, hacia las ventanas de la segunda planta. Su sonrisa se desvaneció.

—Parece que tenemos público. Así que me inclinaré y, educadamente, le desearé un buen día.

—¿Sir John? —preguntó ella.

Él asintió, se inclinó y la dejó allí, de pie, sola.

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Unas horas más tarde, junto a la puerta del dormitorio de sir John, Hannah permanecía en silencio, oyendo al doctor Parrish hablar con su paciente, que seguía sentado en la silla de ruedas.

El médico sujetaba entre sus manos un bastón de madera tallada. —Me he tomado la libertad de traerle esto —dijo—. Uno de mis

pacientes favoritos los talla en su tiempo libre. Pagó su cuenta médica con dos de estos magníficos ejemplares. Y sería un privilegio para mí entregarle uno a usted.

Le acercó la empuñadura a sir John.

—¿Ve la intrincada talla?

—Veo un bastón de inválido —repuso con brusquedad—. Qué viejo voy a parecer.

—Oh, vamos. Imagínese que es uno de esos elegantes bastones que usan los caballeros de Londres.

—Entonces seré un dandi.

—Mejor un dandi que un viejo.

Sir John hizo una mueca.

—Touché.

Personalmente, Hannah pensaba que sir John parecía cada día más joven y fuerte, salvo —claro está— cuando fruncía el ceño, como en aquel momento.

El doctor la vio en el umbral.

—Ah, milady. Justo a tiempo. Quédese ahí y sir John intentará caminar hacia usted.

La boca de sir John se torció en un gesto de fastidio.

—No soy un niño pequeño tambaleándose torpemente hacia su madre, doctor.

—Por supuesto que no, señor. Pero ¿qué mejor aliciente que los brazos de su querida esposa para animarlo a avanzar?

Hannah sintió cómo le ardían las mejillas.

Sir John alzó la vista hacia ella, con los ojos brillantes.

—¿Ha oído eso, milady? Ha de tenderme los brazos como aliciente. Hannah se dio cuenta, aliviada, de que su tono era juguetón… y no

burlón, como en ocasiones anteriores.

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Seguidamente le dijo al médico:

—Lo más probable es que la derribe antes que hacerla caer rendida. —Usted hágalo lo mejor que pueda —propuso el médico—. Incluso un

solo paso será una victoria.

Con el rictus fruncido por la concentración, el dolor, o ambos, el hombre avanzó paso a paso, con esfuerzo, por la habitación. Una mano aferraba el bastón, con los nudillos blancos, la otra se apoyaba en el doctor.

Hannah sintió la tentación de dar uno o dos pasos hacia él, para acortar la distancia.

Como si adivinara su intención, él negó con un movimiento de cabeza.

—Quédese donde está.

Con la frente perlada de sudor, soltó la mano del médico.

—Quiero dar estos últimos pasos por mi cuenta.

—Pero quiero estar cerca, por si acaso… —Si me caigo, me caigo.

Deslizó un pie hacia adelante, apoyó, recuperó el equilibrio y clavó el bastón en el suelo. Luego hizo lo mismo con el otro pie. Cada pequeño paso suponía un esfuerzo ímprobo. Hannah temía que se desplomara antes de llegar. Tenía el cuello empapado de sudor.

—Solo uno más —dijo ella—. Eso es. ¡Ya casi está!

Impulsivamente, ella extendió los brazos, pensando que tal vez podría ayudar a sostenerlo, aunque no creía que fuera capaz de evitar su caída en caso de que sufriera un traspié. Debía de haber perdido cinco o seis kilos desde el accidente, pero seguía siendo un hombre corpulento.

Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios. Sus ojos brillaban con humor y determinación.

El paso final. Hannah extendió las manos y sostuvo sus brazos, intentando estabilizarlo mientras él se tambaleaba sobre unas piernas temblorosas.

El doctor Parrish aplaudió.

—Bravo. Yo diría que eso merece un beso, ¿no le parece? —dijo, guiñándole un ojo a Hannah.

—Eso, eso —coincidió sir John—. Aunque espero tener aliento suficiente como para disfrutarlo.

—Yo… —Ella tragó saliva, algo cohibida—. ¿No quiere sentarse?

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—Oh, vamos, milady. Yo miraré hacia otro lado —la animó el doctor Parrish, con una sonrisa traviesa.

De pronto, tan falta de aliento como el propio sir John, dijo:

—Muy bien.

Se puso de puntillas y se inclinó para darle un beso amistoso en la mejilla. Sin embargo, en el último momento, él volvió la cabeza y sus labios se encontraron.

Hannah parpadeó, sorprendida. La firme calidez de sus labios había sido tan inesperada… y, al mismo tiempo, tan inesperadamente bienvenida… Un cúmulo de sentimientos encontrados se agitaron en su interior: confusión, lealtad, deslealtad, culpa. «Ha sido solo un beso casto», se dijo a sí misma. «Para contentar al doctor». ¿O no?

En cualquier caso, se alegraba de que James Lowden no se encontrara allí para presenciarlo.

El doctor Parrish volvió a aplaudir.

—Así me gusta. Buen trabajo, sí señor.

Mientras le sostenía la mirada, a sir John le brillaban los ojos.

—Ya lo creo que sí.

Aquella noche a Hannah le costó conciliar el sueño. Cuando cerraba los ojos, sus pensamientos iban del señor Lowden a sir John. Los rostros de ambos se sucedían una y otra vez en su mente.

Al final no durmió como es debido y, a la mañana siguiente, bajó tarde a desayunar. Kitty le comentó que el señor Lowden ya había salido a cabalgar.

Cuando hubo terminado, se puso el abrigo que había arreglado para ajustarlo a su figura y salió una vez más al jardín. Caminó entre los parterres de flores, disfrutando del aroma de los coloridos brotes y de la brisa templada en su cabello. En secreto, anhelaba disponer de otro rato a solas con James Lowden, pero en su fuero interno sabía que lo más prudente era mantenerse a distancia y evitar un encuentro a solas con él. Acababa de convencerse a sí misma de regresar a la casa, cuando él apareció cabalgando por la puerta.

Hannah se detuvo tras un ancho tejo mientras Ben salía a recibir el caballo. Qué furtiva y descarada se sentía intentando ocultarse de las

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posibles miradas curiosas desde las ventanas de la casa. Esperaba que James no adivinara sus intenciones. ¿O en realidad sí que deseaba que lo hiciera?

Al entrar al jardín, él se quitó el sombrero y se acercó sonriendo. —Hola, mi… Hannah. ¿Puedo llamarla Hannah?

A ella se le iluminó el rostro al oír su nombre en su boca.

—Sí. Echo de menos oírlo.

Él extendió la mano y deslizó un dedo por su mejilla.

—Hannah. Dulce Hannah…

El pulso se le aceleró.

Él echó un vistazo a su alrededor y, al ver que estaban solos, se inclinó hacia ella. Su boca se acercó a su mejilla y su aliento le hizo cosquillas en el oído.

—He intentado mantenerme alejado de ti. Sobre todo aquí, bajo el techo de sir John. Pero verte la otra noche casi acaba conmigo. Algún día espero poder besar cada una de tus pecas…

A Hannah se le cortó la respiración y el rubor se le extendió por todo su cuerpo.

De pronto, la lluvia llegó desde el canal en forma de repentino aguacero. Miró al cielo, sorprendida.

—Oh, no… —exclamó con los ojos entrecerrados.

—Vamos. —James le tomó de la mano y corrieron juntos hacia la casa.

Él iba delante, prácticamente tirando de ella.

Entraron corriendo, riendo. Con los zapatos mojados, ella resbaló sobre el suelo pulido y él la rodeó rápidamente con el brazo, atrapándola antes de que pudiera caer. Incluso después de que hubiera recuperado el equilibrio, su brazo permaneció allí.

Ella le sonrió. Vio una hoja pegada a su mejilla, como la huella dorada de un beso. Alzó la mano y se la quitó, recorriendo con los dedos la ansiada hendidura que llevaba días deseando tocar.

—Una hoja —comentó, mostrándole la causa de su atrevimiento, su excusa para tocarlo.

Las pupilas de él se dilataron, y una vez más se inclinó hacia ella.

De pronto, un leve movimiento, un chirrido apenas perceptible, captó su atención e hizo que alzara la vista. Allí, tras la barandilla de la escalera, se encontraba sir John, en su silla de ruedas. El corazón se le encogió al

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verlo a través de los balaustres, como si estuviera atrapado tras unos barrotes; prisionero en el piso de arriba.

Los estaba observando, con el rostro tenso y la mirada severa. Entonces comprendió cómo debía de verse la escena: ellos dos, tan cerca el uno del otro, con el brazo de Lowden todavía en su cintura y su mano en la mejilla de él. Instintivamente, se apartó de James.

Él siguió la mirada de Hannah y su sonrisa se desvaneció.

—Buenos días, sir John. Nos ha sorprendido la lluvia.

—Ya veo.

«Sorprendidos». Qué palabra tan apropiada, pensó Hannah. —¿Necesitaba algo, sir John? —preguntó, acercándose al pie de la

escalera.

Durante varios segundos, él le mantuvo la mirada.

—Pensaba que sí… pero estaba equivocado.

Después de secarse el rostro y colgar su abrigo húmedo, Hannah subió al cuarto infantil a ver cómo estaba Danny. Luego bajó de nuevo y llamó suavemente a la puerta de sir John.

—¿Sí? —respondió él con voz apagada. Inspiró hondo y entreabrió la puerta. —¿Puedo pasar?

Estaba sentado en la silla de ruedas junto a la ventana, mirando la lluvia que azotaba el cristal. No se volvió para saludarla. Aun así, ella entró y cerró la puerta tras de sí, apresando la tensión en la habitación, donde se hacía difícil respirar.

Cruzó lentamente el cuarto y se detuvo junto a la silla. Miró sin ver a través de la ventana, esperando a que él hablara. Tenía miedo de lo que pudiera decir.

Transcurrieron varios minutos, marcados por el tictac del reloj de la chimenea y el golpeteo de la lluvia contra el cristal ondulado.

Finalmente, él comenzó:

—Creí que teníamos un acuerdo tú y yo.

La invadió un sentimiento de vergüenza, además de sorprenderse.

Tomó aire profundamente y, con voz débil, preguntó:

—Ah, ¿sí? ¿Lo teníamos?

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Notó cómo él desviaba la mirada hacia ella, pero cuando bajó la vista ya estaba mirando nuevamente por la ventana.

—Soy consciente de que nunca lo hemos hablado a las claras —dijo despacio—. Es… Bueno, un tema algo incómodo, por no decir otra cosa.

—Sí —susurró ella.

Él bajó la voz.

—Pensé que deseabas ser conocida como mi esposa.

El corazón empezó a latirle con una dolorosa intensidad. ¿Realmente lo deseaba? Qué desconcertante resultaba oírlo expresado de aquel modo, tan directo. Volvió a sentirse avergonzada por sus presuposiciones.

—¿Estaba equivocado? —preguntó él.

Una vez más, sintió su mirada posarse sobre su perfil. Negó con la cabeza. Era lo que quería, ¿no? Por el bien de Daniel. Por el suyo. Y, sin embargo, James era más cercano a su edad, atractivo y sin ataduras. ¿Podría él ofrecerle un matrimonio real en lugar de una fachada? ¿Amor verdadero?

Entonces se dio cuenta de que ninguno de los dos hombres había hablado de amor.

—No imaginé que interpretarías el papel de Marianna con tal maestría… incluida la infidelidad —añadió él.

El rostro de Hannah se encendió.

—Eso no es justo.

—¿No lo es?

Ella se volvió y lo miró directamente a los ojos.

—No —aseguró con firmeza.

Él la observó atentamente.

—Me alegra oírlo.

El contacto visual se volvió demasiado intenso. Hannah volvió a mirar por la ventana, como si la lluvia fría pudiera apaciguar el ardor provocado por su mirada abrasadora.

Unos instantes después, él habló de nuevo con voz suave:

—¿Puedo preguntar por qué te has quedado?

Ella asintió.

—Al principio solo quería encontrar la manera de rescatar a Daniel. De poder mantenerlo. No me atrevía a soñar con un hogar feliz para él.

—¿Y ahora?

—Yo… —¿Cómo expresar aquellos desordenados pensamientos?

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Al ver que vacilaba, él le lanzó una mirada acerba.

—¿Está esperando a que llegue una mejor oferta?

Ella se estremeció.

—No.

—Entiendo lo que deseas para Danny —continuó él con actitud paciente—. ¿Y para ti?

Lo pensó por un momento, luego se encogió de hombros.

—¿Cómo podría separar una cosa de la otra? Si él está feliz, sano y a salvo… siento que todo está bien.

—Eres madre, sí, Hannah. Pero también eres una mujer, una persona con sus propios pensamientos, sentimientos y sueños.

Sus palabras la sorprendieron.

—¿Lo soy? —musitó. Sentía como si hubiera renunciado a sus sueños hacía ya mucho tiempo.

—¿Lowden te ha propuesto matrimonio? —No. —Pero se preguntaba si lo haría. Sir John soltó un suspiro de alivio.

—Escúchame, Hannah. No quiero que te quedes conmigo solo por necesidad económica. Ni como una carga que has de soportar para asegurarte el bienestar de tu hijo. Si deseas irte, vete. Si deseas quedarte… Sé que es poco probable y, aun así, tengo la esperanza…

Sus palabras se fueron apagando.

Ella tragó saliva, preguntándose qué le estaba pidiendo exactamente.

Una mezcla de escalofrío y rubor le recorrió el cuerpo.

—¿Qué es lo que desea, sir John? —susurró.

Sintió cómo los dedos de él se entrelazaban con los suyos, mientras alzaba la vista hacia su rostro.

Con voz ronca, él preguntó:

—¿No es evidente?

Ella negó con la cabeza, atónita ante la intensidad de su mirada, de su voz.

Los ojos del hombre transmitían un ardiente deseo. La atrajo hacia sí y la hizo sentarse en su regazo. Antes de que pudiera asimilar del todo lo íntima que era aquella posición, él le sostuvo el rostro con una de sus grandes manos, inclinando su boca hacia la suya. Con la otra la rodeó por la cintura, acercándola aún más. Apretó sus labios contra los de ella, con

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fuerza, con pasión. Y al comprobar que no ofrecía resistencia, ladeó la cabeza y profundizó el beso.

Su ardor la sobrecogió y se sintió aturdida por el deseo que se encendía en ella como respuesta. ¿Qué clase de mujer era, que podía sentirse atraída por dos hombres al mismo tiempo?

Él la estrechó con fuerza contra su cuerpo, moviendo sus labios sobre los de ella, firmes, cálidos, deliciosos. Lentamente, sus labios la acariciaron, saboreando primero una comisura, luego la otra, hasta posarse en el centro, dulce y tentador. Alzó la cabeza para mirarla a los ojos, para contemplar su boca como si fuera el premio más deseado del mundo… antes de volver a inclinarse hacia ella.

Hannah recordó que la habían besado así en otra ocasión. Hacía tanto tiempo de aquello…

Alzó la mano sana y extendió los dedos para acariciarle el rostro, con la palma apoyada en su mandíbula: notó la aspereza de la barba y la suavidad del pómulo. Deslizó el pulgar desde el mentón hasta la sensible comisura de la boca. Luego le rodeó el cuello, presionando la mano contra su nuca y enredando los dedos en su cabello espeso.

—Hannah… —suspiró él.

Ella volvió a besarlo.

Llamaron a la puerta. Saltó del regazo de sir John como si la hubieran tocado con hierro candente.

La señora Turrill entró con una bandeja entre las manos y, sobre ella, una chocolatera humeante y dos tazas.

Se detuvo en seco al verlos. La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro al ver que ambos se mostraban claramente turbados.

—He traído chocolate —anunció, depositando la bandeja con incomodidad—. Está muy caliente.

Luego se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió una vez más.

—Tengan cuidado… no vayan a quemarse.

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Capítulo 19

Por mediación de la señora Turrill, sir John invitó a Hannah a que se uniera a él para tomar el té en su habitación. La joven se preguntó si desearía continuar con los escarceos de la noche anterior. Sin embargo, cuando esa tarde se sentó frente a él, se dio cuenta de que el ambiente era más propio de una reunión de negocios, o incluso de un

tribunal, que de una visita desenfadada.

Él estaba sentado en la silla de ruedas, situada delante de la mesita auxiliar. Entre ellos, una bandeja con todo lo necesario para el té.

Hannah sirvió las tazas de ambos y luego dio un sorbo. Pero, en su inquietud, apenas pudo saborear la infusión.

Sir John removió el té y comenzó:

—Ayer mencionaste que te habías quedado para rescatar a Danny. Lo hiciste y aún sigues aquí. ¿Puedo preguntarte por qué?

Hannah apoyó la taza sobre su plato.

—Ojalá tuviera una respuesta más honorable que darle —dijo—. Pero la verdad es que no tenía adonde ir.

—¿No podrías regresar a Bristol con tu padre?

—Mi padre cree que estoy muerta. Y dudo mucho de que se sienta aliviado al saber que estoy viva, por haber tenido un hijo sin contraer matrimonio. Debe de saber lo humillante que resulta eso, especialmente para un clérigo como mi padre.

Se quedó pensativa durante unos instantes y luego añadió:

—No es mi intención hacerle pasar por un hombre severo. No lo es. Y tal vez le consuele saber que estoy viva. Pero eso no significa que permitiera que su descarriada hija y su nieto ilegítimo viviesen con él. Lo más probable es que, si se supiera, perdiese su vicariato. Y eso le partiría el corazón.

—¿Y qué hay de Bath? ¿Adónde fuiste después de dejarnos?

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Hannah respiró profundamente y respondió:

—Fui a una casa cuna que vi anunciada en el periódico.

Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos.

—El vecindario no era de los mejores, pero la matrona era cálida y amable. Al menos al principio. Cuando se dio cuenta de que yo era una dama, me ofreció una tarifa reducida por el alojamiento si aceptaba ayudar con la costura, la correspondencia y cosas por el estilo. Acepté, y el tiempo pasó rápidamente.

»Después del nacimiento de Danny, cuando me hube recuperado, la señora Beech me ofreció dos opciones: podía quedarme como nodriza o dejar a Danny con ella, a cambio de una cuota, al cuidado de una de las niñeras de su confianza.

—¿Fue allí donde encontraste a Becky? —preguntó sir John.

—Sí. La pobre había perdido a su propia hija y la señora Beech la mantuvo como nodriza. Becky tiene un corazón bondadoso y quiere mucho a Danny, aunque en un principio temí que no estuviera completamente en sus cabales. Pero la veo mucho mejor desde que estamos aquí.

Suspiró y luego continuó:

—De todos modos, por mucho que deseara quedarme con mi hijo, sabía que la única manera de poder mantenernos a los dos era encontrar un empleo mejor. Así que acepté un puesto como acompañante de una anciana dama y me escapaba cuando podía para visitar a Danny. El acuerdo funcionó bastante bien por un tiempo, hasta que la señora Beech empezó a subir la cuota más allá de lo que habíamos acordado y, antes de darme cuenta, más allá de lo que podía pagar. Cuando empecé a atrasarme con los pagos, ella se negó a devolverme a mi niño, incluso a dejarme verlo…

Él se estremeció.

—Ojalá hubieras recurrido a mí. Te habría ayudado.

Ella se removió, incómoda.

—Tenía miedo de que se viera obligado a confesarle mi secreto a su esposa, o incluso al señor Ward, en caso de que afectara a las finanzas. Ambos eran muy conocidos en Bristol. Pensaba que en menos de una semana, todos en mi parroquia natal se enterarían de mi caída… incluido mi propio padre.

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—Por eso no dijiste nada. Nos preocupamos cuando te fuiste tan de repente. Intenté encontrarte, pero no tuve suerte.

Ella asintió.

—El señor Lowden me comentó algo al respecto.

Él sacudió la cabeza, lamentándose.

—Estuviste en una situación terrible. Ahora que sé todo lo que has pasado… Lo siento mucho.

Hannah se detuvo un momento para saborear el dulce alivio de la comprensión. Luego aclaró:

—Debería saber que el doctor Parrish me dio diez libras de su cartera para el viaje a Bath, cuando fui a recoger a Danny. Lo usé para pagar lo que debía y, por supuesto, para los gastos del viaje. Pero eso es todo lo que he tomado prestado de usted, aparte de la comida y del alojamiento.

Él levantó la mano.

—No le des más vueltas… ni intentes devolverlo.

—No lo haré. —Se las arregló para esbozar una leve sonrisa—. No podría.

—Tampoco querría que lo hicieras. —Tomó un sorbo de té y evitó mirarla—. ¿Puedo preguntarte cuánto tiempo tienes previsto quedarte?

—Mi idea era seguir aquí solo hasta que se me curara el brazo y pudiese encontrar un nuevo empleo. ¿Quién me contrataría con el brazo en cabestrillo?

—Entiendo —dijo él. Luego inclinó la cabeza, tocando con los dedos la mesa, antes de mirarla de nuevo—. En ese caso, ¿por qué no quedarte en tu… puesto actual?

Se quedó estupefacta. ¿De verdad estaba sugiriendo que permitía que la farsa se prolongara indefinidamente?

—¿A qué se refiere?

Sir John entrelazó las manos y la miró con seriedad.

—Si sigues actuando como lady Mayfield, Danny sería mi heredero.

¿Heredero? Nunca había considerado tal posibilidad.

Él continuó:

—Pero si llegara a saberse que tú y yo no estábamos casados en el momento de su nacimiento, eso no sería posible. Peor aún, a ojos de todo el mundo serías señalada como una farsante.

Hannah se estremeció.

—De todas maneras, lo seré tan pronto como regresemos a Bristol.

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—¿Por qué regresar entonces?

—Aunque no lo hagamos, alguien acabará viniendo aquí antes o después. Alguien que sepa que no soy Marianna.

—Tal vez. —Sir John exhaló y echó los hombros hacia atrás—. Bueno. Déjalo en mis manos por ahora. Hablaré con el señor Lowden sobre las diferentes opciones y las cuestiones legales y sopesaré cómo actuar.

Hablar con el señor Lowden… Justo lo que temía que hiciera.

El caballero dio un sorbo al té, luego se detuvo y la miró por encima de la taza.

—Mientras tanto, no… no te vayas a ninguna parte, ¿de acuerdo? Hannah levantó su infusión, notando cómo le temblaba la mano. Logró

sonreír un poco, pero no le prometió nada.

Envalentonado por la reciente calidez de Hannah hacia él, James regresó aquella tarde a la habitación de sir John con la intención de hacerle entrar en razón. Después de todo, era su abogado. Su deber era asesorar a sus clientes y evitar que tomaran decisiones desastrosas. Aunque en el fondo sabía que ya no era imparcial en aquel embrollo.

Lo encontró sentado en la silla de ruedas frente al gran escritorio de roble, concentrado en su correspondencia. Lowden había oído a Edgar Parrish y Ben Jones comentar cómo pensaban elevar el escritorio con tacos para que los brazos de la silla pudieran deslizarse cómodamente por debajo, pero aún no había visto el resultado.

Sir John estaba completamente vestido, con el cabello y la barba bien recortados, y los ojos le resplandecían con viveza. Desde luego, ya no parecía un inválido.

—Buenas tardes, sir John —saludó.

—Señor Lowden… —Dejó la pluma en el tintero mientras lo miraba.

Luego, le indicó con un gesto el sillón de la esquina—. Tome asiento.

—No, gracias —respondió James, irguiéndose—. Le ruego que me disculpe, pero creo que es mi deber aconsejarle sobre el rumbo que está tomando la situación. Solo puede derivar en un gran escándalo o en desdicha, o en ambas cosas.

Sir John le lanzó una mirada irónica.

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—¿Sus atribuciones profesionales incluyen ahora los asuntos del corazón?

La habitación le pareció, de pronto, cálida y sofocante, pero el abogado inspiró hondo y se obligó a mantener la calma.

—¿Se ha preguntado usted, o le ha preguntado a la señorita Rogers, por qué ha decidido quedarse?

—No tengo por qué darle explicaciones, señor Lowden. Ni ella tampoco —respondió con frialdad—. Pero le diré que su intención era quedarse solo hasta que su brazo sanara y pudiera encontrar otro empleo.

—¿Está seguro de que era solo eso lo que esperaba? ¿Que su brazo sanara, para poder buscar trabajo como criada de otro, después de haber probado la vida de una dama?

Sir John frunció el ceño.

—¿Qué está insinuando?

—Tal vez esperaba que usted muriera. Me desagrada decirlo con tanta crudeza, pero así son las cosas. Si usted hubiera muerto, es posible que ella lo hubiera heredado todo. Bueno, ella y su hijo. ¿Para qué marcharse en busca de un mísero salario en otra parte si tenía a su alcance la posibilidad de conseguir una gran herencia?

—Me sorprende usted —replicó con una mirada severa—. Pensé que ella le agradaba.

—Y así era. Es decir, así es. Pero no puedo descartar esa posibilidad.

Sir John negó con la cabeza.

—No creo que eso se le haya pasado por la mente. No por su propio beneficio. Y si lo hizo pensando en el futuro de su hijo, no puedo reprochárselo.

—¿No puede? —Lo miró fijamente, sintiendo cómo crecía su frustración—. ¿Qué le ha pasado, señor? Empiezo a dudar de que conserve el juicio. ¿Se está oyendo usted? Una mujer se hace pasar por su esposa, presenta a su bastardo como si fuera su hijo… ¿y usted «no puede reprochárselo»?

Sir John alzó la mano de golpe y agarró a James por el corbatín, aferrando un puñado de lino y tirando de él hasta poner el rostro del abogado a la altura del suyo.

—No vuelva a decir eso, ¿me oye? Si vuelvo a oírle llamar al niño de esa manera, le despediré en el acto. ¿Ha quedado claro?

Atónito, Lowden logró asentir apenas, y su cliente aflojó la presa.

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Se había extralimitado, y lo sabía. ¿Y si Hannah había oído lo que acababa de decir?

—Perdóneme —pidió—. No he debido cuestionar su discernimiento, ni juzgar a la señorita Rogers.

Luego bajó la voz y, con tono más conciliador, añadió:

—Pero, señor… ¿por qué querría hacerlo su heredero? ¿Qué representa él para usted? No es su hijo.

—Al contrario, señor Lowden. Eso es exactamente lo que es. Mi hijo. Carne de mi carne y sangre de mi sangre. Mi descendiente directo. Mi sucesor.

James Lowden se quedó boquiabierto, sin palabras.

Sir John prosiguió:

—¿Por qué cree que la señorita Rogers se marchó de nuestra casa repentinamente?

El abogado no respondió. Una fuerte sensación de náusea le revolvió el estómago y creyó que iba a vomitar.

—No es algo de lo que me sienta orgulloso —añadió sir John—. Pero ¿no lo entiende? Es mi oportunidad de hacer algo bien. De redimirme, aunque sea un poco, de todo el mal que he hecho.

James se negaba a aceptarlo.

—Pero dijo que el niño no se parecía en nada a usted… que no veía ninguna semejanza.

—Conmigo, no. Pero es idéntico a mi hermano, Paul.

—¿Su hermano? No estará insinuando que la señorita Rogers y su hermano…

Sir John frunció el ceño.

—¡Maldita sea, señor Lowden! Paul murió en el mar hace años. No estaba sugiriendo tal cosa. Solo digo que, cuando miro a Daniel, veo el retrato de mi hermano menor. No se equivoque, ese niño es un Mayfield.

James negó con la cabeza.

—No. Legalmente no.

—Legalmente no, a menos que ella siga actuando como lady Mayfield. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Usted es mi abogado. Estoy seguro de que encontrará una manera de que funcione.

—No éticamente. —Lowden se obligó a sí mismo a formular la pregunta que tanto temía—: ¿Piensa casarse con ella?

—A ojos de la gente de aquí ya estamos casados.

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El abogado negó con la cabeza.

—Primero Marianna debe ser declarada oficialmente muerta. Solo entonces podrá casarse legalmente con la señorita Rogers, si es eso lo que realmente tiene intención de hacer.

—Pero entonces su hijo no podría ser mi heredero legal, si se sabe que su madre y yo no estábamos casados cuando nació.

—No en lo que respecta a sus propiedades vinculadas, pero posee fondos más que suficientes si decide apadrinarlo para que asista a la universidad o algo por el estilo.

—Pero la señorita Rogers quedaría expuesta como… como alguien que no es quien los demás creen que es.

—Como alguien que no es quien permitió que los demás creyeran que es —aclaró el abogado—. Puede que no fuera ella la que inició la mentira, pero ciertamente la alimentó.

Incluso mientras lo decía, James se preguntaba cómo podía arremeter contra la mujer que había cautivado su corazón. ¿Realmente era solo para alejarla de los favores de sir John?

A su cliente le brillaban los ojos.

—Cuánta amargura destilan sus palabras, señor Lowden. ¡Y yo que pensaba que sentía algo por ella!

No respondió.

—Yo en su lugar no me preocuparía —añadió sir John con un dejo irónico en la voz—. Las mujeres no se quedan conmigo. Y no tenga la menor duda de que la señorita Rogers no será diferente a las demás. Antes de que quiera darme cuenta estará buscando la manera de marcharse, y ahí estará usted, listo para rescatarla.

Con la cabeza dándole vueltas como un torbellino, James bajó las escaleras y encontró a Hannah sola en el salón, mirando por la ventana la enésima tormenta costera. Durante un momento se quedó allí parado, observándola, recordando cómo su corazón y su cuerpo habían ardido cuando la había visto al salir de la bañera, cuando le había tocado el rostro y cuando sus pupilas se habían dilatado después de que le prometiera que algún día besaría todas sus pecas…

Ahora su corazón se había enfriado y en su boca notaba sabor a ceniza.

Se aclaró la garganta.

—Hannah… eeeh, señorita Rogers.

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Ella se volvió para mirarlo. Durante varios compases del gran reloj de péndulo, lo observó en silencio. Su expresión debía de reflejar claramente el impacto y la preocupación, porque ella susurró:

—¿Se lo ha dicho?

—Sí —respondió él. La sensación de haber sido traicionado le recorrió la espalda como una serpiente helada—. ¿Por qué no me lo dijo usted?

Ella negó con la cabeza.

—Nunca se lo he contado a nadie. Jamás lo he hablado. Y nunca lo habría hecho si Marianna siguiera viva. En cualquier caso, jamás imaginé que él pudiera reconocer a Danny como hijo suyo. Y nunca intentaría obligarlo.

—Aun así, no tiene por qué hacer esto. No tiene que seguir aquí, fingiendo.

Ella no respondió, sino que se dio la vuelta una vez más hacia la ventana, surcada de gotas de lluvia.

—Usted no le debe nada —insistió James—. O, al menos, no todo. Y no me diga que piensa seguir viviendo bajo la identidad de otra mujer. No puede continuar con eso. Es necesario registrar la muerte de Marianna Mayfield.

—¿Por qué?

—Porque así lo exige la ley. Y porque usted no es ella.

—Lo sé. Pero soy la madre de Daniel. Y, le guste o no, sir John es su padre.

La bilis le amargó la garganta.

—¿Va a quedarse con él, un hombre casado, porque se aprovechó de usted mientras estaba a su servicio? ¿Ese es el tipo de hombre que desea?

—No fue así. No digo que estuviera bien, pero no fue como usted lo pinta.

Tomándola por los brazos, la obligó a mirarlo de frente. Se perdió en sus cautivadores ojos azul verdoso y el dolor y el anhelo lo inundaron.

—Pero me desea —dijo con voz tensa—. Lo sé.

Todo su cuerpo se tensó de frustración. ¿Por qué no lo admitía? Apretó con más fuerza sus hombros.

—Hannah —continuó con la voz convertida en un gruñido bajo—, dígame la verdad. Necesito oírla decirlo.

Ella, a punto de derrumbarse, susurró:

—James, yo… Tiene razón, siento algo por usted. Pero…

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Él la rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza, acallando sus palabras con un beso urgente y voraz. Por un instante, ella le respondió, igualando el fervor apremiante de sus labios. Pero luego apartó la boca y forcejeó por separarse.

—James, deténgase. No me ha dejado terminar.

Él hundió los dedos en su cabello y dejó un rastro de besos sobre su sien, su mejilla, su garganta.

—Me ama —le susurró al oído—. ¿Qué más hay que decir?

—Mucho —respondió ella, al tiempo que apoyaba las palmas sobre su pecho y ponía unos centímetros de distancia entre ambos—. James. — Hannah inspiró hondo, con un temblor en la voz—. Hay más en la vida que sentimientos o deseo.

Él negó con la cabeza.

—No hay nada más importante.

—Sí lo hay. Están la contención y el dominio de uno mismo. Y hacer lo correcto, aunque duela.

—No —gruñó él—. No permitiré que usted sea el cordero del sacrificio. No voy a dejar que lo haga.

Y, sin más, dio media vuelta y salió de la habitación.

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Capítulo 20

Mucho después de que James se marchara enfurecido, Hannah seguía allí, mirando por la ventana la lluvia que azotaba los cristales, los árboles doblados por el viento y el cielo gris que anunciaba la llegada de la noche. Sin embargo, no veía aquella tormenta, sino otra noche tormentosa, la primavera anterior, cuando se encontraba

bien resguardada en la casa de los Mayfield en Bristol…

Con las manos entrelazadas, Hannah echó un vistazo al salón. El sillón habitual de lady Mayfield estaba vacío. Había salido. Otra vez. Seguramente para encontrarse con su amante. Sir John se encontraba de pie junto a la chimenea, imponente con su atuendo de noche, una mano apoyada en la repisa alta del hogar y la otra en la cadera. Miraba el fuego con expresión sombría.

Fuera, un relámpago iluminó el cielo y la lluvia azotó los cristales de las ventanas. ¿Salir en una noche así? Qué desesperada debía de estar por ver a Anthony Fontaine. Recordó imágenes inquietantes de Marianna y el señor Fontaine coqueteando, acariciándose y robándose besos en aquel mismo salón no hacía mucho, pero parpadeó para ahuyentarlas. Casi le parecía una traición pensar en ellos delante del esposo engañado.

Hannah y los Mayfield solían sentarse allí por las noches, después de la cena. Marianna en un sillón o tocando distraídamente el pianoforte, con la mente en otro lugar, mientras ella se sentaba en un rincón y se dedicaba a coser en silencio o a leer a la luz de las velas. Sir John solía quedarse de pie junto al fuego, como en aquel momento, absorto en sus propios pensamientos, y en ocasiones se sentaba a leer en el sofá. De vez en cuando, lady Mayfield lo convencía para que jugara con ella a las damas o a las cartas. Si él no estaba dispuesto, se volvía hacia Hannah y se lo pedía a ella. Aceptaba porque le pagaban por ello, no porque disfrutara de ninguno de los dos juegos. Cuando estaba con el ánimo alterado, lady

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Mayfield podía pedir vino y dos copas, e insistir en que jugara a las cartas con ella hasta altas horas de la madrugada.

Pero no estaba acostumbrada a estar a solas con sir John. Dudó. Nunca permanecía mucho tiempo en la habitación cuando solo estaba él. Nunca mostraba ningún interés en su compañía, y sería incómodo intentar una conversación educada, fingir que no eran conscientes de que faltaba alguien, de dónde debía de estar y con quién.

—Lady Mayfield ha salido —anunció él innecesariamente.

—¿En una noche como esta…? —murmuró ella.

—Al parecer prefiere enfrentarse al mal tiempo que a su mal marido. Tomó una barra de hierro y comenzó a mover un tronco, provocando

que el fuego casi extinguido comenzara a producir humo.

—Bueno. Creo que me retiraré temprano. Buenas noches, sir John.

Hannah se dio la vuelta para irse.

—Por favor, quédese, señorita Rogers. Esta noche no me veo capaz de soportar la soledad.

Ella se volvió nuevamente. Sus ojos seguían fijos en el fuego que se apagaba.

—Está bien —aceptó en voz baja, y se acercó a su silla habitual. —Hace frío —dijo él—. Venga, siéntese junto al fuego si lo desea. No

muerdo, independientemente de lo que mi esposa le haya podido contar. Dudó por un momento, pero finalmente accedió y se dirigió hacia el

sofá que estaba cerca de la chimenea, pero al extremo más alejado de él. —Ella nunca ha dicho tal cosa, se lo aseguro —murmuró, sin estar

muy segura de si estaba defendiendo a su señora o a él.

Por aquel entonces, los Mayfield llevaban casados año y medio. Se podía decir que todavía se encontraban en la luna de miel o, al menos, así debería haber sido. Lady Mayfield no era precisamente discreta en sus pequeñas indirectas sobre lo mucho que su esposo la buscaba ni confesando que no soportaba que la tocara. De hecho, le había confiado que no le permitía compartir su cama desde el primer aniversario de bodas. Hannah había pensado que quizás lady Mayfield estaba exagerando, presumiendo ante su dama de compañía, como si fuera algo de lo que sentirse orgullosa. Pero, a juzgar por la expresión derrotada de su esposo, era todo cierto.

—¿Le ha contado qué he hecho para ofenderla tanto? —le preguntó él.

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Se removió, incómoda. No debería estar manteniendo aquella conversación con el esposo de Marianna. Debía de estar realmente atormentado por su matrimonio para recurrir a la empleada de su esposa en busca de consejo. Una empleada, además, a la que él ni siquiera había querido contratar en un principio.

Al no recibir respuesta, él se acercó al aparador, sirvió dos copas de oporto y le llevó una.

Musitando un tímido «gracias», ella la aceptó y probó el líquido de color rubí. Volvió a pensar en Marianna Mayfield y Anthony Fontaine sentados en aquel mismo sofá, con la mano de él sobre su pierna, el dedo en el escote, los ojos brillantes de ella, su sonrisa ansiosa… Marianna, ciertamente, estaba interesada en las relaciones íntimas, pero no con sir John.

Él apuró su copa de un trago.

—Si le causaba repulsión antes de casarnos, desde luego lo disimuló muy bien. ¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó, sin mirarla. ¿Se lo preguntaba a ella, al fuego o a Dios?

»Podría presentar una demanda civil contra su amante —prosiguió—. Pero no tengo ningún deseo de exponerla ni de exponerme al escándalo. Tampoco quiero un divorcio ruinoso. Lo que quiero es una esposa que me sea fiel. ¿Es demasiado pedir?

—No. No debería serlo —coincidió ella en voz baja.

—Supongo que no hay nada que pueda hacer para recuperar su afecto. ¿Qué podía hacer él? A lady Mayfield no parecían importarle los rumores; sus amenazas no la afectaban, ni tampoco sus súplicas o halagos. Conociendo a Marianna, lo único que tal vez la haría reaccionar sería el interés de otra mujer por su marido… Lo ideal hubiera sido una mujer más hermosa y cautivadora, capaz de hacer que él volviera la vista. Pero

Hannah dudaba que existiera tal mujer.

¿Qué debía hacer sir John? ¿Fingir que flirteaba con otra? ¿Iniciar una aventura inmoral por su cuenta? ¿Rebajarse a su nivel? No. Era un hombre casado que deseaba vivir de manera honesta. Quizás Marianna reaccionara si él simplemente dejaba de esforzarse tanto. Hannah no estaba segura de que la indiferencia surtiera mucho efecto en la caprichosa mujer, pero tal vez valiera la pena intentarlo.

Como no respondió, él la miró de reojo.

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—¿Se trata de un caso perdido, entonces? Soy demasiado mayor y serio, como no se cansa de decirme.

No es mayor, pensó ella, aunque serio y reservado… sí. Nunca lo acusarían de ser el alma de la fiesta; ese papel siempre había sido de Marianna. Pero era un hombre respetado, caballeroso… y atractivo.

En su fuero interno, se reprendió a sí misma: «Basta, basta. No seas estúpida».

Entonces carraspeó y dijo:

—Quizá no debería esforzarse tanto. Ignórela un tiempo. Haga que ella se acerque a usted. Eso podría llamar su atención.

—¿Y ver cómo seis meses de distanciamiento se convierten en seis años? Si la dejara tranquila, creo que su única reacción sería de alivio.

«Es muy probable», pensó Hannah, aunque no se atrevió a decir algo tan hiriente.

—Estuve comprometido una vez, antes de casarme —continuó él—, pero la joven rompió el compromiso. Al parecer, soy un tanto repulsivo.

Ella alzó la vista y descubrió que la estaba mirando fijamente. ¡Qué vulnerabilidad mostraba aquel rostro! A su parecer, un rostro apuesto. Sir John podía ser quince años mayor que ella, pero siempre le había parecido más joven. Era alto, de hombros anchos y esbelto. Unas finas arrugas marcaban las comisuras de sus ojos y el entrecejo, pero, por lo demás, su piel era tersa y firme. Se mantenía bien informado, bien cuidado y bien vestido.

Sir John Mayfield era, además, un hombre acaudalado, nombrado caballero por el rey. Personalmente, Hannah no comprendía por qué Marianna lo encontraba poco atractivo… o, al menos, no tan atractivo como Anthony Fontaine.

—No, señor.

Él sonrió con sequedad.

—Su respuesta ha tardado mucho en llegar. No tiene por qué ser cortés.

—No estoy siendo cortés. Es la verdad. No lo considero repulsivo.

Él se llevó una mano al pecho, con una chispa burlona en sus ojos gris azulados.

—Qué halago. Estoy en deuda con usted.

—No he querido decir que…

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—No importa, señorita Rogers. Es muy amable por su parte el intentarlo.

Sintió el impulso de posar una mano reconfortante sobre su brazo, de tranquilizarlo. Se levantó. Su mirada se volvió hacia ella de inmediato, con cierta sorpresa. Comprendió entonces cuán inapropiado sería ofrecerle aquel tipo de consuelo viniendo de ella. Al faltarle el valor, se dirigió a la ventana. Fingió observar la tormenta, las ramas agitadas por el viento, los relámpagos que cortaban el cielo amenazante.

Sintió la mirada de él posarse en su perfil.

—Está empeorando —observó ella.

—Sí, así es —murmuró él, y volvió a atizar el fuego.

Ella lo miró de reojo, notando la expresión de abatimiento en su rostro. No era un hombre perfecto. Nadie lo era. Pero Hannah había vivido en aquella casa el tiempo suficiente para saber que la mayor parte de la culpa recaía en Marianna.

Recobrando el valor, dio un paso desde la ventana hasta su lado y, con un nervioso trago, apoyó la mano en su brazo. Él dio un respingo y miró hacia abajo, observando los dedos pálidos y desnudos sobre su manga oscura. Luego deslizó la mirada de la mano a su rostro, casi con cautela.

—Sir John, perdóneme por hablar fuera de lugar. Pero no hay nada malo en usted. Es amable y caballeroso. Un poco callado tal vez, pero inteligente, respetado y honorable. No sé qué defecto le encuentra ella. Creo que quizá, simplemente, que no es el señor Fontaine.

Él inspiró hondo y luego soltó el aire lentamente.

—Bueno, no hay nada que pueda hacer al respecto. —Acarició sus dedos de manera torpe—. Aun así, le agradezco sus palabras, señorita Rogers.

Ella sonrió disculpándose y retiró la mano.

—De nada.

En la chimenea, el fuego finalmente cobró vida.

Ella lo observó durante unos instantes y luego suspiró.

—Bueno, creo que voy a retirarme.

Él asintió.

—Yo también lo haré pronto. Buenas noches, señorita Rogers.

—Buenas noches, señor.

Ella salió del salón, pero uno de los lacayos, que esperaba en el pasillo, le hizo una señal para que se acercara.

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—Buenas noches, señorita Rogers.

Ella lo saludó con un gesto de la cabeza.

—Jack…

—He oído que su señora ha salido. ¿Estaba aquel hombre buscando chismes?

—Así es —respondió con tono neutro—. Sir John estaba lamentando el hecho de que tuviera un compromiso en una noche como esta.

—Me imagino que ha debido de ser un poco incómodo, ¿no? Estar solo los dos ahí, sin más…

Si no tenía cuidado, Jack empezaría a hablar sobre ella también. Se contuvo para no soltarle una reprimenda y se limitó a fingir indiferencia.

—Tampoco ha sido para tanto —aseguró, encogiéndose de hombros—. Creo que echaba de menos la compañía de su esposa, así que ha estado conversando conmigo para pasar el rato. Un gesto amable, pero no tenemos mucho de qué hablar.

—¿De verdad se ha tragado que su señora se encuentra en alguna reunión benéfica? Vaya usted a saber qué mentira le habrá contado. Le puedo asegurar que, si por Douglas hubiera sido, no habría sacado el carruaje con este tiempo. ¡Una reunión benéfica! ¡Lo que hay que oír!

—No tengo ni idea. Buenas noches, Jack.

—Señorita…

Se había olvidado de llevarse consigo una lámpara al subir las escaleras, pero la vela en el descansillo le iluminó el camino suficientemente bien. Además, conocía el recorrido de memoria. Pasó por el cuarto de lady Mayfield, luego por el vestidor y el dormitorio de sir John, hasta que un ruido la hizo retroceder.

¿Qué era aquel sonido?

Siguió el rastro del golpeteo hasta la habitación de lady Mayfield. Llamó a la puerta abierta, aunque estaba bastante segura de que su señora aún no había regresado, y luego abrió con cuidado. Un relámpago iluminó la habitación. Las ventanas se habían quedado abiertas y las contraventanas no estaban amarradas. La lluvia y el viento entraban en la habitación. Corrió hacia el extremo de la estancia con intención de cerrarlas y sujetarlas con los pestillos. La lluvia entraba en un ángulo casi horizontal y unas gruesas gotas salpicaron su rostro y su cuello.

De repente, sir John apareció a su lado, claramente atraído por el estruendo de las ventanas, como le había sucedido a ella. O quizás con la

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esperanza de que su esposa hubiera regresado. Tras dejar la lámpara de vela apresuradamente, comenzó a asegurar los superiores, mientras ella se ocupaba de los inferiores. Se ayudaron, pasando cerca uno del otro, con las manos rozándose accidentalmente cada vez que ambos alcanzaban una contraventana.

—¡A quién se le ocurre dejar las ventanas abiertas en una noche como esta! —murmuró Hannah entre dientes. De repente, al darse cuenta de que tenía el rostro empapado, sonrió con amargura—. ¡Y yo que pensaba que éramos nosotros los que estábamos a buen resguardo esta noche!

Él permaneció en silencio, con la mandíbula tensa.

Nerviosa por encontrarse a solas con él en la habitación de lady

Mayfield, continuó hablando sin cesar:

—¿Debería pedirle a la señora Peabody que recuerde a las sirvientas que sean más cuidadosas en el futuro?

Él se limitó a quedarse allí quieto, mirándola.

—¿Se ha mojado la alfombra? —preguntó ella—. Tal vez debería buscar algunas toallas de baño y…

—Déjelo.

Ella se volvió hacia él sorprendida, mirándolo a la luz de la palmatoria. —No me importa la alfombra —continuó él—, pero usted está

empapada.

Sacó un pañuelo limpio del bolsillo y lo levantó hacia su rostro.

—Permítame.

Con una mano, le tomó suavemente la barbilla entre el pulgar y el índice. Con la otra, recogió una esquina de la fina tela y le pasó suavemente la frente, luego las mejillas, la nariz… Su corazón comenzó a acelerarse, los nervios hormigueaban por su piel ante la caricia.

—Espero que no se le borren las pecas.

Ella soltó una risita melancólica.

—Ojalá fuera así. La maldición de mi existencia.

Él inclinó su barbilla para observar mejor su tez a la luz de la candela.

—Son encantadoras. Eres bastante hermosa.

—Ja. —Ella negó con la cabeza. Bonita, tal vez; pero nadie, excepto su madre, la había llamado alguna vez hermosa—. ¿Con esta nariz tan larga y esta boca tan ancha? No es para tanto. Él le pasó el pañuelo por la nariz.

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—Singular. —Luego lo deslizó lentamente por sus labios y susurró—:

Deseable.

Sus miradas se encontraron y se clavaron la una en la otra. Tras la tela ligera, él deslizó los dedos por el cuello y la línea de las clavículas, acariciando la piel desnuda sobre el modesto escote del vestido. Apenas podía respirar. Qué intensa era la oscuridad de sus pupilas a la luz parpadeante de la vela. Estaban cargadas de deseo, pero con un toque de incertidumbre.

Hannah no se movió.

Él bajó lentamente la cabeza y recorrió con la mirada los ojos, el rostro y los labios de Hannah. Ella no salió huyendo ni retrocedió. Apenas parpadeó. Él le rozó los labios con los suyos, suavemente, con indecisión. Un torrente de dulces y embriagadores deseos la invadió.

Al ver que ella no ofrecía resistencia, una chispa brilló en sus ojos. Apresuró el beso, presionando sus labios con más fervor, rodeándola con los brazos y atrayéndola hacia él. ¡Qué tenso estaba su cuerpo! ¡Qué ardoroso era su beso inacabable!

De repente, él se apartó, agarró su mano casi con brusquedad y abrió la puerta que comunicaba con la habitación contigua. Se detuvo solo el tiempo suficiente para tomar la palmatoria, luego tiró de ella cruzando por el vestidor y entró en su dormitorio, una estancia en la que Hannah nunca había estado.

Sir John empujó la puerta con el pie para cerrarla y luego volvió a besarla.

Una vocecita en su interior le susurró que aquello no estaba bien. Que aún estaba a tiempo. Podía decirle que se detuviera, alejarse y retirarse a su cuarto. Pero prestó poca atención a aquella voz. Quizás fuera el dulce oporto, la violenta tormenta, la indiferencia cruel de su esposa o el hecho de que ella podía ofrecerle algo que le había sido negado durante demasiado tiempo. Algo que él deseaba profundamente, desesperadamente. O quizás tan solo se dejó llevar por el momento, por una sensación ajena de poder y deseo.

Él deslizó las manos por debajo de sus brazos y bajó lentamente hasta sus caderas, siguiendo sus curvas, su torso, la profunda hendidura de su cintura y el ligero ensanchamiento de sus finas caderas. Suspiró profundamente, como si solo el hecho de sentir la forma de su cuerpo femenino le resultara, de algún modo, placentero. Inclinó la cabeza hacia

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el otro lado, renovando su beso con ardor. Los besos furtivos y las tímidas caricias que alguna vez había compartido con Fred parecían un juego infantil en comparación con aquello. Se puso de puntillas —él era mucho más alto— y dejó que sus tímidos dedos tocaran el cabello en la nuca de él. Luego deslizó las manos con cautela por sus hombros hasta el pecho. Sin romper el beso, él apartó los brazos y forcejeó para quitarse el ajustado frac. Se despojó del chaleco de un tirón, haciendo que los botones repiquetearan al caer al suelo. Sin prestarles atención, tomó sus manos y las puso sobre su pecho. Aún llevaba puesta la camisa blanca, pero el fino algodón no ocultaba los músculos firmes que había debajo. Ella deslizó las manos por sus hombros y bajó por los músculos tensos de sus brazos antes de regresar al pecho. Nunca había tocado a un hombre antes, salvo a Freddie, muchos años atrás. Su cuerpo flaco y huesudo no se parecía en nada a aquello.

Sir John inclinó la cabeza y le besó el cuello y el hombro. Sus manos volvieron a subir con firmeza por sus costados hasta que la base de sus palmas rozó la curva de su pecho, y ella soltó un jadeo. Él volvió a apoyar su boca en la de ella, quizá temiendo que estuviera a punto de decir algo que hiciera tambalear aquella sinrazón, y acalló cualquier protesta con su beso.

De pronto se inclinó, pasó un brazo por debajo de sus rodillas, el otro por detrás de su espalda y, tras alzarla en brazos con aparente facilidad, la llevó hasta la cama con dosel.

La recostó sobre la colcha y se tendió sobre ella con el cálido peso de

su cuerpo. Apoyándose en un codo, le apartó un mechón de cabello de la

frente y la miró a los ojos.

—Hermosa Hannah…

Si hubiera pronunciado el nombre de su esposa por error, o no hubiera dicho ninguno, tal vez aún habría sido capaz de resistirse. Pero el eco de su nombre en su voz profunda, dicho con tanto sentimiento, tanta calidez…

Estaba perdida. Le rodeó su cuello con los brazos, se incorporó para besarlo y se aferró a él.

No volvió a ver a sir John hasta la tarde siguiente. Una de las amigas de Marianna había ido a visitarla y, mientras ambas estaban encerradas en su

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boudoir tomando el té y chismorreando, él la buscó discretamente en la biblioteca. El estómago se le encogió al verlo aparecer. ¿Qué iba a decirle?

Cerró la puerta tras de sí y comenzó en voz baja: —Señorita Rogers, lamento profundamente lo de anoche. Ella bajó la cabeza, sintiendo que las orejas le ardían. —Yo también lo lamento.

—Debí haber encontrado la fuerza para detenerme. Pero actué con egoísmo, y le pido disculpas.

Ella logró asentir con rigidez. ¿Qué se suponía que debía decir? ¿Qué podía contestar? Cuanto más lo lamentaba él, más crecía su pesar.

Él dio un paso más hacia ella.

—Nunca había hecho algo así antes. Usted es hija de un caballero —la hija de un clérigo— lo que hace que todo esto sea aún más imperdonable. Si estuviera en mi mano, si no fuera un hombre casado, haría lo correcto. Pero como eso no es posible, no sé qué hacer. Si necesita algo… dine…

Ella lo interrumpió:

—No me ofrezca dinero, se lo ruego. Eso me haría sentir aún peor.

Como si se tratara de un pago por los servicios prestados.

—Oh… —titubeó él—. Ya veo. Bueno. No era esa mi intención.

De pronto sonó un único golpe en la puerta, que se abrió antes de que sir John pudiera responder. El señor Ward asomó la cabeza, como uno de esos muñecos con resorte.

Podría haber resultado cómico de no ser por el momento y la expresión de sospecha con la que miró primero a uno y después al otro.

Sir John dijo con calma:

—La señorita Rogers y yo estamos tratando algunos asuntos, señor Ward. ¿Necesitaba algo?

—Ah… No, señor. Es decir, puedo esperar. Si están en medio de algo… apremiante… —Levantó las cejas con aire expectante.

Una comadreja, decidió Hannah. El hombre parecía una comadreja de cuello largo.

—No lo es —repuso sir John, cruzándose de brazos—. ¿Qué ocurre? Hannah intervino, esforzándose por mantener una formalidad educada: —Gracias, sir John. Lo tendré en cuenta. Ahora, si me disculpan, los

dejaré para que atiendan sus asuntos.

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Hannah no sabía si en la mayoría de las casas las damas de compañía cenaban con su señora y el esposo, pero lady Mayfield insistía en ello. Decía que así tenía con quién conversar. Y la presencia de una tercera persona obligaba a su severo esposo a mantenerse cortés y lo disuadía de entablar conversaciones serias, como preguntarle dónde había estado y con quién o reprocharle su comportamiento. Por otra parte, tampoco era muy común que una mujer casada contratara a una dama de compañía. Pero había poco de común en ese matrimonio.

Al llegar la noche, los tres se sentaron a la mesa como de costumbre. Sir John en la cabecera, lady Mayfield a su derecha y Hannah frente a ella. La mayoría de las veces Marianna dirigía su parloteo hacia ella, sin hacer ningún caso a su esposo, aunque muy de vez en cuando le lanzaba una pregunta, alguna novedad o una pulla.

Sin embargo, aquella noche sus ojos oscilaban como un péndulo entre sir John y Hannah. Los miraba por encima de la copa de vino alzada, como si estuviera haciendo conjeturas.

—Qué callados que estáis los dos —observó. Durante unos instantes ninguno de los dos respondió. Entonces, él dijo:

—Supongo que es por la tormenta. Ninguno de los dos dormimos bien anoche.

Arqueó las cejas, sorprendida.

—¿Ninguno de los dos?

—Bueno, no me imagino que nadie pudiera dormir con tanto trueno y relámpago —repuso él—. ¿Lo logró usted, señorita Rogers?

Hannah se humedeció los labios resecos.

—No, no me dormí hasta bastante tarde, me temo.

—Qué lástima —dijo Marianna sonriendo—. Yo dormí como una corderita.

Hannah sintió la mirada de lady Mayfield fija en ella. Cuando levantó la vista, la mujer la observaba con curiosidad.

—Quizá sea eso a lo que se refería el señor Ward. Me ha dicho que pensaba que… anoche… me echaste de menos. Dice que la encontró deambulando por los pasillos bastante tarde y que me estaba buscando.

—Oí los postigos de su habitación golpear y fui a cerrarlos.

Alzó otra vez las cejas.

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—¿De veras? —Miró a su esposo con un destello de picardía en los ojos, pero no de sospecha, pensó Hannah—. Sir John mencionó que los cerró él.

La señorita Rogers sintió cómo sus mejillas se calentaban, pero trató de mantener una actitud despreocupada.

—Lo… hicimos juntos.

—Los postigos hacían mucho ruido —añadió sir John—. Lo sabrías si hubieras estado aquí.

En aquel momento les sirvieron el siguiente plato y Marianna cambió de conversación, para gran alivio de Hannah.

Probablemente para evitar más encuentros incómodos, sir John pasó un tiempo fuera, visitando sus otras propiedades. Su ausencia le proporcionó a Marianna la libertad que tanto le agradaba, pero añadió culpa a la ya pesarosa conciencia de Hannah, que sentía que se hubiera visto obligado a marcharse por culpa suya.

Regresó varias semanas después. La señorita Rogers lo vio poco, ya que pasó la mayor parte del tiempo en su estudio y en la oficina del señor Ward. Le intrigaba saber qué tipo de negocios o arreglos mantenían tan ocupados a los dos hombres.

Pronto lo descubrió.

Marianna irrumpió en el salón aquella tarde hecha un basilisco.

—No puedo creerme lo que ha hecho sir John.

A Hannah se le heló la sangre. ¿Acaso lo había descubierto?

—¿Tampoco te lo ha mencionado a ti? —preguntó lady Mayfield.

Miró a su señora, confundida.

—¿Mencionado… qué?

—Ha alquilado una casa en Bath. ¿Sabes cuánto lo anhelé, cuánto le supliqué vivir en Bath cuando nos casamos? Pero no, entonces se negó. Y ahora, justo cuando deseo quedarme aquí, va y dice que nos vamos, me guste o no.

—¿Por qué no habría de gustarle? —murmuró la dama de compañía distraída, con la cabeza dándole vueltas a la noticia y lo que aquello podría significar para ella.

—No seas hipócrita, Hannah. Sabes perfectamente por qué. —¿Pero no disfrutaría de la animada vida social que ofrece Bath?

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—Lo admito, la idea tiene cierto atractivo, aunque sea solo por unos meses. Bristol es tan lúgubre en invierno… En Bath hay bailes en las salas de reuniones, conciertos… Y acude la mejor sociedad durante la temporada. Me vendría bien un poco más de variedad. No será como la temporada en Londres, claro está, pero podría ser entretenido…

—Estoy segura de que lo será, milady. Marianna dejó escapar un discreto gritito. —¡Tendré que encargar nuevos vestidos!

¡Qué rápido se había resignado a la mudanza! Mucho más que ella, sin duda.

Mientras subía a su habitación para cambiarse antes de la cena, sir John la interceptó en el pasillo.

—Señorita Rogers, ¿podría hablar un momento con usted en mi despacho?

Se le hizo un nudo en la garganta.

—Por supuesto, sir John.

Tragó saliva y lo siguió al otro lado del vestíbulo, hasta su sobrio gabinete.

—Deje la puerta abierta, por favor —le indicó, señalando dentro con un gesto. Luego, en voz más baja, añadió—: Es menos probable que haya habladurías si no la cerramos. Y así podré ver si alguien se acerca.

¿Eran solo las habladurías lo que deseaba evitar? ¿O también la tentación? ¿O acaso de repente la encontraba repulsiva, después de que se hubiera convertido una «descarriada»? Ella entrelazó las manos y esperó.

Él bajó la vista hacia el escritorio, como reuniendo valor, con los dedos enrollando y desenrollando un trozo de papel.

—Espero que no se ofenda —comenzó, y luego alzó la vista hacia ella

—. Me he tomado la libertad de encontrarle otra colocación, señorita Rogers.

Ella lo miró sorprendida.

—Un amigo mío, el señor Perrin, tiene una madre viuda que necesita una dama de compañía. Es una señora encantadora, he pasado muchas horas agradables con ella. No habría hecho el arreglo si no creyera que ustedes dos podrían congeniar bien. Sinceramente, creo que disfrutaría del puesto. Será todo mucho menos… complicado.

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Hannah se mordió el interior de la mejilla para contener las lágrimas. Sentía como si la estuvieran rechazando. Entonces se reprochó a sí misma el comportarse de manera tan irracional.

Él frunció las cejas con pesar.

—Por favor, sepa que no la estoy despidiendo. No en ese sentido. No por nada que usted haya hecho…

En aquel momento lanzó una mirada hacia la puerta.

—… sino por lo que temo que pueda hacer yo si se queda.

Oyó un tictac del reloj de la repisa… y luego otro.

Después de todo, no le resultaba repulsiva. Era un magro consuelo.

Con un nudo en la garganta, logró decir:

—Lo entiendo.

—Espero que nuestro traslado a Bath nos sirva a Marianna y a mí para empezar de nuevo. ¿Qué tipo de hipócrita sería si no perdonara sus indiscreciones y no le ofreciera una segunda, tercera, e incluso centésima oportunidad?

Se obligó a sí misma a asentir con la cabeza de manera rígida. —Espero que poner un poco de distancia entre ella y cierto hombre

ayude, sí. Pero también tengo intención de aprovechar al máximo la temporada en Bath, acompañarla a todas las fiestas, todos los placeres de la juventud que, sin duda, ha echado de menos en mi tranquila compañía. No sé si servirá de algo, pero debo intentarlo.

Ella volvió a asentir, con el corazón apesadumbrado, mientras las palabras que deseaba decir se desvanecían. Después de todo, él era un hombre casado. Ya había rechazado su dinero y, realmente, ¿qué más podía ofrecerle? Él y Marianna ya tenían suficientes problemas. No quería ponerles más palos en las ruedas.

—Es mi esposa —dijo él, como si leyera sus pensamientos—. Hice los votos matrimoniales. En lo bueno y en lo malo…

Incapaz de hablar por la quemazón que sentía en la garganta, Hannah se despidió con una temblorosa reverencia, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Aquella noche, después de la cena, sir John permaneció en el comedor con una copa de oporto, mientras las dos mujeres se retiraban al salón.

Marianna la miró con furia.

—Sir John dice que no quieres ir con nosotros a Bath. ¿Es eso cierto? Hannah recurrió a los argumentos preparados.

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—No es que no quiera ir con ustedes, sino que mi padre está aquí. «Mi padre está aquí… ¡Esa es la razón por la que debería irme! Antes

de que se dé cuenta y le rompa el corazón», pensó. Aunque hacía poco más de un mes, ya sospechaba la verdad sobre su estado.

Marianna esbozó una sonrisa burlona.

—No está escrito en ninguna parte que tengas que quedarte cerca de tu padre. Te puedo asegurar que yo nunca quise ver al mío una vez que me mudé. Vamos, Hannah. ¿A quién voy a encontrar para reemplazarte? Te necesito. No puedes ser tan desleal.

—No es falta de lealtad, mi señora. Se lo aseguro. Pero sir John me ha encontrado un trabajo muy conveniente aquí, un detalle por su parte, la verdad, para que pueda quedarme. No me necesitará. Tendrá un nuevo séquito de amigos y tantos bailes y conciertos que ni siquiera notará mi ausencia.

—Por supuesto que sí. ¿Por qué no quieres venir? Dime la verdad. —Mi señora, si su esposo cree que lo mejor es que se vayan los dos

solos, no nos queda más que confiar en su buen juicio y aceptar su decisión en este asunto. Tal vez quiera tenerla solo para él, pasar más tiempo a solas con usted. Es bastante romántico, en realidad.

—Tenerme solo para él, sí. Romántico, no.

En aquel momento, sir John pasó junto al salón.

Lady Mayfield inclinó la cabeza y movió la mano.

—¡John! Hannah piensa que ya no la quieres y que la estás echando. Él dio un paso atrás y se detuvo en el umbral. Su mirada pasó

brevemente de una a otra.

Hannah se ruborizó y dijo apresuradamente:

—No he dicho eso, milady. Por favor, no ponga palabras que no he dicho en mi boca. Solo he querido decir que deberíamos respetar los deseos de sir John en este asunto.

—John, te dije que lo intentaría y pienso hacerlo. Pero no tenía idea de que también pretendías privarme de Hannah. ¿Arrastrarme a una ciudad nueva sin una dama de compañía? Me sentiré terriblemente sola — protestó lady Mayfield.

—¿Estás dando a entender que tu esposo no será suficiente compañía? —preguntó él con sequedad.

—¿Alguna vez lo has sido? No te ofendas, John, pero no eres precisamente aficionado a la conversación, a la vida social, a los juegos, a

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la moda… ni a nada de lo que a mí me interesa.

—Lo intentaré.

—John, no pretendo ponértelo más difícil, pero creo que es mi deber advertirte. Quién sabe dónde tendré que buscar consuelo si Hannah no está… a quién recurriré para que me haga compañía.

Aquellas palabras, pronunciadas con un tono de lo más dulce mientras ponía ojos de cervatillo, llevaban implícita una amenaza.

Sir John sostuvo la mirada de su esposa por un momento y luego se volvió hacia Hannah.

—Aparentemente, mi esposa no puede vivir sin usted, señorita Rogers. Y tampoco hacerse responsable de sus actos si no nos acompaña a Bath. ¿Vendrá con nosotros? No puedo obligarla, por supuesto. Es libre de negarse, de aceptar la alternativa que le he propuesto. Pero si desea venir… será bienvenida.

El mensaje velado parecía claro; la invitación, pronunciada sin entusiasmo. Deseaba que ella se negara.

Bajó la cabeza sin mirarlo a los ojos.

—Iré —dijo.

Aceptó, aunque no por las razones que probablemente pensaban. Tenía sus propios motivos para marcharse del pueblo, lejos de las

miradas de quienes la conocían mejor.

Sus vestidos sueltos y de cintura alta ocultarían su secreto durante unos meses. Quizá muchos, teniendo en cuenta que sir John ahora evitaba mirarla y lady Mayfield estaba demasiado absorta en sí misma.

Pero sabía que, tarde o temprano, tendría que dejarlos, antes de que descubrieran la verdad…

Varios meses después, Hannah echó mano del poco dinero que había conseguido ahorrar y se marchó. Y al hacerlo, trató de dejar también atrás aquellos recuerdos, aquellos sentimientos y aquella vana esperanza… Pero de pronto todo volvía a ella, como una oleada. ¿Tenía que encerrarlo de nuevo en el baúl oculto de su mente donde solía guardarlo? ¿O podría, por fin, dejarlo descansar para siempre… junto a Marianna Mayfield?

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Capítulo 21

Al día siguiente, el señor Lowden volvió a cabalgar hasta Barnstaple por asuntos relacionados con sir John y parte de la tensión en la casa se fue con él.

Pero no toda.

Como muestra de agradecimiento hacia sus vecinos por todo lo que habían hecho por él y su «familia», sir John había invitado a los Parrish a cenar, y ya era demasiado tarde para anular la invitación.

La señora Turrill había contratado personal extra para la cocina y dos lacayos por un día, y supervisaba la preparación de una comida exquisita, que sin duda impresionaría incluso a su prima política, la señora Parrish.

Ante la insistencia del ama de llaves, Hannah cedió y se puso uno de los vestidos más bonitos de Marianna: un traje de noche de gasa blanca con rayas azules, ajustado para la ocasión y recogido con el corpiño para adaptarlo mejor a su figura. También le pidió a Kitty que le pusiera los bigudíes y le arreglara el cabello.

Iba a ser la primera vez que sir John bajara las escaleras y presidiera su propia mesa. Dejó atrás la silla de ruedas, recluida en el piso de arriba como él mismo lo había estado, y descendió con la ayuda de Ben. Se había puesto un traje de etiqueta, que en ese momento le quedaba holgado. Pero, aun así, en opinión de Hannah, seguía teniendo un aspecto de lo más elegante.

A la hora señalada se situó en la puerta, apoyado en su bastón, para recibir a sus invitados. Hannah percibió la tensión en su mandíbula apretada y supo que sentía dolor.

La señora Parrish entró luciendo un vestido de noche azul oscuro, de corte sobrio, ceñido en el busto y en la parte superior de los brazos, y algo arrugado, como si no lo hubiera usado en mucho tiempo. Nancy estaba muy guapa con un vestido de gasa sobre satén rosa y flores blancas

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prendidas en el pelo. El doctor y Edgar vestían sus mejores galas dominicales.

Se intercambiaron saludos, les recogieron los abrigos, y todos se dirigieron al comedor.

—¿Puedo ofrecerle algo, doctor Parrish? —preguntó sir John, señalando la licorera que reposaba sobre el aparador.

El doctor se dio unas palmaditas en el pecho, como si estuviera pensándose la respuesta.

—Yo… Bueno, sí, creo que sí. Pero solo un poquito. Al fin y al cabo, se trata de una ocasión especial…

Sir John sirvió un pequeño vaso y Hannah notó que la mano le temblaba ligeramente.

—Vamos, sir John, deje que los lacayos hagan su trabajo —dijo con dulzura, tomándolo del brazo—. Su puesto en la cabecera de la mesa le aguarda.

—Es cierto, milady. —El médico asintió, lanzándole una mirada de comprensión—. Un puesto que ha estado vacío demasiado tiempo, diría yo. Gracias a Dios que está entre nosotros esta noche, señor. Sin duda, una razón para celebrar.

—¡Bien dicho! —convino Edgar.

Los seis comensales tomaron asiento. El regreso del señor Lowden desde Barnstaple no estaba previsto hasta bastante tarde, y la señorita Rogers se alegraba de que así fuera. Ya estaba lo suficientemente nerviosa, sentada allí, en el extremo opuesto de la mesa, frente al anfitrión, como si realmente se tratase de la señora de la casa, como si fuera lady Mayfield. Estaba tan nerviosa que sentía un cosquilleo recorriéndole todo el cuerpo y, cuando levantó la copa, descubrió que a ella también le temblaban las manos.

Comenzaron a dar cuenta del primer plato: sopa de rabo de buey y salmón rosado. Mientras Hannah sumergía la cuchara, se dio cuenta de que Becky se encontraba de pie en el umbral, con Danny en brazos. El bebé, con dos dedos en la boca y babeando como siempre, parecía estar tranquilo. Entonces ¿por qué la niñera lo había bajado? Sin embargo, los ojos de la joven no buscaban los suyos. Más bien se fijaba en Edgar Parrish con una sonrisa ensoñadora en su rostro travieso. El hijo del médico no parecía darse cuenta, ya que toda su atención estaba puesta en

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la excelente sopa de la señora Turrill. Pero Nancy sí que lo notó. Y frunció el ceño.

«Ay, Dios mío», suspiró Hannah para sus adentros.

Intentó captar la atención de la joven y, cuando Becky finalmente la miró, le hizo un ligero gesto con la cabeza para darle a entender —o eso esperaba— que debía alejarse de la puerta y dejar de mirar al hombre de otra mujer. Como si ella no lo hubiera hecho nunca… Sin embargo, uno de los nuevos sirvientes, ansioso por agradar, interpretó mal la señal y pensó que debía llevar el siguiente plato, aunque la mayoría aún estaba terminándose la sopa. Cuando el muchacho extendió la mano para tomar el tazón de sir John, Hannah levantó rápidamente la mano para detenerlo, enviándole una sonrisa de disculpa como excusa. No era un comienzo muy prometedor.

Desde el otro lado de la mesa, la señora Parrish esbozó una sonrisa de satisfacción. O tal vez ella estaba siendo demasiado susceptible.

Para disimular el error, Hannah decidió iniciar la conversación, algo que quizá debería haber hecho el anfitrión. Miró a Edgar y Nancy y preguntó con tono animado:

—Bueno, y ustedes dos, ¿qué planes tienen?

Fue, evidentemente, la pregunta equivocada. La joven miró a su novio, quien a su vez miró a su madre. Al ver la expresión sombría de ella, bajó la vista hacia la sopa.

—Ah, pues… En realidad, no tenemos planes concretos por el momento. Estoy bastante ocupado con la administración de las propiedades y tratando de ahorrar, y…

—Sinceramente, lady Mayfield —replicó la señora Parrish—, preferiría que no les metiera esas ideas en la cabeza. Todavía son muy jóvenes.

—Querida —intervino el doctor Parrish—, te recuerdo que tú te casaste conmigo siendo apenas una jovencita. No habías cumplido ni los dieciocho.

La mujer le lanzó una mirada agria.

—Era demasiado joven para saber lo que quería. Que mis padres me permitieran lanzarme de cabeza al matrimonio no significa que deba alentar a mi único hijo a actuar con la misma precipitación.

Se produjo un intercambio de miradas incómodas, seguidas de un silencio espeso como la nata cuajada.

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Nancy fue la primera en alzar la vista, con una valiente sonrisa que no logró ocultar el brillo húmedo de sus ojos.

—¿Y usted, lady Mayfield? ¿Por qué no nos cuenta cómo conoció a sir John y cómo fueron su noviazgo y la boda? —preguntó, mirando a Hannah con una expresión esperanzada.

Ella agradeció el tacto de la muchacha al intentar salvar la conversación, pero le molestó que lo hiciera con aquella pregunta en concreto.

—¡Ah! Bueno… —dijo ella, lanzando una mirada fugaz hacia sir John, con la esperanza de que acudiera en su auxilio.

Él la observó impasible desde la cabecera de la mesa. Al parecer, no tenía intención alguna de ayudarla.

—Me temo que no hay mucho que contar.

—Vamos, querida —intervino entonces su supuesto esposo—. Si tú no lo cuentas, tendré que hacerlo yo.

¿Había notado un tono de galantería en su voz… o de advertencia?

Al ver que ella no decía nada, él comenzó:

—Nos conocimos en un baile público en los salones comunales de Bristol.

Conque sí lo recordaba, pensó Hannah. No era un recuerdo particularmente agradable para ninguno de los dos, por eso jamás habían hablado de ello.

Retomando la historia con ligereza, ella añadió:

—Se negó a bailar conmigo. O al menos no hizo caso a la insinuación más que evidente de parte del caballero que nos presentó.

Sir John se encogió de hombros.

—Nunca me gustó bailar. Y menos mal. —Golpeó el suelo con su bastón para dar énfasis y esbozó una sonrisa irónica—. Supongo que esa es una de las ventajas de estar cojo: por fin tengo una excusa para rechazar ese entretenimiento.

—Oh, vamos, señor —lo reprendió suavemente el doctor, bajando la barbilla—. Nunca se sabe. Con la ayuda de Dios y suficiente ejercicio…

Nancy lo interrumpió con entusiasmo:

—¿Y supo usted desde el primer momento que era el indicado? ¿La dejó sin aliento?

—Eeeh… No. En aquel momento no —respondió Hannah.

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Desde el vestíbulo llegó el sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose. Todos volvieron a mirarse. Un momento después, James Lowden pasó junto al comedor de camino a otro lugar de la casa.

Al ver la sala bien iluminada y llena de gente se detuvo en seco. —Oh. Perdón por interrumpir. Olvidé que la cena era esta noche. Sigan

comiendo, por favor.

—Ha vuelto temprano —dijo la señorita Rogers.

—Sí. Hemos concluido las transacciones antes de lo previsto.

Hannah echó un vistazo a la expresión imperturbable de sir John y luego sonrió cortésmente al recién llegado.

—Acompáñenos, señor Lowden. Estoy segura de que hay espacio para un comensal más. ¿No es así, señora Turrill?

El ama de llaves vaciló.

—Si así lo desea, por supuesto, mi señora. Y hay comida de sobra.

James hizo un gesto despreocupado con la mano.

—No se preocupen. Comeré algo más tarde. Necesito lavarme y cambiarme tras el viaje.

Sir John los miró a ambos, primero a ella y luego a su abogado. —Vamos, Lowden. Únase a nosotros. Puede sentarse junto a lady

Mayfield si así lo desea.

—Sí, cuéntenos las novedades de Barnstaple, señor Lowden —insistió la señora Parrish—. No voy allí tan a menudo como me gustaría.

James miró las caras expectantes de los presentes.

—Muy bien, si insisten… Pero solo si prometen no retrasar los platos por mi culpa. No quiero que la excelente cocina de la señora Turrill se enfríe. Pueden seguir, yo me uniré a ustedes en unos minutos…

Regresó poco después, ya cambiado y con el cabello, que el viento le había revuelto, peinado. Se sentó justo a tiempo para el plato principal: croquetas de pollo, lengua hervida y verduras.

Desdobló su servilleta y sonrió a la cocinera y ama de llaves.

—Gracias, señora Turrill. Tiene un aspecto delicioso.

—¿Y qué lo llevó a Barnstaple, señor Lowden? —preguntó la esposa del médico desde el otro lado de la mesa, mientras pinchaba un espárrago con el tenedor.

—Unos asuntos para sir John —respondió él amablemente.

—Ah, ¿sí? —La mujer se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de curiosidad—. ¿Qué clase de asuntos? Debían de ser importantes para

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que emprendiera tan pronto otro viaje.

Él miró a su cliente y luego apartó la mirada.

—No especialmente, señora Parrish, solo cosas de banca y similares…, demasiado tediosas para comentar durante una cena.

—Como usted diga. —La esposa del doctor levantó una cuchara llena de sal del salero y la esparció generosamente sobre todo el plato. Luego miró a su prima política, que dirigía discretamente a los sirvientes cerca del aparador—. Creo que los asuntos del señor Turrill también lo llevaban a Barnstaple, ¿no es así, señora Turrill?

Hannah vio que al ama de llaves le cambiaba el semblante. Era la primera vez que oía mencionar a su esposo.

—Sí —asintió la aludida con una sonrisa tensa—. Como bien sabe.

La señora Parrish volvió su atención al abogado.

—Al menos usted ha regresado, señor Lowden. No todos los que van a Barnstaple lo hacen.

La boca del doctor se abrió ligeramente.

—Querida… —susurró, lanzando una mirada preocupada a su prima. —Solo estoy conversando —se defendió ella, lanzando una mirada

velada a su anfitriona—. Es lo educado. Y ¿qué se cuentan por Barnstaple, señor Lowden? —continuó, indiferente al tono de su marido y a la tensión reinante en la estancia.

—No mucho —respondió James—. La gente se lamenta de los altos precios y comenta que se ha anticipado la feria estival. El tipo de charla habitual.

En ese momento miró a George Parrish.

—Le he traído las cosas que quería de la botica, doctor. Recuérdeme que se las dé después de la cena.

—Gracias, señor Lowden. Me ha ahorrado un viaje.

La señora Parrish cortó un trozo de lengua cocida con un gesto de resignación exagerado y luego lo masticó con dificultad. Finalmente dijo con aire altivo:

—La lengua, cuando se hierve demasiado tiempo, siempre tiende a ser dura. No creo que sea tan difícil calcular el tiempo correctamente. Basta un poco de buena voluntad.

James reprimió una sonrisa y levantó el tenedor con un trozo de carne, como si fuera a hacer un brindis.

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—Yo siempre lo digo, mejor una lengua hervida que una demasiado suelta.

La señora Parrish esbozó una sonrisa felina.

—Y cualquiera de las dos es preferible a una lengua bífida —replicó entonces, lanzándole a Hannah una mirada elocuente.

Algunos de los comensales se miraron incómodos, otros prefirieron pasar por alto el comentario.

Desde la alacena, la señora Turrill anunció de pronto:

—¿Quién está listo para el postre?

La cena continuó y, con ella, la conversación forzada.

Hannah permaneció sentada, sin probar apenas las encantadoras tartaletas de fresa y la gelatina de naranja de la señora Turrill. La velada le había permitido comprobar cómo sería su vida si decidían continuar con aquella farsa. Implicaría seguir mintiendo a personas por las que sentía un gran aprecio, como el doctor y la señora Turrill, y aumentaría sus posibilidades de ser descubierta por otras como la señora Parrish.

No. James tenía razón; aquello era imposible de sobrellevar. Y tampoco podía arriesgarse.

Tendría que armarse de valor y hablar con sir John para poner fin al engaño. Danny no necesitaba ser su heredero. Su protección, y quién sabe si algún día su amor, sería suficiente. ¿Soportaría sir John el escándalo y le propondría matrimonio? Y, en caso de que no lo hiciera, ¿querría James seguir a su lado? Lo dudaba.

Con el corazón encogido, comprendió que probablemente los perdería a ambos.

Al día siguiente, Hannah se armó de valor y fue a la habitación de sir John para tratar el asunto.

La señora Turrill salía justo en aquel momento, con el neceser de afeitar en la mano, y la saludó con calidez.

—Ah, milady, llega en el momento justo. Su esposo acaba de pedirme que la buscara.

—¿De veras? Pues… qué bien —disimuló. Tenía las palmas de las manos empapadas de sudor.

Los ojos de la señora Turrill chispeaban.

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—Espere a verlo… Es uno de mis mejores trabajos, si se me permite decirlo. —Sonrió antes de alejarse.

Hannah cruzó el umbral y se detuvo en seco, sobrecogida por su aspecto.

Sir John Mayfield estaba sentado en una silla normal, junto a su escritorio, con la silla de ruedas relegada a un rincón. Iba formalmente vestido: zapatos, pantalones, chaleco, levita y corbata de lazo; y llevaba el cabello peinado y el rostro recién afeitado.

Sin la barba, parecía más joven; atractivo, serio y varonil. A Hannah le costaba creer que fuera el mismo hombre que había estado postrado en la cama durante semanas. Se parecía mucho más al que, en una ocasión, la había alzado en brazos… y llevado a su cama.

Inspiró con dificultad y parpadeó en un intento de borrar aquel recuerdo.

Sobre el escritorio reposaba una pila de papeles. Sir John levantó la mano y le indicó la silla situada al otro lado.

Hannah avanzó, con las manos entrelazadas, y se sentó hecha un manojo de nervios.

—Antes de que diga nada —comenzó ella—, necesito que sepa que, después de anoche, he decidido que no podemos continuar como estamos. No seguiré mintiéndoles a todos. Ni a mí misma.

—Había pensado que podrías decir algo así —repuso él. Inclinó la cabeza e inspiró hondo—. Con el tiempo, podría intentar declarar muerta a Marianna, pero en este momento es algo prematuro.

Ella frunció los labios, sorprendida.

—¿Porque necesitaría que los Parrish testificaran y ellos piensan que la mujer que vieron flotando era yo?

—No solo por eso. Aunque ya sería un problema.

Hannah frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué? ¿Porque no se ha encontrado su cuerpo?

—Oh, dudo mucho que alguna vez lo encuentren. —Un extraño destello brilló en sus ojos—. Pero no podemos estar seguros. —Le sostuvo la mirada—. ¿Esperarás? ¿Te quedarás aquí conmigo hasta que podamos resolver esto de una forma u otra?

¿Por qué quería que esperara?, se preguntó; ¿y qué estaba pidiéndole exactamente? No le había propuesto matrimonio y tampoco le había dicho

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nunca que la amara… ¿La querría como amante, pero no como esposa? ¿O temía casarse con una mujer envuelta en un escándalo?

Durante un tiempo, su único deseo había sido vivir junto al padre de su hijo estando casada. Saber que tanto ella como Danny estarían protegidos, cuidados. Pero eso había sido antes. En aquellos viejos sueños que nunca había expresado en voz alta no lo había echado todo a perder asumiendo la identidad de Marianna, ni tampoco había conocido a James Lowden…

Titubeó.

—No… no sé si debería quedarme tanto tiempo.

Un gesto de decepción cruzó fugazmente el rostro de sir John, pero no insistió. En lugar de eso abrió un cajón del escritorio, sacó su cartera de cuero y extrajo varios billetes.

Ella observó sus movimientos con recelo.

—¿Qué está haciendo?

—Aquí tienes dinero suficiente para que tú, Danny y Becky os busquéis un lugar donde vivir mientras decides qué hacer a continuación.

Ella se quedó mirándolo sin estirar la mano para tomar los billetes.

—¿Quiere que nos vayamos? —preguntó con voz queda.

Él se encogió de hombros.

—Antes o después acabaréis marchándoos. ¿Para qué prolongar la farsa más de lo necesario?

Dejó el dinero sobre la mesa, entre los dos.

—¿Se refiere a la farsa de hacerme pasar por lady Mayfield? — murmuró ella.

Sus ojos brillaron con dureza.

—No, a la farsa de hacerme creer que te importo.

—Pero… sí que me importa. Y no quiero su dinero —replicó ella, apartando los billetes—. No así. Parece… un soborno para calmar su conciencia.

—¿Y si lo fuera?

—En ese caso pensaría que es usted terriblemente cruel… y no solo insensible y cínico, como finge ser.

—Ah, Hannah. La cruel eres tú. Me diste esperanzas cuando yo sabía que no debía tenerlas.

—¿Y cómo se supone que hice eso?

—Creí que por fin había encontrado a una mujer que realmente deseaba ser mi esposa.

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Ella lo miró, atónita ante la evidente vulnerabilidad que transmitían sus ojos. Sintió aflorar emociones que hacía mucho que había enterrado por considerarlas inútiles y equivocadas.

—Sir John, yo…

Él bajó la mirada y frunció los labios.

—Olvídalo. Todos sabemos lo mal que se me da juzgar el carácter de las mujeres.

Hannah sintió como si la hubieran abofeteado.

Él la miró de reojo y suspiró.

—Perdóname. Es solo que soy muy consciente de que el dinero es lo único que puedo ofrecer. Soy un hombre acabado, que apenas puede caminar. ¿Por qué otro motivo ibas a querer quedarte?

Levantó una mano antes de que ella pudiera responder.

—No. No respondas. No busco que me regales los oídos.

Se volvió hacia el montón de papeles y extrajo con gesto decidido varias hojas encuadernadas.

—He pedido al señor Lowden que, en contra de su criterio y pese de su enérgica oposición, redacte un documento legal: un fideicomiso para Daniel que cubra sus necesidades y su educación futura. Supuse que no aceptarías dinero para ti. Pero espero que, por el bien de Danny, no rechaces esto.

Hannah miró el documento legal y la generosa cifra… y se quedó sin palabras.

Él se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Y ahora que su hijo está protegido, señorita Rogers, ¿qué quiere usted para sí misma?

La mente de Hannah no paraba de dar vueltas. No lo sabía.

Sinceramente, no lo sabía.

Se humedeció los labios resecos.

—¿Puedo pensarlo?

Los ojos de sir John se apagaron un poco, pero apretó la mandíbula.

—Por supuesto. Avíseme cuando lo decida.

Hannah bajó las escaleras como envuelta en una bruma, con la mente nublada y el estómago encogido. De pronto se vio a sí misma frente a la puerta abierta del gabinete de día, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí.

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James se levantó y rodeó el escritorio con semblante serio. —¿Te ha mostrado los documentos? ¿El fideicomiso? Ella asintió y exhaló todo el aire de los pulmones.

—Nunca me atreví a pensar en la posibilidad de un futuro con sir John. Pero ahora… si está dispuesto a apoyar a mi hijo… Danny tendrá seguridad. Educación. Una vida sin la preocupación de no saber cuándo volverá a comer.

James la agarró por los brazos.

—Ninguno de nosotros tiene el futuro asegurado, Hannah. No en esta vida. Sir John podría cambiar de opinión. Perder su fortuna. Decidir que no vale la pena, por el escándalo. Porque habrá un escándalo, no te equivoques. Incluso aquí, lejos de la vida social. Cuando la gente se entere de quién eres realmente…

Le clavó los dedos en los hombros y las arrugas alrededor de su boca se hicieron más profundas.

—Pero, Hannah, es más que eso. No quiero que finjas ser su esposa. Quiero que seas mía. De verdad. Legalmente, moralmente, para siempre. Sin engaños, sin mentiras. ¿No lo deseas tú también?

Sus palabras se clavaron como dagas en su corazón, y el dolor de su rostro la atravesó como una flecha cargada de culpa.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—James, si las cosas fueran de otra manera… Si pudiera volver atrás y tomar decisiones diferentes… Pero no puedo. Tengo que vivir con lo que soy y con quien soy ahora.

—No eres Marianna Mayfield.

—Lo sé. Eso no es lo que he querido decir. —Cerró los ojos con fuerza

—. Él dice que con el tiempo informará a las autoridades de su muerte, para que podamos estar juntos. —Se abstuvo de mencionar que sir John no le había pedido directamente que se casara con él.

James frunció el ceño.

—Si lo dice en serio, ¿por qué posponerlo?

—Creo que quiere esperar hasta que encuentren su cuerpo. Para evitar tener que pedirles al doctor y a Edgar Parrish que testifiquen.

—No existe ninguna garantía de que acaben encontrándolo. Puede que nunca aparezca.

—Lo sé. Pero, mientras tanto, si sir John está dispuesto a apoyarnos tanto a Daniel como a mí…, no puedo rechazarlo.

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Notó sus ojos verdes clavados en ella.

—Yo te apoyaría y criaría a Daniel como si fuera mío.

—No lo amarías como a tu propio hijo.

—Lo haría. Con el tiempo llegaré a amarlo como si tuviera mi propia sangre.

—Él tiene la sangre de sir John, y él ya lo ama.

James frunció el ceño, mirando hacia otro lado por un momento, pero no lo negó.

—¿Renunciarías a tu propia felicidad por la suya?

¿A la felicidad de sir John o a la de Danny?, se preguntó ella. Pero no lo dijo. La respuesta era la misma.

—Sí —respondió con voz queda. Aunque espero encontrar algo de felicidad con el tiempo.

—¿Y qué hay de mí?

—Eres joven. Encontrarás a alguien. Alguien que no arrastre un pasado tan oscuro.

Su boca se torció.

—¿Es por él? ¿Porque es rico? ¿Porque tiene un título?

El dolor la atravesó.

—Sabes que no es por eso.

—Oh, claro, la pobre chica abnegada que tiene que quedarse con el caballero rico. Muy abnegada, sí señor.

Sus palabras, su mueca, la hirieron profundamente y se dio la vuelta.

Él la tomó por los hombros por detrás.

—Perdóname, Hannah. No he querido decir eso. Solo estoy… enojado.

Herido.

—Lo sé.

—Nunca debí hacerme ilusiones. En el fondo de mi corazón, sabía que lo elegirías a él.

Ella miró a través del cristal y vio otra ventana con sus contraventanas cerrándose en una noche de tormenta…

—Lo elegí hace mucho tiempo, lo supiera o no.

Se enderezó, se volvió y lo miró con determinación.

—Le tengo cariño.

¿Debía decirle a James que se había sentido atraída por sir John Mayfield durante mucho tiempo? ¿Admitir que había luchado por reprimir

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unos sentimientos no correspondidos por su patrón mientras Marianna estaba viva? ¿O solo lo heriría más?

Se limitó a decir:

—Y ojalá con el tiempo llegue a quererme como quiere a Danny.

Y para sus adentros, rezó por que así fuera.

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Capítulo 22

Al día siguiente después del desayuno, el señor Lowden le pidió a Hannah que lo acompañara al gabinete de día.

El brillo en los ojos y un aire de misterio indicaban que algo importante estaba a punto de suceder.

—He recibido una carta de un amigo mío en el correo de esta mañana —comenzó, mientras se dirigían a la estancia—. ¿Recuerda que le hablé de un capitán llamado Blanchard?

—Sí…

Tras asegurarse en el pasillo de que no hubiera nadie cerca, James cerró la puerta. Le indicó que se sentara y luego tomó una carta abierta que estaba sobre el escritorio.

—Es bastante sorprendente. Me ha escrito para decirme que volvió a ver a lady Mayfield, esta vez en Londres.

—¿Lady Mayfield? Qué… interesante.

—Eso pensé yo.

—¿Cuándo fue eso? Supongo que hace mucho tiempo.

—No. La semana pasada.

A Hannah comenzó a golpearle el corazón en el pecho.

—Evidentemente, su amigo está equivocado.

—Entonces no es el único que se equivoca, porque adjuntó un recorte de una columna de sociedad londinense.

Le tendió un recorte de papel de periódico con forma rectangular y

Hannah leyó:

La pasada noche sir Fancis Delaval ofreció un baile de máscaras en su residencia. Lamentablemente la asistencia fue escasa, ya que muchos han regresado a sus propiedades, dejando de lado las fiestas en la ciudad en favor de reuniones en casas de campo. Sin embargo, la velada se salvó gracias a la aparición de una bellísima Diana, lo que provocó gran especulación entre los presentes. Varios asistentes notaron un asombroso

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parecido con lady M., últimamente vista en Bath, quien en el pasado nos honró con su encantadora presencia. Pero en esta ocasión, lady M. no iba acompañada ni de su esposo ni de su acompañante preferido, el encantador aunque insolvente señor F.

«No…», pensó Hannah. «No puede ser». Apretó el recorte entre los dedos y sentenció:

—Solo es un rumor.

—No estoy tan seguro. Mi amigo conoció a Marianna Mayfield hace tiempo, ¿recuerda? Cuando mi padre todavía era el abogado de sir John. Así que la reconoció e incluso habló con ella. Blanchard escribe con gran entusiasmo sobre su gran belleza, sus vivaces ojos castaños y su cutis impecable.

Sin duda, aquellas palabras describían perfectamente a Marianna. Aun así, Hannah no lo creía. Había muchas morenas hermosas en Londres.

—Debió de haber visto a otra persona.

—Es posible, aunque él parece bastante seguro.

—Pero… se ahogó —le recordó—. Edgar y el doctor Parrish la vieron. Su amigo debe de estar equivocado. —Lo dijo con decisión. Pero en el fondo sabía que la que estaba equivocada era ella. Demasiadas coincidencias.

¿Seguía Marianna viva? ¿Llevando una vida en Londres con el señor Fontaine? Se estremeció ante la idea. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que otros se enteraran del rumor, fuera cierto o no? ¿Hasta que todos en Lynton supieran que ella no era quien creían que era?

—¿La… la dama en cuestión llevaba máscara? —preguntó—. Después de todo, era un baile de disfraces.

«No te dejes llevar por el pánico», se dijo a sí misma. Tal vez no era más que un rumor persistente: lady Mayfield vista una vez más coqueteando con otro hombre.

—Le vio el rostro —respondió James—. Durante un instante se quitó la máscara.

La última llama de esperanza se apagó.

—Así que usted me quitará la mía —susurró, suponiendo que el abogado pensaba contarle a todos lo que había descubierto. Se preguntó qué haría sir John.

—¿Entiende ahora por qué no debe continuar con el engaño ni pensar en casarse con él? —repuso James con delicadeza.

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Hannah cerró los ojos con fuerza.

—Aunque fuera cierto, ella nunca volverá con él.

Recordó la amenazante carta que había escrito Anthony Fontaine. —Esa no es la cuestión, Hannah. Si su esposa sigue viva, él sigue

siendo un hombre casado. —Le apretó la mano—. Debe salir de este embrollo ya…, mientras pueda.

James subió las escaleras con la carta en la mano, preparándose para contarle a sir John la noticia. Esperaba que su cliente no lo acusara de haber inventado la historia por su propio interés.

Estaba sentado en el sillón junto a la ventana, como solía, leyendo una publicación comercial o un conocimiento de embarque, con el bastón al alcance de la mano. Al ver entrar al abogado alzó la vista y, de inmediato, su expresión se tornó recelosa. Lowden lamentó la tensión que existía entre ellos, pero no había modo de evitarla.

—Señor, tengo algo que decirle.

—¿Me va a gustar? —preguntó sir John con sequedad.

—Me temo que no. —Desplegó la hoja—. He recibido una carta de un amigo mío.

—Ah, ¿sí?

—Me escribe para decirme que vio a lady Mayfield en Londres la semana pasada. En un baile de disfraces.

—¿Un baile de disfraces? —preguntó sir John—. Entonces ¿cómo sabía que era ella?

No parecía tan sorprendido como James había supuesto. O como habría querido.

—Dijo que se quitó la máscara brevemente. Lo suficiente como para verle el rostro.

—¿Y ese amigo suyo conocía a Marianna?

—Sí. Al parecer, conoció a lady Mayfield cuando vivían ustedes en Bath.

—Y supongo que su amigo la vio con su amante —replicó sir John.

No era una pregunta.

—En realidad, estaba sola. Mi amigo habló con ella. Le dijo que le sorprendía verla, ya que sabía por mí que yo había pasado tiempo en el

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condado de Devon con sir John y su… dama de compañía.

—¿Y cómo respondió ella a eso?

—No lo dice.

James se dio cuenta de que su cliente no insistía en que su amigo debía de estar equivocado, como había hecho Hannah. ¿Habría creído sir John todo aquel tiempo que su esposa podía estar viva?

—¿Le ha mostrado esta carta a la señorita Rogers? —preguntó.

—Se la he mencionado, sí.

—¡Cómo no!

Pasaron unos segundos sin que el caballero añadiera nada más. Lowden se preguntó qué debía decir. Claramente había disgustado a su cliente; pero, aunque no hubiera tenido un interés personal en el asunto, habría estado obligado a informarle sobre tan importante noticia.

—¿Debo… dejarle, señor? —preguntó con cautela.

Sir John no respondió de inmediato. Luego inhaló profundamente y dijo:

—Sí. Debe irse. Quiero que vaya a Londres. Y Luego regrese a Bristol, incluso a Bath si es necesario. Quiero que encuentre pruebas de que Marianna está viva. Y mientras lo hace, quiero que recoja pruebas contra ella y el señor Fontaine. Todo aquello que pudiera sernos útil para presentar una demanda civil contra él.

Una demanda civil. El primer paso en un largo y tedioso proceso de divorcio, como bien sabía James.

Se quedó allí, con la cabeza dándole vueltas. La reaparición de lady Mayfield suponía un gran alivio para él y estaría encantado de ocuparse de verificar que seguía con vida. Porque si la esposa de sir John no había fallecido, estaba claro que no podía casarse con otra… con la mujer que quería para sí. Pero ¿reunir pruebas contra el amante para iniciar los trámites de divorcio…? El proceso entero podría llevar años y resultar tremendamente costoso. Peor aún, podría contribuir a que sir John, y quizás también Hannah, albergaran esperanzas de poder unirse legalmente algún día. Aquella posibilidad lo hacía sentirse aún más mareado. Aun así, sir John era su cliente principal y no podía negarse.

James tragó saliva, conteniendo la bilis, y preguntó:

—¿Cuándo quiere que empiece?

Sir John lo miró fijamente con una expresión de determinación inquebrantable.

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—Inmediatamente.

Con un delantal sobre su vestido de día, Hannah bañaba a Danny en una pequeña tina. Había dado permiso para retirarse a Becky, que había abandonado encantada la habitación infantil rumbo a la cálida cocina de la señora Turrill. Quería hacer aquella grata tarea por sí misma. Deseaba estar a solas con su tesoro más querido y con sus pensamientos atribulados.

En el bolsillo llevaba la carta amenazante de Anthony Fontaine. Al saber que Marianna podría estar viva y que tal vez ambos estuvieran más decididos que nunca a estar juntos, la carta le parecía importante… y la amenaza, más real. Se preguntaba si debía mostrársela a sir John o a su abogado.

La sensación del agua tibia sobre la piel era muy agradable, y también para el niño, a juzgar por el brillo en sus ojos y su sonrisa babeante y desdentada. Con un paño húmedo, le frotó con ternura la carita reluciente, la barriguita redonda y las piernecitas regordetas, con las que no paraba de patalear. Aquellos suaves movimientos, la visión de su hijo y la tarea maternal y reconfortante le calmaban los nervios.

Pero, sin quererlo, el chapoteo del agua en la tina y sus dedos mojados y arrugados la transportaron de nuevo a la escena del accidente, hasta el punto de que dejó de ver el rostro de Danny y de oír sus risitas felices para rememorar otras imágenes y sonidos… mucho menos gratos.

El agua helada salpicando dentro del carruaje volcado y golpeando contra sus paredes agrietadas, el graznido lejano de una gaviota. El peso aplastante sobre su cuerpo. Sus manos, mojadas y frías. Otra mano… el anillo…

Por un momento cerró los ojos con fuerza e intentó, por enésima vez, recordar. ¿La había visto? ¿Había tomado la mano de Marianna? Casi podía sentir los dedos de su señora en los suyos, el mordisco del metal en la palma, el gran anillo punzante. ¿Estaba Marianna viva, consciente y lúcida incluso en aquel preciso momento? ¿O se había soltado de su mano y había sido arrastrada por la corriente, para ser reanimada después, quizás por el agua, o por algún paseante, si es que aquel testimonio era cierto? Si realmente… estaba viva. Pero ¿cómo… cómo había sucedido?

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Los felices balbuceos de Danny se convirtieron en leves lloros, y se dio cuenta de que el agua se había enfriado.

—Lo siento, cariño —murmuró. Lo sacó con cuidado de la bañera, lo envolvió en una toalla calentita y le secó el rostro y el cabello lo mejor que pudo con la mano que tenía libre. Luego le puso un pañal limpio y una camisa de dormir, y lo envolvió en una pequeña manta.

A continuación, sujetando el cálido y diminuto cuerpo contra su pecho, se sentó en la mecedora y le miró la carita. Una oleada de amor la invadió. ¡Era una personita tan pequeña y, aun así, ocupaba una parte tan grande de su corazón!

Uno de sus diminutos puñitos se escapó del arrullo y ella lo tomó entre sus manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¿Qué vamos a hacer, mi amor? —musitó.

James fue en busca de Hannah y la encontró sola en el cuarto infantil, meciendo a Daniel. Apenas cruzó el umbral, ella alzó la vista y lo miró con los ojos humedecidos. Luego su mirada descendió hacia la maleta que sujetaba en la mano y el abrigo que le colgaba del brazo. Y se le ensombreció el rostro.

—¿Se va? —preguntó.

—Sí. Sir John desea que verifique las noticias sobre lady Mayfield.

Entreabrió los labios por la sorpresa.

—¿Qué ha dicho cuando se lo ha contado? ¿Se ha sorprendido?

—No, o al menos a mí no me lo ha parecido. Me pregunto si quizás lo sospechaba desde el primer momento.

Hannah inspiró profundamente.

—Tal vez sí. Y por eso dudó en… informar a las autoridades de su muerte.

Él asintió.

—Y eso no es todo. En caso de que esté viva, quiere que reúna pruebas contra ella y su amante. Pruebas para un juicio civil.

Ella lo miró de hito en hito.

—¿Sabe lo que eso significa? —añadió él.

Hannah negó con la cabeza.

—Si el señor Fontaine es declarado culpable de intromisión en la relación marital, sir John podría llevar el asunto al tribunal eclesiástico, acusar a Marianna de adulterio y solicitar el divorcio.

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Hannah lo observó fijamente, pero no dijo nada.

—Llevará mucho tiempo y resultará muy costoso desde el punto de vista económico. Incluso aunque tenga éxito, no podría volver a casarse a menos que el Parlamento apruebe una ley que se lo permita. Mientras tanto, Marianna se convertiría en una paria social y la reputación de sir John también se vería afectada, lo cual no solo le perjudicaría a él… sino también a mí… tanto profesional como personalmente.

—Entonces, ¿por qué razón iba a soportar todo eso?

James le lanzó una mirada irritada.

—¿Por qué cree usted, Hannah?

El dolor se reflejó en su rostro, y él se arrepintió de inmediato de su tono brusco. Se sentó en la cama, cerca de la mecedora, y bajó la voz.

—Mire, sé que usted se ha visto obligada a quedarse aquí con sir John porque él estaba dispuesto a reconocer a Daniel y a permitirle seguir actuando como lady Mayfield. Pero si Marianna está viva… ¡Dígame que comprende que todo ha cambiado! Por favor, no haga nada precipitado hasta que yo regrese. No lo olvide: él ya la ha perdonado antes… y volverá a hacerlo. No piense que no lo hará.

Ella bajó la cabeza y susurró:

—Lo sé… —Miró al niño en su regazo y acarició uno de sus pequeños puños. James puso su mano sobre la de ella, sujetando ambas con firmeza.

—Mejor que lo hayamos descubierto ahora y no dentro de unos meses, cuando todo se nos hubiera ido de las manos. Aún podemos silenciarlo. Pero si usted hubiese regresado a Bristol con él o a alguna otra ciudad y más personas descubrieran el engaño… —Negó con la cabeza y abrió las aletas de su nariz, afectado solo de pensarlo. Luego volvió a mirarla a los ojos—. Deberíamos estar agradecidos. Yo lo estoy. Prométame que esperará, Hannah. No ceda ante él mientras yo esté fuera… y no pierda la fe en mí.

Durante unos instantes Hannah no dijo nada. Luego, en lugar de responder, sacó una carta del bolsillo.

—Antes de que se marche, creo que debería tener esto.

El corazón de James se detuvo. ¿Le habría escrito una carta de despedida?

—No, Hannah. No así…

Ella negó con la cabeza, interrumpiéndolo:

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—No es mía. Es una carta amenazante que el señor Fontaine envió a sir John. Con una mirada elocuente, se la puso en la mano.

—Por si acaso.

Después de que el señor Lowden se hubiera marchado, Hannah llevó a Danny con Becky y se dirigió a la habitación de sir John.

Se detuvo en el umbral con los brazos cruzados.

—¿Sabía que ella podía estar viva?

Sir John estaba de pie junto a la ventana, apoyado en el bastón. La miró, vio la expresión tensa en su rostro y volvió a dirigir la vista hacia fuera.

—Se me pasó por la cabeza.

—¿Por eso no quiso informar de su muerte?

«¿O pedirme que me casara con usted?», añadió para sus adentros.

—Una de las razones, sí. Aunque solo era una sospecha. Todavía lo es.

Ella levantó el mentón con firmeza.

—El señor Lowden me ha contado lo que le ha pedido que haga.

—Al parecer ese hombre se lo cuenta todo —respondió con sequedad.

—James y yo nos hemos… hecho amigos.

—James, ¿eh? ¿Amigos o algo más?

—Amigos. Por ahora.

Sir John asintió con gesto meditabundo.

—Aun así, cuesta entender por qué mi abogado siente la necesidad de divulgar asuntos que son personales.

Ella cruzó la habitación hasta él.

—No se trata de un asunto personal. Sabe que el hecho de que esté viva puede afectarme. Y usted también lo sabe. Pero no lo haga, sir John. No intente divorciarse de Marianna… especialmente por mi causa. Ya tengo suficientes cosas en contra.

—Si decido seguir ese camino —respondió él—, no será por su culpa, Hannah. No todo es culpa suya. Y, desde luego, no lo sería el que Marianna haya fingido su muerte para poder vivir en paz con su amante.

—Ni siquiera sabemos aún si es cierto. Y, en caso de que esté viva, quizá no ha podido regresar, o al menos hacerle llegar noticias…

Él le lanzó una mirada fulminante.

—Oh, por favor, Hannah. No puede usted ser tan ingenua. La conoce demasiado bien para creer algo así.

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No, en realidad no lo creía del todo.

—Pero… ¿divorciarse? Tanto tiempo, tanto dinero… por no hablar del escándalo. Y sin ninguna garantía de éxito. ¿Y con qué fin? ¿Para agravar todavía más nuestros pecados?

La observó y fijó la vista en su mirada turbada.

—Por nuestra libertad.

—Si su esposa está viva, entonces no puedo, en conciencia, permanecer aquí por más tiempo.

Se dio media vuelta y añadió:

—Nos marcharemos mañana.

Él extendió la mano y le sujetó el brazo.

—Hannah, por favor. Quédese conmigo. Usted sabe que Marianna nunca ha sido una verdadera esposa para mí. ¿Acaso he de estar condenado a vivir casado pero solo todos los días de mi vida? ¿Es eso lo que merezco?

—No, sir John. Este no es su castigo. Tal vez lo sea el mío, pero no el suyo. Usted merece algo mejor. Y yo esperaré y rezaré para que Marianna vea sus errores y regrese a su lado. Que sea la esposa que usted merece.

—Usted sabe que eso nunca ocurrirá —su mano, aún posada sobre el brazo de ella, temblaba—. Mire, sé que no puedo casarme con usted aquí, no ahora. Pero esto no tiene por qué ser el final para nosotros. Podemos ir a otra de mis propiedades. Vivir juntos como marido y mujer.

Sus ojos llameaban.

—¿Por qué niega con la cabeza?

Hannah respiró entrecortadamente y, con la mayor firmeza que fue capaz de reunir, dijo:

—Sir John. No puedo ser su amante. ¡No puedo! Sé que he cometido errores, pero eso no significa que no tenga dignidad y conciencia de lo que está bien y lo que no.

—Lo sé, Hannah. Y la respeto.

Ella esbozó una tenue sonrisa.

—Me temo que el tiempo que he pasado aquí me ha echado a perder.

Ya no me basta con fingir ser su esposa. Quiero un esposo de verdad.

Quiero que mi hijo crezca en una familia real.

Él asintió y su voz se volvió áspera.

—Eso es lo que deseo yo también.

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Los ojos le brillaban por las lágrimas retenidas y parpadeó para deshacerse de ellas. Aquello estuvo a punto de convertirse en la perdición de Hannah.

Antes de que su determinación flaqueara, decidió irse, pero él volvió a tomarle la mano.

—Hannah, no voy a presionarla. Pero no se vaya. Todavía no. Tiene razón, aún no sabemos si los rumores son ciertos. El caso es que, viniendo de ella, ¡me resulta tan fácil de creer! Pero ¿acaso Edgar y el doctor Parrish no fueron testigos de su ahogamiento? Ninguno de los dos deberíamos tomar decisiones basadas en un único testimonio de alguien que dice haberla visto. Y en un baile de máscaras, además. Quédese. Por favor. Al menos hasta que tengamos noticias del señor Lowden.

Ella vaciló.

—De acuerdo. Aunque no le prometo quedarme después de eso, independientemente de lo que ocurra. Y si él encuentra pruebas de que ella está viva, no tendré más opción que irme de inmediato.

Pasaron los días siguientes en una frágil tregua, viviendo como respetuosos conocidos, pero nada más. Sir John se mostró protector y afectuoso con Danny, como si supiera o temiera que cada día con su hijo pudiera ser el último.

Una semana después llegó una carta. Con el corazón acelerado, Hannah reconoció la letra y se la llevó a sir John personalmente. Sentado en su escritorio, él miró el sobre, luego la miró a ella, quizás tentado a pedirle que se fuera para leerla en privado y luego decidir si compartir o no su contenido. Ella permaneció de pie frente a la mesa, con los brazos cruzados, desafiándolo.

En lugar de decir algo, él soltó un gruñido y rompió el sello. Leyó la breve carta y luego exhaló profundamente.

—No la ha encontrado. Ni ha encontrado pruebas sólidas de su presencia en Bath ni en Londres. Regresará a Bristol y continuará allí con sus indagaciones.

Le entregó la carta y ella la leyó. ¿Era tan malo sentir alivio? El último párrafo le llamó la atención:

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Se ha visto al señor Fontaine en Londres, pero se rumorea que recientemente se ha comprometido para casarse con una tal señorita Fox-Garwood, una rica heredera. Escribiré nuevamente cuando tenga más información.

Hannah recordó lo afligido que había visto a Anthony Fontaine el día que se había presentado allí y se había enterado del ahogamiento de Marianna. Al parecer, su dolor no había durado mucho. Seguramente, si Marianna estuviera viva, no se comprometería con otra mujer. Pero, por otro lado, el matrimonio de lady Mayfield no había impedido su affaire…

—¿Ahora sí se quedará? —preguntó sir John.

Ella cerró los ojos con fuerza y respiró hondo.

—No. He permanecido demasiado tiempo aquí. Hasta que todo esto se resuelva, creo que lo mejor es que tomemos caminos separados.

Él puso una mano sobre su brazo. Hannah estuvo tentada de posar la suya sobre la de él, pero se contuvo.

—En ese caso, quédese usted… seré yo quien me vaya —dijo él con brusquedad, soltándola y levantándose con esfuerzo—. He estado pensando en regresar a Bristol de todos modos.

—¿De verdad? ¿Por qué? —preguntó sorprendida. Se preguntó si lo hacía para ayudar al señor Lowden en su búsqueda o si en realidad se marchaba para evitar que ella se fuera con su abogado.

—El doctor Parrish me ha recomendado que haga mucho ejercicio para recuperar las fuerzas. Tengo un amigo en Bristol que es dueño de un gimnasio y una academia de esgrima…

Sí, Hannah lo recordaba vívidamente.

—Le escribí y me ha respondido prometiendo que me someterá a un intenso entrenamiento —continuó—. Si he de enfrentarme a Marianna y Fontaine nuevamente… quiero estar en plenas facultades físicas cuando lo haga.

—Entiendo. —Dudó—. Aun así, no puedo quedarme. No tengo derecho. Haremos otros arreglos. Estoy segura de que la señora Turrill nos ayudará.

—Usted tiene todo el derecho, en mi opinión. Pero si debe irse, manténganos informados sobre su paradero. He dado instrucciones al señor Lowden para que envíe dinero…

—Sir John, ya le dije que no quiero nada.

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—Escúcheme. No tiene por qué emplearlo para usted misma si prefiere no aceptar nada de mí. Pero no puede negarme el derecho de hacerme cargo de mi hijo. Por favor… no me niegue eso.

Ella dudó. Su sincera súplica la había dejado sin palabras.

—Está bien.

—E insisto en que se lleve mi ejemplar de Sir Charles Grandison, dado que el suyo se perdió.

—Gracias, será un placer. ¿Cuándo tiene previsto partir?

—Mañana. Pero no hay prisa. Tómese el tiempo que necesite para recoger sus cosas y hacer los arreglos necesarios. Incluso puede quedarse si cambia de opinión. Solo prométame que informará al señor Lowden sobre cualquier cambio en su residencia para que sepa dónde enviar la asignación mensual para el mantenimiento de Daniel.

—No sé si veré al señor Lowden —dijo ella.

—Oooh… —Pronunció la exclamación con cierta burla, con un destello de sarcasmo en los ojos—. No sé por qué, creo que sí lo hará.

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Capítulo 23

Sir John, con la inestimable ayuda de Ben, preparó rápidamente una maleta con ropa y otra con sus libros y documentos. Hannah hizo una pausa en la organización de su propio equipaje y bajó a

despedirse. Se quedó cerca de la puerta, con Danny en brazos, mientras él bajaba las escaleras con cuidado, con el bastón en una mano y agarrando el pasamanos con la otra. Al verlos, él vaciló e hizo una mueca, como si la visión de ambos lo decepcionara o avergonzara. Hannah lamentó haber decidido despedirse.

Cruzó lentamente el vestíbulo, esforzándose por disimular su cojera, sin apartar los ojos de ella. Hannah contuvo el aliento. ¿Qué pretendía hacer? Su boca tensa y su mirada intensa no revelaban nada. ¿Acaso se disponía a hacerle alguna advertencia cortante o a darle un beso apasionado? Se acercó más, y luego aún más, situándose demasiado cerca como para mantener las formas o hacer una reverencia cortés. Ella pensó en retroceder un paso. Él la miró a los ojos, luego se inclinó más y más, cerca de sus labios, su cuello, su pecho. Solo entonces comprendió su intención. Sir John no le dio un beso a ella, sino a Danny. Luego, deslizándole el dedo por la piel con suma suavidad, lo limpió.

Se dio la vuelta y salió de la casa sin decir una palabra. Con un nudo en la garganta, ella se volvió hacia la ventana y lo observó caminar hacia el coche de alquiler, apoyándose con fuerza en su bastón.

Hannah volvió a su cuarto para continuar con el equipaje y, para su sorpresa, se sintió incómoda por el hecho de seguir en la casa una vez que sir John se había marchado. Tomó sus pocas pertenencias y solo aquellas cosas de Marianna que había arreglado para adaptarlas a su figura o que no

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podía dejar atrás. Terminó una hora más tarde y bajó a recoger el libro y su labor de costura del salón. Cuando llamaron a la puerta principal, se sobresaltó, invadida por un presentimiento. Un triple golpe —toc, toc, toc

— con un ritmo pausado. El corazón le respondió golpeando con fuerza contra sus costillas.

—¡Ya abro yo, señora Turril! —dijo, dejando a un lado sus cosas para dirigirse a la puerta.

Con la mano sobre el pestillo, cerró los ojos y rezó para sus adentros: «Dios mío, merezco todo lo que me pase, pero por favor, protege a mi hijo». Abrió la puerta.

Allí estaba. Marianna Spencer Mayfield. En carne y hueso, y muy viva. A simple vista, se la veía tan radiante y hermosa como siempre, vestida alegremente con una capa púrpura y un vestido de un amarillo dorado.

Marianna sonrió con picardía. —Sorpresa.

Hannah sintió como si se encontrara frente a un pelotón de fusilamiento. Tenía la garganta tan seca que apenas podía tragar.

—Ho-la.

—Vamos, Hannah. ¿No vas a fingir que no me reconoces? —Alzó una de sus cejas pintadas, mitad divertida, mitad desafiante.

—¿No quieres pasar? —preguntó Hannah con voz apagada. Se hizo a un lado para abrirle paso.

Marianna vaciló, y su sonrisa se desvaneció. —¿Está él aquí?

Hannah negó con la cabeza. —Acaba de irse.

Ella suspiró.

—Bien. Necesitaré una copa antes de enfrentarme a él.

Al parecer había dado por hecho que sir John simplemente había salido un momento y regresaría pronto y, por alguna razón, no la sacó de su error.

Marianna entró con paso decidido en el salón y se dejó caer en un sillón. Hannah se sentó en el borde de una silla cercana. Al observarla más de cerca, vio que se había aplicado una buena capa de cosméticos y se dio cuenta de que su piel carecía del brillo de antes; las líneas finas en las comisuras de los ojos parecían más profundas de lo que recordaba. Sus

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dientes estaban más opacos, manchados quizá por el té o el tabaco. Su vestido, donde se abría la capa, estaba arrugado y mostraba signos de desgaste. Los zapatos que asomaban por debajo estaban rozados. Era evidente que los últimos dos meses no habían sido fáciles para ella.

—¿Te sorprende verme? —preguntó.

Hannah superó el pavor que se había apoderado de ella y murmuró:

—Eeeh… sí.

—Y por lo visto no te alegra. ¿Ni siquiera te emociona un poquito reunirte con tu vieja amiga, que ha regresado de entre los muertos?

La señorita Rogers titubeó:

—Pero tu cuerpo… tu capa… El doctor Parrish y su hijo te vieron… —No. Vieron mi capa roja atada a un pedazo de madera y arrojada al

mar. Funcionó bastante bien, ¿no crees? Me escondí detrás de las rocas y después, al caer la noche, me dirigí hacia el norte. Muy ingenioso por mi parte, ¿verdad?

Hannah negó con la cabeza lentamente.

—Nos llegó el rumor de que te habían visto en Londres. Pero no pensamos que volverías aquí.

Volvió a enarcar una ceja.

—Creo que lo que quieres decir es que «esperabas» que no regresara.

Marianna se recostó.

—¿Podría tomar esa copa ahora?

—Oh. Por supuesto.

La antigua dama de compañía se levantó y fue hacia el decantador sobre la mesita auxiliar. Retiró el tapón y sirvió una copa de Madeira con manos temblorosas.

Mientras se encontraba de espaldas a ella, dijo:

—El señor Fontaine vino aquí buscándote, poco después del accidente.

Estaba destrozado.

—Sí. Tuvimos un reencuentro bastante apasionado, te lo aseguro. Durante unos días, una semana. Pero no pasó ni una quincena antes de que todo cambiara entre nosotros.

Hannah se volvió y le llevó la copa.

—¿Y dónde está ahora?

La dama hizo un gesto desdeñoso con la mano, luego aceptó el vaso. —Ya sabes cómo son los hombres. Una vez que pueden tener a una

mujer cuando quieran, se pierde todo el misterio. La emoción de la caza

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desaparece y, con ella, él también.

—Lamento oír eso.

—¿De veras? Sí, supongo que sí —respondió lady Mayfield antes de dar un largo trago.

—Después de que Anthony se reuniera conmigo, nos escondimos un tiempo en Gales. Temíamos que sir John o algún agente viniera a buscarnos en cualquier momento. Pero nadie vino jamás. Creo que a Anthony le gustaba la emoción y la aventura de vivir escondidos. Pero esa sensación no duró.

Bajó la vista hacia sus uñas descuidadas.

—Disfrutó mucho estando conmigo mientras estuvo prohibido. Le encantaban los momentos robados. Secretos. Pero no quería una esposa fastidiosa, día tras día, y con un hijo en camino. Resulta que tenía poco interés en convertirse en padre.

Vació la copa de un trago.

Hannah echó un vistazo al abdomen plano de Marianna y concluyó que había perdido al bebé, pero no se atrevió a preguntar.

Marianna alzó la mirada, con los ojos duros como el pedernal. —Supuse que me habrían declarado muerta. Que mi plan había

funcionado y que por eso nadie había venido a buscarme. Anthony se enojó conmigo. Creía que debería haberme quedado por si sir John no se recuperaba. Me reprochó haber renunciado a mi dote como viuda. Con ese dinero habríamos podido vivir muy bien. Le dije que no importaba: si sir John moría, simplemente diría que el mar me había arrastrado, que había perdido la memoria y recientemente había recordado quién era; entonces volvería como viuda desconsolada para reclamar lo que legítimamente me pertenece. Aunque le recordé que mi esposo había amenazado con cambiar su testamento y dejarme solo con la dote de viuda. Pero Anthony me aseguró que solo pretendía acobardarme, que era solo una maniobra más para someterme. Al final no importó, porque sir John se recuperó. Sobrevivió solo para fastidiarme, no tengo la menor duda —añadió, alzando su copa.

Hannah se levantó para rellenársela.

—Anthony y yo nos aburrimos en el campo y decidimos probar suerte en Londres —continuó—, en el gran y anónimo Londres. Claro que, para cuando llegamos, la temporada prácticamente había terminado. Por suerte, todavía quedaba alguna gente, los que no estaban enamorados de la vida

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campestre, y pudimos encontrar algo de diversión. Nos mantuvimos alejados de los mejores lugares que solía frecuentar. Encontramos alojamiento en una zona poco elegante para estar más seguros. Pero eso también perdió pronto su atractivo.

»Al final acabamos relajándonos y decidimos asistir a un baile de máscaras organizado por un conocido —continuó Marianna, recostándose aún más en el sillón—. Pensamos que allí podríamos disfrutar de toda la buena comida, el vino y la compañía que tanto extrañábamos, sin miedo a que nos reconocieran. Tardé una eternidad en arreglarme sin una doncella decente que me ayudara. Anthony perdió la paciencia y dijo que se iba a su club y que se reuniría conmigo en el baile. Nos encontraríamos como dos extraños enmascarados y coquetearíamos y nos seduciríamos como si fuera la primera vez. Así que llegué sola al baile. —Hizo una pausa, girando la copa entre los dedos—. Me divertí durante un rato, disfrutando de tan distinguida compañía. Disfracé mi presencia entre trajes encantadores y música alegre. Comencé a buscar a Anthony, esperando que en cualquier momento apareciera a mi lado, me declarara la criatura más fascinante del lugar y me rogara que bailara con él… o que tomara mi mano y me llevara a algún rincón escondido para robarme un beso… Pero no me encontró —prosiguió con un deje de amargura—. Empecé a temer que no me reconociera, porque se había marchado antes de que me pusiera la máscara. Así que, ya fuera por desesperación o aburrimiento, me volví aún más atrevida y me levanté la máscara con la esperanza de que al ver mi rostro corriera hacia mí. Sí que se acercó alguien a saludarme, pero no fue Anthony. Era un oficial rubio que me resultaba vagamente familiar, aunque no podría haber dicho de dónde lo conocía ni cómo se llamaba. Volví a ponerme la máscara de inmediato, temiendo haber sido descubierta. Temiendo que de pronto todos supieran que Marianna Mayfield seguía viva.

»En cambio —continuó—, me dijo, muy alegremente: «Pero si es lady Mayfield, o eso creo. Me sorprende verla aquí». Por un momento el pánico se apoderó de mí, pero luego recordé que estábamos en un baile de máscaras. No podía probar quién era yo solo por haber visto mi rostro un instante. Así que decidí desentenderme de él. Aun así, me sorprendió que no pareciera impactado por el hecho de que estuviera viva, sino solo por verme allí. Anthony me había dicho que no se había publicado ningún

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anuncio de mi muerte en los periódicos, pero no lo había creído hasta aquel momento.

»«No sé de quién habla, buen señor», le dije, pero su reacción me sorprendió —prosiguió—. No montó un escándalo, ni empezó a exclamar que estaba viva o a preguntarme si no sabía que todos me daban por muerta. En cambio, sonrió y dijo: «No tema, milady. No diré nada sobre su presencia aquí. Imagino que la vida en el condado de Devon tiene que ser aburrida. Un conocido mío, el señor Lowden, ha pasado tiempo allí con sir John y dice que es un lugar remoto. Muy rústico. Nada tan civilizado como esto».

»El señor Lowden… —repitió—. Aquel nombre sí lo recordaba. Era el abogado de mi esposo. Un caballero mayor que me tenía en altísima estima, te lo aseguro. Probablemente había sido llamado para revisar el testamento de John.

Hizo girar el líquido dorado en la copa.

—Como podrás imaginar, la cabeza me daba vueltas. ¿Acaso no se había enterado del accidente? ¿Cómo es que no sabía que estaba desaparecida y me daban por muerta? Me pregunté si alguien me habría visto alejarme del lugar del accidente y dije con toda naturalidad: «Ah, ¿sí? ¿No le gusta Devon al señor Lowden?».

»El hombre respondió: «No he dicho eso. De hecho, a él no le hacía ninguna gracia ir y dejar su despacho. Pero creo que quedó impresionado. Y estoy seguro de que fue por usted, lady Mayfield».

»¿Qué era aquello? ¿El señor Lowden me había visto en Devon? ¿No creían que estuviera desaparecida o muerta, sino viva y residiendo en el oeste del país? Estaba muy desconcertada, te lo puedo asegurar. Intenté tomarlo a la ligera y averiguar qué había ocurrido para que se produjera un malentendido como aquel. Le dije: «Vamos, debe contarme qué dijo el señor Lowden sobre mí. Me temo que no fui… muy… amable con él».

»El oficial se echó a reír y respondió: «Lowden admitió que usted no era lo que esperaba. Pero no dijo nada malo, se lo aseguro. De hecho, afirmó que era reservada, pero encantadora, y que tenía un niñito de lo más adorable».

Marianna abrió mucho los ojos.

—Imagínate mi sorpresa. No solo no estaba muerta ni desaparecida, sino que era encantadora y tenía un niño adorable en el condado de Devon.

Miró a Hannah de arriba abajo.

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—No pensé en ti… no al principio. ¿Cómo iba mi compañera más leal a ser cómplice de semejante engaño? Aun así, le pregunté cómo se encontraba mi dama de compañía. Me miró extrañado y respondió: «¿Está bromeando? ¿O quizás oí mal? Estoy seguro de que Lowden mencionó que su dama de compañía se ahogó en el accidente».

Marianna alzó el dedo índice.

—Ay…, entonces lo entendí. No era yo quien estaba desaparecida y dada por muerta. Eras tú. —Chasqueó la lengua—. Debo decir que me tienes impresionada, Hannah. Vaya farsa representaste en mi ausencia. Veo que tus años a mi lado sí te enseñaron algo después de todo.

Hannah frunció el ceño.

—No planeé esto. El médico local que nos encontró dio por hecho que yo era la esposa de sir John, ya que solo os esperaba a vosotros dos.

—Y permitiste que siguiera pensándolo. Vaya, vaya… Qué ascenso. De simple dama de compañía a señora en un solo día. Como conspiradora eres de lo más astuta. Jamás lo hubiera dicho.

—¿Yo, una conspiradora? Fuiste tú la que fingió que se había ahogado.

Porque querías dejar a sir John para siempre. O al menos eso pensábamos.

—Tú lo has dicho. Pensabais. Siento decepcionaros, mi querida y leal amiga.

La señorita Rogers se estremeció por el tono cortante de la dama.

—No hice nada contra ti. Pensábamos que estabas muerta.

—Oh, por favor. —Marianna hizo un gesto despectivo con la mano—.

No te hagas la inocente. Me viste. Abriste los ojos y me viste.

—¿Qué?

—No finjas que no lo recuerdas. Antes de que el agua me arrastrara fuera de la carreta, puse el dedo sobre tus labios para callarte, y luego te puse mi anillo en la mano.

Hannah la miró fijamente.

—No —comenzó a decir—. Eso no es lo que recuerdo…

Sin embargo, un sueño fugaz y recurrente le invadía la mente. Lady Mayfield sonriendo con timidez en medio de aquel espantoso desastre. Colocándole su anillo en la mano…

Balbuceó:

—Creía que era un sueño… que intentaba evitar que la marea te arrastrara fuera del carruaje. Te agarré la mano… fue así como tu anillo terminó en la mía.

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—¿De verdad? —Marianna negó con la cabeza, mirándola con escepticismo—. No lo creo.

—¿Pero por qué razón me lo habrías dado?

—No quería llevar ninguna joya que pudiera identificarme. Y sí, pensé que sería una forma de recompensarte por guardar silencio si sobrevivías. No sabía si lo harías. Tenías un aspecto espantoso y la cabeza te sangraba mucho. Y si morías, tal vez tu cuerpo sería identificado como el mío. Eso me habría permitido disponer de algo de tiempo antes de que empezaran a buscarme. Por supuesto, nadie lo hizo, lo cual me pareció, de algún modo, insultante. Ahora sé por qué.

Bebió un largo trago.

Más tarde, Anthony se enfureció cuando se enteró de que había dejado el anillo. Puso un anuncio en el periódico para que quedara constancia de su pérdida o de su sustracción, con la esperanza de solicitar el dinero del seguro. Yo, por supuesto, no podía presentar tal reclamación. Pero la compañía de seguros echó un vistazo a las deudas de Anthony y desestimó su demanda.

Hannah se obligó a sí misma a mantener la calma.

—No lo entiendo. Te habías librado de tu esposo y de tu matrimonio, como me habías dicho tantas veces que deseabas. ¿Por qué volver ahora? ¿Qué es lo que quieres?

Marianna esbozó una sonrisa burlona. —¿Qué va a ser sino ver a mi querido esposo? A Hannah se le hizo un nudo en el estómago. —Lamento decepcionarte, pero…

Lady Mayfield se inclinó hacia adelante con gesto intrigante y frunció la nariz.

—Pero lo cierto es que preferiría no hacerlo. Me imagino que es más probable que me estrangule a que me reciba con los brazos abiertos.

Si no quería ver a sir John, ¿entonces qué quería? ¿Dinero?

Tendría que actuar con cautela.

Sentía una necesidad imperiosa de decirle la verdad, y acabó haciéndolo, pese a no estar muy convencida de que fuera lo más prudente ni sabía cuáles serían las consecuencias.

—Sir John te habría permitido regresar. Te habría perdonado y habría criado a tu hijo como suyo.

Marianna hizo una mueca de disgusto.

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—Perdí al bebé. ¿Estás diciendo que fue culpa mía? ¿Que si me hubiera quedado no lo habría perdido?

Hannah se quedó desconcertada.

—No. No estoy diciendo eso. Lo siento. Solo digo que sir John habría permanecido a tu lado, pasara lo que pasara.

La dama la observó con los ojos entrecerrados.

—Vaya, lo tienes en mucha estima. Casi como si te hubieras enamorado de él.

La señorita Rogers no respondió.

Lady Mayfield miró alrededor de la habitación y preguntó:

—¿Y dónde está ese supuesto hijo mío? Supongo que es tuyo. ¿Nos dejaste para tener un hijo en secreto? ¿Es eso? Recuerdo que pensé que estabas engordando, pero fui demasiado educada para mencionarlo. Espero que el padre no sea el señor Ward.

Hannah se estremeció.

—Vi cómo ese hombre odioso te miraba. ¡Oh, ya sé! Ese joven que vi persiguiéndote el día que nos fuimos de Bath. —Negó con la cabeza, chasqueando la lengua—. Y yo que pensaba que eras tan inocente. Juzgándome a mí y al señor Fontaine…

—Nunca dije una palabra sobre vosotros. Nunca…

—Oh, pero tu rostro sí lo decía. Como una pálida Madonna en una sombría pintura al óleo… Esa cara de mártir que sufre en silencio. Qué hipócrita eres.

Marianna se recostó en el sillón, apoyando una mano en cada brazo, como una reina en su trono.

—Y aquí estás —dijo—, intentando hacer pasar a tu hijo bastardo por hijo de sir John y heredero legítimo. Es increíble. ¿John ha perdido la cabeza? ¿Sigue sin darse cuenta de que te has salido con la tuya todo este tiempo?

La señorita Rogers se enfureció.

—¿Y a ti qué te importa? ¿Acaso piensas volver para ser su esposa?

—Sí. Al menos sobre el papel.

Hannah se puso de pie.

—Si hablas en serio, entonces has venido al lugar equivocado. Sir John ha regresado a Bristol. Y yo pienso abandonar esta casa hoy mismo.

Marianna negó lentamente con la cabeza, con un extraño destello en sus ojos castaños.

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—Oh, no, querida Hannah. No te vas a escapar tan fácilmente. Quiero ver con mis propios ojos cómo le confiesas todo esto a tus vecinos, a los sirvientes y al señor Lowden. Quiero ver cómo te retuerces de incomodidad, y luego quiero verte pagar por todo. Supongo que aquí tienen jueces de paz, ¿verdad?

La señora Turrill entró apresurada, secándose las manos en el delantal.

—Aquí estoy. Perdone el retraso.

Miró a la visitante con cautela antes de volver a fijarse en Hannah. —¿Puedo ofrecerles un refrigerio, milady?

La señorita Rogers sintió que aquella palabra la atravesaba como una flecha y, por un momento, se preguntó cómo se sentiría Marianna al oír que el ama de llaves la llamaba por su título.

Vaciló antes de responder, pero lady Mayfield no se mostró ofendida. Una sonrisa felina curvó sus labios mientras deslizaba la mirada de Hannah a la señora Turrill.

—Oh, sí. ¡Qué amable por su parte, señora…! El ama de llaves miró fijamente a Hannah. —Turrill.

—Señora Turrill. Hannah, querida amiga —dijo entonces Marianna—, ¿no va a presentarme?

La señorita Rogers sintió náuseas, pero obedeció, levantando una mano sin fuerzas hacia la recién llegada.

—Señora Turrill, ella es lady Mayfield. La esposa de sir John. Hannah se atrevió a observar a la mujer, que miraba de hito en hito,

con los ojos como platos y la boca abierta. Confusa, clavó la vista en Hannah, que asintió con la cabeza con una mueca de disculpa.

Durante un momento, nadie se movió ni habló. Solo se oía el reloj de péndulo, tic, tac, tic, tac.

Finalmente, la verdadera de lady Mayfield rompió el silencio. —¿El refrigerio, señora Turrill? —Oh. Claro.

El ama de llaves se volvió, pero en aquel momento alguien llamó a la puerta lateral. El conocido doble golpe del médico. A Hannah se le encogió el corazón. ¡Su querido doctor Parrish! Cuánto detestaba tener que hacerle aquello. Pero ya no había manera de evitarlo. Quizás nunca la había habido.

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—¿Quiere que lo haga pasar? —preguntó el ama de llaves, dirigiéndose a la señorita Rogers.

—Sí —suspiró ella, resignada—. Ya no tiene sentido ocultar nada.

Marianna se volvió hacia ella, con las cejas alzadas.

—¿Quién es?

—Nuestro vecino, el doctor Parrish.

Lady Mayfield se animó aún más.

—Sí, por supuesto, invítelo a pasar. La fiesta apenas acaba de comenzar.

«O el funeral», pensó Hannah con amargura.

Se sentó rígida y oyó los botines de la señora Turrill repiqueteando sobre el suelo pulido. Oyó cómo se abría el pestillo de la puerta y luego, horrorizada, la voz de la señora Parrish, además de la del doctor. «Oh, no… Ella no. No ahora».

Una nerviosa señora Turrill condujo a los recién llegados al salón. La pareja parecía desconcertada, y Hannah se preguntó qué les habría susurrado el ama de llaves, si es que les había contado algo.

Fuera como fuese, por el momento solo mostraban curiosidad.

Lo peor aún estaba por llegar. Tendría que darles la noticia ella misma. La siguiente hora transcurrió en una especie de bruma de dolor y aturdimiento: rostros anteriormente compasivos se volvieron duros como piedras, las miradas se helaron, los gestos de sorpresa y decepción reemplazaron a las sonrisas que con tanto cariño recordaba la señorita Rogers. Cómo no, la señora Parrish fue la primera en arremeter contra ella. ¿Acaso no lo había dicho desde el principio, que había algo sospechoso en aquella supuesta «lady»? Envió a Ben a buscar a Edgar, cuando llegó disfrutó enormemente al darle la noticia, y luego mandó al joven — aturdido y con expresión reprobatoria— a avisar al juez de paz de que

entre ellos había una impostora.

Pero lo peor fue el doctor Parrish. Quedó tan atónito que fue incapaz de articular palabra, encorvado por el dolor como si un amigo del alma le hubiese asestado un golpe mortal. Ante una prueba tan evidente de su traición, Hannah ni siquiera intentó defenderse.

Edgar regresó y anunció que en aquel momento el juez de paz, lord Shirwell, estaba ocupado con invitados en su casa, pero que escucharía su caso en su despacho dos días después.

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«Ojalá sir John no se hubiera marchado», pensó la señorita Rogers. «Ojalá, incluso, el señor Lowden estuviese aquí». Pero tendría que afrontar la situación ella sola. Bueno, no del todo: la señora Turrill no la había abandonado. ¿Y Dios? ¿La habría abandonado Él?

La señora Parrish tomó el mando, adulando a Marianna con modales zalameros, invitándola a quedarse en la Casona con ellos y preguntando si no deberían encerrar a la impostora en su habitación para evitar que sintiera la tentación de huir.

Marianna rechazó la oferta con una encantadora muestra de gratitud, insistiendo en que deseaba quedarse, por fin, en su «propio hogar». Sería suficiente con un criado haciendo guardia fuera de la casa. Después de todo, ella y la señora Turrill estarían allí para asegurarse de que la señorita Rogers no se escapara.

Hannah permaneció sentada, sin poder creer lo que ocurría. Todo le parecía otro de aquellos sueños turbios de los que no podía despertar. El peso frío de la realidad la aplastaba. Esa vez estaba segura de que se hundiría sin remedio.

Finalmente se acordaron los preparativos, se apostó la vigilancia y se hicieron planes para partir temprano hacia el despacho del juez de paz en dos días. La señora Parrish acompañó a su esposo, silencioso y desconcertado, de regreso a casa.

Hannah subió las escaleras aturdida y caminó como en trance hasta el cuarto infantil. Becky, que evidentemente había oído parte de la conversación, estaba acurrucada en un rincón, cerca de la cuna.

Daniel permanecía en la cuna, despierto, balbuciendo mientras se chupaba un puñito babeado. Su madre lo levantó y lo abrazó con fuerza, acariciando su pequeña cabecita de vello suave y sintiendo cómo, al fin, las lágrimas que había contenido le inundaban los ojos y le rodaban por las mejillas.

Notó la mano cálida de la señora Turrill sobre su brazo.

—¿Qué harás, querida? ¿Qué vas a decir?

—No lo sé. ¿Qué podría decir? Quizás debería tomar a Danny e irme.

Esta misma noche.

—Si huyes, todos asumirán que eres culpable.

—Lo soy.

—No de todo lo que ella te acusa. Ni de la mitad.

Becky, alarmada, preguntó:

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—¿Qué pasa, señorita Han… eeeh… milady? ¿Qué ocurre?

—No pasa nada, Becky. Ahora ya puedes llamarme Hannah. Todos lo saben. Nuestro secreto ha terminado.

—¿Estamos en un aprieto? —preguntó la niñera.

—Yo sí, pero tú no estás en ningún aprieto. O eso espero. Ojalá tú no salgas perjudicada de esto. Tendré que encontrar la manera de asegurarme de que así sea.

—¿Y qué pasará con Danny? —preguntó la muchacha.

La madre cerró los ojos con fuerza. ¿Qué sería de Danny? No sabía qué la asustaba más, que la separaran de su hijo o que Marianna intentara quedárselo.

—¿Lo escondo? —preguntó la niñera, con los ojos desorbitados—. He visto a Ben en la entrada, pero no me detendría. Le gusto, lo sé. Podría criar a Danny como si fuera mío si te llevan.

—¡Becky! —la reprendió la señora Turrill—. No digas semejante cosa. —Suavizó el tono—. Sé que lo dices con cariño, querida, pero la señorita Hannah es la madre de Danny y siempre lo será.

La señorita Rogers se volvió hacia el ama de llaves. —Pero ¿qué pasa si me mandan a prisión? ¿O… algo peor? —Seguramente no llegaremos a eso —respondió, posando una mano

tierna sobre su brazo—. Si ocurriera lo peor, yo cuidaré del niño. Y sin duda Becky me ayudará. No tienes que temer por su futuro.

Hannah asintió, recordando de pronto el fideicomiso que sir John le había ofrecido.

—Pase lo que pase conmigo, prométame que le dirá a sir John dónde está Danny, ¿de acuerdo? Él os ayudará.

—Por supuesto que lo haré.

Poco después, Marianna llamó a su antigua dama de compañía para que bajara al dormitorio que había ocupado durante todas aquellas semanas. Dentro, la maleta de Hannah y un segundo estuche permanecían abiertos, casi listos para sacarlos de allí. Mientras observaba desde el umbral, lady Mayfield insistió en que la criada lo vaciara todo nuevamente. Quería asegurarse de que no se llevara nada que no le perteneciera.

Hannah se estremeció. No había guardado muchas cosas de Marianna, y ninguna de las más elegantes, pero sí había tomado ropa interior de repuesto, una camisa de dormir, una chaqueta y algunos vestidos sencillos.

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Lady Mayfield sacó del montón uno de sus vestidos y la camisa de dormir con la cinta rosa.

—Estos dos son míos.

La criada la miró boquiabierta.

—¿No le va a dejar ningún camisón, milady? ¿Y ni tan siquiera un vestido de repuesto?

Hannah admiró el valor de la muchacha, aunque temió por su puesto de trabajo.

—Mis cosas se perdieron —alegó, esperando defender tanto a la doncella como sus propias acciones.

La dama vaciló, luego arrojó de nuevo el vestido y la camisa de dormir dentro de la maleta.

—Oh, está bien —espetó—. Si los ha usado ella, no los quiero. —Le relampagueaban los ojos—. A diferencia de ciertas personas, no tengo ningún interés en utilizar la ropa de otra mujer. Ni su nombre.

En ese momento extendió la mano.

—Pero sí quiero que me devuelvas mi anillo.

—No pensaba llevármelo —aseguró, señalando al otro lado de la habitación—. Está ahí, sobre el tocador, junto con el ojo de tu amado.

Marianna se volvió, tomó el pequeño broche y se lo prendió rápidamente al vestido.

—La pintura no es del ojo de John, ¿sabes? Es de Anthony. A pesar de sus vaivenes, estamos hechos el uno para el otro. Lo recordará pronto y volverá a buscarme. Siempre lo hace.

Intentó deslizar el anillo en su dedo, pero se le atascó en el nudillo. Ya no le entraba con la facilidad de antes. Nada era como antes, pensó Hannah.

Logró ponerse la sortija por fin. Su rápida mirada de triunfo se desvaneció en un gesto ceñudo.

—Ahora no podré quitármelo nunca más…

La señorita Rogers se dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a la mujer forcejeando con el anillo.

Con la maleta en una mano y la bolsa con las cosas de Danny bajo el brazo, subió trabajosamente las escaleras hasta una pequeña habitación junto al cuarto del niño, dejando que Marianna tomara posesión del espacioso y elegante dormitorio.

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A la mañana siguiente, la señora Turrill le llevó el desayuno a Hannah a la habitación de invitados y la ayudó a vestirse. Luego se apresuró a atender a Marianna mientras Kitty y Ben acarreaban varios cubos de agua caliente para el baño.

Hannah estiró la colcha de la estrecha cama y estaba a punto de ir al cuarto del niño cuando el doctor Parrish llamó a la jamba de la puerta, con la cabeza gacha.

—Solo he venido a quitarle las vendas.

—¡Oh! Gracias.

Discretamente, él entró en la habitación y dejó su maletín sobre la cómoda, sin mirarla.

Mientras cortaba las rígidas vendas mantenía la distancia, acercándose solo lo necesario para realizar la tarea con rapidez, evitando el cruce de miradas. Su sincera amabilidad, sus ojos cálidos y sus charlas largas y entusiastas se habían esfumado.

Al verlo así, a Hannah se le encogió el corazón.

—Lo siento, doctor Parrish —susurró—. De veras.

Sus manos vacilaron solo un instante, luego recogió las vendas usadas y su maletín y se dio la vuelta sin decir una palabra.

Una vez en el umbral se detuvo, de espaldas a ella, y murmuró:

—Yo también.

Hannah pasó la mayor parte del día en el cuarto infantil con Becky y Danny, tratando de evitar a Marianna. La señora Turrill tuvo la amabilidad de subirles también la cena en bandejas.

Aquella noche —la anterior a su cita con el juez—, la señorita Rogers se arrodilló junto a la pequeña cama, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados en oración. Detrás de ella, la puerta chirrió al abrirse. Sobresaltada, volvió la cabeza.

Marianna estaba allí, en el umbral, con una sonrisa burlona.

—Mira, la pecadora arrepentida en la víspera de su ruina. Suplicándole a Dios que la salve. Tienes mucho que expiar, ¿no es cierto? Has tenido un hijo fuera del matrimonio, has suplantado a la esposa de otro hombre, has mentido, robado, cometido fraude… has intentado que tu hijo pasara por heredero de sir John. Y eso es solo lo que yo sé. ¿También te acostaste con

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el señor Lowden? ¿O con el doctor Parrish? ¿Para ganártelos para tu causa?

—¡No! —exclamó, mirándola fijamente y sintiendo que una soga le oprimía el cuello, pese a que la audiencia ni siquiera había comenzado.

Lady Mayfield se cruzó de brazos.

—Ya veo lo que estás pensando. Piensas que es hipócrita por mi parte señalar a alguien. Pero yo no soy culpable ni de la mitad de cosas que tú.

Hannah parpadeó, atónita al darse cuenta de que tenía razón. ¿Cómo había permitido que sucediera? ¿Cómo era posible que ella fuera culpable de más faltas que la infame Marianna Mayfield?

La dama sacudió la cabeza, con un brillo de aparente diversión en los ojos.

—¿De verdad crees que Dios te perdonará después de todo lo que has hecho?

Vaciló.

—Yo… Confío en ello. No espero que los Parrish me perdonen, pero sí que Dios lo haga. ¿Acaso no perdonó, después de todo, a un hombre que no solo cometió adulterio, sino que también planeó la muerte del esposo de la mujer para poder casarse con ella?

Los ojos de Marianna se entrecerraron.

—¿Quién te dijo eso? El señor Fontaine no intentó matar a sir John.

Hannah la miró boquiabierta.

—¿Por qué asumes que hablaba del señor Fontaine?

Lady Mayfield apartó la mirada. Por fin se la veía visiblemente incómoda.

La señorita Rogers volvió a pensar en la imprudente carta que Fontaine había escrito. ¿Eran reales sus amenazas?

—Me refería al rey David —matizó—, no al señor Fontaine.

—Claro que sí, lo sabía —respondió la dama, dándose la vuelta para irse. Luego la miró por encima del hombro, con gesto desafiante—. Vuelve a tus oraciones. Por inútiles que sean.

Hannah intentó sostenerle la mirada, pero la vergüenza y la culpa la obligaron a bajar los ojos al suelo. Con la cabeza gacha, solo fue capaz de permanecer de rodillas, mientras oía los pasos de su inculpadora alejándose.

Unos instantes después, sintió una mano en el hombro. Se sobresaltó, pero luego se relajó al oír la voz reconfortante de la señora Turrill.

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—Arriba, muchacha.

Tenía las piernas entumecidas de estar tanto tiempo arrodillada, pero el ama de llaves la ayudó a levantarse y la condujo hacia la cama.

—Siéntate.

Obedeció. Con la cabeza aún agachada, solo veía las faldas de su acompañante y las puntas de sus botas mientras la mujer se paraba frente a ella.

—Ahora mírame.

Le levantó el mentón con delicadeza.

—He oído lo que esa mujer te ha dicho, pero se equivoca —comenzó la señora Turrill—. Dios te perdonará. Es cierto que algunas personas quizás no lo hagan. Y conociéndote, muchacha, lucharás por perdonarte a ti misma. Pero Dios sí lo hará. Ya lo ha hecho si se lo has pedido por amor a Jesús. Todos hemos errado de una manera u otra. Tus errores son enormes, lo reconozco, pero nada es demasiado grande para Dios. Por muy profundo que sea el pozo que cavemos, él ya está tendiéndote la mano, dispuesto a sacarte.

Miró a la mujer con los ojos empañados por las lágrimas.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque nos lo dijo él. En las Escrituras. Tú misma has mencionado al rey David, ¿no es así? Y mira los muchos errores que cometió. Incluso más grandes que los tuyos, diría yo. Pero Dios lo llama «un hombre conforme a mi corazón».

Hannah asintió y luego susurró:

—Pero también permitió que el hijo de David muriera como consecuencia de sus actos.

El ama de llaves asintió con seriedad.

—Sí, querida. Dios no promete eliminar las consecuencias de nuestros pecados, al menos no en esta vida.

Un escalofrío de temor recorrió a Hannah al pensarlo. Apretó la mano de la señora Turrill y fue a buscar a su hijo.

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Capítulo 24

James Lowden se sentía decepcionado por no haber podido encontrar pruebas irrefutables de que Marianna Spencer Mayfield seguía con vida. Sin embargo, con el recorte de periódico, el informe de su amigo y los persistentes rumores que pesaban sobre su cliente, no podía descartar la posibilidad —ni la corazonada— de que estuviera viva. Tampoco podía olvidar la segunda parte de su misión. Empezar a reunir pruebas para un divorcio… Detestaba todo lo relacionado con aquella

tarea.

Para comenzar se había dirigido a Londres. Allí había oído el rumor de que Fontaine se había comprometido con una heredera, pero obtuvo pocas pruebas sobre él y Marianna. Se presentó en la última residencia conocida del hombre en la capital y el casero le informó de que el señor había dejado sus habitaciones y regresado a su hogar en Bristol, de manera que James envió un breve informe a sir John y regresó a esa ciudad para continuar sus investigaciones.

Comenzó visitando a sus amigos y vecinos. Aunque se propagaban chismes y habladurías, encontró pocas pruebas sólidas, y nadie, aparte de su amigo, estaba dispuesto a testificar que había visto a lady Mayfield con vida o junto a Fontaine en una situación comprometedora.

Lowden se sentía tan frustrado como aliviado.

Recibió una nota en su oficina de parte de sir John, instándolo a continuar con la búsqueda y haciéndole saber que había regresado a Bristol solo, lo que consoló a James.

El juez de paz del pueblo, lord Shirwell, había accedido a concederles una audiencia después de que sus invitados se marcharan, aunque aún faltaban

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varias semanas para la fecha en que estaba prevista la siguiente sesión del tribunal penal. El día señalado, la señora Turrill se llevó a Danny y a Becky a su casa, una cabaña que compartía con su hermana. Había pensado que Hannah debería llevarse a Daniel con ella, para mostrar al precioso niño que había motivado el origen del engaño. ¿Qué mejor justificación podría haber?

—El bebé despertará simpatía por tu causa, querida —le había dicho. Sin embargo, Hannah tenía miedo de que le quitaran a Danny, que se

lo arrebatasen allí mismo, durante la audiencia, y lo enviaran a un orfanato para no volver a verlo jamás; se negó a correr ese riesgo.

Iba en la parte trasera del carro del doctor, conducido por Edgar Parrish. Los padres del joven y lady Mayfield compartían un carruaje ligero detrás. Probablemente para asegurarse de que ella no se bajara y huyera. ¡Como si fuera a irse a algún sitio sin su hijo! Temblaba, y no solo por el aire húmedo de la mañana que le atravesaba el chal. «Dios, por favor, protege a Danny».

La finca de lord Shirwell se extendía alrededor de la parte trasera de la mansión, donde mozos de cuadra y palafreneros salieron apresuradamente para ayudar con los caballos. A Hannah la condujeron hasta una impresionante biblioteca, que el juez utilizaba como despacho para atender los asuntos de la parroquia y desempeñar sus funciones como juez de paz.

Al entrar vio a lord Shirwell sentado tras un amplio escritorio de caoba. Un secretario delgado y con gafas ocupaba cerca una mesa más pequeña. Frente al escritorio, en una posición destacada, habían dispuesto dos sillas. En una se sentaría Hannah, la acusada. En la otra, lady Mayfield, su principal acusadora. A lo largo de la pared lateral había más asientos para aquellos que esperaban poder testificar. Sentada junto a su contrincante, la señorita Rogers recordó una vez más a aquellas dos mujeres que habían visto en el cepo del pueblo. Un escalofrío premonitorio la recorrió de arriba abajo.

Lord Shirwell era un hombre corpulento de unos cincuenta años, con una incipiente calvicie. Supuso que en su juventud debió de ser atractivo, aunque había perdido esa cualidad. Su mirada recorrió la sala.

—¿Y dónde está sir John Mayfield? Debería estar presente en esta audiencia y dar testimonio.

Lady Mayfield intervino:

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—Se le ha enviado un mensaje, su señoría, pero no sabemos cuánto tardará en responder mi esposo. Verá, es un inválido y no puede recorrer fácilmente una distancia tan larga.

¿Lo habrían avisado realmente?, se preguntó Hannah. ¿Y quién lo había hecho? ¿Le habría llegado el correo en tan poco tiempo? Lo dudaba.

Lord Shirwell frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué tanta prisa en celebrar esta audiencia?

—Pues verá, señoría… —Marianna parpadeó con gesto inocente, llevándose una mano al prominente pecho. Llevaba puesto uno de los vestidos que durante un tiempo habían sido de Hannah, pero que había recuperado y ajustado a su talla—. Solo queremos que se haga justicia. Tememos que, si hay demora, la culpable muy bien podría darse a la fuga antes de la audiencia.

—La acusada, milady. Aún no ha sido declarada culpable.

—Por supuesto, su señoría. Perdóneme, me he expresado mal — replicó, obsequiándole con una de sus sonrisas encantadoras. El juez dejó ver un gesto de aprecio en los ojos. Hannah supo que aquello no era una buena señal para ella.

El hombre carraspeó.

—Para que todos los presentes estén al tanto, permítanme resumir lo que ocurrirá aquí hoy. Esto no es un juicio como tal. Les oiré y haré una evaluación de las pruebas presentadas contra esta persona. Si considero que hay caso y que exige respuesta, determinaré si existen evidencias suficientes para enviar a la acusada a prisión a la espera de juicio y procesamiento en la próxima sesión del tribunal.

«Prisión»… La señorita Rogers se estremeció.

El juez se volvió hacia Marianna.

—Quizá, lady Mayfield, como persona que presenta estos cargos, podría comenzar usted.

La aludida inclinó su bonita cabeza en señal de reconocimiento. —Muy bien, su señoría —dijo, tomando una profunda inspiración que

hizo que su busto se desbordara del escote del vestido.

Hannah sospechó que había sido deliberado.

—Como bien sabe su señoría, mi esposo, sir John Mayfield, y yo teníamos la intención de mudarnos a este encantador condado hace unos meses. Él posee una casa cerca de los mejores vecinos que alguien podría

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desear: los Parrish —dijo, sonriendo al doctor y a su esposa. Ella le devolvió la sonrisa, pero él la miró fijamente, sin expresar nada.

Marianna continuó:

—Una vez hechos los arreglos, sir John regresó a Bath para recogerme. Nuestros sirvientes no deseaban trasladarse y nos entusiasmaba la idea de contratar personas locales con experiencia en cuanto llegáramos.

«Mentira», pensó Hannah. Marianna se había disgustado mucho por no poder llevarse consigo a sus propios sirvientes. Pero intuyó que señalar ese hecho no ayudaría en nada a su caso.

—Pero justo cuando nos preparábamos para salir de Bath, esta persona, la señorita Hannah Rogers, volvió a presentarse en nuestra puerta —prosiguió la acusadora—. Había dejado de trabajar para nosotros unos cinco o seis meses antes, sin previo aviso ni explicación. Por supuesto, ahora sabemos que se fue cuando su estado comenzó a notarse… pues se marchó para tener un hijo en secreto.

Bajó la voz y logró parecer debidamente escandalizada.

—Y sin estar casada.

»Pero me estoy adelantando —dijo, sacando un pañuelo de su bolso antes de continuar—. No mencionó en absoluto que tuviera un hijo. Cuando la señorita Rogers vino a mí diciendo que necesitaba un empleo, consulté con mi esposo y ambos estuvimos de acuerdo. Aunque no era lo que preferíamos, no podíamos, por caridad cristiana, darle la espalda a una antigua empleada necesitada.

Hannah apretó con fuerza el brazo de su silla. «Más mentiras».

—Así que la señorita Rogers viajó con nosotros en nuestro carruaje desde Somerset hasta Devon, sin su bebé. De haber sabido que estaba abandonando a su hijo, nunca habríamos accedido a llevarla con nosotros.

La indignación atravesó a la acusada como un rayo.

—¡Yo no lo estaba abandonando…!

—Silencio, señorita Rogers —ordenó lord Shirwell—. Tendrá ocasión de hablar a su debido tiempo.

Volvió su mirada hacia Marianna.

—Continúe, milady.

—Gracias, su señoría. —Esbozó una sonrisa tenue—. Ahora bien, seguramente ha oído hablar del terrible accidente que sufrimos, cuando nuestro carruaje se salió del camino y cayó por un acantilado, quedando

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parcialmente sumergido en el mar. Y de la lamentable pérdida del joven cochero. Una pérdida de la que no supe sino hasta hace poco y que aún me duele profundamente recordarla…

Se enjugó los ojos secos con su pañuelo de encaje.

A Hannah le sorprendió que Marianna no hubiese intentado culparla también del accidente y de la muerte del pobre muchacho.

—No sé exactamente qué ocurrió inmediatamente después del accidente —continuó lady Mayfield—, pues creo que perdí el sentido. Me parece recordar que la señorita Rogers me quitó el anillo del dedo, pero ella dice que me agarró la mano cuando la marea me arrastraba a través de un agujero en el carruaje y que, de algún modo, el anillo se le quedó en la mano. Por supuesto, ella también afirma haber perdido el sentido tras el accidente, así que, ¿quién puede decir cómo terminó mi valioso anillo en su poder? Creo que floté sobre un pedazo de los restos, tal vez parte del carruaje roto. Cuando desperté estaba a gran distancia del lugar y bastante desorientada. Debí de recibir un golpe casi mortal en la cabeza, pues no podía recordar ni mi nombre, ni cómo había acabado flotando en el canal de Bristol. Afortunadamente, Dios me envió a sus ángeles en forma de pescadores, que me subieron a su bote y me reanimaron. Me llevaron al siguiente puerto, en Gales, y me dejaron con una amable posadera. Me quedé con ella durante algún tiempo, sin tener la menor idea de quién era. Con el tiempo, la buena mujer se dio cuenta —por mi vestido, aunque andrajoso, y por mi forma de hablar y comportarme— de que era una persona educada y de buena cuna. Me sugirió que viajara a Londres, por si alguien allí pudiera reconocerme y ayudarme a descubrir mi verdadera identidad. Fue aterrador viajar en diligencia, completamente sola, sin saber adónde iba ni qué podría encontrar al llegar…

Hannah notó que todos estaban pendientes de sus palabras. Qué gran cuentista gótica había resultado ser. ¿Lo habría ensayado, o se lo estaba inventando sobre la marcha?

—En Londres comencé a tener destellos de memoria —prosiguió—. Entonces me topé con un hombre que resultó ser amigo del abogado de sir John, y me reconoció. No pueden imaginar lo que supuso oír mi propio nombre y que todo volviera a mi mente. Recordar a mi querido esposo y la vida que habíamos planeado juntos aquí, en el condado de Devon. Tan pronto como me fue posible, hice planes para regresar con él.

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Hannah se maravilló, con creciente temor, de que hubiera logrado incorporar a su relato el hecho de que la hubieran visto en Londres.

—Imaginen mi desolación al llegar a Clifton House, con la esperanza de reunirme con mi querido esposo, y que el ama de llaves me informase de que sir John había partido hacia Bristol, pero que, si lo deseaba, podía ver a «lady Mayfield». Y entonces entró Hannah en mi salón, tan cómoda y engreída como cualquier duquesa o actriz de Drury Lane. Incluso vestía uno de mis vestidos, modificado para que le viniera bien. Mi antigua dama de compañía haciéndose pasar por mí y actuando como la dueña de la casa y esposa de sir John. Imaginen mi conmoción.

Lord Shirwell sacudió la cabeza con gesto severo, sin apartar la vista de lady Mayfield.

—Entiendo que, al principio —continuó ella—, el doctor Parrish simplemente asumió que Hannah era lady Mayfield, cuando encontró a sir John y a ella solos en el carruaje destrozado. ¿Cómo podía saber él que yo había sido arrastrada mar adentro? Un error natural. Pero más tarde, cuando esta mujer recobró el sentido, ¿lo corrigió? ¿Admitió que solo era la pobre señorita Rogers, la dama de compañía? No. Permitió que continuaran creyendo que era la esposa de sir John.

De nuevo se secó los ojos secos con el pañuelo.

—El pobre sir John aún estaba inconsciente y no podía deshacer el malentendido. No sé cómo planeaba salirse con la suya. Quizá pensaba que si mi esposo moría y yo estaba muerta, como se suponía, podría heredar una gran suma de dinero, o al menos mi dote de viudedad. No solo permitió que el personal y los buenos vecinos, de buen corazón y confiados, creyeran que era yo, sino que, para colmo de su engaño, regresó a Bath, recogió a su hijo ilegítimo y lo trajo de vuelta consigo, junto con su niñera. Permitió que todos creyeran que era el hijo de sir John y lady Mayfield. Nada más y nada menos que su heredero. Qué audacia. Qué astucia. No sé por qué mi esposo no la desenmascaró al despertar. Solo puedo suponer que la lesión en la cabeza le afectó a la memoria o a sus facultades mentales. Ella debió de aprovecharse de su mente debilitada.

Hannah, recordando la advertencia del juez, se mordió la lengua. —Cuando me enfrenté a la señorita Rogers —continuó Marianna—,

ella se limitó a decir que se iría. Seguramente con la esperanza de evitar cargos, y quién sabe cuánto de mi dinero o posesiones de mi esposo

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pensaba llevarse. Por eso sentí que era mi deber abordar este asunto de inmediato, incluso en ausencia de mi esposo.

—Es más que comprensible, milady. Y muy sensato —admitió lord Shirwell—. Ahora, si ya ha dicho todo lo que desea, me gustaría oír al doctor Parrish.

Ella sonrió de manera coqueta.

—Gracias, su señoría. Ya he dicho todo lo que quería.

Se levantó, pero el juez le hizo un gesto para que permaneciera en su lugar.

—No es necesario. El doctor Parrish puede responder desde donde está.

Se volvió hacia el médico.

—Doctor Parrish. Por favor, cuéntenos cómo llegó a conocer a esta mujer —levantó una mano perezosa hacia Hannah.

—Sí, mi se… su señoría —respondió el médico indeciso, con una actitud muy alejada de su locuacidad habitual.

Habló del arrendamiento de Clifton House, que su hijo gestionaba. Luego pasó a describir los caballos desbocados, lo que los llevó a él y a Edgar a buscar un carruaje varado. Describió las huellas en el barro y contó cómo se asomaron al acantilado y vieron el horrible espectáculo de un carruaje roto como un huevo crudo sobre las rocas y la maraña de cuerpos dentro. Su asombro al encontrar a los dos ocupantes vivos, aunque sir John se encontraba gravemente herido. Contó que en ningún momento había dudado de que la mujer que sostenía la cabeza de sir John en su regazo fuera lady Mayfield. Sin duda, parecía una dama y se vestía como tal, aunque estaba herida e inconsciente.

En ese momento, la señora Parrish resopló lo suficientemente fuerte para que todos lo oyeran.

—Te dije que no era una dama.

Lord Shirwell pasó por alto el comentario, mientras el doctor Parrish se sonrojaba y continuaba como si no hubiera oído a su vulgar esposa.

—Mi hijo Edgar vio una figura flotando en el mar. Al menos, lo que dijo es que parecía una persona vestida de rojo. Reconozco que mi vista a larga distancia no es demasiado aguda. Le preguntamos a la señora… quiero decir, a la señorita Rogers, si había traído a alguna sirvienta con ella. Ella no podía hablar, pero puso una mano sobre su pecho y asintió. Pensé que se refería a que la sirvienta era su propia criada personal o

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alguien muy querido para ella; algo por el estilo. No que ella misma fuera la sirvienta o la dama de compañía.

»Después de llevarla a la casa, estuvo inconsciente durante un tiempo. Y bastante confundida incluso después de despertar. Murmuraba y se inquietaba por alguien llamado Danny, que más tarde supe que era su hijo. Yo, por supuesto, la llamé «milady», al igual que la señora Turrill, el ama de llaves que habíamos contratado en nombre de los Mayfield. Al mirar atrás, recuerdo cuánto la angustiaba eso, cómo fruncía el ceño y parecía confundida. Supuse que sería por el impacto del accidente y sus heridas. Imagine hasta qué punto estaba empeñado en verla como creía que debía de ser. Con toda honestidad, mi señor, me culpo a mí mismo por el malentendido. Porque ella nunca intentó decirme ni convencerme de que era lady Mayfield. Eso lo hice yo solo.

Lord Shirwell frunció los labios.

—Vamos, doctor. Incluso aunque estuviera confundida unos días, seguramente habría podido corregir el «malentendido», como usted lo llama, en cuanto recuperó el juicio. ¿Lo hizo?

El doctor se sonrojó de nuevo.

—No, mi señor. Eh… su señoría. No directamente. Aunque intentó decírmelo más de una vez. Ahora lo veo.

—Qué memoria tiene, doctor Parrish —replicó Marianna, sonriéndole

—. Dice mucho de su buen carácter que siempre suponga lo mejor de los demás.

—Una cosa es permitir que el equívoco continuara brevemente mientras se recuperaba —repuso lord Shirwell—, pero ¿involucrarlo en su causa? ¿Regresar a Bath a por su hijo? Seguramente no excusará eso también. ¿Acaso no le pidió que contratara un carruaje para ella e incluso que robara dinero de la bolsa de sir John para pagar el viaje?

«Que el cielo me ampare», pensó Hannah. «¿Quién le habrá contado eso, y con esas palabras? Seguro que me ahorcarán. O al menos me enviarán a prisión. ¿Qué será entonces de Danny?»

El doctor Parrish lanzó una mirada fulminante a su esposa, luego continuó:

—No, mi señor. Fui yo quien se ofreció a contratar el carruaje. Ella nunca lo pidió. Tenía la intención de ir por su cuenta, en diligencia. Pero yo insistí. Sabía, o creía saber, que sir John lo habría querido así.

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—Pero sin duda sir John no le ofreció su dinero a la señorita Rogers, considerando que estaba inconsciente.

—No, mi señor. Una vez más, fue idea mía. Sabía que lo necesitaría para las posadas y los peajes. Cuando le pregunté si tenía suficiente, me dijo que no. Yo mismo había sacado la bolsa de sir John de su bolsillo y sabía exactamente dónde estaba y que pesaba bastante. Tomé de ella la cantidad que consideré necesaria y se la di. Ella nunca pidió más, ni tampoco faltaba ni un solo centavo en la bolsa de sir John cuando por fin despertó y tuvo oportunidad de revisarla.

—Cómo la defiende usted, doctor Parrish —dijo Marianna dulcemente —. Parece que le tiene mucho aprecio.

El médico se sonrojó intensamente, pero Hannah no estaba segura de si era por vergüenza, por enojo o por ambas cosas. Él siempre la había tratado con la más estricta corrección. Era evidente que lady Mayfield había notado la tensión entre el buen doctor y su desabrida esposa y había decidido aprovecharla en su favor. Qué descaro interrumpir el procedimiento como si se tratara de una charla en su propio salón. Y, sin embargo, el juez no objetó, sino que la contempló con benevolencia.

—Mi… Su señoría —titubeó el doctor Parrish—. Me ha malinterpretado. Pero sí creo que la señorita Rogers es una buena mujer que actuó movida por su preocupación por el bienestar de su hijo. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras se la difama de esta manera.

Lord Shirwell se irguió.

—¿Suplantó o no a lady Mayfield?

—Sí, pero…

—¿Hizo pasar o no a su hijo por el señorito Mayfield?

—Bueno, supongo que sí, aunque…

—¿Se aprovechó o no de su situación para hacer uso del dinero de sir John, de su casa, de su comida, e incluso de la ropa de su esposa? —Los ojos de lord Shirwell ardían.

El doctor Parrish agachó la cabeza, sin mirar a nadie.

—Sí, mi señor.

—¿Y qué excusa dio para no traerse al niño con ellos a Lynton desde el principio?

—En realidad —lanzó una mirada fugaz a su esposa—, fue la señora Parrish la que me proporcionó el motivo. Dijo que debían de haber dejado al niño con su niñera, hasta poder preparar un cuarto adecuado en Clifton.

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—Yo nunca dije tal cosa —aseguró la señora Parrish.

—Sí lo dijiste, querida. Quizás lo hayas olvidado. Y ambos coincidimos en que fue una bendición, porque si el pequeño hubiese estado en aquel carruaje…

—Pero era imposible que lo hubiera estado, porque no era hijo nuestro —interrumpió Marianna—. No era más que un bastardo que Hannah decidió hacer pasar por un Mayfield. Por la herencia.

El doctor Parrish negó con la cabeza.

—No puedo creer que alguna vez haya pensado en eso. Creo que solo quería reunirse con su hijo y poder mantenerlo.

Marianna hizo un gesto de fastidio.

—¿Y qué mejor manera de hacerlo que convertirlo en el heredero de un hombre rico?

Lord Shirwell intervino:

—Emmm… gracias, milady, pero quizás sea mejor que sea yo quien conduzca la audiencia, ¿de acuerdo?

—Oh. Sí, su señoría. Le ruego que me disculpe. Es que me enerva profundamente oír hablar de su codiciosa farsa.

—Bien dicho —secundó la señora Parrish.

—Pero me gustaría decir una cosa más —intervino el doctor—, si me lo permite. Cuando sir John recobró el sentido y se le presentó a… eeeh… la señorita Rogers como lady Mayfield no puso ninguna objeción. Y tampoco me corrigió. De hecho, se refirió a ella como su esposa y, bueno, se comportó como lo haría un marido.

El juez alzó las cejas.

—¿Está usted sugiriendo que mantuvieron relaciones maritales? El médico volvió a sonrojarse.

—No, mi señor. No sugiero tal cosa. Solo quise decir que le hablaba y le tomaba el pelo como lo haría un esposo. No me dio motivo para sospechar que la señorita Rogers no fuera lady Mayfield. Incluso nos invitó a cenar, y él se sentó en la cabecera de la mesa y ella en el extremo opuesto. ¿Por qué iba a hacer algo así?

Lord Shirwell entrelazó sus dedos regordetes sobre el escritorio.

—Ha dicho usted que sufrió una lesión grave en la cabeza en el accidente y que estuvo al borde de la muerte. ¿No es posible que sus sentidos aún estuvieran confusos, como sugiere lady Mayfield? ¿Que aún no haya recuperado o tal vez nunca recupere del todo la cordura?

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—Disculpe mi atrevimiento, su señoría, pero me parece una suposición bastante grave, basada únicamente en las acusaciones de una mujer, cuando él ni siquiera está aquí para defender sus actos.

—Doctor Parrish —los ojos del juez se volvieron fríos y su voz, severa

—. ¿Le digo yo cómo vendar heridas y extirpar tumores? Le convendría dejarme a mí mis responsabilidades. ¿He sido claro?

—Sí, su señoría. Pero debo añadir que, en mi opinión profesional, sir John sí recuperó el juicio, no de inmediato, pero sí con el tiempo.

Lord Shirwell frunció los labios.

—Gracias, doctor Parrish, por su opinión. Bien… —Dejó la pluma sobre la mesa y entrelazó las manos, como si ya hubiera oído suficiente para dictar sentencia.

—Quisiera decir unas palabras, si me lo permite, su señoría —dijo entonces la señora Parrish.

«Oh, Señor, ten piedad. Ella no», pensó Hannah.

Antes de que el juez pudiera responder, Marianna le sonrió como dándole ánimos.

—Oh, sí, señora Parrish —dijo—, estoy segura de que tiene mucho que decir al respecto, teniendo en cuenta que ha presenciado personalmente muchos de los acontecimientos. —Luego miró a lord Shirwell con los ojos muy abiertos y gesto suplicante—. Pero, por supuesto, la decisión es suya, su señoría.

—De acuerdo. Pero procure ser breve, señora Parrish, si es tan amable. —Lo seré, mi señor. Solo quería decir unas pocas palabras. Verá, mi esposo es un alma bondadosa, pero es incapaz de ver las artimañas de la gente. Y menos aún las de las mujeres. Yo misma tal vez me dejé engañar durante uno o dos días, mientras ella aún estaba inconsciente. Pero en cuanto empezó a balbucir sobre un niño y no respondía al título de «milady», comencé a sospechar. Se comportaba de un modo demasiado común, demasiado humilde para ser una verdadera dama de alcurnia. Y más tarde, cuando vi a esa desgarbada y atormentada nodriza con la que regresó, supe que algo pasaba. Ninguna dama que se precie contrataría a una muchacha de tan baja estofa para cuidar a su hijo querido, no si puede

evitarlo.

»Y luego llegó el abogado de sir John —continuó—. Un hombre joven y bastante apuesto. Oí que había venido para hacer algunos cambios en el

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testamento. Tal vez para incluir a su hijo, no lo sé. Pero me pregunto si no estaría confabulado con ella desde el principio.

—Eso no es cierto —protestó la señorita Rogers, pero el juez la hizo callar con una mirada fulminante.

—Eso dice usted, pero ¿puede negar que los vi a los dos solos en el jardín una mañana, muy acaramelados e íntimos? Y no fue el primer hombre con el que la vi, además.

Hannah negó con la cabeza.

—No, pero solo estábamos hablando. No tenía nada que ver con el testamento.

—Claro, claro. Pues no se comportaba usted como una dama, se lo aseguro. No entiendo por qué sir John no la desenmascaró como la judas que es. Tal vez no estaba en su sano juicio, o tal vez usted le prometió alguna… «recompensa»… si dejaba que la farsa continuara.

Hannah inhaló con un resuello de sorpresa.

—Yo jamás hice tal cosa.

—Silencio, señorita Rogers —ordenó lord Shirwell—. Tendrá ocasión de defenderse a su debido tiempo.

Hannah cerró los labios con fuerza y entrelazó las manos temblorosas sobre el regazo.

La señora Parrish sonrió con suficiencia.

—Noté que al principio al abogado no le caía bien. De hecho, fue bastante frío con ella. Pero pronto lo tenía comiendo de su mano. Seguro que usó los mismos encantos con ambos hombres.

Lord Shirwell anotó algo en su libro de registro. Luego alzó la vista, con la pluma en alto.

—¿Sir John no negó que el niño fuera suyo?

—No sabría decirle, su señoría. Aunque sí sé que el doctor Parrish me comentó que sir John no veía ningún parecido entre él y el niño.

El médico bajó la cabeza de golpe con gesto de decepción.

—Por supuesto que no —concluyó lord Shirwell—. Gracias, señora Parrish.

El juez se puso de pie y pidió un breve receso, luego salió de la sala. El secretario se levantó para estirar las piernas y agradeció en voz baja al doctor Parrish el haber atendido con éxito el parto de una sobrina. Marianna felicitó a la señora Parrish por su testimonio y las dos mujeres

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charlaron como si estuvieran en una alegre merienda benéfica y no en el peor día de la vida de Hannah.

Después de unos días más de investigaciones infructuosas, a James se le ocurrió una idea. Movido por la curiosidad, buscó en los archivos la dirección de Marianna antes de su matrimonio: la antigua residencia del señor Sydney Spencer, su padre, que había fallecido uno o dos años atrás. La calle no quedaba lejos, así que decidió ir caminando, aunque el día estaba gris y lluvioso.

Al llegar, tuvo que apartarse de un salto para no ser atropellado por un coche de cuatro caballos que entraba por el camino en curva. Observó cómo un lacayo salía apresuradamente con un paraguas, bajaba el estribo y acompañaba a un caballero al interior de la casa; el nuevo propietario, supuso Lowden. Una vez que el pasajero hubo descendido, el conductor condujo los caballos hacia la parte trasera, en dirección a la cochera. Probablemente sería en vano, pero decidió seguir al carruaje. Si la gente de la alta sociedad no estaba dispuesta a hablar en contra de uno de los suyos, tal vez un sirviente no tendría tales escrúpulos.

Siguió hasta las grandes puertas dobles y desde el umbral llamó al cochero:

—Hola. Feo día para andar conduciendo.

El hombre lo miró con cautela.

—Estoy acostumbrado.

Un mozo de cuadra y un palafrenero salieron a encargarse de los caballos.

El abogado entrecerró los ojos bajo la llovizna para mirar la oscura mansión.

—¿Es esta la antigua casa de los Spencer?

—Así es. Aunque pasó a un pariente lejano. Kirby-Horner se llama — respondió.

—Ya veo. ¿Conocía usted al señor Spencer?

—Claro que sí. Fui su cochero durante cinco años, hasta que murió. El señor Kirby-Horner tuvo la amabilidad de mantenerme en el puesto —dijo mientras aseguraba el carruaje para la noche.

—¿Y cómo era el señor Spencer como patrón?

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El hombre frunció el ceño.

—Mejor no me tire de la lengua. No es adecuado hablar mal de los muertos.

—Muy bien. ¿Y conoció usted a su hija, Marianna?

Otra vez arrugó el gesto con desagrado.

—Mire… ¿quién lo pregunta? ¿Qué quiere saber?

—Mi nombre es James Lowden. Soy abogado. —Le extendió su tarjeta.

El hombre echó un vistazo a la tarjeta, pero no hizo ademán de tomarla.

—¿Y…?

—Represento a mi cliente, sir John Mayfield.

El hombre alzó las cejas.

—¿Sir John? Pues bien podría haberlo dicho antes. A sir John lo conozco. Fui palafrenero suyo hace años. Fue él quien me consiguió este puesto aquí. Sabía que yo quería ser cochero, pero ya tenía a un hombre capaz de hacerlo. Fue muy considerado por su parte, la verdad. No me importa decirlo, era un patrón diez veces mejor.

Dicho esto, y aunque con cierto retraso, le tendió la mano.

—Tim Banks.

James se la estrechó la mano y dijo:

—Entonces, señor Banks, tal vez pueda ayudar a sir John ayudándome a mí. Estoy investigando un asunto algo delicado relacionado con lady Mayfield.

—¿Qué ha hecho esta vez?

James vaciló.

—¿Sabe entonces que sir John se casó con Marianna Spencer? —Claro que lo sé. Y bien que lo sentí al enterarme. —¿Y por qué razón?

Banks miró a su alrededor para asegurarse de que el mozo de cuadra y el ayudante estaban ocupados.

—Vamos, hombre… No puede tener su oficina en Bristol y no haber oído los viejos rumores sobre ella y Anthony Fontaine.

—Los he oído. Sir John también los conoce muy bien. Pero todo lo que tengo son fragmentos de chismes y conjeturas, ninguna prueba real. El cochero de sir John no quiere decir adónde la llevaba ni con quién se encontraba. Y aún no he dado con un posadero que pueda demostrar que

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los dos se alojaron juntos en su establecimiento. Necesito pruebas. Algo que pueda presentar en un juicio. No digo que sir John vaya a acusar al señor Fontaine en los tribunales, así que por favor no lo mencione. Pero está considerándolo, eso sí puedo decirlo. —Se encogió de hombros—. Pero sin pruebas…

El cochero frunció el ceño.

—¿Así que todavía está enredada con Fontaine? ¿Después de todo este tiempo?

—Lo ha estado, sí. Al menos eso creemos.

—¡Rayos y centellas! Vaya par de granujas.

—Sí —respondió James.

Banks frunció los labios, alzando la vista mientras lo pensaba, y luego soltó un largo suspiro.

—Puedo darle algo mejor que un posadero, amigo.

—Ah, ¿sí?

—Claro. Termino mi turno en media hora. Podrá encontrarme en el Red Lion y le contaré todo lo que sé.

—Muy bien. Pero espero que sea más que simples rumores. —¿Rumores? —Banks negó con la cabeza—. ¿Acaso no le he dicho

que yo estuve allí? Tiene ante usted un testigo genuino. Invíteme a una jarra de cerveza y le contaré una historia que sonrojaría al más pintado.

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Capítulo 25

Lord Shirwell regresó diez minutos después y tomó asiento. Se volvió hacia Hannah y comenzó solemnemente:

—Señorita Rogers, puede contarnos su versión de los hechos. Le recuerdo que esto no es un juicio. Estoy examinando las pruebas para decidir si existen suficientes pruebas en su contra como para remitirla a la casa correccional de Exeter, en espera de juicio en los tribunales del condado. Aun así, permítame advertirle algo: si descubro que no está siendo sincera, me aseguraré personalmente de que sea procesada con todo el rigor de la ley. ¿He sido claro?

—Sí, su señoría —respondió Hannah, hecha un manojo de nervios. La mayor parte de lo que se había dicho en su contra era cierto, no así las motivaciones ni las exageraciones respecto a sus actos. Incluso aunque revelara la verdad sobre el padre de su hijo, no la creerían, y retorcerían la historia para perjudicarla. Quizá la acusarían de haber amenazado a sir John con hacerlo público y provocar un escándalo si no accedía a su plan. Solo él tenía la autoridad suficiente para reconocer a Daniel como un Mayfield. Y él no estaba allí. «¡Ojalá estuviera!».

¿Qué podía decir ella en su defensa? Qué vulgar y poco creíble le resultaba todo en aquel momento.

Lord Shirwell consultó sus notas y luego levantó la vista.

—Señorita Rogers, antes de que comience —dijo indicando con un gesto a lady Mayfield—, mire a esta dama y dígame con toda honestidad: ¿es ella o no lady Marianna Mayfield?

Hannah la miró de reojo.

—Lo es.

—¿Y su nombre es…?

—Hannah Rogers.

—¿Y suplantó usted o no a esta mujer?

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¿Lo había hecho? Nunca había querido ser Marianna, pero ¿lady Mayfield…?

—Me tomaron por lady Mayfield.

—¿Pero usted no los corrigió?

—Lo intenté…

—¿Lo intentó? ¿Es tan difícil admitir la verdad? ¿Decir: «Perdone, doctor Parrish, pero se equivoca. No soy lady Mayfield, solo soy su dama de compañía»? ¿Nos está diciendo que eso era imposible de hacer?

Bajó la cabeza.

—No, su señoría.

Lord Shirwell entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—¿Era su intención convertirse, tanto usted como su hijo, en herederos de sir John en caso de que muriera?

—No, su señoría.

—¿Entonces por qué lo hizo?

—No tenía otra forma de volver a Bath y recuperar a mi hijo.

—Pero fue usted quien eligió irse sin él.

—Solo temporalmente. Estaba siendo retenido por la directora de una casa cuna en la que se cometían muchas ilegalidades. Aunque no conocía la verdadera naturaleza del establecimiento cuando dejé a Danny bajo su cuidado. Necesitaba encontrar un empleo poco después de dar a luz. Y no se puede hacer eso con un niño en brazos.

Él frunció el ceño.

—¿Tiene eso alguna relevancia en los hechos que nos ocupan?

—Sí. La matrona dijo que no podría recuperar a Danny hasta que le pagara una suma exorbitante. Fue aumentando las tarifas una y otra vez, a pesar de que yo ya había aceptado sus condiciones iniciales. No podía pagarlas. Por eso regresé a la casa de los Mayfield en Bath y reclamé la asignación que había ganado previamente como dama de compañía, pero que nunca llegué a cobrar. Cuando lady Mayfield me pidió que los acompañara en calidad de dama de compañía, pensé quedarme solo el tiempo necesario para reunir el dinero y regresar a por Danny.

—Esa no es la versión que ofrece lady Mayfield. Ella afirma que usted acudió a ella suplicando que le diera trabajo. ¿Está usted diciendo que miente?

Estaba ante una trampa peligrosa. Si comenzaba a hablar mal de su antigua señora, el juez de paz, por supuesto, defendería a la dama de su

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misma clase. A los que hablaban mal de sus patronos jamás les iba bien.

—No pretendo juzgar a nadie, su señoría —respondió con cautela—.

Tal vez ella y yo interpretamos el acuerdo de manera diferente.

Al juez le brillaron los ojos.

—Lady Mayfield tiene razón, es usted muy astuta.

Ella negó con la cabeza.

—No, su señoría. Solo soy una madre que hizo lo que pudo para rescatar a su hijo. ¿Obré mal? Sí. Pero ¿tenía intención de apropiarme del dinero de sir John para mí y para mi hijo? No, no la tenía.

—Quien determina quién ha obrado mal soy yo, señorita Rogers. Para eso estamos aquí.

El hombre volvió de nuevo la vista a sus notas y dijo:

—Si esa triste historia es cierta, ¿por qué no puso fin al engaño cuando se reunió con su hijo? ¿Por qué volver a Lynton?

Hannah hizo un gesto de asentimiento. Era una pregunta lógica.

—Lo pensé, su señoría. Pero Edgar Parrish estaba tan preocupado por mí que me pareció descortés… incorrecto… negarme a regresar con él. Todos se habrían angustiado mucho. Además, me había roto el brazo en el accidente. No podía, en esas condiciones, buscar otro empleo hasta que sanara. ¿Cómo iba a mantener a Danny yo sola? Por eso regresé a Clifton, pensando quedarme solo hasta que recuperara por completo el uso de ambos brazos y, entonces, tratar de encontrar un empleo en algún lugar del condado de Devon.

Se agarró el brazo con precaución.

—El doctor Parrish no me retiró las vendas hasta ayer.

—Entonces, ¿ni siquiera niega que permitió que estas buenas personas creyeran que usted era lady Mayfield?

—No puedo negarlo. Aunque mis razones…

—¿Razones? ¿Qué me importan sus razones? ¿Pueden las razones justificar el engaño? ¿El robo? ¿El fraude?

Hannah intentó sostenerle la mirada encendida, pero no logró hacerlo por mucho tiempo. Era más que evidente que estaba en contra suya. Gracias a Marianna. Gracias a la verdad. Y tenía razón. Ella había obrado mal. Había cometido fraude a sabiendas. Tal vez Dios mirara en el corazón de gente, pero a la ley aquello le traía sin cuidado.

El juez le hizo un ademán a su escribiente para que le acercara un documento.

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—Ya he oído bastante. Hay pruebas más que suficientes para ordenar que la señorita Rogers sea conducida a la casa correccional hasta que se fije una fecha para el juicio en los tribunales del condado.

Sumergió la pluma en el tintero y firmó el documento con un gesto enfático.

El doctor Parrish exclamó, escandalizado:

—¡Pero la señorita Rogers tiene un hijo! Estoy seguro de que no hay razón para separarla de él durante tanto tiempo.

—Hay razones más que suficientes, doctor Parrish —replicó el juez de paz, dirigiéndole una mirada gélida—. Y en este preciso momento la única persona con autoridad para juzgarlo soy yo.

Hannah sintió que iba a vomitar. Con todo lo que había hecho para intentar proteger a Danny…, ella iba a acabar en la cárcel y a él lo apartarían de su lado. ¿Permitiría el tribunal que la señora Turrill se quedara con él? Y, aunque ella se mostrara dispuesta, ¿podría cuidar del niño y mantenerse a sí misma? Por no hablar de Becky…

Volvía al punto de partida. De nuevo tenía las manos atadas y a su hijo fuera de su alcance. ¿Y si la niñera volvía a huir con él? Recordó la imagen de la joven acurrucada sobre él en el callejón de Bath y un escalofrío le recorrió el cuerpo. «¡Oh, Dios mío, ten misericordia! Yo merezco esto, pero él no. Por favor, protégelo, cuídalo…». Las lágrimas corrían por su rostro.

El juez hablaba en voz baja con su escribano, dándole algunas instrucciones. Este, por su parte, anotaba algo en el registro. Mientras estaban ocupados, Hannah miró a Marianna, esperando ver alguna fisura en su fría fachada.

—¿Por qué? —susurró—. ¿No te bastaba con ponerme de patitas en la calle, avergonzada y humillada? ¿Por qué te empeñas en destruirme?

Marianna alzó el mentón.

—Eras mi dama de compañía. Se suponía que debías permanecer a mi lado, serme leal, pasara lo que pasara. Que tú, precisamente tú, me traicionaras… —Sus ojos oscuros relampagueaban de ira.

Hannah negó con la cabeza.

—No te hice nada. No te quité nada… nada que tú quisieras. ¿Y aun así me lo vas a arrebatar todo?

El juez recogió sus papeles y empujó hacia atrás la silla.

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—Obviamente, los jueces querrán oír el testimonio de sir John.

Siempre que conserve el juicio, claro está.

—Lo conservo.

Hannah volvió la cabeza de golpe al oír aquella voz, al igual que todos los presentes en la sala.

El corazón le dio un vuelco al ver a sir John allí de pie, apoyado en su bastón, con el gabán salpicado de manchas, las botas altas cubiertas de barro, el rostro agrietado por el viento y el sombrero ladeado. ¿Había recorrido el último tramo de su viaje a caballo?

Arrojó el sombrero sobre una mesita lateral.

—Y si osáis hacerle daño a esta mujer, aunque sea en un solo cabello, o consideráis siquiera separarla de su hijo, seréis culpables de una injusticia atroz, y yo no lo permitiré.

Paseó la mirada, encendida y desafiante, por encima del juez Shirwell, los Parrish, ella misma, y finalmente su esposa. Alzó una mano en dirección a Marianna.

—¿Qué entretenidas fabulaciones les ha estado relatando la desaparecida lady Mayfield?

Ella alzó el mentón.

—La verdad.

—Solamente —respondió el juez— que esta persona, Hannah Rogers, la ha suplantado y le ha estafado.

Mientras el juez resumía los cargos en su contra, a sir John se dilataron las aletas de la nariz y se le tensó la mandíbula.

—Paparruchas —dijo—. Les ha contado justo lo suficiente para envenenarles la mente contra la verdad. Y con qué rapidez se han bebido su cicuta endulzada. Se la han tragado entera, sin dudarlo siquiera.

—¿Puede usted negar que Hannah Rogers suplantó a su esposa? Sir John alzó la mano con un gesto impaciente.

—¡Ya era hora de que alguien suplantara a mi esposa! Marianna jamás sintió la necesidad de desempeñar su papel. Estaba demasiado ocupada reuniéndose con su amante casi cada día… o, debería decir, cada noche.

El juez lanzó a Marianna una mirada dubitativa.

—Lady Mayfield no está siendo juzgada.

—Pues quizá debería.

Sir John avanzó unos pasos con dificultad. El doctor Parrish se levantó y le ofreció su silla y él se dejó caer sobre ella con gesto de gratitud.

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—Cuando el buen doctor aquí presente encontró el carruaje de los Mayfield destrozado —comenzó—, y en él nos halló únicamente a mí y a la dama en cuestión, ¿qué otra conclusión podía sacar? Para cuando la señorita Rogers recobró el sentido, tras sufrir un golpe en la cabeza, todos en Clifton ya creían que ella era lady Mayfield. Y solo hubo una razón por la que no los corrigió: porque no tenía otra manera de volver a Bath y recuperar a su hijo recién nacido. El doctor Parrish le dio diez libras de mi propio bolsillo, que sí, ella aceptó, para financiar el viaje y pagar a la chantajista que retenía a su niño. Esa mujer, por cierto, ya ha sido encarcelada por prácticas ilegales y perjudiciales. Pero esa es otra historia…

Mientras sir John hablaba, Hannah notó que James Lowden se dirigía discretamente hacia el fondo de la sala. También él iba despeinado y cubierto de polvo, al parecer por haber viajado a caballo, aunque no junto a su cliente.

El juez se dirigió a sir John:

—Sí, sí. Ya hemos oído gran parte de eso. Pero ¿no es cierto que la señorita Rogers lo coaccionó para nombrar heredero a su hijo ilegítimo?

—Rotundamente no. Ya había planeado cambiar mi testamento antes del accidente, para desheredar a Marianna Mayfield, mi esposa infiel. Lo puede confirmar mi abogado, que veo que está presente ahora. Pero no, desde el viaje a Bath, la señorita Rogers no me ha pedido ni ha aceptado dinero alguno para ella, aunque le ofrecí una suma considerable.

Los ojos de Marianna centellearon.

—¡Pero hizo pasar fraudulentamente a su bastardo por hijo tuyo! Sir John le sostuvo la mirada con frialdad.

—No, no lo hizo. Porque yo soy el padre del niño.

Las exclamaciones de asombro inundaron la sala. Lady Mayfield miraba a sir John con la boca abierta, como si de pronto fuera un desconocido para ella. La señora Parrish se llevó una mano a la boca y el doctor asintió lentamente, comprendiendo por fin.

El caballero prosiguió:

—Si hubiera que juzgar a alguien hoy, ese debería ser yo… o tal vez Marianna. Pero no a la señorita Rogers. Porque fui yo quien se aprovechó de ella mientras estaba a mi servicio, cuando vivíamos en Bristol. Ella no me pidió nada por aquel entonces. No me exigió una manutención para ella ni para su hijo. De hecho, ni siquiera me dijo que estaba embarazada.

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Antes de que su estado fuera evidente, se limitó a marcharse con la intención de criar al niño sola. Solo cuando creyó que mi esposa había muerto y que yo era viudo, confesó que yo era el padre de la criatura. Aunque, a decir verdad, basta con ver al pequeño para saber que es un Mayfield.

Una vez más, el doctor Parrish asintió con gravedad. Hannah se dio cuenta de que todos escuchaban el relato con la misma atención reverente con la que antes se habían aferrado a las palabras de Marianna.

—Cuando le dije a la señorita Rogers que deseaba mantener económicamente a mi hijo —continuó—, se mostró reacia a aceptar. Y se negó en rotundo a que la incluyera en mi nuevo testamento.

En aquel momento le lanzó una mirada cortante a su esposa.

—Y pese a lo que Marianna haya podido decirles, yo estaba en pleno uso de mis facultades y sabía perfectamente que Hannah Rogers no era, en realidad, mi esposa. De hecho, la señorita Rogers me lo confesó todo apenas recobré el sentido… incluso antes de que recuperara el habla. También quiso contárselo al doctor Parrish, pero yo se lo impedí.

—¿Y por qué demonios hizo usted tal cosa? —preguntó lord Shirwell, frunciendo el ceño y olvidándose momentáneamente de los papeles.

Sir John se encogió de hombros.

—Al principio solo quería ponerla a prueba. Ver hasta dónde estaba dispuesta a llevar el engaño. Sospechaba, equivocadamente, que ella y Marianna habían tramado el intercambio para permitir que mi esposa huyera con su amante. No estaba del todo convencido de que se hubiese ahogado, ¿sabe? Pero, aunque otros asumieron que estábamos casados, la señorita Rogers y yo no… intimamos. No desde la concepción de nuestro hijo, aunque algunas chismosas —miró directamente a la señora Parrish— se hayan encargado de propagar esa mentira.

Miró el rostro encendido de Hannah y luego volvió la vista al juez. —La convencí para que continuáramos con la farsa, aprovechando

que, aparentemente, Marianna había muerto y no tenía familia cercana que la llorase. Porque, si todos pensaban que Hannah era mi esposa, su hijo podía heredar legalmente mis bienes vinculados, así como el resto de mis propiedades. Conforme pasaban los días, cada vez estaba más convencido de que se retractaría y se marcharía. Y sé que estuvo tentada de hacerlo más de una vez. Pero se quedó; no por interés personal, sino únicamente por el bien de su hijo. Y por mí, porque yo se lo pedí.

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Sir John hizo un gesto señalando a su esposa.

—¿Qué les ha contado Marianna? ¿Que la marea la arrastró, que perdió la memoria y que, en cuanto recordó quién era, regresó corriendo?

El doctor Parrish fue el único que asintió con la cabeza.

—Una sarta de mentiras —continuó—. Vio la oportunidad de dejarme después del accidente y la aprovechó: se escabulló, fingió haberse ahogado y abandonó a su dama de compañía sangrando y desorientada, y a su esposo, malherido y al borde de la muerte. Y, de hecho, habría muerto de no ser por lo rápidamente que nos encontró el doctor Parrish. Mientras tanto, Marianna se escondió por un tiempo y luego buscó a su amante, como ya había hecho antes. Esa fue la razón por la que decidí mudarme aquí, al condado de Devon: un intento desesperado y fútil de separarla de él. Y que fracasó estrepitosamente.

Sacudió la cabeza.

—Marianna ha estado en Londres, asistiendo a bailes, mientras la señorita Rogers me cuidaba y me ayudaba a sanar, hora tras hora.

Por un momento, los ojos de sir John se cruzaron con los de Hannah, y a ella le dio un vuelco el corazón.

Él apartó la mirada y prosiguió:

—Y, de pronto, regresa de entre los muertos. —Miró a su esposa—. ¿Qué pasó, Marianna? ¿Se te acabó el dinero? ¿Tu amante se cansó de ti y te dejó? Eso es lo que dicen las malas lenguas.

Ella alzó la barbilla, pero no lo negó.

—Así que se presenta aquí, soltando toda una ristra de embustes y embaucándolos a todos con su belleza e infundios hábilmente tejidos. — Sir John recorrió con la mirada a los presentes antes de volverla hacia el juez—. ¿Quiere oír a mi abogado? Ha estado reuniendo pruebas para demostrar que Marianna ha estado viviendo en secreto con su amante, no como una persona extraviada que intenta recuperar su identidad, sino como alguien que teme ser descubierta.

Hannah se preguntó si eso sería cierto. ¿O estaría mintiendo? Miró a James, pero su expresión impenetrable no revelaba nada.

Lord Shirwell frunció el ceño.

—No será necesario. Repito: su esposa no está siendo juzgada. Y las acusaciones contra ella tampoco son pertinentes en el caso que nos ocupa: el delito cometido por Hannah Rogers.

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—Por supuesto que sí —insistió sir John—, puesto que Marianna está sentada ahí, en el banco de la acusación, fingiendo ser la esposa agraviada, cuando eso no podría estar más lejos de la realidad.

—Incluso si eso fuera cierto, no cambia el hecho de que Hannah Rogers cometió un fraude. Ni siquiera lo niega.

Sir John se irguió, olvidando su bastón, y se puso en pie.

—Si insiste en continuar con esta patraña —dijo alto y firme—, si intenta castigar a la señorita Rogers en lo más mínimo, yo mismo me encargaré de defenderla, aunque tenga que ir al Parlamento a exponer mi caso. Teniendo en cuenta lo mal que me he comportado, jamás me perdonaría, ni a mí mismo, ni a ninguno de ustedes, si a esta noble mujer o a su hijo les ocurriera algo por culpa de mi estúpido y orgulloso empecinamiento.

Clavó una mirada feroz en el juez.

—¿Me ha oído, señoría? Deje ir a esta mujer.

El juez tartamudeó:

—Pero… Se han cometido irregularidades. Se han quebrantado leyes…

—Sí, se han cometido irregularidades, pero no por parte de Hannah Rogers. Ella me ha ayudado, me ha cuidado, me ha socorrido. No me ha hecho ningún daño. ¿Lo entiende? ¿Qué clase de farsa es este juicio si el supuesto agraviado no presenta cargos, sino que defiende a la persona falsamente acusada?

—¡Ella ha hecho algo contra lady Mayfield! Ha intentado ocupar el lugar que le corresponde. Ella…

—¿El lugar que «le corresponde»? —Los ojos le chispearon de indignación—. Esta mujer ha hecho todo lo posible por deshonrarme y pisotear nuestros votos matrimoniales desde nuestro viaje de bodas. Ha cometido adulterio con su amante una y otra vez, sin pudor ni consideración por mis sentimientos o mi reputación. Hay innumerables testigos de esa relación. Ella ha despreciado el lugar que se le otorgó y, desde mi punto de vista, ha perdido todo derecho a él, independientemente de lo que diga la ley. Y ahora ¿va a liberar a la señorita Rogers o tendré que sacarla de aquí por la fuerza y acusarlo de linchamiento y de intento de sublevación?

Durante varios segundos, sir John y el juez se enfrentaron con la mirada. Hannah temía que el padre de su hijo hubiese presionado

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demasiado a un hombre tan ansioso por demostrar su autoridad. Pero, al final, lord Shirwell rasgó el documento en dos y entregó los pedazos a su escribiente.

—Muy bien. Señorita Rogers, desestimo todos los cargos en su contra basándome en el testimonio de sir John. Es libre de irse.

—Gracias a Dios —murmuró el doctor Parrish.

Marianna permanecía con el rostro pétreo, mientras la señora Parrish la miraba como una niña contempla un juguete barato, ya roto.

Hannah se puso en pie con las piernas temblorosas.

Sir John se volvió hacia Marianna con la mandíbula tensa.

—Entonces… ¿vamos a casa, esposa?

Lady Mayfield esbozó una sonrisa amarga.

—Por ahora.

Hannah salió del despacho del juez antes que nadie. Sola. Temblaba de pies a cabeza y se sentía enferma. La sensación de alivio por haber sido liberada la invadía por completo, pero llegaba acompañada de una intensa sensación de náusea provocada por todas las historias sórdidas y mentiras que había oído aquel día. Las mentiras de Marianna. Las mentiras sobre su propio pasado. Incluso las de sir John, aunque fueran por omisión. Sentía como si estuviera cubierta de un alquitrán tan inmundo como el pecado. Lo único que deseaba era llevarse a Danny y marcharse a algún lugar limpio y soleado, tranquilo y sin trampas. Y tal vez darse un largo baño.

Se detuvo en seco al ver a la señora Turrill levantarse de un banco en el pasillo, justo al otro lado de la puerta. Apenas pudo resistir el impulso de arrojarse en sus brazos.

—Pensé que no vendría —dijo con la voz quebrada.

—Tenía que hacerlo. No te preocupes, Danny está a salvo en casa, con mi hermana. Quería estar aquí, pasara lo que pasase. No estarás enfadada conmigo, ¿verdad?

Hannah negó con la cabeza.

—Me alegra.

El ama de llaves sonrió.

—He oído el final, hija mía, sentada aquí, donde estoy. Y no te imaginas el alivio que he sentido.

—Yo también. —Le temblaba la barbilla.

La mujer le pasó un brazo por los hombros y salieron juntas.

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—Bueno, gracias a Dios esto ha terminado. ¿Y ahora qué harás, querida?

—No lo sé. —Miró a la amable mujer—. Señora Turrill, ¿por qué es tan buena conmigo después de todo lo que he hecho? Después de haberla engañado a usted y a todos los demás…

—Oh, a todos no. Sir John lo sabía. Él no fue ninguna víctima, por más que ella haya dicho lo contrario. Y yo tenía mis sospechas. Pero vi tu corazón. Aunque lo llevaste demasiado lejos, supe que solo pensabas en tu hijo.

En sus ojos oscuros había un brillo de picardía.

—Y quizá en cierto caballero.

Hannah negó con la cabeza.

—A estas alturas no quiero saber nada de ninguno de los dos.

—No olvides cómo han corrido hoy para venir en tu auxilio —recordó la señora Turrill.

Hannah bajó la cabeza, con las mejillas encendidas de nuevo.

—No lo olvidaré.

El ama de llaves le dio unas palmaditas en la mano.

—Ahora ven a casa conmigo y nos tomaremos un té. Hablaremos y pondremos las cosas en orden, ¿de acuerdo? Becky se asustó muchísimo cuando te llevaron. Pensó que ella sería la siguiente, la pobre criatura. Se pondrá loca de contenta al verte otra vez, te lo aseguro.

Hannah vaciló.

—Vamos, querida —insistió—. Ya has oído al juez. Eres libre. Todo ha quedado atrás.

—¿De verdad?

—Bueno, eso solo tú puedes decidirlo.

Detrás de ellas, se abrió la puerta. Nerviosa, Hannah miró por encima del hombro y vio salir a James Lowden.

Con los labios apretados y gesto serio, el abogado miró a Hannah. Ella no supo descifrar del todo lo que vio en su semblante, pero no era bueno. Fue él quien apartó la mirada primero.

No se acercó a ella. Cruzó el camino de grava y le hizo una seña a un mozo de cuadra para que trajera de nuevo los carruajes.

A continuación salieron los demás: sir John y Marianna, seguidos por los tres Parrish, visiblemente incómodos.

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Sir John la vio junto a la señora Turrill y se separó del grupo, apoyándose en su bastón.

—Señorita Rogers. ¿Adónde va?

Hannah notó cómo cesaban las conversaciones a su alrededor y cómo todos se volvían a mirar.

—A casa de la señora Turrill. Por ahora.

Él abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y la cerró de nuevo, conformándose con un breve asentimiento. Luego juntó las manos a la espalda, sujetando el bastón, como si las tuvieran atadas. Y en efecto, las tenía.

Hannah tragó saliva.

—¿Y usted y… lady Mayfield… regresan a casa?

Sir John hizo una mueca.

—Sí. A Clifton, por ahora, y luego de vuelta a Bristol. Me esforzaré por perdonarla. Por cumplir con mi deber hacia ella, pero no voy a fingir que será fácil. Especialmente después de lo ocurrido hoy.

Hannah estaba al borde de las lágrimas.

—Está haciendo lo correcto —susurró.

Él hizo una mueca.

—Eso espero. Pero si necesita algo… Ella lo interrumpió con delicadeza.

—Le agradezco que me haya defendido con tanta valentía. De verdad.

Pero esto termina aquí. Es hora de que siga adelante por mi cuenta.

Casi esperaba que él preguntara: «¿Por tu cuenta… o con James?». Pero no lo hizo. Su mirada se desvió hacia el abogado, que los observaba desde cierta distancia.

La señora Turrill intervino:

—Estará en buenas manos, sir John. Ella y Danny, los dos. No se preocupe.

De nuevo, aquel breve y doloroso asentimiento.

—Gracias, señora Turrill.

Unos minutos más tarde, la señorita Rogers caminaba al lado de su antigua ama de llaves rumbo a la casita amarilla al pie de la colina de Lynmouth. La mujer le contó que había sido la casa de sus padres y que la compartía con su hermana cuando ninguna de las dos estaba empleada en otro sitio.

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Dentro, Hannah saludó con afecto a Martha Parrish, una mujer soltera, y le agradeció su hospitalidad. La anfitriona se mostró amable, aunque un poco más reservada que su hermana.

En la pequeña sala de estar, tomaron un té poco cargado y se turnaron para acunar a Danny y tranquilizar a Becky, asegurándole que todo iba bien.

¿Era así?, se preguntó Hannah en silencio. En su fuero interno no se sentía tan segura como intentaba aparentar.

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Capítulo 26

James Lowden observó cómo Hannah se alejaba junto al ama de llaves. Verlas juntas le recordó el cambio de estatus de la señorita Rogers. En otro tiempo le había parecido muy por encima de él, cuando era «lady Mayfield». Luego había descendido a algo más cercano a su nivel social: la hija de un clérigo. ¿Y en ese momento? Caminando al lado de una ama de llaves… ¿Estaba incluso por debajo de eso? ¿Una

mujer caída en desgracia, casi una criminal?

Quizá debía sentirse aliviado de haberse apartado de ella y aprovechar aquel brusco giro de los acontecimientos para poner tierra de por medio. Por una parte, eso sería lo más sensato.

Sin embargo, anhelaba correr tras ella, sin importar quién lo viera. Rogarle que se casara con él, que le permitiera cuidarla, hacerse cargo de ella. Lo invadió el remordimiento. Se sintió avergonzado, débil… al pensar en cómo había permanecido sentado, en silencio, mientras sir John hablaba tan noblemente en su defensa y conseguía su liberación. Al fin y al cabo, él era el abogado. ¿No debería haber sido él quien la defendiera? Pero no había dicho ni una palabra.

Incluso en aquel momento, James dudaba si debía hablar. Si debía revelar lo que había descubierto en Bristol. Había partido con la intención de encontrar pruebas sobre el destino y la aventura de Marianna Mayfield… pero había hallado mucho más. ¿Estaba obligado a darlo a conocer? Pretendía hacerlo. Incluso había llevado consigo a un testigo que respaldara su asombroso hallazgo. De lo contrario, dudaba que alguien lo creyera.

Pero al ver el apasionado alegato que sir John había hecho en favor de Hannah y la más que evidente gratitud de ella a posteriori, casi deseaba no haberse apresurado a llevarse consigo al testigo.

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Ya era demasiado tarde. Solo esperaba no lamentar lo que estaba a punto de hacer.

James esperó hasta que los Mayfield y los Parrish partieran respectivamente en su carro y su carruaje —una comitiva silenciosa y sombría— antes de dirigirse al establo de lord Shirwell para recuperar los caballos. Y a su invitado.

Al cabo de un rato, al llegar a la casa de Clifton, Lowden dejó los caballos en las caballerizas y pidió a su acompañante que esperara fuera unos minutos.

Entonces se encaminó hacia la casa con pasos lentos y dubitativos, como si llevara una pesada carga sobre los hombros.

En el salón encontró a sir John de pie junto a la chimenea apagada, con una mano apoyada en la repisa, contemplando las cenizas.

Lady Mayfield se acercó a la licorera que estaba sobre la cómoda y levantó el tapón. Al verlo en el umbral, se detuvo.

—El señor Lowden, ¿verdad? Qué amable de su parte unirse a nosotros. Sí, ahora que lo veo de cerca, noto el parecido con su difunto padre.

Se sirvió una generosa copa.

—¿Le sirvo una también?

—No, gracias.

—Nos acompañará en la cena, espero. —Esbozó una tenue sonrisa—.

Si es que todavía tenemos cocinera, claro está.

James se preguntó qué harían a partir de ese momento los Mayfield. ¿Desahogar toda su rabia arremetiendo el uno contra el otro? ¿Intentar llevar una vida doméstica lo más cortés posible basada en el fingimiento? No podía soportar la idea de ninguna de las dos. Por más que le tentara guardar silencio, había llegado el momento de poner fin a aquella farsa de una vez por todas.

—Sir John —comenzó James—. ¿De verdad piensa vivir con esta mujer? —Lanzó una rápida mirada a Marianna, que seguía contemplando su copa como si buscara respuestas en el fondo del vaso.

—Fue usted quien me aconsejó no divorciarme —respondió con voz apagada—. A menos que… haya encontrado las pruebas que necesitamos.

—No exactamente. Pero he descubierto algo que afecta directamente a su situación.

Sir John entrecerró los ojos.

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—¿De qué se trata?

—Como ya hemos comentado, obtener el divorcio es prácticamente imposible, escandaloso y, por lo general, inaceptable. Pero su caso dista mucho de ser típico. Porque, en realidad, usted nunca estuvo legalmente casado con Marianna Spencer.

La mujer alzó de golpe la cabeza.

Sir John frunció el ceño.

—¿Cómo dice?

James prosiguió:

—Usted ya conoce bien al amante de Marianna desde hace años. Pero Anthony Fontaine no es solo su amante… es su esposo.

—¡Ja! —dijo ella—. ¡Ya quisiera yo!

Sir John la fulminó con la mirada.

—¿De qué está hablando?

James miró a la dama y vio su expresión sombría, pero se dirigió a su cliente como si ella no estuviera allí.

—Marianna Spencer se fugó con Anthony Fontaine antes de casarse con usted. Su padre los encontró en Escocia unos días después y, sabiendo que cualquier intento de anular públicamente el matrimonio terminaría en un escándalo y en la ruina de su hija, sobornó a Fontaine para que ocultara la fuga y no se opusiera al matrimonio de Marianna con usted. Un matrimonio que no solo le permitiría a su hija conseguir un título y una posición, sino también riqueza. Una riqueza que beneficiaría a los tres.

Marianna soltó una carcajada desdeñosa:

—¡Eso es absurdo!

Sir John no le hizo el menor caso.

—Después de todo lo que hemos pasado hoy… Tiene que estar bromeando.

—No. Hablo muy en serio —respondió el abogado.

—Eso es imposible —repuso sir John—. Jamás he oído nada acerca de una fuga. ¿Y por qué Fontaine aceptaría participar en semejante artimaña?

—Imagino que Marianna le aseguró que el matrimonio con usted sería solo sobre el papel y que no les impediría estar juntos.

Sir John se pasó una mano por el cabello.

—¿Puede probar todo eso?

Marianna sonrió de forma despectiva.

—Por supuesto que no.

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—La verdad es que sí que puedo —replicó Lowden—. Todo. Tengo el testimonio del cochero que los llevó a Gretna Green, un certificado que atestigua el matrimonio y…

—¡Esa prueba no existe! —espetó la mujer.

James la miró.

—¿Se refiere a que el cochero la quemó? Solo fingió hacerlo; en su lugar quemó una factura del coche o algo por el estilo.

Ella se removió en la silla, pálida, pero lo miró directamente a los ojos. —Cualquier certificado que tenga es, sin duda, una falsificación. —Creo que muy pronto descubrirá que todo es demasiado real —

aseguró el abogado—. Como lo sería para un juez y un jurado.

Acto seguido volvió a centrarse en su cliente. Sir John lo atravesó con la mirada.

—¿Hace cuánto tiempo que lo sabe?

Lowden respiró hondo.

—Lo supe justo antes de recibir su carta urgente pidiéndome que viniera.

—¿Y no creyó que mereciese la pena mencionarlo en la audiencia? —En realidad, no. Si su matrimonio ha de ser anulado, eso le

corresponde decidirlo a un tribunal eclesiástico. Además, no estaba seguro de que usted deseara que se hiciera público. Y…

Sir John lo miró con suspicacia.

—Y no quería revelarlo por motivos personales.

—No puedo negarlo; durante un tiempo, así fue.

El caballero se cruzó de brazos.

—Entonces ¿por qué decírmelo ahora?

—Porque es lo correcto. Y no quisiera que la señorita Rogers… se arrepintiera de alguna decisión que pudiera tomar sin conocer todos los hechos.

Su cliente le sostuvo su mirada. Los ojos, perspicaces, revelaban comprensión.

Marianna alzó la barbilla.

—Yo no he hecho nada ilegal. Todo fue obra de mi padre.

Lowden negó con la cabeza.

—No estoy de acuerdo. Creo que usted es culpable precisamente de los cargos que intentó atribuirle a la señorita Rogers. Y de otros peores.

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Porque contrajo un segundo matrimonio a sabiendas de que ya estaba legalmente unida a otro hombre. Eso es bigamia, además de fraude.

Percibió entonces el sonido de pasos sigilosos entrando en la sala. —¿No está de acuerdo, señor Fontaine?

Anthony Fontaine apareció en el umbral y se apoyó contra el marco de la puerta.

—En efecto, lo estoy.

Sir John se puso de pie de un salto. —¿Cómo se atreve a entrar en mi casa? Los ojos de Fontaine centellearon.

—¿Y cómo se atreve usted a casarse con mi esposa?

Sir John levantó las manos al cielo.

—¿Puede empeorar aún más este día? —Seguidamente le lanzó a Marianna una mirada fulminante antes de volver a encarar a Fontaine—. No tenía ni idea de que ella estuviera casada con usted, si es que eso es cierto. Mientras que, al parecer, usted lo supo todo el tiempo y nunca se molestó en protestar… ni durante nuestro compromiso, ni en la boda. ¿Por qué ahora?

—Venganza, supongo. —Se cruzó de brazos con aire despreocupado

—. Pensé: lo que es bueno para el ganso, debe de serlo para la gansa. Pero cuando Marianna se enteró de que estaba cortejando a una heredera, se apresuró a echar a perder esa relación enviándole una carta anónima a la joven, en la que le informaba de que yo ya estaba casado. La muchacha rompió el compromiso y se llevó su dinero con ella. —El hombre negó con la cabeza y chasqueó la lengua—. Después de lo comprensivo que yo había sido con Marianna y su caballero andante…

—¿Comprensivo? —le espetó ella con desprecio—. Fuiste el primero en estar de acuerdo cuando papá propuso el plan. Yo nunca habría accedido si no me hubieras convencido. ¡Cuánto deseé que le plantaras cara y le dijeras que nadie me querría más que tú! Lo habría desafiado, si tú me hubieras apoyado. Pero nunca supiste decirle que no al dinero.

Fontaine se encogió de hombros y esbozó una sonrisa de autocomplacencia.

—No lo niego. Al parecer, es parte de mi encanto.

James sacudió la cabeza, asqueado. Al principio Anthony Fontaine se había mostrado reacio a acompañarlo al condado de Devon, pero había accedido al saber que el abogado estaba en posesión de la carta

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amenazante que él mismo había enviado a sir John. En aquel momento miró al petimetre engreído y a la vanidosa adúltera y pensó que hacían una pareja muy bien avenida. Por primera vez, sintió verdadera compasión por su cliente. Y se alegró de haber descubierto por fin la verdad…

James esperaba en el sombrío salón del Red Lion, con su chimenea humeante y los hombres conversando en voz baja a su alrededor. Justo a la hora prevista, apareció el cochero, Tim Banks. James le pidió una pinta y los dos encontraron un rincón tranquilo.

Banks tomó un largo trago y luego comenzó:

—Yo estuve allí, ¿sabe?, la noche en que el señor Spencer se dio cuenta de que su hija se había escapado de casa. Lo supo en el acto, como quien dice, y no perdió tiempo en pedir su diligencia y los caballos más rápidos. Yo llevaba las riendas y el mozo, Joe, venía conmigo. Oímos al viejo maldecir y gritar órdenes, y no nos cupo duda de lo que había pasado: su hija, la malcriada Marianna, se había escapado para casarse con su amorcito, desobedeciendo sus órdenes expresas de dejarlo y casarse con el hombre que él había elegido para ella.

—Sir John.

—Exacto. Así que, con el señor Spencer y su tía solterona a cuestas, salimos disparados de la ciudad rumbo a Escocia. Viajamos día y noche, parando solo para cambiar los caballos. Joe y yo nos turnábamos para conducir, mientras el otro intentaba dormir un poco sin caerse del asiento.

»Cuando por fin cruzamos la frontera y llegamos a Gretna Green, paramos en la herrería. El señor Spencer, con su tía a su lado, preguntó dónde podían encontrar a un hombre que celebrara matrimonios. Se suponía que yo debía esperar con el coche, pero dejé a Joe con los caballos y fui a escuchar junto a la puerta del herrero. Tenía curiosidad. Después de todo, ¿no había cabalgado como alma que lleva el diablo sin dormir apenas en días solo para cumplir con lo que fuera que el patrón estaba tan decidido a hacer?

El cochero le dio otro trago a la cerveza.

—Llamaron al reverendo, que no tardó en llegar. Bueno, se hacía llamar reverendo, pero no se parecía en nada a los clérigos que suele ver uno por ahí. Ya sabe que en Escocia cualquier adulto puede actuar como ministro de bodas. No se requieren amonestaciones ni licencia. Solo hacen falta dos testigos. Tenía un negocio bien montado por lo que se veía.

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Incluso tenía una habitación en una posada cercana, que llamaban «la cámara nupcial», para que las parejas consumaran rápido el matrimonio y así disuadir a cualquier padre furioso que quisiera anularlo.

»El señor Spencer le preguntó si llevaba algún registro de los matrimonios que oficiaba o si los notificaba al registro civil. El tipo dijo que llevaba un libro para sus propios asientos, pero que no se sentía obligado a avisar a la parroquia, ya que muchas de las parejas que casaba vivían en otros lugares. También dijo que a cualquier pareja que quisiera y tuviera un chelín para pagarle le entregaba un certificado de matrimonio.

El cochero sacudió lentamente la cabeza.

—Entonces oí al señor Spencer contarle al supuesto reverendo una historia de desdicha como nunca he oído. ¡Apenas reconocí la voz de mi patrón, de tan afligido que sonaba! Le rogaba al hombre que no arruinara la reputación, ¡no, la vida misma!, de su única hija. Decía que ella y el joven habían comprendido la locura de sus actos. Y que hasta tal punto sentían remordimientos que ni siquiera habían consumado el matrimonio tras pronunciar sus votos. ¿No podría el buen hombre ver la forma de borrar aquella entrada de su registro…? Un poco de tinta derramada bastaría, y nadie lo sabría jamás. ¿Sería acaso inoportuna una donación a su «ministerio»?

»Solo de oírlo sentí náuseas —continuó Banks—. Y eso que ni siquiera habíamos encontrado a Marianna todavía. E incluso si el señor Spencer lograba hacer borrar el registro, no podía borrarse el hecho de que la pareja había estado sola —primero en una berlina de posta y luego en una posada— durante dos o tres días. Con sus respectivas noches.

Volvió a negar con la cabeza.

—El reverendo aceptó… por la inmensa bondad de su corazón… y de la bolsa del señor Spencer.

»Después fuimos a la posada. Al llegar, el señor Spencer me pidió que entrara con él, escopeta en mano, por si el tal Fontaine se ponía violento. Encontramos a la feliz parejita alojada bajo un nombre falso. Si me pregunta, le diré que eran el mismísimo retrato de la dicha conyugal. Cómo gritó el señor Spencer. Marianna le gritó a su vez, agitándole el certificado de matrimonio en la cara. Él se lo arrebató, lo hizo una bola y lo arrojó por la ventana. Pero luego se lo pensó mejor y me mandó a recogerlo para hacerlo desaparecer de una forma más… definitiva.

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»Bajé corriendo y recogí el papel arrugado. Cuando volví, el señor Spencer me ordenó que lo echara al fuego. Luego me dijo que esperara fuera. Me fui, oyendo cómo su voz pasaba de gritar a suplicar, a rogar, aunque no oí los detalles de lo que decía.

Banks se detuvo y levantó la vista hacia las vigas cubiertas de lúpulo, al tiempo que hacía memoria.

—Una hora más tarde, Marianna salió de la posada, vestida y con el rostro demudado, y subió al carruaje junto a su tía y su padre. El señor Fontaine la observó partir desde la puerta de la posada. Estaba sorprendentemente tranquilo, considerando todo el asunto, lo que me hizo suponer que el señor Spencer le había prometido una buena suma de dinero a cambio de olvidar lo sucedido. Más adelante supe que también le había pagado una generosa suma a su tía para que empezara a difundir la historia de que había acompañado a Marianna en un viaje de turismo y justificar de este modo su ausencia.

El cochero hizo una mueca.

—También a Joe y a mí nos dio dinero. Una gratificación por el largo viaje y por nuestra discreción al guardarnos para nosotros los «desafortunados acontecimientos» de aquellos días… hasta la tumba. Joe, que yo sepa, ha cumplido. Tiene esposa y cinco hijos que mantener y no podía permitirse perder su puesto.

—¿Y usted?

—Me avergüenza decir que yo también guardé silencio. Si hubiera sabido que el señor Spencer seguía decidido a casarla con sir John, y tan pronto, quizá habría ido a hablar con él y le habría dicho lo que sabía, pero me enteré de la boda después. Por lo que tengo entendido fue por medio de una licencia especial. Entonces pensé: «Bueno, ahora sir John no querrá oír tal noticia. No cuando ya se ha casado con ella». Habría arruinado su reputación tanto como la de ella. Pero debí hacerlo. Ahora que el señor Spencer ha fallecido, ya no siento la obligación de callar. No si puedo ayudar a sir John.

—¿Puede darme el nombre y dirección de ese «pastor» escocés? El cochero lo miró y negó con la cabeza.

—Puedo hacer algo mejor. Puedo darle el certificado de matrimonio. Sacó de su bolsillo un papel doblado, con ligeras arrugas de cuando

fue estrujado tiempo atrás, pero, por lo demás, intacto.

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—Lo he guardado todos estos años. Solo fingí echarlo al fuego, pero en vez de eso me lo guardé. No sé por qué. No tenía un plan concreto, simplemente me pareció una idea acertada en aquel momento. —Se encogió de hombros—. Hablando con usted ahora… tal vez lo fue.

James no podía creer su buena fortuna. Aun así, su sensación no era de victoria. Solo sentía pesar y repulsión. Casi deseaba no haber ido nunca a la antigua casa de los Spencer.

Se sacudió el abatimiento y metió la mano en el bolsillo.

—Permítame darle algo por su ayuda…

El cochero alzó la mano, con la palma hacia adelante.

—No, gracias, señor. Nunca me sentí bien por aceptar el dinero del señor Spencer a cambio de guardar silencio. Así que esta vez no quiero ni un penique.

Después, el abogado fue en busca de Anthony Fontaine para confirmar la historia. Luego se dirigió a la casa de sir John en Bristol. El mayordomo lo recibió con el ceño fruncido y la noticia de que sir John había partido apresuradamente hacia el condado de Devon. Le entregó una carta. No estaba sellada y no le cupo ninguna duda que el viejo y leal sirviente la había leído. La apresurada caligrafía de sir John denotaba urgencia.

Recibido mensaje urgente de parte del Dr. Parrish. La señorita R. en grave aprieto. Acusada de fraude por M. S. M. Citada ante Shirwell, juez de paz. Audiencia el día doce. Venga lo antes posible. Necesitará un buen abogado. Y nuestras oraciones.

James abandonó Bristol sin más dilación. Pero temía que ya fuera demasiado tarde. Para él.

En el salón de Clifton, James tampoco vio ningún indicio de victoria en el rostro de sir John. Se preguntaba qué le pediría su cliente que hiciera a continuación, y esperaba que no tuviera que ver con presentar cargos por bigamia. En cualquier caso, Lowden estaba decidido a sacudirse para siempre el polvo del condado Devon de las botas. Ojalá Hannah también estuviera dispuesta a dejarlo todo atrás.

La noche tras la audiencia, después de que Danny y Becky se hubieran dormido y Martha se hubiera despedido de ellas para irse a la cama,

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Hannah y la señora Turrill se quedaron levantadas hasta tarde, conversando.

—Es usted muy amable, señora Turrill, pero no puedo quedarme mucho tiempo aquí. No cuando todos saben lo que hice y me creen culpable de cosas aún peores, al menos en lo que respecta a sir John y al señor Lowden. Si fuera solo por mí no me importaría tanto, pero no quiero que mi niño crezca a la sombra del escándalo. Necesito irme a otro lugar y empezar de nuevo.

—Pero piensa en lo que ha provocado huir de la verdad, hija —le advirtió la señora Turrill con dulzura—. Cuánta culpa has sentido. ¿Por qué no te quedas y te enfrentas a tu pasado? Arroja la luz de la verdad sobre todos esos días oscuros.

Hannah soltó un suspiro cansado.

—¿Enfrentarme a mi pasado? ¿Y cuánto tendría que remontarme? ¿Hasta el momento en que le oculté lo sucedido a mi padre…? ¿Debería decirle que estoy viva, que he tenido un hijo… y con quién?

—Ay, querida —respondió la señora Turrill, con los ojos oscuros muy abiertos y tristes—. ¿No querría él saberlo?

—Le rompería el corazón.

—¿Más que pensar que estás muerta y que te ha perdido para siempre? Asintió con tristeza.

—¿Estás segura? Recuerda: «Quien encubre sus pecados no prosperará» —recitó parafraseando el proverbio—, «pero quien los confiesa y se aparta de ellos hallará misericordia».

Misericordia… Oh, cuánto anhelaba Hannah esa virtud, tanto de parte de Dios como de su padre.

—Me da miedo enfrentarme a él —dijo—. No sé cuánta misericordia tendrá. Y no quiero herirlo más de lo que ya lo he hecho.

La señora Turrill le apretó la mano.

—Piensa en lo que sientes por Danny. Imagínatelo ya crecido. ¿Lo amarías menos si cometiera un gran error? ¿Desearías que estuviera muerto? Incluso aunque te sintieras herida y decepcionada por sus errores, ¿no querrías saber que está bien? ¿Que ha vuelto al buen camino? ¿Que aún te ama?

Hannah asintió de nuevo, con lágrimas en los ojos.

—Sí —dijo, con la voz trémula—. Pero mi padre es un clérigo.

La señora Turrill se acercó y la miró solemnemente a los ojos.

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—Sí —asintió—. Pero además de clérigo, también es padre.

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Capítulo 27

Hannah se marchó del condado de Devon sin hablar con James Lowden y sin volver a ver a sir John. Decidió que la señora Turrill tenía razón. Había llegado el momento de regresar a casa y hacer

las paces con el pasado y con su padre. Confesarlo todo y esperar misericordia.

Junto a Becky y a Danny tomó la diligencia que la llevaría a Bristol, una ciudad a la que no había creído que fuera a regresar. La señora Turrill había insistido en que no viajara sola, pero le prometió a Becky que podría volver cuando quisiera a la casa en la que convivía con su hermana y, como prueba de la veracidad de su promesa, incluso le entregó en mano el dinero necesario para que se pagara el pasaje.

Apenas llegaron a Bristol, lo primero que hizo Hannah fue buscar una habitación en una posada respetable y dejar allí su equipaje. Después de cambiarse y dar de comer a Danny, caminaron hasta el puesto del carretero donde Fred Bonner trabajaba con su padre. Hannah llevaba a su hijo y Becky caminaba detrás, mirando y estirando el cuello para observar los altos edificios de la ciudad desconocida.

—¡Hannah! —la llamó Fred al verla. Saltó de la carreta, olvidando las riendas y los caballos, y corrió hacia ella como el niño grande que era. Se sintió aliviada al encontrarlo allí al primer intento y no de camino a Bath.

El joven sonrió ampliamente al verla.

—Qué alegría verte de nuevo.

—Lo mismo digo, Freddie.

Fred parecía haber olvidado que la última vez que se habían visto, el día que había ido a Clifton, habían tenido una fuerte discusión. Siempre había sido un tipo indulgente.

Se agachó, con las manos sobre las rodillas, para observar al niño en sus brazos.

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—¿Este es el pequeño Daniel? Dios mío, cómo ha crecido.

Hannah se dio media vuelta e hizo un gesto.

—Y esta es Becky Brown, su niñera. Y… mi amiga. Becky, este es un viejo amigo, mi querido Fred Bonner.

El hombre se quitó el sombrero.

—Hola, señorita.

Becky hizo una tímida reverencia.

—Señor.

Fred se fue a buscar una silla para la niñera y Danny a varios metros de distancia y luego volvió al lado de Hannah, mirándola fijamente con sus oscuros ojos.

—¿Cómo estás, Han…? Porque vuelves a ser Hannah, espero.

—Sí. —Vaciló. ¿Que cómo estaba? La respuesta era complicada, considerando que Marianna había vuelto a la vida de sir John, mientras que el señor Lowden, aparentemente, ya no estaba en la suya. Pero la verdad era demasiado larga de contar y podía esperar hasta otro día.

—Estoy… bien —se limitó a decir con una sonrisa—. ¿Y tú? Tu carro tiene un aspecto magnífico. ¿Le has dado una nueva capa de pintura? — Caminó hacia él, apartándose de su mirada demasiado directa.

Él recogió las riendas y puso el freno de mano.

—Sí, así es.

—¿Y qué tal la ruta? ¿El negocio va bien?

—Muy bien. O, mejor dicho, lo suficientemente bien. Han…

—¡Oh! No era una insinuación ni nada parecido —se apresuró a decir Hannah—. De verdad. Solo me preguntaba… esperaba que te fuera bien.

Bajó los ojos de sabueso.

—Hannah, sé muy bien que no debo albergar esperanzas, aunque la oferta sigue en pie. Así que dime, ¿qué es lo que quieres? ¿Por qué has venido a verme?

—Querido Freddie… —Tragó saliva—. Quería que supieras que he vuelto. Y preguntarte por mi padre. ¿Cómo está…? —Entonces añadió para sus adentros: «Como si él pudiera saberlo».

—Diría que bien. Triste, por supuesto, pero goza de buena salud, si te refieres a eso. Me contó que vino a verlo el abogado de Mayfield, como a mí.

—¿Puedo preguntarte qué le dijiste a mi padre?

Él se encogió de hombros.

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—No le he dicho nada desde que te vi en Devon. Me pediste que lo dejara estar.

—Lo sé, lo sé. Aunque ahora creo que ha llegado la hora de afrontar la realidad. Confesarlo todo. Pero tengo miedo.

—Con razón.

—¡Freddie!

—Lo siento, Han, pero es la verdad. Te encuentras en un pozo muy hondo, y te lo has cavado tú sola.

Ella se mordió el labio y dijo apesadumbrada: —Esperaba que me ayudaras a salir de él. —Tú no quieres mi ayuda.

—Me refería a que… quizás podría allanarme un poco el camino. Podrías contarle a mi padre que el periódico se equivocó, que sigo viva. Y… que tengo un hijo. Y decirle que estoy aquí, en Bristol, por si quiere verme. Me alojo en la pensión de la señora Hurst, en Little King Street.

—No lo sé, Han.

Entonces recordó las palabras de la señora Turrill: «Pero nada es demasiado grande para Dios. Por muy profundo que sea el pozo que cavemos, él ya está tendiéndote la mano, dispuesto a sacarte…».

Hannah rezó en silencio: «Dios mío, ¿me ayudarás?».

Miró a Fred y, de repente, se irguió con determinación.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Iré a verlo yo misma.

Él alzó las cejas.

—¿Ahora?

El miedo la invadió solo de pensarlo.

—¡Oh! Esto… No en este momento, pero muy pronto.

«Cuando reúna el valor suficiente», pensó. «Ojalá me hubiera acordado de meter un poco en la maleta».

Apretó el brazo de su amigo.

—Gracias, Freddie.

—No he hecho nada.

—Eso no es cierto. Me has dado justo lo que necesitaba.

El domingo, Hannah se detuvo frente a la iglesia de Bristol donde su padre ejercía como pastor con un salario modesto. No tenía los contactos

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necesarios para conseguir un buen puesto como rector o vicario. Siempre había insistido en que la vida humilde le sentaba bien, aunque eso había supuesto que sus hijos tuviesen que embarcarse siendo muy jóvenes y que su hija hubiera tenido que buscar un empleo remunerado para mantenerse.

Desde fuera del antiguo edificio de piedra gris, oyó el murmullo apagado de la voz de su padre, pronunciando la homilía, seguido por las voces agudas de la congregación de ancianos, que cantaban un himno solemne.

No tenía intención de entrar. Ni de interrumpir. Esperaría hasta poder saludarlo a solas, en privado. Sabiendo que él estaba ocupado dentro, se sintió lo suficientemente tranquila como para pasear por el cementerio y orientarse. ¡Oh! ¡Cuántas horas había pasado allí de niña!

Al ver el retorcido tejo en un rincón, se dirigió hacia él para visitar la tumba de su madre. Al acercarse, de repente se detuvo y se quedó mirando, estirando el cuello hacia adelante, aunque sus pies parecían clavados en el suelo cubierto de musgo. Había una tumba nueva junto a la de su madre. Y el nombre en la lápida…

Era el suyo.

Dio un paso adelante y se desplomó de rodillas ante la modesta lápida.

EN MEMORIA DE

HANNAH ROGERS

AMADA HIJA

1796–1819

Los ojos se le inundaron de lágrimas.

¿De verdad lo había hecho? ¿Su padre, con sus calcetines raídos, sus zapatos gastados y sus sopas aguadas, se había gastado realmente aquella suma? ¿Para conmemorar su vida y su muerte, cuando ni siquiera había un cuerpo que enterrar? Jamás lo habría imaginado. Ni en cien años. Aquel hombre que encendía una sola vela de sebo para leer o escribir sus sermones, y solo cuando la ventana se negaba tercamente a proporcionarle la luz suficiente a sus ojos cada vez más débiles. ¿Había gastado una cantidad de dinero semejante en ella?

Ver la lápida le hizo sentir un profundo arrepentimiento. Temió vomitar allí mismo el exiguo desayuno de aquella mañana. Le arrebató el valor, aunque las palabras «amada hija» deberían haberla fortalecido.

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Cuánto pesar sentiría su padre al saber que había gastado sus modestos ahorros en aquella losa, cuando ella había estado viva todo ese tiempo. Viva, y viviendo una mentira, además. Cuánto lamentaría haberla conmemorado como hija amada una vez que tuviera conocimiento de sus innumerables pecados.

Pasó los dedos enguantados sobre las letras talladas de su nombre. Aquella Hannah Rogers —querida, intachable hija— había muerto. Había muerto hacía más de un año. Y ya no habría forma de resucitarla.

Hannah regresó a la casa de huéspedes sin ver a su padre. No fue capaz de enfrentarse a él después de aquello. Decidió que le escribiría una carta y lo invitaría a que la visitara, si así lo deseaba.

Pensar en una carta le recordó la petición de sir John de mantener informado al señor Lowden sobre su paradero. Así que envió una nota a sus oficinas con la dirección de la casa de huéspedes.

Después esperó. Pasaron varios días. Y con cada hora que transcurría, sus nervios y temores aumentaban. Le había escrito y le había dicho que habían estado demasiado tiempo separados. Que deseaba verlo de nuevo. Y le había propuesto un encuentro. Pero ¿desearía verla, después de la forma en que lo había abandonado? No lo sabía.

La señora Turrill le había aconsejado que se reuniera con él en terreno neutral, lejos de su entorno habitual. Así que esperó en el salón privado de la casa de huéspedes, que había alquilado por media corona extra para la ocasión. La hora prevista para el encuentro llegó y pasó. El té esperaba, se volvió más fuerte y luego se enfrió. Los emparedados de pepino se reblandecieron, y Hannah comenzó a perder el ánimo. Y el valor.

Paseaba de nuevo por la habitación, retorciéndose las manos. Ensayando mentalmente lo que iba a decirle. Becky y Danny dormían la siesta en su habitación, arriba. Hannah quería verlo a solas primero; quería que su reencuentro fuera algo privado. Pero ¿acudiría siquiera?

Transcurrió media hora más. Estaba a punto de romper a llorar, parpadeó para contener las lágrimas. Ella y Danny se las estaban arreglando solos. Se recordó a sí misma que se tenían el uno al otro. Tenían amigos: la señora Turrill, Becky y Fred. No necesitaban…

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Se oyó un golpe y se quedó paralizada. Su corazón latía con tanta fuerza que lo oía más claramente que la distante llamada. Siguieron pasos: clap, clap, clap. La dueña de la casa de huéspedes yendo a abrir la puerta principal con sus tacones pesados. Voces apagadas y luego dos pares de zapatos cruzando el vestíbulo. El pulso de Hannah se aceleraba con cada pisada que se acercaba. Un solo golpe en la puerta del salón, el chirrido de la bisagra al abrirse, pasos que entran. Respiró hondo, se secó las palmas húmedas con el pañuelo y se dio la vuelta.

Allí estaba.

La señora Hurst se despidió inclinando la cabeza con solemnidad y cerró la puerta detrás de su visitante. A Hannah le dio un vuelco el corazón al verlo de nuevo. Él permaneció rígido. No llevaba abrigo ni sombrero. La dueña de la posada había debido de pulir sus modales y se los había llevado. ¿Acaso no podría haberse llevado también su expresión sombría?

Se recordó a sí misma que debía respirar. Mantenerse erguida. Rezar… —Hola. Gracias por venir. ¿No quiere tomar asiento?

Su padre la miró un momento, pero permaneció inmóvil. Con los nervios a flor de piel, le señaló la bandeja. —¿Té?

Él negó con la cabeza.

—No, gracias.

La voz de su padre. ¡Ay! ¡Cuántos recuerdos le evocaba! Parecía mayor, incluso más delgado de lo que ella recordaba.

Sintió un extraño alivio al dejar que se desperdiciara el té por el que había pagado. Estaba segura de que le temblarían las manos si intentaba servirlo.

Decidió que no se atrevería a llamarlo «papá» como solía. Carraspeó y comenzó.

—Padre, le pedí que viniera porque quería pedirle consejo.

—Ah, ¿sí? —Una cautelosa reserva endureció su semblante—. No consideraste necesario pedírmelo antes.

—No, no lo hice. Fue solo uno de mis muchos errores. Pero se lo estoy pidiendo ahora.

Él cruzó los brazos sobre su delgado pecho.

—Te escucho.

—Tengo muchas decisiones que tomar. Decisiones que afectan mi futuro y el de mi hijo. Sí, ahora tengo un hijo.

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Él asintió.

—Fred me lo contó hace unos días… incluso antes de recibir tu carta. Vino a decirme que estabas viva. ¿Por qué no me lo dijiste tú misma?

Así que el querido Fred le había dado la noticia después de todo. —Porque sabía que mi caída en desgracia podría manchar su

reputación —respondió—, tal vez, incluso, costarle la vicaría. No se preocupe. No he venido a pedirle dinero ni ayuda. Solo consejo y…, perdón. No quiero ser una carga económica ni de ningún tipo. Pero anhelo su perdón.

Él había estado mirándose las manos durante aquel discurso ensayado, pero en aquel momento levantó la vista hacia ella.

—¿Estás dando por hecho que me importa más mi reputación que el bienestar de mi hija?

—Bueno, no puede evitar preocuparse por ello, y no le culpo. —¿Pensaste que no te perdonaría?

—¿Lo hará? Lo siento tanto, papá… Por todo. —Ya estaba dicho. Se le había escapado.

Él volvió a mirarse las manos.

—¿Sabes cuánto me preocupé? ¿Lo devastado que me sentí al oír que habías muerto? Habría renunciado a cien vicarías con tal de tenerte de vuelta.

A Hannah le dolía el pecho. Los ojos se le llenaron de lágrimas. —¿Y cuando supiste que estaba viva…?

—Me sentí aliviado, y a pesar de ello, también enfadado. ¿Por qué no viniste a mí tú misma? ¿Por qué no me contaste lo que pasaba? Tal vez habría podido ayudarte.

—Perdóname, papá, pero te conozco bien. No habrías perdonado fácilmente que estuviera embarazada, ni la vergüenza que eso te habría causado. Para ser sincera, pensé que sería mejor para ti si yo hubiera muerto.

Él la miró boquiabierto.

—Eres tan nueva en esto de ser madre… Sí, tienes razón… me habría sentido muy decepcionado, conmocionado, avergonzado, todo eso. Quizás incluso te habría pedido que te fueras a algún lugar y tuvieras al niño en secreto. Pero nunca, jamás, desearía que estuvieras muerta.

—Lo siento —susurró ella.

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—Y yo también —dijo él, con la voz baja y áspera. La misma voz que ella había oído tantas veces cuando oraba por un niño moribundo o un anciano feligrés por el que sentía afecto. Entonces dio un paso hacia ella y notó que también tenía lágrimas en los ojos—. Y sí, te perdono.

Extendió la mano y tomó la de ella; Hannah respondió apretándosela. Por un momento permanecieron así, en un denso silencio, con los ojos humedecidos. Luego él bajó la barbilla y la miró.

—Bien. ¿Y ahora? ¿Voy a conocer a ese nieto mío o no?

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Capítulo 28

Al día siguiente, su padre la sorprendió enviándole algunos de sus vestidos más elegantes, aquellos que había dejado atrás al partir para trabajar como dama de compañía. Qué placer fue volver a usar

algo propio.

Becky la ayudó a ponerse un bonito vestido de paseo de batista adornado con encaje blanco. Sobre él, llevaba una rebeca corta de terciopelo color vino y un sombrero a juego con el ala vuelta hacia arriba y forrada de satén blanco plisado. Ató las cintas bajo la barbilla, dio las gracias a la niñera, besó a Danny y salió de la habitación. Con el ridículo colgando de la muñeca, comenzó a bajar las escaleras, decidida a hacer unos cuantos recados.

Abajo, la puerta de la casa de huéspedes se abrió y James Lowden la franqueó. Hannah se detuvo en el descansillo de la escalera, invadida por una repentina tormenta de emociones encontradas. Miró nerviosa a su alrededor, aliviada de no ver a la señora Hurst, quien tenía reglas estrictas respecto a las visitas masculinas. ¿Le había mencionado su casera que aquella tarde jugaría al whist en casa de una amiga? Esperaba que así fuese.

—Señor Lowden.

Él alzó la cabeza de golpe y la vio allí, en el rellano.

—La veo… muy bien —murmuró. Pero sus ojos decían «hermosa».

—Gracias.

Se sintió aliviada de llevar puesto un vestido favorecedor y de haberse empolvado ligeramente las pecas, por si acaso. James también estaba muy apuesto con aquella levita, una inmaculada corbata de lazo y un chaleco estampado. Se quitó el sombrero y continuó observándola.

Ella bajó el resto de las escaleras con cierta timidez.

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—Quizá desee pasar al salón, señor Lowden —sugirió, olvidando por completo los recados—. Podemos hablar allí.

Él le hizo un gesto para que pasara primero, dejó su sombrero sobre la consola que había dentro y, con una mirada elocuente hacia ella, cerró lentamente la puerta tras de sí.

Hannah se quitó el sombrero con el pulso acelerado. Su cumplido y la calidez en su mirada fueron un alivio tras aquella despedida tan fría. Después de que ella lo rechazara. Y más tarde, aquella audiencia tan humillante… Le complacía que James aún pudiera —o quisiera— hablarle con amabilidad. Por un momento sintió un atisbo de deslealtad. Luego se recordó a sí misma que, a pesar del afecto que había sentido durante tanto tiempo por sir John, su oportunidad con él se había esfumado después de la vuelta de Marianna. Le gustara o no, él era un hombre casado, y ella misma le había insistido en que no debía intentar divorciarse.

El abogado cruzó lentamente la habitación hacia ella, con la mirada fija en la suya. Hannah contuvo la respiración. ¿Acaso aún podría haber un futuro para ellos? ¿Podría James ayudar a sanar su corazón?

Sus pupilas se dilataron, casi eclipsando el verde de sus iris. Sus fosas nasales se ensancharon.

—Hannah… —Pronunció las sílabas con un anhelo contenido. —Aquí… me tienes —respondió ella, vacilante, esperando que él la

besara.

Él alzó la mano y le acarició suavemente la mejilla.

—Querida Hannah —murmuró, pero no se movió.

¿Por qué dudaba?, se preguntó ella.

James bajó la mano y se aclaró la garganta.

—Antes de que digamos o… hagamos… nada más, necesito contarte algo.

Sin embargo, al inhalar el aroma de su colonia y fijarse en las líneas marcadas en las comisuras de la boca, apenas oyó su objeción, sus palabras, lo que fuera que estuviera diciendo. No quería hablar. Quería olvidar todo el miedo y la humillación de las últimas semanas. Todos sus sentimientos encontrados hacia un hombre que nunca sería suyo.

—Chist —susurró, pasando un dedo por sus labios y luego por una de aquellas líneas tan atractivas.

En apenas un instante, James acortó la distancia entre ellos y presionó sus labios contra los de ella. La rodeó con los brazos y la estrechó contra

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su cuerpo. Inclinando la cabeza, profundizó el beso. Cálido, apasionado, intenso. Le rodeó la cintura con las manos, atrayéndola aún más hacia sí.

Él rompió el beso y le deslizó los labios por la mejilla, el cuello y la oreja.

—Cásate conmigo —susurró.

Un escalofrío la recorrió y tomó aire de manera entrecortada. Pero entonces pensó de nuevo en sir John y sintió una opresión en el pecho.

—James, espera…

Hannah se apartó.

—Lo siento. He creído que, tal vez, pero… —Negó con la cabeza—.

No puedo. No ahora. Han sucedido demasiadas cosas.

Él hizo una mueca de dolor y apoyó la frente contra la de ella.

—Lo sé. —Jadeaba, tratando de recuperar el aliento—. Perdóname.

Me he dejado llevar.

James la soltó, dio un paso atrás y exhaló con dificultad.

—He venido decidido a mantener la distancia. Al menos hasta que te haya contado lo que he de decirte.

Ella lo observó con expresión preocupada.

—¿Qué es?

Él la miró con cautela. Frunció los labios y luego comenzó:

—He averiguado que sir John nunca estuvo legalmente casado con Marianna Spencer.

—¿Qué? —Hannah frunció el ceño, confundida. Debía de haber oído mal.

—¿Recuerdas que sir John me envió a buscar pruebas contra el señor Fontaine… sobre el asunto?

Ella asintió.

—En vez de eso, cuando regresé a Bristol, descubrí que ella se había fugado con Anthony Fontaine antes de casarse con sir John.

Hannah lo miró boquiabierta.

—No puedes estar hablando en serio.

—Pues así es, desafortunadamente. Su padre quería que se casara con sir John. Estaba furioso y se negó a reconocer la fuga como un matrimonio legal. Así que la encubrió. Sobornó al párroco y al cochero para mantenerlo en secreto. Para fingir que nunca había ocurrido.

—¿Y el señor Fontaine?

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—Se mostró muy dispuesto a seguir con el plan, a cambio de dinero, claro está. Al parecer, él y Marianna nunca tuvieron intención de terminar su relación.

—No me lo puedo creer. ¡Qué peligro!

—Sí. Una apuesta que podría costarle muy caro al final. La bigamia puede ser castigada con la horca, ¿sabes?

—Seguramente no se llegará a tanto.

—Lo dudo, pero es posible.

Hannah se sintió como si le hubieran sacado todo el aire de los pulmones, como un globo pinchado. Se dejó caer débilmente en una silla. El calor del deseo se había evaporado, dejando tras de sí una sensación de frío.

Cerró los ojos y murmuró con tristeza:

—Oh, sir John…

James se frotó la nuca.

—Sí. Incluso yo lo compadezco.

—¿Qué tiene pensado hacer?

—Pretende conseguir un decreto de nulidad alegando fraude. —¿Crees que lo conseguirá?

Con la boca apretada, James se dio la vuelta.

—Con Fontaine y el cochero dispuestos a testificar, creo que es un resultado inevitable.

Ella miró su semblante serio, sus ojos sombríos, y dijo en voz baja:

—Con razón no querías decírmelo…

—Lo he intentado…

Ella levantó una mano mostrando un gesto tranquilizador.

—Sé que lo has intentado. No te culpo por… nada. —Forzó una débil risita—. De hecho, me sorprende que me lo hayas contado.

—Confieso que me he sentido tentado de esperar. Incluso de sugerir que nos fugáramos, antes de que te enteraras de la noticia por boca de otra persona. Pero…

—Eres demasiado íntegro para hacer algo así —terminó ella por él. —¿Lo soy? —Él le tomó la mano—. En cualquier caso, aún siento la

tentación de insistir en mi propuesta. Pero te daré tiempo para asimilar la noticia primero. ¿Puedo volver a visitarte?

—Sí, por supuesto.

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Mucho después de que James se marchara de la casa, Hannah seguía sentada en aquella silla, reviviendo escenas del pasado a la luz de la nueva revelación.

Recordó pequeñas cosas que había dicho lady Mayfield, cosas que Hannah había atribuido al descontento general de Marianna con sir John, como: «Ojalá Anthony hiciera algo; ojalá terminara de una vez por todas con esta farsa de matrimonio».

A Hannah jamás se le había pasado por la cabeza que el matrimonio de Marianna con sir John fuera realmente una farsa y, menos aún, un fraude. No era de extrañar que Fontaine se hubiera quedado destrozado con la noticia de la «muerte» de Marianna. Era su esposa.

Rememoró otros pequeños fragmentos de conversaciones. Las bromas, los dobles sentidos, Marianna preguntando con coquetería: «¿Y cómo está la señora Fontaine esta noche?». Y las respuestas insinuantes de él, que siempre hacían que Hannah se sintiera como si se estuviera perdiendo un chiste privado: «Dígamelo usted», o «Mi querida esposa está en casa y planea acostarse temprano…».

Los dos se habían referido con picardía a Marianna como «la señora Fontaine» delante de ella, y ella jamás lo había sospechado. ¿Quién habría podido imaginar algo tan sórdido?

Finalmente, se levantó con desgana y subió de nuevo a su habitación, con el corazón doliéndole una vez más por sir John Mayfield.

Al día siguiente, Hannah recorría de un lado a otro su pequeña alcoba, paseando a un inquieto Danny en sus brazos, meciéndolo y arrullándolo para calmarlo. Becky ya lo había intentado y se había rendido. A la señora Hurst no le agradaban los bebés llorones. Hannah pensaba que quizás debía haber aceptado la oferta de su padre de regresar a casa, pero no estaba lista. Aún no. Tampoco deseaba exhibir a su hijo ilegítimo delante de su congregación.

Alguien llamó a la puerta y Hannah se puso tensa. Cruzó el cuarto para abrir, imaginando que le esperaba una buena reprimenda.

—Hola, señora Hurst. Lo siento. Pero Danny… La mujer la interrumpió. —Un caballero desea verla.

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El corazón le dio un vuelco. ¿Sería sir John? Sin embargo, desechó la idea de inmediato y se dijo a sí misma que no fuera tonta. En aquel momento Danny se metió el puño en la boca y miró fijamente a la señora Hurst, con sus largas pestañas todavía cargadas de lágrimas. A él tampoco le agradaba la mujer.

—Aquí tiene su tarjeta —dijo la señora Hurst, extendiéndosela—. Es un abogado. No se habrá metido en líos, ¿verdad?

—¡Oh! —Miró la tarjeta de James—. No.

La sospecha iluminó los ojos de la mujer.

—El señor Lowden es el abogado del señor John Mayfield —dijo Hannah, tratando de disimular su decepción—. Mi… antiguo patrón.

La mujer ladeó la cabeza y frunció el ceño, pensativa.

—Mayfield… ¿No es ese el apellido de la mujer que aparece en los periódicos esta mañana?

—No… lo sé —murmuró Hannah, distraída. Había estado demasiado ocupada con Daniel para leer las noticias. Inspiró hondo—. Bueno, bajaré a hablar con el señor Lowden en la sala, si no le molesta, señora Hurst.

—Bueno, no lo va a ver aquí en su alcoba, eso es seguro. Yo regento una casa respetable.

—Sí, lo sé —respondió, forzando una sonrisa tensa—. Y le estoy muy agradecida por ello.

Le entregó su hijo a Becky y pasó junto a la mujer. Luego bajó las escaleras asiendo con fuerza el pasamanos y se dirigió a la sala.

James se volvió al verla entrar.

—Señorita Rogers.

Ella inclinó la cabeza.

—Señor Lowden —dijo sonriéndole, pero él no le devolvió el gesto.

—¿Era Daniel el que he oído? No parecía muy contento.

—Me temo que son los cólicos otra vez.

—Ah —murmuró, con tono ausente, claramente distraído.

Hannah cerró la puerta de la sala y se volvió hacia él, pero el abogado levantó una mano para detenerla.

—Me temo que esta no es una visita informal.

Ella vaciló, sintiéndose a la vez confundida y, extrañamente, aliviada. —Ah, ¿no?

—Estoy aquí en visita oficial, en calidad de abogado del señor Mayfield. He recibido una carta de su parte. En ella incluía una dirigida a

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usted y me pedía que se la entregara, ya que no tiene su dirección.

Sacó un papel doblado de su bolsillo y se lo tendió.

Ella lo aceptó, echando un vistazo al sello y comprobando que seguía intacto.

—No, no la he leído —dijo con sequedad, al notar hacia dónde se dirigía su mirada.

—¿Pero quiere que le cuente lo que dice? Él le sostuvo la mirada por un momento. —No he dicho eso.

—No hacía falta. Si no tuviera curiosidad, habría enviado la carta por medio de un mensajero.

—No es por eso por lo que he venido en persona.

Ella esperó ver una sonrisa en su rostro o un brillo seductor en sus ojos. Sin embargo, permaneció serio, con una expresión neutra.

Bajó la vista y carraspeó.

—Perdóneme. Me queda un último deber por cumplir.

Sacó una pequeña bolsa de cuero de otro bolsillo y mantuvo la mirada apartada.

—La asignación para Daniel. Sir John insiste en que se le permita hacerse cargo de su manutención, al menos mientras usted permanezca soltera, y más allá de eso si su… —tragó saliva— esposo… está de acuerdo. Me encarga decirle que aceptar este dinero en nombre de Daniel no implica ningún compromiso hacia él.

Al mirar a James, Hannah pensó en los guardias de palacio, con la barbilla en alto y los labios tensos, cumpliendo con solemnidad su deber sin mostrar emoción alguna.

—Oh, James… —murmuró.

Pero él volvió a alzar la mano para detenerla.

—Señorita Rogers. Estoy obligado a preguntarle: ¿Tiene alguna solicitud o mensaje que desee que transmita a mi cliente? ¿Alguna noticia sobre la salud o necesidades de Daniel que quiera compartir?

A Hannah le ardían las lágrimas en los ojos.

—Solo una petición, señor Lowden.

Él alzó los ojos, tan fríos como los de un soldado, hacia los suyos, llenos de incertidumbre.

—¿Sí?

La voz le tembló.

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—Dígame qué hacer.

La nuez de su garganta se movió en un vaivén visible.

—Eso no puedo hacerlo.

Se despidió con una leve inclinación y la dejó sola, con la carta en las manos.

Estimada señorita Rogers:

Sin duda ya habrá oído la lamentable historia de la fuga de Marianna Spencer con Anthony Fontaine, ocurrida antes de nuestro propio matrimonio. He querido informarle personalmente, antes de que lo viera en el periódico, de que estoy solicitando una anulación del matrimonio alegando fraude. Sé que tiene fuertes convicciones en contra del divorcio, pero espero que, en este caso, pueda absolverme. Mi abogado me asegura que mi caso tendrá éxito. Temo los procedimientos, el escándalo y los chismes malintencionados, pero siento que es algo que debe hacerse con la mayor rapidez y discreción posible. No tengo deseo alguno de exponer públicamente a Marianna ni de castigarla, y creo que, en todo caso, una liberación formal por mi parte será bienvenida por ella.

Deseo asegurarle que he tomado esta decisión por mi propio bien, sin expectativa ni esperanza de que exista, o pueda existir, un futuro entre nosotros. No quiero que haga nada movida por la culpa o por un falso sentido del deber. Usted es libre. Y espero serlo yo también, pronto.

Lamento haber involucrado al señor Lowden en este deber en particular, pero, al no tener su dirección, le he pedido que le haga llegar esta carta de la manera que considere apropiada. Ojalá haya sido por correo o por mensajero, para evitar cualquier incomodidad entre ustedes dos.

También deseo reiterar mi determinación de apoyar a Daniel, al menos hasta el momento en que usted contraiga matrimonio, y más allá de eso solo si usted y su futuro esposo están de acuerdo. Nuevamente, la asignación no debe interpretarse como un soborno, y tenga la seguridad de que aceptar ese dinero en nombre de Daniel no le obliga en modo alguno. Simplemente deseo asegurarme de que ni usted ni Danny sufran necesidad mientras considera sus opciones para el futuro.

Espero y ruego cada día que haya podido reconciliarse con su padre. Si hay algo que pueda hacer para ayudar en ese sentido, no dude en hacérmelo saber. No deseo ser presuntuoso ni entrometerme, pero si él la reprende de algún modo, estaría encantado de hablar con él en su nombre y aceptar la responsabilidad por su situación, aunque no pueda lamentar la existencia de Danny. Asumiré con gusto cualquier culpa, mientras le doy a usted todo el mérito por el niño sano y encantador que es, y por el hombre bondadoso y honorable que, sin duda, llegará a ser, gracias a su influencia y crianza.

Que Dios la bendiga con una vida larga y feliz.

Atentamente,

sir John Mayfield, KCB

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Hannah se dejó caer en el sofá y volvió a leer la carta. Era casi como si él quisiera que eligiera a James, un hombre más joven y que no se había visto mancillado por un pasado sórdido. Pero ella tenía su propio pasado sórdido que considerar. Aunque creía que Dios la había perdonado, eso no significaba que estuviera libre de las consecuencias: la deshonra, los chismes, el fin de su aceptación en la sociedad respetable.

Si realmente fuera una persona abnegada, liberaría a ambos hombres.

Pero no lo era.

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Capítulo 29

El padre de Hannah los invitó a ella y a Danny a cenar, gracias a lo cual Becky pudo tomarse una merecida noche libre. La señorita Rogers le ofreció algo de dinero extra por si quería salir a algún lado, pero la niñera le dijo que solo le apetecía acurrucarse en la cama con

un libro y una lata de golosinas. Ella le proporcionó ambas cosas con mucho gusto.

Qué extraño le resultó entrar en su antigua casa como invitada. Su padre esbozó una sonrisa de bienvenida algo incómoda y se llevó al pequeño a su estudio, sugiriendo a Hannah que mirara si había algo más en su habitación que deseara llevarse.

Volver a su antigua habitación fue como visitar un museo de su juventud. Todo estaba tal y como lo había dejado cuando se había mudado a casa de los Mayfield unos años antes. Hojeó un diario olvidado hacía mucho tiempo y encontró una carta de amor descolorida de Fred. Había perdido a aquel Fred, el joven pretendiente, pero se sentía muy agradecida por haberlo mantenido como amigo. Luego revolvió entre la ropa de bebé que sus padres habían guardado y apartó algunas prendas que lavaría y aprovecharía para Danny: una camisa de dormir, un abrigo con un gorro de lana a juego y una manta de punto suave. También encontró un broche de su madre con unas diminutas campanillas azules pintadas sobre marfil; pensó que podría ser un bonito regalo para la señora Turrill, pues había mencionado que esas eran sus flores favoritas. Finalmente seleccionó algunos libros para llevárselos a Becky y para ella misma, una hermosa edición encuadernada en cuero de los Proverbios, que contenía un salterio y el sermón de la montaña.

De vuelta al estudio de su padre, se detuvo en el umbral. El corazón le dio un vuelco al verlo rezar por Danny mientras lo sujetaba en sus brazos, y luego contraer su habitual rostro solemne para realizar una serie de

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muecas cómicas que habrían dejado estupefacta a su congregación si las hubiera realizado desde el púlpito. La criada les preparó una comida sencilla de sopa de pollo y puerros que Hannah sirvió en la mesa como mujer de la casa, con la memoria de su madre muy presente. La sirvienta admiró a Danny, diciendo que era un muchachito muy apuesto, pero Hannah no pasó por alto la mirada furtiva que lanzó a su dedo anular desnudo.

Al día siguiente, de vuelta en la casa de huéspedes, la señora Hurst llamó a la puerta para anunciarle que tenía otra visita.

—Ha vuelto el abogado ese —dijo con expresión preocupada—. ¿Está segura de que no está metida en un lío?

—Sí, señora Hurst. —Ya no, pensó. Gracias a Dios.

Dejando a un Danny contento al cuidado de Becky, bajó a hablar con James. Se preguntaba qué asunto lo habría llevado allí esa vez, si sería una visita de negocios o algo personal.

En la sala de estar, James estaba nervioso, jugando con el ala de su sombrero entre las manos. En cuanto la vio, exclamó:

—¿Has oído las noticias?

Hannah parpadeó.

—¿Qué noticias?

—Las relativas a Marianna.

Hannah levantó un dedo, pidiéndole que esperara. Sabía que la señora Hurst los espiaría si podía, así que cerró la puerta con firmeza detrás de ella.

—Adelante.

—Le han imputado el delito de bigamia.

Lo miró, incrédula.

—No… No puedo creer que sir John la exponga de ese modo al escarnio. —Sintió una desagradable decepción al pensarlo—. En su carta decía que no lo haría.

—No fue sir John. Fue el propio señor Fontaine quien presentó la denuncia, la «parte agraviada», alegando que su esposa se casó con otro hombre.

—Increíble… —Hannah negó lentamente con la cabeza—. Marianna debe de estar furiosa. ¿Sir John testificó?

James asintió.

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—Fue citado, así que sí, lo hizo. Pero de mala gana.

Hannah se dio cuenta entonces de que sir John se encontraba en Bristol… y aun así no la había visitado ni había ido a ver a Danny. Sintiendo de pronto un profundo cansancio, se dejó caer en una silla.

El señor Lowden continuó:

—Marianna salió bastante bien parada, considerando la acusación. Logró echarle la mayor parte de la culpa a su padre; un padre que, convenientemente, está muerto. No será colgada ni siquiera encarcelada…

—Gracias a Dios —interrumpió ella.

—Solo deberá sentarse en el cepo de Redcliff Hill durante tres horas.

Hannah se quedó conmocionada.

—¿En el cepo? ¿Marianna?

—Sí. Pensé que te alegrarías.

Negó con la cabeza. No sentía ningún tipo de satisfacción. ¿Tan poco la conocía?

—¿Alegrarme? Jamás. Pobre Marianna.

—¡¿Pobre Marianna?! ¿Después de lo que intentó hacerte?

—Lo sé, pero… —Se interrumpió mientras imaginaba a la malcriada y hermosa Marianna sentada en el cepo con uno de sus elegantes vestidos. Sola. Objeto de burla y humillación.

James sacó su reloj de bolsillo.

—De hecho, deberían estar llevándola al cepo justo ahora.

Cerró el reloj con un clic y preguntó con cautela:

—¿Te das cuenta de lo que esto significa?

Hannah se levantó de golpe.

—Significa que debo ir con ella.

—¿Qué? No. Me refería a lo que esto significa para sir John.

Pero ella no tenía en mente a sir John, sino a Marianna.

—Por favor, dile a Becky que volveré cuando pueda.

Salió a toda prisa de la casa. Oyó vagamente a James pidiéndole que se detuviera o que al menos esperara al carruaje, pero no le prestó atención. Corrió más allá de Queen’s, cruzó el puente y subió a toda prisa por Redcliff Hill. Para entonces, le dolía el costado y jadeaba por el esfuerzo.

Pasó frente a la iglesia de St. Mary, cuyo cementerio estaba cercado por un denso seto, y allí, justo fuera de la verja, vio el cepo. Era doble aunque solo había una persona en él. Se le encogió el corazón al verla. Lady Mayfield —¿o era la señora Fontaine?— estaba sentada en el suelo

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embarrado, con los tobillos atrapados en el cepo y unas gastadas zapatillas en los pequeños pies. Miraba fijamente al frente mientras los transeúntes la observaban o se apresuraban a apartar a sus hijos.

Una pequeña multitud comenzó a reunirse, a burlarse de ella y a insultarla a gritos. Marianna frunció el ceño, respondiéndoles algo que ella, aún a cierta distancia, no alcanzó a oír, y quizá era mejor así.

Cuando se acercó más, un niño de unos nueve o diez años echó el brazo hacia atrás con una manzana podrida, listo para lanzarla. Al darse cuenta, Marianna se cubrió el rostro con las manos.

Hannah se abalanzó hacia adelante y agarró el brazo del niño.

—¡No! Recuerda: «quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.»

—No es una piedra, señorita. Es una manzana.

—No lo hagas. —Le sostuvo la mirada durante unos instantes y luego lo soltó. Después se levantó la falda y avanzó con cuidado a través del fango que había dejado la lluvia de la noche anterior.

Marianna aún no la había visto, pero Hannah ya estaba lo suficientemente cerca como para oír sus sollozos apagados.

Rodeó el cepo y, sin querer, golpeó uno de los extremos al dirigirse a la parte de atrás. La vibración sorprendió a su antigua señora, que alzó los brazos como para protegerse de un proyectil o un golpe.

Por un momento, se quedó mirándola con el ceño fruncido. Temió que la rechazara.

—¿Vienes a regodearte? —le preguntó.

—No.

—Entonces ¿qué haces aquí?

Apartó su falda hacia un lado y se sentó en el suelo junto a ella, en el segundo juego de orificios del cepo.

—He venido a quedarme contigo. Para ser tu compañera en esto. —Ja. —La risa de Marianna carecía de malicia. De hecho, le temblaba

la barbilla.

No le importó la humedad que le empapaba el vestido, Hannah miró al frente hacia la multitud incierta, que se movía de un lado a otro, desafiando en silencio a cualquiera que se atreviera a arrojar algo. Rezando para que nadie lo hiciera.

Miró de reojo y vio que Marianna fruncía los labios con amargura. Le temblaban.

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—Debería decirte que te vayas —murmuró—. Que no te necesito. — Las lágrimas le inundaron los ojos—. Pero soy demasiado débil. No puedo soportar esto sola.

Hannah le sostuvo la mirada y negó despacio con la cabeza.

—No tienes por qué hacerlo.

Mientras se dirigía corriendo hacia la escena, James vio a Anthony Fontaine apoyado contra un árbol, a cierta distancia de los cepos. Al pasar junto a él, le puso una mano en el brazo para detenerlo.

—Déjalas.

Lowden frunció el ceño.

—Me ha sorprendido, Fontaine. No me esperaba algo tan bajo, ni siquiera de usted.

—Podrían haberla colgado o enviado a prisión. Esto no es nada. —¿Para una mujer como Marianna Spencer? Fontaine se encogió de hombros.

—Le vendrá bien que la bajen un poco del pedestal. Tiene una opinión excesivamente alta de sí misma.

Por un momento, James se quedó donde estaba, dividido entre el deseo de correr hacia Hannah y ayudarla a levantarse y la preocupación por no parecer que interfería en el cumplimiento de una orden judicial. No le habría hecho ningún favor a su reputación profesional.

Volvió a mirar a Fontaine.

—¿Y qué piensa hacer ahora?

—Parto a América dentro de tres días —respondió.

James alzó la cabeza, sorprendido.

—¿A América?

—Sí. Estoy listo para comenzar de nuevo. —¿Y dejará usted a Marianna, entonces? —¡Por supuesto que no! Ella viene conmigo. El abogado arqueó las cejas.

—¿De veras? ¿Después de todo esto? —Así es. Al fin y al cabo, es mi esposa. —¿Y ella ha accedido a acompañarle?

—Todavía no. Pero la conozco bien. Cree que me ha perdido. De repente, poseo un gran atractivo —dijo asintiendo con la cabeza como muestra de confianza—. Vendrá conmigo.

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Lowden observó el perfil imperturbable del hombre y preguntó en voz baja:

—¿Lo lamenta? ¿El haber participado en todo este enredo desde el principio?

Fontaine mantuvo la vista fija en los cepos, pensando.

—Quería el dinero y sabía que ella no amaba a sir John. Pensé que no me importaría. —Inhaló profundamente—. Pero me equivoqué.

James volvió la cabeza hacia los cepos.

Desde la distancia, Hannah le sostuvo la mirada. Muy seria, asintió una vez y luego volvió la vista hacia Marianna.

Lowden esperó un minuto más, luego se dio media vuelta y regresó solo a casa.

Más tarde, después de la puesta en libertad de Marianna, Hannah regresó a la casa de huéspedes, se aseó y se cambió de ropa. Se aseguró de que Becky y Danny tuvieran todo lo que necesitaban y volvió a salir. James había mencionado que sir John había sido citado a testificar. Supuso que seguiría todavía en Bristol, o eso esperaba. Se puso su bonito vestido de paseo para darse confianza. ¿La recibiría? Y si lo hacía, ¿con entusiasmo o con desgana?

Caminó hasta la casa de la calle Great George, la residencia de sir John en Bristol, el lugar donde había vivido como dama de compañía de Marianna antes de mudarse a Bath. El lugar donde Danny había sido concebido. Tragó saliva al pensarlo y deseó no encontrarse con el displicente y lascivo señor Ward. Agradeció una vez más haber escapado de las garras de aquel hombre en el pasado.

Mientras subía los escalones de la entrada principal, sintió las palmas de las manos sudorosas dentro de los guantes y rezó en silencio: «Hágase tu voluntad…».

Tocó el timbre y se sintió aliviada cuando Hopkins, el anciano mayordomo, abrió la puerta.

—Hola, Hopkins.

El hombre arqueó sus blancas cejas.

—Señorita Rogers. ¡Qué sorpresa!

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—Sin duda. Yo… esperaba poder hablar brevemente con sir John. ¿Está recibiendo visitas?

—No, señorita. Me temo que no. Los periodistas lo han estado acosando desde su regreso. Se marchó tan pronto como pudo después del juicio.

—¿Puedo preguntar a dónde fue?

El anciano vaciló.

—No debo decirlo, señorita.

Hannah sintió el aguijón del rechazo.

—¿Le dijo que no me lo dijera?

—No, señorita. No a usted específicamente. No quiere que se lo diga a ninguno de esos reporteros.

—Ah. Ya veo. ¿Puede decirme si ha regresado al condado de Devon? Le prometo que no se lo diré a nadie más.

Él miró a izquierda y derecha, con un brillo travieso en sus ojos ancianos.

—Bueno, yo no lo he dicho…, pero sopla un viento del suroeste, ¿eh? Hannah regresó a la pensión. Allí encontró a la señora Hurst, pagó todo lo que debía y volvió a su habitación a hacer el equipaje. Dejó la puerta abierta y entreabrió una ventana para «ventilar el lugar después de

tantos pañales», como le había afeado la señora Hurst.

Becky, entusiasmada por el viaje, tarareaba mientras vestía a Danny con el pequeño abrigo y el gorro de lana para protegerlo del viento húmedo. Irían a despedirse brevemente de su padre y, desde allí, solo había una corta caminata hasta una posada cercana donde tomarían la diligencia.

Mientras guardaba un par de guantes en la maleta, Hannah sintió un escalofrío en la nuca. Se sobresaltó y se volvió.

Allí estaba James Lowden, de pie en el umbral. Había olvidado que había dejado la puerta abierta tras de sí.

Se llevó una mano al pecho.

—James, me has asustado. No deberías estar aquí. Mi casera tiene reglas muy estrictas sobre las visitas de caballeros.

Hannah se las arregló para esbozar una sonrisa temblorosa, pero su expresión seguía sombría.

—Te marchas.

—Sí.

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Lowden frunció los labios. Luego se volvió hacia Becky y dijo:

—¿Le importaría llevar a Danny al salón por unos minutos mientras hablo con la señorita Rogers?

—Como guste, señor. —La niñera hizo una reverencia y salió de la habitación con el pequeño en brazos. Hannah ya no temía que Becky pudiera huir. La muchacha estaba demasiado ansiosa por regresar al condado de Devon y ver a su querida señora Turrill.

Cuando los pasos de la joven se desvanecieron escaleras abajo, él preguntó:

—¿Te mudarás a la casa de tu padre?

—No.

Él hizo una mueca. Con los puños apretados, inhaló por las fosas nasales dilatadas y cerró los ojos con fuerza.

—Vas a regresar a Clifton.

—No a la casa, pero sí a Lynton.

—Para ver a sir John.

—Para ver a la señora Turrill —aclaró, mientras añadía distraídamente un pañuelo a su bolso—. Ella le ha ofrecido un hogar a Becky y le prometí que la acompañaría de vuelta tan pronto como terminara aquí.

—¿Y has… terminado aquí?

Ella dejó de moverse nerviosamente por la habitación mientras hacía la maleta y lo miró de frente. Respiró hondo y dijo en voz baja:

—Creo que sí.

Él torció el gesto.

—¿Te habrías ido sin decírmelo? No sé por qué me sorprende. Lo elegiste a él antes y debí suponer que lo elegirías otra vez.

Hannah negó con la cabeza, con tristeza.

—Probablemente no quiera saber nada de mí ahora que se ha librado de mí, de Marianna y de todo este maldito escándalo. Seguramente llevaré a Becky y volveré con las manos vacías.

—Lo dudo.

—No lo sé. Pero si hay alguna posibilidad con sir John, tengo que intentarlo.

—No, no tienes que hacerlo.

—James, por favor… —Extendió una mano hacia él, pero luego se lo pensó mejor y la retiró. Era jugar con fuego. Las brasas seguían allí, justo debajo de las cenizas—. Te vi en los cepos. Vi tu expresión, tu distancia. Y

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lo entendí. Debes evitar el escándalo, y eso es lo que soy yo. Un bastardo.

La suplantación. La bigamia.

—Tú no tuviste nada que ver con eso…

—Lo sé. Pero estoy vinculada con todo. Tú quieres hacer crecer tu bufete. Por supuesto que sí. Y yo no puedo ayudarte en eso. Solo puedo perjudicarte. Si te casaras conmigo, viviría para ver cómo tu admiración se convierte en resentimiento y arrepentimiento.

Su rostro se contrajo por la frustración, y quizás por la pena; ella sabía que no era un gesto de negación.

—Pero, Hannah —protestó él—. Quiero estar contigo. No podría soportar no volver a tocarte nunca más… —Le recorrió los brazos con las manos, bajó la cabeza y besó su hombro desnudo, erizándole la piel—. No te vayas todavía. Quédate y dame una oportunidad. Danos una oportunidad.

Por un momento lo consideró. Pero entonces vio el rostro engañoso de Marianna y el estómago se le revolvió.

Inspiró hondo y se apartó de él.

—No, James. No lo haré.

Él negó con la cabeza, con la rabia centelleándole en los ojos.

—Dime la verdad. Tu preocupación por mi bufete, o incluso por Daniel, no es la verdadera razón por la que me rechazas, ¿verdad? Prefieres a sir John.

Ella dejó que su silencio respondiera por ella. Era cierto que se sentía atraída por James. Pero amaba a sir John, y lo amaba desde hacía mucho tiempo.

Lowden se pasó la mano por el cabello, agitado.

—¿Y entonces qué se supone que debo hacer? ¿Seguir adelante y fingir que no hay nada entre nosotros? ¿Continuar como abogado de sir John como si no estuviera deseando tomarte entre mis brazos a cada instante?

Ella lo miró a los ojos y exhaló un suspiro profundo.

—Quizá ha llegado el momento de que sir John se busque un nuevo abogado.

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Capítulo 30

Desde el camino, Clifton parecía un paisaje pintado, una casa de piedra con torreones, enclavada entre serbales, con su jardín de flores enmarcado por setos de alheña y un emparrado con forma de

arco. O quizá más bien un bodegón, pues estaba demasiado quieto. Demasiado silencioso. Sin la señora Turrill saludando desde una puerta abierta. Sin el doctor Parrish llamando con alegría desde la casa vecina, la Casona. Sin sir John sentado en su sillón junto a la ventana del piso superior.

Se acercó un poco más, pero no vio a nadie en los alrededores. ¿Dónde estaba?

La señora Turrill no había podido decirle con certeza si sir John vivía de nuevo en la mansión Clifton, pues ya no trabajaba allí. Había rehusado volver tras el juicio de Hannah, y después los Mayfield se habían marchado a Bristol. Había oído que sir John había regresado recientemente a la zona, pero no sabía si pensaba quedarse y, en caso de que así fuera, por cuánto tiempo.

Hannah temió que el hombre hubiera sufrido una recaída. ¿Sería por eso por lo que no la había visitado cuando había estado en Bristol? O peor aún, ¿habría cambiado de opinión sobre ella? Después de todo, ya no tenía que conformarse con una mujer dispuesta a ocupar el lugar de Marianna. Era libre de casarse con cualquier dama distinguida que deseara. Mucho más distinguida de lo que ella jamás podría aspirar a ser.

A pesar de todo, era reconfortante ver de nuevo aquel lugar, y verlo en paz. La última vez que había estado en Clifton, había estado bajo custodia y luego se la habían llevado como a una criminal.

Debía guardar un recuerdo mejor, más grato; un recuerdo para revivirlo en algún momento futuro, cuando se sintiera sola.

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Permaneció un poco más al borde del jardín, despidiéndose en silencio de la casa y de su propietario. En unos minutos regresaría a casa de la señora Turrill. Becky y Danny estaban allí, poniéndose al día sobre lo sucedido desde la última vez que habían estado juntos. Pero, de momento, se tomaría un minuto más para recordar…

Cerró los ojos y ahí estaba él. Sir John tomándole la mano. Atrayéndola a su regazo y besándola. Dando sus primeros pasos. Diciendo: «Eres hermosa, Hannah. Tal como eres». Acunando a Danny en brazos. Acudiendo en su rescate. Dejándola partir…

El sonido de cascos al galope interrumpió su ensoñación. Sobresaltada, se escondió detrás de un seto de aligustre, temerosa de parecer una intrusa si era Edgar Parrish o, tal vez, algún posible nuevo inquilino.

Observó, sorprendida, cómo sir John Mayfield aparecía al galope sobre un corpulento alazán. Iba erguido y firme, con las faldillas del abrigo ondeando tras él y el ala del sombrero echada hacia abajo. Sujetaba las riendas con soltura en la mano enguantada. Lo observó con sus botas altas con vueltas en los estribos y los muslos fundidos con los costados del caballo. Se le veía fuerte y seguro. El sir John Mayfield de antes.

Se le cortó la respiración al verlo.

Cuando se acercó a los establos, ella esperaba que Ben o algún nuevo mozo saliera para ayudarlo a desmontar y ofrecerle el bastón. Pero no apareció nadie. Pensó en correr hacia él para ofrecerle ayuda, pero dudó de que él agradeciera que alguien —y menos ella— presenciara alguna muestra de debilidad.

Cuando tiró de las riendas para detenerse, no esperó a que nadie lo asistiera, sino que pasó la pierna por encima y desmontó con aparente soltura. Recogió las riendas y dio una palmada en el cuello reluciente del caballo. Solo entonces Ben salió trotando, sonriente, y tomó al animal de manos de sir John.

Hannah decidió quedarse donde estaba y esperar para saludarlo allí, en la relativa privacidad del jardín, cuando se dirigiera a la casa. Se alisó el cabello y respiró hondo para calmar los nervios.

Pero sir John no se encaminó hacia la casa. En vez de eso, tomó un bastón apoyado contra la pared del establo y emprendió el paso con energía en dirección opuesta, alejándose del jardín.

Por un instante, ella temió que la estuviera evitando, pero no creía que la hubiese visto siquiera.

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¿Se alegraría de verla? Ojalá pudiera saberlo.

Lo siguió. Caminaba con pasos rápidos y seguros hacia la carretera de los acantilados. «Dios mío», pensó, «ya no está débil».

Incapaz de seguirle el ritmo con sus largas piernas y su paso veloz, finalmente gritó:

—¡Sir John!

Él miró hacia atrás y vaciló al verla. A Hannah le invadió una sensación de desánimo. Ninguna sonrisa de bienvenida iluminó su rostro. Tampoco usó su renovada fuerza para correr hacia ella. De hecho, se quedó allí, observándola casi con cautela. ¿La consideraba una presuntuosa por presentarse sin que nadie la hubiera invitado?

Su confianza se desvaneció. Al igual que él, también vaciló; no sabía cómo proceder.

Se obligó a avanzar lentamente, tratando de recuperar el aliento y calmarse.

—Hola —logró decir.

Él inclinó levemente de la cabeza.

—Señorita Rogers.

¡Qué formal! ¡Después de todo lo que habían pasado juntos!

Colocó ambas manos sobre la empuñadura del bastón, apoyado en el suelo frente a él.

—No esperaba verla aquí —reconoció, con los ojos entrecerrados—.

Supongo que ha venido a visitar a la señora Turrill.

—Sí. He venido a traerle a Becky. La ha invitado a alojarse en su cabaña.

Él asintió, mostrando comprensión.

—¿Cómo está Danny? Supongo que bien, ¿verdad?

—Sí. En este preciso instante, mientras charlamos, está durmiendo en casa de la señora Turrill.

—Ah. Bien.

Ella miró hacia los establos.

—Le he visto llegar a lomos del caballo.

Sacudió la cabeza, asombrada.

—Qué recuperado está. Es increíble cómo ha recobrado las fuerzas. —He estado trabajando en ello —admitió él—. Si me disculpa,

continuaré con mi paseo…

Aquel intento de despedida le dolió, pero no se rindió.

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—Se le ve muy bien —insistió, antes de que él pudiera darse la vuelta

—. Me alegra verle así.

Sintió que se le encendían las mejillas al pronunciar aquellas palabras. Él alzó una ceja.

—¿Lisonjas, señorita Rogers? No es propio de usted.

Entonces lo reconoció. Aquel tono frío y distante que había adoptado cuando había empezado a sospechar que ayudaba a Marianna a escapar. Una coraza para protegerse.

—Que tenga un buen día —dijo, llevándose la mano al ala del sombrero en señal de despedida. Se volvió con firmeza y continuó su camino, decidido a hacer ejercicio… o a mantenerla a raya.

Apresurándose para no quedarse atrás, ella continuó:

—Me pregunto, sir John, si acaso sabe cómo soy en realidad. Solo me ha conocido como dama de compañía… y como impostora.

—Al contrario —replicó él—. En su momento llegué a pensar que la conocía muy bien.

Desde luego, no era el reencuentro romántico que ella había esperado ni imaginado. Tenía que hacer algo, cambiar el rumbo de la conversación y rápido.

—¿Podría, por favor, ir más despacio, para que podamos hablar? —Es joven. No debería tener problemas para seguirme el paso.

Antes de que lograra alcanzarlo, él ya había llegado a la carretera del acantilado. Quizá, pensó ella, se había apiadado de ella y había bajado el ritmo.

Hannah cruzó la carretera y miró hacia el canal, sobrecogida por la vista. Luego se volvió hacia el oeste, en dirección a Lynton, y luego hacia el este, buscando la torre de la iglesia de Countisbury para orientarse. El viento la azotaba con fuerza, amenazando con arrancarle el sombrero de la cabeza.

Ella caminó unos metros hacia el este, haciéndole señas a sir John para que se acercara.

—Mire. —Señaló con el dedo—. Allí fue donde se estrelló el carruaje. Él la siguió y miró hacia abajo con desgana, como si esperara encontrar una visión espantosa, o tal vez un fantasma. Pero solo quedaban

una rueda de carruaje y un banco de terciopelo carcomido como prueba.

Su expresión se volvió pensativa.

—Allí terminó mi vida anterior… y comenzó la nueva.

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—La mía también —susurró ella, pero el viento se llevó sus palabras.

Con el rostro aún vuelto hacia el canal, sir John dijo:

—El señor Lowden no está aquí, si lo está buscando. Está trabajando en sus oficinas de Bristol.

Mantuvo la mirada apartada, como si no quisiera presenciar su decepción.

—Lo sé —respondió ella—. No lo estoy buscando.

Él le lanzó una mirada de soslayo.

—Pero lo ha visto.

—Sí —respondió ella. Luego tomó aire profundamente y añadió—: Y me temo que lo despedí.

Él se volvió a mirarla, con las cejas alzadas.

—¿Lo despidió?

—Sí. ¿Le supondrá mucha molestia contratar a un nuevo abogado? Él parpadeó, claramente sorprendido.

—No… Pero ¿puedo preguntar por qué consideró necesario despedirlo?

Con alivio, notó que él no exigía saber qué derecho tenía a hacerlo.

—¿Hace falta que lo pregunte? —repuso ella.

Sus ojos color gris azulado brillaron.

—¿Pensó que sería incómodo casarse con él mientras siguiera siendo mi abogado?

Negó con la cabeza.

—No tengo previsto casarme con su abogado.

—¿No?

—No. Pero sí creo que sería incómodo estar casada con usted mientras él siguiera siéndolo.

«¡Qué atrevida!», pensó, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello. ¿La rechazaría allí mismo, en aquel preciso instante?

Su boca se curvó en una sonrisa ladeada.

—¿Tiene miedo de sentirse tentada a tomar el mal camino?

—En absoluto —respondió sin titubear—. Pero sería doloroso para él vernos felices juntos.

Él se quedó quieto, como si contuviera la respiración.

—¿Y seremos felices juntos?

—Eso espero con todo mi corazón.

Él la observó detenidamente.

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—Ya le dije que me haría cargo de Danny. No necesita casarse conmigo. James Lowden es más joven y apuesto y está claramente enamorado de usted.

Ella le sostuvo la mirada y dio un pequeño paso hacia él.

—Sí, sir John, todo eso es cierto. —Bajó la vista y luego volvió a alzarla—. Pero no es a él es a quien yo quiero…

La frase apenas había salido de sus labios cuando él le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí.

—¿Qué intenta hacerme? —preguntó él, con voz ronca, haciéndole notar su aliento cálido en la sien.

—Intento… convencerle —susurró ella.

Él se alejó apenas lo suficiente para mirarla a la cara. Con la mano libre, le apartó un mechón de la mejilla y se lo colocó con suavidad detrás de la oreja.

—¿Convencerme de qué, señorita Rogers?

Tenía un brillo de desafío en los ojos, como si la retara a decir las palabras que tanto anhelaba oír.

—De que lo amo —susurró ella con firmeza, aunque en voz baja, apoyando la mano sobre su pecho.

—¿Y si no me hubiese recuperado? ¿Si aún estuviera confinado a una silla de ruedas?

Ella trazó una caricia suave a lo largo de su rostro.

—Estaba dispuesta a ser su esposa entonces, antes de que Marianna regresara. Antes de que usted pudiera siquiera caminar. Me siento atraída por usted, sir John, ya sea sentado o de pie.

Durante varios segundos, él simplemente la contempló, sin decir palabra. Luego, la comisura de su boca se alzó con una leve sonrisa.

—¿Acaso echa de menos ser lady Mayfield?

Ella se encogió de hombros.

—Tal vez.

Él soltó una carcajada.

—Lady Tal Vez. Así te llamaré.

Ella se mordió el labio y lo miró fijamente.

—Se me ocurren otros apelativos que preferiría.

—Ah, ¿sí? —La estrechó la cintura. Con la otra mano le acarició la mejilla, con toques suaves como plumas. Murmuró—: ¿Debería llamarte… querida amiga, amante deseada o… esposa amada?

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El corazón de Hannah latía con fuerza, una oleada de esperanza y alegría le llenó el pecho. Sonrió y susurró:

—Sí, por favor. Todo eso.

—Ni más ni menos que lo que siento.

Se inclinó, guiando suavemente con la mano su rostro hacia el suyo. Sus labios tocaron los de Hannah con ternura, dulzura, y luego con más firmeza. Ella los entreabrió y él profundizó el beso, fundiendo su boca con la de ella, su cuerpo con el de ella, hasta que sus piernas se sintieron débiles y su mente embriagada.

¿Cómo había podido dudar de sus sentimientos hacia ese hombre? Qué tonta había sido. Qué ciega. Sir John era apuesto y apasionado. Honorable y generoso. La amaba y amaba a su hijo. «Su hijo».

«Así que esto es lo que se siente al amar», pensó.

Y descubrió que le gustaba mucho, muchísimo.

Él rompió el beso y deslizó sus labios cálidos por su mejilla, su sien, su oreja. Con voz ronca le preguntó:

—¿Vamos a ver al párroco, amor mío? —Sí —suspiró ella—. Lo antes posible.

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Nota de la autora

Escribí el primer borrador de esta novela antes de visitar Lynton y Lynmouth, dos pueblos gemelos en el norte de Devon, Inglaterra. Elegí la zona por su entorno costero dentro del Parque Nacional de

Exmoor y sus acantilados escarpados a lo largo del canal de Bristol. En 2014, mi vieja amiga Sara Ring y yo tuvimos el privilegio de viajar hasta allí y descubrir que el paisaje, los pueblos y los lugareños eran aún más encantadores de lo que había imaginado.

Sara y yo hicimos senderismo a lo largo del río Lyn hasta el pintoresco valle de las Rocas y por un antiguo camino de carruajes de cientos de años de antigüedad que discurría peligrosamente cerca del borde del acantilado, no muy lejos de la bahía de Woody. Juntas buscamos el lugar perfecto para arrojar un carruaje al vacío de manera que cayera al canal. El viento agitaba nuestro cabello, azotándonos el rostro, nos arrancaba las capuchas de la cabeza y hacía casi imposible que nuestras voces resultaran audibles en el video que grabó Sara. También tomó muchas fotos maravillosas de la zona (así como una mía con tobilleras, tal y como se describe en el libro). ¡Gracias, Sara! Puedes visitar www.julieklassen.com para ver una muestra.

Me gustaría dar las gracias a Dick Croft y a los demás amables guías voluntarios en Arlington Court y en el Museo Nacional de Carruajes, y también en Devon. Allí aprendí la diferencia entre un landó, una calesa, una diligencia, una carroza, un coche de institutriz, un dogcart, un charrete, un cabriolé y muchos más. Qué fascinante fue ver de cerca tantos carruajes históricos, asomarme a sus ricos interiores e imaginar a mis personajes emprendiendo el viaje que cambiaría su vida para siempre.

Los lectores atentos puede que haya reconocido un cierto «sabor a Jane y al señor Rochester» en algunas líneas del capítulo veintidós. Reconozco

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humildemente la influencia de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, una novela que adoro desde que estaba en sexto grado.

Me gustaría expresar también mi más cálido agradecimiento a las dos Wendys en mi vida editorial: Wendy McCurdy, de Berkley Publishing Group/Penguin Random House, y Wendy Lawton, de Books & Such Literary, mi agente, por el entusiasmo mostrado por este libro. Y también a mis amigos de Bethany House Publishers, quienes amablemente me dieron su bendición para probar suerte escribiendo para dos editoriales. Aprecio su confianza y apoyo. Un agradecimiento especial a la talentosa reseñadora y autora Michelle Griep por proporcionarme comentarios tan útiles… ¡una vez más!

Como siempre, un enorme «gracias» y todo mi cariño a mi querida amiga y primera lectora, Cari Weber, quien me dio su opinión sobre dos borradores a lo largo del proceso y que me bendice de tantas maneras. Y a mi amado esposo y mis hijos. Sin vosotros estaría perdida.

Y finalmente, mi más sincero agradecimiento a vosotros, mis lectores. ¡Os aprecio a todos y cada uno de manera muy particular!

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JULIE KLASSEN (1964, Estados Unidos), es una autora americana de novelas románticas por las que ha ganado varios premios.

Klassen se graduó en la Universidad de Illinois.

Trabajó durante 16 años en el mundo de la publicación editorial y recientemente abandonó su trabajo como editora en Bethany House Publishers para dedicarse a escribir a tiempo completo.

Envió el manuscrito de su primera novela, The Lady of Milkweed Manor, bajo un seudónimo que solo su jefe conocía. Ella creyó necesario hacerlo así para que sus colegas editores no se sintieran obligados a aceptar la publicación y poder así recibir una opinión honesta acerca del manuscrito. También se preocupaba sobre su estilo de escritura. Tiempo después dijo: «No quería sentirme avergonzada cuando fuera a trabajar al día siguiente». Al final los comentarios acerca de su obra fueron positivos y el manuscrito fue aceptado para ser publicado.

Notas

[1] N. de la Trad.: En el original «mock turtle» (falsa tortuga), es un tipo de sopa inglesa que se inventó en el siglo XVIII, en un momento en el que la

sopa de tortuga era muy popular. Debido a lo costoso que resultaba el componente principal, se intentó replicar los sabores de este plato sustituyendo al exótico animal por otros ingredientes, entre los que destaca la cabeza de ternera o de cordero. <<

[2] N. de la Trad.: Raíz de una planta americana, muy rugosa, de tamaño parecido al de la zanahoria y de color marrón o naranja, que en la medicina tradicional se emplea como purgante. <<

[3] N. de la Trad.: Por lo general, para mantener el hielo se utilizaba paja o serrín, porque ayudaba a ralentizar el proceso de descongelación. <<

[4] N. de la Trad.: Escrito por John Newbery y publicado por primera vez en 1744, es considerado por muchos el primer libro infantil de la historia. Fue diseñado no solo para entretener, sino también para instruir: cada letra del alfabeto iba acompañada de una rima y una lección moral, a menudo relacionada con juegos o comportamientos cotidianos. <<



FIN

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