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Libro N° 14841. El Amanecer De La Verdad. Baldacci, David.


© Libro N° 14841. El Amanecer De La Verdad. Baldacci, David. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © El Amanecer De La Verdad. David Baldacci

 

Versión Original: © El Amanecer De La Verdad. David Baldacci

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL AMANECER DE LA VERDAD

David Baldacci


El Amanecer De La Verdad

David Baldacci

Más de treinta años después de la desaparición de su hermana Mercy, la agente especial del FBI Atlee Pine ha conseguido averiguar la identidad de su captor. En una carrera contra el tiempo, Atlee y su asistente Carol Blum viajan a Trenton donde se encuentran con un viejo conocido, John Puller, que está investigando una red de tráfico de droga en una base militar cercana. Juntos, Pine y Puller descifrarán una espesa red de mentiras, encubrimientos y la verdad impactante de lo que le pasó a Mercy.

David Baldacci

El Amanecer De La Verdad

Atlee Pine 3

ePub r1.0

Titivillus 16.10.2025

Título original: Daylight

David Baldacci, 2020

Traducción: José Serra Marín

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Índice de contenido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Agradecimientos

Sobre el autor

A Ron Kunihiro,

que tiene el corazón de un león

y es querido y respetado por todos los que lo conocen.

1

«Llegó la hora de rendir cuentas».

La agente especial del FBI Atlee Pine estaba en su coche de alquiler a las afueras de Andersonville, Georgia, sentada junto a su ayudante, Carol Blum.

Pulsó el nombre en su lista de contactos y escuchó sonar los tonos de llamada.

—Pine, qué detalle por tu parte haber llamado —dijo la voz rebosante de sarcasmo en su oído.

El hombre que hablaba era el jefazo del FBI en Arizona, Clint Dobbs. Él era quien había concedido permiso a Pine para tomarse un tiempo «sabático» a fin de averiguar qué le había ocurrido a su hermana gemela, Mercy, a la que secuestraron de la casa familiar en Andersonville treinta años atrás. La pequeña Atlee, de seis años, casi había muerto durante el incidente.

—Lo siento, señor, he estado un poco ocupada.

—Por lo que tengo entendido has estado de lo más ocupada. Has resuelto una serie de asesinatos y has evitado nuevas muertes, y mientras lo hacías has estado a punto de estallar por los aires y has realizado algunos descubrimientos realmente importantes sobre tu pasado. Hostias, la Agencia debería darte algún extra.

—Veo que se ha mantenido informado a través de otros canales. —Podría decirse así, sí, dado que no te has mostrado muy

comunicativa.

—¿Y esa fuente de información ha sido Eddie Laredo?

Laredo era un agente especial del FBI al que habían enviado a Georgia para ayudar en una investigación de asesinato. Él y Pine habían tenido una historia bastante complicada en el pasado, pero ella creía que al final habían conseguido arreglar las cosas entre ellos.

—Tengo muchas fuentes que me mantienen informado. ¿Qué has averiguado sobre la desaparición de tu hermana?

Página 8

—Cuando mi madre era joven, allá por los años ochenta, actuó como topo en una operación encubierta relacionada con la mafia. Uno de los que cayeron fue un tipo llamado Bruno Vincenzo, a quien se cargaron mientras estaba en prisión. Bruno tenía un hermano en Jersey llamado Ito. Al parecer, Ito se enteró de lo que había pasado y culpó a mi madre por la muerte de su hermano. De algún modo averiguó dónde vivíamos, vino a Georgia y secuestró a mi hermana.

—¿Y tienes alguna pista sobre el tal Ito Vincenzo? ¿Sabes siquiera si está vivo?

—He comprobado la base de datos oficial del estado. No hay registro de su defunción, pero puede que no muriera en Nueva Jersey. He averiguado que vivió en Trenton y tengo la dirección de su casa. Está a nombre de su hijo, Teddy Vincenzo.

—Eso suena como si la hubiera heredado, así que es muy posible que el viejo sí esté muerto. Puede que el hombre pasara las temporadas de frío en Florida y exhalara allí su último suspiro. Si es así, quedará fuera de tu alcance, Pine.

—Aun así, puedo hablar con su familia. Tal vez sepan algo que me sirva de ayuda.

—Bueno, eso si deciden hablar contigo. ¿Y dónde está Teddy Vincenzo?

Pine dejó escapar un largo suspiro.

—Está en prisión en Fort Dix.

—Ah, vaya, parece que el crimen corre por las venas de esa familia. Al menos él sí está en Jersey. ¿Así que ahora quieres ir a Trenton? ¿Es por eso por lo que me has llamado? —Había cierto tonillo en la voz de Dobbs que, sin embargo, a Pine no podía importarle menos.

—No veo qué otra cosa se puede hacer.

—Ah, no lo ves, ¿no? Pues puede que tú y yo tengamos opiniones distintas al respecto, Pine.

—Solo necesito un poco más de tiempo. Los asesinatos ocurridos aquí me desviaron de mi objetivo. De no haber sido por eso, podría haber hecho muchos más progresos.

—De modo que estás diciendo que, pese a estar de permiso, seguiste trabajando como agente.

—Eso es justamente lo que estoy diciendo.

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—Estoy de acuerdo contigo, Pine —dijo Dobbs, algo que la pilló totalmente por sorpresa—. Has hecho un gran trabajo, como ya he señalado. Si por mí fuera, te diría que te tomaras todo el tiempo que necesitas, pero, aunque soy el agente jefe en Arizona, tengo a gente por encima de mí, Pine, a mucha gente. Y ha habido bastantes quejas en la Agencia.

—No pensaba que yo fuera tan importante —dijo Pine con sequedad

—. ¿Y quién se ha quejado?

—Déjame aclarártelo. Tengo a dos agentes en rotación cubriendo tu

puesto en Shattered Rock, aun cuando deben cumplir con sus propias tareas. Y tampoco les hace mucha gracia no poder contar con ningún tipo de respaldo, algo de lo que al parecer tú sí disponías. Y también tengo que redirigir allí recursos administrativos, ya que Carol está contigo. Y aunque soy consciente de que estamos en el siglo xxi, el hecho de que tú seas…, bueno, ya sabes…

—¿Se refiere al hecho de que soy mujer y a que los chicos piensan que no estoy cumpliendo con mis deberes?

—Piensan que estás teniendo un tratamiento especial… Y, de hecho, así es. He recibido más de una queja de agentes que dicen que todos ellos tienen problemas personales y aun así se tienen que levantar y acudir al trabajo cada día. Y se preguntan qué es lo que pasa contigo.

Pine replicó con vehemencia:

—Fue usted quien me dijo que solucionara este asunto si quería seguir trabajando en la Agencia. Y la única manera de hacerlo es encontrar a mi hermana, joder.

Blum posó una mano sobre el brazo de Pine para tranquilizarla. —Mira, puedo entender que tu rabia es algo natural —dijo Dobbs—,

pero no olvides con quién cojones estás hablando, Pine.

La agente respiró hondo.

—Solo necesito un poco más de tiempo, señor. Unos días más.

Dobbs permaneció callado tanto rato que Pine temía que hubiera colgado.

—Trenton, Nueva Jersey, ¿eh?

—Sí —repuso ella en voz baja.

—Es curioso, Pine. Empecé trabajando en Trenton hace ya más años de los que puedo recordar. En aquel entonces la ciudad estaba pasando por momentos complicados, y creo que ahora lo son incluso más. —Hizo una

Página 10

pausa—. De acuerdo, unos días más. Si necesitas ayuda o información, telefonea a los chicos de allí y diles que llamas de parte de Clint Dobbs. No te creerán, pero sí lo harán cuando yo se lo confirme.

Pine miró a Blum abriendo mucho los ojos.

—Eeeh, no me lo esperaba.

—Tampoco yo esperaba decirlo, Pine. La idea acaba de asaltarme de improviso. Pero necesito que tengas algo muy claro: debes acabar con eso cuanto antes y volver a tu puesto. ¿Entendido? La Agencia paga tu salario para que trabajes para ellos. Sé que te dije que debías encargarte de arreglar tu situación personal y aclarar tu mente, pero al fin y al cabo el problema es tuyo, no mío. Y no eres el único agente con el que tengo que bregar, ¿sabes? Tengo cientos de ellos, y todos tienen sus problemas. ¿Lo comprendes?

—Sí, señor. Lo comprendo. Y le estoy muy agradecida. Gracias por…

Pero Dobbs ya había colgado.

Pine bajó lentamente su móvil.

—Nueva Jersey, allá vamos.

Página 11

2

Dos días más tarde, Pine conducía su coche de alquiler por un vecindario de clase obrera a las afueras de Trenton. Estaba pensando en lo que iba a decirle a Anthony «Tony» Vincenzo, quien de vez en cuando vivía en la casa que su padre, Teddy, al parecer había heredado de su propio padre, Ito Vincenzo. Si podía evitarlo, prefería no enredarse con los trámites burocráticos necesarios para visitar a Teddy Vincenzo en prisión; su hijo estaba más a mano. Pero, dado el estado mental en que Pine se encontraba, si Tony decidía no ayudarla hasta podría llegar a dispararle.

Como nieto de Ito Vincenzo, Tony podría contarle algo de su abuelo; esperaba que pudiera decirle dónde residía actualmente, si es que aún seguía vivo.

Y eso podría conducirla hasta Mercy, que, al fin y al cabo, era la razón por la que estaba allí. El camino para llegar a Mercy había sido largo y tortuoso, y había días en que la meta parecía tan inalcanzable como la cima del Everest. Pero ahora que por fin había hecho un avance significativo en el caso, Pine estaba decidida a llegar hasta el final. Y si conseguirlo le llevaba algo más que unos pocos días, no importaba. La habían instado a buscar a su hermana después de un desastroso encuentro con un pedófilo que acababa de secuestrar a una niña pequeña en Colorado. Toda su furia, alimentada por el recuerdo del secuestro de su propia hermana, había provocado que Pine propinara al hombre una paliza que casi lo mata e infringiera todas las normas de la Agencia. Clint Dobbs le había dado un ultimátum: arregla tus asuntos personales con respecto a tu hermana o búscate otra línea de trabajo. Pero ahora no necesitaba ninguna motivación por parte de Dobbs ni de nadie más. Estaba más que dispuesta a tirar por la borda su carrera en el FBI con tal de encontrar a su hermana.

«Si no averiguo lo que le ocurrió a Mercy, no solo no podré continuar con mi trabajo. Es que no podré continuar con mi vida».

Página 12

Ser capaz de reconocérselo a sí misma había sido al mismo tiempo aterrador y liberador.

Equipada con una Glock como arma principal, y con una Beretta Nano guardada en una funda tobillera por si acaso todo lo demás se iba al traste —algo bastante habitual en su trabajo—, Pine detuvo el coche tres casas más allá de la humilde morada de Vincenzo, tres casas que estaban cortadas por el mismo patrón.

Todas las viviendas eran bloques de dos pisos con tejados asfálticos, de unos ciento diez metros cuadrados habitables distribuidos en una planta y media de anodina arquitectura. La zona estaba compuesta por edificios residenciales de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, conformando la típica retícula de casas que había rodeado prácticamente todas las ciudades del país durante la década que siguió al regreso de «los muchachos» a casa después de haber luchado contra Hitler, Mussolini y Hirohito. Unos nueve meses después de aquello, en los barrios como aquel por todo el país nacieron millones de baby boomers. Ahora estos estaban asumiendo su papel como abuelos de los mileniales y la generación Z. Y lo que había quedado de todo aquello era un viejo y desangelado grupo de viviendas en las que ahora habitaban tanto los ancianos como los que estaban empezando su andadura en la vida.

Aunque se parecían mucho, las propiedades diferían bastante entre sí. Algunos patios se veían pulcros y organizados. Los revestimientos y las molduras estaban recién pintados. Los buzones se alzaban sobre recios postes metálicos, y en los caminos de entrada bien conservados había aparcados coches sin rastro de polvo o suciedad.

Otras viviendas no compartían esos atributos. Los vehículos que se veían en los patios o caminos de entrada descansaban más a menudo sobre bloques de hormigón que sobre ruedas. El ruido intermitente de herramientas neumáticas y el zumbido de generadores delataban que en el interior de algunos de aquellos lugares operaban algunos negocios, ya fueran legales o no. Los revestimientos de las fachadas presentaban desconchones y a las puertas de entrada les faltaban algunos paneles de vidrio. Los buzones, cuando los había, estaban ladeados. Los caminos de entrada estaban más cubiertos de hierbajos que de cemento o grava.

Contó hasta tres viviendas con orificios de bala en la fachada, y en una de ellas aún se agitaba al viento la cinta de acordonamiento policial.

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La casa de Tony Vincenzo se contaba entre aquellas que no habían conseguido mantener la categoría. Pero a Pine no le importaba el aspecto que ofreciera el lugar. Lo que ella quería era averiguar todo lo que Tony recordara sobre su abuelo Ito, todas las pruebas fehacientes que tuviera sobre él o sobre cualquier otra persona relacionada con su pesadilla de infancia.

Bajó del coche y observó la fachada principal. Tiempo atrás, Ito Vincenzo había sido el propietario de esa casa y, junto a su esposa, había criado en ella a su familia. Pine no tenía ni idea de qué tipo de padre o marido había sido, pero, si de verdad había secuestrado a una niña y casi matado a otra, eso no hablaría muy bien de sus aptitudes parentales, por decirlo suave.

Tony Vincenzo trabajaba en Fort Dix, la cercana instalación militar. La prisión donde estaba encerrado Teddy Vincenzo formaba parte del complejo. Tal vez el hijo quisiera estar cerca de su padre y lo visitara regularmente en la cárcel. De ser así, Tony podría tener información sobre su abuelo Ito que le hubiera contado su padre.

Pine avanzó por el camino de entrada cuyo cemento se había resquebrajado y levantado, deteriorado por décadas de congelación y descongelación y de nulo mantenimiento. Se imaginó a Ito Vincenzo, el hombre que secuestró a su hermana y a punto estuvo de matarla a ella, recorriendo ese mismo camino muchos años atrás. Pensar en ello le cortó casi la respiración. Se detuvo un momento, se recompuso y siguió adelante.

Llegó a la puerta principal y atisbó por uno de los paneles de cristal laterales. No vio ningún movimiento en el interior. Si Tony había seguido los pasos de su padre, las actividades delictivas no estarían tan a la vista. Por lo general, los negocios turbios se llevaban a cabo en el sótano, lejos de miradas indiscretas. Pero Tony tenía un trabajo remunerado en Fort Dix, así que tal vez sí fuera un ciudadano íntegro y respetuoso de la ley.

Pine llamó con los nudillos. No respondió nadie. Volvió a llamar educadamente, con el mismo resultado. Miró a su izquierda, a la casa vecina, en cuyo porche delantero había una anciana sentada en una mecedora, tricotando. El día era soleado, aunque frío, y la mujer llevaba un chal de un vivo color naranja. Se había hecho la permanente no hacía mucho, y retazos de cuero cabelludo rosado asomaban aquí y allá entre el pelo grisáceo como rayos de sol a través de las nubes. No pareció reparar

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en Pine; tras las gafas, sus ojos se concentraban en tejer un punto del derecho, dos del revés. Su patio estaba muy bien cuidado; coloridas macetas con crisantemos decoraban el porche, lo que añadía una necesaria nota de color en aquel entorno frío y mortecino.

—Tony está en casa —dijo la anciana en voz baja.

Pine caminó hasta el borde izquierdo del porche de Vincenzo y apoyó una mano en la barandilla de madera.

—¿Lo conoce?

La mujer, sin apartar la vista de su labor, asintió imperceptiblemente.

—A él sí, pero a ti no.

—Me llamo Atlee.

—Curioso nombre para una chica.

—Sí, me lo dicen mucho. ¿Así que está en casa? —Lo vi llegar hace una hora y no ha vuelto a salir. —¿Está solo?

—Eso no lo sé. Pero yo no he visto a nadie más.

Durante todo el intercambio, la anciana apenas alzó la voz y no levantó la vista de su ocupación. Cualquiera que las viera de lejos no podría distinguir que estaba hablando con Pine.

—Muy bien, gracias por la información.

—¿Has venido a arrestarlo? ¿Eres policía?

—No, y sí, lo soy —respondió Pine.

—Entonces, ¿por qué estás llamando a su puerta?

—Solo quiero hacerle algunas preguntas.

—Trabaja en Fort Dix.

—Sí, eso he oído.

—Seguramente no le hagan mucha gracia tus preguntas. —Seguramente no. ¿Vive aquí todo el tiempo? No he podido

averiguarlo.

—Va y viene. Pero es muy grosero conmigo. Me insulta y se mea en mis flores. Y no me gusta la pinta que tienen sus amigos. Este solía ser un vecindario muy agradable, pero ha dejado de serlo. Ahora a lo único que aspiro es a sobrevivir cada día.

—Bueno, gracias.

—No me des las gracias. Ese tipo es una mala pieza. Más vale que tengas cuidado.

—Lo tendré.

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Pine caminó hasta la puerta principal y volvió a llamar.

—¿Anthony Vincenzo? —gritó.

Nada. Durante uno, dos, tres segundos. Luego algo. Más bien mucho. Se oyó un estrépito en la parte de atrás de la casa. Pine había oído ese

sonido muchas veces.

Una puerta trasera abierta de una patada. Después otro ruido familiar: pisadas huyendo a toda prisa. La gente siempre estaba huyendo de ella. Y tenía buenas razones para hacerlo. Y por las mismas buenas razones, ella no estaba dispuesta a dejar que eso ocurriera.

Saltó por encima de la barandilla del porche mientras la anciana alzaba la vista de su lana y sus agujas.

—Pilla a ese pequeño cabrón —dijo, con una sonrisa frunciendo aún más su rostro surcado de profundas arrugas.

Las botas de Pine aterrizaron sobre la acera. En solo cinco zancadas ya corría a toda velocidad.

«Inhala por la nariz, espira por la boca. Impulsa los brazos y las piernas les seguirán».

Más adelante, alejándose rápidamente, vio una figura borrosa conformada por camisa azul, tejanos claros y unas toscas deportivas blancas.

Pine aumentó la velocidad, pero no conseguía ganar terreno. Tony Vincenzo era más de una década más joven que ella, y sin duda, a pesar de sus largas piernas, también más rápido. Y había que sumarle el combustible añadido del miedo. El miedo hace rápido al lento y fuerte al débil.

«Y convierte a un cobarde en el más intrépido de los valientes, aunque solo sea porque no hay escapatoria».

—¡Tony, solo quiero hablar contigo, nada más! —gritó, mientras tomaba una rápida bocanada de aire tras otra.

Solo consiguió que Vincenzo aumentara el ritmo. El muy cabrón se había transformado en un atleta olímpico. Necesitaría un coche para atraparlo.

«Mierda».

Pine miró a su alrededor, pero no vio ninguna manera de atajar para poder interceptarlo. Por un momento contempló la posibilidad de sacar su arma y disparar al aire a modo de advertencia, solo para asustarlo. Eso

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haría que corriera como un loco y puede que se tropezara y cayera. Eso era todo lo que necesitaba.

Lo vio en el último segundo: movimiento a su derecha. Entonces recibió un placaje lateral. Cayó de espaldas, siguió rodando deliberadamente y se incorporó en una controlada posición de rodilla en el suelo, apuntando con su Glock al hombre que la había embestido.

Solo que él también había sacado su arma y la estaba apuntando. —¡FBI! —gritó ella, llena de furia—. Tira la pistola. ¡Hazlo! —¡CID militar! —gritó el hombre a su vez—. Baja el arma. ¡Ya!

Los dos se quedaron petrificados, mirándose durante unos segundos que parecieron eternos.

El hombre, plantado muy erguido, medía más de metro noventa, pesaba unos noventa kilos y estaba muy en forma. Al momento, le resultó familiar a Pine. Parpadeó muy seguido, como si esperara que resultara no ser quien creía que era. Pero no funcionó.

Bajó el arma.

—¿Puller?

John Puller enfundó su pistola reglamentaria M11. Parecía igualmente estupefacto y no dejaba de menear la cabeza.

—¿Pine?

Tony Vincenzo hacía tiempo que había desaparecido.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —preguntó Pine.

El hombre miró más allá de ella, en la dirección en que había huido Vincenzo.

—Iba a practicar un arresto.

Pine se puso lívida y miró hacia atrás por encima del hombro mientras caía en la cuenta de lo ocurrido.

—¡Mierda! ¿Tony Vincenzo?

Puller asintió, frunciendo el ceño.

—Llevamos tiempo detrás de él. Y, por desgracia, tú te has metido en medio.

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3

Según el cartel de fuera, la cafetería llevaba abierta desde 1954. Los asientos de vinilo rojo estaban agrietados, los suelos de linóleo tenían un aspecto pringoso y la madera del respaldo de los reservados estaba llena de rayajos y rasguños. En la cocina, que se atisbaba a través de la ventana de servicio, se veían cazuelas, sartenes y grasa que parecían tan antiguas como el restaurante. No había nada que compensara la ausencia de limpieza y buen ambiente, aunque quizá esa fuera la gracia de un local como aquel. Unos pocos clientes ancianos picoteaban desganadamente de sus platos mientras miraban sus móviles.

Pine y Puller se sentaron uno frente al otro en uno de los reservados, ambos acunando su taza de café.

Junto a Puller había un hombre de unos treinta y pocos años, que le había presentado a Pine como Ed McElroy, agente especial de la CID, la División de Investigación Criminal del ejército estadounidense. Formaba parte del equipo de Puller que estaba trabajando en el caso Vincenzo y lo había acompañado para ayudar en su detención.

—Supongo que vosotros dos ya os conocíais —dijo McElroy.

Puller asintió y miró a Pine.

—¿Se lo cuentas tú?

Pine tomó un sorbo de café.

—Puller todavía no era un suboficial de alto rango. Yo solo llevaba cuatro años en el FBI y en aquel entonces todavía estaba en la costa este. Ahora estoy destinada en un puesto federal cerca del Gran Cañón. En fin, yo estaba asignada como parte de una fuerza especial que trabajaba en colaboración con el ejército. Un empresario que la Agencia estaba investigando por sobornar a varios funcionarios públicos les había echado el gancho también a un par de altos oficiales militares.

Pine hizo una pausa y miró a Puller, que prosiguió con la historia. —Los ahora exgenerales fueron sometidos a consejo de guerra y

pasaron una buena temporada reflexionando sobre sus pecados bajo la

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custodia de la división militar a la que antes sirvieron. —Se detuvo y lanzó una ojeada a Pine—. La cosa se puso peligrosa en un par de ocasiones.

—¿Y eso? —preguntó McElroy.

—Bueno —dijo Pine—, resulta que el empresario tenía conexiones con un grupo de mercenarios extranjeros. Unos tipos muy malotes, que no tenían ningún problema en cargarse a quien les pagaran por liquidar. Puller, ¿cuántas veces estuvieron a punto de matarnos?

—Tres. Cuatro si contamos el coche bomba que descubrimos antes de que explotara.

—Hostias —exclamó McElroy—. ¿Y qué pasó con ese «empresario»? —Está cumpliendo condena en una prisión federal —dijo Puller—,

donde pasará una magnífica temporada prácticamente de por vida.

Pine miró a Puller.

—Siento mucho haberos fastidiado la detención.

—Tú no podías saberlo. Solo ha sido cuestión de mala suerte. —¿Estáis persiguiendo a Vincenzo por delitos que ha cometido en Fort

Dix?

—Entre otras cosas —respondió Puller, dejando su taza en la mesa—. Ed y yo llevamos trabajando en este asunto desde hace más o menos un mes y Tony Vincenzo está en el meollo.

—¿Cuánto tiempo llevas en el ejército? —le preguntó Pine a McElroy. —Unos quince años, los últimos cinco en la CID. Ahora llevo unos

nueve meses trabajando con el jefe Puller.

—¿Tienes familia?

—Allá en Detroit. Mujer y dos hijos. Ella ya estaba acostumbrada a los desplazamientos, pero siempre acaban por pasar factura. Este trabajo de ahora es algo más flexible.

Pine se giró hacia Puller.

—Así que estabais a punto de echarle el guante a Tony. ¿Qué ha hecho?

—Forma parte de una red de narcotráfico que opera desde fuera de Fort Dix. Tony trabaja en los talleres de la flota motorizada. Por lo que cuentan, es un buen mecánico, pero al parecer su sueldo no le bastaba para mantener su estilo de vida. Y se enredó con algunos chicos malos de fuera.

—Entonces, ¿no es militar?

—No, pero está cometiendo delitos en una instalación militar, que es por lo que estoy involucrado. Técnicamente Fort Dix está bajo la

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jurisdicción de la Fuerza Aérea del Comando de Movilidad Aérea. Las operaciones las lleva a cabo la 87.ª Ala de la Base Aérea, que provee también mantenimiento.

—Pero si Fort Dix está supervisado por la Fuerza Aérea, ¿cómo es que tú estás implicado? —preguntó Pine.

—Es una base militar conjunta, así que la instalación cuenta también con elementos del Ejército de Tierra y de la Armada. Aquí cada rama mantiene control absoluto sobre sus mandos. Vincenzo estaba contratado por el Ejército de Tierra, así que el problema recae sobre mí. Además, reclutó a algunos machacas con pocas luces para sus planes, y eso también es de mi competencia. La Fuerza Aérea está en un segundo plano. El Ejército es el que lleva toda la carga en esto.

—No veas… Y yo que pensaba que la estructura de la Agencia era enrevesada.

—Al Ejército le gusta complicarlo todo y a todos —señaló Puller en tono pragmático—. Y se enorgullece de ello.

—Así pues, ¿Tony estaba vendiendo en el complejo militar material procedente de esas fuentes externas?

Puller asintió.

—Al menos eso creemos. Y no contribuye a la eficiencia de nuestro cuerpo militar el hecho de tener en nuestras filas a unos soldados que resultan ser unos drogatas o que se dejarían sobornar por los enemigos de nuestro país para hacer cosas que no deberían.

—Entiendo.

—¿Y tú por qué querías ver a Vincenzo? ¿Estás trabajando en un caso en el que está implicado? Porque si es así podríamos formar equipo.

—No. —Pine echó una rápida mirada a McElroy—. Es algo personal, John. Tiene que ver con… mi hermana.

—¿Vincenzo le ha hecho algo a tu hermana? —preguntó Puller.

—No. La cosa se remonta a su abuelo.

Era una larga historia, pero Pine consiguió resumirla en una serie de sucintas frases rebosantes de información, incluyendo lo que había averiguado recientemente en Georgia: que Ito Vincenzo había secuestrado a su hermana. No quería cargar a Puller con sus problemas, pero sentía gran respeto por él tanto a nivel personal como profesional. Y le hacía bien poder desahogarse con alguien.

—Joder… —dijo Puller cuando ella acabó su historia.

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—Lo mismo digo —añadió McElroy—. Lamento mucho lo que le ocurrió a tu familia. Es simplemente espantoso. Nadie debería pasar por algo así.

—Gracias.

—Bueno —prosiguió Puller—, pues el padre de Tony Vincenzo es también una mala pieza. Está en la prisión federal de Fort Dix.

—Sí, lo sé. Pero lo único que quería preguntarle a Tony era si sabía dónde estaba su abuelo Ito. Si es que sigue vivo. La casa está a nombre de su hijo, Teddy Vincenzo, así que puede que ya haya muerto.

—Nueva Jersey tiene una base de datos informática con el registro de todas las defunciones —señaló Puller.

—Ya la he consultado… y nada. Pero podría haber muerto en otro estado, y no todos cuentan con bases de datos en las que pueda buscarse esa información.

—Entiendo. Pero seguramente Tony o Teddy sabrán si Ito está vivo o

no.

—Eso espero.

—Está claro que tu madre pasó por una experiencia única y extraordinaria trabajando de incógnito para delatar a miembros de la mafia. ¿Y no tienes ni idea de dónde está ahora?

Pine negó con la cabeza.

—Si sigue con vida, ni siquiera la Agencia dispone de medios para localizar su paradero, porque ya lo he intentado. —Miró a Puller—. Oye, te he jodido el arresto. ¿Qué puedo hacer para compensarlo?

—No estoy seguro, pero está claro que tenemos que detener a Tony Vincenzo. Lo necesitamos para que delate a los que están por encima en la cadena. Él no es más que un pringado. La CID quiere a los peces gordos, y ninguno de los soldados rasos a los que hemos arrestado sabe nada sobre sus identidades. Estaba desplegando a un equipo alrededor de la casa cuando tú entraste en escena. Ed iba a encargarse del flanco posterior, pero aún no estaba en posición. Por eso Tony pudo escaparse por la parte de atrás.

—¿Puedo aportar algunos efectivos de la Agencia para ayudar en esto? Puller negó con la cabeza.

—Gracias por el ofrecimiento, pero contamos con personal y recursos de sobra. Y acabaremos encontrándolo. No tiene muchos sitios donde esconderse.

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—¿Me informarás cuando lo hayáis pillado?

—Haré cuanto esté en mi mano.

—Agradeceré cualquier cosa que me puedas contar.

—Más vale que vayamos tirando. Tenemos que redactar el informe sobre lo ocurrido.

Puller se levantó, seguido por McElroy.

—Tendréis mucho más papeleo que rellenar —dijo Pine—, por mi culpa.

—Si me dieran un dólar por todos los errores que he cometido, de forma intencionada o no, ahora sería rico. Así que quítatelo de la cabeza. Son cosas que pasan.

Cuando se marcharon, Pine se quedó mirando su plato a medio terminar y masculló:

—Mierda.

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—No podías saberlo —dijo Carol Blum.

Pine había regresado a su habitación del hotel donde se alojaba con su ayudante, una mujer en la sesentena que llevaba casi cuatro décadas trabajando como administrativa en la Agencia. Madre de seis hijos ya adultos, a Carol Blum eran muy pocas las cosas que la sorprendían o intimidaban. Ahora estaba acompañando a Pine para ayudarla en su investigación. Normalmente ambas trabajaban en la oficina de Shattered Rock, Arizona, donde Pine operaba como agente único. Era lo que en la jerga federal se conocía como una agencia residente, por contraposición a las grandes oficinas de campo del FBI ubicadas en las áreas metropolitanas.

—Lo sé, pero aun así me siento mal. Puller es un buen tipo. Conociéndolo como lo conozco, sin duda había planeado la operación hasta el último detalle, pero no tenía manera de saber que yo me metería por medio y lo fastidiaría todo.

—¿Y era Tony Vincenzo realmente quien estaba allí? ¿Seguro que es él quien salió huyendo?

—Sí. John cree que podrá volver a seguirle el rastro enseguida, pero yo no estoy tan segura.

—¿Hay alguna otra manera de averiguar el paradero de Ito Vincenzo, aparte de su nieto?

—Tony era el plan A. El plan B es hablar con el hijo de Ito, Teddy.

Está en la prisión de Fort Dix, aquí en Trenton.

—¿Fort Dix es una penitenciaría militar?

—No, la prisión se encuentra dentro del recinto de la instalación militar y depende de la Agencia Federal de Prisiones. Su grado de seguridad es entre mínimo y medio, aunque en ella cumplen condena varios jefes criminales, junto con algunos políticos y empresarios corruptos.

—Cambiando de tema, ¿sabes algo de Jack Lineberry?

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—Se supone que ayer salía del hospital. Está claro que podrá costearse los mejores cuidados en casa.

—Sí, sin duda. Pero me refería a…

—Lo sé, Carol —replicó Pine con sequedad. En un tono más calmado, añadió—: Si te soy sincera, aún lo estoy digiriendo todo. Pensaba que él podría ayudarme a encontrar a mi madre, pero ahora mismo necesita centrarse en su recuperación.

—Entiendo.

—Aunque seguiré en contacto con él y lo tendré al corriente de todo.

Puede que cuente con alguna información que me sirva de ayuda.

Pine sacó su móvil.

—Pensaba solicitar una reunión con Teddy Vincenzo, pero se me acaba de ocurrir algo.

—¿Qué?

—Voy a pedirle a Puller que sea él quien haga la solicitud a la prisión. A él también le puede ir bien hablar con Teddy, para preguntarle sobre su hijo. Puede que Teddy tenga alguna pista sobre el paradero de Tony. Y aunque se trata de una prisión federal, se encuentra dentro de la instalación militar, de modo que Puller podrá agilizar los trámites. Eso nos hará ganar tiempo.

—Parece un buen plan —dijo Blum.

Pine llamó y Puller contestó al segundo tono. Ella le dijo lo que quería y él respondió que lo haría, con una condición.

—Quiero estar contigo cuando hables con Teddy.

—Iba a pedirte que lo hicieras —dijo Pine.

—Intentaré concertar la reunión para mañana a las cero nueve, ¿de acuerdo?

—Perfecto. Quedamos allí.

—Nos vemos.

Pine colgó y miró a Blum.

—Bueno —comentó esta—, no hay mal que por bien no venga.

Supongo que Teddy sabrá más sobre su padre que Tony sobre su abuelo.

—Estaba pensando lo mismo. Ahora la cuestión es: ¿estará dispuesto a hablar?

—Con los presos, siempre se puede recurrir al quid pro quo.

—Lo sé, Carol. Pero tenemos que averiguar cómo podemos negociar con él.

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—¿Y ahora qué? ¿Esperamos hasta que te reúnas con Vincenzo?

—No. Tengo otro plan.

—¿Cuál?

—Después de que Tony escapara se procedió al registro de la casa, pero yo aún no he podido echar un vistazo. Y creo que es algo que habría que enmendar.

—¿Tienes una orden?

—No, pero Puller sí. Puedo aprovecharme de ello.

—¿Y eso no le acarreará problemas? —preguntó Blum con gesto escéptico.

—No veo por qué. Estamos en el mismo bando.

—Bueno, él quiere trincar a Vincenzo por un delito y utilizarlo para llegar a los peces gordos. Tú quieres saber el paradero de Ito y averiguar qué le ocurrió a tu hermana.

—¿Y crees que nuestros objetivos se excluyen mutuamente?

—No necesariamente. Pero tampoco estoy segura de que sean del todo compatibles.

—Bueno, estoy dispuesta a correr el riesgo.

—Sabía que dirías eso.

—¿Y no lo apruebas?

—Si así fuera, te lo habría hecho saber. Solo quiero que tengas en cuenta lo que te he dicho, eso es todo.

—Siempre tengo en cuenta todo lo que me dices, Carol.

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—No lo pillaste, ¿no?

Pine miró hacia el porche delantero de la casa contigua a la de los Vincenzo, donde la anciana seguía sentada en su mecedora, aunque sin lana ni agujas a la vista. Ahora hacía más frío y llevaba puesto un recio abrigo. Pine vio junto a ella el resplandor anaranjado de un herrumbroso calefactor de exterior.

—No, no lo pillé.

—Es muy rápido. Pero pensé que podrías trincarlo. Tienes piernas largas.

—Al parecer, no lo bastante. Esperemos que se me presente otra oportunidad. ¿Está aquí fuera todo el día? Hace mucho frío.

—No tengo nada que hacer dentro de la casa. Me gusta saber lo que sucede a mi alrededor. Ver a la gente que pasa, a los delincuentes que huyen de la policía… Por cierto, están dentro de la casa.

—Policía militar, sí, lo sé. He visto los coches aparcados ahí enfrente. ¿Tiene alguna idea de dónde podría estar Tony?

—Ya me lo han preguntado. Y te diré lo mismo que a ellos: no. No hablo nunca con él si puedo evitarlo. Sé qué clase de tipo es, y él sabe que lo sé. Cualquiera que se mee en las flores, en fin…

—Bien. ¿Podría decirme algo más que pueda servirme de ayuda? —Tengo que vivir aquí, ya sabes… —Lo sé, ¿señora…?

La anciana negó con la cabeza.

—Seguro que puedes averiguarlo si quieres, pero…

—Voy a dejarle mi tarjeta en el buzón. Si se le ocurre algo, puede contármelo de forma confidencial.

La mujer apartó la vista y se persignó. Murmuró algo que parecía una plegaria, se sacó un libro del abrigo y empezó a leer bajo la menguante luz. Pine vio que se trataba de una pequeña Biblia.

Observó unos segundos más a la mujer y luego llamó a la puerta.

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Sus credenciales y el nombre de John Puller le franquearon el paso al interior, donde habló con un agente de la CID llamado Bill Crocker, un joven de pelo rapado, cuerpo esbelto de corredor y expresión seria. Ella le explicó lo que quería y él respondió:

—Ya hemos registrado todo lo que teníamos que registrar y hemos recogido en bolsas todo lo que teníamos que recoger. El jefe Puller quiere que permanezcamos aquí hasta nueva orden y también nos ha hablado de usted. Así que puede echar un vistazo. Pero si encuentra algo que se nos haya pasado por alto…

—Será el primero en saberlo, se lo prometo.

—Muy bien, señora.

Empezó por la planta de arriba y fue bajando. El lugar era un auténtico desastre. En la pared de un dormitorio había un agujero que dejaba ver el exterior. Los grifos estaban oxidados, las pilas llenas de manchas, y la moqueta y demás revestimientos estaban tan raídos que en muchas partes podía verse el suelo de debajo. La cama de Tony era un saco de dormir extendido en un rincón de una habitación. Su ropa no colgaba en ningún armario; estaba hecha un enorme rebujo tirado en el suelo. Había recipientes vacíos de comida rápida esparcidos por todas partes. Un televisor de pantalla plana colgaba de una pared. Debajo había un mando de Xbox.

«Bueno, al menos tiene claras sus prioridades».

En la cocina había más hormigas y cucarachas que sartenes y platos. Y los pocos que había en el fregadero tenían restos de comida tan incrustados que no podía saberse en qué año los habían dejado allí. El lugar no podía estar más sucio; el mismo aire parecía impregnado de mugre, gérmenes y una plaga en expansión.

Finalmente llegó al sótano. Los contornos polvorientos sobre el suelo le indicaron que la CID se había llevado varios objetos voluminosos. Las paredes estaban revestidas con tablones de madera contrachapada, que alguien había intentado pintar del color marrón más espantoso que había visto en su vida. La moqueta estaba rasgada, raída y levantada en algunos sitios, revelando el suelo de hormigón de debajo. El aire estaba tan enrarecido que hacía que a Pine se le arrugara la nariz y se le encogieran los pulmones.

Se apoyó en una pared y observó el espacio a su alrededor. Estaba muy segura de que los restos blancos sobre la moqueta eran polvo de cocaína o

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residuos de una trituradora de pastillas. Algunos de los trazos polvorientos del suelo debían de corresponder al contorno de la base de dicha máquina. Era evidente que Vincenzo realizaba sus actividades delictivas allí abajo, lejos de miradas indiscretas. En condiciones normales, Pine se habría interesado por todo aquello, pero nada en su situación actual podía catalogarse como normal. Aun así, era muy posible que lo que realmente le interesaba la estuviera mirando directamente a la cara.

La pared de viejas fotografías enmarcadas. Todas colgaban ligeramente ladeadas; por lo visto, Vincenzo nunca se había molestado en enderezarlas. Pine dudaba de que alguna vez las hubiera mirado mientras estaba allí abajo realizando su alquimia narcótica. Al fin y al cabo, solo se trataba de su familia.

Se acercó a la pared y encendió el interruptor que iluminaba esa parte del sótano. Los tubos fluorescentes destellaron, parpadearon y cobraron vida, e hicieron que la turbia penumbra se volviera de un blanco lechoso. Empezó por la esquina superior izquierda y fue bajando con intención de llegar a la parte inferior derecha.

A medio camino se detuvo y se quedó mirando la imagen de un joven Ito Vincenzo, el hombre que creía que había secuestrado a su hermana. Y que luego había intentado culpar de ello a su pobre padre. Pine se sorprendió pensando que, por sus facciones, parecía un hombre agradable. Pero sabía muy bien que era cualquier cosa salvo eso, al menos por lo que respectaba a Mercy y a ella.

Su mirada continuó recorriendo las hileras de retratos. No se demoró mucho en Bruno Vincenzo, a quien reconoció de otra foto que había visto en un periódico y en la que aparecía saliendo de un tribunal federal, tratando de ocultar su rostro tras un libro de bolsillo. Pine creía que Bruno era la razón por la que Ito había hecho lo que hizo. Fue una venganza contra su madre por haber ayudado a enviar a Bruno a prisión, donde acabó con la carótida seccionada después de haber delatado a sus compañeros de la mafia.

Al lado de la foto de Ito había un retrato enmarcado de una mujer. Era una fotografía antigua; se notaba por la ropa, el peinado y la calidad de la imagen. Daba la impresión de ser una de esas instantáneas hechas con Polaroid. La mujer parecía tener más o menos la misma edad de Ito. ¿Era su esposa, la abuela de Tony Vincenzo? Sería otra posible fuente de información, si Pine conseguía localizarla.

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«Y así tal vez pueda preguntarle a una persona que fue muy cercana a Ito. ¿Y por qué diablos no he pensado antes en ello? Vamos, Pine, empieza a ponerte las pilas».

Subió a toda prisa, salió de la casa y se acercó a la barandilla del porche para hablar con la anciana vecina, que seguía sentada en su mecedora leyendo la Biblia.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —le preguntó.

—Mi marido y yo compramos esta casa un año después de casarnos.

La conseguimos a buen precio. Y criamos a nuestros hijos aquí.

—Entonces hace mucho tiempo, ¿no?

—Más de cincuenta años.

—Así que conoció a Ito Vincenzo… En aquel entonces vivía aquí con su familia.

—Sí, lo conocí.

—¿Qué puede contarme de él?

—¿Qué quieres saber?

—Cualquier cosa.

—¿Por qué?

Pine caminó hasta el porche de la anciana y se apoyó en la barandilla enfrente de ella. Quería estar en su territorio cuando le dijera lo que tenía que decirle; eso podría marcar la diferencia.

—Creo que treinta años atrás Ito secuestró a mi hermana gemela y casi me mata a mí.

Por primera vez, Pine supo que contaba con la plena atención de la mujer.

—Y al día siguiente volvió a nuestra casa y se enzarzó en una pelea con mi padre, tratando de culparle por lo que había sucedido. Por un crimen que él mismo había cometido.

La anciana escrutó a Pine.

—Treinta años atrás… Debías de ser una niña.

—Tenía seis años.

—¿Por qué iba a hacer Ito algo así? Era un buen hombre, temeroso de Dios.

—Quizá había algo a lo que le temía aún más: tenía un hermano, Bruno Vincenzo.

La mujer se estremeció visiblemente.

—Doy por hecho que también conoció a Bruno.

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—La noche y el día, esos dos. Ito no tenía nada que ver con su hermano. Todos sabíamos lo que era Bruno.

—¿Se refiere a que pertenecía a la mafia?

—Me refiero a muchas cosas y ninguna buena. Por eso Evie no le dejaba que viniera por aquí.

—¿Evie es la mujer de Ito?

—Sí.

—¿Y a él le parecía bien la actitud de su mujer?

—A decir verdad, Ito tampoco soportaba a su hermano.

—Eso es muy interesante y revelador.

—Así que no creo que Ito hiciera algo como lo que acabas de contar. Era un buen tipo, y también un buen padre. Nos ayudaba a mi marido y a mí siempre que lo necesitábamos. Nos arregló la caldera, nos ayudó a cambiar el revestimiento del tejado. Eso era lo que hacía antes la gente. ¿Ahora? Ahora nadie conoce a nadie.

—Teddy está en prisión. Y las dos sabemos bien cómo es Tony. De modo que ¿cómo puede decir que Ito fue un buen padre? —Pine miró a la anciana con aire inquisitivo.

—Bueno, Ito tenía su propio negocio y trabajaba muchas horas. Y creo que Teddy lo heredó de su tío Bruno. Era una mala pieza. No hay mucho que puedas hacer cuando tu hijo lo lleva en la sangre. Y siempre se estaba metiendo en problemas. Buscando pasta fácil.

—¿Y qué pasó con la esposa de Teddy? Imagino que estaba casado… —Sí. Ella lo dejó. Hará unos diez años. La mujer acabó hartándose. Yo

no habría durado tanto tiempo. Antes vivían aquí. Se peleaban todo el tiempo. Y los matones con los que venía Teddy…; porque eso es lo que eran, matones. Nos amenazaban. La cosa podría haberse puesto muy fea, pero tengo que decir que Teddy nunca permitió que nos hicieran nada. Tal vez porque éramos amigos de sus padres. La única cosa buena que creo que ha hecho en su vida. Y su hijo Tony creció en ese ambiente. No me extraña que haya salido así.

—¿Sabe dónde vive la exmujer de Teddy? —preguntó Pine.

—¿Jane? No. Hace años que no sé nada de ella. Espero que haya encontrado la felicidad en otra parte. Si alguien se lo merecía, era esa mujer.

—¿Y la mujer de Ito Vincenzo, Evie? Imagino que la conocería bien…

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—Sí. Evie era una persona muy dulce. Éramos buenas amigas. Y mi marido se llevaba muy bien con Ito. Ese hombre sabía cocinar, vaya que sí. ¡La de comidas que disfrutamos en su casa! Todo fresco. Creía que los italianos solo comían pasta, pero Ito también cocinaba mucho pescado. Y todo estaba siempre delicioso.

—¿Sabe dónde se encuentra Evie ahora? ¿Vive aún?

La mujer asintió lentamente.

—Está en una residencia de ancianos, Kensington Manor, a unos ocho kilómetros de aquí. El nombre suena mucho mejor de lo que es. Supongo que siempre es así.

—¿Su familia no podía hacerse cargo de ella?

—Teddy y Tony eran los únicos familiares cercanos y los dos son unos inútiles. Hará unos cinco años, cuando Evie ya no podía cuidar de sí misma, ingresó en la residencia de ancianos. He ido a visitarla algunas veces. Y no es un lugar… agradable. Aunque lo más seguro es que yo también acabe en un lugar así, más pronto que tarde. Mis hijos son muy buenos conmigo, pero tienen sus propios problemas. Y las buenas residencias cuestan demasiado, mucho más de lo que ellos pueden permitirse.

—Podría vender la casa.

—No es de mi propiedad. Tuve que contratar una de esas hipotecas inversas. Necesitaba el dinero para pagar las facturas. Y cuando yo ya no esté, se quedarán con la casa.

Pine miró a las otras viviendas a su alrededor.

—Supongo que mucha gente de por aquí estará en la misma situación. —El gobierno te dice que gastes dinero para ayudar a la economía y crear puestos de trabajo. Y cuando ya te has gastado la mayor parte del dinero, cambian el discurso y te dicen que ahorres porque lo necesitarás

para cuando te jubiles. Así que ¿qué tenemos que hacer?

—Me temo que no puedo darle una respuesta. Solo puedo decirle que lamento mucho que se encuentre en estas circunstancias.

—Al menos sé que acabaré con un techo sobre la cabeza y tres comidas al día. Me quedaré allí sentada sobre mis propias babas —añadió con amargura—. Esos serán mis años dorados.

—No tiene la seguridad de que sea algo tan malo.

—Muchas de mis amistades están en residencias estatales pagadas con el Medicaid y los pocos dólares que les hayan quedado. Voy a visitarlos. Y

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realmente es algo tan malo.

—Tendré que creer en su palabra. En fin, ¿sabe si Ito sigue vivo? —No lo sé seguro. Un día desapareció, así sin más. Hace ya mucho

tiempo.

—¿A finales de los ochenta? —preguntó Pine en tono incisivo—. En esa época fue cuando se llevaron a mi hermana.

Para su sorpresa, la anciana respondió:

—No, no fue hace tanto tiempo. —Se quedó pensativa un momento—. Si tuviera que decir una fecha sería alrededor del 11-S, o quizá el año después, pero eso es todo lo que recuerdo.

—¿Y qué piensa su esposa que le ocurrió?

—No lo sé. Siempre que le hablaba de ello, Evie cambiaba de tema. —¿Y ella no sabe si está vivo o muerto?

—A mí nunca me ha dicho nada. Pero ¿desaparecer como lo hizo? A la pobre Evie le dejó un agujero en el corazón del tamaño del túnel Lincoln. Nunca entendí por qué lo hizo. A veces pienso que su hermano volvió de la tumba y lo mató, porque así era Bruno.

Pine dio las gracias a la mujer y se dirigió de vuelta a su coche. Por el camino llamó a Blum y le dijo que pidiera un Uber y se reuniera con ella en la residencia de ancianos.

—Su vieja vecina dice que hace cinco años Evie ya no podía valerse por sí misma. Puede que desde entonces su estado se haya deteriorado mucho.

—Bueno —dijo Blum—, no perdemos nada por intentarlo.

«La historia de mi vida», pensó Pine mientras caminaba hacia el coche.

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—Hay una cosa a la que no paro de darle vueltas —dijo Pine cuando se reunió con su ayudante a las puertas de la residencia.

—¿Qué? —preguntó Blum.

—¿Cómo demonios se enteró Ito de que mi madre actuó como topo para el gobierno? Ella nunca testificó ante el tribunal. Su identidad se mantuvo en secreto.

—Y también averiguamos que, antes de que tu familia se mudara a Andersonville, intentaron atentar contra vosotros mientras os encontrabais en el programa de protección de testigos —dijo Blum, refiriéndose al programa supervisado por el Servicio de Marshals de Estados Unidos—. ¿Cómo descubrieron dónde estabais?

—¿Crees que quien estuviera detrás de todo podría haber filtrado la información a Ito o a su hermano Bruno? En aquel entonces este aún vivía, aunque estaba en prisión.

—No cabe duda de que las dos cosas podrían estar relacionadas.

La residencia parecía haber sido construida en los años sesenta, con gran profusión de cemento vertido y un estilo arquitectónico ya más que anticuado. La cubierta era plana y sobre ella se alineaban en formación herrumbrosas unidades de aire acondicionado.

Entraron en el edificio. El lugar desprendía un olor rancio; el mobiliario y el revestimiento de las paredes se veían viejos y un tanto deteriorados. Pine vio a algunos ancianos por los pasillos desplazándose lentamente en sillas de ruedas o con ayuda de andadores. Pero, a pesar de su aspecto vetusto, las instalaciones parecían relativamente limpias y diáfanas, aunque no podía decirse que fuera un sitio «alegre».

Pine mostró su placa y sus credenciales a la recepcionista, quien les indicó dónde estaba el despacho de la supervisora.

—¿De qué se trata? —preguntó esta, una mujer de unos treinta años vestida con una bata blanca. Las sobras de su almuerzo reposaban aún sobre la mesa del pequeño y desordenado despacho.

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—Solo queremos hacerle a la señora Vincenzo unas preguntas relacionadas con unas pesquisas —empezó Pine.

—¿No necesitan una orden o algo así? —dijo la mujer, que no se había identificado, pero en cuya placa identificativa podía leerse sally.

—No para hablar con alguien de forma voluntaria, Sally —repuso Pine

—. No estamos investigando nada de modo oficial. Solo queremos hacer unas preguntas sobre el marido de la señora Vincenzo.

—Ni siquiera sabía que tuviera marido. Nadie viene a visitarla salvo una antigua vecina suya.

—Fue ella quien me dijo que la señora Vincenzo estaba aquí, que ya no podía valerse por sí misma.

Sally meneó la cabeza.

—Los viejecitos olvidan tomarse la medicación, se caen, se rompen la cadera, intentan conducir, se dejan encendido el fuego de la cocina toda la noche… La vieja historia de siempre.

—Entonces, ¿podemos hablar con ella?

—No estoy segura de si le irá muy bien. Está en la unidad de la memoria.

—¿«Unidad de la memoria»? —Le han diagnosticado demencia.

—Lamento oír eso, pero ya que estamos aquí… ¿No podríamos al menos intentarlo? Es importante.

—Bueno, supongo que no le hará ningún daño. Puede que incluso le vaya bien tener visita, pobrecilla.

Las condujo por un pasillo hasta una puerta doble, donde en letras estarcidas se leía unidad de la memoria.

Sally pasó una tarjeta por un lector y la puerta se abrió con un chasquido.

Las llevó por otro corredor hasta una habitación, donde llamó a la puerta.

—¿Señora Vincenzo? ¿Evie? —dijo con voz cantarina—. Tiene visita. Abrió y entró en el cuarto.

Evie Vincenzo estaba recostada en la cama y las miraba plácidamente. Llevaba un pijama rosa y se cubría el pelo rizado con un pañuelo rosa. Muchos objetos de la habitación eran también del mismo color.

—Le gusta el rosa —señaló Sally—. La relaja.

—A mí también me encanta el rosa —comentó Blum.

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—Volveré dentro de un rato —dijo Sally—. Si ocurre cualquier cosa, solo tienen que pulsar el botón rojo que está sobre la cama.

Cuando se marchó, las dos mujeres se acercaron a la anciana. Pine se sentó en una silla y Blum se quedó de pie junto a ella.

Evie Vincenzo alzó la mirada hacia Pine.

—¿La conozco, señorita? —le preguntó con voz afable.

—No, pero yo conozco a su vecina. Le gusta hacer punto. Y la llama por su nombre, Evie.

La anciana no dijo nada. Sus ojos empezaron a cerrarse.

—¿Vivía en la casa a la izquierda de la suya? —dijo Pine en tono esperanzado.

Evie abrió los ojos, pero siguió sin responder.

—¿Le gusta recibir visitas? —intervino Blum—. Creo que a mí me gustaría. Es agradable tener gente con la que hablar.

—No… no la conozco, ¿verdad?

Pine miró a Blum.

—No, pero hoy hemos querido hacerle una visita.

—Yo… yo… no tengo muchas visitas.

—Su vecina nos ha contado que estaba ingresada aquí.

Evie meneó la cabeza, visiblemente frustrada.

—Una señora mayor…

Pine se acercó un poco más.

—Sí. Yo, eh…, he estado hablando con ella sobre su marido. —¿Mi… marido?

—Sí, ¿Ito? ¿Se acuerda de él? Su vecina dijo que era un cocinero estupendo.

Evie bajó la vista a su regazo.

—Yo… antes… cocinaba. —Miró una de las paredes—. Se han llevado mi… cocina.

Blum se inclinó y, con delicadeza, posó una mano sobre el hombro de la anciana.

—A mí también me encanta cocinar. Siento que ya no pueda hacerlo. —Evie, ¿cree que podría responder a algunas preguntas sobre It…,

sobre su marido?

—¿Mi marido? —volvió a decir—. Yo no… marido. —Negó con la cabeza—. Echo de menos… cocinar.

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—Sí, seguro que lo echa de menos. Bueno, también tiene un hijo llamado Teddy y un nieto llamado Anthony.

A modo de respuesta, Evie se quitó el pañuelo de la cabeza, dejando a la vista que apenas tenía pelo. Los escasos mechones que le quedaban estaban teñidos de rojo. Arrugó el pañuelo entre sus manos. —Yo hacía pan. Amasaba, amasaba, amasaba, así…

Pine suspiró y miró a Blum con gesto resignado. Se inclinó hacia ella y le susurró:

—Sigue hablando con ella.

—¿Qué vas a hacer?

—Echar un vistazo por aquí.

—Pero, agente Pine… Esta pobre mujer, en su estado…

—Lo sé, Carol. Y siento mucha pena por ella, de verdad que sí. Pero tengo que hacerlo, tal vez haya algo en este cuarto que me ayude a encontrar a mi hermana. Y puede que no tenga otra oportunidad. Seré rápida y eficiente.

Blum volvió a centrarse en Evie y le preguntó qué clase de pan le gustaba hornear. Pine rebuscó rápidamente en los cajones y se agachó para mirar debajo de la cama. Si Evie reparó en alguno de sus movimientos, no dio señal de ello. Seguía amasando su pañuelo.

Pine empezó a hurgar en el armario y finalmente, bajo un montón de ropa, unas pilas de ejemplares de People y un andador plegado, descubrió una caja de cartón. La caja estaba abarrotada de papeles.

La sacó.

—Señora Vincenzo, ¿le importa si le echo una ojeada a esto?

La anciana estaba ahora dando unos suaves golpecitos sobre el pañuelo. Blum miró a Pine y se encogió de hombros.

—No creo que esté en condiciones de dar consentimiento informado —señaló.

—Tampoco voy a usar nada de esto para meterla en la cárcel.

—Pero sí podría incriminar a su marido.

—No te pongas en plan abogada con esto, Carol. Puede que sea mi única oportunidad.

Pine se sentó y comenzó a rebuscar en la caja, mientras Evie Vincenzo dejaba el pañuelo a un lado y se ponía a mirar con expresión beatífica la lámpara rosa. Parecía haberse olvidado incluso de las dos mujeres que estaban allí.

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Había tanto material en la caja que Pine acabó entregándole una pila de papeles a su ayudante.

—Fotos antiguas de sus hijos. Aquí hay una de ella con Ito, creo.

Parece del día de su boda.

—Estas fotos tienen los nombres en el dorso —dijo Blum, hojeando un fajo—. En esta sale Teddy cuando era adolescente. Y esta es de Tony cuando era un bebé; alguien escribió su nombre en la parte de abajo. Se le ve tan inocente… Claro que a esa edad todos lo son.

—Y luego algunos crecen y se convierten en delincuentes.

—Lo cual nos garantiza seguir teniendo un empleo remunerado —dijo Blum.

—Mira —dijo Pine en tono excitado—. Aquí hay un artículo sobre la condena de Bruno Vincenzo. Y aparece su foto. —Le enseñó a su ayudante el recorte de prensa con la fotografía de Bruno. Blum se encogió un poco al ver la imagen.

—El tipo tiene pinta de poder matarte por un chicle.

Pine echó un rápido vistazo al artículo.

—Aquí pone que fue condenado por el asesinato de dos personas, una de ellas un testigo de la acusación. El juicio tuvo lugar en Nueva Jersey, donde por entonces seguía en vigor la pena de muerte. Fue condenado a la pena máxima, pero se le conmutó por cadena perpetua después de aceptar colaborar con la fiscalía.

—¿Y lo mataron mientras estaba en prisión? —preguntó Blum. —Exacto. Estaba solo en una celda, pero al parecer alguien sobornó a

un guardia y uno de los reclusos lo acuchilló.

Pine sacó de la caja un periódico con las hojas amarillentas. Estaba doblado y, al abrirlo, algo cayó de entre sus pliegues. Era un trozo de papel donde había algo escrito. A medida que lo leía, sus ojos se fueron abriendo cada vez más.

—Es una carta de Bruno a Ito. Por la fecha, debió de escribirla después de ingresar en prisión, aunque evidentemente antes de que lo mataran.

—¿Y qué pone?

—Bruno dice que ha descubierto a un topo, pero que no ha revelado su identidad a sus jefes de la mafia.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Le cuenta a su hermano que el topo se la había jugado de algún modo y que por eso lo habían arrestado y metido en prisión. Y le

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pide a Ito que vaya a visitarlo a la cárcel.

—Tal vez no quería poner por escrito algo demasiado comprometedor.

Quería contárselo a su hermano en persona.

—Sí, contarle que fue mi madre quien lo delató. Pero esta carta tampoco explica cómo averiguó Bruno dónde vivíamos. Porque tenía que saberlo. Es la única manera de que Ito pudiera enterarse.

—Supongo que esto confirma de una vez por todas que fue Ito quien se llevó a Mercy.

—No se me ocurre otra posibilidad. Pero ¿qué hizo con ella? —Pine miró a Evie Vincenzo, que seguía contemplando fascinada la lámpara—. Y está claro que esta pobre mujer no va a ser capaz de responder a la pregunta.

—Aunque tal vez su hijo sí pueda.

Continuaron rebuscando en la caja, pero no encontraron nada tan revelador como la carta. Pine se la guardó en el bolsillo junto con otros papeles, entre ellos varias fotos de los miembros de la familia.

Se levantó y le dijo a la mujer recostada en la cama:

—Señora Vincenzo, gracias por recibirnos.

—Echo mucho de menos mi cocina.

Y se puso de nuevo a amasar su pañuelo.

Blum se quedó observando a Evie un momento, con los ojos brillantes, y después siguió a Pine fuera de la habitación.

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Era como todas las prisiones en las que Pine había estado: ruidosa, llena de olores desagradables, caótica y al mismo tiempo con una rígida organización marcada por las paredes y los barrotes. Allí dentro tenía lugar una sofisticada partida de ajedrez entre los reclusos y los guardias, aunque a veces estos últimos eludían sus deberes a cambio de los beneficios asociados a permitir el acceso de drogas, chicas y otras cosas que hacían más soportable pasar tantos años de tu vida entre rejas.

Aunque Fort Dix estaba catalogado como centro penitenciario de seguridad media, la población reclusa saturaba de tal modo las instalaciones federales que algunos presos que merecían el estatus de máxima seguridad eran relegados a penitenciarías como aquella. Quizá las autoridades confiaban en que su ubicación dentro de una base militar ayudaría a mantener a raya a los reclusos. Aunque eso era mucho esperar, pensaba ella.

Puller y ella pasaron juntos el control de seguridad, donde entregaron sus armas a regañadientes. Luego los condujeron a la sala de visitas.

—No creo que cante fácilmente —comentó Pine mientras tomaban asiento.

—Lo doy por hecho. Más bien al contrario. Por lo visto el tipo no es tonto, al menos eso afirman mis fuentes. Querrá su tajada por colaborar.

—¿Qué más me puedes decir de él?

—Es un mal elemento. Ha estado metido en problemas desde jovencito. Empezó con pequeñas cosillas, pero rápidamente se fue graduando en delitos mayores. Lo arrestaron por ser el cabecilla de una red que se dedicaba a robar a personas mayores. A uno de ellos estuvieron a punto de matarlo de una paliza cuando se presentó en su casa de forma inesperada. Teddy se consiguió un buen abogado, pero aun así le quedan otros ocho años como mínimo.

—¿Tiene relación con Tony?

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—Por lo que tengo entendido, Teddy no podría ser considerado el padre del año. No paraba mucho por casa. Su madre hizo lo que pudo con Tony antes de darse por vencida y largarse, pero aun así el chico parece haber seguido los pasos de su padre.

—El crimen corre por la sangre de esa familia. El tío de Teddy era un mafioso.

—Cierto, el tal Bruno Vincenzo del que hablaste antes.

Pine asintió.

—Y aquí llega el sobrino del mafioso.

Dos guardias escoltaron a Teddy Vincenzo hasta el asiento situado en la mesa frente a ellos.

El hombre, de un metro setenta y cinco, presentaba una complexión fuerte y nervuda. Sus antebrazos se veían fibrados y musculosos. Se movía con todo el aplomo y la confianza con que puede hacerlo alguien que lleva esposas y grilletes. Entrado ya en la cincuentena, tenía el pelo más gris que negro, y bastante hirsuto.

Por su expresión, Pine sabía muy bien lo que pensaba Vincenzo. Sentía una curiosidad llena de cautela. Buscaba obtener algún beneficio. Algo que pudiera sacarlo de allí lo antes posible para poder seguir con su carrera delictiva.

—Me dicen que son del FBI y de la CID —empezó a decir, pero luego se detuvo, se reclinó en la silla y los observó atentamente—. ¿A qué debo la visita de tantas letras del alfabeto?

Había elegido comenzar la partida con un movimiento de peón, pensó Pine. Nada demasiado audaz o radical. Él también buscaba información.

—Estamos interesados en su hijo, Tony —dijo Puller.

Vincenzo no repuso nada, aunque tampoco pareció muy sorprendido por sus palabras. Miró a Pine.

—¿Y usted?

—De hecho, a mí me interesa su padre, Ito —dijo ella.

Un brillo de sorpresa destelló en la mirada del recluso. Cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Por qué?

—Me gustaría hablar con él.

—Misma pregunta.

—Es una persona de interés para un caso que estoy investigando. —¿Está segura de que no está buscando al Vincenzo equivocado?

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—Bruno está muerto.

—Eso es verdad. Le rajaron el cuello en prisión por chivato. —Miró por encima de su hombro, en un gesto significativo—. ¿Es eso lo que quieren para mi futuro?

—¿Hay más hermanos Vincenzo aparte de Bruno e Ito? —preguntó Pine—. Porque yo no he encontrado ninguno.

—No, solo dos varones. Una gran familia católica italiana, pero el resto eran chicas. ¿De qué caso se trata?

—Un secuestro en el que Ito estuvo implicado.

—Chorradas. Mi viejo regentaba una heladería aquí en Trenton, a menos de un kilómetro de casa, en la avenida donde estaban todos los comercios familiares. Se llamaba la Heladería de Vinnie.

—¿«Vinnie» de…? —preguntó Pine.

—Es la abreviatura de Vincenzo. ¿Qué? No creo que Sorbete Ito hubiera sonado muy bien…

—Ya.

El hombre sonrió.

—Mi viejo era un tipo más puro que la nieve. Solo vendía vainilla. — Esbozó una sonrisa aún más amplia, divertido ante su chiste sobre sexo convencional—. ¿Le parece que podría ser un secuestrador?

—Las circunstancias pueden cambiar a la gente —intervino Puller. —¿Qué, como en el caso de Tony?

—Como en el caso de mucha gente. Pero sí, también Tony.

—Usted es militar, él no.

—Él trabaja aquí, en Fort Dix. Eso lo convierte en mi problema. —Tony es un buen chico. Seguramente se trate de un malentendido. —

Los miró con cara de póquer al pronunciar tan obvia falsedad. —¿Tiene alguna idea de dónde podría estar?

—Yo estoy aquí dentro, él está ahí fuera.

—¿Está diciendo que nunca viene a visitarlo a pesar de trabajar aquí? —No recuerdo haber dicho nada parecido.

—¿Cómo llegó a heredar la casa de Ito? —preguntó Pine.

La mirada de Vincenzo se dirigió de vuelta a ella. Parecía disfrutar del toma y daca entre los dos oficiales federales.

—Yo era el mayor. Y al resto de mis hermanos no podría importarles menos.

—¿Y su madre? —prosiguió Pine.

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—¿Qué pasa con ella?

—No está muy bien.

Vincenzo se encogió de hombros.

—Mis hermanas la metieron en una residencia. Yo no estaba en posición de decir mucho. Estaba encerrado en mi propio vertedero.

—He ido a verla.

—¿Y qué? ¿Tan mal está?

—Tiene demencia.

—Por lo visto sucede mucho últimamente. También tenemos de eso aquí dentro, entre los reclusos viejos. Dicen cosas muy graciosas.

—¿Sus hermanas viven por aquí cerca? —preguntó Puller.

—Bastante lejos. Creo que Jersey no era para ellas. Se largaron en cuanto pudieron. A mí ya me está bien, aunque no tanto aquí dentro.

A Pine se le ocurrió algo de pronto.

—¿Alguna vez, cuando eran pequeños, su padre usó con usted y sus hermanos la cancioncilla infantil de «Pito, pito, gorgorito»?

Vincenzo volvió a sonreír ampliamente.

—¿Cómo diablos sabe eso?

—Así que lo hacía…

—Sí, con seis críos pequeños la cantaba para escoger a uno de nosotros.

Pine se relamió los labios e intentó que los nervios no la traicionaran. —¿Escogeros para qué? ¿Para una… recompensa? Vincenzo se encogió de hombros.

—A veces. Pero otras veces para castigarnos. Cuando uno de nosotros hacía algo malo y los otros no se chivaban de él o de ella.

Pine se reclinó en su asiento, decepcionada pero tratando de que no se le notara. Aquella noche, Ito Vincenzo había utilizado esa cancioncilla infantil para decidir si se llevaba a Mercy o a ella. Y lo que quería saber era si ser elegido de esa manera era algo bueno o malo. Obviamente, la respuesta de Vincenzo no había ayudado.

Puller echó una rápida mirada a su compañera y luego prosiguió:

—Volviendo a la casa… Tony está viviendo allí.

—Muy bien.

—¿Lo sabía? —preguntó Puller.

—Me entero ahora.

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—¿Cuándo fue la última vez que supo algo de su padre? —inquirió Pine.

Vincenzo se tomó un momento para rascarse la mejilla y luego se frotó la nariz. Pine sabía que era una forma de darse tiempo para reflexionar.

—No lo sé. ¿Qué saco yo con esto?

«Por fin estamos llegando a algo», pensó Pine.

Puller se inclinó hacia delante, haciéndose cargo de la situación.

—Vamos al grano, Teddy. Si tú nos ayudas, nosotros te ayudamos.

Vincenzo también se inclinó hacia delante, yendo por faena.

—¿Cuánto? Y tiene que ser por escrito. Directamente a mi abogado.

No voy a correr el riesgo de que me jodan unos federales.

—¿Sobre el tiempo de condena que te queda aquí? Podemos convertir ocho años en seis.

—Y también podéis convertir ocho en cuatro. Ya no soy ningún chaval.

—Cinco. Pero dependerá de lo que nos cuentes. Con chorradas no conseguirás nada. Se retira el trato de la mesa y no habrá más ofertas.

Por el tono expeditivo de Puller, Pine sabía que su cadena de mando ya había aprobado los parámetros de la negociación.

—Ah, eres un tipo duro, ¿no? Me estoy cagando ahora mismo en los pantalones. —Vincenzo lo dijo con una sonrisa que no afloró ni por asomo a sus ojos.

—Estoy esperando —insistió Puller.

—¿Qué queréis saber?

—¿Dónde está Tony? ¿Y dónde está Ito?

Vincenzo miró a Pine.

—¿Y por qué diablos quiere saber nada sobre mi viejo?

—En algún momento de 1989 estuvo un tiempo fuera de casa. ¿Durante unos meses, quizá? ¿En primavera o verano? ¿Le suena?

—De eso hace mucho tiempo, señora. Ya no me acuerdo de cosas que ocurrieron la semana pasada.

—Tres años menos de condena son una puñetera buena razón para esforzarse en recordar.

Vincenzo asintió y adoptó una actitud menos insolente, más concentrada.

—De acuerdo. Mire, yo quiero ayudar, pero necesito darle algunas vueltas.

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—Piense solo en los hechos. Y le recuerdo que lo que ha dicho el jefe Puller sobre las chorradas también se aplica a mi caso.

—Muy bien, lo ha dejado muy claro, señora. No es mi intención prolongar mi estancia aquí más tiempo del preciso.

—¿Su padre le hablaba de Bruno? —preguntó Pine.

—A veces; eran hermanos. Y él era mi tío.

—¿Y qué le contó? Me refiero a lo que le ocurrió a Bruno cuando estuvo en prisión por última vez.

—Bueno, mi viejo me dijo una cosa que se me quedó grabada. Me contó que su hermano llegó a un trato que nunca se cumplió. Y que le costó la vida. —Lanzó una mirada incisiva a Puller—. Que es la misma situación en la que yo me puedo encontrar. Los soplones no tienen muchas expectativas de sobrevivir en prisión. En cuanto os vayáis de aquí, soy hombre muerto.

—Podemos ponerte en una celda solo si eso te hace sentir mejor — ofreció Puller.

—¿Dijo Ito si pensaba hacer algo por lo que le pasó a su hermano? — preguntó Pine.

Vincenzo volvió a centrarse en ella, ahora con expresión más calmada. —Nada en concreto, que yo recuerde. Estaba muy cabreado, eso sí. —Su padre estaba limpio. Ni siquiera una multa de tráfico. Bruno era

un mafioso. ¿Por qué habría de importarle?

—Era de su sangre. Eso significa algo, o al menos antes así era. Sí, mi viejo sabía lo que era su hermano. Pero Bruno entró en prisión y murió cuando no debería haber muerto. Alguien tenía que pagar por ello.

—¿Ito le dijo eso? ¿Es eso lo que está diciendo?

—Sí, eso es lo que estoy diciendo. No hablaba mucho sobre Bruno, así que esas palabras se convirtieron en algo digno de recordar, por lo menos para mí.

—Y luego, por lo que tenemos entendido, su padre desapareció. ¿Sabe algo de eso?

—No. De hecho, por aquel entonces yo estaba ingresado en otra distinguida institución como esta.

Luego se dirigió a Puller.

—¿Y qué demonios ha hecho Tony? —Pensaba que tú lo sabrías todo al respecto.

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—Yo nunca animaría a mi hijo a infringir la ley, y estoy seguro de que no lo ha hecho.

—¿Se supone que tenemos que reírnos? —dijo Puller.

Vincenzo se encogió de hombros.

—Mira, está claro que yo soy un cabrón, pero ¿vender a mi propio hijo? Venga ya…

—¿Bajo ninguna circunstancia?

—Convierte esos cinco años en tres, con mi propia celda y privilegios para entrenar en privado, y sin libertad condicional. Cuando salga de aquí lo haré totalmente limpio, sin nadie que me controle. Sin tener que mear en un botecito durante los siguientes cinco años. Llámalo un descuento familiar.

Pine miró a Puller, quien asintió con un enérgico movimiento de cabeza.

Vincenzo se encorvó hacia delante y bajó la voz.

—Bueno, veréis, Tony no es un tipo complicado. Vale para lo que vale, pero no tiene una sola idea original en la cabeza. Hace su pequeña operación con pastillas, vende la mercancía, recoge su parte, y luego se bebe sus cervezas y se tira a sus chicas. Pero la situación en la que se encuentra ahora sí que es… complicada. Le viene pero que muy grande.

—Te escuchamos.

—Creo que se ha involucrado con la gente que no debería. Y en algún momento se darán cuenta de que es más una carga que un activo.

—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó Pine.

—Vino a verme hace un tiempo. Estaba muy preocupado. Y algunas cosas que me contó no me cuadraban para nada. Le aconsejé que se cuidara las espaldas y que se buscara una salida de todo eso cuanto antes.

Vincenzo pronunció esas palabras con extrema seriedad, pensó Pine. —Muy bien —dijo Puller—. ¿Qué te contó exactamente?

En ese momento se abrió la puerta y tres guardias y dos hombres trajeados entraron en la sala.

—La entrevista ha acabado —dijo uno de los trajeados.

—Tengo plena autorización —alzó la voz Puller—, y aún no hemos terminado.

—Sí ha terminado —dijo el otro trajeado.

Los guardias agarraron a Vincenzo, que se había quedado totalmente desconcertado, y lo sacaron a rastras de la sala.

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—¡Eh, eh! —exclamó el preso mientras forcejeaba inútilmente contra los tres hombres. Miró a Puller con ojos desorbitados y bramó—: ¡Me la has jugado bien, hijo de la gran…!

Y entonces la puerta se cerró de un portazo y Teddy Vincenzo desapareció.

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—¿Y eso fue todo? —preguntó Carol Blum cuando Pine regresó al hotel y le contó lo que había ocurrido en la prisión.

—John hizo algunas preguntas y se encontró con un muro. Sigue en ello, pero no sé cuál será el resultado.

—Pero no lo entiendo. ¿Por qué habría de importarle a alguien que hablarais con Teddy Vincenzo?

—Tal vez le importara a la gente con la que se había involucrado su hijo. Teddy parecía pensar que Tony no estaba para nada a la altura de esa liga.

—¿Y esa gente puede influir en los entresijos de un centro penitenciario? Quiero decir, ¿cómo sabían siquiera que estabais ahí?

Pine la miró.

—Al parecer tienen contactos a muy alto nivel.

—Bueno, eso resulta bastante inquietante.

—Y también significa que no tenemos manera de encontrar una pista que nos lleve a Ito o a Tony. Así que estamos de vuelta en la casilla de salida.

Pine se dejó caer en una silla y miró por la ventana las traseras de los edificios que se alzaban frente a la parte de atrás del recinto del hotel.

«Un pequeño paso adelante, cuatro grandes pasos atrás».

—Antes de que pusieran fin a la entrevista, ¿contó Teddy algo que pueda servirte de ayuda?

—Ha confirmado que su padre estaba furioso por lo que le pasó a Bruno.

—¿Sabía Teddy que su padre estuvo en Georgia por aquella época? —Para entonces ya era adulto, así que puede que no viviera en la casa

familiar. Ya había empezado a tener problemas con la ley incluso antes. Pero aun así imagino que se habría enterado de que su padre se había marchado, sobre todo si estuvo fuera una larga temporada. En cualquier

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caso, dijo que no se acordaba y que tendría que darle unas cuantas vueltas.

Supongo que ya no tendremos oportunidad de volver a preguntarle.

—A menos que Puller se saque algún truco de la manga.

—No parecía muy optimista al respecto en su último correo electrónico. —Se quedó callada un momento y luego dijo—: La Heladería de Vinnie.

—¿Qué?

—Ito regentaba una heladería en Trenton que se llamaba así. Teddy dijo que estaba a menos de un kilómetro de su casa. Me pregunto si aún seguirá allí…

—De ser así, ¿no te lo habría mencionado?

—No se lo pregunté. Y donde está Teddy no llega la camioneta de los helados.

Resultó que la Heladería de Vinnie ya no existía. Los comercios que se alineaban a ambos lados de la calle los echaron abajo para levantar edificios de apartamentos y otros negocios. Pine y Blum hicieron algunas preguntas por la zona y al final dieron con Darren Castor, un hombre de mediana edad que había trabajado en la heladería y ahora era jefe de mantenimiento en uno de los bloques residenciales.

Castor estaba a punto de hacer la pausa para el café, así que Pine lo invitó a uno en un local que quedaba a la vuelta de la esquina de su edificio. Era un hombre de cincuenta y tantos años, flaco como un palo, con una espesa mata de pelo gris alrededor de la coronilla y unas facciones envejecidas.

Fue sorbiendo de su café mientras recordaba aquella época.

—Ito Vincenzo… —dijo sonriendo—. Hacía mucho que no oía ese nombre.

—¿Le gustaba trabajar para él?

—Oh, sí. Era divertido. Con clientes contentos y agradecidos. ¿A quién no le gusta un helado? En mi trabajo de ahora todo son quejas.

—Supongo que es normal.

—También vendíamos gelato, claro. Después de todo, Ito era italiano. Y postres y productos de pastelería. Los preparaba él mismo. Tenía mucha mano. Y el negocio iba muy bien.

—Sí, tengo entendido que era un gran cocinero. —Pine sacó una fotografía de Ito que había conseguido en Georgia—. Solo para confirmar que estamos hablando de la misma persona.

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Castor echó un vistazo a la foto y asintió.

—Sí, es Ito.

—¿Conocía a su hijo? —preguntó Blum.

—Un mal elemento. Siempre entrando y saliendo de prisión. Ito ya no sabía qué hacer con él. No paraba de darle segundas oportunidades, y en cuanto se daba media vuelta, Teddy metía la mano en la caja y se largaba con el dinero. Ito nunca supo qué hacer con aquella escoria de hijo.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Ito? —quiso saber Pine.

—Dios, no lo sé. Fue hace mucho tiempo.

—Piense en ello un poco. Dele vueltas en la cabeza. Relaciónelo con algún acontecimiento importante en su vida, eso ayudará.

—Bueno, empecé a trabajar para él cuando tenía dieciocho años. Me acuerdo porque acababa de graduarme del instituto y respondí a un anuncio que Ito puso en el periódico. Así que eso fue en 1985. Estuve trabajando allí hasta…, vale, sí, entré en el taller de chapa y pintura… creo que en 2001.

—¿Trabajó para él durante más de quince años? —dijo Blum.

—Ya, vendiendo helados, ¿no? Pero el tiempo pasó volando. Ito me enseñó mucho. Aprendí a tratar con la gente, lo cual me ha sido de mucha ayuda a lo largo de estos años. Ostras, en cierto modo me convertí en su socio. Ito me trataba muy bien. No me hice rico, pero me sirvió para ir tirando y disfrutaba mucho en el trabajo. Teníamos una clientela muy fiel. Era un local muy popular, que se ponía hasta arriba los viernes y los fines de semana. La cosa se fue corriendo por el boca a boca, porque todo lo que ofrecía era excepcional.

—¿Y entonces un día desapareció sin más? —preguntó Pine.

Castor asintió con gesto contrito.

—Sí, así fue. Es la única razón por la que cambié de trabajo. Fue de lo más extraño. Un día estaba ahí y al siguiente… ¡puf!, ya no estaba. Su mujer, Evie, trató de mantener el negocio en marcha. Ella también sabía hornear, sobre todo productos de pastelería. La ayudé todo lo que pude, pero yo necesitaba un sueldo estable. Por aquel entonces ya tenía familia. Empezó a surgir competencia, la gente dejó de comer tantos dulces y el negocio fue de capa caída. Al final Evie tuvo que venderlo.

—¿Alguna idea de lo que le pasó a Ito?

—Nadie lo sabe. Al menos que yo tenga noticia. Llegaron a buscarlo y todo. La policía, me refiero. Pero por lo que yo sé, nadie volvió a saber

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nada más de él.

—Y antes de que desapareciera, ¿notó algo inusual? ¿Estaba preocupado o algo así? ¿Recibió alguna carta o llamada telefónica que lo inquietara?

Castor sorbió su café mientras reflexionaba sobre esas preguntas. —Bueno, en primer lugar yo no sabía que iba a ocurrir algo así, de

modo que no presté especial atención al periodo que precedió a su desaparición.

—Aun así, cualquier cosa que pueda recordar… Meneó la cabeza.

—No recuerdo nada, no. Lo siento. Fue hace mucho tiempo.

—Vale. Así que dejó la heladería y comenzó a trabajar en el taller de chapa y pintura.

—Eso es. Siempre se me han dado bien los coches. Y cuando la heladería cerró, conseguí empleo en el taller.

—Entonces Ito desaparecería no mucho tiempo antes de eso.

—Sí. En 2001, estoy bastante seguro.

—Vale. Déjeme preguntarle otra cosa. Durante la primavera y el verano de 1989, ¿Ito se ausentó del negocio?

Castor se terminó el café.

—¿En 1989? Vaya, ahora sí que me lo está poniendo difícil, señora. —Tómese su tiempo y piénselo bien —dijo Pine—. No le estoy

hablando de un día o ni siquiera una semana. Tuvo que ser una temporada bastante larga, de varios meses. Debería acordarse de eso.

El rostro de Castor reveló que por fin caía en la cuenta.

—Es verdad. Ahora me acuerdo. Debió de ser en 1989, porque por entonces yo llevaba unos cuatro años trabajando allí y fue la única vez que se ausentó más de unos pocos días. Dijo que se iba a Italia, ya sabe, la patria chica. Eso fue también lo que le dijo a Evie. Todavía tenían críos pequeños en casa, así que supongo que ella no pudo ir. Estuvo fuera como unos dos meses, puede que más. Y era una época de mucho trabajo, primavera y todo eso. Yo estaba muerto de miedo porque debía encargarme de preparar los helados y demás. Pero Ito me había enseñado bien. Evie también me echó una mano. Y al final nos las apañamos. Pero, aun así, desearía que no nos hubiera dejado colgados de aquel modo. Si hubiese tardado un poco más en volver, no sé si se habría encontrado con el negocio abierto. Si aquello hubiera sido en 2001, seguramente no lo

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habríamos conseguido. Como he dicho antes, en 2001 había mucha más competencia que en 1989, al menos por aquí.

—Ya, entiendo —dijo Pine—. ¿Y qué pasó cuando volvió? —Trajo un montón de cosas de Italia, claro, y todo parecía ir bien. —¿Hasta que desapareció?

—Pues sí. Volvió al trabajo y siguió encargándose del negocio, y todo iba como siempre. Hasta aquel día que desapareció y ya no volvió más. Maldita sea… Me gustaba trabajar para él. Era divertido. Lo que hago ahora es trabajar y ya está.

—¿Conoció a su hermano, Bruno?

—No puedo decir que lo conocí, pero sí que oí hablar de él. Por lo visto era un delincuente o algo así, como Teddy. Puede que la cosa sea de familia. Nunca se pasó por la heladería, al menos que yo sepa. A Bruno se lo cargaron en prisión, ¿verdad?

—Sí. ¿Fue Ito quien le dijo que era un delincuente?

—No, fue Evie. Y lo que puedo decir es que ese hombre no le gustaba ni un pelo. Me contó que no quería ni verlo por su casa. Creo que tenía miedo de que pudiera contagiarle su maldad a Teddy. Aunque está claro que la estrategia no funcionó. Hay gente que nace mala y ya está.

—¿Sabe si en algún momento Evie llegó a declarar a su marido como fallecido? —preguntó Blum—. Creo que hay que esperar cierto tiempo, unos siete años o así.

—No que yo sepa, pero yo habría pasado página mucho antes de eso. —¿Algo más que pueda contarnos? Me refiero a cuando Ito volvió de

Italia —insistió Pine, inclinándose hacia delante y con una voz más tensa

—. ¿Parecía nervioso o inquieto, preocupado por algo? Castor se rascó la cabeza.

—No que recuerde. Pero, repito, fue hace mucho tiempo. Me trajo una botella de vino de Italia. Y unos bombones. Nunca me habían regalado nada así.

—¿Así que estaba más o menos como siempre? —dijo Pine, visiblemente decepcionada.

Castor reflexionó un poco más.

—Bueno, no sé si esto será importante, pero me acuerdo que me dijo algo poco después de volver.

—¿Qué? —preguntó Pine en tono incisivo.

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—Dijo que nunca sabes de lo que eres capaz hasta que tienes que hacerlo. Me pareció un comentario tan extraño que se me quedó grabado.

Pine lanzó una rápida mirada a Blum.

—¿No explicó nada más? —dijo esta.

—Bueno, le pregunté si había hecho algo en Italia que le hubiese sorprendido.

—¿Y qué le respondió?

—Me dijo que no había hecho algo que lo sorprendiera. Había hecho algo que lo dejó conmocionado. Pero no dijo de qué se trataba.

—Seguro que no —masculló Pine por lo bajo. Le entregó su tarjeta a Castor—. Ha sido de gran ayuda. Si se le ocurre algo más, llámeme o envíeme un correo.

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John Puller no era un hombre fácil de intimidar. Militar varias veces condecorado y distinguido en dos ocasiones con el Corazón Púrpura, su cuerpo presentaba cicatrices de guerra que costaba mucho mirar de frente, pero que aun así lucía con orgullo. Los traumas internos derivados de ver cómo los seres humanos se mataban unos a otros de las maneras más bárbaras posibles eran difíciles de afrontar, así que con frecuencia optaba por no hacerlo. No sabía si en algún momento esos traumas volverían para atormentarlo, como les ocurría a muchos otros. Pero justo en ese momento tenía un trabajo que hacer. Y justo en ese momento dicho trabajo le estaba provocando un estrés considerable; o, más bien, se lo estaba provocando el hombre que tenía sentado enfrente.

Barney Moss era más alto que Puller pero de aspecto fofo, con una piel de un blanco enfermizo. El traje de un marrón verdoso le quedaba fatal, ya fuera porque había perdido peso o porque le importaba un carajo la ropa que llevaba. Tenía el pelo grasiento y estropajoso peinado hacia atrás. Parecía el típico villano de una película mala de los setenta. Llevaba la corbata desanudada y el cuello abierto de la camisa mostraba su flácida papada. Era el representante gubernamental asignado a Fort Dix, así que técnicamente era un federal. Sin embargo, desde el instante en que Puller había entrado en el despacho, la actitud de Moss le había hecho fantasear con la idea de sacar su arma.

—Solo para que quede claro, no va a volver a acercarse a Theodore Vincenzo por ninguna razón —dijo Moss por tercera vez. Por lo visto consideraba que cuanto más se repitiera algo más peso tenía—. Si lo hace, el precio que habrá de pagar será altísimo y usted llevará todas las papeletas, colega.

Se lo quedó mirando a través de la maltrecha mesa llena de rasguños, como si aquel tablero fuera el campo de batalla y Puller el enemigo a batir.

Este carraspeó, ladeó el cuello ligeramente a la derecha y, al hacerlo, se vio recompensado por una gratificante distensión de la presión

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vertebral.

—Bueno, ahora seré yo el que deje las cosas claras, señor Moss. Estoy investigando un caso y hablando con las personas con las que tengo que hablar, y Teddy Vincenzo es una de esas personas. —Puller mantuvo contacto visual directo con el hombre, registrando cada detalle de su semblante en la parte de su memoria que reservaba para la «gente especial»—. Y, a pesar de haberme llamado y ordenado que me presente aquí, aún no tengo la menor idea de qué tiene usted que ver en todo esto, ya que no forma parte de mi cadena de mando. Eso significa que, legalmente, técnicamente, ni de cualquier otra forma en que opera el ejército estadounidense, no tengo obligación de acatar ninguna orden que pretenda darme. Así que estoy aquí por pura cortesía. Aunque no sé si usted está muy familiarizado con el concepto. —Y añadió—: Solo para que quede claro.

Moss soltó un suspiro y plantó ambas manos sobre su panza. —Así que esas tenemos, ¿eh?

—Desde mi punto de vista, es la única manera de abordar este asunto. —¿Qué, necesita oírlo de sus colegas mientras juegan a los soldaditos sobre una maqueta? —dijo con gesto desdeñoso—. ¿Se sentiría mejor si se

lo ordenara un tipo con bonitas medallas y lacitos en el pecho?

Las facciones de Puller permanecieron impasibles, aunque por dentro hervía de furia ante aquel insulto gratuito.

—Necesito oírlo de mi cadena de mando. Desde el general al mando del Comando de Investigación Criminal militar, hasta el mariscal general preboste del ejército estadounidense. Del mismo modo que usted tiene su cadena de mando. —Puller ladeó la cabeza y escrutó al hombre fijamente

—. Así que… ¿puede decirme quién le ha ordenado hacer esto? —¿Hacer qué?

—Meterme toda esta trola.

—Lo siento, pero no está autorizado a saber nada más.

—Al contrario, estoy autorizado al más alto nivel de seguridad con uso de polígrafo. ¿Y usted? ¿A qué está autorizado?

Puller echó un vistazo a la pared de detrás del hombre, donde colgaban fotos y diversos recuerdos. Parecían ser retratos de representantes locales, líderes empresariales y algunos políticos nacionales a los que Puller reconoció, estrechando manos, luciendo grandes sonrisas y haciendo todo aquello que los funcionarios electos se veían a menudo obligados a hacer.

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Ni siquiera sabía si aquel era el despacho de Moss. No había ningún nombre en la puerta.

—Eso no es asunto suyo —repuso Moss con una desagradable expresión en su rostro.

—Para alguien que debería tener todas las respuestas, parece no tener ninguna.

—¡No me provoque! —bramó Moss—. ¿Se cree alguien especial porque lleva uniforme?

Puller se levantó y miró al hombre.

—Tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo que estar aquí sentado.

Moss lo apuntó con un dedo.

—Usted trabaja para el gobierno federal. Y le debe lealtad. Debe cumplir sus órdenes. Y su orden de ahora es: manténgase alejado de los Vincenzo.

Puller dio un levísimo respingo.

—Así que el padre y el hijo, ¿eh?

Mientras observaba a Moss muy fijamente, se percató de que el hombre pareció arrepentirse de sus palabras, no por la dureza de su tono sino por su descuido al hablar más de la cuenta. Se recompuso con rapidez y dijo:

—Ya aprenderá que yo no lanzo amenazas a la ligera.

Puller cerró con cuidado la puerta tras él, aunque su primer impulso fue hacerlo de un portazo.

«No le des a ese idiota la satisfacción».

Al salir del edificio gubernamental, vio una columna de nubes oscuras con forma de yunque arrastrándose sobre las aguas del río Delaware, anunciando que se avecinaba tormenta.

Decididamente, aquello encajaba con su estado de ánimo.

Antes de subirse al coche, llamó a Pine y la informó de su reunión con Moss.

—¿Qué diablos está pasando? ¿Por qué está ocurriendo todo esto? —Teddy mencionó que su hijo estaba involucrado en algo que le

quedaba muy grande. Puede que la gente que está detrás de esto sea la que me ha llamado a consulta con Moss.

—Pero eso significaría que la gente implicada en esas actividades delictivas tiene contactos a nivel gubernamental.

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—Para algunos políticos, la corrupción es el negocio número uno.

Servir diligentemente al país no ocupa ni de lejos el segundo lugar.

—Bueno, es más que plausible que Tony Vincenzo o la gente con la que trabaja tengan conexiones con algunas personas muy poderosas.

—Solo tenemos que averiguar quiénes son. Eh, ¿qué tal si cenamos juntos esta noche y planeamos nuestros próximos movimientos?

—Suena bien.

Puller le indicó el lugar y la hora.

—Aunque tenemos que andarnos con pies de plomo, Puller. Está muy bien no dejarse intimidar por un capullo como ese tal Moss, pero seguro que detrás de él hay otra gente de mucho más peso.

—Esa es la razón por la que no le he disparado. Nos vemos esta noche.

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Pine se dio una ducha y se puso unos tejanos y un jersey. Luego cogió sus armas, metió la placa y las credenciales en el bolso y se lo colgó al hombro. Miró su reflejo en el espejo.

«Me parezco a mi madre».

La madre que la había abandonado. No había sido un acto muy maternal, precisamente. Había contaminado todo lo que Pine sentía por ella. Y aun así quería averiguar dónde se encontraba. Quería saber si estaba viva o muerta.

Condujo hasta el restaurante, que estaba en las afueras de Trenton. Pine había buscado la dirección en internet. El local servía comida italiana por un precio razonable para dos machacas federales como ella y Puller.

Cuando Pine llegó, él ya estaba esperando en el pequeño vestíbulo. Iba vestido con tejanos, un jersey gris con cuello de pico, una camiseta blanca debajo y un cortavientos.

El camarero los condujo hasta una mesa del fondo, siguiendo la petición de Puller. Se sentó de espaldas a la pared, que era algo que Pine también solía hacer.

El restaurante tenía la decoración propia de ese tipo de locales: emparrados falsos derramándose de viejas botellas de Chianti, cuadros enmarcados de yates y bañistas en el Mediterráneo, manteles a cuadros blancos y rojos, y cartas tan gruesas que parecían novelas cortas.

Pidieron cerveza Peroni y decidieron tomar unas ensaladas griegas como entrante y compartir una pizza. Las miradas de ambos habían tomado buena nota de todos los clientes del local y de todas las salidas posibles. Estaba en su ADN. Debería estar en el de todo el mundo, pensó Pine, máxime en los tiempos que corrían, donde cualquier edificio podía convertirse en cualquier momento en una galería de tiro.

—Aún no te he preguntado. ¿Cómo están tu hermano y tu padre?

—A Bobby le va muy bien. Ahora controla una parte importante de la ciberseguridad del país.

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—¿Y tu padre?

Su padre era el combatiente John Puller, un legendario oficial del ejército con tres estrellas y más condecoraciones de las que cabían en su uniforme. Ahora estaba ingresado en un hospital de veteranos de guerra aquejado de demencia.

—Tirando —era lo que Puller respondía siempre—. Solo tirando. ¿Y qué tal por Arizona?

—Mucho calor. Y muy seco. ¿Y tú qué? ¿Sigues todavía en Virginia? —Sí, pero me paso casi todos los días en la carretera. —Nuestros trabajos no dejan mucho tiempo para el placer.

—La verdad es que no. ¿Y tú sigues compitiendo como levantadora de pesas y en torneos de artes marciales mixtas?

En la universidad, Pine se había preparado para formar parte del equipo femenino olímpico de halterofilia, pero no lo consiguió por apenas un kilo. También era cinturón negro en artes marciales mixtas y había participado en algunas competiciones.

—Sigo levantando pesas para mantenerme en forma. Y ya soy demasiado mayor para competir en artes marciales, pero todavía puedo dar patadas por encima de la cabeza —añadió con una sonrisa.

—Te creo. —Hizo una pausa—. Bueno, he estado investigando un poco acerca de ese tal Moss, pero no he encontrado mucho. Me da la impresión de que lleva poco tiempo en el puesto.

—No, no lleva —respondió Pine.

Puller levantó la vista hacia ella.

—¿Has averiguado algo?

—He llamado a algunos contactos. Hasta el año pasado era uno de los abogados más poderosos de Manhattan. Luego entró en un gran lobby empresarial, y de ahí pasó a trabajar para la Agencia Federal de Prisiones. Actualmente es el director regional de la zona nordeste, por lo que Fort Dix está bajo su jurisdicción. —Se detuvo un momento—. Cuando te reuniste con él, ¿no te contó nada de eso? ¿No había ningún rótulo en la puerta de su despacho?

—No y no. Ni siquiera creo que fuera su despacho. Había un montón de fotos en la pared, pero él no salía en ninguna. Probablemente no tenga su base en Trenton. Solo era el perro de presa que tenían más a mano para lanzar contra mí.

—Interesante…

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—Y también revelador. Y sobre todo indignante. Demuestra en qué baja estima tienen al estamento militar.

—¿Por qué te molestaste en reunirte con él? —Me llamaron y me pidieron que lo hiciera. —¿Quién te llamó?

—Un oficial que está dos rangos por encima de mí. No parecía que le hiciera mucha gracia. Creo que no le quedó otra que transmitir la orden a regañadientes. Pero por el tono estaba claro que tenía que acudir.

—Entonces, ¿Moss te ordenó que dejaras la investigación?

—Y yo le dije que no tenía autoridad para hacerlo.

—La Agencia de Prisiones depende del Departamento de Justicia.

—Aun así no está en mi cadena de mando —repuso Puller.

—Pero Justicia podría ponerte las cosas muy difíciles.

—Todavía no he recibido ninguna advertencia por parte de los míos, lo cual considero una buena señal. Ellos quieren que atrape a quienquiera que esté detrás de la red de narcotráfico en la que está envuelto Tony Vincenzo. Como ya he dicho, están vendiendo drogas a los soldados, lo cual repercute negativamente en la efectividad de nuestro ejército. Y si también hay soldados vendiendo drogas, eso abre las puertas a la posibilidad de ser sobornados por los enemigos del país. Así que en última instancia se trata de un asunto que afecta a la seguridad nacional. Si el Departamento de Justicia quiere convencer al de Defensa de que hay algo que está por encima de la necesidad de proteger a nuestro país, me encantaría estar presente en la sala para escucharlo.

—Al fin y al cabo, los políticos adoran a los militares, al menos en público, así que puede que por ahí tengas las de ganar.

—Puede —dijo Puller—. ¿Y has averiguado algo más sobre tu madre y tu hermana?

Pine dedicó unos minutos a contarle lo que había descubierto en la caja que Evie Vincenzo guardaba en su armario, y también le habló de su conversación con Darren Castor, el hombre que había trabajado para Ito en la heladería.

—Así que Ito viajó hasta Georgia y allí secuestró a tu hermana y casi te mata a ti. Eso quedaría confirmado, al menos en la medida en que es posible hacerlo por el momento.

—Eso parece.

—¿En venganza por lo de su hermano, Bruno?

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—Eso parece, sí.

—¿E Ito le contó a su empleado que había hecho algo que lo dejó conmocionado?

—No sé si se refería a haber estado a punto de matar a una niña de seis años, o sea, a mí. O a… —Pine no se vio con fuerzas para decir: «O a haber matado a mi hermana».

Al percibir su angustia, Puller le cogió la mano y le dijo:

—Si hay algo que he aprendido con los años es que siempre tienes que esperar lo mejor y prepararte para lo peor. Pero también es cierto que, hasta que no lo sabemos todo, en realidad no sabemos nada. No hay ninguna prueba concluyente que demuestre que tu hermana fue asesinada, ¿correcto?

—Correcto —dijo Pine, mirándolo por fin a los ojos después de haberlo intentado dos veces en vano.

Notaba cómo le subía la adrenalina y trataba de disimular el hecho de que estaba respirando profundamente para evitar que los nervios la traicionaran. Lo último que quería era mostrarle a Puller que estaba perdiendo el control. Aquel hombre podría entenderlo perfectamente, pero eso haría también que disminuyera su confianza en ella.

—Muy bien, entonces tenemos que actuar según la creencia de que ella aún está viva.

—Las probabilidades no juegan a favor de ese supuesto, lo sabes — señaló Pine.

—También sé que los hechos han demostrado multitud de veces que mis supuestos eran erróneos. Ito podría haber hecho otras muchas cosas con tu hermana. Y por lo que has averiguado sobre él, no era un delincuente violento, no como su hermano. Regentaba una heladería.

—Todos aquellos con los que he hablado lo describen como una buena persona, agradable y… normal.

Puller le soltó despacio la mano.

—Cuesta mucho matar a alguien, Atlee. Los dos lo sabemos. Y cuesta mucho más matar a un niño.

Pine se tocó la cabeza donde Ito la había golpeado y destrozado el cráneo.

—Estuvo a punto de matarme a mí.

—Y no resulta del todo inconcebible que eso le hubiese salvado la vida a tu hermana. Él podría haberte matado, fácilmente. Pero te golpeó y luego

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huyó sin saber si estabas viva o muerta. Pine bajó lentamente la mano. Puller continuó:

—¿Y la cancioncilla infantil que utilizó, supuestamente para elegir entre vosotras dos? Le preguntaste a Teddy si eso podría haber sido algo positivo o negativo para tu hermana, pero su respuesta podía apuntar en las dos direcciones.

—Sí, así es.

—Y utilizar esa cancioncilla también podría hablar de alguien que intenta ganar tiempo antes de hacer algo que realmente no quiere hacer.

—¿No estás diciendo todo eso solo para hacer que me sienta mejor? —Nunca haría algo así en una situación como esta. Eso me parecería

aún más cruel que cualquier otra cosa. —Hizo una pausa mientras, con aire pensativo, pasaba un dedo por su botella de cerveza—. El hecho es que, si alguien va hasta allí para hacer lo que finalmente hizo, ¿por qué molestarse en escoger? ¿Por qué no mataros a las dos allí en aquel momento? Se llevó a Mercy cuando no tenía por qué hacerlo. ¿Salir del pueblo cargando con una niña pequeña? ¿Y luego transportarla hasta otro lugar? ¿Puede haber algo más complicado que eso?

Pine meneó la cabeza, sin parecer muy convencida.

—Ito buscó hacer sufrir a mi padre. Se enzarzó con él en una pelea y lo acusó de atacar a una de sus hijas y matar a la otra.

—Pero pensaba que presuntamente Bruno estaba furioso con tu madre, no con tu padre.

—Mi madre estaba en el hospital conmigo. Tal vez mi padre fue el único al que pudo enfrentarse en aquel momento.

—Tal vez.

—Y luego, años más tarde, quizá incapaz de soportar el abrumador peso de la culpa, mi padre se quitó la vida el día de mi cumpleaños.

—Hostia —exclamó Puller—, eso no lo sabía.

—No se lo he contado a mucha gente.

Él volvió a cogerle la mano.

—Lo siento mucho, muchísimo, Atlee.

Llegaron las ensaladas y la pizza, y durante un rato ambos comieron en silencio.

Pidieron una segunda cerveza y se tomaron su tiempo para bebérsela mientras el restaurante se iba vaciando de clientes.

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—¿Te gusta trabajar en Arizona? —preguntó Puller.

—Me gusta bastante.

—¿La única federal en kilómetros a la redonda?

—No, la DEA tiene una oficina en mi edificio. Pero los agentes del FBI más cercanos están en Flagstaff. También tenemos oficinas en Tucson, en Lake Havasu y, por supuesto, en Phoenix, entre otras. Pero para los asuntos cotidianos en toda el área del Gran Cañón solo estoy yo.

—¿Cuentas con alguna ayuda?

—Tengo a la mejor administrativa de toda la Agencia, Carol Blum. Me ha acompañado y me está ayudando con esto. —Pine dejó su tenedor—. Bueno, ¿cuál es nuestro próximo movimiento?

—Estoy siguiendo la pista de Tony y todavía no he arrojado la toalla con Teddy. Está claro que tiene información relevante. Y puede que sepa más cosas sobre Ito y su posible paradero.

—¿Y cómo piensas volver a llegar a él?

—Con mucho cuidado. Como has dicho, el Departamento de Justicia podría hacerme la vida imposible.

—Me gustaría saber por qué otra agencia se interesa siquiera por esto.

—Basta con que lo haga un solo burócrata, Atlee.

Pagaron la cuenta, que dividieron a medias a pesar de que Puller intentó invitarla.

—Es lo menos que puedo hacer, Atlee.

—Te he fastidiado el arresto. Debería pagarte yo todas las comidas del próximo mes.

—Eres una tía auténtica —dijo él sonriendo.

No podría haberle hecho mayor cumplido, pensó ella.

Salieron del local.

—¿Dónde te alojas? —le preguntó Pine.

—En un motel a unos pocos kilómetros de aquí. Andamos escasos de vehículos, así que Ed McElroy me ha traído y ahora pasará a recogerme.

—Puedo llevarte yo —se ofreció ella.

Puller señaló un sedán verde con matrícula gubernamental aparcado a unos metros junto al bordillo. McElroy estaba apoyado en el parachoques delantero.

—Ya ha llegado.

Echaron a andar hacia McElroy.

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—¿Qué tal la comida? —preguntó el agente, apartándose del parachoques y caminando hacia ellos.

Antes de que Puller pudiera responder, la bala impactó en la espalda de McElroy, haciendo que cayera fulminado en el lugar donde solo un segundo antes había estado lleno de vida.

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Puller y Pine se agacharon tras el sedán mientras más proyectiles pasaban volando cerca de ellos. Una bala atravesó el cristal de una ventanilla, que quedó hecha añicos. Otra rebotó en el bastidor metálico del parabrisas y esparció pequeños fragmentos de metal a su alrededor.

Los dos agentes sacaron sus armas y devolvieron el fuego en dirección a la boca del callejón de donde procedían los disparos.

La gente se lanzó al suelo gritando aterrorizada.

Cuando cesaron los disparos, Puller se apresuró a tomarle el pulso a McElroy. No tenía. Sus pupilas estaban fijas y vidriosas. Estaba muerto.

—Mierda —masculló. Llamó al 911 y contó al operador lo que había ocurrido. Colgó y dijo—: Quédate aquí con el cuerpo. Voy a perseguir al tirador.

—No pienso dejar que vayas solo.

—No discutas. Alguien tiene que quedarse con él. —Se asomó por encima del capó—. Cúbreme.

Puller cruzó corriendo la calle mientras Pine apuntaba con su arma hacia el callejón.

Cuando Puller se adentró en él, Pine hizo señas a un hombre mayor que estaba agazapado detrás de un buzón, ataviado con el uniforme de una compañía de seguridad privada. Ella le enseñó su placa y le pidió que se quedara junto al cuerpo hasta que apareciera la policía. Luego salió corriendo detrás de Puller.

Llegó a la entrada del callejón y echó un rápido vistazo. El espacio estaba mal iluminado, pero a unos quince metros divisó a Puller agachado junto a un contenedor. El agente miró a su espalda y, al verla, frunció el ceño y le hizo señas para que retrocediera.

Pine hizo caso omiso y señaló al frente, hacia los recodos más oscuros del callejón.

Puller levantó un dedo, apuntó hacia ella y después hacia el punto donde él se encontraba.

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Pine alzó el pulgar. El callejón estaba silencioso y oscuro, lleno de recovecos donde podría ocultarse alguien y tenderles una emboscada, de modo que debían andarse con pies de plomo.

Puller le hizo señas para que se acercara y ella avanzó medio agachada hasta que estuvo en cuclillas junto a él.

—Te he dicho que te quedaras junto al cuerpo —le espetó él—.

Cuando doy una orden, espero que se cumpla.

—Bueno —replicó ella en el mismo tono—, por si no te has dado cuenta, Puller, no estoy bajo tu mando, porque resulta que no formo parte del puñetero ejército.

Él se tranquilizó con la misma rapidez con que se había enfurecido.

—Vale, perdona.

Pine le explicó lo que había hecho para asegurar la escena del crimen y proteger el cuerpo de McElroy.

—Muy bien. He oído un juego de pisadas —dijo Puller en voz baja—, como a unos treinta metros. Luego se han detenido. No se ha oído ninguna puerta ni arrancar ningún coche.

—Así que sigue en el callejón. No debe de tener salida.

—Curiosa elección para un tirador —repuso él en tono extrañado.

—Pues sí.

Puller echó una ojeada a la escalerilla de acceso atornillada a la pared de ladrillo, y luego alzó la vista para ver adónde llevaba.

—Yo iré por arriba. Tú quédate abajo.

—¿Qué vas a hacer ahí arriba?

—En una pelea o persecución, las zonas altas son siempre mejor terreno.

Puller se precipitó hacia la escalerilla y empezó a trepar rápidamente.

Ella lo observó hasta que alcanzó la azotea y desapareció por el borde.

Pine continuó avanzando, tratando de seguir los movimientos de Puller allá en las alturas. Cuando dejaba atrás un edificio para llegar al siguiente, miraba hacia arriba y veía a Puller saltar limpiamente de una azotea a la otra. Entre los edificios había pequeños callejones transversales, pero los dos primeros estaban cerrados mediante altas vallas metálicas, con puertas protegidas con candados y con alambre de púas en lo alto. Pine se asomó a un tercero y vio que no tenía salida.

Después de pasar otros tres edificios y otros tantos callejones cerrados o sin salida, se detuvo. Le había vibrado el móvil.

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Era un mensaje de Puller.

«No hay salida. Unos cubos de basura. Está detrás. Hazlo salir».

Pine avanzó con cautela y echó un vistazo a la hilera de maltrechos cubos de basura.

Alzó la vista y vio una sombra ligeramente más oscura que la negra noche que la envolvía.

Era Puller. Su arma apuntaba al blanco que quedaba justo debajo.

Pine hincó una rodilla en el suelo y dirigió el cañón de su pistola hacia los cubos de basura.

—¡FBI! Tira el arma y sal con las manos en alto y los dedos entrelazados en la nuca. ¡Hazlo! ¡Ya!

Pine vio que uno de los cubos se sacudía levemente, como temblando, sin lograr entender el porqué. Y, tal como había señalado Puller, ¿por qué la persona que había disparado a McElroy trataría de escapar por un lugar que no tenía salida?

—He dicho que salgas. ¡Hazlo! Es el último aviso antes de abrir fuego. Sin embargo, Pine no iba a disparar porque no era una situación de peligro inminente. En tales circunstancias, las normas de la Agencia prohibían ejecutar acciones que pudieran poner en riesgo la vida de los

implicados.

Pero eso no lo sabía el tipo al que estaban persiguiendo.

Pine apuntó con su arma a la persona que, levantándose muy despacio, asomó por detrás de los cubos de basura.

Parecía un adolescente. Era negro y de complexión menuda, y estaba temblando, lo cual explicaría la ligera vibración que había sacudido el cubo. En la mano derecha llevaba una pistola. Lógicamente, toda la atención de Pine se centró en el arma. En cuanto lograra neutralizarla, podría abordar la situación de diversas maneras.

—Tira el arma —ordenó—. No tienes escapatoria, así que no te queda elección.

El muchacho miró frenéticamente a su alrededor, como si no pudiera creer la situación en que se hallaba.

—¡No dispare! —gritó.

—Nadie va a disparar —dijo Pine—. Siempre que tires el arma.

—Yo no he hecho nada.

—Suelta la pistola y podremos hablar. Podrás contarme tu versión.

Él negó con la cabeza.

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—Nadie va a creerme.

—Si sueltas el arma, te prometo que te escucharé.

—No, señora, no puedo hacerlo. Estamos con la mierda hasta el cuello.

—Lo estarás aún más si no sueltas el arma.

El muchacho pareció considerar sus palabras, pero aun así siguió totalmente indeciso.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Pine—. Solo quiero saber con quién estoy tratando.

—Me… me llamo Jerome. Jerome Blake.

—Muy bien, yo soy la agente Pine. Es un buen comienzo, Jerome. Y ahora, si sueltas el arma, podrás contarme tu versión.

El muchacho empezó a temblar y las lágrimas corrieron por sus mejillas.

—Usted no lo entiende, señora.

—Lo estoy intentando.

Jerome agitó la mano con la pistola.

—Por favor, yo…

Fue entonces cuando sonó el disparo.

—¡No! —gritó Pine.

Jerome se la quedó mirando, como sorprendido por el orificio que de pronto se había abierto en su pecho. Directamente en el corazón.

Pine miró hacia la azotea del edificio. No podía ver a Puller, pero su posición nunca habría permitido una trayectoria de disparo como esa.

Volvió a mirar a Blake a tiempo de ver cómo se desplomaba sobre los cubos de basura y caía al sucio asfalto.

Al momento un agente uniformado pasó corriendo junto a ella, blandiendo su arma. Tendría cuarenta y tantos años, alto y corpulento, con el cabello moreno y las cejas aún más oscuras.

Se arrodilló junto a Jerome y le buscó el pulso. Miró a Pine y negó con la cabeza.

—Está muerto. Iba a dispararle, señora.

—No, no creo que fuera a hacerlo.

El policía apuntó hacia lo alto del edificio al ver que Puller bajaba por la escalerilla atornillada a la pared.

—¡No se mueva! —bramó el agente.

—Está conmigo —gritó Pine—. Soy del FBI. Y él es de la CID.

—Identifíquense —dijo el policía en tono nervioso—. Deprisa.

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Examinó sus credenciales y placas y se las devolvió.

—Recibimos un aviso del 911 sobre unos disparos y una víctima. Un hombre abatido en la calle.

—Fuimos nosotros los que llamamos —dijo Pine.

—¿Quién es el muerto que está en la calle?

—Un agente de la CID llamado Ed McElroy —dijo Puller.

—¿Y por qué diablos iba a disparar un chaval contra un agente de la CID? —preguntó el policía.

—Ojalá pudiera responder a eso —repuso Puller en tono sombrío—.

Pero pienso encontrar la respuesta.

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—Bueno, gracias a Dios que no os han herido —dijo Carol Blum.

Estaba sentada en la habitación de Pine y acababa de escuchar el relato de sus aventuras nocturnas.

Al llegar, Pine se había quitado la cazadora y la había arrojado sobre la cama. Ahora estaba sentada junto a la chaqueta y mantenía la mirada baja.

—Pero dos personas han muerto esta noche, una de ellas un policía militar. Y la otra un crío que no tendría más de dieciséis años.

—Yo no diría que era precisamente un crío si tenía una pistola y disparó a alguien intencionadamente. Pero ¿por qué hacerlo contra McElroy?

—¿O es que en realidad estaba apuntándome a mí o a Puller? Justo antes de ser abatido, McElroy se colocó delante de nosotros.

—Supongo que cabe esa posibilidad. Estáis investigando un caso que ha puesto nerviosa a algunas personas. Y el tirador podría estar relacionado con Tony Vincenzo y su red de narcotráfico.

—El crío estaba asustado, Carol. Y hay algo que no cuadra en todo este asunto.

—Imagino que la policía local se está encargando del caso.

—Sí, pero Puller también está implicado, porque la víctima es uno de sus agentes.

—¿Qué te dijo Blake?

—Que estaba con la mierda hasta el cuello. Que nadie iba a creerle. —Creer ¿qué?

—No tuvo ocasión de decírmelo. —Pine meneó la cabeza—. Pero había algo, algo en su expresión… No sé. Simplemente no encajaba con la situación. Era como si no tuviera ni idea de por qué estaba allí o por qué llevaba un arma en la mano.

—¿Qué piensas hacer al respecto?

—Seguramente Blake tendrá familia por aquí cerca. Quizá podamos hablar con alguien.

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—Pero seguro que la policía local ya estará en ello. ¿No estarás inmiscuyéndote en su investigación?

—Es probable —concedió Pine.

—Y no veo ninguna relación entre lo ocurrido esta noche y nuestra investigación sobre lo que le sucedió a tu hermana.

—Yo tampoco la veo —admitió Pine, mirando a su ayudante con una expresión llena de determinación.

—Aunque también conozco esa mirada —dijo Blum.

—Ese muchacho ha muerto violentamente justo delante de mí, Carol. Sé que esas cosas pasan con demasiada frecuencia por todo el país. Y tampoco es la primera vez que algo así me ocurre a mí. Pero, insisto, hay algo que no me cuadra para nada y quiero saber por qué.

—Ya dejaste que una serie de asesinatos en Andersonville interfirieran con la búsqueda de tu hermana.

—Y ayudé a resolverlos al tiempo que descubría un montón de cosas acerca de la desaparición de Mercy. Puedo hacer muchas cosas a la vez, Carol. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

—Aun así…

—Carol, la única razón por la que soy agente del FBI es porque quiero que la gente que destruye la vida de otras personas acabe ante la justicia y pague por lo que ha hecho. Quiero que las familias de sus víctimas puedan hallar consuelo y pasar página. Quiero… —La voz de Pine se fue apagando. Se dejó caer en una silla y se quedó mirando al suelo.

—¿Quieres para los demás lo que nunca conseguiste para ti? —dijo Blum con delicadeza.

Pine soltó un largo suspiro.

—No puedo dejar pasar esto. No puedo.

—Bueno, como acabas de decir, podemos buscar a su familia y hacerles algunas preguntas.

—A Dobbs le dará un ictus si se entera de que me estoy involucrando en un nuevo caso de asesinato. Quiere tenerme de vuelta lo antes posible.

—Pues Clint Dobbs va a tener que esperar.

—No me gusta ponerte en este tipo de situaciones, Carol. Tú también trabajas para el FBI.

—Fui yo quien decidió acompañarte en esta… misión. He sido yo la que se ha puesto solita en todas las situaciones a las que nos hemos

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enfrentado hasta el momento. Y estoy totalmente dispuesta a seguir haciéndolo.

—Estás sobrepasando con creces los límites del estricto cumplimiento del deber.

—No solo eres mi jefa. También eres mi amiga, agente Pine.

—Me gustaría que me llamaras Atlee.

—Llevo demasiado tiempo en la Agencia y tengo los protocolos grabados a fuego. En fin, ¿cómo piensas encontrar a algún familiar de Jerome Blake?

—Puedo llamar a Superman.

—¿Superman?

—John Puller. ¿No te lo he dicho? Es capaz de volar entre altos edificios de un solo salto.

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A la mañana siguiente, pasado ya el mediodía, fueron a ver a la madre de Jerome Blake. Vivía en una antigua zona de Trenton que estaba en pleno proceso de gentrificación. Vieron numerosas casas que estaban siendo reformadas, y carísimos coches último modelo aparcados en los caminos de entrada de las viviendas ya remodeladas.

—Es bueno que los viejos barrios cobren nueva vida —dijo Blum—. Lo malo es que la gente que ha vivido en ellos durante tanto tiempo se ve obligada a marcharse porque los impuestos suben una barbaridad. O los precios de la vivienda se disparan y una familia de clase trabajadora no puede permitirse comprar.

—Sí, es bastante injusto —convino Pine.

A pesar del frío, un grupo de jóvenes jugaba un partidillo de baloncesto en una cancha con el suelo de asfalto agrietado, clavando triples y haciendo mates en un aro sin red. Cuando las dos mujeres pasaron con el coche, algunos de ellos se pararon a observarlas con expresiones no del todo amistosas.

—Es la siguiente casa a la izquierda —dijo Blum.

Pine se detuvo ante el camino de entrada de un bungaló de dos plantas, con una cochera abierta con cubierta metálica bajo la cual había aparcado un Buick de dos puertas. En los escalones de entrada había un par de macetas. A lo lejos oyeron ladrar a un perro.

—¿Y Superman no viene con nosotras? —preguntó Blum—. Me gustaría conocer al Hombre de Acero.

—Y lo conocerás, Carol. Pero el caso es que ahora está hasta arriba de trabajo y tiene que responder ante un montón de superiores. No quiero ni imaginarme la de informes y papeleo que tendrá que rellenar, después de haber perdido a un agente de ese modo. Pero le he dicho lo que pensaba hacer y que le contaría lo que averiguásemos.

Pine se fijó en que la casa había sido pintada recientemente y en que las tejas de la cubierta parecían bastante nuevas. Las coloridas cortinas de

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las ventanas daban al lugar un aire cálido y acogedor.

Bajaron del coche y caminaron hacia la entrada. Antes de poder llamar, la puerta se abrió y se encontraron ante una mujer negra de cuarenta y tantos años, quien, tras mirar más allá de donde estaban ellas, dijo bruscamente:

—Pasen.

Antes de entrar en la casa, Pine miró hacia atrás y vio a un pequeño grupo de chicos merodeando en la calle enfrente de la casa.

—¿Son amigos de Jerome? —preguntó.

—Pasen —se limitó a repetir la mujer.

Una vez que hubieron entrado, cerró la puerta con fuerza y echó el cerrojo.

Las invitó a sentarse en la salita de delante, donde había un gran ventanal que daba a la calle. Pine echó un vistazo y observó que los chicos se estaban acercando.

—¿Es usted la señora Blake? —preguntó Blum.

La mujer asintió, con una expresión que reflejaba tanto su dolor como su estado de nervios.

—Cheryl Blake. Pero pueden llamarme Cee-Cee; todo el mundo lo hace.

—Sentimos mucho lo de Jerome —dijo Pine.

—Por teléfono me dijo que estuvo usted allí —dijo Blake con la voz quebrada—. Cuando ocurrió.

Sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se enjugó los ojos, que tenía enrojecidos por el llanto y la rabia. Llevaba una sudadera larga, mallas negras de correr y unas zapatillas deportivas con los calcetines por los tobillos. Mediría algo más de metro sesenta y tenía una complexión fuerte y atlética. Los músculos de su cuello se tensaban y distendían al hablar.

—Sí —dijo Pine—, estaba allí. Traté de convencerlo para que soltara el arma.

—Pero no fue usted quien le disparó.

—No. Fue un agente de la policía local. Pero otro hombre resultó muerto, un investigador del ejército. Y estoy intentando entender si Jerome podría tener alguna relación con ello.

—La policía vino anoche a última hora. Para contarme lo que le había ocurrido a Jerome, y para hacerme preguntas. Y han vuelto esta mañana. Se han llevado algunas cosas de su habitación.

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—¿Tiene más hijos? —preguntó Blum.

—Dos. El mayor, Willie, ya se ha independizado. Vive y trabaja en Delaware. Y luego está Jewel. Va al instituto. Solo tiene catorce años. Ahora está arriba, durmiendo. Se ha pasado llorando toda la noche. Quería mucho a su hermano.

—Seguro que sí —dijo Blum.

—Anoche Jerome llevaba una pistola —prosiguió Pine—. Una Glock. ¿Alguna vez ha visto esa arma por aquí?

—Los polis me han preguntado lo mismo y le diré lo que les dije a ellos: Jerome no tenía ninguna pistola. Nunca había querido una y no la tenía —añadió con vehemencia.

—Bueno, anoche llevaba una. Solo estoy tratando de encajar las piezas.

Blake la miró con expresión recelosa.

—Me dijo que trabaja para el gobierno. ¿Puede enseñarme algo que lo acredite?

Pine sacó su placa y sus credenciales y se las mostró.

—Soy agente del FBI. Estaba reunida con otro investigador del ejército cuando se produjo el tiroteo. Trabajamos juntos en el caso.

—¿Y qué quiere que le cuente?

—¿Qué le contó a la policía?

—La verdad, pero no quieren creerla.

—Me gustaría escucharla —dijo Pine.

Blake se echó hacia atrás en la silla, se frotó los ojos y se sonó con el pañuelo de papel. Sus rasgos se habían suavizado, pero al momento se tornaron duros con una expresión fiera.

—Miren, no soy estúpida, ¿vale? Sé que la policía viene aquí y piensa: «Muy bien, ya estamos otra vez. La misma mierda de siempre. Un negro mata a un blanco, así que ha recibido su merecido». Pero, verán, la película aquí es diferente. Muy diferente.

—Cuénteme —la instó Pine.

—Para empezar, Jerome era un chico inteligente, absolutamente brillante. Tenía la inteligencia innata con la que naces y luego la que te da el ir absorbiendo toda la información que puedes. Sacaba todo sobresalientes. Iba a ir a la universidad, ya le estaban ofreciendo becas y eso que solo estaba en tercer año de instituto. Y todo gracias a su cerebro —añadió en tono enérgico.

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—Muy bien —dijo Pine—. Continúe.

—Y entonces la policía viene aquí y empieza a decirme que lo que ocurrió anoche fue porque Jerome estaba haciendo alguna cosa relacionada con bandas. Matar a alguien. Matar a un federal, dijeron. Un rollo de iniciación.

—¿De verdad le dijeron eso? —preguntó Pine en tono incrédulo.

—Tan seguro como que estoy aquí hablando con usted.

—¿Y usted lo creyó? —preguntó Blum.

—Por supuesto que no, porque no es verdad. Pues claro que hay bandas por toda esta puñetera zona, todo el mundo lo sabe. Miren por la ventana, ahora mismo están ahí fuera. Mi hijo mayor estaba en una banda, pero se salió. Esa es la única razón por la que Willie se marchó. Joder, fui yo quien lo obligó a marcharse. No quería eso para mis hijos. Muchos son tiroteados y enterrados cuando aún son solo unos críos. Mi marido murió hace catorce años. Volvía de la tienda de comprar helado para mí, porque estaba embarazada de Jewel y necesitaba algo frío. Salió a comprar el maldito helado y acabó en una caja solo porque iba caminando de noche por la calle con una bolsa de papel marrón y a unos polis que pasaban con el coche eso no les pareció bien. Dijeron que se resistió al arresto, que iba a sacar una de sus armas y que tuvieron que dispararle. Ya, claro, iba a sacar sus armas. ¡Y una mierda!

—¿Hubo una investigación?

—Oh, sí. Duró toda una semana. Tiroteo justificado, concluyeron. Temieron por sus puñeteras vidas, aun cuando eran cuatro contra uno. Esos polis volvieron enseguida al trabajo. Por lo que yo sé, siguen todavía ahí fuera. Disparando a gente por llevar encima un poco de maldito helado.

—Lo siento mucho.

—Pero Jerome nunca quiso formar parte de todo eso. Se quedaba en casa todas las noches haciendo los deberes. Estaba en el cuadro de honor del colegio. Quería graduarse como el primero de su… como se llame. Ya saben, ¿el número uno?

—¿El primero de su promoción? —sugirió Blum.

—Sí, eso, para dar el discurso de graduación y demás. Y lo iba a conseguir, tan seguro como que estoy ahora aquí. Así que no tenía tiempo para bandas. Tenían un equipo de robótica en el instituto. Jerome era el cerebro del grupo. El año pasado ganaron la competición estatal.

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—Realmente impresionante —dijo Pine—. Pero eso no explica por qué anoche estaba en un callejón desde el que dispararon a un hombre. O por qué salió huyendo de la escena del crimen con un arma. Eso es lo que intento averiguar. ¿Cómo estaba cuando volvió ayer del instituto? ¿Parecía nervioso o inquieto?

Blake asintió con la cabeza.

—Llegó a casa muy enfadado y preocupado. Le pregunté qué le pasaba. Me dijo: «Mamá, la he cagado en un examen. He fallado en un par de preguntas». Le dije que no era el fin del mundo. Y él me miró con una cara rara, como si… realmente sí fuera el fin del mundo. —Se sacó otro pañuelo de papel del bolsillo y, tras enjugarse los ojos, meneó la cabeza y se quedó mirando el suelo—. No puedo creer que esté pasando esto. No puedo creer que mi niño ya no esté. Mi Jerome no. —Empezó a gemir y a mecerse adelante y atrás—. Ayúdame, Dios mío. Mi Jerome no…

—¿Mamá?

Las tres mujeres se giraron y vieron a una muchacha alta y atlética de unos catorce años al pie de las escaleras. Llevaba un pijama de dos piezas y tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

—Mamá, no llores, por favor.

Blake se levantó de golpe y se secó los ojos.

—Ay, cielo, mamá está bien. Solo estaba lloriqueando un poco. —Se giró hacia Pine—. Esta es Jewel. Jewel, estas mujeres son del FBI. Han venido para ayudar a averiguar lo que le ocurrió a tu hermano.

La muchacha miró a Pine y Blum, dio media vuelta y salió corriendo escaleras arriba.

Blake la observó marcharse con labios temblorosos.

—Mi pobre niña. Mi pobre niña… Esto nos ha destrozado la vida. Hoy no he dejado que fuera al colegio, claro. —Sacudió de nuevo la cabeza—. No sé cuándo dejaré que vuelva a ir. No quiero perderla de vista ni un instante.

Blum se levantó, le puso una mano sobre el hombro y se lo frotó suavemente.

—Esta es la peor pesadilla para una madre —dijo—. Lo siento muchísimo.

Blake sorbió por la nariz y le preguntó:

—¿Tiene hijos?

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—Sí. Todos ya adultos, con sus propios hijos y sus propios problemas. En algunos casos puedo ayudar, en otros no, así que solo puedo preocuparme. Nunca dejas de ser madre. No hasta que exhalas el último suspiro.

—Eso es verdad, querida. Es la pura verdad. —La mujer se recompuso un poco y dio unas palmaditas en la mano de Blum, que volvió a tomar asiento.

Tras unos momentos de silencio, Pine preguntó:

—¿Cuándo salió Jerome de casa anoche?

—Después de cenar. Me dijo que iba a volver al instituto para trabajar en un robot. Está siguiendo toda esta calle, al final. Me dijo que el director le había dado permiso. No me gusta que salga de noche por aquí, pero Jewel no se encontraba muy bien y tenía que cuidarla. Le pedí a Jerome que me llamara cuando llegara al instituto, y también cuando saliera de allí para volver a casa. Pero aun así seguía preocupada por él.

—Así que tenía móvil… —dijo Pine.

—Ah, sí. Se lo compró él mismo. En verano trabajaba para una empresa que fabrica maquinitas y cosas así.

—No se le ha encontrado ningún móvil —señaló Pine—. ¿La llamó anoche?

Sus ojos volvieron a anegarse de lágrimas y negó con la cabeza.

—Me mandó un mensaje hacia las siete. Decía: «Mamá, estoy en el insti». Y que me avisaría cuando fuera a volver. Cuando vi que a las diez no había vuelto, le envié un mensaje. Luego lo llamé. No contestó. Empecé a preocuparme mucho. Cuando ya iba a salir para ir a buscarlo, la policía se presentó para decirme que mi niño estaba muerto.

Se levantó de golpe y se dirigió a toda prisa a la habitación de al lado, donde pudieron oír cómo sollozaba.

Blum se puso en pie y dijo:

—Voy a ver si puedo prepararle una taza de té o de café. Dame unos minutos a solas con ella.

Pine asintió mientras Blum se encaminaba a la otra habitación.

Luego se acercó al ventanal y miró afuera. Ahora los jóvenes estaban alrededor de su coche y mostraban un inquietante interés en él.

Pine salió para enfrentarse a ellos.

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—¿Puedo ayudaros? —preguntó Pine mientras se plantaba en la acera de cara al grupo.

Todos al unísono, como una única persona, se la quedaron mirando. El mayor debía de tener veintipico años, el más joven unos catorce. Era la una y media del mediodía, y Pine se preguntó por qué aquellos que estaban en edad de estudiar no se encontraban donde deberían. Pero, por sus ojos y su actitud, tenía una cosa muy clara: no se fiaban un pelo de nadie que llevara placa.

Repitió la pregunta.

Ninguno de ellos respondió. Volvió a preguntar. Se limitaron a mirarla. Pine dio unos pasos al frente, plenamente consciente de lo delicado de la situación. No acercó la mano a su Glock, aunque resultaba visible para

todos ellos, al igual que la reluciente placa del FBI que llevaba prendida del cinturón. Sabía muy bien que no era una protección infalible, sobre todo en un barrio como aquel…; quizá ya en ninguna parte.

—¿Alguno de vosotros conocía a Jerome Blake?

—Está muerto. Los polis le dispararon.

La respuesta llegó de un chaval que estaba al fondo, de unos quince años, pelo rapado casi al cero, complexión nervuda y unos rasgos duros que no se correspondían con su edad. O tal vez sí encajaran en un lugar como aquel. En un lugar como aquel, tal vez fuera así como debían ser.

—Jerome tenía una pistola —dijo Pine—. Puede que disparara a alguien.

—Jerome no disparó a nadie.

Eso lo dijo el mayor del grupo.

—Vale, dime por qué piensas eso.

—¿Y quién coño eres tú? —le espetó el chico.

—Soy agente federal. Estaba allí cuando dispararon a un hombre y mataron a Jerome. Y ahora estoy investigando lo ocurrido.

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—¿Tú lo mataste? —dijo el tipo en tono amenazante, endureciendo aún más la expresión.

Al notar la vibración del cabecilla, el resto del grupo adoptó la misma actitud hostil. Pine percibió cómo iba creciendo la mentalidad de turba, lo suficiente para hacer su situación cada vez más insostenible.

En tono calmado, dijo:

—No, no lo maté. Traté de convencerlo para que soltara la pistola. Porque tenía una pistola. Yo la vi. No estoy diciendo que hiciera algo con ella, pero la tenía. Una Glock. Su madre dice que Jerome nunca ha tenido pistola.

—Y tiene razón. El chico robot nunca ha tenido pistola.

El resto del grupo soltó unas risitas al oír sus palabras.

Pine asintió.

—Vale. Construía robots. Era muy inteligente. Anoche dijo que iba al instituto para trabajar en sus robots. Pero, al parecer, eso no acabó ocurriendo. Y me gustaría entender qué fue lo que sí ocurrió. ¿Alguno de vosotros vio algo? ¿Sabéis de dónde pudo sacar el arma?

—Los polis ya se han montado su historia. No van a buscar nada más. —¿Te refieres al rollo de iniciación de bandas? La madre de Jerome me ha contado que eso es lo que dijo la policía. Por lo visto tú tampoco te

lo crees.

—Porque no es verdad —repuso el joven en tono despectivo—.

Jerome no estaba en ninguna banda.

—Pero ¿había alguna que intentara reclutarlo?

—¿Por qué iban a hacerlo? Ellos ya tienen toda la carnaza que necesitan. Y para estas cosas hace falta cerebro.

—¿Qué quieres decir?

—Jerome era muy fuerte aquí arriba —dijo el chico, señalándose la cabeza—, pero solo con los libros y los robots y cosas de esas. El caso es que las bandas ya tienen todo el cerebro que necesitan. Jerome no tenía ese tipo de cerebro, esa sabiduría que hace falta para manejarse en las calles. Lo que las bandas quieren es músculo, alguien que sea duro y al que le importe todo un carajo, hermanos que estén dispuestos a llevar un arma y hacer lo que haya que hacer. Jerome no es así. Ninguna banda lo querría en sus filas. Para ellos, no es más que un friki de los libros sin ninguna utilidad. —Sonrió y añadió—: Joder, sería como contratar a Bill Gates para que te guardara el alijo, ¿me entiendes?

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—Vale. ¿Algo más que podáis contarme? ¿Alguno de vosotros vio a Jerome anoche? ¿Os llamó o envío un mensaje diciendo lo que iba a hacer?

Los miembros del grupo se miraron unos a otros. Finalmente, el más joven dio un paso vacilante al frente.

—Anoche me envió un mensaje. —¿A qué hora fue eso y qué te decía? El chaval sacó su móvil.

—A las siete y diez. Decía que tenía que hacer algo, pero que no quería hacerlo.

—¿Y no te contó de qué se trataba?

—No. Le envié un mensaje para preguntarle qué era, y me dijo que no podía contármelo. Pero añadió que estaba preocupado porque todo podría salir mal.

—¿Qué es lo que podría salir mal?

—No me lo dijo.

Pine miró a los otros.

—¿Nadie más vio a Jerome anoche o habló con él?

Nadie respondió, aunque Pine se fijó un momento en un muchacho de unos dieciséis años que estaba un poco apartado. Había estado mirándola fijamente, pero cuando ella hizo la pregunta bajó la vista.

—¿Alguno conoce el nombre de alguien con el que debería hablar?

¿Un amigo de Jerome? ¿Alguien en quien él podría haber confiado?

Una vez más, nadie dijo nada.

—Bueno, gracias por la información.

—¿Y ahora qué piensas hacer con ella? —le espetó el mayor. —Seguir investigando hasta encontrar la verdad. Si Jerome no hizo

nada malo, intentaré limpiar su nombre. Si es que sirve de algo…

—Pues claro que lo vas a hacer —repuso el otro en tono sarcástico—.

Los polis son polis. Se protegen entre ellos.

—Yo actúo más bien en solitario. De hecho, estoy destinada en Arizona y soy la única agente que hay por allí. Voy por mi cuenta y a veces, para bien o para mal, establezco mis propias reglas.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

—Buscando respuestas. —Lo miró fijamente—. Es la historia de mi vida.

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Cuando se dio media vuelta y se encaminó hacia la casa, el joven le gritó:

—Ey, buena suerte, Arizona.

Ella se volvió hacia él.

—Necesitaré toda la suerte del mundo.

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Cuando Pine entró de nuevo en la casa, las dos mujeres estaban sentadas en la salita. Blake daba sorbos a una taza de té.

Blum lanzó una mirada inquisitiva a Pine.

—He tenido una charla con algunos de los «conocidos» de Jerome — explicó mientras se sentaba—. Ellos tampoco creen que estuviera envuelto en ninguna banda ni nada de eso.

—Porque no lo estaba, como ya he dicho —repuso Blake en tono airado—. Pero la policía no lo ve así. Les dije que era el primero de su clase. Que iba a ir a la universidad. Y me miraron como si estuviera hablando en chino.

—Eso debió de enfurecerla —dijo Blum.

—Vaya que sí, joder. Pero escuchen lo que les digo: lo que harán será correr un tupido velo y olvidarse del asunto.

—No si yo puedo hacer algo al respecto —dijo Pine.

Blake la miró directamente a los ojos.

—¿Y qué va a hacer? Si su jefe le dice que lo deje, tendrá que dejarlo, ¿no?

—Se equivoca —respondió Blum por ella—. Así no es como trabaja la agente Pine. Y además ella no es de la policía local. Ella llegará hasta el fondo.

—¿Hay algo más que pueda contarnos? —preguntó Pine—. ¿Alguna vez mencionó Jerome a alguien llamado Tony Vincenzo?

Blake negó con la cabeza.

—No he oído nunca ese nombre. ¿Es mexicano?

—Italoamericano.

—No. Nadie con ese nombre vive por aquí, al menos que yo sepa. Y Jerome nunca me lo mencionó.

—Hasta el día de ayer, ¿Jerome parecía estar bien? —Sí. Cuando se fue al instituto iba todo feliz y contento.

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—Pero cuando volvió a casa estaba enfadado. ¿Y usted cree que solo fue porque le fue mal en un examen?

—Sé que no fue por eso.

—Así que, fuera lo que fuese lo que le obligó a hacer lo que hizo anoche, ¿tuvo que producirse entre el momento de salir ayer por la mañana y el momento de volver a casa?

—Debió de ser así —convino Blake.

Pine miró a Blum.

—Tenemos que averiguar qué ocurrió.

—Entonces, ¿vamos a su instituto? —preguntó Blum.

—Podemos empezar por ahí.

El instituto estaba a menos de un kilómetro de donde vivían los Blake. Habían construido un nuevo campo de fútbol americano y la fachada la habían limpiado a presión. Y también estaban levantando un edificio adyacente al lado del principal. El diseño paisajístico se veía bien planificado, con vegetación abundante. Pine solo esperaba que hubiesen concedido el mismo grado de atención a las clases, los alumnos y los profesores.

Se dirigieron a la oficina de administración y la placa de Pine las condujo hasta el despacho de la directora.

Se llamaba Norma Bailey. Era una mujer negra, alta y con el pelo gris acerado recogido en un severo moño. Desprendía ese aire de sensatez de alguien que lleva mucho tiempo metiendo en vereda, tratando de controlar y, en última instancia, enseñando a legiones de adolescentes.

—Me he enterado de lo del pobre Jerome —empezó a decir con una expresión llena de tristeza—. Ojalá pudiera decir que me cuesta creerlo, pero por desgracia los tiroteos se han vuelto algo muy frecuente. Es el pan nuestro de cada día; a diario aparece uno en los periódicos. La gente se ha insensibilizado contra todas esas muertes, lo cual resulta totalmente descorazonador.

—Pero ¿le ha sorprendido que Jerome estuviera implicado? — preguntó Pine.

—Sí, me temo que eso me ha desconcertado bastante. Jerome… — Sacudió la cabeza y se tocó los labios temblorosos con mano nerviosa antes de recobrar la compostura—. Era uno de los alumnos más brillantes que hemos tenido. Estaba destinado a convertirse en alguien importante. Habría llegado muy lejos. Era un absoluto genio en matemáticas y

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ciencias. Entendía cosas que ni siquiera los profesores entendían, y eso que tenemos a dos doctores en matemáticas. Un auténtico prodigio.

—Nos han contado que era el jefe del equipo de robótica —dijo Blum. —Sí. Se reunían en el edificio nuevo ubicado en el recinto del instituto. El año pasado ganaron la competición estatal. Fue muy emocionante. Jerome… Le encantaban los robots, eso está claro. Tenía un don especial, los construía con tanta… gracia. —Se enjugó los ojos con

dos dedos y dijo—: ¿En qué puedo ayudarlas?

—La madre de Jerome nos ha contado que cuando se fue por la mañana a la escuela estaba bien, pero que cuando volvió a casa ya no lo estaba. Le mencionó algo sobre un examen y que había fallado algunas preguntas.

—No, eso es imposible. Ayer no se hizo ningún examen en la escuela.

Era un día preparatorio para la próxima evaluación.

—De acuerdo, entonces le mintió a su madre. De modo que era otra cosa lo que le preocupaba. Y por la cronología parece que sucedió mientras estaba en el instituto.

—No puedo ni imaginarme qué podría ser.

—¿Podríamos hablar con sus profesores? —pidió Pine.

—Claro, puedo arreglarlo.

—¿Ha venido la policía a hablar con usted? —preguntó Blum.

—No. Aquí no ha venido nadie.

Pine y Blum intercambiaron una mirada llena de preocupación y extrañeza.

Una hora más tarde habían hablado con todos los profesores de Jerome. Ninguno de ellos recordaba nada que hubiera podido llevar al chico a hacer lo que supuestamente hizo. Todos expresaron su conmoción y tristeza, pero no proporcionaron ninguna información de utilidad.

Cuando salían de la escuela, Pine miró a su derecha.

—Conozco a ese chico. Estaba este mediodía enfrente de casa de los Blake.

La persona a la que se refería estaba sentada en la valla que rodeaba el nuevo campo de fútbol americano.

Pine y Blum se acercaron a él.

—Al parecer —dijo la agente—, sabes algo, pero no quisiste decirlo antes.

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El joven bajó de un salto y se plantó frente a ellas. Era más o menos tan alto como Pine, delgado y con pinta de ser más duro que un bloque de acero. Su cara presentaba una cicatriz irregular y le faltaba parte de un dedo.

—¿Conocías a Jerome?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

El chico se encogió de hombros.

—Nos has seguido hasta aquí, ¿verdad? Así que seguro que tienes algo que contarnos.

Él giró la cabeza para mirar por encima de su hombro.

—Creemos que Jerome se encontró ayer con alguien que le obligó a hacer lo que fuera que hiciera anoche. ¿Sabes algo de eso?

—Puede.

—¿Puede que sepas algo? —le instó Pine. —Ayer vi a un hombre hablando con él. —¿Aquí en el instituto? El chico asintió.

—¿Estudias aquí? —dijo Pine.

Él negó con la cabeza.

—No voy al insti.

—¿Ya te has graduado? —preguntó Blum.

Él se limitó a sonreír y encogerse de hombros, pero no dijo nada. —¿Reconociste al hombre que habló con Jerome? —Para nada.

—¿A qué hora fue?

—Sobre las dos. —Señaló hacia un punto—. Los vi hablando por allí. —¿Qué aspecto tenía el hombre?

—Un tipo blanco. Alto, ancho de espaldas.

—¿Edad?

—Cuarenta y tantos, quizá. Pelo oscuro.

—¿Cómo iba vestido?

—Pantalón y camisa.

—¿Corbata?

Negó con la cabeza.

—¿Crees que trabaja aquí?

—No lo sé.

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—Si te enseñamos algunas fotos, ¿crees que podrías reconocerlo? —Quizá.

—¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar Pine. —Peanut. Así es como me llaman en la calle. —¿Conocías bien a Jerome?

—Hace un tiempo estábamos muy unidos.

—¿Qué pasó?

—Yo dejé el insti y él no.

—¿Cómo viste a Jerome cuando él y el hombre se separaron? — preguntó Pine.

—Jerome se marchó con la cabeza baja, mirando al suelo. Parecía nervioso. Muy raro, ¿sabes?

—¿Crees que Jerome dispararía a alguien?

El chico esbozó una sonrisa triste.

—Joder, señora, Jerome no podría ni matar una mosca.

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Volvieron a entrar en la escuela para pedirle a Norma Bailey si podría reunir una carpeta con fotografías y algunos datos de interés sobre los trabajadores del centro. La directora les dijo que lo tenían todo informatizado, pero que tardaría un poco en conseguir los permisos necesarios para poder entregar dicha información. Añadió que avisaría a Pine cuando lo tuviera todo listo.

Después se subieron al coche y se marcharon.

Tres minutos más tarde, Pine dijo en voz baja:

—Nos están siguiendo. Un Mercury Marquis plateado. ¡No mires, Carol!

Blum se detuvo cuando ya estaba medio girada. —Perdón, agente Pine. ¿Puedes ver de quién se trata?

Esta aminoró un poco la marcha para dejar que el coche se acercara y poder mirar por el espejo retrovisor.

—Vale, ahora puedo ver la matrícula. Parece del estado de Nueva Jersey.

—¿Puedes distinguir el número?

—Sí. Anota.

Pine le dijo el número de matrícula y Blum lo introdujo en su móvil.

—¿Solo el conductor?

—Son dos.

—¿Seguro que nos están siguiendo?

—Bueno, vamos a averiguarlo.

Dio un giro brusco a la izquierda y apretó el acelerador para cruzar una intersección, luego giró de nuevo a la derecha.

Volvió a mirar por el retrovisor.

—Se han quedado parados en el semáforo, pero está claro que nos estaban siguiendo.

Pulsó un número de marcación rápida en su móvil. Puller no respondió.

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—¿Por qué crees que nos seguían? —dijo Blum.

—Querrán saber qué pistas estamos rastreando.

—¿Ya los habías visto cuando estábamos en casa de los Blake? —No, pero tampoco me estuve fijando mucho.

—De modo que alguien del gobierno estatal está muy interesado — comentó Blum.

—El tipo que le hizo el tercer grado a Puller era del gobierno federal, no estatal.

—Pero aun así es del «gobierno». Hablando de perros que se muerden la cola…

—Puede que haya algo más que eso, Carol.

—No tiene pinta de ser la típica pelea gubernamental por el territorio.

—Más bien tiene pinta de ser una conspiración criminal.

El móvil de Pine vibró. Era Puller.

—Parece que este caso no hace más que lanzarnos bolas curvas para ponérnoslo cada vez más difícil —dijo él.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Teddy Vincenzo ha aparecido muerto en su celda esta mañana. —¡Qué! ¿Cómo?

—Según la investigación preliminar, un suicidio o una sobredosis.

Encontraron el cuerpo cuando hacían el recuento.

—No te irás a creer eso, ¿no?

—No, no me lo creo. Revisé su expediente y sus fotos de cuando entró en prisión. No había el menor rastro de pinchazos en su cuerpo, ningún deterioro de dientes, fosas nasales o encías, ninguna señal de que consumiera. Y cuando lo vimos en persona, tampoco dio ninguna muestra de ello. Y lo segundo y más importante es que la cronología resulta bastante sospechosa.

—¿Tienen cámaras en las celdas? —preguntó Pine.

—Sí, y ya he pedido las imágenes. Por desgracia, la cámara en cuestión no estaba operativa. Por lo visto llevan cierto retraso en las labores de mantenimiento.

—Muy conveniente. Y si lo encontraron cuando hacían el recuento, supuestamente murió a primera hora de la mañana, aunque tú no te hayas enterado hasta hace muy poco.

—Dudo que les importe mucho tenerme informado —dijo Puller—. Solo me he enterado porque estaba trabajando en otra vía para poder

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acceder a él. Entonces fue cuando me dijeron que no iba a ser posible, porque estaba muerto.

—Maldita sea, pues sí que nos han lanzado una buena bola curva.

—Así que se han quitado de encima al padre.

—Lo que significa que ahora tendrán al hijo en el punto de mira — señaló Pine.

—Debemos darnos prisa en encontrar a Tony Vincenzo, antes de que se lo carguen también.

—Para tu información, hoy nos han estado siguiendo. No tengo claro si ya nos seguían cuando hemos estado en casa de los Blake, o si fue cuando fuimos al instituto para intentar averiguar qué podría haber desencadenado los sucesos de anoche. Pero se trataba de un Mercury Marquis plateado con matrícula gubernamental del estado de Nueva Jersey.

—¿Tienes el número? —preguntó Puller.

Pine se lo leyó de la pantalla del móvil que le mostraba Blum.

—Lo comprobaré.

—La gente con la que he hablado —prosiguió Pine—, incluyendo la madre de Blake, dice que la policía cree que se trata de un asunto relacionado con bandas, un rollo de iniciación o algo así. Pero esa misma gente asegura que Jerome ni siquiera sabía utilizar un arma, mucho menos hacer un disparo tan certero como el de anoche.

—Todo esto huele muy mal. La policía local prácticamente ha cerrado el caso. No van a investigar mucho más.

—Sabrás que anoche nosotros podríamos haber sido el objetivo, ¿no? —comentó Pine.

—Se me ha pasado por la cabeza, sí.

—La madre de Jerome nos ha dicho que su hijo volvió anoche al instituto para trabajar en un proyecto de robótica, pero no era verdad. Y también le mintió diciendo que le había ido mal en un examen, a fin de explicar por qué estaba tan preocupado cuando regresó por la tarde a casa. Y un antiguo amigo de Jerome afirma que un hombre se acercó para hablar con el chico en el instituto, y que después él se quedó preocupado y nervioso. Ahora estoy tratando de seguir esa pista.

—¿Y si alguien le pidió que fuera esa noche al callejón, le dio una pistola y le dijo que saliera huyendo en cuanto oyera los disparos?

—¿Cómo iban a obligarlo a hacer eso? —se preguntó Pine.

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—Eso es lo que tenemos que averiguar.

—¿Se ha confirmado si la pistola que llevaba Jerome es el arma que mató a McElroy?

—Nadie me ha informado al respecto —repuso Puller en tono asqueado.

—Espera un momento, ¿quién se encarga de la autopsia y del análisis forense? Seguramente la gente de la CID, ¿no?

—Lo único que puedo decirte es que la policía local se llevó la pistola y el cuerpo de Jerome Blake y solo nos dejó el cadáver de Ed McElroy.

—Pero, Puller, ¿cómo puede ser eso? La víctima es un agente de la CID; eso lo convierte en un caso vuestro, o al menos os da derecho a que os mantengan informados.

—Utilicé ese argumento anoche, y también esta mañana, y he chocado con un muro. Dijeron algo sobre que colaborar con la policía local fomenta la confianza y la camaradería.

—Menuda chorrada —soltó Pine.

—Pues sí. Y los superiores de mi cadena de mando opinan lo mismo. Pero al parecer las órdenes sobre esto vienen de más arriba, tal vez pasando la zona de los uniformes para llegar a la esfera de los trajes.

—¿Qué diablos está sucediendo aquí, Puller?

—Un encubrimiento de proporciones épicas. Y para que eso ocurra, tiene que haber una motivación igualmente colosal. En una escala del uno al diez, yo diría que las posibilidades alcanzan perfectamente el rango del doble dígito.

—Tenemos que averiguar de qué se trata.

—Espero que me den la oportunidad de hacerlo.

A Pine se le aflojó la mandíbula.

—¿Quieres decir que…?

—No me extrañaría lo más mínimo que me apartaran del caso.

—¿Qué harás si eso ocurre? —preguntó ella.

—No estoy seguro. Solo me ha pasado una vez en mi carrera. Y no esperaba que volviera a pasarme.

—¿Qué hiciste en esa primera vez?

—Algo que no debería haber hecho —contestó él.

—¿Y qué harás si vuelve a pasarte?

Puller no respondió.

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—Puede que Superman reciba una dosis de kriptonita —dijo Pine en voz baja mientras se guardaba el móvil—. Tiene miedo de que lo aparten del caso.

Blum asimiló esa preocupante información.

—¿Algo más?

—Sí, un auténtico bombazo. Teddy Vincenzo está muerto. Dicen que fue un suicidio o una sobredosis. Obviamente, Puller no se lo cree. Y yo tampoco.

—Ya lo he supuesto por los trozos de conversación que he escuchado. —La policía local se ha hecho cargo del caso de Jerome Blake. Tienen la pistola que llevaba. A John solo le han dejado el cuerpo de McElroy y

nada más.

—¿Y él piensa consentirlo?

—Está recibiendo presiones de muy arriba, seguramente de más allá del escalafón militar. —Giró la cabeza para mirar a Blum—. En nuestro sistema, los trajes prevalecen sobre los uniformes.

—Bueno, al parecer la maniobra de encubrimiento ha empezado, y a lo grande.

—Creo que en realidad empezó hace bastante tiempo.

—¿Y qué hacemos nosotras mientras Puller intenta aclarar las cosas y esperamos a recibir las fotos para que las examine nuestro testigo?

—Tengo una fuente a la que puedo llamar.

—¿Quién es?

—El FBI tiene una agencia residente en Trenton —dijo Pine—. Conozco a uno de los agentes, Rick Davies. Veamos qué puede averiguar para nosotras.

Buscó a Davies en su lista de contactos y lo llamó. Cuando el agente respondió, ella le explicó la situación y lo que quería.

—¿Estás oficialmente implicada en el caso? —preguntó Davies—.

Creía que estabas en Arizona.

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—Me encontraba en la escena del crimen cuando ocurrió el tiroteo.

Estoy trabajando en el caso con la CID.

—Ah, vale. Veré lo que puedo averiguar. Solo como advertencia, te diré que a los polis de Trenton no les gusta nada que los federales metan las narices en su terreno.

—No creo que haya un solo poli local al que le guste eso.

Colgó y miró a Blum.

—¿Y ahora qué? —preguntó esta.

—Hasta que tengamos noticias de Puller, de Davies o de la directora del instituto, nos centraremos en otro Vincenzo: Ito.

Blum juntó las manos y la miró con suma atención.

—Examinemos todo esto utilizando la lógica —empezó Pine—. O bien Ito mató a Mercy… —Tuvo que parar, atenazada por la dureza de las palabras, y apretó con fuerza el volante antes de recobrarse y girarse hacia su ayudante—. O bien la abandonó en algún lugar.

—O bien se la entregó a alguien —añadió Blum.

Pine pareció sorprendida por la sugerencia, pero se apresuró a continuar:

—El ADN de Mercy se encuentra en una base de datos del FBI. A esa base se envían las muestras de todos los restos sin identificar hallados en cualquier punto del país, a fin de ser cotejadas. Pero ninguna de esas muestras ha coincidido con el ADN de Mercy. Lo sé de manera fehaciente.

—Todo eso ha sido obra tuya, ¿no?

—Sí.

—¿Qué les diste para que obtuvieran la muestra de ADN de Mercy? —Soy su gemela, Carol. Les di una muestra de mi propio material

genético. Y la introdujeron en la base de datos.

—Pues claro, qué pregunta más estúpida por mi parte. Pero entonces es una buena noticia; el hecho de que ningún resto coincida con el ADN de Mercy.

—Sí, pero puede que sus restos aún no hayan sido encontrados. Y tampoco podemos tener la certeza de que todas las agencias del país envían sus muestras a la base de datos. Estoy segura de que algunas no lo hacen, o puede que se haya producido algún error durante el procesamiento de los datos. O quizá se la llevaron fuera del país y la mataron en el extranjero.

—Aun así, las probabilidades siguen jugando a tu favor.

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—Ahora bien, si en efecto la abandonaron, cabría esperar que alguien la hubiera encontrado, ya fuera viva o muerta. Si la dejaron en uno de los muchísimos terrenos boscosos que hay en la Georgia rural, puede que muriera por estar a la intemperie o por el ataque de animales salvajes. O también podría haber muerto de inanición o por culpa de algún accidente.

—Pero, de haber sido así, sus restos ya se habrían descubierto.

—Los cuerpos suelen desaparecer rápidamente en la naturaleza, Carol. Descomposición, animales carroñeros, puede que cayera a un río y se quedara atrapada en el fondo… Hay muchos factores.

De pronto pareció como si Pine fuera presa de las náuseas.

Blum se apresuró a decir:

—Pero una vez más debes tener en cuenta las probabilidades. Y a menos que Ito hubiera revisado la zona de antemano, dudo mucho que un tipo de Trenton, Nueva Jersey, que probablemente nunca había estado en Georgia, conociera lugares donde abandonarla o deshacerse de ella.

—Bueno, según lo que averiguamos cuando estuvimos en Andersonville, Ito estuvo en Georgia al menos varios meses.

—¿Así que te decantas por la opción de que la hubiera abandonado? Pine se frotó la cabeza y miró con aire indeciso a su amiga.

—Eso no encajaría con la carta que hemos leído de Bruno. Estaba realmente furioso. Quería venganza.

Ahora fue Blum la que pareció indecisa.

—Lo único que jugaría en contra de eso sería todo cuanto hemos recopilado de Ito hasta el momento. Cuesta mucho matar a alguien. Y cuesta mucho más matar a una niña indefensa.

—Podría haberse visto impulsado a hacerlo por el amor a su hermano.

Por lo que le ocurrió.

—¿Puedo hacer el papel de abogado del diablo? —dijo Blum.

—Por favor.

—¿Cómo sabemos que Ito quería a su hermano? No hemos encontrado ninguna evidencia de ello.

—Bueno, viajó hasta Georgia, se llevó a mi hermana y casi me mata a mí. Y luego acusó a mi padre de haberlo hecho él.

—De acuerdo, supongamos que todo eso sea verdad. Pero la vida que había llevado antes era totalmente opuesta a la de su hermano. Y recuerda lo que nos dijo Castor: él sabía que Bruno era un mal elemento.

—Pero dijo que lo había sabido por Evie, no por Ito.

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—¿Y no crees que el matrimonio estaría de acuerdo en eso? Creo que, por lo que sabemos, estaban claramente de acuerdo.

Pine reflexionó sobre ello un momento.

—Castor también nos contó que no había conocido a Bruno.

—Es verdad. Trabajó para Ito durante todos aquellos años, estuvo con él día tras día, y en todo ese tiempo Bruno, que supuestamente vivía por la zona, o como muy lejos en la ciudad de Nueva York, ¿nunca le hizo una visita a su hermano?

—Y a la vecina de Evie tampoco le gustaba Bruno —añadió Pine—. Y dijo que Evie odiaba a su cuñado, que no le permitía entrar en la casa. Y que Ito no ponía ninguna objeción a eso. La vecina afirmó que a Ito no le caía bien su hermano.

—Ahí quería yo llegar.

—Entonces, ¿por qué ir a Georgia y hacer lo que hizo? —preguntó una desconcertada Pine.

—Puede que tenga que ver con lo que leímos en la carta. No decía mucho, pero sí nos decía que Bruno habría intentado hacer, tal vez por primera vez, la única cosa decente en su vida: no revelar la identidad del topo que estaba delatando a las familias de la mafia. Pero que, al final, se la habían acabado jugando. Tal vez eso desencadenó algo en el interior de Ito. Eso suena más plausible que intentar convertir a Ito en un asesino a sangre fría que actuó llevado por un arrebato. Porque eso no encaja con nada de lo que nos han contado sobre su persona.

Pine se recostó en el asiento y reflexionó sobre ello.

—He comprobado los registros policiales. Antes de que Ito fuera a Georgia, a su hijo Teddy lo habían condenado y encarcelado por hurto mayor.

—¿Así que Ito tal vez pensara que su hijo estaba yendo por el mismo mal camino que su tío Bruno?

—Es posible —dijo Pine—. Y quizá eso habría avivado el fuego que le hizo hacer lo que hizo. Acuérdate de lo que nos contó Castor: que Ito había hecho algo que lo había dejado «conmocionado».

—Entonces, cuando fue a Georgia, ¿Ito tal vez fuera un hombre confuso y en conflicto consigo mismo?

—No puedo sentir compasión por él, Carol. Eso nunca.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Pero necesitamos comprender las motivaciones que tenía el hombre en aquel momento porque eso nos

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ayudará a tener una mejor visión de lo que podría haber hecho con tu hermana.

La expresión de Pine se alteró visiblemente.

—Para concluir con nuestra línea de razonamiento: si no la mató ni la abandonó, puede que, como has sugerido, se la entregara a alguien.

—¿Estás hablando de tráfico de personas?

—No. Siguiendo tu metodología para intentar entender a Ito, dudo que este supiera algo sobre el tráfico humano. Su hermano tal vez sí, pero para entonces ya estaba muerto. Y tampoco veo a Ito poniéndose en contacto con la escoria mafiosa para la que trabajaba su hermano con objeto de pedirles información sobre cómo vender niños pequeños en el mercado negro.

—Pero si Ito entregó a Mercy a, pongamos, una familia —dijo Blum —, ¿la niña no les habría contado quién era y que había sido secuestrada? Estoy segura de que la historia de lo sucedido habría aparecido en la prensa de toda Georgia, incluso de todo el país. Y que la foto de Mercy estaría por todas partes. La familia seguramente habría acogido a la niña y llamado luego a la policía, o puede que la llamara de inmediato en cuanto Ito se presentó con ella. —Pareció vacilar un instante antes de concluir—: Así que Ito quizá se la entregara a alguien con quien lo había arreglado de antemano.

—Acabamos de descartar el tráfico de personas.

—No hablo de tráfico de personas. Estoy hablando de una familia desesperada por tener un hijo.

Pine se la quedó mirando.

—¿Qué? Pero ¿no sabrían que…?

—Sabrían solo lo que Ito les hubiera contado. Él podría haberles mentido sobre su origen, sobre cómo la había conseguido. Tal vez esa gente pensara que estaba haciendo algo bueno al acogerla.

—Pero ¿Mercy no se habría rebelado contra eso? ¿No les habría contado quién era y qué le había pasado, tal como has comentado, Carol? Ahora estás argumentando contra tu propia hipótesis.

—No, solo trato de verlo desde distintas perspectivas —dijo Blum—. A una niña de seis años, por muy precoz que fuera, se la podría convencer fácilmente de creer y aceptar cosas que un adulto nunca haría. No sabemos lo que Ito le contó a Mercy. Puede que le dijera que su vida dependía de

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aceptar las nuevas condiciones. O tal vez la hubiera amenazado con haceros daños a ti y a tus padres si no hacía lo que se le ordenaba.

Pine soltó un suspiro y se recostó contra el asiento del coche.

—Eso tendría bastante sentido. Tal vez más que cualquier otra explicación. —Luego se quedó callada, pero la desesperanza que reflejaba su rostro fue dejando paso a una expresión inquisitiva.

—¿Qué pasa? —preguntó Blum, que la conocía demasiado bien. —Dos cuestiones. Primera: en su carta Bruno Vincenzo decía que el

soplón se la había jugado. Pero ¿qué quería decir realmente con eso? — Cuando Blum meneó la cabeza, confusa, Pine prosiguió—: Creo que Bruno no delató a mi madre porque quería llegar a un acuerdo con la fiscalía para salvarse. Solo que ese acuerdo no llegó a producirse. Y me pregunto por qué.

—¿Y la segunda cuestión?

—Una que ya he planteado con anterioridad: ¿cómo diablos sabía Ito Vincenzo que estábamos en Andersonville, Georgia?

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«Esto no debería haber ocurrido. No deberías haber muerto».

John Puller estaba mirando el cuerpo sin vida del agente especial de la CID Ed McElroy.

«Mi agente, mi responsabilidad. Solo yo puedo asumir la responsabilidad por esto. No hay excusas».

Su esposa, ahora viuda, había recibido la notificación de su muerte y estaba de camino para enfrentarse a la peor realidad a la que tendría que enfrentarse nunca un cónyuge.

Puller salió del edificio y volvió a su coche. Cruzó la ciudad hasta la jefatura de policía en la que le habían dicho que se encontraba la unidad encargada de investigar el tiroteo y la muerte de Jerome Blake. En el mostrador de recepción se encontró con un auténtico muro, a pesar de haber enseñado su placa y sus credenciales, de dejar muy clara su relación con el caso y de su seria determinación de querer saber cómo la policía local estaba abordando la investigación.

Después de que los dos primeros agentes que lo atendieron fueran considerados por Puller de bajo rango y poco informados, el sargento que lo recibió pareció finalmente compadecerse de él.

—Así que del ejército, ¿eh? —dijo el hombre, echando un buen vistazo a Puller con ojos escrutadores.

—Suboficial mayor.

—¿West Point?

—No, militar alistado. No soy oficial comisionado. Mi padre sí fue a West Point, pero yo escogí otro camino.

—Mi hijo pequeño está en Irak ahora —repuso el sargento, bajando un poco la guardia—. Lleva unos seis meses. ¿Combatió usted allí?

Puller hizo un gesto afirmativo.

—Volví con metralla en el cuerpo que no tenía cuando nací. Pero fue un privilegio y un honor servir a mi país.

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El sargento, robusto y ancho de espaldas pero con una expresión suavizada en el rostro, asintió con la cabeza.

—Solo espero que mi chico regrese de una pieza.

—No hay nada seguro en combate, pero el ejército se esfuerza al máximo por adiestrar a sus soldados para que afronten cualquier situación, y también los provee con el mejor equipamiento posible para cumplir su labor.

—Es bueno saberlo, agente Puller. Y le estamos muy agradecidos por sus servicios a nuestro país. —Echó un vistazo alrededor—. Esto…, mire, déjeme comprobar algo. Espéreme aquí, señor.

Después de que se marchara, Puller se dedicó a examinar el reducido espacio. Había fotos de los actuales comisario, alcalde, gobernador y presidente. Todos le sonreían desde sus retratos oficiales, pero él no tenía ningún motivo para devolverles la sonrisa. Lo que le estaba ocurriendo no tenía ningún sentido, a pesar de que parecía tenerlo para todos los demás. Y eso le causaba una terrible desazón.

—¿Puedo ayudarlo?

Cuando se giró, Puller vio de pie detrás de la mesa a una joven menuda que aún no habría cumplido los treinta. No había ni rastro del sargento. Tenía unos grandes ojos marrones y su pelo corto y oscuro dejaba a la vista un cuello esbelto y pecoso. La tarjeta que colgaba de ese cuello la identificaba como miembro de la oficina de relaciones públicas. Y sus grandes ojos lo miraban inquisitivamente.

Puller dio un paso al frente y tendió la mano.

—Agente especial de la CID John Puller.

Ella no se la estrechó.

—Ya sé quién es, agente Puller. Solo me pregunto qué le trae por aquí. Estoy muy ocupada, así que espero que no se trate de nada complicado porque realmente no puedo perder el tiempo. Estoy segura de que lo entiende.

El vello de la nuca de Puller se erizó ante una declaración tan insensible como condescendiente.

—Uno de mis hombres recibió un disparo anoche aquí en Trenton. Y estoy trabajando en el caso conjuntamente con la policía local.

—Estoy al corriente de la infortunada muerte del agente McElroy. — Se detuvo y se quedó mirándolo, como desafiándolo a darle una razón válida para seguir con la conversación.

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—Ahora mismo le están haciendo la autopsia, y tendremos una bala que proporcionaremos a su unidad para que confirmen que fue disparada por el arma que tienen ustedes en custodia.

—No hay ninguna duda sobre quién mató a su agente y sobre el arma que se utilizó para hacerlo —afirmó la joven.

—Aún quedan muchas grandes cuestiones que aclarar —repuso Puller. Dio otro paso adelante, reduciendo a la mitad el espacio que los separaba. Echó una ojeada al nombre que aparecía en la tarjeta—. De modo que, señorita Lanier, estoy aquí para hablar del caso con su gente. Es lo que se hace en una investigación conjunta como esta. Seguro que es consciente de ello.

—De lo que no tengo constancia es de que se trate de una investigación conjunta.

—¿Cómo no va a ser así? —replicó él en un tono más duro del que pretendía en ese ejercicio de tanteo que estaba teniendo lugar entre ambos

—. Un agente federal resultó muerto de un disparo. Uno de sus hombres le disparó al presunto asesino. Lamento mucho que no quiera oír hablar de un caso complicado, pero es evidente que este lo es.

—Nuestro hombre le disparó al tirador, salvando así la vida a una agente del FBI, si no recuerdo mal.

—Tal vez.

—¿Qué quiere decir con «tal vez»? Está claro que eso es lo que ocurrió.

—Desearía que estuviera tan claro para mí. Para eso es para lo que investigamos. Así que me gustaría hablar con ese agente y…

—¿Por qué? —¿Por qué qué?

—¿Por qué quiere hablar con él?

La pregunta era tan extraña y fuera de toda lógica que incluso un investigador tan avezado como Puller se quedó sin palabras un momento.

—Disparó su arma —dijo al fin—. Estuvo implicado en lo que ocurrió. Puede que viera algo que resulte pertinente para la investigación.

—Creo que ya redactó su informe. —¿Puedo verlo?

—No estoy segura de que eso sea posible.

—Y yo no estoy seguro de que lo que está diciendo tenga algún sentido. No puede negarme que le eche un vistazo a su informe.

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Ella se encogió de hombros ante su recriminación.

—Diferencia de opiniones.

—Diferencia de realidades —replicó él, dejando a un lado la diplomacia porque estaba claro que emplear ese enfoque era como atacar un portaaviones con una moto acuática.

—No me gusta su tono.

—Y a mí no me gusta que me den de lado en una investigación en la que tengo una clara motivación para estar implicado.

—Tal vez no entienda cómo hacemos las cosas aquí.

—Al contrario, he trabajado en dos casos con la policía de Trenton, en tres con la estatal de Nueva Jersey y en uno con la policía de Newark. Y en todas esas ocasiones no encontré más que un altísimo grado de profesionalidad y una cooperación absoluta, con el resultado de que resolvimos con éxito todos y cada uno de los casos.

—Bueno, creo que este lo tenemos bastante controlado. Tenemos al tirador. Está muerto. El caso está más que resuelto. Totalmente finiquitado.

—Perdone, pero ¿es usted una investigadora experimentada? Porque en su identificación pone «relaciones públicas».

—Me han informado sobre el asunto.

—Lo cual es más de lo que yo puedo decir —replicó Puller.

—Creo que ya sabe todo lo que hay que saber sobre el caso. Está resuelto, agente Puller. Puede seguir investigando otros casos «sin resolver».

—Por desgracia, su opinión al respecto no tiene ninguna validez para mí porque está claro que solo la han enviado aquí para contarme directamente nada.

—Solo estoy haciendo mi trabajo —repuso ella.

—Y yo también… o al menos lo intento, aunque usted no está siendo de mucha ayuda.

—No sabía que mi trabajo fuera ayudarle. En cualquier caso, le deseo buena suerte en lo que sea que esté investigando.

Puller le tendió su tarjeta.

—Si se le ocurre algo, le agradecería que me llamara.

Lanier no la cogió. Dio media vuelta y salió por una puerta, que cerró con fuerza tras ella.

Al cabo de un momento, el robusto sargento de antes apareció por otra puerta.

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—¿Cómo ha ido? —preguntó en tono expectante.

—No ha ido —contestó Puller.

Salió de la jefatura. Se avecinaba tormenta, pero ni de lejos sería tan intensa como la que azotaba el interior de su cabeza.

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Por teléfono, Jack Lineberry sonaba débil y un poco deprimido. Hacía décadas que conocía a los padres de Pine. Recientemente, esta había descubierto que Lineberry trabajaba para una agencia gubernamental durante la operación encubierta contra la mafia en la que su madre había actuado como topo. Más tarde lo habían enviado a Andersonville para vigilar y proteger a la familia, una misión en la que claramente había fracasado. Después de aquello, se había convertido en un hombre increíblemente acaudalado gracias a una compañía de inversiones que había fundado.

Y Pine también había descubierto que Jack Lineberry era el verdadero padre de ella y de Mercy, después de mantener una relación con su madre antes de que esta conociera al hombre que Pine siempre había creído que era su padre, Tim Pine.

—Jack, ¿te encuentras bien? —le preguntó ella en tono preocupado. Había puesto el altavoz del móvil para que Blum pudiera escuchar la

conversación.

—Solo tengo un mal día. Me han dicho que es una leve infección, acompañada de un poco de dolor.

—Un momento… ¿Sigues todavía en el hospital? Pensaba que ya te habían dado el alta.

—Me aseguran que no es nada grave, pero quieren tenerme aquí un poco más como medida de precaución.

—¿Están seguros de que no es grave?

—Sí, el típico rollo postoperatorio, pero empiezo a sufrir de claustrofobia. Solo quiero salir de aquí. Y eso también está afectando a mi estado de ánimo.

—Aguanta un poco, Jack. Tienen que asegurarse de que estás totalmente recuperado antes de dejarte ir.

—¿Dónde estás tú?

—En Trenton.

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—Ito Vincenzo, ¿no? —dijo él.

—Sí. Hemos averiguado algunas cosas y también nos hemos encontrado con varios contratiempos.

—¿Como cuáles?

—Como que el nieto de Ito, Tony, es ahora un fugitivo de la justicia. Y que el hijo de Ito y padre de Tony, Teddy, fue asesinado en prisión poco después de que hablara con él.

En su favor, cabe decir que Lineberry no pareció muy sorprendido por nada de aquello.

—La vida está llena de contratiempos, Atlee —dijo con voz calmada

—. Créeme, hablo por experiencia.

—Que es por lo que te llamo para pedirte ayuda.

—Pues no podrías haber encontrado un momento mejor. Así tendré algo en lo que entretenerme mientras espero la próxima tanda de bazofia hospitalaria que me servirán hoy.

Pine le habló de la carta que habían encontrado en el armario de Evie Vincenzo.

—¿Qué? —exclamó Lineberry en un grito ahogado—. Suena como si Bruno supiera que tu madre trabajaba con nosotros.

Su agitada respiración hizo que Pine se preocupara.

—Creo que no estás en condiciones de seguir escuchando.

—No, no, estoy… bien. Por favor, continúa.

—Doy por hecho que no sabías que Bruno pudiera estar al tanto de lo de mi madre.

—Bruno Vincenzo era un asesino a sangre fría —dijo Lineberry en tono asqueado—. De haberlo sabido habría puesto fin a toda la operación de inmediato.

—En la carta decía que no delató a mi madre, pero que se la habían jugado. Es como si hubiera llegado a un acuerdo para conseguir algún tipo de inmunidad, pero la cosa al final se torció.

—No me lo puedo creer, de verdad que no. Pero tienes que entender que yo estaba al margen de los aspectos legales del asunto. No soy abogado. Mi trabajo consistía en vigilar y proteger a tu madre. Si Bruno llegó a algún acuerdo, tuvo que hacerlo con la fiscalía, con la gente del FBI y, en última instancia, con el Departamento de Justicia. No conmigo. Pero aun así, yo habría estado al corriente, o al menos debería haberlo estado. Que Bruno supiera cuál era el papel de tu madre entraba

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directamente en el terreno operativo. Entraba dentro de mi jurisdicción. ¿Que los abogados llegaran a un acuerdo y no nos contaran nada? Bueno, eso habría sido algo de lo más estúpido. Si lo hubiéramos sabido, habríamos cambiado toda la dinámica de la operación. Supongo que podríamos haber utilizado a Bruno a nuestro favor. Claro que nunca habría podido fiarme del todo de ese hijo de puta.

—Pero al final testificó contra sus antiguos socios —señaló Pine. —Sí, solo para salvarse el culo. La jugada le salió mal, pero no me

verás derramar ninguna lágrima por ello. Ese tipo tenía las manos manchadas con la sangre de al menos cincuenta personas. Así que buen viaje.

—Pero supongamos que Bruno hubiera descubierto que mi madre era una infiltrada y que se lo hubiera comunicado a la fiscalía. ¿Por qué no iban a llegar a un acuerdo con él? A ver, tenía la sartén por el mango. Como acabas de decir, podría haber hecho saltar por los aires toda la investigación. Podría haber puesto la vida de mi madre en peligro. No habrían tenido más remedio que seguirle el juego.

—La vida de tu madre ya estaba en peligro —señaló Lineberry.

—Aún más en peligro.

—No sé qué decirte, Atlee. Yo no estuve presente en esas negociaciones, si es que de verdad las hubo.

—Parece evidente que esa es la razón por la que Ito hizo lo que hizo.

Para vengar a su hermano.

—Escucha, no presupongas que Bruno decía la verdad en esa carta. Puede que solo actuara llevado por el resentimiento. Y se merecía lo que le ocurrió. La cantidad de gente que mató cuando estaba en la mafia, y los métodos que utilizó para hacerlo… Es algo nauseabundo. ¡El muy cabronazo!

—Vale, Jack, tranquilízate. Lo último que necesitas es alterarte.

Pine lo oyó hacer varias respiraciones profundas.

—Lo siento —dijo al fin—. No suelo ponerme así. Ya estoy bien.

Puedes continuar preguntando.

—¿Estás seguro?

—Sí. Muy seguro.

—De acuerdo, sigamos. ¿Dijiste que, al menos al principio, mi familia estuvo en el programa de protección de testigos?

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—Correcto. Después de que tu madre ejerciera como fuente infiltrada de las fuerzas de orden público, su identidad se filtró y empezó a recibir amenazas. Así que decidieron poneros a todos en el programa.

—¿Y cómo se filtró su identidad? —preguntó Pine.

Lineberry tardó un poco en responder.

—Eso es algo que nunca llegamos a aclarar, aunque hubo una investigación exhaustiva.

—¿Llegasteis a la conclusión de que había habido una filtración a raíz de las amenazas?

Lineberry tosió. Luego dijo:

—Exacto. Era sin duda la prueba más determinante.

—¿Y cuál era la naturaleza de esas amenazas?

Se produjo un largo silencio.

—Podemos hacer esto en otro momento —añadió Pine en tono cauteloso—, cuando te encuentres mejor.

—No, sigamos adelante. —Lineberry se aclaró la voz—. La primera amenaza fue una carta enviada al apartamento de Nueva York en el que vivíais por aquel entonces. La ubicación de dicho apartamento era secreta, pero aun así la carta llegó. Se trataba de una clara amenaza de muerte. Por eso se decidió poneros a todos en el programa de protección de testigos.

—¿Por qué enviar una carta y, a fin de cuentas, advertirnos, en vez de ir allí e intentar matar a mi madre?

—Nunca logré averiguarlo. Podrían haberlo hecho para intimidar, algo que sí consiguieron. Y también provocó la necesidad de trasladaros, cosa que también hicimos. Nunca determinamos qué ventaja podría obtener de ello quien fuera que enviara la carta.

—¿De modo que conocían la identidad de mi madre aunque ella no testificó ante el tribunal?

—Tu madre «testificó» ante las autoridades federales en una serie de largas entrevistas, que a su vez llevaron a otros testigos a testificar a cambio de acuerdos de reducción de condena. También proporcionó grabaciones que hizo secretamente en presencia de numerosos capos de la mafia. Esas grabaciones fueron validadas por otras fuentes y aceptadas como pruebas. Se hizo todo de manera transparente y legal, pero nos costó muchos esfuerzos conservar su identidad en secreto. Era nuestra mejor baza para poder echarles el guante a esas familias criminales. Teníamos que mantenerla a salvo. Y al final, muchos de los arrestados aceptaron

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llegar a acuerdos porque las pruebas contra ellos eran demoledoras. Muchos de los mafiosos más mayores acabaron muriendo entre rejas. Y por lo que yo sé, los más jóvenes siguen todavía en prisión, que es donde tienen que estar.

—Vale, háblame de nuestra primera experiencia dentro del programa de protección de testigos.

—Os reubicamos en Hudson, Ohio. Estabais en la periferia de Akron, muy lejos de la ciudad de Nueva York. Pensábamos que allí estaríais a salvo.

—Pero no fue así.

—No —dijo Lineberry—. Una noche, unos dos meses después de instalaros allí, entraron en vuestra casa dos hombres armados.

—¿Y qué pasó?

—Por aquel entonces teníais una perra, una labradora llamada Molly.

—No recuerdo ninguna perra —dijo ella.

—Bueno, erais muy pequeñas, Atlee. En fin, la perra se puso a ladrar y despertó a tus padres. Tu padre tenía una escopeta. Disparó a los intrusos y consiguió ahuyentarlos. De modo que al día siguiente decidieron trasladaros a otro piso franco de manera temporal, a la espera de encontrar una ubicación más permanente.

—¿Y adónde nos llevaron?

—A Colorado. Era una zona rural apartada; en un pueblo, la llegada de unos desconocidos habría llamado enseguida la atención. De verdad creíamos que funcionaría.

—Pero evidentemente no fue así. ¿Qué ocurrió?

—Esa vez no entraron en vuestra casa. Os atacaron mientras ibais en el coche. Intentaron echaros de la carretera. Y solo un milagro hizo que dos policías estatales vinieran en la otra dirección. Su intervención logró salvaros a ti y a tu familia. Uno de los atacantes consiguió escapar. El otro resultó muerto tras un tiroteo con los agentes.

—¿Lo identificaron?

—Sí. Era Giovanni Colletti, miembro de un grupo criminal afincado en Colorado. Obviamente no pudimos interrogarlo, pero más tarde nos enteramos de que una de las familias mafiosas que habían caído gracias a tu madre había puesto precio a vuestras cabezas.

—Vale, pero la gran cuestión es: ¿cómo volvieron a saber dónde nos encontrábamos? Tenía que haber un topo, Jack, que seguía filtrando la

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información.

—Algo de lo que éramos muy conscientes. Pero tomamos todas las precauciones posibles, investigamos a fondo el historial de todos los que conocían vuestra ubicación. Y no descubrimos nada, ningún denominador común que pudiera conducirnos hasta el topo. Cambiábamos constantemente de personal para que el círculo de confianza fuera distinto cada vez, reduciendo así el número de gente que sabía dónde estabais. Fue una de las etapas más desconcertantes de mi carrera, aquello me tenía desquiciado y furioso. Después de lo de Colorado, decidimos sacaros del programa de protección de testigos y enviaros a Andersonville, Georgia. Me destinaron allí para vigilaros y protegeros personalmente. —Se detuvo para aclararse la garganta una vez más—. Es evidente que fracasé. —A ese comentario siguió un golpe de tos, que pronto se convirtió en un ataque virulento.

—Jack, ¿te encuentras bien?

A medida que los espasmos remitían, Lineberry acertó a decir:

—Estoy bien. Solo un poco… cansado.

—Mira, está claro que necesitas descansar, pero ¿puedo pedirte un favor?

—Claro. —Su tono se volvió al instante alerta—. Lo que sea. —¿Puedes proporcionarme información sobre quiénes estaban al tanto

de nuestra inclusión en el programa de protección de testigos? O sea, cualquiera que puedas recordar, por muy tenue que fuera su conexión.

—Atlee, muchos de ellos ya se han jubilado o incluso muerto.

—Aun así me gustaría indagar un poco al respecto.

—No entiendo para qué.

—Entonces te lo explicaré. Ito Vincenzo viajó hasta Georgia. Trató de matarme y secuestró a mi hermana. Quienquiera que filtrara nuestras ubicaciones en Ohio y Colorado hizo lo mismo con la de Georgia. Esa persona debió de comunicárselo a Bruno, a Ito o a alguien cercano a ellos. Si consigo encontrar a esa persona, eso puede llevarme hasta Ito.

Tras unos momentos de silencio, Lineberry dijo:

—Veré lo que puedo hacer. Pero llevo mucho tiempo apartado de ese mundo. No creo que pueda acceder fácilmente a mis antiguos contactos.

—Si encuentras algún obstáculo, llámame y veré cómo puedo ayudar. Ya te dije en Georgia que deberíamos intentar hacer esto juntos. Y no he cambiado de opinión.

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—A veces hurgar en el pasado puede ser más devastador de lo que la gente piensa.

—Necesito saber la verdad. Y necesito encontrar a mi hermana, ¡y a tu hija, Jack! Ito es la única conexión real que tengo ahora mismo.

—Puede que ni siquiera esté vivo.

—Al parecer nadie ha sabido de él desde 2001, pero eso no demuestra que esté muerto. Hasta que no lo sepamos con certeza, tengo que seguir buscándolo.

—Resulta bastante inquietante que Teddy Vincenzo fuera asesinado después de hablar contigo. ¿Crees que…? —La voz de Lineberry se fue apagando.

—No, no creo que esté conectado con mi caso. Lo que pienso es que Tony Vincenzo estaba metido en algo mucho más serio que un simple asunto de drogas. Y que se lo contó a su padre. Y que este pagó el precio.

—Entonces Tony Vincenzo también es un objetivo.

—Y solo espero que podamos encontrarlo antes de que lo haga la gente que mató a Teddy —dijo Pine.

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—John Puller, Carol Blum —los presentó Pine con una gran sonrisa.

El agente estrechó la mano de la mujer.

—Encantado de conocerte, Carol. He oído hablar mucho de ti.

Se encontraban en el vestíbulo del hotel donde se alojaban Pine y Blum. Era al día siguiente, y el tiempo se había vuelto frío y lluvioso.

Blum alzó la vista hacia el muy alto, erguido y apuesto hombre.

—Yo no puedo decir lo mismo sobre ti, agente Puller.

—Vamos a buscar un café y a hablar sobre nuestros próximos pasos — dijo Pine.

La siguieron hasta la pequeña cafetería que estaba justo al lado del vestíbulo y pidieron cafés. Luego se los llevaron a una zona de asientos vacía y se sentaron. Puller miró a Pine.

—¿Cómo va tu caso?

—Hemos descubierto algunas cosas nuevas, pero todavía estamos tratando de hacer que la investigación avance. Mi prioridad es encontrar a Ito Vincenzo. He hablado con alguien que podría ayudarme a averiguar lo que le pasó, pero es una posibilidad un tanto remota. Así que mejor hablemos de tu caso. Puede que eso me ayude a llegar más pronto hasta Ito.

—¿Te refieres a que Tony podría saber dónde está su abuelo? — preguntó él.

—Esa fue la razón por la que de entrada vine a Trenton.

Puller asintió.

—Bueno, tampoco se puede decir que mi investigación esté avanzando mucho. He vuelto a intentarlo, pero la policía de Trenton me ha apartado por completo del caso. No he podido ver los informes. Tampoco he podido hablar con el agente que disparó a Jerome Blake. Han cerrado filas y me han dejado totalmente fuera.

—Dijiste que el tipo de la Agencia Federal de Prisiones, ese tal Moss, te advirtió de que te mantuvieras al margen. Quizá ha hablado también con

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la policía de Trenton para que te aparten de la investigación.

—No me sorprendería que Moss hubiera hecho algo así, sobre todo después de la reunión tan tensa que tuvimos. Lo que me pregunto es por qué la policía de Trenton le haría caso. Esto apesta claramente a encubrimiento.

—¿Y cuál ha sido la posición de los tuyos? —preguntó Blum. —Decepcionante, porque apenas me han dado respaldo. Y tampoco

espero que eso cambie. Ha habido un silencio por parte del estamento militar que no comprendo. Esperaba que alguien mostrara más agallas, pero resulta inaudito cómo todos se han ido replegando uno tras otro. — Hizo una pausa y clavó la mirada en sus rodillas—. No es propio del ejército echarse a un lado sumisamente cuando se está cometiendo una injusticia. ¿Para qué demonios llevamos siquiera un uniforme o prestamos juramento?

—A mí no tienes que convencerme de nada —dijo Pine—. Pero, en fin, hablemos del tiroteo en el que murió el agente McElroy.

Puller levantó la vista hacia ella.

—Obviamente no fue un rollo de bandas, como ya has demostrado. Ni siquiera tengo claro que Blake hiciera el disparo. Aunque, si no fue él, ¿quién lo hizo? ¿Y acaso era Ed el objetivo? O, tal como comentamos antes, ¿éramos tú o yo, o los dos?

—¿O tal vez era Ed el objetivo, pero lo mataron solo como advertencia para que nos apartáramos del caso? —sugirió Pine.

—Esos argumentos están muy bien —intervino Blum—. Pero… ¿estar dispuestos a matar a sangre fría a un agente federal? Las razones para hacer algo así deberían ser muy poderosas. Tanto como para montar una gran conspiración a fin de encubrirlo todo.

—Teddy Vincenzo nos contó que su hijo se había metido en algo que le iba demasiado grande —dijo Pine—. Así que puede que no estemos hablando de una simple operación de drogas. Tal vez haya algo más. Mucho más. ¿Podrían los tipos que están detrás de la red de narcotráfico tener conexiones políticas al más alto nivel?

—Supongo que es muy posible —convino Puller—, porque sin duda aquí está ocurriendo algo de lo más extraño.

—¿Has dicho que no te han dejado hablar con el agente que disparó a Blake? —preguntó Pine.

—Así es. Ni siquiera me han dado su nombre.

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—También comentaste con anterioridad que en los tejemanejes de Tony había implicados algunos militares, ¿no es así?

—Sí.

—¿Arrestaste a alguno?

—A dos. Bill Danforth y Phil Cassidy. Ahora mismo están en un calabozo de Fort Dix.

—¿No en la penitenciaría?

—No. Lo que le pasó a Teddy Vincenzo no va a pasarles a ellos. Están custodiados por el ejército en unas dependencias bien alejadas de la prisión. Vigilados por unos policías militares escogidos personalmente por mí.

—Doy por sentado que has interrogado a Danforth y a Cassidy. —Hasta que ambos solicitaron asistencia jurídica militar —dijo Puller

—. En cuanto pidieron un abogado, el interrogatorio se dio por finalizado. —En ese sentido, supongo que las leyes militares no son muy diferentes de las civiles —señaló Blum—. Uno de mis hijos es policía

militar. Destinado en California.

Puller asintió.

—No es un trabajo fácil. Y está muy bien que tu hijo se dedique a servir a su país. Y sí, hay similitudes entre ambas legislaciones, pero el Código Uniforme de Justicia Militar puede presentar algunas rarezas para los de fuera. Los militares hacemos un juramento. En consecuencia, debemos atenernos a unos estándares más altos que los que se exigen a los civiles. Las cargas probatorias y las sanciones pueden ser muy distintas. Ahora bien, en este caso ya se han presentado los cargos. Danforth y Cassidy serán sometidos a un consejo de guerra general. En ningún caso podrán ser juzgados según el artículo 15. —Puller miró a Pine y Blum—. Perdón, tiendo a caer automáticamente en la jerga militar. El artículo 15 permite al oficial al mando de un soldado castigarlo personalmente por infracciones leves sin necesidad de juicio. Es como una acción civil, aunque quedará registrada en su expediente y podrá perjudicar su carrera en términos de ascensos y demás. Pero el narcotráfico no es una infracción leve. Y tenemos todas las pruebas necesarias para condenarlos. Se enfrentan a largas sentencias de prisión.

—Entonces tal vez quieran llegar a un acuerdo —dijo Pine.

—Lo haré siempre y cuando me lleven hasta los peces gordos que están detrás de todo esto. Y si me permiten hacerlo, claro —añadió.

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—¿Has hablado con ellos sobre la posibilidad de un acuerdo? — preguntó Blum.

—Todavía no. Mi plan era utilizar mi autoridad para apretarles las tuercas y obligarlos a darme los nombres. Pero ahora todo ha quedado en el limbo, ya que han solicitado asistencia jurídica.

—¿Podemos hablar con los presos en presencia de sus abogados, o también eso es diferente en la jurisdicción militar? —preguntó Pine.

—No, podemos hacerlo. Haré una llamada y trataré de arreglarlo. Pero no albergues muchas esperanzas, porque en este caso nada parece funcionar como debe.

—Supongo que les interesará mucho llegar a un acuerdo para reducir su condena —comentó Blum.

Puller miró a Pine antes de decir:

—Pero también tienen una razón de mucho peso para guardar silencio. —Evitar que les pase a ellos lo mismo que a Teddy Vincenzo —

concluyó Pine.

En ese momento le sonó el móvil. Era su contacto en la oficina del FBI de Trenton, Rick Davies.

Cuando Pine descolgó, Davies dijo:

—Voy a enviarte una foto que me ha hecho llegar un colega mío de la poli que conoce a alguien asignado al caso. Es una foto de la pistola que se empleó para matar al agente de la CID.

—Vale.

—Y me he enterado de que había seis cámaras de vigilancia en el área en cuestión. Supongo que la policía ha requisado todas las grabaciones, aunque no he podido verificarlo. Te envío también la ubicación de cada cámara por si quieres comprobarlo.

—Genial, Rick, gracias.

Colgó, le explicó a Puller lo que Davies le había contado y esperó a que le sonara el móvil para indicar que el correo había entrado. Cuando llegó, lo abrió y miró la foto del arma.

Ahogó una exclamación y miró a Puller.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Esta no es la pistola que llevaba Jerome Blake.

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Ya no quedaba rastro de presencia policial, tan solo la cinta amarilla que acordonaba la escena del crimen sacudiéndose al viento. Las fuertes lluvias hacían que muy pocos transeúntes se aventuraran a salir a la calle.

Protegiéndose con los paraguas del azote del agua y el viento, Puller, Blum y Pine examinaron el área donde se había producido el tiroteo. A Pine le resultó muy diferente a la luz del día, un escenario más extenso y complejo. Aquella noche le pareció más bien un largo y estrecho túnel, sin apenas rastro de vida. Echó una ojeada al callejón.

—Puller, ¿dónde aprendiste a saltar de esa manera de un edificio a otro? —preguntó Pine, mientras Blum alzaba una ceja ante tan extraña observación.

—En la Escuela Ranger —respondió sin más, antes de añadir—:

¿Estás segura de que no era esa la pistola?

Ella lo fulminó con la mirada.

—Blake sostenía una Glock 26 subcompacta. El arma que aparece en la foto es una Glock 26 de tamaño normal con una corredera negra de acero inoxidable.

—Yo no pude ver bien el arma, no como tú la viste. Estaba muy oscuro en el callejón —dijo Puller en tono cauteloso—. Y el armazón de las pistolas es muy parecido.

—Conozco bien mis armas —replicó Pine—. Alguien ha cambiado las pistolas. Ha sido todo un montaje y han utilizado a Blake como chivo expiatorio.

—Pero hay que tener mucha influencia en las altas esferas para poder hacer algo así —señaló Puller.

—Y por lo que hemos ido viendo está claro que así es —dijo Pine. Fue pasando páginas en la pantalla de su móvil hasta llegar a la que buscaba—. Seis ubicaciones de cámaras de vigilancia. Empecemos a llamar a las puertas.

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Después de visitar dos bancos, una lavandería, una casa de empeños, un pequeño supermercado y una tienda de material de oficina, descubrieron que todas las grabaciones de aquella noche habían sido confiscadas como pruebas por la policía local.

Plantados bajo la pertinaz lluvia en la acera frente a la casa de empeños, los tres trataron de determinar cuáles deberían ser sus próximos pasos.

—Se han dado mucha prisa en requisar todas las grabaciones —dijo Puller—. Eso nos deja con cero imágenes de vídeo de lo sucedido esa noche.

—Y dudo mucho que vayan a utilizarlas realmente como pruebas — observó Blum.

—Más bien las enterrarán en algún vertedero —dijo Puller.

—Había gente en el lugar durante el tiroteo —señaló Pine—. Tal vez alguien grabó lo ocurrido con el móvil. Eso pasa mucho últimamente.

—¿Volvemos esta noche y preguntamos por ahí?

—Bueno, ahora podríamos ir al local donde cenamos. Alguno de los empleados podría haber visto algo. Estábamos justo delante cuando dispararon a McElroy.

Se dirigieron al restaurante italiano y entraron. Tomaron asiento en un reservado y pidieron algo de comer. Pine reconoció a la camarera que los atendió aquella noche y la llamó. Era muy delgada, de unos veintitantos años, con el pelo castaño claro y unos penetrantes ojos azules.

Puller y Pine le mostraron sus placas y le preguntaron por el tiroteo. La joven camarera, en cuya plaquita identificativa se leía dawn, se

puso rígida al momento. Sus ojos azules se abrieron mucho.

—Es verdad. Ustedes dos estaban esa noche. —Su mirada se desvió hacia el exterior—. Fue horrible. A ver, este es un barrio tranquilo. Nunca habían matado a nadie ahí delante.

—¿Puedes decirnos lo que viste? —preguntó Puller, sacando un bloc de notas.

—¿Y ha venido la policía local para hablar con alguien de aquí? — añadió Pine.

—No que yo sepa.

Pine y Puller intercambiaron una mirada significativa.

—En fin, cualquier cosa que recuerdes —insistió Puller—, por muy trivial que pueda parecer.

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La joven acercó una silla y se sentó. Volvió a mirar por el ventanal y dijo:

—Oí unos estallidos. Como petardos, pero, claro, no estamos en julio. —Ya —dijo Pine—. ¿Y luego?

—Corrí hasta el ventanal y los vi a ustedes dos y al hombre… Ya estaba tirado sobre la acera.

—¿Viste de dónde procedían los disparos? —preguntó Puller—. ¿O al tirador?

Ella negó con la cabeza.

—Solo podía mirar el cuerpo. Solo… —Entonces calló un momento

—. Sí que vi algo, en el callejón de enfrente. —¿Qué? —inquirió Pine.

—Algo como… como un destello de algo, tal vez una persona girándose y echando a correr.

—¿En qué dirección? —preguntó Puller.

—Hacia el interior del callejón, creo. —Los miró a ambos con una expresión de impotencia—. Lo… lo siento, no estoy segura.

Puller sacó una foto de su bolsillo.

—¿Viste a esta persona esa noche?

Era una foto de Jerome Blake.

Tras examinarla, Dawn negó con la cabeza.

—No.

—¿Estás segura?

—Sí. —Volvió a mirar por el ventanal—. Tiene que haber cámaras ahí fuera. Pueden revisarlas.

—Ya lo hemos intentado —explicó Pine—. No están… disponibles.

—Bueno, pues pueden hablar con Karl.

—¿Karl? —dijo Blum.

—Es uno de los cocineros que trabajan aquí.

—¿Y por qué tendría que saber algo? —preguntó Pine.

—Karl vive en el edificio de al lado. En la fachada hay una escalera de incendios situada justo enfrente del callejón. El año pasado entraron dos veces en su apartamento, las dos a través de la escalera de incendios. Así que puso una de esas cámaras de vigilancia. Ya saben, de esas que te avisan si se produce algún movimiento extraño. Pero está colocada de un modo que puede que haya grabado lo que sucedió al otro lado de la calle.

—¿Sabes dónde está Karl ahora? —preguntó Puller.

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—Seguramente en casa. Su turno empieza a las cinco y acaba a medianoche.

Pagaron la comida y pidieron a Dawn que llamara a Karl para comprobar que estaba en casa y para avisarle de que iban a ir a revisar las grabaciones de la cámara.

Mientras recorrían el corto camino hasta el edificio adyacente, Pine miró a Puller.

—¿Podría ser este el punto de inflexión que andábamos buscando? —Creo que ni siquiera una pistola humeante lo sería. Por lo visto, no

en un caso como este.

—Pero tenemos que llegar al fondo de la verdad.

—Es la única razón por la que me dedico a este trabajo.

—Igual que yo.

—Eh —saltó Blum—, contad también conmigo.

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—Ahí está —dijo Pine, señalando el segundo rellano de la escalera de incendios, donde había una pequeña cámara fijada a uno de los postes metálicos. Cubría toda la salida de emergencia que se veía desde la ventana, y parecía tener cierto ángulo de visión del callejón que estaba al otro lado de la calle.

Siguieron andando hasta el edificio y subieron las escaleras hasta la tercera planta. Luego recorrieron el pasillo y llamaron a la puerta del apartamento 311.

Karl Shaffer andaba cerca de los cincuenta. El poco pelo que le quedaba ya pintaba canas. Tenía el aspecto cansado de un hombre que ha mirado a la vida de frente, esta le ha devuelto la mirada, y a ninguno de los dos le ha gustado mucho lo que ha visto.

Llevaba una camiseta a pesar del frío que parecía hacer allí dentro. Le mostraron sus credenciales y él les hizo pasar.

—Mi mujer trabaja durante el día, horario de oficina —explicó mientras apartaba una cesta de ropa sucia y retiraba otras prendas y objetos para que Blum y los dos agentes pudieran sentarse—. Bueno, Dawn me ha llamado y me ha dicho que necesitan ver las grabaciones de mi cámara.

—Del tiroteo de la otra noche.

Shaffer meneó la cabeza.

—Joder, fue una auténtica locura, ya les digo. ¿Y por qué no iba a pasar aquí también? Los tiroteos son el pan nuestro de cada día. Ya no puedes estar seguro en tu propia casa, ni por lo visto tampoco comiendo espaguetis a la boloñesa en un local tranquilo como el nuestro.

—¿Por eso puso la cámara? —le instó Pine.

—Sí, han entrado a robar dos veces en los últimos diez meses. Y me dije que ya basta. —Se giró hacia Puller y Pine, y sacó el móvil—. La cámara envía las imágenes a mi teléfono a través de una aplicación. Está grabando todo el tiempo. Se almacena en bucle en una especie de nube o

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algo así que no entiendo, aunque tampoco tengo por qué; lo único que me interesa es que funcione.

—Pero ¿podría recuperar las imágenes del tiroteo? —preguntó Puller.

—Creo que sí. El tipo que instaló la cámara me enseñó cómo hacerlo.

Denme un momento. Es más fácil en el portátil.

Se levantó, salió de la sala y volvió con el ordenador. Se sentó con él en el regazo, accedió a la aplicación y pulsó algunas teclas.

—Veamos, voy a ponerlo lo más cerca posible del momento en que se produjo. Me acuerdo muy bien, joder. Estaba preparando un pedido de pollo marsala cuando oí los disparos. No sé si podré volver a cocinarlo otra vez. Vale, vamos allá.

Giró el portátil hacia ellos para que pudieran ver la pantalla. Pulsó una tecla y el vídeo empezó.

Observaron cómo Pine y Puller salían del restaurante e iban al encuentro del agente McElroy. Al cabo de unos segundos se oyó un disparo fuera de campo. Aunque todos se lo esperaban, no pudieron evitar dar un respingo. McElroy cayó sobre la acera y Pine y Puller se agazaparon detrás del coche mientras más proyectiles pasaban volando a su alrededor.

—Muy bien, ahora enfoque el fondo de la imagen hasta que le diga que pare —pidió Puller.

Shaffer así lo hizo.

—¡Pare ahí!

Cuando la imagen se congeló, pudieron observar la boca del callejón de donde habían salido los disparos. Y, tal como la camarera había dicho, se vio un atisbo borroso de algo. Una manga, una pierna, una mano. Por más que Shaffer amplió la imagen, no pudieron distinguir más que eso.

—Dele otra vez hacia delante —dijo Puller.

Entonces vieron en la pantalla cómo primero Puller y luego Pine se adentraban en el callejón y desaparecían.

Durante el siguiente minuto, Pine se visualizó a sí misma corriendo por el callejón, siguiendo en paralelo los movimientos de Puller allá en lo alto. Hasta que los dos llegaron al final del callejón: un callejón sin salida en muchos sentidos.

Jerome se había levantado de donde se ocultaba detrás de los cubos de basura. Pine había tratado de convencerlo para que soltara el arma. Él dijo cosas sin mucho sentido.

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Entonces Pine oyó el disparo. El disparo que acabó con la vida de Jerome. Visualizó en su mente la expresión de sorpresa en la cara del muchacho, y luego lo vio desplomarse a cámara lenta sobre el suelo del callejón. Aunque en realidad cayó de forma fulminante.

Pero esa dramática visión se vio al instante ensombrecida por otra cosa, algo a la vez terrible e inexplicable.

Estupefacta, Pine se giró hacia Puller. La expresión del rostro del agente era granítica, con la cuadrada mandíbula tensándose y destensándose.

Se inclinó hacia él y le susurró:

—En las imágenes no se ve entrar en el callejón al policía que disparó a Jerome.

—No, no se ve —repuso él en voz igualmente baja.

—Lo que significa que ya estaba dentro del callejón.

—Y que fue él quien mató a Ed McElroy —concluyó Puller.

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A diferencia de aquella noche, el interior del callejón estaba silencioso. Con la muerte llegaba una quietud que no se parecía a ninguna otra, pensó Pine. Podías estar en una plaza abarrotada bullendo con los sonidos de la muchedumbre, y un cuerpo muerto absorbería todo ese ruido a tu alrededor convirtiéndolo en un sombrío silencio.

Puller y Pine, con Blum custodiada entre ambos, se adentraron en el callejón.

—La cuestión es: dónde se ocultó el tirador para que no lo viéramos — dijo Pine.

Caminaron hasta el final, donde se alineaban los cubos de basura tras los cuales se había escondido Jerome Blake. Miraron la sangre que salpicaba el suelo donde había caído muerto.

En esas manchas Pine veía a un hombre joven que podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Ahora yacía tendido en una morgue, acusado de un asesinato que no había cometido. Sintió arder en sus entrañas algo duro, profundo, intolerable. A diario había tantas injusticias en el mundo que le daban ganas de tirarse de los pelos y de gritarles a los dirigentes del país: «¡Haced algo!».

—Bajaste de la azotea por esa escalerilla —dijo, saliendo de sus cavilaciones para dirigirse a Puller.

Este miró hacia donde ella señalaba.

—Exacto. Hagamos un repaso de lo que ocurrió.

—El policía llegó corriendo después de haber disparado a Jerome — empezó Pine—. Dijo que el chico estaba a punto de abrir fuego. Yo le contesté que no creía que fuera a hacerlo. Él le comprobó el pulso, y luego casi te dispara cuando bajaste por la escalerilla.

Puller siguió con la reconstrucción de los hechos.

—Nos pidió las credenciales y se las enseñamos. Luego dijo que había acudido en respuesta a tu llamada al 911, lo cual era una flagrante mentira porque ya estaba aquí.

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—Él preguntó quién era el muerto que estaba en la calle y tú se lo dijiste.

—Y luego preguntó por qué diablos iba a disparar un chaval contra un agente de la CID.

—Entonces empezaron a llegar más policías y se armó un gran revuelo —dijo Pine—. Nos llevaron a los dos aparte para tomarnos declaración.

—El agente que disparó mediría metro ochenta y cinco, ancho de espaldas. No llegué a verle bien la cara. ¿Y tú?

Pine se tomó un momento antes de responder.

—Si volviera a verlo, sin duda lo reconocería.

—¿Y qué pasó con él? —preguntó Blum—. ¿Cómo escapó del lugar? —Recuerdo mirar el cuerpo de Jerome y luego echar un vistazo

alrededor —dijo Pine—. Puller estaba hablando con un sargento.

—Así es. Era el oficial al mando, estuvo tomando notas y luego llamó al equipo técnico.

—Después me giré y miré hacia la entrada del callejón. No podría jurarlo, pero me pareció ver al tipo dirigiéndose hacia allí. Aunque a esas alturas había ya un montón de uniformes.

—Lo cual convertiría el suyo en el disfraz perfecto —intervino Blum

—. Y también sería la única manera de evitar que os abalanzarais sobre él y lo arrestarais por haber disparado a Jerome.

—Puede que fuera un policía de verdad —dijo Puller—. Lo cual haría toda esta pesadilla aún más terrible. ¿Viste el nombre en su placa identificativa?

—No —respondió Pine—. Y tendría que haberlo visto. Es algo que siempre miro. Lo cual significa que no llevaba placa. Y eso debería haber sido un claro indicio de que algo no encajaba —añadió en tono casi avergonzado—. La cagué.

—No debes fustigarte por no haber reparado en ello, agente Pine — dijo Blum.

—Pues sí, Carol, no puedo perdonármelo. He sido adiestrada para fijarme en cosas que los demás pasan por alto. —Se quedó pensativa un instante—. Su uniforme parecía reglamentario, salvo por la placa. No se quitó la gorra en ningún momento, así que no sé si empezaba a quedarse calvo o si ya lo estaba. Tenía los antebrazos muy velludos. Como he dicho, si volviera a verlo sin duda lo reconocería.

Puller miró hacia atrás.

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—Solo tenemos que averiguar dónde está su escondrijo.

Se dirigieron de nuevo hacia la salida del callejón, caminando muy despacio mientras examinaban los muros ciegos que lo flanqueaban. No había puertas ni ventanas en ninguna parte. Nadie podría haber saltado sigilosamente por encima del alambre de púas que coronaba las verjas que cerraban los pequeños callejones transversales. En algunos puntos parecía que hubiera habido antes una puerta o ventana, pero habían sido tapiadas o cerradas con tablones. Comprobaron bien esos lugares para asegurarse de que estaban firmemente cimentados o claveteados.

Puller comentó:

—Seguramente cerraron estos callejones y tapiaron puertas y ventanas para impedir que los drogadictos, las prostitutas y los ladrones pudieran dedicarse a sus asuntos o esconder sus alijos. Algunos de estos edificios están abandonados o los están reformando, y son muy tentadores para esa clase de elementos.

—¿Podría haber bajado desde una de esas azoteas, como hiciste tú? — preguntó Pine.

—Aun así, tendría que haber accedido a uno de los edificios en algún punto. Y los tipos que van saltando por las azoteas llaman bastante la atención. Creo que nuestro hombre prefiere mantener un perfil bajo, y no es ningún juego de palabras.

Se estaban acercando a la boca del callejón.

—Jerome debió de entrar antes del trozo de grabación que hemos visto —dijo Pine.

—Pero ¿qué lo llevó a hacer lo que hizo? —preguntó Blum.

Pine avanzó un par de pasos. El sonido de sus botas sobre el pavimento cambió ligeramente, de un golpeteo sordo a un sonido hueco y metálico.

Bajó la vista a la tapa de alcantarilla.

Él siguió su mirada. Cuando volvieron a levantar la cabeza, ambos sonreían resignados a la evidencia.

Puller corrió hasta su coche, agarró la llave de cruceta del maletero y regresó a la carrera. Introdujo uno de los extremos de la llave en el agujero del centro de la tapa y la utilizó a modo de palanca. La tapa metálica fue cediendo, hasta que Puller y Pine la levantaron y la apartaron a un lado.

Pine sacó su linterna de bolsillo y la enfocó hacia el agujero.

—Carol, tú quédate aquí mientras bajamos a echar un vistazo. Te enviaré un mensaje con lo que encontremos.

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Puller bajó el primero mientras Pine le iluminaba el camino.

Luego, lentamente, se adentró en la oscuridad.

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Cuando llegó al fondo, Pine enfocó la linterna a su alrededor. Tuberías de cobre y PVC recorrían las paredes junto con lo que parecían ser válvulas, cajas eléctricas y mangueras.

—Parece un túnel para que accedan las compañías de suministros — observó Pine—. Es probable que preste servicio a toda la manzana.

Luego enfocó la linterna hacia abajo y vio el contorno de varias huellas recientes sobre la mugre que cubría el suelo de hormigón.

—Dos juegos de huellas; unas más grandes, otras más pequeñas — observó Pine—. Seguramente el policía y Jerome vinieron juntos. Y las huellas solo apuntan en una dirección: hacia aquí, hacia el callejón.

—Y ninguna vuelve por donde ha venido. Así que el policía trajo a Jerome por este camino porque era la única manera de asegurarse de que no se escapaba y poder controlar sus movimientos. Subieron por la escalerilla, el policía disparó contra McElroy y luego ordenó a Jerome que echara a correr por el callejón, y este lo hizo.

—A continuación, el policía se escondería detrás de algún contenedor hasta que nosotros pasáramos —prosiguió Pine—, o quizá volvió a bajar por el agujero por el que habían subido.

—Luego salió después de que hubiéramos pasado, nos siguió por el callejón, esperó hasta que encontramos a Jerome, y entonces le disparó antes de que pudiera contarnos la verdad. Limpio y efectivo.

Puller usó la cámara de su móvil para tomar fotos de las huellas. Caminaron cuidadosamente por los lados del túnel para evitar contaminar lo que ahora eran pruebas de la escena de un crimen.

—¿Y sabes qué es lo que no estamos viendo? —preguntó Pine. —Ningún indicio de que la policía local haya estado aquí abajo. Siguieron los dos juegos de huellas a lo largo del pasadizo, que era

largo y giraba en numerosos recodos. Acababa en un muro ciego con otra escalerilla. Subieron por ella hasta el nivel de la superficie, retiraron la tapa de alcantarilla y se encontraron en una gran sala dentro de un edificio.

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Estaba llena de maquinaria y de paneles de un gris mate alineados en las paredes, tras los cuales había cuadros eléctricos e interruptores.

—Debe de ser una de las salas de control de la compañía eléctrica que proporciona energía a toda la zona —observó Pine.

Las huellas en el suelo polvoriento se dirigían hacia la única puerta que había en el lugar.

Se encaminaron hacia allí. Utilizando un guante de látex que se había sacado de la chaqueta, Puller probó el pomo. Estaba cerrado y no había manera de abrir desde dentro.

—Era de esperar —dijo.

Sacó un pequeño estuche de cuero de otro bolsillo, lo abrió y cogió dos finas piezas metálicas. Tras examinar la cerradura, introdujo las pequeñas ganzúas y comenzó a manipularlas, acercando mucho el oído.

—Los militares te han enseñado algunas destrezas francamente impresionantes —comentó Pine con una sonrisa maliciosa.

—Así nos lo montamos en el ejército. Seguro que tú tampoco te quedas corta.

Se oyó un clic, luego giró el pomo y la puerta se abrió. Se asomaron cautelosamente.

—Mierda —masculló Pine.

Frente a ellos se alzaba la parte trasera de una comisaría.

Puller comprobó que no había nadie en las proximidades, luego salieron y cerró con cuidado tras de sí.

—Hay que tenerlos cuadrados para entrar por un sitio tan próximo a una comisaría —dijo Pine.

—A menos que seas un policía de verdad —repuso Puller—. En cuyo caso tendría todo el sentido. Jerome no iba a vivir lo bastante para identificarlo.

Mientras caminaban de vuelta a donde Blum los esperaba, Pine dijo:

—Vale, ¿nos estamos enfrentando a un poli corrupto o a algo más que

eso?

—Un poli corrupto trabaja solo. Y por lo que hemos visto hasta el momento, nada indica que ese tipo actúe por su cuenta. Más bien al contrario.

—Esperaba que dijeras eso, porque personalmente creo que estamos ante una de esas conspiraciones de las que los más idiotas no paran de hablar en las redes.

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—Yo estaba pensando lo mismo.

—Así que, si la policía local está metida en el ajo, ¿lo están también los federales? —preguntó Pine en tono expectante.

—Eso nos dejaría un estrechísimo margen de maniobra. Así que más que nunca debemos andarnos con pies de plomo.

—Antes dijiste que no sabías lo que harías si te apartaran del caso. —Cada vez que suena el teléfono, me da miedo contestar porque temo

que sea esa llamada. —Vaciló un momento—. Pero no puedo dejar esto así.

—Lo malo es que eres militar. Si te asignan otro caso, deberás acatar la orden.

—¿Y tú qué? Tú también trabajas para una gran e implacable maquinaria burocrática.

—A mí me tienen atada en corto. Dentro de unos días espero recibir la orden de volver a Arizona, comportarme como una buena agente y olvidarme de todo esto.

—¿Pero…? —dijo él.

—Me pasa igual que a ti. No puedo dejar esto así.

—Pero esta no es tu guerra. Tú tienes que trabajar en el caso de tu hermana. Tal vez debería encargarme yo solo de este, poner el dedo en el agujero del dique y esperar que aguante.

—Buen intento, mi caballero de brillante armadura, pero ya sabes que no pienso aceptar eso. O los dos o ninguno.

—Entonces, ¿puedo hacer una sugerencia?

—Por favor.

—Ataquemos los dos al mismo tiempo. Tú quieres encontrar a Tony Vincenzo por tus propias razones, y yo también. Algo que no te había contado es que antes de arrestar a Tony tenía a un equipo de vigilancia siguiendo sus pasos. Y comprobamos que fue a Nueva York varias veces. A un sitio en particular, un rascacielos ubicado en la Billionaires’ Row.

—¿La Billionaires’ Row?

—Está más o menos en el corredor de la calle Cincuenta y siete. Altísimos edificios cuyos apartamentos son propiedad de los megarricos. Algunos pertenecen a oligarcas rusos, extranjeros poderosos que quieren mover el dinero fuera de su país, jeques árabes, ese tipo de personajes.

—¿Y qué hacía Tony Vincenzo en un lugar así?

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—No lo sabemos —dijo Puller—, pero tenemos que averiguarlo. Y en dos ocasiones fue hasta allí conduciendo un Aston Martin.

—¿Un Aston Martin? ¿Cuánto dinero se estaba sacando con las pastillas?

—El vehículo no estaba registrado a su nombre, sino al de una empresa fantasma. Tratamos de rastrear su procedencia, pero fue en vano. Solo la gente con dinero y/o contactos podría hacerlo.

Pine reflexionó al respecto.

—Vale. Así que las cosas están pasando a otro nivel.

—Voy a darte algunos nombres del personal de la flota motorizada de Fort Dix. Y de otra gente con la que Tony trabajaba allí. Quiero que hables con ellos para ver qué puedes sacarles. De ese modo no podrán recriminarme nada por investigar.

—¿Y tú qué harás mientras tanto? —preguntó Pine.

—Cuando las fuerzas enemigas te superan claramente en número, y se están preparando para invadir tu posición y borrarte del mapa, solo hay dos cosas que puedes hacer. —La miró con semblante inquisitivo.

—Una es retirarse —respondió Pine.

—Y la otra es atacar. Y en este caso un ataque frontal es la mejor opción, porque es lo último que esperan que haga en estas circunstancias.

—Pero ¿a quién vas a atacar? —preguntó ella nerviosamente.

—A mi cadena de mando. Pero no de la manera que tú o ellos se pueden esperar.

—¿Puedes explicarme eso?

—No, porque de ese modo te convertiría en cómplice sin querer. Y eso sería sumamente contraproducente para ambos. Vas a tener que confiar en mí.

Y, dicho esto, Puller volvió a apretar el paso y Pine tuvo que apresurarse para alcanzarlo.

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—Entonces, ¿conoce bien a Tony? —preguntó Pine.

Ella y Blum se encontraban sentadas a la mesa de una cafetería frente a una mujer llamada Lindsey Axilrod. Tendría treinta y tantos años, de altura media, fibrosa y en forma, con el pelo castaño muy claro y unos rasgos bonitos acentuados por una tez pecosa. Axilrod estaba en la lista que Puller le había dado.

—Sí, es un tío majo. Me gusta salir con él.

—¿Y lo conoció en Fort Dix?

—Sí, pero no soy miembro del ejército. Soy civil, como Tony. Trabajo en gestión empresarial, en el área de TI. Me dedico básicamente a resolver cualquier problema tecnológico o informático que pueda surgir.

—Entonces nunca le faltará el empleo —comentó Blum—. La gente que sabe de esas cosas domina el mundo.

Axilrod sonrió y dobló el envoltorio de papel que le había quitado a la pajita de su té helado.

—No sabría decirle, pero es un trabajo estimulante y me gusta. Todos los días son distintos, así que nunca caemos en la monotonía. —Hizo una pausa y miró a Pine—. ¿Y por qué está el FBI interesado en Tony?

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Hará como una semana. Últimamente no ha venido a trabajar. ¿Le ha pasado algo?

—De hecho, está desaparecido —dijo Pine.

—Pues entonces sí que le ha pasado algo. Ya me lo había imaginado. —Estamos tratando de encontrarlo. Así que agradeceríamos cualquier

cosa que pueda contarnos.

—No estoy segura de que pueda serles de mucha ayuda.

—¿Suele salir por ahí con él?

—Sí, en grupo o los dos solos.

—¿Algún lugar que frecuenten en especial?

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—No, la verdad es que no. Una vez fuimos a la bolera. Es muy bueno jugando a los bolos. Bares, clubes, partidos de baloncesto, restaurantes, ese tipo de cosas. Pero ningún sitio en especial.

—Tenemos entendido que a veces va a un apartamento en Nueva York.

Axilrod abrió mucho los ojos.

—Ah, sí. ¿De modo que saben eso?

—Nos gustaría saber más.

—El ático es de un tipo. Son amigos. Muy íntimos.

—¿Y ese amigo tiene nombre?

—Randy, o al menos eso creo. El tío fundó una empresa y luego se la vendió a Google o algo así por una burrada de millones. No es mucho mayor que yo, pero ya tiene la vida más que arreglada. Un cabrón con suerte. El edificio tiene portero y hasta un ascensor privado que se abre directamente al vestíbulo. —Axilrod meneó la cabeza—. Solo había visto esas cosas en las películas.

—¿Así que ha estado allí?

—Oh, sí, varias veces. He ido con Tony. De otra forma no habría podido entrar.

—¿Y cómo alguien como Tony conoció a un tipo como Randy?

—Por lo visto, Randy no siempre ha sido rico. Se conocían de antes, de cuando Tony tenía unos dieciocho años o así. No sé bien los detalles, pero cuando Randy dio el gran pelotazo no se olvidó de los viejos amigos.

—¿Dónde está el apartamento?

—En la calle Cincuenta y siete.

—¿En la Billionaires’ Row, quizá?

—Sí. Es un edificio bastante nuevo. Solo el pago anual de la plaza de aparcamiento costará unas cinco veces más de lo que yo gano en un año.

—También he oído que a veces va allí en un coche bastante… exótico.

Axilrod sonrió.

—El Aston Martin. Sí, también es de Randy. De vez en cuando se lo deja a Tony. Si me hubieran preguntado hace un año si me habría imaginado alguna vez montada en un Aston Martin, bueno… ¡habría dicho que no! Pero la verdad es que es una maravilla.

—¿Y usted ha conocido a Randy? —preguntó Blum.

—No. Tony dice que siempre está viajando, que en un día normal puede estar en Pekín, en París o en Río. Tiene su jet privado. No puedo ni

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imaginarme cómo debe de ser vivir así. Pero al parecer le gusta compartir su fortuna, lo cual está muy bien.

—Así que van en el Aston Martin al ático y allí…

—Pasamos el rato. Bebemos. Jugamos a videojuegos. Hay una sala entera solo para juegos. A los dos nos gusta mucho jugar, y no es por darme bombo, pero soy mucho más buena que Tony.

—Entonces, ¿están saliendo juntos?

Axilrod frunció el ceño.

—No estoy segura de si lo llamaría así. Nos vemos y salimos por ahí. No tenemos planes de casarnos, si es a eso a lo que se refiere. Soy diez años mayor que él.

—¿Nunca han intimado? —preguntó Pine.

El ceño de la mujer se hizo más profundo.

—No me siento cómoda respondiendo a eso. Y, además, ¿qué tiene que ver eso con encontrar a Tony? ¿Por qué me están haciendo todas estas preguntas?

—Tan solo tratamos de tener una visión general de cómo es su vida. Yo tampoco querría que me hicieran esa pregunta, pero es un protocolo estándar del FBI.

Axilrod continuó a la defensiva.

—Bueno, dejémoslo en que «somos amigos». —Vale. ¿Sabe si es «amigo» de alguien más?

—No sé si… «intima» con alguien más. Nunca me lo ha dicho. —Cuando iban al apartamento, ¿estaban solos Tony y usted? —Ah, no. Siempre había mucha gente. —¿Amigos de Tony?

—Tal vez algunos.

—¿Y los otros eran socios de Randy?

—Supongo. O amigos suyos. Miren, no es que en ese apartamento pasen cosas raras ni nada de eso. A los tipos con mucho dinero como Randy les gusta dárselas de gran hombre, ¿entienden? Vamos allí, bebemos y nos divertimos, jugamos y tonteamos un poco. Eso es todo. Nada más. Esas cosas suceden en Nueva York todo el tiempo.

—Puede que sí, puede que no.

—Bueno, no sé qué más decirles aparte de que todo lo que he visto allí es legal. No es más que pura diversión inofensiva.

—¿Y permite Randy que se monten fiestas allí todos los días?

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—Claro que no. Tony me contó que lo llamaban para decirle cuándo había fiesta. Y no es muy a menudo. Una o dos veces al mes. Pero yo siempre estoy deseando que lleguen. O sea, ¿cómo si no iba a poder ir yo a un sitio tan fabuloso?

—Muy bien, cambiemos de tema. ¿Ha visto algo inusual en Fort Dix?

—Inusual… ¿cómo?

—¿Fuera de lo normal?

—No, nunca.

—Porque Tony estaba fabricando y vendiendo drogas, Lindsey. Axilrod negó enérgicamente con la cabeza y dijo con vehemencia: —Es imposible meter drogas en la base. Tienen perros para detectar

ese tipo de cosas y también registran los coches.

—De acuerdo. El apartamento está en Nueva York. ¿Sabría llevarme hasta allí?

Aunque Pine conocía la dirección, no quería que la otra supiera que ya disponía de esa información.

—¿Por qué? —preguntó Axilrod en tono cauteloso.

—Me gustaría echarle un vistazo en persona. Podemos ir juntas.

La mujer meneó la cabeza con gesto nervioso.

—No estoy segura de querer formar parte de lo que sea que esté pasando aquí.

—Si no quiere hacerlo, puedo pedir una orden y en cuestión de una hora tendré allí un equipo. Pero preferiría no tener que llegar a eso.

Axilrod se puso muy tensa.

—Me está poniendo en una situación muy difícil. Si hace eso y Tony se entera de que he hablado con usted, se va a cabrear mucho.

—Creía que había dicho que en el apartamento no pasaba nada raro. —Nada… que yo sepa. Pero ¿y si de verdad sí pasa algo? Entonces me

veré metida de lleno en medio. Y tampoco soy tonta. Si el FBI está indagando, es que algo raro hay.

—Todo lo que tendría que hacer es franquearme la entrada al edificio. A partir de ahí me encargo yo. ¿Conoce al portero?

—Bueno, sí.

—¿Y bien? ¿Sabe si hay fiesta esta noche?

Axilrod miró primero a Blum, y luego a Pine, con expresión resignada.

—De hecho, sí que hay.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Blum.

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—Porque Tony me lo contó la semana pasada. Íbamos a ir juntos. Pero no he vuelto a saber nada de él desde entonces.

—Bueno, Lindsey, pues podemos ir juntas tú y yo. ¿De acuerdo? Axilrod asintió al fin.

—De acuerdo. Pero si la cosa se pone fea, yo me largo.

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Axilrod y Pine compartieron un Uber para ir a Manhattan. Habían quedado en Newark y desde allí habían hecho el trayecto juntas.

Axilrod llevaba unos elegantes vaqueros oscuros muy ceñidos, una blusa blanca abierta para mostrar canalillo, una chaquetilla corta tejana y tacones de ocho centímetros.

Pine también llevaba vaqueros, una bomber negra y una blusa oscura abotonada hasta arriba. Por razones obvias, había dejado las armas y las credenciales en la habitación del hotel.

—¿Y qué vamos a hacer cuando estemos allí arriba? —preguntó Axilrod muy nerviosa.

—Mezclarnos con la gente, escuchar y observar. Tratar de encontrar una pista que nos lleve hasta Tony. No espero llegar y besar el santo, pero cualquier información será más de lo que tengo ahora.

—Ey, ¿crees que Tony podría estar allí? No ha respondido a mis mensajes ni a mis llamadas.

—Digamos que me sorprendería bastante que estuviera, aunque últimamente me estoy llevando bastantes sorpresas.

Cuando se bajaron del Uber, Pine alzó la vista. Se encontraban en el extremo sur de Central Park, entre las avenidas Séptima y Octava, y el edificio al que iban a entrar mediría unos trescientos sesenta y cinco metros de altura.

Después de que Puller le hablara de ese rascacielos, Pine había hecho algunas pesquisas. El apartamento más barato costaba cuarenta y tres millones de dólares. El más caro correspondía al gran ático principal, que ocupaba toda la planta superior y también la de debajo. Ambas estaban conectadas por una gran escalinata y un ascensor privado. Pine también había averiguado que esa fabulosa residencia en dos niveles pertenecía a un príncipe saudí que la había adquirido por ciento diez millones de dólares y que pasaba en ella menos de tres semanas al año.

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No había ningún apartamento vacío, pero tampoco había residentes a tiempo completo. Esos espacios no eran hogares; eran una especie de caja de seguridad, una forma de sacar dinero de un país donde el gobierno a veces se lo quitaba a los ricos sin pagar por ello. O la manera perfecta de blanquear dinero extranjero de procedencia ilegal.

El portero uniformado —quien, según el ojo escrutador de Pine, tenía más músculo y más dotes de observación y discernimiento que la gran mayoría de porteros de la Gran Manzana— las hizo pasar a un vestíbulo pequeño aunque de aspecto palaciego, y luego hasta el mostrador de recepción. Allí las recibió un joven de anchas espaldas y cabello espeso y ondulado, con un carísimo traje azul marino complementado con un pañuelo blanco de bolsillo. Su expresión era diligente pero inquisitiva.

Pine se figuró que en ese tipo de situaciones el conserje debía encontrar un difícil equilibrio. No podía permitirse no mostrarse suspicaz, pero tampoco podía permitirse cabrear a un VIP. Supuso que habría recibido una estricta preparación para cumplir con su deber de la mejor manera posible.

—¿Sí? —dijo, mirando alternativamente a Axilrod y Pine.

—Soy Lindsey Axilrod, ¿se acuerda de mí? Suelo venir con Tony Vincenzo.

—Ah, sí, claro, señorita Axilrod, me alegro de verla. Me temo que el señor Vincenzo no ha venido.

—Lo sé, pero me dijo que me reuniera con él aquí. Esto…, creo que llegará más tarde. Supongo que hay una buena montada ahí arriba, como siempre.

—Esta noche han venido más invitados al apartamento —respondió el hombre de forma diplomática. Luego se giró hacia Pine—. ¿Y su amiga?

Pine tendió la mano.

—Soy Angela. Lindsey me dijo que no habría problema en que viniera con ella.

—Tony también me lo dijo —se apresuró a añadir Axilrod—. Quería que Angela viniera esta noche.

—Muy bien, pasen. Las acompañaré al ascensor.

El hombre presionó el pulgar sobre el panel de escaneado que había junto al ascensor y a continuación pulsó el número del piso. Las puertas se abrieron y Pine y Axilrod entraron en la cabina. Después de cerrarse, subieron velozmente hasta que las puertas volvieron a abrirse, noventa

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pisos más arriba, en lo que solo podía describirse como una de las escenas más delirantes y bulliciosas que podrían darse en una de las propiedades inmobiliarias más costosas y exclusivas de todo el planeta.

Allí dentro, Pine vio como a unas cuarenta personas, la mayoría de menos de treinta años, y muchas de ellas ya borrachas o en proceso de estarlo. Estaban de pie charlando en pequeños corrillos, repantingadas sobre los enormes sofás, apoyadas en las paredes, sentadas en las mesas, o dirigiéndose, con las manos plantadas en firmes traseros, hacia dependencias más privadas.

Lo siguiente en lo que se fijó fue en dos hombres fornidos con trajes oscuros, con unos bultos protuberantes cerca del pecho que revelaban dónde llevaban las armas.

Uno de ellos extendió su gran manaza.

—Bolsos.

No era una pregunta.

Se los entregaron. El hombre, tras un registro concienzudo, se los devolvió. Acto seguido, ambos las cachearon de forma eficiente.

—¿Nombres? —preguntó uno.

Se los dijeron.

—Suelo venir aquí con Tony Vincenzo —comentó Axilrod—. Yo te he visto antes.

El tipo fornido hizo un gesto con la mano para franquearles el paso.

—Adelante. Disfruten.

Se acercaron a una barra dispuesta a lo largo de una de las paredes. Más allá se extendían unas vistas espectaculares de la ciudad. Muy abajo, en las calles, destellaban las luces de miles de vehículos. Un jet de líneas aerodinámicas surcó su campo de visión antes de iniciar el descenso hacia el aeropuerto de LaGuardia. Justo al lado se alzaba otro de aquellos altísimos rascacielos en los que los megarricos vivían muy por encima de la chusma, o al menos esa era la idea que tenían en sus cabezas.

Pine y Axilrod pidieron sus bebidas, la primera un ron con Coca-Cola y la segunda un cóctel de champán.

La mirada de Pine escaneó la sala como un radar absorbiendo toda la información posible. Echó una ojeada a la puerta, donde estaban Fornido Uno y Fornido Dos. No le prestaban más atención que a cualquier otro invitado.

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—¿Reconoces a alguien? —preguntó Pine—. Más concretamente, ¿a alguien que conozca a Tony?

—Esos dos tíos de allí —dijo Axilrod—. Los he visto hablando con él en otras fiestas. Parecían conocerlo, pero solo para saludarse y charlar de deportes.

—Vale. ¿Alguien más que reconozcas de Fort Dix?

Axilrod paseó lentamente la mirada por la sala.

—Esa mujer de allí, en aquel rincón, a la que ese tipo intenta comerle los morros.

Pine miró a donde le indicaba. La joven, de unos veintitantos años, era menuda, con el pelo algo estropajoso de un color rubio ceniza. Estaba muy flaca y tenía la piel pálida y de aspecto enfermizo. Sus piernas, enfundadas en unos vaqueros negros, parecían palillos que se alzaban sobre unos tacones rojos que aumentaban su estatura a poco más de metro sesenta.

—¿Cómo se llama?

—Sheila Weathers.

—¿A qué se dedica en Fort Dix?

—Trabaja en la cantina.

—Tiene pinta de drogadicta. Los ojos, los brazos y las piernas, esos gestos nerviosos… ¿Sabes algo al respecto?

—No.

—¿De qué conoce a Tony?

—Él come en la cantina. Los he visto hablando. Muy a menudo.

Pine dejó su copa en la barra.

—Vamos allá. Parece que la chica quiere que la rescaten de ese tipo.

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—Ey, Sheila —dijo Pine, acercándose con paso decidido a la pareja e interponiéndose firmemente entre ambos—. Soy Angela.

Weathers miró con rostro inexpresivo a Pine, pero entonces vio a

Axilrod y dijo:

—Tú trabajas en Fort Dix. Te he visto por allí.

—Sí. Soy Lindsey. Trabajo en TI. Creo que las dos conocemos a Tony Vincenzo.

—¡Eeeh! —bramó el hombre. Mediría algo más de metro setenta. Era ancho de espaldas y tenía una barriguilla flácida, el pelo oscuro peinado hacia atrás con gomina y una expresión de cabreo—. ¿Os importa?

Pine bajó la vista hacia él.

—No, no nos importa que nos dejes solas. Nos gustaría tener aquí una charla de chicas con Sheila.

El tipo se encaró con Pine.

—No me refería a eso. Me refería a que os larguéis las dos cagando leches.

—¿Es eso lo que quieres, Sheila? —preguntó Pine.

Weathers miró al hombre y sonrió.

—Luego te busco, Ryan. —Antes de que él pudiera replicar, ella le plantó un beso en la boca y añadió—: Te lo prometo.

El tipo lanzó una mirada asesina a Pine y luego le dijo a Weathers:

—Te estaré esperando.

Y se escabulló mientras la joven se giraba hacia ellas.

—Dios, vaya pelmazo. Gracias.

—De nada. Pero sabes que volverá a por más —dijo Pine.

—Para entonces espero haberme largado hace rato. Mañana entro a trabajar pronto. ¿De verdad queréis hablar conmigo o solo era una forma de librarme de él?

—No, lo cierto es que queremos hablar contigo.

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—Vale. Esperaba que Tony estuviera aquí. Recibí un mensaje diciéndome que viniera esta noche y que Tony también estaría. Así fue como empecé a venir a estas fiestas, a través de él.

—Yo también —dijo Axilrod.

—¿Quién te envió el mensaje? —preguntó Pine en tono incisivo. —No lo sé —respondió la joven—. Pero ya los había recibido antes

para avisarme de que había fiesta.

—¿Tony y tú salís juntos?

Ella sonrió.

—Más o menos, sí.

—Bueno, me gustaría hablar de él contigo —dijo Pine.

Y las llevó hasta otra habitación que, milagrosamente, estaba vacía.

Cerró la puerta y se giró hacia Weathers.

—Tony ha desaparecido y queremos encontrarlo. La joven miró a Axilrod, que asintió y dijo: —Es verdad.

Entonces Weathers le preguntó a Pine:

—¿Tú conoces a Tony?

—Salíamos juntos, e íbamos bastante en serio. Yo soy de Newark. Y me gustaría volver con él.

—No te lo tomes a mal, pero eres un poco mayor y demasiado alta para Tony. A él le gustan pequeñitas, como yo.

—Pues habrá cambiado de gustos.

—Además, nunca me ha hablado de ninguna Angela.

—¿Es que los tíos les hablan a las tías de sus antiguas novias? — replicó Pine—. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

Weathers se mordió el labio.

—Mira, no estoy segura de querer hablar de Tony contigo.

—¿Y si le ha pasado algo?

—No le ha pasado nada.

—¿Cómo puedes mostrarte tan confiada? Las dos sabemos que está metido en algo que puede ser peligroso.

—¿Te refieres a los talleres de la base?

Pine la miró con dureza.

—¿De verdad piensas que estoy hablando de eso? —Clavó la vista en los ojos y la nariz de la joven—. No te estoy juzgando, Sheila. Solo digo

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que tienes que ser más lista. Conozco bien el ejército. Y no tienen ningún miramiento con los que consumen drogas.

—¿Cómo te atreves? ¡Yo no tomo drogas!

—Ah, ¿no? Pues tus ojos, tu nariz y tus tics nerviosos no dicen eso. Repito, no te estoy juzgando. Pero nada de esto me viene de nuevas. Me he pasado el tiempo suficiente en desintoxicación para saber muy bien de lo que hablo, así que no me vengas con chorradas.

—Vale, vale —soltó Weathers de mala gana—. Pero es imposible salir de esa mierda cuando estás dentro. Yo también he estado en rehabilitación, cuatro veces ya. Si el ejército pudiera encontrar más gente para fregar platos y vaciar cubos de basura, ya hace tiempo que estaría fuera.

—¿Tony también te pasa el material? Weathers entornó los ojos con gesto receloso.

—¿Por qué? ¿No serás una policía que me está metiendo todo este rollo para atrapar a Tony? ¿Y de paso a mí?

Pine la miró fijamente antes de darse unas palmaditas en el vientre.

—De esto es de lo que quiero hablar con Tony.

Weathers ahogó una exclamación.

—¿No estarás…?

—Aún no se nota, pero no tardará mucho.

—¿Y él es el padre?

—Oh, sí.

—No sé dónde está Tony. De verdad que no.

—Vale. Pero ¿lo has visto?

—Sí. En el trabajo.

—Últimamente no ha ido a trabajar.

—Lo sé.

—Entonces, ¿lo has visto fuera del trabajo?

—Tal vez.

—O lo has visto o no lo has visto —dijo Pine—. Mira, cualquier cosa que puedas contarnos será más de lo que ya sabemos.

—Está bien. Tony vino a mi piso hace unos días. Me dijo que se había tenido que largar de su casa porque la poli había ido a buscarlo allí y necesitaba un lugar para esconderse.

—¿Te refieres a la antigua casa de su padre? —preguntó Pine. —Sí, supongo. ¿Cómo sabes eso?

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—Él me había hablado de la casa. Cuando empecé a buscarlo fui allí, pero estaba vacía. ¿Cuánto tiempo se quedó contigo?

—Solo esa noche. —Miró a Pine y se apresuró a añadir—: No hicimos nada. Él durmió en el sofá.

Pine desechó el comentario con un gesto de la mano.

—No pretendo casarme con él, Sheila. Solo pensé que le gustaría saber que va a ser padre. ¿Dijo algo de adónde pensaba ir cuando se fue de tu piso?

—No, pero después me envió un mensaje en el que decía que su padre había muerto en prisión. Creo que estaba muy asustado.

—¿Te dijo por qué le buscaba la policía?

—No, y tampoco le pregunté. Sabía muy bien que era lo mejor.

—¿Y no comentó nada que pudiera darte un indicio de dónde pensaba

ir?

—La verdad es que no. —Hizo una pausa y miró a su alrededor como para comprobar que nadie las oyera—. Pero si no puede ir a su casa y tampoco ha venido aquí, no creo que le queden muchos sitios a los que ir.

—Pero ¿conoces alguno? —insistió Pine.

Axilrod miró hacia la puerta cuando esta se abrió y algunos invitados entraron con bebidas y cigarrillos en la mano.

—No creo que sea buena idea seguir hablando de esto aquí —dijo. —De acuerdo, podemos ir a otra parte —dijo Pine—. Yo invito las

copas.

—No puedes beber estando embarazada —observó Weathers. —Como si no lo supiera… Me refiero a que yo pago todas vuestras

copas.

—Hay un sitio en Chinatown, el Lucky Thirteen —propuso Axilrod.

—Vamos —dijo Pine—. Podemos tomar un taxi hasta allí.

—No creo que debamos marcharnos las tres juntas —dijo Axilrod—. Si de verdad aquí está pasando algo raro… —Y miró a Weathers con gesto preocupado.

—Sé dónde está el Lucky Thirteen —dijo esta—. Nos vemos allí.

A Pine no pareció hacerle mucha gracia.

—De acuerdo. Pero, Sheila, si no te presentas, me voy a cabrear mucho.

—Vale, vale. Iré. Lo juro.

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Pine y Axilrod se encaminaron hacia la puerta principal. Los dos tipos de seguridad no prestaron mucha atención a su marcha.

—Si no se presenta —dijo Pine—, ¿sabes dónde vive? —No, pero estará en los archivos de Fort Dix. Tengo acceso. —Genial.

Antes de tomar el ascensor, Axilrod pidió un Uber.

En cuanto llegaron a la calle, un SUV negro se detuvo delante de ellas.

—Es este —dijo Axilrod, comprobando su móvil.

Pine subió la primera.

Y eso era lo último que recordaba antes de despertarse en un lugar a oscuras junto a un cadáver.

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Pine rodó hacia la derecha y lentamente volvió en sí. Al momento, un violento espasmo sacudió su estómago y vomitó en el suelo.

—Mierda.

Se sentó y se frotó la cabeza y el vientre. Y entonces se quedó petrificada.

Sheila Weathers yacía junto a ella. Pero, a diferencia de Pine, la joven no volvería a levantarse más. El profundo tajo bajo la barbilla le había seccionado el cuello de oreja a oreja. Pine miró alrededor en busca de su bolso, pero no estaba por ninguna parte. No tenía móvil ni linterna. Tampoco tenía ni idea de dónde estaba ni de cuánto tiempo llevaba inconsciente.

Había sangre por todas partes, en el suelo, sobre el cuerpo de Weathers. La habían matado allí, y el chorro arterial que brotó a borbotones lo había salpicado todo, el suelo, las paredes y el propio cadáver.

Weathers llevaba la misma ropa de antes. Pine le tocó la mano. Estaba fría pero no helada. Le movió el brazo. No presentaba rigor mortis. No hacía tanto que había muerto.

Se puso a pensar. Se examinó como pudo cada centímetro de su cuerpo. Alguien le había quitado los zapatos y la bomber, dejándola solo con los vaqueros y la blusa. Tenía sangre por toda la ropa y los brazos. Se pasó una mano por la cara, que notó ensangrentada y pegajosa. Se tocó el pelo, también apelmazado por la sangre.

«Debieron de matarla mientras yo estaba tumbada a su lado. Murió aquí y su sangre me empapó entera mientras estaba inconsciente».

Volvió a sufrir un fuerte ataque de náuseas, y se obligó a respirar profundamente para mantener la bilis en el estómago y no perder los nervios.

Muy bien, aquella era la escena de un crimen y debía tratarla como tal.

«Y yo soy parte de la escena».

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Entonces lo vio. El cuchillo. Estaba a menos de un palmo de su pierna. Se acercó a él. Miró el mango cubierto de sangre y luego su propia mano ensangrentada. Se arrimó un poco más, tratando de ver si… Mierda, ¿y si alguien había colocado la palma de su mano alrededor del mango mientras estaba inconsciente?

«Entonces mis huellas estarían en el arma homicida».

Se apartó del cadáver, se sentó de nuevo y echó un largo vistazo a su alrededor tratando de encontrar una salida.

Las paredes eran de madera, y el suelo también. No había ventanas a la vista. Pine continuó paseando la mirada por el lugar hasta que sus ojos dieron con una puerta. Era también de madera, y de aspecto robusto.

Se levantó y se aproximó caminando muy despacio sobre sus pies desnudos.

Probó a abrir la puerta. Estaba cerrada.

«Pues claro que está cerrada».

Entonces cayó en la cuenta. ¿Dónde demonios estaba Lindsey Axilrod? Se había montado en el Uber con ella.

«¿O no se había montado?».

Pine trató de recordar cada momento de lo ocurrido, pero todo estaba muy confuso y borroso. Lo que fuera que habían utilizado contra ella debía de llevar algún componente amnésico, porque su memoria estaba completamente en blanco.

Pero entonces recalibró sus pensamientos mientras reflexionaba más a fondo sobre lo sucedido. Recordó que Axilrod había pedido el Uber y que al llegar a la calle identificó el SUV como tal, que era la única razón por la que se había subido al vehículo. Bueno, pues no era su Uber. Ni siquiera era un VTC, lo cual llevaba a una conclusión obvia.

«Axilrod me tendió una trampa y yo caí de lleno».

La mujer debía de estar en el ajo de lo que estuviera ocurriendo. Pine la había interrogado pensando simplemente que se trataba de una testigo potencial o de que podría darle alguna pista sobre el paradero de Tony Vincenzo. Y Axilrod había interpretado muy bien su papel, tratando de convencerla de que no había nada turbio ni ilegal en todo aquello. Entonces, temiendo probablemente que si no le seguía el juego Pine cumpliría su amenaza de enviar un equipo a registrar el apartamento, decidió organizar una «fiesta» para esa misma noche. Habría sido demasiada coincidencia que el mismo día que se había reunido con

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Axilrod hubiera programado uno de esos eventos. Y cuando Weathers empezó a hablar, fue Axilrod quien sugirió que se marcharan del ático. Y que Weathers lo hiciera por su cuenta.

Pine soltó un gemido ante su propia candidez. Pero lo cierto es que había estado muy centrada en buscar información, y en su favor cabía decir que Axilrod había interpretado su papel a la perfección. La mujer era toda una experta en el arte del engaño.

«Y ahora, muy probablemente, van a incriminarme por el asesinato de Weathers».

Tenía que salir de ahí como fuera. Embistió con el hombro contra la puerta. No se movió lo más mínimo.

Entonces se quedó paralizada al oír unas pisadas que se acercaban.

—Ven, misi, misi —dijo una voz—. Ven aquí, gatita.

Pine retrocedió hasta el rincón más oscuro que pudo encontrar. —Venga, sal. Sal de donde estés —dijo el hombre en tono provocador,

haciendo que a Pine le hirviera la sangre.

Los pasos confiados se oyeron más cerca y, de pronto, un haz de luz recorrió el espacio del almacén.

—Si no huyes, será más rápido —dijo la voz—. Si huyes, iré más lento. Si te quedas quieta, todo habrá acabado en un momento. Un pequeño corte y ya está. Te lo prometo, gatita.

El hombre entró en su campo de visión. Pine entornó los ojos para verlo mejor. Era alto, delgado, de anchas espaldas. Más o menos de su edad. Y el cuchillo que sostenía era serrado, con una hoja curva que destellaba a la luz. Parecía el arma que utilizaría un guerrero ninja para cargarse a algún enemigo.

—Sé que puedes oírme, gatita.

—¿Por qué has matado a Weathers? —dijo Pine mientras se movía sigilosamente para tomar posición en otro rincón.

—Te lo voy a explicar muy despacito. Tú le contaste que estabas embarazada de su novio. Ella se enfadó mucho y quedasteis aquí. Os peleasteis. La mataste…, misi, misi…, pero no antes de que ella te hiriera con el cuchillo que sostengo en mi mano. Solo que tú tardaste más tiempo en desangrarte y morir. Así que… caso cerrado.

—Nadie va a creerse eso.

—Ese no es mi departamento. Yo soy un especialista. Seguro que ya sabes en qué.

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—Chorradas. —En cuanto lo dijo, Pine volvió a cambiar de posición. Sus movimientos no eran azarosos, sino metódicos. Y ahora se alegraba de que le hubieran quitado los zapatos. Podía desplazarse silenciosamente.

Y el hombre se dirigió hacia el punto de donde había llegado la voz de Pine.

—Estás intentando huir. Y te he dicho que no lo hicieras.

—¡Socorro, que alguien me ayude! —gritó Pine, atrayéndolo hacia el lugar del que al instante volvió a moverse.

—No hay nadie que te pueda ayudar.

El hombre avanzó muy despacio. No dijo nada más. Se le notaba concentrado, moviéndose con cautela, y tal vez algo nervioso porque las cosas no estaban saliendo exactamente como había planeado.

La potente patada que Pine le propinó en la espalda envió al hombre de bruces contra la pared de enfrente. Se incorporó lentamente, pero Pine ya se había abalanzado contra él para atizarle un poderoso gancho de derecha, seguido de una patada de látigo en el cuello. El tipo se desplomó hacia un lado, gimiendo y maldiciendo.

—Ven aquí, gatito —masculló ella—. Para que pueda acabar contigo. El hombre se levantó tambaleante, agarró una caja que había por allí y

la lanzó contra ella. Pine la esquivó, pero eso le dio tiempo a él para recuperar el cuchillo que se le había caído al suelo.

—Ahora veremos lo buena que eres, zorra…

En ese momento, el cuchillo salió disparado por los aires. Pine había lanzado otra patada de látigo contra la mano del hombre, y luego lo inmovilizó con una llave de brazo. Empujó hacia delante, haciendo que la extremidad se torciera en un ángulo imposible para el que no había sido concebido, y ambos cayeron al suelo. Luego, con una brutal sacudida, tiró hacia atrás del brazo.

El hombre profirió un grito angustioso al notar cómo se quebraban de golpe huesos y tendones. Lanzó una patada desesperada y su rodilla impactó contra el brazo de Pine, provocándole un dolor que se propagó rápidamente por todo el costado derecho. Volvió a propinarle otro rodillazo, y ella se vio obligada a soltarlo. Los dos se incorporaron a duras penas. Cuando Pine se disponía a atacar de nuevo, el pie se le resbaló y se desplomó sobre suelo con fuerza.

El hombre aprovechó la oportunidad para salir huyendo, sujetándose el brazo destrozado y gimoteando de dolor.

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Al cabo de unos segundos había desaparecido. En algún lugar a lo lejos, Pine oyó cómo se abría otra puerta y luego se cerraba de un portazo.

—¡Y odio los putos gatitos! —gritó en esa dirección.

Se levantó despacio y sacudió el brazo derecho para aliviar la punzada de dolor provocada por el potente gancho que le había atizado al hombre y que se le había extendido hasta el hombro. Volvió a acercarse a la puerta y retrocedió un poco. Después echó a correr hacia ella y, girando en el aire, lanzó una poderosa patada con la pierna derecha, impactando con su endurecido talón contra la madera. La puerta cedió ligeramente bajo su atronador golpe, pero no se abrió.

Volvió a plantarse ante ella y la examinó cuidadosamente. Entonces propinó un fortísimo rodillazo justo debajo de la cerradura. Los ejes se desprendieron de la jamba y el debilitado tablero quedó colgando de los goznes.

Se asomó y vio un pequeño tramo de escaleras descendentes en penumbra. Escuchó unos segundos, atenta a cualquier ruido de pisadas, respiraciones, voces; cualquier sonido que delatara la presencia de alguien más aparte de ella.

Bajó los escalones con la máxima precaución, llegó a un rellano, giró el recodo y siguió bajando. Al pie de las escaleras, se detuvo delante de una puerta. Al lado había una pequeña ventana, pero estaba tapiada. Oyó ruidos afuera, coches, lo que podría ser una conversación, el maullido estridente de un gato, más coches.

Alargó la mano y giró el pomo. Para su sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave.

Respiró profundamente y abrió. Se asomó a la calle a oscuras, donde llovía de manera pertinaz. No vio ningún transeúnte, lo cual era lógico con la que estaba cayendo, y tampoco sabía qué hora podía ser.

Un coche pasó y desapareció antes de que le diera tiempo a salir. Bajó otro corto tramo de escaleras y llegó al nivel de la calle.

Un momento después, se vio deslumbrada por un potente foco. —¡Departamento de Policía de Nueva York! ¡Tírese al suelo con las

manos detrás de la cabeza! ¡Hágalo! ¡Ya!

Pine se tumbó sobre la acera y se llevó las manos a la nuca.

—¡No disparen! —gritó.

«Hostia puta, esta noche se está poniendo cada vez mejor».

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John Puller había tenido un vuelo movidito, sentado en uno de los asientos auxiliares de un avión de transporte militar que se dirigía a la Base Aérea Andrews. Desde allí lo llevó en coche a la ciudad un agente de la CID de las Fuerzas Aéreas con el que había trabajado en un caso conjunto. Allí tomó el metro hasta su destino final, el edificio militar y administrativo más grande del planeta: el Pentágono.

Se encontraba en plena renovación cuando, el 11-S, uno de sus cinco lados recibió el ataque de un avión de American Airlines secuestrado y pilotado por terroristas saudíes con el objetivo de desestabilizar el país. Además de todos los pasajeros del vuelo, más de cien personas murieron mientras estaban sentadas a sus mesas, caminando por los pasillos o charlando con sus colegas. Una pequeña capilla se había erigido en recuerdo de los fallecidos en la zona donde había impactado el avión. Pero el edificio se había reconstruido rápidamente y ahora era más fuerte que nunca. Tenía que serlo, pensó Puller. Porque el mundo se estaba volviendo más impredecible a cada minuto que pasaba.

Cruzó los controles de seguridad tras mostrar sus credenciales e informar a los guardias de que iba armado. Recorrió el inmenso laberinto de pasillos sin necesidad de escolta, ciñéndose estrictamente a la ruta que mejor conocía. El Pentágono tenía casi treinta kilómetros de pasadizos, con Anillos de la A a la E y Corredores del Uno al Diez en la planta principal. Podrías trabajar en él toda tu vida y aun así perderte, aunque de la manera en que el edificio estaba diseñado el trayecto entre dos puntos cualesquiera no debería llevarte más de siete minutos. Puller nunca había tenido grandes problemas a la hora de localizar una ubicación en Irak o en Afganistán, pero en el Pentágono se había perdido muchas veces. Cada una de esas ocasiones había resultado un tanto humillante, pero especialmente lo fue aquella vez en que una mujer mayor, una veterana que estaba visitando el complejo ese día, tuvo que cogerlo de la mano y

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llevarlo hasta el sitio donde tenía que ir. Fue casi como el reverso de la típica estampa del boy scout ayudando a cruzar la calle a una ancianita.

Llegó por fin a la zona del despacho, con una espaciosa antesala y un despliegue de banderas que denotaban el importantísimo cargo del hombre con el que iba a reunirse esa noche. Se trataba nada más y nada menos que del vicepresidente del Estado Mayor Conjunto, la persona con el segundo rango más alto de todo el ejército estadounidense. El vicepresidente recibía su cuarta estrella al tomar posesión de su cargo. Por ley, no podía pertenecer a la misma rama militar que el presidente. En la actualidad, este era miembro de las Fuerzas Aéreas, mientras que el vicepresidente vestía el mismo uniforme que Puller, lo cual era una de las razones por las que estaba allí.

Un oficial subalterno recibió a Puller y lo condujo hasta el interior del despacho, cuyo tamaño estaba en consonancia con el elevadísimo rango del hombre. En una de las paredes estaba el «muro del amor», como les gustaba llamarlo en el ejército. Era un despliegue fotográfico de personajes importantes sonriendo, estrechando manos y codeándose con el ocupante actual del despacho.

Y este era Tom Pitts, un hombre de metro ochenta que parecía construido a partir de un bloque de granito, con rasgos faciales a juego. La fuerza de su apretón de manos era equiparable a la de Puller, veinticinco años más joven. Era uno de los únicos catorce oficiales con cuatro estrellas en todo el Ejército de Tierra, de los cuarenta y dos que había en el conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Veterano de guerra, Pitts se había ganado con creces cada una de las medallas y condecoraciones que lucía en su uniforme.

—Fui a ver a tu padre el otro día —dijo a modo de saludo.

Puller pareció sorprendido, algo que se reflejó en su rostro mientras tomaba asiento en uno de los dos sofás a juego situados junto al enorme escritorio.

—No lo sabía —respondió.

—Te habría avisado, pero el hecho es que fue algo totalmente imprevisto. Pasaba junto al hospital de veteranos… y de pronto me entraron ganas de ir a visitar al combatiente John Puller.

—No necesita mi permiso, señor. Estoy seguro de que se alegró mucho de verlo.

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—Tu padre ha olvidado más sobre dirigir soldados en el campo de batalla de lo que yo nunca llegaré a saber.

Puller bajó la vista.

—La verdad es que ha olvidado mucho, señor. Demasiado.

La expresión de Pitts se ensombreció.

—He elegido muy mal las palabras. Lo siento. ¿Entiendo que su estado no va a… mejorar?

—No, señor, a menos que ocurra un milagro.

Pitts asintió muy despacio con gesto sombrío y abstraído. De pronto sacudió la cabeza, como si hiciera un enérgico saludo.

—Pero no estás aquí por eso. ¿Qué puedo hacer por ti?

Puller tardó unos dos minutos en poner a Pitts al corriente de los últimos acontecimientos. A medida que lo hacía, el rostro del general se iba tornando cada vez más serio. Y cuando Puller acabó de hablar, dijo:

—Creo que nunca he escuchado algo tan extraordinario. Es algo totalmente inexplicable.

—Yo pienso lo mismo. Pero como me han puesto tantos palos en las ruedas, y dado que usted era el jefe de la CID, pensé que le gustaría estar al tanto de lo que sucede.

—¿Y tu cadena de mando?

Puller se aclaró la garganta y se tomó unos momentos para componer su respuesta con sumo cuidado. La cadena de mando era el pilar más sagrado del ejército. Si un soldado se la saltaba más valía que tuviera una puñetera buena razón, y ni aun así era siempre suficiente.

Tras dar su explicación, acabó diciendo:

—Así que, como puede ver, he seguido todos los canales habituales, señor.

—Sí, ya veo. ¿Y…?

—No se ha solucionado ninguno de mis problemas. Y mis superiores parecen estar tan perplejos como yo.

—Esto es inaceptable.

—Pensé que usted lo vería también así.

—Estás investigando unos delitos que implican a personal militar. Tienes derecho a examinar todas las pruebas y a seguir todas las pistas que se presenten. No hay nada ni nadie que pueda bloquear tu acceso a la investigación, ni civil ni militar, y desde luego tampoco del gobierno.

—Bueno, al parecer hay gente a la que no le ha llegado el mensaje.

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—Voy a investigar este asunto. Tú tienes un trabajo que hacer y se te debería permitir hacerlo.

—Gracias, señor.

—Déjalo de mi cuenta por el momento. Pero vuelve a verme dentro de veinticuatro horas. Para entonces sabré más.

Pitts se puso en pie y Puller se apresuró a hacer lo mismo. Sabía que el general tendría probablemente otras diez reuniones antes de dar la jornada por finalizada, y en casi todas ellas se abordarían temas mucho más acuciantes.

Puller salió del despacho y volvió a recorrer los pasillos con paso presuroso. Se había debatido largo y tendido sobre si debería intentar cobrarse viejos favores en la figura de Pitts, y al final decidió que no tenía nada que perder.

Una vez fuera, se giró para mirar el edificio que, desde su construcción durante la Segunda Guerra Mundial, había sido sinónimo del poderío militar estadounidense. Había tenido que capear el temporal durante algunas guerras impopulares, para reivindicarse de nuevo cuando las cosas volvieron a ir bien. Puller sabía que así era como funcionaba el mundo. Pero al menos el edificio seguía estando ahí. Él nunca había sido partidario de la guerra. Nunca había conocido a un militar que lo fuera. Pero cuando no había más remedio, el país necesitaba un lugar como aquel.

Por desgracia, en poco más de una hora Puller volvería a entrar en combate.

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30

Puller tomó el metro y se bajó en la parada del aeropuerto nacional Reagan, donde había dejado su coche privado en un aparcamiento de larga estancia. Condujo por la interestatal 95 en dirección sur hasta su apartamento, donde encontró a su gato, AWOL, tumbado sobre la encimera de la cocina, su cola balanceándose a un lado y a otro como un metrónomo peludo.

Se apoyó en la encimera y frotó al gato entre las orejas durante unos diez segundos, que era la cantidad de tiempo que AWOL le concedía antes de exigir que lo dejaran en paz. Todo un carácter esquivo y huidizo que se correspondía con el significado de las siglas militares de su nombre: «ausente sin permiso». Un vecino, un hombre ya mayor, venía y cuidaba del gato mientras Puller estaba fuera. Y con los horarios que este tenía, era probable que el vecino viera más tiempo a AWOL que él.

De repente, los luminosos ojos verdes del gato se dirigieron hacia la ventana. Puller vivía en el segundo piso de un bloque de apartamentos que no quedaba muy lejos de Quantico. La sede de la CID estaba ubicada allí, en Telegraph Road, en el mismo complejo que la base del cuerpo de marines. Observó cómo AWOL se acercaba sigilosamente a la ventana de la cocina y miraba afuera. La cola se detuvo y su lomo se arqueó. Lo oyó sisear.

Puller había estado en Oriente Medio, donde los sonidos más inocuos a menudo conducían a una gran muerte y destrucción. Por esa razón, su radar interno se había afinado hasta tal extremo que lo que podía oír y distinguir resultaba casi sobrenatural. Él utilizaba otra frase para definirlo:

«Es lo que hace que un soldado sobreviva».

Y realmente era de gran ayuda tener un animal que contaba con un radar aún más afinado que el de cualquier humano.

Sacó la M11 de su funda y empujó cuidadosamente al gato con la culata de la pistola. AWOL saltó de la encimera, aterrizó silenciosamente en el suelo y desapareció en otra habitación.

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Solo había una puerta para entrar y salir del apartamento, así como dos ventanas que daban a la calle. No había ningún balcón ni terraza exterior. Era el típico apartamento americano de unos ochenta metros cuadrados. El sueldo como funcionario gubernamental de Puller era bueno, más alto que el salario medio, aunque bastante más bajo que el que podría ganar en el sector privado. Podría haberse permitido un apartamento mucho más lujoso, pero ¿por qué pagar por algo que apenas utilizaba? Y a AWOL tampoco parecían importarle demasiado las dependencias en las que vivía.

Se colocó a un lado de una de las ventanas y apartó ligeramente la cortina. Fuera estaba muy oscuro, pero sus ojos estaban adiestrados para ver en la oscuridad.

En el aparcamiento iluminado se veían muchos coches en penumbra. Pero había uno cuyo capó desprendía vapor, ya que el motor en marcha calentaba la lluvia que caía. Las luces del vehículo estaban apagadas, así que ¿por qué permanecer sentado dentro de un coche con el motor encendido?

Entonces, como a unos quince metros del coche, distinguió dos sombras moviéndose hacia el edificio. Avanzaban muy despacio. Ese era un indicio revelador, porque estaba lloviendo y la gente normal y corriente iría más deprisa para escapar de la lluvia. Obviamente no eran personas normales y corrientes.

Puller cruzó el reducido espacio de su apartamento hasta la puerta de entrada, la abrió apenas una rendija y se asomó afuera.

Unas pisadas furtivas subían por los escalones.

Puller agarró una mochila que tenía siempre preparada y que guardaba en el armario junto a la entrada. Se la echó al hombro, salió sigilosamente del apartamento y cerró la puerta tras él. Avanzó en silencio por el corredor exterior y se agazapó detrás de una máquina de hielo.

Apuntó con la pistola y esperó.

La primera figura apareció en lo alto de las escaleras, se detuvo un momento para echar un vistazo a su alrededor, y luego hizo señas a su compañero para que lo siguiera. Cuando llegaron a la puerta del apartamento, Puller se embutió unos tapones en los oídos.

Comprobaron el pomo de la puerta. Puller no la había dejado abierta. No quería ponérselo demasiado fácil. El primer hombre extrajo algo del bolsillo y empezó a trajinar con la cerradura mientras el segundo observaba.

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Tras forzar la cerradura, el hombre empujó la puerta centímetro a centímetro. Unos momentos después, ambos desaparecieron en el interior. Puller se movió de su posición, al tiempo que sacaba algo de la mochila. Para cuando llegó a la puerta, ya llevaba puestas unas gafas de visión nocturna. Asomó la cabeza y vislumbró la silueta de los dos intrusos de espaldas a él. Tiró de la anilla del objeto que llevaba en la mano, esperó un par de segundos y la lanzó al interior. Retrocedió y se apoyó con la espalda muy pegada a la pared exterior.

La granada aturdidora cumplió a la perfección su cometido. El destello cegador dejó a los dos hombres sin visión. El estallido simultáneo los privó del resto de los sentidos. Puller oyó cómo la pareja de intrusos gritaba y caía al suelo.

Esperó dos segundos y entró.

Ambos hombres se retorcían gimiendo sobre el suelo de la pequeña cocina. Cuando uno de ellos intentó ponerse en pie, Puller lo derribó de un fuerte puñetazo en la nuca. El otro trató de levantar su pistola, pero lo desarmó rápidamente y luego lo noqueó con un culatazo de su M11.

Se disponía a llamar a la policía cuando una ráfaga de ametralladora procedente de la puerta lo hizo ponerse a cubierto detrás de un sofá. Por lo visto, los tipos a los que acababa de neutralizar eran solo la avanzadilla.

Tras sacar su otra M11, disparó con ambas pistolas contra la entrada del apartamento. Otra ráfaga de proyectiles impactó contra el sofá y, en cuanto cesaron los disparos, Puller corrió hacia la derecha, abrió de una patada la puerta de su dormitorio y cerró de un portazo.

Se lanzó al suelo justo cuando una nueva ráfaga de ametralladora astillaba la puerta y los proyectiles se incrustaban en la pared del fondo. Giró sobre su espalda y disparó con las pistolas hacia la puerta destrozada. En ese momento se oyeron las sirenas. El ruido de una ametralladora que no formaba parte de un ejercicio de tiro en Quantico había atraído a la legión de militares y personal del FBI que llamaban a aquella zona su hogar. Aun así, Puller no pudo evitar pensar: «¿Por qué diablos han tardado tanto?».

Metió otros dos cargadores en las M11 y se movió hacia la izquierda. Luego escuchó, atento al menor movimiento, y vació uno de los cargadores a través del fino tabique que separaba el dormitorio de la sala delantera. Lo que oyó fue un gruñido y el cuerpo de alguien cayendo al suelo, esperaba que muerto.

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Se lanzó de cabeza al pequeño cuarto de baño contiguo mientras otra ráfaga de ametralladora atravesaba la pared y destrozaba prácticamente el dormitorio.

Entonces oyó estrépito de pisotones en la sala delantera, una puerta que se abría con fuerza y luego pisadas huyendo a la carrera.

Se levantó, se acercó a la puerta y se asomó cautelosamente al dormitorio.

No había nadie. Se dirigió a toda prisa hacia la ventana y vio a los hombres corriendo hacia el vehículo con el motor en marcha y las luces apagadas. Llevaban medio a rastras a uno de ellos, que debía de ser el que Puller había abatido. Se montaron en el SUV y el conductor apretó el acelerador.

Puller abrió la ventana, apuntó con su otra M11 y abrió fuego contra el vehículo a la fuga hasta que vació el cargador. A tanta distancia, era consciente de que unos disparos no conseguirían detener la huida.

Al cabo de unos segundos, el SUV había doblado la esquina y desaparecido.

Conforme se acercaban las sirenas, Puller empezó a buscar a AWOL. Lo encontró en el estante superior del armario, detrás de una caja de plástico donde guardaba ropa de invierno y en la que había un orificio de bala.

Totalmente ileso, el gato maulló y saltó al hombro de Puller. Este se apartó del armario y se sentó en la destrozada cama mientras acariciaba la barbilla de AWOL. El gato no se movió. Al parecer, no quería estar solo.

No podía culparlo.

Examinó lo que quedaba de su apartamento. Los dos tipos que había neutralizado tampoco estaban. Sus colegas los habrían reanimado y habrían huido también en el SUV.

Miró sus dos M11 vaciadas y dejó escapar un largo suspiro de alivio.

«Creía que Oriente Medio había quedado atrás».

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Pine podía oler su propio sudor mientras estaba sentada en un calabozo, sola y esposada a un banco metálico que a su vez estaba atornillado al suelo.

«Nunca pensé que vería el mundo desde este lado de los barrotes».

Seguía descalza, totalmente cubierta de sangre, y estaba muerta de frío.

Alzó la vista hacia el hombre plantado frente a ella fuera de la celda. Tendría unos cincuenta años y era barrigón, medio calvo, y sostenía una carpeta de cartón. Su expresión alternaba entre ceñuda y aburrida.

—¿Es usted la que no para de decir que es agente del FBI? —Lo digo porque lo soy. Y me gustaría hacer una llamada.

—Por supuesto. Pero tenemos a unos cuantos en la cola antes que usted. Está siendo una noche muy movidita. Seguro que hay luna llena.

—¿Y quién es usted, si se puede saber?

El hombre se dio unos golpecitos en la placa prendida del cinturón. —Inspector Milton Barnes. Su caso me ha caído a mí, vaya suerte la

mía. ¿Quién es la chica muerta que había junto a usted?

—Ya se lo conté a los policías. Y también les hablé del tipo que hizo todo lo posible por matarme.

—No hemos encontrado a ningún tipo, pero hábleme de la mujer.

—Su nombre, o al menos eso me dijeron, era Sheila Weathers.

También me dijeron que trabajaba en la cantina de Fort Dix. —¿Le «dijeron»?

—¿Podrían quitarme estas esposas, dejar que me limpie un poco y traerme una manta? ¿Y qué pasa, que no pagan la factura de la calefacción? Aquí dentro estaremos como a unos cinco grados.

—Claro. Y también podemos pagarle el abogado. Y le pondremos un coche gratis y le pagaremos unas vacaciones en Antigua cuando la absuelvan de asesinato. ¿Se cree que estamos en La ruleta de la fortuna o qué?

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—Soy la agente especial del FBI Atlee Pine. Hágame una foto y envíela por correo electrónico a la Agencia. Ellos le confirmarán que soy quien digo ser.

—¿Dónde están su placa y sus credenciales? Eso haría que la cosa fuera más deprisa que con una foto.

—Iba de incógnito. Me habría visto en graves problemas si me pillaban con ellas encima. Ni siquiera llevaba el móvil.

—Sí, ya. Aun así, la situación ha resultado ser bastante peligrosa. Sobre todo para la chica muerta. Por cierto, sus huellas están por toda el arma homicida.

—Eso es que alguien apretó la palma de mi mano sobre ella mientras estaba inconsciente. Tal vez el mismo tipo que quería rajarme el cuello. Estaba claro que querían inculparme.

—La policía recibió una llamada alertando de una pelea en el edificio.

Oyeron gritos y mucho jaleo.

—Sí, éramos el tipo y yo peleando. Le rompí el brazo como por seis sitios. Ya les di su descripción a los agentes. Prueben a buscar en las urgencias de los hospitales. Seguro que está en alguno lloriqueando como un crío.

El inspector continuó.

—Cuando los agentes llegaron la encontraron toda cubierta de sangre y sus huellas estaban en el cuchillo. ¿Qué cree que puedo pensar? ¿Que es una agente del FBI de incógnito, tal como dice, o una asesina? Esto no es la tele, señora. No va a producirse ningún giro argumental.

—Usted tome la foto y envíela a la Agencia. —De pronto tuvo una idea—. Al agente especial Eddie Laredo, de la oficina de campo de Nueva York.

—De acuerdo. Y mientras esperamos, puede venir conmigo.

Pidió a un agente uniformado que abriera la puerta de la celda, le quitara las esposas y la condujera a una sala de interrogatorios. El policía la empujó para que se sentara en una silla fijada a una mesa, le encadenó el tobillo a un aro de acero anclado al suelo y se marchó. Barnes se sentó enfrente y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Aún no hemos identificado a la víctima.

—Ya les he dicho quién era.

—Quien le habían dicho que era —puntualizó el inspector—. ¿Qué estaba haciendo en ese edificio?

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—Me dejaron inconsciente y me llevaron allí.

—¿Desde dónde la llevaron?

Pine le dio la dirección del rascacielos de la calle Cincuenta y siete.

—Una zona muy exclusiva —señaló él.

—Tal vez deberían prestarle más atención. Descubrirían que un montón de delincuentes internacionales viven allí a cuerpo de rey.

—Cuénteme algo que no sepa. Esa gente tiene veinte abogados por cada uno de los nuestros, así que ¿quién va a ganar la batalla? Y ahora continúe. ¿Qué pasó después?

—Confirmé que la chica estaba muerta y le di un buen palizón al tipo que habían enviado para liquidarme. Y luego conseguí escapar. Entonces apareció la poli y por poco me disparan.

—Estaba totalmente cubierta de sangre, ¿sabe? Y tras examinarla vieron que no tenía ninguna herida.

—En mi brazo hay unos moratones del tamaño de Rhode Island. ¿Cómo llama a eso?

—¿Así que dio una paliza a ese hombre y él salió corriendo? No parece muy probable…

—¿Por qué?, ¿porque soy una chica? Tráigame una tabla de madera y le demostraré lo duro que puedo golpear.

—No hará falta, la creo. ¿Sabe?, podríamos haberla metido toda entera dentro de una bolsa gigante de pruebas. Vamos a tener que quitarle esa ropa que lleva y pasarle bastoncillos por todo el cuerpo.

—Me extraña que no lo hayan hecho ya.

—Antes tenemos que cumplir todos los trámites necesarios. No querrá ir gritando por ahí que hemos violado sus derechos conforme a la cuarta enmienda, ¿verdad, señora agente del FBI?

Pine se calmó y escrutó al hombre, percibiendo que ahí tenía una oportunidad.

—Podría haber aplicado dos excepciones a la protección que brinda la cuarta enmienda respecto a registros e incautaciones arbitrarias, sobre todo en lo que concierne a mi caso.

Barnes se la quedó mirando fijamente, de pronto intrigado.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuáles son esas excepciones?

—La doctrina de «a simple vista», obviamente aplicable con toda esta sangre sobre mi cuerpo.

—¿Y la otra?

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—Registro en el marco de una detención legal con el objeto de preservar las pruebas. Una vez más, algo perfectamente aplicable a mi situación. No le cobraré por ninguna de las dos. Le invito. De agente federal a policía local. Y ahora, ¿va a devolverme el favor?

Barnes se irguió en el asiento. Su actitud beligerante se fue disipando poco a poco.

—¿Y en qué caso dice que está trabajando, agente Pine?

—Es una historia muy larga.

—¿Me repite el nombre de ese agente del FBI? —Eddie Laredo. Entonces, ¿ahora me cree? Barnes se levantó.

—Usted dijo que era agente y le he dado la ocasión de demostrarlo. ¿«A simple vista» y preservación de pruebas, las dos excepciones expuestas como si estuviera pasando un examen para inspector? Pues lo ha aprobado con sobresaliente. Solo un agente podría saber esas cosas.

Salió del cuarto y tardó un rato en regresar. Pine apoyó la cabeza sobre la mesa y se fue quedando dormida. Lo que hubieran utilizado para dejarla inconsciente la había noqueado de lo lindo.

Se despertó cuando abrieron la puerta.

—Vaya, vaya. Volvemos a encontrarnos.

El agente especial del FBI Eddie Laredo la miraba con una sonrisa de incredulidad en el rostro.

Mientras Pine levantaba la vista hacia él, se alegró inmensamente de verlo, aunque también habría querido estrangularlo para borrar esa sonrisilla de su cara.

Tal vez no hubiera sido tan mala idea encadenarla al suelo.

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—Por lo visto estás metida en un asunto muy serio —dijo Laredo mientras conducía a Pine de vuelta a Newark, donde ella había dejado su coche. Era última hora de la mañana siguiente y Pine se había pasado gran parte del trayecto relatándole todo lo que había ocurrido.

Durante las horas precedentes había prestado declaración a la policía de Nueva York, había entregado su ropa como prueba, le habían hecho fotos de las salpicaduras de sangre sobre su cuerpo, y luego la habían soltado. En vez de su ropa le habían entregado una bata azul de hospital y unas chanclas, y había salido de la comisaría con Laredo.

—Es la historia de mi vida, Eddie.

—Y ese tipo de la CID con el que estás trabajando…

—John Puller, sí.

—¿Has hablado con él?

—No he hablado con nadie, aparte de llamar con tu móvil a Carol Blum.

—Tantos obstáculos y presiones por parte de la policía local y los federales… resulta bastante preocupante, Atlee.

—¿Te crees que no lo sé?

—¿Y ese pringado de Tony Vincenzo alternando con los peces gordos en ese ático de lujo? ¿Qué sentido tiene?

—No lo sé. Quizá quieran tener contentos a sus machacas. Joder, seguro que el apartamento está vacío menos cuando invitan a toda esa chusma para que vaya a divertirse. Pero de verdad que es algo increíble.

—Bueno, pues te deseo buena suerte. Parece que la vas a necesitar. Laredo la dejó junto a su coche, donde había quedado en reunirse con

Blum.

Poco después de que el agente se marchara, Blum llegó a bordo de un Uber. Se bajó, se acercó a Pine y la abrazó.

Cuando se apartó un poco, Pine pudo ver la angustia en el rostro de su ayudante.

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—Estoy bien, Carol, de verdad que sí.

—Lo sé —dijo ella con voz queda—. Pero esta vez ha estado cerca, ¿verdad?

—Muy cerca —admitió Pine.

Blum le entregó el juego de llaves de repuesto del coche de alquiler.

—Ahora volvamos al hotel para que puedas lavarte.

Una vez allí, Pine siguió el consejo de su ayudante. El agua caliente se llevó toda la sangre y la suciedad. Estuvo bajo la ducha durante al menos media hora, tratando de que su propio hedor y la sangre de otra mujer abandonaran su cuerpo. Y mientras veía el remolino de agua roja escurriéndose por el desagüe, apoyó la frente en las baldosas y rompió a llorar. No estaba segura de por qué. Aunque puede que una parte de ella sí lo supiera.

«Lindsey Axilrod ha jugado conmigo como una marioneta. Y Sheila Weathers está muerta por eso».

Se secó el cuerpo y el pelo, se puso ropa limpia y tiró la bata y las chanclas a la basura.

Estaba hambrienta, así que tomó el ascensor hasta el vestíbulo y se dirigió al restaurante del hotel, donde pidió café y un sándwich. Sacó el móvil para comprobar sus mensajes. Había tres llamadas perdidas de Puller.

Se apresuró a llamarlo.

—¿Todo bien?

—Supongo que aún no ha llegado al canal nacional de noticias —dijo

él.

—¿De qué estás hablando?

Puller le contó el ataque que había sufrido en su apartamento.

—Santo Dios. ¿Y cómo te las apañaste para escapar con vida?

—Mi gato me alertó.

—Espera… ¿Tienes un gato?

—AWOL. Presintió que se acercaban antes que yo. No sé muy bien por qué, pero cuando se pone en tensión suelo hacerle caso. Así que cuando los atacantes llegaron, yo ya no me encontraba dentro del apartamento. Los esperé fuera, con granadas aturdidoras y mis dos M11. Y cuando entraron, los sorprendí por la espalda. Pero entonces llegaron más refuerzos y consiguieron huir.

—Menos mal que tienes gato —dijo ella.

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—He intentado ponerme en contacto contigo.

En ese momento llegaron el café y el sándwich, y Pine tomó un sorbo.

—¿Tienes unos minutos? Yo también he tenido mi propia aventurilla.

—Y le contó lo sucedido la noche anterior.

—Tú también tienes suerte de estar viva —dijo Puller.

—Lo sé.

—Así que esa Lindsey Axilrod te tendió una trampa.

—Sí.

—Yo te pasé su nombre. Esto es culpa mía.

—Tú no podías saberlo. Normalmente sospecho de todo el mundo, pero Axilrod interpretó muy bien su papel. Me hizo bajar la guardia con su rollo de chica tontita, haciéndome creer que la estaba llevando por donde yo quería, cuando en realidad era al revés. Ya te digo que no voy a volver a montarme en un Uber nunca más.

—Así que lo más probable es que Axilrod no se presente hoy a trabajar.

—Y dudo mucho que podamos encontrarla en su casa, aunque lo comprobaré de todos modos.

—Te enviaré su dirección. La tengo en mis archivos.

—¿Y cómo fue tu plan de «ataque» frontal?

—Me reuní con la persona en cuestión ayer, conduje hasta casa y me tendieron la emboscada. No tengo ni idea de si las dos cosas están conectadas. Espero que no, porque eso indicaría que hay un topo infiltrado en el ejército al más alto nivel.

—Creo que Teddy Vincenzo tenía mucha razón cuando dijo que su hijo estaba metido en algo que le quedaba demasiado grande.

—Y puede que a estas alturas el hijo ya no esté vivo —señaló Puller. —Si no lo está, me habré quedado sin el único rastro que podría

llevarme hasta Ito. Bueno, ¿cuál es tu próximo movimiento?

—Debería esperar a que mi mando se ponga en contacto conmigo, pero no pienso quedarme de brazos cruzados. No me hace ninguna gracia que la gente venga a dispararme a mi casa. Suelo tomármelo a nivel personal.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Seguro que alguien vio algo anoche. No es que se molestaran en ser muy discretos; vinieron con toda la artillería. ¿Y tú qué vas a hacer?

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—Tampoco me lo tomo muy bien cuando alguien quiere echarme encima toda la mierda que me echaron anoche. Así que envíame la dirección de Axilrod e iré a ver lo que me encuentro.

—Más tarde nos ponemos al corriente de lo que averigüemos. Y, Atlee, ya sé que no tengo que decírtelo, pero lo haré igualmente.

—Iré con mil ojos. Y no confiaré en nadie.

—Recibido.

Después de colgar, Pine se acabó el café y el sándwich y pidió otra taza.

Cuando vio a Blum entrar en el restaurante, le hizo señas para que se acercara.

—Lo siento, Carol. Debería haberte pedido que vinieras a almorzar conmigo.

—No, tranquila. Ya he comido. —Blum se sentó y se quedó mirando fijamente a su jefa.

Pine leyó en sus ojos lo que iba a decirle.

—Lo sé, Carol, lo sé. Debo tener más cuidado.

Acto seguido dedicó unos minutos a explicarle lo que Puller le había contado.

—¡Por Dios santo! Entonces has hablado con él… —Ahora mismo. Dice que su gato lo salvó.

—Los buenos gatos suelen hacerlo —repuso Blum como si fuera algo de lo más normal.

Entonces la expresión de Pine se ensombreció.

—Una mujer ha muerto por mi culpa, Carol. Y no puedo dejar que esto quede así.

—Sabía que dirías eso. Pero te diré lo que ya te dije en Andersonville. Estás aquí para averiguar lo que le ocurrió a tu hermana. Y aunque los dos casos puedan tener una relación tangencial, no puedes centrarte solo en uno para intentar resolverlo y no hacer ningún progreso en el caso de Mercy.

—He pensado mucho en eso. Pero no puedo dejarlo estar. Un muchacho con un gran futuro por delante ha muerto. Lo vi morir ante mis ojos. Y a una joven que salió de fiesta casi le arrancan la cabeza de un tajo. Y creo que fue elegida como víctima solo para tenderme una trampa y que me encontraran junto al cadáver. Así que eso también me concierne

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directamente. Y no pienso dejar que esos cabrones se salgan con la suya.

Soy agente del FBI. Esto es a lo que me dedico. Y siempre será así.

—También sabía que dirías eso. Y no pienso discutírtelo. Solo quiero que procedas con cautela y contando con toda la información. Incluyendo lo poco que yo pueda aportar.

Pine alargó un brazo para apretar la mano de Carol.

—Aprecio mucho tu aportación. Siempre resulta ser de lo más valiosa. —Bueno, ¿y ahora qué?

—Tengo que encontrar a dos personas: Tony Vincenzo y Lindsey Axilrod. Y quién sabe, puede que uno de ellos me lleve hasta el otro.

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Puller le envió un correo electrónico con la dirección de Lindsey Axilrod. En él le confirmaba también que la mujer no se había presentado a trabajar esa mañana. Pine y Blum condujeron hasta el pequeño bungaló situado en un tranquilo vecindario a unos ocho kilómetros de Fort Dix.

—No hay ningún coche en el camino de entrada —observó Blum. —La puerta principal está cerrada. No hay ninguna luz encendida,

claro que es de día. Y tampoco se ve a nadie acechando entre los arbustos. Pararon junto al bordillo, bajaron del coche y caminaron hasta la puerta. Pine golpeó con los nudillos y esperó. No hubo respuesta. Volvió a

llamar más fuerte, con idéntico resultado.

Pine examinó el timbre.

—Tiene cámara, así que probablemente nos estará observando ahora mismo desde donde esté.

Rodearon la casa hasta el patio de atrás, donde había dos postes inclinados y herrumbrosos sobre bloques de hormigón y los restos de un tendedero medio podrido, con las cuerdas colgando casi hasta el suelo. Un pequeño cobertizo de madera con tejas estaba pegado a la verja del fondo.

Pine se acercó al cobertizo y atisbó por una de las ventanas.

—No hay ningún cuerpo colgando de las vigas. Solo una máquina cortacésped y algunas herramientas de jardinería.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Blum.

—Me gustaría mucho entrar en la casa.

—Pero sin una orden de registro no tenemos ninguna base legal para hacerlo. Y si estás pensando de nuevo en un allanamiento de propiedad, te aconsejaría seriamente que no lo hicieras.

—Tal vez pueda hacer algo que nos permita acceder legalmente al interior.

Sacó su móvil y llamó.

—Soy la agente especial del FBI Atlee Pine. Tenía que reunirme hoy con una mujer llamada Lindsey Axilrod por un caso que estoy

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investigando. Esta mañana no se ha presentado a trabajar. Ahora estoy en la puerta de su casa y tampoco responde. Me gustaría que enviaran a alguien para que compruebe si se encuentra bien, ya que me preocupa que pueda haberle pasado algo.

Dio la dirección, se guardó el móvil y miró a Blum.

Cinco minutos más tarde, un coche patrulla se detenía delante de la casa y dos agentes uniformados bajaron de él. Uno tendría cuarenta y tantos años, gordo, con la cara colorada y expresión aburrida. El otro sería unos diez años más joven, alto y delgado, con constitución de corredor, y se le veía mucho más animado que su compañero ante la perspectiva de que lo hubieran llamado los federales.

—¿Usted es la agente del FBI? —dijo el mayor. En su placa identificativa se leía donnelly y su actitud era la de un hombre que se movía por pura inercia a la espera de que llegara la jubilación.

Pine mostró su placa y sus credenciales y luego les presentó a Blum. El más joven, que se identificó muy emocionado como el agente Brent

Tatum, preguntó:

—¿Qué están investigando en relación con la mujer que vive aquí? —En realidad no puedo revelar nada, pero les diré que puede ser una

testigo potencial en un asunto que podría afectar a la seguridad nacional y que está ocurriendo en su lugar de trabajo.

—¿Y dónde es eso, exactamente? —preguntó Donnelly.

—En Fort Dix.

—Pero eso es jurisdicción militar.

—Estoy trabajando en el caso con un agente de la CID. Donnelly se frotó la barbilla y miró hacia la casa. —¿Está cerrada?

—Sí. Tiene uno de esos dispositivos con cámara, pero no responde, lo cual podría hacer aunque no estuviera en casa.

—Será mejor que lo comprobemos, Dan —dijo Tatum.

Su compañero no parecía muy dispuesto, pero finalmente se subió el cinturón y se encaminó hacia la entrada, seguido por los demás. Llamó a la puerta, de nuevo sin respuesta. Entonces se inclinó hacia la cámara y dijo:

—Señora Axilrod, ¿está usted ahí?

—Hola, ¿quién es?

Donnelly se enderezó y lanzó una mirada a Pine.

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—Agente Donnelly, del Departamento de Policía de Trenton. ¿Es usted la señora Axilrod?

—Sí. ¿Qué quieren?

—Tenemos aquí a una agente del FBI, la agente Pine, que dice que había quedado en reunirse aquí con usted.

—Ah, sí, ahora me acuerdo. Pero recibí una llamada y he tenido que salir de la ciudad por una emergencia familiar. Cuando vuelva me pondré en contacto con ella.

Pine se adelantó para plantarse ante la cámara.

—Axilrod, dígame dónde se encuentra ahora mismo.

—Lo siento, pero tengo que dejarlos. Estoy en el hospital con mi madre. Ya los llamaré.

—¡Axilrod! —gritó Pine, pero la cámara permaneció en silencio.

—Pues eso era —dijo Donnelly—, ha tenido una emergencia familiar. Y como ha dicho, la llamará cuando vuelva. ¿Está segura de que no le respondió nada por la cámara cuando llamó antes? —Al ver la mirada de incredulidad que le lanzó Pine, se apresuró a añadir—: Bueno, al menos está bien. Que tenga un buen día.

Se subieron al coche patrulla y se marcharon, dejando a las dos mujeres plantadas ante la entrada de la casa.

Pine se inclinó hacia la cámara.

—Ey, Lindsey, estoy deseando que volvamos a encontrarnos. Y la próxima vez que envíes a alguien a matarme, mejor que sea una mujer. Los hombres aguantan muy poco. Y solo para que lo sepas, te diré que no importa cuánto tiempo me lleve, un día de estos te pondré las esposas y te leeré tus derechos. Y recibirás de por vida tu ración de rancho carcelario.

Luego volvieron al coche y se subieron a él.

—¿No podemos rastrear su paradero a través de esa cámara? — preguntó Blum—. Debe de estar conectada a su móvil.

—Sí —dijo Pine—. Si consigo una orden. Pero ni siquiera estoy trabajando oficialmente en el caso. Puller podría intentarlo, pero para cuando la consiguiera ya sería demasiado tarde.

En ese momento le sonó el móvil.

—¿Jack? —dijo al contestar—. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor —respondió Lineberry—. Por lo que dicen me dejarán volver a casa mañana o como mucho pasado. Pero te llamaba porque me he

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acordado de un viejo contacto para ti. Se llama Douglas Bennett. Tiene unos setenta y pocos años y vive en Annapolis.

—¿Cuál era su implicación en el caso?

—Era mi director de operaciones.

—Entonces, ¿estaba en la CIA en aquella época? ¿Y lo estabas tú? Nunca has sido claro a ese respecto.

—Y tampoco pienso reconocer nada ahora, Atlee. Pero Doug estaba muy implicado personalmente y conocía a tus padres, e incluso os conoció a tu hermana y a ti. Tú no te acordarás, claro. Lleva mucho tiempo retirado y se pasa los días navegando, dando largos paseos con sus preciados labradoodles, Finnegan y Guinness, y cuidando un poco de su jardín.

—¿Está casado?

—Lo estaba. Joan murió hace dos años en un accidente de coche.

Ahora vive solo, salvo por sus perros, sus libros, su barco y sus recuerdos.

—¿Y habéis mantenido el contacto todos estos años?

—Sí. Es un buen hombre. Y un buen amigo.

Pine, que ya estaba de mal humor por lo ocurrido con Axilrod, le espetó de malos modos:

—Lo cual significa que tendrías que haberme hablado de él en cuanto te pedí que me pasaras el nombre de antiguos contactos, en vez de decirme que tenías que pensarlo.

—Lo cierto es que no estaba nada seguro de si Doug querría hablar contigo. No iba a darte su nombre sin consultarlo antes con él.

—Entonces, ¿ha aceptado quedar conmigo? —dijo Pine en tono más calmado.

—No estaríamos teniendo esta conversación si no lo hubiera hecho. Te enviaré un mensaje con su dirección.

—¿Y cuánto sabe él de mi situación?

—Algo. Pensé que sería mejor que le explicaras tú el meollo del asunto.

—Vale, Jack, gracias. Y perdona por haberte alzado la voz. Las últimas veinticuatro horas no han sido precisamente fáciles para mí.

—Buena suerte —se despidió él.

Y colgó, dejando a Pine sumida en sus pensamientos.

—¿Y bien? —preguntó Blum.

Pine la miró.

—Parece ser que nos vamos a Annapolis.

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Llegaron a Annapolis después de casi cuatro horas de trayecto en coche. Ahora circulaban por una de las calles principales de la ciudad, una pintoresca zona comercial en la que también había muchos y elegantes hostales, así como pequeñas pensiones.

Los fuertes olores a pescado y al agua salada del cercano océano impregnaban el aire.

—La Academia Naval está por ahí —dijo Pine, señalando a su derecha

—. Tengo un amigo que se graduó en ella. —Menudo prestigio —comentó Blum.

—Y la casa de Doug Bennett está por ahí abajo, junto al puerto. Una

ubicación magnífica.

Aparcaron delante de una vivienda de estilo Cape Cod, de color gris y tejado de tablillas. Por detrás de la casa se veía el mástil de un velero amarrado.

Caminaron por un sendero de losas de piedra hasta la puerta principal. Blum se fijó en los árboles, los pulcros parterres de flores cubiertos de

mantillo y el césped bien cuidado.

—Una persona metódica y disciplinada.

Pine había telefoneado para concertar el encuentro y la puerta se abrió en cuanto llamó. Ante ella estaba Doug Bennett. Mediría algo más de metro ochenta y era de complexión corpulenta, con una espesa mata de pelo blanco y una cara bronceada y curtida. Llevaba unos pantalones caquis y un polo blanco con la insignia de la Academia Naval estampada.

Estaba flanqueado por dos grandes perros de pelaje rizado, como en posición de firmes. Uno de ellos era completamente blanco y el otro era negro y marrón, con una mancha anaranjada en torno al hocico.

Un puro sin encender colgaba de una de las comisuras de la boca de Bennett. La expresión adusta del hombre se transformó al ver a Pine. Sonrió y se quitó el puro de la boca.

—Dios mío, Lee. La última vez que te vi podía cogerte con un brazo.

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—Señor Bennett, le agradezco mucho que haya aceptado reunirse conmigo. Esta es mi compañera, Carol Blum.

—Señora Blum, es un auténtico placer conocerla. Por favor, pasad.

Se apartó del umbral y los perros retrocedieron con él.

—¿Y quiénes son estos muchachotes tan guapos? —dijo Pine.

—El más alto y blanco es Finnegan, Finn para los amigos. Y el negro y marrón es, cómo no, Guinness.

—¿Labradoodles? —preguntó Blum.

—Sí. Soy alérgico y estos chicos son hipoalergénicos. Tienen pelo, pero no pelaje. Y me hacen compañía —añadió con voz queda—. Damos largos paseos juntos. Son… buenos amigos.

Blum echó un vistazo alrededor del salón y vio que estaba decorado en tonos azules, dorados y blancos. Desprendía una atmósfera náutica, un espacio organizado donde todo estaba en su sitio. Una de las paredes estaba ocupada por una vitrina de madera y cristal llena de libros y fotografías. Vio varios retratos de Bennett siempre junto a la misma mujer.

Pine también se fijó en ello.

—Jack nos contó que había perdido a su esposa. Lo sentimos mucho. La expresión del hombre se ensombreció y bajó la mano para acariciar

la cabeza de Finn.

—Sí. Fue un… golpe muy duro.

—¿Tiene hijos? —preguntó Blum.

Bennett negó con la cabeza.

—Por favor, vamos a sentarnos. ¿Os apetece algo de beber? Esta es la hora del día en la que me suelo tomar un par de deditos de whisky.

—Yo tomaré agua —dijo Pine.

—Yo me apunto al whisky —dijo Blum, ante la mirada sorprendida de su jefa.

Bennett las condujo hasta la parte de atrás de la casa, donde les sirvió las bebidas y los tres se sentaron en unas cómodas butacas con vistas al mar. Finn y Guinness se tumbaron a ambos lados de su dueño y amigo.

—¿Ese es su barco? —preguntó Pine.

—Sí. El Saint Joan. —Sonrió con tristeza—. Una pequeña broma entre nosotros. Ahora ha tomado un nuevo significado, al menos para mí.

—¿Los perros navegan con usted?

—Los perros van a todas partes conmigo. Los dos mejores oficiales de cubierta que he tenido en mi vida. —Y añadió en tono pensativo—: Me he

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pasado solo la mayor parte de mi vida profesional, porque era lo que las misiones requerían. Pero ahora no me gusta estar solo. —Tomó un sorbo de whisky y se quedó mirando el barco.

—Lo entiendo muy bien —dijo Blum.

—Bueno —empezó Pine—, Jack me dijo que estaría dispuesto a hablar conmigo sobre lo que ocurrió en aquellos años.

Bennett se giró hacia ella. A Pine le pareció que sus rasgos largo tiempo jubilados volvían a adquirir una pátina más profesional.

—Te contaré lo que pueda. No creo que sea todo. Algunas partes nunca han sido desclasificadas.

—¿Sabe lo que nos pasó a mi hermana y a mí?

—Sí. —Tragó saliva con algo de dificultad y Pine creyó ver que sus ojos brillaban humedecidos antes de que apartara la vista y se los frotara con la mano—. Sí. Fue una desgracia terrible, algo imperdonable. El mayor fallo de toda mi carrera. También de la de Jack. —Tras una pausa, añadió—: Aunque no fue nada comparado con lo que le sucedió a tu familia.

—Gracias —dijo Pine—. ¿Qué puede contarnos?

—He hablado con Jack, claro. Él ya me ha informado de todo lo que te ha contado. Por lo tanto, ya sabes qué papel desempeñó tu madre en todo aquello. Ella era nuestra fuente de información en la operación encubierta contra la mafia neoyorquina de los años ochenta.

—Sí. Su verdadero nombre era Amanda. Pero nunca supe cuál era su apellido.

—Eso no importa. Todo se cambió oficialmente, así que os convertisteis en la familia Pine.

—Y mi padre trabajaba en el bar Cloak and Dagger de Nueva York, donde se llevó a cabo parte de la operación. Me sorprendió que no toda la gente que trabajaba allí perteneciera a las fuerzas de seguridad.

—No teníamos personal suficiente para ocupar todos los puestos — explicó Bennett—. Naturalmente, tu padre no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Él solo se dedicaba a servir copas.

—Pero entonces mi madre y él iniciaron una relación. ¿Y ella se lo contó todo?

Bennett asintió lentamente con la cabeza.

—Fue un contratiempo de lo más inconveniente. Pero tu madre era tan joven y estaba sometida a tanta presión… No puedo culparla por abrirse a

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Tim. Debía de sentirse muy sola.

—Tiene razón, los dos eran muy jóvenes. ¿Y tenían familia? — preguntó Pine—. ¿Sabe si sus padres vivían? ¿Si tenían hermanos? ¿Abuelos?

—Los dos nos dijeron que no.

—Pero ¿lo comprobaron?

—Comprobarlo podría dejar algún rastro y abrir puertas por las que alguien podría colarse. Decidimos que era mejor confiar en su palabra.

—Pero resulta muy improbable que ninguno de los dos tuviera familia —señaló Blum.

—Estoy seguro de que sí tenían familia. Pero, repito, decidimos no presionarlos. Y que yo sepa ninguno de los dos intentó contactar nunca con nadie mientras estaban bajo nuestra vigilancia. —Miró a Pine—. ¿Has llegado a conocer a alguien de su «familia»? O, bueno, de la tuya.

—No.

Bennett frunció el ceño.

—Ese es el sacrificio que hay que hacer para entrar en el programa de protección de testigos. Se deben cortar todos los vínculos. Es la única manera de mantener a salvo a los protegidos.

—Pero en nuestro caso no funcionó —dijo Pine—. Intentaron atentar dos veces contra nuestras vidas. Y tuvieron que sacarnos del programa.

El ceño de Bennett se hizo aún más profundo.

—Lo sé. Aquello me tenía totalmente desquiciado.

—Tuvo que haber una filtración —dijo Blum.

—Estoy de acuerdo, pero jamás encontramos nada. Y eso que hicimos una investigación exhaustiva. Lo comprobamos todo una y otra vez.

—Después de salir del programa de protección de testigos, nos reubicaron en Andersonville, Georgia.

—Sí, lo sé. Jack y yo nos encargamos de eso.

—Y a él lo enviaron allí para vigilarnos y protegernos.

—Sí.

—Pero allí nos encontró un hombre llamado Ito Vincenzo.

Bennett se enderezó en el asiento y clavó en ella una mirada penetrante.

—¿Vincenzo?

—Sí, el hermano de Bruno Vincenzo. ¿Jack no te contó esa parte?

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—No, no lo hizo. ¿Estás segura de eso? ¿Estás segura de que era el hermano de Bruno?

—Sí. Sin ninguna duda.

—Pero ¿por qué ese tal Ito haría…?

—Bruno descubrió que mi madre actuaba como topo para los federales, pero no la delató. Encontré una carta que Bruno envió a su hermano Ito. En resumidas cuentas, en ella daba a entender que alguien se la había jugado. Mi hipótesis es que esperaba llegar a algún tipo de acuerdo ventajoso por mantener la boca cerrada. Pero entonces lo enviaron a prisión y allí lo mataron.

—No sabía que se le hubiera ofrecido ningún acuerdo a Bruno. Y desde luego no tenía la menor idea de que hubiera descubierto que tu madre trabajaba para nosotros.

—Jack tampoco lo sabía. Me dijo que si lo hubiera sabido habría abortado todo el operativo.

—Lo habríamos hecho, sí.

—Si mi madre averiguó que Bruno podía delatarla, ¿podría ella haberle ofrecido un acuerdo sin que ustedes lo supieran?

—No tenía ninguna autoridad para hacer algo así. No era más que un topo, carecía de poder gubernamental —repuso Bennett. Se quedó un momento pensativo—. Pero llegué a conocer bien a tu madre. Era muy inteligente y astuta para su edad, y la misión que cumplía para nosotros la volvió mucho más espabilada, simplemente para sobrevivir. Creo que es posible que, si Bruno la abordó y le dejó caer que había descubierto quién era, ella pudo fingir prometerle un acuerdo para que no la delatara. Dios, debió de asustarse muchísimo. Bruno Vincenzo era uno de los asesinos más sanguinarios de la mafia. Nadie sabe a cuánta gente llegó a matar ese cabrón.

Tras sopesar todo aquello, Pine dijo:

—Creo que es muy probable que fuera eso lo que pasó. Así que Bruno mantuvo la boca cerrada creyendo que tenía un acuerdo. Pero ese acuerdo nunca llegó a producirse. Y mientras tanto, mis padres, mi hermana y yo entramos dentro del programa de protección de testigos. Entonces detuvieron a Bruno y lo encarcelaron. Pero, una vez en prisión, escribió una carta a Ito dejándole caer algunas de sus sospechas y pidiéndole que fuera a visitarlo. Y seguramente fue durante esa visita cuando le contó a Ito que estábamos en Andersonville, que era donde vivíamos entonces.

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—¿Crees que Bruno también descubrió vuestras ubicaciones mientras estabais en el programa de protección de testigos, y que fue el catalizador de aquellos ataques?

—No lo sé. Es posible. Los tentáculos de la mafia llegan muy lejos. Puede que sobornaran a alguien del programa de protección para que revelara dónde nos encontrábamos.

—¿Qué has averiguado sobre Ito Vincenzo? —preguntó Bennett. —Regentaba una heladería en Trenton y jamás tuvo problemas con la

ley. Pero tengo pruebas contundentes de que fue a Georgia, casi me mata a mí y se llevó a mi hermana. Desde entonces no se ha sabido nada más de ella.

—¿Y qué ha sido de él?

—Regresó a Trenton después de haber estado unos meses fuera. A su mujer y sus trabajadores les explicó que había estado en Italia. Luego, años más tarde, volvió a desaparecer, y esa vez ya no volvió.

Bennett se recostó en su asiento. Parecía que en el último par de minutos hubiera envejecido diez años.

—Todo esto es realmente increíble. Es como despertarte de un mal sueño para descubrir que estás en una pesadilla. Una pesadilla real.

—De modo que la cuestión es: ¿cómo Ito, un hombre sin contactos en el mundo del hampa ni de ningún otro tipo, pudo encontrarnos en Georgia?

—Creo que es evidente, como tú misma has sugerido. Su hermano le dijo dónde estabais.

—Está claro —dijo Pine—. Pero… ¿cómo diablos lo averiguó Bruno? Bennett meneó la cabeza.

—Como he dicho antes, nunca logramos esclarecer el origen de la filtración.

—Otra cosa, señor Bennett. ¿Alguna vez le habló Jack sobre… él y mi madre?

El hombre se puso rígido y apuró su copa.

—No sé muy bien a qué te refieres.

Pine respiró hondo y miró a Blum un instante. —Bueno, ¿le dijo, por ejemplo, que él era mi padre?

La expresión de Bennett fue de absoluta conmoción. De pronto se puso en pie y se tambaleó un poco. Su agitación era tal que los dos perros empezaron a gimotear, percibiendo tal vez la angustia de su dueño.

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—¿Tu padre? Pero eso significa que…

—Sí. Que él y mi madre estuvieron juntos poco antes de que ella conociera a Tim.

Bennett volvió a sentarse lentamente.

—Dios, quizá por eso rompió con Linda. Nunca me habría imaginado algo así.

Ahora fue Pine la que pareció perpleja.

—¿Linda? ¿Quién es Linda?

—Bueno, por aquel entonces era la prometida de Jack.

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John Puller llamó a la puerta de la antesala del despacho del general Pitts, pero quien le abrió no fue el subalterno que le había recibido la vez anterior.

—Soy el suboficial mayor John Puller, de la CID —se presentó—. El general Pitts me pidió que me reuniera hoy con él aquí.

Miró por encima del hombro de la mujer y se quedó de piedra cuando vio las cajas de mudanza apiladas.

La oficial asistente era esbelta, rondaría los cuarenta años y tenía el pelo corto oscuro.

—El general Pitts ha sido transferido, jefe Puller.

Puller se quedó estupefacto.

—¿Transferido? Es el vicepresidente del Estado Mayor Conjunto.

—Ya no.

—¿Y adónde lo han transferido?

—Eso es secreto.

—¿Quién ha ocupado su puesto?

—No estoy autorizada para dar esa información.

—¿Por qué no?

—No estoy autorizada para dar esa información.

—¿No está autorizada para decir por qué no está autorizada?

Poner de manifiesto el absoluto sinsentido de lo que estaba diciendo pareció tener efecto sobre ella. La mujer bajó la vista, frunció los labios y se recompuso un poco.

—Debo admitir que se trata de una situación un tanto inusual.

—Eso es quedarse pero que muy corto. Hace solo un día, ayer mismo, me reuní con el general Pitts para tratar de un asunto extremadamente sensible. Me dijo que iba a investigarlo y me pidió que volviera hoy. Bueno, pues aquí estoy. Pero él ya no está. ¿Qué le sugiere eso?

—Me han asignado a este puesto esta misma mañana. Ni siquiera sé quién va a ser el nuevo vicepresidente.

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—Todo este asunto huele fatal —dijo Puller—. ¿Qué diablos está pasando aquí? Y no me diga que no está autorizada para dar esa información.

En ningún momento había alzado la voz, pero su tono calmado y profesional pareció descolocar a la mujer. Miró por encima del hombro de Puller, lo hizo pasar al despacho y cerró la puerta.

—Jefe Puller, no sé lo que está pasando aquí, pero coincido con usted: este asunto huele fatal. Aun así, hay algo que debe tener en cuenta: si de un día para otro pueden quitarse de encima a un oficial con cuatro estrellas como el general Pitts, ¿qué podrían hacerle a alguien como yo? O, mejor aún, ¿a alguien como usted?

—Bueno, le diré lo que han intentado hacerme a mí. Vinieron a mi apartamento con ametralladoras y dejaron todo el lugar hecho un colador. Y solo gracias al adiestramiento que he recibido en el ejército estoy hoy aquí hablando con usted.

—Oh, Dios mío…

—Sí, no me iría nada mal algo de ayuda divina ahora mismo. Y puede que usted lo tenga más fácil. Tal vez solo la envíen a la Antártida en vez de intentar matarla, como han hecho conmigo. —No sé qué decirle, salvo que lo siento.

—Yo represento este uniforme. Represento al ejército y por extensión al pueblo estadounidense. Para mí no es ningún cliché. Todos hicimos un juramento.

—Y yo he trabajado muy duro para llegar donde estoy. No quiero perder mi puesto ni echar mi carrera por la borda.

—Bueno, eso está muy bien —dijo Puller—. Porque ya ha perdido todo lo demás, incluyendo la dignidad y el amor propio. Para mí, ningún trabajo vale eso.

Y, dicho esto, salió del despacho y caminó con paso enérgico por los pasillos.

Siempre le había gustado venir al Pentágono. Se sentía a gusto, seguro y tranquilizado por el simple hecho de estar allí. Estaba rodeado de gente que compartía su misma misión: mantener a Estados Unidos a salvo, hacer lo correcto de manera desprendida y abnegada. Podía sonar cursi, pero así era como había vivido su vida. Aun así, ahora Puller se sentía como si acabara de aterrizar en paracaídas sobre Corea del Norte o Irán. Todo

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aquel con el que se cruzaba podía ser el enemigo, un informador, parte de «los otros», fueran quienes fuesen.

«Muy bien, Puller, es hora de ponerse serios».

Se metió en uno de los cubículos de un lavabo, sacó su móvil y lo apagó. Extrajo la tarjeta SIM y se la guardó en el bolsillo. Luego tiró el teléfono a la basura.

Apretó el paso, llegó a la salida y apretó aún más el paso. Se montó en el primer metro que pasó, luego cambió de línea y viajó hasta Vienna, Virginia. A lo largo del trayecto permaneció alerta permanentemente, atento a cualquiera que pudiera estar vigilándolo o siguiéndolo.

Una vez en Vienna, caminó por la estación, dio media vuelta de forma imprevista y volvió a subir a un tren. Al llegar a otra estación cambió de tren con rumbo a Springfield y se sentó en un vagón que iba casi vacío. Se bajó en una parada intermedia, se detuvo un instante y controló a todo el mundo que se apeaba también allí. Luego tomó un taxi y se dirigió a una tienda de electrónica situada en Reston Parkway.

Allí adquirió un teléfono de prepago con sistema global de comunicaciones móviles. Una vez fuera llamó al número que activaba el aparato, sin proporcionar ninguna información personal.

Marcó un número que conocía muy bien y que no podía ser rastreado ni hackeado, al menos no fácilmente. Pero en esos momentos no tenía otra elección. Necesitaba ayuda.

—¿Bobby?

—Hola, hermanito. ¿Cómo estás?

—Tengo un problema.

—¿No será papá? —se apresuró a preguntar Robert Puller, su actitud animada tornándose seria al instante.

—No. Dame dos minutos para que te lo cuente, sin interrupciones, tú solo escucha. Luego me aconsejas lo que creas oportuno.

De hecho, le llevó más de tres minutos poner a su hermano al corriente de todo: la desaparición de Tony Vincenzo, el asesinato del agente de la CID, la muerte de Jerome Blake por el disparo de un policía o de alguien que se hacía pasar por tal, los obstáculos prácticamente insalvables a su investigación por parte de instancias estatales y federales, la expulsión de un general de cuatro estrellas de su puesto como vicepresidente del Estado Mayor Conjunto. Y el ataque que había sufrido en su apartamento y que a punto estuvo de terminar con su vida.

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Cuando concluyó, Robert Puller no dijo nada durante unos treinta segundos. John Puller casi podía oír los engranajes del formidable intelecto de su hermano absorbiendo todos esos hechos para intentar encajarlos, casi como si fuera un perfil de criminalística o una secuencia de ADN, antes de llegar, si no a encontrar una solución, al menos a poder ofrecer un consejo sensato. Pero su primera respuesta sorprendió a John.

—¿Por qué demonios no me llamaste después de que te atacaran? Me he pasado los últimos dos días encerrado en un búnker trabajando en simulacros de ciberataques contra la seguridad nuclear, pero, joder, al menos podrías haber intentado ponerte en contacto conmigo.

—Sobreviví, ¿no? ¿Qué más querías que te contara? Ahora solo necesito que te centres en lo que te acabo de explicar y que me ayudes, Bobby.

Se produjo un largo silencio.

—Muy bien —dijo Robert al fin—. Se requiere un nivel de influencia realmente estratosférico para destituir en menos de veinticuatro horas a un general de cuatro estrellas del Pentágono después de haberse reunido contigo. La lista de sospechosos es muy corta, no hay muchos jugadores, la verdad.

—Si pueden quitarse a Pitts de encima, no les costará mucho hacerlo conmigo.

—Ya intentaron darte el pasaporte, y de forma permanente, en tu apartamento. Mientras tanto, estaban transfiriendo a Pitts a un nuevo puesto. Pueden hacer todo eso sin que a nadie parezca importarle durante mucho tiempo. Hay generales de cuatro estrellas de sobra. Y un suboficial mayor más o menos resulta del todo prescindible. Pero, irónicamente, si tratan de transferirte mientras estás trabajando en una investigación, ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Que el asunto tiene toda la pinta de poder ser denunciado. Estarías delante de un comité del Congreso contando a todo el país lo que esa gente no quiere que nadie oiga.

—No lo había considerado desde ese ángulo.

—Porque a ti te trae sin cuidado la política, pero en mi posición tengo que prestarle toda la atención. —Hizo una pausa—. Espera un momento, John.

—¿Qué pasa?

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—Está llegando una noticia por cable en la que aparece tu nombre. —¿Y qué dice?

Robert no respondió hasta acabar de leer el artículo.

—Vale, ha sido muy inteligente por su parte. Basándose en fuentes anónimas, informan de que el ataque contra ti fue orquestado por elementos de un cártel mexicano, miembros muy poderosos a los que tú ayudaste a encarcelar tres meses atrás después de que intentaran infiltrarse en una base militar de Texas y reclutar a soldados para introducir droga en territorio estadounidense.

—¿Fuentes anónimas?

—En cuestión de minutos estará por toda la web. Los troles se abalanzarán como alimañas, trocearán y tergiversarán la historia desde todos los ángulos imaginables. Y para cuando hayan terminado, la mitad del país pensará que tú mismo intentaste dispararte con una ametralladora.

—Pero ¿qué papel juega la verdad en todo esto?

—Ninguno. A las redes sociales no les interesa lo más mínimo la verdad. Lo único que les interesa es hacer montones de dinero a través de anuncios con los que procurar venderle a la gente mierda que no necesita. Pero la consecuencia más terrible de todo esto es que les están dando una plataforma global a los elementos más despreciables de la sociedad. El resultado es que la «verdad» no es más que aquello que puedes convencer a la gente de que lo es. Eso es precisamente de lo que nos advirtió Orwell.

—Entonces, ¿cómo sobrevivirá este país?

—Si te he de ser sincero, John, a no ser que cambien mucho las cosas, no creo que lo consiga, al menos no como la sociedad libre que queremos.

—Gracias por el discurso motivacional, Bobby. Realmente lo necesitaba.

—Tú me lo has pedido, y no iba a mentirte. Bueno, ¿y qué piensas hacer ahora?

—No estoy trabajando solo en el caso. ¿Te acuerdas de que te hablé de Atlee Pine?

—Sí. Del FBI. La tenías en muy alta consideración.

—Ahora está de permiso de la Agencia trabajando en un asunto personal que interfirió con mi caso a raíz de una conexión con los Vincenzo.

Y procedió a contarle a su hermano cómo Pine se infiltró de incógnito en el ático, la secuestraron y, después de despertarse al lado del cadáver de

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una mujer, estuvieron a punto de matarla.

—¿Y esa tal Lindsey Axilrod está metida de lleno en el ajo?

—Al parecer fue quien le tendió la trampa a Pine. Y ahora está desaparecida.

—Pásame la dirección de ese ático.

—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer?

—No preguntes. Y no te preocupes, no dejaré huellas.

—Asegúrate bien de eso.

—Pine y tú seguiréis siendo objetivos mientras continuéis investigando esto.

—Lo hemos sido desde que juramos el cargo.

—Esto es diferente.

—Para mí no.

—Ándate con mucho ojo.

—Tú también. Debo decirte que tuve algunas dudas antes de meterte en esto.

—La sangre tira más que cualquier otra cosa, John. O al menos debería ser así. Pero procuremos que no se derrame la nuestra.

Pine pensó en la masacre que estuvo a punto de producirse en su apartamento.

—Eso es más fácil de decir que de hacer, Bobby.

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—¿Linda Holden-Bryant? —dijo Pine por el móvil.

Estaba sentada en el coche frente a la casa de Doug Bennett, con Blum a su lado.

—¿Acaso Doug te ha hablado de ella? —preguntó Jack Lineberry.

—Sí —repuso Pine con brusquedad.

—¿Por qué te la mencionó?

—¿Por qué diablos no me la mencionaste tú?

—No había razón para ello.

—Había toda la razón del mundo —replicó Pine.

—¿Por qué?

—¿Estabais comprometidos?

—Bueno, sí. Durante un tiempo.

—¿Y vivíais juntos?

—Sí, en Nueva York.

—¿Cuándo rompisteis?

—¿Por qué necesitas saberlo?

—Creo que es obvio, ¿no, Jack? —respondió con sequedad—. De hecho, creo que cuando me diste el nombre de Bennett esperabas en cierto modo que el de ella saliera a colación. Porque quizá tenías sospechas de que ella pudiera ser el topo.

Lineberry empezó a toser, pero eso no iba a hacer que Pine se compadeciera, esta vez no. Cuando la tos remitió, dijo:

—Si de verdad piensas eso, me estás sobreestimando más de lo que deberías.

—¿Nunca hablaste con ella sobre tu trabajo? —Por supuesto que no. ¡Nunca! —¿Trabajaste alguna vez desde casa? —Supongo que lo hice en alguna ocasión.

—Por aquel entonces no había teléfonos inteligentes. Apenas había ordenadores personales y ni siquiera internet. ¿Cómo trabajabas desde

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casa?

—Usaba el fijo. Una línea segura.

—¿Y qué más?

—Escribía memorandos. A veces venía gente a verme.

—¿Mientras Linda estaba allí?

—No siempre.

—Pero ¿algunas veces sí estaba?

—Algunas de las reuniones tenían que hacerse sobre la marcha y a altas horas de la noche. ¿Qué querías que hiciera, que la echara a la calle en camisón?

—¿Estás seguro de que seguía dormida?

—Atlee…

—¿Estás seguro de que jamás miró dentro de tu maletín ni escuchó a escondidas alguna llamada? ¿O te siguió a donde fuera para ver en qué estabas metido?

—Ella sabía que trabajaba para el gobierno. Y también que era… secreto.

—¿Y confiabas en ella?

—Claro que sí, pero aun así tomé todas las precauciones oportunas. No quería ponerla en peligro si por un casual descubría alguna información relacionada con la misión.

—Puede que no hubiera nada casual en ello. Así que te lo preguntaré otra vez: ¿por qué rompisteis?

Lineberry no respondió. Pine creyó oír por el teléfono el latido acelerado de su corazón; parecía ir al compás del suyo. Miró a Blum, que la observaba fijamente.

—¿Jack?

—Ella descubrió lo que… lo que pasaba. —¿Qué significa eso exactamente? —Descubrió lo mío con Amanda. —¿Cómo?

—Nunca llegué a saberlo. Pero un día me lo echó en cara.

—Jack, si lo descubrió, debió de hacer algo para averiguarlo. Como por ejemplo seguirte.

—Tomé precauciones.

—A la mierda las precauciones —espetó Pine—. Está claro que no sirvieron de nada.

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Se produjo un nuevo silencio.

En un tono más calmado, Pine prosiguió:

—¿Sabía ella que mi madre estaba embarazada? ¿Y que tú eras el padre? —Al ver que él no decía nada, añadió—: Jack, de verdad que necesito saberlo. Y tú sabes muy bien por qué. Es la única manera que tenemos de averiguar lo que le pasó a Mercy. Como te dije en la habitación del hospital, tenemos que hacer esto juntos.

—Linda lo sabía.

—¿Así que sabía de la existencia de mi madre? Quiero decir, ¿sabía quién era?

—Nunca le hablé de las circunstancias. —Pero ¿conocía la identidad de mi madre? —Sí.

—¿Llegaron a conocerse?

—No que yo sepa. Al menos tu madre jamás mencionó nada de eso. —Si Linda no le contó quién era, puede que mi madre no estableciera

la relación.

—Eso es… cierto —dijo Lineberry en tono titubeante.

—Sabes a dónde lleva esto, ¿no?

—Ella no filtró nada. No podría haberlo hecho.

—Eso no puedes saberlo. Tal como lo veo ahora, lo más probable es que ella fuera el origen de la filtración. Y tenía un motivo para azuzar a los Vincenzo contra mi familia.

—¿Cómo iba a saber Linda nada de los Vincenzo?

—¿No salió todo en los periódicos por aquel entonces? ¿Después de que se produjeran las detenciones?

—Bueno, sí.

—¿Y me estás diciendo que Linda era tan ajena a lo que te dedicabas que no podría haber establecido la conexión? ¿O es que era tan tonta?

—Si había algo de lo que no se podía acusar a Linda era de ser tonta.

Más bien al contrario. Era una mujer brillante.

—Pues eso demostraría mi hipótesis. ¿Llevaste alguna vez a mi madre a tu apartamento?

—No cuando Linda estaba allí.

—Pero si ya tenía sus sospechas, sí podría haberla visto allí. Podría haber salido de la casa y luego volver.

—Lo considero bastante improbable.

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—¿Cómo se ganaba la vida? ¿A qué se dedicaba?

—Era abogada.

—Oh, genial. No me digas que era una abogada criminalista… —De hecho, sí.

—¿Y sigues pensando que no es posible que hubiera establecido la conexión con los Vincenzo? Joder, si hasta puede que tuviera clientes de la mafia.

—No, estoy seguro de que no. —¿Ella hablaba de su trabajo contigo?

—No, a ese respecto era tan reservada como yo.

—Entonces es imposible que supieras quiénes eran sus clientes, ¿no? —Ahora suenas como una abogada contrainterrogándome. —Bien, esa es mi intención. ¿Dónde está ahora?

—No lo sé. Han pasado más de treinta años.

—¿No sabes qué fue de su vida después de que rompierais?

—Oí… oí que se casó. Con un hombre muy acaudalado. Murió a los pocos años, lo cual la convirtió en una mujer muy rica. Puede que volviera a casarse después, pero no estoy seguro.

—¿Y nunca intentó volver a contactar contigo? Me refiero a después de que te hicieras multimillonario. Seguramente os moveríais en los mismos círculos.

—Yo me mudé a Georgia. Ella era más bien una chica de gran ciudad.

—Sin duda será muy fácil de rastrear.

—¿Vas a hacerlo?

—Tengo que hacerlo, Jack.

—Aunque de verdad Linda tuviera algo que ver con lo que ocurrió, ¿crees que lo confesaría sin más?

—No lo espero, no. Pero necesito hablar con ella.

—Mira, a pesar de lo que he dicho antes, sé que es posible que Linda fuera quien filtrara la información. Supongo que… no quería dejar que la idea pasara siquiera por mi cabeza.

—No estoy diciendo que fuera una mala persona, Jack. Ni siquiera estoy diciendo que quisiera hacerle daño a mi familia. Pero descubrir que tu prometido va a ser padre con otra mujer… Bueno, eso habría bastado para llevarla a hacer cosas que de otro modo nunca habría hecho.

—Creo que eso puedo entenderlo.

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—Voy a investigar por mi cuenta. Pero si tú descubres algo más, házmelo saber.

—Lo haré.

Pine colgó y dejó caer el móvil en el asiento del coche.

—He oído casi toda la conversación —dijo Blum—. Es evidente que está en fase de negación.

—Sí, lo está.

—Es muy probable que esa tal Linda Holden-Bryant fuera el origen de la filtración.

—Lo sé.

—Cuando la encuentres y hables con ella, ¿qué vas a decirle? ¿Cómo lo abordarás?

Pine cerró los ojos y respiró hondo.

Al abrirlos, dijo:

—Cuando lo averigüe, serás la primera en saberlo, Carol.

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Pine volvía a encontrarse en la Billionaires’ Row, en esta ocasión junto a Blum, mirando hacia lo alto de otro espectacular rascacielos en medio de una inclemente meteorología que había traído a la ciudad lluvias intensas y gélidas temperaturas. Estaban una manzana al sur del edificio ante el que Pine había sido secuestrada, y desde donde se hallaban podían contemplar unas magníficas vistas de Central Park.

—Debe de haberle ido muy bien en la vida si puede permitirse vivir aquí —comentó Blum.

No había sido difícil dar con Linda Holden-Bryant. Seguía utilizando su nombre de soltera, a pesar de haberse casado dos veces. La primera con un septuagenario que había muerto a los cuatro años de contraer matrimonio, convirtiéndola en una viuda de treinta y tantos con una fortuna valorada en cientos de millones de dólares. Más adelante se llevaría el auténtico premio gordo con su segundo marido, el heredero de un imperio francés de productos cosméticos. Tras divorciarse, recibió una compensación de más de tres mil millones de dólares. Desde entonces había transcurrido ya una década, y Pine se figuraba que, si había invertido su dinero en el mercado de valores, su fortuna ascendería ahora a más de diez mil millones.

—Sí que le ha ido bien, sí.

—¿Te sorprende que haya accedido a verte?

—No mucho. Debe de sentir tanta curiosidad por verme como yo por verla a ella.

—¿Se lo has contado… todo?

—Le expliqué que conocía a Jack Lineberry. No le dije de qué. —Entonces, ¿para qué cree que quieres verla?

—Le dije que estoy trabajando en un caso que tiene que ver con Jack.

Seguro que eso me ha abierto las puertas.

—¿Vas a contarle que él es tu padre?

—Sí, pero en el momento apropiado.

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—¿Y cuándo será eso?

—Cuando el corazón me pida que lo haga.

El portero y el conserje las dejaron pasar después de mostrarle un vídeo de las dos visitantes a la señora Holden-Bryant, quien les permitió el acceso a su ascensor privado.

Este se abrió directamente al vestíbulo del apartamento, que, según les habían dicho, ocupaba tres plantas del edificio.

—Por lo que parece, es aún más rica que Jack —murmuró Pine, más para sí que para Blum.

Un mayordomo con librea las recibió en el vestíbulo y las condujo por un pasillo con suelo de mármol, en cuyas paredes colgaban unos cuadros que podrían haber estado perfectamente en el Met o el Louvre.

El mayordomo las hizo pasar a una sala que supusieron que era la biblioteca, ya que en dos de sus paredes se alineaban millares de libros. En otra de ellas ardía un fuego en la chimenea, encajada dentro de un altísimo muro de piedra.

Blum se acercó a las llamas y extendió las manos.

—En Arizona nunca hace este frío —dijo—. El viento se me ha colado hasta los huesos.

Pine se sentó en un canapé que podría haber sido muy del gusto de Napoleón y tamborileó con los dedos sobre el reposabrazos de madera.

La cuarta pared estaba cubierta de fotos. Pine se levantó y se acercó para examinarlas. En ellas había varios retratos de grandes actores de la década anterior, dos jugadores de los Yankees de otra época, y fotos de estrellas del rock de los setenta y los ochenta, autografiadas por los músicos. Pero el resto de las fotografías eran de políticos, tanto del pasado como actuales. Había una de un antiguo vicepresidente en la que firmaba con «mis mejores deseos para una verdadera amiga». Traducción: Pine dedujo que Holden-Bryant había donado/recaudado una enorme cantidad de dinero para aquel hombre.

Blum se unió a ella y empezó a decir algo, pero Pine alzó una mano cautelosa e hizo un gesto hacia una lente negra instalada cerca del techo, donde se juntaban dos paredes.

Se dirigió a la cámara y dijo:

—Cuando usted quiera, Linda. Gracias.

Como medio minuto después se abrió otra puerta, y una joven vestida toda de negro, con el pelo rubio recogido en una cola de caballo, gafas con

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montura de carey y expresión eficiente, asomó la cabeza.

—Por favor, síganme.

Subieron a la planta de arriba por una majestuosa escalinata en la que se combinaban el mármol, el metal y la madera. Recorrieron otro largo pasillo, en el que colgaban más Picassos, Dalís y Monets, hasta llegar a unas puertas dobles de más de tres metros y medio de alto, pintadas de un blanco deslumbrante. La mujer llamó y, tras recibir la orden de «Adelante», abrió una de las puertas.

Pine y Blum entraron. La mujer cerró tras ellas y pudieron oír el expeditivo repiqueteo de sus pasos alejándose por el pasillo.

Miraron a su alrededor. Se encontraban en un dormitorio, solo que tenía el tamaño de un apartamento grande. La cama estaba al fondo. Y tendida sobre ella, presumiblemente, estaba Linda Holden-Bryant.

Se incorporó sobre los almohadones.

—Por favor, acérquense.

Cruzaron la habitación y Holden-Bryant señaló dos butacas estampadas en chintz colocadas junto a la enorme cama en la que podrían dormir perfectamente seis adultos sin llegar a tocarse.

Llevaba una bata de satén de color lavanda, fina y de manga larga, cerrada por delante. La mujer se recostó contra las mullidas almohadas mientras Pine procedía a hacer las presentaciones. Luego examinó a la mujer. Tendría sesenta y tantos años, con un cuerpo bien tonificado y en forma. En su cabello teñido de rubio apenas asomaba un atisbo de raíces plateadas. Sus afiladas facciones podrían herir a alguien. Los verdes ojos parecían electrificados. La boca era un trazo firme, el mentón marcado pero elegante. Era muy atractiva, y a simple vista aparentaba ser diez o quince años más joven de lo que era en realidad. Pese a estar bajo la colcha y las sábanas, un vistazo a sus largas piernas indicó a Pine que sería apenas unos centímetros más baja que ella.

—Lamento tener que recibirlas aquí, pero al parecer tengo una especie de virus —empezó a decir la mujer. Su voz era más profunda de lo que Pine habría imaginado.

Holden-Bryant miró a Blum.

—Oh, no se preocupe, no es nada contagioso. Estoy tomando un montón de antibióticos y recuperándome muy deprisa, pero aún no estoy del todo bien. Y con el tiempo que está haciendo hoy… Resulta de lo más deprimente.

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—Pero viviendo usted aquí, no creo que la depresión le dure mucho — comentó Blum en un tono de lo más encantador.

—Oh, qué adorable. Y tiene usted toda la razón. Soy muy afortunada.

Una privilegiada. No puedo quejarme en absoluto.

—Hacía mucho tiempo que no veía a un mayordomo —dijo Pine.

La mujer soltó una risita nerviosa.

—Un vestigio de mi último matrimonio. Podría haber prescindido de la mayor parte del servicio, porque en realidad llevo una vida muy sencilla. Pero eso no habría estado bien, no habría sido justo para ellos. Ellos no tuvieron la culpa de mi divorcio, así que los conservé.

—Muy considerado por su parte —dijo Blum.

—Ellos también lo vieron así. En fin —dijo girándose hacia Pine—, ¿quería hablar conmigo sobre Jack Lineberry?

—Sí.

—Tengo entendido que también le ha ido muy bien. Inversiones, ¿verdad?

—Sí. Pero creo que usted lo ha superado a nivel financiero.

—Yo no diría tanto. Su jet privado es más grande que el mío, aunque también es cierto que yo tengo dos.

—¿Y cómo sabe eso?

—Tenemos amigos en común que me mantienen informada. Pero él se ha ganado su dinero.

—Bueno —intervino Blum—, creo que usted también se ganó el suyo.

—Si sigue así, creo que podría convertirse en mi nueva mejor amiga. —Cuando se volvió hacia Pine, su expresión se tornó más seria—. Bueno, ¿y de qué quería hablar conmigo?

—Jack está ingresado en un hospital de Georgia.

La mujer se puso tensa.

—¿Se encuentra bien?

—Se recuperará, pero le dispararon.

El rostro se le desencajó.

—Oh, Dios mío. ¿Que dispararon a Jack? ¿Quién? ¿Por qué? —Sabemos quién. Y también el porqué. De hecho, la persona apuntaba

contra mí, pero Jack se encontraba en el lugar equivocado.

—¿Y por qué trataba alguien de matarla?

—Soy agente del FBI, así que son gajes del oficio.

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—¿Y cómo es que conoce a Jack? ¿Está implicado en alguna investigación federal?

—No. Lo conocí hace poco en Georgia. En realidad lo conocí de niña, solo que no me acordaba de él.

Holden-Bryant puso cara de extrañeza.

—¿Lo conoció de niña?

—Y solo recientemente he descubierto que él es mi verdadero padre.

En favor de la mujer, cabe decir que permaneció totalmente impasible. Durante lo que a Pine se le antojaron los cinco segundos más largos de su vida.

—¿Jack es tu padre? —dijo al fin en voz queda.

—Mi padre y el de mi hermana Mercy, sí. Mi madre era Julia Pine. Pero por aquel entonces respondía al nombre de Amanda. Puede que usted la conociera.

Holden-Bryant se tomó un momento para ahuecar las almohadas y subirse la colcha por encima del pecho, como si estuviera preparándose para una larga siesta invernal.

—No, no puedo decir que la conociera.

Pine le sostuvo la mirada durante un larguísimo segundo.

—Sé que por aquel entonces Jack y usted estaban prometidos.

De repente, la mujer apartó la colcha, giró el cuerpo para posar los pies en el suelo y se levantó de la cama. Debajo de la bata llevaba un pijama con estampado de rayas. Caminó hasta un aparador de madera apoyado contra la pared y lo abrió, revelando un mueble bar muy bien surtido.

—¿Les apetece algo? —preguntó.

—Es un poco pronto para mí —respondió Pine—. Y si está tomando medicamentos, quizá no debería beber.

—Oh, ahora mismo me apetece vivir al límite —replicó Holden-Bryant.

—Yo me tomaría una copita de jerez, si tiene —dijo Blum.

—Tengo de todo, querida. Y a mí me iría bien algo más fuerte.

Le llevó su copa de jerez a Blum y se sentó en la cama con un vaso de bourbon. Cruzó las piernas y dio un buen trago. Después se limpió la boca con delicadeza y, tras soltar un suspiro, dijo:

—Sí, Jack y yo estábamos prometidos. Desde hacía más de un año.

Llevábamos saliendo juntos mucho tiempo.

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—Entonces debió de ser un mazazo para usted enterarse de que iba a ser padre con otra mujer —dijo Pine.

—Dios, ojalá no hubiera dejado de fumar —masculló. Luego miró a Pine con ojos suspicaces—. ¿Por qué está realmente aquí?

—Voy a contarle algo. Algo bastante extraordinario. Seguramente la dejará conmocionada, o al menos espero que lo haga. Y después hablaremos de ello.

Holden-Bryant se la quedó mirando un momento, luego apuró el resto de su bourbon y se levantó para servirse a otro. Cuando volvió a sentarse en la cama, Pine le contó parte de lo que le había ocurrido a su familia, aunque no entró en muchos detalles y tampoco mencionó a los Vincenzo, al menos no por el nombre. Se estaba guardando esa revelación. Aun así, conforme iba hablando, la mujer pareció hacerse cada vez más y más pequeña sobre la enorme cama.

Cuando acabó de hablar, Pine se cruzó de brazos y la observó atentamente.

Holden-Bryant apuró su segundo bourbon y dejó el vaso vacío sobre la mesilla. A continuación, volvió a recostarse contra las carísimas y mullidas almohadas.

—De todo eso hace muchísimo tiempo.

—La sombra de los viejos pecados es alargada —señaló Blum. —¿Es eso lo que creen que soy, una pecadora?

—Ni lo sé ni me importa —dijo Pine—. Solo quiero saber qué es lo que podría haber hecho cuando descubrió lo de Jack y mi madre.

—No tiene ninguna prueba de que lo descubriera ni de que hiciera nada.

—Entonces se lo preguntaré directamente: ¿sabía que Jack se acostaba con mi madre y que la dejó embarazada?

—Y yo podría contestarle que no tiene modo alguno de obligarme a responder a esa pregunta.

—En eso tiene razón. Y lo único que tengo para contraatacar es que me gustaría saber qué le ocurrió a mi hermana. ¿Usted no lo haría si la situación fuera a la inversa?

—Yo era una abogada criminalista. Me movía en el terreno de las hipótesis, pero eso no significa que tenga que responder a una.

—¿De verdad es solo una hipótesis?

—No lo sé —respondió Holden-Bryant fríamente.

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—¿Sabía lo de Jack y mi madre? —insistió Pine.

La mujer se giró hacia Blum.

—Usted tiene pinta de ser madre.

—Lo soy. De seis.

—Yo nunca tuve hijos. Y quería tenerlos. Pero mi profesión nunca me dejó tiempo para ello. Y cuando me casé, los hombres con los que contraje matrimonio ya tenían hijos e incluso nietos. No querían repetir la experiencia. Así que perdí mi oportunidad.

—Pero mi madre tuvo dos hijas —dijo Pine—. Siendo aún muy joven. —Jack siempre quiso tener hijos. Si nos hubiéramos casado, seguro

que los habríamos tenido.

—Pero no se casaron. Rompieron el compromiso. ¿Por qué? Miró a Pine con una extraña sonrisa.

—¿Por qué rompe la gente? Siempre pasa algo. Un problema. Una discusión.

—¿Y en su caso concreto? —preguntó Pine—. ¿Qué fue? Holden-Bryant se levantó y fue a servirse otro bourbon. —¿Seguro que no quiere una copa?

—De acuerdo. Tomaré lo mismo que usted.

—Así se habla.

—Pero lo que yo quiero es que empiece a hablar usted.

La mujer acabó de servir los tragos y se acercó muy despacio a ellas.

«Puede que ahora lleguemos a alguna parte», se dijo Pine.

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—Jack y yo tomamos rumbos distintos, eso es todo.

Holden-Bryant había vuelto a acomodarse en la cama tras entregarle a Pine su bourbon.

—¿Hubo algún motivo que lo precipitara?

—Bueno, no nos andemos con rodeos. Todas aquí sabemos cómo son los hombres.

—¿Y para alguien que no sepa exactamente lo que significa eso? —Cuesta mucho conseguir que los hombres se comprometan. Sobre

todo, bajo una determinada circunstancia.

—¿Cuál? —preguntó Pine.

Blum se encargó de responder:

—Cuando el hombre deja de amarte porque se enamora de otra. —Bingo —dijo Holden-Bryant, aunque su expresión no se

correspondía con tan triunfal palabra.

—Jack dejó de amarla porque amaba a mi madre. ¿Y usted estaba al tanto de eso?

—Tenía mis sospechas.

—¿Basadas en…?

Apuntó con su afilada barbilla a Pine y le dirigió una mirada ahora sí triunfal.

—Era abogada. Sabía cómo averiguar cosas.

—¿Hizo que siguieran a Jack?

—Tomé medidas para descubrir por qué el hombre que iba a casarse conmigo de pronto no quería hacerlo.

—¿Incluía eso contarles a los mafiosos dónde encontrarnos a mi familia y a mí para que pudieran atentar contra nuestras vidas mientras estábamos en el programa de protección de testigos?

Holden-Bryant bajó su vaso muy despacio.

—¿Qué?

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—Y cuando eso falló, ¿le contó a Bruno Vincenzo que mi familia estaba en Georgia para que convenciera a su hermano Ito de que fuera allí a hacernos daño?

—No sé de qué me hablas —farfulló la mujer—. No tengo ni idea de nada de lo que estás contando. ¿Quién es ese tal Bruno?

—¿Cree que me parezco a mi madre? —preguntó de pronto Pine. —¿Cómo?

—¿Me parezco a mi madre?

Tras vacilar un instante, Holden-Bryant dijo:

—Eres igual de alta, eso seguro. —Demasiado tarde, cayó en la cuenta de lo que acababa de admitir. Se recostó y añadió en tono irritado—: Muy bien jugado, agente Pine. Debo reconocerlo.

—Así pues, vio a mi madre. ¿Habló con ella alguna vez?

—No lo recuerdo.

—Ya no tiene ninguna responsabilidad penal. Hiciera lo que hiciese ya prescribió hace mucho tiempo. Siendo abogada debería saberlo.

—No estaba pensando en eso, la verdad. No he vuelto a ejercer la abogacía desde que me casé por primera vez.

—Entonces no tendrá ningún problema en contarme lo que hizo. —¿Por qué tiene tanto interés?

—Porque tengo una hermana gemela que puede que esté viva o puede que esté muerta. Pero, sea cual sea el caso, necesito saberlo.

Aquellas palabras parecieron afectar a la mujer más de lo que Pine había previsto.

—Cuénteme más acerca de lo que ocurrió —dijo en voz baja teñida de curiosidad.

Y Pine lo hizo, le explicó hasta el último detalle de lo que sucedió aquella espantosa noche en Andersonville. Y luego todo lo que había averiguado sobre Bruno e Ito Vincenzo.

—Es algo realmente horrible —dijo al final la mujer, casi sin aliento. —Sí, lo fue. Así que cualquier cosa que pueda contarme será más de lo

que tengo ahora.

Holden-Bryant volvió a levantarse de la cama, pero esta vez no fue a buscar una copa. Acercó una silla a ellas y se sentó. Mientras hablaba, tenía la mirada clavada en el suelo enmoquetado.

—Yo amaba a Jack con toda mi alma, de forma incondicional. Él era todo lo que buscaba en un marido. Ya había planeado cómo sería nuestra

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boda y nuestros primeros años de casados. No me malinterpreten, yo era una mujer emprendedora, independiente. Quería labrarme una carrera como abogada al más alto nivel y trabajé muy duro para ello. —Hizo una pausa—. Pero también ansiaba algo más. Quería una vida con Jack. Quería tener hijos con él. —Volvió a hacer una pausa para pasear la mirada por su dormitorio de ensueño—. En cambio, esto es lo que tengo. Y debo decir que no compensa ni de lejos todo lo que yo anhelaba. —Bajó un momento la cabeza antes de volver a levantar la vista. Miró a Blum—. Sospechaba que Jack se veía con alguien. Una mujer sabe esas cosas, ¿no?

Blum asintió.

—Yo también he pasado por eso. Y coincido con usted. Siempre hay señales reveladoras.

—¿Qué hizo para confirmar sus sospechas? —preguntó Pine. —Contraté a un detective privado para que lo siguiera. Un tipo que

trabajaba investigando para mis casos. Era bueno, muy bueno. Consiguió información, fotos, de todo.

—¿De Jack con mi madre?

—En cuanto la he visto entrar por esa puerta, he sabido que era la hija de Amanda y Jack. Amanda era la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Podía entender por qué Jack se había enamorado de ella. Pero también estaba furiosa con él. Más allá de lo imaginable.

—¿Y qué hizo con toda esa rabia? —preguntó Pine en tono pausado. —Sabía que Jack trabajaba para los federales. Él nunca hablaba de

ello, y yo nunca lo presioné. Tenía claro que se trataba de algo confidencial. Era algo que sabía muy bien por mi profesión. Yo tampoco le hablaba de mis casos. —Se levantó, se acercó al mueble bar y se sirvió un vaso de soda. Volvió a tomar asiento y continuó—: Yo seguía muy de cerca los casos sobre la mafia que tenían lugar en aquella época en Nueva York. Nunca ejercí como abogada defensora de ninguno de los capos, aunque de vez en cuando representé a alguno de sus sicarios. Sabía que eran escoria, pero eso formaba parte del reto. Y soy partidaria de que todo el mundo merece recibir la mejor asistencia legal. Pero había algo más. Los capos esperaban lealtad inquebrantable de los hombres que tenían por debajo, aunque eso jamás era recíproco. A la más mínima los arrojaban a los leones para salvar el pellejo. Y eso era algo que me resultaba intolerable.

Holden-Bryant calló un momento, como si se preparara para sumergirse en un océano de viejos recuerdos.

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—Prosiga —la urgió Pine.

—Había un sicario que acudió a mí en busca de representación legal, con relación a la serie de casos que se estaban juzgando en la época bajo la ley RICO. Se llamaba Amadeo Bertelli. El nombre lo decía todo, y además cumplía los peores estereotipos del mafioso italiano. No podía tener las manos más manchadas de sangre. Era un hombre con el que, a nivel personal, no podría haber pasado más de un minuto. Pero tenía una historia que contar, y yo la escuché. Y cuanto más escuchaba, más cosas empezaron a cobrar sentido.

»El hombre tenía un amigo que se había visto involucrado también en todo aquel asunto. El amigo había intentado hacer lo correcto, pero alguien se la había jugado. Ya lo habían arrestado, pero de alguna forma había logrado que lo soltaran bajo fianza. Entonces me reuní con esa persona.

—Bruno Vincenzo —dijo Pine—. ¿El hombre del que acaba de decir que nunca había oído hablar de él?

—Sí. Bruno Vincenzo —repitió amargamente—. Era incluso peor que Bertelli. Solo estar en la misma habitación que él me daba escalofríos. En fin, Vincenzo me lo contó todo. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Él esperaba que yo pudiera conseguirle un acuerdo con la fiscalía para que lo incluyeran en el programa de protección de testigos. Pero antes de que eso llegara a ocurrir, le revocaron la libertad bajo fianza y otro abogado se hizo cargo del caso. Bruno acabó entrando en prisión. Más tarde me enteré de que lo habían matado allí.

—Y ese debería haber sido el final de la historia —dijo Pine. —Debería, pero no lo fue —dijo Holden-Bryant con voz grave. —¿Cómo averiguó dónde había sido reubicada mi familia? —preguntó

Pine—. Ha dicho que Jack nunca hablaba de su trabajo.

La mujer alzó la vista hacia ella, sus ojos convertidos en dos ranuras a través de las cuales escapaban las lágrimas.

—No siempre cerraba su maletín. No comprobaba si alguien escuchaba las llamadas que hacía desde el apartamento, y cuando digo «alguien» me refiero a mí. Supongo que confiaba en mí. Y cuando bebía mucho, que por aquel entonces era a menudo, la lengua se le soltaba más de la cuenta. No tardé demasiado en descubrir que la persona que se la había jugado a Bruno era ni más ni menos que la Amanda de Jack.

—¿Y qué hizo con esa información? —preguntó Pine, mirándola fijamente a los ojos.

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—Los celos debieron de volverme loca. Me consumió la furia.

—De algún modo se enteró de dónde estábamos, nuestros nuevos

nombres y otros detalles, y se los hizo llegar a Bruno —dijo Pine—.

¿Verdad?

—Sí.

—¿Cómo?

—Le pasé una nota con la información a su nuevo abogado, que a su vez se la pasó a Bruno cuando fue a visitarlo a la prisión. Los guardias no pueden interceptar las notas que los abogados les pasan a sus clientes.

—¿Y el abogado no sabía qué ponía en la nota?

—No lo preguntó, y yo no se lo dije.

—Recibimos una carta amenazante, que fue lo que provocó que nos trasladáramos. Poco después intentaron atentar dos veces contra nuestra vida, y entonces Jack se puso paranoico y nos sacó del programa de protección de testigos. Hizo que nos mudáramos a Andersonville con el apellido Pine, y él mismo se instaló personalmente en la zona para vigilarnos. —Hizo una pausa—. Y más tarde llegaría también Ito Vincenzo, el hermano de Bruno, poco después de que mataran a este. Porque también le contó a Bruno que nos habíamos trasladado a Georgia, ¿verdad? Antes de que se lo cargaran en la cárcel por soplón.

Holden-Bryant no la miró a la cara, pero asintió con la cabeza. —Cuando Jack finalmente rompió conmigo y me dijo que se

marchaba, supe lo que estaba pasando. Supe exactamente lo que iba a hacer. Iba a seguir a tu madre, la mujer a la que realmente amaba. Dejándome a mí… sola.

—Pero seguramente no le explicó los detalles de adónde se marchaba —intervino Blum—. ¿Cómo averiguó la información para pasársela a Bruno?

—Jack no me contó nada. Y para entonces había dejado de beber y de hacer llamadas desde el apartamento. No creo que llegara a sospechar de mí, pero había extremado al límite las precauciones. Sin embargo, cometió un gran error. Recibió una llamada que le hizo entrar corriendo en su despacho para comprobar algo en la caja fuerte. Nuestra relación ya estaba en las últimas, pero aún compartíamos el apartamento y yo todavía trataba de salvar la situación. Normalmente, cuando yo estaba en casa, al entrar en su despacho cerraba la puerta con llave. Pero aquel día tenía tanta prisa que dejó la puerta entreabierta. Así fue como pude espiarlo desde el pasillo

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mientras abría la caja fuerte de la pared y logré enterarme de la combinación. De tanto en tanto, cuando aún vivíamos juntos, echaba un vistazo a su interior. Hasta que un día, cuando ya quedó claro que iba a marcharse, esperé a que saliera de casa, abrí la caja fuerte y encontré una carta que le había enviado alguien de su agencia. Allí estaba todo: Andersonville, Georgia; Tim y Julia Pine y sus dos adorables hijitas, Atlee y Mercy. Le hice llegar la información a Bruno y este debió de pasársela a su hermano, porque imagino que para entonces ya no tendría ninguna conexión con la mafia. Creo que murió poco después de recibir la información.

—Pero no antes de pasársela a su hermano. —Pine hizo una pausa—. ¿Llegó a enterarse de lo que le ocurrió a mi familia a finales de los años ochenta?

—La verdad, no lo recuerdo.

—¿Y le contó a alguien lo que había hecho? —¿Para que me encarcelaran? No, no lo hice.

—Leí una carta que Bruno le había escrito a su hermano Ito, quejándose de la injusticia que habían cometido con él. Como si alguien que había matado a decenas de personas tuviera derecho a quejarse. Su intención era darle pena a su hermano Ito, un ciudadano íntegro y respetuoso de la ley, para que se vengara. Y así fue como Ito casi me mató a mí y secuestró a mi hermana, de la que no hemos vuelto a saber nada desde entonces. Mi padre se suicidó y mi madre desapareció. No sé si está viva o muerta. Así que, si su objetivo era destruir a mi familia, la felicito: lo superó con creces. Nos borró del mapa. Por lo que sé, yo soy la única que queda.

Holden-Bryant se llevó una mano a la cara y sollozó quedamente. —Lo siento, Atlee —dijo con voz temblorosa—. Nunca imaginé que… —Lo dudo mucho. Le contó a un asesino dónde encontrarnos. ¿Qué

esperaba que pasara?

La mujer se secó los ojos con la mano y miró a Pine con expresión sobria.

—Supongo que, en cierto modo, sabía exactamente lo que pasaría. Imagino que es absurdo, banal e incluso cruel decir que siento muchísimo lo que ocurrió, pero sinceramente lo lamento.

—¿Llegó a conocer a Ito Vincenzo? —preguntó Pine.

—No, no sabía de su existencia hasta que lo ha mencionado.

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—¿Seguro que nunca se comunicó con él?

—Nunca.

—¿Cuándo rompieron oficialmente Jack y usted?

—Cuando él se marchó a Georgia. No tenía ningún sentido continuar.

Pine se levantó y le tendió una tarjeta.

—Si se acuerda de algo más, por favor, llámeme.

Ella tomó la tarjeta.

—Sé lo que debe pensar de mí.

—Eso no importa. Importa mucho más lo que piense de sí misma. Holden-Bryant sacó un pañuelo de una caja que había sobre la mesilla

y se sonó.

—Bueno, ahora mismo no tengo una gran opinión de mí.

—Ya.

—¿Jack se pondrá bien?

—Parece que se recuperará, sí. De hecho, tiene suerte de estar vivo.

Como yo.

—¿De verdad acaba de descubrir que él es su padre?

—Sí.

—Debió de ser un shock para usted.

—Todo en este asunto lo está siendo.

—Espero que encuentre a su hermana.

Pine no respondió a eso.

—¿Le… le contará a Jack lo que hice? —A menos que tenga que hacerlo, no. —Se lo agradezco.

Pine tampoco respondió. Ya se estaba encaminando hacia la puerta y, un momento después, desapareció.

Holden-Bryant miró a Blum, que seguía de pie junto a la cama.

—Supongo que el amor nos lleva a cometer estupideces —le dijo.

—Oh, creo que para eso no hacen falta justificaciones —repuso Blum. Echó un vistazo a su alrededor—. Al menos usted tiene todo esto para… ser feliz. ¿No se siente afortunada?

Y, dicho esto, salió del dormitorio y cerró la puerta suavemente tras ella.

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Puller acababa de correr unos diez kilómetros en los terrenos de Quantico, manteniendo el ritmo de un par de reclutas marines de piernas largas que aún no habían cumplido los veinte. Volvió a su «nuevo» apartamento —el anterior seguía siendo una escena del crimen—, se dio una ducha, y estaba a punto de ponerse la ropa de civil cuando su móvil emitió un zumbido.

Era un mensaje de su hermano.

«Esta noche veinte cero cero, ANC, Recordad el Maine. Sal. Cuatro barras y una estrella».

Cualquiera que no conociera a los hermanos, o no estuviera familiarizado con el mundo castrense, habría pasado las de Caín para descifrar el mensaje. Pero para Puller tenía todo el sentido, al menos en términos generales.

Se miró el reloj. Iba algo justo de tiempo, porque antes tenía que hacer otra parada. Fue al armario y sacó el uniforme azul. Lo llevaría en la reunión de esta noche, aunque no era estrictamente necesario. Pero también serviría para lo que se disponía a hacer ahora.

Durante mucho tiempo el ejército había utilizado los colores verde y blanco para sus uniformes. Pero lo que se llevaba ahora era el azul. Era el color de las dos grandes victorias militares libradas en territorio estadounidense: los casacas azules contra los casacas rojas en la guerra de la Independencia; y el azul de la Unión contra el gris Confederado durante la guerra de Secesión.

«Si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?».

Comprobó sus hileras de condecoraciones para asegurarse de que estaban donde debían —en eso el ejército no permitía el más mínimo error —, cogió su gorra y se dirigió hacia la puerta, no sin antes dejar que AWOL lo mirara de arriba abajo y maullara su visto bueno.

Condujo hasta el hospital de veteranos. Una vez allí, lo escoltaron hasta la unidad de la memoria. Por el camino fue saludando a soldados sentados en sillas de ruedas, tumbados en camillas o deambulando por los

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pasillos con ayuda de andadores. Todos habían servido a su país de forma valiente y honrosa. Y ahora estaban allí, el último destino de sus carreras militares: una residencia de ancianos pagada por el Tío Sam.

Cuando estuvo ante la habitación, llamó a la puerta. Esperó un momento y luego entró.

Era un cuarto pequeño en el que había muy pocas cosas; la principal, una cama con un anciano postrado en ella. Ese anciano era su padre y tocayo: John Puller sénior.

Antes, cuando Puller se presentaba ante su padre, este solía gritar:

«XO, ¿qué está haciendo aquí?».

Puller no era el oficial ejecutivo o XO de su padre, el segundo al mando, pero le había seguido el juego porque los médicos le habían dicho que sería lo mejor para él.

Eso era antes.

Ahora ya no. Ahora era muy diferente.

Su padre yacía encogido en la cama. Su metro noventa de antaño se había visto reducido en muchos centímetros por la vejez y la enfermedad. Estaba calvo salvo por pequeños matojos de pelo del color de las nubes esparcidos por su cráneo. En los últimos años ya no vestía el mono militar ni el uniforme azul. Ahora su ropa era una bata de hospital y una camiseta blanca por cuya escotadura asomaban pelos rizados y blancos del pecho.

Puller se acercó a un lado de la cama para plantarse ante su padre. Permaneció recto como un palo y bajó la vista hacia el hombre que había contribuido a engendrarlo, aportándole la mitad de su ADN y otros atributos, unos buenos, otros no tanto.

—Vengo a presentarme, señor —dijo Puller sin demasiada convicción. No esperaba una respuesta. Las últimas cinco veces que había ido a visitarlo, su padre ni siquiera se había despertado.

El alzhéimer era lo peor que podía pasarle a una persona, pensó Puller. Al igual que otras enfermedades terribles, acababa matándote. Pero antes de hacerlo, te arrebataba todo aquello que te convertía en persona, dejándote solo un envoltorio físico razonablemente intacto. Y eso no servía de mucho consuelo, sobre todo para la familia y los amigos. Hacía que te preguntaras cómo alguien podía presentar una apariencia normal, y aun así no ser ni de lejos la persona que había sido.

Para su sorpresa, su padre se agitó un poco. Los ojos parpadearon y se abrieron un momento, antes de volver a cerrarse. Puller pensó que eso

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sería todo. Pero los ojos se abrieron por segunda vez y permanecieron así. Puller se inclinó hacia él y decidió prescindir del subterfugio. —¿Papá?

—¿Bobby? —respondió con voz ronca.

Su padre confundía a menudo a los dos hermanos.

Puller sénior había tenido que soportar que a su hijo lo encerraran en una prisión militar por un crimen que no había cometido. Finalmente había visto cómo a Robert Puller lo ponían en libertad y lo absolvían de todos los cargos. También había tenido que sufrir enterarse de lo que le había ocurrido a su esposa, la madre de sus dos hijos, que había desaparecido décadas atrás. Puller sabía que eso había sido lo más duro para su padre. No podía haber nada peor. Pero al menos había podido cerrar aquella historia.

«Al menos todos pudimos cerrarla y pasar página».

Puller miró los hombros todavía anchos de su padre y visualizó las tres estrellas que había lucido sobre ellos. Debería haber habido una cuarta, pero los tejemanejes del mundo de la política lo habían impedido. Y Puller sabía que no había un solo general con cuatro estrellas en todo el ejército que no sintiera que el combatiente John Puller había merecido ese último reconocimiento a su brillante carrera. Pero no había podido ser. Como tampoco había podido ser la Medalla de Honor, otro sacrificio en el altar de la política por encima del mérito. Pero su padre era una leyenda, y las leyendas no necesitaban estrellas ni medallas. Se convertían en mitos y pervivían en los pensamientos y los recuerdos de todos aquellos que venían detrás.

—Soy Júnior, señor. No Bobby.

Su padre se incorporó en la cama, se recostó en la almohada y paseó la mirada por la que probablemente sería la última habitación que ocuparía en su vida. Por su expresión, no parecía reconocer nada de cuanto lo rodeaba. Volvió a tumbarse, miró al techo un segundo y luego giró la cabeza a un lado para observar a su hijo pequeño.

—¿Está en el ejército, soldado?

—Sí, señor. Suboficial mayor.

—¿De qué son?

A Puller se le cayó el alma a los pies porque el hombre estaba señalando sus hileras de condecoraciones. Se había ganado todas las medallas y menciones que el ejército otorgaba en el frente, algunas en más

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de una ocasión. Y con todo, sus hileras del «valor y la gloria» habrían palidecido al lado de las de su padre, cuyas condecoraciones ocupaban decenas de franjas horizontales. Se podría haber hecho una manta con ellas. Pero, claro, ¿qué podía esperarse de alguien que había intentado alistarse para combatir cuando ya era sexagenario?

—Venían con el uniforme —respondió Puller.

—Quedan muy bien —dijo su padre.

—Sí, gracias. Yo también lo creo.

—¿Y tú quién eres?

—Trabajo aquí. ¿Necesita algo?

—Que el rancho sea mejor. La bazofia que sirven aquí no serviría ni para alimentar a un maldito perro, si es que tengo perro. ¿Tengo perro?

—No, señor.

—Bueno, pues la comida sigue siendo horrible.

—De acuerdo, señor. Me encargaré de eso.

—No sé cómo he llegado aquí. Estaba totalmente en activo y de repente me veo en este cuarto.

—Sí, señor. Resulta complicado.

—Y me han puesto esto aquí y ni siquiera sé quién es esa mujer.

Puller miró el retrato enmarcado de su madre, Jackie.

—¿Sabes cómo se llama, hijo? —preguntó su padre.

—Eeeh… No. —Puller no sabía cómo podría reaccionar si mencionaba el nombre de su madre.

—No me parece bien que pongan la foto de una desconocida aquí. Mi esposa podría enfadarse.

—¿Se acuerda de su esposa?

—¿Qué?

—Su esposa.

El anciano general puso la foto boca abajo y volvió a recostarse contra la almohada.

Puller miró hacia la ventana y se apresuró a cambiar de tema.

—¿Su pájaro sigue por aquí? ¿En la ventana? La última vez había un nido.

Su padre le dirigió una mirada inexpresiva.

—¿Pájaro?

—Sí, eh… ¿Necesita algo, señor?

Su padre lo miró aún más fijamente.

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—Me resultas familiar. Me recuerdas a alguien. A Puller se le hizo un nudo en el estómago. —¿De verdad, señor? ¿A quién le recuerdo?

—Un tipo con el que iba a la academia, o eso creo. No me caía muy bien. Ahora mismo no me acuerdo del nombre de la academia.

—Fue a West Point.

Su padre pareció confuso.

—¿Estás seguro?

—Muy seguro, señor —respondió Puller en voz baja.

—Ah, ¿sí?

—Fue uno de los mejores. Se convirtió en un gran líder de soldados.

El hombre se limitó a soltar un gruñido.

El combatiente John Puller nunca había perdido una batalla. Había asumido riesgos enormes, había hecho caso omiso del manual del ejército cuando no se ajustaba a sus objetivos y había exigido el máximo a sus hombres, e incluso más a sí mismo. Había enfurecido a sus superiores más allá de lo indecible y luego se había reivindicado ofreciéndoles una improbable victoria tras otra. Había dos generaciones de guerreros en este país: los que proferirían maldiciones ante la mera mención del nombre del combatiente John Puller, y los que se dejarían guiar por él a donde fuera que los condujera, convencidos de que el general que estaba al mando los llevaría a la victoria.

Y esos dos grupos eran el mismo.

—Los hombres lo respetaban, señor. Todos… todos lo respetábamos. Su padre respondió con otro gruñido. Y luego se acurrucó y se quedó

dormido mientras su hijo permanecía plantado junto a él en posición de firmes.

Puller habría preferido estar ante el hombre que recordaba, el hombre que vociferaba, ruin y vengativo a veces, presionando de manera implacable a sus hijos en las contadas ocasiones en que estaba en casa, el militar de hierro, pero también el hombre que prodigaba sonrisas, palabras de ánimo y muestras de orgullo a sus hijos. Lo habría preferido sin duda a aquel despojo desvalido y desorientado.

Puller arropó a su padre con la colcha y luego salió de la habitación con el corazón destrozado, pero sin dejar que las lágrimas corrieran por su rostro, con la espalda muy erguida y totalmente centrado en la misión que tenía entre manos. Y también siendo muy consciente de que el rapidísimo

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deterioro de su padre era el único enemigo al que John Puller había temido enfrentarse en su vida.

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Puller entregó las llaves de su coche en la entrada del Army and Navy Club, en la calle Diecisiete al noroeste del D. C., y se encaminó hacia la puerta principal. El edificio era antiguo, con unas líneas arquitectónicas clásicas que reflejaban el interior al que se disponía a acceder. Del servicio se ocupaba de manera discreta y eficiente un personal devoto y abnegado, muchos de cuyos miembros llevaban décadas en el puesto. En la planta principal había un gran salón comedor, mientras que el primer piso contaba con salas de reuniones privadas y espacios para comer más reservados. Y, al tratarse de una especie de puesto militar de avanzada, el lugar disponía también, cómo no, de un bar.

Se miró el reloj. Había llegado pronto, como era su costumbre. Un general del ejército confederado dijo en una ocasión que la victoria estaba prácticamente asegurada si llegabas el primero al campo de batalla. Y tal vez la persona con la que se iba a reunir hubiera pensado lo mismo. Se acercó a las puertas acristaladas del bar y echó un vistazo al interior. En la barra había tres hombres y dos mujeres. Solo dos vestían uniformes: una mujer y uno de los caballeros. El hombre era teniente general del Ejército de Tierra, la mujer una capitana de fragata de la Armada, una O-5, lo que significaba que ambos tenían el mismo rango. Pero Puller estaba buscando un O-6, un capitán de navío de la Armada, justo por debajo de un contraalmirante inferior. A eso era a lo que se había referido su hermano con el término «sal».

Un capitán de navío de la Armada tenía el mismo rango que un coronel del Ejército de Tierra, un oficial sénior.

Puller subió a la segunda planta, donde estaba la biblioteca. Allí había una mesa llena de agujeros de bala: había sido utilizada como escudo por soldados estadounidenses durante una refriega en Cuba hacía más de un siglo. Era a lo que se había referido su hermano con «Recordad el Maine». Era el nombre del barco hundido en el puerto de La Habana tras una violenta explosión, lo cual había desencadenado la guerra entre España y

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Estados Unidos. Puller sabía que los militares basaban su visión del mundo en hitos históricos. Y construían otros nuevos con cada nueva batalla.

Miró alrededor pero no vio a nadie, hasta que una voz rompió el silencio.

—Veo que a usted también le gusta llegar pronto, jefe Puller.

Una mujer se levantó de una butaca de respaldo alto que estaba de espaldas a él. Era de estatura media y llevaba el pelo recogido en una coleta. El uniforme blanco le sentaba muy bien a su esbelto físico. Puller le echó unos cuarenta años, una edad muy temprana para ser capitana de navío. Normalmente se tardaban unos veinte años en licenciarse en Annapolis para conseguir las cuatro barras, la estrella y el águila con las alas extendidas sobre el uniforme. Eso explicaba también la referencia utilizada por Robert Puller.

Se acercó a él y le tendió la mano. Puller se la estrechó y notó la fuerza de su apretón mientras bajaba la vista hacia ella, pues era unos treinta centímetros más alto.

—¿Capitana…?

—Gloria Miles, jefe Puller.

—Por favor, llámeme John.

—Entonces llámeme Gloria. Mi padre era sargento mayor del Cuerpo de Marines. Él fue quien me puso el nombre. ¿Y sabe cómo me llamaba?

Puller negó con la cabeza.

—Glory. —La mujer sonrió, aunque en sus ojos había un brillo nostálgico—. ¿Se imagina la de bromas y burlas que tuve que soportar con un apodo tan castrense?

—Parece que eso la hizo más fuerte —dijo Puller, mirándola de arriba abajo—. Y si es tan joven como yo creo, llegó muy alto a temprana edad.

—Las dos cosas son ciertas. Conseguí el rango de O-6 con tres años de antelación. Aunque tuve la sensación de tardar seis años más.

—Creo que puedo entenderlo. ¿Cómo está su padre?

—Ya nos dejó. ¿Y cómo está el suyo?

A esa pregunta Puller solía responder casi siempre: «Tirando». Pero había algo en aquella mujer que le hizo decir:

—Por desgracia, ha conocido días mejores.

—Es duro ver envejecer a tu padre —dijo Miles—. Y es más duro aún cuando ha sido un soldado, un líder nato, duro como una roca. Esperas que

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viva para siempre.

—¿Dónde está destinada ahora? —preguntó él.

—Por el momento estoy en la base naval de Norfolk, para poder supervisar el nacimiento de mi pequeño.

Puller pareció confuso un momento y dirigió una mirada a su dedo anular sin alianza.

Miles reparó en ello y rio con cierto aire melancólico.

—Estoy esperando a tomar el mando de un buque de combate litoral de clase Freedom que está a punto de botarse, el USS Seattle. Ese es mi pequeño.

—Entiendo. Debe ser muy emocionante.

Miles echó un vistazo más allá de él.

—¿Por qué no buscamos un lugar más discreto para hablar?

Puller se giró y vio a un grupo de gente, tanto de civil como uniformados, entrando en la biblioteca y tomando asiento.

Encontraron una sala vacía al final del pasillo de la segunda planta. Puller cerró la puerta tras ellos y se sentaron uno frente al otro en unas sillas plegables. Ella se quitó la gorra y la dejó en su regazo, él hizo lo mismo con la suya.

Miles paseó la mirada por las hileras de condecoraciones de Puller y enarcó las cejas. Aquel era el equivalente militar al derecho a vanagloriarse. El valor y la gloria expuestos sobre la pechera de tu uniforme. Pero lo que Puller había tenido que hacer para ganarse aquellos reconocimientos había sido de todo menos «uniforme». Había sufrido la intrusión violenta de metal dentro de su cuerpo y había tenido que pasar por situaciones infernales que ningún ser humano debería soportar. En otras palabras, el día a día de cualquier soldado en el frente.

—Cruz por Servicio Distinguido, Corazones Púrpuras, Estrella de Bronce, dos de Plata, junto con todo lo demás. Realmente impresionante, John. Ha servido a su país de forma leal y valiente.

—He cumplido con mi deber, como cualquier otro militar. —No tiene nada de malo reconocer la propia excepcionalidad. —¿Por qué contactó mi hermano con usted?

—Creo que contactó con varias personas que pensó que podrían serle de ayuda.

—Pero usted es la única que ha accedido a quedar conmigo.

Ella asintió.

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—Creo que mi relevancia para su investigación no tiene nada que ver con el hecho de que yo lleve uniforme.

—Bien.

—Tiene mucho que ver con alguien que me es muy cercano.

—De acuerdo.

—Como he dado a entender antes, no tengo hijos. Pero soy la madrina de alguien.

—¿De quién?

—Jeff Sands.

—No lo conozco.

—Es el nieto de Peter Driscoll.

—¿Peter Driscoll, el líder de la mayoría en el Senado? ¿Y qué utilidad podría tener eso para mi investigación?

—Jeff acaba de cumplir veintiún años. Gracias a los contactos de su abuelo entró en Georgetown, donde está en tercer año. Nunca lo habría logrado por méritos propios.

—Bien. Pero sigo sin entender qué tiene que ver eso con mi caso. —Jeff consume drogas. Y puede que también sea camello. No lo sé

con seguridad, pero creo que es muy probable.

—Así que puede que sea camello. ¿Por qué no he oído nada al respecto?

—¿Por qué debería haberlo oído?

—¿Así que el abuelo ha impedido que la cosa llegue a los tribunales y la prensa?

—Como acabo de decir, no tengo claro que se dedique al tráfico. Pero Jeff tiene muchos amigos ricos y bien relacionados en las universidades de la Ivy League que podrían ser sus clientes.

—Así pues, una red de consumidores de élite. ¿Y usted ha podido hacer algo al respecto?

—Solo soy su madrina, que por lo general no es más que un cargo honorario. Yo era amiga de su madre, Jennifer. Murió cuando Jeff tenía ocho años, lo cual fue un enorme mazazo para el chico. Su padre se dedica a las inversiones. Trabaja y vive en Nueva York. Después de la muerte de Jennifer, volvió a casarse con una mujer mucho más joven con la que tuvo dos hijos pequeños. Y dio de lado por completo a Jeff. Yo intenté llenar ese vacío, así que a lo largo de los años he pasado mucho tiempo con él. No

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quise convertirme en una segunda madre ni nada por el estilo, sino solo ser su amiga, alguien con quien pudiera hablar.

—¿Tiene Jeff otros hermanos?

—No.

—¿Y qué le cuenta él cuando hablan de sus problemas?

—He abordado el tema varias veces. Y él siempre me dice que todo está bien. Que antes sí que tenía un problema con las drogas, pero que ya lo ha superado. Y que todo lo que pueda haber oído sobre él no es cierto.

—¿Tiene aspecto de estar consumiendo?

—No cuando está conmigo.

—¿Y le ha referido todo esto a mi hermano?

—Sí.

—¿Cómo llegó a contactar con usted? ¿Eran amigos? No me lo ha contado.

—No. Yo sí lo conocía a él, pero él me comentó que nunca había oído hablar de mí. Dijo que mi nombre había salido tras aplicar un algoritmo que había ideado con los criterios que mejor se ajustaban a la investigación.

Puller no pudo evitar sonreír.

—¿Un algoritmo? Eso sí que suena a Bobby, claro. ¿Y está segura de que Driscoll está al corriente del comportamiento descarriado de su nieto?

—Sé que lo está. Lo sé porque se lo he explicado muchas veces. —¿Y cómo reaccionó Driscoll?

—Me dijo que se encargaría del problema.

—¿Y lo ha hecho?

—Si lo hubiera hecho, dudo mucho que ahora estuviéramos hablando aquí.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con Jeff?

—Hará unas dos semanas.

—¿Le ha mencionado alguna vez a un hombre llamado Tony Vincenzo?

—No. Me acordaría de un nombre así.

—¿Y le ha hablado de un ático en la Billionaires’ Row de Manhattan? —Puller le dio la dirección.

Miles pareció algo desconcertada.

—¿Sabe? Creo que una vez lo dejé en la puerta de ese edificio cuando estábamos juntos en Nueva York. Hace más o menos un mes. Me dijo que

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había allí una fiesta. Y recuerdo haberle aconsejado que tuviera mucho cuidado. Y también le comenté que debía de tener algunos amigos muy muy ricos. ¿Sabe quién es el propietario del apartamento?

—Tratamos de rastrearlo, pero no lo conseguimos, lo cual significa que debe ser una organización criminal de ámbito global con cantidades de dinero indecentes.

—Oh, Dios… ¿Con quién diablos se está relacionando Jeff?

—Es lo que intento averiguar. Pero para eso necesito hablar con su ahijado lo antes posible.

—¿Quiere que contacte con él y arregle un encuentro con usted?

—No, eso no funcionaría.

—¿Por qué?

—Porque o bien él desaparecería, o bien enviarían a alguien para matarme. Y como esto último ya me ha ocurrido recientemente, me gustaría poder evitarlo en la medida de lo posible.

Mientras él decía aquello, el rostro de Miles había ido palideciendo. —Entonces, ¿qué quiere que haga? —preguntó con apenas un hilo de

voz.

—Envíeme su información de contacto y una foto. A partir de ahí, ya me encargo yo.

—¿Y qué hago mientras tanto?

—No se ponga en contacto con Jeff. Vuelva a Norfolk, mantenga un perfil bajo, y cuando su buque entre en servicio, embarque en él y no mire atrás.

—Me está asustando mucho, John. —Entonces he conseguido lo que pretendía. —¿Está trabajando solo en el caso? Puller sacó su móvil.

—Tengo una compañera a la que voy a llamar ahora mismo.

—Espero que sea buena.

—Es mucho más que buena.

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A la noche siguiente, Puller se reunió con Pine en la salida de la Octava de la Penn Station de Nueva York. Había viajado en un Amtrak regional desde Washington D. C., un trayecto que había durado unas tres horas. Hacía bastante frío mientras caminaban por la calle, hacía frío y estaba nublado. Puller llevaba su pequeño macuto colgado del hombro y había cambiado el uniforme azul por unos vaqueros, un jersey y una americana azul oscuro. Por el camino se fueron poniendo al día de sus nuevos avances en la investigación, incluyendo la reunión con Gloria Miles, gracias al algoritmo de Robert Puller, durante la cual ella le había hablado de Jeff Sands.

—¿Y le has contado a Lineberry que Linda Holden-Bryant fue su topo en aquella época? —le preguntó Puller.

—Debería, pero no lo he hecho. No estoy muy segura de cómo abordar el tema. Además, todavía se está recuperando.

Tomaron un taxi que los llevó hasta el West Side, a un edificio de apartamentos en las calles Ochenta, cerca de Riverside Drive.

Después de pasar junto al portero uniformado con chistera, y mientras cruzaban el espectacular vestíbulo de mármol y cromo, Puller preguntó:

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Aquí es donde nos alojamos. Carol está arriba preparando la cena. —¿Y de quién es el apartamento? Normalmente, cuando estoy en

Nueva York duermo en el sofá de algún amigo. Las dietas diarias de la CID no alcanzan para pagar ningún alojamiento en la zona, ni siquiera para dormir en el coche en una plaza de parking. —Puller echó una ojeada al sonriente conserje sentado tras un mostrador que no se vería fuera de lugar en Versalles, y añadió—: Y no hay que ser el mejor detective del mundo para deducir que esto tampoco puede costearse con las dietas que paga la Agencia.

Pine pareció algo incómoda.

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—Es… es una de las residencias de Jack Lineberry. Nos ha permitido generosamente alojarnos aquí.

—¿No os estabais quedando en un hotel de Trenton?

Pine pulsó el botón del ascensor.

—Me llamó ayer. Le dije que estábamos en Nueva York e insistió en que nos instaláramos aquí.

—¿Eso fue antes o después de que hubieras hablado con su antiguo amor?

—Después. Pero no le conté nada. Jack solo estaba siendo amable. Subieron hasta el décimo piso y ella lo condujo por un pasillo amplio y

lujosamente enmoquetado, flanqueado por macizas puertas de madera y cuadros que parecían originales. Pine utilizó la llave de tarjeta para acceder al apartamento. Puller la siguió, dejó su macuto en el suelo y echó un vistazo a su alrededor.

—Guau, Lineberry está realmente forrado.

—Sí. Tiene un jet privado, una mansión en la Georgia rural y un ático en Atlanta.

—Y este apartamento —agregó Puller—. Y además es tu padre.

—Mi padre biológico —puntualizó ella—, pero fue Tim Pine quien me crio. Por lo que a mí respecta, Tim es mi padre.

—Ya. Pero ¿tiene Lineberry más hijos?

—No, nunca se casó. Solo nos tiene a mí… y a Mercy.

—Pues no te extrañe que te deje a ti todo esto.

Pine pareció sorprendida.

—Nunca lo había pensado. ¡Y tampoco lo quiero!

—Pero aun así te lo puede dejar. Y tú podrás hacer con ello lo que quieras.

—Ya me preocuparé si alguna vez llega a suceder.

En ese momento Blum entró en la sala. Llevaba puesto un delantal, tenía una mejilla manchada de harina y se estaba secando las manos con un paño.

—Me pareció oíros entrar. Este lugar no solo es engañosamente grande, sino también muy silencioso. Espero que tengáis hambre. La cena estará lista en unos diez minutos.

—Estoy hambriento —dijo Puller—. Solo he podido picar un poco en el tren.

—Voy a enseñarte tu habitación —dijo Pine.

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Lo condujo por un pasillo hasta llegar a la última puerta y la abrió. Al entrar en la habitación, echó un vistazo a lo que sin duda era un espacio decorado por algún profesional sin escatimar en gastos, al igual que el resto del apartamento.

—Lineberry tiene buen gusto, o al menos ha contratado a alguien que lo tiene —comentó Puller mientras dejaba su macuto sobre la cama con dosel.

Pine se sentó en una silla ante un escritorio de inspiración clásica, en el

que no faltaban el típico material de papelería, una pluma y una lupa

enorme con mango de cuero.

—Bueno… ¿Jeff Sands?

Puller asintió y se sentó en la cama.

—Su abuelo es uno de los hombres más poderosos del país. Pero por lo visto su yerno se ha desentendido de Jeff y ahora está centrado en su nueva familia.

—¿Así que puede que se dedique a traficar con drogas, además de consumirlas? ¿Y cómo es que no ha salido nada en la prensa?

—He hecho algunas pesquisas. Sands es uno de los dieciséis nietos de Driscoll, y además tiene un apellido diferente al de su abuelo. Por lo que he podido averiguar, no hay mucha gente enterada de esto. Y seguramente tampoco se considere muy noticiable. A ver, el padre de Sands siempre ha sido el progenitor ausente. Y no creo que se pueda reprochar a Peter Driscoll que uno de sus muchos nietos se haya descarriado. Él crio a sus propios hijos y todos parecen haber salido bien. No es exactamente su responsabilidad controlar a la siguiente generación.

—Ya, eso sin duda tiene sentido. Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —Tengo la dirección de Sands. Montaremos un dispositivo de

vigilancia y esperaremos a ver qué pasa.

—¿Y por qué no vamos a interrogarlo directamente? —No, primero quiero sondear un poco a ese capullo.

—El gobierno federal y la policía de Trenton se han lanzado sobre nosotros con toda la artillería. No veo cómo alguien como Jeff Sands podría conseguir eso. Pero un pez gordo como Peter Driscoll sí que tendría poder para hacerlo.

—No puedo contestarte a eso, aunque espero poder hacerlo pronto. —Pero es que, John, ha muerto gente: Sheila Weathers y Jerome Blake

y Ed McElroy. Dirás que soy una ingenua incurable, pero me cuesta

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mucho creer que un senador de Estados Unidos pueda estar involucrado en algo así. —Al ver que él no decía nada, añadió—: ¿Puller?

—Estoy tratando de decidir si tú eres una ingenua incurable o si yo soy un cínico incorregible.

—Pero ¿piensas que es posible que esté implicado de algún modo? —Pienso que en el mundo de la política se mueve tanto dinero que

cualquier cosa es posible. Tipos como Driscoll son un activo muy valioso, Atlee. Para alguna gente pueden valer miles de millones, incluso billones de dólares. —Hizo una pausa—. ¿Qué crees que podría hacer alguien por un billón de dólares?

—Cualquier cosa —respondió Pine—. Y, mirándolo de ese modo, supongo que es una suerte que solo haya tres muertos.

—Aunque creo que esa cifra va a aumentar.

—¿Incluyéndonos a ti y a mí? Ya han estado muy cerca de conseguirlo, sobre todo en tu caso.

—Desde el momento en que nos colgamos la placa… —… asumimos esa posibilidad —terminó Pine por él.

—Pero te lo vuelvo a repetir: este no es tu caso, Atlee. Deberías centrarte en buscar a tu hermana.

—Muy caballeroso por tu parte ofrecerme una salida tan digna. —¿Y la vas a aceptar?

—Mi respuesta es la misma de la última vez. Y ahora vamos a cenar.

Tú no eres el único que está muerto de hambre.

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Era esa hora de la noche en que la mayor parte de la gente está ya acostada. Una bruma marina se adentraba en tierra desde el Hudson, mientras que una neblina vaporosa se elevaba desde las aguas del East River. Y ambas se fundían sobre el centro de Manhattan, como amantes secretos que se encuentran furtivamente en mitad de la noche.

Pine estaba vestida, mirando por la ventana de su dormitorio sin ver nada. Cualquier actividad que tuviera lugar al nivel de la calle, diez pisos más abajo, resultaba invisible para ella.

Comprobó su arma principal y su Beretta por cuarta y última vez. Se acercó a la puerta del dormitorio de Blum y esperó unos segundos hasta oír los suaves ronquidos de la mujer. Puller la esperaba en el salón. Iba vestido todo de negro y Pine se fijó en los bultos que sobresalían en la línea de la cintura, donde llevaba sus M11.

Puller sacó su móvil y fue deslizando el dedo por la pantalla.

—Tengo a un equipo de agentes de la CID siguiendo los movimientos de Sands las veinticuatro horas del día.

—¿Y qué ha estado haciendo?

—Al parecer, la doble carga de estudiar en Georgetown y dirigir una red de narcotráfico debe ser demasiado para él, por lo que se ha tomado un descansito de la academia para engordar su cartera y ampliar el mercado.

—¿Se confirma que está traficando?

—Bastante, sí.

—¿Hemos descartado que su padre pueda estar también implicado? — preguntó Pine mientras entraban en el ascensor para bajar al vestíbulo.

—No del todo, pero por lo que hemos podido averiguar el tipo está realmente forrado. Y como padre es un capullo, al menos para Sands. Así que dudo mucho que padre e hijo estén juntos en esto.

Un taxi los dejó a tres manzanas de su destino en Brooklyn. —Es un club al que suele ir Sands —explicó Puller. —¿Qué clase de club?

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—Uno muy caro.

—¿Quieres delante o detrás? —preguntó ella.

—Elige tú.

Pine se dirigió a la parte de atrás.

Tomó posición detrás de una hilera de contenedores situados a unos veinte metros de la puerta trasera del local, que se llamaba, simplemente, el Club.

«O es por pura desidia o es una auténtica genialidad», pensó Pine. Puller le había enviado una foto de Sands. Era un chico guapo, con un

toque de arrogancia en sus rasgos. Tenía pinta de niño de papá, pensó Pine, de privilegiado criado entre algodones. Pero, una vez más, tuvo que recordarse que su madre había muerto cuando él era pequeño y que su padre prácticamente lo había abandonado. Pine podía entenderlo, pero eso no lo exoneraba de haber acabado convirtiéndose en un camello.

Comenzó a caer una fina llovizna, y Pine retrocedió un poco para ponerse a cubierto bajo un voladizo. Se subió el cuello de la cazadora sin apartar la vista en ningún momento de la puerta trasera del Club. Se puso en tensión cuando, hacia la una de la madrugada, la puerta se abrió y dos hombres salieron tambaleándose, pero ninguno de ellos era Sands. Se alejaron rápidamente y apretaron el paso cuando la lluvia arreció.

Pasaron otros veinte minutos. Pine empezaba a preguntarse si aquella misión de vigilancia no habría sido una pérdida de tiempo cuando, de pronto, la puerta volvió a abrirse. Su cuerpo se tensó de nuevo, pero se relajó al ver que se trataba de una mujer. Debía de tener veintitantos años, bajita, voluptuosa y vestida con muy poca ropa.

No obstante, al poco volvió a ponerse en alerta al ver aparecer en el umbral a un hombre, que pareció buscar a su alrededor con la mirada. Entonces salió Jeff Sands, que sonrió y rodeó a la joven con sus brazos. Las manos de Sands fueron bajando por la espalda de la chica hasta tomar firme posesión de sus nalgas. Se besaron y él fue empujándola hasta apoyarla contra la pared.

Pine no estaba segura de querer ver lo que ocurriría a continuación. Pero, de repente, dos hombres emergieron de entre las sombras de la parte trasera del edificio. La chica salió corriendo y solo quedaron Sands y los dos tipos que apuntaban con sus pistolas al rostro apuesto y ahora aterrorizado del joven, que alzó las manos y retrocedió. Pine podía ver cómo suplicaba a los pistoleros, aunque sabía que esas súplicas no

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servirían de nada. Ya había enviado un mensaje de solo una palabra para alertar a Puller. Desenfundó las dos pistolas y salió de su escondrijo. La Glock apuntaba a uno de los atacantes, la Beretta al otro.

Habían acorralado a Sands de espaldas a la misma pared contra la que él había empujado a la chica.

En circunstancias normales, Pine habría gritado para imponer su presencia y autoridad federal, pero la situación no era la más adecuada para ello. Avanzó sigilosamente y, con la culata de su pistola, golpeó fuertemente al primer hombre en la nuca, que cayó con un grito de dolor. El otro se giró como un rayo, apuntando con su arma al pecho de Pine. Pero al momento también estaba tirado en el suelo, después de que Puller apareciera por una esquina y embistiera contra él con todas sus fuerzas.

Rápidamente los desarmaron y les ordenaron que se levantaran.

Un hilo de sangre corría por el rostro del hombre al que Pine había golpeado.

—Necesito un médico —gritó.

—Lo que necesitas —repuso Puller mostrando su placa— es empezar a responder preguntas. La primera: ¿por qué estabais a punto de matar a este hombre?

Sands se había desplomado contra el muro y respiraba jadeante con lágrimas en los ojos.

—No íbamos a matarlo —contestó el otro tipo, frotándose la magulladura que se había hecho en la mejilla al ser derribado al suelo—. Solo íbamos a hablar de algunas facturas pendientes.

—¿Y para eso tenéis que usar pistolas? —preguntó Pine.

—El señor Sands suele necesitar algo de persuasión.

Puller sacó su móvil y pulsó un número.

—Bueno, ¿qué tal si le explicáis vuestras técnicas al Departamento de Policía de Nueva York?

—No creo que sea buena idea.

Puller y Pine se giraron hacia Sands, que era quien había pronunciado esas palabras. Había recobrado la compostura y los miraba con gesto implorante.

—Esos hombres son socios de negocios. No iban a hacerme daño. —Algo que no se puede decir de vosotros dos —añadió el que había

hablado antes, frotándose de nuevo la mejilla.

—¿Alguno de vosotros conoce a Tony Vincenzo? —preguntó Pine.

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Los dos hombres se miraron el uno al otro, hasta que el que sangraba dijo:

—¿Quién?

Puller guardó el móvil y miró a Sands, que dijo:

—Esto no tiene nada que ver con Tony. Ellos no lo conocen.

Pine centró su atención en él.

—¿Y tú sí?

—Lo conozco, sí —respondió de mala gana.

Puller miró a los dos hombres.

—Largaos.

Los tipos se miraron sorprendidos y luego salieron por piernas, perdiéndose entre la bruma con la misma rapidez con que habían aparecido.

Sands se apartó de la pared y se arregló un poco la ropa.

—Gracias por la ayuda. Os invitaría a una copa, pero es que ahora tengo que ir a un sitio.

Puller lo agarró por un brazo.

—Sí que tienes que ir a un sitio. A hablar con nosotros. Vamos.

Sands se removió para zafarse.

—Eeeh, que estamos en un país libre y no he hecho nada malo. Así que quítame las manos de encima.

Pine dio un paso hacia él.

—Si lo prefieres podemos llamar a tu abuelo para contarle lo que hemos averiguado de ti.

—¿Creéis que le importará algo? —replicó con gesto desdeñoso—. ¿Y por qué no llamáis también a ese capullo que tengo por padre a ver lo que podéis sacar de ahí?

—Puede que a ellos no les interese, pero a la policía seguramente sí. Y esos dos tipos no estaban recaudando precisamente para beneficencia. ¿Cuánto les debes?

—¿Por qué me estáis jodiendo de esta forma?

—Sabemos en lo que estás involucrado, Jeff —replicó Puller—. Y ha muerto gente. ¿Qué te hace pensar que tú eres especial?

—¿Quién ha muerto?

—El padre de Tony Vincenzo. Y una mujer llamada Sheila Weathers.

Sands pareció presa del pánico.

—¡Sheila! Estás mintiendo. Pero si estaba…

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—¿Qué? ¿Que estaba la otra noche en el ático? Yo también. Pero ella está muerta. Vi su cadáver.

—Estás mintiendo.

—Podemos llevarte ahora mismo a la morgue para que veas el cuerpo. No sería muy agradable, porque ya le han hecho la autopsia. Tengo el informe aquí en mi móvil. ¿Quieres ver las fotos?

Sands negó con la cabeza y se llevó una mano temblorosa a la cara. —No… Yo…

—Vamos a tomar un café. Hay un local aquí cerca que está abierto toda la noche —dijo Puller.

Y se adentraron en la oscuridad.

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Sands tuvo que tomarse una taza entera de café antes de poder levantar la cabeza para mirarlos.

El local era un cuchitril, pero resultaba bastante agradable y no estaba demasiado lleno a esa hora. Pine y Puller no habían bajado la guardia en ningún momento por si detectaban la presencia de los dos tipos que habían hostigado a Sands. Si estaban ahí fuera, y seguramente era así, se les daba muy bien pasar desapercibidos.

—¿Quieres comer algo? —le preguntó Pine, que rodeaba la taza entre sus manos y dejaba que el vapor humeante le subiera a la cara a fin de contrarrestar la inclemencia del exterior.

Sands negó con la cabeza y, tras echar azúcar a la taza que la camarera acababa de rellenarle, dijo:

—Sheila era muy maja.

—Me contó que estaba saliendo más o menos con Tony.

Sands se pasó una mano por el pelo espeso y revuelto. Parecía un Kennedy, pensó Pine. Guapo, encantador, bien relacionado, y con predisposición a meterse a veces en serios problemas.

—Supongo que así era. Pero todos alternábamos juntos.

—Trabajaba en Fort Dix, en la cantina —dijo Pine—. Al menos eso es lo que me contaron.

—Sí, algo así.

—¿Y cómo una chica como ella tenía acceso a un ático de la Billionaires’ Row?

—Porque yo dije que podía entrar. Al igual que Tony.

—¿Y al igual que Lindsey Axilrod?

—¿Lindsey? ¿Por qué mencionas a Lindsey?

—Porque fue ella la que nos tendió una trampa a Sheila y a mí. Y la que ayudó a quien fuera que matara a Sheila.

—Ni de coña, no me lo creo —dijo Sands con vehemencia—. Lindsey es una tía muy enrollada. Nunca haría algo así.

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—¿Y cómo conociste a Lindsey? —preguntó Pine.

—Pues… nos conocimos y ya está. De la manera en que se conoce la gente.

—¿Por qué tengo la impresión de que ella fue la que te buscó? — insistió Pine.

—¿Y por qué iba a hacer eso? No es más que una trabajadora informática en Fort Dix.

—Yo entré en el ático gracias a Lindsey. Y ella tenía acceso por su relación con Tony. O por lo menos eso pensé entonces. Ella fue la que me señaló a Sheila allí. Quedamos en reunirnos con ella más tarde. Lindsey y yo estábamos a punto de subir a lo que yo creí que era un Uber que ella había pedido. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme junto al cadáver de Sheila, y ni rastro de Lindsey por ninguna parte.

—Puede que también se la cargaran a ella.

—No, más tarde fui a su casa. No respondió cuando llamé a la puerta, así que telefoneé a la policía para que fueran a comprobar que estaba bien. Cuando llegaron los agentes, Lindsey habló con ellos a través de una cámara instalada en la entrada y les contó no sé qué trola de que su madre estaba enferma y que había tenido que salir de la ciudad. No hizo ninguna mención a lo ocurrido la noche anterior. Está metida en esto hasta el cuello. No es una simple trabajadora informática. Me engañó a mí y por lo visto también a ti.

Puller dejó su taza en la mesa y se inclinó hacia delante.

—¿Qué está pasando exactamente, Jeff?

Sands lo miró con gesto nervioso.

—No sé muy bien qué queréis que os cuente.

—La verdad estaría muy bien.

—¿Cómo habéis llegado a saber de mí?

—Tuve una conversación con tu madrina —dijo Puller—. Estaba muy preocupada por ti y me pidió que te vigilara. Así que aquí estoy, vigilándote. —Y tras una pausa, añadió—: Se preocupa de veras por ti, Jeff.

—Sí, sé que la tía Gloria se preocupa por mí. Después de que mi madre muriera, es la única que lo hace —dijo en tono desdichado.

—Hay mucha gente que lleva vidas desgraciadas, Jeff —dijo Pine—. Pero tú eres joven, tienes dinero, a menos que esa ropa que llevas sea de imitación. Y estudias en una de las mejores universidades del país.

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—La única razón por la que entré fue porque mi abuelo estudió allí. Yo ni siquiera quería ir, pero él insistió. Dijo que tenía que hacer algo bueno con mi vida.

—Tal vez lo decía de corazón.

Sands soltó una risotada amarga.

—¿Cuál es el chiste? —preguntó Pine.

—Lo único que le preocupa «de corazón» es que pueda hacer algo que manche su buen nombre.

—He oído que tiene planes de retirarse cuando acabe la legislatura — señaló Puller.

—Y también está planeando unirse a un poderosísimo lobby empresarial que va a financiarle sus años dorados. Si algo enturbiara su reputación, todo se iría a la mierda.

—Pensaba que los miembros del Congreso tenían que esperar un tiempo antes de poder ejercer presión sobre el gobierno —dijo Pine.

—Tal como me lo explicaron, él no estaría ejerciendo presión directa sobre nadie. Pero un guiño de ojos, un asentimiento de cabeza, una llamada de teléfono, una palabra susurrada… Todo eso se puede hacer fácilmente. Por eso redactaron las leyes así. Para que parezca que están haciendo algo positivo, aunque asegurándose de dejar resquicios legales tan grandes como para que pueda pasar por ellos un tráiler.

—Parece que has estudiado todo eso muy a fondo —observó Puller.

—Me gusta saber con lo que estoy lidiando —dijo Sands.

—¿A qué te refieres exactamente? —Exactamente a lo que acabo de decir.

—Así pues, ¿el hecho de que trafiques con drogas podría considerarse una mancha en la reputación familiar?

—¿Quién dice que yo trafico con drogas?

—¿Estás diciendo que no lo haces?

—Sí, claro. Se lo voy a confesar a dos federales. ¿Lo queréis por escrito o de palabra ya va bien?

Puller se inclinó aún más hacia delante.

—Voy a contarte algo y quiero que me des tu opinión, ¿de acuerdo? Sands pareció sorprendido, pero asintió. —De acuerdo.

—Tony Vincenzo se dedica a fabricar drogas. De eso no hay la menor duda. Tengo a dos de sus secuaces entre rejas en la prisión militar de Fort

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Dix. Y además descubrimos un montón de pruebas en la antigua casa de su padre. Ese es el primer punto. El segundo es que nuestra investigación está encontrando una extraordinaria oposición por parte tanto de las instituciones estatales como federales. Y mi pregunta para ti es: ¿por qué una vulgar operación de narcotráfico desencadenaría una oposición tan grande por parte de gente tan importante con la única intención de ocultar la verdad?

Sands tomó un sorbo de café antes de responder.

—No lo sé. Tal vez no sea una vulgar operación de narcotráfico. —Entonces, ¿qué es el ático de la Billionaires’ Row, un silo de heroína

o qué?

—No, es solo un lugar de recreo, una pequeña gratificación para sus fieles.

Pine reparó en que, conforme la conversación derivaba hacia ese tema, la desesperación de Sands había dado paso de nuevo a la actitud arrogante y confiada del principio. Sin embargo, sus facciones traicionaron que tal vez había hablado demasiado.

—Entonces tú debes ser uno de los fieles. Así que cuéntanos: ¿hacia dónde diriges esa fe? —preguntó Pine.

Sands se inclinó hacia delante.

—No quiero entrar en este juego, ¿vale? —¿Prefieres entrar en prisión? —dijo Puller. —No tenéis pruebas de nada.

—Tengo testigos dispuestos a delatarte y dejarte con el culo al aire, Sands.

—¿Quiénes?

—¿De veras te piensas que voy a decírtelo?

—Vais de farol. No tenéis nada.

—Muy bien, pues puedes irte ahora mismo —dijo Pine—. Ahí tienes la puerta. Pero ten en cuenta que se han cargado a un tipo en una prisión federal. Ten en cuenta que se han cargado a tu amiga, Sheila. Ten en cuenta que Lindsey está metida hasta el cuello, y me da a mí que es lo que yo llamaría una «superviviente a cualquier precio». Así que ahora que te han visto con nosotros, ¿cuánto tiempo crees que te queda?

—Estás tratando de asustarme.

—Solo te estoy contando los hechos. Si los hechos te asustan, pues eso es lo que hay.

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Sands miró hacia la puerta.

—¿De verdad vais a dejar que me marche?

—Claro —dijo Puller—. Pero antes de que te vayas, ¿tienes alguna idea de dónde está Tony Vincenzo?

—No. Hace como una semana que no lo veo.

—¿Y cómo lo conociste? No lo has dicho.

—Nos conocimos hace un tiempo. De marcha por ahí. Es un tío enrollado.

—¿Y cómo es que tienes acceso al ático si no estás contribuyendo a la causa? —preguntó Pine—. No me parece un sitio en el que se pueda entrar sin dar nada a cambio. ¿Cuál es el precio de admisión?

Sands se encogió de hombros y bajó la vista a su café.

—Imagino que entiendes nuestro escepticismo cuando dices que no tienes nada que ver, ¿verdad, Jeff? —dijo Puller—. ¿Sabes quién es el propietario del ático?

—No.

—¿Quién te habló de él? ¿Quién te dijo que podías ir?

—Unos tíos. No me acuerdo de sus nombres.

—Dudo que ellos hayan olvidado el tuyo. Bueno, pues creo que aquí ya hemos acabado, Jeff. Que te vaya bien la vida, por muy corta que pueda ser.

Puller se levantó y Pine hizo lo mismo. Sands alzó la vista hacia ellos. —¿Vais a dejarme aquí solo y ya está? Puller miró a Pine y luego dijo:

—Has dicho que tú no tienes nada que ver, así que no contamos con ninguna base legal para retenerte. ¿Qué esperas que hagamos nosotros? Antes dijiste que tenías que ir a algún sitio. Pues venga, ve.

Los dos agentes se encaminaron hacia la puerta.

—Eh, chicos, esperad.

Ellos se giraron hacia él.

Un pálido Sands, al que había abandonado todo rastro de arrogancia, se levantó y los siguió.

—No quiero morir, ¿vale?

—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Pine—. Porque la única forma en que podemos ayudarte es que tú nos ayudes a nosotros. Tú eres universitario. Deberías ser lo suficientemente inteligente para captar el concepto.

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Sands lanzó una mirada nerviosa a su alrededor. Algunos clientes lo observaban fijamente.

—¿Podemos ir a algún sitio a hablar? Quizá podamos encontrar la manera de arreglar esto.

—Claro —dijo Puller mientras dejaba unos cuantos dólares sobre la mesa por los cafés. Agarró a Sands por el brazo e hizo una seña a Pine con la cabeza—. Echa un vistazo a la parte de atrás. No podemos correr riesgos con él.

Pine salió cautelosamente por la puerta de atrás e hizo un reconocimiento de la parte trasera del restaurante. Su mirada escrutó en todas direcciones, controlando ángulos de visión y posibles escondrijos. Satisfecha, retrocedió hacia la puerta y dijo:

—Despejado.

Puller salió con Sands.

—Podemos volver a mi apartamento —dijo Pine.

—¿Dónde está el…? —empezó a preguntar Sands.

Sin embargo, no acabó la frase debido a la bala de fusil que impactó en

su cabeza. El proyectil le atravesó el cráneo y alcanzó a Puller. Ambos

hombres cayeron al suelo.

—¡John! —gritó Pine.

Sands estaba claramente muerto.

Y parecía que John Puller podría estarlo también.

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A Pine nunca le habían gustado los hospitales desde que con solo seis años estuvo a punto de morir en uno en Georgia. Había ido perdiendo y recobrando la conciencia en la ambulancia que la había llevado hasta allí. Luces brillantes, gente con mascarillas, tubos y vías insertados en su cuerpo.

Su angustiada madre que no paraba de llorar.

La carrera por los pasillos en la camilla, la habitación blanca y aséptica, desconocidos moviéndose frenéticamente a su alrededor, los pitidos de las máquinas, luces por encima de ella como una constelación de soles, tan intensas que dolían, de modo que cerró los ojos y en ese momento sintió un pinchazo de algo, y luego otro algo le cubrió la boca.

Oscuridad.

Entonces volvió a levantarse, como Jesús, o por lo menos su exhausta mente recordaba ese pequeño detalle del campamento estival cristiano.

Su madre había estado allí. Su padre. Otras personas. Un hombre con una bata blanca, una enfermera sonriente.

Al parecer, viviría.

Ahora estaba sentada en la sala de visitas del hospital al que habían llevado a Puller. Había ido con él en la ambulancia, y todos los recuerdos del frenético trayecto de treinta años atrás volvieron a su mente en oleadas.

Pine le sostuvo la mano, le susurró palabras de aliento al oído sin saber muy bien si él podía oírla, si seguía todavía consciente. Pero ella había notado que Puller le apretaba la mano, aunque fuera muy débilmente. Y entonces se lo llevaron a toda prisa al quirófano de urgencias.

Cuando Mercy desapareció, la pequeña Pine rezó todas las noches para que su hermana regresara sana y salva. Rezó hasta que entró en el instituto. Y después dejó de hacerlo.

Hasta ahora.

Se hincó de rodillas y juntó las palmas de las manos.

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«Dios, él es un hombre bueno. Un hombre justo. Por favor, no dejes que muera. Por favor. Lo necesitamos. Yo lo necesito. Por favor, sálvalo».

Se levantó rápidamente cuando Blum entró en la sala.

—¿Cómo está?

—Todavía en quirófano. Me han dicho que cuando acaben vendrán a informarme de cómo ha ido la operación.

—¿Has hablado con su familia?

—Su padre tiene demencia. Le he dejado un mensaje a su hermano en un número que he podido encontrar. Ni siquiera sé si será el bueno.

—¿Los conoces a los dos?

—Su padre se llama igual que John y es una auténtica leyenda del ejército. Su hermano, Robert, es teniente coronel de las Fuerzas Aéreas y, según Puller, un genio de la informática como hay pocos en su generación. Y no, no conozco a ninguno de ellos.

—Debe de haber sido una noche espantosa. —Ha sido… Sí, realmente espantosa. —¿Viste a quien disparó?

—No. Cuando Puller cayó, lo cubrí con mi cuerpo. Sabía que Sands estaba muerto. La mitad de sus sesos estaban desparramados por la ropa de Puller. Disparé en dirección al tirador, pero no me devolvió el fuego. Y para cuando llegó la policía ya era demasiado tarde. El tirador había desaparecido.

—¿Te contó Sands algo que pudiera servirte de ayuda antes de que lo mataran?

—Iba a hacerlo, creo.

—Entonces, ¿crees que anoche os siguieron?

—Sí. Antes nos habíamos topado con dos matones que iban a caerle encima a Sands, probablemente por un asunto de drogas. Los ahuyentamos. No creo que fueran ellos.

—¿Quizá fuera la persona a la que Sands iba a señalar?

—Puede que ahora nunca lleguemos a saberlo.

En ese momento se abrió la puerta y las dos se giraron para ver quién era. Pine esperaba que fuera el cirujano y rezó para que viniera con buenas noticias.

Pero el hombre alto de treinta y muchos años que entró llevaba el uniforme de combate de camuflaje de las Fuerzas Aéreas.

—¿Es usted Atlee Pine? —preguntó.

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Pine se levantó y miró al hombre. Era un par de centímetros más bajo que Puller y no tan musculoso, pero la cara y los ojos no dejaban lugar a dudas.

—Y usted es Robert Puller —dijo ella, estrechándole la mano.

—He venido en cuanto recibí su mensaje. —Miró a Blum, que hizo un gesto con la cabeza y le dirigió una mirada compasiva.

—Esta es mi ayudante, Carol Blum.

—¿Cómo se encuentra John? —preguntó Robert.

—Está todavía en quirófano. Han prometido que vendrán a informar en cuanto acaben.

—En su mensaje decía que estaba allí cuando le dispararon. ¿Es muy grave?

—Tuvo que ser una bala de fusil. Atravesó el cráneo de Jeff Sands antes de alcanzar a su hermano, así que eso es bueno. Una reducción considerable de la energía cinética.

—¿Dónde le impactó la bala?

Pine se tocó la parte superior del torso, en el lado izquierdo.

—Aquí. Con orificio de salida, lo cual confío en que sea bueno. Pero ha perdido mucha sangre. Intenté detener la hemorragia lo mejor que pude. Entonces llegaron los paramédicos y se hicieron cargo. Iba perdiendo y recobrando la conciencia, hasta que le pusieron una vía y entonces cayó inconsciente. En la ambulancia sus constantes vitales eran críticas, pero estables.

Pine tuvo que sentarse porque contar aquello de forma tan aséptica e impersonal se contradecía con el hecho de que la persona de la que estaba hablando era un amigo que se debatía entre la vida y la muerte.

Robert se sentó junto a ella y le apretó el hombro.

—Es el hombre más fuerte que conozco, agente Pine. Si alguien puede salir de esta, ese es él.

Pine consiguió mirarlo con el ánimo más calmado.

—Por favor, llámeme Atlee. —Hizo una pausa; deseaba desesperadamente cambiar de tema—. John me comentó que usó un algoritmo para localizar a Gloria Miles, que fue quien nos condujo a Jeff Sands. ¿Cómo lo hizo, coronel Puller?

—Llámame Robert. —Puller se reclinó en el asiento y se pasó una mano por el pelo rapado según la normativa reglamentaria—. Por lo que John me explicó, llegué a la conclusión de que nos movíamos en esferas

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bastante elevadas. Una simple operación de narcotráfico no puede hacer que, de la noche a la mañana, degraden a un vicepresidente del Pentágono solo porque estaba haciendo algunas pesquisas. Eso reducía considerablemente el círculo. Planteé un escenario sobre posibles conexiones entre políticos de altísimo nivel y cualquier tipo de actividad delictiva, incluyendo el narcotráfico, porque me pareció que tenía un nexo con lo que estabais investigando. Realicé una serie de cálculos y el único nombre que aparecía una y otra vez era el de Jeff Sands, junto con el de su abuelo, Peter Driscoll. A continuación, busqué cualquier relación entre ellos que pudiera servirle a John como punto de contacto en su investigación. Y así fue como obtuve el nombre de su madrina, Gloria Miles.

—¿Y cuánto tiempo te llevó hacerlo? —preguntó una ojiplática Pine. —Lo hice durante el almuerzo. No es que yo sea tan rápido, pero los

ordenadores que utilizo sí lo son, y las bases de datos a las que tienen acceso son realmente descomunales.

—¿Podría el FBI tomarte prestado a perpetuidad? —intervino Blum. —Lo malo es que Sands está muerto —prosiguió Puller—, así que esa

vía también lo está.

—Al menos ahora sabemos más que antes —repuso Pine—. Pero lo único que quiero oír ahora es que John se va a poner bien.

En ese momento volvió a abrirse la puerta de la sala de visitas. La mujer, de cincuenta y tantos años, vestía el pijama sanitario azul y llevaba gafas. Tenía el pelo canoso y su expresión, le pareció a Pine, era de alivio.

—¿Agente Pine?

—Sí —contestó esta, poniéndose en pie como un resorte, seguida por Robert Puller.

—El paciente ya ha salido de quirófano y se encuentra estable. Y puedo decirle que va a salir de esta. Es un hombre muy fuerte.

—Sí lo es. Este es su hermano, Robert Puller.

Ambos se estrecharon la mano.

—Gracias, doctora —dijo él.

—Me he fijado en que tiene varias cicatrices de heridas anteriores.

—Ha servido en el ejército. En Oriente Medio.

La doctora asintió.

—Eso lo explica todo. Bueno, ahora podrá añadir otra más a su colección.

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—¿Cuándo podremos verlo?

—Está en recuperación y necesita descansar. Yo diría que a última hora del día o tal vez mañana. Es un hombre fuerte, pero lo que le ha ocurrido es extremadamente grave.

—¿Se… se recuperará por completo? —preguntó Pine.

—Creo que se pondrá bien.

—Me refiero a físicamente y demás. Como era antes. Es un agente de la CID militar.

—Ah, entiendo —dijo la doctora mirando a Puller—. No puedo ofrecer ninguna garantía, pero confío en que vuelva a ser el de antes. No puedo asegurarlo al cien por cien, porque ha habido algunos daños internos. Pero, por su aspecto general y por lo que me acaba de contar, apostaría a que sí lo consigue.

Y acto seguido se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Los dos se dejaron caer en sus sillas. Pine pasó un brazo por los hombros de Puller en señal de apoyo.

—Va a conseguirlo, Robert, eso es lo único que importa.

—Gracias a Dios —dijo él.

Y Pine añadió para sí misma:

—Sí, gracias, Dios. Gracias.

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Al cabo de unas horas, Pine y Blum se marcharon y regresaron al apartamento de Lineberry. Robert Puller había decidido quedarse en el hospital. Pine le envió un mensaje con su dirección. Tenía pensado volver más tarde, hacia el final del día, y esperaba con suerte poder ver a John.

Pine estaba exhausta y durmió hasta las dos de la tarde. Miró por la ventana de su dormitorio. Parecía que no iba a llover y que el día sería más cálido que el anterior. Tenía el estómago vacío y le dolía la cabeza por el hambre, pero en esos momentos no quería perder el tiempo comiendo. Se sentía terriblemente culpable por lo que le había ocurrido a Puller. Era consciente de lo que se decía siempre, que eran gajes del oficio y todo eso, pero aun así… se sentía inmensamente responsable de que él hubiera estado a punto de morir.

Y ahora que Sands estaba muerto, no tenían ninguna pista que seguir. Llamó a Robert Puller. Este le contó que su hermano parecía ir

mejorando en la medida de lo posible. Ella le dio las gracias por la información y le dijo que iría más tarde al hospital.

Se duchó y se puso ropa limpia. Cuando salió del dormitorio, Blum tenía la comida sobre la mesa.

—Gracias, Carol, pero no tienes por qué hacer esto. Soy muy capaz de cuidar de mí misma.

—Así tengo algo que hacer, agente Pine. No me gusta sentirme una vaga inútil.

En ese momento sonó el móvil de Pine. No reconoció el número, pero el prefijo era de Nueva Jersey. Respondió.

—Agente Pine —dijo la voz al otro lado de la línea—, soy Norma Bailey, la directora del instituto de Jerome Blake.

—¿Sí, señora Bailey?

—Solo quería informarle de que ya tengo las fotos de los empleados para que pueda revisarlas.

—¿Podría enviármelas por correo electrónico?

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—Sí, se las enviaré ahora mismo. ¿Ha avanzado algo en su investigación sobre lo que le ocurrió a Jerome?

—Un poco, pero las cosas se están complicando muy deprisa.

—Espero que acabe descubriendo la verdad. Jerome lo merece.

—Haré cuanto esté en mi mano.

Pine le dio su dirección de correo. Al cabo de un minuto las fotos llegaban a su bandeja de entrada.

Miró a Blum.

—Tengo las fotos del personal del instituto de Jerome Blake que me ha enviado Norma Bailey.

—Genial. Ahora solo tenemos que encontrar a ese chico… ¿Cómo se llamaba?

—Peanut. Pero creo que hay un atajo que nos ayudará a ganar algo de tiempo.

Poco después condujeron de vuelta a Trenton y, una hora y media más tarde, llegaron a la casa de Jerome Blake. Su madre abrió la puerta.

—¿Han encontrado al que mató a mi hijo? —preguntó.

—Todavía no, pero seguimos trabajando en ello —respondió Pine—.

Conocimos a un amigo de Jerome, dijo que se llamaba Peanut.

La mujer asintió con aire pensativo.

—Jerome y Peanut estaban muy unidos cuando eran más pequeños, pero luego tomaron caminos distintos.

—¿Sabe dónde podríamos encontrar a Peanut? ¿Y cuál es su nombre verdadero?

—Donald Washington. Su abuela vive en la siguiente manzana. ¿Qué tiene que ver él con lo que le pasó a Jerome?

—Nos contó que el día del tiroteo vio a Jerome hablando con un hombre en el instituto. Y que después Jerome estaba de lo más raro. Me gustaría enseñarle a Peanut algunas fotos de empleados de la escuela para ver si reconoce a alguno. ¿Podría facilitarnos su dirección?

—Peanut ya no vive en la casa. Ahora solo vive allí la abuela, y en condiciones bastante lamentables.

—¿Y dónde podríamos dar con él?

—Va mucho a un gimnasio de Broad Street. Calhoun’s.

—¿Y por qué un gimnasio? ¿Le gusta entrenar?

—Algunos van a practicar boxeo. Pero creo que a la mayoría de los que van por allí no les importa mucho entrenar. Es solo un lugar seguro al

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que ir y pasar el rato. Pueden hablar con el dueño. Se llama Gerald. Es un buen hombre.

—¿Y se cuecen allí otro tipo de negocios? —preguntó Pine.

Blake levantó las manos.

—Ah, no, en el gimnasio no. Gerald no lo consentiría. Pero… ¿fuera?

En fin, no pienso meterme en nada de eso. Todavía tengo que criar a mi

Jewel. Y ella necesita a su madre.

—¿Cómo lo lleva su hija?

—Nada bien. Sigue sin poder parar de llorar.

—Debe ser algo muy traumático para ella. Yo… yo sé lo que es perder a una hermana. Si podemos ayudar en algo, háganoslo saber, por favor.

Volvieron al coche y no tardaron en encontrar el gimnasio Calhoun’s. Era un edificio viejo y deteriorado, con antiguos carteles de boxeo pegados en la fachada, la mayoría hechos jirones o desvaídos por el sol. Algunos chicos jóvenes merodeaban por el exterior. Se trataba de una zona deprimida, con muchos escaparates cerrados o tapiados y un aire general de decadencia. Pine aparcó a una manzana de distancia y le pidió a Blum que esperara en el coche sentada en el asiento del conductor, cosa que hizo.

—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?

—Muy segura, Carol. Mantén las puertas cerradas y el motor en marcha. Y si las cosas se ponen feas, te largas.

—Si no has salido dentro de veinte minutos, ¿debo llamar a la policía? —Estaré bien.

Pine pasó caminando entre los grupitos de jóvenes, que le dirigieron largas miradas y le lanzaron algún que otro silbido, aunque por lo demás la ignoraron. Entró en Calhoun’s, que resultó estar construido a la manera de un almacén, con altísimos techos en ángulo y columnas de diseño industrial. Había tres cuadriláteros de boxeo y varios cientos de metros cuadrados llenos de equipamiento para entrenar que se veía obsoleto y desvencijado. Algunos tipos estaban levantando pesas, otros saltaban expertamente a la cuerda y otros golpeaban peras y sacos de boxeo, pero la mayoría estaban congregados en torno a uno de los cuadriláteros.

Pine se acercó hasta allí y se unió a la multitud. Varios jóvenes trataron de cerrarle el paso, pero un hombre de espaldas anchas y con el pelo canoso rizado, ataviado con un anticuado traje de tres piezas y una corbata de un vivo color rojo, les soltó:

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—Mostrad un poco de respeto y dejad pasar a la dama. Los otros obedecieron y Pine se colocó junto al hombre. —Gracias, señor…

—Llámeme Gerald. ¿Y usted es…?

—Atlee Pine.

—Tenía una tía en Alabama que se llamaba Atlee, que Dios la tenga en su gloria.

—Menudo gimnasio, ¿no?

—¿En serio? Perdóneme, pero pensé que sería usted una de esas a las que les van los bares de zumos, las rutinas de Peloton y el yoga y todo eso. —Entonces la examinó de arriba abajo; no de una manera sexual, sino como alguien experto en calibrar la forma física de la gente—. Sin embargo, mirando sus hombros, sus muslos y el torso, supongo que me equivoco, ¿verdad?

—Practico halterofilia. El gimnasio en el que me entreno en Arizona no tiene aire acondicionado, solo un montón de pesas, mucho sudor y ni rastro de bar de zumos. —Echó un vistazo a su alrededor—. Y por lo que veo, creo que encajaría bien en este lugar.

—Pues puede venir a sudar un poco cuando quiera. En fin, ¿qué puedo hacer por usted?

—Estoy buscando a un joven llamado Peanut.

—¿Y a qué se debe su interés? —El tono de Gerald seguía siendo cortés, pero su sonrisa y su mirada se habían endurecido levemente.

—Me dijo que podría ayudarme en un caso. Quiero enseñarle unas fotos que he traído.

—¿Un caso?

Pine le enseñó su placa del FBI.

—La muerte de Jerome Blake. ¿Lo conocía?

Gerald se tomó un momento para observar a la multitud de jóvenes apiñados a su alrededor.

—Ey, muchachos —dijo—, dejadnos un poco de espacio para que la dama y yo podamos tener una charla en privado, ¿de acuerdo?

Los tipos rezongaron un poco, pero acabaron acatando su petición.

Gerald volvió a mirar a Pine.

—Conocía a su hermano, Willie. Podríamos haber hecho de él un buen semipesado.

—Su madre me dijo que lo obligó a marcharse.

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—Así fue. Y Cee-Cee hizo lo correcto. Willie empezaba a ir por el mal camino.

—Fue Cee-Cee quien me dijo que lo buscara aquí. Que es usted un buen hombre.

—Y ella es una buena mujer. Lo ha pasado bastante mal, como mucha de la gente de por aquí. —Miró a los dos hombres que estaban en el cuadrilátero, ambos de veintitantos años, musculados, provistos de protectores de cabeza y fintando y bailando alrededor del ring—. Como esos dos de ahí. Tal vez sus madres también deberían obligarlos a marcharse.

—¿Y qué hace que sigan aquí? ¿Usted?

Gerald se agarró a una de las cuerdas del cuadrilátero.

—He vivido aquí toda mi vida. En mi época pasé mucho tiempo en el ring. Y era bastante bueno. Campeón del Cuerpo de Marines de mi categoría. Después me enviaron a combatir en Vietnam. Y allí me llenaron los pulmones de agente naranja, lo cual acabó con cualquier aspiración de tener una carrera pugilística. Ahora tengo setenta y un años y me siento como si tuviera cien. ¿Tiene días en los que se siente así?

—Todos los tenemos, incluso sin haber respirado agente naranja.

—En fin, abrí este gimnasio en 1977 y lo he regentado desde entonces. He tratado de enseñar el arte del boxeo a los muchachos de por aquí, aunque lo que intento en realidad es ofrecerles un sitio seguro al que ir. Enseñarles algo de disciplina. Aprender a trabajar duro, marcarse objetivos, juntarse en grupos sin involucrarse en ninguna actividad ilegal, no sé si me entiende.

—Sí, cosas buenas para ellos. En fin… ¿Peanut?

—A estas horas suele andar por aquí. Voy a echar un vistazo.

En cuanto Gerald se alejó, Pine notó cómo cambiaba el ambiente. Percibió cómo volvía a aumentar la tensión, cómo los tipos se apiñaban de nuevo a su alrededor y la miraban con más dureza.

Los hombres del ring también pararon y se apoyaron sobre las cuerdas.

Uno de ellos se quitó el protector bucal y masculló:

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Preguntando por alguien.

—No tienes ningún derecho a preguntar por nadie —gruñó el otro, escupiendo su protector—. No puedes venir aquí a hacer preguntas.

—¿Y eso por qué?

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—Es una poli —dijo uno de los chicos entre el gentío—. La he visto enseñar la placa.

—Entonces no eres bienvenida aquí —soltó el primer púgil—. Solo servís para dispararnos por la espalda.

Pine lo escrutó de arriba abajo.

—Hagamos una cosa. Si consigues noquearme, me marcho. Si yo te noqueo a ti, me quedo y me dejáis hacer mis preguntas. ¿Trato hecho?

Los dos boxeadores se miraron entre ellos y estallaron en carcajadas.

La muchedumbre que se agolpaba tras ella también rompió a reír.

—¿Quieres subirte al ring a pelear conmigo? —preguntó el tipo, con una expresión incrédula que dio paso a una sonrisa desdeñosa.

—A menos que quieras bajar aquí.

—No, no. Mejor sube. ¿Qué dientes quieres perder y cuáles conservar? Trataré de amoldarme a tus deseos.

El otro levantó las cuerdas para que Pine pudiera pasar por debajo.

Se irguió cuan alta era y se acercó al joven contra el que iba a pelear. El tipo se sorprendió un poco al comprobar que le sacaba varios centímetros.

Pine se quitó la cazadora, dejando al descubierto la Glock que llevaba en la funda.

—¿Quiere que le guarde la pipa, señora? —gritó un hombre entre la multitud.

—Va a ser que no. —Luego miró a su oponente—. ¿Cuánto pesas? —Setenta y dos kilos.

—Vaya, casi tanto como yo. Por cierto, yo peso cuatro kilos más.

Pine llevaba debajo una camiseta de manga corta que dejaba a la vista sus brazos fibrados y musculosos. El tipo miró a su amigo, que se encogió de hombros y pareció un poco nervioso al bajar del ring.

—Vale, ¿cuáles son las reglas? —preguntó Pine.

—Joder, tía, aquí no hay reglas —soltó el otro con una risotada.

—Genial.

Y con un movimiento fulgurante, Pine le clavó una patada en el estómago que lo hizo doblarse por la mitad. Acto seguido, levantó la pierna derecha y le golpeó con tal fuerza en un lado de la cabeza que lo lanzó contra las cuerdas, donde tuvieron que sostenerle algunos de los espectadores de abajo.

Luego se acercó a él y lo miró desde arriba.

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—Muy bien, se acabó el calentamiento. ¿Quieres que empecemos ya? ¿O prefieres responder a mis preguntas? Tú mismo.

Entonces oyeron unas palmadas y todos se giraron para ver acercarse a Gerald, solo. Subió al cuadrilátero y se arrodilló junto al boxeador al que Pine acababa de hacer besar la lona.

—Muy bien, Ty. ¿Te acuerdas de lo que te dije sobre faltarles al respeto a las mujeres?

Ty asintió totalmente aturdido. Gerald lo ayudó a ponerse en pie y luego miró a Pine.

—Peanut no está aquí. —Se giró hacia los otros—. ¿Alguien sabe dónde está Peanut?

Pine recorrió con la mirada a los allí congregados hasta que uno de ellos, un chico de unos dieciocho años, dio un paso al frente.

—Lo he visto en Duke’s —dijo—. Antes de venir aquí.

Pine miró a Gerald.

—¿Duke’s?

—Cuando salga, gire a la derecha, siga tres manzanas y luego a la izquierda. Es… una tienda.

—¿Y qué venden? —preguntó.

—Depende —respondió Gerald—. Depende de lo que vayas buscando.

Pero yo que usted no compraría nada.

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A juzgar por su escaparate, Duke’s parecía un local abandonado, al igual que el resto de los comercios de la zona. Pine atisbó a través de las puertas acristaladas, pero estaba demasiado oscuro para distinguir nada. Dio unos golpecitos en el cristal. Volvió a llamar.

—¿Qué quieres?

Cuando alzó la vista, Pine vio a un hombre que la miraba desde una ventana del primer piso.

—Me gustaría hablar con Peanut. Me han dicho que estaba aquí. —¿Quién te lo ha dicho?

—Un chaval que estaba en Calhoun’s.

—¿Y tú eres…?

El hombre tendría unos cuarenta años, con el pelo oscuro hirsuto y un semblante serio y receloso. Al inclinarse por la ventana, Pine vio que llevaba una camiseta deportiva muy ajustada y sin mangas, que revelaba unos brazos tan musculosos como tatuados.

—Una amiga. Lo conocí en el instituto.

—Peanut no va al instituto.

—Pero su amigo Jerome sí iba. Estoy tratando de averiguar lo que le ocurrió.

—Entonces, ¿eres poli?

—Tengo unas fotos para enseñarle a Peanut. Accedió a echarles un vistazo.

El tipo desapareció de la ventana.

Un minuto después se abrió la puerta de la tienda y allí estaba Peanut. —¿Ha traído las fotos?

—Sí. —Pine miró más allá del chico para ver al hombre de pie al fondo de la tienda—. ¿Y qué tipo de negocio es este? —preguntó en voz baja.

—Ah, de esto y de aquello.

—Ya. ¿Ese de ahí es Duke?

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—Puede.

—¿No lo sabes?

—No sé mucho. Me va mejor así.

Fueron al coche y Pine le fue enseñando las fotos una a una. Al final,

Peanut dijo:

—No es ninguno de esos.

—¿Estás seguro?

—Muy seguro. Ninguno se parece a aquel hombre.

Pine se echó hacia atrás en el asiento, visiblemente frustrada. Miró a Blum.

—Ninguna de las pistas que seguimos parece llevar a ninguna parte y ya empiezo a cansarme.

—Lo que no puedo entender —dijo Peanut— es por qué Jerome hizo aquello. Quiero decir: ¿por qué permitió que un hombre le obligara a hacerlo? Darle una pistola y tenderle una trampa, porque eso fue lo que tuvo que ocurrir. Y luego encima que te disparen. ¿Por qué hacer algo cuando sabes que vas a morir? ¿Por qué no negarte e intentar salvarte?

—Quizá Jerome no sabía que iba a morir —repuso Blum.

Pine miró a Peanut.

—Dijiste que hace tiempo que no eras amigo de Jerome.

—Sí, ¿por…?

—¿Sabes de algún amigo íntimo reciente?

—La verdad es que no. Quizá alguien del instituto. ¿Por qué? —Porque aquella noche en el callejón me dijo: «Estamos con la

mierda hasta el cuello». Estoy tratando de pensar en alguien al que pudieran haber amenazado para obligarle a hacer lo que hizo.

—Hostia, señora. La única gente por la que Jerome haría algo así es su familia. Para él no había nadie más importante. Estaban muy unidos.

—¿Sabes? Puede que tengas razón. Gracias, Peanut.

El chico abrió la puerta del coche.

—Y, sí, ese de ahí era Duke.

—¿«De esto y de aquello»? —dijo Pine.

Peanut sonrió.

—Un poco de esto y un poco de aquello.

—Dame tu número de móvil por si consigo más fotos para mostrarte.

Así no tendré que dar contigo en persona.

Peanut le dio el número y bajó del coche.

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Después de que volviera a entrar en la tienda, Blum preguntó:

—¿Dónde vamos ahora?

—De vuelta a casa de los Blake. Tengo una corazonada y rezo para que esta vez nos lleve por fin a algo, porque si no, estaremos aún peor que al principio.

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—¿Han encontrado a Peanut? —preguntó Cee-Cee Blake cuando abrió la puerta.

—Sí. Resulta que no ha podido ayudarnos mucho, pero me preguntaba si podríamos hablar con su hija.

La mujer pareció confusa.

—¿Con Jewel? ¿Por qué?

—Queríamos hacerle unas preguntas sobre su hermano.

Blake negó con la cabeza.

—Está muy afectada. Apenas come nada. Y tampoco querrá salir de su habitación.

—Iremos con mucho tacto, Cee-Cee. Tenemos experiencia en hablar con gente joven como ella. Y creo de veras que podría ayudarnos a averiguar lo que le ocurrió a su hijo.

—Bueno, de acuerdo. Supongo que pueden intentarlo. ¿Quieren que suba con ustedes?

—Solo para presentarnos. Después nos gustaría hablar con ella a solas. —Vale, aunque no puedo garantizarles que quiera verlas, y tampoco

voy a obligarla.

Siguieron a Blake escaleras arriba y luego recorrieron el corto pasillo hasta el dormitorio. La mujer llamó a la puerta.

—¿Cariño? Las dos señoras del FBI están aquí otra vez. Quieren hacerte unas preguntas sobre tu hermano.

—¡No! —gritó una voz desde el interior—. Diles que se marchen.

Antes de que la madre pudiera responder, Pine se adelantó y dijo:

—Jewel, es muy importante.

—He dicho que no.

—Quiero saber por qué tu hermano hizo lo que hizo.

—Váyanse.

—Porque creo que lo hizo para protegerte.

Silencio.

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Cee-Cee Blake se quedó estupefacta.

—¿Qué diablos quiere decir con eso? ¿Proteger a Jewel? ¿De qué?

Se giraron hacia la puerta cuando esta empezó a abrirse. Y allí estaba Jewel, alta y guapa y muy desarrollada para su edad, con el largo pelo oscuro caracoleando sobre sus hombros. Llevaba puesto un pijama con dibujitos de personajes de Mulán. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos.

—Está bien, mamá. Hablaré con la señora.

—¿Estás segura, cielo?

Jewel asintió.

—Sí, estoy bien.

Blake miró a Pine con cara de no estar muy convencida.

—Bueno, vale, pero no estés mucho tiempo, cariño. Tienes que descansar.

Y bajó las escaleras muy despacio.

—¿Podemos entrar? —preguntó Pine.

Jewel se apartó a un lado y las dejó pasar.

La habitación estaba muy desordenada, con ropa tirada por el suelo, libros esparcidos por todas partes, un iPad sobre la cama sin hacer y un móvil en la mesilla. En una de las paredes había un mural en el que aparecían diversos personajes de superheroínas.

—¿Quién lo pintó? —preguntó Blum, acercándose a la pared.

Jewel se frotó la nariz.

—Jerome y yo.

—Es realmente fantástico. Sois unos artistas magníficos.

—Jerome ya no. Está muerto.

Pine se apoyó contra otra de las paredes y cruzó los brazos sobre el pecho.

—De eso es de lo que queremos hablar contigo.

Jewel se dejó caer sobre la cama y bajó la mirada a sus pies desnudos. —Un hombre se reunió con Jerome en el instituto —empezó a

explicarle Pine—. Y después de ese encuentro, Jerome cambió totalmente. Luego, esa misma noche, acabó en un callejón sosteniendo una pistola. Y entonces le disparó un policía que podría no ser un policía. —Hizo una pausa y miró a Blum, que permanecía en pie muy rígida junto al mural—. Jerome me dijo algo justo antes de morir, Jewel. ¿Quieres saber lo que me dijo?

La muchacha no levantó la vista, pero asintió con la cabeza.

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—¿Qué dijo?

—Cuando le pregunté qué estaba haciendo allí, respondió que nadie iba a creerle. Luego dijo algo más. Y por eso hemos venido a verte.

Ahora Jewel alzó la mirada.

—¿Qué dijo Jerome?

—Dijo: «“Estamos” con la mierda hasta el cuello». ¿Cómo es posible que ese hombre lo convenciera para hacer algo que al final terminaría con él muerto? —Se detuvo y observó a Jewel, que parecía ir encogiéndose y languideciendo ante su mirada—. Debió de hacerlo por alguien que era muy importante para él. Por alguien… como tú, Jewel.

Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de la muchacha.

Blum se sentó junto a ella y la tomó de la mano.

—Sé que es muy duro, Jewel. Durísimo. Pero estamos tratando de descubrir quién acabó con la vida de tu hermano. Y cualquier cosa que puedas contarnos nos sería de mucha ayuda.

Jewel se secó los ojos y levantó la vista para mirar a Pine con expresión serena.

—Jerome lo sabía.

—¿Qué sabía?

—Lo del hombre que venía a buscarme.

—¿Qué hombre?

—Un hombre. Venía por la noche. Cuando mamá estaba trabajando. —¿Dónde trabaja tu madre?

—Limpia edificios por la noche. Luego viene a casa por la mañana y duerme unas horas antes de entrar a trabajar en un Subway a la hora punta del almuerzo.

—Mira, tal vez deberías comenzar desde el principio —sugirió Pine.

Jewel se recompuso un poco.

—Todo empezó una noche. Fui a un sitio donde no debía ir. Mamá había ido a Delaware a ver a Willie, mi otro hermano, porque estaba enfermo. Se suponía que Jerome estaría en casa, pero lo llamaron por no sé qué tema de los robots. Le dije que me quedaría en casa, pero no lo hice.

—¿Dónde fuiste?

—A una fiesta en Newark. Parezco mucho mayor de lo que soy. Tengo un carnet falso donde pone que tengo veintiún años. Fui con un par de amigas del instituto. Nos llevó en coche otro amigo.

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—¿Dónde era la fiesta?

—En la casa de los padres de un chaval. Estuve allí un rato, me tomé un par de copas. Luego alguien dijo que había una furgoneta para llevar a gente a un lugar en Nueva York. Entonces un chico se me acercó y me dijo que me habían elegido para ir.

—¿Cómo? ¿Qué chico?

—No lo sé. Era mayor que yo, de unos veintitantos años. Alto, guapo.

Dijo que iba a la universidad.

—¿Blanco o negro?

—Era un chico blanco.

—¿Color de pelo? —preguntó Pine.

—Castaño, un poco ondulado. Era realmente guapo.

Pine sacó su móvil y buscó la foto de Jeff Sands que le había enviado Puller.

—¿Era este el chico?

Jewel miró la pantalla.

—Sí, era él. ¿Cómo lo ha sabido?

—No lo he sabido hasta ahora.

—¿Sabe cómo se llama?

—Sí. ¿Él te dio algún nombre?

—Solo dijo que se llamaba Charlie o algo así.

—¿Te contó por qué te habían escogido?

—No.

—¿Y fuiste?

—Bueno, éramos un buen grupito, así que me sentía segura. Y… parecía emocionante. Charlie dijo incluso que habría algunas celebridades allí. Me refiero a famosos de primera, no viejas glorias. Y podría conocerlas. Y también dijo que luego me llevarían en coche a casa.

—¿Qué pasó después?

—Nos llevaron hasta ese edificio de Nueva York.

—¿Sabes dónde?

—No conozco Nueva York. Solo había estado una vez en la ciudad de pequeña. Pero el edificio al que me llevaron esa noche tenía portero y ascensor privado y todas esas cosas.

—¿Así que subiste con todas las demás?

Jewel negó con la cabeza.

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—El caso es que, al llegar, como que nos separaron. Acabé subiendo sola en el ascensor. Estaba asustada, pero ¿qué podía hacer? A ver, ya estaba allí.

—¿Qué pasó con Charlie?

—Desapareció. No lo vi en la furgoneta. Todo fue muy deprisa. —¿Y luego?

—El ascensor se abrió directamente a un gran apartamento. Nunca había visto un sitio así en la vida real. Quiero decir, era como estar en una película. O sea, Dios… No sabía que nadie pudiera vivir así, de verdad que no.

—¿Y qué pasó entonces?

—Una mujer salió a recibirme.

—Descríbela —le pidió Pine.

—Unos treinta y cinco años, pelo castaño casi rubio. Más bajita que yo. Me… me pareció una mujer normal.

—¿Delgada y en forma, con la piel pecosa? —Sí, así era más o menos, y con pecas en la cara. Pine miró a Blum, que dijo: —Probablemente era Lindsey Axilrod.

—Muy bien —prosiguió Pine—, ¿y qué ocurrió después?

—Me dijo que me pusiera cómoda y que alguien saldría pronto a buscarme. Me preguntó si quería tomar algo. —Jewel se calló un momento

—. Yo… yo no sabía qué hacer. A ver, solo tengo catorce años. Así que contesté que me tomaría una Coca-Cola. Me la trajo, y yo me senté y bebí.

—¿Y qué pasó luego? ¿Salió alguien a buscarte? Jewel negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.

—Lo… lo siguiente que recuerdo es que me desperté en una cama. Estaba desnuda. Y… —Se encorvó hacia delante y rompió a llorar.

Blum pasó un brazo por los hombros de la muchacha.

—Sé que esto es terriblemente difícil. Que es muy doloroso para ti. Tómate tu tiempo, Jewel, tómate todo el tiempo que necesites.

Al cabo de un minuto, se recuperó un poco. Se secó los ojos, se sonó con el pañuelo de papel que Blum le pasó, y continuó:

—En la cama había un hombre tumbado junto a mí. También estaba desnudo.

—¿Recuerdas cómo era? Ella asintió.

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—Muy mayor, blanco, de unos sesenta años, con el pelo gris. Roncaba muy fuerte. —Jewel volvió a secarse los ojos—. Yo estaba muerta de miedo. No sabía qué diablos había pasado. A ver, me estaba bebiendo una Coca-Cola… ¿y luego aquello? Pero cuando miré a mi alrededor… y vi las sábanas… Entonces supe… supe que… —No se vio con fuerzas de decirlo.

—¿Que había tenido sexo contigo mientras estabas inconsciente? Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas.

—Salí de la cama sin hacer ruido, no quería despertarlo. Corrí hacia la puerta, la abrí… y…

—¿Había alguien allí?

Jewel volvió a asentir.

—La misma mujer. Tenía mi ropa, planchada y colgada en perchas. Me ayudó a vestirme. Trató de tranquilizarme y después me llevó a casa.

—Así que te pusieron droga en la Coca-Cola y luego ese hombre tuvo sexo contigo.

—Estaba muy asustada.

—Y cuando llegaste a casa, ¿denunciaste lo ocurrido a la policía?

—Iba a hacerlo, pero…

—Pero ¿qué?

—Me llamaron al móvil. Ni siquiera sé cómo consiguieron el número.

Era un hombre.

—¿Y qué te dijo?

—Que si se lo contaba a alguien tendría serios problemas.

—Jewel, te violaron. Te drogaron y luego te violaron.

—Lo sé, pero…

—Pero ¿qué?

Con aspecto aún más desdichado, Jewel metió una mano bajo la cama y sacó una funda de almohada. La sostuvo en alto y vació su contenido sobre el colchón.

Era dinero, un montón de dinero.

—¿De dónde has sacado todo esto? —preguntó Blum.

—Esta es la parte que no les he contado. La mujer que me ayudó me dio dos mil dólares esa noche. Me dijo que así me sería más fácil superarlo.

Pine se quedó mirando el dinero.

—Jewel, esto son mucho más que dos mil.

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—Lo son. Porque…

—¿Porque volviste?

Jewel empezó a hablar muy deprisa.

—Me dijeron que me pagarían cada vez que fuera. Que me recogerían y me traerían de vuelta. Estaría en casa antes de que mamá volviera de trabajar. Una vez incluso me llevaron a Nueva York en helicóptero y aterrizamos en lo alto del edificio. Fue algo… increíble.

—¿Y Jerome?

—Él no sabía nada. Al principio. Pero una noche me pilló al volver a casa. Yo intenté meterle una trola, pero él había estado haciendo preguntas por ahí. Sabía que de pronto manejaba dinero. Me había comprado cosas: un anillo, unos pendientes, un bolso de Prada auténtico, un nuevo iPhone, ropa cara… No dejé que mi madre viera nada de eso, se me habría echado encima. Pero Jerome se enteró y no paró hasta que tuve que decirle lo que estaba pasando.

—¿Y le contaste la verdad?

—Una parte. Se enfadó muchísimo. Me dijo que dejara de ir. Y lo hice.

De verdad que sí.

—Pero, después de la primera vez, ya no te drogaron más, ¿no? —No.

—¿Y era siempre el mismo hombre?

—No. Siempre hombres distintos. Pero a mí todos me parecían iguales. Tíos viejos y blancos. Aunque…

—¿Qué?

—Una vez lo hice con una mujer. También era mayor, de unos cuarenta años o así.

—¿La reconociste, o a alguno de los hombres? —preguntó Pine.

—No.

—¿Y ellos te hablaban? —quiso saber Blum—. ¿Mencionaron algún nombre, algo sobre sí mismos?

Jewel bajó la vista y negó con la cabeza.

—Yo no estaba allí para que ellos me hablaran. Solo me querían para una cosa.

—Eres menor de edad y te violaron —dijo Pine—. Eso es estupro. —Puede que no lo supieran. Mírenme, ¿dirían que tengo catorce años? —Eso no importa. Sigue siendo estupro.

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—¿De verdad creen que obligaron a Jerome a hacer lo que hizo para protegerme?

—Creo que es bastante probable, sí —dijo Pine.

—Entonces está muerto por mi culpa.

—No, tú no tienes la culpa de nada. Pero puedes ayudarnos a encontrar a quien lo hizo.

—Ya les he contado todo lo que sé.

—No, todavía no. ¿Cuándo dejaste de ir a ese lugar?

—Me llamaron el día antes de que llamaran a Jerome.

—¿Puedo ver tu móvil?

—¿Por qué?

—Quiero rastrear el número desde el que te llamaron.

—Ya lo he intentado. Está bloqueado. No sale ningún número. —Cuando llamaron, ¿qué te dijeron? —Que no iban a llevarme allí nunca más.

—¿Te dijeron por qué?

—No.

—¿Sabrías decirnos la dirección de ese lugar en Nueva York? —No me acuerdo.

Pine se inclinó hacia delante.

—¿Cuántas veces fuiste?

Jewel se encogió de hombros.

—Como una docena de veces, quizá más.

—¿Y no te acuerdas de la dirección?

—Nunca presté atención. Normalmente iba durmiendo en el coche. —¿Puedes describir la zona? ¿Cómo era el edificio? ¿La calle en la

que estaba?

—Como he dicho antes, era un sitio como de película, de superlujo.

Toda la zona era increíble. —Jewel se quedó pensativa un momento—.

Pero era una calle con número.

—¿La Séptima Avenida?

—No, un número más alto.

—¿La calle Cincuenta y siete?

—¡Sí, esa!

—¿Estaba cerca de Central Park?

—Sí, sí. Lo vi una vez cuando me traían de vuelta a Trenton.

Pine lanzó una mirada a Blum y volvió a sacar el móvil.

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—¿Podría ser este el edificio?

Jewel examinó la pantalla.

—Sí, ese es. Ese es el edificio.

Pine volvió a mirar a Blum.

—Por lo visto no solo usaban el ático para dar fiestas. —En ese momento le entró un mensaje en el móvil—. Ahora tenemos que irnos. Quiero darte las gracias por haber sido tan sincera con nosotras, Jewel. Sé que no ha sido fácil para ti, pero lo que nos has contado nos ayudará a atrapar a quien mató a tu hermano. —Le entregó una tarjeta—. Llámanos si te acuerdas de algo más.

Cuando se marchaban, Cee-Cee Blake trató de sonsacarles lo que estaba pasando. Pine se limitó a decir:

—Vigile bien a su hija y pídale a alguien que se quede con ella mientras trabaja por las noches.

Una vez fuera, echó casi a correr hacia el coche mientras Blum la seguía tan deprisa como podía.

—¿Qué ocurre? —le preguntó mientras Pine arrancaba el coche y apretaba el acelerador.

—Puller ha salido del postoperatorio. Ha recuperado la conciencia y van a llevarlo a una habitación. Para cuando lleguemos, el médico de turno podrá informarnos sobre su estado.

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—Es una suerte que sea joven y se halle en óptimas condiciones físicas — dijo el doctor, un hombre con el pelo blanco y la actitud calmada de un piloto de aerolíneas.

Se encontraban en la sala de visitas del hospital. Robert Puller era quien había avisado a Pine sobre la situación de su hermano.

—Ha dicho que está totalmente despierto —dijo Robert en tono ansioso—. ¿Está evolucionando bien?

—Le estamos administrando muchos analgésicos, por lo que va perdiendo y recuperando la conciencia. La bala le atravesó limpiamente, pero ha afectado algunas partes.

—La cirujana ya nos lo comentó. ¿Sufrirá algún daño permanente? — preguntó Pine igual de ansiosa.

—Bueno, es demasiado pronto para decirlo. Tendremos que hacer un seguimiento mediante pruebas, radiografías, escáneres y demás. Pero por el momento puedo decirles que está descansando tranquilamente y que su situación es estable.

—¿Cuándo podemos verlo? —preguntó Robert.

El doctor lo examinó de arriba abajo.

—Usted es familiar suyo, ¿correcto?

—Su hermano.

Luego miró a Pine.

—¿Y usted es…?

—Su hermana —se apresuró a responder Robert. Luego se giró hacia Blum—. Y esta es nuestra tía Carol.

El doctor no pareció muy convencido, pero esbozó una débil sonrisa.

—Vale. —Consultó su móvil—. Acaban de llevarlo a la habitación.

Los acompañaré para que puedan verlo, pero solo unos minutos.

Cuando llegaron, John Puller estaba tendido en la cama totalmente rodeado de vías y tubos. Tenía los ojos abiertos y, al verlos, los saludó con la mano buena.

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La mirada de Pine se dirigió de forma automática al monitor que controlaba sus constantes vitales. Parecían estar razonablemente bien, sobre todo para alguien que acababa de pasar por lo que había pasado Puller.

—¿Ha dicho que la bala ha afectado algunas partes? —le preguntó Robert en voz baja al doctor.

—Bueno, es una zona bastante delicada. Hay huesos, vasos sanguíneos, ligamentos… Habría sido muchísimo peor si la bala se hubiese quedado incrustada.

—Pero la cirujana ha arreglado todo eso, ¿no?

—Katherine es una cirujana excelente y ha hecho cuanto ha podido. Pero hay que tener en cuenta que seguramente esta no será su última operación. Además, tendrá que someterse a un intenso proceso de rehabilitación.

—Entiendo —dijo Robert, mirando nerviosamente a Pine.

—Al final saldrá bien de esta —trató de tranquilizarlo ella—.

Probablemente mejor de lo que estaba.

—Ey, que casi puedo oíros —dijo John Puller débilmente—. Dejad de hablar a mis espaldas.

Se acercaron a la cama.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el doctor—. ¿Cuál sería su grado de dolor?

—¿Cuándo voy a poder salir de aquí? —repuso él con firmeza. —Bueno, aún tardará un poco —contestó el médico, abriendo mucho

los ojos en dirección a Pine.

—Me siento bastante bien —dijo Puller—. Debería poder salir cuanto antes. Tengo trabajo que hacer.

—John —intervino Robert—, acabas de pasar por una intervención grave. Necesitas tiempo para recuperarte.

—No tengo mucho tiempo que perder, Bobby.

Pine posó una mano sobre el hombro que no estaba herido.

—John, nosotros nos encargaremos de todo mientras tú estás aquí. Lo que tienes que hacer ahora es centrarte en tu recuperación. Hasta Superman se toma algunos días libres.

Mientras Pine hablaba, el médico manipuló el flujo de medicación que entraba en su organismo administrando una nueva dosis a través del monitor de control situado junto al portasueros.

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Luego observó a Puller, cuyos ojos parpadearon antes de cerrarse. —Le he subido los analgésicos para que vuelva a dormirse. Lo último

que necesitamos es que se altere, que empiece a tirar de las vías o se le abran las suturas. Lo mejor será que lo dejemos descansar. Les mantendremos al tanto de su evolución. Y mientras tanto, no duden en llamar al control de enfermería para pedir información. —Apretó el brazo de Robert con gesto alentador—. No se preocupe, está en buenas manos.

—Sí, lo sé. Gracias por todo.

Cuando salían del hospital, Pine comentó:

—Sus constantes vitales son buenas. Y el hecho de que quiera volver al trabajo es una excelente señal.

Robert asintió.

—Sí, va a recuperarse. La única cuestión es en qué condiciones lo hará.

—Quieres decir… ¿como agente de la CID?

—Quiero decir como miembro del ejército de Estados Unidos. Es toda su vida. ¿Y si no vuelve a estar en condiciones físicas para ello?

—No adelantemos acontecimientos —dijo Pine.

—He visto la cara que ponías ahí dentro. Estabas pensando lo mismo que yo.

Ella cambió rápidamente de tema porque Robert tenía razón.

—¿Dónde te alojas?

—Cerca del hospital.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Nueva York?

—Todo el tiempo que haga falta.

Poco después, Pine y Blum condujeron de vuelta al apartamento, cenaron a una hora bastante tardía y por fin se acostaron, exhaustas.

A la mañana siguiente, después de desayunar, Pine bajó a la calle y echó a caminar con las manos hundidas firmemente en los bolsillos y las suelas de sus botas golpeando con fuerza la acera.

«Joder, joder, joder».

Sabía que cuando Puller se había unido a la CID lo había hecho asumiendo todas las consecuencias. Era muy consciente de ello. También ella lo había hecho cuando ingresó en el FBI. Pero aun así se sentía profundamente culpable por lo que había ocurrido. ¿No podía haber escrutado de forma más concienzuda aquel callejón? Si lo hubiera hecho,

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¿podría haber visto al tirador o, por lo menos, intuir su presencia? Puller había confiado en ella para controlar la salida y ella le había fallado.

«Le he fallado a John Puller. Y puede que ahora ya nunca vuelva a ser el mismo».

Totalmente desmoralizada, se detuvo y se dejó caer en un banco. Se dio unas palmadas en los muslos, se enderezó en el asiento y, tras frotarse la cara, se dijo a sí misma: «Espabila, Pine, con este rollo autocompasivo no vas a llegar a ninguna parte. Empieza a diseccionar el caso. ¿Cuáles son las lagunas y cómo puedes llenarlas?».

Bueno, las lagunas eran muchas. No había hecho ningún progreso para encontrar a Tony Vincenzo y, por tanto, seguía sin tener nueva información sobre su abuelo Ito. Teddy estaba muerto; Evie no servía de ninguna ayuda. No tenía ninguna pista para localizar al hombre que había asesinado a Jerome, aunque ahora ya sabía de la implicación de Jewel y para qué se utilizaba también aquel ático de superlujo; lo malo es que no entendía qué podía haber detrás de todo ello. Y dudaba de que Jewel fuera la única menor que había sido reclutada para lo que fuera que se hacía allí. Y, por último, aunque no menos importante, la canalla de Lindsey Axilrod seguía suelta por ahí. Y estaba metida hasta el cuello, su esbelto cuello, en todo aquel asunto, incluyendo la muerte de Sheila Weathers.

¿Y cuál era la conexión con Fort Dix? Tony Vincenzo y Axilrod trabajaban allí. Y también Weathers. Si la única implicación de esta era que Tony la había invitado al ático, eso dejaba solo a Vincenzo y Axilrod. Pero ¿qué tenía de especial Fort Dix?

El ático de la calle Cincuenta y siete era sin duda una pista, pero no estaba segura de cómo seguirla. No tenía base suficiente para pedir una orden de registro.

¿Y qué pasaba con Jeff Sands?

Sacó el móvil y revisó las páginas de noticias. No había ninguna mención. Al nieto del líder de la mayoría en el Senado lo habían asesinado de un disparo en Nueva York hacía algo más de veinticuatro horas, ¿y ninguna agencia se hacía eco de ello? ¿Cómo era posible?

A menos que, por alguna razón, el Departamento de Policía de Nueva York no hubiera hecho pública su identidad. Si habían conseguido reclutar para sus fines a la policía de Trenton, ¿por qué no iban a hacerlo con los bravísimos agentes neoyorquinos? O, al menos, con algunos de ellos.

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Pulsó un número y, segundos después, le pasaron con la persona de la Agencia con la que quería hablar.

—Sandy, soy Atlee Pine. Lo sé, sí, ha pasado mucho tiempo. Verás, ¿podrías hacerme un favor? La otra noche hubo una víctima de tiroteo a la salida de un restaurante de Brooklyn. El nombre de la víctima es Jeff Sands. Es el nieto de Peter Driscoll. Sí, «ese» Peter Driscoll. No he visto ni oído nada en los medios y me preguntaba qué diablos está pasando. Muy bien, vale, lo que puedas encontrar. Gracias.

Colgó. Sandy Wyatt era una agente de la Oficina de Campo de Nueva York. Ella y Pine habían ido juntas a Quantico. Se habían hecho amigas y habían mantenido el contacto durante años, aunque Pine se había trasladado al oeste mientras que Wyatt se había quedado en la costa este. Ambas eran miembros de WIFLE, el acrónimo de la asociación de Mujeres de las Fuerzas del Orden Federales. En su favor, cabe decir que Wyatt no le había preguntado cuál era su interés en el caso. Si la situación hubiera sido a la inversa, Pine habría mostrado la misma deferencia con ella.

Pine se levantó y reanudó su caminata. Sus pasos la llevaron hasta el edificio de la calle Cincuenta y siete. Billionaires’ Row… Más bien el Olimpo de los Billonarios, se dijo Pine, viviendo allá en lo alto, muy por encima del resto de los mortales. Parapetados tras porteros y conserjes y fideicomisos y empresas fantasma y las normas que se habían creado ellos mismos para disfrutar de todas las ventajas posibles sobre todos los demás.

«Despotricar contra los de arriba no te va a servir de nada, Atlee». Estaba plantada en la acera de enfrente del rascacielos cuando, de

pronto, algo captó su atención. Corrió a ocultarse detrás de una furgoneta aparcada y luego se asomó por un lateral para seguir observando.

El hombre que había disparado a Jerome Blake estaba saliendo del edificio. Llevaba traje y corbata, ni rastro de la gorra de policía, pero no había la menor duda de que era él. Miró a derecha e izquierda y luego echó a andar calle abajo.

Pine lo siguió.

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—Alégrate, Bobby, que aún no me he muerto.

Robert Puller se enderezó en la silla donde había estado dormitando. Su hermano lo estaba mirando desde debajo de las vías y tubos que

envolvían su cuerpo.

—Se supone que estás fuertemente sedado —dijo Robert, acercando su silla a la cama—. El médico dijo ayer que te habían aumentado la medicación.

—Tengo más tolerancia que la mayoría.

—¿Te duele?

—Repito: tengo más tolerancia.

—¿Sabes lo que te ocurrió?

—Es mera conjetura, pero creo que me dispararon.

—Bien —dijo Robert sonriendo—. Las bromas son buena señal.

Significa que te estás recuperando a buen ritmo.

—¿Y Jeff Sands?

—No sobrevivió. La bala que te alcanzó lo mató a él. —Robert se inclinó hacia delante—. Te has salvado por muy poco, John. Por escasos centímetros.

—¿No tenías un trabajo muy importante que hacer lejos de aquí?, ¿o eran solo rumores?

—Perdón por preocuparme.

Puller se removió un poco en la cama. Se quedó mirando todos los tubos y vías que lo mantenían sujeto a ella.

—¿Por qué me siento como Gulliver tras ser atado por los liliputienses?

—¿Recuerdas algo de lo que pasó?

—Salimos por la parte de atrás del restaurante. Pine iba delante. Yo llevaba agarrado a Sands. Creo que oí una detonación. Y ya no me acuerdo de más.

—Está claro que iban a por él.

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—Debieron de seguirnos desde el club donde abordamos a Sands. — Puller pareció confuso un momento—. Pero los dos tipos que estaban fuera del club solo eran unos matones. No creo que estuvieran implicados en lo que le pasó a Sands.

—¿Y quién crees tú que está implicado?

Puller se quedó mirando a su hermano.

—Bueno, como parece que voy a permanecer tumbado aquí un tiempo, ¿te interesaría colaborar?

—¿Colaborar? Como acabas de decir, tengo otro trabajo entre manos. —Vale, pero mientras estés aquí sosteniéndome la mano, podría

ayudarte a despejar la mente de otros asuntos.

—Te escucho.

—Me pasaste el nombre de Gloria Miles y ella me llevó rápidamente a Jeff Sands. Miles me comentó que la habías encontrado gracias a un algoritmo.

Robert procedió a explicarle el método que había utilizado, tal como había hecho con Pine.

Puller asintió con gesto pensativo.

—Habrá que tenerte en cuenta para futuras investigaciones.

—Tengo acceso a tecnología, bases de datos y redes informáticas a los que muy poca gente puede acceder. Pero eso no significa que pueda hacerlo cuando se me antoje, ni siquiera por ti, Júnior.

—Bueno, tuviste que introducir información para que el algoritmo diese resultados, ¿no?

—Te acabo de explicar los factores que apliqué. Introduje los nombres de ciertos líderes políticos, y luego diversos grados de separación con respecto a distintos familiares para ver lo que salía. Y cuando apareció Jeff Sands, fue muy sencillo rastrear la conexión con Driscoll.

—¿El nombre de Sands salió por su historial delictivo?

—Como seguramente sabrás, jamás ha sido condenado, aunque sí lo han citado e interrogado en múltiples ocasiones. Y tiene socios de negocios que cuentan con antecedentes, o cuando menos con pasados turbios. Los factores que introduje abarcaban también esas posibilidades.

—Entonces ¿qué? ¿Su abuelo puso a trabajar a sus mejores abogados y no salió nada a la luz?

—Por lo visto sí.

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—Sands nos dijo que conocía a Tony Vincenzo. ¿Salió ese nombre en tu búsqueda?

—No. Pero la verdad es que paré en cuanto salió el nombre de Peter Driscoll. Entonces busqué una conexión con el ejército y fue así como di con Gloria Miles.

—¿Crees que Driscoll sabe que su nieto ha muerto? —preguntó Puller. —El líder de la mayoría en el Senado sin duda tendrá sus recursos. Y el Departamento de Policía de Nueva York habrá dedicado algún esfuerzo

para comunicárselo, aunque sea al familiar más directo. No habrán tardado ni diez segundos. Joder, pero si su padre vive aquí en Nueva York.

—Un inversor con mucha pasta.

—Y una nueva mujer y una nueva familia. No sé yo si llorará mucho la muerte de su hijo mayor.

Los hermanos se miraron a los ojos, expresando algo que era muy importante para ambos.

—Ya —dijo John—. Si yo hubiera muerto, papá no habría podido procesarlo. Ni siquiera sabe que tiene dos hijos.

—Tranquilo, Júnior. Nosotros lo sabemos.

—¿Cuándo me van a dejar salir de aquí? El médico no me aclaró nada cuando le pregunté la última vez.

Robert no pareció muy sorprendido.

—No creo que sea pronto. Ahora mismo estás fuera de juego, John.

Pine se encarga de todo, como ella misma te dijo.

—Pero no podrá hacerlo sola. Y este ni siquiera es su caso. Pine está investigando un asunto de carácter personal. Solo está implicada en esto porque se ofreció a ayudarme, y yo acepté.

—No sé qué decirte. Por lo que he podido ver, está seriamente comprometida con el caso. Y por lo que he podido ver también, no seré yo quien trate de detenerla.

—Va a seguir investigando sin ningún tipo de ayuda. Y eso no es bueno, Bobby.

—John, yo puedo estar por aquí un tiempo, pero voy de uniforme. No puedo escoger mis propias batallas.

—Creía que los genios informáticos podían trabajar a distancia. —Este genio informático necesita una SCIF supersecreta para hacer

sus cosas de friki —repuso Robert, refiriéndose a una Instalación de

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Información Sensible Compartimentada—. Así que no puedo simplemente sentarme con mi Mac y ponerme a ello.

—¿Y en serio que me tengo que quedar en esta cama? En Afganistán me hacían unos remiendos y me enviaban de vuelta al frente en un visto y no visto. Y aquellas heridas eran mucho peores.

—Por si no te habías enterado, has perdido muchísima de esa sangre que corre por tus venas. Además, la cirujana y el doctor han dicho que la bala ha causado algunos daños internos. Y te han remendado tanto que ni siquiera puedes mover el brazo izquierdo. Si estás inmovilizado es por una buena razón. Y te espera por delante una larga rehabilitación.

—¿Para recuperarme por completo?

Robert bajó la mirada.

—Para… ponerte mejor, John.

Cuando levantó la vista, su hermano lo miraba muy fijamente.

—¿Qué es lo que no me estás contando? —dijo Puller.

—Te he contado todo lo que sé. Puede que te recuperes por completo…

—… pero puede que no.

—¿Acaso puedes predecir el futuro? Porque a mí no se me ha concedido ese don.

—Menos mal que soy un tirador diestro.

—No vas a disparar contra nada ni nadie en un futuro próximo. En serio, hermanito, si quieres tener una oportunidad de volver al tajo, debes seguir las órdenes de los doctores.

Puller apartó la vista.

—¿Has dicho que paraste en Driscoll?

—¿Cómo?

Volvió a mirar a su hermano.

—Driscoll era el objetivo más a mano.

—Solo quería encontrar un contacto para ayudarte en tu investigación. —¿Podrías hacer otra búsqueda, con la misma clase de parámetros, a

ver lo que sale?

—No estoy seguro de entenderte.

—Bueno, si resulta que Driscoll está implicado de algún modo en esto, ¿y si fuera solo la punta del iceberg?

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Pine siguió al hombre a una distancia prudencial y le hizo una foto cuando giró para cruzar en una intersección.

Entonces entró en un bloque de oficinas.

Un edificio gubernamental. Un edificio gubernamental… federal.

Pine esperó unos segundos antes de acercarse a la puerta, atisbar a través del cristal y finalmente abrir. En el control de seguridad mostró su placa y sus credenciales a la funcionaria de turno. Pine observó cómo el hombre entraba en el ascensor y las puertas se cerraban.

—Perdona, pero el hombre que acaba de pasar y entrar en el ascensor…

—Sí, ¿qué pasa con él? —preguntó la funcionaria, una mujer de cuarenta y tantos años, con el pelo castaño corto y una expresión afable.

—Habría jurado que es un viejo amigo mío. ¿No es el agente especial Simon King, que solía operar en el área de Newark?

—No, es Adam Gorman.

—¿Y es del FBI?

—No, no, es el jefe de seguridad de la congresista Nora Franklin. Es de un distrito del norte del estado, pero dispone de un espacio de oficinas aquí que comparte con otros políticos.

—¿Franklin? Me suena el nombre —dijo Pine—. Ocupa un cargo muy importante, ¿no?

La mujer sonrió.

—Es el miembro de mayor rango del partido minoritario en el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes. Son los que escriben los cheques, de modo que sí, yo diría que su cargo es bastante importante.

—¿Está hoy en su despacho?

—Sí, llegó hará unos veinte minutos.

—Bueno, pues ese Gorman es clavadito a mi colega King. Siento haberte molestado.

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—Tranquila. Que tengas un buen día.

Pine dio media vuelta y se marchó. Caminó media manzana, se paró e introdujo el nombre de Gorman en Google.

Descubrió que había nacido en Austria, donde había sido agente de policía y miembro de la inteligencia militar. A los veintinueve años emigró a Estados Unidos. Ahora tenía cuarenta y ocho, y contaba además con un máster en Ciencias Políticas por la Universidad de Nueva York. Había trabajado en campañas políticas y durante un corto periodo participó en el operativo de un lobby empresarial en la calle K, en el D. C.

Así pues, una importante congresista tenía un jefe de seguridad que había sido agente de la inteligencia austriaca y que una noche se había hecho pasar por un policía de Trenton para matar a Jerome Blake.

«¿Y qué puedo hacer con eso? En realidad, es su palabra contra la mía. John no pudo verlo bien aquella noche y ahora se encuentra en una cama de hospital. Jerome está muerto y no puede confirmarlo. Pero estoy segura de que Adam Gorman es el hombre que estuvo hablando con Jerome en el instituto aquel día. Lo cual significa que lo sabría todo sobre Jewel y sobre los encuentros en el ático, una hipótesis que se ve reforzada por el hecho de que acabo de verlo salir del edificio».

Miró la pantalla de su móvil. Tenía la foto de Gorman y la información que había encontrado en Google. Y la última vez que había estado con Peanut, el chico le había dado su número. Entonces le envió el artículo sobre Gorman, junto con la foto y un mensaje adjunto. Luego echó a andar calle arriba y abajo mientras esperaba la respuesta.

Al cabo de un cuarto de hora, apareció en la pantalla.

«Sí, ese es el hombre».

Muy bien, eso lo confirmaba, al menos desde su punto de vista. Pero aun así no era suficiente. El testimonio de Peanut no tendría ningún peso en un tribunal contra un hombre «respetable» como Gorman. Y Pine no tenía ninguna prueba contundente de que fuera el hombre que había disparado contra Jerome, tan solo un breve encuentro en un oscuro callejón y en condiciones realmente extremas, o cuando menos eso alegaría el abogado de la defensa.

A continuación, introdujo en Google el nombre de Nora Franklin. El rostro que salió en la página de Wikipedia era el de una atractiva rubia de cuarenta y tantos años. Tenía un currículo impresionante. Nacida y criada en Colorado, estudió en la Universidad de Virginia y luego ingresó en la

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facultad de Derecho de Duke. Su padre, de setenta y tres años, tenía una larga trayectoria ejerciendo como respetado juez del Tribunal de Apelaciones del Cuarto Circuito. Después de licenciarse, Nora Franklin había trabajado en un pequeño bufete especializado en derecho laboral que representaba sobre todo a trabajadores. Luego se trasladó al norte del estado de Nueva York y se presentó para el consejo municipal, tras lo cual emprendió una campaña para el Congreso, cuyas elecciones ganó en su primer intento.

Desde entonces había ganado cinco legislaturas más como congresista y había ascendido rápidamente en el escalafón político. Según el artículo, el hecho de que se hubiera convertido en el miembro de mayor rango del partido minoritario en Medios y Arbitrios había sorprendido a algunos, pero había demostrado ser una leal trabajadora, con una impresionante capacidad de liderazgo basada en sus aptitudes y conocimientos. Si la Cámara de Representantes cambiaba de color en las próximas elecciones, se esperaba que se convirtiera en una de las presidentas más jóvenes del comité posiblemente más poderoso del Congreso. La página de Wikipedia informaba también de que había viajado mucho. Se había casado joven, pero acabó divorciándose. Según su biografía oficial, había ejercido la abogacía solo unos pocos años.

Pine consultó una base de datos online donde se registraba el patrimonio de los miembros del Congreso. Le sorprendió descubrir que la mujer tenía un patrimonio de más de veinte millones de dólares. ¿Después de haber ejercido durante un tiempo muy limitado en un sector que no se caracterizaba precisamente por pagar grandes honorarios a sus abogados?

«¿De dónde habrá salido tal cantidad de dinero?».

En ese momento le sonó el móvil. Era Sandy Wyatt, su amiga de la Agencia.

—Ey, Atlee. He hecho algunas llamadas y consultado algunas fuentes. Por lo que he podido ver, el Departamento de Policía de Nueva York ha tapado el caso.

—Sé que no hacen público el nombre de las víctimas hasta que no han informado a los familiares más cercanos, pero a estas alturas ya habrían tenido tiempo de sobra para ello.

—Lo único que se me ocurre es que tal vez Driscoll, por alguna razón, les haya pedido que no lo hagan público. Y por alguien como él, seguramente hayan accedido a su petición.

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—Vale, gracias. Te debo una.

Pine se guardó el móvil y consideró qué hacer a continuación. Podía vigilar el edificio para seguir los próximos movimientos de Gorman. Pero no tenía ni idea de cuánto tiempo tardaría en salir. Y no podía recurrir a otro agente del FBI para que realizara la labor de vigilancia, ya que técnicamente no estaba trabajando en el caso. Además, esos federales estarían ocupados con sus propias investigaciones. Pero Pine siempre tenía un valioso recurso a mano. Volvió a sacar el móvil.

—Carol, te necesito.

Media hora más tarde, Blum se bajaba de un taxi y se acercaba caminando a donde la esperaba su jefa.

Pine le explicó lo que quería que hiciera y le mostró fotos de Gorman y Franklin.

Blum echó una ojeada a la cafetería que estaba detrás de ellas. Tenía un gran ventanal desde el que se podía controlar sin problemas el edificio situado enfrente.

—Tomaré posición ahí. ¿Dónde estarás tú?

—En Fort Dix.

Mientras se subía a un taxi, Pine se dijo: «¿Qué tengo que perder?».

Cuando llegara a Fort Dix, lo descubriría.

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—No lo entiendo —dijo Pine—. ¿Cómo es eso posible?

Estaba plantada ante la mesa de Tom Whitaker, un abogado de la JAG de Fort Dix, el servicio de abogacía jurídica del ejército. Era un cincuentón bajito, con los hombros redondeados y una expresión adusta.

—Como acabo de explicarle —dijo con aire pedante—, Bill Danforth y Phil Cassidy se han acogido al artículo 15; es algo similar a un acuerdo de reducción de pena en un tribunal civil.

Danforth y Cassidy eran los dos soldados que habían ayudado a Tony Vincenzo a distribuir la droga. Puller los había arrestado y encarcelado bajo la custodia de la policía militar. Pine pensaba que aún seguirían en prisión. Pero no era así.

—Sé lo que es el artículo 15. Lo que quiero saber es cómo ha pasado. —El concepto está bastante claro, agente Pine —prosiguió Whitaker

en tono aburrido—. Se les ofreció y lo aceptaron. La mayor parte de los consejos de guerra acaban con una condena, y eso era algo que ellos sabían. Las penas son más duras y tendrían antecedentes. Con el artículo 15 eso no ocurre. No aparece nada reflejado en su historial. Al igual que en los tribunales civiles, la mayoría de los casos en la jurisprudencia militar no acaban en juicio. Si fuera así, el sistema estaría colapsado durante años.

—Eso también lo sé —replicó Pine en tono impaciente—. Me refiero a por qué se les ofreció de entrada una reducción de pena. Por lo que tengo entendido, fueron pillados por la CID con las manos en la masa, implicados en un caso de tráfico de drogas. ¿Por qué zanjar el asunto con un cachete en la mano? Esos tipos deberían ser enjuiciados, condenados y enviados a Leavenworth.

Whitaker se encogió de hombros.

—Eso no me corresponde a mí. El oficial al mando presentó los cargos, lo cual significa que iban a ir a juicio. Y coincido con usted, las pruebas eran inapelables. Si hubiera habido un juicio, casi con toda

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seguridad los habrían condenado. Pero entonces surgió lo del artículo 15 y la cosa tomó un rumbo totalmente distinto.

—Sin embargo, la propuesta del artículo 15 tuvo que salir de alguna parte, ¿verdad?

—Verdad.

—¿Y de dónde pudo salir? —preguntó Pine, tratando de mantener un tono calmado, aunque lo que en realidad quería era ponerse a gritarle a aquel hombre.

—De su oficial al mando. Es del único lugar de donde podía venir. Él presentó los cargos, pero entonces les ofreció acogerse al artículo 15.

—¿Por qué haría eso?

—No lo sé. Y tampoco tengo ninguna razón para preguntarlo. Llevo uniforme y hago lo que me dicen. Cuando habla el oficial al mando, los demás escuchamos. Así de sencillo.

—¿Cuándo ocurrió todo esto?

—A última hora de ayer.

—¿Y quién es el oficial al mando en este asunto?

Whitaker removió algunos papeles de su mesa y luego levantó la vista hacia ella con curiosidad.

—¿Me repite cuál es exactamente su relación con este caso? —Estoy trabajando en él con el suboficial mayor John Puller. —Sí, eso ya me lo ha dicho. Él fue quien recabó todas las pruebas. —De un caso flagrante que acaba de ser desestimado —replicó Pine. —He oído que le dispararon en Nueva York.

—Ha oído bien. Y probablemente lo hizo la misma banda criminal para la que trabajan Danforth y Cassidy.

—Yo no sé nada de eso. ¿Va a recuperarse Puller? Según todos los informes que tengo de él, es un soldado y un investigador de primera.

—Lo es. Y sí, se va a recuperar. Bueno, ¿el nombre del oficial al mando? —Pine sacó su cuaderno y un bolígrafo.

Whitaker miró deliberadamente ambos objetos y dijo:

—No estoy autorizado a dar esa información.

Pine volvió a guardarlos.

—Muy bien. ¿Y qué castigo van a recibir Cassidy y Danforth? Whitaker echó un vistazo al papel que tenía delante.

—Serán degradados, se les bajará la paga y deberán cumplir ocho días de confinamiento, aunque el oficial al mando ha suspendido esto último

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durante un año. Después de ser arrestados han estado en prisión más tiempo de esos ocho días. Probablemente acabará dejándolo correr.

—¿Así que saldrán de esta con unos pocos dólares menos y la pérdida de un galón? ¿Por formar parte de una importante red de narcotráfico dentro de esta misma instalación militar?

—Admito que es bastante inusual.

—¿Usted cree? ¿Y dónde están ahora Danforth y Cassidy?

—Por lo que yo sé, de vuelta en los talleres. He oído rumores de que han presentado los papeles para licenciarse. Por mí, que les vaya bonito.

—Todo esto es una auténtica cagada. Lo sabe, ¿verdad?

Whitaker la miró con aire cansino.

—Señora, llevo en este puesto veinte años. Ya nada me sorprende.

—Quizá vaya siendo hora de cambiar de trabajo.

—Eso es lo que me dice siempre mi mujer.

—Si yo fuera usted, haría caso a su esposa. ¿Tiene al menos alguna foto de Danforth y Cassidy?

—Sí, pero ¿para qué las quiere?

—Me gustaría verlos.

—Repito: ¿para qué? El caso está cerrado.

—Para mí no lo está. ¿Las fotos, por favor? Es muy importante. —¿De verdad cree que el hecho de que dispararan a Puller tiene algo

que ver con esos tipos?

—Creo que la conexión está clarísima.

El hombre abrió un cajón, sacó una carpeta bastante abultada y esparció su contenido. Las fotos de los expedientes de Danforth y Cassidy la miraron desde la mesa.

—Puede fotografiarlas si lo desea.

Pine sacó su iPhone y así lo hizo.

—Me sorprende que me deje hacerlo.

—Señora, como acaba de decir, esto es una auténtica cagada, y en un mundo ideal esos dos cabrones estarían cumpliendo una dura condena por cortesía del ejército de Estados Unidos. Así que, si consigue meter a esos dos mierdas entre rejas, por mí estupendo.

—Gracias —dijo Pine, y se marchó.

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Danforth y Cassidy se encontraban en efecto en los talleres, aunque por lo que Pine pudo observar desde lejos, no parecían estar trabajando mucho. Se dedicaban sobre todo a escribir mensajes en sus móviles.

No los abordó allí mismo.

Decidió esperar a que salieran de la base tras acabar su turno. Entonces los siguió.

Fueron juntos en coche hasta un garito de militares situado a unos tres kilómetros de Fort Dix. Entraron y Pine lo hizo poco después. La pareja había encontrado una mesa en el local, que estaba bastante abarrotado.

El bar se llamaba el Bunker. Contradiciendo su nombre, era un espacio amplio, diáfano y aireado. Banderas de todas las ramas del ejército colgaban de las paredes. También había cascos expuestos como trofeos de animales, junto con sables ceremoniales, bayonetas y armamento de todas las formas y tamaños. En el centro de la sala, algunas parejas de uniforme bailaban agarradas la música lenta que salía de una gramola. Todos los taburetes de la barra estaban ocupados y la gran mayoría de los clientes iba de verde militar.

Pine era una de las pocas personas del local que vestían de civil.

Echó una ojeada a los dos hombres y se encaminó hacia su mesa después de que una camarera les hubiera servido unas botellas de cerveza. Se sentó junto a Danforth y lo miró, luego miró a Cassidy.

Danforth era grande y corpulento y, a ojos de Pine, su expresión revelaba pocas luces.

Cassidy, menudo y de aspecto ladino, no paraba de mirarla con aire receloso.

—Eh —dijo este—, no recuerdo haberte invitado a nuestra fiesta privada, monada.

Danforth soltó una risotada tonta.

Pine lo fulminó con la mirada.

—¿De verdad te ha parecido gracioso?

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El tipo cerró la boca y la miró con gesto ceñudo.

—Así que el artículo 15, ¿eh?

—¿Quién cojones eres, guapita? —le espetó Cassidy mientras Danforth echaba un trago a su Bud.

—Una parte interesada. ¿Sabíais que a vuestro colega Jeff Sands le volaron los sesos en Nueva York la otra noche?

Al oírlo, los dos hombres se quedaron terriblemente impactados, pero

Cassidy se recompuso enseguida y dijo:

—No sabemos quién es.

—Ya, claro. ¿Como tampoco sabéis quién es Tony Vincenzo, o Lindsey Axilrod? ¿No os habéis preguntado por qué Sheila Weathers no ha vuelto al trabajo? También la han matado. Y también en Nueva York.

Danforth lanzó una mirada preocupada a su compañero, pero este negó con la cabeza.

—No sabemos de qué ni de quién estás hablando.

—Claro que lo sabes, Phil. Y tu amiguito también, porque parece a punto de cagarse en los pantalones.

Danforth la agarró con fuerza por el hombro. —Lo que tienes que hacer es callarte, pedazo de…

Se detuvo al ver la placa que Pine le mostraba. Soltó su presa muy despacio.

—¿Eres del FBI? —dijo Cassidy—. No tienes jurisdicción sobre nosotros. Somos militares.

—Te lo diré una vez más, capullo. Mientras estés en este país, estás bajo mi jurisdicción.

—Pero ya hemos llegado a un acuerdo con el ejército. No puedes hacernos nada. Por lo del doble enjuiciamiento. —Y la miró con expresión triunfal.

—El doble enjuiciamiento no aplica entre acusaciones civiles y militares. El hecho de que tengáis un acuerdo con el ejército no impide que el FBI pueda ir a por vosotros. La única diferencia es que cumpliréis condena en una prisión de máxima seguridad que estará en el quinto coño.

—Mierda. ¿Eso es verdad?

—Búscalo en Google si te vas a sentir mejor.

—Hostia puta…

—Esto tiene mala pinta —añadió Danforth, golpeando la mesa con el puño.

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Pine echó un vistazo a sus cervezas.

—Yo que vosotros me bebería eso. Lo que voy a contaros pasará mejor con un poco de priva.

—No estás diciendo más que chorradas —replicó Cassidy, pero aun así apuró su cerveza, y otro tanto hizo Danforth, que después se secó la boca con una de sus manazas.

En cuanto las botellas vacías golpearon la mesa, Pine se inclinó hacia delante y empezó a hablar muy seria.

—¿El agente de la CID que os echó el guante?

—¿Puller?

—Sí. También le dispararon en Nueva York cuando se cargaron a Sands. Ha tenido que pasar por quirófano.

—¿Y? ¿Por qué debería importarnos eso? —repuso Cassidy, aunque su expresión no parecía tan confiada como sus palabras.

—¿Sabéis lo que me dijo Puller unos minutos antes de que le dispararan?

—¿Qué? —Esto vino de Danforth, quien tenía toda la pinta de necesitar otra cerveza.

—Me dijo que tenía que asegurarse de que os mantuvieran bien encerrados y fuera del alcance de cualquiera.

—¿Y eso por qué? —preguntó Danforth, con gotas de sudor perlando de pronto su amplia frente.

Pine entornó los ojos en dirección a Cassidy.

—¿Quieres contestarle a tu amiguito? Porque creo que sabes lo que voy a decir.

—¿Estás insinuado que Puller quería que siguiéramos en prisión para… protegernos? —dijo al fin.

Pine asintió.

—¡Eso son chorradas! —graznó Cassidy.

—¿De veras? Déjame preguntarte algo. A los dos os pillaron con las manos en la masa traficando con drogas. He hablado con el JAG. Un caso flagrante. Más claro imposible, pan comido. El oficial al mando os tenía pillados por las pelotas. Os iban a someter a consejo de guerra y a enviaros a Leavenworth. Y de repente, como salido de la nada, os aplican el artículo

15. El JAG dice que nunca había oído nada parecido. ¿Qué opináis vosotros?

Danforth miró a su colega.

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—Phil, dijiste que era porque teníamos amigos en las altas esferas.

—Cierra el puto pico, Billy —masculló Cassidy.

Luego miró a Pine, que dijo:

—O puede que os largaran de la prisión porque tenéis «enemigos» en las altas esferas.

—¿De verdad que Jeff y Sheila están muertos?

—Entonces sí los conocíais…

—Te he hecho una pregunta.

Pine sacó su móvil y fue pasando el dedo por la pantalla.

—Aquí tengo un correo del Departamento de Policía de Nueva York sobre Jeff Sands. —Se lo mostró—. Y aquí hay otro sobre Sheila. Los dos están muertos. Yo vi sus cadáveres.

Tras leer los correos, Cassidy se echó hacia atrás con expresión preocupada.

—¿De qué va todo esto, Phil? —preguntó Danforth—. ¿Qué está intentando decirnos con toda esta mierda?

Pine se giró hacia él.

—Lo que intento deciros es que alguien está haciendo limpieza y vosotros dos estáis en la lista. Esa es la única razón por la que os aplicaron el artículo 15 y han suspendido lo de los ocho días de detención. Así que, en vez de permanecer en prisión vigilados por los guardias seleccionados por John Puller, estáis aquí fuera como patitos de feria.

—¿Estás diciendo que nos han soltado para poder liquidarnos? —Esto lo dijo Cassidy, ahora también con gotas de sudor en la frente.

—¿Conocéis al padre de Vincenzo, Teddy?

—No, pero Tony nos habló de él. Está cumpliendo una larga condena en la penitenciaría de Fort Dix.

—Estaba… Puller y yo fuimos a hablar con él. Siguiendo los cauces oficiales y todo eso. Y justo cuando decidió contarnos algo, entraron y se lo llevaron. Sin ninguna explicación, sin decirnos nada. Y esa misma noche apareció muerto en su celda. Dijeron que fue una sobredosis, aunque el tipo no consumía. Lo que pienso es que han decidido que tres muertos en las instalaciones de Fort Dix podría levantar sospechas. Así que os sueltan a vosotros dos para que podáis acabar vuestros días a este lado de las rejas. ¿O tenéis alguna otra explicación?

Cassidy se encorvó hacia delante y habló en voz baja.

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—Supongamos que lo que dices es cierto. ¿Qué podrías hacer tú al respecto?

—Soy agente del FBI. Puedo protegeros. Pero esta es una situación de quid pro quo. Necesito que me deis algo a cambio. De lo contrario, estaréis solos en esto.

—Mierda —masculló Cassidy, echando un vistazo nervioso a su alrededor—. Salgamos de aquí.

Pine se levantó.

—Adelante, vosotros primero.

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Acabaron en el coche de Pine.

—Lo primero de todo —dijo ella—: ¿dónde está Tony Vincenzo? Cassidy, sentado en el asiento del copiloto, extendió las manos.

—No lo hemos visto desde que nos encerraron. Me imaginé que la policía local lo detendría después de que la CID nos arrestara, pero no fue así, al menos que yo sepa.

—La última vez que lo vi estaba en la casa de su padre. Donde fabricaba la droga, ¿verdad?

Cassidy se encogió de hombros.

—Si tú lo dices…

—La casa pertenecía antes al abuelo de Tony, Ito Vincenzo. ¿Habló alguna vez de él?

—Una vez que estábamos allí me puse a mirar las viejas fotos que había en una pared del sótano. Cuando le pregunté a Tony por su abuelo, contestó que el hombre simplemente desapareció un día cuando él era pequeño. Dijo que en realidad no se acordaba de él. Que su viejo le había dicho que Ito se largó porque estaba huyendo de algo.

—¿Por qué diría eso?

—No lo sé. No pregunté y tampoco me importaba. Pero eso fue lo que dijo.

—Si Tony no está en la casa de su padre, ¿en qué otro lugar podría estar?

Cassidy y Danforth intercambiaron miradas. —¿Vosotros sabéis algo del ático de Nueva York?

Pine no esperaba que respondieran; solo quería ver sus expresiones.

Pero Danforth sonrió estúpidamente y dijo:

—Un sitio fabuloso.

—Cierra el pico, Billy —le espetó Cassidy—. Vas a conseguir que nos maten fijo.

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—Entonces habéis estado allí. ¿Cómo es la cosa? Según Axilrod es una especie de gratificación para su gente, o al menos eso es lo que le contó Tony, aunque ya no me creo nada de lo que salga por la boca de esa mujer.

—Puede ser.

—Caballeros, sus respuestas no aportan mucho al quid pro quo. Quizá debería acabar con esto ahora mismo y dejar que os maten antes de que se ponga el sol. No me gusta que me hagan perder el tiempo con chorradas. Así que ya podéis estar saliendo de mi coche. Pero más vale que corráis a toda leche, porque van a ir a por vosotros.

—Espera, espera —exclamó Cassidy—. Un momento… Estoy tratando de procesar todo esto y no resulta fácil. Solo… solo dame un respiro, ¿quieres? Es que es muy fuerte…

—Vale, tómate todo el tiempo que necesites, aunque ten en cuenta que la paciencia no es mi mayor virtud.

Cassidy se mordisqueó una uña, mientras que Danforth se derrumbó en el asiento como si fuera a echarse a llorar en cualquier momento.

—Muy bien, vale. Hacíamos algunos trapicheos con drogas.

—Pero no se pueden meter drogas en Fort Dix. Eso es lo que me dijo Lindsey Axilrod. Aunque puede que se esté arrepintiendo ahora, porque probablemente fue la única verdad que me contó. Tienen perros rastreadores de droga en todos los accesos.

Cassidy sonrió.

—Ya, pero ¿quién dice que vendíamos drogas dentro de Fort Dix? — Miró a Danforth—. Nosotros estábamos en Fort Dix, pero las drogas no, ni los clientes.

—¿Y dónde estaban los clientes?

—Por los alrededores.

—¿Y cómo entrasteis en el negocio?

—A través de Tony. Necesitaba gente. Y él sabía que estábamos disponibles y que…

—¿… no os importaba infringir la ley? Cassidy se encogió de hombros, aunque sonrió. —Pero insisto: ¿por qué Fort Dix?

—Pues porque Tony trabajaba allí. —¿Y quién lo metió a él en el negocio?

—Me lo contó una vez. Su viejo tenía un amigo fuera.

—¿Y ese amigo tenía nombre?

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—Ricky o Johnny o algo así. En fin, Teddy estaba entre rejas y no podía hacer nada. Así que le pidió al tal Ricky o Johnny que reclutara a su hijo.

—Qué detalle por parte de papá. ¿Así que la conexión con Fort Dix es solo por Tony?

—Eso creo.

—No, no me lo trago. Porque estás dejando fuera de la ecuación a Lindsey Axilrod. Ella lleva en Fort Dix más tiempo que Tony, lo he comprobado. ¿Por qué me da a mí que Tony os fue con todo ese cuento del amigo de su padre, Ricky o Johnny o como sea, y que fue en realidad Axilrod quien lo metió en el negocio? Y luego, como Tony necesitaba un par de compinches, os metió a vosotros.

—Supongo que también podría haber pasado así.

—¿Y cuál era vuestro papel dentro de la red de narcotráfico? ¿Por qué os escogieron a vosotros?

Cassidy esbozó una gran sonrisa, de pronto más animado. —Conducimos vehículos del Ejército de Tierra. Vamos de aquí para

allá. Por todas partes. Y adivina lo que pasa cuando conduces un vehículo militar.

—Que la policía no te para ni registra el vehículo en busca de drogas —dijo Pine.

—¡Bingo! Salíamos de Fort Dix y dábamos un pequeño rodeo para que cargaran el material en el vehículo. Eran auténticos profesionales, no tardaban ni diez minutos. Después reanudábamos la marcha. Y justo antes de llegar a donde teníamos que ir, otro equipo salía a nuestro encuentro y descargaba la mercancía. Luego continuábamos. Sencillo, ¿verdad?

—¿Así que nunca tratasteis con ningún cliente?

—No. Tony fabricaba la droga, pero Axilrod era la que manejaba el cotarro. Es la friki de los ordenadores. Puede hacer cualquier cosa con esos trastos.

—Lo que significa que también puede mover digitalmente el dinero por todo el mundo sin dejar rastro.

—La vi trabajando una vez. Fue en su casa. Sus dedos volaban sobre el puto teclado. Cuando acabó, se giró hacia mí y me dijo: «¿Has visto lo que acabo de hacer?». Y yo contesté: «No, ¿qué?». Y ella dijo: «Acabas de ver mil millones de pavos desapareciendo por un agujero negro».

—¿Tony y Axilrod estaban liados?

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—Puede que se enrollaran de vez en cuando. Tony es un ligón, tiene mucha labia con las tías. A Lindsey le gustaba. Empezó a llevárselo al ático. Y así fue como entramos nosotros también.

—Así que Tony está por debajo de ella en la cadena alimentaria. ¿Y para quién trabaja Axilrod?

—Nunca lo hemos sabido.

—Venga, Cassidy, no lo eches a perder todo ahora.

—Te lo juro por Dios. Te lo juro sobre la tumba de mi abuela.

Pine se giró hacia Danforth, que la miraba asintiendo con la cabeza. —Bueno, supongo que tendré que creeros. ¿Por qué iban a dejar que

dos zopencos como vosotros tuvieran acceso a una información tan provechosa?

—¿Provechosa? —dijo Cassidy—. ¿Qué significa eso?

—Significa que eso demuestra mi hipótesis. En fin, es muy importante que encuentre a Tony. ¿Alguna idea de dónde puede estar?

Cassidy negó con la cabeza, pero Pine estaba observando a Danforth por el espejo retrovisor. Su expresión revelaba que una idea podría estar formándose en su muy reducido cerebro.

—¿Sí? —preguntó Pine en tono expectante.

—Tony y yo estábamos bebiendo una noche. Y entonces habló de un lugar.

—¿Qué lugar?

—La vieja casa de su abuelo. Estaba en la costa de Jersey.

—¿Su abuelo? ¿Te refieres a Ito?

—Creo que sí. Tony dijo que había hecho mucha pasta vendiendo helados.

—Es él. Sigue.

—Bueno, pues Tony iba allí a veces.

—¿Alguna vez fuiste con él?

—Una vez. Era una casita preciosa en la playa. Muy vieja, sin aire acondicionado, con calefactores en las habitaciones, aunque Tony había puesto una de esas estufas de pellets. Joder, hacía muchísima falta en invierno porque tenía unas grietas en las paredes por las que podías ver el exterior. Nos sentamos en la arena con unas cervezas y unos cubos de pollo frito. Fue una pasada.

—¿Cómo se llamaba el pueblo?

—Lo tengo en el móvil. Usé el GPS para llegar allí.

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Ella le pidió que le mandara la dirección a su teléfono.

—Bueno, parece ser que Jack Nicholson es de allí —dijo Pine, leyendo un poco sobre Manasquan, Nueva Jersey, una pequeña población situada en la costa atlántica—. Y también fue allí al instituto.

—Estupendo —dijo Cassidy—. Ese es el que hizo de Joker en aquella vieja peli de Batman, ¿verdad?

—Muy bien, ahora voy a hacer una llamada para que os pongan a los dos bajo custodia protegida. ¿Entendido?

—Sí. No me apetece nada que me maten —dijo Cassidy.

—Eso no le apetece a nadie —repuso Pine.

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Se tardaba menos de una hora en coche desde Trenton hasta la población costera de Manasquan. Para cuando Pine llegó, empezaba a oscurecer. Por el camino llamó a Blum para contarle lo que había averiguado y también que se dirigía hacia allí.

—Ni Gorman ni Franklin han salido del edificio —informó Blum—. He tenido que tomarme más de un té y de un café, pero cada vez que he ido al baño he dejado la cámara del móvil grabando para ver si alguno de ellos salía. Es lo mejor que se me ha ocurrido.

—Ahí has estado rápida, Carol.

—Creo que el personal de la cafetería empieza a preguntarse si sufro de demencia y no sé cómo volver a casa. O tal vez se piensen que estoy buscando trabajo de camarera.

—En cualquiera de los dos casos, quédate donde estás y llámame si ocurre algo.

—Y tú ten mucho cuidado, agente Pine.

Mientras conducía por el pintoresco centro de la localidad, Pine observó que estaba lleno de pequeñas tiendas y restaurantes, aunque en esta época del año se veía bastante desierto y muchos de los locales estaban cerrados. Pero aún quedaban algunos abiertos, y los transeúntes paseaban por las aceras mientras unos cuantos coches circulaban por las calles. Algunos se paraban y sus ocupantes bajaban para entrar en alguna tienda.

Manasquan presentaba el aspecto aletargado de cualquier población costera fuera de temporada. El olor del aire salado lo impregnaba todo, ciñéndose a las superficies como una camiseta de compresión. Pine respiró hondo y se sintió de algún modo confortada. En Arizona no tenía esos olores.

Pine divisó también algunas casas unifamiliares situadas frente al mar. Eran grandes y de diseño elaborado; se veían bastante nuevas y sin duda

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su construcción habría resultado muy costosa. Aunque por fortuna, al tratarse de primera línea de playa, no iban a poder levantar muchas más.

Había introducido en el GPS de su coche la dirección que Danforth le había proporcionado. Antes había llevado a los dos hombres a la agencia residente de Trenton y allí explicó lo que quería que hicieran con ellos. Ninguno de los agentes de turno parecía muy dispuesto a asumir tal responsabilidad, hasta que Pine les dijo que, si tenían alguna duda sobre si debían ayudarla, podían llamar a Clint Dobbs, el jefe de la Oficina de Campo de Phoenix. Los agentes le dijeron que eso no sería necesario y que se encargarían de garantizar la seguridad de Danforth y Cassidy, además de contactar con Fort Dix para informarles de que los dos soldados no volverían a la base en un futuro próximo.

Conforme se acercaba a su destino, Pine aminoró la marcha y buscó un lugar para aparcar. Encontró una plaza vacía desde la que se accedía directamente a la playa, y dejó el coche allí. El Atlántico se extendía gris y espumeante ante sus ojos. El viento era helado y el cielo mostraba la misma tonalidad plomiza que la superficie del océano, cuya grisura solo era interrumpida por las crestas blancas del oleaje y la espuma de las rompientes.

Se subió la cremallera de la cazadora, echó una ojeada alrededor y estudió el terreno. La casa de Vincenzo estaba a unos cien metros calle abajo, un pequeño bungaló de playa prácticamente idéntico a las viviendas vecinas. Caminó hasta llegar a un punto al otro lado de la calle desde el que tenía línea de visión directa de la casa. Se sacó unos pequeños prismáticos del bolsillo, miró alrededor para ver si la observaba alguien, y echó un buen vistazo al bungaló.

Era una vivienda de planta y media con ventanas abuhardilladas, postigos verdes algo combados y exterior de color marrón. No tenía garaje. Unos maltrechos maceteros colgaban vacíos por debajo de las dos ventanas que flanqueaban la puerta, pintada de blanco y muy castigada por las inclemencias. Junto a los escalones de entrada había uno de esos típicos cubos de basura de forma redondeada y color azul oscuro. Al lado había un paquete vacío de seis botellas de cerveza. De la cubierta de la casa sobresalía un tubo negro que seguramente era un añadido reciente, pues se veía relativamente nuevo. Danforth había mencionado una estufa de pellets, y el tubo debía de ser la salida de humos, pensó Pine. En el camino de entrada de cemento había un coche, cuya carrocería presentaba

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al menos cinco abolladuras con rayajos. Era un Ford Focus con matrícula de Nueva Jersey. Al examinarlo más atentamente, descubrió que en el parachoques trasero tenía una pegatina de aparcamiento de Fort Dix. El patio de delante era más arena que hierba. Desde el trasero podría lanzar un balón de fútbol al océano cuando la marea estaba alta.

Recordó que en la casa de los Vincenzo en Trenton no había habido ningún coche en el camino de entrada, pero que Tony estaba dentro. Ahora había varias posibilidades: o bien el Ford Focus era suyo; o alguien había llevado a Tony hasta allí en él; o alguien había ido a visitarlo; o Tony no estaba en casa, pero el hombre que había conducido ese coche sí.

Encontró una cafetería abierta al otro lado de la calle desde la que tenía una buena visión de su objetivo.

Pidió un café y un bagel tostado, y se dedicó a observar mientras la oscuridad iba creciendo a su alrededor. Nadie salió de la casa, y el coche tampoco se movió. Podía oír las olas rompiendo contra la playa conforme subía la marea. Era un sonido que normalmente tenía un efecto tranquilizador, pero que a Pine la estaba poniendo cada vez más nerviosa.

Dos tazas de café, un segundo bagel y otra hora de observación más tarde, Pine se tomó un momento para comprobar sus correos electrónicos. No había nada de Robert Puller, y tampoco de Blum. Esperaba que Robert se quedara junto a su hermano hasta que este estuviera totalmente fuera de peligro. Que no hubiera noticias de John era algo bueno, al menos en opinión de Pine. Y Gorman y Franklin debían de seguir todavía en el edificio.

A medida que la bruma marina iba adentrándose en tierra, a Pine se le fue agotando la paciencia. Salió de la cafetería y cruzó la calle para bajar a la playa, se dirigió hacia el oeste y luego subió en dirección a la parte trasera arenosa del bungaló de Vincenzo. No se veía ninguna luz en la casa ni tampoco en las viviendas vecinas. Había un pequeño patio, vallado y pavimentado, con un juego de mobiliario de jardín herrumbroso y una maltrecha sombrilla inclinada hacia un lado. Una lata de cerveza vacía descansaba sobre uno de los postes de la valla. Pine comprobó que el lugar estaba despejado y se acercó sigilosamente a la parte trasera. Al atisbar por una ventana, vislumbró lo que parecía ser la cocina. Probó a abrir la puerta de atrás. Sorprendentemente, no estaba cerrada. Tiró de ella muy despacio, preparada para oír los chirridos de una puerta poco usada, pero esta se abrió sin hacer ruido.

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Se coló en el interior, sacó su linterna de bolsillo y el fino haz de luz atravesó la oscuridad silenciosa.

Salió de la cocina tras comprobar que había varias pilas de platos y vasos sucios en el fregadero. Por lo visto alguien —esperaba que Tony Vincenzo— había estado allí durante un tiempo. No olía a cerrado, lo cual era otra señal de que la casa había estado ocupada, aun cuando el coche no hubiera estado aparcado en el camino de entrada. Después de registrar la vivienda, tenía pensado hacer lo mismo con el vehículo, cuando estuviera aún más oscuro. Se hallaba en el lado de la calle y corría más peligro de ser vista, porque a esas horas todavía podría haber transeúntes paseando. Esperaba también que no estuviera cerrado. El registro podría revelarle a quién pertenecía el coche. Y también podría encontrar otras cosas de interés.

En la parte de delante había una salita con muebles que tenían décadas de antigüedad, una raída moqueta desgastada por pisadas llenas de arena, y una pequeña estantería repleta de viejos libros de bolsillo. La estufa de pellets que Danforth había mencionado estaba empotrada dentro de la chimenea original. El tubo negro subía hasta el techo y atravesaba la cubierta, tal como había visto antes Pine. Y, tal como había dicho Danforth, había pequeñas grietas en las viejas paredes por donde se colaba el aire húmedo. En pleno invierno, pensó, la casa debía ser un congelador.

En una ventana había instalado un pequeño aparato de aire acondicionado de 1.250 frigorías.

Un gran televisor Samsung de pantalla plana y aspecto bastante nuevo colgaba de una de las paredes. Había un mando de Xbox sobre la mesita de café y, al lado de este, unas gafas de realidad virtual. Aquello era una buena señal de que Vincenzo había estado por allí.

Y junto al dispositivo de realidad virtual encontró el premio gordo. Era la tarjeta identificativa, con la foto de Anthony Vincenzo, que le

permitía acceder a Fort Dix.

En esta planta había un dormitorio. Al abrir la puerta, Pine se sintió como si hubiera retrocedido cuarenta años. La cama estaba hecha, cubierta con una colcha de ganchillo cuyos colores solo podían ser descritos como psicodélicos. Todo el mobiliario, cama, mesillas y cómoda, estaba fabricado con la misma madera y en un estilo que se remontaba cuando menos a los años setenta. En una de las mesillas había un maltrecho ejemplar de El valle de las muñecas de Jacqueline Susann, junto con un

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anticuado despertador de cuerda. El diminuto baño adjunto presentaba un aspecto tan antiguo como el del dormitorio. El pequeño armario estaba vacío.

Salió del dormitorio y se dirigió a la estrecha escalera situada a la izquierda de la puerta principal. Se agachó al oír pasar un coche. Apagó la linterna, se acercó a una de las ventanas y se asomó. El vehículo ya había desaparecido. La bruma era más densa y no se veía a ningún transeúnte. Volvió a encender la linterna y empezó a subir la escalera.

La media planta superior parecía haber sido añadida a posteriori, pensó Pine, pues los tabiques eran de pladur en vez de yeso y los acabados se veían más modernos. Había dos dormitorios pequeños y un baño completo, este con lavamanos doble y una ducha con mampara de fibra de vidrio. En uno de los dormitorios, Pine descubrió dónde se alojaba Vincenzo. En el suelo había un macuto grande, y por todas partes se esparcían prendas de ropa y restos de comida rápida. El hedor a patatas fritas rancias agredió sus fosas nasales. Rebuscó en el macuto y encontró una Sig de nueve milímetros. Sacó el cargador, extrajo todas las balas y limpió el bloque de cierre antes de volver a meterlo. Si las cosas se ponían feas, el amigo Tony se encontraría con un arma inservible.

Había un pequeño tróley de color rosa. Lo abrió. Dentro había ropa de mujer, una caja de tampones y un pequeño estuche de cuero para hacerse la manicura. En el armario había media docena de prendas colgadas en perchas. En el suelo había tres pares de zapatos, unos planos y otros de tacón.

Muy bien, estaba viviendo allí con una mujer. Pine se preguntó quién sería.

Sobre la mesilla había un frasco de oxicodona que, pese a la etiqueta, no tenía pinta de haber sido recetado. Probablemente su contenido era de fabricación callejera y le habrían metido alguna mierda como fentanilo, que podía enviarte a la tumba más rápido que cualquier droga sintética conocida. También había un fajo de billetes más grueso que su puño y dos móviles de prepago. Y, junto a estos, una pipa de agua y una bolsita llena de hierba.

Pine levantó la vista y vio el cordel que colgaba del techo. Cuando tiró de él, se desplegó una escalerita de madera que daba acceso al desván.

No esperaba que Vincenzo estuviera escondido allí arriba, pero no lo sabría hasta que lo comprobara. Aunque dudaba de que, si se hubiera

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ocultado en el desván, se hubiera dejado la pistola abajo.

Subió los escalones y enfocó con la linterna. No había suelo propiamente dicho, solo las vigas del techo con material aislante rosado entre ellas. Sin embargo, al iluminar mejor el espacio vio que sobre algunas vigas habían colocado unas planchas grandes de contrachapado. Y que encima de estas había varias cajas de cartón apiladas.

El lugar olía muy fuerte a rancio, a humedad y moho, y Pine se cubrió la boca con la mano mientras avanzaba cuidadosamente sobre las vigas hasta llegar a las cuatro cajas.

Se sentó en cuclillas y las examinó de cerca.

Abrió la primera y vio que solo contenía ropa anticuada y mohosa.

La siguiente estaba llena de viejos álbumes de fotos. Los hojeó rápidamente y pudo contemplar una retrospectiva de la historia de la familia Vincenzo, desde la generación anterior a Ito y su hermano Bruno hasta los tiempos de Teddy. Evie había sido bonita y vivaracha. Ito parecía retraído y algo ensimismado. Bruno, ataviado en una foto con un traje de tres piezas y un pañuelo amarillo en la pechera, presentaba un aspecto imponente, con los ojos saltones y risueños y un fornido brazo rodeando los hombros de su hermano, quien tenía toda la pinta de que preferiría ser abrazado por una pitón.

En la tercera caja había documentos y antiguas copias de declaraciones de impuestos correspondientes al negocio de la heladería.

El contenido de la última caja dejó a Pine totalmente petrificada.

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Robert Puller estaba sentado detrás de una gran mesa con una pantalla de ordenador que parecía más grande si cabe. El edificio era seguro, la sala no tenía ventanas y las paredes estaban revestidas con un material que bloqueaba cualquier intento de vigilancia electrónica desde el exterior, por lo que el espacio cualificaba como SCIF. El acceso estaba restringido mediante tarjetas de radiofrecuencia y para entrar en algunas salas había que usar un escáner de retina.

No había muchas personas que pudieran acceder a ese edificio, y aún eran menos las que podían hacerlo a esa habitación.

Obviamente, Robert Puller era una de ellas.

Había creado varios algoritmos —en concreto, cinco— y los había puesto a trabajar en todas las bases de datos que tenía a su disposición y que se contaban entre las más exclusivas del mundo. También había enviado sus fórmulas de búsqueda, como tropas cargando contra el enemigo, a todas aquellas bases de datos que se le habían pasado por la cabeza.

Bebió un trago de Coca-Cola y dejó que el carbonatado líquido azucarado inundara su organismo. Llevaba ya un tiempo trabajando en aquello. Estaba acostumbrado a hacerlo, aunque siempre con un propósito distinto al que le movía ahora.

Se estiró, se puso en pie e hizo algunos ejercicios ligeros de calistenia. Aunque aún no había cumplido los cuarenta, a veces se sentía como si tuviera el doble de esa edad. La presión de su trabajo, más las incontables horas que pasaba inclinado sobre un ordenador, no contribuían a mantener una postura físicamente saludable.

Cuando le sonó el móvil, frunció el ceño. Era su hermano.

—¿Qué diablos haces llamando por teléfono?

—Le prometí a la enfermera que no tardaría más de un minuto. Pareció no fiarse mucho y me dijo que vendría a comprobarlo, así que habla deprisa. ¿Ha salido algo?

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—Si hubiera salido algo habría contactado contigo. Y ahora cuelga y vuelve a dormir.

—Hace un rato he recibido un mensaje de Carol Blum. Está vigilando un edificio.

—¿Por qué te ha enviado un mensaje?

—Ha dicho que quería mantenerme al corriente. —¿Y por qué está vigilando ese edificio? —Porque nuestro tirador está dentro. —¿Tirador?

—El hombre que se hizo pasar por policía para matar a Jerome Blake. Su verdadero nombre es Adam Gorman. Es jefe de seguridad de una congresista llamada Nora Franklin.

—¿Nora?

—¿La conoces?

—Solo a nivel oficial. Es el miembro de mayor rango del partido minoritario en Medios y Arbitrios. Tuve que testificar ante ese comité.

—¿Y qué impresión te dio?

—Inteligente, entregada a su trabajo, comprometida, patriota.

—Lo cual me lleva a preguntarme por qué tiene un asesino como jefe de seguridad. ¿Podrías averiguar todo lo que haya sobre Gorman? Por lo visto Pine ha hecho una búsqueda rápida muy por encima, pero necesitamos más.

—Vale. ¿Y dónde está Pine?

—En su mensaje Carol decía que está en Manasquan, Nueva Jersey.

Encontró una pista sobre Tony Vincenzo y la está siguiendo.

—Muy bien. Veré lo que puedo averiguar mientras mis algoritmos hacen su trabajo. Por cierto, tus sesenta segundos han pasado.

—Lo sé. De un momento a otro la enfermera Ratched entrará en el cuarto para amordazarme con cinta americana.

Colgaron.

Robert Puller volvió a sentarse ante su ordenador y tecleó el nombre de Adam Gorman en el buscador. No esperaba encontrar gran cosa. El hombre habría sido investigado a conciencia antes de conseguir entrar a trabajar para una congresista. Pero en ese tipo de búsquedas de antecedentes personales a veces se escapaban cosas. El gobierno se había vuelto muy laxo en ese tipo de comprobaciones e incluso acumulaba retrasos. Así que quizá podría salir algo que resultara útil.

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Su primera búsqueda sacó a la luz la información básica. Nombre, rango y número de serie identificativo. A Puller le pareció extraño que el hombre hubiera sido miembro del servicio de inteligencia de otro país antes de emigrar a Estados Unidos. También era cierto que Austria no era Rusia, China o Irán. Formaba parte tanto de Naciones Unidas como de la Unión Europea. Era una república federal con gobierno de tipo parlamentario, y en 1955 se había declarado políticamente neutral con carácter permanente. Estaba claro que no querían que se repitiera un Tercer Reich.

No obstante, un país no era una persona. ¿Quién sabía cuáles podían ser sus verdaderas lealtades políticas?

Hizo otra búsqueda, leyó los resultados y entonces se fijó en algo que le llamó la atención, un dato que pasaba algo desapercibido en medio de la cronología de su información personal. Entonces llamó a alguien que conocía en el Departamento de Estado.

—Ey, Don. Soy Robert Puller. Sí, ha pasado mucho tiempo. Verás, es que he estado haciendo algunas indagaciones y me ha surgido una cuestión con la que creo que podrías ayudarme.

Puller procedió a hablarle sobre Gorman y sobre el asunto que le interesaba. Su amigo le dijo que lo investigaría y que volvería a llamarle.

Entonces dirigió su atención hacia la otra persona: Nora Franklin. Entró en las bases de datos disponibles para todo el mundo y también

en aquellas a las que solo tenían acceso unos pocos como él, y rápidamente reunió lo que parecía un material bastante significativo. Por separado, toda aquella información no resultaba especialmente relevante. Sin embargo, una vez juntadas todas las piezas, a Puller le pareció que allí había algo importante. Intuyó que había una especie de patrón.

Al cabo de un rato le sonó el móvil. Era su amigo, Don.

—Tengo lo que querías. Fue por un periodo de seis meses. Por lo que creo entender, Gorman regresó a Austria durante una temporada sabática.

—Sí, eso es lo que pensé. Sin embargo, no aparece nada en los registros de control de pasaportes.

—Ya, lo sé —dijo Don—. Eso también me ha descolocado mucho. —Y la compañía con la que realizó el vuelo transoceánico también me

ha sorprendido bastante.

—Sí, es una subsidiaria de la compañía rusa Aeroflot. ¿Es algo que deberíamos investigar?

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—Te haré saber la respuesta en cuanto pueda —dijo Puller.

Colgó y prosiguió con la búsqueda sobre Franklin. Se centró básicamente en dos cuestiones: su declaración de patrimonio y sus viajes, remontándose hasta quince años atrás.

Los formularios de declaración financiera y patrimonial requeridos por el gobierno eran, en su opinión, un chiste. Todo podía entrar en cualquier categoría, desde un millón a cincuenta millones. Los bienes podían ocultarse tras el escudo de empresas fantasma o a nombre de algún familiar. Había millones de artimañas para no declararlos, y Puller había observado que los políticos con más dinero y patrimonio se esforzaban muchísimo por ocultar sus riquezas. Por razones electoralistas, preferían ofrecer la imagen de que eran personas normales que trabajaban muy duro para ganarse la vida.

Lo que encontró sobre Franklin estaba repleto de inconsistencias y falsedades. Le asombró el hecho de que con anterioridad nadie le hubiera recriminado nada al respecto. Pero entonces cayó en la cuenta de una realidad innegable: ¿por qué iban a recriminarle nada sus colegas cuando seguramente ellos estaban haciendo lo mismo?

Cuando examinó la cronología de su trayectoria y sus viajes, algo pareció hacer clic en el fondo de su mente. Entonces procedió a superponer digitalmente la línea temporal de Gorman sobre la de Franklin. Solo había un periodo de tiempo en el que ambas coincidían.

Un periodo sabático de seis meses que ambos se habían tomado a la vez. La única diferencia era que Franklin no había viajado en una compañía subsidiaria de Aeroflot, pero igualmente había acabado en Austria. Y desde allí podría haber ido a cualquier parte en coche, tren o jet privado, algo que Puller no tendría forma de rastrear. Otra cosa que le sorprendió es que, poco después de regresar a Estados Unidos, Franklin se presentó a sus primeras elecciones para un cargo electo. Después sería reelegida en múltiples ocasiones, además de haber alcanzado un puesto importantísimo en Medios y Arbitrios, así como en otros comités, incluyendo —lo más relevante para Puller— el Comité Selecto Permanente de Inteligencia de la Cámara de Representantes, lo cual significaba que estaba al corriente de gran parte de los secretos de inteligencia de la nación.

Notando cómo el miedo iba creciendo en su interior, reunió todo el material en un archivo y se lo envió a Pine por correo electrónico. Luego

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se reclinó en su asiento y se preguntó qué más podía hacer para ayudar. Una llamada telefónica respondería a su pregunta al cabo de solo unos

minutos.

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Pine sostuvo en alto el pijama mientras se sentía arrastrada por un torbellino de recuerdos.

Era muy pequeño, del tamaño de una niña de seis años, y tenía dibujitos de ponis rosas. Era el pijama que Mercy llevaba la noche en que desapareció. Pine tenía uno a juego que su madre les había comprado, aunque el suyo no era rosa, sino azul.

Acercó la prenda a su nariz, esperando que retuviera algo del olor de su hermana. Después de tantos años… no quedaba nada. Solo un hedor rancio y mohoso.

Cogió el fajo de cartas que había debajo del pijama. Así a ojo debía de haber más de una docena, amarilleadas y con la tinta desvaída.

Iban todas dirigidas a Ito Vincenzo y habían sido enviadas por Leonard y Wanda Atkins desde el condado de Taliaferro, Georgia.

Abrió la primera. La fecha correspondía a tres meses después de que Mercy hubiera desaparecido.

Bajó la vista a la firma que había al pie de la carta.

«Len Atkins».

Conforme la leía, se le fue desencajando la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Muy felices de tener a la niña en casa.

La hemos llamado Rebecca.

El dinero que enviaste ha sido una bendición.

Ya me has pagado con creces haberte salvado el pellejo en Vietnam.

Cuídate y te enviaremos fotos en cuanto podamos.

Pine pensó: «¿Rebecca? ¿Fotos? ¿Vietnam?».

Abrió las demás cartas, que en su mayoría decían más o menos lo mismo. Estaban fechadas con un año de diferencia. Pero no había fotos en ninguna de ellas.

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Al parecer, Ito Vincenzo había entregado a Mercy a otra familia, los Atkins del condado de Taliaferro, Georgia.

Pino hizo una búsqueda rápida en Google y descubrió que en el año 1990 Taliaferro tenía una población de solo 1.900 habitantes repartidos en unos quinientos kilómetros cuadrados de terreno densamente boscoso. Averiguó también que ahora había incluso menos habitantes, lo cual lo convertía en el condado menos poblado de Georgia y en el segundo menos poblado al este del Mississippi. Y, tras realizar una nueva búsqueda, se enteró de que Taliaferro estaba a solo tres horas en coche de su antigua casa en el condado de Sumter.

Pine se maldijo en su fuero interno.

«Idiota».

Durante su reciente viaje de vuelta al pueblo de su infancia, Pine había descubierto que el hombre que ahora conocía como Ito Vincenzo se había enzarzado en una pelea con su padre el día después de que se llevaran a Mercy. Después de averiguar que Ito había sido el secuestrador, debería haber tenido claro que habría llevado a Mercy a algún lugar relativamente cercano. De otro modo, no habría podido volver al día siguiente para pelearse con su padre.

Rebuscó a conciencia en el resto de la caja. Al fondo de todo, debajo de una capa de prendas antiguas, encontró una cajita de metal. Y dentro había dos cosas: varios cuadernillos de registro de cheques y una única foto, una vieja polaroid.

Pine cogió la foto, pero no la miró. Todavía no.

Podría ser de Ito y su familia. Pero para eso estaban aquellos álbumes de fotos. ¿Por qué guardar esta foto aquí?

La dejó y revisó uno de los registros de cheques.

Las entradas estaban muy claras y detalladas. Por lo visto, Ito había sido un hombre muy organizado.

Examinó la columna de fechas hasta llegar al periodo que le interesaba.

Y ahí estaba: un cheque expedido a nombre de Leonard Atkins por valor de quinientos dólares. Buscó en los otros cuadernillos. Encontró otra docena de entradas correspondientes a cheques de quinientos dólares pagados a Atkins.

¿Quinientos dólares al año para cubrir los gastos de una niña pequeña? No parecía suficiente, ni siquiera en un condado como Taliaferro, Georgia.

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Miró la última entrada en el último registro de cheques: la fecha correspondía al 13 de junio de 2002.

¿Y por qué había pagado Ito todo aquel dinero? Si les había conseguido una niña a los Atkins, ¿no tendrían que ser ellos los que pagaran y no al revés?

¿Y cómo había llegado a conocer Ito a los Atkins? Supuestamente eran una familia de la Georgia rural, y él se había pasado toda su vida en Nueva Jersey. «¿Vietnam?».

Muy despacio, Pine volvió a dejar el registro de cheques y se quedó mirando la foto puesta boca abajo. Había llegado la hora de la verdad. Sintió cómo le subía la adrenalina, y una oleada de ansiedad la inundó con tal fuerza que pensó que podría estar sufriendo un ataque de pánico.

«Si es una foto de Mercy, ¿qué aspecto tendrá? ¿Seguiremos siendo idénticas?».

Pine estaba levantando la polaroid de la plancha de contrachapado cuando oyó un ruido procedente de fuera.

Se guardó la foto y algunas cartas en el bolsillo y rápidamente volvió a meterlo todo en la caja. Luego bajó del desván, empujó hacia arriba la escalera hasta cerrar la trampilla del techo y se acercó a la ventana.

Los faros de un coche apuntaban directamente a la casa, un Subaru Outlander que se había detenido en el camino de entrada. El conductor apagó las luces y bajó del vehículo. El copiloto hizo lo mismo. Ambos llevaban vaqueros y chaquetas potentes para protegerse del frío brumoso.

Los dos se dirigieron hacia el maletero y la puerta se abrió automáticamente. Sacaron unas bolsas con comida. La luz de la puerta les iluminó la cara.

El copiloto era Tony Vincenzo.

La persona que conducía era una mujer. Y Pine la reconoció al momento.

Bueno, bueno… Lindsey Axilrod por fin había aparecido.

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Vincenzo y Axilrod entraron en la casa y fueron directos a la cocina para dejar las bolsas de la compra. Eso le dio a Pine la oportunidad de acercarse al rellano de la escalera para escuchar. El bungaló era tan pequeño que la conversación le llegó con facilidad.

—Creo que por el momento habrá comida de sobra —dijo Vincenzo.

—¿Cuánto tiempo tienes pensado quedarte aquí? —preguntó Axilrod.

—El que haga falta, nena.

—¿No tienes miedo de que alguien llegue a descubrir este lugar? —La familia es la única que lo conoce.

—Joder, Tony, pueden comprobar los registros de propiedad. ¿Está a nombre de tu padre?

—No lo sé. Pero él está muerto, así que supongo que pasará a mí. —Vaya, ahora tienes dos casas. Eres un gran partido —comentó ella en

tono burlón.

Él se echó a reír.

—Ven aquí y te enseñaré lo «grande» que es.

Pine oyó que Axilrod soltaba una risita tonta.

—Ya habrá tiempo para eso, machote.

—Ha estado muy bien que vinieras a quedarte conmigo —dijo Vincenzo.

—Alguien tenía que vigilarte.

—Puedo cuidar de mí mismo, ¿vale? —Su tono ya no era tan jocoso. —Esos dos polis que hablaron con tu padre en prisión… Puede que él

les contara algo.

—No tenía nada que contarles —repuso Vincenzo.

—Venga, Tony, me dijiste que fuiste a visitar a tu padre. ¿Qué le contaste?

Pine se acercó un poco más al borde de la escalera. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Axilrod estaba tratando de

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sonsacarle información y Vincenzo parecía no tener ni idea de lo que pretendía la mujer.

—No sé, cosas… Para ya con el tercer grado, ¿vale?

—Yo también me estoy jugando el cuello —le espetó ella—. Necesito saber lo que está pasando.

—Yo soy al que perseguía esa pava del FBI.

—Sí, Atlee Pine. Una tía realmente problemática.

—Pero me dijiste que te habías encargado de eso.

—Ella mató a Sheila, Tony. Ya te lo dije.

—Los polis no pueden ir matando a gente por ahí e irse de rositas. —Así funciona el sistema, Tony. Se cubren unos a otros. Los polis

pueden matar a cualquiera sin sufrir represalias.

—¿«Represalias»? ¿De dónde te has sacado esa palabra, Lindsey? Suenas como una espía.

—El caso es que las cosas se están poniendo bastante feas. —Deberías dejarme conocer a los tipos con los que trabajas. —¿Por qué tendría que hacerlo?

—Yo podría ayudarles, Lindsey. Y quiero ascender en la cadena de mando, ¿sabes? No quiero quedarme para siempre como un pringado en el escalón más bajo.

—¿A qué viene tanta ambición?

—Mira a mi padre. Se pasó la vida en las trincheras, encargándose de su propia mierda, ocupándose de lo que tenía que hacer. Y cuando las cosas se torcieron, ahí estaba él: los polis lo trincaron sin el menor problema. Y estoy pensando que no estaría mal subir unos cuantos peldaños por encima de mi viejo.

—Vale, tal vez tengas razón —concedió Axilrod—. Déjame darle una vuelta.

En lo alto de la escalera, Pine acercó la mano a su pistola.

—Joder —dijo Vincenzo—, tal vez algún día pueda comprarme un ático como ese.

—El ático está prohibido hasta nueva orden.

—Mierda, ¿por qué? Me gusta ese sitio. Y los polis no van allí.

—Pine sí fue. Entró de incógnito y por poco se carga todo el montaje. Tuve que pensar rápido para salvar la situación. Así que ahora no se puede ir allí.

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—Entonces, ¿no es más que una especie de gratificación para su gente? El ático, me refiero…

—No te sigo.

—Quiero decir que, si es solo eso, les sale bastante caro. Ya sé que el negocio de las pastillas va bien y todo eso. Pero hace falta muchísima pasta solo para pagar las facturas mensuales de ese sitio.

—Tú no tienes por qué preocuparte de ese tema. Y tampoco eres el único que trafica para ellos.

—Ya me lo imaginaba. Seguro que esos tíos tienen grupos operando por toda el área metropolitana de Nueva York y Nueva Jersey. Probablemente lleguen desde México y sitios así, ¿verdad?

—Algo parecido.

—Entonces podrías presentarme, ¿no?

—Estaría bien. Y ahora, ¿por qué no vas a ducharte mientras yo preparo la cena?

—Estaría bien, nena. ¿Y luego el postre? —Claro, Tony, claro. Lo que quiera mi hombre.

Él le dio una palmada juguetona en el culo y subió las escaleras. Axilrod esperó a oír el sonido de la ducha. Entonces hizo una llamada. —Tenías razón. Se está convirtiendo en un problema —dijo. Luego

escuchó un momento—. Sí, entiendo. Cuando haya acabado, ya sabes lo que hacer.

Después de colgar, sacó una jeringuilla de su bolso.

Subió al cuarto de baño y abrió la puerta muy despacio. El vapor inundaba todo el espacio. Avanzó blandiendo la aguja, sosteniéndola ante sí como un cuchillo.

Llegó a la ducha y, tras armarse de valor, tiró con fuerza de la cortina y alzó la jeringuilla dispuesta a clavarla.

Pero allí dentro no había nadie. La ducha estaba vacía, solo el agua cayendo.

Cuando se dio media vuelta, vio a Tony plantado ante ella con el torso desnudo.

Y detrás de él, apuntando con su pistola a la cabeza de Tony, estaba Pine.

—Hola, Lindsey. Estaba deseando que volviéramos a encontrarnos. Y ahora suelta esa jeringuilla con la que ibas a matar a Tony y tengamos una charla, «nena».

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Por fin.

Blum se levantó cuando Adam Gorman y Nora Franklin salieron juntos del edificio. Paró un taxi justo en el momento en que un elegante Mercedes-Maybach negro se detenía ante la pareja y Gorman sostenía la puerta para que entrara Franklin. Subió detrás de ella.

El taxista cincuentón, que llevaba un turbante blanco y un bindi granate en la frente, se giró hacia Blum.

—¿Adónde quiere que la lleve, señora?

—A cualquier sitio donde vaya ese Mercedes de ahí delante —dijo ella, señalando el vehículo que arrancaba alejándose del bordillo.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó el hombre con un marcado acento, que obligó a Blum a forzar el oído.

—Quiero decir que siga a ese coche —contestó.

El taxista se giró hacia el volante, se incorporó al tráfico y se situó a dos coches de distancia por detrás del Mercedes.

—¿Por qué los está siguiendo? —preguntó.

—Es mi trabajo.

—¿Es policía?

—Soy del FBI.

—Es demasiado mayor —repuso el hombre en tono displicente—. Es más vieja que yo.

Blum sacó su tarjeta identificativa y se la mostró. Las letras F, B e I destacaban muy por encima de las demás.

—¿Le basta con esto? —preguntó.

El taxista se giró de nuevo para mirarla.

—¿Lleva pistola?

—¿Está seguro de querer saberlo?

El hombre volvió a mirar al frente y torció a la izquierda para seguir al Maybach.

—¿Son criminales los que van ahí?

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—Podrían muy bien serlo. Es lo que estoy tratando de averiguar.

¿Conoce bien la ciudad? No quiero perderlos.

—Vine a este país hace diez años. Y llevo nueve conduciendo este taxi por toda la ciudad.

—¿Casi desde que llegó aquí, hace una década? —Sí, pero en Pakistán yo era médico, no taxista. Giró a la derecha para seguir al Maybach.

—¿Y qué va a hacer cuando lleguen a su destino?

—Continuaré vigilándolos. —¿No debería llamar a la policía? —No, no es el momento. Todavía no. —Su trabajo debe de ser emocionante.

—A veces resulta muy emocionante. Otras, increíblemente aburrido. He tomado tanto café en estas últimas horas que creo que no volveré a probarlo en la vida.

—Ya, entiendo lo que puede ser eso.

El taxi se situó justo detrás del Maybach.

—No se acerque tanto —le advirtió Blum.

—Todos los taxis amarillos son iguales unos a otros.

—Pero podrían verle.

—Todos llevamos turbante. Todos llevamos el bindi. Todos somos o médicos o ingenieros conduciendo un taxi. —Volvió a mirarla—. ¿Esa gente es peligrosa? —preguntó.

—Uno de ellos ha demostrado ser muy peligroso —respondió ella, sin apartar la vista del coche.

—Eso no es bueno. La gente como esa no es buena.

—Estoy de acuerdo.

—No me gusta que siga a esos individuos. Usted es una señora encantadora y ellos son peligrosos.

—No se preocupe. Tengo a gente que me respalda y que no les tiene miedo a esos elementos.

—Es bueno contar con gente así.

—Siempre lo he pensado.

Tras recorrer unas treinta manzanas, el Maybach se detuvo delante de un hotel en una zona muy exclusiva de Manhattan. No era la Billionaires’ Row, pero se le acercaba.

Mientras Blum pagaba el trayecto, el taxista le dijo:

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—Ahora debe tener mucho cuidado. Yo ya no estaré con usted. —Tendré mucho cuidado. Por fortuna, ninguno de esos dos me

conoce.

—Le deseo buena suerte.

—Gracias.

Cuando el taxi se alejaba, Blum se armó de valor, se dio media vuelta y se encaminó hacia la entrada del hotel.

El portero la saludó inclinándose levemente la gorra. Blum pasó junto al mostrador de recepción al ver que Gorman y Franklin entraban directamente en el bar situado junto al vestíbulo. Una joven los acompañó hasta sus asientos. Cuando Blum se detuvo ante el atril de la entrada, otra chica vestida de negro y con una plaquita identificativa en la que ponía juliet se le acercó y le preguntó si necesitaba ayuda. Blum le dijo que había quedado en reunirse con alguien pero que había llegado demasiado pronto, y que le gustaría esperarlo sentada. La joven la condujo a través del espacio profusamente decorado en estilo art déco hasta una mesa con dos sillas. Por suerte, tenía línea de visión directa con Franklin y Gorman, que se habían acomodado en una mesa con dos sillas tapizadas de respaldo alto junto a la chimenea. En la mesa había un cartelito de reservado; la joven que los había acompañado lo retiró y se marchó.

Mientras Blum simulaba consultar su móvil, vigilaba a la pareja. Gorman llevaba el peso de la conversación y hablaba con vehemencia, aunque su voz debía de ser poco más que un susurro, ya que Franklin tenía que inclinarse hacia él para oírlo. Por su expresión, la mujer no parecía muy contenta con lo que estaba escuchando. Echó un vistazo a la carta de bebidas que había sobre la mesa e hizo una seña para llamar a la camarera. Esta se acercó y Franklin le pidió algo, y cuando la joven se giró hacia Gorman este la despidió con un gesto despectivo de la mano. Después de que la camarera se alejara, continuó hablando.

Blum colocó su iPhone de modo que parecía que estaba pasando pantallas, aunque en realidad había puesto el vídeo en marcha y estaba grabando la conversación de la pareja. —Señora, ¿qué está haciendo?

Blum se giró y vio a un hombre corpulento y trajeado, con un auricular en la oreja, que la miraba con los ojos entornados.

—¿Perdone?

—No puede filmar a los clientes sin su permiso.

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Blum pensó rápidamente y dijo:

—No estoy haciendo eso. Estoy filmando esa chimenea. Me gustaría tener una igual en mi casa.

—No me lo creo. La he estado observando desde que entró y no le ha quitado ojo de encima a esa pareja en ningún momento. —La agarró del brazo—. Tiene que venir conmigo.

—No pienso ir con usted a ninguna parte. Ni siquiera sé quién es.

El hombre se levantó una solapa del traje para mostrar la placa que llevaba debajo.

—Seguridad del hotel. Y también soy agente del Departamento de Policía de Nueva York, fuera de servicio. De modo que se viene conmigo.

—¿General?

Cuando los dos se giraron, vieron a Robert Puller, completamente uniformado, caminando hacia ellos.

—¿General Blum?

—¿Sí, coronel? —respondió ella al instante.

—¿General? —repitió el desconcertado miembro de seguridad.

—Dos estrellas, Fuerzas Aéreas —dijo Blum, levantándose y fulminando al hombre con la mirada—. Coronel, este joven parece pensar que estoy espiando a esa gente de ahí con mi móvil, en vez de estar grabando esa maravillosa chimenea. Creo que quedará genial en la remodelación que estoy haciendo de mi casa.

Puller le siguió rápidamente el juego.

—Desde luego. Encajará perfectamente con la línea de la decoración. —Entonces miró al miembro de seguridad—. Ahora tenemos que coger un vuelo al D. C. La general Blum tiene una reunión esta noche con el Estado Mayor Conjunto en el Pentágono.

—Dios… —exclamó el hombre. Con gesto avergonzado, le dijo a Blum en tono contrito—: Lo siento muchísimo, general.

—No tiene por qué disculparse —respondió ella con amabilidad—. Solo estaba haciendo su trabajo. Y ahora tendrá que excusarnos…

—Oh, sí, por supuesto —dijo el hombre casi con una reverencia.

Cuando salían del hotel, Blum dijo:

—Gracias por la ayuda, pero ¿cómo sabías dónde estaba? —Mientras tengas un móvil, ya no tienes privacidad. —Entiendo. Pero ¿por qué me buscabas?

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—Mi hermano me llamó y me contó que Atlee te había pedido que vigilaras a Gorman y Franklin. Luego volvió a llamarme. Le preocupaba que estuvieras siguiendo tú sola a un asesino y me preguntó si podía ir a ver cómo estabas. Me alegro de que me lo pidiera, la verdad, porque he encontrado algunas cosas realmente inquietantes acerca de esos dos. Fui al edificio que se suponía que estabas vigilando, pero ya no estabas allí. Entonces fue cuando rastreé la señal de tu móvil.

—Podrías haberme llamado.

—Estabas en misión de vigilancia. No quería llamar en un momento inoportuno para ti.

Giraron por una calle lateral y se pararon en un sitio donde podían hablar libremente.

—Bueno, ¿qué habéis averiguado? —preguntó Puller.

—La agente Pine vio a Gorman salir del edificio al que fue con Lindsey Axilrod aquella noche. Así descubrió que está metido en el ajo de lo que sea que esté sucediendo en ese ático. Luego Gorman se dirigió a la oficina de la congresista Franklin. La agente Pine averiguó que es su jefe de seguridad. Ella me pidió entonces que siguiera con la tarea de vigilancia, cosa que hice. Estuvieron allí dentro durante horas. Luego Gorman y Franklin salieron del edificio y vinieron a este hotel, donde han mantenido una conversación bastante vehemente en el bar. Él hablaba y ella escuchaba, y ninguno de los dos parecía muy contento. Creo que está pasando algo gordo.

Blum sacó su móvil y le mostró el vídeo.

—Ojalá supiera leer los labios —dijo Puller.

—Lo mismo digo —repuso ella.

—No habrá necesidad de eso. Yo mismo os lo puedo contar.

Cuando se giraron, vieron a Gorman plantado ante ellos mientras una limusina negra se detenía junto a la acera. En los asientos de delante había dos hombres corpulentos con pinta de tipos duros. Uno de ellos se bajó y abrió la puerta de atrás.

—Entrad —dijo Gorman, que ahora los apuntaba con una automática de cañón cuadrado del calibre 45—. Si no, os pego un tiro en la cabeza a los dos aquí mismo.

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—¿Ibas a matarme con eso? —balbuceó Tony Vincenzo—. Pensaba que me querías. Pensaba que éramos un equipo.

—Cállate, Tony.

Axilrod bajó la jeringuilla y miró fijamente a Pine, que le dijo:

—No te había visto desde que mataste a Sheila Weathers y me dejaste allí para que me comiera el marrón.

—Yo no maté a Sheila.

—Si no la mataste, sabes quién lo hizo y probablemente le ordenaste que lo hiciera. Y luego enviaste a un capullo a matarme, pero no te funcionó.

—Antes me ha dicho que tú mataste a Sheila —saltó Vincenzo. —Lindsey dice muchas cosas, Tony —replicó Pine—, pero de su boca

solo salen mentiras. ¿Qué lleva? —preguntó mirando la jeringuilla—. ¿Morfina?

—Solo un pequeño chute de vitamina C. —Axilrod miró a Vincenzo

—. Te habrías sentido tan bien, Tony. —Baja la jeringuilla, Lindsey.

En vez de eso, la mujer blandió la aguja como un cuchillo. —Oblígame, puta.

Y arremetió contra ellos.

Sin perder la calma, Pine cambió la dirección de su arma y disparó a la mano de Axilrod; la bala atravesó la piel y el hueso antes de incrustarse en la pared.

Axilrod dejó caer la jeringuilla y se dobló por la mitad gritando de dolor. Vincenzo trató de zafarse, pero Pine lo agarraba con tal fuerza que no pudo soltarse.

—¡Me has disparado! —chilló Axilrod.

—Parece que eres la única sorprendida. Y créeme, he hecho todo lo posible por no dispararte a la cabeza.

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Pine empujó con fuerza a Vincenzo, lanzándolo de bruces contra el suelo.

—¡Quédate ahí! —le gritó.

Arrastró a Axilrod para quitarla de en medio, y luego, con extremo cuidado, recogió la jeringuilla del suelo, la envolvió en papel higiénico y la metió en el armarito de debajo del lavamanos.

—No sé lo que contiene, pero dejaré que se encargue de ello una brigada de eliminación de residuos biológicos peligrosos.

Miró a Axilrod, que estaba acuclillada junto a la ducha sujetándose la mano ensangrentada y llorando en silencio. Levantó la vista hacia Pine con los ojos llenos de lágrimas.

—No tienes ni idea de con quién te estás metiendo.

Pine le lanzó una toalla para que se envolviera la herida y se apoyó en el lavamanos.

—Pues dímelo tú.

—Ya te gustaría —repuso Axilrod vendándose la mano con la toalla. —¿Qué se siente al suministrar niñas de catorce años como Jewel

Blake a unos viejos salidos, Lindsey? ¿Eso te pone? —¿Qué? —exclamó Vincenzo, mirando a Axilrod.

—Sí, tu novia también ejerce de proxeneta como un negocio paralelo. —Pine miró con dureza a la mujer—. ¿Unas niñas que creían que ibas a protegerlas? ¿Y luego vas y se las entregas a los lobos?

—No tengo ni idea de lo que estás hablando. Y no tienes ninguna causa para retenerme, así que me largo.

—Como des un solo paso hacia la puerta, lo siguiente a lo que dispare no será tu mano. Pero si hablas, tal vez podamos llegar a un acuerdo.

—No te voy a contar ni una mierda, ¿me oyes?

—¿Es ahora cuando dices que quieres un abogado?

—Vete al carajo.

Pine miró a Vincenzo.

—Ey, Tony, ¿a ti te gustaría llegar a un buen acuerdo? Lo único que tienes que hacer es delatar a esta cabrona.

—Si lo haces, Tony, eres hombre muerto —le espetó Axilrod.

—Ella te iba a matar igualmente —señaló Pine—. ¿Qué diferencia hay?

Vincenzo se giró y alzó la vista hacia Pine.

—¿Qué quieres saber?

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—¡Tony! —chilló Axilrod.

Pine sacó un par de bridas y se las pasó a Vincenzo.

—Átale las muñecas y los tobillos.

—Pero…

—¡Ahora!

El hombre forcejeó con Axilrod hasta darle la vuelta y clavarle una rodilla en la parte baja de la espalda. Luego, con bastante dificultad, consiguió inmovilizarle las manos y los pies.

—Buen chico, Tony —dijo Pine.

Cuando Axilrod empezó a desgañitarse profiriendo toda una ristra de insultos, Pine la agarró por el cuello de la chaqueta, la arrastró hasta el pequeño vestidor del dormitorio y cerró de un portazo.

Volvió al cuarto de baño y miró a Vincenzo.

—Vale, siéntate en la taza. Vamos a tener una pequeña charla. —Pine sacó el móvil y giró la cámara del móvil apuntando directamente hacia él.

Vincenzo se sentó y se frotó la nuca.

—No puedo creer que fuera a matarme. Creía que me amaba.

—Sí, Tony, vas a tener que superarlo. Solo te estaba utilizando como utiliza a todo el mundo. Y ahora necesito que hables.

La miró con gesto receloso.

—Quizá sí debería hablar, pero con un abogado.

—Bueno, no te he arrestado y por eso mismo no te he leído tus derechos. Así que, técnicamente, no tienes derecho a un abogado. Pero qué demonios… ¿Quieres uno? Pues muy bien. Voy a soltar a Axilrod y a dejaros a los dos juntitos. Probablemente tendrá otra jeringuilla en el bolso. Voy a buscarla para que podáis arreglar vuestras diferencias. Seguro que esa zorra asesina lo está deseando.

Pine se guardó el móvil y se dirigió hacia la puerta.

—¡Espera, espera! —gritó Vincenzo.

Ella se giró hacia él.

—¿Y bien?

—¿Qué quieres saber?

Pine volvió a apoyarse en el lavamanos, sacó de nuevo el móvil y puso en marcha el vídeo. Pronunció la hora, la fecha, los nombres de ella y de Vincenzo, y el lugar donde se encontraban. No era exactamente el procedimiento reglamentario, pero era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias.

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—¿Quieres un abogado? —preguntó Pine.

—No, no quiero un abogado.

—¿Estás hablando conmigo por voluntad propia?

—Sí.

—Muy bien, cuéntamelo todo. Empezando por cómo os conocisteis Axilrod y tú.

—Se acercó a mí una noche en un bar. Parecía saberlo todo sobre mí, dónde trabajaba, los pequeños chanchullos que hacía.

—¿Te refieres al tráfico de drogas?

—Bueno, técnicamente no trafico. Solo las fabrico.

—Vale, sigue.

—Me contó que también trabajaba en Fort Dix, en el departamento de TI. Luego dijo que podríamos montarnos un buen negocio. Lo había planeado todo. Tenía un contacto que podía mover un montón de material.

—Jeff Sands.

—Sí. Me reuní con él varias veces mientras lo organizábamos todo.

—Por cierto, está muerto. Le volaron la cabeza.

—Mierda.

—¿De dónde sacabas los ingredientes para fabricar las pastillas? —Lindsey lo arreglaba todo. Las cajas llegaban a mi casa siempre muy

de noche para que nadie viera nada.

—¿Alguna idea del lugar desde el que enviaban las cajas?

—Pues no. Pero me fijé en que algunas tenían unos símbolos extraños. —¿Como si estuvieran en otro idioma?

—Sí. Pero no lo reconocí. A ver, no era español ni nada de eso. Supuse que venían de algún sitio del extranjero. Joder, como casi todo en este país.

—Vale, entonces tú fabricabas las pastillas y luego Danforth y Cassidy entraban en acción, ¿correcto?

—Sí. Salían de Fort Dix conduciendo vehículos militares, paraban en un lugar designado, recogían el cargamento de pastillas, lo trasladaban a otro lugar y lo entregaban allí. Luego proseguían con su trayecto, dejaban los vehículos donde se suponía que debían ir, y regresaban a Fort Dix en otro transporte.

—¿Sabes con quién estaba emparentado Jeff Sands?

Vincenzo negó con la cabeza.

—Con Peter Driscoll.

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La cara del hombre no dio muestras de saber quién era.

Pine soltó un suspiro.

—En serio, Tony, deberías dejar un poco de lado la Game Boy.

Driscoll es el líder de la mayoría en el Senado.

—¿Cómo?, ¿te refieres al gobierno y todo eso?

—Sí, me refiero al gobierno y todo eso. Un hombre muy poderoso. —Hostias. ¿Y Jeff era pariente suyo? —Su nieto.

—Espera… ¿Crees que ese tal Driscoll podría estar metido en todo esto?

—No lo sé. Háblame del apartamento de la Cincuenta y siete. —Lindsey me llevó allí. Me dijo que era una especie de gratificación,

ya sabes, una recompensa por el trabajo bien hecho.

—¿Y nunca te preguntaste cómo tenía acceso a un lugar reservado estrictamente para milmillonarios?

—¿Quieres que te diga la verdad? Pensaba que sería de uno de esos tipos de los cárteles mexicanos. Se llama Pablo, ¿no? O ese tal Chapo.

—Pablo Escobar, sí. Lleva unos veinticinco años muerto, y el Chapo está en prisión, pero sé a lo que te refieres.

—Aunque una vez me encontré con algo muy raro.

—¿El qué?

—Una noche, a última hora, estaba en el apartamento. Pero no era en una de esas fiestas. Había habido un problemón de la hostia con uno de los cargamentos y tenía que hablar con alguien. Me dijeron que fuera allí. Mientras esperaba, me entraron unas ganas tremendas de ir al lavabo y busqué un baño, pero todos estaban ocupados. Probablemente habría gente esnifando coca o algo así. Busqué como un loco por todas partes y entonces, al fondo de un pasillo, vi una puerta que estaba algo apartada.

Pine se tensó ligeramente, expectante.

—¿Y…?

—Estaba cerrada, pero yo estaba tan desesperado que saqué mi navaja y forcé la cerradura. Bueno, no era un lavabo. Era una habitación llena de pantallas de ordenador y otros equipamientos. —¿Viste lo que había en las pantallas?

—Sí, había cámaras controlando el apartamento entero. En cada dormitorio. Vi gente follando, esnifando coca y haciendo todo tipo de cosas que no quería ver. —Se detuvo un momento—. Había hombres con

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hombres, mujeres con mujeres, y hombres con chicas que parecían demasiado jóvenes para hacer lo que estaban haciendo, como acabas de decirle a Lindsey.

—¿Así que todo el lugar estaba sometido a vigilancia?

—Sí.

—¿Y qué hiciste después de ver lo que había en aquella habitación? —Cerré la puerta y recé por que nadie me hubiera visto. Me reuní con

quien tenía que hablar y luego me marché y entré corriendo en el lavabo de un Starbucks.

—¿Le contaste a alguien lo que habías visto en aquella habitación? ¿A Axilrod, por ejemplo?

—Mira, no soy estúpido, ¿vale? A ver, no sabía que esa zorra iba a intentar matarme clavándome una aguja, pero tampoco es que confiara ciegamente en ella. —Hizo una pausa—. Y también hubo otra cosa.

—¿Qué?

—Una noche estaba en Nueva York ocupándome de unos asuntos. Estaba cerca del edificio, así que decidí pasarme por allí. Era tarde, sobre las once.

—¿Entraste?

—No. Allí solo se puede entrar cuando montan fiestas y todo eso, y no son muy frecuentes. Te avisan cuando van a dar una.

—¿Y entonces qué hiciste?

—Me dediqué a observar cómo iba y venía la limusina. Cómo entraba y salía del edificio aquella gente tan elegante.

—¿No podrían haber ido a otros apartamentos?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque conocía al chófer. Era siempre la misma limusina y el mismo conductor. Estaba transportando a la gente para que nadie coincidiera al entrar o al salir. El chófer a veces subía a las fiestas y había hablado con él. Así que iban al apartamento del ático, seguro.

Pine se quedó reflexionando unos momentos.

—Vale, sigamos. ¿Qué me puedes contar de Sheila Weathers?

—Solo era una chica que trabajaba en la cantina de la base. Una tía muy maja. De verdad que no sabía nada del tema de las drogas. ¿Por qué la matarían?

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—Porque querían culparme de su muerte y asegurarse de quitarme de en medio para que no pudiera defenderme, solo por eso.

—Joder, qué cabronazos…

—También mataron a tu padre. Solo porque habíamos hablado con él.

Él sabía que estabas metido en algo. Algo que te iba demasiado grande.

Vincenzo bajó la cabeza.

—Sí, acabo de descubrir hace solo unos minutos que tenía razón. —¿Por qué decía que te iba demasiado grande?

—Fui a visitarlo porque estaba muy asustado. A ver, esas letras tan raras en las cajas, ese apartamento tan lujoso con todas esas cámaras, que Lindsey apareciera en aquel bar y se acercara a un tipo como yo…

—¿Y qué te dijo tu padre?

—Me dijo que me saliera de todo aquello mientras aún estaba a tiempo. Lo malo es que no sabía cómo hacerlo. —Vincenzo levantó la vista hacia ella—. Bueno, ¿qué diablos está pasando aquí? Porque no es solo por el asunto de las drogas, ¿verdad?

—No, hay mucho más que eso. Pero déjame preguntarte algo, cambiando por completo de tema.

—¿Qué? —dijo él, intrigado.

—Tu abuelo Ito.

Vincenzo se quedó muy sorprendido.

—¿Mi abuelo? ¿Qué pasa con él?

—¿Llegaste a conocerlo?

—Si lo conocí —respondió entornando los ojos—, la verdad es que no lo recuerdo. Él… simplemente desapareció un día, o eso es lo que me contó mi padre.

—¿Y no tienes ninguna idea de lo que le pasó?

—No. Mi padre me contó que desapareció sin más, sin decirle una palabra ni a él ni a mi abuela. Y que se enfadaron mucho. ¿Por qué te interesa mi abuelo?

—Está relacionado con otro asunto. ¿Qué más te contó tu padre sobre él? Lo de la heladería ya lo sé. ¿Sabes algo más acerca de su pasado? ¿Estuvo en Vietnam?

—Sí, luchó allí con el ejército. Mi padre me contó que Ito tenía un número muy bajo en la lotería y que por eso lo reclutaron. Hizo la instrucción en Fort Benning. ¿Lo conoces?

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—Oh, sí, lo conozco. ¿Alguna vez has subido al desván de aquí arriba para rebuscar en las cajas y mirar los viejos álbumes de fotos?

—Cuando vengo aquí lo único que hago es sentarme en la playa y beber cerveza.

—¿Alguna vez has oído hablar de un hombre llamado Leonard Atkins?

¿De que podría haberle salvado la vida a tu abuelo en Vietnam?

—No.

Pine iba a hacerle otra pregunta cuando oyó un ruido fuera. Se dirigió a toda prisa a la ventana que daba a la parte de delante y vio un SUV negro deteniéndose frente a la casa.

Volvió al cuarto de baño y agarró a Vincenzo por el brazo.

—Espero que puedas correr tan rápido como lo hiciste cuando te perseguía.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque el equipo de limpieza de tu novia está aquí. ¡Muévete! Axilrod debía de haber oído también el coche, porque de pronto

empezó a patear la pared del vestidor y a gritar.

Pine abrió la puerta de golpe, se inclinó hacia la mujer y le arreó un puñetazo en toda la cara que la dejó inconsciente. Después alzó la vista hacia Vincenzo.

—Dios, qué gustazo.

Bajaron volando las escaleras y salieron por la puerta de atrás. Luego echaron a correr a toda pastilla hacia la playa y al llegar a la arena giraron a la derecha. Pine sabía que, en esa dirección, estaba la comisaría de policía junto a la que había pasado al venir.

Sin parar de correr, sacó el móvil, pulsó el 911 y, tras identificarse, les dio la dirección del bungaló, les contó lo que había pasado y les informó de su ubicación aproximada. Luego guardó el móvil, miró hacia atrás y vio luces moviéndose sobre la arena y acercándose hacia ellos. Un segundo más tarde, las balas pasaron volando junto a su cabeza.

—Corre, Tony, corre —le gritó, y Vincenzo aceleró aún más la marcha mientras ella aminoraba un poco. Iba a colocarse entre él y la gente que los perseguía.

Si querían acabar con él, tendrían que matarla a ella.

Y, tal como estaban las cosas, Pine no tenía muy claro que fuera a sobrevivir a esa noche.

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«No voy a morir en una playa de la puñetera Nueva Jersey».

Pine corría todo lo rápido que podía sobre la arena firmemente compactada mientras las olas rompían a su izquierda y la marea emprendía la retirada. Y, por si no fuera bastante, una tormenta empezaba a formarse frente a la costa.

A pesar del frío gélido, el sudor le corría por la cara. A lo lejos, sobre el océano, un rayo atravesó zigzagueando los oscuros nubarrones e impactó directamente sobre las aguas del Atlántico. Casi al instante, el formidable rugido de un trueno pareció sacudirla hasta lo más profundo de su ser. Por delante de ella, como a unos quince metros, podía ver a Vincenzo corriendo a todo meter.

—¡No pares! —le urgió—. ¡Corre lo más rápido que puedas!

Mientras los disparos seguían volando a su alrededor, decidió contraatacar. Se detuvo, giró sobre sus talones al tiempo que sacaba la Glock y la Beretta, y, a pesar de que más proyectiles pasaban casi rozándola, abrió fuego apuntando hacia los puntos de luz que venían hacia ella. Los disparos cesaron cuando sus atacantes se tiraron al suelo para ponerse a cubierto. Pine dio media vuelta y siguió corriendo.

«¿Dónde diablos está Tony?».

Ya no estaba delante de ella. Miró hacia el océano y hacia el lado de la playa, y no vio nada. Corrió más deprisa. Y, de pronto, cayó de bruces al tropezar con algo tirado sobre la arena.

Pine notó humedad en la cara; no era ni lluvia ni salpicaduras del oleaje. Se incorporó un poco y dio un respingo al ver que lo que había hecho que se tropezara era el cuerpo de Vincenzo. El hombre estaba tumbado boca arriba, jadeando en busca de aire, y al resplandor de un nuevo relámpago pudo ver sus rasgos contraídos por el dolor y la herida sangrante de su pecho. Rápidamente le palpó la espalda y, al sacar la mano, vio que estaba llena de sangre. Al parecer, la bala le había alcanzado por detrás mientras corría y había salido por el pecho.

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De pronto, los ojos de Vincenzo la enfocaron y la agarró del brazo. —No… no me dejes morir —balbuceó jadeante—. Por… por favor. Las lágrimas que corrían por sus mejillas se mezclaron con las gotas de

lluvia que empezaban a caer.

—Vale, Tony, tranquilízate. Mantén la calma —le dijo, aunque sabía que era algo prácticamente imposible en aquellas circunstancias.

Pine le tocó el cuello para comprobar el pulso y luego bajó la vista a la fea herida sangrante de su torso. Presionó con la mano sobre ella para impedir que la sangre siguiera brotando, pero sabía que no funcionaría porque había orificio de entrada y de salida. Y sin duda habría también hemorragia interna.

Miró hacia atrás a sus perseguidores. Al parecer, seguían agachados y a cubierto. Disparó cuatro tiros más en su dirección para que continuaran así.

Volvió a llamar al 911, les explicó la situación y se guardó el móvil. Al mirar de nuevo a Vincenzo, supo que no iban a llegar a tiempo.

Él pareció entenderlo también, porque le apretó el brazo con más fuerza y el terror se hizo más intenso en su mirada.

—Estoy aquí, Tony. La ayuda ya viene de camino.

Vincenzo se estremeció y sacudió la cabeza como negando, claramente consciente de que su muerte estaba cerca. Le hizo una seña para que se acercara más. Ella se inclinó hacia él.

—Di-dile a mi madre que… la quiero.

—Tú aguanta, ¿vale?

No deseaba darle falsas esperanzas, pero tampoco sabía qué otra cosa decir. Además, ¿qué importancia podían tener las palabras en ese punto?

Lo siguiente que Pine oyó fueron las sirenas atravesando la oscuridad. Miró de nuevo hacia atrás y vio que los puntos de luz se movían a toda prisa hacia la calle. Estaba claro que también habían oído las sirenas y se

batían rápidamente en retirada.

Cuando volvió a bajar la vista a Vincenzo, el estallido de otro relámpago iluminó su rostro.

Estaba muerto.

Le cerró los ojos, se levantó y echó a correr hacia la calle.

Llegó a tiempo de ver a los hombres montarse en el SUV negro que estaba algo más abajo y que ahora aceleró en su dirección. Pine se agazapó detrás de un cubo de basura antes de que llegara a su altura. Cuando el

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vehículo pasó a toda velocidad por su lado, pudo ver a la persona que iba en el asiento de atrás.

Era Lindsey Axilrod, con la cara seriamente magullada donde Pine le había golpeado y sujetándose en alto la mano ensangrentada. La habían encontrado y rescatado.

El SUV tomó una curva y se perdió de vista.

Medio minuto más tarde volvió a agacharse tras el cubo de basura al ver pasar velozmente los coches de policía en dirección a la casa de Vincenzo, donde se detuvieron. Pine echó a correr hacia allí, pero a medio camino viró el rumbo y se dirigió hacia el aparcamiento de la playa, se montó en su coche y arrancó. Mantuvo los faros apagados y no dio gas al motor hasta que se hubo alejado un par de calles.

Bajó la vista y vio la sangre de Vincenzo cubriendo su cuerpo. Todo había pasado tan deprisa. En un momento estaba revisando el contenido de las cajas del desván, y al siguiente…

«Mierda».

Entró en la zona de aparcamiento de un pequeño supermercado y detuvo el coche en una de las plazas vacías. Se llevó una mano al bolsillo y sacó la foto con pulso tembloroso.

Encendió la lucecita del techo y, muy despacio, dio la vuelta a la polaroid.

Sus ojos se posaron primero en la parte inferior de la foto, en cuyo borde blanco se leía: «Len, Wanda y Becky. Julio de 1999».

Lentamente, milímetro a milímetro, Pine levantó la vista. Todo su cuerpo temblaba como si sufriera unos terribles escalofríos, le costaba respirar, se sentía mareada.

Entonces fijó la mirada. Había tres personas delante de lo que parecía una caravana dispuesta sobre bloques de hormigón.

El hombre era de estatura media, flaco y calvo. Llevaba vaqueros y camiseta y sostenía un cigarrillo. Sonreía a la cámara. La mujer mayor era bajita y oronda, vestida con unos vaqueros cortados y una blusa sin mangas. No sonreía. Parecía alguien que no hubiera sonreído en su vida.

Y junto a esta, alzándose por encima de la pareja en lo que Pine calculó que sería cerca de metro ochenta, había una joven. Llevaba un anticuado vestido a cuadros que parecía confeccionado a mano y que caía lánguidamente por debajo de las rodillas. Iba descalza y su pelo era una mezcla de nudos y remolinos. La piel al descubierto se veía sucia y llena

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de costras. No miraba a la cámara. Sus ojos estaban clavados al suelo, tenía los hombros encorvados, todo su cuerpo parecía sentirse a disgusto, contraído…; tal vez aquejado por el dolor, pensó Pine. Y aunque no podía verle la cara, sabía sin lugar a dudas que estaba mirando a su hermana. Era sobre todo por la estatura y por el cabello. El cabello antaño hermoso que su madre cepillaba religiosamente y que peinaba sin descanso en numerosas formas y recogidos que hacían reírse tontamente a la machorra de Atlee. Pero que a Mercy le encantaban.

Y ahora… esto.

Pine rompió a llorar quedamente. Apoyó la frente en el volante mientras su cuerpo se estremecía entre sollozos incontrolables.

Unos golpecitos en el cristal de la ventanilla la hicieron incorporarse y secarse los ojos, al tiempo que se llevaba la mano a la Glock enfundada. Un anciano con una gorra de béisbol la estaba mirando. Sostenía una bolsa de plástico llena de productos que debía de haber comprado en el supermercado. Pine pulsó el botón para bajar la ventanilla.

—¿Se encuentra bien, señora? —le preguntó el hombre con voz preocupada.

Ella asintió, se aclaró la garganta y se enjugó las lágrimas que seguían cayendo.

—Sí, es solo que… acabo de recibir malas noticias.

—Vaya, lamento mucho oír eso. ¿Hay alguien a quien pueda llamar para que le acompañe? ¿O hay algo que yo pueda hacer?

—No, no, estaré bien. Gracias por preocuparse.

El anciano le tocó suavemente la mano.

—A veces la vida te pone pruebas muy duras, ¿verdad? Yo perdí a mi señora hace seis meses. Siempre pensé que yo me iría primero.

—Siento mucho su pérdida.

—Bueno, yo siento mucho el sufrimiento por el que está pasando. Pero si hace que se sienta mejor, le diré que el tiempo ayuda. Y descubrirá que hay gente que se preocupa por usted. —Se acomodó un poco mejor la bolsa—. Mi hijo y mi nieto vienen a visitarme hoy. Les dije que hay un local aquí donde sirven los mejores perritos calientes de todo el estado de Nueva Jersey, y están deseando probarlos. Me alegra no tener que pasar solo esta noche.

—Muchas gracias. Espero que disfruten de los perritos calientes.

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Tras ofrecerle una sonrisa de aliento, el anciano se dirigió hacia una vieja camioneta, se montó y salió muy despacio del aparcamiento.

Justo cuando Pine pensaba que tal vez no quedara nada de bondad en el mundo, aquel hombre le había hecho recuperar algo de esperanza.

Volvió a secarse los ojos y encendió el motor.

«Supongo que todo es cuestión de tiempo».

Miró de nuevo la foto, a su amada hermana con la vista clavada en el suelo polvoriento, atrapada en una vida que no era la suya.

—Voy a encontrarte, Mercy. Tu hermanita pequeña va a encontrarte.

Te lo prometo.

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No respondía.

Mientras se dirigía a toda velocidad hacia el norte, Pine había llamado cuatro veces a Blum sin obtener respuesta; saltaba directamente el buzón de voz, como si el móvil estuviera apagado. Entonces intentó telefonear a Robert Puller, con el mismo resultado.

Presa del pánico, llamó a John Puller. Cuando este respondió, Pine ahogó un suspiro agradecido.

—¿Atlee?

—Siento molestarte, pero no consigo contactar con Carol ni con tu hermano. Me salta directamente el buzón de voz.

—Carol me envió un mensaje. Estaba en misión de vigilancia, controlando a Gorman y Franklin.

—Así es —dijo Pine.

—Se lo conté a Bobby. Estaba haciendo algunas investigaciones sobre esos dos.

—¿Crees que él y Carol podrían estar juntos?

—Deberían. Volví a llamar a Bobby y le pedí que fuera a comprobar cómo estaba Carol. No me hacía ninguna gracia que estuviera siguiendo a un tipo como Gorman. Y ahora me hace aún menos gracia que ninguno de los dos responda al móvil.

—A mí tampoco me hizo mucha gracia encargarle esa misión a Carol. Y seguramente no debería haberlo hecho. A veces se me olvida que no es una agente adiestrada. Aunque ella nunca asume riesgos innecesarios.

—Pero algo tiene que haber pasado.

—Voy a emitir un boletín de búsqueda para ambos y pediré que envíen algunos agentes al lugar donde Carol estaba realizando la vigilancia.

—Creo que es un movimiento inteligente, Atlee.

—Y también tengo mucho que contarte.

Pine procedió a informarle de los últimos acontecimientos. Para cuando acabó, se encontraba a solo veinte minutos de Nueva York. Podía

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oír a Puller respirando trabajosamente. Se acordó de Jack Lineberry, y con razón: a ambos los tirotearon.

—Puller, escúchame, tú necesitas descansar, ¿de acuerdo? Yo puedo encargarme de esto. No debería haberte llamado.

Lo oyó respirar agitadamente unos segundos y luego lo que sonó como si tratara de incorporarse en la cama.

—¡Puller, por favor, quédate tumbado!

—Estoy bien. No sé por qué me tienen todavía aquí en el hospital. —¡Por si lo has olvidado, te dispararon!

—Vale, vale —la tranquilizó Puller—. Bueno, basándote en lo que has averiguado, ¿qué crees que está pasando?

—Empecemos con el asunto de las drogas. Tony y sus dos compinches, Danforth y Cassidy, las fabricaban y distribuían. Jeff Sands se encargaba de conseguir los clientes.

—Y luego está lo del ático —dijo Puller.

—Sands también estaba implicado en eso, al igual que Axilrod. Por lo que Tony me contó, ese lugar podría ser muy bien un antro para actividades de chantaje. Él dijo que se trataba de gente «elegante», aunque seguramente fueran tipos muy poderosos. Les compraban las pastillas a ellos, pero también iban allí a practicar sexo con menores, a consumir todo tipo de drogas y a Dios sabe qué más. Y todo se grababa en vídeo.

—Y mantener sexo con menores, como por ejemplo con Jewel Blake, no solo puede acabar con la reputación de alguien, sino que es también un delito muy grave.

—Lo que me gustaría saber es cómo encaja Nora Franklin en todo esto. Y Adam Gorman.

—Hablé un poco con Bobby sobre Gorman. Mencionó que había algo de su pasado que había hecho que le saltaran las alarmas, pero no me dijo el qué.

—Escucha, ¿estás seguro de que te encuentras lo bastante bien para lidiar con todo esto?

—Lo que me estoy pensando es si lo voy a hacer contigo o sin ti.

—Vale, entonces estaré en el hospital dentro de veinte minutos.

—Muy bien, no pienso moverme de aquí —repuso él.

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Cuando Pine entró con paso presuroso en la habitación de Puller, lo encontró sentado en la cama mirando su móvil.

—Lo primero: ¿cómo te encuentras? Y quiero la verdad —añadió mientras se sentaba en una silla a su lado—, no me vengas con tonterías.

—Bueno, ahora mismo no estoy como para saltar de un edificio a otro, pero tampoco me hace falta. —Levantó el móvil hacia ella—. Muy interesante…

—¿El qué?

—Léelo.

Pine fue deslizando el dedo por la pantalla durante un minuto y después alzó la vista.

—El adversario de Nora Franklin en las últimas elecciones retiró su candidatura en el último momento, aun cuando iba el primero en los sondeos. Así que ella se presentó sin ninguna oposición y fue reelegida. Su adversario no dio ninguna explicación, solo que había sido una decisión personal.

Puller asintió.

—Puede que hayamos descubierto cuál podría haber sido esa decisión personal.

—¿Crees que podría ser uno de los visitantes del ático?

—No me extrañaría lo más mínimo. Y me pregunto cómo le habrá pagado Franklin a esa gente para que le haga ganar las elecciones.

—Y también cuántos más como ella debe de haber en el ajo. —Además, no creo que vayan solo a por políticos —prosiguió Puller

—. Entre sus víctimas seguro que hay también jueces, burócratas, policías, militares, presidentes de compañías, personajes mediáticos y otros objetivos por el estilo.

—Seguramente esto explique por qué a un general de cuatro estrellas lo han transferido, por qué a ti te han apartado del caso, por qué la policía local nos ha puesto tantos impedimentos, y todas las demás situaciones injustificables que nos han ocurrido durante la investigación.

—Esto explicaría mucho, sí —convino Puller.

—Axilrod le dijo algo a Tony que me dio que pensar. Utilizó el término «represalias». Él se lo echó en cara en tono de broma, diciéndole que sonaba como un espía.

—Espías, ¿eh? —Luego, en tono nervioso, preguntó—: ¿Alguna respuesta al boletín de búsqueda?

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—No.

—Pues tal vez debería llamar a algunos refuerzos.

—¿De dónde?

—Déjame eso a mí.

—No, yo también quiero formar parte de la cacería. Por lo menos quiero tener la oportunidad de atrapar a Lindsey Axilrod.

—De acuerdo. Pero antes tengo que hacer algunas llamadas. —Mientras tú las haces, yo también llamaré a alguien. —¿A quién?

—A un hombre que me dijo que, si necesitaba un favor, le diera un toque. Y creo que ha llegado la hora de cobrarme ese favor.

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Sus exhalaciones jadeantes se mezclaban con un goteo de agua procedente de un punto indeterminado. Había cierta coherencia en los sonidos, pero eso no servía de consuelo.

Robert Puller se miró los pies y el simple movimiento le hizo torcer el gesto al notar cómo se agudizaba el dolor punzante que sentía en el hombro y el brazo. Le habían interrogado de forma eficiente, que no efectiva. Estaba seguro de que volverían a intentarlo, con técnicas aún más violentas. Y no era algo que esperase con mucha ilusión.

La limusina los había llevado hasta un aparcamiento subterráneo en algún lugar a las afueras de la ciudad, donde los metieron en una furgoneta con los cristales tintados. Los ataron y les pusieron unas bolsas en la cabeza, y estuvieron circulando durante aproximadamente una hora. Luego los sacaron de la furgoneta y los llevaron casi a rastras a algún sitio, no sabía dónde. No les quitaron las bolsas hasta que estuvieron dentro. A Blum la encerraron en otra parte. La clásica táctica del «divide y destruye su confianza».

Lo habían interrogado durante una hora, golpeándolo en la cara, torciéndole el brazo a la espalda hasta casi quebrárselo y rompiéndole dos dedos. No tenía ni idea de quiénes eran sus interrogadores; Gorman no estaba entre ellos.

En el trascurso del interrogatorio no había podido evitar vomitar, y experimentó cierta satisfacción al ver a aquellos hombres saltando hacia atrás para tratar de esquivar su vómito en escopetazo. Mereció totalmente la pena; compensó los dos puñetazos que recibió en la cara como castigo.

Lo habían insultado de todas las maneras posibles y lo habían amenazado de todas las formas imaginables. Eso había sido fácil de soportar. Mientras ellos lo machacaban verbalmente, él se había dedicado a realizar mentalmente complejos cálculos matemáticos. Lo malo había sido cuando empezaron a volar los golpes, aunque lo aguantó como pudo.

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Durante su periodo de instrucción había recibido el programa de entrenamiento SERE, siglas que correspondían a «supervivencia, evasión, resistencia y escape». Bueno, cualquier intento de evasión había fracasado estrepitosamente, la resistencia no se le había dado mucho mejor y tampoco veía ninguna vía de escape.

«Así que concéntrate en sobrevivir».

Ahora se quedó mirando el suelo mugriento, ansiando con todas sus fuerzas que alguien acudiera en su ayuda.

Había soportado pasar varios años en prisión, acusado de un crimen del que era inocente. Pero esto era diferente. Quienes lo mantuvieron encerrado en aquel entonces no iban a matarlo.

Los de ahora sí pensaban hacerlo.

Había mencionado el nombre de Nora Franklin solo una vez, después de que le preguntaran qué estaba haciendo en el hotel con Blum.

—Espero que trabajar para Nora os compense todo lo que vais a sufrir, cabrones.

Esto le valió un tremendo puñetazo en la mandíbula por parte de un hombre del tamaño de un coche pequeño, que lo derribó de la silla.

Ahora permanecía allí sentado, esperando a que volvieran.

—¿Quieres morir? Porque podemos matarte.

El hombre se cernió amenazante sobre Carol Blum, a la que habían sentado a una pequeña mesa. Le habían quitado la chaqueta y los zapatos y estaba temblando, porque en el cuarto hacía un frío terrible. Los tres tipos que estaban allí llevaban abrigos.

Blum estaba asustada, más asustada de lo que había estado en su vida.

No podía librarse de la sensación de que su vida estaba a punto de acabar.

Alzó la vista hacia el hombre y le dijo con voz baja y temblorosa:

—De todos modos vais a matarme, así que ¿qué más da?

El tipo le plantó en la cara sus credenciales del FBI.

—Estás en administración. Eres una secretaria —añadió en tono despectivo.

—Prefiero el término «personal de apoyo».

Eso hizo que el hombre le cruzara la cara de un brutal bofetón que la habría derribado de la silla si otro de sus captores no la hubiera sujetado.

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Blum tuvo que tragarse la sangre y las lágrimas. Temblaba incontroladamente y gemía de dolor.

—Muy bien, lo que tú digas, «personal de apoyo»… —masculló el hombre—. ¿Qué es lo que sabes de la señora Franklin y del señor Gorman?

A través del único ojo por el que podía ver, Blum se lo quedó mirando. Y entonces sintió cómo la rabia crecía en su interior. Si iba a morir, no pensaba marcharse de este mundo en plan sumiso. Enderezó la columna y recobró la compostura.

—La Agencia lo sabe todo. Estáis todos en riesgo inminente de ser arrestados.

—Mientes. —El hombre levantó la mano para golpearla otra vez. —Golpear a una mujer que casi te dobla la edad no restará ni un ápice

de verdad a lo que acabo de decir. Y si una vulgar miembro del «personal de apoyo» sabe esto, ¿qué no sabrán los agentes reales?

—¿Agentes? —repitió uno de los hombres—. ¿No será solo una? Atlee Pine.

Blum estaba preparada para esa réplica. —¿Y qué tal un agente de la CID? —John Puller ya no está en el caso.

—¿De verdad creéis que él es el único agente que tiene la CID?

—Ya nos hemos ocupado de eso. Y si la Agencia está al tanto de todo, ¿por qué enviar a una secretaria a realizar la vigilancia?

—En eso tienes toda la razón. Si es que soy una simple secretaria… —Eres demasiado mayor para ser otra cosa.

—También ahí te doy la razón. Soy solo una secretaria, nada más. Y trabajo para el FBI, para nadie más.

El hombre empezó a decir algo, pero entonces se detuvo y se quedó mirándola con gesto suspicaz.

—¿Qué has querido decir? ¿«Para nadie más»? Ahora Blum se permitió parecer confusa e indecisa. —Na-nada. So-solo he dicho… lo que he dicho.

El hombre miró a sus colegas y empezó a hablar en un idioma que ella no entendió, pero por sus expresiones parecieron visiblemente preocupados.

Uno de los tipos asintió y miró a Blum.

—¿Para quién trabajas?

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—Ya lo he dicho. Para el FBI.

—No te creo.

—No trabajo para ninguna otra agencia. —Blum fingió nerviosismo al pronunciar la última palabra.

El hombre la miró con aire triunfal.

—¿Ninguna otra agencia? Y una mierda. —Se inclinó para mirarla directamente a los ojos—. Dime para quién trabajas en realidad. Y no me mientas.

Blum le sostuvo firmemente la mirada, pero no dijo nada más.

—Muy bien. Volveremos para hablar contigo. Y entonces nos darás todas las respuestas que necesitamos sobre ti y sobre el tipo de uniforme. De lo contrario, morirás. ¿Entiendes?

Blum frunció los labios y bajó la vista.

Los hombres salieron y cerraron la puerta tras ellos.

Solo entonces alzó la mirada. Su pequeño subterfugio le había servido para ganar algo de tiempo, pero poco más. Su columna volvió a encorvarse mientras sentía cómo la abandonaban los últimos vestigios de esperanza.

«Por favor, agente Pine, encuéntranos antes de que sea demasiado tarde».

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Pine estaba sentada en su coche de alquiler. Había estado hablando por teléfono de forma ininterrumpida durante cerca de veinte minutos. Cuando acabó, dejó escapar un largo suspiro y esperó. Y esperó…

Finalmente, Clint Dobbs, el jefe de la sección del FBI en Arizona, dijo: —Por Dios, Pine. Está claro que te gusta hacerlo todo a lo grande. —Sí, señor. Ese parece ser el sino de mi vida.

—A ver si me ha quedado claro: ¿me estás diciendo que hay una operación de chantaje a gran escala que alcanza a las más altas esferas del gobierno y que se ramifica hasta Dios sabe dónde? ¿Y que los chantajeados presuntamente están haciendo cosas para ayudar a sus extorsionadores, utilizando su posición de poder?

—No creo que haya otra manera de explicar lo que está sucediendo. Y ahora Carol Blum ha desaparecido, junto con el hermano de John Puller.

—No me gusta nada cómo suena todo esto.

—A mí tampoco.

—¿Has dicho que identificaste a Gorman como el tirador?

—Sí.

—Necesitaré una declaración jurada al respecto. Eso me ayudará a ponerlo todo en marcha.

—Te la enviaré cuanto antes.

—¿Nora Franklin? Yo he testificado ante comités de los que ella formaba parte. Y he tenido trato con ella. No puedo creer que esté implicada en algo como esto.

—Le entiendo, señor. Pero lo cierto es que está metida hasta las cejas.

—Pero no tienes ninguna prueba de eso.

—Han transferido de la noche a la mañana a un general de cuatro estrellas del Pentágono. Puller se dio contra un muro a cada paso de una investigación de asesinato que implicaba a un agente federal. Por poco lo matan, pero al que sí se cargaron fue al nieto de Peter Driscoll. Y no he visto nada de ello en las noticias. Y una agente amiga mía cree que el

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Departamento de Policía de Nueva York está tapando la identidad de Jeff Sands como un favor a Driscoll.

—¿Estás insinuando que el senador Driscoll también está involucrado en esto?

—No lo sé —dijo Pine—. No tengo ninguna prueba, pero si no lo está, es mucha coincidencia que su nieto sí esté implicado.

—¿Y ese lujoso apartamento en Nueva York?

—Señor, no se me ocurre otra razón que el chantaje para instalar cámaras en unas habitaciones donde se están llevando a cabo prácticas sexuales de una naturaleza posiblemente delictiva o que pondrían muy en entredicho la reputación profesional. Sin ir más lejos, el último adversario político de Franklin retiró su candidatura justo antes de las elecciones por motivos personales sin justificar, aun cuando iba el primero en los sondeos. ¿Quién haría eso, señor?

—Entonces, ¿crees que lo chantajearon para que renunciara? — preguntó Dobbs.

—Es lo único que se me ocurre para que abandonara la carrera electoral de ese modo, alegando solo motivos personales.

—Pero él podría haber contraatacado si intentaban sacar a la luz sus trapos sucios.

—¿Y si amenazaron a su familia?

—Así que crees que puedan estar empleando viejas técnicas mafiosas. —Esas técnicas nunca han pasado de moda porque, por desgracia,

siguen funcionando.

—¿Cuántos «líderes» crees que están comprometidos? —preguntó Dobbs.

—No estoy segura. Vincenzo me contó que una noche vio a muchas personalidades entrando y saliendo sin parar del edificio durante horas. Sabía que iban al apartamento porque conocía al chófer que los llevaba y los traía.

—Aprovechándose de las debilidades de la gente —dijo Dobbs en tono asqueado.

—No siento la menor compasión por quienes practican sexo con menores —repuso Pine, pensando en Jewel Blake—. Se merecen ser castigados con todas las de la ley. Pero ¿hacer chantaje con otro tipo de asuntos como infidelidades o consumo de drogas? Eso es distinto. Eso es joder a la gente, destruirles la vida. Si están utilizando su influencia para

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ayudar a esos desalmados, es bajo coacción. E imagino que el sentimiento de culpa también debe ser una pesada carga que soportar, sabiendo que estás vendiendo a tu propio país para salvar el pellejo.

—Sé que tenemos que hacer algo cuanto antes, Pine, pero también tengo que pensarlo muy bien. Encontrar una estrategia para avanzar. Debemos proceder con mucha cautela.

—Yo que usted tendría mucho cuidado con quién habla, señor. De lo contrario, podría encontrarse que lo han trasladado a una agencia residente tan perdida que todavía usan latas con cordeles para comunicarse.

—No te creas que no lo he pensado. En fin, ¿alguna pista sobre Carol? —Todavía no. Pero tengo a alguien trabajando en ello, y removeré

cielo y tierra para traerla de vuelta sana y salva.

—Sé que lo harás. Aguanta, Pine. Volveré a llamarte.

Dobbs colgó y, sin saber muy bien por qué, Pine sintió que todas sus esperanzas se desmoronaban.

«Realmente no puedo contar con que nadie me ayude, porque ¿quién diablos sabe hasta dónde alcanzan las ramificaciones de todo esto?».

Mientras miraba por la ventanilla la calle a oscuras, su imaginación se desbocó pensando en todo tipo de terribles destinos para Carol Blum y Robert Puller. Nunca debería haber dejado que Blum la acompañara.

«Y si no hubiera fastidiado el arresto de Tony Vincenzo por parte de Puller, su hermano ahora tampoco estaría metido en esto».

Estaba convencida de que, allá donde estuviera Blum, también estaría Robert Puller.

Pine condujo directamente hasta la Oficina de Campo de Nueva York del FBI, rellenó su declaración jurada, la notarizó y luego la escaneó para enviársela a Dobbs en Arizona. Mientras estaba allí, reparó en que varios agentes se la quedaban mirando fijamente al pasar.

«¿Es que está pasando algo de lo que no me he enterado?».

Durante un instante de pánico, la asaltó el pensamiento más horrible que cupiera imaginar: la Agencia también estaba siendo chantajeada y Dobbs, de forma totalmente sibilina, había hecho que fuera hasta allí para que pudieran arrestarla acusada de algún cargo falso.

Mientras se planteaba si debería emprender la huida, se le acercó un hombre de cincuenta y tantos años, alto e imponente, con un traje negro y una corbata azul sobre una camisa blanca impecable.

—¿Agente Pine?

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—¿Sí? —Había algo en aquel hombre que le resultaba familiar. Se puso tensa.

—Soy Warren Graham. Soy el SAC aquí.

Por eso había pensado Pine que lo conocía. Graham era el agente especial a cargo, o SAC, de la Oficina de Campo de Nueva York; junto con el de Washington D. C., eran los dos puestos de división más prominentes dentro del universo del FBI. Estaba por encima de Clint Dobbs en el escalafón, pero muy por encima.

—Me gustaría hablar contigo. En privado.

Graham la condujo hasta una pequeña sala de conferencias y cerró la puerta.

El corazón de Pine latía con tanta fuerza que creyó ver cómo se le movía la blusa.

Graham se sentó apoyado en el borde la mesa y dijo:

—Clint Dobbs y yo fuimos compañeros de litera en Quantico y con los años hemos mantenido una estrecha amistad. Después de que hablaras con él, me ha telefoneado.

Pine tuvo que apoyar una mano en la pared para mantener el equilibrio, ya que no tenía ni idea de lo que vendría a continuación.

—Ya estábamos al corriente de algunas de las cosas que has estado averiguando, Pine. De hecho, te diré algo más. Hay otros tres apartamentos de lujo operando del mismo modo que el ático del que has informado a Clint.

—¿Así que saben a lo que se dedican?

—Eso creemos, sí. Los rusos lo llaman kompromat. Los saudíes tienen otra palabra para ello, y los chinos también.

—¿Y están todos ellos implicados, señor?

—En realidad, no creemos que esos Estados extranjeros estén detrás de dichas acciones, Pine. Pensamos que se trata de un grupo privado que está haciendo todo esto por la razón más antigua del mundo: el dinero.

—¿Se encontraban ya tras la pista de Gorman y Franklin?

—No, todavía no habíamos puesto el foco sobre ellos. Pero mientras hablamos se están emitiendo órdenes de registro y autorizaciones de vigilancia. —Hizo una pausa y pareció consternado—. Conozco a Nora. Y debo decir que…, uf, estoy sorprendido. Nunca habría sospechado de ella.

—Supongo que de eso se trataba, señor.

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—En eso tienes toda la razón, Pine. Y es otro ejemplo de cómo en este oficio nunca eres demasiado viejo para aprender algo nuevo. —Frunció el ceño—. ¿Tengo entendido que hay dos posibles rehenes?

—Mi ayudante, Carol Blum, y el teniente coronel Robert Puller de las Fuerzas Aéreas.

—¿Gorman los tiene?

—Eso es lo que creo.

—Hemos hecho una investigación rápida sobre él. Como no es más que el jefe del equipo de seguridad de Nora, no está sometido al mismo grado de escrutinio y declaración patrimonial que se suele aplicar al «personal» del Congreso.

—Lo cual, estoy segura, les va muy bien a sus intereses. —Exactamente. ¿Y tengo entendido asimismo que los militares han

asumido el mando de la búsqueda del coronel Puller? —Sí, creo que sí. Al menos están trabajando en ello.

Pine rezó por que John Puller hubiera conseguido realizar algún progreso desde su cama de hospital.

—Bueno, Pine, creo que ya has hecho suficiente por ahora. Y se te ve bastante agotada. Ve a descansar un poco. No nos servirás de mucho si estás tan cansada. Se avecinan unos días realmente ajetreados. —Hizo una pausa—. Y que Dios nos ayude si este asunto resulta que llega tan arriba como me temo. —Sacó una tarjeta y se la entregó—. Ahí está mi número personal.

Pine se marchó y fue a buscar su coche. Quería hacer algo, lo que fuera, pero en esos momentos no había nada que pudiera hacer.

Condujo de regreso al apartamento de Lineberry y se desplomó sobre la cama completamente vestida. Sacó la foto de su hermana y la contempló todo el tiempo que pudo antes de caer rendida en un sueño tormentoso.

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Puller se recostó contra su almohada del hospital y se quedó mirando el móvil. Había tenido que empezar a esconderlo de las enfermeras, que solo querían que descansara y que durmiera y…

«… que no haga mi maldito trabajo».

Había dormido muy mal a pesar de los medicamentos, y llevaba una hora tumbado allí tratando desesperadamente de dar con alguna manera de cambiar las tornas en todo aquel asunto. Había hecho tres llamadas. Y nadie se las había devuelto aún, lo cual no solo resultaba frustrante, sino sobre todo preocupante.

Se devanaba los sesos intentando pensar quién más podría haber ahí fuera que pudiera ayudarle. Si pudiera encontrar a una persona que se hubiera visto afectada por esto, entonces podría…

«Pero serás idiota».

Buscó el número en su móvil. Cuando saltó el buzón de voz, no pudo evitar un suspiro de frustración. No, otra vez no. Dejó un detallado mensaje y luego tiró el móvil sobre el colchón a su lado.

Echó un vistazo al monitor de constantes vitales. Estaban bastante bien. Se acordó de una vez, en Afganistán, en que al abrir los ojos descubrió que estaba en un hospital de campaña después de que lo hiriesen. Y el monitor de constantes no presentaba unas cifras tan alentadoras. No sabía que una persona pudiera tener la presión sanguínea tan baja y aun así seguir viva.

Trató de mover el hombro herido, solo un poco, y tuvo que apretar los dientes. Se dio cuenta de que, a pesar de todos los analgésicos que le estaban administrando, no era lo más inteligente que podía hacer. Así que paró y dejó que su cuerpo se relajara. No obstante, cuando volvió a mirar el móvil, se tensó una vez más.

«Vamos, vamos, suena ya».

Pasaron cinco minutos, luego diez. Los diez se convirtieron en veinte.

Empezaba a perder toda esperanza.

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Y entonces sonó. Lo agarró tan deprisa con la mano del lado bueno que el costado herido profirió un quejido de dolor.

—¿Diga?

—Puller, soy Tom Pitts.

—Gracias por devolverme la llamada, señor. Y permítame decirle cuánto lamento lo que le ha ocurrido. Fui yo quien le metió en esto. Nunca imaginé que le costaría su cargo en el Pentágono.

—No, Puller, soy yo quien debe disculparse. Después de que nos reuniéramos en mi despacho, hice varias llamadas y realicé algunas pesquisas. De hecho, pensaba que estaba haciendo algunos progresos. Y de pronto fue como si me hubiera arrollado un tanque Abrams. El ejército es una amante caprichosa, Puller. Y cuando se le suma la política, y no me refiero solo a la política militar, sino a la de los tipos trajeados al otro lado del Potomac, entonces la cosa se complica muy deprisa. Me creía muy diestro en leer esas hojas del té y prevenir cualquier problema que se avecinara a kilómetros de distancia. Pero no ha sido así en este caso. Siete de la mañana: estoy tomando mi primera taza de café. Ocho y cuarto: me ordenan recoger mis cosas para trasladarme a un nuevo destino en el extranjero. A los Países Bajos, nada menos.

—¿Es ahí donde se encuentra ahora?

—Salgo pasado mañana.

—Bueno, una vez más, lamento haberle metido en esto, señor.

—Yo no. Todo este asunto apesta a podrido. Y no tengo la menor intención de dejarlo pasar sin más, Puller. Y aunque soy consciente de que quien está detrás de esto es alguien con muchísimo poder, yo también tengo mis armas para contraatacar.

—De hecho, lo estoy llamando por eso, señor. Quería informarle sobre los últimos acontecimientos.

—¿Desde dónde llamas?

Puller dudó, pero al final optó por decir la verdad.

—Desde una cama de hospital.

—¿Cómo?

Puller le contó lo del tiroteo.

—¿Y crees que está relacionado?

—Sé que lo está, señor.

—Cuéntame todo lo que sabes.

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En una serie de frases concisas y bien organizadas, Puller le explicó a Pitts lo que había averiguado sobre Nora Franklin y Adam Gorman. También le contó que la bala que le había herido a él era la misma que había acabado con la vida de Jeff Sands, el nieto de Peter Driscoll. Luego le informó sobre la operación de chantaje a gran escala que estaba teniendo lugar en la ciudad de Nueva York. Y por último le explicó que su hermano y una empleada del FBI habían desaparecido.

—¿Crees que ese grupo los ha capturado?

—No se me ocurre otra razón por la que no contesten al móvil o no nos devuelvan las llamadas. He telefoneado a otros contactos para que me ayuden en esto, pero hasta ahora solo ha respondido usted.

—Está claro que están asustados —dijo Pitts—. He conocido a muchos militares que se enfrentan con uñas y dientes al enemigo en el campo de batalla, soportando heridas y derrotas, pero que aun así continúan luchando hasta la victoria final. Y he visto a esos mismos hombres transformarse en unos cobardes y correr a esconderse ante el más mínimo indicio de citación o degradación, o en cuanto reciben una llamada de un tipo trajeado que no merece ni una pizca de respeto. Pero a diferencia de esa otra gente que no te ha devuelto las llamadas, puede que yo aún tenga recursos con los que contraatacar. Me he ganado mis cuatro estrellas y me he ganado mi puesto en el Pentágono. Y no me tomo nada bien que la gente intente joderme. Si se piensan que voy a dejar las cosas como están, es que no me conocen para nada. Aunque tú no me hubieras llamado, pensaba hacer público todo esto antes de salir del país. Cuando alguien me ataca, yo devuelvo el golpe. Y más fuerte aún.

—Me recuerda usted a mi padre.

—Me lo tomaré como el mayor cumplido que podrías hacerme. — Luego su tono cambió, se volvió más reflexivo—. Robert Puller, ¿eh? Un teniente coronel de las Fuerzas Aéreas con acceso privilegiado a todo tipo de información sensible y con grandes conocimientos sobre nuestros secretos militares más valiosos.

—Sí, señor.

—Tenemos que rescatarlo como sea. ¿Alguna idea de dónde pueden estar?

—Estamos trabajando en ello, señor, se lo puedo prometer.

—Dame dos horas, Puller. Todavía me queda gente a la que recurrir. Creo que aún podré hacer algo. Después solo necesitaré identificar el

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objetivo.

—Esperaba que dijera eso. ¿Y puedo pedirle un favor?

—Claro. Lo que sea.

—Hay una agente del FBI llamada Atlee Pine a la que le gustaría estar implicada en el operativo.

—¿Está preparada para ello?

—No tenga la menor duda, señor.

En cuanto colgaron, Puller llamó a Pine y la puso al corriente de los pormenores de lo que había estado planeando con el general Pitts.

—Gracias por echarme un cable para que pueda formar parte de esto —dijo ella algo adormilada.

—Tú harías lo mismo por mí.

A su vez, Pine le informó de su conversación con Warren Graham. —Así que tenemos al FBI, y confiemos en que también al ejército,

atacando desde distintos flancos —dijo Puller.

—Creo que necesitaremos toda la artillería que podamos reunir — repuso Pine—. Oye, ¿no llevan los militares un microchip de identificación por radiofrecuencia, especialmente alguien tan valioso como tu hermano, para que los puedan rastrear fácilmente?

—En algún momento pensaron en hacerlo, pero resultaba demasiado invasivo y, más importante aún, demasiado caro. Y también estaba la cuestión de la privacidad. ¿Y qué haces cuando dejas el ejército? ¿Extirpar el chip? Así que, en vez de eso, los militares utilizan rastreadores de GPS que simplemente desactivan cuando se licencian.

—Ya, tiene más sentido. —Pine intentó ahogar un bostezo, sin éxito. —Y perdóname por llamarte tan tarde. Ya veo que te he despertado. —Me estás dejando fatal, Puller. Tú en una cama de hospital con una

herida de bala y todavía trabajando, mientras que yo estoy aquí tumbada sin más. Llámame a la hora que sea.

Puller dejó el móvil a un lado y se quedó mirando al techo. Luego bajó la vista a las vías intravenosas que lo mantenían atado a la cama. Dejó escapar un suspiro, sintiéndose impotente por segunda vez en su vida. La primera había sido cuando tuvo que enfrentarse a la demencia de su padre. Era algo contra lo que no podías luchar en un campo de batalla. Y ahora, de nuevo, este sentimiento de impotencia.

«Mierda».

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A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, Pine se despertó con un sobresalto y salió disparada de la cama dispuesta a ponerse en marcha corriendo, con el corazón desbocado y los nervios en tensión. Entonces se paró un momento, medio tambaleante, y se dijo: «¿Qué demonios estás haciendo? ¡Cálmate!».

Preparó café y pensó en la llamada de Puller de la noche anterior. Por lo que había dicho, sonó como si tuviera a todos sus efectivos en acción y ahora solo necesitaran encontrar el punto donde atacar. Comprobó su móvil para ver si, por algún milagro, Blum o Robert Puller habían llamado o enviado algún mensaje mientras estaba durmiendo. Nada.

En cambio, sí que había un mensaje de Clint Dobbs acusando recibo de su declaración jurada. En el mismo añadía que el operativo estaba en marcha, que tenía una estrategia de acción y que habían movilizado todos los recursos disponibles de la Agencia. Por su parte, Pine debía seguir las pistas que tuviera y comunicar cualquier avance tanto a él como a Graham.

Dejó escapar un largo suspiro. Clint Dobbs nunca le había caído demasiado bien, pero confiaba plenamente en él. No se dejaba comprar por nadie.

Tomó un poco de yogur y se comió una tostada. Luego se duchó, se vistió y cogió sus armas. Bajó a toda prisa al garaje, se montó en el coche y arrancó.

Estaba harta de tener que reaccionar a los movimientos de los demás.

Era hora de pasar a la ofensiva.

Condujo hasta el edificio donde estaban las oficinas de Nora Franklin y encontró un aparcamiento en la calle. Era consciente de que, dada la situación, iba a necesitar mucha suerte. Si la mujer había vuelto a Washington D. C. o a su despacho en el norte del estado, Pine estaba jodida.

Al cabo de media hora, los dioses de las fuerzas del orden respondieron a su llamada.

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Un taxi se detuvo ante la entrada del edificio federal. Nora Franklin bajó y entró.

Al momento, Pine se dirigió a la misma cafetería donde Blum había establecido su puesto de vigilancia.

El cielo se oscureció rápidamente y empezó a caer una ligera llovizna. Encontró una mesa junto al ventanal y se instaló allí, dando sorbitos a su café y mordisqueando un sándwich de atún. Tres horas más tarde, se le

acercó un empleado y le preguntó si quería algo más. Era una clara invitación a que se marchara, pese a que el local no estaba ni mucho menos lleno. Pine pidió otro café y una bolsa de patatas fritas.

Mientras seguía allí sentada, de repente se le ocurrió una idea, algo que tal vez podría llevarla más deprisa a donde necesitaban llegar. Sacó la tarjeta de Warren Graham y lo llamó al móvil. Respondió al segundo tono.

Ella le contó dónde estaba y cuál era su plan.

—Es arriesgado, Pine, muy arriesgado. Podría resultar desastroso. —¿Tan desastroso como perder a dos de los mejores, señor?

Graham guardó silencio durante un largo rato mientras ella contenía el aliento.

—Hazlo, Pine. Y no la cagues. —Le dio un número de teléfono para que llamara cuando hubiera cumplido su misión. Luego colgó.

Pine podía sentir la tensión en el ambiente. Si fallaba, ella, Graham y todos los demás implicados en la investigación estarían acabados. Los malos ganarían y el país se iría al garete.

A las siete, mientras la lluvia arreciaba y empezaba a caer la noche, Nora Franklin salió finalmente del edificio, con un delgado maletín de piel dando golpecitos contra su muslo. Debía de haber llamado a un Uber, porque un Prius paró ante la puerta justo cuando ella salía. Se subió a él y el vehículo arrancó.

Pine ya se había montado en su coche y empezó a seguirla. El Prius se detuvo delante de un restaurante del centro de Manhattan, Franklin bajó del vehículo y entró en el local.

Pine pidió al chófer de una limusina que la moviera de donde estaba enseñándole su placa del FBI. Ella aparcó en su plaza y esperó.

Veinte minutos más tarde, Dobbs le envió un mensaje para informarle de los últimos pasos dados por la Agencia. Ella le respondió explicándole lo que estaba haciendo.

El siguiente mensaje de Dobbs fue revelador.

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«Decenas de órdenes de registro que se van a ejecutar de forma inmediata. Micros instalados y teléfonos pinchados para Franklin y adláteres. Esto está a punto de explotar».

Ella respondió: «La primera vez que sonrío en mucho tiempo, señor». Pine guardó el móvil, bajó del coche y pasó caminando por delante de

la cristalera del restaurante. No vio a Franklin. Se aventuró a entrar y echar un vistazo. La mujer se encontraba al fondo, hablando con un hombre al que Pine no reconoció. Lástima. Si hubiera sido Gorman, lo habría arrestado en el acto.

Pine salió y volvió a montarse en el coche.

Poco después de las nueve, Franklin dejó el restaurante y paró un taxi.

Pine lo siguió.

Se dirigieron hacia el sur por la autopista del West Side hasta que el taxi giró a la izquierda y enfiló hacia Greenwich Village, con sus lujosas casas de gran valor histórico, sus calles que doblaban en extraños ángulos y su reputación de ser uno de los códigos postales más caros de la zona.

Antiguo, exclusivo y aislado… Bueno, todo lo aislado que se puede estar en un lugar como Nueva York. Con una atmósfera de ciudad pequeña. Con restaurantes que eran propiedad de gente del lugar. Con platos a cincuenta dólares y cócteles a veinte.

El taxi se detuvo delante de una magnífica residencia de cuatro plantas construida en piedra, con dos titilantes faroles de gas flanqueando la puerta principal pintada de azul y con una aldaba de metal dorado. Estaba adosada a otra majestuosa mansión, aunque esta parecía estar vacía y en proceso de rehabilitación. Debía de costar una fortuna comprar una de aquellas casas antiguas, pensó Pine, y otra fortuna conseguir hacerla habitable.

«Aunque, la verdad, estaría muy bien».

Los vetustos escalones de ladrillo que conducían a la casa de Franklin estaban enmarcados entre unas ornamentadas barandillas de hierro forjado. El edificio se veía antiguo, pero se notaba que había sido meticulosamente restaurado.

Pine aparcó junto a la acera mientras se abría la portezuela del taxi y Franklin se bajaba. Cuando el vehículo se alejó, la mujer empezó a subir las escaleras. No oyó a Pine hasta que la tuvo justo detrás.

—¿El personal de seguridad tiene la noche libre?

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Franklin se giró en redondo. Pine vio que tenía un pequeño bote en la mano.

—¿Espray de pimienta? —dijo Pine—. Es legal siempre y cuando lo haya comprado a un proveedor autorizado y haya rellenado todo el papeleo necesario, algo que, siendo como es un personaje tan importante, habrá hecho sin duda alguno de sus lacayos.

—¿Quién diablos es usted? —le espetó Franklin, mirando a un lado y a otro como si esperara ver pasar un coche de policía.

Pine le mostró su placa y sus credenciales.

—Agente especial del FBI Atlee Pine. Necesito hablar con usted.

Los ojos de Franklin se abrieron como platos al oír el nombre.

—Pues sí —prosiguió Pine—. No tenía ninguna duda de que habría oído hablar de mí. Supongo que Gorman habrá hecho los honores.

—Si desea reunirse conmigo, llame a mi oficina y pida una cita. Pero ya le advierto que no será en una fecha próxima. Soy una mujer muy ocupada, agente Pine.

—Oh, lo sé. Servir a dos o más amos en vez de a uno debe de consumir gran parte de su tiempo libre.

Franklin sonrió educadamente.

—No tengo ni idea de a qué se refiere con ese comentario, pero yo diría que raya peligrosamente en la difamación. Y ahora, si me disculpa…

En vez de apartarse, Pine se acercó aún más.

—Su problema es que Gorman lo ha fastidiado todo. Ha secuestrado a dos personas, una de las cuales trabaja para el FBI. Sé que usted tiene influencia, pero dudo mucho de que le sirva para librarse de esta.

—De verdad que no tengo ni idea de lo que me está hablando. —¿Va a negarme que Gorman trabaja para usted?

—Claro que no. Adam lleva conmigo mucho tiempo. Es el mejor en lo suyo.

—Sí, lo malo es que el asunto en el que está metido ahora es ilegal. ¿Chantajear a gente en puestos de poder? ¿Asesinar, secuestrar? Eso conlleva una larga temporada en prisión. Mucho más larga que el tiempo que ha estado sirviendo usted en el Congreso.

Por primera vez, Pine vio un leve destello de pánico en los ojos verdes de Franklin.

En ese momento, un grupo de jóvenes con sudaderas de la NYU dobló ruidosamente la esquina. Se notaba que habían estado bebiendo y soltaron

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risotadas y saludaron tontamente a las dos mujeres.

Pine señaló hacia la puerta.

—Tal vez sería mejor que siguiéramos dentro.

Franklin echó un vistazo a los estudiantes. Sin decir palabra, sacó la llave, abrió la cerradura e hizo una seña a Pine para que la siguiera.

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—Qué casa tan bonita —dijo Pine con sarcasmo al entrar en el salón.

Los suelos eran de mármol. Las paredes estaban forradas en un tejido que parecía seda y presentaban exquisitos adornos de ebanistería realizados por una mano experta con la sierra de inglete. El precio de los muebles se ajustaba claramente al de la propiedad inmobiliaria, mientras que los cuadros que colgaban en las paredes no habrían desentonado en ninguno de los numerosos museos repartidos por toda la ciudad.

—Gracias —respondió Franklin con idéntico sarcasmo.

Una joven vestida con uniforme de doncella entró en el salón. —Señora Franklin, ¿necesita algo?

—No, Lily —respondió la congresista—, ya puedes subir a tu habitación. No necesitaré nada más esta noche.

Lily miró a Pine.

—¿Querrá su amiga algo de beber? Carl todavía está en la cocina. —No, y dile a Carl que también puede retirarse. Acompañaré yo

misma a mi «amiga» cuando se marche.

—Sí, señora. —Lily se apresuró a salir y cerró la puerta tras ella.

—Vamos a mi estudio —dijo Franklin secamente.

Condujo a Pine por un largo pasillo cuyo suelo no era de mármol, sino que estaba pavimentado con tablones de nogal de distintas anchuras. Se detuvo ante una impresionante puerta de doble hoja, la abrió e hizo pasar a Pine.

Cerró la puerta y Pine echó un vistazo a las paredes llenas de libros y al fuego que crepitaba en la chimenea. Había un magnífico escritorio de madera con adornos de cuero, sobre cuyo tablero se alineaban diversos instrumentos de escritura antiguos que debían de costar un dineral. La moqueta bajo sus pies era gruesa y mullida. La atmósfera general de mansión de la campiña inglesa no encajaba demasiado en aquella zona del sur de Manhattan.

En una de las paredes había una pequeña barra.

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—¿Le apetece algo de beber? —preguntó Franklin.

—No, pero tómese usted algo. Puede que lo necesite.

Franklin torció el gesto un momento, pero luego se sirvió un brandy e hizo girar el líquido en la copa.

Iba vestida con un estilo muy conservador, con un traje chaqueta a medida de color azul marino. Se soltó el moño recogido en la nuca, dejando que los mechones de cabello rubio se derramaran sobre sus hombros. Se sentó en una butaca de respaldo alto y Pine tomó asiento frente a ella en un pequeño canapé.

Franklin se quitó los zapatos de tacón y se frotó los pies.

—Pensará que a estas alturas las mujeres no deberíamos llevar estos malditos tacones.

—Lo que pienso es que usted es una mujer muy libre de ponerse lo que quiera, a diferencia de muchas otras mujeres. Pero no es de eso de lo que he venido a hablar.

—Muy bien. ¿Y de qué ha venido a hablar, aparte de a lanzar acusaciones descabelladas y sin fundamento?

—Su patrimonio es francamente impresionante. Solo esta casa costará… ¿cuánto?, ¿cinco, diez millones de dólares? Y además posee otra mansión en el norte del estado, ¿verdad?

—Y otra más en el sur de Francia. Una villa preciosa. —Franklin tomó un sorbo de brandy que se deslizó suavemente por su garganta, y lanzó a Pine una mirada divertida que esta decidió no dejar pasar.

—Para una mujer que lleva trabajando en el Congreso más o menos unos doce años, con un salario fijo anual de ciento setenta y cinco mil y pico, es realmente todo un logro.

—Antes de eso ejercí la abogacía.

—Cierto, pero solo unos años. Y en un sector que no se caracteriza precisamente por pagar grandes honorarios.

—Invertí bien.

—Y sé también que su cargo en el Congreso le permite redactar leyes que benefician a compañías en las que ha invertido.

—Eso sería conflicto de intereses.

—Por supuesto que lo es, pero aun así se hace. Porque los congresistas redactan las leyes de un modo tan ambiguo que dejan vacíos legales del tamaño del Gran Cañón. Y la carga probatoria de corrupción pública es tan

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elevada que resulta casi imposible obtener una condena, por lo que los fiscales han dejado de intentarlo.

—Eso hay que agradecérselo al Tribunal Supremo de Estados Unidos.

Pero si tiene alguna queja, puede hablar con mis asistentes.

—Estoy convencida de que habrá puesto en práctica todo eso del conflicto de intereses. Pero dudo que sea de ahí de donde proceda el grueso de su fortuna. En sus declaraciones patrimoniales oficiales solo tiene que incluir conceptos muy generales. Por ejemplo, no tiene que declarar el valor de su residencia principal, ni tampoco los bienes incluidos en determinados fondos. Asumo que se ha aprovechado usted de todos esos vacíos legales.

—Al contrario, no hago nada para ocultar mi fortuna. Usted sabía dónde vivo; si no, no me habría seguido hasta aquí. He celebrado fiestas y recaudaciones de fondos tanto en esta casa como en mis otras residencias. Mi historial financiero personal es totalmente transparente.

—Ni por asomo. Además, los miembros del Congreso tampoco tienen que someterse a controles de verificación sobre su pasado. Así que en él puede ocultarse mucho más de lo que sabemos.

—Los medios habrían desenterrado cualquier trapo sucio de mi pasado. Y si está poniendo en tela de juicio mi patriotismo, todos hemos prestado un juramento de confidencialidad, y como miembro del Comité de Inteligencia he tenido que prestar otro por separado.

—Eso son solo palabras.

—Soy una funcionaria electa. Los votantes han dado fe de mi integridad al depositar su papeleta con mi nombre. Con eso está todo dicho.

Pine negó con la cabeza.

—A mi entender, eso tampoco es suficiente.

—Mire, ha sido un día muy largo y necesito acostarme ya. —Créame, los días se le van a hacer mucho más largos. Franklin se inclinó hacia delante y soltó con brusquedad:

—Me estoy hartando ya de este estúpido toma y daca. Solo para su información, le diré que las amenazas veladas no me afectan en absoluto. Vuelva a intentarlo y tendrá que enfrentarse a una demanda por difamación. Y a una investigación del Congreso sobre cómo selecciona el FBI a su personal. No creo que al director de la Agencia le haga mucha gracia que sus agentes utilicen métodos tan agresivos.

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Pine también se inclinó hacia delante.

—Entonces permítame que sea menos… vaga. Todos los áticos están bajo vigilancia. A partir de ahora va a recibir numerosas órdenes de registro, usted y sabe Dios cuántos otros funcionarios de alto rango, presidentes ejecutivos, jueces, policías y demás traidores.

—¿Cree que me han chantajeado, agente Pine?

—No recuerdo haber mencionado nada sobre ningún chantaje. Me pregunto por qué lo ha hecho usted.

Franklin se puso tensa, pero al momento se relajó y dio un sorbo a su brandy.

—He hecho una deducción basándome en lo que acaba de decirme. Eso aún se me permite, ¿no? ¿Personas de alto rango? ¿Traidores?

—¿Quiere saber por qué estoy aquí realmente?

—Claro. Tal vez así podamos poner fin a este encuentro.

—Puedo ofrecerle un trato.

Franklin casi escupió la bebida.

—¿Un trato? Soy abogada, Pine. Y doy por sentado que usted no lo es. De manera que no intente intimidarme. Podría machacarla sin contemplaciones.

—Usted no ejercía como abogada criminalista, pero le concederé el beneficio de la duda. Han matado a Jeff Sands. Se han cargado a Tony Vincenzo en una playa de Nueva Jersey. Lindsey Axilrod, o comoquiera que se llame, iba a clavarle una jeringuilla con no sé qué mierda antes de que yo lo rescatara…, aunque solo temporalmente.

—No conozco a ninguna de esas personas y no tiene ninguna prueba de que así sea.

—Mañana tendrá todas las pruebas que desee. Así que ¿quiere adelantarse a los acontecimientos o prefiere seguir a la defensiva y hacerlo desde una celda?

—Está claro que el FBI tiene que empezar a contratar personal de mayor calibre. Voy a disfrutar muchísimo citándola para que comparezca ante alguno de mis comités. La destrozaré. Perderá la placa y la poca dignidad que pueda quedarle. Se pasará los próximos cincuenta años arrepintiéndose.

—¿Debo tomar eso como un no?

—La reunión ha acabado —le espetó Franklin—. Por favor, márchese ahora mismo o llamaré a la policía.

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Pine se levantó.

—Muy bien, entonces tendré que ofrecerle el trato a Gorman. Seguramente él afirmará que usted no solo ordenó los asesinatos, sino también el secuestro de una empleada del FBI y de un teniente coronel de las Fueras Aéreas. Al agente especial a cargo Graham no le importa de dónde proceda la información interna. Me ha pedido que llegue hasta el fondo con toda la artillería.

Franklin palideció ligeramente y su voz cambió. —¿Graham? ¿Ha hablado con Warren Graham?

—Es el jefe de la Oficina de Campo de Nueva York. ¿Quién sino él iba a dirigir una operación de la envergadura y complejidad de esta?

—¿Operación?

—Sí, su nombre oficial es Operación Barras y Estrellas. —Bajó la mirada hacia la mujer con aire de suficiencia—. Pero nosotros los federales le hemos puesto otro nombre, solo para divertirnos.

—¿Y se puede saber cuál es? —preguntó Franklin con una sonrisa arrogante.

—Operación A Tomar por Culo.

Y, dicho esto, salió sin más de la mansión.

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Pine subió a su coche y salió disparada a toda velocidad. No obstante, apenas dobló la esquina, aparcó de nuevo y llamó al número que le había dado Warren Graham. Una voz de mujer respondió al momento.

—Bien, agente Pine, ya hemos pinchado todos sus teléfonos, el fijo, el móvil y un segundo móvil, y hemos interceptado todas sus cuentas de correo.

—Le he metido el miedo en el cuerpo. Seguro que ahora llamará a Gorman. Entonces podremos rastrear la llamada.

—Recibido. La avisaré en cuanto Franklin inicie el contacto.

—Hay otras personas en la casa. Una doncella y un cocinero. ¿Y si utiliza sus teléfonos o sus cuentas de correo?

—Tenemos cobertura digital sobre toda la casa, agente Pine. Todo lo que salga de ella quedará registrado. La orden emitida es lo suficientemente amplia para abarcar también eso.

Pine colgó y acto seguido llamó a Puller para contarle lo que acababa de hacer.

—En cuanto contacte con Gorman, podremos rastrear la llamada, correo o mensaje. Ahora ya no hace falta que estén al teléfono media hora. Los técnicos de la Agencia pueden localizar rápidamente la llamada.

—¿Dónde estás ahora?

—Al lado de la casa de Franklin, en Greenwich Village.

—Dame la dirección para poder transmitírsela al general Pitts.

Pine así lo hizo.

—Pero el FBI la tendrá muy vigilada —añadió—. No irá a ninguna parte.

—Toda precaución es poca, Atlee.

Y colgó.

Pine esperó. Y esperó. Pasaron cuarenta minutos. Luego una hora.

Volvió a llamar al número.

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—Nada, agente Pine —dijo la mujer—. No ha hecho ninguna llamada ni ha enviado ningún mensaje ni correo. Hace unos veinte minutos interceptamos un mensaje saliente. De una tal Lily Walker. Al parecer se lo enviaba a su novio porque contenía algo de…, bueno, lo que sin duda podríamos calificar de sexting.

A Pine se le cayó el alma a los pies. ¿Cómo podía ser? Después de su encuentro, estaba segura de que Franklin trataría de contactar con Gorman para advertirle. También podría intentar ir a verlo, aunque eso sería mucho más arriesgado. Seguramente era consciente de que podían seguirla. ¿Habría intuido que sus teléfonos estaban pinchados? ¿Tendría otra cuenta de correo o un móvil de prepago de los que no sabían nada? De ser así, todo su plan se iría al garete.

Notó movimiento en la calle y se puso en alerta. Alguien había doblado la esquina desde la casa de Franklin y caminaba en dirección a ella. Al pasar bajo una farola, Pine vio que se trataba de Lily, la doncella. ¿Estaría utilizándola Franklin como una especie de mensajera?

Siguiendo su instinto, se bajó del coche y cruzó rápidamente la calle. Había dejado de llover, pero el aire era gélido y la calzada y la acera estaban mojadas.

—Ey.

Lily se detuvo en seco, al principio temerosa, aunque al reconocer a Pine se relajó.

—Perdona, no quería asustarte.

—Oh, no pasa nada. ¿Qué está haciendo por aquí todavía?

—Tenía otros asuntos de los que ocuparme por la zona. Pensaba que ya estabas en la cama.

Lily sonrió.

—Solo he dado una cabezadita. Es que he quedado con mi novio. Hay un club en el Soho al que queremos ir.

Pine se miró el reloj.

—Es más de medianoche.

La joven volvió a sonreír.

—Ahora es cuando empieza lo bueno.

—Ay, qué bueno ser joven…

—Es que mi cuarto es muy pequeño y casi no se puede hacer nada. Pero la señora Franklin me ha prometido que, cuando acabe de remodelar

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la otra casa, tendré mi propia salita de estar y acceso a una piscina cubierta y a una sala de cine privada. Será una chulada.

—¿La otra casa? —preguntó Pine.

—Sí, la que está al lado de la suya. La compró el año pasado. Tiene planeado juntarla con la residencia actual. No sé por qué no han empezado aún la rehabilitación. Deberían haberla comenzado hace ya tiempo. Eso me tiene un poco chafada.

—Lily, ¿hay algo que conecte ahora los dos edificios?

—¿Cómo? Ah, sí, eso también está muy chulo. La señora Franklin me lo contó. Hará como unos ciento cincuenta años las dos viviendas eran propiedad de la misma persona. Entonces, en algún momento, se separaron y se vendieron como dos casas independientes. Para sacar más pasta, imagino. Pero hay un pasadizo subterráneo que une las dos casas, de sótano a sótano. Ahora está tapiado, claro, pero he visto la puerta. La señora Franklin me la enseñó hace un tiempo.

Todos los músculos del cuerpo de Pine se tensaron. Sacó su placa y sus credenciales.

—Soy agente del FBI y necesito entrar en la casa ahora mismo. —¿Qué? —exclamó Lily sobresaltada, dando un paso hacia atrás. —¿Cuándo fue la última vez que viste a Adam Gorman?

—¿Al señor Gorman? —Pareció confusa un instante—. Esto… vino anoche.

—¿Sabes para qué vino?

—No.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—Creo que como una hora.

—¿Y cómo vino? ¿En coche?, ¿caminando?

Lily no respondió enseguida. Se quedó pensativa un momento.

—Eso es lo raro.

—¿El qué?

—No oí que parase ningún coche. De hecho, estaba mirando por la ventana que da a la calle. Entonces, cuando me di la vuelta y enfilé por el pasillo, allí estaba el señor Gorman, entrando en la biblioteca.

—¿Podría haber entrado por una puerta de atrás?

—No, todas están conectadas a una campanilla. La habría oído.

Pine apenas la escuchaba.

—¿Has dicho que hay un pasadizo que conecta las dos casas?

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—Sí. ¿Qué está pasando?

—Ahora no tengo tiempo para explicártelo. Vamos.

Mientras caminaban con paso presuroso por la acera, Pine llamó a la mujer del centro de vigilancia del FBI para contarle lo que acababa de averiguar.

—Enviaremos un equipo lo más rápido posible, pero si está registrada como propiedad independiente, no tenemos orden de registro para esa segunda casa, agente Pine.

—A la mierda la orden de registro. Voy a entrar.

Envió un mensaje a Puller para comunicarle la nueva información.

Cuando llegaron a la entrada de la casa, Pine preguntó:

—¿Dónde está Franklin?

—Me parece que se retiró a su habitación.

—No creo que haya hecho eso. Llévame por la parte de atrás —dijo Pine, al tiempo que sacaba su pistola.

—Me está asustando —gimió Lily mirando el arma.

—Cuando hayamos entrado, necesito que me lleves hasta el pasadizo que conecta las dos casas.

—¿Y luego qué?

—Luego quiero que salgas de la casa y te vayas a ver a tu novio. Y que no vuelvas por aquí.

Lily la condujo hasta el jardín de atrás y bajaron un tramo de escalones. Abrió con la llave y entraron. Pine le hizo un gesto para que se quedara quieta y escuchó con atención. Entonces asintió.

La joven la hizo bajar por una empinada escalera que acababa en un corredor de piedra que olía a moho y a antiguo. Al final del mismo había una puerta.

—Está abierta —dijo Lily con expresión alarmada. —Un problema menos —repuso Pine—. ¡Y ahora vete!

Lily subió corriendo la escalera y desapareció. Pine sacó su Beretta de refuerzo y se adentró en el pasadizo.

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El hedor a rancio y moho iba en aumento conforme avanzaba. Pine miró las paredes. En ellas se mezclaban la piedra antigua y el ladrillo envejecido. El suelo también era de piedra. Y la temperatura había caído unos diez grados. La iluminación consistía en una serie de bombillas desnudas unidas por un sinuoso cable eléctrico.

Al doblar un recodo, se encontró con una puerta que estaba entreabierta. Se acercó con paso cauteloso, moviéndose lo más sigilosamente posible; algo a lo que estaban muy habituados los equipos de intervención rápida del ejército y las fuerzas de choque del FBI.

«Pero ahora solo estamos yo y mis dos pistolas hasta que llegue la caballería, si es que llega…».

Al asomarse muy despacio a través del resquicio de la puerta, dos cosas captaron su atención.

Un par de zapatos de mujer que Pine reconoció que pertenecían a Blum.

Y una chaqueta de uniforme militar con su miríada de galones, sin duda propiedad de Robert Puller, colgada sobre el brazo torneado de una silla con respaldo de madera.

Pine experimentó cierta sensación de alivio. Si sus cosas estaban aquí, era muy probable que ellos también estuvieran.

No quería abrir más la puerta por miedo a que esta pudiera hacer ruido. En vez de eso, se apretujó de lado para entrar en el reducido espacio. Una vez dentro, pudo ver a su derecha un vano en la pared por el que seguramente continuaba el pasadizo.

Sobre una mesa plegable dispuesta junto a la silla había dos cajas vacías de pizza y tres cervezas vacías. Pine confiaba en que la gente a la que iba a enfrentarse hubiera bebido. Eso entorpecería sus reflejos y le proporcionaría cierta ventaja para compensar su inferioridad numérica.

Se detuvo un momento para enviar al equipo del FBI y a Puller un mensaje explicando su ubicación y cómo había entrado en la casa. Por

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suerte consiguió pasar, a pesar de hallarse a tanta profundidad y rodeada de paredes y techos de piedra.

Continuó avanzando por el pasadizo, atenta a cualquier sonido que pudiera darle algún indicio de quiénes había allí abajo y dónde se encontraban. Transcurrieron unos diez segundos, y entonces oyó algo que la dejó petrificada.

—¿Cómo demonios vamos a salir de esta? —Era la voz de Franklin, hablando muy alto en un tono tenso, airado y brusco.

La siguiente voz fue la de Gorman. Pine la reconoció de cuando se hizo pasar por agente de policía después de haber disparado contra Jerome Blake.

—Cálmate, Nora. Lo tengo todo controlado.

—Y una mierda. Te dije que no deberías haberlos secuestrado.

—¿Y qué querías que hiciera? La mujer nos estaba grabando en el hotel. Y luego la pillé en un callejón con Robert Puller hablando de nosotros. ¿Qué iba a hacer?, ¿dejarlo pasar sin más?

—Te estoy diciendo que el FBI está a punto de caernos encima con todo su peso.

—Eso te lo ha metido en la cabeza una sola agente, esa tal Atlee Pine.

Tengo antenas por todas partes y no me ha llegado nada de eso.

—Esa Atlee Pine sabe mentir muy bien —dijo una nueva voz.

Los dedos de Pine se tensaron en torno a la empuñadura de sus dos pistolas.

Era Lindsey Axilrod.

—Sabe mucho, demasiado —prosiguió—, pero no tiene ni idea de lo vuestro. Se cree que esto es solo un asunto de drogas.

—Ahora eres tú la que está mintiendo —le espetó Franklin—. Me ha hablado del ático. Ha averiguado para qué se utiliza en realidad. ¿Cómo diablos se ha enterado de eso?

—Mierda… —masculló Axilrod—. Por Tony. Él debió de descubrirlo.

—Y ha mencionado a Warren Graham.

—Esa tía miente más que habla —saltó Gorman—. Si Graham fuera a por nosotros yo lo sabría, créeme.

—Bueno, tenemos que deshacernos de Puller y de la mujer —dijo Axilrod—. Y tenemos que hacerlo ya. Y luego encontraré a esa Pine y le rebanaré el cuello.

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Nada más decirlo, Pine abrió la puerta de una patada. Una de sus pistolas apuntaba a Gorman, la otra a Axilrod.

—Pues esta es tu oportunidad —dijo.

Los tres se giraron hacia la puerta. Franklin gritó cuando Gorman la agarró y la colocó entre él y Pine. Sostenía un cuchillo contra el cuello de la mujer.

—Baja el arma o la mato.

—Eso no va a ocurrir —replicó Pine—. Así que ya puedes rajarla. Entonces Axilrod arrojó una silla contra Pine, que tuvo que agacharse

para esquivarla. El trío aprovechó para echar a correr y desaparecer por el pasadizo.

Dos disparos dirigidos contra ella le impidieron lanzarse de inmediato en su persecución.

Esperó unos momentos y luego asomó la cabeza por la esquina. Se echó hacia atrás cuando otro proyectil impactó contra el canto de la pared. Parte de la metralla le rasguñó el cuello.

Volvió a asomarse, vio que el pasadizo estaba despejado y echó a correr tras ellos. De pronto saltó hacia un lado, rodó por el suelo y se levantó disparando cuando otro hombre, grande y corpulento, se abalanzó sobre ella saliendo desde otra puerta. Tres balas de su Glock le alcanzaron en el pecho. El hombre se desplomó contra la pared y fue deslizándose lentamente hasta el suelo, ya muerto.

Pine siguió avanzando y, de repente, vio que otra puerta empezaba a abrirse un poco más adelante. Salió corriendo, se elevó por el aire y lanzó una devastadora patada contra la puerta, que se abrió violentamente golpeando en la cara al hombre que estaba detrás.

El tipo gritó de dolor y trató de levantar su pistola.

No lo logró, porque Pine le aplastó la mano entre la puerta y el marco. Soltó el arma, cayó de rodillas y recibió una patada justo debajo del mentón que lo lanzó hacia atrás. Se golpeó la nuca contra la pared y quedó inconsciente.

Pine oyó gritar a alguien.

Era Blum.

Entró en el cuarto y dobló un recodo. Y entonces se detuvo en seco, con la respiración jadeante y las dos pistolas apuntando al frente. Tenía demasiados objetivos delante.

Y dos rehenes. Tres, si contaba a Franklin.

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Por encima de ellos, se oyó una cacofonía de sirenas.

Mientras apuntaba a Gorman y Axilrod, Pine observaba también a Robert Puller y Carol Blum. Ambos estaban atados y amordazados. Gorman empuñaba dos pistolas, una apuntando a la cabeza de Blum y la otra a Pine. Axilrod encañonaba con su arma a Puller. Franklin estaba encogida en un rincón en el suelo.

—Parece que estamos en tablas, agente Pine —dijo Gorman en tono calmado.

—Yo diría que no tenéis escapatoria —replicó ella, levantando un segundo la vista hacia el techo—. La caballería está al caer.

—Eso no importa.

—No veo cómo esperáis salir de aquí —dijo Pine.

—Tenemos rehenes. Eso nos da bastante ventaja. Si quieres que estos dos vivan, deberás pagar el precio.

—Supongo que sabes que el FBI no deja que los secuestradores escapen con rehenes.

—Entonces tendrán que morir. ¿Estás preparada para eso?

Pine se forzó a no mirar ni a Blum ni a Puller.

—Yo no seré quien apriete el gatillo contra ellos. Pero si tú lo haces, dispararé contra ti.

Gorman meneó la cabeza y sonrió.

—Gajes del oficio.

—Eso va también por ti, Lindsey —le dijo Pine a Axilrod—. ¿Estás segura de que podrás apretar el gatillo con esa mano destrozada?

La mujer se limitó a clavarle una mirada asesina, sin decir nada. —Vas a tener que ser más explícita, Lindsey. Aunque tu cara de póquer

habla por sí sola.

—No vas a salir viva de aquí —masculló Axilrod.

—Si me hubieran dado un dólar cada vez que me han dicho eso… — Luego miró a Franklin—. Y usted, congresista, ¿dónde se posiciona en todo esto? ¿De veras está lista para hundirse con el barco?

Franklin luchó por contener las lágrimas y gimoteó:

—No… no sé qué hacer.

—Vaya, gracias por la ayuda —repuso Pine en tono despectivo.

Las sirenas habían cesado, pero ahora se oía ruido de pisadas atronando sobre sus cabezas.

Pine deslizó un dedo por el gatillo de sus dos pistolas.

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—Se te acaba el tiempo, Gorman.

—Adiós, Pine —dijo él—. Has sido una gran contrincante. ¿Y ves adónde te ha llevado?

El disparo le alcanzó justo en medio de la frente. La sangre brotó en forma de géiser desde el orificio de entrada. Gorman cayó muerto al suelo.

Pine saltó hacia su izquierda preguntándose de dónde demonios había salido la bala que había acabado con la vida de Adam Gorman.

Axilrod se había agachado para ponerse a cubierto. Entonces soltó un grito y empezó a levantar su arma para disparar a Blum, pero Pine le propinó una brutal patada que la lanzó hacia atrás e hizo que su pistola saliera volando por el aire.

Mientras Axilrod trataba a duras penas de ponerse en pie, Pine la derribó con un demoledor golpe en la mandíbula que la dejó totalmente noqueada.

Pine giró en redondo, hacia el lugar de procedencia del disparo que había matado a Gorman.

La puerta seguía abriéndose lentamente.

Y allí estaba John Puller, pálido y lleno de vendas, con su M11 colgando lánguidamente junto al costado derecho. En ese momento, Pine comprendió que Puller había disparado a través del resquicio entre el borde de la puerta y la jamba.

—¿John? —exclamó una pasmada Pine—. ¿Cómo diablos…? —Fuerza al ejército, Atlee —dijo con un hilo de voz, antes de caer

desplomado al suelo.

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—Muy poco de lo que se diga aquí va a salir a la luz pública —dijo Warren Graham.

Estaba sentado en una sala de conferencias de la Oficina de Campo de Nueva York, rodeado por Pine, los dos Puller y Blum.

—¿Por qué? —preguntó Pine en tono incisivo.

Graham colocó las dos manos sobre la mesa, como si necesitara soporte adicional para lo que iba a decir.

—Es un asunto muy complejo y con múltiples capas, pero te daré la versión abreviada. —Hizo una pausa, tratando de organizar sus pensamientos—. Tenemos infinidad de casos abiertos. No solo están imputados políticos a nivel federal y estatal y financieros e inversores de Wall Street, sino también presidentes de compañías, magistrados, burócratas, policías, agentes de inteligencia, e incluso «antiguos» empleados de la Agencia. Y conforme la investigación vaya avanzando, estoy seguro de que se producirán más imputaciones. También hemos arrestado a veinte sospechosos de nacionalidad extranjera.

—¿Así que hay otros países involucrados en esto? —preguntó Robert Puller.

—Lo dudo. Nuestros homólogos extranjeros están investigando casos similares en sus países. Al parecer, las operaciones de chantaje y pagos ilegales no se detienen en las fronteras nacionales.

Cuando Pine empezó a decir algo, Graham levantó una mano. —Déjame acabar, agente Pine. No pretendo rebajar la gravedad de

todo este asunto. Todos pagamos las consecuencias del incumplimiento del deber cometido por esa gente. Pero algunos de ellos no son más que pobres incautos, pillados in fraganti en algo que nunca imaginaron que podría pasarles.

Pine no pudo contenerse por más tiempo.

—Pero tenían otras opciones, señor. Podrían haber acudido a la policía.

O a nosotros. Podrían haberlo denunciado públicamente.

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—O también podrían haber renunciado a sus cargos —añadió Robert Puller—, lo cual les habría impedido utilizar su posición de poder para hacer daño a su propio país.

—Podrían haber hecho todas esas cosas —convino Graham—. Sin embargo, ninguno de ellos, al menos que nosotros sepamos, decidió hacer nada de eso.

—Pero después de que los hubiesen chantajeado —intervino John Puller—, ¿por qué no advertir a otros sobre lo que estaba ocurriendo? Es decir, si sabían que otros colegas suyos iban a ir a esos sitios y que los grabarían y luego los chantajearían.

—A ese respecto, he interrogado personalmente a siete de los imputados. Y sus respuestas fueron prácticamente idénticas: todos estaban muy avergonzados y no se atrevían a contarle su secreto a nadie. Y después de haber empleado su posición de poder para beneficiar a sus extorsionadores, les resultaba legalmente imposible admitir nada sin sufrir las consecuencias. Y así es como se puso en marcha todo un negocio del chantaje.

—¿Y son muy graves los daños? —preguntó Robert Puller.

—Mucho —respondió Graham en tono sombrío—. Nos llevará años revertir las consecuencias. Pero esto explica muchas de las acciones y decisiones tomadas por funcionarios, compañías y grupos financieros y mediáticos en un amplio espectro de la vida pública. Estaban sirviendo a otro amo, no a la gente de este país. Los servidores públicos olvidaron el juramento que prestaron al tomar el cargo. Los otros cometieron delitos muy graves. Al parecer, este asunto va a prolongarse durante bastante tiempo.

—Pero había alguien que pagaba a Gorman y sus secuaces para chantajearlos y obligarlos a hacer lo que hicieron —prosiguió Robert Puller—. ¿Qué hay de esa gente? Se trata sin duda de enemigos de la nación. Y tendrán que asumir las consecuencias.

—Estamos realizando interrogatorios y elaborando listas de sospechosos. Como he dicho, pronto se producirán más imputaciones. De entrada puedo deciros que en esas listas hay algunos miembros de otros estados, compañías nacionales y extranjeras, y diversos grupos financieros. Y como no pueden ganar en una competición justa, se dedican a chantajear a personas en cargos de poder para que se alineen con ellos, amenazándolos con revelar sus sórdidos secretos. Por regla general, los

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extorsionadores solo quieren dinero. Gorman y los otros estaban jugando a algo mucho más sofisticado: una decisión judicial por aquí, una ley aprobada por allá, dar o no el visto bueno a determinada fusión empresarial, desestimar un proceso penal, hacer que una compañía decida retirarse de un mercado… Las posibilidades son infinitas.

—¿Por qué invitaban a Tony Vincenzo y a la gente como él a las fiestas que se organizaban en el ático? —quiso saber Blum.

—También los estaban grabando —contestó Graham—. Muchos de ellos se dedicaban a traficar con drogas y otras actividades ilegales, o eran aficionados a algunas prácticas y conductas raras que podrían ponerles en una situación comprometida si llegaban a hacerse públicas. Supongo que creyeron que sería una manera de mantenerlos a raya. Si no os comportáis, le pasamos las grabaciones a la policía.

—¿Y qué hay de Peter Driscoll? —preguntó Pine.

—Irónicamente, no hemos podido encontrar ninguna prueba de que Driscoll esté involucrado en nada de esto. Aunque tampoco está libre de toda culpa. Resulta que su nieto, Jeff Sands, intentó en repetidas ocasiones que lo ayudara con su problema de drogadicción. Pero Driscoll siempre se negó, al parecer temeroso de que admitir que tenía un pariente drogadicto, incluso uno que intentaba dejarlo, pudiera manchar su reputación.

—¿Y Nora Franklin? —volvió a inquirir Pine.

—Fue una de las primeras en sumarse al plan. La hemos interrogado a conciencia. ¿Aquel viaje que ella y Gorman hicieron al extranjero? Fue entonces cuando la reclutaron para sus filas. Nada más regresar emprendió su carrera política, respaldada por Gorman y sus asociados. Y ganó sus primeras elecciones, y siguió ganando y ganando hasta alcanzar puestos destacados en comités muy poderosos. Eso le permitió transmitir información de alto secreto a Gorman, quien a su vez se la vendió a nuestros enemigos a precio de oro. Y así ella consiguió también acumular una gran fortuna.

—¿Y qué pasó con su adversario en las últimas elecciones? — preguntó John Puller.

—Se convirtió en una amenaza muy real. Franklin se había acostumbrado a ningunear a sus contrincantes. Pero entonces un empresario local, un tipo carismático y que apostaba por una campaña de reformas, surgió como de la nada y empezó a doblarla en intención de voto en las encuestas.

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—¿Y cómo lo chantajearon? —insistió Puller.

—No pudieron encontrar nada contra él, así que adoptaron una táctica distinta. El candidato enfermó gravemente y tuvo que abandonar la carrera electoral. Los médicos no conseguían identificar el origen de su mal, pero el hombre seguía sufriendo mucho. Y cuando supimos todo lo que estaba ocurriendo, pedimos que le hicieran pruebas para detectar posibles venenos. Resulta que había estado expuesto a una rarísima sustancia química industrial. Y gracias a eso han podido tratarlo. Por desgracia nunca se curará del todo, pero la enfermedad se puede controlar.

—Bueno, ha tenido más suerte que Jerome Blake o el agente McElroy —comentó Pine—. Jerome murió porque sabía que su hermana Jewel estaba manteniendo relaciones sexuales en ese ático, y tenían miedo de lo que pudiera contar. Y aunque McElroy fue quien acabó muriendo, creo que en realidad apuntaban contra Puller y contra mí. Pero, al margen de eso, lo que buscaban era quitarse de en medio a Jerome y asustar a Jewel lo suficiente como para que no hablara.

—Creo que tienes razón en todo eso —convino Graham.

—¿Y Lindsey Axilrod? —preguntó Pine.

—Su verdadero nombre es Svetlana Semenov. Era agente del FSB, que es la agencia sucesora del KGB. Lleva varios años en Estados Unidos después de haber borrado el rastro de su identidad real residiendo en tres países distintos. Es realmente una experta en TI, y gracias a eso consiguió entrar a trabajar en Fort Dix.

—Pero creí que había dicho que no había gobiernos extranjeros involucrados en esto —señaló Robert Puller.

—Svetlana no trabajaba para el FSB, al menos no lo ha hecho durante los últimos diez años. Hemos tenido conversaciones con nuestros homólogos de allí. Desertó más o menos por aquella época. Creo que al final se juntó con Gorman y decidieron actuar por su cuenta, con el dinero como único objetivo.

—¿Y qué le pasará a ella? —preguntó Pine.

—Eso dependerá en gran medida del Departamento de Justicia y del Departamento de Estado. Puede ser una pieza muy valiosa.

—No estará pensando en un intercambio de prisioneros ni nada por el estilo —repuso ella con cierta brusquedad.

—Si por mí fuera, esa mujer no volvería a ver la luz del sol, pero no depende de mí —replicó Graham—. Aunque, por otra parte, ¿enviarla de

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vuelta con los rusos después de que ella los traicionara? —Sonrió—. Tal vez fuera lo mejor que podríamos hacer para castigarla.

—¿Y qué pasará con Franklin? —preguntó Pine.

—Ah, ingresará en la cárcel. Intentaremos llegar a un acuerdo con ella para evitar que vaya a juicio. Los cargos no saldrán a la luz y Franklin tampoco podrá hablar de ello en público. A nivel general, se dará por hecho que ha sido por delitos financieros.

—Así que todo quedará enterrado —dijo Pine—. No lo entiendo, señor.

—No he dicho en ningún momento que estuviera de acuerdo con ello, Pine. La decisión se ha tomado varios niveles por encima de mí. La explicación que me ofrecieron, en pocas palabras, es que si esto se hacía público la gente ya no podría volver a confiar en sus líderes.

—Vaya —intervino Robert Puller—, yo diría que muy pocos confían en ellos, así que ¿qué sentido tiene?

—Bueno, pese a la envergadura de todo este montaje, esa gente solo representa una mínima fracción de las personas que ocupan cargos de poder y puestos influyentes.

—Supongo que sabrá —dijo Pine— que algunos periodistas empezarán a hurgar en todo este asunto y que descubrirán la verdad y que luego ganarán un montón de premios Pulitzer.

—Y una parte de mí está deseando que lo hagan —repuso Graham—. Después de todo, la libertad de prensa está en la mismísima primera enmienda. —Volvió a hacer una pausa y los miró uno a uno—. Una vez dicho esto, os recuerdo que debéis mantener esto en la más estricta confidencialidad y llevaros el secreto a la tumba. Estoy convencido de que puedo contar con vosotros para ello.

No había el menor atisbo de duda en sus palabras.

—Todo esto es lo que me han pedido oficialmente que os diga — prosiguió Graham—, y así lo he hecho. Pero lo que voy a deciros ahora es de mi cosecha personal. Cada uno de vosotros ha arriesgado su vida por vuestro país. Si de mí dependiera, todo el mundo sabría lo que habéis hecho y se estaría deshaciendo en elogios hacia vuestra labor, y ahora recibirías todos los galardones y condecoraciones que sin duda merecéis. Eso es lo que ocurriría en un mundo ideal. Por desgracia, ese no es el mundo en el que vivimos. Pero quiero que sepáis que hay ciertas personas que sí están al corriente de vuestra entrega y lealtad hacia este país, y

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desean que os exprese su agradecimiento y, con él, la sincera gratitud de toda la nación. Y ya está bien de discursos, así que dejaré que sigáis adelante con vuestras vidas. Solo quiero añadir que, si precisáis alguna cosa, no tenéis más que llamarme. —Luego miró a Pine—. Y decir también que mi viejo amigo, Clint Dobbs, tiene suerte de contar contigo allá en Arizona. Dile que se ande con mucho ojo: puede que otras oficinas de campo quieran echarte el guante, empezando por esta.

—No le quepa la menor duda de que lo haré, señor. De vez en cuando, todos necesitamos algo con lo que negociar.

A continuación, salieron todos de la sala. Los hermanos Puller iban delante, hablando entre ellos.

—Lamento mucho todo esto, Carol —le dijo Pine a su amiga—. Sé que no paro de disculparme, pero es que me siento fatal.

—Por favor, déjalo ya, agente Pine. Aparte de que me han pegado y casi me matan, ha sido de lo más emocionante. Esto me ha dado vidilla.

—Eres un auténtico tesoro nacional, Carol Blum.

—Acuérdate de hablar bien de mí cuando llegue el momento de la revisión salarial.

—Después de esto preveo que habrá un sustancioso aumento para ti. Y puede que Dobbs por fin apruebe ese nuevo todoterreno para mí. El que conduzco ahora tiene como un millón de kilómetros encima.

—¿De verdad te has planteado alguna vez trasladarte a otra oficina de campo?

—No, pero si lo hago, lo consultaré antes contigo.

—Bueno, ya confiaba en que, si alguna vez te marchas, me lo harías saber antes.

Pine le pasó un brazo por los hombros.

—No me has entendido. Somos un paquete innegociable. Si yo me marcho, tú te vienes conmigo. Y si tú no te vienes, yo tampoco me voy. Y ahora tengo que hablar con los Puller.

Apretaron un poco el paso para ponerse a su altura.

—¿Cómo te encuentras, John? —le preguntó.

Este seguía con vendajes, pero tenía un aspecto mucho más fuerte y saludable.

—Casi he recuperado la normalidad, aunque todavía debo hacer más rehabilitación. Y, por cierto, me han declarado persona non grata en cierto hospital de Nueva York desde que me «escapé» aquella noche.

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—Pues, chico, me alegro de que lo hicieras —dijo Robert—. Llegaste en el momento justo, como de costumbre.

Al reparar en el rostro sombrío de Pine, los hermanos abandonaron al instante su actitud jocosa.

—¿Qué ocurre, Atlee? —preguntó John Puller.

—Necesito información sobre dos soldados de la época de Vietnam. —¿Sabes sus nombres?

—Uno ya lo conoces, Ito Vincenzo. El otro se llama Leonard Atkins. Vive o vivía en el condado de Taliaferro, Georgia. Al parecer sirvió junto a Ito Vincenzo. Y al parecer Atkins le salvó la vida allí.

—¿Y por qué es tan importante ese tal Atkins? —preguntó Puller.

Pine les mostró la foto de Mercy.

—Porque fue a él a quien Ito le entregó a mi hermana.

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El vuelo desde Nueva York a Atlanta no llegó a las tres horas, pero a Pine le dio la sensación de que duraba tres años. Sentada junto a Blum, sus ojos alternaban entre mirar por la ventanilla del avión y observar la vieja polaroid que sostenía en la mano. La había examinado tantas veces que le sorprendió descubrir un detalle en el que no se había fijado antes. Había visto los largos pelos en las piernas de Mercy. El desgarrón en el hombro de su vestido. El dedo meñique doblado en un extraño ángulo. Lo que parecía una grave quemadura en el tobillo.

Por detrás de las tres personas, junto a la caravana, se veían el hocico y las orejas curvadas de un enorme cerdo. Y aún más allá, de forma un tanto inquietante, Pine descubrió una cadena sujeta a un gancho clavado en el suelo.

«Seguramente para un perro —pensó—. Seguramente…».

Blum giró la cabeza y vio lo que estaba haciendo su jefa. Alargó un brazo y le agarró la mano, pillándola por sorpresa. Pine sonrió algo avergonzada.

—Supongo que parezco un poco loca mirando esta foto todo el rato. —No es ninguna locura, es perfectamente natural. No puedo ni

imaginar lo que debes de estar sintiendo en estos momentos. Pero lo que debes tener en mente es todo el progreso que has hecho, agente Pine. No tienes más que ver adónde nos estamos dirigiendo ahora mismo. ¿Lo habrías creído posible hace solo unos días?

Pine le apretó la mano.

—Tienes razón, Carol. Y gracias por ayudarme a mantener la perspectiva.

Después de aterrizar, alquilaron un coche y condujeron directamente hasta la residencia de Jack Lineberry, situada a una hora al sur de Atlanta.

Lo encontraron sentado en una silla en el dormitorio de su mansión palaciega. Mirando por la ventana hacia los terrenos de la parte de atrás, Pine vio el lugar donde se había alzado la cabaña: la casita auxiliar en la

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que había estallado una bomba mientras ella se encontraba dentro. La habían tirado abajo por completo y una cuadrilla de trabajo la estaba reconstruyendo. Ahora estaban vertiendo los nuevos cimientos. Al lado vio montones de tablones apilados. Supuso que serían para levantar la estructura de la vivienda.

Luego se giró hacia Lineberry, alto y apuesto a sus sesenta y tantos años. Se le veía pálido y algo débil allí sentado en su silla, pero había fuerza en el abrazo que le dio y su mirada era nítida y centrada.

Cuando ella le entregó la foto, al principio meneó la cabeza, pero luego hundió la barbilla en el pecho y empezó a sollozar. Aquello fue tan inesperado para Pine que no supo qué hacer. Blum consoló al hombre pasándole un brazo por los hombros temblorosos.

Entonces cayó en la cuenta.

«Joder, pareces idiota. ¿No ves que es su hija?».

Esa certeza era tan reciente para Pine que ni siquiera se le ocurrió pensar en ello cuando le tendió la foto.

—Lo siento, Jack —dijo, arrodillándose al otro lado de la silla—. Es que no consigo pensar con claridad.

Él agitó la mano para restar importancia a su disculpa y recobró la compostura. Le devolvió la foto.

—¿Sabes dónde se tomó?

—En el condado de Taliaferro. Al nordeste de aquí. Ito Vincenzo podría haber ido hasta allí y volver en el mismo día. Cosa que hizo.

—¿Y estás segura de que es… Mercy?

—Tengo otra prueba que respalda esa conclusión.

—¿Los Atkins, Len, Wanda y Becky?

—Ito sirvió en el ejército con Leonard Atkins. He averiguado que Atkins resultó gravemente herido. Volvió a Estados Unidos, fue licenciado y regresó a Georgia.

Lineberry pareció desconcertado.

—Pero si Atkins era de la generación de Ito, ya sería demasiado mayor para querer un hijo de la edad de Mercy. Doy por sentado que Ito les entregó a Mercy como…; no me gusta decir como un regalo, pero ya entiendes a lo que me refiero.

—Tienes razón. Pero durante una batalla contra los norvietnamitas, Atkins le salvó la vida a Ito. Fue entonces cuando resultó herido. La herida

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fue en una zona que lo dejó…, que hizo que Atkins no pudiera engendrar hijos.

Lineberry entornó los ojos.

—Entiendo. Espero equivocarme, pero ya veo hacia dónde va todo esto.

—Creo que Ito secuestró a Mercy y se la entregó a los Atkins en pago por lo que Leonard hizo por él. Hay una carta de Atkins a Ito en la que básicamente dice esto.

—¿Robar a una niña para saldar una vieja deuda? Eso es enfermizo — dijo Lineberry.

—Pero también puede ser la verdad.

—Lo que no entiendo —dijo Blum— es por qué intentó matarte. ¿Por qué no secuestraros a las dos, o al menos no hacer algo tan extremo como intentar matarte?

Pine bajó la vista a la foto.

—Le he estado dando muchas vueltas a eso. Basándonos en todo lo que hemos podido averiguar de Ito, no era un mafioso ni un tipo violento como su hermano. Sin embargo, estaba muy furioso tras descubrir que a Bruno se la habían jugado en prisión engañándolo con el acuerdo al que creía haber llegado. Y culpó de ello a mi madre. Pero no creo que fuera un monstruo. Lo que pienso es que se vio entre la espada y la pared, y cuando llegó la hora de la verdad solo quiso llevarse a una de las dos. Por eso utilizó la cancioncilla infantil. Luego intentó dejarme inconsciente para que no diera la voz de alarma. Pero me golpeó demasiado fuerte y estuvo a punto de matarme.

—Pero ¿cómo pudo averiguar dónde estaba tu familia? —casi vociferó Lineberry, muy alterado.

Pine se apartó ligeramente.

—Estuvimos con tu antigua novia.

—¿Hablaste con Linda? No me lo habías contado.

—Te lo estoy contando ahora.

—¿Qué te dijo?

—Lo que me imaginé que diría.

Lineberry negó con la cabeza.

—No, no puede ser. Me niego a creerlo.

—Ella era el topo. Lo reconoció. Hizo que te siguieran, miró en tu maletín, escuchó a escondidas algunas conversaciones. Se reunió con

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Bruno; supo de él a través de un colega mafioso suyo. Incluso iba a representarlo, pero al final otro abogado se encargó de su caso. Utilizó vapor para abrir una carta tuya en la que figuraban las nuevas identidades de mis padres y el lugar donde iban a vivir en Andersonville, y se aseguró de hacerle llegar la información a Bruno. Y entonces este le contó a su hermano una historia tergiversada y lacrimógena, convenciéndolo para que viajara a Georgia y transformando a un hombre respetuoso de la ley en un auténtico monstruo.

Por un momento, Pine pensó que Lineberry iba a desmayarse o a sufrir un infarto, o incluso que podría atacarla. Había tantas emociones cruzando por su rostro, y su cuerpo se tensaba y destensaba de tal manera, que tuvo que agarrarlo por el brazo para que no se resbalara de la silla.

Finalmente, se tapó la cara con la mano y, una vez más, rompió a llorar en silencio.

Pine miró a Blum, que negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios para indicarle que no dijera nada.

Transcurrió un largo minuto antes de que Lineberry se enderezara por fin en su asiento y se enjugara los ojos. Blum le pasó una toallita de una mesa que había al lado, mientras que Pine cogió una jarra de agua y le sirvió un vaso.

Se secó la cara, bebió un poco de agua y se reclinó en la silla. Parecía que en dos minutos hubiera envejecido diez años. Agarró la mano de Pine.

—Lo siento mucho, Atlee, muchísimo. Todo fue por mi culpa.

—No, no lo fue, Jack. Confiaste en alguien que abusó de esa confianza. Aunque, para ser justos, también puedo entender la rabia de la mujer. La abandonaste por mi madre, con la que tuviste dos hijas.

Lineberry se pasó una mano por la frente.

—Yo amaba a Linda con toda mi alma. Hasta el momento en que conocí a tu madre. A partir de entonces, ya no hubo nadie más para mí. No estoy orgulloso de lo que hice, pero eso es lo que pasó. Si hubiera controlado mejor mis sentimientos…

—Está claro que mi madre también se sintió atraída por ti.

Él meneó la cabeza.

—Yo era bastante mayor y estaba en una posición de influencia sobre ella. Yo era un profesional e hice algo que no lo era en absoluto. Nunca imaginé que nuestra relación acabaría en embarazo. Me odié a mí mismo por haberla puesto en esa situación.

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—¿Tim lo sabía? —preguntó Pine.

—Por favor, llámalo padre. Él fue tu auténtico padre, más de lo que yo lo seré nunca.

—Vale, es un tema que hasta ahora habíamos evitado, pero ¿sabía mi padre que tú eras mi padre biológico?

—Yo nunca se lo dije. Y él y tu madre se conocieron más o menos por aquella misma época, de modo que no tenía ningún motivo para sospechar que él no fuera el padre. Y tampoco creo que tu madre se lo contara.

—Pero ¿ella lo amaba?

Lineberry asintió.

—Me lo contó una noche. Él era de su edad, un hombre guapo, divertido, y sobre todo buena persona. Yo podía entender por qué lo quería. Al menos ahora lo entiendo. Pero en aquel entonces me dolió; la verdad es que me destrozó.

—¿Y por qué rompiste con Linda? ¿Por qué fuiste siquiera a Andersonville? ¿Porque era tu trabajo?

—No, fui porque vosotras erais sangre de mi sangre. —Terminó de beberse el agua y dejó el vaso muy despacio en la mesa—. Y a pesar de lo que he dicho antes y de cómo he reaccionado al escuchar lo de Linda…, en realidad sí sospechaba que ella pudiera ser el origen de la filtración. Sabía que era una mujer inteligente y con recursos. Sabía que era muy probable que hubiera descubierto lo de Amanda. Y eso me enfureció. Y mis sospechas hicieron que ella cada vez me importara menos. Lo único que quería era alejarme de ella y llevarme conmigo a Amanda y su familia para poder protegerlos. Pero te juro por lo más sagrado que en ningún momento se me pasó por la cabeza que Linda hubiera descubierto lo de Andersonville.

Pine se incorporó y lo miró.

—Te creo, John.

—¿Vas a ir a ver a los Atkins?

—Sí. No tengo ni idea de si seguirán allí. Han pasado más de dos décadas desde que se tomó esa foto. He llamado a la policía de Taliaferro, pero aún no he recibido respuesta.

—¿Tienes la dirección? —preguntó Lineberry.

—Tengo las cartas que Atkins le envió a Ito. En los sobres aparece la dirección del remitente. He hecho una búsqueda en Google Maps y se trata de un lugar bastante… remoto.

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—¿Qué harás si siguen todavía allí? ¿Y si… Mercy está con ellos? —Ya decidiré lo que hago cuando llegue la ocasión. Pero si Mercy

sigue allí, y dependiendo de las condiciones en que esté, buscaré el modo de contarle la verdad y de llevarla conmigo a casa.

—¿Me informarás de lo que averigües?

—Por supuesto.

—Espero que… que Mercy se encuentre sana y salva.

—Que Dios te oiga, Jack —dijo Pine, y acto seguido se marchó.

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Enfilaron por una carretera de grava y continuaron hasta que los guijarros desaparecieron y la calzada se convirtió en una pista de tierra. Un poco más adelante, el camino se llenó de hierbajos y arbustos, y luego algunos árboles jóvenes bloquearon el paso.

—No resulta muy prometedor —comentó Blum.

—Parece que el bosque está reclamando su territorio —añadió Pine. Bajaron del coche y se abrieron paso entre el laberinto de maleza hasta

emerger finalmente a un claro. Allí encontraron un buzón herrumbroso dispuesto sobre un poste inclinado y medio podrido. Miró dentro, pero estaba vacío. Examinó los desvaídos números de metal clavados en el poste.

—Se corresponden con la dirección de las cartas enviadas por Atkins —dijo Pine.

Tras doblar una pequeña curva, apareció ante ellas la desvencijada caravana que habían visto en la foto. No había envejecido bien. Una parte de la pared delantera se había desprendido, dejando a la vista el aislante mugriento y estropajoso. La puerta colgaba de sus goznes y un trozo de techo se había derrumbado. Un bloque grande de hormigón hacía las veces de escalón de entrada.

—Está claro que lleva tiempo deshabitada —observó Pine. Subió hasta la puerta y atisbó a través de la abertura—. ¡Mierda!

Saltó del escalón hacia atrás y cayó de pie sobre la tierra. Sacó la pistola, pero no disparó.

—¿Qué pasa? —preguntó Blum, alarmada.

—Serpientes —contestó Pine mientras retrocedía muy despacio—. Cabezas de cobre. Un nido enorme, están por todas partes. —Enfundó la pistola—. Bueno, no vamos a buscar ahí dentro. Tampoco íbamos a encontrar gran cosa.

—¿A qué se dedicó Atkins después de regresar de la guerra? — preguntó Blum mientras volvían hacia el coche.

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—No he conseguido averiguar mucho sobre él ni su familia. Tenemos que hablar con la policía local. Aún no he recibido respuesta de ellos.

—Es extraño, ¿no?

—Vamos a preguntarles directamente.

Condujeron hasta la sede del condado en Crawfordville y entraron en la oficina del sheriff ubicada allí. Le dijeron a la mujer del mostrador de recepción quiénes eran y lo que querían. Ella les indicó una oficina al final del pasillo, donde encontraron a un hombre uniformado de treinta y tantos años, bajito y recio, sentado detrás de una mesa. Estaba recién afeitado y llevaba la raya del pelo marcada pulcramente a un lado.

Pine volvió a explicarle quiénes eran y por qué estaban allí.

—Pasen y siéntense —dijo el hombre—. Por cierto, soy el ayudante del sheriff Tyler Wilcox. ¿Y dice que se ha puesto en contacto con nosotros?

—Dejé un mensaje en el buzón de voz y envié un correo electrónico. —Ah, no lo he oído ni he visto nada. Pero es que últimamente hemos

sufrido algunos problemas técnicos en el sistema.

—Tengo entendido que es aquí donde se concentra la mayor parte del empleo del condado —dijo Pine.

Wilcox soltó una risita.

—El escaso empleo del condado, querrá decir. Yo soy nacido y crecido aquí. Me encanta este lugar, pero no es para todo el mundo. Probablemente por eso nuestra población no deja de disminuir.

Revolvió algunos papeles de su mesa y luego se reclinó en la silla. —¿Así que quieren encontrar a ese hombre, Leonard Atkins?

—Sí. Hemos ido a su última dirección conocida, pero por lo visto el lugar lleva abandonado mucho tiempo. De hecho, está lleno de serpientes.

—Hay muchos sitios así por la zona —dijo Wilcox—. No me suena ese nombre, agente Pine. Pero solo llevo unos diez años trabajando en la oficina del sheriff. Por lo que me cuenta, esto se remonta a mucho tiempo atrás.

—Así es. La foto que tengo es de 1999. —Se la sacó del bolsillo y se la pasó a Wilcox.

Él le echó un vistazo y se la devolvió.

—No reconozco a ninguno. El marido, la mujer y… ¿qué, la hija, Becky?

—Eso creemos, sí.

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Wilcox adoptó entonces una expresión cauta.

—¿Por qué el FBI está interesado en ellos? Quiero decir, ¿hay algo que yo deba saber como agente del orden local?

—El FBI no está interesado en ellos. Yo lo estoy. —Y añadió—: Es un asunto personal.

Wilcox miró a Blum. Luego volvió a centrar su mirada en Pine. —Muy bien. Mire, el hombre con el que tiene que hablar es Dick

Roberts. Era el sheriff por aquel entonces. Ahora está jubilado, pero él conocía a todo el mundo.

—¿Y sigue viviendo por aquí?

—Oh, sí. Le daré su dirección y luego lo llamaré para asegurarme de que no tiene problema en hablar con usted.

—¿Puede hacerlo ahora?

—Ya veo que este asunto «personal» es importante para usted.

—Lo es. Muy importante.

Wilcox escribió una dirección en un trozo de papel y lo deslizó hacia ella sobre la mesa. Luego levantó el teléfono.

Al segundo tono de llamada descolgaron.

—Ey, Dick, soy Tyler Wilcox. ¿Cómo estás? Sí, bien, bien. Bueno, no he tenido mucha oportunidad de ir a pescar, pero la última vez que fui lo único que atrapé fue una gripe. —Wilcox se rio de su propio chiste mientras Pine lo miraba con gesto impaciente—. Verás, tengo aquí a una agente del FBI, Atlee Pine, y a su ayudante. Les gustaría hablar contigo sobre una familia que vivió aquí hace mucho tiempo. Sí, un tal Leonard Atkins y su mujer. Y su hija. Vale, bien. Eso suena genial. Gracias, Dick.

Wilcox colgó y miró a Pine.

—Dice que las ayudará con mucho gusto. Vive a unos quince kilómetros de aquí. Pongan la dirección en el GPS del coche y las llevará hasta allí.

—¿Ha dicho algo más? —preguntó Pine.

—Que conoció a Atkins y que estará encantado de hablar con usted sobre ello.

—Bien. Muchas gracias por todo.

—Siempre es un placer ayudar a una colega de las fuerzas del orden.

Cuando salieron de la oficina del sheriff, Blum dijo:

—¿Qué crees que podrá contarnos Roberts?

—Con suerte, esperemos que todo.

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No podría haber mayor contraste entre la vieja caravana de los Atkins y la casa de Dick Roberts.

Era una cabaña pulcramente construida en madera, con maceteros en las ventanas llenos de flores otoñales en tonos borgoña y dorado. El césped se veía fresco y bien cortado, mientras que los cuidados parterres florales estaban minuciosamente desherbados y cubiertos de mantillo de pino. Bajo la cochera metálica situada junto a la cabaña había una camioneta Ford F150 de aspecto nuevo y color azul cobalto. El día era gélido, y de la chimenea de piedra salía una fina columna de humo.

Al aparcar y bajar del coche, pudieron oír a un perro aullando. Mientras recorrían el camino de gravilla que conducía a la casa, la

puerta principal se abrió y una basset hound blanca y marrón salió dando brincos sobre sus cortas patas y sin parar de aullar.

Un hombre apareció en el umbral.

—Esta es Rosie —dijo—. Parece muy feroz, pero dadle solo un segundo y se pondrá boca arriba para que le rasquéis la panza.

Al cabo de un momento, la perra así lo hizo. Pine se arrodilló y procedió a frotarla enérgicamente mientras Rosie meneaba la cola y le sonreía.

—Por favor, pasad —dijo el hombre.

—¿Es usted Dick Roberts? —Pine se incorporó y caminó hacia él, seguida por Blum y Rosie.

—En carne y hueso.

Roberts tenía setenta y pocos años y era más o menos de la altura de Pine, delgado y nervudo, con el pelo plateado y un bigote del mismo color con las puntas cayendo junto a las comisuras de la boca. Llevaba unos vaqueros desteñidos, unas viejas botas de cuero y una camisa de franela roja remangada por los codos, mostrando sus antebrazos musculosos.

«Tiene ojos de policía —pensó Pine—. Escrutadores, suspicaces, expectantes».

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Lo siguieron al interior de la casa. En la chimenea de la sala de estar ardía un fuego cálido y acogedor. Sobre la repisa de madera había algunos retratos, presumiblemente de familiares y amigos, supuso Pine. El mobiliario era antiguo, pero de aspecto robusto y confortable. Una alfombra colorida cubría parte del suelo de tablones de madera. En un armero de la pared había una escopeta de cañones superpuestos y un rifle de caza. En las paredes de troncos colgaban algunos cuadros y fotografías enmarcadas. A ojos de Pine, todo se veía muy limpio y ordenado. Esperaba que su memoria fuera igual de clara y organizada.

—¿Os apetece un té de Java? Acabo de preparar una tetera.

—Sí, por favor —dijo Blum, y Pine asintió.

Después de que Roberts sirviera las bebidas, se sentaron en unas sillas alrededor del fuego mientras Rosie se tumbaba a los pies de su amo y no tardaba en quedarse dormida.

—No puedes adiestrar a un basset hound —dijo acariciando la cabeza de la perra—. En mi opinión, no hay una raza que tenga mejor olfato. Pero por eso mismo no puedes entrenarlos. Ningún método de adiestramiento puede luchar contra su instinto natural de husmeador.

—Es una perra preciosa —comentó Blum.

—Nos hacemos compañía mutuamente —dijo Roberts, reclinándose en el asiento con su café.

—Entonces, ¿solo estáis Rosie y tú? —preguntó Blum.

Él asintió y sus ojos se fruncieron algo tristes.

—Mi señora murió hace dos años. De repente. Se acostó por la noche y por la mañana estaba muerta.

—Lo siento muchísimo. Es muy difícil encontrar sentido a esas pérdidas tan repentinas.

—Pero la vida sigue —dijo Roberts—. Y disfrutamos de muchos años buenos juntos, aunque no tantos como habíamos imaginado. Criamos a un montón de hijos y a todos les va bien. Y tampoco viven muy lejos. Tres en Atlanta, uno en Macon y otro allá en Tennessee.

—Seguro que tenerlos tan cerca resulta confortador —comentó Blum.

El hombre asintió y luego miró a Pine.

—¿Len Atkins?

—Tengo entendido que lo conoció.

—Así es.

—¿Y sigue vivo?

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—Eso ya no lo sé. Hace mucho tiempo que se mudó de aquí.

A Pine se le cayó el alma a los pies.

—Hemos ido a donde vivía, a la caravana. Ahora está llena de serpientes.

—No lo sabía. Pero también hace mucho que no voy por allí.

Pine le enseñó la foto. Él la examinó cuidadosamente y asintió.

—Sí, son Len y Wanda, sin duda.

—¿Y la chica?

—No la conozco, al menos no me acuerdo de ella. Apenas se le ve la cara, pero está claro que es muy alta.

—En la foto pone que se llama Becky. Se tomó en julio de 1999. ¿Oyó hablar alguna vez de esa tal Becky?

Roberts negó con la cabeza, un tanto indeciso.

—Tendría que pensarlo.

—¿Cuándo se marcharon los Atkins de aquí?

—Poco después de que muriera su hijo.

Pine y Blum intercambiaron una mirada de estupefacción.

—Pero pensaba que Atkins no podía tener hijos por culpa de una herida que sufrió en la guerra de Vietnam.

—Bueno, eso es verdad. Por lo que puedo recordar, le dispararon allí. Yo tuve suerte, tenía un número muy alto en la lotería, pero el pobre Len no. Tuvo que ir a aquellas malditas junglas y luchar contra Dios sabe quién.

—Hábleme de su hijo —le instó Pine.

—Len y Wanda habían tenido a Joe antes de que él fuera a Vietnam. Diablos, si no recuerdo mal, Len tendría solo veinte años. Supongo que después de que lo hirieran ya no pudo tener más hijos.

—Y cuando iba a visitar a Len y Wanda, ¿había alguien más viviendo con ellos?

—No que yo viera. La caravana era muy pequeña, seguro que lo habéis visto. Apenas habría sitio para ellos y Joe cuando aún vivía.

—¿Solían venir mucho al pueblo? —preguntó Blum—. ¿Los vieron alguna vez con alguien que se pareciera a la chica de la foto?

—Len apenas venía por aquí. Trabajaba como cartero rural. Wanda cosía y limpiaba en algunas casas y negocios de la zona. Pero eran muy reservados. Yo conocía a Len, pero no se puede decir que lo conociera de verdad, no sé si me entendéis. Creo que nadie de por aquí llegó a tener una

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relación cercana con él. Imagino que la guerra lo trastornó, como a muchos otros combatientes.

—¿Y qué le pasó a su hijo?

—Joe vivió con ellos hasta que se casó. Y lo hizo muy joven, tendría unos diecinueve años. Aunque eso fue allá por los ochenta, claro. En fin, se mudó a una casita no muy lejos de sus padres. Trabajaba como guardia de seguridad en una de aquellas grandes fábricas que antes había por aquí, cuando en el país aún se fabricaba algo. Después de que la planta cerrara, empezó a vender sistemas de seguridad y aparatos por el estilo para empresas y demás. Por lo que creo recordar, se ganaba muy bien la vida. —Entonces frunció el ceño—. Su esposa era un personaje de lo más extraño. Ahora mismo no me viene el nombre a la cabeza. Estaba metida en toda clase de mierdas: vudú y todo ese rollo que llaman holístico. Pero esa mujer tenía una vena de maldad.

—¿A qué se refiere?

—Una vez recibí una llamada para ir a su casa… Ah, de aquello debe de hacer más de veinte años. Alguien había alertado de que se oían gritos y mucho jaleo. Pues bien, fui allí y me encontré con que aquella loca tenía atado a un puñetero perro y lo estaba marcando con un hierro candente por todo el cuerpo. Pobrecillo… Lo solté y el animal no paró de gimotear y ladrar hasta desgañitarse. La multé por crueldad animal, por supuesto, pero eso es todo lo que pude hacer. —Chasqueó los dedos—. Desiree, eso es, así se llamaba. Desiree Atkins. En fin, la recuerdo mirándome con aquellos ojos… Ojos muertos, los llamaba yo. No había nada detrás de ellos. Hacían que me recorriera un escalofrío hasta los huesos, y eso que no soy un tipo asustadizo, ya os lo digo. Me imagino que era por su condición.

—¿Su condición? —repitió Pine.

Entonces Roberts pareció caer en la cuenta de algo. —Ah, claro, quizá por eso os habéis confundido. —¿Confundido?

—Veréis, era Desiree la que no podía tener hijos. Algo que ver con problemas de mujeres. Yo sabía que Len y Wanda querían nietos, pero por lo visto no iba a poder ser.

Pine volvió a mirar a Blum. Sus rostros reflejaban que estaban llegando a una terrible conclusión.

—Señor Roberts —dijo Pine—, la chica de la foto, Becky, ¿podría haber sido adoptada por Joe y Desiree? Al principio pensé que podría

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haber sido la hija de Len y Wanda, pero estos eran demasiado mayores para ser padres de una muchacha tan joven. Sin embargo, si Joe y Desiree se casaron en los años ochenta, habrían tenido la edad apropiada.

—Bueno, podría ser. A ver, nunca escuché nada de que tuvieran una cría ni nada de eso. Pero, al igual que Len y Wanda, casi nunca iban al pueblo.

—Pero si hubieran tenido una hija —intervino Blum—, esta tendría que haber ido a la escuela.

Roberts negó con la cabeza.

—Mucha gente educa a sus hijos en casa. Lo hacían en aquel entonces y lo siguen haciendo ahora.

—¿Así que está diciendo que, si Becky hubiera vivido con ellos, puede que nadie se hubiera enterado?

—Sin duda es posible. Este condado abarca una gran extensión y está escasamente poblado. Puedes recorrer kilómetros y kilómetros sin encontrarte otra casa. Y con tantos bosques y demás, las viviendas están tan apartadas y escondidas que resulta difícil llegar a ellas o incluso verlas desde ninguna carretera. —Observó a Pine con interés—. ¿Adónde quieres llegar con todo esto?

—Al parecer, a una conclusión que no me esperaba. ¿Ha dicho que Joe murió?

—Así es.

—¿Y cómo?

—Bueno, lo asesinaron.

—¡Qué! —exclamó Pine.

—Si la memoria no me falla, ocurrió a finales de la primavera de 2002. Afortunadamente no tenemos muchos asesinatos por aquí y por eso resulta fácil acordarse de las pocas muertes violentas que se producen.

—¿Fue usted el encargado de la investigación? —preguntó. —Sí. Yo y mi ayudante adjunto de aquel entonces. —¿Podría explicarme los detalles de lo ocurrido?

—Lo intentaré. Y lo que no recuerde bien, podrás consultarlo en los archivos de la oficina del sheriff. —Apuró su café y se recostó en la silla

—. Recibimos la llamada por la mañana. Un tipo que estaba paseando a los perros había encontrado el cuerpo de un hombre cerca de una carretera. Presentaba golpes en la cabeza y tenía un cuchillo clavado en la espalda. Era Joe. Y evidentemente se trataba de un homicidio.

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—¿Y dónde estaba su mujer?

—Buena pregunta. Desiree desapareció. No pudimos localizarla. Así que no conseguimos demostrar que ella lo hiciera, aunque estoy tan seguro de que lo hizo como que estoy aquí ahora. ¿Por qué si no iba a desaparecer de esa manera?

—¿Encontraron alguna prueba? ¿Huellas en el cuchillo, señales de forcejeo, alguna pista en la casa? ¿Algún indicio de cómo había llegado al lugar donde lo mataron?

—No había huellas en el cuchillo. No había marcas de neumáticos que indicaran la presencia de algún vehículo. Joe se desangró donde quedó su cadáver. La tierra era muy dura; el suelo arcilloso de Georgia es como el cemento. Fuimos a la casa, pero ni rastro de Desiree. No había señales de que hubieran forzado la puerta. Ninguna señal de lucha violenta o forcejeo. Miramos en el armario. Había algunas prendas de mujer, pero no había manera de saber si ella se había llevado algo de ropa.

—¿Se echó en falta algún vehículo?

—La camioneta de Joe. Apareció abandonada a unos quince kilómetros de aquí. Buscamos huellas, pero solo encontramos dos juegos: las de Joe y Desiree. Que era lo que esperábamos. Pero de nadie más.

—¿Se toparon con algún indicio en la casa de que hubiera una tercera persona viviendo con ellos?

—¿Así que de verdad piensas que esa tal Becky podría haber estado viviendo con Joe y Desiree?

—Pienso que es posible. Estaba en esa foto con los Atkins unos años antes de que Joe muriera.

—Entonces, ¿crees que podrían haberla…?, ¿qué, adoptado o algo así? —Podría ser.

—Pero para eso hace falta mucho papeleo. Quiero decir, hay que pasar por todo un procedimiento legal y todo eso —señaló Roberts.

—No si lo haces de manera ilegal —replicó Pine.

El hombre se puso muy tenso.

—¿De qué estamos hablando aquí? ¿De que simplemente hubieran hecho algo ilegal? ¿O estás insinuando que esa chica podría haber estado… retenida contra su voluntad?

—Nos ha contado muchas cosas que no sabíamos, señor Roberts, así que voy a ser franca con usted.

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Y procedió a explicarle que Ito Vincenzo y Len Atkins habían luchado juntos en Vietnam. Le habló de las cartas y de los cheques que les habían pagado a los Atkins. Y también de que Ito había secuestrado a una niña y de que posiblemente se la había entregado a ellos. No mencionó que esa niña era su hermana gemela.

—A ver si lo he entendido bien —dijo Roberts muy despacio—. ¿Estás diciendo que ese tal Ito secuestró a la niña para dársela a los Atkins porque Len le salvó la vida en Vietnam, solo que la cría no acabó viviendo con Len y Wanda, sino con Joe y Desiree?

—Correcto. Es posible que Vincenzo no llegara a enterarse nunca de eso. Por lo que he podido averiguar, todos los cheques iban dirigidos a Len Atkins. Ahora bien, él podría haberle entregado el dinero a su hijo, si es que realmente era Joe quien tenía a la niña y se encargaba de cuidarla.

—¿Y el FBI lo está investigando porque el secuestro es un delito federal?

—Exacto —respondió Pine, lanzando una rápida mirada a Blum.

—Pero todo eso ocurrió hace mucho tiempo —señaló Roberts.

—Se trata de un caso cerrado que intento que vuelvan a abrir. Es algo que el FBI hace de vez en cuando.

—Bueno, ojalá pudiera haber sido de más ayuda.

—No, no, ha sido de gran ayuda. Solo una cosa más. ¿Puedo ver dónde vivían Joe y Desiree?

—Supongo que sí. Hay una familia viviendo allí ahora, pero los conozco. Puedo acompañaros si queréis.

—Estaría muy bien, si no es demasiada molestia.

—No tengo mucho que hacer. Eso de la jubilación suena genial hasta que te das cuenta de que no hay suficientes cosas para llenar el día. Y todos estos años me ha reconcomido no poder resolver el asesinato de Joe. Aquello destrozó a sus padres.

—Entiendo. Y cuando se marcharon de la ciudad, ¿no sabe adónde fueron?

—No, acabamos perdiendo el contacto.

—Bueno, si fuera necesario podríamos rastrear su paradero. ¿Vamos? Roberts agarró una gorra de los Atlanta Falcons de la mesita que tenía

al lado y se levantó. Miró a Rosie y le dijo:

—Muy bien, chica. No te dejes rascar la panza por desconocidos. Y protege el fuerte.

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Durante el trayecto en el coche de alquiler de Pine, Roberts llamó a la pareja que ahora vivía en la casa y les contó el propósito de su visita. No pusieron el menor impedimento.

—Se llaman Pat y Hazel Simmons —explicó—. Compraron la casa en subasta judicial. Por lo que he oído, les costó nada y menos. Lógico, después de que Joe muriera y Desiree desapareciera. Pat trabaja como camionero. Tienen dos hijos, los dos en el instituto.

—Entonces ¿eres amigo de ellos? —preguntó Blum.

Roberts asintió.

—Vamos a la misma iglesia y al mismo campo de tiro. Y a Pat y a mí nos gusta ir a cazar y a pescar. No hay mucha gente que viva por aquí, así que la mayoría nos conocemos. Pat es un buen tío.

Poco después pararon delante de una casita en el bosque. Junto a ella había un enorme tráiler Kenworth azul brillante, con cabina para dormir. Al lado del camión había otros dos vehículos: un pequeño KIA compacto de color rojo y una camioneta Dodge con el parachoques delantero abollado.

—El grande es el camión de Pat. Una preciosidad, por dentro es como un pequeño apartamento. Pasa mucho tiempo en la carretera, aunque evidentemente ahora está en casa.

—Debe de ser muy duro para su mujer, tener que encargarse de dos adolescentes —comentó Blum.

—Oh, Hazel sabe mantenerlos a raya. Pero son dos chicos, así que tienes razón: seguro que no parará un momento.

Pat Simmons les abrió y les hizo pasar al pequeño salón, limpio y escasamente amueblado. En una de las paredes colgaba un televisor Sony de setenta pulgadas. Pine vio también un armero con puerta acristalada, en cuyo interior había varios modelos de escopetas y rifles, así como dos pistolas.

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Pat era bajito y rechoncho, con el pelo castaño muy largo y una gorra de Kenworth. Llevaba la barba descuidada y sus ojos eran de un marrón apagado. Hazel Simmons entró en el salón secándose las manos con un paño, vestida con unas mallas negras y una camiseta larga blanca. Iba descalza.

Les preguntó si querían tomar algo, pero todos declinaron el ofrecimiento.

Roberts presentó a Pine y Blum, y después tomaron asiento.

—Así que está interesada en la gente que vivía antes aquí —dijo Pat.

Pine asintió.

—Joe y Desiree Atkins.

Pat miró a Roberts.

—Sí, me acuerdo de aquello. Al hombre lo asesinaron, no aquí sino en el bosque.

—Seguramente por eso conseguimos la casa a precio de ganga —dijo Hazel—. La verdad es que queda muy lejos de todo, de cualquier tienda u hospital. Los dos chicos nacieron en el dormitorio. Llegaron tan deprisa que no dio tiempo de ir al hospital.

—Debió de ser duro —comentó Blum.

—Lo hice dos veces. Y ni una sola más —añadió Hazel riendo. —Después de instalarse aquí —dijo Pine—, ¿encontraron algo que

pudieran haberse dejado los Atkins?

Pat negó con la cabeza.

—La casa estaba bastante vacía. Supongo que el banco se llevó todos los muebles para venderlos, junto con todos los efectos personales. Dejaron algunas ollas y sartenes en la cocina. Y algunas prendas viejas que se les pasarían por alto.

—¿Todavía tienen la ropa?

—No, la donamos hace mucho tiempo, o la tiramos a la basura. —¿Vieron algo que pudiera indicar que vivían aquí tres personas,

incluida una niña?

Pat y Hazel se miraron. Él negó con la cabeza.

—Yo no recuerdo nada, aunque tampoco estuve mucho por aquí cuando nos mudamos. Como habrán adivinado por ese enorme camión de ahí afuera, me gano la vida en la carretera.

Pine miró a Hazel.

—¿Y usted?

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La mujer frunció los labios y se frotó los dedos entre sí.

—Así de entrada, no recuerdo nada destacable. Y además fue hace mucho tiempo. La casa necesitaba mucho cuidado y cariño. Solo dispone de dos dormitorios, así que los chicos tienen que compartir uno. Pero lo que puedo decir es que los anteriores propietarios no hicieron gran cosa para mantener el sitio en condiciones. —De repente, alzó la vista hacia Pine—. ¿Sabe?, sí que recuerdo algo. Cuando nos mudamos aquí, había unos dibujos en una de las paredes de lo que ahora es el dormitorio de los chicos.

Pine se puso en alerta.

—¿Qué clase de dibujos?

—De esos que suelen hacer los críos, figuras hechas con palitos. Me había olvidado por completo. Pinté encima de ellos, claro.

—¿Recuerda algo más sobre los dibujos?

Hazel se quedó pensativa.

—Bueno, me acuerdo de que había diferentes… escenas, supongo que podrían llamarse así. Ya sabe, las figuritas jugando o sentadas a una mesa. —Sonrió—. En uno de los dibujos parecía que estuvieran bebiendo de unas tazas. Y siempre eran dos, las figuritas, quiero decir. Y tenían…, bueno, tenían el pelo como largo, así que supongo que eran niñas. Me acuerdo porque por aquel entonces aún no teníamos hijos y yo siempre había querido una niña. Pero no pudo ser.

—Quizá estaban jugando a tomar el té —dijo Pine en voz queda.

Hazel volvió a sonreír.

—Podría ser, sí. Yo también jugaba a eso con mis hermanas y mis amiguitas cuando era pequeña.

—Entonces, ¿puede que la niña durmiera en esa habitación?

—Es posible. Como ha dicho Pat, cuando nos mudamos aquí ya se habían llevado los muebles. Supongo que podría consultarlo con la gente del banco, pero la mayoría de ellos no creo que trabajen ya.

Pine miró por la ventana.

—¿Hay otros edificios en los terrenos de alrededor?

—¿Otros edificios? —repitió Pat—. No, solo la casa. Ni siquiera tenemos garaje. Quería construir una cochera, pero al final lo he ido dejando. Este sitio no era una granja ni nada de eso, así que no hay ningún cobertizo ni granero.

—Está la cueva —dijo una voz.

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Todos alzaron la vista hacia el adolescente alto y delgado que estaba de pie en el umbral. Llevaba unos vaqueros holgados, una sudadera Nike y una gorra de Auburn, de debajo de la cual le caía el largo pelo.

—Este es nuestro hijo pequeño, Kyle —dijo Hazel—. ¿De qué cueva hablas, Kyle?

—Está a menos de un kilómetro de aquí, en el bosque, abierta en una pequeña ladera. —Miró a Pine—. Trey, ese es mi hermano, y yo la encontramos cuando éramos pequeños. Jugábamos allí dentro y también la usábamos para guardar cosas. Ya sabe, como un escondrijo. A veces nos escabullíamos por la noche y dormíamos allí.

—¿Kyle James Simmons durmiendo en una cueva? —dijo Hazel en tono de reprimenda—. Eso no es nada seguro. Se os podría haber derrumbado encima a tu hermano y a ti. O podríais haberos encontrado un oso allí dentro.

—Allí no podía haber osos.

—¿Por qué?

—Porque la entrada tenía una puerta muy gruesa y una cerradura. Trey y yo pensamos que podría haber sido una antigua mina o algo así. Claro, es que también había algunas cosas allí dentro.

—Si había una cerradura, ¿cómo entrasteis? —se apresuró a preguntar Pine.

—El candado estaba en el suelo, todo oxidado y hecho polvo. Pero la puerta estaba cerrada. Cuando la abrimos, aquello apestaba a rancio y mohoso.

—¿Y has dicho que había cosas allí dentro?

—Oh, sí.

—¿Podrías llevarnos?

Kyle miró a su madre, que asintió y dijo:

—Pero tened mucho cuidado.

—Tengo un par de linternas —dijo Pat—. ¿Puedo ir yo también? Pine ya había salido de la casa y no respondió. Blum miró al hombre.

—Por supuesto.

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Kyle encabezó la marcha en dirección a la cueva. A Pine le pareció que se encontraba a una decena de kilómetros, aunque en realidad estaba como a unos ochocientos metros.

«Por Dios, Atlee, cálmate. Si ahora te mueres de un derrame cerebral no podrás ayudar a Mercy».

Tuvieron que apartar algunas enredaderas y sortear los arbustos que habían crecido a lo largo del sendero.

—Hace mucho que no venimos por aquí —explicó Kyle—. Supongo que nos hemos hecho mayores para estas cosas.

Se fueron abriendo paso entre la maleza hasta llegar finalmente a la vieja puerta de madera, enclavada en una pequeña colina cubierta en su mayor parte de hiedra. Había un candado oxidado y abierto colgando del enganche.

—Cuando encontramos este lugar —dijo Kyle—, vimos que habían forzado la puerta. Nosotros la arreglamos y pusimos un candado nuevo.

Pat Simmons echó un vistazo al lugar.

—No me lo puedo creer. Todo este tiempo viviendo aquí y no tenía ni idea de que existiera esto. —Miró a su hijo—. ¿Por qué no nos lo contasteis?

El muchacho se encogió de hombros.

—Era nuestro sitio especial, papá. Con el tiempo dejamos de venir y supongo que se nos olvidó.

Con gesto impaciente, Pine pasó junto a ellos y empujó la puerta. Encendió su linterna de bolsillo y entró. Los otros la siguieron. Pat Simmons utilizó una de sus linternas para ayudarla a iluminar el interior. Le pasó la otra a Roberts, que hizo lo mismo.

El espacio era pequeño, quizá de unos tres por tres metros. Al pasear el haz luminoso, Pine fue descubriendo lo que contenía. Una mesa desvencijada, varias sillas cochambrosas. Tablones dispuestos sobre bloques de hormigón a modo de estanterías. Algunas jarras vacías, un bate

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de béisbol resquebrajado, una sudadera que se caía a pedazos, unas deportivas mugrientas. El suelo estaba cubierto de planchas de contrachapado que debían de haberse colocado directamente sobre la tierra, ya que se veían oscurecidas por la podredumbre. El aire estaba impregnado del olor dulzón y nauseabundo de la vegetación descompuesta y la arcilla roja. Las paredes estaban conformadas por la roca y la tierra de la colina.

Cuando el haz de la linterna iluminó el fondo del cuarto, Pine se quedó petrificada.

Era un catre pequeño, sin colcha ni ropa de cama, solo un viejo colchón medio podrido. Se giró hacia Kyle.

—¿Tu hermano y tú trajisteis los muebles, y también la cama?

—No, ya estaba todo aquí. Al igual que esas estanterías improvisadas. Encontramos viejas latas de comida y algunas botellas de agua. Las usamos para hacer prácticas de tiro con nuestras carabinas del 22. Pine fue recorriendo el espacio, examinándolo palmo a palmo.

Se detuvo y se agachó junto al camastro.

Enfocó con la linterna y, debajo, encontró una cadena enrollada. Uno de los extremos presentaba un grillete abierto que podía cerrarse con una llave. El otro estaba clavado tan profundamente en la pared rocosa que, a pesar de tirar con fuerza, Pine no pudo sacarlo.

Blum se acercó a ella y se quedó mirando la cadena.

—Dios mío… —dijo con un hilo de voz.

Kyle se les unió.

—Sí, eso también estaba aquí. Pensamos que tal vez la utilizaran para atar a un perro o algún otro animal.

Roberts se colocó al otro lado de Pine y dijo en voz baja:

—O quizá a la niña… Becky.

Pine no respondió porque la luz de su linterna había enfocado otro objeto, que colgaba de un clavo en la pared. Se acercó rauda a él.

«Sally… Hace más de treinta años que no te veía».

Pine cogió la muñeca y se la quedó mirando. Era la muñeca de Mercy. Era la gemela de otra que Pine había tenido de pequeña. Su madre había estado buscándola después de que Mercy desapareciera. Al menos eso le había contado alguien que había conocido a sus padres en Andersonville; su madre nunca lo había mencionado.

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Observó los grandes y suaves ojos de la muñeca, cuyo nombre era Sally. Pine había llamado a la suya Skeeter, por el personaje de Los Teleñecos. Había intentado que Mercy le pusiera a la suya el nombre de Scooter, que era el muñeco gemelo de Skeeter en el programa. Pero Mercy se había negado en redondo, porque Skeeter era «un chico».

El rostro de Pine se enterneció al recordarlo, pero al momento le entraron ganas de llorar.

—Sí, era un poco espeluznante —dijo Kyle—. Pensamos en deshacernos de ella, pero ninguno nos atrevíamos a tocarla. Estaba muy vieja y andrajosa.

—¿Crees que pertenecía a la niña? —preguntó Roberts.

Pine asintió, pero no dijo nada.

Pat Simmons, que había escuchado aquello, exclamó:

—Un momento… ¿Estáis diciendo que esa gente tenía a una niña encerrada aquí? ¿Que la tenían encadenada o yo qué sé?

—Eso es justo lo que creemos que ocurrió aquí —dijo Blum, observando a Pine atentamente.

Esta se giró y miró a Roberts.

—Aceptaré su ofrecimiento de revisar el expediente del asesinato de Joe Atkins. Y todo lo que tengan de Desiree Atkins.

—Muy bien. Aunque me temo que no será mucho.

—Será más de lo que tengo ahora. ¿Eran muy grandes Joe y Desiree? —No mucho. Él mediría un metro setenta y no llegaría a los setenta

kilos. Desiree era muy poquita cosa, mediría algo más de metro y medio y pesaría como unos cuarenta kilos.

Pine asintió.

—Bien. ¿La oficina del sheriff cuenta con algún técnico forense? —Claro.

—Quiero que tomen huellas y muestras de ADN del lugar. También habrá que tomarlas de Kyle y su hermano para que puedan descartarlas.

—¿Tienes muestras de ADN de la niña? —preguntó Roberts.

«Sí, porque son las mismas que las mías», pensó Pine para sus adentros.

Pero se limitó a asentir.

—Y quiero que las huellas que se encuentren aquí se cotejen con las de Joe y Desiree, si es que las tienen en los archivos.

—Las de Joe seguro. Las de Desiree no lo sé.

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—Vale.

Salieron de la cueva. A Pine le costó mucho dejar atrás la muñeca de Mercy, pero ahora aquello era la escena de un crimen. De pronto, se detuvo y se giró hacia la puerta.

—¿Ha dicho antes que Joe trabajaba en el sector de la seguridad privada?

Roberts asintió.

—Sí. Se dedicaba a instalar sistemas de alarma y todo lo que necesitaras. La mayoría de la gente por aquí ni siquiera cierra la puerta de casa, pero él trabajaba sobre todo para empresas. Instalaba cámaras de seguridad y…

Se interrumpió cuando Pine se precipitó hacia la entrada de la cueva y empezó a arrancar la hiedra que había crecido por toda la pared rocosa y alrededor de la puerta.

—¿Agente Pine? —dijo Blum.

—Ayudadme a arrancar toda esta hiedra.

Todos se unieron a ella, y poco después habían limpiado la superficie suficiente para dejar al descubierto una pequeña y decrépita cámara de vigilancia montada sobre la roca y apuntando hacia la puerta. Un cable serpenteaba por la pared rocosa hasta hundirse en la tierra.

—Maldita sea —exclamó Roberts—. Tenía el lugar bajo vigilancia.

Pine echó un vistazo al cable.

—Y esto era antes de que hubiera conexiones inalámbricas. Creo que este cable tiene que llegar hasta la casa.

—Pues vamos a averiguarlo —dijo Pat.

Pine emprendió el regreso a grandes zancadas y los demás la siguieron.

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Cuando llegaron a la casa, se pusieron a buscar por todo el exterior el otro extremo del cable.

Kyle lo encontró por detrás de un matorral bastante crecido.

Los demás se le unieron rápidamente. Pine observó el punto por donde el cable entraba en la casa.

—¿A qué habitación da esto?

—A nuestro dormitorio —dijo Kyle.

—Me pregunto si Atkins lo usaría como despacho cuando vivía aquí —comentó Blum. Luego añadió en tono asqueado—: Por lo visto la pareja solo necesitaría un dormitorio, después de que la niña hubiera crecido demasiado para tenerla encerrada en ese cuarto.

Entraron apresuradamente en la casa y Kyle los condujo a su habitación. Era el típico cuarto de adolescentes, muy desordenado y con ropa tirada por todas partes. Sobre una mesa había una pantalla gigante de televisión, con varios mandos de Xbox colocados delante.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Pine.

—Trabaja en un 7-Eleven.

Procedió a examinar la habitación y echó un vistazo a las camas situadas a los lados del cuarto.

Había dos ventanas, una de las cuales daba al patio de atrás.

—Si yo fuera Atkins, supongo que estaría mirando constantemente en la dirección de esa celda… Bueno, ya va siendo hora de que la llamemos por su nombre.

Roberts se le acercó.

—Muy bien, aquí estaría la mesa —dijo—. Y si en aquel entonces usaba ese cable, también utilizaría un reproductor de vídeo con cintas de casete.

Blum intervino:

—Lo lógico sería pensar que, si alguno de los operarios encargados de vaciar la casa hubiera encontrado una cinta, la habría visto o se la habría

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entregado al banco.

—Tal vez estaba en algún lugar donde no pudieron encontrarla —dijo Pine, escrutando el suelo—. Esa moqueta… ¿estaba aquí cuando compraron la casa?

Hazel Simmons, que se había unido a ellos, respondió:

—No. El suelo era de madera y hacía que el cuarto resultara demasiado frío.

—No hay plancha de hormigón en los cimientos —añadió Pat—. La estructura se levanta sobre unos pequeños pilotes con un espacio de baja altura bajo la casa.

—Vale —dijo Pine—, si la mesa estaba aquí entonces, tenemos dos opciones. —Miró a los Simmons—. ¿Podríamos levantar la moqueta y echar un vistazo debajo?

—Qué diablos, sí —dijo Pat—. La ayudaré.

Ambos se afanaron con los extremos de la moqueta. Pat levantó su parte primero y procedió a examinar el suelo. Kyle se agachó junto a él y empezó a palpar los bordes de los tablones de madera.

—Eh, aquí hay uno suelto.

Los demás se agolparon alrededor y, entre todos, no tardaron en levantar una pequeña sección del suelo. Y allí, dentro de un reducido cubículo de madera, había un reproductor de vídeo Sony.

Kyle se inclinó y lo sacó.

—Guau, nunca había tenido uno de estos en mis manos.

—Mirad —dijo Blum—. El cable sigue conectado.

Pat lo desenchufó.

—Podemos enchufar el aparato a la tele de los chicos. Los conectores están en la parte de atrás.

—Yo lo hago —se ofreció Kyle.

Llevó el reproductor hasta la mesa de la televisión y se puso a trajinar con los cables. Al cabo de un minuto, lo tenía todo conectado. Encendió el aparato y presionó el botón de eyección.

—Oh, Dios… —exclamó Blum—. Hay una cinta dentro.

—Debe de ser la última que Atkins metió en el reproductor antes de que lo asesinaran —dijo Pine—. Esperemos que no se haya estropeado.

—Ese escondrijo parece estar muy bien aislado —observó Pat.

—No hay mando a distancia —dijo Kyle—. Pero creo que podré ponerlo en marcha con los botones.

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Encendió el televisor, rebobinó la cinta hasta el principio y pulsó el Play.

Todos se colocaron frente a la pantalla y observaron atentamente.

Pine empezó a sentirse levemente mareada y se dio cuenta de que era porque estaba conteniendo el aliento.

Y de pronto apareció la imagen de la puerta de la cueva. Pasaron unos minutos sin que ocurriera nada. Y entonces…

—Ese es Joe Atkins —dijo Roberts.

En pantalla apareció Joe Atkins, vestido con vaqueros, una camisa de franela y una gorra de béisbol. Sostenía una escopeta en las manos. Lo acompañaba una mujer menuda, con el pelo negro muy largo y una expresión siniestra. Llevaba una bandeja con lo que parecía comida.

—Y esa es Desiree Atkins —añadió Roberts.

Blum se fijó en la fecha y la hora que aparecían en la parte inferior de la imagen.

—Treinta y uno de mayo de 2002 —leyó.

—Exacto —dijo Roberts—. El cuerpo de Joe se encontró al día siguiente.

Joe aporreó la puerta y gritó:

«Apártate de la puerta, Becky. Traemos la comida».

Joe esperó un poco y luego abrió el candado. Retrocedió, con el arma en ristre, e hizo un gesto con la cabeza a su mujer. Esta abrió la puerta con cautela, dejó la bandeja en el suelo y la empujó hacia dentro con el pie.

Después cerró de un portazo.

Joe se apresuró a trajinar con el candado para cerrarlo cuando, de pronto, un tremendo golpe impactó contra la puerta, haciendo que la pareja diera un salto hacia atrás. Joe cayó de culo y la escopeta se le escapó de las manos. Desde dentro de la cueva se oyeron grandes risotadas.

Joe se puso en pie a duras penas y recogió la escopeta.

«Corta ya esa mierda, Becky. Como vuelvas a hacerlo, Desiree va a añadir otra marca a tu pellejo, ¿lo entiendes?».

Las risas se acallaron.

«Eso es, Rebecca —dijo Desiree con voz apagada, como si estuviera bajo los efectos de algún sedante—. Y no queremos que vuelva a pasar, ¿no? ¿Más marcas en tu piel?».

No hubo respuesta detrás de la puerta.

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Pine creyó que iba a vomitar. Blum le pasó un brazo por los hombros y le susurró al oído:

—Agente Pine, lo siento en el alma.

Roberts miró a las dos mujeres con cierta extrañeza.

—Ey —dijo Kyle, cuyos ojos seguían clavados en la pantalla—, el tío ha olvidado cerrar el candado.

—Es verdad —dijo Pine—. ¿Puedes pasar esto a cámara rápida?

—Sí. —El muchacho pulsó un botón y el vídeo comenzó a avanzar a toda velocidad. Pine observó las imágenes como nunca antes había mirado nada en su vida.

—Para —dijo.

Kyle pulsó el botón de Play y el vídeo volvió a su velocidad normal. La puerta acababa de recibir otro golpe desde dentro. Y luego otro, aún

más fuerte.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Pat—. Seguro que sabe que el candado está puesto.

—Para la cinta un momento —dijo Pine.

Kyle obedeció y Pine se giró hacia Pat Simmons.

—Ella sabe que no ha cerrado el candado.

—Pero ¿cómo? —dijo Pat.

—Porque ha pasado años en ese agujero infernal y conoce cada sonido.

Y esa noche no oyó el ruido del candado al cerrarse.

—¿Crees que por eso no se abalanzó contra ellos cuando abrieron la puerta? —preguntó Blum—. ¿Que esperó a que Joe volviera a poner el candado, pero antes de que lo cerrara embistió contra la puerta para distraerlo?

—Creo que eso es exactamente lo que hizo —respondió Pine. Y mientras lo decía, se sintió inmensamente orgullosa de su hermana, tanto por su paciencia como por su astucia. Después de todos esos años como prisionera había permanecido alerta y vigilante, esperando su oportunidad —. Vuelve a ponerlo en marcha, Kyle.

El muchacho así lo hizo y todos observaron cómo la puerta recibía tres embestidas más. A la cuarta fue la vencida. El candado sin cerrar salió volando de su enganche y la puerta se abrió de golpe.

Y allí… allí, de repente, estaba Mercy Pine, alta, delgada, fuerte, mugrienta, vestida con andrajos y con pinta de estar…

Pine tuvo que reconocerlo.

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«No parece estar… muy en sus cabales. Pero ¿quién demonios podría culparla?».

La mano de Pine salió disparada y apretó el botón de Pausa, congelando la imagen de Mercy. Miraba directamente a la cámara. Pine pensó que debía de saber dónde estaba colocada. Y entonces se dedicó a absorber hasta el último átomo de la apariencia de su hermana gemela, remontándose hasta la época en que ambas tenían seis años y avanzando de nuevo en el tiempo hasta llegar a esa… joven.

—¿Es esa la persona que estás buscando, agente Pine? —preguntó Roberts.

Pine no respondió al momento. Su mirada seguía buscando, los ojos, la nariz, la frente; el cuerpo no servía de ayuda, ya que había cambiado muchísimo. Pero entonces se inclinó hacia la pantalla y clavó la vista en algo.

Era la peca. En la nariz. De pequeñas, Mercy solía decirle a su hermanita gemela que Dios le había puesto esa peca porque ella había nacido la primera y su madre necesitaba que hubiera algo para distinguirlas.

Pine se enderezó y asintió.

—Sí, es ella.

«Nunca pensé que volvería a decir esas palabras».

En su mente se arremolinaban multitud de pensamientos, algunos felices, otros demencialmente tristes, otros que amenazaban con desgarrarla por dentro. Llevada por la desesperación, le dio al Play.

Mercy volvió a cobrar vida, miró a su alrededor y salió corriendo hacia la derecha, en dirección a la casa, fuera del encuadre de cámara.

La cinta siguió avanzando hasta que, de pronto, todos se sobresaltaron al oír el disparo. Luego gritos. Otro disparo. Y más gritos. No podían distinguir quién gritaba y no tenían modo de saber quién disparaba, aunque Pine supuso que sería Joe Atkins. Entonces todo quedó en silencio mientras el vídeo seguía avanzando. Pero la única imagen en pantalla era la de la puerta colgando de sus goznes.

Pine alargó la mano para detener el vídeo, le dio al botón para sacar la cinta y la cogió.

Blum miró a su amiga.

—Al menos… al menos consiguió escapar —dijo con labios temblorosos.

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Pine no se giró hacia ella.

—Sí —se limitó a decir. Y salió de la habitación.

Mientras se dirigía hacia el coche, Pine aminoró el paso para que Blum pudiera alcanzarla. Roberts se había quedado en los escalones de la entrada, dando las gracias a los Simmons por su ayuda.

—Debe de haber sido terrible para ti ver eso, agente Pine.

—Llevo casi toda mi vida esperando volver a ver a Mercy. Y está viva… o por lo menos lo estaba en 2002.

—Sí, desde luego. Es una noticia buenísima.

Pine se detuvo.

—Roberts dijo que alguien alertó de que había oído gritos y que al llegar a la casa encontró a Desiree marcando a un perro con un hierro candente.

—Exacto.

—Pero los perros no gritan, Carol.

—¿Quieres… decir que…?

—A eso se refería Joe cuando amenazó a Mercy: le dijo que Desiree le haría más «marcas» en la piel. Cuando Roberts llegó a la casa, utilizaron al perro para encubrir la verdad.

—Qué gente tan malvada…

—Y entonces Joe Atkins fue asesinado y Desiree Atkins desapareció.

Blum la miró fijamente.

—Espera… ¿Qué estás insinuando?

—Viendo a Mercy en la foto y ahora en el vídeo, diría que era más alta que yo y que pesaría más de setenta kilos, sin un gramo de grasa. Se la veía esbelta y fuerte como una roca. Los Atkins no eran muy grandes. Ella era más corpulenta que los dos.

—Agente Pine, no estarás diciendo…

—Lo que quiero decir, Carol, es que es posible que mi hermana escapara, que ellos intentaran detenerla, todos hemos oído los gritos y los disparos… Y que ella… los matara.

—Pero si ella mató a Desiree, ¿dónde está el cuerpo?

—Quién sabe. Si lo enterró, podría estar en cualquier parte. Y después de tantos años, no creo que quede gran cosa.

—¿Y por qué enterró a Desiree y no a Joe? —Puede que no tuviera la oportunidad. —Todo eso son especulaciones.

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—Estoy de acuerdo. Pero si no es eso, será algo igual de improbable.

Echaron a andar de nuevo.

—Bueno —dijo Blum—, si de verdad los mató, estaba en todo su derecho de hacerlo. Quiero decir… ¿ese era su hogar? ¿Una cueva, durante todos esos años? Los maltratos, el horror… No puedo ni imaginarlo. Ni siquiera puedo llegar a concebir…

—¿Ariel Castro en Cleveland? ¿Jaycee Dugard? ¿Elizabeth Smart en Utah? Ha habido otras muchas. Sin embargo, nunca pensé que mi hermana pudiera ser una de ellas.

—Pero ¿por qué harían algo así? Si les entregaron a una niña porque no podían tener hijos, ¿por qué convertirla en una… prisionera?

—Mercy era demasiado mayor. Ya sabía quién era y cuál era su verdadera familia. Seguramente se resistiría e intentaría escapar. Y a ellos les entró miedo de que pudiera contarle algo a la policía y meterlos en problemas. Desiree «Vudú» Atkins, que marcaba a fuego a perros indefensos, no parece que fuera una mujer con un espíritu precisamente maternal. Conforme pasaron los años y Mercy se fue haciendo adulta, tuvieron que tomar medidas más drásticas, como esa celda que acabamos de ver en el bosque. Y los dos sabían que, si ella conseguía escapar alguna vez, pasarían una larga temporada en prisión.

—¿Crees que Leonard Atkins lo sabía todo?

—Aparecen en una foto con ella. Verían el aspecto que presentaba, las heridas en su cuerpo, el hecho de que ni siquiera mirara a la cámara… Sí, lo sabían, y no movieron ni un dedo para impedirlo. ¿Y cuando asesinaron a su hijo y su nuera desapareció? Probablemente pensaron que Desiree había matado a Joe y se había marchado con Mercy. O si no, que Mercy los había matado a los dos y había escapado. En cualquier caso, no querrían tener nada que ver con aquello. Y por eso se largaron.

—Repugnante —dijo Blum—. Sencillamente repugnante. Después de lo que hicieron, no merecen que se les llame seres humanos.

Más tarde, mientras llevaban a Roberts de vuelta a su casa, este dijo:

—Llamaré al sheriff para informarle. Y le avisaré de que pasarás por la

oficina para consultar el expediente.

—Gracias, señor Roberts.

—¿Agente Pine?

—¿Sí?

—Este no es solo un caso cerrado más para ti, ¿verdad?

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—¿Por qué dice eso?

—He sido policía durante muchos años y todavía conservo algo de olfato. Por ejemplo, he visto cómo mirabas esa muñeca, como si ya la hubieras visto antes. Y luego, con el vídeo… Bueno, parecía algo personal para ti.

Pine soltó un suspiro.

—Ella es mi hermana, señor Roberts. La secuestraron de su cama cuando era una niña y lleva más de treinta años desaparecida.

Él asintió con expresión consternada.

—Me pareció reconocer tu nombre. Me acuerdo del caso porque recibimos una alerta de búsqueda de la niña. Mercy Pine, ¿no?

—Sí.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

—Pero al menos has averiguado muchas cosas aquí. —Así es. Ahora solo tengo que encontrarla. —Sabes que podría estar…

—Lo sé, señor Roberts, seguramente mejor que nadie. Pero no puedo dejarlo sin más. Tengo que saber la verdad en un sentido u otro.

—Pues te deseo mucha suerte. De todo corazón. Nadie se merece lo que acabamos de ver, y mucho menos una niña pequeña.

—No —dijo Pine—. Nadie se merece algo así.

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«El más cerrado de los casos».

Pine tenía el expediente del asesinato de Joe Atkins y de la desaparición de su esposa extendido sobre la cama de su habitación de motel. La conclusión no oficial a la que habían llegado los agentes locales era que Desiree había matado a su marido y había huido. No tenían ni idea de que hubiera alguien más viviendo con ellos, así que esa persona nunca fue una sospechosa.

«No solo una sospechosa: mi hermana».

Pine estaba totalmente segura de que la joven que aparecía en el vídeo era Mercy. Pero ahora había pruebas que no dejaban lugar a la menor duda. El ADN podía permanecer durante mucho tiempo en ciertas superficies, y en aquella cueva había muchos objetos que Pine nunca había tocado pero que presentaban muestras, así lo habían confirmado los exámenes forenses, que se correspondían con su ADN.

«No con el mío, claro, sino con el de Mercy».

El expediente no contenía gran cosa. La autopsia de Atkins mostraba que había muerto por una herida de cuchillo que le había seccionado la aorta. Se había desangrado hasta morir. Pero también presentaba un traumatismo severo por objeto contundente en la cabeza. Y que, claramente, se había producido antes de morir.

Golpeado y después acuchillado.

La cadena rota en la cueva. La puerta abierta por la fuerza. Mercy escapándose, tal como aparecía registrado en el vídeo.

Y… quizá, durante la huida, se cobró su venganza sobre sus captores.

Pine sabía dónde se encontraba Joe Atkins: a dos metros bajo tierra.

Pero ¿dónde estaba Desiree? ¿Y adónde se habían marchado Leonard y

Wanda Atkins? ¿Seguían vivos? ¿Debería intentar dar con ellos?

Wilcox, el ayudante del sheriff, había escuchado pacientemente toda la información y las conjeturas de Pine. Le había entregado las copias del expediente del caso. Había visto el vídeo. Incluso había ido a la cueva para

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ver aquello con sus propios ojos. Le había intrigado la posibilidad de que pudiera haber otra persona presente en la escena. Y le sorprendió que esa persona fuera la hermana gemela de Pine. Pero no pareció que tuviera muchas ganas de investigar el asunto. Y, según le contó a Pine, tampoco las tenía su jefe, el sheriff.

—Realmente no contamos con medios para enfrentarnos a este tipo de casos cerrados hace tanto tiempo —le había dicho Wilcox—. Y por lo que me ha contado, yo diría que ese tal Joe Atkins ya se llevó su merecido.

Ahora Pine salió del motel. Estaba empezando a llover. Se montó en el coche y condujo hasta un restaurante cercano, donde entró y pidió un café.

Mientras daba sorbos a su taza, contemplaba por la cristalera cómo el agua caía con más fuerza. Pero no conseguía ver en esa lluvia nada positivo. Ni una puñetera cosa. Por una parte, había hecho avances importantísimos en la investigación de lo que le había ocurrido a su hermana. A Mercy la había secuestrado Ito Vincenzo, quien se la había entregado a los Atkins, quienes a su vez se la habían entregado a su hijo Joe y a su esposa, Desiree. Y en algún momento —Pine no sabía exactamente cuándo—, a Mercy la habían trasladado desde su habitación en la casa para encerrarla en aquella cueva en el bosque.

Mientras permanecía allí sentada, su mente divagaba hacia pensamientos cada vez más aterradores. En vez de encontrar a Mercy sana y salva, o por lo menos poder localizar e identificar sus restos, ahora contemplaba la posibilidad de que su hermana hubiera matado a una o quizá dos personas y anduviera suelta por ahí, haciendo Dios sabía qué. Pine sabía que, después de tantos años de brutalización a manos de los Atkins, era muy improbable que Mercy fuera capaz de reconocer a su hermana, ni física ni emocionalmente.

Cerró los ojos, y la imagen de Mercy en aquel vídeo volvió para atormentarla.

Pine había tenido a su hermana con ella todos los días durante seis años. Y luego, durante más de treinta años, nada. Hasta ahora. Y no conseguía conciliar la imagen de aquella joven asalvajada del vídeo con la de la niñita tan femenina a la que le encantaba jugar a tomar el té y que defendía a su hermana siempre que se metía en problemas.

«Solo quiero encontrarla. Quiero ayudarla. Quiero que tenga… la vida que debería haber tenido».

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Cuando le sonó el móvil, agradeció la distracción. Aunque no reconoció el número, respondió igualmente.

—¿Diga?

—Hola, agente Pine. Soy Darren Castor, de Trenton. Habló conmigo sobre la época en que estuve trabajando para Ito Vincenzo.

—Sí, señor Castor. ¿En qué puedo ayudarle?

—Bueno, me dijo que la llamara si recordaba algo más. Y he caído en la cuenta de una cosa. Que me había equivocado en las fechas.

Pine se puso rígida.

—¿Cómo? ¿Que se había equivocado en las fechas?

—Le dije que empecé a trabajar en el taller de chapa y pintura en el año 2001.

—Sí.

—Pues estaba confundido. Empecé a trabajar allí en el año 2002, no en

2001. En la primera semana de junio. Debería haber sabido que no fue en

2001. A ver, solo tres meses después ocurrió lo del 11-S.

—¿Está seguro?

—Sí. He revisado algunos talonarios de pago y otros papeles que tenía por ahí.

—Dijo que Ito desapareció hacia el verano. ¿Podría ser más específico con la fecha? Sería de mucha ayuda.

—Pues, de hecho, sí. El día que Ito no se presentó en la heladería fue el 1 de junio. Me acuerdo muy bien porque el cumpleaños de mi mujer es el 2 de junio.

«¿Cumpleaños?».

—Bueno, espero que esto le sirva de ayuda.

—¿Qué? Ah, sí, muchísimas gracias, señor Castor. Ha sido de gran ayuda.

Colgó y se quedó mirando el móvil. Un pensamiento terrible, una hipótesis atrozmente perturbadora, empezó a dar vueltas por su cabeza como una bala rebotando en las paredes.

Llamó a Blum.

—Tenemos que ir a ver a Jack Lineberry. Ahora mismo.

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Pine condujo a toda velocidad sin apenas abrir la boca. No le había explicado a Blum por qué tenían que ir a ver a Lineberry. Ni siquiera se atrevía a expresar en voz alta el pensamiento que había cobrado forma en su mente. Si resultaba ser cierto, sería algo espantoso.

«Aunque ya nada me extrañaría».

Había llamado para avisar de que iban y, tras identificarse al llegar ante la verja, las dejaron pasar. Siguieron hasta la casa y, una vez allí, se quedaron un tanto sorprendidas al ver que Lineberry había salido a recibirlas a la puerta principal. Utilizaba un andador, pero se movía bastante bien.

—Has hecho grandes progresos —le dijo Blum.

—Me encuentro mucho mejor —respondió él—. Estaba a punto de comer algo, si os apetece acompañarme…

Antes de que Pine pudiera decir algo, Blum se adelantó:

—La verdad es que estoy hambrienta.

Las dos mujeres se dirigieron a la galería acristalada que daba a los terrenos de atrás, desde la cual vieron cómo la cuadrilla de trabajadores levantaba la estructura de la cabaña. Estaban acabando ya la cuarta pared, tras lo cual comenzarían a colocar las vigas del techo.

—Espero que no vuelva a estallar otra bomba en la finca —dijo Lineberry, mirando también cómo trabajaban los obreros.

Una doncella uniformada les sirvió el almuerzo. Estaba delicioso, aunque Pine apenas tocó la comida, algo que notaron los otros dos. Cuando Lineberry dirigió una mirada inquisitiva a Blum, esta se encogió de hombros.

Después de comer fueron a la biblioteca, donde tomaron el café sentados frente a un fuego crepitante. Fuera hacía frío y había comenzado a caer una fina llovizna; el calor de las llamas resultaba de lo más acogedor.

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—¿Habéis hecho algún avance en la investigación? —preguntó Lineberry—. ¿Fuisteis a Taliaferro?

—Hemos averiguado muchas cosas, ninguna de ellas buena ni agradable de escuchar.

Él se quedó impactado por la brusquedad de sus palabras. Blum la miró un tanto sorprendida.

—Dios mío, Mercy… ¿No estará…?

—No, no está muerta. Al menos que sepamos.

—Entonces ¿qué?

—La retuvo como prisionera una familia en Taliaferro. No los Atkins de los que te hablé, sino su hijo y su nuera.

Lineberry se inclinó hacia delante para dejar su taza sobre la mesa. Se le veía pálido y muy afectado.

—¿Has dicho… «la retuvo como prisionera»?

—Sí. Encerrada bajo llave en una cueva en la que no podría vivir ni un perro. Un lugar repugnante, horrible, espantoso.

—Agente Pine… —le dijo Blum en tono reprobador—. Jack todavía no está del todo recuperado.

Pine no pareció escucharla.

—Vivía como un animal, Jack. Sin nadie que la ayudara. Sin nadie que fuera a salvarla. Así que al final tuvo que salvarse ella misma.

—¿Qué… qué quieres decir?

—Quiero decir que tuvo que romper sus cadenas, tirar abajo la puerta de su prisión e intentar escapar.

—¿Intentar escapar?

—Obviamente esto son solo especulaciones por mi parte, pero creo que, en su huida, se topó con Joe Atkins. Puede que él tratara de hacerla volver a su celda. Puede que tratara de matarla.

Pine apretaba tan fuerte el reposabrazos de su butaca que tenía los nudillos blancos y le temblaban las piernas.

Al ver aquello, Blum le preguntó:

—Agente Pine, ¿te encuentras bien?

Una vez más, ella no pareció escucharla; mantenía la vista clavada en Lineberry.

—Pero entonces Mercy le dio la vuelta a la situación. Se abalanzó sobre él. No puedo ni imaginarme todo el odio acumulado que sentiría después de tantos años recluida y después de todo lo que le habían hecho.

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Mercy lo golpeó, le pegó de forma tan brutal que le provocó un traumatismo por contusión en la cabeza. Ella era grande, más alta que yo, y fuerte. Y toda esa fuerza se vería sin duda multiplicada por la rabia de tantas emociones reprimidas. Joe Atkins era un hombre pequeño. Ella no tardó en derribarlo. Le quitó el cuchillo… y…

Lineberry se había inclinado tanto hacia delante que estaba a punto de caer de la butaca.

—¿Y qué? —preguntó casi en un susurro, su voz ahogada por un terror subyacente.

—Creo que ella lo acuchilló en la espalda, le seccionó la aorta y lo mató.

Lineberry se echó hacia atrás de golpe y empezó a respirar con dificultad.

Blum se levantó para coger un vaso del aparador, lo llenó con agua de una jarra y se apresuró a llevárselo. Él se bebió la mitad, se lo devolvió y le dirigió una mirada agradecida, aunque sus facciones seguían marcadas por el horror.

Blum miró con gesto enojado a Pine y volvió a sentarse.

—No tengo ni idea de lo que le ocurrió a su mujer, Desiree —continuó Pine—. Nos la describieron como una especie de bicho raro, una persona conocida por ser violenta con los animales. Y no tengo la menor duda de que también fue cruel con Mercy hasta límites inhumanos. La marcó a fuego, Jack. Como a un animal.

—¡Oh, Dios mío! —gimió Lineberry.

—¡Agente Pine! —exclamó Blum.

—Puede que Mercy también matara a Desiree. O puede que esa bruja, al ver la situación en que se encontraba, saliera huyendo por piernas, puesto que sabía que iría a prisión por los crímenes cometidos contra mi hermana.

Lineberry se tapó la cara con las manos y murmuró:

—Dios mío… Dios mío…

—Sí, Dios mío… —le imitó Pine con un sarcasmo feroz.

Lineberry bajó las manos y se la quedó mirando fijamente, como si por fin hubiera comprendido.

—¿Hay algo más? ¿Algo que no me has contado?

—Sí, Jack, lo hay. Pues claro que hay… «algo».

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El tono mordaz de sus palabras hizo que Blum le dirigiera una mirada incisiva.

—He recibido una llamada de un hombre, Darren Castor, que trabajaba para Ito Vincenzo —continuó Pine—. Castor me había dado una fecha aproximada de cuándo desapareció Vincenzo. Pero al revisar viejos talonarios y pensarlo un poco mejor, resulta que se había equivocado por un año. Ito no desapareció en 2001, sino en 2002. Y Castor fue capaz incluso de precisar el día en que Ito Vincenzo no se presentó a trabajar.

Hizo una pausa y escrutó el rostro de Lineberry, que le devolvió la mirada con gesto inexpresivo. Sin embargo, algo en sus ojos indicaba que empezaba a intuir hacia dónde podía ir aquello.

—Resulta —prosiguió Pine— que Castor se acordaba porque su mujer cumplía años el día después de la fecha en que Ito no se presentó en la heladería. —Hizo otra pausa—. El 2 de junio.

—Pero esa es también la fecha de tu cumpleaños —exclamó Blum.

Pine no apartó la vista de Lineberry.

—Exacto. Y el 2 de junio de 2002, el día de mi cumpleaños, mi padre se quitó la vida en su apartamento de Virginia, no en Luisiana como mi madre me contó. Y, muy convenientemente, tú estabas allí. E incluso identificaste el cuerpo para la policía.

Lineberry empezó a mover los labios nerviosamente, como haría un anciano caballero desdentado.

Pine se inclinó hacia delante en el asiento, hasta que su cara quedó a un palmo de la de él.

—Quiero la verdad, Jack —exigió con vehemencia—. Y la quiero ahora.

Como si fuera un muñeco de nieve derritiéndose bajo un sol abrasador, Lineberry se desplomó contra el respaldo tapizado de la butaca y se encogió sobre sí mismo. Volvió a taparse la cara con las manos, pero ella se las apartó.

—Ahora, Jack.

Lineberry se enderezó en el asiento, miró a Blum y después clavó su mirada en Pine.

—Te juro que yo no sabía que el hombre que intentó matar a tu padre aquel día era Ito Vincenzo. Y aún no tengo ninguna prueba de que lo fuera.

—Un momento… —interrumpió Blum—. ¿Que un hombre intentó matar a Tim Pine? Pensaba que se había suicidado.

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—Eso es lo que me contaron —dijo Pine—. Me lo contó mi madre. Y también tú, Jack. Y me mentiste, como me había mentido ella.

—Pero ¿qué quieres decir, agente Pine? —preguntó Blum—. ¿No estarás insinuando que…?

—Lo que estoy diciendo es que Ito fue allí para matar a mi padre, y probablemente también a mi madre, ya que no sabía que estaban divorciados. Pero que al final fue mi padre quien acabó matando a Ito. Y que Jack se presentó allí, no por mera coincidencia sino como algo planificado, e identificó al hombre muerto como mi padre. Y con la hipótesis de un posible suicidio, y la identificación del cadáver por parte de un amigo cercano y más tarde de la exmujer del muerto, habría muy poco que investigar. —Pine calló un momento mientras parecía reunir fuerzas para proseguir—. Así que ya sé lo que le pasó a Ito Vincenzo. Pero lo que quiero saber ahora es dónde está mi padre. ¿Está con mi madre? Ella me abandonó mientras yo estaba en la universidad para ir a reunirse con él, ¿verdad? Supuestamente, él murió el 2 de junio de 2002. Yo volví a la universidad en julio de ese mismo año porque estaba preparándome para la competición de halterofilia. Y cuando regresé a casa en agosto, mi madre ya se había marchado y solo me dejó una nota en la que apenas decía nada. —Hizo otra pausa, luchando con todas sus fuerzas para recobrar la compostura—. Su divorcio fue una farsa, ¿no? Siempre habían planeado acabar juntos. Y dejarme a mí sola.

Pine se había puesto en pie muy despacio, alzando la voz al mismo tiempo.

—¿No es eso cierto, Jack?

Lineberry levantó la vista hacia ella con una expresión de impotencia. —El divorcio fue una farsa, sí. Pero lo hicieron para mantenerte a

salvo.

—¡Mientes!

—No es ninguna mentira, Atlee. Es la verdad.

—¿Qué sabrás tú lo que es la puta verdad?

—Te diré lo que quieres saber, pero tienes que escucharme.

—Por favor, agente Pine, es lo mejor —intervino Blum—. Necesitas saber lo que ocurrió.

Lentamente, Pine volvió a tomar asiento y aguardó expectante, aunque todos sus miembros seguían temblando de ira.

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—No sabía dónde os habíais ido tu familia y tú cuando os marchasteis de Andersonville. Os buscamos como locos, pero era como si se os hubiera tragado la tierra. Y en aquel entonces no había internet ni teléfonos inteligentes donde todo el mundo colgaba fotos y vídeos de todo. La gente entonces desaparecía de verdad.

—¿Y luego?

—Y luego, muchos años más tarde, de pronto recibí una llamada desesperada de tu padre.

—¿Cómo consiguió contactar contigo?

—Yo les había dado a tus padres un número de teléfono especial. Era uno que mantuve todos esos años con la esperanza de que… En fin, me contó que estaba en Virginia y que un hombre había intentado matarlo, pero que al final fue él quien mató al hombre. Con un disparo de escopeta que le reventó la cabeza.

—Si vivía en un bloque de apartamentos, ¿cómo es que nadie lo oyó? —preguntó Pine.

—Porque no vivía en un bloque de apartamentos. —¿Así que esa es otra mentira que me contaste? Lineberry se apresuró a continuar:

—Volé a Virginia de inmediato. La cara del hombre había desaparecido. No podía saber quién era y Tim dijo que tampoco lo sabía.

—¿Cómo no iba a reconocer a Ito Vincenzo? —le interrumpió Pine—.

Los dos se enzarzaron en una pelea allá en Andersonville.

—Pero hacía más de una década, Atlee. Y la gente cambia. En fin, Tim me dijo que no había reconocido al hombre, y yo tampoco podría haberlo hecho porque tenía la cara totalmente destrozada. Entonces urdimos un plan para hacer pasar a Tim por Ito, si es que en verdad era él. De ese modo, Tim estaría muerto para el mundo.

—Así que Ito Vincenzo está enterrado en la tumba de mi padre… ¿Y mi madre? —añadió Pine con voz temblorosa.

Lineberry apartó la mirada.

—Ella… entendió todo lo que estaba en juego. Y decidió seguir con la farsa. Eso les permitiría, a tu padre y a ella, desaparecer sin dejar rastro.

—Y entonces ella se reunió con él unos meses más tarde —dijo Pine con amargura—. Dejándome a mí sola.

—Ellos pensaron que… sería lo mejor para todos. Te juro que pensaron que tú estarías mejor. Tu madre te dejó dinero para que pudieras

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acabar la universidad y…

—¿Dónde están ahora? —bramó Pine.

—No lo sé.

—¡Jack!

—No lo sé —repitió con sequedad—. Fue un plan diseñado a conciencia para que nadie pudiera seguirles el rastro. Porque estaba claro que había una filtración y nadie estaba libre de sospecha, ni siquiera yo. Se decidió que lo mejor era que nadie supiera adónde iban. Y desde entonces no he sabido nada de ellos. No ha habido ningún contacto. Nada.

—¿Y se supone que tengo que creerme eso, teniendo en cuenta todas las veces que me has mentido?

—No puedo obligarte a que confíes en mí, Atlee. De todos modos, no me he ganado esa confianza. Pero tampoco tendría por qué haberte contado nada de lo que acabo de contarte.

—¿Y por qué lo has hecho?

—Porque te lo mereces. Te lo has ganado a pulso. Y ya estoy harto de no poder contarte lo que tienes derecho a saber.

Sus palabras no consiguieron enternecerla, pero Pine se recostó en la butaca y comenzó a tamborilear con los dedos en la madera del reposabrazos. Se quedó con la mirada perdida tanto tiempo que casi pareció olvidar que Blum y Lineberry seguían allí.

—¿Y por qué necesitan continuar huyendo y escondiéndose? — preguntó Blum—. Han pasado ya… ¿qué, treinta años? ¿Hay alguien que todavía siga persiguiéndolos o a quien siquiera le importe ya?

Lineberry meneó la cabeza.

—No lo sé, Carol. La mafia no olvida fácilmente. Pero llevan tanto tiempo huidos y fuera del sistema que es muy probable que no sepan nada de ellos.

—Pero me dejaron allí sola y totalmente expuesta —prosiguió Pine—. Ito había secuestrado a mi hermana y a mí casi me mata. ¿Y mis padres simplemente se marchan y me abandonan para que me enfrente sola a la gente que iba a por ellos?

—Creo que pensaron que para entonces ya eras adulta y estarías fuera del alcance de su radar —dijo Lineberry.

—Pero Ito nos encontró —replicó ella—. ¿Quién dice que no podría haberlo hecho alguien más? Tampoco es que yo hubiera cambiado de

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identidad. Seguía siendo Atlee Pine. ¿Cuántas personas con ese nombre puede haber?

—No tengo una buena respuesta para eso. De verdad que no.

—Y tú mismo podrías haberme encontrado, si realmente hubieras querido. Tengo mi propia página en Wikipedia, una que alguien elaboró cuando me estaba preparando para las Olimpiadas. Me convertí en agente del FBI. Y mi nombre ha aparecido de vez en cuando en las noticias.

Lineberry no la miró a los ojos.

—Yo… supongo que para entonces ya había dejado de buscar. Y cuando fui a ayudar a tu padre, él no me contó dónde estabais tu madre y tú.

—Pues claro que no. Ojos que no ven…, ¿verdad, papaíto?

—¿Qué… qué vas a hacer ahora? —preguntó Lineberry, que por momentos iba palideciendo cada vez más.

—Vine aquí para encontrar a mi hermana. Y ahora estoy mucho más cerca de conseguirlo. Y voy a hacer todo cuanto esté en mi mano para traerla de vuelta a casa, aunque tú no quieras.

—Pero ¿qué estás diciendo? Yo también quiero que vuelva. Es tu hermana, pero también es mi hija.

—Ah, ¿en serio? —replicó ella, con el rostro crispado por la rabia—.

No te importamos ni un carajo ninguna de las dos.

—Atlee, por supuesto que me importáis —repuso él, pasmado por su reacción—. ¿Cómo puedes decir eso?

Pine cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, se quedó mirando por la ventana en dirección a la cabaña en construcción. Parecía que se le acabara de ocurrir algo. Dio media vuelta y salió hecha una furia de la habitación.

—¿Adónde va? —preguntó Lineberry.

Blum no dijo nada.

Poco después, ambos vieron a Pine en los terrenos de atrás, avanzando con paso decidido hacia la cabaña.

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La lluvia empezaba a caer con más fuerza mientras Pine se acercaba al solar de la cabaña en construcción. Había cinco hombres terminando de levantar la estructura, dos subidos en escaleras y tres a pie de obra.

Se detuvo frente a la cabaña y gritó:

—¡Marchaos todos ahora mismo!

Los hombres la miraron con curiosidad, pero siguieron trabajando.

Pine sacó su pistola y su placa y volvió a gritar:

—¡FBI, todo el mundo fuera! ¡Ahora!

Todos los obreros pararon lo que estaban haciendo y la observaron, luego intercambiaron miradas nerviosas.

Pine sabía que seguramente pensaban que estaba desequilibrada.

«Y es muy probable que lo esté».

Un hombre corpulento con casco protector se acercó cautelosamente a ella.

—Señora, tenemos que acabar el trabajo y…

Pine apuntó con el arma hacia arriba y disparó dos veces.

—¡Ahora! —gritó.

Los que estaban subidos en las escaleras bajaron a toda prisa, mientras que los que permanecían en el suelo agarraron fiambreras y abrigos y salieron apresuradamente del solar, echando vistazos hacia atrás con expresión aterrada. Pine los observó mientras salían por la verja trasera, se montaban en sus coches y camionetas y se alejaban a toda pastilla.

Pine se levantó la pernera del pantalón y sacó su Beretta de refuerzo. Dejó ambas pistolas sobre una mesa de madera, se quitó la cazadora, la depositó también junto a las armas, y luego lo cubrió todo con una lona impermeable. Mientras la lluvia cobraba aún más fuerza, entró en el armazón de la cabaña y examinó la estructura de madera.

Sabía exactamente por qué estaba allí.

«Él me arrebató algo. La verdad. Mi verdad. Y ahora yo voy a arrebatarle algo a él».

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Vio por allí un mazo y lo cogió, y, tras estudiar la configuración de la estructura, arremetió con todas sus fuerzas contra uno de los montantes principales situado cerca del hueco de la entrada delantera. La madera se resquebrajó. Volvió a golpear con rabia y los tablones dobles se soltaron. Luego retiró los montantes maltrechos de debajo de una ventana adyacente a la entrada y golpeó el durmiente horizontal. Cuando destrozó el montante situado al lado, cedió toda una porción del panel. Luego fue arrancando una hilera de montantes y siguió golpeando la madera hasta que toda la pared cayó con fuerza hacia atrás, aterrizando sobre la hierba.

A continuación, blandiendo el mazo como si fuera un bate de béisbol, arremetió contra otra sección en la que se juntaban dos paredes. La madera se astilló y salieron volando clavos por todas partes. Finalmente todo el panel se vino abajo, pero al lanzar la última embestida con el mazo, el mango de madera se resquebrajó y se partió por la mitad.

Los cielos parecían desplomarse sobre la tierra mientras la lluvia seguía arreciando cada vez más fuerte. Pine se apartó el pelo mojado de los ojos, con el corazón agitándose violentamente en el pecho, y se acercó a la tercera pared. La calibró con la mirada y, con una potente patada de látigo, quebró un tablón de la sección inferior. Luego apuntó más arriba y pateó un tablón más corto, soltándolo de los clavos de sujeción que lo mantenían en su sitio. El metal retorcido de los clavos sobresalía de la madera astillada como grises gusanos muertos.

Lanzó una nueva patada contra otro tablón y luego estampó su codo contra el durmiente horizontal, partiéndolo por la mitad. Un tremendo puñetazo derribó otra sección de pared, junto con el marco de ventana que contenía. Y mediante una serie de brutales patadas y golpes de manos y codos, fue destrozando otras partes del armazón.

El lienzo de pared, ahora desprendido del panel adyacente, se balanceaba mientras Pine lanzaba patadas una y otra vez bajo la lluvia torrencial y el aullido del viento. Ahora respiraba con jadeos entrecortados. Entonces empezó a empujar y arrancar y patear hasta que, finalmente, con un grito desgarrador, consiguió derribar el muro.

Entonces se giró hacia la última sección que quedaba en pie y se quedó mirándola como si fuera la suma de todas las pesadillas que la habían atormentado en su vida, y habían sido muchas.

Antes de arremeter contra ella, Pine se dio media vuelta y miró hacia la casa, donde Lineberry y Blum la estaban observando.

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Allí, dentro de la biblioteca, Lineberry gimió: —Tengo que detenerla. Va a hacerse daño. Blum lo agarró firmemente del brazo.

—No vas a detenerla —dijo muy seria—. Ella es tu hija, Jack Lineberry. Y necesita hacer lo que está haciendo. Y tú vas a quedarte aquí y vas a contemplar cómo lo hace.

Todos los músculos de Pine temblaban de forma incontrolable, como si fuera una drogadicta que estuviera pasando el mono. Apenas podía ver por la lluvia y tenía que apartarse constantemente el pelo de la cara. Exasperada, miró a su alrededor y vio un trapo empapado en el suelo, que usó para recogerse el cabello. Entonces se lanzó contra la última pared, embistiéndola con el hombro. Al ser la única que quedaba en pie y no contar con el apoyo de las otras tres, se suponía que sería más endeble. Sin embargo, no iba a caer con facilidad.

Durante el siguiente minuto, Pine pateó y golpeó, empujó y tiró, pero debido a todo el esfuerzo realizado se encontraba mucho más débil, tan exhausta que sus acometidas habían perdido gran parte de su potencia.

«No vas a vencerme».

Se sentó en cuclillas y clavó la vista en aquella pared como si fuera la causa de todas las tragedias ocurridas en su vida. A Pine le costaba incluso recuperar el aliento, y sus miembros se agitaban tan violentamente que no habría podido seguir propinando golpes ni patadas, aunque quisiera.

Llevada por la desesperación, miró a su alrededor hasta que sus ojos se posaron por fin en lo que necesitaba.

Con paso tambaleante, se aproximó a la hormigonera portátil y la agarró por los mangos. Era muy pesada y se apoyaba sobre un par de ruedas de caucho. La levantó y la orientó directamente contra la pared. Y después empujó con las escasas fuerzas que le quedaban, derrapando y deslizándose sobre el suelo resbaladizo, pero cobrando tracción conforme aumentaba la velocidad. Hasta que, finalmente, la hormigonera impactó en el centro de la pared, atravesándola y arrastrando a Pine con ella.

Ambas, máquina y mujer, se precipitaron al exterior. Pine cayó de bruces, pero se giró en el suelo justo a tiempo de ver cómo la pared reventaba y se derrumbaba.

Una vez cumplida su misión, se incorporó a cuatro patas y vomitó. Luego se desplomó sobre la hierba mojada y permaneció allí tirada unos

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segundos. Entonces rodó sobre sí misma y se quedó mirando el cielo gris, dejando que la lluvia la cubriera como tierra en una tumba.

Se levantó muy despacio, tomando una y otra vez profundas bocanadas de aire.

Recogió las pistolas y volvió a enfundarlas en sus cartucheras. Luego se puso la cazadora sobre la ropa empapada. Acto seguido, se alejó sin mirar ni una sola vez hacia la casa principal.

Cruzó medio tambaleante la verja de atrás y se dirigió hacia la parte delantera. Por el camino, iba escupiendo restos de vómito que se mezclaban con el agua de lluvia. Se quitó el trapo con el que se había recogido el pelo y dejó que le cayera de nuevo sobre la cara. Sabía que parecía totalmente trastornada, como salida de una pesadilla perturbadora, pero no le importaba.

Cuando le faltaba poco para llegar al coche, se detuvo y se quedó mirándolo.

Blum estaba sentada al volante, con el motor en marcha y observándola expectante.

Pine siguió caminando y abrió la puerta del copiloto. Agarró con ambas manos la estructura metálica del capó e inclinó el cuerpo hacia la puerta abierta, bajando tanto la cabeza que su coronilla apuntaba a Blum, quien se limitó a mirarla sin decir nada.

Con el vientre agitándose, con los pulmones jadeantes, Pine se aferró al capó del coche como si fuera lo último que la amarraba a la tierra. Tomó una última bocanada de aire, profunda y estremecedora, y notó cómo la tensión de su cuerpo por fin se relajaba. Levantó la cabeza y miró a Blum.

—¿Lista para partir, agente Pine?

Pine se quitó la chaqueta empapada y la tiró al asiento de atrás.

Sin decir palabra, entró en el coche, cerró la puerta y se puso el cinturón.

Blum metió la marcha, pisó el acelerador y dejaron atrás aquel lugar.

Y avanzaron hacia delante.

Que era la única dirección en la que podían ir.

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Agradecimientos

A Michelle; Atlee Pine vuelve a cabalgar. ¡Gracias por ser mi inspiración para ella!

A Michael Pietsch, ¡brindemos por tres años más de colaboración!

A Ben Sevier, Elizabeth Kulhanek, Jonathan Valuckas, Matthew Ballast, Beth deGuzman, Anthony Goff, Rena Kornbluh, Karen Kosztolnyik, Brian McLendon, Albert Tang, Andy Dodds, Ivy Cheng, Joseph Benincase, Andrew Duncan, Morgan Swift, Bob Castillo, Kristen Lemire, Briana Loewen, Mark Steven Long, Thomas Louie, Rachael Kelly, Kirsiah McNamara, Nita Basu, Lisa Cahn, Megan Fitzpatrick, Michele McGonigle, Alison Lazarus, Barry Broadhead, Martha Bucci, Rick Cobban, Ali Cutrone, Raylan Davis, Tracy Dowd, Jean Griffin, Elizabeth Blue Guess, Melanie Freedman, Linda Jamison, John Leary, John Lefler, Rachel Hairston, Suzanne Marx, Derek Meehan, Christopher Murphy, Donna Nopper, Rob Philpott, Barbara Slavin, Karen Torres, Rich Tullis, Mary Urban, Tracy Williams, Jeff Shay, Carla Stockalper y a todo el mundo en Grand Central Publishing, por ser lo mejor de lo mejor.

A Aaron y Arleen Priest, Lucy Childs, Lisa Erbach Vance, Frances Jalet-Miller y Juliana Nador, por ser cada vez mejores.

A John Richmond, mis mejores deseos al empezar un nuevo capítulo en tu vida. ¡Se te echará mucho de menos!

A Mitch Hoffman, por dar en todas las teclas justas con este libro.

A Anthony Forbes Watson, Jeremy Trevathan, Trisha Jackson, Alex Saunders, Sara Lloyd, Claire Evans, Sarah Arratoon, Stuart Dwyer, Jonathan Atkins, Christine Jones, Leanne Williams, Stacey Hamilton, Charlotte Williams, Rebecca Kellaway y Neil Lang de Pan Macmillan, por ser la gente más maravillosa, divertida y agradable.

A Laura Sherlock, por ser toda una estrella del rock de las relaciones públicas.

A Praveen Naidoo y el equipo estelar de Pan Macmillan en Australia, ¡por haber llevado Walk the Wire al número uno!

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A Caspian Dennis y Sandy Violette, ¡por ser los amigos más encantadores e increíblemente inteligentes!

A los ganadores de la subasta benéfica Lindsey Axilrod (Read Alliance), Linda Holden-Bryant (Soundview Preparatory School) y R. Jeffrey Sands (Mark Twain House & Museum), gracias por vuestro apoyo a tan grandes causas, ¡y espero que disfrutéis viendo a vuestros personajes homónimos pasar por todo tipo de aprietos!

Y a Kristen White y Michelle Butler, ¡por ir siempre más allá!

David Baldacci se graduó en Derecho por la Universidad de Virginia y ejerció como abogado en Washington. Su primera novela, Poder absoluto (1996), fue llevada al cine con Clint Eastwood como director y protagonista y tuvo un enorme éxito. Baldacci es autor de más de 50 novelas que se han traducido a 45 idiomas, se han publicado en 80 países y de las que se han vendido 150 millones de ejemplares en todo el mundo. Vive en Virginia con su familia.


FIN

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